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P.

GRACIANO MARTÍNEZ
A gustino

R eligion y P atriotism o
S e r m o n e s , D iscu r so s
y C onferencias

TEHCEBA EDICIOS, NOTABLEMENTE AÜBEHTADA

Tomo II

EXCLUSIVA PARA LA VENTA

E d itoria l VOLUNTAD
S e r r a n o , 48.— M a d r i d

1924
I N D I C E

PAjjs.

San Juan de Sahagím.— Panegírico .pronunciado en ia so­


lemnidad celebrada en la parroquia del Santo— Salaman­
ca, 191Ó ................................................................................. 5
Santo Domingo y la fundación de su Orden.— Discurso pro­
nunciado en la Iglesia de los Dominicos de Ocaña en el sép­
timo centenario de la fundación de la Orden, 1 9 1 6 ............ 29
La Ciencia en ¡a Orden Dominicana jy el Genio 'de Satíto ¡To­
más de A quino,— Discurso pronunciado en la Iglesia de San­
to Domingo el Real, de Madrid, en el séptimo centenario de
la fundación de la Orden Dominicana, 1916 ...................... 59
Alocución pronunciada ;en Pola de Laviana la víspera de la
Asunción de 'María, tras la ¡poética ¡procesión de la Virgen
del Otero ...................................................................................... 85
La Asunción de Maria.— Sermón pronunciado en el templo
parroquial de Pola de Laviana el día de fúa Romería de la
Virgen del Otero .......................................................................... 101
E l Inmaculado Corazón de María ¡y su amor a los hombres.—
Sermón pronunciado en la Catedral de Madrid eí 12 de ju ­
nio de 1921 en la 'Solemnidad de la Archicofradia deí In­
maculado Corazón de María ................................ - ............... la i
La Solemnidad del Rosario.— Sermón predicado en el tem­
plo parroquial de GRibadeo (Galicia) ....................................... 139
La Inmaculada y el pueblo español.— Sermón predicado en
la Iglesia de San José en la solemnidad dedicada |por la
Academia de Jurisprudencia a su Excelsa Patrona .......... 150
La Soledad de Muiría.— Sermón predicado en la Iglesia de San
Manuel y San Benito (Madrid) ............................................ i?S
Panegírico de Santa Teresa de Jesús pronunciado en Alba
de Tormes el día lá fiesta de la Santa, 1904 ...... ............... 195
Alocución pronunciada en 'la primera Solemnidad de la Con­
gregación de Nuestra Señora de los Dolores y Santo En­
tierro ............................................................................................... 3 13
£1 'dolor humano.— Sermón pronunciado en la primera fiesta
aniversaria de la Congregación de Nuestra Señora de los
Dolores y Santo Entierro .......................................................... 333
Lo que nos ha d« ‘¡traer la pacificación de España.— Oración
sagrada ^pronunciada el 20 de noviembre de 1921 en la so­
lemnidad anual de la Cofradía de Nuestra Señora de los
Dolores y Santo Entierro .......................................................... 249
PAgs.

E l Sacerdote español y las vocaciones de Misioneros.— Dis­


curso pronunciado en c! teatro de las Damas catequistas,
con motivo dei primer congreso de la Unión misional del
Clero de M adrid-Alcalá ............................................................ 365
E n iel día del Sacratísimo Corazón de 'Jesús.— Sermón pro­
nunciado en la Iglesia de San Francisco de Avilés .............. 393
E l Sacratísimo Corazón -de Jesús.— Sermón predicado en la
Iglesia de San Manuel y San Benito (Madrid) .................... 3 11
Alocución pronunciada en la Iglesia de San Jerónimo en la
primera solemne procesión pública de los Jueves Eucá­
rsticos .......................... .................................................................. 327
E l pensamiento del Cielo.— Sermón pronunciado en la fies­
ta aniversaria de los Jueves Eucarísicos, en la Iglesia de
San Manuel y San Benito (Madrid) ................................. 343
La fuente \fie la \)ida.— Sermón ¡pronunciado en la ¡fiesta ani­
versaria de los Jueves Eucarísticos, en la Iglesia de San
Manuel y San Benito (Madrid) ................................... . 350
5*0» Roque.— Panegírico pronunciado en el Templo parro*
quial de Llanes ............................. ..................... ...................... 375
Regionalismo y Patriotismo.— Conferencia pronunciada en el
Teatro Palacio Valdés, de Avilés ................................. '........... 307
SAN JUAN DE SAHAGÚN

PANEGIRICO
PRONUNCIADO EN LA SOLEMNIDAD CELEBRADA
EN LA PARROQUIA DEL SANTO,
EN SALAMANCA. 1916.
Non est inventus similis iíli.
Ecli. '44-20.
N o ha habido otro como él.
Eclesiástico, etc.

Q u e r id o s S a l m a n t in o s :

No creería cumplir con un deber elemental que me im­


ponen de consuno la inteligencia y el corazón, si, al ca­
berme el honor de hablar por vez primera en esta dudad,
teatro de tantas glorias agustinianas, no comenzase por
saludar a sus hijos, y con tanto más tierna efusión de mis
sentimientos, cuanto que, al saludaros, a vosotros, me hago
cuenta que saludo a los más preclaros hijos de mi gran
Padre San Agustín, a los que con más vivos y gigantes
destellos de gloria supieron esclarecer nuestro nombre ha­
ciendo de nuestro instituto como una academia augusta de
sabiduría y un plantel ubérrimo de santidad.
Hay entre Salamanca y la Orden del gran Obispo de
Hipona como una especie de recio parentesco espiritual,
tan vigoroso como el consanguíneo, que a cuantos sentimos
la dicha de vestir este santo hábito nos fuerza a imaginar­
nos en el glorioso recinto de esta ciudad como en la pro­
pia casa solariega, como en los claustros de aquel inmor­
tal convento “ de los· santos y los literatos'” , según, por to­
dos era conocido, y que llamo inmortal porque nada im­
porta que haya dejado de existir y que con las piedras de
sus muros se hayan construido las paredes de humildes
hogares, pues aquel convento de loe santos y los literatos
perdura y perdurará en la memoria de las gentes mientras
Salamanca exista. Lo inmortal no muere nunca, y la glo­
ria de aquel convento alienta y alentará por los siglos de
los siglos con robustos hálitos de inmortalidad: alienta en
las piedras amasadas de historia de vuestros arquitectóni­
cos monumentos; en los viejos torreones de vuestras casas
señoriales; en los legendarios rótulos de vuestras calles ve­
tustas ; en las estatuas de bronce que adornan vuestras pla­
zas ; en los luminosos legajos de vuestros archivos y biblio­
tecas; en los retablos y hornacinas de vuestras iglesias y
vuestros santuarios; en las urnas de plata y de mármol
que en el altar mayor de la catedral y en el lado del Evan­
gelio de la Capilla universitaria guardan los restos de exi­
mios varones agustiniianos, cuyos nombres escuetos son
otros tantos esplendorosos panegíricos.
Sí, yo os digo de veras que me imagino en vuestra ciu­
dad como en aquel memorabilísimo convento, el de más
alta guisa y pro de todos nuestros conventos, y, al discu­
rrir por vuestras calles y plazas tan impregnadas de espí­
ritu agustiniano, se ¡me antoja cotno dicurrir por las cru­
jías claustrales de aquella destruida morada y regalarme
aspirando la fragancia viviente de las virtudes que en ella
florecieron trocándola en exuberante místico pensil. Y por
eso, al saludaros a vosotros desde el púlpito de este her­
moso templo parroquial, elevado por vuestra munificen­
cia desposada con el fervor del admirable P. Cámara, de
reccxrdanza imperecedera en esta culta ciudad agradecida,
me parece saludar a todos aquellos egregios varones agus-
tinianos cuyas inteligencias fueron como ubres chorrean­
tes de alta sabiduría, que amamantaron a todas aquellas
generaciones de sabios que tan eterno renombre dieron a
vuestra Universidad, de donde salían para dirigir y redac­
tar asombrosas Biblias Políglotas como la de Alcalá y la
de Amberes, o para brillar en asambleas ecuménicas como
las de Basilea y de Trento, o en aulas universitarias como
las de Bolonia y de París, y donde, al mismo tiempo que
se restauraba el exacto conocimiento del idioma del Lacio,
se incubaba el siglo de oro de nuestra literatura y de nues­
tra mística, que, felicísi mamente abrazadas, tan inexhausto
'venero de poesía y de idealismo habían de ¡sorprender ел
las entrañas del alma española.
Y por eso, al derramar sobre vosotras una oleada de mis
más puros sentimientos, poniendo mi corazón en roce con
vuestro corazón, me figuro que me rezo сои el corazón
de aquellos frailes santísimos y sapientísimos que se lla­
maron Fr. Agustín Antolínez, Fr. Pedro Malón de Chaide,.
Fr. Luis de Montoya, Fr. Pedro de Uceda, Fr. Luis de
León, el Beato Alonso de Orozco, el Venerable Fr. Juan
de Sevilla, Santo Tomás de Villanueva, y el que venía a
ser como el padre de aquella pléyade de sabios y de san­
tos, San Juan de Sahagún, el Apóstol de Salamanca, aquel
pozo de elocuencia que rebosaba a diario en raudales de
sabiduría que hubiera sido imposible aprender, a no te­
ner por maestro a Dios mismo, según aquello de San
León: ubi Deus magister est, cita dkcitur quad docetur;
aquella lumbrera escrituraria como demostraron las notas
marginales con que apostilló su Biblia, y que fueron el
preludio de la admirable ciencia exegética de los agusti­
nos de Salamanca, que parecían poseer la clave de la
comprensión bíblica, razón por la cual casi siempre des­
empeñaban ellos la clase de Biblia de la Universidad; aquel
gran taumaturgo agustiniano cuyais innumerables y por­
tentosas maravillas pregonaban La privanza absoluta que
gozaba cerca de Dios. ¡¡ Oh, qué de perlas se realizaba en
él la sentencia aquella del Abad de Claraval: dives
méritis, dh/es in miráculiSj rico en merecimientos, rico
en milagros!
Es de ese vuestro gloriosísimo apóstol a quien eligieron
vuestros mayares por su Patrono y Abogado en el cielos
_ 10 -

de quien yo voy a hablaros tratando da tejeros su panegí­


rico, que no debía ser pronunciado sino por tina lengua
bendita que tuviese el¡ don de hablar como hablaba él,
que, diríase, llevaba en su boca una de las lenguas de fuego
que habían fulgido en el Cenáculo el día de Pentecostés,
a¡ juzgar por las llamaradas divinas con que incendiaba las
almas y por las mudanzas maravillosas que operaba en
los corazones. : ¡ '■
A fin de que os -hable dignamente de aquel hombre, sin
semejante en el mundo, pedid conmigo al· cielo que unja
mis labios con una godta siquiera de aquella suavísima
unción con que acertaron a ponderar suis virtudes sus dos
primeros biógrafos, el candorosísimo Venerable Sevilla, de
■quien dicen los Bolandos que casi igualaba en santidad
al admirable Patrón 'Salmantino ·—vix inferioris sanctita-
th—, y el Beato Alonso de Orozco, que tan inspiradamen­
te supo trazar cuanto nos dijo del Santo, sobre todo aque­
lla hermosa exhortación a Salamanca que puso por co­
ronamiento, y que sabe a míeles de regalado sabor clá­
sico, fabricadas con el jugo místico de salvadoras ideas
que no fuera mucho supieran de memoria todos los sal­
mantinos. ! I
Ave María... i

Non est ínventus, etc.

A m ados s a l m a n t in o s :

Gon objeto de poner de relieve la personalidad de San


Juan de Sahagún en sus relaciones con vosotros, voy a
pasar por alto la infancia y aun la juventud de vuestro
Santo; transcurridas en su vetusto pueblo leonés; reli­
- 11 -

cario de recuerdos históricos, y a la sombra del monaste­


rio benedictino, tan renombrado por sus escuelas medio­
evales que hubo de comparársele nada menos que con la
celebérrima Abadía de Cluni, semillero de pontífices, de
santos y de sabios.
Y coniste que me es harto duro el no quemar siquiera
leves granos de incienso en loor de las virtudes que le
adornaban, ya de tierno niño, y que hacían decir al Beato
Orozoo que más bien que niño parecía “ varón de per­
fecta edad” . Si agrada ver a un rosal tierno y recién plan­
tado cubierto de capullos y de rosas, ¡ agrada tanto
más ver a un niño floreciente de virtudes y corno granado
de bendiciones de Dios! ]Oh, que sería sencillamente es­
tupendo verle encaramarse sobre una piedra o un ¡sitio
elevado y comenzar a predicar a sus muchachiles compa­
ñeros, estimulándolos a la virtud y al estudio! ¡ Y ver a
sus oyentes, cuando llegaban tarde a casa y eran repren­
didos por sus madres, desarmarlas de todas sus iras, con
sólo decir que se habían entretenido oyendo predicar al
incipiente apóstol! ¡Cuán refelices ise sentirían sus padres,
una vez que, habiendo advertido en él tan evidentes seña­
les de hombre de Dios, a Dios se le hubiesen consagrado,
confiando su formación intelectual a los monjes benedic­
tinos, y viéndole hacer maravillosos adelantos en Huma­
nidades, en Filosofía y en Teología, pero mucho más
maravillosos aun en virtud, en recogimiento y en oración,
hasta el punto de servir de modelo a los mismos monjes!
Sabido es que al padre de nuestro Santo, cubierto como
se había de gloria en las luchas por su Rey Don Juan II,
al través de la Vega de Granada, hubo de CGstaríe muy
poco el obtener para su bijo, estudiante aún, el beneficio
con cura de almas de Cordoni llois, que fue para nuestro
joven incesante motivo de escrúpulos, hasta que consiguió
renunciarle en obsequio de un Sacerdote que lo necesi­
tase, yéndose él de familiar del Obispo de Burgos Don A l­
- 1'2 -

fonso de Cartagena, varón virtuoso, de rico y galano de­


cir, que cautivaba por su copia de sabiduría, y que fue-
quien le ordenó de Presbítero, Sabido es que por el es­
plendor de virtud que fulgía en el joven sacerdote, le
escogió el sabio Preliado para su compañero de rezo del
Oficio divino, imaginándose que así lo rezaba con mn
ángel, y que no tardó en nombrarle Canónigo de su Ca­
tedral, dándole además otros beneficios a los que se su­
maron otros y otras que, anheloso de honrar a quien tan­
to honraba a su pueblo, le dió entonces el Abad de Sa-
hagún: era aquello una lluvia de prebendas cuyas rentas
pingües empleaba, íntegras, en socorrer a los pobres, ¡sa­
ciando hambres, vistiendo desnudeces, alegrando dolores
y enjugando lágrimas. Y sabido es también que, como el
rectorado de Cordon-illos, renunció el canonicato de Bur­
gos con todas las demás prebendas, no sin sentir muy
en el alma el presentar semejante renuncia a un Prelado
que le amaba tan de corazón, y que, a pesar de su re­
nuencia en un principio, no tuvo más remedio que ac­
ceder a los Tuegos del postulante, visiblemene refrendados
por el cielo, y consentir que el Palacio se quedase sin su
ángel de inocencia y de dulzura, y la 'Catedral sin su
mejor adorno y su más fúlgido luminar. Para consagrarse
más libre y enteramente a Dios, quiso desasirse a todo
trance de títulos y de honores, y entró a servir una capilla
humilde de la iglesia de Santa Gadea, donde lo© nobles
castellanos eran obligadas a jurar su inocencia, cuando
se los acusaba de alguna infamia, y que hizo celebérrima
la jura, impuesta por el Cid al propio Don Alfonso V I,
antes de subir al trono, de no haber tomado participación
ninguna en el asesinato infame de su hermano el Rey Don
Sancho.
Y a allí arrebataba a las almas con sus predicaciones
llameantes de fuego divino. Y a allí aquel humilde Cape­
llán que oraba a diario luengas hora® y se estaba hasta las
— 13 -

altas de la noche acaudalando en las Escrituras y los San­


tos Padres los tesoros de sabiduría, de que más adelante
había de ser tan pródigo en sil apostolado, comenzaba a
mostrarse orador excelso y como verdadero enviado de
Dios. Pero tampoco allí había de dilatar su morada: por
secretas y misteriosas vías el Señor le iba guiando cada
vez más cerca de sí...
Se llevó Dios pronto al· Sr. Obispo, que era quien le
■tenía encadenado a Burgos con las ennoblecedoras ca­
denas de la gratitud y del amor, y nuestro Santo, ávido
de penetrarse más y más de las ciencias divinas, para
mejor conocer a Dios y mejor predicarle a las muche­
dumbres, se decidió a ir a ensanchar sus estudios a Sa­
lamanca, que ya había comenzado a llenar el mundo con
el raido de ciencia de sus maestros y sus doctores. ¡D e
renunciador de un canonicato y de una porción de pin­
gües beneficios a simple escolar de las aulas salmatínas!
Mas ¡qué sabrosa le sería aquella mudanza y qué ex­
quisito aquel descendimiento! ¡Escancia tan generosos li­
cores la humildad a las almas grandes que por ella ¡sus­
piran !
Y ya le tenemos en Salamanca, teatro de sus estupen­
das glorias y campo de sus fecundas -siembras, donde
tantas maravillas había de realizar como pacificador de
sus familias y alegrador de sus hogares y eonsagrador
de sus plazas y sus monumentos.
Siglo y medio de vida llevaba ya la Universidad, al
amparo de insignes hombres de iglesia, como el Obispo
Don Martín, que le había dado edificio propio, y que,
no satisfecho de semejante prodigalidad, la había dotado
con las tercias -episcopales, previa la aprobación de los
Sumos Pontífices. Cuando apenas si se creía que hubiese
más carrera de lustre y honor que la de las armas, j qué
halagüeño es ver a 1a Iglesia fomentando la dnmortaliza-
dora carrera del -saber y convirtiendo en magnífica Uni­
- 14 -

versidad el Estudia que habían fundado Alfonso IX y


Femando el Santo! Siempre las universidades naciendo
a la sombra de los claustros catedralicios; siempre las le­
tras amparadas y fomentadas pingüemente por las rentas
eclesiásticas, y siempre los presuntuosos sabios tildando
a la Iglesia de enemiga del saber y agarrotadora del· pen­
samiento !
A la llegada de Juan de Sahagún a Salamanca, más
que albergue de la cultura, era la insigne ciudad como
un conjunto de ciudadelas desde las cuales guerreaban,
a sangre y fuego, los grandes señores. Cada morada
señorial era una fortaleza con sus torreones almenados,
desde donde se miraba siempre con ojos de envidia y
de rencor a la fortaleza de enfrente. A menudo había
choques sangrientos que enrojecían ¡las calles de la ciu­
dad. Unos y otros rivales se burlaban de pragmáticas y
cédulas coercitivas. Con decir que a veces se tenían que
cerrar las aulas, y que Don Juan II llegó a facultar a la
Universidad para trasladarse a cualquier villa o ciudad
de sus reinos, cuando el claustro lo considerase oportuno,
volviendo a Salamanca cuando en talante le viniese, está
dicho todo.
Pero lo que no conseguían las cédulas y pragmáticas
de los reyes lo iba a conseguir el estrenuo enviado de
Dios. Las rivalidades de aristocracia a aristocracia y las
luchas de familia a familia, iban a concluir, gracias al
apostolado de nuestro gran hombre. A las torres relam­
pagueantes de odio iban a imponerse las torres irradia­
doras de amor: las torres de la Catedral, las torres de los
templos, símbolos de paz, de redención y de cultura. De
ahí que bien pronto se viera ya a Juan de Sahagún en
los pulpitos salmanticenses derramando sobre las almas
aquel su verbo inspirado que parecía brotar de Us mis­
mos labios del espíritu divino. En su pecho había algo
que no se podía ocultar a la mirada de las muchedum­
— 15 -

bres: un fuego viví simo de caridad que le ardía en et


corazón, y llameaba por sus ojos, y rompía en chispazos
de celo religioíso por sus gestos, por sus actitudes y por
sus palabras.
E l primer sermón le valió el ingreso, como Capellán
y Director del culto divino, en el colegio de San Bartolo­
mé, un santuario de ciencia y de religiosidad, donde vi­
vían unos cuantos estudiantes pobrete de las diversas re­
giones españolas, y que había fundado y dotado un es­
clarecido hijo de Salamanca, ornamento de las sedes pre­
laticias de su ciudad natal, de Cuenca y de Sevilla: el
virtuoso y sabio D. Diego de Anaya.
Y fué allí donde apuntaron los primeros albores tau­
matúrgicos de nuestro Santo. Los cronistas de aquélla
morada estudiantil -se complacieron en recoger de la tra­
dición oral de los mismos estudiantes la grata leyenda
de que, retirado cierta noche el Santo a descansar de
siís fatigas, después de recogida ya la Comunidad, como
hubiese caído en la cuenta de que le faltaba parte del
rezo del Oficio divino e intentase ir en busca de una luz
para rezar, entró por la ventana de su celda un fulgor-
inusitado que esplendía desde el ramaje de cercano ciprés,
y a la luz del cual pudo rezar muy a su sabor. L a fan­
tasía estudiantil había visto posarse en et ciprés un án­
gel que era el que irradiaba aquella milagrosa lumbre.
Y aun hablaron mucho tiempo aquellos sencillos estudian­
tes de un olivo del huerto que, en cierta ocasión, había
hecho algún signo de reverencia a su querido Capellán,,
en memoria de lol cual se descubrían ellcto siempre, al
pasar cabe el reverente olivo. ¡Cuánta poesía en la fe
de aquellos ingenuos escolares que veían la santidad de
su Capellán coronada por el cielo con tan finos y des­
usados favores! ¿Verdad que estos primeros centelleos de
sobrenauralismo hacían barruntar al maravilloso tauma­
- 16-
turgo que había de hacer de Salamanca algo así como la
dudad de los milagros?
Tres o cuatro años se cree que regentó nuestro Juan
de Sahagún la capellanía de aquel Colegio que, andando
el tiempo, convirtió la habitación ipor él ocupada en una
capilla, juzgando acertadamente que la humilde estancia
donde había vivido tan gran Santo ya no debía servir
sino para templo y morada de Dios. Y como, durante
ellos, le ocupara mucho su apostolado social, no queriendo
que sufriera nada su amado Colegio, se salió de él de­
jando con sentimiento profundo ®u delicioso retiro, yén­
dose a vivir a casa de un venerado Canónigo y aceptando
una pensión de tres mil maravedises oon que quiso remu­
nerarle la dudad, agradedda a los bienes abundantísimos
que le reportaba con sus apostólicas predicadones. Y de
nuevo la mano providentísima de Dios aparece casi visi­
ble sobre las decisiones, de Juan de Sahagún, conducién­
dole cada día más cerca del claustro agustimano que tanto
había de enaltecer con sus virtudes y con sus prodigios...
Pasáronse breves años en el. desempeño de aquella es­
pecie de magistralía salmantina, y nuestro Santo cada
día arreciaba más en la ajena y en la propia santíficadón,
viviendo una vida de actividad incesante, repartiendo en­
tre el estudio, la meditación y el rezo divino, el tiempo
que le dejaba lábre su predicación ardorosa, pues predi­
caba siempre que -se le ofrecía ocasión, y siempre con
aquella su palabra acerada y ungida, que iba directa á
las entrañas de su auditorio y conseguía radicales trans­
formaciones aun de lo® espíritus más endurecidos y re­
beldes. No desmayaba jamáis por muy poco fruto que
advirtiese en sus evangelizad oras siembras. Lo que hacía,
pensando con d Crisóstomo en¡ que nada hay ¡más poderoso
que el hombre que ora —nihü -potentius hamine 'arante—,
#ra acudir con más fervor a la oración, pidiendo a Dios
■que le hiciese su digno apóstol.
- 17 -

Kué por entonces cuando se comenzó a notar el fervor


intenso con que celebraba él Santo Sacrificio de la Misa,
durante el cíiaí 'eran· de admirar a menudo las lágrimas
copiosas que rodaban de sus ojos, fijos, fijos en la Hostia
consagrada. Y fue por entonces también cuando, habiendo
caído enfermo con dolorosa enfermedad que sobrellevó
muy heroicamente., prometió a Dios, si se dignaba con­
cederle la salud, hacer profesión religiosa. Sanó, efec­
tivamente, de áquella enfermedad, tras difícil y penosísima
operación, y un día, habiéndose encontrado con un po­
bre cuya desnudez le afligió mucho y habiéndole dado
su vestido de los días de fiesta, considerando en aquel po­
bre al propio'Jesucristo, pasó luego la noche en una deli­
cia continuada madurando su resolución de acogerse al
claustro, y a la mañana siguiente se fue a pedir el ingreso
en el Convento dé San Agustín.
E! júbilo: con que se recibiría a tan apostólica varón
en aquel asilo del saber y de la virtud, apenas si puede
*er rastreado ■por !a fantasía. ¡Con qué gozo estrecha­
rían entre sus brazos al nuevo novicio los Venerables Pa­
dres Juan de Arenas, que fué su maestro de noviciado,
y Juan de Salamanca, que fué quien le vistió la santa
Hbrea del Obispo de Hipona [ j Gózate, Orden de Sa*
Agustín, con ese riquísimo vaso de bendición que acaba
de entrar por tus claustros para exhalar en ellos todo
su perfume angelical y dejarlos aromados para siempre
con sus emanaciones salutíferas I ¡ Sumérgete en éxtasis
beatífico persuadiéndote de' que ese novicio humilde que
acaba de vestir tu santo hábito, no ha de ser sólo «no
de tus más excelsos timbres de grandeza, uno de tus más
divinos blasones de gloria, sino también e! .-eficaz propul­
sor dé tu más gigante era de santidad y de sabiduría, de
«splendor y de poder!
La vida de Fray Juan en el noviciado fué la de un
verdadero ángel. Su trato afabilísimo le captaba ías $im-
Tou# 1« 5
- 1S -

patías calurosas de sus compañeros y de sus superiores.


Era novicio, y ya le consideraban todos como «i fuese
su propio prelado. Se le hubo de probar con el humilde
cargo de refitolero, y lo desempeñó con suma alegría. Ja ­
más se' íe vió alterarse por nada, ni se le sorprendió nun­
ca en la más leve impaciencia. Y quiso Dios que inau­
gurase entonces la serie de los incontables prodigios que
había de obrar, vestido ya el hábito agustimano. Había
sido aquel año muy escasa la cosecha de vino, y al nuevo
refitolero se le había entregado una pequeña tuba de dio
para -servirlo a la comunidad, y Juan sacaba y -sacaba vino
de aquella pequeña cuba, durante meses y meses, y no
se agotaba, y a pesar de las pesquisas de los superiores
siempre la encontraron llena, razón por la cual se la con­
servó mucho1 tiempo como una especie de reliquia sagrada
del Santo, pues el doctísimo P. Vidal escribía que do*
siglos después se conservaba todavía en el convento “ la
cuba de San Juan de S:thagim'\ ¡ Cuán bellamente co­
menzaba <a mostrar Dios que se complacía en su nuevo tí­
ñaje de vida, obrando en loor suyo aquel prodigio, re­
membranza dulcísima del de las bodas de Caná!
Y comienza la apostolización, ya agtcstiniana, del· San­
to. Los· bandos de Salamanca, que recuerdan los de Vero-
na, inmortalizados por Shakespeare en su lindísimo dra­
ma “ Romeo y Julieta” , habían recrudecido sus cólera?
con motivo de un asesinato, cuya historia huelga aquí,
pues todos los salmantinos la sabéis de coro: el asesinato
de los hijos de Doña María la Brava, al cual había se­
guido la -venganza terrible tomada en los asesinos por
aquella miijet*. Continuos choques sangrientos de los par­
ciales de uno y otro bando hacían de la ciudad tan campo
de batalla. Y el insigne agustino, cual otro Moisés descen­
diendo de la cumbre santa para anunciar a los israelitas
las tremendas iras dé Dios y excitarlos a arrepentimiento,
descendió de su tranquila celda, y, sin miedo a los peli-
- 19 -

grog que por doquier le rodeaban ni a las amenazas 4®


todo género que sobre él llovían, comenzó a predicar la
paz con un. ceta que le abrasaba a llamaradas el corazón·.
Sería de oirle perorar con aquella su palabra de acero
que se iba al fondo del espíritu como aguda espada, in­
crepándolos a todos por sus crueldades y por fos profa­
naciones que hacían de los templos, pues con; frecuencia
se valían de ios toques de Jas campanas pora congregar a
tas respectivas mesnadas a la lucha, Años se habían dé
necesitar para romper la dura roca de aquello® pechos re­
beldes y sanguinarios, avezados ya a la matanza; pero el
Santo no desmayaba ni un solo punto. Ni el ser como fue
atropellado alguna vez era para intimidarle y hacerle abs­
tenerse de su apostolado pacificador, y aun delante de las
casas de la's principales familias beligerantes hacía qtte le
ctoloca-sen a veces el pulpito para desde allí tronar contra
unos y otros, ora amenazándolos con los terríficos azotes
dé Dios, ora brindándoles el perdón completo de sus crí­
menes en nombre de Jesús. Hasta de casa en casa iba
a veces predicándoles con -lágrimas del· corazón, que le
calían por les labios convertidas en palabras, reconciliando
h unas con otras familias, a amos con otros caballeros.
El Santo pleiteaba siempre por las derechos del pue­
blo atropellado. Era un ¡sociólogo radical que se ponía ai
frente de las muchedumbres, defendiendo con ardor he­
roico sus intereses y su honor villanamente desconocidos
y pisoteados por los proceres. Mil veces le amenazaron
de muerte ios magnates que se sentían aludidos en sus
reprimendas; pero él jamás titubeaba en cumplir con eu
deber, anheloso, como estaba, de poder ser mártir de
Jesucristo por .labrar la felicidad de Salamanca. ¡Hu-
biérase holgado tanto en rubricar con su sangre la causa
libertadora de las muchedumbres oprimidas!
Yo me le imagino delante del Duque de Alba, en uno
de los salones de! palacio ducal, siendo increado aspé-
- 20 -

rriniamente por el Duque, mohinísimo por haberse juz­


gado aludido ai predicar, el pobre fraile contra los atro­
pellos qtie los poderosos cometían con los vasallos, y le
.oigo, sus respuestas henchidas de entereza sublime, di­
ciendo que a la cátedra sagrada no ■se sube a sembrar
lisonjas, sino sencillamente a predicar la verdad, a difun­
dir . el bien, y estigmatizar el vicio. Y cuando ya d Dtir
que ha montado tanto en cólera que temen los caballeros,
allí: presentes, vaya a arrojar al .pobre fraile .por los co­
rredores despeñándole al río, y llega a insinuarle la ase­
chanza que le espera, de vuelta a la dudad, ie escucho
replicar...intrépido, que no teme a nadie que le pueda salir
al · camino, pues sabe ha de sonreirle la victoria en toda
refriega-con sólo blandir su breviario, y basta sal»reo el
donaire con que lo dijo y que tanto pandera el Vene­
rable P. Sevilla : "e díxoki con tanta grada que a todos
hizo r a r ” . '
¡ Y con qué maravillosos hechos premiaba d cielo su
valentía y su celo» apostólico! Dos emisarios de cierto
magnate, armados de gruesos garrotes, le salen un día al
encuentro, cuando tornaba a r,u celda, de predicar en la
parroquia de San Martín. Van ya a apalearle, y sienten
paralizados los brazos, quedándoseles en alto los garrotes
suspensos, como aceros de combatientes estatuas, y tem-
blándoles todo el cuerpo en angustiosas convulsiones, has­
ta que piden perdón al Santo y el Santo los perdona, yén­
dose bendiciendo a Dios, camino de su convento, en tan­
to ellos iban narrando a cuantos encontraban .el estupendo
prodigio.
Otro día, el del choque can el Duque de Alba, le sa­
len al camino para asesinarle dos escuderos, caballeros
en sendos caballos, que, al acercarse al agustino, comien­
zan a temblar sin poderse mover del· ísitio, por más que
ios jinetes los azuzan. Los jinetes entonces se espantan,
siéntense contagiados del .temblor de las caballerías, y, to­
- 21 -

cados de Dios en lo íntimo de sus corazones, confiesan


al Santo sus pérfidos intentos de ¡satisfacer los deseos del
Duque, su señor, quien también en aquellos instantes es­
taba sintiendo angustias a par de muerte, que no se le
calmaron hasta que, amainadas sus cóleras, se humilló
y escribió al Prior de San Agustín fuese á Alba de Tor-
mes con el 'santo Fr. Juan, para pedirle perdón y prome­
terle cambiar de modo de vida con sus vasallos, j E l Du­
que de Alba, Don García de Toledo, de hinojos ante un
pobre fraile, pidiéndole perdón, rogándole le ponga en
camino de salvar su alma, bendiciendo las pasadas alu­
siones y suplicándole las trueque, de allí en adelante, en
increpaciones enérgicas y en ásperas invectivas!
Debido a un tropezón de su cabalgadura, cae una vez-
en el río llamado Cuerpo de Hombre, y cuando todos
los que le han visto sumergirse ge aterran v creen que se
ahoga, le ven salir tan sereno y ¡sin que el agua se hu­
biese atrevido a mojarle la estameña del hábito. Hasta
por distancia de cinco o seis tiros de ballesta es arras­
trado una vez por las aguas del Torrnes, saliendo luego
sano y -salvo, perfectamente secos los hábitos, como si
no «e hubiese zambullido en las crecidas ondas.
Cruza un día por la calle del Pozo Amarillo, le sor­
prenden los gritos acongojadísimos de una madre que
acaba de tener la desgracia de que un hijo suyo se ca­
yese en el pozo; se acerca Fr. Juan, tiende su correa col­
gando, y, atrayendo a ella la •superficie de las aguas que
estaba muy honda, consigue que el niño se asga al santo
ceñidor, ¡saliendo del pozo tan sereno y tranquilo ante la
alegría indescriptible de la madre que comienza a gritar
en manifestación apoteósica: Milagro! ¡M ilagro!” Mi­
lagro que vuestros padres agradecidos quisieron perpetuar
grabándolo en una lápida para memoria eterna de las
gentes.
Y como esa hay otras muchas calles salmantinas que
— 22 —

hablan elocuentemente del. taumaturgo de Sahagún, como


la que hoy lleva su nombre, y que se llamó por muchos
años “ calle de Tentenecio” , aludiendo al toro bravo aman­
sado de súbito en ella por el buen fraile, o como la lla­
mada de las Pallideras, donde un albañil, al caer de un
andamio, a tiempo que cruzaba por allí nuestro taumatur­
go, como exclamase “ ¡Válgame Fr. Ju an !” , quedó sus­
pendido en el aire·, mientras el Santo corría a pedir li­
cencia a su Prior para obrar el prodigio de salvar a aquel
hombre, pues ya se le había prohibido hacerlos por las
manifestaciones glorificadoras que ,se ie tributaban casi a
diario. ¡ El albañil suspendido en el aire esperando el per­
miso del Prior de San Agustín, y descendiendo luego a
tierra mansamente como por .ministerio de algún ángel!
Quien así parecía disponer a su beneplácito de toda
la omnipotencia divina, naturalísimo era que consiguiese
la pacificación de Salamanca, terraplenando para siempre
los profundos tajos de rencor y de odio en que cavaron
por espacio de lustros sus belicosos bandos, y así sucedió
efectivamente, bien que después de rudísimo trabajar y
de penosísimo sufrir. Diez o doce años iban ya pasados
desde que Doña María la Brava había hecho sanguinaria­
mente célebre su nombre, diez o doce años que los
parciales de uno y otro bando ensangrentaban a menudo
las calles de Salamanca y aun de varios pueblos salman­
tinos, atacándose con .fiero denuedo y con saña cruel tel­
ina, y diez o doce años de continua apostolizaron por
parte de nuestro Santo, que a diario estigmatizaba aquel
desate de inhumanos sentimientos, y a diario .también, ha­
cía estupendas maravillas que concluyeron por abrir los
ojos de los respectivos caudillos y por moverlos a sellar
con escritura pública una paz que ya no había de alterarse,
y que fué' el alborear radioso de aquel· florecimiento sal­
mantino que asombró y aun asombra al mundo con sus
filósofo? .y sus teólogos, con sus poetas y sus humanistas,
— 23 -

con sus místicos y con sus santos. Despuntar la paz y des­


puntar la era itiás gloriosa de Salamanca fué todo uno:
aquella era de cuyos imperecederos recuerdos aun vive
y vivirá eternamente en la memoria de todos los pueblos
de la tierra, siendo celebrada y bendecida por todos los
sabios e historiadores del mundo, ¡0 lingua benedicta·f
exclamó un día San Buenaventura, al considerar las mara­
villas obradas por la palabra elocuentísima de San Anto­
nio de Padua, que, alguna vez, según nos dicen sus bió­
grafos, llegó a atraer a los mismos .peces que, por oírle,
asomaban la cabeza por la superficie de los remansos! ¡ Oh
lengua bendita, podemos exclamar nosotros, al considerar
las maravillas obradas en esta ciudad por el verbo ins­
piradísimo de San Juan de Sahagún! ] Ah, que sobre su
acerada expresión y sobre su cálida elocuencia, había algo
más que centelleo de oratoria: había lo que del Nacianceno
dijo San Basilio; tonitrus erat orado cjus¡} fuígur vita!
Aquella vida austera y, en absoluto, dada a Dios y a su
prójimo, era la clave de sus magníficos triunfos!
¿Qué maravilla que privando tanto con el Altísimo se
quedase a menudo extático y realmente suspendido en
el aire, como queriendo ya volar de la tierra al cielo, cu­
yas grandezas y bienandanzas vislumbraría en visiones
jrodigiosas ? Cuando celebraba el Santo Sacrificio de la
Misa, se inmovilizaba a veces como una estatua, sin más
señales de vida que los destellos luminosos que le esplen­
dían de la frente y las lágrimas copiosas que le manaban
de los ojos, sin pestañear y fijos, fijos, como si temiese
cerrarlos y dejar de ver e-1 paraíso que estaba viendo.
¿ Y quién pensara que estas inefables delicias que le
brindaba el Altísimo·, introduciéndole, aun acá abajos
en ..el ambiente de sus eternos goces, habían de ser para
el santo religioso una de las pruebas que más le habían
de hacer penar? Porque los (superiores, viendo lo mucho
que tardaba en el canon, llamando la atención del pueblo»
„ 24-

hubieron de intimarle la orden de que consumiera aprisa.


Y ¿cómo había de consumir aprisa, si en la hostia, consa­
grada estaba viendo al mismo Jesús humanado, real y vi­
viente, que le hablaba al alma cosas embriagadoras y 1«
inmovilizaba en actitud adorante el espíritu y el corazón?
Si todos, como el Fausto de Goethe, quisiéramos detener
el tiempo en el instante supremo del placer que nos arre­
bata, y que nunca pasase aquel momento, ¿cómo el santo
Fr. Juan iba a menospreciar aquellos instantes en que
Jesús dialogaba con él, anegándole en deleites exquisito»
que ni a la humana fantasía es dado rastrear ? Si los án­
geles desean estar siempre contemplando a Cristo —i»
qttem desiderant ángeli prospícere— , ¿cómo este huma­
nado ángel no había de anhelar estarle contemplando,
embebido en aquella enajenadora hermosura que le abru­
maría a disfrutes celestiales, n¡o¡ para expresados, sino
sólo para sentidos? ¡L o que habría de sufrir para romper
por su molestia y por su humildad, teniendo que decir la*
causas ocultísimas y del todo sobrenaturales que le im­
ponían aquella tardanza! El, tan amante de guardar en
secreto los regalas sensibles con que 1e militaba el Altísimo;
él, que sabía muy bien lo ocultas que se deben tener las
sobrenaturales caricias de la gracia, según aquello que les
recomendaba Jesús a sus Apóstoles en el Tabor: némini
dixeritis visionem..', ¡verse obligado a revelar tan secre­
tas cosas, siquiera el P. Prior le tratase de persuadir qué
iban en ello el honor divino y la glorificación de la fe y
del hábito aguistiniano, y aun el adelantamiento de muchas
almas en el camino de la perfección!
. Pero advierto que voy dilatando demasiado este pane­
gírico que no se acabaría nunca, si uno quisiera reflejar
debidamente toda la vida maravillosa de nuestro Santo, y
me voy a apresurar a concluir, insinuándoos la muerte
misteriosa de aquel hombre, según los más verídicos da-
— 25 -

tos biográficos; debida a un envenenamiento llevado a cato


por la perfidia y la venganza de una mujer.
Sabido es que cuando nuestro Santo ¡hablaba contra la
impureza, semejaban sus palabras flagelos que herían y
pavesas que quemaban en io íntimo del corazón, movien­
do a los voluptuosos a sacudir para siempre el yugo del
pecado que ios tenía uncidos a los instintos de la carne.
Pues bien, predicando una vez en la iglesia de San Blas,
de tal modo relampagueó contra las vidas impuras, que
un joven oyente que estaba viviendo, a espaldas de l¡a
ley de Dios, con una muy rica y patentada mujer, se
convirtió y rompió para siempre con aquel infame vivir,
excitando los enojos de la dama, que juró matar antes de
un año al Santo apóstol, obrador de tal maravilla. Y el
asesinato se llevó a efecto, comprobándose una vez más la
sentencia del Eclesiástico, non ¿st ira sttper iram mulieris,
no hay ira sobre la ira de la mujer; y el .propio Santo
profetizó también su muerte desde el mismo pulpito, para
la cual se preparó redoblando sus oraciones, aquilatando
sus virtudes e intensificando su divino amor. De las dul­
cedumbres que disfrutaría al recibir en forma de viático
a Jesús, en quien tantas vece¡s había bebido el néctar pro­
ducidor cíe los divinos éxtasis, no hay que hablar porque
“ no hay lenguas que lo puedan decir15, como escribió el
Beato Orozco. Lo que nos dice la historia es que el Con­
vento de San Agustín vistió luto de dolor por la muerte
de aquel Santo que era para todos una fuente copiosa
de edificación y de consuelo, y que Salamanca entera se
acuitó y asoció de todo corazón al duelo de los Agustinos,
llorando amargamente con ellos la pérdida de aquel gran
pacificador de pueblos y de aquel gran médico de almas
y de conciencias; y que hubo que retirar el cadáver del
alcance de las gentes, encerrándolo entre rejas, porque^
deseosos todos de poseer alguna reliquia del Santo, le
desgarraban el hábito, dividiéndoselo en pedacitos; y que
— 26 —

bien pronto comenzaron Ips milagros a hacer glorioso


el sepulcro, pues con sólo ser introducidos en su ámbi­
to los tullidos y desahuciados por la ciencia médica, sa­
lían. sanos y salvos por sus propios pies, y los ciegos veían
y los sordomudos oían, y hablaban ante la admiración
profunda de las muchedumbres, testigos de aquel hervide­
ro de milagros; y que cuando las vegas se veían agota-
tadas por las sequías o los viñedos amarilleaban antes de
tiempo, devorados por microscópicos malhechores, no se
había menester más que unas sencillas rogativas a San
Juan de Sahagún para que las nubes se desatasen en
benéficas lluvias que reverdecían los campos, y .para que
desaparecieran las devoradoras plagas de los viñedos que
retoñaban pletóricos de savia y cargados de rica cosecha
de racimos jugosos.
No quiero dar cabo a mi pálida labor oratoria sin.
mentar siquiera el tropel de milagros que se verificaron
en Salamanca durante las fiestas de la canonización de
nuestro Santo, a 1a cual se recrea uno de ver asociados
nombres tan- gloriosos como el de Doña Isabel la Católi­
ca y el de su esposo D. Fernando, el del gran Capitán
Gonzalo de Córdoba, el de Carlos V y el de Felipe II.
SÍ suntuosa estuvo Salamanca con el Santo, iluminando
sus torres con muchedumbre de luminarias que hacían día
de la noche, juntamente con los miles de hachas que ar­
dían por las plazas y calles, donde los polvoristas con
sus continuos fuegos artificiales tenían en continuo es­
truendo a la ciudad; adornando balcones y ventanas con
tapicerías y colgaduras de finísimas sedas y levantando
aquí y allá magníficos y vistosos arcos de triunfo; vol­
teando todos los días las campanas de todos los campa-
nanos, haciendo vibrar al aíre con los tañidos alegradores;
costeando la rica urna de plata, labor de afamados pla­
teros salmantinos, que a! lado del Evangelio del· altar ma­
yor de Ja Catedral conserva los preciosos restos del San-
- a r ­
to; nombrando a. é$te §14 abogad^ y Patrono, jurando so­
lemnemente tener j>pr fi-esta el día 12 de junio “ para todo
el tiempo del mundo y siempre jamás” , según se lee en.
la fórmula del juramento; haciendo, en suma, unas fies­
tas cuyos gastos no podrían ser cubiertos, como los histo­
riadores afirman* con muchos millares de libras de oro,
todavía estuvo más suntuoso el Santo con- 'Salamanca, pues
en todo el tiempo que duraron las fiestas, desde el primero
de’ agosto hasta el último de septiembre, ni los médicos
tuvieron enfermo alguno que visitar, ni fué menester que
las campanas de ninguna iglesia doblasen a muerto, ni
hubo el más ligero disgusto, ni hurto ni choque, no obs­
tante pasar de dos centenares de miles ¡los forasteros que,
con motivo de talés fiestas, acudieron a la ciudad.
I Dos mes*s> sin que en ningún hogar sahnantihio acae­
ciese un disgusto.ni hubiese que derramar una lágrima!
j Ah, que en la canonización de San Juan de Sahagún
era canonizada Salamanca, era canonizada lá Universi­
dad, eran canonizadas las letras españolas, y... ¿por qué
no decirlo?, era canonizada la unión de Salamanca y de
la Orden de San Agustín, que mientras permanecieron
unidas, una y otra fueron grandes y poderosas, y una y
otra se glorificaron mutuamente hasta ser la una la ver­
dadera Atenas española, emporio universal de cultura y
de saber, y la otra verdadero plantel de santos y de sa­
bios, de exegctas y de humanistas, de místicos y de poe­
tas..., y que una vez desunidas, una vez que desaparecie­
ron los Agustinos de Salamanca, desaparecieron los gran­
des prestigios de la ciudad de las letras españolas, y aun
extinguióse el esplendor de la magnífica Universidad, y
no volvimos los Agustinos a tener ni Malones de Chaide,
ni Luises de León, ni Alonsos de Orozco, ni Tomases de
Villanueva.,,
i Volverán ele nuevo a unirse para tornar a ser ambas,
gloriosas? Varios síntoma?; consoladores que desde al gil-
- 28-

nós lustros se advierten, nos estimulan a esperarlo, y um>


de ellos es el reflorecimiento de la devoción a San Juan
de Sahagún que, desde la inauguración de este hermo­
so templo, se viene notando entre vosotros. Sigue arre­
ciando, ¡oh, Salamanca!, en esa devoción salvadora que
tan magnífico panorama de maravillas desplegó un día
ante los asombrados ojos de tus antepasados; sigue inten­
sificando tu amor hacia el humilde hábito que tanto enal­
teció tu santo Patrono, muy persuadida de que ese há1*
bito humilde sabrá consagrarte siempre sus más ardien­
tes afectos y sus más entusiastas loores. Te lo exigen así
tu hidalguía, tu tradición y tu historia, el recuerdo in­
mortal de tus grandezas pasadas, la misma epopeya vi­
viente de tus magnificencias artísticas, la misma sombra
de realeza augusta que proyectan tus catedrales, fjr el
mismo escalofrío de lo sublime que se siente bajo sus cú­
pulas, y el mismo hálito de majestad divina que se res­
pira en sus ámbitos. ¡Oh, si supiésemos romancear lo que
dice en su misterioso idioma cada piedra labrada de tus
hogares, de tus aulas y de (tus templos, qué himno más
vibrante el que oyeras, impeliéndote a amar con toda tu
alma lo que con toda la suya amaron tus mayores 1 Sigue
poniendo en práctica aquellos redentores consejos que te
daba el Beato Alonso de Orozco en aquella bellísima ex­
hortación con que acertó a coronar la vida de tu Patro­
no y abogado, y vendrá, vendrá la reconquista de tus
antiguas prestigios y de tus .pretéritas glorias, y cnton--
ces se te podrá llamar como te llamaba el gran predica­
dor de Carlos V y de Felipe I I : "dichosa ciudad de Sa­
lamanca” , "ciudad bienaventurada” ... Así sea.
SANTO DOMINGO
Y LA FUNDACIÓN DE SU ORDEN

DiSCIBSO PHON UNC1ADO EN LA IGLESIA


DE LOS DOMINICOS DE OGAÑA, EN EL SEPTIMO
CENTENARIO DE LA FUNDACION DE LA ORDEN
E xcmos. e Limos. S eñores ( i ) :

I ) . m c . ■A y u n t a m i e n t o :

V enerable C o m u n id a d :

En tanto que por casi tocio el resto «de Europa está vi­
brando, fatídica, aquella espada de las grandes matanzas
de que hablaba el Profeta, gladrns wagnae occisionis; en
tanto que el ángel de las divinas venganzas está hacien­
do justicia a las injusticias que venían perpetrando contra
Dios los individuos y las nacionalidades; en tanto que
millares y millares de pueblos, y millones y millones de
familias se están cubriendo de luto y desolación sintién­
dose desangrar bajo el azote más terrible con que Dios
ha castigado jamás las iniquidades de los hombres, pues
no hay que dejar de ver el dedo providentísimo de Dios
en cuantas catástrofes avienen at mundo, ¡cuán dulce y
confortador es que nosotros, los españoles, nos podamos
entregar a fiestas pacíficas y civilizadoras como las -jue
vosotras os habéis propuesto ¡solemnizar estos días, con­
memorando el séptimo centenario de vuestra fundación!
Bien podemos todos bendecir al cielo por haber, hasta
ahora, mantenido a nuestra' patria en esa venturosísima

(i) Los Sres, ÍD. ¡Fray ¡Bernardino Noz&leda, arzobisi>o dimisio­


nario de ¡Mtmila y de Valencia; Dr. D. Juan Bautista Luis Pérez,
•obispo auxiliar de Toledo, y D, F r a y Nicasio Arellano, vi^ari«
apostólico de Tonfcín y obispo Titular Cociisense,
neutralidad que ¡ios libra de tener que contribuir con la
afluencia de nuestra sangre ai desboídamiento de esos
ríos de sangre humana que enrojecen a Europa, y muy
especialmente debéis bendecirle vosotros, los Hijos de
Santo Domingo, que gracias, sin duda, a esas bondades
del cielo, podéis celebrar solemnemente el advenimiento de
vuestra Orden a la vida, aquel hecho gloriosísimo, tanto
más· estupendo y maravilloso, cuanto que rompió de una
edad de revueltas sociales en que la barbarie y la anar­
quía, a merced, en absoluto, del genio del error, tenían
también a Europa como' hoy la tiene el genio de la gue­
rra: trocada en. campo de muerte y de exterminio. Fué
aquello como un gigantesco surtidor de luz, lanzándose
a los cielos desdé las negruras de un .profundo caos e
iluminando con sus resplandores toda la tierra. Fué
aquello como un mundo de gloria surgiendo de un mun­
do de ignominia que se desmoronaba en escombros, e inau­
gurando una nueva era de vida en la raza de Adán, ] Oh,
quién me diera para cantarlo la inspiración que parecía
transfundir la esencia de un querube en el alma del Dan­
te, cuando trazaba los tercetos sublimes de su canto duo­
décimo del Paraíso, en que tan macizo monumento de
oro coronario supo elevar al insigne hijo de Caleruega
y a su esclarecida Orden dominicana!'Me contentaré con
reflejarlo de algún modo, según Dios me dé a entender
y coñ' elocución sencilla y natural que tienda como a
desvanecerse y anularse a sí misma para dejar hablar por
sí con toda su fuerza épica a las cosas.-Y eso que acaso
nunca, mejor que hoy, sentaran en mds labios las gala­
nuras de 3a elocuencia, aquí cabe esa tumba, filigrana
exquisita de arte clásico donde yacen los restos mortales
de la más excelsa gloria lavianense, del hombre que de
más legítimo orgullo hínche al pueblo de mí cuna: (i) y

(i) EJ P. Ce ferino.
— 33 —

que no es sólo él en contribuir a que yo recorra con


•satisfacción indecible los claustras de ese convento, por­
que los adorna también y aun parece que los llena de
su bondad y de su virtud, otro lavianense insigne, cuyo
nombre anda aún y andará siempre bendecido de boca
■^11 boca entre los nobles e hidalgas hijos de este pueblo
de Ocaña: aquel moralista eximio que se llamó el Padre
Moran.
El origen de los grandes feudos episcopales en la Eu­
ropa medioeval, especialmente en Francia y en Alíemania,
había sido honrosísimo para la Iglesia: no cabe dudar­
lo.. Cario Magno y los que íe sucedieron en el imperio
desmigajado a su muerte, temían que los· gobernadores
que hubiesen de poner al frente de sus lejanas conquis­
tas se sublevasen con sus respectivos gobiernos, y para
evitar ese peligro hacían gobernadores a obispos que les
inspiraban absoluta confianza. De ahí los teocráticos se-
ñoríos feudales. Pero al correr de los tiempos, algunos
de aquellos prelados, qiie se veían llenos de riquezas,
se olvidaban de que eran ministros de Dios y se entre­
gaban a una vida de disipación y de fastuosidad. Los mon­
jes de algunas abadías imitaban a sus prelados en aquel
vivir disipado y fastuoso, y eran a su vez imitados de
parte del clero secular, que llegaba a imaginarse no haber
sido puesto a la cabeza de las feligresías para laborar
por la salvación de las almas, .sino para explotar nues­
tras redentoras creencias y vivir en holganza lujuriosa
a expensas de la pública piedad.
A todos ellos les venía aún muy oorta de sentido aque­
lla frase-látigo con que cruzó Salviano el rostro de al­
gunos hombres de Iglesia de su tiempo: hi qid putaniur
crucem, portare, ¿Íe port&ftt ut plus habeant in crucis no­
mine dignitatis q-uam in passion-e 'suplicn {i). Cien santos

(i) Salvíano, De ’Gubernatione Del, I. III, n. 3.

T omo ir , t
— 34 - \

monjes habían clamado con brava indignación contra


aquellos lujos secularescos que tanto desdoro acarreaban
a la Esposa de Jesucristo. ¿Qué persona docta en las co­
sas de Dios no se ha edificado muy sabrosamente leyendo
las increpaciones, contra aquel pomposo vivir, de 'hombres
como el abad de Garaval y aun de mujeres como Santa
Hildegarda de BingR? San Bernardo, .que era austerísimo,
que, al principio de la fundación de su Abadía de Clara-
val, se resignaba gozoso a comer hojas de haya para
¿callar los mordiscos del hambre, cuando veía pasar los
suntuosos trenes de los prelados de entonces, él que no
pensaba jamás en sus propios apuros, pero sí en los de
sus prójimos, dejaba escapar gritos de dolor como estos
que ponía en boca de los desnudos y los hambrientos,
después de recordar el verso lincrepador de un satírico la
tino: ” dicite, pontífices, vn freno quid facit aurumf Cuan­
do nosotros estamos sufriendo miserablemente, ¿de qué
nos sirven vuestros lujosos hábitos de recambio, suspen­
didos en vuestros guardarropas o plegados en vuestros ar­
marios? í.o que vosotros despilfarráis nos pertenece. Nos
arrebatáis cruelmente el precio cl-e vuestros gastos lo­
cos'1 (i).
Pero todo casi en vano: la elocuencia fogosa d¿ aqut’l
guardián de la casa de Dios, que era como la "llama que
quemaba los bosques en las montañas” , según símil de
uno de sns biógrafos; la elocuencia de aquel hombre
que, habiendo emprendido una cruzada buscando voca­
ciones religiosas, resonaba tan sugestionadora en los cam­
pos y en las aldeas, qu-e las madres escondían a sus hijos
y las mujeres a sus esposos, para que no se dejaran llevar
a Claraval, se había estrellado una vez y otra ante la rela­
jación de aquellos prelados que no se preocupaban más

*,j) S&m Bernardo. De Afuribiu fi p f f m u rpiscobarum, c. X II,


n. 28.
- 35 —

que de banquetes y cacerías, y ante el a seglar amiento de


aquellos monjes, en cuyos claustros, en vez del murmullo
de cánticos y preces, sóío se oían loe ladridos de las jau­
rías que sustentaban para su recreo, o los chirridos de los
halcones y gerifaltes, impacientes por verse libres de sus
pihuelas y remotitar el vuelo desde sus alcándaras. Y
esto traía a la Iglesia ruinas y aflicciones sin cuento; las
sectas que nacían en los cerebros brumosos de algunos
poetas exaltados de Oriente, y que por allá se conten­
taban Qon vegetar en la obscuridad y el silencio, a guí-
¿a de sociedades clandestinas, irrumpían en varías nacio­
nalidades europeas, y no- se contentaban con ser maso­
nerías puramente teóricas, sino que se mezclaban a la
política y qnerían modelar a su capricho la sociedad.
El furor herético había volcanizado mil cabezas faná­
ticas, y cada una de ellas quería o resucitar alguna vieja
herejía o fundar alguna nueva. Se daban colmos de lo­
cura que hoy nos hacen sonreír, pero que entonces ha­
cían llorar. Había quien se proclamaba “ juez de vivos
y muertos” , como Eón de la Estrella. Por las poéticas
riberas del Rhin pululaban unos herejes gnóstico-mani-
queos que rendían culto a Lucifer representado en un sapo
o en un. gato negro (i). Y Tanquelmo, un seglar estúpido
que tenía escandalizada a Amberes, llegó a titularse nada
menos que “ esposo de María” .
Pedro de Brujas, un sacerdote exaltadísimo, que para
mostrar su desprecio al ayuno pegaba fuego el Viernes
Santo a cuantas cruces allegar podía para hacer guisos
de carne que brindaba a ?us prosélitos, y que, al fin, pagó
su fanatismo siendo quemado vivo por la indignación
popular, aun vivía en sus petrobrujenses que andaban es­
parcidos, bien qvie con distintos nombres, por Francia, Ita-

(l) Vid. M anual de H isto ria Eclesiástica, por ti Doctor Luis


Knopfíer, p. 375,
iíb —

Ü3.J Alemánííl y aun Inglaterra. Eran una secta ultrafa-


nática: pretendían que ics monjes se desposasen, como
si tal desposamiento no fuese la muerte de los claustros,
r> precisamente por ’eso; rebautizaban a los adultos y no
respetaban ni templos, ni cruces, ni misa, ni Eucaristía,
llevando consigo por todas partes la bullanga y el des-
orden, hasta el punto de que algunos Estados tuviesen
que tomar providencias enérgicas contra ellos, estigmati­
zándoles la frente con un hierro enrojecido.
Pedro Valdo, un hombre rico de genio y de oro, que st
110 se hubiese dejado fanatizar por las prédicas exa­
geradas contra el lujo del clero, acaso hubiera sido un
gran reformador de verdad y brillara en los altares re­
cibiendo el Ivomenaje de las almas creyentes, amasó, a
su manera, una suma de doctrinas que osó presentar corno,
las genuinamente católicas, cuando no eran más que erro­
res pretéritos, bebidos en Donato y en Vigilando, a los
cuales añadió más tarde la herejía iconómaca de los em­
peradores bizantinos, contra la cual tan gallardamente ha­
bía luchado aquel poeta-teólogo que se llamó San Juan
Damasceno. Y con la herejía valdensc, hidra de muchas
cabezas y de muchos nombres, corría parejas la albigen-
ss, que 110 era más que la resurrección del viejo mani-
queísmo, trayendo del brazo al gnosticismo, más viejo
todavía, y que pugnaba por destruir los dogmas funda­
mentales de nuestra religión haciendo de Jesús un mito
poético, y proclamando la adoración de Satán, creador
del mundo y verdadero Dios· de lo visible y lo invisible.
Todos esos herejes, llamáranse como se llamaran, pres­
tábanse recíproco apoyo para luchar contra !a Iglesia,
y venían a ser siempre los mismos con las mismas as­
piraciones demoledoras y con los mismos anárquicos sen­
timientos. Todos eran inmorales hasta la monstruosidad,
y a todos los alucinaba el mismo misticismo! absurdo y ca­
prichoso, que los forzaba a crecr que no luchaban contra
— 37 “

ía Iglesia por odios sectarios, sino sólo por los sacros


fueros de la independencia de la razón.
A tales herejías- en el orden religioso respondía en el
intelectual una verdadera revolución, que era auxiliar po­
derosísimo de las herejías; me refiero al aristotelismo,
mal entendido, como era entonces la moda en las aulas
universitarias. Muchos enamorados de la dialéctica, que
era casi toda la filosofía de entonces, deslizábanse muy
suavemente por los deslizaderos del error, no del error
puramente teórico y que sólo pudiera traer consigo re­
voluciones intelectuales .puras, sino del error práctico, de
obligadas repercusiones en la vida social y religiosa, ra­
zón por la cual de ningún modo podía cruzarse de bra­
zos la Iglesia y dejar que siguiera boyante la perturba­
ción de los espíritus. Si las sutilezas y argucias bizantinas
en que destilaban su fuerza cerebral algunos profesores
universitarios de entonces no hubiesen descendido de las
regiones metafísicas puras, la Iglesia jamás hubiera echa­
do mano de las armas de sus anatemas. Pero no era ello
así: aquellas argucias y sutilezas se cernían siempre sobre
nuestros dogmas, a modo de aves de rapiña, y a menudo
se calaban sobre ellos queriendo arrancarles pedazos de
su inmutable verdad.
Abelardo ya había muerto, reconciliado con la Iglesia
y con Dios, gracias al abad de Claraval; pero1 no habían
muerto las insanas tendencias de su espíritu sutil. Ataa-
1arico de Chartres, profesor primero de artes liberales y
luego de Teología y aun de Sagrada Escritura en la Uni­
versidad de París, era su heredero. Desde su aula uni­
versitaria propugnaba, aguerrido, el conceptualismo’ erró­
neo del legendario amante de Eloísa, y viendo que no·
se tomaban muy en consideración sus alambicamientos es­
colásticos, sus qulníesenciadas di ¿-tinciones y subdistincio-
nes, quiso actuar de dogmatizador dentro- de la doctrina
católica. Los demás doctores universitarios ya no tuvieron
- 38 —

más remedio que hablar y condenaron los errores dog­


máticos de su compañero, condenación que aprobó luego
el Pontífice, teniendo el consuelo de ver a Amalar ico so­
meterse a las decisiones de la Iglesia. Pero el mal esta­
ba ya sembrado en el corazón de sus discípulos, que bla­
sonaban de aristotélicos y eran también destilad ores de
quintas esencias metafísicas, y cuando, en actas concilia­
res, se llegó a condenar, bajo pena de excomunión, "guar­
dar, copiar o leer las obras de Aristóteles” , el Estagirita
seguía siendo -cada vez más guardado, copiado y leído;
estaba entonces en su cénit esplendoroso; era el dios de
las escuelas.
¿Quién vendría como enviado de Dios a irradiar luz
celestial en aquel dédalo de herejías y a encarrilar por
los caminos del bien y de la verdad a las conciencias y a
las almas? ¿Quiénes serían los espíritus afortunados que,
ahondando en el aristotelismo, discirniesen debidamente el
oro de la escoria, la verdad del error, encauzando aquel
hervoroso movimiento intelectual y poniéndole al servicio
de las doctrinas de la Cruz?
De los poderes seculares no podía esperarse la em­
presa salvadora de la religión y de la sociedad. En Bi-
zancio hacía ya siglos que no ascendían al trono más que
emperadores hipócritas, imbéciles y cobardes, y cuando
ios cruzados lograron llevar al solio imperial al conde
de Flandes, Baiduino, los búlgaros — Bulgaria era el foco
de la herejía albigense, pues de allí iba el gran jefe de
la secta a consagrar a los obispos galos— le cautivaron y
arrojaron vivo en una fosa donde le devoraron las aves
de presa y de donde los herejes extrajeron su cráneo para
hacerle servir de copa en los festines heréticos. En Ale­
mania los Honhenstaufen andaban demasiado preocupados
con atropellar los derechos de los electores del Imperio
rctra pensar en. combatir errores y herejías. En Francia,
FHipe Augusto no se inquietaba más que por minar el
- 39 -

poderío de sus grandes -sen-ores vasallos y por conseguir


que el Parlamento de Copiegne anulase su matrimonio con
Itigerburga, quien, al ser notificada de la tropelía par­
lamentaria, exhaló un suspiro, murmurando: “ ¡Rom a!”
Eti Inglaterra, con el pretexto de dar una dedada de
miel a los obispos, derrotados en sus pretensiones de qui­
tar la. elección del arzobispado de Cantorbery a los mon­
jes que la venían haciendo desde tiempo inmemorial —Ino­
cencio III no echaba en olvido que por aquellos brumo­
sos días no eran más que catedrales muchos monasterios—,
Juan sin Tierra tenía harto que hacer confiscando pro­
piedades monacales, si bien, anatematizado por el Papa
y viendo su reinado a la garganta el cuchillo, según la ju­
risprudencia popular de entonces, se sometió sin tardanza
al Pontífice, no sin haber tenido ante3 qite firmar la famo­
sa Carta Magna, a exigencias de los barones ingleses,
constituidos en el “ ejército de Dios” . Italia bullía en
hormiguero de repúblicas levantiscas y desordenadas, y
España proseguía épicamente su romancesca Reconquista
para ver de lanzar de nuestro suelo a los moros.
Y ios estragos de la herejía seguían en aumento, sobre
todo por tierras proveníales y lombardas. Diariamente
se registraban escenas de horrible escándalo. Las muías
profanaban los recintos de los templos para acarrear a
casa de los herejes la plata y el oro de los altares. Se vio­
laban los sagrarios augustos y se pisoteaban las consa­
gradas hostias, y apenas pasaba día sin que se perpetrara
algún asesinato en la persona de un sacerdote;
De oriente a poniente resonaba la palabra inspirada de
Intocencio III estigmatizando las profanaciones sacrile­
gas e inculcando arrepentimiento en las almas pecadoras;
pero nada se conseguía contra los herejes, sobre todo en el
mediodía galo, donde en hoto del conde de Tolosa Rai­
mundo VI, cada vez arreciaban más en el desenfreno y en
el crimen. El propio conde parecía un can rabioso contra
40 —

todo lo qua trascendiese a catolicismo. Gloriábase de pro­


fanar las .fiestas del Señor, atropellando, principalmente
en esos días, a las personas eclesiásticas, y, a su amparo,
loe albigenses encontraban siempre/ impunidad perfecta
para robos y asesinatos sacrilegos, con lo que cundía por
doquiera su herejía corno un viento de epidemia, como
un verdadero contagio. Tal era Raimundo V I, el cuñado
y protegido de los Reyes de Inglaterra y Aragón.
Pero, enfrente de. él, estaba Inocencio III, florón exi­
mio de aquella edad de eclesiásticas epopeyas, cuando se
llevaban a cabo las Cruzadas, y San Juan de Mata y San
Pedro Nolasco creaban sus Ordenes de Trinitarios y de
la Merced, dedicadas a abrir a los cautivos cristianos las
puertas de las mazmorras muslímicas; y cuando llegó ai
apogeo de su poderío la Santa Sede, venciendo a todos
aquellos -orgullosos reyes y señores que, después de luchar
sacrilegamente contra Roma, apoyadora de los derechos de
los pueblos contra su tiranía, reconocían al fin no poder
nada contra los anatemas del Pontificado, que pesaban,
aniquiladores, sobre sus espíritus y aun sobre sus es­
paldas.
Ese Papa prudentísimo, enemigo de fulminar sus ra­
yos espirituales mientras no se hubiesen agotado antes
todos los m-edíos humanos de conciliación, envió a TDio­
sa a tres abades cistercíenses en quienes aun fulgía la
gloria de San Bernardo, a fin de que pusiesen término
al hervidero de herejías que sembraban la desolación en el
mediodía de Francia. Pero los legados pontificios nada
conseguían, y los desmanes de los herejes se iban con-
virtiendo en endémica calamidad. ¿Cómo habían de con­
seguirlo presentándose con tanta pompa a quienes des­
bordaban en todo linaje de crímenes, precisamente toman­
do motivo para ello de las demasías .suntuarias de los
eclesiásticos? ■—'les dijo, poco más o menos, el insigne
prelado exórnense, don Diego de Acevedo, que a la sarán
— 41 —

pasaba por allí, acompañadlo de otro sacerdote español,,


subprior del Cabildo de canónigos regulares de su dió­
cesis—. Si querían que sus trabajos diesen el apetecido
fruto contra aquellos herejes, no había más remedio que
deponer aquel lujo y presentarse a ellos con la humilde
sencillez de abnegados apóstoles.
Y las palabras de nuestro insigne obispo fueron para
los embajadores abades una embajada del Cielo; se des­
pojaron en seguida de todo su fausto, y a pie se iban a
un lado y otro a entrevistarse con los herejes. Pero éstos
no cejaban en sus desafueros de toda ratea, y aun lle­
garon a asesinar a uno de los legados, a Fedro de Castel-
nau, el ¡más celoso, y en quien mejor revivía el espíritu
del· Abad de Clarara].
Inocencio III, que era la misma dulzura, y que nun­
ca lo manifestó mejor que con eí taimado conde de To-
losa, tantas veces pidiendo zainamente perdón, y otras
tantas siendo perdonado, cuando supo que el asesino de
su embajador había sido altamente obsequiado por Rai­
mundo, ya no pudo contenerse m ás: el anatema centelleó
ai fin sobre la frente del conde, y el convocamiento de
tina Cruzada para castigar los crímenes de la herejía re­
sonó por toda* la cristiandad. Nuuea más lícita la gue­
rra que cuando se hace por móviles de alta justicia atro­
pellada. Una guerra así, emprendida voluntariamente por
los pueblos cristianos a una simple indicación del Papa
demandando protección para la Esposa de Jesucristo, es
un hosanna de sangre, sí. pero un verdadero hosanna ai
Dios de los ejércitos. Nunca más de perlas el hablar de
Ja sainteté dn glmve. de la santidad de la espada, según
la plástica frase de Lacordaire (i),
Y comenzó la guerra. Al frente de la Cruzada se ha­
bía puesto el piadoso Simón de Mon forte. que cien ve-

(0 Vie de Saint Dammique, pág. 68.


■ees se cubrió de gloria. Pero el derrotado conde ha pa­
sado los Pirineos, y llama en su apoyo a su cuñado, el;
Rey de Aragón, que era nada menos que Pedro el Ca-
tónico, el vencedor de las Navas. Este, antes de ir a la
lucha, intercede ante el Pontífice por Raimundo, y el
Papa accede a la intercesión. Se reúne un Concilio don­
de el Monarca aragonés pleitea en favor de su cuñado;
pero el Concilio no le encuentra digno de perdón; han
sido ya demasiados sus arrepentimientos públicos y sus
-vueltas a escudar los desaguisados de la herejía.
Y van nuevos legados a Francia para revisar las ac­
tas del Concilio, y confirman la decisión conciliar, e Ino­
cencio ya no pudo amparar más a Raimundo. Había he­
cho los imposibles por salvar al hombre y condenar sólo
sus errores y extravíos; pero ya veía que era forzoso
condenar, también. m> ai hombre, 'sino al hipócrita, al
falsario, al tríúdor, al empedernido hereje. Pedro el Ca­
tólico, creyendo sólo defender los derechos del-hermano
de su esposa, arrostra las iras de la Cruzada. Los en­
cuentros son encarnizados; los éxitos se contrapesan; en
la segunda batalla de Muret, donde, al decir de los vie­
jos cronistas, “ retumbaban las espadas en las armaduras
como los hachazos sobre los viejos robles” , el de Aragón
ha caído muerto en el combate y Monforte besa llorando
sus restos fríos. ¡ Merecía aquel homenaje de lágrimas el
gran Rey!
¿Se acabó ya la guerra? ¿Se extinguió ya la herejía?
No: una y otra se encrespan cada vez más. E l ducho
conde, que ha ido en busca de protección a su otro cu­
ñado, eí de Inglaterra, vuelve, apandilla a sus partidarios
y entra como soberano en Toíosa. Cien mil cruzados la
sitian. Monforte es como siempre un héroe de tiempos
de -leyenda. Pero una piedra arrojada de lo alto de un
muro le hiere mortalmente y exhala su último suspiro·,
bendiciendo a Dios. La herejía parecía haber triunfado de
— 43 -

lleno·, pero no era así. En medio de las terribles luchas en


que tantos desmanes se cometieron por uno y otro bando,
había aparecido como un ángel de paz el compañero del
obispo oxomense, un hijo humilde de Caleruega. No se
presentaba allí como enriado del Papa, «i de ningún Con-
cilio; pero sí era un emisario de Dios. Su corazón, lla­
meante de caridad, no confiando en la Cruzada, y no mez­
clándose para nada en ella, había ideado otra cruzada
más noble y honrosa.
Mas antes de hablar de esta cruzada, se impone el decir
quién era su jefe. Al irle a dar a luz, su madre había
soñado que llevaba en su seno un perro que, con una
antorcha en la boca, se iba a lanzar al mundo para ilu­
minarle y pegar fuego al corazón del linaje humano. La
que fue luego su madrina., sueña también y ve lucir en
la frente de su ahijado una esplendorosa estrella, y, desde
aquel instante, en el rostro de -aquel niño se nota efecti­
vamente un desusado resplandor que le ganaba la simpa­
tía de todos los corazones. Va, aun muy niño, a estudiar a la
Universidad de - Palencia, y ya, como hombre maduro,
rcfea horas y horas al sueño, y es el asombro de catedrá­
ticos y condiscípulos por su aprovechamiento y poi* su
virtud. A la Universidad palentina van a buscarle los Ca­
nónigos Regulares de Osma para nombrarle su subprior,
y aparece siendo un oráculo del pulpito por ios burgos
castellanos. En el pileno hervor juvenil de su guzmana
sangre, acompaña al obispo oxomense D. Diego de Ace-
vedo a Dinamarca, a cumplir una delicadísima misión di­
plomática, en nombre de Alfonso V III, y, a su paso por
el Languedoc, advirtiendo el torbellino de herejías y erro­
res que allí se mancomunaban para combatir a la Esposa
de Cristo, se entrega a ilos arrebatos de su celo por la casa
del Señor, y columbra en el puro azul de su pensamiento
una ilusión dorada: la de fundar un día un instituto re­
ligioso que vele por la depuración de la doctrina católica
~ 44 —

y .se consagre a reñir toda clase de lides intelectuales por


las íu-eros de la verdad.
De vuelta de un segundo viaje a Dinamarca, van e&
joven canónigo y el obispo a arrodillarse ante al Pontí­
fice, y, al tornar camina de su tierra, apostolizan juntos
por espacio de tres años, recorriendo en todos sentidos el
mediodía francés, con bien escalo fruto por cierto, pero
sin desmayar un solo punto, Tiene D. Diego que regresar
a su diócesis, y Domingo se queda solo en aquel ancho
campo de apostolización. ¡ Las ’fervorosas oraciones que
por sus triunfos, alzaría al. Cielo su santo obispo, cruzan­
do, y siempre a pie, los Pirineos y el Alto Aragón hasta
llegar a su diócesis oxometise!
Y a solo, Domingo redobla su apostolado, yendo de un
lado a otro a predicar la divina palabra, protegido siempre
por eí obispo de Tolosa, Fulco que había consagrado a-
la causa de Dios todos sus ardores de poeta. Los mismos
herejes se quedaban maravillados de las magnas labores
que tan desinteresadamente realizaba todos los días aquel
buen español, y no podían e.xpüieanse su celo. ¡ Qué sabían
ellos de aquella nutridora caridad, cbaritas nuiruv, de que
habla mi gran Padre San Agustín (i) y que era el secreto
de tocia aquella apostolización generosa!
Pero así y todo, al afanoso sembrador no le acababa de
sonreír la mies. Sus desvelos y sacrificios se estrellaban
en la triple cota de hierro con que parecía estar guarne­
cido el espíritu de aquellos herejes. Pasaba las noches» en
alta oración, teniendo muy presente no haber nada más
poderoso que el hombre que ora, ¡según la bella sentencia
del Crisóstomo, nihti potentius homine orante (2), y aque­
llas oraciones nocturnas eran acompañadas de proifun¡-
dos suspiros y de copiosas lágrimas. A menudo se le oía
exclamar en alta voz una vez y otra: “ ¡Dios mío! [Dios

(1) San Agustín De caterh. ru d .} 'c, X X V , 11. 23.


(2) Crisot Super Math., *13.
mío! ;Q «é será de los pecadores? ¿Qué será de los pe­
cadores?"
Mas sus faenas apostólicas continuaban siendo estéri­
les. Y azuzado por la caridad de Cristo, las redoblaba y
las intensificaba, no dándose punto de reposo ni de día ni
de noche. Allí donde el sueño le rendía, allí se tendía a
descansar, a la vera de los caminos, apoyando la cabeza
ora en alguna piedra, ora en algún tronco. Y redoblaba e in­
tensificaba también sus oraciones, abismándose, a lo largo
de ellas, a menudo, en profundos éxtasis, en que hablaba con
Dios cara a cara, como habla un amigo con otro amigo.
Fue en una de e?as altas oraciones cuando se decidió a fun­
dar su convento de religiosas de la Prulla, una casa don­
de, al mismo tiempo que educasen las doncellas de las
buenas familias, substrayéndose al mortífero contagio he­
rético, se orase a Dios incesantemente por el triunfo de
nuestra religión. ¡ Cómo se llenó en seguida aquella santa
casa de distinguidas jóvenes que brillaban por su fervor y
por su virtud, y cómo se complacía su fundador en que se
le llamase (íel Prior de la Prulla” ! Y fué orando en la
Prulla donde se le apareció María, compadecida de sus
tribulaciones por sus menguados éxitos entre los herejes,
y donde le inspiró la fundación del Rosario, arma divina
con que le aiíguraba incontables victorias.
Y fué desde entonces cuando la eficacia de su predica­
ción comenzó a ser estupenda, y cuando el santo comen­
zó a fulgir como aureolado de resplandor sobrenatural.
Dios le enriquecía con el don maravilloso con que sólo en­
riquece a sus predilectos: el don de hacer milagros, y To-
Josa, su centro de operaciones, se trueca en una ciudad de
maravillas. En una polémica con los albígenses, se le pro­
voca a un juicio de Dios, y le acepta inspirado. Sus escri­
tos y los de uno de los corifeos de la herejía son arroja­
dos a una hoguera, y la hoguera, como dotada de espíritu
de discernimiento, abura y reduce a ceniza el escrito albi-
gense y rechaza y aleja perfectamente intocado y puro e¡
escrito dd santo-. Una, dos y tres veces es arrojado a las
llamas el escrito de Domingo, y una, dos y tres veces le
avientan las llamas fuera del fuego. ¡ La hoguera no quería
quemar la verdad!
Y él cada día más humilde, -cada día más dulce y aman­
te con lo® herejes, pues sabía muy bien aquello de San
Agustín: "que a los herejes había que atraerlos, más bien
por testimonios de caridad, que por acaloradas polémicas
y disputas” (i). Y a muchos le saludan y se le humillan,
y miles y miles le niegan lo¡s oiga en confesión y se con­
vierten. A su lado se aspiraba un exquisito perfume que
no se sabían explicar. Domingo iba subiendo a la cúspide
de su gloria: se le ofrecían obispados y los rechazaba, iban
<°n pos de él los honores y no los quería recibir, ¡Oh, cuán
a maravilla le venían entonces aquellas palabras del Na-
cianceno: non han ore m proseen tus sed ab honor e quaesi-
tus!... (2 ).
La cruzada de. Domingo toca ya en su apogeo. Predi­
cando y orando recorre una vez y otra «3 Languedoc. De
^us labios desborda por todas partes como un río de sa­
biduría. Y aquella sabiduría no era humana: ¿en qué
libros aprendía el Santo su maravilloso saber?, le pregun­
taba una vez con asombro cierto joven.— “ Hijo mío, en el
libro del amor” , le respondía el. Santo. El celo por la
conversación de los herejes le impulsaba a extremas osa­
días que hoy nos maravillan y nos anonadan. ¡ Oué varón
aquel más evidentemente sellado por el sello de Dios! Era
todavía un pobre sacerdote, "F ray Domingo, Prior de la
Prnlla” . como él se holgaba en nombrarse, y cierto día,
aí concurrir a una de aquellas conferencias con los here­
jes. en que por uno y otro lado se disputaba y argüía ante
un jurado de doctos que había de decidár, como viese

(1) San Agustín. Jn Joan. Tract. V I, n. i6.


(2) San Gregorio Nac. Oratio X L I I I , 72.
que cierto obispo católico iba de mar a mar para asistir
a ella, se atrevió a decirle poco más o menos: “ No así,
señor y padre mío, no es así como se ha menester v-enir
a nuestros adversarios. No se ios puede convencer yendo
a dios con ese aparato cíe gloria mundana, sino con sen­
cillez apostólica y con cristiana humildad ” , consiguiendo
que el obispo atendiese sus ruegos y depusiese todo hn
boato. ¿Qué simple sacerdote de nuestros días osara ha­
blar ese lenguaje a un obispo de aliora?
i Ah, señores, permitidme un paréntesis para arrojar una
flor sobre la España de aquellos días! ¡ España, divina
España, que estabas llevando a cabo tu sublime roman­
cero, sembrando por tus llanos y montes gérmenes de epo­
peya y regándolos abundantemente con tu sangre moza,
y aun tenías hombres genial-es que regalar a otros países-
para propagar por ellos las doctrinas civilizadoras de Cris­
to y hacerlos marchar por los senderos deí bien y de la
cultura!...
Y llegamos a la gloria más grande de Domingo de Guz-
mán: a la realización de aquel ensueño peregrino que le-
había sonreído, lejano, desde el azul de su pensamiento,
al pisar por vez primera la tierra de Languedoc; a la
fundación de aquella Orden con que soñaba para extir­
par las herejías de entonces y todas las que hubiesen de
surgir en el correr de las centurias y para encauzar por
los nimbos de la verdad a la filosofía aristotélica, forzán­
dola a servir de muro y antemuro a la Religión.
No veía Domingo la, hora de que se hiciese carne su do­
rado ensueño. Y a le acompañaban a un lado y otro algu­
nos sacerdotes contagiados de su celo y su abnegación, y
con seis de ellos, fervientes admiradores de su santidad,
había fundado un convento en Tolosa, bajo los auspicios
de su Obispo Fulco, que admiraba y amaba más que na­
die al sin rival misionero español. ¿Quién de vosotros no
sabe el sueño de aquel gran teóilogo inglés, Alejandro
- 48 —

'StavtiisUv, que enseñaba teología en Tolosa y era loadí-


ishnct por su sabiduría? Muy al rayar el alba, enfrascó­
se una vez en sus estudias, y fué asaltado por el sueño,
durante el cual vi ó claramente siete estrellas, casi imper­
ceptibles en un principio, pero que agrandándose poco a
poco y adquiriendo a medida que se agrandaban fulgentí­
simo esplendor, acababan por inundar de claridades radio­
sas a Francia y ai universo mundo. ¡ Y cual sería su sor­
presa cuando ya de día se preparaba para ir a su clase
y -le presenta Domingo a sus compañeros, di cien dolé que
quieren oir sus luminosas lecciones, forzándole a recon­
centrarse en sí mismo y a pensar en las siete estrellas í
Pero la Orden aun no estaba autorizada por la Santa
Sede y había que obtener esa autorización, para lo cu ai
hubo de trasladarse Domingo a Italia. Era por el tiem­
po en que se celebraba eí Concilio IV de Letrán que,
amén de fulminar sus anatema·« contra las herejías y
prescribir que se creasen seminarios al lado de las ca­
tedrales y que sólo el mérito y la virtud fuesen las puer­
tas del ¡sacerdocio,, estatuía la confesión y la comunión
pascual, reprobando de pasada el rito absolutorio de los
pecados, puesto en práctica por los albigenses, y que con­
sistía en que los obispos y aun los simples diáconos de la
secta pusieran el Evangelio sobre la cabeza del peniten­
te y dijeran siete veces el Paternóster, con lo cual ya
quedaba más puro que un serafín...
¡A su llegada a Roma, Domingo tuvo una noche un
sueño en· el cual vió al fundador de una Orden, que ha­
bía de ser émula de la suya, en todo linaje de güorias.
Jamás había visto a aquel rival excelso, pero él se gra­
bó muy exacta su fisonomía en la imaginación y al día
siguiente entra en una iglesia, ve al hombre que corres­
pondía a la imagen de su sueño y avanza a estrecharle
efusivamente entre sus brazos: era el ángel de Asís que
hacía breves años, y también entre rompimientos de so­
— 49 —

breña turali smo, había fundado su Orden. El también ha­


bía tenido sus sueños: se había insagmado Jefe de un
ejército cuyos soldados ostentaban en sus armas la cruz,
y tras aquel sueño, había corrido a alistarse bajo la ban­
dera de un príncipe y vivido algúu tiempo la vida mi­
litar; pero otro sueño le había mostrado en seguida su
providencial misión: había visto amagando derrumbe la
Basílica de Letra n y oído que Jesucristo le decía fuera
a sostenerla para que no se cayese ; que sus mesnadas ha­
bían de ser cruzados, sí, pero cruzados de Cristo, y bien
pronto se le vio fundador d-e su admirable Orden, obrando
milagros por doquiera, marchando siempre rodeado de la
admiración de las muchedumbres, que, al verle entrar en
un pueblo, voltean las campanas de todos los campanarios
y le reciben entre cánticos de alegría y siembran su ca­
mino de ramajes y flores, como si fuese otro Jesucristo
haciendo su entrada triunfail en jerusalén.
Domingo se puso al habla con Inocencio III, y le rogó
3a confirmación de su Orden fundada en, Toiosa, pero
el Pontífice se resistía. Quizá como indican algunos his­
toriógrafos, le parecía anómalo eí títuío de Orden de
Predicadores, como si las demás Ordenes ya fundadas
no predicasen, y como si los obispos no fuesen los su­
cesores directos de los Apóstoles en la predicación. Así
es la verdad, pero ¡qué pocos obispos predicaban enton­
ces ! Con decir, que fue d Concilio de Letrán que acababa
de celebrarse el que facultó a ios obispos para nombrar
magi-strales que los supliesen en el pulpito, está dicho todo.
Además, ¿qué nombre podía venirle mejor a una Orden
fundada por é!, que había constituido el mediodía de las
Galias en su sagrada heredad y la había recorrido veinte
veces predicando?
Su poqudlo de pena causaría la negativa del Pontífi­
ce a nuestro Sauto, pero ni por semejas se le cayeron ai
un solo instante las alas del corazón: estaba seguro de
T om o u
- 50 -

que su Orden había de ser un hecho» palpitante y sono­


ro. Y así sucedió en efecto. Una noche en que d Papa
dormía en su Palacio de Letrán, soñó que la Basílica se
venía abajo y que Domingo sostenía con sus hombros
los muros que se bamboleaban. Y llama en seguida a Do­
mingo y la Orden de Predicadores es un hecho y queda,
bien que de palabra, autorizada la creación de la gran mi­
licia de la verdad. Era el 22 de diciembre de 1216. Hace
por ¡tanto, setecientos años que :1a Orden dominicana exis­
te. ¿Qué extraño que por doquiera festejéis vuestro sépti­
mo centenario con estas solemnidades radiosas y esplén­
didas? ¡Fue maravilla tan divina el comienzo de vuestra
fundación! ¡Quién me diera reflejarle en todo su derro­
che de sobrenaturalismo! Mas para eso habría menester
la ¡elocuencia de San Pablo, y aun poseyéndola, me acon­
tecería lo que le aconteció a él a. propósito de otro alto
asunto: deficiet me tem-pus enarranten, me faltaría tiem-
para cantarle...
Autorizada ya su Orden, Domingo vuela a Tolosa y
se encuentra con que los seis dominicos que allí había
dejado son ya diez y seis, y, ardiendo en llamaradas de
amor a las almas, los dispersa por1 todos los puntos: de
Europa contra el parecer del propio Fuleo, que temía
aquella dispersión, siendo como eran pocos aún; pero éí
Santo, que oía cu ¿u interior una voz recóndita que le
decía: '‘marcha y predica” , no dudó en dispersar su gen­
te, y a los tres años los diez y seis predicadores de la
Prulla tenían ya conventos en casi toda Europa, y algu­
nos aquistándose ya sonorísima celebridad, como el de San
Nicolás de Bolonia, el de San Sixto de Roma, el de San*
tiago de París.
Doce años había laborado en el mediodía de Francia,
dMapidando sus juveniles bríos apostólicos y consiguien­
do bien exiguo fruto, e inmediatamente que fundó su
Orden, ¡que pasmoso florecimiento y qué magnífica gra­
- fil

nazón! Verdad que el humilde hijo de Caleruega estaba


entonces en lo que llama el P. Lacordaire "el momento
triunfal de su vida” (i). Aquel hombre no se daba pun­
to de reposo en predicar y hacer conversiones y fundar
conventos. No parecía hombre simplemente, sano algo así
como un plenipotenciaria de Dios, a juzgar por el poderío
taumatúrgico que desplegaba por todas partes. A su voz
■renovábanse-los· prodigios del Abad insigne de Qaraval;
las gentes que le oían se hincaban de hinojos cuando- le
veían -pasar a su lado; -muchos herejes se disciplinaban
públicamente y le pedían, absolución, y daifas y ramera«
se cortaban los cabellos y corrían a buscar refugio en los
claustrales recintos. Derrumbábase en Tdlosa una bóveda
en construcción, y uno de los obreros se quedaba sepul­
tado entre las ruinas. Los religiosos se llenaban de pena,
barruntando que aquella catástrofe nada -les favoreciese;
y llegaba Domingo, se ponía en oración1 un instante, se
removían los escombros, y aparecía el obrero perfecta­
mente sano. Anunciaba en Bolonia el procurador, al acer­
carse la hora de la comida, que no había nada que ser­
vir. El santo mandaba; tocar la campana; y no habían he­
cho más qtie sentarse los frailes en el refectorio, cuando
dos jóvenes desconocidos, vestidos de nivea blancura, apa­
recían sirviendo un pan a cada uno de los religiosos, co­
menzando por los últimos, y al llegar al santo, le servían
también su pan, y luego, haciéndole una venia, desapare­
cían. Iba en Rama una madre desconsolada al convento, y
presentaba ail santo el cadáver de un hijo que acababa de
agonizar, y el santo, sumiéndose en breve oración, co­
gía al niño por la mano y le levantaba rebosante de vida,
entregándosele a su madre. Predicaba en Segovia. y el
pueblo lloraba amargamente, pidiéndole al santo conju­
rase -la sequía espantosa que' agostaba las vegas. El santo

(0 O bra citada, 177 .


