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P .

G raciano M artínez
A gustino

R eligión

y P atriotismo

S er m on es, D iscursos
y C onferencias

TERCERA EDICIÓN, NOTABLEMENTE AUMENTADA

Tom o I

E X C L U S I V A PARA L A V E NT A

Ed it o r ia l V O L U N T A D
s e rra n o . 4 8 ,- M a d r i d

1924
R e l ig io n y P a t r io t is m o

í3 ER№3№ 3, DISCTÍKSWS Y GOKFEREHCIAS


ÍNDICE

Págs.

■Nuestra Señora de la Consolación.—Sermón predicado en


la iglesia de San Agustín, de Manila, en 1902.................. 5
'Nuestra Señora de Montserrat.—Sermón predicado en la
iglesia de San Sebastián, de Manila, ante la colonia cata
lana, igo2.............................................................................. :......... 19
Panegírico de Santa Rita de Casia pronunciado en la iglesia
• del Beato Orozco, de Madrid, y dedicado a 3as Damas de
los Talleres de Santa R ita.......................................................... 35
La muerte de Jesús .—Sermón pronunciado el Jueves Santo
en la Iglesia del Pilar (la Recoleta), Buenos Aires, 1908, 53
Panegírico de Santa Ménica (pronunciado ante la Asociación
de Madres Cristianas en la iglesia del Pilar i(la Recoleta)
■ de Buenos Aíres, 1908................................................................ 81
Panegírico de San Pedro predicado en la Catedral de Bue­
nos Aires el día de la solemnidad del Principe de los
1 Apóstoles, 1908.......................................................................... ... 103
Enseñanza y Religión .—Discurso pronunciado el día 18 de
Abril de 1900 en la inauguración del Colegio de las Es-
aielas Pías de Guanabacoa........................................... ............. 125
Nuestra Señora la B'x'n-A parecida, Patrona de la provincia
de 6"an tanie r .—Discurso pronunciado ante ¡la colonia
montañesa de S a n ta n d e r ...................................... -,·■··.·___ 149
Santa Tomás de A quino.—Panegírico pronunciado en ’la
iglesia de Santo Domingo, en 1a [Habana, el 'día 7 de Már-
' zo de 1908................................................................................ 167
Por Calabria y Sicilia .—Oración pronunciada en la Asocia­
ción de los Dependientes de Comercio de la Habana........ 191
En el Centro Asturiano .—Discurso (pronunciado con motivo
del vigésimo tercero aniversario "de la fundación del Cen­
tro Asturiano de la H a b a n a ....'............................................ 205
Lo Purísima Concepción,—Panegírico pronunciado en la
Quinta de Dependientes “ La Purísima Concepción”, de
la Habana....................................................................................... 34c
Nuestra Señora del Pilar .—Panegírico pronunciado ante la
colonia aragonesa, en la iglesia de Nuestra Señora del
Pilar, de la Habana....................................................................
Son Cristóbal.—Panegírico pronunciado en la Catedral de la
Habana..............................................................................................
Oración fúnebre pronunciada en la ’Habana con motivo de la
conmemoración anual de la catástrofe ¡de los bomberos... 2Si,
Son Rafael.—:PanegÍEÍco‘ pronunciado en la Habana, en . la
Parroquia del Angel:. . . . . . . . . . . . . . . . . . .... ............ aqf;
En la Covadonga:—Discurso ¡pronunciado en la bendición
del Pabellón “Maximino F. Sanfeíiz”, apadrinado por la
distinguida señora del Presidente del Centro Asturiano,
y por D. i Rafael Altamira.. . . . . . . . . . . . .......... ..................... 31E
La verdadera agonía de Jesús .—Sermón pronunciado en . el
templo de las m onjitas.de la "Preciosa Sangre", de la
Habana.................................... ........................ . ■. ■......................... 3 $
L¿p ]flfujer Remü .—Discurso [pronunciado £n la distribu­
ción de premios del ¡Colegio “Hogar y Patria”, de 3a Ha­
b a n a .......................................................... ....................................... 34f
Los Talleres de Santa Rita de Casia en Madrid.—Conté-
rendasjpredicadas a Jas'.Damas de los Talleres, en laigle-
sia de San Manuel y San Benito, 1912................................... 3j£
Qraeión fúnebre de- Menéndes 31 \Pelayo ¡pronunciada en las
exequias celebradas por la Real Academia Española en. la
iglesia de San Manuel y San Benito, Madrid................... 405
Panegírico de Nuestra Señora de Covadonga ¡pronunciado
en la Basílica de Covadonga en el día de la solemni­
dad, 1912........................................................................................... 41^
Excelencias de la Eucaristía .—Sermón predicado en la igle­
sia ¡de San Francisco de Aviles el día del 'Congreae Euca-
ristieo internacional de Madrid................................. ............... 4 ^
NIHIL OBSTAT

Censor di laüDiócasís, ' Censor de ta Ofdett,


F r , J uan Manuel L ópez F s . Ignacio Monasterio

IMPRÍMASE

Fs. F rancisco A lvarez


Prior Provincial.

Madrid, Imp. del Asilo de H. del S. C. de Jftsús.—loan Bftvo, X.


NUESTRA SEÑORA DE LA CONSOLACIÓN

SERMON PREDICADO EN LA IGLESIA

DE SAN AGUSTÍN, DE MANILA, EN 1902


Cowotámim, consoíáf**-
m, popule me#;.
Conduélate, ««isuéfcite,
pueblo mío.
(I.•caía,?, c. X L , v. t *)

V enerable A r c h ic o f r a d ía :

No hace muchos días aún que el que hoy se honra con


dirigiros la palabra, tuvo la desgracia de oír de labios de
cierta persona, sumamente tímida respecto de la cuestión
religiosa de este país, las siguientes frases saturadas del
más megro de los pesimismos: "la Religión católica en
Filipinas es un cadáver. ¿Dónde está esa decantada Re­
ligión católica?”
Yo quisiera tenerla presente en estos instantes para
decirle: Hombre de pooa fe: aquí está la Religión cató­
lica de Filipinas. Hela ahí, encamada en estos fieles que
rezara devotos ante los altares de Nuestra Señora del Con­
suelo. Saben que en nombre de esta Señora se han hecho
las primeras conquistas espirituales por los Hijos de San
Agustín, primeros varones apostólicos que regaron cchiii
su sudor y con su sangre estas playas remotas: que ante
las plantas de esa Virgen hicieron mis antepesados rodar
los primeros ídolos, a quienes esta raza consagraba culto;
que por Ella tremoló sobre este suelo, por espacio de tres
centurias, sonriente y gloriosa, la enseña de la Cruz; y
hoy que una parte de ese pueblo, sorprendida en. sus creen-
- 8 -

cías pacíficas por silbidos de serpiente y cánticos de sirena,


parece que se empeña en volver a Cristo las espaldar
y arrojarse en brazos de la apostasía, acuden a protestar
ante estos altares, implorando a esta Virgetu que nunca
los abandone y que continúe siendo siempre Reina y Se­
ñora de estas tierras, que poco ha se sentía® tan bienha­
dadas y dichosas bajo el influjo de sus sonrisas.
No es que yo niegue, señores, que haya motivos se­
rios para temer por el porvenir religioso de esta Perla
del Oriente. Préciome de conocer algo la cuestión religio­
sa de Filipinas y hiéreme muy al vivo contemplar a esas
muchedumbres vagando aquí y allá cuasi oves non ha-
bentes pastorem, vitoreando a la corrupción y aclaman­
do frenéticas a una gavilla de infelices que ostentan or­
gullosos las credenciales de apóstoles impíos. Desconsué­
lame considerar que, si las abominaciones que se cometen
a diario, no estuviesen condenadas a arrastrarse como
viles sierpes por el cieno, y pudieran levantarse hacia
arriba, bastarían a obscurecer ese magnífico sol de los
trópicos que nos esclarece y nos alumbra. Duéleme más
que nada ver que los llamados a levantar su voz en medio
del griterío de las pasiones y tratar de deshacer con el
pararrayos de su influencia reconocida la nube preñada
de fluidos antirreligiosos que amenaza desencadenarse
sobre este suelo, s^ recogen en sus moradas, quizá a llorar
como mujeres lo que no saben defender como hombres.
Porque abrigo la persuasión de que a esos soldados pu­
silánimes que arrojan las armas por no combatir y pliegan
y esconden la bandera para que no -se los combata, se debe
más que a nadie el que la Iglesia se vea condenada a llorar
a solas, en el recinto de sus templos, pérdidas y reveses
sensibles, y el que retoce en los labios de la impiedad aque­
lla irónica pregunta que hacía vibrar de dolor al arpa del
Profeta: ubi est Deus eorum? ¿En dónde está su Dios?...
Mas a pesar de todo ese cúmulo de desventuras que
no pueden menos de amargar y entristecer nuestras fiestas
religiosas, la Iglesia filipina no es todavía un cadáver ní
mucho menos. Puede la prensa anticatólica dedicarse a,
grabar sobre imaginarías tumbas todos los rótulos fune­
rarias que le vengan en antojo; pero yo os digo en verdad
que, en tanto haya un puñado de almas devotas que acu­
dan en busca de consuelos a este recinto; en tanto que
desde aquí asciendan a lo alto, concertándose en himno
armonioso, esos murmullos dulces y profundos con que
rompe la oración en nuestros labios, Nuestra Señora de
la Consolación os sonreirá desde sus altares, y su sonrisa
será prenda segura de que Dios no os abandona ni per­
mite que se ciegue entre vosotros la fuente de la vida.
¡ Qué consuelo más grande para vuestras almas saber que
María no os abandonará, mientras no la abandonéis! Y
que está deseando que la hagáis partícipe de vuestras
aflicciones para deciros coa maternal ternura aquellas pa­
labras de Isaías, consolámini, sonsolwmni, popule meus.
Consuélate, consuélate, pueblo mío.
Ya lo oyes, Virgen Santísima. Voy a hablar a tu pue­
blo de tus divinas consolaciones. Inspira, pues, mi men­
te, unge mi corazón y purifica mis labios para que no
brote de ellos una palabra que no vaya impregnada con
el perfume de tus can-suelos.

Ave María.
_ 10

CoHsolámmi, etc.

V ENERABLE Ar CHICOFRADÍA:

Hermanos míos en Jesucristo:

Estaba por afirmar que de todos los hermosos títulos


con que es nombrada María, ninguno quizá le sea tan
de su agrado como el de Consoladora de los afligidos,
i Debe despertar «ru su mente recuerdos tan celestiales
este título de Consoladora! Porque casi puede decirse
que María no ha hecho ni hace otra cosa en este mun­
do que dejar que fluya a chorros fresquísimos y abun­
dantes el manantial de sus consolaciones. Y conste que
me sugieren. esta idea aquellas frases que le dirige San
Buenaventura: “ desvelaste tanto por los afligidos que
pudiera creerse que no tienes otra ocupación que la de
consolarlos” (i).
Ya mucho antes de que apareciese entre el humano
ILrtaje, deslumbrándole con sus virtudes y embebecién­
dole con su hermosura, le cupo la dicha de inundar a
muchas almas con el rocío de sus consuelos. Recorramos
un instante los expresivos símbolos con que en los Libros
Santos se la representa, y veremos cómo esa Virgen,
cuando todavía -no era más que en la mente del Altísimo,
cuando aun no existía ni 'siquiera como sombra, ya en
almas, del Cielo queridas, derramaba a torrentes sus puras
consolaciones.

(i) Citado por l/Annuaire de Marie, par M. ¡Menghi d'Arvitte.


11 -

¿Quién consolaba al Patriarca Jacob, cuando saborean­


do el ácido pan del destierro y perseguido de muerte por
su hermano Esaú, se tiende en la dura tierra a descansar
sobre eí lecho de sus lágrimas, sino aquella escala miste­
riosa en cuya cima estaba Dios, y por la cual bajaban y
subían los ángeles del Cielo? Pues bien:, aquella escala
mística no fué, según el sentir de los Santos Padres, más
que un símbolo, una figura de María: María que sube
continuamente al Cielo a presentar a Dios las tristezas de
los hombres, y baja incesantemente a la tierra con tesoros
de ternura para endulzarlas. A estas bajadas y subidas
se refirió sin duda aquel Santo, que valiéndose de una
frase vulgar, si se quiere, pero sugestiva como pocas, llama
a María la faccendiera del Paradiso (i), la atareada del
Paraíso, la ocupada incesantemente en recabar de Dios
consuelos para los hombres.
I Ouién consoló las desgarradoras tristezas de Moisés
en los arenales del desierto, cuando los pobres israelitas,
sedientos y cansados, le pedían un poca de agua para
calmar su .sed, sino aquella roca viva que abrió sus ubé­
rrimas entrañas, dejando correr sus ondas puras y re­
frigerantes? Pues bien, aquella roca figuró también a
María, de cuyo seno había de brotar fecunda la fuente
de vivas aguas que saltara hasta la vida eterna. No por
otra razón la saluda el Damasceno, como dkñms liw-
phis scaturiews fons (2), como fuente inagotable de aguas
divinas.
Y si de las figuras y de las sombras pasamos a las
realidades, son tantos lo hechos que confieren a María
el título de Consoladora, que no acabaría nunca este
sermón, si quisiera, aunque no fuese más que apuntar
los más persuasivos y elocuentes. El Areopagita San Dio­

(1) San Andrés Avelino. '


(2) Serm. ¡De Virabiis Nativitate.
- 12 -

nisio, que tuvo la fortuna de visitarla en vida, sintióse


a su presencia tan loco de consuelo —permítaseme la fra­
se— que exclamó era un delirio de entusiasmo: “ si la fe
no me enseñara que la divinidad está solamente en Cristo,
yo la miraría y honraría como a Dios” . Ella consoló a los
primeros mártires de su Hijo, regalándoles el alma con
efluvios de dulzura en el momento preciso en que sobre
ellos arreciaba como tempestad creciente la furia de los
perseguidores. ¡ Con qué emoción más dulce se clavarán
los ojos de los peregrinos a Tierra Santa en aquella piedra
desde donde se dice que alzó María, puesta de hinojos,
fervorosísima oración al Cielo, en tanto la turba judaica
lapidaba inhumanamente al glorioso San Esteban! ¡Y
en qué océa¡nos de consolación divina se habrán conver­
tido en el espíritu del insigne mártir las lágrimas que Ella
lloraba, viéndole sobrellevar tan lleno de fe y alegría aquel
tan bárbaro y espantoso martirio!
Abrid cualquier devocionario y veréis que sus páginas
abundan en ejemplos rigurosamente históricos, donde se
narran con una sencillez de que sólo 'saben revestirse las
cosas verdaderas, consolatorios hechos de María. Ella es
la que hace, no ya sólo llevaderas, sino atrayentes y en­
cantadoras, las soledades de los claustros a las vírgenes
de Jesucristo. Ella es quien endulza al misionero las ho­
ras amargas de la persecución, cuando sueña con las ya
para siempre idas venturas del hogar, con los inocentes
júbilos de familia, con todo aquel cúmulo de indefinibles
encantos, renunciados libérrimámente para ir allá, muy
lejos, a un país que parece que le rechaza y donde a
diario se le injuria y se le denuesta y se le maldice. ¡ Ah 1.
vosotros, los que estáis o habéis estado lejos de la patria
v en ciertas fatídicas horas habéis visto surgir en los
ámbitos de vuestro ser el horizonte que cobijó vuestra
cuna, el río que arrulló vuestros sueños, el campo que
deleitó vuestros ojos, y en medio de todo este cuadro la
- 13 —
silueta de una madre queridísima, ansiosa de gastaros a
besos la frente... vosotros, digo, tenéis que saber lo que
son ciertas tristezas, negras y tediosas como el hastío, que
dilátanse anochecedoras en· el alma, y por lo tanto podréis
rastrear lo que son ciertas consolaciones de María cuando,
cual matutino albor, "como aurora surgiente", por decirlo
con frase de la Escritura, asoma en el espíritu entene­
brecido, brotando de sus ósculos el d ía: ¡el día del alma,
que es paz y quietud y júbilo en el Señor!
Pero ¡ que inocente empeño el mío: esforzarme éu pre­
sentaros a esa Virgen Santísima cual consoladora de nues­
tras aflicciones, como si vosotros mismos no lo hubieseis
experimentado mil veces! Como si vosotros no hubieseis
llegado un día, muchos días, junto a estos altares, el alma
llena de desolación, el pecho abrumado de inconsolables
angustias, llorando la muerte de una madre cariñosa, la
súbita partida al Cíelo de algún pedazo de vuestro ser,
inesperados reveses de fortuna, cualquiera de los mi! y
un contratiempos que suelen tejer la urdimbre de la vida,
y, al poco rato de estar de hinojos ante esa Señora, no
hubieseis sentido desbordar por vuestro seno, como un
arroyo de ondas frescas y consolantes, levantándoos por
fi« de la oración, trocada el alma en un paraíso de ñores, en
algo así como aquel huerto de regadío — hortus irriguus—
de que nos habla, enajenado de júbilo, el Profeta Isaías.
• Ni necesito hablaros siquiera de pasadas consolaciones.
Ahora, en este mismo instante, está María salpicando
nuestras almas con el rocío de sus consuelos, regalándonos
con exquisitas dulzuras, al hacernos ver que aun se la
adora entrañablemente en este país; que ano no han caído
por tierra los altares que le 'han alzado muchos corazones;
que aun la fe en 'su ayuda redentora se mantieme incólume
y robusta en muchos espíritus ; en suma, que aun Filipinas
es la Hija queridísima de España; jde España, que, con­
fesado por mi orador francés en sincero arrebato de elo­
- 14 -

cuencia, es entre todos los pueblos del mundo el más fer­


viente y consagrado a María! (i).
Decidlo sino vosotros, los que tenéis la honra de cons­
tituir la Archicofradía de la Consolación; los que día y
noche no cesáis de excogitar maneras de propagar y di­
fundir en los hogares el culto de esa Señora; ¿ no es verdad
que hoy sentís impresiones gratísimas, y que esos temores,
esos santos temores que os ¡nublan a veces el azul del
pensamiento al considerar la cruzada demoledora de la
impiedad, se disipan, deshechos en una cascada de luz
que surge de no sé dónde en: vuestro espíritu, portadora
de halagüeñas augurios? Pues bien, todo eso se llama
consuelo, ¡consuelo de María, a cuyas irradiaciones de
cariño columbráis, por entre las negruras presentes, nítidas
lontananzas y venturosos porvenires!
—¡Que estoy dejándome llevar a merced de dorados
ensueños, en pugna abierta con la desnuda y fría reali­
dad ! ¿ Que tapio a cal y canto mis oídos para no adver­
tir las sordas convulsiones con que la fe agoniza en mu­
chas conciencias; el ruido del terremoto cOm que, al in­
gente avance de la herejía, se vienen abajo dogmas y al­
tares? ¡Virgen del Consuelo: yo no sé deletrear una sola
palabra en el libro de lo por venir! Mas si por altísimos
juicios de Dios esta raza malhadada te hubiese de dar
un día al olvido; si un día hubiese de enmudecer tu nom­
bre en; los labios de este pueblo que hoy por hoy aun la
venera y bendice, yo creo que hasta de la misma inanimada
naturaleza, adquiriendo habla milagrosamente, surgiría
una voz que cantara tus loores y publicase tus alabamzas.
¡ Sí, clmnabmt lapides: clamarían las piedras de los san­
tuarios que la piedad -filipina te ha levantado por doquiera,

(i) _íl n'est ipas sur la terre ¡de jpcuple ¡plus ,fervent et plus
devoué a Marie que le peuple espagnol. M. l’abbé Drouin, 5 iir
f amour des homines pour Marie.
- 55 -

y el himno de tu amor, repercutiendo en. los malayos ám­


bitos, iría aún a depositar a tus plantas, cual desagra­
viadoras ofrendas, las fervientes plegarias de las gene­
raciones que fueron!
Mas ¡qué estoy haciendo, desventurado de mí! Habéis
engalanado este templo majestuoso para, con toda la mag­
nificencia que despliega siempre vuestra :A rchicofradh,
festejar a Nuestra Señora de la Consolación, y yo, lejos
de hacer que la palabra brote de mis labios, impregnada
de esencias consoladoras, la estoy dejando fulgurar sobre
vosotros en hipótesis fatídicas que jamás habrán de tener
desenvolvimiento... Retiro solemnemente cuantas frases
pesimistas hayan podido hacer germinar eo vuestro co­
razón desasosiegos e inquietudes. ¡ A h !, un pueblo ado­
rador de María, no puede morir para Dios. Todo ese
tumulto de pasiones enconadas que rugen fuera como un
torbellino; todo ese confuso clamoreo de instintos y con­
cupiscencias que, como hambrientos océanos, amenazan
deglutir nuestras apostólicas instituciones; toda esa nube
siniestra, que preñada de cismas y de infidelidades, finge
estar próxima a descargar sus rayos sobre nuestra frente;
en una palabra, toda esa tempestad antirreligiosa que in­
tenta no dejar piedra sobre piedra del grande y secular
edificio aquí por la España católica levantado, pasará,
como pasan: todos los trastornos políticos y sociales, y no
conseguirá más que hacer resaltar con más vividos fulgores
la inmaculada hermosura de la Esposa del Cordero. Se
asemejará a esas tormentas interoceánicas que diríase van
a enseñorearse de islas y continentes, y sólo sirven para
hacer que, luego que Dios sonría en las alturas, reverbere
con más nitidez el cielo sobre la superficie de las aguas.
La voz de unión a las fuerzas católicas para que, or­
denándose en cuerpo de ejército, puedan resistir más fá­
cilmente los embates adversarios, ha resonado ya con ecos
de inefable armonía en los ámbitos filipinos. No importa
- l o ­

que todavía suene lánguida y cuasi desfalleciente: ya co­


menzará el majestuoso crescendo que dilatándola por el
espacio, de hogar en hogar y de aldea en aldea, la haga
llegar hasta el más ignorado rincón de Filipinas, con un
ruido imponente y grandioso semejante a aquella “voz
de muchas aguas” de que nos habla el Apocalipsis.
También entre el gritar estruendoso de la muchedum­
bre era débil la voz del profeta Daniel que, al ver a una
mujer inocente, castísima y hermosa, caminar hacia el
patíbulo, clamaba diciendo que no quería se mancillase
su nombre con el crimen que se iba a perpetrar: m-undus
ego sum a sanguine hujiis. Yo estoy limpio de la sangre
de esta mujer. Y no obstante aquella voz penetró las
nubes, y la justicia de Dios descendió a la tierra, y la
encantadora hija de Helcías tornó a la casa de su esposo
entre los aplausos de la muchedumbre y las bendiciones
del Cielo, Sí, hermanos míos, la Religión católica, única
fuente de cuyo seno brota la verdadera felicidad, no será,
no será de ningún modo cegada para siempre en; estas
'i
tierras, cuyos infelices moradores tanto necesitan de sus
aguas. Hoy la justicia del Cielo parece dormida; Dios,
como diría mi Padre San Agustín, está, morando silen­
cioso en las alturas, habitans in excelsis in silentio (i),
pero su voz, terrible como en el Sinaí, no tardará mucho
en relampaguear, contra esas turbas descreídas que tan
fácilmente le han vuelto las espaldas. Mejpr dicho, la voz
de Dios está ya hablando, y por cierto con aterradora
elocuencia, pero todavía no se le atiende,... ¡ A y ! que para
cuando hable de modo que hasta las montañas le escu^
chein, os encuentre a. vosotros postradas ante esa Virgen!
j Que para cuando crujan los rayos de su cólera, no cho-

(i) Confes., 1, I, c. 18.


— 17 —

.quen contra vuestras cabezas, porque os halléis ante Ma­


ría, de hinojos!
Y heme otra vez entristeciéndoos can mis arrebatos in­
tempestivos. Madre mía: consuela, consuela Tú a tu pue­
blo, Ya ves que tu indigno panegirista no sabe. Envuel­
to entre las ráfagas de las negruras presentes, no aciertan
■a pronunciar mis labios una sola palabra iluminada en
las claridades de lo por venir. Tú, cuyas delicias, al decir
de San Germán, “ no pueden ser agotadas de ningún modo”
exhauriri nullo modo possunt (i), Tú, que según el Agui­
la de Meaux, “tienes en tus manos la llave de las divkias
bendiciones” (2), Tú eres la que debes hablar hoy a esta
Archicofradia, que forma un solo místico ser con la gran
fainilia agustiniajna, no con esas palabras efímeras que
lleva el viento, sino con esas comunicaciones íntimas y se­
cretas —idioma inaprendible de los deliquios y los éxta­
sis— a cuyo ligero hálito se abren; en las reconditeces de
las entrañas veneros ocultos de suaves alegrías, arroyos
escondidos de consolantes inspiraciones.
Haz que tu Hijo se apiade ya de esta Iglesia, tanto
tiempo abrevada con heces de tribulación, y la consuele
con aquellas confortantes palabras de Isaías: paupércula,
tempestate convulsa absque ulla consvla-lione. Ecce ego
stemam per ordinen lapides tuos, et fundaba te in sap-
phiris; Pobrecita combatida por la tempestad, y sin nin­
guna consolación. Mira que yo pondré por orden tus pie­
dras y te cimentaré sobre zafiros. Y aquellas otras del
mismo P rofeta: "Escondí um poco de ti mi rostro, en
un momento de indignación, pero ya en mi eterna mi­
sericordia me he compadecido de ti.” Haz sobre todo
que, cuantos hoy nos postramos ante tus plantas, seamos
llevados un día sobre las orlas de tus vestiduras a aque-

(1) In Ingressuim Deiparae.


(2) Bossuet, Sur la compassion de la Ste. Vierge.
3
- 18 -
lias moradas donde Dios, según la bella frase de mi Pa­
dre San Agustín, ha de ser para siempre nuestro común
espectáculo y nuestro común regocijo: Commtme spectá-
cu¡um erit ómnibus Dcus, commune gaudium erit ómni­
bus Deus (i). Así sea.

(i) San Agustín, In psalmum LXXXIV.


NUESTRA SEÑORA DE MONTSERRAT

SERMON PREDICADO
EN LA IGLESIA DE SAN SEBASTIAN DE MANILA,
ANTE LA COLONIA CATALANA, 1902.
Adducam eos íh montem s:\ i-
ctum tnemn et ¡aetificabo eos in
domo orationis meae.
Los llevaré a mi santo monte
y los regocijaré en la casa de mi
oración, Isaías, cap. LVI, v. 7.

Ca t a l a n e s:

Os confieso ingenuamente que es inmensa la satisfac­


ción en que siento como bañarse mi espíritu, al dirigiros
hoy la palabra desde este púlpito. Y es porque me imagino
que no voy a ser yo quien os hable; que mi insignificante
personalidad va a desaparecer un momento, como por en­
canto, y que Covadonga, la inmortal Covadonga, valién­
dose de mis rudos acentos, va a tributar hoy a Montse­
rrat un ardiente homenaje de cariño, deshojando ante las
plantas de vuestra Virgen im ramo de ñores de mis mon­
tañas.
Será ensueño de la mente, será locura de la fantasía,
pero ¡benditos ensueños y benditas locuras!: al través de
los océanos que con inmenso cendal de espuma y azul aios
esconden las playas del Mediterráneo, de aquel verdadero
mare nostrum, como íe llamaban los antiguos, la imagi­
nación, batiendo sus alas, más rápidas mil veces que los
fluidos eléctricos, remóntase a no sé dónde, a unas alturas
transparentes y diáfanas, desde las cuales se figura con­
templar a dos montes que se agrandan en el espacio, in-
- 22 -
diñándose el uno hacia el otro, hasta formar ciclópea
ojiva, bajo cuyo óvalo magnífico dos Vírgenes se besan:
la María de Pelayo, blanca y sonrosada, como una poma
de los pomares astures, y la María de los Wífredos, more­
na como las tiendas de Cedar y como los tabernáculos de
Salomón; pero pulche-rrima inter midieres, hermosísima
entre las mujeres, con cuello como sartales de perlas y me­
jillas como de tórtola y ojos como de paloma africana, por
decirlo todo con frases que a la Esposa mística la pare­
cían siempre fragantes como ungüentos óptimos, y dul­
ces y enajenadoras como óleo derramado (i).
Y no creáis que ande desatentada la fantasía en for­
mar como un solo templo can las cumbres de aquellos mon­
tes. ¡ Hay tan estrechas relaciones consanguíneas —permi­
tidme la expresión— entre el Auseva y el Montserrat!
¡ Proyectan uno y otro tan copiosos haces de la misma luz
sobre el campo floridísimo de la patria historia! Uno y
otro arrancan de la cordillera pirenaica, siendo como vas­
tagos de un inmenso árbol genealógico, por cuyas ramas
desborda a torrentes la misma plétora de vida. A uno y a
otro, como Ararat excelsos, fueron a parar tablas salvado­
ras del arca de la independencia en· el espantoso naufra­
gio de la monarquía visigoda, cuando Dios, para borrar
de la española tierra las Jníandas maldades de los Witizas
y los Rodrigos, permitió que se desencadenasen sobre nos­
otros las hordas del desierto. De uno y otro se arrojaron
sobre los hijos de Mahoma las primeros héroes del le­
vantamiento nacional, a luchar, no uno coinitra ciento, sino
¡uno contra mil!, consiguiendo prodigiosos triunfos, y lle­
gando sus descendientes, tras una lucha sieíe veces secular,
a ver coronados sus esfuerzos con la toma y posesión de
la Alhambra de Granada —última escultural estrofa del
divino poema que se llama: ¡ La Reconquistaf Y, finaltnen-

(i) Versículos varios del cap. I del Cantar de los Cantares,


- 23 -

te, en uno y otro se apareció esa Virgen, sin mancha,


obrando maravillas innúmeras, escogiéndolos para su he­
redad, consagrándolos para su culto y abriendo en ellos
una fuente de su amor, mil veces más refrigerante y fe­
cunda que la que un día hizo brotar la vara de Moisés de
las lapídeas entrañas de urna roca.
Por todo esto, señores, yo me permito afirmar que no
soy aquí ningún advenedizo; que de ningún modo me con­
sidero extraño a vuestros júbilos; que yo también sabo­
reo esas alegrías indefinibles en que hoy sentís que se ena­
jenan vuestras almas; en suma, que yo también me juzgo
incluido en las palabras que en nombre de María he pues­
to por lema: adducam eos in montem smctum meum et
laetificabo eos in domo orationis meae, los llevaré a mi
santo monte y los alegraré en la casa de mi oración.
¡Virgen de Montserrat! Yo creo efectivamente que no
hay un solo catalán de cuantos tienen la benevolencia de
oirme, que no esté ya con el pensamiento paladeando en
tu santo monte las regaladas caricias de tus bondades: lo
que hace falta es que mi lengua no los Interrumpa en
esos gozos Intimos, impregnados de algo así como aire
de familia, de algo así como sabor de hogar. Presta
unción a mis palabras para que lejos de perturbarlos en
tan plácidas emociones, se las acreciente en intensidad,
y lejos de hacerlos bajar de su monte santo, consiga como
clavarles allí el corazón, para que siempre y a todas ho­
ras los embeleses con tu hermosura: Ave Marta.
— 24 -

Adducctm, etc.

S eño res:

¡Es una historia la de la Moreneta que no puede me­


nos de suspender el ánúno de quien devotamente la es­
cucha! Hacía ya mucho tiempo que de Barcelona había
desaparecido una Virgen a quien Cataluña entera había
consagrado desde los tiempos apostólicos fervorosísimo
culto, Su recuerdo vivía aún perenne en, la memoria del
pueblo, que oraba a Dios la hiciese aparecer para resti­
tuiría a sus altares. ¿No se los creía ya a salvo de corre­
rías y profanaciones, objeto por el cual manos piadosas
habíanla arrebatado y escondido en lugares ocultos que
jamás hubiesen de ser hollados por plantas musulmanas?
Al amor de la lumbre, en las poéticas veladas de in­
vierno, hablábase com. entusiasmo delirante de aquella Es­
trella de Barcelona, que parecía haber apagado para siem­
pre sus benéficos resplandores. Con acento inpregnado
de nostalgia, marrábanse historias divinas acerca de los pro­
digios obrados por la hermosa Hija de Jerusalén ( i ) ; pero
ya se juzgaba obscurecido para siempre el magnífico astro;
ya no se pensaba tornar a beber en su lumbre aquellas
irradiaciones de cariño, donde había traslucido las bien­
andanzas del Cielo la taumaturga Santa Eulalia.
Mas he aquí que una tarde unos pastores de Olesa, que

(i) Algunos cronistas, entre ellos el P, Argáiz, creen que la


imagen ha sido hecha en Jerusalén ¡por el Evangelista San Lucas.
— 25 -

apacentaban, sus rebaños en ias vertientes de Montserrat,,


distinguieron hacia los picos del monte, que como caladas
agujas de un templo se pierden en las nubes, resplandores-
de una luz que por modo inefable los seducía y deleitaba.
Fijáronse más y más, llamándose mutuamente la atención-
sobre la singular maravilla que cautivaba su espíritu, y
entonces percibieron una música regalada como jamás se
habían imaginado que pudiera oírse en la tierra. Una mú­
sica que les embargó el ánimo dulcemente, hasta que des­
apareció la luz, y vieron que el sol había transpuesto las-
últimas lindes, y que ya la noche con su mainto de sombras
se les cchaba encima. Esta maravilla, repetida varias veces;
y siempre en días de sábado, que son los que a la Virgen-
agradan, corrió de boca en. boca por todos los vecinos de.
Olesa. El propio Párroco, acompañado del pueblo, expla­
yó su vista y recreó sus oídos con el singular fenómeno-
que acaecía indefectiblemente todos los sábados. Y con.
una efusión del alma que no sabía explicar, corrió a su
Obispo, que era el de Manresa, y contóle .sencillamente el
milagro y logró interesarle y conmoverle, y, a los pocos
días, las escarpadas cuestas de Montserrat sintieran, sobre
sus espaldas ias huellas de nutrida comitiva que, formando
cortejo al Obispo Gottomaro, hacia las milagrosas cumbres
se encaminaba. ¡ Qué placer más hondo debió experimen­
tar el sainto Obispo al recrear sus ojos con aquellas arro­
badoras refulgencias y sus oídos con aquellas músicas ce­
lestiales! Manda en seguida que unos cuantos jóvenes de.
los más avezados a trepar por vericuetos ásperos y dificul­
tosos se aproximasen cuanto pudiesen al paraje semiinac-
cesible donde parecía estar el foco de tan insólito fulgor.
¡ Y cuál sería la emoción de nuestros jóvenes al ver que en.
amplia hornacina, hecha a pico en la dura roca, se desta­
caba una Virgen morena, modestamente sentada y soste­
niendo sobre sus rodillas a un Niño-Dios! Su júbilo en­
tonces no tuvo límites. Comenzaron a gritar, contando lo>
— 26 —

que veían. Y la comitiva llegó allí con su Obispo y pos­


tráronse todos en tierra y adoraron a la Estrella produci­
dora de la luz y con celestes músicas festejada.
Tadavía no acaban aquí las maravillas acaecidas en
aparición tan providencial. Al día siguiente organizóse
por el Sr; Obispo una procesión para bajar la imagen a la
Catedral de Manresa, donde el pueblo pudiese magnificarla
con espléndidos cultos, y al llegar a cierto sitio, que, según
la tradición (i), está casi debajo del camarín que hoy ocu­
pa Nuestra Señora, hízose tan pesada la milagrosa imagen
y adhirióse al suelo con tanta fuerza, que no hubo modo de
levantarla, cual si fuese un bloque de la misma roca, la­
brado allí por manos de supremos artífices. La voluntad
de la Virgen estaba vista. Quería que se le diese culto en­
tre las fragosidades de sus montañas, donde, líbre de atro­
pellos y profanaciones, había pasado cerca de dos centu­
rias. Comprendiéronlo así todos, e inmediatamente dispú­
sose la construcción de una capilla. Señores: la capilla que,
andando el tiempo, había de transformarse en el santua­
rio ostentoso que es hoy, sin duda de ningún linaje, el
más egregio blasón de Cataluña! ¡ Qué historia más poéti­
ca y más sencilla a la vez! No se inventan historias así: el
artificio no efunde nunca en el alma ese aroma de convic­
ción profunda que envuelve como en vivífica atmósfera las
cosas verdaderas.
Sí que la fantasía popular ha venido luego a obscurecer
cotn narraciones legendarias esta historia tan sencilla, dan­
do margen a que algunas espíritus escépticos —reñidos con
toda esa poesía que envuelve como en túnica de oro los
orígenes de nuestra nacionalidad— hayan intentado hasta
poner en tela de juicio el hecho indiscutible de la apari­
ción. Pero de todo esto no hay que cu-lpar a nadie. Mejor

(i) Historia de la Imagen y Santuario de Nuestra Señora de


.Montserrat, por 'Mfertí y Cantó.
— 27 —

dicho, mas cabe la culpa a todos. Nuestro puebk> es emi­


nentemente poeta, Una ráfaga de inspiración, que agran­
da y hechiza cuanto nos es querido, orea constantemente
el ámbito de nuestro ser. No registramos un héroe-ver­
dad, un héroe sincero, que diría Cariyle, en nuestros ana­
les gloriosísimos, a cuya frente no haya ceñido el pueblo
una guirnalda de trovas y romances que siempre han ser­
vido para que no podamos discernir con claridad la línea
imperceptible en donde se dan el ósculo cariñoso la histo­
ria y la leyenda. Pelayo, el Cid, el Conde Fernán-Gonzá-
lez vivirán eternamente en una región de altísima poesía
popular, de donde en vano tratará de arrebatarlos la cri­
tica histórica. Lo propio sucede con Nuestra Señora de
Montserrat: la fantasía del pueblo no se ha cansado de
deshojar ante sus plantas flores poéticas que han formado
y formarán siempre en derredor de aquella Señora una
atmósfera de riquísimo perfume legendario. No seré yo,
después de todo, quien por esto me incomode con el pue­
blo, como hacen ciertos historiadores que se pagan de
nimiedades, i Bien hayan, bien hayan mil veces todas las
trovas y leyendas mantserratinas, desde el poema del va­
lenciano Virués, y las Canciones reales del P. Figueroa
hasta Lú, Azucena Silvestre del inmortal romántico que
cantó a Granada. ¿Por ventura hemos perdido algo con
inmortalizar a Fr. Garín, idealizando y embelleciendo las
acciones de aquel santo anacoreta, a cuya entrada en Roma
se echaban todas las campanas a vuelo, tocadas por seres
invisibles ? ¿ No nos hemos deleitado cien veces, aspirando el
perfume de aquella flor en que se transfiguró la bellísi­
ma Riquilda:
“más pura que la luz de blanca luna
que el arroyo límpido riela” (i).

{i) Zorrilla, La Asucen-a· Silvestre.


— 28 -

cuya desaparición vistió de luto por espacio de muchos


años el señorial castillo de los Wif redos? Pues todo esto
se lo debemos a la fantasía de nuestra raza; a una musa
milagrera y generosa que ha escogido por Olimpo nuestro
corazón, y ha hecho de nuestra literatura la más rica y
más poética de todas las literaturas populares.
¡Y cómo no había de cantar el pueblo a su Virgen, si
ya primero los mismos querubes 'la habían; cantado! ¡ Cómo
no habían de celebrarla las armonías de la tierra si
ya la habían celebrado las armonías del Cielo! Yo me
adhiero, en absoluto, al sentir de los historiadores que ase­
guran no haber obedecido a otro móvil la fundación de la
Escolaría. que al deseo vehemente de perpetuar en tor­
no de la Virgen aquellas músicas que, como invisibles cas­
cadas sonoras, oyeron despeñarse desde las aserradas
cumbres los pastorcillos de Olesa. Y a fe que se perpetúan
a maravilla. ¡Resbalan tan dulces por las suntuosoas bó­
vedas del templo las voces vírgenes de los .monacillos, her­
manos de los ángeles, como los llama Verdaguer! (i)_
Suenan tan a música del paraíso aquellas misas matuti­
nales cantadas a coro por los escolan es y por los monjes, y
acompañadas siempre de la trompetería del órgano! Aque­
llas salves benedictinas que, al rayar la aurora, repercu­
ten solemnes en mármoles y granitos, ascendiendo luego
hacia arriba como el perfumado himno de la mañana f
Todo Montserrat, señores, es un himno viviente que sin
cesar resuena ensalzando a María. Sí, porque allí todo can­
ta, desde los pájaros que vuelan felices por aquéllos con­
tornos, hasta las hojas de los árboles remecidas por el
viento; desde los multiformes picachos que, simulando
góticos templos y feudales castillos, se yerguen osado« a
las nubes, hasta lo manantiales de agua pura que brotan

(i) Verdaguer, La Cansó de!i Escolans.


— 29 —

aquí y allá, serpenteando por entre colinas tapizadas de


verde musgo; desde la humilde flor que, embriagada de
rocío —el delicioso néctar de las flores—, abre su cáli-z,
hinchiendo el ambiente de balsámico perfume, hasta el
tortuoso Llobregat que, lamiendo, a guisa de rendido aman­
te, el trono de su amada, corre saltando de peña en pefia,
como a llevar parabienes y remembranzas de su Virgin
a la industrial espléndida Barcelona.
Cata'lanes: no permitáis que dejen de sonar un sólo día
esos himnos en loor y alabanza de vuestra incomparable
Moreneta. Cataluña se lo debe todo: sus inmarchitas glo­
rias pasadas, sus abrumadoras grandezas presentes y sus
risueños y venturosos porvenires. Vuestras crónicas están
llenas de los favores que se ha dignado dipensaros en todo
tiempo. ¡ Surgiesen animadas de la tumba las cenizas de
vuestos antepasados y os dirían que en lo antiguo, hasta
de los más apartados rincones de Cataluña, emprendíase
romerías a Montserrat con objeto de agasajarla y prestar­
le juramenito de fidelidad eterna por sus misericordias in­
finitas ! ¡ Que allí al pie de su trono brotaron vuestros diver­
sos Condados y Señoríos., débiles en un principio como loa
retoños de la vid, que para trepar y crecer necesitan ad­
herirse a alguna planta, pujantes y robustos después, cual
cedros centenarios, llegando a proyectar su sombra allen­
de los mares! ¡ Que allí calan de hinojos las madres ca­
talanas llorando la partida de sus hijos a las mil y urna
guerras en que España supo sostener siempre sus presti­
gios y sus fueros, y levarntábanse henchidas de santas con­
solaciones, lamentando no tener más hijos que inmolar
en los altares patrios! ¡ Que allí bebieron su indómita bra­
vura aquellos terribles almogávares que al mando de los
Rogeres de Flor y los Berengueres de Entenza, hicieron
temblar al Oriente, desde Rumania hasta el monte Tau­
ro,, y aquellos otros, sus nietos legítimos, que supieron
- 30 -

constelar el firmamento de la historia patria con esos fo­


cos de luz perenne que se llaman El Bruch, Gerona, los
Castillejos!... En tina palabra, que la Moreneta ha esco­
gido vivir tan arriba, tan arriba, para desde allí, como
desde alto mirador, ser la eterna Guardiana de los intere­
ses de Cataluña, inspeccionando más fácilmente las ciu­
dades y las villas y las aldeas, para con más prontitud
acudir al socorro de sus necesidades. ¡ A h ! señores: cuán­
tas veces desde aquella montaña habrá conjurado con un
rayo de sus ojos las tormentas que, preñadas de cólera
divina, relampagueaban ya, ávidas de estrago, sobre la
tierra catalana, sobre la tierra española; mo las tormentas
que se forman en ías nubes; que para semejantes meteo­
ros se sobran los agrietados riscos del Canigó, sino las
otras tormentas, las que se forman mucho más arriba con
¿1 fluido condensado de las maldades de los hombres, y
sin comparanza soni más terribles que las que, como res­
piración fatigosa de sus pulmones gigantescos, arroja des­
de su cúspide la abrumadora Maladeta!
¡ Montserrat! ¡ Montserrat! Tú eres aquel monte funda­
do con regocijo de toda la tierra, de que nos habla el sal­
mo, monte en comparación del cual desdeñaba el Real
Profeta los mantés cuajados y pingües, porque Dios se
había complacido en escogerlo para morada y en él mo­
raría hasta el fin. En tí ha manado siempre en- ondas abun­
dantes aquella fuente de sabiduría, que es —según el len­
guaje de los Proverbios— torrens redundans, arroyo que
redunda en beneficio de Cataluña, en beneficio de España
y de Europa entera. En tí cayó de hinojos el pecador em­
pedernido, y ya no supo levantarse sino para ir a respirar
ambientes de Tebaida a las silenciosas ermitas que se al­
zaban sobre tus picachos, y donde se vivía aquella vida del
Cielo} camtada por mi incomparable hermano Fr. Luis de
León en unas liras, que pertenecieran a la historia de la
— SI —

literatura del Paraíso, si en el Paraíso hubiera historia li­


teraria. En tí sorprendió el más grande de los Jaimes aque­
lla fortaleza de espíritu que le hizo triunfar de los ene­
migos de Dios en treinta batallas consecutivas, hasta en­
garzar en¡ su corona aragonesa, como diamantes valiosos,,
los reinos de Valencia y de Murcia, y, al fin, Mallorca, la
perla de las Baleares. En tí resolvió Pedro Nolasco llevar
a la realidad aquella locura sublime de fundar una Orden
cuyos adeptos corriesen ansiosos a las mazmorras berbe­
riscas, a comprar con el oro de su libertad propia la de los
llorosos y llorados cautivos. En tí templaron Carlos V y
Felipe II aquel magnánimo carácter que los hizo sobrepo­
nerse al especioso grito de “ Reforma” , que volcanizaba a
la humanidad, llegando a ser ambos escudas y baluartes
de la fe y reyes temidos de toda tierra. En tí colgó su es­
pada aquel incógnito herido deí castillo de Pamplona, y
semialienóse de júbilo ante la idea de instituir una mili­
cia de Jesús que, inundando el orbe de misioneros, diere a
la Iglesia más creyentes que los hijos deAbraháíi, con ser
iguales a las estrellas y los soles.
Pero sería no acabar nunca querer hacer un recuento de
las hechos notables que, como fúlgidas antorchas, se ofre­
cen a la imaginación, reverberando sobre tus cimas; por­
que tendría que detenerme en un D. Juan de Austria,
que envió para adornos de tu templo las primeras ban­
deras cogidas en¡ Lepanto; en un Luis Gonzaga, que acaso
gustó allí las dulzuras del primer éxtasis al renovar el
voto de virginidad que había ya hecho en Florencia, pos­
trado a los pies de la Madona Annunskita; en un Fran­
cisco de Borja, en un José de Calasanz, en im Pedro
Claver... Una sola cosa no voy a omitir, porque debe lle­
naros de noble orgullo; y es que allí, cabe los santos pi­
lares de la Moreraeta, en medio de aquella serena atmós­
fera engendradora de reyes y mártires y santos, ora ha-
— 32 -

■ciendo cantar a los escolanes endechas sublimes, o llorar


.a María, al pedir que le devuelvan sus ermitas,

“ las dotze estrellas de nía corona" (i),

•ora derramando su corazón en idilios místicos, perfu­


mados con el espliego y la madreselva que matizan aque­
llas montañasj formóse el alma más grande y más hermosa
de cuantas esplendoraron en nuestros días el cielo de Ca­
taluña: ¡el alma de Verdaguert ¡Un mártir, un santo! Y
más que todo: ¡Un poeta! ¡Un poeta a lo Isaias y a lo
Homero como no le había visto el mundo desde los tiem­
pos del Dante!
Y heme ya al final de mi discurso, y ¡ aun no he dicho
■una palabra en elogio de la esclarecida Orden benedicti­
na! Sería hacer traición a la Historia si, ni aun siquiera
de pasada, dejase caer algunas pétalos de flores sobre la
frente de esos proverbiales obreros de la civilización eu­
ropea. Ellos fueron siempre custodios celosísimos de la
joya que más engrandece a Cataluña, y los únicos a quienes
í u é debido el que se librase de la profanación y de las
llamas, cuando por obra de un traidor —de la sangre del
Conde D. Julián o del Obispo D. Opas— se hicieron los
tiradores napoleónicos dueños de Montserrat, que debió de
sentir sacudidas semejantes a las que, es fama, le desga­
rraron de duelo cuando expiró Jesús en el Calvario. .
Catalanes: vosotros sabéis muy bien la encarnizada
lucha político-religiosa que hoy se está librando en la
madre Patria. El corazón del pueblo español,, seducido
por la palabra deslumbradora de cuatro seudo-apóstoles
que le predican continuamente ño sé qué ideales soñados
de redenciones imaginarias, está sintiendo con más fuerza
que nunca aquellas eternas inquietudes de que nos habla

( i ) ' La Cansó de las Ermitas.


- 33 -

mí gran Padre San· Agustín en sus inimitables Confe­


siones (i). Yo no sé si nuestro pueblo llegará a desenga­
ñarse de que el corazón de la sociedad, como el del indi­
viduo, sólo puede descansar y satisfacerse en Dios; mas
por si —¡ lo que el Cielo tro permita!— triunfasen las
peroratas de los demagogos, y a la canción magnífica deí
trabajo que hoy llena los ámbitos de Cataluña sucediese
el báquico himno de la blasfemia, estallando por doquier
la más sangrienta persecución religiosa, ¡ que mo sean toca­
dos los monjes benedictinos! ¡Que se respete a esos fieles
depositarios que al través de las vicisitudes de los tiempos
han sabido mantener incólumes vuestros más sacrosantas
intereses! ¡ Oh los terribles castigos con que Dios amena­
za a los que profanen el sacro monte! (2).
Pero no recojáis estas palabras fatídicas que intempes­
tivamente se me escapan de los ’labios... Son inconsciencias
de un alma que no sabe a veces ser señora de sí misma.
¡Virgen de Montserrat! Yo te pido que sólo recojan tus
recuerdos gloriosos; que nadie descienda de tu santo monte
sin bajar consigo mr álbum de memorias, cada una de las
cuales sea como el tallo donde florezca una esperanza dul­
císima : ¡ la de virir y morir en el regazo de tu amor!
AH sea.

(1) L¡b. X. c. x."


(2) Exodo, c. XIX, yv, r2 y 13.
PANEGIRICO1DE SANTA RITA DE CASIA
PRONUNCIADO EN LA IGLESIA DEL BEATO OROZCO
DE MADRID, Y DEDICADO A LAS DAMAS
DE LOS TALLERES DE LA SANTA
Multae filias congregaverwnt
díViíw’fiai, in supergressa es unir·
versas.
Muchas hijas allegaron tesoros,
tú a todas las has superado.
Prov., c. 31, v. ¿9.

E x c e l e n t ís im o .S e ñ o r : ( i )

D evotas D amas de S anta R it a :

¡ Que no tuviera hoy mi palabra fuerza fascinadora bas­


tante para trasladaros con la fantasía a] sudo peregrino
«|ue con manto de inmaculado azul cobija el cielo de Italia!
¡ Que no píadiera hoy haceros recorrer conmigo una de sus
regiones, la más hermosa por lo pintoresco de sus valles,
por lo encantador y sonriente de sus montes y colinas; pero
sobre todo, la más augusta por sus timbres nobiliarios
—madre fecundísima de apóstoles ilustres, venero de fi­
nísima pedrería que enriqueció con invaloradas joyas los
tesoros del Cielo I
¿Verdad que rodeado de luz y como trazado con ca­
racteres de oro estáis leyendo en vuestra imaginación el
nombre mágico de Umbría? ¡Umbría! ¡La casa solariega
del Pobrecillo de Asís! ¡El fértil terruño desde donde
con explosión magnífica de frutos y de flores se yergue

(1) D. Fr. Francisco Valdés, Obispo de Jaca y Senador del


Reíno.
- 38 -
hasta las nubes el árbol franciscano; pero también tí hogar
bendito de las más puras de nuestras glorias, el más fe­
cundo plantel de nuestros santos, el más florido jardín de
nuestras vírgenes! Yo no puedo tender urna mirada hacia
aquella poética región sin sentir como embriagado el es­
píritu en el aroma de las inmarchita® flores que impregnó
y sigue impregnando todavía el ambiente agustiniano.
Pero lo que más arrebata mi mente, lo que atrae como
imán al hierro todo el amor de mi alma, lo que hace
estremecerse de júbilo todas las fibras de mi corazón, es
un pueblecillo que a la sombra de áspero monte, resquebra­
jado, según la gente de aquellos contornos, al exhalar su
postrimer suspiro el Mártir dél Gólgota, ofrécese a los ojos
de la imaginación con el aspecto embelesante de una palo­
ma dormida. Aquel pueblecillo se llama' Roca Porrena,
y es cuna de la mujer que con más abundancia de resplan­
dores borda y esmalta de luz la leyenda de oro de mis
antepasados. Sí, allí nació Rita de Casia, la incomparable
heroína de la virtud, a quien festejáis llenas de gozo con
la magnificencia de estos.cultos; la mujer, para quien pa­
recen haber sido trazados en los Proverbios aquellos ver­
sículos salomónicos: “ mujer fuerte, ¿quién la hallará? Le­
jos y de :los últimos confines de la tierra .su precio. For­
taleza y hermosura son su vestido, y se la verá sonriente
en el último, de sus días. Abrió su boca a :1a sabiduría y
fluyó; la :ternura de sus labios. Y; levantáronse sus hijos y
su esposo y la llamaron beatísima y colmáronla de alaban­
zas” . Sí, en aquel pueblecillo contempló por primera vez
las maravillas del cielo Rita, la más cándida paloma de
los palomares de Casia, la mujer estrenua como Judit,
arrobadora como Ester, penitente como la Pecadora de
Magdalo, sabia y milagrosa como Catalina de Sena, y con
todas las ternuras y languideces de enamorada de Teresa
de Jesús, la Santa, de Teresa de Jesús, la divina.
En verdad os digo que me juzgo, no solamente indigno,
sino también en absoluto incapaz de tejer el panegírico
de tan grande santa. Los ojos del alma contémplanla re­
vestida de una magnitud que abruma, y cuando más se
esfuerza la mente para medir esa magnitud y buscar ios
apropiados moldes que un tanto la fijen, siento como un
mundo de gloria que se echa sobre mi espíritu; y es que
la grandeza de la Santa excede toda medida, y que es una
locura tratar de encerrar en moldes humanos lo que Dios
ha encerrado una vez sola era moldes divinos.
Una cosa os ruego de todas veras, y es que me eximáis
de seguir la senda ordinaria que han seguido siempre al
hablar de Santa Rita la generalidad de los oradores, ha-
'iendo -reflexiomes provechosísimas, enderezadas a trazar
¿I camino por donde con pie seguro puedan marchar las
doncellas, y dictar la pauta a que deben ajustarse las es­
posas para hacer de sus hogares abreviados paraísos, y
endulzar a las viudas las amargas horas de su soledad. La
grandeza de Santa Rita reclama hoy todas mis fuerzas,
absorbe todas mis facultades, exige todo mi ser. Yo no
debo hablaros hoy más que de esa grandeza; procurar
hacérosla sentir en el corazón, ya que no se la pueda abar­
car con el entendimiento. Hacer que mis palabras sean, ya
que no la copia donde vivamente se trasluzca el original,
d marco siquiera que no desdiga de la copia, y por el cual
se conjeturen las líneas delicadas del pincel divino.
Justificar, en suma, las atrevidas palabras con que en el
lema de mi discurso me dirijo a la Santa diciéndole: Múl­
tete filia?, congregaverunt dkritias, tu supergressa es uni­
versas. Muchas mujeres allegaron tesoros, tú a todas las
has superado. Mas, antes, ayudadme a pedir los auxilios de
la gracia por intercesión de la Virgen María a quien salu­
daremos coa el ángel ’
A v e M a ría .
— 40 -

Multae filiae, etc.

. E x c e l e n t ís im o S eño» :

D evotas D amas de S anta R it a :

H e r m a n o s m ío s e n J e s u c r is t o :

Imaginaos por un momento que penetráis en un jardín


todo lleno de amenidad y hermosura, donde los rosales os
sonríen apiñados de rosas que parecen excederse mutua­
mente en brillantez y 'lozanía, y que se os manda tejer un
ramillete de las más puras, de las más fragantes, de las
más hermosas, ¿Verdad que os veríais como turbados, no
sabiendo cuáles escoger, porque todas arrebatan igualmente
vuestra atención y efunden idéntico períume, y ostentan
sus pétalas suavemente húmedos y sedosos con la misma
viveza y frescura? Pues bien, esa turbación, que vosotros
sentiríais es la que yo siento ai abrir· el pórtico de la vida
de nuestra Sarita y ver surgir arate mis ojos asombrados
aquel frondoso pensil todo lleno de rosas inmarcesibles,
despidiendo .en derredor riquísima fragancia. No lo du­
déis: desde el primer albor matutino, desde que su madre,
que por modo milagroso la había concebido en la anciani­
dad, oyó vibrar en los aires aquella voz angélica, intimán­
dola que diera ál fruto de su vientre el irnombre de Rita,
hasta que los campanarios de Casia tocaban á muerto, o por
mejor decir, a gloria, celebrando la entrada triunfal de la
Santa en los Cielos; su vida es un verdadero pensil son­
riente de flores de virtudes, donde todo nos enajena et
sentido, donde todo nos admira y nos arrebata. Yo no re­
- 41 -

cuerdo haber kído poema de más inefables ternuras, sal­


picado aquí y allá de idilios tan suaves y amorosos. Diñase
que al leerle nos suministra algún ángel el maná de que
se alimentan los espíritus bienaventurados.
Ya en la cuna, cuando no contaba, más que cinco días
de existencia, comenzó a ser su nombre glorioso. Venían
los aldeanos de la redonda a colmar de parabienes a los
padres de Rita, por haberlos Dios agraciado con una hija
tan bella cuanto inesperada. ¡Y cuál no sería la estupe­
facción de los sencillos hijos del campo al fijar los ojos
en la niña angelicalmente dormida, y ver que por su boca
salían y entraban multitud de abejuelas blancas como la
nieve! Ellos ino alcanzaban entonces el misterio, pero tam­
poco abrigaban la menor duda de que una niña en quiere
Dios se manifestaba con tan raro prodigio, para muy altas
cosas sería llamada.
Así era en verdad, pues como las abejas que se vieron
en ia boca de San Ambrosio, siendo niño, fueron símbolo
de los torrentes de dulce sabiduría, que más tarde habían
de manar de sus labios, las abejuelas blancas que salían
y entraban por la boca de Rita significaron aquella su vida
toda pura, toda hermosa, toda incontaminada —riquísimo
panal core que regalaría su paladar divino El que para
asombro y maravilla del mundo le había creado.
No salieron fallidos los pronósticos de los campesinos.
A medida que Rita crecía en edad, con más claros deste­
llos reberveraba en su frente la virtud. ¡ Con qué edifican­
te compostura se dirigía a la iglesia, al lado de su madre,
y oraba en lo más apartado y silencioso, remontando su
alma inocente a encumbradas regiones celestiales! Allí dá­
bale Dios a beber de la copa de sus caricias, y ia enamora­
ba irresistiblemente y hacíala concebir invencible desplacer
del mundo, cuyo ruido de vanidad no había llegado aun
a sus oídos. Del templo volvía al hogar, donde era el en­
canto de-sus padres verla privarse de parte de su susten­
- 42 -

to paxa ir a dar limosna a las niñas de los vecinos po­


bres. Su estancia la tenía convertida en oratorio, en· cuyas
paredes había hecho pintar los pasajes más conmovedo­
res de la vida de Jesucristo. Una de las pinturas represen­
taba el pesebre de Belén, y ante él de hinojos derretíase
en lágrimas dé ternura y en soliloquias rebosantes de in­
fantil amor. Otra representaba el Crucifijo, y ante él su-
mergíasele el alma en las aguas amargas de la tribulación,
ponderando lo espantoso del crimen adonde había« llega­
do la ingratitud y el desamor de los hombres. Otra figu­
raba el Santo Sepulcro, vacío y con la losa volcada; y a
haberla visto en alguno de los amantes extremos que allí
solía padecer, hubiésemos creído que surgía ante, nosotros
la -silueta de la enamorada Pecadora vagando por el sa-
^ro monte ojerosa y triste, porque le habían arrebatado
a su Señor e ignoraba dónde le había escondido.
¡ Viviera siempre un género dé vivir tan arrobador aque­
lla joven a cuyo rostro de perfiles de mármol y de tono?
delicados y suavísimos parecía asomarse, más bien que un
alma humana, uno de los espíritus puros más bellos y
sonrientes! Mas he aquí que cuando, llena de gozo, corre
a manifestar a sus padres su deseo vehementísimo de con­
sagrarse a Dios era el retiro del claustro y ofrecer a Jesús
la flor de la virginidad que crecía, en su corazón, p'ura y
fragante, sin ser jamás estremecida por el mas ligero hálito
de brisas mundanas, observa qué los viejecillos palidecen
de pena, y que con lágrimas en los ojos la ruegan que de­
sista de semejante pretensión; que Dios se la ha dado para
consuelo, no para amargura; para que sea el apoyo de su
vejez, no para que los deje huérfanos y desvalidos. Repli­
ca Rita humildemente, suplicándoles que no la priven de
realizar sus divinos desposorios, él ensueño de color de rosa
de toda su vida. E insisten ■sus padres ere que se sacrifique
por ellos; que se despose, sí, pero con cierto joven que
la ama entrañablemente; que no quieren ver desaparecer
- 43 -

del mundo, con ella, el recuerdo de su nombre y de su


casa; sobre todo, que no podrían de ninguna manera so­
brevivir a la ausencia de tan adorada hija.
Y los venerables viejos deshácense en llanto, y Rita,
que los ama más que a sí propia, siente que flaquea su
espíritu, y transida de pena, con una tempestad de due­
lo en el alma, com dos mares encontrándose furiosamente
en su corazón, corre a su humilde santuario, cae ante el
Cristo de rodillas, y levantando las manos en alto ruega
que pase de ella aquel cáliz, muy más amargo que la re­
tama y el absintio; pero que no se haga su propia voluntad,
sino la del fino Amante que está en los Cielos. Y Dios se
compadece de la joven criatura y hace que poco a poco
se serenen los torbellinos de su alma, e inspírala que se
sacrifique eru aras del paterno amor, y al fin la pobre ve
caer a sus plantas, roto por la tormenta, el ideal de sus
ensueños, y resígnase, y cásase y estrecha entre sus bra­
zos la cruz de su martirio.
Porque nadie de vosotros lo ignora: el matrimonio fué
para Rita un martirio verdadero. Su esposo dejó de ser
bien pronto tierno amante, para convertirse en insufrible
tirano. El indomable marido de Mónica, al fin conquistado
por esta Santa para la fe de Jesucristo, hubiera parecido
cándido e inofensivo varón1 enfrente de las tropelías y
crueldades del esposo de Rita. Queríalo Dios asi, para que
nuestra Santa descollase en todo como un cedro del Lí­
bano; para que, según sim.il de uno de sus panegiristas (i),
pasase, como un sol, por todos los estados, formando con
su inextinguible resplandor el ejemplar vivo y perenne de
todos ellos, Jamás, mi ante sus amigas ni ante sus padres,
exhaló una queja que pudiera servirle de desahogo. Con­
descendía cariñosa con las más duras exigencias de su
marido; a las más irreverentes palabras contestaba siem­

(i) Hernández.
- 44 —

pre con la más casta y dulce de sus sonrisas; y cuando,


ciego de cólera, llegaba hasta poner 'su mano inicua en
aquel rostro donde se miraban los ángeles, derretíase la
pobre en ternuras amorosas para conjurar la nube de in­
justos enojos que veía relampaguear eni la frente de su
marido.·
¡ Oh, R ita! ¡ Y qué lecciones de infinito saber has tra­
zado con tu divina conducta para la conservación de la
paz e.ni el recinto de los hogares! ¿ Qué extraño, señores,
que el esposo de nuestra Santa se convirtiese, de hierro
durísimo en blandísima cera; de león, más cruel y san­
guinario que el que mató al profeta desobediente de re­
tomo a Judá (i), en humilde y mansísimo cordero; de
implacable maldiciente de su esposa en el más fervoroso
admirador de sus virtudes y el más asiduo pregonero de
sus méritos y alabanzas?
Pero no alentó mucho tiempo la felicidad en la morada
de Rita. La felicidad gusta muy poco de morar en este
mundo. Un día, uno de los días quizá en que Rita se
hallaba más satisfecha y alegre de ver a su marido, de
verdugo que era, trocado en amantísimo esposo, obser­
vó que unos hombres le introducían por la puerta de su
casa un cadáver cubierto de heridas, acribillado a pu­
ñaladas. La sangre helósele de súbito en las venas... ¡Era
su esposo! Manos menguadas, resentidas por antiguas lu­
chas, muy en carácter del espíritu pendenciero de la edad,
le habían traidoramente asesinado.
Los primeros momentos fueron para nuestra heroína
de desmayo absoluto, de postración completa. Sentíase su­
cumbir bajo el peso de tan terrible desgracia. Mas bien
pronto levanta sus ojos a Dios, y estrechando entre sus
brazos a los dos hijos, fruto de sus entrañas, corre a pos­
trarse en· oración al oratorio que ya conocemos. Allí agota

(i) Reg., I, III, c. 13.


todo el cáliz de ía amargura, y acata ias eternas disposi­
ciones, y abrázase con las soledades de su viudez, y con­
cluye, como Job, por bendecir el nombre de quien así se
dignaba acrecer los quilates de su paciencia sublime...
¿Qué más? Sorprende en sus hijos, ,a quienes educaba
en el santo temor de Dios, ciertos instintos belicosos; nota
qae desean acallar los gritos de la sangre de su padre,
que clama venganza, y yendo más allá que la viuda de
Naim, que sólo pedía al Señor la resurrección de su hijo,
y constituyéndose digna émula de Doña Blanca de Cas-,
tilla, cuando le decía a San Luis, Rey de Francia, que
prefería contemplarle muerto a verle ofender a Dios con
un solo pecado, ruega al Señor la prive de entrambos hijos
antes que sean homicidas y pecadores. Dios oye su ora­
ción, y en el breve espacio de un año contemplóse huér­
fana y sola con sus pesadumbres y sus tristezas. Vestía as­
perísimo cilicio y castigaba su cuerpo con terribles penas,
que ofrecía al Señor en sufragio del alma de su esposo.
Sus íntimas complacencias eran pasarse horas y horas
recogida en lo más oculto del santuario, o bien trabajar
como afanosa abeja, constituyendo su casa en taller de
caridad para los pobres, ni más ni menos que como los
que vosotras, en mayor escala, constituís en nuestros días.
¡ Oh qué hostia más pura la que Rita ofreció al Señor
en su viudez maravillosa! Al bosquejar el Apóstol en) su
primera epístola a Timoteo el hermoso cuadro de la viuda
irreprensible, ¿estaría, vislumbrando en visión profética
a nuestra incomparable Rita?
Apenas se contempló libre en el mundo, la primera idea
que cruzó por su mente, el primer anhelo que brotó eñ
su corazón, fué desposarse de nuevo, fue .entregarse en
los brazos de un amante; pero este amante era Jesús. Una
sola cosa la detenía: el no poder llevar en su mano la
flor de la virginidad, condición precisa entonces para ha­
llar albergue ero íos asilos de las vírgenes. Pero no im­
— 4fc -

portaba: Dios, que la quería para Sí, veíala más pura


que el copo de nieve antes de cimbrear con su pesó los
intocados pétalos de una rosa: más lúcida y transparente
que el chorro de límpido cristal que brota en la roca de
empinada cima; así que atizaba sin cesar los deseos de la
pobre viuda, hiriéndola con divinos dardos, hasta conse­
guir que se abandonase de lleno a la impetuosa corriente
de sus amores.
En efecto, retozándole el espíritu con mil asomos de
esperanza dirígese al convento de la Magdalena, precioso
vergel de Hijas de San Agustín, que aromaoa el ambiente
de Casia con aquel “ buen olor de Cristo” de que nos ha­
bla San Pablo. Narra a las sagradas vírgenes todos los
pormenores de su historia, manifiéstales la hoguera de
inextinguibles ansias que arde ero su pecho y... siente en
su corazón el frío como de un cadáver, ¡de un cadáver
que, por responsos y galas fúnebres, le arranca fibras del
alma y pedazos de ilusión! ¡Se la reputaba indigna de
vivir entre las vírgenes de Cristo! Una vez y otra vez
insta y ruega con lágrimas en los ojos que la admitan en
su seno, como esclava siquiera, y una vez y otra vez le
hiere, como una espada, los oídos la misma repulsa de
la Priora. ¡ Era imposbíle! —le decían siempre.—1 Es­
taba visto que no era para ella desposarse con tan fino
Amante.
Pero n o : el enamorado era también Jesús, y a Jesús
no podían ponerle trabas sus vírgenes esposas. Una noche
siente Rita que llaman a la puerta. Sale y ¡qué prodigio
del amor!, tres santos, circuidas las frentes de espléndi­
das coronas, le dicen que los siga, y en pos de ellos penetra
milagrosamente en el convento de la Magdalena. Los intro­
ductores eran los tres santos de su especial devoción: El
Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentíno. Rita
había comenzado la carrera gloriosa que había de granjearle
bien pronto el título de la Santa de los imposibles. Seño­
- 47 —

res: ¿verdad que todo esto es divino, superior, muy su­


perior a cuanto puede alcanzar la humana naturaleza?
Pues bien., todavía no he hablado más que de la mujer %
todavía no he dicho nada de la santa. Las puertas del con­
vento donde Rita dejó la crisálida de mujer para conver­
tirse en mariposa de serafín enamorado, no se nos han
abierto aún. Bien que mejor sería que no se nos abriesen.
Lo que allí dentro pasa no puede ser expresado con. el mez­
quino idioma de los hombres. Pero entremos...
¡Qué morada más henchida con el perfume de las vir­
tudes de Rita! Las monjas veneraban a la nueva religiosa
como a un ángel. Les causaba asombro verla pasar las no­
ches y los días en altísima oración y atormentar su carne,
¡nocente con mil exquisitos modos de tortura. Dios la fa­
vorecía continuamente con celestiales visiones. Como a
Elías en el carro de fuego, la arrebataba a ella en la mis­
teriosa corriente de los divinos éxtasis, haciéndola recorrer
una por una las más risueñas playas de la otra vida... Pero-
no busquemos a Rita en las esplendideces del Tabor: se
ofrece mucho más sublime entre las mudas y sombrías
rocas del Calvario. El Crisóstomo afirmaba que San Pabló­
le parecía más grande y arrollador, cargado de cadenas,,
que remontado a la cumbre del tercer cielo. Creedme: no
es que me compare ¡mísero de mí! con el gran oralor de
Santa Sofía; pero os digo de corazón que Rita se me os­
tenta más grande al pie de la Cruz que en *1 pleno disfru­
te de sus deliquios amorosos.
Cuando la imagino de rodillas, con un Crucifijo en la
mano, diciéndole mil ternezas, reprochándole que le niegue
a ella el paladear una gotita de las hieles de su Pasión, y
veo a Jesús que, haciendo arco de su corona —según bello
decir de los cronistas—, lo entesa y le dispara una de las
espinas más punzadoras, clavándosela en la frente; cuando
la miro sufrir con alegría años y años aquella llaga pro­
funda y hedionda que le causaba tan agudos dolores quer
— 48 —

a no sostenerla el aliento divino, desmayada y muerta


quedárase de súbito, entonces, entonces es cuando yo con­
cibo a Rita forjada en un metal cien veces más subido que
el de nuestra frágil naturaleza. Después de esto, ya nada
significa verla devolver la vista a los ciegos y el oído a los
sordos, y la vida a los moribundos, y hacer florecer en el
jardín los palos secos que le manda regar la Superiora.
Ya.no causan extrañeza ninguna aquellas peregrinaciones
que se emprenden al convento de la Magdalena, desde to­
dos los rincones de Umbría, para tener la dicha de ver a
la Santa y tocar furtivamente las faldas de su vestido, u
oír alguna palabra consoladora de sus labios. ¡ Hasta parece
ya aiaturalísimo el idilio de su tránsito glorioso, y eso que
deja en el alma sabor de leyenda mística, dejos indefini­
bles de serenata glorifica dora!
Habíasele aparecido Jesús y regaládola con tan suaves
caricias, que sintióse desfallecer de amor, y con una calen­
tura tan del alma, que ni en píe poderse tenia. La Haga
de la frente recrudeciósele como nunca, y- los gusanillos
que criaba la podredumbre y que ella llamaba i suoi
angioletii consola-ion (i), bullían sin cesar en los bordes
de la herida, causándole esa muerte prolongada que no aca­
ba nunca de venir. Cundió el rumor de que la Santa se mo­
ría, y una de sus parientas, de. Roca Porrena, fué a visi­
tarla y recibir su postrera bendición. Regocijóse Rita de
verla y dijóle que cuando volviese al pueblo no dejara de
traerle una rosa del rosal que ella, la moribunda, había plan­
tado cuando niña en el huerto de su casa. Era en el mes de
enero, cuando las nieves y las escarchas ponen· a la naturale­
za marchita; así que la par ien ta tomó la súplica por delirio,
creyéndola imposible. "Anda, anda —le dijo la enferma—,
que para Dios no hay tiempos ni imposibles.

(r) V¡d, Panegírico Sti onore dt S. Rita, da Jígr, ■Vincenzo del


Baroni Sardi. ¡ ‘
_ 49 -

Y con efecto, no bien hubo llegado a Roca Porrería, vio


en uno de los rosales ¡secos y ateridos una rosa fresca y
odorante, acabada de abrir al beso de las auras. Cogióla,
llena de alegría, y corrió con ella al convento, dándosela
a Rita, que aspiró su aroma y entregó luego a las monjais,
que hicieron lo mismo, admirando la privanza absoluta
que cerca de Dios su santa hermana tenía. Cuando de
nuevo la parienta se disponía a volver a su casa, tornó a
decirle su prima que no dejara de traerle dos higos ma­
duros del mismo huerto. Repitióse el milagro, que admi­
raron muchas personas seglares que a la sazón visitaban
a la enferma. Y desde aquel instante ya los anhelos de
Rita 'no eran otras que morir y estar con Cristo. Continua­
mente le parecía estar oyendo aquellos requiebros del
Cantar de los Cantares: "apresúrate, amiga mía, paloma
mía, hermosa mía, y ven; porque ya pasó el invierno, y en
■nuestra tierra aparecieron las ñores, y ya la higuera pro­
dujo sus frutos”. Y al poco tiempo, una noche del mes de
María, en que, imitando al discípulo amado, decía a sus
compañeras: “ hermanas mías, hermanas mías,' amad mu­
cho a Dios, amaos mucho las unas a las otras...” las
campanas de Casia, sin que nadie las tocase, comenzaron
a dar al viento sus notas argentinas... La llaga de la
frente resplandecía pura como un diamante. El alma de
la Santa había roto las ligaduras que la ataban a la tie­
rra y volado con los- ángeles a ratificar para siempre el
juramento de sus bodas.
Esa ha sido R ita; esa ha sido la Santa, cuyo cuerpo
aun hoy la gracia de Dios conserva incorrupto, siendo
la admiración de cuantos romeros visitan el convento de
las Agustinas de Casia; esa ha sido la heroína sublime
que, como sol resplandeciente, cruzó por los diversos es­
tados de la mujer, embelleciéndolos todos con resplando­
res inextinguibles. Ya lo veis; no he sido exagerado al
decirle en el comienzo de mi discurso: Multar flliae con-
- so -
gregck?$nint divitias; tu supergressa es universas. Muchas
mujeres allegaron tesoros, tú a todas las has superado.
Y ahora, ¡ oh R ita !, dígnate tender desde el Cíelo donde
moras una mirada de simpatía hacia todos los devotos
oyentes que han escuchado de mis labios el pálido elogio
de tus virtudes. Inúndalos con el benéfico rocío de tu ben­
dición para qüe produzcan, como tú produjiste, frutos de
vida eterna. Dígnate -especialmente desatar una lluvia de
gracias sobre la espléndida señora (i) que hoy costea tus
cultos, y sobre ese puñado de imitadoras de tu virtud que,
asociadas bajo tu santo nombre y abroquelado el pecho
con tu medalla, han dado hasta ahora y continuarán dando
siempre tan galanos testimonios de ser legítimas herede­
ras del temple de tu espíritu. Sin. ellas no se celebraría
esta solemnidad con que es magnificado tu nombre. Sin
ellas no brillaría ese albor de reflorecimiento de ’tu devo­
ción, que poco a poco va atrayendo almas generosas en de­
rredor de tus altares. Hínchelas de santos estímulos, para
que nada las arredre en seguir propagando de hogar en
hogar y de familia en familia el incendio amoroso hacia ti
que sienten arder en sus corazones, ¡Puede esperarse tan­
to de esa propaganda consoladora!
¡Ah, devotas damas de Santa Rita! mo creáis vano
arranque adulador lo que me mueve a hablar así de vos­
otras. Desde que tuve la honra de visitar vuestros talle­
res de caridad, y ver la alegría del alma con que os consti­
tuís en obreras de los pobres, sentí un deseo irresistible de
deciros algo que, a la vez que fuese un desahogo de gra­
titud por vuestra ardiente devoción a una Santa, gala y or-
i<amento del hábito que visto, os manifestase mi pro­
funda admiración de ver a tan distinguidas señoras ac­
tuando de obreras tan humildes. Con almas como las

(i) Doña Manuela Bustamante, viuda de Gallo y devotísima de


la Santa.
— 51 —
vuestras, de cuyo seno ñuya a raudales el amor a las clases
desheredadas, hay motivos más que sobrados para es­
perar que la Religión reflorezca y reviva y no sea nues­
tra sociedad, tornadiza e inquieta, aquel Lázaro del
vate (i), por segunda vez descendido a sus inmensas an­
das y sin un divino Salvador que lo levante de la tumba.
Sí; vosotras podéis ser las salvadoras de nuestra sociedad,
ya en vías de pertenecer a aquellas gentes apostolices (2)
amenazadas por el Profeta de las visiones lúgubres con
los azotes del Cielo. Invocad la ayuda d t Rita: para ella
no hay imposibles. Propagad, propagad su devoción; re­
vestios de las armaduras de su espíritu y no dudéis que sea
feliz el éxito de vuestra empresa. ¡Sed junto con vues­
tra Santa las restauradoras de una fe que desfallece, de
un fervor religioso que se extingue, de algo muy querido
que se va y lleva consigo de seguro el bienestar y la glo­
ria de un pueblo! Así sea.

(1) Plus livide et plus froid, dans son immense cercueil,


pour la seconde fois Lazare est descendu.
Ou done est le Sauveur ¡pour jentr’ouvrir nos tombes?

(M u s s e t .)

(2) Ezcq., II, v. ¡3.


LA MUERTE DE |ESÜS

SERMON PRONUNCIADO EL JUEVES SANTO


EN LA IGLESIA DEL PILAR (LA RECOLETA),
BUENOS AIRES, 1908
Crueifige, crucifige eutn.
Crucifícale, crucifícale.
San Juan, XIX, 6

H erm anos m ío s en J e s u c r is t o :

Hay en la Historia del humano linaje un aconteci­


miento cuyo aniversario se viene celebrando hace ya
diez y nueve siglos en nuestras iglesias, teniendo el singu­
lar privilegio de conseguir que los sacros recintos se lle­
nen y que hasta los más apartados de Dias y más reñidos
con todo sentimiento religioso se prosternen un instante,
humildes, ante la Cruz, Es una fecha que diríase sien­
te la misma naturaleza, comunicándonos a nosotros su
sentir en forma de emociones a que na nos podemos sus­
traer, fúnebres, melancólicas, extrañas. Es aquel aconte­
cimiento a que se refiere Tácito en sus Amales, al hablar­
nos del fundador de una religión que allá, en Judea,
durante el gobierno de Pondo Pilato, supplicio affectus
erat (i), había sido ejecutado, y que, antes que Tácito,
había ya consignado otro historiador no menos célebre, el
hebreo Flavio Josefo en sus Antigüedades judías (2), y
que mucho antes aun, cuando no era más que un futuro
contingente en los dilatados espacios de lo posible, había

(1) XV, 44.


(2) 28, 23.
- 56 -

semiproferizado Platón al hablarnos, en el libro se­


gundo de su República, de aquel "justo despojado de
todo, excepto de la justicia, tenido por el más perver­
so de los hombres sin haber cometido ninguna iniqui­
dad,... azotado, torturado, encadenado... y a quien des­
pués de haber hecho sufrir todos los males —son pala­
bras literales del gran filósofo—, se le clavaría ai fin en
una Cruz” (i).
¿Por qué la influencia mágica de ese acontecimiento en
Hosotros? Porque inconsciente, pero forzosamente, nuestro
ser hace como u-n examen de conciencia, y en el silencio
y la soledad siente la carcoma íntima de algo que le acu­
sa, y le parece yer sangre divina por sus pecados derra­
mada, y se espanta, y teme, y se arrodilla, y ora... Pri­
mero le parece asistir, -como uno de los personajes prin­
cipales, a aquel conciliábulo en que nos dicen los evan­
gelistas con frase compendiosa que se reunieron los prín­
cipes de los sacerdotes, los escribas y los fariseos, ut
perderent Jesum, para perder a Jesús; luego se imagina
oír un beso ultrainfame y horrible que estalla como un es­
tampido en la soledad de Jetsemaní, y cree que son sus
labios los que estampan aquel beso; después oye el clamo­
reo atronador del “¡crucifícale!, crucifícale!” en que
rompió la turba ante el pretorio de Pilatos, y entre el
clamoreo se imagina percibir un. grito conocido, un gri­
to de su garganta que repercute, siniestro, en su propio
corazón. Quizás contempla la crucifixión de una víctima
y se figura que es él mismo quien la enclava y asesta los
martillazos que retumban con eco recrkninador en las
concavidades de su conciencia... ¡Qué sé yo! Apos­
trofes enérgicos, apostrofes extraños que nos inculpan de
un crimen, del más tremendo de todos los crímenes, rde
la muerte de un Dios, y con un género de muerte tan

(1) Rep., I. II.


- 57 -

denigrante que en Roma tan sólo se imponía a los es­


clavos, y entre ios judíos suponía sobre el ajusticiado las
maldiciones del cielo (i), máledictus a Dea est qm pendet
in ligno, ¡maldito de Dios el que pende de una Cruz!
Es algo así como la revisión involuntaria de un proceso
que tuvo por desenlace una sentencia injusta y una
muerte inicua, grabadas indeleblemente en nuestras al­
mas desde los más inocentes días de la :niñez. Y digo
revisión porque es un acontecimiento que tiene actuali­
dad perenne; que en todo o en parte se está repitiendo
todos los días. Los príncipes de los sacerdotes pregun­
taban a Jesús: ¿eres tú el Hijo de Dios? Y esta pregun­
ta se ha repetido sin cesar por espacio de diez y nueve
centurias y se está repitiendo hoy por muchos que sr di­
cen sacerdotes-príncipes del pensamiento, como si toda­
vía no estuviésemos persuadidos de la verdad. Se sabe que
Jesús ha dejado inextinguibles resplandores de luz en pos
de sí ; que creó la civilización cristiana y engendró las na­
ciones modernas sobre los despojos de los pueblos paga­
nos; que, enfrente de la religión gentílica, basada en el
odió del extranjero y en el desprecio del pobre, y prote­
gida y amparada por castas sacerdotales, fundó una re­
ligión basada en el amor universal y sin más fuerza ni
amparo que la virtud de su moral divina. Y, sin embar­
go, los que pretenden ser heraldos de la opinión pública,
los presuntuosos escribas de todos los tiempos, continúan
preguntándole: ¿eres tú el Hijo de Dios? y entregán­
dole de nuevo a los enconos populares.
Todos saben que el espíritu cristiano apareció en eí
mundo predicando la misma paternidad divina y la igual­
dad de todos los hombres, y precisamente cuando las cua­
tro quintas partes de ellas eran esclavas. Pues bien, se le
tilda de enemigo de la libertad. Todos saben que éi ;ns-

(i) Deuteron. XXI, 22.


— 58 —

piró a las poetas y a los músicos las más delicadas notas


para cantar los sentimientos proceres y elevados, y a los
pintores los toques y pinceladas más sutiles para apri­
sionar en los lienzos la infinita belleza ideal y las palpi­
taciones recónditas del espíritu, y a los arquitectos el
modo misterioso de ainimar la piedra y hacerla suspirar
hacia el cielo en esas catedrales, odas petrificadas del más
arrebatado lirismo. Pues bien, se le tilda de enemigo del
arte. Todos saben que, al caer entre llamas y ruinas el
saber greco-latino, él fué quien confió a la Iglesia la con­
servación del patrimonio intelectual humano y quien en­
gendró a las águilas de Aq-uino y de Hipona, haciéndolas
remontarse por las regiones del saber a señalar en alturas
inconcebibles el non¡ plus ultra- del volar del genio. Pues
bien, se le tilda de enemigo de la ciencia. Y todas estas
tildes y todas estas calumnias son ataques nuevos a Je­
sucristo; son los azotes que se le continúan dando atado
a la columna; son el crucifige, crucifige!, que, transfor­
mado en los días de Nerón y Calígula en el grito de chris-
tianos ad leones! y en los de Voltaire en el de écrasons
Vinfáme!, resuena aún hoy, quizás más vigoroso que nun­
ca, pidiendo la ruptura de toda clase de vínculos con la
Cruz y negando la divinidad del Crucificado!
Yo voy a exponeros en sus rasgos generales la. tragedia
redentora: vosotros juzgaréis después si ‘su protagonista
era o no el Hijo de Dios. Pero antes postraos un instante
conmigo ante la Cruz, saludándola y pidiéndola inspira­
ción para mi pensamiento y para mis palabras:

¡ Salve, emblema de amor, árbol del cielo,


fuente viva de luz y ide consuelo,
beso de paz para el 'que llora y ígime,
iris de refulgentes esperanzas,
arca eterna ,de místicas alianzas,
hostia perenne de perdón sublime!...
— 59 -

Crttcifige, crucifige, etc.

H erm anos m ío s en J e s u c r is t o :

Ya Jesús había celebrado con sus discípulos la Pascua


del 'cordero y, previendo lo cercano de su muerte, que
había de ocurrir al siguiente día, su corazón había sen­
tido con una ternura sin límites, en comparación de la
cual serían como congelada nieve todas las ternuras de
las madres, el amor a 'sus discípulos y en ellos a toda la
raza de Adán, aquel amor que, rebosando de todas las
expresiones, de todas las miradas y de todas las actitudes
del Maestro, no supo cómo ponderar el Amado Discípulo,
teniendo que contentarse con la frase de que “ habiendo
amado a los suyos, los amó hasta el fin” . Ya había en­
tonado el himno de gracias, de que habla San Marcos,
y se había dirigido al huerto de Getsemaní, lugar solita­
rio y propicio al recogimiento, donde nos dice San Lucas
que solía pernoctar en oración. Durante el trayecto sería
de haberle oído hablar, derritiéndose én efusiones amo­
rosísimas1. Era aquello la despedida y como el último
abrazo de un padre que muere a sus amados hijos. Su
amor se tras fundía a los apóstoles y todos se sentían con
fuerzas para acompañarle en su agonía y confesarle su
Dios. La hora era propicia en extremo para que el alma
se dejase empapar como una esponja en los ardientes sen­
timientos divinos. El sol había desaparecido ya del ho­
rizonte con su admirable séquito de caprichosas nubes-
coloreadas por sus últimos rayos. La tierra se había su­
mido en ese silencio universal que acompaña siempre por
— ‘60 -

valles y colinas a las sombras nocturnas. Era ese último


plazo fugaz de la tarde en que la naturaleza escancia y
nos brinda, como si fuese un licor, el 'misterio de las
cosas... ; ! :i 1
Ai llegar al torrente Cedrón, que había que pasar para
entrar en el huerto, Jesús ordenó a sus discípulos que se
quedasen allí, llevando consigo únicamente a Pedro, a
Santiago y a Juan, en quienes había más espíritu varonil
y más fuerza amorosa, y com ellos cruzó el torrente y
penetró en Getsemaní; caída ya ia tarde, cua/ndo todo in­
vitaba a soledad y recogimiento y no se percibía más
ruido qué el susurro de miserere que alzaría el aura com­
pasiva en las ramas del olivar, Jesús sintió su alma triste
hasta la muerte, y les dijo a los tres discípulos: “ perma­
neced aquí mi cintras yo me retiro a hacer oración” . Y
alejándose de ellos como a la distancia de un tiro de
piedra, cayó de hinojos en el suelo, y en su imaginaciótn
comenzó a desarrollarse el pavoroso drama. La traición
de Judas, la cobardía de sus discípulos, las negaciones de
su primer apóstol, la algazara cainallesca de la muche­
dumbre, la perversidad de los jueces, la ignominia de 3a
cruz... todo se ostentó vivísimo a su fantasía, como si en
ella se hubiese descorrido de súbito una cortiina misteriosa.
En el cielo, todo· insensible a su dolor, como si no hubiese
sido desde él enviado. En la tierra, cerca de sí, los dis­
cípulos a quienes amaba como amaba, y entre los cuales
no habría quieta tuviese el valor de asistirle en su mar­
tirio. Lejos, los hombres, hacinando contra él crímenes
y pecados, y más lejos aún, en las lontananzas de lo
porvenir, los siglos precipitándose unos tras otros1con des­
cendencias de Adán pecadoras, con descendencias de Adán
ingratas. La abrumadora interrogación del Salmista,
jquae utílitas m sánguine meo?, ¿-para qué valió mi san­
gre?, le hace rezumar absintio de todo su ser. Se consi­
dera luego escondido en los sagrarios,, haciendo brotar de
— 61 -

allí miles y miles de fuentes de salutíferas aguas que los


hombres no van a beber, prefiriendo las insalnas y lodosas
de los placeres de la vida. Y entonces ve venírsele en­
cima, en océano tormentoso, todas las prevaricaciones del
mundo en lo pasado, en lo presente y en lo más remoto
porvenir. Y las turgentes olas de aquel océano, amargadas
can el acíbar de todas las ingratitudes, se levantan en­
crespadas, como si quisieran asaltar el cielo. Las con­
gojas de Jesús llegan entonces a su límite, un copioso su­
dor de sangre rompe por todos los poros de su cuerpo,
cae desplomado, cosida la frente al polvo de la tierra, y
de sus labios divinos se escapa incoinsciente aquella ple­
garia que señala, como una depresión barométrica, la
tempestad más honda de su espíritu: "Padre, si es posible,
que pase de mi este cáliz” . Jesús estaba entonces aban­
donado a la deshecha cólera de Dios y, trastornado por el
sufrimiento, como que retrocedía, anonadado ante el cua-
1ro horroroso que le pintaba su fantasía. Mas bien pronto
vuelve en sí y rectificando su oracióm, añade: "P ero há­
gase tu voluntad, sed fi&t voluntas tua!...”
Tiene la vida horas en que se rastrea perfectamente la
agonía del Huerto, horas de sequedad de espíritu en que,
rodeado uno de tribulación, tiende los ojos hacia arriba
y contempla los cielos mudos; los torna hacia abajo, ha­
cia los subterráneos sociales donde se urden y traman
las falsías y las malquerencias, y no ve más que la mano
negra de la perfidia tejiendo asechanzas y traiciones; los
gira en derredor, en busca de los seres amigos, y no
descubre en torno de sí más que desamparo y abandono.
Entonces la plegaria del Salvador acude espontánea a los
labios; bien que sean muy pocas las aliñas escogidas que
añadan la frase de conformidad sublime, “pero hágase tu
voluntad” . La situación de Jesús fue esa: hasta sus ami­
gos queridas le habían abandonado, entregándose al sueño.
Como sacude el volcán la tierra, sacudió el dolor las en­
- 62 -

trañas de Jesús, al ver que hasta los predilectos discípulos


que había escogido para acompañarle, se habían quedado
dormidos. ¡ Dormidos! Ellos, que acababan de recibir la
primera comunión que se distribuyó en el mundo. ¡D or­
midos ! Y precisamente en aquéllas instantes, cuando la
traición y la perfidia velaban tan despiertas, regodeándose
ya deicidas. Por eso con acento de amargura capaz de
prestar sentir a las mismas rocas, reprendió a Pedro, di-
ciéndole: SimtM, dormís? N o n potuisti una hora vigilare
mecum? ¿Pedro, duermes? ¿No pudiste velar una hora
conmigo? ¡Oh, cristiattidad simbolizada en Pedro! ¡Cuán
dulcemente reposas dormida, sin velar una hora con Jesús,
y en los instantes precisos en que se calumnia a su Iglesia
y se escarnecen sus doctrina1
» y se denuesta su nombre!
Tres veces se repitió esta escena; tres veces fué a ver
qué hacían sus apóstoles, mientras él oraba y apuraba su
cáliz, y tres veces los encontró dormidos. ¡Tremenda in­
gratitud! Pero esta ingratitud no significa nada enfrente
de otra que, en aquellos momentos, iba a consumar uno
de los discípulos que, habiéndose enterado de los conci­
liábulos que 'celebraban rabinos, sacerdotes y fariseos para
perder a Jesús, había osado comparecer ante ellos y se
había atrevido a decirles: ¿ Quid vultis mihi daré et ego
eum vovis tradnm? ¿ Qué me dais y yo os le entregaré?
El idioma humano no tiene apalabras con qué expresar lo
horrible y monstruoso de esta vil traición. H ay cosas que
no se expresan con hablar, ¿qué digo Con hablar?, ni
siquiera con escupir, que es el lenguaje de los grandes
ascos y de los desprecios profundos. Aquel hombre era un
áiscípulo de Jesús, un apóstol de Jesús, uno de los amigos
íntimos de Jesús, y, no obstante, le traiciotaa, le vende
por treinta dineros, y poniéndose al frente de un escua­
drón de esbirros y conduciéndolos, al través de la obs­
curidad de la noche, adonde ora su Maestro, les dice:
“ Aquel a quien yo bese, él es, prendedle” . Y , efectiva­
— 63 -

mente, llegan con mucho estruendo de armas al Huerto,


el pérfiido discípulo se adelanta y estampa e)n el rostro
de Jesús aquel beso que debió sonar en medio del silencio
de la noche corno una blasfemia horrible pronunciada por
el mismo Satán. Jesús le. dijo afable para moverle a arre­
pentimiento: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del
Hombre?” Mas en vano; la torpe avaricia había metalizado
las entrañas de Judas y las palabras de Jesús no pudieron
penetrarlas ni hacer vibrar una siquiera de sus fibras.
Los esbirros se apresuraron a prender y maniatar al
divino Maestro, no sin haber antes caído derribados en
tierra a. un solo eco de su voz. Y vedle ya que, prendido
y maniatado por los agentes de la iniquidad, abandonado
de sus más caros amigos, de Pedro, que a pesar de sus
juramentos de fidelidad y de sus momemtáneos ímpetus
belicosos hiriendo a uno de los aprehensores, se había es­
cabullido entre las tinieblas, y del mismo Amado Discí­
pulo, que por huir dejó parte de sus vestiduras en manos
de los soldados que querían prenderle, es llevado a em­
pellones y puntapiés por los ásperos caminos que
conducen a la ciudad, a comparecer como un malhechor
ante el Sanedrín, consejo supremo donde los judíos re­
solvían las altas cuestiones de estado y de religión. El
blanco de la impiedad de todos los siglos ha sido siempre
presentar a Jesús como un malhechor para arrancar a las
muchedumbres la fe en él. Todo lo que es Jesús y todo
lo que simboliza, es un reproche flagrante para el mal­
vado y el pecador. N o pueden soportar la presencia del
justo: gravis est etiam. nobis ad videndum, no podemos
tolerar ni siquiera 'su vista, decían. De ahí el afán unáni­
me d e hacerle desaparecer. Pero antes hay que cubrirle
de oprobio, hay que ¡hacerle repugnante a los ojos de la
muchedumbre, hay que mancharle de cieno para poder
legitimar el fallo del Sanedrín. Y a en la ciudad, le hi­
cieron ir de casa de Anas a la de Caifas, donde, mientras
— 64 —

despertaba el gran Pontífice, que estaba dormido, y llegaban


los demás altos dignatarios de la Sinagoga, a quienes
se había ido a convocar, acaecieron aquellas oprobiosas
escenas en que los lacayos de Caifas, como los apellida
San Lucas, vendaron a Jesús los ojos y, escarneciéndole
y abofeteándole, pronunciaban el sacrilego “ adivina quién
te dió” . i Jesús, el modelo divino 'de la dulzura y de la
mansedumbre, sirviendo de juguete a lacayos envilecidos!
En un principio, Caifás, afectando indiferencia desde­
ñosa hacia el reo, como si se tratara de un hombre vulgar
cualquiera, comenzó a preguntarle capciosamente por sus
doctrinas y enseñanzas; y el reo no pudo estar más digno
y prudente en la contestación: se trataba de cosas pú­
blicas que toda la ciudad sabía, y se ciñó a hacerlo constar
así. A mí me conoce todo Jerusaíén, vino a decir Jesús.
MÍ religión y mi moral son sabidas de todos mis conciu­
dadanos. Yo las he predicado, no a escondidas, sino en
público. Mi palabra ha resonado con frecuencia en las
Sinagogas y a veces en el mismo Templo. Me ha oído
todo Jerusaíén ; podéis preguntar por mis doctrinas a sus
moradores.
Era, como veis, una respuesta sabia y, al· misnio tiempo,
comedida y respetuosa; mas umo de los esbirros allí pre­
sentes no lo juzgó así, y asestando en el rostro una bo­
fetada a Jesús, le increpó diciendo: "¿ A sí respondes al
Pontífice?” j Ah, hermanos míos, la sangre hierve febril
en el corazón cuando uno medita en aquella impudente
bofetada! En todas las naciones los sentimientos huma­
nitarios han visto siempre en el reo algo que debe in­
fundir respeto y compasión, de donde el dicho de los
antiguos, res sacra rm s, cosa sagraba el reo.., Y aqtjí se
le tiene declarando humildísimamente delante de sus jue­
ces, y un alguacil le abofetea, y los menguados jueces Jo
permiten, y el populacho que asiste al juicio oral lo aplau­
de. Prescindid, si queréis, de que ía bofetada es dada a
Jesús, Dios verdadero de cielos y tierra, y considerad
solamente que se le da a un acusado-, en pleno santuario
de la justicia, y a tan· acusado que no puede realizar acto
de defensa alguno, porque tiene las manos agarrotadas
y está rendido y extenuado por los puntapiés y empellones
que desde el Huerto a la ciudad acaba de recibir, y com­
prenderéis adonde habrá llegado la humillación de Jesús,
y que toda la sangre de sus venas se le querría escapar
por la abofeteada mejilla...
Ante el tribunal del Pontífice fueron apareciendo luego
testigos asalariados de cuya lengua 'no brotaban más que
falsedades e imposturas. Se contradecían unos a otros,
ji w erat conveniens testimonium -ilio-rurn·. \ ■ invención sal­
taba a la vista. Con los testimonios que alegaban no se
podía justificar la preconcebida condenación. A l Pontí­
fice se le ocurrió entonces interrogar a Jesús: írYo os
conjuro por Dios vivo a que declaréis si sois el Cristo,
Hijo de Dios” . Y como el mansísimo Cordero, obligado
por la forma conjurante, contestase tu dirisH, ego sumr
tú lo dijiste, yo 3o soy, Cáífás desgarra aparatosamente
sus vestiduras y exclama: “ Blasfemó, ¿qué os parece?”
Y eí populacho se amotina al ver la indignación del gran
sacerdote, y actuando de jurado — el primer jurado que
dió veredicto en la tierra— j profiere la sentencia de pena
capital contra Jesús: “ Reus est mortis, reo es de muerte” .
En nuestro amor hacia aquel Cordero sin mancilla que
vemos atropellado por turbas venales y por jueces co­
rrompidos, la ccvnciencia se subleva contra aquel entro­
nizamiento jurídico de la iniquidad, y, sin embargo, ¡ cuán
a menudo con nuestros pecados y liviandades proferimos
ese fatídico re o . es de muerte, y crucificamos, como dice
Sajn Pablo, por segunda vez a Jesús, dentro de nosotros
mismas!...
Pero dejemos ya la mansión de Caifás, donde tantas
iniquidades se perpetraron contra Jesús, y donde, porque
— 66 —

nada faltase para acrecer las torturas del Señor, hasta le


negó Pedro por tres veces, a los requerimieaitos de una
mujer que le echaba en cara ser uno de los apóstoles,
con aquella negación hija de la pusilanimidad y la co­
bardía, que había de ser símbolo de tantas negaciones eo
el transcurso de los siglos. Hombres que a veces niegan
la religión por un mero respeto humamo, por temor a la
sonrisa desdeñosa de un incrédulo, por miedo al chiste
picante de un impío, por espanto ante un solo mote, ante
el solo mote de clericales,.. ¡Pedros miserables, negado-
res de Jesús, a los curiosos requerimientos de una mn-
jerzuela!...
N o hay para qué explicar detenidamente las idas y ve­
nidas de los esbirros trayendo y llevando a Jesús de Caifás
a Pilatos, de éste a Herodes y de Herodes nuevamente a
Pilatos. Todos lo sabéis muy bien. Fijáos solamente en la
alegría de aquella muchedumbre ingrata que seguía cu­
riosa a Jesús, ensalzando el descubrimiento — ¡donoso des­
cubrimiento!— que habían hecho las autoridades averi­
guando que, en aquel obrador* de milagros que iba por
rodas partes haciendo bien, se escondía todo ubi impostor
y amotinador de la plebe, y regocijándose con la con­
denación a muerte de la calumniada víctima, que ya se
daba por incontrovertible. Faltábales un solo requisito:
la pena de muerte no era jurisdiccional de las colonias
romanas, estaba reservada a la metrópoli, y, por consi­
guiente, había que obtenerla de Pilatos, a la sazón procón­
sul de Galilea y la más alta autoridad representativa de
Roma. Era Pilatos un hombre amante de la justicia, bien
que no a costa de sacrificios; uno de tantos hombres na­
turalmente bondadosos, pero naturaknemte, también, dé­
biles ante el cumplimiento del deber, si es que ese cum­
plimiento pudiera acarrearles algún menoscabo de sus ho­
nores; un hombre, en suma, como tantos que conocemos
todos y a cada instante pasan a nuestro alrededor, que
- 67 -

sienten bien, pero que no tienen el valor de sus senti­


mientos; que cumplirían con gusto con todos sus deberes
religiosos, pero que se asustan sólo de figurarse que ciertas
gentes los viesen· entrar en una iglesia; que formarían de
mil amores en las filas de los buenos soldados de la Cruz,
pero que retroceden ante el más leve obstáculo, convirtién­
doseles en valladar infranqueable la traba más mínima...
Uno de estos 'hombres, uno de estos Pilatos era quien
tenía que dar Valor a la sentencia del pueblo judío. Ante
él fué, pues, llevado Jesús, y él tuvo que examinar cuan­
tas imputaciones se le hacían. Se le acusaba de pertur­
bador social, en el terreno de las ideas, porque intentaba
reformar las doctrinas heredadas, y en el terreno de los
hechos, porque se oponía a que se pagasen los tributos
al César — jel que, hacía poco, había formulado la sabia
máxima de derecho político-eclesiástico, "dad al César
lo que es del César, y a Dios lo que es de D ios!”— Se le
acusaba de querer escalar el trono — ¡ a él, que cuando el
milagro de los cinco panes, huyendo de que la muche­
dumbre le proclamase rey, se había refugiado en el mon­
te \!>— (i). Y se le acusaba, en fin, de arrogarse, para
mejor seducir al pueblo, los títulos sagrados de Mesías
y de Hijo de Dios. Pilatos, preguntándole sobre aquellas
acusaciones y oyéndole responder que sí era rey, pero que
su reino no era de este mundo, y que quien amaba la
verdad escuchaba su voz, se dejaba prendar de la dulzura
de sus respuestas y de lo vago y hermoso de sus má­
ximas, verdaderamente regias, mesiánicas, divinas, y le
creía un ideólogo, un soñador, uino de esos filósofos que
sueñan regenerar la sociedad con sus filosofías candorosas.
Y , ¿cómo sentenciarle? Le encontraba puro, le encontraba
inocente: «<7« invento m eo causam, decía a la muche­
dumbre. Esta bramaba de ira y ensordecía el espacio con

(1 ) San Juan, V I , 15.


