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¡léio libe шгаМвё

al itm iim enEspaña?

COLECCION DE ARTICULOS
publicados en periódicos con censura eclesiástica

PO K

el Jliagistraí óe Seuiífa.

SEVILLA
bib. é Imp. óe Ijquieróo у Сотр.*
FR A N C O S , N . " ¿ 4

1909
DOS PALABRAS AL LECTOR
< --------- H-

Cediendo, lector amigo, á reiteradas instan­


cias, venidas de diferentes regiones de Espafla,
doy á luz esta colección de artículos, ón tres
diferentes tiempos publicados en periódicos ca­
tólicos.
Una sola idea fundamental desenvuelvo, á
saber, que el enemigo de la causa católica en
Espafla, es el liberalismo de los partidos; y que
hacemos... el tonto, por lo menos, los católicos,
cuando prácticamente no miramos como enemi­
go todo lo que tiene su razón de ser en el libe­
ralismo, y no aunamos todas nuestras fuerzas
para acabar con los organismos creados para
sustentarle.
Manjar duro para muchos; ya lo sé. Impru­
dencia temeraria para no pocos, es verdad. Pero
también sé, y es verdad, que al llegar al poder
esos partidos liberales, eran una insignificante
minoría, y que ellos y sus instituciones se arrai­
garon y consolidaron por las complacencias de
católicos blandos y prudentes.
Y también sé, y es verdad, que la decaden­
cia de la fe en Espafla, la corrupción de las cos­
tumbres, la libertad de la prensa impía y por­
nográfica, y el teatro desmoralizador, y el des­
conocimiento de los derechos de la Iglesia, y
cuantos males sufrimos en el orden religioso y
moral (sin echar en saco roto la pérdida bochor­
nosa de nuestras colonias), todo es obra de las
instituciones y partidos liberales, y de las com­
placencias de españoles y católicos, prudentes
y avisados, con ellas y con ellos.
Si me equivoco, tengo el consuelo do que nc
se achacará á ambición la firmeza en sostenei
públicamente esta doctrina.
Y es tal la fe que en ella tengo, que, me parece
bastar un ligero examen de mis artículos, para
convencerse de que no hay otro camino práctico
que éste: guerra d iodo lo que está informado
por el liberalismo, y para el liberalismo ha sidc
creado y subsiste.
Quizá surgirían conflictos; pero el conflictc
no es el mal; es á lo sumo un mal, de que, te­
niendo razón y defendiendo á la justicia, se de­
rivan con frecuencia muchos bienes.
Que una cosa es lo que conviene á la earnti
y á la sangre, y otra muy distinta, de ordinario,
lo que conviene á la causa de Dios y de las
almas.
Tal vez, y sin tal vez, amigo lector, encontra­
rás conceptos repetidos. No he querido tomar­
me el trabajo de suprimir estas repeticiones. No
está demás que se repita mucho lo verdadero,
cuando, á fuerza de repetido, se impone lo falso.
La verdad, como la caridad, diré ampliando
una frase de Lacordaire, no tienen más que una
palabra, y ésta se repite siempre.
Delenda est Cartago, se repitió hasta la
saciedad en Roma; y Cartago fué destruida.
Hay que acabar con los partidos liberales,
repetiré hasta la saciedad, en España. ¿Desapa­
recerán?
Si los católicos españoles quieren, sí.
Aquí tienes, lector amigo, lo que con la me­
jor intención del mundo te ofrezco.
No ando con rodeos ni empleo eufemismos,
ni disimulo la verdad, ni trato de engañar á
nadie.
Hombre soy y á hombres hablo, y á su inte­
ligencia y corazón me dirijo, sin querer envol­
ver, ni pretender imponer mis convicciones.
Si lees estas páginas, y te dan gusto, me
alegrare.
Si te convencen y ajustas tu conducta á la
doctrina que contienen, me alegraré muchísimo
más.
Y si no estás conforme con lo que yo he
puesto de mío en este trabajo, pero mantienes
todo lo que la Iglesia enseña, no por esto reñi­
remos.
Cada cual puede hacer de su capa un sayo:
tú pensar como quieras; yo escribiendo lo qu<
entiendo y siento, con plena convicción, ser 1<
único salvador para España.
Que no es de ahora en mí esta convicción
sino de siempre, desde aquellos tiempos, lejanos
ya, en que sentían lo mismo que yo, los que hoj
ponen reparos y dejan escapar algunos peros.
Yo no he variado.
Soy el mismo que era, y pienso lo mismo qut
pensaba en 1K70 y 71 del siglo pasado.
A mí no se puede aplicar el argumento dt
Bosuet al Protestantismo.
Y ahora y siempre, que te guarde el cielo.

E l Autor.

Fiesta de San José de ¡909.


CAPÍTULO I

CON OCASIÓN DE UNAS ELECCIONES

Art. I

¿Es lícito ó no?

Al volver á casa el mismo día de las elecciones encon­


tré un sobre cerrado con ana candidatura y un B. L. M., en
los términos siguientes ( 1 ):
Hay un membrete que dice: “Comité electoral del par­
tido liberal-conservador de X. —Sección 12 „. Y á continua«
ción:
“El presidente de la sección 12 B. L. M. al (aquí mi
nombre y apellidos), y le ruega en nombre del partido con­
servador, del candidato señor Z y en el suyo propio, honre
con su voto la adjunta candidatura.—Fulano de Tal apro­
vecha gustoso esta ocasión para ofrecerle á usted una vez
más la expresión de sus sentimientos de sincero afecto y
distinguida consideración.—X. 9 de Septiembre de 1905».
Si el candidato ó el presidente de la sección me hubie-

(1) Suprimo todos los nombre«, respetables para mí, honrando la


buena fe de todos, pues mi objeto único es exponer la buena doctrina.
- 8 -
sen pedido un favor compatible con mi conciencia, aun i
costa de cualquier sacrificio, lo hubiera hecho con sume
gusto y me creerla honrado por ellos. Pero dadas mis ideat
y el ser de todo el mundo harto conocidas, después de lai
batallas que contra el liberalismo y los partidos liberales 5
hasta la simple hipótesis he librado, recibir tal B. L. M. y h
petición de mi voto en nombre del partido liberal-conservador
confieso que me ha sorprendido desagradablem ente y hi
humillado harto mi amor propio.
Esto prueba cuánto trabajan los liberales conservado
res ó no conservadores, para vergüenza nuestra, que, muj
& gusto dentro de las cuatro paredes del hogar, sólo noi
entusiasmamos con luchas fratricidas y bizantinas.
Una plequita, y... adelante.

¿Podía yo en conciencia votar á un candidato libera


conservador, ó no?
Dejo aparte que votaria con gusto al candidato que s<
me recomendaba, por sus excelentes cualidades personales
siempre que no lo presentara el partido liberal como un<
de los suyos.
Sería muy raro, pero no imposible, que en caso apura
do el partido liberal-conservador apoyara un católico pan
contrarrestar un librepensador avanzado, á fin de no perde
prestigio en la localidad, y sirva este caso de ejemplo. Per<
ni el candidato seria, ni el partido lo presentaría como un<
de los suyos. Asi lo votaria, lo mismo que si los conservado
res liberales no me lo pidieran.
Trátase de un candidato adicto al partido liberal-con
servador, diputado liberal-conservador en otras ocasiones
presentado como tal por el partido idem ¿me será lícito vo
tarle?
La elección no es para diputado provincial, ni par;
concejal, cargos en teoría administrativos, y en los cuale
pueden influir con su carácter y honradez los que los po
sean; y á la vez, con el voto se puede impedir que entre u:
anticlerical rabioso, de éstos que no están contentos si n
se desayunan con un menudillo de Curas, no comen opípara
mente con chuletas de fraile y no cenan con apetito algu­
nas magras de Obispo. En tales elecciones y circunstan­
cias, la prudencia (cristiana, no la mundana) es la que debe
resolver, consultando á los que tengan autoridad, indepen­
dencia y juicio.
Mi caso es otro: mi candidato quiere ser diputado en el
Parlamento y en él un liberal-conservador más. La elección
es política, el voto político, y el color de esta política es li­
beral-conservador. Mi voto, pues, sería liberal-conservador.
Ya sé yo que no se me pide entrar en el partido ó frac­
ción; pero ¿qué importa, si mientras tanto hago política li­
beral-conservadora? ¡Que soy católico! Bien está; pero voto
liberales; como si siendo católico votara protestantes, ó si,
siendo monárquico, votara republicanos, ó si, abominando
del anarquismo me entretuviera colocando bombas de dina­
mita para que explotaran en el Congreso.
Dejo siempre á salvo las personas; pero el diputado libe­
ral-conservador es un diputado liberal, quiera ó no quiera.
Porque, una de dos: ó pertenece en cuerpo y alma al
partido, que es pertenecer al alma y al cuerpo del mismo, ó
piensa y siente y cree cristianam ent 3 contra el liberalismo,
pero para evitar mayores males, para influir en buen senti­
do, se ha irscrito al dicho partido, y sólo pertenece al cuer­
po por lo que respecta á la disciplina.
Si lo primero, es liberal por sus cuatro costados y vo­
tarle es votar á un liberal. No hay que darle vueltas.
Si lo segundo, aunque no quiera, es encubridor, coope­
rador y sostenedor del partido liberal, porque á esto le obli­
ga la disciplina. Hablará ó callará, según se lo perm itan, y
no será él quien influya, sino el partido el que influya en él.
Precisamente el partido liberal-conservador, y aun el
fu 8ionlsta ó el liberal á secas, necesitan de esos hombres,
porque con su honradez cubren una muy averiada m ercan­
cía, y con su catolicismo tienden á hacer pasar como cató­
licos partidos esencialmente liberales, y á continuar la a b ­
surda confusión que es la muerte de Espafla. ¿Será licito
contribuir á estas calamidades?
Punto y .....hasta luego.
— 10 —

Art. II
Dos liberalismos

La confusión que reina en esta m ateria entiendo qu<


procede de la existencia de dos liberalismos.
No se alarme el lector, que sé bien que sólo existe ui
liberalismo, y éste muy malo, causa de todas nuestra
desventuras.
Pero esto es el liberalismo teórico.
Y además existe el práctico.
Conque, lector benévolo, si los dos te parecen uno (y ¡
mi también), con tu pan te lo comas y no revientes; que y<
pienso tra tar de ambos separadam ente, porque asi lo exigí
la claridad de la materia.

¿Quién duda que hay un liberalismo teórico, ó sea doc


trina liberal, condenado por la Iglesia, á saber: por Orego
rio XVI, Pío IX y León XIII?
El liberalismo, que es el Estado independiente de li
Iglesia, de la Keligión, y por ende de Dios, de la moral úni
ca y del derecho verdad (por lo cual el derecho liberal no e
católico ni protestante), es el error de nuestros tiempos, n<
porque no los haya más radicales, sino porque se inoculi
con facilidad en el corazón (y más en el estómago) de mu
chos católicos y es el am parador y fomentador de todas la
herejías y disparates morales, religiosos, económicos y so
cíales que padecemos.
Hay quien se sonríe con sonrisa indetinible, que quier<
ser burlona y resulta forzada, cada vez que oye hablar di
liberalismo, significando: uya salió aquello,,; como si preten
diera agraviar de monomaniacos á todos los antiliberales, i
por ventura creyera que es inoportuno abominar del libera
lismo y refutarle y condenarle como mal gravísimo y caus;
de muchos males no menores; ó, en fin, como si profesara e
error de cierto sabio que, prendido como pajarillo inocente
— l i ­
en las redes de Pidal, afirmaba muy orondo ser cuestión de
nombre, y su discusión causa de nuestras divisiones.
Que bav gente para todo, y be tropezado yo con muchí­
simos que no se atreverán á sostener que el liberalismo es
bueno asi les aspen, ni siquiera que hay dos liberalismos,
uno bueno y otro malo, por miedo á que de liberales les
tachen; pero muestran fastidio, disgusto ó repugnancia cada
vez que ni liberalismo se ataca, dando bien A entender que
en la práctica simpatizan, si no con las doctrinas (cosa que
no me atreveré A negar), con las instituciones, personas,
principios y postres de la sistema.
Pero, puesto caso que no se atreven á absolver al libe­
ralismo doctrinal, quede sentado que en este terreno son
relativamente insignificantes las dificultades, y tengo para
mi que á estas alturas, aparte el liberalismo práctico, no
habria en el mundo liberales, fuera de los librepensadores 6
de los anticatólicos, si del liberalismo doctrinal se tratara.
Y ahora, para hacer boca, antes de entrar en lo prácti­
co, otra plequita.

El liberalismo os eminentemente práctico; no se conten­


ta con anidar en lu mente de los hombres ó en su corazón,
como las demás herejías; va derecho á posesionarse del
Estado, á envenenar las leyes, la justicia, el Poder ejecuti­
vo, la enseñanza, Iqb costumbres, la sociedad entera: es el
naturalismo social, en frase de León XIII.
Lo cual da lugar á dos fenómenos harto curiosos.
Es el primero, que entrañando un individualismo an ár­
quico y paradójico, trata de formar partidos ó fracciones
que lo lleven á la conquista del Poder, ó que lo sostengan en
él. En virtud del libre examen ó individualismo que entra­
ña, no se entienden los liberales, ni pueden entenderse, y
constituyen mil fracciones, llegando hasta la división infi­
nitesimal. Pero todos se ponen de acuerdo cuando la domi­
nación liberal corre peligro, atacada vigorosamente por los
católicos; y dinen, como Dato ha pocos años, que prefería la
República federal á la doctrina católico-social ^D. Carlos)
en España. En este sentido son un solo partido, que, según
— 12 —
Castelar, principiaba entonces en Pidal y aoababa en el
pacto sinalagmático, y hoy en la anarquía. Dato precioso
para que los católicos no se dejen engallar por <rado algu­
no ó matiz del liberalismo.
Es el segundo el ver á muchoB católicos haciendo a rru ­
macos y dejándose querer por las instituciones y partidos
liberales. Lo cual procede, ó de la influencia indudable que
ejerce la autoridac., de la que se ha apoderado, y á la cual
desnaturaliza y corrompe el liberalismo, ó tal vez de los
grandes recursos con que cuenta el Estado liberal, ya para
prem iar debilidades y apostasias, ya para torturar de mil
maneras á los hombres de Armes ideas, arraigadas convic­
ciones y heroico espíritu de sacrificio. Y como la ñrmeza es
rara, porque el hambre, la ambición y el goce ablandan
muchos pechos, de ahí que sean tan numerosos los liberales
prácticos, todos ellos á partir un pifión, ó lo que caiga, con
los partidos liberales.
De estos partidos hay que hablar desde el punto de vis­
ta de la Teología y Moral católicas; pero para no abusar de
la benevolencia del seftor director y de la paciencia de lo&
lectores de E l Correo Español, lo dejaré para otro día.

A rt. III

Los partidos liberales


Personas hay, y muy respetables, incluso por su digni­
dad, que nos conceden el derecho (muchas gracias) de
atacar al liberalismo; pero cambian de bisiesto cuando im­
pugnamos á los partidos liberales Refutar al liberalismo
en teoría, abominar de él, poner en evidencia sus desastro·
sos efectos, santo y bueno; pero dirigir los tiros á los parti­
dos liberales, execrarlos, mirarloscomo enemigos y vitandos,
esto es ya meterse en política, y, tratándose de Clérigos,
suma imprudencia y ajeno á su ministerio de paz, de amoi
y de concordia.
Y no falta quien se muestra hasta ñero con los republi­
canos, socialistas y anarquistas, receloso con blandura coc
los fusionistas, máxime si están en el Poder, y condescen
— 13 —
diente con los conservadores, creyendo que con estas dis­
tinciones y subdístincionesBe ponen en la realidad y escapan
de toda exageración, y, sobre todo, se libran de no pocos
compromisos.
En conformidad con eBta manera de sentir resuelven
las cuestiones morales acerca de las elecciones ó de la
emisión del voto de los católicos.
Voy á exam inar estos puntos .... y comas, pero antes
una plequita.

No basta, ni va á ninguna parte, en la lucha contra el


liberalismo que en una nación determ inada sostienen los
ciudadanos, la lucha contra el liberalismo doctrinal, pres­
cindiendo del práctico. De buena gana nos aplaudirán
cuando discurseemos sobre este punto no pocos liberales,
m ientras les dejemos intactos los partidos.
Resulta, en efecto, muy cómodo hacer alarde de antili­
beralismo en Circuios, Academias, Congresos católicos y
otras reuniones semejantes, para estar á bien con los Obis­
pos, el Clero y los fíeles, y á la vez disfrutar de los momios
que los partidos liberales, á que se pertenece, generosamen­
te reparten, porque no dan de lo suyo, sino lo de la Nación.
Pero esto es lo que constituye la verdadera fuerza del
liberalismo.
No sostienen al liberalismo los liberales: hacen todo lo
que pueden para destruirlo, en virtud de sus mismas ideas;
los que sostienen el liberalismo en España son los católicos,
con esta distinción absurda, con este respeto maldito á los
partidos liberales y á los hombres que los capitanean.
No se combate eficazmente al liberalismo si no se com­
bate á sangre y fuego á los partidos liberales y á los hom­
bres que á ellos pertenecen, en cuanto pertenecen á ellos,
prescindiendo de sus cualidades personales, individuales, 6
que afecten á su vida privada
Es el liberalismo eminentemente social, y sólo se sos­
tiene encarnado en los partidos liberales.
Lo que estos partidos tienen de político, de económico,
etcétera, es accidental, y con frecuencia en ninguna de es­
— 14 —
tas cosas se distinguen entre sí: sólo en las personas y su
ambiciones y necesidades; pues es preciso que ocupen e
Poder de cuando en cuando, para sacar de mal afio su esttf
mago.
Lo esencial es que todos son liberales, y lo sacrificaría!
todo, incluso las colonias como antafio, incluso la Monarqui;
como hogafio, con tal de salvar I ob principios del líberalis
mo, única cosa que les importa, juntam ente con lo muy per
sonal, á saber, el probar hasta saciarse (cosa difícil), el tu
rrón del Presupuesto.
El error capital, si lo hay, consiste en m irar e s to B par
tidos y personajes por el lado político y personal, olvidand«
el espíritu, el alma, lo esencial, que es el liberalismo'que le
informa.
Si hubiera lógica en el mundo, tan rara ya como el sen
tido común, debería prescindirse de lo accidental pan
atender á lo principalísimo, y entonces se indignarían con
tra los partidos liberales y sus hombres, en cuanto son libe
rales, los mismos que hoy les halagan y encubren.
Una de dos: ó es verdad que el liberalismo en el ordei
teórico es un error condenado por la Iglesia y en el ordei
práctico un pecado, ó todo esto son pamemas, preocupado
nes y chocheces, de que es preciso reírse.
Si lo segundo, la Iglesia ha errado, y es preciso arro
jarnos en brazos del librepienso. Si lo primero, los organis
mos creados para sostener el error y el pecado, animado
por el pecado y el error, son nuestros enemigos, esto es, lo:
enemigOB de la Iglesia, de los católicos y de todos los hom
bres de bien.
Habrá liberalismo en España mientras triunfen los par
tidos liberales. Luego el único camino es considerar com<
enemigos á estos partidos liberales, cualesquiera que sean
como quiera que se llamen, y combatirlos á sangre y fuego
y no darles punto de reposo ni dejarse engafiar por sus hi
pocresías redomadas y sus alardes católicos, falsos y tras
nochados.
Do lo cual so sigue que votar á un candidato de esto
partidos es votar en favor del liberalismo, quiérase ó no si
quiera, á pesar de todas las triquiñuelas y tiquis miquis d<
los interesados en que reine la confusión y ande el rio re ­
vuelto, confiados en que son buenos pescadores.
Basta ya, aunque lo mejor se queda en el tintero.
Pero hay más días que longanizas.