- 52 —

íes anunciaba que aquel mismo día llovería en abundan­


cia ; y aun no había concluido ¡su peroración, cuando se
desataba, copiosísima, la lluvia fertilizadora. Se le jun­
taban un día en su ruta unos peregrinos alemanes que,
viendo el fervor del santo y de su compañero Beltrán de
Garriga, ios obsequiaban y regalaban; y como no pudie­
sen entenderse con ellos, “ pongámonos un instante en ora­
ción, le decía el santo a su compañero, pidiendo a Dios
nos dé el conocimiento del idioma de estas peregrinos” ;
y se levantaban de la oración hablando perfectamente eí
alemán. ; ;
Un día predica en Santiago de París, y, al descender
del pulpito, de entre el pública sale cierto bachiller sa­
jón, que tenía mucha fama de talentoso y elocuente, pi­
diendo!« el hábito dominicano. El santo le dice que es­
pere algún tiempo, deseando que fuera el beato R e in a l­
do, prior de aquel convento, quien recogiera la hermosa
flor, pues él la había regado y fecundado con su dulcísi­
ma elocuencia. Y aquel bachiller fue nada menos que el
beato Jordán de Sajorna, sucesor de Santo Domingo· en
él generalato de la Orden, conquistador de más de mil.
hombres para sus claustros, y de quien se oía murmurar
a las gentes: “ No vayáis a oir los sermones de Fr, Jor­
dán. porque es una cortesana que seduce a los hombres/’
Otro día se presentan en el convento de Santa Sabina
de Roma dos jóvenes polacos que habían ido a la capital
del .orbe católico en compañía de un su tío obispo —ambos
habían visto a Domingo resucitar a cierto joven, muerto
de la caída de un caballo— y, ya dominicos, partieron,
juntamente con algunos compañeros teutónicos, a fundar
en Polonia y en Alemania; y uno de aquellos dos jóvenes
fué San Jacinto·, que no se contentó con apostolizar por
su patria, y apostolizó también por todas las Rustas,' por
Bohemia, por Suecia, por Dinamarca, y aun a lo largo del
Archipiélago griego y del Asia Menor, fundando por todas
- 53 -

partes conventos que simbolizaban las piedras miliarias


de sus caminos gloriosos.
■ Porque aquellos dominicos primitivos no se contenta­
ban con evangelizar en Europa y se los veía llenos de
virtud y de saber partir a predicar la divina palabra
al corazón de Marruecos, al corazón de Armenia, al co­
razón de Tartaria, ávidos de hacer sonreír por doquie­
ra la enseña de la Cruz. Las longincuas tierras infieles que
tan a menudo· surgían en la imaginación de Domingo, hai-
ciéndole arder de celo por volar a convertirlas, surgían
también en las de sus hijos, que marchaban, raudos, hacía
ellas, ansiosos de realizar lo que no podía realizar perso­
nalmente su santo patriarca. ¿Que allí habría cadenas y
cárceles y martirios? ¿ Y qué cosa mejor que sufrir su
correspondiente calvario por amor de Jesús y por llevar
a muchedumbres de almas el conocimiento de la verdad?
¡Benditas cadenas, benditas cárceles, benditos calvarios,
bendi tos martirios!...
¡Oh, que sería inefable ver a aquellos religiosos di­
seminarse por aquí y por allá, a pie, sin dinero, desnudos
de todo poder humario y con la misión no solo de predicar
por doquiera la divina palabra, sino también de funda¡r
conventos y de allegar nuevos obreros apostólicos para
trabajar en la viña del Señor! ¡Sería aquello como ver
el grano de simiente del Evangelio crecer y convertirse
en árbol gigantesco y cubrir con su ramaje, donde las
aves del oielo anidan, toda la superficie de la tierra! ¡Ah,
no se había equivocado Honorio III cuando en su se­
gunda Bula, confirmando la aprobación de :1a Orden domi­
nicana, auguraba que habían de ser sus hijos "campeones
de la fe y verdaderas antorchas dél mundo” , y ubérrimos
debían de ser los; trabajos apostólicos de aquellos hombres
cuando al poco tiempo les dirigió unas letras pontifidás
en que les decía: "Atletas invencibles de .Cristo·: vosotros
lleváis el escudo de la fe y el casco de la salvación, sin
- 54 -

miedo a los que pueden matar el cuerpo, empleando mag­


nánimamente contra los enemigos de la fe esa palabra de
Dios que penetra más allá que la espada más aguda". No
llevaban ocho lustros de existencia y ya Inocencio IV en­
cabezaba unas letras apostólicas, que les dirigía, con estas
palabras, que dicen la fecundidad pasmosa de a:[ue! árbol
de bendición: “ A nuestros ¡hijos los Frailes Predicadores,
que predican en tierras de sarracenos, de griegos, de búl­
garos, de rumanos, de etiopes, de sirios, de godos, de ja-
cabitas, de armenios, de indios, de tártaros, y en otras
naciones infieles del Oriente, .salud y bendición· apos­
tólica../’
¡Oh, que aquellos primeros dominicos debían de ser
forjados de hierro! Se conocía que participaban de la
naturaleza privilegiada de su fundador, que peregrina­
ba por todas partes a pie, sin cuidarse nunca de llevar
manjares consigo, ni oro, ni plata, y que cruzó varias ve­
ces los Pirineos y muchas los Alpes, y los Apeninos ! No
se los veía nunca rendidos, y estaban predicando todo
eí santo día aquí y allá, y. apenas comían, y apenas se
entregaban por la 'noche unas breves horas al sueño. Ama­
ban a Dios y al prójimo apasionadamente, y de aquel amor
brotaba aquella exuberancia de vida en que no parecían
hacer mella ninguna las rudas faenas del trabajo, y de
aquel amor brotaba también, caudalosa como un río, su so­
berana elocuencia. De ahí la mágica sugestión que ejei>
cían en la sociedad. Los pecadores se arrodillaban por
muchedumbres a sus pies, y muchos no ;se contentaban
con arrepentirse de su mala vida y vestían gustosos el
hábito dominicano. Salían por la mañana a predicar a i
la población, donde residían, y, al volver al claustro por
la noche, casi siempre volvían acompañados de algún can­
didato a dominico. Los jóvenes sobre todo —lo mas flo­
rido de las juventudes universitarias! de París y de Bo­
lonia— oían predicar a Aquellos hombres y sentían trans­
- 65 -

fórmaseles eí corazón como por arte de magia y corrían


a alistarse entre los hijos del mejor de los Guzmanes. Y
no eran sólo jóvenes y magnates y caballeros arrepentidos
los que iban a llamar a las puertas dominicanas, sino
también doctorea de celebridad inmensa, que hacían mu­
cho ruido en el inundo, como el beato Reginaldo, como
Conrado el Teutónico y como Roldan de Cremona, éstos
lumbreras de la Universidad de Bolonia y aquél de la
de París. Era la Orden de moda entre las altas familias
cristianas, y aquéllo diríase como una desbandada de án­
geles que descendían del cielo a refugiarse en los claustros
dominicanos para convertirlos en lucemarios intensísimos
qtie alumbrasen todos los altos caminos de la inteligencia
y todas las misteriosas vías del corazón.
Y no era el amor a la rareza, la pasión por la nove­
dad, lo que llamaríamos hoy con palabra gráfica, aunque
extranjera, snobismo, lo que arrebataba a aquellas gentes
hacia los claustros dominicanos, sino el :saber y la virtud
de los primeros dominicos, en quienes parecía vivir mul­
tiplicado su santo fundador. Era una Orden de santos,
pero también de sabios, de teólogos, de filósofos, de lin­
güistas, y todos ellos oradores, todos predicadores. Entre
los dominicos *no había que buscar a ninguna de aquellas
tres clases de sabios que, decía San Bernardo, se daban
con pasión desordenada a la ciencia: los -unos sólo por
afán de saber, lo que.califica el santo de torpe curiosidad;
los otros, por afán de nombradla, para ser conocidos por
doquier, lo que tilda el santo de torpe vanidad, y los que
se dan a la ciencia por medros pecuniarios, para hacer de
ella pingües negocios, lo que el santo increpa de avaricia
bochornosa (i). Aquellos dominicas se daban- con ardor

{i) Quidam scire ¡volunt, ut sciant et turpis curiositas eat


Quidam scire volunt, ut sdantur ipsi, ¡et turpis yanitas lest. Quidam
sdre volunt, ut scientiam suam vendant, et turpis quaestus eat
San Bernardo.— Serm a X X X V I , a. 3.
- 56 -

a la ciencia; pero sólo por amor a la verdad y por celo


de hacerla triunfar en todas' partes contra las herejías
y contra los errores; para ganar a todos los herejes y ex­
traviados y traerlos a los rediles de Jesús1; pero por me­
dios persuasivos, a fuerza de destellarles luz divina en
el entendimiento y a fuerza de caldearles con fuego amo­
roso el corazón; en suma, siguiendo siempre los caminos
de su fundador excelso, que eran todos caminos hermosos.;
todos sendas de paz, owwfá viae ejm puichrae, omnes sé-
mil ae ejus pacifkae...
¿Verdad que aquellos primitivos dominicos que con tan
■vehemente y justa afición se daban al estudio, a enrique­
cerse de cultura y de saber, auguraban ya aquella pléyade
de sabios estupendos que habían de conquistar para 1a
Orden de Santo Domingo d. subtítulo gloriosísimo de
“ Orden de la Verdad"; aquella pléyade de genios excel­
sos que habían de esclarecer el mundo luciendo como so­
les en eternidades .perpetuas, quasi stellae in perpetuas
aetemitates, por decirlo con la bella frase de Daniel ? Per®
no quiero ni asomarme siquiera ai umbral del tema que
haya de desenvolver mañana, si Dios quiere, una voz más
elocuente y autorizada que la mía, por más que harto me
tienten a ello los Vicentes de Beauvais y los Raimundos
de Peñafort, los Albertos Magnos y los Tomaseis· de
Aquino, los Tauleros y los Savonarolas, los Antonitios
de Florencia y los Vicentes Ferrer...
‘ Voy a concluir, y lo voy a hacer bendiciéndoos con
toda la efusión de mi alma y con todo el cariño que sa­
béis muy bien ya de antiguo os profeso, y pidiendo al
Señor que aquella ciclópea insuflación de vida con que
Santo Domingo dio ser y consistencia a vuestro santo
Instituto, arrecie cada día tnás vigorosa y robusta, mul­
tiplicándoos por toda la redondez de la tierra en progenie
tan numerosa como la de Abraham, pero progenie de
apóstoles y de mártires, de pontífices y de doctores, de
- 57 —

teólogos y de filósofos, de poetas y de artistas, de místi­


cos y de santos. jQué sigáis siempre en pie, robustos y
viriles, corno lo estáis hoy, después de setecientos años de
existencia, constituyendo una posteridad gloriosísima, en
la cual se huelgue de vivir aún en la tierra el Santo, y
por la cual disfrute de enajenamientos de gloria tan ine­
fables como los que le proporcionará en el cielo la in­
númera corte de honor de los dominicos ya glorificados!
Y siempre, siempre así ihabrá de suceder; lo garantiza el
forzoso entusiasmo que tiene que arrebatar a vuestros no­
vicios y a vuestros coristas cada vez que tiendan los ojos
por las sencillas páginas de vuestras crónicas, salpicadas
por doquier de magnificencias de epopeya.
LA CIENCIA EN LA ORDEN DOMINICANA
Y

EL GENIO DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

DISCURSO PRONUNCIADO EN LA. IGLESIA


DE SANTO DOMINGO EL REAL, DE MADRID,
EN EL SEPTIMO CENTENARIO DE LA FUNDACION
DE LA ORDEN DOMINICANA
DICIEMBRE, 30-1916
I lmo. S r, O b isp o (i ):

V en erable C o m u n id a d :

Había sido un hombre, cuyo cerebro genial había des­


atado un caudaloso 'río de luz que. desde -el siglo V, se
comenzó a dilatar por los campos del pensamiento, fe;
cundándolos ' y embelleciéndolos con la plétora lumínica
de sus ondas. Aquel río brotaba, como de misteriosa
fuente, y a un . mismo tiempo, de dos montes distantes,
eí Olimpo y el Gólgota. que, a pesar de su distancia,
se besaban, por un esfuerzo de aquel hombre extraordi­
nario, en u n ‘ósculo purísimo. Las doctrinas de Platón,
depuradas por las de jesús, al conjuro mágico de aquel
hombre, habían comenzado a fluir con éstas, formando
aquel caudaloso río de luz en que fueron a beber todos
los pensadores, geniales de la Edad Media. En aquel río
bebió Boecio la jugosidad mental de su magna obra De
Consoíatione Philosoplúae, donde mejor que en ninguna
otpa de sus producciones volcó su nobilísimo entendi­
miento; en aquel río bebió Casiodoro la profundidad de
su tratado De Anitmt, donde tan perspicuamente discurre
acerca de los varios problemas psicológicos, y saboreando
aquellas aguas dejó que transcurriese su vida, en su pin­
toresco retiro calabrés, después de sus desengaños .como

( t ) E l 'Sr. D. Eustaquio Nieto, Obispo d e Sigüenza,


- 6¡¡ ;

gobernante; en aquel río bebió San Isidoro, el gran A r­


zobispo hispalense, alma de su siglo, la nutritiva subs­
tancia de su enciclopedia etimológica, resumen de todo
el saber "humano de su tiempo, que tanta influencia ha­
bía de ejercer en el florecimiento español de entonces,
haciendo brillar en Zaragoza a un San Braulio y a un
Tajón, y en Toledo a un San Ildefonso y a un San Ju ­
lián; en aquel t í o bebió el célebre monje Alcuino, brin­
dando las vivíficas aguas a su discípulo Cario Magno, y
motivando el desarrollo que las letras y tas ciencias tu­
vieron en los últimos lustros de aquel gran Emperador;
en aquel río bebió San Anselmo, la más poderosa inteli­
gencia del onceno siglo, aquella su atrevida filosofía que,
descubriendo lo abstruso de la verdad y viendo que la
razón por sí sola jamás podría comprenderla adecuadamen­
te, realzó la fe como medio de investigación filosófica,
formulando aquel su principio: credo -ni intelligam, creo
para comprender; en aquel río, finalmente, bebieron los
San Víctor aquella su filosofía mística en que quizá se
exageraba la contemplación- como medio de investigación
intelectual, apareciendo un tanto rebajada la razón en su
inquisitiva fuerza indiscutible, y que San Bernardo ha­
bía de transformar -en aquella escuela de mística pura que
fuese apropiado cauce para los desahogos de su corazón
enamorado, henchido de ternezas y dulcedumbres.
¿ Quién era el hombre extraordinario que había hecho
manar el abundoso río? Todos lo sabéis: San Agustín.
E l Aguila de Hi-pona fué quien la desató en inundación
fecundadora por los -campos del pensamiento, después que
hubo bautizado a Platón, cristianizando sus grandes ideas,
y purificando su luminosa filosofía; después que se hubo
incorporado, todo entero, el saber de la Escuela alejan­
drina que culminó en Orígenes, el primero en hacer un
ensayo de filosofía teológica, esplendorado con todas las
galas de su elocuencia armoniosa y abundante, que enar­
63

decía a la juventud cristiana no sólo para el saber, sino


también para el m artirio; después que se hubo asimilado
todo el saber de la Escuela africana (pie tanto habían
enaltecido' Tertuliano y San Cipriano con aquel su decir
de hierro candente que relampagueaba, estigmatizador,
sobre las herejías, y que había de levantar mil ecos de
gloria en la. literatura ciceroniana de los dos egregios nú-
midas, Arnobio y Lactancio; después, en fin, que hubo
apurado de los labios misinos de San Ambrosio aquella
elocuencia jugosa, rebosante de sabiduría, y que encerra­
ba toda la fortaleza y toda la suavidad de aquel dechado
de obispos en quien parecía haberse ¡hecho carne el f&r-
titer et suávitór con que la Providencia dirige y gobier­
na los mundos.
Sí; había sido San Agustín quien había hecho manar
aquel río Abundoso en que bebían y se bañaban todas
las grandes almas del Medio Evo. Pero, en el siglo X I I I ,
nna nueva visión de gloria enajena los espíritus: un nuevo
caudaloso río que brota de las mismas montañas, besándose
en un nuevo beso de .paz y de amor, y que corre para­
lelo del otro, a menudo mezclando sus cristalinas aguas
y constituyendo juntos un verdadero océano de luz, apa­
rece de súbita en los dominios del pensamiento. L a Igle­
sia bendice, alborozada, el nuevo luminoso río. Teólogos
y filósofos de aquella centuria y de las que ía siguen,
zambúllense en las nuevas refulgentes aguas. Los (hombres
de ciencia se maravillan de que un cerebro humano haya
podido crear un caudal de luz íntelectualista que cruce
por .todos los campos de las -ideas tan fecundante y escla-
recedor. ¿Quién es el nuevo genio colosal que ha vuelto
a fundir en beso amante ai Gólgota y al Olimpo, haciendo
romper de aquel beso, en magnífico Niágara de luz, el
nuevo río de aguas vivíficas y esplendorosas? Todos lo
sabéis; Santo Tomás de Aquino, el verdadero Aingel de
carne humana, en cuyo loor, principalmente, vengo a pro-
— 64 -

mmciar esta sagrada oración que quisiera brotase de mis


labios, ardorosa y entusiasta, como, en caso igual, hubiese
brotado de los labios del gran Egidio Romano, de aquel
ornamento de mi Orden, á quien, por su sabiduría, honró
ia Universidad de París con el· título de "Doctor Fun­
dadísimo” , y a quien él propio Natal Alejandro no duda
en llamar Ínter ejtts discípulos primarim, el primero entre
los discípulos del Angel de las Escuelas (i).
No esperéis que os hable de lo que suele entenderse
por la vida del Santo, bien que haya en ella maravillas
muy para bendecir y adorar a Dios, por los derroches
de gracias espirituales que le plugo derramar sobre tan
privilegiada criatura. Nada os hablaré de rasgos tan bellos
como aquel de su infancia, cuando habiendo1 cogido del
suelo un papel en que estaba escrita el Ave María, como
la niñera se le quitase, comenzó a llorar hasta que se lo
devolvió, comiéndoselo en seguida para que-no se lo pu­
diese volver a quitar, hecho que simbolizó el ardentísimo
amor que había de profesar a la Virgen Santísima. Nada
os diré de.1 la lucha que tuvo que sostener con sus padres
para ver de conseguir lo que con tanto ardor deseaba: ves­
tir el hábito ilustre de los frailes predicadores, y eso que
hubo en ella victorias sublimes como la de poner en fuga
a la infame corruptora que sus hermanos le habían metido
en la torre donde le tenían preso, triunfo que hubiera
asombrado mucho más a Plutarco que los que sabía ob­
tener Bompeyo cuando aun no tenía pelo de barba — ¡qué
significaba aquel imberbe Pompeyo de las armas en com­
paración de este imberbe Pompeyo de la virtud!— . Nada
os contaré de su vida santísima en el recinto del claustro,
ni de su muerte gloriosísima en la Abadía de Fossa-Nova,
a cuyos monjes pidió hospitalidad cuando se dirigía al
Concilio de T,yón, diciéndoles que allí, entre ellos, exhalaría

(i) Natal Alejandro.—H istoria Ecclesiash'ca, t. V I I I , p. 3r6.


— 6"j —

el último alienta; ni del pleito entablado en «seguida entre


dominicos y cistercíenses por la conservación de los res­
tos de aquel A n gel; ni del triunfe^--natural de los domi­
nicos, que los condujeron a su iglesia de Tolosa con· la
magnificencia con que los judíos trasladaban de un punto
a otro el Arca de la Alianza, y entre parecidas maravillas1,
realizadas por intercesión del Santo, que acompañaba, in­
visible. a sus propios restos, sanando a cuantos enfermos
se hacían llevar en camillas para ver la procesión de las
muchedumbres.
Quédense todas esas cosas para el día del Santo, que
es el propio para hacer el panegírica de sus grandes
virtudes, no para ahora que conmemoráis el séptimo cen­
tenario de vuestra fundación y me habéis encomendado
el hablar de la ciencia en la Orden dominicana, ciencia
que esplende toda ella irradiando fulgentísima del Sol de
Aquino y constituyendo con él un grandioso sistema pla­
netario, el más- grandioso de cuantos fulgen en el inmenso
azul del pensamiento. Ardua es la tarea, pero todo ge pue­
de con la confortación de Aquél en quien se proclamaba
omnipotente San Pablo.
Vamos a contemplar un vuelo enorme de águila caudal.
Desde el- Castillo de Roca Seca, verdadero nido de águila«
que habían edificado sus mayores, el Angel de Aquino,
que por su padre lleva en las venas sangre imperial ger­
mana y por su madre sangre de aquellos ¿famosos-Tancre-
dos, conquistadores de las Dos Sicilias, va a tender un.
vuelo gigantesco, no para conquistar dos Síciltas como
sus mayores normandas, sino todo el mundo de las ideas,
sobre el cuas, como Dios sobre el caos primitivo, va a
decir: “ ¡Hágase la lu z!" y la luz vfet a 'ser hecha, ten­
diéndose sobre aquel mundo en esplendoroso firmamen­
to, constelado ide estrellas y de soles.
Después de pasar algunos anos en k Abadía de Mon­
te Casino, que, en toda la Edad Media fué con^o una
n S
— tib —

academia de sabios, donde el nombre de benedictino llegó


a i&er sinónimo de paciente obrero intelectual, y que fue
doinde aprendió a amar la soledad y -el estudio, iniciándose
en los arrebatados vuelos de su mente a Dios, el joven
de Aquino va a ingresar en la Orden dominicana. Santo
Tomás no podía ¡ser más que dominico: no hay fuerza
sugéstionadora más legítima que la de la virtud- y el sa­
ber mancomunados; y esa fuerza sugéstionadora era
entonces la ndta característica de aquella Orden que aca­
baba de nacer, y ya estaba diseminada por toda Europa
y aun por el Asia, contando hasta diez y doce provincias
y gran número de hombres extraordinarios que desco­
llaban por su saber y por su virtud.
Apenas nacida, la Orden dominicana entraba de lleno
en su 'edad de oro. E l primer Cardenal de la Orden,
Hugo de San Caro, que había escrito, además de su Spécu-
tum sacerdotum et Ecclesiae, las primeras Concordancias de
la Biblia, y a quien llamó San Ahtonino de Florencia ma9-
?utrupi>. vlrtutu-m virum, varón de grandes virtudes» era
el oráculo del.país belga, donde apostolizaba con una elo­
cuencia fogosa que se llevaba en pos de sí a las muche­
dumbres. Vicente Beauvais, a quien San Luis, Rey de
Francia, había nombrado "lector” suyo y bibliotecario de
la Santa Capilla, y a quien hacían visitas de homenaje
Domingo de Guzmán, Francisco de Asís, Antonio de Pa-
d u a,. Alberto Magno, y más tarde el propio Tomás de.
Aquino y Rogar Bacón, escribía su Spécuhmi Majus , gi­
gantesca enciclopedia, más científica que filosófica, en que
se estudia desde la teología y la filosofía hasta la zoología
y la botánica, y llenaba el mundo con el rumor de glo­
ria de sus predicaciones. ',San Raimundo de Peñafort
que, siendo profesor 'de la Universidad de Bolonia, ha­
bía sido conquistado para los claustros dominicanos por
la dulce .elocuencia del Beato Reginaldo, tan querido de
Santo Domingo, no se con tentaba con ser cof un dador de
— 6/

la Orden de la Merced, y oreaba Institutos de lenguas


orientales en Barcelona y en Túnez, para facilitar 'la con­
versión de mahometanos y. de judíos, y escribía Sumas
rebosantes de saber, y asombraba al mundo docto por ’su
ciencia canónica, razón por la cual le encomendaba Gre­
gorio IX la magna obra de las Decretales que, tina vez
concluida, publicó el propio Pontífice, anunciándola a las
Universidades de Bolonia y de París, en una Buía enco­
miástica del autor, y premiándole con el Arzobispado de
Tarragona, que la humildad profundísima del santo rehusó
aceptar. Y Alberto Magno, cuyo nombre corrió de boca
en boca por los labriegos medioevales, como el· de un as­
trólogo que sabía trocar de súbito un día de invierno en
que la naturaleza se aitería bajo la nieve, en un -día de
florida primavera en que de la enramada surgían sere­
natas de pájaros canoros. Alberto Magno que, cuando fue
llamado a explicar en la Universidad de París, tuvo que
(.lar sus lecciones en una plaza pública que se llamó por
mucho tiempo '‘ Plaza del Maestro Alberto” , porque las
aulas universitarias no podían dar ¡cabida a los miles
de discípulos que acudían a oírle de todos los países de
Europa; Alberto Magno, que renunció su obispado de
Ratisbona con su corte regía —aquel obispado estaba in­
vestido entonces de monarquía— . porque el humilde re­
ligioso estimaba más ser simple fraile dominico que obis­
po-monarca ratisbonense y porque a su Puntuoso palacio
regio prefería su estrecha celda de las orillas del Rhin,
Alberto Magno, digo, 'estaba siendo el sabio de los sabios
de su tiempo, un verdadero luminar del día, comparado®
con el cual resultaban todos los demás vhombr¿s de cien­
cia como esas'míseras luciérnagas que' fosforecen en la
noche... 1' \>
Santo Tomás nó podía ser más' que ^dominico. Ávido
de saber, sugestionado por el ruido de gloria que la O r­
den de Santo Domingo levantaba por doquiera, tenía que
— 6tí —

entrar en ella para hacerla rayar en el período más


esplendoroso de florecimiento, trocando aquella edad, de
oro en una edad de diamante. Aquello del Dante en al
canto duodécimo de su Paraíso, pintándonos a Santo Do­
mingo por su sabiduría, di cherubica luce una splenéore,
iba a realizarse en toda su plenitud con el Angel de Aqui­
no, irradiando verdadera lumbre querúbea sobre todas
las más altas cuestiones de la filosofía, de la teología y de
la ciencia.
Y a se realizó su sueño dorado, ya viste el blanco há­
bito tan querido, ya es discípulo de Alberto el Grande.
Sus condiscípulos de París, que interpretan su taci­
turnidad — un sencillo muro que j él oponía a la familia­
ridad excesiva de sus compañeros de clase, bullangueros
y licenciosos— por escasez y penuria <de talento, le co­
mienzan a llamar “ el Buey Mudo” . Alberto Magno, a
cuyos oídos liega el ¡despe¿tivo mote, pregunta un día al
joven napolitano ciertas cuestiones 'difíciles que requerían
mucho talento para ser entendidas y dilucidadas. Y el Buey
Mudo comienza a exponerlas con sencillez y precisión,
dejándolos a todos «estupefactos y aturdidos de asombro.
Y es cuando Alberto, estupefacto también, pronuncia
aqxiel augurio que había de cumplirse con la exactitud
de una profecía bíblica: “ ahí tenéis a quien llamáis el
Buey M udo; yo as digo que ese Buey Mudo dará en su
día tal mugido que en todo el mundo habrá de resonar” ,
¿ Cómo se realizó el vaticinio ? Y a hacía tiempo que se
venía tratando de convertir a la filosofía aristotélica en
baluarte de acero de las doctrinas de la Cruz. Y a en
el siglo V l I I San Juan Damasceno, a quien por el caudal
de saber que brotaba de sus labios, exornado con un es­
tilo vigorosamente poético, habían llamado “ río de .oro"
sus contemporáneos, había intentado cristianizar a A ris­
tóteles, torneando su filosofía de suerte que encaja­
se en los moídes de la Cruz y sirviese para, demos­
- 69

tración y glorificación de las verdades cristianas. N a 4 *s-


oonsidérables esfuerzos en el mismo sentido, hicieron
después Pedro Lombardo y otros ; pero la filosofía aristo­
télica seguía gentil, amoldándose mejor en el cerebro de
los herejes para defender las herejías, que en el cerebro
de los pensadores ortodoxos para defender 3a fe. E l error
estaba siendo el verdadero Goliat que, con la espada aris­
totélica en la mano, triunfaba por los campos del pensa­
miento, teniendo asustados y temerosos a los que lidia­
ban por la verdad; y el David que le arrebatase la espa­
da al Goliat ufano y le segase la cabeza con ella, no aca­
baba de aparecer. E l aristofcelismo que se quería transfun­
dir en la ciencia medioeval y aun en la misma doctrina
cristiana, aportado como era por traducciones y comen­
tarios de los filósofos árabes, y ’ especialmente del gran
aristotélico cordobés Averroes, cada día llenaba más de
confusión los espíritus, haciendo correr verdaderos peli­
gros a ,su fe. L as autoridades eclesiásticas llegaron a
abrigar positivos temores. Sínodos diocesanos prohibie­
ron las obras impregnadas de aristotelismo. Entonces apa­
rece Alberto Magno en la arena del combate, estudia al
Estagirita, le comenta, le Vulgariza por Europa comen-
tariado por él, la espada aristotélica ya no vibra en las ma^
nos del error, que ha sido derribado por tierra, sin cabeza
y sin espada, y el pensamiento cristiano :saluda al nuevo
David.
Pero aun falta mucho por hacer: los recalcitrantes
abundan, y entre ellos no faltan místicos ignaros — no
faltan en ningún tiempo— ¡ que viendo a la filosofía tan pe­
ligrosa y juzgándola además inútil para ,1a salvación, in­
tenten expulsarla de la enseñanza. Alberto deja un punto
de ser grande, irritándose contra ellos y estampando
aquella frase dura, aunque merecida, en que -los ¿semeja
a “ brutos que blasfeman de lo que ignoran” , tapqyan ,bru~
— 70 -

ía iní’WKtlw biasphemantes in iis quae ignorant (i). Mas


no es asi como se había de hacer callar a los recalcitran­
tes: detrás dfe David era .necesario que viniera Salomón,
Y aparece el Angel de Aquino. L a profundidad filosó­
fica del Estagirita, desentrañada por el Mago -de Colo­
nia, cautivó a Santo Tomás desde los umbrales de la
juventud. Este genio poderoso, enardecido de entusias­
mo por el saber a ios conjuros mágicos de su Maestro,
y teniendo en cuenta aquel consejo del Eclesiástico, sa-
pientiam ommwn antiquorum exquir&t sapiens, el sabio
escudriñará toda la sabiduría de los antiguos, no se con­
tentó con asimilarse la sabiduría de su Maestro, ni con in­
corporarse toda la sana filosofía de Aristóteles. E l que
anhelaba que ía filosofía aristotélica cristianizada por él,
profundizada por él, agigantada por él, sirviese como de
monumental pórtico a la estupenda catedral teológica que
soñaba levantar a la verdad, y que veía muy bien que ei
agustinianismo platónico, bandera única tremolada has­
ta entonces en el campo de la filosofía cristiana, tenía de­
cididos; y entusiastas campeones, comenzó por ser más
agustiraiano que ellos mismos, augustinien plus qu’ eux m i­
mes, como dice muy bien el insigne dominico Sertillan-
ges (2), y así fué como logró sondear a Aristóteles y a
Platón y hacer de entrambos una maravillosa síntesis, sir­
viéndole de guía en sus sondearme nt os y de ayuda en
la construcción sintética de sus admirables concepciones
mi gran Padre San Agustín, que le impartió todo el saber
inmenso acumulado por su genio, y con cuyo pensa­
miento se llegó a compenetrar de tal modo, que apenas
escribió una página sin que en ella hiciese brillar al
Aguila de Hipona, prestándole una idea o dándole la
dave para la explicación de algún misterio. De ahí que

(1) Citado por A . D. Sertillanges en !su bella obra S. Thomas


d’Aquin, t. I, p, '13.
<2) Ib. p. ¡14. 1 | ¡ 1 1 1
71 —

llegase a personificar eí magisterio docente de la Igle­


sia en él, complaciéndose en llamarle Magistér orbh
máxime, Maestro máximo del orbe, y máximum Eccle-
siae lumen, lumbrera máxima de la Iglesia (x).
Bien me podéis permitir, señores, que me gloríe con
estos elogios tan estupendos. Mi gran Padre los hubiese
hecho también de Santo Tomás, si hubiese venido des­
pués que él al mundo; porque no cabe dudar que el
Aguila de Hipona hubiera sido el más excelso· pane­
girista del Aguila de Aquino. ¡H a y entre uno y otro
parentesco espiritual tan palpable! Uno y dtro quisie­
ron fundirá la filosofía con la teología para de‘ese modo
fundir también, más que armonizar, a la razón y la fe.
Uno y otro quisieron basar la teología en la razón y en
la ciencia, creando lo que podría llamarse el intelec­
tual ismo teológico, o sea, una teoilogía impregnada toda
ella por la divina revelación, pero que tuviese por
cimiento una filosofía racional. E l uno dnñnisó a Pla­
tón insuflando espíritu cristiano en las grandes ideas
de aquel genio heilénico y haciéndolas servir de pilares
de mármol· y de bronce para la construcción de su jeroso-
limitana Ciudad de Dios (2). E l otro cristianizó a A ris­
tóteles, bautizando las luminosas concepciones de aquel gfe-
nio griego y haciéndolas servir de pelares de bronce y de
mármoJ ¡para el grandioso templo sailomónico de su Suma·.
¡L a Ciudad de Dios, la primera éncliclopedia cristiana que
viene a ser la condensación de toda la ciencia antigua,
purificada por el soplo del genio remontado a las más

W , Oficio d e'{Sao A gu stín, íiue, según constante e inalterada


tradición agustiniana, fes obra del A n g e l de Aquino.
(2) Santo Tom ás dice 'de S a n A gu stín, 'respecto de Platón,
lo que ¡San ¡Agustín hubiera dicho de Santo Tom ás, respecto· de
Aristóteles. V e d las palabras del A n g el de A q u in o : A gustinas,
<iui doctrinis Platonicorum jmbutus fuerat, si iqua Jinvenit fidei
accommoda in eorum dictis, assumipsit: qttae vero invenit fide¡ nos-
trae adversa, íq m eliiu com m utavit Sum ., '1 ,'q. L X X X I V , a r t V .
- 72 -

¿titas cumbres del· pensamiento, en alas de la divina reve­


lación! ¡ Y la Suma Teológica, la enciclopedia sistematiza­
da de toda la humana sabiduría, 'Convertida por el· hálito
de un ángel en baluarte de acero donde, por Jos siglos de
las siglos, habrá de ondear, besada por auras de triunfo,
la enseña de la C ruz!
Santo Tomás comenzó a escribir desde muy joven.
A los 25 años de edad explicaba ya en París las Sen­
tencias, y formaba de sus explicaciones sus Commenta-
ria in I V libros Senfentiarum, y ya para entonces ha­
bía escrito tratados varios, entre ellos el De Ente et
Essentia, y ya en aquellas primicias intelectuales se veía
al cedro del Líbano, tierno aun y flexible, pero al ce­
dro, en fin, que ¡se ¡había de levantar a las nubes y pene­
trar con su copa en los mísmois cielos. Después siguieron
su impugnación brillante de Guillermo de Santo-Amor,
que intentaba cerrar a las Corporaciones religiosas la U ni­
versidad de París, y varios opúsculos y disertaciones que
le acarrearon la enemiga y aun la persecución, preseas
que no podían faltar en su escudo de armas, por ser pa­
trimonio de los grandes genios. Se le tomaba por innova­
dor —y, efectivamente, lo er-a en el buen sentido de la
palabra—, lo cual le atrajo hasta dos anatemas episco­
pales, y uno de ellos de un dominico, del Arzobispo de
Cantorbery, Roberto de Kildwardby. Pero nuestro hom­
bre se plurificaba, por decirlo así, y acudía a todo y todo
lo esclarecía’y todo lo vivificaba. Por entonces escribió sus
ocho libros sobre la Física de Aristóteles, un verdadero mo­
numento que no es en su conjunto más que una viviente de­
mostración de la existencia de Dios, resaltando, irrefraga­
ble, de aquel estudio "hondo y detenido sobre las fuerzas j
las leyes de la ¡materia constitutiva del mundo, a mara­
villa ordenadas y armonizadas, exigiendo imperiosamen­
te una causa primordial, ordenadora y armonizadora, es
decir, Dios. ■.
- 7 3 .—

M is tarde escribió la Svmma contra Gentes, apología


gteniailísíma contra el: paganismo y el mahometismo, y don­
de el pensamiento de Santo Tomás se engolfa ya en unas
alturas en que parece enajenarse con la contemplación,
cara a cara, de ¡la infinita verdad; pues :ü es cierto, como
k> es, lo que él nos dice en ella .(i): que "v e r algo de las
cosas altísimas, aun con una débil y pequeña conside­
ración, es gratísimo, jacundisinmm est” , ¡lo que él habrá
gozado, en la concepción de esa obra, donde parece con­
templar ya las cosas .infinitas!
Pero la embriaguez de esa ventura, donde la va a dis­
frutar, es en otra producción aun más genial y subli­
me. E n el conjunto de todas sus demás obras, donde
trata- de ciencia, de mística, de filosofía, de teología, pa­
rece presidir una idea armónica en que palpita una su­
prema aspiración: la gigantesca síntesis que bullía en el
genio de aquel hambre. Santo Tomás disponía toda su
ciencia y toda su filosofía de modo que fuesen como el
cimiento macizo sobre el cual surgiese ell grandioso tem­
plo de sus concepciones teológicas, como el zócalo ■de
bronce sobre el cual se levantase, esplendente, la teolo1-
gia. Y vino la Summa·... ¡ L a Sum a! Y o no repetiré la sín­
tesis que un día hice de su pensamiento inspirador, pero
sí diré que es algo así como una inmersión del geni o. en
el espíritu divino. E l Santo define la fe en esa su obra
angélica diciendo que es “ habitué mentís qua inchoatur
vita adema in nobis, un hábito de la mente por el cual
se incoa en nosotros la vida eterna” (2). En esa obra su­
blime sí que se había incoado, efectivamente, para el An­
gel de Aquino, la vida de la eternidad. ¡Qué desdoblamien­
to, hacía la tierra, de las cosas infinitáis 1 Hasta en la mis*-
ma ciencia de Dios logró penetrar aquel Angel, viendo

(1) Sum. contra iGent., I, c, [VIH .'/


(a) Sum., illa, Slae, iq. IV , &rt. ‘I.
— 74 -

cómo lo que es para nosotros futuro, es presentísimo para


Dios, cuyo saber no -depende de nada externo a E l mi&*
mo, pues, un Dios dependiente no sería Dios, habiendo,
■por tanto, de suceder ¡ios actos libérrimos de las criaturas,
del modo que dos tiene E l representados en su divina esen­
cia, desde toda ía eternidad, y eso sin que nuestra liber­
tad se sienta coartada por ía ciencia divina, sino más bien
siendo verdadera libertad por esa misma divina ciencia,
que, al actuar en las causas voluntarias, lejos de hacer
forzosas sus acciones, es propiamente lo que las hace li­
bres (r), y todo lo cual fundamenta y racionaliza las· doc­
trinas tomistas de la predestinación, que no puede fundar­
se en méritos previstos, sencillamente porque, como dice
el Santo, con frase gráfica, es “ Dios solo quien deifica” ...,
“ como es sólo el fuego el que quema” (2). ¡H asta en
la vida misma, simplicísima y sempiterna de Dios, cuya
naturaleza es ipsum ejus intelligere, es su mismo enten­
der, su mismo entendimiento infinito semper in actu, lo*-
gró penetrar y sin sentir ni asomos del vértigo panteísta
aquella nueva Aguila de Patmos, ascendiendo de escala en
escala por todas las manifestaciones del vivir, y 'sorpren­
diendo en la infinita esencia los arquetipos eternos de to­
dos ios seres que en Dios vivimos y nos movamos y so*-
mos, constituyendo su verdadera inenarrable vida!' .(3).
¡ Oh, nada más natural que esa obra fuese puesta por los
Padres del Concilio Tridentínó sobre el mismo altar don­
de estaba la Sagrada Escritura, y q u e , en las dudas que ¡se
Ies ofrecían en sus decisiones, acudiesen a ella con la honL
rosa frase: aiidiamus divum Thomam, oigamos a Santo
Tomás, constituyéndole implícitamente voz de la Iglesia,
cátedra divina de la verdad!
¿Cómo el genio de un hombre se pudo remontar a tan

(1) Ib. la , 'q. ¡ L X X X I I I , a r t 1. 1 '| j


(2) Ib. Ja, Ila e , q. jC X II, art. I . , '
(3) Ib. lia, fe, j V i n , 'art. -III ¡y I V . , ,
— 75 —

asombrosa concepción y cómo tan admirablemente nos la


supo luego transcribir? Y a he dicho que se había incor­
porado toda la sabiduría antigua ; pero no fué >sólo con
esa incorporación como llegó a sondear y a esclarecer tan­
tos misterios. Mi gran Padre San Agustín habla de “ cier­
to silencio canoro y fecundo de la verdad (i) en el cual
«1 alkna es feliz abrazándooste a -día” . Y Santo Tomás
vivía siempre en aquel -silencio canoro y fecundo, que,
además de proporcionarle un cielo, le descubría aquellos
dulcísimos secretos de que habla Casiodoro en la inspirada
obra que escribió para aíleccionar a sus monjes: habent
montes castdli secreta· suavia, tiene la soledad de los
montes que rodean el monasterio secretos suaves (2),
Aíun en medio del mundo, sabía crearse ese .silencio y esa
soledad, entregándose al soboreamiento de sus dulzuras,
¿Quién no sabe de aquel súbito arranque, comiendo a la
mesa de San Luís, y que tanto edificó al gran Monarca:
cmiclusum est contra maniqueas? E n esa, en esa soledad
fecunda y canora fue donde Santo Tomás escudriñó al
mismo Dios. Sabía muy bien que el Señor es el Dios de
k s ciencias, y a 'penetrar a Dios enderezaba toda (su an­
gélica virtud contemplativa, abismándose a menudo en ver­
daderas visiones de la infinita realidad, que luego, cuan­
do cogía la pluma, eran como el numen que se ¡la guiaba
sobre el papel, haciendo que escribiese de aquella lumi­
nosa manera que había de aprobar el ¡mismo Jesús con
aquella su divina sanción de todos conocida: bene scri'p-
sisfi de me, Thoma, bien escribiste de mí, Tomás !
Y ved, señores, por qué yo casi me atrevo a aplicarle
aquellas palabras evangélicas que en su estridto sentido
sólo pueden decirse de Jesú s: enif lux vera quae iüumindt
omwem h&nu-tiew! veniente m· in hunc era una luz

(1) De libero Arbit. 1. II, le. TIL \ i ;


(2) Casiodoro.—Di ¡Inslituíione Divin. Litt. c. 'XXIX.
— 76 —

verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este


inundo. E l genio de Santo Tomás, excelsificado por la
fe, seguirá luciendo como una antorcha viviente, ilumi­
nando a todo hombre que a este mundo haya de venir, y
lucirá e iluminará hasta la consumación de los siglos.
Carlos V pudo blasonar de que en ¡sus Estados jamás se
ponía el sol. ¡E l sol de Aquino isí que no se ha de poner
¿amas en los inmensos estados del pensamiento! Y es
que dejó aprisionado en Isus obras un fa;ro intelectual inex­
tinguible que siempre ¡habrá de indicar a los grandes nau­
tas del pensamiento, engolfados en los piélagos del saber,
ía playa sonriente de la salvación, el puerto ¡seguro de ía
verdad. Por algo la pintura, .inspirándose en la leyenda,
nos le representa .¡ llevando siempre en el pecho un so l!
¡ Oh, la grandeza de aquel hombre sobre cuya frente
nunca se han cansado de llover elogios los Pontífices!
Juan X X I I , que fue quien le elevó a los altares, decía en
el diploma de canonización, hablando de su prodigiosa la­
bor intelectual filosófica, teológica y exegética, que nto
había sido llevada a cabo sin una especial infusión de
Dios, non absque speciali Dei infusione; Gemente V III
decía de él que era maravilloso· cuanto ¡había escrito y
apuntaba la creencia tradicional de que en los lugares di­
fíciles y obscuros le hablaban, por especial mandato dt
Dios, los Apóstoles San Pedro y San Pablo ( i) ; G e ­
mente X I I prescribió que fuese venerado en la Iglesia
con el mismo esplendor con que se venera a los Sumos
Doctoréis San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y
San Gregorio Magno; Inocencio V I decía que siguiendo
su doctrina jamás se apartaría uno de la verdad, en tanto
que combatiéndola siempre se Isería sospechoso de error;
y León X I I I , en la célebre Encíclica A'eterni Patris, man-
-------------- ; * i
( i) Interdum Sanctos Apostolos Petrum et ¡Paulum colocuen-
tes, locosque illi quosdam. D eí jussu, «narrantes habuít. N a ta l'A le ­
jandro, Historia Ecciesiastico, t V I I I ,
— 77 —

dando que en los centros docentes fee siguiese la doctrina


del Santo, aprovechándose del río de sabiduría que de ella
fluye, le colmaba de elogios, comparándole con el sol y
diciendo de él que. riquísimo em ciencia divina y humana,
reanimó al mundo con el calor de sus virtudes y lo llenó
con ios resplandores^ de su doctrina, orbem terrarmn calo­
re zdrtutum fovit, et doctrina-e splendore co-mplevi-t. Aun
no se contentaba con este elogio y llegaba a decir que la
íe no puede apenas esperar de la razón más poderosos
auxiiíios que “ los que ya ha conseguido {por Santo To­
más’·', y luego el inmortal Pontífice se complacía en evo­
car la memoria de aquellas celebérrimas Universidades de
París, de Salamanca, de Alcalá, de Lovaina, de Padua, de
Bolonia, de Coimbra, asistiendo con ía fantasía a sus filo­
sóficos torneos, en los cuales reinaba siempre, como un
Príncipe en su propio imperio, Santo· Tamas.
i Oh, repito, la grandeza de aquel hombre! No es sólo
gloria de la Orden dominicana: destellará sobre ella el
resplandor inextinguible de su genio constituyendo su bla­
són heráldico más glorioso, su título de aristocracia más
excelsa; brillará siempre como una lumbrera inmensa en
el firmamento del saber, atrayendo hacia sí a todos los
ilustres hijas de Santo Domingo, señalándoles la ruta que
hayan de seguir y formando con todos ellos un grandioso
sistema planetario, del cual será el _incomparable sol; pero
Santo Tomás de Aqirino no es sólo gloria dominicana: es
gloria estupenda de la Iglesia católica, que -por él no sólo
triunfó de todas las herejías del tiempo1 deS grande hom­
bre y de todos los tiempos |anteriores, sino que triunfará
también de todos los errores y todas las (herejías que en
el c o rre rle los siglos habrán de (surgir. Y conste que esto
no do aseguro y o : Ib aseguró León X I I I , «ruando hablán­
donos en la citada Encíclica del método filosófico del San­
to, nos dice que con ese ¡método “ consiguió |él sólo desha­
cer las errores de tíos tiempos pasados y fearjar anuas ín-
— 78 —

vencibles para refutar los que en lo futuro hayan de sur­


g ir” . ¡Qué maravilloso elogio de Santo Tomás, y brota­
do de la pluma sapientísima de León X I I I ! ¡H acer de
él la armería general para luchar y vencer contra todos
los errores y todas Jas herejías que en el mundo hayan
de aparecer en. el rodar denlos siglos!
L a inmensa valía intelectual del Angel de Aquino fué
siempre reconocida aun por los mismos herejes. Y no se
necesita para demostrarlo acudir a la frase, sabidísima
ya de todo el mundo, de aquel docto protestante, teologas-
tro sutil y agradable orador un tanto desgarbado en su
estilo, “ pero^ue, al decir de Bossuet, imponía por su talla
y por el metal de su voz” (i), folie Thomam et dissipabo
Ecclesiam, quitadme a Tomás y destruiré a la Iglesia.
Baiste saber que, a partir de él, casi todas las herejías
han pretendido apoyarse en doctrinas suyas. Ahí tenéis al
modernismo, esa ¡herejía novísima que, -según el Pontífice
Pío X , es una verdadera suma de todas las herejías, pre­
tendiendo apoyarse en Santo Tomás para defender su irra­
cional inmanentismo, o sea la necesidad de acudir, vista
la indemostrabilidad de la existencia de Días· (!), aJÍ sen­
timiento religioso para sentarla como un ¡hecho requerido
por el corazón.
E sa tendencia a poner de su parte a- los grandes, pen­
sadores cristianos es una vieja cantilena de todos ios he­
rejes. Lulero disputando con Erasmo decía de mi gran
P ad re: Atygustinus totus meus estj Agustín: es todo entero
mío. Y Jansenio, que pretendía reintegrar; en toda su pu­
reza a la Iglesia que, según él, se había apartado de la
corriente pura y salutífera d-e San Agustín, hasta se a-tre-

(i) Bucero. V ean se las ipalabras de Bossuet “ C e to it tm horrunfc


assez docte, d ’un esprit [pliant, et plus fe r tile Ten distinction que
1es scolastiques les ¡plus r a ffin fe : agreable [pr6dicateiir; un peu
pesaut dans pon s t y le ; fciais il imposoit par la taille, et par le
son de la v o ix ” .,. 1
Histoire des V a r i a t i o n s j XII, hi tpriivcipio.
— 79 -

vió a titular Augustinus la obra en que encarnó sus he­


rejías. Los modernistas sueñan ahora lo propio: hacer al
iniñanentismo brote genuino de la (filosofía de Santo T o­
más. Pero en vano: Fenelón decía en una célebre Instruc­
tion Pastoral, hablando de los. jansenistas: Us tlísent le
texte de Saint Augustin comme les Ju ifs lisaient celui
de rEcriture, ayairt un voile sur le coeur” . leen el texto
de San Agustín, como los judíos leían la Sagrada Escri­
tura, ;con un velo ,sobre :el corazón; y con ese mismo velo
sobre el corazón y sobre la inteligencia leen los moder­
nistas el texto de Santo Tomás. Con razón dice el je­
suíta alemán, P. Julio Bessmer, que es esa pretensión “ das
Unglaublichste ” , lo más increíble del programa de los mo­
dernista ¡(i).
¡E l modernismo que comenzó por un injustísimo des­
dén hacia la Escolástica, tendiéndola como vil alfombra
a las plantas del filósofo de Königsberg; el modernismo
que por la pluma rebelde deí desgraciado Loisy, se bur­
laba de la magistral Encíclica Pascendi, hablando enfáti­
camente de los “ teólogo®·de .'Su Santidad” , diciendo de
eIlos: que, al redactarla, se habían entregado “ a su favori­
ta ocupación, la-deducción silogística” (2), pretendiendo
tener a Santo Tomás, el Príncipe de la genuin a Escolás­
tica, por el abanderado del iaman enti sm o teológico! A
Santo Tomás, que en sus cuarenta y nueve primeras cues­
tiones1 de la Suma trazó una teodicea intelectua-lista más
inconmovible que las rocas vivas que arrancando de las
entrañas de la tierra forman la cordillera de los Alpes, y
cuyas demostraciones metafísicas y físicas de % -exis­
tencia de Dios serán siempre7como ciclópeo cantil de
acero de las costas de la verdad, en que se desharán como

(1) Philosophie^ 'und Theologie des Modernismus, p. 76.


(2) Quelques simples reflexions sur Je D ecret d u Sain t |Office
Lanteniabili ¿ane ¿xitu et sur l'Encyclique Pascendi domimci G re-
9™, P- 19. ~ ' f i
débil as olas de espuma las sacudídais de todo ateísmo y
de todo agnosticismo!
No concluiré sin rechazar una nadería con que se quie­
re ensombrecer la excelsa obra del Doctor Angélico. Crí­
ticos de paladar estragado, que no saben las dulcedumbres
que brinda al espíritu la verdadera grandeza, han habla­
do y hablan a menudo de la aridez y sequedad de estilo 'de
la Suma. Confunden lo árido y lo seco con lo sencillo, e ig­
noran que lo sencillo es a menudo lo elocuente y aun lo su­
blime. No aciertan a descubrir en aquellos párrafos que
suelen comenzar con el humildísimo “ videtur quod
sic” las profundas ideas cjue rompen por ellos- como
rompe la aurora por entre los ¡sutiles cendales del
amanecer. Quisieran en Santo Tomás un decir am­
plio y retórico parecido a este desfile asiático ' de
palabrería fachendosa con que ocultan muchos escri­
tores isu ignorancia. No saben que es poca toda con­
cisión cuando se trata de fijar ideas, de esclarecer entendi­
mientos, de racionalizar dogmas. Para esos tales serían
modelo de estilo los leguleyos del B ajo Imperio, que has­
ta -para hacer leyes eran pedantuelos dómines de retórica.
Decía Montesquieu. refiriéndose a los relatos del car­
taginés Hannón en su Periplo: "lo s grandes capitanes
escriben sus acciones con sencillez porque tienen por más
glorioso lo que han hecho que lo que han dicho” (i).
Pues bien, Santo Tomás, ese gran, Capitán del pensamien­
to. narraba con admirable sencillez sus fecundísimas ex­
cursiones por los espacios, sin fin, de las ideas, porque
toda magnificencia verbal tenía que resultar una pequenez
ante ía grandeza ideológica de sus descubrimientos y de sus
hazañas. Verdad que hay un desmenuzamiento de cues­
tiones en artículos y en párrafos que a primera vista ame­
nizan muy.poco la lectura; pero quien sepa apreciar aque­

(i) De VRtyrit des Lois, 1. X XI, c. XI.


- S i ­

lla marcha lenta del pensamiento, haciendo aquellas como


minuciosas descubiertas militares, para cerrarle todo ata­
que de encrucijada al error, examinando atentamente y
desde todos sus puntos de vista las doctrinas adversarias
para desechar cuanto en ellas haya de malo y erróneo y
señorearse de lo que tengan de bueno, poniéndolo cotno
botín de guerra a los pies de la verdad, no podrá menos
de admirar la prudencia de aquel genio (i) que con tan
exquisita discreción avanza siempre en sus doctísimas lu­
cubraciones. Los que tildan de iliterato a Santo Tomás
no saben que era poeta inspiradísimo cuando quería; que
los rotundos himnos que nosotros, los agustinos, canta­
inos entusiamados en loor de nuestro Patriarca, brotaron
de su lira angélica, ni que de esa misma lira son los in­
mortales cánticos que adoptaron todos los pueblos católi­
cos dei orbe para rendir homenaje al Sacramento Augustí­
simo de nuestros altares, en el momento solemne de ex­
ponerle a la adoración de las muchedumbres (2).
Llego aí fin de este discurso con el triste sentimiento
de no haber conseguido lo que desde el exordio había
sido mi ideal, sin duda por ser en mí un ideal presun­
tuoso y desmesurado. Habréis leído en las narraciones de
los turistas que van a admirar la gigante mole de la gran

(1) L a prudencia, recta ratio agiiilium , era 'para c! Santo la


suma de todas las demás virtudes. í'íh». Xa, Hat;, q. L V I I I , artícu­
lo I V y V .
(2) Se ha hablado y escrito -mucho, diciendo que el florecimien­
to dominicano había traído consigo la decadencia completa del
latín; que, hasta entonces, los monjes benedictinos habían m aneja­
do harto m ejor el tal idioma, teniendo en sus obras trozos de prosa
galana y exquisita, y hasta versos que no desmerecían mucho de
los versos clásicos. Sea v e r d a d ; pero téngase en cuenta que los do­
minicos se encontraron enfrente de un m agno problema que hasta
entonces no se había ¡planteado )en el campo del humano Isaber: y
fué el de acomodar el idioma del Lacio, que parecía haber nacido
sólo para la jurisprudencia, la oratoria y la literatura, a las nuevas
exigencias científicas, ¡haciéndole expresar lo que nunca había e x ­
presado: ideas y matices de ideas que hasta entonces habían 6¡do
peculiares de I09 helenos.
T omo I I S
Pirámide, que, después de haberse asombrado contem­
plándola un buen rato, -emprenden la vuelta, y que, cuan­
do ya se han alejado de ella algunos kilómetros y tornan
kra ojos atrás, les parece aún mucho mayor que cuando
la contemplaban al pie, imaginándose que se les echa en­
cima envolviéndolos en su gigantesca sombra. Algo se­
mejante era 'lo que yo pretendía al trazaros la semblanza
intelectual del Angel de Aquino, haciendo de su genio
eomo el centro solar de toda la ciencia dominicana: an­
helaba que cuando ya hubiéseis dejado de oir mi voz tra­
zándoos la figura espiritual de aquel gigante, volviendo
hada él vuestra memoria, aun le vieseis surgir mucho
mayor y como abrumándoos y envolviéndoos en la som­
bra inmensa de su grandeza.
M as no me importa no haber conseguido mi arrojado
deseo, si he conseguido otro más humilde y más al alcance
de la palabra, humana: el de enardecer y entusiasmar a
los ilustres miembros de la Orden de Predicadores, ya de
suyo bien enardecidos y entusiasmados, para profundizar
cada día ’más en las doctrinas del Angel de las Escuelas,
y seguir siendo siempre la esclarecida Orden de la V er­
dad, que ha sido en todos los siglos el cerebro de la Igle­
sia católica por sus grandes teólogos, por sus grandes filó­
sofos, por sus grandes exégetas, por sus grandes místi­
cos; que en nuestra cara España ha tenido un ciclo por­
tentoso de glorias científicas, como no'lo ha tenido jamás
Ordeji ninguna: el ciclo de los Vitorias y de los Canos, de
los'Sotos y los Báñez. de los Garranzas y los Ledesmas...,
solea todos ellos de nítida luz propia, siquiera rueden
como planetas en torno del gran Sol de Aquino, 'y que
nada tienen que envidiar a los más insignes dominicos de
otros países, por más que se llamen Juan Capreolo, o
Antomno de Florencia, o Pío V . o Gonet, o Billuart, o
Natal A lejandro...; que en esitos últimos tiempos enri­
queció el cielo del saber con tantas lumbreras de primera
- 83 —

magnitud, con oradores tan estupendos como Lacordaire,


Didón y Monsabré, con filósofos tan profundos como Z i-
gliara y 'e i P. Ceferino, con apologistas tan contundentes
como Denifíe, Weis y Martínez V ig il; y que ahora mismo
y en nuestra querida patria, donde el'pensamiento parece
haber entrado en un eclipse intelectual, cuenta con una
juventud entusiasta y trabajadora que está dando galaní­
simas muestras de amor a la cultura, entre las cuales acaso
es la más simpática y sonora La Ciencia Tomista que, hace
aún pocos años, se comenzó a publicar, y que ha logrado
abrirse paso entre los lectores de cosas macizas, y ser
reconocida como una de las primeras revistas católicas
por la solidez de las plumas que la redactan, entre las
cuales brillan algunas ya justamente celebradas y que han
de dar aún mucho esplendor a las hispanas letras.
Si, ilustres Hijos de Santo Domingo: es necesario
ahondar en las doctrinas de vuestro Doctor Angélico, Aquel
principio pedagógico que él aplicaba al Filósofo de Es-
tagira: oportet addiscentem crédere, viene más de per­
las a él mismo que al propio Aristóteles. Aprendamos todos
de Santo Tomás y creamos al que nos enseña, No es que
se haya de postergar a la razón: el Santo quería que
la razón fuese siempre por delante, y tilín en materias es­
criturarias quería que se filosofase en obsequio de la mis­
ma fe, pues decía que quienes aplican el raciocinio a la
Sagrada Escritura no mezclan agua con vino, sino que
convierten el agua en vino (i). E s que sólo con Santo To­
más, como piloto, no naufragaremos jamás en el océano de
las ideas, y que sólo con Santo Tomás, como guía, se podrá
escribir la gran Suma nueva que está por escribir, y en
la cual han de colaborar todos los innegables adelantos

( T^ Boet. De Trinitate. q. II, art. III . lili qut utuntur phi-


Josüphids documentis in S a cra Scriptura redigendo ¡n obsequium
ndeí, ñora miscent aquam vino, sed comvertunt aquam En vinum.
— 84 -

científicos y filosóficos que se han. hecho desde los día» de


vuestro Santo.
i Cómo escribiría hoy su Suma el Aguila de Aquino!
¡ Se recrea uno imaginándose lo que haría aquel porten­
toso genio que supo encontrar minas de oro en el Esta-
girita y abundancia de piedras preciosas hasta en Avicena
y en Averroes í ¡L a s piedras preciosas que encontraría en
Descartes, en .Spínoza, el Leibnitz, en Kant, en Hegel y
hasta en Spencer, en Níetsche y en B erg son, engarzándo­
las todas en la Cruz y esmaltando con sus resplandores la
verdad! j Cómo haría colaborar al pensamiento moderno,
despojado de sus grandes negaciones y de sus grandes lo­
curas, 1en la glorificación de nuestras doctrinas redentoras,
haciendo que descendiese sobre él una ráfaga de Pente­
costés, un hálito purificador de eternidad!
No se puede dudar de que hay una grandiosa Suma
por escribir, ni de que por fuero de tradición habrá de
ser un dominico quien la escriba. ¡Que ese dominico
bienaventurado alce cuanto antes de entre vosotros la
frente, irradiando como un nuevo sol de Aquino cente­
llas de inextinguible 1uz que esclarezcan e iluminen todos
los nuevos problemas científicos que agitan y conmueven
al mundo! ¡E s a sí que sería augusta manera de celebrar
loa centenarios de vuestra fundación!...
ALOCUCIÓN
PRONUNCIADA
ÜN POLA DE LAV1ANA, LA VISPERA DE LA
ASUNCION DE MARIA
TRAS LA POETICA PROCESION DE LA VIRGEN
DEL OTERO
Leva i* cireuitu ócuíos tuos
et vide; omites isti ctmgregaii
sunt, w nerunt tibi.
Tiende los ojos en torno y m ir a :
todos estos han venido a enalte­
certe.
Isaías, c. X L I X , v. rS,

Q u e r id o s c o m p o b lan o s : Quizás habrá de parecerás


una exageración lo que os voy a decir, pero os hablo
con toda ingenuidad: ya van siendo muchísimas las veces
en q-ue me ha sido forzoso hablar en público y no recuerdo
ninguna en que haya sentido mi alma presa de emoción
tan dulce como la que ahora estoy sintiendo. Será acaso
por ser ésta la primera vez que me cabe la suerte de
predicar en estas solemnes fiestas anuales que consagra
a la Virgen del Otero este querido rincón donde se des­
lizaron los más hermosos de mis días, o porque pienso
que me escuohan personas que en la infancia conocí y
amé y a quienes he rendido siempre culto de fidelidad
en mi memoria, o porque me figuro que se estremecen
de gozo al oirme desde el cielo los seres adorados a
quienes debo el aliento que respiro; lo cierto es, que la
emoción es muy grata y muy intensa, y que indudable­
mente la habra de registrar mi memoria entre los dis­
frutes más puros de mi vida. Lo esplendoroso de la pro­
cesión, lo sagrado det lugar, lo solemne deí momento, lo
devoto de La muchedumbre ante la Virgen, lo sonriente
de la Virgen ante la muchedumbre, todo contribuye a que
rai corazón lata enajenado de júbilo, y a que mi espíritu
&e imagine que cruza un instante por misteriosas regiones
de ensueño, donde hasta el aire que se -respira está hecho
de efluvios de felicidad.
i Bienhayas, bierrhayas tú, Virgen Santísima, que eres
Patraña de un pueblo tan fiel y amante que, a despecho
de la irreligión ambiente que todo lo envenena y mata,
sabe mantenerse firme en las tradiciones piadosas de sus
antepasados, rindiéndote públicamente culto amorosísimo
©on estas manifestaciones religiosas que tanto te recrean
y te magnifican! Leva in circuitu ácidos tuos et vi-de:
w w w isti congregati sunt, venerunt Ubi, tiende en der­
redor los ojos y contempla: toda esta muchedumbre de
tus hijos se ha reunido aquí para honrarte, para enalte­
certe, para cerciorarte de su amor filial, para enardecer­
se con tu belleza, para embriargarse con tu dulzura. Y
bienhayáis, bienhayáis todos los que sintiendo henchida
el alma de fe, de la vivísima fe, preciosa herencia de
nuestros mayores, y encendido el corazón en amor a 5a
Santina, habéis venido a postraros ante sus plantas,
para protestar de que aun la amáis, como aquí se la ha
amüdo siempre, y de que amándola proseguiréis, cada día
con más ardor, hasta exhalar vuestro postrer suspiro!
Y o no puedo menos de felicitaros, y de felicitaros con
todo el entusiasmo de mi alma, porque algo muy hermoso
que yo temía se fuese entre vosotros muriendo, vive aún
y vivirá, a juzgar por la fuerza vivífica que le «abe
infundir vuestro religioso fervor. Me refiero a la proce­
sión de la Santina la víspera de su fiesta, pendiente aba­
jo del Otero, a hacer la visita anual a su pueblo queri­
do, pasando, vistosa, bajo rústicos arcos de triunfo, por
delante de vuestros hogares, recibiendo la lluvia de florea
que le arrojan las niñas de la localidad, en tanto ella des­
de el cielo os sonríe, radiante de gozo, e hinche de ben­
diciones vuestras moradas,
Esa procesión bellísima prueba que el sentimiento re­
- 69 ~

ligioso es aún fuerte en vuestro corazón y que la fe cris­


tiana alienta, atan robusta, en vuestro espíritu. Porque no
otra cosa significan estas procesiones populares sino fuer­
za de sentimiento religioso y robustez de fe cristiana.
Ellas vienen a ser oomo un desahogo del corazón po­
pular, donde el sentimiento religioso agitase vivo e in­
tenso. Pues el corazón del pueblo aseméjase ai corazón del
individuo. E l hombre cuando está reciamente poseído de
un sentimiento, arde en ansias de comunicarlo a sus se­
mejantes, y para transmitirlo con más fuerza, lo poe­
tiza, lo canta, haciéndolo ritmo, música, poesía. Y como
el hombre, el pueblo es también poeta, y cuando siente
viva, intensamente su fe, arde en ansias de manifestarla,
de derramarla, para que todos participen de su dulzu­
ra, y poetiza también, y canta en estas espléndidas proce­
siones que desfilan en largas hileras de creyentes, for­
mando cortejo a una sagrada imagen, que, en andas en­
galanadas de cintas y de flores, llevan hombros juveni­
les, entre músicas sentidas y cantos fervorosos y repi­
ques alegres de campanas.
Estas marchas solemnes y pausadas de pueblo y clero-
escoltando a una sagrada imagen y cantando himnos y
letanías, son de antiquísimo origen. Y a los judíos, al tras­
ladar de un punto a otro el Arca de la Alianza, solían
hacerlo procesionalmente y con gran pompa, asistiendo
todos los grandes de Israel con 'los reyes a la cabeza, y
entre mucho acompañamiento de músicas y de salmos.
Mas aun ciñéndonos a las procesiones netamente cristia­
nas, parece natural que ya los primitivos cristianos las ce­
lebrasen en las mismas Catacumbas, al trasladar a algún
sitio honorífico las reliquias de algún mártir, — ¡ Con qué
recogimiento y compostura se celebrarían aquellas remo­
tísimas procesiones!— Y lo que no se puede dudar es
que se celebraban ya con inusitado esplendor en ios días
del gran Constantino, cuando la Iglesin, conquistada ya
- 90 -

la libertad religiosa, pudo solemnizar públicamente sus


ceremonias y sus cultos. San Ambrosio nos habla ya de ellas,
como de oosi córrante, en¡:re las pueblos cristianos. Y
apologistas e historiadores citan el hecho de que Ju lia­
no el Apóstata se enfureciese contra ellas por lo mucho
que a fortificar la fe cristiana contribuían.
En la Edad Media estuvieron en todo su auge. Venía
una fecha conmemorativa de algún hecho glorioso del
Señor, como la del Domingo de Ramos, que recordaba
su entrada triunfal en Jerusalén, y el ¡pueblo cristiano
la solemnizaba con una procesión a que las muchedum­
bres enfervorizadas asistían con palmas y ramos floridos
que tendían al paso de una imagen del Redentor. Cun­
día alguna calamidad pública, alguna peste asoladorá que
llenaba de luto los 'hogares, alguna pertinaz sequía que
dejaba yermos y baldíos los campos, y se celebraba una
procesión solemne para impetrar del cielo la cesación de
aquella pública calamidad. Se obtenía algún divino favor
singular por intercesión de la Virgen o de algún santo, y,
para dar gracias a Dios por el favor obtenido, se cele­
braba la consiguiente procesión, en que el pueblo rebo­
saba de gratitud y de júbilo. L a procesión había llegado
a ser —y siéndolo continúa— la efusión más natural del
alma de la muchedumbre, ya .para conmemorar divinos
hechos, ya para conseguir divinas gracias, ya para agra­
decer divinas misericordias.
Cierto que se llegó a abusar de manifestaciones religio­
sas tan augustas. Aparte las procesiones de flagelantes,
locos fanáticos que se azotaban en ellas, hasta derramar
sangre copiosa, y que en algunos países llegaron a ser
francamente herejes, rebelándose contra efl Vicario de
Cristo y pretendiendo que la sangre, por ellos vertida,
sustituía con ventaja al Sacramento de la Penitencia, e
iba a mezclarse con la misma sangre redentora del Cal­
vario, m triste tener que reconocer que la desmedida
— 91 —

devoción llevó a veces a espectáculos ridículos, como los


de ir bailando delante de 'las sagradas imágenes, preten­
diendo imitar a David, cuando bailaba de contento de­
lante del Arca, o los de ir danzando plebeyamente dando
tres pasos hacia adelante y das hacia atrás, al son de to­
nadas populares impropias; o los de vestirse jóvenes y
doncellas de santos y de santas, yendo con aire seráfi­
co, como deseando volar a los cíelos, al mismo tiempo
que a su lado iban otros, vestidos de diablos, que con
muecas y contorsionéis impuras pretendían quitarles la de­
voción y derribarlos del trono de su santidad...
Pero como hoy se celebran, honestas, fervorosas, so­
lemnes, limpias de toda levadura de superstición, e ins­
tauradas en su pureza y religiosidad primitivas, gracias
a los esfuerzos de obispos y de sacerdotes, hay que confe­
sar que constituyen uno de los más simpáticos y grandio­
sos cultos con que ha sabido adornarse la Iglesia. ¡ Qué
oración mancomunada la que de los labios de las muche­
dumbres asciende en las procesiones a l-o alto, forman­
do como una inmensa harmonía terrestre que debe ale­
grar a los cielos haciéndoles sonreír al océano del mundo
y brindar a la barquilla de Pedro días de bonanza!
Y luego tienen no sé qué aire de familia que las hace
encantadoras. Le atraen a uno cual misteriosas citas de
amor. Yo juzgo por esta bellísima procesión kvianense.
Los hijos de Laviana que no se hallen muy lejos ddi
“ atopadizo" rincón natal, no faltan de ningún modo este
día, Vienen a recrearse con los suyos, a disfrutar con ellos,
enfervorizando cariños y robusteciendo vínculos amoro­
sos. NÍ aún los mismos que están lejanos dejan de asis­
tir a la procesión hermosa; si no corporalmente, porque
es imposible, asisten a ella en espíritu, recordándola don­
dequiera que se encuentren, y llenándose a su recaer-
do de dulce nostalgia que a veces los embelesa, impe­
liéndolos a imaginarse en la propia tierrina. Y yo estoy
- 92

seguro que hasta las generaciones de lavianenses que mo­


rían ya en el cielo, redoblan hoy su imperecedera felici­
dad uniéndose en espíritu a los que aun luchamos en
esta vida, regocijándose al ver que, leales a las tradicio­
nes religiosas que nos legaron, marchamos detrás de la
Virgen del Otero, amándola corno ellos la amaban, y ben-
diciéndola como ellos la bendecían. Sí, hoy entre los la­
vianenses del cielo y los lavianenses de la tierra, hay
algo así como unas fiestas nupciales: en inefables abra­
zos amorosos nos estrechamos los muertos y los vivos,
digo mal, los que ya han conquistado el cielo con sus
virtudes y los que aún luchamos en el mundo por la an­
helada conquista.
Sin duda por esto yo, que he asistido ya a tantas pro­
cesiones por esos mundos de Dios que he recorrido, no
he sentido en ninguna lo que siento en las de I^aviana.
Y o he visto ya muchas, muchas procesiones de la Vir­
gen, algunas de ellas magníficas, estupendas, grandiosas,
Muchedumbres innúmeras formaban el solemne cortejo,
Por entre las filas del gentío iba pasando la preciosa
imagen, a menudo en relucientes andas de plata que da­
ban realce soberbia a las vestiduras de oro y seda de
la Madre de Dios, que lucía en la frente corona de per­
las y de diamantes. Y me lo podéis creer; aunque sentía
dulcísimas emociones que a veces no me cabían en el co­
razón y rompían por mis ojos un raudal de lágrimas,
jamás, jamás me parecieron tan bellas aquellas procesio­
nes como ésta de nuestro nativo terruño. L o que ésta
me ha hecho sentir, no me lo ha hecho sentir ninguna.
Sencilla, humilde, aldeana, si queréis, esta procesión ha
erdo siempre para mí como una fuente de e m b ria g a d o ra
poesía, como algo que me brindase saboreamientos de glo­
ria, como algo que me regalase con panoramas del cielo.
¡ Oh, quién pudiera trazar un cuadro de ella, tal cuai
en sni niñez se celebraba! ; Tal cual uno la lleva en fe
— 93 ~

imaginación, llena de galanuras y de encantos! La vís­


pera de la Asunción parecía amanecer siempre día más
puro que los otros días. Brillaba más fúlgido el sol en
los cielos; tenían más verdura los campos, más murmu­
llos las fuentes, más aromas las ñores. Ardía en los co­
razones más am or; brotaba de los labios más suavidad ;
había en los rostros más .sonrisas. En las casas y en
Ias almas reflejábase u-n destello extraño de ventura.
Docenas de vecinos generosos y creyentes repartíanse
voluntarios aquí y allá, en la cuesta del Otero, con sus
azadones y con sus palas, y comenzaban a suavizar el
camino que la Virgen había de recorrer, quitando agru­
ras y asperezas y terraplenando oquedades y vacíos. Las
vecinas engalanaban los balcones de sus casas con mo­
destas colgaduras, y bruñían, hasta dejarlos como el oro,
los candeleros que sobre las colgaduras modestas habían
de lucir, en tanto que sus hijas con brazados de frondoso
ramaje, aderezaban, aquí y allá, en varios puntos de 1a
villa, esbeltos arcos de triunfo que adornaban con admi­
rable gusto estético, combinando flores y sedas en artís­
tica profusión.
Y cumplidas tan poéticas y santas faenas, hombres y
mujeres acudían al Otero, a los primeros repiques de tas
campanas, anunciando la próxima 'salida de la procesión,
entraba en el humilde templo a saludar con un rezo
breve a la Virgen. Se salía en seguida para que pudie­
sen entrar otros a hacer el mismo breve .saludo; pues la
muchedumbre que al Otero acudía, imposible que cupie­
se junta en la estrechez del sagrado recinto, Y a la hora
señalada, entre las detonaciones de los cohetes que re-
percutían en el espacio y los redobles de algún tambor
que manejaban manos expertas, y los quiebros de algu­
na gaita con que hacia primores el buen gaitero, y los
cantos sonoros de las doncellas lavianenses. que inme­
diatas a los sacerdotes vestidos de capas pluviales, la
— 94 —

escoltaban muy de cerca, descendía la cuesta del Otero


la Virgen María.
A l entrar en la población y pasar por el primero de
los arcos triunfales, el espectáculo era indescriptible. Cien
voladores que chispeaban a un mismo tiempo, desde dis­
tintos sitiois de la localidad, estallaban en lo alto y for­
maban con sus ohispas y con sus luminarias como u¡n sub-
cielo que cubriese, amoroso, las techumbres de la villa.
Las gargantas cantadoras se entusiasmaban y hácíán que
su cantar sonase mucho más grato y armonioso. La mu­
chedumbre de luces de los balcones por donde los pe-
queñuelos arrojaban, al paso de la Santina, flores a
granel, daban un aspecto fantástico a la población. ¡Cuán­
tas lágrimas en los oj o s! ¡ Cuánta alegría en los corazo­
nes! ¡Cuánto fervor en las almas! ¡ Y cuántas gracias
divinas descendiendo en invisibles corrientes sobre todos
los hogares!
¡ Oh qué nostalgia he sentido siempre, lejos de aquí,
a las dulces remembranzas de procesión tan hermosa!
¡ Cuántas veces me imaginaba otra vez niño, soñando que
bajaba la cuesta detrás de la Santina, oyendo los can­
tos melodiosos de las amantes hijas de Lavian a; casi
gritando de júbilo, como gritábamos los niños, al avis­
tar los corredores aldeanos, del lado de allá del Nalón,
adornados de colgaduras y cuajados de luces, y casi vien­
do los cohetes subir, ligeros, al espacio y deshacerse, a
k>s estampidos, en constelaciones de luminarias que re­
medaban desprendimientos de estrellas!
¡A h, los que no habéis estado muy lejos de aquí, de
seguro que no podréis formaros concepto de esa nos­
talgia dulcísima que despierta la evocación de esta vís­
pera bulliciosa con su derroche de júbilos y encantos!
¡Cuántas veces he llorado recordándola, desde leios, no
de alegría como lloraban nuestras madres, que más que
los ojos, sentían írseles el corazón hacia la Virgen, be­
- 95 -

sándola con besos misteriosos, como el corazón sabe be­


sar, sino de tristeza, de la honda tristeza del que no
ve amanecer el día del retorno al rincón sagrado, donde
se meció su cuna, y teme que acaso no haya de ver más
los amenos valles de su tierra y los risueños montes de
su patria!
Y he ahí por qué comencé felicitándoos al ver que eí
sentimiento religioso aun perdura entre vosotros, y que
aun hacéis esta bellísima procesión con el entusiasmo de
antiguos días. No es que yo sospechase que ya no la hi­
cieseis; pero sí sospechaba que ya no la hacíais con la
fe y el amor de nuestros mayores. ¡ Se habla tan mal
del espíritu religioso de Laviana, desde hace ya bastan­
te tiempo! i Se dice que anda entre vosotros tan caída
la piedad de nuestros padres! ¡Que veis con tanta indi­
ferencia ia desaparición de las sencillas heredadlas cos­
tumbres ! ¡ Qué se mira con tanto desdén el fervor con
que las almas buenas velan por mantener siempre v i­
vas en e! rincón natal las tradiciones sagradas!
Y o me he llenado de pena -al oir estas cosas; y mi
pena llegaba, a lo sumo, a repudrirme las entrañas, como
se las repudría al real Profeta el celo de la casa del Se­
ñor, al saber que en esta tierra donde aun flota el hálito
de religiosidad de nuestros abuelos, resonaban con fre­
cuencia pasmosa blasfemia? contra lo más augusto y lo
más santo! ¡ Qué horror! ¡ El pueblo de Laviana blas­
femo! ¡Haber arraigado aquí la blasfemia, esa cosa tan
horrible que -no sólo denuncia irreligión e impiedad, sino
también absoluta carencia de educación y de buena crian­
za! ; Esa cosa tan maloliente que no sólo trasciende a
impureza del que la vomita —que la blasfemia es po­
dredumbre de vómito— , sino también a impureza de san­
are, a impureza de hogar! De venas: yo me he resisti­
do y me resisto a creer tan desoladora calamidad en mi
pueblo. Y o no puedo persuadirme de que· la blasfemia se
- 96 —

haya hecho algo connatural en este solar bendito de nues­


tros mayores. Una golondrina no hace verano, y aquí las
blasfemias .no deben haber sido sino como pasajeras go­
londrinas — y que estas aves tan amables y dulces me
perdonen el símil, en gracia de lo expresivo y de lo grá­
fico— . Más aun así, yo no sé que daría porque en este pue­
blo de mis amores no se oyese jamás una blasfem ia; por­
que ningún hijo de Laviana se deshonrase a sí mismo y
deshonrase a los suyos, a todos nosotros, que todos so­
mos una familia, manchando con semejante basura sus
labios.
Sabed que no hay nada más horrible que la blasfemia.
Mi gran Padre San Agustín dice terminantemente que es
más execrable (i) que el mismo perjurio, y llama a los
blasfemadores enemigos declarados de Dios, ininúci Dei
aperte blasphematares suftt (2). En la antigua Ley, según
nos ensena el Levítico, a los blasfemos se los condenaba a
morir lapidados. En el libro IV de los Reyes se lee un
castigo espantoso que patentiza lo mucho que provocan
las blasfemias la cólera del Señor: el Angel de las ven­
ganzas divinas exterminó en una sola noche a un ejér­
cito de ciento veinticinco mil asirios por una terrible blas­
femia de Senaquerib, su rey. E n nuestros viejos códigos,
lo mismo que en los de Francia y los de casi todas las
daciones europeas, los blasfemos eran castigados durísi
mámente: entre otras penas que erizan de espanto, ha­
bía la de perforarles la lengua con un hierro enrojecido.
Nada, nada más horroroso que la blasfemia: ya sabéis la
obligación que tenemos los sacerdotes de absolver siempre
a los pecadores contritos, así terigan más pecados morta­
les sobre su alma que cuenta de estrellas el cielo, que
cuentan de menudas arenas las playas del mar. Púee

íi) Contra mendacium, liber unas, с. XIX, . v


(2) Enarratw in Psalmum, XCI, núm. 10,
- 97 -

bien, los blasfemos habituales ponen como un candado a


la divina misericordia: »nosotros no los podemos absolver
sin que veamos en ellofe esfuerzos positivos para romper
con la maldita costumbre. ¡ Si será horrible, si será mons­
truosa la blasfemia que obstruye las fuentes de la mise­
ricordia de Dios!
Huid de la blasfemia. No consintáis que haya blas­
femos entre vosotros, ¡Al consentir a los blasfemas, os
hacéis solidarios del pecado; y los pecados colectivo®
son castigados en este mundo por el Señor. Como la
vida de los seres colectivos <no pasa de los límites de
este mundo, en este mundo hace Dios que expíen los pue­
blos sus prevaricaciones y sus maldades. Y yo no dudo
que el estancamiento y aun el atraso a que se ve conde­
nado nuestro pueblo, desde hace algunos años, en tanto
otros pueblos vecinos prosperan y florecen, no son otra
cosa que castigos providenciales; que Dios se vale de
muchos medios para castigar los pecados colectivos: cas­
tiga sin palo ni piedra, como dicen por aquí los peque-
ñuelos.
Desengañaos: Jesús es el gran artífice de las almas.
Quiere moldearlas en los moldes de la Cruz. Y cuando* se
rebelan a ser moldeadas así, y la rebeldía se consiente y
ee generaliza y se hace popular, pasa el brazo invisible de
Dios y castiga. Un gesto de divina cólera, y ya está el A n­
gel de las venganzas eternas blandiendo su espada pobre
los pueblos delincuentes. ¿Cómo ha de descansar la es­
pada, cuando el Señor la manda herir? ¿Quemada quies-
cet gladius cum Dominus pra.eeéperit ei?
Huid, as: repito, la blasfemia. Y para ello mantened
siempre viva en el alma la devoción a la Virgen María.
María será el arca mística en que os salvaréis vosotros
y vuestros hijos de ese diluvio de irreligión que por to­
das partes se desata sobre la sociedad. Arca de la Alian­
za, fóederis arca, la llama la Iglesia, porque así como el
Toue U tj
A rca de la Alianza había sido mandada construir por el
mismo Dios, cual recuerdo de sus misericordias con la fa­
milia de Noé, y así como a su sola presencia eran comple­
tamente derrotados los enemigos del pueblo; escogido, asi
María es .el arca mística en quien- se salvan kfe pecadores,
y a cuya sola vista se ponen en fuga los enemigos de
nuestra alma.
Sed, pues, siempre am-antísimos de María y no os arre­
dren para amarla ni la muchedumbre de vuestras ingra­
titudes ni el recuerdo de vuestros pecados. Por muy en-
cenegado que esté uno en el mal, jamás debe desconfiar
de su salvación, con tal de iser verdadero devoto de Ma­
ría. E l corazón de María obra como un imán sobre las
almais. Y a sabéis la propiedad del imán: atrae hacía sí el
hierro, un metal tan duro oomo el hierro. Y María atrae
hacia sí la dureza de las almas, empedernidas, enhierre-
cidas, estaba por decir, en el pecado. E l Crisóstomo afir­
ma rotundamente que “ María ha sido elegida desde la
eternidad para ser Madre de Dios, a fin de salvar con
su misericordia a aquellos a quienes en rigor de justicia
no podía su H ijo perdonar” (i). Y de ahí que San An­
selmo se atreva a decir que algunas veces se obtiene más
velozmente la salvación· invocando el nombre de María,
que invocando el nombre del mismo Jesú s: wlóciter est
nonmnqmm salusi invócalo nomine Maride, quam ivmoca^
to nómine Jesu (2).
No dejéis, no dejéis jamás que se entibie vuestro entu­
siasmo por la Santina. Haced siempre con el mismo fer­
vor religioso esta bellísima procesión del Otero. Que aque­
llos de vuestros hijos que por los brutales empujones del
vivir se vean obligados a ahuyentarse muy lejos del so­
lariego terruño, lleven siempre consigo el recuerdo ¡de esta

(t) Cris.— H om ilía de Purificatione.


(2) Sanctus Anselmus.— De 'Excellent iVirg.
- 99 -

procesión .que con tintas tan indelebles· se estereotipa en


la memorial Ese recuerdo será para ellojs algo que lois
una a vosotros con lazos irrompibles, algó· que les hable
a menudo de sus madres, algo que los consuele en sus
horas de pena; algo, en fin, que, cuando la impiedad se
esfuerce en perderlos, les hable de fe, de esperanza, de
salvación.
Y ahora tú, ¡oh Virgen Santísima!, tiende tus ojos en
derredor y m ira: todos estos se han dado cita hoy aquí
para enaltecerte, para mostrar te su amor, para decirte que
eres su honra, su norte, su vida, su cielo. Quieren servirte
como te servían sus antepasados, quieren glorificarte como
te glorificaban· sus mayores. ¡Am alos! ¡Bendícelos! Haz
que amanezcan días de florecimiento para este su querido
rincón tan digno de mejor suerte. ¡Que sonría siempre
la prosperidad en sus hogares, como sonríe siempre el
verdor en sus campos, como sonríe siempre la hermosu­
ra en su ¡suelo! ¡Que haya siempre entre sus moradores
corrientes de paz y de armonía! ¡ Que sigan siempre d lies
al dignísimo· Pastor que los apacienta y los dirige! 3 ue
todos sean buenos! ¡ Que todos sean dichosos! ¡ Sor eles
hoy a todos en la tierra, para son reírles mañana a todos
en la gloria! Así sea.
LA ASUNCIÓN DE MARÍA

SER M O N
PRONUNCIADO JEN E L TEMPLO PA RRO Q U IAL
DE POLA DE LA V IA N A , E L DIA DE L A ROMERIA
DE L A V IR G EN D EL OTERO
Gaudeamus omnes in Dómino.
Regocijémonos todos eu el Se­
ñor.
Comienzo del ■Introito de la
misa de hoy.

M is q u e r id o s c o m p o b lan o s : Siempre que, de año en


año, se conmemora la muerte de algún ser querido, hay en­
tre todos los que en vida le quisieron y queriéndole prosi­
guen, después de haberlos para siempre abandonado, un sa­
cudimiento de tristeza que les anubla el vivir, haciéndolos
andar sombríos y melancólicos. Como al conjuro de una evo­
cación, isurge en su fantasía la estancia fúnebre en· donde
el ser querido, rodeado'de los suyos, que le lloraban incon­
solables, se disponía, quizás desgarrado por traidora inquie­
tud, quizás rebosante d¡e íntima calma, a dar el paso fa­
tal que lo mismo podría ser un salto en las eternas tinie­
blas que un vuelo a la eterna lumbre. Y sienten invadido el
espíritu por (sentimientos de aflicción, porque -se recuer­
dan llantos y gemidos, desgarraduras calladas, supremos
adiases, desoladoras orfandades. Son, en fin, días de luto,
Osos 'en· que forzosamente acuden a la -memoria escenas de
lloro, negruras de féretro, lobregueces de tumba, un ser
querido que se fué, una vida hermosa que se extinguió.
Y ¿hemos de conmemorar así el aniversario ¡de la muer­
te de María? ¿Han de difundirse por nuestro espíritu esas
lúgubres tonalidades de tristeza? [A. primera vista parece
que s í; que, más bien con lágrimas, que con júbilos, debía­
mos de conmemorar el tránsito de ia Virgen, según lo
reconocía el propio San Bernardo1, cuando decía que plan~
— 104 —

gendunt nobis qitam plaudendum esse vid etur, que más


bien parece que debiéramos llorar, que aplaudir. No fal­
taron en el tránsito de María escenas de lloro, ni desga­
rramientos de entrañas. eLo triste que estaría entonces la
pequeña cristiandad, al divulgarse 3a noticia de que la V ir­
gen santísima, que la sostenía y alentaba con su dulzura y
con su amor, tse disponía a dejar para siempre este valle
de lágrimas, teatro de sus inmensa»s aflicción eis y de sus
trágicos martirios! ¡L o desamparados que la rodearían tas
Apóstoles y los Evangelistas, de quienes era mae.^ra y
doctora y a quienes al mismo tiempo esclarecía con sus
divinos consejos y beatificaba con sus maternos amores!
¡Serían de -oir los ruegos de leus Apóstoles que rodeaban
su lecho de muerte, pidiéndola que dilatase un poco más
su quedada en el mundo, ya que no para dulzura y con­
suelo de ellos, para áostén y -entusiasmo de la Iglesia de
su H ijo, que oon su muerte habría de ver encapotarse los
horizontes de su porvenir, por donde de (súbito avanzaría,
tronadora, la tempestad.
Mas, no obstante todo esto — ¡ qué contraste más bello
entre el aniversario de María y nuestras aniversa­
rios!—, no es con sentimientos de angustia como quie­
re nuestra Santa Madre la Iglesia que conmemoremos la
Asunción de la Virgen, ¡sino con manifestaciones de júbilo,
con fiestas regocijadoras de universal alegría. Gaudeümus
omnes in Dómino, regocijémonos todos en el Señor, he ahí
las palabras con que empieza la misa que se canta o se
reza hoy en todos los templos católicos del mundo. E in­
vitándonos la Iglesia a gozar y a reír, brindando para ale­
gres romerías y bulliciosas algarazas los alrededores cam­
pestres de sus ermitas y de sus templos, ¿habíamos nos­
otros de abrir nuestro corazón a los desabrimientos y a
las tristezas? Un buen ¡hijo, aunque tenga que separarse
de su madre, no se entristece ni se aflige cuando sabe que
la separación significa la ida de la madre a coronarse de
— 105 —

triunfo y a. tomar posesión de un gran reino. ¿ Y había­


mos de entristecemos nosotros en el aniversario de la se­
paración de María, cuando sabemos que tal separación sig­
nificó -la ida de nuestra Madre al empíreo, para ser coro­
nada -reina de los cielos y de la tierra, y emperatriz de los
ángeles y de los hombres?
Ni una palabra excitadora de tristeza quisiera que se
escapase hoy de mis labios, al hablaros de la Asunción de-
María,, que alegró a los ángeles haciéndolos sumirse en éx­
tasis de indefinible amor. ¡ Oh, el regocijo inmenso en que
se estremecerían los cielos sintiéndose inundados en la luz
que irradiaría de su rostro la Virgen, al hacer en ellos
su entrada triunfal! Si la aparición de María en el mundo·
fué la aparición de -un nuevo tipo de inaudita belleza que-
bañaba la tierra en raudales de embriagadora .poesía; si
la hermosura de su rostro, que no era más que el reflejo-
de la armonía admirable con que en ella se habían fundido
todas las virtudes y adunado todas las perfecciones, hacía
sentir a los que la contemplaban la misma divinidad, in­
duciéndolos a hincarse de rodillas y rendirle acatamiento,
i qué sería la aparición de María en la gloria, idealizada
la radiante hermosura de su iser por los resplandores di­
vinos con que la penetraba su H ijo Jesús, dándole deste­
llos de positiva deificación? ¡O h, de qué nuevos manan­
tiales de paradisíacas delectaciones beberían todos los es­
píritus bienaventurados arrobándose ante aquella hermosu­
ra peregrina que les ofrecía el espectáculo incomprensible
de una Virgen Madre y Madre de Dios'!
Mas antes de entrar de lleno en este altísimo asunto
que 'los mismos gigantes eru las cosas divinas no han sabi­
do cómo ponderar debidamente, ayudadme a pedir la ins­
piración de los cielos para que esta oración sagrada con­
mueva dulcísimamente las fibras más delicadas de vues­
tro corazón y deje honda huella en vuestro ánimo, sur­
giendo siempre en vuestra memoria como un ideal reta­
- 106 —

blo de luz, donde con los ojos del pensamiento podáis


contemplar el bellísimo tránsito de la Virgen y su asun­
ción maravillosa al empíreo.
Lo reconozco: es una desmedida .pretensión mía que
en motivo alguno puedo fundar. Mas por eso la llamo
pretensión. No es que intente —-¡pobre de m í!— aventa­
ja r a los insignes oradores a quienes, de año en año, venís
oyendo perorar ¡sobre el inferno inspirador asunto: es
— ¡qué sé yo !— que por ventura no estoy del todo con­
vencido del axioma de que nadie es Iprofeta en su patria, y
aspiro a hacerlo discutible, conquistándome, sencillamente
por ser ioompoblano vuestro, 1-a más exquisita benevolen­
cia y la más -decidida aprobación. ¿Quién sabe? E sa Se­
ñora a quien, como vosotros, vengo rindiendo, desde niño,
fervoroso culto, todo lo puede. Pidámoselo a ella saludándo­
la con el tA.ngel: A ve M aría...
- 107 -

Gaudeamus, etc., etc.

Hermanos míos en Jesucristo: María no podía morir


como los demás seres humanos. Una muerte así en una
criatura que había realizado todo entero el ideal de la pu­
reza hubiera sido algo antinatural, no sobrenatural, como
la Asunción. L a flor que en la cumbre de un monte abre
su corola una mañana, al recibir el 'beso de la luz, y la
cierra al caer de la 'tarde, oomo si temiera se mancillase
con las sombras de la noche, no la conserva tan pura como
conservó su alma la Virgen, a lo largo de la vida. No
obstante la pureza -del aire de la montaña, la flor no habrá
podido impedir que se depositase en su corola algún cor­
púsculo extraño de los que flotan ímpercepibles en el am­
biente, Pero María, que por gracia especialísima de Dios
había sido .preservada de toda mancha original, supo cru­
zar por este mundo, .purísima y fragante, sin que jamás
llegara a mancillarse ni aun de la culpa más leve, con­
servándose siempre tota pidckra, toda hermosa, exenta de
toda salpicadura de la vida,
Ahora bien, la muerte corruptora es hija de lo corrupto,
del pecado, según la terminante afirmación del Apóstol:
sHpendiar emm peccati •mors¡ la granjeria del pecado, la
muerte. Y en María, como no había nada corrompido, como
no había ni asomo de pecado, no podía ’darse una muerte
que trajese consigo -la consiguiente corrupción. Su cuerpo
purísimo tenía que 'surgir glorioso de la tumba. Allí no
había más que pureza, pureza inmaculada; y la .putrefac­
ción sólo puede desarrollarse entre 'suciedades e impure­
zas. ¿Cómo había de ser pasto de los gusanos· el cuerpo
delicadísimo en que por espacio de nueve meses- se 'había
- 108 -

albergado el Señor? Además, Dios, que había hecho que


el fuego perdiese su fuerza devoradora contra los tres ni­
ños arrojados en el horno babilónico, los cuales sa­
lieron de las llamas, intocadas las vestiduras e íntocados
los cabellos, ¿no podría contener la fuerza pudridora del
sepulcro sobre el inocentísimo cuerpo de su Madre ? Como
Jesús, María tenía que vencer 'también a 'la muerte. Y así
sucedió, cornos sabéis, según inalterada y oonstante tradi­
ción que se remonta hasta los mismos discípulos y compa­
ñeros de los Apóstoles.
Muchos santos Padres hacen llegarla la Virgen a la edad
de setenta y dos años, sobreviviendo, por lo tanto, más de
veinte a su Jesús. ¡ Oh, cuán ardorosamente, durante esos di­
latados años de orfandad, suspiraría por unirse con el
H ijo a quien había llevado en sus entrañas y de cuyos la­
bios 'había recibido tantos besos y oído tantas veces el re­
galado nombre de M adre! ¡ Cuán a menudo repetiría aque­
llas nostálgicas palabras del Cántica: “ llévame en pos de
t í ; correremos impregnados en el aliento de tus aromas" ; o
aquellas'otras del Real Profeta: “ ¡cuán amadas son de mí
tus moradas, Señor Dios de -las virtudes; mi alma desea
ardientemente y con lo recio del deseo desmaya por estar
en los palacios del Señor!” ; o aquellas otras del Patriar­
ca Jacob, al saber que su hijo vivía y reinaba en Egipto:
vadam et videbo, iré y v eré.;Vive y reina mi H ijo en la
gloria, j y yo aquí tan lejana de El, en esta soledad, donde
me son todas las cosas tan desabridas y llenas de cru z! Iré y
veré, vadam et videbo!
Parece .racionalísimo que Jesús, que sabia muy -bien las
transfixiones que por El había sufrido su Madre Santí­
sima, la hubiese llevado inmediatamente consigo a compar­
tir las'venturas del cielo. ¿Qué más obvio y natural que
ella, que le había acompañado en todas sus tribulaciones
terrenas, le (hubiese acompañado inmediatamente en todos
sus júbilos celestiales?
- 109 -

Pero no son los pensamientos de Dios nuestros pensa­


mientos, ni sus caminos nuestros caminos, nos dice el Se­
ñor por Isaías: “ como los cielos se encumbran sobre la
tierra, así se encumbran mis caminos sobre vuestros cami­
nos y mis pensamientos ¡sobre vuestros pensamientos” ,
i Oh, las misteriosas vías de D ios!
Convenía a los divinos planes que María viviese huérfana
en el mundo, en un vivir de oración continua, de inacaba­
bles deseos y de prolongados -suspiros. Como la Esposa de
los Cánticos, tenía que pasar su invierno, para, después
de él, regalarse oyendo aquellas palabras: “ levántate y
apresúrate, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven,
porque ya pasó el invierno” ... Y aconteció aquella muer­
te que muchos santos no se atrevieron a llamar muerte,
sino dormición, porque fué un dulce tránsito al paraíso,
un dormirse en la tierra y ser transportada en brazos de
los ángeles al cielo.
íQuién no sabe la adorable historia! María, que en
cumplimiento de -las últimas palabras de Jesús en el Cal­
vario, ‘había seguido a San Juan al Asia Menor para con­
fortarle continuamente en :su evangelización por aquellas
tierras, al presentir ya cercano el instante de su postrer
adiós al mundo, sintió desbordarse por su espíritu el dulce
amor al suelo natal, y manifestó al Discípulo Amado su
decisión -de volver a respirar el ambiente de su patria, para
acabar sus días al amparo de las montañas hebreas, cerca
del Huerto de los Olivos y de la cumbre del Calvario.,
donde por doquier se le representaba, esplendente, 'la
imagen de su Jesús. ¡ Cuánta poesía en este naturalísimo
anhelo de la Virgen, de querer remontarse a :1a gloria
desde los risueños valles de su patria! San Juan la acom­
pañó a la capital de Judea, donde Santiago el Menor, su
primer Obispo, congregó a los fieles para comunicarles
la venida y los propósitos de la M ad re‘de Dios. Los de­
más apóstoles, que andaban dispersos acá y allá, predi­
- 110 —

cando el Evangelio, fueron amonestados por una voz mis­


teriosa de la próxima muerte de María. Y unos tras otros
acudieron a Je ra salen para recibir los últimos consejos
de la que era Madre de todos, e impregnar el espíritu en
la unción de sus últimas palabras.
L a tradición nos representa a la Virgen tendida sobre
modestísimo lecho en la misma estancia espaciosa, donde
su Hijo 'había instituido el Sacramento de la Eucaristía,
y donde élla le había recibido muchas veces y le acababa
entonces de recibir, rodeada de los apóstoles, que la con­
templaban, extasiados, pero transidos de pena, y rogándo­
le que dilatase un poco más su estada en el mundo,
en tanto que ella los consolaba asegurándoles que jamás
ios olvidaría, y describiéndoles en plática muy sabrosa, la
vida del cielo. Y hablándoles, hablándoles, su frente co­
menzó a irradiar como^ un sol. Su virginal hermosu­
ra agigantóse de -súbito .mostrándose en toda su esplen­
didez y dando tonos de transfiguración divina a su ros­
tro, donde los ojos, abiertos y mirando hacia arriba, pa­
recían absortos en las visiones del paraíso. Sus labios se
plegaron sonrosados y mudos. Sus miembros dejaron de
moverse. María .había exhalado su último aliento.
Uno solo de los apóstoles no se había hallado presen­
te a tan dulce espectáculo, a causa de la lejanía en que
anunciaba el, verbo de D ios: Santo Tomás. Su desolación
no tenía límites. Acaso veía un castigo de sus pasadas· tar­
danzas en el creer en la tardanza aquella que le había
privado de contemplar, una vez más, a la que thabía sido
Madre bonísima de todos los apóstoles. Y éstos, a quie­
nes la tradición nos representa haciendo guardia por es­
pacio de tres días al sepulcro de la Virgen, recreados de
continuo por cantos misteriosos que sólo de gargantas an­
gelicales podían proceder, se compadecieron de la abru­
madora tristeza de su compañero de apostolado. Y fue
cuando Pedro·, también enternecido, dispuso que ¡se abriese
- 111 -

la tumba que guardaba los restos preciosos para que San­


to Tomás tuviese el consuelo de contemplar por última
vez el rostro1 virginal de la Madre de Dios. Mas, i oh !
prodigio del Omnipotente! ¡ L a Virgen no estaba a llí! Allí
estaba sólo el niveo sudario efundiendo un suavísimo olor
que .embargaba los sentidos y ponía fuera de sí a los co­
razones, haciéndoles saborear el divino misterio que allí
se había realizado. Los ángeles habían descendido en com­
pañía de Jesús para escoltar a la Virgen, resucitada en
su carne mortal, y hacerle cortejo de honor en su glorio­
sa asunción <a los cielos : dssumpta est Mario, in caélum!
¡ O h! ¡ Quién la hubiese visto subir a la gloria, sirvién­
dole de escabel los ángeles, y apoyada en su H ijo Jesús!'
¡Cómo hubiese exclamado· -con el inspiradísimo autor del
Cantar 4 e los Cantares: Quién es ésta que asciende del
desierto, rebosando en delicias y apoyada en su amor?”
¡ Cómo harían ¿suya esa frase los serafines, apresurándose
a rendirle homenaje y maravillándose de ver surgir de
la tierra, de entre nosotros, una Rosa como aquella Rosa,
que, según la galana frase de mi glorioso .hermano San­
to Tomás de Villanueva, no tenía semejante en los pen­
siles celestes: cui in foto Dei coele'sti iriridario· similis'
non eM alia! (i). ¡ Y qué Magníficat eucarístico el que en­
tonaría la Virgen a su entrada en los cielos, ya .unida par
siempre a su Jesús! ¡Oué éxtasis el suyo, al inmergirse
en la beatitud imperecedera, y sentirse penetrada por to­
das partes del amor beatífico de Dios, engolfada en el pié­
lago infinito· de la dulcedumbre de Dios; y, como el hie­
rro, poniéndose al rojo, parece perder su naturaleza y
transformarse todo en fuego, poniéndose toda ella divina
y pareciendo transformarse en Di o s!
Después de esto, ¿qué os puedo yo decir que engran­
dezca la Asunción de M aría? L a recepción grandiosa que·

(i) In Assumptíonem, 'concio TI, § §.


