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HISTORIA GENERAL

DE ESPAÑA LA COMPUESTA, ENMENDADA Y AÑADIDA

POR EL PADRE MARIANA,


CON r.A CONTINUACION DE M1KIANA;

COM PLETADA
COK TODOS LOS SUCESOS QUE COMPRENDEN EL ESCRITO CLÁSICO SOBRE EL REINADO DE CARLOS MI,
POR EL CONDE DE FLORIDABLANCA, LA 1IISTOHIA DE SU LEVANTAMIENTO, GUERRA
T REVOLUCION, POR EL COHDE DE TOREHO,

Y LA DE NUESTROS DIAS

POR EDUARDO CHAO!


ENtUiJLUCtDA. CM NOTASHISTORICASYCMTICAS, EIOGfiAPrAS, UNATABI.ACROTS'Ol.OGICADELOSSCCESQ5MASNOTABLES
YUNriSDlCEGEríEliiU»l'AÍUSUHAS FACILINVESTIGACIONYMETODICOESTUDIO,
Y ADORNADA
c a n m nU iU id d e p rec io so * ^ r i t a i o s j lí a j i n t » ¡ s u d tts (]ue r e p r e h e n d a t n g » t i r a u ,
B n u a iliira s » m u e b les , m u n c í s t j m e d a ll a s , cW at1 ¿rC í p-alrogrSficfls, t í s № «le b a ta lla s j iD O m upcutn« t c o itu u ib re » j r e lr a tu »
de l u i p s r j u u a j c s m a s c é le b re » , d u d e Iq» tie m p o * m a j r e in a le s h te la lo i p r c s c o l c i , el r e tr a to
d e M u r ia ta j u a m a p a g e n era] d e EjpaH *.

BE3>asitó

á l a s C o r t e s í»c l a t i a c to t i.

TOSIO IV.
Parte segunda del tomo IV

MADRID:
IMPRENTA T LIBRERIA DE GASPAR Y fiO lff, EDITORES:
c»lle dol Principe num i ,
1850.
314 H ISTORIA DE ESPAÑA.
d ad , y después de contestar con amabilidad á mis felicitaciones, me habló con mucha mas
estensíon que en ninguna o tra ocasion parecida. La rein a se moslró m uy satisfecha de la
estimación con que S. M. la m ira y m e habló de un modo tan benévolo du ran te todo el
tiempo de !a conferencia que todo el m undo notó el contento que revelaban sus palabras y
acciones. Me dio u n a resp u esta m uy satisfactoria con todas las seguridades posibles de
afecto hácia S. M. y deseo de conservar am istad de ta n ta valia. Tam bién tuvo la bondad
esta princesa de honrarm e particularm ente concediéndome u na audiencia sin hacerm e es­
p e ra r h asta el regreso de la misa contra la costum bre establecida. Al siguiente dia m e hizo
u n a viáita Alberoni y m e repitió u n a y mil veces solemnemente que no podían ser mejores
á favor nuestro las intenciones del rey ni mas cabal su am istad. ¡ Q uiera el cielo que logre­
mos ver los resultados de tan buenos sentim ientos!»
¡Hé aquí en lo que se ocupaban los tres prim eros personajes del e s ta d o : en componer
risueño el sem blante p ara burlar la credulidad de un ministro extranjero!

CAPITULO XXXII. ^
1717— 1718.

Proposiciones de avenencia q u e p resen ta la In g la terra al em perador y á E s p a ñ a : p ro cu ra A lberoni u na dem ostración de


su apoyo*—P risió n dol em b ajad o r esp añ o l cerca d c l p o p a ; indignación de F e lip e : co rla de A lberoni al d u q u e de Pe-
po li: el consejo de estado apoya el ro m p im ie n to de la g u e rra .—Manejo de Alboroc! p a ra o b te n er el capelo rom ano:
es nom brado p rim er m in istro .— Medios de que se vale p ara en g a ñ ar a las corles e x tr a n je r a s : co n q u ista de C erdeña;
justificación q u e c irc u la E spaña: el em p erad o r reclam a el misilio de la trip le a lia n z a : in d ig n ació n di·! p ap a .—P ro p o ­
siciones de arreg lo e n tre el em perador y F elipe, q u e este rechaza: en red o s de A lberoni: so lu ch a diplom ática con los
enviados ingleses-—P rep arativ o s p ara o tra cspedicion co n tra S icilia .—Peligro q u e c o rre el valim iento del card en al d u ­
ra n te la enferm edad del rey: proposiciones do los descórnenlos a l rejen te tic F ran cia : doM c m isión del enviado Trances
N uucré ¡i E spaña, que b u rla A lb ero n i,—La In g la te rra se decide a oblig ar á E sp añ a á, a c ep tar las proposiciones cíela
trip le -a lia n z a : q u ejas de F elip e y A lberoni.— Es este acusado de conniv en cia con los infieles, y, ap e sa r de su jiistili-
u a c ío a , el papa le priva de la m itra de S e v illa : n ueva cspulsion del nuncio y dem ás cred o s de su v en g an za.—Sus
in trig a s para dividir y debilitar á los aliados: negociaciones con V íctor A m adeo.— Espeilicion c o n tra S icilia: su s p ri­
m eros triu n fo s.— A larm a de las naciones que produce el tro tad o de la C u ad ru p lo -alian za: a rreg lo -q u e esta propone; in^
dignación de F elipe y A lberoni: condiciones que p resen ta en M adrid el en ria d o Stanliopc, apoyada p o r u na escu ad ra en el
M editerráneo: esplosion del resentim iento de A lb ero n i.—La escu ad ra inglesa ataca, sin previa d eclaració n de g u e r r a ,
a la española en las aguas de S iracusa, y la d e rro ta — N iégase F elip e a acep tar la en treg a de G ib raitar q ue le ofrecen
los aliados porque se conform e á la C u o d ru p le -u lia n z a : re tira s e S tanliope con esp eran zas de u n arm isticio . Irritació n
de Víctor A madeo contra A lb e ro n i, q u e produce el m anifiesto de E spaña sobro la invasión de S icilia.—Q uejas de F e­
lipe á. IngiuLerra por la conducta de su escu ad ra: nuevos y m as audaces p ro y ecto s de A lheroni contra ella v co n tra
la F ran cia: conciertos con la Suecia y la R usia p ara in v a d irla s: c o n sp 'racio n co n tra el ro je n te , q u e es descubierta*

D e s h e el momento en que las potencias de la trip le alianza se pusieron de acuerdo para


conservar la paz según la había establecido el tratado de Utrech t, em plearon los m ayores es­
fuerzos p ara evitar el rom pim iento que am enazaba estallar de nuevo en tre E spaña y el
A ustria. A este fin consiguieron del em perador que desistiría de sus pretensiones m edíanle
el cambio de la S icilia, y esperaban que F e lip e , á influjo de su e sp o sa , accedería á este
sacrificio asegurándole la sucesión del ducado de P arm a, que tanto apetecía aquella. Pero
n i el uno ni la o tra se dejaron alucinar por este ardid diplom ático, como se ve por el estrac-
to de una carta del m inistro británico á su gobierno (12 de abril 1717:) <¡En seguida me hablo
(Alberoni) d é la s proposiciones que se le habían hecho relativas á los estados de Toscaoa y
P arm a, Me dijo que el rey no creía fuesen bastautes á restablecer el equilibrio, aun cuando
se cediesen por u n tratado estos estados á un hijo de la r e in a ; porque m ientras sea tan po­
deroso como lo es actualm ente en Italiael em perador, se hallaría siem pre en el caso de cum plir
ó no su palabra: mas adelante podrían presentarse infinitas circunstancias en las que se hallase
incliuadó á infringirlo; Además se ponía al rey en la necesidad de renunciar para siempre,
en virtud de tal convenio, á todas sus justas exijencias sobre Italia, las cuales liene inten­
ción de hacer valer en. tiem po oportuno; y todo en cambio de derechos que no llegaría á
gozar siuo despues de mucho tiempo y quizá jam ás, por cuanto vive todavía tre s herede­
ros en una de aquellas dos casas y dos en la otra, y q u e, au n cuando estos falleciesen, es
dudoso que se le conservasen fielmente sus derechos, no teniendo mas garantías que una
m era prom esa, m ientras la parte contraria podría disponer de fuerzas considerables. Que
se podría en trar en negociaciones sobre este asunto y ponerse de acuerdo si se perm itiese
al rey poner guarniciones en las plazas de aquellos estados que no la tienen h asla que se
REINADO DE F E L IP E V . 313
ejecutase el tratado; pero si no se conceden mas garantías que-palabras, d ejará mas bien
las cosas como están, y esperará, p ara hacer valer sos derechos en Italia, las ocasiones que
ofrecerá el tiempo indudablem ente. Lo peor que puede suceder es ver que el em perador
se erije en señor de aquel te rrito rio , lo cual pasaría del mismo m odoapesar del tratado que
se propone, y por consig u ien te los derechos del rey serian menospreciados. No es esto decir,
añadió A lberoni, que el rey mi amo no dé mucha im portancia á la garantía de S. M. B .;
lejos de esto no firm ará tratado n in g u n o , cualquiera que sea, sin el rey de In g la te rra ; pero
cree q u e, tal como se pro p o n e, podrá el em perador apoderarse de los estados de Italia
antes que S. M. ó él mismo se bailen preparados á presen tar la menor resistencia.»
Continuaron, p u es, los preparativos para la g u e rra , que desde algún tiempo se hacían,
no sin que se apercibiesen de ello las ilaciones á pesar del esmero con que se cuidaba de
ocultar su objeto. «En mi últim a carta al caballero A dd iso n , escribía el mismo enviado el 7

Doña A.na V ic to ria , h ija de F elipe V.

de ju n io , me lim ité á ap u n tar el deseo que me ha manifestado Alberoni de enganchar tres


mil soldados irlandeses para el servicio de E spaña.— He aqui el motivo que se da p ara pedir
esto con tanto e m p e ñ o , porque es bien sepáis que me hostigan sin cesar p ara el logro
de ello. El descontento del pueblo no tiene lim ites, y p ara reprim irlo se necesitan tropas
cstranjeras. A tal punto han molestado y fastidiado á la guardia w alona que y a no pueden
contar con ella; asi pues, te n d rían , á prevención de los acontecimientos que pudieran so­
brevenir , un cuerpo de tropas enteram ente su m iso , que jam ás hubiese estado,en el país.»
Doddington no sospechaba que el verdadero objeto de esta pretensión e ra el poder aparecer
Felipe, al abrir la guerra, protegido por la G ran B retaña, no siendo necesario p ara esta su
posición que los tre.s mil hombres acompañasen á sus ejércitos, sino que quedasen en su au­
sencia custodiando al rey en su capital.
D urante estas gestiones un insulto ó una provocacion del em perador Tino á precipitar
el rom pim iento de los hostilidades. Nombrado inquisidor general en reemplazo de· Giudice
el embajador español en Roma don José M olinés, antes de em prender su viage pidió un
salvo-conducto del em perador para atravesar sus dominios, que le fué concedido, y obtuvo
ademas seguridades verbales del em bajador im perial. No obstante, al llegar al M ilane-
sado, fue detenido ; lo condujeron preso á la ciudadela de M ilau; ocuparon todos sus
papeles, y los enviaron á Yiena. Tam aña tropelía, que Felipe miró como u n re to , sublevó
to m o iv . 42
316 m S T O B lA DE ESPAÑA.
la indignación que por tanto tiempo había concentrado en su pecho por consejo de Al­
beroni, y, sin pararse á considerar si el estado de sus arm am entos y de ¡a nación le perm i­
tían ir á tom ar satisfacción de la in ju r ia , ni s i , apareciendo él como m otor de la guerra,
tendría que luchar también con la Europa coligada contra é l, quiso enviar inm ediatam ente
no. ejército á castigar la insolencia de su rival.
El estado de España no consentía ciertam ente estos a rra n q u e s, en que á decir verdad
habia mas orgullo personal que sentimiento de la dignidad de la nación. No se consiguiera
la alianza de la In g laterra y la Holanda, y al contrario estas potencias se unieron á la F ran ­
cia p ara la seguridad de las negociaciones de U tre c h t, que imponían á Felipe el sacrificio
de sus mas caras esperanzas, y se unieron al mismo em perador p ara im ponerle ademas el
de sus derechos a la Sicilia, No tenia, pues, aliado alguno, ni le quedaban otras proba­
bilidades de ayuda que las débiles ó remotas de la distracción que la T urquía hiciese en
A lem ania, la rebelión de los húngaros y la difícil cooperacion de las potencias del norte.
Ademas dentro de la nación había un partido numeroso contrarío a la g u e r r a , y los prepa­
rativos eran insuficientes, no hallándose aun la escuadra equipada. Alberoni se v io , por lo
tan to , en una situación m uy critica no pudiendo contener por mas tiempo la ambición y el
resentim iento de Felipe. E n vano probó de nuevo aplacar su irritación ; en vano también
esta vez procuró calmarlo por medio de la rein a , p u e s , aunque sus reflexiones ha­
cían honda im presionen esta., al pensar que se trataba de hacer conquistas en Italia , se
acordaba tal vez de su hijo, y m ostraba la misma tenacidad que su marido.
La mayor condescendencia que creyeron ambos poder tener con su ministro predilecto
fué solicitar la opiuion de un te rc e ro , que se elijió en el duque de Popoli porque gozaba de
mucho crédito en la grandeza y desem peñaba empleos elevados, que suponían capacidad y
conocimiento del estado del país. Este cortesano se apresuró á contentar lo que sabia ser
deseo antiguo del re y , y no solo se mostró enérgicam ente indignado contra el em perador
sino que aseguró bastar los medios con que España contaba p ara salir airosam ente de la
em presa, adelantándose á hacer de ellos una relación. Apunas leyó Felipe esta m em oria, se
Ja envió lleno de satisfacción á Alberoni por única respuesta, y la mas completa, á todo el cú­
mulo de sus reflexiones. Pero A lberoni, que por su propio interés habia meditado harto
bien su situación, se hizo cargo de todas las observaciones y datos del duque en un a con­
testación no menos severa que lógica que dirijió al duque con el fin de desencantar al rey
por la misma mano que habia obrado en su imaginación el alucinamiento. Los párrafos prin­
cipales de esta carta im portante (10 de junio) decían a s í: «E l rey mi señor me ha en tre­
gado , señor duque, la carta de V. E . , la cual tra ta de un asunto que me ha llenado’, no
puedo negároslo, de horror y consternación. No tengo la vanidad de que mis razones sean
siem pre lás de mas valor; pero c re o , sin em bargo, que son en estaocasion bastante fuertes
para probar que vuestro proyecto seria la ruina de este pobre pais, tan exhausto y a á causa
de las guerras anteriores y que no puede recobrarse de sus desgracias;1 curar sus hondas
llagas sino con el bálsamo de una paz d u rad era, de que tiene mas necesidad que nunca.»
Después de manifestarse conforme en que la prisión del em bajador fué una violacion de la
neutralidad estipulada en Italia, empieza á razonar: «¿Pero cuáles son las fu erza s, cuáles
los tesoros con que podría contar el rey Católico no mas que p ara atacar el reino de N ápoles?
Y ana suponiendo que existiesen dos millones de duros en el tesoro, que tuviésemos una es­
cuadra formidable, medios de trasporte, víveres y municiones de a rtille ría ; dando de ba­
rato que n uestra escuadra, tal como es, fuese bastante fu erte, que anclase en el puerto de
N ápoles, que se declarara todo el pais favorable á la causa del re y , y que por ultimo se rin ­
diesen á sus arm as todas las plazas fuertes; ¿qu ién podría responder de la conservación de
esta conquista? N ada de cuanto acabo de espresar tenem os, y sin em bargo todo es indis­
pensable. ¿P odrá decirnos el señor duque de Popoli cuanto tiempo será preciso p ara p ro ­
ducir este milagro? ignora S. E . qtie bastan apenas dos meses p ara un a m era cspedicion á
Mallorca? Puesto que tan inmensos preparativos exigen tiempo todavía mas d ila ta d o , será
preciso que la escuadra destinada p ara em presa tan gloriosa permartezxa en tre tanto en el
p u erto de Cádiz ó de Barcelona, en donde estará sepultada en la inacnion para vergüenza de
E spaña y escándalo del mundo. —Pensad bien, señor duque, que antes de la declaración de
g u e rr a contra los turcos habia alcanzado el em perador, por la mediación del p ap a, la segu­
rid ad de que el rey de España no atacaría sus estados de Italia. ¿Puede y debe S. M. con­
siderar la prisión de M oliaes, como una infracción de la neutralidad é inferir de aquí que
REINADO D E F E L IP E V . a lJ
puede anular su prom esa? Según la garantía de las potencias marítimas y F rancia, no debe
h aber g u erra en I ta lia , ni debe verificarse cambio ninguno en las posesiones existentes. Así
q u e , represalias fundadas ó no, no pueden confundirse con actos de hostilidad en tre dos
potencias enemigas y a .— Supongo, señor duque, que desem barquen nuestras tropas y que
tomen posesion del r e in ó le Ñ apóles: esto es lo que deben desear los alem anes, como lo mas
conveniente para ellos, porque u n a agresión tan precipitada por p a rte n u estra, les da­
ría un pretexto escelente para ejecutar sus vastos y ambiciosos proyectos. La córte de Y ie-
n a, no hay que dudarlo, al recibir la prim era noticia desem ejante invasión se apresuraría
á hacer la paz con los tu rco s; ó b ie n , dando órdeues desde luego p ara cuidar de la defensa
de sus estados por esa p a r te , enviaría á Italia un cuerpo de diez y ocho mil h o m b res, p ara
ocupar al punto á P arm a, Plasencia y Toscana. Supongamos m as, y es un desem barque
afortunado y la ocupacion pacífica del reino: ¿no seria absolutam ente necesario conservar
la escuadra en el puerto de Ñapóles y tener preparados buques de tran sp o rte? p o r q u e de
lo contrarío, no tendría el rey aquí medio ninguno de retira r sus tropas.— Pero ¿qué dirían
los holandeses si viesen semejante agresión, precisam ente cuando parecen dispuestos á unirse
á España y reconciliar al rey con el archiduque? ¿Q ué diria F ra n c ia , que ofrece decidir á
las potencias m arítimas á asegurar á don Carlos los estados de P arm a, Plasencia y Toscana?
¿Q ué diria también In g la te r ra , que conoce y apoya este arreglo? ¿Y que idea horrorosa,
señor d u que, no seria el sum ir á sabiendas á dos soberanos jóvenes y candorosos en tan ter­
rible conflicto. Seamos francos; seria dar ocasion á toda E uropa para que creyese y dijera
que algunos locos ita lia n o s , por am or á su país, han incitado al re y á consumar la miseria
y total ru in a de E spaña.—No olvidéis, señor d u q u e , que no puede el rey Católico prome­
terse la conquista de Italia sin el ausilio de poderosos aliados, mucho m as no teniendo ni
tro p as, ni dinero, ni generales hábiles y esperimentados. ¿Podemos, según la frase de V. E.
oponer la fuerza á la fuerza, con tres reinos mas descontentos que nunca (1), con un pueblo
exasperado, una nobleza tu rb u len ta, y sobre todo privados, como nos hallam os, de todo so­
corro hum ano? En asunto de tanta m a g n itu d , no m e encuentro con ánimo de decir ni hasta
de pensar que, á pesar de tantas dificultades, debemos entregarnos en manos del acaso, sin
contar mas que con la justicia de nuestra causa. Del mismo lenguaje he usado al hablar á
SS. MM. desde la vez prim era que se han dignado consultarme en estas circunstancias á
tal punto que, aun cuando se vea coronada la em presa del éxito mas brillante, mucho cele­
b raría que supiese todo el mundo que no la habia aprobado yo.— Ruego á V. E. me devuelva
este papel, escrito de prisa y sin preparación, tan luego como lo h ay a recorrido, g uar­
dando profundo secreto á cerca de su contenido: me atrevo á esperar q u em e concedereis
esta gracia, contando con vuestro honor y p robidad , y en todo caso rn k o sa n io ri ju —
dicto (2).»
La circunspección y la firmeza del hom bre de estado que brillan en esta carta debieron
h erir vivamente al duque de Popolien su corazon, pues en el acto escribió otra carta al rey,
haciendo una honrosa retractación de su p rim e ra o p in io n , apenas atenuada con la escusa de
que, bien meditadas las circunstancias, era inoportuno por entonces el rompimiento de la lu­
cha. Acompañó á esta carta la de Alberoni como nnaesplicacion de su cambio de conducta, y
asi uno como otro documento no pudieron menos de llam ar la atención de Felipe. Creyendo
tal vez que no se atrevería á sostener el abate ante él las opinionesque en el suyo em itía, se lo
envió por medio del confesor preguntándole si era suyo aquel papel que habia llegado á sus
manos. Pero el hombre que habia escrito aquella valerosa frase digna de la antigüedad: aun·
cuando se vea coronada la em presa p o r el é x ito m a¿ b r illa n te , m ucho celebraría supiese lodo el
m un do que no la h a b ia aprobado yo; el hom bre quecon tanta firmeza se habia opuesto á satis­
facer por entonces las aspiraciones ambiciosas de los régios consortes, no podia cometer la
bajeza de desdecirse de una convicción sólidamente formada. Reconoció al punto su letra y
aceptó la responsabilidad del contenido, haciendo escribir al P . D aubenton esa respuesta,
que firmó en seguida. Nada fué capaz de hacerle variar de opinion, insistiendo siempre en
que era mucho m as conveniente al honor y á lo s intereses de España y mas confórme á los
compromisos adquiridos con el papa el dirigir la espedicion contra las costas de Africa. P ara

(1) CníaluíiD, A ragón y V alencia,


i;2·) Lliáioi'ia del ca rdüoal A lberoni (e n ito lia u o ).
318 HISTORIA DE ÜSPAÑA.
resolver este altercado, se acordó someter el asunto al consejo de Estado y estar á su deli­
beración. El consejo opinó, como de costum bre , can el r e y ; opinó por la g u erra.
_ Los num erosos enemigos de Alberoni creyeron que esta nueva d erro ta causaría su
ru in a , y se gozaban con la esperanza de v e rle , herido de la anim adversión de los reyes y
del odio público, salir de España fugitivo buscando en vano un asilo cu las naciones que
habia ofendido con sus a rte ria s , la F ra n c ia , la In g laterra , la H o lan d a, los Estados Pontifi­
cios el A ustria. Pero el diestro abale supo b u rlar bien pronto sus deseos y sacar su triunfo
del seno de la derrota. Em prendiendo con gran calor los preparativos m ilitares, hizo creer
á los reyes que hasta tal punto era capaz de abdicar su opinion por com placerles, que se
convirtiese en su mas eficaz instrum ento, cual si obrara impulsado por el entusiasmo de un
g ran pensam iento propio. Reconquistada así la confianza rea l, dio un golpe de autoridad
que caracteriza la osadía y la ambición de su g en io : cuando , reanudadas las relaciones cou
el p ap a, el nuevo nuncio se bailaba ya en P e rp iñ a n , próximo á en trar en la península, es­
pidió un decreto cerrándole sus puertas. Este atrevim iento asombró á todos, porque nadie
al pronto acertó á explicarse los motivos ni el o b je to , y auu parecía contrario á sus p rete n ­
siones en la corte rom ana. Los sucesos aclararon luego el misterio de esta conducta. Álbe—
roni juzgaba ya imposible contener por mas tiempo el ardor belicoso de F e lip e ; para dirijir
la g u e r r a , quería estar al frente del g a b in e te , y no con !a simple sotana del abate sino con
el capelo cardenalicio: ademas la g uerra podía envolver fácilmente al pontífice y antes de
que esto sucediese, quería obtener la dignidad. M ientras el decreto contra el nuncio cor­
taba su m archa en la frontera, un correo partía á Roma secretam ente con el ultim átum de Al­
beroni: ó se le enviaba la gracia, tanto tiempo hacia solicitada y prom etida, ó se anulaba todo lo
hecho para la reconciliación. Y á fin de obtener los sufragios de los partidarios del A ustria,
declaraba que la espedicion no se diríjia contra el em perador, y rep etía sus seguridades de
continuar la persecución contra los infieles, que había principiado en Coilü. El papa, vien­
do que ya no podía en treten er mas tiempo al abate con el pez pendiente de su c a ñ a , se lo
so ltó , y entonces fué cuando el nuncio entró en España (1). Felipe lo nombró ya su p ri­
m er m inistro.
. T an luego como Alberoni logró su codiciada dignidad, descubrió por entero su pensa­
miento. Hasta entonces habia mantenido la incertidum bre en todas las potencias, ya con
promesas que las halagaban, ya con rum ores que escilaban su alarma. El papa se gozaba ya
en la derrota que aguardaba á los infieles, y la Inglaterra estuvo esperando con mas fé que
nunca en el arreglo comercial hasta el mismo momento de zarpar la escuadra de Barcelona.
A la córte de Versalles la fascinó con la esperanza de resta u rar su influjo en la península.
«E l rey de E spaña, decía al em bajador , no tiene deseo m ayor que el de seguir en buena
arm onía con Francia; así es que no me agrada recibir proposiciones de p arte de otras naciones.
E l rey de In g laterra, por ejem plo, nos ha atorm entado mucho tiempo p ara que hiciésemos
la paz con el e m p erad o r, ofreciendo basta su m ediación; p ero , con grande asombro suyo,
nos v erá buscar esta mediación en otra p a r le .» Esta disimulada insinuación fué luego se­
guida de la proposicion formal de aceptar la de F ra n c ia , si se aseguraban los derechos de
la reina en Italia (2 ). Cuando la espedicion salia ya de nuestras costas fué cuando Alberoni
declaró con sum a modestia al em bajador inglés que se dirijia contra el em perador , aunque
sin revelar todavía su objeto particular. « Ninguna p a r te , le dijo , he tenido en el proyecto
de esta espedicion sino el cuidarme de los p reparativos, y puedo aseguraros que he m ani­
festado al re y , y con estraordinario em p eñ o , tanto de palabra como por escrito, los incon­
venientes que puede tra e r consigo; pero el rey lo ha m andado , y todas mis razones no han
bastado para influir en su ánimo ni para hacerle variar sus p la n e s.» El em bajador creyó
tam bién en la sinceridad de estas fra se s, y escribió á su córte lisougeándola con nuevas es­
peranzas [3).
Se ha dicho siem pre que la agresión de Italia habia sido obra eselusiva de Alberoni, que
aspiraba á represen tar el papel del cardenal Cisneros, y que toda su co n d u cta, sus pasos
contradictorios^ sus polémicas con el rey y su carta al duque de Popoli fueron solo estrata­
gem as diplomáticas para ocultar sus designios. El historiador contemporáneo de aquellos

( ij D odüington.—H istoria civil de E sp añ a, por ei p adre Dolando; obró r a ra , q u e debe ser co n su ltad o , especialm ente cu
lo s negocios eclesiásticos.
(2)' N oailles.
(3) D oddinjioa ó. Ad'.Uson,
. REINADO Dlí F E L J ÍE V. 319
acontecim ientos, San F elipe, es el apoyo general de esta o p inion, que tiene á nuestro jui­
cio tanto de exacto bajo un aspecto como de gratuita bajo otro. Felipe había dado pruebas
suficientes de poseer esa ambición que sabe desplegar las alas y m irar al cielo, pero no acierta
á em prender el vu elo ; tenia osadía en las a la s , pero le fallaba fuerza en las garras. La ve­
hemencia de la reina Isabel Farnesio necesitaba menos estímulo estraño. Alberoni deseaba
quizá con igual afan la g u e rra ; pero quería esperar á que la nación se hubiese re­
puesto algo de sus pasados quebrantos, y sobre todo no quería em prenderla hasta haber
obtenido el capelo. Asi p u e s , sus pasos para im pedir el rompimiento fueron, á nuestro en­
tender, sinceros, y lo que despues hizo fue aprovecharse de esos mismos pasos para enga­
ñ ar á las potencias á quienes alarm aran los arm am entos de España.

D. F elip e, liijo de F elip e V .

Partió á fines de julio de Barcelona una escuadra de doce buques de g u erra convoyando
cien trasportes, que conducían una división de ocho mil infantes y seiscientos caballos á las
órdenes del m arques de Lede. La contrariedad de los vientos la alejó de la vista de Gagliari
por espacio de veinte d ia s, que empicó su .gobernador en prepararse á la defensa con los
escasos recursos que 1c perm itía aprovechar tan brusco ataque. Diez y siete dias pudo en
efecto re sistir; pero el 30 de setiem bre, habiéndose retirado la guarnición, se rindió pro­
clamando á Felipe, y un mes despues quedó reconocido en toda la isla el señorío de España.
Lcde dejó al general Arm endariz encargado de su conservación con tres mil hombres, y el 22
de noviembre regresó la escuadra ¿ Barcelona.
La im prudente alegría que causó en la córte esta fácil conquista y las adulaciones de los
cortesanos sobrescitaron la ambición de los rey e s, y y a no se habló en ella sino de planes
de engrandecimiento por Italia y de rom per con altivez el tratado de U lrecht. Alberoni
solamente, mas hipócrita ó mas p re v iso r, parecía no dejarse arrastra r de aquel desvario.
Aunque afectaba en público participar del contento general, lam entaba privadam ente aque­
llos sueños que se cimentaban só b rela posesion de u n a isla casi insignificante deí M editer­
ráneo y las consecuencias que podian provocar planes abortados.
La circular que se dirigió á los ministros españoles en las cortes extranjeras p ara satis­
facer á sus reconvenciones y justificar la conducta de su soberano, revela bien la falta de
una decisión franca y enérjica, que es como únicam ente podía sostenerse aquella nueva a o -
320 HISTORIA. DE ESPAÑA.

titu d , aparentando fortaleza. Se hizo decir á Grimaldo que el pensamiento de la espedicion


era dei rey y que él mismo habia ignorado su objeto hasta que se le mandaron d ar las ór­
denes para su salida. Pasaba después á justilicar la conducta de su sob eran o , y hacia una
prolija relación de las ofensas que el rey de España habia recibido del em perador y de las
violaciones que hiciera en el tratado de U trecht t poniendo principalm ente en relieve el
atentado cometido en la persona de Moliues, que juzgaba por sí solo casus belli (1 ).
G rande asombro causó en todas las potencias la intem pestiva é inesperada osadía del
león de E sp a ñ a , á quien juzgaban desangrado y rendido por la larga lucha que habia sos­
tenido con Europa. Revivieron en el prim er efecto de la sorpresa los tem ores de su antiguo
predom inio, y bajo esta impresión hallaron fácil acojida las quejas y reclamaciones que el
em perador hizo á las naciones de la triple alianza, en virtud de las garantías que le habían
dado por someterse al cambio de la Sicilia.
Como la transacion con Roma habia precedido con muy poco espacio al rom pim iento de
las hostilidades, el A ustria exigió al pontífice, en via de justificación, que hiciese salir al
nuncio de E sp añ a, que retirase su autorización para cobrar impuestos al clero, que corlase
toda relación con la córte de M adrid, y que eshonerase á Alberoni de la dignidad de car­
denal. El p a p a , que no estaba meuos resentido que el em perador, p orque bahía sido b u r­
lado por un simple a b a te , rechazó indignado la connivencia que en él se sospechaba, y se
manifestó altam ente ofendido de la córte de España, espidiendo desde luego un a revocación
del permiso que habia dado p ara sujetar á contribución al clero español. Se dió á este
documento gran publicidad en toda E uropa; pero Alberoni lo g ró , no solo que no fuese
presentado oficialmente, sino que, al hablar el rey d eé l, se produjese en un tono desdeñoso.
«He visto, d ijo , una carta que suponen algunos escrita por el pap a, y que sin duda es
falsa porque es imposible que su Santidad use lenguaje tau descomedido y poco digno del
padre común de los fieles.»
La Inglaterra estimó desde luego las reclamaciones del em perador, y se propuso in ter­
venir como mediadora, esperando ajuslar un arreglo por medio de concesiones m utuas, á que
al parecer se hallaban dispuestos los dos monarcas rivales: el em perador á renunciar sus
pretensiones á la corona de E spaña m ediaute la adquisición de la Sicilia, y Felipe á hacer
esta cesión por alcanzar ese reconocimiento y el de la sucesión de su esposa en los estados
de Parm a y Toscana. El em perador se conformó con este a rre g lo ; pero E sp a ñ a , sin bien no
se opuso á la cesión de sus derechos sobre la S icilia, se manifestó tenaz en sus proyectos
sobre la península italiana y escuchó con indiferencia los consejos y las amonestaciones de
los dos enviados á quienes encargó la Inglaterra esta negociación. Lam entábanse estos un
dia de lo inseguras que habían quedado las estipulaciones de U trc c h t, y les contestó Albe­
roni: «Entonces hacíais la g uerra para establecer el equilibrio, y al firmar la p a z , en nada
habéis pensado menos que en el equilibrio y habéis dejado al em perador dueño de turbar
la tranquilidad universal de E uropa. No se negará el rey mi señor á escuchar proposiciones
de p a z ; pero es preciso que estas proposiciones tiendan á restablecer de cualquier modo que
sea el equilibrio antiguo , á fin de no dejar al em perador la facultad de apoderarse de Italia
cuando le parezca. E l rey de España no enviará ningún ministro h asta que sepa las condi­
ciones en que se quiere que descanse el convenio.» Claram ente dejaba en trev er Alberoni
en la frase de cualquier m odo que sea que pensaba establecer lo qu e entendiese por equilibrio
saltando por encima del tratado de U trecht. Acabaron de confirmarse los enviados en esta
creencia cuando una de las muchas veces en que, tratando de la sucesión de Parm a y T o s -
cana, le hacían la simulada amenaza del poderío de la In g laterra por cuanto la Italia e ra un
pais neutral y estaba bajo su g a ra n tía , les replicó con d esen fad o : «El R ey no se cuida ni
poco ni mucho de las sucesiones de Parm a y T oscana, porque sem ejantes fruslerías no me­
recen la atención de S. M. C. Lo que pide el rey únicam ente es u na transacion que pueda
restablecer el equilibrio en E uropa, y considera este equilibrio incompatible con el poder
qu e tiene en Italia el em perador. Hablase de compromisos contraidos con los aliad o s; pero
hay sobre todas esas consideraciones un principio, que consiste en que n i los príncipes n i
las naciones están obligados á observar tratado niDguno que sea opuesto á sus intereses,
principio que acatan todas ias religiones, así la protestante como la católica. Vos siem pre
habéis obrado así, y prueba de ello, añadió con ironía , que habéis reconocido á Felipe por

(1) Memorias de Lamberti,—o r lii.


REINADO B E F E L IP E V . 321
rey de España y , sin em bargo, poco tiempo d esp u es, creyendo que os interesaba destro­
narlo , habéis tratado de conseguirlo poniendo á otro en su lugar. » Y concluyó recargan­
do la ironía con que se ex p re sab a: « No creáis que digo esto por vía de q u e ja , pues nada
es mas n atural que el que consultéis vuestros intereses naturales, s Por últim o desechó
formalmente las condiciones propuestas como ineficaces p ara dar á E uropa un a paz estable,
apoyándose en el silencio que observábanlos demas miembros de la triple alianza, cuando
se trataba de u n asunto que se consideraba como ocasion de guerra. "
Ya que lograron los enviados ingleses que los de Holanda y Francia tomasen una situación
mas despejada y se pronunciasen con euergíaen igual sentido, Alberoni acudió á su sistema
favorito de entretenim iento y engaño. Despues que se le cedió la C erdeña, consintió en enta­
blar negociaciones para un tratado prelim inar con el Austria; pero en ellas, en medio de sus
continuos subterfugios, se le vio tenaz en ex ig ir, sin d eterm in arlas, condiciones que im­
posibilitasen al em perador de turbar mas la paz de Italia. Hay en tre las comunicaciones de
los m inistros ingleses á. su córte sobre estas conferencias un a que patentiza esta tenacidad
de Alberoni y su talento p ara los ardides diplomáticos. «Apenas regresó el re y del Esco­
rial , fuimos á ver al cardenal. Empezamos la conversación diciendo que sin duda habría ya
recibido del em bajador de Francia la declaración del regente á favor de nuestras proposi­
ciones ; á lo que nos contestó que hasta entonces no había recibido mas que espresiones ge­
nerales acerca de los deseos que el regente tenia de contribuir con todo su poder á la arm o­
nía entre ambas naciones,— Como lo hallásemos un poco mas sosegado, le dijimos que es­
perábam os q u e, despues de m editar estas proposiciones, habría sin duda notado la g ran
ventaja que de ellas resu ltará para S, M. C. y que no las desecharía como hasta entonces
teniéndolas por insuficientes prelim inares para entablar un a negociación.— E l rey mi señor,
replicó, no se opondrá jam ás á dar la paz á E uropa, y como pru eb a de esta verdad q u e, al
puntó que sepa que el regente aprueba las proposiciones, las aceptará S. M. como prelim i­
nares; pero, como ha sido informado deque envía el em perador tropas á Italia y que h a im­
puesto allí contribuciones á los estados y p rín cip es, está resuelto á no en tra r en negociación
ninguna m ientras el em perador cobre el m enor im puesto ó dé un paso mas p ara tu rb ar la
paz de Italia: esta es u n a determinación que no puede alterar ni poco ni m ucho.— Nos re ­
tiramos entonces á ver al em bajador francés p ara informarle de lo que acababa de pasar.
Nos ofreció este caballero que entregaría a la siguiente m añana él mismo al cardenal la de­
claración deseada; y como se valiese Alberoni de ardides durante varios dias p ara no dejarse
v e r, pidió audiencia por medio de una carta bastante viva. Verificóse , en electo , la en tre­
v ista, despues de la cual vino á vernos el em bajador, y nos dijo q u eh a b ia declarado del
modo mas positivo al cardenal que el regente aprobaba nuestras proposiciones; que al mis­
mo tiempo le había instado para que enviase á Londres un plenipotenciario con encargo de
tra ta r de estas condiciones; p e ro . que el cardenal había contestado que el rey Católico no
en traría en tratos en tanto que no tuviese certeza de que no tu rb aría el em perador la paz de
Italia.— El mismo dia pedimos nosotros también audiencia, que no nos concedió el cardenal
hasta m ediodía.Entonces le dijimos q u e, puesto que todas las dificultades habían desapare­
cido y a por p arte de F ra n c ia , esperábam os que el rey Católico no podría negarse á aceptar
desde luego los p relim in are s, enviando con este objeto un plenipotenciario á Londres. «No
he recibido, nos contestó, mas que declaraciones generales p o rp a rte del regente. Cierto es
que me ha escrito; pero no m e habla de proposicion ninguna en particular ni de que envie
yo á Londres plenipotenciarios, ni tampoco su embajador me h a dicho nada positivo de p arte
suya. Sin e m b arg o , para convenceros de las consideraciones que tiene S, M. p ara con el
rey de Inglaterra y de su sincero deseo de paz, se digna aceptar los prelim inares y entablar
uu a negociación en el mismo instante en que tenga certeza de que el em perador ren u n ­
ciará álo s provectos que en Italia te n ía ; pero antes es imposible.— R ecordad, le replicamos,
lo que nos habéis dicho en la últim a conferencia. Hemos venido á aseguraros que el rey
nuestro amo no se negará á dar á S. M. C. esta prueba de am istad; pero no puede dar paso
ninguno con la corte de Viena p ara b o rra r todos los motivos de q u e ja , si no tiene certeza
de que el rey de España enviará un m inistro á Londres p ara entablar las negociaciones tan
luego como se alcance el consentimiento del em perador.— Las pruebas de la sinceridad de
m i augusto a m o , replicó entonces el cardenal, son evidentes hasta lo sumo. E n ^cuanto lo
pidió el rey de In g la te rra , mandó detener el movimiento de sus tro p a s’ suspendiendo el
embarco (de o tra espedicion) que había ya em pezado, habiendo pagado mas de cincuenta
322 H IST O R IA D E ESPAÑA.
mil duros de trasp o rtes, y ha declarado su resolución de concretarse á C erdeña, palabra
que cum plirá religiosam ente. Puedo añadir q u e , sin la intervención del rey de In g laterra
hubiera enviado diez mil hom bres al reino de Ñapóles, y habría podido presentarse, p ara tra­
tar de un convenio, de distinto modo que lo hace en el dia. No propone siquiera que se
impida al em perador el efectuar arm am entos donde g u s te , con tal de que no viole de ningún
modo la neutralidad de I ta l ia , porque en este caso habría trasgresion del tratado: todo esto
p ru eb a hasta la evidencia la sinceridad del rey Católico y debe bastar p ara que S M. B.
se decida á dar el paso que deseam os; pero es inútil el solicitar que envíe el rey un pleni­
potenciario á Londres antes de saber lo que se ha de p e d ir : no h ará semejante cosa , y no
sé porque dais ta n ta im portancia á un asuiito tan de segundo orden. Si accediese á semejante
pretensión , tal vez las dilaciones fueran m ayores, porque ¿quién sabe si nuestro embaja­
dor en Londres no habrá recibido ya plenos poderes para negociar tan pronto como llegue la
declaración del em perador ó sino los recibirá antes de sem ejanle epcca? Desde luego com­
prom eto la palabra real de que os enviará sin pérdida de momento un plenipotenciario en­
cargado de entablar una negociación, á que servirán de base los prelim inares, tan luego
como reciba S. M. las garantías que exige para la seguridad de Italia.— No juzgamos con­
veniente el prolongar este debate y recurrim os á otro medio, que fué el suplicarle que nos
declarase p o r escrito que el rey Católico aceptaba los prelim inares p ara u n tratado de paz, y
que enviaría un plenipotenciario tan luego como recibiese del em perador la satisfacción pe­
dida. Nos ofreció enviarnos esta declaración dentro de un a h o ra .— Nos aprovecham os de la
ocasion p ara repetirle las dos observaciones prelim inares relativas á la reunión de Parm a y
Toscana en los térm inos contenidos en las instrucciones del caballero S tan h o p e, haciéndole
no tar tam bién q u e, despues de com prom eter á S. M. á que hiciese proposiciones al empe­
rador , si no obraba el rey de España con sin c erid a d , no podría diferir por mas tiempo
S. M. B. la ejecución de su tratado con la córte de Viena. Nos aseguró term inantem ente que
el rey de E spaña no daría por su parte motivo ninguno de queja, y que no em prendería nada
que fuese opuesto á esta solemne prom esa.— Como quedasen con esto term inados los p re ­
lim inares, juzgamos oportuno decir algo del tratado en general; dejándole traslucir que
era necesario descansase en renuncias recíprocas, sin lo que serian inútiles todas las peti­
ciones. Contestó á esto afirm ativam ente el cardenal, añadiendo que así era preciso p ara la
term inación de la paz, único objeto que se proponían las dos coronas. Al decir esto, se le­
vantó , y nosotros luimos á visitar al em bajador de F ra n c ia , á fin de comunicarle el asunto
d e q u e habíamos hablado.— Al siguiente dia por la m añana nos rem itió Albcroni la carta
que nos había ofrecido, y como no se hallaba concebida en térm inos tan exactos y categó­
ricos como lo exigía la im portancia del negocio, y no nos queríam os esponer á adm itir al­
g una espresion equívoca en idioma español, al punto dirigim os una carta al cardenal recor­
dándole la prom esa que el rey de E spaña habia dado de negociar sobre la base de los
prelim inares y de no em prender nada durante la negociación desde el momento en que
el em perador por su parte hubiera ofrecido no violar la neutralidad de Italia. Tuvimos
cuidado de arreg lar esta cláusula de modo que el silencio del cardenal tuviese la misma fuer­
za que una respuesta categórica. U nm ensagero le e n tre g ó la carta, que él leyó y ,d ev o l­
viéndonos por su conducto el sobre, añadió: «No tiene respuesta.» Creemos haber planteado
así la cuestión de tal suerte que no cahe ya duda en n a d a , y no ofrecerá el menor prelesto
á disputas en caso ninguno.—E n una p alab ra, en nuestra carta al cardenal, en nuestras
respuestas y en cuanto ha pasado en general relativam ente á las renuncias recíprocas,
nuestro objeto principal ha sido el suavizar las cosas, poner á nuestro soberano en el caso de
im pedir nuevos actos de hostilidad de una y o tra p a r te , ganar tiempo para lograr su media­
ción con el fin de abreviar el térm ino de la obra gloriosa de la p a z , y por últim o tom ar las
medidas mas convenientes en la hipótesis de u n rompimiento. Tal h a sido nuestro objeto
p rin c ip a l, y esperamos que nuestras cartas y la respuesta del cardenal producirán estos
resultados felices. P or ló m e n o sn o s halaga la esperanza de creer que con nuestros pasos no
se halla ligado á nada S. M. y que no está comprometido con ninguna de ambas p a rte s , aun
cuando se dé á estos prelim inares la esplicacion mas severa (1),»
A pesar de ¡a destreza con que los dos enviados ingleses fueron estrechando á Alberoni
y á pes^r de las protestas q u e, como se ha visto, les hacia, (os preparativos de un a nueva

( i) S uq iio p o j n o d d m g to n i lord S tanhope, 15 de n<m<5ml>re.


REINADO D i F E L IP E V . 313
espedicion se em prendieron coa mas ardor, sin ceder en ninguna de las vicisitudes que ex­
perim entaron eslas conferencias. La conquista de Cerdeña no había llenado o tra m ira que la
de cortar de un golpe las negociaciones entabladas para ajustar su cambio con la isla de
Sicilia, á la cual se dirigían las codiciosas m iradas de los rey es de España. Despertó los sen­
tim ientos patrióticos de la nación pava sacarle los recursos que necesitaba, y en efecto el
p u eb lo , cuya imaginación se exalta fácilmente con los halagos de la grandeza v de la gloria,
se prestó generoso á los sacrificios que se le exigieron. E l clero , escudado con el breve del
p ap a, intentó oponerse al pago de ningún im puesto; pero la prisión y el destierro de los
prim eros p ertin aces, que no vaciló en decretar Alheroni, fueron suficientes á lograr el asenti­
miento general. Tampoco vaciló eu ponei á los reyes á contribución, diciéndoles que en
ocasiones críticas, cuando asuntos tan graves se ventilaban, toda !a atención y todos los
medios se debian consagrar á ellos. Un día se atrevió á decir en u n tono de dulce recon­
vención á la rein a, para combatir su afición á em prender o b ra s , sin consultar las arcas del
te so ro : «V. M ., á lo que veo, gustaría mas de ser condesa de San Ildefonso que reina de
E sp a ñ a .» Ccmo no bastasen los recursos así obtenidos, aum entó los im puestos sum ptuarios,
negoció em préstitos y volvió á poner en venta los destinos mas pingües.
La actividad que supo dar Aiberoní á toda la nación con los elementos que así reunió
fué im ponente. Se apoderó de los buques m ercantes de las potencias neutrales que había
en nuestros puertos para trasportes de la espedicion; compró naves de g u e rra , que falta­
ban , porque los astilleros estaban hacia tiempo on el mas profundo silen cio ; tam bién esta­
ban paralizadas las fundiciones de proyectiles, y compró cuantos se le presentaron y esta­
bleció en Pam plona una fabricación de cañones con m etales que hizo tra e r de Holanda;
todas las arm erías de Vizcaya trabajaron para el Estado, é impulsó la formación de grandes
compañías para el sum inistro de todas las prendas del equipo m ilitar.
Asombrados quedaron los m inistros extranjeros d é la fecundidad de ingenio del minis­
tro v de Ja espontaneidad y riqueza de una nación que en E uropa se consideraba en el
m ayor ab atim ien to ; y no Ies adm iró menos la habilidad con que aquel supo sacar fuerzas
de donde mas imposible se creía, de Aragon y Cataluña. Consiguió que los m igueletes de'
am bas provincias se afiliasen para la espedicion, cuya base eran diez y seis regim ientos
de infantería y ocho de caballería, nuevam ente organizados; v por últim o no tuvo re­
paro en llam ar al servicio á los contrabandistas de S ierram o ren a, con los cuales formó dos
regim ientos.
Un accidente vino á tu rb ar pasageram ente la intensidad y la en erjia con que Alheroni
se disponía á em prender de nuevo las hostilidades, poniendo en g ra n peligro su omnipo­
tencia. Enfermó Felipe con tal gravedad que se llegó al estremo de sum inistrarle los últi­
mos ausilios espirituales y de que otorgase testam ento. Los enemigos del cardenal aprove­
charon esta ocasion p a ra escitar el odio del pueblo contra él acusándole, ya de escasa
honradez, ya de una loca am bición, a l a cual no le dolía, como ex tran jero , sacrificar toda
la nación española, ya de sus insensatos proyectos de conquista. Se esparció la voz de que
él seria el verdadero rejente si la reina quedaba nom brada gobernadora, contraviniendo
á. la costumbre de la m onarquía, que no perm itía se confiase la rejencia a una princesa que
no era madre del rey. Se llegó á suponer en la reina intenciones de envenenar al príncipe
de. Asturias con el objeto de que sus hijos ocupasen el trono. Los m agnates descontentos,
que eran los autores y corredores de estas ru m o re s, que siem pre hallan fácil acojida en la
suspicacia natural del pueblo, llevados de su resentim iento, entablaron relaciones con el r e -
jonte de Francia para el caso de la m uerte del rey , y obtuvieron en efecto la prom esa de
que com batiría las ambiciosas intrigas de la reina y su favorito. A rrastrados por el ódio, se
propasaron los m agnates á conspirar contra el mismo m onarca, proyectando c o ro n a r, sin
aguardar á s u m u e rte , al príncipe de A sturias. «Una de dos, decían en la m em oria que
enviaron al rejente p ara alcanzar su ap o y o ; ó nuestro soberano no puede en lo sucesivo
aLender á los cuidados de la adm inistración ó se hallará supeditado por el cardenal Albe—
roni y los italianos: en este c a so , preciso es libertarlo de tan pesada esclavíLud; en el pri­
mero es necesario confiar los negocios de la m onarquía á manos que tengan derecho de em­
p u ñ ar el Limón del estado cuando el rey se baya imposibilitado de gobernar (1).» El
restablecimiento del rey destruyó todas estas intrigas de los descontentos, qne se vieron

(1 ) N oí i i ll c s.