- 68 -

vengadoras amenazas. (íN o eres amigo del Gésar. sí no


condenas a muerte a ese falsario. Haremos que se sepa
en Roma vuestro favor a un hombre que quiere usurpar
el título de rey de los judíos. Nosotros no temos más rey
que al César” ...
Pilatos temblaba ante el simple barrunto de que pudie­
ra ser depuesto de sus honores, mas ¿cómo condenar a
un inocente? Una ocurrencia que creyó salvadora se le
vino de súbito a las mientes, gracias a los enérgicos re­
proches de su esposa que, al verle titubear en hacer jus­
ticia arate los clamores del pueblo, le había dicho, valiente
y arrojada, que no se mezclase en la causa de aquel jus­
to... Todos los años por aquel tiempo solían los judíos
indultar a un criminal. Pilatos hizo· que le trajeran de la
cárcel a uno llamado Barrabás, convicto de sedicioso, la­
drón y asesino, y parangoneándole con Jesús, interrogó
al pueblo: ¿ A quién de los dos queréis que liberte, a Jesús
o a Barrabás? Y la turba con imponente gritería: “ A
Barrabás, a Barrabás”, contestaba. Pero entonces, ¿qué
voy a hacer con Jesús? — replica el débil procónsul—
“ ¡Crucifícale, crucifícale!” , se le contestaba de ¡nuevo con
frenesí.
Y o renuncio a comentar lo inicuo de la comparación
entre un inocente y un perverso criminal, hedía nada
menos que por quien ocupaba el sitial de la justicia, y lo
iniquísimo de la elección de la turba bullanguera que se
agolpaba, sedienta de sangre, ainíe la fachada del Pre­
torio. Comentadla vosotros en lá soledad de vuestro es­
píritu. Considerad lo afrentosos qüe para Jesús serían
aquel parangón, hecho por la autoridad, y aquella pos­
tergación, a que se ve coordenado, él que no había tenido
más que amor para aquellos ingratos por quienes había
va sudado sangre y se aprestaba a derramarla toda...
Pilatos, defraudado en sus esperanzas y abatido ante
la persistencia de los judíos, todavía se resiste a ceder,
- 09 —

e idea otro recurso con el cual se imagina desarmar a


las turbas: manida flagelar a Jesús para presentarle a la
plebe flagelado y sangriento y ver si así la mueve a mi­
sericordia. El desgraciado no advierte la inconsecuencia
flagrante de que se le puede redargüir; ya que encon­
trándole ¡inocente, no había por qué condenarle a flage­
lación. La debilidad es el gran resbaladero de los espí­
ritus, y él se deja deslizar por ese resbaladero, y entrega
la inocente víctima a soldados feroces que la despojan
de -sus vestiduras y le atan las manos a una columna de
infamia y con recios látigos la azotan a porfía. Los sa­
yones, al vibrar los látigos que gotean sangre, se salpican
con ella unos a otros. La mansedumbre dulcísima de Je­
sús los irrita y exaspera. Y los brazos flageladores hieren
y hieren hasta que el cansamcio los rinde, y entonces le
ciñen, a fuerza de apretones, una corona de espinas que
le penetran como agudos clavos la frente; le visten
una maltrecha púrpura irrisoria, y, poniéndole en las ma­
nos una caña por cetro, le escarnecen y motejan con ■sa­
crilegas mofas de fingidos saludos: ¡ave, rex ju d coru w !,
salve, rey de los judíos.
Y en aquella lamentable traza; con aquellas grotescas
insignias reales; el rostro bañado en la sangre que en
grueso lagrimeo arroyaba, pausada, de las espinas; los
ojos, donde bebía lumbre el sol, nublados de infinita tris­
teza, y los labios, plegados y silenciosos, como si acata­
sen las tropelías que can él se habían cometido, es como
Pilatos le exhibe al público, pronunciando aquella doliente
exclamación: /ecce hamo! La muchedumbre apenas divi­
sa a Jesús ondula con movimiento sordo de oleaje azo­
tado, y profiere un estridente grito que ¡hiela la sangre del
tímido juez. N o es el grito de paz que él se había imagi­
nado, sino el grito de guerra conminándole con odios inex­
tinguibles si no accede a satisfacer al furor .popular; no
es el grito de perdón que él buscaba para evitar las den-
— 70 —

teliadas de reptil co»n que le mordía la conciencia, sino el


grito de muerte que rasgaba el espacio como· un estallido:
.¡Crucifícale, crucifícale!
Y Pilatos, ante el espectáculo de rencorosos odios·,, te­
miendo algún motín que le hiciera aparecer sospechoso
ante los ojos de Tiberio, César, a la sazón, cede, cobarde,
desoye la voz del deber y confirma con su autoridad el
fallo más inicuo que se registra en los anales de la hu­
mana jurisprudencia, entonces como nunca reverso com­
pleto de la justicia divina. ¡ Cuadro espantoso í U n juez
cobarde que prevarica, un pueblo frenético que aplaude, y
..unos sacerdotes que se felicitan y lo celebran. \Bcce hom o!
.'Aquí sí que podemos exclamar: ¡he ahí al hombre! ¡H e
• ahí la frágil· y quebradiza, arcilla huma/na, sin energía para
: sobreponerse a las pasiones y hacerles escuchar la voz aus­
tera del deber ; sin espíritu suficiente de rectitud para atre­
verse a sacar la cara por la justicia; miserable y egoísta
'■hasta inmolar, en aras de su interés y su reposo, todo l o
■más santo y augusto, la inocencia inmaculada de un Dios í
-Sí, ¡Ecce homo! ¡H e ahí el hombre!

* ^

Y la hora de la inmolación se acerca. Las trompetas


.sagradas habían resonado }ra en los atrios de Jerusaléri,
convocando a los miles y miles de extranjeros que de Es-
mi rna, de Alejandría y de Roma acudían todos los añas
a celebrar en la ciudad samta la Pascua del cordero. Los
altares de los holocaustos, adornados de flores, ostentaban
ya las víctimas que los 'buenos creyentes ofrecían a Jeová.
Embalsamando el ambiente, ascendía ya el humo de los
inciensos en azuladas ondas. Las piras qué habían de con­
sumir las piadosas ofrendas ya habían comenzado a lla­
mear. Doquier ruido de gente bulliciosa que luciendo sus
túnicas de fiesta, se codeaba impaciente, espetando la He-
- 71 —

gada de los grandes sacerdotes. Pero éstos no llegaban: el


pueblo jerosolimitano también se echaba de menos dentro
y en los alrededores del templo. ¿Qué ocurría? Aquel
año no se contentaban con las víctimas de costumbre: te­
nían ellos una múy más preciosa que cuantas pudieran es­
coger entre lo mejor de sus rebaños y la iban a inmolar,
no en eí templo, donde se sacrificaba a las víctimas ino­
centes, sino en el Gólgota, donde se ajusticiaba a malhe­
chores y criminales.
Imaginémonos el lugar de la escena, siquiera sea con
harto descolor; ya que la fantasía no tiene tintas, no tie­
ne sobre todo sombras, las sublimes sombras que aquí
tendrían que ser el alma del cuadro. ¡Lástima que la pa­
lidez de la palabra mo fuese aquí como es a veces la pali­
dez en la pintura, que realza a maravilla la viveza de la
realidad! En apiñados haces, la muchedumbre ascendía
la rígida pendiente del Calvario, siguiendo las huellas
de un hombre que con pesadísima cruz a cuestas subía pe­
nosamente, enrojeciendo con gruesas gotas de sangre el
cantizal del camino. Aquí y allá las piedras angulosas y
esquinadas herían, como cristales, sus pies desnudos, y a
veces un movimiento instintivo, originado por la exquisita
sensibilidad, 'le hacía flaquear, tambalearse y dar por fin en
tierra, agobiado, bajo el ingente madero que llevaba enci­
ma... ¿Un murmullo de compasión? ¿Un latido de piedad
en el cortejo acompañante? Todo lo contrario: un ulular
de fieras, resonancia del cmcifige en que habían prorrum­
pido después de la flagelación. Digo mal, entre aquel apiña­
miento humano iban algunas judías que, derramando co­
piosas lágrimas y deshaciéndose en profundos sollozos,
brindaban compasión y ternura a Jesús, que las distinguía
al través de la muchedumbre y que, procurando consolarlas,
hubo de decirles que no llorasen por él, sino por ellas mismas
y por sus hijos. ¡ Salud, generosas hijas de Jerusalén: yo
os saludo en vuestras egregias descendientes; que no se ha
_ 72 -

extinguido ni se extinguirá jamás vuestra noble raza! Erj


la soledad del santuario, a tiempo en que el mundo se en­
trega a bullicios y regocijos profanos, yo os he visto en
un rincón, ai lado de una columna del templo, golpeando
vuestro pecho de dolor, fijos los ojos, llorosos y compasi­
vos, en esas estrechas custodias donde, olvidado, yace Je­
sús, y más de cuatro veces me he figurado oir salir del sa­
grario la misma voz divina del camino de la amargura:
hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino por vosotras y
por vuestros hijos, por aquéllos de vuestra sangre que abso­
lutamente olvidados de mí, van y vienen de aquí para allá
en el remolino incesante de la vida.
Tras repetidos tropiezos y caídas, ocasionados unas ve­
ces por las escarpaduras que desgarraban sus pies, y otras
por los brutales empujones que le daban los sicarios a
quienes estaba encomendada la faena de la crucifixión, Je­
sús llegó por fin al monte fúnebre, exánime, abatido, Ileoio
del lodo amasado con su sangre que en cada caída se pe­
gaba a sus carnes y a sus vestiduras. N o espere la inocente
víctima que se le conceda un instante de reposo y aliento.
Atardece. Hay que dejar consumado el sacrificio. Y co­
mienza a desarrollarse lo más patético, lo más pasional, lo
más horrífico de! tremendo drama. Los soldados le arran­
can viofientamente, para echársela en suertes, la túnica in­
consútil. N o importa que esté pegada a las heridas y con
la violencia del despojo se renueven y se agranden. La
cruz está ya dispuesta en el suelo, y Jesús se tiende en
ella, obedientísimo, a la voz de mando de algún sayón.
Oyese el retiñir siniestro de hierros. El seco sonar de
los martillazos retumba con eco lúgubre en la lejanía. Los
pies y las manos del Redentor están ya perforados y su­
jetos al madero infame. Sus labios se abren, no para exha­
lar quejas, sino dulces frases de perdón. Llega el instante
crítico de erguir el cadalso. A l esfuerzo de unos cuantos
sicarios, la cruz se enarbola, su pié resbala por el borde
- 73 —
del hoyo preparado al efecto, y cae de súbito con es­
truendo sordo sobre el fondo removido. El Mártir se es­
tremece en una convulsión suprema por el desgarramien­
to de las llagas en los clavos, imico apoyo del cuerpo dei
Redentor...
Contempladle con los ojos del alma. Retrogradad con
la imaginación espacios y edades y constituios espectado­
res de la trágica escena. Miradle allí, erguido entre la
tierra y el cielo con los brazos abiertos, como para abra­
zar al mundo, sin poder siquiera apoyar su cabeza sobre
la cruz, porque al más leve contacto se le clavan más hon­
das las espinas; la boca entreabierta, dando paso a pro­
longados suspiros; los labios; que parecían estar formados
de rosas, lívidos y exangües; los ojos dulcísimos, pugnan­
do por mirar en derredor con infinita ternura, pero ocultán­
dose poco a poco tras los párpados que se le caen inertes,
y en sus rasgos todos, los más hermosos y perfectos que
embellecieron jamás rostro alguno, aquella majestad caída
y aquella belleza afeada que tan grandiosamente acertó
a interpretar Velazquez en su Cristo!
¿Verdad que debe de estar penando con penares físi­
cos inmensos? Pues bien, esos penares del cuerpo serían-
corno sombra ,en comparación de los del alma.
Es la hora de los totales abandonos: el cielo está aún
mudo de {indiferencia y, como murmullo de turbulento
aquelarre, no se oye más que el estridor de blasfemias y de-
maldiciones que levanta la muchedumbre y que sería reme­
do de la algazara triunfal en que se estaría alborozando en­
tonces el averno. “ Se llamaba Hijo de Dios y ved cómo
Jeová le abandona: no era más que un impostor” , decían:
unos. " ¿ Y éste es el miserable que quería destruir el tem­
plo y reedificarlo en tres días?", interrogaban otros. "S i
eres el Mesías, desciende de la cruz”* argüían los solda­
dos. ¡Todas aquellas burlas y rechiflas que, según Lactan-
cio, parecían haber estado oyendo Salomón y David al
— IX —

archivarlas, como las archivaron, mil años antes, en· sus


libros! Todos le acusaban de crímenes: los mismos após­
toles que le habían visto resucitar muertos, como pondera
mi gran P. San Agustín, dudaban ya de. él. Y ¡oh Dios
mío! la contemplación de su madre, la más madre de to­
das las madres, allí, en medio del teatro sangriento, lívida,
llorosa, desolada, sintiendo apuñalarle las entrañas la es­
pada aguda de Simeón... Las aflicciones de aquella mujer,
profundas como el océano, y agitadas y amargas como sus
olas, se trasvasan al corazón del hijo y se lo anegan en
insondables amarguras. En un postrer esfuerzo tiende sus
ojos, ya casi sin lumbre, al gentío que le rodea, y por cima
-de aquel gentío a todo el linaje humano desparramado
por las cinco partes del orbe, y por cima del humano lina­
je de lo presente al humano linaje de lo porvenir. Se sien­
te como nunca hermano de los hombres. Los ama con la
más intensa llamarada de su amor infinito, y, ansioso, se­
diento de verlos a todos andar en la luz de la verdad que
-él había venido a irradiar en el mundo, “ sitio” t exclama
con voz de agonizante que se extingue. Lo soldados no
comprenden lo estupendo de aquel sitio·', y se aprestan aún
a cometer un acto infame de bárbara crueldad. Deteneos,
modelos insignes de fieras hircana;: no iíevéis a sus labios
esa hiel. ¡ N o es la sed que vosotros pensáis la que padece:
es sed de vuestro bien, es sed de vuestro arrepentimiento,
es sed de vuestro corazón, ¡Jesús mío! ¡Hasta dónde llega
la fiereza del hombre para contigo! ¿Cuándo se ha visto
que se le trate de envenenar, ni siquiera a. un malvado, el
último instante de su agonía? ¿No despiertan tus males
ni siquiera el sentimiento de piedad que inspira la desgra­
cia? ¡Apresúrate, apresúrate a morir! N b esperes más
.encrudecimientos del hombre. Para tí no se agotarían ja­
más sus cóleras. ¡Y a están cumplidos hasta en sus tildes
todos los augurios de los profetas! ¡N o queda ya ni un
poso en tu cáliz amarguísimo! ¡Apresúrate a morir!...
75
El pecho del Mártir se hinche, como si quisiera exhalar
en uno solo todos sus escasos alientos; sus labios pronun­
cian et consuma tum est!, todo está ya consumado, y luego,
encomendando a su Padre en intensa y breve plegaria su
espíritu y en su espíritu, como dijo San Anastasio, a to­
das las almas con su sangre redimidas... ¡expiró!... Sí,
hermanos míos, ¡ expiró! E l que había creado la luz y for­
mado con un suspiro el espacio y colgado e>n el firma­
mento, con nidos de ángeles, los soles e inundado en to­
rrentes de vida ía creación, ¡ expiró! Por eso guardó luto
un instante toda la Naturaleza y el universo mundo se
sintió sobrecogido de espanto; por eso el sol radiante
rehusó de improviso su lumbre y una anticipada noche cu­
brió de crespones el cielo y relámpagos de claror fatídico
surcaban las sombrías tinieblas; por eso el velo del templo
se rasgaba instantáneo, y crujía la tierra con ruidos de
terremoto, y se resquebrajaban las rocas de los montes, y
hasta las tumbas se abrían y vomitaban 'sus muertos... Era
aquello como hacerse pedazos la creación por no poder
soportar el tremendo deicidio.
I No. podía darse demostración más contundente de la
divinidad de Jesús! La causa principal que para conde­
narle se. adujo era que públicamente se titulaba Hijo de
Dios. Públicamente ío habían demostrado ya su hechos,
pues no en secreto, sino en medio de una muchedumbre,
había -dicho al ciego de Jericó que viese y vió; no a es­
condidas, sino al lado de una fuente pública, había man­
dado al paralítico que anduviese y anduvo; ,no en el silencio,
sino en el ruido de los lloros y desconsuelos de la familia
había resucitado a la hija del opulento Jairo; no en so­
litario paraje, sino ante una turba, la misma que había
de vitorearle a su entrada triunfal en Jerusalén, como
nota San Juan, le había dicho a Lázaro que se levantase
del sepulcro,., Pero donde mejor quedó demostrada la
divinidad de Jesús, fué en el período entero de su pasión,
- 7b —

ante un público hostil y numeroso. N o era Dios, y a una


sola de sus .palabras cayeron derribados en Getsemaní sus
enemigos; no era Dios, y con solo el contacto de sus dedos
curó al soldado herido por el Príncipe de los Apóstoles;
no era Dios, y ni un ápice retractaba de sus doctrinas,
ni en las horas trágicas en que el hombre se presta tan
fácil a la conculcación de la verdad, haciendo viles tran­
sacciones con su conciencia; no era Dios, y desde lo alto
de la cruz presidía como desde un trono, haciendo que
se cumpliesen aun por medio de sus mismos enemigos
los oráculos proféticos; no era Dios, y en medio de sus
violentos martirios, no tenía más que frases de perdón
para sus verdugos; no era Dios, y, al exhalar su postrer
suspiro, nublábase el cielo y rompía la tierra en alaridos
angustiosos; no era Dios, y el centurión y los soldados
romanos descendían del monte fúnebre que se estremecía
bajo sus pies, golpeándose el pecho y exclamando: vere
f iHus D ei erat iste!, ¡ en verdad que éste era H ijo de
D ios!
Voy a concluir: al escuchar la pasión de Jesús, por lo
menos en algunos de sus pasajes, en aquel que íios llegue
más hondo al corazón, todos sentimos lo que sintió G o -
doveo en solemnidad parecida a la presente, cuando ex-
clamó en un arranque de inconsciencia sublime: “ ¿Dónde
estaba yo entonces con mis francos?” Y sin embargo, lo
mismo que Clodoveo, estábamos allí nosotros con nues­
tras culpas y nuestras maldades, asaeteando cruelmente
el alma de Jesús. En las viejas historias de pueblos cris­
tianos primitivos, se lee que cuando en una aldehuela se
cometía un homicidio y se ignoraba en absoluto quién fue­
se el criminal, el juez convocaba a todos los vecinos, y
en presencia del cadáver, iban jurando uno por uno que
no eran los autores del crimen. ¡A h í, en presencia del
cadáver de Jesús, que la Iglesia nos muestra en este día,
yo estoy seguro de que ninguno de nosotros se atrevería
_ 77 —

a protestar, con juramento, de su inocencia. Harto sa­


bemos todos que le crucificaron los pecados de los hom­
bres; y de pecados, ¿quién está exento? Decir que lo
estábamos — ya lo aseguró San Juan— sería engañarnos
a nosotros mismos. Se nos pueden aplicar perfectamente
1os reproches de Pedro cuando, predicando a los varones
de Judea, les echaba en cara que habían crucificado a
Cristo por manos de malvados, per via-nus iniquorum af~
figeníes tnterendsHs! Pero no por esto desesperemos de
hallar perdón completo en las entrañas de Jeisús. El gran
pecaxlo de Judas no fué la venta y entrega de su Maes­
tro, sino su propia desesperación. La desesperación es el
pecado más enorme que ha podido inventar el poder de
las tinieblas. N o hay que desesperar por abrumadores c
imperdonables que se ostenten a la conciencia nuestros
propios crímenes. Y a sabemos dónde está la Cruz que es
fuente de caridad, y la caridad — lo dice !a Sagrada E s­
critura— borra la muchedumbre de los pecados. Acu­
damos a esa fuente a beber un sorbo purísimo de caridad,
y quedaremos limpios de todas nuestras culpas. N o lo
dudéis.
¡A li!, yo quisiera que me oyesen esto muy bien, sobre
todo aquéllos de entre vosotros que, tío inquietándose más
que por las cosas del mundo, como si lo sobrenatural no
existiese, ni rezasen con ellos aquellas recomendaciones de
San Pablo: qttae sursum sunt, qaaeHte... quae sttrsum
mnt, sapite, buscad las cosas de arriba, soboread las cosas
de arriba..., no acostumbran poiner los pies en un templo
más que en uno de estos días en que la augusta tragedia
que se conmemora diríase que ejerce atracción sobre las
mismas piedras. Sí, yo quisiera que me oyeseis vosotros,
los que no pisáis los umbrales de una iglesia en los días
de la vida; pero que hoy lo® habéis traspuesto por cu­
riosidad de ver lo que pasaba aquí, por una casual coinci­
dencia, porque pasabais por la vía .pública y visteis entrar
- 78 —

gente y quisisteis entrar también... vosotros quiero que


me oigáis y creáis mis palabras; porque no dudo os
serán de consuelo: por muchos y muy atroces que sean
nuestros pecados, no desesperemos jamás. Dios no es un
juez como los de la tierra, que tienen que juzgar y fallar
con arreglo a códigos y leyes que lian recibido. Dios no
está sometido más que a una ley, la del amor, y el amor
ya lo habéis oído, borra la muchedumbre de los pecados.
Hubiese sabido Judas amar, y no se hubiera colgado del
árbol, y aun después de profanada su vocación de após­
tol, hubiera sido recibido en las mansiones del cielo. Yo
me indigno cada vez que oigo que nuestras doctrinas son
duras, que nuestras doctrinas son inexorables, y no sue­
nan más que a tormentos y condenaciones. ¡N o por Dios!
Nuestras doctrinas 'son de blandura, son de misericordia,
son de perdón. El más hermoso y trascendental de nues­
tros dogmas es éste: que todos los pecados y todos los
crímenes del mundo han sido borrados con la sangre de
un Dios. Lo único que necesitamos es aplicarnos una
gota, mil veces menos que una gota, de esa redentora
sangre, y eso lo conseguimos con refugiarnos, arrepen­
tidos, bajo la sombra de la Cruz. ¡ A la Cruz, a la Cruz
con todas nuestras miserias y todas nuestras caídas ! De
ella pende E l que es nuestra confianza y nuestra sal­
vación. N o importa que esté teñida en sangre por nos­
otros mismos derramada. ¡Que esa sangre se inocule en
nuestras almas y las encienda y las renueve y las purifi­
que! La Cruz curará todas nuestras heridas, como la ser­
piente de metal curaba todas las venenosas mordeduras
que desolaban a las huestes israelitas en los caminos del
desierto; la Cruz es la fuente aquella profetizada por
Zacarías, m die illa erit fons} que surgiría en la casa de
David y lavaría todos los pecados; la Cruz es aquel ár­
bol de vida que vió el solitario de Patmos surgir en la
margen de un río de cristalinas aguas y cuyas hojas pro-
- 79 -

dudan la salud de las gentes y cuya fuerza salutífera eí


mismo San Juan pondera, diciendo: et omne maledichmi
non erit amplius, y será raído de la tierra todo lo que
sea maldición. Que esa Cruz sea para todos nosotros faro
de luz inextinguible, enhiesto sobre la montaña, que nos
alumbre en los mares de la existencia y nos conduzca ai
puerto de la vida.
PANEGIRICO DE SANTA MÓNICA

PRONUNCIADO ANTE LA ASOCIACION DE MADRES


CRISTIANAS EN LA IGLESIA DEL PILAR
(LA RECOLETA) DE BUENOS AIRES, 1906
Q u i sem inant in la crim is in
exu 'ltation c m eteíit.
Los que siembran con lá gri­
mas, cosechan con alegría.
(Salm . 125, v. 5.)

Hermanos míos en Jesucristo:

Hay en la teología católica un tratado comúnmente co­


nocido con el nombre, ya vulgar, de “ lugares teológicos” ,
y estos lugares son una serie de pruebas contundentes
por las cuales se evidencia hasta la saciedad que son ba­
jadas del Cielo -las doctrinas cristianas; una serie de ma­
gistrales argumentos que no tienen vuelta de hoja y que
nos hacen como palpar ío nltrahumano, lo sobrenatural,
lo divino de una institución que ostenta en favor suyo tales
prerrogativas, tales títulos, tales gracias. Allí se nos hace
ver la naturaleza del milagro, cómo el milagro supera en
absoluto la-s fuerzas del hombre, cómo no puede ser más
que obra de Dios, y cómo en pro de nuestra Religión ha­
blan elocuentemente sin número de milagros. Allí se pe­
netra la esencia de la profecía, que es la visión clara de
porvenires contingentes, y no a la -distancia de unas cuan­
tas semanas, de unos cuantos meses, sino de cientos y aun
miles de años, y se nos demuestra que la Religión cristia­
na tiene en su apoyo el cumplimiento, al pie de la letra,
de considerable número de profecías. Allí se habla del
_ _ 84 -

valor probativo de divinidad que tiene el martirio, exor­


nado de ciertas cualidades, y se patentiza cómo nuestra
Religión cuenta con millones y millones de estupendos
martirios; en fin, que se ¡hace en dicho tratado un verdadero
derroche de argumentación irrefragable, que es como un
fondo de oro. sobre el cual se destaca, nimbada de res­
plandores de divinidad, la augusta Religión, cuyas creen­
cias profesamos.
Pues bien, a pesar de constituir ese fondo de oro, ese
como gigantesco pedestal que sublima nuestra Religión
hasta bañarla toda en claridades de cielo, yo creo que to­
davía falta añadir a ese tratado un lugar teológico que, si no
excelsifique más a nuestra Religión — porque de divina
no puede pasar— embellezca niás y más esa parte de la
Teología, engalanándola como con flores inmarcesibles
que sólo pueden haber germinado en pensiles paradisíacos.
¿Sabéis cuál sería ese lugar teológico? El de las madres
cristianas. ¿ Creéis que con un estudio psicológico del co­
razón de esas madres, en el cual se reconstruye la historia
sublime de tantas heroicas vidas, no había de resaltar
divinizada nuestra Religión?
N o cabe dudarlo: de igual modo que la frescura y la
rica fragancia de las rosas prueban la savia abundante
del rosal, probarían la divinidad de la Religión de Jesu­
cristo esas abnegadas vidas maternas que, al influjo de
nuestra fe, tan gloriosamente han· ■sabido desplegarse, im­
pregnándolo todo en su derredor de aromas que sólo de
florestas divinas pueden emanar. Una pluma que fuese a
la vez escalpelo acerado que se internase en las entrañas
de esas vidas a buscar en sus sitios más recónditos las ve­
tas de oro de Ofir que contienen, y pincel que adornase
de galas y de colores la historia de sus exploraciones fe­
cundas por aquellas áureas profundidades, i qué obra más
imperecedera podría aportar al tesoro de la literatura
cristiana, trazando una de las apologías de nuestra Reli­
— 85 -

gión más admirables, más elocuentes, más sngestiorla­


doras !
A l ojear las páginas de ese libro, donde como en las-
galerías de mi museo, apareciesen de cuerpo entero — de
espíritu entero, creo que se podría decir aquí— figuras
como la de Santa Nona convirtiendo a su esposo al cato­
licismo, ¡haciendo de él un obispo y un santo, y encarri­
lando a su hijo desde la más tierna infancia por los carri­
les que habían de llevarle a ser un San Gregorio Naciance-
no; como la de Santa Amelia sembrando a granel en el
alma de sus hijos la semilla de santidad que, conveniente­
mente regada por el materno amor, se había de desarrollar
erm pujanza maravillosa, elevándolos a casi todos a los
altares y haciendo a dos de ellos un San Gregorio de Nisa
y un San Basilio el Grande; como la de Antusa, la madre
del Crisóstomo, dando ya a la niñez de su hijo aquel tem­
ple de acero que tan indomable le había de hacer ante las
exigencias inicuas de una emperatriz hereje y sometién­
dose, a las más duras privaciones para que fuese comple­
ta su formación intelectual y desbordase un día por sus
labios aquel río de elocuencia que habría de conquistarle
el sobrenombre de f<boca de oro” ; como la de cien y cien
Momeas y Berenguelas y Blancas de Castilla que han
sabido hacer de stts hijos, según las circunstancias, gran­
des obispos, grandes conquistadores, grandes reyes, y
siempre grandes hombres y grandes santos, los profanos,
no pudiendo menos de conmoverse ante el porte de rea­
leza de nuestras madres, repetirían la exclamación que
una de ellas sugirió a un antiguo retórico gentil: ¡quáles
midieres apud chisiianos swnt!, ¡qué mujeres tienen los
cristianos!; pero los que lo leyesen y rumiasen atenta­
mente, justipreciando el valor inmenso de aquella gale­
ría de retratos maternales, a buen seguro que no se con­
tentarían con el elogio de Libanio y que afirmarían ro­
tundamente que por fuerza tenía que ser divina la ReHídón
— 86 —
cjue en el delicado metal femenino forjaba caracteres ro­
bustos que por tan excelso modo ennoblecen y glorifican
a la raza humana, j Descuellan esas madres a tanta alturá,
hermoseadas con belleza moral tan inefable, e irradiando
de su frente fulgores de luz tan celestial, tan divina!
Yo voy a hablaros hoy de una de esas madres, a tra­
zaros el esbozo de uno de esos seres femeninos, del más
bello de todos, me atrevería a decir, si no aconsejase el
Kempis que a los Santos los debemos honrar, pero no
establecer entre unos y otros comparaciones que, si siem­
pre resultan odiosas, lo son mucho más cuando se trata
de santos. ¡ Es de tan abrumadora grandeza la figura de
la madre de San Agustín! Es la mujer de quien más·
propiamente puede decirse que se santificó sabiendo ser
madre. Monseñor Bougaud dice de la historia de esta
mujer que no debiera escribirse, sino cantarse, “ porque
es un poema” (i). Y, efectivamente, él la cantó, porque
era gran poeta, en un libro que es una perla de la litera­
tura de su patria, por el cual fluye visible y copiosa la
inspiración.
Pero yo, falto de todas las grandes dotes del apolo­
gista insigne, sin aquella su palabra que sabia recamar
de piedras preciosas cuantos asuntos escogía, sin aquel su
saber que todo lo granizaba de ideas y pensamientos pe­
regrinos, y, sobre todo, sin aquella su unción sagrada que
penetra, alma adentro, a levantar en lo más íntimo de ella
ta-n exquisitas emociones, ¿que acertaré a decir que no
sea pálido y desteñido acerca de esa portentosa heroína
cristiana? Bien podéis postraros un instante conmigo para
saludar a María, la incomparable mujer que supo ser
Madre del mismo Dios, y pedirle que esclarezca mi en­
tendimiento y unja mis labios a fin de hacer un panegírico

(i) H is to r ia de Santa M é n ic a .— Introducción.


- 87 —

que no desdore ni empequeñezca la eximia figura de esa


mujer que, a imitación suya, can tan celestiales destellos
esplendoró la maternidad.

A v e M a ría .

Qtti semiimtif, etc.

Hermanos míos en Jesucristo:

Es la .vida de Santa Mónica de las que, una vez sa­


boreadas, ora en un libro substancioso, ora en un pane­
gírico inspirado, ya no pueden darse nunca al olvido, por­
que arraigan y convliven entre nuestras más gratas y
dulces memorias. Hay recuerdos que se imponen, dice
Ernesto Helio (i ), hablando a este propósito de la Santa,
i Recuerdos! Como si tratara de alguien que hubiésemos
conocido, y no de una mujer inverosímil por lo grandiosa,
que vivió distante de nuestro tiempo centurias y cen­
turias. Y sin embargo no hay impropiedad ninguna en· la
frase: a Santa Mónica se la recuerda. Nos la representa
al vivo en la fantasía el poema de sus lágrimas. Leed en
vuestro interior con esa voz callada con que sabe leer el
espíritu un pasaje cualquiera de ese poema, y veréis cuán
luminosa surge en seguida ante los ojos del alma aquella
madre sublime que, tras inaudita odisea por mares bo­
rrascosos y pueblos desconocidos, vertiendo incesante llan­
to por su Agustín, logra, a la postre, arrancarle a sus

(i) Paroles de Dieu, pág, 382.


extravíos y locuras, realizando la más preciosa conquista
para sus maternales sentimientos y aun para los senti­
mientos del mismo Dios. Y o estoy seguro de que un frag­
mento cualquiera de ese poema os hará evocar a aquella
mujer varonil en todas las conmovedoras escenas de su
calvario, hasta contemplarla por fin embriagada de fe­
licidad en aquel éxtasis glorioso de Ostia que tan ad­
mirablemente acertó a trasladar al lienzo el pincel de
Ary Scheffer.
En cualquiera época de su vida en que la contempla­
mos, ¡ qué radiante encarnación de aquel ideal divino de
mujer que nos dejó esbozado el mismo Espíritu Santo
en las parábolas salomónicas! Y o voy a pasar por alto
su juventud y su niñez, no obstante que tan tiernas pá­
ginas inspiraron a San Agustín, como cuando nos la
pinta privándose de los alimentos que a ella le daba« para
ir corriendo, llena de júbilo, a dárselos a los pobres, o
sonrojándose y haciendo inquebrantable propósito de no
beber más vino, ante el reproche de una criada que la
motejó de aficionada a ello, porque a menudo la acom­
pañaba a la despensa a buscar el necesario para la co­
mida, y nuestra niña se permitía la ligereza de gustar un
sorbo; o haciendo oración mental, completamente abs­
traída en un rincón de casa o de la iglesia, como si fuese
una persona mayor muy adelantada ya en la virtud, v a
quien Dios regalase con esos íntimos regalos sensibles
con que distingue a muy contadas almas. La infancia y
la niñez de Mónica no tienen gran cosa de extraño, dada
la piedad- de sus padres, que eran cristianos fervorosos
y educaban a su hija en el temor de Dios: todos cono­
cemos a alguna familia acendradamente católica, cuyas
hijas se distinguen desde la más tierna infancia por sen­
timientos de religiosidad y de virtud que, si, andando
el tiempo, no se enfriasen entre la agitación de la vida,
harían de ellas verdaderas santas.
- 89 -

Cuando la madre de San Agustín comienza a llamar


poderosamente la atención es después de haber hedho
juramento de fidelidad y amor a un hombre pagano, con
quien, más que por cariño, por obediencia filial unió su
suerte. Estos matrimonios mixtos de cristianos y gentiles
eran entonces frecuentísimos. L a Iglesia acababa de ad­
quirir los derechos de ciudadanía y juzgaba prudente ser
contemporizadora, viviendo como vivía en medio de una
sociedad pagana. Las vírgenes cristianas ejercían más
atracción en los jóvenes que las doncellas gentiles, no
porque su hermosura fuese mayor, sino porque aparecía
realzada por ese brillo especial que el pudor y el re­
conocimiento hacen traslucir en lo sereno de las miradas
y en la misma tersura de la frente; porque efundían de
sus actitudes y de sus andares aquel “ buen olor de Cristo”
de que habla San Pablo. Algo de esto ha sucedido en
todos los tiempos y sucede también en nuestros días: un
joven, por distanciado que esté de nuestra Religión, puesto
a elegir entre dos bellezas iguales, sin más diferencia que
la de ser una irreligiosa e impía y la otra fervorosa y
creyente, no duda jamás ni titubea. Es esta una de esas
simpáticas inconsecuencias en que nada le duele a uno
ver atropellados los fueros de la lógica.
Una de estas inconsecuencias fué el matrimonio de
Mónica y de Patricio, Mas ¡ a y ! que éste no sólo era pa­
gano, sino también violento y disoluto; y apenas despo­
sado comenzó a dar testimonio fehaciente de semejantes
prendas. N o puso jamás sus manos en el rostro de su
esposa, pues ésta sabía desarmar sus injustos enfados
mostrándose tanto más cariñosa y amante cuanto él mon­
taba más en cólera y relampagueaba más tempestuoso e
iracundo. Pero ¡ sabe Dios los dolorosos sacrificios en que
Mónica inmolaba una vez y otra su corazón en aras de
la paz y la armonía, que deben ser como los dioses lares
de todo hogar y que ella, a todo trance, quería que rei­
- 90 -

nasen en el suyo, por mucho que su esposo la martirizase,


dejándose deslizar por resbaladeros de perdición!
A veces aquel hombre llegaba a crueldades inauditas:
creamos que no fuese por perversidad, sino por ignoran­
cia de lo que es el delicado corazón de la mujer; ya que
San Agustín dice de su padre que, a pesar de ser impío
y de carácter violento, era naturalmente generoso y noble;
pero lo cierto es que Patricio dij érase que se complacía
en asaetear con agudas flechas el corazón de Mónica.
I Alardear ante ella de infidelidad! ¡ Llegar a ponderar
ante ella, en son de triunfo, sus liviandades y sus des­
órdenes ! ¡ Ante ella que cada día le amaba con más cre­
ciente amor! ¡Iníeliz esposa! íQué sendas de amargura
se veía obligada a recorrer! [ Qué serie no interrumpida
de calvarios y crucifixiones! ¡ Y sufriéndolo todo, callada
y a solas con una soledad tristísima, como la en que había
llorado María, su divino modelo, la noche infausta de la
Crucifixión! Porque Mónica jamás exhaló una queja,
mendigando consuelos de sus amigas, ni se irritó jamás
con su esposo, dirigiéndole reproches contraproducentes.
Se había empeñado en conquistarle, más que para sí, para
Dios, y su táctica era callar y sufrir en silencio, arrostrar,
impávida, aquellos secretos martirios que dice San Am ­
brosio acaecen entre las paredes domésticas, sunt quae-
dam, inter domésticos parietes, secreta martyria (i), y
orar y amar mucho, ser cada día más devota y más dulce
y más enamorada. Así cederían los arrebatos voluptuosos
de su marido, que concluiría por amar a su esposa, si
no como ella le amaba a él, porque en el corazón de M ó­
nica habían fabricado su nido las más efusivas ternuras
y los más cariñosos afectos, al menos con el amor de un
buen consorte que, al cabo, se desengañaba de sus delirios

(i) San Am brosio.— Opera, t. II, ■pítg. 479.


- 91 —

y locuras, y descubría en todo su poder embelesante los-


angélicos encantos de su compañera.
Así fué en efecto: Patricio se convirtió al catolicis­
mo y murió una muerte cristiana, bendiciendo a su esposa.
Pocas veces podría decirse con· más exacta aplicación la
bella frase de los Proverbios: mulier diligens corona est
viro suo, la mujer solícita es la corona de su varón: con
la del Cielo había ceñido Mónica la frente de su esposo.
Mas antes de llegar a tan codiciado triunfo, ¡ de qué trá­
gicos dramas había tenido que ser inocente protagonista!
i Oué copas de acíbar más amargo había tenido que apurar
y de qué fortaleza más arrolladora se había tenido que
revestir! Pero todo lo pudo la mujer fuerte, todo lo pudo
la perfecta casada. ¡ Qué dechado de perfección para esas
malhadadas esposas, que con la cruz de su martirio a cues­
tas se ven obligadas a recorrer el para ellas asperísimo
camino del matrimonio! Y o no quisiera, señoras que te­
néis la bondad de oírme, que entre vosotras hubiese quien
se encontrara en las condiciones de Mónica; pero conozco
un poco la sociedad y creo difícil que no haya en este
sacro recinto alguna infeliz que no sienta sobre su corazón
él peso de tan terrible desgracia. ¡Ah, no te dejes, esposa
cristiana, vencer por el infortunio! Haz acopio de abne­
gación. El matiz general de la vida de una esposa en
las aflictivas circunstancias en que tú te encuentras, debe
ser el espíritu de sacrificio. Dios, al permitir que te des­
posaras con ese hombre que te martiriza, es porque está
enamorado de su alma extraviada y quiere que tú la
redimas y la salves. Ama mucho, ora mucho, y no dudes
de tu conquista por acerbos e inacabables que sean tus
sinsabores. Las Mónícas vencen siempre, cuando saben
ser Mónicas, cuando saben ser esposas cristianas...
¿Verdad que es emocionante el cuadro de esposa que
nos ofrece esta mujer? N o he hecho más que tirar a la
ventura cuatro rasgos de su vida conyugal, y ya se des­
- 92 -

taca su imagen ante los ojos del espíritu, surgiendo so­


bre el obscuro fondo de sus penas, aureolada con to­
nalidades divinas. ¡ Cómo apareciera, si un artista de ge­
nio os la presentara en toda la viveza de la realidad, si
a tanto pudieran llegar la fuerza plástica de las pinceles
v el sugestionante influjo de los colores! Y, sin embargo,
no es como esposa como parece abrumarnos Mónica bajo
3a majestad de su grandeza, sino como madre, como es-
cultora del corazón y del alma de sus hijos. Aquí es don­
de ella desplegó un poderío gemiinamente sobrenatural.
¡ Mónica casada con un gentil, y sus tres hijos santos!
Esto se dice muy pronto, mas para realizarlo ¡qué opu­
lencia de fuerza maternal se ^necesita! ¡Sobre todo cuando
alguno de ios hijos porfía en extraviarse, dejándose arras­
trar por las pasiones como las hojas secas por el viento!
Porque no bastan los cuidados de jardinera solícita con
que todas las madres siembran gérmenes de virtud en el
corazón de sus hijos durante el breve período de la in­
fancia y de la niñez: esos gérmenes hay que fecundarlos
luego en la adolescencia y en la juventud, cuando se
hacen refractarios al mismo cultivo del amor y hasta al
riego benéfico de las lágrimas.
Mónica sembró esos gérmenes santificadores en el alma
de sus hijos, sobre todo en la de su Agustín, en quien
notaba más analogías consigo misma, por ser como ella
tierno, sensible y amante. Fuerza instintiva engendrada por
altos ' presentimientos, la impelía hacia Agustín con im­
pulsión amorosa irresistible. Cuando soñaba,, soñaba con
Agustín, y él era la causa de sus más angustiosas in­
quietudes y de sus más ardientes anhelos. Nada extraño,
pues, que la niñez de Agustín — ese plazo fugaz y di­
choso de la vida, en que, más que de alimentos y man­
jares, se vive del calor del regazo materno— transcu­
rriese más grata a los ojos de Mónica que el aura a las
flores en una campiña de primavera. ; Cnán satisfecha
- 93 ~
estaba la madre de su hijo, que, aunque no bautizado
— entonces se dilataba años y años el bautismo para
evitar la facilidad y frecuencia de las apostasías— tanto
gustaba de oir el nombre de Jesús, hasta el punto de
110 serle sabrosa la lectura de ningún libro si no tro­
pezaba a menudo en sus líneas con tan melifluo nombre!
Pero ¡ a y ! que el Agustín de la niñez no fue el de la
juventud, Su padre, envanecido con los talentos de su
hijo, que tan precozmente habían comenzado a brillar,
no había perdonado sacrificio ninguno para darle una ca­
rrera a la altura de las grandes dotes intelectuales que
le adornaban, y le había enviado a perfeccionar sus es­
tudios a Cartago. Y allí, en aquella espléndida ciudad,
rival de Roma con más éxito que en tiempo de ios Aní­
bales y los Escipiones; en medio de lisonjeadores con­
discípulos que le rodeaban de atmósfera de incienso por
sus brillantes triunfos literarios; en roce continuo con
mozuelos impúdicos que entonaban fogosos ditirambos a
las delicias del placer, y sintiendo en su pecho el férreo
acicate de la pasión espoleándole a amar y ser amado,
nuestro Agustín cayó como Un astro que se desprendiese
del cielo, y rodó sin parar hasta las profundidades det
vicio. ¡ Hasta ingresó en la secta de los maniqueos, cuyas
doctrinas contemporizadoras con el mal que suponían
uno de los principios constitutivos de nuestro ser» creía
él que habían de hacerle desoir los gritos de su concien­
cia que protestaba, de aquella conciencia rectilínea que
su madre le había comenzado a formar desde los pri­
meros vagidos de la cuna, y que él jamás pudo ensor­
decer aun en medio de sus más seductores desvarios!
De la tragedia que entonces se desarrolló en las en­
trañas de Mónica, amándole como le amaba, es imposi­
ble dar ni remota idea. Su corazón había ya padecido
mucho, la conversión de Patricio le había costado bien
terrible Gólgota; pero cuando comenzó a sentirse como
- 94 -

materialmente desgarrado, ftté a partir de la primera


caída de ángel de Agustín, que fué como el primer es­
labón de una interminable cadena de. caídas. Entonces
fué cuando comenzaron a fluir abundosas, como un ma­
nantial, aquellas lágrimas, después de las de Jesús y las
de María, las más puras y simpáticas de 'que nos ha­
bla la Historia; porque no eran deuda de arrepentimien­
to corno las de San Pedro y las de la Magdalena, sino
holocausto hecho a Dios por el amor de un hijo. Enton­
ces fué cuando Mónica entabló con Dios aquella lucha
tan a brazo partido, digámoslo así, como la de Moisés,
cuando Dios se empeñaba en destruir por idólatras a los
israelitas, y de la cual, como Moisés, había de.salir triun­
fadora, obligando a Dios a dejarse vencer por la inten­
sidad de sus oraciones y la lluvia deshecha de sus lá­
grimas. ¡ Oh, que es hermosa la sola representación de
esa ludia épica entre el Creador y una simple criatura,
y mucho más hermoso aún imaginarse a Dios derrotado
con esas derrotas que tan gratas le deben de ser, porque
son como abrirle las manos para estamparle en ellas un
beso purísimo y hacer que de aquel beso brote una
palma!
Y cuenta que la victoria de Mónica no fué obra de
un momento como la del caudillo del pueblo escogido;
no se redujo como la de éste a un diálogo acalorado, en
el cual Jehová se dejó vencer: la lucha de Mónica duró
varios lustros, lustros de persistentes martirios, de con­
tinuos ruegos, de incesantes lágrimas. Oid algún episo­
dio del glorioso combate. Imagínaosla con gesto lleno de
imperio y revestida de abrumadora majestad, expulsando
a su hijo de casa, cuaindo éste, ya despeñado y caído,
se atreve a presentarse en el pueblo de su cuna con una
amante. Ama a su hijo con ardorosísimo afecto; pero no
puede tolerar que en presencia suya ofenda a Dios. De
fuerza suprema tuvo que valerse para enfrenar los ím­
„ 95 -

petus amorosos que la empujaban hacia su hijo y pa­


ralizar los brazos que ansiaban estrecharle y ahogar los
besos en que sus labios querían prorrumpir; pero en tan
críticos instantes todo debía callar ante la dignidad au­
gusta del deber, y sólo el deber habló con elocuencia ano-
nadadora, que más que de la palabra, procedería del gesto,
de la actitud, de la mirada, de toda la tragedia íntima
en que se le estaba haciendo pedazos el corazón. El hecho
fue que Agustín se vió forzado a abandonar, corrido de
sonroje, el hogar paterno, sin que le pasara por las mien­
tes ni una sola frase de réplica. ¡ Era Adán ante la espada
flamígera del ángel, abandonando el paraíso!... ¡En una
madre justamente airada tiene que haber algo de lo im­
ponente y majestuoso de las tremendas iras de Dios!
¡ Oh, qué lección para esas madres débiles que no sa­
ben imponerse en nada a sus hijos, dejándolos, no ya
sólo apartarse cada día más de la práctica de los debe­
res religiosos, sino también desdeñar en su presencia a
la misma Religión, vilipendiándola como cosa aniñada y
mujeril!
¿Que los aman con un amor que conjura sus justas
cóleras y les impide determinaciones extremas? Por mu­
cho que ellas amen a sus Agustines, bien puede asegu­
rarse que M ónica amaba incomparablemente más al suyo.
Como que era un fuego el de aquel amor que con las
ingratitudes filiales crecía. Vedla, si no, volar al encuentro
de su hijo apenas sabe “su decisión de partir para Roma,
y no alejarse de él, acompañándole hasta por calles y
plazas públicas para no perderle de vi'sta un sólo punto,
y partir con él, si aun en partir se obstinaba. Co­
nocida es la estratagema de que se valió Agustín para
burlar su solicitud amorosa. Paseaba con un amigo suyo
por la playa cartaginesa, y Mónica seguía inquieta 'sus
pasos. Cuando ya se avecindaba la noche se acercó a su
madre y le dio palabra de honor de que no se embar­
- 96 -

caba, induciéndola a retirarse. Mónica le creyó, y se en­


tró en una ermita de San Cipriano, que en la misma playa
surgía, para orar un rato por su Agustín. La oración fué
tan intensa que la orante perdió la noción del tiempo:
orando la habían sorprendido las sombras de la noche,
y orando aún la encontraron' los albores de la mañana.
Y a pesar de lo intenso de su oración, el Señor parecía
no haberla oído: Agustín se había dado a la vela con
rumbo a la gran Metrópoli. ¡ Pobre madre! ¡ Qué sor­
presa tan desoladora! ¡ Con qué angustia clavaría sus
ojos en el mar que se esfumaba como imperceptible lí­
nea azul en el horizonte, y qué arroyos de lágrimas des­
cenderían por sus mejillas! ¡Qué soledad la de aquél y
los días sucesivos, de todos los que transcurrieron hasta
tener noticias del hijo amado, para poder volar a vivir
junto a él y redimirle su pobre alma, que andaba dando
tumbos de secta en secta, como barquilla desmantelada
en alta mar y expuesta a la furia de los vendavales!
Porque Mónica no dudaba de que Dios oiría al fin lera
clamores de su llanto. Se lo había asegurado un ancia­
no y santo Obispo que la había visto llorar un día por
su Agustín: “ es imposible que perezca el hijo de tan­
tas lágrimas” , fieri non potest ut films tstarum lacryma-
rum pereat (i). Y con fe tan viva creía en el consolador
augurio de aquel anciano, que cuando ella se embarcó a
su vez para Italia, sucedió una escena tan curiosa que
no me resisto al deseo de indicarla. El cíelo se había
enlutado con opacos crespones, presagios de atronadora
tempestad, y ésta había estallado de súbito, rasgando las
nubes con relámpagos fatídicos v ensordeciendo el es­
pacio con ruidos espantosos. El piélago rugía y espu­
meaba de furia, como si se le antojasen bofetadas inju­
riantes los recios aletazos con que le azotaba el aquilón.

(i) Confes. L ib. I l l , с. X I I .


- 97 —

L a velera nave, juguete del mar y del viento, crujía ame­


nazando destrabarse y deshacerse en cada uno de los
rápidos descendimientos con que se desplomaba al pasar
bajo su quilla la[s líquidas cordilleras espumescentes que
unas a otras se atropellaban y perseguían. Todo se volvía
lamentos y lloros, y no se veían más que rostros aterra­
dos amarilleando ya con las palideces de la muerte. Sólo
una mujer iba allí serena y tranquila, pugnando por in­
fundir esperanzas a todas, aquietando a los mismos nau­
tas, que temblaban consternados ante la proximidad de
la catástrofe y no cansándose de repetir que no había
por qué temblar, pues ella estaba segurísima de que arri­
barían felices al puerto. Era Mónica que juzgaba im­
posible el naufragio. ¿No tenía ella que convertir aún
a su hijo? ¡Oh, qué intuiciones tiene a veces el corazón
de las madres!
Y o renuncio a explicaros el encuentro de Mónica con
Agustín. Vosotras, madres cristianas que me escucháis,
sabéis mejor que yo lo que es volver a besar y abrazar
a un hijo a quien, tiempo ha, ¡no se abraza ni besa; pero
a quien continuamente tenéis en la imaginación, porque
le lleváis ero el alma con la misma realidad con que le
llevabais un día en el seno, y porque es, entre todos vues­
tros hijos, el que más os preocupa, el que más os inquieta
y el que más necesitado está de vuestras amores. Hay
algo de sagrado en las efusiones amorosas que derriten
el corazón materno en tan solemnes instantes, y tendría
algo de profanación el sólo intento de quererlas encerrar
en los míseros moldes de mi palabra. Sólo os diré que
Mónica se habría sentido anegada en: torrentes de feli­
cidad si su Agustín hubiese dado ya de mano a todos los
errores y, rotos los vínculos con que le avasallaba la im­
pureza, se hallase ya totalmente convertido al Dios de
su niñez.
No estaba, sin embargo, lejana la fecha que había de
grabarse en piedra blanca, en verdadero mármol penté-
lico, para remembranza eterna de la Historia. Agustín
había abandonado ya el maniqueísmo; y si bien se ha­
bía iniciado en otra secta, quizá aun más denigrante, Ja
.de los llamados “ académicos” — especie de sabios amar­
gados que hacían profesión de dudar de todo, juzgando
«inaccesible la verdad— ; pero no se hallaba interiormen­
te tranquilo. La duda no era para élI; como parecía ser­
lo para sus colegas, blanda almohada donde reclinar la
frente y abandonarse a lúbricos sueños, sino potro mor­
tífero que le torturaba la razón con desgarramientos in­
sufribles. Y , por otra parte, había comenzado a aficio­
narse a la oratoria de San Ambrosio, no por la subs­
tancia de las doctrinas, sino por las galas estéticas que
tanto le habían encomiado, y que él había visto compro­
badas, Mónica se enajenó de júbilo al saber de labios
de Agustín este sencillo pormenor que abría mundos de
esperanzas ante su inteligencia, y desde entonces redobló
sus oraciones, acreció el raudal de sus lágrimas, y con­
vino con el santo Obispo de Milán aquella estrategia di­
vina que por tan mirífico modo colmó los deseos de ver
a su Agustín al amparo de los rediles de Jesucristo.
¡L o transportada que estaría aquella madre al ver a
su hijo vestido con la entonces litúrgica túnica blanca,
avanzar por en medio de la muchedumbre que henchía
el templo, a leer en el libro de las abjuraciones las cláu­
sulas de rito! E l renombre del saber de Agustín, la ce­
lebridad de su elocuencia y el ruido de glorioso escánda­
lo de su conversión, habían hecho que el sacro recinto
no tuviese capacidad suficiente para dar cabida al gentío
que se agolpaba curioso y satisfecho. Y allí, ante lo más
granado del catolicismo de Milán, la madre vio caer el
agua purísima sobre la cabeza de su hijo, en tanto que
Ambrosio temblaba de emoción derramándola y pronun­
ciando las palabras sacramentales, que destilarían en los
- 99 -

oídos de Mónica mieles edénicas de inefables y cxíb-


siadoras dulzuras. Era poca cosa aún toda esa felicidad
para ló que las lágrimas de aquella madre hablan me­
recido, y Dios quiso embriagarla más y más, dándote,
como a la Sumanita de los Cantares, a beber de lo trás
escogido de la bodega de sus vinos, y para ello baufissa-
dor y bautizado improvisaron ese ¡sublime T e D eu m que
hoy entona la Iglesia en todas sus grandes alegrías, como
si en cada una de ellas quisiera conmemorar la de aquel
día gloriosísimo en que nació para ella "esa águila de
los padres”, como le llamó Bossuet (i ), ese ,f maestra
máximo del orbe” , como le llamó el Angel de Aquino (2 ).
¡Qué hechizada de ventura escucharía aquellos versículos
rotundos, rebosantes de arrebatado lirismo, que rodatian
por el ámbito sagrado, cien veces para ella más armo­
niosos que los mismos querúbeos conciertos!
¡Gózate, gózate, madre dichosa, viendo que tan pro­
videncialmente supiste ser madre! ¡Enajénate ante tá
obra acabada de tus lágrimas, como se enajena el ar­
tista tras el último toque del cincel en el mármol inmor-
talizador! ¡Oh, que saben bien las lágrimas esculpir, que
saben bien las lágrimas cincelar! Y a era hora de que te
cerciorases de que tus amargos suspiros se exhalaban en
la tierra, pero se efundían como perfume delicado en
los Cielos; de que tus lágrimas caíam sobre los ásperos
abrojos de tus caminos, pero eran recogidas inmedia­
tamente por los Angeles y ofrendadas a Dios en cálí'ces
de oro, como hostias purísimas! Tenías razón sobrada
para decir que ya nada te quedaba que hacer en el mundo,
después de haber convertido a tu hijo y verle ascender
con vuelo de águila por las cumbres de la santidad, como
dijiste en aquella deliciosa tarde del éxtasis, a orillas del

(1) Citado por Bougaud, pág. 475.


(2) H im no de las laudes de San Agustín,
- 100 —

Tíber, cuando juntamente con él te remontaste sobre to­


das las criaturas, a aplicar, más que tus labios, tu co­
razón, a la fuente de la vida, y yéndote como te fuiste
efectivamente, ,a los pocos días de aquel éxtasis divino,
que fue, por decirlo asi, como la agonía embriagadora de
tú muerte dulcísima en· el ósculo del Señor!...
Me he detenido, madres, cristianas, en la conversión
de Agustín, porque es la obra maestra de Mónica, y
porque hoy estamos muy necesitados de obras maestras
por ese estilo·. Ensalcen otros sus talentos que, aun des­
tituidos de la gimnasia Intelectual de los centros docentes,
rayaban a veces tan alto, que escalaban Las más empinadas
cimas de la filosofía,, haciendo imaginarse a su hijo, cuando
debatía con él y con los demás solitarios de la poética
quinta de Casiciaco, que estaba oyendo magnum alzqucm
virum (i)j a algún grande y esclarecido varón, avezado
a mecerse en las alturas de los más arduos problemas
filosóficos. E l timbre más nobiliario de Mónica siempre
será el haber sabido ser madre, y urge más que nunca
la ponderación de esa difícil sabiduría. Abundan mucho
los hijos descarriados que, dejándose fascinar por la pa­
sión, se precipitan de liviandad en liviandad, hasta romper
abierta y radicalmente con las santas doctrinas que les
inculcaron, desde la cuna. Alcanzamos tiempos como los
de Tácito, refractarios y hostiles a la virtud soeva et
infesta zñrtutibus témpora, y la sociedad y la Religión
necesitan de madres que les den buenos ciudadanos y
buenos creyentes.
Lactad, pues, a vuestros hijos con el santo temor de
Dios. Sembrad ew ellos desde muy temprano la semilla
divina de la virtud. Inspiradles horror a todo lo que
deprima y envilezca, y amor a todo lo que honre y mag1
-

-(i> De Beata Vita, párr. 10.


- 101 -

nifique. Las instrucciones qüe se aprendan al calor (Jél


regazo maternal inunca se olvidan, por mucho que uno st¡
engolfe después en el torbellino de los placeres, y a vece»
al choque con una amarga desilusión, con un revés de
fortuna, can' unos amores desgraciados, brillan como lu­
ces confortadoras y suaves que los orientan hacia los
abandonados caminos, forzándolos a volver sobre isus pa­
sos y a retirarse para siempre de los despeñaderos de
la vida.
Y las que tengáis algún Agustín, nunca os descora­
zonéis: ya habéis visto la labor de Mónica con el suyo.
Tened valo<r y entereza cuando las circunstancias impon­
gan esa entereza y ese valor. N o os ca¡nséis nunca de
orar, aunque os parezca que de ello no reportáis ningún
fruto. Mónica oró incesantemente durante años y años.
L a oración, cuando se hace bien, siempre es eficaz. Dio»,
ha dicho el mejor de los Agustines, no nos mandaría
orar si no quisiera acceder a nuestros ruegosj non horr
taretur ut peteremus, nisi daré vellet (i ). Orad, pues,,
mucho por vuestros Agustines, amadlos cada día más;
perseguidlos en sus desvarios, instándolos a volver a Dios,
si es preciso, hasta con sollozos y con lágrimas. Las ma­
dres son omnipotentes cuando saben y quieren serlo. E n
su corazón late una fibra que, hecha vibrar por ellas, rom­
pe en una nota divina a la cual nada se resiste. Represen­
taos a Agar en el desierto lanzando hacia el Cielo aquel
¡ay! desgarrador, y haciendo brotar de la caldeada arena
el agua cristalina para salvar al hijo de sus entrañas, »
a la madre aquella de que nos hablan los místicos que,
viendo a su hijo en la boca de un león hambriento, del cual
huía la gente despavorida, se arroja tras el fiero animal,

(i) Sermo 29.


dando aquél grito supremo que le hizo escapar, aterrado, y
abandonar intacta la adorada presa. L o podéis todo si
queréis, madres cristianas. Quered, pues, la salvación de
vuestros Agustines y sabréis ser madres y sabréis ser
Mónitas. A s í sea.
PANEGIRICO DE SAN PEDRO

PREDICADO EN LA CATEDRAL DE BUENOS AIRBS


18L DIA DE LA SOLEMNIDAD DEL PRINCIPE
DE LOS APOSTOLES, 1908.
T u es Petrus.
T ú eres Pedro.
(M it X V I, v. 18.)

E xcmo. Señor ( i ):

H erm anos m ío s en Je s u c r i s t o :

¡Poder maravilloso el de la humana fantasía! Para ella


no hay barreras ni en el tiempo ¡ni en el espacio. Con ra­
pidez más instantánea que la del rayo que, apenas rompe
ignipótente, en las nubes, y ya cayó sobre el árbol corpu­
lento y añoso, o sobre la roca enhiesta de la montaña,
la fantasía, no bien llega a ella el imperio de la voltin­
tad, imponiéndole una excursión al través de la tierra
o de la Historia, y ya está en el término de su viaje, re­
construyendo con su mágico poder el teatro donde se van
a desarrollar escenas que fueron en días remotos, o a le­
vantar ciudades que, hace siglos y siglos, dejaron de
existir.
Os digo esto porque dejándome llevar en estos solem­
nes instantes a merced de la fuerza evocadora de la fan­
tasía, me parece estar contemplando — y quisiera que vos­
otros lo contempláseis también— un pequeño grupo de
caminantes que, a lo largo de las orillas del Jordán/ siguen

(i) Monseñor Espinosa, A rzo b ispo de Buenos A ire s.


— 106 —

!a ruta desde Cafarmaún a Cesarea. A l llegar junto a las


afueras de la ciudad de Augusto, que estaba consagrada
al dios fenicio Baal, el sol, con, majestad imponente, hun­
díase en el ocaso, arrebolando con tintas de grana pura
las cumbres del Hermón. Y uno de aquellos caminantes,
que parecía andar abstraído, como si su corazón y su pen­
samiento vagasen muy lejos de aquellas riberas ornadas
de terebintos y de laureles, pregunta de súbito a Sus com­
pañeros de caravana: “ ¿Quién dicen las gentes que es d
H ijo del Hombre?” Quem dicunt homines esse filittm
hominis?
Harto 'sabía Jesús — que era quien interrogaba a sus
Apóstoles— que en todas las regiones de la Palestina cun­
día el rumor de que en su persona sagrada había resuci­
tado el Bautista y que alguien le creía Elias o Moisés,
alguno de los grandes profetas, y que sólo eso le habían
de comunicar sus discípulos. ¿Se tratará, pues, de una
pregunta que huelgue? Ernesto Helio decía: " Y o me
siento siempre muy conmovido cuando encuentro en el
Evangelio una circunstancia que parece indiferente aí
asunto dramático” . ¿Será esta una de esas conmovedoras
circunstancias indiferentes ? Sigamos y daremos concia
clave. ¿Y vosotros — torna a preguntar Jesús— quién
decís que soy yo? Y uno de los interrogados llamado Si­
món, responde impetuosamente: T u es Chñstus, filius De*
vkñ, Tú eres Cristo, el H jo de Dios vivo. ¿No es verdad
que esta ardorosa confesión de fe nos explica ya los de­
seos de Jesús de justificar a los ojos de sus discípulos
la predilección que él tenía por Pedro y las distinciones
inauditas con que le iba a, honrar ? Cuando se trataba de
los rumores de la plebe, contestaban a la vez y atropella­
damente todos los Apóstoles; cuando se trataba de que
cada imp explicase lo que en su interior sentía, -sólo Pedro,
profusamente inspirado, exclama con firmeza exenta de
toda duda: “ Tú eres Cristo, el H ijo de Dios” . Por eso
- 107
Jesús se apresura a felicitarle por haber sido iluminado
de lo alto, y a decirle, haciendo un juego simbólico de
palabras: et tu es Petras et super hanc petram edificaba
E cclesiam meamt et poriae inferí non prüevalebunt adver­
sas sam, y tú eres Pedro, y sobre esta piedra.edificaré
mi Iglesia, y contra ella jamás prevalecerán las. puertas
del infierno. Era la primera vez que la palabra iglesia
brotaba de los labios de Jesús. Avistábase ya la ciudad
cesárea y a lo lejos quizá se destacara el templo de A u ­
gusto con sus esbeltas columnas de mármol blanco, que
acaso sugerían a Jesús la hermosa metáfora de la piedra.
Ahí tenéis una escena que, aunque sea peregrina y pue­
da servir de numen inspirador a un poeta, no aparen­
ta revestir más interés que tantas otras que, en aquellos
mismos instantes, se estarían desarrollando en el .mundo,
y, sin embargo, ¡qué importancia la que encierra! ¡Qué
transcendencia para los destinos futuros del humano li­
naje! ¡ Cómo habrá resonado en el misterioso reloj de los
tiempos el caer de aquella hora en que se bendecía y co­
locaba la primera piedra de ese majestuoso edificio es­
piritual, dentro de cuyos muros inconmovibles se había
de cobijar el universo! ¿Quién que hubiera contempla­
do entonces realmente aquella escena, como nosotros la
acabamos de contemplar fantásticamente y a la distan­
cia de 20 siglos, hubiese podido barruntar que en ella
se creaba una institución tan grandiosa y robusta, con­
tra la cual habían de embotarse los odios de todas la»
revoluciones y todas las anarquías, como se embotaban las
lanzas hostiles en el peto de acero de los antiguos tem­
plarios?
Porque, no cabe dudarlo, entonces quedó instituida la
Iglesia, ese alcázar de Jesucristo, cuyos pilares se ha­
bían de amasar con la sangre de doce millones de már­
tires y en torno del cual habían de formar los grandes
Padres y ■Doctores, con las irradiaciones de su genio,
— IOS —

como un antemural de diamante, donde fuesen a estre­


llarse impotentes, como las olas en· los cantiles de la
costa, todos los embates de la, gentilidad, todas las fu­
rias del mahometismo, todas las acometidas de la irreli­
gión, todos los rencores del averno. Entonces surgió a la
vida esa institución gloriosa, patria 'espiritual de todas
las almas, que mantiene unidos en un sentimiento co­
mún a cuantos comulgan en los altares de Jesucristo,
orando unas mismas oraciones, celebrando unas mismas
fiestas, y 1lidiando por el triunfo de unos mismos ideales.·
¡ Se queda uno atónito al imaginarse cómo de aquella
escena y de aquella conversación, al parecer tan ordina­
rias como los más ordinarios acaecimientos de la vida,
nace como por ensalmo una-institución, heredera forzosa
de los sentimientos de Jesús, que había de dilatarse por
toda la redondez de la tierra con un Solo pensamiento y
una aspiración única: los de moldear la sociedad ente­
ra en el molde eterno de la Cruz, estableciendo la frater­
nidad universal y haciendo de todos los hombres aquel
unum ovile por el cual suspiraba tan a menudo nuestro
divino Redentor! ” Padre: como yo en Tí y Tú en mí,
que así sean también ellos — los hombres1
— , una misma
cosa en nosotros!” j Salve, pensamiento divino, emanado
no de la inteligencia, sino del corazón, según el hermoso
lenguaje escriturario, que coníituyes la incesante preo­
cupación de la Iglesia, transmitiéndote de unos Pontífices
a otros, como se transmite la sangre de los padres a los
hijos! ¡Aspirar no ya sólo a redimir a los hombres, sino
también a su endiosamiento, a su divinización, a conver­
tirlos en una misma cosa con Jesús!...
Pero yo no voy a hablaros de las aspiraciones de la
Iglesia, ni de la Iglesia misma, sino de su piedra funda­
mental, del bloque de roca viva que plugo al Señor dar­
le como cimiento. Y o quisiera deciros quién era aquel
hombre en quien sorprendió el divino Arquitecto Je­
- 109 -

sús condiciones de tanta resistencia y 'solidez para echar


mano de él y constituirle en piedra fundamental de su
Iglesia. Pedro es un tanto desconocido. El pueblo casi
no le conoce más que por sus flaquezas y cobardías. El
miedo a hundirse en las aguas del lago de Genezaret
cuando exclamaba angustiado: “ ¡Sálvanos, Señor, que
perecemos!” , y la desusada timidez que asaltó su espí­
ritu ante la insistencia con que una de las esclavas de
Caifás le echaba en cara ser galileo, y que le ofuscó has­
ta el punto de negar a su Dios, son casi las únicas haza­
ñas de Pedro que se han popularizado, y gracias si a
ellas se pueden añadir sus arrebatos bélicos en el Huerto
de las Olivas. Los oradores sagrados, en solemnidades
como la actua.1, más bien que de Pedro, suelen hablar de
la Iglesia y ¡ líbreme Dios de apuntar esto en tono de cen­
sura ! Es hoy el gran día para dar un vistazo sintético a
la Historia eclesiástica y hacer resaltar en períodos bri­
llantes sus glorias innúmeras como las arenas del mar, y
espléndidas y magníficas como las estrellas del firmamen­
to. Lo que hay es que para esto se necesita ser águila del
pulpito: poder remontarse con la imaginación a incon­
mensurables alturas para 'otear desde allí la marcha de
la raza de Adán por los campos de la historia, y luego, ser
dueño de una palabra que truene como el Sinaí, que ful­
gure como el Tabor, que vibre, que esculpa, que cincele,
que cante, cualidades de las que sólo me ha tocado ser
admirador entusiasta. Por eso me ceñiré a hablaros de
Pedro, y hablaros de un modo humilde en consonancia
con mí pequeñez. Aun para hacerlo, de suerte que no le
empequeñezca ni desdore, necesito de los auxilios de lo alto,
y yo os ruego que los pidáis conmigo por intercesión de
la Virgen Santísima.

A v e María.
— 1IQ —

Tu es Petras, etc.

H erm anos m ío s en Je s u c r is t o :

Decía que a San Pedro casi no se le conoce popular­


mente más que por el lado de la flaqueza humana. Y la
gloria de esto debe de caberle exclusivamente a San M ar­
cos: es el evangelista que más porfía en las debilidades
del Príncipe de los Apóstoles, el que más las pondera y
el que de ellas se duele con más viva angustia y más
amargo dolor. Y no creáis que haya nada de paradójico
en titular esto gloria de San· Marcos: vivió casi siempre
al lado del primer Vicario de Cristo, era como su ~e'.re
tario. Pedro le guiaba la mano cuando redactaba su
Evangelio y era como su estro y su inspiración. Y M ar­
cos había llegado a tenerle un amor tan íntimo, que casi
había dejado como absorberse su personalidad en la del
Príncipe de los Apóstoles, consubstanciándose espiri­
tualmente con él y viviendo como de su propia vida. De
ahí que hiciera como suyas las caídas de Pedro y las tu­
viera siempre fijas en la memoria para lamentarse y arre­
pentirse de ellas, como si se tratase de algo personalí-
simo con que él hubiese inferido a Dios algún· agravio.
Por otra parte, ioia todos los días a su jefe y amigó del
alma quejarse con quejas tan amargas de sus pasajeras
infidelidades para con Jesús, y le veía derramar tantas lá­
grimas por ellas, aquellas lágrimas tan minadoras que, al
decir de algunos escritores, llegaron a canalizarle las me­
jillas, y tan célebres que, como dice Helio, pertenecen
- ni -
a los archivos y fundamentos de la Iglesia, y son patrimo­
nio del linaje humanoI ( i ) ¿Qué maravilla que el Evan­
gelista reflejara esas quejas y esas lágrimas en su Evan­
gelio?
Pero todo esto no debe empequeñecemos la figura de
Pedro, sino agrandárnosla, excelsificárnosla, ceñirla a
nuestros ojos con aureolas de claridades divinas, con (lim­
bos eternos de gloria. La humildad de Pedro era un mi­
croscopio que a él le agigantaba sus culpas, pero que a
nosotros nos debe agigantar su persona hasta hacerla to­
car con su frente los mismos cielos. ¡ Oh, qué excelsa fi­
gura la de Pedro llorando, la del bloque de roca viva hen­
diéndose y rompiendo en cristalino manantial! La's lágri­
mas de Pedro son el poema escultórico de su amor ardien­
te a Jesús. Desde el día en que echando la red con su
hermano en el mar de Tiberíades, vio a Jesús paseando
a lo largo de la playa y escuchó de su's labios aquel lacó­
nico imperativo venite fiost me, venid en pos de mí, ¡con
qué impetuosa ternura se aficionó al Mesías! ¡ Cuán rápi­
damente lo abandonó todo por seguirle, su barca y su red t
¡Hubiera poseído palacios de mármol, cercados de verge­
les y de jardines y los hubiera dejado lo mismo que su red
y su barca! Ardía en deseos de conocer a Jesús. En su
imaginación exaltada bullían como un enjambre los pro­
digios estupendos que de él había oído contar. Y aquel
sencillo venite post me, venid conmigo, fué para él una
revelación. Se sintió interiormente transformado y atraído
como el hierro por el imán, por las miradas dulcísimas de
Jesús. Y desde entonces le amó como ninguno de los Após­
toles le amaba, siguiéndole continuamente en sus peregri­
naciones por Galilea y viviendo siempre adherido a El
como la hiedra a los árboles, más aún, como las ramas
al tronco, como el sarmiento a la vid.

(l) Paroles de Dieit, pag. 38a


— 112 —

¿A qué creéis que fué debida la·preeminencia de su in­


comparable dignidad? Mi gran Pádre San Agustín afir­
ma rotundamente que no a otra- cosa que al amor. De
ordinario suele decirse que a su intrépida confesión de fe,
camino de Cesarea; pero aquella confesión de fe era hija
de la revelación de lo alto, como el mismo Jesucristo se
apresuró a hacer constar en seguida, y aquella revela­
ción de lo alto no era más que un premio de su amor.
Por eso Jesús quería cerciorarse del amor de Pedro y
le preguntaba: diligis me plus his?, ¿me amas más que
los otros Apóstoles? Pregunta a la cual Pedro, dado su
carácter brusco e impetuoso, hubiera respondido que sí;
bien que cohibido por su humildad, contestase como сой

dolor, hiriendo el amor profundo que dentro de su pecho


pugnaba por estallar: tu seis, Domine, quia amo te. Se­
ñor, tú sabes que te amo. \Oh respuesta a un mismo
tiempo bienaventurada y beatíficadora! ¡ Quién te pudiera
proferir con la conciencia plena de decir la verdad, como
entonces Pedro te profería! Rompe siempre en nuestros
labios, pero ex abimdmitia coráis, de ía abundancia del
corazón, y rompe sobre todo cuando se acerque la hora
de dar nuestro adiós a la vida. Sé nuestro último aliento
y nuestro postrer suspiro! ¡Que nuestros ojos se cierren
a la luz, arrullados por el suave rumor de tus palabras:
Domine, tu seis quia amo te!
— ¿Que después aun cayó, y ino como un cedro del L í­
bano, arrancado de cuajo por un vendaval, sino como un
mimbre seco al soplo ligero del aura, a los reproches de
una mujerzuela? Altos secretos de Dios que quería ha-
cerle más amante y más fiel con la caída: fidelior enim
factus est po-stquam fid?m se perdidise deflevit, dice mi
gran Padre San Agustín, Todavía no se había despojado
del todo de su condición un tanto mudable e inconstante
como el tiempo; pero no se puede dudar de que, a des­
pecho de sus caídas, él amaba a su Maestro como nin-
— 113 -

guno de los Apóstoles le amaba, sintiendo arder por él su


corazón! en un holocausto perenne, en una llamarada con­
tinua. Cuando se trataba de confesarle como Dios, era el
primero que prorrumpía en un acto de fe sublime que
merecía los parabienes divinos; cuando se trataba de de­
fenderle como hombre, era el único que, como aguerrido
adalid, desenvainaba la espada. Y después de haber re­
cibido todos el Espíritu Santo, ¿quién más intrépido que
él para propugnar la divinidad del H ijo de Dios? ¿Quién
más ardiente y fogoso panegirista de Jesús? ¡Con qué
bravos arrestos el día mismo de Pentecostés se arrojó a
predicar la divinidad de Jesús a la muchedumbre de ju­
díos que, al ruido como de “ espíritu vehemente” que había
repercutido en todo Jerusalén, se habían agolpado en tor­
no del Cenáculo! ¡ Con qué valientes apostrofes los re­
criminaba de haber ¡negado al Santo y al Justo y de
haberle postergado a un convicto criminal y de haberle
crucificado por mano de malvados impíos!; Atict&renl·
vitae interfecistis, habéis dado muerte al' - Autor de la
vida!, les gritaba. ¡ Qué gallardo contraste el de esta bra­
vura con su cobardía de hacía pocas semanas, cuando
temblaba y palidecía ante las míseras frases de una mujer!
¿Qué extraño inaugurase el apostolado católico con ía
conversión de aquellos tres rail, trazando tan gloriosa­
mente la primera página de los anales eclesiásticos que
habían de constelarse como de estrellas el firmamento, de
hazañas inverosímiles y de gallardías legendarias?
Y luego, cuando ya los Apóstales tuvieron que dise­
minarse por el mundo a ondear por todas partes la en­
sena de la redención., ;qué hermoso es ver a Pedro des­
plegando aquella actividad napoleónica — permitidme de­
cirlo así— que aun no daba pábulo a su celo y que le
hacía tender su apostólica red tami pronto en la Galada
como en la Capadocía, como en la Bitinia, tan luego en
Jerusalén, donde celebró el primer Concilio apostólico,
8
— 114 —

como en Aintioquía, donde fijó provisionalmente su sede,


tan luego en Alejandría como en Corinto, tan luego en
Ñapóles como en Roma. ¡Roma! Y o no puedo, herma-
aoos míos, pensar en la capital del mundo sin pensar en
algo gloriosísimo y como incorporado en el nombre de
Pedro. Cuando después de haber fijado su asiento en
Antioquía, le parece esta ciudad pequeña para capital del
orbe católico y, cerniendo su espíritu sobre las montañas
siriacas, deja caer su vista de águila sobre Roma, deci­
diendo lanzarse a su conquista para transformarla en corte
de los Vicarios de Jesucristo, se siente uno como anona­
dado ante los bríos de aquel hombre que sin más armas
que su entusiasmo inextinguible por el triunfo de la Cruz,
se atreve a acariciar tasni inverosímiles titánicas empresas.
Roma era entonces señora del mundo. Su poderío, en­
roscándose a la tierra como una inmensa serpiente, la
había hecho su dócil esclava. Un solo gesto de Roma
potnía en conmoción a todos los pueblos. El universo en­
tero le rendía pleito homenaje. ¡ Y un pobre pescador
galileo 'que acababa de deshacerse de su vieja red, osa
emprender la conquista de Roma!
Imaginaos a aquel pobre judío perdido entre los os­
tentosos palacios de la corte cesárea viendo pasar a su
vera las ebúrneas carrozas donde paseaban las matronas
romanas sus lujos insolentes, zumbándole en los oídos del
espíritu la voz de los grandes jurisconsultos y de los
grandes políticos que le daban universal renombre y el
ritmo de los cantos de sus poetas que le tejían con sus
imperecederas concepciones una aureola inmortal, y estre­
meciéndose quizá al respirar aquel ambiente de voluptuo­
sidad que formarían las tibias y perfumadas aguas de las
termas junto con las emanaciones del incienso impuro que
humearía sin cesar en los mil y mil altares de la diosa
Venus. ; Qué pretende aquel hombre que vaga sin rumba
por aquel laberinto de humanas grandezas? Muy poca
- 115 -

cosa: tomar posesión de Roma para transformarla toda


desde sus cimientos; confundir a los idólatras en los mis­
mos templos de la idolatría, expulsándolos de su recinto
con el mismo celo con que un día expulsaba Jesús a la­
tigazos a los profanadores del templo; derrocar de sus
altares a los falsos dioses; arrancar el pueblo a las gro­
seras supersticiones con que le entretienen los oráculos;
destronar a los hombres-dioses del Panteón para entro­
nizar al Dios-Hombre del Gólgota; hacer, en suma, que
sobre la frente del Capitolio descuelle triunfadora y riente
la enseña de la Cruz...
Señores: la razón se abate y confunde cuando umo
medita en los débiles instrumentos de que Dios echa mano
para realizar ciertas divinas epopeyas. Diríase que tenía
celos de que pudieran atribuirse a esfuerzos de los hom­
bres, y que por eso escoge aquellos en que de modo pa­
tente salte a los ojos la debilidad. ¿Por qué — pregunta­
ba en cierto día un religioso al :Serafín de Asís— , por qué
eSas muchedumbres que se apiñan siempre en tu derredor ?
¿Por qué ese profundo respeto? ¿Por qué esa admiración
entusiástica? ¿Por qué ese culto?— Y San Francisco con­
testó: — Dios tendió una mirada por el mundo buscando
algún miserable por medio de quien manifestar su podert
y sus ojos santísimos no encontraron en toda la tierra
nada tan bajo, tan pequeño, tan innoble como yo. ¿ Será
esta humildísima contestación franciscana la clave de la
empresa colosal que osaba acometer aquel pobre pescador
de Galilea? Pero aun así, aunque sea todo obra divina
y nada pueda atribuirse a las peregrinas dotes naturales
que indi scutiblemente campeaban lo mismo en San Fran­
cisco que en San Pedro, y que atrajeron sobre ellos las
complacencias de Dios, ¡qué arrojo el de nuestro hombre!
¡ Con qué fe trasladora de montañas da comienzo a su
obra! ¡ Y con qué lisonjeros éxitos se pone a evangelizar
en el barrio judío, convirtiendo a unos cuantos millares
- 116 -

de hebreos que fueron coma las primeras piedras de sille­


ría del eterno edificio que iba a levantar!
En vano los grandes filósofos y los sacerdotes de los
ídolos ¡no tienen más que una sonrisa sarcástica y des-
deñosa, lo mismo para Pedro que para sus doctrinas:
éstas comienzan a abrirse puerta franca en los corazo­
nes. Y a no son sólo los judíos y esclavos los que se con­
vierten a la C ruz: varios de los más mobles patricios ro­
manos que han oído a sus criados algunas de las máximas
evangélicas, buscan a Pedro para que los bautice. El cristia­
nismo, no obstante su rígida moral que condena y estig­
matiza la vida orgiaca a que se hallaba entregada la aris­
tocracia de Roma, comienza a escalar las moradas sun­
tuosas y los palacios opulentos. Nerón, aquella bestia hu­
mana — ¿qué digo humana?, inhumanísima— , pega fuego
a la ciudad para reedificarla de nuevo y darle su nombre
y tener el gusto de verla arder a los ecos del Incendio de
Troya que él cantaba desde una colina. Las sospechas co-
míenzain a recaer sobre él, y temiendo una explosión de la
ira popular, inculpa de su crimen a los prosélitos de la
naciente religión. E l furor popular estalla, como un V e ­
subio irritado, sobre las cabezas de los cristianos. Diez
mil de ellos pierden su vida en aquella desbordada heca­
tombe. N o importa, a Pedro ¡nada le arredra: es el primer
río de sangre que va a fecundar las .campiñas, ya en flor,
del cristianismo; es la primera de aquella serie de inun­
daciones que ihan de fertilizar las mieses de la Cruz, como
las periódicas inundaciomes del Nilo fertilizan sus pin­
torescas riberas.
El cristianismo sigue su progresión ascendente: ya no
se contenta con escalar las mamsiones señoriales, y llega
al mismo solio de los Cesares: una amante de Nerón se
convierte a Jesús, abjurando a la vez sus ídolos y sus
amores. Pedro y Pablo — que había llegado también a
Roma a compartir las fatigas de tan terrible apostolado—
- 117 -

sota encarcelados en la cárcel mame rtina, E l fin de la vida


de estos dos ínclitos varones1 se acerca. Jesús, omnímo­
damente satisfecho de la incansable faena apostólica de
entrambos, quiere que reposen ya de sus durísimas· la­
bores. Los cristianos se sienten aniquilados de pena ante
la terrible, inminente desgracia. Se Ies antoja imposible
vivir sin las ternuras y los consuelos de Pedro, de aquel
pastor amantísimo que, a pesar de sus arrugas y de sus
canas, no se da pivnto de reposo, volando a dondequiera
que oyese un balido de la última ovejuela de aquel cre­
ciente rebaño. Y le abrumaban a ruegos, diciéndole que
viviese, que no se entregara tan luego al martirio, que
no se abatndonara tan pronto a las inefables dulzuras de
morir por Jesús. Y Pedro, ahogando ‘sus íntimos ardores,
reprimiendo sus soberanos impulses de mártir, cwpidus
passionis, sediento de padecer, según la frase de San Am ­
brosio, cede a las instantes súplicas y huye de la cárcel
al amparo de las nocturnas sombras, j Dios sabe el tre­
mendo sacrificio que se veía, obligado a arrostrar para dar
semejante paso! Lo que sí se sabe, es que ya en las afueras
de la población, vio a Jesús que caminaba en dirección
contraria a la suya. Pedro, dulcísimamente sorprendido, le
interrogó:
¿ Quo vadtSj Domine f ¿Adonde vas, Señor? — Vento
iterum crucifigij voy a ser crucificado de nuevo, le res­
pondió Jesús. Pedro, instantáneo como el relámpago, caló
todo el hondo sentido de la divina contestación. Testigo
el Cielo de que no eran las flaquezas de la carne la"s que
le habían sugerido la fuga, sino el amor y los ruegos de
lá naciente cristiandad a quien ibá a dejar huérfama y
desamparada; pero en su memoria surgiría, nó obstante,
el recuerdo atormentador de 'sus pasadas cobardías; el
canto del gallo resonaría, fatídico y delator en el silencio
de su alma, y con un heroísmo que estremecería de júbilo
en los Cielos al mismo Dios, reingresa en la ciudad, <fis-
- 118 -

puesto a sufrir no uno solo, sino cíen y cien condensadlos


martirios. ¡Oh, con qué divina embriaguez derramaría
toda su sangre para teñir con ella su manto de Obispo y
de Pontífice! ¡Qué momento de felicidad aquel era que
tornando a verse con Pablo, ambos se funden en un abrazo
y en tun ósculo, separándose luego para ir cada uno a
cumplir con su deber, sellando con su sangre las doctri­
nas redentoras!
¡La paz sea contigo, fundamento de la Iglesia, pastor
de los corderos y las ovejas de Cristo!— , exclamó P a­
blo despidiéndose. ■ —¡ Adiós —le contestó Pedro— , predi­
cador de los buenos, jefe de los justos, apóstol de la
salvación! Y pocas horas después de esta despedida, una
de las más patéticas que registra la Historia, a Pablo,
corno ciudadano romano, se le segaba, a tres millas de
Roma, la cabeza, que, al rodar a los pies de sus verdugos,
hizo brotar tres fuentes de cristalinas aguas, en tanto
que a Pedro se le crucificaba en el barrio de los judíos,
puesta, a petición, propia, la cabeza para abajo, porque no
se juzgaba digno de morir en la misma postura en que
había muerto su Dios y Señor, y haciendo brotar dos
inmarcesibles rosas purpúreas: Santa Anastasia y Santa
Basilísa, martirizadas también por haber intentado re­
coger su sangre!...
Ese era el temple del alma de P edro: ese era aquel
hombre humildísimo y amante. ¿Qué extraño que hasta
tal punto se captase el corazón de Jesús que le indujese
a elegirle para cimiento y columna fundamental de su
Iglesia, y le entregase el gobierno espiritual del mundo y
las llaves mismas del reino de los Cielos? Nada, nada
extraño que el Espíritu Santo hubiese henchido todo su
ser, y que los Angeles bajasen a visitarle en las cárceles
y a desatarle las cadenas, y que, como la sombra vivifica
con su ’frescura a las flores marchitadas, vivificase la suya
a Tos moribundos, y sanase a los paralíticos y resucitase
— 119 -

a los muertos, yendo por todas partes derrochando omni­


potencia en nombre de Jesús. ¡ Oh, qué gloria la de Pedro:
hacerse acreedor a que Dios fuindase en él su Iglesia,
encarnándola en cierto modo en su persona, porque como
dijo muy bien San Ambrosio ( i ) : ubi Petrus, ib i Eccle -
si-a, en donde está Pedro allí está la Iglesia, la Esposa
adorada de Jesús, en quien tiene sus regalos el Altísimo!
Cuando el Senado de Roma levantaba una estatua a aquel
Simón que se empeñaba en desacreditar el apostolado de
Pedro, coronándola con el orgulloso rótulo: Sirnoni, Deo
soneto, a Simón, Dios santo, ¡quién hubiera creído que
la gloria de Pedro había de ir creciendo como !a luz de
un sol ascendiente a su cénit, y de perdurar magnificada
hasta la consumación de los tiempos, en tanto que la de
aquel falsario ¡insigne habría de sepultarse, rápida como
un meteoro, en las catacumbas del olvido! Y he aquí que
Simón, el Mago, ya no vive más que arrinconado en un
escondrijo de la Historia, y que a Pedro se le glorifica y
se le glorificará hasta el fin del mundo en miles y miles
de catedrales como ésta, en cuyos altares se destaca, nim­
bada de luz, su imagen austera de anciano venerable, y
por cuyos ámbitos resuena a menudo enaltecido y vi­
toreado su nombre! j Qué lección para esas celebridades
de similor, pomposas por fuera, pero carcomidas por den­
tro, como esas frutas que colorean tempranas y que llevan
en su médula el gusano que las ha de convertir en cieno
y podredumbre!...
Sí: a Pedro se le estará glorificando mientras rueden
por la vida los siglos. La Iglesia que sobre él está cimen­
tada tiene fianzas divinas de vida eterna. Pedro mismo,
que es !a roca sobre que estriba la grandiosa fábrica, es
quien le presta solidez y consistencia perdurables; por­
que, más ¡inconmovible que el mismo peñasco del Capi-

(r) In ipsalrii. Í40.


— 120 —

tollo, Capitclü inmovue saxum, puede desafiar cuantas re­


volu cion es y catástrofes hayan de conmover al mundo.
La Iglesia, a fuerza de conocerlas muy de cerca, está ya
con sus estallidos familiarizada. Por muy grandes batallas
que le amenacen, es ya casi imposible que las tenga que
reñir mayores que las reñidas; acordaos de los mares de
sangre que la bañaron durante la era de las perse­
cuciones, o de cuando las hordas del Profeta, ebrias
de triunfos y ya, como Anníbal, casi al pie de los muros
romatnos, juraban que en el altar de San Pedro habían
de comer avena los caballos de Mahoma. La gran Casa
de Dios está ya curada de azotes de todo género: su pie­
dra fundamental, como el Anteo de la fábula al tocar
la tierra, robustece y agiganta su solidez con las acome­
tidas, y el secular edificio que se alza sobre ella puede
contemplar frente a frente todo linaje de cataclismos, más
imperturbable y sereno que contempla la roca, erguida en
medio del mar, las tempestades oceánk*as. Ya cayeron
sobre él cuantas borrascas sociales se pueden imaginar,
y no se ha bamboleado ni siquiera conmovido: se le puede
aplicar perfectamente la poética frase de San M ateo:
venerunt flumina et flaverunt ven ti et im ierun t m do-
mum Mam, et non cecidit: fundata enim erat super petram,
desbordaron' los ríos y arreciaron los vientos y cayeron
con ímpetu sobre aquella casa y no cayó: estaba cimentada
sobre piedra. Cuando García Moreno, una de las más
bellas y legítimas glorias americanas, caía herido de seis
tiros de revólver y catorce puñaladas: “ muere, verdugo
de la libertad”, exclamaba su asesino, y él con grandiosa,
con andina, serenidad de espíritu, replicó: “ Dios no m uere” .
De la Iglesia podremos decir siempre lo que el gran Pre­
sidente ,de República decía de D ios: por muchos golpes
que se le aseste y por mucho que contra ella se maquine
por gobiernos jacobinos, la Iglesia no se viene abajo:
— 121 —

está fundada sobre piedra firme, ¡está fundada sobre


P ed ro !
Yo t ío ignoro que hay escritores y políticos que no
cesan de asegurar que el catolicismo pasó, que ha dejado
de existir, o por lo menos, que se ha reducido a algo que-
huele a muerto. Ninguno, quizá, de vosotros habrá de­
jado de leer, en el libro o en el periódico, alguno de esos
responsos fúnebres que la impiedad entona casi a diario
sobre el cadáver fantástico de nuestra Religión. E s urr
;aso de rara monomanía: se quieren persuadir de que es-
:amos muertos, a fuerza de celebrar muestras exequias.
¡Desgraciados! Tienen ojos y no ven: no ven que los
cadáveres son infecundos, y que la cristiandad, despa­
rramada por la redondez de la tierra, está levantando sin
cesar asilos, colegios, universidades, centros de vida y de
cultura, muestra galana de la rica plétora que circula abun­
dosa por el árbol de la Cruz. Tienen oídos y no oyen
no oyera que la Religión es el tema más candente de todas
las discusiones humanas, una actualidad que vibra en to­
dos los medios •sociales, en el periódico, en el libro, en la.
cátedra, en el parlamento y hasta en los coches de los
ferrocarriles y en las fondas y en las tabernas. No ven.
que cada día señorean el espacio torres de nuevos tem­
plos, en cuyos ámbitos se congregan nuevas muchedum­
bres a honrar con su presencia nuestras augustas cere­
monias u oír el verbo divino que fluye eo cascadas de
luz desde los púlpitos. No oyen que nuestros misioneros
cada día llevan más adelante sus espirituales conquistas;,
que en los países protestantes cada día se estánr regis­
trando ruidosas conversiones; que Inglaterra y los Es­
tados Unidos cada día rodean de más cariños y respetos
al prisionero augusto de R om a; que el canciller v&n Bii-
low, a instancias del Kaiser Guillermo, cada día estrecha;
más con Pío X sus amistades; que el Quirinal apenan
— 122 —

puede dormir con reposo soñando siempre con inquietud


en el Vaticano...
Cierto que nos hallamos en frente de la magna herejía
modernista, que pudiera llamarse la herejía del escátv-
■dalo, porque es algo monstruoso y horrible que procede
..de la misma casa, digámoslo así, pues tiene sus prin­
cipales fautores y defensores en el mismo.Clero, en una
parte de ese G ero que, por apurar demasiado el licor
intelectual en copas kantianas, se ha percatado, cuando
menos lo pensaba, de que se hallaba más cerca de Katit
-que de Jesucristo. Pero ya no es la vez primera ni la
segunda que la Iglesia tiene que lamentar esos dolorosos
escáindalos interiores. Y el ‘sucesor de Pedro, que es el
genio vidente de las batallas del Señor, que, desde las
ailturas de sus tiendas de campaña, observa sereno las
maniobras del enemigo, se ha propuesto ya con decidido
empeño extirpar esa herejía y concluir con el escánda­
lo. y —esperémoslo confiadamente— se reducirá todo ello
■como a un eclipse solar, tras el cual reaparece en el ho­
rizonte más radioso y espléndido el astro del día. Yo me
he indignado más de una vez contra algunos pusilánimes
de nuestras filas que, asustados por el Vértigo de re­
novación intelectual, por la fiebre de revisión de valores
históricos que atormenta a los espíritus contemporáneos,
tiemblan por el porvenir de la religión, creyendo que la
ola crítica que pasa barriendo ideas caducas y falsedades
consagradas, haya de llevarse consigo también algo de
nuestros santos dogmas, de nuestras redentoras creencias.
¡N o por Dios! La ola pasará lamiendo la piedra funda­
mental de nuestra Iglesia, pero no le arrebatará ni un sólo
átomo de su estructura dogmática, de su fondo substan­
cial, de su concreción divina.
Lo que hay es que, encariñados hasta el exceso con
ío pasado, quisiéramos galvanizar cosas que mueren e
insuflar de nuevo la vida a organismos que se van, pen­
— 123 -
sando demasiado en lo que fue, y meditando muy poco
en lo presente y menos aún em lo porvenir. El pasado es
nuestro; pero no debemos quedarnos extáticos ante éí.
El sueño sobre laureles es muy dulce; pero muy peli­
groso, mientras no se concluya la guerra, y la guerra
contra la religión durará hasta el fin de los siglos, i Oh,
qué despertar más triste han tenido muchos pueblos que
se habían dormido sobre almohadas de gloria! Quiero
decir con todo esto —y yo quisiera que lo oyesen todos
los buenos católicos y muy especialmente todos los buenos
Sacerdotes— que hay que estudiar mucho, que hay que
laborar mucho para que no se construya sin nosotros el
presente, para que no se edifique sin nosotros el por­
venir. La barca de Pedro tiene garantías divinas contra
todo naufragio, y en ella bogará siempre triunfante la
salvación del linaje de Adán; pero eso no debe inducirnos
a aletargar la inteligencia, ni a entregarnos a la inacción.
El porvenir es un océano inexplorada, y es deber de
cuantos vamos a bordo acondicionar la barca para surcar
triunfantes el porvenir.
¡O h Barquero inmortal del mar de Tiberiades a quien
Jesús ha confiado el gobierno de su mística barca por
el· piélago del mundo: vela 'solícito por el insigne pilo­
to que hoy la dirige; asístele constante en todos los océa­
nos por donde la haya de guiar; conjúrale con tu poder
las tempestades que le amenacen; inspira a todos los
Obispos católicos el arte divino de salvar a sus cristian­
dades respectivas y de tener un, Clero docto e instruido
a la altura de las necesidades presentes; enardécenos a
todos los Sacerdotes con aquel celo santo por ;la casa del
Señor que consumía tus entrañas, y ruega porque no
desfallezca inuestra fe con la eficacia con que rogó Jesu­
cristo que no desfalleciese la tuya; libra de todo mal a
los doscientos cincuenta millones de fieles tuyos disemi­
nados por las cinco partes de la tierra; ora por nuestros
— Í24 —

mismos enemigos, por nuestros mismos perseguidores 'y


ilumínalos y conviértelos a todos; que todos tengan su
correspondiente caída de Damasco y sientan caérseles de
ílos ojos del alma las escamas ofuscadoras; que el orbe
entero sea cuanto antes aquel ovil único por el cual sus­
piraba tan tiernamente Jesús, por el cual suspiran tan
ardientemente tus sucesores! A s í sea.
ENSEÑANZA Y RELIGION

DISCURSO PRONUNCIADO EL DIA 18 DE ABRIL


DE 1909 EN LA INAUGURACION DEL COLEGIO
DE LAS ESCUELAS PIAS DE GUANABACOA
E xcmo. S e ñ o a : ( i )

S eñores :

Un día meditaba un alma hermosa sobre las bellezas


innúmeras de la Redención. Acaso contemplaba a Jesús
desprenderse de ]q más alto de los Cielos, abandonando
los resplandores de su gloria, para venir a morar entre
nosotros a ia tierra. Quizá le veía vestido de nuestra carne
y nuestra sangre, viviendo una vida humildísima y obs­
cura. Tal vez se le imaginaba yendo de aquí para allá*
por todos los rincones de Galilea, buscando, como buen
Pastor, las ovejuelas perdidas, hasta figurársele, al fiiv
clavado en urna Cruz, encarnando el poema más inena­
rrable de abnegación y sacrificio, y todo por nuestro
amor, por amor a estas pobres criaturas que vagamos,,
como peregrinos, por uno de los más insignificantes pla­
netas que giran en el espacio; y, recordando el día mal­
hadado en que nuestros primeros padres, infringiendo el
mandamiento de Dios, comieron de la fruta prohibida,,
prorrumpió de improviso en aquella afortunada paradoja
que más barde adoptó en su liturgia la Iglesia: oh felix
culpa! {2). ¡ Oh culpa feliz y venturosa que nos proporcio­
naste la dicha indefinible de ver a todo un Dios encar­
nando nuestra propia naturaleza y pasando por este mun­
do anegándole en oleadas de imperecedero am or!...