ÁRT. IV

Compruébase lo dicho

O nuestros partidos, desde el de Maura al de Pablo Igle­


sias, ¿on liberales, ó no. ¿Hay por ahi alguien que se atreva
á sostener la negativa?
¿Son liberales los socialistas? ¿Lo son nuestros republi­
canos? Y ciertam ente radicalísimos y la última lógica evolu­
ción del liberalismo, si no hubiera anarquismo en el mundo,
que es, hoy por hoy, la última palabra del credo liberal
¿Podremos negar que es liberal el que se llama partido
liberal por antonomasia, en el que caben holgadamente los
programas ó lo que sean de Moret, Romanones y Canalejas?
Hasta aquí no hay duda ni confusión posible.
Pero entra el partido conservador y empiezan las dudas,
las vacilaciones, los distingos, las medias palaoras y todo
lo que el demonio ha inventado para eclipsar la luz de Cristo
y volver á extender por el mundo las antiguas tinieblas.
Sin embargo, dicho partido se llama oficialmente liberal
conservador, expone como doctrina del partido la del libe­
ralismo moderado, con más claridad, precisión y conoci­
miento de causa, que lo ha hecho político alguno; y en suma,
no es otra cosa que el antiguo partido moderado, que dió un
paso adelante al convertirse en conservador-liberal de Cá­
novas, y otro pasito hacia el radicalismo al ponerse á Iob
pies de Maura, que no se ha movido del partido progresista
á que con Gatnazo perteneció siempre. Y todos estos parti­
dos son liberales hasta los tuétanos, ya que ellos lo introdu­
jeron en España; ellos, los que lo han sostenido y desarro­
llado; ellos los que sin pacto con los católicos y á viva fuerza
han impuesto á la Nación las Constituciones, todas liberales,
que nos han destruido y nos envilecen; ellos los que han
dado, aplicado y defienden las leyes de desamortización
secularización y otras semejantes; ellos, los que invocand<
la libertad liberal, han amparado la enseñanza impia en lai
Universidades 6 Institutos, oponiéndose con energía á tod<
lo que se parezca A libertad de la Iglesia y de los católicos
creando, como consecuencia del liberalismo, según ense
fianza de Gregorio XVI y de Pío IX, la indiferencia religio
sa, difundiendo la incredulidad y mimando &todas las sectas
Por otra parte, fuera necio empello el negarlo, cuandc
el partido liberal-conservador tiene A gloria el confesarlo
Conste, pues, y quede bien sentado, que estos partido!
todos Bon liberales, creados y vivitos para defender la con
quista que del Poder español, con su concurso, ha hecho e
liberalismo.

Y, ¿para qué estos partidos presentan sus candidatos!


¿Será para que destruyan, impugnen ó estorben la doctri
na liberal, que es su alma y vida? Seria absurdo el pensar
lo. En la oposición, aparte de las zancadillas para derriba]
al que está en el Poder, quieren imponer sus soluciones
defienden su criterio, sudan para imprimir su espíritu A lai
leyes, y, ¿quién lo ignora?, espiritu, criterio y soluciones
todo es liberal. Si en la oposición algún bien hacen, ó algúr
mal evitan, es puram ente accidental, y en cuanto lo juzgar
útil para atrapar el Poder y gobernar en conformidad cor
los principios liberales. Desde el Ministerio quieren y pro
curan diputados adictos A las ideas y A las personas, resuel
tos á votar laB leyes que el partido quiera y á defender é
todo trance el modo de gobernar de los hombreB del mismo
¿SerA licito á los católicos votar semejantes hombres!
¿Mandarles al Congreso para que continúen liberalizando la
Nación y consoliden la obra que la Iglesia, la razón y el pa
triotismo de consuno condenan?
Votar á un republicano (hablo de nuestros partidos co
mo son), & un canalejista, moretista ó monterista ó libera!
conservador, eB votar á un liberal; votar A un liberal, et
votar alliberalism o, cualquiera que sea la intención del que
vota.
— 17 —
Y, tratándose de diputados, no se puede alegar lo que
ya llevo insinuado acerca de los concejales ó diputados
provinciales; porque el Congreso es colegislador y el sostén
del Gobierno; y asi se coopera eficazmente al mal, y mal
gravísimo, con el voto, sin bien local ninguno, ó escasísimo.
Sin embargo, no intento con esto condenar algunos ca­
sos, raros y excepcionales, que se resuelven con la doctrina
de la cooperación de que tratan todos los autores de moral;
casos que como excepción confirman la regla, única cosa
qne yo defiendo.
Y la regla es que, siendo liberales, y por ende malos
estos partidos, es ilícito votar á sus adeptos para que se
conviertan en padres de la Patria.
No podremos quejarnos si nosotros creamos y sostene­
mos á los enemigos de nuestras creencias, á los que tratan
de esclavizar á la Iglesia, y son (prescindo de intenciones)
de hecho, los verdugos de la Patria.

—Bien está—me dirá tal vez alguno—si el candidato es


liberal de cuerpo entero; pero tu doctrina no puede admi­
tirse, ó debe reconocer una excepción: si el sujeto es hombre
honrado y fiel cristiano en sus actos y costumbres.
Á esto contebtaré brevemente. Ó el candidato es liberal
ó no lo es. Si no lo es, merece capitulo aparte; si lo es, cual­
quiera que sea su conducta privada, profesa y va á defender
un error social condenado por la Iglesia, y do pésimos re­
sultados para la Nación.
Y no se extrañe esta contradición entre la vida pública
y la privada; porque ahí radica la esencia del liberalismo,
á saber: en admitir á Dios, á Cristo, á la Iglesia en lo pri­
vado, y rechazarlo con achaque de clericalismo en lo públi­
co, en lo político, en lo social. La tal persona, pues, seria
un liberal perfecto.
A la manera que Iob arríanos y los nestorianoB eran ca­
tólicos en todo, menos en la consustancialidad del Verbo los
primeros, y en la unidad de persona en Cristo los segundos;
y tenían sacramentos y practicaban, y en todo hablaban
2
— 18 —
como católicos, menos en su respectivo punto, en que cabal
mente estaba la herejía de estas sectas; no do otra manera
liberal hay, conservador ó no. que habla en católico y prac
tica en católico en todo; pero á condición de no hablarle di
clericalismo ó vaticanisrao, esto es, la sujeción del Estado ¡
la Iglesia en la forma y modo que la IgleBia enseña y pre
ceptúu.
¿Es asi vuestro personaje? Pues ratifico mi doctrina: e
ilícito votarle, aunque el candidato esté do buena fe en si
error; que de la mala ó buena fe juzgue Dios, no yo. No m<
es licito apoyar á protestantes como protestantes, por mu;
de buena fe que estén, ni me es licito apoyar á libéralo
como liberales, aunque por su buena fe resulten santos &lo
ojos del Señor.

Otro caso me oponen con frecuencia, y es el del católi


co que, aborreciendo todo liberalismo, be inscribo en ui
partido liberal, en el conservador con más frecuencia, yi
para evitar ser blanco de injusticias, ya por el natural desei
de ocupar un lugar adecuado en la sociedad y no vivir ei
un perpetuo ostracismo en su misma Patria, pero resuelto i
oponerse á todo lo liberal, á todo lo malo y á influir en buei
Bentido en su partido.
No es mi ánimo ahora el resolver si puede tener ó n<
tranquila la conciencia; sólo advertiré que con su nombn
honrado da prestigio á un partido liberal, y su fe es el pa
bellón con que se cubro la averiada mercancía do esto
partidos; y los sencillos de corazón, que no son pocos, sufrei
gravísimo escándalo, pues creen bueno á un partido, al qu<
pertenece sin escrúpulo un hombre bueno y buen cristiano
ya que no pueden entender sutilezas y distinciones, superio
reB ¿ s u instrucción y sencillez.
Volviendo á nuestro cuento, sin esfnerzo alguno de ima
ginación, se ocurre á cualquiera que el tal adicto habría d<
empezar por decir muy alto y muy publicamente que no ei
liberal y que combatirá al liberalismo, á fin de que los elec
tores lo sepan de solemne manera y no por hablillas, que i
nada comprometen.
- 19 —
Y cuando haya hecho eBto, todavía lo? electores deben
saber que su candidato se inutiliza, porque, ó no lo votarán
los conservadores después de una declaración semejante, y
ya no tenemos caso, ó quedará esclavizado por la cadena de
la disciplina, que le obligará á hablar ó á callar, á votar ó
dejar de hacerlo, según las conveniencias del partido.
A un partido se pertenece profesando las ideas esencia­
les del mismo y sometiéndose á la disciplina, que le da
unidad. Lo menoB que se requiere es que se someta al jefe y
sea disciplinado. Porque si no obedece ni cree, mentirá co­
mo un bellaco diciendo que es moretista ó maurista.
La disciplina, pues, le inutiliza, á no ser que rompa con
el partido y su jefe, volviendo al campo netamente católico,
de donde nunca dabiera haber salido.
Á un tal candidato no se le debe votar, por inútil, cuan­
do menos, aunque fuera estrictam ente licito hacerlo.
Concluyo este punto delicado repitiendo una idea ya
emitida. Católicos así son los que sostienen á los partidos li*
berales, aumentan la confusión é impiden que se llegue á
esta conclusión, que, prácticamente adoptada por todos los
católicos, salvaría á España.
Los partidos liberales son nuestros enemigos. (1)

Art. V
Los partidos liberales: hé aquí el enemigo.

No acabo de entender cómo personas graves, ilustradas


y de excelentes intenciones, pierden pie cuando Be trata de
los partidos liberales. Los ven al través de un prisma políti­
co, ó tal vez, y con más frecuencia, se alucinan con las bue­
nas cualidades personales y privadas, ó simplemente de la

(1) La doctrina de este y otros artículos debe entenderse de un


»nodo absoluto, considerados los candidatos en sí mismos. En relación
con otros candidatos, y caando no se presentan católicos puros, véase
lo que se dice en «Las Normas», artículos que he publicado en cLa
Unidad Católica» de Sevilla.
— 20 -
urbanidad, cortesanía y finara de un personaje liberal, al
cual conocen y tratan, y en sus buenas intenciones fian.
Error de peores consecuencias en la m ateria de que
tratamos, no lo he conocido en mi existencia, ya no corta.
Debe prescindirse de lo político, que es accidental, y
por lo tocante á España resulta... asqueroso. Hasta el punto
que, si no aborreciera á los partidos liberales por concien­
cia, como católico, abominaría de ellos por estética, por
estómago y hasta por higiene.
Y debe prescindirse de lo personal, porqne la persona
anda en nefando contubernio con el liberalismo, también
personal, ó queda esterilizada por la influencia y la necesa­
ria sujeción al partido.
Por esta senda se va á la ruina de la Iglesia sin sentirlo
ni sospecharlo, como se ha ido en Francia.
Merece ser conocido el párrafo de una carta de París
que publica E l Universo, nada sospechoso en m ateria de
complacencias con las columnas del liberalismo español:
“Esta es la obra funesta de los liberales (la indiferencia
religiosa del pueblo), siempre dispuestos á impedir toda
manifestación del espíritu católico en la vida pública, lo
mismo que aquí y menos que aquí; pues no se permite en
España que los Sacerdotes sean diputados sin escándalo de
nadie (cosa que se permite en Francia), y á proclamar que
la Religión nada tiene que ver con la política (esencia del
liberalismo), aunque ésta sea enemiga y perseguidora de la
Religión,,.
Y á continuación escribe este gravísimo párrafo, que
copio hasta con sus galicismos:
ttA tal punto es esto cierto, que existen hoy en Francia
católicos, Sacerdotes y hasta Obispos que aconsejan á los
fteleB votar á los candidatos republicanos, aunque sean incré­
dulos, francmasones y perseguidores, antes que á los católi­
cos, por ser éstos demasiado sospechosos de antirrepubü-
canismon. ( 1 )
Idéntico camino llevamos aquí en España. El pueblo

(1) Universo del 8 Septiembre de 1905.


— 21 —
indiferente ó corrompido, y muchos católicos... aconsejando
cualquiera candidatura con tal qne no sea carlista, ó m iran­
do á ésta con glacial indiferencia, como si no fuera católica.
Los candidatos independientes son un engallo ó una
rarísim a excepción, y la casi totalidad se compone de can­
didatos pertenecientes á partidos liberales ó antiliberales.
Entre ellos es preciso decidirse. ¿Indiferencia? Si la
tienen los de arriba, ¿no la tendrán los de abajo?
¿Simpatías por los conservadores? ¿Quién extrañará
luego que la Iglesia esté esclavizada económica y moral­
mente por el Estado?
Desengáñense todos, altos y bajos, que todavia es
tiempo: los partidos liberales todos son nuestros enemigos;
sus candidatos, enemigos nuestros, aunque no quieran, y los
que los votan, votan, siquiera no lo piensen, contra las doc­
trinas, moral, independencia é intereses de la Iglesia en
España.
Esta verdad voy ¿ poner de relieve.

Sólo hay en España un partido liberal: el que nos divi­


dió cuando la guerra con los franceses; el que nos regaló la
primera Constitución liberal y afrancesada; <*1 que convirtió
á España en merienda de negros del 20 al 23 del siglo pasa­
do, robándonos un inmenso jirón de nuestra bandera am eri­
cana: el que en el 33 triunfó, definitivamente hasta ahora, y
ha centuplicado nuestra deuda; ha malbaratado nuestras
colonias todas; ha hecho imposible la vida con los exorbi­
tantes tributos; ha esclavizado y mata de hambre A la Igle­
sia; tiene anémicos los establecimientos de Beneficencia: ha
absorbido las Universidades para corromperlas y anularlas;
ha condenado á los pobres de los pueblos á ser braceros sin
pizca de propiedad comunal; ha malgastado, para comprar
conciencias, los fabulosos bienes de la desamortización
eclesiástica, benéfica y de los pueblos, y reina sobre las
ruinas de una P atria estrechada, oprimida, pobre y degene­
rada, después de haberle robado sus bienes, su fe, su caba­
llerosidad, sus conquistas, sus buenas costumbres y su
carácter.
— 22 —
Respira, lector, que si el párrafo te deja sin aliento, sil
vida nos deja á todos este partido liberal, creado por todoi
•los demonios del infierno.
Este único partido se dividió en dos: uno que decía se
conveniente andar despacio, no dar un p a B O adelante sil
dejar bien consolidado el anterior, pues de lo contrario s<
exponían á perderlo todo en manos de la Espafia católica
otro que, loco y atrevido y empujado por la lógica, querii
adelantar incesantemente hasta llegar pronto, muy pronto
al ideal del liberalismo, que es la esclavitud del bien, de h
verdad y de la iglesia, con el absoluto dominio del mal, de
error, del naturalismo impío y rebelde.
La prim era fracción se llamó moderada; la segunda
progresista. Hoy se llaman fracción maurista y fracciói
monterista, con mil subdivisiones que caracterizan el error
como es de ver en el protestantismo.
Posteriormente han aparecido otros más radicales, com<
los republicanos, que no quieren Monarquía ni en el nombre
porque les parece un caso de clericalismo; los socialistas
que abominan de la propiedad particular por.... clerical, }
los anarquistas, que ansian destruir toda autoridad y tod<
Gobierno, porque huelen á incienso y sacristia.
Todas estas fracciones son desprendimientos, ó, si s
quiere, aplicaciones, deducciones y modos de una misra;
doctrina, la liberal, y de un solo partido, el liberal espafiol
que se ha dividido y subdividido como el protestantismo.
Este único partido liberal no ha tenido ni tiene en toda
sus fracciones otro tin que el de descatolizar á Espafia
haciéndola naturalista en sus leyes, en su ensefianza, en su
costumbres, y por ende, enemiga de la Iglesia católica
apostólica romana. Si alguna fracción (lo que hoy se llam¿
partido) tuviera un ideal contrario, no seria ni podría lia
marBe fracción liberal. Pero no hay cuidado: la historia, 1
experiencia y el estudio de sus ideales, á la luz de la fe ca
tólica, estudio cada día más raro, porque nos dejamos lleva
de impresiones ó conveniencias, con el hermoso disfraz d
la prudencia, acreditan de continuo que desde Maura
Pablo Iglesias no hay más que una idea esencial y común
siquiera sea diverso el modo de aplicarla.
— 23 -
Si el liberalismo es el enemigo, los partidos liberales, ó
el único partido liberal con sus matices conservador y fu-
sionista, republicano, socialista y anarquista, éste es nues­
tro enemigo social único.
Votar á sus adeptos es pasarse con armas y bagajes al
enemigó.
Las complacencias que con sus caudillos se tengan son
complacencias con el enemigo, y gravísimo escándalo para
los amigos.
Todo lo que se tarde en sefialar como enemigo á todas
las fracciones del partido liberal único se retrasa el triunfo
de la Causa católica en España, se consolida la causa liberal
y allana la senda que nos ha de conducir al tristísimo estado
de nuestros hermanos de Francia.
Piensen en la responsabilidad que contraen ante los
hombres y en la cuenta que les pedirá Dios, los que, pudien-
do conducir á todos los católicos al combate contra todas las
fracciones liberales, creen más cómodo ó prudente seguir
nn camino opuesto.
Qui habet aures audiendi audiat.
Con esto sólo estaría hecha la unión de los católicos.
Sin esto, nunca.

A rt. VI
Contraprueba
La contraprueba de todo lo hasta aquí afirmado se ex ­
pone en dos palabras.
O todas estas fracciones son un solo partido liberal, ó
algunas son liberales y otras no, ó ninguna lo es.
Nuestros adversarios, si quieren razonar lógicamente,
es preciso que se olviden de las personas; porque yo no nie­
go que pueda haber hombres honrados y de buena fe en
estos partidos; pero ni la buena fe ni la honradez borran el
liberalismo de quien lo profesa. Tampoco es mi ánimo negar
que haya en estos partidos hombres que no profesen la doc­
trina liberal; pero la existencia de estos individuos no mo­
difica la naturaleza del partido en el que militan: liberal Be
— 24 -
q u e d a , s i l ib e r a l e s, 110 o b s t a n te la s a n a d o c t r in a y l a b u e n a
ó d u d o s a v o lu n t a d d e e sto s c iu d a d a n o s .
Ni se piense que la influencia de I o b tales mejora al
partido. Los organismos accidentalmente malos se curan, y
los hombres de bien contribuyen eficazmente á tan laudable
empresa. Los organismost esencialmente malos, son inca­
paces de curación, y sólo hay un remedio, que es extirpar­
los, raerlos de la faz de la tierra, 3 U muerte y aniquila­
miento.
Los partidos liberales son esencialmente malos, porque
son esencialmente liberales. El socialismo, la república, la
democracia, el orden (conservador del liberalismo sin e x a ­
geraciones), todo esto es io de menos, lo accidental; lo
esencial, lo común en todos es sostener el liberalismo, por
el cual han derramado torrentes de sangre (estilo progre­
sista).
Nadie puede hacer de un irracional un hombre; pero
puede hacerse un hombre bueno de un hombre malo, porque
sólo es malo accidentalmente. Asi de partidos católicos,
más ó menos imperfectos, puede hacerse un buen partido;
de un partido liberal sólo puede hacerse una cosa: un parti­
do liberal más perfecto..... en cuanto liberal, ú o tra..... .
acabar con él.
Esto es sencillísimo, rudimentario, vulgar, y ..... sin em­
bargo llovía.
Habida cuenta de estas observaciones, queda eii pie
mi trilema: ó todos los partidos dichos son liberales, ó sólo
algunos, ó ninguno.
Venga una plequita.

Si todos son liberales y esencialmente liberales, claro


está que todos son vitandos, y enemigos nuestros irreconci­
liables, y causa de todos los males políticos, económicos,
sociales, morales y religiosos de n u e B t ra P atria.
Adherirse á estos partidos es adherirse al error, al mal;
consolidar todos los entuertos y desaguisados de todo géne­
ro hasta aquí consumados, y prestar el personal concurso á
todos los que se preparen para lo porvenir.
- 25 —
Votar sus adeptos es hacer lo que está en nuestra mano
para que el mal continúe y Be agrave.
Si esto es ó no licito, venga Dios y lo vea, aunque ra ­
bien todos los mestizos del orbe, que lo son, en gran mayo­
ría, por la razón potísima de que les va bien en el machito.
Da tejas abajo, y por algún tiempo, se entiende.
Porque de tejas arriba y aun á la larga, en este mundo
sublunar, no les arriendo la ganancia.
Por muy cubierto que tengan el rifión á costa de la
Iglesia y de la Patria.