TOMO IV. 43
324 HISTORIA. DE ESPA Ñ A .
forzados á presenciar como se levantaba mas altivo su adversario y afirm aba su poder en el
ánimo del rey , haciéndole sospechar ó entrever las maquinaciones que lmbian tratado
con el rejente. E n via de reconocimiento y para dar una m u estra solemne de que seguia
disfrutando la confianza de los reyes mas com pletam ente que nu n ca, se le señaló un a pen­
sión de veinte mil ducados anuales, se le nombró obispo de M álaga y , p ara mas ajar á los
m agnates, grande de España.
A vista de estas demostraciones y de los arm am entos, que proseguían con empeño cre­
ciente apesar de los prelim inares, la Inglaterra se persuadió de que Alberoni solo quería
g anar tiempo, y tomó la resolución de obtener por medios enérgicos el consentimiento de
F e lip e , hasta unirse , si fuese necesario, al em perador para conseguirlo.
El regente de Francia obró en la apariencia de acuerdo con la In g laterra enviando á
M adrid al m arques de Naucré con encargo de proceder de acuerdo con el m inistro de esta
potencia; pero en la realidad co.i otros fines ocultos. M ientras sonaba con esta misión p ú ­
blica, sus instrucciones le mandaban lisongear al cardenal; y como las que a! mismo tiempo
recibía el embajador ordinario, el duque de S a in t-A ig n a n , le escilaban á avivar el des­
contento de la g ra n d e z a , se deduce que el pensamiento de la Francia en su doble conducta
era dejar en pie los obstáculos que hallase la In g laterra en la península, á íin de que no
adquiriese en ella preponderancia y dar pábulo al disgusto contra Felipe y su gobierno para,
favorecer las intrigas de los m agnates que conspiraban á favor deO rleans.
Pero Alberoni penetró luego esta política insidiosa, v ía combatió con las ventajas de su,
especial talento para la intriga. Halló medios de indisponer á los ministros ingleses con los
franceses é hizo concebir á la grandeza tem ores de la vuelta de la princesa de los Ursinos y
su protegido O rrv, enviados por la Francia para resta u rar su influencia ( l). Así restableció
la caima á su rededor cuando mas cercano se le creía á quedar sumergido en el hervor de
las conspiraciones.
Sin em bargo, la In g la te rra , cansada de ser juguete de sus maquinaciones é inagotables
a rte ría s , tomó decisivamente una posicion firme. El rey hizo al parlam ento un bosquejo de
los peligros que am enazaban la paz general, y pidió recursos p ara m antenerla; le fueron
concedidos, é inm ediatam ente equipó una escuadra con destino al M editerráneo p ara pro­
teger en cualquiera eventualidad las costas de Italia de otra tentativa por p arte de E spa­
ña. Afectó mucho á Felipe y á Alberoni una conducta que no creían llegase á em prender
jam ás la Inglaterra en la esperanza de los arreglos comerciales f y de la cual se m ostraron al­
tam ente ofendidos. El em bajador en Londres,.M ontcleon, tuvo orden de presentar una
nota llena de agrias reconvenciones, y el cardenal, que veía frustrados todos sus esfuerzos,
al ir á producir su fruto, dirigió dos cartas al e x - m inistro Doddington, que respiraban la in­
dignación y el resentim iento mas concentrado. &S. M. G. le escribía en una de ellas (5 de
abril de 1718), no tom ará ninguna resolución en lo del tratado de comercio hasta que vea el
desenlace de este dram a. Mejor que nadie conocéis vos la sinceridad de sus intenciones res­
pecto al rey de In g laterra , y harto sabéis que no vaciló en sacrificar en los dos nuevos con­
venios todas las ventajas y beneficios alcanzados por el tratado de U trech t, queriendo olvi­
dar que In g laterra contribuyó á despojarla de sus ren ta s, reinos y provincias; injusticia
sin em bargo que clam ará venganza en todos tiempos como contraria á todas las leyes divinas
y hum anas. Habiendo hecho tan g ra n sacrificio, tenia fundam ento el rey Católico para
creer que había dispensado un favor á S. M. JL y que la nación inglesa no podría menos de
unirse mas intim am ente con España ó , por lo m enos, tratándose de ios intereses de ambas
naciones, continuaría el rey siendo neutral. A pesar de e s to , noto con un estraordinario do­
lor que no sucederá ninguna de ambas cosas y que no tard aré en verm e espuesto al resen­
tim iento legítimo de SS. MM. CC. Cada dia anuncian los periódicos de Londres que vuestro
m inisterio no es ya inglés sino aleinan; que se ha vendido bajam ente á la córte de Viena;
que por medio de in trig a s, tan comunes en eso p a ís, se tra ta de que caiga en un lazo la na­
ción. La prueba de lo que afirmo está en q u e, habiendo aniquilado á In g laterra , en hom­
bres y dinero á fin de conseguir estados y reinos al Archiduque, ese gobierno ha proporcionado
últim am ente al austríaco u n subsidio cuantioso. Los sentimientos de afecto y am istad que
os profeso y os profesaré siem pre me m ueven á hablaros con esta sinceridad».— «Ha re ­
gresado ya el señor P atin o , repetía pocos dias d esp u es, y ha traído la tarifa de aduanas

) N oailles.
M IN A D O DE F E L IP E V . 325
aprobada por las principales casas de comercio de Cádiz. E stá ya en poder de S. M.;
pero no se firm ará hasta que se sepa , como he dicho anteriorm ente , el desenlace del
dram a».
Ningún fruto consiguió de eslas quejas y amenazas indirectas; de m anera q u e, cuando
se vio objeto de un grave ataque personal de parte de R o m a, no hubo consideración algu­
na que contuviese por mas tiempo su indignación. Habiendo el embajador austríaco en esta
capital acusado formalmente al cardenal Alheroni de haber auxiliado con armas, municiones
y dinero á los infieles en perjuicio de un príncipe cristiano y de la fé católica, v pedido en
consecuencia que se anulase la bula en que se le investía con la m itra del arzobispado de
S ev illa, el papa exigió á este una justificación cum plida. Negó el cardenal todos los hechos
que se le im putaban; pero en cuanto á la alianza que E spaña habia contraido con los m aho­
m etanos, la sostuvo con tal en erjía, defendiéndola con los principios de política u n iv ersal-
m ente reconocidos, con m ultitud de ejemplos históricos y au to rid ad es, hasta de pontífices,
cuando tenia por objeto com batir u n esceso de poder, que no vaciló en concluir haciendo
renuncia del obispado de Málaga antes que retractarse de su conducta como m inistro. El
papa se desentendió de las razones, y le admitió la renuncia.
No se acobardó por eso Aiberoní, y aunque pudiera en unajnacion como la española p a -
reccrle peligrosa la venganza contra el jefe de los fieles, se atrevió á dictar con un valor
digno ciertam ente de ser adm irado, la espulsion del nuncio, la suspension de tributos para
Roma y la salida de esta capital de todos ios españoles.
Resuelto áco n tin u ar la g u e rra , se esforzó en dividir á los aliados, suscitarles enemigos
en el seno mismo de sus dominios y atraerse el apoyo de sus enemigos. En la G ran B retaña
atizó fácilmente las discordias intestinas haciendo declamar á la oposicion contra las infrac­
ciones de la constitución y la enorm idad de los im p u esto s, que la g u erra iba á aum entar
todavía; entabló estrechas relacionescon los jacobitas, cuyas esperanzas estaban casi m uer­
tas, y llamó la atención de todos los partidos sobre los perjuicios que se seguirían al com er­
cio inglés de un rompimiento con España. Halagó á los holandeses con la esperanza de lo§
privilegios comerciales que la In g laterra había disfrutado en los dominios españoles hasta
aquel dia. E n Fraucia procuró también prom over la g uerra civil, escitando á l a rebelión álos
protestantes y ofreciendo su apoyo á los enemigos que el rejente tenia en la Bretaña. Por
im pedir la paz e n tre el em perador y la T u rq u ía , que las potencias m arítim as querían nego­
ciar para que se hallase aquel mas desem barazado, reanim ó las esperanzas del soberano des­
tronado de la T raosilvania, R agottki, ofreciéndole los subsidios necesarios p ara un ejército
de treinta mil hombres. Pero como este apoyo era demasiado lejano, con quien mas esforzó
sus artes lisongeras fué con el duque de Sahoya, Victor A m adeo, ambicioso por carácter v
por tradición de familia. Le ofreció una parte del Milanesado y el ducado de M ódena, que
el saboyano se apresuró á a c e p ta r, porque valia bastante mas á sus ojos que la isla de Cer­
deña con que prelendiau los aliados recom pensarle de la pérdida de Sicilia. Acostumbrado
á saber lo que im portaba la coopcracion de su casa á toda potencia que intentase algo so­
bre Italia y conociendo que se hallaba en situación de vender sus servicios á buen precio,
envió á M adrid un agente secreto con las siguientes proposiciones que debían ser la base de
su alianza con E spaña: un millón de duros al ir á e n tra r en campaña m ientras esla du­
rase ; u n subsidio semanal de siete m il; el auxilio de quince mil españoles en la Lombardia,
debiendo otro cuerpo llam ar la atención por la p arte de Ñ ap ó les; que las contribuciones im­
puestas á los países conquistados se rep a rtiría n por m ita d ; que las guarniciones de las pla­
zas que se ocupasen serian por mitad de españoles y piam onteses, pero con gobernador de
estos; y , por último , que, term inada la conquista de N ápoles, pasarían veinte mil españo­
les á la Lombardia para concluir la del M ilanesado, cuya soberanía le seria reconocida so­
lem nem ente en recom pensa (1 ).
Si Felipe hubiese escuchado los consejos de A lheron i, hubiera coronado todos estos tr a ­
bajos preparatorios un acto de estraordinaria osadía, que quizá la fo rtu n a, ordinariam ente
lisongera con los atre v id o s, hubiese protegido. Le aconsejaba que el arm am ento dispuesto
p ara la Sicilia se envíase contra las islas británicas á fin de ayudar la insurrección de las fac­
ciones vendidas; pero F e lip e , que' sentía mas el aguijón de la ambición que el de la ven­
ganza , desestimó esta idea, que habria producido desde luego en la In g laterra el abandono

(i ) Carina del em bajador Montcloon > Alfa.eroui y el secretario d raga—O rtiz .—M emorias de W algole.
326 H ISTO RIA D E ESPAÑA.
del em perador p o ra tfn d e r á sí propia, é insistió en que fuese la espedicion á la Sicilia, cuya
conquista creía fácil á favor de la cooperación del duque de Savoya y de las secretas inteli-
geacias que se habian entablado en el país.
P artió la espedicion el 18 de junio del puerto de B arcelona, divulgándose que se diri~
jia contra Nápoles. Constaba la escuadra de veinte y dos navios de lín e a , tres buques m er­
cantes arm ados en co rso , cuatro g a le ra s, una galeota y trescientos buques de trasporte con
dos balandras; y llevaban a b o rd o trein ta mil hombres con cien cañones, cuarenta m orte­
ros y su correspondiente dotacion de gente y municiones. El jeneral en jefe era también
el m arqués de Lede. Considerando el estado dé España, pudo decirse muy bien que aquella
espedicion habia salido de h s en tra ñ a s de la tie rr a . A portó prim ero áC agliari con objeto de
fecojer algunas fuerzas m as, y el 10 de junio eíécluó su desembarco cuatro leguas al oeste de
Palerm o, cerca del cabo de Paléalo. T res dias despues ocupaban ya los españoles la capital,
cuyas p uertas les abrieron los mismos habitantes, ofendidos de la (irania con que los habían
tratado los austríacos, y á su ejemplo la mayor p arte de los pueblos de la isla arrojaron las
guarnicione.® que ios habían sujetado, proclamando á Felipe V de España. En Messinu, tan
pronto como se presentó la escuadra, el pueblo se sublevó también y encerró álo s piam on-
teses en sus cuarteles, saliendo á rec ib irá sus antiguos dueños. Toda iba en bonanza cuan­
do se presentó una escuadra inglesa á cortar el rápido vuelo de la conquista.
Los aliados no habian creído que Alberoni se atreviese al fin á arro strar su enojo, sobre
to/Io el de la In g laterra, com prom etida á conservar la neutralidad de Italia, y habian m irado
con cierto desden sus arm am entos y amenazas. La prim era espedicion contra Cerdeña la juz­
gaban como una piratería fácil de consumar por la sorpresa. Asi fue q u e , cuando vie­
ro n que la segunda espedicion se preparaba bajo un pie tan respetable, en tre la admiración
y los tem ores que les causaba una nación que despertaba de su sueño de un siglo con tales
b r ío s , tomaron las medidas que juzgaron convenientes para asegurar á E uropa !a paz, ape­
nas acababa de cim entar sobre el tratado de U trccht, El em perador se dió prisa á declarar
que estaba dispuesto á aceptar la mediación de In g laterra p ara transijir sus diferencias con
Felipe ; y por medio de este hábil paso, facilitó á aquella potencia el que la Francia se unie­
se al fin á ella y á la Holanda p ara celebrar el tratado de la que se llamó C uadruple-alianza,
sobre las mismas bases que se habian presentado. El em perador recobraría la Sicilia en
compesacion de la C erdeña, que se adjudicaba al duque de S avoya, en cuya casa ade­
mas reconocería las cesiones que le habian sido hechas en 1 703, incluyendo su derecho á
la sucesión de la corona de E spaña en el caso de m o rir sin ella Felipe V; renunciaría
también á usar el vano título de rey de E sp a ñ a ; y por últim o, suscribiría á afianzar la suce­
sión del ducado de P arm a y Toscana en el príncipe don Cárlos. E n el térm ino de tres meses
habrían los reyes de E spaña y Sicilia de p restar su espreso consentimiento á estas con­
diciones, debiendo considerar su silencio las potencias de la cuadruple-alianza como bastante
p ara obligarlos por medio de la fuerza á otorgarlo.
Estas estipulaciones fueron enviadas á M adrid antes de ser confirmadas solemnemente
con objelo de ver si aun podían reprim ir la osadía de los proyectos de E sp añ a; pero solo
dieron lugar á que estallase con toda la vehemencia de que era susceptible el genio impe­
tuoso de Alberoni. «El reg en te, esclamó al llevarle la prim era noticia, se ha declarado á la
faz del mundo amigo de una potencia enem iga del rey su Lio y, á lo que parece, h a llegado
el momento de que se com prom eta en una g u erra contra su augusto pariente. El mariscal
de U re lle s, al firm ar esa alianza con el fin de evitar un ro m p im ien to , verá la Francia ar­
m ada contra el rey de España. S. M. C. está decidida por su p arle á luchar sin treg u a antes
que consentir en una proposicíon tan infam e: en tanto que le quedan vida y fuerzas h ará r e ­
caer su venganza sobre los que im aginan arrancarle su consentimiento por medio de la
fuerza. Si quiere Stanhope usar con nosotros el lenguaje de un amo, no espere ser bien reci­
b id o : ya se le han espedido los pasaportes que ha p e d id o . A un se escucharán sus propo­
siciones ; pero no se hará caso de ellas s in o son distintas del proyecto, y se sorprenderá al
saber que el rey no quiere ahora prestar oidos á ofrecimiento ninguno de Toscana, y que
h ará valer los derechos que tiene á este estado cuando le co nvenga.»
Poco d esp u es, y cuando ya la espedicion habia efectuado su desem barco, llegó á Madrid
el conde de Stanhope y se presentó en las costas del M editerráneo una fuerle escuadra in­
glesa á las órdenes del alm irante B y n g , que comunicó su llegada y su objeto por medio de
aquel en estos térm inos, suaves al p ar que enérgicos; «Tendréis la bondad de informar á
BJ31NAD0 D E F E L IP E V . 327
S. M. G. de mi llegada con la escuadra que mando en el M editerráneo, notificándole que tengo
órdenes de apoyar en nombre del rey , mi señor, cuantas medidas puedan con trib u irá conciliar
y allanarlas dificultades que median entre él y el em perador.— Si no consiente S. M. C. en
aceptar la mediación de mi soberano é insiste en su resolución de atacar los estados del en>-
p erador en Italia, me manda el re y , mi señor, que conserve la neutralidad en este pais, qiie
defienda las posesiones del em perador y que rechace todo ataque que pudiera intentarse
por aquella p arte, n

D. José Palm o.

Al recibo de esta comunicación, el m inistro inglés tuvo una conferencia con A lberoni, en
la q u e, después de llam ar su atención sobre el interés que la In g laterra y la F rancia toma­
ban en la conservación de la paz, concluyó poniendo en sus manos la carta de B yng. Con
su lectura volvio á rom per la indignación "del cardenal con m ayor e n e rg ía : «Mi augusto amo
se espondrá á todo /prefiriendo arriesgarse á ser espulsado de E spaña á consentir en retira r
sus tropas ni suspender las hostilidades. No creáis que se asusten fácilmente los esp añ o les:
tan ta confianza tengo en el valor de nu estra escuadra q u e , si se decidiese vuestro alm irante
á atacarla, no me da-cuidado el resu ltad o .» El enviado inglés se limitó ¿p re se n ta rle por vía
de contestación la lista de los buques que componían la escuadra in g le sa , rogándole que la
cotejase con la española. El tono fríam ente sarcástico con que le hizo esta observación en­
cendió la cólera de A lberoni, q u e , no pudiendo ya contenerse dentro del círculo de los res­
petos oficiales, se irguió altanero y , cogiendo la lis ta , la rasgó en pedazos, los arrojó al
suelo y los pisoteó lleno de corage.Ó om o aun se atreviese el flemático inglés á hacerle al­
gunas observaciones, lo despidió diciendo: «D aré cuenta al rey de vuestro m ensage, y den­
tro de dos días os informaré de la resolución de S. M .» Sin duda con objeto de g anar tiempo,
esta contestación se dilató nueve d ia s , al cabo de los cuales le devolvió la carta del almi­
ran te con esta breve nota al rnárgen, que dem ostraba tanta dignidad como fortaleza y resolu­
ción : «S. M. C. me m anda deciros que el caballero B yng puede ejecutar las órdenes que ha
recibido dol rey su am o. Del Escorial á 15 de julio de 1718 A lberoni ( I ) .»
A penas recibió esta respuesta, el alm irante Byng dirigió su arm ada á N úpoles, de állí

(I ) TindaL
328 H IST O R IA D E ESPAÑA.
convoyó algunos trasportes de tropas alemanas á la isla y en seguida fue en busca de la es­
cuadra esp añ o la, á la cual halló el 11 de agosto en las aguas de Siracusa. £1 gcfe de esta
era un valiente m a rin o , pero no un. entendido a lm ira n te , y además se encontraba sin ins­
trucciones para el caso en que se veia. El comisario del gobierno, P a tin o , á quien se las
p id ie ra , no habia sabido darle una o rd e n , que es lo que hombres de su tem ple quieren para
obrar con enerjia; y en la duda de si debería ó no com prom eter un choque con los ingleses
siendo por o tra parte tan inferior en Tuerzas, luego que supo su llegada á N ápoles, leyó an­
clas y se dirigió al sur con objeto de incorporarse algunos buques destacados de la escuadra
y guarecerse en Malta ó en Cerdeña. Entonces le salió al encuentro la arm ada inglesa. Por
recelos que Castañeda abrigase de sus disposiciones ho stiles, como no habia rompimiento
con la In g laterra ni tenia noticia de los últimos sucesos de M adrid, continuó el movimiento
á su vista sin tom ar m edida alguna que diese á conocer miedo ó desconfianza. Los impe­
tuosos vientos y las diversas corrientes de aquella шаг procelosa destruyeron la formación
de sus b u q u e s, separación que aprovecharon los ingleses mezclándose con ellos. E n seguida
rom pieron el fu eg o , y como cada buque tenia contra sí fuerzas duplicadas ó triplicadas, el
éxito no pareció dudoso á ninguno de los com batientes. Sin em bargu , los españoles pelea­
ro n con su valor g e n ia l, hasta q u e, rendidos por la fatiga ó destruidos por la artillería, se
rindieron unos y se anegaron otros. No se salvaron de toda la escuadra mas que cuatro n a­
vios y seis fragatas, que se refugiaron en el puerto de la Vale Me. El alm irante Castaaeda,
herido gravem ente en un obstinado com bate, quedó prisionero. El m arques de M ari, que,
al ver el sospechoso movimiento de los ingleses, se habia separado del cuerpo principal con
los seis buques mas veleros y las galeras, perseguido por fuerzas también m ayores, fué al­
canzado en la costa, cerca de A gosta, y tuvo la misma desgraciada suerte.
E stá victoria no honraba·ciertam ente á la In g la te rra , porque, aun siendo su escuadra
superior en fuerzas, se valió de la pérfida estratagem a de mezclarse con la espaiiola á favor
de laincertidum bre con que se presentaba. B vng, para que no se le acusase de esta indigna
conducta ni de haber sido el a g re s o r, escribió al m arques de Lede suponiendo que los es­
pañoles habian sido los prim eros en rom per el fuego y declarando que aquel desgraciado
suceso no debia considerarse como acto de hostilidad en tre los dos reinos (1 ).
Pareció tanto mas estraña la conducta de la escuadra inglesa cuanto que los enviados
S tan h o p ey N aucre, aun despues de haber dejado las costas de E spaña, continuaron en
M adrid haciendo esfuerzos por conservar la paz. Alberoni los entretuvo m ientras no lle­
g á ro n la s prim eras noticias de la espedicion, y cuando estas vinieron á halagar sus espe­
ran zas, recobró la tenacidad indomable que habia en el fondo de su aparente dulzura y fle­
xibilidad. Los aliados, cada vez mas alarm ados, viendo á los sicilianos' allanar á los
españoles el camino d é la conquista, intentaron re tra e r á Felipe de sus proyectos con el
ofrecimiento que mas podía lisongearle. E l re g e n te , autorizado por la In g laterra, ofreció
la restitución de G ibraltar, por la que tantos sacrificios se habian hecho, y, cuando esta ma­
n era indirecta pudo parecer una añagaza , el mismo Stanhope tuvo orden de confirmarlo
á condícion de que se sometería inm ediatam ente E spaña á. las condiciones propueslas por
la cuádruple-alianza (2) y quizás alguna o tra , que se ignora. Habían ensoberbecido á l a
córte de M adrid lo bastante aquellas prim eras ventajas p ara que no considerase la p ro ­
p u esta sino como una mezquina compensación de las conquistas que daba por hechas en Italia.
Cuando llegó el caso de presen tar los enviados ó. Felipe el u ltim á tu m concediéndole tres
meses para aceptarlo so pena de declararse en g u e rra con las cuatro p o ten cias, el cardenal
tuvo orden de declarar desde luego que España no depondría las arm as sino m ediante la ce­
sión de Cerdeña y Sicilia, la indemnización al duque de Savoya de la pérdida de esta isla
por el em perador, y la determinación fija del núm ero de fuerzas que este podría tener en
Italia. El desprecio de la am enaza no podia ser mas esplícito.
No obstante, al despedirse Stanhope de A lb ero n i, cuando ya sin duda tenia este noti­
cias de la destrucción d é la escuadra, le hizo nuevas protestas délos mas vivos deseos de una
am istad duradera con su nación, atribuyendo al rey, en odio del em perador y del rejen te,
las dos espediciones que á su pesar habia tenido que dirijir. Su sinceridad ó su hipocresía
en esta conferencia llegó al estremo que manifiesta la comunicación dirijida por el m iuistro

{i ) S aa Felipe»—1Ti adaL
(2 ) C a n a de S tanhope 'W ulpole, й l i de o ctu b re Jg 1725.
HEINADO DE FELIPE V . 829

inglés, ya en Bayona ( t de setiembre). « Si nos engaña el cardenal al m arqués de N aucré y


á m i, no podré asegurarlo yo; pero os confieso q u e , á lo que creo, apetece conseguir un
armisticio y desea arreglar las cosas públicas. Quéjase am argam ente de la tenacidad del rey
á quien guia en esta co n tien d a, mas bien su animosidad contra el em perador y el rcjen te
que razón alguna política: lo presenta como estrem adam ente celoso y suspicaz de cuantos
le rodean. D urante mucho tiempo niogun m inistro ha logrado jam ás hablar al rey sino de­
lante de la reina y el cardenal, y , en cuanto puedo juzgar de m ateria tan delicada, tienen
celos unos de otros. El cardenal derramó lágrim as al separarse de m í, ofreciendo escribir­
me y no dejar pasar ocasion ninguna de conciliar los negocios (1).»
Habíase tenido la precaución de g uardar en público una complela reserva sobre la in­
vasión de Sicilia y de no m anifestar la mas disimulada intención de conquista, aun despues
de las prim eras favorables noticias. Muy al co n tra rio , entonces escribió Felipe á Víctor
Amadeo presentándole la ocupacion de la isla como una m era precaución en virtud del
derecho que á la sucesión eventual te n ia , para que no la usurpase el em perador, y hacién­
dole solemnes protestas de su devolución tan pronto como los peligros se disipasen, con­
servándola entretanto en depósito (2 ). Pero el saboyano, ofendido sin duda de q u e , a p e -
sar de las negociaciones que habían m ediado, no se le hubiese dado conocimiento del
objeto de la espedicion, y desconfiando tal vez de que, un a vez ocupada la isla, le Fuese jamás
restituida, corrió indignado á pedir el apoyo de la Francia y la In g la te rra , en virtud del
tratado de U trech t, acusando á España de perfidia, pues que le habia entretenido con pro­
yectos amistosos p ara apoderarse alevosamente de sus estados. La córte de M adrid devol­
vió la acusación al d u q u e, declarando francam ente su resolución de im pedir que la Sicilia
pasase de ningún modo á poder del em perador y de reu n iría antes á la m onarquía espa­
ñola , de la cual habia sido segregada. D escargaba la culpa de esta em presa sobre sus
mismos aliados, la Francia y la In g laterra , que le h ab ia n hecho sospechar con insinuacio­
nes hipócritam ente inocentes, el tratado que existia p ara en treg ar la Sicilia al em perador
en cambio de la Gerdeña (3) ; cambio que era en verdad un a violacion patente del tratado
de U tre c h t, al que por otra parte se pretendía sujetar á España.
Cuando llegaron á M adrid las dolorosas é inesperadas nuevas de la derrota de la es-·
cuadra, se dirijieron al gabinete inglés sentidas quejas por la deslealtad de que aquella ha­
bia sido víctima. El embajador presentó en una nota el contraste que ofrecía el hecho de
Si rae u sa con la misión que se deeia dada á Byng de lim itarse á defender los estados del em­
p erador, y despues de m anifestar la am arga sensación que tal conducta habia causado á
su soberano, declaraba q u e, apesar de todo, los cargamentos que estaban p ara llegar en la
flota de América serian distribuidos con religiosa fidelidad y que no alteraría en la mas
mínima parte las ventajas que basta entonces había gozado el comercio inglés. E n u n pue­
blo dominado del espíritu m ercantil esta generosidad no pudo menos de hacer un a g ran d e
impresión de pesar (¡t)· ■ .
P e r o , si ya no fué una nueva estratagem a de A lberom , con el fin de adormecer á tos
que quería devorar, este cambio de política tuvo m uy corta duración. Mas osado ó m as
resentido que n u n ca, se propuso llevar la g u erra contra la In g laterra y la F ra n c ia , reani­
mando contra ellas todos los odios que se habian creado y concentrándolos en un a sola
m ira, la suya, por medio de una vasla tram a de intrigas. El rey de D inam arca, á fin de
comprometer A la In g laterra en su lucha con el de Suecia, Cárlos X I I , habia cedido parte
de sus conquistas á Jacobo I á condicion de que lo ausiliaria con un a escuadra en el m ar
Báltico Habiendo este accedido, el resentim iento de Cárlos buscaba todas las ocasiones y
medios de vengarse. El em perador de Rusia estaba igualm ente ofendido de la In g laterra
Dóreme se oponia á sus proyectos sobre algunos estados d é la A lem ania, y fomentaba tam­
b i é n las maquinaciones de los jacobitas. A unque existía en tre estos dos reyes una antigua riva­
lid ad , Alberoni intentó unirlos por medio de u n casam iento: este no se verificó; pero la
u n ió n , que parecía tan im posible, se celebró al fin con la mediación de E spaña á conse­
c u e n c i a de un convenio, por el cual el rey de Suecia, cediendo á la Rusia algunos territorios
de las orillas del Báltico, tendría la ayuda del em perador p ara rescatar lo que le habia

(1 ) C orrespondencia de air L ucas Soliaub.


(2 ) O rtiz. -
(3 ) V ida Jo A lberoni.
(4 ) San F e l i p e . —-O rtiz.—C orrespondencia ciHre M onleleon j A lberom .
h is t o r ia de e s f a ía .
usurpado el rey de Dinam arca y conquistar la Noruega. ÍTccha osla Iransacion, AlLeroni
ooncerló con estas potencias sus planes contra la G ran Bretaña. Rusia y Suecia apronlarían
un a escuadra de cincuenta navios de lín ea, que conduciría trein ta mil hom bres de desem­
barco á las órdenes de Carlos X II. Se dirijian á Escocia, en cuyas costas se u n iiian á una
de las dos cspediciones que enviaría España. La o tra llevaría á In g laterra al ^pretendiente,
y lodos combatirían hasta restablecer en el trono la familia de los Stuardos. E ntretanto lla­
m aría la atención hacia la Alemania el em perador, invadiéndola coii un ejército de ciento
ciucuenta mil hombres. Y cuando los tres monarcas se hubiesen vengado de la In g laterra,
todas las fuerzas aliadas caerían sobre la F rancia, por la B retaña, p ara sostener las p re ­
tensiones de Felipe V (1).

La Francia estaría ya minada para este momento. Afortunadamente para Alberoni el


gobierno del regente se había hecho aborrecible: el desorden y los gravám enes de la hacienda
aum entados bajo la administración de Law, aunque eu gran parte provenían del costoso rein a­
do de Luis X IV , eran u n foco perenne de descontento; sus desacertadas elecciones de personas,
las irregularidades de su c a rá c te r, y sobre todo los escándalos de su vida privada y de su
favorito el cardenal D ubois, le hicieron perder pronto las sim patías que al principio de la
regencia había escitado por su talento. Las disensiones religiosas eran otro motivo de dis­
gusto y aborrecim iento, pues los jansenistas y los jesuítas 110 podían perdonarle el haber
aniquilado su influencia en palacio. Todo eso hacia que el odio hacia el rejenlc, un tiempo
tan querido en F rancia, fuese común á todas las clases: la nobleza se lo profesaba por su
orgullo sin ig u a l; los discípulos de Luis XIV , adm iradores de su g en io , se lamentaban de
uriaépoca sin brillo en que renacían las discordias intestinas; y el p u eb lo , que ningún b e -

( 1 ) B e la n d o .
( ‘ ) P or wtti tiempo se cm peaarün las j>m inrsis o b r a s , a lus que se refuria A iL e ro n i v\\ L¡b ijn c IfE iscriliiiíios
U l pági na sig-uiciuc.
REINADO BE FELIPE V . 331
neficio s e n tía , se dejaba contagiar del ódio general. El mariscal Yillars, escodado con sus
canas y sus glorias, se atrevió á p resentarle u n a memoria condenando la alianza contra la
ram a de los B ortones que reinaba en E spaña, porque era destruir la grande obra de su
glorioso lio; en el consejo de Estado tuvieron ¡unto eco sus opiniones que el m ariscal de
Uxelles, ministro de negocios e x tra n jero s, solo firmó el tratado eon In g laterra obli­
gado personalm ente por el duque; los parlam entos, resentidos tam bién del m enospre­
cio con que eran tra ta d o s, engrosaban con sus quejas el clamor de la n ació n ; por últim o,
hasta la misma familia de O rleans, su esp o sa, todos los príncipes y princesas, participaban
d é la aversión pública, porque les había privado de las consideraciones que recibieran de su
augusto pariente (1).
No se necesitaba mas que un caudillo que juntase en u n solo haz todos estos elementos
diseminados de reb elió n , y vino á encontrarlo Alheroni en la hija del g ran Condé, la célebre
duquesa del M aine, que se puso en correspondencia con la rein a de España por medio de
su em bajador Cellamare. Pronto se formó una vasta conspiración que encerraba las miras
mas o p u estas, enlazadas solo por el frágil nudo del interés p re s e n te : m ientras unos se li­
m itaban á. desear la realización de la voluntad del último r e y , otros aspiraban á entronizar
á Felipe ó para m edrar á su som bra, ó p ara dar im portancia y poder á alguna clase abatida
á que correspondía, ó para satisfacer algún resentim iento personal. La destreza de Alberoni
supo am algamar tan varios deseos en el pensam iento de derribar al rejen te por su alianza
con la Inglaterra y el A ustria, los constantes enemigos de la F ra n c ia , proclamando en su
lu g ar áFelipe-, en lo m enuredad de Luis XV. Supo atraerse álo s m ilitares de mas capacidad;
estender sus relaciones con los descontentos de la B retaña, ofreciéndoles Lodo género de au­
xilios; y avivar el ódio de los jesuítas por medio del confesor D au b e n to n , que se entendía
con su je fe , el famoso Tournem iae. Progresó la conspiración hasta el punto de que y a se
acordasen los medios de apoderarse de la persona del re je n te , se dictase la convocacion de
los Estados generales para la sanción del nuevo orden de cosas y se estendiesen felicitacio­
nes á los poderes que debían nacer de aquella esp.ecie de revolución.
Pero maquinaciones tan brillantem ente ideadas y tan bien conducidas se malograron pol­
las imprudencias de los que mas interesados estaban en su buen éxito. Cellamare se hizo sos­
pechoso por el aire de misterio con que daba todos los pasos y la ligereza con que se servia
de toda clase de personas, de modo que bien pronto el gobierno del rejen te tuvo conoci­
miento de la conspiración que se urdía. A parentó, sin em bargo, no saber cosa alguna y
halló medio de se g u irá la escucha sin ser de nadie percibido. Hallábase ya «preparada la mecha
que debía hacer saltar la m in a (2),» y los zapadores fueron sorprendidos p o r u ñ a casualidad.
Un sobrino def cardenal Portocarrero y un hijo del em bajador Monteleon, á quienes por sus an­
tecedentes y rango se juzgó correos mas fieles y menos sospechosos p ara llevar unos pliegos
im portantes á A lberoni, fueron inocentemente descubiertos por un indiscreto secretario de
Cellamare el mismo dia en que habían partido ; y un correo estraordinario salió ¿alcanzar­
los en Poitiers con orden de ocupar todos sus papeles y conducirlos á París. El S de diciem­
bre se derram ó con esta noticia el te rro r en aquella capital. Habiendo encontrado en tre Jos
pliegos de P ortocarrero la clave de los nom bres de los conspiradores, el em bajador español,
el príncipe de D om bes, los duques del M aine, su hijo el conde d e E u , el cardenal Polignac,
el duque de Richelieu , e! m arqués de Pom padour y muchos otros fueron sorprendidos y
reducidos á encierro. Cellamare tuvo tiempo bastante p ara rasg ar los documentos mas com­
prometidos ; pero los ocupados á los demas conjurados revelaron hasta los menores detalles
de la conspiración. Un tribunal especial fue encargado de juzgar sobre este estraordinario
acontecim iento, y el rejente se apresuró á comunicar á todos los ministros extranjeros resi­
dentes eu Paris un minucioso relato de todo lo descubierto con copia de los pormenores mas
interesantes. Dio también la mayor publicidad á losm ensages, y aesten d id o s, que debían
cruzarse entre los nuevos poderes; en los cuales se hacia, como e ra consiguiente, la m a s
n eg ra p intura de la adm inistración de la rejencia, concluyendo con pedir la convocacion de
los Estados generales para libertar al joven rey y á la nación de la opresion que sobre am­
bos pesaba. Se acusaba tam bién á O rleans de haberse unido á los enemigos de la Francia

(1) M emorias de Y ilJars.—San Simón.


(2 ) C urln d e A lb e ro n i á C e lla m a re , iü lo i’c p p ta ila ,
TOMO IV.
332 HIST011IA DI? ESPAÑA.
contra an miembro de la familia real, sin consultar en caso tan grave ni á los E stados, ni al
Parlam ento ni siquiera al consejo de rejencia, en lo cual se veian miras de usurpación.
El mas notable de estos documentos era el mensaje que los Estados generales debian
enviar á Felipe V demandando su am paro.— « S e ñ o r, le d ecían ; todos los brazos del Es­
tado se arrojan á vuestros pies implorando vuestro apoyo en la situación cruel á que los
tiene reducidos el actual gobierno. Conocidas son á Y. M. nuestras dolencias; pero acaso
ignora hasta donde llegan estas, y el respeto que profesamos á la autoridad re a l, cuales­
quiera que sean las manos en que se halle y de cualquier modo que se ejerza, no nos per­
m ite alim entar mas esperanzas que las que nos otorgue vuestra protección.— Esta corona
es el patrim onio de vuestros abuelos, y el que la ciñe en el dia está unido á vos por los vín­
culos mas fuertes. La nación os m ira como heredero presunto del trono y cree que estáis
animado de los mismos sentim ientos que vuestro augusto abuelo , de cuya pérdida se la­
m enta sin cesar. E n esta creencia, vamos á esponeros nuestras desdichas implorando vues­
tro am paro. » En esta esposicion nada se olvidaba: el desorden de la hacienda, el rigor
contra los habitantes de la B retaña, el desprecio del parlam ento, las disipaciones d e lre je n -
te , su alianza con los enemigos de la religión católica apostólica y de la casa de Borbon. Y
continuaba asi: «Si nos preguntase V. M. cual es el remedio p ara tantos m a le s, contesta­
ríamos : Al rem edio está en vuestras manos. A unque ceüis vuestras sienes con una diade­
m a ex tra n jera , п орог eso dejais de ser u n hijo de la Francia. Como tio del rey menor
¿quién podría negaros el poder de convocar los Estados p ara el restablecimiento del orden,
asi como para que se dicten las medidas indispensables en lo relativo á la rejencia y á la
tu te la ? —La Francia e n te ra b a entendido q u e, al renunciar á vuestros legítimos derechos,
solo habéis pensado en la tranquilidad pú b lica, reconociendo en esta conducta los sen ti­
m ientos de u n verdadero padre del pueblo. Puede estar cierto Y. AI. de q u e, sí os p resen ­
taseis aquí con vuestra servidum bre nada m as, todos los corazones os acojerian con en tu ­
siasmo, y los franceses todos se disputarían la honra de escoltaros. P ero , si p ara mayor
seguridad entraseis en Francia con diez mil hom b res, y quisiese el duque de Orleans re­
sistiros con sesenta m il, tened por cierto que las tropas en que tiene él m ayor confianza
serian sin duda las mas dispuestas á obedeceros. No hay un solo oficial que no la m e n te , ni
un soldado que no note la maldad del gobierno, ni un solo francés que no os m ire como su
libertador. Todos rivalizan en gratitu d y admiración hacia el nielo de aquel soberano ido­
latrado que reina todavía en nuestros corazones. N a d a , señor, teneis que tem er del pueblo
y de la nobleza, que os deberá en breve la seguridad y la vida. Teneis un ejército en F ran ­
cia, y podéis esperar que llegareis á ser no menos poderoso que Luis X1Y. Escojcd : sereis
recibido ó como vencedor, ó como r e je n te , ó como un príncipe que restau ra con honor el
testam ento de su abuelo. —Asi es, señor, como vereis restablecida esa unión tan necesaria
á la seguridad de las dos coronas, que las hace invencibles; así restablecereis la tranquili­
dad en un pueblo que os m ira como á pad re, é im pediréis desgracias en que no se puede
pensar sin horror. ¿Q ué reconvenciones no os haríais á vos mismo si el acontecimiento que
tanto tememos (1 ) llegase á realizarse? ¿Q ué de lágrim as no derram aríais por haber des -
conocido los deseos de esta nación que im plora vuestra protección?»
La noticia de haber sido descubierta la conspiración a te rró , tanto como á los conjurados
de F ra n c ia , á los de M adrid, á Alberoni y á los reyes. Pero como no cupiese ya negativa,
n i disculpa, Felipe tomó el partido de la franqueza. Prendió prim ero y espulsó luego igno­
m iniosam ente al em bajador francés, y fué tras él u n manifiesto (26 de diciembre) que se
■esparció con profusión por toda la Francia y los gabinetes extranjeros; en el cual se esfor­
zaba á justificar su conducta de los cargos que en el suyo le hiciera el rejente y anunciaba
su resolución de acudir á las arm as solo contra su persona y autoridad, llamando á la leal­
tad francesa en su ayuda (2 ).
A esta provocacion indiscreta contestó el rejente con un a enérjica declaración de
g uerra.

(1 ) L a m u y e te d e L u is XV,
( 2 ) San F elipe.—San S im ón.—Memorias de R icholieu,—-Anécdotas de la R ejen cia, de m adam a do 31ea1, oscritos p o r
utiB dam a de h c c c r y agente de la dnijucsa Maino llam ada D elaulnay .
REINADO D E F E L IP E V . 333

CAPITULO XXXIII,
1719.

La F rancia declara la g u e rr a ¿ E s p a ñ a : acusaciones m ñ tu a s i F elip e V y s u esposa con A lberoni se ponen al Trente del
e je rc ito : Bersvick se apodera de P asajes , F u e n tc rra b ia y san S ebastian > y pasa á C ataluña, d e donde se r e tira luego
al R osellon.—A pesar de la n e u tralid ad de Suecia y R usia , A lberoni envia u n a eapsdicloa co n tra E sco cia, q ue es des­
tru id a por u n a tem pestad; venganzas de la In g la te rra en G alicia—Vana te n tativ a contra la B retañ a.—líeveses en Sici­
lia ,__Accesión form al üe la H olanda á la C u a d n ip le -a lia n z a : b ases que propone E sp añ a p ara la p a z : son rech azad as
p o r los aliados , poniendo por condicion previa la caida de A lberoni,—‘iQ trigas q u e lo consiguen : in esp erad as d e m o s­
traciones de afecto p ú b lico : persecuciones que d irijen co n tra él los reyes de E spaña y el papa : p rotegido p o r la
república do Genova , publica varios escritas e n a u d efen sa; s u ocultación bajo el am paro d e la S u iz a : ju icio de su
ad m inistración en E spaña : su vuclLa á R o m a : es procesado y restituido á todas sus d ig n id a d e s: in q u ietu d q u e cau sa
ó sus enem igos: bosquejo personal; últim os bechoa de s u vida.