(1) Sr. ,D. ¡Pedro iG. ¡Estrada, Obispo de ía Habana.


(2) La afortunada (frase es de la 'Angélica, inspiradísimo him­
no de mi s^an P. S. Agustín. 1 l¡
- i .8 -

¿Querréis creer que al contemplar el espectáculo gran­


dioso que ofrecéis agolpados en compacta muchedumbre
en este templo, para celebrar una fiesta de amor, una
íiesta de gratitud hacia los esclarecidos Hijos de San José
de Calasanz, por la educación intelectual y moral que de
ellos recibisteis, lo primero que se me ocurre es bendecir
la causa ocasional de esta hermosa manifestación de co­
razones agradecidos, esto es, el voraz incendio que con
sus rojas llamaradas redujo a pavesas, un año ha, las
aulas de este Colegio, donde aprendisteis las primeras le­
tras y ganasteis los primeros triunfos y ceñísteis a vuestra
sien las primeras coronas, que os harían estremecer de
júbilo al presentaros ceñidos con ellas ante la madre que­
ridísima, que también se extasiaría de gozo al contemplar
enfrente de sí a sus pequeñuelos con aire de Césares
triunfadores ?
Sin el llamear furioso de aquel· incendio que bacía cru­
jir la fábrica del caro edificio, envolviéndola primero en
den-sos nubarrones de humo y luego en resplandores si­
niestros que causarían escalofríos de espanto, ¿ cómo os
hubiera cabido el· honor de hacer esta brillante manifes­
tación de gratitud hacia vuestros queridos profesores,
conviniéndoos todos, como tocados por un resorte mágico,
en hacer una suscripcióni espléndida y levantarles de nue­
vo el edificio? ¿Y cómo vuestros caros maestros iban a
tener la satisfacción inmensa de ver que no se habían
desvelado en vano por sembrar en vuestro corazón gér­
m enes‘de virtud y cultivar y regar convenientemente los
sembrados por vuestras madres, desde los albores de
vuestra infancia, tratando al mismo tiempo de formar
vuestra inteligencia, introduciéndola, como con mano aca­
riciadora, por los rientes pensiles de la humana cultura?
¡Cuánta filosofía encierra el· castizo refrán español “ no
hay mal que por bien no venga"! ¡Que es hermosa la
presencia, en este recinto, de tantos antiguos alumnos de
— 129 -

las Escuelas Pías, capitaneados por uno de ellos, por el


Sr. Obispo de la diócesis, para inaugurar el Colegio, con
la munificencia de todos reedificado! ¡Y que deben juz­
garse indemnizados, con creces, de los sinsabores y am ar­
guras consiguientes al infortunio, los hijos ilustres del
gran Santo aragonés, al ver este (laudabilísimo testimonio
de gratitud por parte de sus discípulos, testimonio que es
el sello más fehaciente de que han sabido cumplir con
los espinosos deberes de su ardua misión!
Es esta una fiesta solemnísima, para la cual debisteis
haber elegido a un orador que, con verbo preñado de pen­
samientos y bordado de imágenes deslumbradoras, os pro­
nunciara un discurso cuya valía filosófica y estética rímase
perfectamente con io grandioso de la solemnidad. Sea Dios
bendito porque habéis parado mientes en este pobre religio­
so que, ya que no puede mostrarse grandilocuente ni ins­
pirado, sabrá mostrarse sencillo y humilde. Pero no esperéis
de sus labios más que divagaciones sobre la necesidad de
cimentar la enseñanza escolar en una educación sólida­
mente moral y cristiana.
)}: * >(t

Ante todo, señores, mis parabienes más cumplidos a unos


y a otros: a los Hijos ilustres de San José de Caiasanz, por­
que forzoso es que se sientan satisfechos —y, si alguna
vez es lícito el orgullo, lícitamente enorgullecidos—, al
verse festejados por los que fueron sus alumnos, con tan
conmovedora fiesta de am or; y a éstos también, porque
entre jlas m á s ‘bellas condiciones de un corazón bien naci­
do. no hay ninguna que tanto le ennoblezca y ahidalgue
como el sentimiento de la gratitud; y además porque con
sus larguezas y generosidades han contribuido a una obra
grandiosamente benéfica, y casi me atrevo a decir grandio­
samente redentora. Lo que se llama una escuela pía, esto es,
un colegio católico, es en la época de irreligiosidad y desvia-
- 130 —

miento de la fe, que infortunadamente alcanzamos en. esta


hermosa perla de Cuba, un instituto verdaderamente pa­
triótico y civilizador. Por mil causas complejas, que no
es del caso analizar aquí, pero entre las cuales juzgo ia
más perniciosa el mercantilismo sin entrañas, que todo lo
empozoña y envenena -sobre esta rica tierra cubana, donde
en tiempos de más fe parecía el fervor religioso como
una flor indígena, la más risueña y fragante de cuantas
la embellecían y perfumaban, flota hoy un ambiente de in­
credulidad y de indiferencia religiosa que. al ser aspi­
rado, mata en el alma todo impulso generoso hacia el
bien, y hacia la virtud. Y si se quiere contrarrestar, des­
vanecer, a ser posible, esa atmósfera deletérea, no hay
más remedio que fomentar la creación de centros docen­
tes católicos donde, a la vez que se suministre pábulo a
la inteligencia, abriéndole horizontes por donde vuele como
un águila, se eduque al corazón, haciéndole sentir briosos
ardimientos por todos los altos ideales que tiendan a me­
jo rar y ennoblecer al género humano.
En esto de educar al corazón, de que tanto se preocu­
paban nuestros mayores, impera hoy el más horrible aban­
dono, culpa en gran parte de los Gobiernos, que, en ma­
yor o menor escala, por todas partes se dejan influir de
cierta pedagogía, que es tan sólo una disfrazada impie­
dad. Se quiere todo para la inteligencia y nada para el co­
razón-, de donde el hervidero de bachilleres que pululan
doquier con la abundancia de las malas hierbas en los sem­
brados, y la carencia aterradora de hombres, que fuerza a
pensar en los tiempos de aquel raro filósofo que en pleno
día encendía su candela y con ella encendida en la mano
cruzaba por entre la muchedumbre, respondiendo a ¡os
curiosos que le preguntaban adonde iba de aquella guisa,
que iba en busca de un hombre. Menos bachilleres y más
hombres: he ahí lo que hoy hace falta en todas las socie­
dades. Y para hacer hombres es necesario a todo trance
- 131 —

que en los gimnasios donde se instruya a los niños se


Ies desenvuelva en armónico maridaje inteligencia y co­
razón, formándoles un espíritu sano, robusto, que sepa
enamorarse de lo bueno, de lo grande, de lo heroico.
Los niños de hoy son los hombres de mañana. Los niños
de ahora son la Cuba del porvenir. Y Cuba desea tener
hombres: es la gran necesidad de la hora presente. Y no
lo digo yo; lo dijo, hace bien poco tiempo y con frases,
inspiradísimas, un esclarecido alumno de este Colegio:
el dignísimo Sr. Obispo en el momento de ir a distribuir
ei Pan de los Angeles1 a la pléyade de intrépidos cubanos
que iban a ingresar aquel día en la Orden de Caballeros
de Colón. Cuba tiene derecho a que los niños de hoy sean
hombres mañana. Les ha dado cuna en su bendita tierra, les
brinda el perfume de sus flores, los ósculos de sus bri­
sas, los trinos de sus aves, las caricias de su cielo, los rayos
de su sol... Tiene derecho a su amor y a su gratitud; a
que por ella posterguen sus propios júbilos y bienestares;
a que por ella se inmolen un día, si preciso fuere, en los
altares patrios del sacrificio. Y a estas escarpadas cumbres
del holocausto, bañadas siempre con reverberaciones de
gloria, sólo llegan los hombres de corazón templado como
un acero al fuego de la fe, que arde como fragua vivien­
te en el seno fecundo de nuestra santa Religión.
Hay, pues, que educar a los hijas en centros docentes
donde, al par que a la ciencia, se rinda culto a la Religión.
San José de Calasanz estuvo inspiradísimo at idear sus
Escuelas Pías y constituirse él mismo- en maestro y peda­
gogo. E ra la urgencia perentoria de aquel tiempo, cuando
el pendón negro de la herejía ondeaba por gran parte de
Europa sus pliegues triunfadores, intentando, entenebrecer
lias conciencias y echar abajo el alcázar de nuestros dog­
mas, y es la urgencia perentoria de nuestros días, en que
la enseñanza laioa, amparada por gobiernos jacobinos, pre­
tende ateizar a la sociedad, creyendo, o fingiendo creer,
— 132 -

que, desligada, de Dios, habrá de avanzar con paso más·


acelerado por los derroteros deí progreso y de la civili­
zación .
Verdad que contra las intenciones tiránicas de los alu­
didos Estados, que pretenden ser propietarios1 de los niños
alegando lk razón de que a la sombra del pabellón nacio­
nal nacen y viven, se han sublevado moblemente los padres
aduciendo derechos sacratísimos sobre la instrucción y edu­
cación de sus hijos: los derechos de que los inviste el
haberles dado el ser que tienen, la sangre que por sus
venas corre, las fibras que en sus músculos palpitan, la
muchedumbre de cariños, desvelos e iquietudes que te­
jen la aureola divina de las madres durante el desenvol­
vimiento de ese poema de amor que se llama la infancia.
Mas si los padres quieren que respete sus derechos el E s­
tado, ellos deben respetar, ante todo y sobre todo, los de­
rechos de Dios. Cuanto hay en lós hijos de más peregrino,
de má's hermoso, de más sublime, todo es de Dios hechu­
ra. El es quien en el instante misterioso de la concep­
ción; crea el alma que haya de informar el cuerpo de sus
h ijo s; quien les presta esa delicadísima máquina auditiva,
en cuyos estrechísimos ámbitos resuenan tan embelesantes
y embriagadoras todas las armonías de la tierra; quien
les fabrica de modo sapientísimo aquellos ojos en cuya
diminuta retina hayan de reflejarse tan clara y desahoga­
damente todas fes bellezas de la creación, desde la gigan­
tesca esmeralda de cambiantes variadísimos que constitu­
ye el océano, hasta la inmensa comba cuajada de diaman­
téis que constituye los infinitos espacios. Dios es quien les
da Ta inteligencia, la imaginación, el genio, la fantasía, la
serie de magnificencias que les ponen en las manos el ce­
tro de la creación, y quien por ellos hasta se desprende
de sendos rubios ángeles de su empíreo, para que loa
acompañen mientras peregrinen por este mundo.
Ahora bien; Dios, el Dios de los niños, di1Dios que re­
— 133 —

prendía en cierta ocasión a sus Apóstoles, diciéndoles: “ De-


jad que los pequeñuelos se acerquen a M í” , si ni te párvu­
los vem re ad me, quiere que desde lo más tierno de Ja in­
fancia se les dé una educación acrisoladamente religiosa.
Sí, señores, Dios tiene ya derecho sobre los niños desde
el primer instante en que alientan y, especialmente, desde
el primer instante en, que, regenerados ya por las aguas
bautismales, yacen sonrientes en la cuna. ¡La cuna! Yo
siempre me he figurado la cuna como un altar, como un
altar al cual sólo debe tener acceso un sacerdote y un
sacerdote femenino: la madre. Contemplad a un niño dor­
mido en la cuna con sueño angelical. En su semblante hav
como estereotipada una sonrisa. Es la sonrisa con que el
sueño le sorprendió cuando aun estaba haciendo un mimo
gracioso a la que le llevó en su seno. Los rizosos bucles»
negros o rubios, que circundan su frente, formando un
nimbo de oro o de azabache, son como una aureola de
santidad. Semeja un verdadero ángel del cielo, escapado
de las Concepciones de Ribera o de Murillo.
¿No es verdad que el ser que duerme en aquella cuna
es algo muy sagrado, que pertenece a Dios? Contemplad­
le, repito. ¡ Cuántos misterios se encierran en ese capullo
de rosa que apenas ha comenzado a entreabrir sus péta­
los ! Allí duermen, aviesos instintos y nobilísimas pasiones;
allí duerme la inteligencia, quizá ei genio. De allí puede
surgir carne de presidio o espíritu de gloria; un ser cu­
yos crímenes avergüencen a la misma naturaleza, o cu­
yos ínclitos hechos ciñan su nombre y el de su patria con
lauros eternos de inmortalidad. Todo depende de la edu­
cación que le comience a dar la que le puso en el mundo.
Si la educación es sana, robusta, integérrima, aquel hu­
milde vastago quizá escale un día la cimas del heroísmo,
las alturas del saber, las cúspides de la virtud. De aquí los
altísimos deberes de la misión de la madre. En el cora­
zón de su hijo hay gérmenes malos y buenos. A la madre
- 134

incumbe hacer que sólo éstos pululen y broten, dando a


su debido tiempo flores y frutos. El niño cuya cuna está
siempre rodeada de las solicitudes maternales, produce
3a impresión gratísima de una flor esmeradamente cuida­
da por eí jardinero. Puesta siempre al abrigo de la tem­
pestad,· amparada contra los rayos caniculares del sol y
regada con menuda lluvia de regadera, al atardecer,
¡cuánta frescura y cuánta suavidad ostenta en sus péta­
los al siguiente día, y qué rafagas de exquisito aroma la's
que alienta del sedoso cáliz! El niño mal educado también
es una ñor, pero una flor sin galanura de matices, sin há­
litos de fragancia, y cüvas hojas se le caen bien pronto
ajadas y marchitas.
Por eso la madre debe procurar ser, desde muy tem­
prano, celosísima jardinera. Hasta la edad de doce años
el alma de los ninas es como cera blanda, donde se gra­
ban las impresiones a gusto del moddl’ador. Lo que hay
que hacer es grabar cosas buenas, para que luego, cuan­
do la cera se trueque en bronce, lo grabado permanez­
ca y perdure. Y para esto no basta la materna labor.
Llega un instante en que el desarrollo del hijo por una
parte, y por otra las atenciones de los que vienen detrás,
exigen que el niño sea confiado a una escuela educado­
ra, donde, al mismo tiempo que se le inicíe la inteligen­
cia en los misterios del saber, se prosiga Ta sólida edu­
cación moral y religiosa comenzada en el aula de 1a
cuna. Y de aquí la diligencia que deben emplear los
padres en dlegír escuela, una escuela donde se les en­
señe a los niños el aprendizaje más arduo y difícil
de la vida: el de ser hombres. A mi se me antojan
las escuelas como talleres de orfebrería: la's enseñanzas
que en ellas se prestan son el oro, las piedras preciosas
son los niños, y los maestros son los orfebres y lapida­
rios que deben; tallar acabadamente las piedras precio­
sas. montándolas en oro purísimo, de suerte que irradien
- 135 —

todo el brillo de sus cambiantes y con él adornen y em­


bellezcan tin día a la sociedad.
Y he ahí lo que han sido siempre las Escuelas Pías.
Los Hijos de San José de Cala'sanz han demostrado
siempre verdadera maestHa de orfebres en la educación
de la juventud, La solicitud de las madres en estar
siempre encima de sus hijos, enseñándoles con celo y
corrigiéndolos con amor, de modo que el niño no vea el
látigo que azota y sí siempre la mano grata que acari­
cia, es uno de los inapreciables secretos que, como por
títuio de heredad, ha transmitido ©1 gran pedagogo ara­
gonés a todos sus hijos. ¡Qué bien han sabido siempre
conllevar y corregir paulatinamente la inconstancia, la li­
gereza, el mariposeo propio de la niñez! ¡ Cuán honda­
mente han sabido persuadirse de que los caminos por
donde las enseñanzas se abren paso hasta los espíritus
juveniles han de ser caminos perfumados de amor!' 'Di­
ríase que eran administradores natos de aquella fsuávi-
■dad de leche y de aquella dulzura de miel de que nos
■habla el Cantar de los Cantares.
Entre la^ incontables glorias del Instituto de las Es­
cuelas Pías yo no dudo en proclamar la primera: ésta de
educar a la niñez, de saber hacer de los niños hombres.
¡ Hombres! David, al descender de su regio trono y con­
fiar el cetro a Salomón, su hijo, no acertaba a encarecer­
le más que esta recomendación, q u e "le haría entre pa­
ternales bendiciones y amorosos abrazos: / Esto vvr, sé
hombre! Parece naturalísimo esto de que los niños lle­
guen a hombres, y, no obstante, lo naturalísimo es que,
sin una educación netamente religiosa y moral, lleguen
a ser cualquier cosá, menos individuos de la raza hu­
mana. Si lo contrario, sucediera, no estaríamos tan· ne­
cesitados de estrenuos caracteres, de férreas personalida­
des. Hoy es cosa frecuentísima encontrarse con hombres
que se dicen, amantes de la Patria, pero q u e ' no osarían
— 136 —

Inmolarse por ella en los altares del sacrificio. ¿ Sabéis


por qué? Porque no son hombres. Hoy es comunísimo
encontrarse con hombres que se dicen católicos en- pri -
vado, pero que actúan de impíos en público. ¿ Sabéis
por qué? Porque no saben ser hombres. Los hombres
sólo los esculpe la Religión, sólo los templa la fe. Y en
ciertos países la fe y la Religión están hace tiempo su­
friendo un desgraciado eclipse: las ambiciones terrenas
se’ han interpuesto entre la Religión y los espíritus, y
son poquísimos los rayos de fe que descienden hasta las
almas.
El hombre debe tener el valor de sus creencias y no
avergonzarse jamás de vivir el género de vida que esas
creencias le impongan. El hombre debe rendir pleito
homenaje a sus convencimientos por cima de todos
los díceres y todos los respetos de la opinión. Quien por
miedo a una bofetada de la opinión abdica sus con­
vicciones y su fe, no da la talla de hombre, y sin d ar
la talla de hombre no se puede llevar a cabo en la vida
obra ninguna que merezca los aplausos de la posteridad.
La opinión es arena movediza, sobre la cual nada du­
radero y estable se puede construir. Lo que un día se le­
vanta, al día siguiente se viene a tierra. El simún del
desierto levanta un día con sus aletazos ingentes monta­
ñas de arena, y otro día cotí sus resoplidos ciclópeos las
disgrega y barre, volviéndolas a su estado primitivo de
menudo polvo incomsistente. Y al simún del desierto
es algo muy parecido la opinión. Deificó un día a Mi-
rabeau por las calles de París, y otro día profanó su se­
pulcro y aventó, colérica, sus cenizas. Un día ensalzó a
Amadeo hasta el trono de San Fernando, y otro día le
pidió la abdicación, de la Corona y le vióf impasible, re­
tirarse camino del Piamonte. Ayer arrastrábase .como
una sierpe a los pies de C ipriano, Castro, y hoy le fuer­
za a vagar como judío errante por las inmensidades deí
— 137 —

océano, sin que haya un mal islote americano que le pres­


te hogar (i).
Digo todo esto porque en Cuba ■—y en punto a Reli­
gión principalmente— hay un respeto humano a la opi­
nión que degenera en ilotismo, y ese ilotismo de la opi­
nión es incompatible con él valor de las convicciones
y con la robustez de las creencias.
Señores: hay que hacer una revolución espiritual en
Cuba, poniendo, como base de toda la enseñanza, a la
Religión. Sólo los pueblos religiosos han sabido y saben
ser grandes. Grecia era grande cuajndo alzaba a sus dio­
ses y diosas Partenones maravillosos coa los mejores
mármoles de Corinto y de Paros, y cuando tenia H o­
meros que trazaban litadas geniales henchidas de sen­
timiento religioso, y Platones divinos a quienes, andan­
do el tiempo, casi se atrevían los Santos Padres a cano­
nizar. Roma era grande cuando la base de su educación
era religiosa; y en la plenitud de la fe romana era cuan­
do tenía hombres de honor, como aquel embajador en­
viado al Rey Pirro, que trataba de conquistar a Italia, en­
valentonado ya con algunos éxitos guerreros. Cineas, el
Ministro de Pirro, hizo lo imposible por sóboirnar al em­
bajador senatorial; pero no consiguió más que respues­
tas de indignación, teniendo que volver a su Rey y decir­
le: “ Señor, es más fácil desviar al sol de su carrera,,
que apartar a ese romano de los senderos del honor,”
Entonces levantaba capitolios que, al mismo tiempo
que glorificasen sus famosas conquistas y sus inverosí­
miles triunfos, le recordasen sus sacros deberes para

(i) Se Ihace aquí referencia al famoso ex presidente de la Re­


pública. de íVenesuela, jque, Isiendo ¡'Presidente, hubo <ie salir de su
patria, fen busca de salud, y ¡ya no Be le (permitió yolver, y aun se
te trató Ide impedir que tomase ¡pisar .tierra americana, y (todo
por haberse mostrado patrióticamente rebelde a tas exigencias
diplomáticas de los Estados Unidos. ·
- 138 -

con las que ella creía divinidades protectoras. Y ¿quién


no sabe que el dulcísimo Virgilio era tan piadoso como
dulce, y que hasta el epicúreo Horacio, cuando veía a su
patria decaer en todos los órdenes, increpaba con vi­
gorosos apostrofes a su pueblo, excitándole a la fe de los
antiguos romanos?
Tended una mirada a Francia y os persuadiréis de
que sus leyendas de gloria están todas empapadas en
cristianismo. No hay más que pensar en Tolbiac, la cuna
de la nacionalidad francesa, enlazada a la conversión glo­
riosísima de Clodoveo. No hay más que pensar en Carlos
Martel abatiendo el poderío de la muslímica cimitarra -en
los valles de Poitiers y de Tours; no hay más que pensar
en Cari o-Magno poniendo su cetro y su corona a los
pies del Príncipe de los Apóstoles; no hay más que pen­
sar en las Cruzadas, epopeya genuinamente francesa, ya
que un Papa francés, Silvestre IT, es quien concibe la
idea grandiosa; y otro francés, Godofredo de Bouillon, es
quien lleva a término feliz la primera Cruzada; y otro
francés, San Luis, es quien lleva a cabo la última. No
hay más que pensar en la Doncella de Orleans, recor­
dando a los franceses el camino de la victoria, comple­
tamente olvidado después de la guerra de cien años, gue­
rra de continuas derrotas en que los ingleses se habían
posesionado de tres Cuartas partes de Francia;.no hay más
que pensar en la áurea centuria de Richelieu. de Bossuet
y de Fenelóh. Gesta ü e i per Francos!...
Y si de Francia pasamos a su hermana; España, huelga
■decir que no tenemos gloria positiva· ninguna que no
haya surgido como u¡na palma, fecundada por . la sangre
del Calvario. Las grandes g'lorias españolas son flores
inmarcesibles brotadas ■todas ellas del árbol de la Cruz.
Por la. Cruz y por España descendió Pelayo de Cova-
danga, forzando a los, hijos de la Media Luna a empren­
der aquella paulatina retirada del suelo español, que había
de durar siglos y siglos y costar miles y miles de batallas,
que fueron para el cielo de la patria historia como miles
y miles de constelaciones refulgentes. Y por España y
por la Cruz nos lanzamos en míseras carabelas a las in­
mensidades atlánticas, para sorprender a la virgen Amé­
rica en su aislamiento deí mundo y hacerla partícipe de
los esplendores del progreso y de la sangre divina de la
Redención.
Pero no hay para qué remontarse a épocas pasadas
para comprobar que no ha habido grandeza sólida nin­
guna que no esté cimentada, como en roca firme, sobre
la moral y sobre la Religión,. Ahí tenéis a Alemania, hoy,
sin duda alguna, el primero de los primeros entre todos
los pueblos de la tierra. ¿Sabéis por qué? Porque hoy es
un pueble fervorosamente religioso. Yo conozco un poco
de cerca a la patria de Windthorst y me he maravillado
de los gralndes Congresos Católicos que en sus ciudades
se convocan, de las grandes solemnidades que se celebran
en sus templos y del fervor religioso que su pueblo res­
pira, lo mismo en la calle, que en el santuario, que en el
hogar. Mas no se necesita conocer a Alemania por dentro
para entusiasmarse con su renacimiento religioso: basta
contemplar los destellos de gloria que irradia hacia afuera,
basta saber que es donde mejor y más denodadamente se
defienden los dogmas cristianos, basta saber que los gran­
des teólogos la llaman hoy la patria de la Apología, por
ser donde el pensamiento católico se eleva a mayores al­
turas a respirar el aire puro de las cumbres de la verdad
—brisas oxigenadas por los mismos cielos— , y basta saber
que el Kaiser que hoy con tan estupendo éxito la gobierna
es un fervoroso creyente, a veces un- místico, un apóstol,
en cuyas arengas a los soldados jamás deja de recomendar
la piedad cristiana y dé hacer un justo homenaje a la
augusta figura del Redentor.
Análogas 'consideraciones podrían ’hacerse respecto dé
— 140 —

Inglaterra y de los Estados Unidos, pueblos fuertes y po­


derosos poique figuran entre los pueblos más cristianos
de la tierra; pero no quiero insistir más en convenceros
de lo que ya vosotros estáis perfectamente convencidos,
es a saber: de que no puede haber grandeza positiva en
los hombres m en los pueblos, si, al par que se les forma
a los niños la inteligencia, no se les forma también el
corazón. A no estar persuadidos de esta verdad no hu­
bierais cooperado tan muníficamente a la reedificación de
este Colegio, en cuyas aulas sabéis muy bien que la piedad
y el saber han marchado siempre en absoluta armonía.
¡ Bien hayáis por vuestra esplendidez y generosidad! E s
u'n mérito que no se puede elogiar bastante el salir por
los fueros de los centros docentes católicces, hoy, cuando·
ciertos soi-disant hombres de ciencia tanto clamoreo le­
vantan porque se laicice la enseñanza escolar, queriendo
que apostate de su origen y de su cuna, pues sabido es
que las escuelas nacieron a la sombra de las catedrales,,
de las iglesias y de los monasterios, en aquella ta¡n ca­
lumniada edad, cuando hasta Obispos egregios no se des­
deñaban de convertirse en maestros de escuela, antes lo
tenían muy a gala y honor, como lo tuvo más tarde el
insigne Montalembert, quien a la ritual pregunta de cuál
era su nombre, en un tribunal que le instruía proceso,
contestó con aristocrática gallardía: "Carlos Montalem­
bert, M aestro de Escuela y P ar de Francia!..-”
Yo os doy las más expresivas gracias en nombre de
vuestros antiguos profesores, que no saben cómo ma­
nifestaros su eterna, ardorosa gratitud. Yo invoco sobre
vuestra frente las bendiciones del Cielo, porque con vues­
tra largueza habéis heaho una manifestación radiante de
vuestras creencias religiosas, un entusiasta alarde públi­
co de vuestra fe y de vuestra religión. Y Cuba os ben­
dice también, porque no cabe dudar que, como los gér­
menes que brotan, apenas de la madre tierra son las mieses
- 141 -

fecundas que han de rendir una cosecha ubérrima, una


amplia recoleción, los niños cubanas de hoy son los gér­
menes de donde han de brotar, si se cuidan y fertilizan
con esmero, las palmas y laureles de la Cuba d-el por­
venir. No os dejéis despojar nunca de la convicción de
que a las grandezas sólidas y duraderas sólo se va por
los senderas del bien. ¡Que el saber y la religión se den
desde muy temprano un beso de amor en vuestros hijos!
La piedad y el saber, cuando marchan juntos y como des­
posados, no saben más que un camino: el de la gloria,
el de la inmortalidad. L a irreligión trae encorvados los
espíritus hacia la tierra. La fe descorre ante los ojos de
nuestra inteligencia el velo que nos encubre los divi­
nos ideales y eleva nuestras miradas al cielo, mostrán-
donos el término glorioso de nuestra vida. En nuestra
alma hay una cantera que es forzoso explotar: la can­
tera de la fe. Y cuando no se la explota para rendir
culto a las cosas celestes, ya se sabe, hay que explotar­
la para quemar incienso ante las cosas terrenas. Todo
culto que no vaya dirigido a Dios es una idolatría, y
por eso no hay hombres más idólatras que los incrédu­
los. ¡ Bien; hayáis, pues, mil veces los que, explotando la
fe verdadera, no dobláis la rodilla ante los ídolos, sino
ante los altares del verdadero Dios!
¡Bien hayáis vosotros también, Hijos ilustres de San
José de Calasanz! ¡Cuántas bendiciones os debe de en­
viar desde el Cielo vuestro glorioso Patriarca, al ver que
tan a maravilla realizáis su gran pensamiento de educar
a la niñez y a la juventud, modelando en turquesa cris­
tiana a los hbmbres de lo porvenir! ¡ Oih, que sabéis seguir
intrépidos sus huellas, como si todos os hallaseis reves­
tidos con su misma heroica virtud! Vuestras casas tie­
nen que ser benditas del Cielo, porque las bendicen las
madres que os confían sus hijos, sin miedo a que se ex­
travíen y rueden por los derrumbaderos det mal. Ya es-
— 142 —

tais viendo a esta muchedumbre. De cada uno de los in­


dividuos que la forman tenéis que agradecer una ben­
dición.
A-hora bien; como mejor se pagan las bendiciones de
la tierra es con bendiciones del Cielo. Pedid, pues, siem­
pre al Cíelo que sus dones caigan copiosos, en lluvia de
santo rocío, sobre estos vuestros alumnos y bienhechores.
Y no desmayéis jamás en llevar adelante vuestra tarea
civilizadora, en que por modo tan maravilloso sabéis per­
petuar el espíritu gigante de vuestro Fundador. Seguid
siempre aquel inspirado consejo que os daba cuando di-
ciéndoos con cierto donaire que ni la sotana ni el bonete
infundían saber, os instigaba a engolfaros en los estudios,
para que fueseis una prueba patente de las armonías entre
la ciencia y la religión. ¡ Oh, y qué bien sabía armonizar
ambas cosas el Santo cuando visitaba al gran Galileo en
su retiro de Arcetri, enviándole Escolapios jóvenes y es­
tudiosos que le ayudasen en sus fecundas labores cien­
tíficas ! De ese modo nunca escasearán entre vosotros hom­
bres eminentes en todos los ramos del saber, hombres tan
gloriosos como Michelini, quien tuvo el alto honor de
suceder a-1 insigne descubridor del movimiento de la tierra
en su cátedra de la Universidad de P isa ; como el P. Bec-
caria, que tan bizarramente sostenía polémicas científicas
con Franklin; como el P. Clerch. que tanto ha contribuido
a la celebridad de este Colegio con sus concienzudos es­
tudios y acabada clasificación· de la mineralogía cubana;
como Guido Alfani, actual Director del Observatorio de
Florencia y uno de los más insignes astrónomos del mun­
do; como el P. Jiménez Campaña, distinguido orador y
poeta, y el heredero, sin rival, del gran Duque de Rivas
en el secreto de cincelar el romance, dándole todo el sa­
broso casticismo del genuino romance español,..
- 143 -

Señores: no quisiera abusar más de vuestra benevo­


lencia ; pero no puedo concluir sin hacer ardientes votos
al Cielo por que este Colegio supere en grandezas y glo­
rias al anterior. Cuando la reedificación del templo de
ferusalén algunos ancianos lloraban porque no era tan
espléndido y majestuoso como el primero, y un profeta
los consoló diciéndoles que el nuevo templo aventajaría
muy mucho al primitivo, pues tendría la gloria, que no
había tenido éste, de albergar en su recinto al Unigénito
de Dios. Pues bien; yo no voy a auguraros nada, porque
ha pasado, para no volver, el ciclo de los profetas; pero
sí quiero hacer votos por que este Colegio sobrepuje en
timbres de gloria al incendiado. El Sr. Obispo ha dicho
que lo que se ha menester en Cuba son hombres; pues
que en este Colegio se lacten con la leche de la verdadera
grandeza de alma los hombres que teniendo fe viva en
los esplendorosos ideales cubanos consoliden para siem-
pre la independencia de su patria, elevándola a los pi­
náculos de la gloria por su progreso en todos los órde­
nes, por su maciza cultura, por su radiosa civilización!
Esta fúlgida Perla de las Antillas acaba de nacer a
la independencia. Su alma nacional todavía no está for­
mada, es sólo una llamarada de alma latina, una ful­
guración de alma española. Y si quiere formarla fuerte
y robusta, 110 tien e' más remedio que nutrirla con subs­
tancia de fe, con médula de Religión. Sólo Dios es fuerte,
sólo Dios es grande, y sólo son grandes y fuertes los
pueblos que se fundan en Dios. El valor de una nación
no se cotiza, no debe cotizarse por el valor de sus ma­
teriales riquezas, sino por el valor de sus íntegras per­
sonalidades, de sus indomables caracteres, en una pala­
bra, de sus grandes hombres. Y a los grandes hombres
sólo los crea la conciencia del deber, y la conciencia del
deber sólo la forman la moral y la Religión.
- 144 —

Digo esto porque Cuba —lo asegura tenaz y persis­


tente el clamorear ensordecedor de la prensa de todos
los matices— está muy necesitada de catolicismo y de
moralidad. Por el camino de las provocaciones a la divi­
na cólera sólo se va a las repetidores de las lúgubres
tragedias de las ciudades malditas. Nos lo gritan recien­
tes catástrofes con elocuencia aterradora. Y no hay que
culpar a la Providencia de vengativa y de tirana: como
riendru su ritmo grandioso y sublime las tempestades en­
crespadas que en alta mar azotan los navios, desmante­
lándoles la quilla y lanzándolos hasta el cielo entre cor­
dilleras de espuma, también los cataclismos que se veri­
fican en la tierra tienen su nota terrorífica en et himno
gigante de la armonía universal...
Yo amo a Cuba con toda mi alma, y con toda la fuer­
za de mi amor deseo que sonría siempre independiente
y avance, sin tropiezo ninguno, hasta ocupar un puesto
de honor en el concierto de los pueblos libres. Y para
esto tiene que ihacer revivir su espíritu católico, tiefae que
ingerir en sus arterias sociales plétora de cristianismo.
Los caminos del bien son los rectos, y los caminos rectos
son los que más pronto conducen a la consecución del ideal
que la Providencia tiene asignado a los pueblos y a las
razas: el ideal de la más acabada cultura y de la más
completa civilización. Es forzoso persuadirse de que la
Religión, cristiana es hoy la única base de la grandeza
social de los pueblos. Lo ha dicho tira hombre tan sublime
como Napoleón, que, fuera en su vida privada lo que haya
sido, fuá un contrito pecador en su muerte, como era de
esperar de aquel Rayo de la Conquista, que lo primero que
hizo, al encumbrarse a las alturas del poder, fué echar
abajo a la diosa-razón, que se había atrevido a entroni­
zarse en los altares mismos de Nuestra Señora de París.
Concluyo, señores. Dispensad si oís he sido molesto en
insistir con· tanta fuerza en hacer ver la necesidad de que
- 1 i5 -

la enseñanza escolar en, Cuba se base en el catolicismo


y en la moral cristiana. Todo obedece al amor intensí­
simo qtte yo siento por vuestra tierra, que no titubeo ni
un instante en llamar también tierra mía. ¿Por ventura
no puede vindicar esta perla de Cuba, como cosa suya
propia, todas las glorias de España, como España habrá
de considerar siempre, como cosa propia snya, las glo­
rias todas de esta hermosa Antilla? ¿Acaso Cuba y E s­
paña, a despecho del Océano Atlántico que las separa,
no han de vibrar siempre al unísono en un mismo subs­
tancial amor? ¿Quizá los miles y miles de cadáveres his­
panos que en el decurso de cuatro centurias han sido
arrojados éru esas profundidades atlánticas, no constituyen
como una inmensa vía láctea, como un verdadero ca­
mino de Santiago, que una por los siglos de los siglos a
la Madre y a la H ija en ün amantísimo ósculo inacabable,
en un sempiterno abrazo indisoluble?
Señores, yo os digo de veras que jamás me sentiré
extranjero en Cuba y que .'no bastarán para persuadirme
de ese extranjerism o todos los mares de sangre que, como
bautismo fecundo y providencial, han caído sobre la ma­
nigua. ¿ Qué importa que por trastornos y vicisitudes ine­
ludibles ide la historia se haya derramado esa sangre desde
bandos opuestos? La sangre era hermana y a hermanarse
ha tornado, a ^despecho de los errores de los hombres, en
el próvido seno de la tie rra ; y a mí me parece que desde
allí nos grita a todos, con grito más potente que nunca,
que seamos dóciles a los llamamientos de la sangre y que
sigamos en toda su amplitud amorosa los instintos hidal­
gos de la raza.
Lo que hace falta es que nos persuadamos de que el
amor a la patria ha sido siempre entre nosotros consubs­
tancial a la Religión, y si dejamos que 'se vaya resfrian­
do ésta, -se irá resfriando también aquél; y, no lo dudéis,
la falta de amor patrio y la abyección de los pueblos se
10
- 146 -

corresponden admirablemente, por no ¡decir que son un·


misma cosa. Jamás los romanos sintieron, latir tan poco
amor patrio en su pecho como cuando contemplaron a
Roma atropellada y vencida. De ahí la corruptora molicie
a que se dieron, mucho más cruel que los mismos bár­
baros, y que, al decir de Juvenal, vengó con creces al
universo vencido: saevior armis, luxuria incubuit·, vit>
tatuque ulciscifur orbem ...
¡A h! ¡No permitáis jamás que se le pueda cruzar el
rostro a Cuba con sátira tan deshonrosa y deprimente!
¡ Que sea siempre creyente y religiosa y fije a menudo
‘sus ojos en el Cielo, de donde le ha de venir toda posi­
tiva inspiración y todo acendrado patriotismo en las di­
fíciles circunstancias en que se encuentra! ¡Que se eva­
poren en el horizonte político de su porvenir esas nubes
anunciadoras de tempestades y de estragos que la tie­
nen de continuo sobresaltada e inquieta! ¡Que se disipen
en su fantasía ésos vagos augurios de acontecimientos
tristes, esos fatídicos temores de desolaciones y tristezas,
de algo que amenaza a la hermosa patria naciente, tra-
yéndola harto desasosegada e intranquila! ¡Qué el cre­
púsculo matutino de la libertad, que ha comenzado a al­
borear tan nítido en el sin rival cielo cubano, haga que
amanezca cuanto antes un porvenir espléndido y glorioso
que traíga consigo días inacabables de regeneración y de
engrandecimiento!
Y para todo esto, ¡hombres, hombres! Yo me com­
plazco en hacer esta invocación en esta linda Villa de
las Lomas, en d pueblo de aquel Pepe Antonio, que de
gloria tan inmarcesible supo ceñir a su rincón natal, a
Cuba, a España entera, por su arrojo y heroísmo en cum­
plir, en trances dificilísimos, con rsu deber. Que alienten
en Cuba muchos Pepes Antonios, y entonces, por muy
terribles contingencias que amenacen a la gantil patria
— 147 —

naciente, nada habrá <pe temerá ponjue remedando «1


gTam Nelson, de quíeo decía Quintana: "inglés te ab#-
rrecí y heroe te admiro” , se podrá decir a todos lo· cu­
banos: Cuba espera que todos sos h ip a cumplan aun «ai
débet...
NUESTRA SEÑORA LA BIEN-APARECIDA
Patrañ a «fe ¡a provincia de Santander.

DISCURSO PRONUNCIADO ANTE LA COLONIA


MONTAÑESA DE LA HABANA
.'iitcqu ovt clamen t, sgo extm~
¿iaytí.
Antci que clamen, yo los oiré.
(Isaías, c, LXV, V. 24).

Q u e r id o s m o n ta ñ eses:

Me vais a perdonar que empiece con un rasgo perso-


nalísimo, impreso con luz inextinguible en mi memoria.
Bien sabe Dios que no es afán de hacer autobiografía,
pues no hay de qué ni para qué, en una vida tan obs­
cura como la del hombre que os está hablando; sino sen­
cillo deseo de explicaros el origen de mi amor arden­
tísimo a vuestra tierra, a vuestra raza, a vuestra historia.
Si no a leer, porque esto se aprende como sin· darse
cuenta en los fugacísimos días de la infancia, yo apren­
dí a sentir y a pensar en un libro santanderino. El pri­
mer acto reflejo de mi juventud, casi de mi niñez, fué
leyendo un libro de oro, henchido de noble saber y re­
bosante de patriotismo, que acababa de dar a la estam­
pa un joven montañés. La prensa universal hispana vió
fulgir en aquel libro la aurora de un astro de primera
magnitud que, entre oleadas de resplandores geniales, co­
menzaba a' remontarse espléndido por los horizontes de
la sabiduría. Y .., — rara avis in térra riostra — ¡no se
equivocó la prensa! El astro apareció y fué creciendo,
y: se fué remontando y escaló el cénit del pensamiento,·
y hoy irradia desde allí envuelto en ráfagas de lumbre,
- 152 —

y es umversalmente aclamado, no ya sólo como gloria de


España, sino también como ornamento del catolicismo y
aun como corona de la raza humana.
¿Verdad que todos estáis pensando en Menéndez Pe-
layo? Sí, de Menéndez Pelayo era aquel libro, que se
titulaba L a Ciencia Española y estaba prologado por una
pluma astur, en cuyos puntos, al deslizarse sobre el pa­
pel, parecían darse cita todas las gallardías clásicas. Y
en aquel prólogo —uno de los prólogos más notables que
he leído en mi vida.— se unificaba a Santander y a Ovie­
do en una sola región, coronada por las mismas sierras,,
arrullada por el mismo mar, poblado de los mismos hom­
bres y con el mismo temple de carácter, y con el mismo
apego a las tradiciones, y con las mismas campestres ro­
merías, y con la misma, unidad de intereses y con la misma
sana rigidez de costumbres. Y se vindicaba para aquella
hermosa región, Asturias de Santillana y Asturias de
Oviedo, la gloria inmarcesible de todas las grandes res­
tauraciones patrias. Se hacia, especial hincapié en la mo­
derna restauración de la sana filosofía y se citaba un
nombre gloriosísimo: ¡el P, Zeferino! Se insistía en la
moderna restauración de la literatura y se citaba un ape­
llido tres veces inmortal: ¡Pereda! Y mi alma vibraba
de entusiasmo por aquella nobilísima región, y desde en­
tonces me ihe acostumbrado a amar a los montañeses con
el mismo ardoroso indivisible amor con que amo a lo»
astures, y a vemos a todos partícipes de la misma sangre,
amamantados con el mismo heroísmo y herederos de los·
mismos timbres de inmortalidad y de los mismos relám­
pagos de gloría. Calculad, señores, por todo esto, si me
juzgaré extraño hallándome entre vosotros: tan extraño
como si me hallara entre los muros del paterno hogar,
Y tanto menos me juzgo aquí advenedizo, cuanto que
estáis celebrando una solemnidad religiosa en loor de aque­
lla Virgen a quien tan tierna predilección se le profesa
— 153 —

en toda la tierra cántabra, donde con tan fervoroso culto


se la honra y se la venera. Bien hacéis en mostraros dig­
nos sucesores de vuestros antepasados en la devoción ar­
diente a María. Ellos que tanto la amaban, que poblaban
de santuarios marianos lo mismo los picachos de los mon­
tes que los frondosos valles escondidos, haciendo de todo
el litoral cantábrico como un verum terrkorium Dei Ge~
nitricis, -como un verdadero territorio de la Madre de Dios,
¡ qué satisfechamente os deben de contemplar desde el
Cielo, en estas glorificaciones de la M ujer sublime, de
quien ellos tantos favores recibieron y a quien con tanto
fervor glorificaron! ¡H asta sus venerandas cenizas pienso
que habrán de conmoverse de júbilo en el seno de la
tumba!
Sí, hacéis bien en manifestar públicamente vuestra de­
voción a María. Nunca más necesarias que en estos tiem­
pos de resfriamiento y de duda en las augustas creencias
de nuestros padres estas· viriles manifestaciones religio­
sas de que vosotros hacéis alarde justísimo. Los gérmenes
de disolución que llevan en la médula de su1 ser ciertas
sociedades, a juzgar por la atmósfera de escándalo que
dentro de ellas se respira, diñase que habían llegado al
último grado de madurez y que estábamos ya en vísperas
de un cataclismo providencial que barriese de la tierra
tanta miseria y tanta abyección. Una renovación religiosa
que traiga consigo una completa renovación moral, es lo
único que puede salvarlas de la catástrofe y de la ruina.
Y vendrá esa renovación y se salvarán esas sociedades,
yo no lo dudo; porque de los grandes males salen siempre
los grandes remedios, como de la tragedia deicida del
Gólgota brotó el océano ¡inmenso de la Redención. Mas
para que esa renovación sea cuanto antes una realidad
sonriente, nada como las manifestaciones religiosas de los
espíritus buenos, firmes con firmeza de roca viva en las
heredadas creencias de nuestros mayores; y, sobre todo,
- 154 —
nada como estas glorificaciones de María, que no pueden
menos de irradiar fe y amor en los corazones y en las
almas.
Bien hacéis en reuniros en estas espléndidas fiestas re­
gionales, que son como documentos! jurídicos en que todos
hacéis constar vuestro entrañable amor a la tierruca, y
documentos jurídicos que van refrendados por Dios, ya
que en eUos tanto se ensalza a su Madre, a esa divina
M ujer a quien nunca se ensalzaría lo suficiente aunque
todos nos convirtiéramos en lenguas para cantar su pe­
regrina hermosura, su acendrada pureza, su misericor­
diosa bondad, que tan atareada la hace andar de continuo
al servicio de los pueblos y de los hombres. Lo dijo San
Bernardo: D e Mario- nunquam satis; de M aría nunca se
diría bastante, por mucho y muy inspirado y bueno que
se dijese. Habíamos de convertimos todos los hombres
en sus cantores y en sus bardos, y todavía nuestras can­
ciones y trovas serían una apoteosis pálida, arrojada como
lluvia de flores a las plantas de María.
i Oh Virgen Santísima, la Bien-Aparecida, haz que mis
labios digan hoy un elogio lo menos indigno posible de
ti! ¡Que mis palabras hagan sentir a estos bravos mon­
tañeses lo mucho que los amas hoy, lo mucho que los has
amado siempre, constituyéndote como guardiana, alerta,
de la montaña, en una de sus riscosas cumbres, para
desde allí velar siempre por su prosperidad y por su ven­
tura, y lo copioso y abundantemente que remuneras en
la otra vida, y aun en ésta, el honor con que se te en­
grandece y la ternura con que se te ama, acudiendo so­
lícita apenas se te invoca, antequam clament, adondequiera
que se haga el más insignificante sacrificio por tu amor!
A ve María, etc.
- 155 -

Antequam cíatnmU, «te.

Q u e r id o s m o n ta ñ eses :

¡Qué cosa más poética y llena de encanto la serie v a ­


riadísima de apariciones marianas en nuestro suelo! No
hay tierra ninguna donde más veces se haya aparecido
la Virgen y a la cual haya dispensado más tiernos aga­
sajos y más delicada predilección. Desde su aparición en
carne mortal a orillas del Ebro, según tradición anti qui­
asma, ¡ cuántas y cuántas veces se ha dignado visitarnos
en espíritu, dándonos pruebas fehacientes de un singu­
larísimo amor maternal! Diríase que, prendada de ¡nuestra
progenie, quería vivir con nosotros para brindarnos siem­
pre sus arrobadoras caricias y prestarnos incesantemente
su amparo y su protección.
Por eso, no sólo a la hermosa Bética, sino a toda Es­
paña le viene de perlas el ser llamada tierra de María
Santísima. Hasta al mimo más infantil y a la más deli­
cada fineza puede decirse que llegó esa incomparable Rei­
na de los Cielos en sus requiebros y ternuras al pueblo
español. Unas veces alentando, como en Covadonga, a
nuestros caudillos medioevales en la encarnizada guerra de
«¿ete siglos con los hijos del Profeta; otras haciendo.bro­
tar una fuente, como la del Rey, en los alrededores se^
villanos, para que en su límpido cristal refrigerasen su
garganta los guerreros de Fernando el Sania, que tenían
«itiada a la perla de Andalucía; otras destacándose sobre
lomas vecinas al mar, como en cien lugares de nuestras
costas, para ofrecer su poderoso valimiento contra lo·
— 156 —

huracanes y los torbellinos a los puebledllos pescadores


que se tienden en la playa; otras, en fin, sonriendo desde
un risco, como el de la Cumbre de Marrón, para regalar
a todo el pueblo montañés, que se dilata a un lado y otro,
sus embelesantes sonrisas y sus beatíficos amores, la V ir­
gen Santísima aparece a cada instante conviviendo con
nosotros, tomando parte activísima en todos los grandes
acontecimientos de nuestra Historia y hasta mezclándose,
por decirlo así, en las menudencias de nuestra vida de
familia y en la« más íntimas escenas del hogar.
Es ésta de la Cumbre de M arrón una de las aparicio­
nes marianas más exornadas de encantos, de idílica poesía.
Fué un atardecer delicioso. Y los niños que pastoreaban
en las colinas vecinas los ganados de la próxima aldea
fueron los primeros en disfrutar el embeleso de la apa­
rición misteriosa. Jugueteaban como de costumbre, tris­
cando más alegres que los chotillos por los eríos aquellos,
cuando de súbito advirtieron una luz desusada y que no
provenía del sol, sino de un pedazo del cielo que se esfuma­
ba, radiante, en la alta lejanía. Y aquella luz descendía di­
recta en haz de resplandores hasta la ventana de una ermita
que, dedicada a San Marcos, surgía en la vecina cumbre,
y de alíí reverberaba en todas direcciones, coloreando todo
el contorno con unos· destellos sumamente embelesantes y
atractivos. Los ¡niños se llenaron de estupefacción y tre­
paron hasta el humilde santuario, y ¡cuál no sería su
asombro al hallar en el hueco aquel a una pequeña Virgen
refulgente, que parecía vestida del sol, según la frase bí­
blica, y que sostenía en d brazo derecho a un niño son­
riente y hermoso1, que con su sonrisa y gracioso gesto
parecía invitarlos a jugar, como en efecto lo hicieron, ale­
gres y regocijados!
Y jugaron y jugaron, y no vieron que el astro rey ha­
bía traspuesto ya las últimas cumbres, por donde se des­
pedía todos los días, risueño, con un adiós melancólico,
- 157 -

.disuelto en un océano sublime de variadísima luz ponien­


te, Y llegó la noche, que a ellos les pareció claro día,
iluminada como estaba por ia sonrosada luz de crepúsculo
que irradiaba la Virgen hermosa, y no abandonaban sus
juveniles juegos ni se cuidaban de juntar las reses
para volverlas a los apriscos... Hay no sé qué afinidad
encantadora entre la Virgen y >lo niño, lo candoroso, lo
inocente. En sus diversas apariciones, las primeras son­
risas ca'si siempre han sido para gente humilde y sencilla.
Acordaos del pobre indio guadalupano, o de los sencillos
salineros siboneyes de Varajagua, en el término de la
Sierra del Cobre, o de Bernardeta, la de Lourdes, o de
los pastorcillos de las faldas de Montserrat.
La tardanza de los niños aquel día en volver los ga­
nados a los corrales originó en la aldea la consiguiente
inquietud, que subió de punto al oír las charlas inge­
nuas con que se explicaban los niños. Y el pueblo corrió
en masa los días sucesivos a la cumbre, y vió también
a la Virgen misteriosa, circuida de luz edénica, y se re­
creó en la contemplación de su hermosura y se embriagó
en la dulcedumbre de sus sonrisas. ¿Verdad que hay en
esta risueña aparición unas tonalidades de idilio que em­
belesan y encantan?
Pues oíd otro idilio no menos sabroso y arrobador.
Parecióle al pueblo demasiado humilde morada para la
Madre de Dios aquella pobre ermita en que se había
dignado aparecer, y decidió bajarla a M arrón y colocarla
en mejor hornacina y más amplio templo. Organizóse al
efecto una bulliciosa procesión, a la cual acudió gentío
inmen'so de todas las aldehuelas de la redonda; y apenas
emprendieron el camino los que llevaban a la Virgen, en­
tre el hervir vitoreador de la muchedumbre, cuando el
día, que era espléndido y hermoso, sin una nube e¡n el
horizonte, tornóse de súbito lóbrego y aterrador, como
hosca noche de tempestad. Los relámpagos comenzaron a
— 1S8 —
«urcar, fatídicos, el espacio, y los estallidos de los truenos
crujían espantosos, arrastrándose luego en lúgubres ecos
de montaña a montaña. Y las nubes tupíanse y aveciná­
banse a la tierra, como ansiosas de inundarla en un nuevo
diluvio. No hubo más remedio que volver píe atrás, en
retorno a la ermita, con el precioso tesoro. La voluntad
de la Bien-Aparecida de m orar e» el sitio de su aparición,
todavía no era patente; pero se patentizó en seguida, cuan­
do nada más transponer el umbral del humilde santuario
Se disiparon instantáneas las nubes y tornó el cielo a son­
reír y el sol a esplender, derramando sus rayos sobre la
verdura campestre, que brillaba como gigantesca esmeralda.
¿Verdad que continúa el misterio de la aparición en­
vuelto en poesía de idílica leyenda?
Pues bien, la idílica leyenda extiéndese incesante y llega
aun a nuestros días. A partir de estos hechos maravillosos,
que el ingenuo y creyente pueblo montañés elevó a la
categoría de milagros, el santuario d ; ía Cumbre de Ma­
rrón no dejó un sólo instante de aparecer como bañado
en un rompimiento d * sobrenaturalismo. La devoción a la
Bien-Aparecida cundió como un incendio amoroso de
alma en alma, y de aldea en aldea. Fervorosas muche­
dumbres empezaron a visitar el santuario, y los muros y
el techo comenzaron a tapizarse de -ex-votos, simbolizando
los varios favores de la Virgen recibidos, y fué íiecesario
crear una hospedería, en que los numerosos romeros, que
acudían de toda Cantabria y aun de fuera de Cantabria,
pudieran albergarse,
Y desde entonces entre M aría y los montañeses en­
tablóse como una puja de gratitud, para ver quién ma­
nifestaba más amor. Estos agrandaban y enriquecían in-
ceísantemente ei santuario; y cuando las tempestadesr lo
dejaban maltrecho o el rayo lo derruía, ellos le. recons­
truían o levantaban en seguida otro mejor y más amplio,
con un retablo que fuese un verdadero monumento artt#-
- 159

tico, en cuyo centro luciese más vistosa la Virgen, con


aquel peregrino rostro, no se sabe de qué incorruptible
materia fabricado, y con aquellos ojos bellísimos, a lo»
cuales la gente sencilla prestaba vida muchas veces, vién­
dolos moverse con inefable dulzura, dando variadas ex­
presiones al semblante, Y la Virgen, llena de gratitud
por el fervor desusado de sus montañeses, atendía su»
ruegos antes de que sus labios los formulasen, antequam
clament, según la frase de Isaías, y daba a los ciegos vista,
a los tullidos agilidad, a los enfermos salud, y, a veces,
aparecíase, piloto expertísimo, en el palo mayor de le«
barcos zozobrantes, consolando a los desesperados nautas
y calmando con un gesto imperial las embravecidas bo­
rrascas del océano. ¡ Quién puede resumir en pocas pa­
labras todo el sobrenaturalismo que, por espacio de años
y años, esplendió y aun esplende -sobre aquella cumbre!
Porque no fue sólo en tiempos antiguos esa Virgen
sin mancha decidida favorecedora de los montañeses. Lo
está siendo todavía siempre que con férvida confianza se la
invoca. Yo sé de hogares —y respecto de este punto
sabréis vosotros mucho más que yo— en cuyo ambiente
se sentía ya el aleteo del ángel de la muerte, en derredor
de otro ángel que yacía postrado en el lecho, en vías de
exhalar el último suspiro. Y este ángel era la dicha de
aquel hogar y el encanto de la familia cristiana que en
sus ámbitos vivía. Y ahora aquel encanto iba a ser ro­
bado y aquel nido de almas venturosas iba a ser deshecho,
como son deshechos los verdaderos nidos de las aves por
los aletazos del huracán. Y en vez de la alegría, en aausl
recinto iba a reinar el infortunio, y a la dulce placidez de
júbilos inocentes iban a suceder las tenr.cntosas negruras
de la desolación.
La ciencia, como tantas otras veces, habíase retirado
de aquel hogar pesarosa y meditabunda, rumiando el am ar­
gor de su impotencia después de haber formulado su fallo
— 160 ~

frío, incontrastable y del cual sólo cabía apelar a Dios.


Los seres amantes de aquel hogar, 'henchido de luto, no
desfallecieron ante el inexorable fallo científico. Con fe
trasladadora de montañas, se pusieron a orar, tan dolien­
tes como fervorosos, a Nuestra Señora la Bien-Apare­
cida, pidiéndole que no dejara de apartar de ellos aquel
amargo cáliz, y tras unos sencillos- ofrecimientos, que ve­
nían a ser como el costo de la apelación, el aleteo del
ángel de la muerte dejóse de oir; sobre la faz del ángel
moribundo vagó súbita una sonrisa, mensajera de vida
y de salud, y cuando, a la mañana siguiente, la ciencia
visitaba aquel hogar para dar el consabido pésame, se
quedaba estupefacta y protestaba solemnemente que aque­
llo sólo ¡podía ser maravilla de Dios.
Y como este caso que yo mismo he oído contar a un
alma buena que lo sellaba con sello inconsciente de ab­
soluta veracidad, con unas lágrimas de gratitud que aso­
maban, recatadas a sus ojos, 3cuántos, más o menos pa­
recidos, habréis oído contar vosotros con la misma elo­
cuencia persuasora! Y a buen seguro que más de cuatro
entre vosotros no habrán necesitado de que nadie les con­
tase esas acciones prodigiosas, porque ellos mismos las
habrán palpado y sentido... ¡O h fe 'sencilla de sencillas
gentes: si pudiera paladear tus sabores íntimos· la incre­
dulidad! ¡Sí los incrédulos, esos pobres incrédulos que,
a falta -de m ejor empleo u oficio, ejercen la incredulidad
por profesión, supieran la deliciosa ambrosía en que se
embriaga el espíritu cuando, a raíz de un hecho extraor­
dinario, tiende la imaginación sus alas, buscando la clave
del misterio en las encumbradas regiones empíreas! i Qué
bien comprenderían que esa fe ingenua de los buenos cre­
yentes, que ellos tildan de analfabetismo, no es más que
salud del alma y robustez del corazón!...
Después de todo lo que os vengo diciendo, ¿qué ex­
traño que el rumor de gloria de la Bien-Aiparecida lie-
— 161 -

gase hasta las. cortes de Madrid y de Roma y que el


poético santuario de M arrón fuese enriquecido con in­
sólitos privilegios de Pontífices y de Reyes? ¿Qué extra­
ño que tan agreste lugar fuese considerado como un re­
licario por todos los montañeses, y como el santuario de
sus amores, y como la atalaya de sus miras, y como el
norte de sus esperanzas? ¡Con qué fervor, ya desde an­
tiguo, corrían a postrarse ante aquel augusto altar los
mancebos montañeses que emigraban a las Indias, y con
qué efusión daban a la Virgen su adiós, enviándole un
beso de sus labios, en tanto que rompía por sus ojos un
raudal de lágrimas de ternura! ¡Y cómo, después, nunca
la olvidaban ,ni en sus terribles desgracias, ni en sus fran­
cas alegrías, enviándole, de cuando en cuando, su corres­
pondiente óbolo al través de los mares, su correspondiente
óbolo que fuese a saludarla en su nombre y a decirle que
el recuerdo de su hermosura brillaría siempre, esplendo­
roso, entre sus más dulces remembranzas!
En libros del siglo X V III se consignan ya estas dá­
divas de los indianos santanderinos a Nuestra Señora la
Bien-Aparecida; y santanderinos —indianos, cubanos por
más señas— fueron· los que, hace ahora cincuenta y cuatro
años, reimprimieron su crónica ( i ) ; y santanderinos cu­
banos son los que con su munificencia hicieron que se
retocase el retablo, ya por la edad deslucido, conservando
así para el arte y para la Religión una impoderable joya
artística, 'según el parecer de peritísimos técnicos; y a
santanderinos cubanos fué debido, en gran parte, el que
hace pocos años fuese declarada por un decreto del rei­
nante Pontífice, Patrona de la Montaña. ¡ Bien, muy bien
por los montañeses de Cuba! Vuestras prodigalidades están

_(i) H istoria de la Sagrada Imagen de ] N uestra Señora la


Bien-A parecida, que se Venera en .la provincia y Obispado de San ­
tander.— Nueva edición, 1890.— Introducción.
u
- 162 —

escritas por un dedo de diamante en el Cielo. No


dudéis de encontrarlas el día de mañana, esplendoradas
de oro, en el libro de la vida.
David aducía como razón para que 'su alma no fuese
confundida con la de los impías, el haber amado la Casa
del Señor: Domine: dilexi decorem domus time, ne per-
das cum impüs cmimam meam. Señor, yo amé el decoro
de tu Casa, no pierdas con los impíos el alma mía. Vos­
otros podéis decir lo mismo que el real Profeta: habéis
amado la casa de María y la habéis con vuestra esplendi­
dez exornado y embellecido. Y cuando eso habéis hecho,
es porque os conserváis fieles a la devoción mariana con
que, más que con la leche de sus pechos, os han vuestras
madres amamantado. Por eso debéis estar seguros de vues­
tra salvación, porque no podéis menos de tener de vuestra
parte a aquella Virgen beatísima en quién dice mi gran
Padre San Agustín que está la esperanza de nuestros pre­
mios: № te, beatissima Virgo, nostrorum est éxpectaiio
praemiorum. Nunca debéis permitir que se resfríe en vues­
tro espíritu esa devoción consoladora, teniendo presentes
aquellas palabras del Damasceno, es a saber, que el ser
devoto de María es un arma que sólo concede Dios a aque­
llos a quienes quiere salvar, quae Deus his dat, quos vtdt
salvos fieri. ¡Qué felicidad la de las verdaderos amantes
de M aría: saber que con ese amor que tantos bienes les
acarrea en este mundo, tienen· un positivo salvoconducto
para el Cielo!
¿{í s*e

Quisiera ya concluir, hidalgos montañeses, porque temo


mucho seros molesto y pesado; pero no lo haré de nin­
gún modo sin haceros saber antes lo a que os obligan la
nobleza de vuestra estirpe y la grandeza de vuestra his­
toria. De todos vosotros tiene ya un concepto altísimo el
mundo. Doquiera la mano del destino os llevare, os en­
- 163 —

centraréis con que sois perfectamente conocidos. U n hom­


bre —yo casi siento tentaciones de decir un ángel—, uno
de esos hambres que sólo muy de tarde en tarde envía
el Cielo a la tierra para demostrarnos contundentemente
que estamos hechos a semejanza divina, os ha familiari­
zado con todo linaje de gentes, sobre todo con todas las
gentes de nuestra riquísima habla española. Ese hombre
manejaba una pluma que, por espacio de tres siglos, había
estado perdida:. la pluma de Cervantes. Y con aquella
pluma que él sabía convertir en pincel, y con la inmensa
vi's cómica de que la naturaleza le había dotado, y con
la rara penetración psicológica con que buceaba en lo
recóndito de los espíritus, y con el colorismo noblemente
realista que desplegaba siempre en sus lienzos, y, 'sobre
todo, con el infinito amor que le inspiraban sus personajes,
cuando estos personajes eran de su sangre y de su cepa','
creó un incomparable Museo del Prado, por cuyas es­
pirituales galerías han discurrido y discurren a diario mi­
llares y millares de almas, gozando sin cesar de dulcí­
simas 'emociones estéticas y de sublimes encantas em­
belesadores.
Y en ese fantástico Mu'seo del Prado está toda la Mon­
taña con sus magníficos panoramas de cumbres, cuándo
esmaltadas de verdura, cuándo empenachadas de ¡nieve, y
con su cántabro m ar, que ora la arrulla y aduerme con
plácidas rumores de ondas vagarosas, ora la atemoriza y
espanta con furiosos rebramidos de galerna; y estáis todos
vosotros con vuestros pequeños vicios y vuestras grandes
virtudes, con vuestro carácter, a veces puntilloso y as­
tuto, a veces receloso y suspicaz, pero siempre noblote y
bueno, siempre atractivo y simpático; con vuestra bra­
vura nunca desmentida, heredada del semifabuloso Conde,
cantado en una de nuestras más primitivas leyendas épi­
cas, y con vuestro patriotismo velardino, que destella sobre
vuestra frente resplandores de Dos de Mayo; y está toda
- (64 -

vuestra vida, vuestra vida aventurera por tierras anda­


luzas y americanas persiguiendo aristocráticos sueños;
vuestra vida marina, eti liza constante con los vendavales
y con las olas; vuestra vida campestre, a la sombra de
las casonas mayorazgas; y toda esa varia y complicada
vida, con sus naturales idilios y sus correspondientes tra­
gedias, con sus bienestares hondos y sus dolores negros,
y todo ello impregnado en ese amor puro, en ese amor
santo que de continuo sentís arder en, vuestro corazón y
que os hace suspirar con honda nostalgia por el sabor de
la tierruca.
Y i qué digo vuestra vida ? Está también vuestra muer­
te, esto es, la manera admirable como sabéis morir, siem­
pre imitando a D, Celso, el de la Casona de Tablanca,
siempre confortados con los auxilios espirituales, siempre
en los brazos amantes de nuestra Religión, siempre tan
henchidos de resignación y de fe, que uno se conmueve
en sus más recónditas fibras y sentimos como sí se nos
hiciese un nudo en el corazón, y se rompe dulcísimamente
a llorar, porque aquello no parece morir ni exhalar el
postrimer suspiro, sino simplemente cerrar los ojos a este
mundo y abrirlos a un paraíso de delicias, donde por eter­
nidad de eternidades se ha de gozar de las beatíficas abun­
dancias de la Casa del Señor.
¡Oh, el peregrino ingenio del Solitario de Polanco!
¡Qué paleta de colores clásicos la suya para embellecer
e idealizar! ¡Qué bien supo encarnar en su obra literaria
de casticismo sabor todo el pequeño mundo montañés,
trasfundiéndose a sí propio en todos aquellos personajes,
lo mismo en los ricos que en los pobres, lo mismo en. los
grandes que en los humildes, para hacerlos a todos más
queridos y más amados! ¡Qué dulce y sabrosamente nos
deleita y conmueve con. ellos, unas veces haciéndonos reír,
otras veces haciéndonos llorar y siempre haciéndonos que­
reros; porque risas y lágrimas, todo viene a ser como un
— 165 —

pleito homenaje que os rendimos, gustosísimos: el pleito


homenaje de nuestro amor!
Y he ahí por qué os hablaba de nobiliarias imposicio­
nes y por qué no dudo en instigaros a que procuréis* ser
siempre y en'todas partes lo que sois..:, lo que sois en
las producciones inspiradísimas del bardo inmortalizador
de vuestra raza: católicos a marcha-martillo, fervorosísi­
mos creyentes, hijos amantísimos de la Religión del Cru­
cificado. El mundo ha creído a pie-juntillas a Pereda, y,
si os viera obrar y pensar y sentir de modo distinto de
como dijo Pereda que obráis y pensáis y sentís, os ten-:
dría por apóstatas de vosotros mismos, y no caerían· sobre
vuefstras frentes las copiosas bendiciones que sobre los
montañeses de Pereda llueve incesante el mundo y habrá
de llover siempre la posteridad.
Tened siempre el valor de vuestras creencias y no os
arredre nunca el vivir como católicos prácticos en medio
de una sociedad indiferente y descreída. Y si algún día
sintiéseis quizá desfallecer vuestro fervor religioso ante
las sonrisas irónicas de la muchedumbre incrédula que se
agita a vuestro alrededor, acudid a vuestra Patraña, im­
plorad ayuda de vuestra Virgen, la Bien-Aparecida, tras­
ladaos un instante con el pensamiento al vetusto y pinto­
resco santuario que sobre roqueña cumbre le alzaron vues­
tros mayores en la montaña; postraos allí en espíritu y
murmurad una oración y veréis cómo se vigoriza vuestra
fe y renace vuestro fervor y condenáis al desdén mere­
cido todas esas risillas sarcásticas con que pretenden de­
fenderse de su impiedad las que ni para creer tienen va­
lor. No olvidéis los favores innúmeros que recibieron de
esa Virgen de la Montaña vuestros antepasados. ¡ Cuántas
veces contemplaron su protección milagrosa, viendo acla-
ramientos súbitos de 'lóbregos horizontes, nubes de in­
fortunios de improviso disipadas, alegrías inesperadas de
hogares entristecidos!...
— 166 -

¡Alh, que la amaban con tan honda ternura y le vene­


raban con tan ferviente devoción!... ¡Gon qué júbilo tre­
paban, veri-cueto arriba, en procesiones numerosas para
festejarla con solemnes fiestas y bulliciosas rom erías! No
dejéis vosotros de seguir las huellas gloriosas de vuestros
abuelos. La Virgen es agradecidísima y no podrá menos
de premiar con munificencia de Reina a cuantos hacen
algo por EUa én esta vida. No olvidéis que es omnipoten­
te, porque teniéndola a Ella de nuestra parte, tenemos
a Jesús, euyo Corazón Sacratísimo es como un arpa eólica,
que vibra, siempre a merced del hálito de María. Mante­
neos siempre fieles amantes de esa Virgen, que como las
águilas, ha querido tener su nido en una cumbre, como para
dominar mejor toda la región montañesa y acudir rápida
con su eficaz valimiento a todo cántabro hogar, no bien
en él se implore su. ayuda, m tequam clament...
SANTO TOMÁS DE AQUINO

PANEGIRICO PRONUNCIADO EN LA IGLESIA


DE SANTO DOMINGO EN LA HABANA,
EL DIA Y-DE MARZO DE 1908.
In quo jm h í o m n es th e s a w i s a -
p ien tia e e t sc ie n lia e c b s c o n d ití.
En quien están ocultos todos
los tesoros de ciencia y de sabi­
duría. {San Pablo, I. ad Coios.,,
c. II, y. 3.)

E xcm o, S eñor (i ): '

I lu stres H ijo s d e S a n t o ..D o m in g o de G uzm án:

H e r m a n o s m ío s e n J e s u c r is t o : .

Casi todos lo« oradores, al pronunciar el panegírico de


alguno de los grandes santos que cruzaron como lumíni­
cos meteoros por los horizontes de la Edad Media, hacen
resaltar el atraso y la barbarie de las tiempos, trazando-
corno el fondo obscuro de un cuadro, de donde haya de
surgir más radiante y espléndida por el efectism o del con­
traste la excelsa figura que ellos se proponen enaltecer
y glorificar ¡ Líbreme Dios de apuntar semejante insinua­
ción eii tono de censura! Todo panegírico tiene algo deL
glorificación, en toda glorificación suele haber derroche
de poesía, y en toda poesía cabe perseguir efectismos es­
téticos, siempre y cuando no pugnen en riña abierta con-
los fueros de la verdad. Y ¿qué efectismo más hermoso-
que destellar haces de 'lumbre en el seno profundo d e ’faa
tinieblas? ¡Oh, qué grandiosamente sublime debió de haber

(i) Sr. IX Pedro G. Estrada, Obispo de fe Habana,


- 170 —

irradiado la primera aurora sobre las lobregueces del


■caos!
Digo esto porque yo me voy a permitir apartarme de
ese sendero ordinariamente seguido, no porque, buceando
en el siglo de Santo Tomás, no pudiera trazarse un fondo
calamitoso y obscuro, tejido de salvajismo y de ignoran­
cia, sobre el cual, como e'l sol sobre las primitivas brumas
»caóticas, esplendiese magnífica la figura del Angel de las
Escuelas, sino porque pienso que ha pasado ya de los
límites de lo justo y entrado en los de la necedad ese vi­
tuperar los siglos medioevales, creyendo que a todos se
les puede aplicar instintivamente aquel terrible epíteto:
Saeculwm ferrsum , phmibeum, con que estigmatizó a uno
de ellos el Cardenal Baronio, y porque, además, el si­
glo X III, a pesar de las imperantes simonías germánicas, del
espíritu motinesco y tumultuario de las herejías, de la
corrupción y desenfreno del feudalismo y de la general in­
cultura de los pueblos, osténtase a la imaginación rever­
berando resplandores épicos, que hacen de él una edad
legendaria, gloriosísima y heroica.
Ya se estaba muy lejos de los tiempos en que los de­
moledores del Imperio romano, asombrados, de sus con­
quistas y de sus triunfos, achacaban su pasmoso éxito a la
■debilidad de los vencidos, nacida de su afición al estu-
■dio, a la cultura y al arte, y se complacían, por tanto, en
no saber leer ni escribir y en aplicarse a sí mismos el dic­
tado de bárbaros. P or las visiones proféticas del gran Pon­
tífice Inocencio I I I había florecido la simbólica palma dei
'Serafín de Asís1 y había pasado el mejor de los Guzmanes
sosteniendo sobre sus hombros la Basílica de-Letrán, que
se cuarteaba y hendía; y de aquellas visiones habían sur­
gido el Instituto franciscano, cuyos hijos, enamorados de
l a pobreza, habían de fundirse con el pueblo, llevando a
todas partes el espíritu evangelizados y la Orden de Pre­
dicadores, que había de ser el muro más inexpugnable que
— 171 —

se levantase en torno de la verdad. Ya habían hecho su


aparición en el mundo el taumaturgo de Padua, aquel gran
conmovedor de pueblos, cuya palabra 'sabía desatar la
gracia divina en el corazón de usureros y de meretrices,
e Isabel d*e Hungría, la gran enfermera de leprosos, tan
inm ortalm ente retratada por Murillo, y que sabía trocar
en flores, dentro de su delantal, los hurtos que hacía en
su propia casa para socorrer a los pobres. Las catedrales
góticas se alzaban, con las filigranas de sus calados, al
cielo, como poemas petrificados, simbolizad ores de la fe
de una edad, de la fe de un mundo. Algunos de los tronos
de Europa estaban ocupados por Reyes como San F er­
nando, que hacía- ondular el pendón de la Reconquista
sobre los minaretes de la mezquita de Córdoba y coro­
naba con la Cruz la Giralda de Sevilla, y como su primo
hermano San Luis, el único m odelo de R ey perfecto (i)
que hallaba Bossuet en. la serie de Reyes de Francia, no
solamente porque estuviese nimbado con la aureola de la
santidad, sino también por su habilísimo manejo en los
asuntos de Estado y por su heroísmo y valentía, más gran­
des aún en la desgracia que en la fortuna. Las órdenes
militares o caballerescas eclipsaban, por su bravura, ra­
yana siempre en las cúspides del heroísmo, las más gran­
des hazañas bélicas de Grecia y Roma.
El afán de saber había despertado potente en las inteli­
gencias. U n humilde Sacerdote, Roberto de Sorbón, abría
las aulas de su Universidad, que en muy pocos años ha­
bía de ceñirse el lauro de primer centro docente del mun­
do. La Sainte Chapelle inauguraba en Europa la prime­
ra biblioteca pública. Las escuelas monacales de Inglaterra
comenzaban a ñorecer, tan concurridas como las de Egip­
to en sus tiempos de oro. Irlanda, la isla de los santos,
como ya se llamaba desde la sexta centuria, asombraba

(i) D e VInstruction de Motiseigneur te Dauphin.


- 172 -

con sus monjes viajeros, sembradores de ciencia por el


mundo. No se cabía-en los centros docentes, y la plétora
de alumnos hacía que se multiplicasen las escuelas al aire
libre. El estudio había llegado a ser un culto, una-reli­
gión. A veces retirábanse al desierto los maestros y, por
no privarse de sus lecciones, al desierto, en pos de ellos,
se retiraban los discípulos, donde surgía como por encanto
una poética ciudad de humildísimas viviendas. Las aba­
días eran emporios del saber que rivalizaban unos con
otros en brío de mentalidad. Los religiosos jóvenes viaja­
ban, yendo a beber la ciencia en los manantiales más cé­
lebres, en los centros más renombrados. Gomo soles de
primera magnitud brillaban en los cielos intelectuales A l­
berto Magno, el gran enciclopedista de verdad, a cuyas
lecciones acudían pléyades de sabios, atónitos de ver la
sabiduría que desbordaba por los labios de aquél hom­
bre; Bacón, según muchos autores, el inventor de la pól­
vora, y según todos, el profeta de los ferrocarriles y de
j o s grandes trasatlánticos; Buenaventura, el doctor será­

fico, de quien aseguraba su maestro Alejandro de Halés que


no había pecado en Adán, y a cuya muerte, al decir de
las crónicas, descendieron aves del cielo a 'entonar res-,
ponsos en sus funerales... '
¡ Aih, señores! y con todo este derroche de epopeya,
con todo este rompimiento de legendaria poesía, ¿no ha­
bía de inspirarme estusiasmo profundo aquel portento­
so siglo, y tanto más cuanto que en la médula de la so­
ciedad de entonces, en las entrañas de todas las institu­
ciones de aquel tiempo, lo mismo político-sociales que
científicas, que religiosas, palpita la acción redentora de
la Iglesia, que ejercía la hegemonía del mundo por medio
de sus sabios y de sus Pontífices? Porque la Iglesia fue
la artífice soberana de aquella obra colosal. Dícese que
Fidias, después que hubo acabado su estatua de Minerva,
•enamorado de aquellos trazos y perfiles vigorosamente he­
- 173 -

lénicos, y persuadiéndose de que había hecho una escultura


inmortal e ínmortalizadora, encerró en ella su propia ima­
gen para de ese modo legarse a sí mismo glorificado a la
posteridad. Pues bien; si la civilación europea pudiera re­
presentarse en una escultura por el estilo, el Fidias que
iría encerrado en ella serian los soberanos Pontífices que
la habían modelado y hecho surgir grandiosa y magnífica
del bloque de mármol duro del feudalismo y de la bar­
barie.
Pero no se necesita acudir a estas esplendideces épi­
cas para sentir muy alto respeto de aquella centuria: bas­
ta con que en ella haya brillado aquél ángel-hombre, aquel
piloto colosal que sondeó en sus anchurosas profundidades
los océanos de la ciencia, aquella lumbrera sublime, en­
cendida por el mismo Dios para que fuese como un cen­
tro solar, en torno del cual girasen, como satélites, todos
los grandes genios que habían de lucir radiosos en los es­
pacios sin fin de la teología y de la filosofía, de todos los
ramos del saber; porque en todos ellees destelló Tomás de
Aquino potentísimos haces de luz, pudiéndosele aplicar a
maravilla aquella frase de San Pablo: in qwo sunt owmes
thesanri sapieníae et scientiae absconditi, en quien están
escondidos todos los tesoros de ciencia y de sabiduría.
¡ Santo Tomás de Aquino! ¡ Ah, yo no me explico cómo los
oradores sagrados —y sobre todo de la mísera talla del
que está ocupando el pulpito— nos atrevemos a pronun­
ciar el panegírico de semejante hom bre! “ Dejemos al San­
to escribiendo del Santo’1 —dijo un día Tomás en cierto
convento de franciscanos, al preguntar por su amigo Bue­
naventura y responderle que estaba escribiendo la vida
del serafín de Asís. Pues bien, hablar dignamente de San­
to Tomás de Aquino sólo pudiera hacerlo un ángel de las
Escuelas. Sólo así no se vería el orador oprimido por la
majestad de tanta gloria.
I Oh, Virgen Santísim a! Tú, que eres el numen santo
— 174 —

de los pulpitos, la fuente de inspiración. de los oradores,


no dejes de inspirar hoy m¿ pensamiento y hacer bullir
en nobles imágenes mi fantasía, para que mis palabras,
brotando ardientes y conmovedoras, acierten a tejer una
oración sagrada que, ya que no realce, porque esto sería
imposible, la excelsa figura del Genio de la Sum<is no la
desdore, al menos, ni empequeñezca. Ve que te lo pedimos
todos los que nos hallamos en este recinto, saludándote con
el Angel:
A ve María} etc.

; In guo sunt, etc.

E xcmo. Señor:

V enerable C o m u n id a d :

H erm anos m ío s en J e s u c r is t o :

Ya habréis barruntado por el texto que me sirve de


lema que yo no voy a hablaros de lo que pudiéramos
llamar la historia íntima del Doctor Angélico. Compren­
do que con algunos de los episodios de su vida podría
tejerse, no ya un panegírico, sino un verdadero poema
cuyas estrofas enajenasen el espíritu, haciéndole sentir
a veces emociones sublimes y siempre ¡nutriéndole con
exquisitos manjares y dándole a gustar sabrosísimas co­
sas. Pero yo voy a estudiar a Santo Tomás en medio deí
gran mundo, en medio de los maestros de su siglo, y, de
universidad en universidad, dejando en todas ellas regue-
.ros de admiración e irradiando por. todas partes cente-
- 175 -

Ileos-luminosos de su inteligencia y reverberaciones fecun­


das de su sabiduría. Así y todo, yo no puedo renunciar
a trazaros, siquiera sea muy de pasada, alguno de esos
episodios, el que precedió, por ejemplo, a su ingreso en
la Orden gloriosa, de la que había de ser como el más no­
ble timbre aristocrático.
Todo el mundo sabe que por las venas de Tomás de
Aquino corría, por parte de su. padre, sangre de empe­
radores, y, por la de la madre, la principesca sangre nor­
manda en cien combates victoriosa. Ahora bien; sus pa­
dres, los condes de Aquino, que eran buenos y temerosos
de Dios, quisieron que su hijo tuviese una educación só­
lidamente cristiana, y al efecto le enviaron a la Abadía de
Monte Cassino, de la cual era Superior un pariente dé ellos
muy cercano. Y sólida, solidísima fué la educación· que el
niño adquirió en aquella célebre Abadía, donde todo le in­
vitaba a instruirse: el austero continente de los monjes,
día y noche enfrascados en el estudio y en la oración, las
graves imágenes que decorarían los claustros sombríos, los
bosques vecinos por donde saldría de cuando en cuando a
explayar el espíritu fatigado, y hasta el plañidero tañido
de las campanas que resonarían, como gritos lanzados des­
de el cielo, en aquella majestuosa e imponente soledad. No
hay centro docente más instructivo y aleccionador que la
soledad: no aquélla sin Dios, de la cual habla el doctor
Stockmann de Ibsen (i), cuando dice: “ El hombre más
fuerte en el mundo, es el que vive más só lo "; o la del
pesimista Rene cuando vagabundeaba por los bosques,
increpándose a sí mismo porque no tenía valor suficien­
te para arrojarse en las cataratas y desaparecer en seguí*
da entre los remolinos de espuma ( 2); sino aquella a que
se refería San Bernardo cuando decía que había aprendi-

( 1) E itt V o ls k fe in d .—A cto V.


(2)—Chauteaubriand.— A tala.
— 1/6 —

do más entre las hayas y ios robles que en los libros y


escuelas de los sabios; o la que bendecía San Jerónimo
en Jerusalén cuando, pugnando por enfrenar la imagina­
ción, que, muy a pesar suyo, le trasladaba a veces a las
danzas voluptuosas -de Roma, exclamaba: "¡ Oh desierto
esmaltado como una primavera de flores de Cristo! ¡ Oh
soledad, en que nacen las piedras místicas de que está
edificada la ciudad del gran R e y ! Yo veo aquí más luz.
Libre del fardo de su cuerpo, el alma tiende desde aquí
sus alas hacia los cielos fúlgidos, ad purwrn aeteris f%tl~
gorem !
Sí, en la soledad de Monte Cassino fué donde el alma
■del Angel de las Escuelas aprendió a enamorarse de la
santidad, de la sabiduría, de todo lo que remonta la inte­
ligencia a Dios, y donde su espíritu adquirió aquel robus­
to temple de acero que jamás se había de romper ni do­
blar en las batallas de la vida, por donde iba a pasar como
un Alejandro Magno del espíritu y del corazón, pisando una
alfombra toda ella bordada de palmas y de laureles. ¡ Oh,
que hubo menester de abroquelarse con bien impenetra­
ble cota para no caer sangrando sangre del alma en el
prim er combate que a los pocos añcrs en el mismcf hogar
paterno se le presentó! Es un drama a cuya representar-
ción no se puede asistir sin que se estremezcan en el co­
razón todas las fibras. De Monte Cassino nuestro j oven ha­
bía salido con una vocación religiosa más grande que una
montaña, La Orden de Predicadores, que acababa de na­
cer y henchía ya el mundo con el ruido de sus triunfos
y sus victorias, le atraía con el impulso irresistible con que
atraían a las embarcaciones de los nautas antiguos los
magnéticas montes de la leyenda. El único ensueño de su
vida era acogerse a los claustros dominicanos, a beber
de las escondidas fuentes de sabiduría que en ellos mana­
ban y terciar luego en las enormes luchas intelectuales de
su tiempo, rompiendo lanza tras lanza en la defensa de la
verdad, sin darse jamás treguas hasta no ver deshecho y
pulverizado el error.
En el seno de su hogar, a despecho del ambiente reli­
gioso que en su ámbitos se respiraba, la noticia de vo­
cación semejante suscitó una tempestad de disgusto a)
principio, y de oposición intransigente después. N i un
sólo miembro hubo en la familia que apoyase la ■ deci­
sión de il buon fra 1'omaso, como le llama el Dante. Sus
padres los condes, sus hermanos, sus hermanas, todos
ponían el grito en el cielo contra aquella vocación que
les intentaba arrebatar de su lado a un ser tan querido
,y sepultarle en la soledad, arrancándole de una posición
¡donde todo le sonreía: gloria, riquezas, placeres, por?-
venir, un porvenir brillante que aumentara con nuevos
blasones el escudo, ya gloriosísimo, de la casa señorial.
La madre era quien más denodada combatía los anhelos
fervientes de su hijo. Pero nuestro joven, como si todas
aquellas contrariedades hiciesen el oficio de leña seca echa­
da en el incendio de su vocación, cada día sentía con fuer­
za más abrumadora aquel soberano impulso hacia el
claustro, cada día le parecía oir más clara la voz de los
divinos' 'llamamientos. A sí que porñaba e insistía y ame­
nazaba con la fuga, si no obtenía pronto el paternal be­
neplácito. ¡ Y a su madre le parecía que era arrancarle las
entrañas arrancarle aquel hijo del corazón! ¡ Y se había
cansado ya de pedir al Cielo que se disipase como se di­
sipa el humo aquella vocación extraña; de instar a Dios
que no permitiese en aquel hogar, dande se le adoraba,
la realización de tan grande infortunio!... Y nuestro' jo­
ven, cada día más tenaz y firme en su resolución primera.
Sus estudios en las aulas napolitanas, donde tanto como
por su aplicación y progreso brillaba por su candor, por
su inocencia y por su caridad, llegando a ser el encan­
to de maestros y condiscípulos, sólo servían para atizar
más y más el fuego de su vocación religiosa. Y a no podía
— 178 —

resistir más, y un día huyó al primer convento de domini­


cos que encontrara a su paso. Su madre se puso como
una loca ante aquella medida, y mandó a sus otros hijos
que le prendiesen y le encarcelasen. Y contemplad a T o ­
más encarcelado en los salones de un castillo, expuesto a
la cólera de sus hermanos, que, como dados a las armas, le
hacían sentir con harta dureza la de su espíritu belicoso!
¿ Ceder él en aquella empeñada lucha, a la cual se le
estimulaba con tan imperiosa voz desde lo alto? N i pen­
sarlo: su vocación religiosa se agigantaba en la contra­
dicción, y sus propósitos, cada día más decididos, adqui­
rían la estabilidad inmoble de la roca viva y 3a consis­
tencia indómita del diamante. Y entonces fué cuando a
sus hermanos se les ocurrió aquella brutal estratagema,
rival de las más refinadas asechanzas diabólicas. Y o no
me atrevo ni a insinuarla siquiera; creo que sería profa­
nar la santidad augusta de este recinto evocar en la fan­
tasía la representación sensible de aquel cuadro. Y o sólo
os diré que en la soledad de su prisión vióse un día a nues­
tro joven blandiendo un tizón encendido y poniendo con
él en fuga a una m ujer hermosa, que lucía sus formas,
más desnudas que si lo estuviesen en realidad, al través
de las transparentes gasas y los incitantes atavíos... Y que
los ángeles del Cielo, admirados de tan glorioso triunfo,
descendieron de las edénicas alturas a ceñir a nuestro hé­
roe el cíngulo de la inocencia y de la virginidad, altísimo
honor que Dios le dispensaba al verle salir airoso de tan
terrible prueba.
A nte el heroísmo y la gallardía de semejante triunfo,
nada extraño que sus hermanas, que no tenían el pecho
tan de bronce como los urdidores de aquella satánica as­
tucia, se conmoviesen y fuesen a consolar a! pobre preso,
facilitándole al fin la huida de la cárcel, que le impedía
realizar sus generosos deseos y que por eso mismo se le
antojaba más dura e insoportable que berberisca mazmo­
rra. Mas no creáis que la madre cediese todavía. ¡ Hasta
al mismo apartamiento del claustro llegaba stt persecu­
ción! Dijérase que ya no era la madre que disputaba los
cariños de su hijo, sino la mujer presuntuosa, pisoteada
en su orgullo, y que no perseguía más que la vanidad de
vencer. Fué necesario que el mismo Pontífice interviniese,,
haciendo triunfar los derechos del hijo, que eran en aque­
lla acalorada contienda los derechos de Dios. ¡Pobre ma­
dre! ¡ A qué locuras empuja a veces el maternal cariño!
Y ¡pobre h ijo! ¡cómo quien más le amaba en el mundo
se complacía en obstruirle con peñascos ingentes el camino
de la felicidad!
Mas ya le tenemos en el claustro. Después de la des^
hecha borrasca que le amenazaba con el naufragio, entre
el embravecido oleaje, ya nuestro joven ha arribado al
suspirado puerto, donde tenía siempre fijas las miradas
de su espíritu, como eL único objeto que era de sus anhe­
los amorosos, el único ensueño de sus esperanzas en la
tierra, el Vínico ideal de sus aspiraciones en la vida. ; Cuán
a pulmón henchido debió de respirar al poner va sus pies
en los umbrales del convento y discurrir por las interio­
ridades del santo recinto, cuyo ambiente le parecía fo r­
mado con emanaciones aromáticas de virtudes, de esas
ñores inmarchitas que tan exuberantes brotaban enton­
ces en los claustros dominicanos, haciendo che ellos un
místico paradisíaco pensil! ¡Con qué ternura habrá sa­
ludado los muros austeros, qué surgían como incontras­
table valla, brindándole la quietud augusta de adentro y
aislándote del estrépito pasional de afuera, y con qué efu­
sión del alma habrá bendecido aquella silente soledad en
donde sólo vibraría la voz de Dios, convidándole a re­
montar el pensamiento a lo alto y vivir enajenado siempre
en la contemplación de lo infinito!
Huelga decir que nuestro joven llegó a ser muy en
breve, por su fervor religioso, por su humildad profun­
— I SO -

da, por su inmaculada pureza, por su divino amor, el


más peregrino adorno de aquellas lugares, la flor más
perfumadora de aquellos jardines. Pero lo que sobre to­
das sus inestimables prendas personales llamaba podero­
samente la atención era el ahinca intenso con que se de­
dicaba al estudio, y la manera rápida y profunda con que
penetraba las más arduas cuestiones filosóficas, de lo cual
eran señal evidente la tersura y claridad de concepto y
de palabra con que las desarrollaba y exponía. Junto con
una memoria que retenía, cuasi milagrosamente, no ya sólo
la substancia doctrinal, sino también la materialidad mis­
ma, la fraseología y el estilo de todas sus lecturas. Dios
le había dotado de un talento intuitivo que, como las
águilas las honduras de los valles sobre que se ciernen
en sublime vuelo, oteaba en seguida las profundidades de
las cuestiones más abstrusas. E í rumor de tan excelsas
dotes intelectuales llegó bien pronto a Juan el Teutónico,
cuarto General de los Dominicos, quien llevó consigo ai
talentoso joven de Nápoíes a París, y de París’ a Colonia,
confiando la formación de su g’enio a otro genio dominico
que entonces llenaba el mundo con la fama de su saber
universal, que hablaba con el mismo señorío de medicina
que de leyes, de filosofía que de física, de teología que de
matemáticas, razón por la; cual, teniendo muchos aquel su
inmenso saber por innatural e inverosímil, le consideraban
como un mago, como un adivino, como un augur. ¡ Sa­
ludemos, señores, la eximia figura de Alberto el Grande!
E l fué quien midió con una sola ojeada de su espíritu la
inmensidad intelectual que se dilataba, como un océano
sin fondo y sin orillas, en el genio de aquel noble vas­
tago de Aqui-no, y quien primero saludó en el fondp de
su alma a la Esposa de Jesucristo por el invicto atleta
de sus dogmas, que acababa de aparecer en el agitado
campo de combate de las ideas. Nunca en la Historia de
la humanidad se habían encontrado, ni se encontrarán
- i8 l —

quizá en los siglos de los siglos, uno frente a otro, tan


colosales y portentosos genios.
Eran días aquellos de fiebre intelectual. Hacía algún
tiempo que un abate francés había traído del Oriente las
obras físicas, metafísicas y morales de Aristóteles y se
las devoró (i), según la expresiva frase de Taine. Los
cerebros occidentales se lanzaron a ellas como leones ham­
brientos sobre su presa. Los amanuenses no daban paz a
la mano en copiar exposiciones y comentarios del dios-
filósofo. Todos querían constituirse en sus oráculos y
híerofantes. Los herejes hasta pretendían apoyar en doc­
trinas aristotélicas sus herejías y sus errores. E l cesa-
rismo germánico soñaba con baluartes aristotélicos, para,
desde ellos, hacer a mansalva sus pérfidas intrusiones por
ios dominios espirituales de la Igíesia. N o se hacía ataque
intelectual ninguno que no fuese con armas aristotélicas
y al amparo y a la sombra de Aristóteles.
Alberto Magno calcula los daños que de aquella su-
gestionadora efervescencia gentílica pueden sobrevenir a
la verdad y a la Religión, y es el primero que le tradu­
ce y le interpreta. Alumnos y maestros acuden a Colonia
para oír su voz. Entre ellos va el joven de Aquino, silen­
cioso, callado, con una fisonomía como del revés, muer­
ta para el exterior y vivísima y centelleante para el rei­
nado interior de su espíritu. Sus compañeros de clase se
burlan de él, le llaman el “ buey mudo” , Y el gran profesor
que, al través del·ensimismamiento de nuestro joven, con­
templa la. febril actividad de su iíiteligencia, se cree en
el deber de constituirse en su apologista, y dice que aquel
buey mudo talem dabit mugítum, tal mugido dará un día.
que resonará atronador en toda la tierra.
En efecto, bien pronto es llamado Alberto Magno a

(i) H isioire de la Litterature Anglaise, t. I, pág. T22.


- 182 —

París, y Tomás le acompaña, y u<no y otro asombran por


>u inmenso saber y por su honda penetración; y cuando
e! maestro, cargado de méritos y nombrado Obispo, se
retira, el insigne discípulo le sucede en la cátedra, y la
Sorbona conquista, para no perderle ya. nunca, el titu­
lo de primer centro docente del mundo. Desde entonces
eí genio de Santo Tom ás comenzó a ser un sol radioso
perennemente en su cénit. Y a antes se había cubierto de
gloria, midiendo sus armas intelectuales, y saliendo ple­
namente victorioso, con Guillermo de Santo-Amor, el
primer catedrático, cronológicamente hablando, de la Sor­
bona. Mas a partir de la fecha de su exaltación a la cá­
tedra de su maestro, la inteligencia de Tomás de Aquíno
dejó de ser humana para ser angélica y abarcar en una
sola idea, en una maravillosa síntesis, todos los grandes
problemas filosóficos v científicos que, a juzgar por lo
agitada que traían a aquella edad, diríanse de vida o
muerte, como los enigmas de la esfinge.
Profundamente poseído de la.ciencia atesorada en los
Santos Padres, y especialmente en el que tuvo siempre
por maestro y guía, mi gran Padre San A gustín; cer­
ciorado a maravilla de todas las enseñanzas dogmáticas
de las Escrituras y. la tradición, eaitra a saco por las obras
de Aristóteles, y dando de mano a cuanto no encajaba
en los moldes de la verdad, y señoreándose de cuanto en
ellas había de bueno y verdadero, para hacerlo valer en
defensa de la Religión y de la fe, imitando a los israelitas
al llevarse consigo los áureos vasos egipcios para adornar
con ellos el templo del Señor, comienza a trazar aquella
serie de obras gigantescas, cada una de las cuales sería
más que suficiente para conquistarle la aureola de genio
excelsísimo y fecundo, de lumbrera del universo, de ver­
dadero cíclope intelectual. Dictaba a cuatro amanuenses
a la vez, y su pensamiento estaba siempre como encade­
nado a los grandes problemas que conmovían a las gen­
- 183 -
tes de entonces. Am igo íntimo de San Luis, éste
le convidaba de cuando en citando a su mesa, y allí
mismo aparecía absorto en sus lucubraciones contra erro­
res y herejías, ¿Quién no sabe aquel concluswm est contra
Maniqueos, en que prorrumpió, distraído una vez, sentado
-a. la regia mesa, y que tan agradablemente impresionó a
aquel dechado de reyes, esplendor eterno del trono de
Francia? -
Y o no voy a deciros una sola palabra ni acerca de su
Summa catholicae fidei contra gentes, portentosa obra
■contra los gentiles, especialmente contra los mahometa
nos, donde se demuestra que la Teología es el corona­
miento de todo d humano saber y que tiene para nosotros
un valor singular, el de haber sido escrita a ruegos de un
gran Santo español, San Raimundo de P eñ afort; ni de
sus Quodlibeta dispútala, en que dilucida y esclarece di­
versos puntos cuestionables de Teología; ni de sus co­
mentarios sobre el Maestro de las Sentencias; ni de sus
varías exposiciones. escriturarías sobre las Epístolas de
San Pablo, o sobre Job, o sobre los Salmos, o sobre Isaías
y Jeremías, en cuyos pro fóticos augurios, por modo tan
lúcido, nos hace rastrear ya ios Evangelios. N i siquiera
os hablaré de su Catena aurea, verdadera joya de oro,
donde, con el pretexto de comentar los Evangelios, hace
una interpretación -magistral de las enseñanzas teológicas
de los más grandes Padres de la Iglesia. Pecaría de in­
terminable si así lo hiciera, y resultaría ultrapesado y
fastidioso, desarrollando estudios impropios de este lugar.
Pero permítaseme decir algo de la Stuna: es una concep­
ción colosal donde se resumen y sintetizan todos los co­
nocimientos humanos. Aunque jamás se haya pasado los
ojos por esa obra gigante, no existe nadie que no haya
oído hablar de ella, del piélago de inmenso saber que
por sus páginas desborda. E s algo así como la gran P i­
rámide egipcia de la cual saben hasta los niños de tos
— 184 —

países más remotos y que jamás, ante su masa enorme,


se han quedado estupefactos y sobrecogidos.
Los hombres venían, hacía ya centurias y centurias,
esforzándose por condensar y sistematizar, constituyén­
dolo en un todo armónico, el múltiple conjunto de los
conocimientos humanos. Y a San Clemente y Orígenes ha­
bían- tratado de echar los cimientos de la grande obra.
San Agustín había aglomerado y hasta labrado acaba­
damente todas las piedras y mármoles preciosos, pero los
había dejado dispersos aquí y allá en las inmortales pro*
ducciones de su incomparable genio. E l Damasceno, el
demasiado olvidado Tajón, Obispo dé Zaragoza, con su
Suma de teología dividida en cuatro libros, San Anselm a
y Pedro Lombardo habían querido llenar aquel vacío que
se venía sintiendo, uniformando y sistematizando el hu­
mano saber, y trabajos nos legaron bien valiosos y dignos
de general alabanza; pero la monumental enciclopedia es­
taba aún por escribir, el alcázar del escolasticismo aun no
había levantado -sus almenas al Cielo.
Y vino el genio aquinatense y vió la enorme cantidad
de bien esculpidos mármoles, de bien labrados barrotes
de oro que 'había dejado el genio de Agustín, y, bos­
quejando de antemano en los espacios de 'su mente el g i­
gantesco edificio, trazó 'luego la obra filosófico-teológica
más grande que se registra en los fastos de ía humana
cultura. Comienza remontándose con vuelo de águila aí
mismo Dios, avizora en todos sentidos su infinitud, es­
cudriña sus atributos y perfecciones, ‘l e estudia en la esen­
cia incomunicable, y, cuando ya ha agotado, por decirlo
así, todo lo cognoscible de la vida íntima y recóndita de
Dios, le.parece percibir el eco del divino fiat atronando la
nada, permitidme la frase, y ve en seguida poblarse de
ángeles el Cielo- y de estrellas y soles los telescópicos es­
pacios. E l genio de Aquino recorre el mundo angélico
como sí fuese uno de sus bienaventurados moradores, ex­
- 185 -

plica la naturaleza de aquellos espíritus puros, nos fuerza


a entusiasmarnos con la contemplación de sus dotes inte­
lectuales y de su indefinible hermosura. Trasládase luego
al mundo material, estudia su origen, su constitución, y
párase con júbilo ante el hombre para decirnos quién es,
de dónde viene y adonde va, esto es, para sondear su doble
naturaleza y penetrar en el misterio de sus inmortales
destinos. E l fin al cual debe tender el Ihombre, hace surgir
como consecuencia natural la existencia de la ley. D e la
ley brotan, como raudales diversos de una misma fuente,
los derechos, los deberes, la virtud. Enfrente de la virtud
surgen, con jeta horrible de apariciones macábricas, el
vicio y el pecado. E l vicio y el pecado prostituyen y de­
gradan a los hombres, y ante los hombres degradados
y caídos, la augusta figura del Mesías aparece, con son­
risa dividía en los labios, y vienen las magistrales lucubra­
ciones sobre la Encarnación del Verbo y el poema trá­
gico de la Redención...
A hí tenéis en desvaídas pinceladas los trazos gene­
rales de la obra excelsa del Genio. Empieza con Dios, y
después de descender, recorriendo mundos, torna otra
vez a remontarse para terminar en Dios. ¡ Q ué: mirada la
que habrá sido forzosa para abarcar esa inmensa sínte­
sis! ¡ Y qué trabado en ella todo, qué enlazado, qué unido I
¡ Y cuánta erudición patrística y escrituraria! ¡ Diríase que
los Santos Padres habían bajado de la mansión celeste a
explanarle cada uno sus pensamientos, y que los siete
sellos de las Escrituras se habían convertido para él en
siete antorchas, al rayo de las cuales se le esclareciesen y
trasparentasen todos los inexcrutables misterios del V e r­
bo de D ios! .
Taine habló ó ecatedrales de silogismos (i), bien que
con una ligereza indigna de' sus granados talentos, al con-

(0 Ob. cit, pág. 223 y sig.