Si sólo algunos son liberales y otros no, ó hay por lo


menos alguno de estos partidos, por ejemplo, el m aurista,
que no sea liberal, estamos al cabo de la calle. Que lo con­
fiesen él ó ellos, que lo declaren los sefiores Obispos, cosa
fácil y sin tropiezos, porque darán gusto á las instituciones,
y fuera disgustos y compromisos, y á procurar que se nos
abran todas las puertas, y lejos, muy lejos, la discordia
y ..... á vivir, y. ... aquí no ha pasado nada.
Y lo mismo digo si se cree que ninguao es liberal ó que
lo son de accidental manera, bastando reemplazar los libe­
rales de hoy por los católicos de mañana, para que se obre
una maravillosa metamórfoais, más maravillosa que las de
Ovidio, como si dijéramos, que una secta protestante será
católica el día en que entren en ella los católicos y estén en
mayoría. ¿Que no hay paridad? El error protestante es con­
denado por la Iglesia por ser contra la fe. El error liberal
es condenado por la Iglesia por ser contra la fe. Una secta
protestante lo es por defender aquel error. Un partido libe­
ral (verdadera secta con ínfulas políticas) lo eB porque de­
fiende el error condenado del liberalismo. A ver quién le­
vanta esta baza.
De toda3 maneras, es coBa cierta que si ninguno de
nuestros partidoses liberal, no tenemos porqué alarmarnos,
pues toda nuestra política es perfectamente católica; y si
Mguno ó algunos no son liberales, la solución se impone por
si misma, y la decisión de los SreB. Obispos no debe hacer *
se esperar en cosa tan grave que afecta á la conciencia.
— 26 —
¡Qué trabajo cuesta limpiar el camino de tanta malezi
como amontonan la ignorancia y mala fe!
No sé si lo he conseguido: lo he intentado, cuando me
nos.
Pero considero que me dan el trabajo hecho el Papa,
los Sres. Obispos y los católicos.
El grito lanzado por el Vicario de Cristo, y repetido poi
todo el Episcopado y muchos fieles es: unión de los católicos
Grito que hago mió, no de ahora, sino de siempre. Por li
unión he trabajado y seguiré trabajando, asi Dios me asis
ta, para ser fiel á mis superiores y por convicción propia 3
arraigada.
Si alguno de los partidos turnantes fuera católico y n<
liberal, claro está que se nos amonestaría que ingresáramoi
en él para defender eficazmente á la Iglesia, y con ella A li
Patria, desde las alturas del Poder.
Si ninguno fuera liberal y todos fueran católicos, no s<
necesitaría la unión, porque la política española seria cató
lica.
¿ H a y a lg o de eBto?
Todo lo contrario.
Se forman Ligas que los Prelados protegen, que Pió 3
bendice, y estas Ligas tienen por bandera el Syllnbus y poi
ende son antiliberales, y cuando presentan candidatos loi
defienden contra los candidatos conservadores, aunque seai
piadosos y sin tacha como particulares, lo cual seria fo
m entar la desunión y la lucha, si el partido conservador n<
fuera liberal y no se reputara como enemigo.
Luego la unión que se nos recomienda y las Ligas qu<
para fomentarla se crean, parten de la base de que todoi
nuestros partidos turnantes, y de ellos para abajo, son libe
rales, enemigos, y que debemos combatirlos con todai
nuestras fuerzas, siendo ilícito, repugnante y necio el votai
á sus adeptos.
— 27 —

A rt . VI I

Conclusión.

¿Qué ñn tiene la unión de Iob católicos? ¿Qué objeto se


proponen las Ligas?
Nos unimos para la defensa y para el ataque. Si no hu­
biera precisión de defender los derechos de la Iglesia a ta­
cados por un enemigo, la unión que se proclama estaría de
más; nos bastaría la unión que tenemos en la parroquia, en
la Iglesia universal ó en el Papa.
Conviene no olvidar que se nos manda unir, no como
literatos, artistas, comerciantes, monárquicos ó republica­
nos, sino como católicos. Luego es cierto que lo que se trata
de defender con nuestra unión es nuestra fe y nuestros de­
rechos en el orden social, porque hay quien los atropella y
vilipendia, y pisotea y niega.
Pero el enemigo no es el moro, ni el protestante, ni el
judío; porque es evidente que los quebrantos de la Iglesia
en España no provienen de estos enemigos, ni nos inspiran
graves temores para lo porvenir.
Luego el enemigo es otro; y aunque se le busque con
candil ó linterna, no se hallará otro que el partido liberal
con todas sus fracciones.'
La historia contemporánea nos lo enseña. El partido li­
beral, conservador ¿'progresista, democrático ó republicano,
es el que ha implantado la libertad de cultos ó la tolerancia;
de este partido procede el odio á las Ordenes religiosas, el
asesinato de los frailes y su expulsión; la desamortización,
las leyeB sobre enseñanza, la exclusión del Clero en el P ar­
lamento, la abolición ^el fuero eclesiástico, son cosas de
este partido; las libertades de perdición, de pensamiento,
de la prensa, del grabado, del teatro, de enseñanza (en el
peor sentido), él las ha implantado; el socialismo, la an ar­
quía, el odio al Clero, él lo ampara y fomenta. ¿Quién Be
atreverá á negarlo?
— 28 —
Luego el enemigo contra el cual han de combatir las
Ligas, y nos hemos de unir los católicos, es el partido libe­
ral con todas sus fracciones.
Nótese bien que digo el partido ó partidos liberales, y
no el liberalismo; á éste se le combate bien desde el libro,
la revista, el periódico; en el pulpito, en la cátedra, en la
tribuna y aun en conversaciones particulares; y para esto
no se necesitan uniones ni Ligas: todas las herejías han sido
combatidas de e 9 te modo.
Lo que se persigue es al liberalismo en acción, á los
partidos liberales, únicos que hacen predominar el libera­
lismo en el Estado, únicos causantes de los males que de­
seamos destruir.
Las Ligas para esto son y no deben: primero, admitir
como socios á los que militan en partidos liberales; segundo,
ni hacer suyos candidatos de estos partidos; ni tercero, re­
chazar como cosa ajena ó peligrosa á un candidato anti­
liberal.
Lo primero, porque se suicidan las Ligas al adm itir á
conservadores ó progresistas, declarando implícitamente
que no tienen razón de ser y que no es indigno de pertene­
cer á ellas el que ayuda á partidos liberales como miembro
de ellos.
Lo segundo, porque se convertiría en auxiliar de pro­
gresistas y conservadores, dándose el caso de ayudar en
nombre del Syllnbus á los pariidos que lo destruyen. No se
olvide que la lucha actual no es de personas, sino de ideas,
y que las ideas están encarnadas, más que en las personas,
en los partidos.
Lo tercero, porque son de la Liga todos los que defien­
den su bandera y coadyuvan á sus fines; y cierto sólo los
antiliberales, teóricos y prácticos, llenan bien este cometi­
do. No teman las Ligas que las llamen integristas ó carlis­
tas; teman el que merezcan, por la torpeza ó peocupaciones
de algunos de sus miembros, el calificativo de cooperadoras
del liberalismo.
La verdad es que la simple existencia de las Ligas an ­
tiliberales, centro en que desean unirnos el Papa y los Obis­
pos, prueba hasta la evidencia la necesidad de resistir, com­
— 29 -
batir y anular, si tanto pudiéramos, los partidos liberales.
Y ahora, véase si será licito ni decente, como regla
general, que Iob católicos con nuestros votos demos calor y
vida, y sostengamos, apoyando á sus hombres, á estos par­
tidos, abortados por el infierno para encadenar la Iglesia,
degradarnos y envilecernos y conducir la Patria á segura,
inevitable ruina.
Si mi voz pudiera retum bar en altas regiones, diria re­
sueltamente:
“Proclamad la guerra santa contra los partidos libera­
les todos, contra su prensa, contra sus Casinos; organizad á
este fin las fuerzas católicas, y no habrá uno que no os siga:
la unión estará hecha y será una unión eficaz.,,
CAPÍTULO II

¿DÓNDE ESTÁ EL ENEMIGO?

A rt. I
La d e r e c h a .
Tengo miedo á esta palabreja.
Se abasa de ella en tales términos, que produce la con­
fusión más deporable.
La derecha y la izquierda, hablándose de cosas políti­
cas y sociales, constituyen ramas de un mismo árbol, m ati­
ces de un mismo color, diferencias en idéntica doctrina;
importan la mayor y la menor restricción de un sistema.
Entre derechas é izquierdas hay algo común, algo en
que convienen, diferenciándose en que la izquierda da más
amplitud á las consecuencias y aplicaciones, que trata siem­
pre, ó cuando le conviene, de restringir la derecha.
Si lo común no existe, habrá oposición, contradicción,
guerra, entre dos términos ó dos entidades morales; nunca
podrá afirmarse que la afirmación es la derecha y la nega­
ción la izquierda, ó viceversa.
Asi resultaría impropio deoir que la Iglesia católica es
la derecha religiosa y la izquierda el protestantismo; porque
el protestantismo no es Religión en el mero hecho de no ser
la Religión que es única y solo la católica, apostólica ro ­
mana.
— 31 —
Estos nombres, mal aplicados, como ordinariam ente se
aplican hoy, llevan al tolerantismo teológico, ó filosófico, ó
social, según sea la materia de que se trate.

*
**

En los partidos liberales hay derecha é izquierda, por­


que todos convienen en una cosa, en ser liberales, en encar­
nar el liberalismo.
La derecha es el partido liberal conservador; la izquier­
da es el partido ó partidos liberales radicales.
Convienen en estar informados por el liberalismo, en
haber sido criados para sostenerlo, y en existir hoy con el
fin de defenderlo.
Por esta razón, derecha é izquierdas se unen a p re ta ­
damente y forman un bloque, cuando aparecen los católicos
dispuestos á acabar con la herejía liberal.
Se extrañan algunos de esta conducta de la derecha, y
más aún de que la sigan hombres que hacen alarde de cato­
licismo, y oyen Misa, y quizá confiesen, perteneciendo al
partido liberal-conservador; pero á mi b ó I o me extraña su
extrañeza; porque la lógica es más poderosa que las incon­
secuencias individuales, y acaba por arrollar todos los con­
vencionalismos.
Maravíllame que no entiendan que están en su sitio de­
recha ó izquierdas, defendiendo lo que £8 su alma, su vida,
su ser contra los católicos que luchan para aniquilar este
ser, m atar esta vida y mandar á los infiernos esta alma.
Diferóncianse tan sólo en que la derecha admite los
principioBy se obstina en negar las consecuencias, ó en que
procede más prudente y despacio en aplicarlas y á veces
sólo en que desea á todo trance conquistar el Poder y rete­
nerlo, porque no hay asientos para todos en la mesa del
presupuesto. Mientras la izquierda confiesa premisas y con­
clusiones en la extensión que le convenga y quiere adelantar
su aplicación y recorrer volando el espacio que les separa
del bello ideal del liberalismo, que es la esclavitud y ruina
de la Iglesia.
Sentadas estas verdades, en España no hay más derecha
— 32 —
que la personificada en Maura, que faé figura de alto
relieve en el partido radical, y ni más izquierda que la per­
sonificada en Canalejas, que quiso ser figura de alto relieve
en el nonnito partido conservador capitaneado por Po-
lavieja.
*
#*

¿Podemos los católicos, los tradicionalistas form ar en


esta derecha ó constituir por lo menos la extrem a derecha?
Preguntar esto equivale á preguntar si siendo tradicio·
nalistas y católicos podemos pertenecer al partido liberal
conservador y ser por ende liberales, por cooperación cuan­
do menos, ó por.... boberia.
No hay afinidad alguna entre el partido überalconser-
vador y el tradicionalismo. Lo católico niega y condena lo
liberal; lo liberal niega y persigue lo católico.
Hay, pues, oposición, hay contradicción absoluta entre
la derecha liberal y nosotros. Quemamos todo lo que adora;
adoramos todo lo que quema, sin que haya avenencia posi­
ble, á no ser abjurando todos los conservadores sus eriores
liberales, con lo cual m atarían su partido, ó apostatando los
tradicionalistas de nuestros dogmas, con lo cual mataríamos
lo único que defiende hoy la Causa católica en Espafia.
Podrán ser afines algunos conservadores por su buena
fe, por sus excelentes deseos; pero el partido es esencial­
mente hostil, porque es esencialmente liberal.
¿Qué afinidad cabe entre la Comunión tradicionalista y
la derecha liberal, cuando uno de sus personajes más cons­
picuos, que sería su verbo si no lo fuera Maura, llegó á
decir: antes que Don Carlos Pablo Iglesiasi
*
**
Hay dos clases de gentes empeñadas en confundirnos ó
en que nos confundamos.
Los radicales y ciertos católicos prudentes.
Aquéllos, cuando azuzados por el hambre ó por la ma­
sonería, quieren derribar á los conservadores.
Saben que no es verdad; pero les conviene asustar á
— 33 —
alta 8 personalidades, dándoles la voz de alerta, indicándoles
que abdican de los principios liberales que los encumbraron,
y que lo van á perder todo, juzgados por traidores y des­
leales.
Conviéneles excitar á las turbas, á los que son siempre
el alma de todo motín y revuelta, para ejercer presión allí
donde se acuerda quiénes han de continuar desde el Poder
la labor liberal de descristianizar á España.
Por esto atacan á la derecha liberal, llamándola cleri­
cal, ultramontana, vaticanista, á sabiendas deque mienten.
Quieren, á b u vez, que nos confundamos con esta dere­
cha algunos católicoB prudentes ó tímidos ó que se pasan de
listos, olvidando que, si en algo bueno podemos aliarnos ó
sumar nuestros votos con la derecha ó con la izquierda,
según los casos, nunca podemoB fundirnos con una fracción
liberal cualquiera sin suicidarnos, nunca podemos perder de
vista que estos partidos, todos y cada uno, son enemigos
mortales.
Quieren, por lo que se ve, con la más sana intención,
sin duda, que nos pasemos al enemigo con armas y bagajes,
formando la extrem a derecha.
¿Han olvidado aquel hermoso libro de férrea lógica, de
Augusto Nicolás, en que rebate y rechaza la proposición
de M. Ouizot de que se unieran protestantes y católicos para
defender lo sobrenatural contra los naturalistas?
No puede ser, contestaba el apologista católico; no pue­
de ser, porque el protestantismo es también naturalista.
No puede ser, repito ahora, porque el partido conser­
vador, la derecha liberal, es liberal.
Ni nos confundimos, ni siquiera nos ponemos en línea á
su lado.
De frente.

Ar t . II

¿Con quién hemos de luchar?


No es de poca monta el conocer al enemigo.
Sin este conocimiento previo nos exponemos á errar la
puntería, á gastar pólvora en salvas, y tal vez á perjudicar,
3
— 34 —
más que á defender, la santa Causa por la que trabajamoi
Tengo para mi que gran parte de la confusión existen!
y del escaso resultado de muchas campañas, indudablemei
te bien intencionadas, se debe á no haber precisado co
claridad el enemigo qae hemos de combatir.
Paréceme que nos ahorraríam os muchas dilaciones
trabajaríam os eficazmente en pro de la deseada unión d
los católicos sin hablar de ella, si uos pusiéramos de acuei
do sobre un punto que es verdaderam ente esencial.
¿Cu&l es, pues, el enemigo?
+
**
No son, y vaya esta observación por delante, no son la
personas, piensen como piensen y hagan lo que quieran
Pertenecemos á la escuela de Cristo, y en esta escuel
no se aprende & odiar, sinoá amar; no se busca la muert
del hereje ó pecador, en cuanto son nuestros prójimos, sin
que se conviertan y vivan.
Calúmniannos los que nos suponen furiosos y sanguini
ríos, movidos por el rencor y el odio, ansiosos de llevar á 1
horca ó colgar de algún farol á los que son nuestros advei
Barios.
El Divino Redentor no odió á los pecadores, los busc<!
los convirtió, los salvó. No transigía con el pecado de uno
y I o b errores de otros, ni menos con la malicia de los libre
pensadores de anteB, los fariseos. Reprendía, corregía, inc
piraba horror & la culpa; pero á todos convidaba con 8
gracia y doctrina, á todos encomendaba á la clemencia d
su Eterno Padre, por todos derram aba generoso su sangre
Asi, siendo bu s discípulos, n o odiamos, no podemos odia
al hombre, aunque sea enemigo de Dios. Combatimos su doc
trina, damos la voz de alerta al pueblo contra su propagan
da; pero rogamos por él, y deseamos vivamente su convei
sión.
Odiar errores y am ar A las personas que yerran, ést
es la máxima cristiana, ésta es por la misericordia de Dioí
mi máxima
- 35 -
T si no odiamos á las personas, aunque sean enemigas de
Dios, menoe las hemos de odiar por ser nuestras enemigas.
Mándanos el Señor, no sólo perdonar, sino amar positi­
vamente á nuestros enemigo*, volviéndoles bien por mal,
á imitación del Padre que hace salir el sol sobre justos y
pecadores, y como condición precisa para obtener del cielo
el perdón de nuestras culpas.
Por lo que á mi toca, declaro en presencia de Dios que
no aborrezco á mis detractores; que preñero rail veces que
malgasten el tiempo en descomunal batalla contra esta po­
bre cufia quebradiza, que no contra Dios y su doctrina y su
Iglesia; y que bien podrán ser ellos enemigos míos, si les
place, pero no rae obligarán, con la gracia de Dios, á serlo
suyo; y que, en fln, no he de responder á sus ataques, ni he
de perder el tiempo en defenderme, porque yo no soy un
dogma, ni una institución, ni cosa que valga la pena.
Por Dios y la verdad y por la Iglesia, no por mi, he de
romper lanzas.
Estoy convencidisimo de que el enemigo no son las
personas, aunque hagan dafio, 6Íno los errores y maldades.
T contra esto hay que luchar con bríos.
*
**
El enemigo es la herejía liberal.
¡Qué mal efecto me produce el ver la cara avinagra­
da que ponen algunos católicos al oír esta afirmación! ¡Qué
pena me da cuando les oigo decir que ya ha pasado el tiem­
po de hablar de esta herejía, y que es maniático quien la
emprende contra ella; y que resulta mejor táctica el callar
para que se entiendan las personas honradas de todos los
partidos!
¿Domina el liberalismo? Es indudable.
¿Está condenaao? Ciertisimo.
¿Es causa de la pérdida de la fe en muchos, de indife­
rencia religiosa, tan común ya por desgracia, de la propa­
ganda de toda clase do errores, del alejamiento del pueblo
de la Iglesia y de todos los desastres nacionales? Quien lo
niegue está ciego y sordo ó... se quiere hacer el tonto ó el
zueco.
— 36 -
¿Serán, pues, los enemigos, los errores de los siglos pa­
sados ó las herejías que puedan existir en otros planetas?
O no tenemos enemigos, ó lo son los de hoy, los que vi­
ven y se mueven y agitan y laboran en este mundo sublu­
nar á nuestra vista, y con harto dafio de todo lo que am a­
mos, particularm ente de las almas y de la Patria.
Los hijos de las tinieblas, máB prudentes que los hijoB
de la luz, dan siem pre en el blanco: el clericalismo, h¿ aquí
el enemigo.
Nosotros decimos con toda seguridad: el liberalismo, hé
aqui el enemigo.
¿Que no se quiere entender? No por esto dejaré de pro­
clamarlo; y en mi pequeñez le haré constante guerra, y
trabajaré para que otros, con más acierto y mejor resulta­
do, la sigan haciendo hasta vencer ó morir en la demanda.

%
*V

Pero,'¿dónde está el liberalismo?


¿Cuál es el único medio de combatirlo con ventaja y de
vencerlo con seguridad?
Lo veremos otro día, porque ya no hay espacio en este
articulejo.