A l declarar el rejente de Francia la guerra á España (9 de enero de 1719 ) hizo, para jus­
tificarse ante la E u ro p a, una esposicion apasionada de las causas que le obligaban á la agre­
sión. Acusaba á Felipe de atentar contra la paz de las naciones, cimentada sobre el tratado
de TJtrecht, y rechazaba las m iras de usurpación que se le a trib u ía n , haciendo las mas e s -
presivas protestas de adhesión y respeto á la persona del joven Luis XV. Contestó Felipe á
este manifiesto con o tr o , en que esponia las razones porque se había negado á aceptar las
condicion es propuestas por los aliados. «El convenio p ara la neutralidad de Ita lia , decia
en él, es nulo porque lo ha violado muchas veces el em perador: la cesión proyectada de la
Sicilia al duque de Savoya no loes m enos, puesto que el duque no h a ejecutado las condi­
ciones de que dependía. La aceptación de la cuádruple alianza h a sido propuesta por las
potencias que desean avasallar á E uropa de u n modo tan absoluto y despótico que se condu­
cen como si no tuviesen mas objeto que el privar á los reyes de los derechos de soberanía
emanados de Dios.» Además de estas quejas generales contra la cuádruple alianza acusaba
á la Inglaterra de la villanía con que habia sido atacada la escuadra de S icilia; al em pera­
dor de su repetidos insultos y su ambición sobre la I ta l ia ; y al reje n te, de su conducta
tiránica, de su consorcio con ios enemigos de la casa de Borbon y de haber fraguado una
conspiración en Madrid por medio de sus em bajadores.
A unque el parlam ento de Paris habia condenado su prim er manifiesto como sedicioso,
algunos hechos y noticias particulares le hicieron creer que el espíritu de la Francia, prin­
cipalm ente del ejército, estaba de su parte. El venerable Y illars, llamado á ponerse al fren­
te de las tropas que debían en trar en la p e n ín su la , se negó á m archar contra un príncipe
de la casa de su idolatrado so b erano, y desaprobó con franqueza semejante g u e rra , acon­
sejando al rejente una reconciliación en tre dos coronas enlazadas por los vínculos de la
sangre, del interés y de la historia (1). La opinion de este ilu stre general hizo mucho efec­
to en todo el ejército, ya minado por los conspiradores. Y la num erosa em igración que a r­
rojaban á España las persecuciones de Orleans acabó de fortalecer á Felipe en su propó­
sito de g u erra y de estim ular su actividad en los preparativos.
A prestadas ya las tropas, salieron de M adrid m uy animosos el 26 de abril á. ponerse á
su frente los réjios consortes y A lberoni, no vacilando en com prom eter sus personas en los
azares de la g u e rra , así porque creían em peñada en ella su dignidad, como porque es­
taban persuadidos de que aquella cam paña iba á ser no mas que una m archa triunfal.
El rey m andaba la prim era división; la reina acompañaba á la seg u n d a; y Alberoni rejia la
tercera. Cuanto alentaba su valor la confianza en el enemigo que iban h com batir lo de­
m uestran sus prim eros pasos. Se hicieron preceder de un a proclama á los soldados france­
ses , en la que se les hablaba de la unión de Francia y E spaña como de una condicion nece­
saria para la felicidad de ambas naciones, se vituperaba por consiguiente la alianza de!
rejente con la In g laterra como el daño m ayor para am b as, y se les invitaba á tom ar un
puesto en las filas del ejército que iba á salvar á la F rancia de la perdición y la ignominia.
Concluía halagando la ambición m ilitar con ofrecimientos de recompensas bajo la garantía
de su palabra real. Tan profunda era en los reyes la creencia de que solo la presentación
de Felipe á, la vista de una división francesa seria la señal de una deserción en m asa, que,

( i ) M emorias de Villar«.
33Í HISTORIA b e e s p a Ra ,

según se dice, determ inaron los cuerpos en que debían ingresar los pasados y hubo el
proyecto setni-heróíco de q ae aquel se adelantase con solo una pequeña escolta á fin de
escitar el entusiasmo de la tropa por medio de un rasgo de valor y confianza.
Deshizo Alberoni estos aéreos pensam ientos, y bien pronto hubieron todos de conocer
cuan ilusorias esperanzas abrigaban. Los conspiradores no habían contado con los solda­
dos sino con los oficiales, y cuando llegó este momento decisivo, la autoridad inm ediata de
estos desapareció ante el m ayor poder y prestigio do los jefes superiores. El duque d e lie r -
w ick , general no menos ilustre que Y illa rs, aceptó el mando que esle habia desechado , y
á su voz todos obedecieron sin que un murm ullo siquiera se levantase. Tuvo tam bién Or—
leans la discreccion de dar á todas sus disposiciones et carácter de defensivas de la persona
del rey y de presen tar á Alberoni como el único ó principal motor de la disensión en tre
am bas coronas y de la g u erra que se iba á e m p re n d e r, protestando no dejar las arm as has­
ta que hubiese él cesado d ed irijir los negocios de España. De esla m anera aseguró la f i­
delidad del e jé rc ito , y con ella la del pueblo y la quietud de los conspiradores.
Tranquilo sobre el in te rio r, se esforzó en ganar por la mano á su r iv a l, á quien no sor­
prendió poco en efecto ver p en e trar eu Vizcaya un ejército de nías de trein ta mil
franceses, Berwick, tan conocedor del pais, abrió aquella cam paña, cuyos preparativos alar­
m aron á toda E uropa, con la ocupacion del puerto de P asag es, en cuyo astillero habia seis
navios de línea. Con este ataque inesperado se cambió com pletam ente la situación de los
reyes españoles y quizá se salvó Orleans de una rebelión que lo volcase del poder. Vién­
dose acometido F elip e , tuvo que rep a rtir sus fuerzas en las plazas fronterizas p ara atender
á so. d efe n sa, y despues de esto, apenas le quedaron mas que quince mil hombres p ara re ­
sistir al invasor. Sin em bargo, cuando este pasó á sitiar á F u en te rrab ía, no queriendo F e­
lipe ser mero espectador de la rendición de sus pueblos, se empeñó en ir á s u socorro desde
P am plona, siendo p reciso, para d isu a d irle , que su m inistro le presentase demasiado ciertos
los peligros á que se esponia. «Hasta el d ia , le d ijo, me han acusado de ser el autor de la
g u e rra , y lo único que he ganado es el odio general. Es este -un sacrificio á que m e he
espuesto y quem e hallo dispuesto á aceptar, si es preciso; pero no puedo ver con frialdad
que Y. M. se proponga hacer levantar el sitio de F uenterrab ía á la cabeza de un puñado de
hombres. La plaza está sitiada por un ejército num eroso; hállase situado ventajosam ente, y
seria correr á una perdición segura y esponernos á la mas terrible catástrofe. A mí se me
achaca cuanto malo ocurre, y la'desgracia que resu ltaría de un a tentativa de esta naturale­
za com probaría mas lo que se dice vulgarm ente: que mis proyectos estravagantcs no
pueden acabar de otro m odo, y que nada bueno se puede esperar siguiéndolos conse­
jos de un lunático (1)» F u en te rrab ía, á pesar de su bizarra defensa, se rindió el 1 8 de junio,
y San Sebastian se vio sometida á igual suerte por medio de un bombardeo destructor, que
duróscisscm anas. U na escuadra inglesa auxiliaba eslasoperaciones. Ocupado así aquel ángulo
de la península, y , siendo muy aventurado atacar al rey en la fuerle plaza de Pam plona, se
dirigió Berwick al otro ángulo de Cataluña por F rancia con el objeto probablemente de esta­
blecer estas dos bases para la inm ediata cam paña, en que tal vez se proponían apropiarse el
pais allá del Ebro. Felipe, renunciando ya á sus aéreos proyectos de invasión, envió ¿i su
ejército siguiendo un movimiento paralelo, y. si no llegó á tiempo de evitar la rendición de
U rg el, pudo evitar la de Rosas y obligar al enemigo á retira rse al Rosellon al acercarse el
invierno, reducidas á la m itad sus fuerzas. El m arqués de C aslcl-R odrigo recobró luego á
U rgel y las demas plazas perdidas.
Im prudencias iguales á las que habian revelado las maquinaciones contra el rejente de
F rancia frustraron los proyectos sobre In g laterra. Alberoni tuvo la indiscreción de comuni­
car su pensamiento al barón de W aclet, general al servicio deE spaua, que vendióla confianza
á los enemigos (2), Los preparativos navales confirmaban esla delación. Tuvo tam bién Al­
beroni la desgracia de que Cárlos X I I , en cuyo valor y pericia confiaba principalm ente,
pereciese al mismo tiempo en N o ru e g a , pues su herm ana y sucesora Ulrica no quiso ocupar­
se de o tra cosa que volver la paz á sus estados. P erdida la cooperacion de la Suecia, faltó
también la de R usia, bastando para ello la presentación de una escuadra inglesa en el B álti­
co. No pudo, pues, contar Alberoni para tan ardua em presa m asque con las fuerzas de lis-

( I) Historia üc AíbcrOQi.
¡2) Belando,
REINADO DI! F E L IP E V . 338
paña, de esta nación, que acababa de hacer los esfuerzos asombrosos de CeTdeña y Sicilia.
No o b sta n te, el valor del cardenal, que era de esos poco comunes que se engrandecen
con la adversidad, no abandonó su proyecto, al cual creía convidarle el estado interior de
la G ran Bretaña. Engañado por los clamores de la prensa de la oposicion, que acusaba al
ministerio de haber roto con una potencia cuya am istad lauto im portaba á los intereses de
su comercio y de haber roto con el afrentoso ataque de Byüg , creyó que la sola presentación
de un apoyo'extranjero bastaría para levantar en rebelión á todas las facciones y poder e r i -
jir en medio de la anarquía el trono de los Stuardos. Con pretesto de ir á reforzar el ejér­
cito de Sicilia, armó en Cádiz una escuadra de seis navios con seis mil hombres de desembarco
y arm am ento para treinta mil; y cuando estuvo preparada, partió con rumbo a la s costas de
Escocia (10 de marzo de 1719) á las órdenes del duque de O rm ond, que se hallaba en Es­
paña em igrado, llevando á bordo al pretendieníe, hecho venir de Roma. Pero la fatalidad

iMolcUor de Macan u2,

que perseguía a Alberoni en todos los planes lanzó sobre la espedícion en el cabo de F im is-
te rre una torm enta que la desbarató. Solo pudieron llegar á su destino dos fragatas, que 110
llevaban para echar á tie rra nías que unos trescientos hom bres con algunos nobles del país
emigrados. Ansiosos de vengafiza, no vacilaron en desembarcar llevando por toda esperanza
dos mil arm as y la ilusión del apoyo que en su creencia correría á ofrecerles el país. Ellos,
como Alberoni y Monleleon tocaron pronto la realidad de un áspero desengaño. El emba­
jador, que habia fascinado al m inistro con las seguridades de un levantamiento general de
los whigs y los jacobitas con los toi is descontentos para restaurar el trono y em ancipar á
la nación de la dominación alem ana, vio el contrario electo que producía el grito de g u erra
á, favor del pretendiente. Todos los partidos se unieron contra el que tenían por enemigo
común , separado de ellos para siempre por un patíbulo, y los jacobitas, viéndose solos,
aun se sintieron con este abandono mas débiles de lo que eran. El gobierno hizo ir á Ingla­
te rra en su auxilio á dos mil holandeses y tres mil imperiales de los Paises-B ajos; el parla­
mento sostuvo al rey y , antes de que pudiesen em barcárselos diez mil franceses que le
ofreció el rejente, la rebelión babia sucumbido, sin dejar apenas rastro de su existencia. Los
dos mil montañeses de las orillas del lago Nees que se sublevaron á la voz de sus antiguos se­
ñores fueron rechazados á las quebradas de que apenas habían acabado de descender; los
españoles, cuyo núm ero era tan insignificante, tuvieron que re n d irs e ; v los caudillos de
336 H IST O R IA D E ESPA Ñ A .
la in su rrec ció n , que refugiarse en las islas H ebrides p ara luego buscar un asilo en el сод-»
tinente.
L a agresión provocó la venganza. La escuadra inglesa que habia favorecido las opera­
ciones de Berwick en Vizcaya hizo una escursion asoladora en la estensa costa de Galicia
para d estruir los buqués que en ella se habían guarecido de la to rm e n ta : Vigo cayó en su
p oder; Pontevedra y suscontornos fueron asolados; y la devastación se repitió donde quiera
que desem barcaron, siendo objeto principal de su saña las embarcaciones y los almacenes
del comercio. O tras escuadras se equiparon al mismo tiempo en In g laterra p ara llevar igua­
les desolaciones á las posesiones de América.
Tampoco se abatió por estos reveses A lberoni, en quien es fuerza reconocer ó un a te­
nacidad indomable de carácter ó una grandeza de án im o , á la que solo falta el concurso de
las circunstancias y de la fortuna p ara hacer de un hom bre un héroe en la opiniou. E m ­
pleó esfuerzos inconcebibles para rehabilitar la escuadra dispersada en Galicia, que no pensa­
b a dirigir ya contra las islas británicas sino contra la B retaña. Pero las rivalidades en tre los
gefes retrasaron su salida, y el reje n te, recelando de aquellos p re p a ra tiv o s, presentó en la
frontera otro ejército de veinte mil hombres, que hizo desistir al m inistro español de sus
proyectos.
Ni era entretanto mas propicia la suerte á Alberoni en Sicilia. D espues de la rendición
de Palerm o y Mesina, no quedaron á los españoles por conquistar en toda la isla mas que
tres plazas: Siracusa en la costa o rie n ta l, Melazzo en la del n o rte , y T rapani en el ángulo
noroeste, que al fin sucumbió. Dirigió contra las otras el m arqués de L ed esu s fuerzas; pero
la d errota d é la escuadra, la falta de recursos y hasta de comunicaciones en que lo m antu­
vieron los cruceros ing leses, y los medios de que se valió Yictor Amadeo cortaron luego el
vuelo de sus arm as. Este p rín c ip e , habiéndose adherido á la cuadruple-alianza por vcDgarsc
de F elipe, reconoció por rey de Sicilia al e m p e ra d o r; y este, desembarazado de la gu erra
de T urquía y de la rebelión de H ungría por la paz de P ap aro w itz, envió considerables fuer­
zas á Ita lia , que pasaron á la. isla protegidas y convoyadas por la escuadra inglesa. Cuanto
hizo Alberoni por enviar víveres y esfuerzos á aquel ejército fué in ú til, p u e s , teniendo que
ir en buques aislados y á lo corsario, caían casi todos en poder del enemigo. El sitio de Mc-
lazzo hubo de á reducirse á, bloqueo y m uy luego ni á e s to ; Mesina y T rapani se perdieron;
y aunque en FrancaviSla, en Caslrogiovane y Elcamo los españoles obtuvieron triunfos so­
b re los austríacos, como no m ejoraban su situación, se vieron en la necesidad de encerrarse
en las plazas que les quedaban y que supieron conservar basta la conclusión de la paz.
Todos estos reveses decidieron á la Holanda á acceder de un a m anera franca á la cua­
druple-alianza. H asta entonces, lisongeada con las ventajas comerciales que España le con­
cedió, la habia diferido c o r diferentes p re te sto s; pero las exijencias de la In glaterra y la
Francia, con las desgracias de A lberoni, la pusieron en el caso de abandonar u na posicion
que de buena gana hubiera prolongado. Su accesión llev ab a, sin em bargo , la cláusula de
que se concedería á España un nuevo plazo de tres meses p ara aceptar las condiciones ya
propuestas.
Acaso era otra trég u a convenida secretam ente con Alberoni por el m inisterio holandés;
pero al fia, ostigado de cerca por los aliados y no hallando en todas partes sino desaires de
la fo rtu n a , envió á los Estados generales las que proponía Felipe como bases de la paz.
E stas bases eran dignas de un hombre de estado y revelaban una le a lta d , que suplía muy
bien al patriotism o: debían restituirse á España G ib raltar, M enorca y las plazas reciente­
m ente conquistadas por la F rancia; se establecería la reversión á don Cárlos de los estados
d e P a rm a y T oscana, como sucesión h e re d ita ria , independiente del im perio; este obtendría
la trasm isión de Sicilia, reconociendo los derechos de E spaña á la re v e rsió n ; el comercio de
la península y las Indias Occidentales se restablecería según las estipulaciones de U trecht,
y por últim o la familia de Farnesio restituiría al pap a las plazas de Castro y llonciglione,
qu e le habían sido usurpadas.
Estas proposiciones fueron también enviadas á Ing laterra ( 1 ); pero, no pudiendo creer
allí en su sin c erid a d , no lograron alterar la resolución que tenia hecha y manifes­
tada aquella potencia de no tratar de paces m ientras se hallase Alberoni al frente de los

(i; Tm dal .
REINADO D E FEL IP E V . 337
negocios de E spaña, «Haremos m a l, -escribió lord Stanhope al cardenal D ubois, (22 de
agosto} en no asegurar la paz derribando á u n m inistro que am a la g u e r r a ; y como jam ás
consentirá este en tra ta r de paz hasta que se vea p erd id o , es preciso que sea esta caída
una condicion indispensable de la paz. No habiéndose empeñado la g u e rra sino por causa
su y a, que la em prendió violando ios compromisos mas solemnes y despreciando las prom e­
sas mas sa n tas, si se vé en la necesidad de consentir en la p a z , no será mas que p ara salir-del
momento y con la resolución de aprovechar la prim era ocasion de vengarse. No es fácil pro­
meterse que pierda de vista sus vastos planes ni que renuncie á la idea de probar au n fo r­
tu n a para llevarlos á cabo tan luego como haya rem ediado sus pérdidas y le den los descui­
dos de los aliados esperanza de éxito mas feliz. Se halla instruido de todas las negociaciones
que pueden asegurar el cumplimiento de sus p la n e s; te n d rá cuidado de conservar sus rela­
ciones, y se valdrá de todas cuando sea'tiem po de hacerlo, con tanto m ayor daño nuestro y
vuestro cuanto sus pasadas imprudencias lo harán mas circunspecto y sus reveses mas cau­
to todavía que lo ha sido hasta aquí. El es quien nos h a enseñado los riesgos de una
paz engañadora , y no es capaz de consentir en una paz de otra nataraleza. Su p o lí­
tica estriba en la m áxim a de que es lícito hacer cuanto se puede; y debemos d ar g ra­
cias al ciclo de que no haya calculado mejor sus em presas y que h ay a osado mas de lo
que podia abarcar. Puesto que se halla ya en tales conflictos, no perm itam os que sal­
g a de ellos; pidamos á Felipe que lo despida de E sp añ a, pues no podemos estipular una
condicion mas ventajosa p ara él y para su pueblo. Demos á E uropa csíe ejemplo , á fin de
que pueda servir de lección saludable á todo ministro turbulento y ambicioso, que tratase de
violar los mas solemnes convenios comprom etiendo á sus soberanos de un modo tan escan­
daloso.—En saliendo de E spaña el cardenal A lberoni, no perm itirán jam ás los naturales
que recobre el poder, y SS. MM. CC. han sacado bien poco fruto de sus perniciosos conse­
jos p ara desear que regrese. E n una palabra, esa paz firm ada por el cardenal no será mas
que un armisticio de corta du ració n , y jam ás podrem os contar contratado ninguno en
tanto que no tengam os que entendernos con un m inistro español, cuyo sistema sea opuesto
al del cardenal con respecto á Francia en p articular y á E uropa en general.»
Quizá ningún m inistro ha gozado los honores de tal oposicion. ¡ Un solo h o m b re , al
frente de una nación abatida y sin mas recursos que su talento y su genio agitador, contra­
pesaba el poder de las prim eras naciones de E uropa y se le consideraba como el único obs­
táculo para la paz! Como quiera que ella sea , esta es un a gloria que solo ai talento es
concedida y que la historia no debe oscurecer. A Alberoni no le faltaron sino las circuns­
t a n c i a s p ara ser mirado como un grande hom bre. Un siglo a n te s, cincuenta años siquie­
ra , el hijo del jardinero plasentino , el ju g lar de V endóm e, hubiera sido encomiado como el
mas hábil diplomático de los tiempos-modernos. Tuvo que luchar con la fo rtu n a, y su­
cumbió.
P ara derribar á A lberoni, era necesario valerse de la in trig a , em presa que quedó e n ­
comendada al rejente por tener mas medios al efecto en la córte de M adrid. El confesor
D aubenton se puso á su servicio por resentim ientos con el cardenal, y no le fué difícil ha­
cerse escuchar de un rey que veia hurlados sus ambiciosos proyectos. Pintó con los colores
mas odiosos los planes de Alberoni y su adm inistración in te r io r ; y secundado en esta obra
de demolición por los numerosos enemigos q u e la superioridad de aquel le atrajera, entre
ellos H iperdá, consiguió desvencijar su poder. Bastaba que se hiriese el am or propio del
monarca representándole su autoridad deshonrada. Pero se em plearon otros recursos mas
eficaces para con la r e in a , cuya protección era lo que hasta entonces le habia sostenido. El
duque d e P a r m a , ofendido d é la superioridad que habia adquirido u n antiguo vasallo sayo,
se prestó á, escribir á su sobrina contra él, (i cambio de las lisongeras prom esas que le hizo la
In g laterra por conducto de Lord P eterborough, enviando con esta misión especial, suficien­
tem ente d o ta d o , al m arques de Scotti. Esle se adquirió pronto la cooperacion de la azafata
L au ra P isca tto ri, que habia sido nodriza de la rein a y ejercía sobre ella el imperio d é la
ed ad , del reconocimiento y de un trato constante de toda la vida. Hija de la pequeña aldea
de Fiorenzuola, como A lberoni, y nacida de padres de no mas alta alcu rn ia, no podia sopor­
tar que un com patriota com partiese con ella el afecto y el favor de los reyes, y que se hu­
biese alzado á la s mas encum bradas dignidades de la Iglesia y del Estado, lía en los tiempos
en que gozaba de toda la protección de la rein a, se complacía la envidiosa azafata en poner
en ridículo su persona y re p e tir á. esta las canciones con que el pueblo se vengaba de las dis­
338 - HISTORIA DE ESPAÑA.
posiciones que le lastim aban (1 ). Por su m edio, en fin, consiguió Scotti tener con la rei­
n a un a conferencia que decidió de la suerte de Alberoni. No tuvo necesidad de mas que ofre­
cerle ventajas de mas precio que las que pudiera alcanzar por los esfuerzos de su favorito y
garantidas por dos potencias como la Inglaterra y la F ra n c ia , p ara que se prestase á sacri­
ficarlo. Ella fué quien derribó con su pie al que la habia eticuuibrado hasta el trono de una
las prim eras naciones de Europa.
El dia 5 de diciembre con sorpresa supo Alberoni que el rey se habia ido al P ardo, pues
no tenia noticia alguna de tal determ inación, y á poco le fué presentado un real decreto que
lo exhoneraba del cargo de m inistro y le ordenaba salir de M adrid dentro de ocho d ia s , y de
E spaña antes de tres semanas. La noche anterior habia estado conversando lan am igable­
m ente como de ordinario con los reves y con Scotti. Acaso esto le hiciese dudar de la auten­
ticidad del decreto, porque pidió que se le concediese una audiencia; pero lo único que se le
perm itió fué escribir una c a rta , que le convenció al fin de que su desgracia estaba consuma­
da, pues por toda contestación se le repitió el mandato real.
Jam as se ha visto una rectificación mas rápida de la opinión pública que la que produjo
esta caida inesperada. Al verle en el suelo , el noble carácter español olvidó los errores de!
hom bre á quien hasta aquel momento habia odiado como estrangero ; se acordó solo.de su
ta le n to , de su osadía y de los esfuerzos que habia em pleado p ara elevar á E spaña á su an­
tig u a prep o n d eran cia; y no hubo clase que no se apresurase á llevarle el consuelo de su pe­
sar y reconocimiento. Su casa se vio llena de gentes que acudían á contem plar aquel c o ra -
zon esforzado que se'habia atrevido á pensar y á in te n ta r el restitu ir la vida á un cadáver,
convertir un esqueleto en atleta. E n el apojeo de su poder, no habia conocido el carde­
nal sem ejantes sim patías, y esto honra tanto su talento como la nobleza de la nación.
Alarmado Felipe de una ovacion que tampoco esperab a y que consideraba como u n in ­
sulto á su au to rid ad , le mandó salir inm ediatam ente de la c ó r te , un dia antes del plazo que
se le habia concedido; venganza que hace mas innoble lo m ezquina. El 12, habiendo dado
cuenta de su adm inistración, salió en efecto Alberoni para Italia, lomando el camino de Bar­
celona'; y apenas habia salido de la c ó r te , dió principio un a serie de persecuciones que in­
dignaron á todas las almas honradas. F ué tras él uua o rd e n , que le alcanzó en Lérida, para
reg istrar sus papeles, y aunque no se le encontraron sino documentos que hacían referen­
cia á su justificación, se le estrageron alg u n o s, perm itiéndole en seguida continuar el v ia -
ge. A fortunadam ente los papeles im portantes con que después hizo su celebre d efensa, ha­
bían sido enviados po r Alicante; pero indignó tanto al caído esta conducía q u e, sin contener
su enojo, rasgó en presencia del comisionado una letra de veinte y cinco mil escudos, no
queriendo llevar dinero de quien de tal m anera le ofendía (2 ). E n el tránsito por Francia
fue acompañado de u n emisario del re je n te , encargado de recojer los secretosá que se creía
daria suelta su resentim iento. El sagaz italiano lo fué entreteniendo en esa esperanza; pero
cuando habían term inado su viaje, cuanto habia escuchado de los labios del ex—m inistro no
fueron mas que quejas y acusaciones, en que se mezclaba la burla con la indignación. Ha­
blaba del rey como un marido bonacbon, gobernado por su m ujer, que mandaba á media
v o z: «Q uiero que se me obedezca» , y en seguida obedecía como un cordero. A la reina la
calificaba de espíritu diabólico, que pegaría fuego al mundo entero si á sus intereses p arlicu '
lares convenia. El gobierno de Genova le tenia preparad a en Antibes un a fragata que lo
trasladó á S e s tri, donde se preparaba á pasar á llom a cuando recibió prohibición de pisar
el territorio de los Estados pontificios bajo pena.de encarcelamiento, y acto continuo una ame­
naza de las censuras del papa si tomaba posesion del obispado de Málaga.
Consiguió además que el senado lo retuviese para responder á los capítulos de cargo
remitidos por los reyes de España, que eran los sig u ien te s: 1.°, que habia echado mano
del dinero de la santa cruzada é im puesto contribuciones al clero p ara h acerla g u erra ¡t los
príncipes católicos; 2,° que em prendió las hostilidades contra el em perador cuando este se
hallaba empeñado en com batir A los tu rc o s, en daño de la I ta lia , de Europa y de la fé cató­
lica; y 3 .“ , que por m iras de egoísmo personal habia prohibido á los súbditos de España
pidiesen bulas al papa p ara la colacion de los beneficios eclesiásticos. El senado de Genova
declaró que la acusación no era bastante grave ni estaba suficientemente probada para p ri­
var al cardenal de las garantías que le concedía el derecho de gentes, ni de la hospitalidad
(4) D u elo s: M emorias s e c rc tn sd e la Rejoncio,
(2) i>au F e lip e .— Orti¡&.—Duelos.
IlE iN A B O B E FfcLIPE V . 339
que pedia, negándose por lo tanto á hacer la entrega de su persona y papeles que solicitaba
el embajador español, m arqués de san Felipe. Conducta noble de aquella república que
contrasta vivamente con el rencor que anim aba á los encumbrados monarcas de Madrid v
Roma. Pero, no atreviéndose el senado á llam ar sobre si por esta causa el enojo de todas las
potencias de E u ro p a, mandó al acusado que buscase un asilo fuera de sus dominios (!}.

í is la l:i f u e n s c d e i;i s e l v a , m i r u n J a ;il Mu Jioüia , c o n ¡ia rie d el re a] p l a c i ó , e n Sun Ildcru nso .

Lus temores de la república no eran vanos. A lberon i, al recibir en Sestii la prohibición


de pisar los estados de la iglesia, publicó (11 de febrero) una contestación enérgica mo­
tejando á la córte rom ana del atropello que con él se cometía privándole de irse á incorpo­
ra r el sacro colegio sin un. delito que lo inhabilitase, ni una sentencia ó un proceso que lo
acusase de alguu delito. E n seg u id a, para rechazarlos cargos que se le asestaban, publicó
también una apología, una carta á Felipe V, otra al duque de Popoli, y por último (5 de
mayo} la defensa de su adm inistración, breve pero henchida de acontecimientos (2). Estos
célebres documentos pusieron el colmo á la irritación de los reves de E sp añ a, q uienes, no
pudieudo alcanzar que el senado genovés les entregase á su au to r, pidieron á Roma con
m ayor empeño que se le exhonerase. El sacro colegio 110 quiso sentar un precedente
que podía ser m añana funesto á todos sus individuos, y el papa se tuvo que lim itar á entre­
ga! el juicio de la conducta de Alberoni á una comision de cuatro cardenales.
Pero este no quiso esperar un nuevo testimonio de la justicia romana. Suplicó al duque

(1) S íjji F e l i p e .

(i) íriic iu lú s o n l a s u o i a s d e A l b e r o n i p u e d a s al mfirg en de s a li br o du


P ü g g h i l í , rc llr K e m p i s : I m it a c ió n (]r Te utr rUt n
1
q u e s e c o n s e r v a en1 la b i b l i o t e c a d e l d i q u e de Parr nn. ./tatr
TOMO IV , 45
340 HISTORIA DE ESPAÑA. '
de P arm a un asilo con los títulos de un hijo para con su m adre; y habiéndoselo rehusado, se
lo pidió á la naturaleza, refugiándose en los montes Apeninos (1). Por algún tiempo no se
sapo mas de él. ¡Qué lección p ara los ilusos, que en el regazo de la fortuna se olvidan de las
vicisitudes humanas, y para los insensatos que, cuentan sobre la g ratitu d de los poderosos!
A usente A lberoni, desterrado de su patria adoptiva , proscrito de su p atria n a t a l, y cuan­
do todos le amenazaban ó le cerraban sus p u e rta s, los reyes de E sp añ a , aquel Felipe Y y
aquella Isabel F arnesio, á c u y o servicio se habia consagrado todo en tero , descargaron so­
b re él las acusaciones mas innobles y presentaron su nom bre al golpe de lodas las recon­
venciones. No siendo su delito sino el esceso de su servicialidad, hicieron recaer sobre su
espíritu turbulento la responsabilidad de la g u erra ¡ que nadie mas que ellos habia em pren­
dido! que nadie sino Alberoni habia combatido con lodas sus fuerzas! Hicieron m a s , y fué
decir al em bajador inglés que habia abusado de sus augustos nom bres en perjuicio público
y p articular; que, valiéndose de la habilidad de un secretario suyo, que sabia im itar todas
las letras, les habia presentado cartas falsas de las personas que mas sombra le hacían para
conseguir su disfavor y su alejam iento; que no habia en fin crimen de que no fuera capaz,
h asta del envenenam iento y el asesinato, p ara lograr sus p lan es, concluyendo por rogar
á la Inglaterra que de acuerdo con la F rancia y el em perador hiciesen que el papa lo
despojase deí capelo y se le encerrase en un castillo como enemigo de la paz del mundo ( 2 } .
Su desaparición frustró estos proyectos y calmó por algún tiempo la sed de venganza
de sus perseguidores. Ignorando su paradero, llegaron á sospechar que habia buscado en
el suicidio, unos el térm ino de sus rem ordim ientos, o tro s, el de am argos pesares, y otros
u n refugio al dolor de aquella inm ensa y violenta peripecia de su vida. Pensamiento
bien distaDle por cierto de los sentimientos que ocuparon su espíritu al v e rs e , hoja arra n ­
cada del árbol de la fortuna, arrastra r ei suelo de la adversidad, sin saber siquiera donde
iria á encontrar su sepultura. Su alma lacerada buscó el am paro de la religión , de ese ma­
nantial inagotable de consuelo, que cicatriza las heridas de los desgraciados y refresca su es­
peranza haciendo volver sus abatidos ojos á, una Providencia ju sta y reparadora. Las num e­
rosas notas puestas de su puño al m argen de su ejem plar de la Im ita c ió n de Jesucristo p o r
T om ás K e m p is, como se conserva en la biblioteca de! duque de P arm a, dem uestran que ese
libro escrito para los infortunados, donde se pinta la vanidad de las grandezas hum anas,
era su inseparable amigo y el constante apoyo de su fé.
Pero la tranquilidad de aquellos dias fué de corta duración. Luego que se esparció la
voz de que se hallaba en L ugano, pequeña aldea situada en la cima de los montes cuyas
vertientes forman los lagos de Como y G arda, se vio nuevam ente cercado de asechanzas
por el odio implacable que le seguía desde tu salida de M adrid. Gracias á la protección del
gobierno de la Suiza, q u e, al ver realizadas varias tentativas p ara apoderarse de su perso­
n a , le concedió p ara su vivienda un hermoso y seguro palacio, situado en medio de un va­
lle delicioso, sem brado de pueblecillos en la falda de los A lpes, y tomó disposiciones para
evitar que fuese víctima de una sorp resa, Alberoni vivió abrum ando con su m em oria la
conciencia de sus crueles perseguidores. Al verse objelo de un rencor tan encarnizado d e ­
bió de recordar sin duda el peligro que habia corrido su vida antes de dejar á España y
atribuir á una misma mano tantos golpes asestados contra él. Cuando, después de la deten­
ción que se le hizo sufrir en L é rid a , salía de Barcelona, un a partida de m igucleles le aco­
metió á. tiros, matando á uno de sus criados é hiriendo á o tro , y él solo debió su salvación á la
fuga y á un disfraz, á favor del cual pudo llegar á pié hasta G erona.
¿Q ué habia hecho Alberoni que mereciese esc ódio de tigre que no se satisface con ren­
dir al enemigo sino destroza su cadáver? ¿Q u é delito podía im putársele digno de persecu­
ción tan sañuda? Los poderosos enemigos que contrajo arrojaron mil calumnias sobre su
no m bre; sus contem poráneos las acogieron trasm itiéndolas a l a historia; y así lia venido
su memoria hasta nosotros desfigurada por el ódio. E n E spaña como en Francia é In g la­
te rra , así aquéllos á quienes sirvió el cardenal como estos á quienes com batió, todos estu­
vieron do acuerdo para disfamarle ó inscribir su nom bre en el catálogo de las celebridades
funestas que debe maldecir la posteridad. N ada m as injusto ni tal vez mas inicuo. Si á al­
guien era perm itido quejarse del astuto abate no e ra ciertam ente á los rey es de España.
Tres años puede decirse que duró solamente su adm inistración, y en este breve período

(1 ) H istoria d el ca rd e n al A lberoni.
(2 ) ü a ria de Sobaub á S tanhope, & 17 de febrero de 1720, en tre los pap eles de H ardiw ioko.
REINADO DE F E L IP E V . 341
¡ qué prodigiosa aclividad! cuánto celo! cuánto pensam iento ensayado! qué transform ación
en el espíritu público ! Jam ás quizá el poder de un solo h o m b re, que no llevaba en su dies­
tra la e sp a d a , ni regia una poderosa nación, ha causado tan grande agitación en el m un­
do. Ya lo hemos 'visto. El entretiene y engaña á la In g la te rra ; él conspira contra la F ra n ­
cia; él halaga á la Holanda; él reconcilia á la Rusia y la Suecia y las convierte en
instrum entos de sus p la n e s; él combate al A ustria en todas p arte s; él anima á los H únga­
ros ; él favorece á R a g o ttk i; él ayuda á Yenecia conLra los turcos; él juega con el p ap a ; él
burla la suspicacia de Yictor A m adeo; él improvisa ejércitos y escu ad ras; é l, en fin, des­
pierta el genio de la nación española y hace resonar de nuevo su nom bre con asombro uni­
versal. Nosotros no justificaremos esla conducía; p ero , lo repetim os, si alguien tenia de­
recho á quejarse de ella no eran aquellos á quienes sirv ió , era la misma nación española-
Jlahía un ei'ror gravísimo en creer que la E uropa, cansada de doscientos años de g u erra, d es-
pues de otros doscientos de anarquía, podia tolerar que turbase nadie la p az que necesitaba,
y lo había aun mayor en creer que esa nación podia ser la España. Pero prescindiendo de
ese e r r o r , cuyas consecuencias podrían pesar esclusivamenle sobre A lheroni cuatro ó cinco
años adelante, plazo que él pedia á Felipe Y para desenvolver sus planes ¿de qué pudo
este acusarle sino es de un escesivo celo ? Ya hemos dem ostrado que el rompimiento cíe la
g u erra habia sido obra únicam ente de la ambición personal de los rey e s, sin que fueran po­
derosas á arrancarles de sem ejante propósito ni las estratagem as ni u n a franca oposicion.
Cuando ya no era posible contrariarlo, fué cuando tomó sobre sí la responsabilidad de su
ejecución con una lealtad y un celo ra ro s ; y hé aquí con que justicia y con que nobleza esos
mismos le pregonaron y persiguieron como revolvedor del m undo, enemigo de la paz de
las naciones. Los medios que empleó no eran ciertam ente n i los mas morales ni los mas
eficaces; pero tal era la diplomacia de la época, la in tr ig a , el en g a ñ o , la superchería; esa
era la política en boga, cuyo modelo habia dado Luis X I Y , era la política de la m onarquía
absoluta, Y bajo este punto de vista Alberoni era sin duda otro Richelieu ú otro Mazarini
á quien no faltó, como lo dejamos diclio, sino su feliz estrella y circunstancias diferentes
para ser aclamado el restaurador de la m onarquía, y que sus contemporáneos viesen en él
un héroe como ve la posteridad un hom bre estraordinario sin fortuna. Se le h a aplicado la
máxima de Richelieu: «La desgracia es sinónimo de im prudencia»; pero hubiera sido mas
exacto d e c ir: a La desgracia se hace sinónimo de torpeza y de p erfid ia .» Alberoni debiera
haber nacido para su gloria y la de E spaña u n siglo antes ó un siglo despues.
Admira ver como en período tan breve y agitado su mano y su espíritu aparecieron en
todos los puntos de la adm inistración. La industria, el comercio y aun las ciencias, todo pa­
reció anim arse de una nueva vida con su aliento. No solo creó fundiciones de artillería,
dio impulso á las fábricas de arm am ento, estableció talleres de equipo m ilita r, resucitó
los astilleros de Cádiz y el F e r r o l, m uertos desde el m iserable reinado de Carlos I I , sino
que la industria civil principiaba á recobrar también su antigua actividad. En G uadalajara
se estableció una fábrica de paños y o tra de lienzos semejantes á los de Holanda, de donde
se trajeron los prim eros artistas, que ensenaron á los españoles los adelantos de aquel
pais. En ambas fabricaciones se empleó á los vagos y m endigos, consiguiendo hacer de
ellos brazos útiles al Estado. A favor de varios estímulos, se logró perfeccionar sus produc­
to s, y entonces se dictaron varias disposiciones para facilitar el consum o, siendo un a de
ellas que se vistiese de paño español todo el ejército, que hacia tiempo no se equipaba
sino de m anufacturas extranjeras. Las obras de religión, hasta entonces traídas de F la n -
des , se imprim ieron ya en España. Los prim eros cimientos de las fábricas de cristal, que
tauta fama adquirieron d e s p u e s, se echaron entonces tam bién. Además de estas disposi­
ciones de protección directa á la producción, dictó otras no menos im portantes p ara faci­
litar las transacciones com erciales: sacó de su inercia la fabricación d élo s vinos, poniendo
libre de derechos su esporlacion; abolió el estanco de los licores espirituosos, reemplazando
su re n ta con un im puesto módico sobre el pescado y otros artículos; abolió tam bién varios
otros privilegios particulares y del Estado dañosos á la producción g e n e ra l; aniquiló el g ran
contrabando que las provincias Vascongadas hacían con las demás del reino en perjuicio de
la industria de estas, valiéndose de los artefactos extranjeros cuya introducción libre les ase­
guraban sus fueros; por últim o, hizo una nueva división económica, estableciendo una
completa libertad en las comunicaciones in te rio re s, poniendo aduanas en las fronteras y
tomando precauciones contra los abusos. De la misma m anera se trató de estim ular el co—
3 Í2 HISTORIA DE ESPAÑA.
mercio de América. ¥ lo mas digao de elogio en todas estas reformas es que para plantear­
las tuviese que luchar Alberoni con el egoísmo de los intereses privados y las preocupacio­
nes populares, sin ceder ni á los halagos de aquel ni á las intimidaciones del vulgo. Un
reglam ento acordado para averiguar los elementos de la riqueza nacional, que puede con­
siderarse como los prim eros pasos de una estadística, y las comisiones de ingenieros que
salieron á reconocer las provincias p ara inquirir sus recursos n atu rales, dem uestran que
aquella imaginación ard ien te nada olvidaba y que meditaba vastos proyectos de desarrollo
industrial.
La instrucción pública le debió tam bién m uestras señaladas de su predilección : en
Cádiz estableció un colegio para quinientas plazas, que debía ser el plantel de oficiales
científicos para la m a rin a ; la Real Academia E spañola, creada en 1 7 1 3 , halló en él la pro­
tección mas decidida para !á publicación del prim er diccionario de la le n g u a ; entonces se
ordenó, para dar impulso á la formación de la biblioteca re a l, que se rem itiese á ella u n
ejem plar de cada obra que se im prim iese; e n to n ce s, en fin , se estim ularon las investiga­
ciones históricas, siendo de las mas preciosas adquisiciones de aquella época la de un mo­
n etario , que hizo llegar á mas de veinte mil los ejem plares de nuestro rico gabinete n u ­
mismático. Difícilmente se ha desplegado jam ás tanta actividad en el gobierno, en tan breve
tiempo y en medio de circunstancias menos favorables.
Nada de e s o , sin em bargo, salvó á Alberoni del encono de los reyes de España. Cuando
la m uerte de Clemente X I le libró de uno de sus mas implacables enemigos, la córte de Ma­
drid puso en juego cuantos resortes hubo á mano para im pedir que asistiese al cónclave
que debía nom brar al sucesor. P e r o , como el sacro colegio viese en la eliminación de uno
de sus individuos, un precedente funesto para todos, se resistió á las sujestiones y los ha­
lagos, y se fijaron edictos en los templos de Genova y Sestri citando al fugitivo á que com­
pareciese al grande acontecimiento. Alberoni dejó en efecto su solitario asilo de un a ñ o , y
se presentó en Roma levantando á su paso mil aclamaciones. F u e aquello un a especie de
vuelta de la isla de E lb a , con cuyo desterrado tiene de común nuestro abate él haber sido
considerados ambos enemigos de la paz del mundo. «Imposible e s , dice un escrito contení—
poi'áueo (1 ), que espresemos la impaciencia que tenían los romanos de ver al cardenal á su
entrada. Como no se sa b íala hora en que tendría lu g a r, los h ab itan tes, por espacio de
seis ó siete d ía s, corrían presurosos á las puertas por ver á aquel hombre singular. No exa­
geramos diciendo q u e, con solo la diferencia de pohlacion , hubo m ayor concurrencia de es­
pectadores que en las procesiones triunfales de los antiguos em peradores romanos en la
capital del mundo. No quedó ni una sola persona, por pequeña ó grande que fuese, que no
acudiese á las puertas de la ciudad , deseosa de verlo llegar. E sta concurrencia e s tra o rd i-
n aria se repitió todos los dias y á todas horas hasta que por fin llegó. Podría decirse que los
habitantes de Roma habían olvidado sus habituales quehaceres p ara no ocuparse mas que
del cardenal; q u ie n , con solo haber cruzado las calles de la ciudad en su c a rru a je, dejó en­
cantadas á todas las gentes por sus modales y dulzura. Preciso fué que el coche se detuviese
p ara satisfacerla curiosidad pública; y sucedía que cuando entraba en u na calle, la muche­
dum bre se adelantaba á otra para volverlo á ver , acompañándolo d eesfa suerte hasta su
alojamiento en medio de aplausos y aclam aciones.» Sin duda esta inesperada y casi in e s-
plícabte ovaciou alarmó á todo el sacro colegio temiendo que su ambición se fijase en el acto
á que era llamado, porque el mismo escrito d ic e : «No fué igual su recepción en el cónclav e
pues muchos cardenales se opusieron á su admisión bajo pretesto de que no habia cumplido
aun las formalidades requeridas.para disfrutar el derecho de v o ta r , y los mas procuraron
no LraLarse con él. » Pero la p re se n c ia , las m aneras y la conversación de Alberoni ejercían
u n a virtud mágica contra las prevenciones, y se adquiriría apesar de ellas un ascendiente ir -
sistible. Pronto disipó la anim adversión, fué adm ilido en las deliberaciones del cónclave y
tuvo una p a rte m uy principal en la elección de Inocencio X III.
Q ueriendo este, por g r a titu d , restituirle sus dignidades, nombró una comision de car­
denales que juzgase su proceso , á fin de parar con una apariencia de legalidad las per­
secuciones de los reyes de España. Aprovechó Alberoni la ocasion p ara acabar de patentizar
la conducta de esto s, p u es, no contento con hacer ante sus jueces una elocuente y valerosa

í i ) Viaje histórico de Ilolja.


REIN A D O DE F E L IP E V. 343
defensa, dio á luz otra justificación mas enérjica que las anteriores bajo el título de « Carla
de un hidalgo romano á un amigo s u y o .» La celebridad que esta causa habia adquirido en
toda Europa y lo caustico del estilo llamaron tanto hacia él la atención que la córte de Ma­
drid se vio obligada á publicar una réplica, y la comision no pudo por menos de pedir se le
castigase con tres años de encierro en un convento. El papa los redujo á u n o , v cuando m u­
rió el duque d e O rle a n s, uno de sus m ayores enem igos, lo absolvió de todas las censuras
y le confirió con.la debida solemnidad la p ú rp u ra romana. Al advenimiento de Benedic­
to X III, Consiguió por fm ser consagrado obispo de Málaga á despecho de los reyes de Es­
paña , que no olvidaron jamás el desacato del cardenal en defenderse de sus acusaciones
apelando al juicio de la opinion pública.
La F rancia, ó porque creyese que le debía también un a reparación ó porque tratase de
contemplarlo, esperando verle recobrar en la córte rom ana el ascendiente que habiaperdido
en la de M adrid, le hizo u n donativo de diez mil escudos y mas adelante le señaló una p en ­
sión de diez y siete mil libras tornesas como compensación d élo s daños que le habia cansa­
do. El mismo cardenal Polignac, em bajador de Francia en R om a, por cuyo medio se enta­
blaron estas relaciones, trató de reconciliarlo con la córte española, haciendo que esta le
diese el cargo de representarla cerca del papa y que se le restituyesen igualm ente las re n ­
tas que debía haber cobrado de la m itra de Málaga. El mariscal Tessé , que se hallaba en
M ad rid , y hasta el mismo papa apoyaron eslas gestiones con la mayor eficacia, pero inútil*
mente,

F achada del real p alacio ilc San Ildefonso, dundo fíen lo i los ja rd in e s .

El favor que ya disfrutaba Alberoni en Rom a, las reparaciones que le habia hecho la
Francia y los pasos dados para reconciliarlo con España alarm aron á la In g laterra hasla el
punto de que el duque de Ncwcastle escribiese á principios de 1725 al m inistro británico
en P a rís, Horácio W afpole, ana carta en que se traslucen m uy bien los temores de su
rehabilitación. «S. M ., le dccia, descansa en vuestra actividad acerca de cuanto diga r e ía -
34i HISTOWA DE ESPAÑA.
cion con A lberoni, esperando con toda confianza q u e , si tencis alguna ocasion de influir,
haréis de modo que la córte de Francia se interese con España á fin de que queden burlados
sus planes y los del cardenal G uaífien. Seria oportuno inform ar al mismo tiempo de todo al
caballero Stanhope á fiu de que procure por todos los medios posibles conseguir que no lo
em plee la córte de Madrid. Se ha escrito por los m inistros hace algún tiempo al duque de
P arm a acerca de los rum ores que circulan de que A lberoni habia recibido permiso p ara re ­
gresar á España. El gobierno de este pais ha rechazado siempre las repetidas instancias del
papa á favor suyo con objeto de que se le reinstalase en su silla episcopal de Málaga, de que
hizo u na dimisión obligada; á pesar de lo cual no debe descuidarse precaución ninguna para
privar de toda intervención en los negocios públicos a u n hom bre tan peligroso, sobre lodo
si se considera cuan intem pestivo seria hoy sem ejante acontecim iento».
A fortunadam ente para la In g laterra y quizá también p ara E sp a ñ a , el rencor de Felipe,
ó mas probablem ente el de su esposa, se mantuvo inflexible, y acaso hizo imposibles las ven­
ganzas de Alberoni.
- El cardenal leu ia, por confesion de sus propios am ig o s, un esp íritu cu alto grado ven­
gativo , y e ra tanto mas de temer cuanto sabia disimularlo con sum a habilidad. E ra en es—
tremo im petuoso, y , sin em bargo, ya se ha visto que sabia dominar sus pasiones no menos
que ocultar sus pensamientos. Su ambición era también in q u ie ta , sedienta y poco escru­
pulosa; flojedad de conciencia que no deja de contrastar con su pureza en la adm inistración.
Sus enemigos le acusaron de haber atesorado grandes caudales en E spaña; pero diferentes
testimonios deponen en favor de su integridad. El cardenal Polignac declara que p ara aliviar
sus necesidades solicitó de su córte las pensiones que se le concedieron; y un oficial francés
que en la cam paña de 1747 lo vió con frecuencia en Plasencia, describe su situación con es­
tas breves palabras, cuya lectura nos afecta: «Componíase su alojamiento de un solo
cu arto , cuyos muebles eran una cam a, una mesa y cuatro sillas. No pudiendo com prar
leña, cortó un árbol frutal que habia en el palio de la c a s a , con el cual hacia lum bre y
preparaba una frugal comida con sus propias m an o s.» Además es preciso añadir que re ­
chazó constantem ente los halagos del em perador, aun en el mayor rigor de sus persecu­
ciones.
A esta v irtu d reu n ia las dotes intelectuales mas felices·, una comprensión rá p id a , una
memoria prodigiosa, una imaginación riq u ísim a , mucho estudio y una elocuencia tan sen­
cilla como irresistible. Su palabra era tan se d u cto ra, su espresion tomaba tal aire de can­
dor , que los hombres mas conocedores del Irato cortesano y de la falsedad del lenguaje
diplom ático, le creían. E ntraban á hablarle prevenidos y salian conquistados; don de per­
suasiva á q u e debió su rápida carrera y tamhien en gran p arte su desgracia. La carta poco
h a citada traza algunos rasgos de su carácter en la vejez: « T en ia entonces unos óchenla
a ñ o s; pero estaba muy bien conservado p ara su edad: sus modales eran agradables y acom­
pañados de jovialidad. Lo que mas le placia era n a r r a r , lo cual hacia con la universalidad de
los viejos y con un talento enriquecido en los varios é im portantes ram os que habia desem­
peñado. Hablaba fran cés, español c ita lia n o , según los asuntos ó personas con quienes ¡-e
hallaba ó servían de m ateria á su discurso, espresándose en los tres idiomas con igual pre­
cisión. D e cuando en cuando mezclaba á sus reflexiones citas de Tacilo en su idioma origi­
nal. Los puntos de conversación que mas le gustaban eran las campañas de V endóm e, su
propia adm inistración en España y los negocios generales d eE u ro p a en aquella época, com­
placiéndose sobre todo en los planes que habia formado p ara restablecer al pretendiente en
el trono de la G ran Bretaña. Las tropas españolas que defendieron á Plasencia trataron at
cardenal con la mayor veneración, recordando con entusiasm o los beneficios que España le
debia y haciendo elogios de la energía de su g o b iern o , que escitó los celos de las principa­
les potencias de E uropa contra un hom bre que llegó á ser tan temible por su ingenio y ca­
pacidad, por la estension de sus proyectos y la profundidad de sus planes».
Poco tiempo despues, anciano y todo, habiendo sido nombrado por Benedicto X IV vi­
celegado en la R om anía, su genio inquieto é in trigante lo precipitó á una em presa m aquia­
vélica, cuyo desgraciado éxito cubrió su nombre del descrédito con que bajó al sepul­
cro (1). Trató de m inar la vecina república de San Marino p ara agregarla á los Estados
pontificios; pero u n estallido de la indignación popular quebró sus tram as, y á esle disgusto

(i ) M urió el 26 de ju n io de 1752, á, los 88 años de edad.


REINADO D E F E L IP E V . 345
tuvo que añadir el de ser censurado po r el mismo p a p a , que lo com paraba á un goloso ya
satisfecho y que codicia, sin em bargo, u n m endrugo de pan de munición.
El pueblo ita lia n o , uo obstante, ha olvidado estos e s tra d o s de su genio tu rb u len to , y
solo recuerda dos h ec h o s, entre otros, que h onrarán eternam ente su memoria. D urante su
estancia en Plasencia, se ocupó en erijir un sem inario, que ha contribuido a l a instrucción
del p ais, y su gobierno de la Rom anía fue señalado con la canalización de las aguas panta­
nosas de los alrededores de R avena y abriendo m ayor cauce á dos rios q u e , con sus inun­
daciones anuales, causaban estragos incalculables en los campos. E sta obra se h a creido
digna, por lo jigantesca y beneficiosa, de ser atribuida al genio de los antiguos romanos (1).

CAPITULO XXXIV.
1720.— 1723.