- 186 —
fundir, como confunde, la decadencia escolástica del si­
glo X I V con el período de florecimiento del escolasticismo
-que, elevado por Santo Tomás a su más alta cumbre, ya
no tenía más remedio que estacionarse o decaer. L a ver­
dadera catedral del pensamiento es la Suma, templo gi­
gantesco de la humana sabiduría, al cual uno se siente
tentado a aplicar, aunque se le tilde de hiperbólico, aque­
llas palabras de San Pablo que, en su sentido estricto,
sólo pueden predicarse del mismo D io s : in quo sunt omnes
ihesauri sapientiae et scientiae absconditi, en el cual están
-escondidos todos los tesoros de la ciencia y del saber.
Porque no es solamente filosofía y teología lo que se
-encierra en aquella estupenda obra; siquiera sea de pa­
sada, hablase en ella de todos los ramos del saber y a
veces nos encontramos con profundas enseñanzas políti­
cas, como su gran teoría de gobierno, derivada de la so­
beranía nacional y que es la base de todos los sistemas
representativos, hoy por imperios, reinos y repúblicas tan
en boga. Sólo teniendo en cuenta la Suma, yo no dudaría
en aplicar a Santo Tomás de Aquino la entusiástica frase
que aplicaba San Jerónimo al Apóstol cuando, m aravi­
llándose de su saber, le decía biblioteca de la divinidad.
La Suma ha sido siempre el manantial abundoso adonde
ban ido a beber teólogos y filósofos, sociólogos y oradores,
místicos y artistas, políticos y exegetas. La- impiedad se
ha embravecido cien veces contra ella lanzando al asalto
•de sus páginas la ola megra y tormentosa de todos los
errores y todas las (herejías; y cien veces ha resistido
victoriosa todos los embates, viendo estrellarse inútiles to­
das las cóleras y todos los ímpetus, como ve la roca gi­
gantesca que se yergue en medio del mar, deshacerse ante
sus plantas las olas, tanto más desmenuzadas y deshechas
'después en efímera espuma, cuanto antes más encrespadas
y embravecidas.
Después de todo esto, huelga decir que cuantos sabio»
— 10/ —

y santos cruzaron desde entonces acá por el cielo de la


santidad y de la sabiduría, han pasado tejiendo guirnalda#
de ñores y ornando con ellas la frente augusta del Genio
de Aquino. ¿P ara qué, pues, zurcir un párrafo de erudi­
ción barata, entrelazando elogios ilustres ? Y o sólo os diré
que, si Casiodoro dijo que cada uno de los libros de San
Agustín era un océano, un Papa, Juan X X II, dijo que
cada uno de los artículos trazados por Santo Tomás, quot
jcripsit articulas, eran otros tantos milagros, tot fe rit mi-
rácula. Y o sólo os diré que en Trento la Suma destacábase
en la misma mesa en que estaban las Santas Escrituras,
y que cuando los Padres de aquel célebre Concilio dudaban
de alguna resolución o de alguna doctrina, ccmstdantus
Dkrnm Thomam, exclamaban unánimes, veamos lo que
dice el divino Tom ás... Y o sólo os diré que, como San
Agustín, parecía resumir todas las altas dotes de los Santos
Padres, que era dialéctico terrible como Tertuliano, fe ­
cundísimo y omnisciente como Orígenes, moralista estu­
pendo como San Gregorio, como San Jerónimo exegeta pro­
fundo, como San Ambrosio inspirado poeta... Y os diré
aún más, os diré que todas sus obras llevan el visto bueno
del Espíritu S a n to : bene scripsisii de me, Thoma-, bien
escribiste de mí, Tomás, le dijo un día el Cristo ante cuya
Cruz solía dejarse arrebatar en éxtasis inefables de altí­
sima contemplación. ¡Pasm osa apoteosis la de la obra in-
lectual de este hombre! (Hacerse acreedor a que al pie
de sus inmortales escritos estampase, en cierto modo, su
rúbrica el mismo Espíritu S a n to ! ¿ Qué extraño que la
Universidad de París, al saber la muerte del mejor ca­
tedrático que peroró en sus aulas, hubiera querido poseer
el alma del P rofeta de las lamentaciones, para saberle
llorar con lágrimas dignas de la grandeza del-malogrado
Genio? ¡M alogrado, sí, porque a pesar de sus diez y siete
infolios, aquel hombre fué atajado .por la muerte en la
plenitud de su irradiación intelectualI ¡N o pasó de los
— 188 —

cuarenta y ocho años! Creyérase que el Cielo le había


arrebatado para que con el centellear creciente de su in­
teligencia no disipase la penumbra que ha de envolver
siempre los divinos impenetrables misterios!
No quiero concluir sin tratar de haceros rastrear el
encanto idílico de su muerte, que también la muerte tiene
encantos cuando se exhala el último suspiro en el ósculo
del Señor. Oíd un instante aún. Gregorio X le había lla­
mado para que asistiese al Concilio de Lyón. E l Santo se
pone en camino para cumplir el mandamiento, pero cae
enfermo en Fossa-Nuova. L a enfermedad era mortafl y él
se dispone gozoso a morir. A una Condesa, sobrina suya,
que le visita por entonces. 3a insta a desprenderse del
apego de una mansión que es forzoso abandonar un día.
E l no tiene ya más que un deseo: el de entrar cuanto antes
en el disfrute de los eternos bienes. Una vez y otra recibe
humildí&imamente a Dios. Los monjes de Fossa-Nuova y
varios hermanas de hábito, que le rodean angustiosos, le
piden que los bendiga y consuele. Tomás de Aquino les
habla del divino amor y les hace urna explicación bellísima
del Cantar de los Cantares. Por espacio de tres días, sobre
la techumbre del monasterio brillan oleadas de peregrina
luz que henchía de asombro a cuantos la contemplaban.
De súbito la luz misteriosa desapareció. Etn aquel instante,,
a centenares de kilómetros, un venerable Obispo octoge­
nario lloraba con inconsolable lloro.
— ¿P o r qué esas lágrimas? — le preguntaron.
— Mi hijo en Cristo, el sol de la Iglesia — dijo, poco
riiás o menos— , acaba de expirar...
¡Alberto Magno, que por gracia especialísima de Dios,
acababa de asistir en espíritu al hermoso tránsito de un
ángel y tejía para su féretro la primera corona de síe'rh-
previvas!...
Tal era aquel Genio, tal era aquel Santo. Y o ignoro,
señores, si volando con la imaginación mucho más allá
— 189 —

de donde alcanzan mis imágenes y mis palabras, ha­


bréis logrado formar aproximado concepto de su gran­
deza. E n caso negativo, no habría que culpar de ello a
nadie más que a la pequeñez del orador, pequenez que
resultaba tanto más exigua, cuanto más excelsa destacá­
base ante su pensamiento la figura del hombre a quien iba
a glorificar. A sí y todo, yo no me arrepiento de haber
aceptado este panegírico, acometiendo una empresa en que
sabía perfectamente que el éxito mo me había de sonreír:
nunca sonríe el éxito cuando es la empresa abrumadora.
¿Q ué importa que haya puesto de relieve la cortedad de
mi ingenio y mi pobreza de ideas y galanuras estílicas?
Viejos vínculos de afecto entrañable a la Corporación
dominicana me forzaban a rendirle ferviente tributo de
admiración, y yo creo que se lo he rendido, tomando parte
en esta solemnidad regocijadora con que festeja todos los
años la memoria del más egregio de sus hijos, como la
tomo y la tomaré siempre en todas sus glorias, que forman
ya constelación gigantesca en el cielo de los anales del
mundo. Los. grandes · servicios por ella prestados a la
causa de la Iglesia, son innúmeros y esplendorosos coma
los astros deil firmamento. ¡ Oh, cuán a maravilla ha sabido
comprobar siempre que no sólo de nombre, sino de he­
cho, es la augusta Orden de la verdad!
E l látigo implacable de los hijos de Santo Domingo ha
crujido siempre terrible sobre las espaldas de la herejía
y del error. Del siglo decimotercio hasta nuestros días no
hay lacha ninguna delf humano pensamiento en que los
sabios.dom inicos.no se hayan cubierto de gloria, com­
batiendo como adalides invictos en defensa de la verdad!
¡Imposible resumir en cuatro rasgos oratorios la labor de
esta Orden ilustre en pro de la civilización y de la cultura
humana! Baste decir que en su seno han brillado siempre
apóstoles y mártires, teólogos y filósofos, místicos y ora­
dores, escritores y artistas, Tomases y Antoninos, Rai­
- 190 -

mundos de Peñafort y Vicentes Ferrer, Angélicos y H o-


jedas, Victorias y Sotos, Canos y Granadas, Laeordaires
y Ceferm os...
Inclitos H ijos de Santo Domingo de Guzmán: seguid
siempre las huellas de todos esos egregios varones que
han ido por delante de vosotros para enseñaros los sen­
deros de la gloria, las caminos de la inmortalidad. No os
arredréis porque las cóleras impías se estrellen de cuando
en cuando en vuestra frente. Desde los centros irreligio­
sos e impíos, verdaderas casas de prostitución intelectual,
donde se vende y arrastra como un harapo el honor det
pensamiento, siempre se dirigirán rudos ataques contra los
campeones de la verdad. H ay que lanzarse con tanto ma­
yor arrojo a la pelea, cuanto más arriesgada parezca 1a
lucha y más ardua y difícil la victoria. A sí guardaréis
siempre vuestro puesto sin rival en la historia de la ci­
vilización y de la cultura; así continuaréis regalando a la
Esposa de Cristo cristiandades enteras y florecientes como
el Tunquín, regado y fecundizado en toda su extensión por
sangre dominicana; así conservaréis siempre el esplendor
de universidades pontificias como la de Friburgo, desde
donde sabios tan ilustres como Denifle, W eis y del Prado
vara ganándose por' derecho propio un puesto honorífico en
la república del saber; y así es como retendréis siempre la
conquista del primer pulpito de la tierra, el pulpito de
Nuestra Señora de París, desde donde tan admirables
oradores dominicos se han constituido y se constituyen,
por las fulguraciones de su elocuencia, en apóstoles d?l
cerebro de Europa· y por ende en apóstoles del linaje hu­
mano. A sí sea.
POR CALABRIA Y SICILIA

ORACION PRONUNCIADA EN EL CENTRO


DE DEPENDIENTES DE COMERCIO
DE LA HABANA
S i'ñ o r as, S eñor ks:

Debía comenzar hoy por dar las más expresivas gra­


cias a quienes, sin merecimiento ninguno por mi parte,
me hain deparado la ocasión de asistir a esta simpática
velada de caridad y hacer oír mi palabra — harto inculta
e insonora, desgraciadamente— a la distinguida concurren­
cia que aquí se há dado cita para rivalizar los unos con los
otros en nobles actos de largueza y desprendimiento. Pero
la verdad: me atraen con sobrado impulso, para entrete­
nerme en efusiones de gratitud, que alguien quizá tra­
dujese por extemporáneas galanterías, los móviles de esta
reunión, a na mismo tiempo tan tristes y tan consoladores.
Tristes — lo sabéis todos— , porque obedecen a un in­
menso cataclismo, a una serie indefinida de terribles des­
gracias. Italia, la hermana gemela de España, la ondina
del Mediterráneo, tan querida de la tierra y del cielo:
de la tierra, que la constituye en un jardín paradisíaco
henchido de flores y de frutos; y del cielo, que la cobija
con su túnica de más puro azul durante el día, y con su
manto de más nítidas perlas durante la noche, Italia llora
con desgarradoras lágrimas que fluyen directamente del
corazón, Y consoladores, porque los infortunios de la vie­
ja Hesperia ponen en conmoción al mundo, haciendo que
surja por doquier un coro inmenso de condolencia; y nos­
otros, los hijos de la Hesperia joven, los que comparti-
13
- i 91 —
mos con ios hijos de Italia las sonrisas de la misma tie­
rra y los besos del mismo sol, no podemos menos de con­
gratularnos de esa manifestación de universal' simpatía y
tratar de ser los primeros entre los primeros, en llevar a
nuestros hermanos, junto con el óbolo de nuestra caridad,
el testimonio inequívoco de nuestro amor.
— ¿Q ué es lo que ha pasado? E l telégrafo, otras veces
inexpresivo y balbuciente, nos lo relató durante varios días
con una exuberancia de .pormenores trágicos que helaban
la sangre en las ven as.. Enormes sacudidas de la tierra
hespérica, azotada interiormente por el furioso llamear de
sus tremendos volcanes, los más infaustamente famosos
de todo el planeta, acaban de consumar una serie de ca­
tástrofes que eclipsan a las más horroríficas que regis­
tra la Historia. Grandes urbes, como R eggío y Messina,
y aldeas y caseríos incontables acaban de ser borrados del
mapa e inscritos en el painteón de los pueblos muertos,
como Herculano y como Pompeya. Millares de familias
que, la víspera del suceso, quizá sonreían de felicidad
contemplando gozosas el porvenir y viendo cuajar en
opimos frutos el sudor de su trabajo honrado, quedaron
sepultadas de improviso con las· despojos de sus hogares,
en las grietas espantosas que abría la tierra, a modo de in­
mensas fauces tumularias. Y muchos otros millares, si
no de familias — que íntegra no quedaría ninguna en
aquellos desolados contornos— , por lo menos de indivi­
duos, de hijos sin padres, de esposas sin· marido, de vír­
genes, de huérfanos de todo apoyo y sostén, han quedado
de la noche a la mañana, en lo que dura, como quien dice,
un fugaz relámpago, sin tierra, sin albergue, sin vestido,
sin pan.
Ahora ' an : vosotros habéis organizado esta velada con
objeto de allegar recursos y enviárselos inmediatamente
a esos desgraciados, habéis sentido la mano invisible de
la caridad llamar a las puertas de vuestro corazón y se las
-

habéis abierto de par en p a r; y considerando que indivi­


dualmente podíais hacer muy poco para acallar los estí­
mulos de vuiestra voluntad, más que nunca grande y gene­
rosa, habéis ideado congregaros aquí, celebrar esta fiesta
de caridad y ver sí colectivamente podíais calmar un tanto
efcas ansias ardientes de ser pródigos, que — os lo digo
con toda la ingenuidad de mí alma— os honran y enno­
blecen más que todas las riquezas y todos los títulos.
¡D ivina caridad! ¡Con qué pensamientos podré yo en­
salzarla y can qué palabras bendecirla! Y o sé que cuan­
to se puede decir en su elogio está ya dicho mil veces.
Y o sé que todas las flores y galas retóricas se han agota­
do ya en *su lo o r; que no hay colores en la paleta de genio
alguno, par graflide que sea, que no se hayan gastado ya
sn reflejar su hermosura. Comprendo perfectamente fe
gracia irónica del académico Julio Lemaitre cuando co­
menzaba un su discurso sobre la caridad: "una dama acaba­
ba de oír predicar sobre la caridad a cierto orador muy
de moda y exclamaba: jqué cosas más nuevas ha dicho
sobre la caridad! — ¿ H a dicho que 00 se la practicase?-—
alguien la interrogó” ... N o ignoro nada de esto, y no obs­
tante, yo quisiera decir algo nuevo sobre la caridad, por
lo menos, algo bueno, que conmoviese más y más a estos
corazones que ya tiene ganados de antemano. Sé que es
lo que hay de más santo y de más hermoso en la religión;
porque al ser lo más humano es precisamente lo más divi­
no; porque es ía religión misma en su expresión más su­
blime ; y no lo digo yo, lo dijo Santiago, el Menor, el
primer Obispo de Jerusalén: la religión· pura y sin man­
cilla es visitar, esto es, socorrer a los huérfanos y a las
viudas en sus aflicciones; religio· mundo, et immaculaia
apud Deum, haec est: visitare pupillos et viduas in tribuh-
lione corum; y no obstante, a mis ojos, a los ojos de mi.
espíritu, aparece tan fúlgida, tan celestial, tan divina, que
todavía me parece poco encarnar en ella la religión!
— 1% —

¡ Socorrer a los desgraciados, trasladarnos, ya que no


podemos corporalmente, con nuestra imaginación- y con
nuestras dádivas, a la Calabria y a Sicilia, y llorar con
los que allí lloran y sufrir con los que allí sufren y per-
sttadirlós de que no están a solas con su dolor; que lejos
de allí, al otro lado de los mares, en esta hermosa perla de
Cuba, tienen a hermanos que los compadecen, que más
que nunca se sienten unidos a ellos con los vínculos de la
carne y de la sangre, con toda la intensidad de la ternu­
ra fraternal; que todo eso realiza la caridad, que todo eso
consigue el amor! [A h ! señores: ¡qué religión más pura,
qué religión más santa, que religión más divina! ¡Cóm o
nos enaltece y sublima esta religión! Y o no dudo en decir
que si hay algo que divinice al hombre, ese algo es la ca­
ridad. Y 110 creáis que exagero: esta divinización humana
basta puede defendérsela apoyándola y todo con frases
divinas. Cien veces habréis oído la definición excelsa de
Dios que dió el Aguila de Patmos, seguramente a raíz de
uno de aquellos soberanos vuelos con que su espíritu es­
calaba las nubes y se constituía espectador del empíreo
y morador de las mansiones celestiales: Deus chantas est,
Dios es ía caridad; pues bien, sí la esencia de Dios es la
r-iridad, nosotros, cuanto más caritativos seamos, más nos
pareceremos a D ios; cuantas más desnudeces vistamos,
cuantas más hambres hartemos, tanto más nos asemeja­
remos a Aquel que, por satisfacer necesidades y por di­
sipar angustias y por redimir miserias, se trasladó de la
eternidad al tiempo, para vivir entre los hombres, para vi­
v ir entre los desgraciados y tener muchas heridas que
embalsamar y muchos desamparos que socorrer y mu­
chos duelos que compartir.
Sí, señores: la caridad, la compasión hacia los des­
graciados sublima y endiosa nuestras almas, haciéndonos
semejantes al Altísimo. N o hagáis caso de esas doctri­
nas, de esos evangelios nuevos que hoy se predican y en
_ 197 -

nombre de los cuales se quiere desterrar a la caridad de


la tierra, condenando la compasión bad a los desgracia­
dos como deprimente y enervadora, y llegando a decir
con el malhadado Nietzsche, a quien hoy tanto excelsifican
ciertos intelectuales — creamos, por su bien, que irrefle-
sivos e inconscientes— que “ nada hay más insano en
medio de nuestro insano modernismo que la compasión
cristiana’ % No, la compasión es una consecuencia natural
del amor, y el amor no obra depresivamente, sino que
exalta y magnifica, porque es fuerte como la muerte,
Si esa idealística superhumanidad que tanto se cacarea,
ha de estar moldeada en turquesas como esa, fabricada
por el forjador de Zarathustra, y ha de tener por norma
pisotear a los desgraciados, no cicatrizar jamás heridas
abiertas, sino desamparar y dejar morir a quienes no sepan
cicatrizárselas a sí mismos haciéndose duros al dolor,
como afirman los nuevos evangelistas, entonces, que apro­
veche esa ¡superhumanidad: nosotros renunciamos muy de
buen grado al título de superhombres.
Ni podemos admitir siquiera la doctrina de L a Roche­
foucauld, que imperaba se manifestase compasión, pero
que no se sintiese, porque es un sentimiento que no con­
duce a nada bueno en una alma bien hecha. [No, por
D io s! H ay que sentir, sentir con toda el alma los grandes
infortunios de nuestros hermanos. Porque ese sentimien­
to fortifica más. el espíritu de los que gimen en la des­
gracia que todos los recursos con que pudiéramos reme­
diar las desventuras de su existencia, ¡ Imposible parece
que tan deletéreas doctrinas hayan podido germinar en in­
teligencias pensadoras! ¡M anifestar sentimiento, pero no
sentirlo, es decir, rendir pleito homenaje a la falsedad,
quemar incienso ante la hipocresía! Y o estoy seguro que
ni sicilianos ni calabreses, a despecho de la abrumadora es­
trechez en que se encuentran, aceptarían dádiva alguna
que no fuese brote genuino de un sentimiento real de
- 198 —

compasión, de un impulso íntimo de caridad. í^a toma­


rían en sus manos, mas para arrojarla con solemne des­
precio a las. plantas de los menguados que, en tan aflicti­
vas circunstancias, no sintiesen por ellos amor!
¡ A h !, no es así la caridad que Jesucristo hizo resplan­
decer en el mundo; la que, ante las turbas hambrientas
que le seguían al desierto, le forzaba a exclamar con
frase arrancada de lo recóndito del aíma: miserear sh-
per turbam!; y la que le hizo inmolarse a Sí mismo e:;
una Cruz, ara verdadera del bien del linaje humano. L«.
caridad es tanto más caridad cuanto "siente mayores im­
pulsos de sacrificio, cuando se identifica con él, cuando
se consubstancia con él; entonces es cuando del todo
satisface a los hombres y cuando del todo llena a Dios,
porque rebasa losi límites de la tierra y entra en los ám­
bitos del Cielo, aureolada de resplandores divinos. Así
es como los españoles practicamos siempre la cari­
dad. . L a hermosa Italia ha tenido, bien poco ha, el tris­
te consuelo de comprobarlo. Bien reciente está el nau­
fragio del Sirio, cuando nuestros sencillos pescadores
de Levante se arrojaron intrépidos al mar a disputar­
les a las o!a3 sus víctimas, demostrando, como cantó el
vate italiano, que

...tan tico valore


nzgUispanki cor non é ancor marta

y realizando heroísmos de leyenda que el Gobierno


italiano fué el primero en reconocer y condecorar. Y así
la estamos practicando aho ra; pues heroico es para Espa­
ña, en la situación en que por tristes y no lejanos acon­
tecimientos se encuentra, haber enviado a las aguas de
Messina dos barcos de guerra, provistos abundantemente
de recursos de todo .género, y haber iniciado en todas
las provincias suscripciones populares, que habrán de te­
— № -

ner muy pingües resultados, dado el fervor y el entu­


siasmo que al través del laconismo telegraiLco se tras-
parentan.
¡ Y cómo había de ser de otro modo, si al ferviente
espíritu caritativo, que ha vivificado siempre los corazo­
nes españoles, hay que añadir aquí la comunión de la glo­
ria, la comunión de la sangre, la comunión de la es­
tirpe? Leed1 la historia da Italia, y veréis que por siglos
y siglos se confunde con la de España, y que italianos
y españoles iban juntos doquier mimados por el triun­
fo. Y leed la de España, y veréis que en muchas de
nuestras hazañas más épicas fulgecen siempre, como ge­
nios de la guerra, de primera magnitud, Marqueses de
Pescara, y Espinólas, y Dorias. Juntos triunfamos en Le-
panto, juntos triunfamos en Pavía, juntos descubrimos
a América, juntos o separados se lanzaron los apóstoles
de una y otra nación a los mares para llevar la fe de Je­
sucristo a los más apartados rincones del mundo, juntas
o separadas, se esparcieron por doquier las heroínas de
ano y otro país a perfumar las sociedades con el aroma
de sus virtudes y asombrar al universo con la sublimidad
de sus abnegaciones, y — ¿por qué no decirlo, si es innega­
ble gloria de nuestra raza?— juntos o separados pasea­
mos hoy nuestro arte triunfador por todos los países, des­
tellando sobre el vivir de todos los pueblos los rayos de
luz estética que llevamos los latinos en el alma y que tam
civilizador influjo ejercen sobre los sentimientos y sobre
las costumbres.
¡O h Italia, tierra querida del arte, pensil fecundo de
poesía, casa solariega de los Pontífices, venero inagota­
ble de santos, albergue de los Angeles de A sís, de Fié-
sole y de Aquino, cuna bendita del Dante y del Pe­
trarca, de M iguel Angel y de R a fa e l: persuádete de que
no lloras sola, de que llora contigo tu hermana España,
de que ios latidos dolientes de tu corazón repercuten en
— 200 -

el suyo rompiendo entrañas y desgarrando fibras! Y


no es sólo en España, en el seno de la amada Penín­
sula, a quien tus hijos extendieron el nombre de Hes­
peria con que a ti te habían bautizado los griegos, sor­
prendidos de tu hermosura, donde se te ama y se te
compadece y se te llora: dondequiera que lata hoy un
corazón español, puedes estar segura de que hay un
corazón que late al unísono con el tuyo. Y a estás viendo
lo que acaece en esta encantadora perla de Cuba, que
no es necesario apellidar caritativa, porque basta con
decir que es hija predilecta de España. Los dependien­
tes, los humildes dependientes organizan una velada
para acopiar algunos recursos y subvenir a tus nece­
sidades, enviándotelos juntamente con un mensaje ex­
presivo y elocuente de su am o r; y España y Cuba
se funden en un abrazo amante, como deben vivir siem­
pre la madre y la hija, y acuden a estos magníficos sa­
lones a consolar tus penas, a participar de tus quebran­
tos y a cerciorarte de que jamás estarás sola, lo mismo
en tus júbilos y en tus grandes éxitos que en esos reve­
ses pavorosos con que harto a menudo la naturaleza te
..astiga. No dejes de acatar la Providencia, que es a ve­
res en sus planes terriblemente misteriosa. Dios es como
A rayo, que para herir escoge las cumbres, y tú tienes
que estar muy encumbrada en la presencia de Dios por
tu historia sin rival en todas las manifestaciones de la
vida, por tus Escipiones y per tus Césares, por tus estre­
nuos repúblicos, por tus excelsos oradores, por tus divi­
nos poetas, por tus sabios y por tus artistas, por tus vír­
genes y por tus santos...
Y ahora, señoras, permitidme que antes de concluir este
informe discurso de atropellados sentimientos, me dirija
n vosotras para saludaros y bendeciros por vuestra pre­
sencia en esta fiesta de caridad. En vuestro corazón es
d^nde la caridad brota jugosa y robusta, como brotan los
— ÜOt -

rosales en tierra propicia. Sin vosotras no pueden escri­


birse los anales de la caridad humana, porque faltaría
en ellos el elemento épico, el elemento heroico. En vues­
tro pecho generoso es donde hallan eco más amante los
gritos del sufrimiento y del infortunio. Los ayes huma­
nos penetran vuestras entrañas com o. un acero, y cau­
san en ellas las mismas angustias que los producen -y
las mismas heridas que los arrancan. E l contagio del
dolor, que es el más noble y dignificador de todos los
contagios., es patrimonio de vuestro corazón y como atri­
buto de vuestro ser. De ahí vuestra presencia en donde­
quiera que haya lágrimas que enjugar y congojas que
desvanecer y desesperaciones que reprimir. Y de ahí vues­
tra presencia en estos regios salones, que aparecen mucho
más regios porque vosotras los adornáis, porque vosotras
los embellecéis.
Y o no sé cómo elogiaros suficientemente por vuestro
espíritu de caridad, que con tanta abnegación os sabe
poner al sen-icio de los humanos dolores. Sólo se me
ocurre decir que aquellas, reinas de la hermosura que
presidían los consistorios de amor que se celebraban en
los artesonados salones de algún castillo, o enfrente de él,
bajo la umbrías ramas de naranjos, por entre cuyas fron­
das filtraba sus rayas el sol radiante de la Provenza, no
merecían, como merecéis vosotras, aquellos derroches de
poesía con que tos seudo-románticos medioevales las acla­
maban verdaderas deidades, quemando ante sus plantas
inciensos idólatras. En aquéllas se festejaba el reinado de
la hermosura del cuerpo, un reinado efímero de flor que
brilla un momento y pasa con la incontrastable rapidez de
todo lo perecedero y caduco, que en poco más que un
abrir y cerrar de ojos desaparece; y en vosotras se fes­
tejaría el reinado de la hermosura del alma, reinado de
flor que nunca se marchita, y que a m'edida que transcu­
rre el tiempo ha de campear más fresca y olorosa, hasta
- 202 -

ser trasplantada al Cielo donde ha brotado. E n vuestro


loor, os lo digo de veras, no me parecerían hiperbólicas
las ponderaciones del Petrarca considerando a la mujer
una divinidad y dándole gracias por la protección que
dispensaba a los mortales. Sois la providencia de los po­
bres y de los desgraciados, sois las limosneras constituidas
por Jesús para socorrer y amparar a la miseria y al in­
fortunio, que tanto abundan· en nuestros días, y estáis,
por consiguiente, dispensando una protección que Dios
tiene que agradecer y que los hombres debemos glorificar.
No olvidéis, pues, en estos instantes en que vuestras
hermanas de Italia gimen, esa misión providencial que
Dios ha puesto en vuestras manos y para la cual os ha
dado tan excelente complexión caritativa. Imaginaos en
vuestra fantasía ardiente las diversas aterradoras trage­
dias que se habrán desarrollado, que se estarán desarro­
llando aún, en aquellos infaustos lugares sacudidos por
el terremoto. Oíd los ayes lastimeros de la m ujer se­
pultada en vida entre las ruinas de su hogar humilde, ten­
diendo la vista por entre los escombros que la aprisionan,
viendo asomar por entre los bloques de piedra el cadáver
mutilad o del que le juró un día amor eterno delante del
altar, o los miembros fracturados de alguno de los hijos,
en cuya frente se figuraba ver a menudo los rasgos ftso-
nómicos de su esposo, a quien gustaba de contemplar niño
en aquellos vástagos de su amor. lA h , señoras! yo no
sirvo para reconstruir escenas de luto: se me oprime de­
masiado el corazón y me ahoga fácilmente el sentimiento.
Huelgan, además, reconstrucciones semejantes. No se ne­
cesita conmover a quienes están ya profundamente con­
movidas. Hasta me parecería una injuria recomendaros
que fueseis espléndidas y pródigas! Y o sólo os diré, para
terminar, que la mujer católica española — y la mujer
católica española es la m ujer católica cubana— , desde
Santa Teodosia, la madre de Recaredo, hasta nuestros
— 203 —

días, ha dejado en la historia de la desdicha y el desam­


paro una huella profundísima de caridad. Y os diré asi­
mismo que, al ceñiros la palma de la caridad, os ceñís tam­
bién otra palma que os hace aparecer a los ojos de los
hombres y aun de los ángeles mucho más bellas, mucho
más encantadoras: la palma de la pureza. No lo dudéis:
está demostrado que solamente los corazones puros sa­
ben amar hasta el sacrificio, y que cuanto más alto rayen
en la pureza, tanto más alto rayarán en el amor. Por algo
el ángel de la caridad es también el ángel de la pureza.
He dicho.
EN EL CENTRO ASTURIANO

DISCURSO PRONUNCIADO CON MOTIVO


DEL VIGESIMOTERCERO ANIVERSARIO
DE LA FUNDACION DEL CENTRO
ASTURIANO DE LA HABANA
Q u e r id o s c o m p a t r io t a s :

Tiempo hace que soñaba con verme un día delante de


vosotros. E l ruido glorioso de vuestras acciones en esta
Perla de Cuba, que tan grato ha sonado siempre en los
oídos de todo buen español, en los oídos de todo buen
asturiano tenía que resonar inefable y arrebatador, como
una música divina. Y yo me he dejado arrebatar por ese
ruido, por esa música, y más de una vez, al leer en los
diarios de uno y otro lado de los mares vuestras accio­
nes timbradas con ese algo característico que lleva en sí
como efluvios de la epopeya de Covadonga, he sentido
conmovérseme hondamente el corazón, hasta el punto de
humedecérseme los ojos con lágrimas de entusiasmo. ¡A h !,
¡qué bien habéis sabido enaltecer el nombre de Asturias,
honrando a la vez y enalteciendo a E sp aña! ¡ Amamos tan­
to a Asturias los hijos de tan bendita, tierra!... N o hay
hijo ninguno de Pelayo que no la lleve como un relicario
en el alma y que con sólo escuchar el murmurio de su
nombre, no sienta como una sacudida deleitosa en lo más
tierno y delicado del corazón.
Y no crea, ni por asomos, el dignísimo representante
de España que esa intensidad amorosa enflaquezca y ami­
nore en un solo átomo el amor grande sobre todas las
cosas de la tierra que debemos profesar a la Madre E s ­
paña. N o: después del amor de Dios, los asturianos sa­
bemos muy bien que está el amor de la Patria, ante todo
y sobre todo. E s que las patrias chicas son como los al­
tares de una basílica suntuosa, que es la Patria grande;
y el incienso que se quema en cada uno de ellos perfuma
todo el sagrado ámbito, y nosotros, los asturianos, qui­
siéramos que en nuestro altar estuviesen flotando con­
tinuas las espirales del incienso.
Podremos a veces enternecernos más a las caricias del
amor patrio chico que a las caricias del amor patrio gran­
de; pero no es que pospongamos — líbrenos Dios— la
querida adorada España al querido adorado rincón donde
se meció nuestra cuna. N o : ¡todo por España y para E s ­
paña! Nosotros podemos decirlo muy alto; porque en
nuestra tierra, plantel glorioso de hazañas legendarias y de
titánicas hechos, podrá haber regionalismo, más aún, debe
haber regionalismo; pero — a pesar de los peñascales inac­
cesibles que naturalmente la ciñen y amurallan, consti­
tuyéndola en fortaleza ciclópea— regionalismo noble y
de miras amplias y buenas, que sabe fundirse a maravilla
con el amor patrio; que es un brote genuino de ese mismo
amor patrio, que vive de él, de su propia substancia, como
vive la rosa de la savia del rosal donde germina.
Entre nosotros jamás ha habida ni habrá ese regiona­
lismo miope, canijo y enteco, de miras bajas y estrechas,
que aspira a vivir de substancia propia, soñando con no
sé qué autonomísmos cantonales, por no decir desmem­
bramientos inversosímiles. N o : la intensidad de nuestro
amor a la tierrina no llega a cegarnos hasta el punto de
querer poner a Asturias por cima de España. E sa inten­
sidad, ese afecto sensible, esa ternura — permitidme de­
cirlo con esta redundancia de frase— no significan nada
absolutamente en contra del amor supremo que debe rei­
nar en nuestro corazón hacia la Patria, como nada ab­
solutamente significa en contra del amor supremo de Dios
— 209 -
«1 que una madre sufra y se enternezca menos ante la
tragedia del Gólgota que ante la tragedia de uno cual­
quiera de sus hijos.
— ¿Q ue adonde voy con este preludio extemporáneo,
que paroce no tener conexión ninguna con los motivos de
la fiesta en estos salones organizada? Os voy a ser muy
franco; yo también creo que no tiene conexión ninguna.
^Para qué os habéis reunido aquí? ¿P ara solemnizar el
acuerdo tomado en una de vuestras juntas generales de
declarar fiesta asturiana en Cuba el Dos de M ayo, ani­
versario de la creación de este Centro? Pues bien; a
ponderar vuestra decisión, a justificar vuestro acuerdo,
a hacer ver que fué un día gloriosísimo y memorando el
en que echasteis los cimientos de esta gran institución que
con tenacidad de astures habéis sabido elevar al estado de
florecimiento en que hoy se encuentra, parece que debía
ceñirse todo cuanto hoy aquí se hablase, todo cuanto hoy
aquí se dijese.
¡O h, que vendría de perlas u-n vistazo ¡histórico al sin­
número de abrumadoras dificultades que habrán tenido
que arrostrar y vencer aquellos cincuenta varones abnega­
dos que, hace hoy veintitrés años, sentaron, por decirlo así,
la primera piedra de la grandiosa institución, y algunos de
los cuales aún se sientan por dicha entre nosotros, en esos
sillones de preferencia donde se estremecerán de júbilo,
al asistir a esta velada, que a ellos tiene forzosamente que
saberles a algo así como propia apoteosis, como propia
glorificación! j Oh, que vendría a maravilla un recuento
de las grandes acciones humanitarias que habéis sabido
realizar, no sólo en beneficio de los nobles hijos del solar
de Pelayo, sino también en beneficio de los demás hijos
de España, y aun de le« de fuera de E sp a ñ a ; que a tanto
ha llegado en ocasión de terribles catástrofes vuestro ge­
neroso espíritu de beneficencia; un desfile rápido de los
actos de heroico españolismo con que en días críticos y
— 210 —

difíciles supisteis servir a la Madre Patria, y, en fin, un'


deshoje de flores sobre la memoria venerada de los egre­
gios Presidentes con cuyos retratos al óleo habéis con­
vertido vuestro salón d e . actos en verdadera galería de
hombres ilustres.
Pero todo esto, que constituiría, no· ya sólo tema de
brillante discurso, sino hasta objeto de oda y asuntó de
poema, lo sabría exponer cualquiera de vosotros en pá­
rrafos más galanos y elocuentes, porque lo habréis como
vivido, habiendo sido partícipes en la abnegación derro­
chada. A mí, permitidme entreteneros b retes instantes
útil y, a ser posible, agradablemente, bien que para esto
se necesitarían especiales condiciones oratorias de que no
me ha adornado la naturaleza — aunque sí me acaban de
adornar muy galantemente los Sres. Bances y Marqués —
hablándoos sobre el alma de! asturianismo legítimo, qué
a mí se me antoja como una ráfaga de aire puro descen­
dida de Covadonga y que orea de continuo todo corazón
asturiano, haciéndole vibrar, como un arpa eólica, en afec­
tos dulcísimas y en ahidalgados sentimientos.
¡Covadonga! es nn verbo henchido de poesía legen­
daria que encarna todos los altos hechos de nuestros ma­
yores ; es un timbre de gloria que irradia sobre la frente
de todos los hijos de aquella tierra bendita no sé qué des­
tellos de heredada grandeza, signo característico de nues­
tra estirpe nobiliaria; es el grito de guerra que enardecía
el indomable espíritu de nuestros antepasados, haciendo
de cada uno de ellos un invencible atleta en la arena del
combate; es una bandera divina que tremoló siempre vic­
toriosa, desde el Pirineo hasta Sierra Nevada, en toda la
interminable odisea de la Reconquista; es, en fin, la can­
tera inexhausta de donde se extrajeron los más preciosos
mármoles para el alcázar gigantesco de la nacionalidad
española...
Sí, ese legitimo asturianismo que sentimos latir todos
211 —

los astures en la médula del alma, lo constituye Covadonga,


y quien dice Covadonga, dice la fe, dice el espíritu sa­
namente religioso que sostuvo en las lides el brazo ro­
busto de nuestros padres y que tejió toda nuestra historia
con heroísmos de leyenda.
Y a me parece estar sintiendo temblar a alguno de vos­
otros creyendo que voy a enjaretar algo así como una
plática de -pulpito o un sermón de capuchino. N o tiemble
nadie. Apostolizaré, sí, porque hoy más que nunca es
deber sacratísimo de todos los que vestimos una sotana
o un hábito religioso el apostolizar dentro y fuera de las
iglesias, y mejor aún fuera que dentro, en las calles, en-
las plazas, en estos centros coloniales que tan alto hablan
de los hijos de España, doquiera haya honradas muche­
dumbres que se dignen prestar a nuestra palabra benévola
atención; pero confío en Dios y en mi ánima, como diría
el buen escudero del m ejor de los caballeros andantes, que
aio habrá de trascender mi humilde discurso a sermón
cuaresmal.
Para mí es el culto ferviente que rendís a Covadonga
el que hoy os ha congregado en estos espléndidos salones
y el que os hizo fundar este majestuoso Centro y crear
esa pasmosa Quinta de Salud, regio sanatorio en cuyos
apalaciados pabellones ni los más rígidos técnicos podrían
echar de menos ningún positivo adelanto científico. Y
rendir culto a Covadonga es rendir culto a la fe, a los
íntimos sentimientos tradicionales que de vuestros padres
habéis heredado. Y ese culto a la fe y a la tradición ha
sido para mí una sorpresa gratísima. Y o había oído decir
mil veces que en la Habana imperaba, como reina ab­
soluta, la indiferencia religiosa; que aquí no se quemaba
incienso más que en loor del oro y del placer. Y lo sen­
tía con toda mi alma y con tanta mayor intensidad, cuan­
to que sabía que en la Habana había miles y miles de
asturea a quienes me imaginaba poco menos que após­
— 212 -

tatas de Covadonga; pues a apostasía de Covadonga me


ha parecido que debía de sonar siempre entre los astures
la apostasía de nuestra íe.
Como vivifica la sangre el humano organismo circu­
lando ardorosa por fibras y músculos; como vivifica la
savia los árboles fluyendo pletórica por raíces y troncos,
así vivifica la religión la historia de nuestra regionálidad,
desbordando por todos nuestros hercúleos hechos y nues­
tras épicas hazañas. L a fe ha estado siempre entre nos­
otros simbolizada y como incorporada en Covadonga. Y
romper con la fe, me figuro que es romper, no ya sólo
con Covadonga, sino también con todo el espíritu de nues­
tra raza, con todas nuestras glorias y tradiciones que g i­
ran, como satélites planetarios, en redor de la cumbre del
A useva: más aún, me figuro que es romper con los mis­
mos vínculos santos de la familia, que no sólo están cons­
tituidos ipor la carne y por la sangre, sino también por las
románticas leyendas de nuestros mayores, oídas una vez
y otra, durante el período de nuestra niñez, de unos la­
bios amantes que nos han besado mil veces.
¡ Cuánto hemos gozado de niños, escuchando extáticos
aquellas, a un mismo tiempo, pequeñas y grandiosas lita­
das, empapadas en ■sentimiento religioso, que nos tenían
sosegados y quietos al amor de la lumbre, en las encan­
tadoras veladas de invierno! Y , naturalmente, imaginaros
desligados de cosas tan queridas, me causaba pena por
vosotros y por Asturias: por vosotros, porque vuestra
ruptura con la religión os bastardeaba, no ya sólo espi­
ritual, étnica también y aún fisiológicamente, hasta el punto
de no tener nada de astures; y por la adorada patria pe­
queña, pues habría tenido la desgracia de albergar entre
su's montañas y de cobijar bajo sus horizontes a hijos
desamorados que habían llevado su desamor hasta re­
negar de la madre que los engendró en su seno.
Calculad, pues, lo agradable de mi sorpresa al ver que
213 -

no resultaba« las cosas tan opacas y desolantes como yo


las temía; al ver que, en medio de la sociedad indiferen­
tista que os rodea, os sabéis mantener firmes en las creen­
cias augustas que habéis mamado con lo que llamaría mi
gran Padre San Agustín consolaftcwes lactis humcmi, dul­
zuras de la leche m aternal; ya que no otra cosa significa
esa Quinta bau'izada con el nombre santo de Covadonga,
adonde a la vez que vayan a buscar salml y consuelo al­
gunos de nuestros conterráneos, se dé testimonio perenne
de que, ante todo y sobre todo, siempre comulgaréis en
las creencias y en los altares de nuestros mayores.
Y esto tiene tanto mayor mérito a los ojos de Dios
y de los hombres, cuanto que, como os acabo de decir,
vivís en medio de una sociedad mercantílista que se em­
peña en volver las espaldas a. Dios y que, a ser hacedero,
con gusto le borraría quizá de la existencia, para no
tener nada que le perturbase en sus sueños ambiciosos, por
los cuales sólo quisiera ver pasar montones de oro e imá­
genes impuras y voluptuosas; en medio de una sociedad
descreída que se esfuerza en llevar a los demás al campo
de su descreimiento, llegando a veces a üagelar con 3a sáti­
ra y el escarnio a los que por nada del mundo quieren re­
nunciar a su bendita heredada religión. ¡ Oh, qué lástima
inspiran esos infelices que se burlan de la fe de los buenos
creyentes! ¿ Cómo podrán consolarse en la hora de la des­
gracia, puesto que la fe habrá de negarles su luz, y las
esperanzas puras y confortadoras no podrán abrirse paso
hasta su corazón? Porque no cabe dudarlo: la fe que
nos legaron nuestros padres és como el árbol donde ger­
minan nuestras más hermosas esperanzas, que a su de­
bido tiempo habrán de florecer y madurar en frutos de
eternas inenarrables venturas.
¿ O creerán que esas sátiras y esas befas habrán de
triunfar de lo que no han podido triunfar ni las más san­
grientas y terribles persecuciones? A la religión no la
— 21 í

matan los chistes satíricos de ningún hombre, por muy


preñados que estén de agudeza y de ingenio.· Dan de ello
testimonio los muchos Celaos y los muchos Voltaires que
han creído asesinarla y verla caer a las puñaladas del ri­
diculo, entre el impudente sarcasmo de sus carcajadas.
La religión habrá de subsistir siempre, a despecho de los
embates de la impiedad. E l simún que azota los desiertos
no ha conseguido ni conseguirá jam ás arrollar las pirá­
mides de .Egipto, que, ipor espacio de centurias y cen­
turias, están viendo pasar a lo lejos las aguas del Nilo,
deslizándose hacia el шаг, ora agitadas y espumescentes,
ora tranquilas y vagarosas. Y la hostilidad humana nada
ha conseguido ni conseguirá jamás contra la Iglesia de
Jesucristo, que, cimentada sobre roca firme, está y estará
siempre viendo pasar a su vera imperios y repúblicas, di'
nastías y sociedades, costumbres e instituciones... E l genio,
la astucia, la riqueza, el poder..., todo se ha conjurado
ya cien veces contra la Religión del Crucificado, prome­
tiéndose para muy en breve derrumbar todos nuestros
templos, raer de la tierra nuestras creencias, concluir para
siempre con la enseñanza de la Cruz. ¿Q ué han conse­
guido? Preguntádselo a la víbora de la fábula y os dirá
que lo que sacó ella de probar sus venenosos dientes en la
consabida lima.
A cada instante estamos oyendo que ya no existe la
Religión, que la fe en Jesucristo se ha desvanecido, que
Got fot Ш, que Dios ha muerto, como grita a m enudo
en su más satánica y gigantesca obra (Also sprach Zara -
thusira) el malhadado Nietzsche, y a cada instante es­
tamos asistiendo a magníficas fiestas religiosas y contem­
plando alzarse a las nubes torres y cruces de nuevos tem­
plos. Reíos sienüpre que oigáis a vuestro alrededor se­
mejantes afirmaciones, tan rotundas como gratuitas, y
traed a la memoria la reciente escena aquella en que,
visitando cierto inspector de Instrucción pública. las es­
— 215 —

cuelas de su jurisdicción, congratulábase, discurseando en


una de ellas a los niños, porque ya no había signo ninguno
de la Cruz en los testeros de los centros docentes y se
podía dar por acabada para siempre la para él tan ñoña
superchería. Cuándo más efusivamente se lisonjeaba a si
mismo de tan fantástico triunfo, la tempestad que se
cernía borrascosa sobre el pueblo, centellea coa un relám­
pago súbito que deslumbra; simultáneo cruje el trueno,
brusco, horrísono, aterrador y simultáneos también los
niños hacen todos instintivamente la señal de la Cruz,
; Qué infausta sorpresa la de nuestro inspector de Ins­
trucción pública!...
No, no se extinguirá jamás la religión en la tierra,
por encarnizadamente que se la persiga y combata. Po­
drá amortiguarse, desaparecer, si queréis, en un pueblo;
mas surgirá en tres o cuatro briosa y radiante. Y ¡ay de
las sociedades en que se extinga! porque el crimen se ju z­
gará en ellas dueño y señor. Y no lo digo yo, que lo dijo
M aquiavelo: “ Si cerráis las puertas a la religión, ya po­
déis apresuraros a abrir las de las cárceles” . Y el eximio
novelista Pablo Bourget, uno de los grandes convertidos
a nuestra religión en· estos últimos tiempos, decía poco
ha, refiriéndose a la enorme apostasía gubernamental de
la república de su patria: E s desmoralizar a Francia
arrancarle del alm a la fe. A l descristianizarla, se la asesina.
On démaralise kt France , en lui armchant la foi. En la dés-
rhistianisant, on l’assassvne. i Son tan difíciles la hombría
de bien y la pureza de costumbres si no se las basa en las
máximas sublimes de la religión!... N o puede haber hon­
radez ni honestidad donde se pisotean los más fundamen­
tales principos de justicia; y el más fundamental princi­
pio de justicia es que retribuyamos a Dios lo que le es. de­
bido, es que seamos religiosos y quememos incienso de
adoración ante sus altares. Sí, el ser religioso y creyente
£s un tributo que de justicia debemos rendir a Dios. L o
— 216 -

dijo Cicerón, el rey de la elocuencia romana: P itia s est


justitia erga Deum.
Y aunque no fuera deber de justicia, por interés, por
egoísmo debemos practicar la religión, ¡ Son tactos los
bienes que nos acarrea! ¡Porque ella consagra y san­
tifica los amores de este mundo, haciendo que broten,
como de castísimo raudal!, de lo más íntimo de Mues­
tra alm a; ella bendice e intensifica nuestras alegrías,,
haciéndonos rastrear en ellas los arrobamientos del P a­
raíso; ella nos conforta en los descalabros del vivir, ha­
ciendo que no desesperemos jamás cuando, a los éxtasis
de nuestra imaginación fantaseando ya cercana la fortuna,
suceden reveses inesperados que descuajan nuestros ensue-
ños de gloría, cómo descuaja las ramas dé los árboles el
vendaval; ella, en fin, hasta nos endulza los mismos pesa­
res de la vida, dando un profundo sentido al dolor, com a
dijo muy bien Thiers, y haciéndonos vislumbrar tras ellos
la indemnización plena, colmada, de nuestras privaciones
y de nuestros infortunios, allá en aquel edén de venturas-
que sólo ella nos puede conseguir, porque sólo ella nos
sabe enriquecer con el único oro que pasa allende la tum­
ba — el oro purísimo de nuestras buenas acciones— ; pues
allí, hay que desengañarse, no valen blasones ni títulos, no
valen cetros ni coronas: no valen más que las piedras
preciosas de que se 'saben enjoyar los grandes espíritus y
que sólo pueden ser talladas con el diamante divino de la
virtud.
Bien hayáis, pues, señores, los que, lejos de renunciar
a esa Religión, la única que ennoblece a los pueblos y la
única que redime y beatifica a los individuos, hacéis pú­
blico alarde de profesar sus dogmas y de practicar a la faz
del mundo sus máximas y sus doctrinas. Mientras haya es-
pañol!es que crean y se arrodillen y adoren — y yo estoy
seguro que los habrá -siempre— , será España un pueblo
grande, un pueblo digno, un pueblo fecundo. Porque la
- 217 -

grandeza de una nación, digan lo que quieran esos mo­


dernos agiotistas que sólo saben cotizar el oro y que andan
va'lnando on cifras y guarismos el valor de las naciones,,
consiste mucho más que en la riqueza del suelo, en el
temple moral de los hombres que la constituyen y en las
tradiciones vivas y perennes de la raza.
Y por eso a vosotros, que conserváis vivas y perennes
esas tradiciones, yo juzgo un deber saludaros desde este
lugar con toda la efusión de mi alma y no dudo en ha­
cerlo aplicándoos aquellas hermosas palabras con. que nos
mandan saludar al justo las Santas Escrituras: Dimite
justo quoniam bene, decid al justo que.bien. ¡ Sí, queridos
compatriotas, yo os digo que bien, que habéis hecho m uy
bien en venir a enfervorizar vuestro amor a Covadonga,
bajo el influjo de este ambiente formado con emociones
asturianas que parecen haber enviado hoy a este bullente
rincón de Cuba las salutíferas brisas del Cantábrico. Y o
os digo que bien, porque habéis seguido los generosos im­
pulsos de vuestro corazón y habéis declarado fiesta as­
turiana en esta hermosa Antilla el Dos de M ayo, fecha
que si ya, por bien sacros motivos, no fuese áurea
para todo buen· español, lo sería siempre para todo buen
asturiano, por haber sido el día inspirado por Dio¿ para
fundar vuestro glorioso Centro. Y o os digo que bien, por­
que todo esto es bendecir y magnificar a Covadonga, qu&
hace de la tierrina como un riente pensil de las más puras
glorias nacionales.
Lo que simboliza Covadonga, esto es, la Religión, es
lo que ha de rejuvenecer y levantar a la Patria, y yo haga
votos ardientes a Dios por que ese movimiento remoza-
dor arranque impetuoso de Covadonga, cuna, hasta ahora,
de todas las regeneraciones patrias y de todos los espa­
ñoles resurgimientos. Cantando el levantamiento de las
armas epafiolas contra las rapaces águilas de Napoleón,
exclamaba ol eran Quintana aludiendo al primer grito d e
— 218 -

aquella insurrección que había resonada potente entre los


escarpados montes asturianos:

Asturias fué quien le arrojó ¡primero.


¡Honor al .puebío astu r! A llí debía
primero resonar...

Pues bien, ese deber honrosísimo a que se refiere el


poeta, subsiste aún con más fuerza obligatoria después
que a las restauraciones antiguas añadimos la que siguió
a nuestra guerra sublime de la Independencia.
Asturianos: Asturias debe ser siempre el solar bendito
■donde se inicien todas las grandes restauraciones patrias;
y para eso, que Covadonga sea siempre el templo donde
se mantega viviente el fuego sagrado de nuestras gloriosas
tradiciones, A l grito de Covadonga deben vibrar siempre,
cantando un himno patrio y, por consiguiente, religioso,
todas las fibras de nuestro corazón, todos los átomos de
nuestro ser. No olvidemos que el conservar la Religión
y la Patria nos ha costado torrentes de sangre, que estuvo
corriendo abundosa siglos y siglos. E l mote que los duques
de Villahermosa pusieron alrededor de su corona le de­
bemos llevar escrito en el alma cada uno de nosotros, los
"herederos en línea recta de los que, juntamente con nues­
tra nacionalidad, han sabido salvar, de un cataclismo que
parecía inevitable, nuestra sacrosanta R eligión: Sanguina
émpta, sanguine tuebor; ¡ comprada con sangre, con san­
gre la defenderé!
Asturianos: estemos siempre dispuestos a conservar la
Religión y la Patria, aun a costa de toda nuestra sangre.
Pensad en que Covadonga es el hilo invisible que enlaza
unos a otros todos los corazones asturianos, meciéndolos
y bañándolas continuamente en oleadas de sentimiento
patrio. Sin Covadonga yo no creo que hubieseis podido
llegar a constituir este Centro asturiano que los periódi­
cos de Norte-Am érica ponderan a cada instante, llaman-
— 219 —

dote el “club” más grande del mundo. ¡ Oh, cuántos contra­


tiempos, que os parecerían insuperables en un principio,
veríais de improviso allanados con sólo mentar el dulce
nombre de Covadonga! Por eso honrad debidamente a
Covadonga. Vuestra Quinta es ya como una joya astu­
riana de inmenso valor que, a no haber mil otras cosas
que recuerden a España eternamente —el idioma, la Re­
ligión, el espíritu, la ’s angre...— perpetuaría gloriosísima-
mente en Cuba el recuerdo bendito de la Patria.
Pues bien, que vuestro amor a Covadonga sea como la
perla, como el diamante más luminoso engarzado en esa
joya. Persuadios de que honrar a Covadonga es para
todo buen asturiano cumplir con aquel precepto divino:
honra a tu padre y a tu madre. Nuestros padres amaban a
Covadonga entrañablemente; y nosotros, hechos de la
substancia de ellos, de las irradiaciones de su júbilo y de
su amor, debemos amar entrañablemente cuanto de bueno
ellos amaban. Pensad que en Covadonga nació como un?
flor del Paraíso la nacionalidad hispana; que allí sur­
gieron las brisas de independencia que se dilataron por
toda la Península e hicieron ondear triunfadores los plie­
gues de nuestra bandera en todos los ostentosos alcázares
de los hijos de Mahoma. Pensad-que sin Covadonga. no
habría España, y permitidme, para concluir, decirlo como
lo dije en un canto de mi juventud, por más que haya
en dio un poco de inmodestia, que no dudo me perdo­
naréis :

¡ Covadonga inm ortal! i Rico tesoro


de fe y valor, de (poesía y arte,
sólo el -querube con su lira de oro
es el poeta digno de cantarte! ■
Esta España bellísima que adoro,
sin tu Virgen ¿qué fuera? ¡ ,
Desierto do el cansado peregrino, ''
aduares sólo de ondulante lino
con aterrados ojos descubriera... ; f '. ‘ v
LA PURISIMA CONCEPCIÓN

PANEGIRICO PRONUNCIADO
EN LA QUINTA DE DEPENDIENTES
«LA PURÍSIMA CONCEPCION*, DE LA HABANA
...e i macula Ha» est tw te.
Y fenstucilla do Iwy en ti.
C a n t. c. IV , v. 7:

S e ñ o r e s :

No podéis imaginar la satisfacción coa que hablo, cuan­


do os hablo a vosotros, a la poderosa y nobilísima Socie­
dad de Dependientes de esta ciudad de la Habana. Y la
explicación es naturalísim a: acababa yo de arribar, hace
poco más de un año, a estas playas de Cuba, que bendije
como Colón, en efusión íntima de dulcísimos sentimientos,
al verlas tan sonrientes de luz y de encanto; y, a los pocos
días de mi arribo, la casualidad, no el bagaje de mis mé­
ritos, que reconocía y reconozco nulos, me deparó la oca­
sión de pronunciar mi primera oración sagrada en la Perla
de las Antillas, desde este mismo lugar, bajo el follaje
de estos mismos árboles, que, adornado de banderas y de
galas, constituía como la bóveda de un templo ártístico,
improvisado de consuno por vosotros y por la naturaleza.
Celebrabais, como hoy, la fiesta de vuestra Patrona, la
fiesta de la Inmaculada V irgen M aría, de esa fuente in­
agotable de inspiración que tan alto remonta el pensamiento
de oradores y de poetas. Y yo hablé de la V irgen y de
vosotros, de la magnificencia de esta vuestra Quinta de
Salud, de la estupefacción en que me había sumido, al
vagar, la vez primera, por los señoriales salones de vues­
tro Centro; y yo no sé lo que hablaría, lo que sé es que
vuestra benevolencia fue mucha, y que la palabra que
entonces brotó de mis labios os agradó, no parque ¿lia
brotase rica de galanuras ni maciza de pensamiento, sino
sencillamente porque tuvo la suerte de tocaros alguna fibra
delicada del corazón; y que después hablé en vuestro
Centro, y que !hoy torno a hablaros desde el mismo lugar,
desde donde hace cabalmente un año os hablé, y con oca­
sión de la misma solemnidad que consagráis todos lo®
años a La Purísima Concepción, nombre dulcísimo con que
tuvisteis el feliz acuerdo de bautizar vuestra Quinta.
Ved, por todo esto, si me hallaré satisfecho entre vos­
otros y si os hablaré confiado de que mis palabras, por
rudas y desaliñadas que sean, os hayan de agradar, au­
mentando la ya impagable deuda de gratitud con que desde
un principio os habéis constituido en mis benévolos acree­
dores. ¡ Y cómo no había de sonaros dulce mi discurso
habiendo de versar sobre el dogma de la pureza inmacu­
lada de María, que es para nuestra raza el más simpático
de todos los dogmas y que casi, si no tuviese sabor cilio un
tanto herético, pudiera llamarse dogma genuinamente es­
pañol!
Once lustros hace ya que el grito de la cristiandad
entera, resonando en los amplios recintos del Vaticano por
boca de una asamblea de Cardenales y de Obispos, de
exegetas y de teólogos, pedía al inmortal Pío I X que
definiese ya de una vez el dogma de la Inmaculada Con­
cepción ; pues como tal dogma se le había considerado
siempre, desde los primitivos tiempos de la Iglesia, y
por el título de Inmaculada veníase consagrando culto a
M aría eo todas las latitudes del globo. Y once lustros
se han cumplido también desde que el gran Pontífice,
conmovido en lo más hondo de sus entrañas por los ecos
de aquel grito: Pater, doce nos, confirma fratres tuos;
Padre, enséñanos, confirma la fe de tus hermanos, pro­
nunció desde la cátedra pontificia, con voz interrumpida
— 225 —
por el llanto, seg-ún nos dice Rohrbacher, aquel oráculo
divino en que se definía como doctrina relevada por Dios,
que la Virgen Santísima había sido preservada de toda
mancha de pecado original, desde el primer instante de
su concepción-,
E ra cuando las perniciosas doctrinas del 93, aventa­
das a todas las partes del mundo por huracanes revolu­
cionarios,- comenzaban a fermentar llenas de plétora impía,
haciendo vacilar inseguros alcázares y tronos. E ra cuando
los horizontes de la Iglesia iban como por grados ente­
nebreciéndose de día en día, haciendo vislumbrar, a veces,
como visiones espectrales, las sombras siniestras de Ga­
ribaldi y de Cadorna. Y , no obstante, la Esposa del Cor­
dero, apartando un punto los ojos de las espesas nubes
que se cernían sobre su frente y arrancando su pensa­
miento a la consideración de que. de un día a otro, habría
de realizarse sacrilegamente la brecha de la Puerta Pía,
abandónase a merced del inmenso júbilo que le causa aque­
lla dogmática definición, y recordando la indefectible pro­
mesa de Jesús de que las puertas del infierno jamás pre­
valecerán contra ella, desátase en dulcísimas efusiones y
deja que palpite todo su ser con estremecimientos de ale­
gría, sintiéndose aclamada por todo el orbe católico, que
le envía el testimonio de su inquebrantable adhesión en
vítores y en aplausos, en cánticos y en himnos. ¡ Oh, había
tanto por qué henchirse de gozo y abrir un paréntesis de
luz en la historia de duelo de tan luctuosos d ía s !
Porque la definición del dogma de la Inmaculada evi­
denciaba a todo el orbe que la Religión no estaba muerta i
que a despecho del viento de tempestad que azotaba con­
tinuamente su rostro, ella seguía imperturbable su marcha
de triunfo tras la realización de sus altos ideales, y que
no había razón ninguna para temer por sus eternos des­
tinos, como hacían y hacen aún muchos espíritus de temple
pusilánime que, apenas sienten rugir borrascoso el océano
15
- 226 -

social, se empequeñecen y se acobardan, creyendo que la


barquilla de Pedro habrá de ser arrollada y deshecha por
las olas, i Q ué espectáculo má’s hermoso contemplar a nues­
tra Madre la Iglesia en medio de pruebas tan terribles,
dando viriles señales de su vida gloriosa, de sus gigantes
progresos, de sus inmortales destinos!
Y no se diga por eso, como a los llamados “ católicos
viejos de Alem ania” se les ha ocurrido decir, que hemos
variado la fe de nuestros mayores añadiéndole un nue­
vo dogma, aumentándola con una nueva creencia; por­
que la Iglesia, al definir que M aría ha sido concebida
sin mancha original, no ha creado dogma ninguno, no
ha hecho más que abrillantar y ’ pulir un anillo que ya
existía en la áurea cadena de la tradición; no ha hecho
más que reconocer solemnemente una verdad que venía
fulgurando en la conciencia del pueblo católico desde los
más remotos días. Lo que hay es que, con el desenvolvi­
miento exterior de la fe, sucede lo mismo que con el des­
envolvimiento de todas las cosas: se opera por grados y
con el tiempo. A l paso que de la corrupción humana se
han- ido engendrando las herejías, sobre el yunque de la
controversia se han ido depurando las verdades, y la
Iglesia ha ido fijándolas con claridad e inscribiéndolas
en su símbolo. L a fe de nuestros antepasados no deja de
ser la misma porque poco a poco se haya ido desenvol­
viendo y abrillantando, como no deja de ser la misma
la luz del albor naciente que dora apenas el empinado
monte y la que luego aclara y ahuyenta las sombras del
hondo valle. Si el descubrir una verdad en el cielo sublime
de nuestras doctrinas y tradiciones y estatuirla y pro­
ponerla a los fieles como dogma implicase cambio en los
principios de nuestra fe, ¿no podríamos decir que el des­
cubrimiento de un nuevo astro en las etéreas inmensidades
implicaba cambio del mismo modo en los principios de la
ciencia?
- 227 —

No voy, pues, a hablaros de dogma, nuevo ninguno,


sino de una verdad que desde los primeros vagidos de
la Esposa del Cordero ha centelleado en el azul de nues­
tra Religión, a la vez que coronando de inmarcesible
gloria a María, hinchiendo de placer y de júbilo a las al­
mas, que no pueden menos de holgarse íntimamente en
ver a su Santísima Madre exaltada y glorificada sobre
toda criatura, ¡ O h arpa salomónica': si prestases a mi
lengua toda tu inspiración sublime al cantar aquel epi­
talamio de divino amor que se llama el Cántico de los
Cánticos , y que es el más sabroso panal de poesía que
haa saboreado los siglos! ¡ Si pusieras en mis labios toda
la dulzura bíblica que fluye por aquellos versículos in­
mortales, para que mis palabras, brotando impregnadas
en ella, fuesen, a la vez que una oración sagrada que
conmoviese amorosamente a estos corazones, un himno
a la Inmaculada Concepción de María, que tanto hechizo
derrama en nuestra fe, haciéndonos cada vez más dulces
y consoladoras nuestras creencias seculares!
■Ave, María, etc.

! E t m acula, etc.

S eñores :

Cuatro mil años hacía ya que Satán se lisonjeaba a


sí mismo, viendo que todas las almas creadas por Dios,
en el instante de la concepción de los seres humanos,
íe rendían pleito homenaje, quedando como quedaban su­
jetas a su imperio por el pecado de origen. N i una sola
yez se había descuidado el Espíritu del mal en acudir,
como a una cita, a esas misteriosas uniones de los cuerpos
- 228 -

y de las almas, para infiltrar en éstas el virus de la hu­


mana corrupción y sellarlas con el denigrante sello de
siervas del pecado. Porque bien sabéis todos que si Je­
remías y el Bautista fueron santificados por Dios en el
vientre de sus madres, habían sido concebidos en pecado
como todos los demás hombres, y, por lo tanto, bajo el
imperio de Satán 'habían vivido, al menos por algún tiem­
po. Dios, al ver que la sugestión' de una fruta tentadora
había ejercido más influjo en nuestros primeros padres
que sus divinas ordenaciones,· no satisfecha su eterna jus­
ticia con imponerles a ellos castigos tremendos, castigó
también a cuantos seres de ellos había de des­
cender, estableciendo la ley de que todo hombre viniese
mancillado a este mundo. Y esta ley veníase cumpliendo
de un modo ineludible, y todas las almas que el hálito de
Dios creaba candorosas e inmaculadas, como los ángeles
celestes, perdían en seguida su virginal pureza, teniendo
que unirse con cuerpos mancillados al nacer.
¿ Y será que ley tan ominosa no ha de tener excepción
ninguna? ¿Será que el H ijo de Dios, que había de venir
al mundo y revestir nuestra naturaleza y nuestra carne,
para levantarla de su decaimiento y postración, habría de
someterse a nacer de una criatura manchada, como todos
los demás hombres? ¿Será que Dios jam ás habrá de po­
der dirigir a una criatura humana estas bellísimas palabras
del Cántico: “ Toda eres hermosa, amiga mía, y mancilla
no hay en t í ; ven y serás coronada por esposa m ía; herís-
teme con una mirada de tus ojos y prendísteme con una
trenza de tu cabello; miel riquísima destilan tus labios y
olorosas como el incienso son tus virtudes?"
¡O h, sí! E n el reloj de los siglos había sonado ya la
hora de que esa criatura privilegiada fuese concebida. D ios
agotó, por decirlo así, su omnipotencia en crear un> alma
donde resplandeciesen como diamantes sus divinos atri­
butos, y envióla al mundo como un rayo de luz despren­
- 229 —

dido de la divina frente a unirse con ei delicado cuerpeci-


to que había de informar. ¡ Quién la hubiese visto hender
los anchurosos espacios que la separaban de la tierra, obs­
cureciendo al pasar, con su resplandor, todas las miríadas
de soles que nadan en el firmamento! Luzbel, Luzbel es
quien la ha visto; ese arcángel de la rebelión, cuya
asistencia no puede faltar al instante en que un
ser humano es concebido. Pero en vano; pues at
querer mancillarla con el vaho de su aliento y es­
tigmatizarla con el estigma del pecado, un pie espiritual,
más puro que el ampo de la nieve, se posó con todo el peso
de la divinidad sobre su cerviz, aplastándole la frente con­
tra el suelo. Su pecho rugió entonces como un volcán, lan­
zando por la boca espumarajos de ira; sus ojos relampa­
guearon con centellas de comprimida fu r ia ; y en la des­
atada cólera de su impotencia, recordando la escena del
paraíso, cuando Dios, maldiciéndoíe por haber seducido
a la primera mujer, le dijo en profético tono: ipsa canterec
caput tuum, ella aplastará un día tu cabeza, huyó despavori­
do a esconder la vergüenza de su derrota en las profun­
didades del infierno. ¡ Qué triunfo más honroso para M aría
en el instante de su concepción! ¡ Salir ilesa de la mancha
de la primera culpa con solo dejar caer su nivea planta so­
bre la cabeza de la Serpiente!
Y forzosamente tenía que suceder así; porque M aría
estaba predestinada para ser madre del V erbo emcarnado,
y Dios, al enriquecerla con todo género de dones celes­
tiales, preservándola de todo linaje de culpa, no hacía más
que embellecer y esplendorar la morada que había de ser­
virle de albergue, según aquellas expresivas palabras: saiic-
tificavit tabemaculum suum Altissimus, el Altísimo san­
tificó su tabernáculo. ¿Cómo había de estar inficionada de
la culpa quien por espacio de nueve meses había de alber­
gar al Unigénito de Dios en sus castísimas entrañas?
I Cómo no había de ser purísima la sangre que Dios mismo
— 230 —

había de tomar para su humana ¡naturaleza? Y o abrigo la


convicción absoluta de que sería inferir a Dios el ultraje
más deshonroso creer que, pudiendo preservar a su Madre
de toda mancha de origen, no la hubiese preservado. U n
buen hijo hace por su madre cuanto le es posible, hasta
derramar por su amor toda la sangre de sus venas. ¿ Y po­
dría suponerse que Dios no hubiera hecho por la suya
una cosa tan fácil como era la de exceptuarla de una ley
penal que E l mismo había establecido? En nombre de to­
dos los hijos buenos que saben lo que es el poema de
. abnegación y de sacrificio que se encierra en el nombre de
Madre, rechazo la infamante injuria de es$ suposición, y
me complazco en reconocer que, juntas las bondades de to­
dos los hijos para con sus madres, no serían más que un
reflejo palidísimo de la bondad de Jesús para con la suya.
H ay otro argumento que pone completamente fuera
de duda la Inmaculada Concepción de María. Suponed
que Dios dijese a un pintor de dotes verdaderamente genia­
les, y en· lo más hermoso de su juventud: traslada al lienzo
1a mujer ideal que escogerías para ser tu esposa; y en el
instante de acabar el cuadro, yo, con el soplo divino de mi
omnipotencia, lo convertiré en realidad viviente, en her­
mosura de carne y hueso, y le infundiré un amor apasio­
nado hacia su artífice, y la desposaré contigo, y desataré
sobre vuestro tálamo un río de bendiciones. ¿N o es ver­
dad que el dichoso artista se esforzaría en trazar uña mujer,
como no la hubiesen visto nunca los mortales, que dejase
muy atrás a las más celebradas hermosuras griegas y a
las más arrebatadoras beldades bíblicas; una mujer ante
cuyos sublimes encantos se asombrasen lots cielos, y ante
cuya pureza virginal se juzgasen manchadas, no ya sólo la
nieve de las ínholladas cimas, sino hasta la misma pureza
de los ángeles?
Pues bien; ese afortunado pintor ha sido el Espíritu
Santo, que había escogido a M aria para ser su esposa;
— 231 -

antes de que Dios echara los cimientos del mundo, y po­


blara el azul intenso de soles, e hiciera brotar las fuen­
tes de los abismos, y enfrenara con movediza arena el em-
brávecimiento de los mares. Por eso nos la pintó tan pura
y hermosa en aquel inimitable cántico de Salomón. Oíd
algunos de los singulares rasgos descriptivos con que pre­
tende hacernos rastrear la excelsitud de su belleza, y os
convenceréis de que Dios agotó las profundidades de su
poder en esa obra maestra que se llama María. Según el
Espíritu Santo, toda Ella es hermosa y toda pura. Diérbii-
le color a sus mejillas las rosas de Jericó, y fragancia á
su boca el nardo de los etéreos pensiles, y dulzura a sus
ojos la paloma africana, y redondez a sus formas la torre
de David, y pureza y candor a sus carnes la nieve del L í­
bano, y esbeltez y gentileza a su talle las palmas del desier­
to ... Por eso la vieron las hijas de Stón y la llamaron- di­
chosa, y la contemplaron las reinas y colmáronla de ala­
banzas (i). ¿ Y en una criatura tan extremadamente her­
mosa había de tolerar el Espíritu Sánto que Luzbel marca­
ra su inmunda huella? ; Jamás! [Amaba con demasiado
•ardimiento a su divina Esposa para permitir qtie ni tin
solo instante gimiese bajo el yugo de la más leve culpa!
Añadid a todo esto la fortísima razón que se deduce de
1a creencia general de todos los fieles en la inmaculada pu­
reza de María, y veréis que resulta indudablemente una
verdad de apostólica tradición, y que la Iglesia estuvo
acertadísima en incluirla como artículo de fe en el sítn-
1>olo de nuestros dogmas. Tendamos una mirada rápida
desde la cumbre de los primeros siglos hasta nuestros días,
y veremos como una lluvia de flores, cogidas en el mismo
jardín, sucederse los testimonios de los Santos Padres
aclamando inmaculada a María desdé el primer instante
de su ser, desde el punto en que su cuerpecillo recién for-

(i) Cmit . : Paráfrasis de ¡varios versículos del cap. V I.


— 232 -

mado, y su alma recién desprendida de las alturas, se fun­


dieron en un ósculo amantísimo, constituyendo una sola
esencia: la esencia de la m ujer más peregrina y hermosa
que había de embellecer con sus plantas los matices y flo­
res de nuestro suelo. Unos la simbolizaron en el lirio entre
espinas y en la fuente límpida y sellada de que nos habla
el Cántico; otros en un paraíso de venturas plantado
por el mismo Dios e inaccesible, en absoluto, a la satánica
serpiente; otros en una tierra siempre virgen, jamás des­
florada por céfiros impuros, o bien en el arca de Salomón
de madera de cetro incorruptible; o bien en la nube fe­
cunda que impregnaría las campiñas hebreas de rocío vi­
vificador; o en la zarza de Oreb, que ardía y no se que­
maba; o en la aurora surgiente de un cielo despejado,,
hermosa como la luna y como el sol radiante y escogida.
San Justino, que es considerado como el primero, cro­
nológicamente hablando, de los Padres de la Iglesia y que
nació en los comienzos del siglo segundo, afirma, sin duda
de ningún género, que M aría era inmaculada. Lo mis­
mo y can la misma firmeza aseveraba San Hipólito, arro­
jado en el siglo tercero, atada al cuello una piedra, en las
ondas deí Tíber. San Ambrosio, nacido y muerto en la
cuarta centuria, dice que María era la vara florida de Jesé,.
sin corteza y sin nudos de pecado; y suya es también la
galana frase del p u m te de oro, tendido por Dios sobre el
río de la culpa original, para que por él pasase la Virgen,
sin peligro de mancha. Mi gran Padre San Agustín ruega
que, cuando se trate de pecados, no mentemos para nada
el nombre de María, aunque no fuese más que por res­
peto al Dios que ha sido merecedora de tener por H ijo ( ij-
San Fulgencio asegura que la Virgen ha sido creada
en una pureza toda divina; San Anselmo interroga extra­
ñado: ¿habrá podido Dios hacer que E va viniera al m un-

0) De Grat., t. V II, cap. X X X V II.


— 233 —

do sin mancha y no habrá podido favorecer con el mis­


mo privilegio a M aría? Y Santo Tom ás de Aquino, a quien
injustamente se ha acusado de adversario del dogma de
la inmaculada concepción de María, asevera redondamente
que fué tal la pureza de la Virgen, que fué inmune de
toda mácula, así actual como original, talis fm t puritas
B . Virgims quae pee cato originaü et actu¿Ui inmwnis
fu it (i).
M as ¿a qué seguir enumerando los testimonios de los
Santos Padres y Doctores de la Iglesia? Baste decir que
era opinión unánime entre ellos que M aría había sido con­
cebida sin mancha y que todos, o casi todos, reflejaron
esta consoladora creencia en aignna cláusula de sus obras
o en algún período elocuente de sus sermones. ¡ Qué arre­
batador espectáculo, señores, el que se ofrece a la ima­
ginación viendo pasar al través de los siglos a todos los
genios de la santidad arrojando puñados de rosas a las
plantas de María, como homenaje cariñoso a su pureza-
inmaculada 1 N o ya las lluvias de flores que en los anti­
guos banquetes imperiales caían en abundancia sobre los
convidados; ni la misma primavera, sembrando de galas
y matices los valles y oteros, ofrece a la fantasía una vi­
sión tan mágica y embelesadora!
Y después de todo esto vienen las fiestas instituidas des­
de tiempo inmemorial por los pueblos cristianos en ho­
nor de la Purísima Concepción, fiestas que la Iglesia, le­
jos de prohibir, fomenta por medio de los Obispos, con­
gratulándose de ver la pompa y el boato que los fieles des­
plegaban en ellas. E n la Iglesia de Oriente consta que se
celebraban, ya desde fecha antiquísima, con suspensión
completa de toda clase de trabajos, lo mismo que en los día»
de las grandes solemnidades (2), E l pueblo creyente, des-

(1) Comiu. in Libr. Sent.— Dist. 44, art. 3.


(2) Dos sermones existen, pronunciados por Jorge, A rzo b ispo
uicotnediense. S igío IX ,
— 234

pués de asistir al santo Sacrificio y-oír con verdadera reli-


giosidad el sermón en que se glorifica la inmaculada
pureza de la V irgen, entregábase en derredor del santua­
rio a toda clase de diversiones y regocijos, hasta volver,
y a de noche, al hogar, que siempre les parecía más hen­
chido que por la mañana de bienestar y de ventura. Del
Oriente pasó esta festividad al Occidente, y en tiempo de
San Anselmo vemos ya que se celebra en Inglaterra con
inusitado esplendor, siendo, dos siglos más tarde, decla­
rada fiesta obligatoria para todos los ingleses en un Con­
cilio de Londres. D e Inglaterra pasó luego a Francia, a
Itália y a todos los pueblos de Europa, que parecían emu­
larse mutuamente en festejar la Inmaculada Concepción de
María. L os sabios 'hacían gala de defenderla en sus libros,
las Universidaddes en süs controversias, los Concilios na­
cionales en sus decisiones. Diríase que los pueblos europeos
^disputábanse unos a otros la gloria de s.er los más ardien­
tes y apasionados defensores de la inmaculada pureza de
María.
Pero esa gloría pertenecía a España por derecho pro­
pio : por algo había venido en persona la Virgen a santi­
ficar nuestra bendita tierra con su planta. N o consta que
-nación alguna haya rendido culto a la Concepción de M a­
ría desde tiempos tan remotos como la nuestra. E n el an­
tiquísimo rito gótico que establecieron en nuestro suelo
los siete Obispos, discípulos de Santiago^ lo mismo que en
el rito muzárabe, instituido a raiz de la invasión musul­
mana, hállase ya la misa de la Purísima Concepción.
Nuestros reyes han consagrado siempre especialísimo
fervor a esa festividad de la Virgen, que, como tal festi­
vidad, veníase celebrando en España desde los días dé
San Ildefonso, y en repetidas ocasiones acudieron' a la
Santa Sede en súplica de la declaración dogmática del
^nisterio, sobre todo, a partir del Concilio de Basilea, ce­
lebrado en el siglo X V , y en que el arcediano de la C a ­
tedral de Oviedo, Doctor Juan de Segovia, con tanto en­
tusiasmo luchó, en ¡nombre de España, por que sé diese
cuanto antes la anhelada definición. Y a el rey Wamba,
en el undécimo Concilio toledano, había sido proclamado
defensor acérrimo de la pureza inmaculada de María, y
después Don Jaime el Conquistador creaba, ayudado por
un santo, español como él, por San Raimundo de Peña-
fort, la primera Cofradía de la Inmaculada que hubo en
el mundo; y después Don Juan de Aragón fundaba éi»
su Real Casa una Cofradía en loor del mismo divino mis­
terio, ordenando que se celebrase la fiesta anual con misa
cantada y sermón y prohibiendo con pena de destierro de
su reino el que se hablase o se escribiese lo más mínimo
en contra del inefable dogma, pena que lusgo su herma-
no y sucesor, Don Martín, conmutó por la de muerte, pues
no se debía tolerar ofensa ninguna contra la Inmaculada
Concepción; y después Don Juan II, el rey amante de la li­
teratura, que tanto hizo ñorecer la poesía española, prohi­
bía con severísimas penas que nadie se atreviese a ha­
blar en publico contrariando él universal sentimiento espa­
ñol de que M aría había sido preservada de toda mancha
o rigin a l; y después, y en el momento de dar el asalto dé-
finitivo a Granada y arriar para siempre el pendón de la
M edia Luna en el último baluarte moro de la Península,
Fernando e Isabel hacían voto de consagrar el primer
templo católico granadino a la Inmaculada Concepción,
instituyendo ellos su Cofradía en aquella ciudad y tenien­
do el gusto y honor de inscribirse como ios primeros co­
frades; y después Felipe II, en las Cortes de Monzón,
hacía que se consignase como principal acuerdo la uni­
versal devoción de las Españas a la Inmaculada M aría, y
encargaba a sus V irreyes en las Indias orientales y oc­
cidentales que no se cansasen de erigirle iglesias, propagari-
do por todos los hispanos dominios su culto y su devocióai;
y después Felipe III y Felipe I V pedían a los Sumos Pon-
- 236 —

tifices que prohibiesen el que se pudieran defender públi­


camente opiniones contrarias al dogma de la Inmaculada
Concepción de María, e hicieron que A lejandro V I I de­
clarase fiesta de primera clase el 8 de diciembre en todos
los dominios españoles.
I Qué más ? L a Inmaculada Concepción de M aría no era
sólo ensalzada desde los pulpitos, como, la ensalzaba mi
elocuente hermano el glorioso Santo Tom ás de Villanue­
va en sus inmortales Condones, ni defendida en los li­
bros de devoción y de alta Tología, como la defendían,
nuestros estupendos místicos y nuestros geniales teólogos;
era también cantada en poemas y romanceros, y no sólo
por los poetas que vacaban el espíritu, dados a la contem­
plación en el recinto de los claustros, sino por casi todos
los ingenios que brillaron en el cielo, siempre radioso, de
nuestras letras, pudiendo decirse que la lira de nuestros,
vates vibró siempre armoniosa cantando la pureza inmacu­
lada de María. Para ella fueron los primeros latidos de
nuestra fabla en Las cantigas d el R ey Sabio, y para Ella
los primeros triunfos del patrio idioma en nuestro Fray
Luis de León, cuando con inefable ternura le decía desde
el fondo de una cárcel:

Virgen no inficionada
de la común mancilla y <mal primero,
que al ¡humano linaje contamina,
bien ¡sabes fen en T i espero
desde mi tierna edad...

y para Ella los románticos éxitos deslumbradores en la


serie de poemas esculturales de Zorrilla, donde se la canta
con una música divinamente armoniosa.
¿Q ué más? E n nuestras ciudades celebráronse, duran­
te toda la Edad Media, justas poéticas en defensa de la
Inmaculada Concepción; tanto, que el primer libro que
se imprimió en España, apenas inventada la imprenta;
fue precisamente uno de esos certámenes poéticos que
acababa de celebrarse en la dente ciudad valentina.
Y en nuestras Universidades llegó a establecerse como
requisito necesario para recibir la borla de doctor el
previo juramento de que jamás se atacaría la Concepción
Inmaculada; y, en fin, la pureza de María fue siempre
manantial riquísimo donde los grandes genios pictóricos
de nuestra raza bebieron aquella peculiar inspiración que
-se refleja en las sut.imes Inmaculadas de Murillo, del
Españoleta, de Juan de Joanes, y que por su misticismo
eminentemente castizo y español han· hecho que nuestra
Patria sea llamada con justicia la patria de las Concep­
ciones. Con justicia, sí, porque aquellas figuras de la
Virgen vestida de blanca túnica y rozagamte manto de
vivo azul ultramar, destacándose de un fondo luminoso
y etéreo sobre un trono de deshechas nubes, donde varios
ángeles niños juguetean con ramos de flores; aquellas va­
porosas imágenes en cuyo rostro la hermosura y la ino­
cencia se abrazan en suave melancolía, las manos juntas
y ladeadas hacia el corazón y los ojos dulcísimos ende­
rezándose con1 expresión seráfica hacia la gloria, esas
figuras, digo, no parecen pintadas por seres de este mundo,
■ ni siquiera por ángeles del Cielo: ¡parecen pintadas por
el mismo D ios!
Decid, ahora, señores, si no es verdad que el alma na­
cional española ha sido formada con la fe en la Inmacu­
lada Concepción de María. ; A h ! si las almas naciona­
les pudieran representarse en flores, nuestra flor se­
ría brotada del Arbol de la Cruz; pero su perfume es­
taría todo él formado de hálitos virginales de María.
Y aun hay más: España no se contentó con ser ella
sola defensora amante de la Concepción Inmaculada de
María; quiso que todo el mundo lo fuese, y al efecto,
doquiera llevamos nuestra bandera, llevamos también la
fe, y con la fe el dogma de la Inmaculada Concepción-
- 238 ~

Digalo si no esta virgen· América, donde desde los tiem­


pos mismos del descubrimiento se comenzó a levantarle
santuarios, habiéndolos entre ellos tan notables y gloriosos
como el de Ltiján en· la Argentina, el de la Caridad del
Cobre en Cuba, y et popularísimo de Guadalupe en Mé­
jico. Doquiera en este bendito mundo americano se rindió
culto a la Concepción de María, desde que, evocado como
a un conjuro de Colón, surgió encantador, como un pa­
raíso, de entre los océanos Pacífico y Atlántico, para
premiar ía fe de nuestro pueblo y de nuestra raza.
Un Obispo del Perú, dirigiéndose a Pío IX , al inqui­
rir este gran Pontífice el parecer de todos los Obispos
de la tierra acerca de la pureza Inmaculada de María,
antes de declararla dogma, dijo estas palabras, que son
un poema americano y, a la vez, un himno español: A m e­
rica nostra fidem praeservatimiis simul citm catholica fide
accepit; nuestra América recibió juntamente con la fe ca­
tólica la fe en la Inmaculada Concepción de María.
¡ Aíh, señores!, al vindicar para mi Patria la gloría de
haber sido el pueblo más amante de la Inmaculada Con­
cepción· de María entre todos los pueblos de la tierra,
permitidme también decir que no ha habido nación nin­
guna que haya recibido de esa Señora tan exquisitas mues­
tras de gratitud y favores tan visibles y prodigiosos.
Porque Ella meció la cuna de nuestra nacionalidad entre
los agrios escarpes de Covadonga y en las montañas agres­
tes de Cataluña y A ragón; Ella robusteció el brazo de
nuestros Pelayos y nuestros Wifredos, haciéndole inven­
cible contra los alfanges de la Media Luna; Ella animó
al Cid, al salir desterrado de Castilla, para que se diese
a hazañas legendarias y tornase a ella un día conquistador
de varios reinos; Ella escaló, pintada en las estandartes
de Fernando el Santo, los muros sevillanos, conquistando
para las armas españolas a la Perla de Andalucía; Ella,
grabada en la férrea armadura .de nuestros guerreros me­
- 239 -

dioevales, nos acompañó en toda la odisea de la Recon­


quista, hasta izar sobre la Alhambra de Granada el mag­
nifico pendón de nuestros reyes; Ella guió a Colón al
través de los Océanos y enriqueció la Corona de Castilla
con el florón de un Nuevo Mundo; Ella condujo por el
istmo de Darién a Vasco Núñez de BaLboa a tomar po­
sesión- del Océano Pacífico, entrando en él, desnudo el
acero; Ella surcó las olas de Levante con Don Juan de
Austria, y cantó el himno de nuestra victoria sobre las
aguas de Lepanto; Ella, colgada al cuello de nuestros ter­
cios, hizo temblar a todas las naciones bajo el peso de
nuestro poderío; Ella,.,
Mas ¿a qué recrear la fantasía con una epopeya que
fue, si ya no proyecta sobre nosotras apenas un rayo de
su gloria; si ya hemos perdido casi por completo el teso­
ro de nuestra fe, y con el tesoro de nuestra fe el amor
a María, y con el amor a María hasta el valor de creer
en los hazañosos hechos de nuestros mayores, en nues­
tro aristocrático abolengo, en nuestros pergaminos nobi­
liarios? Y o siento una pena muy honda al tener que
echaros en cara este reproche. Pero es una verdad tris­
tísima que nosotros ya no amamos a María com o. la
amaban nuestros antepasados. Si la amáramos, no se pal­
paría esa indiferencia religiosa que se palpa en muchos
de vosotros; no se morirían como se mueren en esa
Quinta de Salud, sin recibir los auxilios espirituales, sin
recibir en la tierra un ósculo de Dios, que les garantice
!a entrada triunfal en la otra vida, tantos infelices espa­
ñoles a cuyo cuello 'se tiró un día una madre cariñosa,
abrumándolos a abrazos y besos, hasta el momento terrible-
de partir, colgándoles entonces un escapulario de la In­
maculada y di ciándoles, más que con palabras, con lá­
grimas que brotaban ardentísimas de sus ojos: jH ijo mío,
no te olvides nunca de esa Virgen· hermosa, que si tú no
la olvidas, Ella nunca te abandonará, Ella siempre estará
— 240 —

contigo, lo misma cuando se encrespe ese mar inmenso


que vas a cruzar ahora, que cuando se irrite y embra­
vezca el otro, que es mucho más tempestuoso y terrible,
el mar de la vida, amenazándote con espantoso naufra­
gio ! j Que Ella ilumíne siempre tus senderos! j Que Ella
sea siempre tu norte y guía!...
Y el hijo promete solemnemente ser fiel a los inten­
sísimos requerimientos de su madre, y se embarca de­
jando detrás de sí un calvario de dolor, y arriba a es­
tas playas, y a los pocos años, ¿qué digo a los pocos
años?, a los pocos meses, quizá a los pocos días, el con­
tagio del indiferentismo religioso que flota hoy en este
ambiente cubano, las son ri sillas sarcásticas de cuatro com­
pañeros impíos, la falta de valentía cristiana para con­
fesarse católico, le han apartado de la senda del deber,
le han hecho olvidar la= creencias redentoras de su in­
fancia, los religiosos cantos que le arrullaron en la cuna;
le han· hecho apóstata de su madre y apóstata de su D ios;
y cuando la existencia se le torna muy cuesta arriba y
cae, por fin, entre las asperezas del camino* agobiado y
enfermo, viene a este sanatorio, donde no se acuerda para
nada ni de su madre ni de Dios, y donde exhala su postrer
suspiro, muriendo como mueren los seres vivientes que
no llevan como nosotros la frente erguida hacia el cielo,
porque no se agita en ellos como en nosotros un alma
sublime e inmortal.
Poneos todos las manos en el corazón y ved si no es­
toy diciendo una verdad amarguísima. ¡ A h ! En- v)ano
construís palacios soberbios por cuyos amplios recintos
discurra uno, asombrado ante los milagros patentes que
sabe realizar el espíritu de asociación, cuando hay talen­
tosos directores y administradores que le benefician con
rectitud y justicia en provecho de los asociados; y en
vano los dotáis de aulas y academias donde esclarecidos
maestros enseñen cuanto tienda a perfeccionar el espíritu
— 241 —

humano, remontándole a las alturas de la ciencia y ha­


ciéndole discurrir, enajenado, por las regiones de la mú­
sica y de la poesía; en vano deslumbráis con esos festivales
magníficos que celebráis, de cuando en cuando, bajo las
copiosas cascadas de luz que artesonan los regios salones
de vuestro Centro y a las cuales acude la alta sociedad
habanera, que se queda maravillada de vuestra grandeza
y de vuestra esplendidez; en vano creáis sanatorios sun­
tuosos como ios que constituyen esta admirable Quinta,
que visita todo viajero ilustre que pasa por la Habana,
deshaciéndose en elogios al ver que la tenéis enriquecida
can cuantos adelantos e inventos vienen haciendo las cien­
cias médico-quirúrgicas: todo eso es muy noble, muy gran­
dioso, muy para Henar de orgullo legítimo, no ya sólo a
vosotros, los obradores de tales maravillas, sino a todos
lo ¿i que pertenecemos a vuestra raza y a vuestra sangre,
porque hace esplender en muy altas cúspides el bendito
nombre español.
Pero desengañaos: todo ese derroche de fuerza y de
poder, sí no va acompañado de la fe, si .no va vivificado
por el soplo redentor del cristianismo, redundará muy
poco en beneficio de vuestras almas, no os servirá de gran
cosa para ía consecución del Cielo. Se podrá decir de vos­
otros que sabéis vencer gallardamente en la terrible lucha
por la vida, pero no en la lucha por una venturosa in­
mortalidad, que es el fin primordial para que Dios nos
ha creado, y ai cual debe tender siempre el papel que nos
toque representar en el escenario del mundo. Persuadios
de que el negocio más importante de nuestra vida es el
negocio de nuestra salvación. Y a que dedicáis tantos des­
velos y sudores a la adquisición de riquezas perecederas,
que lo más lejos que pueden acompañamos es hasta el
borde del sepulcro, desvelémonos un poco por enriquecer­
nos con esas riquezas del espíritu, que no se separan nunca
16
— 242 -

de nosotros, que van con nosotros allende la tumba y que


siempre ,se cotizan tan altas en la eternidad.
¡O h ! pedídselo así a María, pedídselo muy de veras,
diciéndole desde lo más íntimo del corazón: Salve, In­
maculada María, que en medio del mundo, tiranizado
por el espíritu del mal, te levantaste como ciudad alme­
nada y fuerte, de quien estaban dichas cosas gloriosas;
salve, Virgen1 de Judea, que como misteriosa oliva de paz,
surgistej intacta, en medio de universal conflagración al­
zando al Cielo tus ramas floridas, donde la salud del
mundo había de germinar. Tú, que eres como,un monu­
mento artístico que en medio de desolados desiertos yér-
guese sobre firme roca, recordando la historia de un pa­
raíso arrojado por la culpa original en los abismos de
la nada; Tú, que eres el arca de la alianza que al través
de las vicisitudes de los siglos nos has conservado el
célico maná, que es alma y sostén del espíritu que flaquea
ante las contrariedades de la vida; Tú, que eres la escala
de Jacob que estrecha en abrazo amante los cielos y >a
tierra, haciendo que se den’ el ósculo de hermanos los
ángeles y los hombres; Tú, con cuyo nombre purísimo
hemos bautizado nuestra Quinta, porque tuvimos presente
que él había arrullado en la cuna nuestros infantiles sue­
ños y sido más tarde nuestra consolación en cien rudos
combates d'el vivir, sé también la paloma mensajera que,
en medio del mundano remolino que tanto nos aparta de
Dios, traiga a cada instante a nuestro espíritu santos avi­
sos del Cielo; sé siempre el reluciente faro que guíe por
rumbos salvadores la navecilla tíe nuestras almas al través
de los procelosos mares de >Ia existencia; sé el· fueg'o
pvrísimo que haga arder siempre nuestro espíritu en Ha-
r·· · de divino amor. Amén.
NUESTRA SEÑORA DEL PILAR

PANEGIRICO PRONUNCIADO ANTE LA COLONIA


ARAGONESA, EN LA IGLESIA DE NUESTRA
SEÑORA DEL PILAS,, DE LA HABANA
Es í?i herróllate Domini . m o*
r " .b t,y :
Y m orare ni )a heredad del
Süñor. .
H<. C. > ' X T Y . . y i.

Exctou. Su. O b is p o (i):

A ragoneses:

Hennanos míos en Jesucristo: Entre las -varias ad­


vocaciones, todas ellas tan poéticas y tan dulces, con que
se -venera a la Virgen María en España, es sin ducha la
del Pilar la más pura y genuinamente española. Además
de ser Ja más antigua, día suena en nuestros oídos como
a título de propiedad celestial, al título de propiedad con
que María se declaró heredera de nuestra tierra, esco­
giéndola entre todas para que en ella se le alzase el primer
templo en que se le rindiese culto. Diríase que no otros
pensiles que los floridos pensiles de Iberia eran aquella
heredad del Señor a que se refería el Eclesiástico en las
expresivas palabras que me sirven de texto y que casi
todos los expositores sagrados ponen en boca de María:
et in hereditate Domini morabor, y moraré en la; here­
dad d©1 Señor.
Por eso, en el panegírico de Nuestra Señora del P i­
lar, no puede menos de hablarse de España, de la g l·-

(0 Sr. Estrada, O bispo de la Habana.


- 246 ~

поза nación española, que propiamente tiene en el Pilar


su origen, ya que del Pilar brotó como de cristalina co­
rriente nuestra religiosa unidad y que no otra ¡cosa, sino
(a religión-, fué lo que ha dado temple de acero a nues­
tro carácter y resplandor de epopeya a nuestros hechos
y tonalidad de gloria a nuestras virtudes. Y por eso, en
U humilde oración sagrada que os voy a pronunciar, os
haré como una rápida síntesis de la formación1 de la his­
pana nacionalidad, hablándoos de la parte principalísima
$ue tuvo en ella la Virgen María, de la maternal solicitud
con que se constituyó egida de nuestros antepasados, asis­
tiéndolos en todas -sus bélicas acciones de una manera vi­
siblemente prodigiosa, y de la gratitud filial con1que nues­
tra Patria le supo corresponder, constituyéndose a su vez
en un verdadero territorio de María, por la muchedumbre
de santuarios que le ha venido erigiendo, desde remotí­
simas centurias, lo mismo en< los amenos valles espaciosos
que en Jos agrestes y riscosos picos.
'¿Temer desagradar con el españolismo ferviente que ha
de.palpitar en mis pensamientos y en mis palabras? ¡ Como
si los cubanos, por la nobleza de su estirpe, por la hidal·
g^iía de su carácter, ¡por su dulzura de sentimientos y por
aas clásicas virtudes criollas, no fueran legítimos des^
rendientes de nuestros Pizarros y de nuestros Corteses,
de nuestros Pelayos y de nuestros Cides! ; Como sí Cuba
«o fuese hija, la hija predilecta de la madre España, y no
pudiera enorgullecerse, por tanto, con derecho perfectísi-
mo¿ de todas las glorias españolas! ¡ Como sí la Virgen
María no hubiese prodigado a Cuba los mismas requi&-
bros y ternuras que a su antigua Metrópoli, en la persua­
sión íntima de que sonreír y amar a esta Perla de las
Antillas era sonreír y amar a la Madre España! ¡ Como
ai España y Cuba, arrojando a la mar pelillos de viejos
resquemores, no hubiesen de vivir siempre como buena
madre y como buena hija, unidas en abrazo estrechísimo,
- 247 —

«ai ósculo inacabable, teniendo por comunes y propios


lo mismo éxitos que reveses, lo -mismo infortunios que
regocijos! Y en suma, ¡como si cantar la raza española
no fuese entonar un himno a la juvenil y vigorosa raza
hispano-americana!...
Lo que hace falta es que la palabra fluya de mis labios
henchida de generosas ideas y de conmovedor sentimiento,
y que lleve a vuestros oídos, si no los regalos de uo
decir exquisito y sonoro, que vendría de perlas para cantar
en párrafos vibrantes a María y a nuestra raza, al menos
esa unción sagrada que llega hasta a lo recóndito del es­
píritu, donde se deshace en místico perfume que embriaga
y estimula a convertirse a Dios.
¡Oh Virgen del Pilar!: dígnate Tú misma inspirar mi
acento para que lo hermoso y poético del asunto sobre
que intento hablar no sea desflorado por una frase inar­
mónica y desgarbada que no acierte a sacudir dulcemente
las fibras del -corazón de este respetable público que, para
festejarte y enaltecerte, se ha dado cita en este engalanado
templo, donde con tanto entusiasmo se te honra y se te
venera! V e que te lo pedimos fervorosos, hincando la ro­
dilla ante tu pilar bendito y saludándote con el Angel:
A ve María, etc.
E f in hereditate, etc.