Art. III
El liberalismo en los partidos

Uno de I o b mayores males que padecemos es, sin duda,


el de no darnos cuenta todos los católicos de la Índole espe­
cial y naturaleza íntima del liberalismo.
Júzgasele como una de tantas herejías, uno de tantos
errores, más ó menos radical, con mayor ó menor malicia
intrínseca, de efectos los más funestos.
Y se ha considerado remedio muy eficaz el combatirlo y
acosarlo y vencerlo desde el punto de vista de la fe, de la
razón, de la historia y de la experiencia.
Enseguida se han difundido los buenos escritos, se han
multiplicado los discursos y se ha hecho toda clase de pro­
— 37 -
paganda para arrancarle adeptos y conseguir que muchos
vuelvan al redil de la Iglesia.
¿Condeno estos procedimientos? Libreme Dios de atrevi­
miento semejante.
Lo que impugno es que el liberalismo se considere sola·
mente asi, y que seatirm e que el modo dicho de impugnarlo
sea el m ejoró el único.
No hay duda que el liberalismo es esto, y conviene po­
ner en su punto los dislates y herejías que entraña. Pero es
también otra cosa que le distingue de las demás herejías
pasadas y presentes, algo más en el orden de la doctrina y
de la práctica.
AlgunoB maestros lo han visto asi, y por mi parte me
declaro humilde discípulo; pero otros muchos, no; y por eBto
no se ha dado importancia, ó se ha juzgado imprudente, ó
tal vez un recurso de política menuda, el atacarle como él
es, y allí donde se encuentra.
El hecho es que se han escrito muchas obras, se han
pronunciado miles de discursos, se han oelebrado muchos
Congresos y Asambleas, y el liberalismo eBtá más pujante
que nunca; se pueden contar las conversiones realizadas, y
parece que, al transcurrir el tiempo, aumenta nuestra de­
bilidad.

**
E 9te hecho, tan triste como elocuente, preténdese expli­
car por la desunión de los católicos. Pero es el caso que, para
condenar y hasta impugnar la doctrina liberal, todos esta­
mos unidos; á no ser que se pretenda que no podemos vencer
al liberalismo Bin unirnos á los liberales.
Y no obstante pensar todos lo mismo, el liberalismo
vive y domina.
No puede contestar á nuestros argumentos ni á nuestros
cargos sin salirse por los cerros de Ubeda; poro no por esto
es más débil ni menos tirano.
Hay qae buscar la explicación en otra parte, quizá allí
donde se halle la explicación de nnestras desavenencias.
Como no hay efecto sin causa, y la vida robusta del li­
beralismo español, después de ser tan rudamente combatido
— 38 —
en el orden doctrinal, no tiene satisfactoria cansa en esa
desunión tan deplorable, voy á ensayar una explicación
en las observaciones objeto de estos renglones.

*
**
El liberalismo, tal y como aquí lo consideramos, es
eminentemente social. Naturalismo social lo llamó el inmor­
tal León XIII.
Distínguese de los demás errores y herejías en que
éstas van á conquistar entendimientos y voluntades, y aquel
á atrapar el Poder público y á conquistar Estados.
Las demás herejías triunfan cuando logran un adepto;
el liberalismo es derrotado m ientras no informa la autoridad.
Claro que para que haya liberalismo ha de haber libera­
les, como para que haya protestantismo precisa que haya pro­
testantes; pero éstos, fuera del natural deseo de hacer pro­
sélitos, no aspiran á gobernar, porque el protestantismo
surte todos sus maléficos efectos sin el Gobierno. No asi el
liberalismo. Los liberales quieren gobernar, porque la ra ­
zón de ser del liberalismo es el Gobierno, es descristianizar
todo lo que es oficial y público, para descristianizar á man­
salva y con grandes recursos á los ciudadanos.
Toda herejía halla su sujeto propio en el individuo; el
liberalismo está como de paso en el individuo, ó como en un
medio, esperando el momento en que pueda trasladarse al
Estado, que es su propio sujeto, y allí desarrollarse ó infi­
cionarlo todo.
En uua palabra, las herejias son viejos instrumentos de
Satanás para pescar con cafia almas sueltas; el liberalismo
eB su obra maestra para, apoderándose del Estado, pescar
de una redada toda una Nación, y aun varias generaciones.
Por este carácter social, que es su distintivo, el libe­
ralismo vive en corporaciones, en entidades morales, en
organismos sociales, en partidos, y cuando yace solitario en
la mente ó en el corazón de un individuo, no causa más dallo
que el recibido por su víctima, pero no es temible en el
orden social.
*
*♦
— 39 -
Síguese lógicamente de las precedentes observaciones,
que es imperfecto el modo de combatir el liberalismo, refu­
tándolo como si fuera un error cualquiera.
Hecho queda, y bien hecho, este trabajo; pero hay que
hacer más.
Hay que combatir al liberalismo, no con disertaciones
de Academia, sino buscándolo donde está, hiriéndole en su
propia guarida, destruyendo el cuerpo en que vive y por el
cual impera.
No le disgusta al liberalismo leer hermosos discursos
que le refutan, execran y condenan. Sucede á veces que los
liberales aplauden el ingenio, los arranques, la elocuencia
con que se les impugna, porque saben que de esto reciben
poco dafio y siguen im pertérritos en el Poder.
Lo que el liberalismo abomina, aquello contra lo que se
subleva, lo que lo irrita y enfurece, es sentirse combatido
en estos organismos, que constituyen su fuerza y su vida, y
su poder.
Luego á esto debemos dirigirnos, esto es lo que debe­
laos hacer, lo que al liberalismo desagrada, porque socava
sus cimientos y acabaría con su imperio.
En una palabra: el enemigo no es el liberalismo como
teoría, sino como partido político.
Y por hoy basta. Quede la aclaración para otro dia.

A r t . IV

El bloque católico contra los partidos liberales.


Los partidos liberales; hé aquí el enemigo.
Este debe ser el santo y seña de todos los católicos, este
su grito de guerra, esta su bandera,
No son estos partidos organismos gubernam entales que
se hayan dejado inficionar do liberalismo; son organismos
liberales, y para el liberalismo y sólo para él se han creado.
No de otra manera (y perdóneseme tan alta comparación en
gracia de la claridad) nuestro organismo, el cuerpo hum a­
no, ha recibido el alma, no de modo accidental y pasajero,
no porque pueda tener otra de inferior ó superior especie.
— 40 —
sino porque ha sido criado por Dios para el alma racional,
y ésta para el cuerpo. Y el cuerpo sin esta alma perece, y
el alma sin este cuerpo no puede naturalm ente ejercer su
senBibilid&d.
Estos partidos liberales se criaron pAra su alma, que es
el liberalismo. No existían antes: la lógica los organizó, la
necesidad los sostiene; pero se trata de la lógica partiendo
del liberalismo, y se trata de la necesidad que el liberalis­
mo tiene de estos partidos, porque sin ellos resultaría ino­
fensivo y moriría por absurdo é inútil.
Quitad el liberalismo á nuestros partidos y quedarán
deshechos; quitad los partidos al liberalismo y éste morirá
por consunción.
El liberalismo, como doctrina, no es temible: ni siquiera
se defiende; á lo sumo considera como axiomática é indis­
cutible la perfecta autonomía del Estado, su absoluta inde­
pendencia de la Religión, y con cuatro frases campanudas
y algunos periodos más ó menos bien redondeados sale del
paso.
Hay que combatir al liberalismo, no'en abstracto, sino
en concreto; no en la región de las ideas, sino en la de los
hechos; no en las posiciones que tiene medio abandonadas,
y que no le importa perder en un momento, sino allí donde
vive y sostiene á sus adeptos y conquista á otros; allí donde
se defiende con más bravura, porque defiende su existencia;
allí, en fin, desde donde mata la fe en el corazón de los
fieles, hiere á nuestra Madre la Iglesia y causa la ruina de
la Patria.
Hay que poner el hacha en las raíces del árbol, si se
quiere que no retoñe; lo contrario es andarse por las ram as.
*
**
Ni hay que distinguir entre los partidos liberales. Todos
elloB son una misma cosa.
En Inglaterra los partidos gubernam entales son p arti­
dos nacionales, antiquísimos, arraigados, y lo malo que tie­
nen es verdaderam ente accidental; pueden desprenderse de
ello, sin perecer. Allí cabe distinguir, y aun cabe el que los
católicos pertenezcan indistintamente á uno ó á otro.
— 41 —
En España los partidos nacieron con el liberalismo y
para el liberalismo, y tienen de común el Ber liberales. Lo
liberal en ellos es lo esencial, lo que no pueden perder sin
morir, lo que por consiguiente no depende de la buena vo­
luntad ó talento de un hombre, porque no eBtá en las faculta-
den humanas cambiar la esencia de las cosas.
¿Quién sueña en la conversión al catolicismo del parti­
do radical? No es menos imposible la conversión del partido
conservador. Se convierten los hombres; pero no las sectas.
T es que en I o b hombres el mal está á m anera de accidente,
y en las sectas, á manera de esencia. »
TodoB los partidos liberales son enemigos de la Iglesia,
en el moro hecho de ser liberales.

*
**

La historia y la experiencia están de acuerdo en este


punto.
El partido liberal es un partido único, con matices dis­
tintos Así apareció en las Cortes de Cádiz, así en el año 20,
asi después, hasta que apareció dividido en el moderado y
progresista.
Fueron causas de esta división: 1 a, las discrepancias
acerca de la aplicación de los principios liberales en una
medida determinada y á tales ó cuales cosas; 2 .a, la necesi­
dad de participar todos de las ventajas del Poder, viéndose
obligados á hacerlo por turno, para lo cual formaron dos
grupos; 3.a, el instinto, porque prestándose el parlam enta­
rismo, más que otra cualquiera forma de Gobierno, á dar
estabilidad al liberalismo ( 1), hubo necesidad de partidos,
y como no los había en la Nación, que era antiliberal, se
dividieron para imponerse mejor y conservar la llamada

(1) La Monarquía pura es refractaria ¿ estos errores; la represen­


tativa, por clases, sería sil muerte. El parlamentarismo finge elecciones
y representación nacional, y por este medio sicmpri triunfa uno de los
partidos sólo inspirados, no por el pueblo, sino por el liberalismo, que
se impone al pueblo.
— 42 —
conquista de la libertad, que tanta sangre costó... á los infeli­
ces soldados arrancados á la fuerza de sus casas.
Un solo partido hay, con el mismo fondo doctrinal en la
sustancia y la diversidad accidental que piden las circuns­
tancias.
Si, la que piden las circunstancias; porque es notoria la
evolución de estas fracciones del partido liberal único.
El partido liberal-moderado evolucionó hasta hacerse la
unión liberal. Esta, con Cánovas, se llamó partido liberal-
conservador. El partido liberal-conservador ha avanzado
tanto én estgs últimos años, que el partido radical 6e encon­
tró sin programa propio, y para formarlo no recurrió á pre­
sentar el plan de una buena administración, de economías
en grande escala, y de otras medidas, acertadas ó no, de
buen gobierno; apeló á un nuevo avance dentro dei credo
liberal, y levantó como bandera la libertad de cultos (que
de hecho existe hoy con los conservadores) y la guerra á
las Asociaciones religiosas.
Lo que ni una ni otra de estas fracciones abandona es
el liberalismo; variando sólo en su aplicación, según los
tiempos, pero caminando todos de modo resuelto hacia ol
radicalismo más cerril.
Y es de notar que, versando todas las contiendas entre
ambas fracciones liberales, sobre asuntos relacionados con
la Iglesia, á los gritos de los más avanzados responden
siempre los conservadores diciendo que son tan amigos de
la libertad liberal como ellos, jy más prudentes, porque no
la comprometen con escandalosas algaradas que despiertan
y unen á los católicos.
Por lo demás ellos, los liberales-conservadores, se en­
cargan, cuando les llega el turno, de consolidar, conservar
y organizar todas las salvajadas de los radicales.
Si; uno es, pues, el partido liberal, y el liberalismo, que
es nuestro enemigo, vive en él y por él; con luz m eridiana
se ve que los católicos deben unirse en este punto, á saber,
en hacer la guerra, y guerra sin cuartel hasta conseguir su
desaparición, al partido liberal en sus diferentes fracciones.
— 43 —
Y esta doctrina es tan clara, que hasta algunos de nues­
tros hermanos que muestran poco Entusiasmo por ella, la
sostienen, tal vez sin darse cuenta, cuando nos hablan del
mal menor. Prescindiendo de contadas excepciones, se tie­
nen por mal m tnor, con respecto A los radioaleB, los conser­
vadores. No discuto ahora esta apreciación de- hecho; pero
hago constar que, si los conservadores son el mal menor,
luego son el mal; y si son el mal, lo son como partido (que
nadie intenta calificar personas); y si lo son como partido,
luego el partido liberal conservador es malo; y como esta
calificación se le da desde el punto de vista de la Iglesia, es
evidente que es malo por ser liberal.
Voy A hacer una observación para concluir este articulo.
Si los partidos liberales, que son un sólo partido liberal, son
malos, con la sola diferencia de grados, todos los periódicos
adictos A estos partidos son igualmente malos.
Y si malos, no deben ser favorecidos ni leidos por los
católicos, antes solemnemente condenados y ex tolo corde
execrados.
Teniendo Biempre mucha caridad A sus desdichados
redactores, deseando vivamente su conversión.
Es un punto que recomiendo A la segunda Asamblea de
la buena Prensa de Zaragoza.

Art. V
No es p o l í t i c a

¿Qaé dificultad puede oponerse A la doctrina expuesta


«n los anteriores artículos?
¿Qnó impide el llevarla A la prActica?
Lo primero se objeta que este modo de combatir al li­
beralismo es político, porquo se propone acabar con los par­
tidos politicos.
Responderé que nu seria un mal acabar en una nación
cualquiera con los partidos, y iuera, no tanto obra política,
de política menuda, sino obra social y de las más beneficio­
sas, porque se m ataría la división que es la muerte de los
reinos, según autorizadísima doctrina.
— 44 —
Diré además que no se trata de lo meramente político
que tengan estos partidos, sino de sn liberalismo, que Iob
constituye en enemigos nuestros.
Y be de afiadir que ellos no se percatan de herirnos, de
hacernos todo el dafio posible; de manera que resulta tonto
que nosotros les guardemos consideraciones, les tengamos
muchas deferencias y hasta leB pasemos cariñosam ente la
mano por el lomo; porque de no hacerlo, nos lanzarían la
horrible, espantosa, despampanante acusación de que ha­
cemos política.
Si la política es el meaio de que se vale el liberalismo
para vivir, dominar y descristianizar; si nada de esto podría
hacer sin la política, ¡claro que hemos de hacer política,
pero política grande, oponiéndonos con todas nuestras fuer­
zas á la política liberal!
*
**
Los católicos todavía no se han hecho cargo de la im­
portancia que tiene el atacar el liberalismo en los partidos,
en la política, si se quiere; pero los liberales sí, y en esto,
como en muchas oirás cosas, nos llevan gran ventaja, por­
que son más listos, ó más decididos, ó más prácticos que
nosotros.
¿De dónde ha salido el grito de que el Clero no debe
meterse en política, y ha do encerrarse en la sacristía y el
templo? ¿De la Iglesia? No, ciertam ente; va contra la Ig le­
sia, tiende á limitar el campo de la acción sacerdotal, es
arrojarlo de la sociedad, para que no influya cristianam ente
en ella. Ha salido de las filas liberales, porque asi el libera­
lismo monopoliza la política sin oposición. Y cuando algún
Clérigo que entiende la maniobra, ataca esas trincheras, los
partidos liberales muéstranse muy escandalizados, rasgan
farisaicamente sus vestiduras, y nada dejan de intentar para
aislarle y condenarle á los leones.
Así han conseguido que arraigue en algunos esta preo­
cupación, y han inspirado á otros un pueril temor, consi­
guiendo gobernar liberalmente, sin que nadie les vaya á la
mano, sino es cuando se trata de un entuerto muy mons­
truoso.
— 45 -
Semejante conducta han seguido con los seglares cató·
licos. El liberalismo Jes ha cerrado todas las puertas, les
niega el derecho de hacer politica antiliberal, y no les per­
mite ocupar un solo puesto si no es á condición de añilarse
á una de las fracciones liberales, sacrificando su libertad
en aras de la disciplina, cuando menos, y robusteciendo,
consciente ó inconscientemente, el organismo ó partido
creado para hostilizar á la Iglesia.
Casi consideran un crimen el que los católicos sean po­
líticos y se pongan enfrente de los partidos liberales, y los
atacan y hacen lo que pueden para envolverlos en un des­
precio universal, para inutilizarlos, y consiguen que otros
católicos, ó demasiado tímidos ó creyendo que se comprome­
ten, se apartan de ellos ó de sus obras, como si fueran una
peste, por el enorme delito de tener una política radical­
mente opuesta á la política liberal.
¿Por qué, pues, no hemos de ser políticos? A la política
mala no se la contrarresta sino con una política buena; al
partido liberal, con sus distintas fracciones, no se le comba­
te eficazmente sino con un partido antíliberal; y sin impug­
nar eficazmente á los partidos liberales, negándoles hasta
el agua y el fuego, no se abrirá brecha ni se podrá asaltar
con feliz resultado la fortaleza en que se defleuden.
A la palabra se opone la palabra; á la acción, la acción;
á los partidos, partidos.
Si esto es política, necedad insigne me parece, ó crimen
de lesa fo y lesa Patria, el no ser políticos de esta manera.
Asi lo enseña el sentido común.

*
**

Ya que algunos hermanos nuestros, á imitación de los


afrancesados, buscan en el extranjero lo menos bueno, para
que troquemos por ello lo mejor que ya poseemos, y nos h a­
blan de Bélgica, venga ó no al caso, séan cualesquiera la9
diferencias que entre aquella nación y la nuestra existen,
bueno será citarles el ejemplo de Bélgica con respecto á este
punto, ya que hay en esta m ateria perfecta semejanza.
En Bélgica los católicos todos, desde los Principes de la
— 46 —
Iglesia abajo, son polfticos y militan en un partido, y tr¡
bajan lo indecible para tener alejado del Poder al liberal
hacerle el mayor dafio posible, sin faltar, claro está, á J
justicia ni al derecho.
Allí no se teme á esta palabreja / política / Ni Iob catól
eos se calientan los cascos en averiguar quiénes son rnenc
maloB entre los liberales, si los radicales ó los socialista!
Frente al candidato liberal, rojo ó negro, presentan su car
didato; y si salen vencedores, han asegurado la política c*
tólica, y si vencidos, aparecieron unidos en la lid, se ha
contado y se disponen para triunfar mafiana.
Aqui tenemos también un partido liberal con s u b múl
tiples colores, amarillo, verde, rojo, negro. Luego hemos d
combatirlo á todo trance, pensando que estos colores todo
son peores. Que no nos importe que nos digan que nos me
temos en política. Respondámosles que sí, con el mismo de
recho que ellos se meten, y un poquito más, y habremo
inutilizado esta arm a que esgrimen con tanto provecho pro
pió como dafio nuestro.
*
* *

Conozco gentes mesticulosas que, entendiendo que no e


posible atacar á los partidos liberales sin que se resientai
intereses más elevados, afirman que en España no se pued<
seguir este camino sin causar graves trastornos y herir i
inocentes, y aun confundir á los excelentes católicos qu<
hay en todos los partidos con la chusma que bulle y á vece
se impone.
Aqui conviene responder que no hay trastorno más fu
nesto que el que produce el liberalismo im perante que, a
amparo del Patronato, esclaviza á la Iglesia, y con las li
bertades de perdición envenena á las muchedumbres, mati
la fe y pierde á las almas.
Tengo para mí que no hay mal semejante á este mal
Las guerras, las pestes, son males pasajeros; pero éste ei
permanente: matan el cuerpo, pero no van directam enu
contra la vida del espíritu, como el liberalismo; causan mi
desastres temporales, pero no tienen la misión, como la set;
- 47 —
ta liberal boy dominadora, de destruir la vida de la gracia,
de cerrar las paertas del cielo y abrir las del infierno
Con tal de acabar con esta peste moral, que vengan
pestes y guerras, que hacen menos dafio á la gloria de Dios
y al bien de las almas.
T si se resienten altos intereses, será porque se hallan
ligados al liberalismo que se combate, y en este casot ceder
ante ellos fuera sacriñcar la verdad y el bien á la con­
veniencia particular, lo divino á lo humano, el cielo á la
tierra.
Ni se hiere á inocentes cuando se ataca á partidos, ni
se trata prim aria ni principalmente del bien ó dafio de las
personas, y en todo caso lo individual cede al bien común,
máxime cuando éste es espiritual.
Por idéntica razón, las personas que de buena fe p e r­
tenezcan á los partidos liberales, con su pan se lo coman;
y si no les repugna la compafiia de la chusma política, no
debe extrañarles la oposición de la gente honrada y cris­
tiana.
Que perezca todo antes que la gloria de Dios; que ven­
gan todos los males físicos con tal que se quite la causa de
la perdición de las almas.
Por esto concluyo que propia y estrictam ente no se pue­
de llamar política la batalla que todos los católicos han de
librar contra los partidos liberales, sino social, moral y re ­
ligiosa.