— 112 -

hizo Salomón a Detsabé, su madre, sallándole al encuen­


tro, adorándola y sentándola en un trono a la derecha
■del suyo; 5a entra-da gloriosa de Judit en. Betulia, entre
las entusiastas aclamaciones de su pueblo, vitoreándola
por el triunfo que con 'su hermosura y su heroísmo ha­
bía sabido conseguir sobre los implacables enemigos de
su patria; el rapto del -Profeta Elias al paraíso, en una ca­
rroza de ¡fuego, carroza de íuego que, al decir de muchos
■exégetas, no era otra cosa que una fulgidísima pléyade
de ángeles que le arrebataron de súbito ihacia las alturas;
■el Arca de la Alianza entrando procesionalmente y con
gran pompa de cantos y de músicas, en la ciudad de Da­
vid, y siendo puesta in loco suo, in medio tab'ernáculi, en
el lugar que le correspondía en medio del tabernáculo, to­
dos estos magníficos hechos y algunos otros que se po­
drían entresacar de las páginas bíblicas, no son más que
•desvaídas figuras y palidísimos símbolos de la entrada
triunfal de María en los cielos y de su coronación como
Reina y Señora de todo lo creado.
Y o no ‘hallo nada con qué ponderar dignamente la apo­
teosis de María el día de -su Asunción gloriosa, y sólo
se me ocurre pensar que en esa apoteosis estupenda se­
ría como la vio el iAjguila de Patmos, cuando nos la des­
cribía vestida del sol, con la luna de alfombra a sus pies,
y en la frente una corona de doce estrellas. ¡ Quién pue­
de ni siquiera imaginar la gloria a que fué exaltada Ma­
ría, <al entrar en» los cielos, entre músicas arrobadoras
de ángeles que se abismaban en su hermosura y apo­
yada en su Am or!
Porque la gloria a que fué encumbrada la Virgen es
una gloria plena, colmada, perfectísima. Verdad que los
bienaventurados gozan también de una gloria plena, pero
sólo en el sentido de que ¡nada desean que ampliamente no
disfruten, no en el sentido de que no pudiesen disfrutar de
mayor dicha si hubiesen sido de más perfecta santidad. Sólo
- 113 —

María no -pudo ser m is santa, *m más p u ra; sólo María ago­


tó la fuerza fructificadora de la gracia divina иг un ser
creado, rayando en «1 ápice mismo de la perfección, y,
por consiguiente, sólo ella goza de la. gloria en la mayor
cantidad posible en una criatura. Dios, con ser Dios, no
pudiera crear un ser superior a María. A los ángeles pu­
diera Dios haberlos enriquecido con muchos más dones,
para aumentarles mucho más su gloria, Pero a María no
pudo hacerla ni más pura, -ni más bella, ni más santa,
y por ende, tampoco ¡puede hacerla ni más bienaventura­
da, ni más gloriosa. Los santos sobresalieron en esta o
en aquella virtud, y por eso nosotros distinguimos muy
bien. entre la constancia de los confesores y el heroísmo
de los mártires y la pureza de las vírgenes; pero María
sobresalió en todo género de virtudes, encarnando el ideal
de cada una de ellas. E n -cada santo abundaba esta o
aquella gracia. En María abundaban todas. L o que es
respecto de los astros, el sol con -su brillo, que los eclip­
sa y oscurece, lo es. María con su santidad, respecto de
todos los santos: a todos loe excede y los supera. Y por
eso los disfrutes de su gloria tienen que ser inconmen­
surablemente superiores a los de todos los santos y to­
dos los ángeles juntos. Y por eso la Iglesia nos invita
a regocijarnos en este triu-nfo de María, que es nuestra
Madre: G(tudcamus wnnes ш Dómino...
Porque en María no fué glorificada solamente M aría:
fuimos.glorificados nosotros mismos, pues María era her­
mana nuestra, descendía como nosotros de Adán, sentía
correr por sus venas nuestra propia sangre. María era sen­
cillamente una mujer, y no una mujer de esas de ostento­
so nacimiento y de escandalosa riqueza que se llevan en
pos de sí las miradas de la muchedumbre. Aunque oriunda
de reyes, ya hacía siglos que b u s mayores habían sido
destronados y la tradición de realeza apenas si se con­
servaba en la familia. María era una hija del pueblo. Sus
Тома I I o
— 114 —

contemporáneos no paraban mientes en aquella judía hu­


milde que pasaba a su lado modesta y recatada. ¿Cómo
habían de fijarse en aquella -pobre mujer para quien en
Belén se -cerraban, desdeñosas, las puertas de las hoste­
rías, y en quien se llegó a contemplar, en días infaus­
tos, a la desventurada madre de un impostor? Nunca
había figurado entre las damas nobles de Jerusalén; nun­
ca se la había visto -por los salones aristocráticos, nunca
había llevado en pos de si cortejo de servidumbre. Mo­
raba, no en suntuoso palacio, sino en mísera choza. Era
la esposa de un menestral, de un obrero. E ra, en fin, una
humilde artesana. Cierto que la visitaban los ángeles, que
vivía en unión íntima con D io s, gozando a menudo, en
la tierra, de las- dichas del cielo; pero todo esto no se
veía; pasaba, secreto, en el interior de un oscuro hogar.
María, repito, era una simple mujer de nuestra carne y
de nuestra sangre. Y habiéndose remontado tan alta
por sus méritos, por su docilidad a los impulsos de la gra­
cia divina, glorificándose a sí misma y glorificando a nues­
tra naturaleza, ¿no habíamos de abrir nuestro corazón
al júbilo y al regocijo en este día de su Asunción glo­
riosa?
Porque fué desde aquel día cuando la Virgen comen­
zó a ser en el mundo glorificada. Bien que ya en vida le
rindiesen homenaje cuantas la observaban de cerca, por­
que no podían menos de rastrear algo de divino en su
belleza, en su dulzura y en su bondad; pero la verdadera
hora de imponerse su culto a los hombres, fué la en que
se hizo patente su mirífica asunción a los cielos. Desde
aquel instante pudo ya columbrarse al través de lo por­
venir la magnificencia y la universalidad de este culto
amoroso que hoy se le consagra en todos los países del
mundo, hasta en los más remotos confines de la tierra. Y
desde luego es de suponer que la cristianidad naciente
comenzase ya a festejar el aniversario de la Asunción,
- 115 -

que, poco a poco, se transformaría en esta solemnidad,


cuyo origen antiquísimo, como el de casi todas las gran­
des instituciones, se pierde en las profundidades de los
tiempos, a la manera que se pierden en tas profundides
de la tierra las Taíces gigantescas de nuestros robles secu­
lares.
Sí, regocijémonos todos en el Señor por el glorioso
triunfo de María, que es también triunfo nuestro y glo­
rificación positiva de nuestra ñaca naturaleza. Regocijé­
monos, que María triunfando, nos enseña a nosotros a
triunfar, pues somos de su prosapia y de su estirpe. Por-
>que ha de tenerse muy en. cuenta que María fué consti-
'■tuída en su plenitud de gloría, no por haber sido Madre de
^Jesús, sino por haber sabido ser esclava del Señor, esto es,
l por haber correspondido a la gracia divina con plenitud
de correspondencia. Mi gran Padre San Agustín establece
categóricamente esa doctrina cuando afirma que lo que
magnificó Dios en la Virgen fué el hacer su divina vo­
luntad, no el que en ella se hubiese hecho carne el Verbo
divino: koc in ea magnificamt Dóminus quia fecit volun-
tatem Patrls··., non quia in illa Vcrbum caro factuni
est (i).
Y el mismo Jesús viene en apoyo de esta doctrina. ¿N o
recordáis lo que replicó a aquella buena mujer que, al
verle pasar un día comenzó a saludarle entusiasmada, cla­
mando de en medio de la turba: “ ¡Dichoso el vientre que
te llevó en su seno! ¡Dichosos los pechos que te ama­
mantaron \” “ Oidlo bien: “ pero más dichosos loa que oyen
y practican la palabra de Dios.”
Sí, la Asunción fué un triunfo y triunfo definitivo de
-vfaria, y el triunfo no se concibe sin la lucha, sin difi­
cultades que vencer, sin contradicciones que superar. Lo
grande del triunfo es siempre correlativo de lo heroico

(0 In Joannís Evangelium,—Tractatus X - 3.
- 116 -

del combate. No se puede vencer con gloría cuando no se


combate con /heroísmo. Hay golpes rudos en la vida que
hieren directamente en el alma, haciendo sangrar, callado,
al corazón. De estas golpes rudos de la vida fué la exis­
tencia de -la Virgen una cadena continuada. Pensad en la
huida a Egipto en la plenitud tenebrosa de aciaga noche
en las inmolaciones incruentas cabe el madero de la Cruz;
en los veintitantos años de nostalgia profunda suspirando
por su Hijo, teniendo que vivir tanto tiempo, de E l ale­
jada, ella que no le había -podido abandonar ni aun en
el instante supremo de su agonía desgarradora. ¿Quién
tanto pudiera penar? Nadie: sólo ella pudo sobrevivir a
tan terribles holocaustos, ¡sencillamente porque su vida
constituía una necesidad de la entonces incipiente Iglesia,
que por eso hoy la invoca con el título de Reina de los
mártires: Regina martyrum.
No lo dudemos; la Asunción de M aría fué una con­
quista de sus virtudes. ¡ Qué fuente de estímulos hacía el
bien debía hacer brotar en nosotros esta sola considera*
ción! M aría triunfó. ¿Por qué -nosotros- no habíamos de
triunfar? María entró por sus ipropios méritos en el dis­
frute .pleno de la gloría, sentándose a la diestra de su
Hijo, radiante, como E l, de belleza, de majestad y de
poder. ¿ Por qué no habíamos de entrar nosotros ? La con­
quista del cielo no es ninguna cosa inasequible. L a gra­
cia de Dios no nos falta. ¿Respondemos a ella, como
respondió María --el día de la Anunciación? E n nuestra
vida 'podríamos registrar sinnúmero de anunciaciones.
Cada vez que 'la gracia divina nos -inspira un acto bueno,
cada vez que sentimos dentro de nosotros mismos alguna
sugestión santa -de romper con aquella pasión avasalla­
dora, con aquel vergonzoso pecado, recibimos, como Me-
ría, -un mensajero de la voluntad del Señor, ¿Contestamos
como ella: fiat mihi secundtim verbum tuum, hágase en
mí según tu palabra ?
— 117 —

Im itém osla a ella, y com o en ella, se re alizará en nos­


otros aquello de San P ablo : gloria et honor et pax onmi
operonti bonum, paz y hon-or y gloría p ara todo el que
obrare el bien. N o so tro s, que estam os llam ados a -triun­
far como M aría, com o M a ría estam os asim ism o llam ados
a luchar. N o nos intim iden, pues, las batallas del v iv ir.
E s de pusilánimes el q u ejarse, com o solem os, a los p ri­
meros m anotazos de la adversidad, diciendo que Dios, nos
ha abandonado. A' los que abandona Dios es a los que no
saben com batir. Cuando un b ravo gen eral tiene que lib rar
alguna gran batalla, jam ás deja estando de cu artel a los
soldados valientes. T o d o lo co n trario , los pone en los p un­
tos de más riesgo, porque sabe que 'd errocharán heroísm o
y b ra v u ra ; porque sabe que aunque cayesen heridos, h a­
brían de levantarse y n o ced er, h a sta conseguir él triu n ­
fo. Y Dios es ese general. Si nos pone en puntos arduos
de Ja liza, donde h ay m ucho que com b atir, no nos la­
mentemos de ello. F elicitém osle m ás bien y com batam os
puestas siem pre n u estras m iras en el triu n fo definitivo,
A la gloria no se va en volandas. H a y que lu ch ar y -ven­
cer, antes de recibir los honores del triu n fo .
E sto de los ¡honores del triu n fo tiene un sentido h istó ­
rico que nos viene aquí de perlas. L o s rom anos, aquellos
bravos rom anos que d ejaro n para siem pre estam pada la
huella de su paso de h ierro sobre las espaldas de cien na­
ciones, no a todos los victoriosos gen erales concedían los
honores del triu n fo , haciéndoles subir al Capitolio, co ­
ronados de laureles y to m ar asiento al lado de los dioses,
sino sólo a los que hacían frente a los Aníbales que ponían
en inminente peligro la existen cia de R o m a . L o s g rito s
de triu nfo de las m uchedum bres sólo estallaban en loor
de los verd ad eros salvadores de la p a tria . Q u iero d écir
&OH esto que no h ay que am ilan arse ni re tro ce d e r ante lo
recio de la vida. M a ría no retro ced ió ni ante la s n eg ru ras
del destierro, ni ante las inm olaciones del C alvario.
- 1JS -

La tradición nos representa los caminos y los desier­


tos por donde María cruzaba en dirección a -Egipto, sin­
tiéndose -estremecidos por plétora de fecundidad que los
vestía de césped y los esmaltaba de flores que recreaban a
la joven desterrada con la galanura de sus matices y con
la fragancia de sus aromas. ¡ Ah, si nosotros la imitásemos
bien en ser leales a la gracia divina! ] Cómo los caminos
de destierro que tenemos que recorrer por este valle de
lágrimas se mulleran de tupido césped y se cuajaran de
olorosas flores!
Pidámoselo así a ella con todo el fervor de nuestra alma
en este día de su gloriosa Aísunción. Cuando Elíseo vió
al profeta Elias ser arrebatado hacia lo alto en un carro
de fuego, clamaba a grandes voces: /patcr mi, pater mi!
¡padre mío, padre mío! Y el profeta, conmovido, le dejó
su manto, con que Elíseo pudo a pie enjuto cruzar el Jo r'
dan. En la mirífica Asunción de la Virgen a los cíelos,
clamemos nosotros fervorosamente; ¡M adre mía! ¡M a­
dre mía! Y 110 lo dudemos: nos tenderá su manto para
que con él podamos cruzar, inmunes al naufragio, е Г tor­
mentoso océano del mundo.
Pidámosle sobre todo —y es la petición más propia en
el día de la Asunción— una santa muerte que se asemeje,
siquiera sea con semejanza remota, a su gloriosísimo trán­
sito a íos cielos. ¡ Suele conceder M aría tan buena m u e rte
a sus fervorosos amadores! Oid la de uno de ellos, tal
cual me pareció contemplarla en un cuadro del Louvre,
en París. E l Giotto, una de tantas veces en que se sintió
celestemente inspirado, cogió sus pinceles y nos trazó aquel
lienzo .bellísimo. Representa la muerte del Abad de Ga-
raval, del "orador del cielo1', corno en su tiempo· 'le lla­
maban por la elocuencia toda celestial que de sus labios
fluía. E l Santo, tendido sobre camilla humilde, parece re­
posar deliciosamente, 'En su rostro demacrado por la pe­
nitencia, vaga una plácida serenidad que tiene algo de
- 119 -

sonrisa. La boca quiere romper a hablar para exponer al­


gún versículo de los Cánticos a sus monjes, que desfilan
irnos tras otros, .besándole las manos al santo muerto, en
tanto sollozan, más bien que rezan, un salmo de -eterno
adiós. ¡ Oh, la suave envidia que sentí en lo íntimo de mí
ser, contemplando por espacio de casi itna hora aquella
obra maestra del G iotto! ¡ Oh, quien pudiera mohr como
San Bernardo!...
Y lo cierto es, queridos compoblanos míos, que poco más
o menos como San Bernardo podemos morir, si como; él
■sabemos amar a María. 'Amémosla con toda la fuerza
amante de nuestro corazón, como la amaban nuestros ma­
yores, como la amaban aún nuestros padres, que no .podían,
sin sentir una conmoción embriagadora, entrar en la Igle­
sia dei Otero, la ví&pera de esta fiesta, y arrodillarse, en
aquel suelo húmedo, húmedo más que por las condiciones
del sitio, .por las lágrimas- de ternura que sobre él habían
vertido nuestros antepasados. ¡ Qué emoción la de nuestros
padres, al ver salir del templo a la San tina para hacer la
visita anual a su pueblo! ¡ Cómo recuerdo las veces que de
niño los vi llorar con aquel lloro que entonces no compren­
día, y que ahora parece que cae, hilo a hilo, sobre ¡mi co­
razón, haciéndome añorar aquella hermosa fe y llenándome
de nostalgia profunda! ¡O h queridos compoblanos míos:
haced que reviva aquella fe ! ¡Haced que se renueve aquel
amor entrañable a la Santma del O tero! ¡ Que no, hasta el
vivísimo sentimiento religioso que nos legaron nuestros pa­
dres, tengamos que lamentar "la aldea perdida” ! iPerdo^
nadme que os entristezca con esta nota final: es que os amo
con aquel amor ardentísimo que impulsaba a mi gran P a ­
dre San Agustín a no querer salvarse sin sus amados hi-
poíienses; que llevaba a San Pablo a desear ser anate­
ma por el bien de sus hermanos; que enardecía a Moisés
hasta el punto de decirle a Dios que ó perdonaba a los hi­
jos de Israel, o le borraba a él mismo del libro de ía vida.
— 120 —

E s que ansio qtie el grito de 'júbilo gaudeamus omnes i>i


Dámino, regocijémonos todos, -en el Señor, que entonamos
hoy en la tierra, lo podamos entonar un día todos juntos en
al cielo.
E s que yo quisiera que a partir de este sermón comenza­
se en la historia de vuestra vida un capítulo nuevo, el -más
hermoso, el más- radiante, el que historiase vuestros más
honrosos hechos, vuestras más cristianas miras y vuestras
más loables virtudes. Sed 'buenos, sed religiosos, vivid uni­
dos en espíritu con él buen Pastor que os ha dado el cielo, y
que tan ‘bellas artes despliega para manteneros en paz y
en santa armonía, >a pesar de las divergencias cuotidia­
nas con que tropezamos unos con otros en· los recodos y
en las angosturas del vivir. Sabeos amar los unos a los
otros con un amor entrañable y ardiente que pase antes
potr el corazón de la Santina del Otero y prenda lttegu
en vuestras almas con llama purísima e inextinguible. Así-
se realizarán los -anhelos de la Santina, los anhelos de
vuestro celoso Pastor y los anhelos de este vuestro com­
poblano y predicador indigno, qué os desea todas las ven­
turas de esta vida y todas las dichas de la eterni­
dad. Amén...
EL INMACULADO CORAZON DE MARIA
V SU AMOR A LOS HOMBRES

SERMON
PRONUNCIADO EN L A C A TED R A L D E M ADRID5
E L 12 DE JUNIO DE 1 9 2 1 ,
EN LA SOLEMNIDAD DE L A A RC H ¡C O FRA D IA
DEL INMACULADO CORAZON DE M ARIA
De bOno íkesawo coráis sui
proferí boimm.
Del rico tesoro de su corazón
brota el bien.
Evangelio S. Lucas, 6-45.

D evotos A r ch i co frad es d el I n m acu lad o C orazó n


j >e M a r ía : ;

H e r m a n o s m ío s e n N uestro S eño r J e s u c r is t o :

Si las diversas situaciones de ánimo pudieran reflejarse


en las palabras y en las ideas, como se reflejan en la
placa fotográfica las diversas actitudes del cuerpo, y-o ten­
go la seguridad de que -os -haría ver de modo palpable
que mi actual situación.es muy .parecida a la en que se ha­
llaba San Bernardo cuando, no recuerdo en cuál de sus
melifluos sermones, profería estas o análogas palabras:
no hay nada que inunde mí pecho de tanto júbilo y que,
al mismo tiempo, sobrecoja mi espíritu de tanto temor,
como tener que hablar en público de María.
Y esos sentimientos de júbilo y de te m o r arrecian en
este instante, al considerar que el publico, a quien dirijo
mi humilde palabra, es la Archicof radía de Inmaculado
Corazón de María, que ya, desde mediados de la pasada
centuria, comenzó a florecer, exuberante, en la corte es­
pañola, bajo los auspicios de la misma Casa Regia, es­
timulada a ello por aquel gran siervo de Dios que se au­
reoló de inmortalidad en nuestra patria con el sencillo
nombre de "el P. Claret” , el insigne fundador de las Misio-
— 124 -

ñeros del Inmaculado Corazón de María, que son de ayer,


como quien dice, y llenan ya el mundo con el ruido de
gloria de sus apostolizaciones, de sus· saberes y de sus
virtudes.
Sí, Hermanos míos: el júbilo de mi alma es inmenso:
voy a hablaros de mi Madre y de vuestra Madre, del
corazón ardiente con que nos ama, corazón que es para
nosotros tesoro inagotable de bienes, pues sólo el bien
puede dimanar de tal tesoro, siéndole perfectamente apli­
cables aquellas palabras de San Lucas: de bono thesauro
coráis sui proferí bomtní, del rico tesoro de su corazón
brota el. bien., Pero a4 mismo tiempo·, mi espíritu tiembla,
porque sabe que mis ideas no ¡han de rayar. a la altura
del excelso asunto de que voy a hablaros, y porque mis
palabras han de ser harto inestétícas e incoloras para te­
jer el entusiasta panegírico con que, el último- día de
vuestra solemnísima novena, quisierais ver glorificado el
Inmaculado Corazón de María. Me alegro y me inundo
de júbilo porque es gratísimo al alma hablar de una 'Ma­
dre que es toda ternura.' amor, sentimiento generoso que
rebosa por doquiera de siv corazón, como rebosa el agua
cristalina del ancha copa de mármol de una cascada; y
temo y me lleno de inquietud, porque el córazón de una
madre, y de una madre como María, creo que no podría
ensalzarse con el idioma de los ángeles, j cuánto menos con
el idioma de los hombres!
Vosotros, ¿sabéis lo· que es una madre respecto de sus
hijos? Una madre es toda corazón. La ternura más sua­
ve impregna todas sus palabras y todas sus acciones. Sue­
ña, y el objeto de sus sueños son siempre los pedazos
de sus entrañas:. Se inquieta, y la causa de sus inquietu­
des-es siempre elporvenir de sus hijos. Llora, y su llan­
to cae siempre hilo a hilo sobre los vastagos de su amor.
Y el amor 'e s la constante atmósfera en que vive y el
único ambiente que respira y alienta, y el único móvil
- 125 —

de sus penas y de sus alegrías, de sus sonrisas y de sus


lágrimas. En el mundo 'no hay nadie que nos ame con .tan­
ta intensidad y con tanto calor como esas amantes criaturas
que nos llevaron en su seno, durante nueve meses, forman­
do nuestro ser,con la misma substancia de su ser. Quien
se imagine más amado por cualquiera otra criatura que
por su propia madre, de seguro se engaña. Cierto que hay
amores vehementes, ardorosos, que semejan verdaderos
incendios, verdaderos volcanes en ignición; pero pasa la
racha de interés pasional que los había atizado, y aquellos
amores desmayan·, languidecen, se extinguen: a veces, ni
el rescoldo queda siquiera, y a veces, también truécanse
en rencor inexorable jque nunca perdona y que persigue
hasta la misma tu-mba.
Sólo el amor de madre no obedece a interés ninguno,
sino que brota natural y espontáneo del corazón, como
brotan las yemas del jugo de los árboles, coni;> brota
el perfume de los cálices de las flores. Por eso todas las
manifestaciones del amor de una madre son benditas, san­
tas, prodigiosas. A l estallar sobre la frente de los hijos
el beso de una madre, suena siempre a eco de regalada
música. Si están alegres, aquel beso diríase que les abre
a lo lejos un horizonte de felicidad; si tristes, les filtra
en el espíritu como gotas de bálsamo consolador; si eno­
jados, les auyenta. y disipa todos los enojos, como ahuyenta
y disipa la aurora las nieblas matutinas. Y cuando el
hijo se halla próximo a rodar hasta el abismo, porque el
frío acero de la desilusión le ha apuñalado en lo más vivo
del alma y porque los rudos desengaños del vivir han
marchitado en flor -sus ensueños de grandeza y sus espe­
ranzas de ventura, el amor, ti abnegado amor de :l-a madre,
rompiendo en abrazos y en lágrimas y en suspiros, aparta
al hijo querido del borde de la perdición, y viene a ser
para él lo que es el cable para el náufrago, ya pronto a
- 126 -

sumergirse en !o profundo del mar, y ser vil despojo de


las olas. ¡Amor bendito, amor santo, amor prodigioso!
Y si todo esto hay que decir — y aún creo que no he
dicho nada— de la madre que nos engendró a la vida
del cuerpo, a la vida del mundo, ¿qué habrá que decir
de la Madre que nos engendra a la vida del espíritu, a
la vida dél cielo? '
N e scHbmn vanum, duc, pía Virgo, trtan-um, para que
no escriba cosas vanas, guía tú mi mano, ¡ oh piadosa V ir­
gen! solían escribir -en los prólogos de sus librosi algunos
escritores medioevales. Pues bien, para que mi lengua,
al hablar hoy de tu Inmaculado Corazón, no profiera sino
cosas augustas y muy altas, dígnate, ¡oh Virgen Santísi­
ma! guiar mí pensamiento y ungir mis labios. Y a lo ves:
voy a hablar de tu Inmaculado Corazón ante un auditorio
que te ama con toda su alma, y que, para manifestártelo,
ha dispuesto estos suntuosos cultos en que con tanta pom­
pa se te enaltece y magnifica. Y o quisiera hacerles sentir el
amor inmenso de tu Inmaculado Corazón a los hombres; y
la pequenez de mi ingenio y la nada de mi saber, no me
sugieren cosa ninguna digna de la proceridad del tema. A
tu inspiración divina ’encomiendo mi pensamiento y mi pa­
labra. Sublímalos hasta tí, y fecúndalos en ideas generosas
que no desdigan de tu amor, y .hazlos caer, como una llu­
via de santo rocío, sobre estos corazones para que cada
día te quieran con más intensidad e incesantemente te ala­
ben y bendigan. Ave María.
- 127

D e botw ihesauro coráis, ¿ni, etc,.

D evotos A r c h ic o f r a d e s d e l C o íia z ó n de M a r ía :.

H e r m a n o s m ío s en N u estro S eñor J e s u c r is t o :

No ciertamente porque yo pretenda habéroslo diclio en


las pálidas frases que acabáis de oir, sino más bien por­
que la habéis gustado y sentido, ya sabéis la fuerza amo­
rosa del corazón de una madre. Calculad ahora la fuerza
amorosa del corazón de María para con su H ijo Jesús, con­
siderado como Dios. Mientras vivió en la tierra, como ella·
sabía muy bien las predilecciones de que había sido ob­
jeto, por parte del Altísimo, le amó con amor tal, que,
fundidos todos los amores de los sant>r( no podrían com­
pararse con un solo acto amoroso de María, El-cofazón
de esta Mujer era una brasa de amor que le derreiía,
como blanda cera, todo su espíritu. Más que en este mun­
do su alma vivía en el cielo, contemplando visiblemente a
Dios y anegándose en aquel océano dé bienandanzas sin
límites. A excepción del Verbo hfcho hombre, radie de
cuantos han peregrinado y habrán de peregrinar- oor esta
vida ha tenido ni tendrá más pleno cono'dmieníü vie Dios,
y, por tanto, nadie, excepto Jesfo, ha. pujido m podrá
amarle con amor tan apasionado y ardiente. ¡Oh, que lo
simbolizó muy bien la Esposa de ios Cantares, al decir
que era tanto su amor que ¡poníala tütaimeríle■■■fuera de sí,
haciéndela desmayar en inefables deliquios de ternura!
Y a veis "qué amor tan estuoso, qi;¿ amor tan divino. .
Pues con ese mismo amor es con el que ríos ha amado y
nos ama a nosotros. La imagen de Dios que día, ve me­
jor que nadie reverberar en nuestro espíritut ?.íra<; ¿obre
nosotros sus miradas y sus complacencias, y i;o podemos-
menos de interesarla vivamente en lo más tierno de su
corazón. Además, ella ve *a ¡Dios amarnos con aquel; amor
infinito que le forzó a enviarnos a su Unigénito a inmo­
larse en una cruz por nosotros, y la razón de ese amor
la impulsa a ella a amarn-os con toda su ternura; porque
hacia donde .se incline el corazón de Dios, hacia allí ha­
brá de inclinarse el corazón -de María. ¡ Qué consuel-o más
grande para nosotros saber que el amor que nos tiene Ma­
ría es el amor que tiene al mismo D io s!
Hay otra razón que nos impele a formar concepto al­
tísimo del amor con que María nos ama, y es la que re­
sulta de considerar eL ;amor -con que amaba al Fruto ben­
dito d-e su vientre, no ya por lo que tenía de Dios, sino
por lo que tenía de hambre. La divinidad y la humanidad
eran inseparables en la . persona de Jesús, formaban un
sólo y único, ser; y María le amaba todo El con el mismo
amor, sin establecer distinción de ningún género en lo que
ella veía constituir conjuntamente, hipostáticamente, el
Hijo de sus entrañas. De suerte que María amaba lo que
en su H ijo había de hombre .con la misma vehemencia
amorosa con que amaba lo que en El había de D ios: con
un amor uno, indivisible y entero.
Ahora bien, tocante a lo que en Jesús había de hombre,
nosotros le somos -iguales, como que El mismo se compla­
cía en llamarnos sus hermanos, más aún, miembros mís­
ticos de su mismor cuerpo, diciendo que El vivía en nos­
otros y nosotros en, El, como si fuéramos una sola y úni­
ca substancia. ¿N o os acordáis de aquel dulcísimo -ruego
que hizo cierto día al Padre?: “ Padre justo: como Tú en
Mí y Y o en Tí, que también sean ellos una cosa en nos­
otros, para que con el amor con que me has amado a mí, los
ames a ellos, como yo también los amo” (i). De suerte

(i) De varios versículos del capítulo 'X V II -del: Evangelio


-de San Juan. .
- 129 —

•¡que el amor maternal de María a los hambres es el mis­


mo que tiene a Jesús. De modo que las ternísimas efu­
siones de cariño en que se deshacía, al contemplar a su
Hijo en este mundo, y las inefables delicias de amor que
la arrebatan de felicidad, al contemplarle en el cielo, -obede­
cían y obedecen a la misma llamarada afectiva con que,
al amar a Jesús, nos ama también· a cuantos en E l convi­
vimos y somos,
Y por si todo esto no bastara para convencernos de que
María nos ama con un amor ardentísimo, cómo ni Muestra
i antasí a lo puede imaginar, oíd una observación- que pesa­
rá -de seguro en vuestra inteligencia más que cuantas razo­
nes pudiéramos aducir. ¿ Sabéis el momento en que María
quedó constituida oficialmente — permitidme el adverbio—
en Madre nuestra, y, por tanto, el instante en que comenzó
a profesamos el verdadero amor con que había amado siem­
pre a su Hijo? 'Oídlo bien: fué en el momento de más pa­
tética solemnidad del drama sublime del Calvario, en la
plena agonía de un Dios que se inmolaba por los pecados
del mundo. El tremendo y fatal desenlace estaba ya muy
próximo. María no se había apartado de junto a la Cruz.
Allí se había mantenido' en pie, pasando la raya del más
sobrehumano heroísmo, durante toda la -terrible faena de
la crucifixión. Verdad que estaba llorosa, tristísima, desga­
rrada ; pero firme y resuelta al mismo tiempo, apurando las
heces todas de la amargura. Ni un sólo instante había des­
viado su vista de aquella Víctima inocente que, con .los
brazos abiertos y extendidos, como para estrechar a loe
crucifica do res, pendía del madero infame, chorreando san­
gre de las múltiples heridas con que habían desgarrado su
cuerpo. María jamás se había sentido tan madre de su H ijo
como en aquélla espantosa coyuntura. La inmensidad de su
martirio actuando, como de huracán, sobre la hoguera
amorosa que ardía en su corazón, acreció tanto sus llamas,
imprimiéndoles tal actividad y viveza, que aquella Madre
Tom o II 9
— 130 —

desam parada llevó su am o r a Je s ú s h a sta las mismas lindes


de lo infinito.
Y Jesús, que hasta entonces parecía 110 haberse percatado
siquiera de que su Madre estaba asistiendo a la tragedia
redentora, fija de improviso sus pupilas en ella, y, con ex­
presión de blandísimo imperio, la dice indicándole al Dis­
cípulo Amado: “ Mujer, he ahí a tu hijo’'. Que fué como
decirle: he estado esperando con verdadera ansia que llega­
ras a amarme con el amor más intenso posible en tu cora ­
zón privilegiadísimo, y ahora que ya no puedes amarme
más, ahora que tus ternuras maternales tocan en el grado
más sublime de efusión, te ruego y te mando que las con­
viertas hacia todos los hombres simbolizados en mi amado
Discípulo. Sí, ámalos con todo el ímpetu y con toda la fo­
gosidad de tu corazón de M adre; que amándolos a ellos,
me amarás -a Mí, que viviré en ellos 'eternamente. ¡ Madre
m ía: que siempre aparezcan a tus >oj os, bañados con. la san­
gre divina que estoy derramando! Quiérelos siempre coma
yo los quiero, que estoy dando por ellos mi vida, y que
no veré satisfecho y tranquila mi corazón hasta no ha­
berles consagrado mi 'último suspiro!
¡ Y que no se apresuraría aquella Mujer a cumplir, a ser­
le hacedero, con creces, el postrer legado de .su H ijo mo­
ribundo, encargándoselo como se lo ¡encargaba, en los mo­
mentos solemnes de evidenciar a los cielos y a la tierra que
moría como un D io s!
Imaginad ahora si el ¡amor con que nos ama el· Inmacu­
lado Corazón de María será ternísimo y grandioso, ha­
biéndonos prohijado .por mandato expreso de Jesús, y
cuando rayaba en su fin el estupendo drama del Gólgota;
31 :se desvelará por querernos y amarnos esa Madre que,
al hender ed pecho de su H ijo la aguda lanza del centurión,
vi ó el Corazón Sacratísimo arder en inextinguible hoguera
de amor a los hombres» atizada por insaciables anhelos de
colmarlos de felicidad. A mí me parece tan evidente este
- 131 -

amor entrañable de María a los hombres, que ni se me al-


eanza siquiera cómo se ha podido llegar a ponerlo en duda.
Nadie mejor que María puede decir de sí misma lo que.
según el Evangelista San Juan, dijo Jesús refiriéndose a
su etern-o Padre: ego qm e plácita sunt ei fació samper,
yo hago siempre todas las cosas que son de su agrado. Y
siendo tan del agrado de Jesús el amor a los hombres que
lo estatuyó como ley fundamental de nuestra Religión, im­
poniendo a sus discípulos este divino precepto: “ qu-e quien
ame a Dios, ame también a su prójimo” , pues “ aquel que
no ama .permanece en· la muerte” ; habiéndose Jesús hecho
hombre por nosotros; habiendo par nosotros nacido pobre
y obscuro, y vivido humilde e ignorado, y muerto finalmen­
te en una cruz, esto es, habiéndonos demostrado hasta la
saciedad que éramos y somos el ídolo constante de su amor,
¿podría su Madre Santísima, sin ofenderle a El, dejar de
amarnos con. toda la exquisita y honda ternura de su In­
maculado Corazón? ¿No sería inferirle una grave injuria
acusarla de apática é indiferente ante lo que constituye el
hito de todas las miras de Dios y el blanco de sus bienque­
rencias y de sus amores ? Sería más que todo eso, sería pi­
sar abiertamente el terreno de la herejía, pues la Virgen,
por fuerza propia de su naturalza, por impulso mismo de
su ser, no tiene más remedio que amar con todas las vehe­
mencias de su corazón de Madre a quienes constituimos,
por decirlo así, los intereses más altos de Dios.
Algunas de las sectas protestantes — pues ya sabéis que
la mal llamada Reforma se ha dividido y subdivid-ido en in­
contables ramificaciones, y que a todas ellas les viene a la
justa medida la frase sonora de un Apóstol: sidera erran-
tta-, quibus procella tembrarum sérvala est in aetenmm, es­
trellas errantes condenadas a girar en tenebrosos vórtices
■eternos— , algunas sectas protestantes, repito, para minar
en su misma base la 'devoción de los pueblos a María, han
forjado la especie de que esa Señora no nos ama, porque
- 132 -

no puede amamos, porque, absorta como está y embebida


en Dios, por necesidad ha de consagrarle a El toda su po­
tencia de amar, sin. que le reste ni un hálito de sentimiento
afectuoso para, los que Vivimos en este valle de lágrimas.
j Ah, si esta doctrina fuese cierta, ya podíamos arro­
jarnos en brazos de la más horrible desesperación todas las
criaturas! Porque sí la eterna felicidad que en el cielo se
goza fuese obstáculo para que María pudiese amamos y
consagramos, a menudo, una memoria y -un pensamiento,
la misma razón existiría para que todos los seres que, acá
abajo nos fueron queridos y que ahora se hallan gozando
de las eternas venturas, viviesen absolutamente olvidados
de nosotros, sin interponer jamás una ¡plegaria en nuestro
favor cerca del trono del Altísimo. El mismo Dios no
podría amamos, porque nadie más absorto que E l en sus
infinitas perfecciones, y, por lo tanto·, las fuentes de la gra­
cia estarían cegadas para este mundo. No recibiríamos
jamás ningún auxilio del cielo, y, ceñidos a utilizar, contra
las tentaciones que por todas partes nos asaltan, las dé­
biles energías de nuestra flaca naturaleza, 110 tendríamos
más remedio que salir derrotados en esa incesante lucha
de la carne contra el espíritu, en ese di oque sordo, pero con
tinuo y abrumador, con que el mal y el bien se acometen,
encarnizados y sin tregua, en las misteriosas soledades del
alma.
Afortunadamente,, no es la gloría, Hermanos míos en
Jesucristo, la mansión del olvido perpetuo. Allí el amor
oon que nos regalaban las criaturas en este mundo, lejos de
extinguirse, purifícase y crece al contacto de los eternos
amores; y de los labios espiritualizados de las almas que­
ridas no puede menos de brotar una oración perenne, in­
tentando recabar de Dios nuestra corona *y nuestro triunfo.
¡ Oh, qué sabrosas palabras trae á este propósito mi gran
Padre San Agustín en el poema de sus Confesiones ! Ha-
bíasele muerto un amigc del alma, y, ¡suponiéndole justa­
— 133 —

mente en el cielo gozando el premio de sus virtudes, se


encomienda a su amistad y te dice a D ios: Señor: yo no
puedo creer de ningún, modo que hasta 'tal punto se halle
embriagado de Ti, que me haya borrado de su memoria,
siendo así que no nos echas en olvido Tú que eres la
misma fuente de su embriaguez, cum tu, Dóyndne, qnem\
potat Ule, nastri sis me mor ¡(i).
No: el gozar de Dios en el cielo no es óbice ninguno
para que María nos ame con todo su flameo corazón.
Todo lo contrario: esos supremos goces estimulan más y
más su amor, haciéndola arder en incalmables ansias de
comunicárnoslos a nosotros. Es axioma filosófico que el
bien tiende a comunicarse y derramarse en derredor; di­
gámoslo con la frase misma de las Escuelas: el bien es
difusivo de sí mismo. Y siendo la felicidad de María un
bien tan infinito, tan inmenso, ¿no había de tender esa
Señora a comunicárnoslo y hacernos participes de él por
eternidad de eternidades? No lo dudéis: los éxtasis de
inefable amor a Dios en que se abisma María en el cielo
de los cielos .son también éxtasis de inefable amor a las
humanas criaturas; porque en Dios todo se convierte,
todo se concentra, todo se unifica, todo se reduce a un
solo y único amor, cifra y compendio de todos los amores.
María, que tan entrañablemente amó a los hombres
mientras peregrinó por este valle de lágrimas, nos ama con
mucho mayor intensidad ahora que vive en las beatífi­
cas moradas del cielo. Ahora conoce y aprecia mejor los
inmortales destinos para que Dios ha creado las almas,
porque las contempla hermoseadas con .la luz de la gloria,
reflejando en su ser la Belleza suma; ve con más clarivi­
dencia el oro infinito que costó a Jesús nuestro rescate de
la esclavitud del pecado; mide en toda su extensión el
abismo de males adonde iioí conduce la culpa; comprende

( 1) Lib. IX , cap. 3-
- 134 -

de acabada guisa los .deberes sacratísimos de Madre que


contrajo en el Gólgota, y, al contemplarnos en este mundo,
rodeados de precipicios, al vernos tan expuestos a resba­
lar 'hacia la perdición, sus entrañas maternales conmue­
ve de ternura hacia nosotros y quisiera comunicarnos la
plenitud de su gracia divina, para que hiciésemos con éxi­
to la peligrosa jornada de este destierro. La aspiración
de su alma sería el comunicársenos ella misma, como
se nos comunica Jesús en e! Sacramento Eucarístico, para
acompañarnos constantemnte en nuestra peregrinación y
endulzarnos las horas amargas del vivir, y ser nuestro
sostén y nuestro apoyo en los instantes de abatimiento; en
suma, para mullirnos y enflorecernos la áspera cuesta del
Calvario por donde habremos de trepar antes de ascender
al Tabor de nuestra dicha, donde se haya de realizar
nuestra anhelada gloriosa transfiguración.
¡ Que no nos ama María porque agota su potencia ama­
dora la belleza infinita de D ios! No amará en nosotros
la belleza deleznable y perecedera que agostan y marchi­
tan los años; no amará nada de cuanto sea en nosotros
pasajero y efímero, por muy deslumbrador y atractivo
que parezca; pero la hermosura del alma que nunca en­
vejece; la imagen y semejanza de Dios que, cuando no
están borradas por el pecado, en nuestra conciencia res­
plandecen y palpitan; lo que es en las criaturas pureza, mo­
destia, 'humildad, abnegación, sacrificio, todo eso no puede
menos de amarlo María, porque, amándolo, no hace más
que amar a Dios, origen y ¡manantial de donde fluyen to­
dos aquellos bienes, como· fluyen del seno de la tierra las
fuentes de las aguas.
Os digo en verdad que no alcanzo a comprender cómo
se ha podido negar el amor de María a los hombres; por­
que es u-n amor que da inmediatamente en los ojos de
todo el que conozca, aunque sólo sea a medias, los fastos
gloriosos de nuestra religión. Las vidas de los santos no
- 135 —

sen muchas veces más que la historia de los favores sin


mimero que el Inmaculado Corazón de María ha dispen­
sado a ciertas almas entregadas de modo especial al ser­
vicio de Dios, para que más fácilmente pudieran escalar
las cimas de la virtud y vivir en este mtmdo como se
vive en los lugares de proscripción y extrañamiento: sus­
pirando incesantemente por las dulzuras de la patria que­
rida. ¿Qué significan la muchedumbre de monumentos
arquitectónicos que la piedad cristiana ha erigido a la
Virgen, no solamente en nuestra España, la tierra clá­
sica de María, sino también en toda la vieja Europa, y
en cuantos pueblos y naciones surgen a un lado y otro
de los Andes? Todos esos santuarios que, desparramados
aquí y allá, salpican la redondez del globo, son las estro­
fas de un gigantesco himno de gratitud cantado en loor
de María por las pasadas generaciones. Cada uno de ellos
tiene su leyenda más o menos maravillosa, cuy-o argumen­
to se reduce .siempre al amor de María a nuestros ante­
pasados. ¡Oh, si a las piedras de'esos santuarios les fuese
concedido el don de la palabra: con qué dulces y sabro­
sas narraciones de prodigios marianos recrearían a un tiem­
po nuestro corazón y nuestra fantasía! ¡ Cuán a las ck-
Tas nos harían ver el raudal de amor a los hombres que
brota y brotará siempre, inagotable, del inmaculado co­
razón de esa Señora! ¡ Y cuán persuadidos quedaríamos
de que, por mucho que en amarla nos des vi viésemos, siem­
pre tendríamos que decirnos con San Pedro Damián: “ sé
muy bien, oh gran Reina, que es imposible venceros en
amor!”
Y o he tratado muchas veces de representarme de una
manera cuasi gráfica la intensidad amorosa del corazón de
María, y jamás he hallado términos hábiles de hacerlo,
porque -no hay símil, ni ejemplo, ni imagen, que puedan
porque no hay símil, ni ejemplo, ni imagen, que puedan
ser reflejo exacto de la grandeza de tanto amor. Pero
— 133 —

siempre se me ha venido a las mientes cierta poesía que


muchos de vosotros habréis 'leído también y que no, por
su corte fantástico, deja como de meternos por el alma
lo que es para un hijo el corazón de -una madre. El ar­
gumento es muy breve. Una joven con entrañas de fiera:
le dice un día a su amante que jamás ¡la lograrán persua­
dir sus manifestaciones amorosas, y que, por consiguiente,
debe renunciar a toda esperanza, mientras no le arranque
a su propia madre el corazón y vaya a ofrecérselo a ella
como prenda de cariño. Y aquel hijo desnaturalizado vuel­
ve al hogar con una tempestad de locura en el alma, cla­
va el acero asesino en las entrañas que le dieron el ser,
desgarra los pechos benditos que le amamantaron, y, ex­
trayendo el maternal corazón, corre a ofrecérselo a ía
pérfida arpía que se lo había exigido. Como estaba cie­
go por la pasión, al trasponer el umbral 'de la casa, tro­
pieza, cae de rostro contra el suelo, y del seno, aun calien­
te del sangrante corazón, sale una voz que le dice: “ ¡hijo!,
¿ te has hecho daño ?”
¿N o es verdad, Hermanos míos, que en esta poesía se
trasluce con asombrosa viveza lo que es el corazón de
una madre para los vastagos de su amor? Pues eso que
es inverosímil, eso que no ha podido suceder más que en
■la fantasía del vate, es lo que a mí me representa de -ma­
nera más aproximada el amorosísimo corazón de María-.
Sí, porque cada vez que perpetramos un pecado mortal,
cada vez que inferimos aína ofensa grave a Dios, desga­
rramos el corazón de María, tesoro del cual dimana para
nosotros todo bien, y ella, lejos de retirarnos su amor,
lo acrece aún en afectuosidad y ternura, y no reparando
más que en el daño -que nos hacemos a nosotros mismos,
nos insta con mil santas inspiraciones para que nos mo­
vamos a arrepentimiento, y nos da acogida en sus entra­
ñas maternales para que nos -sirvan de refugio de sal­
vación.
- 137 -

¡ Y que lejos <k corresponder a tanto amor con todo el


de nuestra alma, aún haya quien se obstina en hundirle
una vez y otra en su Inmaculado Corazón él puñal de la
ofensa contra Jesús!... ¡Bien, hayáis vosotros, Archico-
frades del Inmaculado Corazón de María, que entre la
rica herencia de generosos sentimientos que os han legado
vuestros mayores, contáis ese amor intenso a María, que
sentís arder en vuestras entrañas y que no cambiaríais
— estoy seguro— por todos ios tesoros de la tierra! No
dejéis de avivarlo continuamente para transmitirlo a vues­
tros hijos como la joya más preciada que les pudierais
ofrecer. No dejéis de velar por que la indiferencia reli­
giosa jamás arranque del escudo de vuestra fe ese blasón
nobilísimo de vuestro amor tradicional al Inmaculado Co­
razón de María. María ama apasionadamente a sus ama­
dores, y icón el amor de María nada tendréis que temer
del común enemigo, que, corno león rugiente, según él
clásico símil del Príncipe de los Apóstoles, no se da pun­
to de descanso, buscando a quien devorar. ¿ No veis cómo
los niños nada temen cuando ■se hallan en él regazo de
sus madres, porque las creen sobradamente poderosas para
librarlos de cualquier mal que les pudiera sobrevenir?
Pues la única madre sobradamente poderosa es María.
Procurad manteneros siempre en su dulce regazo. No ab­
diquéis jamás vuestros fervores religiosos. Sed siempre los
guardianes y celadores del culto ferviente al Inmaculado
Corazón de María en esta basílica Catedral. Que aquí,
en las entrañas, por decirlo así, de nuestra nación hispa­
na, aliente siempre el culto al Inmaculado Corazón de Ma­
ría con la fuerza y la reciura con que alientan siempre
la nobleza y la hidalguía en el hispano corazón.
Y ahora, ¡ oh Madre nuestra í, oye esta oración final que
con todo el fervor de mi alma te dirijo. ¡ Que esta venera­
ble Archicof radía que hoy se postra, henchida de fe, ante
tu® altares, y en la cual está representada toda la hidal-
— 138 —

-guía nobleza de la Corte española, sienta cada vez más


santo orgullo de vivir al amparo de tu Inmaculado Cora-
zóü y .bajo la eterna enseña de la Cruz! Archicofradías
como ésta desmienten por sí solas la frase del poeta co­
lorista Teófilo Gautier; “ la España católica está muerta” .
¡N o! No está muerta tu España, Virgen María, ni son
nada imposibles, si tú nos ayudas, nuestro despertar na­
cional y nuestra suspirada ■regeneración, Regenera a tu
España, regenerando a cada uno de los españoles, y sé
tú misma la merced de cuantos de una ti otra manera
hemos contribuido a la magnificencia del espléndido no­
venario que ahora va a finalizar. El poeta irlandés Se-
dulio coronaba un su poema m aria no con este verso am­
bicioso: Tú studii merces esio, María, méi-/, sé Tú mis­
ma el premio de mi poema, oh María! Y nosotros no que­
remos ser menos ambiciosos que el poeta Sedulio. Sé Tú,
Tú misma el premio de nuestro novenario, la merced de
■nuestro filial amor. A'sí sea.
LA SOLEMNIDAD DEL ROSARIO

SERMON PREDICADO
EN EL
TEMPLO PARROQUIAL DE RIBADEO (GALICIA)
AujaílitiiH Ckristiamrum, m u
pro a-obis.
A u x ilio de los Cristiano», rue­
ga por nosotros, '
Invocación añadida a ta teta-
nía por San P ío V.

S e ñ o r e s : Pienso que fuera del todo incorrecto mi pro­


ceder y que refrenaría tiránicamente un ardoroso impul­
so de mi espíritu, sí, al tener el honor de hablar en pú­
blico, por primera vez en esta noble tierra, por tan estre­
cho parentesco unida con la mía, no comen/aje dirigien­
do un saludo efusivo a todo el hidalgo solar de vues­
tros mayores, teatro, ayer, de viriles hazañas, y esce­
na, hoy, de arduas labores de regeneración y. de reflo­
recimiento, donde con tan recia intensidad s= sienten los
anhelos nobilísimos de restaurar io más pronto posible la
antigua grandeza de la madre patria. Si ese efusivo salu­
do no fuese lo primero que expresase mi palabra» como
íué lo primero que, al pisar vuestra playa ribadense, bro­
tó de mi corazón, creo que hasta me zahiriera con enér­
gico apostrofe esa encantadora Ría qu« se tiende entre
mi tierra y vuestra tierra, uniéndolas en amoroso beso fra­
ternal y arrullándolas con el mismo sordo rumor en que
tne imagino oir vibrar como un eco de los comunes gri­
tos de victoria que, gallegos y asturianos, lanzaban al
unisono en los campos de batalla, luchando por los mismo«
ideales, que no eran otros que los de ensanchar más y
mas cada día la pequeña nacionalidad surgida en Cova-
- 142 -

donga, hasta hacerla llegar de mar a mar, del Cantábri­


co hasta el Mediterráneo, y constituir esta nación hispa­
na. gloriosa sobre todas las naciones, esta adorada patria
española, gloriosa sobre todas las patrias.
Salud, pues, hijas hidalgos de Galicia, colaboradores
de los astures en la formación de la patria ibera, difun­
didores de la fe aprendida de labios del mismo Santiago
Apóstol que, tan aguerrido campeón nacional, se destaca
en vuestras peregrinas tradiciones, tendiendo moros a un
lado y otro, al galopar de su caballo blanco y al blandir
de su fulmínea espada. 'Yo amo a Galicia parque es tierra
de leyendas épicas y vivero de patrias glorias donde se
habla el dialecto dulcísimo que escogió para sus Cantigas
el Rey Sabio; yo amo a Galicia por sus grandes hom­
bres de gobierno como Diego Gelmírez, el célebre arzo­
bispo de Compostela, cuya influencia llegó a ser omní­
moda en toda España, hasta el punto de ser considera­
do en su· tiempo como el verdadero rey ; y por sus gran­
des hombres de letras como Feijó que brilló, cual un
faro luminoso, en días infaustos de decadencia patria,
y por sus grandes hombres de guerra como Méndez Nú-
ñez, el marino de más vergüenza y de más honor que
hemos tenido en estos últimos tiempos, y comparable a
los Churrucas, a los Gravinas, a los Menéndez de Avilés y
a los Alvaros de Bazán; yo amo a Galicia por ser la tierra
clásica de las grandes mujeres españolas, de las heroínas
como María Pita, triunfadora de los ingleses que ansiaban
señorearse de la Coruña y a quien el propio Rey Felipe H
confirió el honroso título de Alférez de los tercios españo­
les; de las sabias como Concepción Arenal, a quien citan
con admiración literatos, sociólogos y criminalistas, lo -mis­
mo españoles que extranjeros, y de las poetisas como Rosa­
lía de Castro, alma de ese hermoso reflorecimiento de las
bellas letras galaicas que tan .rica poesía &upo crear y en
la cual vibran tan melancólicos y tan tiernos, tan atra­
— 14'i -

yentes y tan sugestivos, jpdos los acentos· de v u estro co ­


razón, todos Jos anhelos d e v u estra alm a,
Y tanto como por todo .ese lujo de cosas entusiasma-
doras, yo amo a Galicia por sus -campesinos humildes que,,
invictos ante las faenas duras de la vida, a lo largo de la
cual van arroyando el sudor de su frente, germinador
de prosperidad y de riqueza, se han conquistado, dentro y
fuera de España, brillantísima aureola la laboriosidad:
y de 'honradez, y amo a Galicia por sus aldeanas humil­
des, por esas mujeres que agarrándose también al laboreo-
del terruño y viviendo en la casa campesina, saben engen­
drar y criar esa raza de hombres que, de igual modo en
la patria que en la emigración, se complacen en transcen­
der siempre a varones fuertes, robustos, indomables, que,,
al pasar honrando por doquiera a su nostálgica terrina,
honran también y enaltecen el nombre augusto de 'la patria.
Y ahora, cumplido mi deber de cortesía, y satisfecho
el impulso de mi corazón, dignaos prestar atento oído a
¡o que os- haya de decir con relación a la fiesta religiosa
que hoy solemnizáis, que es la instituida por la Iglesia,
en honor del Rosario, a raíz de una gigantesca batalla,
que consolidó para siempre el triunfo de la Cr-uz sobre
la Media Luna, y que fué casi exclusivamente debida a
la intercesión poderosa de María, a quien desde enton­
ces mandó el Pontífice que se aclamase como auxilio
de los cristianos, incluyendo en la letanía lauretana la con­
soladora deprecación que me sirve de lema: Au-xilium
Christimorwn, ora pro nobis, Auxilio! de los cristianos,
ruega por nosotros.
oís de qué.voy a tratar, de ensalzar el Rosario, que­
mas que ensalzado por el verbo deleznable del hombre,
merece ser cantado por el acento de ain ángel y a los
acordes de jm arpa querúbea. Bien me podéis ayudar a
pedir a la Virgen Santísima que ella misma inspire mi
pensamiento y. unja mis labios, para que cuantas ideas
— 144 —

haya de emitir efundan de sí algo celestial, y cuantas


palabras haya de pronunciar, vayan im p r e g n a d a s en per­
fume divino de suerte que mi oración, que forzosamente,
por ser mía, ha de ser pobre y ,desustanciada, os sepa a
manjar regaladísimo que haga paladear a vuestro espí­
ritu dulcedumbres edénicas y resuene en vuestros oídos
como himno vibrante y armonioso en alabanza del Ro­
sario. Saludémosla al efecto con las palabras angélicas,
Ave, María, etc.

AuxiHum Ckisiianoruttt, etc.

H e r m a n o s m íos e n J e s u c r i s t o : corría el ciclo más le­


gendario de los tiempos medioevales. Los cruzados arro­
jábanse presurosos, hacia d. Oriente, ávidos de consagrar
sus aceros sobre la losa del Santo Sepulcro. La famosa
cuestión de las investiduras fallábase a favor de Roma,
gracias a la titánica labor de Inocencio III, aquel genio
grandioso que, sentado en la cumbre del Quirinal, dirigía
-con mirífico acierto las riendas del mundo. El espíritu
caballeresco de la Tabla Redonda adquiría carta de na­
turaleza en los paladines de las Ordenes militares. El mis­
ticismo religioso comenzaba a desbordar en las almas, im­
pregnando hasta el ambiente de férvidos efluvios. Las
treguas de Dios hacían que en las- torres del homenaje
de (todos los señoriales castillos diera al viento sus plie­
gues la bandera de la concordia. ¡Doquiera en la Europa
cristiana sonreía la paz, fecunda de prósperos eventos! Sólo
allá en Jos términos meridionales de nuestra patria enro­
jecían los campos andaluces torrrentes de sangre mora.
- 145 -

Trazábanse ios últimos gloriosas cantos de la gran epo­


peya. nacional que se llama la Reconquista.
Mas be aquí que el Angel rebelde, horriblemente envi­
dioso de tan áureos días, bate sus negras alas recorrien­
do el mundo. Salva los aledaños de Europa y sobre las
montañas donde de armónicos aromas se saturan las bri­
sas, para de pronto su vuelo. Excava después entre las
ruinas morales de ya muertas civilizaciones, da con la
herejía de Manés, que en el siglo tercero, cuando los gen­
tílicos dioses rodaban de todos los altares, turbó los jú­
bilos pantos de la Esposa de Cristo; y rico ya con el fósil
herético, desenterrado de entre la terrible dialéctica del
águila de Hipona, torna, sonriente de triunfo, a los eu­
ropeos horizontes. Por el feraz mediodía de Francia deja
caer el mortífero germen, y no son transcurridos muchos
días, cuando ya el error infesta todos los hogares y le­
vanta patíbulos en muchas conciencias, donde, entre san­
gre del акт., caían ejecutados los dogmas. La fe cris­
tiana parecía estar sentenciada a muerte. La herejía, to­
mando las proporciones de un contagio, encadenaba to­
dos los pueblos a su yugo. Los prelados dan el grito
de alarma. La Francia de Santa Clotilde intenta repri­
mir las heréticas altiveces. Los ¿prosélitos ilusos se orde­
nan en nutrida falange. La guerra estalla y anchos sur­
cos de sangre riegan valles y campiñas.
La Esposa de Dios lloraba tristísima tan sangriento®
espectáculos. Y a hasta un rey católico había sido arre­
batado a la vida en los alrededores del Castillo de Muret,
por su proteccionismo sectario, cuando he aquí que un
hijo de un lu'garejo deÜ riñón de Castilla se arroja a
conjurar tantos males, haciendo que la herejía retome a
su patna arménica o se sepulte para siempre en los an­
tros de la historia.
Veinte veces recorre, apostolizando, el hijo de Casti­
lla, hasta los ínfimos aldeorrios de A Ibí; pero toda su
Тоно II 10
- 146 —

evangélica labor es reducida a la esterilidad más absolu­


ta por la absorbencia de la herejía. En vano maravillo­
sos prodigios abonan sus máximas redentoras; en vano
las llamas de la hoguera dejan ileso un su libro, en tan­
to devoran el del doctor albigense, su contrincante; en
vano, santísimo como era, le sorprendía la mañana ei>
altísima oración para que Dios pusiera un valladar al
herético alud que todo lo asolaba: la herejía campaba por
sus respetos y los corifeos de la secta eran llevados, como
en volandas, por caminos de paílmas y de ¡laureles.
Una noche, 'sintiéndose abrumado de amargura, al ver
lo infructuoso de sus desvelos, retiróse a hacer oración
al santuario de una aldea... Y a de los vecinos huertos
donde empezaban a desarrugar sus .pétalos las flores, sur­
gían aromosos hálitos que, besándose en el ambiente, for­
maban regalado céfiro, que venía a orear los ámbitos de
la ermita. Era el despertar de la luz, cuando las aves
abandonaban sus nidos y, desde las ramas de los árboles,
que el santuario sombreaban, henchían el viento con la
sinfonía de sus cantos. Era el surgir de la naturaleza,
sacudiendo los miembros aletargados durante el reposo
de la noche. Era el preludio de la 'vida, levantándose, como
perezosa, del regazo del sueño. Era ©1 himno de amor
que en rtan pintorescos lugares se elevaba todos los días
en loor de la Reina de aquellos contornos. ¡Doquier aro­
mas y cantares, murmullos y armonías!
Nuestro hombre seguía extático ante el altar, sin que
le turbasen en lo más mínimo los bullicios de la tie­
rra. Su corazón acelerado, rebosando plenitud de vida di­
vina, sentíase cautivo en las concavidades de su ¡pecho. Su
fantasía de ángel remontábase, soñadora, por horizontes
de otros mundos. Hondos suspiros 'exhalábanse de su alma,
enderezados a ¡las alturas, y lágrimas silenciosas resbala­
ban por sus mejillas. ¡ Santa oración aquella que penetraba
las nubes y conmovía los cielos!
— 147 —

De súbito, desusado resplandor, como si cien auroras


rutilasen a un tiempo, convierte en áurea morada el so­
litario recinto. Sobre nubíferas ondulaciones de azul, for­
mando escabel glorioso, se le aparece con la sien ceñida
de fúlgida corana de rosas, la divina Mujer que hechi­
za al mismo Dios con sus ‘miradas. ¿Qué valen las tintas
con que el Beato Angélico interpretó más tarde sus án­
geles arrobadores? ¿Qué las vivientes vírgenes de Rafael,
e] Homero de la pintura? ¿Qué las inmaculadas de Murí-
lio, el arrobado’pintor de cámara de María? Son éstas in­
terpretación vivísima de la realidad, pero nada más que in­
terpretación, ¡ Y aquello era la realidad! La'realidad rebo­
sante y pictórica, destilando en el alma del arrobado oran­
te mieles más exquisitas que las del Himeto, néctares, más
dulces que los del Olimpo, ambrosías, mil veces más
suaves, que las ambrosías de los dioses.
Sus ojos fijos en aquella visión beatífica parecían pug­
nar por salirse de sus órbitas a embeber sus pupilas en
aquel prodigio de palpitante hermosura. ¡N i otro indicio
de vida en aquel hombre! ¡ Creyérase que ni respiraba
ni latía! ¡Oh, el anonadamiento del éxtasis! ¡La absorción
embriagadora de los místicos arrobos!...
La Virgen llevóse la diestra a la purpúrea frente, y
arrancándose la corona de celestiales rosas. "Tom a ese ro­
sario, ¡fe dijo al trasportado serafín. Haz que el pueblo
le rece, y vencerás.” Eco dulcísimo del· in'hoc signo vinces,
oído en memorable día <sobre la tienda de campaña de un
César, aun sus ondas sonoras se dilataban en el aire y la
virgínea visión habíase desvanecido. La -aurora arrebolaba
de nuevo con sus nítidas granas· los interiores muros del
santuario. Volvieron a percibirse aromas y cantares, mur­
mullos y armonías. Era el surgir de la naturaleza sa­
cudiendo los miembros aletargados durante el reposo de
la noche. Era el preludio de la vida, levantándose, como
perezosa, del regazo del sueño. Era el himno de amor
- 148 -

que en tan pintorescos tugares elevábase todos los días


en loor de la Reina de aquellos contornos.
El hijo de riñón de Castilla, orgulloso con su trofeo de
gloria, recorre de nuevo el teatro de sus fracasos. De to­
das las plazas surgían improvisados pulpitos para el en­
viado de María. Por todas las aldeas de Albí seguíanle
muchedumbres de fieles, regando con lágrimas de com­
punción los senderos y las plazas; y centenares de miles
de herejes reingresan en los rediles de Cristo. Como el
Apóstoll a Jesús crucificado, el hijo del riñón de Castilla
no sabía predicar sino .el Rosario de la Virgen. Bien pron­
to .semejó el Rosario una bandera a cuyo amparo respira­
ron dichosos aquellos lugares devastados por la herejía.
¡Hermoso y poético origen el del Rosario! Verdad es
que de muy antiguo veníase rezando con fervor religioso
en el· seno de las familias cristianas lo que se llamaba co­
rona de María. Todos saben que las vírgenes mártires
que constelan, cual pléyade brillantísima, el cíelo de la re­
ligión, solían ir al martirio, la frente ceñida de rosas y
azucenas, símbolos de sus heroicas virtudes. Pues bien,
los deudos recogían después las coronas y por cada flor
rezaban todos los días, a la hora del crepúsculo, alguna
oración a María. Pero esto no era todavía el Rosario.
Verdad es que, a imitación de los ¡pueblos orientales que
honraban a sus hombres ilustres, coronándolos de rosas,
los cristianos primitivos acostumbraban enaltecer a la
Virgen María ciñendo a la frente de sus imágenes poé­
ticas coronas de flores, y que andando el tiempo, algunos
santos, como el Nacíenceno, compusieron una serie de
inspiradas alabanzas — ñores celestes— que con su aro­
ma divino sustituyesen a las naturales; pero esto no era
todavía el·Rosario. Verdad es que los solitarios y tos ana­
coretas del yermo, perfeccionando el1método del abad San
Pablo, quien para no equivocarse en sus diarias preces,
trasladaba de una a otra mano unos diminutos guijarritos
— 149 -

que llevaba consigo, enfilaban los guí jar ritos aquellos, sus­
tituyéndolos más tarde por bolitas de madera o de tierra
cocida, o de metal, y a veces, hasta por perlas y piedras
preciosas, y rezando por cada una que pasaba entre su«
dedos el correspondiente Padrenuestro o la correspon­
diente Avemaria; pero esto, tan impregnado todo, de
suavísima leyenda, no era aún el Rosario.
Verdad que las viejas crónicas ncus hablan de que ya, a
fines del siglo quinto, rezaba la escocesa Santa Brígida una
especie de rosario compuesto de sesenta y tres Avemarias;
y de que, a mediados del noveno, el Papa León IV , al ex­
pulsar a los sarracenos de Italia, impuso a sus soldados un
rosario de cincuenta Avemarias; y de que a fines de la cen­
turia undécima, cuando Pedro el Ermitaño predicaba, de
pueblo en pueblo, la primera de las cruzadas, no lo fiaba
todo a la palabra de fuego con que ponía en conmoción
profunda el espíritu de las muchedumbres, y recomenda­
ba a lodos los fieles que se cruzaban el rezar diariamente
un rosario de ciento cincuenta Avem arias; pero todo esto,
tan legendario y tan radioso, no era todavía el Rosario. El
Rosario, como le conocemos y le rezamos hoy, con esa se­
rie de Avemarias interrumpida de decena en decena por
un Gloria Pafri y por un Padrenuestro, y con esos quince
misterios donde en rasgos sublimes aparecen con&ustan-
cíados toda la doctrina evangélica y todo el poema ine­
narrable de ;la vida de Jesús, desde su maravillosa encar­
nación en las entrañas de la Virgen Santísima y su naci­
miento en el Portal de Belén y su derroche de divinidad,
cuando, perdido y hallado en el Templo, sondeaba ante
tos doctores asombrados la profundidad de las Santas
Escrituras, hasta su oración angustiosísima en el Huerto
de las Olivas y su flagelación, atado a la columna del
Pretorio, y su penosa ascensión al Monte Calvario y su
crucifixión y su muerte en el infame madero de la Cruz
y hasta su misma resurrección gloriosa y su misma as­
— 130

censión a los. cielos, el Rosario, digo, con toda esa riqueza


teológica y litúrgica, data, sin duda.de ningún género, de.
aquella,milagrosa aparición de María al mejor de los.Guz-
manes, en un rústico santu^io que. se, alzaba en risueño
vallecito, formado por las estribaciones de los.Pirineos, no
lejos de Lourdes, donde la Virgen reveló de nuevo su pre­
dilección por el Rosario, apareciéndose con él en la mano,
a la pastora Bernardita.
Y es que el Rosario es la plegaria más grata al cora­
zón de María; pues es como una,corona de amor, en; la
que cada Avemaria es una rosa de balsámica esencia,
que la. embriaga con sus alientos; como un salterio de
angelicales saludos, cuyas mágicas ¡notas brotan envuel­
tas en atmósfera de misterios, los más grandes y abru­
madores de ¡nuestra .religión augusto.
En vano 'la impiedad se ha desvivido por borrar del
seno de las familias cristianas devoción tan hermosa» til­
dándola de monótona y pesada; el Rosario sigue re­
zándose en los hogares, porque lo consideran talismán
invencible para, en medio de !ías contrariedades del mun­
do, tener propicia a María, Como la madre no se cansa
nunca de que el hijo inocente, le repita sin cesar los mis­
mos ibalbuceos de cariño, . María no ¡se puede cansar nun­
ca de oír las mismas frases amorosas de sus devotos.
El amor — lo dice Lacordaire, una de las. glorias que
más se envidian al Rosario— no tiene más que una pa­
labra, y diciéndola siempre, jamás se repite: siempre
engendra en las almas el mismo .indefinible encanto, j Si
lo testifican hasta los amadores del .mundo l·
Los que acusan al Rosario de pesado y de monótono,
porque en él se repite a menudo la inspirada salutación
angélica, ignoran ,que cuando el alma se halla fuertemen­
te poseída de una pasión que la absorbe, ¡no acierta.¡a/pro­
ferir más que unas mismas palabras ni a ;sentir más que
imas mismas cosas. Ignoran que el gran, geómetra,, al.sa­
- 151 -

lir del baño, donde había dado con la solución de un pro­


blema que 'le había tenido engolfado ien arduas meditacio­
nes durante largos días, no acertaba a pronunciar, corrien­
do por las calles de Siracusa, sino aquellas palabras que,
como homenaje rendido a su genio, adoptaron todos los
idiomas: “ ¡-eureka I” , ¡ eurekä! ¡ Lo he"encontrado, lo he en­
contrado! Ignoran que el ciego de Jericó, que tan ar­
dorosamente deseaba ver, no sabía sitio exclamar: Je su,
fili David, miserere mei, Jesús, H ijo de David, ten mi­
sericordia dé mí. Ignoran que San Mateo nos presenta
a Jesús en el Huerto de las Olivas 'la noche terrible en
que se inauguró isu pasión, eumdem sermonem dicens, di­
rigiendo al cíelo la misma plegaria, y que San Juan nos
pinta en su ' Apocalipsis a los ángeles sumidos en arroba­
miento profundo e hinchiendo con la misma angelical
estrofa Sanctus, Sanctus, Sanctus Iltis espacios del em­
píreo.. .
¡El Rosario pesado y monótono! María siente de mo­
do muy distinto que los ilusos qüe t a l’aseguran. De ahí
que en todo tiempo haya sido eí Rosarlo objeto especial
de su predilección y' que por el Rosario haya hecho llo­
ver a torrentes lös tesoros divinos sobre ios pueblos y
sobre los ■hombres. Porque no se contenta María con pa­
tentizar el poderío sobrenatural de su Rosario, al coronar
<a frenté de Santo Domingo en su batalla espiritual con­
tra aquélla herejía albigerise qué amenazaba trastornar todo
el orden social,: deificando da rebeldía' a toda autoridad,
estableciendo la poligamia y disolviendo, por consiguien­
te, toda‘institución veneranda "y toda cristiana costum­
bre. Esta misma fiesta q u e h o y estáis ‘ solemnizando nö
c-s más que la conmemoración de "un hecho ruidoso de
María con' objeto de -enaltecer mas y trias su Rosario y
hacerlo""echar raigambre profunda en las entrabas de lais
sociedades y dé lois pueblos'. Todos sabéis el hecho glori-
trcador. Y por eso yo no haré más que insinuarlo.
- 152 -

Era cuando 'la magnificencia turca había logrado impo­


nier verdadero pavor a las naciones europeas. Los hijoe
del Profeta venían soñando desde hacía mucho tiempo con
tomar a Roma y dar avena a sus caballos en los altares
de las grandes basílicas, que la constituían y la constitu­
yen en museo suntuoso de artísticos monumentos: El en­
sueño rnuslím era segar de un tajo la cabeza del cristia­
nismo y sustituir pana siempre ía Cruz con el estandar­
te de la Media-Luna. AI efecto equipaban una escuadra
poderosa de trescientos navios de guerra y sembraban con
elfe. en los países cristianos el espanto y la Consternación.
Pero la consternación y el espanto no llegaron al cora­
zón del Pontífice San Pío V , que por entonces piloteaba la
Barquilla de Pedro. Su llamamiento a los 'Príncipes cris­
tianos fué especialmente atendido por Venecía y por Es­
paña, que unieron sus navios a los del Pontífice, hasta for­
mar iin total de doscientas nueve unidades de combate: y
poniéndose al mando de la flota el invicto don Juan de
Austria, diéronse a la vela las naves cristianas con rumbo
hacia el Oriente, avistándose сои la escuadra turca en las
aguas de Lepanto. Y allí, frente al pueblecillo de Actium,
donde hacía quince siglos ее había librado entre los ejér­
citos de Octavio y de Antonio una batalla tremenda que
«ulminó en la salvación de la Roma republicana, en aque­
llas aguas cuyo murmullo será un himno eterno a la bra­
vura española, trabóse ía más sangrienta lucha de escua­
dráis que presenciaron loe siglos, y que culminó en la sal­
vación de la Roma pontificia. ¡ Hasta ciento sesenta y tm
navios .perdió la flota turca, juntamente con la cifra abru­
madora de treinta mil hambres!
Y bien, ¿creéis que todo fuera debido al arrojo y al he­
roísmo de nuestros combatiente?? De modo ninguno: har­
to sabemos todos que en guerra con los mulsumanes jamás
podremos gloriarnos del monopolio del arrojo y del he­
roísmo; porque se trata de una гага esencialmente bélico-
— 153 —

sa, cuyas creencias dogmática» sólo a los aguerridos y a


los valientes asignan encumbrados puestos era el cielo de
las huríes. L a que hubo fué que San Pío V , al par que en­
viaba su flota a combatir contra el turco, recomendaba
cñcacísimamente al pueblo cristiano que se rezara con
más intensidad que intinca el Rosario de María; pues abri­
gaba la persuasión de que él fuera, en la inminente lucha
que despertaba espectación general, como la espada da Ju­
das M acabe o, que sabía ceñirse con el laurel de la vic­
toria en cuantas luchas libraba contra los enemigos del
Señor.
Y ano se equ'ivó el Pontífice. Y ¡por eso en «1 momento
mismo en que ise decidía ía suerte del combate, la Virgen
Santísima le hace saber milagrosamente nuestra completa
victoria, asegurándole haber sido debida princípalísima-
mente a los muchos rosarios que desde el fondo de loa
cristianos hogares habían subido hasta ella, tomo esencias
de amor regaladísimo. Y por eso el Pontífice instituyó en
la primera dominica de octubre una solemnidad a Nues­
tra Señora del Rosario, que es la que trasladada al día
de hoy, estáis celebrando vosotros en el recinto de vues­
tro templo, y por eso enriqueció la letanía lauretana con
la -confortadora invocación: Auxilium Christianorum, ora
pro nobis, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros.
Y a veis el poderío sobrenatural que la Virgen santísi­
ma, ese sol del mundo moral de la Iglesia, como la llama
mi glorioso hermano Santo Tomás de Villanueva en una
de sus Condones, ha vinculado en el Rosario. San Víven­
te de Paúl lo sabía apreciar muy bien, cuando en cierta
ocasión, hallándose en presencia de un moribundo que se
empeñaba y se complacía en morir renegando de Jesu­
cristo, suplicó a los allí presentes que rezasen devotamente
d Rosario a la Virgen, teniendo el consuelo de ver cam­
biado en seguida el corazón de aquel pecador empeder-
wdo, que, con lágrimas de arrepentimiento en los oj»s,
— 154 -

confesó sus pecados y recibió, como viático, la Hostia &a-


ei-atísima, muriendo a los pocos instantes «n el ósculo del
Señor,
Y corrio éste, ¡ cuántos y cuántos ejemplos pudieran1ci­
tarse ein la historia dél Rosario! Y o no extraño nada que
emperadores como .Carlos V no se atreviesen a entregar­
se en brazos del sueño un solo ’ día sin haberlo rezado
aiites con devoción ; y me parece naturalísimo que artis-
tas oomo Haydn, cuando tropezaban con una dificultad
en sus composiciones musicales, se hincasen de hinojos
con el rosario en ía mano, e invocando ardientemente a
María, diesen en seguida con el chorro divino de la ins­
piración que desbordaba, abundoso, por sus creaciones ge­
niales; y que oradores como O ’Conell, el inmortal pala­
dín de la causa católica de Irlanda, confiasen mucho más;
p a r a d triunfo de los ideales que perseguían, en las cuen­
tas ‘de su rosario que en las imperecederas oraciones par­
lamentarias que1 hacían vibrar en las cámaras inglesas,
como imponentes estampidos celestes, verdaderos ecoa de
la palabra de Dios.
De ahí que los romanos Pontífices no se hayan cansa1
do nunca de recomendarlo a los fieles, enriqueciéndole
con innumerables indulgencias y con infinitos tesoros 'es­
pirituales. Y de ahí que León X III, de eterna y santa me­
moria, viendo los males que por todas partes amenazaban
a la Esposa del Cordero, 110 hállase medio mejor para con-
jurarlos que rogar en una encíclica a todos los cristianos
del mundo 'que ise -rezase el Rosario, y mandar que se de­
dicase un mes especial, el de octubre, a rezarlo en co­
munidad 'y con' el fervor posible; en el recinto de toda«
tas iglesias.
Y en verdad, Hermanos míos, que estamos más que
«tinca necesitados de alguna sobrenatural intervención, «i
hemos- de sálir airosos de la guerra a exterminio que
contra la religión cristiana recrudece por todas par­
- 155 -

tes la impiedad. Hoy se la ataca con furia mucho más en­


carnizada que la de los albigenses y aun que la de los
mismos torcos. ;Como en el tadio desatado contra la Cruz
en la era de las persecuciones bramaba un vendaval de
verdadero .satanismo, en la encarnizada furia con que ’hoy
se la combate, mucho más que la maldad de los hombres,
a uní me parece que .ruge y se encrespa ía perñdia de Sa­
tán. Sí, más que nunca, -se íme antoja rebosante de reali­
dad tristísima aquella sentencia de San Pablo en que
dice a los de Efeso que no es contra hombres de carne
y sangre contra quienes tenemos que 'luchar, sino contra
las potestades infernales y contra los príncipes y gober­
nadores dé las tinieblas de este mundo.
Con el· pretexto de civilizar, -se pugna por destruir en
é corazón de la sociedad todo germen de cristianismo,
toda influencia de la Cruz, de la Cruz que fué siempre
y será por los siglos de los siglos la fuente más pura y
abundosa de genuino progreso y de positiva civilización.
En los pueblos de nuestra raza gran ¡parte de ‘los espíritus
se 'han car.mlizado adhiriéndose a la tierra, como rastre­
ras aves que no saben remontar su vuelo, y para ellos no
existe realidad ninguna más allá de esos horizontes que se
despliegan sobre nuestra frente: para ellos 'no existe más
que la materia, la materia v il; y para su absoluto señorío y
su pleno disfrute, se agarran a ella como se agarran a la.
carne muerta los buitres, rechazando con indignación toda
doctrina que les hable de cosas encumbradas y revestidas
con idealidades de cielo. ¡O curvas in térras* anímete et
coelestium·'inanes !f &e me ocurre exclamar con el vate
latino, ante semejante aberración humana; ¡oh almas in­
clinadas a la tierra y por completo vacías de todo hálito-
celestial !
Si, Hermanos míos, tristísimo es decirlo, pero es una
verdad rayana en dogma. El alma latina padece una neu­
rastenia profunda que la precipita rápidamente en una to­
- 156 -

tal degeneración. Mientras el cristianismo constituyó te.


médula de ¡nuestra alimentación espiritual, no hubo pue­
blos más fuertes que nosotros: franceses, portugueses y
españoles. La historia general del mundo casi se reducía
a la historia de Francia, de España y de Portugal, tres
nombres que siempre que se mentaban — y se mentaban
a menudo— iban unidos a altos hechos civilizadores, a
épicas conquistas, a trascendentales descubrimientos. Hoy
que el catolicismo va emigrando de entre nosotros y que
blasonamos de nutrir nuestros espíritu con extracto de li­
bertad, aun sonamos en el mundo; pero sonamos a escar­
nio y a ludibrio: a revoluciones suicidas, a fanatismos sec­
tarios, a alardes estúpidos de tiranías menguadas. Diría­
se que con el catolicismo emigraba también de entre nos­
otros el mismo sentido común.
Los pueblos de raza sajona, que cada día se van tornan­
do más robustos y vigorosos a medida que ingieren más
sustancia cristiana en su espíritu sajón, contemplan con
desprecio las misérrimas luchas fratricidas a que de con­
tinuo estamos entregados, asemejándonos a esos pueblos
salvajes que teniendo un común origen y participando de
«na misma sangre, no pueden vivir sin guerrear incesan­
temente de ranchería a ranchería, Y nuestros gobiernos no
acaban de abrir los ojos para precaver a tiempo toda
posible humillante intervención. Han vuelto del revés el
concepto de gobierno, según Santo Tomás, de que Guber-
nare est rem ad finen debitum convenienter perdúcerc,
gobernar es conducir las cosas a su fin debido por ca­
minos de (honestidad y de 'justicia, y lo que hacen es ten­
der a fines indebidos por senderos de injusticia y de co­
rrupción, que no pueden ¡llevarnos sino al deshonor y a la
ruina. De ahí que ¡sólo haya argollas y candados para
aherrojar cada día más estrechamente a la Iglesia y a 3a
Religión, y que haya libertad omnímoda para el atrope­
llo y el libertinaje, para instigar en pleno parlamento ai
- 157 -

motín y al asesinato, para glorificar públicamente a ía


anarquía, que es la disolucióti de (todo orden ¡social.
Y no sospeche nadie que yo esté haciendo política.
Soy de los que piensan que a lugares tan altos y sagra*
dos, como éste, no debe traerse la política, esa almá­
ciga de ambiciones desbocadas, ese desatadero de egoís­
mos miserables, germinadores de sentimientos de Caí«
en corazones hermanos, -esa amparadora criminal del neo-
feudalismo caciquil· que tan dividos trae a muchos pue­
blos de nuestra querida patria entre cuyos moradores
llegan a reinar odios africanos, cuando sólo debía rei­
nar aquella ckaritas nútñx, aquella caridad nutritiva de
que habla mi gran P. San Agustín, producidora eterna
de paz y de armonía. ¿Qué culpa tenemos los oradores
católicos de que, al predicar religión y nada más que re­
ligión, sangre, herido de rechazo el cesarismo político, y
selampagueen fosforescencias de estigma sobre algunas
frentes ?
¡Ah! yo no hago más que predicaros religión y tratar
de persuadiros de que nuestra patria va empujada por
caminos muy torcidos y escabrosos, que, si Dios no to
remedia, habrán de despeñarla en el abismo de la ab­
yección. -Una mción en que, al amparo de la ley, pueden
establecer -unas cuantas señoritas de Pairís un foco de
podredumbre y de liviandad, y en cambio no pueden unas
cuantas doncellas francesas, hijas legítimas de San Luis,
reunirse en una mansión callada a enseñar cosas buenas
a los niños y crear un risueño pensil de flores de ora­
ción y de virtud, y todo eso — i oh, ironía de las ironías!—
en nombre de la libertad, esa nación marcha por de­
rrumbaderos infames, donde, como plantas malditas, sólo
pueden germinar maldiciones y anatemas...
Por eso vosotros, los buenos hijos de Galicia que aun
no habéis olvidado el camino del templo, los que no ha­
béis apostatado de la religión de vuestros mayores, loe
— 158 —

que aun no habéis vuelto las espaldas a Santiago de Com­


postela, depósito de vuestra fe y archivo de Vuestra aris­
tocracia, no debéis cesar de ¡pedir a la Virgen que inter­
ponga el poderío sobrenatural de su Rosario .para que
nuestra »patria se íalve, abandonando los caminos de per­
dición por donde la impelen de consuno la impiedad de
unos cuantos malvados, de los que llevan la librea de
Lucifer en la frente, y la insipiencia de algunos pro­
hombres políticos que están sintiéndose llevar a 'rastras,
y se contentan con imaginarse que son ellos los que arras­
tran y los que llevan,..
No dejéis, pues, de rezar diariamente el Rosario, sea
en vuestro templo, sea en vuestro hogar. Cuando a la caída
de la tarde se pasa por junto a un hogar en· cuyo seno re­
suena <el murmullo del Rosario, los espíritus fuertes son­
ríen ; pero los ángeles descienden de los cielos 'trayendo
sobre sus alas rocío de bendición. Rezad el Rosario y re­
zadlo con toda la devoción posible, teniendo presente que
en los campos de la virtud sucede lo propio que en los cam­
pos del saber: que como aquí sólo los cerebros intensamen­
te atentos hacen ricas cosechas científicas, allí sólo las al­
mas intensamente devotas hacen ricas cosechas espirituales.
Cada cuenta del Rosario que pasáis entre vuestras manos
es una ñor purpúrea de aroma exquisito que deshojáis, ante
las plantas de M aría; y por cada pétalo de esa flor, estad
seguros de que María, que es espléndida remuneradora,
derrama sobre vosotros y sobre vuestra familia y sobre
vuestro pueblo una mirada ternísima, preñada de espe­
ranza y de redención·. Amén,
LA INMACULADA Y EL PUEBLO ESPAÑOL

SERMON PREDICADO EN LA IGLESIA DE SAN JOSE


EN LA SOLEMNIDAD DEDICADA
POR LA ACADEMIA DE JURISPRUDENCIA
A SU EXCELSA PATRONA (8 DICIEMBRE DE 1917)
Mater Intmacnlnta, o ra p r o m b m.

E xcm o. S eñor { i ) :

R eal A c a d e m ia de J u r is p r u d e n c ia :

No sería fiel a los sentimientos de mi ■corazón, si no


comenzase por deciros el hondo agrado de mi alma ante
el hermoso espectáculo de fe y de españolismo que dais
todos los años enceste templo, solemnizando la Purísima
Concepción de María, y remembrando, no ya sólo el cá­
lido fervor de vuestros egregios predecesores en laborar
por que en Roma se definiese cuanto antes que María ha­
bía sido concebida sin pecado original, sino también la
santa efervescencia de toda entera el alma española, que,
desde tiempos antiquísimos, había apuntado entre sus más
caros ideales el de que se debiese principal i símame nte a
nosotros, .los españoles, el engarzamiento, en la corona de
María, de su florón más preciado: la declaración dogmá­
tica de su Inmaculada Concepción,
Porque honra altísima es de vuestra Academia, entre
cuyos individuos de atunero han figurado y figurando pro­
siguen los hombres más insignes de España por su alta
sabiduría, por su granados talentos y por su cívica ejem-
plaridad, el que en sus tiempos primitivos se haya llamado
Academia de lá Pñrísiwa Concepción” , y el que para irt-

Of) D. Antonio M aura, presidente de la Real Academ ia cte


j unsprudencia y •Legislación.
Towo H i.
- 162 -

gresar en ella сот© Académico, fuese requisito esencial


el previo juramento de defender esa Concepción* Purí­
sima, requisito que, puede decirse, aun vige en esta solem­
nidad aeadémico-religiosa con que la seguís glorificando
de año en año; pero esa. honra, altísima y todo, no es más
que el eco de aquella efervescencia gloriosísima 'del alma
entera española que, no dándose por satisfecha con obli­
garse por voto y juramento prestados en Cortes, a guardar
para siempre la fiesta de la Inmaculada, ni con recabar de
Roma que la Inmaculada fuese constituida Patrona Uni­
versal de España y de sus India«, *o se calmó hasta qur
no hubo conseguido que se intercalase en la Letanía Lai>
retarea la gloriosa invocación: Mater Immuculata, ora pro
nobis...
Y con esto queda ya enunciado k> que ha de constituir
el tema d-e esta oración sagrada: fe gloria inmensa que fe
cabe a nuestro pueblo en haber sentido siempre, como de
instintivo modo, el hecho realísimo de la Inmaculada Con­
cepción de M aría; en haber rendido siempre fervoroso
culto a la Madre de Dios, bajo esa advocación gloriosa,
y e« haber laborad« más que timgtma otra nación per
que amaneciese pronto el día en que la instintiva creen­
cia española fuese ámpuesta como verdad dogmática a to­
dos los pueblos católicos de la tierra.
¡Oh, qué dulce y regocijador es pana nosotras el re­
montamos con la knaginación, historia hispánica arriba,
sorprendiendo siempre en el alma de la raza la creencia
firme y robusta en la Inmaculada Concepción de la V ir­
gen, y siempre sintiendo los recios latidos del hispano co­
razón, de tal creencia enamorado, y dispuesto a dar por efta
todas sus fibras! Porque España puede legítimamente ener-
írullecerse 'de ser por excelencia la ¡nacicm de ]a Inmaculada.
Ningún otro pueblo de la tierra registra en su historia
tan gallardas campaña.« ccncepdonistas como las qué su­
pieron reñir »ueelT«? шагго*«?, siempre paladines acerri-
- 163

mus de esa creencia, cuya dogmática definición tan embe­


llecedores destellos vino a irradiar sobre el conjunto de
nuestros dogmas. ¡ A qué explosiones de entusiasmo llega­
ba a veces nuestro heredado fervor por esa creencia que
ya había cantado en su brava poesía el gran poeta za­
ragozano Prudencio, al decirnos que quien había mereci-do
<tar a luz a Dios, había sido inmune de todo veneno de
pecado: !