Hermanos míos en Jesucristo:

Una de las facultades humanas en que mejor parece


reflejarse algo de divino, es indudablemente la imagina­
ción. Ella vuela mil veces más rápida que la luz, y no-
cruza solamente el espacio, cruza también el tiempo; tras­
ládase a cuantas edades se le antoja, y reconstruye en
un instante pueblos desaparecidos y resucita muertas ci­
vilizaciones. Pues bien; en alas de esa facultad maravillosa,
yo quisiera que volaseis diecinueve centurias hacia atrás,
constituyéndoos en pleno siglo primero de la Iglesia y a
las orillas del río más famoso que riega con su caudal
fertilizador las risueñas campiñas de España: a orillas
del Ebro.
Son las altas horas de la noche, de urna noche tibia
y callada, en que no se oyen más ruidos que el susurro-
de las brisas nocturnas en la enramada de los árboles
cercanos y el bronco e indefinido rumor con que el río
arrastra sus ondas hacia k s riberas mediterráneas. No
lejos surge tenebrosa la silueta gigantesca de una ciudad
dormida. Es la ciudad querida del más augusto de los
Césares romanos, levantada en el corazón de Iberia. E l
César mismo la había enriquecido y adornado de circos
y de termas, de cuanto pudiera contribuir a que la vida
se deslizase en sus ámbitos lo más refinadamente regalada
y voluptuosa; y hasta -le había quitado su humilde nombre
antiguo y bautizado con otro, soberbio y altisonante, que
supiese a grandeza y a imperio: con el nombre de Cesarau-
gusta. Quería a todo trance tener en ella una segunda
- 249 -

Roma, y por eso le había impuesto, no ya sólo las siba­


ríticas costumbres romanas, sino también hasta los ritos
de sus templos y hasta el infame culto de sus dioses.
Y bien; ¿qué es lo que ocurre a orillas del Ebro a tantos
siglos de distancia y en tan avanzada hora nocturna? V a­
rios hombres oran postrados de hinojos, alzando al Cielo
una plegaria fervorosa, 'sentida. Son el Apóstol Santiago
y algunos de sus convertidos, que lloran tristísimamente
lo empedernidos que se halla«' los moradores de aquella
ciudad en los cultos idolátricos y la dura resistencia que en
general ofrecen todos ios españoles a convertirse a las
redentoras doctrinas de Jesús. Estaban tristes, desmaya­
dos, al ver lo estéril de sus sacrificios por derramar las
luces evangélicas sobre todo el territorio español, y como
que se quejaban amorosamente al Cielo, confesándose
inútiles, como aquel día en que San Pedro y varios com­
pañeros suyos, habiéndose dedicado a pescar toda la no­
che, y mo habiendo cogido nada, decían a Jesús: Dómine:
per totam noctem laborantes nihil coepimus; Señor: toda
la noche estuvimos tendiendo la red y nada hemos cogido.
Acaso, rendidos y desalentados, meditaban en abando­
nar una tierra que tan refractaria se mostraba a dejar
caer en sus surcos la simiente del verbo divino, y en tras­
ladarse a otra donde los corazones no fuesen tan de roca
viva para las sugestiones de la divina gracia, cuando un
rompimiento de Iu2 desusada, que procedía de hacia el
Oriente, se aproxima a ellos, hinchiéndolos de estupefac­
ción. Santiago, sobre todo, quedóse profundamente abisma­
do al contemplar el rostro divino de una mujer que le era
perfectamente conocida y que se presentaba allí, traída en
triunfo, desde luengas tierras por una brillante legión de
ángeles. E ra Ella, Ella mi'sma, en su carne mortal, como
él la había conocido, como él la había tratado, como a él
le constaba que estaba viviendo en Jerusalén.
El Santo recordó entonces la recomendación que la V ir­
- 250 —

gen1 le había hecho, al irse a despedir de Ella para em­


barcarse con rumbo a España, de que se detuviese en Ce­
sar augusta (i). Era porque ansiaba visitarle allí, en la
tierra que Ella escogía para que se levantase el primer
santuario mariano. Sí, Ella misma quería santificar esa
dichosa, tierra con su planta. Por eso estaba allí, radiante
de luz y hermosura, hablando con él, infundiéndole sobe­
rano aliento y disipándole 'su postración y desmayo. ]E1
diálogo que tendrían los dos sobre el brillante porvenir
de la Religión católica en hispano suelo! ¡ Cómo se em­
briagaría de júbilo el hasta entonces desolado apóstol, ante
las risueñas perspectivas de triunfos católicos que le haría
entrever la Virgen en aquella tierra tan hostil a las doctri­
nas de la Cruz!
Lo que se sabe, lo que la tradición, nos dice,, es que al
idilio de luz que se estaba desarrollando vino a sumarse
otro no menos célico y arrobador: que otra legión de án­
geles rubios apareció en seguida trayendo, no 'se sabe de
dónde, seguramente del Cielo, una estatua de María colo­
cada sobre un pilar; y que la Virgen le dijo que allí tenía
el arma victoriosa con que había de triunfar del paga­
nismo en todo el suelo de España; y que allí, a las orillas
del Ebro, se le levantase una ermita y colocase en su altar
aquella su imagen preciosa y que él mismo le rindiese culto
e hiciera que se lo rindiesen cuantos se fueran convirtien­
do a la Religión de su H ijo,.. Y hechos todos estos en­
cargos desapareció, y desaparecieron con Ella los ángeles,
en una ráfaga de luz que brilló un momento y se desva­
neció en seguida, volviendo a reinar en derredor del após­
tol la silente nocturna soledad, turbada sólo por el susu­
rro de las auras y los rumores del vagaroso río.
¿Verdad que hay un mundo de poesía en esta página
de oro que nos ha trasmitido la tradición? ¡Oué honor

(i) A sí lo refiere una tradición antiquísima.


para la española tierra, haber merecido servir de alfom­
bra a los píes purísimos de M aría! j Qué gloria para toda
la hispana raza, haber sido amada por la Madre de Je­
sús con una ternura tan honda y tan intensa, hasta el pun­
to de dignarse visitarla en vida y brindarle sus sonrisas y
sus amores! ¡ En vida, cuando aun no se había sumido en
aquella dormicwn deliciosa de que hablan los Santos Pa­
dres, durante la cual fue transportada por los ángeles al
Cíelo; cuando aun moraba en este mundo, y vi-vía esta vida
caduca nuestra, y era la consejera mata de los Apóstoles,
y oraba incesantemente en su retiro de Jerusalén por la
cristianización del género humano!
Y o ino ignoro que la crítica moderna, esa crítica que
se complace en ir dejando escombros por dondequiera que
pasa, se empeña en negar radicalmente la autenticidad de
esta tradición, de todas las tradiciones que nos hablan de
ósculos dados por el Cielo a la tierra, de aproximaciones
del mundo al paraíso, de difusióni de ráfagas de Edén en­
tre los hombres. No nos inquiete esa labor iconoclasta de
la crítica. A las almas ingenuas y creyentes no llega ja­
más su soplo deletéreo, matador de toda fragancia embria­
gadora, de todo perfume divino, de todo hálito celestial.
A las sequedades de la desilusióni y el desencanto, las al­
mas sanas siempre habrán de preferir el mecerse en am­
biente de ensueño y de poesía, al arrullo de trovas de di­
vino amor...
Y sobre todo, señores, que hay un pueblo sano, robus­
to, de primitiva rigidez de costumbres, que no consentiría
jamás que desapareciese de entre nosotros esa gloriosísi­
ma tradición. Y ese pueblo,., no preguntéis por su nom­
bre: es el pueblo aragonés, el pueblo aragonés que Dios
hizo para que relampaguease en los anales del mundo como
una constelación de gloria; el pueblo aragonés, cuya guerra
contra la morisma tuvo el empuje de arrolladora catarata
que devasta y asuela cuanto intenta obstruir su camino;
- 252 -

el pueblo aragonés, que hizo del mar Mediterráneo un ver­


dadero mare nostrmn, conquistando cuantas tierras surgen
de entre sus ondas como paraísos encantados, desde la*
islas Baleares hasta la tierra misma del Olimpo, cuna de
la divina raza helénica; el pueblo aragonés, que realizó
aquella epopeya del imperio latino de Oriente, cantada en
su maravillosa Crónica por aquel gran Tuc.ídides español
que se llamó Muntaner; el pueblo aragonés de aquellos
Reyes trovadores, amadores de toda gentileza, que tan
alta elevaron a la poesía con aquellos consistorios de amor,
a los cuales acudía siempre lo más granado de los poetas
provenzales y españoles; el pueblo aragonés de aquella
página sublime de la guerra de la Independencia que se
llama ¡Zaragoza!; en una palabra, el pueblo aragonés de
la Pilarica.
Los aragoneses se reirán siempre de cuantos asaltos se
pretendan en nombre de un saber orgulloso, y persistirán
em la creencia de que esa Virgen cuyo mágico nombre les
arrulló sus primeros sueños, vino a visitarlos en persona
desde Jerusalén y a elegir el sacro terruño donde se le­
vantase el primer templo en que se glorificase su nombre.
El primer templo, sí, porque no consta de ningún otro con­
sagrado antes que éste a María. Pues si bien se cuenta que
en vida de la misma Virgen ya le erigió San Pedro un
santuario en alguno de los pueblos que evangelizó, y si las
crónicas francesas nos hablan de toda una basílica mariana
edificada en Marsella por las Hermanas de Lázaro, Marta
y María, ambos templos debieron de haber sido posterio­
res a la humilde ermita levantada por Santiago a las ori­
llas del Ebro. Y así se explica que la misma Virgen vinie­
se a Zaragoza, y eligiese el lugar bendito en que la ermita
se le había de alzar, y fuese un hecho-verdad la hermosa
leyenda de luz que tan llena de enca.nto y de poesía nos ha
legado la tradición.
¿Por qué las preferencias de María por Cesaraugusta P
- 253 -

Misterio que jamás la razón humana podrá explicar sa­


tisfactoriamente ; pero yo pienso que .n¡o haya otro motivo
que el de constituir entonces Cesaraugusta algo así como
el corazón de España. Y María quería empezar por ganar­
le a España el corazón. G aró que tenía que ser muy te­
rrible la lucha del cristianismo contra el paganismo, en
aquella ciudad tan arraigado; claro que tenía que ser rnuy
rudo el encuentro de los hijos de la Cruz contra los ado­
radores de los ídolos; claro que tendría que correr a to­
rrentes la sangre cristiana por la's calles y plazas de Za­
ragoza, que .no hay Tabores sin Calvarios, como no hay
victorias sin combates; pero no faltarían héroes que la
prodigasen muy de 'su grado... E í caso era ganar el cora­
zón aragonés, tan generoso como recio, tan indómito como
efusivo. Y ganado el corazón aragonés, estaba ganada toda
la Península ibérica, estaba ganada toda España.
Y el hecho fué que se erigió el santuario a María, y que
aquel santuario fué copiosa fuente de gracias divinas para
los que se convertían a las doctrinas redentoras, y baluar­
te inexpugnable donde se refugiaban y se hacían invictos
los hijos de la Cruz. No importó que el paganismo, alar­
mado al ver sus templos desiertos y como llorosos a los
ídolos, concitase todas sus iras contra los discípulos del
Hijo del Trueno, que se atrevían a predicar sus doctrinas
subversivas en calles y plazas, y decretase contra ellos ma­
tanzas horribles y generales persecuciones, La semilla apos­
tólica había echado ya hondas raíces, y los pechos arago­
neses no temblaron un punto ante la tempestad de odios
encrespadas que contra ellos se desataba, y escribieron!' con
su sangre la página más épica del matirologio cristiano:
aquella página que lleva el nombre sublime de “ los in­
numerables mártires de Zaragoza” . ¡Loor eterno a aque­
llos mártires que tan alto supieron poner el nombre espa­
ñol en los fastos del Cristianismo! Merced a su derroche
- 25 4 -

de heroica virtud, ¡cómo esplende en la historia de Iíj


Iglesia el genio indomable de nuestra raza! <
Estas, estas sublimes acciones y otras no menos bri­
llantes de les; católicos íberos son las que enardecieron la
cítara de Prudencio, el gran poeta zaragozano, haciendo
hervir de entusiasmo su estro prodigioso y prorrumpir en
aquellos himnos inspiradísimos y robustos que son, a la
vez que la apoteosis más grandiosa del heroísmo de ¡nues­
tros mártires, la prueba más irrefragable de que la poesía
se había también convertido a la Cruz, se había también
hecho cristiana, pues a pesar del poco respeto, a veces,
de este gran yate a las leyes de la métrica, no había entre
su’s contemporáneos poeta gantílico ninguno que se le
pudiera comparar, ni por lo robusto y escultórico de sus
versos, ni por lo brillante de su fantasía, ni por lo excelso
de su inspiración. ¡ Qué aureoladas de gloria aparecen en
aquellos versos las acciones de nuestros mártires! ¡ Y cómo
resalta ya en ellos el vigoroso temple de acero del alma
española!
¡A h ! ¡qué bien elegía la Virgen cuando elegía a Ce-
saraugusta por su morada y al corazón ibero por su trono!
¡ Qué bien sabía que el genio español había de corres­
ponder espléndido a 'sus regalos y a sus amores! ¡Qué
bien sabía que nuestra Patria había de ser la tierra ma-
riana por excelencia, donde más se cantasen sus alabanzas
y más se ensalzasen sus glorias! ¡ Qué bien sabía que
habían de ser los españoles los que, para mejor glorificar­
las, habían de descubrir un mundo bellísimo y llevar su
imageni de triunfo en triunfo por estas vírgenes tierras
americanas, para que también en ellas reinase, para que
también en ellas sonriese, constituyéndose en Madre aman*-
tísima de su's moradores!...
[Ah, señores!, y si España se lo debe todo a la V ir­
gen, ¿cómo no había de corresponder, espléndida, a sus
favores virginales? Porque España es España por la Vir-
- 255 -

gen, pues es España por el Cristianismo que comenzó a


difundirse, bajo sus auspicios, en nuestro suelo; y cuando
los Apóstoles casi ya se declaraban vencidos e impotentes
para evangelizar a nuestra progenie, reacia como una pena
a los santos influjos de la palabra divina, Ella fué quien
infundió aliento y vigor a aquellos adalides desmayados,
estimulándolos a redoblar sus bríos en la conquista es­
piritual de nuestro suelo, y quien les dió el Pilar de Za­
ragoza como fortaleza inexpugnable de la cristiandad, don­
de se estrellarían siempre, impotentes, todas las iras gen­
tílicas y sectarias.
Sí; a medida que el Cristianismo iba penetrando ei>.
nuestro suelo, inspirando nuestras costumbres y esculpien­
do nuestro carácter, España iba unificándose, sintiéndose
cada día más una. Tuviéramos que agradecer al Cristia­
nismo este solo beneficio y debía ser más que suficiente
para que todos los de hi'spana raza nos postrásemos siem­
pre con adoración profunda ante la enseña de la Cruz;
porque nunca se pedrá ensalzar bastante esa concentración
de sentimientos y esa condensación de espíritu que, an­
dando el tiempo, vinieron a hacer de varios pueblos, a
veces nada semejantes entre sí, un pueblo único y una
sola raza. España había estado siempre dividida como en
varios países poblados por estirpes diversas. La misma
constitución geográfica de nuestro suelo, cortado aquí y
allá por grandes macizos de montañas, parecía tender a
que los moradores de la Península viviesen independientes
entre sí los unos de los otros, formando pequeñas nacio­
nalidades, por no decir salvajes tribus.
Por otra parte, la posición! ventajosísima de nuestra
tierra, bañada en toda su extensión, excepción hecha del
istmo pirenaico, por los dos mares más célebres, por el
Mediterráneo y el Atlántico, los dos mares de la civiliza­
ción, y la feracidad ubérrima de sus campiñas y la ri­
queza mineralógica de sus montes, hacían que las miradas
- 256 -

de los pueblos poderosos estuviesen siempre fijas sobre


ella, relampagueantes de codicia, y que con harta fre­
cuencia se viese expuesta a la rapacidad de pueblos in­
vasores que sentaban en ella los reales de su dominación.
No valían Saguntos, ante cuya indomabilidad se rompiesen
las alas cien veces las águilas cartaginesas capitaneadas
por el mismo Aníbal; no valían Numancias, ante el arrojo
de cuyos moradores cayesen deshechas las coronas da
gloria de los generales que las sitiaban', acostumbrados a
recibir en su frente los ósculos del triunfo; no valían
resistencias desesperadas y gloriosísimas como la del gran
Viriato. - terror, por espacio de algún tiempo, de las le­
giones romanas, a las cuales hizo una vez y otra vez
rumiar la ignominia de la derrota: plantas extranjeras
pisaban siempre las flores de nuestro suelo, la riqueza
de nuestros granos emigraba a saciar el hambre de la~
muchedumbres esclavas que ensordecían' a Roma al grito
estigmatizador de panem et circenses, y nuestros nobles
metales iban a circuir en ajorcas esplendentes brazos vo­
luptuosos, o a brillar en' vistosos collares alrededor de
gargantas patricias. Griegos, fenicios, cartagineses, roma­
nos, vándalos, suevos, visigodos..., todos se juzgaban
con perfecto derecho a incautarse de .muestra tierra, ha­
ciendo de ella un feudo señorial, sin que tuviesen para
ello más motivo que el natural encanto que les cansaban
la fertilidad de .nuestros campos, la hermosura de nuestros
valles, la riqueza de nuestros montes. Hasta los prosélitos
de Mahoma quisieron engarzarla como un florón en la
Media-Luna y llegaron a dominarla, de mar a mar, sin
dejar a los españoles más terruño independiente que el
que se abría entre abruptas escabrosidades y escarpados
riscos.
Mas para entonces ya la Península se había hecho
cristiana; ya la unidad católica había llegado a ser una
realidad sonriente, bien que para ello hubiese sido nece-
— 257 —

sano desplegar heroicidades sin cuento, hasta bañar el


trono mismo de los godos con la sangre real de San Her­
menegildo. Y a España tenía el sentimiento de su propia
personalidad, ya las-, creencias redentoras del Crucificado
la habían hecho una, hasta el punto de que los diversos
focos de insurrección' y de protesta contra el profétíco
imperio mahometano, lo mismo en Asturias y en. Navarra
que en Cataluña y Aragón, no tenían más que una aspi­
ración' y un solo único deseo: expulsar de hispana tierra
a la Media-Luna y hacer que en toda su extensión diese
al viento sus pliegues triunfadores la bandera de la Patria,
que no era otra cosa que el lábaro de la Cruz.
Y aquella aspiración encarnó, al fin, en una realidad
hermosa: fué un hecho viviente el poema de la Recon­
quista. Y la musa de todas sus inspiradas estrofas, de
aquellas estrofas gigantescas que comenzaron a cantar­
se ea Covadonga y vibraron armoniosas en Calatañazor
y Las Navas y el Salado, y llegaron a repercutir hasta
en las aguas helénicas de Corinto, no fué otra cosa que
la Virgen, esa Virgen amantísima de nuestra raza, que
en los trances más críticos de nuestra guerra, siete veces
secular, dejábase ver de nuestros caudillos animándolos
en sus apuros, enardeciéndolos en sus desmayos y apa-
reciéndoseles como Capitana invicta, en medio de los com­
bates, para llevar a nuestros soldados a la victoria. ¿Quién
sino Ella exaltaba la fantasía de nuestros guerreros, hasta
hacerles ver a Santiago montado en su caballo blanco,
blandiendo aquella espada fulmínea que iba tendiendo a
un lado y otro cadáveres moros, según nos le presentan
nuestras sencillas leyendas populares?
No lo dudéis: el poema de la Reconquista es el poe­
ma. de las ternuras y finezas de María hacia la Madre
España. Ella aparece siempre como fúlgida estrella bien­
hechora en· los horizontes de nuestra vida nacional. Y
hay que decir muy alto que España supo corresponder a
17
— 268 -
las finezas y ternuras de María; poique no se contentó
con elevarle un templo en cada valle y en cada vericueto
tus santuario, ni con grabar su imagen en la férrea ar­
madura de sus guerreros, ni con adornar la's galerías de
todos los museos de Europa con imágenes suyas de ac­
titudes 'seráficas y de tonalidades edénicas, donde nuestros
Riveras y Murillos parecen ¡haber hallado francas, en vida,
las puertas del Cielo, para que en las mismas cumbres em­
píreas fuesen a embriagarse en divina inspiración; ni con
crear una literatura mariam, riquísima en poesía, que se
inicia con las primeras balbucencias de nuestra fabla y
termina con los afiligranados decires de nuestro idioma,
y en la cual colaboraron casi cuantos vates han brillado en
el cielo de nuestras letras, desde Lármig y Zorrillaj hasta
Alfonso el Sabio y los anónimos juglares contemporáneos
del Cid. Los españoles no mos contentamos con que María
fuese amada y glorificada en España: quisimos que do­
quiera se la amase y glorificase, y por eso descubrimos
todas las bellísimas tierras de este mundo americano y
se las ofrecimos como un trono de gloria apropiado a su
realeza y hermosura, e hicimos de ellas otras tantas tierras
marianas, donde, lo decimos con noble orgullo, se la honra
y se la venera con el mismo entusiasmo y con la misma
fervorosa devoción con que se la honra y se la venera en
el terruño de la vieja Península, como no podía menos
de suceder entre gentes que tienen todas las españolas-
virtudes, como vastagos que son de la misma sangre 7
retoños genuinos de la misma raza.
Lo recordaréis muy bien: todavía no hace más que un
año que una nutrida peregrinación, representante del fer­
viente catolicismo de las diez y siete Repúblicas españo­
las de América, fué al Pilar de. Zaragoza, al viejo ma­
nantial de donde brotó a raudales nuestra fe, a poner
a los pies de María las diez y siete respectivas banderas
de otras tantas queridas florecientes nacionalidades. Aque-
- 259 —

lio fué un espectáculo sublimemente conmovedor. ¡V er


los variados colores de aquellas sedas magníficamente bor­
dadas, rozándose con la bandera de la antigua Metrópoli
y todas ellas besándose entre sí unas con otras y for­
mando como urna apoteosis glorificadora alrededor del pri­
mer altar levantado en el mundo a M aría! ¡ Qué dulce
visión de gloria la que irradió entonces, como una cascada
de luz, ante los ojos extáticos de la imaginación'! ¡Aque­
llo fingía un grupo de garridísimas doncellas, sonrientes
de fecundidad, abrazándose a la vieja matrona entre pro­
testas elocuentes de amores inextinguibles! ¡ Y , sobre
aquella encantadora escena de familia, la mirada de la
Virgen cayendo desde lo alto, portadora de gigantes pro­
mesas y mensajera de eternas bendiciones!
Y o no extraño que Monseñor la Jara, ese luminar gran­
dioso del pulpito chileno, se sintiese ardorosamente ins­
pirado y pronunciase aquel discurso, que guardará siempre,
como página de oro, la literatura hispano-americana, donde
la vehemencia de los afectos corría parejas con las fili­
granas del buen' decir y donde se cantaba en párrafos
viriles a la raza ubérrima que tan espléndidas naciones
había formado por estas dilatadas tierras vírgenes, al arru­
llo del Golfo de Méjico y a la sombra ciclópea de los
Andes; a aquella raza ubérrima que, paseando por todas
partes su alma católica, formada como por los rayos más
esplendentes de la cristiana fe, tan colosales epopeyas ha
realizado, que nunca habrá de tener Homero que debi­
damente las cante, sencillamente porque rayan, sobre la
excelsitud de todo imimen poético, mucho más arriba que
toda genial inspiración.
¡ CXh, qué sorprendente panorama de gloria, ver a todas
las Repúblicas americanas del habla de Cervantes y de
Plácido abrazadas a su Madre España, y Madre e Hijas,
unidas en unos mismos generosos sentimientos, y pos­
tradas de hinojos ante la Virgen del 'Pilar! Y así, dándose
— 260 -

unas a otras, Hijas a Madre, Madre a Hijas, e Hijas


entre sí, intensos ósculos y abrazos efusivos, comulgando
siempre en los mismos altares, fundidas en las mismas
aspiraciones, corrsubstancíadas en el mismo ideal civili­
zador, es como podrán desempeñar el altísimo papel que
Dios les ha asignado en el escenario del mundo: el de
hacer que los descendientes de Pelayo y del Cid, de uno
y otro lado del Atlántico, seai» en lo futuro, como fueron
en lo pasado, los abanderados de la Cruz, los pendone­
ros de la civilizarán, ya que sólo a la sombra de la
Cruz pueden encarnar los eternos ideales de justicia sobre
la tierra. No olvidemos que el catolicismo es el alma de
nuestra raza y que el catolicismo cundió por España y
por América, como un hálito de María. Porque no cabe
dudarlo: desde Sierra Madre hasta el Cabo de Hornos,
toda esta bendita tierra americana es también tierra de
María Santísima. Guadalupe, Lujan, la Sierra de Cobre,
¡qué brillantes santuarios 'los que en toda esa extensión
se hizo edificar la Virgen, a guisa de observatorios es­
pirituales, para extender rápidamente por las diversas
tierras que dominan la influencia evangelizadora de ía
Cruz, y precaver de catástrofes y desolaciones a todos
estos pueblos jóvenes que pertenecen a nuestra sangre y
a nuestra raza! Seamos siempre fieles devotos de esa
Virgen, a quien somos deudores de todas nuestras gran­
dezas y de todas nuestras virtudes. Tengámosla incesan­
temente propicia a nuestros intereses y a nuestras cosas.
¡Que sonría siempre amante sobre nuestro cielo, sobre
nuestra tierra, sobre nuestro hogar, sobre nuestro corazón!
Las sonrisas de la Virgen ■son tesoros de venturas, y
siendo ricos de ventura, seremos ricos en cielo, seremos
ricos en gloria, seremos ricos con la única riqueza que
habrá de constituir nuestra imperecedera felicidad.
Y en estos días de prueba para la Madre España, in
terrumpida brutalmente por la barbarie en su faena fe
- 261 -
cundisima de reflorecimiento y de reconstrucción; en estos
días en que desde los cortijos a la casas señoriales y desde
las ciudades hasta las aldeas no se oye más que un grito
generoso y potente que es como un estremecimiento del
herido corazón español, pidiendo venganza noble y au­
gusta; en estos días en que grandes y pequeñas y pobres
y ricos, todos los españoles vibran al unísono, corriendo
a inscribirse como soldados para ir, el pecho descubierto
al plomo salvaje, a vindicar el sacrosanto honor de la
patria; en estos días en que, viéndonos traidoramente atro­
pellados en el R iff por los seculares enemigas de nuestra
raza y de nuestra religión, parece que nuestro Gobierno
se ha decidido, no ya solamente a castigar enérgicamente
la injuria y volver por el prestigio de nuestro nombre,
sino también a reanudar el poema de la Reconquista, que
jamás se debió haber interrumpido, y mucho menos para
meternos en libros de caballerías flamencas y germánicas;
hoy, que en vez de europeizarnos, como claman muchos
espíritus irreflexivos, enamorados de sonoridades palabre­
ras, parece que vamos a españolizarnos, volviendo hasta
Isabel la Católica, a recoger aquellas olvidadas frases de
su testamento: “ é que non cesen de la conquista de Africa
é de puñar por la fe contra los infieles” ; hoy que, según
vemos por la prensa de la amada Península, a pesar del
cansancio natural a que nos había llevado el trajín de
tantas guerras, tan noble ejemplo de patriotismo están
dando los hijos de las madres españolas, muriendo en las
costas rifeñas al grito de “ ¡V iva España!” , no os conten­
téis con esas explosiones de entusiasmo patriótico que
tanto honran; a los centros regionales de Cuba, donde se
hace siempre derroche de españolismo y se procura a todo
trance secundar los planes de nuestros Gobiernos, abrien­
do magnificas suscripciones para acudir en auxilio de las
necesidades de la Patria...
Nuestro Viejo refrán dice: a Dios rogando y con el
- 262 -

m aso dando. Pues bien, los buenos españoles no os de­


béis contentar con sólo dar con el mazo, dando y todo
como dais tan admirablemente. E l españolismo puro siem^
pre cumplió también el otro requisito. Pedid, pues, a esa
Virgen, que es la misma que iluminó a Pe) ayo en el Au-
seva y nos guió incesantemente, como estrella de triun­
fo, en toda nuestra odisea reconquistadora; la misma ante
quien, oró el Cid en Sai* Pedro de Cardeña para marchar
a la conquista de un reino; y a quien ofreció San Fer­
nando los 'honores del triunfo al asaltar los muros de Se­
villa ; y ante quien se postraba siempre al partir para sus
magnificentes batallas Don Jaime el Conquistador; la
misma, en fin, que nos acompañó en la persecución de
nuestro tradicional enemigo hasta las aguas de Lepanto;
pedidle, digo, que sea otra vez nuestra égida milagrosa
en cuantos combates se hayan de librar contra la irre­
ligión y la barbarie en los escarpados desfiladeros del
Atlas; pedidle que la bandera gualda y roja corone cuan­
to antes victoriosa todas las cimas del Riff, más que para
satisfacción! de orgullo nacional, para iniciación de una
era de cultura y de progreso en todos los dominios del
Mogreb, donde aun impera la esclavitud y aun gime la
mujer encarcelada en los serrallos; pedidle que España
tenga siempre muchas madres como aquéllas que, al des­
prenderse de los abrazos de sus hjios, agarrotaban en su
pecho toda angustia y no dejaban escapar más grito que
este sublimemente ennoblecedor: “ hijo: que seas valien­
te” ; pedidle que tengamos muchas esposas como aquéllas
que, ino contentas con ver al ídolo de sus amores partir
para la guerra, han partido ellas también a inmolarse gus­
tosas, como enfermeras, en los hospitales de sangre; pe­
didle que las muchas madres y esposas que lloran en E s­
paña, más que por verse huérfanas de sus esposos y de
sus hijos, por no poder estar a su lado curándoles las he­
ridas de los balazos y de las gumías con abrazos y besos,
- 263 -

tengan cuanto antes el placer inefable de verlos volver


triunfadores a los hogares que dejaron vacíos y tristes,
para llenarlos otra vez de amor y de júbilo; pedidle que
la victoria sonría siempre a nuestros soldados, que, llenos
de heroísmo, se han arrancado a brazos amorosos en el
instante de los ósculos más puros y más intensos, para ir
a luchar por nuestro honor en las salvajes costas africa­
nas; pedidle que se derrame la menor cantidad posible
de sangre española, y que esa sangre sea como siempre
fecunda, haciendo surgir sobre el afortunado suelo que
riegue y perfume, la enseña sublime de la Cruz, que es
símbolo de toda cultura, de todo progreso y de toda ci­
vilización; y pedidle, en fin, que la Patria victoriosa re­
doble sus esfuerzos en la obra de restauración, de re-
generamiento en todos los órdenes, a que con la admira­
ción de Europa se viene desde hace pocos años
consagrando, para que el nombre español brille otra vez
en su cénit de gloria, en la plenitud de una nueva edad
de romancero y de leyenda.
Y en este desfile de ruegos, ¿no había de haber uno
fervorosísimo por algo que amamos, cuantos aquí nos
hallamos reunidos, cotí todas las veras de nuestra alma,
como se ama aquello a que nos sentimos ligados con los
más estrechos vínculos de consanguinidad? ¡A h, no me­
receríamos que nos regalasen con su perfume las flores de
esta bendita tierra, ni que nos sonriese este hermoso cielo
con sus sonrisas de inefable azull No dejéis de pedir
también a vuestra Virgen por esta Perla de las Antillas,
que es hija predilecta de ’la madre España. Pedidle para
los de arriba el mismo noble patriotismo que late potente
en los de abajo; que como éstos han sabido una y cien
veces derramar su sangre en las lides, sepan aquéllos poster­
gar sus mezquinos intereses personales al interés supremo de
la naciente Patria, ¡Que haya patriotismo arriba!..., Cuan­
do no hay patriotismo, es que no queda ya ninguna otra
— 264 -

virtud; porque el patriotismo es la flor que últimamente


se marchita y agosta en los campos del espíritu; y cuando
él ya no florece ni alienta, es porque todo está marchito
y agostado... Virgen santa: ¡no dejes de obrar el milagro
que necesita esta República querida para consolidarse en
su independencia y respirar a pulmón henchido el am­
biente de los pueblos vigorosos! ¡ No abandones, no aban»*
dones a Cuba, que es hija de tu España, Madre mía t
SAN CRISTOBAL

PANEGIRICO

PRONUNCIADO EN LA CATEDRAL DE LA HABANA


M agnificcinr ergo for litado D o-
mini.
Mjagnifíquese, pues, la fuerza
del Señor.
(Niím., X I V - 17.)

E x c m o . Sxt. O b i s p o :

H e r m a n o s m ío s en J e s u c r is t o :

Hay vidas de santos que están llenas de grandeza y


que son ai mismo tiempo perfectamente ignoradas del
pueblo. Y la verdad: yo nunca me he podido explicar
por qué hemos de ver tan frecuentemente, dándose la
mano, a la gloria y al olvido. ¿N o cabrá algún tanti­
co de culpa a los panegiristas que, en vez de ceñirse a
rastrear el sobrenatm-alismo que pueda esplender en la
vida de los santosj para reflejarlo en períodos elocuen­
tes, se extienden a menudo en otras consideraciones, muy
provechosas, sin duda, para el adelantamiento de los fieles
en la virtud, pero muy poco enderezadas a trazarnos la
fisonomía moral de los héroes a quienes se festeja y so­
lemniza?
Y o no dudo en afirmar que la vida de San Cristóbal es
una de las más ignoradas, y, no obstante, creo firme­
mente que se presta a un esplendoroso panegírico, que
tnás bien que decirse, debía cantarse. S í: la narración de
los altos hechos de este Santo desconocido y obscuro no
debía hacerse en párrafos, por muy brillante oratoria que
- 268 -

relampaguease en dios, sino en estrofas por cada uno de


cuyos versos fluyese un copioso raudal de inspiración y
de poesía. ¡Qué torrente de divina gracia el que se des­
ata por la maravillosa vida de este hombre, a partir de
la fecha memorable de su conversión! ¡Qué valentía de
verdadero atleta la de que hace gala en todos sus com­
bates en pro de la Cruz! Y ¡cuánta originalidad en las
misteriosas vías de la Providencia para encarrilar a aquel
hombre originalísimo y extraño hacia los rediles de Je­
sucristo!
Cierto que la leyenda anda muy mezclada con la his­
toria en cuanto nos dicen de este Santo las crónicas an­
tiguas. Lo propio sucede con la vida de todos aquellos
mártires de las primeras centurias, a quienes cupo la
gloria inmarcesible de ser, como los 'Apóstoles, columnas
firmísimas del Cristianismo, que regaron con¡ su sangre,
haciéndole germinar y crecer en las entrañas de la so­
ciedad, engalanado de flores y cargado de frutos. La fan­
tasía popular siempre ha tendido, por impulso de la misma
naturaleza, a exaltar y engrandecer todos los altos hechos,
lo mismo los épico-heroicos que los épico-religiosos, es­
plendorándolos, en· cierto modo, con fulgores de divinidad;
y el mismo correr de los tiempos contribuye a que se
aureolen y se agranden más y más cada día; porque no
en vano pasan deshojando flores sobre ellos generaciones
y generaciones; pero estas mismas esplendideces de la
fantasía popular, lo mismo respecto de Cides y Clodoveos
que respecto de Cristóbales y Juanes de Sahagún, son
la prueba más contundente de que fueron palpitante rea­
lidad los hechos y los hombres que motivaron con su
grandeza esa noble prodigalidad de entusiasmos con que
sabe pagar la raza humana las grandes emociones que la
sugestionan y la cautivan. Y por eso la crítica, esa crí­
tica iconoclasta, tan a la usanza de nuestros tiempos, no
podrá acabar jamás con esas gloriosas tradiciones de loe
- 269 -

héroes y de los mártires del Cristianismo, por mucho que


blanda su piqueta demoledora y por mucha voracidad que
condense en sus incendiarias teas. Las graníticas rocas
de las cumbres no son, ni con mucho, tan duras al acero
ni tan, impasibles a las llamas, como el indestructible gra­
nito de la verdad, en torno del cual se tejen las leyendas
y las historias.
Hago estas consideraciones porque en la vida prodi­
giosa del Santo Patrón de esta Iglesia Catedral andan
muy entremezcladas la leyenda y la historia, y yo ambas
cosas quiero aprovechar para hacer su panegírico. Prime­
ro, porque sería imposible atenerse a la historia pura,
que exigiría una labor crítica impropia del pulpito, a más
de osada y presuntuosa; y, segundo, porque prescindir
de lo que pudiera haber de leyenda, me parecería como
arrancarle de la frente ai Santo el fúlgido haz de gloria
con que, al pasar de las edades, le ha ceñido la fantasía
de los pueblos. V ox populi vo x Dei, la voz del pueblo es
la voz de Dios, dice un axioma filosófico de que hoy se
abusa hasta la saciedad, tratando de violentarle con pér­
fidas significaciones; y la voz del pueblo, transmitida en
un principo de hogar en hogar, y recogida más tarde
por la Iglesia en sus pergaminos, y consignada, por fin,
en viejas crónicas, es quien ha hecho la apoteosis gloriosa
de nuestro Santo, ostentándonosle como un gigante, mucho
mayor que en el cuerpo, en el espíritu, en las épicas ac­
ciones que supo llevar a cabo por la Cruz, por aquella
poderosa Cruz de que tan prendadamente se cautivó, a
partir de aquella mutación de la diestra del muy Alto,
cuando de adorador de Satán se transformó de repente
en adorador de Jesucristo.
Todas las conversiones son obra de Dios, io mismo las
tardas y lentas, que parecen hijas de la meditación y del
estudio, como la de San Agustín y la del Cardenal New-
mart, que las súbitas e inesperadas, que parecen hijas de
— 270 -

la casualidad, como la de San Pablo y la de San Cristóbal ^


pero es indudable que en estas repentinas se trasluce más
potente la fuerza de la divina grada, el poderío incon­
trastable de la divina, intervención. Y por esto, y porque
San Cristóbal se nos presenta siempre como irresistible­
mente enamorado de la fuerza, he puesto por lema aque­
llas palabras del libro de los Números: Magnificetur erg o
fortitudo Domini: magnifíquese, pues, la fuerza del
Señor.
Lo que hace falta es que lo sugestivo y grandioso del
asunto no quede deslucido por la pobreza de mis pen­
samientos y por la palidez de mis palabras. Y , por tan­
to, pedid conmigo a Dios que esclarezca mí inteligencia
y -unja y enfervorice mí acento, para que acierte a causar
en vosotros esas profundas emociones salvadoras con
que obra el Verbo divino en las almas. 'Pongamos, para
nías obligarle, por intercesora a la Virgen Santísima, a
quien saludaremos con el Angel.
A ve María, etc.

Magnificetur frgo, ¡etc.

Excmo. S r. O b is p o :

H e r m a n o s m ío s e n J e s u c r i s t o :

lí e dicho que se advertía una originalidad extraña en


los misteriosos recursos de que se valió la Providencia para
convertir al hombre en cuyo loor estamos celebrando esta
solemne festividad. Las grandes conversiones suelen ser
debidas, o a desengaños del mundo, que al parecer no
brinda más que copas de placeres, pero en cuyo fondo
- 271 -

pune de antemano un poso especial que acibara siempre


ei espíritu cota dejos de veneno; o a reveses del vivir,,
que causan una sacudida enervadora en el corazón y nos
fuerzan a girar una como visita sanitaria a nosotros mis­
mos, moviéndonos a una completa renovación, moral; o
a lluvias de gracias que caen, fecundantes, sobre nuestro
ser, ya al oir una oración sagrada, o al leer un libro, o
al presenciar algún terrible infortunio...
A nada de esto fué debida la conversión de nuestro
Santo. Es el caso más peregrino de conversión que se
registra en la historia. Le llevó al pie de la Cruz — y no
toméis a paradoja mis palabras— su enamoramiento de
la fuerza bruta. La historia y la leyenda están confor­
mes en pintárnosle como un gigante, como un cíclope,
como una especie de Hércules, para quien no existía más
virtud que la de imponerse por la fuerza y el poderío.
Hijo de la tierra de Canaán, considerada entonces por
todo el mundo como tierra de maldición, la maldición que
pesaba sobre su patria pesaba también sobre él como un
anatema. Hasta su nombre era un estigma, pues llamá­
base Réprobo, nombre verdaderamente infernal, propio
sólo de condenados y de precitos. Y su vida estaba en
perfecta consonancia con toda esa atmósfera de maldición
que pesaba sobre su tierra y sobre su nombre.
Un día oyó hablar de un rey al que se creía el más
poderoso de todos los reyes, y, enamorado como se sen­
tía de la fuerza bruta, partió a ofrecer a aquel rey las
energías de su potente brazo. Sus hazañas y sus triunfos
aquistáronle muy en breve la privanza del rey, quien se-
holgaba siempre en temerle muy cerca de sí, oyéndole
narrar sus hazañosos hechos. En cierta ocasión celebróse
una fiesta en palacio y asistió a ella un trovador callejero
que declamaba con muy olímpico tono extraños poemas
y peregrinas historias. Era un precursor de aquellos ju­
glares que, durante la Edad Media, se veían tan agasa-
- 272 -

jadee a veces en loa salones de ios castillos roqueros,


adonde tos llevaban los soberbios señores feudales, que
no aabían leer mi escribir, para que les entretuviesen sus
odos cantando trovas y recitando leyendas.
Ahora bien; en la declamación de uno de sus poemas,
■nuestro juglar mentó al diablo, y no bien hubo salido
de sus labios esta palabra, el poderoso rey, cual si se
tratase de una amenaza fatídica, hizo instintivamente la
señal de la cruz, según tenía por costumbre cada vez
que en su presencia se nombraba a Satán. E l membrudo
Reprobo se quedó maravillado ante la rareza de aquel
sigino y pidió al rey explicaciones de lo que significaba
semejante cruz. E l rey se negaba, pero no tuvo más re­
medio que acceder cuando oyó que, a no darle la expli-
cadón pedida, se retiraría para siempre de su servicio.
E l monarca hablóle entonces de la fuerza sobrenatural
de la Cruz contra la red de lazos y asechanzas que está
tendiéndonos siempre el diablo. Y nuestro gigante se sin­
tió desilusionado al ver que no estaba sirviendo al señor
más poderoso de la tierra, ya que aquél a quien servía
-se santiguaba de miedo con· sólo oir el nombre de otro
señor. A éste, a éste era a quien él serviría siempre con
gusto, porque era el señor de la fuerza, porque era el
señor del poder. Y se apartó de su rey y se fué a la
ventura en busca del diablo...
No tardó en encontrarle, porque hay que desengañar­
se: como en· el gran poema alemán al lado de Fausto
aparece siempre Mefistófeles, en el drama de nuestra vida
el enemigo común de nuestras almas histrionea siempre
muy cerca de nosotros, inventando ardides para hacemos
caer en el abismo de la culpa. Un apuesto caballero le
detiene en su camino y le pregunta adánde se dirige* Núes-
tro gigante responde ingenuamente que va en busca del
diablo, porque ansia ponerse al servido de un señor po­
deroso y fuerte, y sabe que el diablo lo es. Su interlo-
—273-

G utor le dice entonces que le siga, pues él es el diablo.


Y nuestro hombre sigue, lleno de adoración, el camino
de Satán...
Mas ¡ a h ! ¡ cuán misteriosos son los planes de Dios y
cuán ievestigables sus caminos! Dejémosle partir, ena­
morado siempre de la fuerza bruta, tras aquel apuesto
caballero, que va saboreándose con su conquista, como se
saborea con su presa el león. Dios había escogido para
sí el alma ruda de aquel cíclope y no se la arrebataría
Satán, por muy resistentes que fuesen las mallas de la
red en que la tenía prendida. N on est sapieniia, non est
prudentia, non est consilium contra Dominum; contra
Dios no valen ardides, por muy sabia y prudentemente
que estén tramados, ¿Es la fuerza, el enamoramiento de
la fuerza, lo que hace rodar a aquel hombre por los de­
rrumbaderos de la perdición? Pues bien, la fuerza, el
enamoramiento de la fuerza, será lo que le redima y le
salve, elevándole instantáneo a las regiones de la luz,
desde el pozo de tinieblas donde se hallaba sumido. ¡ Oh
la9 misteriosas vías de la Providencia!...
En un recodo del camino que llevaban, y muy visible,
sobre escueta cumbre, alzábase una cruz. E l diablo sintió
ura estremecimiento ante la aparición inesperada del sa­
grado signo, y quiso cambiar de ruta. A nuestro hombre
le sobrecogió la misma sorpresa que al ver santiguarse
al rey aquel a quien antes servía. Y comenzó la misma
inquietud y la misma exigencia de explicaciones. E l diablo
resistíase en ¡vano. Reprobo le amenazó como al rey, afir­
mándole que, si no le explicaba la extrañeza de su temblor,
se apartaba para siempre de su servicio. E l diablo vese
obligado a confesar la superioridad de la Cruz contra
todos los poderes satánicos. Nuestro hombre no se con­
tenta aún e investiga de dónde le viene esa fuerza al
misterioso símbolo. Luzbel no tiene más ¡remedio que
confesarle que aquel símbolo tiene ese poder incontrasta-
18
— 274 —

b\t desde el día en que expiró, crucificado en él, Jesús,


Y he ahí que nuestro hombre, enamorado siempre de 1*
fuerza, sepárase de Satán, para ir a servir todos los día*
de su vida al Ser que había vinculado poderío tan in-
contrastable en el símbolo de la Cruz. ¿Verdad que resalta
una originalidad pasmosa en esta conversión? ¡Por qué
caminos, al parecer tan extraviados, supo salvar Dios a
aquel hombre, que tan sujeto estaba ya en las garras sa­
tánicas! ¡P or el enamoramiento de la fuerza, que había
constituido siempre su encanto! ¡Alaibemos, alabemos y
engrandezcamos la fuerza del Señor; magmficetur, ergo,
fvrtitudo Domini!
La vida de nuestro hombre entra en una fase comple­
tamente nueva, pero en la cual persiste siempre su idio­
sincrasia especial de adorador de la fuerza y del poderío.
Y a no se llama Réprobo: el ermitaño de una ermita,
escandida en agreste soledad, a quien había recurrido
preguntando por el Señor de la Cruz, ha derramado sobre
su cabeza las aguas bautismales, conmutándole su ¡nombre
de condenado por el de Cristóbal, portador de Cristo. Y a
no cambiaría más de Señor, porque ahora estaba sirviendo
al que dijo a sus Apóstoles que no temiesen; que El
había vencido al mundo: ego v i d mundum!
¿ En qué genero de hazañas emplearía ahora sus fuerzas
hercúleas? No lejos de la ermita aquella, corría precipitado
an río que era tránsito obligado para varias aldeas del
contorno. En los días de lluvia las crecidas eran repen­
tinas, y, entre la gente que tenía que vadear las entur­
biadas ondas, se registraban con harta frecuencia dolo-
rosas desgracias. El ímpetu del río triunfaba a veces de
la resistencia y de la serenidad de los transeúntes, que,
entre alaridos de espanto, eran arrebatados a merced de
la corriente. ¡Oh, los caritativos servicios que él, de cons­
titución atlética como era, podría prestar a los pueblos
de la redonda, fijando su morada junto al paso obligado
— 275 —

de aquel río, para auxiliar a cuantos su ayuda reclamasen,


pasándolos, & hombros, a la otra vera!
E l cansejo del ermitaño filé atendido en seguida, y ya
tenemos a nuestro gigante viviendo por espacio de años
y afios en humildísima choza, al lado del torrente, lle­
vando, de la una a la otra margen, a quienquiera que lo
necesitaba. ¡Qué vida de inmolación la que viviría allí
meditando día y noche en la caducidad de los mundanos
placeres, a lo cual le brindarían admirablemente las aguas
del río, precipitándose hacia el mar, “ que es el morir” ,
según las coplas de Jorge Manrique, y precipitándose
alegres, bulliciosas, cantando su canción de murmurios
amantes, lo mismo que se precipita el río del ¡linaje hu­
mano hacia el océano del sepulcro! ¡Los secretos de aus­
teridades heroicas y de contemplaciones altísimas que sa­
bría aquella cabaña adonde se había retirado, a llorar
lo» extravíos de sus mocedades, aquel rígido anacoreta!
¡ Y los derroches de heroísmo ignorado con que asom­
braría a las mismas ondas del río, pasando a cuantos lo
necesitaban de la una a la otra vera, lo mismo en las
temporadas plácidas y tranquilas que cuando crujía en
torno la tempestad, desatándose en rayos y truenos!
Lo que se sabe, lo que la historia y leyenda de consuno
aseguran, fué que una noche de tormenta encrespada, en
que las nubes, rasgadas de continuo por los relámpagos,
se deshacían en- aguaceros, nuestro gigante se tendió en
su camastro a descansar, completamente descuidado de
que, en noche tan borrascosa, pudiera acudir alguien a
reclamar su auxilio. Ni el rugir atropellado del torrente,
ní los truenos que repercutían broncos y aterradores en
las cercanías, ni las pálidas fosforescencias que, colán­
dose por las mil roturas, iluminaban fantásticamente la
choza, podían turbar el sueño en que se sumía aquel
atleta cansado. Pero, a la mitad de la noche, una voz ar­
gentina le despierta, pidiéndole con presura sus servicios.
— 276 —

Dos veces resonó aquella voz en el interior de la choza;


dos veces acudió el hombre a ver quién llamaba, dando
un vistazo alrededor, sín hallar a nadie; y las dos tomó
a dormir, creyendo la argentina voz un desvarío de sus
sentidos. Y la voz resonó por tercera vez y con más in­
tensidad que las veces anteriores. Nuestro gigante salió
de nuevo de su tugurio y se quedó estupefacto al ver que,
quien tan imperiosamente sus servicios reclamaba, era u íi
niño. Inútiles fueron cuantas objeciones le hizo el Santo
sobre los riesgos de vadear el río en, tan tormentosa noche:
el niño necesitaba pasar a la otra vera. Añadió el Santo
las súplicas, instándole a que esperase, descansando en
su choza, hasta la mañana siguiente. Todo en vano: al
niño le urgía pasar a la otra vera...
Y Cristóbal cede, coge el pertigal que le servía de bas­
tón para apoyarse entre los cantos rodados del río, y,
echándose el niño a cuestas, entra impávido en la creci­
da corriente. E l niño se va haciendo más pesado por
instantes. El ímpetu de las aguas arrecia. Nuestro hom­
bres suda, utiliza como nunca el palo enorme con que
se apoya entre las piedras. Le dice ai niño que se va
volviendo más pesado que un mundo. Jadea, languidece,
siéntese casi desmayar; pero, al ñn, llega a¡ la suspirada
orilla. E l niño le da entonces la clave del peso que le
abrumaba. ¡N o llevaba el mundo a sus espaldas, pero
llevaba al Hacedor del mundo! En prueba de lo cual
desapareció instantáneo, habiéndole dicho antes que plan­
tase su pértiga a la vera del río y que saliese a verla a
la mañana siguiente, i Y qué milagro sorprendente de la
gracia divina: la pértiga había germinado, convirtiéndose
en una palma frondosa y cargada de fruto!...
¿Verdad que en este bellísimo pasaje de la vida de
San Cristóbal, cuya interpretación por medio del pincel
tantas veces ha ensayado el genio de los pintores, resalta
de modo especial la munificencia de Dios, premiando aún
en esta vida las virtudes heroicas de sus sanios? ¡Dig­
narse descender a la tierra y tomar otra vez forma hu­
mana, para que un hombre, cual otro San José, tenga
la dicha de portarle sobre sí y sienta el contacto inefable
de sus carnes sacratísimas! Es -un poema de amor la
consubstanciación que de Dios y de nuestras almas se
efectúa todos los días por medio del Sacramento Euca-
rístico; pero, ¿qué queréis? en esta unión sensible de
Dios con el hombre, ese mismo poema de amor, como que
se intensifica y se hace más tierno, con una ternura en­
cantadora que abisma y anonada.
Os decía que el bastón de San Cristóbal había echa­
do raíces, germinando y floreciendo en una palma triun­
fante y gloriosa. Esta palma simbolizaba la que había
de ceñir las sienes de nuestro Santo cuando, en con­
firmación de las doctrinas de la Cruz, había de arrostrar
los más crueles y espantosos martirios.
Desangrábase la Esposa del Cordero en una de aque­
llas horroríficas hecatombes que constituyen la edad he­
roica de la Religión, brotada, cual ñor purpúrea, de la
sangre de un Dios entre las asperezas del Ca/lvario. Co­
rrían los días aciagos de la persecución séptima, una de
las más encarnizadas que tuvo que sufrir el Cristianismo.
Dedo, uno de los Emperadores más tiranos que ocuparon
el trono de Nerón y de Calígula, había soltado por todo
el imperio jaurías de desalmados asesinos con la con­
signa de ahogar en sangre la Religión del Crucificado.
Quería asestar el hachazo de muerte al Arbol de la Cruz
y arrancar para siempre sus raíces de las entrañas de
la sociedad. Las moradas de los creyentes eran allanadas,
ain miramiento ninguno a las leyes más elementales de
derecho natural. Las vírgenes eran violadas y pasadas
luego a cuchillo en presencia de los mismos que les habían
dado el ser. Y éstos eran llevados a los circos para servir
de entretenimiento al populacho vil, que, ávido siempre de
- 278 —

espectáculos emocionantes, rugía con rugidos de fiera, lan­


zando aquel grito salvaje de / Chrisiianos ad leones!···
Una de aquellas jaurías de verdugos, revestidos de ple­
nos poderes imperiales, llegó a Licia, por cuyos pueblos
predicaba a la sazón Cristóbal la fe de Jesucristo, Los
gloriosos rumores de su vida de asceta le habían arran­
cado a las soledades queridas de su choza, y, de vadeador
del río aquel, transportando a hombros a la gente, 1«
habían hecho apóstol, transportador de almas a los apris­
cos del Señor.
Bien pronto se enteraron los mandatarios de Decio de
las numerosas conversiones de infieles llevadas á cabo
por nuestro hombre, y bien pronto le hin-caron también
sus garras de fieras. A l principio trataron de ganarle a
fuerza de agasajos y de lisonjas, instigándole a doblar
su rodilla ante los ídolos. Mas fueron vanas todas las
tentativas: los ídolos no tenían fuerza ninguna. E l los
había visto más de una vez saltar en pedazos a una simple
señal de la Cruz. Sólo Jesucristo era poderoso Señor de
la fuerza, y a El sólo quería servir.
Los esbirros se decidieron a encarcelarle, urdiéndole
una estratagema que le hiciera rodar de su inconmuta­
bilidad de roca: metiéronle en el calabozo a dos mujeres
de mal vivir que le sedujesen con la voluptuosidad d ·
sus encantos y atractivos. San Jerónimo laméntase, en
alguna parte, de que hubiese habido entre los mártires
de Jesucristo defecciones causadas por ese ardid satánico
de llevarles a los calabozos mujeres infames y seductoras;
y quéjase amargamente de que teniendo valor para re­
sistir la cruz, el potro, la hoguera, cediesen a lo mejor a
la sugestión alucinadora de un deleite fementido. ¿Ha­
brían de poder aplicársele a nuestro Santo las querellas
del solitario de Belén? ¡A h, no! nuestro Santo consiguió
el triunfo de los triunfos. Ni huyó como José, porque no
podía huir, ni las puso en fuga armado de un tizón como
- 279-

Santo Tomás de Aquino. Nuestro Santo realizó hazaña


mucho más épica. Las apostrofó, las increpó, les hizo ver
la menguada bajeza de sus propósitos, la ninguna fuerza
fascinadora que sobre él ejercían sus hechizos; y íes habló
de nuestras redentoras creencias y de los placeres eter­
nos que simbolizaba la Cruz, ¡y quién sabe la unción
sagrada con- que les hablaría! Lo cierto fué que cual otro
San Pablo, que erigía su pulpito en la cárcel y convertía
a presidiarios y carceleros, él convirtió a entrambas mo-
zuelas, haciendo de ellas un par de heroínas, un par
de flores purpúreas que exhalaron todo su aroma en Io>
altares de Jesús. ¡Cómo debió de sonreír el Cielo, at
contemplar aquella victoria y en aquel género de batalla
en que es tan difícil vencer, que los mismos Santos llegan
a opinar, como San Paulino de Ñola, que no hay más
victoria posible que volver las espaldas al enemigoI ¡En
verdad, hermanos míos, que estamos en presencia de un
gigante, y de un gigante para quien no había obstáculo#
ni titubeos siempre que se trataba de servir al Señor de
ia Cruz!
Las fieras paganas espumearon de ira al saber que nues­
tro hombre había convertido la cárcel en templo, llevando
a cabo tan ruidosas conversiones, y resolvienron mar­
tirizarle, sometiéndole a las más exquisitas y refinada*
torturas. Mas nada pudo vencer su inenarrable heroísmo;
avanzaba sonriente hacia los instrumentos martirizadores,
y éstos como que se paralizaban y perdían su fuerza
atormentadora, viniendo a ser nuestro Santo uno de aque­
llos mártires que parecían inmunes a toda clase de tor­
turas, pues salían perfectamente ilesos de todas ellas. Lo»
latigazos con fustas erizadas de garfios no hacían saja­
dura minguna en sus carnes ; se le ponían cofias de fuego
en la cabeza, y no le causaban más daño que si fuesen,
de «eda fina; hasta del terrible ecúleo, que tantos cuerpo»
de mártires despedazaba, salía nuestro Santo cómo ú
— 280 -

surgiera de un lecho de rosas. Y los verdugos se retor­


cían de furia, al ver que todas sus crueldades se osten­
taban impotentes contra aquel hombre, y, sobre todo, al
ver la muchedumbre que ante maravillas tantas se con­
vertía, pidiendo pertenecer a la religión de aquel atleta
invencible de la Cruz. Y entonces arremetieron, espada en
mano, contra él, separándole de un tajo la cabeza del
tronco. A sí solía terminar siempre la vida de aquellos
mártires en· quienes se probaban inútilmente todos los
sistemas de martirio: segándoles a cuchillo la gargan­
ta. Y así terminó la de nuestro gigante, la de aquel gi­
gante que tan intensamente se había dejado sugestionar
por la fuerza de la Cruz. M agnificetur ergo foriitwdo
Domini, magnifiquemos, pues, la fuerza del Señor.
Después de todo esto, ¿qué extraño que la muchedumbre
curiosa que presenciaba la escena pidiese el bautismo a
gritos, y que San Ambrosio haga subir a cuarenta y ocho
mil la cifra de los convertidos aquel día, y que a la »ola
invocación del nombre de Cristóbal realízase Dios mil
estupendos milagros?
Y a habéis oído la vida maravillosa del Patrón de la
Habana; ya habéis visto el poema de abnegación en que
se encarna su existencia desde el áureo día de su con­
versión ; ya habéis admirado el sobrenaturalismo radioso
que envolvió siempre los hechos de nuestro hombre des­
de que, rompiendo con Satán y oyendo los consejos de
tun ermitaño, fijó su vivienda a la orilla de un río para
pasar a cuestas, de una vera a otra, a quienquiera que lo
necesitase. Permitidme ahora, para concluir, que os haga
algunas consideraciones sobre ciertos simbolismos de la
vida de nuestro Santo, que a mí me parece que se prestan
a muy honda reflexión.
Todos sabéis quién fué Cristóbal Colón, e3 gigante del
pensamiento que, lanzándose un día a las inmensidades
atlánticas en unas carabelas españolas, arribó a estas be­
— 281 —
llísimas tierras de América para plantar en ellas el árbol
de la Cruz. Nuestro Santo pasaba a hombros* de uaa
margen a la otra del río a quienquiera que lo necesitaba,,
mereciendo un día el honor altísimo de pasar al mismo
Dios. Colón, a hombros de -su genio, pasó de una a otra
ribera del atlántico la religión de Jesucristo. Nuestro San­
to plantó, por mandato divino, el bastón en que se apo­
yaba, y el bastón echó raíces, y floreció y se cuajó de
frutos. Colón plantó la Cruz en tierra americana, y la
Cruz creció en árbol gigantesco y floreció y extendió sus
ramas, cobijando bajo su sombra a todos los pueblos de
América, que llegaron a constituirse en una pléyade de
repúblicas cristianas, que ¡han dado y habrán de seguir
dando a la Esposa del Cordero muchos días de júbilo
y de gloria.
Ahora bien; en estas tierras de la virgen América hay
un pensil rodeado de mar, matizado de flores, cuajado
de frutos, oreado por céfiros y brisas y cubierto siempre
por un ^cielo de admirables galas azules que diríase es­
taban tejidas por manos de hadas. Ese pensil, ese pedazo
de americana tierra es el que sumió en éxtasis al gran
nauta genovés, quien no sabiendo cómo ponderar su en­
canto y su hermosura, se contentó con llamarle: la Perla
de las Antillas. En él plantó Colón por sus propias manos
la Cruz, y le bendijo e invocó sobre él las bendiciones del
Cielo, para que fuera lo que en realidad parecía a los
ojos: un verdadero paraíso.
Pero, ¿es hoy Cuba el paraíso deseado de Colón? Y o
no temo equivocarme al afirmar rotundamente qué hoy
Cuba se asemeja bastante menos a un paraíso que a
un valle de lágrimas. Esas algazaras impúdicas de los
teatros disolventes están muy lejos de ser indicios de
francas alegrías. En esas mismas algazaras impúdicas
pienso yo que está la más plena confirmación de esas
sombras de melancolía que »e ciernen «obre Joá hori­
- 282-

zontes cubanos. Hay gente que en esos mismos escán­


dalos voluptuosos lo que busca es el abogo de las propia*
desesperaciones. A l través de esas carcajadas y de esa»
risas que repercuten hasta fuera de la escena, estereoti­
padas en prosa y en verso por revistas y periódicos, lo
que un espíritu reflexivo percibe son ayes de intenso do­
lor. De ahí las estadísticas terribles del suicidio, que ha­
blan de desgarramientos y de torturas con elocuencia tan
abrumadora. Nunca en esta bendita tierra antillana fué
mayor el número de esos infelices que se atreven a com­
parecer en presencia del Juez eterno antes de que la voa
divina los llame. Y todo eso indica malestar hondo, can­
sancio del vivir, y el cansancio del vivir es la prueba
más contundente de que la vida no se desliza como arroyo
entre flores.
Y son muchas las causas que han co-ntribuído al ac­
tual deplorable estado de cosas, pero yo creo que en
el fondo todas se reducen a una: a la falta de religión.
Ese egoísmo absorbente que se lanza ávido a las ri­
quezas y vincula en unos cuantos capitalistas lo» in­
mensos tesoros del país, agotando el sudor de los que
trabajan y convirtiéndolo en plata y oro, ¿qué creéis que
es en el fondo sino carencia de religión1? Esos arrebatos
del placer impuro que hacen malversar a muchos padres
de familia hasta el bocado de pan que roban a la boca
de sus hijos, ¿qué creéis que es en el fondo sino falta
absoluta de religión ? Esas miserias y esas escaseces de
que tanto se habla en un país riquísimo, donde, hasta hace
muy poco tiempo, todos podían satisfacer espléndidamente
sus necesidades, ¿a qué creéis que son debidas sino a
falta completa de religión? Y , en fin — y íó digo porque
amo a Cuba con toda mi alma y quiero que llegue a res­
pirar tranquila ambientes de independencia y libertad— ,
esa endeblez de patriotismo que tan divididos trae a lo·
espíritus, haciéndolos ir de aberración· en aberraciónt Mtt
-2 8 3 —

pensar que hay quien acecha y se baña en agua de rosas,


a cada aplauso que aquí se rinde a la nueva barbarie,
que se ostenta en forma de rojos radicalismos, ¿a qué
creéis que se reduce, en substancia, sino a carencia total
de religión?
No lo dudéis: todos esos males son debidos a que el
árbol de la Cruz plantado por Colón en esta bellísima
tierra antillana no florece como floreció el bastón de San
Cristóbal, plantado cabe su choza, en la arenosa margen
del rio. L a religión no alienta en los corazones como
alentó en tiempos pasados, cuando ésta era una de la»
cristiandades modelos que llenaban de júbilo a los Vicarios
de Jesucristo. Y o he leído en viejas historias, que aquí
fué uní tiempo no distante de nosotros más de una cen­
turia, en que era común y corriente, al oir las campanas
al atardecer, ponerse viejos y niños a rezar las Avemarias,
y esto no sólo en el campo, donde la gente fué siempre
más sencilla e ingenua, sino también en las mismas calles
de la Habana, doquiera el vespertino tañer de los bronces
resonaba en los oídos como un grito de Dios. H oy se
tendría a mengua el manifestarse hasta tal punto cre­
yentes y religiosos. Hoy ya no se reza ni siquiera en
privado: la sana rigidez de las clásicas virtudes criollas
ha desaparecido, y tras ellas va desapareciendo también la
religión.
Y yo no me explico cómo se ha podido llegar tan
pronto a tanto desvío de las redentoras doctrinas de la
Cruz; pero creo que a todos nos cabe parte de culpa, a
los de arriba como a los de abajo, a los gobernantes como
a les súbditos, a los seglares como a los sacerdotes. Y
por eso unos y otros, pero muy especialmente los sacer­
dotes y las autoridades, estamos obligados a emprender
una cruzada apostólica para llevar de nuevo las creencia*
a Tos espíritus, y con las creencias el fervor religioso, y
con el fervor religioso el sentimiento patrio, y con «i
— 284-

sentimiento patrio la inmolación de los mezquinos lucro·


individuales en aras de los intereses augustos de la nadón.
Así y únicamente así es como se hará patria, así y úni­
camente así es como se consolidará la suspirada inde-
pendenda, y así, únicamente así, es como en esta Perla
de las Antillas tendrá siempre su imperio muestra raza,
y como no se 'habrá esterilizado la sangre derramada en
cien combates por la encaraadón de un ideal, y como tno
se alzará un anatema de maldidón contra todos nosotros
del seno de las mil ignoradas tumbas de la manigua...
¡Que haya religión! Haced que desde el Cabo de Maisí
hasta el de San Antonio impere la religión en todos los
pueblos, en todos los hogares, en todas las condencías, y
yo os garamtizo que todo lo demás que contribuye a labrar
la prosperidad y la ventura de los pueblos vendrá como
consecuencia legítima, y Cuba llegará a ser trn verdadero
paraíso terrestre: el paraíso soñado por Cristóbal Colón!...
ORACION FÚNEBRE
PRONUNCIADA EN LA HABANA
CON MOTIVO DE LA CONMEMORACION ANUAL
DE LA CATÁSTROFE DE LOS BOMBEROS
Dormiunt i» ierras pulvere,
tvigilabuni t» vitam aeternam.
Duermen en el polvo de la tie­
rra, ¡pero vivirán siempre cu la
eternidad.
Daniel, X I I -z .

E x c ito , S r . O b i s p o :

H on orable Sr. A lcalde de la H abana:

Ilustre y b e n e m é r it o C uerpo de B om beros :

¡Quién tuviera 'la elocuencia fascinadora de Bossuet, de


aquel hombre extraordinario cuya palabra-retumbaba como
una resonancia profética en las solemnidades fúnebres de
París, cantando los hechos insignes de los grandes muer­
tos y transmitiéndolos en su canto, como un tesoro inapre­
ciable, a la posteridad! Entonces no me sentiría, abruma­
do ante la magnificencia de este festival religioso, ni ante
la concurrencia distinguida que llena las amplias naves
de este templo, entre la cual figura cuanto hay de más no­
ble y aristrocrático en la Habana con la aristocracia del
talento y de Ja sangre. Entonces no me intimidaría la gran­
deza de los héroes cuyas épicas hazañas conmemoráis, ni
me ¡sentiría como oprimido por la majestad de su gloria.
Mi palabra, henchida de pensamientos profundos, rezu­
mante de generosos sentimientos y engalanada con los más
brillantes lujos estílleos, repercutiría en este ámbito sa­
grado conmovedora y embelesante, como repercutiría la
— 288 -

4e aquel varón insigne en las anchurosas naves de N otre


Dame, y os sonaría a himno, a oda, a poema que rimase
admirablemente con lo grandioso de esta solemnidad y es­
tuviese en consonancia perfecta con la excelsitud de los
hombres cuyas acciones inmortales os complacéis en reme­
morar.
Pero desgraciadamente 110 es aquella Aguila del pulpito
la que ocupa en estos instantes la cátedra sagrada. ¿Qué
digo aquella Aguila? — El más humilde y obscuro de los
oradores, que sólo por amistosa imposición se atreve a su­
bir hoy a lugar tan alto, para ser heraldo de la palabra di­
vina. De ahí que tengáis que ser benévolos conmigo, y más
aun que benévolos, indulgentes y misericordiosos. Y no
creáis que todo esto sean humildades fingidas encaminadas
taimadamente a ganaros el corazón. Aborrezco hasta fisio­
lógicamente todo linaje de modestias académicas. Y o me he
excusado una vez y otra, cuando se trataba de encomen­
darme esta oración fúnebre; y sólo cuando comprendí que
se rechazaban resueltamente mis excusas y barrunté que
lo qtte &e me pedía era algo así como una lección de hu­
mildad cristiana, fué cuando me decidí a aceptar la para
mí harto honrosa comisión; pues si para algo debe estar
siempre dispuesto un religioso, es para ostentarse como
es, modesto y humilde, esto es, para dar, cuando quiera
que se le pida, una lección de positiva humildad.
¡Sea Dios bendito! Y E l infunda ideas a mi mente y
sugiera imágenes a mi fantasía e inspire palabras a mis
■labios, ya que fué E l quien dijo a los Apóstoles que cuan­
do estuviesen ante reyes y presidentes, ante reges et prae-
sides, no se inquietasen pensando qué ni cómo hablar, pues
ya se íes daría inspiración en el instante oportuno; y que
no eran ellos quienes hablaban, sino el Espíritu Santo que
hablaba por ellos: Spw itus Patris vestri qui loquitur in
vobis.
Señores : ante todo, mil parabienes entusiastas para ese
— 289 —

Cuerpo insigne de bomberos cuyos honrosos uniformes


tan vistosamente adornan este recinto. ¿Por qué? Porque
el acto religioso que están, realizando es un acto de fe viva
en nuestras redentoras creencias, que, al extremo de este
mundo, cuando ise cierran para nuestros ojos los horizon­
tes de esta vida, hacen que se abran otros más amplios,
más hermosos, más radiantes y que nunca se obscurecen,
que eternamente habrán de efetar esplendiendo fúlgidos;
porque no los dora un sol como los de nuestros sistemas
planetarios, sino el Sol de los soles, que creó con un eoflo
rayo de su luz todas las miríadas de astros que nadan en
el firmamento. En los tiempos de incredulidad que malha­
dadamente alcanzamos, cuando los obreros infatigables de
la irreligión tan colosales esfuerzos realizan por destruir
los horizontes infinitos que se extienden más allá de esos
cielos desplegados cual pabellón inmenso sobre nuestra
frente, ¡qué dulce y deleitoso es ver a una pléyade de
varones intrépidos y esforzados acudir a postrarse ante
los altares del Señor, para elevarle una ferviente plegaria
por el alma de sus compañeros muertos, diez y nueve años
ha, sobre las aras del deber, que fueron para ellos las aras
del holocausto y del sacrificio!
Fué una noche en que el genio de 'la desolación, celoso
de ver dormir tan feliz y encantadora, junto a la orilla
del antillano mar, a esta hermoisa ciudad de la Habana,
arrullada por el plácida murmullo de su bahía, besada en
sus pies por las vagarosas olas y en su »frente por las em­
balsamadas auras, quiso despertarla de súbito y sumer­
girla en la más desesperante de las angustias, haciéndola
víctima de una espantosa catástrofe. De improviso, en una
amplia ferretería que había en una de las calles más
céntricas de la Habana, surgen las fulguraciones sinies­
tras de un incendio que, a juzgar por lo radiosas y lla­
meantes, diríase que trataban de poner en fuga a las
nocturnas sombras. La fatídica nueva, cundió con ra­
id
— 290 —

pidez -eléctrica por la población. Los bomberos no se hi­


cieron esperar ni un instante con sus mangueras y con
sus bombas. A los primeros toques del présago cornetín,
los carros del Cuerpo insigne volaban cruzando 'calles en
dirección hacia la del terrible frangente. Desde lo; alto.?
campanarios las lenguas de bronce de las campanas daban
al aire sus alaridos, melancólicos, lúgubres, plañideros,
que resonaban en la negrura nocturna -como ay-es desespe­
rados de almas en pena. Todo contribuía a llenar de cons­
ternación los espíritus en aquella infausta maldecida no­
che: hasta los silbatos de los policíats, que silbaban ince­
santemente pregonando alairna.
Cuando los bomberos llegaron al lugar del siniestro, las
llamas ondulando como gigantes aguijones de monstruosas
hidras de Lerna, soñadas en tétricas pesadillas, parecían
acariciar los lienzos de muro que sostenían la pesada te­
chumbre, pugnando por envolver entre grandiosos pena­
chos de resplandores todo el amplio edificio. ¡ Y eran de
ver aquellos bravos apostándose aquí y allá, ora trepando
ligeros coma ardillas a una altura, ora descolgándose como
temerarios acróbatas, al verla invadida ya por el incendio,
y tornándose a encaramar oor una y otra parte, rodeados
siempre de nubarrones de humo, bien sujetas las mangue­
ras por las nervudas manos y dirigiendo los cristalinos
torrentes sobre lofs focos de brasás que se -extendían ha­
cia de sus plantas, acometedores y asesinos! E l líquido ele­
mento, al salir de los pitones de !las mangueras con la
fuerza incontrastable de un proyectil, crujía y levantaba,
al caer sobre las rojas pavesas, humaredas tupidas,· que
semejaban exhalaciones del averno. ¡ Qué sugestionador
es siempre contemplar esas épicas, titánicas luchas entre
los elementos y los hombres, viendo a éstos triunfar de
esas arrolladoras fuerzas inconscientes y proclamarse ver­
daderos monarcas dé la creación! ·"'
Así hubiera sucedido aquella noche infausta, a no ha-
- 291 —

ber sido "tul engaño' pérfido, inexplicable por lo' inhuma­


no, que convirtió aquella incendiada ferretería eri un cam­
po de exterminio y desolación. Cuando los ínclitos bom­
beros estaban escalando las cumbres más inaccesibles del
heroísmo con una embriaguez de vaJor que parecían avi­
var los desmoronamientos de paredes y los desplomes de
techumbres, urna explosión horrífica, tremenda, como de
cien truenos condensados, como si instantáneo se resque­
brajase un mundo, ensordece de súbito los aires. Hierros
ingentes y bloques de piedra vuelan en derredor, y con
ellos j a y ! los cuerpos destrozados de una pléyade de hé­
roes que en el ápice de su gloria dieron inopidamente con
su tumba. ¡En aquella incendiada mansión había alma­
cenadas enormes cantidades de materias explosivas!...
Pintar aquel sangriento escenario de muerte es impo­
sible^ Sería necesario el pincel del Dante para dar con las
negras, macábricas tintas que hicieran rastrear tan sólo,
el luctuoso espectáculo. Y o ni imaginarlo puedo siquiera.
Ni se necesita, señores, para conmover vuestro corazón
generoso, describir en su realidad espeluznante aquel cua­
dro terrífico de mortandad, ante el cual sonreiría con ges­
to satánico el genio de la devastación. ¿Para qué habla­
ros de aquella escena de sangre en la cuaí había hijo que
encontraba a su padre muerto, hermano que removía un
escombro y hallaba exánime a su hermano, y en que los
ayes dolorosos de los moribundos se mezclaban con los '
alaridos de pena de jas madres que de repente se habían
quedado sin' los vastagos de su corazón y de las esposas
que de súbito habían visto desdoblarse sobre su frente el
velo triste de la viudedad ? Baste decir que aquellos ayes
y aquéllos gritos, confundidos "con el tañido de las cam­
panas y c-áh el murmullo de las preces que por las almas
de los muertos comenzaron a strbir ál Ciefló en aquel- mis­
mo" instantéi formaban como un lacerante concierto de
dolor que parecía brotar del corazón de la Habana, con-
- 292 jt -

vertida en nueva desolada Raquel ploran^ filias saos, llo­


rando desconsolada a sus hijos.
Lo que no dejaré de decir, porque es algo grandiosa­
mente legendario, que produce en el alma ese anonada-
dor escalofrío de la sublimidad, es que la explosión formi­
dable y atronadora no consiguió abatir d ánimo de los
bomberos que sobrevivieron a aquella hecatombe, y que
fué de verlos reponerse en seguida del consiguiente pasmo
y reanudar la faena heroica, disparando las mangueras con
nuevas bríos, acudiendo a los gritos de auxilio de los mo­
ribundas y removiendo aquí y allá materias ardientes y
calcinados escombros.
¡ Un saludo para esos bomberos 'insignes, algunos de los
cuales me están oyendo, evocando, a mi acento, en su me­
moria la espantosa catástrofe y asombrándose quizá del
propio heroísmo que supieron desplegar la noche aquella de
tan dolor-osa remembranza I ¡ Un saludo de admiración para
aquellos heridos, cuyas frases sublimes, superiores a todo
el estoicismo espartano, se conservarán siempre, corno
inestimables joyas, en el álbum de los boimberos de la Ha­
bana! Son decires de esos que suenan en los oídos, pero
que se desgranan cual musical estrofa en el corazón y hie­
ren sus más delicadas fibras, causando ese sentimiento ine­
fable que no puede tener expresión adecuada más que en
las lágrimas que humedecen de improviso nuestros ojos...
Oíd uno sólo: el de aquel Emilio Edelniann, que tan en
conformidad se supo mostrar con la significación de su
apellido ·— hombre noble— , cuando al serle amputado un
brazo exclamó, desadvirtiendo lo insufrible de su dolor:
“ ¡S i en desigimil combate he perdido un brazo, aun me
queda otro sano y un corazón lleno de amor al iservicio
de -la humanidad!" Y oíd también el de todos los bom­
beros que, al ver 'las muestras afectuosas con que la Ha­
bana sabía agradecer el heroísmo de su comportamiento,
decían por boca de Isus jefes al Gobernador General, que
— 293 -

intentaba recompensar, como mejor 4e fuese dado, el mé­


rito imponderable d¡e aquellos hombres: “ ¡Unánimemente
renunciamos a toda recompensa: harto grande la hemos
recibido con 'las distinciones de que hemos sido objeto por
parte del Gobierno y dél pueblo de la Habana!”
¡ A h señores: qué instintivamente persuadidos debían de
estar todos aquellos bravos de la hermosa sentencia de mi
Padre San Agustín: pertm et ad virtutis officium m vere
patriae, es un deber estricto de virtud vivir para la patria!
La lección elocuentísima que han dado al linaje humano,
no se borrará jamáis de los ¡fastos de la historia habanera;
y cuantas nobles inteligencias la estudien y mediten, en
el rodar de los siglos, no escatimarán los inciensos purí­
simos en 'loor de tales héroes y de tales mártires. Un filó­
sofo, cuyo nombre no quiero proferir en este santo lugar,
porque tengo miedo que sepa a profanación, decía, ha­
blando de la hermosura física, que era como “ una carta
abierta de recomendación que nos ganaba de antemano los
corazones” . Pues bien, yo digo que la hermosura moral
de los grandes ¡hechas es una carta abierta de recomenda­
ción a la posteridad, para que loe y aplauda siempre, sin
reserva, a ‘los espíritus hermosos con esa imperecedera her­
mosura que jamás envejece ni se marchita.
Y ahora, señores, 3a paz de Dios sea con los espíritus
viriles que en aquella memorable jornada supieron inmo­
larse como buenos en las sagradas aras del deber. Y o no
dudo de que su heroísmo sobrehumano haya sido recom­
pensado en el Cielo, y no de un modo cuaflquiera — per­
mítaseme lo un tanto irrespetuoso de la frase, tratando
como se trata de ¡las divinas mansiones— , sino con la mu­
nificencia con que sabe remunerar Dios toda encumbrada
acción ¡humanitaria. Y o no dudo de que aquellos grandes
muertos, \según diría Bossuet, estén gozando muy próxi­
mos a la infinita Belleza increada, que les causará ince­
santes arrobos dulcísimo® en aquellas moradas etéreas, ya
— 294 —

que Jesús nos dijo que en 'la casa de su Padre había mu­
chas mansiones, y que. las más altas, Jas más empíreas,
forzosamente habrán de ser para los que en e&ta vida
más alto hayan volado. por las excelsas regiones de .· la
virtud. Sí, yo estoy persuadido de que estarán siendo* in
ipsa gloria gloriad, gloriosos en la misma gloria; que de­
bido les es tan singular honor a los que relampagueando
con tale® 'centelleos lian sabido cruzar, como astros de pri­
mera. magnitud, por los .horizontes de esta vida. Dormiu-nt
in te-irae púlvere, evigilabunt in vitará aeHemam; suis res­
tos venerandos dormirán en el polvo del sepulcro, pero
las almas viriles que los animaron, vivirán siempre dicho­
sas y extáticas en el seno de la eternidad. Aquel p e g a ­
miento de Cicerón,, de que nunca el hombre se acerca tan­
to a la divinidad como cuando diace bien a sus semejantes,
jamás me ha parecido t-an pletórico de verdad como al
meditar en la bravura legendaria, de aquellos hombres,
que no titubearon, ni. un momento en inmolarse en aras
del bien público; por más que esto ya no es sólo acercarse
a -la divinidad: e s: aureolarse la frente con ráfagas de
resplandores divinos. .
¡A h ! la Habana supo apreciar en toda su valia la ab­
negación sublime de aquellos, héroes, de aquellos verda­
deros ¡mártires. ¡Lo proclama bien alto el marmóreo mo­
numento que entre todos los pomposos mausoleos de la
augusta necrópolis habanera descuella como el ciprés
entre los mimbres, que diría el clásico latino, y que
honra más aún a la Habana que a los mismos muer­
tos en cuyo honor; se levantó, porque es u n ; himno
escultural que al mismo tiempo que perpetúa, los nom­
bres de aquellos cuyas. cenizas yacen allí sepultadas,
canta, glorificador, el · alma de este pueblo, que sabe
honrar Ja memoria de los -hombres que irradian divinos
destellos sobre la frente de la raza humana. ¡ Salud, «va­
nes augustos de Gastón y de Raúl Alvaro, de los Ordo-
- 295 -
ñez y de los Musset, de ios ConiU y de los Cadaval, de
ios Zencowiech y de las Rodríguez, de los Ferreiros; y
de lo® Garcías, de los Posadas. y de los Chomat, regoci­
jaos eternamente en el Cielo, abismándoos en la con­
templación arrobadora de Dios, mientras vuestros despo­
jos duermen el sueño de la tumba en eise magnífico pan­
teón que ha erigido a vuestra memoria la gratitud peren­
ne de Ja Habana! N o temáis que en esta tierra bendita,
pensil radiante que debe de ser, entre todos los pensiles
terrestres, el que más -nítidamente refleje él paraíso, se
den jamás al olvido vuestras-nombres. L a Habana sabrá
llevarlos - siempre engarzados como diamantes luminosos
en la cocona de sultana que ciña su frente. L a Habana
sabrá siempre escoger las flores más odoríferas de su
suelo y tejer con ellas guirnaldas preciosas para deposi­
tarlas' sobre vuestra tumba. L a Habana sabrá acudir
siempre, año tras año, a celebrar en vuestro honor estas
exequias solemnes, en flas cuales de tantos pechos nobi­
lísimos ascienden plegarias fervientes ál Cielo, pidiéndole
vuestro eterno descanso y vuestros eternas júbilos.
¡Salud también tú, ciudad hidalga y hermosa, que tan
pródigamente has sabido premiar a tus mártires y a tus
héroes! Después de una sangrienta batalla contra los ene­
migos de su nación, el invicto Judas Macabeo, nos dicen
las Santas Escrituras, hizo sepultar a los. muertos en el
campo del honor y ofrecer por ellos solemnes sacrificios
expiatorios. í.Oh, qué. bien has sabido ,y, sabes tú imitar la
conducta.de aqu el.estrenuo adalid del -S eñ o r! j Qué oam-
po de honor el que a tus mártires, has dedicado en ese
grandioso tnauspleo que tan respetuosamente impone y
fuerza a meditar a quienquiera que pase ante su zócalo y
f ije ’ sus ojos en aquellos, inmortalizad ores mármoles!: Y
¡con qué fervor acudes siempre a solemnizar estas fune­
rales honras que por el eterno descanso de aquellos héroes
— 296 —

se celebran todos los años en el consagrado recinto de


este templo!
Y o hago votas ardientes a Dios por que tu seno sea
siempre fecundo en engendrar hombres como los que hoy
ensalzas y magnificas* y -no dudo qu-e lo será siempre
con sólo explayar «lia mirada por ese insigne Cuerpo de
bomberos que ten fervorosos y entusiastas acuden a. glo­
rificar la memoria de sus heroicos compañeros antiguos.
Bien hacéis en rendir este acto de fe a la religión de
vuestros mayores, y este homenaje de amor y solidaridad
a vuestros inolvidables héroes-hermanos* E l valor que sa­
béis desplegar en la extinción de ’los incendios, tenedle
siempre en practicar vuestra Religión y en confesar vues­
tras creencias. Vuestra vida e3 de exposición continua e
inesperada a los guadañazos de la muerte, y continuamen­
te debéis procurar que vuestra ateia se mantenga pura y
preciosa a los ojos de Dios. N o os avergoncéis jamás de
prosternaros ante -los altares del Altísim o y alzar en cáli­
das oraciones vuestros amorosos suspiros al Cielo. Tened
siempre en la memoria aquellos versos del Cantor de las
décimas divinas al Dos de M a y o :

qjie nunca el hombre es más grande


que cuando está de rodillas.

Esta ingeniosa paradoja encierra una máxima profun­


damente verdadera, que debíamos llevar todos los hom­
bres grabada con letras de oro en él corazón.
Para conjurar toda clase de políticas cerrazones que
desasosieguen e intranquilicen a está hermosa Perla de las
Antillas, decía yo mismo poco ha, en ocasión de otra es­
pléndida solemnidad religiosa, son necesarios hombres de
témple varonil, que sepan sacrificar todo interés indivi­
dual en los altares santos de la patria. Y esos hombres
sólo Los esculpe la Religión, fuente inagotable de todas
las grandes valentías y todos los excelsos heroísmos, Para
— 297 -
consolidarse en su independencia y avanzar con paso
firme y seguro por los derroteros de la civilización y de
Ja cultura, Cuba necesita que sus hijos tengan espíritu de
sacrificio y estén, siempre que la patria lo exija, dispues­
tos a subir, con la sonrisa en los labios, si preciso fuere,
las gradas gloriosas de la inmolación. N o basta que esté
al frente de Iba destinos nacionales un varón ilustre en
cuyo rostro reverbera una hombría de bien que delata en
el fondo un alma intrépida y generosa, aquella alma sana
y robusta de soldado, formada entre el fragor de los com­
bates, a los cuales jam ás le impulsaron odios fratricidas y
eí sólo el sentimiento naturalísimo de ve r a la tierra don­
de se meció su cuna, feliz e independiente. Esos destinos-
nacionales sonríen en lontananza bellísimos y ensoñado­
res; pero, vosotros lo sabéis mej-or que yo, de cuando en
cuando los envuelve a los ojos de la fantasía como un
cendal de bruma ligera que hace que aquellas 'sonrisas ten­
gan algo de inquietas y melancólicas. Y para que esas son­
risas sean siempre alegres, regocijadas y de augurios feli­
císimos, se ha menester la colaboración de todos 'los buenos-
cubanos, la unión sincera y cordial, en una aspiración co­
mún y altísima, de todos los cubanos que se precien de-
hombres. Señores: ante el recuerdo de aquellos bomberos
inmortales que tan estupendo ejemplo os legaron de abne­
gación y de sacrificio, yo os conjuro, en nombre de esta
Cuba hermosa que está siempre soñando poéticos sueños
de prosperidad y de ventura, para que os revistáis todos
del heroísmo y abnegación que reclaman en la -crítica hora
presente los sacrosantos ideales de la patria.
SAN RAFAEL

PANEGIRICO PRO N U NCIAD O EN L A H A B A N A EN


L A P A R R O Q U IA D E L AN GEL
Raphael dicitur Medicina Dei,
Rafael significa Medicina de
Dios.
Palabras de San Gregorio.
(Hom. 34, ín Ev.)

E xcm o. S r. O b is p o :

H erm anos m ío s en J e s u c r is t o :

Mentira parece que haya habido espíritus estrechos


que, enamorados de la hojarasca de genios y geniecillos
de las religiones mitológicas, se hayan atrevido a negar a
la Religión cristiana los resplandores sublimes de la poe­
sía. L a sola existencia de los ángeles basta para echar
por tierra semejante negación, que ¡sólo puede ser hija del
sectarismo o de la ignorancia. ¡L o s ángeles! Después de
Dios y de la Madre de Jesús, ¿puede ni imaginarse si­
quiera fuente más pura y copiosa de poesía que los ánge­
les, esos espíritus puros oreados por el supremo Hacedor
de todas las cosas, para que alegren los cielos revolotean­
do como mariposas etéreas por los· pensiles empíreos? Por
su naturaleza de espíritus puros todo se reduce en ellos a
entendimiento y a volutad: a entendimiento, continuamen­
te absorto en la contemplación de las perfecciones divinas;
y a voluntad, siempre arrebatada de amor, siempre em­
briagándose en la ambrosía de los divinos amores.
Los genios pictóricos no han sabido cómo representar­
se m ejor las gracias divinas que en esos espíritus resplan­
decen, que imaginándolos como infantiles seres alados, re­
- 302 —
bosantes de candor y de hermosura. D e eandor, para sim­
bolizar la inocencia sin ma¡ncha, que brilla en ellos más
pura que intocada nieve; de hermosura infantil, para ha­
cemos rastrear el encanto de lia juventud, que campea en
ellos perenne, como flor inmarcesible; y com alas, Gon alas
gráciles y vaporosas, para significarnos que vuelan mil ve­
ces más rápidos que las aves, ¿qué digo las aves?, mil
veces más rápidos que la luz, a llevar de mundo a mundo
los mensajes divinos. ¡Los ángeles!... ¡Q ué cosa más sutil
y más delicada y más poética! De ahí, sin duda, el que
Dios ios haya creado en esa asombrosa abundancia de
que nos hablan las Santas Escrituras. Sentiríase· como arre­
batado ante los primeros que brotaron de la nada a un
conjuro de su amor, y quiso multiplicarlos indefinidamente
haciéndolos innumerables como las arenas del mar o como
las estrellas del firmamento. Y de ahí que nos los repre­
senten en muchedumbres innúmeras Job, el águila de Pat-
mos y especialmente el profeta Daniel, que vió en -una dé
sus visiones magníficas a .millares de millones de ellos vo ­
lando en derredor del trono del·Altísim o. ¡Q ué corte más
hermosa la de que ha sabido rodearse él H acedor' de los
cielos y la tierra! Porque dios son los áulicos de Dios y-los
verdaderos príncipes de la ¿loria. Y como en los principa­
dos ' terrestres, también hay entre elíós una jerarquía' ver­
dadera, pues unos se remontan más altos "que otros en ef
Empíreo, aunque todos gocen de la misma visión beatí­
fica, que los tiene incesantemente sumidos en un éxtasis
inefable de gloria.,
Y".cosa admirable: ¡muchos; de esos príncipes del íS eló
andan continuamente por'este valle de lágrimas sifvieiícfe
de guardianes' y custodios a los pobres' hijos de E v a ! Y
hasta los más altos nó se desdeñan de veiiir a menudo a la
tierra, portadoras de algún mensaje diviho’ para; tos 1hom-
bréé: ¿ Y cónio se habíari de desdeñar, habiendo bajádo-á
vivir’ entré nosotros el mismo Dios? :
- 303 -
Pues bien, de uno de esos príncipes más encumbrados
en la angélica jerarquía, es de quien yo voy a hablaros
breves instantes: del ángel San Rafael, que es uno de los
siete espíritus privilegiados que asisten inmediatamente al
trono del Altísimo, según él mismo nos d ic e : 'ego sum Ra~
phael cmgelus, unm ex septem qm adstawms ante Domi-
nwnt, yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que asistimos
siempre al Señor.
L a Iglesia festeja y ensalza solemnemente a todos los
ángeles en general, rindiéndoles sincero y fervoroso culto;
pero respecto de algunos de éstos ángeles no sé contentó
con esos cultos generales y ha constituido fiestas particu­
larísimas en su loor, sin. duda porque los hombres Ies-
deben favores especialísimos y la Iglesia quiere ser fiel in­
térprete de los sentimientos de gratitud de los hombres.
Uno de esos acreedores especiales al amór de tos hom­
bres es San R afael, cuya festividad tan solemnemente es­
táis celebrando vosotros en el recinto de este templo. ¡ Oh
cuánto quisiera que mis palabras tuviesen, hoy una chispita
siquiera de las armonías embriagadoras con que incesante­
mente alegran el Paraíso los áng'eles! A s í penetrarían sa­
brosas y dulces por vuestros oídos, yendo a desgranarse,
cual notas de arpa querúbea, en vuestrás almas, y os ha­
rían sentir la sabiduría médica de San Rafael y la necesi­
dad constante en que estamos de acudir a su poderoso v a ­
limiento, implorándole que nos báje del Cielo el1 específico
divino que sane nuestras dolencias y cure y restañe nues­
tras heridas. Mas ya que esa armonía angélica no püeda
ser saboreada en este mundo, y mucho menos al través, de
misJpalabras inelocuentes o incoloras, pedid conmigó a la
Virgen c[ue no les falte esa unción sagrada que taft ad­
mirablemente suple la deficiencia del buen decir!,’ conmo­
viendo íntimamente las almas y estimulándolas al bien y
a 'la virtud. ' •r: :i ' · ' ;
A ve María. '
Raphael dieitur, <c.