A r t . VI

Cuestión de táctica.

No liay guerra eficaz contra el liberalismo, si no se d i­


rige la puntería á los partidos liberales.
El bloque de todos los católicos antiliberales contra los
partidos que sostienen este error, es lo que el sentido co­
mún ensefia, lo que la lógica impone, lo que todas las con­
veniencias aconsejan.
Por ningún otro camino Be va al triunfo, sino á la de­
rrota más vergonzosa.
— 48 —
Pero, además, lo que propongo resulta una excelente
táctica.
Con estar toda la fuerza del liberalismo en los partidos
en que encarna, puede afirmarse que es más fácil el triunfo
sobre los partidos, que sobre el liberalismo, considerado
por una abstracción, separado de ellos.
El pueblo entenderá mejor lo perverso de los errores
liberales, si ponemos delante de sus ojos los daños que de
ellos recibe y siente, mediante los partidos.
Y aquellos son los mejores argumentos que más se en­
tienden y más convencen.

* *

Porque, en cuanto á malos, ¡vaya si lo son esos p arti­


dos de Barrabás!
Y por si acaso se hubiese olvidado, repito aqui que
prescindo de personas y de intenciones, sólo me refiero á
esas entidades morales, á esos organismos llamados parti­
dos liberales.
De éstos afirmo que son rem atadamente malos, no ya
por sus doctrinas, sino por sus desaciertos gubernam enta­
les, ó, como se dice hoy, por su gestión, lo mismo en la
oposición que en el Poder.
Durante su dominación se han perdido todas las ener­
gías morales y todas las colonias de América y de Asia; han
perecido millares y millares de hombres en guerras civiles,
motines, pronunciamientos y revueltas; ha crecido fabulo­
samente la deuda pública, y á la par las contribuciones de
todo género, hasta hacer imposible la vida; ha surgido el
conflicto entre el capital y el trabajo, y se han extendido
por doquier las doctrinas socialistas y anarquistas.
EBto es evidente, como lo es que los católicos carecemos
de la libertad de que usan y abusan todos los sectarios, y
que la mala fe domina en las costumbres públicas y la inmo­
ralidad en la Administración, y que tanto más cohibidos y
esclavizados están los hombres honrados, cuanto más libres
y sueltos andan los ladrones, desde el humilde ratero hasta
el altivo de levita ó frac, corbata irreprochable y guantes
conforme al último figurín.
— 49 —
Y todo esto lo sabe el pueblo, y lo siente el pueblo, y lo
lamenta y lo aborrece y lo maldice.
Luego basta ponernos al lado del pueblo, en contra de
los partidos liberales, todos unos ó una misma cosa, para
ocupar una excelente posición, tener muchoB auxiliares,
batir al liberalismo donde tiene su fuerza, y cantar victoria
de un modo fácil y sencillo.


Por culpa de los partidos liberalesei pueblo ha perdido


su confianza en la justicia, y tiembla si ha de presentarse,
con algún negocio, á una oficina pública, porque sabe que no
se le despacha si no es dando muchas propinas á los emplea­
dos, y es tratado con desprecio por los que cobran del Esta­
do y del pueblo, sin hacer nada, por la protección de los
caciques liberales.
De aqui el desprecio en que caen todos los que ejercen
autoridad, porque la misma autoridad resulta odiada, al ver
que no es padre, sino padrastro, y que no gobierna, sino que
explota, esquilma y tiraniza á la Nación.
Hasta tal punto es esto cierto, que se hizo popular y se
abrió camino, y realizó un gran bien, una frase de un pe­
riodista insigne en ocasión solemne, á saber: si el Papa
declara,por un imposible, que nuestros partidos liberales son
católicos, acataríamos la decisión, pero seguiríamos comba­
tiéndolos, no ya como anticatólicos , sino como ladrones .
No hay, pues, táctica más acertada, medio más seguro,
ni arm a más mortífera para atacar y acabar con el liberalis­
mo, que el combatir á los partidos liberales.
No hacerlo es pretender herirle donde es poco menos
que invulnerable, y dejar de asestarlos golpes donde son
más sensibles y más dafio le causan.
Lo que propongo, aparte de otras razones más podero­
sas, expuestas yA, es cuestión de táctica.
Quien la desprecie no será ciertam ente del número de
los varones, por los cuales Israel ha de ser salvo.
— 50 -
Sin embargo, se empefi&n algunos en lo contrario, ere
yendo qae triunfamos cuando aparecemos muy arrimaditoE
al Gobierno liberal.
Verdad que esto no reza cuando ocupa el poder Moret y
los suyos, como si entonces no hubiera autoridad que respe·
tar, ni Poder constituido, ni nada semejante. A lo sumo, se
pasa por encima de los que gobiernan , mostrando un valor
que desaparece y dando gritos bien agudos, que dejan de
oírse en el momento que entra A gobernar otro liberal, y
bien convencido, el Sr. Maura.
Esta táctica es de fatales consecuencias. Ya he oído
muchas veces decir á los Clérigos: Ahora estaréis contentos 3
porque estáis en el Poder. Y esta idea, fomentada por las com­
placencias de unos y la mala fe de la Prensa radical, acaba
por encarnar en el pueblo; y la Iglesia española resulta libe­
ral á los ojos del indocto pueblo y responsable de todos loe
desaciertos que estos Gobiernos cometen, por lo cual son
odiados por la Nación.
¿So ha pensado seriamente en esto?
Rasgaban sus vestiduras ante la idea de que se atara la
Religión A la suerte del tradicionalismo, que es católico, y
no hay dificultad en conducirse de tal m anera que aparezca
la Religión atada á la carroza revolucionaria, tirada por el
tronco de ios partidos conservador y radical.
A lo menos, en el primer caso podíamos decir al pueblo:
Nada tenemos que ver con los que te m altratan; son nuestros
enemigos y enemigos de tu fe y enemigos de tus intereses.
Y hoy, ¿qué le vamos á decir? Nos hacen responsables
de todos los males que el pueblo sufre, por este afán de apa*
recer amigos, casi admiradores, y por lo menos adictos A los
que, después de haber empobrecido á la Iglesia, la entregan
á la mala Prensa, que las leyes autorizan, y á los mitins, que
las autoridades amparan, para que sea vilipendiada; á la vez
que se distinguen por sus desaciertos gubernam entales, que
el pueblo tiene que pagar.
Condena el sentido común esa táctica que nos debilita,
que nóu hace antipopulares, y nos impone el deber de desli­
garnos, no sólo en el fondo, sino aun en la apariencia, de
— S i­
esos organismos que el liberalismo informa, y de esos hom­
bres que dirigen esos organismos
Q uipotest capare, capiat .
*
**
En resumen: el liberalismo es el enemigo; pero no en
abstracto, sino en concreto, en cuanto vive en los partidos
liberales.
Luego los partidos liberales, el radical y el conservador,
son el enemigo.
No se hace política; es una guerra social y religiosa,
porque el liberalismo es un error religioso y social.
Pero si se hiciera, derecho tenemos para ello; que si
nuestros adversarios hacen política contra los derechos y
conveniencias de la Religión y de la Patria, no hay derecho
alguno, ni divino ni humano, que nos prohíba hacer política
en favor de la Patria y la Religión.
No vamos, pues, contra personas, sino contra cosas; ni
nos mueve el odio, sino el celo por la gloria de Dios y el
deseo vivo del bien de España.
En ñn, es cuestión de táctica, porque no todo el mundo
entiende los absurdos teológicos, filosóficos y sociales que
entraña el liberalismo; pero todo el mundo entiende, siente
y lamenta los dafios inmensos que recibe de los partidos
liberales.
Tal es nuestra posición, inmejorable.
Todo se mudará; nosotros, no.
Y cuando caigan oon los partidos á que se arrim an nues­
tros hermanos engañados, aquí estaremos nosotros para
decirles:
Desengafiáos, por fin. Habéis retrasado el triunfo, ha­
ciendo llorar á la Iglesia y perdiéndose en silencio y sin pro­
testa innumerables almas; venid ya á nuestro lado, y salváos,
salvando á España y á la Iglesia en nuestra Patria sin
ventura.
CAPÍTULO III

LAS DOS T E N D E N C I AS .

Art. I
Su existencia.
E l Porvenir , diario católico de Valladolid, del 14 del co
rriente, (1) publica un articulo con este rótulo: Todavía ha¡
tiempos peores que los de la revolución.
¡Coincidencia notable! E l Universo , periódico católic<
de Madrid, publicaba al mismo tiempo otro artículo rotula
do: E l statu quo.
Para el primero, lo mismo que para el inolvidable Bal
mes, hay tiempos harto peores que la revolución; para e
segundo, reflejando, según dice, la opinión de muchos ca
tólicos, el statu quo actual es lo mejor y lo deseable.
Seguramente hay dos tendencias en el campo católico
la tendencia á permanecer como estamos, apoyando á la re
volución mansa, sin más que aspiraciones ideales A ui
mejoramiento imposible, sumándonos á los partidos qu<
preñeren la anarquía al triunfo social del catolicismo (com<
dijo Dato); y la tendencia de los que, aborreciendo toda re
volución, la mansa y la fiera, porque aborrecen todo libera
lismo, que en el fondo e8 siempre la revolución, creen qu<
es peor para la Iglesia y la salvación de la¿ almas la revo

(1) Enero ti« I9u9,


— 53 —
loción mansa que la fiera, el liberalismo conservador que
el radical.
¿Podrá alguien negar la existencia de estas dos tenden­
cias?
A ninguna la llamo heterodoxa, porque no soy quién
para ello, y he empezado por declarar que ambas están en
el oampo católico.
Pero ya que no juzgue de la heterodoxia doctrinalm en­
te, puedo juzgar de la verdad y conveniencia, dejando,
claro está, muy á salvo la buena fe de las personas.

Dice E l Universo:
“La sociedad-digám oslo y reconozcámoslo francam en­
te —está bien avenida»con el statu quo político y jurídico;
no quiere cambiar; apetece sobre todo el reposo,,.
Y enseguida:
uLos católicos españoles se contentan con cumplir sus
deberes religiosos; algunos (no tantos como debieran ser)
con ayudar á las obras de acción social; algunos otros (no
tantos tampoco como hay derecho á esperar) trabajando por
la difusión de la buena prensa y otras empresas católicas.
Comparan, sin duda, su situación con la que tienen sus her­
manos en Francia, y aun en Portugal y otras naciones, y si
no se atreven á m an ifestare del todo satisfechos, obran
como si lo estuviesen.„
Bien se lee entre renglones (y los que diariam ente se
ilustran con las disquisiciones de dicho diario, lo ven clari-
to con harta frecuencia) que E l Universo , es de eBtos satis­
fechos d d todo que obra como tal, aunque no se atreva á
manifestarlo.
Representa, pues, la primera tendencia. ( 1 )

(1) En un artículo posterior lo negó term inantem ente y se decla­


ró sostenedor de la tesis católica.
8i esto es un buen propósito, lo aplaudo: si es que reniego, de lo
que ha sido, según propia confesión, «sinceramente constitucional» de
una Constitución liberal, se regocijarán todos los católicos: si significa
que no fué lo que fué, que no es lo que es, le advertimos que A estas
alturas todos saben á qué atenerse.
— 54 -
E l Porvenir , tomando pío de las declaraciones de Roma,
desmiente que el Papa desee concillarse con el gobierno
masónico de Francia, para salvar los intereses materiales
de la Iglesia en dicha nación, afirma que Balmes sostiene
“que son peores (que los tiempos de la revolución desenca­
denada) sin embargo los tiempos de una errada convalecen­
cia, en la que se quiere aliar el orden con la libertad, y á
trueque de salvar los intereses materiales, viva la Iglesia
encerrada en los templos, asustando á los poderes públicos
y á los timoratos de las barricadas la firmeza de un Párroco
ó la Pastoral de un Prelado.
Luego pinta así los males de la revolución fiera:
uNo son hoy los procedimientos de la revolución la re ­
friega en las calles y la proscripción y el cadalso, pero á
título de derecho y con los ribetes de magistrados, liquida­
dores y trámites legales se detenta en Francia los bienes,
se desconoce el derecho de las personas y se olvidan y con­
culcan las obligaciones nacidas en los contratos.
“Las Iglesias y los Seminarios, los Colegios ó Institucio­
nes benéficas, se arruinaban merced á la tea revolucionaria,
hoy pasan ó otras manos cobrando derechos, liquidadores y
registradores.
“Las obligaciones concordadas no se cumplen, y los
Prelados y Sacerdotes viven do limosna.
“Los presbiterios edificados con los bienes de los fieles,
se dedican á escuelas laicas; magníficos Colegios, obras
acabadas de arquitectura con riquísimos Museos para la en­
señanza, pictóricos de medios pedagógicos, son abandonados
por las Congregaciones religiosas, puestas en la disyuntiva,
de olvidar las reglas de sus fundadores, para usufructuar los
bienes, ó dejar estos á la rapiña de los poderes del Estado.
Las obras de beneficencia quedan sin amparo, loa Hospita­
les abandonados á manos m ercenarias, miles de niños sin
instrucción religiosa.
A estos males opone los de la revolución mansa, como
si dijéramos, del liberalismo conservador en éstos términos:
“Sobre tan temibles males hay otros mayores. Más con­
solador es ver á los Prelados habitando casas de alquiler en
Francia, que no si ostentaran grandezas en Palacios á costa
— 55 —
de halagos y roncerías á los expoliadores. Preferible es qne
laB Congregaciones religiosas hayan perdido sos bienes, sus
Colegios monumentales, su influencia en las clases Bociales,
si para conservar unos y otros, hubiese sido preciso enmu­
decieran con el error acariciando la fiera y peinando corte-
sias con los grandes
“Cuando los prados rien y los árboleB reviven, se abren
las yemas en ¿lores que campean con hermosura y lozania
en%el rosal.
uPoned al propietario de la planta en la alternativa de
arrancar las roBus ó secar el arbusto en su tronco, y mil
veces preferirá lo primero, porque conservada la savia
vivificadora, cuando el Sol resplandeciente de otra Pri­
mavera alumbre la tierra, volverán á brotar pimpollos
ahitos de belleza y hermosura; pero si ya no vive el g er­
men fecundador, si por conservar flores de un dia se ha
sacrificado la savia bienhechora, con la muerte do las flo­
res coincidirá el extinguirse de la planta.
“Son esos frutos de beneficencia y enseñanza institu­
ciones bienhechoras, flores delicadísimas de la Iglesia ca­
tólica, adornos inapreciables de la planta religiosa, joyas
inestimables, por su fin y los resultados que obtienen; pero
si por conservarlas hay que ceder en el tronco, si por huir
de sacrificios m ateriales hay que enagenar la savia vivifi­
cadora de nuestra adorable Religión, preferible es en alto
grado que la revolución persiga ä que la Iglesia ceda en
sus derechos«.
¿Cuál es, de estas dos, la tendencia más favorable á
los derechos é intereses de la Iglesia?
¿Cuál la que deben adoptar los católicos, si desean tr a ­
bajar de veras por la gloria de Jesucristo?
Lo veremos otro día, Dios mediante.
— 56 -

A rt. II

Omisión lamentable

Repetiré aquí lo qne ya dije en el articulo-exposición.


No acuso de heterodoxa á ninguna de laB dos tendencias;
juzgo de su conveniencia doctrinalmente.
Y si es licito combatir una opinión en la teología dog­
mática y en la moral, porque m ientras la Iglesia no bable y
decida, ninguna es de fe, y sólo tiene el valor intrínseco de
sus pruebas y el extrínseco de sus patronos, no creo que
me 8ea ilícito combatir con todos los miramientos que la
caridad y la cortesanía exigen, una tendencia en nombre
de otra tendencia, una opinión en nombre de otra opinión,
dispuesto ahora, como siempre, á sujetarm e al juicio de la
Iglesia.
Entiendo, pues, explicada mi conducta, que la tenden­
cia de E l Universo no está justificada, carece de base y
prácticamente resulta perjudicial á la causa de la Religión
y de la Patria.

Al enum erar por claseB á los católicos espafioles, ya


tiene E l Universo una omisión lamentable, y de tal índole,
que sin ella no le resultaba el argumento, ó aparecía en el
aire su afirmación de que los católicos espafioleB están sa­
tisfechos con el statu quo político y jurídico.
P ara el diario de Madrid, los católicos españoles se con­
ten ta n , unos con cumplir sus deberes religiosos, otros con
ayudar á las obras de acción social y algunos con trabajar
por la buena Prensa; y obran como si estuviesen satisfechos
del todo con su situación.
Pero, ¿uo hay católicos que muestren de modo incon-
trastable que están mal avenidos con el statu quot ¿Ó es que
estos católicos son tan escasos en número y tan insignifican­
tes por su valer que no merezcan ser tenidos en cuenta?
— 57 —
¿Son pocos los tradicionalistas, y no significan nada en
la vida española? Pregúnteselo E l Universo á alguno de su
propia cas¿f que, públicamente y en letras de molde ha
confesado que á la Comunión carlista se debe lo poco bueno
que en el orden político se ha hecho, y el haber evitado lo
mucho malo que sin esta Comunión se habría ha tiempo
realizado.
Y no ignorando nadie que los tradicionalistas no están
satisfechos con el statu quo, y no pudiéndose negar que son
católicos puros, en la integridad de sus principios, resulta
que en España hav muchos católicos, que cuentan algunas
decenas de periódicos, y representantes en el Senado y el
Congreso que no se contentan con lo que dice E l Universo;
y que lo que él llama la sociedad, será una parte de la so­
ciedad, y nada más que una parte.
¿Cómo se explica esta omisión? Si no es porque E l Uni­
verso no ve más que á los suyos, diticilillo será explicarla;
porque yo no quiero recurrir á suponer voluntaria dicha
omisión, para poder darse el gustazo el diario católico d i­
nástico de afirmar que con él y la dinastía están satisfechos
del todo, los católicos españoles todos, ó que á lo menos
obran como si lo estuvierari , aunque no se atrevan á m a n ifes­
tarlo.
Conviene no olvidar este dato, importantísimo para po­
der conocer cuál de las dos tendencias es preferible.

Y he dicho más arriba que los tradicionalistas no se con­


tentan con los actos religiosos, y la acción social y la buena
Prensa, porque conviene hacer constar que también á estas
buenas obras se dedican.
En cuanto á los actos religiosos, es evidente que no se
puede ser tradicionalista sin ser oatólico.
D. Carlos dijo en una ocasión, que tai vez hay católicos
que no son carlistas; pero que él no reconoce como carlista
al que no sea católico. Cosa que ignoro hayan dicho otros
Principes, que en la práctica admiten los servicios y con­
fian cargos importantes á masones y anticlericales.
Gn cuanto á la acción social, son sus entusiastas, y entre
— 58 —
los más insignes propagandistas y obreros, poco trabajo
costaría hallar tradicionalistas y citarlos por sus nombres,
bien conocidos.
Por lo que se refiere á la buena Prensa, sin peros ni
distingos lo es la tradicionalista, y los tradicionalistas la
sostienen y la propagan hasta con grandes sacrificios.
Resultando que de los católicos que cumplen como tales
en su vida privada y trabajan en la acción social y en la
buena Prensa y otras obras católicas, son muchos los que
no se contentan con esto, sino que ¿ la vez laboran en el
campo político tradicionalista.
Y ciertam ente los tradicionalista 8 no son un grano de
anís, ni representan escasa fuerza, ni se están quietos y pa­
cíficos, mano sobre mano, para que se prescinda de ellos al
hablar de los católicos espafioles; y con esta omisión lamen­
table dar por sentado que los católicos españoles se hallan
bien ávenidoB con el statu quo político y jurídico, que nos
vemos obligados á aguantar.

A rt. III

No puede ser.