Edere namque Deum mérita


orrmia Virgo venena domatl

Ya en picúa Edad Media era grandioso en nuestro pue­


blo el- entusiasmo por ta creencia' en la Inmaculada Con­
cepción de la Virgen, y de ello dan testimonio elocuente
diestras hazañosas Ordenes Militares de Santiago, de Ca­
íntrava, de Alcántara y de Montesa, que eran como la flor
*ic toda la Caballería cristiana medioeval; pues sus res­
pectivos, caballeros r.o se contentaban con vestir el manto
flc niveo color de la Virgen, y, a sus tres votos de re?~5-
síión, añadían siempre el de consagrar especiafísimo culto
:■> la Purísima. Pero cuando el entusiasmo por tan bella
creencia comenzó a llamear y a dilatarse como esplen­
doroso incendio por toda España, para, seguir.intensifican-
(iose siempre, como el sol a medida que asciende a su ce-
wt, fué a partir del primer albor ele! siglo X IV , inaugu­
rado con el martirio de aquel gran obispo de Jaén, San
Pedro Pascual, a quien consideraban algunos autores ti
primer apologista español de la Inmaculada,'
Corrían los románticos años en que Raimundo Lulio.
cí cantor de la pureza integral; de María, brillaba en el
apogeo de au briosa y caballeresca apostoliza«ión que le
había de llevar a morir, apedreado, en Túnez, para así
f'^plendorat' eon todos los rayos del sol del Africa el
P-tk Io saya? <le San Francisco, Y mil oredieadoref
- 164 -

y no lu listas, encendidos en el miaño foco- de amor del


gran genio balear por la creencia eti la Inmaculada Con­
cepción de María, la difundían desde todos los pulpitos,
entrañando ,en. .ciudades, villas- y ald-eas el culto a la V ir­
gen bajo esa gloriosa advocación; induciendo a nuestras
Universidades a abrazar con tanto calor aquella solariega
creencia, que no sólo imponían a sus profesores el jura­
mento de propugnarla, sino también— en alguna de ellas—
hasta -lo que decían “ el voto de .sangre” , o sea, el propug­
narla de modo qu«, si preciso fuese, dieran por su propug­
nación la sangre y la vid a; consiguiendo que aquellos pro­
ceres teólogos hispanos que sobre todos los del resto del
mundo descollaron en Trento, recabasen de aquél cele­
bérrimo Concilio que, al formular el dogma del pecado ori­
ginal declarando mancillada con él la concepción de todo el
linaje humano, exceptuase terminante y solemnemente la.
de la Virgen, lo cual- era ya una tácita definición del dog­
ma de la Inmaculada ; inspirándonos una áurea poesía con -
cepcionista, en la que colaboraran fervorosamente todos
nuestros vates, desde los poetas-cumbres como el Rey
Sabio, Gonzalo de Berceo, Fray Luis de León y Lope de
Vega, que no se contentó con ensalzar a la Inmaculada
en poesías líricas, y que, a ruego de un entusiasta concep-
cíonista agustiniano, el P. Maestro Juan Márquez, la can­
tó también e n aquella loa dramática La Limpieza n& man-
diada, de versos melodiosos y fluidísimos, hasta los humil­
des poetas anónimos de nuestros cancioneros, pues bien
sabido es. que lo mismo el Cancionero General que el de
Ba ena. abren sus páginas son sonoros romances en loor de
la Purísima; haciendo, en fin, que nuestros Riveras y nues­
tros Murillos penetrasen con su arrebatado pensamiento
en la misma Corte celestial para sorprender a María en
todo el divino embeleso de su inmaculada' hermosura, y
copiarla luego en .lienzos inmortales que nos envidia el
universo mundo y que han hecho de aus autores inspira­
- 16",

dísimos los Maestros, sin rival, de las Purísimas Concep­


ciones...
¡ Y oh si algún malandante predicador, fundándose en
■que la hermosa creencia no había sido declarada dogma
todavía, osaba, desde la Cátedra sagrada, izquierdear del
clásico hispano sentir! ¡j Qué ardorosa protesta la que sur­
gía, espontánea, del '-alma popular, rompiendo contra el
predicador malandante y vitoreando clamorosamente a
María 'Inmaculada! Baste la recordanza de lo que 'sucedió
en ¡Sevilla, cuando, allá, por los días de Felipe III, cierto
desavisado orador se atrevió a lanzar desde el pulpito se­
mejante imprudencia. E l pueblo entero se amotinó e hizo
que inmediatamente se celebrasen por doquiera espléndi­
dos cultos en desagravio de la Purísima, y consiguió que
1a ardorosa protesta repercutiese en toda España, exigien­
do que, de una vez para siempre, se atajasen tan malha­
dadas .predicaciones, llegando a entusiasmar al propio Rey,
que se apresuró a mandar a Roma embajadores especiales
para que, cerca del Papa, laborasen persistentemente por
la pronta definición del dogma tan querido, y que, por lo
menos, consiguieron que desdé la Santa Sede se prohibie­
se con graves censuras el predicar contra la pureza in­
maculada de María, noticia que se recibió en España con
júbilos populares y echando a vuelo todos los campanarios
españoles, j Que todo eso alcanzó la bendita revolución de
la Perla del Guadalquivir en loor de la Madre de Dios, y
justo fué que a ella le cupiese tan estupenda gloria, pues
no en vano es como el corazón de toda “ la tierra de M a­
ría Santísima” .
Sí, con sobradísima razón se puede decir nuestra pa­
tria “ la nación de Ja Inmaculada” . Porque ninguna otra
envió tantas y (fcan, especiales embajadas a la capital del
orbe católico en demanda de la codiciada definición, y en
ninguna otra se fundieron en tan común anhelo coia el
- 166 -

alma papular prelaturas, Universidades y Academias, cía-


mando a una por el suspirado dogma.
Diríase que el hecho de la Inmaculada Concepción de
María, que por lo mismo que fue un acontecimiento so­
brenatural, es claro que no puede ser demostrado por la
razón, bien que si le racionalicen argumentos de congruen­
cia, pictóricos de fuerza y de reciedumbre, se mostraba
al corazón de nuestro ¡pueblo como una verdad in-concusa
que era hasta inicuo discutir. Nuestros mayores sabían
muy bien que la corriente del pecado original, unaver satí­
sima como es, pasaba, mancillad ora, por el ■campo inmen­
so de todas las concepciones humanas; pero de ningún
modo podían imaginarse que, al llegar a la Concepción de
María, no se hubiese detenido como el Jordán a la apro­
ximación del Arca Santa; ya que María más bien que el
Arca Santa — tabérnaculo muerto de la Divinidad— tenía
que ser el Arca Santa, tabernáculo viviente de Dios. ¿ Que
era preciso para ello que dejaran de regir, .siquiera fuese
por un instante, las leyes fatales de la Naturaleza? ¿Y
por qué, en el imperceptible pero solemnísimo instante de
la Concepción de María, no habían de cesar un: punto las
leyes fatales de la Naturaleza, para que rigiese una ley
singularísima de Dios?
Para Dios no hay pasado ni porvenir; para Dios todo
está presente, y María presente le estaba desde toda la
eternidad, y desde toda la eternidad la había elegido para
su Madre, y, por consiguiente, como a su Madre tenía que
amarla desde toda la 'eternidad, constituyéndola desde en­
tonces en toda perfección y en toda justicia. Y ¿cómo ha­
bría de consentir que, cuando hubiere de ser concebida en
el tiempo, saliese de los senos eternales manchada con la
culpa original ? Dios, que nos manda amar y honrar a nues­
tra madre, ¿hubiera entonces amado y honrado suficien­
temente a la suya? ¿Qué habla más alto de María: el
haber sido inmaculada en su concepción, o el haber sido
- 167 —

«jncebida como todos los demás seres humanos? Porque


basta que fuera más en prez de María el haber sido con­
cebida sin pecado original, para que realmente lo fuese.
Es un argumento que no tiene vuelta de hoja, tratándose
de un H ijo como Dios.
Y no vale decir que luego la hubiese purificado, como
purificó a Jeremías y al Bautista en dC seno de su respec­
tiva madre; porque en seguida se viene a las mientes que
era mucho más en loor de la Virgen el no necesitar de
ninguna clase de purificación. Os lo diré con la interro­
gación concisa y galana de un insigne hermano de hábito,
del Beato Alonso de Orozco, que, viendo a María, en
aquella mujer apocalíptica vestida del: sol, con la luna de
alfombra a los pies y en la cabeza una corona de doce
estrellas, decía terminantemente que la primera estrella
de Ja corona de María fué su Concepción Inmaculada; y
que, aquí y allá, en sus obras, defiende este dogma con
una agudeza a veces quizá demasiado sutil, pero siempre
con frases ternísimas, rebosantes de inflamada devoción,
y con no sé qué calor poético que parece exhalar como
chispas de contagioso entusiasmo: "¿qué hijo hay — pre­
gunta el santo predicador de Felipe I I — que, 'llevando de
la mano a su madre y llegando a un lodo, la deje caer di­
ciendo: Madre, ya os limpiaré luego?” ¿Verdad que esta
interrogación, galana y concisa, encierra toda la fuerza
incontrastable del clásico argumento, sentido y vivido siem­
pre por el corazón español: Madre de Etfos, luego Inma­
culada?...
Hoy nos admira a nosotros que una cosa tan lúcida,
casi estaba por decir tan evidente, haya tardado tanto tiem­
po en ser declarada dogma, y hasta se maravilla uno de que
algunas águilas del pensamiento no hayan visto lo natural
- h‘ 1o natural, sí, por muy sobrenatural que sea!— de la
Inmaculada Concepción de María, con la clarividencia com
Que nosotros la vemos ahora, y esto misma les sucedía a
- lóH -

nuestros mayores, moviéndolos a suspirar ardientemente


■por la anhelada definición. Ellos sentían latir una verda­
d-era proclamación dogmática de la pureza integral de Ma­
ría en iodos los ensalzamientos bíblicos que, desde .tiempo
inmemorial, le venía aplicando el -pueblo cristiano, como
aquel ferviene saludo de Ozias a Judft: “ ¡bendita tu eres
del Señor, Dios excelso, sobre todas las mujeres de la tie­
rra,” o como aquellas exclamaciones jubilosas de los an­
cianos: “ tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría'de
Israel, tú la honra de nuestro pueblo·.”
Si María no hubiese sido concebida sin .pecado original,
el Espíritu Santo 110 hubiera podido elegirla para esposa
suya. ¿Cómo elegir para esposa suya a un alma que, si­
quiera hubiese sido por un solo instante, hubiera perte-
nécido a Satán? Y de ningún modo hubiera podido apli­
carle nunca aquellas palabras del Cantar de los Cantares:
“ huerto cerrado, hermana mía esposa, huerto cerrado.”
¿Qué huerto cerrado fuera, si hubiera podido entrar en él
la Serpiente? Y de ningún modo, le hubiese dicho aquellos
divinos requiebros: “ tu albura sonroja a la de la nieve
que cubre las cimas del Monte ■Líbano’'*; y de ningún modo
la hubiese encontrado “ más hermosa que el ¡sol y más pura
que la luz” ; y de ningún modo se hubiese dejado arreba­
tar ante ella, exclamando oomo en un transporte de júbilo
inspirador: “ ¡toda eres herniosa, amiga ornía, y mancilla no
hay en tí” , frases que flamean de entusiasmo encendido
ante los encantos de una extraordinaria hermosura y de
una extraordiaria pureza...
¡ Oh, qué diferencia entre esta exclamación de arrebato
y de -ensueño del Espíritu Santo, ante la belleza inmacu­
lada de María, y la de crítica y de justipreciación del di­
vino creador del Universo, -una vez que le contempló crea­
do ! Mi gran Padre San Agustín- llamaba al mundo con su
variada sucesión de estaciones y de días, “ poesía hecha
- 169 -

de antítesis” (i), y se anegaba en regalados éxtasis, ras­


treando el concierto armónico entre las variadísimas co­
sas que constituyen la máquina hermosísima del Universo;
y ilas filósofos antiguos llamaban a la creación ¡música sua­
ve y embriagadora, pues música sabrosísima era para ellos
la inefable consonancia de todas las cosas desposadas en
dulcísima armonía por el divino amor. Pues bien, Dios,
ante <esa suprema maravilla, por su divina inspiración crea­
da, dijo sencillamente que era buena, et vid.it D-eus quod
esset bonum ; pero ánte la maravilla de perfección y pu­
reza de María, no se contenta con una frase crítica apro­
badora, sino que se enajena y arrebata y deja escapar
de lo íntimo de su Ser aquel amoroso arranque de 'divina
admiración: “ ¡toda eres hermosa, amiga mía, y mancilla
no hay en t í! ” f se confiesa, llagado el corazón por el
fuego de sus ojos y por las trenzas de su cabello, mani­
festándola que son panal, que destila, sus labios, y que
el olor de sus perfumes sobre ’todos los aromas, y que todo
lo que de sí despide es hálito de vergel tupido de carias
aromáticas, de nardos y azafranes, de áloes y de.mirras...
¡Ah, que el ángel San Gabriel sabía muy bien quién era,
cuando al saludarla el día de la Anunciación, la llamó ‘'llena
de gracia” , y “ bendita entre todas las mujeres"! [Aquella
plenitud de gracia y aquella bendición singularísima .sobre
todo el sexo femenino, no querían significar otra cosa
que la gracia extraordinaria de ¡su Inmaculada Concepción.
Pero huelga insistir tanto en la radiante demostración
que de la pureza inmaculada de María nos ofrecen 'las
Santas Escrituras y que ya aparece tan contundente e irre­
fragable en los mismos umbrales del Génesis, cuando, a
raíz de la infausta caída de Adán y Eva y como para
esclarecer la horrífica noche de pesadumbre y de duelo
que se dilataba, espantosa, frente a la imaginación de los

( i) D e Cw. D e l 1. II, c. I&


- m —

caídos, se dignó Dios increpar a la Serpiente dícíéndota


que pondría enemistades entre ella y Ja mujer y que ta
mujer aplastaría un día su cabeza; ipsa cónteret cápttí
tuwn; porque sin la Inmaculada Concepción de María, la
profecía genesíaca aun estaría por cumplir. .María aplastó
la cabeza de Satán, sencillamente ¡porque fué inmune de
toda mancilla, porque su alma nunca se vio sujeta con nin­
gún género de sujeción al pecado. Y cuenta que es mi gran
Padre, San Agustín, quien, así discurre: tale cáput Maria
ccmirvvit, q\da mUta' peccati subjeetid, ingresum habwt in
ánimam Vírginis et ideo ab ortuni mácula imitíunis fu it (i),
¡Ah, que la carne de María — la carne de Dios— , tenía
que ser más pura, incomparablemente más pura que la del
mismo Adán en su primitivo estado de original justicia! Y
no se objete que no tuviese como la de Adán en su primi­
tivo estado, los preternaturales dones de impasibililad y de
inmortalidad; pues María tenía que sufrir y aun morir
— bien que su morir no fuese más que un beatífico sueño— ,
porque tenía que ser corredentora, con su hijo Jesús, del
humano linaje, y para eso era menester que sufriese, y
que sufriese ]un calvario como el de su -Hijo, dando, corno
El, ejemplo sublime de todos las heroísmos y de todas las
virtudes...
Y como mi gran Padre San Agustín, pensaron y sintie­
ron casi todos los Santos Padres y Doctores de la Iglesia,
que son los que forman lia genuina tradición eclesiásica
que llega hasta nosotros y ha de llegar a los siglos de
los siglos como un inmenso océano de luz, portadora y es-
clarecedora de la verdad. No os cansaré con citas fáciles,
al alcance de todo predicador. Sólo os mentaré aquel tex­
to de San Ambrosio en que llama a María. Virgo, per
gratiam, eb omni integra bbe peccafi (2). Virgen, ilesa,

< i) De Gen. ad. Lit., i. X II.


(2) San Am brosio, In Psalm, n 8 ; Serm, 22, o. 30.
- 171 -

por gracia, de toda mancilla de .pecado, y aquel otro de


Santo Tomás de Aquino, ä quien con palmario desacier ­
to se contó entre los escasos negado res de la Concepción
Inmaculada de María, y en que afirma rotundamente que
tal fué la pureza de la Virgen, que se mantuvo siempre
inmune de todo pecado original y actual: talis fu it puritas
/>. Virginis, quae peccato ofiginali et._ actuali wimfonid
fuit (i). Fero baste decir que entre los Santos Padres y
Doctores fué unánime la creencia en la Inmaculada Con­
cepción de María, a quien aquí y allá aclamaban ''única
pura, única sin mancilla” ; “ más hermosa que eí; cielo” ;
más refulgente que el sol” ; “ ornamento sumo de los san­
tos” ; "más santa que los querubes y más gloriosa que
los serafines", solam filiam vitas, hija única de la vida,
pues todos los demás seres humanos somos hijos de la
muerte .por haber sido concebidos en pecado... ¡Oh el coro
patrístico de entusiásticas alabanzas cantando la Concep­
ción Inmaculada de la Virgen .Santísima!
[Bien hayan, bien hayan nuestros mayores que tan a
tiempo supieron sentir la realidad maravillosa de la Con­
cepción Inmaculada de María y tan a tiempo supieron
proclamarla, si no dogma de la fe cristiana — que tanto
no les era dado a ellos, y la Providencia se lo reservaba
para gloria inmarcesible del gran Pío IX — , a lo menos
como un dogma de la fe española, que había de ser aca­
riciado siempre por nuestro corazón, y de enraizarse para
siempre en nuestras entrañas y en nuestra inteligencia!
¡Y bien hayáis, bien hayáis vosotros que con esta gran­
diosa solemnidad que dedicáis todos los años a vuestra
excelsa Patrona, evocáis aquella efervescencia maríana de
nuestros mayores que, al llevar a cabo sus magnas conquis­
tes épicas, a lo largo,, y a lo ancho del mundo, parecían
no tener más ideal que el hacer que por doquiera sonriese,

Com rn. in L i b ir . I; S ín t ., -D ist,, 44, § 3, a rt, 3.


trituiíaflora, la Concepción Inmaculada de María! Que no
se contentaban con hacerla amantísima y celosa guardiana
cíe Iberia, alzándole en el patrio terruño excelsas atala­
yas, que fuesen como otras tantas Covadongas, desde don­
de vigilase alerta, ¡guardando' y acreciendo el patrimonio
de-nuestra hidalguía y de nuestro'honor, y se las alzaban
también en todas las Indias Orientales y Occidentales,
poniéndole en las manos el cetro de todas las posesiones
españolas.
No dejéis nunca de celebrar esta herniosa solemnidad
mariana que tanto os honra a vosotros, al honrar a la In­
maculada María. No olvidéis jamás que vuestra insigne
Academia llevó un día el nombre de la Purísima Concep­
ción·. Seguid siendo siempre tan devotos de esa ■ Virgen
Santísima como los que bautizaron vuestra Academia con
su augusto nombre. Tened presente siempre que María
lo puede todo cerca de su H ijo: que es aquella Omnipo­
tencia suplicante, Onmipotentia supplex, según usual fra­
se patrística, a quiera nada le puede ser negado de cuanto
para nosotros pida a Dios. ¡ Aili, que si somos ardientes
devotos de -María tendremos segurísima la gloria eterna,
no lo dudéis! San Bernardo soñó un día un sueño atre­
vido que no recuerdo que artista se atrevió a interpretar
en uní lienzo que diz llama vivamente 'la atención en cierta
iglesia de 'Milán. Dos escalas subían de la tierra al cielo.
En la cima de 3a una estaba María, y en ia cima de fe
otra Jesús. Los que subían por ésta casi todos se despe­
ñaban antes de llegar a lo alto, y en cambio, los que su­
bían por aquélla, todos llegaban sin novedad arriba y pe­
netraban en el Cielo. Y aquí sí que viene de perlas aquel
texto del Santo: "porque es la voluntad de Dios que todo
nuestro bien nos advenga por María” , quia sic vohmtos
ejus est, qm fotum nos habere voluit p er Mariam... (i)·

(r) Sermo de N avitate Beatae Vírginis.


- 173 —

'Iba ya a concluir, señores académicos, pero no ío haré


sin deciros que hay algo más:<que pedir a María que núes-
tra individual salvación, y es la salvación de la madre
patria, a ia cual podéis cooperar vosotros de un modo es­
pecial y muy de cerca. Vivimos en instantes críticos- de
necesaria ■ renovación" Espiritual, publica y privada, sí es
que hemos de tornar a-siír grandes y gloriosos.'Y en estos
críticos instantes, a’vbsotfos, los que por derecho de "vues­
tra cultura y de vuestra- probidad tenéis ta obligación sa­
cratísima de velar-por la santidad de nuestras leyes, os
toca desempeñar un papeí muy noble, muy noble, peroí
muy difícil, muy difícil·: el de hacer que la sana -razón
imperé siempre en todas lá:$ jeves renovadoras que se Ha­
yan de implantar- jorque sólo así podrán ser salvadoras
y fecundas. -
Lo sabéis m ejor que· yo: el actual movimiento renova­
dor es una imposición instintiva del alma españolad Está
ya muy cercana la hora que ha de sonreír con la paz al
mundo; pero que ha de transformar eí mapa y aun la vida
misma de !as naciones. Y él alma española temía y temía
tmiy justamente, que esa anhelada .pero tremenda Hora de
la paz nos sorprendiese en nuestras eternas disputas ha­
ladles y ridiculas, de partidismo y de zancadilleo, hacien­
do que nos asemejásemos a aquellos teologastros bizanti­
nos, a quienes sorprendieron los turcos sitiando y toman­
do a Constantinapla, cuando ellos con más afán disputa­
ban sobre cuál era la naturaleza de la luz del Tabor...
De ahí las exigencias de renovación radical que surgie­
ron de pronto como un estallido, y que aún no sabemos
adonde nos van a llevar. Y de aquí la necesidad urgen­
te de implorar el' poderoso valimiento de María, para que
la riada renovadora vaya por el cauce salvador, por don­
de debe ir. ¡ Que no sigamos entregados locamente a nues­
tros viejos bizantínismos! f Que sepamos todos inmolar las
flf'gras hotíri.3!as individuales sobre eí ara, tres veces hen-
- 174 -

dita, del amor a la patria! ¡Que nos cuidemos muy mu­


cho de tener al ¿frente de nosotros, en la ya cercana hora
de la paz del mundo, hombres de altura que sepan hacer
que España sea respetada en todos los derechos sacratí­
simos de nuestra historia y de nuestra geografía, que tiem­
po es ya de que concluya la ignominia infamia que jamás
debió haber subsistido, y que el espíritu de rapiña pirá­
tica ha hecho ya dos veces secular...
En Israel sonó un día una voz misteriosa que le indi­
caba a Samuel quién había de ser· el jefe de la raza is­
raelítica: ecce irir, iste domináb^tur, he ahí el varón» ése
es el que ha de gobernar... Pidamos, p id a m o s a María
fervorosamente que en la “ nación de la Inmaculada" se
oíga cuanto antes, si no la voz misteriosa que oyó 'Samuel,
en presencia de Saút — voz divina bajada directamente del
cielo— , una voz divina que venga directamente de la sana
opinión pública, y que nos imponga un Gobierno íntegro
y viril, que. nos vuelva a encarrilar por los olvidados ca­
minos de nuestras antiguas grandezas y de nuestras pre­
téritas glorias; y pidámoselo con la hermosa invocación,
intercalada por nuestros mayores ert la Letanía Latí reta­
na : Matfr knmacuhta, ora pro tkT&ir...
LA SOLEDAD DE MARÍA

SSRUON PRONUNCIADO
EN LA
IGLESIA DE SAN MANUEL Y SAN BENITO
(MADRID)
D ep ósito est vehem ente)', non
habens consoíatorem .
Fué vehementemente abatida,
ao teniendo consolador.
Tren. I, v. 9.

Diecinueve siglos nos


H erm an o s m íos e n J e s u c r i s t o :
separan ya de la fecha memorable que, escrita en los ana­
les del 'mundo con la sangre de un Dios, dividió para
siempre en dos grandes eras la historia de la raza huma­
na: la era gentílica, esto es, el inmenso período de años
que íos pueblos- del lado de allá del Gólgota, digámoslo
así, vivieron sentados a la sombra de la muerte, y la era
cristiana, o sea el tiempo transcurrido desde que las mo­
dernas sociedades nacen, se desarrollan y florecen bajo
los resplandores de la enseñanza de la Cruz.
Y oon estar ya tan remota esa fecha, aun abre sur­
cos 'de luz inextinguible ’en la mente del humano linaje.
Los trágicos sucesos de aquellos días aun producen en
nuestro corazón vivísimas emociones; aun de año en año
absorben por horas enteras nuestra imaginación, nuestra
fantasía, nuestra memoria, todas las potencias de nuestra
alma. La Iglesia, ‘cada vez que los conmemora, entrégase
en brazos de la penitencia y del ayuno, enluta sus tem­
plos con crespones fúnebres y hace que se tornen mu­
dos los bronces de sus campanarios, y que, en vez de ale­
gres cánticos d-e fiesta, sólo resuenen por los sagrados
recintos dolientes elegías y trenos desgarradores. Diríase
que intentaba poseerse del mismo dolor que sacudió los
T omo JX, 1^
ejes de la tierra cuando, a la postrer agonía de Jesús,
rasgóse el velo del templo y resquebrajáronse las rocas y
abriéronse las tumbas y apagáronse los astros, y el in­
menso azul convirtióse en ¡negrura abismal, co>mo querien­
do ocultar de la vista de los ángeles el espantoso deicidío
perpetrado por los hombres.
Todo concurre a hacer 'que nuestras almas se conmue­
van hondamente ante el recuerdo de tan luctuosos días.
Todo ayuda al orador a penetrar hasta lo más recóndito
del corazón de sus oyentes y herir allí las fibras más de­
licadas de la piedad y del sentimiento, haciéndolas vibrar
como las cuerdas de un arpa cólica, Y no obstante, yo rae
imagino con positiva ■tristeza que mis palabras no van a
hacer sentir a vuestros corazones. Y o me figuro que mi
oración .sagrada va a ser el grano de simiente caído en el
cantizal, no porque vuestras almas sean de piedra,1o por-
que.-vuestro pecho no se halle propicio a recibir -el fecun­
dante rocío vivificad orsin o porque mis palabras no hai!
de rayar a la altura del objeto sublime que hoy me ha
hecho subir a esta cátedra.
Porque para hablar debidamente de las aflicciones de
María, al contemplarse huérfana de su Hijo, sería ne­
cesario tener los labios puros y derramar por ellos toda
la unción sublime del hijo de Ahatoh, profeta y santo
antes de 'nacer, cuando al simbolizar a esa Reina ¡sin ven­
tura en la jerusalén desierta y tributaria, en la Jerusíi-
lén de los niños pidiendo pan, y de las escuálidas vírge­
nes, y-de. los'sacerdotes gimientes, ponía en su boca estas
frases amarguísimas: “ mí consolador se ha alejado;de mi;
por eso lloro, vertiendo de mis ojos copiosas aguas; me
ha puesto desolada, todo: e! día transida de amargura.
Atended y Ved si ’hay dolor semejante a Imi dolor.”
i Ah, noí No ha habido dolor como el de esa Virgen
en la soledad de aquella -noche. No ha habido transfixión
como la de su alma, -cuando, al dar el último abrazo a su
- 179 -

.Hijo, tendió la vista en derredor y se vió tan desampa­


rada y tan sala, que jamás había, "habido en el mundo tan
absoluta soledad y tan completa desamparo. No lia habido
torturas íntimas como- la'de esa incomparable Mujer, atan­
do, a soías con su duelo, miró cruzar por su fantasía con
todas las crudezas de la realidad el espectáculo terrorífico
de ía Pasión, desde la venta incalificable de su Hijo Je-
sús por un vil puñado ’de monedas, hasta serle arrancado
de sus brazos el sangriento cadáver para depositarlo en el
sepulcro, ‘ ·
Fué entonces cuaiido se realizó en toda su plenitud aque­
lla profecía dél viejo Simeón de que- una puntiaguda As­
pada traspasaría su ahíla, no sus carnes virginales, no su
corazón· purísimo, sino su misma alma, todo su espíritu
sublime de mujer y de madre, que se ’sentía hundir en
aquella alta mar de dolor de donde a gritos pedía David
a Dios que le' salvase: fí¡ Sálvame, Dios, porque han enL
trado las aguas hasta mi alma; he llegado a alta mar y
la tempestad me ha anegado, ve n i in altihidinem -maris. et
tempestas demersit m e...
¡Y qüe mis labios mancillados sean los que hayan de
hablar d-e ¡la grandeza inenarrable de ‘tan estupendo mar-'
tirio! ¡Que mi corazón, frío e insensible, como tm pedras-
co del arroyo, sea ’el que haya de comunicar vida y sen­
timiento a mi nidísima palabra! ¡Ah, quién pudiera ha­
blar hoy. como ¡hablaba, con motivo de la 'misma fúnebre
solemnidad, aquel orador a quien celebra el gran poeta
Zorrilla en una'de sus poesías más inspiradas, cuando nos
cuenta en bellísima estrofa la conmoción profunda que la
palabra de aquel hombre causaba en su espíritu, a pesar
de lo infantil:

Entonces, ¡ oh. M adre !


recuerdo que nn día ■
tu santa agonía
contar escuché.
— 180 —

Contábala uu hombre
con vo z lastimera.
¡T a n niño como era, 1
póstreme y /lloré!

¡Oh, si, ai mostraros a María sufriendo, resignada, su


espantosa soledad — ella que por estar exenta de la origi-
ginaj mancilla lo estaba, asimismo, de la ley natural del
padecer— aprendiésemos todos a sufrir, resignados,, en la.
hora del dolor, viendo en él, no, cixno los pesimistas an­
tiguos y modernos, un pungentísimo arpón, clavado eu
nuestra existencia, y del que sólo podemos librarnos por
el aniquilamiento de nosotros mismos, sino, como los bue­
nos cristianos, una consecuencia del pecado original y un
medio de expiación y aun de glorificación, pues es la
llave de oro con que se han abierto las puertas del cielo
todos los grandes privilegiados del sufrir! ¡Oh, si con­
templando a María tan sublime, tan divina, en medio
de su soledad abrumadora, nos persuadiésemos 'de que el
dolor agranda y embellece las almas, dándoles tintas de
sublimidad, cuando saben mantenerse firmes en -medio del
inmenso piélago del '¡sufrir, que, a menudo, bate furioso
nuestro corazón y nuestras entrañas!
¡Virgen. ¡Santísima: tú que fuiste vehementemente aba­
tida y mo tuviste consolador, sé hoy el numen que inspire
todas mis ideas y todos mis pensamientos! ¡Derrama so­
bres mis labios una gota siquiera del cáliz amarguísimo
que apuraste la noche de tu soledad, para que mis pala­
bras, impregnadas con el perfume de tu infinita tristeza,
resuenen en los ámbitos de este recinto, compungidoras y
dolientes, como un treno de Jeremías! ■ ;Que no se frustren
por la rudeza de mi ingenio y por la frialdad de mi co­
razón las bonísimas disposiciones de esta muchedumbre
de almas devotas que, para consolarte en tu orfandad, se
han dado hoy cita cerca de tus altares! ¡Quieren sentir
- 181 -

como tú sientes! ¡Quieren llorar como tú lloras! ¡N o me


dejes, Madre mía, a merced de mi mismo! ¡ Que no sea yo
quien hable: que hablen sólo tu dolor 'y tu profundo des­
consuelo !

Depósito- est v eh cn icn ier, etc.

H e rm a n o s m íos en J e s u c r i s t o : La soledad de Maña


puede decirse que no dió comienzo hasta que la losa se­
pulcral cayó con estrépito fúnebre sobre los bordes de
la tumba de su Hijo. Ciertamente que ya había tenido
que sufrir horribles angustias cuando, en pie junto a la
Cruz, con los ojos clavados en el más hermoso de los
hijos de los hombres, convertido ya en el varón de la?
tristezas infinitas, escaló las más elevadas cimas del su­
frimiento, desprendiéndose libremente del fruto de sus
entrañas para entregarle a la muerte como precio de
nuestro rescate de la esclavitud de Satán. Sin duda que
la fórmula testamentaria de Jesús moribundo, legándo­
le por hijos a los propios verdugos del que lo era en
realidad, debió de penetrar por su virginal corazón como
un acero cortante, dejándoselo traspasado en todos sen­
tidos. Pero las amarguras de su orfandad todavía no se
habían desbordado por su ser en forma de torrente devas­
tador que' todo lo ‘inunda y arrasa.
Recordaréis que en la Alianza antigua se ungía a los
altos sacerdotes, a la manera que ungió Moisés a Aarón,
derramándole óleo en abundancia sobre la cabeza, según
’ios enseña E l LevíticO, y que aquella unción era simbó­
lica de la paz que debía reinar en ellos siempre, mante­
niendo su corazón muy ajeno a perturbaciones y apasiona-
míenlos que no,podían avenirle con la serenidad de ánimo
requerida para hacer al Señor los sacrificios in adoren
suavitatis, en olor de suavidad. Pues bien, María, al pie
dei ara de la Cruz, estaba actuando de altísimo sacerdote,
acuídadada, más que del pesar que se ensañaba en ella,
traidor y callado, de hacer a Dios debidamente, y en co­
munión íntima con el Hijo de sus entrañas, el sacrificio de
ios sacrificios. Además, Jesús aun estaba allí: adhuc filias
■imus vivit, podía exclamar con el patriarca Jacob,, cuartln
supo que aún vivía su hijo José, a quien, ya hacía tañías
años, lloraba muerto — ¡aun vive mi Hijo! ¡Crucificado,
es verdad, lleno el sacratísimo cuerpo de la? heridas de la
flagelación ; oscurecido sti rostro, donde nacía· la luz por
el tinte cárdeno de las contusiones que'le "hablan''causado
las bofetadas de los criados del pontífice y las caídas, boca
abajo, con el madero del suplicio; desgarrada la hermosa
frente donde se miraban los cielos por la coróiia de pun-
zadoras espinas con que por irrisión se le hkbia coronado!
Pero era el mismo Jesús que, durante nueve meses, habíti
llevado en sus entrañas; eí que tantas veces la había su­
mido en éxtasis beatíficos con sus besos y sus' caricias; el
que, en mil ocasiones, con sus filiales ternuras, lé había
anticipado en este mundo las bienandanzas del cielo.
Así que todavía-no estaba sola. Jja soledad1 comenzó
cuando José de Arimatea y la convertida de Magdalo, ha­
biendo concluido de adornar con ricos cendales y de ■per­
fumar con preciosos ungüentos e] santo sepulcro, le fue­
ron a arrancar de los brazos el cadáver de su H ijo;.— ¡ De­
jádmelo un instante aún, un momento riada ñiás! — ex­
clamaría la madre infeliz, más que con voces, con sus­
piros y con lágrimas— . ¡Dejadme que le dé el postrer
abrazo ! ¡ Quiero fundir mis labios con los· suyos en un
último inacabable ósculo! ¡Es Hijo mío! ¡Soy su madre!
¡Esa carne sacratísima la -formé yo con .sangre de mi ser!
¡ 7 .a nutrí yo con leche de mi pecho! ¡T.,a vivifiqué yo con
— 183 —

mis caricias v mis ternuras ! ¡ Dejádmele: es vida de mí


vida! ¡ Es amor de mi am or!— Y le abraza y le besa con­
vulsivamente, y llega el punto crítica de contemplarle
por última vez. Un lino sudario blanco, como la nieve, cu­
bre de súbito el divina rostro. L a piedra de! sepulcro 'des­
lizase, rechinando, sobre el hueco de la fosa. María tien­
de 'la vista en:derredor y ya no ve nada, porque no ve; a su
Jesús. Mira luego dentro de isí, y ¡ qué noche, que noche la
que se despliega por los horizontes de su espíritu. K-n toda
la cruelísima pasión que tuvo que sufrir esa Señora, -no hay
momento de más terrible y suprema angustia que el en
que mira y no vé a Jesús. La fantasía no halla imagen ni
símil con que representar el infinito dolor de aquel ins­
tante. El P. -Haber, una de las inteligencias místicas más
poderosas y que mejor han sabido bordar filigranas con
el lenguaje humano, va a contarnos lo que fué para la
Madre el contemplarse sin su Hijo, en aquel momento,
y se contenta -con decir: "¡O h, la aflicción dilátase oscura
enfrente de nosotros. como el océano en la noche, y no
sabemos tnás!..'.>’ (i).
I.o cierto fué que desde aquel instante comenzó la ver­
dadera soledad de María. ¡Habría que ver lo que pasa­
ba en las entrañas destrozadas de aquella Madre cuando,
de regreso al hogar, avistó la ciudad dcicida, desde la
cima del monte! ¡Con qué distinción, á los tenues focos
de luz que, de' trecho en trecho, rasgarían las sombras
tle Jerusalén, vería los pasos todos en que la judaica ple­
be se había saciado en su Hijo, recrudecidos quizás con
nuevas y más exquisitas torturas! Allá, a lo lejos, vería
surgir la columna de. la flagelación y le parecería oír aún
los chasquidos de los látigos sobre las carnes ínocentísi-"
nías de Jesús·; más allá el Pretorio donde se le escarneció

(i) Oh ! tile sorrow lies out d ark before ns, lilo.? tíií' sea at night,
ana \ve knov,- no m ore— 77;/· l'o o t o f thc C ross.
— 184 —

y expuso a la ¡furia del populacho, que, al grito cobarde­


mente compasivo de ¡ecce hamo!, contestaba con la im­
precación satánica de ‘'¡crucifícale, crucifícale!'’ Después
la falda del monte donde le 'echaron sobre los delicados
hombros el madero pesadísimo que había de ser su cadal­
so infame, y donde abigarrada multitud hervía en paga­
nos júbilos, viendo que iba a ser recreada con un jamás
visto espectáculo; luego el lugar donde las hijas de Je-
rusalén saliendo, llorosas, al camino para compadecer a
Jesús, se estremecieron al -oír de sus divinos labios aquel
fatídico conjuro: “ no lloréis sobre mí, llorad sobre vos­
otras y sobre vuestros hijos” ; más arriba los sitios de las
múltiples caídas del divino Mártir, abrumado bajó la Cruz,
y finalmente ésta surgiendo ensangrentada, con la Vícti­
ma augusta, como una imagen viva de la plegaria, abrien­
do los cielos con sus brazos y dejando caer a una sobre
la tierra todos los raudales vivíficos de la Redención.
Y con toda esta tragedia representándosele vivamente
en el escenario del alma, descendió la pendiente del Gólgo-
ta, acompañada de Juan y la Magdalena, y cruzó por las
calles de Jerusalén y oyó el murmullo de las hijas de Sión
que lamentaban el espantoso crimen, y vió a los escriban
y fariseos vagar, azorados, aquí y allá — criminales per­
seguidos por su propia conciencia— . Y sin exhalar una
queja de reproche ni ele agravio contra la deicida ciudad,
antes bien llorando amargamente sobre las desgracia«
que le iban a suceder, y que, hacía apenas una semana,
habían también arrancado lágrimas a su Hijo, entró, se­
gún algunos autores, en casa de Juan, símbolo viviente
del humano linaje que había prohijado al pie de la Cruz,
al imperio de aquellas palabras: “ mujer, he ahí a tu hijo” ,
según otros, en el 'Cenáculo, en la misma espaciosa estan­
cia donde la tarde del día anterior habían inventado las
ternuras de su Hijo el adorable Sacramento de la Euca­
ristía, para caíisfacer. al mismo tiempo que su.c infinitas
— 185 —

ansias de amar, na ruego que ella mismaj al decir de San


Efrén (i), había hecho a Jesús al poco tiempo de con­
templarle por vez primera, tendido en el pesebre.
¿Penetrar en tan sagrado recinto y reflejar en imá­
genes y palabras lo que estaría pasando en el interior
de aquellos muros ? ¡ Oh í Aquí la tristeza vuelve a dila­
tarse, oscura, como el océano en la noche, y no sabemos
más, que diría el gran místico inglés. Imaginaos eí cua­
dro como mejor os plazca. Colocad a María medio de
hinojos en el centro, con la frente inclinada hacia la tie­
rra y llorando arroyos de lágrimas que llegaron a señalar
con surcos indelebles las rosas de sus mejillas. A un lado
el Amado Discípulo, exánime y sin fuerzas, ladeando la
cabeza hacia la que era ya su madre, como queriendo re­
petir la escena ternísima del día anterior, cuando se ha­
bía reclinado en el pecho de Jesús; al otro lado el modelo
sublime de la mujer arrepentida medio envuelto el ros­
tro en la desordenada cabellera, de alguno de cuyos bu­
cles, hilo a hilo, gotearía el llanto, y con el flujo) y el re­
flujo del mar en su pecho, haciéndoselo baiar y subir en
largos amorosos suspiros: los tres en silencio absoluto, sin
cambiarse una expresión, ni casi casi una mirada. Dis­
tribuid luego a placer todas las sombras de dolor que os
sugiera la fantasía, y tendréis pintada la soledad de esa
Virgen en aquella noche, cuyas horas en el cómputo de
la gracia debieron de equivaler a siglos de eternidades,
Pero, ¿qué estoy diciendo, desgraciado de mí? jPintada
la soledad de M aría! ¡ Como si el océano de amargura
que le azotaba incesantemente las entrañas pudiera refle­
jarse en vagos espejismos e ideales representaciones!
i Como si nos fuera dado sujetar al cálculo mezquino de
nuestro entendimiento la intensidad aflictiva de aquel do­
lor que rebasaba toda medida humaíia, y que sólo podía

CO In N ati vítate Domíni, Sermo n.


hallar espacio a su grandeza' en aquel virgíneo corazón,
hecho por Dios, exprofeso, para sufrir y para, amar!
¡ Imposible, imposible formarse concepto exacto de los
sufrimientos inenarrables de esa Señora, al contemplarse
sola, en el silencio fúnebre de aquella noche, con toda h
tragedia de la tarde, representándose de nuevo, vivísima,
en su fantasía y en su corazón! [Ahí el doliente poeta
franciscainio Jacoponé da Todi, en instante de inspiración
celestial, pudo trazar en versos que-parecen hechos de lá­
grimas coaguladas y de solificados suspiros ese sublime
Stabat Mater, que con fuerza tan suges donadora nos hace
rastrear la incruenta .crucifixión de María al pie de la
Cruz; pero esta otra crucifixión de María en la soledad
de aquella noche, esta otra callada y lenta crucifixión de
la Madre de Jesús en aquellas horas largas, inacabables,
eternas, en que el dolor se agotó a sí mismo apurando
todas sus fuerzas lacerantes y torturadoras, esa crucifi­
xión todavía no'ha habido ni habrá jamás Jacoponé.que
la trace, sencillamente porque las cumbres supremas del
dolor son algo inaccesible en absoluto a la inspiración de
una criatura. El ángel mismo del dolor que acompañaba,
invisible, a María en aquella noche trágica, y que estaría
como anonadado ante el inmenso sufrir de esa Mujer, el
Angel mismo del dolor que viniese a este púlpito, no po­
dría expresaros en toda su viveza el martirio secreto del
corazón de María en aquella muda, espantosa soledad.
¿Cómo deciros, pues, algo de la soledad de M aría en
aquella cruelísima, diutnrna crucifixión? Mí lengua se
confiesa lánguida, inexpresiva, del todo impotente, para
haceros barruntar siquiera lo qué haya podido ser aquel
callado abrumador martirio. Pero hay un lenguaje espe­
cial, íntimo, recóndito, que se hablan a sí mismas las al­
mas que saben mentir. Me refiero a ese lenguaje personal!-
simo, intraducibie en palabras, irrepresentable en imáge­
nes y en ideas, pero expresivo, no obstante, y elocuente,
187 ~~
cuando el que se lo habla a sí mismo tiene fantasía: y tie­
ne corazón;.me refiero.-a ese lenguaje inarticulado de sen­
timientos y-de emociones que ^uena,· hablado...por la na­
turaleza misma, en las profundidades :de nuestro ser y que
sacude y conmueve nuestras entrañas, ora haciéndonos
llorar,· ora haciéndonos r-eir, según el estado de alma que
lo inspire. Hablaos, hablaos cada uno a sí mismo cotí ese
mudo pero-expresivísimo lenguaje de emociones y de sen­
timientos; dejaos sugestionar por voso tro.·; mi-mos a la
contemplación ideal de María, según vuestra imaginación
os la represente en aquella abrumadora soledad. Cada
uno de vosotros, ¡oh, -hombres! , 'figuraos mi, Atinad o Dis­
cípulo, y ca-da una de vosotras, ¡oh, ■mujeres!, figuraos
una Magdalena, trasladándoos con la fantasía a noche tan
aciaga y a la morada aquella de Jerusaléu, donde se reco­
gió la Virgen con San Juan y con la convertida de Mag-
dalo, tras la jornada sangrienta del Gólgota. Estáis allí, al
lado de María. Percibís el atiento de -sus labios. Sentís el
palpitar de su corazón. Medís con una mirada de vuestro
espíritu la inmensidad de su pena. Paladeáis una gota del
cáliz que apura, cada vez que se le escapa, involuntario,
algún suspiro. Acecháis en sits ojos, cuando os ríiira, un·
atisbo de sus· hondas torturas';, T^eéis en ellos, cuándo lo’S
levanta al cielo, una alegría, lastimera de su oculta crucifi­
xión... Pero; tampoco, tampoco así podemos ni-rastrear si­
quiera los martirios de María en la noche infausta de su so­
ledad, No hay:nada qué.-nos haga idear ¡esos martirios y es
torzoso reconocer nuestra impotencia para concebirlos y ex­
presarlos, como la reconocía San Buenaventura, cuando
interrogaba: ¿qm e lingm dicére, vel qtds míelíectus cá-
pere mfficit, desalatiónum tuarum pondus, Virgo· bea­
to? (i). ¿Qué lengua podría expresar, ni qué entendimien­

to Ligfiumi vitac, 2S.


- 186 -

feo concebir el peso de tus desolaciones, oh Virgen San­


tísima?
Si el dolor simplemente natural de una madre cualquie­
ra en la muerte de un hijo, fruto de sus amores, es tan
grande que nos abruma, y juzgamos que va mucho más
allá de la fuerza expresiva del humano idioma, ¿hasta
dónde llegará ese dolor cuando el muerto sea un hijo como
Jesús y quien le llore sea una madre coano María? j Je­
sús! El más hermoso entre los hijos de los hombres,
como nos dice el salmo; el que con solo su mirar ena­
moraba másticamente a las vírgenes de Judea; el que
brindaba sabroso maná del cielo en sus regalos y sus ter­
nuras; el 'Unigénito de Dios, resplandor de Ja gloria del
Padre, encarnación del Verbo divino, templo de la bea­
tísima Trinidad, espejo limpísimo de -la suprema Hermo­
sura, copia vivísima de su esencia, figura sublime de su
substancia... ¡Y María! La más olorosa flor de íos pen­
siles salomónicos; la elegida como el sol y hermosa como
la luna, la que ascendía del desierto, como nubecilla de
aromas; la bíblica Sunamita, en quien no encontraba má­
cula el enamorado Esposo; la concebida antes que fuesen
los abismos y rompiesen de la tierra las fuentes de las
aguas; la aurora espléndida del Sol de justicia, conquis­
tadora de los amores de Dios, Esposa del Espíritu San­
to, Madre del Verbo divino... Pero es imposible querer
agotar lo® epítetos gloriosos que convienen a tal Hijo y
a tal Madre. Baste decir que eran dos seres hechos el
uno para el otro; que en El alentaba una fuerza de atrac­
ción y de encanto verdaderamente infinita, porque a más
de hombre era Dios; y que en ella había más virtud ama­
dora que en todas juntas las madres de la tierra.
Y siendo esto-así, ¿cuál sería la desolación de aque­
lla Mujer que espaciaba los ojos por todas partes y por
todas hallaba huellas de su H ijo; pero no le veía a El,
porque yacía, cadáver, debajo -de pesada lo-sa? Aun cuan­
- 189 —

do 110 consta que en toda la noche se ls oyese una sola


queja, como sí el dolor hubiese puesto un candado a sus
labios, dejando paso- únicamente ai aliento, mil veces más
embalsamado que las ¡brisas de Basan y de Sarán, ¡cuán­
tas veces, allá en las soledad-es de su alma, habrá mur­
murado con -esa íntima habla que es la que más intensa-
mente repercute en las cimas del cielo aquellas palabras
de Isaías: ánima mea desideravit te in nocte, mi alma te
deseó durante la noche, suspirando por ti incesantemen­
te, y aquellas otras del Real Profeta: “ no así me des­
ampares, Dios-y Salvador mío. .No té apartes, de mí;
acude pronto a socorrerme, oh Señor de mi salud: veni
m adjutorium meum, Dómine Deus* sahitis mcae !
¡ Pobre corazón desgarrado! Está dispuesto en los etei--
nos designios que esta noche no haya para ti consuelo.
Tu Hijo fue abandonado de su mismo Padre, cuando
pendía en el Arbol de la Cruz: no esperes ser más afor­
tunada que tu Hijo, en ese cenáculo, testigo mudo de
tu martirio y tu desolación. No clames, no clames por
conmiseraciones de arriba: se han vuelto de mármol para
tí las entrañas de la infinita misericordia. El bálsamo que
haya de calmar las heridas profundas de tu pecho no
brota -en los árboles del paraíso. Es fuerza que apures,
hasta la última gota, el vaso de la divina indignación pro­
vocada por los pecados del humano linaje. ¡No le hubie­
ras prohijado sobre las cimas del Gólgota! ¡No hubieras
conmutado a la víctima por el verdugo! ¡N o hubieras,
por amor a las criaturas desprendídote del Creador!...
i Ay! ¿Pero qué es lo que' está profiriendo mi lengua?
¿Adonde me llevan -los arrebatos de mi sentimiento? Me
parece que estoy hablando más neciamente que Job cuan­
do se permitió poner reparos a la divina justicia: m si-
ptenter locuftts sum. He subido a este púlpito con obje­
to de ablandar el alma de mis oyentes y hacer que apor­
tasen un átomo de consuelo a esa Hija de Sión, de cuyo
— 190

rostro desolado ha huido toda su hermosura. ; Y yo mis­


mo ia estoy desconsolando, di ciándole que el cielo desoye
sus gemidos y echándole -en cara sus cuasi infinitas mise­
ricordias!
i Sí, he estado hablando neciamente! Es que -el corazón
.se sobrepone al entendimiento, y el corazón no discurre,
siente nada más, al fantasear los martirios inenarrables
de María. Porque no cabe duda de ningún género: Ma­
ría 'fué mártir, más aún, Regina Mártyrwn, Reina d-e los
mártires, porque fué más mártir que todos juntos lo=· que
derramaron su sangre por la Cruz en la arena de los
circos al· grito salvaje de “ ¡Christianos ad leones!" Catsi
me atrevo a decir que fué más mártir que el mi-sm-o Je­
sús, su Hijo. Jesús inmoló su cuerpo en el ara de la
Cruz. María inmoló su alma, primero en el sangriento
Monte y luego en su espantosa soledad. Lo que dice mi
gran Padre San Agustín de la madre de los Macabeos· a
quien llama septies -martyr, mártir siete veces, porque lo
que padecían sus hijos en el cuerpo lo sufría ella en el
corazón, illa vid end, o in ómnibus passa est (i), realizóse
con mucha más crudeza, respecto de María, cuya alma
era un espejo purísimo donde "se reflejaba en sus it¡;Ví
nímimos -detalles toda la tragedia redentora.- Los Santos
se maravillan de que una simple criatura haya podido so-
brellévar tan bárbaro suplicio, y aseguran que. a no haJxr
la virtud de la- gracia mantenido^ milagrosamente el soplo
de su existencia, hubiera exhalado' a. cada instante su
último aliento. San Anselmo afirma que cuantas cruel­
dades hayan podido infligirse a los mártires, fueron cosa
muy Heve o por mejor decir, nada, leve 'fidt aut fio has
nihil (2) en comparación cort los martirios de María. Y
San Bernardino de Sena llega a decir: tantus fuit dolor

(1) Serm e C C C . 6. In solemnitate M art, Machabaeortim.


(2) De Excellent. "Vírg·., c, V I L 1
- 191 —

V-irymis quod si i-nlcr o¡unes crcaLtírus* qi ¡tu pnii


dkñdereturomnes súbita perirmt (i), fue tanto el do­
lor de. la Virgen que, si entre las criaturas capaces de
sufrir 'se dividiese, todas de súbito perecerían. ¡ Qué mar­
tirio tan horrible y tan espantoso! La imaginación nau­
fraga -en seguida al querer explorar ese inconmensurable
océano del sufrir. ¡Y que todo haya sido por sobrepo­
ner, en el Calvario, el amor de los pecadores al amor de
su propio Jesús! ¡ Y que.aun nosotros nos mostremos con
ella tari fríos y desamorados! ¡Que, en vez de procurar
con nuestros cariños y con nuestras atenciones disminuir­
le en lo posible los sufrimientos de su: soledad, tengamos
valor para desgarrarle de nuevo las. entrañas,· hundiendo
en ellas -todos los días la espada. de 'nuestra ingratitud 1
Porque no lo dudéis: cada vez que ofendemos a su
Hijo, cada vez que nuestras pasiones esterilizan para nos­
otros la sangre derramada en el Calvario; cada vez que
con nuestras iniquidades rasgamos una hoja del poema
sublime de la Redención, clavamos un puñal agudísimo
en el corazón de María y volcamos de nuevo sobre sus
¡abios la copa de hieles de su soledad; porque nada hay tan
doloroso para una madre como ver que se pisotea la
sangre de su hijo.
¡ O h! Hermanos míos muy amados: j que esa preciosa
sangre no se haya derramado-inútilmente para nosotros.,
■los·que hoy nos hallamos cobijados en este templio! ¡Que
no en vano haya -sufrido esa Reina de los Mártires tina
soledad tan espantosa! ¡ Que esa para María dolorosísi­
ma soledad se ostente a nuestra memoria d>e continuo,
moviéndonos a arrepentimiento de nuestras culpas, coo­
peradoras con la plebe judaica en el asesinato sacrilego
(fe un Dios! Tened muy en cuenta que de nada os servirá
haber venido hoy ai templo a oir la divina palabra y a enter­

có Sertno ó?
— 192 —

necer vuestro corazón al influjo de la soledad de María,


esforzándoos en ser partícipes de sus desolaciones y amar­
guras, sí no hay un cambio radical en vuestras costum­
bres y una honda transformación en vuestro vivir.
Si, como hasta ahora, siempre que Dios se digne visi­
taros con alguna contrariedad, queriendo probar vuestra
virtud en el crisol del sufrir, dobláis la frente al descon­
suelo y dejáis que la impaciencia os repudra las entrañas,
indicio evidente de que no sabéis mirar hacia arriba para
ver 'lias esperanzas que nos sonríen desde muy alto; si,
inmediatamente que salgáis del templo, volvéis a obrar
y sentir como sentíais y obrabais hasta ahora, reincidien­
do en las mismas cobardes tibiezas del indiferentismo re­
ligioso; isi tornáis a ser los pusilánimes de ayer que no se
atrevían a poner en sus labios aquella frase del· Apóstol,
non enim embosco Evangslmm, no me avergüenzo de ser
cristiano, no me avergüenzo de ir a misa, no me aver­
güenzo de confesarme, no me avergüenzo de acercarme
■al banquete eucarístico, no me avergüenzo de practicar mi
fe, entonces no es sólo que habéis salido del templo: jes
que habéis vuelto las espaldas a María y a Jesús! ¡Es
que queréis seguir viviendo apartados de Dios! ¡E s que
renunciáis a 'los sentimientos hidalgos de vuestros mayo­
res, que eran católicos viejos y a machamartillo! ¡E s que
apostatáis del españolismo tradicional y caballeresco! ¡Es
que renegáis de la España épica de la Reconquista y del
descubrimiento del Nuevo Mundo! ¡E s que insultáis aí
Pilar y a Covadonga! [Es que abdicáis vuestra corona
celestial!...
¡Ah. no ío permitas jamás, Virgen desolada y todo
el día llena de amargura! ¡ Que de cuántos nos hallamos
en este templo no pueda decirse jamás aquella frase ana­
tema con que estigmatizó Dios a su pueblo por boca de
Isaías: esta gente me glorifica con la boca, pero su cora-
.zón está lejos de mi, car autem ejus longe est a me!
- 19J -

¡lían/ sabido que estabas triste y se haai dado prisa en


v*nii^ a ltorap -eootigo, -si «o lágrimas de ternura de esos
que ásaen por fuera, lágrimas de amor, de esas que caen
por dentro y que te son incomparablemente más agrada­
bles ^-dulces que las que brotan por los ojo®. No eches
en olvido sus humildes consolaciones. Valieran mil cielos
y mil mundos, y de igual modo te las prodigarían. ¡ Se­
ñora: que todos lo¿ que hoy te acompañamos en. tu sole­
dad, gocemos un día a tu lado de las bondades y finezas
de tu Jesús! Así se».
PANE6IRIC0 DE SANTA TERESA DE JESÚS
PRONUNCIADO EN ALBA BE TORMES EL DIA
DJB 1»A FIESTA DE LA SANTA, Í9U
Oráintmt i» mt choritatem.
Ordenó en !mi el amar,
(Cantar de los Cantares, c. II,
v. 40.)

VsN ERABLÜ COMUNIDAD :

H erm an o s m ío s en J e s u c r is t o :

¿Decir aigo que suene a aifeabanza nueva de la escla­


recida virgen abulense, en este sagrado recinto por cuyo
pulpito desfilan todos los años oradores de vigoroso
aliento y palabra inspirada y deslumbradora? ¿Ceñir la
írente de Teresa de Jesús con un ramo de flores, cuyo
primaveral aroma no haya aspirado aún la gente senci-
fia de este pueblo escogido por 'la Santa para su morada
postrera en este mundo, y en cuyos ámbitos aun parece
que se respira el «déme® perfume que efundieron sus la­
bios de ángel, al exhalar el último suspiro? Os lo digo
con toda ingenuidad: no he ascendido a esta cátedra
con pretensiones tan ridiculas; no me he dejado sedu­
cir por el silbo de serpiente de propósitos tan vanos y
tentadores.
Me diréis que Teresa de Jesús ha sido siempre co­
piosa fuente de poesía, cuyas serenas ondas hacen
brotar en el alma la inspiración, y que sus obras divi­
nas son foco de luz que irradia con perennes irradiacio­
nes de ideas y pensamientos. Es verdad, pero también
lo es que esa fuente mana en alturas adonde -sólo es
dado llegar a las grandes inteligencias, y que ese foco
— 196 —

de luz bnlLa cu regiones adonde sólo pueden tender


üu vuelo las -águila-s caudales. Enhorabuena que mí glo­
rioso Heítrawio Fr. Luis de León, a quien cupo la hon­
ra de haber sido nombrado por el Consejo Real censor
de los,, libro» de la Santa, haya acertado a proferir elo­
gios de ella que nunca morirán, maravillado ante el
rompimiento de sublime misticismo que desborda por
sus obras rebosantes de increada luz, de la misma in­
creada luz que endiosa y beatifica a íos bienaventurados
en el Cielo; que ílossuet, el cantor de líos grandes muer­
tos, embriagado deí riquísimo maná con que rociaba su
espíritu la asidua lectura de la vida de la Santa, haya
como modelado un panegírico de bronce, que leerán
siempre con, veneración las generaciones venideras;
que Leibnitz, fe gloria más grande del protestantismo
y' uno de los primeros 'ingenios del orbe, haya enaltecido
a la Santa con elogios tanto más sublimes cuanto· más
sinceros, confesando ante la faz del mundo que -n los
libros de una pobre monja española habín encontrado
í u z para establecer los fundamentos de la más encum­

brada filosofía; pero los que estarnos a en-i infinita dis­


tancia de Letbnitz, de Bossuet. ele Fi, Luis de León, los
que para contemplar al genio tenemos que mirar hacia
arriba como se miran en la noche los astros, no tene­
mos más remedio, al hablar de Teresa de Jesús, que
contentarnos con decir lo que ya todo ei mundo sabe,
encomios ya gastados de tanto uso. alabanzas que. a
diario resuenan en nuestros oídos.
Mas no creáis que por esto desmaye y cunda por mi
ánimo el desaliento. Sonríeme la esperanza de que el pa­
negírico que vais a oír no ha de ser de vuestro desagrado.
Un 'ramillete, por estar tejido con flores que en todas las
primaveras nos recrean con iguales matices y con idén­
ticos perfumes’ nos regalan, no por eso deja de agradar
. de igual modo al corazón y a los sentidos. Y en ta his-
— 199 -

loria de la excelsa heroína que hoy festejáis con tanto


júbilo hay una mitrada, de altísimos hechos que pueden
ser comparados e« hermosura y fineza, tío ya. a las
más delicadas ñores de nuestros campos, sino a las más
fragantes rosas del Edén, a las más candidas azucenas
deí Paraíso. No voy a hacer un recuento minucioso de
su vida, no voy a seguir todos los pasos de su existen­
cia desde que abrió sus ojos en Avila, destellando por
ellos resplandores de inmarchita gloria, hasta que los
cerró en este noble pueblto, enriqueciéndolo con el pre­
cioso legado de su corazón, nido de divinos amores,
transverberado por un serafín, y donde Jesús se holga­
ba en residir de continuo como en su nativo albergue
y su morada solariega. Y o quisiera únicamente recorda­
ros aquellos hechos de su vida que de mejor modo nos
ayudasen a rastrear su amor, siguiéndole, a sernos po­
sible, hasta las mismas cumbres seráficas, donde el co­
razón de la Santa se sumergía en inefables arrobos, pa­
ladeando las dulzuras de la beatífica visión y sorpren­
diendo fes arcanos de esa sublime mística, dulcísima
miel, que gotea, coma de un panal, de cada página de
sus libros.
; Ojalá que de ese amor se desprendiese una pequeña
chispa sobre nuestro espíritu, de suerte que, matando en
él la hoguera de los mundanos amores, se nos hicieran
irresistiblemente desabridas v amargas todas las cosas
ríe la tierra, y hallando gusto y sabor en las del Cielo,
pudiéramos apropiarnos un día las hermosas palabras
del Cántico que he puesto por lema: ordpiavit in me
diaritatem. Dios ha ordenado en mí el amor! j Virgen
Santísima, a quien Teresa de Jesús suplicó “ con1 muchas
lágrimas” , como ella nos dice, que fueses su Madre, al
contemplarse a la edad de doce años sin la que le había
fiado el ser, sé Madre de todos nosotros y da luz a mí
monte y buena disposición a estos corazones para que
- 206 -

mis palabras sean corno rodo que baga germinar en ellot


frutos de divino »mor. Ve que te lo pedimos saludán­
dote con el ángel.
Ave, María.

Oréinmvit wt me, etc.

H erm a n o s m ío s en J e s u c r i s t o :

No puede ponerse en duda que Dios lo que más ama


en el mundo es el coraxón; que el corazón es io única
que persigue al través de nuestras más insignificantes
obras y nuestros más recónditos pensamientos; que,
celoso y amante en extremo, como nos le pinta la Sagra­
da Escritura, ansía imperar en nuestro corazón c*no
Rey absoluto y único dueño; y es, indudablemente, por-
que el fundamento de la perfección cristiana consiste
en el buen uso que se hace deí corazón; y porque del co­
razón trasciende sobre Jas existencias o el tufo de infier­
no que 'las hace precitas, o el buen olor de Cristo, que laí
hace santas. Ahora bien, ¿quién -mejor que Teresa de
Jesús puede gloriarse de haber dado a Dios su corazón
desde que supo que latía en su ser? ¿A quién le vienen
más de perlas que a ella las palabras del salmo: f'mi#
ojos se han convertido a tí, Señor, desde la aurora de mi
vida” ? Llénase el alma de inefable placidez al imagi­
narla en los tiernos años infantiles, ¡leyendo con su her­
mano muy querido las vidas de los mártires, e hinchien­
dose de santa envidia al ver io de barato que a su juicio
conquistaban la gloria del Cielo, i Y cuando un día, a es­
condidas de sus padres, parte de la ciudad con su herma­
- -Oí -

no, nada m en oa q u e c o r «1 propósito firme de ¿r “ a tie­


rra de moros” a derramar por Dios hasta la última gota
de su sangre inocente!
Pero dejemos a un í&do este período de la, vida infan­
til de la Santa, -en el cual su amor a Jesús puede consi­
derarse más bien inconsciente que reflexivo, más hijo
de la'fantasía, exaltada por piadosas lecturas, que del co­
razón movido por ías bondades y bellezas de Dios, y re­
presentémonosla en el terreno de su vocación, cuando, vi­
vamente arrepentida de haber prestado atento oído a
conversaciones profanas y de haber pagado su óbolo
correspondiente a la vanidad del mundo, deseando "con­
tentar en parecer bien con mucho cuidado de manos y
cabellos y olores1’, se decide resueltamente a abrazar la
vida religiosa y vivir desasida en absoluto de los.atracti­
vos de la tierra. En aquella 'lucha íntima que riñeron en la
soledad de su alma el amor del Cielo y el del mundo;
en aquel duelo a muerte entre la naturaleza y la gracia,
el ángel del bien, pintándole los encantos de la vida es­
condida en Cristo, y el del mal representándole en toda
su desnudez y colorido los placeresj y voluptuosidades
de la carne, transparentase ya su corazón enamorado de
Dios y ansioso de entregarse, sin resreva, a su adora­
ción y a -su culto. Dícenlo muy alto tos costosos esfuer­
zos de la victoria, la terrible violencia que tuvo que ejer­
cer contra sí misma para no dejarse vencer por la ter­
nura paternal que ponía el veto a sus aspiraciones: vio­
lencias que le causaron tanto y tan hondo penar, que lia
hicieron escribir en el Libro de les maravillas de Dios,
como ella se complacía en llamar el de su vida: “ no
creo será más el sentimiento cuando me muera; por­
que me parecc cada hueso se me apartaba por sí” ,
i Hermoso triunfo del amor de Dios sobre las seducciones
y los halagos de ia caída naturaleza! Una joven,
según todos sus biógrafos, en extremb agraciada y her-
— 202 -

rnosa, de entendimiento agudo y escudriñador, de co­


razón* delicadísimo, hecho naturalmente paira amar
todo lo grande y bello que se presentase a sus ojos, se­
pultándose' Ubérrimamente en él claustro en· lo más li-
sonjero de la edad, en la plenitud de sus diez y ocho
primaveras, cuando el mundo hacía llegar a sus oídos
con más fuerza sugestiva la canción de los placeres
y de loe amores.
‘ ¡Y qué vida la suya en-aquel asilo-santo de la ora­
ción y el recogimiento! Sabía que para llegar a conocer
a Dios y prendarse bien de su hermosura, no había,
más que dos caminos: el de la oración y el· del estudio.
Ella echó a andar con pasos de gigante por el prime­
ro, y desde entonces puede decirse que su vivir fuera
y dentro del claustro 110 fue más que una oración con­
tinua, un eterno buscar a Dios al través de las sole­
dades de su corazón, donde a veces venía a morar y a
brindarla sus regalos y mercedes, holgándose en ver­
la cada día más amante y enamorada. Pero no se de­
fine 'líi vida del justo sobre la tierra una continuada se­
rie de dulzuras y satisfacciones. Cuando mejor se prue­
ban los quilates de la verdadera virtud es en el tiempo
de la tribulación y de la contrariedad. Para llegar a
la cumbre de la perfección hay que atravesar antes de­
solados desiertos y dejar las huellas de nuestros pie*
ensangrentadas sobre tos riscos de escarpadas cimas. El
justo es tanto más justo cuanto más 'se parece al di­
vino Mártir, y éste tuvo que trepar al Monte santo, car­
gado con la Cruz a cuestas. Hay que desengañarse: que
nadie sueñe en surcar los procelosos mares del mundo
"y arribar a las amadas playas sonrientes de eterna vida,
embarcado en las pintadas naves de los goces y los pla­
ceres : esos mares sólo se surcan prósperamente en una
nave, la del madero de la Cruz, y en esa nave los surcó
Teresa. Violentas e interminables enfermedades físi-
- 203 -

cai torturáronla años y años con increíbles padeci­


mientos, que fueron como un crisol pana su paciencia
heroica, haciéndola reverberar como un diamante he­
rido por un rayo de luz en medio de la obscuridad de la
noche. ¡ Con qué gracia y galanura nos describe ella én
el áureo· libro de ¿u vida algunos de aquellos increíbles
tormentos: "la lengua hecha pedazos de mordida; la
garganta de no haber pasado nada..., que aun el· agua
i?o podía pasar. Toda me parece que estaba descoyunta­
da con grandísimo desaliño en fra cabeza. Toda encogi­
da. hecha un- ovillo... sin poder menear ni brazo, ni píe,
■ni mano, ni cabeza..., sólo un dedo me parece podía me­
rmar de la mano derecha” . ¿Pedir ella a Dios en seme­
jante coyuntura que aligerase su tormento y le restitu­
yese la salud que tan de menos echaba, desde que, Ins­
pirada y como seducida por su amor, había levantado
'-franqueable muro entre ella y el siglo, retirándose a
i'n apartamiento, adonde ni llegase siquiera el' más im­
perceptible rumor humano? Ni por asomos. Viajera de
la inmortalidad, sabía perfectamente que no llevaría
a. sus labios la copa de las eternas venturas si antes
no resistía Jos cansancios y las postraciones del viaje,
tifíase que en su mente llevaba grabada de continuo
aquella hermosa sentencia de mi Padre San Agustín:
VUi non gemit peregrinus, non pcmdebit cw is : el que
no llora y gime viajero, que no espere regocijarse ciu­
dadano. Y así lo único que pedía a Dios eran fuerzas,
fuerzas para sobrellevar el terrible peso de la vida y no
desmayar un solo punto en c1 camino de ]a virtud.
Asombra y maravilla ver un alma tan resignada con
№ martirio tan hondo y tan lento, y como que se sien­
te uno tentado a creer que no estaba hecha nuestra he­
roína del mismo metal que los demás seres humanos,
esta frágil arcilla, de este quebradizo barro de la tie-
ir;i que pone el grito en la nubes, apenas siente la más
- 204 -

ligara enfermedad y trae al retortero a toda una familia


en busca de 'lenitivos y de consuelos, Y es que nuestra
Simia no sentía como nosotros esa instintiva inclinación
a la vida por la vida misma, esto e?. por el cúmulo
cíe placer« don que nos pueda, sonreír y la porción de
satisfacciones que nos pueda brindar. Ella sólo amaba
la vida como medio de satisfacer su sed infinita de
amor, de aquel amor que Dios había ordenado en su
aíma, y cuyo regatado aliento dulcificaba la fiereza de
tus prolongados martirios. ¡ Y si hubiesen sido sólo
los martirios del cuerpo los que hubiesen puesto a
prueba su amor y su paciencia sublimes! Pero 11c:
todo el sufrir y padecer del cuerpo eran sólo como
sombra y figura del sufrir y padecer de·! alma, cuando
el Señor, ya habiéndola hecho gustar de la bodega de
sus vinos y regalándola con las dulzuras de su pre­
sencia sensible, juntándose y uniéndose a ella en de­
liquios inefables, 'la abandona de improviso y como
que se le aleja y se 'le esconde, ¡ Oh. qué desolación la
que entonces enluta a modo de negro manto el espí­
ritu de nuestra Santa! ¡ Sentirse en las horas de ele­
vada contemplación, viva, apasionadamente enamorada de
Dios; parecerle que le tenia a su lado, y, cuando hen­
chida de gozo se tiraba como a abrazarle, ver que se le
escondía entre nubes como a los judíos en el Sinaí, nu­
bes relampagueantes de enojos que parecían decirle quf
Dios se divorciaba de ella para siempre, y que jamás rea­
nudaría su amistad con quien después de haber sido re­
montada tan alto en h oración, aún vivía pegada a las fri­
volidades de la tierra!
En vano buscaba luz y consejo en sus confesores, <le"
rramando a sus plantas como un vaso de esencias los mis­
terios amorosos de su corazón. Medio letrados, oomo ella
nos dice que solían ser a veces los confesores con quie«e;
tropezaba, sólo servían para empujarla, mar adentro, ei!
- 203 —

d profundo océano de sus dudas y perplejidades, lle­


gando la infeliz a considerarse, en ciertas horas, recha­
zada de Dios, reprobada por los hombres, insufrible a sí
misma, y sin tki ángel que, como a Tobías, la condujese
a! través del tenebroso caos que envolvía toda su alma.
Mas no por eso abandona la oración, no por eso desma­
ya en el camino de la virtud; no por eso deja de amar
cada día con más vehemencia a quien parece que >e
adrada en traerla como loca y fuera dé -sí; antes bien re­
dobla las horas de recogimiento, y penetrando con los ojos
(iel espíritu en la noche cerrada de su corazón, empéña­
se.' en descubrir, en medio de las tinieblas, aí objeto de
sí.;.’ ansias, al causante de todos sus suspiros, al blan­
ca de todas sus aspiraciones, teniendo que lamentarse cotí
la Esposa de los Cantares <3e haber buscado en la noche
al que amaba su alma y Ino haberle emeontrado: quaeskfi
illum per nortes et noH inveni,
Ilazón sobrada tenía nuestra Santa para llamar “ infier­
no de amor" a ía muchedumbre de sequedades y desoía-
íiernes que, durante el tiempo que a Dios le plugo, lace­
aron despiadadamente su espíritu y sus entrañas; y, no
obstante, de tal modo se llegó a familiarizar con el sufrir,
y a persuadirse de que la quinta esencia del amor con­
sistía en apurar eí cáliz todo entero de la pasión divina>
que,-cuando el Señor llegó a favorecerla todos las días
ra« suavísimos requiebros y beatíficas visiones, presentán­
dose a ella y regalándola y acariciándola de mil exquisi­
tos e inenarrables modos, como que se incomodaba y le
reprendía por el exceso de su blandura, diciéndose que
no quería más que padecer o morir: "Señor, u morir u
padecer; no os pido otra cosa para mi.” Y añadía: "Dame
consuelo oir el relox; parque me parece me allego un po-
i quito más par*, ver a Dios, de que veo ser pasada aquella
r tara de ía vida." Y Dios que 3ra la tenía a gura para si;
í rti&s que por ?«edío de ur. -serafín te habra atravesado cee
i
- 206 —

un dardo de fuego el corazón, dejándola, séame lícita la


frase, perdidamente enamorada; Dios que ya había cele­
brado con ella sus místicos desposorios y dedale mucha;
veces: “ tú ya eres mía y yo soy tuyo” , quería purificar
más y más su corazón y, ál efecto, concedíale el vivir;
pero un vivir que era una muerte continuada; .un vivii
en que, dándole a gustar a menudo de las dulzuras ce­
lestiales y no poseyéndolas todavía, sentía desbordársele
por el corazón las hondas e implacables nostalgias que
ponían en boca del Apóstol aquel quotidie morior, "todos
los días ¡muero” , arranque vigoroso de enamorado que n-D
puede vivir sin «1 objeto de sus amores.
Y a pesar de tanto padecer y tanto sufrir, ¡qué vida
tan fecunda la de nuestra Santa en hechos glorifkadores
de Dios y de su Iglesia! Era cuando el espíritu del mal,
tendiendo sus aítas de dragón por ¡el viejo mundo, arre­
bataba todos los día¿ de los r^'ilep. de Jesucristo mu­
chedumbre de ovejas enloquecidas y fanatizadas por la
bocina embaucadora del fraile de ■Wittemberg. El, rumor
de los triunfos conseguidos por la apotstasía extendieran
sus ecos perturbadores hasta los sombríos claustros donde
nuestra Santa consumía su vida como un pebete de divino
amor. Y el ruido de -escándalo que se dilataba por iodos
los ámbitos de] orbe* repercutía en su corazón con un chas­
quido siniestro,, semejante· al que produciría el hacerse ji­
rones la túnica inconsútil de la fe en ¡tos desventurada
países invadidos por la Reforma. ¡ Qué ruin y malhada­
da se juzgaba entonces Santa Teresa! ¡Verse impedida,
por ser mujer, pata saKr al paso a aquella hidra -de cien
cabezas y cortárselas todas de un tajo, como hizo Hér­
cules con el monstruo- de Lerna de que nos habla ía Mi­
tología! Su celo ardentísimo por la casa del Señor, alg^'
no«, de cuyos .lienzos de. muro sentía derrumbarse, vibraba
con palpitaciones- volcánicas dentro1 de su pecho, m w®5
nj menas que e^ms* tas ■qtte sentiría «!' Apóstol de»fefi
20 -

íes al discurrir a la ventura por las magnificas calles de


la-ciudad idólatra. ¡Y no poder levantar una valla contra
aquel torrente devastador, que amenazaba dejar áridas e
infecundos los campos de la Iglesia, arrasándolos en· toda
su plenitud con las aguas negras de la herejía!
Mas, ¿por qué tío había de poder? Era ■mujer, sí, y
flaca, ignorante y enferma, mas ¿no había Dios hollado
mil veces ía fuerza con la flaqueza y confundido con la
ignorancia a la sabiduría? S í; ella iba a indemnizar a
Dios de la pérdida de tantas almas como se dejaban sedu­
cir, de tantos templos .como venían a tierra, de tantos al­
tares como se desplomaban, de tantas percusiones de ariete
con qrue se intentaba abrir íncerrable brecha en el muro de
hierro de nuestros dogmas, ¿Que ella, no obstante sen­
tirse con ánimo sobrado para refutar a todos 'los herejes
del mundo, no podría salir a hundirles en el polvo la fren­
te, y consolidar en Jas almas la fe insegura? No importa:
saldrían por ella ,sus hijos el día en que -en, fa Orden car­
melitana, se -realizasen 'Sus. dorados sueños de regenera-
miento y de reforma. Y isus hijos vencerían, porque corre-
batirían -con ellos un ejército de hermanas,, de verdade­
ros ángeles bajo humana vestidura que, eosmo otros tan­
tos Moisés, no cesarían de tener los brazos -levantados a
Kos desde las soledades de sus conventos.
Y he aquí a Teresa empeñada en llevar a cabo una
obra para la cual no parecía suficiente el esfuerzo unido
de cien gigantes. Porque no era cosa de echar abajo un
edificio y ¡levantarlo de nueva planta; intentábase fortificar
y robustecer el que ya existía; no era eosa de endere­
zar ramas tiernas de arbolillos recién plantados.:, era cosa
lTHiy más difícil: tratábase de enderezar añosas encinas
y corpulentos robles. Jamás empresa ninguna humana
tuvo que proejar contra tanta corriente de oposición j .pues·
llegó la insigne reformadora a contemplarse ..bfenco de vi­
perinas -lenguas, delatada■.al Santo, Oficio como -sospecho-
- 3>S -

síi de he rejj:í , condenada y reducida a prisión por el Ca­


pítulo de su Orden, despreciada y envilecida por los Prín­
cipes de la iglesia, abandonada por el Nuncio de. Su San­
tidad; en suma, combatida con igual recrudecimiento por
el demonio y por el mundo. Y cuanto más la ola de las
contrariedades crecía y se encrespaba, amenazando des­
hacerla en alguna de sus embestidas, más se persuadía la
Santa de que la reforma de su Orden había de redun­
dar muy en honra y gloria de Dios, y más firme y serena
surgía en medio de la tempestad, cual si fuese una roca
acostumbrada a salir ilesa de las acometidas de los mares.
I>ijérase que 1?. magnífica concepción, de San Agustín, re­
presentándose a la Iglesia naciente bajo el martillo de las
persecuciones, irradiaba en el espíritu de Santa Teresa,
infundiéndole risueñas esperanzas y permitiéndola que
respirase desahogada y tranquila. Al principio todo pa­
rece confusión y desorden; los materiales destinados para
la fábrica del templo, son arrojados aquí y allá, sucios y
cubiertos de lodo: nfo se oye más que el percutir de los mar­
tillos dando ajustadas formas a tos bloques de piedra que
han de constituir más tarde bóvedas y pilares, arcadas y
comisas. Pero, al fin, e3 edificio crece y se desarrolla y es­
cala las nubes con el símbolo de la cruz que lleva en ¡a
trente. Así concibió San Agustín la Jedificación de la Igle­
sia, y a-sí Santa Teresa emprendió y llevó a término fe­
liz Ja sorprendente maravilla de su anhelada reforma.
¡ De igual modo que a los primitivos cristianos, pueden
aplicarse a Santa Teresa aquellas palabras de !a eterna
■sabiduría: certamen forte d-edit iUi ut wnceret : le dió e!
Señor fuerte lucha para que venciese!
¡ Qué embriagada de gozo respiraría al ver surgir en
medio del asombro dd pueblo abalease el primer polo-
marcUa de io Virgen·, como ella se complacía en llamar a
sus convenios reformados! jQué gran regalo le seria ver
propagarse por toda. España sus admirables fundaciones,
— 209 -
casi todas bajo la advocación de San José, el gran ami­
go de la Santa, -que siempre la sacaba airosa y como dé ía
mano de todos los trances peligrosos y difíciles! ¡O h!,
había tanto por qué abrir de par en p<ar el corazón al re­
gocijo y a la alegría! ¡Dábase y dase aún tanta gloria a
Dios en los conventos de la Santa! ¡Encarnaban y erv-
carnan tan al: vivo ios ángeles de Ha ¡tierna que en ellos
moran la pureza y hermosura de los que moran en el
Cielo! {Florecían y florecen en esos plácidos vergeles
tantas místicas violetas exhalando todos los días hacía las
alturas sus hálitos de virginal aroma! La oración, la ora­
ción : he ahí el -secreto de la santidad en grado heroico
que alienta y que palpita en los albergues teresiano5;. ¡ La
oración! No se cansaba nunca de recomendarla a sus hi­
jas. La conceptuaba el arma del mejor temple para ven­
cer al enemigo. Cuando en los viajes largos y penosos
que a veces tuvo que hacer' sonaba una campanilla, ya
se sabía: era Teresa que tocaba a la oración, y las mon­
jas acompañantes poníanse en seguida a orar hasta tanto
que de la ampolleta superior del reloj, que regulaba las
horas de recogimiento, desprendíase el último grano de
arena. Jamás emprendía viaje alguno sin llevar consigo
reloj de arena y su cara campanilla.
Sí, en la oración fué donde Teresa aprendió a reñir
victoriosamente las batallas del espíritu; allí dio temple
de acero a su alma para que jamás se doblase ante las
contrariedades de la vida; allí paladeó los inefables en­
cantos con que 'Dios enamora y lleva en pos de sí a sus
criaturas; allí engolfábase en aquellos· interiores castillos,
donde, desligada- de la tierra, recreábala su Esposo con
místicas uniones y (sobrenaturales arrobamientos·; allí bebió
i raudales aquella teología sublime que en todos sus li­
bros superabunda. Y ¿sabéis por qué? Porque la oración
sra para ella una escuela desamor divino; porque allí ama-
ba.ccm toda su alma v con todo su corazón, y ya lo dijo
T omo II 11
— 2i0 —

San Bernardo: en la ciencia sublime que tiene por obje­


to el estudio de Dios, no hay mejor método que el amor;
pues eí amor se convierte en sabiduría, y tanto uno más
sabe cuanto más ama: quantum quisque dUigit tantum m-
teüigit. Para mí la maravilla más grande entre tantos
milagros y maravillas como tejieron la vida de la Santa,
os lo digo con franqueza, son sus libros. No porque la
hagan fulgurar en el Cielo de nuestro siglo de oro, como
fe estrella literaria más castiza y más pura por lo origi­
nal de su decir, por lo gracioso de sus giros, por la se­
ductora distribución de las palabras y por aquella ele­
gancia desafeitada que deleita en extremo y hace dudar
a Fr. L uís de León "que haya en nuestra lengua escri­
tura que con ellos se iguale” , sino por la ciencia divina
que fluye y rebosa de todas sus páginas y que hace de­
cir al mismo Fr. Luis que escribía inspirada por el Es­
píritu Santo. ¡ Con qué maestría de consumado teóüogo
penetra por los misterios augustos de nuestra Religión,
como si para ella no presentasen obscuridad ninguna, ar­
tes bien, se le ofreciesen transparentes y diáfanos corno
la luz! ¡ Con qué serenidad pasmosa de hombre de mar
se engolfa en el de la vida mística, bordeando las enga­
ñadoras sirtes donde ya mil almas habían naufragado, y
señalando tos derroteros que se han de seguir para ¡legar
a la posesión de Dios! ¡ Qué extraño, señores, que la Igle­
sia la haya condecorado oon el honroso título de Docto­
ro mística, y que a sus obras, como· a fecunda núes, va­
yan a espigar todos los escritores, ascéticos y místicos, lo
mismo de España que del extranjero, desde San Juan de
k Cruz hasta Fáber, y desde Monseñor Gay hasta Ri-
vadeneira y el Padre Rodríguez?
Voy a poner remate a este incoloro e insubstancial
panegírico, y se lo voy a poner con un voto y con una
súplica. Oid primero el voto qtte surge caluroso y ardien­
te de lo ¡más íntimo de mi alma: ¡Que esa basílica ”Í£í*r!"
- 211 -

te, cuya edificación ha emprendido vuestro excelentísi­


mo Prelado (i) con una fe que asombra y un -entusiasmo
rayano en delirio; pero fe y entusiasmo que tienen sus
raíces en el.amor inmenso que a la Santa profesa, se alce
cuanto antes de la tierra, llevando en sus flechada« torres
a! Cielo los sentimientos y plegarias de Alba de Tormes,
de Salamanca, de España entera; que bien «abéis todos
que España delira con sueños de gloria cuando recuerda
que es su hija Teresa de Jesús, esa admirable mu­
jer que, durante su existencia, hizo como cambiar a Dios
de morada y de trono, teniénd-ole siempre junto a sí, en­
cadenado con sus sublimes languideces de esposa mís­
tica y sus seráficos ardimientos de enamorada í ¡ Sí, que
ese asombroso monumento ascienda cuanto antes a las
ivubes, como la petrificación eterna de un poema colosal,
cuyos magníficos cantos encarnan el vigoroso cuito del
alma netamente española, a esa heroína, honra y gloria de
tu sexo, y que tan a maravilla ha juntado en su ser todas
las épicas dotes de las grandes mujeres de nuestra raza,
lo mismo de las que supieron morir en Numancia y en
Sagunto que de las que supieron ennoblecer dos tronos
reales, arrancando con sus alhajas mundos al océano!
¡Sí, que los restos incorruptos de esa mujer tengan cuan­
to antes un sarcófago regio, una morada digna, adonde
acudiendo España en peregrinación, sienta, al contacto de
Teresa de Jesús, renacer en su alma la fe de mejores
üías, y se consuele de sus perdidas glorias y endulce sus
amarguras y sus quebrantos, e inspirándose en sus nobilí­
simas tradiciones, sepa apercibirse para lo porvenir, arraií-
carndo su corazón a los desmayos presentes que tanto la
empequeñecen y la acobardan; y meciendo su alma en son­
rientes ideales de restauración y engrandecimiento!

(i) E l P . Tom ás Cám ara, ornamento preclarísimo de la Orden


w, ban Agustín*
-■ 213 —

Y ahora, oíd ta súplica: fijad, fijad sin descanso en esa


Sarita vuestros ojos, y quizá descubran y lean en su se­
ráfica actitud las muchas y peregrinas cosas que mi tor­
pe lengua no ha acertado a decir. Sí, fijaos en esa pro­
digiosa mujer, en cuya vida se han abrazado estrecha­
mente la más encumbrada contemplación y la más verti­
ginosa actividad. Asombraos ante esa ínclita Reforma-
dora, en quien se armonizaron a maravilla las más pere­
grinas dotes de Ja gracia y de la naturaleza: corazón ge­
neroso y dulcísimo que ardía en llamaradas de celo pol­
la salud de 1as almas, y que libró a millares dé ellas de
la eterna condenación con sus persuasivos consejos y sus
ferventísimas oraciones,
Y después de contemplarla y rastrear quizá en su ex­
tático semblante la grandiosidad del amor que Dios ha­
bía ordenado en ella, no exclaméis dentro de vosotros
mismos: es demasiada satitidad para pretendida por nos­
otros; alas de águila se necesitarían para llegar a tan ex­
celsa cumbre, i Lejos de labios cristianos ese lenguaje de
cobardía y de flaqueza que Satán inspira para qué m ose­
mos poner un grano de arena- en el edificio de nuestra
santificación! Y a sabéis los caminos que recorrió Tere­
sa: los caminos del amor. Sigamos en pos de su huellas,
que no son otras que la oración y el recogimiento. Ho­
llemos todas las ¡lisonjas y regalos del mundo por gozar
un instante con Dios a sofes. Ajustemos al divino querer
todas las acciones de nuestra vida. Y cuando Dios no
nos dé a gustar corno a Teresa de sus regaladas cari­
cias y de sus ternuras embriagadoras, pero nos dará
un morir como él -de ella en el ósculo de su amor y nos
introducirá para' siempre en !os tabernáculos de su sa­
biduría. Amén, ' ■'
ALOCUCIÓN
PRONUNCIADA EN LA
PRJMJERA SOLEMNIDAD DE LA CONGREGACION
DE
NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES
Y SANTO ENTIERRO -NOVIEM BRE DE 1918
Fratei'nikiteiH diligite.
Amad la hermandad.
Ep, I de San Pedro, c, IL
v. iy.

M uy am ad o s herm anos en J e s u c r is t o :

Cuán bella obra de edificación cristiana la que habéis


llevado a cabo, estimulándoos unos a otros, guiados
siempre de generosos anhelos y de redentores impulsos!
i La constitución de una hermandad religiosa, en su ma­
yoría de hombres, que, ligando a todos sus miembros
con vínculos espirituales, y comprometiéndolos al cum­
plimiento de [breves y fáciles estatutos, haga de vosotros,
e¿i medio. de la indiferencia religiosa que por doquier im­
pera, como un risueño oasis de fervor y de piedad en
que puedan holgarse los ojos de Dios!
Nadie me negará que estoy hablando de una cosa tan
'-sótita que asombra y maravilla. Media docena de jó­
venes que, ¡sin sugestión sacerdotal ninguna, sin más Ha*
mamientó que el de la propia conciencia, se hablan y se
entienden y (buscan 'adeptos y forman una asociación re­
ligiosa que- les vivifique más y más su fe, y les encienda
más y más la -piedad, y sea ocasión de que unos a otros
se entusiasmen con las doctrinas de la Cruz, y descue­
llen en la honorabilidad ciudadana, y, al acercarse la hora
en que Dios los llame, ee procuren una santa muerte, se­
guida de fúnebres cultos, creedlo: es algo tan desusado
— 216 -
en los tiempos que alcanzamos, que uno se maravilla, y
rompe en efusivas bendiciones a Dios que tan alentado­
res frutos de su gracia nos brinda, a despecho de la
incredulidad ambiente que todo lo invade, aspirando a
hacer de 3a irreligión la religión' única de nuestra so*
ciedad. i r
Y la hermandad ya está formada, y hoy venís a consa­
grarla en el santo templo, y a obtener que la gracia de
Dios llueva teopiosa sobre ella y sobre cada uno de vos­
otros, y os ate con invisible ¡lazo hermanador que os
trueque en una amorosa y unidísima familia espiritual.
¡Oh, qué (hermosa, qué hermosa y cuán para bendeciros
y felicitaros con todo el corazón es Ha obra que habéis
realizado y que, en estos solemnes instantes, estáis como
rubricando, al invocar sobre ella las· consagraciones del
cielo! De ahí lo a mucha honra que tengo el dirigiros
mi humilde palabra en esta vuestra primera solemnidad,
que viene a ser como el postrer visto bueno que deje
protocolizada vuestra simpática cofradía en esta iglesia
aguetiniana, a cuyas puertas, sin duda inspirados de lo
alto, -habéis Venido a llamar, y que ¡habrá de ¡ser siempre
ya vuestra santa casa, y de acoger siempre con júbilo
vuestras oraciones para enderezarlas por la ancha vía
de esa cúpula, ¡intensificadas por !Ias de los santos agus-
tinianos que la decoran, camino del cielo, para que de
allí .tornen a descender sobre vosotros en nuevas excel­
sas aspiraciones, en nuevos encumbrados propósitos, en
nuevas radiosas realidades...
Yo voy a hablaros brevemente de Ua magna impor­
tancia que tiene esa vuestra asociación que hoy venís
a poner bajo el amparo de María, bautizándola, en su
obsequio, con un nombre que es para ella un dulce tri­
buto de amor y un íntimo testimonio de alabanza, con
el nombre de “ Congregación de Nuestra Señora de los
Dolores” , y, para ello, me parece ’oportunísimo el dar
— 217
un ligero vistazo al medio arribiente de los tiempos, y pre­
sentar a vuestra cofradía como algo que sabe a anacro­
nismo, pero a un anacronismo confortador y magnáni­
mo que Jleva tari sí da ¡más briosa ¡protesta contra tanta- in­
credulidad y contra tanta degeneración. Y espero que
del choque enitre las· gallardías anacrónicas de vuestro
espíritu y el ‘espíritu d-e la edad, salten centelleando chis­
pas de fuego que: prendan más y más en Vuestros co­
razones, y os fuercen a amar con amor 'cada vez más
intenso la santa hermandad qu¡e habéis constituido, reali­
zando así el vivo anhelo que fcate en las palabras que he
puesto por lema: fraternitatem düigite, amad la herman­
dad... ' ¡ i . ’ ' i

Alcanzamos unos tiempos en que se quiere desterrar


de la vida todo lo que trascienda a sobrenatural. Ni en
la escuela ni en la familia se educa y se instruye a la
niñez al modo que la educaban e instruían nuestros ma­
yores. Y a la religión no forma él núcleo alrededor del
cual giraba la buena crianza. Hoy lo absorben todo las
inquietudes de la vida material, los afanes estultos de
hacer de 1a tierra d /paraíso. De donde la deserción cre­
ciente en las filas de los católicos, el tránsito insensible
de los espíritus, del antiguo heredado 'fervor religioso
a la dejadez, y fluego a la indiferencia, y después a la
franca irreligión, y, por un, a la desenfrenada impiedad.
La ciencia, el arte y la literatura con su respectiva con­
tribución a intensificar los goces del vivir y a desaureo­
lar la hermosura y la pureza de las viejas costumbres
cristianas, han tendido y ¡tienden a demostrar que ya no
se ha menester de Dios para la felicidad de k>s indivi­
duos ni para el progreso de las sociedades. Diríase que
^ agotamiento de Ja vida del akna, la anulación de Ja
v'da psíquica, era el ideal de filósofos, de literatos y- de
poeta.?. En el campo inlmenso de la cultura actual, donde
® diario se publican millares y ¡milla-res ¡de libros, no hay
- 213 -

más que un pequeño sector, como ahora se ha dado eti


la flor de decir, que se ocupe en tos -negocios del a! ñu
y en las cosas de Dios. Y ese pequeño sector ca.si esiá
reducido a hombres dé dlaustro y de iglesia: a lo sumo
'bullen ai lado de esos hombres Imdnúsculas escoltas de
gente buena, tildada por el resto del mundo de beata
y de fanática. Se pugna porque a la antigua vida del es­
píritu, a la intensa vida psíquica de días mejores, sucedí
la fisiológica.' la exclusivamente fisiológica, atenta sólo
a lo material, a lo de acá abajo, a lo que satisface los
"bajos instintos, únteos acicates que hoy espolean.
—¿Los grandes anhelos del alma? Y a no se sienten.
Con el vivir inmoral e irreligioso se les cayó el antiguo
-estímulo, aquel alamar incesante de algo que únicamente
se satisfacía con Dios, según la popularísima exclama­
ción de mi gran P. San Agustín: ‘‘ nos hiciste para ti,
Señor, e inquietío latirá nuestro corazón hasta que des­
carase en tí.” E-l espíritu humano se ha materializado dt
modo que ya no tiene fuerzas para mirar hacia arriba.
El ruido del gozar presente le ha ensordecido para los
llamamientos silenciosos y secretísimos de la.divina gra­
cia; y ya ni por mientes se te ocurre atender a íntimos
impulsos ni a recónditas inspiraciones. .
Nuestra sociedad ha perdido, casi del todo, e] sentido
de lio sobrenatural y de lo etern-o, y se ha d erram ado
por la pendiente nrnelle de lo perecedero y de lo caduca
sin otro móvil· que 'la voluptuosidad refinada que agigan­
te e intensifique los míseros placeres die la tierra. Ha>ta
del concepto de bondad que hoy prevalece en el mundo.
se ha expulsado todo lo que suene a piedad y a virtud.
Se aspira a ser fino, culto, elegante, pero no religioso n'
virtuoso. ¡ Como -sí la religión no fuese una viviente ne­
cesidad de ¡nuestro espíritu, y como si la virtud 110 fuese
más bello adorno (de nuestra alma!
—¿Que hay defectos individuales que corregir? ¿Vi­
- 219 -

cios sociales que extirpar? Perfectamente, pero huelgan


para ello religiosidad y virtud. Basta para todo la educa­
ción laica, meramente laica. *En fin, que la religión está
de más en ía sociedad, en la familia y en el individuo,
y que c! santo temor de Dios, en otro -tiempo principio
de la sabiduría, al decir de Salomón, hoy no 'tiene sen-
tifo ninguno y no es más que el principio de 3a tontera.
Y con estas máximas mundanas se vive tan deliciosa­
mente, y esas máximas se respiran, como en pleno pa­
ganismo, y se emiten en la generalidad de las conversa­
ciones, y :se estampan en la generalidad de Jos libros que
hoy se dan a luz, y que han por autores a. españoles, [fran­
ceses, ingleses, italianos, alemanes, pero que muy bien
pudieran ser parto de japoneses o de chinos, o si se quie­
re de griegos — ¡tanto se cacarea que así Vivía Grecia
con su dios placer, única finalidad de ía vida!—, pero de
aquellos griegos de hacia el fin de la magna Grecia, cuando
el helenismo que había creado a tantos grandes hombres,
ya no engendraba más que ahembrados seres, como los
que vieron indiferentemente la rápida agonía de su pa­
tria, ¡Tan por su ausencia brilla en las páginas de la
mayoría de los librots que hoy se editan el espíritu cris­
tiano! Y como eso es lo que se publica, eso es, natural­
mente, lo que se lee, y eso es, naturalmente, 1o que se vive.
He ahí que casi 'toda íla sociedad ¡esté ¡ciega, y no con
la ceguedad corporal —gran desgrada sin duda— del cie­
go de Tericó, sino con la ceguedad 'espiritual, tla mayor de
tas desgracias, siquiera a los innúmeros ciegos les brinde
el disfrute, de un aparente tranquilo vivir, en ‘medio de
la sordidez en que viven, dados al olvido absoluto de todo
bien moral, y siempre por resbaladeros de sombra y de
perdición, pues '1dijérase que se estaba realizando con ellos
la terrible maldición deÜ salmo: fiat w& eorwn tcnebrae et
hibricmn, ¡ Lo ciega y locamente que se deslizan por ¡esa
vía resbaliza y lóbrega!..:,
— 2^0 -

Sólo así cabe explicar los ipil, y ■■mil ¡pecadíos h,ornbW


que hoy se cometen como sino fueran horribles peca­
dos. Y es que aun Jos pecados imás horribles, han pasado
a ser cosas habituales, de todos los ¡días, ide todas' las lio-
ras y aun casi de'todas las gentes, y sin duda por eso ais
se juzgan -pecados. Cúmplese al pie de la letra aquello de
que tanto sé lamentaba mi gran P. San Agustín, cuan­
do -decía q-ue aun los ¡pecados - más horrendos, cuandio pa­
saban a ser costumbres·, ,no parecían más que pelillos o
pura nada: pee cata quanfaís magna, et horrenda■, cwn in
consuetudinem vtae-runt, aut parva, aut nulla esse faUi>
creduntur.
Y sólo así cabe explicar también el ambiente en que
hoy se agitan las muchedumbres, no ya de mera irreli­
gión, sino de guerra sin cuartel contra todo lo sobrena­
tural, y el afán á t descristianizarlo Codo,, secularizándolo
todo, hasta la misma agonía, hasta la misma muerte; pues
eso y nada más que eso es la 'laicización de cementerio:
que muchos menguados españoles incesantemente piden,
para, de esa guisa, demostrar mejor a las turbas .ignaras
que nuestro jser no es más que u¡n ¡puñado de polvo que
110 suspira ¡por (Cielo ninguno, y a ‘que ni existe el cielo, i):
existe él alma, ¡ni existe nada allende la tumba. L a impie­
dad, más ío menos coloreada de científica, ha diagnostica'
do de enfermedad la tendencia de las almas hacia lo di­
vino, y ansia curar a todos los hombres de esa -enferme­
dad, inculcándoles todos los días que cuanto trasciende a
divino no es imás que engañadora ilusión.
Ahora bien, en medio de ese estado de cosas t a n ¿ba­
tidor y deprimente, y -rebelándose con gesto gallardo con­
tra él, unos ‘cuantos jóvenes, en la plenitud de 5U edad vi­
ril, se hablan y se entienden y conciertan la creación de
una cofradía, de la cual no se excluya a la mujer, por*
que el, corazón femenino es el quie da calor y vida a to­
das las grandes cruzadas en prq !de la religión, y la d«l-
2ura femenina es la que viriliza y acera todos los nobles
entusiasmos masenIrnos, pero cuyo -núcleo ■principal esté
constituido de hombres animosos que se comprometan a
seguir andando por los andaderos caminos de sus mayo­
res. siendo, como ellos, católicos prá-cticos, y, tiomo eílo=,
rindiendo hidalga pleitesía a la virtud, sin que les arre­
dre lo más ¡mínimo el que· sean muchedumbres y muche­
dumbres los que a !su lado obren ¡todos los días perdída-
není-e, pues saben mu:y bien aquella recomendación del
Exodo : non sequeris turbam ad fatimdum malum, no se­
guíráí a las turbas para obrar el mal.
/Verdad que la formación de esa cofradía, dado el
ambiente general español, es una hazaña tan insólita como
estupefaciente, que todos 1-os buenos debemos bendecir y
ensalzar? ¡ Ah! Yo quiero ver en ella una esperanza con­
soladora que quizás ,no haya de 'tardar 'en realizarse, son-
riéndonos con halagüeñas sonrisas de renacimiento y de
restauración.
—¿A qué esperanzas roe refiero? A la de que todos ios
católicos españoles sientan ya de una vez la necesidad
perentoria de unirse en cofradías, como ¡la que hoy se con­
sagra, y dejen de ser masa neutra, para constituirse en
formidable alianza de hermandades que se impongan a
los de arriba y a ios de abajo, y hagan que en nuestra
patria torne a imperar el orden social, .tan perturbado a
cada instante por las mil y mil cofradías de rebeldes y des­
quiciados, y vuelvan a ser el móvil del alma española el
patriotismo y la religión, los dos grandes factores que, muQ-
tiplicados el uno por el otro, dieron por producto nues­
tra unidad nacional y nuestra maravillosa epopeya.
Sí, yo quiero forjarme la ilusión de que vuestra her­
mandad va a 'Ser el definitivo toque 'de clarín que des­
pierte a los católicos españoles, y los fuerce a salir de
:ñ maoción en que vegetan, y los azuce a coligarse en
sgtiefrida-s» legiones que se atrevan a salir doquiera par
- 222 -
ios fueros santísimos de la Religión de Je^ús. Mengua e/
y 'baldón que subsista por más tiempo la dejadez de ios
católicos ¡españoles. E s anateanatizable que en ¡el seno del
catolicismo español aliente tanta masa neutra, en ¡tanto se
ve y se palpa el hervoroso celo con que Juchan nuestros
enemigos.
Si se meditare '-bien en cómo los anticatólicos van sor-
prendiendo a las multitudes desavisadas y forzándola.! a
entrar en gavillas de perdición que, a escala vista, com­
baten no ya sólo contra la Iglesia, sino también contra la
patria y aun contra la misma sociedad; y si prestásemos
atento oído espiritual a Ja osadía oon que proponen sus
ideales de anarquizadón del Estado, y de raimiento de
toda religión y todo orden social, es seguro, segurísimo,
que todos los esf>añoles de fe y de conciencia, que aun
son muchos, y más que suficientes para salvar el tradicio­
nal honor de España, se congregaran, corno vosotros, en
hermandades que, como la vuestra, tuviesen por ideal el es­
timularse. al bien, y m> solamente al bien det individuo,
sino también al de la p<atria y al de todo el linaje humano.
¿Quién duda que las hermandades católicas pudieran
obrar ¡maravillas por el triunfo de nuestra, fe y por eí reflo­
recimiento de nuestras clásicas costumbres de días me­
jores, dando cara a los conventículos de la impidad y le­
vantando, f rente a ellos, baluartes inexpugnables ? La unión
es la fuerza, y la -fuerza invencible. Y a lo dijo el autor de
los Proverbios: frater qm adjiwatu-r a fratre, qtmsi ei-
vitas firma, eterno una ciudad-da poderosa viene a ser el
hermano ayudado por el hermano.
Los malos se han organizado admirablemente y se han
dividido en ejércitos disciplinados para atacar c¡on más -po­
sitivo éxito a la Iglesia. No quisieron vivir, más tiempo
roano vivían los impíos 'de otras edades, aisladamente, es­
porádicamente, sin constituir liga ninguna. Ahora, bailo
lo sabéis, viven en compactas muchedumbres, -en legiones
- 223 -

di.'jcipliíiaflas. Y esa disciplina y esa unión son lo que les


da la fuerza inmensa que tienen. ¿ Por qué !no aprender de
ellos nosotros ? ¿ Poi' qué jio imitar nosotros su férrea or­
ganización? No jnos desdeñemos,de imitarlos en esto: en­
cierra un hondo sentido que viene aquí de perlas aque­
lla frase escrituraria: salutem ex inim-kis nostris, Ja saludp
de nuestros enemigos...
La asociación es hoy más que nunca un deber sagrado.
Con ella están los impíos realizando desastres en el campo
católico, consiguiendo satánicos triunfos. Y nosotros, que
estamos obligados a ser partidarios fervientes de la aso­
ciación , ya que nada la ensalza como nuestras doctrinas,
basta llegar las Santas Escrituras a imponer anatema ai
aislamiento; — / Vae soli!, ¡A y del solo!—, ¿no hemos
de asociarnos .para el bien, y con irrompibles vínculos de
amor, con aquella caridad qu¡e les predicaba Jesús a sus
discípulos, ansiando que fuesen todos como uno solo, a
la maniera que eran una sola cosa El y su divino Padre?