F elip e, h p esar J e la caída de A lbcroni, se resisto á las exigencias de la c u a d ru p le -a lia n z a : térm in o s de su accesión.—
Espodicion afo rtu n ad a contra los moros que sitiab an á C eu ta.—D ificultades q ue se su sc ita n m u tu a m e n te F elip e y e l
e m p e ra d o r—Reconciliación e n tre lu F ra n c ia y E spaña por m edio de e n la c e s d e f a m ilia : se r e s ta b le c e la a m istad con
la In g la terra por la mediación dei rejo ule r uu io n en tre osí3s tres poten cias r nuevas trnnsadoQPS y nuevas q u erellas
en tre el em perador y su r iv a l: vano em peño de F elipe en obtener la re so lu c ió n de G ib ra lta r y M en o rca: áb rese el con-
greso de Cam bray: consigue i[ue rI em perador reconozca los derechos riel in fa n te don C arlos á la herencia de los es­
tados de Faroio y Toücana,

L a conducta de Felipe V respecto á la cuadruple-alianza, despues de la caida de Albcroni,


dem uestra la injusticia y fal ta de nobleza con que se le espuso al odio de E uropa presen­
tándole como el m otor de la g u e rra y el único obstáculo p ara la paz. A la nota en que la
Holanda le pedia su accesión al tra ta d o , contestó reproduciendo las mismas exigencias del
cardenal; y en vano instó aquella potencia, declarando que ten d ría que unirse á las demás
p ara obtener a la fuerza su consentim iento, pasado el plazo de los tres meses que había pe—
dido y alcanzado en su favor. Preciso fué que la In g laterra y la F rancia se valiesen de la in ­
fluencia interesada de Scotti y D aubenton para vencer su tenacidad. Hicieron íem er á la
rein a la pérdida de sus derechos á los estados de Ita lia , y ella fué tam bién esta vez quien
consiguió, aunque trabajosam ente, no solo que Felipe accediese á la cuadruple-alianza (-26
de enero de 1720} sino que lo hiciese sacrificando sus propios intereses y los de su reino (2).
No insistió en sus anteriores p retensiones, y solo escribió al rejente á fin de que por su me­
diación la In g laterra le restituyese á G ibraltar, según antes se le babia ofrecido, y , si ser
p o d ia, también la isla de M enorca. Q uería con esta lim osna encubrir la vergüenza de pre­
sentarse ahora tan hum ilde ante la nación despues de tan ta altivez.
P e r o , como no se tratab a de eso en el momento sino de arreg lar sus diferencias con el
em perador, el gobierno ingles halló medios de eludir la cuestión sobre este punto, y la acce­
sión de España á la cuadruple-alianza se verificó en el H aya bajo condiciones poco honrosas
p a ra la dignidad de Felipe. Debía ser reconocido rey de España y de las In d ia s , y se le ga­
rantizaría la sucesión eventual á los ducados de P arina y Toscana en la descendencia de la
reina. Mas al mismo tiempo se esLipulaba que estos estados no podrían ser jam ás incor­
porados á la corona de E sp a ñ a ; que la Sicilia pasaría á dominio del em perador y la Cerdeña
al del duque de Savoya, obligándose Felipe á evacuar ambas islas en el térm ino de seis
m e se s; por último se le exigió que renovase su renuncia á la corona de Francia y á los
derechos que pudiera alegar sobre los países que habían formado p arte de la m onarquía
española. E n m uestra de sincera reconciliación , Carlos y Felipe se garantizaron m utua­
m ente los dominios que este arreglo les asignaba.
F elipe, á fin de neutralizar la ingrata im presión que b aria en sus súbditos la accesión
en tales térm inos á la alianza, y con el objeto á. la y c z de halagar al p a p a , dispuso inmedia­
tam ente una espedicion de éxito seguro y que no podía lastim ar á las naciones de Europa.
Al p ro n to , la actividad y la reserva con que procedió en los preparativos las alarm aron de
nuevo, y pidieron esp ira c io n e s, que se escusú de d a r; pero cuando lodo estuvo dispuesto,

( 1 ) L as noticias relativ as á la persona y la.adm inistración de A lberoni se lian to m ad o de la m oderna biografía de Al­
b ero n i, por G. Moore—la H istoria del m ism o , en ita lia n o —la Y idah que se a trib u y e á R oussct—San F e lip e —O rlia y las
m em orias de N oailles, Polignnc y "Villars.
( 2 ) Asi lo decía el mismo real decreto.
34G - HISTORIA DE ÉSPAKÁ.
y declaró que iba á vengar el honor de sus artaas en A frica, mancillado por ios moroá,
cesó la inquietud para dar lugar á la admiración que les causaban los incesanl.es esfuerzos
de un pueblo que estaba sobre las arm as, sin fa tig a rse , hacia siglos. La plaza de Ceuta,
centinela del Africa sobre E uropa y que forma con G ibrallar la tenaza con que está sujeto
el M editerráneo, estaba veinte y seis años hacia mas ó menos estrecham ente bloqueada y
atacada por los moros. En tan largo discurso de tiempo habían establecido sus lincas con tal
solidez que muchas familias de los aduares vivian en los atrincheram ientos con el mayor
regalo en hermosos edificios con ja rd in e s, y otras cultivaban las tierras inmediatas al cam­
pam ento, cual si uq tratado formal garantizase la seguridad en aquella especie de colonia mi­
litar. Su ejército constaba siem pre de cuarenta á cincuenta mil h o m b res, sin que les arre­
drase de la em presa la pérdida de cerca de cien mil que les habían causado las ventajas de
.situación y la superioridad de la táctica europea. Sin em bargo, en los últimos años, auxilia­
dos los m arroquíes por ingenieros de las naciones enemigas de E spaña, habían establecido
u n verdadero sitio, encerrando á la guarnición dentro de sus m urallas. Estos progresos no
habían sido contenidos porque la córte de M adrid, [absorvida en otras atenciones, los viera
con desprecio; mas desde la pérdida de G ib ra lla r, el presidio de Ceuta tenia p ara España
una grande im portancia. La espedicion que debia libertarla fu éla que habia hecho las cam­
pañas de C e rd e ñ ay Sicilia en fuerza de diez y seis m il hom bres, tam bién á las órdenes del
m arqués de Lede. Desembarcó á mediados de noviembre; y no habia concluido este mes sin que
los sitiadores lo hubiesen perdido todo, atrincheram ientos, artillería, v ív eres, viéndose
obligados á volverse á sus tierras de T etuau y Argel. In ten taro n recobrarlo por sorpresa en
dos furiosos ataques que ejecutaron en seguida; pero Lede no solo los rechazó de uuevo si­
no que marchó á. sus alcances con ánimo al parecer de apoderarse de todo el litoral hasta
Túnez. E sta em presa hubiera sido mas provechosa y de mas gloria p ara los reyes de España
que la posesion de los estados de I ta lia , que con tanto ahinco pretendían ; p e ro , sin saber
com o, quizá por celos de la Inglaterra de su engrandecimiento ó por temores que concibie­
se de no poder socorrer su colonia de G ibraltar, si era atacada, teniendo am bas cosías por
enem igas, Felipe desistió de pronto de su tentativa y regresó inm ediatam ente la espedicion,
dejando solo mas fortificada y guarnecida la plaza que habia ido á salvar. La nación no vió
sin pena que se habia apresurado á festejar aquella em presa, que parecía encerrar una
grande m ira política.
Con esto volvió á fijarse la atención general en la situación respectiva de las potencias
aliadas, que no e r a , despues de tantos esfuerzos, la mas lisongera. Felipe habia retirado sus
tropas de Sicilia y Cerdeña porque las necesitaba para la espedicion de A frica, pues por' lo
demás todo hace creer que solo en último estremo lo hubiese realizado. No satisfecho con la
renuncia hecha por el em perador del título de rey de E sp añ a, exigía la de los honores y
p rerrogativas anexos á la posesion de la corona, particularm ente del maestrazgo de la órden
del Toison de O ro , que seguía ejerciendo ó pretendiendo perlenecerle. Esta exijencia era
j u s t a ; pero no así otras que hacia al mismo tiempo. Al acceder Felipe á la alianza, habia
suscrito á una cláusula, en cuya virtud las plaxas principales de los ducados de Parm a y
Toscanadebia estar como en depósito en poder de guarniciones suizas, á iin de asegurar su
posesion á su legítimo dueño á la estincion de la línea masculina. Pues b ie n ; ahora pedia
que las guarniciones se diesen por las tropas españolas; que no fuese la dieta del imperio quien
juzgase de los derechos del duque de P arm a, sino un congreso de las potencias europeas; y
no contento con esto todavía, solicitaba que varios estad o s, como M antua, el M onferralo,
Suhbioleta y otros feudos del em perador fuesen restituidos á sus antiguos poseedores con
el marcado objeto de debilitar su poderío: p re te n d ía , en una p alab ra, que la Italia volviese
al mismo estado en que se hallaba al principiar la g u erra de Sucesión.
El em perador procedía con igual deslealtad. Apenas se hubo posesionado de Sicilia, pro­
curó, no por sí sino por medio de otros soberanos, im pedir que se verificase la trasmisión de
P arm a y Toscana a u n príncipe B orbon; y en efecto consiguió que los duques reinantes mi­
rasen el acto con repugnancia y h asta que el papa se presentase reclamando el feudo del
Parm esado con objeto de em brollarlo todo. Luego, cuando Felipe apareció con sus desme­
didas preten sio n es, llevó su osadía hasta pedir que se le garantizase la pragm ática sanción
para legar sus estados hereditarios en sus hijas antes que en la de su difunto herm ano José
y cualquier olro descendiente de e s te , á título de recompensa por la docilidad con que se
había plegado á todas las condiciones acordadas por la cuadruple-alianza.
REINADO DE FELIPE V. 3 Í7
Un desacuerdo que revivir con exijencias cada vez mas inconciliables tenia disgustadas
á las potencias m ediadoras; pero particularm ente lo estaba el rey de In g laterra por sus*
querellas, como elector de H annover, con el em perador y por el goce del comercio con los
Paises-B ajos.
F e lip e , que sabia cuanto debia su rival á la protección de la G ran B retañ a, al notar los
prim eros síntomas de frialdad en sus relaciones, se esforzó p ara suplantarlo, valiéndose al
efecto de los estrechos vínculos con que acababa de unirse al rejen te de Francia.
Cansado este de lachar con una fuerle oposición, que tenia su paladín en una nobleza
tu rb u le n ta , ideó ó se prestó (se ignora de quien fué la iniciativa) á un a reconciliación en­
tre ambas coronas por medio de enlaces de familia: el primogénito de Felipe en su prim era
m u je r , L u is , príncipe de A sturias, con la hija tercera del rejente Luisa Isab el, princesa de
M ontpensier, y el de Luis XV con la infanta M ariana Victoria, hija de Isabel Farnesio. Estos
enlaces tenian de ventajoso para las dos partes contratantes q u e , siendo todos los contra­
yentes m enores de e d a d , dejaban un largo plazo á su ambición persona!. La que debia ser
esposa de L uisX V no tenia mas que cinco años, y si llegaba á consum arse su matrimonio,
los reyes de E sp a ñ a , ya 'que hubiesen de renunciar á sentarse en el trono de Francia,
tendrían la satisfacción de verlo ocupado por nna hija y la esperanza de influir por su medio
en aquella córte. Del mismo modo el rejente se daba por m uy contento de que un a hija
suya com parliese la corona de Caslilla. Verdad es que el P. D aubenton le hizo pag ar desde
luego esta satisfacción paternal obligándole á sustituir al virtuoso abate F leury en el cargo
de confesor de Luis con un jesuíta, y á que fuese adm itida en F ran c ia la bula U nigeniíus que
dió un pasagero triunfo á la com pañía de S. Ignacio en la encarnizada lucha que sostenía
con los jansenistas. El cambio de principes se verificó en B urgos, celebrándose con las fies­
tas de costum bres, aunque el orgullo español no dejó de considerar como un a mancha para
el trono que el príncipe de A sturias se uniese á la que había recibido el ser de la hija bas­
tard a de Luis X I V , Francisca M aría deB orbon, reconocida en 1681,
Al mismo tiempo se había concertado la restitución de las plazas ocupadas por los fran ­
ceses en las provincias Vascongadas.
Restablecida la armonía entre las cortes de España y Francia, consiguió Felipe que el
rejente mediase para su reconciliación con la Inglatera. Y en efecto el 13 de junio de 1721
siguió á un concierto prelim inar un tratado formal renovando los anteriores relativos á la
anidación de los artículos esplicativos del arreglo comercial y á la restauración del asiento.
Se estipuló también la reparación de los daños causados m utuam ente á particulares durante
la g u erra, y Jorge llevó su galantería hasta hacerse com prender en esta cláusula p ara re s­
titu ir á España los buques apresados por Byng en Sicilia y rein teg rar el valor de los vendi­
dos y de los destrozos ocasionados en aquellos.
Puso complemento el mismo día á este convenio particular otro ajustado con la Francia
y la Inglaterra garantizándose sus respectivos dominios conforme á los tratados de U trecht,
Badén y L ondres, ratificando las estipulaciones d é la cuadru pie-alianza y com prom etién­
dose á la ejecución de las que resultasen del congreso que debia celebrarse en Cam bray re ­
lativamente á la España y el A ustria. La Holanda fué invitada á adherirse á estos arreglos
que no produjeron al fia los resultados qne se esperaban.
El em p erad o r, sabiendo cuanto recelaban los reyes de España reu n ir las c ó rte s, pidió
que estas ratificasen las cesiones hechas por F elipe; y este á su vez, sabiendo que los em­
peradores no recelaban menos de convocar las dietas de Alem ania, exijió igual sanción.
Los inagotables esfuerzos de la In g laterra y de la F rancia lograron tam bién allanar esta
dificultad, verificándose en Londres el 27 de setiem bre el cambio de las ratificaciones.
Pero sobrevinieron otras dificultades. El em p erad o r, en venganza de las trabas que se
le pusieran en la demarcación de lím ites, formó en Ostende un a compañía comercial para
establecer vastas relaciones con las Indias orientales y no depender en este p arte de las
demas potencias. E s ta s , que conocieron luego toda la trascendencia de semejante medida,
declararon á una voz que era una violadon p atente de las cláusulas con que el imperio ha­
bía obtenido los Paises-B ajos. Y por su p arte F e lip e , desconfiando naturalm ente cada diam as
de la buena fé de su rival, no cedía en el empeño de poner guarniciones españolas en las
plazas de los estados de Parm a y Toscana.
Además persistía otra dificultad gravísim a entre las mismas potencias aliadas, que era
la cuestión de G ibrallar y M enorca, estas dos espinas q u e , decia F e lip e , qu ería q u ita rse de
t o m o iv, 46
348 HISTORIA DE ESPAÑA.
ios piss. La Inglaterra lialiia autorizado, como dejamos dicho, al rejente p ara ofrecer á Es­
paña la restitución de G ibraltar cuando se tratab a de que se conformase á las condiciones
que le presentaba la alianza ; y hemos visto tam bién que esta proposicion se hizo luego
directa y formalmente por medio del conde de Stanhope cuando vino íi Madrid con objeto
de evitar la salida de la espedicion a Sicilia. Habiéndola rechazado entonces, cabía suponer
que la Inglaterra diese por retirado su ofrecimiento; pero el rejente, con objeto de alcanzar
de cualquier modo la accesión de E spaña, lo habia supuesto ex iste n te, sin hallarse autori­
zado por el gobierno inglés ni saber si seguia en el mismo sentir, P or desgracia no seguia;
de m anera q u e , pudiendo decir Felipe que se habia prestado á la accesión bajo esa prom e­
sa; hecha á nom bre de la C uádruple-alianza, se originó de aquí un grave conflicto, en el
que todos parecían asistidos de razón. El reje n te, deseoso de probar su buena l e , sostuvo
con em peño ante la In g laterra la petición de E spaña, que tal vez, no por oposiciou del go­
bierno sino de la nación inglesa, dejó de ser entonces satisfech a: en este sentido se esprc—
saha íi lo menos una carta del ministro Stanhope á Schanb (mayo de 1720), «Hemos hecho,
en el parlam ento, le deeia, una mocion relativa a la restitución de G ibraltar pidiendo auto­
rización para que pudiese el rey disponer de esta plaza p ara bien de sus súbditos. No po­
déis im aginaros la hulla que causó sem ejante proposicion, pues se mostró indignado el p ú ­
blico con la sola idea de q u e, al fin de una g u e rra tan feliz y empezado con tanta
injusticia por A lberoni, pudiésemos pensar en ceder esta plaza fuerte. Hubo un a circuns­
tancia que contribuyó infinito á escitar esta indignación g e n e r a l, que fué el rum or espar­
cido por la oposiciou de que el rey habia contraido un compromiso serio p a ra ceder á Gi­
b raltar. «Es bastante motivo este, decían por todas p a rte s, p ara encausar á los m inistros.»
Hánse publicado varios folletos con ohjeto de alarm ar á la nación , y escitarla á declarar
la g u erra antes que ceder una plaza de tam aña im portancia; por consiguiente nos liemos
visto obligados á seguir la corriente y tom ar el partido prudente de re tira r la proposicion,
porque, si hubiéram os insistido, habría esto producido un efecto del lodo opuesto al que
apetecíam os, siendo sin duda el resultado de una manifestación que hubiese ligado las ma­
nos al rey. El estado de este negocio es tal como acabo de pintároslo^ por lo que tratareis
de hacer que entienda el rey de España q u e , si quiere que tratem os con el tiempo de la
cesión de G ib ra lla r, el único medio es que rem itam os este punto p ara tiempo oportuno.
Mucho sentimos que se haya mezclado en este asunto la F ran cia, porque el interés que se
ha tomado nos perjudica, y no poco, á tal punto que varias cartas y observaciones publica­
das con este motivo nos han hecho temer un rom pim iento. La zozobra ha llegado al grado
de que se empezaba ya á creer que meditaba Francia un cambio de sistem a, tomando por
pretesto la entrega de G ibraltar, no queriendo decir cuales eran sus verdaderas intenciones.
La poca prisa que se dió para realizar la evacuación (1), su silencio profundo con respecto á
las negociaciones con España y el lenguaje estraordinario de que usan aquí ciertas per­
sonas de la mas alta categoría, parece que son confirmación de estas opiniones, y esta es la
causa de mi viaje á P a r ís .» En vista de e s to , se acordó suspender las gestiones difiriéndo­
las al congreso de C arabray, antes de cuya reunión se trabajaría en p rep a ra r al parlam en­
to y á la nación inglesa á un cambio de ía plaza con la Florida ó la p arte española de la isla
de Santo Domingo y varias ventajas comerciales. El rey de In g laterra luego creyó haber
minado lo bastante la opinion para proponer al de España la restitución en esos térm inos,
que fueron rechazados, insistiendo en que debia hacerse sin menoscabo alguno. E ra precisa­
m ente con lo que pensaba Felipe re p a ra r su nombre ante la nación. Jorge, que veia tan ta
firmeza y tem iaocasionar un nuevo rom pim iento, ofreció aprovechar la prim era oportuni­
dad p ara lograr así del parlam ento la cesión, fundándose en los beneficios comerciales que re­
portaría la Inglaterra de los tratados restablecidos con España. Felipe aceptó la prom esa, y
se dió ya la enhorabuena de no quedar desairado ante sus súbdilos.
Todos esperaban que en último estrem o las conferencias de Cambray afianzarían de una
m anera sólida las mal prendidas negociaciones de U trecht. A mediados de 1722 se hallaban ya
reunidos todos ios plenipotenciarios, entre los que figuraba por E spaña el conde de San Es­
teban del Puerto y el m arqués de B eretli Landi. Por ¡nucho tiempo las discusiones giraron

(i ) Do los p u n to s ocupados por los friincoscs en V izcnía.


HEIN a DO D-E FELIPE V . 349
■Sobre punios baladies de etiqueta, sin que apenas saliese de su seno algún acto que ali­
m entase tas esperauzas que habia hecho nacer en toda Europa. Como el em perador se valiese
de mil estraños subterfugios para diferir el reconocimiento del infante Don Carlos en calidad
de heredero de^los estados de Parm a y Toscana, el congreso se lo exijió. No se negó el au s­
tríaco ; pero lo hizo considerando al mismo tiempo aquellos estados como feudatarios del
im perio, en lo cual estaban muy lejos de consentir los rey e s de España· E ra u na violacion
patente de lo pactado en la C u ádruple-alianza, por lo que Felipe acudió en queja á las dos
naciones que habían, salido g ara n tes, la In g laterra y la F ran cia, exijiendo un pronto y e s -
plícito reconocimiento.
Tal era el estado general de las cosas en E uropa cuando sobrevinieron en 1723 dos gran­
des acontecimientos: la m uerte del disipado duque de O rlea n s, dejando en m ayor edad al
enfermizo Luis XV, y la tan inesperada como asombrosa abdicación de Felipe V.

CAPITULO m v.
1724.

¿ pueden los reyes de derecho divino ab d icar ?“ P crsonajes que hereduro.i el ¡nfhijo d e A lb ero n i: G rim aldo.—A bdicación
de F elipe V : formalidades y circu n stan cias con que se verilioó: pensio n es con q ue se re lira al real sitio de San Ilde­
fo n so , que h ac ía c o n s tru ir s u n tu o s a m e n te ; ucojuauion de L u is I en el E s c o ria l: m a n era com o se e lú d e la reu n ió n
Torm aí de la s c o rle s f podida p o r «1 cuiisejo de ¿ a s t ill a p ara la necesaria ap ro b acio a de am bos ap to s: in v estig ació n
de lus c a u sa s que pudieron p ro d u cir este in e s p e r a d o acontecim iento.

( ¿ I üeden los reyes de derecho divino abdicar? E n los tiempos en que existían, á nadie
jse ha ocurrido hacer esa p re g u n ta , porque el carácter absoluto de su poder no dejaba si­
quiera fijar sobre ello la atención. a Es in d u d a b le, decia, Grocio que cada uno puede r e ­
nunciar por sí» ; y otros mas esplícitos han dicho despues de él: «E l derecho de abdica­
ción ea u n príncipe no podría ser puesto en d u d a .» Sin em b arg o , á poco que se reflexione
só b relas condiciones del derecho divino, se encuentra que ninguna abdicación es legítim a
en los monarcas que pretenden dar ese origen á su autoridad. Si reciben su poder de Dios,
claro es que solo Dios puede desposeerlos; y despojarse de é! por voluntad propia debe ser
tan criminal como quitarse la vida. Será á la vez u n atentado contra su au to rid a d , de la que
no es mas que simple usufructuario, y un sacrilegio.
No obstante , se han hecho abdicaciones en todos tiempos y p a íse s, á pesar de lo funes­
tas que han sido siem pre á las n aciones, fundándose en que quien tiene facultades ilim ita­
das sobre todas las cosas, siu duda las tiene sobre sí mismo. Se h a querido ver en esas de­
jaciones voluntarias del supremo p o d e r, grandes actos de abnegación, resoluciones heroicas
que debían acatarse y adm irarse. P ero, si se reg istra la historia, se hallará que por lo co­
m ún han sido dictadas por el m ied o , por la p e re z a , por el orgullo de cierta gloria ó por
una ambición mayor. Diocleciano, diciendo siete años despues de su abdicación: «B e pasa­
do sesenta años sobre la tie r r a , y solo he vivido siete» , es un ejemplo rarísim o de m agna­
nimidad, peculiar del alm a de u n fdósofo. Lo común es que se pueda aplicar á las abdicacio­
nes el dicho de uno de nuestros misinos r e y e s : « Hace hoy un año que abdicó vuestro padre»,
decían á, Felipe I I , y contestó e s te : «Hace hoy un año que empezó á arrepentirse.»
Vamos á ver que la abdicación de Felipe V fué tam bién un cálculo estratégico de la am ­
bición.
Hacia algún tiempo que se notaba en su sem blante cierta abstracción melancólica que
podría revelar la secreta elaboración de un proyecto v ita l, sospecha que confirmaba el casi
total abandono de los negocios públicos. La reina ya no se habia ocupado nunca de ellos sino
en cuanto podían tener relación con el porvenir de sus hijos. De esta suerte los que ejercían
el poder era n : el m arqués de Scotti, oscuro intrigante que debia su valimiento á la azafata
Piscatori; e l P . Daubenton, espíritu adiestrado en las añagazas palaciegas, que debia p rin ­
cipalmente á su carácter sacerdotal el predominio que tenia sobre el rey ; y G rim aldo, á
quien la m uerte del confesor, dejó ancho espacio para figurar en prim er térm ino en los su­
cesos que sobrevinieron.
350 HISTORIA DE ESPAÑA.
Grimaldo habia salido m uy joven de su casa, en Vizcaya, pava ocupar un puesto inferior
en las oficinas del gobierno. A sus agradables dotes personales, á su laboriosidad y sobre to­
do á su aire de candor y extrem ada com placencia, debió el v u elo , sino ráp id o , g ran d e , de
su fortuna, que lo elevó h asta ocupar ya en 1704 las sillas de secretario de Indias y de la
G uerra. Las rivalidades palaciegas habían contribuido principalm ente á su elevación, pues,
como con nadie chocaba y halagaba á todo el mundo, á todos tenia propicios. Al rey , á quien
lisongeaba cierta atención hum ilde de deferencia á cuanto decia, le dem ostraba una especie
de veaeracion. Asi fué como, estallando en las regiones de palacio diferentes tem pestades
que hacían naufragar sucesivam ente á unos y o tro s , G rim aldo, como un peñasco que se
levanta en medio del m ar, las veía pasar todas sin que le conmoviesen Colocado de secre­
tario particular de la segunda esposa de F elipe, como la persona que ofrecía á Alberoni
m ayores garantías de lealtad, sin intenciones de suplaniar á su protector, vino á conseguir­
lo insensiblem ente porque la eslrem a flexibilidad de su carácter obligaba con un imperio
irresistible á la gratitud. P or lo demas ni su. capacidad ni su instrucción correspondían al alto
deslino que ocupaba: sabia solo cuanto proporciona una larga práctica de la ru tin a ofici­
nesca y cuanto bastaba á conservar vivo el afecto de sus protectores.
E l fué con el confesor, el m arqués de Y aloure, jefe de la servidum bre fran cesa, y el
príncipe de A sturias, los únicos que tuvieron conocimiento anticipado de los secretos pla­
nes que traían hacia algún tiempo agitados al rey y á la rein a en su retiro de San Ildefon­
so, El 10 de enero de 1724 se difundió por M adrid y luego por toda E spaña con asombro
general la noticia de que Felipe V habia abdicado en su hijo primogénito. Corria de mano
en mano el mensaje en que anunciaba tal resolución ai consejo de Estado , y nadie con su
lectura acertaba á salir de la sorpresa que le causaba. «Habiendo considerado m aduram ente
y con particular atención las miserias de la v id a , y las mortificaciones que Dios ha sido ser­
vido de enviarm e durante los veinte y tres años de mi reinado, lanío por las enfermedades
cuanto por las turbaciones y gu erras que ha perm itido me m oviesen; y viendo que mi hijo
m ayor don L uis, príncipe de A stu rias, se halla en edad com petente, casado y dolado de
capacidad, juicio y talentos necesarios p ara gobernar con sabiduría y equidad esta m onar­
quía, he resuelto retirarm e absolutam ente del gobierno y adm inistración de los negocios
de estos reinos, renunciando todos mis e sta d o s, reinos y señoríos en favor de dicho p rín ­
cipe don Luis, mi hijo prim ogénito, para hacer vida privada'en este palacio de San Ildefon­
so con la re in a , que me ha prom etido acompañarme gustosa en esle re tiro , k fin de que,
libre de todos los cuidados, pueda mas desem barazadam ente servir á D ios, m editar sobre la
vida eterna y entregarm e todo al im portante negocio de !a salvación de mí alma. Comuní-
colo al consejo para que ejecute lo que conviene en este particular y p ara que todos sepan
mis intenciones.»
Hizo recordar este hecho la abdicación de Carlos V, á la cual fue com parada por alg u ­
nos , aunque no hubiese en tre am bas punto alguno de relación; y pudo m uy bien haber
entonces mismo quien concibiese otras sospechas considerando las circunstancias que acom­
pañaban al que se presentaba como un acto de abnegación cristiana. Iba con el m en­
saje una lista de las personas que debían formar el nuevo m in isterio , o tra de los jefes de
la servidum bre que tendría el joven rey, y otra de doce gracias del collar del Toison de Oro
p ara personajes que debían continuar en el servicio inmediato de la corona: Felipe no llevó
á s u lado mas que á Grimaldo y Valoure, como secretario el uno y mayordomo el otro; pero
la demas servidum bre que iba á acom pañar á los reyes en su soledad subía al núm ero de
sesenta perso n as: además se reservaban la enorm e pensión anual de seiscientos mil ducados,
resarcible á la reina en el caso de m orir su esposo a n te s ; p ara cada uno de los infantes (hi­
jos de la segunda m ujer) ochenta mil d u ro s, y cuarenta mil á cada in fa n te : por últim o, y
p ara no citar ahora otras circunstancias que debieron llam ar la atención, no se olvidaban
de señalar una crecida sum a p a ra term inar las obras del real sitio de San Ildefonso, al que
llam aba ya el rey su pequeña Yersalles (1).
A la verdad e ra este u n retiro dem asiado suntuoso para almas desengañadas de las va­
nidades del mundo. Desde el día en que, yendo de caza por las cercanías de la aldea de
B alsain, descubrió un delicioso sitio, llamado la F lorid a, donde habia un a iglesia dedicada
á S. Ildefonso, hasta el dia de la abdicación, llevaba ya invertidos sobre veinte y cuatro

(i) San Felipe*


BE1NAD0 DE FELIPE Y . 351
millones de duros. E n 1720 compró la g ra n ja que allí tenían los frailes gerónim os de S e -
govia, y con una actividad estraordinaria junio á los encantos de aquella n atu raleza, todas
las bellezas de las artes. Jard in es, fuentes, ig le sia , p alacio , todo se construyó y con regia
magnificencia. Esle s itio , que no dista de la córte mas que doce leg u as, es el que Felipe y
su esposa escojian para «mas desem barazadam ente servir á D ios, m editar sobre la vida
etern a y en tregarse del todo al im portante negocio de la salvación de su alma.»
Al mismo tiempo que el inensage enviado al consejo de Estado, se habia cstendido otro
al nuevo rey en térm inos sem ejantes, que le fué rem itido por conducto del consejo de Cas­
tilla. Luego que este lo hubo registrado, Grimaldo lo llevó al rey Luis, que se hallaba en el
Escorial, v se lo leyó en presencia de la córte {14 de enero). En el caso de m oriré] rey Luis
sin hijos, pasaría la corona á sus h e rm a n o s, según el orden de sucesión f nom bran­
do u n consejo de rejencia, si el heredero fuese de menor edad. Acompañaba á esta pres­
cripción una serie de máximas de gobierno y recom endaciones, especie de testam ento po­
lítico , cuyo esacto cum plimiento se esperaba de la g ratitu d de u n h ijo , que era deudor á
uno mismo de la vida v de la c o ro n a : se le aconsejaba que defendiese con celo los privile­
gios de la Iglesia, que sostuviese á la Inquisición, porque era el mas firme baluarte de la
ié fy que rigiese con justicia á la nación. Tampoco se olvidaba de recom endar á su am paro v
protección á Sareina y sus hijos, cuidando especialmente de asegurar á estos la posesion de
los estados de Italia.
Al dia siguiente declaró Luis I con la m ism a formalidad que aceptaba la abdicación, y se
estendia también eu prom esas y seguridades que parecieron dictadas ó inspiradas por al­
gún hábil agente de la córte de San Ildefonso. Ofrecía seguir los consejos de su padre con
■veneración, respetar y considerar á su m adrastra como á un a m adre y atender al porvenir
de sus hijos como á herm anos que e ra n , concluyendo por ped ir al cielo que le perm itiese
algún dia im itar el cristiano ejemplo que le dejaba el autor de los suyos.
Inm ediatam ente se trasladó á M adrid p ara celebrar el acto solemne de la proclamación,
pero se ofrecía una dificultad que hizo diferir esta cerem onia hasta el 9 de febrero. Hubo
quienes dijesen que la abdicación era nula si no la aprobaba la nación reu n id a en cortes,
según era costumbre de la m onarquía, y q u e, tanto p a ra eso como p ara la proclamación
del nuevo soberano, era necesario y urjente convocarlas. E sta opinion, hallando en el con­
sejo de Castilla un apoyo respetable, puso en grave conflicto á Felipe, pues tem ía reu n ir un
cuerpo que le habían enseñado á m irar con ojeriza, desconfiando de que se ciñese á ser sim­
ple testigo d é la abdicación; recelaba que no fuese aprobada por él, y adem ás no quería dar
tanta solemnidad á un a renuncia que tal vez m añana le convendría an u lar. E l medio que se
escojió para salvar este contratiem po fué el que se habia puesto y a en uso por motivos
análogos. Se pidió directam ente á las ciudades de voto en cortes la aprobación, y conse­
guida esta individualm ente, sin resistencia ni m urm uración á favor del aislam iento, se salvó
el p eligro, pues para la de los otros dos brazos, la nobleza y el clero , de los cuales por otra
p arte no habia porque desconfiar, se estimó bastante la conformidad de los individuos de
ambos órdenes residentes en la córte. Burladas de esta m anera las leyes fundamentales, y
las prácticas constantes de la m onarquía, se verificó la proclamación de Luis I con todas las
formalidades de costum bre, declarando Felipe Y que no volvería á em puñar jam ás el cetro
que dejaba en las manos de su hijo.
[ Con todo, quizá nunca habia estado su alm a tan agitada por los febriles pensam ientos
de la ambición real! Despues que pasaron aquellos fugaces sentim ientos, y despues de ver
como Felipe Y se volvió á ceñirse la co ro n a, no faltaron e s p íritu s, harto candorosos ó so­
brado interesados, que sostuviesen la sublime abnegación de Felipe en aquel acto. La ge­
n eralidad, em p ero , halló en él otros móviles. Ilubo sin duda un extraño concurso de cir­
cunstancias y sentim ientos: preciso es reconocer que la disposición hipocondriaca de que habia
dado diferentes pruebas desde su espedicion á Italia, inclinaría su ánimo á la soledad y al
r e tir o : no es menos cierto que habia en su alma una mezcla de su p erstició n , probidad y
egoísmo q u e , ya le hacia tener por apócrifo el testam ento de Cárlos I I y desear retirarse A
F ran cia, como varias veces lo indicó durante la g u e r r a , y a le presentaba vicios radicales de
nulidad en su renuncia á. la corona de Francia: tam bién es evidente que, si habia en el fondo
de su carácter una ambición de grandes gozos, estaba sum ergida bajo la espesa capa de su
indolencia. P ero, si todo eso es así y hace probable una abdicación sin c era, no es menos
indudable que esta ambición habia sabido salir á la superficie en diferentes ocasiones y que
352 HISTORIA DE ESPAÑA.
e ra tan difícil de escitar como indomable cuando se veia fogueada. Y esto es lo que hacía
únicamente la reina Isabel de F arnesio. Su pensam iento constante era el establecimiento de
sus hijos; deseo n atural en nna m adre y que nada tendría de reprensible si no lo subordi­
nase todo á é l, la dignidad y los intereses de la nación. Se la h a visto dominada por ese
deseo incitar á su esposo á la g u e rra , á cortar relaciones ventajosas y contraer alianzas des­
favorables, prohijar todas las intrigas de A lberoni, derrocarlo y p erseg u irlo , hacer conce­
siones funestas, m antener á la E uropa en alarm a; se la ha v isto , en fin, soioeler los deberes
de reina á los sentim ientos de m adre, ¿in te n ta rlo todo y sacrificarlo al logro de ese deseo.
Poseída de tal am bición, que no le hacia olvidar su interés p erso n al, y siendo ella
quien tenia esclavizado el albedrío de F e lip e , nada estraño parecerá q u e , cuando la repen­
tina m uerte del duque de Orlcans abrió un ancho horizonte á su am bición, despertasen
¡as antiguas aspiraciones dei nieto de Luis XXV á la corona de F rancia á la m uerte de
Luis X V , que todas las probabilidades presentaban muy inm ediata (1 ). Felipe creia tan
sagrados sus derechos á. ella que su espíritu honrado y religioso no puso obstáculo alguno
á los proyectos de Cellamare en P arís, y cuando fueron d escu b ierto s, no vaciló en aceptar
su responsabilidad. El derecho que juzgaba poseer á despecho de las ren u n cias, que con­
sideraba n u la s , justificaba en su concepto suficientemente los medios indignos de u n a cons­
piración. Añádase á esto el interés del duque de Borbon, que sucedió al rejente como minis­
tro del joven Luis, y q u e, en lucha de rivalidad con la casa de O rleans, le incitaba en el
sentido de sus constantes deseos.
Un concurso, p u e s , de circunstancias y sentim ientos de organización n a tu ra l, de reli­
gión , de c a ra c te r, de ambición propia y sujestionesestrauas fué lo que probablem ente d e­
cidió á Felipe V á abdicar en el ¡leño de su vida, á los cuarenta anos de e d a d , y cuando
todo le ofrecía un reinado á lo adelante mas tranquilo y p lacentero, pues no dependía sino
de él el afianzamiento de la paz general. La idea de ocupar el trono de sus antepasados
fascinó sin duda á Felipe y á su esposa: ellos gozarían de (odas las satisfacciones anejas al
trono de la prim era nación del mundo , y ai m orir em bellecería sus últim os instantes
la dulce idea de legar á sus hijos tan rica herencia. E ntretan to , ellos reinando en Francia, un
hijo de la prim era mujer en España, otro de la segunda en Italia, este dominio sobre el Occi­
dente ofrecía un cuadro seductor que pocos monarcas podrían contem plar sin conmoverse y
anim arse. Solo en esta esperanza, á nuestro sentir, pudo la ambiciosa Isabel Farnesio, álo s
trein ta y un años de edad, cuando mas ardor presentan las pasiones hum anas, consentir en
despojarse de una corona y condenarse al retiro para reaparecer en breve y con mayor os­
tentación en el gran teatro del mundo.
P or ú ltim o, la conducta de Felipe despues de la abdicación confirma las conjeturas que
acabamos de hacer. Se estableció una correspondencia secreta y activa en tre las cortes de
Francia y S. Ildefonso por medio de ligeros postillones colocados de trecho en trecho en toda
la línea, con el especial objeto sin duda de comunicarse con el duque de Borbon y el partido
español en Francia; se hizo correr la voz de que el rey precisaba hacer u n viage á su país
natal p ara restablecer su salud; y se llegaron á em prender todos los preparativos p ara el
viaje, siendo uno de ellos el em paquetado de las alhajas de metales y piedras preciosas de
la reina. Aunque-estos preparativos aguardaban probablem ente la m uerte de Luis X V , que
todos esperaban de un momento á o t r o , la In g laterra , penetrando su objeto, pidió inm e­
diatam ente y con la m ayor energía al gobierno francés esplicacionessobre este viaje; y fué
preciso, p ara que sus recelos se calm asen, que el cardenal F leury se obligase á m antener los
compromisos relativos á las renuncias de ambas ram as de la casa de Borbon é hiciese de­
clarar á su joven soberano que se opondría al viaje á Francia del pariente que acal>aba de
ab d icarla corona de España (2). ¿ P o rq u é , en íín, si había abnegación verdadera en la ab­
dicación , si el deseo de pasar el resto de sus dias en el retiro consagrado íi la salud de su
alm a, lejos de la vanidad de las grandezas hum anas era sincero; p o rq u e, decimos, rodear­
se de ellas en el asilo que escojia? cómo es que no busca otro monasterio de Yuste? por qué
se estableceen el suntuoso sitio de S. Ildefonso, reservándose una pensión de seiscientos mil
duros ? ¿Por qué sobre todo se esfuerza en conservar desde su retiro el poder que abdica y
entabla esa lu d ia escandalosa con la córte del nuevo rey que vamos á ver desenvolverse des­
de el dia de su coronacion?

( 1 \ Un aquellos dios se yjó en tn l jieügTO <|iic solo se creyó lialicr debido su salvación á u n a sangría*
f 2 ) &an SÍMinn,—Hicheliou*
£ui$ I.
1724.

C arácter de Luis !.—de su esposa U a h d dn O rln a n s : su s e s tra v ío s : os e n c e r r a d a : reconciliación p a s a g e ro : proyecto de


d iv orcio,—C onsejeros de que rodea Felipe a su bijo juim co h tim iar g o b e rn a n d o .^ P la n e s de la reina y M onteleen
p ara el establecim iento del infante don C arlos.— Los m inistros de Luis tra ta n d« em anciparse do la c ó rte de S. Ild e ­
fonso : d esconcierto do la üdministrtícTon : m edio em pleado p ara a n u la r la influencia ríe O ren d ay n , agente dn G rim al-
d o , en ol g o b ie rn o : es n e u tra liz a d o : v an a te n tativ a para r e b a ja r la s exorbitantes p en sin n rs con q ue fe había re tir a ­
do la fu m ilis reai a ln G ran ja.— P re m a tu ra n m e rte de Luis I : vida posterio r de la rein a viuda.

Luis I subió por tan inesperado accidente ¿o cu p ar el


dando

trono de España, tenia apenas die 2 y siete años, edad insu­


ficiente p ara adquirir las nociones d é la educación general,
cuanto mas la ■vasta instrucción especial que requiere Iaacer-
tada gobernación de un pueblo. No habia sido con él avara la
naturaleza: manifestaba rasgos espontáneosde talento .de­
seos de saber y una inclinación particular á las artes. Pero
una educación descuidada habia dejado estériles estas bue­
nas dotes naturales. Sin em bargo, el pueblo de M adrid, y
puede añadirse la nación en tera, lo aclamó con un júbilo sin­
cero, porque, siendo ella tan celosa de su dignidad é in­
dependencia, fa lisongeaba tener en el trono u n rey que
habia nacido en España. Por otra par te habia en el porte de
Luis cierta mezcla de espontánea elegancia y n atu ral g ra­
vedad que contrastaban notablem ente con la,s m aneras ata­
das y el aire frió de su padre y guardaban% rm onia con el
carácter nacional. El pueblo ju zg ao rd in ariam |n le por estas
esterioridades, con frecuencia engañosas, p e re q u e las m as
veces suministran conocimientos anticipados y exactos d é la índole del individuo.
354 niSTOHIA DE ESPAKA.
H abia tenido Luis la desgracia de casarse mal su grado ó sin voluntad ilustrada con una
princesa á quien los españoles 110 recibieran con beneplácito y que á la inesperiencia propia
d é la edad de doce años, en que salió del hogar p atern o , juntaba las viciosas inclinaciones
de una educación corruptora. El corazon de Isabel de Orleans no encerraba malos instintos,
era sensible y jovial; pero en la córte cínicamente licensiosa de su p a d re , que hahia m uerto
en los brazos de una de sus concubinas, no podia resp irar sino u n a atmósfera inm oral. E l
libertinagede sus dos herm anas m ayores, las duquesas de B erry y Valoís, fué p araelh i de
u n ejemplo funesto, pues, aunque niña todavía, estas semillas conservadas por la memo­
r ia , germ inaron en su corazon y brotaron al fin en España sus naturales fru Los. La córte es­
pañola , mas recatada y de mas pureza de costumbres en aquel tiempo, no pudo ó no supo cor-
rejir estas prim eras modulaciones de su alma. Miró pues con indiferencia los estrechos deberes
del m atrim onio; rehusaba toda m uestra do respeto y estimación á la esposa de su sue­
g ro , se mofaba de los consejos mas sa n o s, y se complacía eu atorm entar á su marido con
desaires públicos y hacer alarde de una desenvoltura que el pueblo contemplaba con escán­
dalo.
Las severas reprensiones de Felipe hicieron alguna im presión en su ánimo y volvieron
la tranquilidad al de su hijo; pero cuando por la abdicación uno y otro se juzgaron libres y
soberanos, los dos rompieron el frágil lazo que hasta entonces habia contenido la fogosidad
de sus pocos años. Luis miró con desden negocios y cuestiones que no com prendía ni le ha­
bían enseñado, y dió rienda suelta á sus pueriles caprichos: ya salia de noche disfrazado á
correr aventuras por las calles de M adrid, ya asaltaba las posesiones reales y robaba fruía ó
destrozaba plantíos, p ara tener al día siguiente el placer de reñ ir destem pladam ente á los
g u ardas (1 ). La voz p atern al, sin em bargo, penetró luego en su corazon, y cuando se le hizo
com prender que con tales estravíos, por inocentes que se supusiesen, quitaba al trono su
prestigio y la autoridad á su cetro, se reformó visiblem ente, y dedicó, sino mas provechosa
atención , mas tiempo á los negocios del estado.
No consiguió igual fruto de su esposa, de modo que F elip e, persuadido de que su pala­
bra y a no tenia fuerza para detenerla en la senda estraviada de los vicios mas vergonzosos,
afectado por la idea de haber unido su hijo á una esposa que afrentaba á la corle y m an­
chaba su nombre , le pidió perdón y lo escitó á usar de severidad. En efecto, despues de
h aber empleado en vano los medios persuasivos y m uestras públicas de desvío, se decidió á
ensayar u n proceder enérg ico , que repugnaba ciertam ente á su carácter. Un d ia , hallándo­
se ella paseando en el P ra d o , le detuvo un enviado del rey que llevaba orden de sacarla de
allí y encerrarla en el alcázar: preguntó ella exaltada quien hahia dado semejante o rd en , y
cuando se le contestó que el re y , gritó furiosa á sus lacayos: A l B uen R etiro. Pero gritó en
vano, porque nadie se opuso al m andato real, y tuvo que resignarse á sufrir aquella pública
humillación y la de ser encerrada en una de las estancias del viejo palacio siu mas acompa­
ñam iento que la servidum bre indispensable. Se tuvo cuidado de prevenir á los altos trib u ­
nales, al cuerpo diplomático y á nuestros representantes en el extranjero de esta disposición,
que tendría duración m uy corta, á fin de evitar tortuosas interpretaciones. Efectivamente á
los seis dias de reclusión, la visitó por encargo de L uis el mariscal Tessé, em bajador de
F ran cia, y habiéndola hallado al parecer apesarada y contrita de sus indecorosas e s tra v a -
gancias, protestando que no habían llegado jam as hasta h erir la honra de su esposo, ase­
gurando su corrección á lo sucesivo y manifestando deseos de pedirle p e rd ó n , le alzó el en­
cierro. Antes de restituirla á su lado, despidió á trece cam aristas que se tenian por cómplices
y protectoras de sus estravíos, y , tomadas otras precauciones, se quiso rep arar el escándalo
que se habia dado con otro acto te atral de publicidad. Salió la reina de su encierro á paseo
hácia el M anzanares, y llegando al Puente Y erde, donde el rey la esperaba, hizo dem ostra­
ción de bajarse para echarse á sus pies é im plorar su perdón: su esposo no lo consintió; an­
tes, adelantándose k abrazarla, la pasó á, su ca rru a je, y juntos atravesaron todo Madrid p ara
restituirse al palacio del R etiro.
Pero esta reconciliación se quebró tan pronto como las a n te rio re s, y el palacio de los
reyes siguió siendo teatro de escenas vergonzosas y asunto de las m urm uraciones del pue­
blo. La aversión que se profesaban los regios consortes era tal que, según se dice, jamás

(1 ) Comunicaciones de Slauhope á su corto.


HE1TÍAD0 D E LUIS L 3 S ÍÍ

llegaron á consum ar su enlace (1). Visto lo ineficaz de los diversos medios em pleados, se
hizo derram ar la voz de que la rein a estaba dem ente y se esploró al papa acerca del d i­
vorcio (2}.
¡Q ué horizonte presentaba á la nación el nuevo reinado en sus prim eros albores! Al
contem plarlo, nos vemos obligados á preg u n tar si no conocía Felipe la inesperiencia y falta
de instrucción de su hijo, y si no le eran notorios los estravios d é la princesa. Y en este su­
puesto ¿porqué abdicó? ¿porque se apresuró á llevar al trono á u n rey incapaz y á un a
mujer sin recato.ó sin pudor? ¡ Ah! q u e , si reflexionásemos-en este sentido, aun supo­
niendo enteram ente sincera la abdicación de Felipe V, forzoso seria condenarla como un de­
lito de lesa nación!

Don» L uisa Isabel de O rleaus t m u jer de L ilis I.