¿Podemos nosotros los ratólicos estar satisfechos de


este statu quo político y ju ríd ic o t
La única razón que E l Universo alega es que en F ran­
cia y Portugal y en otras partes, los católicos están peor.
No me parece muy concluyente el argumento.
Si esto valiera, nuestros hermanos franceses y portu­
gueses habrían de sentirse satisfechos del todo, aunque nc
lo m anifestaran, cuando llegara á b u s noticias el degüello
de miles de cristianos en China, ó recordando que en los
tiempoB de Nerón y Diocleciano, el cristiano que escapaba
con vida, era porque debía á su buena diligencia el no caei
en manos de los verdugos.
Por esta cuenta, el Papa debe estar satisfecho del todc
del gobierno italiano; porque disponiendo de fuerza pare
invadir el Vaticano y apoderarse del Vicario de Cristo y
— 59 —
mandarlo fusilar, le deja relativam ente tranquilo y ro co­
mete con Él ninguna de estas barrabasadas.
Cuando nifio me contaba mi abuela (q. s. g. h.) un
cuentecillo, ó lo que sea, que viene aquí como anillo al dedo.
Era el caso que hubo un hombre, á quien acontecían
desgracias é infortunios, sAcediéndose unos á otros sin d ar­
se punto de reposo.
Y á todo contestaba el buen hombre: ¡Paciencia! Siem­
pre hay mal y peor; peor me puede suceder.
Y sin duda no era muy santo, porque le sucedió, al
parecer, la peor desgracia; á saber, que el demonio cargó
con él y se lo llevaba.
Nuestro buen hombre, sin embargo, continuaba dicien­
do: ¡Paciencia! Siempre hay mal y peor, peor pudiera su-
cederme.
—Pero ¿qué cosa peor te puede suceder?, le respondió
el diablo asombrado.
—Toma—contestó nuestro héroe,—peor faera q u em e
arrastraras.
Si hemos de estar satisfechos con lo que se reconoce
como malo, porque hay todavía cosa peor, debemos cruzar­
nos de brazos en todas las situaciones políticas y jurídicas,
y dar encima las gracias más cordiales á los que nos tira ­
nicen.
Después de todo, en este mundo el que no se consuela,
es porque no quiere.

Pero es el caso que nuestro estado político y ju ríd ic o , no


dista tanto de los otros Astados jurídicos y políticos como
se supone: hay la distancia que existe entre las premisas y
la conclusión, entre el principio y la consecuencia.
En Francia principiaron así, y aun de más alto ó más
disimulado, y desde Mec-mahón porThiers y Gambetta, han
llegado á Combes y Clemen^eau.
No hay diferencia esencial entre el liberalismo conser­
vador y el de los radicales: sólo se diferencian en gradOB.
Pero estos grados de tal m anera eBtán eslabonados, que
puesto uno se siguen lógicamente los demás.
— 60 —
El l i b e r a l i s m o es la autonomía dol Estado, el Estado
sin sujeción A la autoridad religiosa, el Estado que no se
subordina á Dios, y por ende el Estado sin Dios.
SÍ reconoce de derecho A la Iglesia, pero no como A una
Sociedad superior A la civil, y sin someterso Aella, tenemos
al liberalismo, conservador ó moderado.
Si no quiere reconocer A la Iglesia, antes simulando
respetar la Religión como negocio individual, particular
é interno, todo lo que tiene algún carActer público lo subor­
dina A su autoridad laica, sin conceder la beligerancia
siquiera A la Autoridad eclesiAstica, tenemos el liberalismo
radical.
En buanto al primero, al liberalismo conservador, es
pu ra teoría esto de reconocer la Autoridad de la Iglesia
como independiente; porque en la prActica, en todo conflic­
to, se impone A la Iglesia; y si alguna vez parece ceder en
algo, no es por respeto A la autoridad eclesiAstica, sino por
temor A la actitud de los católicos: da algo, para adormecer
A los sencillos y no exponerne A perderlo todo: es un com-
pAs de espera,que bien pronto desaparecerA, en cuanto
haya perdido el miedo A la reacción .
Resulta, pues, que en la prActicn, allA se van el libera­
lismo conservador y el liberalismo radical. Digo más; he
oído A algunos Prelados confesar que menos ha tenido que
sufrir la Iglesia con los radicales que con los conservadores.
No discrepa mucho de este pensamiento, lo que ha poco
dijo en pleno Senado el sefior Obispo de Madrid, pidiendo
al Gobierno aumento de asignación para el clero parroquial.
¿Podemos, pues, eBtar satisfechos del todo , ó en parte,
aunque no nos atrevamos d confesarlo , los católicos españo­
les con este statu quo político y ju ríd ic o , que no es mAs que
el imperio del liberalismo conservador, de la revolución
mansa, herm ana carnal de la revolución fiera?

Contentarnos con el actual orden do cosas jurídico y


político, y mostrarnos con las obras satisfechos del todo
oon 61, es trabajar en favor del radicalismo.
En efecto; ¿qué razón hay para que el Estado reconozca
— 61 —
la Autoridad de la Iglesia y respete sus leyes, desde el
momento que confiesa que esta Autoridad no le obliga y se
llama independiente de ella?
Ninguna; si no es algún motivo circunstancial, como,
por ejemplo, la debilidad del Estado liberal ante los católi­
cos, que briosamente vuelven por los fueros de su Madre.
Pero ceder á la fuerza es común ¿ todos los radicalis­
mos, por aquello de á la fuerza ahorcan .
Fuera de esto, que no debemos olvidar, para sabernos
imponer, el Estado, rotoB los vínculos de sujeción á la
Iglesia, debe mirar como suyo, propio de su jurisdicción,
todo lo que es externo, todo lo que se reñere á asociaciones^
el culto público con sus templos; y ha de reconocer á los
ciudadanos el derecho db seguir cualquier religión, ampa­
rándolas A todi s por igual, mientras reconozcan la suprem a­
cía del Estado.
Lo demanda la lógica, la lógica del error, la que parte
de un absurdo y una herejia, pero verdadera lógica en
cuanto desentraña conclusiones contenidas en el principio.
Sólo por un milagro de equilibrio vive el liberalismo
conservador; pero su estado es violento, porque el radica­
lismo le arrastra con su lógica y el Catolicismo le combate
por su falsa docti ina.
Situación violenta es la suya, y nada violento dura, y
al fin la lógica se impone y el radicalismo triunfa.
No hay fuerza humana capaz de impedirlo. Un ilustre
pensador elevó A máxima lo que la razón y la experiencia
ensefian: nunca es vencida una revolución cuando es lógica.
Ayudando los católicos á la revolución mansa, ayuda­
ríamos á la revolución fiera; y si nos manifestamos satisfe­
chos con el orden actual de cosas (liberalismo conservador),
nos arrojamos inconscientemente en brazos de Romanones
y Canalejas.
- 62 —

A rt. IV

Se comprueba la doctrina anterior

El radicalismo vive del liberalismo conservador.


Se alimenta de los principios que éste sustenta, y avan­
za porque la revolución mansa le desbroza el camino
Por de pronto el radicalismo no ba de luchar con un
Gobierno católico, sino con un Gobierno liberal, es decir,
con un Gobierno también revolucionario, con cierta pruden­
cia y templanza.
Luchando con un Gobierno católico, seria débil. Lu­
chando con un Gobierno liberal, es fuerte En el primer
caso tondría verdaderos enemigos enfrente. En el segundo
caso, que es el actual, tiene enfrente á hombres de la misma
escuela, que bien pueden llamarse amigos.
Y conviene advertir que la debilidad del partido liberal
conservador frente al radical, no depende del escaso núme­
ro de adeptos (que no son muchos, si excluimos á los que
piensan con el estómago).
Asi fueran innumerables, seria el partido débil, porque
le falta el nervio, la razón, y cede la lógica á los radicales,
que es la verdadera razón de su fuerza contra los mansos ó
moderados.
Si nos sentimos satisfechos con éstos, somos harto fáci­
les de contentar, y no tendremos derecho á quejarnos, cuan­
do suframos las consecuencias, que habremos precipitado
con nuestra satisfacción.
Peor seria que, engañados por el amor á la paz, por el
deseo de tranquilidad y reposo, nos uniéramos á los libera­
les conservadores, ó con nuestras obras pareciera que á ellos
estamos ULidos y que con ellos hacemos causa común.
Porque, lo primero, no aumentaríamos su fuerza al
aum entar el número de sús defensores; antes, participando
de su debilidad, aumentaríamos su flaqueza y nos imposibi­
litaríamos para el combate, y más para la victoria, con los
radicales. Estos nos encontrarían tontamente dormidos: se­
— 63 —
riamos vencidos al serlo lns conservadores, y vendríamos
seguramente á parar á la situación de nuestros hermanos
en Francia.
Lo segundo, nos haríamos odiosos al pueblo, porque
compartiríamos, sin comerlo ni beberlo, la responsabilidad
de los desaciertos de los liberales conservadores, á los cua­
les no ama el pueblo español.
Es, pues, mala, rem atadam ente mala, y pruebas cantan,
la tendencia representada por el diario católico dinástico E l
Univer80 t órgano de los satisfechos con el statu quo político
y ju ríd ic o .
*
♦*
Y si pareciere á alguien que esto es discurrir en la re ­
gión de lo abstracto, y que la política tiene que explicarse
por hechos, ahí van dos de la más soberana elocuencia.
Prim er hecho: el turno de los partidos
Nuestro statu quo político y jurídico importa que turnen
en el poder los liberales conservadores y los liberales radi­
cales.
Y el statu quo no varia, porque sucedan Iob radicales á
los conservadores, ó éstos á aquellos, este turno ni está sólo
en lo posible, niel cambio de decoración obedece á necesi­
dades de la patria, á exigencias irresistibles de la opinión
pública, á una derrota sufrida por los que están en el Poder,
con la correspondiente victoria de los que estaban en la opo­
sición.
Nada de esto: obedece á un convenio entre compadres,
á un reparto sucesivo del botín entre amigos. Dejan unos el
poder pura que otros lo ocupen; ni más, ni menos
Reforzar el partido liberal conservador, ó sencillam en­
te dejarle hacer, por sentirnos satisfechos del todo , es hacer
necesario y contribuir á que vengan los radicales; porque
la subida de éstos está entrañada en la política y naturaleza
del partido de aquéllos.
Una tendencia que nos trae los radicalismos y el an ti­
clericalismo, ¿porqué regla de tres podrá llamarse buena y
conveniente para los católicos?
— 64 -
Tal vez á alguien se le ocurra que estos cambios son
accidentes de la vida y que bien podemos estar contentos
con unos y disgustados con otros; y que lo importante es
reforzar á los conservadores para que los radicales no
imperen.
¿Y quién va A impedir esto? ¿Los liberales conservado­
res? Si e¿ que ellos lo quieren, lo juzgan necesario, basta
esencial al sistema. ¿Nosotros? Si apoyamos á los conserva­
dores, hemos de apoyarlos tal y como son, y no tal y como
nos complacemos en Ungirlos, ó quisiéramos tal vez que fue­
ran. Y no hay que darle vueltas, son de este tenor: tras
ellos, los radicales; tras de los radicales, ellos.
En cuanto á restauración católica del Estado, no quieren
ir atrás, no van una linea m á B arriba de su programa liberal;
y antes que desechar este programa, prefieren que venga el
anticlericalismo descarado y hasta el socialismo, como lo
declaró el actual presidente del Congreso.
No hay que hacerse ilusiones: los conservadores son
liberales, y siempre considerarán á los radicales como de la
familia, y á nosotros como enemigos, y sólo recibirán nues­
tros refuerzos para conquistar antes ó conservar por más
tiempo las codiciadas ollas de Egipto.
Seria tonto pensar de otra manera. Y estar s a t i s f e c h o s
del todo con su obra, una tonteria qae trae más desgracias
para la Iglesia y la Patria, que los terremotos de Messina y
todos los terremotos juntos.

A rt. V
El liberalismo conservador

Hay otro hecho contra la tendencia de los satisfechos.


Cuando los liberales conservadores suben al Poder, no
es para deshacerla obra radical, sino para consolidarla.
La desamortización, la expulsión de las Órdenes Reli­
giosas, la muerte alevosa de la unidad católica, las liberta­
des de perdición, la enseñanza herética, el jurado, el sufra­
gio universal (tan mentiroso con unos como con otros), obra
- 65 -
de los radicales, todo, y algo más, fué aceptado por los con­
servadores. Y si algún cambio se nota con respecto á los
Religiosos, la justicia exige hacer consur qae éstos más fa­
vorecidos fneron por los liberales da Sagasta que por los
liberales de Cánovas.
Algo se ven obligados á modificar á veces para justificar
de algún modo el haber atrapado el Poder; sobre todo, cuan­
do loa radicales caen arrojados por los católicos; pero ni las
modificaciones son esenciales, ni responden jamás á la ju s­
ticia, ni satisfacen á la Iglesia, ni pa 3 an de ser otra coBa
que dejar en firme un avance radical, para que B e a punto
de partida para nuevos avances mañana.
Nunca dan resueltamente un paso atrás; siempre reppe-
tan los hnchos, llamándolos á boca llena hechos consumados;
sin tener para nada en cuenta que eBta teoría, deificación
de la injusticia, triunfo de la fuerza bruta y muerte del De­
recho, ha sido solemnemente condenada por la Santa Sede.

Son cerriles los radicalts, y proceden revolucionaria­


mente, sin miramientos.
Carecen por lo común de maneras y no usan de corte­
sanía con la Iglesia.
La Marcha del JS/uncio es su himno de guerra; partida
de la porra su poder ejecutivo; y allá van decretos y leyes,
sin encomendarse ni á Dios ni al diablo, y lo imponen á pa­
los, gritando, esto si, gritando desaforadam ente ¡viva la li­
bertad!
y muera el que no piense
igual que pienso yo.

Ya se ve: esto no viste bien, da asco y subleva hasta á


las piedras; y los radicales se ven obligados, entre la rechi­
fla do la gente de orden, y las maldiciones de la plebe, á
retirarse modestamente por el foro
Para este caso previsto están los liberales conservadores.
L ob cuales se encaran con los católicos para tranquilizarles,
diciéndonos: no temáis, nosotros somoB la contra-revolución;
nosotros lo arreglarem os todo, todo lo encauzaremos.
6
- 66 —
Y solo en esle último punto dicen verdad, porque cier
tamente encauzan la revolución, pero sin destruirla, n
disminuir su fuerza; ordenándola (?).
A la vez guiñan el ojo, en señal de inteligencia, á lo
radicales, y con obras siempre, á veces con palabras, secre
ta ó públicamente, les dicen:
No sean ustedes barbarotes. Asi no se gobierna: al
borotáis mucho y ponéis en peligro las preciosas conquista
de la libertad. La libertad se ha hecho liberal conservado
r a .—Si no venimos nosotros, dáis el triunfo á la reacción
A poco, con vuestras imprudencias, entronizáis á D. Carlos
¡Horror! Primero Pablo Iglesias (Dato).—Nosotros consoli
daremos vuestra obra. Y hasta nos entenderemos con Roma
y le diremos: ¡qué caramba! á lo hecho, pecho. No podemoi
destruir la obra de la fiera: si lo intentáramos nos arrolla
ria. Y algo se pesca: y la revolución se encauza, y sigue si
curso, y jam ás vuelve atrás la vista, y por evolución natu
ral y lógica, no por la revolución, llegaremos á todo lo qu<
queréis; y si no llegamos, ahi estáis vosotros para atrope
liarlo todo, y darlo después nosotros por bueno.
¿No es esta la historia del partido liberal conservado)
en España?
¿Vamos los católicos á estar ó parecer satisfechos del to
do con semejante statu quo político y jurídico? ¿No seria este
estar satisfechos con los más crudoB y desastrados radica
lismos?
¡Ah! Por esa senda, no se va al triunfo, sino á la de
rrota.
Entiéndalo bien E l Universo .

—¡Pero esto es horroroso! No se puede pensar asi de los


conservadores, sin inferirles grave injuria. ¡Hay muchos
que son excelentes católicos!
Si á alguno se le ocurriera esta observación, sepa pri
mero que, si en el partido conservador liberal hay buenos
católicos, también abunda gente que no lo es, y aun ha te
nido ministros que eran masones. Segundo, yo no juzgo de
personas, ni me refiero para nada á su buena fe, que no
— 67 —
discuto. Hablo del partido liberal conservador, y su historia
y su programa.
La historia ahí está: no la invento yo: léase á Pirala.
La doctrina, el programa, lo ha expuesto Maura, y otros
conspicuos del partido.
Pero yo, que escribo en Sevilla, y con ánimo de des­
engañar á sevillanos, me contento con dos textos de dos
conservadores de prim era lila, que publicó E l Correo de
Andalucía el 14 de Noviembre próximo pasado.
El primero es de D. Antonio Mejias, diputado á Cortes,
que, hablando de los trabajos parlamentarios de su partido,
proclama ser una de sus excelencias la siguiente:
“Tercero, la.de ser un partido, que admite todas las re­
form as liberales
Después de un siglo de liberalismo, no hay quien igno­
re lo que son reformas liberales.
El partido liberal-conservador las admite TODAS.
Ya lo saben los radicales.
Y los católicos, si quieren oir.
El segundo es del Sr. Cañal, también diputado á Cortes,
liberal conservador. Dice asi:
uNos queda en esta segunda etapa otra labor: la de
afianzar las doctrinas liberales y democráticas, que con el
partido liberal se perderían.„
Precisamente esto es lo que yo he escrito en este a r­
tículo.
Confirmado por la parte interesada.
Á confesión de parte...

Y tan clara se despronde la doctrina expuesta, de estas


citas, que el mismo Correo de Andalucía les pone la siguien­
te significativa coleta:
uYa ven, pues, los católicos, lo que pueden esperar de
estos conservadores (y de aquellos, y de los de más allá y
de todos).
„El afianzamiento de las doctrinas democráticas que el
partido liberal no puede llev ará cabo.
„Esa es su historia y su tendencia constante.n
— 68 -
¿Podrá reputarse buena, conveniente, una tendenci
que nos hace estar quietos y satisfechos con el statu qu
político y jurídico liberal conservador?
Convéngase al fin en que hay gravísim as razones e
contra, y ninguna en favor de la tendencia de los satisft
cho$t representada por E l Universo

Art. VI
Ni satisfacción ni confianza.—Ayer
Nadie nos manda sentir satisfacción por el statu qu
político y jurídico que padecemos.
En cambio la razón, la historia y la experiencia nos 1
vedan, si hemoe de mirar, como buenos hijos, por el bien d
la Iglesia y de España.
Demostrado queda ser específicamente iguales los do
factores ó partidos que sostienen la situación y se aprove
chan de ella; asi como que los liberales conservadores traei
siempre á los radicales, y conservan todas sus fechorías.
Acaba de decirlo un testigo irrecusable del lado de allá
Juan de Aragón, seudónimo conocido del Director de L<
Correspondencia, periódico que no es precisam ente clerica
y que está condenado por muchos Sres. Obispos.
Pero tal vez los satisfechos apunten más alto, y por es
tado político y jurídico entiendan lo que se llaman peridio
dísticamente las Instituciones.
Aun asi y todo, no merece la aprobación de la inmensa
mayoría de los católicos la tendencia que se muestra satis
fecha con ellas.
Razones cantan.
Con una advertencia preliminar: que todo lo que aqu
se diga, entiéndase constitucionalmente, esto es, desde e
punto de vista de la responsabilidad m inisterial, única legal
única existente en nuestro eetado político y jurídico . — 1
también históricamente, porque á nadie se prohíbe formal
juicio de los hechoe que á la historia pertenecen.
— 69 —
Recordemos algunos hechos históricos, que es la histo­
ria buena consejera de la vida.
El ano 33 del siglo pasado se suscitó un pleito dinástico.
Fondado en la ley de sucesión de 1713, única que existe
para la nación española, D. Carlos María Isidro, hermano
de Fernando VII, reclam aba el trono; mientras D .11 Cristina,
viuda del rey difunto, lo reclamaba para su hija, Isabel H t
fundada en un testamento del Rey.
Pero como la mayoría de la nación se inclinara por el
primero, D.ACristina llamó á los liborales, que eran pocos,
pero decididos, y les prometió sostener los principios de la
revolución si ellos luchaban por defender á su hija, menor
de edad. L).* Cristina y los liberales aceptaron y llevaron al
término aquel pacto, explícito ó tácito.
En cambio D. Carlos tremoló la bandera católica y tra­
dicional, luchando á su sombra y uniendo el triunfo de su
derecho al triunfo de los principios católicos, que eran los
de Espafia, no sólo como un recuerdo, sino como vivos y
activos á la sazón.
La cuestión dinástica, no despreciable, porque entrafia
un derecho, derecho de la nación, que manifiesta su volun­
tad por las leyes; derecho del llamado por estas leyes, que
soa la voluntad de la nación, quedaba reducida á lugar se­
cundario, ante la transcendencia suma de la cuestión de
ideas.
Doña Cristina, en nombre de Isabel II, era la reina de
la revolución.
Don Carlos era el rey católico á la manera española.
Doña Cristina dió calor y vida á lo que se ha llamado la
España nueva, la España liberal, arrojándose en brazos de
los liberales.
Don Carlos sostuvo la tradición católica y española,
queriendo que viviera próspera y lozana la España vieja ,
con las modificaciones accidentales que el tiempo y las cir­
cunstancias reclam aran.
La causa católica en España quedó personificada en la
rama borbónica, representada por D Carlos María Isidro.
La causa liberal y revolucionaria en España quedó per-
— 70 -
soniflcada en doña Isabel II, mediante la voluntad'de doñi
Cristina.
Estos son hechos innegables, hechos que la historii
consigna en sus páginas, hechos de que es licito juzgar
porque ocurrieron há cerca de un siglo.