¡Ah, si nos uniésemos todos los creyentes y con estrenua


valentía osáramos romper lanzas por nuestro Dios! \ El
porvenir de oro y rosa que sonreiría a nuestra religión y a
nuestra ’patria! No es la fuerza de los malos la que triun­
fa: la ¡hacen triunfar la (timidez y Ta cobardía de los bue­
nos, que, sin quererlo, ni imaginarlo quizá, cooperan en
alianza vergonzosa con los malos.
Sí, las abstenciones de los católicos en· las luchas y
ywopag'andas por el bien son como alianzas inconscientes con
ios impíos. N¡o triunfaran como triunfan si ios dejásemos
*olos. entregados á sus escuetas fuerzas, bien exiguas aún,
digan ellos lo cftte digan. Si ellos suenan mucho, es porque
nosotros .nos callamos demasiado. No hicieran ellos tanto
ruido, si nosotros no hiciéramos tanto silencio. Porque
es la verdad : los católicos apenas si hacemos ruido alguno,
^omo no sea en las sacristías; de donde lo pigmeo de
’-■■Testras cruzadas y -k> microscópico· de nuestras empre-
- .224 -

sasj y el qu¡e estemos ¡amenazados a ‘ser 'barridos coa nues­


tra pigmea ¡propaganda católica y con nuestra microscó­
pica acción social...
Lo dicen todos: suenan ya, y «o miuy lejanos, los ru­
gidos ¡de la revolución. E l genio de (la rebeldía ise ha ense­
ñoreado del corazón de inuestro pueblio, y las iniquidades
acumuladas de varias generaciones le han puesto en el
a’lma como lun volcán· de mil cráteres que hasta ahora no
han estado en acción ¡más que aisladamente. Un chispazo
aquí, y otro allá, y otro en (otra parte... Pero'ya se ad­
vierten todos en interna ignición y todos amenazan rti-
jir a una y desbordarse en torrentes de lava destructo-
ra'el día en que se vuelque Isobre ellos la copa ¡de; la di­
vina venganza. ¡ Y ay die nuestra patria y de nuestra fe,
si, un día. ese volcán rompiese a un mismo tiemipo por
todos sus cráteres en llamaradas y estallidos!...
De aquí la necesidad perentoria de sacudir reciamente
las masas neutras del catolicismo y de arrancarlas de
una vez a su marasmo y a su apatía. Sepan que no obran
como ínienos todos tesóte' ¡católicos que juzgan icumpllir
bien con ser creyentes y devlotos dentro de casa, des­
entendiéndose de todo otro deber social, sin inquietarle
lo más mínimo ante la crecida de impiedad que ‘se des­
ata ¡por todas ¡partes, y que pudiera muy bien arrebatar­
los a ellos mismos entre los remolinos de la corriente,
cuando :si se uniesen a los que trabajan, como vosotros,
pudieran ser fuerzas vivas que coadyuvasen a vigorizar
más y más la acción ¡católica que, éntre nosotros, viene
a confundirse con la acción hispanizante. Es hora ya de
gritarles tma vez y (otra aquel apostrofe del Señor a su>
discípulos: 'hora est \jam de somno surgere, ya es hora
de que ’surjáis de vuestro tsueño...
Hemos llegado a los días en que no se puede ser bue­
no aisladamente, pretendiendo serlo ‘en la soledad redu­
cida del hogar, :sin inquietarse uno más que por sí mis-
nx>. I.a aocióií niapcomunada es, una necesidad de lo»
tiempos .presentes*·.'Ante 3a' enorme .empresa que lian aco­
metido ías pandillas de todio linaje, de la impiedad, no
es lícito a ningún ciudadano católico abstenerse de tomar
parte en la cruzada contra ei enemigo. ,No alistarse en­
tre los cruzados es desertar de, la /bandera católica.
A constituir, (pues, hermandades y cofradías del bien,
'enfrénte <ie ’las hermandades y cofradías del mal. Nadie
permanezca solo. Porque '¡ay del que no quiera sumar
su poco o mucho valer de cristiano y ¡de español al va­
ler de los demás., para, de ese modo, constituir algo así
como ía ¡torre davídica, “ fabricada de baluartes y ador­
nada coñ: ■mil escudos y toda la armadura de los fuertes” I
Todos 'los católicos estamos obligados a aportar a la lu­
cha que hoy se -riñe entre -el bien "y el mal los dones: ton
qué: Dios'nos haya enriquecido: «1 sabio su ciencia, el
literato su..pluma, el orador su palabra, ei ¡político su ‘in­
fluencia, el (capitalista su dinero, el ciudadano su voto,
y el simpl« católaco sus rezos, ¡sus. energías y su co­
razón.
Eíli sacerdocio no se basta hoy en n-uestra patria para
hacer salir triunfantes ios santos derechos de ía Cruz.
Se ha ¡perdido demasiado terreno —y quizá se está per­
diendo no (poco todavía— ¡por falta de hondura y de
perspicacia en el mismo blero. N10 estaba nuestra apos-
toüzación —temo muy mucho no lo esté aún— a la al­
tura de las circunstancias. Rutinariamente se venía apos­
tolizando de un modo que sólo se enderezaba a mante­
ner en el nedií de Cristo a la oveíuela fiel y fiimisa, sin
preocuparse gran cosa de las otras noventa y nueve de
la divina (parábola.- ;Acas:o ni ¡se Creía en la existencia de
las noventa y nueve extraviadas ovejiuelas. Nos enga­
ñaba harto ¡la exdamación que teníamos siempre en los
labios: \ Oh ,!a España católica!... Y no advertíamos que
el material 'bélico con que veníase 'luchando (por la cau.-a
TW ir . 15
- 226 —

de ¡Ditos estaba ya, eií 'genetfafli envejecido, y que era ne­


cesario modificarlo \y acomodarlo a las exigencias de los
enlormes adelantos que se habían hecho en; todas los ór­
denes de cosas. 'No es que hubiese cambiado la verdad;
pero sí tañía ¡que cambiar la ’táctica ¡para defenderla, como
un día habían tenido que cambiar la suya aquellos mi­
sioneros que, ¡en un principio, si lasj 'irónicas no yerran,
convertían a íos indios del Atnazlonas al suave tañido &
fe flauta. ’
Además, entre nosotros, se ha combatido demasiado
al catolicismo piar lias mismos, que dirigían las riendas
del Gobierno. No se Je ha suprimido de ¡súbito, porque
el alma ¡española era ttnuy ca/tólica ]y hubiese hecho tina
■revolución y derrocado a los gobernantes impíos; pero
lenta ,y tainamente se ha venido descatolizando al alma
española para que no sintiese et (paulatino menoscabo de
nuestra -fe (tradicional. Y , de ese itnodío, ai soslayo y con
mucho apaño y disimulo, se nos ha ¡llevado adonde hoy
estamos; a una situación de casi ¡total indiferencia res­
pecto de los 'santos fueros del -cristianismo. Y para vol­
ver por ellos y reconquistar tanta perdido terreno espi­
ritual, el sacerdocio no se ¡basta, y ha menester aliados
¡de arrojo que estén ¡resueltos en ’toda coyuntura a em­
puñar la “ espada de oro” de Judas M acabe o y comba­
tir a. 'los adversarios Hel nombre de Dios, i
Y esos aliados .son cofradías, como la vuestra, que
tan ampliamente responden a las exigencias espirituales
de nuestro tiempo. !No cejéis ’nunca enl el santo celo ¡que
hoy os anima, )y no jos contentéis con ser vosotros solos
los ''miembros 'de ella. Empadronad (todos los días nuevos
prosélitos, que, como Vosotros, sepam ser hombres, según
el sentido de aquella ifrase (bíblica: 'estáte viri. Viéndoos
triunfar y ser animosos e intrépidos, muchos católicos
pusilánimes, de esos que rehuyen afrontar al enemigo,
mientras h» tengan absoluta certeza de la victoria, ven-
- 227 -

drán a sumarse a vosotros, vendrán a ¡fortificar y ‘enri­


quecer 'la savia del ¡bello rosa'! que hoy habéis plantado
en los (pensiles de la Iglesia; y crecerá y se »ensanchará
y dilatará sus iramas frondosas, como aquel grano de
simiente que 'creció hasta ¡ser árbol gigante en cuyas ra-
?nas jtupidas 'iban a anidar 1as aves del cíelo, según- la be­
llísima parábola.
Que el espíritu que hjoy os¡-enardece vibre siempre en
vuestro corazón. Las cofradías, ipor muy robustas que
hayan llegado a sentirse, .cuando les falta -el fuiego quie
les infundió til soplo vivífico Ide la existencia, 'se desmo
ronan en 'seguida como algo inconsistente que sólo se apo­
yaba en el aire. X a s 'desapariciones rápidas· de muchas
hermandades católicas que, un 'día, parecían desafiar en
duración a las Pirámides tí>e Egipto, no »tienen más ex­
plicación que ésa: el desmayo de los que las formaban, la
falta ‘del [fuego primitivo que había animado a sus fun­
dadores.
No sucederá semejante desgracia a vuestra simpática
congregación. Son ¡garantía de que :ha de perdurar, cre­
ciendo siempre fuerte y jugiosa, como el árbol plantado
a la orilla de las aguas, la pureza y la ’-rectitud de los
móviles que os han impulsado a crearla, y que no son
otros que los Ide robustecer vuestra fe y Vuestra! religio­
sidad, y ios de ensanchar di redentor 'influjo de la Cruz
a todos vuestros amigos y conocidos, ¡poniendo por ¡do- *
quiera insalvables diques al desbordamiento de la im­
piedad.
No olvidéis que, en mayor o menor escala, fiados es­
tamos obligados a ser apóstoles '¡para con nuestros ami­
gos y au¡n para con- nuestros simples ¡prójimos. Lo ma­
nifiestan aquellas palabras del Eclesiástico: a cada uno
fe ha mandado Dios tener cuidado de su prójimo, uni-
r,n'7í'f> mam-davit Deus de próximo suo. ’¡A ¡desplegar en­
tre vuestros '¡prójimos y amigos verdadero celo de pre-
- 228 -

dieadores! Hay harta necesidad de predicación a vuestro


.lado. Y la virtud de ios predicadores, como dice bella­
mente Sa¡n Gregorio el Grande, manifiéstase ¡allí donde sur­
gen mieses de almas : manifestatur virtus praedicayitnm,
ubi ¿urgit seges ammarum. ¡Oh, ías abundantes mieles
de almas que surgen a .vuestro· lado, hambrientas de 'pre­
dicación !
Amad la fraternidad, fmtermiaiem diligite, les acoi>
isejaiba instantemente e'l· Principe de los Apóstales a los
¡primeros cristianos, y amad siempre la fraternidad, os
ruego ¡yo a los miembros de Vuestra cof radía. Amad siem­
pre la bella congregación fraternal que habéis ¡constitui­
do, y que, a [partir de ésta, para vosotros, memorablt
.tarde, queda grabada para siempre en vuestro cora7011
y en vuestra .memoria. Reconoceos ¡siempre hermanos, I
y, como ¡hermanos, .'favoreceos (mutuamente en >todas vues-1
tras empresas. Ayudaos recíprocamente a realizar a=pi· I
■raciiones, a encarnar ideales, a satisfacer anhelos y I
¡todo orden ¡económico, ¡político y social’; ¡pero, sobre ¡tafo P
ayúdalos los runos 'a los otros a ser recios en el espirito I
cristiano, a descollar en la virtud y a esplender en
ciudadanía ¡y en ©1 amor a la 'patria. 1 1 I
Así la egregia dama, a quien habéis tenido el acierte!
de conferir la presidencia 'honoraria de vuestra cofradía,f
se entusiasmará y laborará por ‘acrecerla y ¡magnifican!!
como ella sabe laborar por las cosas de Dios, suavenreral
s i!e;1ci os amerite, ¡pero con ¡el 'silencio y la suavidad feeuf'B
disimos y ubérrimos que ¡hacen florecer otras asociaeíT
nes que ella [preside y dirige. Y así la Virgen 'S a n ta l
bajo cuya egida ¡protectora habéis puesto "vuestra sin«'!
tica asociación, bautizándola ¡oon. uno de Jos titulo? f l
más la enternecen, y viniendo 'a ’postrársela a su?
consagrársela entre sus altares, ¡dejará caer si-etn^ T
bre ella aquellos/ sus "ojos misericordiosos” , hac'ó^i
;prasperar. 'de día en ¡día, ‘icón- sus gracias y sus
- ■№ —

fies, y xealiaf&ndio los nobilísimos anhelos de la castidsr-


ma (pluma que ha traza-do el breve prólogo de nuestros
Estatutos, tan. Ibreve .como sabroso y exquisito, cuando al
dirigirse a Ella invocándola como “ Reina de todos'¡los
Amiares” y icomo “ Símbolo de lodos los [puros ideales” ,
escribe ardorosa y ¡efusiva: “ bendice nuestra -obra lde [pie­
dad; Tela por tus hijos.'predilectos, los caballeros espa­
ñoles, y jhaznos dignos, ¡por tu inmensa ternura ante el
Señor, 'd« 'los goces eternos- de Ja inmortalidad )- de 3a
gloria” , i. ‘
No qiudero iconcluir sin suplloaros. que: hagáis a- jesa
Reina de la ¡Paz un -ruego vivísimo 'desde l-o. Intimo de
vuestra alma, pidiéndole que la ¡paz que se está concer-
,tando e-n estas hioras, He ¡las knás ¡críticas y ¡solemnes qué
ha Vivido ¡efl' fcnundo, sea 'una ípaz justa que ¡traiga consi­
go la armonía de todos los pueblos entre sí y la armo-
■nía de !t¡odos los’ ¡pueblos con ios derechos sacrosantos
de Dios. Y o ¡temo íntmiy mucho que vuelvan a l&er* a>trope-
Jlados ¡esos derechos.
Se habla mucho de ’reacciones católicas y de reaccio­
nes religiosas en varios >de los ¡países azotados por la gue­
rra.'¡¡Dios haga que esas reacciones perduren ! Pero yo
temo que isean efímeras.
—¿Que ¡las guerras, esos Verdaderos azotes 'divinos,
sirven para hacer ¡volver "¡al redil ¡cristiano a las naciones
prevaricadoras?
Así Vlebía se r; pero la guerra franco-prusiana, que de­
bió haber hecho ’¡a ;F rancia jmás (creyente y imás fervorosa,
Ja hizo más impía más atea, hasta <eJ puntó de llegar
a suprimir el 'nombre de Dios de. los libros escolares, y
de tener gobernante qué -intentase apagar las luminarias
del cielo, esto es, toda idea <de lo sobrenatural. Y nos­
otros mismos, nosotros ¡mismos no nos hicimos '[mejores
después de la ’sacudida 'súbita y violenta 'que -nos ’¡despojó
de nuestros últimos florones coloniales,..
— 230 -

Y temo, teirKo ¡que Üo ¡propio suceda ahora, respect-o de


las naciones que han combatido en ’esa guerra íbrutal y
■sanguinaria, a la cual parece que se está poniendo fin.
Temo que se les pueda aplicar, sin tardar mucho tiem­
po, todo el doloroso simbolismo que tme sugieren aquellas
palabras ¡del Salmista: su-percécidit igni# et foon "'viderunt
solem, cayó el ¡fuego y no 'vieron ;ál 'sol.., 'Desatóse la gue­
rra con su hórrido cortejo de ‘males espantosos, y no vie­
ron al Sol de la verdad. .Cayeron Jos (hombres y los ’pue­
blos y las ciudades; tornó la sangre humana a desborda-
dios ríos y asoló el incendio, las campiñas Jy votó jla dina­
mita los 'templos y los palacios, [e t 'non viderunt solem, y
no vieron al sal... ■
¡Que vean, que Vean la imano divina! ¡Que se per­
suadan· de que 'esa ’¡monstruosa guerra no fué más que tm
terrible castigo de crímenes que no pedían pasar impu­
nes, sobre todo aquel que ya iba cundiendo tanto, eí ce­
bamiento voluntario de las fuentes de la vida, lo que lla­
man los ingleses the birth control, la -fiscalización de los na­
cimientos, esa plaga que tanto había arreciado en alguna
de las naciones beligerantes —bien lo hubo de purgar
duramte la guerra— ¡y Ique ya se ¿ba extendiendo ‘por ’do­
quier como un contagio, y que, yo tengo para mí, fué 3a
causa principal' de que relampaguearan como relampa­
guearon las cóleras de Dios sobre el mundo.
— I Creía el mundo que le sobraban vidas y por eso
cegaba criminalmente los manantiales del; vivir?
Pues allá Va la ira de Dios abriendo anchos caminos
a la muerte. ,
—¿Querían ser menos para que los disfrutes fueran
más, como si la Providencia divina '¡no ¡supiese velar ¡p&r
el mundo ?
Pues allá van azotes que los íreduzcan y ¡asuelen; allá
van lluvias torrenciales de bombas; allá van torbellinos
de gases letales; allá Van incendios; allá van temblores
— 231 -

de tierra; ¡allá van pestes y hecatombes y derrumbamien­


tos y minas.., ; ■ |
¡EAjh, que no tomen a perpetrarse tales abominaciones en
el mundo! 5Que todos ]Lo9 pueblos castigado« (vean la jus­
ticia del Altísimo! íQue todo» yeaü a& jSolI... 'Así sea.
EL DOLOR HUMANO

EN LA PRIM ERA FIESTA ANIVERSARIA

DE LA
CONGREGACION DE NTRA. SRA. DE LOS DOLORES
NOVIEMBRE 1919
P er multas iribulationes opor­
tet nos 'jntrare in fegnum Dei.
Por el camine de ías tribula­
ciones nos es necesario tentrar fen
el reino de Dios.
Hechos de Jos 'Apóstoles, capí-
talo X I V -2 1 .

H e r m a n o s m íq s e n J e s u c r i s t o : Utn año h a transcu­


rrido ya desde aquella Isokmnidad herniosa con. que qui­
sisteis (celebrar en ¡este templo el advenimiento a la vida
de vuestra simpática “ Congregación de Nuestra Señora de
los Dolores” . Y un año ¡ha «que yto 'tuve la honra de ha­
blaros desde ¡este pulpito, 'ensalzando la. oportunidad y la
valentía de Vuestra institución, deshojando unas cuantas
flores ¡sobre leí ¡puñado de hombres viriles que, se habían
decidido a crearla, y estimulándoos ja mitrir 'sus filas oon
nuevos selectos hombres, como vosotros, católicos prác­
ticos, tíe los que ¿10 ts>e avergüenzan, estén ante quien
estén, de hacer generoso alarde de su fe y de su reli­
gión.
Hombres viriles he dicho, y ino veáis en ello 'redundan­
cia ninguna; porque a (la |mayoría de los. hombres les vie­
ne hoy demasiado largo ese noble adjetivo, derivado del
propio sexo. ] Es tan rara la virilidad en los hombres
de nuestros días, cuando ¡se ¡trata de hacer manifestación
pública de ®us creencias (religiosas!
Cierto día, £ué -a visitar a Julio Janín, el¡ príncipe de
la crítica literaria en Francia, allá por la mitad del pa­
sado siglo, uno de sus ‘fervorosos admiradores, quien,
— 23b —

como viese 'Oft ¡crucifijo en el testero del' salón, interrogó'


can vacua ironía atea, apuntando al Cristo: “ ¿qué es
eso?” A lio fcuat contestó el eminente ¡critico con· vale­
rosa naturalidad: “ pues es mi Dios” —c’eatie bon Dieu—,
añadiendo coni ironía agudísima: “ no quiero que cuando
me ¡halle ja ¡punto de ¡morir, sea preciso que se le vaya
a."buscar al (cuarto :de la ¡portera“ ...
Pues.¡bien, hoy son pocos, imuy pocos, desgraciadamen­
te, los católicos de lia ¡valerosa intrepidez cristiana de
julio Janín. En tainto ¡que los impíos por nada .se Arredran
en ostentar -sus diplomas y ¡certificados de irreligión y Üe
impiedad, muchos, muchísimos católicos temblarían de
terror si se los invitase a tener media hora de vela ante
el Santísimo, o a llevar en una procesión pública un cirio
o,una de las varas del palio. ¡ Como que se ha menester,
para tales hazañas, de una verdadera dilapidación de he­
roísmo !
¡ Benditos mil veces vosotros que os holgáis d¡e perte­
necer al corto número de héroes, y que no tenéis por
heroísmo ninguno, sino por maturalísinia cosa, el (venir al
templo la. conmemorar solemnemente la fiesta aniversaria
de vuestra cofradía!
Y. ¿de qué ..asunto hablaros? Pareoe que, después del
sermón ¡circunstancial que os prediqué d Idía ¡de la ¡inau­
guración, (debía dedicar ¡el de esta tarde a hacer el pane­
gírico ;de vuestra excelsa ¡Patrona; pero, considerando que
ese panegírico tiene s¡u ¡día propio-|en 'el de ios Dolores de
'la. ¡Virgen, quiero hablaros hoy del; concepto 'cristiano del
ddlor;. mostrándoos en iqué (sentido muestra religión le betn-
dioe y en qué sentido le rechaza, para que -sepáis bien
qué responder, cuando oigáis =— j se oye tan ¡frecuentemen­
te !— que no se- quiere .nada con ¡una religión ibendecido-
ra de los dolores humanos.
A más de ser un tema que dice: de perlas con vuestra
Congregación de la Virgen de los Dolores, y aun con el
- 237 -

mes corriente,-que es el de ías benditas ánimas del pur­


gatorio, nos vendrá muy bien ¡para saber sobrellevar de­
bidamente lo tristísimo dé los tiempos que alcanzamos,
mucho ¡más ¡preñados de ¡fatídicos ¡nubarrones qoie de es­
peran ¿ador es iriñ. L’orque lo' sabéis lo mismo que yo: los
dos grandes sostenes de ]a patria —los patronos y las
obrero;— que, desde hace ya muchos años, 'se empeñan
en vivir totalmente divorciados de Dios, están cons­
truyendo ,ttna verdadera ■Babel moral, ’que amenaza con1 la
consiguiente dispersión ¡de tunos y ¡otros, 'producida por la
inevitable confusión ¡de lenguas. U¡na semana de pláticas
diarias acaban ide emplear ipa-ra entenderse, y ¡la inteligen­
cia habrá'dé ¡ser muy efímera; iporque ,con todo se ’^quiere
contar menos con Dios. Y -como D'íos, es la base impres­
cindible de todo jel orden social, Ib ¡mismo que de todo
el orden [físico deí universo, faltan do E l de las conven­
ciones de l’os ¡hombres, ¡no ¡puede haber en1 ellas seriedad
ni duración, y, por 'ende, tampoco puede haber orden so­
cial, 'ni armonización de ideas, ni fusión de sentimien­
tos, sino un 'choque perenne de paciones contra pasiones,
una guerra cruel de doctrináis tomtra doctrinas y un odio
a muerte de seudocristos contra seudocristos. Pero de­
jemos la conturbadora lucha social y entremos de lleno
en nuestro rtema.
No :se ¡puede ¡negar que una de las cosas que suscitan
más ¡hostilidades contra las doctrinas de la Cruz es la ben­
dición de los humanos dolores. Reconócese que el dolor
humano es crn mal, ¡y ¡piénsase que se le debe abominar
y ’¡maldecir. No se quiere admitir que el sufrimiento en
esta vida es algo forzoso, oons'ecuencia legitima del pe­
cado .original, ¡que ffué tel q«u.e desencadenó en la tierra el
torrente 'inagotable rde Tos humanos infortunios. Hasta hay
muchos que niegan la realidad viviente -del pecado origi­
nal, como si, ahondando un poco en nuestra propia -natu­
raleza, no encontrásemos a ¡cada instante restos y 'huellas
- 238 -

de tal) pecado, a la manera que los labrado-res, al hundir


sus arados en ¡el terruño donde 'fué alguna ciudad famo­
sa, tropiezan ia cada (instante con mármoles jrofcos de os­
tentosos mom-umentos, ;
Porque no hay más ¡que ¡meditar unos minutos icn la
triste situación de jun iser humané recién Inaddo, que en
nada se puede valer; en los dolores y la enfermedad que
causa .a ’su madre, al ser |dado a luz; en los muchos males
que atentara de oontinuo contra ;su delicada vida; en la
embravecida lucha, que, luego, ya hombre, se riñe den­
tro de él, entre su espíritu y su carne, entre 'su razón
y ¡sus 'instintos; y después, ¡ein; la muerte forzosa y en
los tristísimos instantes fatales de esa muerte, para per­
suadirse uno de que el hambre jno 'salió, Con todas esas
lacras, de las muníficas '¡manos del Creador supremo, 'Una
cosa tara imperfecta, tan frágilmente organizada, no· po­
día ser t»bna de las ’manos de Dios.
No: en esas tristes fatalidades del ser humano no ha
podido ¡menos de actuar luna libertad pecadora, y esa liber­
tad .pecadora ha sido ¡la de nuestro padre Adán desobe­
deciendo a Dios «ni el '¡paraíso, y siendo la causa de que
todos seamos concebidos en pecado original, según de
sí ¡mismo lo 'lamentaba el Rey Profeta: ecce in iniqui-
tatibus conceptas sum, ¡pecado original que es la fuente
copiosa ’¡de ¡todos nuestros males y de todos nuestros -su­
frimientos.
Y píos fno ha sido injusto al infligir a cuantos habían
de descender de ¡nuestros· primeros padres el reato de su
desobediencia, como ¡no es injusto el rey que, habiendo
ennoblecido la uno de sus súbditos, luego, por una infi­
delidad, le degrada y le quita 'el alto honor que había
de pasar a todos sus descendientes, y que [ya ho1 pasa,
porque ya ¡no lio tiene el ¡cabeza de Ha ¡familia. (Los hijos
de leste infiel, sus nietos y los nietos de sus nietos, todos
ellos son privados, como en· 'raíz, de -la alta 'nobleza a que
— 239 -

el rey los 'destinaba. ¡Aligo asá) sucedió con leí ¡pecado ori­
ginal: ¡Dios tao ¡hizo ¡más que retirar on¡ privilegio 'pu­
ramente gratuito que libraba al linajé humano de pade­
cer y ¡de morir; ’¡y Jos dolores vinieron por ¡sí (mismos so­
bre la prole de Adán, no infligidos por Dios corroo ta­
les Halares,· ipues ení ieste sentido sólo [tos 'permite, aunque
sí 'las lenvíe, a ¡veces, a muchas ¡almas, 'como medios de
expiación 'de ¡culpas y de ladélantamiento en la ¡virtud; que
para 'esto nos -jhan 'de '’servir -sien^pre ilo ¡mismo los dolo­
res morales que los íísicos/, pues jaun 'éstos, jque nos son
comunes con los brutos, en tanto que aquéllos son sólo
patrimonio del hombre, nos acarrean la mayor parte -de
‘las veces ¡muy gran bien, porque suelen 'ser castiga de
■nuestros 'excesos y javiso ¡de muestras imprudencias.
Es claro que contra unos y contra otros no solamente
nos es lícito ¡luchar, Isino ’que estamos obligados a luchar,
como seres inteligentes que -somos, capaces de endulzar
nuestro destino en la tierra. Por lo mismo que no pode­
mos atentar contra ¡nuestra vida, pues es "iu>n. tesoro que no
nos (pertenece —de donde lo horroroso del suicidio que
roba a Dios el ¡derecho pleno sobre ese tesoro— , ¡antes, al
contrario, estamos obligados a conservarla y robustecería
siempre por cuantos medios higiénicos y salutíferos a nues­
tro alcance estén, por eso 'mismo estamos lobligad os a lu­
char contra nuestros ¡dolores físicos y morales, tendiendo
a .anularlos en todo aquello que pudiera menoscabar o ha­
cer languidecer ¡nuestra vida. )Por algo dice el Eclesiástico
que Dios hace ¡conocer 'a los hombres las virtudes de 'las
plantas, "dándoles la ciencia de ellas, jcom objeto ¡de 'que Tas
utilicen para calmar los 'dolores y curarlos; y por algo sien­
ta esta ímiáxima -tan ien (loor de los ¡cultivadores 'de la me-
-i 1 ,
dicina: “ honra al "médico, ya Ique de ,él has menester, y
que e!l 'Altísimo le crió” .
¿Y nojha ¡hecho siempre el cristianismo titánicos esfuer­
zos por atenuar y endulzar el dolor !sobre la tierra? Mu-
240 -

chomalo de que dblerños y lamentarnos hayauru en el mun­


do, pero ¡cuánto 'más había antes del cristianismo! La
historia profana tíe la antigüedad es-el· martirologio per­
petuo del hombre. E l despotismo, la esclavitud, el tnodo
de hacer las guerras a sangre y .fuego, jlá divinización de
la venganza, { cuántas» Jfuentés de dolor inmenso cegadas o
casi cegadas por el cristianismo! Los (horrores* de las tor­
turas que (traía aparejados ¡consigo él bárbaro régimen; pe­
nal, ¿por ventura no desaparecieron, gradas1 al suaviza-
miento de costumbres producido por jla difusión de las doc­
trinas de la ¡Cruz1, que enfrenaban] (las veleidades crueles
de los señores1'roqueros y hacían que el sentimiento de hu­
manidad pesase en; los 'tribunales de las diversas inquisi­
ciones ? ‘E se ¡escalofrío de horror que sentimos cuando vi­
sitamos alguna vieja '.mazmorra y contemplamos los ins­
trumentos de tortura -con que se atormentaba a los hom­
bres de '(otras edades, para hacerles confesar lo .que anhe­
laban los 'esbirros, es algo que nos ¡sobrecoge en aquel mo­
mento pidiéndonos una foendidón: para el cristianismo que
ha pasado por entre nosotros y ¡ha abolido aquellos bár­
baros ¡modos de atormentar.
¿ Y por ventura mo ¡bendice el 'Cristianismo, 'lleno de jú­
bilo, todos los 'pregresos ¡de' la ciencia médica que ha lle­
gado ya a 'suprimir líos1 idolores humanos «ni Has operacio­
nes1 quirúrgicas, por medio del éter, ¡de la morfina y del
doroformo; que ha conseguido que muchas enferm eda­
des que antes eran indefectiblemente mortíferas, hayan
dejado ¡de serlo, cegando así una porción de manantiales
de dolor; y que, 'por medio de los métodos antisépticos-del
escocés ¡doctor Lister, originados ’por e! descubrimiento del
gran' Pasteur, ¡de ‘¡que la atmósfera está 'poblada de Iniicro-
organismos vivientes, portadores y fermentad ores de en­
fermedades, ha disminuido tanto ¡y'tanto la 'mortalidad en­
tre líos ¡operados, que ;antes era verdaderamente espantosa?
N o; nuestra religión sacrosanta no bendice él dolor por
— 2U —

el· dolor mismo. Sabe muy bien que el consolar al doíor


es obra divina, como dijo Hipócrates, el ¡padre 'de la cien­
cia médica. Y nadie más afanoso que nuestra ¡religión por
cegar, si hacedero ¡fuese, todos los hontanares de los hu­
manos sufrimientos. Nuestra religión bendice el dolor en
lo que tiene de providencial y 'divino, como expiación de
nuestros 'pecados que nos libra de 'laimuerte eterna; como
tocamiento misterioso que hace, a Veces, Dios a las almas
que más quiere, para que más íntimamente se unifiquen
con El, pues E l ¡mismo nos asegura en e'l 'Alpaca! ipsis que
increpa y castiga a los que ama: quos amo, 'argito, castigo;
y corno acicate de reflexión que mos fuerza a meditar so­
bre ¡nuestra conducta, abriéndonos los ojosi para que vea­
mos nuestros yerros f pues el.dolor ha de 'seriara nosotros
como una escueta de hondos saberes y de radicales recti­
ficaciones.
Y en este sentido es en el que Jesús divinizó el· dolor
en el Sermón de la Montaña, al decimos que son bienaven­
turados los que lloran: beati qui 'iugent; y en ese sentido
es -en eli que dice el sailmo que <f,los que siembran con lá­
grimas, cosecharán con alegría"; pues, tras los dolores
de la tierra, vendrán los sempiternos disfrutes del cielo,
las divinas embriagueces y las beatíficas saciedades de la
abundancia de la casa del Señor — ab ubertate domus Do~
mini—, todo ílo cual hos ha de animar sobremanera en las
horas negras del sufrimiento a afrontarlas siempre con
bravura, ski desmayar’jamás, y aun llegando a bendecirlas.
—Que hay .horas de tedio supremo en que las palabras
de Job íaedet unimam meam vitae meae, mi alma tierie
hastío 'Üe mi ;vida, ¡si mo se le ¡retuercen; a uno en los ¡la­
bios, sí se He retuercen en el corazón; en que siente 'tino
las mismas amarguras que sintió el Profeta Elias cuando,
abrumado por las aras de JezabeT, y escapándose aí de­
sierto, hubo de 'sentarse desmayado y 'pidió a su 'alma el
m°n r : petivit ammae ¡suae «f mor ere tur... Que llueven
Tom o II, tg
- 242 —

sobre nosotros a -menudo pruebas demasiado amargas y


humilladoras, viendo qué ‘tee ¡nos· (persigue y se nos1'postergs
y rezaga porque sí, y que lo'que Ifuera justo se 'tíos diese
a nosotros por nuestro trabajo (y por nuestro estudio, se
da a otros ¡por su holgazanería y por su ignorancia, para
que 'así tasquemos más 'dolorosamente el freno de nuestra
humillación... :
Y a se sabe que ios sinsabores de todo linaje abundan
en. esta vida, Pero son ellos los que han de dar diamanti*
na dureza a ¡nuestro espíritu y reciedumbre férrea a nuestra
voluntad. ¡Ya se sabe que (las persecuciones arrecian á me­
nudo sobre quienes no se han hecho dignos !de ellas. Pero
ya dijo el Aipóstol que “ todos ilos que quieren vivir pia­
dosamente -en ;Cristo padecerán persecución” . Nosotros
debemos recibir hasta con gozo esas persecuciones, pa­
rando mientes muy mucho en que es Dios quien nos las
envía {para que sean como un crisol depurador del oro
de ¡nuestra virtud: 'se ío 'decía así el ángel San Rafael al
viejo Tobías: “ porque eras agradable a Dios, fué 'precia
que las pruebas te purificasen” .
—¿Que -es imuy Uifícil y trabajoso sufrir y sufrir con
alegría? ¡Pues a vencer el trabajo y la dificultad! La fra­
se de San Pablo a su discípulo -Timoteo: “ labora como
buen soldado de Cristo Jesús” , dicha está a cada «no de¡
nosotros los cristianos. ¡A levantar, -intrépidos, nuestra
cruz en lo alto de nuestro Gólgota! '¡In cruce safas, est*
en la Cruz nuestra salvación! ¡Vengan cruces! Porip
nos han de servir para robustecernos 'en la ’fe, y PJt3
fortificarnos en la ¡virtud, y para’ hacernos -tener de coa-
tínuo los ojos puestos en iDios, que nos sabrá consolar{’
todos nuestros desconsuelos. ¿Que digo -consolar? ¡H1-
cernos sobreabundar de gozo en toda 'tribulación, se?!'
la bella frase paulina! ¡L e es tan fácil a Jesús'di#
con un soplo nuestra- penas y aun trocarlas instad
neamente en deliciosos júbilos! Le obedecen, el viento
— 243 —

la roar^ ;frase ¡¿e ,:s an Marcos ■— venfus et'ware obediunt *


eh. ~ y , como e'l viento y la mar,· le obedecen los júbilos
y los dolores.
No nos lamentemos nunca de las dolorosas pruebas
que Dios tíos envía íni plañíanos, quejumbrosos, nuestra;
contrariedad-es y ' nuestras aflicciones. Aprovechémoslas
bien para adelantar cada día más en la ciencia divina del
sufrir, que no es otra cosa que -el (saber transformar en
míeles las· amarguras de la vida. E s en el sufrir donde
hemos de aprender lia ruta por donde remontarnos al cie­
lo. Y esa futa no es otra -que la tribulación. Nos lo cer­
tifican terminantementej además del texto sagrado que he
puesto por lema, estas jugosas palabras, predicadas por
el Abad de Oaravaá en un (Domingo de 'Ramos: hace -,cst
enim 'vía yitae tribuiatio praesens, via gloriae, vía regni,
la tribulación presente, he aquí el camino de la vida, el
camino de 'la gloria, el camino del reino. Y tanto más
serán las tribulaciones ese suspirado camino, cuanto más
intrépidamente las sobrellevemos, sobre todo, si üegamus
a regocijarnos en ellas, siguiendo el 'consejo del Príncipe
de los Apóstoles: kommunicmites 'Christi ''passionibus, gait-
áetet lo& que participéis unas migajas de :1a pasión de Cris­
to, regocijaos. Regocijémonos, sí, pensando en el fruto
de nuestro penar, -siendo tomo el labrador que ara y suda,
y se fatiga y padece, pero sonríe y se alegra recreándose
con la dulce -esperanza de 'la (recolección, :
Nada, pues, de intranquilizarnos y poner nuestro gri­
to en el'cielo por mucho que las tribulaciones nos hie­
ran y opriman-. En lo más crudo y torturador de ellas,
esforcémonos por estar siempre ¡pacientes y tranquilos, ru­
miando bien aquella frase enérgica de los Proverbios:
"más vale el paciente que el Varón fuerte, y el que sabe
dominar su alma que el éxpugnador de ciudades, urbium
expugno tori.
No puede ser agradable a Dios el que no sea paciente
— 244 —

•en las horas de la adversidad·, pues es entonces cuan­


do lia de "brillar, como tina antorcha divina, nuestra -pa­
ciencia. ¡Oh, cómo ha llegado a ’tbrillar lia de muchos san­
tos! Jamás a San ¡Vicente d e ‘Paúl se le vió impacientar­
se 'lo 'más mínimo, en sus tres años de cautividad, con­
denado a -rudísimos trabajos. Y cuando más arreciaba eí
sufrir, se ponía, lleno de suave ■placidez, a .cantar algú;
canto ¡de ¡nuestra religión, corno el 'salmo “ sobre los río.·
de Babilonia” ... Y ’así -fue cómo consiguió hacer tornar
al redil de Jesús a cierto renegado ya endurecido en e!
mahometismo.
La -paciencia del admirable español San, Lorenzo esca'ó
los últimos ápices de lo sublime: en medio de las llamean­
tes brasas con que se le asaba en una parrilla, yacía tran­
quilo al decir gráfico ¡de'mi gran ¡P. San Agutín: flmtma
ustus, sed fatientia tranquiüus, sin duda porque d ¡fuego
interno del divino amor que le abrasaba 'el alma era mu­
cho imás intenso qué el fuego exterior que le tostaba ei
cuerpo. ¡ Ah, que cuando hay mucho amor, hay mucha
invicta 'paciencia en sufrir por lo que se ama! L a dice
aquella frase del Angelí de Aquitio: amor facit sustin&rc
mfatigabiliter, el amor hace sufrir infatigablemente.
Y así se explica cómo el impetuoso San Cipriano oye,
frío y sereno, su sentencia de muerte, y exclama presto,
después de oiría: Dea 'grafios!, 1Dea gmtias!, Deo gratimí,
y, cómo, dirigiéndose en seguida a ¡sus verdugos, añade:
“ señores...: la primera cosa que yo he de hacer en e‘
cielo, ha de ser pedir a Jesucristo que se digne abriros
los ojos” . : !
Y así se explica ;el júbilo de San Ignacio de Antioqma,
cuando, a (punto de ser arrojado a las fieras, escribía'a sus
amigos de Roma: “ suspiro por las fieras que ya me están
preparadas. ¡O jalá me hagan pedazos inmediatamente! Si
se resistiesen a ello, yo nuistno las azuzaré. Sí, a true­
que de gozar de Jesucristo-, no temo ni el fuego, ni ta cruz,
ni las fieras, ni el descoyuntamiento de mis hues-os, ni la
sajación de mis carmes... Todos los placeres del mundo
y todos los reinos son nada para mi. Os. escribo aún vivo,
pero, ¡que no estuviese ya muerto!”
Y así se ■-explica la admirable serenidad del protomár-
tir San Esteban, que recibía la lluvia de pedradas como
un rocío suave de los cielos, según la galana frase de
San Gregorio de Nisa: veluti suavem quemdmn rorem
crebros lapidum idas benigne recipit, y a quien durante
todo su martirio ni se le vi ó un gesto de impaciencia,
ni se le oyó una 'palabra de -reprensión, antes, al contra­
rio, sonreía de júbilo diciendo que veía los cielos abier­
tos para recibirle. jAh, nada extraño que en los Actos
de los Apóstoles se nos asegure que se le veía resplan­
decer el rostro fanguam 'faciem angelí, como 1a faz de
un: ángel!
Aprendamos de estos· santos a sufrir con ‘valor y has­
ta con; alegría. No pongamos nuestras voces plañideras
en (as nubes md aunque Dios nos escoja para víctimas de
ajenas expiaciones, j Ni un ¡a y ! de desfallecimiento ni
un gemido de impaciencia! No son· de la raza de los gran­
des espíritus 'los que se quejan y plañen, queriendo así
substraerse a las pruebas'que Dios les envía, iAurum per-
chjwím dice Tertuliano, el oro golpeado calla. Las
almas grandes ¡miran cara a cara su cruz, y, por pesad-a
que sea, la abrazan, siquiera hayan para ello menester
de verdaderos derroches de abnegación y sacrificio. Se
imaginan a Jesús en lo alto del Calvario sufriendo lo in­
sufrible. por expiar üos crímenes de los hombres, y con­
cluyen por bendecir los propios sufrimientos que alguna
expiación secreta 'han de estar realizando. Para las du­
ras expiaciones sociales o familiares Dios acostumbra es-
c»oger a grande? e inocentes almas que saben sufrir, re­
signadas y serenas, sin duda porque, como e¡l gran
Protomártir, ven los cielos abiertos para recibirlas.
- 2Xb —

11(1115X V I, al; enderezarse'al patíbulo, marchaba resignado


y sereno: sabia Sqtie su alma *Sba -a subir en volandas a !ta
gloria. ¡Y sabía además'que iba a expiarlos ítnil pecados
de liviandad 'extrema de 'los de su regia sangre, y los
mil [crímenes, ¡de toda Haya, de la sociedad frívola de su
tiempo, que tanto se ¡había complacido en (burlarse de la
religión y de la tpiedad!...
Y si todo lo que llevo díclio «o bastara aún ’para ha­
cernos sobrellevar icón cristiana fortaleza das contradiccio­
nes y 'pesadumbres de la vida, ayúdenos a ello el saber
que Dios 'nos las manda para que nos sírvan como de
purgatorio anticipado, donde quiere; .que nos purifiquemos
de nuestras culpas, sufriendo y sabiendo sufrir. Son po­
quísimos —'ninguno de seguro— los que, habiendo llega­
do a la mayoría 'de 'edad, |pueden -hacer suyas aquellas pa­
labras -del Eclesiástico !que suelen aplicar los penégiristas
a ciertos santos excepcionales: tembidavit pes·'meu-s iterree -
tum'a jumntute, yo he andado ¡siempre por eltcamino rec­
to. desde mi juventud. I-a verdad sueíe ser todo lo con­
trario:'desde los umbrales 'mismos de la 'juventud —cuan­
do ‘no, desgraciadamente, desde la misma niñez— hemos
comenzádo a andar por "las sendas tortuosas del vicio y
de'l pecado, y acaso hemos ido muy lejos·, muy lejos, en
muestras rebeldías a tía virtud y en nuestras ofensas a
Dios.
¡Afoora bien, todos los· pecadores tenemos que hacer pe­
nitencia de nuestros pecados hasta expiarl'os en ¡este mun­
do o en -el purgatorio; ¡porque si no los expiásemos, no
tendríamos "más remedio que ir al infierno. E s el terrible
dilema del Aguila de Hipona: aut poemtendum, <mt m-
denduin, o la penitencia o fias eternas llamas. Y si Dios,
por nuestro ¡bien, quiere que la penitencia que hubiéra­
mos de tener en el purgatorio, la tengamos en este mundo,
sufriendo cuitas y tribulaciones ¿por qué no las hemos
de aceptar y aun bendecir satisfechísimos y -regocijados?
— 247 —

Por muy duras que -nos ¡fuesen las mis· terribles desola­
ciones de esta vida, ¿podrían ser ni-sombra siquiera de
las que hubiéramos de sufrir en eH purgatoria? ¡Oh la
potencia torturadora de aquel fuego sapiente —ignis sa­
piens—, como le llama .Tertuliano! Todo el ¡padecer de
este mundo ¡será levísimo, len comparación con Has ipenas
de'l purgatorio. Y allí sufriendo esas espantosas penas he­
mos de;estar hasta que nos purifiquemos, del todo, de las
máculas. !de nuestros pecados. Nos lo asegura !mi gran Pa­
dre San Agustín: quanta fuerit peccati materia} tanta
erit perhomeimái mora, (¡Allí donde ,un momento de su­
frir será Icasi úna eternidad de ]pena! j¡ Oh, ;si meditásemos
todo esto, lo incesantemente que pediríamos a Dios se
dignase concedernos el purgatorio en esta vida, y lo ardo­
rosamente que lé magnificaríamos 'por su infinita miseri­
cordia
Voy a 'concluir y no quiero liacerlo sin bendeciros, como
a)l principio, por vuestra valentía cristiana en Ihacer gala
de vuestra fe, viniendo al templo a conmemorar la fiesta
anual de vuestra cofradía con todo el entusiasmo de vues­
tro corazón. íBÍen> ;se ¡nota que mol .perdía ei 'tiempo cuan­
do os incubaba con; todas Has 'tveras de mi (alma que ama­
seis la hermandad que acababais de constituir, recordán­
doos, al efecto, ¡la frase del Principe de los Apóstoles a
los cristianos primitivos: fratermtatem düigite, amad Ja
hermandad. (Se ye que habéis apostolizado entre amigo-s
y bienquerientes, habiendo conseguido empadronar a no
pocos 'en la estadística de muestra (congregación, Y de es­
perar es que, más en número, seáis, también -mejores en
fervor y religiosidad.
Por lo menos así lo indica eí que hayáis acudido en
haz apiñado a este sacro recinto, anhelosos todos, desde
la media ^docena de caballerosos jóvenes, ideadores y'crea­
dores de ¡la Hermandad, hasta ¡los ja- última hora inscritos
en ella, de que vuestra fiesta resultase lo -más lucida y
- 248 —

esplendorosa — «na fiesta gratísima a 'Dios por lo rica de


fervor y de fe, y beneficiosísima para muestras almas que,
contagiadas de una misma emoción y de un mismo senti­
miento, están ansiando vivamente que i!a nueva cofradía
crezca y se multiplique, fecundada por la gracia divina
y ¡por Sos hidalgos impulsos de vuestro corazón.
¡ Qtte esos hidalgos impulsos séam cada día más recios
y más fuertes, y que esa divina gracia se intensifique tosás
y más cada día en vuesíro espíritu! De ese modo flore­
cería y reflorecerá -vuestra simpática asociación, pues cir­
culará por ella robusta corriente pletórica, sin lia cual 1o
m<ismo los organismos individuales que los colectivos lan­
guidecen y se extinguen, borrándose, en absoluto, de la
vida.
¡ Animo, pues, y a empadronar nuevos prosélitos y nue­
vos cofrades, actuando todos de apóstoles, dentro de la
e>fera en que cada uno tenga que moverse para vivir, y
pidiendo sin cesar a vuestra excelsa Patrona la Virgen
de Sos Dolores que bendiga y prospere vuestro apostola­
do! Ha sido en el seno dé la más alta entidad bancaria
española donde ha 'nacido vuestra cofradía, ai calor de
vuestros nobles entusiasmos juveniles, fomentados por el
alto personal de aquella entidad bancaria, compuesto todo
él 'de magnánimos caballeros católicos, que ’tiene-n a muy
alta honra en ser y decirse vuestros compañeros y asis­
tir a vuestras solemnidades religiosas. Razón de más para
que Vuestra «impática congregación'progrese y se difunda,
siendo para todos sus congregantes pingüe negocio espi­
ritual que os enriquezca de virtudes y os haga acreedores
a1 cielo. Así sea.
U m i m l i de traer la paGificaciéi De Es i í í i

ORACION SAGRADA PRONUNCIADA

EL 90 DE NOVIEMBRE DE 1921 EN LA SOLEMNIDAD

ANUAL DE LA COFRADÍA DE NUESTRA SEÑORA

Di) LOS DOLORES y DEL SANTO ENTIERRO


B t erit opus justitiae pax.
Y'la paz será la obra de la jus­
ticia,
Isaías, XXXII, 17,

H onorables ¡H er m a n o s en N u estr o S eñor J esu ­

c r is t o :

En los cuatro años que lleva de existencia vuestra sim­


pática Hermandad, es ¡ésta 'lia (tercera vez que me cabe el
honor de dirigiros la ¡palabra en vuestra anual fiesta so­
lemnísima, y, por tercera vez, tengo que comenzar feli­
citándoos calurosamente por el brioso incremento que vais
tomando, no ya sólo empadronando cada año nuevas plé­
yades de socios, que e&o nunca es muy difícil en am­
bientes rutineros, como el en que vivimos, sino intensi­
ficando vuestra fe, enfervorizando vuestra piedad y mul­
tiplicando . vuestras prácticas cristianas, para lo cual ya
no basta 'dar iél ‘nombre de cofrade, como lo dan muchos,
por espíritu de rutina.
Sí, ya estáis muy lejos de aquel puñado de hombres
creyentes, que, hace cuatro años, en, medio de lia indi­
ferencia religiosa ,que los rodeaba, tuvieron la inspiración
y el arranque de ¡constituir una cofradía cuyo móvil prin­
cipalísimo fuese ■estimularlos a vivir como genuinos ca­
tólicos, para, de esa guisa, como 'genuinos católicos ex­
halar el último aliento. Cada año habéis ido aumentando
la lista de cofrades y cada año v.ais enardeciendo más
vuestro entusiasmo por la fe y vuestro fervor religioso,
— 252 -

que но habrán dejado de mover eficazmente vuestro co­


razón a vivir una vida cada día más cristiana y más
dada al bien 'y a lia virtud.
¿ Cómo, pues, no principiar mi с ración sagrada de esia
tarde felicitándoos efusivamente, -con el mismo calor y
simpatía de años anteriores? Sí, mil parabienes y mil en­
horabuenas por el progresivo florecimiento de vuestra Her­
mandad, y mil ardientes votos a Dios para que os siga
prosperando con mano munífica, lloviendo copiosamente
sobre todos vosotros sus gracias y 'bendiciones, prenda
segura de que marcháis por Ütos andaderos caminos de la
salvación». Y que esas enhorabuenas y esos parabienes os
sean como espoleador acicate para animaros trnás y más
a acrecer vuestras filas 'de ¡caballeros cristianos, y a cien­
doblar vuestro amor a Dios y al prójimo, vuestro, cálido
entusiasmo por nuestra fe, y vuestro vivo ardoroso an­
helo de que torne- a influir en nuestra patria la Religión
de la Cruz, y vuelva a formarla de ¡hombres superiores,
muy superioresi a tantos enanos y. pigmeos de ístos 'mal­
hadados días.
Y ya estoy rozando el tema sobre et cual ha de versar
mi oración sagrada de esta tarde, terna no hallado ni bus­
cado 'en la meditación ind en el estudio, .como otras veces,
sino impuesto por ■ las tristísimas circunstancias, por los
infaustos descalabros que acabamos de sufrir, por ía w-
verosímil bochornosísima humillación que nos aoaba de in­
fligir el tradicional enemigo de nuestra fe y de ¡nuestra
гага, no (obstante ¡estar el sumido en la barbarie y vana­
gloriarnos ¡nosotros de tocar en la cumbre ‘de la refinada
cultura. ¡De donde <Ío inverosím il· y lo bochornoso!...
No nos bastaba que la decadencia de ¡nuestra virilidad
se hubiese pasado siglos, malrotando el grandioso patri­
monio hispano en· que no se ponía el sol, deshaciendo la
épica historia de España que habían hecho ¡nuestros glo-
r lesísimos antepasados, aquello' varones estupendos ccm
— 253 -

quienes nos tropezamos al leerla, forzándonos a interro­


gar lo que dicen que interrogaba ¡el 'chipriota Zenóti, al
leer las magnas hazañas del Aimbasis de Jenofonte: ‘’'¿dón­
de, dónde se hallan estos hombres ahora?” ...
No bastaba que hubiésemos perdido los postreros flo­
rones de muestro, antiguo imperio colonial, de la manera
menguada que Üos perdimos, a la primera sacudida beli­
cosa de un pueblo bisoño, que nos dejó burlados de re­
pente, sin flotas y sin ejércitos, pudiéndosele aplicar muy
bien a ¡España el lúgubre canto de Ecequiel ponderando
la ruina de ¡Tiro: quae obnmtuit in medio maris, que en­
mudeció lem medio del mar, reducida' a la. nada y »sin
jamas haber de resurgir: ad nihifam deducta 'ek'n-on er-is
iisque m perpetmim.
Era preciso que el enemigo tradicional de nuestro nom­
bre y de (nuestra fe, bárbaro y todo, salvaje y ¡todo, ig­
norante de la ciencia de la guerra, sin academias mili­
tares, sin escuelas navalles, sin escuadra ninguna protec­
tora, por sí sólo, arrollase y desbaratase a ¡nuestra infan¿-
tería y a nuestra artillería con¡ la facilidad y la rapidez
con que ¡arrolla y desbarata a un rebaño de ovejas una
manada de (lobos sanguinarios y hambrientos. ¡ Qué ver­
güenza y qué dolor!...
¡No hubo más que una página española 1 La que tra­
zaron con su sangre los héroes de Monte ‘A rruit, lugar
que, desde ahora, tiene que destacarse en la fantasía de
todo español, como él jtnacábrico anfiteatro de los hispa­
mos sacrificios, donde fueron degollados entre inauditas
torturas hasta tres míil bobdes hijos de España, según el
cómputo que fueron haciendo nuestros reconquistadores,
al enterrarlos, pues los habían encontrado, insepultos y en
vías, todos, de putrefacción.
Y ¿para íqué sirvió esa página saguntina? Casi hubiera
sido mejor que no s&e hubiese registrado, porque ella ha
servido para darnos la medida exacta de la -gigantesca
— 254 -

ruindad de los que se rindieron sin -resistencia, pues si hu­


bieran resistido como ios héroes de Monte Arruit, ¡no a
hubiera arrojado sobre nuestra historia tan¡ horrorosa cié­
naga die ignominia...
¡N o mentemos ¡ni por asomos aquellas rendid mies con
toda clase de pertrechos de guerra! Los antiguos Íberos,
cuando perdían; su jlanaa o ¡su escudo en las batallas, lo te­
nían tan a deshonra, que 'preferían la muerte, y o se s i l ’ ·
c idaban o se arrojaban temerariamente' en íq
grienio 'del combate. '¡¡ A qué dístan-ci^ Wueáíros iuiíe-
pasados! Dij érase que aquéllo a ■inútiíós que, cuan-j
c]o -e jivi iiainé 1 cómSatir por la patíiá bandera, a raíz de
la ffsemaíi¡a trágica” 'de Barcelona, Üegaron a arrojar el
fúsil> más que por lás ideas Socialistas en que estaban im­
buidos, por éobardíá y- 'ípor miedo. ¡ Hay que llamar a las.
cosas por sú propio nombre! Y así lo dLjeroiñ entonces,
avergonz&dáá de aquella ¡masculina defección, muchas I
trépidéí mujeres cataílanas, en loor de las cuales yo ?-l
toy seguro '»de que Hánile't, 'íimy de buen grado, hubierl
rectificado' -su (frase 'Celebérrima, y :-en yez de ¡decir: Fídi
iy) Hiiy ?á№8 h 'womw, debilidad, tu nombre es mujer
hubiera dicha: Frailty, thy nmve is man...
1Y /éri qué ocasión vino a manif estarse la debilidad &
pan?ó:sa! ¡ Cuando desde las alturas gubernamentales, №
vían las gracias, acreciendo sueldos y recompensa-! ¡
cuando eran copiosas las UistinckMies, idesde otras ate
más elevadas aún, donde Hiríase ’que se habían concento
do casi las únicas' juiciosas «miras políticas y tasi ios
eos atltos sentimientos nacionales, y (donde, 'en admiré
conformidad con Has tradicionales exigencias del alma{
pañola, se hace gala de ¡sén-tir debidamente-'aquelk> de -
Ambrosio: quid e$t 'hónónficentius, qm m ui j
ecclesiae jiliu s 'esse dtcatur?, ¿qué hay de más hontM
que el ¡que el ’soberano se'iprotíame h ijo de- la Iglesia? ¡j
fin, cuando se ’acce’día con carta blanca a· cmmto se 1
— 255 —

gase. preciso, sumándose, ¡cada !día, al ¡presupuesto de gas­


tos marroquíes, ¡millones.y más millones!...
¡ Y todo, para qué! Para que -lo ¡poco, lo'poquísimo que
con¡ tantos (millones.se Ihabía adquirido, s e ’viese, de ‘la mo­
che la la ¡mañana, en poder de! enemigo,(triunfador!
Sí, para ¡meternos todas estas clarividencias por los ojos
ha servido aquella página, 'saguntina. Y aun· ha servido
para bastante más, desgraciadisimamente : aún ha servida
para evidenciar a todas luces lo que fyo íio me atrevo a cali-'
ficar diesde la cátedra sagrada, satisfaciéndome team lla­
marlo e l' abandono, días y días — hasta su total perdi­
ción— , de aquellos héroes que batallaban'ihora tras hora,
muertos de hambre y (de sed, ¡pidiendo auxilio urgentísi^
mo, por medio de los aparatos h-eliográficos... ;
Diríase que se habían ¡realizado de lleno em nosotros
aquellas fatídicas palabras de Isaías, al vaticinar la Me-'
sol-ación ’de Je ru salen: "Porque he aquí que él soberano
Señor de los ejércitos arrebatará a Jerusalén· el valiente ’
y el fuerte, y el ’varón üom baftidor;.y lelj de rostro ve-
nerabÜe, y eü consejero y el prudente,^.- et effeminati do-
minabuntur, y los afeminados dominarán. Y ’'no 'se diga tíe
tocio en todo arbitraría la aplicación del texto ¡bíblico, pues
casi ya se realizó entre 'nosotros, en horas difíciles, de las
cuales isaliió un gobierno que 'debiera haber gobernado sa­
bia y .patrióticamente, y, por desgracia tíe España, no pudo,
gobernar, aquello de amenazar, «desde muy arriba, 'con la'
renuncia deUos· ¡más altos honores: n&lite me constituere
prmcipem...
Y no Vafe decir que la imprevisión había 'sido,¡tan mag­
na, que ni ¡hombres ni medios tíe combate nos ¡habían que­
dado para prestar el redam ado. urgentísimo auxilia ] A’
marchas iforzadas ;— que lia- distancia no era mucha— nos
debimos haber ¡precipitado itodos Hos españoles hacia Mon­
te Árm it, a salvar a los héroes! Y , sobra ¡todo, ¡habiendo
respondido, como respondió, el pueblo, desde el instante.
- 256 -

■en que supo la¡ horrible catástrofe, con aquella explosión


de patriotismo que nos hada llorar >die entusiasmo. ¡El alma
del 'pueblo español patüpitaba, grandiosa, todos los días en
las columnas -de los periódicos, oon ¡aquella .prestación tó-
bérrima <ie cuanto tenía'y no tenía: hombres, dinero, ca­
miones, aeroplanos, tanques, víveres de toda índole...
¡Ah, que esta vez se ha visto harto manifiestamente
que это ¡es iel ¡pueblo 'á 'quien hay que inculpar de nuestras
ruinas y de nuestros fracasos! E l ¡pueblo español 'está sano
aún, y es tal ,vez lio [única gano que nos queda, como dijo
con frase -demasiado gráfica y, por eso irregistrablle aquí,
el estadista venerable que parece oandemado a. gobernar
sólo cuando el carro diel goí>iemo .se atasca en los sórdi­
dos atolladeros políticos... VAJh, rique (con el pueblo español
aún se podría ir a la ¡reconquista de todas nuestras per­
didas glorias y muestras prístinas grandezas! £Es И pueblo,
es el pueblo hispano la cantera inagotable de energías con
que aún ^pudiéramos tornar a ser grandes y poderosos.
¡ Ese ipuebfl-b español quie mo quiere resignarse a ser lo a
que parede empeñarse ¡en condenarlo la ‘p olítica: a ser algo
así como <un pueblo de (medrosos lagartos que, de íarde en
tarde, saliesen a (tomar el1sol por entré los gigantescos es-
oem bros d é nuestra histórica derruida grandeza!... ¡Que
a eso 'parece anhelar reducirlo nuestra desatentada polí­
tica aiHquerer ^penetrar, ia banderas 'desplegadas, por orga­
nismos que no deben tteíner tiada de políticos, contentán­
dose con ser patriótioos y nada más que patrióticos!.-.
¡ Bastante d¡e bueno '¡y"de firme y de Valiente les iba a dar
la política!.,,
Sr algo hay aumi fentre nosotros de aquel· espíritu espa­
ñol que itanto (lamentaba Ganivet tse 'nos 'escapase de Es­
paña. cuando decía: "H ay que cerrar con 'cerrojos, llaves
y candados todas las 'puertas ‘por donde leí ¡espíritu espa­
ñol be ¡escapó de España” , ese algo Be Espíritu ¡español ge­
nuino está en el pueblo. Y con ese algo de espíritu espa-
fiol tíos ¡podemos ¡lanzar a la reconquista de todas nues­
tras excelsas pretéritas glorias; pero a condición de re­
conocer todos, todos, los de arriba y los ’de abajo, los de
la izquierda y los de illa derecha, que cuantos males Snos
están sobreviniendo desde luengos años ha, son castigos
manifiestos de ‘Dios por muestras pecados y 'por nuestros
crímenes, por la apostaría de -nuestra sacrosanta religión
a que se obstina ten arrastrarnos el liberalismo, por 'la per­
secución. más o menos solapada que aquí se ha estado lle­
vando a cabo contra Ha Iglesia. i
No suceden a ciegas las cosas, conio impuestas por el
fatalismo. Cuando cae un [pueblo, cae porque la divina
Providencia. íle jha sentenciado a caier, por andarse en re­
beliones y maquinaciones contra el Señor, como cayeron
Jerusalén y Judá, según nos lo certifica la Sagrada Es­
critura: ruit Jerusalem et cóncidU Judas quia lingua et
adinventicmes eorum contra DówUnum, cae Jerusalén y se
derrumba Judá, porque su lengua y sus designios son con­
tra -el iSeñor. ¡ Y no se ha laborado aquí poco corotra ¡el
Señor! ¡Y con-qué obstinación y pertinacia! Una vez y
otra nos ha castigado con terribles castigos que fuese»
para 'nosotros icomo toques de atención que nos hiciesen
vd'vera nuestras andaderas tradicionales 'rutas. Y una vez
y otra insurgimos contra aquellos- castigos con huevos pe­
cados y 'con mayores desafueros. Y , sobre todo, desde una
centuria para acá. Nos arrebató la América, y nos revol­
vimos contra Dios con la malhadada desamortización y
el espantoso “ pecado de sangre", .aquel 17 de !julio, al de­
cir de Menéndez Pelayo, "día ide vergonzosa recordación
más que otro alguno de nuestra historia.” Nos ridiculizó
con la Revolución de septiembre, que culminó en ‘traer al
trono de San Fernando un· extranjero, y le ¡replicamos
con la demolición de conventos 'y de iglesias, :cuyas cam­
panas, como en Valladolid, eran rotas a martillazos, y
con aquellas infames sesiones de Cortes, alguna de las
TV»··, u 17
- 258 -

cuales pasó a la historia con 'el ¡estigma de "'la sesión


de las blasfemias” . 'Nos despojó d e Cuba y de Filipinas,
y le replicamos con la “ semana trágica” de Barcelona,
en Ique plebe acanallada perpetró todo linaje de antropo-
fágicos hechos. Nos azotó con 'la huelga revolucionaria
del ano 17, y le replicamos con Aquellas cobardías infan-
das die inuestros jurados que hacían salir impunes todos
ík>s asesinatos y todos los [latrocinios, ¡a ciencia y pacien­
cia de las leyes y de los gobernantes. Y ee le estaba
replicando con algo peor aún, ¡ por lo ¡nefando y lo in­
sólito! ¡L a inmoralidad había llegado a tan impudente
osadía, que s'e vió, ¡en algunas plazas fuertes que comer­
ciaban ¡cofa la voluptuosidad y con el juego los mismos
custodios “de las'plazas I ¡Horror! ¡ Y todo ello sabidísimo
en las alturas gubernamentales! ¡ A h ! bien podemos de­
cir, dando especial sentido a una frase del Aguila de
Hiporra, que si aún subsistimos como ilación, es porque
Dios es bueno: quia bonits est Deus, nos ls umus...
Pero la bondad de Dios, respecto de nosotros, ya se
debe de ir agotando, y ías ¡tempestades de la divina có­
lera deben de estar cada día más ganosas de irrumpir
sobre nuestro suelo. .Urge, por tanto, un cambio ra­
dical de vida español. Es necesario a todo trance que
la justicia torne 'a imperar entre nosotros. Los libros sa­
grados de los Indios dicen que cuando la justicia se apo­
yaba sólidamente 'era sus pies, reinaban la verdad y la
dicha len el mundo; pero que, luego, habiéndole faltado
uno de los pies a 'la justicia, disminuyó el bienestar y
surgieron toda suerte de males. Y entre nosotros hace
ya mucho tiempo que '¡cojea demasiado la ajusticia, de don­
de '(el enorme cúmulo de infortunios que- sobre ¡nosotros
se desencadenan!. Y urge ¡mucho, muchísimo, sallir por
ios fueros de la ¡justicia.
¡Que ¡no escalen las alturas más que hom bres justos y
=abios y virtuosos! ¡O u e '.no acaezca ientre nosotros 1o
- 259 -

que acaecía en Roma, cuando los hombres verdaderamen­


te insignes rehuían los alto« cargos públicos, porque, como
decía el historiador Sa'histio, no se conferían los hono­
res a1 positivo valer: 'quowiam ñeque jzrirtuti honcrs datur!
¡Abajo ese parcialisnio 'fatal que nos ha traído el poli­
tiqueo rastrero y que ¡es una verdadera ‘plaga de la socie­
dad espartóla! E1‘ pare ial isino sublima las nulidades y aba­
te el positivo mérito. Es un ¡monedero falsificador de
valores. Ve méritos d-onde tío los hay, y, por donde los
hay, se complace en· -pasar con una venda en los ojos.
Aquello del Deuteronomío: non erit in domo t-ua modius
májor el minar, no habrá en tu casa medi-o mayor y me­
nor, esto es, medidas -engañosas, ¡rao reza con ¡el parcia-
lismo que usa dos medidas, la tina para los suyos y la
otra para los que no lo son. La acepción de personas
es para el parcial isino una cosa santa, pese a Santiago
el Menor que la condenaba de pecado: si autem perso­
nas accipitis, peccatum operámini. ¡ Abajo·, repito, el ¡par-
cialismo que es ¡el que con tanta 'frecuencia ¡nos hace ver
■ la iniquidad en el; puesto de la 'justicia como la veía el
Eclesiástico: vidi in loco justitiae iniquitatem . ¡Y abajo,
en todos los órdenes; que también se entromete aun· en
las 'cosas ¡más sagradas, tratando de revestirse con cierta
aureola mística, y es, entonces, el peor de los parcíalis-
mos; porque llega a persuadirse de justicias fantástica?,
y aiíiT ¡a creer que, 'abatiendo a la inteligencia y 'a í!a Virtud,
obra rectamente, apuntándose macizos méritos en su hoja
de servicios!... ' ’
Hago este caluroso encarecimiento de la justicia por­
que, según el proverbio de la Sabiduría eterna, “ la jus­
ticia eleva a los pueblos.” Y 'nosotros estamos más [ne­
cesitados que ínunca de 'elevación espiritual, elevación que
no puede verificarse, si, fcuanto antes, 110 se dato entre
nosotros la ¡justicia y la paz aquel ósculo* divino de que
nos habla el Real Profeta: justifta et pax ose alafa c sunt.
- 160 -

La? enormes desgracias que tros acaban de suceder, no


po-r ser castigos manifiestos de Dios, están exentas de
punibilísimas responsabilidades. Sería demasiado musul­
mán discurrir de «tro modo, -echando toda la culpa de
nuestros infortunios a la fatalidad del ‘destino. Dios, cuando
castiga, castiga por'delitos y |por .crímenes. Y esos crímenes
y delitos tienen «ил -responsabilidades concretas y preci­
sas, y .e,s necesaria depurarías a todo trance. Lo exigen
'las mil y rail 'familias con los cadáveres de cuyos hijos
ha formado la 'barbarie -ese espantoso camino de la amar­
gura que va desde Nador a Zeluán, y desde Zeluán a Mon­
te Arruit, y desde Monte Arrnit a Anual; »lo exigen los
gigantescos alaridos de la m'adre patria, llorando, más
desolada que Raque!!, a sus hijos, y 110 queriendo, como
ella, .ser consolada, 'porque no existen, qum non suní; lo
exige la radiosa confortante gallardía con' que ha respon­
dido el pueblo a los llamamientos del amor a la patria; lo
exige el mismo buen nombre del E jército , a ¡quien ni se le
debe ni .se le^uede hacer solidario de esporádicos delitos de
negligencia y pusilanimidad; lo exige la misma paz, que
sólo puede darse el ansiado ósculo con la justicia, cuando
esa justicia sea un hecho positivo que 'satisfaga los pú­
blicos anhelos y calme 'las tremendas inquietudes del alma
española. ¡ Que se depuren a raja tabla las responsa­
bilidades y se (estigmaticen y conjuren para siempre! Y
que ‘el 'baldón 'arrojado sobre 'nuestra historia por el tra­
dicional enemigo d,e nuestra religión y nuestra гага que­
de borrado, en absoluto, con ¡lia conlquista plena de todo
e'1; Marruecos español, de guisa que se ciegue -para 'siem­
pre esa sangría -suelta de hombres y de 'oro, que no- vie­
ne Arruinando por espacio de lustros y más lustros! ; Q«e
nuestra bandera ondee, triunfadora, con imperio fecundo
y pacífico, en todo ese ti rajo de ¡tierra africana, 'única hi­
juela que reconoció a nuestro derecho Sagrado la codicia
insana de nuestros vecinos· de allende eí Pirineo!
— 261. -

Es forzoso dar una satisfacción omnímoda al nima es­


pañola que acaba de ¡excederse a sí misma, revistiéndo­
se, en la terrible hora trágica, de iesa heroica serenidad
qite ha sido asombro y estupefacción:, aún ¡para los que
estamos convenidísimos de la imperturbable magnanimi­
dad de «¡u-estro espíritu y de nuestra sangre, Y esa sa­
tisfacción- omnímoda :no puede ser otna que -el dominio
absoluto y prontísimo de ese pedazo de tierra española,
que ya h-emos ‘bautizado con .ríos de ¡nuestra sangre. Ello
-es una exigencia de la paz interior de ¡nuestra patria,· que
no podrá ser realidad sonriente hasta tanto que mo haya
aquella tranquilidad del orden en qu¡e hacía consistir mi
grato 'P. San· lAJgttstín fe paz de todas las 'cosas: pax om-
nium \rerum, tranquÜUtas órdinis.
Pidamos a Dios que 'i'liimine a nuestros gobernantes
y los llene de viril energía y de ewcendido amor a ¡la
patria, para que nos deparen cuanto antes esa ¡omnímo­
da paz, imperiosa exigencia del alma española. Combá­
tase lo que haya que combatir, con estrearuidad y con
heroísmo, haciendo caer el peso de Ha -justicia Atropellada
sobre enemigos y traidores: -et 'erit opus Justitiae pax, y
ía paz ha de-ser obra de la justicia.
No es que leste ¡predicando -odios y venganzas. Eso se­
ría anticristiano, 'y desde esta elevada cátedra sólo se debe
hablar muy cristia'rtamen’te. Y o estoy lejísimos de dar ca­
bida en mi corazón a ciertos ¡exabruptos, muy en 'boga,
de rencor y de ira contra los hijos del Rif, víctimas de
su barbarie. Si reclamo, porque lo reclama el· afena espa­
ñola, que señoreemos cuanto antes todo aquel territorio,
no es para llevarlo a 'Saingre y fuego, ‘sino para civilizarlo,
para abrirlo de urna vez a ¡las benéñcas brisas de la ci­
vilización y a los redentores ósculos del cristianísimo. Ge-
lón, rey de Siracusa, Venciendo a trescientos mil carta­
gineses y otorgándoles la paz o n la sola condición de
— № —

que dejaran de inmolar a los idilios, cuya sangre inocen­


te tenia que arroyar todos los años sobre los altares de
sus dioses, lega a ¡la posteridad un- (magnífico ejemlpló de
amor )a fe civilización y a la cultura. Y algo paretido ¡de­
bemos hacer nosotros cuando hayamos señoreado a nues­
tro Marruecos: dar a los marroquíes 'nuestra plena Amis­
tad, k condición de que renuncien para siempre a su bar­
barie.
Y -si hubiera que imponer algunos justos castigos, 110
se olvide que ha de ser .obra de .justicia la paz, erit opas
jusMiüe <pax, y que -esa justicia debe caer, inexorable, so­
bre quitantes se empeñaron en escarnecerla y jen violarla.
Nunca más santa la guerra que cuando se hace por el
amor ide ¡la paz, Y (ninguna ¡guerra más lenderezadora ha­
cia Ta -paz que esa, guerra, por :1a que ahora olama el alma es­
pañola, villanamente traicionada, y traicioneramente he­
rida. '
No es una paz 'cualquiera la que anhela el alma es­
pañola, sirio una ¡paz omnímoda, ¡que ¡nos traiga la tran­
quilidad1 del orden interior, calmando -todas 'nuestras ac­
tuales inquietudes, ■extinguiendo todas nuestras divisiones
intestinas y encauzando adunadamente todas nuestras fuer­
zas hacia Ta prosperidad de la nación y hacia el ¡bien-estar
de los individuos. Tras esta paz lexaltadora de nuestra
patria, vendrá aquella ipaz beatificad-cara de cada buen -es­
pañol, (aquella paz de que 'hablaba -el Apóstol a ¡los Fili-
pe 1156.5-: jpax D ei 'quue ¿xúperat 'omnem s'ensu-m, Ha paz de'
Dios que ' supera a todo sentido y ‘¡a ifcoda dicha de este
mundo, porque bo se disipa a modo de sueño delicioso
que se desvanece al despertar, isino que permanece siem­
pre embriagándonos cOnj'-las ¡sempiternas ¡bienandanzas ídel
paraíso, Pidámosle, ¡sobre -todas jilas cosas, esa ¡paz la Dios,
■y pidámosela con 'la amorosa vehemencia de jmi gran Pa­
dre San Agustín en el capítulo 35 del libro décimoter-
— 2 jS -

ció de sus Confesiones: “ Dios ¡y Señor, T ú que nos lo


has dado todo, danos la paz del ¡descanso, [Sia ¡paz del sá­
bado ¡qu¡e no tiene atardecer, p omine Deits: pacem da 'no­
lis..., pacem quietis, pacem sábbati, sábbati sine véspe­
ro. Amén·.
DISCURSO PRONUNCIADO
EN EL TEATRO DE LAS DAMAS CATEQULSTAS
CON MOTIVO DEL PRIMER CONGRESO
DE LA
UNION MISIONAL DEL CLERO DE MADRID-ALCALA
ílmos . ' y R vmüs. Señores ( i 1):

S eñ o ras, S eñores : í ’

Todos sabemos el (fin loabilísimo que aquí nos cjngrf-


ga, pues elocuentemente lo lia expuesto ya alguno de
los oradores >que me han precedido en el uso de la pa­
labra. Nuestro bondadosísimo Prelado anhela con todo su
corazón, ¡siempre hervoroso de celo por secundar briosa­
mente las grandes inspiraciones del Vaticano, que su dió­
cesis responda con creces a aquel tan sentido llamamien­
to que, de lo intimo de ¡su alma,, ¡hacía el Papa ¡Benedic­
to X V , a todos los obispos católicos dei mundo, para que
emprendiesen una vigorosa cruzada apostolizad ora que
culminase en gigantesca obra de evangelización por todos
los pueblos infieles.
Santos y justísimos eran .los anhelos y propósitos del
amadísimo 'Pontífice, cuya muerte inesperada y prematu­
ra acaba ¡de Vestir 'de doloroso luto a toda la cristiandad.
Si la civilización no 'puede consentir que haya 'aún en el
mundo lugares donde, como en! China, arrojen diaria­
mente a los estercoleros a millares y millares de niños,
recién nacidos, los ¡mismos que les dieron el ser; donde,
como· en el ulterior del Indostán, perdure aún la bárbara
costumbre de matar los hijos a los propios ancianos pa­
dres *p.ara con su carne misérrima nutrir a los jóvenes
nietos; donde, como en! Ja mayor parte de las tribus indi-

0 ) Los Sres. Obispos de la G oajira (Colombia), de Foochow y


de Am oy (China).
- 268 -

genas del Alt rica, se vilipendie y se mal trate aún a la mu­


jer, a la cual aio se Ja considera más que como una bestia
de trabajo...; ,(si la civilización ¡nio puede consentir nada
de esto, muchísimo menos lo puede consentir la religión
católica, que es la fuerza divina civilizadora por anto­
nomasia. 1 1
Y si eran santos y justísimos los clamores del gran
Pont'fice pacificador por el reflorecimiento de las misio­
nes católicas, las genuinas misiones de la luz y de la ver­
dad — y ¡hablo así para distinguirías de las misiones pro­
testantes jque ¡ahora tan^o se altivecen, merced a la "copia
de oro 'que se dan maña para recoger en loá 'Estados Uni­
dos— , santos y ju s tís im a s son los estuosos anhelos de
nuestro amantísimo Obispo, de que España no se quede
atrás, como soldado de retaguardia, en: la campaña de
cristianización del mundo pagano que las naciones cató­
licas !se han dispuesto ya a emprender, y que, segura­
mente, ahora intensificarán, pues habrán de considerar
los vivos anhelos del recién muerto 'Pontífice como una
especie de 'sacratísimo testamento. No, España no puede
quedarse atrás en esa magna empresa cristianizadora:
debe ir al frente, en Jas avanzadas. Y al. 'frente y 'en la;
avanzadas irá si Madrid, que 'es como e»l corazón de Es­
paña, sabe ocupar el puesto de honor que le pertenece.
En la historia de la apostolización nuestra bendita pa­
tria tiene páginas de epopeya gloriosísimas que jamás
deben ¡palidecer. No es éste el imomento de entoniarfles un
canto lírico. Todas las Corporaciones religiosas, estable·*
cidas en España, lian rivalizado nobilísimamente ea1 en­
viar misioneros a una y otra ;parte del globo, y — ¡gloria
imperecedera de la hispana monarquía!— siempre con la
protección y el amparo de nuestros reyes, cuyas naos es­
taban siempre equipadas y dispuestas para llevar a los
misioneros, al través de los mares, adondequiera que los
reclamasen las necesidades apostólicas. Baste decir aquí
- 269 -

que fué español el misionero de los misioneros, San Fran­


cisco Javier, el nuevo ¡Apóstol que podía hacer perfecta­
mente suya la admirable frase paulina: <flas señales de
mi apostolado fueron hechas... en prodigi-os y Virtudes” ;
el'nuevo Alejandro Magno, Icomo se placía en llamarle el
príncipe ¡de ¡Co¡ndéf y a mi humilde juicio con razón so­
brada; pues, ¡si ante el viejo Alejandro Magno "calló de
asombro la tierra” , según frase de la Santa Escritura,
ante el nuevo'Alejandro Magnb no se calló sola la tierra;
i calló también el cielo! Y por eso, decir San Francisco
Javier es hacer brillar en la corona 'de España el florón
de reina de la-s naciones apostoHzadoras. Y por eso ^Espa­
ña :n.o puede ’quedarse atrás en la nueva cruzada glorio­
sísima de enviar ¡pléyades de misioneros a sembrar cato­
licismo y civilización por todos los países de infieles del
mundo.
Pero, ¿y cómo jhacer surgir en ¡nuestra patria ese anhe­
lado reflorecimiento misional? De muchos y varios modos,
como se ha demostrado y se seguirá demostrando desde
esta tribuna. Y uno de los principales ha de ser el de sus­
citar una viva efervescencia de catolicismo en1 nuestra
sociedad, el <3e conseguir "Ha vuelta franca-de nuestro pue­
blo a las creencias y a Jas prácticas santas de Nuestros
mayores. ¡Sin un! recio rebrotar de fe y de religión que ;se
expanda, robusto, por el alma del pueblo, son imposibles
las larguezas que se han menester para el sostenimiento
de Jas misiones, y mucho más imposibles aún las voca­
ciones apostólicas, brotes puros del fervor religioso y de
la acendrada jpiedad. Esto último, sobre todo, 1es induda­
ble. En ilos claustros agustinianos, a los cuales ane cabe
la dicha de pertenecer — y lo 'propio se puede asegurar de
los claustros de las demás Ordenes religiosas— , lo de­
muestra contundentemente íla experiencia. Notorio es que
los Agustinos tíe la Provincia del Santísimo Nombre de
Jesús tenemos misiones :en el vastísimo distrito de Hu-
- L7i> ■-

nan, -en China. Lus misioneros que van a esas misiones,


van voluntariamente, pues como el misionar en aquella
longincua y abrupta región aníra de lleno en los ’imite?
de lo heroico, Tos Superiores han juzgado prudente dejar­
lo al celo voluntario de cada individuo. Las vocaciones
no escasean·, gracias a Dios, y más misiones tendríamos
allí si más misioneros pudiéramos sostener, pues las ex­
pensas de esas misiones las sufraga todas nuestra amada
Provincia.
Ahora bien, esos misioneros agustki'ianos son los que
más sobresalen, durante el 'estudio de 3a carrera sacerdo­
tal, ¡por su religiosidad y por su !fervor; los ique, sin darse
cuenta ellos, pero dándonosla muy bien nosotros, más
avanzan 'por los caminos de la virtud. Esos estudiantes
concluyen la carrera, y lo primero1 que hacen es elevar a
sus Superiores la correspondiente instancia de ’que se los
mande a las misiones 'de China. Los Superiores les con­
testan -que lo (mediten ¡muy .mucho, soliloquiando una re­
mana y otra semana, un mes y otro unes, en santos 'ejer­
cicios ■esjpirituales que ,tos cercioren muy a las claras de
su divina vocación. |Es etn! aquellos ejercicios Idonde a cada
uno de los candidatos ¡les ha de manifestar el Señor, como
al Apóstol, cuánto han'de padecer por su nombre. Y sólo
cuando ¡halm salido de ellos, firmes en su vocación, y aca­
so exclamando alborozadamente, como el preexcelso je­
suíta, al mostrarle Dios en sobrenatural visión lo muchí­
simo que había de sufrir: 1amplias, ,Domine, amplius,
más,. Señor, más, es cuando los Superiores les dan su
bendición y íois envían al martirizadero de Hunan, a as­
pearse por senderuelos y congostos en busca de 'ovejuelas
y en ludia siempre con el desánimo ''ante ‘los arduos 'y ¡se­
rondos frutos de sus trabajos y sus ^vigilias. '
Son, por tanto, ¡las vocaciones apostólicas brotes (natit-
ralísimos del fervor religioso y de la piedad acendrada.
¿Se ansia que en nuestra patria retoñen· y lozaneen? Pues
— 271 —

¡a restaurar esa acendrada piedad y ese religioso* fervor en


el alma 'de nuestro pueblo, cosa inacaecedera !si la socie­
dad sigue desconsiderando y malatendiendo aíí sacerdote,
y si el sacerdote [sigue :sin hacer valer sus prestigios divi­
nos ante la sociedad! Y ved aquí indicado el tema del
presente discurso, ¡para el cual os pido vuestra benevo­
lencia más 'exquisita. ■
La acción social .del ministro del Altísimo es Jioy ¡más
difícil que en época ninguna 'de la historia. Bd otras eda­
des él sacerdote no se contemplaba punca solo: ísi tno es­
taban a ¡su lado los grandes, estaban los pequeños. Si los
magnates le desdeñaba^, ítos pobres le bendecían. Hoy
unos y otros ise han distanciado de él, condenándole a
una especie de ostracismo, dentro de la 'sociedad.
El sacerdote está revestido de cierto singular carácter
que pone eto1 su persona 'como un barniz divino. ‘L os
mismos pueblos bárbaros veían en ios sacerdotes res-
plandecencias de divinidad. Entre los germanos, por
ejemplo, "se Jos conceptuaba verdaderos representantes de
Dios. Lo ¡que (mandaba un Sacerdote era lo mismo que si
Dios lo mandara, velut Deo impermie (i), nos dice su
concienzudo historiador Tácito. L o cual explica que, una
vez icolntvertidos a la ‘religión de Cruz, hubiesen llegado
a rodear de tanta prestancia a nuestros sacerdotes y par­
ticularmente a nuestros obispos, algunos de los cuales
eran como reyes, deiritro de sus res¡pectivas diócesis,
donde hasta administraban justicia y cobraban impues­
tos. ¡ Pero a las gentes de hoy 'con esas exquisitas consi­
deraciones germanas! 1
La muchedumbre ha dejado de 'ver en el sacerdote todo
divino barniz. Para ella el representante del cielo en la
tierra es un himple hombre :como los demás. Las palabras
del Señor a ílos Apóstoles, y en éstos a Ids sacerdotes

i;) Tácito, Gemianía, Vil.


- 272 -

todos: “ el que a'vosotros oye, a mí ¿me oye; el que 'a Vos­


otros os deprecia, a mí me desprecia” , han dejado de tener
sentido para la muchedumbre. ‘'¡O h 'sacerdotes — excla­
maba San Bernardo— , qué dignidad la que Dios Os ha
conferido! Os ha puesto ¡por cima de los emperadores y
de üos reyes, y, (para habitar lenguaje más alto aún, os ha
puesto por cima :de los ángeles y de los arcángeles, de dos
tronos y de Has dominaciones!” -(2). Hoy la muchedum­
bre se reiría de estas peregrinas verdades de San Ber­
nardo. :
Y antes que la muchedumbre, se había desentendido
de los sacerdotes la Inlobl-eza, apostatando de sus tradicio­
nes religiosas, ¡que iban siempre unidas a las deil heroísmo
y de lia sangre, para realzar su ¡brillo ty su esplendor. Y
la nobleza casi no hizo más que seguir corrientes que
veníaln1 de bmás aílto... Cierto santo rey de Dinamarca dio
en sus estados una ley *por la cual imponía a todos sus
súbditos, incluso a los aristócratas, idéntico respeto e
idéntica ootosideración a los sacerdotes que a su misma
persona ‘rea!. Oaríomagno iba con frecuencia a cantar el
oficio divino ¡con !sus sacerdotes, y 'teniéndose en ello por
muy honrado. Felipe II, cuando se hallaba en El 'Escorial,
asistía al coro con los Padres Jerónimos, ocupando entre
ellos ttn ¡humilde asiento, y juzgándose muy -ennoblecido
con aparecer como -uto simple monje... ¡Dónde- están ya
esos reyes de 'Dinamarca y esos Carlomagnos y ésos Feli­
pes Segundos! '! i : ' .
Hoy, en muchos ¡países, son los 'jefes de Estado y los
gobernantes los primeros en icircuir de menosprecio ía
personalidad del sacerdote. En algunos de ellos el sacer­
dote está conceptuado .como un funciolnario público de
ínfima condición, y aca?o no está lejano el día en que el
jacobinismo Je rebaje a un simple desheredado, quitándo-

C2) Sermón 2c. 2.


- 273 -

le las míseras pesetas que 'se le ’dan ¡por modo de 'burlesca


restitución de robos sacríííegos y de brutales depredacio­
nes :'de*·')qúe h a :sí do' Ví ctí ma . F >1 inmortal León X III habló
duramente contra (La '"miseria inmerecida'’ a-¡que reduce
el capital Egoísta a los obreros: a inmerecida miseria
quieren reducir los gobiernos jacobinos al ministro del
Señor. Pero desatemorícense los sacerdotes: Dios sabrá
sacar bien· del' mal, y entonces su labor;: más benévola­
mente acogida por ios compañeros’de infortunio y de in­
merecida miseria, será knás fructífera, más conquistadora.
Además, el ¡sacerdote tiene que Vivir [siempre apercibido
para el sufrimiento, pues en todo tiempo sel mundo le ¡per­
so n e'y aun le'escarnece oon el sarcasmo y edni -la irri­
sión. En. medio d:e¡l desprecio contemporáneo con que se le
asedia, el sacerdote debe sonreír tdr..'endo. presentes aque­
llas esperanzosas jpaJlabras: “ cuando dijesen todo mal de
vosotros, alegraos y regocijaos, porque vuestra recom­
pensa es copiosa de los cielos” . Sobre todo, que jamás la
rimíqü'érencia, ni la ¡persecución, ¡mi aun la calumnia des­
tilen en nosotros veneno de mala voluntad. El sacerdote
es idl verdadero amigo del pueblo, y él amigo del ¿pueblo
en todo tiempo fie ¡ama, según el proverbio· salomónico:
onüwi ]tempore diligit qui amicus >
est. '
Nunca divide el Sacerdote que su papel isociat ha de
asemejarse íal de Jesús. A Jesús ise le combatió con rude­
za hasta llevarle al cadalso. ¿ Y querría el sacerdote vivir
sin ser combatido? Cuando el viejo Simeón recibió a la
en£rada"ldel templo al :N iño Jesús, qué éra llevado ;en /los
btiazos kie (su '¡Madre, dijo que -aquel Nifio'isería la ruina y
la resurrección para muchos en Israel: para muchos la
ruina, y ¡para imuchos, también, la resurrección. E s decir,
que vendría a ser entre ías gentes como una· íbaíndera de
combate: w cid co%trcdÍceiur, Y eso' tiene que
ser tambdéinf el sacerdote en medio de ía sociedad.: m,na.
bélica bandera, un signo de contradicción, ‘ Unos le ’oirán
Tomo II ' 18
— 274 —

y practicarán sus doctriin&s, coiknándofe de bendiciones.