L u is , á causa de la ligereza propia de su edad, m iró en un principio con desden los ne­
gocios públicos sin alterar cosa alguna, ni en el orden ni en el personal de la adm inistra­
ción; p e ro , aunque lo hubiese intentado, se habria encontrado con los brazos atados. Su
p ad re había cuidado de rodearlo de personas adictas á sus intereses sin re p a ra r á la ap ti­
tu d , ni aun para el m inisterio ó ju n ta de gobierno que le dejó nom brada. Todas cuantas
debían tener con él trato frecuente, ó eran incapaces de ad q u irirse predom inio sobre el
ánimo del rey ó estaban en perfecto acuerdo con las m iras de Isabel F arnesio. El arzobispo
de T oledo, don Diego de A storga y C éspedes, que solo debia su dignidad á un carácter li­
sonjero y á. las intrigas de los jesuítas en su favor por considerarle un dócil instrum ento;
el obispo de P am p lo n a, é inquisidor g e n e ra l, C ám argo, que no tenia práctica alguna de
los negocios; el m arqués de V alero, que no debia el ser presidente del consejo de Indias
sino á su liberalidad y á la oferta de dejar por heredero de su inm ensa f o rtu n a , adquirida
como virrey de M éjico, al príncipe de A sturias; Sopeña, secretario de la M arina é Indias,
apenas conocido; estos eran los elejidos p ara apoyar con su ciega adhesión los planes de
otros mas avisados. E l m arqués de Mirabal, presidente del consejo de Castilla, don Miguel

'· ( d } E l P . Bcloiulo, que revela noticias m uy cu rio sa s on s u obra . a s eg u ra ta m b ié n q u e no se cocsum ó e l en lace t y


lo aLribuye a desvio del rey, adelantándose i decir que por deform idad fisica do su esposa.
í,2 ) A cerca de los disensiones de los rég io s co n so rte s, p ueden verse la R elación de S ta n h o p e , la s N froorio? de S. Si­
m en > de R iclielicu y de Tessé , y U obra to n ta s veces citada de S. Felipe.
T o n o IV. 47
336 H IST O R IA B E ESPA Ñ A .

de G u e r ra , que habia sido em bajador en F ra n c ia , el m arqués de Lede y don Ju an Bautis­


ta O rendayn eran estos otros. Miraba! poseía una inteligencia m e d ia n a ; pero una grande
laboriosidad duplicábalas fuerzas de su entendim iento. G uerra era un profundo conocedor
de la legislación española, y cierta sagacidad natural le hacia apto p ara las negociaciones
diplomáticas. El m arqués de L ede, oriundo de la F lan d es, m erecía, tanto por su pericia
en el arte de la guerra, como po r su firm eza, su probidad y su infatigable celo, la presi­
dencia del consejo de la G u erra , que desempeñaba. Todos eran adictos á la córte de San
Ildefonso; pero entre todos se distinguía O rendayn, conocido después con el título lan pro­
digado de m arqués de la Paz. Le fueron designados los cargos de secretario de la ju n ta de
gobierno y ministro de Estado, porque eran aquellos en que mas lealtad precisaban Felipe
y su esposa; y en efecto no se hizo notar por ninguna o tra cualidad. Ella lo elevó pronto,
en una nación en que se acostum bra recom pensar los servicios privados á costa del E sta­
do , desde la humilde condicion de paje de Grimaldo hasta la de consejero del rey de E s­
paña; de G rim aldo, que era eutonces secretario de Felipe. A hora se com prenderá bien el
verdadero valor de su abdicación, y si en realidad habia hecho o tra cosa que ocultarse
enteram ente conservando mas firmes que nunca en sus manos las riendas del Estado. Ellos
mismos no se recataban de m anifestarlo, pues en la prim era visita que hizo el em bajador
Tessé á S. Ildefonso, Grimaldo le dijo con u n acento de seguridad y orgullo: «El rey F eli­
pe no ha m uerto ni yo tampoco (1 ).»
Un testimonio de este poder furtivo que seguían ejerciendo los reyes re tira d a s, son los
proyectos con tanto empeño entablados relativam ente al infante don Garlos en lía lia , que so
confiaron á la habilidad y esperiencia diplomáticas del m arqués de Monteleon. E ra este el
ministro que habia representado á E spaña en la córte británica durante las conferencias
del tratado de U trech t, y despues cuando la accesión de Felipe á la cu ád ru p le-alian za. En
el curso de las difíciles negociaciones que pasaron entonces por su mano demostró com pren­
der bien las m iras de Alberoni y que sabia calcular acertadam ente sobre las eventualidades
políticas. Cuando llegó á Madrid no tardó mucho en conocer que Luis era solo la m am para
con que los reyes de S. Ildefonso habían querido g uard ar sus grandes planes de la vista de
las naciones europeas, y desdeñó el. congraciarse el favor de los nuevos ministros, dirigiendo
desde el prim er momento sus esfuerzos á conquistar el afecto de la reina Isabel y de su es­
poso. Como u n medio eficaz de conseguirlo, no tuvo reparo en casar á s u hijo mayor con la
hija de la azafata favorita ( L aura Piscatori. Algunos párrafos de una carta del enviado in­
glés Slanhope á su córte descubren la influencia que supo adq u irir, los móviles qu e le im­
pulsaban y los pensamientos á q u e se consagráronlos reyes en c! retiro. «El mismo me di-*
jo q u e, durante su perm anencia en S. Ildefonso, donde pasó tres sem anas, todos los días
habló con SS. MM. CC. Todas eslas conferencias han tenido por objeto principal el conven­
cernos de cuan ventajoso y hasta necesario e r a , para que sus negocios caminasen b ie n , así
como los del resto de E uropa, el que reinase la mas estrecha unión en tre las coronas de la
In g laterra y E spaña; y que de esto dependía en p a rte , sino totalm ente, la sucesión de don
Carlos a la corona, dejando adivinar qne laam isíad de la G ran B re ta ñ a , de que respondía,
podría serles muy útil si se presentaba alguna ocasion de alegar, á favor de los infantes, de­
rechos a la corona de Francia.—S. M. C ., según me dijo, prestó oidos á eslas m anifesta­
ciones con la mayor satisfacción, aprobándolas desde lu e g o , especialm ente las relativas a la
sucesión de la corona de F rancia.— Parece que Monteleon presentó un proyecto trazado de
orden del rey Felipe, e;iel que desigua las medidas que deben tomarse p ara alcanzar este r e ­
sultado-. El resum en de este plan, despues de haber sufrido algunos cambios pequeños, indi­
cados por los reyes, era que don Carlos saldría para Italia con la aprobación, siendo declarado
v reconocido por sucesor délos ducados de P arm a y Toscana eon condiciones que pudiesen
satisfacer al soberano reinante, así como á su herm ana casada con el elector Palatino. Este
plan mereció la aprobación de Grimaldo ; pero no la de M irab al, á quien se dió cuenta de
él p ara alcanzar la sanción del nuevo gobierno, sin que d esú s objeciones se hiciera caso n in -
o-uno. — «Nada tengo que añadir, prosigue S lanhope, á la relación de M onteleon, sino que
se espera ver pronto proyecto sancionado r y que en vista de esto se darán órdenes p ara
que salga con deslino á Ita lia , pasando por Londres y P arís. De todas m aneras me parece
que está m uy resuelto á no aceptar aquí destino ninguno por ahora: y p ara probarlo me

(1 ) Tetóé.
ilELKADO DE LUIS I. 357
asegura que hubiera podido ser prim er m inistro si hubiera querido, porque el rey Felipe
se lo ha propuesto muchas veces y hasta le ha hecho vivas instancias p ara que adm itiese. El
motivo que da para no aceptar empleo ninguno es que parece casi imposible él sostenerse en
el mucho tiempo en la situación presente de las cosas, sin atraerse la animadversión de
uno de los dos m onarcas; la del padre s ie n todo no se conducía según las órdenes term i­
nantes de S. Ildefonso, ó en caso contrario la del hijo porque cree que poco á poco y gra­
dualm ente se irá este libertando d é la dependencia y sumisión á quese presta en el dia. Me
h a confirmado el mariscal Tessé ( lo que me había dicho an terio rm en te, respecto al ofreci­
miento que se le hizo del rango de prim er m inistro. Ambos son de parecer que no tard ará
mucho en proveerse este d estin o ; porque parece imposible que puedan permanecer los ne­
gocios en la confusion en que se hallan ahora por falta de una autoridad visible. Las perso­
n as que tienen mas probabilidades de alcanzar este empleo son el presidente de Castilla y
el m arques de Grimaldo, sobre todo este úliimo si consiente el rey Felipe en separarse de
él». Poco tardó en verse testimonios oficiales de estas confidencias de Monteleon al ministro
in g lé s , pues fué aceptado su plan y recibió el eucargo de llevarlo á ejecución, acom­
pañando á Italia al in fa n te , á quien se dio ya el titulo de gran de p r í n c i p e , en relación con el
de g ra n duqw i que se solicitaba. Los poderes que se le conferían para con las cortes de
F rancia é In g laterra y todos los estados de Italia eran am p lio s, y á, fin de que ningún medio
le faltase para lograr su cometido, se le señalaba un sueldo de cinco mil doblones. La o p o si-
cion de los ministros se despreció.
Pero las dificultades que en la córte surgieron, previstas por el mismo M onteleon, im­
pidieron por entonces lle v ará ejecución el provecto. No eslá en el poder de los reves cam­
biar la naturaleza delcorazon humano. Los ministros de L uis, cuando hubieron gustado las
dulzuras del m ando, sintieron pena de su degradada condicion, se avergonzaron de no ser
mas que meros instrum entos de la córíe de S. Ildefonso, y desearon sacudir el yugo.
Viéndose colocados entre dos astros aquellos cortesanos, el uno que se le v an ta b a, y el otro
que se ponia, no tardaron en volver uno á uno com pletam ente la cara hácia el sol nacien­
te. A parentando querer em ancipar á su soberano de la que llam aban indigna tu te la , no
siendo en realidad sino cadícia de mayor poder, ya hacían publica la dependencia que Ies
imponía el monarca retirad o , ya procurahan encender en el corazon del joven rey el
sentimiento de la soberanía. Unas veces, contestando á los clamores públicos, decían:
«Mas bien que acusarnos de faltas y descuidos, debiera tenerse en cuenta que carecemos de
poder». Oirás veces, se escusaban con la ciega sumisión del rey á los mandatos de su padre.
E n efecto era así. L u is, que no conocía los negocios, se fiaba naturalm ente mas de
quien juntaba á aquel título sagrado el de su cspcricncia, y siempre acataba las órdenes
de S. Ildefonso, aun á despecho de sus ministros. Depositó su confianza en el conde de
A llam ira, cabeza y corazon vacíos, que no despedían ni la luz de la inteligencia ni el calor
de la am bición, y que por eso vino á heredar también la confianza de los padres.
Trajo esta pugna de intereses personales tal desconcierto, confusion y descrédito sobre
la adm inistración quelos m inistros extranjeros llegaron á dudar ó á finjir que dudaban cer­
ca de qué rey estaban acreditados, pues hubo ocasion en que dirijieron sus comunicacio­
nes á ambas cortes.
Trajo también serios conflictos. La ju n ta á íin de sustraerse á la influencia de Felipe v
de G rim aldo, buscó medio de d espojará O rendaynde su participación en el gobierno. Res­
tableció una costumbre de los últimos soberanos austríacos que reducía las funciones de!
m inistro de Estado á las de un simple am anuense de sus colegas, y consistía en rep a rtirse entre
todos los vocales sus diversos negociados, presenlar en junta su parecer y pasarlo al secreta­
rio especial para su gobierno y cumplimiento i l ) . Llegó con la noticia de esta m edida á la
Granja el asombro y el te m o r, porque comprendió todo el mundo su intención. El m arqués
de Villars exclamó al saberla: «¡ Adiós, córte de S. Ildefonso; por dichosa se puede tener
si le aseguran su comida y su cena !w Halló em pero un medio de anular sus efectos, y fué
el lograr que Luis consintiese en que O rendayn recojeria de cada vocal los pareceres para
dar él cuenta al rey . Quedó así destruida !a fuerza de las decisiones, pues y a no aparecían
como un acuerdo unánim e de la junta sino como el dictam en de uno de sus miembros. Ade­
mas , siendo O rendayn quien debía dar cuenta al re y , podía muy bien presentar sus infor­
mes según las instrucciones de'G rim aldo..
(1) S t a n h o p o ¿ l o r d C n r tc r e t.
358 H IST O R IA D E ESPA Ñ A .
Buscó la m ayoría del m inisterio otro medio mas hábil de lograr sus d eseo s, encubriéndo­
los con el velo del interés público. No bastando las rentas del Estado á atender á s u s mas in­
dispensables necesidades, hicieron ver al rey la precisión de reducir las pensiones concedidas
á los infantes por su pad re, y accedió á. rebajarlas á un a cantidad proporcionada á su
corta edad y á la residencia que habían escojido. Pero Luis accedió sin asegurarse de la
necesidad de tal medida ni considerar el efecto que podría causar en la corle de S. Ildefon­
so , y así fué q u e , tan pronto como recibió de su padre un a agria reconvención, anuló su de­
creto y , como p ara sincerarse, no se contentó con esto, sino que aun aum entó las dotacio­
nes. Sin e m b arg o , los que deseaban la emancipación á toda cosía no se arre d ra ro n , antes
crecieron en osadía y franqueza. Deja­
ron correr algún tiempo exagerando los
apuros de la hacienda, y por últim o se
atrevieron á dar por causa las enorm es
pensiones que Felipe se habia reservado
al ab d ica r, especialm ente la suya pro­
p i a , y á pedir su reducción. Prevenido
ya el rey por la anterior ten tativ a, re­
chazó desde luego con indignación esla
otra flecha que se quería poner en sus
m an o s, aunque se le decía con toda la
hipocresía del lenguaje cortesano que su
padre se p restaría gustoso, reconocien-
Moneda de b proclamación cic Luí? i. do las g randesangusíias que padecía la
nación á quien tanto amaba.
Con to d o , como habia mucho de verdad en la penuria de la hacienda y como L u is , con
el ejercicio del poder , iba sintiendo el deseo n atural de la ¡Qdependencia, es de creer que
llegaría al Gn un día en que se entablase una lucha escandalosa cn lre el padre y el hijo,
cuyo resultado fuese una abdicación mas leal ó el destierro. La repentina m uerte de Luis I
evitó esta torm enta cuyos prim eros relám pagos se anunciaban. Jíl 31 de agosto sucumbió á
u n ataque de viruelas, que no acertaron á curar los médicos: tenia diez y ocho años, y solo
habia llevado la corona ocho meses. Su reinado fué como el rápido paso de la sombra de una
nube por la tierra. La historia tiene por lo tanto que resp etar su tum ba dejando en blanco
la m itad de su epitafio.
La m uerte probablem ente libertó tam bién á Isabel de O rleans de la humillación de un
divorcio, sin em bargo de que al cerrar su esposo los ojos le dirijió m iradas de g ratitu d por
los tiernos cuidados que en su breve enferm edad le prodigara. Sin lem er el contajio de un
mal te rrib le , que no habia pasado, estuvo perennem ente k su lado y no se separó sino
despues de haber regado con sus lágrim as el rostro lívido de su generoso consorte. Cayó tam­
bién en cama atacada del mal que habia despreciado; pero su robustez y un tratam iento
mas ilustrado la salvaron. Tessé trató de reponerla en su posicion, casándola con el sucesor
don F ernando; pero e lla , que no podía habituarse á lo que llamaba la seriedad esp a ñ o la , lo
rechazó, solicitando por el contrario retira rse á Francia con la pensión de viudedad. Lo
consiguió luego por la mediación de su m a d re , yendo á establecerse en París p ara reprodu­
cir en mayor escala los anteriores escándalos. Uno de sus medios era la admisión en su
servidum bre de las personas que mas le agradaban, sin cuidarse de si se intru sab a en las
funciones de su mayordom o m ayor el principe de Bubec. Quejóse este á M adrid, y obtuvo
una orden para que la reina hubiese de conformarse con las propuestas de empleados que
él le hiciese ; pero ella se ofendió de una fiscalización indecorosa, y como despidiese al m a­
yordom o, la córte de España le suspendió el pago de su pensión. No pudiendo sostener su
fausto y seguir el raudal de sus p la c e re s, fué á refugiarse en el mismo convento de carmeli­
tas y en las mismas habitaciones á que su herm ana la duquesa de B erry se habia retirado pa­
ra purgar con la penitencia los estravíos de su juventud. Pasó allí el resto de sus dias (2)
atorm entada por los rem ordim ientos y las humillaciones que veía en los socorros que de vez
en cuando le enviaba la córte de M adrid. La nación española pudo vauagloriarse de la an­
tipatía con que la recibiera y con que siem pre la miró. No quiso dejar de ver en ella á una
hija d é la corrom pida córte del duque de O rleans.
{$) Wuri5 de u n a H idropesía ad q u irid a en la inacción du! c la u s tro , ol 1G tic ju n io cíe 1742,
SEGUNDO REINADO DI FELIPE V.

CAPITULO XXXVII,
1725.

Medios d e q u e so vale la cól'to do S. Ildefonso para reco b ra r la corona : din cu ltad es con c¡ue tr o p ie z a : in trig a s de la
reina p ara vencerlas: segundo reinado de F elipe V: el in fan te don F ern an d o es reconocido p rin c ip e de A stu ria s: Ven-
c a n ia s de los r o y e s en los m in istro s de su h ij o , M ira b a l, L sd e, e t c ., y elevación d o O re u d a y n —Cam bio c o m p le to e a
la política estertor inspirado por R ipcrdá.— C arácter de este cé leb re a v e n tu rero : sus p lan o s de g o b iern o .—Sus nego­
ciaciones en V ieno.—La córte de F ran cia despide á la infanta española g u e debía ca sarse con Luis XV: ii:d ig n acio u
de los reyes de E spaña y de! pueblo: solicitan en vano 1a alianza de In g la te rra c o n tra la F ra n c ia .—T ratado de Viena
entro Fspafia y e! A u stria, q u e sorprende á todas las naciones: artículos secretos.— Exije I'elipo la restitu ció n de G ibral-
tar-Sa In g la te rra se niega v logro poner (le su parte a la F ra n c ia : los aliados ríe Ticna a trse n á la R usia: co n tra -a lia n z a
de ISannover aju stad a en tré la In g la te rra , la F ran cia j 1a P r u s i» .- R e g r e s o do R iperdá á E sp añ a : es nom brado p rim er
m in istro.

ü iu v h í la breve enfermedad de Luis I , la córte de San


Ildefonso estuvo en una especie de dolorosa ag o n ía, no
acertando á decidir que partido tomaría Felipe si el falle—
jí cimiento dejaba el trono vacante. Al hacer la abdicación
! había previsto esle caso y nombrado un consejo de re je n -
cia por si acontecía en la m enor edad del heredero. Pero
entonces no pensaba mas que en los medios de persuadir
mejor á E uropa de la sinceridad de su abdicación, y desde
entonces, aunque tan breve el periodo, había conocido
cuán arriesgado es soltar una corona que no se quiere per-
¡ | | der. Se decidió pues 4 recobrarla, teTodavía vrvia Luis, y
K su padre mandó redactar á loda prisa un documento que
j dejaba á esle por heredero del trono y albacea. Se p r e -
I sentó este escrito k Luis la víspera de su m u e rte , y el mi­
sero mancebo lo firmó moribundo y a ; y apegar de alg u ­
nos vicios de forma , iué el título principal en que fundó
Felipe Sas prim eras medidas que se dio prisa ¿ dictar ape­
nas espiró su hijo (1).» M ientras estuvo este enferm o, no salió de su r e tir o , si bien cuidó
de tener noticias frecuentes, de su mal: pero así que le llególa de! fallecimiento, se presentó
inm ediatam ente en Madrid,
360 H IS T O M A D E ESPAÑA.
E ra preciso em pero salvar las apariencias. Felipe habia hecho su abdicación con caracte­
res tales de espontaneidad y publicidad que la m ayor p arte d élas córtes extranjeras la ha­
bían creido sin c e ra ; y una simple cláusula del testam ento de un rey apenas entrado en la
adolescencia no pareció suficiente para recobrar el poder sin producir sospechas de una es­
pecie de usurpación. Se pidió su dictámen al consejo de Castilla. La opinion estaba vacilan­
te , no sabiendo que escojer entre los peligros de una m inoría y los eleclos de la desenfre­
nada ambición de la reina. I.os palaciegos que se habian indicado en contra de la influencia
de la G ranja tenían adem ás su venganza. Miraba], el presidente del Consejo que era uno de
los que, afectando mayor interés por F e lip e , hacían la mas enérgica oposícion á su vuelta,
le presentó una esposicion de las consideraciones políticas y religiosas en que la fundaba,
Ja cual fué apoyada por el confesor, ya español, que habia sustituido á D a u b en to n , B erm u-
d ez, atreviéndose á calificar de gravísimo pecado m ortal el recojer la corona despues de ha­
berla abdicado. Estos dos personajes y varios otros sabían que su influencia seria siempre
m uy lim itada al lado de la que ejercería en todo tiempo la reina Isabel Farncsio, y quizá bus­
caban el p erío d o , siem pre lisongero á los especuladores políticos, de una m inoría. Sus es­
fuerzos , aprovechando las predisposiciones que hahia en la opinion contra la ambiciosa ita­
liana , lograron que'el dictamen pedido al consejo fuese, en vez de eso, una consuíla sobre la
situación crítica del E stado, en la cual se hacían figurar las razones que generalm ente se
alegaban en pro y en contrá, espuestas estas con m arcada animación. Entonces se vio lo que
vale la independencia y la lealtad de estos altos consejeros que deben su posicion al favor per­
sonal del trono: teniendo que pronunciar entre los derechos de un menor que ofrecía ancho
campo á las ambiciones y los de un rey q u e, digámoslo a s í, renace pidiendo el p o d er, va­
cilan , se m iran unos á otros, y al cabo de cuatro dias de incesante reílex io n , dicen que hay
razones en pro y razones en contra ; no se deciden por n a d ie , no rechazan á nadie. ¡Que
nobleza y que patrio tism o ! ¡A um entar el condicto de la nación los que debían sacarla de él!
Esto fué lo que hizo aquel suprem o Consejo, considerado como el áncora de la esperanza p rin­
cipalm ente reservada para las tormentas del Estado. Felipe, que no era menos supersticioso
que ambicioso, a! ver contrariados sus deseos por uno de sus mas antiguos y adictos servidores,
por su confesor y por los prim eros magistrados de la m o n a rq u ía, sintió nacer mil escrúpu­
los religiosos en su ánim o, hasta el punto de m andar retirarse á la guardia que tenia, di­
ciendo: « No deben tributársem e los honores de la autoridad soberana m ientras no se e n ­
cuentre del todo tranq uila mi conciencia.«
P ara esto no halló otro medio que someter la consulta del consejo, en treg ar la gran
cuestión que se v en tila b a, cuestión enteram ente civil, al exam en y al fallo de una ju n ta de
teólogos. El cónclave clerical tampoco tuvo habilidad p ara desatar el nudo gordiano ni va­
lor p ara cortarlo: opinó contra el pensam iento de recobrar Felipe la co ro n a; pero le acon­
sejaba que tomase la rejencia en nombre del rey Fernando. Indignó de tal m anera á aquel
sem ejante indecisión que en el prim er momento de despecho dijo que ni corona ni rejencia
q u e r ía , y dió órdenes p ara volverse á la G ranja con su esposa.
Yivia esta en la m ayor inquietud, pues alarm aba su ambición y héria su orgullo la ta r­
danza que esperím entaha la nueva proclamación. E lla , alma vehem ente y avara de fausto
y de poder, no se habia conformado á bajar del trono sino en la esperanza de u na p ro n ta v
cumplida recom pensa; y cuando vió que la actitud de la In g laterra y la prudencia de Fleury
les habian cerrado el camino á la corona de Francia, y que la córte de su hijo q uería sacudir
su yugo, se reconvenía am argam ente de su e rro r y soportaba con pena el retiro. A sí, tan
luego como la enferm edad del rey le perm itió colum brar la posibilidad de que quedase va­
cante el trono , empezó á recobrarlo, desvaneciendo los escrúpulos que se le ofrecían á Feli­
pe por la gravedad de los compromisos. Los estorbos inesperados con qce tropezó la exaltaron
persuadiéndola de que solo á si misma tendría que deber lo que apetecía. En efecto, no
hubo resorte que no moviese, interés que no h alag a se, y bien puede decirse que á ella se
debe el segundo reinado de Felipe V. Al confesor Berm udez, á quien atribuía principalm en­
te las vacilaciones de e s te , lo llenó de improperios en su p resen cia, llamándole Judas el
traidor y protestando de preferir la m uerte sin los ausilios espirituales á recibirlos de manos
de un malvado. l a azafata L au ra, no mas conforme con la oscura nulidad á que la redujera
el retiro desú s augustos am os, no temió valerse de 1a autoridad familiar que se le hahia de­
jado tom ar p ara rep ren d er coa altanería al mismo rey. « ¡ Q u é ! le d ijo , ¿ no se avergüenza
Y. M. de ponerse bajo la tutela de ese malvado, de ese picaro, dejando que lo dirija y
SECUNDO, REIN A DO DE F E L IP E V i ' 361
abandonando el reino á. las desdichas de una m inoría en que m andará una ju n ta , que qui­
tará indefectiblem ente á Y. M- todo el p o der? o La re in a , como si se condoliera de tanta
d u reza, cortó su vehemencia diciéndole: «¡Estáis asesinando a! r e y ! » ; pero e lla , sabiendo
que halagaba los secretos deseos de uno y o tr o , replicó mas ex altad a: « No com etería pe­
cado n in g u n o , porque solo m oriría un hom bre, m ientras que si S. M. abandona el gobier­
n o , su pueblo, sus hijos, su esposa, la m onarquía, todos estamos perdidos (1 ).» Con esta
p rep aració n , apeló Isabel al influjo que las canas y laesperiencia de Tessé ejercían sobre el
ánimo de su esposo; á quien se le dijo en efecto que las abdicaciones eran nulas ante la
suprem a ley del salus p ó jm li, ese paño sagrado con que se han cubierto tantas iniquidades;
que la Francia ya no se entendería con él sino como rey de E sp añ a; y q u e, si desestim aba
sus consejos, se retiraría de una córte donde no podía prestar los servicios mas grandes.
E ntretanto m inaba al consejo de Castilla y á lo s teólogos impeliéndoles á un a retractación
vergonzosa. El consejo, al paso que devolvió con una censura severa el dictamen de la junta
clerical, pidió con encarecimiento que Felipe volviese á ocupar el sólio. A m ayor abunda­
miento el dictam en de los teólogos quedó anulado por otro que elevaron los generales de,
las órdenes de la Merced y 8. Francisco y dos jesuítas diciendo que estaba obligado bajo
pena de pecado mortal á em puñar de nuevo el cetro ( 2 ). No satisfecha con esto la reina,
arrancó al nuncio de su cu a rto , en el que lo tenia encerrado hacia tiempo una grave dolen­
cia , y lo llevó á palacio p ara que acabase de decidir al rey con el peso de su autoridad en
asuntos de conciencia. A las razones alegadas por los dem as, añadió el representante rom ano
la gloria de la religión católica, que veia en Felipe una de sus mas fuertes colum nas; y
como un argum ento que no tenia rép lica, concluyó diciéndole: « También el soberano pon­
tífice había hecho voto de no adm itir la cátedra de S, P edro; pero el am or del bien general
le obligó al fin á retractarse de un compromiso adquirido precipitadam ente. Estoy cierto de que
Su Santidad aprobará una conducta semejante de parte de V. M .: de antem ano puedo res­
ponderos de ello no teniendo tiempo de consultarlo á causa de la urgencia de asunto tan gra­
ve. Seguro estoy de que se em peñaría con V M. para que satisfaga el voto general. Así pues
señor, ceñios de nuevo la diad em a; no vacilo cu responder ante Dios de laretractaccion de
una abdicación como la vuestra y de las promesas que habéis hecho ( 3 ).
No se necesitaba tanto para persuadir y decidir á quien no deseaba sino que lo conven­
ciesen ; pero se necesitaba, s i , para que todos lo creyesen y poder decir en el decreto de 6
de setiem bre, enviado al consejo de Castilla, que volvía á tom ar las riendas del gobierno
sacrificando su propio bienestar á la felicidad de sus vasallos. Declaraba tam bién que lo ha­
cía «como señor natural y propietario de la corona;» p ero , á fin de que no contrastase
tanto este hecho con la solemne prom esa de no volver á em puñar jam ás el cetro, em peñada
al abdicar, añadía que se reservaba el derecho de abdicar de nuevo á favor de su hijo F er­
nando así que llegase á la m ayor edad señalada por las ley es, si esto no ofrecía muy g r a ­
ves inconvenientes. Se cuidó al mismo tiempo de divulgar por todas p artes y m aneras las
escitaciones y el razonamiento del n u n cio , como la autoridad mas respetable p ara u n pue­
blo religioso.
Así fué como se ejecutó la v uelta de Felipe y su esposa al trono que habían abandonado
en la esperanzado un pronto y cumplido resarcim iento. Por n u estra p a rle , donde quiera
que no encontramos el derecho para m edir y juzgar con él las acciones h u m a n as, recono­
cemos por única regla la mayor conveniencia pública; y , según ella creemos que convino
á España el segundo reinado de Felipe V mas que el gobierno de un a rejencía durante
una larga minoría. Pero es indudable que con esos ejemplos de d eslealtad , con esas viola­
ciones de tos mas solemnes compromisos, se enseñaba á los pueblos lo que hay desinceT o
ordinariam ente en las abdicaciones de los rey e s, que no son en efecto, por lo común , sino
producidas por la fatiga y el tedio del gobierno, como la de Cristina de Suecia; ó por la va­
nidad de una gloria que se tem e p e r d e r , como la de Carlos V ; ó por tem or de un peligro
mas g rav e, oprimidos por la fuerza de las circunstancias, que son el m ayor n ú m ero , la d<
F ederico-A ugusto I I de Polonia, la de los E stuardos, las de Carlos IV y Fernando Y II,
las de Napoleon; ó en fin, por u n error de cálculo , por una ambición m ayor , como fué,

(1 ) Tcssó.
( 2 ) San F e lip e .—OrLiz,
( 3 ) V ü lars.—T essé.—Sal) F elipe.
30^ nlSTOIUA DE ESPAÑA.
en nuestro se n tir, la de Felipe V. El corazon hum ano se resigna mas fácilmente á la m u er­
te que al suicidio m oral. Se vé con frecuencia quien arriesga su vida; pero se halla con di­
ficultad un Cincinato. Pocos, m uy pocos se avienen á sacrificar lo que consideran su gloria,
á ser testigos, por decirlo así, de su propia m uerte.
A la recuperación de la corona y al reconocimiento por las córtes del infante don F e r­
nando como príncipe de A sturias, en la iglesia de S. Gerónimo del Prado en Madrid (28 de
noviembre) siguieron las consecuencias de los resentim ientos que se habian engendrado
durante esta lucha de un poder que lendia á constituirse y olro que aspiraba á resucitar.
La reina, escribía por entonces á W alpole el inglés K eene, agente en Madrid de la com­
pañía del m ar del S u r , «manifiesta vivos deseos de castigar á cuantos lian mostrado tibieza
ó por lo menos poco interés en qué recobrase el rey la co ro n a, tomando el partido p ru ­
dente de separarlos del g o b ie rn o , tem erosa de que vuelvan á anudar sus intrigas. El ma­
riscal Tessé se aprovecha de la ocasion para que pierdan poco á poco la confianza del rey ,
y por medio de sus agentes los desacredita cuanto puede p ara poder en seguida darle á
ella el golpe falal con menos riesgo. Lo mismo está haciendo ahora con Grimaldo esparcien­
do rum ores falsos sobre las pensiones que recibe de In g laterra con otras lindezas de este
género. Temo que influya esto en el ánimo receloso del rey ó que quizá el m arqués, que es
ya de edad avanzada, viendo el trabajo que le costará sostenerse, prefiera dejar el campo
libre á sus enemigos retirá n d o se.» El hábito contraido por el rey de despachar con un favo­
rito tan antiguo le salvó entonces de la encubierta anim adversión de la rein a y de Tessé,
que no le vieron sin disgusto reinstalado en su empleo de secretario de listado y premiado
con el coliar del Toison de Oro por los servicios que prestara en S. Ildefonso. Pero de los
que se habian distinguido en el breve reinado anterior ninguno íué olvidado. M ontenegro,
ahijado de M iraba], que desempeñaba la secretaria de hacienda, fué encerrado en un con­
vento de C iu d a d -R e a l, acusado de dilapidación. Su p rotector, que por tantos años habia
disfrutado los favores de la corona y dominado algún tiempo sin rival en el ánimo de Feli­
pe , fué derribado de la presidencia del consejo de C astilla, dejándole, como un honroso re­
tiro , de miembro del consejo de Estado con el sueldo de diez mil ducados. Sus funciones se
distribuyeron entre el obispo de Sigüenzá, don Juan de H e rre ra , y O rendayn: el prim ero
habiendo pasado casi toda su vida en Italia como canciller de Milan y auditor de la Rota,
no tenia compromisos contraidos con ninguna p a n d illa ; pero el segundo, aunque hechura
de G rimaldo, merecía ya toda la confianza de la reina, á la que debió el ser nombrado se­
cretario del despacho de Hacienda con la superintendencia d élo s asuntos estertores del Es­
tado. P or la naturaleza de sns funciones debia ser bien pronto el m inistro mas poderoso.
Al m arqués de Lede tampoco le salvaron los frescos laureles que ceñían su fren te: al ir á
besar la mano al r e y , esle se la retiró diciéndole con severidad: «Jam ás hubiera creído la
conducta que habéis te n id o .» Tal sonrojo , en medio de un numeroso concurso, afectó tan
profundam ente al m arqués que cayó enfermo y murió á poco tiempo.
Apenas se colocaron las nuevas ruedas en la m áquina adm inistrativa, toda la atención
de los reyes se dirijió al e s le rio r, donde estaban pendientes las dos cuestiones de interés
vital para am bos; la restitución de G ibraltar y Menorca p ara F elip e, la sucesión de los es­
tados de Italia para Isabel Farnesio. El congreso de Cam bray m algastaba el tiempo en
asuntos pueriles ó discutía con calor sin atreverse á resolver ninguna dificultad. Monteleon
■habia hecho avanzar algo la negociación puesta á su cuidado; pero, habiéndose negado e s-
plícitam ente la F rancia, la In g laterra y la Holanda á llevar su cum plimiento á debido efec­
to por medio de la fu e rz a , la reina indignada buscó un medio inesperado de lograr sus d e -
' seos. Yíendo el rey que los ofrecimientos acerca de G ibraltar por parte de la In g laterra no
llegaban á realizarse ja m á s, se prestó fácilmente á los planes de su esposa por arriesgados
que le parecieran.
Resolvió pues entenderse directam ente con el em perador, sin estrañas mediaciones, que
ra ra vez dejau de ser costosas. A fortunadam ente el em perador, no menos disgustado de las
■potencias aliadas por el comercio de los P aises-üajos, estaba en el mismo ánimo. Se cer­
cioró prim ero por medio del p ap a de Ja certeza de este cambio en la córte de M a d rid , y
entonces se dirijió á la misma reina con proposiciones que no podían menos de halagarla,
puesto que favorecían el objeto constante de su am bición, el establecimiento de sus hijos
en Italia.
El ájente escogido para llevar á cabo estas negociaciones con la necesaria prudencia y
Jfeduxifó ilÉlNABÓ DE P E tlP í V. 36?
reserv a fue un extranjero ¡ desde algún tiempo atrás conocido en E spaña y desde entonces
elevado rápidam ente á los prim eros puestos del Estado p ara caer en breve con rapidez ma­
yor. Fue el famoso R iperdá. Juan Guillermo había nacido en el señorío de G ro n in g a, en
la mas setentríonal de las Provincias U n id a s; pero descendía de una de las familias espa­
ñolas que se establecieron allí durante n u estra dominación. Dedicado á la carrera de las
arm as, había alcanzado el empleo de coronel cuando term inó la g u e rra de Sucesión. Su es­
píritu in q u ie to , mal hallado con los ocios de la cam paña, se había ocupado en el estudio de
las lenguas vivas y el de las m aterias económicas, como si él á sí mismo se destinase á
llenar en su p a tria , pais enteram ente m ercantil, algún puesto em inente. E n efecto,
apoyado por la poderosa familia de la esposa que elijiera, asistió va á las conferencias de
Utrecht con el carácter de representante de su provincia. De allí data su vida pública y di­
gamos también su celebridad, p u e s , habiéndose distinguido por sus conocimientos econó­
micos, fue elejido p ara term inar personalm ente con la córte de Madrid las querellas que
sostenía con la Holanda. Entonces conoció á A lberoni, quien, "viendo en él un instrum ento á
propósito para su elevación, lo agasajó y ocupó en varias comisiones. El cardenal le indi­
caba sus deseos, su pensamiento en globo, y el genio fecundo del holandés se lo devolvía
pronto convertido en idea práctica. Cierta conformidad de carácter hizo intim a aunque no
sincera !a unión entre ambos p ersonajes; y fue esto suficiente p ara que R iperdá ren u n ­
ciase el cargo diplomático que le habia dado su p atria y se naturalizase en esta estraña
nación que aborrece á los estranjeros y los engrandece. Sospechó Alberoni sus intenciones,
V llegó el caso de tener que presentar como un obstáculo p ara que fuese em pleado por
S. M. G. la religión protestante que K iperdá profesaba. Pero este inconveniente era harto
frívolo para un hombre de su conciencia. Kuscó ocasíon de hacer saber al rey que se babia
obrado en sus creencias una conversión hacía la fé católica, y cuidó al mismo tiem po de
atrib uirla á las em inentes virtudes de S. M. E sta lisonja á F elipe le valió desde luego, h a­
biendo abjurado su religión, el destino de superintendente de la fábrica que se establecía
en Guadalajara á la sazón. Adquirido el favor del re y , se propuso gran g earse el mas im­
portante de la reina; y al efecto procuró cartas de recomendación del duque de P arm a. No
lo hizo síu que llegase á noticia de A lberoni, y se vio destituido de la superintendencia.
Disimuló el astuto h o la n d é s; pero adhiriéndose á Grimaldo y á D a u b e n to n , hizo llegar á
noticia del rey las censuras y los vaticinios que hacia sobre la m archa adm inistrativa, que
fatalm ente p ara Alberoni se vieron luego justificados. A creditado de ingenio capaz y p rev i­
sor, á ía caída del cardenal, fue repuesto en su empleo estendiendo sus funciones á todas
las fábricas de E spaña con el título de superintendente general. A briéronsele de p ar en par
las puertas de palacio, y él fué quien aconsejó á la reina que transijiesc con el em perador
si quería asegurar lacolocacion de sus hijos, por medio del casamiento de don Carlos con
una archiduquesa. Iba ya á ser nom brado m in istro , sin duda á benefició de tan lisonjeros
planes, cuando Grimaldo y D aubenlon, ta n de cerca amenazados, hicieron ver á Felipe
graves peligros en confiar el Estado á un neófito. T riunfaron solo m om entánea é incom­
pletam ente. La m uerte separó al confesor, y Grimaldo era demasiado débil p ara luchar con
R iperdá. Se apoderó este de todos sus errores y desaciertos adm inistrativos p ara desacre—
ditarlo, en particular por su adhesión á la I n g la te r ra ; y es probable que lo hubiese vol­
cado si la abdicación no llegara á salvarlo. En aquel corto in te rre g n o , R iperdá siguió sjr·^
viendo de confidente y consejero privado A la r e in a , siendo el asunto oapital de sus secretas
inteligencias el enlace que habia propuesto. Al fin se le autorizó p ara ir á tra ta r con el em ­
perador una paz sólida por medio de alianzas de fam ilia: don Fernando casaría con la joven
archiduquesa si se le cedia el dominio de los Paises-B ajos y de los estados de Italia y si se
aseguraba la reversión de P arm a y Toscana al infante don C arlo s: la rein a le encomendó
además que alcanzase p ara este la mano de la hija m ayor del em p erad o r, á pesar de que
se habian entablado ya las gestiones respecto á la cu arta hija del duque de O rleans, la
princesa de Beaujolais.
Veia Riperdá en esta negociación el último escalón de su fortuna, y p ara afirmarlo,
antes de p a rtir, presentó un vasto plan de reform a y rejim en del Estado que prom etía los
mas halagüeños resultados. T ratábase en él de los medios de restablecer y vivificar el co­
mercio de A mérica; desarrollar algunas industrias, crear una m arina respetable y aum en­
ta r los ingresos del erario ; y tales prodijios se esperaban de su planteam iento q u e, según
el fecundo a rb itris ta , podría E spaña sostener en pie un ejército de ciento trein ta mil horo—
tomo xv. ÍÜ
304 HISTORIA DB ESPAÑA.

bres y crear u na escuadra de cien navios de línea y fra g ata s, quedando en el tesoro un so­
b rante de mas de dos millones de escudos. Los pensam ientos mas im portantes del proyecto
e ra n la formación de una compañía española para el comercio con las islas Filipinas, que en-
viaria sus buques desde Cádiz por el m ar del Sur dejarían p arle de su cargam ento en Chile y
pasarían con el resto á aquellas islas, distribuyéndolo en la costa del golfo de Sian. E ra otro
pensamiento la creación de un banco en M adrid que daria el cinco por ciento á los capitales
que se depositasen eti é l ; inaugurándose desde luego con el llamado tesoro de S. Justo, des­
tinado al socorro de huérfanos y viudas.
Fascinado Felipe por uu plan tan vasto f que apenas dejaba intacto nada de lo existente,
y en todo ofrecía frutos abundantes de prosperidad y gloria p ara la m onarquía española,
comprometió su palabra de que á la vuelta de su viaje á Yiena seria puesta á su cuidado la
dirección del gobierno. Gozoso con esta prom esa, que m ultiplicaba sus fáciles ilusiones,
partió el dichoso agente.
Llegó con nom bre supuesto á la córte austríaca en el mes de noviem bre sin ser de nin­
gún ministro estranjeroconocido su viaje, ni su residencia por espacio de tres m eses, ni
sus secretas conferencias con el cofide de S irendorf, canciller del em p erad o r. Todo pa­
recía arreglado p ara el casamiento de la archiduquesa M aría T eresa con el infante don C á r-
lo s , y p reparaba el agente español su regreso cuando se presenta una oposicion tan ines­
perada como temible por parte de la em peratriz, de la prom etida, á quien habian cautivado
las prendas del duque de L o re n a , y de los m inistros q u e, ó por las ilusorias esperanzas que
au n abrigasen ó por resentim ientos contra España, rechazó toda uuion con ella. Hubo un m o­
mento en que R iperdá dió por p erdidala negociación; pero, apelando al influjo del oro, esa o tra
especie de opio venenoso que em briaga y debilita el corazon hum ano, recobró pronto la es­
peranza. Apenas hubo personaje de aquella córte que no se p ro stitu y e se , y , lo que es mas
digno de vilipendio, que el mismo em perador prolejiese esta venalidad. Solo uno de en tre
aquellos encum brados condes y harones dejó de vender sus servicios; fué el ilustre p rín ­
cipe E ugenio. ..
Cuando todo parecía definitivam ente arreglado, se interpuso otro incidente que absorvió
toda la atención de la córte de M adrid y de España entera. El d u que de Borbon, que habia
sucedido como prim er m inistro de la F rancia á su rival el de O rlean s, buscando medios de
im pedir que este llegase á h e re d a rla corona si m oria Luis Y , se propuso rom per los con­
tratos ya acordados para el casamiento de este rey con la infanta de E s p a ñ a , dando por ra­
zón que la tierna edad de la princesa quitaba á los franceses la esperanza de sucesión di­
recta. Un ataque alarm ante que sufrió el joven m onarca le obligó á precipitar el proyecto
que habia no mas que concebido, sin atreverse á em prenderlo por no indisponerse con los
rey es de España. El egoísmo lo decidió. U na noche qu e subió todo asustado á la real cá­
m ara se le escapó decir: «¡ Q ué será de mí ? Ya no m e h arán caso. S ísale de e s ta , es p re ­
ciso casarlo (1 ).·» E n efecto, apenas se hubo sosegado, buscó ávidam ente un a princesa de
u n rango conveniente á su soberano, y creyó hallarla en la hija del rey de P o lo n ia, M aría
Leczinski. Así que hubo alcanzado la conformidad de L u is , trató de despedir á la infanta
esp añ ola; mas como la córte de M adrid tuviese avisos confidenciales de lo que en F ran cia se
m e d itab a ( 2 ) exijió p ro n ta s y francas espiraciones. Las obtuvo tan satisfactorias que se
creyó falsamente alarm ad a , m ayorm ente cuando vió que se le designaba un dia no m uy
distante para la celebración del desposorio. No e ra mas que un narcótico p ara adorm ecer á
los reyes de España era«rn dulce sueño y ganar tiempo. Por eso su indignación fué mayor
cuando, todo p re p a ra d o , y habiéndose retirado Tessé, el abate L ivrv se presentó á comu­
nicarles la fatal nueva. El amor p a te rn a l, el orgullo de r e y , la ambición de soberano todo
se resintió en aquel ultraje, y con la exaltación propia de Isabel Farnesio. Felipe rechazó
con desprecio las cartas que con m uestras de dolor le presentaba el enviado ; pero e lla , fuera
de si con tal d e s a ire , se arrancó el retrato de Luis X Y I que llevaba en u na p u ls e ra , lo ar­
rojó al suelo v lo pisoteó g rita n d o : « Los Borbones son una raza de demonios. . . csceplo
Y . M. a , añadió luegoen tono mas suave recordando la progenie de su marido. Inm edia­
tam ente se mandó sa lir del reino con ignom inia al em bajador y á todos los cónsules de F ra n ­
c ia , y declaró Felipe que no se reconciliaría jam ás con esta potencia si el duque de 13or-

( 1 ) S, S im ón,—¡JfHmoríss 6«w H a9 itc la n sfc n c io ,


( 9 ) "P o rm ed ict de M asanaz, (¡m; Kufiito aflí em igrado.
SEGUNDO H E IÍU D O D E F E L IP E V . 365
bon no se presentaba en M adrid á pedir perdón de rodillas. Toda la sangre def mundo no
bastaría en su concepto á lavar tal m ancha. E l p u eb lo , viendo ajada su dignidad en la p e r­
sona de sus re y e s , participó de su indignación hasta el punto de que se hiciese de tem er
algún acto de venganza general con los súbditos franceses residentes en Madrid. El gobierno
daba el ejemplo para tales escesos. Se habia ordenado en los prim eros momentos de
arrebato la espulsion no solo del m inistro y los agentes co n su lares, sino de lodos los
franceses sin distinción. Calmado el prim er rapto, se reconoció lo funesto de sem ejante dis­
posición , y sin e m b arg o , la reina aun persistía: p ara disuadirla preciso fué h erir su propio
interés. Llamó Felipe á s n servidum bre y ordenó que se ocupasen con presteza de los p re ­
parativos de un largo v ia je ; llegó a la sazón su esposa, y como preguntase con inquietud la
causa, le resp o n d ió : « No se ha espedido un decreto mandando á todos los franceses que
salgan de E sp añ a ? Yo también soy fra n c é s, y por lo tanto tengo que irm e con los demas. »
La reina reconoció sonriéndose su estraviado encono, y la orden quedó en seguida revo­
cada.
No se crea em pero que esta chanza aplacó su cólera, pues sin cesar escitó á Felipe a
unirse estrecham ente con la Inglaterra, y procuró por cuantos medios estaban á su alcance
llevar á efecto cuanto antes las negociaciones secretas entabladas por R iperdá en Yiena.
En presencia del em bajador inglés el orgullo de la reina estalló de nuevo: «Ese tu erto mal­
vado ha insultado á mi h ija , porque el rey no ha querido hacer grande de España al ma­
rido de su moza. » Menos vehem ente y mas reflexivo Felipe, se apresuró á d e c ir: «E stoy
decidido á separarm e p ara siem pre de F ra n c ia , y á fortificar los lazos que unen á E spaña
é In g laterra : depositaré toda m i confianza en vuestro soberauo y daré órdenes á mis ple­
nipotenciarios en Canibray para que rechacen toda mediación de la Francia , sometiendo
el arreglo de m is querellas con el em perador á la sola intervención de la Gran B retaña. »
Mas, como Jorje I no accedió á rom per sus buenas relaciones con la córte de P a rís, Felipe
resentido, en tanto que gestionaba el casamiento de don Fernando con la infanta doña Bár­
bara de Portugal, y el de la infanta desairada en Francia con el príncipe del Brasil, instó
también á R iperdá para que concluyese cuanto antes sus tratos con la córte de Yiena, ayudán­
dose al efecto de los plenipotenciarios de Cainbray, que irian á unírsele. E l em peradorno esta­
ba menos ofendido de la Francia y la In g la te rra , y así no se hizo difícil p rep arar de acuerdo
con el mayor secreto un acontecimiento que dejó asom brada y recelosa á E uropa.
Si ruidoso habia sido el desaire hecho por la F rancia á la infanta española, no lo fue menos
la venganza de España. No habían trascurrido dos meses desde aquel suceso cuando de re ­
pente se esparció la voz por toda E u ropa de que el A ustria y E sp añ a, aquel Carlos y aquel
Felipe, que por espacio de tantos años se habían hecho un a g u erra encarnizada, acababan de
contraer una íntim a alianza y sin la mediación de ninguna potencia (30 de abril de 1726).
El asombro fué general a l a vista de las estipulaciones. Ambos soberanos confirmaron los
artículos de la C u a d ru p le-alian z a, en cuya, virtud el uno debia desistir de toda pretensión
sobre los dominios españoles, y el otro renunciar á toda reclamación sobre los territorios que
le habían sido desmembrados por el tratado de U trec h t, es decir sobre Italia y los P aise s-
B ajos: solo por un ridiculo empeño de pundonor se convinieron en seguir usando d u ran ie
su vida los títulos que hasta entonces se habían dado. El em perador ratificó al fin sus
compromisos sobre los estados de P arm a y Toscana, confiriendo á don Carlos la investidura
según se ap e te c ía ; y en cambio Felipe renunció á la protección de los demas estados i (alía­
nos y perm utó sus derechos á la Sicilia por la Cerdeña. Lo que pareció m as sorprendente
fué la garantía de la sucesión establecida en España por el em perador y la contra-garantía
de la pragm ática sanción por Felipe.
Unidos á este tra ta d o , y como su com plem ento, fueron otros dos (1.° de mayo) de no
m enor trascendencia: por el uno se aprobaban todas las estipulaciones relativas á la sucesión
de Parm a y T oscana, que confirmó la dieta (2 0 de ju lio ) , y por el otro el rey de España no
solo aprobaba la compañía de Ostende sino que ofrecía á los súbditos imperiales im por­
tantes ventajas comerciales en los puertos de la península y en América. P ara que pu­
diesen sostener la competencia con la industria de In g laterra y Holanda, quedó también
convenido que se establecería una nueva tarifa de aduanas rebajando considerablem ente los
derechos á ios artefactos de aquella procedencia.
Estas fueron las condiciones con que se dió á conocer á las naciones la reconciliación de
dos príncipes por lauto tiempo enemigos capitales; pero la diplomacia tuvo tam bién noticia
3G 0 h is t o r ia de ü spaña .

de un tratado secreto firmado al mismo tiem po, que llevaba la reconciliación hasta la protec­
ción m utua. En él se reproducía el reconocimiento de los respectivos dom inios, se determ i­
naba el contingente de fuerzas que cada uno aprontaría en caso de ataque por cualquiera
potencia, y se comprometía el em perador á em plear todos sus esfuerzos p a ra que fuesen re s­
tituidos á su nuevo amigo el G ibraltar y Menorca.
Se le dió en lenguaje diplomático el nom bre de tr a ta d o de d e fe n sa ; pero en realidad era
una alianza ofensiva. A unque no conste de una m anera olicial, hay testim onios au tén ti­
cos (1) para creer que adem ás se acordaron otras medidas en daño de la In g laterra. Según
ellos un artículo de esta secreta alianza decia así: «Sus mngeslades Im perial y Católica,
presum iendo que se opondrá la In g laterra á la ejecución de estos planes, tanto á causa de
sus intereses particulares cuanto porque no ha de querer renunciar á su preponderancia en
E u ro p a , y que de aquí se orijiuará infaliblem ente una liga de la In g la te rra , la Holanda y
otros estad o s, se obligan á procurar del mejor modo posible el restablecer al P retendiente
en el trono de la G ran Bretaña. P ara esto tendrá S. M. C. u n p re te slo plausible en la restitu ­
ción de G ib ra lla r, que debe pedir tan luego como se publique la paz de Yiena ». Con eslos
tratados R iperdá enviaba las m ayores seguridades acerca del enlace del infante don Carlos
con ¡a hija m ayor del em perador, y de que este ausiliaria con buena fé y decisión los pro­
yectos de los reyes de España p ara vengarse de Francia é In g laterra .
G rande fué el júbilo de estos cuando creyeron llegado con esta ocasion el día de rea n u ­
dar los proyectos de engrandecim iento, tan tas veces malogrados. Unidas la E spaña y el
A u stria, y ayudadas p or el P retendiente, restaurado en el trono de la In g laterra ¿qué podría
oponerse á sus deseos, quién resistir sus exigencias? Su confianza era tan grande q u e , no
solo como una recompensa de los servicios prestados en el curso de la negociación, sino
como un agasajo por los frutos que se esperaba recojer en b rev e, R iperdá fue creado du­
que de su mismo nombre y grande de E sp añ a, y á O rendayn se dió entonces el título de
m arqués de la Paz.
Pero donde mas se conoció la confianza que inspiraba el tratado secreto fue en la acti­
tud que lomó la córte de M adrid. La im prudente locuacidad de R iperdá habia hecho lle­
g ar á oídos del gobierno inglés la seguridad con que afirm aba que m uy pronto seria obli­
gado á restitu ir á G ibraltar y Menorca y, dando lu g a r á que S tanhope pidiese espiraciones
term inantes á los reyes. Desm intieron al pronto los rum ores; pero aun no había comunicado
el em bajador á su córte esta contestación cuando recibió u na ñola de Grimaldo reclamando
el cumplimiento de la palabra em peñada respecto á G ibrallar. En vano recordó que era in ­
dispensable la autorización del parlam ento, que no podría reunirse hasta que regresase de
flannover el rey, pues la reina le replicó con su n atu ra l viveza é im p erio : «No, que regrese
inm ediatam ente vuestro amo á Inglaterra y convoque al parlam ento: debemos de creer, según
sus protestas de am istad, que lo hará a s i, y yo por mi parte estoy convencida de que no ha­
brá en am bas cám aras un solo voto que se oponga á un a restitución tan justa. En una p a­
labra: es preciso que optéis entre la pérdida de G ibraltar ó la ru in a de vuestro comercio en
las In dias, porque sem ejante punto no puede ofrecer duda por un solo instante ni sufrir
mas dilaciones (2).»
El gobierno inglés, aprovechándose de la im prudencia de sem ejante lenguaje , rechazó
con soberbia la exijencia, y logró que la F rancia declarase {'10 de agosto) estar resu elta á
adoptar de acuerdo con él las medidas necesarias para la conservación de G ibraltar y los
privilegios comerciales.
P reparáronse España y A ustria p ara la g u e rra , se fomentaron las antiguas disensiones
intestinas de la F rancia y la In g la te rra , y partió á H olanda el m arques de S, Felipe con
objeto de alcanzar su adhesión al tratado de Yiena. Lograron tam bién poner de su p arle á
la R u s ia , con lo cual adquirieron un grande predom inio en Alem ania, y se prom etían, de­
masiado ilu s a s , im poner leyss á todas las demas naciones.
Desde luego consiguieron intim idar á las que mas de cerca se veian am enazadas, p ro ­
duciendo como efecto inm ediato, cual se había previsto , la famosa co n tra-alian za de l i a n -
nover suscrita por la ln g la te rra , la Francia y la Prusia y despues por otros estados pequeños.
E scusadoes decir que su objeto se reducía únicam ente á com batir hasta su destrucción la

( \ )-:*EiUrc oíros el de M ontgon, ñ la sazón conílíletue del rey: vó¡insti su s M emorias.