H e r m a n o s m íos en J e s u c r is t o :

Eran días de luto para Israel, de cuyas ciudades no de­


jaban piedra sobre piedra los tiránicos reyes asírios. Cuan­
tos israelitas se oponían al1 paso de los déspotas, eran pa­
sados a cuchillo inexorablemente, y los demás eran llevados
cautivos a la A siría y desparramados por su. suelo, para
que jamás pudieran rehacerse ni volvieran a acariciar en­
sueños de patria. Veíase vibrar en aquellos castigos la es­
pada justiciera de Dios, cansado de ver a su pueblo vol­
verle las espaldas a cada instante, y caer una y cien ve­
ces en el pecado de idolatría.
U no de aquellos cautivos, condenados a arrastrar lejos
-de su patria las cadenas del destierro, era Tobías, hom­
bre bueno y temeroso de Dios, a quien siempre había
adorado en espíritu y en verdad, y de cuyos caminos ja ­
más se había apartado un ápice para seguir a sus conte­
rráneos por el de la abominación y el gentilismo. ¡ La
pena profunda con que lloraba en sus soledades las des­
venturas de la patria deshecha, y más aún que la patria
■deshecha, las prevaricaciones de los de su sangre y de su
raza, que tan rudamente habían irritado la cólera de D io s !
V ivían haraposos, misérrimos, arrastrados a veces, sin un
m endrugo con que acallar las dentelladas del hambre, y
todavía teniendo que sufrir los desprecios del engreíd®
vencedor que los flagelaba, despiadado, con 'la fusta irre­
sistible de las sonrisas irónicas.
Y Tobías los visitaba, los consolaba, los socorría, par­
tía con ellos su pobreza. A algunos, cuando se morían, hai?-
ta tenía que darles éí m iaño sepultura, porque no había
- 805 -

quien se prestase a echar a stis cadáveres unas cuantas pa­


letadas de tierra; que tan abandonados parecían estar de
Dios y de los hombres. Y estas misericordias y estas bon­
dades, que sólo debían reportarle aplausos y bendiciones
de todo corazón bien nacido, le acarrearon las iras de los
tiranos, y fué perseguido duramente y reducido a extre­
ma pobreza; y, para coímo de reveses y de males, hasta
perdió el infortunado la vísta. ¿U na frase de impacien­
cia o de indignación al ver cómo el Cielo parecía premiar
sus abnegaciones y sacrificios? Nunca: era un Job cuya
lengua, lo mismo en la adversidad que en la fortuna, no
sabía más que bendecir,
A l través de tantas desgracias le pareció columbrar muy
próximo el término de sus días, y entonces llamó a su h ijo
Tobías, el joven, y ¡qué paternales consejos Jos que bro­
taron de sus labios, y con qué fervientes recomendaciones
le instigaba a que practicase siempre la virtud! A la her­
mosura moral de aquel hombre, el cielo no podía menos
de sonreír y enviarle uno de sus ángeles que le sanase y
le restituyese a su antiguo estado de riqueza, ya que tan
generosamente había sabido administrarla y distribuirla.
Y se le envió, y a uno de los ángeles más altos, a R a­
fael, que quiere decir medicina de Dios, ordenándole que
fuese a Nínive, donde yacía nuestro hombre postrado y
ciego, y que le curase de todas sus dolencias y de todas
sus penurias. ¡H asta dónde liega la infinita misericordia
de Dios para con el hombre; hasta enviarle desde el Cie­
lo un ángel médico, sanador de todo género de enferme­
dades! ¡U n médico que para diagnosticar instantáneamen­
te toda cíase de padecimientos e instantáneamente apli­
carles la medicina curadora, íii necesite leer a Hipócrates ni
a Galenos, porque estudia en las aulas donde brota la
misma fuente de la sabiduría, donde enseña el mismo
Dios!
Pero antes de hablar de esta curación milagrosa, hay
— 306 -

que seguir el relato bíblico y hablar de tma curación de


dolencias espirituales que enderrít tma poesía idílica que
encanta. Tobías, aí verse tan pobre y tan inválido, había
dicho a su h ijo que fuese a cobrar •unos créditos que él
tenía en una ciudad lejana. P ero ¿cómo nuestro joven- iba
a emprender aquel viaje, solo y por caminos desconoci­
dos y apartados? Y su padre le <Üjo que procurara agen­
ciarse un guía que le condujese. Y este guía se le pre­
sentó en seguida: un joven de entera confiaaza, que se
prestaba a conducirle y a tornarle aJ hogar, un gallardo
mancebo que no era otro que el ángel San Rafael, quien
anima al viejo Tobías a que se regocíje y alegre. E l po­
bre ciego le dice que no hay regocijos en la tierra para
los ciegos pobres. Y entonces nuestro -mancebo le anuncia
su pronta curación. Y parte para la ciudad de Rages con
el joven Tobías. ¡O h, los senderos ocultos e ignorados
por donde conduce la Providencia a la realización de sus
eternos designios!
En Rages (había una doncella virtuosísima llamada Sara,
por cuyas venas corría la sangre de tm pariente próximo
de Tobías. A la altura de su virtud ¡rayaba la de su belle­
za, razón por la cual no habían escaseado los pedidores
de su mano. Con siete hombres consecutivos se había des­
posado, a instancias de su padre, y a los siete había dado
muerte el Angel de las justicias del Señor, antes de que
le robaran la virginidad y la inocencia; porque no eran
dignos de gozar los tesoros encerrados en aquella criatura,
tan hermosa, según, los ideales de hermosura de Dios. Pero
aquellas muertes súbitas la tenían angustiadísima; pues
no había faltado quien la vituperase, inculpándola a ella,
inocentísima de todo, de aquellas mufertes inesperadas. Y
vivía a solas con sus tribulaciones, turbada a veces por los
vientos de la maledicencia, que iban, rugidores, a estre­
llarse contra su frente.
Pero 'volvamos a nuestros jóvenes viajeros, caminó de
— 307 —

la ciudad que guardaba entre sus muros a aquella virgen,


sobre la cual, a pesar de la brumosa cerrazón que pare­
cía envolverla, sonreía el Cielo preñado de benevolencia y
de dulzura. A l pasar a orillas del T igris les sucedió un
incidente curiosísimo, una escena que parecía que iba a
comenzar en trágica, pero que terminó en idílica. ¡ Quién
no la ha oído contar mil veces 1 Tobías quiso bañar sus
píes en las aguas del Tigris, y no bien ’los sumergió en
el líquido elemento se precipitó hacia él un pez horrible
y monstruoso, como para devorarle. El· joven gritó cons­
ternado pidiendo auxilio a su guía.
Y , no le temas, le dijo éste, cógele por Iaí> agallas y
extráele el' corazón y la hiel, que nos han de servir para
remedios medicinales muy curativos.
¡ Como si ia milagrosa fuerza curativa con que se iban
a efectuar las curaciones que proyectaba, radicasen en
otra cosa que en la misma voluntad -del Angel que había
descendido a la tierra con plenos poderes de Dios!
Y llegaron al pueblo de la bella Sara y se hospedaron
en la casa de su padre, que era como su pariente el ciego
Tobías, bueno y temeroso de Dios. E l A ngel dijóle al j o ­
ven que descuidara en absoluto del cobro <le cuanto se
adeudaba a su padre, pues no faltaría un solícito recau­
dador, y que él se ocupase tan sólo en conquistarse eíl
corazón· de su prima, conquista que le sería muy fácil,
ya que a la natural sugestión de sus bellísimas dotes per­
sonales había que añadir el que andaba por medio la gra­
cia del Señor. Y así sucedió, en efecto: nuestros jóve­
nes se pusieron al habla más que con los labios con el
espíritu, y ¡se entendieron y se amaron, estableciéndose en­
tre ambos esa corriente amorosa que concluye por fundir
en un solo ser dos corazones y dos almas. Y el A ngel ins­
tigó al joven a pedir la manó de su prima, como k» hizo en
seguida; mas el padre les contaba lo- acaecido con los an­
teriores esposos y se resistía, no porque dejase de ver en
- 308 —

su sobrino al varón perfecto que podría labrar la felicidad


de su hija, sino porque cruzaba demasiado vivo por su
mente el recuerdo de las pasadas tragedias y temía que
volvieran a repetirse en su morada escenas de terrible luto.
Pero el celeste joven le serenó, haciéndole comprender
que los anteriores maridos de su hija eran indignísimos
de ella, que estaba custodiada por Dios para dársela a
quien la mereciese, y que el merecedor de ella era el joven
Tobías, en quien resplandecían mil dotes celestiales y a
quien la Providencia había conducido hasta allí de una
manera milagrosa. Y se desposaron por fin, y el enemigo
común de las almas no pudo hacer nada en contra de
aquel himeneo dichoso, porque el Angel de Dios le con­
finó muy lejos de allí para que la ventura esplendiese so­
bre tan apuestos jóvenes sin el más ligero soplo de con­
trariedad.
Y ved ahí la milagrosa curación de nuestro A ngel: ia
disipación instantánea de las penas y de las amarguras
que se habían señoreado del corazón de la joven Sara,
quien ya se había resignado a no ver jamás despuntar
una aurora de júbilo en la lobreguez infausta que pare­
cía haber formado el horizonte de su vida. ¡Q ué rápidas
iaabía visto disiparse las negruras de dolor que entenebre­
cían su existencia! ¡Q ué pesadumbre, como de masa de
plomo, había sentido quitársele de encima del corazón !
¡C uán a pulmón henchido había comenzado a respirar
aquel aire de dicha colmada que sólo del Cielo había po­
dido descender! ¡ Y qué henchida de gratitud no se sentiría
hacia aquel A ngel que celaba su naturaleza angélica bajo
las gallardías de un garrido mancebo, y a cuyas insinua­
ciones y a cuyos requerimientos era debido todo aquel poe­
ma amoroso que empinaba una ve z y otra sobre sus la­
bios la diamantina copa de la felicidad! 1
L a felicidad de ISara y de sus .padrea fué sólo compa­
rable a 'la de los padres del joven Tobías en la escena de
— 309 —

ventura que se desarrolló al regresar a N ínive nuestros jó­


venes, acompañados de la bella Sara. E l A ngel había di­
cho al· joven esposo que le untara los párpados a su padre
con :1a hiel del pescado que habían cogido en las aguas del
Tigris. E l joven obedeció, practicando en seguida aquella
untura, y su anciano padre recobró instantáneamente la
vista, abrió los ojos y vió ... vió a ambos apuestos man­
cebos sonrientes de júbilo y alegría, vió a aquella linda
joven, radiante de beldad y de hermosura, con quien se
había desposado su hijo, vió las inmensas riquezas en g a­
nados y oro y servidumbre que consigo traían. Para un
ciego no puede imaginarse dicha más grande que la de
tornar a. ver, y si ve encarnaciones de ensueñas dorados
que sólo las ilusiones juveniles pueden forjar, compren­
deréis que la dicha del ex-ciego Tobías no tuvo limites.
¡Q ué éxtasis inefable el que gozaría viéndose rodeado de
tanta felicidad, y sobre toda aquella felicidad la hermosu­
ra esplendente de aquella joven nuera que la había depa­
rado el Cielo y en cuyo rostra brillaban fúlgidos mil c e
lestiales dones del Altísim o!
Después de toda esta lluvia de dulcísimas bienandanzas,
nada extraño que celebrasen consejo de familia para ver
cómo habían de remunerar al gallardo mancebo que se
había prestado a ser guía del joven Tobías en aquella ex­
pedición afortunada a los risueños valles de la felicidad,
y que toda recompensa Ies pareciese ruin y miserable, com­
parada con el' cíelo de venturas que sobre todos los miem­
bros de aquella familia había echo sonreír. E l Angel guar­
daba rigurosamente su incógnito y les dejaba planear y
debatir, y los veía entristecerse y llenarse de pena porque
no hallaban recompensa digna para premiar a quien ju z­
gaban autor de tanta dicha. Pero la tristeza desapareció
al instante cuando el mancebo misterioso, que estaba junto
a ellos, empezó a desvanecerse en su figura humana para
ostentarse en su naturaleza angélica, y explicar su misión
- 310 —

divina, y transfigurarse en visión de embriagadora luz, y


desaparecer como por encanto, dejándolos a todos sumi­
dos en un arrobamiento inefable y dulcísiimo...
¿Verdad que estas páginas bíblicas son más que sufi­
cientes para revestir de poesía y de encanto a una reli­
gión ? ¡ Cuánta dignación divina hacia el hombre la que
en ellas se refleja! ¡N o contentarse Dios con darle ánge­
les custodios que le acompañen siempre por este mundo;
guardándole de rodar como piedra inerte por los mil de­
rrumbaderos de la vida, y enviarle de cuando en cuando
embajadas extraordinarias, ángeles especiales que le ahu­
yenten con el batir de sus alas todas -sus aflicciones y todos
sus infortunios! ¡O h qué bellezas las de nuestra religióní
¡Q ué fuentes inagotables de dulcísima ambrosía! ¡Poner
a merced del hombre en la tierra a todo un príncipe del
Cielo, para que le guíe en una expedición y le libre de
monstruosas fieras, y hasta ejerza como de recaudador de
sus créditos, y le busque -esposa que le enamore y le
haga feliz, y le cure de toda clase de dolencias, lo mismo
del cuerpo que del espíritu!...
Y todo esto lo hizo San R afael, ese Angel cuyo nombre
significa medicina· Dei, medicina de D io s; y de ahí el que
sea considerado desde la más remota antigüedad como el
médico divino de todas las dolencias humanas; y de ahí
la muchedumbre de curaciones milagrosas que por doquie­
ra, se le atribuyen y la fervorosa piedad con que &e le in­
voca desde los lechos donde yacen postrados loa moribun­
dos; y de ahí que mi gran. Padre San Agustín crea que
no era otro que San Rafael el Angel que movía las aguas
de la piscina de Jerusalén, donde ciegos, leprosos y pa­
ralíticos se bañaban, saliendo de allí curados de toda do­
lencia y sanados de ¿oda enferm edad; y de ahí el que los
cronistas religiosos antiguos, desde Surio hasta el Carde­
nal Baronía, nos -citen entre la muchedumbre de los devo­
tos de este santo Angel a emperadores y reyes como
— 311
Constantino y Clodoveo, de quienes se dice que alcanza­
ron de su valimiento ¡señaladísimos fa v o re s ; y de ahí
ios solemnes cultos que por todas partes le dedica Üja
Iglesia y la fervorosa veneración que le rinden las almas.
Y en verdad que es acreedor a esa ferviente veneración
y a esos cultos magnificad ores. E l solo hecho de dejar,
siquiera fuese por ¡brevísimo instante, las alturas del Em ­
píreo, donde se baña en el torrente de supremos goces que
brota de 'la infinita Belleza increada, para descender a la
tierra a visitar, no las moradas alegres donde resuena a
cada instante la carcajada del placer, sino los hogares en­
tristecidos donde no se perciben mas que ecos de dolor,
debía ser más1 que suficiente motivo para que todos le
amásemos con verdadera ternura y le rindiésemos todos los
días de nuestra existencia un ciíito afectuoso y ferviente
que le indemnizase de algún modo de esos apartamientos
momentáneos de la gloria, de la excelsa mansión de la fe­
licidad y de la ventura.
¡ Ah, cuán propicio le tendríamos siempre y con qué so­
licitud vendría a visitarnos cuando sonasen despiadados
en nuestra frente los aletazos de la tribulación, cuando las
negruras de una enfermedad o de una desgracia se ten­
diesen como noche horrible por el horizonte de nuestra
vida!
Pero sabed que la devoción que nos tendría propicio
siempre a nuestro Angel ha de ser una devoción sincera
y ardiente, que, más que en estas solemnidades exteriores
can que se le magnifica, consista en el culto íntimo que !e
oonsagremos en el santuario de nuestras almas; y no sólo
ardiente y sincera, sino hermanada con un vivir ejemplar­
mente cristiano, con un viv ir que efunda en torno de si
algo de aquel buen perfume de Cristo, de que nos habla
el Apóstol.
Digo esto porque la superstición fácilmente se abre
paso en muchos espíritus, persuadiéndolos de que estando
— 312 —
bien con un santo, no im porta.que se esté mal cotí Dios,
viviendo una vida a la cual podrá aplicarse cualquier ca­
lificativo menos el calificativo de cristiana. Vosotros !o sa­
béis m ejor que yo : en este delicioso país, que sóio necesita
ser visto para ser amado, ha decaído muy mucho el fer­
vor religioso que floreció en pasados días. Y a aquel
espíritu religioso ha sucedido un espíritu. superchero, con
que diríase que se trata de engañar a Dios, conquistándose
por medio de supersticiones la entrada en el paraíso. H ay
que desengañarse: las bendiciones de Dios sólo se adquie­
ren con una vida ajustada a sus santos mandamientos. Si
no se vive según Dios, es imposible tener de nuestra parte
a los ángeles y a los santos. De los beneficios innúmero*
Movidos del Cielo sobre la casa del viejo Tobías, nos dió
et mismo Angel San Rafael la clave. Quando orabas cwn
lacrymis et sepeliebas mortuos, ego obtuli orationem tuant
Domino, cuando dabas sepultura a los muertos y orabas
intensamente hasta derramar lágrimas, yo ofrecí tu ora­
ción al Señor. J
E l vivir, el vivir según las máximas de Jesucristo, he
ainí fio que nos aquista las benevolencias del Cielo y abre
sobre nosotros la munífica mano de Dios, ávida siempre
de prodigar sus infinitos tesoros a los hombres. Nc hay
otro secreto para ganarnos a los Angeles, m otra llave para
abrim os de par en par las puertas de la divina miseri­
cordia. ¡Ala!, si viviésemos todos la vida santa de Tobías,
¡qué prisa se daría el Angel San Rafael en presentar a
Dios el· catálogo de nuestros merecimientos, y cómo sen­
tiríamos curarse, como por ensalmo, las dolencias de todo
género que con frecuencia nos torturan y ailigcu!
V o y a concluir, Hermanos míos en Jesucristo, y k> voy
a hacer estimulándoos a que seáis siempre muy devotos
de ese Angel que tan atento se ha mostrado a las acciones
buenas de los hombres, para presentárselas, sin tardanza,
en brillante hoja de servicios al Señor. Y a sabéis la mi­
— 313 —
sión, para nosotros honrosísima, que desempeña cerca del
Altísimo. Procuremos que no le falten nunca acciones bue­
nas, de nuestra parte, con las cuales abogar por nosotros
ante Dios y recabarnos su infinita munificencia. Y en
nuestras enfermedades, lo mismo las del cuerpo que
las del espíritu, no olvidemos jamás que es San R a­
fael el más eficaz y salutífero remedio, medicina Dei?
medicina de Dios. Invocadle con todas las veras de
vuestra alma, lo mismo en las horas amargas de las pos­
traciones físicas que en ’las horas eternas· de las postracio­
nes morales, y no le pidáis solamente que conjure vuestros
infortunios: que conjure también todos los padecimientos
de los seres que os sean queridos, ora por comunidad de
sangre, ora por simpatía, ora por amor; que oiga esa tre­
menda elegía que surge todos los días de la tierra, com­
puesta de todos los ayes angustiosos que exhalan los hijos
de Adán, y acuda en seguida con sus específicos celestia­
les a poner bálsamo en todas las heridas, y disipar todos
los dolores y endulzar todas las amarguras, a efundir, en
fin, por este valle de ‘lágrimas una refrigerante aura del
edén que conforte y vigorice nuestro espíritu para luchar
y vencer en las rudas batallas del vivir.
Y ya que este vuestro país hermoso, a juzgar por . los
dolientes clamores que alza a diario la prensa de todos los
matices, se halla enfermo de gravedad, víctima de esa si­
calipsis ambiente que tan espantosos estragos está cau­
sando en la juventud y aun en la niñez, acudid, acudid a
ese glorioso Angel implorándole vívísimamente la cura­
ción de vuestro pueblo. iQ ue, como a Tobías los ojos de la
cara, abra los del espíritu a todos esos infelices que tan a
merced de la pasión se dejan despeñar por los precipicios
del desenfreno! ¡Q ue les haga verse encadenados con las
cadenas de la esclavitud del pecado, que es la peor de las
esclavitudes, y los ayude milagrosamente a sacudiría de
sus hombros! Pensad que esa enfermedad va adquiriendo
— 314 -

todos los caracteres de «tía peste y que esa cíase de peste


es la que más degenera a los pueblos, haciéndolos decré­
pitos y caducos. Siempre fueron necesarios siglos y síg'bs
para salir de la barbarie y entrar de lleno en la civiliza­
ción ; mas para rodar de la civilización a la barbarie no sf
necesitan siglos1. 'Roma se encontró salvaje de la noche a
la mañana. E l Norte de A fric a hundióse en un instante en
el abismo de la barbarie, desde las cúspides de la civili­
zación adonde le había ¿levado el genio de San Agustín.
L a barbarizaición, de un pueblo está en proporción directa
con- la intensidad de ¡sus: vicios. Pedidle a San Rafael qu€
cure a vuestro país de ¡esa terrible enfermedad, para que
la religión del Crucificado sonría siempre en él, como son­
ríen las flores que le matizan y perfuman y como sonríe
el hermoso cielo que le corona y le acaricia.
No olvidéis nunca la necesidad en que estamos todera
de la asistencia médica de ese santo Angel. Mas aunque
no fuera por tenerlo propicio siempre a vuestras cosas,
debíais profesarle vosotros fervorosísima, devoción, por
continuar, aunque .no fuera más, las tradiciones augustas
de vuestros mayores, que llegaron a constituir en su loor
una de las más espléndidas asociaciones religiosas de la
Habana. ¡O h el entusiasmo con que este barrio festejaba
a San Rafael en ;los días no remotos de aquella floreciente
Cofradía! Haced cuanto os sea posible por reorganizaría
con todos los valiosísimos elementos religiosos que indu­
dablemente hay en este b a rrio ; cooperad con el buen pas­
tor que os gobierna espiritualmente a restaurar en esta
parroquia el espíritu férvidamente refligioso que tanto le
distinguía en no lejanos tiempos, y yo os aseguro que llo­
verán abundantísimas sobre vuestras frentes las celestia­
les bendiciones. A sí sea.
EN LA COVADONGA

DISCURSO PRONUNCIADO EN L A BENDICION DEL


PA BE LLO N «MAXIMINO F . SANFBLTZ», A P A D R I­
NADO P O R LA D ISTIN G U ID ISIM A SE Ñ O R A D E L
PRESID EN TE DEL· CENTRO A STU R IA N O Y POK
D. R A F A E L A L T A M IR A
Santifieatur tmm per vtrhtm
D ei et eraHonem.
La santificación es hija «Ae 1*
oración y de U palabra dinaa.
(I ad Tím, c. ÍV, y, s >

A btdjuajíos:

Sólo por el entrañable amor que tengo a la tierrina be


accedido a ponerme en el trance, para mí bien poco ai­
roso, de dirigiros la palabra en la solemnidad que estás
celebrando con motivo de la bendición, de .un pabellón más
en este ya verdadero bosque de apalaciados pabellones ,que
se titula Covadonga,
Y digo que es éste, para mí, trance muy poco airoso,
porque, a juzgar por lo que dice y pregona todos los días
fa prensa, hay una verdadera fiebre de triunfos oratorios
en la Habana.
Bien querría yo aportar mi grano de arena a esa obra
de apostolización que tanto se ensalza y magnifica; que
apostolización es, y muy santa por cierto, la de unir a
todas las almas de la gran fam ilia española dispersa por
el mundo, haciéndolas latir al unísono, aspirando a altos
fines civilizadores y encauzando hacia su realización, como
las, aguas de un d o , todo® nuestros esfuerzos y todas nues­
tras energías, con objeto de que jam ás pueda trazarse la
historia de lo porvenir sin que, a modo de sol de primera
magnitud, brille siempre en d ía el nombre augusto de
— 318 -

nuestra raza. Mas para salir triunfador en tarea semejante


me sería preciso: "primero, tener lleno el cerebro de plé­
tora intelectual; y segundo, poseer ttna palabra insinuante
y persuasiva, que llegase, acariciadora, hasta al fondo de
fas almas y desatase, en vuestro espíritu y en el de nues­
tros hermanos de Cuba que la oyeran, una lluvia de ideas
generosas que, más pronto «o más tarde, hubiesen de ger­
minar en floración fecunda, cuajando a su debido tiempo
en- riquísima cosecha de frutos opimos.
N o esperéis, pues, de mi un discurso que haya de cau­
sar en vuestra alma esas emociones dulcísimas que causa
siempre la palabra humana cuando acierta a volar de los
labios cargada de altas ideas y de grandes cosas, como
vuelan cargadas de miel las abeja® áJ abandonar el cáliz
de ;las flores·. M í breve oración va a ceñirse poco más que
a bendeciros por ía manera admirable como sabéis honrar
y enaltecer el nombre de ía tierrina, ensalzando a la vez
y enalteciendo el- sombre de la patria.
Quienquiera que registre 'las varias Memorias de vues­
tro Centro y vea el entusiasmo patriótico con que habéis
acudido, en toda ocasión difícil, a los llamamientos de la
patria, procurando form ar siempre en la vanguardia de
sus mejores hijos, y note los rasgos de esplendidez con
que habéis respondido siempre a los gritos de la desgra­
cia, ora cuando resonaban allá entre los escarpados veri­
cuetos de aquella atopadiza tierra de nuestros mayores o
en cualquiera de los rincones de la amada Península; ora
cuando repercutían fuera de España, en los ámbitos de
una nación que, fuese ella cualquiera que fuese, en los
momentos de sus catástrofes y de ptts infortunios tenía
que seros forzosamente amada v querida; ora cuando
vibraban aquí a vuestro lado y eran como exhalaciones
de pena de una provincia arrasada por un ciclón, o
simplemente quejas tristísimas de una m ujer desam­
parada o de un huérfano desvalido; quienquiera, digo,
— 319 —

¿ue sepa apreciar vuestra generosidad en los varios re­


veses que tejen la urdimbre de la vida, lo mismo de las
colectividades que de los individuos, no podrá menos
de bendecir a boca llena vuestro nombre y vuestro co­
razón, el corazón bondadoso donde han depositado sus
ternuras aquellas madres sencillas, pero egregias, que
os le han formado entre los dulces arrullos de la cuna,
que se reducían casi siempre a romanices (heroicos en que
vibraba boda el alma asturiana, coa sus bravuras legenda­
rias y con sus épicos heroísmos.
Gracias a esa esplendidez y a esa munificencia, que son
cualidad característica del corazón astur y parecen algo
así como una herencia intestada que todos llevamos en el
fondo de nuestro ser, 5cuántas penas se habrán desvane­
cido, y cuántas lágrimas se habrán enjugado, y cuántos
pobres infelices, de esos que caen a- diario vencidos en la
lucha terrible por la existencia, habrán tenido el consuelo
de ir a abrazar a la viejed ta de sus amores, resignándose
a exhalar junto a ella el último suspiro!
M as no hay pana qué ir a buscar, en esas Memorias que
dais a la estampa todos los años, motivos y causas de ben­
dición. N o hubiera más razón para bendeciros que la crea­
ción de este Sanatorio admirable, adonde tantos desgracia­
dos vienen incesantemente, con la muerte pintada en el
rostro, a buscar la salud y la vida, y sería más que suficien­
te para que ninguna alma generosa y buena os regateara
sus aplausos y sus bendiciones.
Bien hacéis, pues, en sentir, no ya sólo entusiasmo,
sino también legítimo orgullo — si es que para el orgu­
llo ha de haber alguna vez legitimidad!— en mostrar,
a cuantos transeúntes insignes pasen por la Habana, esta
vuestra quinta de Covadonga, por cuyo enriquecimiento
y por cuya prosperidad estáis ¡laborando con incesantes
desvelos. Y bien hacéis, cada vez que la. dotáis de un
nuevo magnífico pabellón, en celebrar una espléndida fies­
ta religiosa y pedir que los ministros de Jesucristo invo­
quen sobre, él las bendiciones del Cielo.
Después de las casas destinadas a albergue de Dios,
y o no hallo nada más digno de ser bendecido y san­
tificado que estas mansiones augustas en que se da
hospitalidad a!l humano sufrimiento. Y nos lo dice San P a ­
blo en las palabras que he puesto- por lema: la santifica­
ción es sólo fruto de las plegarias y del Verbo divino,
Mnctificatur enim per verbum Del et oraitonem. S í: la
oración y la palabra divina son como los invisibles hilos
misteriosos por los cuales desciende del Cielo a la tierra
la verdadera y sólida santidad, y vosotros con ambas cosas
estáis cumpliendo: el verbo divino ío estáis escuchando
de unos labios indignos, que no sabrán forjar la áurea
frase en que debe ir engastada siempre la doctrina del
Señor, pero que no por eso dejan de ser los labios de un
ministro del Altísim o; y en cuanto a la oración, ¿qué
mejor oración que la que se eleva al Cíelo en ese sacri­
ficio eucarístico que -se está celebrando y que es la oración
de las oraciones/ porque es <á sacrificio de los sacrificios,
ya que en él se inmola a Dios la H ostia más propicia que
puede ofrecérsele y que es el mismo V erbo encamado, la
misma persona divina y humana de Jesucristo, real y
viviente, glorioso e inmortal?
Así,, así es como deben inaugurarse todas las granf-
des obras hum anas: invocando con fervoroso anhelo
sobre ellas la divina bendición, para qiue 'ampliamente
se consigan los fines que, al realizarlas, se intentan'.
Entre el ritualismo inspirado y grandioso de nuestra Re­
ligión augusta, pocas ceremonias se encontrarán que en­
cierren más encanto y poesía que estas ceremonias de lae
bendiciones, y ninguna seguramente que haya penetrado
tan hondo en el alma dél pueblo, impregnándola como en
efluvios de suavísima delectación. ] E s tan dulce y her­
moso bendecir!
- 321 -
De ahí que en tiempos de más fe y más religiosidad
todo se bendijese. H oy casi sólo se bendicen los templos,
las campanas y los asilos de beneficencia. Pero en los dias
de nuestros abuelos se bendecían los hogares y los prados,
las calles y las plazas, hasta las fuentes y los ríos. Y no
eran sólo los sacerdotes los que ejercían el dulce minis­
terio de bendecir. Las bendiciones, por ejemplo, que hoy
ya casi se observan solamente en las Comunidades religio­
sas, antes de sentarse a la mesa y gustar manjar alguno
•de los que hayan de servirse, practicábanse antes con
religioso respeto en el comedor, humilde o suntuoso, de
todos ’los hogares; y el que bendecía era el padre de fam i­
lia, o a veces el hijo mayor, a quien el padre quería alec­
cionar santamente, para que supiese él hacer lo mismo en
lo futuro, cuando se hubiera formado su familia y su casa.
U n día solemne, y en el instante en que las campanas
del templo cercano desgranaban en el aire sus prolonga­
das notas argentinas, una niña vestida de blanca túnica,
simbolizadora de !a inocencia, caía de hinojos, consecu­
tivamente, ante su padre y ante su madre. Y a se sabía:
era la hija de sus amores que partía para él santuario a
recibir la comunión primera y quería, antes de ascender
los peldaños sagrados y acercarse ál divino banquete, re­
cibir la bendición de los seres amantes, que entre abrazos
y besos le habían dado la sangre y la vida. O tro día tam­
bién solemne, una joven más o menos ricamente atavia­
da, y cuyo rostro brillaba encendido por el pudor, o un
mancebo, radiante de robustez y juventud, caían también
de rodillas ante un hombre y una mujer, cuyas frentes sur­
caban ya las arrugas y acaso estaban cubiertas de canas:
eran el hijo o la hija, que antes de encaminarse hacia él
altar, a que Dios bendijese y consagrase sus amores, que­
rían que éstos fuesen consagrados en el templo del hogar,
viendo caer, santificadora, 'sobre ellos la bendición paterna.
Y aun había otra bendición en d seno de los hogares.
21
— 322 —
acaso la más augusta y la más solemne, y era la que da­
ban también el padre o la madre de familia en el momen­
to tristísimo en que, después de haber sido confortados con
el Viático, hablaban un instante — ¡ ó último instante!—
con sus hijos allí reunidos, haciéndoles con voz temblorosa
unas cuantas fervientes súpiicas y murmurándoles unos
cuantos macizos consejos, dejándoles luego, como en testa­
mento, el corazón, y muriendo, por fin, invocando con an­
siedad sobre ellos la bendición divina.
Tales eran nuestros mayares. A sí se bendecía entonces
en todos los solemnes momentos del vivir. Y en ello no
hacían más que imitar a Nuestro Señor Jesucristo, que
había pasado por este mundo· bendiciendo y haciendo bien.
Nunca pasaba a su lado un niño sobre el rual no hicie­
se caer una mirada dulcísima, y, juntamente con la mira­
da, una efusiva y paternal bendición. E l pan afortunado
— si me es 'lícita la frase— que Nuestro Señor Jesucristo
hubo de convertir en su misma sacratísima persona, había
sido por E l previamente bendecido, y la misma bendición
había recibido el que, de la manera milagrosa que todos
sabemos, había multiplicado en el desierto, y lo mismo
bendijo el que, después de su resurrección, se dignó acep­
tar en él convite que le ofrecieron aquellos dos discípulos
a quienes -se había juntado, camino de Emaús.
Y con todos estos ejemplos de nuestros mayores y de
Nuestro Señe«· Jesucristo, ¿habíais vosotros de llevar a
cabo obras tan magníficas y espléndidas como las que vais
realizando en esta Quiñis, sin hacer que se invocara so­
bre ellas la divina bendición? ¡O h ! a tanto no ha llegado
todavía el indiferentismo religioso que poco a poco se va
enseñoreando de vosotros, no bien habéis dado el tristí­
simo adiós a vuestros padres y surcado las inmensidades
oceánicas que os separan de la tierrina y sentado vuestros
reales en esrta hermosa y riente capital cubana.
Porque no cabe dudar que el indiferentismo religioso es
— 'ó'¿3 -
el que mina aquí en seguida las redentoras creencias que
aprendisteis en la escuda de la cuna, que mamasteis jun­
tamente con la leche del pecho maternal. L o mismo es
arribar a estas playas bendita-s y engolfaros a velas des­
plegadas en el torbellino de los mundanos intereses, que
olvidaros, casi en absoluto, de las tradiciones gloriosas que
debían latir consubstanciadas con vosotros y ser siempre
como médula de vuestro corazón y como esencia de vues­
tro espíritu.
¿ No habéis oído hablar de aquel gigante de la griega
mitología, a quien mientras tocaba con sus pies en la tie­
rra no había poder hercúleo que le venciese, pero que, des­
pegadas sus plantas del suelo, desfallecía en seguida, per­
diendo toda su energía y todo su valor? Pues bien, res­
pecto de la Religión, diríase que sucede algo de parecido
en nosotros con nuestra adorada tierrina. Mientras recibi­
mos en nuestras plantas las caricias de su suelo y oímos el
murmullo de sus cascadas y aspiramos el perfume viril de
sus colinas agrestes, nos mantenemos fuertes en las creen­
cias religiosas y en las prácticas cristianas que hemos he­
redado de nuestros mayores; pero· apenas damos un adiós
al bendito terruño y, espoleados por la necesidad o por el
afán de riquezas, o por nuestro espíritu vagabundo y aven­
turero, trasponemos el patrio mar y vamos a viv ir en otras
tierras, y bajo otros horizontes, muchos se dejan invadir
por la indiferencia religiosa, y algunos hasta llegan a re­
negar de su fe y a consumar la más negra de las apostasías.
Y he ahí lo que no puede menos de inundar de pena
mi alma que os quiere, que se siente ligada con vosotros
por den indisolubles vínculos y que no quisiera otra cosa
que poseer la mágica llave de oro de los palacios de la
felicidad para franquearos las puertas y veros a todos go­
zar perpetuamente de júbilos y venturanzas sin límites.
Porque yo quisiera que doquier os condujese la mano vo­
luble de vuestra fortuna, no os despojaseis jamás de vues­
— ¿24 -

tra personalidad, siendo siempre vosotros mismos, llevan­


do por todas partes, juntamente con vuestro apego al tra­
bajo ennoblecedor y vuestras instintivas tendencias hacia
el progreso, hábitos sencillos, íntegras costumbres, amor
entrañable a la patria y a la Religión, todo aquel olor sel­
vático de robustez espiritual y corporal que era pomo atri­
buto constitutivo de nuestros mayores, y que debe ser cua­
lidad intrínseca de todos los que tenemos a legítima hon­
ra descender de ellos en línea recta de consanguinidad.
Y o sé de un pueblo hermano, oriundo como el nuestro
de los celtas, viril como nuestro pueblo, porque como nos­
otros jamás consintió ser uncido al carro de triunfo de
Roma, aventurero también y emigrador como d' nuestro,
y que ha sembrado de glorias el .universo mundo. Cuando
las “ magníficas bestias rubias” , de que habla Nietzsche,
atiabando siempre, al través de la espesura de los bosques
germanos, las grandezas del romano imperio, se lanzaron
ají fin ¡sobre él como manada de fieras enfurecidas, ese
pueblo de que os hablo se constituyó, con la España de San
Isidoro, en escuela del mundo, y ambos pueblos juntos
salvaron la civilización. L a tierra habitada por ese pueblo
era ya llamada en la séptima centuria la isla de los sabios.
A sus aulas acudían alumnos a millares de los más re­
motos confines de la tierra. Sus grandes misioneros dise­
mináronse como nuevos apóstoles por Inglaterra, por Fran­
cia, por Suiza, por ^Alemania, y era de ver a un Aiden
predicando a los nortumbrios teniendo por intérprete a
un rey; a un V irgilio probando a los escolares germanos
la redondez de la tierra ocho centurias antes de que los
grandes marinos españoles la demostrasen, como demos­
tró Diógenes el movimiento, esto es, doblando los cabos de
Hornos y de las Tormentas y dando la vuelta al mundo;
a un San Galo haciendo resonar su voz en los pintorescos
valles helvéticos y arrojando a las profundidades del lago
de Zurich las estatuas de los ídolos; a un San Coflumbano
— 325 -
poblando de abadías a varias naciones de Europa — de
aquellas abadías que eran otros tantos planteles de reli­
gión y de ciencia...— Y cuando la tiranía británica le puso>
ail fin, sobre el cuello el carcañal de su pie, y ese pueblo
tuvo que vivir ,1a vida de los cristianos de las Catacum­
bas, y las entradas y salidas de las ciudades y las aldeas
estaban señaladas por patíbulos, de Jos cuales pendían ca­
dáveres de sacerdotes, ¡ qué gloria la de ese pueblo: man­
tenerse siempre firme en sus creencias católicas, teniendo
muchas veces que celebran los santos misterios escondido
en las escarpaduras de las montañas, por afltares las ro­
cas, por navas los altos cielos y por únicas luminarias las
últimas estrellas matutinas!
Ese pueblo, ya todos 'le estáis murmurando — ¿ qué digo
murmurando? bendiciendo en las interioridades de vues­
tro espíritu— , ese pueblo es Irlanda. ¿P or qué os le trai­
go a la memoria y recapitulo esas páginas sublimes es­
critas con letras de oro en los anales de la humanidad?
O íd : la gloria más estupenda de ese pueblo aun está por
decir. L a gloria más grande de ese pueblo es haber crea­
do el Catolicismo de los Estados Unidos, ese Catolicis­
mo práctico, vigoroso, ¡sorprendente para todo el que a i-
sita aquella gran nación, y que está dando días gloriosísi­
mos a .la Esposa de la Cruz y que ·— yo no lo dudo— ha­
brá de influir pronto de una manera asombrosa en la cris­
tianización del humano' linaje.
Ahora bien; nosotros, que tenemos la energía, la forta­
leza, la virilidad de ese pueblo — que por algo somos
oriundos de la misma raza y corre por nuestras venas la
misma primitiva sangre— , yo quisiera que tuviésemos
también el mismo apego a nuestras augustas tradiciones,
a nuestras creencias venerandas, a nuestras prácticas reli­
giosas, y que por todas partes les fuéramos levantando
monumentos que perdurasen al través de las edades y can­
tasen a los hombres del porvenir el himno inmortaliza-
- ?/¿6
dor de nuestra estirpe, cimentada inconmoviblemente en la
roca de nuestra fe y aleccionada en la escuela dél heroís­
mo, desde ios más remotas días de su infancia.
Sí, asturianos: nuestra energía y nuestra virilidad las
evidencia a la perfección, las canta, en inspiradas y sDilui­
das estrofas, ese Centro Asturiano que propios y extraños
admiran, esa gran casa solariega que en el corazón de la
Habana habéis levantado y en donde todo astur tiene de­
recho a encontrarse como en su propio hogar, y que tan
portentosas obras sabe llevar a cabo, como esta Quinta de
salud, donde todo parece se conjura para devolver a k>s
pacientes su primitivo estado de robustez y de sanidad:
la amplitud regia de lqs pabellones que aquí y allá se le­
vantan, lujosos y esplendentes, como mansiones .señoria­
les; la riqueza farmacológica y quirúrgica acumulada en
sus laboratorios, donde los más rígidos técnicos nada ha­
llarían que desear; la ciencia profunda y la experiencia
vastísima de -sus doctores, todos ellos aureolad oís por fama
brillante, en rudas lides con 1a muerte, adquirida, y hasta
el sitio mismo aireado y campestre en que se halla empla­
zada y la frondosa espesura que la alegra y embellece,
dándole aspecto de parque de urbe populosa.
Y ese poderío que sabéis desplegar cuando se trata de
maravillas como ésas, que enorgullecen legítimamente, no
sólo a vosotros, los obradores de ellas, sino a cuantos tu­
vimos la dicha de nacer entre las bravas montañas astu-
res y de ser arrullados en la cuna con las leyendas sagra­
das de Covadonga, yo quisiera que le supieseis .desplegar
también en conservar vuestras creencias y en ser fieles a
las promesas santas que vuestros padrinos hicieron por
vosotros cuando por vuestra frente arroyaron un día, pu-
T i f i c a doras, las consagradas aguas del bautismo.

Así, 'siendo así todos los astures, es como esa magna


empresa, acometida por la Universidad de Oviedo, de ir
hacia una España nueva, gloriosa y magnífica, tendría
- 327 -
pronto y felicísimo éxito. A sí es como esa regeneración
hispana que se intenta hacer, elevando a las clases popula­
res a vivir la vida del progreso y 'de la cultura y robuste­
ciendo los vínculos de la sangre con nuestros hermanos de
América, arrancaría efectiva y genuLnarnente de Asturias,
cuna hasta ahora de todos nuestros nacionales resurgi­
mientos. A sí sería la restauración que llevásemos a cabo
una restauración castiza, según el genio de nuestra raza,
puesto que habrían de ir abrazadas en ella la religión, la
ciencia y el arte, irguiéndose como árbol de bendición so­
bre ella la enseña de la Cruz.
Porque hay que desengañarse: esa España nueva de
que tanto se habla — por muchos con absoluta inepcia y
sin entender palabra del asunto— y que con tanto afán
se persigue, no es una España en contraposición directa
con nuestro pasado gloriosísimo, cotí el espíritu de nues­
tra estirpe, con nuestra castiza complexión nacional. La
regeneración que hay que hacer no consiste tanto en euro­
peizarnos como en españolizarnos. H ace ya mucho tiem­
po que hemos dejado de ser España. Las postrimerías de
la Casa de Austria con aquel rey hechizado e imbécil que,
al decir de no recuerdo qué historiador, no hizo más que
una cosa buena en su vida, la de morirse, desencauzaron
las energías nacionales del cauce propio y natural por donde
debían avanzar gloriosas; y ese desencauzamiento continuó
durante la dinastía borbónica, con la cual estuvimos casi
siempre a merced de las veleidades francesas, hasta lle­
gar, a pesar de los esfuerzos heroicos del gran Jovino, a
las vergüenzas inauditas de Bayona, donde la perfidia des­
pótica de Napoleón diñase que había querido probar has­
ta qué grado de envilecimiento podía llegar la regia insen­
satez de Carlos TV, y persistió en toda la pasada centu­
ria con el progresismo <sectario y corto de vista, que, ayu­
dado por una prensa tornadiza y asalariada, nos llevó has­
ta a la ignominia de tener que retirar nuestra bandera,
— 328 —

hecha jirones — ¡y no de gloria!— de los último 3 terru­


ños de nuestro imperio colonial.
Fuimos, pues, fes ondas de un río que estuvimos corrien­
do fuera de madre, y lo que hay que hacer es volver a
la madre, proejar, remontando las corrientes, y llegar has­
ta Isabel la Católica, y desde allí fluir, fluir otra vez por
el cauce propio y genuino que nos dió un siglo de oro en
las 'letras y en las ciencias; que no hay que concretar
nuestro siglo de oro, como hace cierto vulgo intelectual
— que también hay vulgo de esta ralea y es la peor ralea
de vulgo— ai arte, a la mística y a la poesía. E n todos
los órdenes del saber humano tuvimos por entonces las
primeras lum breras; que entonces fué cuando brillaron un
Quintanilla, asturiano glorioso, mayordomo y consejero
de los Reyes Católicos, quien tanto instigó a la Reina para
que accediese a los planes de Colón, que la impulsó a ven­
der sus joyas para con su -precio descubrir un mundo, y
un Cisneros, que tan pronto vestía la púrpura cardenali­
cia y hacía una verdadera reforma de costumbres sociales,
como se ceñía la coraza de guerrero y conquistaba a Orán,
y fundaba con el bélico botín Universidades celebérrimas
como la de Alcalá, y alzaba a la sabiduría española mo­
numentos como su Biblia Políglota, pasmo y asombro de
todos los sabios de otras naciones. Entonces tuvimos a un
Luis V ives, humanista que igualaba, si no aventajaba, a
los más doctos de su tiempo, y que fué llevado al palacio
real de Inglaterra para ser maestro y pedagogo de la re­
gia familia y cuya original y entonces un tanto revolu­
cionaria filosofía, por el apogeo avasallador en que estaba
la de las Escuelas, tan entusiasmado tiene a Menéndez
P-elayo, .la más maciza gloria de la España contemporánea;
entonces tuvimos a un E l cano, el primer nauta que dió la
vuelta al mundo, sorprendiendo a los portugueses de la
India, que se quedaron atónitos al verle llegar en >su bar­
co español, habiendo deshecho para siempre la leyenda
- 329 —
de la tierra plana; entonces tuvimos a un Servet, Colón
de la naturaleza interna del cuerpo humano, que sorpren­
dió a la sangre corriendo hervorosa por fibras y músculos
y revolucionó con su descubrimiento toda la medicina y
toda la filosofía... Y fijaos en que no toco, ni aun de pasa­
da, la teología, que es la maestra de las ciencias y en la cual
tuvimos por entonces a las primeras águilas que tan abru­
madoramente descollaron en el Concilio de Trento, vibran­
do el cetro de la -sabiduría en aquella Asamblea ecuménica
en que se habían dado cita los mayores teólogos del orbe.
¡A h ! no cabe dudar de que cotnO1 ejercíamos la hege­
monía en d mundo de la política, la ejercíamos de igual
modo en el mundo· del pensamiento. Y por eso os decía,
que esa grande y generosa cruzada que se ha emprendida
por muchos sabios y pensadores españoles para devolver
a nuestra patria los prestigios de su antigua grandeza, no
ha de ser tanto de europeización como de españoíización.
Como el caudal de ciertos ríos se sume y desaparece total­
mente en ciertos terrenos arenosos, 'la gran corriente de
nuestras energías nacionales desapareció en el arenal esté­
ril de las torpezas innúmeras de nuestros estadistas y de
nuestros políticos, y hay que volver a juntarnos a la co­
rriente pura y cristalina.
No es que hayamos de volver a instituciones y regíme­
nes antiguos que no engranarían en la máquina social y
política de nuestro tiem po; pero· sí a tener aquella ampli­
tud de miras generosas y humanitarias que tenía la gran
Reina Católica y que la hacía ser, más que Reina, madre
de todos sus vasallos, lo mismo de las Españas que de las
Indias; a tener el espíritu abierto, como ella, a los influ­
jos excitadores de toda verdad, de todo progreso, de toda
cultura; a dar cada uno de nosotros ej emplo, como ella le
dió, de gran entusiasmo por las letras, de gran entusiasmo
por el heroísmo, de gran entusiasmo por la religión, de
grande amor a esos tres entusiasmos fundidos en el metal
nobilísimo de que está forjada nuestra alma nacional. Y
así, fundamentados en la tradición, lancémonos a todas
las conquistas del corazón y del pensamiento, seguros de
que habremos de saludar a nuestra querida España, como
se la podía saludar en tiempos de la gran Reina, aplicán­
dole parafraseadas aquellas palabras hermosas de las Geór­
gicas de V irg ilio : ¡ Salve, magna parens frugum, saturnia
tellus, magna vírum!... Salve, tierra divina, madre fe ­
cunda de sabios, de héroes y de caracteres sublimes!...
LA VERDADERA AGONIA DE JESÚS

SERMÓN PRONUNCIADO EN E L TEM PLO


DE L A S MONJ 1T A S DE L A «PRECIOSA SANGRE»,
DE L A H A B A N A
E t fa ctu s tn agonía. Y presa
de la agonía...
(Luc, X X I I , v. 43·)

V e n e r a b l e C o m u n id a d :

H e r m a n o s m ío s e n J e s u c r i s t o :

L o dicen todos los maestros de la vida del espíritu: la


meditación asidua de la pasión de nuestro Señor Jesu­
cristo es una fuente inagotable de santidad. E n ella es
donde han bebido heroísmo los mártires, candor y pu­
reza las vírgenes, espíritu de oración y de penitencia los
santos; y a ella pueden ir a beber virtud y amor divino
todas las almas, y consuelos y resignación en los rudos
reveses de la vida todos los hombres. Cuando se ve a
todo un Dios sufrir y sufrir como Jesús sufría, ¡oh!,
qué fáciles y llevaderos nos parecen todos los contratiem­
pos del vivir, todos los aletazos del infortunio!
H e ahí por qué la Iglesia nos invita a meditar siempre
en la tragedia del Gólgota y destina un· tiempo esrpeciai,
el en que se conmemora el sacrificio tremendo del Cal­
vario, para que en él vaquemos intensamente a 'la ora­
ción y traigamos a la memoria todos y cada uno de los
pasos de la pasión y muerte de Jesús. Y he ahí por qué
yo voy a procurar no predicaros, sino meditar en alta
voz un instante con vosotras, almas cristiana,» que me
oís, y que habéis tenido el valor de arrancaros un mo-
- 334 —
mentó al tráfago de la vida para recogeros en este sa­
grado recinto y abrir lo más íntimo de vuestro ser a los
redentores influjos de la gracia. A l efecto hagamos to­
dos un esfuerzo imaginativo y, trasponiendo distancias
y edades, trasladémonos a aquella augusta soledad en
donde nos dice San Lucas que solía pasar Jesús las no­
ches, sumido en altísima oración, erat pernoctáis in ora-
tione. Me refiero a la soledad del Huerto de las Olivas.
E s en la soledad en donde m ejor se ora, en donde más
fácilmente se desprende el pensamiento de las ligaduras
del mundo y se remonta el espíritu a Dios. L a oración no
es más que un coloquio dulcísimo entre Dios y el alm a;
y para estos coloquios dulcísimos no hay nada como la
soledad. Es el único punto en donde le halaga al Creador
platicar con sus criaturas. L o dijo E l mismo: ducam ea-m
in solitudinem et loquwr ad cor ejus, la llevaré a la sole­
dad y le hablaré al corazón.
Desasios, puss, un instante de todos los intereses mun­
danos que parece nos gritan, incesantes, con grito en­
sordecedor, y pensad sólo en los intereses del alma. La
verdadera soledad no consiste en el aislamiento del cuer­
po, sino en el aislamiento del- espíritu. E n medio del es­
trépito del mundo, nosotros podemos crearnos, cuando que­
remos, un reducido oasis solitario y silencioso. U n día
dijo Jesús a Santa Teresa que, así como hablaba con
ella, podía también hablar con muchas almas; pero que
su voz no era oída cuando había mucho ruido en el
corazón. Pues bien, líbre el corazón de todo linaje de
ruidos, imaginémonos a centurias y centurias de nuestro
tiempo y a miles y miles de kilómetros de este lugar.
Imaginémonos en el H uerto de las Olivas y en los días
aquellos^ en que perfumaban la tierra, con las huellas de
-sus pas.os, las plantas del Señor.
E l olivo es un árbol que tiene no sé qué de simpatía,
de misterioso encanto. ¡H a y en él tanto de bíblico! La
- 335 —

paloma de Noé volvió al arca con un ramo de oliva, sig­


nificando que la cólera divina se había ya aplacado y que
ya había concluido el diluvio. Las puertas que conducían
al Sancta Sanotorum en el templo de Salomón, nos dice
el tercer libro de los Reyes que estaban hechas de ma­
dera de olivo. E l Apóstol, en su epístola a los Romanos,
simboliza a! hombre en un olivo silvestre, injertado en un
olivo fecundo para hacerse socio de su raíz y partícipe
de su fecundidad. Los ramos que agitaba la judaica mu­
chedumbre, entonando jubilosos hosannas, cuando la en­
trada triunfal de Jesucristo en Jerusalén, eran ramos de
olivo y probabilísimamente cortados en «se mismo Huer­
to adonde yo ansio que nos traslademos a orar. Obser­
vad de pasada qué terrible contraste: ¡ los. mismos olivos
que festejaban el triunfo de Jesús, fueron también los
que presenciaron su agonía y los que acaso llegaran a
conmoverse contemplando su infinito dolor!
Y a véis con qué frecuenoia aparece el olivo en las
Santas Escrituras. ¿Cóm o no ha de estar para nosotros
revestido de especial encanto? ¿ Y si ahora hablamos, aun­
que sea muy a la ligera, de las unciones bíblicas que se
hacían siempre con el jugoso zumo del fruto del olivo?
Un profeta, un rey, no se juzgaban rey ni profeta hasta
que no eran ungidos de ese modo. L os apóstoles ungían
a los enfermos y sanaban. L a unción consagraba y con­
sagra a los sacerdotes, habilitándolos para el culto de
Dios.
Mi padre San Agustín simboliza en el óleo la caridad.
Como el óleo se sobrepone a los líquidos densos, la ca­
ridad descuella siempre sobre las demás virtudes. Y en
este sentido Jethsemaní, que quiere decir valle de aceite,
podría llamarse valle del amor. ¡ O h el amor con que nos
amó allí Jesús!
Volemos, pues, con la fantasía al Huerto de los O li­
vos, al valle del amor. Está ya allí Jesús orando. Se ha
- 336 -

apartado de sus tres discípulos predilectos, Pedro, San­


tiago y Juan, y, distanciándose de ellos un tiro de piedra,,
como para evitarles el que sean partícipes de sus borras­
cosas angustias, acaba de postrarse de hinojos y de abis­
m ar su espíritu en honda meditación.
H a ya anochecido. L a oscuridad ha señoreado valles y
colinas, desdoblando y tendiendo por todas partes cen­
dales de sombras. No se ve más claridad que la indecisa
que sobrenada a lo lejos sobre las techumbres de Jeru-
salén, formando por cima de ellas como una atmósfera
de tenues gasas, Y el más sepulcral silencio reiru de1¡
monte a la llanura, sin que se perciba más ruido que el
de los elegiacos susurros del aura que agita en derredor
el olivar, o el de los murmurios de las aguas del cercano
torrente Cedrón que con melancólica endecha precipítanse
rápidas hacia el M ar Muerto.
¿P o r qué ora tan intensamente Jesús? Se está prepa­
rando para sufrir la agonía más trágica y espantosa: la
única agonía de Jesús que con el nombre de tal se mienta
n las Santas Escrituras: Et factus in agobia·...
H a celebrado ya con sus discípulos la Pascua, y el
amor que les tenía ha desbordado* por su corazón intensi­
ficándose y llegando “ hasta el fin” , según la expresión de
San Juan, Aquellos discípulos — y en ellos la raza hu­
mana entera, de -la cual se sentía miembro más que -nun­
ca— habíanse como incorporado a su oorazóin, habían
llegado a ser como un pedazo de sus entrañas, como algo
cons'íritutivo y esencial de su espíritu: las ama oon toda
la intensidad de -una pasión infinitamente amorosa, ¡ Y de
aquellos discípulos ha llegado la hora de tenerse que ce-
parar ! Nosotros, cuanto más amamos, tanto más senti­
mos la separación de los .seres queridos. Y o creo firme­
mente que el más lacerante dolor de los moribundos no
es el morir en sí, sino el tener que ¡separarse de los se­
res amadas. Esa separación debe de ser algo más terrible
337 —

que· todas ¡las muertes·, ¡Q ué raudal;} 4e absi#i%;d&k£jde


"jfjdesjtfar’teti-el i-alma, tan; dolorosa ¡separación !■
- ,r. : *
-hi.-Ahpigh bietoy·,calculemos;;lo-.-tristísimo que estará·-· allí
orando Jesús, que va a separarse de-sus apóstoles, quienes
habíatt como echado »raíces en sus entrañas. Separarse' de
ellos tiene que -ser algo asi· como deshacérsele fibra por
fibra el corazón. E l misino rio· indicó,, al. alejarse de ellos
para retirarse al- lugar solitario donde ora : “ M i alma está
triste hasta- la muerte.” ;¡ Qué frase' más saturada de
am argura! ¡ Qué expresión más rezumante de dolor y de
- abatimiento!
Y ¿qué es k> que ora Jtsús ? Pide a su eterno Padre
valor para sufrir, valor para sobrellevar aquella separa­
ción ■dolorosa, valor para agotar Con valentía todo el
amargo cáliz en donde hierve, encrespada, ‘ la cólera de
Dios. Porque no es sólo la 'separación de süs discípulos
lo que tiene que su frir; es también la amargura del cáliz
de su pasión y muferte, que ¡su·’eterno Padre le' insta a
beber, s i h a de Ted-itftif al caído linaje humano, y a que
no. otro ha sido e lf objeto de la Encarnación. :
¿Qué es lo que hace'tan amargo el cáliz'de Jesús? Con
- los ojos de la fe, iluminados por los relatos de los E van ­
gelistas, escudriñemos lo que pasa en el espíritu de aquel
hombre; Y digo sólo de aquél hombre, porqué, en tan
críticos instantes, la divinidad se ocultaba, desaparecía en
cierto modo, según el pensamiento d=l gran Santo de
Loyola, para que la humanidad sacratísima se encontrase
a solas e n : aquel desbordamiento de amargura y fuese
. rudamente azotada por el oleaje de la tribulación.
- Procuremos ser espectadores'del drama espantoso que
ahora se ¡está desarrollando en su fantasía. Todo aparece
vivísimo en ella: lo pasado, lo presente y lo porvenir. E stá
; viendo ,a-' Judas escabullirse furtivamente, a la Calida del
-cenáculo,, del lado de los apóstoles, para ir a consumar el
crimen que, hacía tiempo, venía planeando, seducido por la
£2
- 338 -

ambición de un puñado ida plata. ¡Siente y a en sus mejillas


la repugnante humedad de aquellos lalüos sacrilegos 'qtfe
forjan con un beso la turquesa en que habían de ser mol­
deadas 'todas las traiciones. Contempla la satisfacción in­
tima de los fariseos que, al fin, van a triunfar de modo
tan fácil, coronando tan a su gusto ¡las asechanzas y enre­
dos para perderle. Resquémanle ya las bofetadas de los
criados del pontífice que ¡'estallan en su rastro con el chas­
quido de blandidas fustas. M írase atado a 'la columna,
arrojando por su cuerpo la -sangre, que «alta de las Vena«
a los despiadados latigazos de los saydnes. Imaginase co­
ronado con aquella corona de espinas punzadoras que se
le clavan, como dardos agudos, en la frente, y Oye el
eCce homo del débil Pilatos caer como un rayo provoca­
dor de blasfemias satánicas sobre la turba deicida. Figúrase
ír ya camino del Gólgota, agobiado bajo el pesci de la
cruz ingente que llera ;a hombros, cayendo aquí y allá, al
pungirle los pies descalzos alguna de las esquinadas pie­
dras del camino, y todavía recibiendo, a cada instante,
empellones y puntapiés de Ja muchedumbre. Se asombra
de la dureza judaica, mudho más inaccesible al sentimiento
que las vivas rotas. S e estremece ante el martillear de la
crucifixión que resuena, cóncavo y «eco, en la lejanía.
Entre la turba que grita y blasfema, apiñándose en
derredor, como un enjambre -de encamados Luzbeles, dis­
tingue a unas mujeres que lloran, y entre 'esas mujeres
a su madre, lívida, desolada, transida de horrible dolor...
Y el hombre no puede más, y cae desmayado contra el
suelo, y de sus labios escápanse, inconscientes, aquella«
.palabras que expresan la total turbación de su espíritu
en aquel océano de pena:: '“ Padre, si es posible, que pase
de mí este cáliz’'...
Y bien, ¿es esto ya la agonía de que habla ¡San Lucas?
¡ A h , todavía se está en el comienzo! JesÚ3 levántase y
encamínase hacia donde están sus discípulos y los encuen­
- 339 -
tra dormidos. ¡Dormidos, tranquilos y sosegados, cuantíe
su Maestro se ahogaba en una avenida de inmenso dolor!
Con dulzura infinita ■echóles en cara su ingratitud; ¡que
no pudieran velar tuta hora con E l! Instólos de nuevo
a orar y tom ó al paraje que ya conocemos, a fortale­
cerse de nuevo en la oración. Y en su fantasía volvió a
desarrollarse la representación del espectáculo deicida;
pero mucho más intenso, mucho más horrífico. Abarca
otra vez con una mirada toda la tragedia espantosa, des­
de el ósculo de Judas hasta la hiel y vinagre de la crucifi­
xión. Mide en toda su (infinitud la inmensidad de su pade­
cer. Todos los infinitos méritos de su pasión los simboliza
en un río de .redentora sangre que cruza al través del hu­
mano linaje presente, de todo el· humano linaje que hasta
la consumación de los siglos habrá de existir, y le ve
pasar, indiferente, sin acercarse jamás a beber de las
salutíferas ondas. L a terrible.interrogación del Salmista:
Quae utálitas in sánguine meo? "¿Q u é utilidad ha reporta­
do mi sangre", acude a su memoria, de improviso, como
persuadiéndole de la futilidad de su redención. Y el más
profundo desmayo le señorea de nuevo. Rómpensele, den­
tro de tejidos y músculos, las venas. P or todos los poros
de su cuerpo delicadísimo mana un extraño sudor de san­
gre. Desplómase otra vez, .dando con la frente en la tie­
rra. Y otra vez murmuran sus labios el ruego aquél que
sabe no ha de ,ser oído en las célicas alturas: "¡P a d re ,
si es posible, que pase de mí este cáliz!” ...
E l dolor de Jesús había llegado a su cúspide, 3 una
cúspide adonde no podrían llegar, aunque se juntasen
y compenetrasen en uno solo, todos lo s :dolores que se han
sufrido y se habrán de sufrir en la tierra. Y Jo divin o
que había desaparecido en aquel hombre, tuvo que venir
en socorro de lo humano: la sacratísima humanidad, por
sí sola, se hubiera hecha pedazos ante la magnitud de
aquel tormento. Eira aquel dolor a que se refería el P r ·-
- .340 -
ffeia ce los trenos, cuando e x c k m a b a O h , vosotros loa
i ..que pasáis por teL camino,, atended,y ved si hay dolor se­
m ejante a..:pi dolor!”
.'.¡J y entonces, .una claridad desusada hiere de súbito sus
ojos. U na figura, vaporosa y bellísima aparece suspendida
en el ambiente^ inclinándose hacia E l y contemplándole
con mirada dulcísimamente melancólica y compasiva: es
..el ángel enviado del cielo, un ángel que le conforta, pero
que le confirma la inexorabe sentencia de su Padre.
Jesús surgió de nuevo y tornó a ver a sus apóstoles.
¡Nuevamente los encontró dormidos! ¡Cuánto desamor!
¡ Dejarse vencer por el sueño sabiendo, como sabían, que
su-M aestro estaba tan triste! ,¡ Y qué a maravilla se pue­
de aplicar a nuestras eternas reincidencias en el pecado
este persistente dormir de los apóstoles!
. Una vez más tornó Jesús al sitio de su oración. L a re­
dentora tragedia volvió a desplegarse como un lienzo
en su. fantasía. D e -nuevo iba ya a flaquear y languidecer.
De nuevo iba ya·, a pedir a su Padre que-le apartase .de
los labios la copa rebosante de sus cóleras; pero enton­
ces piensa reciamente en sus hermanos, los hombres; los
ve despeñarse, ;irredentos, por los precipicios de la culp a;
los contempla víctimas, sacrificadas a las perfidias de Sa­
tán; mira al pecado, como único rey y señor, ¡desplegar
su bandera triunfante por el mundo y retar al cielo ame­
nazando .asaltar., sus .eternas mansiones con el ¡océano cre­
ciente de sacrilegios y de blasfemias,, que por ; momentos
se embravece más y más, como si fuera a escalar el em­
píreo, y volcar de. .su trono- al ;mismo Dios, y. entonces em­
pina todo el amargo cáliz sobre sus labios, paladea toda su
^J^n'adora·-;at^gur^ tiembla, asque^, ..se vpstr.emece;·. pero,
..al fin, agota sus heces todas y, resuelto,y animoso, pre­
séntase a sus -apóstoles, gritándoles: “ Poneos en pie. H e
..^qu^que se acerca ,ya e l que r^te,ha d e-en tregar"...
.,:íTriunfo- Yerdad,er,aijiente-,glc>rifi.cador y divino! Pero
— 341 -
antes de llegar.· a él, ¡ qué serie dé inmolaciones y qué cor­
dillera de abruptos calvarios! Los evangelistas hacen muy
bien etti dar solamente, el nombre de a go n ía 'a ésta del
H uerto de los Olivos. Ante ella palidece y esfúmase la
agonía ;del G ólgota.. ¡ H ay tanta diferencia entre ambas
agonías! L a del Huerto es tremendamente dramática y
anonadadora; la del Calvario es níás sosegada, más tran­
quila : lo expresa la serenidad que hay en la frase -con
que nos dicen los Evangelistas que exp iró : emisit spiriiwm,
exhaló so último aliento. Entre los olivos se turba, se
acobarda, desvaría, .cayendo abrumado de dolor. E n la
cruz preside como un rey, habla afectuosamente con su
Madre y co n el Am ado D iscípulo; pide a su Padre perdón
para sus verdugos; infunde esperanzas al buen ladrón.
En el Huerto decía: Señor, que pase de.mí este cáliz!”
En el Calvario exclamaba: sitio, tengo sed, no de
bebida ninguna, como interpretaron loa pérfidos deicidas,
sino de padecer más, de sufrir más, de manifestar , aún
más amor, a los hombres. E n el H uerto quería como rec­
tificar los designios eternos,,cambiando los. planes,reden- .
tores. E n el Calvario observaba mmudosamente eL cum­
plimiento de las profecías, y no pronunció el “ cónsuma-
tum est” hasta que estuvieron cumplidas en sus últimas
tildes. Y es q u e . el cáliz del Calvario había sido agota­
do',en Gethsemaní. E s que en el. Huerto de los Olivos se
había desarrollado ya todo, entero el drama, divino den la.
redención.
^Ted, Hermano« mías, por qué os he invitada a eSP.Qg’er.
para sitio de nuestra oración aqiíel jardín de los Olivos
don<Je tan profundamente oró. Jesús por nosotros y en
donde volcó sobre sus labios todas las hieles de su ¡ pa-·
-siojique le hicieron romper en sudor de sangre, sumíén.do-,
le ^n aquella tormentosa, agonía. Trasladémonos con fre­
cuencia , en espíritu a aquel solitario lugar, imaginándonos
en la hora triste en que el Redentor del mundo agoniza-
- 342 —
ba allí completamente desamparado de Dios y de los hom­
bres. Gethsemaní debe ocupar un lugar preferente entre
todos los lugares que por algún grato recuerdo o por al­
guna dulce historia, nos sean queridos. L a sangre reden­
tora corrió allí abundante y por sí misma, sin que fuese
necesario que la hiciesen brotar ni el látigo de ningún
sayón, ní la lanza de ningún soldado; y nosotros debemos
procurar ungirnos con esa sangre, que es sangre que
purifica, que redime, que salva. E n ningún otro punta
de la tierra, ni en el recinto de los mismos templos, po­
drá nuestra alma sublimarse tan fácilmente en oración
altísima come en aquel lugar consagrado por las plantas,
por las rodillas, por la frente del Salvador. Solamente
la presencia imaginaria de Jesús, el ensueño de que le
estamos haciendo compañía, la ilusión de que estamos
hincados de hinojos en tierra empapada en divina sangre,
¡qué hermosos propósitos inspirarán a nuestro espíritu y
en qué intensidad de afecto® harán hervir nuestro co­
razón !
En estos días, sobre todo, días desde tiempo inmemo­
rial dedicados por la Iglesia a la oración y al recogimien-
to, no dejemos de ¡ir con frecuencia al- jardín de los O li­
vos. Tengamos muy presente que así como en otro jar­
dín sonrió con mueca diabólica la primera culpa, son­
rió en éste con sonrisa divina la aurora de la redención,
y que en éste quedó borrado para siempre el· sello de re­
proba y de maldita que en aquél había estampado la di­
vina cólera sobre la frente de la descendencia de Adán.
¡ A l Huerto, al H uerto de las O livas a orar un instante
con Jesús, a continuar un instante su obra redentora en
beneficio de nosotros mismos, en beneficio de todas las
almas! N o nos arredre el hacer durante estos santos días
un poco de penitencia por Jesús. ¡O h l la penitencia que
en su agonía hizo Jesús por nosotros, por cada uno de
nosotros a quienes tenía presentísimos en su mente, en
Mi —

aquellas horas de laxitud y de tedio insufribles, que hu­


bieran anonadado su ser si no hubiera sido porque en· su ser
palpitaba la esencia de Dios! ¡Jesús llegar a sudar san­
gre por amor nuestro y nosotros no ser capaces de ha­
cer levísimas penitencias por amor de Jesús! ¡Jesús apu­
rar por nosotros un cáliz, donde la. cólera divina habla
exprimido y condensad« d. zumo de todas las amargura®,
y nosotros no tener el valor de tomar por Jesús la más
imperceptible gota de hiel que, más bien que acibarar­
nos un fugacísimo instante, nos entone y vigorice el es­
píritu contra los asaltos de las pasiones! Además, esa®
penitencias' serán nuestra breve agonía, y tras las ago­
nías y los calvarios vienen los encumbramientos y loe
paraísos. N o olvidéis que fué desde el H uerto de las O li­
vas desde donde ascendió Jesús a la gloria. I r al Huer­
to de las O livas es ir al H uerto de la glorificación.
LA MUJER REINA

D ISCU RSO PRONUNCIADO EN L A D ISTR IBU CIO N


DE PREM IOS D E L COLEGIO «HOGAR Y P A T R IA »
DE L A H A B A N A
S eñ oras y S e ñ o r e s :

Añadí a las excusas los ruegos para 'librarme de tener


que dirigiros la palabra al final de esta fiesta escolar, no
par otra razón sino ponqué ¡siempre para final de fiesta,
se espera el consabido broche de oro, y yo estaba seguro
de que, después de los ingeniosos diálogos y dulces can-
oiones de las aliumnas de este 'Colegio y de las inspirada»
músicas de admirables artistas — que, como a mí, os ha­
brán hecho saborear algo delicioso y exquisito— , mi bro­
che forzosamente habría de ser de m uy imás ínfimo metal.
P ero no me han valido ni excusas ni (ruegos; yo tenía
que pronunciar cuatro palabras, «como por vía de epílo­
go, a la hermosa fiesta que en este recinto se acaba de ce­
lebrar. Y heme aquí accediendo a las imperativas súplicas
de las Directoras de este Centro docente; pero advierto
que seré k> más matemático posible, extralimitándome m uy
poco de la brevedad aritmética que suponen cuatroi pa­
labras. .
Comenzaré por congratular con todas las veras de mi
corazón a las ¡señoritas Pallí, que tanto celo saben desple­
gar en la enseñanza de la juventud femenina, habiendo
conquistado en muy pocos afiaís, para este su Colegio, la
brillantísima fam a de que justamente g o za; por dar las
graqias, en nombre de ellas, al respetable público que se ha
- 34S -
dignado honrar con su presencia este acto académico, en
que se ha condecorado a las alumnas que más se distin­
guieron durante el curso; y por felicitar a éstas por los
merecidos lauros con que, a fuerza de estudio y de apli­
cación, han conseguido coronar su frente.
Son estas distribuciones de premios a fin de curso unas
fiestas altamente estimuladoras y simpáticas. E n las almas
agraciadas causan una impresión que subsiste siempre en
la memoria, resistiendo perfectamente la acción borradora
del tiempo; pues trátase de almas niñas o juveniles, y en
el corazón de la juventud y de la niñez no se destruye
nunca lo -que, en los albores de Ja existencia, se graba o se
esculpe. 1 . . ;
Añádase aquí íjue se trata de almas femeninas, y se com­
prenderá que el día de hoy, por muy aprisa que pasé
— gota imperceptible en las rumorosas aguais del tiempo— , ■
no'ipásará jamás de su fantasía, o· po-r m ejor-decir, ésta -:
■ráí; pásándb siempre, como oleada: de luz perenne·' que
siempre irradia :y nunca se extingue. Para una niña de
imaginación ardiente ■ — y ' ardí entes.son todas las imagi­
naciones femeninas— , éso de verse coronada, y justamen­
te coro na da,; ante una asamblea como ésta, tan distinguida
y tan noble, debe de revestir toda la magnificencia de una
apoteosis gloriosa. Y él‘:natural deseo de esa apoteosis1, -de- ■-
esáá^laurds que habrán' -Se cotisérvársé siémpré· inmarchi­
tos]-tiene forzosarh-énte ^q.ué ejercer -bienhechor influjo en :
losvtíolegios, estimulando a estudiar, a aplicarse, a emplear
debidamente el tiempo, a beneficiar bien las dotes celes­
tiales con que Dios adorna a sus criaturas, que es con ‘
lo qué los· centros docentes florecen, conquistando-justa
fanSá^y contribuyendo1de eficaz manera al progreso1y ;:á la '
cultera dd género humano.' ;r: ,'i' r! ■

Hacéíi, puesj m uy bien las señoritas Pallí en d e le it a r
con: esíá fiesta la emulación para -el estudio en el espíritu
juféhií· dé sús alumnas. H oy la-m ujer necesita estudiad:
- -
,.y:t saber má£,.. mucho, que lo que estudiaba y salna-en
tiempo de. nuestras abuelas. Y para que se satisfagan, esas
.'necesidades, hay que. sembrar -y cultivar en la niña, gérme­
nes de cultura y hacer arraigar en su espíritu . hábitos, de
estudio, y.t;de trabajo' intelectual, el más ennoblecedor de
todos los trabajos.
No es que la misión social de >la mujer haya cambiado,
como dicen ciertos exaltados feministas que no se cansan
de predicar libertades estultas a la mujer, pretendiendo
equipararla en todo al hombre, como si ella tuviera con­
textura de polizonte o de guardia civil. L a misión de la
mujer siempre habrá de consistir en ser reina: reina del
hogar. L o que hay es que, para que ese reinado sea 'prós­
pero y fecundo, se. necesitan boy mayores dotes de go­
bierno: saber· llevar mejor el cetro en la mano y 'la c o ro
. na en la frente.
Antes,· con saber guisar, hilar, zurcir y pocos más me­
nesteres...domésticos, .la mujer sabía lo suficiente para rei-
, -liar.a m aravilla-y. ser, toda, una Isabel la Católica en los
estrechos ámbitos de su reinado..El ideal de la m ujer.an­
tigua le constituía aquella doña Mariquita de La Comedia
Nueva -de Moratín. “ Si soy ignorante,, buen .provecho me
haga. — Habla doña Mariquita— . Y o sé escribir y ajus­
tar una cuenta; sé guisar, sé.planchar, sé coser, sé zurcir,
sé bordar, sé cuidar de nna casa; yo cuidaré de la mía y
de mis hijos y yo me los criaré.”
N o .se puede . negar. que esta .doña Mariquita era todo
un po.zo.de saber. -Sabia, más, ba'stante más, que muchas
señoras aristocráticas , y -burguesas de nuestro tiempo,, en­
tre las cuales no abundan, por desgracia, las doñas M ari­
quitas; pues sabrán escribir y . contar, pero lo de guisar
J o dgjan ,pat^e!..cocinero,.lo desplanchar, para; la jpJancha-
, dora o para los chinos, lo de coser. y, zurcir para la -mo­
dista, lo de cuidar de la casa ¡para la dueña de llaves, .y
¿qué más? hasta lo de la crianza de los hijQs lo dejan
- 350 —

■para alguna mozona robusta y de formas exuberantes; que


hasta a eso llegan muchas señoras sanas y fuertes — con
las enfermas no va nada— , a negar a los propios hijos 3a
leche maternal.
Pero dejemos a un lado a la mujer, mueble de lujo»
o, si ¡queréis, flor exquisita de invernadero, y a lo que íba­
mos. ¿ Se debe concretar el saber de las mujeres moderna»
a la sabiduría de doña M ariquita? Y o creo que no. H oy,
por efecto del progreso, de la civilización, de la moderna
cultura, 'ta vida se ha refinado, se !ha embellecido, y a la
m ujer — a la m ujer de m ás o menos brillo social, como
habrá de ser la niña que en este Colegio se educa— no le
basta saber escribir y ajustar una cuenta con la lechera
o con el panadero; no le basta, cuando la ocasión se le
brinde, saber arremangarse en la cocina y hacer un plato
¡sabroso; no le basta saber manejar primorosamente la
aguja y ’l a rueca; no le basta saber hacer filigranas de
encajes y de bordados que hermoseen y perfeccionen las
ya de suyo hermosas, perfectas formas femeninas: además-
de todo eso, debe poseer un barniz positivo de cultura es­
piritual que la habilite para brillar en las tertulias e inter­
venir con lucimiento en muchos asuntos que constituyen el
tema obligado de las diarias conversaciones. Debe conocer
algún idioma, además del que en dulces cantos maternales
arrulló sus primeros sueños; debe saber su poco de música,
de ciencia, de literatura, y su mucho de historia patria, dé
moral y de religión, de suerte que, cuando al Cielo le
plazca, sepa gobernar plácidamente a fos que hayan de ser
sus -súbditos y vasallos, siendo el encanto de todos ellos y
aun de los de otros reinos ¡que hayan de mantener con eí
suyo diplomáticas relaciones.
Y he ahí lo que se enseña muy concienzudamente en este
Colegio por doctas profesoras m uy bien poseídas de la*
respectiva« asignaturas, y por qué está llamado a exten­
der m ás y más cada día su esfera de acción civilizadora;
— 351 —

y a prestar imponderables servicios a esta hermosa P er­


la de las Antillas. Y aun hay algo que aval-ora sobrema­
nera este centro docente, y es la esmerada educación que
en su recinto las niñas reciben. A diferencia de muchos
colegios en que se atiende preferentemente a instruir, en
“ H ogar y P atria ” se atiende con la misma preferencia a
educar. L a formación del entendimiento corre aquí pare­
jas con la del corazón. N o solamente Se procura enriquecer
el espíritu con tesoros científicos y artísticos, sino también
con tesoros religiosas y morales. A la vez que los umbrales
del templo del saber, la niña traspasa los umbrales del san­
tuario de la virtud. Se la persuade de sus deberes para con
Dios, para consigo misma y para con la sociedad; se la
hace sentir lo sublime y redentor de nuestras creencias y
nuestras máximas cristianas; se le infunde un amor a r ­
diente a la familia, al hogar doméstico, a la sana rigidez
de costumbres, que tan galanamente aureola las frentes
fem eninas; en una palabra, se la alecciona para ser m ujer
y desempeñar un día con perfección el papel delicadísimo
de madre. Sin todo esto, la m ujer podrá ser m uy docta,
muy instruida; pero resultará algo perfectamente inaguan­
table en la sociedad: o el· tipo perfecto de la marisabidilla
que con tan donoso gracejo ¡han ridiculizado algún©s de
nuestros dramaturgos o de nuestros poetas, o el modelo de
■la bachillera petulante que alardea en todo de sentimien­
tos viriles y que, diríase, anda rabiosa por no poder ves­
tirse pantalones.
Instrucción y educación sólidas, macizas y perfectamen­
te armonizadas, he ahí lo que necesita la m ujer de cierta
posición que ha de ser elevada un día al delicioso trono
del ihogar. Sólo así podrá hacer brillar en 'los ámbitos do­
mésticos la alegría y la ventura. Sólo así podrá ser embe­
leso (perenne de ese pequeño reinado, en cuyos dominios no
debe ponerse nunca el astro del amor,
L a dicha de los hogares se Ha dificultado mucho, debido
—, 352-—
- ;a 4 a;4u#<j^ka ^ cü tiia ria co n q u e por todas partes de-
- -.seca· a las/alm as-el lujo, >a la invasión;;del materialismo
^ ambiente. que ¡Cada vez causa m^s estragos, en los espíritus,
y. al consiguiente· decaimiento d e^ fe'y de religión, ,-que;-de
día en día -se va nptandosmá&'en los individuos; y ;en ¡las
: muchedumbres., .Unas· veces es' el .espfo&o·. quien·;.oon ;sus
arrebatos de libertinaje o con · su apartamiento completo
-.· de Dios desencadena fatídicas nubes por un horizonte ¡q¡ue
¡ 'si^nRrei deb.ía dilatarse sereno y azul, como, un cielo'd e
? priitiayera; riente*· Otras veces son los hijos los que, de-
- jáíidose 'seducir por halagadofas 'canciones tan pérfidas
como las- de iLorelei/la famosa hada del Rhin, idealizada
por Herpe, perturban quietudes y ’ goccs que debían desli­
zarse· ^siempre, tranquilos y diáfanos. -como las ondas- de
. plácido rio. ·■ ■ ···
- i’;' Y :en ;u no y otro "caso ¡qué papel m ás sublime el que; se
ofrece a la m ujer que sabe sufrir, callada, amargura tras
amargura, y no perdonar sacrificio ninguno hasta orientar
: de nuevo por los caminos rectos -a los queridos seres e x­
traviados! ¡Q ué imagen la de la m ujer que, juntamente
- ceti los recursos infinitos de la cantera amorosa.de sus en-
, tranas; despliega todo' el cúmulo de encantos. de sus: varia-
: dos y ¡hondos conocimientos para conquistar a-su esposo ó
'arrancar de los derrumbaderos- del infortunio al vastago
.. idolatrado de: su amor! ¿N o es verdad; que esplende algo
. de divino en esa madre y en esa esposa?.
No concluiré sin recomendar muy de ¡veras a las alum­
nas que se aprestan a dejar el alegre recinto de este Co­
legio, bien:sea porque hayan concluido en· él su carrera, o
porque simplemente se vayan a pasar al lado de sus fam i­
lias la:s deliciosas vacaciones, que no abandonen las prácti-
. cas de religión y de virtud que aquí hayan aprendido, y
. que hagan cuanto les sea posible, por demostrar la esmera­
da educación que aquí se 'les ha dado. Nosotros, los cris­
man os, debíamos de efundir siempre en nuestro derredor
- 353 -

aquel .perfume especial a que se refiere San Pablo cuando


dice que Christi bonus odor sumu-s, que somos el buen olor
de Jesucristo. Pues bien, vosotras debéis procurar efundir
siempre en vuestro derredor el buen perfume de esté C o­
legio, un perfume de dulzura, de simpatía, de amabilidad.
Y cuenta que esto lo debéis hacer, no ya sólo por móvi­
les santos de acreditar más y más cada día a vuestro Ooí-
legio y a vuestras profesoras y hacer ver que la cultura
y la virtud son siempre simpáticas y amables, sino tam­
bién por móviles de interés individual, para que el día da
mañana triunféis en Tas sociales luchas femeninas en que
cada vez se le exigen más perfecciones a la mujer. Y o no
dudo en afirmar que entre las cualidades que más deben,
brillar en la m ujer contemporánea están la amabilidad y la
dulzura. A la m ujer se la exige siempre en los labios una
sonrisa de simpatía y de atracción.
E n los Estados Unidos — y no os riáis de lo que os
voy a decir— han tomado tan en serio esto de la sonrisa
de la mujer, que hasta se ha creado o se traía de crear una
nueva enseñanza femenina que han titulado the 'paetry o f
the smiíe, la poesía del reír. Y y o he leído ya ·— por delei­
toso pasatiempo, naturalmente— estudios m uy pomposos
en que los flamantes profesores de tal enseñanza hablan
de los ejercicios faciales a que someten a sus alumnas para
hacerlas reir con tales contracciones de músculos de la bar­
ba, de los labios y de las mejillas, que no enseñen jamáa
la concavidad de la boca, porque tí isn’t pretty to show the
inside of your wcHtlh, y si las blancas y nítidas hileras de
dientes, formando, no siempre, pues resultaría un tantico
monótomo, los consabidos hoyuelos tan cantados por la
mayoría de los poetas.
Claro que nosotros, los latinos, no podemos menos de
tomar a broma estas originalidades yanquis, estas sonri­
sas-estudiadas que, no brotando del fondo de amabilidad
que-se lleve dentro, no son más que como la pomposa eti­
23
— 354 —

queta que se pone a ciertas botellas de sidra o de champag­


ne, que no pasa de una engañifa, si el champagne o la sidra
por su generosidad' no corresponden a los pomposos colo­
rines de la etiqueta; pero que la m ujer debe ser siempre
dulce y amable, y que eso hay que aprenderlo de niña para
después serlo de vieja, no cabe dudarlo.
H ay algunas niñas que derrochan amabilidad y dulzura
en el colegio y cua-ndo se hallan en sociedad; mas en el
interior de 'su familia son enojadizas y displicentes, mon­
tando en cólera por un quítame allá esas pajas y dando oca­
sión a que las mamas las refrendan con una frase muy
parecida a ésta: “ ¿es eso lo que te enseñaron en el c o ­
legio?”
Eso está m uy mal, m uy mal en las jóvenes. Sed muy
dulces y amables fuera de la fam ilia; pero los principales
derroches de amabilidad y de dulzura dejadlos para vues­
tra fam ilia y para vuestro hogar. Las mujeres que en el
hogar no son dulces y amables de niñas, no lo serán el
día de mañana de esposas. Y yo tengo para mí que una
de las cosas que más contribuyen a labrar la ruina de un
matrimonio es la falta de amabilidad y de dulzura en la
que ha de ser ángel y reina del hogar. E l hombre cuya es­
posa es ■una m ujer fastidiosa y enojadiza, que no tiene
ojos más que para ver defectos, ni lengua más que para
proferir asperezas y regaños, ni cara más que para hacer
mohines de displicencia, no encuentra en su casa la ven­
tura que alboreó un día en su acalorado pensamiento, y se
va en pos de ella, lejos, muy lejos del hogar, al teatro, al
café, al juego, o a otras partes peores, de donde proceden
muchas ruinas familiares, y muchos dramas trágicos y mu­
chas, muchísimas miserias. V ed, pues, si a la mujer le
convendrá ser dulce y amable, aun desde el (punto de vista
meramente individual.
Y ahora noto que mis cuatro palabras se han estirado
como la goma, y quebrantado más de la cuenta mis pro­
— 355 —

pósitos de ser matemático. Reitero, pues, mi congratula­


ción a las ¡señoritas Pallí, directoras y profesoras de este
Colegio, y, en nombre de ellas, las gracias a cuantos' se
han dignado acudir hoy a este alegre patio, en especial
a quienes ie adornan mucho más que las flores que perfu­
man -su ambiente y que las vistosas banderas que tapizan
sus m uros; y concluyo felicitando calurosamente a. todas
las esclarecidas alumnas de este plantel de enseñanza, por­
que me consta que todas ellas trabajan y estudian con ahin­
co, procurando corresponder a los designios de Dios, a los
intentos de sus padres y a los desvelos de sus profesoras.
Seguid esforzándoos siempre por acopiar en vuestro co­
razón y en vuestra inteligencia gérmenes de virtud y de
sabiduría; que esos.gérmenes pronto se convertirán en re­
galadas flores y en exquisitos frutos. A sí exhalaréis en
vuestro alrededor verdadero perfume de simpatía y de
encanto; seréis gala y ornamento de la sociedad; daréis
honor espléndido a vuestras fam ilias; encarnaréis ventu­
rosos ideales y haréis que sonría 'siempre, halagüeño, el
porvenir de vuestra patria, de vuestra patria, que yo me
atrevo a llamar también patria m ía ; y más que nunca aho­
ra, en vísperas de dejarla, acaso para siempre, después
de año y medio de permanencia bajo su cielo radioso go­
zando de los encantos de su clima, resipirando el aroma de
«us brisas y de sus flores, recreándome con las bellezas
innúmeras que matizan su suelo e inundándome siempre
en el ambiente de amor que me ha rodeado incesante
desde que pisé estas casi idénticas playas, donde continua­
mente se me han prodigado inmerecidas frases de aplauso
y de aliento, lo mismo desde las columnas de la prensa de
b s diversos matices, que desde las señoriales mansiones,
que desde los rústicoí bohíos.
Bien me podéis dispensar esta efusión de sentimientos
que ya no me cabían en el alma y que son un pálido ho­
menaje de gratitud hacia esta Habana que Dios bendiga
- 356 -

sin tasa, vertiendo sobre ella todo« sus dones; tm desvaido


tributo de amor hacia sus habitantes, que con tan dulces
cadenas han sabido cautivar para siempre tni corazón, y
un adiós tristísimo a la magnificencia de vuestros mares,
a la feracidad de vuestros campos y al hechizo de vuestros
cielos. Ignoro adonde me conducirán los adorables desig­
nios de D ios; pero dondequiera que y o aliente y respire,
estad seguros de que allí hay un alma española que se ha
identificado con las almas cubanas, porque ha visto y sen­
tido que eran del mismo nobilísimo metal, con los mismo»
rasgos étnicos, oon el mismo temple de espíritu, con la
misma tendencia de ideales, con el mismo sello de raza;
y, por consiguiente, que llorará cuando las almas cubanas
lloren, y reirá cuando las almas cubanas ¡rían, amando
siempre ardorosamente a Cuba, como y o sé que amáis Vos­
otros ardorosamente a España.
LOS TALLERES DE SANTA RITA DE CASIA
EN MADRID

CONFERENCIAS PREDICADAS A LAS DAMAS


DE LOS TALLERES, EN LA IGLESIA
DE SAN MANUEL Y SAN BENITO. 1912
I

E l corazón femenino cátedra de acción social.— Labor épica de


redención.— U n rasgo biográfico de (Santa Isabel de Hungría.—
Hermoso gesto femenino ante el jacobinismo imperante.— El
más bello apostolado.— Gladstoue y las mujeres inglesas.— Hu­
milde origen de los Tálleres de Santa Rita.— La primera idea.—
Su desenvolvimiento maravilloso.— Breve semblanza del Padre
Fon t — La Dama de Santa Rita y la espina milagrosa.— “ Vestir
a l desnudo” ,— Cri ti quilla tie sus páginas...

D e v o t a s D a m as d e S a n t a R i t a :

Con todo intento no quise hablar ayer sino de la San­


ta de vuestros amores, para dedicarme a hablar hoy exclu­
sivamente de vosotras o, por mejor decir, con vosotras,
porque esto no va a ser homilía, ni sermón, ni conferen­
cia, ni oración sagrada que pueda encajar en ninguna de
las clasificaciones conocidas· de los retóricos, -sino una
conversación más o menos cinematográfica y muy en esti­
lo familiar y efusivo, como de alguien que os trató ea
pasados tiempos, admirando la hermosura de vuestra alma,
y a quien el oleaje de la vida arrojó muy lejos de vosotras;
bien que no tan lejos que haya dejado de seguir con ia
imaginación las huellas de vuestros pasos gloriosos por la
arena del combate contra la desnudez, y de anhelar sentir
nuevamente la irradiación caritativa de vuestro corazón
a 'la vista de la pobreza.
I Oh, el corazón de la mujer ante el· desvalimiento y la
orfandad! Si es cierto lo que dijo Fenelón, que “ solamente
los corazones grandes saben cuánta gloria hay en ser
- 360 —
bueno” (i), yo casi me atrevo a decir que sólo los cora­
zones femeninos son grandes, porque sólo ellos saben ser
buenos. La mujer no puede contemplar utia desventura
sin sentir fogosos impulsos de remediarla. Los humanos
sufrimientos la enternecen vivamente, levantando en su
espíritu una oleada de compasión. Siempre que la desgra­
cia humana hiere una fibra en el corazón de la mujer, la
nota vibrante de aquella fibra es el consiguiente acto de
acendrada piedad, la consabida obra de misericordia. Ante
la pobreza, el hombre quizá juzga la beneficencia un de­
ber; pero la mujer la siente una necesidad, y es bienhecho­
ra por irresistible impulso de su naturaleza. En casos
apurados, para aliviar al huérfano desvalido, a la viuda
desamparada, al hogar triste donde sentó sus reales él in­
fortunio, al pueblo que asoló el incendio, o devastó la
riada, o fué víctima del terremoto, la mujer lleva su espí­
ritu de beneficencia hasta desprenderse de las joyas más
queridas para poner su áureo óbolo en las manos de la
desgracia.
Cuando se trata de allegar recursos para socorrer a los
pobres, la mujer tiene a veces rasgos geniales de inspira­
ción. Oíd esta anécdota.:
Cierto caballero, en un bazar de caridad, ante una de
las mesas donde sólo había chucherías- que no le inte­
resaban :
— Si usted quisiera vender uno de sus rizos,.., le dijrr,
en broma, a la señorita que presidía la mesa aquella.
Y la joven, asiendo como un autómata las tijeras v
cortándose uno de los que le caían por la frente:
— A lh í lo tiene usted, caballero; vale quinientas pesetas,

si no le parece mucho a su caballerosa bondad.


Y él, galán, al fin, de casta de hidalgos, sacando de la
cartera un billete.

(i) Citado por F. de C éez .— En otUndw t lJavenir, p, 148.


- 361 -

— Ahí irán mil, señorita, le dijo dándoselo; quinientas


por el bucle y las otras quinientas por la inspiración...
Y no creáis esto historieta o cuento; es historia, e his­
toria que se repite. Y o mismo he sido testigo de una pa­
recida a bordd de un trasatlántico español, en una de
esas veladas que en las largas travesías suelen celebrar­
se con objeto de allegar dinero para los ¡huérfanos de los
aáufragos.
Sí, tierno, compasivo, sugestionable, el corazón de 3a
muj er es mucho más caritativo que el del hombre. Su sen­
sibilidad exquisita la fuerza a participar de las ajenas des­
venturas.
Ella, en ¡presencia de 'ia desgracia, no piensa, no anali­
za, no razona: siente nada más, y se pone al 'servicio del
dolor, De ordinario, cuando el hombre va a endulzar una
amargura, ya la mujer está de vuelta. Su mayor fuerza
afectiva le da mayor resistencia para sobrellevar y
compartir los infortunios del prójimo. Preguntad a un
padre viejo y enfermo a quién anhela más tener a su lado
en las horas negras del sufrimiento y de dolor, si a la
hija o al hijo, y os contestará resuelta, instintivamente,
que a la hija, a la hija, pródiga siempre de afectos y de­
cuidados para los seres amantes que a ella l e dieron el ser.
i O h !, es un consuelo el pensar que contra las manifes­
taciones del corazón femenino no pueden darse leyes an­
ticlericales de represión. Se podrá cerrar los conventos,
y expatriar o matar a sus moradores, y secularizar los
cementerios, y saquear las iglesias; pero no habrá leyes
del "candado” para el corazón· de la mujer hispana, que,
siempre heroicamente afectivo, continúa, a despecho de
todas las campañas descristianizadoras, haciendo bien in­
menso entre las clases pobres de nuestra sociedad. La
mujer española de nuestros días — la mujer española de
cierta posición, naturalmente— está dando tan maravillo­
sos ejemplos de apostolización social para ver de atajar,.
— 362 -
9 po-r lo menos de disminuir, las miserias humanas, que
estoy bien persuadido de que podría poner cátedra de ac­
ción social, donde todos los hombres tendríamos mucli®
«que aprender.
El socialismo, con todo su cacareo persistente de fila»’
tropía y de humana beneficencia, no ha hecho todavía
nada positivo para aliviar las necesidades de los pobres.
En cambio, la mujer, sin ser socialista, ¡qué labor épi­
ca la que viene. realizando por conjurar en los míseros
hogares el azote de la miseria! ¡Qué de centros por la
mujer creados donde se recoge a los niños pobres, para
arrancarlos a la golfería ambiente, y enseñarles, no sólo
a leer y a escribir, sino, además, una profesión o un ofi­
cio con que ganarse honradamente la vida el día. de ma-
■ñaña y poder formar una familia que sepa servir a Dios
y a la sociedad! ¡ Qué obra de colonización espiritual y
moral la que está llevando a cabo la mujer en el seno
de las grandes poblaciones, restando almas al crimen y
conquistándolas para el cristianismo y para la patria! Por­
que· todos esos centros fundados, y aún dirigidos y ad­
ministrados por mujeres, donde se educa a los niños po­
bres, dándoles a menudo casa, y lecho, y vestido, y comida
e instrucción, son otros tantos centros de redención hu-
mana, donde, sin algaradas anarquistas, se resuelven prác­
ticamente, casi milagrosamente, laa más difíciles cuestio­
nes del socialismo.
Y de 'la historia benéfica del socialismo viene a ser casi
una reedición la historia benéfica de los Gobiernos. E s­
tos se cuidan apenas de la pobreza. Son pocas todas las
energías para la teorización de nuestras futuras glorias·.
¡Absorben tanto celo y tanta atención las sonoras lides
parlamentarias que han de llevarnos a la reconquista de
nuestro antiguo poderío! De cuando en cuando se da una
orden gubernativa contra la vagancia para quitar de las
calles de las grandes urbes el aspecto antipático de la hatu-
— 363 -

pesca pordiosería, у ee recogen en ciertos establecimien­


tos de reclusión unos cuantos mendigos que entran por
una puerta y salen por otra. Es el eterno problema en que
fracasan todos los gobernadores de las grandes ciudades.
Y ¿cómo no han de fracasar mientras no se ataje a la mi­
seria devoradora? Mas en esos atajos piénsase poco: el
gobierno suele darse cuenta del misérrimo estado de un
hogar sin ventura, cuando ha sucedido'algún atraco; al­
gún robo, en que interviene la policía apresando a los
héroes del delito. Y entonces no es para ejercer la cari­
dad, sino para zambullir en la cárcel a los rateros que
han andado el camino del crimen, impelidos por el ham­
bre y la desnudez.
Hasta aquí suele llegar la caridad abrasadora de los
Gobiernos. Pero adonde ellos no llegan, llega la mujer.
Ella se anticipa a menudo a remediar las necesidades su-
biendo a Un sotabanco o descendiendo a una cueva, acaee
en el mismo instante en que se está fraguando el plan
del robo. Y la bondad de la mujer, el pequeño óbolo que
deja en aquella morada, obra milagrosamente en el cora­
zón de sus moradores, que se sienten avergonzados de
lo que estaban urdiendo, y que, en vez de salir a robar,
y acaso a matar, adoran y bendicen; pues cuando la gc-
ñora de alta sociedad honra con su presencia un tugu­
rio,, dejando allí unas blancas monedas o unas ropas por
ella misma cosidas, los moradores del tugurio no puedes
menos de interrogar en nombre de quién ha pasado por
allí ;aquella dama parecida a una visión de gloria. Y se res­
ponden a sí mismos que forzosamente, tiene que haber
sido en nombre de Dios.
¡ Oh, lo atrás que поя deja a los hombres la mujer cuan­
do se trata de acción social redentora ! Y es que la reden­
tora acción social es como un brote de la vida afectiva, y
la .vida afectiva sabe vivirla, mucho mejor que el hom­
bre;, la mujer, cuya potencialidad amorosa se me anto>-
- 364 ~

ja mucho más grande y es desde luego mucho más in­


tensa. La mujer ama más a Dios, y cuando *se asma mu­
cho a Dios, el amor desborda de nuestro corazón, y ama­
mos tpor Dios a quien E l nos manda amar, al prójimo, y
de entre el prójimo, a aquellos que están más desampa­
rados, porque se sabe que Dios toma esos amores como
amores a Dios mismo. No hay más que recordar las pa­
labras con que da entrada en el Cielo a las almas justas:
“ Estaba hambriento y me disteis de 'comer, sediento y me
disteis de beber, enfermo y me visitasteis, desnudo y me
vestísteis; porque os digo en verdad que cuando hicis­
teis eso con el último de mis pobres, conmigo lo hicisteis,
De suerte que el amor a los pobres es el mismo amor de
Dios, rebosando de nuestro pecho en cristalina corriente
de misericordia hada los desvalidos y los desheredadas.
En la vida de Santa Isabel de Hungría, de aquella gran
enfermera de mendigos, a quien Murillo nos pintó en un
lienzo, donde no se sabe que admirar más, si la divina
misericordia de la Santa, o la divina inspiración del mís­
tico artista, hay un episodio que viene como de perlas
para persuadir a las almas creyentes de que en el corazón
de los pobres se esconde y alienta Jesús. Había salido,
como de costumbre, la admirable reina a visitar y hen­
chir de alegría los tugurios de los pobres, y como encon­
trase a un niño leproso que gemía abandonado a la vera
del camino, le cogió en sus brazos y voló con él a la re­
gia morada, tendiéndole en el mismo lecho nupcial. Eí
rumor cundió en seguida entre la servidumbre, y llego
a oídos del Rey, que, con ser bonísimo, gustó poco de
aquel rasgo caritativo de su esposa. Y corriendo a la cá­
mara nupcial, fué a levantar la ropa que cubría al niño en­
fermo, y se maravilló al ver que quien estaba entre los
niveas sábanas era el propio Jesucristo, ante cuyas plan­
tas cayó de rodillas pidiendo perdón por su disgusto y
su enojo, j Oh, la infinita bondad de Dios patentizándose
— 366 -

de modo visible a sus criaturas! ¡O h , loa ojos de la fe


en., las almas! Pero esos ojos sólo parecen estar abier­
tos en las almas femeninas, pues sólo ellas saben desvi­
virse por los pobres, hasta sacrificarse por ellos, gozosas
y sonrientes.
Mi Padre San Agustín, ponderando las mil heroici­
dades de San Pablo, en su campaña de apostolización
mundial, decía que todo le resultaba facilísimo y suave,
porque aderat e* Spiritus Sane tus qui..., in affluentia de-
Ociarum D e i. .., omitía praesentia deliMret áspera et om~
nia gravia reievaret (i), porque le asistía el Espíritu San­
to, que en la afluencia de las delicias de Dios y en la es­
peranza de las dichas futuras le suavizaba todas las as­
perezas y le aligeraba todas las cargas, Y yo estoy se­
guro de que en esa afluencia de las delicias de Dios es
como puede la mujer contemporánea española llevar a
cabo ese poema de apostolización sublime, donde cada es­
trofa es una institución benéfica en obsequio de los des­
validos, un derroche de esplendidez en beneficio dé lo»
pobres.
Fué el sectarismo jacobino, con sus iracundas intran­
sigencias, el que arrojó a la mujer española en medio de
la sociedad a ejercer su apostolado maravilloso; pues an­
tes, cuando no se combatían- nuestras creencias redentoras
con el encarnizamiento con que hoy se las combate, la
mujer podía vivir tranquila, en el interior de su hogar,
dedicada a embellecer su alma y el alma de los suyos con
Jas típicas virtudes familiares qué hicieron del hogar espa­
ñol el hogar clásico de la hidalguía y de la nobleza. Pero
hoy, cuándo tanto se ha recrudecido la lucha contra la
Cruz, la mujer se ha sentido llamada por Dios a ser
apóstol, y én verdad que está desempeñando con, brillante
y gracioso gesto el papel que le corresponde en su- apos-

<i) Sermón L X X ,
- 366 —
tola do: hasta el punto de sentirse uno tentado a bende­
cir el sectarismo, que fue la causa ocasional de esa fecun­
da epopeya femenina, que no puede menos de henchir de
satisfacción y de orgullo a todos los buenos católicos, a
todos los soldados del Señor.
Porque la mujer no se contenta con remediar las ne­
cesidades materiales de los' pobres, llevando pan a los ho­
gares hambientos, llevando calor a los hogares fríos, sino
que hace cuanto buenamente puede por remediar tam­
bién las necesidades espirituales, constituyéndose en maes­
tra y catequista, difundiendo aquí y allá las claras luces
de su inteligencia y concluyendo por destellar la verdad
en muchas almas, sencillamente porque, antes que-con sus
luces el irroturado- cerebro, les ha ganado con sus bon­
dades el corazón. Una delicada mano femenina que im­
pulsada por lá caridad va de tugurio en tugurio derra­
mando prodigalidades, tiene derecho a señalar la ruta que
se debe seguir, y muy especialmente cuando esa ruta
ae abre en la tierra y termina en el cielo. Los labios fe­
meninos que besan una pálida frente donde ha marca­
do sus huellas la privación tienen derecho a dar lecciones
de doctrina cristiana. Y que a tanto llegan los labios de
la dama, de Santa Rita lo puedo atestiguar yo mismo, que
los he visto besar de ese ¡modo, y que jamás me han pa­
recido tan virginales y tan puros.
Sí, yo sé que vosotras, lo mismo que Rita, podéis ha­
cer vuestras aquellas palabras de Job: “ Desde la infan­
cia creció conmigo la misericordia, y desde el vientre de
mi madre salió conmigo” ; yo sé que vosotras practicáis
asi la caridad, no contentándoos con satisfacer las nece­
sidades corporales de los pobres, sino velando por satis­
facerles también las del espíritu. L a dama de los Talleres
de Santa Rita no se contenta coa dar unas ropa» que han
ée cubrir unas carnes heladitas e inocentes, unos vestidos
que han de abrigar a ttoa *»posa harapienta que hace
- 367 -

prodigios económicos con el escaso jornal de su marido·


para nivelar loa presupuestos humildísimos de su morada,
unas mantas con que han de entrar en calor durante las
noches invernizas pobres .niños que. ignoran lo qüe es reti­
rarse a descansar con el estómago satisfecho, o un padre-
y una madre que luchan bravamente con el vivir, no tan
duro aún para ellos como el lloro de los pequeñuelos pi­
diendo un corrusco de pan, que. en la casa, no existe. La;
dama de Santa Rita, además de vestir a los desnudos y
hacer las consiguientes limosnas para matar el hambre
de los que sufren, tiene siempre algo más valioso que las
ropas que. han de librar del frío y que el pan que ha de-
redimir del hambre; tiene siempre para sus pobres un
consuelo, que se filtra, como rayo de sol divino, hasta
el opaco fondo de los espíritus dolientes, y una sonrisa
amorosa que llega, suavizadora, como un perfume, hasta
a lo más íntimo de aquellos corazones desgarrados, y una
palabra de estímulo a la virtud que. les hace volver los
ojos de la tierra al cielo. ¡ Oh, cuánto más estiman á me­
nudo las almas pobres ese consuelo y esa sonrisa y esa'
palabra que la misma limosna que va a libertarlas, por al­
gunos días a lo menos, de las implacables garras del ham­
bre y de la miseria!
¡ Bella, bellísima es la mano que se tiende con ün vestido^
con una manta, con una canastilla; pero es tnucho más
bella, sin comparación, la boca que besa y sonríe, que con­
suela y esperanza! La limosna le ha quitado, al pobre de*
en medio del camino el peñasco abrupto en que se le iba·
a estrellar el cuerpo; pero el consuelo y la sonrisa le han
quitado de en medio del camino el peñasco de incredulidad1
y desesperación en que se le iba a estrellar el alma. ¡Ben­
dita, bendita la dama de vuestros Tálleres que, al tender
la . limosna sagrada que ha de beneficiar al cuerpo, hace-
ai mismo tiempo que loa ojos cerrados de un alma se
abran hacia Dios t i Oh, la rica cosecha de fruto espiritual»
— 368 -

^ue puede esperarse de semejante acción evangelizadora!