Otros le armarán asechanzas fcamo 'se Jas (armaban la
Jésús los escribas y los fariseos, y provocarán contra él
injurias‘y ¡maledicencias. iPara 'éstos el Sacerdote iserá unía
ruina, ¡para aquéllos una -resurrección.
Por -eso di ¡sacerdote les ’en todos los tiempos y "en todos
los países tema tíe actualidad palpitante. S i hay algún
tipo “social sobre iquien, de ¡continuo, 'estén fijas las Imira­
das de- ■ amigos y de enemigos, ése es el Sacerdote. Líos
unos quieren que sea túni verdadero conductor de !almas,
y que disfrute de su ¡pacífico ¡reinado sobre los espíritus.
Los otros quieren que se ¡le anule, ique se le (befe, que se
le escarnezca, que se le crucifique. IJn Isacerdote no pasa
nunca por la calle indiferente a los ojos de la multitud :
unos le ven pasar y sienten impulsos ¡de veneración y de
respeto, 'y ie [saludan y acaso íe bendicen.1; otros le ven
ms-ar, y no pueden reprimir un gesto de ¡desagrado, y
acaso le imafldicen y acaso lie acuchillan los oídos -con· urna
blasfemia.'
La plebe es injustísima con el sacerdote: piorque hay
ailgún que otro ministro del -Señor que no cumple, como
debiera ¡cump'lir, !su ínilniisterio, é\ populacho grita con
frecu en cia"jab ajo los sacerdotes!” L a lógica se satisfaría
con decir ; ÍC¡abajo eí ¡sacerdote 'in d ig n o P e r o la plebe ¡no
quiere nada don la lógica. Guardémonos, siini embargo,
nosotros de gritar “ ¡ abajo 3jos o b r e r o s p o r q u e ísurja entre
ellos algún criminal, o “ ¡abajo los políticos!” porque pu­
lulen '«mitre ellos los· ’vividores, t> í“ j abajo (los republica­
nos!” , porqüe haya entre ellos ¡bastantes que deshonren
y vilipendien ¡la .república·.,.
Es cierto que'el-¡sacerdote tiénte [más obligación d-e ser
v¡irtuofeo‘ ique 3a ,generalidad ¡de los.¡hombres: la gimnasia
mística tíe los juvéniJés 'años; dél ¡seminario; la (ordenación
sacerdotal 'que desata sobre él, desde los ¡cielos, copiosa
l l u v i a 'de carismas; los ejercicios ministeriales a q«e
- 275 -

arreo se ha de dar; el santa Sacrificio; el rezo divino; el


estudio/todo esto ¡pone tál -clero en Ja precisión de ser vir­
tuoso. Y ¡hay que reconocer que lo es, salvas excepciones
que confirman la 'regalía getoeral. Quienes rehúsan recono­
cerlo asi, son |hipócritas taimados que fingirían ver má­
culas en los mismos serafines. Arrástranse ellos en el
muladar de la ¡corrupción, y en cuanto observan una tilde
eini un sacerdote, se rasgan las vestiduras, fingiendo es­
candalizarse, como 'los fariseos ante Jesús. Abundan,
corno una peste, esos, fariseos tolerantísimos consigo
mismos e: inexorables ¡con los 'demás. Ignoran que sólo
los inocentes podrían arrojar 4a primera piedra, No ad­
vierten que la conducta isaya es ei ¡reverso de la cristiana,
que aconseja ¡ser rígido ¡para sí (mismo, -y blando y suave
para nuestros prójim os.. ' ' \ '
La vida humana 'es como uto cristal que ¡brota ¡en empi­
nada ¡cumbre y ¡cruza, ¡después, a fio 'largo de praderas y
de ¡valles, en, (dirección ¡al mar, "que es ei. morir” , como
diría Jorge Manrique. Y ¿qué agua es la que llega.del
todo limpia de Jas ¡impurezas ¡del camino? Los cauces no
suelen iser de césped y de flores. 'Ajate las 'faltas de un in­
dividuo del clero no hay para qué ¡rasgarse las Vestiduras
y entregarse de lleno a farisaicas críticas. El sacerdote,
no por ser ‘sacerdote, se fia despojado de la frágil arcilla
humana. Decir ¡hombre, creo que dije ya otra vez, es decir
imperfección. E l ¡justo ¡cae siete veces, nos dice la Escri­
tura. Lo que ¡cada turno debe.hacer, "ante la falta de un sa­
cerdote, es pensar'en la necesidad ‘imperiosa de gracia y
de Virtud; pues si el·ungido del'Señor cae, ¿qué le ¡suce­
derá ai no iungádo? Aquí vendría mejor que [bien ¡remedar
a San Lucas: si ¡esto pasa 'cottn la leña verde, ¡tan recia y
vigorosa, ¿qué sucederá, con la seca, tan liviana y que­
bradiza? \
_M&s ;que ¡en 3as ¡faltas ’del 'sacerdote, en ílo que hay que
fiarse es en el caudal de bien que a la sociedad procura,
— 276 —

¡ Ah, ¡si j&e meditara el bien -inmenso que hace а 4оэ ¡pue­
blos ¡eü ¡sacerdote! En vez de ‘¡manifestarle, como le ‘imarai-
fiestan ¡muchos, esquivez y recelo, cuando no positiva
aversión, ¡cómo'Se le amara y bendijera!.
El sacerdote es un despertador de las -conciencias, sin el
cual no podrían subsistir las sociedades. Y o no creo que
haya entre vosotros quien viviese -tranquilo y satisfecho
entre gentes 'si-n 'conciencia; ¡pues ddnlde el hombre de
conciencia, ¡contempla eL Ipecado, el 'hombre sin cotodencia
contempla la virtud. Nada vuestro estaría seguro: (ni ha­
cienda, ni honra, tni vida. ,E1 sueño ‘de los ricoSj sobre
todo, no ¡se deslizaría ¡nada sosegado y reparador. De ahí
aquello de Voltaire ta uno de sus amigóles jque se puso'
muy campante a defender ¡el ateísmo, en tamito los criado;
del patriarca "de Femey les servían· opípara comida: “ que
no os oígan, os ¡ruego, mis sirvientes, ípues con e&as má­
ximas Sme extralnigularían'cualquiera boche". ¡N o: ila ‘■socie­
dad no podría subsistir sin la conciencia, y como el sa­
cerdote es 'quien la despierta y aviva, de ¡ahí que menos­
preciar ¡al ¡sacerdote sea malherir a За sociedad.
El sacerdote es además'еЭ pacificador de Jos -pueblos: ía
pacificación de espíritus es la misión esperiaiísima
que le ha dado el que se gozaba en llamarse a sí mismo
DcuS yacis, Dios de Ha p az; El, ¡que Venía a evangelizar al
mundo la paz y ‘recomendaba a los lAjpóstoles que fo pri­
mero ique hiciesen, al transponer el umbral de una casa
cualquiera, fuese proferir estas hermosas palabras: “ la
paz sea en esta casa” . ¡ Oh, la paz que reinaría en los
pueblos 'si 'se obedeciese a los''sacerdotes! {La paz que
reinaría en el. mundo, si ¡se obedeciese a la Iglesia! La
historia nos presenta .siempre lañ Pontificado — el ¡supremo
sacerdocio— estímulalndo a los pueblos, malquistos entre
sí, a brindarse mutuas sonrisas de [paz. iSan ELeón ¡Magno,
conteniendo en las llanuras lombardas al bárbaro Aula,
que 'se llamaba a ¡sí mismo “ -d azote de Dios", es, ademas
- 277 -

ele un épico acontecimiento histórico., un símbolo que ha


encariñado y -encamará siempre la Iglesia. Ella con sus
sacerdotes sale ¿siempre ía 'contener leí ímpetu de la guerra
y de ía /barbarie, brindando sonrisas de paz y de pro­
greso. ■ '
¿H ay en la (morada tura esposa, ¡verdadera reina del
bogar, ¡que escatacia ventura a su mando en las castas
delicias de '|su amor, ¡y knodela a -sus ¡hijos en turquesa di­
vina, de donde ¡surgen, ceñida la frente (con aureola de
pureza y de virtud? Aquella esposa oyó de niña la voz del
sacerdote y siguió de joven sus consejos, y practica, ya
de ^esposa, -sus enseñalnizas. ¡Por eso alientan en su casa
paz, armonía, honra, virtud, amor.
¿H ay ¡en el ¡hogar un esposo que no vive ¡sin© para sus
seres queridos, para la ¡mujer ¡honrada que le ofreció un
día su juventud ¡y su belleza, ¡bajo el rocío de bendiciones
que sobre '¡ambos desceñidla del idelo, y para los ihij os que
brotaron, como flores 'frescas y 'perfumadas, ¡del ardi­
miento de 'su amor? Ese jh-otmbre amó de niño ail sacerdote,
vió de joven ien él al ministro de Jesús y escucha sus
salubérrimas enseñanzas y practica sus redentoras doc­
trinas.
¿Hay en la ¡casa iuna 'hija ‘hacendosa que se ¡desvela por
la felicidad de quienes le dieron el ser, y cuida de sus
hermaimos pequeñuelos, a quienes, como maestra inspi­
rada, enseña y adoctrina, para que sus padres se ’huel­
guen y 'regalen ufanos de ver jen su bogar flores que im­
pregnen de ¡perfume y de ¡alegría ¡el ambiente, á/ngeles que
lleven siempre en los labios una sonrisa de amor? Esa
niña oye a menudo la divina palabra; exhala, de cuando
en cuando, ,[h pureza de su ¡espíritu ante el altar; está en
comunicación directa Con -él cielo, merced a la 'influencia
santa del ministro de Dios. ■
i Oh, si Id »sacerdote 'fuese para todo tel mundo lo '-que 'es
y ha sido siempre para aquella esposa, para aquel ¡marido,
- 2/8 -

para aquella virgen! ¡ Ouán ¡otros ¡serían los pueblo a ! ¡De


qué jardines aromosos y encantadores se constituiría la
sociedad! ·
¿ Cómo imponer ¡a la ¡sociedad, de nuevo, -la veneración
al ¡sacerdote? P or de ¡pronto, ¡prediquemos una vez y otra
sobre ]su dignidad tetugusta. L a Iglesia la hace resaltar, de
la manera imás llamativa* desde el instante mismo de la
ceremonia de la ordenación. O s trataré de presentar -un
esbozo del cuadro. Los diáconos están puestos en semi­
círculo, ¡recogidos, silenciosos. La. voz de un asistente al
Prelado ordenante dice:
— Pontífice 'del jSeñor: ¡nuestra iSalnta Madre la Iglesia
católica os ruega que impongáis a los diáconos aquí pre­
sentes la carga del sacerdocio. ' 11 ’
— ¿Sabéis «i ísout! dignos? — interroga el Prelado.
— Lo sé jy lo certifico, ¡dni ¡cuanto jla fragilidad humana
lo puede ,saber y ¡certificar. 1 '
Entonces el Obispo (se dirige Ihacia el pueblo !y ruega
que, pospuesta toda ■humana pasión, y no laten diendo más
que al bien de la Iglesia, certifique de la dignidad de
aquellos ordenandos. Sigue un hondo silencio de aproba­
ción poputar. Alguna madre que tiene entre los ordenan­
dos un hijo, tiembla de emoción y deja que arroye por
sus mejillas u-n raudal de lágrimas. Algún padre que no
aparta sus ojos de uno de los jóvenes arrodillados ante el
Obispo, se siente embriagar con el saboreo de un1 divino
licor que se imagina beber en copa angélica, ¡Están vien­
do al vástago de su corazón transformarse en sacerdote de
Cristo!
El ordenante va entonces a los diáconos e impone a
cada uno las manos invocando aÜ Espíritu Santo sobre
(“líos, y luego los reviste de las sagradas vestiduras y les
hace tocar los instrumentos sagrados del sacrificio, y to­
dos comienzan a celebrar con él la santa Misa, al fin de la
cual les confiere la potestad de las potestades: la de per-
- 279 —

clonar a las pecadores, pasándoje.s como una esponja di­


vina por la-cor ciencia. Y , concluida la ceremonia, rompen
todos en un Te Deum grandioso, que expresa la alegría
con que han recibido la investidura de lugartenientes de
Jesús, de verdaderos vicarios de Dios en ía tierra.
Ahí tenéis a los nuevos ministros del Altísimo«, ¿Qué
son ? A los oj os de la o rn e lo mismo que todos los' demás
hombres: limo inconsistente que el día de mañana habrá
de volver a la tierra; pecadores que llevan' a hombros,
como todos lío®¡hijos de'Adán, el peso de la primera caída.
Pero a los ojos del -espíritu ¡qué ensalzados sobre los otros
hombres se osttentain aquellos nuevos conquistadores de
almas, tabernáculos vivientes donde el Espíritu Santo de
continuo ha de morar!
'Por boca de ellos va a juzgar Jesús a los pecadores con
sentencias de perdón omnímodo. ¿Veis aquel rincón del
templo donde se eleva un artefacto, cerrado casi hermé­
ticamente, con ventanillos de rejillas a un lado y otro? A
aquellas rejillas se acerca uin pecador con la conciencia
manchada, acaso cargada de crímenes. Habla por ellas
con alguien que se sienta allí dentro y le llama “ hijo ama­
do” ; palabras de dulce compasión ¡mimam. sus oídos y
oaen sobre su corazón sumiéndole eni confortantes emo­
ciones. Despega los labios del ventanillo. Inclinada la
frente, y, acaso apuntándole en los ojos una lágrima de
gratitud, murmura breve oración. Oye que dentro del
artefacto aquel suena un bisbiseo silencioso. Siente que
■ la conciencia se le ¡purifica, y escucha un "vete en paz y
no vuelvas a pecar” , la frase de rúbrica de Jesús a la
Samaritam, a la Mujer adúltera, a la Magdallena...
Y aquel pecador -se retira de allí y es otro hombre.
&!caso se hinojo, abrumado de cuitas atormentadoras, y
surge de allí rezumando alegría. Acaso se acercó desga­
rrado por la duda de poder recuperar la inquietud interior,
perdida hacía tiempo, y se va de allí sereno, gozoso, son«
— 280 —

rienté, viendo que para él se ha engalanado la existencia.


Con la llave mágica de La absolución, el sacerdote le ha
franqueado los vergeles de la gracia, para que su alma
respire a pulmón henchido el ambiente vivífico que puri­
fica y que redime.
Y es qué la palabra del sacerdote hace milagros1: donde
imperaba el ’orgullo· hace que impere la humildad; donde
rugían, embravecidos los instintos, hace que efunda su
hálito la pureza; donde amarilleaba, repudriéndose, la
envidia, hace que sonría, saboreándolo todo, el amor.
¡ Cuántas almas se han arrodillado ante el confesonario
llenas de vicios y han visto en seguida que sobre las ruinas
d e ' sus vicios se comenzaba a erigir un monumento de
mármol niveo a la virtud!
Sí, la palabra del: sacerdote hace milagros. Hay almas
sobre las cuales se abate, torturador, el infortunio, como
el ave de rapiña sobre su presa. La vida entonces se ape­
sara: d-iríase que 'di espíritu -se cargaba de hierro. Esas
almas tienden los ojos en derredor, y se contemplan como
sumergidas en un abismo: doquier tenebrosidades, do­
quier negruras. Pues bien, el sacerdote es médico de esas
almas enfermas. El (tiene para todos los males del espíritu
específicos que no se despachan en el mundo, sino en el
cielo, bálsamos; de la gracia que sólo se consiguen con
receta sacerdotal, ¡ Cuántas almas se acercan al tribunal
de la Penitencia, acribilladas de espinas, y, tras breves
instantes, partdn. de 'aquel sitio arrancadas todas las espi­
nas y cicatrizadas todas las llagas!
Sí, la palabra del sacerdote hace milagros. ¿Le veis
ascender a los altareis, revestido de ¡paramentos simbó­
licos, rebosantes de mística significación? No es solamente
un hombre: es más que un ángel, es otro Jesucristo que
cva a consumar los'misterios de su última Cena, seguidos
de la redentora tragedia divina. A su conjuro los cielos
se abren, y Jesús desciende y encarna real y substancial­
- 281 -

mente entre sus manos, y el pueblo cae de hinojos en si­


lencio y adora. Oídle las consagradoras palabras. Las
dice silenciosamente, pausadamente, solemnemente. Su
rostro se transfigura con una llamarada de fuego que
arde en su espíritu. Sus manos tiemblaia elevando las
isagriadas especies que luego deja -sobre ei ara, y en pro­
funda adoración dobla su rodilla. ¿Qué ha pasado? jQue
ha creado a su Creador!, según frase sutil del Aguila de
Hipona: qid creavit me, dedit'me creare se, quien me creó
a mí, me dió poder para crearle a E l ¡ Es el milagro de los
milagros! David pofaderó las excelencias de su preclaro
cáliz embriagador; cálix méus inebriaos, quam pra-ecía-
rus est! ¡ Y qué valía el cáliz de David, mera figura del
que eleva el sacerdote sobre su frente! En el cáliz del
Salmista se gustaría delicioso vino. ] En el cáliz del sacer­
dote se saborea a3 mismo Dios! ¡ E s el milagro.de los mi­
lagros !
Y a veis si obra milagros la palabra del sacerdote. Y
aún no he hablado de los que obra, al caer, desde el pul­
pito, sobre urna muchedumbre. La palabra del sacerdote
desde el pulpito no -es palabra sacerdotal: es palabra di­
vina. Lo garantiza el propio Jesús en aquella explícita
frase: .“ no sois vosotros los que habláis, sino el espíritu
de vuestro Padre que habla por vosotros” . El Marqués
de Valdegaimas, estando de embajador nuestro en París,
dio una altísima lección, sobre este particular, a varios
de sus amigo®. Todos los domingos iba a la misa parro­
quial, en la cual evangelizaba el párroco a su pueblo, y
nuestro estupendo orador escuchaba, atentísimo, aquellas
homilías. Y como: algunos de sus amigos le interrogasen
un día, extrañados, el porqué de ta(n: religiosa atención a
la palabra de aquel buen sacerdote que no debía de ser
ningún Bossnet, Donoso les contestó·: "yo no escucho la
palabra del sacerdote; yo escucho la palabra divina” .
Y siendo divina la palabra del sacerdote, ¿no había de
— 262 -

obrar milagros? Cicerón cantó a la palabra humana un


himno de frases cálidas y refulgentes que constituyen un
hermoso tributo al genio de la oratoria (i). Si hubiese
podido rastrear la omnipotencia de la palabra divina, que
es la oratoria del genio sublimada por la virtud y esplen­
dorada con destellos de divinidad, ¡ cuánto hubiese real­
zado aquel himno, ya bien magnifico, en que tan admi­
rablemente reverbera el poder sugestionador de la. pala­
bra! ¡Oh el poderío de Ja palabra diviitia, cuando, empa­
pada de fe, actúa de antorcha para la inteligencia, de
mecha para el corazón y de acicate para la voluntad!
Trasladaos conmigo a Corinto. En la historia de la
apostolizad c¡n acaso no haya triunfo más sublime que d
de la palabra divina en Corinto (2). En esta ciudad donde
se vivía la vida de las pasiones en todo el ardor quemante
de ila voluptuosidad, que .parecía etnardecer la misma Ve­
nus en cuyo honor surgía un templo donde se le habían
consagrado más de mil cortesanas, y que algún historia­
dor llamó seminario de las beldades más célebres; en
aquella población de refinamientos carnales, donde las
rameras, como Lais, procuraban ser mujeres cultas para
llevar un encanto más a -la libídi(nie; en aquella urbe
sibarítica donde todo concurría a quintesenciar los pla­
ceres impúdicos: ios arrullos dé un ¡miar ejn, que la fanta­
sía se imaginaba diluidos .los ecos melodiosos de los
cantos homéricos, los rayos de un sol que esplendía,
orgulloso de dorar ootn. su .lumbre 3a cuna del arte, el
azul de un cielo que se abría, consciente de su hermosu­
ra, sobre los sacros montes del Olimpo, allí en aquella

(1) De Oratore, c. I.
(2) Y a se comprenderá -que no es ¡mi ánimo [poner la ¡predicación
de San Pablo por cima ;de la ;de Jesús, cuya palabra, enajenadora
hacía a las muchedumbres abandonar sus moradas y seguirle, can­
sadas y ¡hambrientas, (por los desiertos. Sugestionadas p o r la ‘elo­
cuencia de sus labios, se ¡precipitaban hacia E l las muchedumbres
de las ciudades: de civiiaiibus froperabant ad eum...
- 263 -

ciudad, vibra la voz del Apóstol, y üisipanse, como, por


ensalm o, impudicias y contaminaciones,' y los corintios
se truecan de burieles de Satán en “ miembros de Cristo
y templos del Espíritu Santo” , según, el propio Apóstol
los llamaba, escribiéndoles Idesde Efeso.
Trasladaos conmigo al Concilio de Clenrtont, donde Ja
vdz de Urbano II, ora dulce como la endecha del ave
amante en la espesura, :ora horrísona coarto el trueno que
repercute, pavoroso en las montañas, ya llora, ya ruge,
narrando las profanaciones sarracenas de los Santos Lu­
gares, oídas una vez y otra, de lab-ios de fervorosos- ipere-
grinos. Todavía — pudo decirse— no había terminado el
epílogo, de-su patética peroración, y los gritos de los cru­
zados hacían retumbar los montes de Aubernia cotí él
eco de “ j Dios Jo quiere! ¡ Dios lo quiere! ¡ A Jerusalén! ¡ A
Jerusalén!”
La palabra divina del sacerdote tiene hasta poder resu­
citador. Resuena en los oídos de una conciencia muerta,
luengos años: 'ha, y la resucita de súbito a la vida. U n
monje, Roberto de Arbrisel, encuentra .en una de sus
excursiones apostólicas a una piartida de bandidos.
— ¡'Aüto! ¡Vuestro dinero! — le dice el capitán de la
partida.
J

— Perfectamente, replica el monje, pero antes ¡vuestra


alma para D ios!
Y se pone tan tranquilo a predioarle sobre el esencial
negocio de la salud del alma. Y el jefe aquel, avezado a
despojos y a sangre, se humilla ante el buen monje, y le
sigue al claustro, imitándole los demás bandoleros·.
i Ah, si la palabra divina del sacerdote fuese bien· escu­
chada! Ella sola bastaría para llevar a cabo la transfor­
mación de la sociedad. Donde lozanea el vicio, pronto
lozanearía la virtud. Dotide se esconde, sanguinario, el
odio, rodeado de tinieblas y sediento de venganzas, pron­
to alborecería y no habría más que ambiente de paz y de
- 284 -

amor. E l ángel negro de k discordia desaparecería de los


hogar-es, de las familiar, de las naciones, d:e las razas.
La tierra volvería a ser el paraíso.
Y es que esa palabra tiene posiíiv-os divinos atributos.
Es inmutable cottio D ios: hoy predica lo mismo que pre­
dicó Jesucristo por Galilea y a lo largo de las márgenes
del Jordán, lo mismo que predicaron los Apóstoles, lo
mismo qué predicaron, los^Santas Padres.
Es imperecedera como Dios; los Césares quisieron- aho­
garla .en sangre y ella sigue resonando, triunfadora, por
todos ios ámbitos del mundo.
Es sapientísima como Dios: Juliano d Apóstata la de-
clpró enemiga de las letras, y ella rompió por boca de los
Basilios, de los Crisóstomos, de los Jerónimos y de los
Agustines en raudales eternos de sabiduría.
Es creadora como D ios: resonó más dulce que la poesía
griega por las encantadas riberas mediterráneas y por las
espesuras vírgenes de los bosques galos y germanos, y
creó el poema de la civilización europea, y, por consi­
guiente, el ¡poema de todas Jas civilizaciones.
Es omnipotente como Dios: llega su eco a las pampas
americanas· y desaparecen las tribus de antropófagos y
nacen a la vida una pléyade de repúblicas florecientes,
ante cuyo radiante porvenir sonríe, con sonrisas de ma­
dre extasiada, la Iglesia...
¿Verdad que aparece grandioso el sacerdote revestido
de io s altísimos prestigios que le da el ser ministro
de Dios ?
Pero· sé dirá — y se dirá muy bien— que esos altos pres­
tigios son inherentes al sacerdocio, no al sacerdote en
particular. ¿Cómo hacerlos suyos cada ¡sacerdote?
Por medio de una honorabilidad a toda prueba, de hon­
da y maciza sabiduría, de intachable virtud y de celo vivo
y consumidor.
El saicerdote ha de ser un hombre de honor a toda prue*
285

ba. Aunque tod-os claudiquen·a su lado, él debe mante­


nerse firme, como columna de vieja catedral gótica, sien­
do una viva encarnación del honor. Se ha dicho que el
pudor es· una virtud femenina. Pues el honor, que es como
el pudor viril, es una virtud sacerdotal. La augusta dig­
nidad del sacerdote le exige llevar eíl honor hasta a lo
más escrupuloso, hasta a lo más nimio. Todo tufillo de
vileza ha de estar'siempre lejísvmos deS sacerdote. Ningún
hombre de honor debe perpetrar acción ninguna que en­
vuelva un .desacato contra su conciencia. La .conciencia
es una majestad regia que mora dentro de nosotros .y que
en tocio exige ser respetada. Atentar contra ella es come­
ter un crimen de lesa majestad. Y esto que reza con todo
hombre de honor, reza, de modo especial! í símn, con el
sacerdote, para quien la invialibilidad de la conciencia
es un verdadero dogma. El sacerdote cabal no conoce ni
el respecto humano, ni la adulación*. Ante el 'oro y ante el
poder ha de .mantenerse- tan íntegro como ante la pobreza
y la orfandad. En defensa de ia verdad y del bien su intre­
pidez y sit .valentía han de eiscalar siempre (todos los he­
roísmos. Natán corrigiendo al ¡profeta David; Elíseo in­
crepando a los reyes de Israel; Daniel rechazando ¡las mol­
lineen das de Baltasar e interpretándole, sereno, la verdad
abrumadora del “ mane, thecel, phareis” ; el gran Obispo
de Milán imponiendo penitencia púbílica al emperador
Teodasio; Gregorio V II hablando al déspota germano En­
rique IV el le r guaje del deber y jugándose en ello la tia­
ra; Pío V II arrostrando 'destierros y'cárceles, al negar su
consentimiento a las liviandades de Napoleón, he ahí loa
modelos del sacerdote honorable y aguerrido: melius est
cam sewritate diligere, qm m cum lemtate décípere, decía
gran P. Sara Agustín: más vale amar con cierta dureza
que engañar con (blandicia y con lenidad1. Jesús no se atv
duvo con blandicias para increpar a ios fariseos hipócri­
tas ni para arrojar del templo a latigazos a sus profana­
- 288 -

dores. ¿Que aquello le ¡habla de llevar -con la cruz al Cal­


vario ? ¡ Pues al Calvario con la cru z!
El sacerdote cabal ha de ser un varón doctísimo. Lo*
sacerdotes son luz porque se adhirieron a la luz, dice el
CrisóstomOj quia luci adhaeserwit, lux esse nierucrimt (i),
y siempre deben ¡estar derramando luz, hajciendo «1 oficio
de ¡soles y de estrellas. A los sacerdotes ha de venirles
siempre, como esmalte sobre oro, aquella lisonjeante fra­
se de Daniel: "serán icomo soles en los horizontes de la
eternidad los que instruyen· a muchos en la justicia” , y
aquella otra del Redentor: “ vosotros sois la luz del
mundo” . ''
Para todo lo cual se ha menester acaudalar muchos y
hondos 'saberes, y ■tanto más, cuanto -que, a cada instan­
te. *se nos tilda de ignaros y poco leídos, y no. sola mente
por adversarios plumirrolos, mas también desde nuestro
propio campo. León Bloy, exaltadísimo íntegrista francés,
pero muy sano autor de libros llenos d;e ruda, sinceridad,
dijo — y .refiriéndose -al clero francés, para imí, después del
alemán, el clero más docto del mundo— : Les cures ont
fait le voeu salennel de ne ríen 15re jusqai’au jugement
dernier! Y o mo sé. qué hubiera dicho el hombre, si hubie­
se tenido que referirse ail clero de otras patrias...
Es una necesidad imperiosa el que nuestro clero estu­
die y lea mucho, ¡para, que no fee le pueda tildar de pocas
letras. Y aun no ha de conformarse con estudiar y cor
leer, y ha de escribir doctos libros, como lo hacen el cle­
ro francés y .alemán. Cada obra científica o literaria de
verdadera valía, que lleve sello sacerdotal, es como un
himno bíblico más >con que se enriquece el breviario de
las glorias eclesiásticas, como hit nuevo rayo de luz, ba­
jada directamente del cielo, a 'irradiar pobre la frente dé
la Espolsa de Jesucristo., ¡ Oh, la prez divina -de que aureo-
-----------"■■
; «
(i) Epit. ad Phiíem.
- 287 —

lan a nuestra sacrosanta religión· los sacerdotes de hon­


dos saberes y de muchas letras!
El sacerdote tiene que aspirar a ser, icomio su divino
Maestro, “ el camino, la verdad y la vida” . Señalando a
las gentes los derroteros luminosos· que conducen a la
gloria, es el camino; difundiendo con unción evangélica
las -salvadoras doctrinas de Jesús, es la verdad, y trans­
formando con místicas sugestiones a las almas, haciéndo­
las anegarse en la gracia santificante, es la vida. ■
Todo esto requiere mucha virtud y mucho saber; pero
piense el sacerdote que él debe ser un varón emi nente idг
saber y de'viirtud. El pueblo ha dejado de Ver en su frente
el bato de divinidad con que le veían nimbado nuestros
mayores. Se ha dejado de vislumbrar a Dios en sus
ministros,, y la pérdida de prestigios consiguientes sólo
se puede recuperar a fuerza de denota y de virtud. El
nombre de Dios -que, grabado era lámina de oro sobre
la diadema del .gran sacerdote, infundía tanto respeto a
Jos hebreos, tiene que irradiar hoy también en la frente
^el sacerdoíc, no en diadema de oro, sino en diadema de
«iber y de virtud.
Considere el sacerdote que él debe ser algo así como la
misteriosa columna de fuego que conducía a los hijos de
brael, en su peregrinación hacia la tierra prometida. El
sacerdote ha tíe arder e iluminar como la misteriosa co­
lumna: arder con llamas de· caridad que le impelan a
obras, de abnegación· y de sacrificio en bien· de los hom­
bres, e iluminar con lumbraradas de saber, para, al través
deí desierto de esta vida, dirigirlos con seguridad hada la
tierra de promisión·,
Aún no basta todo esto, y ha de 'sobresalir además por
su celo vivísimo e¿ sacerdote, ;sobre todo, desde el instan­
te en que el Prelado le confía la dirección espiritual de
11n' Puebla; porque entonces el sacerdote deja de pertene-
er' c a -mismo, para pertenecer se todo entero al pueblo
— 28S —

de Dios. Tiene que ■orar por su ¡pueblo; administrar los


Sacramentos a su pueblo; visitar a los enfermos de su
pueblo; consolar todas las desgracias y todos los infortu­
nios de su pueblo. El ha de tener siempre palabras de
amor para les.niños, de consejo y de sabiduría para los
grandes, de, consuelo para. los ,que lloran, de espléndida
conmiseración para los que sufren', de vivificadora espe­
ranza para, los que mueren. Así, todos /le 'llamarán padre,
y él lia de aspirar a ser padre de todos, un padre de
muchas gentes, corno Abrahán: p(tter niultanmi gm'tvum.
Siempre que la necesidad espiritual de cuailquiera de
sus fieles- lo exija, el sacerdote .debe estar pronto para
correr a remediarla, a las doce, del día, lo mismo que a
las doce de la noche, en la estación de Das flores y de los
frutos, corno -en ía de las escarchas iy de los fríos, por ca­
minos ancladero?, como por sendas abruptas. Lo Imposi-
síble tiene que ser un concepto desconocido para el sacer­
dote, siempre.que se trate de abnegación y de sacrificio.
Con ,1a oración: todo se /puede. San Jerónimo, hablando de
la lira -mitológica, cuyas mágicas armonías domaban a
la-s fieras y hacían sentir a las mismas cosas materiales,
decía que la oración· del sacerdote es esa mitológica lira:
haec est lyra nostra (i). ¿P-or qué? Porque la'oración sa­
cerdotal no es la oración dél hombre simpíamente, sin»
la oración del ungido del Señor, siempre poderosísima
cerca det Altísimo.
i Oh. si todos tos sacerdotes fuésemos a sí! Y o me atrevo
a creer que no habríamos de añorar mucho tiempo Á
divino barniz que veían mi estros antepasados e,n la frente
del sacerdote. Se reconquistarían todos (los prestigios per­
didos, y volveríamos a ser los inspiradores y conductores
de la sociedad. Esta no contsentiría de ningún modo io
que (está consintiendo: es a saber, que el sacerdote sea
------ i---- ; 1 ·
( i) Com m ent. in 'psalm , 1742.
— 289 -

como el último funcionario público dél Estado, con suel­


do inferior al del .estafetero y al diei maestro de «escuela;
palparía lo bodhornoso de que un ministro de Dios,
después de doce años de estudios, tuviese que vivir con
honorarios muy inferiores a los de un empleado de telé­
fonos o telégrafos que sólo ha necesitado breves meses de
preparación.eti una academia; lo cual es, seguramente, el
factor que más- influye'en la escasez de vocaciones ecle­
siásticas, pues los padres de' familia^ por muy ¡buenos ca­
tólicos que sean, a ver a un1 hijo viviendo' paupérrima-
mente, después de doce años de estudios en¡ un seminario,
es natural que 'prefieran verle con cualquiera otra carrera,
todas ellas mucho menos costosas y mucho más lu­
crativas, ¡ ;
Y he ahí» be ahí por qué nos da 'el alma 'a muchos que
lejos de haber en nuestra patria vocaciones apostólicas,
110 haya ni las suficientes vocaciones eclesiásticas, y
acaso tengan ilos señores· obispos que acudir a ¡Los claus­
tros en busca de religiosots que se presten a desempeñar
con Icelo la cura parroquial, alejándose de los especiales
fines del respectivo instituto. ¡Ah, que no vale decir que
las vocaciones son cosa de Dios que llama cuando quáeie,
y a cuyo llamamiento no se puede resistir! Los llama­
mientos así, inmediatos y directos, de Dios, ápn muy
escasos: la mayoría son mediatos e indirectos, prepara­
dos y enderezados por los buenos padres de familia. Y
los padres de familia parece muy obvio que obren, según
acabo de indicar, velando muy de cerca por los intereses
materiales de sus hijos.
Urge, pues, que' eil sacerdote haga sentir profundamen­
te a la sociedad sus excelsos prestigios de ministro de
Dios, y que la sociedad, en vista de ellos, le rodee de las
raas exquisitas consideraciones, de suerte que viva, no
con regalo, pero si con la holgura con que tiene perfecto
derecho a vivir “ el que sirve al altar” . Y entonces — no lo
T oko II 19
- 290 -

dudéis— habrá un vigoroso reflorecimiento de fervor y de


piedad en todos los pueblos hispanos, y, aparejado con
él, vendrá un reflorecimiento, no ya- sólo de vocaciones
eclesiásticas, sino también de vocaciones apostólicas,
Entonces tendremos, acaso en abundancia, varones de-
sasidískn'os dei mundo, que, abrazándose con el enorme
holocausto de: vivir y morir lejos de la ¡patria, lejos de k
familia, lejos de todo lo que sonrió a su infancia y a su
juventud, partan a 'rostro firme 'hacía los miserandos
países gentílicos, a sembrar, ipor todas partes, catolicis­
mo y civilización1, anhelosos de ceñir a su 'España la
auieoíla de nación apostólica por excelencia, como lo ftté
en otros ( tiempos, cuando San Francisco Javier, aquel
inmenso ’jesuíta que besaba, era ios hospitales, las llagas
de los apestados, con el amor con! que besaiba la Magda­
lena ios pies de Jesús, en casa del fariseo, se conquistó
para sí y pana España la gloria inmarcesible de Patrón
de las 'Misiones, dignidad augustísima a que le elevó el
fervoroso Pío X.
Y entonces las misiones españolas -se sostendrán flore-
recientes y espléndidas, ponqué la sociedad hispana no
regateará ¡sus larguezas a los misioneros, para q u e en
todo país donde tío se conozca a Dios ni se l e adore, le­
vanten su casita-misión, y luego su iglesia, y luego su
escuela, y luego su biblioteca popular, y luego los re­
queridos institutos que disipen toda barbarie y toda
ignorancia. Haista en las últimas aiLdehuelas habrá quie­
nes tengan a muy alto honor el acudir todas las semanas
o todos los meses con su correspondiente óbolo para los
misioneros, apárte la diaria limosna de oración1 por su
éxito felicísimo, rogando al Señor de la mies nos quepa
a los españoles la más honrosa porción en la labor y en
la cosecha. ¡ Qué mayor gloria que la de contribuir a la
conversión de los países infieles, cuyos centenares y cen­
tenares de millones de almas han sido rescatadas, lo
- 291 -

mismo que las nuestras, por la preciosísima sangre de


Jesucristo, y que sólo espera®, para -redimirse, la v¡cnz,
preñada de unción bendita, que vaya a sacarías de las
adumbraciones de la muerte!
Y sobre esta gloria inmortal ¡la lluvia de bendiciones
que desatará™ a 'diario los misioneros sobre los dadores
de las limosna, y los méritos para el ríelo que les gran­
jearán incesantemente las oraciones d e l a s almas redi­
midas! Señares: exoremos todos, acosadamente, aN Señor
de la inmensa mies pagana que sea nuestra patria la
reina de las naciones apostolizadoras. Nobleza obliga:
el Padrenuestro y el Avemaria, que se rezan diariamente
por el triunfo de tas misiones, concluyen con esta súpli­
ca: San Francisco Javier, ruega por nosotros, i Qué honor
y qué gloria para España!
SERMON PRONUNCIADO
EN LA IGLESIA DE SAN FRANCISCO, DE AVILES
B rit... vobis in signum, etc.
Será para vosotros signo de
salvación, . . ' í
E xo do X II* 13.

H e r m a n o s m ío s e n J e s u c r is t o :

Cuando el doliente Job afirmaba que era una milicia la


v-ida del hombre en este mundo, decía una verdad palpi­
tante de cuya comfprofoacian nos habla a todo®, elocuentísi­
ma, la propia experiencia. Poneos la mano sobre el cora­
zón y decidme si no habéis sentido a menudo la guerra
dentro de vosotros mismos, si no os habéis encontrado en
repetidas trances de la vida en que . os haya sido preciso
concentrar todas vuestras fuerzas y formar um plan estra­
tégico para salir airosos en la demanda. ;Unas veces la pa­
sión incitándonos a pisotear los fueros del deber; ;otras ve- ■
ces el vicio ofreciéndose a nuestra imaginación) bajo formas
encantadoras y pretendiendo erigirse una morada señorial
en nuestra alma; y las menos, desgraciadamente, la reali­
zación de un bello ensueño de arte o de literatura, que
arrebata nuestra fantasía, o la consecución de una virtud
que nos ,sonríe deside lejos, ¡brindándonos saboreamientos
de gloria, lo cierto es que podemos contar los plazos del
vivir por las fatigas de ios .combates, Y ¡ay! si no com­
batiésemos y dejásemos de beneficiar debidamente las no­
bles energías de nuestro espíritu 1,
Ahora bien, todo soldado necesita tener un signo, una
bandera donde figure en símbolo la patria por cuyos latí-
- 296 -

ros -combate; la patria que le estimule y esfuerce a lidiar


con júbilo las nobles lides del honor; la patria por la cual
le importe un ardite verter baste la última gota de su
sangre, dándose por copiosamente remunerado con que su
cadáver se deposite en la tumba envuelto en los pliegues
de la victoriosa bandera. Y siendo todos nosotros solda­
dos de los ejércitos de Jesús, ¿no hemos de tener también
nuestra propia bandera, una bandera que, haciéndonos sa­
brosos los sinsabores del combate, nos impulse a no dar
paz a la mano, que diría el insigne Fray Luís de León,
hasta arrollar, de triunfo en triunfo, todas las tentaciones
enemigas y conquistar, por fin, el paraíso, última aspira­
ción de nuestras luchas y corona suprema de nuestras vic­
torias ? ' ■
Sí, tenemos también nuestra bandera, que es. el mismo
Jesucristo, una ¡bandera que, 'al henchimos de entusiasmo
por la victoria -a los hijos de la luz, impone terror y es­
panto a nuestro enemigo tentador el rey de las tinieblas,
Pero como cada edad tiene su historia y su carácter
propios, así tambiélra esa bandera, que es Jesús, se nos ofre­
ce en distintas formas para que los que luchamos por El,
acomodemos la táctica militar — permítaseme la expre­
sión— a las exigencias de los tiempos y a las necesidades
■dé los espíritus. No de ¡otro modo creo yo que deben ser
entendidas aquellas palabras del salmo: et adorabwnt de
ipso semper, y adorarán siempre algo 'de E 3. Cuando se tra­
taba- de dar robustos cimientos a la Iglesia, auni naciente,
fue el lábaro de la cruz la bandera a cuya sombra traza­
ron con su sangre nuestro sublime martirologio los cristia­
nos primitivos. Cuando se trató de poner un dique a la
avenida de la impiedad que intentaba devastar los flore­
cientes campos de la religión sembrando doquier la cizaña
de teologías heréticas, fué el sacramento de la Eucaristía
la bandera triunfadora que adoraron las muchedumbres.
Y en nuestra edad indiferente y relajada, que gloríase de
— 297

no quemar incienso más que en aras del oro y del placer,


toca ser nuestra bandera al sacratísimo Corazón de Jesús,
del cual,' como de foco perenne, ha de irradiar el fuego que
abrase' a esta sociedad fría y prevaricadora, haciéndola
concebir más nobles ideales que los que terminan del lado
de acá del sepulcro, y jamás podrán aquietar los gigantes-
anhelos de nuestro espíritu.
Cada vez que surge una devoción nueva que la Iglesia
patrocina- y difunde, es que la- sociedad necesita de un nue­
vo medio de salvación. A cada gran necesidad social diría­
se que Dios escribía su pensamiento en el horizonte moral
de la Iglesia, y que ésta traducía aquel divino pensamiento
en una nueva enfervorizadora devoción. .Y la del Sagrado
Corazón de Jesús intensificándose, como se intensifica, to­
dos los días, y extendiéndose, como sin1 cesar"se extiende,
de pueblo en pueblo, es, sin duda alguna, la devoción 'sal­
vadora de nuestra edad, Pío IX estaba inspiradísimo cuan­
do dijo que era la que mejor se adaptaba a las necesidades
de nuestros tiempos. Cierto que la impiedad la'encontraba,,
y la encuentra aún, ridicula, pareciéndole una minucia ren­
dir culto a una parte de Jesús, rindiéndoselo, como se lo
rendímos, a su persona; pero el culto del Sagrado Corazón-
de Jesús se impuso y se impone todos los días a los remil­
gos irónicos de la impiedad.
Y ¿cómo no había de impooierse, sí casi puede decirse-
culto de derecho divino, ya que le impuso el mismo Sa­
cratísimo Corazón? No es que yo pretenda hacer dogmá­
ticas las revelaciones de Santa Margarita María de Ala-
coque. cuando arrobada en la cajpdlla de la Visitación de
Paray-le-Monial, donde hoy se conservan sus preciosos res­
tos, observó de improviso que se le aparecía Jesús real j
viviente, mostrándole su Corazón, que tanto había amado
y amaba a los hombres, enardeciéndola y estimulándola a
procurar que por todas partes se le rindiese adoración. Y a
sabemos que la Iglesia nada !ha definido acerca de las re­
— 298 -

velaciones particulares, como las de una Santa Gertrudis,


■ o las de una Santa Brígida; pero al poner en los altares a
Margarita de Alacoque y fomentar con tanto ardimiento
la adoración al Corazón Sacratísimo, ¿ no parece que pone
■en. las revelaciones de esta humilde monja como visos de
auténtica autoridad ?
Desde la antigüedad remata habíase adorado la precio­
sa Sangre de Jesús, ¿y no ¡había de ser adorado su Cora­
zón Sacratísimo, fuente natural de esa Sangre y asiento de
todos los aimores de Dios? La sola consideración de la
unión hipostática de la humanidad y la divinidad en la
persona de Jesús, ¿no es más que suficiente para racio­
nalizar esa adoración reparadora? ¿Por ventura no es todo
•divino en Jesús, en virtud de aquélla unión hipostática
que ni aun la muerte pudo romper, pues divino y digno
por tanto de adoración prosiguió siendo el cadáver de
Jesús en el fondo del s'epulcro, y por eso los ángeles, que
le velaron, se la rindieron? La divinidad que mucho más
que el fuego, el hierro enrojecido, y mucho más que la
luz el límpido cristal, penetra todo él cuerpo de Jesús, ¿no
iba a penetrar su parte más adorable, su Sacratísimo Co­
razón?
Si, adoremos el Sacratísimo Corazón de Jesús, y pidá­
mosle que nos haga comprender la necesidad perentoria de
su devoción, y que sea E l la bandera gloriosa de nuestras
creencias y de nuestras esperanzas, a cuya sombra deben
cobijarse cuantos luchen por el bien de nuestra España
querida, donde Luzbel tanto se esfuerza en echar por tierra
-el clásico edificio religioso por nuestros mayores levan­
tado. Para más obligarle, pidámosle por medio de Nues­
tra Señora del Sagrado Corazón, a quien saludaremos con
-’él Angel. Ave, etc.
- 299 -

E r it,.. vobis in signum, etc.

H erm anos m í ce en J e s u c r is t o :

Hay en nuestro espíritu una tendencia que can irresis­


tible impulso nos fuerza a rodearnos de las imágenes de
cuantos seres, nos son queridos, tendencia que se inten­
sifica en el alma cuando los queridos seres o han desapa­
recido para siempre de la sobrehaz de la tierra, o alien­
tan a luengas distancias de nosotros deseando incesante­
mente que la feUiddad nos sonría. La hija cariñosa que
ha tenido la desgracia de,perder a sai madre, en el lugar
más digno de su retiro, y engalanado con molduras y ño­
res, coloca el retrato de la amada muerta, y acaso se ima­
mina que sigue manteniendo con ella sus diálogos ínti­
mos, saturados de mil recuerdos que la impulsan a amarla
cada día con cariño más ardiente. Y lo que la hija ca­
riñosa con la madre muerta, lo hace la esposa fiel con
el que fué la mitad de su alma, y de sti corazón·; lo hace
la madre con el hijo que se ha dado a la vela con rumbo
a remotas playas en pos de mejoramiento de fortuna; lo
hacen mutuamente los leales amigos entre quienes el des­
tino ha colocado extensos territorios y dilatados océanos.
¡Ley psicológica por extrem o' bella y simpática, que nos
atestigua sencillamente que hay amor y fidelidad hacia aque­
llos seres, objeto de tan dulce veneración y de tan fer­
voroso culto!
Así, pues, cuando penetréis en un hogar y veáis desta­
carse en la puerta la imagen del Salvador descubriendo su
Corazón ceñido de espinas y coronado de llamas entre las
cuales surge la cruz, como ofreciéndole para que se le rin­
da adoración en retomo del 'infinito amor con que nos ama,
- 300 —

podéis estar seguros de que en aquel hogar hay fe en las


máximas divinas, amor ferviente a Jesús y fidelidad a los
deberes que tal amor impone. Y no temáis equivocaros,
porque el Sagrado Corazón es la señal más cierta de amor
y de fidelidad hacía nuestro adorable Jesús. Es imposible
que la indiferencia religiosa bata sus negras alas sobre
las almas que se complacen en tener siempre al alcance de
la vista al Sacratísimo Corazón de Jesús. ¿Cómo el in­
crédulo y el desamorado (podrían resistir la mirada de aque­
llos ojos, donde por fuerza habían de leer, como traza­
da én el libro de la vida, la condenación1 más absoluta de
su incredulidad y su desamor?
Por fortuna mía estoy dirigiendo la palabra a quienes
no solamente tendrán puesta la imagen de Jesús en· lo más
honorífico de sus hogares, sino que también la llevarán
en el santuario de su pecho, obedientes a aquella voz dul­
císima: pone me ut signácidum siiper cor tmmVj ponme
como un sello sobre tu corazón. Sé que como los antiguos
caballeros hacían alarde de llevar grabado en sus armas
el escudo de sus reyes, tendréis a gloria revestiros -de esa
santa imagen del Señor a quien servir es reinar, cui ser-
vire, regnare es-t. Pero también sé que, como yo, sois hi­
jos de una época malhadada que haciendo consistir la fe­
licidad suprema en el desbordamiento de los placeres, se
esfuerza en que el vicio, corno ola desatada, nos arrastre
a todos .por igual, a merced de nuestras pasiones; de una
sociedad rebelde que, empeñada ein apostatar de la religión
de sus antepasados, intenta socavar los cimientos de la
Casa de Dios y hacer que el Corazóíi de Jesús sólo cose­
che en nuestros corazones infidelidades e ingratitudes.
Hermanos míos: no nos avergoncemos, en medio de la
perversión social contemporánea, de arbolar como un sig­
no de protesta el Sacratísimo Corazón. Mostrémosle atre­
vidamente, a la vez que corno bandera de nuestra fe, como
egida protectora que en el día fatídico de la revolución
- 301 -

social nos libre de ser confundidos, -en los castigos terri­


bles que forzosamente estará preparando el cielo sobre
nuestra sociedad ingrata y olvidadiza. ¡Que Dios calla
y espera mucho!, pero, ¡ay de las sociedades que llegan á
colmar con su perversión el cáliz de las divinas· vengan­
zas! -
Oíd una página del Exodo que se me viene a la memoria
cada vez que medito un poco sobre la apostasía de nuestra
sociedad y que llena mi alma entonces de pena y de amar­
gura. Nueve veces ya había Dios desatado sobre Egipto
espantosas calamidades por tener en férrea esclavitud a
los que El. había escogido para q-ue fuesen su gente pre­
dilecta y su pueblo santo, y nueve veces habían caído aque­
llas espantosas calamidades sobre almas ciegas y sobre
c-orazones empedernidos, no produciendo otro fruto que
el que produce la simiente arrojada en tierra arenisca y
pedregosa. Entonces llamó el Señor a Moisés y a Aarón-
y les dijo: "para el décimo día de este mes, que cada uno
tome un cordero para su familia y para su casa. Le guar­
daréis hasta él día decimocuarto, y toda la muchedumbre
de los hijos de Israel le inmolará la tarde de ese mismo
día, tomará, un ¡poco de. sangre y señalará con ella lo alto
de las puertas de su casa... Y yo pasaré esa nadie por la
tierra de Egipto y mataré a todos los primogénitos... y
haré justicia a todos sus falsos1dioses... ¡qma ego Dómí-
nus! ¡porque.yo soy el Señor! La sangre del cordero que
pusiéreis en· las puertas de vuestras casas aera para vos­
otros como un signo, erit vabis in signum* Y o veré la
sangre y pasaré adelante, y no os tocará la plaga de muer­
te cuando yo llene de desolación a toda la tierra egipcia.”
Los israelitas hicieron al pie de la Letra ‘cuanto el Señor
les había mandado, y la noche de las justicias divinas,
cuando todos, desde el rey hasta la última esclava, ensor­
decían con alaridos el espacio, llorando a sus primogénitos,
los hebreos no sufrieron el daño más leve: el ángel del
— 302 -

exterminio había respetado todas las casas señaladas can la


sangre del cordero.
Decidme: ¿no es verdad que, al simple recuerdo de esta
página, parece que se abre ante la imaginación la histo­
ria negra de nuestra España querida durante estos últimos
tiempos? ¿N o es verdad que en los mal-es innúmeros que
se desencadenaran, hasta bien poco ha, sobre nuestra pa­
tria — la bochornosa pérdida de nuestros últimos florones
coloniales, la infartda “ Semana Trágica” de Barcelona, la
revolucionaria huelga del año 17, cuyos infaustísimos de­
sastres aun perduran..,— , diríase que se repiten las pla­
gas espantosas con que castigaba el cielo la tierra de los'
Faraones? ¿ Y no es verdad que el pueblo de Dios aun
continúa viviendo entre nosotros aherrojado y oprimido?
Y o de mí os sé decir que no puedo arrancar de la imagi­
nación la pesadilla de que la paciencia de Dios, respecto
de nosotros, debe de estar ya muy cansada, y de que las
tempestades de la divina cólera deben de estar ¡muy ga­
nosas de desatarse sobre nuestro suelo.
No es que intente acibarar vuestra alma deletreando en
Las borrosas páginas de lo porvenir. Ignoro cuáles sean los
altísimos secretos de Dios sobre nuestra infortunada pa­
tria. No es dado a la fantasía' del hombre penetrar con sus
alas en el tupido azul de las contingencias futuras. Lo que
sé únicamente es que se nos puede muy bien aplicar, dán­
dole un especial sentido, aquella frase de mi gran Padre
San· 'Ajgustín: quia bonus est Deus nos stmms (1), si exis­
timos como nación, es porque Dios es bueno, Y lo que sé
también, porque lo proclama a voz en grito la historia, es
que no se ultraja impunemente a los ungidos del Señor;
es que no se profanan impunemente los asilos de las vír­
genes del Señor; es que no se hace impunemente la gue­
rra a sangre y fuego contra la Esposa del Señor; es, en

(i) D e Doctrina iChristiana, c, X X X I.


- 303 -

surtía, que los mil gritos de impiedad que surgen, blasfe­


mos, del seno corrompido de muchas conciencias, van en­
tenebreciendo por instantes la nube vengadora que to­
dos vemos cernerse sobre nuestro porvenir.
Y por eso os hablaba, antes, del día fatídico de la trans­
formación social. Quienquiera que haya meditado un poco>
en el estado psicológico de la sociedad contemporánea, no
habrá dejado de advertir que vivimos en una situación de
desesperada violencia, que no tardará en estallar en tras­
tornos anárquicos, cuya acción demoledora no sabemos
hasta dónde habrá de llegar. Lo que se sabe es que el mal
es muy’ terrible y muy hondo. Desde que el espíritu de
rebeldía triunfó con la Reforma en algunos países sajones,,
surgió en los países latinos una llamarada de odio contra la.
Iglesia y contra sus ministros, que el filosofismo francés
atizó arrojando en ella, como materia combustible, la caus­
ticidad de sus befas sarcásticas y de sus ironías sangrientas,
y que ahora, gigantescamente recrudecida y avivada por el
imperante bolcheviquismo ruso, amenaza irrumpir por do­
quiera en horribles estragos y en sacrilegas destrucciones.
Tres centurias de insubordinación; intelectual y moral con­
tra las inspiraciones de la Cruz han creado ese espíritu de
rebelión contra toda autoridad divina y humana. A todo se
hace la guerra, desde Dios hasta el último de sus ministros..
La divinidad de Jesús, la verdad de la revelación, la infábi-
lidad de la fe, todo se combate. Es inaudita la actitud hos­
til contra todo lo que suene a religión, por parte de filó­
sofos infatuados y de científicos desvanecidos que no saben
medir la profundidad de aquella sentencia del. Ajpóstol: di~
cmtes se esse sapientes, stulti fa-cti mnt, pretendiendo ser
sabios, han dado en la estulticia. Se quiere echar abajo cul­
tos, altares, sacramentos, devociones. Hay quien se de­
clara presuntuosamente enemigo personal de Jesucristo
y quien1 decreta, desde el poder público, la extinción de
todas las luminarias del oielo. Se pugna por sobreponer lo·
- 304 —

natural a lo sobrenatural, lo humano a lo divino, el hom­


bre a Dios. No es suficiente que Dios se haya hecho
nuestro ígrnl, tomando nuestra carne y nuestra sangre,
menos aún, nuestro inferior, escondiéndose humildemente
en las espacies eucarístkas, y se quiere destruirle, redu­
cirle a la nada. ¡Todavía no se ha anonadado El bastante
por nosotros y se quiere aniquilarle!
Esto por lo que toca al orden religioso: por lo que toca
al orden social — si es que se pueden separar estos dos
órdenes— la situación de nuestra sociedad es aún1 más an­
gustiosa, si cabe. Un huracán de independencia selvática
arrecia -en los espíritus perturbando y bastardeando hasta
los más elementales sentimientos. La prensa impía, inspi­
rándose en el más completo esoeptismo religioso que pone
en tela de juicio lo más tradicional y lo más santo, ha en­
venenado ya hasta el· alma de las aldeas, ahuyentando de
las casas campesinas aquella dulce religiosidad que tan bien
se desposaba con el antiguo buen sentido. La poliquitería
burocrática, imperialista y despilfarradora, imponiendo tri­
butos y más tributos para ver de cubrir inverosímiles pre­
supuestos, ha hecho sentir el desdén de la tierra natal y
el menosprecio de la patria bendita a los pobres labriegos
cansados de verter a mares el sudor de su frente sobre
terruños ingratos que, produzcan lo que produzcan, nunca
llega a bastarles para satisfacer las necesidades más peren­
torias. Los -centros sindicalistas rojos, que van extendién­
dose como una malla satánica por todos los pueblos fabri­
les, no se cansan de sembrar odio en la conciencia de los
obreros, instigándolos a la destrucción de un estado de co­
sas en que el disfrute de los menos es un escarnio al arras­
trarse de los más. La debilidad de los gobiernos, asaltados
por los mismos que ayer predicaban el desgobierno y la
anarquía, relampagueando contra los tronos y contra los
altares en los antros demagógicos, cada día descuida más
la aplicación de las leyes de justicia, permitiendo que los
— 305 —

jurados dejen pasar impunes delitos brutales que se cas-


tigarían en Sodama y en Gotnorra. El vicio señorea cada
vez con más descoco· las clases diversas de la sociedad,
pugnando por adquirir en todas partes los derechos de ciu­
dadanía. La juventud entrégase, sugestionada por cantos de
sirena, en· los brazos de la depravación, y la vejez ador­
mécese en molicie senil que arrastre inconscientemente
hasta el sepulcro... Todos estos hechos tristísimos, pero
innegables, son· clara muestra de que la sociedad se sale
de los cauces viejos, empujada por incontrastable fuerza
fatalista, para entrar por otros nuevos que nos habrán de
llevar no se sabe a qué morales abismos. ¡ Y todo en nom­
bre del progreso, en nombre de la civilización y al ruido
embriagador de reivindicaciones sociales y de igualdades
imposibles!
Esa es la situación de la sociedad contemporánea, y
conste que sin recargamiento de sombras apocalípticas; que
nunca ha sido el pesimismo — y pido a Dios que jamás lo
sea— el numen inspirador de mis pensamientos. Lo que
haya de sobrevenir se ignora. Pero lo que nos consta de
seguro es que el sindicalismo rojo español, erigiéndose en
Estado dentro del Estado, por medio del “ Sindicato Uni­
co” , pugna ipor hacer tierra de ensayo del nuevo orden de
cosas a que nos ha de conducir la gran revolución social,
esta tierra nuestra tan abonada por el ardor de nuestra
sangre y por el desequilibrio de nuestro temperamento,
siempre por cumbres o por abismos, para todo lo que tras­
cienda a tumultuarios motines y a radicales exaltaciones,
y esto bien lo ha comprobado la “ Semana trágica” , que
hizo se escrihiesen en nuestra historia páginas de barba­
rie sil-inga, que serán baldón eterno de nuestro nombre.
Y por eso apresuraos todos los creyentes a señalar
vuestros corazones y vuestras moradas, no como los hijos
de Israel, con la sangre ddí cordero simbólico, sino con la
imagen del Corazón de Jesús. Esa imagen sacratísima, erit
Tono II. 20
— 306 —

vobis in signum, será para vosotros y para vuestras fami­


lias 'una señal elocuente de fidelidad y de amor. Y cuando
el divino aliento pasare de nuevo sembrando de ruinas y
desolaciones este ya tan castigado país, donde se meció
nuestra cuna, vosotros reposaréis, libres de la divina ven­
ganza, a la sombra tutelar del Corazón de Jesús. Podréis
contemplar a vuestro lado centenares y centenares de víc­
timas ; pero el vendaval de la cólera celeste pasará por de­
lante de vuestras moradas sin que os toque ni un efluvio
deletéreo ni un aletazo asolador.
Pero noto que os estoy entristeciendo, al ponderar, qui­
zás con demasiada viveza, el cúmulo de desgracias terri­
bles que sobre nuestra patria pudieran desatarse, dadas h
anarquía ambiente que impera por doquier y la indiferen­
cia con que se deja ahuyentar la fe divina del seno de mu­
chos hogares, donde giraban, ¡poco ha, brisas vivificadoras
de religión. Y o creo sinceramente que la situación no es
desesperada. Nunca es desesperada la salvación del mundo,
pues lo que a nosotros se nos antoja imposible, es posi­
bilísimo a los ojos de Dios, que se complace a veces en ju­
gar con· lo imposible de Jos hombres. El mal es muy gran­
de; mas para los grandes males nunca faltan los grandes
remedios. Y el gran remedio de la hora presente es la de­
voción cálida y fervorosa al Sacratísimo Corazón de Je*
sús. He ahí k gran necesidad de nuestro tiempo. En la
sociedad católica contemporánea late un secreto instin­
to que parece reconocerlo así, a juzgar por la insistencia
con que en todas partes se propaga y difunde esa salva­
dora devoción. La imagen dd Corazón de Jesús sonríe ya
en la puerta de muchísianos hogares corno un signo de
amor y de fidelidad. Y a apenas hay templo católico en
que no se haya consagrado un altar al Corazón de Jesús.
Y a apenas hay nación católica que no haya construido
un grandioso templo de reparadora adoración, como el
de Montmartre, en París, y el del Tibidabo, en Bárcelo
— Ü07 —

na, al Sacratísimo Corazón de Jesús. Las mismas nació-'


iies católicas que ven acercarse con la prisa de ladrón noc-'
turno a ía gran revolución social, se van consagrando, ofi­
cialmente, unas tras otras, al Sagrado Corazón de Jesús.·
¡ Doquier el Corazón de Jesús alzándose,, como el nuevo-
lábaro que hemos de vencer, como la nueva bandera
a cuyo amparo nos hemos de salvar! E l es la esperanza
más grande, la esperanza única que nos sonríe con la vic­
toria en esa guerra de odios satánicos que la impiedad ati­
za sin cesar contra el catolicismo, y la única esperanza-
también que sonríe con sonrisas de salvación a nuestra pre^-
varicadora sociedad. El Corazón de Jesús ostentándose por '
doquier cercado de punzantes espinas que simbolizan las;
ingratitudes de los hombres, despidiendo rojas llamas,,
tomo diciendo que todas aquellas ingratitudes no bastan, i
para extinguir su amor, que todas aquellas ingratitudes no
hacen otra cosa que enardecer su amor, y dejando sobre­
salir la Cruz que simboliza el poema divino de la tragedia
redentora, como diciéndonos que no se ha satisfecho con
redimirnos una vez y está dispuesto a redimirnos mil ve­
ces más, el Corazón de Jesús, no lo dudemos, es nuestra
única fundada esperanza de salvación. A una sociedad que
anuere de mal de odio, sólo se la puede hacer revivir a fuer­
za de amor. Y el Corazón de Jesús impone el amor, no
corno el aeratismo quiere imponer el odio, valiéndose de
la "star” y la dinamita, sino a fuerza de amar, ostentan­
do lo que hizo, lo que hace por los hombres: arder en lla­
maradas de amor, ser amor...
Lo que se ha menester, madres cristianas que me oís,
<lue inculquéis a vuestros hijos la devoción al Sagrado
Corazón de Jesús; que los persuadáis de que ei Corazón
J^sús debe ser nuestra bandera, porque es la bandera
del amor; de que, para vencer, lo que necesitamos es amar,
amar como Jesús; de que nuestros adversarios no deben
0jr de nuestros labios sino palabras de amor. Lo que se
— 308 -

ha menester es que la mujer hispana sea una heroína de


la virtud que, dentro, ,por lo menos, de su morada, sepa
contrarrestar con sus esfuerzos la campaña descristianiza-
dora de tantos obreros de la impiedad, no arredrándose
jamás en poner por obra el apostolado social que el cielo
le encomienda. Aquí donde hasta se traía de sellar los la­
bios del sacerdote para que no guarden la ciencia de
Dios; donde se hace rechifla de las tradiciones más vene­
randas y hasta de los dogmas mismos de Jesús, aun falta
por explotar un recurso s-uipremo que ha de coadyuvar efi-
cací simam ente a nuestro triunfo: y ese recurso supremo
es e! espíritu altamente evangelizador de la mujer españo­
la. No es que la mujer española no esté dando ya frutos
exquisitos de evan-gelización: es que esos frutos, con ser
tan abundantes y tan regalados, no son nada todavía en
comparación .con las riquísimas cosechas que de ella cabe
esperar. Lo que hace falta es que no se intimide por nada,
es que se revista del valor heroico, desplegado por aque­
lla Hermana de la Caridad ante uno de los prohombres de
la Revolución francesa. Trataba éste de librarla a todo
trance de la guillotina, evitando que firmara cierta acta
contra las profanaciones de aquellos bárbaros — aota que
ya habían firmado- todas sus compañeras— ; y, agotadas ya
todas sus zalameras insidias de seducción, le dijo con aquel
aire seudo-eapartano que los hacía tan ridículos:
— Ciudadana: ya no hay más tinta en el tintero.
A lo que replicó ella con gallardía, haciéndose sangre en
el brazo y mojando en ella la pluma:
— No importa, ciudadano; hay mucha sangre en mis
venas. i > ,¡
¡ A h ! quién me diese el poder ser oído de todas las ¡mu­
jeres españolas para decirles: era verdad, en· 'verdad os
digo, mujeres hispanas, que si os revistieseis del heroís­
mo de aquella 'hija de San Vicente, no habría que temer
ningún fallo divino, y aun habría de sonreír a nuestro
- 309

suelo un porvenir tan brillante y más brillante aún que


nuestro gloriosísimo pasado, cuando después de domeñar
a casi todas las naciones europeas, nos fuimos a descubrir,
para domeñarlos también, nuevos mundos. Para algo lia
puesto Dios en el alma 'femenina española esos veneros
riquísimos de ternura; para algo ha dado a vuestra inte­
ligencia una penetración tan clara del espíritu de sacrificio;
para algo no hay nada en la tierra de donde brote tan
abundante y puro el amor como del corazón de la mujer
española: para que todas esas grandes dotes del' cuerpo y
del alma las empleéis en escalar las cimas de la abnegación
y del sacrificio, siempre que así lo requieran la gloria de
nuestra religión y la gloria de nuestra patria.
Y ahora, al mismo tiempo que os doy las más efusivas
gracias por la benevolencia con que me habéis honrado*
durante todos estos días, y al mismo tiempo que os garan­
tizo una vez más el amor entrañable que os profeso a to­
dos los moradores de este pueblo simpático que, en lienzo
trazado por el mismo ideal, contemplo a menudo en el mu­
seo de mi fantasía, me vais a permitir os ruegue que atendáis
una súplica que os voy a hacer, no en nombre mío ní en
nombre de los dignísimos sacerdotes que dirigen vuestras al­
mas, sino en nombre de vuestros mayores, en nombre de
aquellos cuya sangre circula, ardiente, por vuestras venas y
cuya nobleza alienta, vigorosa, en vuestra alma: y es que
tengáis el valor de confesar a Jesús públicamente, ya que
es segurísimo le confesáis en privado.
— ¿Cómo? Prestándote procesionalmente escolta de ho­
nor por esas calles que. va a recorrer, más que para recibir
el homenaje de fe de los buenos creyentes, para sonreír a
todos los hogares avilesinos y hacer que descienda ’sobre
ellos copiosa lluvia de bendición·. No os acobardéis en tr
por calles y plazas siguiendo aJ Sacratísimo Corazón de
Jesús. Es nuestra bandera, y la bandera siempre es ma­
nantial de valentía para los buenos soldados.
Os digo esto porque hay católicos pusilánimes que se ru­
borizan y se sonrojan de descubrirse en público ante ia
majestad de su Dios; católicos que por ventura son fer­
vorosos en el silencio de su hogar, pero.que se fingen fríos
e indiferentes en presencia de cuatro amigos impíos, por
temor a una sonrisa desdeñosa que les heriría en el alma
como espiritual acero. Esos pusilánimes son de aquellos
que habrán de oír, en terrible día, aquella anonadadora fra­
se de Jesús: <fno os conozco."
Y o no creo que haya hombres de esa laya entre los ca­
tólicos avilesinos, y no ya sólo por miedo a la frase tre­
menda que acabáis de oír, y que entraña la más espanto­
sa sentencia de condenación que se puede imaginar, sino por
la típica lealtad de sentimientos que ha sido siempre lo que
ha innpreso carácter de clásica hidalguía a los moradores de
este pueblo que jamás se han avergonzado de pensar como
piensan y de sentir como sienten, por la sencilla razón cíe
que piensan y sienten como almas proceres, en que jamás
anidarán la 'cobardía ní la vileza.
¡ Aviíesinos: a dar un testimonio elocuente de vuestra
fidelndad inquebrantable a las heredadas creencias de vues­
tros n itores, que fueron católicos prácticos, que jamás tem­
blaron ante las sonrisillas irónica? de. la gente zu el a impía, y
que por eso están gozando en los cielos, recreándose en es­
tos instantes al ver la virilidad de fe que late en vuestro es­
píritu. y aprestándose a contemplaros ir por esas calles cuya
polvo pisaron ellos un día dando muestra gallarda de fe y
de religión!
EL SACRATÍSIMO CORAZON DE JESÚS

SERMON PREDICADO
m LA IGLESIA. DE SAN MANUEL Y SAN BENITO
MADRID
Deus charitos est.
Dios es amor.
Epístola I de San Juan, c. I V , >
v. 16. i

H e r m a n o s m ío s e n J e s u c r i s t o :

Yo no sé cómo nos atrevemos los oradores sagrados a


subir ciertas veces al pulpito. Hay solemnidades, como és­
tos del Corazón sacratísimo de Jesús, en que los oradores
no debiéramos ser los hombres, sino los serafines, esos se­
res que, como él mismo nombre lo indica, arden de amor
por Dios y ocupan el más alto puesto en la jerarquía de·
ios espíritus bienaventurados. ¡ Si aun ellos mismos no ha­
bían de poder explicarnos adecuadamente el amor del Sa­
grado Corazón d*e Jesú s! ¡ Ellos que vuelan de continuo en
torno de El, atraídos, como las mariposas por la luz, por
tes rayos de amor divino que en haces inmensos destella, y
que beben en El la vida beatífica que viven, y la ventura
suprema en que se embriagan!
Sí, siquiera, como el Discípulo Amado la noche de la
Cena, hubiésemos tenido la dicha de reposar un instante
sobre ese Corazón sacratísimo y escuchado sus palpitacio­
nes y sentido y como saboreado sus dulces ardorosos ena­
moramientos, fuera comprensible nuestra osadía, porque
podríamos decir algo muy bueno de lo que hubiéramos
sentido y rastreado. [ Oh, qué sabrosas finezas pudiera de­
cirnos San Juan de su divina embriaguez, durante los delei­
tosos momentos en que tuvo por almohada el pecho de Je-
- 314 —

sús! Pero no siendo serafines ni amados Discípulos, sino


'hombres flacos y miserables, desnudos quizá de toda virtud
y don celestial, como el que tiene el honor de "hablaros, de
veras la osadía casi parece que llega a los lindes de la pro­
fanación. ¿Cómo he de poder yo introducirme en aquel pn-
cho, abierto por la lanza del soldado romano, y estudiar
■aquel Corazón, urna de los más puros y ardientes amor&,
sagrario de las abnegaciones más sublimes, y ara divina en
que se consumaron los sacrificios más hermosos y aceptos
al Altísimo? ¿Cómo deciros los exquisitos regalos que en
El se encierran para las almas amantes que sepan buscar allí
refugio, y los indefinibles derretimientos amorosos en que
está suspirando porque se fundan con E l todois los corazo­
nes? Para expresar cosas tan altas se necesitaría palabra
■de fuego, y no en el sentido metafórico, sino en el obvio y
materiaí: una palabra de luz que esclareciese e inflamase,
^encendiendo en el espíritu fúlgidas auroras y provocando
en el corazón abrasadores incendios.
No hay más que contemplar el Corazón sacratísimo y
descifrar el misterioso simbolismo que encierra para que'
■darse uno como anonadado ante la grandeza de tanto amor,
para sentir esa especie de vértigos sublimes que abruman y
espantan, cuando uno se asoma a ciertas profundidades y
■a ciertos abismos. : Oh la profundidad infinita a que uno se
asoma con sólo tender una mirada al divino Corazón, ceñi­
do por Una corona de espinas y rompiendo aún en llamas
amorosas entre las cuales se destaca la Cruz!
Porque ¿sabéis lo que a mí me parece que aquellas lla­
maradas quieren decir? Oue no bastó el sangriento dra­
ma del Gólgota, toda la terrible tragedia de la crucifixión,
para expresarnos el amor con que Jesús nos ama: que la co­
rona de espinas y la’ misma Cruz, con simbolizar lo que sim­
bolizan, son imágenes tan insuficientes para representárnoslo
mucho que nos ama el Hijo de Dios, como el haberse re­
vestido de nuestra carne y de nuestra sangre, y haber na*
- 315 -

cido por nosotros en un establo*, y sufrido, de niño, las


humillaciones de) destierro y de la persecución, y recorrido
a pie los más apartados rincones de Galilea, haciendo bien
por todas partes, curando a leprosos, sanando a paralíti­
cos, rehabilitando a pecadores, resucitando muertos. Y por
eso el amor sobreabunda todavía en su sacratísimo Cora­
zón, y no sabiendo ya qué inventar para dárnoslo a conocer,
después de haber agotado su inmenso poderío en· la inven­
ción de la Eucaristía, ese inefable sacramento de amor
que retiene prisioneras a nuestro lado su Humanidad y su
Divinidad, rompe aún en llamas desahogador as, dando un
respiradero a la amorosa hoguera inextinguible en que
por nosotros se siente abrasar.
i Oh, la hermosa definición juanina Deus charitas est,
Dios es amor, le viene a maravilla al Corazótí sacratísimo:
todo él es amor! De suerte que, al amarnos como nos ama,
ríos ama con todo su ser, ¡porque su ser es amor. ¡ Y yo po­
ner mis labios en tema tan augusto, que más que elocuencia
angélica, está reclamando elocuencia divina!
No me remontaré más allá de mi pequeñez, porque me
sucedería lo que al Icaro de la fábula: sería mi caída in­
evitable. Mas aun no habiendo de salurme de los reducidos
horizontes de mi pequenez, se ha menester inspiración ce­
lestial para hablar, decorosamente, de misterio tan alto
como es el amor del Corazón de Jesús,
Flecto genua mea..., doblo mis rodillas, decía San Pa­
blo a los de Efeso, ante el Padre de nuestro Señor Jesucris­
to... para que Cristo mo-re por la fe en vuestros corazones,
arraigados y cimentados en la caridad, y para que podáis
comprender con todos los Santos cuál sea lo ancho y lo
largo y lo sublime y lo profundo del amor de Jesucristo,
que sobrepuja a todo entendimiento... Doblémoslas ahora
nosotros, para lo mismo, ante ese sacratísimo Corazón,
compendio de toda la Humanidad y Divinidad de Jesús,
foco inextinguible de todos sus amores, arca santa de t o
- 316 -

dos sus mesiánicos deseos y taller misteriosa donde >e


trazaron y se trazan todos sus planes divinos, encaminados
a salvar al mundo. ¡ Que ese Corazón me ilumine y en­
cienda con una chispa de las llamas que le coronan, para
que mis ideas irradie» luz y mis palabras desprendan calor
y linas y otras penetren en vuestro espíritu a avivar el
amor que ya le tenéis y atizar los rescoldos semiapagados,
hasta tornarlos celestial incendio. Imploremos, para ello, la
intercesión de la Virgfen María. Ave, etc...

Deas cha ritas est...

H e r m a n o s m ío s e n J e s u c r i s t o :

Cuando se piensa en el concepto que de Dios se tenía


entre los pueblos antiguas y se compara con el que hoy
se tiene entre nosotros, no se puede menos de bendecir,
con toda la efusión del alma, a Jesús. Alquella deidad
de los druidas que sólo se recreaba con. las inmolaciones
de sangre humana que se le hacían en días solemnes, so­
bre algún monumento megalítico, en lo repuesto de in­
trincadas selvas; aquél Molo, feni-oio y cartaginés, que no
se contentaba con que se le sacrificasen caballos, bueyes
y elefantes, y exigía que, en determinado día del año, se
le arrojasen niños inocentes en el brasero enorme que
sus pies llameaba; aquellos menguados dioses helénicos q«e
se hodgaban de ver convertidos los interiores de los tem­
plos en casas de depravación, desaparecieron con la venida
de Jesús al mundo. ¡Hasta el mismo Jehová de los hebreos,
que tanto se agradaba en aparecer terrible, rodeado de
nubes y de centellas, tuvo que dejar paso libre al Oíos
del amor!
- 817 -

Antes de Jesús, reinaba é egoísmo, como deidad ab-


soiuta, en las conciencias. El programa de la vida casi po­
día reducirse a una ¡palabra: yo. El amor era liviandad, o
no se sabía lo que era el amor, porque se ignoraba el sa­
crificio en bien del prójimo. A éste se le hollaba con
crueldad ferina,, cuando se le juzgaba estorbo para la
realización de codicias desenfrenadas y de ambiciosos exal­
tamientos. Y en medio de aquel mun-do de entrañas glacia­
les aparece de improviso Jesús, que nos había amado in­
finitamente, desde la misma eternidad, destinándonos a la
vida del cielo, antes que viviésemos la de la tiera, y que,
para más amarnos, y hacernos más sensible su amor, ha­
bía escudriñado la manera de igualársenos tomando ese
Corazón- de carne y de sangre, que comenzó a latir por
nosotros en el seno virginal de María, y que siempre es­
tuvo velando por nuestro bien, aun en los instantes en que
e] Hijo de Dios se entregaba al sueño, según aquella dulcí­
sima frase suya: ego dormio, sed cor meum vigilat, yo
duermo, pero mi corazón vela.
i Qué lección más elocuente paira la soberbia de los hom­
bres! Estos, en su afán de grandezas, habían querido igua­
larse a Dios, y perdieron el paraíso en que vivían. Y Je ­
sús, en su amor a los hombres, quiso ser igual a ellos
y tomó formas humanas en las entrañas de la Virgen, y
un Corazón que, como el nuestro, palpitase y se pudie­
se derretir en efusiones de ternura. Dijérase que había
querido se reailizase el ambicioso sueño de los hombres,
haciéndoles llegar a ser dioses efectivamente, sin perder
edén ninguno, antes, por el contrario, adueñándose del
cielo.
dQue estaban muy empeñados en deudas con Dios? E l
las pagaría todas, redimiéndolos a costa de su sangre, y
abriéndoles de par en par las puertas del cido, cerradas
t>or el pecado. El se anonadaría, descendiendo hasta el
hombre, para que el hombre subiese hasta igualarse con
- 318 -

Dios. Y ftié aquel Corazón que nos amó con amor tan en­
trañable, que no podemos calificarlo dignamente, porque
hasta nos parece pobre el llamarlo divino.
Olí, que la más ligera desgracia humana hacía vibrar
de amor al Corazón de Jesú s! Fué una vez a unas bodas,
como para bendecir con su divina presencia los humanos
amores y demostramos que le agradaban nuestros goces y
nuestros disfrutes, y, como viese que, a lo mejor de las fies­
tas, se había acabado el vino con que se obsequiaba a los
convidados, mandó llenar de agua unas ánforas, y con su
infinito poder convirtió aquel agua en exquisito vino.
Amaba a los niños con ternura sin límites. Un día acu­
dieron varias madres a presentarle sus pequeñttelos, y,
como los Apóstoles creyesen que el Señor, cansado como
estaba, gustaría le evitasen lo que ellos juzgaban una mo­
lestia, trataron de despedirlas. Pero el Señor les advirtió
dulcemente: "dejad que los pequenuelos se acerquen a
M i” . Y los abrazó y los acarició y los bendijo.
Los pobres acudían a El como a su legítimo Padre, que
los identificaba consigo mismo, transfundiéndose en ellos.
Oídselo de sus mismos labios: "Cuanto hicisteis con mis
mínimos hermanos —los hambrientos, los sedientos, los
desnudos...— conmigo lo hicisteis” . Y se gozaba en ro­
zarse con ellos, y, a la vez que era su honrador —joh po­
quedad la nuestra, que nos hace avergonzarnos de los po­
bres !—, sentíase por ellos honrado.
Purificaba a los leprosos, hacía andar a los tullidos, daba
oído a los sordos y vista a los ciegos. Para los pecadores,
aunque fuesen de los más públicos, desplegaba una tole­
rancia paternal y una caridad ardentísima. No le importa­
ban las murmuraciones farisaicas que le edhaban en cara el
andar con pecadores y comer oon ellos — hic peccatores ré-
cipit et manducat cum Ülis—, y los buscaba, de aquí para
allá, por valles y montes de Galilea, sin· que nada le arre­
drase, con tal de ganarlos para sí, durmiendo a menudo a
— 319 -

campo raso, unas veces a mercal del frío, atrás a merced


:del calor, haciéndose el encontradizo con ellos y regalándo­
los con su conversación encantadora y con sus miradas
suavísimas, Pensad en el diálogo insinuante con la Saniari-
tana, en la escena dramática con la Mujer Adúltera, en el
poema conmovedor con la Magdalena...
Algunas veces, para hacer más ostensivo su amor a las
muchedumbres ignorantes con quienes tenía siempre una
paciencia infinita, acudía a parábolas que rebosasen de ter­
nura, y les hablaba del buen Pastor que conocía, una por
una, sus ovejas y las llamaba por su propio nombre, o de
h gallina que cobija, amorosa, debajo de sus ailas, a todos
los polluelos. ¿Qué extraño que las arrebatase en pos de
sí, ha,sta seguirle a las soledades del desierto, donde, ham­
brientas y cansadas, le inspiraban frases amorosas como-
aquélla: nwéreor super turham, que le llevó a obrar, en
su honor, aqued estupendo milagro de darles a todos de
comer —y pasaban de cinco mil, sin contar las mujeres
y los niños— con solos oinco panes y cinco peceí?
¡La fuerza de atracción, de encanto que debía de ejer­
cer en las muchedumbres la palabra de Jesús! Un día los
sumos sacerdotes enviaron a varios fanáticos, secuaces de
los fariseos, a prenderle, y, como le encontrasen hablando
al pueblo y se mezclasen entre el auditorio, de tal guisa se
regalaron con lo amoroso y dulce de su palabra, que se
volvieron* a los sumos sacerdotes, sin- haberle prendido, y
diriéndoles nwnqurnn locuius est homo, sicut hic homo, ja­
más ha hablado hombre alguno como habla ese hombre.
Meditad bien la frase, y teniendo en cuenta que U decían
judíos a quienes habían hablado Moisés, Isaías David,
SaJomcm...
i Oh, la ternura del Corazón Sacratísimo para t-odo lo que
fuese humano! Pensaba en la tierra natal, y, al barrúntal­
as desgracias que habían de sobrevenirle, lloraba lágrimas
de pena y desconsuelo. Pensaba en un amigo que acabab.i
- 320 -

de morir, y corría a consolar a su familia, y se empeñaba


en ir a ver al muerto en el sepulcro, y le ren-día tributo
de lágrimas, que hacían· susurrar a la gente que le habíi
seguido: quómodo amabat eum!, ¡cómo le aunaba!, y, no
satisfecho aún, le resucitaba a la vida, ¡ 0¡h lágrimas del
Corazón de Jesús, lo que nos podríais hablar de amores
y ternuras!
Siempre estaba predicando amor; amor a Dios y amor
al prójimo. En estos dos amores hacía consistir toda la
ley divina y toda la enseñanza de los profetas. Pero, al
acercarse sus últimos instantes en este mundo, ¡ cómo arre­
ciaba en su ¡predicación, amorosa! En la noche de la Cena
los Apóstoles se sentían abrasar a las frases incendiadas
que brotaban de los labios de Jesús. ¡ Cómo arderían sus
palabras, sobre todo·, cuando instituyó el Sacramento de
su amor, dándosenos a sí mismo en comida, para que nos
regalásemos con El, para que, en cierto modo, fuésemos
más dichosos que el amado Discípulo, y si éste había te­
nido la dicha de reposar en el pecho de Jesús, tuviésemos
nosotros la de que Jesús reposase en nuestro corazón! Ya
se trasladaba del Cenáculo al 'Huerto de las Olivas, donde
había de sudar sangre que regase abundantemente la tierra,
y todavía aquel Corazón iba ardiendo en el llameante amor
eucarístico. Okl cómo oraba por nosotros: “ como tú, Pa­
dre., en mi y yo en. ti, que así ellos sean una cosa en nos­
otros, ut et ipsi in nobis■ imim sint! ¡ Querer fundirnos en
una misma cosa con El y con su eterno Padre!...
¡ Ni que delirase por nosotros aquel Corazón sacratísi­
mo! Y a se nos había dado incruentamente en la Euca­
ristía, y se nos esíaba dando cruentísimamente en lo alto
de la Cruz, y todavía se figura que nos ha dado poco, y dis­
curre qué más podría darnos, y nos da a su Santísima Ma­
dre, lo que más quería en el cíelo y en la tierra: ■ecce
ter tm, ahí tienes a tu madre, nos dijo a cada uno de nos­
otros en aquella frase suprema aJ Ainado Discípulo. ¡ 0 b
- 331 -

si pensásemos bien ;esto de habernos hecho merced de su


Madre santísima!... .
Así pasó el Corazón de Jesús por el mundo. Jamás pudo
abrigar un sentimiento que no fuese de amor encendi­
dísimo, En los mismos instantes en que parecía montar en
cólera, como cuando expulsó del templo a los mercaderes,
o cuando llamaba a los escribas y fariseos progenies vipe-
rarum, linaj e de víboras, o los amenazaba, deciéndoles: vae
voHs, scribpe et pharisaei hypocritae, ¡ ay de vosotros, es­
cribas y fariseos hipócritas!, frases que parecen tan duras,
en esos mismos instantes el Corazón sacratísimo estaba po­
seído de amor. Obraba y hablaba así con ellos, porque había
agotado sus medios de suavidad, y quería ganarlos para
e] bien, con amores disfrazados de amenazas. Lo duro
de aquellos apostrofes no era más que estrategia del amor.
¿Cómo ho había de hablar, .poseído de amor, si hasta para
Judas —¡y en el instante de entregarle con un beso!— tuvo
aquella palabra' “ amigo” y dicha con toda su dulzura di­
vina. ansiando mover a arrepentimiento a.1 traidor, y si
hasta para los mismos verdugos crucificad ores que le es­
carnecían y blasfemaban, tuvo aquella plegaria magnáni­
mamente amorosa: "Padre, perdónalos, no saben lo que
hacen” ?...
Sí, así pasó Jesús por el mundo: derrochando amor a
llamaradas por todas partes. Quería encenderle en el fue­
go de su amor. Nos lo dijo El mismo por San Lucas: ig-
nem veni mitfere in terram, et qmd voto nid ut accen-
datur?, vine a prender fuego al mundo, y ¿qué otra cosa
quiero sino que arda? La sed que padeció momentos antes
de expirar, era sed de ma¡nifestar más amor a los hombres.
Le ¡parecía, que había hecho aun muy poco por ellos, y
querría hacer más, mucho más. He ahí su sed: era sed de
amor. Y ,por eso el Corazón de Jesús, tal cual se nos
ostenta hoy en las diversas imágenes, después de las reve­
laciones de Paray-!e-Moniat, a mi se me antoja como lina
Toho H 21
- зк -
encarnación viviente de aquella fogosa sed de amor. Se
nos muestra ardiendo en perenne holocausto, ceñido de es­
pinas y coronado con* la cruz, como gritándono* que se
duele intimamente (porque ni sabe tií puede inventar ¡más
amorosas ternezas, pero que su amor sobreabunda aún, y
rompe, por cima de su saber y su poder, fea aquellas llamas
desahogadoras...
¿Qué se proponía Jesús con tanto derroche de amor?
Ganarnos el corazón: dame tu corazón, hijo mío, ргаеЫ,
fttii m£j cor tuum mihi, nos dice a cada uno de nosotros соя
toda su dilapidación amorosa- Y bien, ¿ le hemos dado nos-
otros nuestro corazón? ¿Le amamos con la intensa ternura
con que E l nos amó y nos ama?
¡ Ah, si le amásemos, no andaríamos tan apartados de El
y tan olvidados de nuestra propia salvación! Si amásemos
al Corazón de Jesús, le imitaríamos, porque amar es imitar,
más aún, es fundirse en sentamientos y en aspiraciones сои
d ser amado; y, entonces, querríamos todo lo que Jesús
quiere, nuestra salvación y la salvación de todos los peca­
dores; entonces podríamos fia-cer nuestra aquella frase
suya, con relación a su eterno Padre: ego qttae pl&cita smt
m, fació semper, yo hago ¡siempre las cosas que son de su
agrado. ¿ Hacemos nosotros siempre el agrado de Dios ?
E l Crísóstomo, esculpiendo el panegírico de San Pablo
y fijándose en aquel su corazón que tanto amor había derro­
chado por los pecadores, después de exaltarle en entu­
siásticos períodos,, diciéndole "más precioso que el oro,
más fuerte que el diamante y más grande que el 'Universo’*,
lija b a a identificarle *con el del propio Jesús: cor Patíh,
cor erat Christ%} el corazón de Pablo era el corazón de Cris­
to. ¡Oh, si pudiera decirse tanto de nuestro corazón! ¡Oh,
si nuestro corazón sintiese como el de San Pablo que se de­
rretía; de ledo po-r la gloria de Jesús, y que, al cruzar por
Atenas, encenagada en la idolatría, casi no podía resistir
- 323 -

sus palpitaciones dokmrosas, y llegaba hasta a querer ser


anatema ¡por la salvación de los pecadores!.,.
Pero esas almas celosas, heroicamente celosas por la
gloria del Señor, diríase que habían, de todo en todo, des­
aparecido del mundo. Y a no hay hombres como David
que se rqpudría de angustia y se sentía desmayar, a h
contemplación de las maldades de la tierra; ya no hay
varones como Jeremías que, al recordar las blasfemias
que había oído, se estremecía de congoja, y sentía fluir por
la médula de sus huesos un fuego devorador que ni se
extinguía ni se calmaba; ya no hay almas angelicales como
Santa Catalina de Sena que, al meditar un día sobre el amor
de Jesús a los hombres y la ingratitud de los hombres para
con Jesús, exclamaba tristísimamente: “ ¡E l Amor no es
amado! ¡E l Amor no es amado!” ; ya no hay apóstoles
como San Francisco Javier, quien decía de sí mismo que
яо podría tener instante de reposo, mientras hubiese un
rincón en el mundo en que no fuese amado Jesús; ya no
hay serafines como Santa Teresa que, al ver ofender a
su Amor, sentía tan insufrideras torturas que la hacían
suspirar por morir. Oídselo a ella misma: “ es tormen­
to que pasa, y ha pasado cierta alma que conozco, de ver
ofender a nuestro Señor, tan insufridero, que se quisiera
mucho más morir que sufrirlo"...
¡Oh hermanos míos, amemos mucho el Corazón de Je ­
sús ! El culto de ese Corazón de carne y sangre, pero de
carne y sangre henchidas de divinidad, es el culto de la­
tría del mismo Aimor. Y'nada más fácil que amar, cuando
se ama al mismo Amor. El corazón no vive sin amar: el
amor es su vida, y, además, es su regalo, su «mbriagamien-
1o· su beatitud. ¡Atoemos al Aimor!
Cuando nos sintamos desamorados y fríos, acudamos
al Corazón de Jesús en demanda de aanor. Mi gTan P. San
Agustín llama a ese Corazón sacrarfum exauditiowis, sa­
grario de las benignas audiencias, donde se atienden siem­
— 324 —

pre todas las súplicas y todas las plegarias. Acudamos a


ese Corazón con demandas amorosas, y se abrirá a nues­
tros ruegos irradiando sobre nosotros las centellas de su
amor divino. Y no nos contentemos con pedir el amor para
nosotros solos: pidámoselo también para todos los peca­
dores, a quienes muy tiernamente debemos amar, ya que a
todos nos ligan lazos de -consanguinidad en Jesús, pues to­
dos nos hallamos como salpicados con Ja sangre divina de*
rramada en el Gólgota. Jesús no quiere-absorber toda la
fuerza amadora de nuestro corazón. Lo que quiere es que
la purifiquemos y la agigantemos haciéndola pasar por su
Corazón Sacratísimo para derramarla luego sobre todas las
criaturas, amándolas en El, con El y por El. Quienes aman
entrañablemente a Jesús, aman entrañablemente a sus pró­
jimos. Yo no creo en el amor a Jesús que es desdeñoso y
ruin para con nuestros semejantes. ¡Y ah, que no falta
quien pierda la poca fe que tiene,'al ver á personas que se
dicen muy amantes de Jesús, y que son rudas y hoscas
para con sus prójimos! E s mentido nuestro amor a Jesús,
cuando para el prójimo no hay en; nuestro corazón más que
dureza...
Sepamos amar a Jesús, conquistándole muchos amado­
res. Apostolicemos, tratando de hacer a todas las almas
amadoras de Jesús. El proselitismo es una necesidad de
nuestro espíritu. ¡ Ay de quien no haga prosélitos (para el
bien, porque los hará de seguro para el mal! Dei adjutom
sumus, todos somos coadjutores de Dios y estamos obligados
a desplegar toda nuestra actividad y energía para hacer que
Jesús impere en las almas. No valen excusas de impotencia,
Orar todos podemos. ¡Orad! El apostolado de la palabra
y de la pluma es vano muchas veces. Peroramos y escri­
bimos los ministros de Dios, y nuestras palabras y nuestros
pensamientos Se pierden en el vacío. Mas el apostolado de
!a oración es siempre fecundo. Se puede hablar van am ente
n los hombres, pero a Dios jamás. La oración de Moisés
— 325 -

derrotaba en los campos de batalla a los enemigos del pue­


blo escogido; la del protomártir San Esteban, al ser la­
pidado, trocó a Saulo, de perseguidor de los cristianos, en
vaso de «lección y en el Apóstol de las gentes; la de Santa
Mónica hizo de su hijo Agustín el más santo de todos los
sabios y el más sabio de todos los santos. ¡ Oremos! Y o no
sé de nada más fuerte que una oración fervorosa, ni de
nada más poderoso que un alma puesta de rodillas. Sobre
todo, recibamos con frecuencia a Dios. E l amor al Sagra­
do Corazón de Jesús ha de llevamos frecuentemente al
altar a ser partícipes del banquete eucarístico. Cuando se ama
bien, se quiere poseer al ser amado, y en el banquete euca-
rístico poseemos a Jesús, a todo Jesús, real y viviente, que se
unifica con nosotros ¡para transformarnos como en substancia
eucarísíica, como en su propio deífico Corazón. La Euca­
ristía puede ser llamada con propiedad el Sacramento del
Corazón de Jesús. Venid, pues, a menudo a encerrar en
vuestro corazón toda la magnificencia divina del Sagrado
Corazón de Jesús. Deus chantas est, Dios es amor. Venid
a menudo a incoiporaros a Dios, a ser dioses, ¡Oh, qué
dicha la de vivir fundidos siempre con el mismo Am or!...
ALOCUCIÓN
PRONUNCIADA EN LA IG LESIA DE SAN JERONIMO
EN L A
PRIMERA SOLEMNE PROCESION PUBLICA
DE LOS JU E V E S EUCARISTíCOS
Excmo. S e ñ o r : (-1)

D evo to s a m an tes, de la .E u c a r ist ía :

¡ Grandiosa manifestación de amor a Jesús la que aca­


báis de hacer, acompañando -procesionalmente por calles y
plazas esa transustanciada Hostia en que, por nuestro bien;
se ha dignado -vetar toda su infinita grandeza! ¡ Qué sonora
confesión pública de la augusta Divinidad que en ella se
esconde, y qué elocuente muestra de reconocimiento y dé
amor hacia su majestad infinita! Es claro que, respecto
de Dios, toda apoteosis humana tiene Ique resultar minús­
cula, sencillamente porque es Dúos ante quien tiemblan
las Potestades y a quien las Majestades adoran ; pero yo os
aseguro con toda ingenuidad' que me he duldsimamente
conmovido ante lo ostentoso del cortejo real que veníais
formando por esas calles madrileñas, y que más de una
vez la emoción dulcísima htizo que se me impregnasen los
ojos de lágrimas. ¡ Qué bellas glorificaciones de la Esposa
de Cristo son esas marchas pausadas y solemnes del clero
y del pueblo, en largas filas, por calles y plazas, a una y otra
vera de los vistosos estandartes, .preciosas remembranzas
del lábaro del gran Constantino, y cantando efusivas pre­
ces litúrgicas, entre las lluvias de flores que caen de mu­
chos balcones engalanados, y los acordes de las bandas de
música que hinchen el espacio con sus armonías, como
pidiendo vía libre para el Señor de los señores que pasa!
Pero yo os digo de veras que más que esas magnificen-

(0 E l Sr. Arzobispo .P. Nozaleda.