(2 ) M emorias de Aval pota.-
SjÉGtííTtiO M IN A D O DE FF.LTÍE V. 3C f
alianza de Viena, que ponía en peligro el decantado equilibrio europeo, siem pre p erse­
guido y jam ás alcanzado.
P ara oponerse á ella y dirigir la lucha, sollam ó á Madrid al mismo que la había provo­
cado , al presuntuoso R iperdá, que vino dejando en el camino rasgos de su pueril vanidad é
indiscreción. Al desem barcar en Barcelona y presentarse á cum plim entarle la oficialidad
de la guarn ició n , no tuvo reparo en producirse orgulloso en los térm inos mas inconve­
nientes. « El e m p erad o r, le d ijo , tiene u n ejército de ciento cincuenta mít hom bres dis­
puestos á en tra r en cam paña; y á mi salida, el príncipe Eugenio me encargó asegurase al
rey mi amo que dentro de seis meses estaría doble núm ero á las órdenes del rey de España.
El em perador mismo se dignó declararm e del modo mas franco y positivo su resolución de
apoyar al rey de España con todas sus fuerzas p ara recobrar á Italia.— Si los aliados de
Hannover se atreviesen á oponerse á los planes del em perador y de E sp añ a, el p r im e r gra­
n adero (1 ) liabrá de bajar del tro n o , Jorje I p erd e rá sus estados en una sola campaña y
volverá á ocuparlos la dinastía legitim a con Jorje I I I ; y m ientras yo ejerza algún influjo,
no se verificará transacion ninguna. Si yo vivo hasta que tal suceda, cierto estoy de llegar
á edad muy avanzada ("2).» Apenas llegó á M adrid y saludó á su e sp o sa , sin quitarse el

E l lu ía n t e c a r d e n a l D. L u i s , h ijo cíe t'e l ij te V.

traje ni casi el polvo del cam ino, se presentó en palacio juzgando que bien podia infringir la
etiq u eta quien llevaba en su pensamiento proyectos grandiosos de pretensiones y conquis­
tas. .Los reyes lo recibieron en efecto con señalada benevolencia y tuvieron con él u n a larga
conferencia, que entretuvo la garruiidad del holandés, m asq u e en d ar cuenta de su comision,
eri.esponersus planes para el engrandecim iento de E sp añ a , que era tanto como echar un
memorial para la cartera de Estado. No había calculado mal el ambicioso a v e n tu re ro , pues
sin buscar pretesto alguno , fué despedido al dia siguiente el lisongero Grimaldo y colocado
aquel en su destino. Se han visto ascensiones so rp re n d en tes, rápidas absorciones de poder
bajóla m onarquía; pero quizá ningún valimiento fué tan brevem ente adquirido. E n el es­
pacio de dos meses llovieron sobre él los favores del tro n o : la secretaria de Hacienda 6 In ­
dias , la de G u erra , la de M arina, y , decirse p u e d e , también la de Ju stic ia , pues se le e n -

( M J-l ruy Pnwki.


r l) K NVuljroln,
368 HISTORIA BE ESPAÑA.
cometidó la revisión de las decisiones de los tribunales. F ué el prim er m inistro universal de
esta nueva época.

CAPITULO XXXVIII.
1726
Aaim msn-aüion de K iperdá. S u presunción é incapacidad ; decaim iento de su p restig io , q u e anmanLs la lingada de un
e m b ajador de A ustria: su s refo rm a s ec o n ó m ica s: so propone in tim id a r ii H olanda c In glaterra*—T ra ta de ap o d erarse
de Sos Jbados do beneficencia do San Ju sto . —P ro cu ra en vano s e p arar á la F ran cia de la alian za de Ila n n o v er.—'Crece
el descrédito de R ip e rd á; se descubren sus in trig as : el em perador lo acusa de íiab er faltado ii la reserv a del tra ta d o
secreto de V ictia; p ie rd e la protección de la re in a y cae del poder: se refu g ia en casa del em b ajad o r in g lés : le rev ela
los secretos de E stado: es arran c ad o de su asilo y encerrado on el a lc á z a r de Segovia: c o b r a s t e con A lberooi: se fu fa
¿ I n g la te rra : su novelesca vida p o sterio r.

R ip e rd á era una de tantas imaginaciones fantásticas que harían de la historia u na nove­


la si la Providencia consintiese en dejar seguir álo s pueblos el caprichoso vuelo de sus vagas
concepciones. Equivocando la fecundidad de ingenio con el sólido tálenlo y la instrucción,
se tenia por una capacidad superior y abrigaba tal fé en sus propios recursos que daba por
hechos cuantos sueños ideaba. Se creia llamado á. reg en erar esta nación, y atrib u ía á la ig­
norancia de los anteriores m inistros la postración en que se hallaba. E ra en fin uno de esos
hom bres que presum en de haber salido de la mano de los d io ses, que se proclaman g e n io s, y
el prim ero ú quien lo hacen creer es á. sí mismos.
Le sucedió tam bién lo que á todos esos Narcisos de la política, que pasan la vida con­
templándose. Al pronto reyes y nación, todos fueron fascinados por el brillo deslumbrador
de sus proyectos, y ya se le calificó de nuevo astro que aparecía en el horizonte para d er­
ram ar torrentes de gloria sobre E spaña, ya se le miró como u n iris brillante que anun­
ciaba dias de ventura á la m onarquía.
Pero pronto se desvanecieron estas brillantes esp eran z as, mucho antes de que el astro
llegase á su apojeo. Felipe, que era de condieion suspicaz y jam ás había depositado comple­
tam ente su confianza en ningún m in istro , consultó con varios consejeros p riv ad o s, en es­
pecial con dos abates sicilianos de su particular afecto, los planes de R ip erd á, y tuvieron
la desgracia de merecer su censura, fuese por celos ó porque eran en efecto castillos en el
aire. La re in a , viendo que se retardaba el enlace con la archiduquesa, principió a retirarle
su apoyo y á m irarlo con prevención. La grandeza, que habia callado m urm urando del favor
que los soberanos concedían á cualquier advenedizo, levantó su voz altan era v desdeñosa
p ara ridiculizar al m inistro universa!. Y el pueblo, no viendo tampoco realizadas ninguna
d é la s galanas promesas que había hecho al subir al p o d er, trocó en desprecio y ódio sus
prim eras ilu sio n es, no habiendo tropiezo ó desgracia que no le atribuyese. Si el ejército
carecía de pagas y vestuario, si la servidum bre de palacio sufría atrasos, si la recaudación
se d ificultaba, si el crédilo desaparecía, si la industria y el comercio estaban paralizados, la
culpa era esclusívamente de R iperdá. Se ignoraban las enorm es cantidades rem esadas á Yie-
n a por la reina para arreg lar el enlace de su h ijo , que habían dejado profunda huella en el
tesoro, y sobre el m inistro era sobre quien descargaba la opinion su inexorable azote.
No pudíendo enviar al em perador los subsidios ofrecidos, se presentó en M adrid un em ­
bajador, el conde K oningseg, á hacerlas reclamaciones. Recibióle la córte con las mas exa­
geradas demostraciones de jú b ilo , como quien quiere horrar con ellas el recuerdo de pasadas
disensiones ó como quien espera, finjiendo am istad, conseguir sus beneficios. Solo quien mas
parece que debiera participar del contento general, solo R iperdá, se presentó con aire turba­
do y melancólico desde la llegada del m inistro austríaco, y era que temia se descubriese,
como sucedió luego, lo falso de unas de sus prom esas, lo abultado de otras ( la indiscreción
y escasa pureza con que habia manejado las negociaciones de Yiena. El em perador habia
perm itido colum brar en algunas frases la posibilidad de qne accediese al enlace de su hija
con el infante de E spaña ; pero nada ofreciera formalmente. Se le habían hecho prom esas
solemnes de subsidios, y no llegaban. Así las quejas eran m u tu as, y lo que es p eo r, la razón
estaba de ambas partes por la lijereza de un. m inistro charlatan, que no aspiraba sino á hacer
ruido en el mundo, ni tenia jam ás otro pensam iento que salir del día y llegar á m añana.
A duras penas pudo conseguir que el enviado m oderase sus reclamaciones hasta la lie -
SEGUNDO REINADO DE FE LIPE V. 3 6 9 ''
gada de los galeones de A m érica, y entretanto planteó algunas reform as con las cuales con­
fiaba adquirir recursos y afirmar su crédito vacilante en palacio. Apeló al medio ordinario de
los ministros incapaces ó inmorales', á elevar el valor de la moneda de oro; suprimió varios
destinos; suspendió el pago de pensiones y de toda atención no vital; éim puso con el nom bre
de contribuciones, fuertes m ultas á ios que habian desempeñado destinos lucrativos, sin mas
base ó arancel que la voz pública ó los sospechosos informes privados-de algún enemigo p er­
sonal, Demasiado m ezquinas una de estas alteraciones p ara producir ventaja alg u u a, fueron
eficacísimas para aum entar la exasperación y fecundar el odio que se le tenia.
La fe que tenia en sus propios recursos le hizo creer que estas ligeras nubes que se p re ­
sentaban en su horizonte se disiparían pronto, y le animó á tomar en la política esterior la
actitud agresiva. O tros hubieran reflexionado antes sobre su situación y medido sus fuerzas;
pero R iperdá no tenia jam ás otra idea que la impresión del momento. Suponiendo que to­
das las naciones tendrían de su capacidad el alto concepto qu e él se form aba, hizo que el
re y escribiese á los Estados generales de Holanda (23 de enero de 1726) anunciando que, en
virtu d de su alianza con el em perador, se veria en la necesidad de ayudarlo á vengar las
ofensas que se le hiciesen como las suyas p ro p ia s; que h aría con él causa común en todo, y
declararía por lo tanto la g u erra á cuantos agraviasen á su aliado. A la In g laterra le hizo
entender por medio de su em bajador los capítulos del tratado de Yiena relativos á la resti­
tución de G ibraltar y la protección m u tu a , así corno el compromiso en que España estaba
de sostener la compañía de O slende. No satisfecho con esto y sin esperar el resultado de
tan pueril m anera de a m e d re n ta r, se atrevió á concebir el proyecto de. una espedicion con­
tra la G ran Bretaña para protejer á los Estuardos. A fin de p rep ararla sin infundir sospe­
chas, finjíó tem er una escursion en las costas de Galicia y reunió allí doce mil hombres á
las órdenes de don Luis de Córdoba, que debian p artir en una escuadrilla arm ada con pre-
testo de un viaje á América.
Al hallarse con la dificultad de los recursos para tan considerables arm am entos, creyó
salir del paso echando mano de los fondos de la caja de S. Ju sto , que contenía á la sazón
unos nueve millones de p eso s, y sin necesidad de ofrecer siquiera la devolución á un plazo
mas ó menos lejano, Pero el rey no se prestó á ejecutar ese despojo, tanto mas inicuo cnanto
ib a á recaer sobre millares de viudas y huérfanos desvalidos, sin previo exam en del con­
sejo de Castilla. Apeló R ip e rd á , para vencer tales escrúpulos , á la reina , q u ie n , no me­
nos escifada á la vista de aquel te so ro , trató de ganar por medio de su confesor al obispo
de Sigüenza, que era el presidente. El venerable prelado, aunque de carácter probó e ra tí­
mido ; pero habiéndose aconsejado de los abates silianos, estos le infundieron valor suficien­
te para negar su consentimiento y protestar contra tal usurpación.
Cortado el la /o , antes de haher podido cojer las codiciadas arcas de S. J u s to , se des­
hicieron los arm am entos em prendidos con solo pedir á la Francia y la In g la te rra , p ara sal­
var las apariencias, la declaración de no abrigar ningún pensam iento hostil á E spaña, que
no rehusaron.
Dirigió entonces su vista á la misma F ra n cia , contra quien tan resentidos se hallaban
los reyes. Entabló correspondencia secreta con el abate Fleurv, á quien esperaba ganar o fre­
ciéndole la ayuda de España para sustituir al duque de Borbon; pero el virtuoso sacerdote
no se dejó seducir ó co rro m p er, y no obtuvo otro fruto el inm oral R iperdá que ver estre­
charse mas y mas los lazos de la Francia y la Inglaterra.
Las dos potencias publicaron un manifiesto declarando su unión íntim a y sólida como unr
aviso de que cualquiera provocacion seria castigada por am bas. Al comunicar este manifiesto
á l a córte de Madrid el enviado Stauhope á nom bre de las dos coronas, Felipe supo conser­
var su d ig n id a d : «. Q uiere d e c ir, le contestó, que el rey vuestro amo y la córte de Francia
están íntim am ente unidos como lo estamos el em perador y y o . » No asi Riperdá q u e, al
ver frustados todos sos proyectos y no sabiendo com primir su enojo ni disimular su pena, se
desahogó en raptos p u e rile s, que pusieron en evidencia su n inguna aptitud como hombre
de Estado.
Creció. ¿1 clamor público contra él y contra el tratado de Y iena; el rey mismo alentó á
sus acusadores; y no cayó entonces y a , porque la reina no acertaba á desprenderse de las
esperanzas que le habia hecho concebir el locuaz m inistro. Estaba él tan poseído de su vali­
miento que se vanagloriaba de él en público con su natu ral vanidad y : figérezá: «Sé bien,
dijo u n d ia , que me aborrece la nación española; pero me rio de su m alquerer en tanto que
370 H ISTORIA DE ESPAÑA;

pueda contar con la protección de la reina, á quien he prestado íós m ayores servicios. » igno­
raba que, habiéndola persuadido de que seria fácil hallar m inistros que supiesen ejecutar con
mas discreción ó fortuna los planes que habia ideado, se iba debilitando su resistencia á en­
treg ar la víclima que pedian los num erosos enemigos que se habia creado con su ilimitado
orgullo, su ignorancia y su inm oralidad.
E n tal estado, cualquier suceso desfavorable podia despeñarlo de su altu ra, y esle suceso
no tardó en presentarse. Sin prévia declaración de g u e rra , la In g laterra y la F ra n cia hicieron
preparativos hostiles; esta am agando por la frontera con nn a invasión, y aquella enviando
tres escuadras: una al m ar Báltico para intim idar á las potencias del n o rte , o tra con­
tra las costas de E sp a ñ a , y otra á apoderarse de las ilotas de América. El em bajador aus­
tríaco K oningseg, que tenia con R iperdá resentim ientos antiguos sin v engar, se aprovechó
de la alarm a y zozobra que estas espediciones produjeron p a ra declararse abiertam ente con­
tra él. Reveló los medios de que se habia valido p ara engañar al em p erad o r, diciendo que
el rey de España por sí solo tenia mas en sli erario que todos los demás soberanos de E uro­
pa ; y aunque devolvió la acusación sobre la avaricia de la córte de Yiena, contestando que
no se vería satisfecha hasta que hubiese consumido el último doblon de E sp añ a, sirvió esle
choque para dar á conocer que no se habia debido el triunfo de Yiena sino á taalas artes.
Sus enemigos alzaron el grito pidiendo las cuentas de los cuatro millones de pesos que se le
habian enviado á aquella córte.
E n estos momentos se presenta una queja del em perador contra R iperdá por h aber vio­
lado sus juram entos comunicando al em bajador inglés los artículos del tratado secreto: Ko­
ningseg aparentó la mayor indignación contra lo que no vacilaba en llam ar un gran crim en,
y la reina, que habia llevado su protección hasta provocar el enojo de su marido (1 ), ya le
ayudó á derribar á su favorito, recomendándole á los dos herm anos Palmos, que se habían
com prometido á sacar triunfantes las negociaciones de R ip e rd á , así respecto á la reina Isa­
bel ó sus hijos como á la córte auslriaca.
Prim ero se le separó de la secretaría de Hacienda , á protesto de lo recargado que se
hallaba de atenciones; pero él penetró la intención que envolvía favor semejante é hizo r e ­
nuncia de todos sus empleos. Al dia siguiente, el 14 de mayo, le fué adm itida, señalándole
u na pensión de tres mil doblones al año como memoria de los reyes que lo habian ocupado
en su servicio.
El miedo que se apoderó de su espíritu al verse despojado de la au toridad, fué tal que
huyó de su casa á buscar el asilo de la em bajada holandesa; y como en esta no le acojiesen
cual esperaba, pidió á Stanhope el am paro de su bandera á pretesto de que el pueblo aten ­
taba á su vida. Habiéndoselo concedido, el desconcierto de su g ratilu d lo arrastró á la mi­
serable bajeza de revelar todos los secretos de Estado. Además de los enlaces concertados
en tre los príncipes de España y A ustria y de los planes p ara el reslablecim icnto del p reten ­
diente en el trono de In g la te rra , les declaró el proyecto de quitar á la F ran cia y rep artirse
las provincias que en otro tiempo habian pertenecido á las dos co ro n as, la Alsaeia, la Bor—
go ñ a, el R osellon, N av a rra, así como las pretensiones que Felipe abrigaba sobre la suce­
sión eventual al trono de sus mayores. Lo que convence de que la flaqueza tuvo mas parle
en esta vergonzosa delación que la venganza es que ia hizo interrum piéndose á cada paso
eo n jay es! y sollozos comprimidos (2).
Pero desvanecióse el miedo, y este hombre estravagante ó adem entado se atrevió á es­
cribir á lo s reyes acusándoles de ingratitud. D espues de recordarles su adhesión y prim eros
servicios, les decía con su genial presunción: «¿Y no soy yo quien ha negociado á favor de
VY. MM. el tratado de Yiena y los enlaces de don Carlos y don Felipe con dos archiduque­
sas? ». Haciendo alarde de generosidad, les aconsejaba qu e cambiasen de política; que se des­
ligasen del em perador y se uniesen á la Inglaterra y la F ran c ia, de quienes podian prom eterse
m as ventajas para los infantes; y concluía pidiendo permiso p ara retira rse á un conven­
to ( 3 ) . Los reyes no quisieron ver sino un insulto y una provocacion en esta ridicula estra-
vagancia, y se propusieron castigar al insolente advenedizo atropellando, si necesario era,
la inm unidad de su asilo. El consejo de C astilla, á quien consultaron sobre el p a rtic u la r, in­

(1 ) Slanjinpe d N c ^ a s t le : M emorias de W uJpoli1«


(2 ) R. Wajinóle.
<•3} R . WaipoíeJ.
SEGUIDO REINADO DE FELIPE V. 371
formó q u e e le x -m in istro no podía acojersc ni aun al asilo de las iglesias como culpable de
lesam agestad, añadiendo que tal inmunidad no debía entenderse sino p ara los delitos leves
porque de o tra suerte seria alentar á los grandes crim inales. Cruzáronse en este sentido va­
rias comunicaciones con el em bajador inglés, que se negaba á en treg ar á Riperdá fundándo­
se en los fueros diplomáticos sancionados por la costumbre de todas las naciones y en
el derecho de gentes. Viendo que eran inútiles las reclamaciones, el alcalde de córte con un
destacamento de guardias de corps se apostó de noche al pié de la casa del em bajador, y á
las seis de la mañana, al abrir sos puertas, la invadió presentando un pliego del m arqués de
la Paz; se apoderó de la persona de R iperdá y , encerrado en un coche, lo llevaron al alcázar
de Segovia. No habían transcurrido seis meses desde su nom bram iento de prim er mi­
nistro.
Protestó el em bajador, y mediaron con este motivo varias notas entre ambos gobiernos,
que no tuvieron al fin resultado ninguno, porque la conducta del ex-m inístro no podia escu-
sarsebajo ningún punto de vista. La In g laterra se dió por satisfecha poseyendo todos los se­
cretos de la córte de Madrid.
Se ha querido hallar semejanza en tre R iperdá y A lheroni; pero en verdad no tienen
otro punto de comparación que su procedencia extranjera y el g ran predominio que en esta
singular nación, por solo el favor de los reyes, adquirieron. Ambos se servían de la intriga
como su principal medio diplom ático; pero el italiano engañaba para encubrir algún pro­
yecto de trascendencia, y el holandés engañaba p ara salir del momento , valiéndose de men­
tiras pueriles, m uchas veces inútiles, que lo deshonraban al diasiguientc. E l uno se apode­
raba de un pensam iento y m archaba delante de é l , y el otro iba detrás de sus informes
concepciones, asustándose, deteniéndose y variando de dirección al m enor obstáculo : el
uno sabia velar sus planes, y el otro era un charlafan sin discreción: el cardenal sabia resis­
tir los caprichos de sus soberanos, y el duque no sabia mas quelisoDgearlos, constituyéndose
su instrum ento : aqael poseía u n alma dotada de n n a grande energía, u n corazon heroico
que se levantaba mas altivo con los reveses, y este se abatía al m enor contratiem po . Albe—
ro n i, en fin , había nacido p ara m a n d a r, y Riperdá para ser el prim er instrum ento de un
ministro. R eunidos, hubieran constituido una gran palanca que podria inclinar en cualquier
sentido los destinos de E uropa si la Providencia se prestase £l darles u n punto sólido de
apoyo. Lo que mide con exactitud la g ran diferencia que existía en tre estos dos caracteres
singulares es que m ientras Alheroni caido inspiraba te rro r, R ip erd á, en el poder todavía,
era mirado con desprecio. En esta desconsideración lo que mas había influido e ra su m en­
guada probidad, de la cual fué u n testim onio ruidoso el haberse valido del nom bre de A l-
beroni, durante su m inisterio , p a ra exíjir catorce mil doblones á la córte de In glaterra
como precio im puesto por aquel á la concesion del tratado de comercio (1 ).
Los reyes le perdonaron tal vez estas vilezas en consideración á sus conocimientos eco­
nómicos, en los cuales estaba sin duda á lá m ayor altu ra de su época. Las reform as que en
este sentido se hicieron du ran te la adm inistración de A lb ero n i, si no fueron inspiración
su y a, no se plantearon sin pasar por su exam en como por uu crisol que debía purificarlas;
y despues de su caída vinieron á labrar la reputación de otros los principios que él dejó es­
parcidos en la córte.
A los quince meses de encierro en Segovia sin haber hallado m érito suficiente p ara pro­
cesarle, porque sus delaciones á la In g laterra no podían justificársele, logró, interesando á
una joven en su favor, escaparse con ella á Portugal y de allí á L o n d re s, donde esperaba
alcanzar el premio de su traición. No encontrando allí sino desvíos, pasó á su p a tr ia ; pero
como en todas partes le persiguiese España reclamándolo enmoreo de E stado, aceptó el ofre­
cimiento que le hizo el em bajador m arroquí en el Haya de refugiarse en los estados de su
se ñ o r, á cuya benevolencia lo recomendó. Allí, de la m isma m anera que en E spaña se había
hecho católico para obtener los favores de F e lip e , se hizo m usulm án p ara alcanzar la dig­
nidad de bajá. Y ganó á tal p u n tó la confianza del em perador que accedió á las sujesliones
de su venganza, poniendo, como luego veremos, un ejércitoá sus órdenes, p ara atacar los pre­
sidios españoles en la costa africana. Entonces fué cuando por un decreto que se publicó en ia
Gaceta se le p rivóde sus títulosy honores, pérdida que afectó tener en poco. «Los ministros de
E sp añ a, escribía á su amigo Mr. T roye, inform arían á S. M. asegurándole que yo me habia

(1 ) D oúiliagton ¡f Stíinhope.
TOMO LV.
372. HISTORIA DE ESPAÑA.
vuelto mahometano y q u e , ya vuelta la espalda á la religión cristiana y á l a ilustre san­
gre que me corre por las venas (la c u a l, por la bondad del Señor que la r e p a r te , no está
sujeta á que la m eta la lanceta ningún barbero político) hahia sido hecho h a já ; y y o , reco­
nocido á esta h o n ra, por vengarm e de E spaña, hahia movido á los moros á que invadiesen
las plazas q u eS . M. tiene en Africa. ¿A vista deeslo, quem ucho es que á aquel príncipe, tan
am ante de su religión, le diese en rostro una traición contra am bas m agestades y mandase
q u e , como indigno de e lla s, se m e degradase de los honores que me habia dado ? Si os he
de decir v e rd a d , en el país en que m e h a llo , aunque lo he sen tid o , los títulos que me han
quitado me hacen muy poca falta. Solo sí me inquieta el falso supuesto sobre que cayó aquel
castigo; d é lo cual m e queda el consuelo q u e , manteniéndome cristiano, como lo espero
en mi señor Jesucristo y que los estados del rey Católico no se in v ad en , y si se invaden no
tengo parte en ello, e tc ,(l)» . No era falso que el em perador lo habia empleado en su servi­
cio, y tampoco lo era por consiguiente que hubiese abrazado la ley de Mahoma. El rem or­
dimiento ó la pena de tener cerradas las p u ertas de su p atria y de E uropa e n te r a , d erra­
maron sobre su corazon la melancolía que puso íin á su novelesca vida en T etu an , cuando
aun no contaha cincuenta y ocho años de e d a d , en 1737. Así desapareció del horizonte
polilico aquel m eteoro, cuya luz fué tan deslum bradora como fugaz.

CAPITULO XXXIX.
1726
R esta u ració n m in isterial que produce la calda do R ip e r d á : influjo del em b ajad o r a u s tr ía c o : caída de G rim ald o ; e s c i ­
sión do dos o bates sic ilia n o s, consejeros m isteriosos del r e y .— Vanos esfuerzos p ara se p a ra r á F ra n c ia tic la alian za
de H annoT G r: ocupa F leu ry ol m in isterio do aq u e lla nación : el ab a te üJomgon : m isión secreta qw» se lo coníia en
P aris ; in stru c c io n e s p a rtic u la re s de la rein a,

í)i la reina consintió en sacrificar i R ip erd á, como antes habia sacrificado á A lberoni, fué
solo en la persuasión de que otros-podrian servir m ejor sus intereses de familia, única m ira
que, como se va viendo, ocupaba todos sus pensam ientos é im pulsaba sus acciones. En
general volvieron al poder aquellos que, al su b ir, habia precipitado el h o lan d és: Grimaldo
se hizo cargo o tra vez de la secretaria de E stado; Arriaza ocupó de nuevo la de Hacienda;
el m arqués de Castelar se puso al frente de la de G uerra. Continuó O ren d ay n , porque se­
guía mereciendo pleua confianza de los r e y e s , y entró a dirijir la de M arina el célebre
don José P alm o , que tanto se habia distinguido por su tálenlo y actividad en las esp ed i-
ciones á Italia, y que habia logrado in teresar á la reina y á Koningseg en su favor.
Por algún tiempo los planes de estos dos personages no encontraron ohstáculo alguno
en su. m archa, y la córte de M adrid ofreció el estraño espectáculo de estar som etida com­
p letam ente á la ¡afluencia alem ana. El em bajador austríaco halagó con tal habilidad la am­
bición de Ja reina que todas sus gestiones tuvieron el éxito mas cumplido. El hizo que se
enviasen al em perador trescientos mil duros á cuenta de los subsidios que deberían satis­
facerse abriéndose la g u e rra ; él hizo que se contratase un em préstito de dos millones,
nuevecientos mil pesos, q u e en su mayor parte llevó el mismo d estin o ; é l , en fin , hizo em­
p ren d e r o tra vez los preparativos m ilitares que Riperdá. suspendiera.
La nueva revolución personal que se verificó en palacio pru eb a hasta qué punto logró
encarnar su influjo. A rriaza, por haber osado oponerse íi la concesion délos enorm es subsi­
dios remesados á Y ien a, fué despedido. G rim aldo, que habia entrado tan joven y se habia
encanecido en el servicio del r e y ; aquel favorito predilecto, depositario por tanto tiempo
de los mas secretos pensam ientos de la corona y contra quien se habían estrellado tantas
envidias, hasta la animadversión de la re in a , fué ahora destituido teniéndole por afecto á
la In glaterra. Por último hasta el confesor del re y , el P . Berm udez, que hahia adquirido
sobre é!, con su austera integridad y su celo religioso, un gran d e ascendiente, sucumbió
entonces. Deseaba la reconciliación con la F rancia, y se prestó á servir de interm edio á
F leury para hacer á Felipe proposiciones de arreglo sin que llegasen á conocimiento de su
esp o sa, cuya ambición las m alograría. A la prim era carta iba unida o tra del duque de
B orhon, y tuvo el confesor la desgracia de que, al acabar de ponerlas en m anos del rey y

(i ) OHíz.
SEGUNDO BEITJAD0 DE FELIPE V. 373
cuando este principiaba á pasar por ellas la -vista, la vijilante Isabel Farnesio se presentase
en la misma estancia. Sin rep a ra r en la turbación del P .B erm u d ez, Felipe entregó lascarlas
á su esposa, que no pudo term inarlas sin lanzar al ájente m iradas llenas de ira. Acto con­
tinuo fué despedido de palacio (23 de setiem bre) y le siguió á su casa una orden para
que se retirase á su colegio sin enviarle señal alguna de aprecio ni siquiera asignarle pen­
sión. P ara reem plazarlo , se eligió á un jesuíta irla n d é s , que apenas hablaba el francés y
á quien no conocía el rey, el P. C larke, rector del colegio de escoceses de M adrid, que tenia
p ara con la reina la recomendación de ser confesor del om nipotente K oningseg (1).
Se hizo una tentativa p a ra d estruir ó debilitar su p re p o n d e ra n c ia ; pero fué del todo
infrutuosa. Los dos abates sicilianos de quienes no ha mucho se h a hablado como de los que
mas inlluyerou en la caida de R ip e rd á , au nque vivian casi desapercibidos en la córte, g c -
zaban el concepto de grandes capacidades políticas, y Felipe solia consultarles. Platania y
Caraccioii eran para él una especie de Sibilas que le inspiraban en sus inceríidum bres y
conflictos. La exactitud de sus juicios y lo atinado de sus predicciones lab raro n tan hondo
resp eto en el ánimo del rey hacia ellos que les pedia á menudo conferencias, sin dar p a r­
ticipación ni conocimiento alguno á su esposa. Pero un a'd e las veces en que estuvo Felipe
en ferm o , una ca rta, que halló en un bolsillo de Ja ca sa ca, la advirtió del oríjen de la tenaz
resistencia que al principio opusiera á la alianza de Yiena, y le dió á conocer los nombres
de los ocultos consejeros. No se exaltó, como en otras ocasiones Isabel F arn esio , pero no
dejó por eso de vengarse como italiaua. Los dos abates aparecieron denunciados á la inqui­
sición por m aterias de fé , y de esta m anera pudo conseguirse de Felipe un a orden que les
prohibía pisar jam ás el territorio español. F ueron á residir en F ran cia, donde tampoco les
dejó vivir tranquilos el odio implacable de Isabel F arnesio (2).
Todas estas revoluciones sordas afirm aron el poder de K oningseg, que vino á ser lo
que los antiguos em bajadores de Luis X V I, pues se llegó á autorizarle p a ra que todos los
secretarios del despacho pasasen á sus manos, como se hacia con los presidentes ó prim eros
m inistros, las comunicaciones im portantes.
Los prim eros esfuerzos de la reina y su consejero se dirijieron á separar á la F rancia de
la In g laterra , á fin de com batir luego á esta con ventaja. P ara eso era necesario que des­
apareciese de la escena poli tica el duque deR orbon, y esto fué lo que consiguieron ó al me­
nos á lo que contribuyeron poderosam ente las intrigas de la córte de M adrid. No era em presa
difícil porque el sucesor de O rleans en el poder lo era tam bién de su inm oralidad, sin pre­
sentar como este á la indulgencia del país el título del talento. Renacieron bajo su gobierno
las quejas y las intrigas de la nobleza, y á su am paro hicieron revivir los reyes de España sus
antiguos y jam ás olvidados proyectos. Creyeron estos triu n far com pletam ente el dia en que
F leu rv , aprovechando el ascendiente q u e , como preceptor de L u is X Y , había adquirido,
se decidió á arrancar al duque el poder que degradaba, y á em puñarlo animoso con sus tré­
m ulas manos á los setenta y tres años de edad.
Causó grande contento en la córte de M adrid este cambio, porque se esperaba que.el
nuevo m inistro se anticiparía á sus deseos evitándole la humillación de la iniciativa. F leu ry
trató en efecto por medio del papa de restablecer la arm onía de ambas familias; pero como
F elip e, alucinado entonces con los frutos que se prom etía de la alianza con el em perador,
exigió que mediase este en la reconciliación, malogró sus propios deseos. La Francia r e ­
chazó justam ente una mediación tan ociosa como hum illante p ara e lla , hallándose eo des­
acuerdo con el A ustria.
Renunciando por consecuencia á la idea de destruir la alianza de Hannover, se preparaba
Felipe á provocarla sitiando á G ibraltar cuando llegaron á sorprenderle n u ev as, para él
lisonjeras, del critico estado de la salud de Luis XV. Revivieron por la centésima vez sus
sueños dorados, y para convertirlos en realidades envió á F rancia un agente secreto, el
abate Montgon.
Tiempo hacia q u e , fingiendo un acendrado entusiasmo por la re lig ió n , se habia pro­
puesto este ambicioso sentarse k la plácida som bra del trono. Cuando Felipe se retiró á
S. Ildefonso, pidió que se le perm itiese form ar parte de la servidum bre p ara tener la dicha
de contem plar de cerca á un soberano tan piadoso y recibir el reflejo de sus virtudes. No

(1 ) M ontgoo. — S tanliopo.
(2 ) W alpols. — M onl¡;oa.
374 HISTORIA DE £SV a 3 ca.
tardaron en ser atendidos sus ru eg o s, y ya despues no le fué costoso el captarse la confianza
de Felipe y su esposa hasta el panto de que se le confiase la mas grav e de sus em p re sas, la
de rescatar sus derechos á la corona de Francia.
Las instrucciones que se le entregaron (M de diciembre) estaban escritas de puño del mis-
mo r e y , y decían así : a Si lo que Dios uo perm ita, el rey mi sobrino llegase á fallecer sin
heredero varón, siendo, como soy , el mas cercano p arie n te, y despues de mí mis descen­
dientes, deba y quiero heredar la corona de mis antepasados, y , á fin de que pueda veri­
ficarse esto del modo que e s p e ro , deheis conduciros del siguiente modo : — Iréis á Francia
y procurareis conocer á nuestros adictos, á los que profesan am or á la casa de O rleans, y á
los que son indiferentes hácia entram bos partidos. H aréis, segun espero, cuanto podáis
p ara au m en tare! número de los prim eros sin declararos em pero dem asiado, porque puede
haber personas que, con pretesto de amor á mi persona, pudieran q u erer sonsacaros para
valerse de las aclaraciones que Ies dieseis con ánimo de perjudicarm e cuando llegase el caso,
y esto perjudicaría tam bién al estado presente de mis negocios ; por lo que toda circunspec­
ción es poca en este punto. — Conviene que no com uniquéis nada de todo esto al cardenal
F leu ry ni al cande de M jrville; al prim ero porque siem pre ha sido adicto á la casa de O r­
leans,'V también porque hace algún tiempo tengo motivo p ara no liarme de él. T ratareis al
cardenal como particular; pero sin hablarle de negocios públicos, á no ser que os lo mande
yo clara y term inantem ente mas tarde. Sin em bargo , procurareis saber las cosas mas se­
cretas de fa có rte, ya sea por sn conducto ó por otros que juzguéis mas convenientes, sin
com prom eterm e empero jam ás en nada, ni dar á conocer que os be confiado ninguna misión
p articular. E n cuanto al conde de M orville, sé que está totalm ente á favor de los ingleses,
y así debeis desconfiar en un todo de é l ; pero procurad adquirir por su conducto todas las
noticias que im porten, y dadme al punto cuenta de ellas. — Procurareis m anejar vuestras
operaciones de modo que no esciten los celos de los m inistros del em perador, tralando con
ellos lo mismo que con los d em as, sin darles jam ás á conocer ni á sospechar que leneis en­
cargo mió p ara una cosa o c u lta , y esto ni ahora ni nu n ca, sin que os lo mande yo. — Me
tendréis al corriente de las m enores bagatelas, m e inform areis de cuanto p a s a , y para esto
procurareis adquirir las mejores y mas íntim as relaciones, sin darlo á conocer. — El carácter
que debeis tom ar en F rancia es el de un simple particular de vuestra clase, evitando daros
tono de ministro, porque habrá muchos que os observen. — No hablareis ni poco ni mucho
de reconciliación, atendiendo al estado en que se hallan ahora las cosas. — T ratareis del
mejor modo que podáis de gan ar, sí llegase el caso, al duque de B o rb o n , asegurándole que,
si quiere em peñarse en mi causa, que es la de la ju sticia, olvidaré lo pasado y podrá pro­
m eterse de m i p arte toda clase de m iram iento y pruebas de am istad. Merece esto todo,
vuestro cuidado y destreza, por que es preciso que sea este asunto un secreto impenetrable.»
Seguía la designación de las personas de quienes debia aconsejarse y continuaba : « Os doy
una credencial escrita de mi puño para el parlam ento, que presentareis en cuanto ocurra el
fallecimiento del rey mi sobrino, pues en este documento mando que en cuanto suceda esto
me aclamen por soberano. — Dadme aviso de vu estra llegada é indicadme si debo escrihir
en aquel caso á los diferentes brazos del Estado, tanto eclesiástico como secular. Me apun­
tareis con exactitud el momento oportuno de rem itir estas c a r ta s , especificándome los tí­
tulos de las corporaciones ó p e rso n a s, que es cosa de que yo no entiendo mucho. — Si es
necesario que nom bre yo un consejo de gabinete ó cualquiera otro ó un rejcnlc du ran te mí
ausencia, y basta mi llegada, rae daréis á conocer las personas mas «propósito p ara el caso.
Si en todo caso sobrevive el rey á la reina, me diréis si es preciso nom brar á alguien para
que la vigile hasta el momento dal parto , y á quien convendría n om brar, etc.»
Recordemos todavía la abdicación de Felipe V para cotejarla con este notable docu­
mento y acabar de persuadirnos de la ambición que hervía secretam ente en el corazon de
los regios consortes.
La r e in a , al ir á despedirse de ella M ontgon, le dijo : « Esperam os tanto el rey como
yo que arreglareis estrictam ente vuestra conducta á las instrucciones que se os han dado.
Os encargo mucho que no salgais del objeto de vuestro encargo : mi confesor, el arzobispo
de Aniinta , os com unicará mis órdenes posteriores. » No se descuidó en en v iárselas, y he
aquí cuales eran esta s: «D ebia p ersu ad ir, dice el mismo enviado, á los que tomasen
el partido del rey de España á que prefiriesen al infante don Carlos (en el día rey de Ñ a­
póles) al príncipe de A sturias, para heredar la corona de F ra n c ia ; y si no pareciese este
SEGUNDO REINADO DE FELIPE V . 375
posible, debía influir p a ra que dichas personas mirasen como cosa indiferente el que pero
maneciese en España el príncipe primogénito y que su herm ano el infante subiese al trono
de Francia despues de la m uerte de su padre. »
¡ Qué vergonzoso espectáculo! ¡U n rey conspirando sin cesar contra su h o n ra, compro­
metida solemnemente en repetidas re n u n c ia s, y una rein a conspirando & espaldas de su
marido contra los derechos de uno de sus hijos 1

CAPITULO XL.
1727. — 1728.