Niño todavía, leí una historia de la guerra civil de lo


siete años, que en el fondo, y según lo dicho, fué más biei
guerra religiosa. La historia dicha estaba escrita por un li
beral, y en ella se afirmaba rotundamente que ninguno di
los defensores de Isabel II tomó en serio sus derechos a
trono, sino su representación de los principios liberales.
La obra, si mal no recuerdo, estaba escrita por un ta
Santa Cruz. No la tengo á mano; pero respondo del concep
to que expresa.
Y esto que vieron y sintieron los liberales, lo vieron :
sintieron la mayor parte de los católicos.
Lo afirmo, no inventando, sino recordando lo aprendido
que algunos se empeñan en que olvidemos.
No fué un católico cualquiera Balmes, astro de primen
magnitud en la filosofía, en la apologética y en la política
gloria de España y de la Iglesia en el pasado siglo.
Tiene además una ventaja: la de ser contemporáneo d
los sucesos á que se refiere.
Oigámosle en sus “Consideraciones políticas sobre 1·
situación de E s p a ñ a . C a p . VII: “Asi con la guerra de su
cesión se complicó la de principios, así se convirtió cad;
ram a en representante de un principio, y esto fuó por ui
encadenamiento de hechos tan extraordinario y al mism<
tiempo tan natural, que para produciile ni evitarle, apena
podían servir de nada las previsiones del hom bre.„
Creo lo que creía Balmes, y repito en los comienzos de
siglo XX lo que él, sin escandalizar á nadie, y con aplaus
de la Iglesia, por la década del 40 al 50 del siglo pasado.

La personificación de la España liberal cumplió biei


sus compromisos; pues sancionó la persecución religiosa, e
- 71 —
crimen de sangre llam ado degüello de los frailes, el inmenso
latrocinio (Menéndez Pelayo), por mal nombre, desam orti­
zación eclesiástica, la extinción de todas las ÓrdeneB Reli­
giosas de varones, etc., etc., etc.
Menéndez Pelayo abre el reinado de Isabel II, hablando
ude la heterodoxia política, que genéricamente se llama
liberalismo (tomada asta voz en su rigurosa acepción de li­
bertad falsificada, política sin Dios, ó séase naturalism o
político.)* (I)
Su pensamiento, que es el de Balmes y el mío, como
humilde discípulo de ambos, se explica bien, cuando habla
de la conducta de algunos católicos, que se metieron á libe­
rales moderados, y les acusa de cándidos por lo menos, por­
que se movieron upor la generosa, si vana, esperanza de
convertir en amparo de la Iglesia un trono levantado sobre
las bayonetas revolucionarias,,, con lo cual este grupo se
“separó de la gran masa católica del pais„ (2 ) que estaba
con don Carlos.
Vana es, para Menéndez Pelayo, la esperanza de que
ampare á la Iglesia un trono levantado sobre las bayonetas
revolucionarias.

Y sobre algo más.


Véase lo que el mismo autor dice de Mendizábal, á
saber:j“ftizo obra vividera ... comprando defensores al trono de
la reina, por el fácil camino de infamarlos antes, para que
el precio de su a frenta fuera garantía y fianza segura de su
adhesión á las nuevas Instituciones^ (3)
Y en la página siguiente remachar el clavo con los si­
guientes golpes.
UY com enzada aquella irriso ria venta, que (lo repito)
no fué de los bienes de los fraileB, sitio de las conciencias
de los laicos, surgió como por encanto el gran partido libe­
ral espahol, lidiador en la g u erra de los siete afios. con todo

(1) Heterodoxos - T . I I L - L . V III.-C . I .- p á * . 686.


(2) Ib id .- pág. 687.
(8) Ibid. —páfo. II, pág. 697.
— 72 —
el desesperado esfuerzo que nace del ansia de conservar lo
que inicuamente se detenta,,.
Queda, pues, demostrado con hechos y autoridades
irrecusables, que la rama borbónica de Isabel II, más que
an derecho, simbolizó la revolución é hizo la causa de ésta,
á condición de ser por ella defendida, con la añadidura de
los bienes eclesiásticos, buen bocado para las fauces trama­
doras de la ñera.
Bien—se d irá ;—pero esto fué entonces. ¿Y ahora?
Ahora lo mismo que entonces.
Lo veremos otro día, Dios mediante.

A r t . V II

Continúa la historia

¿Fué un hecho lisiado el compromiso de la real descen­


dencia de Fernando VII; fué algo circunstancial y pasajero;
ó por ventur* es cosa durable, persistente y qae ea ella ha
en cierto modo encaruado?
Advierto que en modo alguno me reñero á p srsonas.
Dispuesto me hallo á cantar á todas horas alabanzas á sus
virtudes y buenas acciones, y lo digo como lo siento; que de
no sentirlo, me callara ó diría lo contrario; que no me falta,
gracias á Dios, valor cuando se trata de la verdad; ni hay
temores ó esperanzas que me retraigan, porque ni temo ni
espero nada de los hombres.
Y dicho esto, que lo cortés no quita á lo valiente, res­
pondo de forma categórica que las cosaB han seguido siendo
del año 33 acá, y que siguen en la actualidad tal y como las
puso doña Cristina, augusta madre de Isabel II.

No me propongo trazar la historia de España en los tres


cuartos de siglo, transcurridos desde 1833 hasta la fecha.
Recordaré solamente que el gobierno ó poder e j e c u t i v o
estuvo en manos de liberales, moderados ó progresistas;
que se hicieron tres Constituciones fundamentales, entra-
- 73 -
fiando todas ellas el espirita liberal; que se coosamó la de­
sastrosa obra de la desamortización; sin fijarme en el célebre
bienio (54-56) d ecru ^ a y franca persecución á la Iglesia, ni
en las progresiBtadas d é la Unión Liberal, ni en el reconoci­
miento del llamado Reino de Italia.
Del 33 al 66 van 33 afios de reinado do Isabel II. Pues
bien; en estos 33 afios no desmintió jam ás aquella monar­
quía, que era revolucionaria.
Lo afirma el sefior Menéndez Pelayo, al hablar del reco­
nocimiento del reino italiano, en estos términos: “Aquella
monarquía (la de Isabel II) condenada fatalm ente desde su
mismo origen\ á ser revolucionaria, caminaba cada día con
ímpetu más clero y desapoderado á su ruina,, ( 1 ).
No hay que tomar al pie de la letra las expresiones
condenada fatalm ente, como si no hubiera libre albedrío
abajo y Providencia arriba; sino en el sentido de que, de tal
manera se habiau identificado la monarquía de Isabel II y
la revolución, fiera ó mansa, desde su origen, que no estaba
en las manos de Isabel II, aunque estuviera en su voluntad,
el deshacer lo que sin ella saberlo se había realizado.
El hombre no puede separar lo que Dios ha unido; ni
tampoco puede á veces desunir lo que ha unido el demonio.
Tratándose del individuo, se necesita la gracia; tra tán ­
dose de la sociedad, es forzoso un milagro.
No se olvide, para lo que se dirá más adelante.

Conviene hacer justicia ádofia Isabel II.


No era liberal en su corazón, y tenia que violentarse
para sancionar leyes ó decretos que contrariaran el dogma
la moral ó los sacrosantos dogmas de la Iglesia. Luego lio
raba su desgracia« su fatalidad , que dice Menéndez Pelayo
Mucho se habló en su tiempo de obstáculos tradicionales
Creo firmemente que los hallaban los liberales más exalta
dos. Y lo afirmo, porque asi vuelvo por sa honor de católica

Cl) Ibid.-Párrafo VII.-Pág. #67.


— 74 -
que no regateo nunca á las personas, Ano ser qne la eviden­
cia me obligue A ello.
Creo mást creo qne, si hubiese podido, se hubiera de­
sentendido del liberalismo y de los liberales; pero tropezaba
siempre con una diñcultad, superior Asus deseos y quereres:
con que su m onarquía estaba fa talm en te condenada d e s d e su
o rig en d ser revolucionaria .
Fué revolucionaria; pero de mala gana, con alguna re ­
sistencia personal, quizá con algún conato infructuoso, de
sacrificarse por el bien de Espafta y el reconocimiento de
los derechos de la Iglesia; y á esto debió su destronamiento.
En resumen: aun contra la voluntad personal de Isa­
bel II, y en virtud de los compromisos contraídos desde su
origen, la monarquía que ella representaba fué fatalm ente
revolucionaria hasta su fin, con el motín militar de 1868.
¿Se halla en todo esto motivo de satisfacción para los
católicos?
Y si no satisfacción, ¿da .siquiera lugar A la confianza
en las InstituoioneB?

Hubo un momento en que, de haber querido, se hubiese


podido romper aquel funeBto pacto del año 33 entre la revo­
lución y la descendencia de Fernando VII.
La ingratitud y deslealtad de los liberales, con el acom­
pañamiento soez de injurias y calumnias A unaaugusta dama
en desgracia, que no encontró caballeros para defenderla
más que entre los carlistas, podían ser un punto de partida
p a r a l a rectificación de la conducta política y social, para
romper, hasta por decoro, todos los compromisos contraí­
dos antes
El destierro devolvía una libertad, de que Isabel II mo­
ralm ente careció durante su gobierno.
Podía entonces ella y su hijo haber declarado ante el
mundo que. ó jam ás volverían á ejercer el Poder, ó de ejer­
cerlo seria haciendo revivir las tradiciones españolas, y por
ende con sujeción al espíritu de la Iglesia católica.
Era una redención que hubiera borrado todas las cul*
— 75 —
pas (sociales); la sangre de nna revolución hubiera lavado á
ana rama regia.
Gallardo hubiera resultado tal proceder.
Pero no sucedió asi.
Consejeros, que se declararon responsables, se impusie­
ron, y el maniñesto de Sandurst proclamó la continuación
del liberalismo en el Estado espafiol, y reanudó los lazos que
estrecham ente unieron desde su origen á la descendencia de
Fernando VII con la revolución, convirtiéndose ésta en tira ­
na y aquélla en esclava; y se continuó la historia de E spaña ,
siguiendo la evolución de la última etapa.
Y asi se efectuó la restauración. v
¿No son estos hechos rigurosam ente históricos?
Empezando la restauración con tales auspicios, ¿podia
caber satisfacción para los católicos?
¿Y hay base, fundamento, razón alguna para confiar en
que se deshaga lo que r.o se deshizo cuando se pudo, hoy
que no se puede?
¿No B e r i a locura abrigar esperanzas, desde el punto de
vista católico?

A rt. VIII
Hoy.

H arto reciente es la historia del afio 75 acá, para que la


exponga.
El liberalismo ha seguido gobernando, sin interrupción,
ya el conservador, ya el progresista ó radica), ocupando
sus puestos, en uno ú otro partido, indistintamente, los hom­
bres de la revolución septembrina.
¿Arrepentidos ya? No; continuando la historia de la Es.
pafia liberal.
So ha consumado, de hecho, y legalmente, la ruina de
la unidad católica, contra la protesta del Papa, de todo el
episcopado y de los católicos españoles.
Nuestra constitución establece todas las libertades de
perdición, condenadas por el Vicario de Cristo.
En la práctica, la herejia, la impiedad, el mal, han
— 76 —
cundido libremente y sin trabas; trabas y obstáculos reser­
vados para los católicos en el ejercicio de sus derechos de
ciudadanía, y de hijos fieles de la Iglesia.
—Es que de no seguir esta linea de conducta, se habrfa
hundido el trono.
Va lo sé; y por esto afirmo hoy, como siempre, que des­
de el año 33 los que pactaron con la revolución no pueden,
cualesquiera que sean su 9 deseos, su voluntad, sus virtudes,
que ningún empefio tengo en negar, no pueden romper con
ella, se ven condenados fatalm ente á ser revolucionarios en
lo social y político, aun siendo anti revolucionarios priva­
damente.
Sufren un yugo muy pesado que la revolución les ha
impuesto, y pesa sobre ellos el terrible dilema:
—O con la revolución, ó sin Poder.
Esta objeción que se hace es precisamente fundamento
de mi desconfianza absoluta; no defectos personales, ni falta
de catolicismo en los individuos.
Por esto I ob católicos ni pueden estar satisfechos, ni
confiados.

Ahora el que no se contente con hechos y razones, que


atienda, si quiere, ¿ testigos de mayor acepción.
Desde luego es un hecho que U revotación mansa no ha
encontrado tropiezos en las altas regiones; y si alguna vez
se ha murmurado algo, no ha sido ciertam ente en el sentido
de los célebres obstáculos tradicionales, sino por si parecía
que veían con mejores ojos á Sagasta que á Cánovas, esto
es, á la izquierda que á la derecha del liberalismo.
Pero tampoco los ha encontrado el radicalismo.
El que lo sabe y lo ha experimentado lo dice:
Romanones en el mitin de Cuenca afirmó term inante­
mente:
uHe sido ministro de la Regencia y de D. Alfonso XIII
„y llevado á la práctica mis ideas. Jam ás encontré en el
„Trono el menor obstáculo para la aplicación de mis prin­
cip io s, y de un modo práctico pude conocer que en Espa­
bila se practica por nuestros reyes el sistema constitucional
— 77 —
„con la más cabal, 1a más refinada pureza; jam As/y podría
J u ra rlo por mi honor, el partido liberal ha encontrado en
„la regia prerrogativa obstáculo alguno A su política.
„La página mAs brillante de la Regencia es el haber
„nnido su nombre y su sanción A aquellas leyes, contenido
nel mAs positivo de las conquistas democrAticas, Sufragio
„universal, Jurado.
„A éstas hubieran seguido otras aún mAs profundas si
„el partido liberal hubiera contado con la cooperación y el
„apoyo de los republicanos. „

“Durante la Regencia de D. Alfonso XIII el espíritu li-


„beral tuvo en el Trono su mAs firme apoyo. Las leyes de-
„mocrAticas en Espafia en ese periodo nacieron; nuestros
„hombres políticos demócratas en la Regencia encontraron
„aliento para su espíritu reformador.
„En el reinado de D. Alfonso XIII tampoco la verdad
„puede traer A cuento nada que se refiera A obstáculos tra ­
dicionales. Los obstáculos no estuvieron, no han de estar
„nunca en las instituciones de Espafia, que son la más firme
„esperanza de los hombres liberales.„

¿Está claro?
Véase ahora el comentario de un excelente diario, que
transcribo, porque afiade nuevos testigos.
Dice asi:
“¿Se convencen ahora los católicos?
uLa monarquia es la más firm* esperanza de los hom­
bres liberales. „
“Nunca han encontrado éstos obstáculos ni intransigen­
cias para el anuclericalÍ 6 ino y el radicalismo en el Tronon.
“Sijno han hecho más en ese camino, se debe, no al veto
del Trono, sino A las intransigencias y suspicacias de los
republicanos,.
Eso mismo aseguró sin que por nadie fuera desmentido,
en tiempos del Gobierno Moret.
L a Correspondencia de E spaña , con la firma de su mis­
terioso redactor palatino XXX, en el famoso articulo donde
— 78 —
se insertaban estas palabras que se suponían pronunciadas
al estam par delante del proyecto del Sr. Dávila una firma
augusta “Ojalá las Cortes lo aprueben... etc , etc.n
Eso mismo afirmó solemnemente en varios de sus dis­
cursos otro ex ministro de la Coroua, el Sr. Canalejas y
Méndez.
Son, pues, ya por lo menos tres los testimonios concor­
des.
Después de lo dicho, quiero que se me diga ¿qué queda
de la tendencia de E l Universo , á saber, que debemos los
católicos estar ó mostrarnos del todo satisfechos con el statu
quo político y ju ríd ico /
¿No parece una locura?
¿No la debemos rechazar por carecer de todo funda­
mento racional y resultar en la práctica, seguram ente contra
la voluntad de sus patrocinadores, sostenedora de la revo­
lución, y opuesta del todo á los sagrados intereses de la
Religión y de la Patria?
Piénsenlo bien en la presencia de Dios todos los hom­
bres de intención pura, y que ponen la gloria de Dios y el
bien de I a s almas muy por encima de toda clase de bienes
temporales, sean cuales fueren.

Art. IX
Lo que es y lo que no es el liberalismo.
E l Universo, para que otro no pierda, ha dicho, según
E l Correo Español ( 1 ), que el liberalismo se toma en tres
diversos sentidos, á saber:
tfComo expresión del sistema político, monárquico cons-
titucional, ó sea opuesto al monárquico puro ó absoluto;
como expresión del sistema más social y antireligioso que
político, que proclama la independencia de la razón huma­
na, de la fe y del Estado de la autoridad religiosa de la
Iglesia, ó sea el racionalismo aplicado á la gobernación de

(1) Número 6.076.


— 79 —
los pueblos, en cuyo sentido el liberalismo es opuesto al
Catolicismo y está condenado en la proposición 80 del S y ·
llabus; y, Analmente, como sistema que consiste en la perse­
cución violenta, brutal, de la Iglesia, y de todo principio
religioso por el Estado, lo. cual, más que liberalismo, es j a ­
cobinismo, y no necesita ciertam ente de condenación ex ­
presa por parte de la Iglesia, pues él mismo se condena, ó
sea que su maldad aparece clara y evidente á todaB las in­
teligencias „
Aqui tenemos una nueva división del liberalismo, in­
ventada ad usum D elphipi . Vivir para ver.
Y todo esto se ha discurrido para m eter dentro de los
partidos que. se llam an liberales , aunque mejor sería que no se
llam aran , á las Instituciones, y tal vez el partido conserva­
dor, ó tal vez ai mismo Universo , que en un articulo de
redacción decia que era sinceramente constitucional .
Dos cosas hay, pues, aquf: el falso concepto de libera­
lismo y la intención de aplicarlo á la monarquía parlam en­
taria, objeto de todos los amores del periódico dinástico.
Bien quisiera equivocarme sobre lo segundo; pero es
evidentísimo lo primero.
Propóngome, pues, demostrar que el citado concepto
del liberalismo es falso, y que el empeño de absolver del
pecado liberal al régimen, es un empeño absurdo.
Manos á la obra.

Comentando el Syllabus, los escritores católicos de más


nota han dividido el liberalismo en tres grados, á saber:
1.° El Liberalismo radical que somete la Iglesia, como
sociedad, al Estado, según la fórmula: la Iglesia en el E stado .
2.° El Liberalismo moderado , que confiesa iguales y
mutuamente independientes la Iglesia y el Estado, según
la fórmula, la Iglesia libre en el Estado libre , gráñcam ente
traducida al lenguaje de los hechos por el insigne Mateos
Gago con esta frase: la Iglesia liebre en el Estado galgo ·
3 o El Liberalismo católico, hipótesis universal, nece­
saria dado el progreso de los tiempos, por la que, prescin­
- 80 -
diendo del orden teórico, conviene á la Iglesia y á los pue­
blos la separación del Estado de la Iglesia .
Véase á Liberatore ( 1 ), al P. Villada f'2 ), y la Pastoral
colectiva de Iob Obispos del Ecuador.
En ninguno de estos tres grados aparece para nada la
monarquía constitucional.