- 330 -

oías exteriores con que habéis rendido pleito homenaje a


Jesucristo, y que una vez y otra, vez han herido en lo re­
cóndito de mi ser las fibras del entusiasmo, moviéndome
a ¡murmurar: haec est zñcioña quae vinclt nmndum, fUeS
nostra, ésta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe,
me ha conmovido la magnificencia interior de vuestros es­
píritus, la actitud de adoración sincera de vuestras almas.
Sí, en estos días en que la flojedad de los espíritus y el envi­
lecimiento de los caracteres retraen a tantos católicos de asis­
tir a las precesiones eucarísticas, sin duda porque se aver­
güenzan de ir por la calle con un cirio e» la mano —¿qué
digo porque se avergüenzan?— sin duda porque no tienen la
suficiente fe en la divinidad de la Eucaristía, pues si la
tuviesen, no se mostraran tan hechos de alfeñique ante
acto alguno que significase acatamiento al Señor, ¡más
que toda la pompa externa con que esta tarde habéis glori­
ficado a Jesús, a mi me ha complacido vuestro fervor,
vuestro contagioso fervor que se reflejaba patentemente
en vuestra exterior compostura, en vuestra serena intrepi­
dez, en vuestra plácida alegría, en vuestra cálida adoración,
No veáis ni el más leve remusgo de lisonja en mis pa­
labras : sé muy bien que estoy en la Cátedra del Espíritu
Santo, y que cualquier adulación, por pequeña que fuese*
la profanaría, pero yo os garantizo que dudo fuesen más
edificadoras las procesiones de los primeros siglos de ía
Iglesia, cuando los fieles, rebosantes de fe y de piedad,
acompañaban a los sacerdotes y a los obispos, en ciertos
días solemnes en que iban a celebrar el sacrificio de la
misa sobre la tumba de los mártires. Y por eso no crso
■hacer nada de más con felicitaros calurosamente desde lo ín*
timo de mi corazón, parafraseándoos aquellas palabras &
Isaías: ¡dicite justo quoniam benel, ¡decid al justo que bien!
Yo os digo que muy bien, por haber dado este recio tes­
timonio de fe religiosa, y esta brillantísima muestra de
amor a la Eucaristía. En medio del espectáculo desoía-
- 331 —

dor que ofrece el creciente empuje de la impiedad, azotán­


donos a cada instante con oleadas de indiferentismo reli­
gioso ; en medio del espectáculo de cobardía que están dan­
do muchos católicos, que rezan en el secreto de la alcoba,
pero huyen de toda demostración de piedad en la calle, sin
darse cata de que eso no es catolicismo, o es un catolicis­
mo escrofuloso y muy oliente a lacerias, no puede uno'me­
nos de entusiasmarse con estas magníficas explosiones de
adoración y de fe, que prueban que hay aún muchos pechos
españoles en que late ¡potente y viva la religión de nues­
tros antepasados, y que no han bastardeado lo más 'mínimo
de las cualidades típicas de la raza.
Cada vez que a mi alrededor contemplo una muchedum­
bre de españoles celebrando, fervientes, alguna religiosa
solemnidad, me regalo con un disfrute tan- intenso cotmo
exquisito, viendo que la España católica aun no está muer­
ta, como afirmó, en su tiempo, el vate colorista Teófilo
Gautier, precisamente a propósito de una procesión euca-
rística por las calles de Madrid, y pensando en que es muy
posible el reflorecimiento nacional que nos hace ya ver, no
lejano, nuestra innegable aunque paulatina generación. Y
ouenta que no soy yo sólo quien advierte <el nexo íntimo
entre nuestras manifestaciones religiosas y nuestro anhe­
lado resurgimiento; que ya Moret, uno de los prohombres
liberales que más influjo —por desgracia, no siempre
sano— han ejercido en los destinos de nuestra patria, al
ver salir, un día, del Pilar de Zaragoza a una nutrida mu­
chedumbre, exclamó, quizá involuntariamente: siempre
que veo a esas multitudes salir apiñadas de nuestros tem­
plos, me susurro a mí mismo: "he ahí los que han de re­
generar a España” ...
Sí, yó os digo que bien, ¡muy bien!, porque, en este
nuestro tiempo que, a veces, casi se me antoja peor que los
mismos tiempos impíos, pues entonces, por lo menos, se
temía, según el vate, la noche eterna, impiaque aeterwam
- 332 -

tinmenmt soecula noctevH, y en nuestra edad parece que


ni siquiera esa noche -eterna se teme, habéis llevado a cabo
■esta .procesión solemnísima que yo espero haya de servir,
conmemorada como se habrá de conmemorar en años fu­
turos, para saicudt'r'lá. indiferencia de muchos católicos es­
pañoles, consiguiendo que no se ruboricen de formar par­
te en estos espléndidos cortejos eucarísticos. Y o digo que
bien, a las Hijas dé María de esta ¡parroquia que, sabia­
mente guiadas por su buen pastor, maestro consumado de
diplomacia parroquial ¿para disponer siempre muy a su mer­
ced del corazón y déí alma de sus fieles, no se han con­
tentado con festejar durante todo el mes a $vl Madre san­
tísima, ornándole diariamente el altar, más que con las
sedosas flores de sus jardines, con las místicas flores de su
alma, y han querido contribuir muníficamente a esta solem­
nidad procesional en loor del Cordero inmaculado. Yo digo
que bien, a esas falanges de ínclitas mujeres que forman la
Adoración Reparadora de las Naciones Católicas, pues, no
satisfechas con los suntuosos cultos que ellas celebran casi
de continuo, prosiguiendo místicamente la redentora epo­
peya del Calvario, .se han asociado, regocijadas, a esta
procesión eucarística para magnificarla y embellecerla. V
yo os digo que bien, que muy bien, a vosotros, los nobilí­
simos socios de los Jueves Eucarísticos que, inspirado?
por vuestra Presidenta —no tema la egregia dama que yo
la sonroje pregonando las mi’¡ bondades, porque, cuantos
la conocen, la bendicen— y contagiándoos de fervor y en­
tusiasmo los unos a los otros, habéis acometido la ardua
empresa de efectuar esta procesión eucarística y habéis
acertado a llevarla a cabo con un éxito esplendoroso quc
superó a toda atrevida esperanza. Hay satisfacciones p«'
ras que se paladean muy hondo en el corazón, porque lle­
gan hasta él como en hilitos de miel hiblea que gotease de
paiiales del cielo, y una de esas satisfacciones será de se‘
- 333 — ]

gura la que üs está embriagando a todos vosotros en estos


instantes.
¡Cómo da en los ojos qne vuestra eucarística asociación
es como el frondoso árbol bíblico que crece sobre la co­
rriente de vivíficas aguas! Dos solos años lleva de vida
vuestra asociación, y ¡qué .pléyades numerosas de hombres
y de mujeres las que a ella se han ya afiliado! ]Y qué
linaje de hombres y de mujeres tan distintos de otras mu­
jeres y de otros hombres que también se cuentan por plé­
yades en otras asociaciones de mincho boato y mucho rui­
do; pero no de tanto aprovechamiento- espiritual, ni de
tan presuroso avance por las sendas de la virtud! ¡ Cómo
se conoce —repito— que sois como la planta fértil y abun­
dosa, cabe la corriente de las aguas!
Y a mí —la verdad— nada me sorprende la maravillosa
fecundidad espiritual de vuestra asociación. Sé muy bien ■
dónde está la clave, dónde está el secreto. Os veo a diario,
o casi a diario, comer el Pan eucarístico, que es el Pan dé
los fuertes, que es el Pan de los santos, que es la misma
Vida desatándose plena en vuestro espíritu y nutriendo
continuamente vuestra alma de santos anhelos, engendran­
do en vuestra inteligencia grandes ideas, espoleando vues­
tra voluntad con gigantes impulsos, inflamando vuestro co­
razón de divinos ardores, diciendo os a cada instante, y
dándoles un particularísimo sentido amoroso·, aquellas pala­
bras de Jesú s : ecce ego vobiscum surn ómnibus diebus',
ved que yo estoy con vosotros todos los días.
íQué extrañeza .han de causarme a mí vuestros sonoros
triunfos y vuestros éxitos gloriosos? No parece nada esa
Hostieoita que casi todas las mañanas ponen los dedos del
sacerdote en vuestra lengua, no parece nada, y lo es todo,
porque es Dios, Dios, ávido de comunicaros energías 'divi­
nas que os hagan vivir en este mundo una vida fuerte,
Una vida santa, una vida sobrenatural. En los cíelos estre­
llados durante la noche, o bañados de lumbre durante el
- 334 -

día, en todo el derroche de hermosura que constituye el


panorama estupendo de la creación, no se ve a Dios con
los ojos de la carne, pero sí se le ve con los ojos de la
inteligencia; y lo propio me sucede a mí, respecto de vos­
otros: no veo en vosotros a Dios con los ojos de la carne,
pero sí le veo con los ojos del espíritu en esas gallardas
intrepideces y en esas hidalgas ufanías con que le escol­
táis en solemnes procesiones por calles y plazas, efundien­
do adoración fervorosa de vuestras actitudes, de vuestras
miradas, de vuestras oraciones. El cielo y la tierra cantan
el poder creador de Dios, y vosotros cantáis el poder san-
tificador de la Eucaristía.
¡A h ! Cuando los fieles de San Juan Crisóstomo, azu­
zados por los períodos'elocuentísimos de aquel oráculo del
pulpito, se le acercaban y le manifestaban la dicha que hu­
bieran tenido en haber visto al Salvador, pues ellos hu­
bieran querido vivir en su tiempo, holgarse de la presencia
de su sacratísima persona, tocar sus vestiduras, el santo
les hablaba de la Eucaristía y se le mostraba presente, di-
ciéndoles: ¡S i le estáis viendo! ¡S i le estáis tocando!:
¡ Ipswn- vides, Ipsum tan-gis \ ¡L o muy a vuestro sabor que
os holgáis vosotros de esa inefable vista de Jesús, del ine­
fable contacto, no de las vestiduras, sino de la misma sa­
cratísima carne de Jesús en los felicísimos momentos en
que se deslíe en vuestro paladar incendiándoos el alma y
el corazón!
De ahí las grandiosas solemnidades eucarísticas que cele'
bráis tan a menudo en su prez y alabanza, y en las cuales
sienten muchos como instantáneos arrebatos del espíritu
que les hacen soñar con visiones paradisíacas. En nutridas
huestes —las mismas que esta tarde le han venido for­
mando guardia de honor— alguien os ha visto y os ve a
menudo —¡Dios sea bendito!— adorándole en nuestra
Iglesia, entonándole cánticos amorosos, haciendo que ei
incienso perfume su sagrado altar, y a menudo también,
- 335 -

acercándoos al comulgatorio para recibirle en vuestro pe­


cho, las frentes puras inclinadas en señal de adoración,
los labios trémulos y ansiosos de beber en la fuente de
las vivas aguas, los ojos llameantes con· tranquilas llamara­
das de amor vivo; y, más de una vez, sin darse cuenta de
ello, se ha figurado ver desplegarse ante su mente asom­
brada y ante su corazón conmovido, algo así como la su­
blime visión del Aguila de Patmos, cuando vio en el seno
de la gloria'un trono resplandeciente, y en rededor del tro­
no un arco-iris que fulgía con fulgores de esmeralda, y
circuyendo el trono ‘veinticuatro ancianos con sendas co­
ronas de oro en la frente, y en medio, sobre un altar, el
inmaculado Cordero ante quien los ancianos ee postraban,
arrojando sus áureas coronas, .ostentando en sus manos co­
pas henchidas de perfumes, y cantando al son de sus anpas:
"Santo, Santo, Santo es el Señor, el que antes era, y el
que es, y el que ha de venir...” coreados por millares de
millares de ángeles que decían en voz alta: “ Digno es el
Cordero de recibir ¡poder, y divinidad, y sabiduría, y for­
taleza, y honra, y gloria, y bendición...”
Sí, vosotros hacéis con vuestras magnas solemnidades
eucaristicas que las visiones paradisíacas aparezcan a ve­
ces como trasplantadas a la tierra, y que uno se imagine
ver coranas de oro rodando por el suelo, delante del al­
tar, y aspirar esencias edénicas, y deleitarse con armonías
querúbeas’y oir la voz embelesadora de muchedumbres de
angeles, y aun ver a los mismos ángeles. ¡ Sí, y aún ver a
los mismos ángeles! Porque el comulgatorio es para mu­
chos seres como una especie de Tabor, donde se transfi­
guran, donde, en el instante de sentir en su lengua a Je ­
sús, diríase que de la frente, y de las mejillas, y de los
°jos, y de los labios destellaban gloria de Jesús, belleza
de Jesús, sonrisas de Jesús, viéndoselos retirarse del divi­
no banquete como envueltos en misterioso reflejo eucarís-
tao.,Hasta muchos rostros viejos y arrugados toman fres­
— 336 —

cura angélica bajo el influjo del divino manjar. No diga*


mo¡s riada de muchos rostros jóvenes que parecen retirar-
sé de los comulgatorios esplendiendo con facciones de los
mismos ángeles, y de ángeles que acabasen de recibir en
sú frente un beso del mismo Dios...
¡ Oh, benditas, benditas mil veces esas vuestras solem­
nidades en loor de la Eucaristía, que es el foco divino de
donde irradian todas las gracias santificadoras, el céli­
co hontanar de donde manan todas las energías sobrenatu­
rales, el hálito nutridor de toda práctica piadosa y de toda
redentora creencia, la plétora vivífica de toda ennoble­
ced ora virtud, de todo sobrehumano heroísmo, de todo
beatífico amor! Es a la glorificación de la Eucaristía —pie­
dra angular de todo el catolicismo, vida y alma entera de
nuestra divina Religión —adonde deben refluir todas nues­
tras fiestas, todas nuestras ceremonias, todos nuestros cul­
tos. Nos lo dice bien claro la misma contextura de nuestros
templos. Fijaos bien: desde las torres que se yerguen, cala­
das, para indicar a la tierra y aún al cielo dónde está la
morada de Dios, y las campanas cuyos tañidos vibrantes y
clamorosos convocan a la solemnidad que en ella se va a
celebrar, hasta los altares diversos que corren en doble fila
y formando coro hacia el sagrario, y las mismas imágenes
de los retablos en actitudes seráficas como arrobadas en con­
templativa adoración, y la música de los órganos avan­
zando en desatada trompetería por la nave central, y has­
ta la misma luz que se filtra 'por las pintadas vidrieras es­
fumando aquí y allá sus tintas fantásticas y redoblando
lo augusto del sagrado recinto, todo se endereza a magni­
ficar el altar mayor desde donde la Eucaristía ha de es­
plender. Y es que la Eucaristía es el alma de los templos
católicos. Viven por ella. Son seres vivientes por ella. Quí­
tesela de los tabernáculos, y tendremos los templos pro­
testantes, muertos, helados, dando, siquiera sean lujosos
y magníficos, y a pesar de sus oficios litúrgicos, una int*
- 337 -

presión enorme de frialdad. No es que allí no se pueda


orar levantando el corazón a Dios: esto lo podemos ha­
cer aún fuera de los templos. Es que no mora en ellos el
Dios-Eucaristía. Es que no sentimos el calor de sus divi­
nos llamamientos desde el sagrario. E s que no nos senti­
mos formando con El como una misma familia y como
una misma casa.
Pues bien, eso que hacen nuestros templos subordinan­
do todas sus grandezas arquitectónicas y todas sus galas
artísticas a la exaltación del altar eucarístico, nos enseña
a nosotros que al esplendoramiento y a la glorificación de
la Hostia consagrada deben subordinarse y enderezarse
todos nuestros cultos, todas nuestras solemnidades, todas
nuestras devociones y aun todos los actos de nuestra vida.
San Francisco de Sales aseguró una vez que si se le pre­
guntase qué estaba haciendo, aun en medio de sus cotidia­
nas ocupaciones, hubiese respondido que se estaba preparan­
do para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, ¡Oh, si
nosotros, aun en medio de nuestros diarios quehaceres,
pudiésemos responder a igual pregunta, que nos estába­
nlos preparando para glorificar a la Eucaristía, para re­
cibir en nuestra alma a Jesú s! Nada sería más eficaz para
preservarnos del pecado, para ponernos a mil leguas de
esa vida frívola que viven aün muchos que se tienen por
píos, cuando no saben prohibirse nada mundano que di­
vierta y excite, ni bailes indecorosos, ni tertulias infames,
m teatros obscenos; ¡que ni de los teatros obscenos se ve­
dan algunos que se proclaman católicos! ¡ No tienen a men­
gua ponerse a la altura de mozuelos evaporados, casquiva-
nos y barbilindos! Diríase que el ideal del reino de los
cielos había desaparecido para ellos, como ha desaparecido
Para l&s masas socialistas entre las dolosas prédicas de
los mítines y la garrulería sectaria de cierta prensa, y que,
como el corazón humano no vive sin ideal, había venido a
substituir al reino de los cielos el remado del deleite. Y
T omo H
- 338 -

lo cierto es que Epicuro reina de nuevo en el mundo. Su


filosofía se rechazará en las aulas, .pero se practica en la
sociedad. Un vistazo al arte, a la literatura, a las modas,
a las costumbres, os mostrará doquier el reinado de
Epicuro...
¡ Ah, que la acción corrosiva de ese ambiente de sordi­
dez que os rodea no actúe sobre los sentimientos nobilísi­
mos de vuestro corazón! ¡ Que el disolvente espectáculo
de incredulidad que harto a menudo lastima vuestros ojos,
no menoscabe ni en una chispa el vivo calor espiritual
que enardece vuestras almas, impulsándolas de continuo
a fervorosas prácticas de piedad y de amor! Seguid co­
mulgando frecuentemente y no penséis como piensan mu­
chos, que eso de comulgar frecuentemente está de perlas,
mas sólo para las almas muy puras, para las almas muy
virtuosas, como sí la comunión fuese una recompensa de
la pureza y de la virtud. No es así: la reeomjpen'Sa de la
pureza y de la virtud donde se ha de adjudicar es en ^
cielo. La comunión es el acto de apacentarse espiritual-
mente fortificando el alma, como con el alimento material
se apacienta y robustece el cuerpo. Y pues todos los días
comemos materialmente, porque todos los días debilita­
mos nuestro organismo, todos los días también, o por lo
menos muy a menudo, debemos comer espiritualmente,
porque todos los días debilitamos nuestra alma, pues la
fragilidad humana es tan grande que hasta el justo cae al
día siete veces.
No hay que olvidar aquellas palabras de Jesús: can
mea vere est cibus, mi carne verdaderamente es comida
Y es más aún que comida: es la vida misma. Mi gi‘ais
Padre San Agustín, cuando exhortaba a sus queridos to·
iponenses a comulgar, les repetía estas palabras realistas ]
hermosas: manduca .vitam, bibe vitam, venid a comer I·1
vida, venid a beber la vida. Y ‘no es la vida simiplenK^
sino la vida eterna. Nos lo abona el mismo Redentor:^
— 339 -

que'come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna” ,


una vida eterna esclarecedora de nuestras creencias, robus­
tecedora de nuestras esperanzas, atizadora de nuestros
amores,,■extinguidora de nuestros aviesos instintos, y aun
matadora de las raíces de nuestros pecados, de nuestra so­
berbia, de.nuestra avaricia, de nuestra lujuria, de nuestra
ira, de nuestra gula, de nuestra envidia, de nuestra pereza.
Seguid,, pues, comulgando frecuentemente, que quien re­
cibe a menudo esa divina fuerza sacramental, adquiere una
fortaleza de espíritu incontrastable, forzosamente vencedo-
ra en todas las luchas de esta vida: vive a inconmensura­
ble altura sobre el resto de los humanos, en una cumbre
moral adonde ni llengan las miserias de la tierra, ni los
aguijonazos de las pasiones, ni los halagos de los place­
res, ni los rumores de las orgías, ni siquiera los ecos de
las ruinas y desolaciones de los pueblos y de las socieda­
des. Hundí érase el mundo, y de él, mejor que del sabio
de la antigüedad, podría decirse la : ya casi vulgar frase
horaciama, inupávidum fermnt 'ruinae, pues el mismo hun­
dimiento del mundo le había de encontrar impávido y se­
reno en las empinadas cimas morales donde su corazón
palpita y alienta.
Seguid con el entusiasmo con que lo habéis hecho hasta
ahora, engrosando las huestes de vuestra asociación, Como
Marta, al .ver que Jesús estaba en su casa, se fué corrien­
do a buscar a María y le dijo: Magister adest et vocat te,
está el Maestro y te llama, id vosotros a vuestros familia­
res íntimos, a vuestros amigos sinceros y leales, y decid­
les: está el Maestro en nuestra Asociación y os llama,
y no desoirán la voz de Jesús y densificarán, cada día más,
esas ya tan densas filas de adoradores, cuya actitud estre­
nua ante la cobardía ambiente que por doquiera se respi­
ra, hace- sentir como un escalofrío de sublimidad. No
cejéis un solo instante en ser entusiastas y fervoroso,?,
para que nunca decaigáis de vuestro actual espíritu, llegan­
— 340 -

do a asemejaros a ciertas pomposas cofradías que nacen y


crecen y se esponjan, y parecen llevar ¡pujo de trasfomiar
la sociedad, y caen en seguida en el desmayo, precursor de
la muerte, sencillamente porque, en vez de desalarse
por vivir a la orilla de las vivíficas aguas, diríase que ¿e
desalaban* por lucir entre terciopelescas lisonjas, y sonar
con ruido cascabelero, y figurar con relumbrones sociales,
que sólo pueden satisfacer a la mísera vanidad, no a una
piedad sólida y sincera.
Y pedid, pedid a Jesús con toda vuestra alma, que se
disipe cuanto antes la fatídica cerrazón que, desde ’hace
tiempo, se está cerniendo sobre nuestros horizontes, con
visos de tempestad ’asotedora. Lo sabéis todos y no se ha
menester que yo sea más explícito: ruge una amenaza es­
pantosa sobre nuestras cabezas. La tremenda‘guerra uni­
versal que está desangrando al mundo, ha de concluir por
extender partidas de defunción a muchas regiones, qui­
zá a enteras nacionalidades. Y esas partidas de defunción
deben temerlas especialmente aquellas gentes pecadoras
que más hayan izquierdeado, apartándose de Dios y dán­
dose a maquinaciones de obra y de palabra contra la Es­
posa de Cristo; que nunca se ha de dejar de ver el hilo
providencial rigiendo los acontecimientos humanos, y
nunca se rumiará lo bastante aquella sentencia bíblica:
ruit .Terusalém et Judas concidit, quia lingua et adinven-
times eorum contra Dóminum, cayeron Jerusalén y Judá.
porq-ue de palabra y de obra guerreaban contra el Señor.
Yo no creo que nuestra amada patria se halle en cir­
cunstancias tan terribles, por más que no se haya labora­
do y no se siga laborando poco en ella contra Dios; mas
para mantenernos perfectamente a salvo de toda posible
catástrofe nacionai, es necesario, necesarísimo a todo
trance, que prosigamos en paz con todas las naciones, sin
inmiscuirnos para otra cosa en la guerra que 'para ejer­
cer, entre unos y otros combatientes, la generosa labor
- 341 -

humanitaria que, movido por sus cristianos impulsos, está


llevando a cabo nuestro Rey, con la bendición y el aplau­
so de todos los pueblos. Y eso es lo que urge pidamos a
Dios, dicléndole una vez y otra que incline hacia nosotros
sus oídos y nos salve.
Y ahora, ¡-oh Pan de inmortalidad y comida de vida eter­
na, haz que nunca te dejemos solo en esas custodias humil­
des donde has querido que te tuviésemos siempre a nues­
tra disposición, y que en tu presencia sintamos algo de lo
que sentía David cuando se estremecía de júbilo en tus
atrios abismándosele en amorosos deliquios el alma! ¡ Que
nunca se nos puedan aplicar aquellas palabras del Evange­
lista a los judíos: medius vestrwn stétit qmm nescitis, está
todo un Dios en medio de vosotros y ni siquiera os dais
cuenta de elloí ¡Oh Pan descendido de la gloria, y mil
veces más dulce y nutritivo que el maná que los israelitas
recogían abundantemente todas las mañanas en el desierto,
hasta el día en que, inundados de- gozo, columbraron allen­
de el Jordán la tierra prometida: nútrenos a nosotros y
sé el aliento de nuestra existencia hasta el día bienhadado
en que, allende esta vida caduca, entremos :i gozar para
siempre de Tí, no ya recatado en esas especies pobrísimas
de pan, sino como eres en· realidad, inmenso, infinito e in­
finitamente beadfieador! Amén.
EL PENSAMIENTO DEL CIELO

SERMON PRONUNCIADO
EN LA
FIESTA ANIVERSARIA
DE LOS JU EV ES EUCARÍSTICOS,
EN LA IGLESIA DE SAN MANUEL Y SAN BENITO
DE MADRID
Quae sursum sunt s&pite,,.
Saboread las cosas de arriba...-
(S a n T
' Pablo a los Colosenses^
c. III, 2.)

F ervo rosos C o f r a d e s d e los Ju e v e s E u c a r í s t i c o s :

Recuerdo que en aquella magnifica procesión con que;


celebrasteis, tres años ha, el aniversario de la institución
de vuestra cofradía en esta iglesia, os hablé en la de'
San Jerónimo, que ftté donde terminó aquella esplen­
dorosa procesión, cuyo gentío hervía, arpiñado, en las
vastas naves del templo, de vosotros misinos, del fervor
con· que celebráis vuestras fiestas eucarísticas, que tan
gratas tienen que ser a Dios, por no haber en ellas nada
de aparatoso ni de profano, lisonjeador de la soberbia y
del orgullo, sino solamente mucha compostura y mucha:
humildad y mucha calidez de espíritu y de corazón, como
fiestas, al fin, de quienes no se proponen más que la glo­
ria de Jesús y la salvación de sus almas.
Cada jueves que asisto a vuestra solemne comunión eu-
carístíca yo siento una emoción inefable, y me figuro,,
en algún instante de inconsciencia misteriosa, que veo al
cielo sonreirás con sonrisas prometedoras de su eterna-
felicidad, sobre todo cuando, al romper desde el coro la
cascada argentina de suavísimos loores que, con emoción
coafcagiadora, cantan vuestras jóvenes cofrade^ al Au~
gusto Sacramento, comenzáis el divino banquete en que·
— 346 -

se une Dios con vuestras almas. ¡Cuántos sois y con qué


sensible fervor comulgáis! ·
Y al veros retiraros del comulgatorio, en devotísima
actitud, clavados los ojos ero el suelo, como si estuvieseis
tristes, pero estando, en realidad, henchidos de júbilo, mi
imaginación se traslada al desierto, donde Jesús, median­
te el milagro de la -multiplicación de los panes, dió de co­
mer a inmensa muchedumbre, que, no sabiendo cómo ma­
nifestarle su entusiasmo, quería proclamarle rey. Y pien­
so que vosotros le proclamáis, efectivamente, rey, y 110
por el móvil rastrero de la muchedumbre judaica que
mereció justa reprensión del propio Jesús, sino porque
sabéis muy bien a quién« saboreáis en ese Pan divino de
la Eucaristía, y porque os maravilláis de tanta divina con­
descendencia y de tanto divino amor, y porque estáis muy
persuadidos de que no procede deí material saciamiento,
sino del espiritual regalo, vuestra santa alegría de es­
píritu, que es alegría purísima de la celestial Jerusalén.
Y porque de todo esto os hablé en el sermón citado, hoy
quiero hablaros de un tema que diga relación íntima con
la festividad que hoy la Iglesia conmemora, y que espe­
ro os haya de agradar, deleitándoos el espíritu con plá­
cidos ensueños que han de ser realidades, y estimulán­
doos a laborar, cada día core .más ardor, en la santifica­
ción de vuestras almas.
Coincidencia bella fué que vuestra simpática cofradía se
inaugurase en esta iglesia el día de la Ascensión del Señor,
y que, así, 'la fiesta con que hayáis de conmemorar todos
los años vuesitra institución, Ihaya de ser en este día
conmemorativo de aquél en que Jesús ascendió a los
cielos, cumplida ya, hasta en sus últimos ápices, su misión
redentora sobre la tierra.
Todos sabéis la escena divina. Llegado había la hora
;tañ suspirada por el Redentor. Pater, venlt hora, ciar*·
■Oca Filmm tumn, Padre, ha venido la hora de que gl***
- 347 —

t í fiques a tu hijo. Y Jesús, 'habiendo subido con sus


Apóstoles y quinientos de sus discípulos al Monte Olívete,
bend¡ciándolos allí ¡por última vez, comenzó a ascender
majestuosamente a los cíelos, desapareciendo pronto tras
luminosa nube que le robó a las miradas ávidas de los que
le contemplaban subir tan divino y todopoderoso, susci­
tando en ellos aquel anhelo dulcísimo que tan inspirada­
mente acertó a cantar nuestro incomparable Fray Luis de
León en una de sus poesías divinas.
Muy tristes debieron de quedar los discípulos del Se­
ñor, al verle ascender, dejándolos solos en el mundo, pero
al mismo tiempo debieron de sentirse enajenados de gozo.
Sabían que la Ascensión de Jesús a reintegrarse en su sem­
piterna e infinita gloria, significaba el fin de las humillacio­
nes de su divino Maestro y el coronamiento de su divina
obra de la redención. Y , además, acababan de oir de su sa­
cratísima boca estas palabras de beatificadora esperanza,
dirigidas a ellos, y en ellos a todos los que hubiéramos de ser
sus discípulos: vado parare vobis locum, voy a prepararos
vuestra mansión en el cielo.
Y por eso el júbilo de los discípulos del Señor, al oir
de los labios de Jesús la consoladora promesa de que iba
a prepararles una morada en el cielo, debe ser hoy nues­
tro júbilo; porque también a nosotros nos tenía entonces
presentes, y también para nosotras iba a preparar una mo­
rada en la gloria, si, como ellos, sabemos luchar y triunfar
cristianamente sufriendo, firmes y heroicos, lo que en
e&ta vida sufrir mos toque; pues como Jesús, para entrar
en la gloria, tuvo que sufrir, según el Apóstol — oportnit
Christum paíi, ét ita mirare in glormm suam—, nosotros
no hemos de entrar en nuestra gloria sin haber sufrido
lo que Dios, en sus inescrutables designios, quiere que
suframos. No hay otro camino para la gloria que el tra­
zado por Jesús, y ese es el de negarse uno a sí mismo,
tomar la cruz y seguirle.
— 348 —

Y para que sigáis a Jesús más y más alegremente, yo


he querido escoger hoy por tema de mi oración sagrada el
cielo adonde ascendió Jesús tal día como hoy y adonde
ascenderemos también nosotros un día. ¡Qué cosa mejor
para espolearos a seguir en la gran obra de vuestra san­
tificación que hablaros, unos instantes, de las cosas celes­
tes, a cuyo saboreamiento nos azuza San Pablo con las
palabras que he puesto por lema: quae sursum sunt sápi-
te..., saboread las cosas de arriba...
Fue la consecución del cielo lo que os movió a instituir
vuestra edificante cofradía de los Jueves Eucarísticos, y es
ía consecución del cielo la que os mueve a venir tan a
menudo a recibir a Jesús, con todo el fervor de vuestras
almas, en el Eucarístico Manjar. ¿Por qué, pues, no ha­
blaros un poco del cielo, siquiera haya de ser muy vaga­
mente, ya que de él no se puede dar clara idea; porque,
como dijo el Aipóstol, ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni el co­
razón deJ hombre sintió jamás lo qu-e Dios tiene allí prepa­
rado para sus criaturas?
El pensamiento del cielo es siempre fecundísimo en re­
soluciones generosas que impelen a intrépidas hazañas. Es
él lo que hace a muchas almas triunfar de lleno en los
combates de la vida. Bien sabido es que al buen soldado,
de hidalgo espíritu y de sano corazón, todo le parece poco
cuando combate por su patria. Hasta los actos de más
heroico valor que lleva a cabo por ella, se le antojan ele­
mental cumplimiento del deber. El morir por ella le sería
dulcísimo. Y como nuestra genuina patria es el cielo, de
donde estamos como desterrados momentáneamente, el
pensamiento de esa patria nos debe enardecer y heroificar
estimulándonos a acometer por ella las más épicas accio­
nes y los más sublimes sacrificios.
Y así lo hacen, efectivamente, muchas almas en quienes
arde la fe con llamaradas enardeced oras. Sienten los agui­
jonazos de la carne, tocan ya en el borde del abismo, ne
- 349 -

ya de júbilo Satán. Y surge en ellas de súbito el pensa­


miento del cielo, y se detienen' en el borde mismo de la
culpa, y amordazan sus pasiones, y enfrenan sus instintos,
y en vez de sonreír, triunfador, el pecado, sonríe, ¡triunfa­
dora, la virtud. Pues el alma bien poseída del pensamien­
to del cielo, no sólo evita e] .mal, sino que practica el bien,
abarcando admirablemente los dos extremos del bello man­
damiento de David: decliner. a malo et f<tc bonum.
No se puede poner en duda la fecundidad del pensa­
miento del cielo en acciones grandes y ¡heroicas. La madre
cíe los Macabeos sabía muy bien la fecundidad grandiosa
de ese pensamiento cuando, viendo a-1 más joven de sus
hijos asaltado por los verdugos que le mandaban quemar
incienso en loor de los dioses, si quería librarse de la muer­
te horrorosa que ya habían sufrido sus otros hermanos,
le gritaba, enardecida: peto, na te, ut asp-iems ad cdelum,
le ruego, hijo mío, que mires al cielo, i Estaba ella tan se­
gura de que el cielo le había de henchir de esforzado valor
para afrontar las crueldades de los sicarios y seguir el ca­
mino de sus otros hijos!...
Fné el pensamiento del cielo lo que más dulcemente en­
tretuvo las largas veladas y los duros ayunos de los an­
tiguos anacoretas, y lo que más ánimo y heroísmo infundió
a los primitivos mártires, en los instantes supremos de sus
desgarradoras torturas. Y es el pensamiento del cielo lo
que más llevaderas les hace sus penosísimas austeridades
a las vírgenes encerradas de por vida en los claustros, y
b que más hermosos, según calificativo de Isaías, hace los
pies de los misioneros que evangelizan por montes y llanu­
ras de países infieles, y lo que más sobrehumana abnega­
ción inspira a las Hermanas de la Caridad en el fondo
sombrío y tétrico de los hospitales... Como el labrador,
con: el pensamiento fijo en la cosecha que ha de tener,
arrostra, risueño, las 'más rudas faenas de los campos, las
almas, verdaderamente enamoradas de Dio«, arrostran, con
— 350 -

el pensamiento fijo en el cielo, las más difíciles empresas


y las más dolorosas inmolaciones.
Y es que el pensamiento del cielo no sólo endulza y mi­
tiga el sufrir de esta vida, sino que lo acorta haciéndolo
fugaz.— i Que acá, en este lugar de destierro, hay a menu­
do demasiado dolor, demasiado gemir, demasiado llanto?
Pues bien, en el cielo —nos lo asegura el Evangelista—:
"Y a no habrá penas, ni gemidos, ni dolores, ni muerte”.
—¿Que acá abajo abundan las privaciones, y a menudo
se padece hambre y sed y se carece de lo preciso para abri­
gar y cubrir nuestras carnes? Pues bien, allá, en el cieio,
como nos lo asegura el Eclesiástico, nos vestiremos de
gloria y de inmortalidad y brillaremos como soles ero el
reino de Dios, quien —nos lo garantiza el Profeta R e y -
saciará nuestra alma de beatífica felicidad y nos embriaga­
rá en el torrente de sus delicias.
¿Que acá abajo, en este lugar de destierro, hay des*
gracias casi insufribles, como la de los padres que acaban
de perder la existencia preciosa del hijo que sonreía a su
lado, floreciente como una rosa de primavera, y que, al
morirse, llevóse consigo toda la alegría familiar y casi la
misma razón de ser de su santa madre, que cifraba en él
todo su encanto; o como la del enamorado esposo que aca­
ba de ver morir a su joven compañera, en quien resplan­
decían bellamente hermanadas la más acendrada virtud y
la más angelical hermosura, y que iba a brindarle la reali­
zación de'su más dulce ensueño de felicidad: el fruto pri­
mero de sus castísimos amores? Pues bien, ¿qué hay en la
tierra que pueda aliviar mejor esas’terribles desgracias que
el pensamiento del cielo sonriendo a los que acá se han
quedado con la esperanza viva de que muy prontq les ha
de restituir Dios los idos seres adorados para vivir ya jun­
tos en bienandanza beatificadora y por 'eternidad de eter­
nidades?... 1 I |
¡E l cielo! Aquel vivir'de suprema felicidad en que todo
— 351 —

será goce y disfrute, imposibles de ser turbados jamás


con tristezas ni envidias; porque, como .explica mi gran
P. San Agustín en el último capítulo de su portentosa
Ciudad de Dios, la tristeza y la envidia son retoños de
nuestras pasiones y de nuestros malos deseos, y allí, eu la
Ciudad de Dios, ya no habrá tales deseos ni semejantes
pasiones! El “ Cordero les dará a todos a beber del ma­
nantial de aguas vivas” , de suerte que se satisfaga la sed
de cada uno de los bienaventurados en la intensidad y en
la medida de esa sed, que estará en consonancia perfecta
con el merecimiento de cada uno, de manera que todos go­
cen lo más que puedan gO'zar, y sintiéndose en la perfec­
ción de su ser plenamente -colmados de hermosura y de
resplandor, porque todos fulgirá» como soles en la casa
de su Padre, según el decir de San Mateo, fulgebunt sicut
sol in domo Pairis eorum. ¡Y qué luz la que irradiarán
de sí, de su fisonomía, de todo su ser! ¡L a luz misma de
Dios que los penetrará con sus divinas irradiaciones y los
hará esplender como con .propia luz de divinidad!...
¡El cielo! Ya se sabe, porque todos lo sentimos inten­
samente en nuestro corazón, lo que es ese eterno apetito
de dicha que Dios ha puesto en lo más hondo y vivo de
nuestro ser. Em esta vida jamás se sacia, porque todo· lo
que se puede imaginar de disfrute y de goce, es muy fini­
to y muy perecedero, y nosotros apetecemos una felici­
dad imperecedera e infinita. 'Pues bien, allí, en el cielo,
nos hemos de saciar con plena saciedad, pero sin átomo de
hastío, porque :ha de ser Dios mismo quien nos sacie, se­
gún El propio nos lo asegura: Ego ero merces tua magna·
nimis, yo mismo seré tu merced, grande en demasía. ¡Dios
constituido en nuestra posesión, y no segúti ahora le ras­
trea nuestro entendimiento, como en enigma y en imagen,
por decirlo con palabras de Sam Pablo, per speculum et in
enigmate, sino como es en sí, con toda su infinita dulce­
dumbre y con toda su infinita belleza, y viéndole cara a
- 352 -

cara, y en su misma lumbre'divina: in Imnine tuo videbi-


mus lumen! ¡ Qué inmensa felicidad! Su solo barrunto
-embriagaba a los santos y lieroificaba a los mártires, y
arrebataba a las vírgenes. ¡Verse sentados con Dios en su
trono, como El mismo nos lo garantiza: qui vicerit dabo
-ei sedere mecum in throno, al que venciere le daré el sen­
tarse conmigo en'el trono! ¡Sentados en el trono de Dios
y siendo semejantes al Altísimo! ¡L o que será aquella feli­
cidad infinita y sempiterna!...
Amontonemos con la imaginación placeres y deliquios,
los más puros e intensos que‘se puedan gozar en> la vida;
fantaseemos los arrobamientos más embriagadores y más
santos que pueda brindar el amor... Todos ellos son nada
■en comparación con lo que se ha de gozar en· el cielo, dis­
frutando de la infinita belleza de Dios, de su infinita dul­
zura, dé su infinita bondad, y por siempre y para siempre
con plenitud de goce y de disfrute. ]Qué vida más vida!
¡ Qué felicidad más felicidad! ¡ Imposible que la pueda ni
rastrear siquiera la fantasía! ¡L o de San Pablo: “ ni el ojo
vió, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre sintió jamás
lo que Dios tiene allí preparado para sus criaturas!” ...
Y luego ese goce pleno de Dios no ha de ser obstáculo,
sino más bien estímulo para que disfrutemos de otros g'O-
-ces que han de contribuir al rebosamiento de nuestra di­
cha celestial. Es claro que el disfrute de Dios, a quien con­
templaremos como es, en toda su extasíadora hermosura,
y ‘por quien sentiremos de continuuo brotar nuevos y más
beatíficos amores en- nuestro ser, sera el goce de los goces
que hayamos de disfrutar en el cielo. Pero ese goce se ha
de armonizar a maravilla con otros que, aunque no pue­
dan ser tan intensamente beatificad ores, brinden, no obs­
tante, a los bienaventurados delicias ternísimas que de con­
tinuo los embriaguen y enajenen. Me refiero a las que nos
ha de causar el ver en el cielo a los'seres queridos de núes-
■ira sangre, de nuestra amistad, de nuestro amor; 'pues la
ijEftMdM-.-fen -quft-yviyipíQS.-sprla, tierra se intensifiearáj.;-in^
rtíensamente r ejt> el r·ei.fel &.- cosa, justísima · ^f>eser,a,l s$n$r
eítretíhor.'}? hj^año-tle jansenistas-y ^r ejaB^enista^x. -y-ni^y
en-conformidad·con las aspiraciones naturalísimas del
tti^no.r'cor^óíasr que,: ■al írsele: de sy lado- los seres· qqeridos
qv&:l§íiai^#a;|k-m uertesiente que -aquella-> separación, :le
^faratgia y-casi le? haeerinsoportaibl-er. el-vivir,
una ’ que*, se- le;ar rebata de los brazos y-de-los oj$s
al:.a4omd^tiÍjol!:¡ Q‘h, el sentir, un;· hijo- que está -^balando
su último aUento: su . dulcísima madre! ¡ Qué ■ ^Li&ldades
más terribles- las de qwe entonces- es víctima el humano
corazón!,.,* ¡-Si no fuera por la-esperanza viva de :qu§; :han
de'tornaf·-a unirse-én el cielo!;.,. r
■irA¡hiT En las ^h'oras· de insoportable tedio'-de* & n\pda·
que> lasr¡hay indudablemente, y. las tenemos todos—y np
hay nada'.más eonsolador .que esa esperanza viva del cielo-,·
donde no solamente hemos de gozar de Dios, sino tam bj^
de la dulce compañía -de seres queridos que nos,esperan
ansiosos/ pues cpmo dice San Cipriano en su tratado D $
M&rtaliíqte, en el cielo "no-oíros somos esperados; por un
gran número de seres: queridos, que, asegurados de- su in­
mortalidad, conservan aún su inquietud por ■nuestra sal-
vación^.i. '
Y-j-comp San Cipriano, pensaba y-sentía el Na cianeeno
que, en su Oración fúnebre por San Basilio el· Grande,
derritiéndose en sentimientos amorosos hacia el gran ami-
gp, suspira-.por elidía en que su alma vuele a abrazarse
con él·que [le espera en el cielo, y a quien ya saluda efu­
sivamente presintiéndose introducir por él-en los eternos
tabernáculos para gozar juntos de una visión de la beatí­
fica Trinidad que les sea “ recompensa gloriosa de sus
combates durante la vida” .·
Y como el Nacianceno, pensaba, y sentía San Ambrosio
cuando, al hablar de la muerte de un hermano queridísi­
mo —De excessu fratris sui—, anhela ardorosamente morir
— 354 —
para irse con él al cielo, donde, como eh la tierra, todo
sea tomón entre ambos, y exclama lleno 'de pena: “ ¡Oh,
hermano mío, ¿qué otro consuelo me cabe más que la es­
peranza'de unirme contigo pronto? Sí, yo me consuelo con
la esperanza de que la separación que la muerte ha es­
tablecido entre nosotros, no haya de ser de largo tiempo,
y de que tú con tus oraciones alcances la gracia de que
vaya a ti mas pronto quien tan 'hondamente te Hora!”
■ Y , como San Ambrosio, pensaba y sentía San Agustín
que:, esforzándose por consolar a una viuda en la muerte
de su esposo, escribía estas palabras: "nosotros no hemos
pérdido a aquellos seres que se han ido de este mundo, del
cual también nosotros nos hemos de i r ; no hemos hecho
más que enviarlos por delante a aquella vida en que nos han
de ser tanto más queridos, cuanto mejor los hemos de co­
nocer, ubi nobis erunt quanto notioreSj tanto utique ca­
riares.
Y , como los Santos Padres, han pensado siempre todos
los grandes teólogos que, fundándose en testimonios bíbli­
cos como el de la divina parábola en que aparece Abra-
han conociendo cabalmente la situación· del pobre Lázaro
en el limbo de los justos y la del despiadado rico en el in­
fierno, o como el de la divina promesa en que Jesús les di«
a' sus Apóstoles que, al'sentarse E l un día sobre el trono
dfc sü: magnificencia para juzgar al mundo, se sentaran
también ' ellos en doce tronos para juzgar a las
dócé tribus de Israel, han defendido siempre, como
uña exigencia de la suprema felicidad, el que te
bienaventurados se conozcan y se comuniquen ef1
el cielo.
■‘■Y en conformidad con los Santos Padres y con los teo
logos está la cree rucia general de la Iglesia, expresada di
mil modos, pero muy especialmente en su poética liturgia,
ya que la rhayor parte'de las oraciones que se rezan a
santos -expresan el júbilo indecible que nos ha de causar ti
- 355 -
-vivir junto a los: de nuestra devoción, disfrutando en co­
munidad de las dichas paradisíacas.
Y eso mismo impone irrefragablemente la razón; porque
la felicidad del cielo ha de ser plena, colmada, y de ningún
modo le sería si allí, por ejemplo, una madre no recono­
ciese a sus hijos y el amor con que los amó en vida no
fuese en el cielo más grande y más puro y más beatificador,
o si un hijo no conociese a su madre santa y no la amase
con un amor en comparación con 'el cual resultase hielo
puro el amor ardiente con que la amaba en la tierra. Por­
que, ¿quién duda que la alegría proviniente de ese reco­
nocimiento contribuiría a intensificar, a colmar la biena­
venturanza de los seres glorificados? Luego se dará ese
reconocimiento, porque, sin él, faltaría algo a nuestra di­
cha celestial, y ella ha de ser plena, colmada y rebosante.
A alguien se le ocurrirá objetar que, siendo asi las co­
sas, de ningún modo, la felicidad del cielo podrá ser plena
y -colmada, para un bienaventurado, alguno dé cuyos seres
queridos fuere condenado a las llamas.eternas., ¿Cómo una
maEte que: tiene .a un hijo en* esas eternas llamas podría
ser colmadamente feliz en la gloria? ¿Cómo.un hijo podría
ser plenamente dichoso en el paraíso,, sabiendo que.su ma­
dre sufre las eternas torturas del infierno?
.No vale ’disctíirfr>devlas·¿osas de: allá arriba con los po­
bres -sentimientos: de acá::abajo. ‘Es claro que aún desde
este punió-de vista estrecho se concibe la dicha en ia tie­
rra - 4 uha. dicha: menguada y caduca, naturalmente—. El
joven en cuyo corazón ha prendido vorazmente el amor a
una hermosa, lo árrolla todo por conseguirla, y nada vale
para él la oposición de'suá padres. Todo lo pone por debajo
del desposamiento con la hermosa aquella, y ;al fin con ella
se siente ■feliz. Pues bien, elevemos ese amor, humano a
amor divino,, .al airiór-que se ha de sentir por Dios en el
Cíelo, y habremos elevado también la consiguiente beatitud
de humana1a divifta. - :
Y en esas alturas* nada podrá turbar la beatitud de. los
bienaventurados: ni el saber que los' suyos están·.padeciendo
eti íá-s; eternas llaMás;-La. posesión de-Dios que,·; según la
htfíidát:y sübH?Mie?'''fit,Étse.ipaiitÍna!. los hace seméjatEtes. a El,
los ■fuerza :a-‘o&fítemblar, las cosas con.la-.-equidíid y ajusticia
con ‘qtíe Dios *ías t&nteffipla'j: Y· así, como na se 'puede te-
ner más -querer' iti tiras -no quérer que. el suyo,-pues en­
tre Dios y ekalrna glorificada dase aquella perfecta unión
de Voluntades en la cual hacia consistir no recuerdo qué
filósofo antiguo la verdadera amistad — eadenuvelleeadem
nolle, ga vera et firma am-icitia est■—, no los puede turbar
en hada el saber que alguno de los. seres, en otro tiempo
queridos, esté .peñando. Ven,, como lo ve Dios, que ’aquel
castigo es perfectamente justo, y como -a Diosínó le tur­
ba en su infinita felicidad, con amar much;o. .más a sus
criaturas que las. más cariñosas madres .¿ sus'hijos; y los
más amorosos hijos a sus madres, .tampoco -ios turbará a
ellos en su felicidad infinita. En este'mundo puede a ve­
ces el corazón -pertubar a la inteligencia, pero en el'cielo
corazón e inteligencia van1 siempre perfectamente unidos,
y el juicio y el· querer de la inteligencia1son él juicio y
el querer del corazón.. ¡Todo.perfecto orden, todo perfecta
armonía! ■ . ! '
Creo que con lo didho, elevado y embellecido con cuan­
to de grande os pueda sugerir el pensamiento .y con
cuánto de hermoso- os pueda sugerir la imaginación, os
será posible formaros una idea vaga -del cielo, del vivir
de pleno paraíso que allí se vive y del'gozar de la infinita
dulzura de que' allí se goza, de tan’ recio poder endura­
d o r que, al decir de m i gran· P. San Agustín, una sola
gota que cayese eti ..el averno, bastaría para endulzar to*
das las penas de los condenados. ’¡L o que :será aqu^a
vida de unión íntima y amorosa con Dios!...
— ¿Que para alcanzarla se ha menester luchar aguerrí-
ch mente contra las tentaciones de todo linaje que n®
- 357 ~

asalt-an en el mundo? Es verdad: el cielo padece violen­


cia y sólo los buenos luchadores 'lo conquistan; pero· si
la labor que ante nosotros se ofrece, ¡para conquistarle,
es ardua y, según la frase de mi gran P. San Agustín,
nos amedrenta, estimúlenos a ella la magnífica merced:
si labor terret, merces incítet. Ya sabéis que esa merced
es el mismo Dios.
Las solas consideraciones que os he expuesto debieran
ser más que suficientes para hacernos desvivir por la
consecución del cielo, para despegarnos, en absoluto, de
la tierra y no tener más ideal en todas nuestras acciones
que la conquista de la eterna bienaventuranza. Y , des­
graciadamente, ¡qué lejos estamos de los sentimientos de
San Bernardo, al exclamar en uno de sus inefables trans­
portes místicos: quam sordet tellus dum coelum aspicio !,
¡qué mísera y ruin se me antoja la tierra cuando miro al
cielo!
¡Ali! ¡Que no se nos .podrían decir a nosotros las pa­
labras que los ángeles dijeron a los discípulos del Señor,
que, tras la ascensión de su divino Maestro a la gloria,
se quedaron1 largo tiempo extáticos y con los ojos embe­
lesados mirando hacia arriba: Quid siatis aspicientes- in
coelum? ¿Qué hacéis ahí ensimismados contemplando el
cielo? ¡Ah, que a nosotros nos ensimisman demasiado las
cosíis deleznables de la tierra! Y ello no debe ser así.
O somos o no somos discípulos de Jesús, Y si lo somos,
debemos romper las cadenas que nos esclavizan y atan
al mundo, y tender siempre con el pensamiento y el co­
razón hacia el cielo. Es la recomendación de San Pahb:
quae sursum sunt sápite, saboread las cosas de arriba,
porque saboreándolas mucho ahora, las gozaremos un día
para siempre, que es lo que a todos os deseo. Amén.
LA FUENTE DE LA VIDA

SERMON PRONDKCIADO
EN L A
F IE S T A ANIVERSARIA
DE LOS JU E V E S EÜCARISTICOS,
EN L A IG LESIA DE SAN MANUEL Y SAN BENITO
DE MADRID
A p hd te esj fons. vitas » ,
'"S'álm o .35, v;' ió. íJl·'

HERMANOS MÍOS EN JESUCRISTO :

. Varios vinos ha ya; que me cabe el honor de dirigiros


la palabrada este ^glori-osisiih-o· día en que. conmemoráis
con.toda sélemnidad lá institución, de vuestra Cofradía
de ios hJueves.¿Eucarísticos, y-cada: año. me siento .más
obligado, ^porque cada año se me .antoja que lo ’exige más
la justicia, a ciendoblaros ,misL felicitaciones y. parabienes
y a pedir con ciendoblado ferv<Mr-:al· cielo :que se digne
llover sobre .vosotros, todo linaje de bendiciones. ¡Ah,
■queJ mé consta ;pienameBíe QtiJanicacso i;feiáupiasm6¡ .con
qúe ;trabajáis todos^.-desde.^á·.· dignísima 'Presidenta, hasta
la:.postreria celadorá;:porque- florezca y reflorezca cada vez
-másbriosa·y -lozanaresa vuestra■sin^ática hermandad que,
si cada día acrece más y más el número de sus cofrades,
cada'día -acrece mucho más aún eí fiiegó de.,sus ¡fervores!
■' ¡Oh- iqué bien, demostráis ser:16 ·que sois;.úna.,herman­
dad que '.tiene... por: objeto primordial· y único el· m idir
culto dé> adoración1 a la Eucaristía, ,donde se nos brinda
en manjar el-.mismo Dios! No .hay .más que asistir' a. una
de vuestras comuniob.es: de cada; jueves para sentirse ■uno
santamente·:contagiado del divino fervor -de vuestr as·.al­
iñas. Y llamó divino-ese·· fervor porqué es él lo· que os
mueve !a recibir, siempre que os es posible, la Eucaristía,
- 3o2 -

y la Eucaristía es llamada en felicísima frase patrística:


introducta ad dhñnitatem, introducción a la divinidad,
Y de hecho, ¡cuántos de'vosotros debéis de saber por ex­
periencia que, cada vez que la recibís, dais un paso de
avance hacia la divinidad, sintiéndoos cada vez más cerca
de Dios! Es eso la única explicación satisfactoria del celo
y la asiduidad con. que acudís a nutriros de ese manjar
augusto que tiene la Virtud altísima de hacer gloriosamen­
te inmortales a quienes le comen, según máxima sublime
del propio Jesú s: qtd mtwditcat mean 1camem et bibit
meum sanguinem, habet vitam aeternam, el que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna.
A fin de que no desmayéis ni un solo instante en seguir
dándoos a la práctica de la comunión que 09 impone
vuestra cofradía, yo voy a limitar hoy- mi oración sagra­
da a haceros unas cuantas 'consideraciones sobre la gran­
deza del manjar eucarístico, para que más y más os es­
timuléis a recibirle, pues no hay nada que mejor nutra
y robustezca la vida cristiana, que no es otra cosa que
el amor divino en acción...
No hay :obra ninguna de Dios que encierre en sí más
grandeza que la Eucaristía, compendio y suma de todas
las maravillas de Dios. En ella, en esa obra divina, el To­
dopoderoso llegó a los límites sin límites, por decirlo así,
de su omnipotencia, ya que no podría hacer otra maravi­
lla mayor. ! I '
1 A pesar del silencio y recogimiento con que se efectuó
esa maravilla en el Cenáculo, ante la sola presencia de los
Alpóstoles y sin que la tierra diese muestras de conmover­
se 16 más mínimo, ni el cielo manifestase de modo
alguno visible l a ; estupefacción que le causaba, Dios, al
realizarla, aparece mucho más grande, mucho más Dios,
que cuando con su divino soplo secaba primero los mares
para que pasase libre el pueblo de Israel, y luego con otro
soplo los henchía de tempestuosas ondas, anegad oras de
- 363 -

las huestes de Faraón, o cuando, en medio de atronador


y fulgurante cortejo de estampidos y relámpagos, apare­
cía en el Sinaí para hablar a Moisés e intimidar el cora­
zón voltario del pueblo escogido. >
¡AJh, cuán· estupefactivo y anonadante el imaginarse a
Dios encerrando en esa casi nada de la hostia ■sacratísima
toda su inmensidad, toda su infinitud! Porque ello es así,
y de aígún modo se barrunta que así sea, pues nuestra re­
tina, una cosa tan minúscula como nuestra retina, puede
reflejar en sí misma, y en toda su magnificencia, los cie­
los con todas sus miríadas de soles, los océanos con sus
vastísimas liquidas inmensidades, las montañas con sus
mantos larguísimos de bosques, con sus hondonadas y sus
torrentes. Y cosa más anonadante y estupefactiva aún:
¡Dios lleva a cabo esa obra agotadora de su omnipotencia
para con ella hacernos a los hombres, míseras criaturas su­
yas, la dádiva de las dádivas, ya que de ningún modo po­
dría darnos más!
¿Qué escondidos tesoros de imponderable valía hay en
el hombre para que todo un Dios obre por él maravilla
tan estupenda? ¡Se aniquila, en cierto modo, a Sí mismo,
por decirlo con frase del Apóstol — exinanivít semetip-
sum— para convertirse en nuestro sustento y en nuestro
manjar! ¡ Dios dándose todo entero a los ¡hombres y po­
niéndose, en absoluto, a su merced, quedándose para siem­
pre prisionero de elios en la tierra! ¡ Oh estupenda mara­
villa ! ¡ Oh divina abnegación!
Yo bien sé que es de esencia del amor el desear con
fuerza irresistible hacer una sola cosa de los seres ama­
dos, hasta el punto de que, si no alienta ese irresistible
deseo, no es verdadero amor. En los mismos amores de
la tierra se da ese ardiente deseo, como dice muy bien
el Angel de Ajquino': amantes desiderant ex ambabus fie-
ri uimm, los amantes desean fundirse los dos en uno. Y
eso llegó a conseguir el estuoso amor de David y de Jo-
- 364 —

natas: de tal mbdo; se íuadieron-:su$:..almás, para expre-


-sarlo. con las: palabras Mblicas, de 4¿l-. modo, :vse ¡ adhirió
--rr-congluti-nata, est—^ al alafa de David -el aliña-de Jonatás,
que éste amó a David.(damer ía su ’ propia' alma ■— qirni
animan ■surnv^. ■Per&j.mo puedo Explicarme que, con esa
jfuérza '-^iqiue digoscoifc esáí^rcou-ana fuerza amorosa in-
.fiiiitameéte may or > sé haya querido fundir Jesús, con nos­
otros, dándosenos jcomo ialinientoren! la Eucaristía^
Y es i que jamás, jamás se -.realizó, ,tan íntegramente
•como en: Dios, respecto de; sus -criaturas, aquello de-San
-Gregori© Nácíancenoc: [dulcís t.irminus qw-ot, dulce tira-
-no el:amor."'f Afdónde le hizo; descender por sus,criaturas!
-¡■A Ja ajiuiación de su divinidad 'por media;del· milagro
.de los. milagros^, con objetó,de .esconderse y vivir euearis-
tícamente en -nuestro.>corazón! ¡ Discurrir, esos- jnódos'' de
permanecer con;?-:nosotros hasta' Xxt cotnsiutiaCión1 de los
siglosJ. i Oh, qué invenciones más'.peregrinas· da¡á, del -amor!
E l Apóstol hace muy bien en calificarle,! de ¡ demasiado
— pr&pter nimiam charitaicnit— ,, ■pues parece.:haber enira­
do encías'lindes de:la verdadera locura* ¡No le bastó im­
poner al Verbo divino·'·. el jhacérsé. hombre ;y. .tener que
arrostrar la muerte-de, crtt-z por. nuestro bien, y le fuerza
a -sublimarnos a su; augusta alteza^ reduciéndonos - consi­
go como a una misma sustancia divina, por, -meíd]iq -dél su-
■blime mister io: eúcaristico, convi rriéndonos - como. -;enralma
■de su alma: y en: [corazón.jde su corazón,. haciéndonos je-
sucris-tos, haciéndonos diosés,- por . ,d.écirlf>i cfjn ;fT^se bí­
blica: et dixi dii e.stis, y dije dioses sois^,¡ Jesús¿; & quien
-los ángeles, adoran, vivienda en noscítreís y -elevándonos
a S í mismo, trocándonos' comoj,en-:6bj«tD;de. la^adotación
de los ángeles! . j -
r: Porque todo ¡eso efectúá el Sacramento Euc-arístico en
■nosotros: nos transforma .'y. nos funde én Sí mismo; a h
manera que el fermento- se funde en el pan,/vivificando
-nuesfro espíritu- y nuestro .corazón,-comunicándoles su
- 365:—

vicia divina, a fin de que seatnbs^’según"sentir' dé mi San­


to Padre, cam.corp.orci 'et consaguinH Cüristi,: eoncórpóreos
y.consanguíneos de Cristo; pites así se,-cumple'á ¿olmo la
promesa dé Jes'tjs, “ el· que- come mi carne ¡y- bebe mi san­
gre,. moi-a/,en míoy yo en él” , que era looque hacía- decir
al Areopagita 'que la.Eucaristía nos diviniza y;nos endic¡-
■sa, haciéndonos entrar‘ en e l: consorcio, .·.¡de la divinidad,
in, deitatis 'eo'nsorfmm transiré.; .y que fué lo que puso
en los labios de .mi gran ,P. San'Agustín, en una de sus
más bellas efusiones místicas·;. aquel soliloquio, dirigién­
dose a la Verdad: eterna: “ temblé de amor como si oye­
se ' vuestra voz de lo altó,: drciéndonney alimento soy y
tú: me comerás, y 110 me mudarás en tí, como lo que nu­
tre tu cuerpo,: sino que tú te mudarás enümí” ,: Y lie ahí
ipor dónde aquellas engañosas palabras de.'Satán a nues­
tros primeros padres, “ seré.ií como" dioses", vienen a
cumplirse de-mirífica manerá: por él /Sacramento Eúca-
rístico... ¡.
¡Oh, cuánto más, agraciados somos los cristianos que
lo fueron los: .israelitas .aijn· en las horas- en que más los
regalaba y. mimaba: ,la infinita ‘ largueza de Dios ! Y o me
los imagino én sunpéregrinación por el desierto, y los veo
surgir de amanecida, a-, saciarle del dulcísimo maná que á
diario les llovía de’.la gloría, y los miro embriagarse con
aquel sabor que “ trascendía a cielo” ,, al decir de Tertu-i
liatio, y que los resarcía con creces de las naturales tris­
tezas que les causaba el vagar un día y otro día, un año
y otro año, al través de las yermas soledades. Y se me
antojan desvaídos lo« entusiastas elogios con que los pro­
fetas celebraban y' cantaban las excelencias de aquel cé­
lico maná. Pero veo a muchas almas venir todos los días
a recibir lo que aquel maná simbolizaba: la hostia pu­
rísima, que no es nadá menos que el mismo Dios que se
traslada a aquellas almas buenas, haciendo que se retiren
del comulgatorio, místicamente embriagadas, indemniza­
- 366 -
das con divinas creces de las naturales tristezas del de­
sierto de esta vida. Y- entonces sí que se empequeñece
eí israelítico maná, y entonces sí que se me antojan pá­
lidos y pobrísimos los más calurosos elogios de los San­
tos Padres en loor del nuevo augustísimo: Maná que sabe
difundir en las almas que le comen un verdadero paraíso.
Y no creáis que exagero: el Crisóstomo llama al taber­
náculo co.elum in <mgusiwm redacf.im% como si dijera, un
cielo compendiado, un cielo reducido. Y las almas buenas,
al comulgar, vienen a hacer que se les abran las puertas
de ese reducido cielo, para que Dios, que en su estrecho
ámbito mora, salga de él y establezca en ellas su divina
morada, tornándolas otros tantos cielos. Porque lo dijo
E l mismo: coelum mihi sedes est, “ el cielo es mi mora­
da” , y morando en las almas buenas, las transf orma, por
consiguiente, en cielos.
Y de ahí el inefable júbilo que, en· el momento de re­
tirarse del comulgatorio, experimentan algtmas de esas
almas selectas que se juntan las manos sobre el pecho, y
entornan modestamente los ojos* como queriendo concen­
trarse todas enteras en su interior, a gozar de su embria­
guez beatífica. ¡Oh, qué bien saben algunas de esas almas
dichosas ¡paladear toda la dulce suavidad divina de que
habla el· Profeta Rey en aquella regalada frase: gústate
et videte quoniam¡sm vis cst Domirms, gustad y ved cuán
suave es el Señor I Un día y otro día vienen ansiosas a
recibir a Jesús, y, al recibirle, sienten que su corazón
late con latidos amorosos que las arroban y enajenan. Aun­
que sus sentidos corporales ni ven ni gustan nada que
trascienda a Dios, allá, en lo más íntimo de sí mismas,
saborean como ósculos y regalos divinos. La realidad de
la presencia de Jesús las sume en dulcísimas emociones,
Y sienten como nunca sienten, y' adoran como nunca ado­
ran, y hablan· interiormente como nunca hablan, más que
en esos místicos momentos en que hasta el dolor de esta
- 367 —

vida tiene para ellas disfrutes callados que les saben a


puras míeles. Y de ahí el vivir dichoso que viven, cuoti­
dianamente saboreando a Dios, y cuotidianamente sintien­
do el regosto de tornarle a saborear, y cuotidianamente
gozando de los breves, pero dulcísimos instantes, en que,
vueltas ya del comulgatorio, y de hinojos en .su sitio, la
frente inclinada hacia el suelo, las manos estrechamente
plegadas ante el corazón, el pensamiento hervoroso y con­
centrado en el manjar divino que ¡paladean, los latidos y.
los anihelos todos de su -ser fundiéndose en un vivo impul­
so de adoración, diñase que estaban, paladeando la reali­
dad divina de aquélla frase de San Lucas: ecce regmm
Dei mtra vos estf he ahí que el reino de Dios está dentro
de vosotras...
I Ah, esas almas selectas no han menester que se les in­
culque la excitación del Aguila de Hiiipona a los cristianos
de su tiempo: díscite ubi Dómmwn habeatis, aprended
dónde tenéis al Señor 1 Saben muy bien que le tienen en
la Eucaristía, y a la Eucaristía vienen a buscarle a diario
■para recibirle y adorarle dentro de su corzón, y para sen­
tirle acariciarlas íntimamente, y así atizar más y más
cada día en ellas sus místicos encendidos amores. Saben
muy bien que la vida de la grada que anhelan vivir, en-
gendradora de virtudes excelsas y de encumbrados senti­
mientos, sólo se puede nutrir debidamente de la substan­
cia misma de Dios. Y por eso vienen todos los días a nu­
trirse de esa divina substancia, que, además de embria­
garlas de inefable dulzura, fporque es Ella la misma dulzu­
ra, aquella dulzura que tan estupefacto dejaba al Salmis­
ta, haciéndole exclamar: quam magna multitudo dulcédi-
tme, Dómine, cuán magna es la muchedumbre de tu
dulzura, i oh Señor I, las ilumina y esclarece, inundándolas
de luz, porque la Eucaristía es también la luz del mundo,
como Jesús dijo de sí, ego » lux mundi; de suerte que,
al·comulgar, comen, no luz, sino la Luz, ¡la Luz que les
— 368— -

<Ksip^f/todlf>fdtídH; y-THá'^éávanécé ?tóda sombrá, pues no hay


apología qué' ttf&á Iá-á-:rofcüstéz(ía-y cbtoftrme en sus'reden-
tóíás^treenciás qúerlSrEucaristía!' ..... . ■■' rtr/:'r
'JJ,p¿£;'éso7 pór eso 'í&s^cristiínós primitivos se "afanaban
en -recibir siempre qué podían la sagrada comunión, y ;re-
cibréndola'' per sevéiratiarr 1si<Snpre, como se compláce en
certificárnoslo Saii''£ucas: · erdnt perseverantes in cotkwm·
Tfione fractionis p&wii. Y 1 esá(comunión de la fracción del
pan era lo. que los ¿mimaba en sus propagandas redentoras,
[ r; · . · ., '■>· f-.f ‘ i
' ·■ ■ ■, ■ ,
a..pesar ,de, los inminentes riesgos que corrían de topar en
seguida con el martirio, como era, también; lorqué sostenía
a los mártires en la^plenitud* dé su, heroísmo ante las fieras
y la; llamas; pues hasta a las mismas cárceles se lá lleva;
ban escondida los cristianos que conseguían- permiso para
ir a visitarlos. Cumplíase ,ál pie de la letra, en cuanto era
posible, aquello que nos dice San Cipriano: “ nosotros no
permitimos a nuestros mártires ponerse en frente, de los
perseguidores y de los verdugos sin haber fortificado an­
tes su . alma con la santa comunión” . Y, así, se- cumplía
también, a maravilla, aquel otro hermoso decir del mismo
santo: "nosotros tomanips la,.fuerza.del Cordero injiiola-
do, y, luego,-vamos al martirio como, a una fiesta” .·
¿Qué les importaban a ellos las enormes torturas, que
iban a!: sufrir entre el chisporroteo de las hogueras o en­
tre los dientes y garras de los leones? ¡Llevaban dentro
de: sí la Eucaristía,.-prenda de futura gloria y de perpetua
felióidadv cómo la llama el Concilio'de Trento : pigmís /«-
turae glorias et perpe time felkitatis ! Llevaban dentro de
sí a Jesús, <fDios de toda consolación” , como le llama San
Pablo. Y ese Dios de toda consolación, ¿n-o había de en-
dulzárlés sus amarguras-y de embotarles bus agudos tor­
mentos? ¡Como que no era nada' raro'verlos, sonreír de
gozo en lo más terrible de su-martirio, y aun oírles decir
qué sus torturas les causaban arrobadores éxtasis' en qu6
- 369 -

sus almas se remontaban hasta tocar efl el cielo y disfru­


tar abundosos anticipos de gloria!
Y de aquí los amorosísimos sentimientos y las ardentí­
simas ansias con que los cristianos primitivos recibían y
anhelaban estar recibiendo siempre la augusta Eucaristía,
Ved cómo exclamaba San Dionisio, discípulo de San Pa­
blo, y que fué martirizado en París, adonde había ido,
desde su obispado de Atenas, para ser apóstol de Francia:
“ ¡ Oh, Sacramento inefable: esclaréceme a fin de descubrir
al través de los velos que la ocultan la grandeza del Dios
que en ti mora” , Y ved cómo San Ignacio de Antioquía,
discípulo del evangelista San Juan, escribía a los fieles de
Estnirna: “ lo que yo deseo es el pan de mi Dios, que no
es otra cosa que la carne de su H ijo” . Y con estos mis­
mos sentimientos y estas mismas ansias le recibían y le
deseaban recibir todos los buenos cristianos de entonces.
Sabían muy bien que de igual modo que el profeta Ellas
había llegado a la cumbre del monte Horeb, por el simbó­
lico pan que había comido, habían de llegar ellos, por el
augustísimo pan· de la Eucaristía, aá monte de la eterna
gloria. ¡Ah, que no es posible se extravíen en el camino
de su salvación y se pierdan para siempre quienes tantas
veces se nutren de Jesucristo. Lo garantiza el estupendo
Orígenes, “ la cabeza de diamante” , como le llamó la an­
tigüedad: absit ut cara toties scmguine Christi sagmata in
aetermim abeat intéritum !
Y bien, ¿recibimos nosotros la Eucaristía con los mis­
mos sentimientos de los cristianos primitivos, y la anhe­
lamos estar recibiendo siempre con sus mismas ardentísi­
mas ansias? ¡Oh, hay tantos católicos, y de los que se
dicen y creen muy buenos, que no la reciben sino muy de
tarde en tarde! ¿ Y a qué obedece esa frialdad de tantos
católicos para con la augusta Eucaristía? Y o no creo que
ello sea debido a falta de fe. Persuadidísimos están de
Tomo I I 24
— 370 -

que la Eucaristía es el mismo real y viviente. Dios-hombre,


porque lo dijo Jesús, y Jesús les merece fe completa.
!AÍ buen seguro que no se "ha menester recordarles aquel
lienzo de un ingenioso pintor católico, de los comienzos
de la Reforma, del cual se asegura que hizo muchísimas
conversiones a nuestra fe. E l lienzo representaba la ins­
titución del Sacramento Eucarístico, En el medio desta­
cábase, entre resplandores de luz, el divino Redentor, dan­
do la comunión a sus apóstoles, y dicícndoles al dársela:
“ esto es mi cuerpo". A la derecha, un poco más bajo,
Lutero daba la comunión a sus secuaces, diciendo: “ esto
contiene in¿ cuerpo” . Y a la izquierda, al mismo nivel del
fraile apóstata, daba la comunión a los suyos Calvino, cotí
estas palabras: “ este pan es la figura de mi cuerpo” . Y,
en la parte baja del cuadro, el agudo artista había escri­
to: “ ¿A cuál de los tres debemos creer?” ...
Nuestros aludidos fríos católicos saben perfectamente a
quién han de creer. Y , sin embargo, ¡ cuán pocas veces y
cuán· tibios de espíritu se acercan a recibir la Eucaristía!
Y ello —es seguro—, no siendo debido a falta de fe, tie­
ne que ser debido a falta de amor.
¡Sí, a falta de amor! Cuanto nos rodea corporal y es­
piritualmente, las magnificencias de la creacción, adonde
llegamos con nuestros ojos o con nuestra fantasía, lo
mismo que las magnificencias del mundo espiritual, que m
puede más que rastrear nuestra inteligencia, ni más que
presentir nuestro corazón, todo nos estimula al amor divi­
no. De todas partes nos viene aquel grito que percibía mi
gran P. San Agustín, y que él traducía en estas palabras
con que se dirigía a Dios: coelum et térra... ecce itndique
mihi dicufit ut mmm te, el cielo y la tierra me dicen por
todas partes que te ame. Y , en realidad, el gran hijo de
Mónica le amaba. Se atrevió a afirmárselo rotundamente a
Dios mismo, a impulsos de las llamaradas de su amor:
“ sin duda de ningún linaje, con certidumbre plena, yo se
— 371 —

que te amo’', non dubia, sed certa conscientia $cío guia


ama f*.
Pero nosotros estamos muy lejos de poder afirmar con
justicia que amamos a Dios. Si le amásemos, como debía­
mos amarle, no estaríamos tan fríos como estamos, respec­
to de la Eucaristía, el amor de los amores de Dios, Deci­
mos, sí, que le amamos, pero lo decimos sólo con palabras,
no con obras. Y el verdadero amor es el que es más fe­
cundo en obras que en palabras, según aquella sentencia
de! Evangelista: "no amemos solamente con palabras, sino
que demostremos con obras la realidad de nuestro amor” .
Y lo dice muy bellamente San Bernardo; “ el verdadero
amor de Dios nunca está ocioso; si verdaderamente es
amor, obra grandes cosas, y si no las obra, no es verdade­
ro amor” , amor Dei mwquam est otiosus·; si vere est amar,
magna operatur; si vero non operatur, amor non est...
Examinemos a la luz de esta doctrina si amamos verdade­
ramente a Dios, y, de seguro, veremos que no le amamos.
Y ello arguye de nuestra parte una ingratitud monstruo­
sa. Jesús derramó toda su sangre por nuestro amor. No se
contentó con derramar por nosotros toda su sangre en la
cruz, y fué toda su vida una crucifixión continua, un mar­
tirio incesante por nuestro amor. Oídselo al Abad de Cla-
raval: tata vita Christi crux fuit et martyriuni. Y no se
satisfizo aún con todo esto, y se convirtió, por nuestro bien,
en alimento realisimo de nuestra alma, encerrando todo
su'ser divino en unas humildísimas especies de pan. ;Oh
Amor de los'amores! ] Con cuánta razón exclamaba San
Bernardo: ¡ cómo no ^mar a quien así nos ama!, sic nos
(imantem·, quis non redamaret!...
Y, sin embargo, nosotros no le amamos. El P. Lacor-
daire ha dicho: “ le'coeur est ce qu’il y a de plus beau et
de plus divin dans rhomme” , el corazón es lo que hay de
más hermoso 'y'de más divino en el hombre, y Jesús no se
conforma más que con nuestro corazón: “ dame tu corazón,
- 372 -
hijo mío", nos dice a todos los cristianos; porque tiene
derecho pleno a pedírnoslo, pues E l nos dió antes el suyo
a nosotros, amándonos hasta el fin, hasta lo 'sumo, hasta
donde un corazón divino puede amar. Y nosotros no se lo
damos. Y como el corazón sin amar !no vive, porque el
amor es su vida, vita coráis amor est, como dice' mi 'gran
P. San Agustín, maestro expertísimo en las cosas del amar,
lo desparramamos entre las criaturas, postergándole a El,
que merece toda nuestra estima y todo nuestro amor,
porque es el Señor Dios de todas las virtudes, de todos
los valores, de todas las grandezas, ¿Quién semejante a
E l ? Lo diré con la interrogación del Salmista: Domine
Deus virtutum> quís similis tibi? Señor Dios de las virtu­
des, ¿quién semejante a ti?
Jesús nos amó hasta querer vivir fundido en nosotros
por medio de la Eucaristía, y nosotros debemos amar a
Jesús hasta vivir fundidos en E l y poder hacer nuestra la
frase amorosísima de San Pablo: “ vivo ya no yo, sino
que vive Cristo en mi, vivo jam non ego, vwit vero in me
Christus. Porque el Apóstol aunque vivía la vida física,
no se cuidaba de ella, y sí''solamente de la vida secreta y
escondida que sentía desbordarse por su espíritu y su
corazón; vida que era 'como un- efluvio de su amor as­
cendiendo continuamente al cíelo; vida de plena entrega
a Jesús que le brindaba en. la Eucaristía'inefables y celes­
tes goces; vida en que las concupiscencias de la carne se
habían’cambiado en efusiones amorosas de enajenamien­
tos continuos que le traían anegado siempre en el amor
de Dios. Y por eso decía que no vivía él, sino que vivía
en él Jesús.
¡Que viva Jesús de continuo en nosotros! Y para ello
acerquémonos, siempre que podamos, a recibirle en la Eu­
caristía. Y acerquémonos en actitud humilde y adoradora,
si, porque lo impone la Majestad'augusta que se va a dig-
nar hospedarse en la estrechez de nuestro espíritu; pero
- 373 -

serenos y sonrientes y con aquella confianza que les re­


comendaba San Pablo a los hebreos, cuando les decía:
adeamus cum fiducia ad thromm gratiae, acerquémonos
con confianza al trono de la gracia.
San Ambrosio, en uno de sus ’sermones sobre el salmo
118, ’decía con rebosante unción a sus fieles, excitándolos
enérgicamente a recibir con frecuencia a Dios en la Euca­
ristía : "acercaos a E l y saciaos, porque es pan — quia■pa­
ñis est— ; acercaos a E l y bebed, porque es fuente — quia
fons est— ; acercaos a E l e iluminaos, porque'es luz — quia
lux est— ; acercaos a E l y seréis limpios, (porque es la re­
misión de los pecados — quia re musió peccatorum est—. Y
esto os digo yo con todas las veras de mi alma. Acercaos,
acercaos a menudo a recibirle, y en el momento' en que le
tengáis prisionero de amor en vuestro espíritu, pedidle fer­
vorosamente 'cuanto queráis, que nada os negará,
Verdad que la sagrada Hostia permanece muy poco tiem­
po en nosotros, pues, al decir de sabios médicos, un solo
instante le basta al calor del estómago para disolver las
partículas que se distribuyen a los fieles en l a ’comunión;
pero aunque la hostia se disuelva y tras forme, Jesús'per­
manece en nosotros por su infinita gracia, y podemos se­
guir sintiéndole vivificar nuestro espíritu, y hablándole
amorosa y tiernamente, como a nuestro prisionero de amor,
pidiéndole con más seguridad de alcanzarlo que nunca
que nos tenga siempre muy de su mano en el mundo, hasta
que nos lleve a beber a chorros de la fuente 'de la verda­
dera vida, que es E l mismo, pues de El se dicen las pala­
bras del salmo: apud te est fons vitae, en Ti está la fuen­
te de Va vida. Así sea.
SAN ROQUE

PANEGIRICO PRONUNCIADO
EN EL TEMPLO PARROQUIAL DE LLANES
16 AGOSTO, 1923
Qui pro ipsis mortuus est ti
resvrrexit.
El que murió por íos hombres
y resucitó.
S. Pablo, II ád Cor., c. V, v. 15.

D evotos am antes de Sa n R oq u x :

H e r m a n o s m ío s e n J e s u c r is t o : ’

¿ Sabéis qué es lo primero que se me ocurre, al expla­


yar mis ojos, desde este pulpito, y contemplar la actitud
devota de la muchedumbre que se apiña en el templo?
Loar con toda la efusión de mi alma vuestra bendita fe,
que os hace celebrar vuestras solemnidades religiosas con
la íntima ferviente piedad con que deben celebrarse, para
que la vanidad y la presunción no tengan parte alguna en
ellas y ni por asomos .pueda aplicárseles lo que el profeta
Amos puso en labios del iriismo Jehová, refiriéndose a las
pomposas fiestas judaicas: odi et projeci festivitates 'ves~
tros, aborrecí y deseché vuestras festividades.
3Bendita fe! Es ella la que echa a vuelo el campanario
ideal de nuestro espíritu, estremeciéndonos de religioso en­
tusiasmo. Es ella la que nos beatifica el corazón, anegando
en júbilo nuestras entrañas, y haciendo que todo nuestro
ser quiera prorrumpir en 'cánticos y en himnos. E s ella la
que vivifica estas (populares fiestas religiosas 'que desatan
oleadas de unción divina en las muchedumbres creyentes, y
las fuerzan a irradiar alegría en derredor, y aun
— 373 -

,a poner no sé qué dulcedumbre amorosa en las mira-


'das que parece que acarician y besan.
¡Bendita fe! E s ‘ella la creadora de esas bellísimas ro­
merías populares que parecen trocar a las almas, por un
día, a lo menos, en primaveras floridas. Florecen ideas
hermosas en la inteligencia, sentimientos generosos en el
corazón, palabras de lealtad y cariño en los labios. Los
familiares y los amigos se reúnen y comen juntos, y gozan
juntos, y cantan juntos, y se robustecen los lazos de amis­
tad, y se estrechan los vínculos de amor. Y todo ello es
fiesta religiosa y muy religiosa; que no lo es sólo la que se
celebra ante los altares, y acaso lo es mucho más la que se
celebra en lo recóndito y callado del espíritu, cuando, a
merced de dulces recuerdos y de santas memorias, se ele­
van a Dios íntimos inciensos y preces vivísimas por e!
eterno descanso de las caras almas que ya se han ido de
este mundo, y por la felicidad de los amados ausentes, para
que puedan tornar, cuanto antes, al cariño de los que.
■como nunca, entonces los recuerdan y los aman.
Aplicad cuanto acabo de decir de las fiestas religiosas
populares a ésta que vosotros celebráis, y veréis que le
viene de perlas. Todo LLanes es por esta fiesta religiosa,
mejor que por ninguna otra de cuantas celebra, durante el
año eclesiástico, como una sola familia que vibra a merced
de un mismo sentimiento y se impregna de una misma
santa alegría, más que ninguna otra alegría, efusiva y her-
manadora, Como que se extiende aun a los seres amados,
a lejanas tierras idos. ¡ La santa dulcedumbre que hoy per­
fumará la memoria de la madre y de la hermana volando
hacia el hijo y el hermano ausentes! Y ellos mismos, des­
de las lejanas tierras en donde moran y trabajan y luchan,
pensarán hoy más que nunca en su tierra natal, y enviarán
hacia acá, en las alas de nostálgicos suspiros sus recuer-
-dos y sus amores, que, a mitad de camino, se besarán co«
los amores y recuerdos que vosotros les enviaréis. Y como
- 379 -

que se extiende, también, a los mismos amados seres ya


para la vida de este mundo muertos. ¡L as fervorosas ple­
garias que, más de vuestro corazón que de vuestros labios,
tenderán hoy el vuelo hacia el empíreo, a pedirle a Dios
por la eterna paz de aquellos de vuestra carne y de vuestra
sangre que están ya allende el sepulcro! Y ellos mismos,
desde el purgatorio o desde el cielo, os recordarán mejor
que nunca y lloverán sobre vosotros 'sus santas bendicio­
nes, que, a mitad de su bajada, se encontrarán con vuestras
preces, a mitad de su subida, y se fundirán en purísimo
ósculo de amor...
íOh, que late y hierve honda poesía en esta fiesta popu­
lar que os congrega y hermana en el templo y fuera del
templo! Porque primero os junta para elevar a Dios los
mismos anhelos y las mismas ansias, rezándole por todos
aquellos con quienes os unen estrechos y santos vínculos,
y porque vuestro pueblo natal prospere y se engrandezca
y sea venturoso, y porque todos sus hijos os reconozcáis
y abracéis un día en la gloria. Y luego os junta a gozar
en alegre romería, con goces que no manchan el alma,
como tantos goces de que no quiero hablar en estos instan­
tes, sino que la purifican y la ensalzan y la ennoblecen y
la hacen derretirse en anhelos benditísimos.
—¿Qué benditísimos anhelos? Los de vivir siempre en
el espíritu religóse que vuestros padres os han legado, ju­
rando trasmitírselo, íntegro, como sacratísima herencia, a
los hijos de vuestro amor, para queellos, a su vez, lo tras­
mitan a los suyos, y así sea siempre Llanes el Lian es 'tí­
pico de los generosos sentimientos, de las fervorosas creen­
cias y de los vivos regionales amores. Oh. que son esos vi­
vos regionales amores los que hoy os hacen competir venta­
josamente con los más adelantados pueblos astures, en pun­
to a cultura, cual lo proclaman vuestras espaciosas y bien
dotadas escuelas, como ayer os hacía llevar la palma en
servir leal y heroicamente los intereses :de Asturias, razón
— 390 -
por la cual teníais en las antiguas Juntas del Principado
el primer lugar después del de Oviedo; como, en tiempos
más remotos, cuando iba a nacer nuestra propia hispana
nacionalidad, entre esplendores de religión y de heroísmo,
tan bravamente os distinguieron, impulsándoos a hombres
y mujeres juntos —que así lo canta vuestra leyenda— a
trepar a Covadonga y uniros con las huestes de Peí ayo,
que supieron arrollar victoriosamente a la infatuada mo­
risma.
Pero es tiempo ya de poner fm a estas sentidas palabras
preliminares en que me ha parecido debía encerrar mi ca­
riñoso saludo al simpático pueblo .llanisco, y de insinuaras
lo que habrá de ser la oración sagrada que voy a dedicar
a vuestro santo Patrono, el prodigioso taumaturgo a quien
de año en año festejáis can entusiasmo creciente. Yo as­
piro a daros un vivo esbozo de aquella su vida abnegadísi­
ma que, puede muy bien decirse, fué una muerte conti­
nuada, pero una muerte que tuvo su espléndida resurrec­
ción gloriosa. ¡Oh el caluroso glorificar de los pueblos a
San Roque, inmediatamente que su oscurísima vida se ex­
tinguió, como un humilde cirio de altar, entre las lobre­
gueces de una cárcel! Fué entonces cuando comenzó a
vivir, y no ya sólo la vida gloriosísima del cielo, sino tam­
bién la vida gloriosísima de la tierra. Y por eso para tex­
to de su panegírico se me antojan bien amoldadas aque­
llas palabras de San Pablo 'refiriéndose al propio Jesús:
qui pro ipsis mortus est et resurrexit, el que por l°s
hombres murió y resucitó. Pero antes de comenzar a des­
arrollarlo, pidamos luces al cielo, por intercesión de la
Virgen María, saludándola con el ángel: Ave María...
— 381 —

Qui pro ipsis mortuus est et


resurrexit.