¡Cuántas almas que insensiblemente ®e habrán ido ale­
jando de la Cruz, empujadas hacía la apostasía por los
embates del infortunio, retomarán dolientes, como el hijo
pródigo, al regazo del cristianismo! Sobre todo, las al­
emas de mujier que hayan resbalado ya casi por complet·
fuera de la religión de sus mayores, ¡cuán gozosas tor­
narán a ella al ver que se les tienden abiertos unos bra­
zos amantes y al sentir que se rozan con sus harapos unas
'finas vestiduras!
Y tras la mujer se salvará el hombre — es la histo­
ria eterna— , porque sin la mujer el hombre se siente in­
completísimo. Gladstone, el célebre estadista británico, e*
su P oliiical Expostulaiion, escribió, tratando del resur­
gir del catolicismo en Inglaterra, unas palabras que expli­
can este mi pensamiento, y que son un panegírico de la
mujer: "T h e conquests, dice, have been chiefly, as might
have been expected, among wornen” : Las conquistas se
han hecho principalmente, como era de suponer, entrr
mujeres. La frase acaso presuma de saetilla, con punte
de ingenio contra la mujer. Pero lo cierto es que el cre­
cimiento del catolicismo en Inglaterra es debido, según el
gran estadista, a las mujeres principalmente. Y hoy sabe
todo el mundo que los protestantes ingleses ya no se ríen
de los católicos con aquella risa sarcástica con que, at pa-
ear por delante del edificio donde el Cardenal Wisema*
había instalado la humilde iglesia católica, decían: “ The
Italian Mission” , la misión italiana... Hoy aquella misión
italiana cuenta con millones de oatólicos fervorosos, prác­
ticos, valientes, que saben celebrar manifestaciones re­
ligiosas como aquella del Congreso Eucarístico, cuando
por las principales calles de Londres desfilaron sesenta mil
católicos haciendo guardia de honor a un Cardenal, re­
presentante del Pontífice, que, en procesión por el inte-
irior de la graii basílica — los proceres protestantes habían
— 369 -

conseguido impedir que la procesión fuese pública— aca­


baba de llevar la Hostia consagrada, bajo palio, soste­
nido por los nervudos brazos de varios generales del ejér­
cito inglés. No; ya no se ríen de la “ Italian Mission” ; y
ello, .según Gladstone, fué principalmente debido a La
mujer. _ /
Y yo no lo dudo: a la mujer ha de ¡ser debido el
recimiento cristiano que ha de advertirse muy pronto en
nuestra patria, y que ha de comenzar por atraer al pue­
blo, a las muchedumbres que se han alejado de nos­
otros, como los judíos se alejaron en otro tiempo de Jesús
murmurando de la dureza de sus palabras. Y por eso,
quienquiera que medite en vuestra labor no podrá me­
nos de prorrumpir en aplausos y bendiciones. Se nece­
sitaría ser un depravado, y con esa depravación que tras­
torna todo el orden de los sentimientos, y a que sólo Uega
la ceguedad del sectarismo, para no sentir la emoción de
lo sublime, que a un mismo tiempo abisma y exalta, al
considerar vuestra grandiosa labor benéfica, y más aún que
ella el ardoroso entusiasmo con que la lleváis a cabo y la
abnegación heroica de que la impregnáis, entusiasmo y ab­
negación que pone en evidencia el pasmoso desarrollo que
en pocos años han adquirido esos vuestros Talleres de mi­
sericordia, de donde tan a legítimo orgullo tenéis el ser a
la vez patronas y obreras.;
¡Qué empuje más gallardamente brioso habéis sabido
dar a' esa vuestra institución desde aquellos humildes co­
mienzos que tuvo en la morada de algunas de vosotras,
donde, tm día al mes, se juntaban dos o tres docenas de
señoras y señoritas a cortar y coser las ropas que. habrían
de cubrir las carnes de los desnudos! Y o me acuerdo de
haber asistido alguna vez, a título de curioso observador, a
la santa faena que en los días prefijados-emprendíais, ora
en un lindo hotel, donde un matrimonio bienhadado,,a
quien le venía de abolengo él afecto a la Orden agustinia-
84
— 370 -

na. se desvivía por hacer las delicias de las obreras, jó­


venes casi todas de una de nuestras antiguas colonias del
Extremo Oriente; ora en la morada de una virtuosísima
viud" de cierto pr*¡>¿ico honrado que había sido ministro
y -que había ludiado denodadamente por «1 crédito de nues­
tra hacienda, cala día más ruinosa a causa de los persis-
í'ííñies déficits, que llegaron a ser crónicos en el organismo
encanijado de nuestros presupuestos; ora en la de la seño­
ra de un periodista, pero de un periodista de los pocos,
de los que más bravamente luchan por la honra del pe­
riodismo español, manteniéndose siempre a la vanguardia
de la decencia periodística, hoy tan escasa, y acometiendo
de cuando en cuando — caballero andante de la prez na­
cional, sin miedo a yangüeses ni a galeotes— peregrinas
aventuras para enderezar los entuertos de la prensa an­
tipatriótica, que no tiene a mengua el dejarse asalariar
por el oro extranjero para escupir en la frente a la madre
España...;
Recuerdo que las distinguidas obreras llegaban unas tras
otras, solícitas y diligentes, entregando, ya listas, las pie­
zas cuya costura no habían podido acabar en la reunión
anterior, habiéndoselas llevado para concluirlas en el pro­
pio hogar; que cuando ya estaban todas, se postraban de
rodillas unos instantes ante una imagen de Santa Rita que
se destacaba en un altarcito; que una de las obreras· re­
baba' algún: breve rezo que contestaban las demás, y que
luego se ponían a la respectiva tarea, en silencio profundo
al principio, para atender a la lectura de alguna página
substanciosa que leía con voz argentina y bien timbrada
una de las obreras jóvenes, y en bulliciosa diaria después,
cuando la Presidenta del Taller daba la consigna de que
se podía hablar, y rompía en los distintos sitios del sa­
lón el discreteo sobre cualquier tema candoroso que en los
corrillos de la gente joven se coreaba con risa franca y
sonora, todo esto sin dejar ni un solo instante el hilvana-
— 371 -

miento de las piezas que a cada una habían correspondido,


y cuya costura se había de rematar después en la respec­
tiva morada. Eran todavía aquellos talleres unos talleres
muy humildes, -pero en ellos barruntábase ya lo que pronto
habían de ser, hallándose, como se hallaban, en manos que
todo lo vencen y a merced de entusiasmos que todo lo
fecundan. Era aquello una aurora tenue, vaga, indecisa,
pero de arreboles purísimos que hacían soñar con un sol
radioso y espléndido.
Sin embargo, yo jamás me imaginé que aquel movi­
miento social de misericordia hubiese de tener la expansión
que tan pronto había de llevarle a ese florecimiento pri­
maveral en que hoy se le contempla y se le admira. ¿Cómo
pensar que los escasos grupos de egregias damas que se
reunían en aquellos primitivos talleres a laborar para ios
pobres hubiesen de nutrir de tan súbita y -brava manera
«us filas, hasta llegar a constituir esos treinta y tantos ejér­
citos aguerridos de mujeres evangélicas, pues cada taller
ofrece una estadística de nombres suficiente para consti­
tuir un verdadero ejército? ¿Cómo pensar que aquellos
pocos centenares de .pobres a quienes socorríais al prin­
cipio, suministrándoles ropa confeccionada por vuestras
manas, para que con ella pudiesen resistir las asesinas ca­
ricias de las escarchas y de las nieves, y para que así no
os inquietara a vosotras la ventisca desesperándose contra
los burletes de vuestras vidrieras, habían de elevarse a esos
diez y seis mil pobres que socorristeis el año pasado con
la munificencia amorosa con que vosotras sabéis socorrer?
Y ¡con qué creciente celo trabajáis por multiplicar los ta­
lleres, no sólo en Madrid, sino también en provincias, don­
de ya toa prendido la llama vivífica de vuestra institución,
comenzando a dar sus redentores frutos! ¡ Qué abundantes
mieses de misericordia las que hace augurar pafa los po­
bres provincianos el entusiasmo ardoroso que sabéis des­
plegar vosotras en bien de los pobres madrileñas!
— 372 -
¡ A!h!, si viviera aquel hombre que, inspirado por una
de vosotras — de una de vosotras surgió, como el perfume
de una flor, primera idea— , fundó vuestros Talleres; si vi­
viera, digo, aquel hombre que con tanto entusiasmo luchó
por el feliz éxito de la benéfica, institución, y la viese fun­
cionar hoy oon empuje tan viril, satisfaciendo tantas necesi­
dades y celebrando esas fiestas religiosas en loor de la
Santa por quien él sentía tan vivo apasionamiento, y en el
templo que fué su sueño dorado, y cuya habilitación para
el culto no llegó a ver por inescrutables designios de
D ios! i Cómo aquel hombre de abadial temperamento, cu­
yos hombros, más aún que el hábito: religioso, reclamaban
una dalmática de oro y seda, y en cuyos gestos un tanto
bruscos y en cuyas palabras un tanto ásperas traslucíanse
en seguida reciedumbres de claustro, os contemplaría, ab­
sorto, poniendo en aquel su vago mirar de irlandés, que
daba aspecto semihierático a su espaciosa frente, todas
las fuerzas de su ternura y todos los matices de su efusión!
E l, que por más. que creyese tener un corazón tan de
hombre la tenía tan de niño, que parecía latir tras un
pecho de cristal, como diría el poeta de las Dolaras, tras­
luciéndosele en toda su pueril sencillez y mostrándosele a
menudo, sin él advertirlo., en completo divorcio con su
pensamiento; ¡cómo se dejara llevar de la embriagadora
emoción que -le causaran vuestros entusiasmos, y en qué
charlas ingenuas vaciaría sus dulces sentires y sus puras
satisfacciones! Y él, que cuando ascendía al pulpito y sen­
tía que. Dios; le hablaba, rompía en aquellos períodos de
elocuencia espontánea y genuina que ora se engalanaba con
sonoridades de órgano, ora con rugidos de tempestad, que
transfiguraban al orador dándole vislumbres de profeta,
¡ en qué briosos párrafos sabría celebrar vuestra abnega­
ción en aras de los harapientos y los desnudos, ponderando
lo redentor de vuestros Talleres y entonando a ios derro­
- 373 -
ches de vuestro corazón un verdadero canto, un inspirado
himno!
A l rumor de estas pálidas frases, donde se evoca humil­
demente su recuerdo, yo me imagino que el mísero polvo
en que ya está convertido su corazón dentro de la tumba se
reúne y se vivifica y encama de nuevo para latir un ins­
tante al unísono de vuestro corazón, y me figuro que la
imagen de aquel hombre se cierne en este ambiente en
ademán de bendecir, sonriéndoos con sonrisa impregnada
de gratitud: y hasta me parece que se desatan sus labios y
as murmuran, más que al oído., al corazón, unos decires
suaves, dulces, beatificad ores, que son nn mensaje divino
que os envía vuestra Santa, y en que os habla de talleres
celestiales, de ángeles obreros, de vestiduras de inmorta­
lidad, de imperecederas guirnaldas de gloria. ¡ Cómo San­
ta Rita y el P. Font habían de permanecer inactivos ante
el creciente ardimiento religioso con que vosotras laboráis
en vuestros Talleres por remediar las desventuras de los
pobres, y ante la fervorosa propaganda que hacéis conti­
nuamente de vuestra institución, que cada día se nutre y
adorna con nuevos alistamientos de generosas y entusiastas
obreras!
Había San Agustín introducido en su querida Hipona
la costumbre de que las gentes ricas vistiesen a los pobres,
y, como años adelante, hubiere llegado a sus oídos que
tan santa costumbre iba decayendo, estimulaba a sus hipo-
nenses a restaurarla en su antiguo esplendor, vistiendo a
los desnudos con más júbilo aun que solían, teniendo eii
cuenta que Dios alienta en el prójimo (i). Y en un ser­
món les decía: Jam ecce hie-ms est; de pauperibus cogítate,
qucmodo Christus vestiatur (2): Ved que ya han comen­
zado los fríos del invierno: pensad en los pobres, en la
manera de vestir a Jesucristo. !A' vosotras de ningún modo

(1) Epíst. C X X II, '2.


(2) Sermo X X V , 8.
— ¿¿A -

os son aplicables los sugestivos conjuro® de San Agustín:


bastan los conjuros santos de vuestro tierno corazón para
que, cada día más gozosas, os déis a la bella faena de
vestir al desnudo, inmunes al demayo y cada vez con
más infatigable ardimiento.
¡ Y cuidado que harto a menudo tendréis que sufrir a
vuestro pasa por cuevas y guardillas, ya la indignidad de
una mirada grosera, ya la bajeza de un ceñudo gesto, de
parte de la plebe que ha hecho suya para masticarla a
vuestro paso, ya que no se atreven a arrojárosla al rostro,
la frase injustísima, “ los malhechoras del bien” , con que
desdoró su brillante fama el ¡más insigne de los actúale»
dramaturgos! (i), Mas nada os arredra en vuestra cruzada
salvadora. Recordáis que la Santa de vuestros amores pi­
dió un día a Jesús que le diese a sufrir algo de su pasión,
y que en el acto se desprendió de la corona del crucifijo,
ante el cual oraba, una espina que, flechada como un rayo,
fue a clavársele a ella en la frente, causándola espantoso
martirio, y consideráis esas molestias que recibís a vuestro
paso por cuevas y guardillas como una pequeña participa­
ción en los dolores que le causaba la espina milagrosa a
vuestra ¡Santa» y por eso las tsobrelleváis con plácida quie­
tud y hasta con júbilo imperturbable. Creyérase qué e»
vuestra compañía iba Rita siempre enardeciéndoos con el
fuego de su ¡amor y -regocijándoos con sus consuelos, ine­
fables y con sus promesas de eternas alegrías. Y nadie se
imagine absurda esta creencia: son naturalísimos esos re­
galó® de los santos a las almas que les profesan devoción
tierna e incesante. L a prodigiosa monja agustiniana Caía-
lina -de Emmerích gozaba a menudo de la visión y de la
conversación de esclarecidas agustinas que se le aparecían
de cuando en cuando .para confortarla y estimularla'en; su
vivir de continua pasión. Ella misma nos dice cómo. Ist
.-----------------.--------
(i) Tal es el título Viue tlió Benavente a una de Sus obras dra­
máticas, la más 'Sectaria y la ¡más antiestética.
- 375 -
hablaba la Beata Juliana de Monte Comelio, la gran ena­
morada dei Sacramento Augusto de nuestros altares, a
quien fut debida la institución de la solemnidad del Corpus
Ghristi; cómo la visitaba Santa Clara de Montefalco, la
mística crucificada por el amor de Jesús, cual su conte­
rráneo el Serafín de A sís; y cómo la acompañaba frecuen­
temente vuestra Santa Rita, de quien dice que la conso­
laba y le hablaba mucho (i). ¿Qué extraño, pues, que, si
no con visible y -corporal presencia) a lo menos con el
pensamiento y con el espíritu os acompañe a vosotras vues­
tra Santa, especialmente en los instantes en que cruzáis
por los desheredados tugurios haciendo bien? ¡ Oh, cuánta*
veces se hará sentir en lo íntimo de vuestra alma por
medio de estimulantes consuelos y de dulcísimas sugestio­
nes! ¡H ay en vuestro heroico ardimiento algo tan evi­
dentemente sobrenatural! ¡L a imitáis tan bien a ella, que
no podía ver una necesidad sin remediarla en seguida del
mejor modo que pudiese; que se quitaba con tanto gusto
el pan de la boca para darlo a. los pobres; que nunca de­
jaba de visitar a los enfermos, aunque fuesen de algo lejos
de su aldea, y que un día, habiendo encontrado a una per­
sona desnuda y no teniendo allí con qué cubrir su desnu­
dez, se despojó de parte de sus vestidos, cumpliendo 3
ta letra la recomendación de Isaías, lema de vuestro B o ­
letín: Cuín videris nudum, cperi eum : "Cuando vieses
a un desnudo, cúbrele” , volviendo a su hogar gozosísima
por haber tenido que dejar en la calle la mejor prenda
de su vestido!
He mentado vuestro Bohtín y no quiero dejar de insi­
nuaros acerca de él unas cuantas ideas, a modo de esti­
muladora crítica de sus páginas. Es una de las. mejores
cosas que habéis hecho la fundación de esa pequeña revista
mensual en que dais cuenta de vuestras labores y de
------------- ¡ s 1
(r) Vid. L iben 'der goitsel. Katarina ■Bmmerich, por leí iPadr*
Schmoger, segunda 'edición, vol. II, ipágs. 139, ao6 *y siguientes.
- 376 -
vuestras juntas, de las limosnas allegadas, de los pobres
socorridos, de las -nuevas obreras y de los nuevos sodos
protectores que se alistan continuamente en esa armada de
redención social gracias a vuestro entusiasmo por Santa
Rita, a vuestra conmiseración profunda para con los po­
bres, al inefable gozo espiritual de hacer bien, y al celo
del infatigable obrero de los Talleres, vuestro activísimo
Director y Capellán, quien, a juzgar por el incremento
— cosa de solo Dios, al decir de San Pablo— , tan satisfe­
cho se debe sentir viendo que su labor meritísima es tan
palpablemente secundada por el Cielo. No faltan en Ves­
tir al Desm ido unas breves páginas de lectura donde riela
algún pensamiento jugoso, vivificado por alguna aspiración
eimoblecedora y perfumado por mística idealidad.
Sin embargo, yo echo de menos algo en esa preciosa
revista, Y o quisiera que introdujeseis en ella periódicamen­
te una crónica sobre la vida de vuestros pobres, sobre las
escenas en que intervenís, como actrices, cuando los rega­
láis, más que con vuestros dones, con vuestros consuelos
y con vuestras sonrisas. No es ¡que en esas crónicas se hu­
biese de ofender a la humildad o a la modestia cristiana,
alardeando de virtud y blasonando de sacrificio: crónicas
objetivas, narradoras de hechos conmovedores; relatos de
martirios -secretos; esbozos de tragedias ocultas; descrip­
ciones de ajuares humildes; todo el vivir de vuestros po­
bres en la múltiple variedad del sufrir, y en la que tan
poco paran mientes los psicólogos del teatro y de la no­
vela: he ahí lo que podría ser el numen inspirador de
vuestra pluma.
Esasi crónicas rápidas e ingenuas os estimularían a vos­
otras mismas a ser cada día más celosas y efundirían un
hálito de virtud allí donde se leyesen. Entre vosotras hay
quienes saben manejar la pluma y hacer con ella primorea
literarios.y bordados estílleos, que harían que la lectura de
vuestra revista fuese mucho más regalada y deleitosa, por
— 377 —
más que de ningún modo habría de tener ideales literarios·
o estéticos, sino sencillamente benéficos y caritativos.
Ej9 hora ya de que se huellen prejuicios tradicionales que
injustamente se oponen a la divulgación de las obras bue­
nas, como si en ello hubiese algo reñido con. el espíritu
cristiano. Hay modos muy delicados de exaltar las obras
buenas sin encender el rubor de las ‘almas caritativas. Dios
manda que se vean nuestras buenas obras, con objeto de
que a E l se le glorifique, ut videant ópera v esira bona e t
glorificent P atrem qui in coelis e\st. A maravilla puede ar­
monizarse esta máxima con aquella otra: que no sepa til
mano izquierda lo que hace tu derecha. La vanagloria, he
ahí lo que a todo trance ¡hay que rehuir. Y en esas cró­
nicas objetivas de que yo 09 hablo, y que podrían titularse
"crónicas de los pobres” , ¡ se puede estar tan lejos de todo
remusgo de vanagloria, de todo tufillo de autoincensación f
Las columnas vocingleras de los periódicos llevan todos
los días un vendaval de aire insano a los hogares narrando
en crónicas muy atrayentes y coloristas los espectáculos
del lujo, la fastuosidad romana de los banquetes, los escán­
dalos de la pasión, los triunfos del vicio. Para la virtud,
para el bien, campea en casi todos ellos la más absoluta,
conspiración del silencio. Y esa conspiración debe rom­
perse de un modo o de otro y cuanto antes, si no se quiere
que el día menos pensado nos sorprendamos con que nues­
tra sociedad está íntegramente envenenada y corrompida.
Lia dama española, al ver el descoco de la prensa sectaria,
tergiversando las más santas ideas y escarneciendo lo®
más puros sentimientos de nuestra religión, dando así a
beber al indesbravado espíritu popular aguas pútridas y ce­
nagosas, se ha indignado estrenuamente y se ha lanzado
a combatir esa prensa desatentada, glorificadora de la ab­
yección y de la impiedad. Si aun no se ha visto la rica
oosecha de frutos que sería1de apetecer, la floración ya ha
comenzado a sonreír, aunque desde vaga lejanía, y hay
- 378 -
que tener esperanza de que traiga mies abundante d t me-
joración y resurgimiento. Y a esa obra futura de patria
¡regeneración, a la cual yo sé que contribuís de otros ga­
llardos modos, debe aportar vuestro Boletín su granito de
arena, llevando a los hogares una ráfaga de aire puro: la
página limpia y confortante que sea como un eco dulce de
la acción meritísima que persistentemente, abnegadamente,
heroicamente, estáis llevando a cabo en el seno de nuestra,
sociedad. ¿ Que alguna vez será necesario levantar un po­
quito el velo de la modestia con que ansiáis que esté siem­
pre 'oculto el heroísmo de vuestra abnegación? No imparta;
la parte de velo alzada caerá otra vez por su propio peso
y el hecho abnegado y heroico, pasará, diluido en 1a. cró­
nica revistera· sugestionando a muchas almas para el bien
y para la virtud, a impulsos de la emoción que la fuerza
conmovedora del hecho y de la crónica les haga saborear.
Pensad en que nada hay tan sugestivo y estimulador como
el ejemplo, y sobre todo cuando el ejemplo viene de arriba,
de las alturas donde les place anidar a la nobleza y a i i
virtud
II

Confortante pensamiento de Donoso Cortés.— Los egoísmos de


arriba ¡y los ¡egoísmos de abajo.— Redenciones positivas y reden­
ciones imaginarías.— E l amor íemfimno alma de la (sociedad.— P a­
pel eterno de la ¡mujer en íel drama de la ■vida.— Cómo lo desem­
peñan las Damas de los Talleres.— E l más ¡hermoso panegíric
de ila mujer.— -Visión de (esperanza,— Los dogmas negros,— H u ­
morismo del Cardenal Newman.— Tragedias humildes.— La*
heroínas de! bien.— La gloria *kle ¡Dios jque pasa...

Beatas qui intelligit super ege-


Hutn et pauperem·.
Bienaventurado el que vela so­
bre el necesitado y tel pobre. (Sal­
mo X L , V, 2.) ;

D ev o ta s D am as de S anta R it a ;

¡ El .panegírico de vuestros talleres! ¡ El elogio de vues­


tra santa prodigalidad para con el menesteroso1 y el desva­
lido ! i La ponderación de vuestro caritativo ardimiento s i
subvenir a la desnudez y al desamparo! | Qué cosas tan
bellas e inspiradoras, pero al mismo tiempo tan vagas e
indefinidas! ¡ Si vierais lo al descubierto que me ponen la
grandeza de mi pequenez í ¡ Lo exactamente que me hacen
medir la abrumadora desproporción entre lo distinguido
del pública que escucha y lo humilde del orador que habla!
Os lo digo con entera ingenuidad: me siento embargado
como nunca para desatar mis labios y hacerlos mensajeros
de la palabra divina.
Una sola oosa me anima a seguir adelante, y es la con-
«ideración de que en el pulpito el hombre desaparece» o
— 380 —
debe desaparecer» para no ser más que un representante
de Dios y como un eco de la divina palabra. No olvidaré
jamás un pensamiento de Donoso Cortés que es al mismo
tiempo uno de los rasgos más edificantes de su vida, y que
siempre debemos tener presente lo« oradores pequeños,
para no desalentarnos cuando hayamos de hablar ante con­
currencia tan ¡honorable como la que llena hoy este sagra­
do recinto. Asistía indefectiblemente el filósofo del Ensa-
y o .., a la misa parroquial los domingos, y. días de fiesta,
y a la h ora, en que el buen pastor disponíase a hablar
— que suele ser cuando gran parte del sexo fuerte aban­
dona el templo, hasta que el ofertorio comienza— , nuestro
insigne Donoso permanecía inmóvil en su sitio y escuchaba
con fervorosa atención la llana y sencilla homilía. Una vez,
maravillados de la actitud del orador excelso, algunos de
eus amigos quisieron penetrar el misterio de su atención,
preguntándole por qué se quedaba medio extasiado oyendo
la plática de aquel párroco a quien nada debía de oir que
je deslumbrase, A lo que respondió el grande hombre que
cuando el sacerdote hablaba, él siempre oía hablar a Dios,
i Consolador pensamiento para quien tiene perfecta seguri­
dad de que no hay galanura de estilo en sus palabras, ni
robustez ni originalidad en sus ideas, ni en su gesto y ade­
mán fuerza alguna sugestiva, pero que abriga idéntica
seguridad de qúe sus oyentes tienen la misma fe arraiga­
da de aquella gloria de nuestra filosofía y de nuestras le­
tras y acertarán a oír en la palabra que boy descienda del
pulpito algo más que la voz del insignificante religioso
que le ocupa.
¡ Y qué hermoso tema el que voy a desarrollar para ser
tratado por un orador de empuje y aliento que, como el
orfebre las piedras preciosas, supiese engarzar en et oro
puro de su palabra ideas y pensamientos de la más ele­
vada poesía! jL a acción redentora de la mujer por medio
de la caridad y del sacrificio, en estos tiempos de egoísmo
— 381 —
cnervador, en que diñase se está cumpliendo al pie de !a
letra aquel vaticinio del Apóstol San Pablo: Eru nt gentes
seipsos amantes, sine afectione, sm e pac&, habrá gentes sín
más amor que el de sí mismas, enemigas y perturbadoras
de la paz 1 Porque no se puede negar que la nota caracte­
rística de nuestro tiempo es el egoísmo profundo que
corroe, como una úlcera, las entrañas de nuestra sociedad:
egoísmo arriba y egoísmo abajo, egoísmo en los patronos
y egoísmo en los obreros, egoísmo en los ricos y egoísmo
en los pobres.
Y los egoísmos de arriba traen consigo el natural des­
vanecimiento, ante los resplandores del ideal de la riqueza,
que irradia continuamente desde su cielo de arrebol, y
aquel vivir regalado desde donde se contemplan, como
dijo Bosbuet (i), los males ajenos con una perfecta tran­
quilidad; y los egoísmos de abajo, fecundados por el
riego de la indiferencia, que cae en deshecha lluvia, de
los egoísmos de arriba, hacen granear esa mies de odios
mortíferos que ¡habrían de dar al traste con todo lo exis­
tente, si — lo que no permitirá la caridad evangélica—
llegasen en día aciago a madurar. Y esa caridad evangéli­
ca que no dejará llegar a sazón los enconados odios que,
tan vivaces como la maleza en los eríos, germinan en los
inferiores sedimentos sociales, ¿ sabéis dónde mora y alien­
ta tan naturalmente como si allí hubiese brotado? En eí
corazón dé la mujer, en el corazón compasivo y tierno de
La mujer, que no puede contemplar con indiferencia los
sufrimientos ajenos, morales o físicos, y que, dejándose
llevar de impulsivas ternuras, se conmueve y hasta llora
ante ciertos cuadros que pinta el infortunio y recubre de
sombras la miseria. N o ha nacido en él porque la caridad
es una ñor purpúrea que sólo ¡ha podido nacer en el cora­
zón de Jesús, vivificada por redentora sangre; pero sí en

(i) * Prem ier serm. pour la P fntecdte.


- 382 -
el corazón de Jesús ha nacido, al corazón de la ¡mujer ha
sido trasplantada, y en él sonríe y efunde su divino aroma,
que ■extiéndese a todas partes en auras de bendición.
Por eso, doquiera haya un ser humano que tenga ham­
bre o que tirite de frío, un pecho que sufra, unos ojos que
lloren, unos labios que suspiren, allí está la mujer contem­
poránea enjugando llantos y consolando penas, aliviando
la situación del pobre, de ese desterrado del placer, ar­
busto misérimo que vegeta falto de todo ambiente espi­
ritual, y para quien no existe ni concepto siquiera de lo que
son los goces morales, los verdaderos placeres de la vida.
Y por eso también, ¡ dichosa la mujer de quien puede de­
cirse que anda de cueva en cueva y de tugurio en tugurio
suministrando de sus bienes a los pobres, como de las mu­
jeres del Evangelio decía San Lucas que andaban por to­
das partes suministrando de sus bienes a Jesús: quae mi-
nisírabant ei de fam ltatibus suis! ¡Bienaventurado el que
vela sobre el indigente y el desvalido! ¡Bienaventuradas
vosotras,. Damas de Santa Rita, que. inspirándoos en la ca­
ridad de vuestra Santa, habéis creado esos talleres, de don­
de tenéis a legítima honra titularos obreras, y donde no
os desdeñáis de confeccionar con vuestras manos las ro­
pas que hayan de cubrir y abrigar las desnudeces de los
pobres! ¡ Oh, si supierais apreciar en todo su valor la mi­
sión salvadora que estáis llevando a cabo, siendo la ver­
dadera Providencia de esas clases que, sentadas, sin la
paciencia de Job, en el muladar de sus miserias, esperando
noche y día redenciones imaginarias, os ven llegar a vos­
otras a su tabucos y cuchitriles, llevando en vuestras ma­
nos prendas inequívocas de positiva redención!
Y o voy a hablaros de esa misión ¡salvadora, que quisie­
ra apreciaseis en toda su valía inmensa, porque así os
estimularéis a realizarla cada día con más esplendidez,
y porque así os serán más llevadero® vuestros trabajos y
muoho más puras e intensas vuestras satisfacciones..
— 383 -
No recuerdo en qué Santo Padre he leído una obser­
vación muy aguda, de la cual se infiere lógicamente la
excelsa misión de la mujer en el seno de las sociedades.
Hablaba el Santo de la creación de la más hermosa mi­
tad humana, y decía que había sido formada de una cas­
tilla del hombre; pero no de una costilla cualquiera, sino-
de una costilla tomada del lado del corazón, lo cual sig­
nifica que la mujer ha sido hedía principalísimamente
para amar. De aquí la altísima importancia femenina, por­
que el amor es la atmósfera de la vida social, sin, la cual no
se concibe la- existencia de los seres humanos, que han
de ser engendrados por el amor. U n poeta español con­
temporáneo saludó al amor como alma· del mundo (i);,
poique los seres creados tienen todos entre sí mutuas re­
laciones, habiendo entre unos y otros corrientes más o me­
nos intensas de atracción y de simpatía. Y o no dudo en
saludar al amor femenino como el alma de la sociedad; y
por eso creo sinceramente que aquellas sociedades están
más sanas y robustas que tienen más sana y robusta el
alma, os decir, aquellas sociedades en que el amor feme­
nino llamea más puro y potente, Y por eso conceptúo el
amor femenino como el verdadero termómetro donde se
registran los grados de calor vivífico de la sociedad. E l
amor de la mujer bien dirigido hace que progresen las
naciones, porque hace que progresen las familias y los
pueblos, y de pueblos y de familias se constituye una na­
ción ; pero mal dirigido, ese mismo amor es la ruina com­
pleta de los Estados, porque corrompe las costumbres y
los hombres, y con hombres y costumbres corrompidos no
puede haber Estado robusto, no puede subsistir ninguna
sociedad. Es tan evidente esa influencia de la mujer en las
sociedades, que no tendríamos más que abrir la 'Historia
yara ver enlazados nombres de mujeres con todo gran-

(I) Níifiez de Arce.


-3 8 4 —
■dioso acontecimiento, lo mismo que con toda desgracia
pública y social. Aman bien, y entonces son Marías, Mo­
ni oas, Isabeles de Cas-tilla, Teresas de Jesús; aman mal,
y entonces son Frinés, Elenas, Cleopatras o folgadoras
Cavas, corno la del Rey Rodrigo;
Delécterea o vivífica, es innegable la influencia de las
mujeres. Aman mal, y en todas las catástrofes juega su
¡nombre. Horacio, después de trazar un cuadro de la mu­
jer romana, que enrojece de vergüenza, se atreve a afir­
mar que no hay remedio para -Roma por la corrupción
desenfrenada de sus mujeres, que sale como un torrente
de la familia, invadiendo el pueblo y trastornando el E s­
tado (i). San Pabló fustiga con el látigo de sus -frases
a aquellas mujerzuelas que, manchadas de mil pecados y
arrastradas de vanos deseos, eran siempre los primeros
prosélitos de los herej es del cristianismo, San Cipriano re­
crimina a los apóstata* de su tiempo, diciéndoles que apos­
tataban porque antes se habían dejado corromper por d
¡libertinaje de sus mujeres. Y después de San Pablo y de
San Cipriano'se ha comprobado efectivamente que al lado
de cada grande heresiarca ha habido siempre una mujer
instigadora de perversos amores. De Arrio fué Lamparo
y egida la impúdica madre de Juliano el Apóstata; de
Nestorio, Eudoxia, aquella libertina, enemiga jurada del
Crisóstomo; de Eutiques, la emperatriz Teodora, a quien
llamó alguien en su tiempo el agote del género· humana. 1A:
Tanqúelmo, a Pedro de Brujáis, a los valdenses, los su­
gestionaban una pléyade de fanáticas que se complacían,
cuándo en pasear, desnudas, al lado de los seudoapóstoTes,
cuándo en exhibirse engalanadas con los ornamentos sa­
grados que les regalaban los herejes, tras el saqueó y des­
pojo de las Iglesias. A Lutero le siguió, esforzándore con
sus sacrilegos amores, la desdichada Catalina; a Enri-

(t) Horado, lib. III, oda V I.


— 385 -

que V III, la cínica, y corrupta Ana Bolena; a los janse­


nistas, aquellas infortunadas jóvenes de Port Royal que
habían bautizado a su Colegio oon *el titulo de Hijaisi de· la
Infancia. Y ¿quién no sabe que las famosas asambleas
del filosofismo, en casa del Barón de Holbach, eran presi­
didas por muj-eres lúbricas, de las que tienen 'por oficio-
estar brindando siempre el cáliz embrutecédor de los' de- '
lerrtes sensuales? En todas, en todas las ignominias hu­
manas aparece delineada la figura de la-mujer brindando
besos impuros al hombre que se deja corromper por ellos,
despeñándose, de vergüenza en vergüenza, hasta el más
hondo abismo de abyección. Es la eterna tragedia para­
disíaca representándose en el vasto escenario del mundo. :
Varían las escenas y los personajes, pero el fondo dra-·
máBcó es siempre el mismo: el amor femenino extravia^-7
do, avasallando el corazón del hombre e induciéndole' a re­
belarse contra el Cielo, ante lejanías risueñas dé divinidad.
Pero ama bien la mujer, y entonces su nombre fulgu­
ra con gSorióísíLs irradiaciones en todos los hechos subli­
mes de lá Historia. Entonces son las mujeres seguidoras
dé Jesús, de que habla San Lucas, que iban, doquiera en­
caminase e l. Salvador sus pasos, a procurarle cuanto hu­
biese menester para sus planes redentores; entonces son
aquel las'nob les mujeres que, ál decir de irá gran Padre
Sáh Agustín, seguían a los apóstoles eh sus campañas
evangélicas, cuidando de que nada les faltase a los envia­
dos del Señór; u í mtüñis indigefent h&fttm qv*i: ad W-ces-
saria iñtáe pertmet (i), las que recogían en lote anfitea­
tros los‘cuerpos'despedazados dé-1los mártires y les daban
en ■ alguna1dé1 :sus fincas cristiana sepultura; las qüe ven­
dían1''las-heredadas joyas que habían lucido sus patricias;
abuelas en los salones imperiálés pitra invertirlas en süS-
terító déf lé^M^Mes; íás qtie ideaban1y fundaban los pri­

if(i) rMid. "Me; Opere M o iia c ítp r m n , c.: I, § 5.


- .3 8 6 * -
meros hospitales del mundo (i), verdaderas asilos de
misericordia, que habían de perpetuarse al través de las
edades; las que arrancaban a los pensadores gentiles ex­
clamaciones .tan elocuentes como aquella de un retórico:
¡q m le s muli&red apud ■ ckristian&s sunt ! : ¡qué mujeres
tienen ilos cristianos!; las que inspiraban a Ja pluma, de loe
Jerónimos y de los Agustines panegíricos inmortales que
perdurarán hasta la •consumación de los tiempos, como lau­
reles eternos del (piadoso sexo femenino; las que sugerían
a Bossuet las mejores de sus oraciones fúnebres^ como lae
de tambas Enriquetas de Eran da y de Inglaterra, o la de
nuestra Miaría Teresa de Austria, en que el genio del Ora­
dor se ostenta remontado a excelsas regiones, desgranando
desde allí sus períodos elocuentísimos; y radiosos; en suma,
las que quiso simbolizar él Espíritu Santo al trazamos con
pinceladas divinas a aquélla mujer fuerte que esplenderá
siempre con reverberaciones celestiales, como la encama­
ción más pupa del femenino ideal; las hechas de espirita
de Dios y forjadas en el molde de la Cruz para prolongar
indefinidamente sobre la tierra el sacrificio del Gólgota, in­
molándose en ‘aras del doliente linaje humano, como hos­
tias purísimas del divino amor;..
Am ar у шпаг bien: he ahí la misión más alta d e .la
mujer en todas los tiempos, pero muy especialmente en
los que corren y dejan en pos de si anchos surcos de egoís­
mo donde se siembra, a granel semilla de odio, que si no
se arranca en germen, pondría en peligro a la sociedad.
Amar, pero con amor que dirigiéndose primariamente al
Cielo, refluya del Cielo en la familia, y de la; familia en
la sociedad, en las clases desheredadas, que en sus ocho
décimas partes 'la constituyen.
j Y cuán bien, Damas de Santa Rita, cumplís vosotra»

(i) San Jerónimo, en el libro D e pw rte 'FaxÁolac, dice que


esta ‘S anta 'fundó él (primer hospital que 'fce conoció «obre la tierra
- 387-
con vuestro destino! Las pobres están necesitados de re­
dención, y vosotras sois los nuevos Mesías que los redi­
mís, La sociedad está amenazada de muerte, y vosotras
sois quienes la salváis. Cuando ¡sé gime en la más estre­
cha penuria, se piadece 'hambre y se sufre desnudez, el cie­
lo se torna obscuro y sombrío, los ojos no pueden penetrar
las nubes para columbrar allá arriba un supremo galardón
futuro y consolarse con su esperanza. Entonces lo na­
tural ¡es odiar y aborrecer, y esos aborrecimientos y esos
odios, lo sabéis muy bien, están condensándose continua­
mente en los espacios sociales, y de cuand-o en cuando es­
tallan en relámpagos siniestros, nuncios de tempestad.
Ahora bieíi, vosotras sois el rayo de luz que se filtra
a veces al través de la opaca cerrazón, haciendo que bri­
lle y refulja en su seno matinal aurora, o al menos ex­
tiende sobre ella vividos iris que nos tranquilizan y aquie­
tan con sus simbólicos colores, ¿Quién no sabe que a
esos centros de donde-se exhalan constantes vahos, que
surgen a engrosar y ennegrecer la nube fatídica, acudís
vosotras, como ángeles de paz, llevando en vuestros ojos
la sonrisa que calma, en vuestros labios el consuelo que
endulza, en vuestras manos el óbolo que redime ? ¡ Ah, el
cuadro de la caridad femenina está muy por encima de los
más geniales pintores, y.-sólo con un esfuerzo abstractivo
■lo podemos contemplar y admirar en uno de esos lienzos
■imaginarios que en horas de ensueño nos traza ía fanta­
sía! Desde que el pobre abre sus ojos a la luz, en un só­
tano o en un desván, hasta que ios cierra, tendido sobre
húmeda paja, en un desvaís o en un sótano, ¿quién puede
contar los favores por vuestra caridad, dispensados? Lia
alegre canastilla con que le obsequiáis cuando. nace, y
la fúnebre mortaja ‘con que le despedís cuando muere, se­
ñalan los linderos de vuestra caridad ; pero entre esos lin­
deros, ¡cuántas odiseas sublimes por los lugares: insanos y
malolientes, endulzando amarguras y esperanzando deses-
- 388 -
peraciones! ¡Cuántas hambres satisfechas! {Cuántas des­
nudeces abrigadas! ¡Cuántas flaquezas fortateddks!
Diríase que delJ ^Corazón de Jesús al vuestro había úna
transfusión continua de ternura, de simpatía ¡amorosa ha­
cia los desamparados, y que esa transfusión desbordaba
a cada instante tiaeia ellos en santas consolaciones y en
prodigalidades benditas! ¡ Oh, qué altísimamente divino es­
tuvo el Eclesiástico cuando, ponderando vuestra caridad y
abnegación, biza en una sencilla frase el panegírico más
hermoso que puede hacerse de la .mujer: ubi \non est mu~
lie rin g & m is cit eg en s : donde no está, la mujer, gime e í 1
desgraciado! N¡o sólo satisfechas: ¡santamente orgullosas
debéis sentiros de semejante ponderación!
Y redimiendo a Jos desgraciados redimís a la sociedad;
porque vuestras obras misericordiosas conjuran los odios
y hacen qué la fraternidad! aliente en el mundo. Pusieran
en práctica todos los ricos el amor al prójimo que vos­
otras practicáis, y la cuestión social no se cernería tan
espantosa y preñada de desgracias en el horizonte. ¡A h !,
que economistas y sociólogos habrán de concluir por per­
suadirse de que con el solo estrépito de salarios y de ga­
nancias, de sindicatos y de huelgas, no se va a ninguna
parte, si se deja a un lado lo esencial, que es el “ amaos
los unos a los ■otros” , de Jesucristo. Para que se salve
el mundo, no hay más remedio que establecer en él la fra­
ternidad cristiana.
Y por que esa divina fraternidad extienda sus alas pro­
tectoras sobre la tierra, ¡ cuántos prodigios está realizando
fe, m ujer! Yo, ¡señoras — os lo digo sin atisbo de adula­
ción— , cuando observo que cada día arraiga más el cris­
tianismo en vosotras, como si fueseis mucho más aptas
que el hombre para recibir los santos influjos del Evange­
lio; cuando veo que vuestro corazón ¡nobilísimo hierve
sobre leí pauperismo proletario como uña cascada de mise­
ricordia, llego a creer sinceramente que a pesar de las
■revueltas anárquicas que divisan ya;m uy cerca los más
eminentes 'sociólogos, la Religión se salvará, y se salvará
merced a vuestro espíritu de .sacrificio. ¿Qué digo la Re­
ligión? Esta se salvará indefectiblemente por ■mjidho.s ca­
taclismos que crujiesen y por muchas revueltas que esta­
llasen. Acordaos del arca de :1a alianza, que fué su sím­
bolo; cataclismos superiores al diluvio apenas se pueden
imaginar, y el arca de la alianza sobrenadó y triunfó del
diluvio.
Lo que salvaréis vosotras será la sociedad, porque, no
desmayando en vuestras cruzadas caritativas, llevaréis
a todas partes los: beneficios del Evangelio, y con los be­
neficios, la luz, y con la luz, la redención. Y entonces el
Arbol del Gólgota dará todo su fruto y se realizará la
halagüeña visión de esperanza que recrea mi fantasía: la
pobreza y la miseria no se cebarán como buitres en la do­
liente familia humana, y ésta sé mostrará rejuvenecida en
todo el esplendor de ¡su hermosura, casi como salió de las
manos.de Dios en el risueño amanecer del paraíso... Enton­
ces formaremos los hombres una gran familia y el mun­
do será un vasto Israel, donde se cumplirá al pie de la
letra aquel apostrofe del gran caudillo hebreo: ; Oh, Israel,
no tolerarás que baya en tu· ¡seno un solo indigente ni un
solo mendigo!
— ¿ Ilusión? i Ah, si todos los ricos sembrasen como
sembráis vosotras con vuestras ardorosas efusiones ca­
ritativas! Tras los vivaces gérmenes vendrían los robus­
tos brotes, y tras los brotes las granadas espigas y la ubé­
rrima recolección. E l mejoramiento de la suerte de los
-desheredados atraería, unos a otros, los corazones, que la­
tirían en perfecta concordia con un solo sentir y un solo
■querer. Entonces las desgracias aun seguirían vistiendo de
luto muchos hogares, porque hay desgracias, como la
"muerte, que son connaturales a la vida; pero el hambre y
la desnudez habrían desaparecido de entre nosotros, y
— 390 —
na presenciaríamos la despiadada flagelación de tantos in­
felices atadas por la fatalidad a la columna de la indi-
gencia¿
Mas, ¡ay!, ¿a qué recrear la imaginación,con ensueñas
qtie Ja realidad hace poco menos que imposibles? Vivimos
envueltos en una atmósfera de desarmonía y desunión de
voluntades que cada día truena más horrísona sobre nues­
tras cabezas, trayendo desasosegados e inquietos a milla­
res de pensadores. Un distinguido orador de Nuestra Se­
ñora de París, que demuestra en todos sus valientes dis­
cursos vivir muy atento a las palpitaciones sociales, se ha
atrevido a decir — y ¡ ojalá se hubiese equivocado!— que
"empleamos la mitad de nuestra existencia en aborrecer­
nos, combatirnos y lanzarnos mutuas maldiciones” (i).
Y no termina aquí el mal; hay hombres de ciencia, que
«e llaman discípulos de Darwin y de Nietzsche, que hasta
tratan de erigir en dogmas científicos todos esos odios y
discordias, los unos defendiendo la lucha de extermi­
nio contra los seres inferiores como una consecuencia na-
turalísima del instinto de selección, los otros llegando a
denostar la misericordia para con el desgraciado como
una debilidad, y complaciéndose en repetir la frase de
que tanto gustaba el infortunado Nietzsche: “ Seamos ene­
migos, amigos míos!”
¡Dijérase que se intentaba hacer aborrecible la ciencia
proclamando como principios suyos una serie de dogmas
negros, que sólo pueden germinar y hallar ambiente pro­
pio en desequilibradas fantasías! Y , ¡o h !, los estragos que
está causando, sobre todo en la juventud, esa corriente de
ciencia negra que impele con sus cenagosas olas al espan­
toso mar muerto de la irreligión y de la impiedad! Por­
que todos ésos dogmas sólo tienden, a la deificación· del
yo, del propio interés, del desenfrenado egoísmo, y sabi-
_M ___ ,__ / i:
_(i) E l P, Jativier.— Vid. L e fondem ent de ia M oral: L a B ea­
titud.
- 391 -
do es que el egoísmo y la caridad, alma, de nuestra Reli­
gión, se repelen, como términos intrínsicamente contradic­
torios. H a de haber creencias, ha de' haber convicciones
arraigadas, y, si hay también egoísmos, las creencias son*
tríuerías y las-i'convicciones nd tienen fuerza para em­
pujar ¡a resolución alguna generosa. N o ¡hay nada que cie­
gue, y frustre, y esterilice, corno ese egoísmo que hoy se
trata de hacer dogmático en nombre de la razón, y que era
: ' fondo no es más que una autóapofceosis monstruosa: el vil
y mezquino apego al interés propio ataviado con ropaje
seudodentífico.
Un día, el Cardenal Newman hablaba con un protes­
tante que se decía plenamente convertido a nuestra Re­
ligión, pero que se resistía a abjurar el -protestantismo por
temor a no sé qué menoscabo de ¡sus bienes. El: sabio
Cardenal escribió en una cuartilla la palabra "D ios” , y
“ ¿qué leéis ahí?” — le preguntó al protestante. “ Dios” ,
contestó. Entonces cubrió el Cardenal; con una moneda de
oro el nombre escrito, y le hizo esta pregunta: ,f¿ Qué léeís
■hora?.../’
El oro no dejaba ver a Dios, y el egoísta, que com­
prendió la fina sátira del grande hombre, bajó la cabeza
avergonzado.
No lo dudéis: el egoísmo es lo que extingue todos loa
generosos ardimientos del alma y lo que pone en peligro
ta existencia de nuestra interesada sociedad, porque es
lo que levanta los odios de abajo contra los desprecios de
arriba; porque es lo que desüerrá de Jas entrañas la mi­
sericordia; porque es, en una palabra, lo que mata ai co-
rázón: y el corazón, en la sociedad 'lo mismo que en
el individuo, es una viscera esencial sin cuyo funciona­
miento ni se conciben siquiera las palpitaciones de la vida.
De donde el altísimo papel que os toca a vosotras des­
empeñar en la -sociedad. ¿L e falta corazón? Pues vos­
otras debéis ser ese corazón que en sus periódicos mo-
— 392 —

yimientos haga que _circule sangre vivífica . hasta por


ios más ínfimos organismos sodales. Y esa sangre vi­
v ífic a es vuestra,’.caridad ardorosa, esa caridad que os
-constituye en obreras de dos pobres y que os lleva con
frecuencia, de tugurio en tugurio, a endulzar las amar­
guras de los encadenados a la mendicidad, vineros in
m¡endicitúteJ que dice el salmo. . ¡ Oh, qué hermoso es el
espectáculo que ofrecéis - a la tie rra 'y a los cielos tra­
bajando con vuestras propias manos las ropas que han
de cubrir las carnes desnudas y yendo por vuestros pro­
pios pies a distribuírselas! Y o os aseguro que los ánge­
les de la gloria 'os bendicen al pasar. ¡Cómo no, si vues­
tra labor evangélica es la que mantiene vivo en las almas
el fuego de la Religión! Si es .verdad lo que,, maravillado
de las obras caritativas realizadas a diario por el cris­
tianismo, decía un insigne académico francés (i), que
“ todos los días la virtud redime al mundo” , ¡cuánta par­
te os tiene que caber a vosotras en esa cotidiana reden­
ción! ¡E s tan imponderable el bien que estáis haciendo
a las almas! En la cueva o en la guardilla adonde os en­
camináis con vuestros tesoros de caridad, quizá hay un
hombre desesperado en cuyos labios empieza a retorcerse
como un áspid la blasfemia. Una mujer, cuyo pecho se
' desgarra a la vista de unos niños desnudos y hambrien­
tos, quizá, tirada en un rincón del triste escenario, es­
conde entre sus manos el rostro para no ver el drama
descorazonante, y ‘Comienza, entre sollozos comprimidos,,
a dudar de la bondad de Dios. No lo extrañéis: es el
fruto natural de ciertos .sarcasmos de la vida. En aquel
instante, quizá, llegan hasta allí las notas de riente mú­
sica que se escapan de un salón cercano donde los trajes
de finísimos raso® lioneses,:rozándose a los rítmicos mo­
vimientos de un vals· lascivo, levantan ese suave crujir
i o s ;
(i) Julio Lemaitre.
- 393 -
de los pliegues sedosos .que encierra ten. seductoras me­
lodías para la gente mundana...
Pero llegáis vosotras y abrís vuestras manos en nom­
bre de-Quien iba a dudar ella, de Quien iba a blasfemar
él, y al influjo de vuestra, caridad, que viste a los niños
desnudos y les estampa un beso en .la frente, — y conste
que no hago retórica, porque estoy narrando lo que mis
ojos han visto— , en aquellos esposos brillan súbitos re­
lámpagos de fe, y la boca que iba a blasfemar acata, y
la mente que iba a dudar adora¿ y en el silencio de la
melancólica escena, después que vosotras la habéis de­
jado, hay como un murmullo de rezos y como un salmo
de bendiciones,
¡Apóstoles del mal y profetas de la mentira, que in­
cesantemente estáis alardeando de haber derrotado a
Cristo y de haber concluido con la Religión: no lo conse­
guiréis jamás! ¡Está a ¿íuestro lado la mujer con sus ge­
nerosidades sublimes, y mientras no consigáis atar sus
manos y aherrojar sus pies, nuestra Religión triunfará,
y con el más hermoso de todos los triunfos, porque es el
triunfo del amor!
¡Los talleres de Santa Rita! Y o no sé cómo elogiarlos
suficientemente. Y o no sé qué decir en alabanza de esa
.institución caritativa que halló eco tan simpático en vues­
tra alma, y que cada día va acreciendo la lista de sus
•obreras, que son al mismo tiempo sus incansables propa­
gadoras. Y o admiro — ¡qué alma noble no la admira 1—
la acción, heroica hasta lo sublime, de esas mujeres que
se visten con hábitos negros y se ciñen con blancas tocas,
sujetándose por medio de un voto, que cumplen a fuer­
za de dilapidar sacrificios, a servir como de esclavas a la
afligida humanidad, encerrándose vitaliciamente en un
hospital, en un asilo, en una cárcel, en alguna casa de due­
lo .perenne, dedicándose a enjugar lágrimas, a restañar
heridas, a disipar dolores, a conjurar despechos, a sa­
— 394 —
cudir desmayos. ¿ Quién puede ensalzar debidamente a. esas
mujeres de hábitós negros y dé blancas tocas, bajo cuyo
imparo no hay pena que no se ablande, ni necesidad que
lo se remedie,'ni amargura que no se endulce, ni corazón
iríuerto para el bien que no resucite, ni alma rebelde a la
divina gracia que no se convierta?
Pero, oa'lo digo de verdad, casi os admiro más a vos­
otras ; porqué lo que ellas hacen por religiosa profesión,
vosotras lo hacéis por amor libérrimo al sacrificio. Esas
mujeres dé alta posición social que no repugnan rozar
las sedas de sus vestidos con los 'harapos de la miseria;
que husmean dónde el frío invernizo flagela a una fami­
lia desarropada para llevarle uh poco de calor; que espían
al hambre que se ensaña encarnizadamente en los mora­
dores de un hogar, para llevarles un poco de hartura; qtte
acechan al ¡infortunio, que, como el· gavilán sobre su presa,
se ceba en los infelices habitantes de una guardilla, para
llevarles un poco de consuelo; esas mujeres, digo, no· son
mujeres sencillamente, son heroínas del bien, en quienes
alienta de continuo l*a caridad, en quienes respira de con­
tinuo el espíritu de Dios, en quienes diríase que iba en­
carnado Jesús; ¡ Jesús, qué se complacía en andar siempre
haciendo bien, rozando su túnica inconsútil con los po­
bres, y que hasta para vivienda suya, mientras moró etf
este mundo, escogió la modestísima casa de un míseít
obrero! Sí, os lo digo de veras, casi más que a esos án­
geles en carne humana que se ¡sacrifican al bien ajeno en
los asilos y en los hospitales, admiro a esas señoras que,
viviendo en medio del siglo, rodeadas de cuidados, en­
cuentran aún tiempo para dedicarse a remediar hambres,
a vestir desnudeces, a conjurar tragedias, no por reli­
giosa profesión, como lo hacen las Hijas de San Vicente
de Paúl, sino por generoso impulso de su corazón, desbor­
dante de vida afectiva. San Agustín habla con entusiasmo
de aquellas mujeres que seguían· a Jesucristo doquiera
— 39b —
se encaminaba a evangelizar, et ministraban t i de sub-
tantia sua (i); vosotras sois esas mujeres que vais por
doquiera dando de vuestra subtancia a Jesucristo en la
persona de los pobres.
Y o he pensado muchas veces en vosotras, Damas de
Santa Rita, como en algo insólito que rebasa los límites de
lo humano para entrar en los resplandores de lo divino.
Y o os he imaginado en ciertos instantes en que no me
habéis parecido sencillas damas españolas, sino verdade­
ros ángeles del Cielo que descendían momentáneamente
a la tierra. Y esos instantes eran aquellos en que os veía
con los ojos del alma subiendo escaleras que no se aca­
ban nunca, para llegar a un sotabanco y hacer sonreír a
uaos seres cansados de llorar y acaso también de malde­
cir. ¡Ah, que ese Madrid seductor de la fantasía provin­
ciana que sólo se asoma a él al través de las crónicas
vocingleras de los periódicos, donde se habla de bailes
en que fulgen cuellos sembrados de pedrería, destacándose
de un panorama voluptuoso; de oro y seda, o de tea­
tros en cuyo mágico recinto resuena armoniosa la voz
humana, rompiendo de unas gargantas que pareoen ha­
ber sido creadas por Dios para encelar a los ruiseñores,
o de paseos magníficos por donde, arrellenados en suntuo­
sos trenes, desfilan los triunfadores del vivir, levantando
tempestades de envidia en los plebeyos transeúntes; ese
Madrid existe, es el Madrid cómico de los placeres díoni-
síacos y de las alegrías saturnales, que intenta dejar muy
atrás, en cuestión de libertinaje y de licencia, a la depravada
Corinto y a la corrompida Roma. Pero al lado de ese
Madrid cómico está el Madrid trágico de las cuevas y
las guardillas, donde, como esclavos en los ergástulos, se
arrastran gimientes los condenados del· vivir, los desterra­
dos del placer, los desconocidos de la hartura, la muche-

(i) Enarratio in Psalm. CIII. Sermo III, n .


— 396 —
-jdumbre del hampa. y de la miseria, tanto más desesperada
cuanto que, nuevo Tántalo, se ve sujeta a sufrir en. medio
del torbellino del deleite, que ruge a su alrededor, ¡sin
.poderse jamás acercar a. él, porque la repele de sí como
algo profano con un aletazo de fuerza centrífuga.
Y por ese Madrid trágico os veo· cruzar a vosotras, lie—
t.nas las manos de bondades., henchidos l¡os labios de con-
_suelos, rebosante el espíritu de ternura y amor. Y . com­
paro uno y otro Madrid, y unas y otras damas. Y , la ver-
,dad, al pasar, vosotras siento una emoción inmensa, y aun
me imagino que no sois vosotras las que pasáis, sino que
pasa, la misma gloria de Dios. Hay un episodio en el Exo-
.do que siempre me ha llamado la atención mucho, y que
por ventura podré aplicar a mi propósito. Recordaréis
que Moisés, viendo la bondad suma con que Dios le tra­
taba, dignándose hablarle como un amigo que hablase
ta otro amigo, se creció en la confianza divina hasta el
punto de decirle un día a Dios que le mostrase su ros­
tro. El Señor le dijo: non enim videbi.t me homo, et v iv e t :
ningún hombre pudiera verme sin dejar de vivir. Mas
como 110 sabia negar nada en redondo a Moisés, le dijo
.que.se entrara en la hendedura de un peñasco, y que El
,.pasaría por delante, de suerte que, sí no por el rostro,
}le viese por la espalda. Y he ahí que pasa-Jehová, y que
Moisés queda envuelto en ráfagas de gloria, hasta el
^ptrnto que cuando, después de la divina entrevista, se
.presentó· al pueblo, éste, sobrecogido de estupefacción, veía
.irradiar aún la frente del caudillo con celestiales refulgen­
cias. Pues bien: al imaginaros cruzando por ese trágico
Madrid, derramando profusamente misericordias y bon­
dades, me parece que veo pasar en vosotras la magnifi­
cencia divina, y hasta siento esa anonadora emoción de
lo sublime que me hace barruntar lo que sería la de Moi­
sés en el hueco de la peña viendo pasar la gloria de
Jehová.
— 397 —
...

jO h, quién había de decir a" vuestra Santa que cuando


se encerraba en la soledad de sti albergue a remendar las
ropas de los pobres de su aldea, ¡sembraba én las proftin-
didades de lo porvenir un sentimiento que, gracias al ca­
lor del corazón féíneninó', había de fructificaf en ¿sos tí?·'·
llerés en que vosotras tari afanosas trabajáis, y 'd ed o n d é
safen ropas suficientes para vestir a millares y millares 'dé
pobres! ¡Cómo os bendecirá Sdesdé el Cielo ai resonar én
él las acciones dé gracias^ dé'los0'desnudos }>6r vosotras
vestidos! ¡ Y ccm qué amorosa" ^ehéitieticia pedirá continua1·''
mente a" Dios por vosotras, en señándole 'vuestros nombres’
inscritos en las listas de obreras suyas y suplicándole que
la permita a ella trasladarlos de su puño y letra — permí-'
tidme To hiperbólico de la expresión— ai libro de la vida!
¡Que incesantemente intercederá'por vosotras an teel;·tro­
no del Altísimo, repitiendo aquellas palabras de Jesús:
quin nudus eram, et caoperuisHs mé\ porque estaba des-l;
nudo y me vestísteis, y qué enajenado la oirá el Altísimo
poniéndole: en lás manos lás mejores joyas de sus celes­
tiales tesoros,· para que ella misma os vaya labrando vues­
tra corona inmortal! ¡ Oh, beahis qiii ihteUigit super egewum
e't paupérem: bienaventurado él que vela sobré el desvali­
do y el indigente! "
Ño terminaré sin manifestaros una dé lás satisfacciones
mas intitíias qué causáis a nuestra Santa Madre la Iglesia
con vuéstrós fogosos ardimientos caritativos: y es que
todas vosotras, comenzando por la dignísima Presidenta '
general (i), de cuyo genuino espíritu cristiano tan fer­
vientes alabanzas de vuestro«' propios labios he oído, y
concluyendo por las últimas’ obreras en -vuestros* talle-
Tés inscritas; jr"‘aun·. portad; qué estos días se apresuran
enttÉsiasrttadás a· inscribirse, conf ormáis a ese hermoso es-
píriM- de ’ caridad todas las acciones públicas y privadas de

í ri ■ - - r; ; ; "* 1

< i), La Excelentísima Sra. de Dato. . " . ., .


— 398 —
O j.., ' : ■ ■ · : ^ ;

vuestra vida,, pues sabéis que nada valdrían nuestras pro­


digalidades con los pobres si no fuésemos también, pródi-
digosf·..con Jesús,t que ¡no se contenta máp que dándote
íntegro nuestro corazón. Digo esto porque el enemigo co­
mún de muestras· aliñas es ingeniosísimo y despliega una
astucia sutilísima cuando., trata de perderlas. Harto sa­
béis .vosotras,que hay quien detrama a manos llenas be­
neficios a 'los pobres,-dejándose al tniismo tiempo llevar
de ¡las suaves y deleitosas corrientes mundanas que apar­
tan de la virtud, bien que en.esquife engalanado de, flores,,
■iniaginándose quizá que con sus profusiones caritativas
dejan a salvo la conciencia y .caminan hacia el Cielo por
camino Harto y seguro. Y o os .digo, en verdad, que esate
caridades. a medías no son más que una venda que Satán
les pone a los ojos para que no vean los despeñaderos y
precipicios, haciéndoles concebir una religión dúctil y atiOr
modaticia que se adapte y ajuste a todos los capricho» .
mundanos, un cristianismo, de blandengue rías que lleve al
Cíelo por anchos pensiles de voluptuosidad y de placer^
Nada, vale abrir las arcas para Jos pobres cuando se cie­
rran Jas entrañas a cal y canto para Jesús. ¡ Obrar la ca­
ridad por ufanía, pbr elegancia, por lujo, porque así lo·,
exige el bien,parecer! Eso no es más que hipocresía pura
que eng-añará a -los hombres, pero que no engañará, a Je­
sús. Y j ay de . quienes se atrevan a comparecer ante El»
un día-, ataviado^ con el plumaje postizo de la mentira
religiosa! . .'
V oy a concluir : no quiero dilatar .por más tiempo este,
novenario de Oraciones sagradas, faltas de todo valer por
ser ¡humilde.fruto de mi pensamiento, y que vosotras ha­
bréis encontrado doblemente pálidas y desvaídas, acostum­
bradas, comió estáis, a «oradores de variado saber, de pala­
bra elocuente y de acción sugestiva y fascinadora. U na
cosa añadiré, y es que si en el transcurso de ellas hubie­
seis oído alguna frase inspirada, lo sorprendido alguna her-
— 399 -

mosa idea, no me Jas atribuyáis a mí de ningún modto,


sino a la intrínseca virtualidad inspiradora de vuestras
bellas acciones. Y o no ¡he hecho más que narrar y exp>-
ner sencillamente las cosas. Y si las oosas tienen lágrimas1,
como dijo el poeta, sunt lacrymae rencm, también tienen
secretos númenes, escondidos arranques oratorios, ocul­
tos veneros de poesía.
Seguid adelante con la divina obra de misericordia de
vestir al desnudo. N o desmayéis un momento en continuar
la magna empresa de vuestros talleres. Proseguid yendo
por vuestros propios pies a las mansiones de la pobreza
y del desamparo. Alegrad con vuestras sonrisas los am­
bientes de melancolía profunda. Consolad a los seres que
allí vegetan, como misérrimas plantas, faltas de aire, de
calor y de luz. Fortaleced sus flaquezas, disminuid sus
dolores, enjugad su llanto, ese llanto amarguísimo de de­
sesperación que debe ser, sin duda, el que, brotando por
las roturas de la estatua alegórica, forma Jos cuatro ne­
gros ríos que corren por el infierno (i), en la concepción
sublime del Dante. Dios es caridad, como dice el Amado
Discípulo: D e u s сbaritas esí. Procurad asemejaras a Dios,
siendo todas amor para esbs infelices que arrastran por la
vida el pingajo de :su existencia. Cada vez que aparecéis.,
como visiones paradisíacas, ten la lobreguez de sus tugu­
rios, acechados de oontmub por el hambre y avizorados
por la desnudez y la ¡miseria, joh, que plegarias más fe r­
vorosas las que elevarán al Cielo, más bien que con- .las
labios, oon el corazón, implorando sobre vuestra frente
la gracia divina! j Y cuán solícita las recogerá vuestra
Santa, para echarlas en el platillo de las buenas obras, él
día que comparezcáis a recibir Ja aureola eterna que para
todos os deseo! Amén. ■ ■ ¡ | )
-----1----- — r t í * . '
(i) Vid. 'Divina £ o m id ia , (C ute XI7. j ¡ ! .
ORACIÓN FÚNEBRE
ws

MKNÉNDEZ Y PELAYO
PRONUNCIADA
№ LAS SOLEMNES EXEQUIAS CELEBRADAS POK
L A REAL ACADEMIA ESPAÑOLA EN L A IGLESIA
DE SAN MANUEL Y SAN BENITO, MADRID
Dilectos Deo et íioroinibus cn-
jus memoria in I benedictione es.
(Eccles., c, XL, y . il.)

E x c e l e n t ís im o S eñor ( i ): ‘

R e a l A c a d e m ia E s p a ñ o l a : i ^ ■

Honrosa pero 'dura suerte la que nos cabe a veces a


los sacerdotes, sencillamente por ser sacerdotes: tener que
dirigir la palabra cuando menos se piensa y ante auditorio
como el que boy adorna, y enaltece las magnificencias de
este templo. Digo ¡honrosa, porque honra, inmerecidísima
es para mí — y por eso una vez y o tra :decidida, aunque
vanamente, 3a decliné-*- el desatar mis labios para des­
hojar un ramo de humildes flores sobre el recuerdo del
hombre singularísimo a quien España, inconsolable, llora,
y ante una concurrencia en que brilla cuanto en nuestra
patria hay de más grande y prestigiador, por las letras
y por el talento; pero también dura., y aun durísima,
porque lo es, hasta el ¡sacrificio, la obediencia, cuando im­
pone, como ahora, a un insignificante religioso el hablar
ante 'los que 'Son magos de la palabna, dictadores del es­
tilo y reyes del .pensamiento. Vale Dios que las almas son,
cuanto máiS- extraordinarias y peregrinas,’ tanto más'gene*'
rosas y benévolas. De lo .contrario, sólo a mengua y a
pequenez tendrían hoy que isonair en vuestros oídos m »

(i) El Exceleotísimo Sr. Obispo '¡de 'Madrid p. José María Sal­


vador y P arrera. ¡; il
— 404 —

acentos al haceros esta oración fúnebre, que comienzo in­


vocando con todo el ardor efusivo de mi corazón la gra­
cia divina, fecundadora de toda idea y de toda palabra.
Os digo de verdad que apenas si soy dueño de. mí
mismo, y eso que serán contadísimas las vece» en que una
oración fúnebre se ofrezca más fácil y hacedera, senci-
■í*,*) c-' ·'»·’< 1 ■*"' ■
· ·* - ’. j . ■
Uam.ente porque son- contadísimas las veces en que el elo­
gio puede rompét· más caluroso j espontáneo, vertiendo
sobre una memoria venerada todo el raudal de flores de
la elocuencia, j Suele ser tan difícil para el orador el ha­
blar de hombrea cuyos restos puede decirse que yacen
aún calientes en la tumba 1 ¡ Se corre tanto peligro de
eclipsar la verdad á' impulsos de la adulación, que, en
semejantes casos, pugna por ser la única fuente ínstpV
radora^y ^quer rara:vez ráciertá ;a;'sugerir alabanzas qüe no
trasciendan a banales y lisonjeras! Porque las alabanzas
ficticias dicen mal doquiera se digan, pero dicen pésima­
mente desde los pulpitos, cerca dél Tabernáculo divino,
desde donde no3 oye la Eterna Verdad. ¿N o es cierto que
es .fácil una oración fúnebre én que, por muy enttisiástí'*
cos y magníficos que Vibren los elogios, han de parecer
siempre' los qué los oyéri muy pálidos1 y ' muy exiguos ?'
.-"Si· las tóndifcifOíñés qttó llueVen.sobrt la memoria'dé un’
hombre soh, oomó di-ce d texto1 que h e' puesto por' lema
■^y rio lo podemos dudar porque1son palabras de la Eter­
na · Sabiduría— . testimchiio fehatíérité-de (jüe él bendeci­
do es amado· de Daos y de lös hombres, ¡ qué amadísiriiO
de los · hombres y de Dios tiene que ser él inmortal- don
Marcelino 'Ménéndei y P d a y o l: Äcasöi:jarrias hayan deí^
bordado del corazón y de los labios'dé tödös los españoles
bendiciones tan abundosas y expresivas1 cönio lä’s qüe co­
menzaron: 'ä desbördaty ^ ·' dlí^Kírd^íío continúan, . desde
el ¡■ fatal' instante en que ^'feraiiteris^fcica^rüdföa deí telé­
grafo pregonó por todo» los ángulos de la patria la d e s-
gfadantetfrikle de qüe él .eminente j>dígrafó acababa de
. ! ''' '"i*'’' '
·'■
- 405 -

exhalar su último aliento.' i Qué grandiosa elegía irrum­


pió, plañidera, por los ámbitos españoles, como si dcsák
un campanario ideal en que vibrase, hecha campana gi­
gantesca, el alma de la patria, hubiese comenzado un do­
blar inmenso, llorando al 'egregio paladín de nuestras glo­
rias nacionales, que se llamaba humildemente a sí mismo
"testamentario de nuestra cultura” ; cuando era como su
me sías y como su redentor!'
Hubo momentos solemnísimos en- que tío se oía por
doquier más que un grito general de angustia,. en que
parecían gemir, dolientes, fibras desprendidas del cora­
zón de la patria. Diputados y senador-es dejaban ensor­
decer a la pasión política, espoleadora de pasiones desen­
frenadas y desunidora de voluntades y de cerebros, para
entonar un epicedio majestuoso en loor del hombre ex­
traordinario que nos unía a todos en un sentimiento pro­
fundo de admiración. La prensa de todos los matices de­
dicaba columnas y columnas a reflejar los latidos dolorosos
que de súbito habían comenzado a repercutir, desgarrantes,
en el corazón amantísimo de la patria. En ciudades y en al­
deas, los templos vestíanse dé luto para celebrar suntuosas
exequias por el eterno descanso del grande hombre; des­
de los pulpitos -resonaban fervorosas oraciones fúnebres
bendiciendo su memoria e induciendo a las muchedumbres
a. orar y admirar, y ante los comulgatorios millares de
almas nobilísimas — hombres robustos y niños inocentes-^
postrábanse humildes y encendidas a recibir a lá augusta
Víctima eucarística -en sufragio general del campeón dé
España y de la Iglesia que acababa de desaparecer de en­
tre los, vivos. A <mí me parecía descubrir un particularísi­
mo sentido en aquellas misteriosas palabras del Cántico:
l>ox Ulf Inris audita esl in térra nostra > y creía que aquel
grito general de angustia de la patria doliente era lá voz
de esa tórtola bíblica, que se había oído en nuestra tierra.
' Y en verdad que merecía ése homenaje sublime aquel
— 406 —

varón singularísimo que había iamoflado todas sus her­


cúleas energías mentales en aras -del saber para dar es­
plendor y gloria al catolicismo y a la patria. A- pocos
seres humanos podría, rendírseles con más justicia aquel1
culto que quería Carlyle se rindiese a los héroes y a los
genios que habían sabido llevar a término feliz en el
mundo Ja altísima ¡misión para la cual les había hecho
surgir de Ja nada la Providencia. Si cada hombre quet
viene a este mundo viene con su cometido provindenrial,
más o menos brillante, más o menos humilde, y en des­
empeñarlo debidamente y cada uno según la vocación a
que el Señor le destina, como dice San Pablo, umtsquL·-
que ín qua vocatione vocatus esi} radica y consiste su
gloria, ¿quién más a maravilla que Menéndez y Pélayó
supo llevar a término feliz —-y esoi que nos le arrebató· la
muerte bien henchido aún de bríos juveniles — la alta mi­
sión providencial de ser el restaurador de nuestras letras
y el gloriñcadar de nuestra fe y de nuestra religión?
El, contendiendo con sectarios nacidos en España, pero
que tenían muy poco o nada de españoles, y de quienes
descienden, de seguro, en línea recta de consanguinidad
espiritual, los superhombres que hoy padecemos, ensalza­
dores de toda extranjería y envilecedores de toda gloria
patria, demostró haber sido una realidad espléndida la
ciencia española, y su influencia beneficiosísima en la ci­
vilización del universo mundo; patentizó que habíamos te­
nido una altísima filosofía que, derivándose, como todas
las filosofías sanas, de Platón- y de Aristóteles, había sa­
bido adornarse con recios toques de originalidad que la
hacían cristiana y española; evidenció que el pensamiento
español había señoreado por espacio de varias 'Centurias
las cimas dé 3a especulación científica, y popularizó en el
mundo de las ideas nombres que yacían injustamente Obs­
curos, por culpa de nuestro abandono y de nuestro olvi­
do: Raimundo Lulio, Vives, Foxo Morcillo, Sabunde, Go-
- 407 -

mez Per eirá y otros, y otros ilustres nombres esplenden Hoy


con irradiaciones inextinguibles, gradas al mago .prodigioso
que, sin pavor a clavas y porras de gigantes!, guardianes de
encantamientos, maléficos, descendió a Jas ¡misteriosas pro­
fundidades en que tes tenían encantados, más que otra
cósa, nuestra ' indolencia y nuestra incuria, desencantán­
dolos y devolviéndolos a la vida del pensamiento. Y
él, con esa intuición crítica acrisolada en los Sdhlegel
y en Taine,' y no superada jamás ni por propios ni
por extraños, buceó en las entrañas de nuestra literatura,
dio con desconocidos tesoros de gracias y de ¡bellezas que
apenas ^si habían vislumbrado nuestros más agudos críticos e
historiadores, y levantó en sus diversas series de estudios
de crítica literaria, y especialmente en la multitud de to­
mos de sus ideas estéticas, donde hasta los críticos más
regatones le vieron fulgir de lleno, con resplandores ge­
niales, el monumento más- grandioso que a nuestra poe­
sía y a nuestra literatura se podía levantar.
Más que al genio maravilloso en cuya frente luciese
estampado el beso de la sabiduría, veíase en él a tur tau­
maturgo que, oomo Jesús resucitando muertofei por los
campos de Galilea, pasaba por los campos de nuestra pa­
trias glorias, muertas o medio extintas, resucitándolas a
su conjuro mágico y haciéndolas vivir en sus libros una
vida robusta y perenne. Aquel hombre era toda la Espa­
ña legendaria del pasado, reviviendo con vida que ya ja­
más podría extinguirse, i Cuántas cosas admirables, pero
obscurecidas, comenzaron a brillar por el, brotando sono­
ras de muchos1 labios, fluyendo enaltecidas de muchas
plumas!
No teníamos poetas épicos al estilo de los Homeros y
de Jos Dantes, que saben encerrar en una epopeya la
historia toda de un pueblo glorioso, y el ciclo comple­
to de una edad, creadora de una civilización propia e
inconfundible, que haya de esplender eterna, como una
i«mensa constelación radiosa en el firmamento de la hu-
¿añá'.^cültüfa. f)p ‘ hqy ' más, ya ‘ naáié ,podrá decir qíst
• o tenemos epopeya, y epopeya gloriosísima, si que uto
es oQn^cijSn^,%sénci^tF· de-la’ epopeya lá’ que esté escrita es
re^so rotundo y centelleante. Las obras de Menéndez y
- ) M=. ■ r,n., n : · : , J
relayo, tomadas en .c o n j u n t ó , son la epopeya, mas estu­
penda que se podía cantar en loor de nuestro carácter,
de nuestro espíritu, de nuestra cultura, de nuestra his­
toria, de todo el ser y vivir, de nuestra, raza. No estará
cincelada· en versas homéridas, pero sí lo está en el "hie­
rro celtibérico” de aquella su prosa incomparable, en qu»
de tan mirífico modo se han sabido fundir y consubstan­
cial las formas áticas del· helenismo de los tiempas áureos
7. el espíritu divino que irradió Jesús en. fulguraciones es­
pléndidas desde la cumbre del Góigota.
. Del cincelado estilo que tanto intensificaba sus ideas y
»yS; «sentimientos, ¡haciéndolos resplandecer como haces de
rayos solares..reverberando sobre oro ¡bruñido, yo nada sé
decir: no sé más que bendecir. Si de la pluma de Chateau­
briand ¡pudo afirmar Sainte-Beuve que se asemejaba a la
espada de Roldan, que destellaba en derredor vividos ful­
gores, de la pluma de Menéndez y Peí ayo yo me atrevo a
«firmar- que se asemejaba a la tizona del Cid, que cam­
peaba pór doquier centelleando gallardías y conquistando
laureles, reitios enteros, para la madre España.
En aquel decir viril, jugoso, castizo, ceñido al pensa­
miento ¡sin el rozagante boato del manto oriental, pero ■

con los graciosos (pliegues con que ondula en torno de la
estatua la túnica griega, los párrafos se ’suceden unos a
otros casi con ritmo de estrofas. Diríase que en aquella
prosa galana y artística, plenamente divorciada del reto-
rici'smo de relumbrón de que tanto se pagan I03 cerebros
mentidos, y desposada en indisoluble vínculo canónico con
la hermosura siempre juvenil del pensamiento, habían co­
- 409 -
laborado por igual. Homero y Horacio, San j t i » de fct
Cruz y FrayX uis de Lón.* : . .· .
íi Qué/líibqr.cxqiMsita, y.,.ubérrima para la ciencia y la
^españolas la qye inició y ..llevó a cabo aquel
hombre viniendo a reanimar nuestra fe, nuestra doble
fe en lasenergías de nuestra raza y en las creencias de
nuestra^ religión! ¡Qué obra de españolización más honda
la .realizada pqr aquel hombre en el espíritu contemporá­
neo de nuestra patria,, merced a los esplendorosos derro­
ches, de su genio! ¿Qué maravilla que propios y extraños
concluyesen por deslumbrarse suite las ráfagas de gloria
que la potente irradiación de su oerebro destellaba sobre
la frente de la madre [patria, y que unos y. otros le ungie­
sen y aclamasen como rey y emperador del pensamiento?
¿Qué maravilla que a sus pies cayese continua lluvia de
flores con que la admiración general quería alfombrar la
tierra que hubiesen de pisar sus plantas ?
. Jamás, jamás habrá habido español en -cuyo loor se
haya visto tanta mancomunidad de sentimientos para la
glorificación y para: el aplauso. Pudieron en un principio
la cicatera envidia, quizá, y el sectarismo apasionado, de
seguro, regatearle las excelsas dotes geniales con que le
había esplendorado la Providencia, y, como gozquecillos la­
dradores que protestan contra el ascens.o plácido' de la
luna por el firmamento estrellado, protestan contra el as­
censo de aquel sol radiante hacia el cénit de nuestra cul­
tura y de nuestras letras; per,o hacia el promedio, y más
aún hacia el final, barto rápido de su preciosa vida, ya
no había nadie que se atreviese a poner reparos ni tildes
al brillo nitidisísimo de su gloria. ¡Se había remontado tan
alto en ‘los horizontes sin límites-del pensamiento, que ni
envidia ni sectarismo, por ¡miedo a que les cayera a ellos
en Jos tojos, se atrevían a lanzar contra él la más leve sal­
picadura de la maledicencia. E l sol que esplendía, fúlgido.,
«obre el cielo de nuestra cultura era ya como un sol· sin
— 410 —

manchas, de destellar deslumbrador,' que difundía doquier


incontrastables juicios y cuasi dogmáticas ideas. - '
Se había llegado a contemplarle árbitro de nuestra- 'li­
teratura y de todo nuestro saber. E l medioeval mctfjiit'ér
dixitj oontra. el que tan -estrenuamente se había erguido ^
romper lanzas el genio de Descartes, reaparecía en él carri-
po de la literaturá y de la historia.. Y críticos e historia­
dores parecían haber llegada a creer que no podía 'sancio­
narse nada, de guisa definitiva y contundente, si no ée lo
apuntalaba con una cita de Menéndez y Pelayo. Cúánto
este hombre singular decía' eri (punto a cultura hispana, a
hispano saber, había llegado a reconocerse por todos comso
avalorado con refulgencias de dogma.
Fué el más papular de nuestros intelectuales; y no es
ésa su mayor gloria como intelecual : su mayor gloria
como intelectual es el no haber descendido jamás a la
lisonja mezquina en demanda de aplausos y de loores. Su
popularidad vino porqué debía venir, no porque le rin­
diera plebeyo homenaje, no porque le hiciera sacrificio
ninguno, ni de corazón ni de pensamiento.
Y hablo de su gloria intelectual, porque Menéndez y
Pelayo tiene otra gloria mucho más grande: la de haber
sido siempre católico a macha martillo, frase suya favo­
rita, para ponderar lo macizo de nuestra fe, de legítima
estirpe castellana. Comenzó su brillantísima carrera de ce­
lebridad ganando unas1 reñidísimas oposiciones que, con
profunda sorpresa de cuantos ;las -presenciaron, inició ha­
ciendo la señal de la cruz y diciendo sonoramente: “ En el
nombre del Padre, del H ijo y del Espíritu Santo, amén” ,
y murió una muerte en el óscúlo del Señor, confortándose
con los Sacramentos de nuestra Madre la Iglesia, después
de una vida corta, pero fecundísima, empleada toda ella
en defender las glorias patrias, unidas siempre a nuestras
sacrosantas tradiciones.
Sentíase orgulloso de ser católico, como lo habían sido
- 411 -

sus padres, como lo habían sido sus abuelos. Una alta per­
sonalidad:'que me -escucha, y que compartió con el ático
y delicadísimo Laverde Ruiz la gloria de haberle descu­
bierto y de baberl*e introducido en el mundo de las letras,
habla de la nunca desmentida constancia con que el asom­
broso polígrafo “ dió siempre firmísima muestra de su fe
católica y española -en todas las ocasiones 'solemnes: en
que, últimamente sobre -todo, se ha creído conveniente
arrojar la gloria inmensa de su nombre en el platillo de
la justicia y de la verdad -en la balanza de los destinos de
Isa religión y de los derechos de la Iglesia (i).
Ni de niño, ni de joven, ni de hombre maduro, dejó de
mostrarse ufano de su fervoroso catolicismo. No conocía
ese coco de tantos católicos pusilánimes que se llama el res­
peto hurmno. Cuando más arreció contra él la maledicen­
cia frívola pugnando por sonrojarle de ser católico y acu­
diendo para ello a los ¡motes, entonces tan en boga, de neo
y ultramontano, era también cuando más arreciaba su fe
cristiana y española, impulsándole a alardear de catolicis­
mo puro y neto, en fervorosas protestas con que encabe­
zaba 10 concluía sus gigantes producciones. No quería que
jamás 'se le pudiese echar en cara esa versatilidad de cier­
tos católicos tímidos que ihacen profesión de fe en fa ­
milia, y de impiedad en un círculo o en una tertulia. 'Sa­
bía que si la hipocresía es siempre odiosa, lo es principa-
lísimamente cuando finge el mal por vergüenza del bien.
]A iMenéndez y P-elayo con díceres y con sonrisillas iró­
nicas de gente frívola!; eran para él, como lo son para
todo caballero católico, de genuino abolengo español, aque­
llas impotentes saetas de los párvulos, de que habla el
real Profeta: sagittae parvwto\run&... E l miedo a la male­
dicencia frívola es miedo de imaginaciones enfermas, es
miedo de niños que agranda y convierte en -realidades1 te*

(i) D. Alejandro Pidal.


- 4\'2 —

rribles las sombras de la noche, y Menéndez y Pelayo era


de imaginación robustísima y jamás supo ,lo que era miedo.
.. .Mi gran Padre San Agustín dice en alguna parte que
los grandes hombres en quienes Dios derrama sus teso­
ros a manos llenas y que, sin embargo, ni le conocen, ni
le adoran, son creados por Dios paia adornar y engalanar
con ellos el mundo, e x eis ordinem\ ¿aecnii praeseniis exor­
na t, y añade que ese linaje de hombres reciben su merced
aquí abajo, en las alabanzas que se les prodigan. No era
de esos grandes hombres Menéndez y Pelayo. Dios no le
había creado sólo para adornar -el mundo; le había crea­
do para adornar también el cielo.
Tal es, tal fué el hombre insigne, maestro de maestros,
a quien lloran las letras, a quien la patria llora. Quien no
sienta la grandeza de Menéndez y Pelayo, habiendo dado
aunque no sea más que un ligero vistazo a sus produccio­
nes, es que carece de sentido de la grandeza, y muy de
perlas se le podrá aplicar algo parecido a lo que el gran
muerto dejó escrito en su Horacio en España : El que
no siente la belleza no nació para comprenderla” ; o como
lo dijo el Dante: 1

E chi me vede ¡e non se inamara


d’amor non averá maí ¿ntellecto

Voy a concluir esta desvaída labor oratoria, en que es­


toy bien "seguro de no haber enseñado nada, como no
haya sido un paco de sumisión y de obediencia. Pero no
lo haré sin insinuaros una observación final. La nota ca­
racterística de todas las oraciones fúnebres de Bassuet,
“■el orador de los grandes muertos” , era siempre filtrar,
al través de los elogios y de las alabanzas con que in­
mortalizaba la memoria de sus héroes, alguna honda en­
señanza evangélica en que relampaguease ya la nada de
la vida, ya el todo de la eternidad, o alguna lección elo-
- 413 -

cuente en que se consagrase la belleza del 'heroísmo o la


triple santidad del amor a la patria.
- ¿Qué podría deducirse de esta oración fúnebe con que
me he esforzado vanamente en poner una humilde flor so­
bre la tumba del grande hombre? Al mí entender, lo que.
sigue: primero, un amor por la sabiduría que no se arre­
dre ni ante la ascensión á las cum bre del holocausto, te­
niendo en cuenta que al que la persigue y llega, como eí
inmortalrpolígrafo, a señorearla y poseerla, han de po­
dérsele aplicar aquellas halagadoras palabras de Í03 pro^
Y erbíos"posee la sabiduría, y serás por ella glorificado"·;
»egundo,:un amor íhtegérrimo a la patria, a nuestra pa­
tria,: que descollaba, excelsa, sobre todaá las naciones,
cuando tenía hijos que sabían amarla y sentirla: un amor
que nos impulse hasta al sacrificio por enriquecerla con
cuanto (haya de grande y. de noble en el mundo, pero man­
teniéndola siempre ella misma, sin soñar jamás con vi­
ciarla y desfigurarla queriendo arrancarle su propio y ¡ge­
nuino ser, para darle otro postizo y de importación, cual
parece que intenta la turbamulta de menguados que no se
avergüenzan de descargar hachazo tras hachazo en el ár­
bol secular de la pa-tria, y no ya en el ramaje aparatoso,
broté de enervadores injertos extranjerizo*, sino en el mi»*
mo tranco, tantas veces centenario, de corteza -durísima
e inmune a la acción inclémetrte de las- edades, y aun en
las mismas'raíces, que 3« hunden,, redas y pictórica», en
las entrañas del·catolicismo; y tercero, un amor inconmo­
vible y 'hondo a la fe cristiana,. :que nos hizó- nación, y
estupenda nación; que nos dió todo lo que hemos tenido
y, tenemos dé grande: historia,· arte, ciencia, literatura;
bien persuadidos de que no hay pueblo alguno en iá
rra que pueda hacer más suya aquella frase del' Apóstol ! '
■haec est victoria q m e vincit tmmdwfíj fíd es nostra. 'Aman- >
do así la fe, la patria y la sabiduría los -españoles volvería­
mos a ser "aquellos hombres que pare dan guarnecidos de
- 414 -

triple Jámina de bronce” de que se habla en el inspirado


epílogo de lo® H eterodoxos, y España tornaría a ser "el
pueblo de Dios” que sentía arrestos bastantes para reali­
zar empresas- ciclópeas, oomo las de agrandar el inunda
y de aprisionar al ¡sol que ,nada tenían qúe envidiar a las-
de los tiempos bíblicos, cuando caía maná ,del ;cíelo :y ba­
tallaban los ángeles con espadas flamígeras y se derrumba­
ban las murallas al sonido dé las trompetas,
Y ahora, señores académicas, permitidme que termi­
ne pidiéndoos una oración por el eterno descanso ded gran
maestro, que, no obstante -la positiva y ;sólida valía litera­
ria de cada uno de vosotros, parece haber dejado en or~
f andad a fias letras españolas. N o le debemos ■sólo tributo
de alabanzas: le debemos también tributo de oraciones.
Las alabanzas no las necesita: su· solo nombre es un pre­
gón de gloria inmarcesible; pero las oraciones, acaso sí.
Son inescrutables los eternos juicioa de Dios, que no»
dice pof- el Salmista que ha dé juzgar las justicias de
este mundo: Ego jústitias judicabo. Ahinque nuestro hom­
bre baya pasado por esta vida fulgiendo corno un sol,
¿quién puede asegurar que la luz de ese sol no se haya-
empañado un tanto al tocar ¡en 'las '¡bajuras de la tierra?
De suponer es que :haya;' hecho ya su entrada triunfal en
los cielos, donde laS mil generaciones hispanas que aliena
tan allá arriba le estarán haciendo amorosísimas apóteosisr
de las . cuales mísera sombra serán apenas las que le
hacemos los. que alentamos aquí abajo; pero, por si la
Eterna Justicia le retuviese aún purificándose de las leves:
manchas con que pudiera haber ante Ella comparecido!»,
no le olvidemos· en nuestras preces, pensando en aquella
conocida sentencia agustiniona de que una flor sobre s»
tuimba sé marchita, pero una oración por su alma la re­
coge Dios... ■
<
PANEGÍRICO

DB

NUESTRA SEÑORA DE GOVADONGA

PRONUNCIADO EN LA BA8ÍLIGA. DE COVADONGA


EN EL DIA DE LA SOLEMNIDAD-1912
Tu honorificentía pópuli nostri.
T ú eres el honor de nuestro
pueblo.
Judit, c. 15, y . io.

E xcuo. S e ñ o r : ( i )

H erm anos m ío s en Je s u c r is t o :

A sí suenan las entusiastas palabras con que el pueblo


israelita adamaba a la herniosa Judit, tras la gran vic­
toria a ella debida, sobre los pérfidos invasores asirlos.
Y yo no creo que haya pueblo ninguno en la tierra que
pueda apropiárselas con más justicia que el pueblo as-
tur, para dirigírselas a la Virgen Santísima que, mila­
grosa, aparece sonriéndonos con sonrisa de triunfo en
los ¡más fatídicos trances de nuestra historia. ¡ Cuántos
hechos gloriosos por Ella inspirados y a su celeste pro­
tección debidos! Recorred con la fantasía ía sobrehaz
de nuestro suelo, y veréis que en cada rincón repuesto
de nuestros valles y en cada picacho agreste de nuestros
montes, surge un santuario de esa Señora, proclamando
su protección augusta a nuestros antepasados, y reunien­
do aún, de año en año, a sus descendientes en alegres y
bulliciosas romerías, estas romerías que entroncan con
los mismos cultos que ya nuestros remotísimos antepa-

(i) E l ,Sív D. · Antolín López Peláez que pontificaba en la so


lemnidad.
2?
— 418 —
«ados dedicaban a Dios, danzando guerreras danzas
« i tomo de los dólmenes druídioos donde nos dice Silio
Itálico solían grabar el expresivo rótulo: "Deo ignoto et
nomine carente” , al Dios desconocido y sin nombre. i Q *
sin rival leyenda de oro aquella en que una pluma de cre­
yente y de ,poeta grabase, como en mármol pentélico, la«
mil tradiciones gloriosas que se remontan a los orígenes
de esos santuarios, y algunas de las cuajes se van esfu ­
mando y desvaneciendo ya, al paso de nuestra edad pro­
saica e indiferente! ¡ Y qué abundantes veneros de inspi­
ración los que se ofrecerían al numen de los grandes ge-
«ios y de los grandes artistas!
La misma nacionalidad española brota, oomo torrente
cristalino de agua pura y salutífera, de uno de esos ma­
ravillosos santuarios, y es de verla tenderse Pirineos aba­
jo por los fecundos campos castellanos, por las fértiles
praderas extremeñas, por las ubérrimas vegas andaluzas,
y dilatarse por todo el sacro terruño de la Península y
trasponer sus limites, bogando por todos los mares y arri­
bando a nuevos mundos a crear otras nacionalidades rica«
y florecientes, que brillarán siempre como un collar de
diamantes valiosísimos sobre el seno palpitante y robusto
de la madre España! Sí, de este santuario de Covadong»,
de esa primitiva cueva vecina labrada por la misma natu­
raleza en su3 entrañas de riscos, es de donde arranca el
árbol gigantesco de la española nacionalidad, que en tiem­
pos dichosos había de extender su3 ramas cargadas de fio
res y de frutos hasta los más apartados confines de la
tierra.
Pues bien, yo os vengo a hablar de este santuario, de
la Virgen que en este santuario mora. Ella es el honor
del pueblo español y particularísimamente el honor del
pueblo asturiano, honorificentia pófntti nostri, el honor de
nuestro pueblo.
¡O h! ¡quién diera a mis palabras poder sugestivo eu-
— 419 —

ñciente para arrebatar vuestra imaginación y hacerla vo­


lar breves instantes por toda esta tierra bendita ceñida de
cordilleras sublimes, amigas de las nubes, ornada de es­
pesos castañedos y robledales que, cual gigantescos rizos,
penden ondulantes de las cimas, cruzada de ríos transpa­
rentes que serpentean aquí y allá regando sus amenos ya-
Ues o besando las plantas de sus montes, -salpicada de ho­
ces y de cascadas en cuyas honduras se abisman los ojo*
«sombrados y se estremece el espíritu, como si asistiese a
fe formación de esas maravillas naturales, allá en días de
remotos indescriptibles cataclismos! ¡Qué paseo triunfal
el que 'os haría dar conmigo por nuestra panorámica re­
gión, haciéndoos respirar por todas partes ráfagas de epo­
peyas y recordándoos leyendas heroicas, hasta caer todos
de hinojos ante las plantas de esta Virgen que esplende,
bendecida por mil generaciones, en la consagrada gruta del
A useva! ¡ Y allí qué himnos de amor y qué ardientes ple­
garias brotarían de nuestro espíritu, cantando con lágri­
mas de entusiasmo en los ojos las glorias de esa Reina in­
comparable que ha escogido para su altar un humilde ris­
co de nuestros montes! j Como os la haría ver meciendo,
cual madre amorosa, la cuna de nuestra nacionalidad y
cómo os haría sentir su influencia triunfadora en la epo­
peya más genuína de nuestra raza, en la formación de
nuestro genio, de nuestro carácter, de nuestra hidalguía,
de todos los nobles rasgos típicos que avaloran y abri­
llantan la bondad natural de nuestra estirpe!
Virgen Santa: Tu que fuiste la inspiradora de aquella
Ilíada superhamérica que supieron esculpir nuestro® an­
tepasados en las páginas de piedra de nuestros monte®. T u
que eras la llama de fuego que ardía en su pecho, cuando,
acero en mano, se arrojaban intrépidos al combate. T ú que
eras el último verbo de amor que pronunciaban sus labios,
cuando al rudo golpe de alfange morisco sucumbían; Tú
que eras la mensajera divina que les traía siempre de los
- 420 -
cielos el refulgente lauro de la victoria, no dejes de poner
hoy en mis labios frases inspiradas que reflejen la fe gi­
gante que; tenían en ti nuestros mayores, de modo que se
conmueva y se instigue a imitarlos esta muchedumbre
compuesta toda de sus más o menos remotos descendientes.
Madre m ía: yo quisiera desplegar como un lienzo ante su
imaginación aquel cuadro sublime de la batalla de Cova-
donga, que a la vez que prefacio magnífico, fué el capítu­
lo más grandioso del poema de la Reconquista. Y o quisie­
ra hacerles sentir físicamente, a ser posible, tu manifiesta
intervención en aquella hazaña legendaria que baña toda
nuestra historia en tonalidades de epopeya divina. Y o qui­
siera hacerlos sentirse verdaderos hijos tuyos y persua­
dirlos de las celestiales riquezas que atesoran los hijos
que honran debidamente a sus madre, según el dicho del
Eclesiástico, tkesüurizat qui honorific at matrem, allega
grandes tesoros el que honra a su madre y sobre todo cuan­
do se trata de una Madre como Tú. Y para esto necesito de
palabras elocuentes en que tu inspiración refulja y pal­
pite, de imágenes brilladoras que fascinen y seduzcan, ae
pensamientos luminosos que enciendan y arrebaten, de
unción sagrada que penetre hasta las más recónditas fibras
del corazón, de amor divino que prenda como una chispa
eléctrica en las almas. Bien sabes que no persigno la glo­
ria de pronunciar un discurso relumbrante y sonoro, glo­
ria efímera que no es más que un fuego fatuo que fos­
forece un instante sobre nuestras miserias; sino la de
despertar en las almas que me escuchan la fe sublime
de nuestros mayores, para que de nadie de nosotros pue­
da decirse que somos sus ruines degenerados nietos. Ave
María.
Tu honoriñcentia, etc.