León X III (3) babla exprofeso del Liberalismo para


dividirlo y condenarle.
Veamos cuál es la división que establece:
uEn esta disposición del ánimo (de negar A Dios el do­
minio sobre el hombre, particularm ente en el orden social)
es donde propiamente se fragua y completa el vicio capital
del Liberalismo, el cual tiene múltiples formas...
uEs claro que rechazar absolutamente el sumo señorío
de Dios... lo mismo en lo público que en la familia y priva­
damente... es pésimo género de Liberalismo. (Primer grado).
“Próximo á este es de los que confiesan que c o n v ie n e
someterse á Dios...; pero audazmente rechazan las leyes que
exceden de la naturaleza, comunicadas por el mismo Dios
en puntos de dogma y de moral, ó á lo menos aseguran que
no hay por qué tomarlas en cuenta, singularm ente en las
cosas públicas (2 .° grado)... De [esta doctrina m a n a corno
origen y principio la perniciosa teoría de la separación de
la Iglesia y del Estado.
“A esta opinión, como á su género, se reducen otras dos
(subdivisión del grado 2 °)—1 .a Muchos pretenden que el
Estado se separe de la Iglesia, todo él y en todo; de modo
que en todo el derecho público, en las instituciones, en las
costumbres, en las leyes, en los cargos del Estado, en 1»
educación de la juventud, no se mire á la Iglesia más que
si no existiese; concediendo á lo más á los ciudadanos la

(1} La Iglesia y el Estado.


(2) Casns conecientiae de Liberalismo.
(S) Encíclica Libertas.
— 81 —
facultad de tener religión, si les place, privadamente (pri­
mer subgrado del segundo grado).
„2 .a Otros no se oponen... & que la Iglesia exista; pero
le niegan la naturaleza y los derechos propios de sociedad
perfecta, pretendiendo no competirle el hacer leyes, juzgar,
castigar, sino sólo exhortar, persuadir y aun regir á los que
expontánea y voluntariam ente se le sujetan...; exagerando
al mismo tiempo la fuerza y potestad del Estado, hasta el
punto de que la Iglesia de Dios quede sometida al imperio
y jurisdicción del Estado, no menos que cualquiera asocia­
ción voluntaria de I ob ciudadanos (segundo subgrado del se­
gundo grado).
„Por último, hay muchos que no aprueban la separa­
ción entre las cosas sagradas y las civiles; pero juzgan que
la Iglesia debe condescender con los tiempos , doblándose y
acomodándose á lo que la moderna prudencia desea en la ad­
ministración de los pueblos . Este parecer es honesto , si se
entiende de cierta equidad que pueda unirse con la verdad y
la ju sticia ; es decir: que la Iglesia, con la probada esperan-
za de algún gran bien, se muestre indulgente y conceda á los
tiempos lo que, salva siempre la santidad de su oflcio} puede
concederles. (Hipótesis católica).
“Pero m uy de otra manera seria si se tratara de cosas y
doctrinas introducidas contra ju sticia por el cambio de las
costumbres y los falsos juicios. N ingún tiempo hay que p u e­
da estar sin religión, sin verdad , sin justicia, y como estas
cosas supremas y santísimas han sido ehcomendadas por
Dios ¿ la tutela de la Iglesia, nada hay tan extraño como el
pretender de ella que su fra con d i s i m u l o lo que es falso ó in ­
justo, ó sea CONNIVENTE á lo que daña á la religión (ter­
cer grado). „
La cita es larga, pero jugosa ¿Se habla en algunos de
estos grados y subgrados de la monarquía constitucional,
como de un liberalismo aceptable?
La división de León XIII es substancialmente la misma
que la de los autores católicos que le precedieron
El último grado es el liberalismo católico; dos subgrados
integran el liberalismo n^oderado, y el primero es el libera­
lismo radical .
6
— 82 —
¿Qué novedad es esta que quiere introducir E l Universof
¿Sabe más que los autores católicos citados, más que
León XIII?

Por Liberalismo, pues, no se entiende la monarquía


constitucional, á no ser que ésta, en concreto, en algún
tiempo y región, se identifique con el liberalismo.
De aquí el empello de la Iglesia en declarar que las
formas de gobierno, de suyo no son, ni dejan de ser, libera­
les.
¿Á qué conduce este empeño de considerar como un
grado de liberalismo, pero licito, la monarquía constitucio­
nal?
D. Vicente de la Fuente, que tenia no pocos puntos de
contacto con E l Universo , se enfadaba no obstante con los
que se llamaban liberales , queriendo ser católicos, y decía:
“el catolicismo liberal es un día que es noche. Los mismos
liberales netos se ríen de esa mezcolanza, y dicen, y tienen
razón, que católico y liberal son incompatibles. Si dicen
que liberal significa no ser absolutista, apellídense católicos
no absolutistas (1).„
Es un contrasentido llam ar liberalismo á la monarquía
constitucional, y mayor aún el venir á estas alturas á decir
que la tal monarquía es uno de los sentidos en que el libe­
ralismo se toma.
Contra esto, protestan los doctores católicos, los Papas,
el sentido común; porque es evidente que no deben llamarse
liberales los que no son liberales.
No ayude, pues, E l Universo á introducir la confusión
en conceptos tan trascendentales.
A no ser que con ello piense ayudar como sincero cons­
titucional á la monarquía de sus amores.

(1) Historia de la Sociedades secretas. T. 1.° 2.a edición, pági-


na 127. Nota.
— 83 —

A rt. X

Los hechos
¿Pero es cierto que en España, de hecho, haya institu­
ciones y partidos católicos, que por ser monárquico consti­
tucionales, se llamen y sean llamados liberales?
Lo contrario es la verdad.
En EspafiA el Liberalismo ha cautivado instituciones y
lia revestido la forma parlam entaria; y por esto, porque ha
sido} es y será liberal, la monarquía parlam entaria con sus
partidos, han tomado el nombre del liberalismo y se han
llamado liberales.
Aquí ya no se trata de doctrina, Bino de hechos; y pre­
cisamente para desnaturalizar estos hechos se inventa la pe­
regrina doctrina del liberalismo monárquico constitucional
en oposición al liberalismo condenado por la Santa Sede.
Creo yo, sin embargo, que nadie hay tan alto, ni aficio­
nes tan justificadas, ni intereses tan respetables, que merez­
can el sacrificio de la verdad.
Ya en los artículos anteriores dejé este punto bien de­
clarado y demostrado por los hechos mismos y la autorizada
declaración de un testigo como Balmes, y de un varón tan
docto, siquiera haya figurado en el partido liberal conserva­
dor, como Menécdez Pelayo.
Hay que rem achar el clavo, porque, según parece, ahi
duele; y como hay mucha gente que desconoce la historia
contemporánea, y aun alguno se ha atrevido á escribir que
son acontecimientos demasiado viejos para que debamos
tenerles presentes y permitir que ioltuyan en nuestros ju i­
cios y conducta, bueno será refrescar la memoria, y enseñar
si que no sabe, si es que el que no sabe tiene interés en
Aprender, y no más bien en ignorar.

Aquí hay dos cosas, separables en abstracto, aunque


unidas é identificadas en concreto* á saber: las Instituciones
y los partidos liberales.
— 84 -
¿Son liberales, según el liberalismo reprobado, único
que sin excepción ni distingos ha sido condenado por la
Iglesia, las instituciones?
¿Son liberales, según el verdadero y único liberalismo
condenado, los partidos que se llaman tales?
Recuérdese lo que acerca del prim er punto han dicho
Balmes y Menéndez Pelayo, en los textos por mi aducidos.
No hay oosa más term inante.
A lo que se puede agregar lo siguiente, del mismo se­
ñor Menéndez Pelayo:
“La Monarquía (de Isabel II) estaba moralmente muer­
ta. Se habia divorciado del pueblo católico... n
De doña Isabel II escribe, que se vió “condenada por
la historia á m arcar con su nombre aquel periodo a f r e n to ­
so de secularización de España, que comienza con el degüe­
llo de los frailes y acaba con el reconocimiento del despojo
del patrimonio de San Pedro. n
Periodo afrentoso que comprende todo su reinado.
Y cuidado que reconozco las buenas intenciones y de­
seos de Isabel II, que parecia haber nacido con alma de
reina católica.
Fué avasallada, sin embargo, por el liberalismo.

Y que no se ba tratado principalmente de cuestión di­


nástica, ni de forma de Gobierno, lo dice más esplicitamente
Balmes con estas palabras:
“¿Cómo es que cabalmente los hombres de ciertas opi­
niones sociales y políticas viesen la cuestión legal de una
misma manera, y todos sus adversarios de otra? Esto, ¿no
indica más claro que la laz del dia que pocos pensaban en
el derecho, sino en ol resultado de ocupar el trono Isabel ó
don Carlos?*
uOtra reflexión. Supongamos que don Carlos, en v e z de
Ber un Pricipe profundamente religioso, decidido enemigo
de toda clase de innovaciones que pudiesen traer algún pe­
ligro á la antigua organización, hubiese sido conocido por su
excepticismo en m ateria de religión, por su espíritu amigo
de reformas en todos géneros, por su aversión al Clero, por
— 85 —
sus tendencias liberales; y que, al contrario, la reina viuda
hubiese estado intimamente ligada con el Clero y se hubiese
distinguido por su odio á los constitucionales, por un carác­
ter inflexible, incapaz de transaciones de ninguna especie,
de suerte que bajo su regencia no hubiese habido la menor
esperanza de innovar, ¿que habría sucedido? Para nosotros
es evidente que se hubieran trocado los papeles: los libera­
les se hubieran apiñado en torno de D. Carlos y los realistas
en derredor de la cuna de Isabel. „
uPor eso nosotros hemos defendido siempre la legitim i­
dad integra , e* decir, la de origen ó legal y la de ejercicio ó
de doctrina, que se conforme con la de la Iglesia y con la
tradición histórica.„ ( 1 )
Ahora al lado de Balmes pongamos á E l Universo, que
sabe más que Balmes, sin duda, y opone al gran filósofo es·
pafiol del siglo XIX, esta gallarda afirmación histórica:
“En Arlabán y en Luchana se peleó y se triunfó por la
legitimidad monárquica de doña Isabel con las pretensiones
de don Carlos María Isidro, y por la Monarquía constitucio­
nal ó mixta contra la Monarquía pura ó absoluta. Ni más ni
menos*.
Con perdón del periódico católico dinástico, monárquico
constitucional de Madrid, prefiero á Balmes y sus razones.
Y á MenéndezPelayo y sus juicios, y ha 9ta ádon Vicen­
te de la Fuente que se expresa así:
uAl reaparecer la revolución en 1842, traída de la mano
por la Reina Cristina, su primer acto fué una ingratitud...
Cristina, Llauder, (¿uesada y todos los realistas que trajeron
la revolución han sucumbido á sus pies.n (2 )
Es un hecho tan claro, que no hay historiador que no lo
consigne. (3)
Don Eduardo Chao, continuador de la Historia de Ma­
riana, dice.
“¿En quién, se iba á apoyar Isabel II? Desvanecer las

(1) Citado por E l Correo Español, de Madrid.


(2) Htat. de las Sociedades Secretas. Tomo III.
(3) V. Víctor Gobhardt. Tomo 7. - p. 1 y 2.
— 86 —
esperanzas de los liberales ¿no era aislar su trono...? Cea
Bermúdez no quería ver más que una cuestión de sucesión,
donde no podía haber sino cuestión de principios.n ( 1 )
Pues bien, estos principios liberales no son más que los
de la revolución, los del liberalismo.

Véase, si no, quienes fueron los que apoyaron á doña


Isabel, y los que gobernaron durante su reinado.
Cea Bermúdez, que solo miraba la cuestión dinástica,
cayó.
Doña Cristina se arrojó en brazos de los liberales; pero
de los únicos liberales que había, de los que proclamaban
los llamados derechos del hombre , consignados en todas nues­
tras constituciones, desde la del año doce.
Querían ciertam ente la monarquía constitucional; pero
con una constitución informada por el liberalismo.
Se puede ser constitucional, sin ser liberal; pero en Es­
paña el constitucionalismo ha sido de hecho el liberalismo
Tanto el partido moderado, como el progresista, y los
que después,avanzando siempre, han sustituido á uno y otro,
únicos que han gobernado, han sido liberales con el libera­
lismo condenado en el Syllabus.
Contra este liberalismo protestaba don Carlos María
Isidro; y la lucha entablada fué de la España católica contra
los que querían que España fuera liberal.
Los que lucharon contra don Carlos, defendieron al
gobierno de Madrid, y el gobierno de Madrid era liberal.
No se trata de lo que pensaban ó creían determinadas
personas.
Se dan casos en que los hombres de bien defienden á los
bribones.
Y casos en que los enemigos del liberalismo defienden
al gobierno liberal, contra los que quieren un gobierno
católico.
¿Quién se atreverá á negar, que todas nuestras constl·

(1) E dir.de Madrid. —1853.—T. I II.-p .3 6 2 .


— 87 —
tuciones proclaman las libertades de perdición, esto es, el
liberalismo?
¿Quien tendrá la desaprensión de afirmar que no fué
liberal y revolucionaria la monarquía hasta la revolución, y
la monarquía desde la restauración hasta nuestros dias?
¿Y no fué la corona la que sancionó todas las leyeB, y
puso el visto bueno á todos los hechos, que forman la histo­
ria de la España contemporánea, toda ella impregnada del
principio liberal?
¿Que se puede ser constitucional sin profesar el libera­
lismo?
Es verdad, pero ha de ser con una constitución que no
sea liberal.
Lo contrario implica en los términos, como se dice en
las escuelas.
Y como quiera que en España la constitución es liberal
haBta las cachas, declararse constitucional es declararse
liberal
Que estas cosas no pueden juzgarse en abstracto, sino
en concreto; no mirando las cosas como pudieran ser, sino
como son.
*
**
Basta con ?o dicho, pues la historia y la triste experien­
cia son más elocuentes que todos los ditirambos que á la
monarqufa constitucional quiere cantar E l Universo .
Y más elocuente es aún el eBtado á que ha llegado la fe
de los españoles y la Iglesia en España, bajo la sombra ma­
léfica de ese constitucionalismo, que es sólo el ropaje con
que se ha engalanado el Liberalismo, ya manso, ya fiero, en
nuestra nación sin ventura.
Habrá, pues, aquí hombres que, sin ser liberales, pudie­
ran ser parlamentarios; pero no hay partidos parlamentarios
que no sean liberales.
Estos son los hechos, que nadie se atreverá á desmentir.
POST-DATA
-----> -*■—«

Resaltan de ana oportunidad suma, y resuelven una


cuestión candente, los artículos anteriores.
Hoy más que nunca se intenta acabar con los partidos
católicos, reducir á los católicos espafloles á un individua­
lismo impotente y robustecer al partido liberal conservador.
Con ocasión de las elecciones municipales, E l Universo
( ¿quién había de s e r? ) descubre todas sus intenciones,
aconsejando á los católicos que no voten candidatos indepen­
dientes, ni candidatos pertenecientes á partidos católicos.
Luego quiere que se vote á liberales conservadores, ó á
liberales moretistas, canalejistas, republicanos ó socialistas.
Porque es evidente que los candidatos, ó son indepen­
dientes, ó pertenecen á partidos católicos, ó á partidos
liberales.
Si no se debe apoyar á los primeros, ni á los segundos,
solo resta el deber de votar á los terceros, ó no hay lógica
en el mundo.
Lo único malo que hay en España, lo único que divide
á los fieles, para el citado periódico, es la existencia de
partidos católicos.
T tiene razón que le sobra E l Universo. El día que todos
seamos liberales, se habrá acabado la división entre los
católicos españoles, porque todos loa españoles seremos
liberales.
Todos seremos unos
Y hasta con H.
— 89 —
No importa que E l Universo quiera que sean católicos y
honrados los votados.
Si son miembros de partidos liberales, sostienen orga­
nismos que son enemigos de nuestra fe y de la prosperidad
de la P atria.
Caando menos la disciplina les ata las manos y contiene
su lengua y les deja impotentes para todo lo bueno.
Y sobre todo, no se trata de la honradez personal (que
es difícil y muy aventurado formar un acertado juicio), sino
de su honradez como miembros de un cuerpo orgánico que
utiliza todos los medios para vivir y triunfar, y triunfa y
vive para sostener el liberalismo, cauBa de todos los males
que matan á España.

Siempre se apela á la autoridad del Papa para cohones­


tar todos los absurdos, y hacer viables las mayores b a rra ­
basadas.
Queremos al Papa, obedecemos al Papa, nos sometemos
incondicionalmente á su Autoridad gubernativa, tan divina
como su Autoridad doctrinal, aunque aquella no goce del
privilegio de la infalibilidad; pero negamos que el Papa
quiera y mande lo que E l Universo pretende, con gravísimo
daño, presente y futuro, de los intereses católicos de nuestra
nación.
Agárrase á la frase de Pió X, que manteniendo el non
txpedit de Pío IX y León XIII, en cuanto á las elecciones
políticas, no quiere un partido católico en el parlam ento,
porque seria un partido legitimista, y por ende suyo, y su­
pondría algo de reconocimiento, y expondría al Papa á
grandes conflictos, dado que materialm ente está en poder
de sus enemigos.
Por esto quiere que, en Ita lia } haya católicos, muchos
católicoB que sean diputados; pero no quiere que haya dipu­
tados que constituyan un partido católico.
De Italia, y solo de Italia se trata. Para Italia y solo
para Italia ha hablado el Sumo Pontífice.
Y aún restringe el sentido de su frase á los diputados;
— 90 -
siendo cosa harto sabida que no existe el non expedit pai­
las elecciones municipales.
Pues bien; de todo esto saca E l Universo , periódic
dinástico y sinceramente constitucional , que en España n
deben votarse candidatos independientes, ni candidato
afiliados á partidos católicos.
Deben votarse católico-liberales.
Católico 8 ) porque digan que lo son.
Liberales, por pertenecer á partidos liberales.
Que si no son liberales por lus doctrinas, lo son por 1¡
participación que tienen en el programa del partido, me
diante la disciplina.

Déjese ya de abusar de la autoridad del Papa y de lo


Obispos.
Ni estos ni Aquel necesitan dar á conocer su volunta«
por las disquisiciones de E l Universo.
Dicen lo que quieren y cuando quieren, sobre tod<
cuando se trata de ordenar algo á los católicos, porqu<
saben que serán obedecidos, y que por ello no surgirá con
flicto alguno con los Poderes públicos.
No siempre pueden decir lo que quieren ó todo lo qu<
desean; pero es para evitar rozamientos con aquellos qu<
merecen todos Iob amores de E l Universo .
De aqui el que se pueda establecer esta regla práctica
para conocer la voluntad del Papa y de los Obispos.
Cuanto digan, urgiendo la doctrina de fe y de mora
católica, y en favor de las tradiciones católicas y gloriosa!
de Espafia, hay que tomarlo al pie de la letra, y extenderá
lo más posible, evitando toda exageración.
Cuanto digan, imponiendo prudencia, y que parezci
favorecer algo á los Poderes liberales, hay que tomarlo co
mo lo dicen; pero tendiendo á la restricción, porque la sc ir
cunstancias, y no ciertam ente favorables, cohíben no poco
en virtud de la ley de la prudencia, á nuestros Padres j
Pastores.
— 91 —
Nuestra conducta debe ser la de robustecer cada dia
más la opinión católica y las fuerzas católicas, para hacer
más fácil el gobierno de nuestros superiores eclesiásticos.

Esta es nuestra tendencia. Dar fuerza á la Autoridad


del Papa y de los Obispos, disminuyendo la de sus enemigos.
La contraria es la de E l Universo . Aumentar la fuerza
de los enemigos, haciendo desaparecer las fuerzas católi-
cas, y pretendiendo que nos sumemos con los que van con
exigencias al Papa y con imposiciones á los Prelados
Y vea ya el pueblo español si le conviene favorecer á
E l Universo .

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