H erm anos m ío s e n J e s u c r is t o :

La altísima merced de nacer uno hijo de fervorosos


padres cristianos jamás podremos agradecérsela debidamen­
te a Dios. La sólida educación religiosa que los buenos pa­
dres católicos saben dar a sus hijos, mostrándoles con
todas las claridades de la fe y con todos los visos de lo
incontrastable y perfectamente dogmático nuestros altos
destinos providenciales, vale más que cuantos conocimien­
tos han podido adquirir, por los esfuerzos de su propia
razón, los más conspicuos filósofos gentiles, que, respecto
de tan excelsas cosas, lo más que lograr pudieron fue
como barruntarlas. Todo un Platón, al discurrir sobre tan
encumbradas verdades, parece un ciego que va andando a
tientas, no obstante el dictado de divino que le adjudicó
mi gran P. San Agustín, y que, tras mí gran P. San Agus­
tín, le viene adjudicando la posteridad. Cualquiera de
nuestros niños escolares, hijo de cumplidos padres católi­
cos, sabe, acerca de nuestras verdades ,de'fe, más, mucho
más, que supo nunca la poderosa inteligencia del divino
Platón.
Tal fue la suerte de San Roque: el haber nacido de
padres acendradamente cristianos y, sobre todo, de una
madre como la suya, aquella Liberia que, conociendo muy
bien lo que va de educación a educación —de la educación
gratuita de la madre a la educación mercenaria de la insj
titutriz—, se constituyó en celosísima educadora de su
- 382 -
hijo, esclareciéndole de tal guisa en nuestras doctrinas
dogmáticas, y haciéndole sentir tan vivo amor por ellas,
que, en su más temprana niñez, comenzó ya a sobresalir
en la práctica de la virtud como si fuese un monje enca­
necido en el servicio de Dios. Algunos biógrafos nos le
presentan haciendo ya oración desde la misma cuna, lo
cual no debe extrañarnos si pensamos en la maravilla de
haber nacido con una cruz de recios trazos rojos en el
pecho, simbolizando, sin duda, lo que había de ser.su vida:
una continuada cruz. ¡ Cuán bien, desde su primer aliento,
hubiera,podido apropiarse aquel niño, de haber sabido bal­
bucir sus labios las palabras del Ajpóstol a los Gálatas:
ego stigmata Donáni Jesu in corpore meo porto, yo llevo
en mi cuerpo los estigmas de mi Señor Jesú s!
Lo cierto es que, ya muy de niño, se nos ostenta vacan­
do, de lleno, a la virtud, torturándose con penitencias y
ayunos, y enderezando hacia el cielo todas las ansias de su
corazón. Rayaba ya en los doce años, y ni por atisbos
habían apuntado en él esas aviesas inclinaciones que tan
patente suelen hacer en los rapazuelos la 'herencia del pe­
cado original. Más bien que un niño era un ángel. Todo
en él era puro, angeliicaJ, inocente. ¡Oh el don divino de
una buena madre educadora!...
Fue poco tiempo después, cuando rindieron su forzoso
tributo a la muerte sus ,bonisimos padres, que, como es
sabido, eran señores del Languedoc, con su corte en Moni-
peller.
—¿Qué haría entonces nuestro huérfano? Se encuentra
señor de un rico y floreciente estado. Es lo que se llama
en el mundo un magnate poderoso, un procer a quien todo
le sonreía. Podría, harto a su sabor, gozar de placeres y
de voluptuosidades, de encantos y de seducciones. ¿Que
hará nuestro huérfano? Seguir viviendo el mismo vivir
de oración y de mortificación· que hasta entonces vivido
había. Sus padres le habían mostrado el .cielo, como mies-
- 383 -
tro útltimo fin, y enseñado que sólo se podía llegar a él
por Jesucristo —el camino, la vendad y la vida—, y nues­
tro joven seguía marchando por ese camino de vida y de
verdad,,cada vez más anheloso de realizar en sí el tipo di­
vino de Jesús y ser lo que 'significa el nombre del cristia­
no: aüter Christus, otro Jesucristo.
Es claro que alguna vez apuntarían en él las pasiones
brindándole sus efímeros pero fascinadores júbilos; es
clara que, como todos los hombres, en los días mozos, sen­
tiría, de cuando en cuando, el aguijonazo d e‘los instintos;
pero nuestro joven tenía un refugio inexpugnable a los
asaltos y acometidas del .enemigo de las almas: la persis­
tente encumbradora oración. Y encerrado en su inexpug­
nable refugio, sabía triunfar engalanándose con el lirio de
la pureza,
Y viviendo esta vida, inverosímil por lo abnegada, de
espaldas a todas las dulzuras y atracciones del mundo,,
llega a los veinte años. Y en plena edad moza, cuando
tan al antojo se suele andar de las pasiones y de los ape­
titos, que con tanta fuerza "tiran de nosotros hacia la tie­
rra, pugnando por ocultarnos del todo el cielo, aquel hom­
bre escala la cima de la santidad.
i

Tiende una mirada escudriñadora a cuanto eü mundo le


ofrecía entonces: el poderío, el lujo, el disfrute de la be­
lleza que sólo dura un día como la flor... Y pensando en.
el consejo de Jesús al joven del Evangelio: “ si quieres ser
perfecto, ve y vende cuanto poseas y dalo a los pobres,
y ven y sígueme” , renuncia arl estado del cual era nato
señor, en favor de un tío suyo, a quien, le recomienda el
buen gobierno de sus vasallos; reparte sus cuantiosas ri­
quezas a los pobres, holgándose, por amor de ellos, en
reducirse a la más absoluta pobreza, y, vistiendo el hábito
de la Orden Tercera de San Francisco, se echa a hombros
5a cruz de su Redentor, y se pone, lleno de intrepidez y
valentía, a subir la pendiente de su Gólgota. Porque fue
— 381 —

una rígida pendiente de Calvario la que hubo de estar su­


biendo, de continuo, en los doce años que le restaba de
viv ir: una lenta terrible crucifixión·. !Lo bien que podía ha­
cer suya la frase paulina: “ el mundo está crucificado para
mí y yo lo estoy para el mundo.”
Desde entonces la vida de Roque entra a velas desple­
gadas en lo épico y en lo maravilloso, siendo siempre su
nota característica la caridad ardiente para con los hom­
bres, hija naturalísima de su caridad ardiente para con su
Dios. Porque aquel corazón suyo, que latía al unísono del
de Jesús, y en contacto perenne con él de Jesús, desborda­
ba de amor a los hombres. Como rebosa por doquier el
vaso de roca en cuyo fondo se precipita una cascada, así
rebosaba de amor el corazón de Roque, en cuyc fnndo
diríase que caía a torrentes,la caridad de Dios.
Ved ya a vuestro Santo dirigirse, vestido de peregrino,
hacia Italia, anheloso de visitar ,a ía capital del orbe ca­
tólico y orar allí ante la tumba de los Príncipes de los
Apóstoles. En ,Acuapendentef uno de los pueblos del ca­
mino, se halla con que la peste hace estragos horrorosos,
y ruega que se le deje entrar en el hospital, y ponerse al
servicio de los apestados, y su estancia en aquella espan­
tosa morada del dolor es una cadena de maravillas. Su
caridad para con los infortunados sufrientes no tiene lí­
mites. Ve en cada uno a un ser de valer inmenso, pues
por él ha derramado su divina sangre Jesús, y , se pone a
cuidarle y asistirle, como la madre más cariñosa pudiera
asistir y cuidar al adorado hijo. Con todos era pródigo en
cariños y consuelos, en solicitudes y agasajos. Nadie sufría
sin que él no sufriese. Como San Pablo se daba y se sobre­
daba todo entero a cada uno. Sabía que el,verdadero amor
al prójimo, clave del verdadero amor a Dios, consiste
mucho .más que en decir, en hacer. Y él hablaba, sí, animan­
do y consolando, pero, sobre todo, hacía: curaba, sa n a b a , A
menudo trazaba una cruz sobre los infelices dolientes, y
- 385 -
en el instante mismo se sentían cabalmente sanos. Y en
muchos la curación no se restringía al horrífico mal del
cuerpo y se extendía a la horrífica lepra del alma.
Substrayéndose a las manifestaciones de gratitud de
aquel pueblo —no quería él gratitudes que sólo eran debi­
das a Dios—, se escabulle hacia otros, como Cesena y como
Rímím, a los cuales asuela el azote pestífero. Y Roque
repite en ellos los prodigios de Acuapendente. Por doquie­
ra se deshacía en amor a los apestados y por doquiera
obraba milagrosas curaciones. Su sola señal de la cruz
actuaba de universal panacea. Trazarla sencillamente sobre
muchos de aquellos infelices y sentirse de súbito sanos,
era lo mismo.
Y lo propio acaece en 'Roma, apestada también, donde
estuvo de enfermero tres años, obrando maravilla sobre
maravilla. Fue allí donde cierto cardenal que andaba te­
merosísimo de ser víctima 'de la peste, como, al dar una
mañana ¿a comunión a nuestro Santo, le viese irradiar de
los ojos misteriosa lumbre, se‘acercó luego a él, rogándole
que le inmunizase contra el diezmador azote, haciéndole
nuestro Santo con el dedo una1cruz en la frente, que ya
nunca se le borró, y por la cual quedó, en efecto, inmune
al deletéreo contagio.
Y lo propio se verifica en otras y otras ciudades de Ita­
lia, porque muestro taumatúrgico peregrino, en cuanto
advertía que comenzaba a surgir en torno suyo algún ru-
morcillo de gloria, desaparecía, como por ensalmo, de un
pueblo, deslizándose en otro. Le dominaba una ambición
arrolladora de íhacer .bien, en comparación die la cual se­
rian ambicioncillas las más desenfrenadas ambiciones de
los avaros, y ello explica que arrollase los muros de difi­
cultades que, a veces, le impedían la entrada en las man­
siones! del dolor y 1de la muerte; pero, en ¡cuanto te denun­
ciaba el buen olor de Cristo que efundía de <sí con la misma
naturalidad con que efunden su aroma las flores, o co-
T omo II. 25
- 3S6 -
menzaban a tejerle una aureola de celebridad sus estupen­
dos milagros, desaparecía como un ser invisible, desvivién­
dose porque su indicios quedasen de la ruta que había se­
guido, ¡Oh! Mientras nosotras, los míseros mortales, nos
pagamos tantísimo del aura popular, ¡cómo este sublime
inmortal la -rehuía! Dejara su memoria honda huella de
edificación espiritual en los pueblas por donde pasaba ha­
ciendo bien, pero que nadie supiese quién era ni hacia dón­
de se había dirigido aquel misterioso enfermero. Cuando
se le preguntaba quién era, siempre contestaba lo mismo:
el peregrino que sirve al Crucificado. ¡A qué enorme dis­
tancia de los desvelos y afanes con que 'la infatuación hu­
mana lucha y relucha :porque la acaricien brisas de lison­
ja y de vanidad.
En uno de los ¡pueblos donde más amor había derrocha­
do nuestro hombre para los infelices dolientes, quiso
Dios someterle a pruebas atribuladoras, Fue en Plas-eu-
cia. A fuerza de lavar y curar viscosas úlceras, él mis­
mo fue por la peste atacado; ¿enojarse e impacientarse?
Ni lo más mínimo. SÍ por algo sentía su terrible m4
era. por no poder seguir asistiendo y cuidando a quienes
tanto habían menester de sus dulzuras y consuelos.
Como el dolor que padecía era tan cruel que a veces
le arrancaba algún ¡ a y ! inconsciente, él mismo, para no
molestar a los demás apestados, pidió salirse del hospi­
tal y se instaló en· una calle apartada, de la que, por te­
mor a infecciones y contagios, hubieron de arrojarle. No
bastó esto y aun llegaron a echarle del pueblo, de aqud
pueblo en obsequio de cuyos moradores había esc a la d o
hasta el ápice de lo heroico.
¿ Un gesto de impaciencia que les echase en cara su m*
gratitud ? ¿ A lg o que les hiciese sospechar quién era aqu^
hombre oscuro que ayer les había prodigado maravilla
y ahora se veía por ellos expulsado ? ¿ Descubrirles la n°‘
bleza de su ascendencia y de 'su sangre, y el señorío a qlie
— 3&7 —
había renunciado por servirles a ellos y a Dios? Ni por
sueños : la paciencia má& absoluta. Por nada consentiría
su amor a la humildad que se desvelase el misterio que
le envolvía.
Y pacientísimo, víctima d<e la peste y herido en un
muslo por una saeta, se arrastró, como le fu-é hacedero, ha­
cia un bosque cercano y allí, haciendo de la sombra de
un· árbol su pobre chamizo, se tiró a morir, alegre de
verse tan abandonado de los hombres, pero no de Dios.
Dios le esperaba allí para premiarle super abundantem ente
aquella paciencia sublime que parecía sobrepujar a la del
mismo gran patriarca idumeo. ¡ Ah, que si ésta no hubiese
quedado en proverbio, por derecho de prioridad, hoy no di­
ríamos la paciencia del santo Job, sino la paciencia del
santo Roque, j Sería de verle en aquel mísero chamizo, tan
encantado de sentirse ir ya a morir! Ofreciera sele en el
acto la reinstalación en su renunciado feudo, en plena
salud y en pleno disfrute de poder y de riqueza, y, de
ningún modo, lo hubiera cambiado por aquel chamizo
donde pensaba se iba a morir, como crucificado con su
Jesús,
Pero ya he dicho que no le tenía abandonado Dios. Y
he aquí que, al sentirse morir de sed, de aquella sed ma­
tadora que le producían las terribles fiebres, brota, por
milagro, a su vera, una fuente cristalina, allí donde jamás
había habido indicios de manantial alguno. ‘Y he aquí que,
a punto de matarle el hambre, aparece fatigoso un pe­
rro de no‘lejano castillo que le trae un pan en 'la boca, y
mientras el santo se nutre con él pan, se pone a lamerle
la herida del muslo, haciendo sus lameduras como de sa­
lutífero bálsamo.
Todos sabéis este bello episodio de la historia de San
Roque. La escena se repitió un día y otro día, hasta 'que
Gotardo, el dueño del castillo, quiso una vez seguir a su
perro y dio con nuestro Santo, y atendió sus insinuación
nes, concluyendo por retirarse del mundo a vivir y morir
santamente. . , ■ I "
Cuando Roque, j a sano y salvo, hubo de volver a Pla-
sencia, sus moradores, que habían quedado diezmadísimos
por la peste, se postraban ante él venerándole y besándole
las ,manos y los vestidos. Se imponía el huir de Italia,
donde ya se le conocía y &e le glorificaba harto, y de­
cidióse a tornar, de riguroso incógnito, (a la tierra que le
había visto nacer, y donde había de coronar su paso por
este valle de lágrimas con ed episodio más dramático de
su vida.
Empeñado nuestro Santo en vivir siempre desconocido,
al llegar a Mompeller, cuyo señor —'su tío— andaba en
guerra con el rey de Aragón, se "le íhubo de tomar por un
espía y se le sepultó en lóbrega cárcel. Un atisbo de
quién era, y en seguida se le hubiese puesto en libertad y
colmado de honores;. Pero él prefirió persistir viviendo ig­
norado. iQué le importaba que los hombres le ignorasen,
conociéndole como le conocía su Dios! Y cinco años, se­
gún algunos autores, hubo de estar padeciendo en aque­
lla cárcel lóbrega, extranjero para aquellos mismos de
quienes había'nacido natural señor, dado a durísimas pe­
nitencias y a altísimas contemplaciones, sereno, tranquilo
y aun gozoso, a pesar de haberse visto de nuevo 'atacado
por la peste, y como clavado, más que nunca, en su terri­
ble cruz, a la cual bendeciría con las mismas efusiones
amorosas icon que bendijo a la suya San Andrés, al ir a
ser crucificado en ella: ¡Salve, cruz preciosa!... ¡Oh cru z
admirable, oh cruz deseable!...
Y'cuando ya iba a exhalar 3u postrer suspiro, a los vi­
vos anhelos dd pobre encarcelado, acude un providencial
sacerdote que le oye en confesión y le administra el Tan
de los ángeles, que el moribundo recibe en celestial trans­
porte de amor, entregando luego su akna al Altísimo. Era
el día 16 de agosto de 1327 y contaba a la sazón 32 años.
— 389 -
Pensad un poco en¡ la vida de vuestro Patrono, espe­
cialmente desde que tomó su bastón de peregrino y se
consagró a andar de enfermero por los pueblos atacados
de la peste, y decidme si su vivir no fué un continuado
morir por el amor de los hombres, y sí no le vienen muy
de perlas las palabras del Apóstol que he puesto por lema
de mi oración sagrada: qui pro ipsis mortus est et rem-
rrexit, el que por ellos murió y resucitó... Porque si
muy bien se puede decir que murió por los hombres, muy
bien se puede 'decir que resucitó: resucitó al culto y a la
veneración de Jas gentes y de los pueblos. E l buen sacer­
dote que le hubo asistido en sus últimos instantes, divul­
gó por Mompeller la muerte del santo. Y el pueblo acu­
dió a la cárcel en pos del gobernador, que era el tío del
muerto, y la maravilla de todos fué estupenda al ver el
cadáver envuelto en fulgores de gloria, y a su vera una
tablilla con un rótulo que venía a decir en sustancia:
los que, atacados por la peste, implorasen el favor de Ro­
que, alcanzarán la salud...
Y he aquí que el gobernador traslada con magnífica
pompa el cadáver de su sobrino a la iglesia, donde le
dió honrosa sepultura, no contentándose aún y levantán­
dole luego un templo suntuoso, pues los mompelleren-
ses comenzaron inmediatamente a ’honrarle como santo.
Y esta devoción cundió en seguida a otros pueblos, sobre
todo, a partir del ruidoso prodigio, obrado en Constanza,
a tiempo que se comenzaba a celebrar el concilio ecumé­
nico. Al inaugurarse las sesiones conciliares, la peste ha­
bía irrumpido trágicamente, sembrando el estrago y el
luto. Y lo mismo fué sacar en procesión la ima­
gen de San Roque, rogándole que hiciese desapa­
recer el azote letal, que desaparecer en seguida,
efectivamente, Y desde entonces, ya su devoción se
propagaba por todas partes, y por todas partes
se le erigían santuarios y templos, especialísimamente
— 390 —
en nuestra Patria, a lo cual debió de contribuir mu,y mu­
cho el hecho de que, siendo Mompeller al nacer íioque,
feudo de la Corona aragonesa —su padre lo gobernaba en
nombre de D. Jaime I de Aragón—, el santo 'era en rea­
lidad compatriota nuestro, nacido en tierra aragonesa,
y por consiguiente, española.
Y ved las misteriosas vías divinas para hacer que los
humildes sean exihaltados de generación en generación.
I Cómo aquel enfermero humilde qu'e se empeñaba en pa­
sar desadvertido de las gentes, y aun ignorado de los mis­
mos enfermos a quienes amorosamente asistía, se con­
templa hoy elevado a los altares por canonización popu­
lar —entonces no se 'hacían las canonizaciones con la ma­
jestad litúrgica de aíhora—, y cómo, en su honor, se ce-
lebran por doquier suntuosas solemnidades, especialmen­
te en nuestra España y especialísimamente en nuestra As­
turias, donde son muchos los pueblos que le festejan con
sendas clásicas romerías.
¡ Cuán bien se realizó en nuestro San Roque la tantí­
simas veces realizada iprofecía de San Lucas: el que se
humilla, será ensalzado, qui se humitiat, exaltábitw! ¡ Oh,
que es hernioso y profundamente consolador el sonorísi­
mo contraste que se da, aun en esta misma vida, entre los
soberbios y los humildes! Mientras se vive esta vida,
los primeros ríen y triunfan; se los loa y ensalza; todo
es para ellos homenaje y loor. Mueren, y su memoria
se extingue presto, aun.entre los de su sangre, aun entre
los herederos de sus riquezas y títulos; y bien pronto no
hay más recuerdo de dios que de la flor que se dobló,
marchita, en el campo, para trocarse, rápida, en delezna­
ble polvo.
Pero mueren los humildes, los que pasaron casi total­
mente ignorados por la tierra, y en seguida es glorioso su
sepulcro, y en seguida se comienzan a celebrar festivida­
des en loor’de ellos, y se los recuerda y sfe lcís'invoca y se
— 391 -
los bendice de generación en generación. ¡ Si Dios sabe
salir por lo que hay de verdaderamente grande y excel­
so en esta vida, siquiera haya pasado por ella, casi de
todo en todo, desadvertido e ignorado! ¡S i Dios sabe
amar a los preclaros varones que se empeñan en vivir
humildes como esas violetas que diríase pugnan por es­
conderse entre las verdes hojas de la misma planta, y
a las cuales descubre su místico suaví'simü olor! Lo dice
todo elocuentísimamente San Roque, quien, con su indu­
mento de peregrino, la herida del muslo descubierta y
el perro providencial a su lado con el pan en la boca, se
destaca, no ya sólo en muchas templos, sino también en
muchísimos hogares, y, especialmente, en los humildes· y
sencillos, donde la fe viva en el cielo endulza las priva­
ciones de la tierra. ¡ Oh eü fervor entusiastai de las 'senci­
llas muchedumbres hacia el maravilloso hijo de Mompe-
11er! ¡S i ese popular entusiasmo ha sido y sigue siendo
para él como un resurrexit gloriosísimo, y si le viene
con justeza y propiedad el texto íntegro del Apóstdl: qm
pro ipsis niartuMS est et resurrexit, el que por los hombres
murió y resucitó! ¡Oh, qué resurrección más espléndida!
—¿Enseñanzas prácticas que se deben inferir del pa­
negírico de San Roque? Inferidlas vosotros como Dios
os dé a entender. 'Nada difícil os será,'si pensáis concien­
zudamente en aquel paladín deíl amor del prójimo. En ple­
na edad juvenil, cuando los, como él, ricos y poderosos
del mundo sólo buscan el dar pábulo a sus concupiscen­
cias y a sus ambiciones, no anhelando más que deleites y
liviandades, nuestro paladín del amor del prójimo sólo an­
sia mortificaciones y sacrificios, ¡prefiriendo la bendición
que murmuran los (labios de un pobre aipestado a todas las
alabanzas y lisonjas que infatúan al ‘mundo. ■
¿Tenemos nosotros la compasión vivísima de San Ro­
que por al prójimo sufriente? ¡Cómo escatimamos nuestras
consolaciones a los afligidos! ¡Qué pronto nos cansamos
- 392 -
de visitar a enfermos! Y no digamos nada si se trata de
enfermos contagiosos. Se va a visitarlos —quien tiene la
valentía de ir— y ' ¡ qué de miedo al contagio y a la posi-
bfle muerte! A San Roque ni por las mientes se le pasa­
ba el que 'pudiera contagiarse. Y cuando se contagió, ¡qué
bella resignación y aun qué hondo regalo el de sentirse
contagiado por amor al prójimo y ver a la muerte cara
a cara! Y no digamos nada, tampoco, >si se trata de en­
fermos del espíritu, por muy apestados que estén y a pun­
to de perderse para siempre. ¡ Cuán poco es nuestro celo
por su eterna sailud! Acaso algún sacerdote fervoroso
quiere lanzarse a decir lo que urge decir, y se oponen a
que dé sus salvadores pasos, para bien de aquella alma,
los mismos que con ella moran y que llevan su sangre y
su apellido. ¡Qué pena, qué pena! Y esto es frecuente,
muy frecuente, y hasta en familias que se dicen piadosas
y menudean los sacramentos y se pasan horas y horas
ante el sagrario. ¡Cuán faltas de caridad! ¡ Y para los
suyos, para los de su propia sangre, para los mismos que
le dieron el ser y la vida! ¡ Líbrenos San- Roque de tanto
desamor! El que, cuando asistía a los apestados, con afa­
narse tanto por sanarles el cuerpo, se afanaba muchísimo
más por sanarles el espíritu, y que, a menudo,
cuando el dolor los hacía rugir y blasfemar, lo mismo era
acercarse a ellos que moverlos al más vivo arrepentimien­
to de sus culpas, y hacer que la oración les floreciese en
los labios, y pidiesen un sacerdote que los confesase y ab­
solviese, disponiéndolos a morir en santa paz divina, ¡él,
digo, nos libre de tanto desamor!...
Eis hora ya de concluir y lo v>oy a hacer con la más
viva excitación a que sigáis siendo siempre devotísimos
de San· Roque, a que aticéis más y más cada día en vues­
tro pecho esta vuestra devoción, que de seguro se remonta
a los mismos días de 3a muerte del Santo, cuando las
estupendas maravillas que obraba formaban como un
— 393 -
meteoro luminosísimo que enardecía de entusiasmo a pue­
blos y a ciudades.
Yo creo que no se ha menester ponderaros el bien in­
menso de la salud, que podríamos definir el estado de·
vigor físico en que, libre de toda, dolencia, halla uno más
plenos y satisfactorios los disfrutes de la vida, sintiéndo­
se perfectamente capacitad-o para cumplir con todos sus-
deberes familiares y sociales; como podríamos deferir la-
enfermedad diciendo que es el dolor, la incapacitación
para todo goce y para todo disfrute; la tortura íntima:
que le agria a uno todas las cosas de la existencia, tor­
nándole un ser desgraciado para sí y un terrible obstácu­
lo para el contento de los demás, singularmente de su fa­
milia. ¡Oh, lo que sufre una familia cuando alguno de
sus miembros se halla atacado de penosa enfermedad!’
Y es que la enfermedad todo en redor lo entristece y
melancoliza y abate, Y ¡ oh. cuando es epidémica! ¡ Cómo
la aflicrión de la familia del enfermo se recrudece y se-
agiganta!
Pues bien, contra todo linaje de enfermedades epidémi­
cas, que, a veces, barren de la existencia a toda tina fa­
milia y llenan de luto y desolación a todo un pueblo, es;
abogado San Roque. Sedíe siempre devotísimos, y siem­
pre os escudará con su protección, no permitiendo que-
esas enfermedades asoladoras traspongan nunca el um­
bral de vuestras moradas, de suerte que en sus ámbitos:
sonría siempre la sa-lud, raíz principalísima de todo hu­
mano disfrute y d-e toda humana ventura. No desmayéis
nunca en festejarle con esta poética popularíaima solem­
nidad, sintiendo cada año más cálidos fervores por ella, y
yendo siempre en aumento los júbilos y las alegrías, esas
alegrías y esos júbilos que lejos de desdorar en nada el
puro cristiano vivir, lo realzan y elevan, parándolo más-·
noble, más hermoso, más digno.
¡Adelante siempre con vuestro amor a San Roque! Su:
— 394 -
'■devoción se impuso a los ¡pueblos por la visible interce­
sión prodigiosa con -que los amparaba, cuando, al ver a
pueblos limítrofes castigados por alguna peste deletérea,
acudían a él, rogándole que no llegase a ellos el mortífero
azote, Y si vosotros ¿e .seguís amando y enalteciendo, no
lo dudéis, jamás consentirá que las enfermedades pestí­
feras invadan vuestro pueblo y llenen de luto vuestras
moradas.
Celebrad, pues, siempre esta vuestra fiesta popular con
todo fervor y con todo entusiasmo. ¡Que este majestuo­
so templo resulte .pequeño para contener a la devota mu­
chedumbre que en ^us ámbitos se congregue a celebrar la
solemnidad religiosa y a oir el obligado panegírico! ¡ Y
que luego, al entregaros, alegres y bulliciosos, a los po­
pulares regocijos de la tradicional romería, vibre el aire
en derredor, henchido de Jos gritos de vuestros júbilos,
■de los ecos de vuestras músicas, de los ritmos de vues-
tras danzas! [Y que todo Líanes sea en esta fiesta po­
pular como una sola familia que rece y goce, que ría y
cante, y que rezos y goces, y risas y cantos, simbolicen
lo hermoso de vuestro espíritu y lo sano de vuestro co­
razón!
Os hablo así porque yo echo muy de menos en nues­
tra Asturias aquellas legítimas expansiones familiares de
nuestras clásicas romerías, en que todo sabía a religión,
a patria, a pueblo natal, y en que todo parecía y era san­
to: hasta el amor ardiente y hondo que impregnaba aque­
llas tonadas populares, mitad de un idealismo soñador y
romántico, mitad de un recio y sano realismo, tan sano
y recio como los acentos juveniles que las cantaban.
Sea siempre Llanes una excepción hermosa. Seguid
siempre con esta fiesta popular y con su tradicional ro­
mería. Y que sepan siempre a pueblo astur, a región as­
turiana; y que los bailes y danzas sean sólo explayamien-
to artístico y siempre al aire libre y oxigenador; y que
— 395 —
dominen las cadenciosas músicas de la tierra; y que se
luzcan los típicas -trajes llaniscos, de tanto arte y tanta
poesía; y que sobre la verde alfombra del prado ameno
se vea a tos grupos famidiares brindarse la espumeante
sidra bullidora; y que todo, en fin, dé prueba fehaciente
de que aun hay espíritu regional, recio y vivificador, de
que aun alienta, robusta y pujante, el alma de Asturias...
REGIONALISMO Y PATRIOTISMO

CONFERENCIA PRONUNCIADA
EN EL TEATRO PALACIO VALDES DE AVILES,
EL DIA 27 DE JULIO DE 1923
S eñoras y seño res :

Muchas veces ¡he tenido él honor de hablaros des­


de los pulpitos de vuestros templos, algunas, en el
salón de vuestro Sindicato de obreras, y una, en ple­
na plaza públicia, cuando (as fiestas solemnísimas del
Congreso Eucarístico, que brillarán siempre como áu­
rea página en el álbum de mis memorias. Todas esas
veces fué extremada vuestra bondad para conmigo,
dispensando la más exquisita benevolencia a mi hu­
milde palabra. Y esa misma benevolencia espero que
me hayáis de dispensar hoy, y seguramente na la he
de esperar en vano; pues, no en vano, faakéis encade­
nado con suavísimos lazos de simpatía mi corazón,
hasta el punto de que, por doquiera haya tenido que ir,
a merced de la obediencia religiosa que a mis supe­
riores debo, por doquiera iha ido conmigo el recuerdo
de este pueblo procer, en cuyo espíritu tan hidalga­
mente aparecen desposados nuestra heredada fe cris­
tiana y nuestros heredados sentimientos patrióticos;
esa fe y «s^s sentimientos que constituyen· lo más ge-
nuiníamente típico del alma astur, y son como el tim­
bre heráldica de nuestra infanzonía, como nuestra aris­
tocrática 'ejecutoria, como nuestra patente nobiliaria.
Sí, la imagen risueña de Aviles Iha ido 'Siempre con­
migo en mis peregrinaciones, y, en ciertas horas de-
desaliento — ¿quién -no ‘tiente: algHina· ¡horade' ¡desalíen-
- 400 —
t o a lo 'largo de la vida ?—, mí imaginación, buscando
algún efluvio de ánimo, trasladábase, casi inconscien­
temente, a este pueblo querido, -el de más brillante his­
toria de la región -asturiana, toda ella tan tierra de
epopeya, y vagando fantásticamente por vuestra de­
liciosa ría, por vuestros pintorescos alrededores, por
vuestras empinadas lomas,'mi desaliento se .desvanecía,
como tenue cendal de bruma, besado por un rayo de
■sol, y, ¡más que de ‘'mis labios, de mi alma, surgía una
■plegaría hacia el cielo, implorando sobre vosotros las
bendiciones divinas.
A veces salvaba centurias y centurias hacia atrás,
■como en ¿as alas de un ensueño, y asistía a la forma­
ción d’e vuestro espíritu y al desenvolvimiento histó­
rico de vuestros fastos. Me parecía vivir con aquellos
avile sinos remotos que, como toda la primitiva raza
astur, se alimentaban de carne de osos y de ¡rebecos,
“ acompangándoia” —permitidme este verbo tan ex­
presivo de nuestro bable— con pan de harina de be­
llotas o de castañas; y me complacía en verlos ya tan
.amantes de su libertad e independencia; y me holga­
ba de presenciar su conversión a las doctrinas de la
Cruz, allá, por los mismos días apostólicos, y quizás
a raíz de un sermón, predicado, 'si no por el mismo
Santiago, cuando menos por alguno de sus .inmedia­
tos discípulos.
Otras veces soñaba 'habitar en el famoso Castillo
de Gauzón, morada de reyes como Alfonso el Magno,
a cuyas expensas fué recamada de oro y pedrería la
Cruz de la Victoria en alguno de los salones del Cas­
tillo, -entonces “ asilo de diestros artífices” , al decir
de un gran erudito español, o me forjaba la ilusión
de acompañar a, D. Ñuño Pérez de Quiñones, el gran
Maestre de Alcántara, en sus bravas correrías por tie­
rras de Córdoba y de Jaén, ¡y a cuyos triunfos sobre la
— 401 —
morisma, se debió la benevolencia del emperador A l­
fonso V II hacia los avilesinos, a quienes confirmó y
amiplió él fuero célebre que les ¡había otorgado su
abuelo, ese fuero que, a tpesar de sus reminiscencias
bárbaras de ¡privadas lides, y pruebas de hierro can­
dente, aberraciones propias de la edad, es la carta maga­
ña del espíritu democrático a viles! no, en la cual, a des­
pecho de las absorbencias absolutistas de entonces
aparecen equiparados ante la ley los más simples
artesanos y los más estirados infanzones.
Y más de una vez me figuraba ver ia “ los marean­
tes’' avilesinos luchar denodadamente contra los nor­
mandos, ilos estrenuos piratas de aquellos siglos de
hierro, que irrumpían por las costas de Asturias; o cons­
truir, más adelante, las naves de ferradas .proas, en
forma de sierra, con ¡las· cuales el avile-sino Rui-Pérez
bogó Guadalquivir arriba, y -rompió las cadenas que
unían a la Torre del Oro con el Castillo de Tr-iana,
franqueando a las tropas de ¡Fernando el Santo '-el paso
para la toma de Sevilla; o aquellas otras en que Juán de
Avilés, padre de veinte hijos legítimo® y todos ellos,
como su padre, soldados y -aventureros, partió para la
conquista de la isla de Tenerife; o aquellas otras, hechas
a expensas de la linajuda familia de los Alas, y -en las
■cuales -dos infanzones de aquella familia, D. Hernando
y D. Martín, padre e hijo, respectivamente, limpiaron
el Cantábrico de corsarios franceses y flamencos, y
concurrieron a fia jornada de Túnez y a l a 'toma de al­
guna de .nuestras posesiones africanas; y hasta ¡me
imaginaba <navegar con aquel "Comandante del Mar
Océano” y gran amigo de San Francisco de Borja,
con vuestro Pedro Menéndez Avilés, “ el más .excelen­
te y atrevido marino del siglo X V I” , como le llamó
una autoridad indiscutible, D. Au relian o Fernández
Guerra, y dirigirme con «1 a la conquista de la Flori-
T oho II,; 26
■da* la tierra 'legendaria donde, ai -decir de los indios,
manaba la fuente mágica que mantenía eternamente
joven al afortunado marta:! que de ella bebía...
Pero sería retardar demasiado la entrada en e:l tema
que he escogido para esta conferencia el querer dar
como un vistazo de conjunto a toda vuestra historia,
desde ios tiempos primitivos hasta anteayer, cuando
aun vuestras venerables abuelas acudían, devotas, a
oir las vísperas que cantaban desmayadamente en su
coro las monjas bernardas, y cuando, según vuestro
clásico cantar, tan bello como malicioso, se veta pa­
sear la calle del Rivero a los frailes de San Francisco...
Valga todo lo dicho por cariñoso isaludo a ¡este pue-
Iblo de Aviles, cuya imagen llevo siempre, sonriente de
Buz, en lo íntimo de ¡mi corazón. Y ahora pasaré á ha­
blaros ide regionalismo y die patriotismo, no sin justi­
ficar antes con breves palabras la elección de ese tema,
que no quisiera me apartase, ni un instante, del tono
tpacífico y doctrinal con que, a mi humilde entender,
■debe desenvolverse.
Y a mucho antes de que nuestro ihonor militar que­
dara tan mal parado, como todos sabemos, en esa se­
rie inacabable de campañas rifeñas, tan sólo fecundas
en derramamiento de sangre española, había entre nos­
otros intelectidüles, como ellos antigramaticalmente
se dicen, que, pretendiendo 's-er pensadores novísimos,
combatían el sentimiento patrio, que ya combatían,
entre los griegos, aquellas sectas de cirenaicos y teo-
dorios que sentaban la máxima de que el sabio nunca
debía 'sacrificarse por la patria. Eran unos ‘cuantos ilu­
sos de quienes no se hacía más caso que el merecido.
No se veía peligro ninguno de que lia perversa semi­
lla arraigase en nuestro solar español, donde el senti­
miento patrio ¡ha sido siempre una de las castizas vir­
tudes que mejor hemos pegado y hecho florecer.
— 403 —
Pero he aquí que apuntaron nuestras malaventuras
de Marruecos, y que comenzaron a ser legión los San­
cho,s egoístas, ridiculizadores de todo sentimiento hi­
dalgo de nuestro eterno D. Quijote, y que, hoy, pulu­
lan ya en nuestra patria quienes se procdaman, a voz
en grito, discípulos de aquel Gustavo Hervé, que dis­
cutiendo en el Congreso socialista de ¡Sttugart con Bé-
bel, defensor, aunque vergonzante, de la idea de pa­
tria, aducía, en vez de razonamientos, cinismos de ta­
berna, alardeando de savis-patrie, diciendo que lo mis­
mo se burlaba de la patria francesa que de la patria
alemana, y que, para él, tanto montaba él Kaiser como
Glemenceau: Je me fiche de la patrie frangaise comme
de la patrie allenmnde et je mets Clemenceau dans le meme
sac que le Kaiser,.. ■
Se impone, pues, el constituir a la ipatria y a;l patrio­
tismo -en tema asiduo de conferencias y de propagan­
das ; se impone el combatir a esos teodorios y cirenai-
cos de nuevo cuño que no se avergüenzan de propug­
nar y difundir ideas antipatrióticas; se impone el con­
tribuir, cada uno en la medida de sus fuerzas, a disi­
par esa racha de positivismo sanchopancesco que arre­
cia más y más cada día en los espíritus, enervando sen­
timientos ¡generosos y matando nobilísimos ideal-es; se
impone un toque general de alerta contra esos ácratas
herveístas que no ¡hacen otra cosa que embaír villana­
mente a líos hijos del pueblo, -cantándoles a'l oído men­
tidos himnos de redención. ¡Hasta a decir llegaron, poco
ha, varios quintos, destinados a Melilla, que si se veían
ebligados a entrar en lid, dispararían al aire, porque
asi lo exigía de ellos el credo sociológico que profe­
saban ! ¡Y eran d-e la región que más se ha distinguido
siempre por su bravo y puro patriotismo: eran de...
Wo quiero decir de donde eran...
Os 'hablaré, pues, de regionalismo y de patriotismo,
— 404 —
no definiéndoos lo que son la región y la patria, porque
se trata de conceptos complejos, y, por ende, algo re­
beldes a ia definición, -pero sí describiéndolas, expo­
niéndoos lo que, a mi juicio, constituye integramente
su idea respectiva.
Muchas, muchísimas veces, por los diversos países
que uno va recorriendo, en horas de una nostalgia de
la cual no se sabe decir si tiene más de melancólica que
de dulce, Ha íantasía remonta su vuelo y otea, desde
-misteriosas -alturas, una tierra bendita sobre la cual
se derraman con inefable complacencia ¡las miradas del
peregrino errante, humedecidas de lágrimas y como
preñadas de besos. ¿Por qué aquella lejana tierra le
deleita y enamora?
jOh! Allí fué engendrado a la vida. Allí vieron sus
ojos la luz primera. Allí brota 'el hontanar ouyas cris­
talinas aguas tantas veces han calmado su sed y ac­
tuado de espejo para s-u semblante. Por allí pasa el río
cuyos murmurios tantas veces Ihan -enajenado su es­
píritu, haciéndole rastrear como ecos de misteriosas
endechas lejanas, y en cuyo límpido cristal tantas ve-
ves se zambulló entre la gritería de los arrapiezos de
su edad, que, en los días -estivales, volaban, como aves
acuáticas, al baño refrescante y delicioso. Allí gozó de
aquella plácida bienaventuranza, de aquella “ .oscuri­
dad luminosa” , por decirlo con lia bella antítesis del
doctor Angélico de Palacio iVatdés, cuando saltaba de
júSbilo con el tambor o »1 cornetín que le ¡había traído
su tía de los baños de Gijón —estos regalitos casi
siempre los traían las amables tías—, e iba par la calle
tocándolos con aire marcial, o cuando hacía novillos
con varios compañeros ipara emprender añguna infan­
til diablura, o hablar de los respectivos triunfos en las
defecomunales batallas que entonces libraban unos con
otros, o echar risueños cálculos para lo porvenir, con­
405 —
tentándose todos con muy poca: cosa: quién con ser
general, quién con ser arzobispo, quién simplemente
con ser millonario. Allí surge el campanario vetusto,
grieteado por la edad y cubierto de esa pátina ver­
dusca y musgosa, especie de consagración litúrgica
que imprime a ¿as cosas perdurables el tiempo; y sus
campanas, las mismas campanas, cuyos tañidos con­
gregaban a sus abuelos en -el sacro recinto, resuenan
aún, de cuando -en cuando, hincihiendo al aire en de­
rredor con sus ondas argeiitinas que fingen desgra­
nar en el regazo de la tierra voces amantes del cíe­
lo. AHÍ yacen en el sepulcro los venerandos restos de
sus mayores...
¿Cómo no amar aquella sagrada tierra? Está bau­
tizada con -un nombre tres veces (bendito: se la llama
patria, cosa que sue’na a padre, que lleva en sí algo
de los ipadres. Así que amarla es amar la propia vida,
la vida que allí nació, que allí brotó d:e entre los cas­
tos besos de dos seres en cuyo loor se quema incienso
perenne ;en el ¡santuario· de su alma. En aquella región
fné donde su niñez, tejida de inocentes júbilos, se des­
lizó bulliciosa como cantarín arroyu elo'y pura como
el hálito de una flor. Allí yérguese él hogar donde se
meció ¡su cuna, aquella cuna en que durmió los sue­
ño« más angelicales de su vida, sueños tranquilos, de­
liciosos, arrullados por el canto dulcísimo de una madre.
¡La madre! Sus caricias son las que suavizan nues­
tro carácter y 'las que forman nuestro corazón. Parece
que no dejan rastro en pos de sí, después que las hu­
bimos gozado; pero ellas quedan en nuestra naturale­
za, como quedan las caricias del sol en la madurez de
los frutos y en los matices de das flores. íQué poema
de ternura amorosa el que se encierra en el nombre
de madre! El solo eco de ese nombre regala al oído
cual música de alondra: y una imagen augusta, toda
- 406 -
ella esplendorada de ¡luz, ¡surge en nuestra airaa, y hay
un instaníe de indefinible inconsciencia en que nos
parece saborear ósculos y abrazos...
Y o no creo haya hombre que, al evocar la noble fi­
gura de la mujer que le llevó en su seno, no sienta in­
vadida su alma de un lirismo intenso y hondo, muy su­
perior al que, en ila ubérrima hora de la inspiración,
fecunda al genio de los poetas. Surja ante los ojos de
la fantasía en actitud de ángel, -mensajero de Dios, que
vela junto a una cuna cubriéndola con sus alas, o como
matrona que reprende con blandura nuestros extravíos
o enjuga con un beso las ¡lágrimas de nuestros prime­
ros desengaños y embalsama con una caricia las heri­
das abiertas -en nuestro espíritu por los primeros pin­
chazos de la desilusión, la madre destácase siempre
en el azul misterioso de los recuerdos con halo y apos­
tura de santa a quien requiere el cielo que consagre­
mos fervoroso culto. Culto, sí; como en la iglesia, tam­
bién ha de haber culto en e'l hogar. Y por eso yo he
visto siempre en el hogar como una prolongación de
ía iglesia. Y ipor eso todas lasüegislacíones sabias han
reconocido y reconocen el (hogar -sagrado, inviolable. Y
por eso hasta el rudimentario patriotismo antiguo des­
posaba en nobilísimo 'lema el hogar y el templo: pro
aris et focis, por eil templo y por el hogar.
Y de ahí lo santo y lo hermoso ded amor a ila -tierra
natal, que tan ensalzado aparece en bellísimos ejem­
plos de las páginas sagradas. Los patriarcas y üos (pro­
fetas amaban cálidamente el solariego rincón en que
habían nacido. Abraihán, que, por mandato de Dios,
tuvo que salirse de la tierra natal, la recordaba siem­
pre con ternura, y cuando su hijo Isaac fué casadero,
hizo jurar a Eliezer que iría a iMesopotam-ia a buscarle
esposa para su hijo. Jacob hizo jurar también a su
hijo, el castísimo José, ya ascendido a señor de todas
- 407 -

las tierras egipcias, que no dejaría los restos paternos


en ellas, y que los llevaría a la de sus mayores. Daniel,
cuando estaba preso en Babilonia, se asomaba, tres
veces al día, a unas ventanas que se abrían hacia Je -
rusailén, cana de su infancia, y desde allí saludaba efu­
sivamente a su tierra, imaginándose quizá que ella le
enviaba para que ¡los respirase sus céfiros y sus brisas.
Y por amor a la tierra natal se cubrieron de gloria los
Ma-cabeos trazando con su sangre aquella epopeya he­
roica a que tan fervorosas alabanzas dedican lás San­
tas Escrituras...
Pero iqué 'más bello ejemplo de amor a ila región na­
tal que e;l amor de Jesús a Jerusalén! "Jesús amaba a
Jerusalén con ternura hondísima, a pesar de la ingra­
titud de sus moradores. Juzgadlo por estas palabras:
“ Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y la­
pidas a mis enviados, ¡cuántas veces quise cobijar a
tus hijos íbajo mí amor, como cobija la gallina a sus
polluelos, y no quisiste!’' Era ¡naturalisimo: había na­
cido en tierra galilea, por allí había sembrado a granel
sus doctrinas redentoras, y por allí había derrochado
su poder divino, haciendo estupendos milagros. ¿Qué
extraño que, en cierta ocasión, pensando en el porvenir
tristísimo de Jerusalén, llorase divinas lágrim as? ¡Je ­
sús llorando de pena por su región n atal!
¡SÍ amar uno a su tierra es amar a sus ¡padres y a
sus abuelos ! Yo de mí se decir que cuando voy a mi
querida Pola de Laviana, y me .pongo a hablar con a l­
guno de los ancianos o con alguna de las 'viejecitas que
bondadosamente me saludan, siento un placer inefable
y, a'l mismo tiempo, un respeto profundo: me parece
que por encima de nosotros aletea e>l alma de mis ma­
yores; que están ellos allí, presentes, oyendo y obser­
vando cómo yo hablo y cómo yo ,siento...
Siempre que la ocasión se me 'brinda propicia, visito
— 408 —
a mi Pola, y lo mismo e' doblar la cañada estrecha que
se forma entre das calinas de los Barredos y los Montes
de Carrio, y por la cual se desliza, rumoroso, el Nalón,
y entrever allá, en lontananza, el Pico Mea, hacia don­
de se orientan los üabriegos en el campo para saber la
hora en que viven, que entrárseme por el alma toda
la aldea perdida del excelso novelista con cuyo nombre
habéis bautizado este vuestro suntuoso coliseo, y ab­
sorberme una ■emoción intensa y dulcísima en la cual
se funden sentimientos nobilísimos de religión, de fa­
milia, de amistad infantil Y dentro de mi alma siento
algo que se arrodilla y se ¡pone >en adoración. Y por mi
fantasía pasa en pintoresco desfile la procesión de los
santos recuerdos... La alegría infantil con que triscaba
por los prados esmeraldinos; el gozo con que oía can­
tar a los malvises en los castañedos .providenciales; el
júbilo con que nadaba y chapuzaba en los hondos re­
mansos; la atención con que, en 'las veladas de invier­
no, en tanto ardía ¡1a ¡leña en e'l llar, escuchaba algún
cuento de unos labios patriarcales, cuyas .pláticas te­
nían imposiciones de dogm a; todos aquellos mucha-
chuelos con quienes fui a la escuela o estudié latín en
el poyo de ¡hierática ermita que rezaba -su antigua le­
yenda, y algunos de los cuailes serán ahora personas
de más o menos campanillas. Uno se habrá graduado
de Galeno, y, vuelto a la villa con su .título flamante,
se habrá echado un caballo brioso y unas brillantes
botas de charol, de das de cañas hasta los muslos, y se
habrá casado con una de las mozas más guapas del
pueblo, de cuya tez de carmín y de rosa sentían celos
las flores y las manzanas, y habrá dado muestraa g a ­
lanísimas de buen .escritor, y se habrá granjeado, por
aclamación popular, la igran Cruz de Beneficencia, har­
to debida a sus nobilísimas abnegaciones y larguezas
en pro de los enfermos pobres y desvalidos. Otro, del
— 409 -
seminario ovetense, habrá ido a perfeccionar sus estu­
dios en Roma, y será canónigo de la vieja catedral, y
calzará lucientes zapatos de nítida hebilla argéntea, y
habrá reñido bravas luchas periodísticas y publicado
varios libros que le hayan hecho casi tan popular como
an torero. Aquél, desposando bellamente su instinto
bélico y su vocación sacerdotal —con ser tan verdad
<fe a puño que i(al que es inclinado a ceñir 'la espada,,
muy mal le asienta la estol a’ ’ ( i) —, se habrá hecho
capellán castrense y habrá ido voluntario a la manigua
cubana y a los peñascales rifeños, dilapidando por to­
das partes magnanimidad quijotil, y ¡habrá blandido su
pluma, viril y castiza, diciendo crudísimas verdades,
sin que le importasen un ardite las lobregueces de un
castillo. Los otros, los más, consumirán la fuerza de
sus músculos de acero en el fondo tétrico de una mina
o tostarán la piel ante el horno de una fábrica, para
ver de ahuyentar de tos: suyos el hambre que araña los
estómagos y provoca odios satánicos, o serán honrados
labradores de .¡la heredad sémbradiza, sobre la cual de­
rramarán a raudales el sudor de su frente para que fe­
cunde la semilla arrojada en los surcos y a su tiempo
se transforme en dorada mies, y -se verán rodeados de·
hijos rollizos y hermosos que les dará la bella respecti­
va esposa, abundante como 'la bíblica trepadora vid.
Algunos se habrán ido lejos, muy lejos, allende los ma­
res·, en persecución de una -fortuna soñada, por la cual
habrán ya .reñido desesperadas luchas, sin que el triun­
fo les acabe de sonreír. Y algunos también — ¡Dios los
haya en su santa g lo ria!— se habrán- caído prematu­
ramente arrollados por el brutalismo de la vida, como
pomares desgajados por una tormenta, antes que sus
ramas se vistiesen de flor y se cargasen de fruto...

( i) ' F r . Antonio de Guevara, Menosprecio de cortc y a’aban-


8 a de aldea, tpág, 74.— Ediciones de L a Le chira.
— 410 —
Todo, todo esto desfila por mi <fan¡tasía, al pisar, casi
-estaba por decir al besar, los umbrales de Pola de La-
viana. Y después, ya en su seno, vo-y por cualquiera de
sus carriles, en, dirección al río, o a la vega, o a algún
otero cercano, y los mismos carriles pienso que me re­
conocen y me saludan; y paso a la vera de los ave­
llanares y creo que me miran sonrientes, asomán­
doseles el alma 'por ramas íy hojas, como brindándome
unos cuantos escarolados garapiellos; y me paro
cabe alguno de los árboles corpulentos y añosos
y me imagino que entablan conmigo misteriosos
diálogos,, diciéndome que, aunque los contemple er­
guidos e inmóviles, no sienten ¡hacia mí indife­
rencia ninguna, pues conocieron a mi padre, a
mi 'abuelo, a mí bisabuelo... Porque e s o s árboles viven
sin que cronólogo alguno sus años compute, y sólo se
sabe de ellos que han visto pasar varías generaciones
y que nos podrían contar, sí hablasen, sabrosas con­
sejas y rancias historias.
Y por eso yo amo todo lo que constituye ese peti-
sitl risueño de mi Pola de Laviana, y por eso se me
antoja todo como impregnado de santa unción, has­
ta las piedras con que tropiezo a mi paso, hasta e!
polvo humilde de los senderos por donde camino. Todo
me habla, todo me sugestiona, todo me! hechiza y mue­
ve a exclamar con Pepín Quevedo, el cantor de mi
Pola incomparable:
í A y la mió Pola polida,
de les Poles ja más m aja!

¡A y la Pola quJ al par d’élla


denguna Pola apistañal
¡A y , el rincón ¡peteciblet
] A y , T olí na de L lavian a!

¡Y que haya quienes juzguen que el amor a la re­


gión natal perjudica al amor patrio 1 No lo creáis: la
— 411 -

patria es una consecuencia naturalísima del amor a


la región natal. La familia tiende a agrandarse y 3
convertirse en pueblo, el pueMo tiende a agrandarse
y a convertirse en. región, y la región tiende a agran­
darse y a convertirse en E stado; porque ni dentro de la
familia, ni dentro del pueblo, ni dentro de la región, po­
demos procurarnos el ple-no desarrollo de nuestros
ideales, que han menester tanto más ambiente, cuan­
to más se van ensanchando sus horizontes. Si de Ga­
licia y de Asturias, de León y de Castilla, de N ava­
rra y de Aragón, de Cataluña y de Valencia, de 'Mur­
cia y de la Mancha, de Andalucía y Extremadura, se
formó una soda nación, fué porque así lo imponía ia
misma ley natural. Aisladas, esas regiones no se bas­
taban a sí mismas para ia realización de sus peculiares
y comunes destinos, y, por razones étnicas, geográ­
ficas e históricas, realizaron la fusión, imperada por
ia misma naturaleza.
¿Por qué, pues, *1 regionalismo, que es el amor a
la región, y que es lo q u e hizo a la patria, (había de
ser opuesto a ia patria misma? Cuanto más amemos
a 3a región, tanto más amaremos a la patria. Son las
diversas regiones das que la constituyen y la integran,
como son los diversos amores regionales, ,fundidos
en uno solo, do& que constituyen el patriotismo. Y lue­
go, cuando se trata de regiones españolas, todas ellas
tan blasonadas de glotrias gigantes y de Ihedhos altí­
simos, nosotros, dos diversos hijos de ellas, debemos
sentirnos orgullosos de haber ¡nacido y vivido y ducha­
do -bajo sus risueños respectivos .horizontes. Quien no
ame a su región .respectiva, no amará mucho a su pa­
tria, sencillamente porque no le ha dado el cielo 'mu­
cho corazón. E l corazón ama primeramente lo que
más cerca tiene de sí y con lo cuail en más estrecho
contacto vive: su amor se va dilatando y extendien­
- 412 —
do de lo más próximo a lo más lejano. Primero se
ama a la familia, luego al pueblo natal, luego á la re­
gión, .luego a la patria, luego a las .naciones de la mis­
ma estirpe, luego al mundo entero, a todo el linaje de
Adán. Se va ascendiendo, de grado en. grado, hasta
abarcar a todos los hombres y sentirse formando con
ellos una inmensa familia.
¿Por qué, pues, repito, había de ser el amor -a la
región opuesto ^1 amor a la patria? A 'lo que sí es
opuesto el regionalismo, y muy justamente, y cuanto
más recia sea la oposición más vivo y ardiente se ma­
nifestará el amor de la región a la patria, es al cen­
tralismo tiránico y deletéreo, calamidad ya muy vie­
ja entre nosotros, que se remonta más allá del absor­
bente centralismo que nos trajeron los Borbones y
llega al exótico imperialismo que nos imjportaron los
Austrias, pero que se agravó e intensificó, de manera
que ya no se puede tolerar, con la política liberalesca del
pasado !siglo. Nuestros progresistas liberales, descono­
ciendo lo que habían creado y consagrado ¡la etnogra­
fía, la filología, la geografía y da historia, dividieron
a las regiones en provincias absurdas, creando, en cada
una.de ellas un cacicato, y poniendo en cada una de
ellas un gobernador, a las órdenes del cacique, y tan
a m erced,. en ^todo, del absolutista poder central, que
das regiones —que no, por verse -divididas, han desapa­
recido— se sienten ¡cuasi colonias esclavizadas, y al­
gunas de ellas — ¡ojalá fuesen todas!— pugnan por
sacudir el yugo esclavizador,. clamando por una justa
autonomía administrativa que las deje dar de sí lo
muchísimo que podrían dar.
De ahí el profundo odio a Madrid, no ai Madrid
villa y corte, que ése de todas las regiones es queri­
do y a todas las honra y enorgullece, sino all Madrid
oligárquico, despotizador y expoliador, que dilapida la
— 413 —

enorme riqueza de contribuciones e impuestos en una


marina y un ejército imaginarios, en una burocracia in­
númera y en camarillas políticas, mil veces peores que
las cortesanas, a las cuales derrocaron y sustituye­
ron. De ahí ia actitud de guerra que exageradamen­
te ha adoptado- alguna -de las regiones, de las más in­
dustriosas y cultas y fricas, y que por tanto -sienten
mejor lo insufridero y absurdo del ominoso despotismo
central, queriendo, a toda costa, salvarse del inminen­
te naufragio que amenaza a la nación entera. De ahí
3a marea creciente del regionalismo exigiendo, como
indispensable para cada región, una justa autonomía
que vele celosamente por los privativos Intereses re­
gionales, armonizándolos con los de las demás regio­
nes, y subordinándose, en cuanto ataña a intereses ge­
nerales y de conjunto, a la nación, de suerte que cir­
cule, continua, una poderosa corriente recíproca de
energía y de vitalidad, de las regiones a la nación y
de la nación a las regiones, sin lo cual no volveremos
a ser grandes y .poderosos. Y de ahí que todos los
que amemos a España ardorosamente, hástá casi
elevaría, como los romanos elevaron a Roma, a la al­
curnia de divinidad, bien que sin caer 'en ia romana
idolatría, que llegó a consagrar a su diosa templos y
aras, estemos ofcjligados a laborar con todas nuestras
fuerzas porque surjan- de nuevo las regiones, y más
poderosas y más vivas que nunca, para que 'todas en
armónico patriotismo enlazadas, engrandezcan a lá na­
ción y le ríndan cada una la especialidad y como
ía esencia,de .su típico Valor: Cataluña, su genio em­
prendedor iy su actividad febril; 'Aragón y Navarra,
ia reciura de ¡sus ímpetus y '1a ¡integridad de sus .sen­
timientos; las Vascongadas y las Asturias, su bravura
invicta y su inagotable riqueza; Gatficia, 'e[ inaprecia­
ble tesoro de su paciente laboriosidad; León y Cas­
— 414 —
tilla la Vieja, las nobles abnegaciones de ¡su au&tero
v iv ir; Extremadura y la Mancha, 'la fecundidad de
su suelo y el quijotismo de su espíritu; Andalucía y
Valencia, su gracia y su humorismo y su admirabüe
sentimiento de la poesía y del arte... ¡Oh, qué madre
España tan varia y tan una, y, por consiguiente, tan
espléndida y tan hermosa, la que podrían formar las
distintáis antiguas regiones, merced a una desatada
inundación armónica de puro y sano regionalismo!...

Pero dejemos ya al regionalismo y a la región, y


entremos, de lleno, a hablar de patriotismo y de pa­
tria, bien que de ambas ¡bellísimas cosas hemos venido
hablando, puesto que la región y el regionalismo sen
algo esencial y constitutivo de ellas,
A España, como entidad nobilísima, ,no podemos con­
cebirla sin alm a; un alma nacional, colectiva. Nues­
tro modo de ser y entender las cosas, durante siglos
y siglos; el género de vida de combate a que se vie­
ron constreñidas, casi arreo, nuestros m ayores; las
mismas influencias físicas de nuestra tierra, de nues­
tro cielo, de nuestro sol; los ideales caballerescos que
encarnaban, primero en nuestro espíritu y, lluego, en
nuestro arte y en nuestra literatura, y, sobre todo, y
vivificándolo todo, la fe religiosa que purificaba cada
día más el purísimo metal de nuestra naturaleza, to­
das esas cosas han sido cinceles que esculpieron, de
guisa especial, nuestra alma y nuestra conciencia, di­
ferenciándolas del alma y de la conciencia de Otras ra­
zas en cuya formación trabajaron otros factores, otros
influjos, otros cinceles. Sin esa alma nacional no
hay patria posible. Sin esa, alma nacional yo
»o concibo a mi patria, a mi España adorada. Sub­
sistirían el azul incomparaMe de su cielo, Sa hermosu­
- 415 —
ra agreste de sus montes y de sus valles, las diáfa­
nas ondas de sus ríos, las embalsamadas brisas de sus
campos.,., pero todo eso no sería España: sería un su­
blime lienzo de la naturaleza en ¡que Dios hubiese pues­
to Jas líneas más delicadas, las tintas más ensoñado­
ras, pero no pasaría de un lienzo, de un cuadro, de un
paisaje de cinematógrafo.
ho más substancial de nuestra nación lo forman-
el carácter típico de nuestra raza; las grandes hazañas
llevabas a cabo, en comunidad, por.nuestros mayores;,
el prestantísimo idioma que, más que por el ingenio
español, parece haber sido torneado y retorneado por
el genio mismo de la poesía; la galería de hombres ex­
traordinarios que fueron por delante de nosotros, se­
ñalándonos con huellas indelebles la ruta de da inmor­
talidad, y, vivificando y embelleciendo todo esto, las
creencias que han heroificado el espíritu de la raza nu­
triéndole con médula de religión; pues el heroísmo,
que es como la sangre roja que vivifica a la patria, sólo
se nutre con médula de íe. No lo dudéis: el heroísmo
es una dilapidación de vida, y esas dilapidaciones de
vida en la tierra sólo las inspira la religión, que sabe
pagarlas con dilapidaciones de gloría ¡en el cielo. Sin
la creencia radical en la otra vida, el egoísmo tiene
forzosamente que imperar en las almas, y iel egoísmo
es impotente para realizar hazaña ninguna que supon­
ga sacrificio en bien de la comunidad. Kgoísmo y sa­
crificio son cosas irreductiblemente antitéticas: donde
el espíritu egoista impere, imposible que surja el al­
tar de la inmolación; y sin espíritu de inmolación, im­
posible llevar a cabo arduos hechos, gloriosas epope­
yas, imposible la realización de sublimes ideales, im­
posible la patria.
Pero habiendo religión, habiendo creencias, hay es­
píritu de sacrificio, hay inmolación de propios bienes­
- 416 —
tares en aras del bien común. Y sólo cuando hay ¡esto
puede haber gloria, puede haber .patria, puede haber
poderío nacional. Los griegos sabían inmolarse por el
honor de Grecia cuando eran creyentes, cuando eran
religiosos, cuando levantaban Partenones. Entonces te­
nían Leónidas «que con un puñado de héroes se atre­
vían a ce rra r,el paso a numerosos ejécitos, contestan­
do a los parlamentarios que les enviaba el ¡general ene­
migó para que rindiesen las armas, frases tan subli­
mes como aquélla ique raya en el ápice de la más he­
roica b ravu ra: “ ¡venid a t o m a r la s E n t o n c e s ven­
cían en Salamína y en Platea y rechazaban victoriosa­
mente los millones de combatientes que desencadena­
ba sobre ellos el Asia con el tenaz empeño de humi­
llarlos y de abatirlos. En cambio, cuando Grecia dejó
de ser religiosa, y creyente, y ,se dió al escándalo y a la
voluptuosidad, hastó un puñado de macedonios para
someterla a una coyunda y uncirla al carro triunfan­
te de Alejandro Magno.
Lo propio sucedió en Roma. Se habla mucho de vi­
cios romanos, de corrupción romana. Mucho se pue­
de hablar también de romanas virtudes, de romano
heroísmo, ¿Cuándo esas flores se abrieron en Roma
y la orearon con sus perfumes? Cuando los romanos
eran religiosos, y no bastándoles ios ¡magníficos tem­
plos que erigían por calles y plazas, convertían eñ
templos las moradas mismas, rindiendo en ellas a sus
dioses lares fervoroso culto; cuando apenas se efec­
tuaba hecho social ninguno que no tuviese en el tem­
plo ‘sus ritos y ceremonias; cuando las leyes eran con­
sideradas como oráculos, porque haibiían sido consa­
gradas por los arúspíces; cuando los magistrados
eran representantes del mismo Dios, razón por la cual
eran Jos tribunales de justicia ¡lugares sagrados que se
abrían al salir el sal y se cerraban cuando se ponía,
- 417 -

simbolizando la luz que debía esclarecer los fallos de


los representantes y ejecutores de ia ley; cuando todo,
en fin, se impregnaba en un ambiente de religiosidad
que convertía en sacra liturgia hasta los actos más or­
dinarios de la vida, que iban todos enderezados en ala­
banza de los dioses. Entonces nada había que obstru­
yese a las legiones en camino de las conquistas, sem­
brado, por doquiera, de laureles y palmas de gloria. En
cambio, cuando la incredulidad comenzó a escurrirse,
como una víbora, en el corazón romano, Roma comen­
zó a descender a tumbo-s los peldaños de su decaimien­
to, hasta estrellarse al fin, rota en pedazos, como el
alud de fnieve que se precipita desde áspera cumbre.
Ya el epicúreo Horacio, “ desertor de los altares” ,
como él mismo se llama, no atribuía sino al despre­
cio de los dioses los desastres y ¡estragos sin cuento
que sobre Roma llovían. Dii multa neglecti dederunt
Hesperias nuxla luctuosa#.
Estas mismEis observaciones podríamos hacerlas res­
pecto de todas las demás nacionalidades, y ¡especial­
mente respecto de Francia y España, las de historia
más admirable en el mundo. Mientras una y otra com­
binaron, o, por mejor decir, fundieron los intereses de
la patria con los de la Cruz, supieron rayar, en el cé­
nit de la epopeya, rindiendo de fatiga a la misma glo­
ría, impotente para dar abasto de palmas y de lauros
ai desfile die campeones que se complacían en estar
siempre derrochando heroísmo patriótico. .
Cuanto hay de grande en nuestra patria, todo ha sido
formado por nuestro catolicismo. Sin la fisonomía pe­
culiar que nos dió la religión, España dejaría de ser
España, como ios espafioleb dejaríamos de ser espa­
ñoles. Oíd un caso curioso que lo comprueba· muy do­
nosamente. De sieguró que habréis oído hablar del mul­
timillonario yanqui Mr. Huátington. Es el que paseó
T omo II 27
_ 418 -

a Ramón Menéndez Pídal por las universidades de los


Estados Unidos dando conferencias que se pagatbtan
muníficamente, y el que llevó a Sorolla a Nueva York,
a que se hiciese capitalista y enalteciese su pincel y el
nombre de España con el salón .de cuadros; suyos, en
el Museo de Artes de la populosa ciudad. Pues bien,
paseaba yo un día con el P. Buisson, superior de los
Agustinos franceses, allí residentes, por una de las ave­
nidas neoyorquinas, y me ponderaba lo mucho que
bacía el insigne multimillonario por despertar en su
tierra el entusiasmo ’hacia las cosas de España, tanto
t

que algunos españoles menguados quisieron explotar


el españolismo del buen yanqui. Fueron a visitarle. Los
recibió cariñosamente, como algo, al fin, de España,
de esta España a la cual él, con ser protestante, sabía
y sabe — ¡Dios le dé luengos d ías!— apreciar y que­
rer. Y como a las primeras de cambio los viles timado­
res le dijesen que helios, a la cualidad de españoles,
unían la de ser protestantes como él, Mr, Huntingtoii
no pudo menos de hacer un gesto admirativo, conclu­
yendo por decirles que desconocía a los españoles que
no profesasen la religión de los Reyes Católicos, la re­
ligión de Isabel y de Fernando. ¡Puede suponerle lo
corridos que quedarían nuestros fervorosos protes­
tantes !
Sí, nosotros se lo debemos todo a nuestra religión
redentora. L a infancia de nuestra nacionalidad fué cui-
t

dadosamente envuelta en mantillas por la religión, y


la religión la amamantó y la meció en la cuna y l’á
nutrió de jugo cristiano, robusteciéndola y virilizán­
dola, Ihasta hacer de ella la gran nacionalidad que fué
señora de dos mundos. Y según se fué resfriando su
espíritu religioso, fué perdiendo honorabilidad y gran­
deza, hasta llegar al pordiosero estado en que la puso
- 419 —
la política liberalesca de la pasada centuria, haciendo
baratillo infame de todo nuestro imperio colonial.
Si pensáramos filosóficamente estas cosas, dedu­
ciríamos que la grandeza y el poderío de España han
ido siempre a la par con el fervor -cristiano, y, sien­
do lógicos, seguramente llegáramos a la convicción
de que el porvenir de nuestra patria está íntimamen­
te, consubstancialmente ligado al porvenir de la reli­
gión en ella.
Y es que las patrias no se conciben sin derroches
de heroísmo, y que el alma de lo ¡heroico es la reli­
gión. No lo dudéis ja m á s: sin religión no se da el he­
roísmo. El ¡heroísmo es una flor —una flor de sangre
si queréis— que sólo crece fragante y jugosa cuan­
do la orean brisas de fe y la riega plétora de reB-
gión. Os -citaré un hecho de entre los miles y miles
que la historia ha grabado con oro en sus páginas.
Conmueve deliciosamente siempre que la memoria ío
recuerda o la fantasía lo evoca.
Los pastores de la antigua Helvecia jamás habían
querido reconocer la romana soberanía. Eran como
nuestros antepasados, los astures, que ignoraron siem­
pre lo que era un yugo extranjero, y que, después de
haber derrotado a cuantos generales enviaba contra
ellos Roma, teniendo que venir a batirlos el mismo
Octavio Augusto, prefirieron sucumbir todos en Lancia,
bailando la danza prima (i), ebrios con el mortífero
jugo de los tejos, a ser uncidos, como los pueblos es­
clavos, a la carroza triunfal de la soberbia Metrópoli.
Pues bien, los pastores helvéticos dejábanse llevar
siempre de sus innatos impulsos de independencia, en
los cuales había en germen una patria. Los monjes

(i) L a danza prima de los antiguos astures e/a una danza


armada como las danzas de los primitivos cretenses, o como las
danzas griegas de Palae,
- 420 -

medievales que colgaban sus abadías de los escarpa­


dos vericuetos suizos, se cuidaban de fecundar aquel
germen. Y el germen brotó, pujante y robusto, cuando
la tiranía austríaca quiso incorporarse la pintoresca
tierra de G uillerm o'T ell: los pastores suizos se insu­
rreccionaron como un solo hombre, y a pedradas y a
flechazos Abatieron a la poderosa caballería enemiga.
¿Quién les daba la fuerza y la bravura? L a religión:
antes de la victoria de Morgarten ayunaron y oraron.
Y antes del triunfo definitivo de Sempach cayeron de
rodillas ante Dios todos aquellos bravos montañeses.
Sí, la religión y sólo la religión fue la que animó su
tarazo para que no desmayase jamás, íhasta concluir con
el último sucesor de aquel Gésler a quien el vate cu­
bano Plácido nos pinta cayendo imuerto.de un saetazo,
en la ribera de un lago suizo, y no (hallando tumba ni
en la arena que le arrojaba hacia el agua, ni en el
agua que le escupía Ihacia la arena:
No encuentra 'humanidad el inhumano;
que hasta los insensibles elementos
lanzan de si los restos de un tirano... 1 \

Y conste que voy a buscar hechos- de esta índole a


historias extrañas, porque en la nuestra sabe todo eJ
mundo que el heroísmo aparece casi siempre entre res­
plandores de lo sobrenatural. Como Abrahán, antes de
arriesgarse a combatir con varios reyes vecinos que
talaban sus tierras, £ué a postrarse ante el sacerdote
Melqúisedec, para impetrar las bendiciones de lo alto,
y luego salió al combate y obtuvo .completa victoria,
nuestros soldados jam ás entraban en la lid sin halbterse
hinojado previamente ante úna imagen de Jesús o de
María y hecho un; fervoroso acto de religión.
Baste saber que la verdadera España surgió a lá vidá
de entre las asperezas de ¡Covadongai a la Sombra be­
néfica de la Cruz y a la enardecedora sonrisa de núes-
- 421 -
tra Virgen, que embriagaba de entusiasmo a los as-
tures, haciendo de cada -uno un Pelayo vencedor; y
traspuso la niñez en las Navas de Tolosa, con la des­
cripción de cuya batalla nos ihacen 'llorar nuestros sen­
cillos cronistas, al pintar a nuestros héroes, llamados
a media noche por los pregones de guerra, confesán­
dose y comulgando muchos, orando todos y recibiendo
la bendición de los Prelados, antes de lanzarse a aquel
combate decisivo en que se disputaban unos a otros
los honores de las vanguardias; y llegó a la plenitud
juvenil, cuando la Providencia la destinó a concebir
un mundo, ante los muros granadinos, el día en que
Isabel la Católica, atalayando, desde una cumbre, la
dramática toma de la Perla de los Sultanes por nues­
tros soldados, se postró de hinojos en muda adoración
de lágrimas, al ver, a los rayos del sol de Andalucía,
reverberar la Cruz de plata con que el Cardenal Men­
doza coronaba la iamosa Torre de la Vela, de donde
acababa de ser arriado para siempre el pabellón de lá
Media-Luna; y entró en la mayoría de edad, cuando
Vasco Núñez de Balboa, trepando por entre bosques
vírgenes, hasta escalar el picacho agreste de los Andes,
desde el cual descubrió con mirada extática el Océano
Pacífico, cayó de rodillas con los sesenta y seis sol­
dados que le acompañaban, y mandó al capellán An­
drés Vera entonar el Te Deum, que cantaron todos con
piedad ferviente ante improvisada cruz de gigantes­
cos trontos, bajando luego, en tres días de ruda brega,
al inmenso Océano, en cuyas aguas, hasta darle a lá
cintura, entró, espada en mano, el insigne caudillo,
a tomar, en nombre de sus Reyes, posesión de él y
de cuantas tierras .bañase, de un polo al otro polo, a
ambos lados de la línea equinoccial; y cuando Hernán
Cortés, al emprender la conquista de todo el imperio
mejicano, hacía bordar en su negro estandarte, re­
- 422 -
camado de oro, y en torno de una cruz roja, la ins­
cripción ¡vincemm koc signo!, bautizando luego al pa­
raje en que su diminuta hueste venció en· batalla cam­
pal a un ejército de cuarenta mií indios, con el nom­
bre de “ Santa María de la Victoria” ; y cuando Car­
los V, habiéndose, en la expedición a Túnez, susci­
tado la cuestión de quién, entre los bravísimos gene­
rales que le acompañaban,,Andrés Doria, Don Alvaro
de Bazán, el Duque de Alba, el Marqués de Mondéjar,
el del Vasto, el de Aguilar, sería el General 'en· jefe,
exclamó, alzando en alto el Cristo que siempre lle­
vaba consigo: “ ¡Este, cuyo alférez soy y o !” ,.. ¡Cómo
con tal General en Jefe, y haibiéndole recibido todos
en comunión, la mañana del asalto a ila Goleta, no se
había de tomarla y de abatir para siempre el poderío
de Barbarroja, apresánsole toda su artillería y to­
das sus flotas 'hasta formar un total de ochenta y tan­
tas naves guerreras!
¡£>ué! El heroísmo iba desposado con las antiguas
religiones gentílicas, y ¿no ¡había de ir mucho más ín­
timamente desposado con el cristianismo, la única re­
ligión verdad? No hay más que pensar atentamente
en los orígenes de nuestra religión para persuadir­
se de que la valentía y la bravura surten, cual chorros
cristalinos, del fondo de nuestras creencias. El mismo
hecho de la fundación del cristianismo es ya el ras­
go más heroico que se registra en Ja historia. Jesús
vino al mundo a combatir contra el mundo, non veni
pacem mittere, sed ‘bellum, ¡no vine a traer la paz, sino
la guerra! La frase es gallarda, pero es mucho más
gallarda todavía la intrepidez con que, al lanzar su
guante de desafío, se aseguraba de antemano vence­
dor. Recordad la frase. Anunciaba a sus Apóstoles
que el mundo se insurreccionaría contra ellos, y vi­
niendo a-decirles que la contienda se habría de ventí-
- 423 -

lar entre el mundo y El, concluía estrenuamente: ego


vki wwndum, ¡yo vencí al mundo!
Con tan brava lección de aguerrimientov ¿será cosa
que maraville el valor con que los Apóstoles arros­
traban, las iras judaicas, predicando en las -calles mis­
mas de Jerusalén la divinidad del Hijo del Hombre,
a quien, hacía poco, halbáa dado muerte de cruz la
ciudad deicida? ¿Será cosa que maraville la indómi­
ta bravura con que los antiguos mártires salían a la
arena de los anfiteatros, confesando en público sus
creencias y esperando, tranquilos y aun gozosos, que
se Lanzasen sobre ellos las fieras hircanas?...
¡Ah! E l Káiser Guillermo comprendía muy bien que
el heroísmo es patrimonio del espíritu macizamente
cristiano, cuando, pocos años antes de la enorme gue­
rra, y como presintiendo ia tremenda catástrofe do­
lorosa que vistió de luto al mundo entero, decía a los
reclutas de la Guardia Imperial, en una jura de la
bandera: “ el que no es buen cristiano, tampoco es
soldado valiente, ni puede, en circunstancia alguna,
cumplir con lo que de él 'exige el ejército. Sed, pues,
buenos cristianos. Cumplid el juramento de fidelidad
a vuestro celestial Señor y Salvador, y entonces estoy
seguro de que sabréis cumplir también con el jura­
mento que a mí ime hacéis... No os avergoncéis de la
oración que aprendisteis de vuestras madres... yo quie­
ro tener soldados que recen 'el Padrenuestro” (i).
Y a lo oís, sólo siendo buen cristiano se puede ser

(i) “ W er kein braver Christ ist der ist auch kein braver .Sol­
dat und kann unter keinen Umständen leisten, was in der A r ­
mee verlangt wird. Seid ihr aber gute .Christen, bewahrt ihr eu­
rem himmlischen Herrn und Heiland den ¡Eid der Treue, dann bin
ich sicher, dass ihr auch ;den Fahneneid haltet, den ihr mir gesch­
woren... Sohämt euch auch des Gebetes nicht, das einst eure
Mutter euch gelehrt hat, denn ich will Soldaten haben, die ihr
Vaterunser beten.” Apologetische Vorträge von Dr. Anton Leinz,
1906, págs. 190 y 1 9 1 . 1
— 424 —
buen soldado, y sólo siendo buen soldado, se puede
ser heroico patriota. De ahí que el patriotismo sea
una verdadera virtud, y no cívica, simplemente, sino
también cristiana. L o dijo uno de los grandes prela­
dos de los Estados Unidos, Monseñor Ireland, en su
segundo magnífico Discurso de Baltim ore: “ El patrio­
tismo es una virtud católica. Yo quisiera que 'los ca­
tólicos fueran los primeros patriotas de mi país” . Y
lo ha¡Ma dicho mucho antes mi insigne hermano el
P. Cristóbal de Fonseca, que llamó al »patriotismo
“ virtud heroica y divina*’ , añadiendo que todos sen­
timos el amor a la patria, “ sino es algún bárbaro,
infiel no solamente al cielo, sino también a la tie­
rra ” ( i). Y mudho antes aún ¡había escrito mi gran
P. San Agustín estas bellísimas palabras que debían
bordarse en oro sobre la seda de todos los pendones
bélicos: pertiñet ad virtutis officium iñvere patriae, es
deber de virtud vivir para la patria. ¡Sí, virtud cris­
tiana, y virtud cristiana excelsa, a la tierra y al cie­
lo igratísim a!
Y además de virtud cristiana excelsa, ¡cuán noble
sentimiento es el patriotismo! ¡El más noble de los
sentimientos, después del amor a Dios! ¡Cómo agran­
da a nuestro espíritu el amor a la p a tria ! Nos 'hace
vivir en lo pasado y en lo porvenir. Y o me siento algo
de mis padres y de mis abuelos. Las montañas que les
enviaron sus frescas brisas, son mis montañas. Los
horizontes que cobijaron su cuna, son mis horizontes.
Las glorias que irradiaron en el cielo de la historia pa­
tria, son mis glorias, ¡Aquellas glorias que constituyen
para todo español un título 'de aristocracia, un bla­
són heráldico, un pergamino, patente de sangre azul
de pura cepa! ¿Cómo no sentirnos orgullosos de ser
hijos de aquella España, de la cual dijo Castelar con
( i) Tratado del A m or de Dios, c. L V , pág. 492, yuelta.
- 423 -

frase inspiradísima: "que, rota en Guadalete y refu­


giada en Covadonga, descendió de allí para engar­
zar los mares, como esmeraldas, en sus sandalias, y
k>s soles, como diamantes, en su corona” ? (2).
Y todo esto que sucede, respecto de lo pasado, su­
cede, asimismo, respecto de lo porvenir. Continuare­
mos viviendo en aquellos vastagos de nuestra sangre
que hayan de proseguir nuestros fastos sublimes en
los anales del mundo, y de antemano nos podemos
recrear ya con el desfile de iglorias magnificas que,
no se puede dudar, les tiene reservadas la Providen­
cia, ¡Oh, que es hermoso esto de ver fulgir sobre nués-
tra frente la irradiación de todos los lauros, conquis­
tados por nuestros mayores en los diversos campos de
las humanas lides, mirando sonreimos en la lontanan­
za de lo porvenir 'la refulgencia de los que hayan de
conquistar los portadores de nuestra sangre y de nues­
tro espíritu, al través de los 'tiempos y de los espa­
cios!
Yo bien sé, como lo sabéis vosotros, que hay quie­
nes tienen un concepto menguado de la p a tria : la
asemejan a un almacén de ultramarinos que, por fuerza,
tiene que ser rival del de enfrente, al cual pretende so­
brepujar y aún destruir. Comulgan con el mezquino Vol-
taire, que se atrevía a definir el amor de la patria di­
ciendo: Vamour ide ¿a patrie est la haine de la patrie des
auires. Y o renegaría del amor patrio, si consistiese
en el odio a la patria de los demás, si nos hiciese re­
trogradar al salvajismo de la primitiva Grecia, que
tenía por bárbaros a cuantos no hubiesen nacido bajo
los espléndidos cielos helénicos. Concepto tan ruin de
la patria es algo parecido a la religión de aquellos
napolitanos que se arrodillaban y quemaban cirios ante

(2) Discurso en defensa del sufragio.


— 426 —
la Mádona de su barrio, y apedreaban y llenaban de
improperios a la Madona del barrio contiguo,
E l amor de la patria, como todo lo bueno, es diffusi-
vum sui, tiende a difundirse, a extenderse, a ser un
amor que una y ’hermane a todos los «hombres, y este
concepto contrasta terriblemente con la raquítica de­
finición del Patriarca de J?erney. A l leer tan raquítica
definición se explica a maravilla que Federico II sos-
pedhase de hombre tan vil y le expulsase de su corte,
haciendo que previamente se le registrase el equipa­
je como a “ un lacayo ratero", que dijo el P. Coloma,
¡Lindo amor patrio el que se nutre de odio! Yo no
creo que lo sienta así ningún español· E l verdadero
españolismo es el que haciéndonos muy españoles, nos
haga, al mismo tiempo, muy humanos, engrandecién­
donos a nosotros mismos cuanto mejor sintamos d-e
los demás. ;ELa doctrina cristiana nos fuerza a ser
imparciales y justos con todos los hombres, y aun a ver
en ellos verdaderos hermanos. Nuestra religión es ca­
tólica, y el catolicismo significa universalidad. Para
todos los hombres, de cualquier latitud y raza que
sean, el catolicismo tiene una palabra divina que t*
un estrecho vínculo de am or: “ amaos los unos a ios
otros” .
Y no se crea que esto es irme con los sociólogos que
combaten el concepto de patria pretendiendo que
haya una patria sola, el universo, y que, en este sen­
tido, loan ia frase que, según Plutarco, respondió Só­
crates al ser, en cierta ocasión, preguntado por su
patria: “ yo soy ciudadano del mundo” , y aun inten­
tan corroborar su teoría diciendo que es la que mejor
se armoniza con el espíritu católico. ¡Como si no se
armonizasen admirablemente patria y catolicismo!
Yo no niego que el concepto de patria pueda evo-
hiciomr : como ha evolucionado hasta ahora podra
- 427 -

evolucionar dé aquí en alelante. La patria de los irt


tiguos romanos la constituía solamente Roma, da urbs,
la ciudad. No había otra fuente de donde brotasen
los derechos de ciudadanía. Cierto que los nacidos aún
en los pueblos más remotos podían llegar a ser ciu­
dadanos romanos, créándose así una especie de mito
patrio internacional; pero bien sabido es lo muy parcos
que eran los romanos en conceder a los pueblos some­
tidos los derechos de ciudadanía.
La misma patria española es ahora muy distinta de lo
que era cuando la formaban celtas y celtíberos, vaceos y
turdetanos: aquellas rancherías que vivían en frecuente
Jucha, unas con otras, como viven aún muchos pueblos sal­
vajes. Y aun es, también, muy distinta de lo que era cuan­
do formaba varias nacionalidades, varios reinos y seño­
ríos. La patria española, tal cual la constituimos y la
amamos hoy, fué obra de los Reyes Católicos. ¡ Si han
aido necesarios siglos para constituirse nuestra patria!
Mas evolucione lo que evolucione el concepto de patria,
Us patrias existirán siempre y el catolicismo las seguirá
bendiciendo, como hoy las bendice, siempre q.ue las res­
pectivas fronteras no estén amasadas con odios, como las
quería amasar Voltaire, sino que estén hechas de mares y
de montes; que hayan sido-creadas por la naturaleza y
robustecidas por la historia* y consagradas por el sello
del genio nacional.
Y no sólo proseguirá el catolicismo bendiciendo las pa­
trias, sino también las legítimas ambiciones respectivas;
porque esas legítimas ambiciones contribuyen de manera
poderosa a la realización de los grandes ideales católicos,
que no son otros que la civilización y él progreso del
mundo. La civilización y el progreso humanas son obra
común a que deben aspirar todas las patrias. Y . es na-
turalísimo que cada una de ellas tienda a sobrepujar a las
demás en su papel civilizador. Sin ambiciones latino-sajo-
- 438 -

ñas, el Asia y la misma America estarían durmiendo aun


el sueño de Ha barbarie, y Africa na se encontraría como
se encuentra, invadida en sus cuatro costados por los
distintos pueblos europeos que aspiran a dominarla, pero
que, con su dominación, habrán de hacerla entrar, a paso
más o menos rápido, por los caminos de la cultura; que
hora es ya de poner fin al salvajismo sobre la tierra.
Los utopistas que consideran regresivo y estrecho el
amor patrio, sueñan con una sola patria común a todos
los hombres, y creen finmemente que ese sueño se ha de
realizar en este mundo, t Oh día dichoso aquel en >que los
representantes de las diversas nacionalidades, portadores
de las respectivas banderas, se 'retinan en alguna gran ca­
pital, y allí, exhibiéndolas por última vez a los ojos de las
gentes, haciéndolas ondear juntas, dándose un beso su­
premo, !las arrojen luego a las llamas a convertirse en ce­
nizas, quedando, a partir de aquella áurea fecha, el uni­
versa reducido a una sola nacionalidad, sin fronteras, sin
cancillerías, sin ejércitos, sin escuadras, sin cañones y aun
sin literaturas; porque volverá a ser la raza de Adán labü
umus, de un solo "idioma, como al principio del mundo, y
sólo florecerá una literatura esperántica, que, bajo los aus­
picios de Ja consiguiente paz sempiterna, hará que se su­
cedan por pléyades los Dantes y los Homeros, los Sha­
kespeares y los Virgilios, los Goethes y los Cervantes f...
Pero dejaré de alindar y engrandecer la utopía, pues cada
cual puede adobársela a su sabor. '¡Y qué ensueños inte­
lectual! es caben en algunas cabezas! ¡ Ahin se quedan muy
atrás las ilusiones de brumas que se forja, abandonada
a sí sola, la fantasía!...
Estos utopistas se han bautizado a sí mismos con el
nombre de humanitarios. Pero ese decantado humamtaris-
mo huele a Revolución francesa. Los revolucionarios fran­
ceses no se cansaban de glorificar el advenimiento de la
república universal!, haciendo sonar la trompeta de no sé
- 429 -
qué fantástica resurrección de los pueblos a la libertad y
a la vida, creando “ la fiesta del género humano” y pro­
poniendo como Robespierre, boire a la santé, a la liberté,
au bonheur de Vunivers entier, beber a la salud, a la. liber­
tad, a la dicha del universo mundo.
Harto sabemos todos cómo terminó ese lirismo huera­
mente fantástico: por las horribles arroyadas de sangre
que hacía correr la humanitaria g-uillotina... Poneos en
guardia cuando oigáis habllar mucho de humanitarismo:
los directores de la "semana trágica” de Barcelona eran
de los que siempre tienen el humanitarismo en los labios.
y, de todo en todo, muerto para la humanidad el corazón;
de los que se pasan la vida entonando himnos de gloria a
í'a libertad, y a quienes la fuerza de ¿aa cosas, por una de
sus más pungentes ironías, hace que sean siempre viola­
dores de la libertad.
Si el humwütarismo' no fuese más que un ensancha­
miento del patriotismo, algo así como la extensificación
del amor a la patria, los católicos lo aceptaríamos muy de
buen grado, seguros de que ese humanitarismo no serta
más que ¡la fraternidad universal, perseguida por nuestro
Redentor, el ovil único del Evangelio. Pero esto mismo
no .sería opuesto a la patria, porque eso .sería la encarna­
ción del ideal deí catolicismo, y el catolicismo n-os manda
amar a nuestra patria, porque amando a nuestra patria,
amaremos al linaje humano.
Estemos seguros de ello: amando bien y ardorosamente
a España, amaremos a los individuos del humano linaje
más próximos a nosotros y con quienes más estrechos
vínculos nos ligan. Pretender amar al linaje'humano, no
amando a nuestros compatriotas, se me antoja amar el va­
cío, amar una cosa en absoluto imaginaria; porque ése
linaje humano que se quiere amar, se compone principal­
mente de los hombres con quienes nos codeamos y vivimos.
Los que, no mucho ha, so pretexto de humanitarismo,
— 430 -
indueían a nuestros soldados a arrojar los fusiles cuando Ja
patria los llamaba a combatir, ni amaban a su patria n|
amaban a los hombres...
Nosotros los españoles, no somos hombres abstractos,
como los individuos de ese humano linaje, vago e impreci­
so, que ácratas y demagogos se imaginaban am ar: nosotros
somos hombres de historia brillantísima que nos encamina­
mos hacia lo porvenir, cargados de laureles y coronas, con
riquísimos tesoros de tradiciones y hazañas; y es menes­
ter, si no queremos sacudir la carga gloriosa en el camino,
impotentes para llevarla a hombros, que amemos, sí, a
todos los hijos de Adán, pero ante todo, que sepamos ser
españoles y amar a los españoles. "El linaje humano no es
ninguna figura vaga, como la que se pintan nuestros uto­
pistas en el lienzo en blanco de su imaginación, a la ma­
nera que se pinta a la república en una garrida moza que
luce el gorro frigio sobre la cabellera espléndida: el huma­
no linaje es algo muy concreto y muy determinado, somos
nosotros, los hombres. Amando bien a España, amar eme*
bien al humano linaje, porque en el humano linaje refluye,
al fin y al cabo, nuestro amor, Lo primero humano para
el hombre, después del hombre mismo, es su patria, que
es como el agrandamiento de su propia familia, con lo?
peculiares rasgos característicos que la distinguen de otra«
familias y de otras patrias.
Parece muy bello y sugestivo eso de decir que la patria
española, la patria francesa, la patria alemana, la patria
rusa... se fundirájti en la patria europea’ que, a su vez, con­
cluirá por desleírse en el internacionalismo, formando la
universal patria humana, y viniendo a ser los hombres ciu­
dadanos del mundo. Pero nada hay de sugestivo ni de bello
en una utopía que significase la muerte de la patria, porque
la ¡patria es mucho más que un imperativo político y geo­
gráfico: es un imperativo sentimental que impone con sus
más delicadas fibras el corazón.
- 431 -

Por lo que a mí toca, en vatio pugnaría la cabeza por


»quietarme con eso de ser ciudadano del mundo-: mis sen­
timientos más exquisitos no se aquietarían más que siendo-
ciudadano español. Negarme esta palpitante verdad psico­
lógica sería algo así como negarme k misma existencia del
alma, Habían de formarse ios Estados Unidos Europeos,
que yo desearía se formasen, enfrente de otros Estados
Unidos... y yo, si viviera aún, proseguiría sintiéndome,
antes que nada, español, y amando, sobre todos los frag­
mentos de tierra y de historia europeas, la historia y la tie­
rra españolas; porque, a pesar de la formación de los Esta­
dos Unidos Europeos, mi corazón seguiría latiendo en mí y
señalándome cada vez mejor marcadas y precisas las sa-
sagradas fronteras de mi España.
Y no se me diga que todo un Goethe se lisonjeó de ser
ciudadano europeo; porque, a pesar de esa lisonja cobarde
y misérrima ante Napoleón, cuando Napoleón amenazaba
dominar a Europa, Goethe fué alemán y aun gran alemán,.
y quien mejor llegó a encarnar en sus obras la fisiología
y la psicología de su patria, como Cervantes fué quien me­
jor encarnó a la nuestra, ofreciéndola, en su Quijotet hecha
toda eÜla fulgor de genialidad, a la admiración de las gene­
raciones presentes y futuras.
Creo haberos explicado, a mí modo, el sentimiento y la
idea de patria y demostrado que lejos de ser hostiles a la
cultura y al catolicismo, son algo que se armoniza perfec­
tamente con el catolicismo y con la cultura, como algo, al
fin, que palpita, incontrastable y robusto, en el fondo de
nuestra naturaleza.
Ahora bien, el patriotismo impone deberes muy sagra­
dos. No sólo obliga a morir por la patr ■ en trances crí­
ticos y difíciles, cuando la salud de la patria peligra, sino
a laborar constantemente por la unión y el engrandecimien­
to de todos sus hijos. La cohesión de las moléculas es lo
que da fuerza incontrastable a la roca en que se estrella,.
- 432 -
rebramante, el mar; y la fraternidad es la fuerza de cohe­
sión que mantiene unidos y hace incontrastables a los pue­
blos, enderezándolos hacia la consecución de sus provi­
denciales fines.
H ay españoles que no hacen más que alardear de
españolismo, echándoselas de buenos patriotas, cuando
muy cabalmente se los podría tildar de alienígena*
traidores. Esos gritos de “ España nueva” que por las
columnas de cierta prensa resuenan a cada ■instante,
no son r*.is ¡que una bofetada en la mejilla a la madre
España. Esa España que se quiere, es una España bas-
tárdeada, una España anticatólica, y eso sería la muer­
te de la genuina España, porque sería dar un tajo a
cercén en lo que forma el alma de nuestra historia, im­
pregnada, de la cruz a la 'fecha, en catolicismo puro j
civilizador.
Entre nosotros ha surgido una legión de apóstoles
laicos que han dado en la flor de querer europeizarnos
a viva fuerza, porfiando, para· ello, en pintarnos un
pasado bochornoso del cual tendríamos que avergon­
zarnos efectivamente si no fuera una pura fantasía. Yo
me indigno cuando oigo hablar con tan injusto desdén
de nuestros antepasados, de los cinceladores de la Es­
paña tradicional, de aquellos ¡hombres en cuyo loor, ya
que no surja un monumento en cada plaza, debía sur­
gir, por lo menos, en nuestro espíritu. Me hieren en
las entrañas todos esos españoles que no tienen más
que elogios y entusiasmos para otros países, para lo3
“ países de vida intensa” , como dicen con estulta va­
cuidad, cuando* no tienen para su patria sino denuestos
y acusaciones.
Soy partidario dé que estudiemos todo lo bueno que
se hace en Alemania, en Francia, en Inglaterra, y de
4ue nos lo incorporemos convirtiéndolo en sangre de
,nuestro corazón, en savia fecunda del árbol tradicio-
~ 433 -
íial. Pero dar hachazos' en el árbol, como no sea &n
alguna de las ramas, para -podar ciertas excrescencias
postizas que te afean y le empobrecen, ni por asomos.
Todos los españoles estamos obligados a trabajar por
que nuestra nación no se estampe ni se convierta en
una momia -geográfica; pero querer ¡hacer lo que vo­
cinglean algunos europeizadores, es un crimen de lesa
nacionalidad, ¡Que España deje de ser España! ¡No
por D ios! Despréndase el añoso árbol de su corteza,
o múdela, echando otra nueva y más vistosa; pero
querer arrancarle astillas al tronco es brutal, es cana­
llesco, es sacrilego. España debe ser siempre España.
¡Europeizarnos! Lo que necesitamos es españolizar­
nos; quitarnos costra advenediza, hasta dar de nuevo
con nuestro ser castizo y español,
Esos españoles que blasonan de mucho patriotismo
y que vilipendia.tt nuestra historia, sacando a relucir
hechos en que abundan todas las naciones harto más
que España, son hijos espurios que no aman los pe­
ches en que se amamantaron; hijos perversos que se
complacen en numerar las tildes del rostro de su ma­
dre, quien por el solo hecho de ser madre, ya tiene
que ser amada y hermosa; hijos desnaturalizados que
no sienten un amor tan instintivo en la naturaleza,
que se da rudimentariamente hasta en los mismos ani­
males: en los perros, cuya clásica fidelidad ha hecho po­
pular el refrán: quien da pan a perro ajeno, pierde el
pan y pierde el p erro ; en las golondrinas que vuelven,
anhelantes, de su emigración periódica, al caro alero
que las vió nacer y donde sus antepasados colgaron
el nido...
Mas no hay para qué tomar tan a enojo a esos per­
petuos denigradores de la madre patria. Denigran por
rutina y por crasa nesciencia, y recuerdan a aquel sol­
dado ridículo, recién llegado de Cuba, que dijo muy
T om o II 28
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orondo en una -casa de ;su familia, donde se le invitó a


tomar chocolate: .“ a mí el chocolate no me gusta más
que puro, sin esas porquerías de cacao y de azúcar
que le echan en España” .
Lo torno a decir: lo que <ha¡bemos menester los es­
pañoles es ser españoles. ¡Nada de exóticos postizos
que nos desfiguren y nos afeen! Por nuestro snobismo
estúpido estamos como estamos. Y para muestra vaya
un botón. Casi toda, la pasada centuria dedicaron nues­
tros (políticos a derretirse en himnos amorosos al pue­
blo : la democracia absoluta 'haría ¡de nosotros una na­
ción poderosa y civilizada. Había que hacer del (pueblo
un ídolo, y que ese [ídolo nos gobernase por medio del
sufragio universal. ¡Oh las fulguraciones de elocuen­
cia tribunicia con que glorificaba Castelar el gobierno
del pueblo, en discursos maravillosos, como el de que
tomé la inspiradísima frase patriótica antes citada! Y
se importó el sufragio universal, y hoy vemos, descon­
certados, cómo nos gobierna el pueblo, ,o sea el caci­
quismo, muy de bracete con el dinero de los plutócra­
tas. No bastaiba (poner en las manos deí pueblo el go­
bierno de la nación. E ra necesario, para que hubiese
el progreso debido, ponerle también en las manos la
vara de la justicia; y se importó el jurado, y hoy .ve­
mos, estupefactos todosi: cómo la impunidad más ab­
soluta escuda al crimen...
Pero no quiero seguir historiando nuestras impor­
taciones político-sociales. Sería no acabar de poner
punto redondo a esta conferencia con que me propuse
ensalzar y glorificar el nobilísimo sentimiento de Pa­
tria. ¡Que el eco del nombre de nuestra Patria vibre
siempre en nuestro espíritu, enardeciéndonos en santas
patrióticos amores! ¡Que la imagen.de España se des­
taque siempre en nuestra fantasía como una deidad
ante cuyos altares ¡humee el incienso más puro y oí o-
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roso, después del que humea ante los altares de D ios!
¡Que por España estemos siempre dispuestos a tre­
par, resueltos y viriles, hasta las cumbres del sacri­
ficio! ¡Que España sea siempre acicate que espolee a
nuestro espíritu hacia la realización de hechos, me­
recedores de brillar siempre, vividos, en la memoria
de quienes hayan de seguir llevando, a lo largo de la
vida, el caudal de nuestra sangre y el aliento de
nuestra raza! Represéntesenos siempre como algo
parecido a la Beatriz del Dante; y como Beatriz
guiaba al altísimo poeta por las regiones del
misterio, ¡que ella nos guíe siempre a nosotros por
ias regiones de la virtud, exigiéndonos en todo instante
lo que constituye la aristocracia de un pueblo: la gran­
deza de alma y la hidalguía de corazón, que son lo que
nimba de inmortalidad a las patrias y a los hombres í
OBRAS D EL MISMO AUTOR

Memorias del Cautiverio; un Lomo. (Agotado).


E l Uro por la culata (carias a un gobernador de dos
ínsulas); folleto.—(Agotado).
Flores de un día (poesías); un tomo. (Segunda edición).
4 pesetas.
L a objeción contemporánea contra la Cruz. (Desde el
campo de la vida ).— 5 pesetas.
S i no hubiera cielo... (tercera edición ).— 3 pesetas.
E l libro de la Mujer Española (Hacia un feminismo
cuasi dogmático).—8 pesetas.
De paso por las Bellas Letras (Críticas y cri-tiquillas).—
Dos tomos: 14 pesetas.
Matrimonio , Amor líbre y Divorcio.— 1 peseta.
E n pro del reflorecimiento misional español; E l Sacerdote
español y las Vocaciones de Misioneros.— 1 peseta.
Santa Teresa de Jesús (La Doctora y la Escritora ).—
1 peseta.
Conferencias feministas pronunciadas en la U niversidad
y en el Fomento del T rab ajo de Barcelon a.— 2,50 pesetas.
Hacia la solución pacífica de la cuestión social.— 9 pe­
setas.
Regionalismo y Patriotismo. (Goníerencia pronunciada
en el T eatro «Palacio Valdés»). - - 1,50 pesetas.
Semblanza del primer Superhombre o N ietzsche y el
N ietzschism o.—7,59 pesetas.
Hacia una España germina (segunda edición en prensa!.

Precio de los dos tomos de esta obra: ) 5 pesetas»