Sitio infructuoso de G ib r a lta r : firm a n te los p re lim in a re s de la paz g e n e ra l. — Exito de la m isión de Momgon en P arís:
reconciliación de los soberanos de F ra n c ia 7 E sp añ a .— E lude esta el cu m p lim ien to de los p re lim in a r e s : m isió n de
K eena y R o ltcm b o u rg en M adrid : conferencia de este con los r e y e s ; en ó jase la F ra n c ia c o n tra ellos : y la Gran
B retaña se p re p a ra de nuevo a l a g u e rra : m otivos q u e producen el A cta del P a r d o , accediendo fo rm alm en te a loa
p r e lim in a re s : e sté riles conferencias de Soissons.—E nferm edad de F elip e ; te n ta tiv a de abdicación : precau cio n es q ue
lom ó la r e i n a .^ L a enferm edad de Luis XV rean im a al rey su ti a .—P rep arativ o s de g u e r r a , s in m otivo ostensible,
q u e se veo en E ^ a ñ ? ,

C o n f u n d o en que los esfuerzos deM o n tg o n en P aris conseguirían á lo menos relajar algo

los lazos de la F rancia con In g la te rra , no vaciló en llevar adelante su resolución de resca­
ta r por la fuerza á G ibraltar. H abía con este objeto reunido hacía el estrecho un ejército de
veinte y cinco mil hombres que, tan luego como lo perm itió la estación, se presentó al frente
de la plaza (11 de febrero de 1727). Inútil habia sido que generales esp erim en tad o s, como
V illadarias, en cuya m em oria estaha fresca la humillación que allí sufriera d o ran te la g u erra
de Sucesión, reprobasen sem ejante proyecto m ientras losiügleses tuviesen la p reponderan­
cia en el m a r , consintiendo en renunciar todos sus empleos y honores antes que esponer á
u n nuevo desaire las arm as de España. Como hubo otro general que ofrecía arro jar en seis
semanas aquella sentina de herejes, se puso la em presa en sus m a n o s, que eran h arto
débiles. Llamábase el m arques de las T o rre s, y era tan presuntuoso q u e, habiéndole pro­

puesto apoderarse de la plaza por medio de una sorpresa, aprovechándose del ofrecimiento
de varios desertores españoles que custodiaban la p u e r ta , contestó que, estando seguro de
3 7 ti HISTORIA d e ESPAÑA.
ren d irla, no quería deber nada á la traición. Luego tuvo que convencerse de qu e no basta­
ban las baladronadas p ara abatir la frente de aquel altivo peñasco, y formó el insensato y
ridículo proyecto de volar con una m ina el m onte entero.
La In g la te rra , prevenida en tiempo oportuno por las vivas é incesantes reclamaciones
de E sp añ a , habia reunido el parlam ento, m ostrádole las amenazadoras exigencias de Ma­
drid y obtenido cuantos recursos creyó necesitar el gobierno p ara sostener su colonia. Asi
sucedió que todos los esfuerzos del valor de los soldados se estrellaron contra aquella roca,
aum entando el inútil derram am iento de sangre la incapacidad de su general.
La accesión de Holonda, Suecia y Dinam arca á la alianza de Hannover, la presentación
de un ejército francés en las fronteras del im perio, y la muerte, de Catalina de R u sia,-q u e
daba una grande fuerza moral á la alianza de Y iena, coincidieron p ara decidir á Felipe á
ordenar el levantam iento del sitio de G ibraltar, Cuatro ó cinco mil hombres sacrificados tor­
pem ente y la persuasión de que era inconquistable fueron el fruto con que se alejó de su
vista al cabo de cinco meses el m arqués de las Torres.
Se debió al cardenal F leury que esto se verificase con menos m engua del honor español,
p u e s , ofreciendo su mediación con vivo interés á ambas potencias, pareció que la relirada
se efectuaba en v irtud de las negociaciones mas que por la fuerza de las arm as. Los preli­
m inares de un acomodamiento se firm aron en P aris el 31 de mayo. E n ellos se estipulaba
que se suspenderían las hostilidades á los ocho dias de su recepción; que las flotas de Amé­
rica podrían regresar á, España con toda seguridad y se restitu irían las p re s a s , y que Felipe
h aría en cambio religiosam ente la entrega de las mercancías que trajesen p ara todas las
demas naciones como en tiempos de p a z ; que las escuadras inglesas levantarían los bloqueos
que tenían establecidos, retirándose de las costas de España y A m érica, y el comercio con
In g la te rra seria restablecido al tenor de los tratados anteriores. Los artículos con el em pe­
rador se referían á la compañía de O sten d e, que quedaba suspendida por siete meses hasta
la reunión de un congreso en A quisgran, cuatro meses despues de canjeadas las ratificacio­
nes, lo cual habría de hacerse dentro de los dos prim eros, Felipe no sino en fuerza de la
necesidad consentía eu diferir sus proyectos.
Con la m uerte de Jorge I , así él como el em perador recobraron sus quim éricas espe­
ranzas sobre la restauración del trono que dejaba vacante; pero la actitud enérjíca de F leu ry ,
que no cedió á halagos ni am enazas, firme en su propósito de conservar la paz de Europa,
les obligó á derrocar con su propio soplo aquellos castillos de naipes que sin cesar cons­
tru ían .
A su celo y prudencia se debió tam bién la reconciliación de ambas coronas de la familia
Borbon.
La misión secreta de Montgon á P aris era demasiado delicada p ara manos tan hábiles c
inespertas. Hablador y vanidoso, ponía particular esmero en que se súplesela alta confianza
que hahia merecido á los reyes de E sp a ñ a , de modo que al poco tiempo todos los partidos
le consideraban como un enviado especial, y él aceptaba en tal concepto obsequios y festejos.
A M orville, que era tenido públicam ente como uno de los mas decididos partidarios de la
In g la te rra , le confió la prim era y mas im portante p arte de su m isión, cual era la reconci­
liación de ambas familias. Y F leury tuvo que esforzarse poco para hacer que le comunicase
las instrucciones que llevaba. Perm iliéronsele algunas conferencias con el duque de Borbon
y varios individuos de la nobleza, hasta que sus indiscreciones vinieron ix constituirle una
especie de centro de inteligencia de todas las pandillas., que no quiso el cardenal consentir.
Le hizo entender con frialdades y desvíos que su presencia era inconveniente, y regresó á
E spaña con solo nuevas protestas de adhesión de los partidarios de Felipe que bastaron
sin em bargo, para que fuese recibido en M adrid como el mas hábil de los negociadores.
Tan vagos y aereos como debian de ser estos ofrecim ientos, fueron suficientes p ara
que los reyes de España se persuadiesen de la conveniencia de rean u d ar sus relaciones con
la Francia. P ero , habiendo dicho á la faz de E uropa que jam ás se reconciliarían si no venia
de rodillas á M adrid á pedir perdón el duque de B orbon, no hallaban un medio decoroso de
satisfacer sus deseos. F leu ry , que tenia en mas los altos intereses del estado que vanas
quisquillas, se adelantó á ofrecérselo : separó á M orville, é hizo á su soberano escribir dos
cartas á sus tios, individualm ente, mostrándose m uy deseoso de restablecer la am istad que
el afecto de la sangre y el interés de am bas naciones exijian. Con estose dieron en efecto por
satisfechos Felipe y su esp o sa, y las relaciones entre E spaña y F rancia se reanudaron.
SEGUNDO REINADO DE FELIPE V . 377
A la carta dirijidapor Luis XV á su tio acompañaba o tra de F leu ry , en la cual m anifes­
taba que, para gozar de una satisfacción com pleta, solo le faltaba ver la reconciliación con
In glaterra A fin de a s e g u ra rla paz general. Ignoraba que uno délos motivos que le im pe­
lían á desear la reconciliación con F rancia e ra la esperanza de separarla de aquella p o ten ­
cia , á quien profesaba la reina u n odio inextinguible. Los prelim inares no habian sido
aceptados sino como el medio mas breve de alejar de nuestras costas las escuadras in g le sa s;
y así cuando hubieron conseguido esto, no solo no renunciaron á sus proyectos sobre Gihral-
tar, pues lo que hicieron fué convertir en bloqueo el sitio, sino que se n eg a ro n con vanos p r e -
te sto sá restituir todas las presas y ¿ d istrib u ir los cargam entos de la flota al ¡comercio inglés.
Habia en tre las presas una que merecía especial mención en los tratados y fué motivo de una
larga y acalorada disputa : era un navio de la Compañía del Sur, llamado el P rin c ip e F e­
derico, que encerraba un precioso cargam ento. Preciso es reconocer en esta infidelidad de F e­
lipe el secreto y om nipotente influjo del em bajador de A ustria, cuyo soberano debia dejar
de percibirlos subsidios que España le enviaba en cuanto se abriese el congreso.
L a In g la te rra , en vista de tal tenacidad, hizo reforzar sus escuadras y puso en bloqueo
á Cádiz, enviando al mismo tiempo u n represen tan te á notificar su últim a resolución. F ué
elegido para este encargo el mismo K eene que habia residido mucho tiem po en Madrid
como agente de la Compañía del S ur. La F ran cia, aprovechando la circunstancia de estar
próxima al alum bram iento la reina de E s p a ñ a , en cuyos casos era costumbre enviar un em­
bajador con las insignias de !a órden del Espíritu Sanio p ara el recien nacido, envió también
al conde de R ottem bourg, diplomático que negociaba con su am abilidad tanto como con su ta­
lento, encargándole se pusiese de acuerdo con el m inistro inglés p ara conseguir el exacto
cum plimiento de los prelim inares.
Refiere el mismo Rottem bourg la prim era entrevista en que trató de este punto con de­
talles curiosos que pintan de una m anera fidedigna el carácter teníiz é interesado de la reina
y revelan la parte principal que ella se tom aba en los negocios del estado (1 ). « Me pareció
que no habia otro medio de ganar el corazon del rey de E spaña que el de valerse de los r a ­
zonamientos basados en la te rn u ra y afecto que profesa á su sobrino y á su pais natal. Este
medio parecía mas seguro que todas las condiciones políticas porque no podía ya tocar estas
sin hablar de los compromisos e n tre Francia á In g la te rra , y la rein a se habia hallado á pi­
que de desm ayarse de cólera, oyendo tan solo pronunciar el nom bre de ingleses. T u v e,
p u es, cuidado, antes de ir á palacio, de ganar varias personas q u e , á lo que tengo entendi­
do , gozan de cierto influjo con SS. MM. C C ., sobre todo los dos confesores y los m arqueses
de la Paz y Castelar. Me ofreció este últim o, no solo su apoyo, sino el de su herm ano Patino,
asegurándom e uno y otro que se haria todo por F ra n c ia , y nada por Inglaterra.
«Di principio á la conferencia manifestando á SS. MM. C C ., mi g ran pesar-al saber los
rum ores que circulaban acerca del objeto de mi em bajada, esto e s , que habia llegado con ór­
denes de ponerles el puñal al pecho y declararles la guerra, si no se sometían con los ojos cer­
rados á las órdenes de los ingleses. E n F ra n c ia , les d ije , jam ás se daban señales de disgusto
ó dureza tratándose de una negociación con los soberanos de E sp añ a.— De cuando en cuan­
d o ... á veces... interrum pió la reina sonriendo y mirando al r e y .— N ada, añadí, es mas
opuesto á eso que el objeto de mi em bajada, y nada dista tanto de esto como las órdenes
que se me han confiado, porque estas son : en prim er lugar, el espresar de p a rle d e l rey mi
amo el afecto que profe'sa á SS. MM. C C ., y el vivo gozo que siente al saber la reconcilia­
ción; en segundo lu g a r, el de suplicarles que ejecuten los prelim inares; y finalmente el
asegurarles cuan sinceram ente desean el contribuir á fijar la su erte de sus hijos.
«L a reina m e interrum pió o tra vez con viveza en estos térm inos : — No es tiempo
oportuno para hablar de todo eso ; i o no tengo mas intereses que los de mi m arid o .— E n ­
tonces la supliqué que viviese persuadida de que yo estaba en la misma creencia.— Añadió,
em pero : E stá b ie n ; y en su m a, ¿ qué nos pedís? ¿nos acusan au n de que ponemos estorbos
á la reunión del congreso? ¿no lia enviado el rey á Yiena las ratificaciones hace mas de un
m e s? ¿ no ha dado órdenes á su plenipotenciario d eq u e se presentase al punto en Francia?
— Contesté con la sonrisa en los labios, que se hubiese reunido antes el congreso, si se
hubiesen cumplido los p relim in are s, y la llegada de los plenipotenciarios se hubiera espe­
rado con m ayor im paciencia.— ¿ Qué entendeis por prelim inares? preguntó la reina. — La

( i ) G a r ta ite n o t t e m b o u r g á C h a u v c tip , A iG de o c t u b r e d e i 727.


378 H IST O R IA B E ESPA Ñ A .

restitución del Príncipe Federico , con testé, y la distribución del cargam ento de la flota.
— E stá b ie n , ¿no es mas que eso? roe replicó. R eparad como los in g leses, esos señores del
m undo, presentan las cosas del modo que mas les agrada. — E sla esplicacion, señora, está
firm ada por S. M ., es el contenido literal de los p relim in are s, y el r e y , mi a m o , no pide
m a s.— Si perleneciael buque apresado al rey de F ra n c ia , rep licó , se le devolverá al instan­
te ; pero á los ingleses no se les dará d en in g u n m o d o .— Como yo os lo propongo, señora, le
dije, el rey mi amo vivirá mas agradecido á SS.MM. que sí se lo restituyeseis á él, y el m é­
rito será igual. No pide mas sino que se verifique la reconciliación, en lo que pone el mayor
em p eño, y no puede realizarse esto sino dando satisfacción á los aliad o s, según los compro­
misos ex isten tes.— P ero , ¿quién á vuestro en ten d er, dijo, debe ser juez de esta satisfac­
ción? El re y reclam a ese buque por pertenecerle , en v irtu d de mil infracciones del asiento;
los ingleses lo exigen tam b ién ; asi p u e s , que decida el congreso.
« A esto contesté yo esplicando el artículo de que se trataba. El rey rep itió dos ó tres
veces: — Servia para comercio ilícito, era un nido de co n trab an d istas.— Respondí yo
entonces que jam ás los ministros habían alegado esta razón en tre las que presentaron para
oponerse á los prelim inares, ni de ello se dice una palabra en las cartas del m arqués de la
P az.— Suponiendo, dijo la rein a, que se hubiese olvidado esta ra z ó n , no por eso es menos
fu e rte .— Como combatiese yo la idea del contrabando, me interrum pió otra vez la r e in a : —
H arem os, me d ijo , que os entreguen una nota relaü v a al asunto.
«Me di prisa á decir que la aceptaba con intento de rem over asi m ayores dificultades,—
P e r o , continuó la r e in a , puesto que todo se reduce á p e d ir , devolvednos á G ib ra lta r, y os
restituirem os al b u q u e .— A lo que contesté yo souriéndom e:—Si perteneciese G ibraltar al
re y mi amo , estoy persuadido de que os lo sacrificaría. Mas no es momento oportuno de
tr a ta r de nuevas compensaciones despaes de que han sido firmados los prelim inares que
dejan las cosas en el estado que tenían en 1 7 2 8 .— ¿ S a b é is, repuso la rein a , por qué hemos
consentido en esta fecha de '17I2G. — Sin d u d a , d ije , con el único objeto de facilitar la re ­
conciliación y hacer desaparecer los obstáculos que se habían opuesto á ella, é ínterin
habría terminado am istosamente el congreso d eC am b ra y .— Puedo daros yo otras razones,
replicó la reina.
«Entonces pidió al rey la llave de un cofrecito , y en cuanto se la d ió , se acercó á la
cabecera de la cama p ara abrirlo. Me aproveché de aquel momento p ara ro g ar al r e y , en
nom bre del tierno am or que p rofesabaá su sobrino y á su p a tria , que hiciese de modo que
term inase este negocio de un modo am istoso; añadiendo que un príncipe tan generoso y
desinteresado, depositario de ios tesoros deí Nuevo Mundo, no debería esponerse á la re­
convención de provocar una g uerra por u n solo buque. La reina volvió al punto la cabeza
é interrum pió diciendo : — ¿N o seria también justo que los ingleses ya que son tan ricos
diesen al rey algunos m illones? Si fuésemos tan locos que renunciásem os á ello s, se b u r­
larían de nosotros. Cierto es que los tesoros del Nuevo Mundo pasan por las manos del rey;
pero en E spaña solo queda de ellos una p arte muy p eq u eñ a, y así todo quisierais quitár­
nosla p ara darla á vuestros íntimos amigos los ingleses.
«Q uise yo tra ta r de persuadirle que el rey no hacia mas que cum plir con lo que debia
á Sus aliados; pero la reina no por eso dejó de h a b la r, buscando al mismo tiem po algo en
u n cofrecillo : — Los franceses no sois en el dia mas que ingleses. No os habéis declarado
enemigos del em perador hasta que ha formado alianza con mi m arido, por que antes erais
m uy suyos. ¿No recordáis q u e , durante el congreso de C am b ray , os instamos á fin de que
alcanzáscis para España del em perador alguna satisfacción? Entonces no queríais; y sin em­
bargo no habia que tem er. Pero tan luego como firmamos la paz, os reunisteis contra nos­
otros por capricho y sin que sepamos siquiera el porqué.
«P or últim o, halló una carta que buscaba del rey de In g la te r ra , que tenia la fecha del
1 .° de junio d e l7 2 1 en la que ofrecía la restitución de G ibraltar. E n tanto que la leía y o :—
¿ Q u é ta l? dijo ¿E s cierta ó falsa esta c a rta ? — Como contestase yo que no parecía origi­
n a l.— Solo os quedaba la disculpa de creer que era apócrifa, añadió chanceándose. E sta es
la principal razón para adm itir las condiciones de 1788. Que cum plan con ellas los aliados,
y nosotros harem os lo m ism o; pero que nos devuelvan lo que nos han usurpado. ¿C on que
derecho bloquean nuestros puertos ? — Creyendo que esto no tenia resp u esta, volvió la ca­
beza para m irar al re y . Sin em bargo como procurase probar que sus compromisos no po­
dían turbar el sosiego de E uropa, añadió la siguiente observación:— Si hubiéramos querido
SEGIENDO HELGADO D E F E L IP E V . 379

liirb a rlo , lo hubiéram os lo g rad o , po r que teníamos un ejército poderoso en Cataluña y


todas vuestras plazas por aquella p arte se hallaban indefensas.— Entonces manifesté yo
que no podia darse prueba mas evidente de la confianza que nos inspiraba S. M. C. — No
debeis tenerla tan grande despues del egemplo que habéis dado, proporcionando di­
nero at em perador para que nos arreb atase á Sicilia, apoderándoos de F u e n te rra -
bia y San Sebastian, reuniéndoos á los ingleses con objeto de destruir n u estra m arina y
quem ar nuestros navios en nuestros mismos astillero s, y en sum a, observando un sistem a
de hostilidad perm anente, puesto que el rey vuestro amo no hacia caso alguno de los con­
sejos de su tio, sin escuchar mas que á personas Tendidas á la In g laterra. Vuestro sobe­
rano en Francia es W a lp o le , y vo quisiera tener aquí á W alpole y al cardenal p ara
disputar con ellos en punto á religión de po lítica: entonces veríamos si mis argum entos son
menos ó mas fuertes que los suyos.
«U rgia ya el term inar una conferencia que se iba acalorando demasiado. D ije, pues,
que me causaba un g ran pesar el no poder conseguir que se aceptasen mis proposiciones,
y en seguida, dejando escapar algunas palabras acerca del afecto del rey,m i augusto sobera­
no , me preparé á retirarm e. — Anudando entonces la rein a la conversación, me preguntó
sino tenia yo alguna medida que proponer para salir del p an tan o , y como le contestase
que no tenia ninguna y continuase despidiéndom e, me detuvo haciéndome esta pre­
g u n ta :— ¿No se podría declarar en secuestro el buque hasta tanto que decidiese el con­
g reso ? A esto contesté yo con fria ld a d :— ¿Y en manos de q u ié n ? — Del rey vuestro amo,
contestó la reina.
« T raté de esponer los inconvenientes de esta m edida; m as, como insistiese la reina,
volví la cabeza á donde estaba el rey, y, reflexionando que seria peligrosa la oscuridad en
este negocio, pregunté si me autorizaba á que diese cuenta yo de esta proposicíon. Me
interrum pió la reina añadiendo:— S í ; pero por su parle el rey vuestro amo contraerá el
compromiso de no entregarlo sin el consentimiento del rey mi m a rid o .— A lo cual dijo
el rey con su acostumbrado laconismo: - Sí.
a Entonces pregunté al rey si tenia intenciones de re p a rtir el cargam ento de la flota.
La reina volvió á lomar la palabra, y dijo : — Sí; pero no h asta que los ingleses se alejen
de las costas de América y de las de E spaña. — Se hará, así, contesté con bastante prisa,
porque no es justo que haga todo una p arle y nada la o tra ,— P ero , continuó la r e in a , si
el rey vuestro amo garantizase la retira d a de las escuadras inglesas, consentiríam os en
re p a rtir el cargam ento de la flota; y cuando se llegasen á re tira r los navios ingleses, nos­
otros también m andaríam os que se retirasen las tropas q u e , por puntillo de honor sola­
m ente , se hallan todavía á la vista de G ibraltar.
« Recapitulé entonces con mucha claridad estas tres proposiciones, añadiendo que me
Parecía que se podrían adm itir en seguida. Dije de paso algunas palabras p ara darles á enten­
der que era poco conforme á la política el que SS. A1M. se m ostrasen tan poco complacientes
con los in gleses, que eran también responsables y garantes de los estados de Italia, desti­
nados á don Carlos. — No salís de vuestras benditas h eren cias, esclamó la r e in a , y yo por
mi p arte estoy pronta á abandonarlas de muy buena g a n a , si se devuelve G ibraltar al rey ;
podéis convenceros, por cuanto acabo de decir delante de S. M. que su gloria y riqueza son
las únicas que me o cu p a n .» Se ve q u e , si de u n a p arte habia destreza, no fallaba de la otra
talento y sobre lodo tenacidad.
No menos disputadas fueron las conferencias que siguieron A e s ta , y tal fué la in fle -
xibilidad de la córte de M adrid q u e , agotada la paciencia de F leu ry , puso en nombre del
rey esta especie de ultim átum á su embajador. « Estoy no menos sorprendido que disgus­
tado de esas condiciones que no pueden tener mas resultado que el poner trabas á la eje­
cución de cuanto debe preceder á la instalación del congreso y qu e propenden á anular los
artículos prelim inares ó por lo menos á ganar tiempo para dar origen á nuevas in terp reta­
ciones. Seria poco honroso y basta vergonzoso para los aliados, y p o r consiguiente para mí
misino el consentir que se aceptasen. In cu rriría con razón en las reconvenciones de toda
Europa, s Con esta carta iba una orden al em bajador mandándole retirarse. Y adm ira cier­
tam ente que á tal estrem o se llevase la tenacidad por la mezquina cuestión del P rín c ip e
F ederico ó , mas b ie n , que no se le diese otro pretesto mas honroso. El arreglo que la F ra n ­
cia rechazaba era la devolución del buque dejando á fa decisión del congreso si debia per­
manecer en depósito para servir de indemnización al comercio español por los daños que le
tomo iv. 50
380 H IST O R IA D E ESPAÑA.

ocasionaran las escuadras inglesas. F leu ry insistía en que se cumpliesen los prelim inares
según se habían estipulado y aceptado.
Sin cejar todavía la reina á la vista de la actitud am enazadora que parecía dispuesta á
tom ar la F ra n c ia , p reguntó á Patifio si se hallaba E spaña en disposición de sostener una
g u erra con las potencias aliadas. La respuesta del m inistro fué indirecta, pero liarlo sig­
nificativa, pues dijo que la ilota de América podría atender ;i los gastos de la g u erra si no se
daban subsidios á los príncipes estranjeros. Acordóse entonces im poner una fuerte contri­
bución á los cargam entos que t r a í a ; y como R ottem bourg hiciese con esle motivo algunas
reconvenciones por una medida que lastim aba los intereses de lodas Ins naciones, contestó la
r e in a : « El rey es dueño de hacer lo que mejor le parezca en sus propios estados. Y además
¿porqué se habrán de mezclar los estranjeros en los asuntos de n u estra flota? »
Reuníase entonces el prim er parlam ento de Jorge I I ,q u ie n obtuvo sin dificultad nue­
vas concesiones de hombres y dinero para reforzar las escuadras que en adem an siniestro
reco m an las costas de España.
Las demás potencias aliadas en H annover tomaron iguales precauciones; pero mas bien
como medio de intim idación, para coadyuvar á otros resortes que la esperiencía habia d e­
mostrado ser inas eficaces. Se derram aron con profusion los regalos en la córte de M adrid,
particularm ente sobre las personas que la reina distinguía con su predilección : á su confe­
sor se le amenazó con hacerle responsable de los males que ocasionase la negativa, a s íá e lla
como á su propia familia; y no fué difícil alcanzar que los m inistros, resentidos de mucho
atras por el papel indecoroso que les hacia rep resen tar el em bajador austríaco, se resolvie­
sen á condenar una g u erra que no tendría mas fundam ento que el fútil pretcsto del car­
gam ento de un buque.
Hubo la fortuna de que el mismo em perador, alarm ado con el aspecto serio que toma­
ban los aliados, escribió á su ministro Koningseg previniéndole q u e , en vez de avivar el
odio de la reina hacia los ingleses, la exhortase á aceptar las condiciones que le p resen­
taban.
Indignóse la reina de este repentino cambio de conducía; pero como hacia sospechar un
cambio de intenciones en la córte im perial y coincidiese con otro ataque que sufrió la salud
del re y , se sometió al fin. T an luego como se declaró la gravedad del n ia l, la reina se re ­
tiró al Pardo con el paciente, quizá con el objeto de evitar la alarm a que producirían en el
publicólas noticias siniestras y el de burlar las intrigas de los que pretendieran aprovecharse
de la ocasion en su daño. P ero , viendo salir de aquel retiro uno tras otro dos decretos que
despojaban insensiblem ente al rey de su au toridad, el uno adm itiendo en el consejo al
príncipe de A sturias, hasta entonces apartado de los negocios públicos, v el otro nom­
brando gobernadora del reino á su esposa durante su enfermedad , la agitación se estendió
con los tem ores que tales disposiciones revelaban. La reina no estaba menos alarm ada así
por la salud de su marido como por la incertidum bre en que se hallaban las negociaciones
italianas; de modo que su prim er cuidado, apenas se notó algún alivio, fué celebrar lo que
se.llamó el a c ta del P a r d o (5 de marzo) aceptando sin restricción alguna los prelim inares,
según la In g laterra y la Francia los habían modificado, á presencia de los em bajadores de
estas potencias y los de Holanda y A ustria. ITc aquí los térm inos de aquella aceptación,
tanto tiempo regateada : «1,° Se levantará inm ediatam ente el bloqueo de G ib raltar; vol­
verán las tropas á sus cantones; se re tira rá la artillería; las trincheras asi como las demas
obras hechas con motivo del s itio , se dem olerán : de am bas p a rle s, volverá todo al estado
prescrito por el tratado de Ü trcc h t.— 8 .° Se enviarán sin pérdida de tiempo órdenes posi-.
tivas y term inantes para entregar el buque Principe Federico y su cargam ento á los agentes
de la Compañía del m ar del S u r, residentes en Y eracru z, que lo despacharán p ara E uropa
cuando lo juzguen oportuno. El comercio d élo s ingleses en las Indias Occidentales conti­
n u ará gozando de los privilegios concedidos por el tratado del A siento, confirmados por los
artículos 1.° y 2.° d élo s prelim inares. — 3.° Se restituirán inm ediatam ente á los interesados
los electos de la flo ta ; lo mismo se h ará con los que están á bordo de los g aleo n es, cuando
regresen á E uropa, cual en tiempo de paz, conforme al artículo 5 .“ de los prelim inares.—
4.° Se com prom ete S. M C. como ha hecho ya S. M. B . , á observar cuanto se arregle y
establezca en el futuro congreso con motivo de las presas hechas por am bas p a rte s, así co­
mo con respecto á dícho buque P rincipe F ed eric o .»
Róttem bourg creyó term inada su misión y se retiró k F rancia, llevando la satisfacción de
SEGUNDO REIÍSAHO DE F E L IP E V. 381
h aber dado la paz á Europa. A pesar de su sagacidad y del exacto conocimiento que habia
adquirido del carácter de la re in a , no sospechaba que desde el momento en que creyó esta
afianzada la salud de su esposo pensaba en los medios de eludir el cum plimiento del acta
que en tan críticos momentos habia negociado.
El congreso , que se habia acordado reu n ir en A quisgran p ara el tratam iento definitivo
de la paz g e n e ra l, por atender á la comodidad de F leury se instaló en Soissons (14 de junio).
Allí estaban congregados los [den ipotenciarlos de España y el A u stria, F ran cia, In g laterra
y Holanda, aparentado todos querer sinceram ente la paz y obtener pronto este fruto, que
ra ra vez paladean sin zozobra las naciones. Pero en v e rd a d , si lo deseaban era sin hacer sa­
crificio alguno ni renunciar á los halagos de su ambición. La In g laterra apetecía vivamente
renovar las relaciones comerciales con E sp a ñ a ; pero no quería restitu ir á G ib ra lta r: el
A ustria insistía en reconstituir la compañía de O stende y en reform ar el tratado de lim ite s:
E sp aña, detras de sus justas reclamaciones, tenia otras exigencias sobre Ita lia : la Holanda
rechazaba las pretensiones del em perador y solicitábalos mismos privilegios que el comercio
inglés gozaba en América. La Francia únicam ente parecía trabajar sin reservas por la paz,
estrechando su antigua am istad con España·
D espuesde haberse leido quejas, reclamaciones y propuestas de unos y o tro s, y de haber
discutido sin fe, como para llenar una fórmula, los aliados de Hannover propusieron un
p aliativ o , que era la celebración de un tratado provisional conteniendo los principios car­
dinales de la paz según el estado de E uropa antes de 1 7 2 o , á fin de que el comercio no pade­
ciese, y dejando á una ju n ta especial el examen detenido de las cuestiones que debian ven­
tilarse para ajustar una paz duradera. Los plenipotenciarios de A ustria y E spaña no se
negaron á su sc rib ir; pero la córte de M adrid, que no quería adquirir compromisos que
perjudicasen á sus futuros proyectos, se opuso indirectam ente con resucitar su antigua
pretensión de poner guarniciones españolas, en vez de las n e u tra le s, en los estados de Par—
m a y Toseana. En seguida ordenó á su plenipotenciario, el duque de Bournonville, que
se retirase á prelesto de recibir instrucciones sobre el nuevo aspecto de las negociacio­
nes , escusándose de dar una respuesta definitiva acerca del tratado provisional hasta con­
sultar con su soberano. Poco despues de su salida se retiró el de V ien a, y él no llegó á
M adrid hasta noviem bre, habiéndose detenido en P aris por razón, sospechosa en aquellas
circunstancias, de enfermedad.
E sta determ inación era sin duda de la reina , que habia vuelto á cojer en sus manos el
p o d e r, en medio de las m ayores agitaciones en que jam ás se habia visto su corazon. El p rín­
cipe de A sturias fué atacado de las viruelas, y si llegaba á fa lle c e r, debía sucederle el in­
fante don Carlos : aunque esto no destruía, trastornaba sus proyectos sobre Italia.
Desvanecida estainquietud, se vio. am enazada de otra mas g r a v e , porque la enfermedad
del rey volvió á tomar siniestro aspecto y llegó á producir un terrible amago para ambición
tan insaciable. Se pasaba Felipe dias enteros y semanas en* c a m a ; cuando se levantaba hacia
dia la noche y la noche d ia , apenas hablaba, conservando ordinariam ente un continente
grave hasta con su propia m u g e r; y se n o ta ro n , en fin , ciertos indicios de estravío m ental. En
estos accesos de melancolía á que era naturalm ente pro p en so , resucitaron sus antiguos es­
crúpulos sobre la legitim idad del derecho con que poseía la corona de E sp añ a , y manifestó
resolución de abdicar tan decidida, que la reina se vió en la necesidad de tom ar medidas
p ara evitar que realizase la fuga que intentó para llevar ac ab o su pensam iento. Prohibió
que le viese nadie sin una orden espresa de ella; no lo dejaba solo nn in stan te , siguiéndole
dentro de palacio á todas p arte s; dio orden á la guard ia p ara que no se le dejase s a lir ; y
aun así era tal su temor de una evasión, que se mudaban á menudo las cerraduras de las
p u ertas que mas podían facilitársela. A pesar de todas sus precauciones, un dia en q u e, ya
rendida de tan incesante vijilancia, se retiró la reina á descansar á un a pieza inm ediata,-
Felipe escribió de su propio puño n n decreto de abdicación en su hijo F ernando (ju lio ), y lo
envió sigilosam ente por conducto de su ayuda de cám ara favorito al consejo de Castilla coa
orden de que se le diese p ronta y solemne publicidad. Ya se estaban dictando las órdenes al
efecto cu ando, noticiosa la reina de lo que p a sa b a , pudo hacer por medio del arzobispo de
V alencia, presidente á la sazón, que se anulase lo j a acordado y se rasgase el acta. Se lo­
maron entonces m ayores precauciones, entre otras la de exijir bajo ju ram ento al rey que
no volvería a in ten tar la abdicación, calculando muy bien que era el medio mas eficaz de
co n ten erá u n espíritu religioso. Además se determ inó, á fin de evitar al rey la molestia de
383 H IST O R IA B E ESPA Ñ A .

firm ar tanto docum ento, que usaría de la estam pilla, y de esta m anera no hubo acto que no
pasase por la visla de la reina ( 1 ) ó mas bien que no fe perteneciese.
Un pasagero incidente vino á reanim ar el espíritu melancólico del monarca. Atacado
Luis X V de viruelas (octubre) se despertó la ambición de su lio, á quien volvió á o cu p arla
idea de ir á sentarse en el trono de sus antepasados. «Los reyes se m anifiestan estrem ada-

G ranadero do £t caballo de la tíu u rd ia r e a l , on 171 Ti.

mcnle inquietos, deciauno de los personages mejor informados de las interioridades de la


real cámara ( 2 ), porque no reciben noticias de F ran cia, sacando de aqui que ha m uerlo
Luis XY y que por eso h abráalguien con m ala intención interrum pido la comunicación en­
tre los dos reinos. La reina preguntó al rey qué pensaba hacer en ocasion tan im porlanle, á
lo que contestó S. M. que ir ia á Francia con ella y las demás personas que com poníanla
real familia, dejando fi. don Carlos en E s p a ñ a : que, si lo llamase la F rancia, no h ab ría difi­
cultad n in g u n a ; pero que, en caso contrario, saldría al p unto p a r a la capitel v , presentán­
dose en donde sabe que seria bien recib id o , convocaría un parlam ento que lo reconocería
p o r soberano, y que m erecerían la m uerte los que á esto se opusiesen. La rein a propuso que
se avisase á los gentiles-hom bres de boca que estuviesen d isp u esto s; pero el rey se negó á
ello diciéndolo que algunos de ellos le habían acompañado ya antes v que en llegando á
Francia no necesitaría criados que lo acom pañasen.— Pasaron en tre SS. MM. otras mu­
chas cosas, por egem p lo : decía el rey que seria para él un a dicha el reinar en Francia por­
que allí se despachan los negocios de distinto modo que aquí y que habia allí mas grandeza;
pero al mismo tiempo habia en F rancia u n partido que le inspiraba tem ores, el de los ja n -
(1 ) O nto. — M ontgon, — Keen n. — Vil Inrs, — D uela?.
(5 ) K w n e , en corla do 9 de n o v íím b re al d u q u e de N ew castle, reA rióüilo'C á personas de la scrviiium bro del rey .
SEGUNDO nElNADO DE FELIPE Y. 383
senistas, que á la verdad tenían razón en ser sus enemigos porque en cualquier tiempo que
consiguiese em puñar aquel cetro los arrojaría del rein o » . Al dia siguiente se supo que la
interrupción de la correspondencia habia sido mero efecto de la coníusion producida en la
córte vecina por la enfermedad del r e y , que no ofrecía carácter g r a v e , y se disiparon otra
vez aquellos ensueños perm anentes de Felipe (1 ).
La reina em pero no desistió délos proyectos cuya existencia revelaban los grandes p re­
parativos m ilitares que se hacian. U na escuadra de veinte y cuatro navios de línea fué en­
viada á A m érica; o tra de igual núm ero se equipaba á toda p risa, y se esperaba con suma
ansiedad la llegada de la flota coa sus tesoros. Sem ejantes preparativos se dirijian conoci­
dam ente contra la In g la te rra , y no era dudoso que debían proceder de un nuevo y secreto
acuerdo con el A ustria, Con ellos coincidía la retirada de Bournonville del congreso de
Soissons,

CAPITULO XL1,
1 7 2 9 — 1731.

C asam ientos cu tre la s fam ilias reales de E sp añ a y P o rtu g a l.— Se establece lu. co rle en S e r ílla .— D isuélvese el con­
greso do S o isso n s, y Los aliados de Harcnover am en azan á E s p a ñ a .— D esavenencia en tre la s có rles de M adrid y V te n a ;
tratad o de Sevilla accediendo E spaña á la alianza de H annoY cr : resen tim ien to d t l e m p e ra d o r.— T ratad o de L&ndres
e n tra In g la te rra y el A u stria .— Nuevo tra ta d o üe V iena e n tre los reyes de E spaña y el em p erad o r sobre el estab leci­
m iento del inferno dan Carlos en Ita lia , — P aríe e s te , pi'Olegido par u n a encuadra anglo-espofiola y tem a posesion de
sus estados : ju icio üc esta la r^ a negociación.

O t r o de los sucesos que encerraban un pensamiento hostil á la In g laterra fueron los enlaces
de familia que se concertaron con el P o rtu g a l, esperando así ap a rtar este reino vecino de
una alianza con las potencias m arítim as. Los príncipes que debían contribuir á este fin po­
lítico e ra n : el de A sturias casándose con la infanta de P o rtu g a l, y el del Brasil con la de
E spaña; y tanta era la impaciencia de la córte de M adrid q u e, apenas res ¡a blecido el rev
y en la mayor crudeza del invierno (7 de enero de 1729) se pusieron en camino para la fron­
te ra , en cuyo límite debía hacerse la entrega respectiva de los desposados. Verificóse esta
ceremonia el dia 20 sobre el puente del rio G aya, que divide ambos reinos, en presencia de
sus respectivas com itivas, que hicieron pueriles esfuerzos por sobresalir-en lujo y magnifi­
cencia.
Desde allí siguieron los reyes de España por E streinadura á A ndalucía, y , despues de
visitar prolijam ente los suntuosos establecimientos de la opulenta C ádiz, em porio entonces
de nuestro comercio, fueron á establecer su corle en S ev illa; provéelo que había concebido
la reina con el 6 n de alejar de la m ente de su esposo, distrayéndole, la idea de abdicar, te­
niéndolo al mismo tiempo apartado del consejo de Castilla, que p u d iera favorecerla.
Tuvo con eslos sucesos y viajes la córte de Madrid pretesto suficiente p ara diferir sus
contestaciones á las repetidas instancias que llegaban de Soissons p ara que aceptase el tra ­
tado provisional. E n vez de eso, trató de introducir nuevam ente en la discusión la cuestión
de las compensaciones de los perjuicios que el comercio español habia esperim entado con
los bloqueos. Se persuadieron así las potencias aliadas de que no quería E spaña sino en trete­
nerlas, y retiraron sus plenipotenciarios del ridículo congreso de Soissons para tom ar una
resolución enérgica. F ra n c ia , In g laterra y Holanda concertadas, diríjieron una sería recon­
vención, pidiendo la ejecución sin escusa de los prelim inares, y m anifestaron que así la
negativa como mas dilaciones serian motivo bastante para u n nuevo rom pim iento.
Probable es que la resistencia de la reina hubiera conducido la cuestión á tal estrem o , sí
acontecimientos inesperados no hubiesen llegado á tiempo de hacerle sospechar un a perfi­
dia en la córte im perial. Ilabia muerto el duque de P arm a, Francisco, y se supo : que el
em perador escitaba al heredero de su corona, A ntonio, á que se casase con un a princesa de
M ódena, confiando sin duda en que un hijo vendría pronto á dejar sin efecto el reconoci­
miento que había hecho del infante don C a rlo s; que prom oyia obstáculos á la introducción
de tropas españolas en las plazas de Ita lia ; que buscaba con afau en los archivos antiguos
derechos del imperio á los estados de P arm a y Toscana; y por último, que hacia insinuacio­
nes á las potencias aliadas en Hannover de que dejaría á E spaña entregada á sí misma si se

(I) Moiugon.
ÍÍ8 Í HISTOUIA B E ESPA Ñ A .

fe garautía la pragm ática sanción en aquellos estados, E slas revelaciones fueron hechas por
M onteleon, que habia vuelto con su misión á Ita lia , é iba recorriendo las diferentes cortes
de aquella península á fin de predisponerlas en favor de España.
A m edida que llegaban estas n oticias, Palillo esforzaba la oposicion que habia ya m a­
nifestado á lacDncesion de los subsidios que seguían pagándose al A u stria , diciendo que ellos
solos bastarían para arru in ar la hacienda de España. Y apenas supieron los em bajadores de
las potencias aliadas que estas reflexiones obraban al fin en el ánimo de la re in a , tuvieron
orden de declarar á esta que estaban dispuestas á contribuir al establecim iento de don Car­
los en Italia, sin escepíuar el punto de las guarniciones españolas, si España ejecutaba pron­
ta y religiosam ente los prelim inares.
Inm ediatam ente se pidieron al em perador esplicaciones categóricas acerca del enlace de
una de sus hijas con un infante español; v, siendo esta v ez, como habían sido basta enton -
c e s, vagas las contestaciones, la córte de Madrid se determ inó á acceder por fin á la alianza
deH annover. Se verificó este ruidoso suceso el 9 de setiem bre por el tratado de Sevilla.
E n él se confirmaban los anteriores, que restablecían el comercio inglés con América en su
antiguo estado; ss estipulaba la restitución de todas las presas y reparación de daños; v
se anulaban los tratados de Y iena, que habían concedido prerrogativas mercantiles de mu­
cha estima á los súbditos del im perio. Previendo que por estas condiciones podía orijinarsc
á España una g uerra con el em perador, ademas de garantizarse recíprocam ente sus estados,
se estipulaba q u e , llegado tal caso, se aprontarían al ofendido ocho mil infantes y cuatro
mil caballos ó su equivalente en dinero. Nada se decia absolutam ente respecto á G ibraltar
y M enorca; pero en cambio se consignó prolijam ente todo lo relativo á las herencias de Ita­
lia , comprometiéndose los aliados a conseguir la introducción de las guarniciones españolas
y á tom ar sobre sí la defensa del infante don Carlos si llegaba á disputarle alguna potencia
sus derechos.
E l A ustria resentida lo intentó. Hizo retira r inm ediatam ente á su em bajador de la córte
de M adrid; llenó de tropas el M ilaucsado; procuró un levantam iento en masa de la Alema­
nia ; lisongeó á las potencias del norte con los frutos de una alianza ofensiva; y declaró que
jam ás aceptaría las condiciones hum illantes que se le querían im poner (1730). E n verdad
no eran sino la pérdida de los subsidios españoles y la forzosa supresión de la compañía de
Ostende. Sin em bargo, conociendo que el pensamiento cardinal de la Francia y la Inglaterra
era el mantenimiento de la p a z , cuando murió el duque Antonio de P arm a, invadió con seis
mil hombres sus estados á pretesto de que la viuda E nriqueta de E ste habia quedado en
cin ta, pretesto que se desvaneció pronto.
No habia calculado mal el em perador acerca del espíritu que anim aba á aquellas poten­
cias ; pero la impaciencia y los recelos de la córte de M adrid, al observar la impasibilidad de
sus nuevos aliados, hurlaron sus esperanzas. Felipe declaró term inantem ente, después de
varias reclamaciones in ú tile s, que se consideraría libre de los compromisos contraídos en
Sevilla; y esto bastó para alarm ar á la I n g la te rra , que veia de nuevo amenazadas sus ven­
tajas comerciales. Ella logró , por medio de un tratado firmado en Londres el 10 de mayo,
que la compañía de O slende seria abolida y accedería el em perador al tratado de Sevilla,
garantizándole la pragm ática sanción y estableciendo que no se enlazaría la heredera de sus
estados, M aría T eresa, con ningún príncipe Borhou ni otro que pudiese destruir el equi­
librio europeo.
Este fué el prelim inar de un nuevo tratado de Yiena (2 2 de ju lio ) por el cual quedaban
p ara siem pre term inadas las ruidosas querellas que por tanto tiempo habían turbado la paz
de E u ro p a , las de la herencia de los ducados de Parm a y Toscana en el hijo de Isabel F a r -
nesio.
E n su virtu d á mediados de setiem bre se presentó en Barcelona un a escuadra inglesa de
diez y'seis navios q u e , unida á otra española de trein ta y dos velas, fué convoyando á Italia
los trasportes que conducían los siete mil quinientos españoles que á las órdenes del conde
de C h arn y , Manuel de O rleans, debían guarnecer las plazas fuertes de aquellos estados.
El infante don Carlos se unió á estas tropas en diciem bre, y al punto tomó con toda solem ni­
dad posesion do Parm a y Plasencia, y fué reconocido sucesor del g ran ducado de Toscana sin
mas resistencia que una protesta p r o form a del papa, reservando los antiguos derechos de la
iglesia sobre aquellos dominios.
Isabel Farnesio vio al fin satisfecha su ambición. La naturaleza nos m anda resp etar sus
SEGUNDO BElNADO BE F E tlP E Y . 388
justos deseos m aternales; pero el bien d é la s naciones nos obliga á condenar esa política fu­
nesta que a(a y subordina el bienestar de los pueblos al mezquino interés de una familia:
Doce años de zozobra sufrió la E u ro p a , doce años de sacrificios la nación esp añ o la, para®
alcanzar que uno de sus p rín c ip e s, no el inmediato heredero de la corona ( 1 ) ciñese una
diadem a ducal, de la q u e no repo rtaría beneficio alguno. Los sucesos vendrán á decirnos que
frutos recajió España de aquella herencia. El A ustria y las potencias m arítim as volvieron á
unirse contra la casa de B orbon: es d e c ir, que los intereses comunes de E uropa nada babian
ganado en tan larga lu c h a ; que la paz general vohió á quedar cimentada sobre el equili­
brio europeo, palanca fuerte, si se q u ie re , pero palanca suspendida por un p u n to , cuya
quietud altera cualquier suceso. El equilibrio establece la inm ovilidad, y la inmovilidad es
incompatible con las pasiones hum anas y con el desarrollo n atu ral é irresistible de las socie­
dades,

« CAPITULO XLÍI.
1732.— 1736.

r,oniinú«i e n S e v illa la e n fe r m e d a d d e F e lip e - — E s p c tü c io n c o n tr a O r a n . — R e n a c e n l a s q u e r e s a s c u tr e E s p a ñ a y A u s tria ,


— Se e n fr ia n la s re la c io n e s oon I n g t.iie r r a y l lu la n d a p o r e l e s ta b le c im ie n to d e la C o m p a ñ ía d e F ilip in a s . — La c o rle (te
M a d rid s o lic ita á Sas de V uíSíillea y T n r in c o n tr a el e m p e r a d o r. —X a m u e r te d el re y ü e B o lo n ia , a n u n c ia n d o u n a g u e r r a
de s u c e s ió n , r e a n im a á F e l ip e , — p r e c a u c io n e s c o n tr a e! p r ín c ip e d e A s t u r i a s : m e l v e la c ú r te á S. I ld e f o n s o .— T rip le
a lia n z a tic F r a n c i a , E s p a ñ a y C e rd e ñ y e n fa v o r d e E s t a n i s l a o , p r e te n d ie n te al tre m o d e P o l o n i a , a rr o ja r lo p o r \a$
a r m a s im p e r ia le s : los e jé r c ito s a lia d o s v e n c e n e n A le m a n ia é Itu J ia ; lo s e s p a ñ o le s e m p r e n d e n la c o n q u is t a d e l r e in o
d e l a s D o s-S ic iiia s : p re d is p o s ic io n e s f a v o r a b lr s d e l p u e b lo : JXñpolcs s e e n tr e g a , y d o n C a rlo s s e p r o c la m a r e y : b a ta l la
d e B iio n to > g a n a d a p o r M o n te m a r : c o n q u is ta la is la d e S ic ilia . — V ic to r ia s d e lo s a lia d o s en el n o r te d e I ta lia : s e in ­
c o r p o r a n to s e s p a ñ o le s y s it ia n íi M a n tu a , — M u e re Bct'Tvjclí, d e ja n d o a b ie r ía la e m r a d u de A le m a n ia , — A lte r a c io n e s
d e F e lip e y d o n C a rlo s c on e l p a p a , q u e te r m in a n c o n c e d ie n d o e l c a p e lo d e c a r d e n a l a l n iñ o i n f a n te d o n L u is . — I n ­
g l a t e r r a y H o la n d a e \'ije n el r e s t a b le c im ie n to d e la p a z : t r a t a d o s e c r e to d e V ie n a e n tr e F r a n c ia y A u s íria : in d ig n a c ió n
d e los r e y i s do E a p ñ a : M o n te m a r n o a c ce d e e l a r m is tic io y tie n e q u e r e tir a r s e d e M a n tu a p e rs e g u id o : F e lip e y d o n
C a rlo s se ¡ulhinreti ñ s u p e e n r á lo s p r e l i m i n a r e s . — C h o q u e s c o n la c ó rte d e T o r tu g a ! : p ie r d e e s ta la c o lo n ia d el S a ­
c r a m e n t o . — L os r e y e s d e E s p a ñ a e lu d e n la e v a c u a c ió n d e P a r m o , y se p r e p a r a n á r e n o v a r la g u e r r a , — M u e rte d e P a -
tiiio : s u c a rá c te r y a d m in is tr a c ió n .

A los pocos meses de haber trasladado la córte á Sevilla, vió la rein a con dolor que nada
había conseguido, p u e s , gastado el efecto de las prim eras impresiones, la melancolía volvió
á apoderarse del ánimo de Felipe. Estuvo temiendo o tra vez una nueva tentativa de abdica-
cacion, hasta que, ideando algún medio de aseg u rar su tranquilidad se le ocurrió que seria el
mas eficaz despertar el instinto belicoso del re y , única fibra que aparecía siempre viva en
su corazon. Este fue el.origen de la espedicion de O ran.
Em prendidos los preparativos con el mismo calor y la misma reserva que en la dirijida
contra los moros sitiadores de Ceuta, alarmó también á todas las naciones, particularm ente
al e m p erad o r, que reforzó desde luego su ejército de Italia y acudió á las cortes de Francia
é In g laterra recordándoles la g arantía que le habían ofrecido. Se aum entó la alarm a cuando
se vió al jefe de la escuadra que se hallaba en la aguas de Génova recojér los dos millones
de pesos que España tenia depositados en el banco de S. Jorje; y no salieron de su ansiedad
hasta que se supo que la licencia ó conformidad pedida al papa p ara im poner contribución
á los bienes eclesiásticos espresaba el objeto , que era « p a ra com batir contra los infieles. »
Nadie dudó ya que España preparaba un golpe de mano contra O ran, poseída por los moros
desde 1708.
La escuadra se equipó en A licante: componíase de doce navios de lín ea, dos fragatas,
dos bom bardas, siete g a le ra s , diez y ocho galeotas de remo y otros veinte y dos barcos de
poca cala, á propósito para aproxim ar á tie rra sus fuegos. E n las fustas de trasp o rte iban
tre in ta mil hom bres á las órdenes del conde de M ontem ar, llevando por segundos á los
m arqueses de Santa C ru z , Y iliad arias, Yaldecañas y L a-M in a. Desembarcaron el 29 de
junio de 1732, y tres diás despues, habiendo derrotado álos m oros, dirigidos por el famoso
duque de R ip erd á, cayeron en poder de nuestros soldados la plaza de O ran y la de M azal-
q u iv ir , que se sostiene á, sil am paro. Un g ran tre n de artillería fué el inmediato ó único

( i ) R e c o r d a r e m o s q u e c u a n d o so e n ta b l a r o n e s ta s g e s tio n e s h a b ía e n tr e la c o ro n a d e E s p a ñ a y el d e s p u é s m e m o r a b le
C i r io s Ú I , e l p r in c ip e d e A u s tria d o n L u is y lo a in f a n t e s d o n F e lip e P e d r o G a b r ie l, q u e m u rió e n 1 7 1 0 , y d o n F e r n a n d o .
186 H IST O R IA P E ESPA Ñ A .

ruto de esla conquista, pues apenas se repararon las fortificaciones, regresó la espedicion
lejando al m arqués de Santa Cruz con ocho mil hombres p ara su custodia.

lira necesario buscar o tra ocasion de entretener la pasión belicosa de F e lip e , y la reina
la buscó afanosa en los resentim ientos que sobrevivieron á la últim a reconciliación con la
córte de Viena. El em perador, que no deseaba menos u n ro m p im ien to , principió por sus­
citar cuestión sobre la forma con que se había prestado hom enaje en Toscana al príncipe
esp añ o l, y el resuliado de la disputa que se orijinó fué acudir á la decisión de la In g laterra,
como potencia m ediadora, sin que ninguna de am bas partes quedase satisfecha de las es­
p iraciones que obtuvieron.
La córte española estaba menos predispuesta á aceplarlas, porque hacia algún tiempo
q u e , habiendo renacido las querellas con motivo de los privilegios concedidos al comercio
británico, observaba cierta tendencia en la G rao B retaña á un a alianza con el A ustria; ten­
dencia que se aum entó con el establecim iento de la C om pam a de F ilip in a s , contra cuyos
privilegios levantaron á un tiempo su voz !a In g laterra y la Holanda.
La reina Isabel no se inquietó por sus quejas, porque en su interior deseaba la ocasion de
una nueva g u erra, al térm ino de la cual veia condiciones mas ventajosas que las que hahia
obtenido en el último tratado. U na escuadra b rillan te, un ejército de ochenta mil hombres,
reanim ado con los recientes laureles cojidos en las playas de A frica, y un estado próspero en
la hacienda, debido todo á la entendida y patriótica administración de Patino, eran p ara ella
prenda segura del triunfo. Un obsláculo tenia que vencer, y era la firme resolución de Fleury
de conservar la paz á E u ro p a , p o rq u e , sin el apoyo de la F rancia, España no-haria mas
que provocar una nueva coalicion de las naciones.
P ero en vano trató de, escitar la ambición personal del cardenal-m inistro; en vano
procuró fascinarle con la gloria de la F ran cia, interesada en esten d e rsu s fronteras hácia
la A lem ania; inútil fué que le instase á protejer á los que alegaban derechos á la sucesión
austríaca : todos sus ardides y halagos se estrellaron contra la firmeza de aquel sensato
m inistro. Desesperando de atra erlo , buscaba ya Isabel la ay uda que precisaba en el rey de
C erd ena, heredero de la ambición y de los talentos de sus an tepasados, cuando sobrevino
SEGUNDO BÜINADO D E F E L IP E V . 387
un acontecimiento que precipitó á su pesar á la F rancia á una alianza"con. España.: la
m uerte de Federico A ug u sto , rey de Polonia y elector d e la S a jo n ia ,e l 1.° de febrero de 1733.
E ra un suceso que estaban hacia tiempo tem iendo unas y deseando otras de las cortes de
E uropa. Recordaremos que la batalla de P uttaw a, en que quedó derrotado el rey de Suecia,
Carlos X II, dió el trono de la Polonia al protegido de la Rusia, Augusto, en perjuicio de E sta­
nislao , á quien favorecía su hijo político el rey de Francia. La m uerte sorprendió á aquel
en los momentos en que se ocupaba de asegurar á su hijo la herencia de su corona y anun­
ció al pretendiente llegada la hora que esperaba con impaciencia. E stanislao, en efecto,
cruza como una exhalación la A lem an ia, se presenta de improviso en Varsovia y u n a dieta
de sus parciales, congregada en el prim er efecto de la sorpresa en las llanuras de Y o la , le
nom bra soberano de la Polonia por aclamación ( í ). Pero su competidor se habia arrojado
en brazos del em p erad o r, pidiendo su am paro; este consigue fácilmente laay u d a del Czar;
y cuando apenas habia asentado Estanislao la corona en su cabeza, un ejército austro-rnso se
la arrebata, y á [asom bra de sus bayonetas se reúne en Yarsovia otra dieta q te e lije á Au­
g u sto, duque de S ajo n ia, tam bién por aclamación.
La Francia vio en la invasión de la Polonia un ataque á su influencia y un desprecio de
su poder, que era precisam ente lo que los reyes de España apetecían p ara arrancarla de su
inmoble posícion.

líl D uque, de M ontcm ar.