H erm anos m ío s en Je s u c r is t o :

Eran días de luto para la España goda. El sibaritismo


de algunos de sus reyes había rebasado todo límite. La
liviandad coronada había desbordado, sin respeto ninguno,
a los valladares de la decencia pública. Y la voz de la
ju-sticia se había hecho oir, potente e inexorable, en los
ámbitos del cielo pidiendo a Dios cumplida venganza. So­
naba en el reloj de los tiempos una de esas horas solem­
nes en que la cólera divina empieza a hervir y a rebosar,
cayendo en desatada lluvia de catástrofes sobre los pue­
blos delincuentes.
Un pueblo viril y guerrero, fanatizado por las suges­
tiones de un pseudoHprofeta que brindaba a los muertos
en los combates serrallos de huríes escanciadroas del pla­
cer, como las walquirías escandinavas; ebrio ya hasta la
locura con el espumoso licor de cien triunfos, precipítase
con alas de tempestad sobre la hermosa Bética, tala sus
campos, incendia y arrasa sus mieses, y, rápido como el
simún del desierto, señorea, después de una encarnizada
batalla que hace por espacio de varios días correr a un
río famoso, tinto en sangre, todo el suelo de la Penínsu­
la, desde el cabo de Finisterre hasta el de Creus, y desde
Gibraltar hasta Gijón.
No es del caso describir aquella invasión horrorosa que
significaba la muerte, no ya sólo de un pueblo, sino de
toda una fe y de toda una civilización. Imagináosla como
queráis, viendo a los templos arder, a los santos rodar
de sus hornacinas, a los hombres huir, a las vírgenes ser­
- 422 —

vir de juguete at desenfreno de una rara amamantada a


las ubres de la voluptuosidad. Como en las grandes inun­
daciones de los ríos desbordados, corren a refugiarse en
los montes los pueblos de las riberas, en aquella inunda­
ción musulmana las deshechas huestes góticas trepaban a
las montañas, buscando donde substraerse a la cimitarra
agarena que iba cubriendo de cadáveres el suelo, ootnto
al paso de la hoz del segador se van cubriendo los cam­
pos con haces de doradas espigas.
Y en aquel huir a la desbandada, llegaron a los montes
astures un puñado de guerreros de los que habían presen­
ciado la rota del Guadalete, y algunos Prelados y clérigos,
cargados de vasos sagrados y de santas reliquias, que no
quisieron dejar en las respectivas iglesias, expuestos al
robo y a la profanación de los muslimes. Eran los pobres
restos de la España goda, que buscaban hospitalidad en
las siempre hospitalarias montañas de Asturias. ¡Oh, que
sería tristísimo contemplar a la España de entonces, se­
pultarse como en agreste túmulo, entre los escarpados
riscos de los montes asturianos! Pero ya habría un sal­
vador que como a Lázaro de la tumba, la hiciese surgir de
aquellos riscos, potente y briosa. Por de pronto, la jamás
desmentida hospitalidad asturiana partió oon ellos el te­
rruño y el hogar, y les brindó la incontrastable fuerza del
brazo de aquellos montañeses “ guerreros hasta el delirio,”
según la expresión de Flavio Josefo, y el amor indómito
y bravo de su corazón hacia los santos fueros de todo lo
que sonase a libertad e independencia, y el odio ingénito
e irreductible hacia todo lo que trascendiese a coyunda
y a esclavitud.
— ¿ Con qué armas y con qué recursos contaban para
oponerse al formidable empuje del invasor? En último
caso ya les darían lanzas los árboles de sus bosques y me­
trallas arrojadizas las empinadas rocas de sus sierras. N©
habían contado con más recursos, cuando se atrevieron a
— 42a -
detener el vuelo audaz 4c las águilas romanas, que inten­
taban colgar sus nidos en los carrascales y breñas de
nuestros montes.
A l Emir, envalentonado con la serie no interrumpida
de triunfos, le causó primero desprecio y luego indigna­
ción la resistencia, al parecer estulta, de aquellos arrisca­
dos hijos de las montañas. ¡El, que no había encontrado
en su vertiginosa carrera triunfal barrera ninguna que
hubiese resistido más que lo que resiste la hoja seca al
aletazo del furioso viento, que se juzgaba ya poseedor pa­
cífico de España, y que penetraba ya por las hermosas
campiñas francesas, acariciado por plácidas brisas, heral­
dos de nuevas victorias, tener que suspender un instante
sus magnificentes correrías para batir a aquellos desavi­
sados montaraces que habían osado irritar las iras de la
Media Luna! ¡Y a los extirparía, borrándolos de aquella
tierra escabrosa, u obligándolos a arrastrar un vivir mi­
sérrimo en las guaridas de las fieras!
Alkamán, fiero general moro, a quien la embriaguez de
los triunfos cegaba, recibe el mandato de destruir a loa
astures, e intérnase por nuestras quebradas y nuestros
desfiladeros, viéndose hostilizado de continuo por aquellos
bravas que hacían de cada peñascal un baluarte y de cada
risco una fortaleza. Y , embravecido por los continuos des­
calabros, equipa un ejército brioso y se dispone a asediar
los mismos montes y perseguir al enemigo hasta en la»
mismas madrigueras, que algunas veces tenía que dispu­
tar a las bestias salvajes. Los astures no desmayaron un
punto. La -sola mirada del que tenían por caudillo, los
henchía de heroica bravura y de temeraria impavidez. De
sus ojos destellaba a veces rayos que infundían belicoso
ardimiento. Y en sus palabras sentíase palpitar como la
inspiración de lo alto. Hasta la misma sombría tristeza
que vagaba por su semblante, absorto como andaba siem­
pre en la manera de llevar a término feliz sus planes de
— 424 -

reconquista, contribuía a darle aspecto como de un Moi­


sés, de un verdadero caudillo providencial.
Mas ¿cómo triunfar de aquel poderoso ejército, bien­
quisto de la victoria, que avanzaba por los vericuetos as-
tures, resuelto a no dejar en, dios ni la sombra siquiera
<Je un insurgente ? Pelayo andaba más que nunca embebi­
do en sus hondas meditaciones, y a pesar de las ventajas
que ya había reportado sobre el enemigo, conociendo como
conocía palmo a palmo el terreno escabroso en que ope­
raba y valiéndose a cada instante de sabios ardides y
agudas estratagemas, creyérase que a su rostro asomá­
banse de cuando en cuando como vislumbres de postración.
Y un día, quizá el día en que m ás se habría dejado ago­
biar por el abatimiento, buscando un rincón escondido
donde ocultar sus melancolías, atrajo sus miradas el res­
plandor desusado de una luz misteriosa. Espada en mano
avanzó intrépido hacia ella. L a luz parecía moverse, in­
ternándose hada el fondo de una cueva abierta por la
misma naturaleza en el pecho de una roca viva. Nuestro
caudillo llegó hasta el fin, y juntamente con algunos de
sus acompañantes, cayó de hinojos en oración profunda.
Sobre un peñasco abrupto, en forma de altar, alzábase la
imagen de una Virgen, adornada de flores.
Hasta aquí nada hay milagroso en la aparición.. En
aquella edad de f e nada más obvio y natural que encontrar
una imagen de esa Señora, no ya sólo en las chozas más
humildes, sino hasta en las portillas de los predios rústi­
cos, y aun en los parajes más agrestes. ¿Las flores y la
misteriosa luz? Naturalísimo también: ¡consagrarían tan
ferviente culto a aquella augusta imagen los sencillos va­
queros de la redonda!
Lo milagroso comienza en aquella meditación en que
se abisma el caudillo asturiano, en la expresión de alegría
que sucede en su semblante a las lúgubres sombras que le
enlutaban, en las frases de ánimo a sus compañeros que
- 42t i ­
les sugiere la confianza firme en la victoria, en la visión
plena de la derrota musulmana, que pasa, como un rom­
pimiento de gloría, por su fantasía. ¡Oh, el éxtasis inefa­
ble en que se sumiría su espíritu al imaginarse, surgiendo
al eco de sus conjuros, una España cien veces aun más
gloriosa que la España muerta I
¿Qué prodigio se había operado en el recinto de aquel
antro misterioso? ¡Quién sabe la intensidad de la súplica,
que desde allí elevaría Pelayo a los cielos! ¡E l diálogo
espiritual que se entablaría entre su alma y las miradas
de luz de los ojos risueños de aquella Virgen! E l hecho
fue que Pelayo salió de aquella cueva más que nunca in­
trépido y animoso; que distribuyó su gente parapetándola
detrás de breñas y de riscos; que infundió a todos la pro­
funda persuasión de vencer, que él abrigaba, y que, im­
pacientes, esperaron todos que avanzasen las huestes de
Alkamán por aquellos desfiladeros, hasta que ya no les
fuese fácil retroceder, y que entonces se precipitaron como
leones sobre ellas, dispuestos a sucumbir todos, hasta ha­
cer brotar de su sangre, como un símbolo divino, el lauro
de la victoria.
Y trabóse la lucha, aquella gloriosa lucha que las cró­
nicas titulan la batalla de Covadonga. Y no las. mesnadas
de Pelayo: Asturias entera parecía combatir contra las in-
vasoras fuerzas muslímicas. Los golpes en las armaduras
resonaban imponentes y secos, como los hachazos de los
leñadores en los hayales astures. De los robledales y cas­
tañedos cercanos desgajábanse enormes troncos que aplas­
taban· a los soldados del Profeta. L o riscos parecían des­
asirse de las entrañas de la tierra y argayaiban dando
tumbos, como aludes gigantescos que estremecían la mon­
taña y sembraban la mortandad y el espanto en las filas
enemigas. Y como si todo esto fuera poco, las innúmeras
flechas que lanzaban, alígeras, los .arcos agarenos, rebota­
ban, en las rocas y volvíanse, matadoras, sobre los mismos-
— 4-26 -

que las üiparaban. “ E ellos matábanse a sí mismos’', como


dice una antigua crónica.
Y aun no paró aquí la manifiesta protección de la V ir­
gen Santísima. Sobre la crestería de los picachos vecinos
agolpan se de súbito las nubes, nubes sombrías, siniestras,
amedrentadoras. Señorean las sombras el llano y la colina.
El rayo parece agujerear los montes y cruzar a veces en
zigzag fatídico al ras de la tierra, que tiembla toda en es­
calofrío aterrador, al repercutir en el contorno los estam­
pidos del trueno. La lluvia desátase torrencial, diluviadora.
Cíen cataratas despréndese de las cumbres, lanzándose es-
pumescentes sobre los espantados muslimes. El Deva cre­
ce rápido y bramador, desbordándose en inundación em­
bravecida. Y miles de cadáveres moros, entre ellos el
del fiero Alkamán, son arrebatados por la riada. La cró­
nica árabe dijo con razón que “ las pérdidas de los fieles
hijos de Alah en el combate con Belay el Rumí — así lla­
maban los moros a Pelayo— fueron tan grandes como las
estrellas del lado del Oriente” .
Ahí tenéis lo que hizo por nosotros María. ; Cómo Ella,
vexiUwm fid ei, bandera de la fe, como la llama San Am ­
brosio, y que era el estandarte a cuyo amparo combatían
aquellos bravos ásteres, no había de poner de parte de
sus hijos todo su poderío incontrastable para abatir d
orgullo de la Media-Luna, que pretendía barrer de nuestro
suelo la verdadera fe? ¿ Cómo la Virgen María a quien, al
decir de San Buenaventura, omnes patéstates et ornnes
vir tutes caelorum obediunt, obedecen todas las potestades
y todas las virtudes del Cielo, había de permitir que aquel
puñado de astures que batallaban en su nombre fuese am>-
llado por los hijos del desierto que intentaban hacer de
nuestra Patria un inmenso serrallo de Mahorna?
i A h !, el Guadalete tenía que ser vengado por el E>eva.
Si aquél se había precipitado hacia el mar, teñido en
■angre cristiana, éste tenia que desbordarse teñido en saa-
— 427 —

gre islamita. SÍ aquél había arrebatado en su corriente


al mismo Rey Don Rodrigo, éste tenía que arrastrar en
su crecida al mismo fiero AlKaman. Si las ondas de aquel
lloraron con endecha triste nuestra derrota, las ondas de
éste tenían que cantar con alegres himnos nuestro triufo.
Si allí había resonado el fúnebre responso de nuestra
muerte, aquí tenía que resonar el canto glorioso de nues­
tra resurrección, j Oh, quién pudiese rastrear las expan­
siones de júbilo a que se entregarían nuestros mayores
tras aquella estupenda victoria, cuando en el campo, que
aun se llama de Re-Pelao, alzaron sobre el pavés a su
providencial caudillo, proclamándole rey y rindiéndole
acatamiento como a verdadero monarca! ¡Qué fervorosa
acción de gracias la que rendirían a esa Señara augusta
por la visible protección con; que los había favorecido,
persuadiéndolos tan elocuentemente de que ni por asomos
era llegado el finís Hispaniae, y de que el cielo comba­
tiría en .su favor en aquella gigantesca obra de reconstruc­
ción que allí se había iniciado! ¡Cuán henchidos de gra­
titud se postrarían ante Ella de rodillas, presentándole ren­
didos sus aceros triunfadores y proclamándola su verda­
dera Reina y su verdadera Generala en cuantos combates
hubiesen de seguir al tan memorable y glorioso de Auseva I
Tal es, hermanos míos el hecho gloriosísimo que hoy
conmemoramos, la epopeya realizada por nuestros padres
en este consagrado terruño de Govadonga, la romántica
leyenda que arrulló nuestros primeros sueños en la cuna,
y la que más tarde, durante nuestra niñez, oímos con
veneración religiosa 'relatar mil veces a unos labios an­
cianos, sin cansamos jamás de oiría, hasta que el sueño
nos sorprendía y caíamos dormidos en los clásicos escaños,
al amor del tuero que chisporroteaba sobre el llar en las
heladas noches del invierno. Cuando las huestes de Jo­
sa fat, gracias a las férvidas oraciones de su caudillo, ob­
tuvieron sobre los Ammonitas y los Moabitas maravilloso
— 428 —

triunf o de que nos habla el libro segundo de L o s Paralipó -


menos, valle de bendición llamaron al lugar donde cayeron
muertos los enemigos y donde los vencedores recogieron
riquísimo botín: vocaverunt locum illwn Vallem Benedic-
tionis. ¡ Oh cuán justamente podríamos llamar nosotros
a todo este sagrado terruño de Covadonga valle de ben­
dición!
Y o no ignoro que algún escritor contemporáneo, alar­
deando de crítico sagaz, de esa casta de críticos que can-
funden con la piqueta el escalpelo, se atreve a negar ro­
tundamente la batalla de Covadonga, fundándose en ra­
zones más o menos congruentes de estrategia. Convenga­
mos en que ningún gran general de nuestro tiempo osaría
avanzar por esas hondonadas y esos precipicios con, un
ejército numeroso. Mas ¿por ventura hemos de suponer
en los muslimes un conocimiento ten palmo a palmo, por
decirlo así, de la tierra astur, que les hiciera apreciar
exactamente lo abrupto de estos parajes? ¿Por ventura
el verse continuamente hostilizados aquí y allá por aquellos
ubicuos guerrilleros, no le haría hervir la sange al jefe
moro, impulsándole a darles una gran batida en las mis­
mas escabrosidades donde se habían hecho fuertes? Y so­
bre todo, ¡señores, ¿por qué no tener en cuenta lo sobre­
natural de aquella famosa jomada en que tanto hincapié
hacen casi todos nuestros sencillos e ingenuos cronistas?
i Cómo olvidan esos modernos hiperóríticos que Dios “ cegó
a los moros” , según la frase naturalísima del sabio cro­
nista Ambrosio de Morales! ¡ Y qué fácil se les antoja
empujar el rodillo de la negación sobre las imborrables
huellas. labradas al través del espacio y del tiempo por
gloriosísimas tradiciones milenarias!
Pero vano empeño el de esa crítica demoledora que
pretende encubrir su impiedad con disfraces más o menos
aparentemente científicos: Covadonga siempre será el gi­
gantesco canto de introducción de ese poema sublime qué
- 429 —

se llama la Reconquista, el fundamento de noca viva sóbre


el cual se llevó a cabo la reconstrucción de la soberanía
española, la cuna de nuestra independencia y el santuario
de nuestra libertad. Y como Covadonga no es nada sin
el rompimiento de sotbrenaturalismo que aun parece es-
plender sobre el Auseva, como una cascada de gloria, sin
la visible protección dispensada en trancas dificilísimos por
esa Señora a nuestros antepasados, de ahí que sea Ella,
esa Virgen, quien propiamente constituye el ¡blasón más
noble de nuestro escudo y la ejecutoria más genuina de
nuestra aristocracia: tu honorificencia pópuli 'nostri.
Todo asturiano que se precie de descender en línea
recta de aquellos primitivos héroes de la Reconquista, de
sentir correr por sus venas la sangre nobilísima de los
fundadores de la nacionalidad española, debe contemplar
siempre en esa Virgen una verdadera Madre, y como a
verdadera Madre quererla, venerarla y llevarla siempre en
imagen colgada al pecho, y mejor aun que colgada en el
pecho, entronizada como una reina en lo más íntimo del
corazón. Y allí rendirle acciones de gracias todos los días,
cantarle continuamente fervorosas alabanzas, perfumarla
con inciensos purísimos de virtudes, decirle suavísimos re­
quiebros, ofrecerle dulcísimos amores. San Bernardo de­
cía que no había nada de que tanto le gustase hablar corno
de las glorias de M aría: nihil est quod m ihi mugís delec -
tet quam de gloría Virginis M(trice habere sermón em. Y
nosotros, los astures, debemos asemejarnos en esto a San
Bernardo, y tanto más, cuanto que son glorias de María
nuestras más puras glorías, nuestros más imperecedores
triunfos, la Ilíada sublime de nuestros mayores, la más
épica leyenda de nuestra raza. Como este Santo aseguraba
que jamás podía .hablar de María sin sentirse arder en
llamas de amores purísimos, tu m e nominarí potes quin
accendas, nosotros al solo nombre de nuestra Señora de
Covadonga debemos sentir inflamarse nuestro corazón en
— 430 —
ardorosos afectos hada Ella que aparece, como aurorft
esplendente, en los albores de nuestra nacionalidad, como
«osíenedora de nuestro brazo en horas de mortales abati­
mientos, como divina mensajera de Tentara en los día*
tristes de nuestra desolación.
¡Oh, las dulzuras indefinibles que extasiaban el olma
de nuestros antepasados, cuando se .postraban ante Ella
de hinojos, contemplando, devotos, le® peregrinos encanto»
de su hermosura! ¡Qué diálogos más sabrosos los que
entablarían con Ella contándole, como hijos a su madre,
sus penas, sus angustias, los mil y un sinsabores que to­
dos, en sorbos más o menos amargos, tenemos que pala­
dear en la vida! ¡ Y cómo les parecería que aquellos ojo*
caían sobre ellos en miradas de inefable ternura y les ha­
blaban de consuelos y dulcedumbres maternales, obrando
sobre su corazón como él bálsamo sobre las heridas, con­
siguiendo que surgiesen del consagrado suelo conforme«,
resignados, alegres y con redoblados bríos para luchar y
vencer con el éxito brillante de que ¡nos habla San Pablo,
en las tremendas batallas del v iv ir ! ¡ Con qué confiara»
acudían a Ella en todas las desgracias, y cuánto valimien­
to hallaban siempre en los tiernos afectos con que lo·
enamoraba y en las santas inspiraciones con que los em­
bebía !
Y cuando se hallaban al borde del sepulcro, en esa
hora fatal que para todos tiene que sobrevenir; cuando a
toda prisa sentimos que nos arranca de la vida la muerte;
cuando es forzoso dar un adiós a todos aquellos seres que
nos rodean y se inclinan, llorosos, sobre nosotros, sin
que sintamos apenas los ósculos purísimos con que no*
despiden; en esos instantes angustiosos y supremos en que
la sensibilidad nos abandona, y la poca vida que nos resta
se concentra en el espíritu, que en misteriosas profundi­
dades de nuestro ser aun parece que se resiste a abando­
namos; i con qué dulce esperanza dirigían *u vista, y»
— 431 —

easi vidriada, a la imagen de la Santina, que más que en


imagen estarían viendo real y verdaderamente, sonriéndo-
tes con ¡sonrisa de amor inefable, y mostrándoles de par
en par abiertas las puertas del cielo! ¡ Oh morir divino,
el morir de nuestros mayores en lo® brazos de esa V irgen;
que más bien que morir era dulcísimo soñar un instante,
y despertar de súbito en los pensil« de la gloria!...
!Ajh, hermanos m íos: bien me podéis perdonar, que de­
jándome llevar de mi amor a cuanto sea de la tierrina,
esboce ante vuestra imaginación cuadros que forzosamen­
te os hayan de entristecer. Son desahogos del corazón, de
un corazón que os ama tiernamente, y que se aflige al
considerar que aquella fe robusta que hizd héroes de
■uestros padres, ha languidecido en muchos de nosotros
y aun va languideciendo más y más cada día. No me
importa entristeceros con estas amorosas inculpaciones.
Más bien me alegro, porque espero que sea vuestra triste­
za como aquella con que a las paternales correcciones deí
Apóstol, se entristecían los de Oorinto. Esa tristeza debe
azuzamos a pensar detenidamente, concienzudamente, en
lo que para nosotros significa Covadonga, y en lo obliga­
dos que estamos los astures a amar a María. Es ingrato
y miserable y ruin que languidezca en nuestro corazón un
amor que tan encendido nos transmitieron nuestros ma­
yores, y que además de ser nuestro legítimo orgullo y
el alma de nuestro carácter y de nuestra historia, puede
y debe ser nuestra eterna ¡salvación; que no hay que ol­
vidar estas palabras que mi gran Padre San Agustín le
dirige a la Virgen: T u es spes única peccatorwm per te
speramus veniarn delictorum eí in te, Beatissima, nostra-
rum est ejcpectatia praemiorum, Tú eres la única esperan*·
za de los pecadores, por T í esperamos el perdón de nues­
tros pecados, y en T í consiste la esperanza de nuestros
premios.
Lejos de permitir que languidezca en nosotros el amor
432 -
a lo que Covadonga simboliza, debemos rivalizar con
nuestros mismos padres en esplendidez amorosa hacía la
Madre de Dios. ¡ Hacer ver al mundo, asombrado de los
grandes hechos de nuestros mayores, que el espíritu re­
ligioso que hacía vibrar, indomable, la espada de los hé­
roes de la Reconquista, aun vive y alienta en los que de
ellos descendemos, dispuestos a realizar los mismos sacri­
ficios, si así lo exigiesen las necesidades de la religión y
de la patria! ¡Hacer ver al mundo que los hijos de éstas
rocas que se elevan ingentes, formando y mostrando al
cielo y a la. tierra la cuna de la española nacionalidad, aun
siguen firmes en las creencias de sus mayores, a despecho
del soplo tempestuoso de indiferencia religiosa que arrecia
por doquiera, de igual modo que las rocas del mar per­
sisten, inconmovibles en sus cimiéntos, a despecho de tor­
bellinos y de borrascas! Y para eso, madres asturianas que
me oís, no os canséis nunca de inculcar a vuestros hijos
el amor a la Virgen de Covadonga. Amamantadlos con el
amor a estos lugares benditos, a estos montes santos, don­
de como la inmortal Sión, quiso Dios fundar la naciona­
lidad hispana, fundam t eam in montibus sanctis. Persua­
didlos de que la Virgen de Covadonga es quien impregnó
en ambiente legendario nuestros campos y nuestros t í o s ,
nuestros valles y nuestras sierras. Convencedlos de que
todas las grandes glorias nacionales no son otra cosa que
como haces de resplandores, desprendidos de la corona de
María y transformados aquí y allá en inmortales hechos,
que irradian, fulgidísimos, en el cielo de la historia patria.
Moldeadles el corazón y la inteligencia, según los acaba­
dos modelos que os sugieran de consuno vuestra acendra­
da fe .religiosa y vuestro acendrado cariño maternal. Ins­
tigadlos a que cumplan siempre, ante todo y sobre todo,
con los deberes de su religión, a que no desconfíen nunca
de la misericordia de Jesús, que es infinita, pensando que
ante su tribunal justiciero tenemos una Abogada interesa-
— 433 —
dísíma en salvarnos, y que es precisamente la Madre ilei
divino Juez: Nuestra Señora de Covadonga. ¡Que la lle­
ven siempre colgada al pecho, metida en lo más íntimo del
corazón! Ella es nuestro escudo, nuestra egida, nuestra
bandera, nuestro honor: honorificentia pópuli nosíri, el
honor de nuestro pueblo.
Sed las escultoras de la nueva generación que haya de
surgir sobre las postrimerías de la nuestra. Y haced que
surja gallarda y magnífica, como estatua cincelada en oro
macizo que se alzase sobre lucientes mármoles y bruñidos
bronces. Así tendremos una generación robusta que sepa
estar a la altura de sus tradiciones y de sus creencias; así
veremos la aurora del resurgimiento de España, de esta
España a quien tanto queremos todos y por cuya rege­
neración, y por cuyo reflorecimiento tan ansiosamente sus­
piramos. No olvidéis que nosotros los asturianos estamos,
por razón de nuestra historia y de nuestra estirpe, obliga­
dos a ser los principales elementos colaboradores de todas
la3 restauraciones y de todos los resurgimientos de Es­
paña. Nobleza obliga. Y hasta ahora, al frente de todas
las restauraciones patrias ha ido siempre Covadonga. Pen­
sad en la epopeya de la Reconquista, pensad en la guerra
titánica contra Napoleón. Y o confío en que siempre su­
cederá lo propio; porque se trata de una misión confiada
a las mujeres asturianas, y la mujer asturiana sabe que­
dar siempre a la altura de su misión.
EXCELENCIAS DE LA EUCARISTIA

SERMON PREDICADO
EN L A IGLESIA DE SAN FRANCISCO DE AVILES
E L DIA DEL
CONGRESO EUCARISTICO INTERNACIONAL
DE MADRID
Oh, salutaris Hostia qu&e coeli
fjandis osti uní.
Oh, .Hostia salutífera que nos
abres las puertas del cielo...
(Himno de la Iglesia...)

H erm anos m ío s en Je s u c r is t o :

Creo que fue ante el desfile de una procesión del Cor­


pus en Madrid, cuando el célebre poeta colorista Teófilo
Gautier exclamó inconscientemente: “ la España católica
está muerta” . Si hoy desde el sepulcro pudiera ponerse
en comunicación con nuestro espíritu, yo estoy seguro que
exclamaría, lleno de asombro, que la España católica es
algo inmortal y perenne que ha de vivir, exuberante y
espléndido, mientras sobre el mundo extienda sus brazos
redentores la Cruz. E l catolicismo es algo consubstancial
a España, y como el catolicismo ha de perdurar hasta la
consumación de los siglos, hasta la consumación de los si­
glos ha de perdurar también la España católica, so pena de
que España dejara de existir; porque no hay más España
que la vivificada por el catolicismo y la aureolada en todas
sus leyendas y sus innúmeras glorias por resplandores de
lo sobrenatural.
iQué contraste entre la procesión engendradora de la
frase pesimista del poeta y la que se verificará estos días
por aquellas amplias calles, engalanadas» aquí y allá oon
vistosos arcos de triunfo, cuajados de banderas y da ño­
— 438 —

res! ; Habrá que ver la lluvia de rosas que caerá de balco­


nes y -de ventanas, al paso del Dios-Eucaristía, recibiendo
la adoración entusiasta de la fe española!
Mas no se necesita trasladarse con la imaginación a
Madrid para henchirse de gozo atite la magnificencia del
fervor hispano. No necesitamos salir de Aviles, de este
pueblo 'hidalgo tan amante de sus religiosas tradiciones,
donde las fiestas eucarísticas de estos días, acaso y sin
acaso, revistan, proporcionalmente al núcleo y a la -rique­
za de la población, tanta grandiosidad como las mismas
deslumbradoras fiestas de Madrid. Mi imaginación no se
contenta con ver el derroche de galas, de luces y de flores
con que hoy habéis adornado el Tabernáculo del Señor;
no :se contenta con ver en la sonrisa de vuestros dignísi­
mos párrocos la satisfacción inmensa que interiormente los
embriaga, al palpar el fervor religioso de su pueblo res­
pectivo, en actitud de adoración ante la majestad Eucaris-
tica; no se contenta con rastrear la alegría indefinible que
hará paladear celestiales saboreamientos y cuasí-divinos
disfrutes a la egregia Junta de damas aviselinas, organiza­
dora de estos suntuosos cultos eucarístlcos: mi imagina­
ción penetra en el santuario mismo de vuestras conciencias
y escucha los latidos de vuestro corazón y respira el am­
biente de amor en que alienta vuestro espíritu, y siente
las ternísimas efusiones adoradoras en que hoy se de­
rriten vuestras almas; y al sorprender todas esas cosas
tan para bendecir y glorificar a Dios, no puede menos
de remontarse a lo alto y pedir al cielo, en plegaria in­
tensísima, que derrame sobre este pueblo querido torren­
tes· de bendiciones que llenen de prosperidad y de ventura
todos sus hogares.
Bien, bien por el pueblo avilesino, que de manera tan
gallarda sabe contribuir a que las fiestas internacionales
de la Eucaristía que ahora se celebran en la capital es­
pañola constituyan un homenaje espléndido al Altísimo.
— 489 —

Todos debemos regocijarnos del buen éxito de estas fies­


tas ; pues se trata de un éxito de nuestra patria y de nues­
tra familia, ya que se trata de un éxito de nuestra Re­
ligión. En el capítulo V I del libro II de los Reyes se narra
con frase cálida el placer indescriptible del pueblo israelita
al trasladar el Arca de la Alianza de la casa de Obededón
a la ciudad de David. Dios -había bendecido la casa y la
familia de Obededón por los tres meses de hospitalidad que
habían dado al Arca, a raíz de una de las más grandes
batallas en que el pueblo escogido había triunfado de los
filisteos, cuyos ídolos cayeron todos en poder de David,
que exclamó, entusiasmado: D hñ sit D óm inus inimicos
meas córam· m e sicui dwiduntur aquae, dividió el Señor
a mis enemigos, delante de mi, como se dividen las aguas.
Y verificóse aquella procesión, famosa en los anales
hebreos, cuando, a son de trompetas, fué conducida a la
regia ciudad el Arca de la Alianza y cuando David, no
pudiendo reprimir los ardores de su entusiasmo, danzaba
con júbilo delante de día.
Aüiora bien, esta solemnidad eucarística internacional
que celebra tan deleitoso pueblo español, tiene algo
de parecido con la fiesta aquella del Arca de la Alianza.
En la fiesta aquella deí A rca celebraban los israelitas los
estupendos triunfos de David sobre los eternos enemigos
del pueblo de Dios. Los filisteos no daban paz a la mano
atacando con ensañamiento terrible al pueblo de Israel, in­
ducidos por la insipiencia de los oráculos que los instiga­
ban a imponer a los verdaderos adoradores de Dios
la adoración de sus vanos ídolos. Y nuestras solem­
nidades eucarísticas son como la celebración de los sonoros
triunfos de la esposa del Cordero contra las legiones hos­
tiles que la combaten sin descanso, tratando de escalar
nuestros altares para hacer pedazos el arca sadta y con­
cluir para siempre oon nuestra adoración a la Hostia sa­
cratísima en que se esconde y encarna Jesús.
— 440 -
Y por eso, con ser tan grande ya vuestro entusiasmo,
yo quisiera enardecerle aun más, puesto que todo entu­
siasmo es pequeño cuando de rendir adoración a la Majes­
tad divina se trata. Y por eso hoy he de hablaros de las
excelencias de la Eucaristía, no -oon otro objeto que con
el de estimularos a todos a asistir al Banquete Eucarístico,
al cual nos invita con más encarecimiento que nunca el
mismo Jesús, murmurándonos en los oídos del alma aque­
llas sugestivas palabras, prometedoras de 'vida eterna:
E g o sum pañis vitae, si qiás manducaverit ex кос pane,
vivet in aetemwtf, Y o soy el pan de la vida; quienquiera
que comiese de este Pan, vivirá eternamente.
Y a lo oís: es el mismo Jesú® quien os convida, y no соя
manjares caducos y perecederos, de los que ni siquiera
pueden contener el desgaste de la vida, sino con manjar
divino capaz de comunicarnos la misma vida eterna, la
misma inmortalidad: con aquel manjar que los Santos
Padres llamaron con frases que hizo litúrgicas la Iglesia,
pañis inmortalitatis, cibus vitae aeterm e, pan de inmor­
talidad, comida de vida eterna.
Desengañémonos de que no podemos rendir a Jesús ho­
menaje más grandioso que rindiéndole al mismo Jesús.
Jesús-Eucaristía es el único homenaje divino que podemos
rendir a Jesús-Dios. ¡ Dichoso yo si hablándoos de las ex­
celencias del Sacramento Eucarístico os moviera a todos
a tributar a Jesús él único homenaje digno de su
divinidad! ¡Oh qué coronamiento de vuestros fervores y
de vuestros entusiasmos! Fijaos bien en lo que os voy a
decir: hay tres comuniones solemnísimas en la vida que
despliegan fuerza intensamente ¡santificadora hasta hacer
de nuestro espíritu un cielo adonde se asoman con envi­
dia 1c® ángeles. Una es *la primera que hacemos, allá ем
plena vida infantil todavía, y cuando aun late, virgen de
sacudidas impuras, nuestro corazón, envuelto en atmósfe­
ra de inocencia; otra es la que hemos de recibir en el le­
- 441 —

cho de muerte para disipamos toda postrimera inquietud


respecto de la salvación de nuestra alma, a la cual servirá
de viático confortador al trasponer los linderos de este
mundo; y la otra, intermedia entre la primera y la última,
es la más fervorosa que hayamos de hacer a los treinta,
a los cuarenta, a los cincuenta añas, y que nos ha de brin­
dar íntimas y regaladas emociones que nos embriaguen de
júbilo y sugerir recios inquebrantables propósitos de avan­
zar, resueltos, por los caminos de la virtud. Y esta co­
munión yo quisiera que fuese la que vais a recibir estos
días, días -solemnes, días decisivos, para emprender, como
verdaderos adalides de la Cruz, la campaña de nuestra
salvación.
¡ Adorable Jesús Sacramentado: ya oyes los deseos ar­
dentísimos de mi alma! T ú todo lo puedes. Haz que mi
palabra caiga hoy, fecunda, sobre esta muchedumbre que
te adora. Que todos se muevan a ofrecerte estos días,
como homenaje de adoración, esa Hostia salutífera que
eres Tú mismo, ya qae nada hay como T ú mismo que
sea tan digno de Ti. Bossuet dijo en alguna parte que la
palabra divina era también una comunión, atreviéndose a
comparar el pulpito con el tabernáculo. Pues bien, haz
que esta comunión previa que van a recibir de mí, en
verbo divino, hecho palabra de mis labios, sea digno pre­
ludio -de la que van a recibir de T i, en Verbo divino, he­
cho carne y sangre en esa Hostia sacratísima de amor.
Te lo pedimos para más obligarte por medio de la Virge»
María, en cuyo seno tomaste esa carne y esa sangre con
que nos regalas y -nos endiosas.

A v e M aria .
Oh., salutnrig Hostia, t¡t

D evotos adoradores de Je sú s.

E l viajero que por primera vez recorre las riberas del


Nilo, en la época en que las mi eses «e dilatan a lo largo
de ellas, sonrientes de verdura y de frondosidad, al con­
templar en flor tan ricas cosechas de granos y de frutos,
se queda maravillado, e interroga de dónde provienen
aquella plétora de verdura y aquel desbordamiento de vida.
Y no puede menos de bendecir al río prodigioso que con
sus periódicas inundaciones pacíficas abona de fecundan­
te limo aquellas dilatadas riberas que, inmediatamente de
retirarse las aguas, comienzan a fecundar, amorosas, los
gérmenes que se les confian, vistiéndose con tupidas ver­
duras que, a la llegada del otoño, empiezan a amarillear,
brindando en mies ubérrima el tesoro de sus granos.
Quienquiera que recorra coa los ojos del espíritu los
anales de nuestra fe, las páginas de nuestra historia, al
encontrarse aquí y allá con tantos verjeles de pureza, con
tantos paraísos de santidad, con tanta copia de virtud, no
podrá menos de maravillarse, más aún que nuestro via­
jero de las riberas del Nilo, e interrogar, asombrado, de
dónde puede proceder aquel desbordamiento de vida es­
piritual que tanto ha hecho y hace florecer los campos de
la Iglesia. Y al oir que .todo proviene de las periódicas
inundaciones de amor con que fecunda las almas la Eu­
caristía, no podrá menos de caer de hinojos ante Ella en.
homenaje profundo de adoración.
- 443 —

Porque no cabe dudar que cuantos frutos de santidad,


de pureza de ¡heroísmo se ofrecen a la admiración del
que hojea nuestros gloriosos anales eclesiásticos, ’han sido
y son germinaciones del amor eucarístico con que Jesús
sacramentado se deleita en nutrir a las almas. El fenóme­
no de la nutrición espiritual tiene mucho de parecido con
el fenómeno de la nutrición física. Esta se efectúa .por
medio de asimilación de substancias vivificadoras de fibras
y de músculos. Y aquélla se efectúa por medio de asimi­
lación de pensamientos celestiales y de santas inspiracio­
nes, de que es inagotable venero la Eucaristía. Y como sin
la cotidiana nutrición física nuestro cuerpo desmejora y
languidece, incapacitándose para las luchas del vivir, sin
la frecuente nutrición espiritual también nuestra alma des­
maya y enferma, inhabilitándose para salir airosa en los
rudos combates de la tentación. De ahí que los cristianos
primitivos, que fueron los que formaron, estrofa a estn>
fa, el poema del martirologio y los que principalísima-
mente constelaron el cielo de la santidad, comulgasen to­
dos los días y estuviesen facultados por la Iglesia para
tener en sus propias casas el tabernáculo eucarístico, a cau­
sa de la escasez de templos y de sacerdotes. ¡Qué tiem­
pos aquellos en que se veía a ios cristianos comulgar con
fervor visible que los transfiguraba, y recibir de las ma­
nos del ministro de Dios unas cuantas Hostias para que
las llevasen a su aldea, y a su casa, donde pudieran co­
mulgar los días consecutivos!
Dados estos santos fervores, nada más natural que aque­
lla floración ¡continua de pureza, de santidad y de heroís­
mo, que hacía de la Iglesia primitiva un inmenso pensil
primaveral, más galano y vistoso a los ojos de Dios que
el mismo paraíso, donde había constituido en vida de ino­
cencia a nuestros primeros padres. ¿ Y cómo había de su­
ceder de otro modo, si en éste surgía el árbol de la cien­
cia del bien y del mal donde brotó y maduró nuestra rui­
— 444 -
na, y en aquél surge el árbol de la Cruz brindándonos
continuamente exquisitos frutos de redención? ¡Qué con­
traste entre uno y otro árbol! “ Si comieseis de la frute
de este árbol — les había dicho Dios a nuestros primeros
padres— , moriréis” . Y comieron y, efectivamente, murie­
ron, murieron a la vida de la inocencia. Y a nosotros nos
dice: si comieseis del fruto de este árbol, que es el Pan
eucarístico, viviréis eternamente. Y en efecto comemos y
vivimos, vivimos la vida de la gracia, que si se mantiene
en nosotros hasta el último suspiro, ha de transformarse
en vida glorificada e imperecedera, junto al trono del mis­
mo Dios.
¿Cómo mantenernos siempre en esa vida de la gracia?
Jesús nos engendró a ella, muriendo por nosotros en una
cruz, y para conservarnos en ella instituyó ese augusto
Sacramento de la Eucaristía, para que alimentándonos
con él viviésemos la verdadera vida espiritual que es la
vida del amor. Lo dijo mi gran Padre San Agustín: nec
ánimas nec ángeli nisi per charitatem vknm t (i), ni las
almas ni los ángeles viven sino por el amor. Y a-ntes ha­
bía didho San Juan: qui non diiigit, manet in marte, el
que no ama. permanece en la muerte. Jesús ha. querido
tener para nosotros entrañas de madre ternísima. La ma­
dre, después que ha engendrado y dado a luz a su hijo,
no le abandona, porque sabe que sin ella se moriría. Todo
lo contrario: le acerca a. su pecho y le nutre y le robus­
tece con la leche maternal. Y algo por el estilo es lo que
hade con nosotras la Eucaristía, iíbera póculi spiritalis,
pecho de licor vivífico, como la llama oon frase bellamen­
te realista el Crisóstomo (2). Sí, la Eucaristía viene a
ser la leche maternal del amor con que Jesucristo, des-

------- --------------- f ■ :

{1) S, 'Agustin-De ¡Spir. et ani. c. 38.


(2) Homil, 60 sd pop. lAntioch.
— 4-15 —

pues de habernos engendrado en la Cruz, conserva y ro­


bustece el vivir de nuestro espíritu, deseando que diaria­
mente nos regalemos con ella cual con exquisita miel,
asegurándonos que es su misma carne y su misma sangre,
y que su carne verdaderamente es manjar, y su sangre ver­
daderamente es bebida, caro mea vere est cibus, sawguis
meus vere est pot%s.,,
¡ Y qué efectos más asombrosos los que en nosotros
produce ese eucarístico alimento! Es ley fisiológica de
nuestro ser el asimilarse los jugos de que se nutre, ha­
biendo de ordinario exacta correspondencia entre la ro­
bustez individual y la jugosidad de la comida. Ahora bien,
esta caro infirma, como la adjetiva San Mateo (i), esta
carne enferma de concupiscencia y de sensualidad, nece­
sita nutrirse de pureza que la cure; y la Eucaristía es
manantial de pureza que extingue el ardor de las pasiones.
La Eucaristía es J-esús que decía de sí mismo que gusta­
ba de morar entre los lirios, y apenas Jesús entra en un
alma, pónese en fuga aquél ángelus Satanae de que habla
San Pablo, aquel ángel de Satanás que es quien nos hin­
ca el aguijón concupiscente que, desde la fecha lúgubre
del pecado de origen, lleva el género ¡humano, como un es­
tigma, en el fondo de sus entrañas.
De suerte que la Eucaristía n¡os purifica a los ojos de
Dios, calmando los embravecimientos de nuestras concu­
piscencias. Pero aun hace más: no solamente nos puri­
fica, nos impasibiliza en cierto modo a los agudos flecha­
zos de la desgracia. Podrán hacer blanco en nosotros;
pero o no nos causan dolencia alguna, o la misma dolen­
cia se convierte para nosotros en raudal de deleite, pues
siempre estaremos deseando tener algo que sufrir ipor
nuestro amor. Las almas que comulgan frecuentemen-

(1) San Mateo, XXVI, 41.


le y que viven escondidas en Dáos con Cristo, moran muy
altas, y el oleaje de la contrariedad no llega, perturba­
dor, hasta ellas. Acaso alguna -vez las salpique, pero 'ben­
decirán esas salpicaduras, porque el buen amante se com­
place, cuando Ja ocasión se le brinde propicia, en sufrir
algo por el amado.
Y no solamente nos ímpasibiliza, ■nos’ transfigura tam­
bién. La Eucaristía es a menudo un verdadero Tabor. Y o
os confieso que he visto más de una vez y más de cien
veces bellísimas transfiguraciones, y que me sentía po­
seído de una santa envidia que hasta arrancaba lágrimas
a mis ojos. Y a .sabéis lo que le pasaba a San Pedro cuan­
do vió a Jesús transfigurarse en el T.abor, revistiéndose
un tanto de la majestad de su gloria e irradiando de su
rostro tenues fulgores de divinidad. Se creía en el mis­
mo empíreo y suspiraba un tanto infantilmente por la
prolongación de aquel bienestar edénico: bonmn est nos
hic esse, ¡oh, qué deliciosamente se está aquí! Pues bien,
algo del empíreo es también lo que a mí me parece en­
trever, cuando ai dar el sacratísimo Pan de los ángeles
a ciertas criaturas, las contemplo palpitantes de emoción,
reflejando en su rostro la llama amorosa que arde en su
pecho, haciéndols* irradiar con beldad angélica, más ga­
lanas y fragantes que las rosas de Sarón inmortalizadas
con loa bíblica. ¡ Oh, qué rompimiento de felicidad el que
debe de caer entonces sobre aquellas almas dándoles a
gustar paradisíacos goces!
Y «¡o solamente nos transfigura: nos diviniza. Aquel
et dixi, dii estis, y dije, dioses sois, torna tonos de rea­
lidad palpitante en esas almais excelsas que se unen to­
talmente a Dios en los solemnes momentos de saborearle
como manjar eucarístico. Contremui amore, me estremecí
de amor, dice mi gran Padre San Agustín, imaginándose
oír.desde lo alto estas palabras garantizadoras de nuestra
conversión en dioses: cibus sum et manducabis m e ; nec
- 447 -

tú me in te mutóberis, sicut cibum camig tuae sed


tú mutáberis in me (i), comida soy y me comerás y no
me has de transformar en tí como se transforma la comida
de tu cuerpo, sino que tú te transformarás en mí. i Qué
misterio más sublime éste de llegar los hombres a con­
vertirse en Dios, de no ser solamente christifeñ, porta­
dores de Cristo, sino c ancorpor ei et ccmsaguinei Christir
como dijo muy bien San Cirilo de Alejandría (2) tenien­
do un mismo cuerpo y una misma sangre con Jesús í
i Pasar a ser consortes de la divinidad, in deitatis consor-
tíum transiré , como dijo con admirable frase gráfica el
A'reopagita (3).
Después de todo esto, ¿cómo no entender era todo su
amplio sentido aquellas palabras en que San Pablo se
linsojea de ser omnipotente, piturna possunH ¿n, ¡eo> qui
m e confortat, todo lo puedo en Aquél que me conforta,
omnipotencia de la cual podemos gloriarnos nosotros lo
mismo que el Apóstol, porque con la misma estre­
chez de unión con que vivía él unido a Jesús, podemos-
unimos también nosotros? Y ¿cómo no encontrar rebo­
sante de verdad aquel dicho de San Lucas, ecce rcgnum
D e i intra vos est3 he ahí que el reino de Dios está dentro
de vosotros mismos ? ¿ Dónde va a estar el Cielo más que
donde está Dios, isi es Dios mismo quien constituye la
eterna felicidad, quien constituye el Cielo?
No os fijéis en que viene a nosotros -en esas humil­
dísimas especies de pan, donde se ha dignado velar los
resplandores de su grandeza y de su gloria. Jesús ha
pasado siempre por la vida como un' enamorado de la
humildad, Pero desde el fondo de su humildad, ¡qué in­
menso poderío el suyo! Contempladle con la imaginación;

(1) San A g,, iConf. L. V II, c. ,to.


(2) San Cir. Un Joan. L. IV, c II.
(3) San Dion. D e Hierarch. Ecclessiae, c. I.
— 448 —

tendido entre las míseras pajas del establo de Belén. ¿V er­


dad que está humildísimo? Pues desde aquellas míseras
pajais hace temblar a los reyes inseguros -en su trono.
Herodes no podía conciliar el sueño, esperando la vuel­
ta de los Reyes Magos que le dijesen dónde se encontraba
aquel Niño-Rey de quien habían hablado los Profetas.
Imagináosle en el Huerto de las Olivas, a punto de ser
prendido por los esbirros farisaicos, capitaneados por
Judas. Acaba de sudar sangre, abrumado por la visión
de la tragedia horrible de que va a ser protagonista. ¿V er­
dad que ’está humildísimo? Pues bien, al solo ecoí de
una palabra suya, caen, todos aquellos esbirros derribados
por tierra.
Figuráosle clavado en la cruz, convertido en aquel
despreciado varón de dolores de que nos habla Isaías. Se
le ha ceñido por mofa una irrisoria corona de espinas que
se le entran, agudas, por la frente. Sangra por todo su
cuerpo, que no tiene parte sana, Oye, padentísimo, los
denuestos y las blasfemias de la turba deicida. ¿Verdad
que está humildísimo? Pues bien, su último suspiro ras­
ga él velo del templo, resquebraja las montañas, con­
mueve los mundos, obscurece los soles...
Mas ¿para qué citar situaciones humildes de Jesús?
¿ Qué ©ituación más humilde que esa en que se ofrece
a nosotros desde el tabernáculo, aniquiladas toda su di­
vinidad y toda su gloria en ese pobrísimo velo de pan?
¿Verdad que está humildísimo? Pues bien, ante ese Pan
humildísimo se han postrado y se postran de hinojos loa
reyes, los emperadores, los genios y los sabios. ¿ Y cómo
no habían de postrarse, si en ese Pan está el verdadero
Dios y ante el verdadero Dios es forzoso que se rindan
toda sabiduría, toda realeza y toda majestad?
Señores: yo no sé qué más excelencias eucarísfcicas de­
ciros para moveros a recibir estos días a Jesús, juntán­
doos con E l en cuerpo y alma para, sentir palpitar su co­
- 449 —

razón con vuestro corazón y su carne con vuestra cara*.


Y¡o sólo os diré que la fusión de , nuestra . alma con la
de Jesús por medio de la E u ca ristía , es el supremo ideal
de la vida cristiana; porque no solamente nos beatifica,
sino que también nos endiosa. ¿Nunca os habéis fijado
en el ideal sublime a que tiende el conjunto- grandiosa­
mente armónico que forma la arquitectura interior de
nuestras viejas catedrales? Las columnatas surgiendo, ga­
llardas y frondosas, hacia la altura, como símbolos gigan­
tescos de plegarias en que petrificaron isu fe pretéritas ge­
neraciones ; las arcadas arrancando soberbias de las re­
pisas y formando las espaciosas naves que dan amplio
ámbito a las armonías y a los inciensos; las cúpulas que
se yerguen, redondas y altísimas, con sus cimborrios ca­
lados a modo de regia corona; las historiadas vidrieras
de las ojivas moderando el paso de la luz solar para que
no deshaga con sus rayos intensos la vaga y misteriosa
penumbra del santuario.,., todo tiende a dar realce al
altar mayor, donde, entre estatuas, candelabros y flores.,
-e ostenta el tabernáculo, la mansión sagrada de la Eu­
caristía. Es decir, que todo se endereza a glorificar a Je­
sús en la consagrada Hostia, como fuente manadera de
toda aquella poesía y numen excelsísimo de todo aquel
derroche de arte y de inspiración.
Pues bien, algo parecido sucede con la arquitectura es­
piritual que constituyen todas nuestras prácticas religio­
sas y todas nuestras doctrinas sacrosantas: dogmas, creen­
cias, mandamientos; obras de. caridad, de mortificación,
de penitencia; apostolización evangélica desde los púlpí-
tos, desde la« cátedras, desde los libros; sugestiones san­
tas de nuestro corazón al influjo de la memoria de algún
querido ser, que sigue nuestros pasos desde el cielo;, im­
pulsos de romper de una vez con nuestras pasiones y
con nuestros instintos y de lanzarnos a marchas forzada*
. por los senderos de la virtud..., todo eso tiende a una sola
29
-4 3 0 -

eosa: a fundirnos con Jesús en la Eucaristía, a unimos


con él Esposo de nuestra/s almas, y a desposarnos en des­
posorio íntimo con Dios para que nos regale con sus re­
quiebros y sus ternuras y nos purifique y nos encienda
cada vez más en la hoguera inextinguible de su amor,
hasta que le plazca llevamos al cielo para unirnos ya
para siempre con Él en unión eterna y beatífica que noc
anegue por los' siglos de los siglos en el océano de la
felicidad. í;
¡ Y que aun sea necesario, hermanos míos, excitar a
nuestras almas á acercarse al Banquete eucarístico en
pos de nuestra propia beatificación y de nuestro pro­
pio endiosamiento! Venid, venid a recibir a Jesús uno
de estos días y venid henchidos de pureza y de amor. Y o
os garantizo que si venís a recibirle así, esta comunión
hará época en vuestra historia, será aquella comunión in­
termedia entré la primera y la última, de que os hablaba
en el exordio, viniendo a ser como la Pascua de vuestro
espíritu, esto es, como el tránsito de la servidumbre a la
libertad. Recordaréis que la Pascua fué instituida por
los hebreos, en conmemoración del éxodo de Egipto y
de haber salido impunes de las cóleras del Angel ex­
terminad or la noche fatal en que su espada flamígera
llenó de luto los hogares egipcios, dando muerte a todo=
los primogénitos. Pues bien, esta Comunión será también
para vosotros una verdadera pascua; porque verificaréis
vuestro éxodo del Egipto del pecado y os veréis libres
de las venganzas eternas. Y porque además gustaréis y
veréis, como el Real Profeta, cuán suave es el Señor, y
como el Real Profeta os persuadiréis de que melior est
dies una in atrüs tuis super milia, de qué vale más un día
pasado en sus atrios santos, que mil y mil pasados en
los regocijos vanos del mundo.
¡A h ! yo os fío que, si le recibís, henchidos de pureza
y de amor, tendréis instantes de júbilo inefable, como
- 451 —

los que tenía Adán en la plenitud de su dicha paradi­


síaca cuando conversaba familiarmente con,Dios bajo.I#*
frondosidades edénicas; como los que tenía Moisés cuan­
do, rodeado de nubes relampagueantes, contemplaba :cara
a cara a Jehová entreteniéndose amistosamente ;con El
en la cumbre del Sinaí; como los que tenía el Rey Pro­
feta, cuando vislumbrando, al través de las edades, U
Hostia consagrada de nuestros tabernáculos, exclamaba
estremecido de gozo: cor пьеит et caro mea exultave-
runt in D eu m vivwm, mi corazón y mi carne se estre­
mecieron en éxtasis inefable al contemplar al Dios vivo;
como los que tenía el Apóstol cuando rompía, no en aque­
lla frase, en aquel transporte amoroso que le hacía perder
la conciencia de su propia vida, asegurándonos que no
era él quien vivía, sino que era Jesucristo quien vivía
en él, vivo ego, jam non ego, v k á t vero in m e C h ñ stu s;
como los que sentía el Serafín de Asís cuando en ocasión
memorable salió de un templo, como un loco enamorado,
exclamando sin cesar: D é m meus est ош пщ mi Dios es
para mí todas las cosas, vagando todo aquel día y toda
aquella noche por bosques y valles repitiéndoles conti­
nuamente a los árboles, a los pájaros y a las fuentes aque­
lla frase de sus amorosas locuras, D eus т еш est omñid,
D eus meus est omnia . ..
Hermanos míos muy amados: yo no sé qué más en­
carecimientos hacer para conseguir que os acerquéis estos
días al Banquete Eucarístico a uniros con vuestro· Dios,
Es a eso precisamente a lo que se debe venir a estos
santos lugares, sobre todo ahora cuándo el alma española
se pone de rodillas para rendir a Jesús sacramentado tri­
buto de adoración. En estos días no basta venir al tem­
plo a escuchar el verbo divino: es necesario veriir a
fundirse con el Verbo encarnado, a unirse en unión ín­
tima con Jesús, Os digo esto porque veréis con frecuen­
cia que pronuncia un orador eminente una inspirada ora-
— 452 —
eíón, reflejando la divinidad de nuestras sacrosanta« doc­
trinas, y la muchedumbre que le escucha se conmueve y
prorrumpe en aplausos callados desde lo íntimo del co­
razón ; más se sale de allí, del lugar en que se ha escuchado
y sentido la divinidad de nuestras doctrinas, y ni se las
practica ni acaso se las recuerda. Ese sentimentalismo m
indudablemente un tributo de reconocimiento y de ado­
ración, pero no' basta: Dios quiere ser adorado siempre,
y los aludidos espíritus sentimentales sólo le adoran
cuando, al través de unos párrafos elocuentes y sonoros,
pasa un rayo indeciso de su divinidad. Como mejor se
adora a Dios es uniéndose sacramental y realmente con
Jesús.
Unios, pues; a Jesucristo y pedidle con todo el fervor
de vuestra alma el triunfo de nuestra Religión, que cada
día se ve más combatida por sañudos perseguidores y
por gobiernos jacobinos; pedidle por eí bien de nuestra
patria, que cada día padece más fiebre de oráculos y de
eminencias, de eminencias de ía insubstancialidad y de
oráculos de la osadía; pedidle que españolice a nuestros
políticos para que, postergando todo género de luchas y
medros personales, sólo .pongan sus miras en labrar Id
felicidad y el engrandecimiento de ia patria. Y pedidlt
que nos heroifique a todos y a cada uno para que todos
y cada uno estemos siempre a la altura de nuestros de­
beres por muy arduos sacrificios que nos impongan. No
hay que contentarse con hacer lo bueno que otros hacen,
cuando de servir a la patria y a la Religión se trata: nos
debemos enteros a ellas, y aquellos que más puedan, tie­
nen obligación de hacer más. Unios, unios a Jesús y E l os
dictará la® altas obligaciones de la hora presente. Acercaos
a E l y os iluminará, concluiré díciéndoos con el Sal­
mista, accédite ad ettrn et illuminámini, comed de ese di­
vino Pan simbolizado en el que comió Elías en el de­
sierto, y, como él, in fortitudine cibi illhts, con ¡La fortaleza
— 453 -

de aqtial pan, cruzó, animoso, el desierto, llegando feliz­


mente a la cumbre del monte Horeb, cruzaréis vosotros
*1 desierto de esta vida, trepando, ionrientes, hasta la
outabre d« la celestial Sión. A s í sea .

FIN D B L P M M E R T O M O
UN LIBRO DE POESIAS
que debe tener todo amante de la genuína poesía.

FLORES D I UN DIA
por el

P . © ra e S a o ® M a r fla e z
Agustino,
mmm

Exclusiva para ¡a venta: E d ito ria l VOLUNTAD


Serrano, n&tn. 48.—MADRID
Precio: 4 pesetas.

fr a g m e n t o s d e c r ít ic a s

i Se muere la (poesía ? fla y quien dice que sí, que va a morir­


se. H ay quien dice de este ’tiempo que es ¡el ocaso de 'Jos semi-
dioses. La prosa de la -vida los ¡empuja Jy Taun a vecest los arras­
tra a. 'los rincones obscuros; y ¡en los rincones obscuros se !!apaga
la [vibración, Ja luminosidad, el ritmo, fel alma... 1 ’
En el prólogo a (este ¡libro Ique titula, e l 'lautor tp lo res de iun, día
se discuten ¡estas cosas. Y se ículpa de estos males a (las “sectas
de poetas”, que Dios —escribe el autor aceptando palabras de
Quevedo—■-“que Dios ha permitido ¡por el castigo de nuestros
pecados”. Estas 'sectas de ¡poetan se dioen amadoras de Verlaine,
pero (de jél '“ tienen muy [poco”, 'Jy algunos tío tienen nada... Y el
autor las condena y las fustiga... \ 1 i.
¿ Estas apreciaciones san exactas ? Indudablemente sí. El au­
tor jque las '[escribe —P. Graciano ^Martínez— ‘e s crítico de re­
nombre jy (filósofo de ¡monta. “—Este (fraile pensador —ha dicho
Zozaya de él— ha ‘demostrado ya cumplidamente ser un gran
conferenciante, un literato exquisito y un "verdadero filósofo”.
En la iglesia católica española es uno de los ¡hombres más ilustres,
y cada uno de sus libros significa un triunfo enorme. Hoy fee
presenta a la crítica con un volumen de versos, modalidad sin
duda inesperada de un espíritu erudito, dado al estudio intenso
e interminable y a la especulación profunda '(y ¡áspera. ;
—Esta .■—decía iCasar.es una vez en el prólogo de un libro—,
esta les crítica vieja, clara y 'sana, ¡que es la jque ee necesita...
Esta —pudiera decirse de la que se contiene en este tomo—,
esta es poesía vieja, clara y sana. Sin floreos -modernistas, sin
audacias futuristas y sin dislocaciones ultraistas, que son artifi­
cios vanos condenados a caer como íhojag secas, -La. poesía de ayer,
la de anteayer, la de hoy... La poesía de siempre... En
estas F lo res de un día ^-tituladas de este modo humildemente—
auu la humildad del autor es poesía de antaño; es la de los
Argensolas, la de Baltasar de Alcázar, la de Fernando de Acu­
ña, tan temerosos del publico y recelosos de su propio empe­
ño, (que (hubo ¡que Aguardar su muerte para ¡publicar sus libros.
La humildad tampoco es de h o y : hoy un Schopenhauer dice que
sus libros jamás se olvidarán y un Wietzsche que ha dado al
hombre el libro más profundo que posee...
Este de 1Flores de im ‘‘día está lleno de substancia. IHumil dad,
religión, patria ¡y; hogar... Espíritu: savia dulce, sangre vivifica­
dora... Poesía -mansa y cálida que brota del corazón sin esfuer­
zo y sin tortura, como brota el. rumor del oquedal. [Y ho se li­
mita a Hm son, ffrorque tiene ¡muchas cuerdas: unas veces can­
ta amores, otras evoca recuerdos, otras describe paisajes... Se
ha dicho ríe la ¡poesía descriptiva ,que era donde se encontraba
la ¡menor cantidad posible de sustancia Ipoética. La podemos com­
parar . con la (Cenicientilla de los "rversos: es la 'que ¡hace las la­
bores de la casa, ¡Los que 'cruzan ¡junto a ella la tven ¡mustia,
en un ¡rincón, pegada al lar y llena de tiznazos. Pero ,es porque
no son .príncipes; es ¡porque no la han visto transformada; es
porque no se enteraron de que una hada madrina la. protege y la
cubre de (brillantes, la Aviste de sedas, la cala unos Izapatitos que
no tapan im ¡pétalo de rosa, y ¡la ’lleva a ¡los (bailes de palacio.
Los ¡poetas son así; este poeta es así... Son delante de las
cosas como príncipes de cuento y es príncipe de cuento este poe­
ta.. Su poesía madrina también (tiene una varita que hace trans­
figuraciones. ‘Y Sobre todo lo que describe, pone las armonías de
su espíriu jy lo llena de 'hechizo ¡y de color...
Y sus versos son rotundos, estallantes y sonoros. A l leerlos,
se arrastran mújsicas. E l ¡autor va ’’de uno en otro por todos los
manantiales, $or todos los horizontes, £>or todas las emociones
con que tropieza en el camino. Busca las lumbraradas, las visio­
nes, las mieles espirituales, las alas de mariposa, y los hervores
de espuma que siembra la poesía... Y cuando los encuentra, y
los recoge, y los fija su troquel, les da una música intensa, des­
acostumbrada ya, rica de ¡armonías de órgano...
Un ¡crítico ha dicho a s í: '
— ¡Flores de. un día!... N o: llores de siempre.
De siempre, como el espíritu.
1 C . C a b a l.
Del Diario de Ja Marina, de la Habana,)

***

Sabio y poeta .— Lo es, sin duda alguna, el reputado escritor,


de quien no ha ¡mucho hablé, con motivo de su obra 'última, el
Padre Graciano Martínez, O. S. A. Entonces daba ya noticia ge­
neral de sus obras, y hacia flotar íque se trataba de 'persona cul­
tísima. Su 'labor, como apologista, es labor de sabio, y ino así
como se .quiera; a Ja copiosa erudición reúne la importante nota
de conocer, a fondo, los asuntos por 'él tratados.
Pero además de eso, con ser mucho, tenemos en él un verdadero
artista literario, todo un poeta, que sabe ’mantener el 'carácter ¡pro­
pio de la 'Poesía Castellana. ¡Antes de ahora había ’publicado en
primera edición su libro Flores de un día.,.
En estos días acaba de salir la segunda edición aumentada,
llenando copiosas ¡páginas iquc se abren con interesante prólogo,
- 3 —
y .que encierran crecido ¡número de composiciones, interesantes por
los variados y numerosos asuntos que ofrecen, y hermosa expre­
sión de un alma serena, delicada, sensible a ios encantos de la
belleza Artística, alma noble y ¡profundamente cristiana... A llí las
composiciones descriptivas, los 'temas de carácter psicológico-mo-
ral, los asuntos de carácter religioso, en fin, allí mil temas 'diver­
sos, ty siempre sostenida la ¡nota poética, sin desfallecimientos, sin
una sola vulgaridad y dentro de la más perfecta originalidad;
aquellas páginas son verdaderamente hermosas, y si hubiera de
citarse alguno jde los asuntos tratados no se daría el caso de po­
der escoger, porque allí no (hay desigualdades: todo ello es bueno,
y en muy alto grado.
E m ilio A . V i l l e l g a R o d r íg u e z .

(De E l Compostelano, 'de Santiago).


***
Es el P. Graciano suficientemente conocido entre los publicis­
tas españoles y americanos de hoy, lo cual nos releva de su pre­
sentación, Ameno cuentista y pensador ¡y filósofo, ha sabido abrir­
se paso en el ‘campo de Ja literatura y de la filosofía contemporá­
nea...
La objeción -contemporánea contra' la 'C r u s [y 'Semblanza del pri­
mer superhombre o Nietssche 31 cí nietzschisnw, le valieron jus­
tísimos elogios unánimes de la (prensa de todas las tendencias.
Como orador también es conocido, especialmente en Madrid. Quizá
110 lo isea tanto en concepto 'de poeta, y ¡el íibro \[ue tenemos a la
vista nos demuestra que lo es y de los de más pura cepa agustinia-
na-española. Precede al tomo de poesías, que con sumo gusto hemos
leído, un ¡hermoso ¡prólogo 'donde el ¡autor expone lo ¡que pudiéra­
mos llamar su pensar poético literario...
Y vamos ya con las ¡poesías 'del P. 'Graciano. En tres fuentes
abundantísimas ha bebido a raudales su recia inspiración: en la
del hogar, en la ‘de tta religión ly en ,1a (de la patria. Su (vena poé­
tica recorre todos los metros; octavas, octavillas, romances, silvas,
liras, décimas, cuartetos, todos los cultivados por nuestros poetas
consagrados. L a (poesía \Mi infancia |es juna filigrana 'de forma y de
fondo; resbala tan natural el sentimiento que nos arrebata y nos
hace soñar a (todos en aquella "dulce edad. P eñ a bwyor es modelo
de poesía descriptiva, recia, valiente y rocosa, como la ¡peña que
describe, A l N alón, A la Virgen del Otero, Junto a la playa. La
tarde en la aldea, Asturias, E l castillo del Condado, A l (Cantábricot
L a Romería y otras arrancan bellas estrofas a la lira del poeta
enamorado de su patria chica, de su Asturias, y particularmente
de Laviana. De su %ena Religiosa pueden citarse, al ‘azar, A n te iun
C ru cifijo , A l ‘dolor cristiano, A l claustro, L o s úngeles del claustro,
Plegaria 'a "Mpría-, ■ S oledad y otras 'que 'recuerdan la sagrada inspi­
ración del Maestro León y de Gabriel ¡y Galán. Enamorado de la
patria, porque lo es de su tierra amasada con sangre de héroes
(y el regionalismo bien entendido es digno ‘de ser alabado), canta
las gestas de España con la sinceridad de ácentos'de un bardo me­
dieval : tales, A España, Filipinas, E l P ila r d e Zaragoza, A Cuba y
La 'pres 'de ia Rasa. En fin, es no Hm libro mási 'de versos, si no un
libro de poesía plena, robusta, viril y que quisiéramos ver en
manos de todos nuestros lectores y amigos ¡para mué (por sí mis­
mos apreciaran sus bellezas...
P_ S a lv a d o r G u t i é r r e z .
(De E l Iris del Consuelo, de Madrid.)
***
Necedad seria querer descubrir como escritor al P. Graciano,
que tan alta tiene ¡puesta |su reputación entre los literatos y en­
tre 'los sabios. Mas ¡no creo descaminado tratar de descubrirle algo
más como poeta; porque, aunque conocido, merece serlo mucho
más, y que este libro, acrecentado ahora con nuevo ¡prólogo y nue­
vas poesías, se difunda {y relea por doquier. 1
La sabía doctrina que aquél contiene (y la mucha inspiración,
vigorosa y galana, que ¿as poesías 'están ¡rebosando, puede ^entrar
muy en provecho, y quizá, arrancar muchos espíritus jóvenes que
aún íestán en formación, al nocivo proselitismo de esas escuelas
creacionistas, vAiraistas, testúpidas, que aún sobreviven j(¡y es vi­
talidad!) después de la gu erra.‘Aprendan estos infelices ortodoxia,
hispanismo y sencillez ]en esta ¡poesía '(del P. Graciano,! que fes la
genuína ¡poesía de la religión, de la patria y 'del hogar.
C. E g u ía , S. ij.
(De Razón y F e , de Madrid.) ;
***
F lores de un 'día·.— Este es ¡el título del último libro publicado
por el ilustre 'Agustino P. Graciano Martínez, uno de los prestigios
más excelsos de iuna (orden que dio tantos, y uno de los asturia­
nos que son gloria y (honor'de la región. En el título hay modestia,
una sincera modestia: este gran trabajador, que ni aún sale del
reposo necesario jpara aquietar el ingenio '¡y (para sosegar la, fan­
tasía, piensa de la labor de este volumen que es efímera y caduca,
digna sólo 'de -durar Veinticuatro horas, y comparable á las flores,
llenas de Exuberancia y jde color en ¡la luz Ide la alborada, y mus­
tias ¡y deshechas a la tarde. . i 1 ! ' í '
No ’es "así, no 'debe serlo; leste ¡mismo Volumen lo demuestra,
porque 'jes ¡segunda 'edición. '¡Hay 'ten él ¡un gran número de Versos,
digamos de poesías para hablar 'Exactamente, que no han pido pu­
blicados hasta ahora; mas lia generalidad lo fueron ya en otro
tomo. IE1 haberse éste agotado Ihace ¡ya. trmcho y leí pedirlo sin
embargo con ¡frecuencia los buenos catadores de belleza de ideas
y 'de ternuras, obligaron al autor ’(a reimprimirlo. Hacía 'falta, y
más ahora... ■ ¡ '
Y hacía “falta, para probar 'que no obstan las investigaciones
eruditas y ¡las meditaciones metafísicas al correr claro y sonoro
de este venaje de amares, sentimientos y dulzuras... En el tem­
peramento:de este autor |hay materia (para todo: jpara 'la ciencia
agobiante, ¡para la disertación ¡curiosa, ipara la l&losofta ¡profunda,
para ila historia novelesca, para 'la jpoesía inspirada. Todo se ar­
moniza en el <y Ide todo '¡suele haber a lun' mismo tiempo en cada
uno 'de ’’sus llibros. lEn éstas f‘ Flores” de ahora, junto al pensa­
miento intenso, que parece relámpago de lumbre, saltan la dul­
zura mansa, la inspiración bulliciosa y el sentimiento '¡profundo.
Nada de juegos ¡de manos a 'costa de ías 'palabras; nada de poli­
cromías a costa de las vocales; nada de sensaciones pintorescas
— 5 —
a costa “de la música y ,del ritm o; ¿poesía limpia ¡y para, abundante
de conceptos y Sentires. [Poesía neta [7 sana, de bondad y Ide honra­
dez; cantar airullador y deleitable de las grandes esperanzas y
de los grandes amores.
Este es el libro de este gran astur, Ique .acaba de (publicarse.
De 'las bellas [poesías ¡de la ’primera edición hizo la crítica elo­
gios (sinceramente entusiastas. ÍY desde entonces acá el poeta acabó
de completarse: se 'intensificó su ‘tono... sé acreció su sentimiento,
se agigantó su (experiencia... D.e Jas 'cosas :de "su y ida tiz o siempre
poesía; pero da poesía ique hace ahora, aquilatada y robusta, tiene
más armonías 'de su lalma, ¡más ricas entonaciones de su estro y
más vivos arreboles de horizontes hechizados por iel sol.
J IM e r c e d e s V a le r o d e C abal .
(De Así-arias, de la Habana.)
*+
Esta segunda edición de los (versos del ‘padre Graciano es su­
mamente interesante en orden al estudio de la personalidad del
autor. Como es más completa, está más visible la evolución del
arte del autor, que además él ¡contrasta con la inquietud cultural mo­
derna en los ¡prólogos de ílimpia y luminosa crítica.
Quisiéramos ¡siquiera dar tina impresión bien coloreada de aquel
lugar recóndito'de la sensibilidad del poeta, de -donde emerge como
fuente "viva el tesoro de la emoción, que hoy hace tan iamable las
obras ¡modernas.
E l padre Graciano, ¡como vulgarmente Je llamamos sus admira­
dores y amigos, habla ¡en el [prólogo, al 'dar una idea de la evolución
de estas artes poéticas del color y de la palabra, de Rubén Darío,
como cabeza 'visible de la reforma y de sus Antecedentes en la li­
teratura y poesía modernas francesas. Y ’el padre Graciano ¡habla
bien porque nadie como él sabe -que ¡es cierta; aquella trayectoria
de 'lo que muchos llaman, atropelladamente, modernismo francés,
que sigue hoy ‘la poesía española de ideas, porque hay otra poesía,
por desgracia también imuy española, de sólo palabras y palabras.
Leyendo y aun releyendo, ique muchos de los 'Versos así lo exi­
gen |por Bu deliciosa’envoltura, las poesías del padre Graciano, he­
mos visto nosotros iUna ¡misma 'perfección emotiva, un mismo ati­
cismo Espiritual ¡y lun ’conjunto ¡y decoro externo idénticos que Te-
trazan los más hermosos versos de Baudelaire y de Verlaioe, 'cuna
indiscutible de la poesía moderna.
E l padre Graciano, en muchas, ¡en la mayoría de las composiciones
de sus Flores de un 1día, fes un ‘formidable poeta moderno. Ese im­
presionismo pictórico San estudiado .y sentido de que es modelo
“ La violeta tropical” — para mí una de las más emocionantes y pro­
fundas ¡poesías ¡modernas— , es hijo de la evolución que en las
disciplinas estéticas pusieron [Baudelaire y Verlaine...
Pero aún (hay piás !en estos versos, (y es Ique, si ien :su interior, en
las 1zonas Imás ¡profundas de la inspiración hay todo tel mar Sde luz
y de color que 'baña las costas -perezosas del arte moderno, en cam­
bio en su forma, en sus palabras .se guarda la armonía'— clara, que
puramente iformal— Ide lío plásico 'y que ¡merece jser teonservado.
No les el -padre '¡Graciano, como versificador, un revolucionario,
ni mucho menos,(que más bien se.orea en ílas ¡sencillas artes de los
místicos del gran siglo, cuya retórica, después de todo, era muy
- 6 ™
poco complicada. S u léxico es corriente y netamente castizo, pero
su reciumbrc de inspiración'y su fina isensibilidad de ¡pintor le hace
manejar el lenguaje con el suave matiz que exige la poesía moderna.
Flores '¡de ¡un día es un raro libro de amor. De amor divino, de
amor revelado, ¡pero también de'am or humano, de amor palpitante
para las cosas hermanas que Dios quiso· darnos ¡por compañeras allá
en los Imomeiitos un poco (imprecisos en que nacen 'los ' días ,con la
fugaz sonrisa ‘del azul ‘de amanecer y mueren tristemente con la
plegaria funeraria de la noche que se abre medrosa ante el misterio
del sueño y ‘de la muerte...
F e d e r ic o L ea l .
(De E l Universo, .de Madrid.)
* **
Hermoso libro de 'composiciones ¡poéticas es cí que da a luz por
segunda -vez el eximio literato P. Graciano Martínez, Director de
la conocida revista agustiniana España 3» A m érica, y autor de
muchas y muy apreciables obras, no solo literarias, sino tam­
bién ¡apologéticas y ‘de cuestiones sociales y filosóficas.
Brillante imaginación, ‘plétora :de imágenes, arrebato y pasión,
lenguaje escogido, facilidad y ternura, armonía en el verso y
esplendidez en la estrofa, encarnado todo ello en el firme en­
granaje de elevados pensamientos filosóficos, son las cualidades
más sobresalientes de ¡la inspiración de teste poeta, que tan no­
blemente sabe sostener el ¡prestigio de los católicos.
Literato por naturaleza, dotado de profundos conocimientos y
apasionado por sus tres ideales, la Religión, el Hogar y la P a ­
tria, es curioso notar con qué dominio del arte se desenvuelve,
hallando siempre el lado poético y uniendo, en bello maridaje, lo
estético ¡y lo 'filosófico, sin caer Ijamás en lo que Horacio llama­
ba sonoras bagatelas.
No terminaremos sin afirmar que nada hemos leído hasta aho­
ra, respecto tíel modernismo, que iguale al juicio que de dicha
moda literaria (llamémosla así) emite en el .prólogo de sus poe­
sías el P. Graciano Martínez.
P . S antiago P é r e z .
(La Verdad , de Murcia.)
***
P r e s t i g i o s c a t ó l i c o s . — Un gran poeta .— ¿No le conoces, lector?
Es el íP. Graciano Martínez, gloria esplendente de la Orden Agus­
tiniana.
Orador elocuentísimo — de los que en España hablan mejor, en
sentir de X>. Alejandro Pidal— , a él encomendó la ¡Real Academ ia
Española 3a Oración fúnebre de Menéndez Pelayo. A h í están sus be­
llísimas 1C onferencias culturales, proclamándole como artista: insu­
perable de ,1a. ¡palabra;; -ahí sus sermones y discursos (pronunciados
en la Habana, Manila, Buenos Aires, Madrid, en medio mundo, dis­
cursos y sermones plenos de erudición, de españolismo, de arte,
donde se adunan .felizmente la solidez <ie ’la doctrina y la elegancia
y valentía *de la frase. 1
Y este hombre-cumbre, que, a más de sus obligaciones sacerdota­
les, ¡dirige una Revista de la importancia de España ¡y A m érica — la
primera entre las primeras de nuestra Patria— , éste hombre genial,
—7 —
no contento con escribir libros como H acia una E spañ a genuma y
Semblanza del primer superhombre, tan celebrados por la intelec­
tualidad hispano 'americana, ¡en los ¡ratos 'de ocio — de algún modo
hemos ,de ¡expresarnos— que le dejan tan graves, ocupaciones, se
abraza a la lira y arranca de ella sonidos dulcísimos que transpor­
tan el alma a las regiones suprasensibles.
Leed, fpara convenceros, la segunda edición aumentada de su
libro de versos Flo res de i m día. Composiciones hay en él como
M i infancia, Asturias, A España en sus derrotas coloniales y
¡ R esurrexit! que bastarían, para inmortalizarle 'como poeta, si no
fueran todas y cada :!iina de las del tomo ■
-— volumen de trescien­
tas ¡páginas— un panegírico de su portentoso estro.
***
S oneto
A l R P. G racia n o M a rtín e z , tan bueno
com o sabio y tan sa b io com o b u en o.

Es tu sublime frente inmenso faro...


desde él tu portentoso pensamiento
difunde en un genial derramamiento
su resplandor maravilloso y claro. -
El corazón de luz y ciencia avaro,
el corazón de |fé 'y verdad sediento,
se empapan . en un dulce arrobamiento
de ese eterno IfuJgor, límpido y raro.
Como 3a de [Agustín, tu alma de asceta
tiene ¡vuelos y arrullos de 'poeta
que ¡harán tu nombre de inmortal memoria.
Cerebro todo sol, sabio entre sabios,
es tu cálido íverbo gntre tus labios
I una campana repicando a glo ria !
1 M iq u e l R . S e is d e d o s .
i^Del Diario 'de C ocer e s )
***
Flores de mi día llamó el P . Graciano a estas lindas poesías
hace muchas años, cuando -él, ten plena juventud todavía, em­
pezaba a formarse un nombre entre los hombres de letras. Pero
ese título era demasiado modesto, y la prueba es que hoy las ve­
mos brotar otra vez llenas de aroma y lozanía.
' Como (prólogo a la nueva edición se ¡halla un juicio del mo­
dernismo en literatura, que es !de ¿o .mejor escrito 'y de lo me­
jor pensado que hemos leído sobre crítica literaria... Nada
de amaneramiento eh sus .versos; son la espontaneidad misma;
la expresión cálida,· sonora y verdadera de un alma joten (y
esto Ihay que tenerlo ten fcuenta para juzgarlos rectamente), pero
intensamente ¡poética, que entiende el lenguaje de la naturaleza,
y sabe sentir y transmitir con delicadeza ¡las ¡vibraciones que
surgen en ¡el corazón a líos solos nombres '¡de ¡patria, amistad, re-
ligión, tradición, belleza, que son de ordinario el ¡objeto de su
inspiraciones. S i entre tanto ifuera fácil señalar lo mejor, ¡yo señala­
ría aquí las poesías que se intitulan: Desaliento, A y es d e l eam-
tivo, E l F ila r de Zaragoza, L a F r e s de la rasa, L o s ¡ángeles
de claustro, ysobre todo, L a Rom ería y La s '-Naves.
P. Justo P é b e z , benedictino.
(De \Rewsia "Eclesiástica, de Valladolid.)
* **
E s el P. Graciano de una actividad intelectual asombrosa. P a­
rece que (hay en él una envidiable ‘y perenne juventud que re­
fresca jy orea ¡sus obras, llenas d e'vid a y de optimismo. -Con ser
muy sabio y erudito £l ,benemérito Agustino, es sobre todo poe­
ta. Poeta siempre, en sus obras filosóficas, apologéticas y de
crítica... 'Por eso nos agrada sobre manera .leer 'sus versos, que
siempre dejan en el alma una emoción, un recuerdo, un ha­
lago.
Confieso que me cuesta — en ■general— leer libros modernos
de versos...
Para llegar a coleccionar estos versos, que son facetas de un
alma ’de artista ante el mundo, ante la vida o ante la conciencia,
es preciso ser un excelso, un soberano ¡poeta... Si no, no tiene
derecho un ¡hombre a importunar a Jos demás con sus desahogos
más o menos ¡líricos.
...esta disgresión, que saltó ja da pluma, porque mi alma está
indignada y cansada de leer tanto libro de versos, a cuyos au­
tores deseo que Apolo jamás deje inorar en el divino monte,
no tiene aplicación al libro de que hablo. A l contrario, he sentido
una liberación al leer estas ¡poesías, que si son clásicas 'por la
factura, son bien nuevas por la original y siempre joven fanta­
sía del autor.
Además saben a poeta 'de verdad, ¡no a coplero de álbum. Hay
una, E n ¡a Flecha, ique es un prodigioso remedo del tranquilo
ritmo ¡de la O d a te lla m d a del 'campo, de >!Fr. Luis, donde el P a ­
dre Graciano siente la nostalgia del Maestro esclarecido y de
las glorias de isu Orden '(y Ide su ¡hábito. Para mí es de las más
bellas. 'El ¡poeta ha bebido en las mismas puras aguas de la fo n ­
tana del ihuerto ¡platónico; ha escuchado el ventalle en las ala­
medas el Tormes, y parece que un vaho campesino, sustancia
vital de la madre “tierra, vivifica y da sabor a ¡sus versos...
Agreguemos que no son flores menos (perfumadas y exquisi­
tas del ramillete de "sus versos los dos bellos prólogos — el viejo
y el nuevo— que el (propio !P, Graciano escribe como su credo
poético al frente de su ‘libro.
De nuevo ¡felicitamos ¡al ipoeta, !al sabio, al erudito, al amigo
cariñosísimo, ¡y le deseamos luenga Vida para honor de [la ciencia
y decoro de la poesía castellana.
A n t o n io G a r c ía ¡¡Bo iz a .
(De !La Basílica Teresiana, ide Salamanca.) V i
* * * ■ i. I

Ya; sabía jyo que tel P: Martínez es crítico, amén de orador,


filósofo y sociólogo; ‘pero ignoraba que fuese el ¡vate íque en F lo ­
res de W» ¡día 'sé [revela, para honra de las musas (españolas, Leí
el •volumen hace meses, sin ánimo de dedicarle ni uná línea.
¡ Lástima que no (pueda «ondensar en esta nota las emocione» que
_ 9 -

sentí I (Ama el Vate agustino l a [Religion, da Patria y el Hogar.


Su religión es el .catolicismo, hálito .de su espíritu, germen de
sus ideas, vida de sus lindísimas imágenes. Su patria es ^España,
“ paraíso de tiernos encantos” , que amó ¡él jdesde niño, y fes A s ­
turias, “ patria del ¡corazón” , fed én de flores” . Su hogar es la
aldea, la de la iSuavc oración de la tarde, y Íes el claustro, donde
surte “ el raudal -de ¡eterna vid a” . ¡Con qué exquisitez de »forma
y qué efusión de .espíritu sabe cantar esas tres realidades, tan
plenas 'de luz, de amor ly de esperanza! Y las cantó así como
si las sintiese empapadas de Una melancolía suave, realmente
simpatiquísima. Q ue esa dulce melancolía exhalan M i infancia,
A l N alón j ¡A d ió s !, Soledad, Nostalgias, L a violeta tropical
y otras muchísimas. Y ¡nadie vaya a ¡pensar ¡que todas llevan un
mismo carácter. Las hay íntimas, como R ecuerdo; espléndidas,
como P eñ a M a y o r; apacibles, como E n la '¡Flecha; cálidas de pa­
triótico ¡entusiasmo, tomo E l P ila r de Zaragoza.
F s. M . G a r c ía ,
(La L a Ciencia :Tomista, de Madrid.)
* &*
Conocía de antiguo al P . Graciano Martínez, O. S. A., como
a crítico literario y como autor de ¡profundos y bien pensados
artículos en España- y A m érica, de la que es digno director. Su
obra H acia una España genuina fué una de las más comenta­
das y alabadas, y no hemos Visto ninguna crítica en contra de
la labor ■del P , Graciano. Sus críticas sobre la ¡poesía de Galán,
sobre las povelas tde ¡Palacio Valdés, 'sobre los ¡escritos de Gon­
zález Blanco y otros no menos notables escritores, habían lla­
mado iiuestra atención, ¡y en su estilo ¡pulcro ly castizo habíamos
adivinado al escritor correcto y atildado.
Pero no .conocía al P . Martínez como poeta hasta que llegó a
mis manos ¡este último tomo, F lo res de un día. Con ^excepción del
título todo es ‘bueno, muy bueno, (superior en este tomo; y de­
cimos con excepción del título, porque nos parece inexacto y
falto de verdad. Las poesías 'de este tomo serán de las que
vivan con lozanía y frescura siempre igual, ¡mientras haya quien
sepa leer las bellezas producidas en la lengua de Cervantes y
Luis de León, hermano de hábito del P. Martínez. No serán,
no, F lores :de un día tnudhos de los versos y estrofas de este
tom o: estamos seguros que cuando Ja racha modernista pase — que
pasará, como todo lo 'anormal— , las poesías kle este ¡volumen, lle­
nas de gracia ¡y de una alteza de ideas poco común, serán leídas
con fruición y deleite por los amantes de las ;bttenas produccio­
nes poéticas.
¿ Cuál de ¡esas poesías nos gusta más ? L a España moderna en­
cierra todo un Curso de filosofía, deleitándose el poeta con la
visión de la España que fué...
Minalábag tes una poesía que nos ha traído más de una vez a
la memoria aquella preciosa e incomparable elegía de David,
con motivo de la "muerte íde ISaúl ¡y Jonatás, en uno de los picos
del monte Gelboé,
“ Montes Gelboé nec fos ne pluvia veniant super vos
ñeque sint agri priniitiarma, etc.
— 10 -
A sí cantaba el P rofeta Rey, y el P. Martínez d ice:
¡ Minalábag m aldito! Siempre tus cimas
azote con sus alas airado el noto,
mientras de tanta sangre no te redimas,
desgarren tus entrañas profundas simas
y desplome tus cumbres el terremoto.
Broche de oro que cierra dignamente este tomo, donde el au­
tor ha encerrado, en unos cuantos versos, centenares y miles de
preciosidades, son las estrofas vibrantes y enérgicas y llenas de
ferviente patriotismo de La prez de la rasa.
(De E l Comercio, de Manila.) S. S. M.
***
Se tropezaría con gran dificultad para citar trozos escogidos
de ese ¡volumen, tan excelente ¡por la corrección del estilo como la
hondura de la emotividad. 'Como poeta, el P. Graciano escribe
con sencillez y gracia, es ingenioso y agudo en el decir ¡y tiene una
aptitud admirable para concretar con nobleza todas las afeccio­
nes que desde niño ¡han embelesado su ¿fantasía ¡en la región ideal.
El 'P. Graciano no fes sólo poeta: es también novelador, orador,
'filósofo, teólogo y sociólogo. Nacido en Laviana, .patria de un pro­
fundo pensador y de un egregia novelista, del P. Ceferino y de Pa­
lacio Valdés, su obra, a una filosófica y literaria, diñase que par­
ticipa de las influencias combinadas de aquellos sus dos paisanos
ilustres. Y no porque tenga la menor relación su obra con la de
ellos, sino porque su espíritu refleja por igual en sus producciones
un poco de la amargura del pensamiento y otro poco de la emo­
ción de la belleza, armonizándose en su personalidad intelectual
la razón serena y el sentimiento 'superior.
En medio de la decadencia del verso entre nosotros, viene Flores
■de un, día a renovar las sanas tradiciones poéticas, pero superándo­
las, ¡merced a una rima sonora, fresca, natural e inspirada.
Enaltezcamos la noble reacción del P. Graciano contra el impe­
rio en nuestra patria de esa poesía decadente, de muy terciopeli.'sca
forma exterior, de mucho atildamiento y de mucho recamo, (pero
que nunca, o ¡casi nunca, sabe bucear en el ifondo del espíritu para
dar con lo ¡que constituye la forma interior de la ¡poesía, y que sólo
con los sentidos del alma se puede percibir...
No así la poesía del P. Graciano. En cuanto a la forma, fácilmen­
te vence a la versificación de los modernistas leí verso de nuestro
poeta (fiel a las tradiciones de nuestra lengua, reputada como la
más sonora), por su excepcional brillantez y su maravillosa flexibili­
dad. Y en cuanto al fondo, brillan sus poesías por la escrupulosa no­
tación psicológica, por el exacto perfilar del concepto, por la exclu­
sión de los plumeros sobrantes de la dicción, por la sencillez del
desarrollo ideológico, por mil sobresaliencias a que no alcanzan los
desaforados aedas del flamante modernismo.
E dmundo G o n z á l e z - B lanco .
(De Asturias Gráfica > de Oviedo.)
** *
Hemos recibido este bellísimo libro que contiene setenta y una
poesías, que sabrán apreciarlas cuantas personas sepan sentir
liondo. E l P. Graciano, en el precioso prólogo que pone a sus poe-
— l i ­
sias, se pregunta si “ ¿por ventura la poesía no yace ya. muerta para
siempre, bajo la losa tumularia del menosprecio de esta edad, sólo
atenta a dilatar los horizontes intelectuales, abriéndose novísimos
rumbos por entre las escarpaduras de la ciencia?” Nosotros, a esa
pregunta, contestaríamos sin vacilar que la ¡poesía no ha muerto
ni puede morir mientras ella cuente con corazones que palpiten
como el del cultísimo director de España y Am érica , gloria de las
letras españolas. Las poesías del P. Graciano no son flores de un
d ía ; son y serán * siemprevivas."
P, I ruakrizaga, O. F. M.
(De Apostolado Franciscano, de Bilbao.)
***
Maestro de nacimiento el P. Graciano, cincela las estrofas de su
primera juventud poco más o menos con la misma perfección y
facilidad que las de veinte o treinta años de posteridad de fecha.
En todas sus rimas campea la consistencia y claridad del pensa­
miento corriendo parejas con la fluida naturalidad y sonora ternu­
ra de los .versos; el rimado es 'impecable y ¡muy variado, y esta
misma diversiñcación se advierte en todos los demás elementos de
sus numerosas poesías, en que el autor emula con éxito ‘a la ma­
dre naturaleza, que jamás se repite a sí misma.
Tres ambientes principales le suministran sus inspiraciones poé­
ticas, las cuales fueron ¡hasta la ifecha los principales viridarios de
su fecunda vida literaria: la Patria chica, o su valle natal de Astu­
rias, ¡Filipinas y América, holgadamente acomodado cada cual de
ellos para alentar y sostener los vuelos de un gran poeta.
A l primero, Visto ¡ya de lejos a través del cancel claustral, se de­
ben, amén de otras de 110 inferior calidad, poesías tan encantado­
ras como M i 'infancia, P eña -Mayor, A l Nalón, A la Virgen del
Otero, Asturias, E l Castillo del Condado, A l Cantábrico y L a R o ­
mería. Trascienden al orégano y manzanilla de las sierras y a
las siemprevivas y tréboles del valle.
Pertenecen al segundo las muy sentidas y a la vez patrióticas y
entusiastas A España, Filipinas, A y es del Cautivo, E l Cautivo
abandonado, Añoranzas, Penumbra, Minalábag, A la Virgen
de mis penumbras y Rimas malayas.
Son de ambiente americano M i salvé o a la Argentina (soneto
escultural), España a Cuba, A Cuba, L a violeta tropical y E l
guajiro, que son de las más entonadas y brillantes de tan rico re­
pertorio.
Entre las descriptivas, es una'de las más fascinadoras L a tarde
en la aldea, de muy cadenciosa combinación métrica, y entre las
parenéticas es muy notable Albores, arrogante serie de valientes
quintetos en que se celebra la coronación de S. 'M. Alfonso X III.
Son también magníficas las pinturas en L o s Angeles del claustro,
A l ca-er de las hojas, \Martirio dé, amor, etc.
Hay muchas de carácter religioso y todas a cual mejor, como
A nte un Crucifijo, A l Dolor cristiano, A l Claustro, Plegaria a
M aría , Alborada, Soledad, A Monseñor Cha-pelle, Getsemaní, E l
P ila r de- Zaragoza (de lozanía pindárica), Resurrexit, E strofas
(ante el templo ’de 'San Agustín), que es tina de las de mayor valía,
y las aladas y cromáticas décimas A Santa Rita, que parecen una
bullidora bandada de mariposas de los pensiles celestes.
- 12 -

La inmensa mayoría de las rimas pertenecen al género lírico,


aunque no 'dejan de admirarse canciones épicas tan vigorosas y
brillantes como Siem pre en la brecha y :1a imponente mole de gra­
níticos sillares L a C ruz de la Victoria.
E l broche de oro de este libro es la por todos conceptas preciosa
y excepcional canción L a prez de la rasa, de orfebrería rozagan­
te y espléndida y de corte novísimo y felizmente audaz, en 'la cual
se destacan embriagadoras melodías...
La exactitud de este título — Flores de un día— , que el autor
adoptó por pura modestia, debemos aceptarla nosotros en el sen­
tido de Ique las flores efímeras representan la perenne frescura y
fragancia en su renovación cotidiana, gozando del privilegio de no
envejecer nunca, como sucede con las flores del ¡presente ramille­
te, que siempre nos parecen frescas cuantas veces nos acerca­
mos a aspirar sus perfumes. Siempre serán ¡para nosotros Flores
del día.
Todas las composiciones ostentan la atildada y elegante perfec­
ción del arte clásico, y aunque exentas del servil sello de escuela
determinada, reúnen a la opulencia y solidez de ideas lógicamen­
te trabajadas :de la escuela salmantina la floreciente gala y pulidez
de la escuela sevillana.
Siendo como lo es., un excelente religioso el ¡P. Graciano, huel­
ga decir que no contento 'de nutrirnos en todo caso con púdicas y
sanísimas ideas, diluye el maná del más acendrado sentimiento
religioso con discreta oportunidad en todas sus composiciones,
elevándose frecuentemente a inconmensurables alturas basta ra­
yar en ‘las fronteras de la mística.
Fu. M a n u e l F e r n á n d e z , O, P .
(De E l Comercio, de Manila.)
* **
La personalidad poética del digno director de España y Am érica
queda definitivamente consolidada con la reciente publicación -de
sus obras poéticas.
...no es de extrañar que el P. Graciano lamente en el lindo pró­
logo de su libro el ambiente materializado de la edad moderna,
tan opuesto al noble idealismo de la (poesía. 'Las valientes y tro­
picales estrofas de H o ja s rasgadas muestran bien a las claras los
sentimientos :de1 ivate agustino sobre este particular.
Internémonos por unos momentos en el jardín aromoso de
Flores de un día, y :1o grato de las ¡perspectivas tjue allí se nos
ofrecerán podrán abundantemente persuadirnos de que aún hay poe­
sía [verdad en nuestros días.
Flores de un día es un conjunto de composiciones poéticas que
su autor fué escribiendo según que los variados espectáculos de la
naturaleza y de la vida iban conmoviendo su alma sensible de artis­
ta. Son, pues, como diría el olímpico Goethe, la historia subjetiva
del P. Graciano. No obstante su grande variedad, forman dichas
poesías un todo armonioso, dejando entrever al poco tiempo las
fuentes inspiradoras de la ¡poesía del vate hermano de Fr. Luis de
León.
La mente soñadora del* P. Graciano vaga incesantemente en tor­
no de tres objetos, manantiales riquísimos de poesía sana y ver­
dadera : el hogar, la patria y la religión.
- 13 -

E l sentimiento del hogar campea singularmente en las primeras


composiciones del libro. ¡Cuán bello, cuán encantador no es el
aroma que exhala de aquellas estrofas inocentísimas, risueñas 1
Para acrecentar su mágico atractivo revístense de cierta inefable
melancolía que las convierte en ’visiones esfumadas de apacible
otoño. : i
E l hogar aparece en el libro del P, Graciano como un san­
tuario de virtudes cristianas y morada de dicha y amor. Astu­
rias, la bellísima Asturias, se ofrece a nuestra consideración como
un Paraíso de Dios, habitado por seres candorosas y sencillos; ro­
sas fragantísimas de ese ramillete son las poesías tituladas M i in­
fancia, A l N alón , A la Virgen del Otero , Junto a la. playa, L a
tarde en la aldea y sobre todo P eña mayor y L a Rom ería .
E l amor patrio del P. Graciano es grande, nobilísimo. Los
afectos al terruño no le impiden la visión de la patria grande; y
como el P. Graciano tiene la vista desembarazada para contem­
plar las grandezas de aquélla, la admira con entusiasmo, en es­
trofas pletóricas de vida y virilidad. Unas veces es la grandeza
de la historia patria la que arranca de las cuerdas de su lira to­
nos de brava y solemne armonía; otras veces son los propios
infortunios quienes inspiran la musa doliente del P. Graciano.
¡ Cuán llorosa y lúgubre no resulta su elegía del Minalabag!... Por
el contrario, rebosa en vida y entusiasmo patriótico lanzando las
ardientes estrofas de L a P r e z de la Raza y L a Crus de la V ic­
toria.
A l espíritu religioso, constante en animar los alientos del vate
agustino, son debidos aquellos robustos trozos de su oda A l Can­
tábrico.
“ Cuando tus olas luchan con la tormenta airada
me asombra tu grandeza, mi mente se anonada,
sintiéndose ante Dios.
Te siento, sí, Dios mío, y en encumbrado vuelo,
con las turgentes olas que suben hasta el cielo-,
me lanzo de T í en pos.”
Ese mismo ardor del sentimiento religioso estalla en versos her­
mosísimos en L a Romería.
Pero hay composiciones propiamente religiosas en la colección.
En unas, se celebra a la Madre de D ios; en otras, la vida del
claustro es la que con sus bellezas y dichas inefables inspira al
poeta. ¡ Cuán hermosas son bajo el último aspecto aquellas com­
posiciones A l claustro y L o s Angeles del claustro !.,. y L a violeta
tropical, composición que por sí sola muestra la riqueza de co­
lores en que abunda la pateta del P. Graciano! H ay también en­
tre las religiosas poesías más o menos místicas, algunas de un en­
canto inefable. La oda A l Dolor cristiano es una de 'las mejores
poesías del tomo.
F r, P edro N, de M^dio, Dominico.
(De E l Adelanto, de Salamanca.)
***
Benaque (Málaga), abril 20.
Mi egregio P. Graciano: recibo tu libro, abriéndole de par
en par mi corazón. El rae sirve de recreo divino en mi enfer-
— 14 —
raedad. Con mi vista cansadísima leo trozos de él que refrescan mi
cerebro como invasiones de burbujas oxigenadas y estallantes. Por­
que yo creía que los poetas naturales, a quienes da Dios al na­
cer un beso de Sabiduría en la frente, habían desaparecido ya del
habla castellana, donde casi todo es cerebral, contrahecho e hijo
escuchimizado de la literatura,
A pesar de tu enorme cultura, eres ¡ bien venido seas! un poe­
ta porgue sí. [No te (pareces — y (perdona la estrafalaria compara­
ción— , a la rueda de poetas-arcaduces o cangilones de la N oria
Castalia > los cuales se largan uno a otro, en su rotación, la mis­
ma agua francesa, por no poder ahondar hasta las capas arte­
sianas y traer el agua virgen a la luz del sol, (lesde las profun­
didades de la tierra.
Tú tomas el agua del Venero Supremo en los cangilones re­
frescantes de tus estrofas desbordadas de rodo y le salpicas a
tino el corazón y la cara y el entendimiento.
Y a veces ¡ ave ra ra ! llegas a la alta elocuencia de la vida y
de los hechos empleando vos de hombre, abarcadora y grande.
La variedad de tu libro, elástica y ondeante, tiene más des­
coyuntadas posturas que el agua. T u ser todo es la pura varie­
dad : orador, conferenciante, polemista, crítico, poeta, verbo sa­
grado, verbo familiar, Tíerbo periodístico, con todos los signos de
Proteo en tu obra total de hombre leí siglo.
Y lo que más gracioso me rparece de tí es que toda tu variedad,
toda tu diversidad, las realizas sin esfuerzo, riendo y encantan­
do a las personas con tu trato incomparable y tu corazón libé­
rrimo y bonísimo. Eres un verdadero hombre peregrino. ¡ Qué Dios
te conserve en la plenitud de su gracia! No puedo escribir más.
Recibe mi enhorabuena y un millón de afectos por tu retrato ge­
neroso acerca de mí, donde te lo agradezco todo, y, sobre todo,
<¡ue hayas desvanecido lo del dichoso panteísmo que pesa so­
bre mí, en contra de mi Unico Dios, que adoro.
Un real abrazo de tu creyente,
S alvad or R ueda.

***
El nombre del autor, prez de la orden Agustiniana, es el me­
jor elogio que podemos hacer del libro de poesías presentado con
tan modesto título.
La firma prestigiosa que figura puesta al pie de obras tan in­
teresantes como L a objeción contemporánea contra la Cruz, H acia
una España genmna, Religión y patriotismo y semblanza del pri­
mer superhombre, avalora esta colección interesantísima de poe­
sías, si bellas por su ritmo, mucho más por la alteza de conceptos
que supo .poner en ellas el inspirado vate agustiniano.
Poeta de hondos sentires el padre Graciano, ha sabido verter­
los en estrofas sublimes; léanse, si no, las que titula Minalabag,
Sus, A España y Filipinas, por no citar otras; en ellas, por en­
tre frases de muy rica armonía, se derrama avasallador el torren­
te de afectos enérgicos, viriles, que mezclados con muy profun-
fundas penas y dolores, prestan encanto singular a tales poesías,
Emulando a su hermano de hábito, el insigne Fray Luis de
León, ensalza el P. Graciano Las delicias del campo, y tan <lul-
— 15 —
cemente sabe hacerlo que su cauto A la Flech a en nada desmerece’
de la clásica oda de aquel excelso poeta:
Por fin sacié mi anhelo
De llegar basta tí, ¡ floresta um bría!,
Para gozar tu cielo:
jtu santa poesía
■que en éxtasis arroba el alma m ía !
Por fin, de tu fontana
me embriaga el agua cristalina y pura,
que en amplio raudal mana
y, plácida, murmura,
brindando a flores y aves su frescura.
¡ Oh sagrado retiro
que idealizan los mil y mil olores
que por doquiera aspiro,
más que de gayas flores
efundidos de ensueños brilladores!
¡ Prosiga el P. .Graciano en su labor poética, que el ¡plectro sa­
biamente manejado por su numen e inspiración dará días de glo­
ria a las letras hispanas !
J o s é S e b a s tiá n y B a n d a r á n ., Presbítero.
{De E l Correo de Andalucía.)
* * *
¡ N 0 E S N U E S T R O T IE M P O !
A mí querido amigo y paisano el insigne religioso agustino Padre
Graciano Martínez, pensador profundo, ¡polígrafo y poeta; después
de una nueva y reciente lectura de su libro, bellísimo, de versos,.
Flores de un día. .
«Poetas, b a sta tan to
que la borrasca pase,
colguemos nuestras liras·
de loa obscuros sanees,*
{ JJtH Ju z d e A r c e ),

E l “ hermano poeta” te saluda;


ha leído tu libro nuevamente.
¡ Cuál fulguras en él como un vidente!
¡Cuál plañes los tormentos de la duda!
“ SÍ las musas te aman” , ¿por qué muda
tu noble lira está, que dulcemente
al cielo irguió tanta rendida frente
y aplacó tanta cólera sañuda?
Sé por qué callas, ¡alma de violeta!
“ De la canción no es tiempo, todavía",
cuando todo está triste y todo llora...
"Cantar y más cantar” , dijo un poeta (i),
de nuestra “ verde E rín ” ; mas hoy diría:
“llorar y más llorar”, ¡¡esta es la horal
A dolfo S andoval .
(De E l Carbayón.) ¡

(1) E l ovetense D. Juan María Acebal en la poesía titulada Cantar y más·


cantar, una de fae más adm irables de la lite ratu ra moderna,
OBRAS DEL MISMO AUTOR

M em orias del Cautiverio; un tomo. (Agotado).


E l tiro p o r la culata (cartas a un gobernador de dos
ínsulas); folleto.—(Agotado).
F lo re s de u n d ía (poesías); un tomo. (Segunda edición).
4 pesetas.
L a objeción contemporánea contra la Cruz. (Desde el
campo de la vida),—5 pesetas.
S i no hubiera cielo... (tercera edición).— 3 pesetas.
E l libro de la M ujer E sp a ñ o la (Hacia un feminismo
cuasi dogmático).—8 pesetas.
De paso por las B e lla s L etras (Críticas y critiquillas).—
Dos tomos: 14 pesetas.
M atrim onio , Am or libre y D ivorcio .— 1 peseta.
E n pro del reflorecimiento m isio n a l español: E l Sacerdote
español y las Vocaciones de M isioneros . —1 peseta.
Sa n ta Teresa de Jesús [L a Doctora y la E scrito ra ).—
1 peseta.
Conferencias fem inistas pronunciadas en la Universidad
y en el Fomento del Trabajo de Barcelona.—3,50 pesetas.
H acia la solución pacifica de la cuestión social .—9 p e ­
setas.
Regionalism o y Patriotismo. (Conferencia pronunciada
en el Teatro «Palacio Valdés»). —1,50 pesetas.
Sem blanza del prim er Superhombre o Nietzsche y el
Nietzschism o,—7,50 pesetas.
H a cia u n a E spa ñ a genuina (segunda edición en prensa).