Cuando com unicaron á Felipe la noticia de la m uerte de A ugusto, como si un rayo de


esperanza iluminase súbitam ente el horizonte que la hipocondría tendia ante su vista, saltó
de la cama eu que pasaba recostado la mayor p arte del d ia , llamó á sus m inistros, dictó va­
rios preparativos de g u erra y se enteró m enudam ente del estado en que se hallaban los n e­
gocios este rio re s, que habia ya perdido de vista. La reina no vió sin una alegría mezclada
de p esar este cambio rep e n tin o , p o rq u e, si dem ostraba alejarse la idea de la abdicación,
tam bién le hacía tem er se le cercenase el poder qoe hacia algún tiempo ejercía sin contra­
dicción ni dependencia, como suprem a y absoluta soberana. Solo así habia podido combatir
las intrigas de la córte de Portugal y otras mas ó menos interesadas que preferirían ver el
cetro español en las manos juveniles del príncipe don F e rn a n d o , antes que en las del hipo­
condriaco Felipe ó las de su ambiciosa consorte.
.'.A. fin de. conjurar estos peligros y de aprovechar el nuevo aspecto que tomaban los
asuntos generales dé E uro p a, estableció la reina éntre el príncipe de A sturias y' su padre
(t) P erm ítasenos a d v e n ir q u e la corona do aquel reino eraelectiyíL '
tom o iv . SI
388 HiSTOflIA DE ESPAÑA,
ciertas reglas de tratam iento y visita que debían corlar el trato íam iliar en que hasta en­
tonces vivieran ; resucitó Ja antigua etiqueta española, que m antenía á los grandes y á los
m inistros eslra n je ro sá cierta distancia respetuosa del trono; sacó la córte de Sevilla á p ro ­
testo de que el aire húmedo de su atm ósfera dañaba la salud de su augusto esposo; y para
aislarle m ejor, lo trasladó á San Ildefonso, donde no podría dar u n paso de que ella no tu ­
viese anticipado y cabal conocimiento.
Asi tranquila sobre su p o d er, esciió vivam ente á F len ry á rom per las hostilidades,
ofreciéndole todo e! apoyo de las fuerzas de España. Resistíase todavía ei cardenal á turbar
la paz de E uropa, que había sido su constante m ira; pero , como su soberano veía una ofen­
sa personal en la aposicion hecha al padre de su esposa por las potencias del n o rte, le fue
preciso ceder y consentir en que resonase o tra vez el clarín guerrero de la Francia. Ajustada
con este objeto lá triple alianza g alo -h isp an o -sard a ( 1 ) , se dio conocimiento á la In g laterra
por medio del em bajador español el conde de M ontijo, y te hizo la declaración de g u erra al
A ustria fundada en una larga esposicion de las quejas que cada una de las tres potencias
tenia contra ella.
Pronto un ejército francés de cien rail hombres se dirijió al Rhin á las órdenes del m aris­
cal B erw ick, y otro conducido por Yiliars, atravesólos Alpes p ara unirse al rey deCerdefm,
que le esperaba al frente de diez y odio mil hombres. España tampoco lardó en presentar
delante de G énovauna escuadra de veinte navios d elin ea conduciendo diez y seis mil infan­
tes q u e, con cinco mil caballos encaminados por los Pirineos á em barcarse en A ntibes, de­
bían operar bajo la dirección del conde de M ontemar.
Berwick habiendo ocupado sin oposicion el ducado de L orena, atravesó el Ithin y, re n ­
dida la plaza de K ehl, se internó en el circulo de la Suabia. La toma de T revcns y T raer-
back (1734) le hizo dueño del pais que baña el Mosela. El príncipe E u g e n io , mandando un
ejército inferior en núm ero é indisciplinado, á causa de las rivalidades de los generales su ­
balternos, no pudo cortar su m archa victoriosa.
Yiliars y el rey de Cerdeña penetraron en el Milanesado y sin encontrar obstáculo capaz
de detenerles, fueron apoderándose de las plazas principales, P avía, M ilán, Cremona y
otras, hasta llegar á la vista de M antua. Las dificultades que sobrevinieron con las o p era­
ciones particulares de los españoles paralizaron sus movimientos.
Tan luego como desembarcaron estos, se dirijieron á Toscana y asentaron sus reales en
Siena. E l infante don Carlos, después de declararse de m ayor edad y tom ar las riendas del
ducado de P arm a, se presentó en el cam pam ento, y se puso al frente de las tropas (febrero
de 1734) en virtud del nom bram iento de generalísim o asociado á M ontem ar, que le enviaron
los reyes sus padres. No dejaba de ser estraño que este prínci p e , no habiendo recibido perso­
nalm ente ofensas del A ustria, tomase sem ejante ac titu d ; pero este m isterio se aclaró muy
pronto. Cuando el ejército galo-sardo esperaba que los españoles se le uniesen p ara contri­
buir á la ocupacion del Milanesado, don Carlos levantó sus cuarteles, dejó el estado deM ó-
dena y , obtenido el permiso de la córte de Rom a, cruzólos estados de la Ig lesia, dírijiéndose
en opuesta via á las fronteras de Nápoles.
El dominio de los alem anes se bahía hecho allí odioso por sus escesos, que reanim aron
los restos del antiguo partido español, de quien se recibieron en Madrid diversas oscitacio­
nes p ara em prender la reconquista. Asi, á ¡allegada de los espedícionarios frente á San An­
gelo de Roca-Canina, se vió el reino de Nápoles inundado por dos manifiestos en nom bre del
rey de España y del infante don Carlos. Aquel declaraba que la invasión de sus ejércitos no
tenía otro objeto que lib ertar del duro yugo de los austríacos al pueblo napolitano, á quien
se prom etía dar ensanche á sus lib e rtad e s, aboliendo desde luego los impuestos establecidos
por sus tiranos; y el segundo confirmaba estas prom esas, asegurando que ningún tribunal nue­
vo, civ il, eclesiástico ó de cualquiera clase, sucedería k la restauración del señorío de Espa­
ña, garantía indispensable para atraerse á los napolitanos, que recelaban ver im portada por
los españoles la inquisición. Con tan alhagüeños ofrecimientos nada fallaba sino la división
que se produjo entre los generales del em perador, ya escaso de fuerzas que oponer, para
que todo el reino se manifestase propenso á cam biar de dueño.
Fácil fué á los españoles forzar el paso de S. A ngelo, rechazando al enemigo á la s dofe
plazas fuertes de Capua y G a e ta , donde se había propuesto so sten erse; pero don C árlos, de-
( 1 ) F u é c l últim o acto político en qua represento á E spaña el m a rq u é s d e C a s te la r , iLwa D ailu sa r T a im o , h erm an o
del m in is tro , que m u rió en T a ris el lí> de o ctu b re de 173o,
segundo rein ad o de fe lite v. 38ET
jando encomendada su rendición á una de sus divisiones, se lanzó con el Testo sobre Ñ i­
póles, que solo tenia una guarnición desmoralizada de mil quinientos hom bres que
oponerle. E n efecto la ciudad, ya alarm ada con !a presentación de la fuerle escuadra del
conde de Clavijo, que habia ocupado entretanto las islas de Ischia y P ró c id a, obligó al vir­
rey im perial Yisconli á retira rse á Roma y envió hasta A verna una diputación á ofrecer sus
llaves á don C arlos, que fué victoreado con el mismo entusiasmo con que hacia trein ta
años se .habia proclamado al em perador. El pueblo, ocupado en lam entar sus m alespresentes,·
pierde con facilidad la m em oria de los pasados. Trescientos hombres bastaron p ara tom ar
posesion de la ciudad de N ápoles, en la cual hizo u ta en trad a triunfal don Carlos el 10 de
m a y o , declarándose en seguida rey de las Dos—Sicilías por u n simple decreto de su padre
bien que confirmando las prom esas hechas en las prim eras proclamas.
M ontemar se dirigió entonces sin cuidarse de C apua, Pescara y G aela, que quedaban a
su espalda todavía en poder del enem igo, conlra el cuerpo mas considerable, que era
el que habia situado Yisconli en la ventajosa posicion de M o n to : y aunque lo halló
reforzado hasta el número de quince mil hombres y atrincherado y él solo podia disponer de
doce m il, lo arrem etió con brio, ayudado p o re lm a rq u é sd e M a c e d a y lo derrotó completa­
mente. Casi toda la infantería austríaca se refugió en la ciudad, y allí cayó prisio n era; ¡a
caballería fué acuchillada m en u d am e n te; de modo que la d erro ta no pudo ser mas completa.
El fruto de esal'am osa batalla fue la rendición de las plazas que habia dejado á la espalda,
menos C a p u a, cuya en tre g a pudo re ta rd a r el heroísmo del general austríaco Traun. hasta,
noviem bre. El nuevo rey de N ápoles agradeció al vencedor nn servicio que le aseguraba la
corona, dándole el título de duque d e í ito n to , una ren ta anual de catorce mil ducados y el
gobierno perpetuo de Castel-Nuovo. F elipe adem ás añadió al titulo de duque deB itonto el
de M ontemar y lo elevó á la grandeza de E spaña de prim era clase. Todo parecía entonces
poco para recom pensar la realización de un pensam iento que tanto habia escitado la ambi­
ción de Isabel Farnesio. E n el teatro de la batalla se elevó un m onnm ento p ara p erp etu ar
la m emoria del ilustre general.
Apenas llegaron los refuerzos que España en’vió á M ontemar, partió á Siciliacon el nom­
bram iento de virrey en agosto, y el 27 de julio del año siguiente ( 1735) la rendición de T rá -
pani puso fin á la fácil conquista de toda la isla. Don Carlos, que habia aportado tam bién
á ella en enero, al observar la tendencia pacífica de los aliados, con ánimo de co n sag rarla
conquista por medio actos solem n es, se hizo coronar también en Palerm o el dia 3 de julio
con grande pompa. U n solo req u isito fallaba á su investidura, y era la aprobación usual
del papa q u e, según el sistem a tradicional d é la silla apostólica, perm aneció n eu tral, sin
acceder á las solicitudes de don Carlos, pero sin adm itir tam bién el tributo acostum brado de
la hacanea y el bolsillo de dinero que le envió el em perador.
La desgracia de los im periales era igual en el norte de Italia. El rey de C erdeña, viendo
q u e s e ría ocioso esperar la cooperacion de ios españoles, tan em peñados en la conquista de
Nápoles como él lo estaba en la ocupacion de la Lom bardía, continuó las operaciones que
tan felizmente habia principiado. El m as animoso de los generales austríacos, M ercy, quiso
contenerle penetrando en el pais que está al m edio-dia del P ó; pero no consiguió sino per­
der gloriosam ente la vida en la sangrienta batalla de Parm a (1 7 3 4 ) que costó al imperio
diez mil hom bres e n tre m uertos y prisioneros. El anciano conde de Schom berg, que corrió
á salvar las reliquias de aquéllos valientes batallones, intentó también en vano p asar el Pó,
v al fin de la cam paña, hum illado en la para él costosa jornada G uatalla, vió reducido el
dominio de sus arm as al territorio de O rh itello , M irandola y M ántua.
Entonces fué cu a n d o , com pletam ente sometido á don Carlos el reino de N ápoles, pasó
íi incorporarse al ejército galo-sardo el vencedor de Bitonto con veinte mil hom bres (1733).
Su fama rindió á O rhitello, hizo retira r á los alemanes al pais de Treuto y le abrió el paso
hasta las m urallas de M á n tu a , la cabeza d é la Lom bardía, que se vió cercada de cañones.
E ra en estos momentos cuando el ilustre Bevwick p erd ía la vida rindiendo á Philisbourg
y abriendo á sus tropas victoriosas las p u ertas de la Alemania.
De m anera que todo p resentaba entonces un aciago aspecto al e m p e ra d o r: Nápoles en
poder de los españoles; la Lom bardía som etida al rey de C erd eñ a; la Lorena incorporada á
la F ra n c ia ; el sucesor do B erw ick, el m arqués de Asfeld, amenazando el corazon de la Ale­
m ania; M onlemar preparándose á ejecutar u n desembarco en T rieste y llevar sus arm as
victoriosas basta las p u ertas de la misma Yiena.
39.0 ' HISÍOIUA DE ESPAÑA.
E n medio de tan siniestro horizonte uti rayo de luz ilum inó casual y m om entáneam ente
su esperanza. Habiendo sido asesinados en Roma algunos de los agentes que España
m andaba á reclutar g en te y estallado en Y elletri 5 otros puntos conmociones populares
contra las exacciones de los españoles, á quienes echaban en cara la perfidia con que habia
llamado á sus p u e rta s , Felipe y su hijo Carlos pidieron satisfacción al papa. No habiendo
obtenido sino disculpas ev a siv as, que hacían sospechar cierto género de com plicidad, el rey
de Ñapóles despidió al nuncio apostólico, llamó á su em bajador y ordenó que le siguiesen
todos sus súbditos residentes en los estados pontificios. La córte de M adrid tomó iguales
resoluciones, cerró el tribunal de la R o ta , prohibió la en tra d a en E spaña al nuncio electo,
que se hallaba en cam ino, y suspendió el pago de los tributos que se enviaban á Roma.
E ntretanto los soldados españoles arrojados de Y elletri volvieron con m ayores fuerzas,
p rendieron á los que les fueron designados como autores de la conm ocion, alzaron horcas en
los mercados é im pusieron á toda la ciudad una m ulta ó castigo de ocho mil escudos. En
O stia y P alestrina exacciones sem ejantes acom pañaron íi otros escesos de la misma natu­
raleza. El papa no llevó mas adelante su resisten c ia: dió la satisfacción que se le habia pe­
dido , y , no bastando ya esto para reconciliarse con los reyes de E sp añ a, fué indispensable
qu e enviase el capelo de cardenal del orden de diáconos ( 1 0 de diciem bre) al infante don
Luis A ntonio, que solo contaba diez años de e d a d , concediéndole adem ás la pingüe admi­
nistración del arzobispado de Toledo. A estas dignidades, que se ocurrió k Isabel Farnesio
exijir para su h ijo , se añadió el título de Alteza real em inentísima.

Soldado de las reales Guardias españolas*

Pero al mismo tiempo que estas esperanzas huian de la mente del em p erad o r, pene­
traban otras mas racionales. La In g laterra habia visto impasible á las tres potencias acudir
a la& arm as, correr al campo de batalla, y aun tal vez no le fueron desagradables las d er­
rotas dé los im periales. Pero , no conviniéndole que el imperio desapareciese porque daria.
..una preponderancia invencible a la Francia ó á España, cuando los tres ejércitos combinados
pusieron las puntas de sus bayonetas al corazon de la A lem ania, las potencias m a rítim as,:
la G ran B retaña y la H olanda, declararonc[u.e los em peños contraidos con el em p erad o r'
SEGUNDO REINADO BE FELIPE V. 39l
«les obligarían á rom per abiertam ente contra la F rancia y la España en ambos mundos sí
prontam ente no convenían en una paz general (1 ).» No tanto porque am edrentasen á F leu ry
estas am enazas, cuanto porque su carácter y su políticapropendian á la p a z , mandó hacer
alto á sus ejércitos y que se estorbase la rendición de M ántua, sitiada hacia meses por los
españoles, no enviándoles la artillería indispensable para batirla. La F rancia tenia cojida la
L orena, objeto codiciado por sus reyes dos siglos hacia; el de Cerdeña ocupaba la Lom—
b a rd ía , no menos codiciada; y todos tem ían q u e , un a vez escita la conocida ambición de
los reyes de E spaña, nada bastase á satisfacerla.
El em perador conocía estas pasiones que abrigaban los coligados, y así fué que tan pronto
como la F ran cia, no queriendo negociar po r la mediación de las potencias m arítim as, se
dirijió secretam ente á é l , no vaciló en acojer sus proposiciones. El 3 de octubre se firm aron
en Viena los prelim inares de la paz general, cuyo tenor era el siguiente : «1.° El rey E sta­
nislao dejará el trono de Polonia al rey A ugusto ; conservará el título de re y , sus bienes y
los de la reina su esposa, y será puesto en posesion del ducado de Bar con el de Lorena y sus
dependencias para gozarlos durante su vida, despues de la cual quedarán unidos á la corona
de F ra n c ia , aunque sin voz ni voto en la dieta del im perio. — 2 0 El G ran ducado de T o s-
cana, despues de los días de Juan Gastón de Médicis, pertenecerá p erpetuam ente á la
casa de L orena para indem nizarla de los ducados que actualm ente posee.— 3.° Los Teínas
de Nápoles y Sicilia y los puertos de Siena y Longone quedarán para el infante D. Carlos
y sucesores, renunciando sus pretensiones á P arm a y Toscana. — 4.° El ducado de P arm a
y P lasetieiaserá cedido al em perador p ara reunirlo con el de Milán, á condiciun de uo p re­
tender jam ás del papa la desmem bración de Roncillon y C astro .— 5.° Se .darán al rey-
de Cerdeña los territorios de Tesiho y los feudos de la L onga, el N ovares, el T ortones ó
Yigevanasco.— La F raneia y dem ás contratantes garantizarán la pragm álica sanción de
17 1 2 (2).«
Cuando se dió á conocer á los reyes de E spaña este tratado p ara que le prestasen su
aceptación, llegó su indignación al colm o, porque el parentesco les daha derecho á espe­
r a r que se hubiese contado cou ellos y sobre todo porque la única recom pensa qu e se con­
cedía á sus sacrificios, y no en ventaja de sus propios dominios, era la p erm u ta de los
ducados de Parm a y Toscana con el reino de las D os-S icilias, sin duda m as sujeto á las
eventualidades políticas. «El gobierno de a q u í, decia K eene en un a carta al duque de
N ewcastle (21 de noviem bre) ha pagado dos m illones, quinientos mil duros á cuenta de
subsidios á los franceses, que han pedido tam bién la m itad de lo que se debia de dar á
Suecia m ediante el último tratad o . Envió adem ás sin interrupción cada mes seiscientos
mil duros á Italia, y á pesar de todo esto, se hallaba en posicion de poder sostener la
g u e rra todavía dos años, lo cual hubiese hecho á no haberla abandonado.» Todas estas con­
sideraciones dictaron las claras reconvenciones con que Felipe acusó á su sobrino, el rey
de Francia (7 de enero de 1738), el recibo de los prelim inares. «El em bajador de Y. JL , le
d ijo , me há entregado su carta del 29 de noviem bre, la cual me inform a de que V. M. está
persuadido de que ha tenido m otivos poderosos para aju sta r, sin participación m ia y en
los momentos mismos en que acabábam os de conseguir señaladas ventajas, un tratado par­
ticular con el em perador. Mi am or á la persona de Y. M. y mi afan porque se conserve
ileso el honor de la nación francesa no m e dejan exam inar estos motivos. Solo, s í, creo
que deben ser de naturaleza muy g ra v e , puesto que, según las consecuencias, llevan ven­
tajas á los que en todos tiempos han nacido de nuestra íntim a unión de fam ilia, de mi
deseo personal de buena arm onía y de mi ciega deferencia á los deseos é inlancias que
V. M. me ha repetido con frecuencia en sus cartas. Sin em bargo, me lisonjeo con la espe­
ranza de que los compromisos contraidos por V. M. no llegarán h asta el grado de abando­
n ar á mí hijo el rey de N ápoles, dejando que sea presa de la ambición del enemigo y
poniendo mis tropas á sus órdenes. Espero esto por lo menos del invariable aféelo qué pro­
feso á V. M. » F leury se escusaba, no siu alguna razón, de no haber dado participación en
las negociaciones á los reyes de E spaña con su insaciable ambición y su carácter inquieto,·
que las hubiera estorbado ó combatido en perjuicio de la paz general.
En efecto, á pesar de que no podían contar ya con sus aliados y de que las potencias

n ) Oj'liz'.
'{i)· O l'N Í.
392 H IST O B IA DE ESPA Ñ A .
maríLimas am enazaban con preparativos hostiles, no quisieron ratificar los prelim inares y
pensaron en continuar por sí sotos la guerra.
E sta resolución puso en grande ap re tu ra á sus tropas de Italia. En lauto que la Francia
alcanzaba el consentimiento de las cortes de M adrid y T urin á su tratado de V ien a, se h a­
bía estipulado un armisticio de todos los ejército s, en que no quiso convenir el esforzado·
M ontemar sin una orden espresa de su soberano. Le dolia tener que deshojar con sus pro­
pias m a n o s , ó dejarlos m a rc h ita r, sus laureles de Bitonlo. Conservó sus posiciones y su
adem an hostil hasta q u e , viendo la imposibilidad de sostenerse solo y diseminadas sus
fuerzas en una grande cslension de terreno , mezcladas con las de los coligados, en vísperas
de convertirse en enemigos, abandonó el ducado de M antua y traspuso el Po p ara internarse
en los estados de la Ig lesia, cuya neutralidad esperaba respetase el enemigo. No sucedió
a s í : hallándose en Bolonia muy tranquilo recibiendo los obsequios de las principales fami­
lias de la ciudad, penetró en ella una p artida de húsares alemanes que le puso en riesgo
de caer prisionero. A presuró su retirada áT oscana; pero seguido tan de cerca, fue dejando
en poder del enemigo los heridos, y equipajes, y no se vió libre de su alcance sino accediendo
á las encarecidas instancias de Noailles para que se conformase con la treg u a á fin de salvar
sus tropas y no perder en u n a retirada inevuable sus brillan les conquistas.
Perdida esta esperanza , el infante don Carlos aceptó como rey de Nápole.s los prelim i­
nares el 1 .“ de m a y o , y los reyes de E spaña, alarm ados ademas con la presencia de un a
escuadra inglesa en sus co sía s, se conformaron en seguida tam bién.
D urante el curso de todos estos acontecim ientos acaecieron otros e n tre E spaña y P o r­
tugal que pudieron hacer mucho mas complicada y espinosa su solucion. Los criados del
em bajador de la córte de S. M. F . en M adrid dieron asilo en su casa á un m alhechor perse­
guido por la justicia (1 7 3 -í); y aunque e sta lo reclamó, t'ué preciso apelar á la fuerza para
prenderlo. El m onarca portugués Juan I, que oslaba ligado á la casa de A ustria por los vín­
culos del m atrim onio y abrigaba á la familia de Borbon un odio que no habian embotado los
enlaces en tre los herederos de ambas coronas, no quiso ver en la víolacion de la casa del
em bajador sino un insulto á su pabellón, y lo vengó llevando á la cárcel pública á diez y
nueve criados de la em bajada española en Lisboa. Las quejas y reclamaciones que este aten­
tado orijinó produjeron la retirad a de ambos m inistros y p reparativos do g u erra por am bas
p a r te s , que cortó la mediación de la In g laterra v ía Francia.
Q uedaron em pero resentidos los reyes de E sp a ñ a , y buscaron p ara vengarse el medio
mas hábil, que era cubrirse con la justicia. Los portugueses habian establecido en América,
en la orilla izquierda del río de la P la ta , pero en terreno propio de S. M. C. la colonia de!
Sacramento. Felipe mandó sijilosamente recu p erar aquel te rren o , y aunque los p o rtu ­
gueses clamaron despojo y violencia, la Francia y la In g la te rra , que m ediaron también
en este a lte rc a d o , no pudieron menos de reconocer el señorío de España en el tratado de
P arís.
Tuvo con eslo prelesto suficiente la córte de M adrid p ara entorpecer el cum plimiento
de los prelim inares de V iena, que le habian sido im puestos por F lctiry. Resistíase fu e rte ­
m ente Isabel Farnesio á abandonar á Parm a y Plasencia en favor del duque de Lorena;
pero como la F rancia no quisiese intervenir en la cuestión de las sucesiones según los tra­
tados an terio res, á que apelaba E sp añ a , y como las potencias m arítim as instasen por la
evacuación , los reyes C atólicos, á fin de reta rd a rla , alegaron derechos á los bienes alodia­
les del último duque.
Estallando entonces la g u e rra entre la R usia y la T u rq u ía , que obligó á las tropas im­
periales á abandonar la I ta l ia , revivieron sus esp eran zas; y ya se ocupaban calorosam ente
de acum ular fuerzas y recursos, cuando ocurrió en mal h ora p a ra ellos y p ara España la
m uerte del m inistro Patino (3 de noviem bre).
Había recibido este célebre hom bre de Estado su p rim era educación de los jesuilas , á la
cual debió quizá lo que de astuto tenía para conducir sus miras sin que fuesen de nadie
apercibidas. F leury solía decir de él que se esplicaba como escrib ía, en cifra y enigm áti­
cam ente. Se distinguía por una grande claridad de enten d im ien to , dote á que debía la
vasta y sólida instrucción que adquirió en todos los ramos de la adm inistración pública. La
dulzura que manifestaba en su sem blante no perjudicaba en nada á. su firm eza; era un a flor
con las raices en un peñasco. F ué uno de los hom bres á quienes acercó al poder el instinto
afortunado de Alberoni, de quien llegó á ser confidente, consejero y ausiliar. Así pudo hacerse
SEGUNDO UElNADO DE FELIPE V . 393
conocer délos reyes y adquirir bastante su aprecio para que a l a ca id a d eR ip erd á sé le nom ­
brase heredero de sus funciones en com pañía del marqués de la Paz. La m uerte de este le
dejó dueño tan absoluto del poder cuanto podía serlo el ministro de un rey suspicaz y de una
reina que no tenía apego sino á su s planes de un engrandecimiento personal.
La idea á q u e se consagró con mas em peño, y que al parecer constituía la base de su plan
adm inistrativo, fué el desarrollo del comercio con nuestras posesiones de ultram ar. Estable­
ció un sistem a de relaciones, que debía de dar por resultado el alejar de América á los e s-
tra n je ro s, obligándoles á pagar á E spaña el tributo dei monopolio. D urante la alianza con
el A u stria , cuando, forzada esta á disolver la Compañía de Ostende , se trató de llevarla á
T rieste, Patiño trazó un plan.para que fuese Cádiz el centro del comercio de todas las na­
ciones europeas con ambas ludias. Con este objeto creó la llamada Compañía de Guipúzcoa,
que tenia obligación de presentar cada año dos navios de cu a ren taá cincuenta cañones cada
uno p ara hacer con toda seguridad los trasportes. Alentado por el buen éxito de este pri­
mer ensayo, llevó á efecto la organización de o tra com pañía para el comercio con las Indias
orientales, á la que se dió, según dejamos dicho, el nombre de F ilip in a s . Y á esta se le conce­
dió entre otros , el privilegio que los reyes anteriores habían negado á las dem ás, por no
enajenar la mas pequeña parle de su soberanía, de form ar establecim ientos m ilitares allí
donde conviniese establecer factorías ó colonias.
A fin de dar seguridad al tráfico y previendo que aquellas posesiones serian mas ó me­
nos ta r d e , en cualquiera ocasion acometidas, dedicó Palillo los m ayores esfuerzos al fomento
de la m arina, a Lo domina á tal punto esta idea, decía K eeue á su córte en 1728 , que ni
los subsidios pagados al em perador, ni la m iseria de las tropas esp añ o las, ni las escaseces
de la servidum bre real y de los tribunales pueden apartarlo de ella. Tiene el tesoro á su
disposición, y todo el dinero que no va á Italia para realizar los planes de la reina, se aplica
á la construcción de buques. Sostiénese con el rey halagándolo con la esperanza de que será
poderoso en los m ares y se h ará independiente de todas las demas naciones, y con la reina,
prohijando sus proyectos p a rtic u la re s.» A íin de no d esp ertar los celos de las potencias
m arítim as «sus buques, anadia, se construyen y equipan en diferentes puertos p ara que
solo puedan zarpar dos ó tres á un tiempo sin que nadie los note ni llamen la atención de
E uropa. Los tres navios que salieron recientem ente p ara las Indias Occidentales son un
, ejemplo p aten te de este modo de o b r a r : se hizo cundir el rum or de que iban á cruzar el Me­
diterráneo y se les dió víveres para una espedicion de esta n atu ra lez a; pero apenas llegaron
á cierta la titu d , se ab rié ro n las instrucciones, y contenían órdenes term inantes p ara que
hiciesen rum bo á A m érica, tocando en las islas Canarias á fin de tom ar provisiones.»
Dejó en efecto la m arina en un estado p ró sp e ro , y , si no hizo m as, fue porque tenia á
menudo que luchar con el carácter de los reyes. Colocado en tre un m onarca suspicaz á
quien era preciso lisonjear, y una reina ambiciosa á quien era forzoso co n ten tar, jam ás pudo
llevar á cabo con desahogo un pensam iento. Cuando m editaba p lantear economías ó favore­
cer al com ercio, se le llamaba para ensayar uoa in triga ó em prender un a g u erra. Seria ne­
cesario acusarle de hauerse prestado en dem asía á la tu rb u len ta codicia de la reina.
Sin em bargo, Felipe, acaso p o re stra u a s influencias secretas, enemigas d é la prosperidad
de España, le fué retirando su afecto, hasta el punto de que solo debiese la perm anencia en
el gobierno al apoyo d é la reina, que hallaba en el cuanto n ec esitab a: docilidad y capacidad
p ara llevar hábilm ente á ejecución sus proyectos. No se le confirió la grandeza de España
h astaq u e se le vió con el pié en el borde del sepulcro, y p o r eso esclamó con cierta am ar­
g u ra al enviarle esta noticia como u n consuelo : a El rey me da el sombrero cuando no tengo
y a cabeza en que p o n e rlo .»
Aceleró su m uerte la desmedida fatiga que soportaba á. los setenta años de edad, y murió
tributando á su patria los postreros momentos de su inteligencia. Poco antes de fallecer en­
vió al rey con los papeles secretos su parecer sobre el estado de todos los negocios pendien­
tes , dictado con la misma claridad que en el apojeo de su vida. No avivó este celo el afecto
de F e lip e , que recibió la noticia de su m uerte con la m ayor indiferencia. No obstante y tal
vez por respeto al sentim iento público y por vanidad réjia, se le hizo un suntuoso entierro
á costa del tesoro. E n vida se le m a lq u ería , y m uerto se m andaban rezar diez mil misas
por su alma.
Se le ha llamado el Colbert español, y aunque sus hechos no basten á justificar esta
com paración, las circunstancias que sucedieron á su m uerte vinieron á confirmar la opinion
395 H IST O R IA D E ESPA Ñ A .

de uno de sus rivales, el ministro inglés W a lp o le : «que la pérdida d eP aliñ o era.irreparablc


p ara España » (1 ). .

CAPITULO XLIII.
1737.— 1741.

M inisterio ele C u a d ra y M om em ar,— E spaña so adhiere ñ su p esar hI tra ta d o definitivo de paz con e¡ A u stria. — D isputas
con la In g la te rra sobro el derecho de tits-tía y los tra ta d o s com ercia les, q u e p ro d u cen la d eclaració n de g u e r /a : h o sti­
lidades de los corsarios españoles : espedicionos desgraciadas do V crnon t A nson y W edw orlh d la A m erica esp añ o la. —
M uerte do Cñrlus Y[ y advenim iento d e M aría Teresa : F elipo se p resen ta como u n o de los p re te n d ie n te s a la sucesión
de la corona Im perial : espedicion de los esp añ o les á Ita lia . — El iniJiislro C am pillo.

L a m uerte de Patino elevó al gobierno á algunos personajes oscuros elejidos por la docilidad
que los caracterizaba. Don Sebastian de la Cuadra era un antiguo paje de G rim aldo, A quien
este habia hecho en trar en la carrera adm inistrativa con su cam arada O re n d ay n , el m arqués
de la Paz. A la m uerte de su protector ocupaba la plaza de oficial mayor del m inisterio de
E stad o, en que fué á sorprenderle el nom bram iento de prim er m inistro ó presidente. Le
sorprendió realm ente porque era uno de esos hom bres ingénuos qu e reconocen y confiesan
su incapacidad. E ra al mismo tiempo bastante honrado p ara que todo su pensam iento al
en trar en sus nuevas funciones se cifrase en servir sum isa y lealm ente á sus reyes como un
siervo á sus dueños. Tam bién era eso cuanto de él se exijia. El pueblo, que conservó re ­
cuerdos m uy profundos de P atino, al observar tan brusco contraste , solia decir que se le
babiaencargado de hacer llorar su m u e rte .— El m inisterio de Hacienda se encomendó al
m arqués de T orrenueva, uno de los piñones, digámoslo así, que el finado habia formado y
aplicado á l a rueda dentada de su sistem a adm inistrativo, pero cuyo oficio y única asp ira­
ción habia sido comunicar el movimiento que le im prim ía el eje. E ra lo qu e Patino le habia
hecho, u n buen jefe de oficina.— La ca rtera de M arina é Indias se puso en las manos de
don Francisco V argas, que no tenia p ara ello m as títulos que el haber sido agente del
gobierno en la plaza de C ádiz.— En medio de personas tan faltas de prestigio brilló el
nom bre ilustre del duque de M ontem ar, á quien se le reservó el despácho de la G uerra
p ara cuando regresase de Ita lia , como una m uestra de la real conüanza en tanto que no se
ofrecía otra ocasion de utilizar sus talentos m ilitares.
Si la reina hubiese encontrado e n tre los nuevos m inistros un heredero del ingenia
adm inistrativo de P atin o , es de creer que habría llevado á efecto su prim er impulso de
continuar por sí sola la g u erra en I ta lia , á despecho de las potencias aliadas y aun contra
ellas mismas. Pero no halló quien supiese cegar ni evilar siquiera que se ensanchase mas
cada dia la sima del déficit que las guerras habían abierto en el tesoro, y, á su pesar, le fué
forzoso acceder al tratado definitivo que la F rancia y el A ustria habian ajustado (3 de no­
viem bre de 1736) y que el rey de Cerdeña aceptara (3 de enero de 1737). Verificada la
accesión de los reyes de España y Nápoles en abril, obteniendo este el reconocimiento de
su nueva corona y la investidura del p ap a, se retiraro n las tropas de Parm a y Plasencia;
y acabó de consolidarse el tratado cuando la m uerte de Gastón de Médicis (julio) incor­
poró p ara siem pre á la Francia la L orena, pasando á ocupar la Toscana el duque Francisco,
casado recientem ente con la prim ogénita del em perado r, M aría Teresa.
Empero la paz cimentada sobre el vacío de la buena fé debia arru in arse pronto. E n e l
seno de la alianza concertada con la In g la te rra habia abundantes gérm enes de discordia,
que se desarrollaron al calor de un ódio mal apagado en tre ambas naciones, alimentado
por el soplo de encontrados intereses comerciales.
El tráfico d élas producciones de América estaba siendo desde su descubrimiento fecundo
m anantial de envidias y disputas. E sp añ a , en virtud de la célebre bula de Alejandro V I
concedida á.los reyes Católicos, pretendía derecho de propiedad esclusiva sobre aquel conti­
n ente entero. No todas las naciones reconocieron y acataron, sem ejante títuio.de propiedad;;
pero m ientras E spaña ejerció el predominio en- E uropa,.fu e resp etad a.á su pesar. Desde.el.
momento en que la fuerza y el brillo de sus arm as se debilitaron , sobre todo desde qu e la

( t) Ojtiz. 77-Mon.tgon. — líeeno a N trncasllfi y á W alpolc,


SEGUNDO REIN A D O D £ F E L I Í E V. 39S

arm ada Invencible sucumbió sin luchar siquiera, todas, u n a tras o tra , P o rtu g a l, In g la­
te rra , F ra n c ia , H olanda, plantaron allí sus banderas y sns tiendas de com erciantes, tra n s ­
formadas con el tiempo en jigantes compañías de monopolio, У en tre todas las raciones la
que mas se distinguió por su tenacidad en este em peño, mereciendo desde entonces que se
le llamase !a Cartago de los tiempos modernos, fue la In g laterra. ,
El interés político, que produjo la alianza de am bas naciones contra la F rancia bajo
F elipe IV , sofocó las rev ertas que hasta entonces so stu v ieran , y ese mismo interés en el
mísero reinado de Carlos I I fué causa de un tratado en virtud del cual se reconociese
solemnemente la facultad de uavegar y comerciar librem ente en ciertas plazas del Nuevo
M undo, aunque todavía se reservó España el derecho de visita sobre todos los buques y el
de confiscación de los géneros de contrabando que se les hallasen.
Sem ejante articulo no podía dejar de ocasional' frecuentes altercados, y así se hizo luego
necesario otro tratado (1670) que regularizó el comercio de las dos naciones con aquel
continente. Uno de los artículos prohibía á los súbditos de am bas el comerciar en colouias
que no fuesen las suyas propias; pero el incentivo de las grandes ganancias inspiró ardides
que anularon la prohibición, y el interés político vino tam bién á autorizar por medio de un
consentim iento público los tráficos fraudulentos.
El tratado de ULrecht dio otra forma á las relaciones comerciales de la In g laterra con
los dominios españoles. Se adjudicó por tres años á la compañía del m ar del Sur, organizada
en 1710, el tráfico inhum ano de los negros que hemos dado á conocer con el nombre de
Asiento, y el privilegio de enviar lodos los años á la feria de Y eracruz un cargam ento; am­
bos reservándose España la cuarta p arte de beneficios y cierto im puesto sobre lo restante.
Se aum entaron así los choques porque, á favor de tales privilegios y de los que diaria­
m ente se concedían á la compañía del S ur, los ingleses fueron eslendiendo sus estableci­
mientos por las cosías del golfo mejicano,, desde las cuales sostenían un animado tráfico
clandestino. Las quejas que asi se ocasionaron alteraro n muy á menudo la arm onía de Es­
paña é Inglaterra, siendo causa de la im portancia que ambas cortes dab an , como hemos
visto en las negociaciones, á los artículos relativos al comercio.
M ientras Felipe V no tuvo m ariua que oponer á la p reponderante de su rival, se p ro ­
puso sostener una hostilidad sorda q u e, en vez de resolver las dificultades, las agravaba,
sin rep o rtar de ella ventajas que le sirviesen de compensación. El abuso del derecho de visita
era el medio de que se valia, así p ara m antener viva lam em oria de los derechos que esperaba
rescatar un dia como p ara vengarse de los daños que le causaba el contrabando. Alentados
los g uarda-costas por Ja indulgencia, hicieron presas ilegales y com etieron ultrajes que
provocaron otros m ayores exacerbando terriblem ente el odio en tre ambos pueblos. De vez
en cuando ambas cortes castigaban los escesos de sus súbditos para persuadir de su inculpa­
bilidad; pero no ponian rem edio alguno eficaz al mal que ap arentaban deplorar.
Muchas veces, como en 1732, cuando un navio inglés apresó u n buque español á título
de represalias, estos pequeños choques hubieran producido un rom pim iento formal sin la
intervención de dos m inistros prudentes de la G ran B r e ta ñ a , W alpole y Keene , que de­
seaban lealm ente evitar y castigar los desmanes, conservando á lodo trance la paz entre las
dos naciones. A su influencia se debió el que se entablasen negociaciones en tre La—Cuadra
y Keene en M adrid, y en tre el gabinete inglés y un rep resen tan te español, que fué don To­
mas G eraldini, á fin de arreglar am istosam ente las disensiones. El resultado de las confe­
rencias de Londres fué un acomodamiento, en virtud del cual se debían p agar á la In g laterra
por via de reparación ciento cuarenta mil libras esterlinas. Pero la córte de M adrid reebazó
este convenio como una estralim itaciou de las facultades que se h abiandado á Geraldini,
bien que deba mejor atribuirse al aspecto que el asunto iba lomando en las cám aras inglesas
Los ministros que exijian la aboliieion del derecho de v is ita , fundados en la libertad de los
mares, confiando en unaapelaeion al pais, llevaron á ellas la cuestión; y aunque la alta cá­
m ara aprobó la exi jencia por un solo voto de m ayoría y la de los comunes la rechazó por un
corto núm ero de votos, los reyes de E spaña com prendieron bien que la opinion en Ingla­
te rra estaba por la abblicíon y que solo debian á la influencia de W alpole el desacuerdo del
parlam ento. Medió tam bién entonces Fleiiry para que no estallase el rompimiento an lesd e
la llegada de la flota de América, cuya pérdida hubiera sido muy perjudicial á la F rancia, y
á sus esfuerzos por espaciode u n añ o (173Б) se debió en g ran parte la convención que se fir­
mó en el Pardo e 114 de enero de 17 39,
to m o iv . 52
396 HISTORIA DE ESPAÑA.
Según, ella, una junta de plenipotenciarios de am bas cortes que se reu n iría dentro de
seis sem anas, habia de resolver en el preciso térm ino de dos meses las diferencias que se li­
tigaban examinando los puntos relativos al comercio y navegación en los m ares de América
y E uropa que existían sin aclaración desde los tratados de 1C67 y 70 y la cuestión de límites
que se habia suscitado también sobre la Florida y laC aro lin a. F u e ra de lo que la ju n ta acerca
de esto resolviese, quedaba estipulado que S. M. G. pagaría á la In g laterra á los cuatro me­
ses del cambio de ratificaciones, despues de haber deducido todas las sumas reclamadas
por E spaña, la cantidad de noventa mil libras esterlinas p ara liq u id ar los créditos que los
súbditos ingleses tenían pendientes contra el gobierno español.
Escluia este arreglo todas las demas cuentas y diferencias que pudiesen existir en tre am­
bas naciones, así con la Compañía del mar del Sur como con los particulares y entre estos.
Pero la córte de M adrid, al observar la efervescencia creciente de la oposicion del p arla­
m en to, cuyo resultado preveía, pidió que se le abonaran sesenta y ocho mil libras como sal­
do de sus ganancias en las operaciones de la citada com pañía; declarando al mismo tiempo
que se anularía el convenio y suspendería el Asiento si no se le garantizaba el pago en un
plazo determ inado. Aunque esta exijencia se hizo despues de firm ado el convenio, K eene,
presto á sacrificarlo todo á la conservación de la paz f no tuvo inconveniente en aceplarla.
Pero las disposiciones de la nación inglesa eran menos pacíficas, y la negociación produjo
en ambas cámaras sesiones muy borrascosas. La oposicion se valió de todo linaje de medios
p ara producir elrom piiniento, llegando hasta el estremo de p resen tar en la b arra de los c o -
m u n esá un capitan de un barco contrabandista que hizo u na larga y patética relación d élas
tropelías que habia sufrido de u n guard a-co stas español, concluyendo por ofrecer á la vista
de la cám ara sos orejas cortadas. Cierto ó falso este h e c h o , del cual nada se habia hablado
apesar de que se decía ocurrido ocho años a n te s , produjo en los circunstantes los mas vi­
vos transportes de compasiva irritac ió n , sin acordarse de que los marinos españoles eran
víctimas de iguales y m ayores crueldades de los capitanes ingleses. La elocuencia de W a l-
pole y sus amigos no alcanzó la aprobación del convenio sino por una m ayoría insignificante
y acompañada de la concesion de un crédito considerable para p rep a ra rse á la g u erra
con la orden de que una escuadra fuese enviada á E spaña p ara sostener las proposiciones
que debían entablarse. P artió en efecto inm ediatam ente á G ibraltar el alm irante I ía d -
dock.
Como la irritación de los españoles no era m enor, sem ejante conducta apresuró el estallido
de la guerra. Felipe no quiso ceder á la am enaza aquello á que creía tener un legítim o dere­
cho, y contestó con igual violencia á las comunicaciones de la G ran H retana. El m arques de
'Villarias {La Cuadra) tuvo encargo de declarar á los plenipotenciarios que, m ientras p erm a­
neciese en G ibraltar la escuadra cuya presencia consideraba como u na am enaza que recha­
zaba, no solo no haría concesionninguna sino que anularía el Asiento , como indemnización
de la cantidad que reclamaba á la compañía del S ur, y que faltándole la confianza, en la b u en a
fe de la In g la te rra , no en tra ría en negociación alguna m ientras no se le reconociese el dere­
cho de visita.L a contestación fué exijir la p ronta ejecución del convenio, el reconocimiento
de los derechos de la G ran B retaña á la C arolina y la Georgia y una renuncia solemne del
mismo derecho de visita; á la cual replicó España con un a declaración de g u erra.
Acompañaba á esta declaración un manifiesto que cotejaba la conducta de ambos so­
beranos, y no se olvidaba de oponer á la crueldad referida por el capitan contrabandista
todas las cometidas por tos ingleses desde 1716 con los m arinos españoles, tales como el fe­
roz suplicio ejecutado en mas de setenta infelices que cayeron en poder de otro capitan. El
derecho de v isita, á falta de mejores títu lo s, se fundaba en la autoridad de los tratados y en
la sanción del tiempo. No se negaba al pago d é lo estipulado en el convenio sino por hacér­
sele la petición con la am enazade una escuadra en sus costas y porque verificarlo en el estado
á q u e habían llegado las cosas era aum entar los recursos del enemigo.
Recojió inm ediatam ente la Inglaterra el guante en otro manifiesto mas conciso, que fun­
daba su apelación á las arm as en la apropiación injusta del dominio de lös m ares de Amé­
rica que España p rete n d ía, en las presas ilegales de m ercaderías inglesas, en las vio­
laciones de los tratados comerciales ejecutadas por los g u ard a -c o stas , en la demora del
pago de la indemnización y en la espulsion injusta de varios súbditos establecidos en los do­
minios españoles.
La nación, indiferente hasta entonces sino contraría á todas las guerras em prendidas
SEGUNDO REIN A D O B E F E L IP E V . 397
p ara satisfacerla ambición de la re in a , se ofreció esta vez á Felipe aprestándose generosa­
m ente á cuantos recursos se le pidieron. Suspendió por u n año todos los pagos, escepto las
viudedades, rebajólos intereses de la deuda pública, suprimió por cierto tiempo los sueldos
dobles, redujo los de ambos ejércitos de m ar y tie rra é introdujo algunas economías en su
palacio. Se tom aron varias disposiciones p ara aum entar el producto de los ingresos y por úl­
timo se llevó á cabo por su propia autoridad u n a m edida que nunca se había ejecutado sin
permiso del je ie de la iglesia, que fué to m a rá préstam o forzoso las cantidades depositadas
en los m onasterios por particulares m ediante el ofrecimiento de un pequeño interés. El re­
sultado de todas estas economías y arbitrios se calculó en cien millones de reales al año y,
habiendo llegado felizmente á Santander en aquellos momentos la Dota de A m érica, todos
se p repararon animosos á la g uerra (1740).
Ei prim er efecto que esperim entó la In g laterra de la disposición hostil de los españoles
fué una especie de guerrillas por la m ar. Salieron de los puertos infinidad de barcos armados
en corso tripulados por gente atrevida y valerosa, quelograbacon laaudacialo que la m arina
m ilitar no intentaba con la fuerza y su superior instrucción. Bastó ei estímulo del ofreci­
miento de una parte en las presas para que se lanzaran á.la m ar sin mas recursos que alguna
mala carroñada, pero animados de un vivo deseo de venganza,los hijos de nuestras playas
llegando muchos de ellos á tocar con sus machetes á las puerlas de la orgullosa Albion. A
fines de aquel mismo año se habían hecho cuarenta y siete presas, cuyo valor ascendía á
unos veinte y ocho m illones de reales, y á fines del año siguiente se elevaba el núm ero de,
las presas á mas de cuatrocientas, y su valor sobre cien millones. Y á este núm ero hay que
agregar otro quizá igual de que no tenia conocimiento el gobierno.
L a In g laterra , atacada en lo mas temible para ella, cual era el comercio, trató de des­
quitarse en las posesiones de u ltra m ar, donde creia mas fácil y provechosa la venganza.
Equipó dos escuadras; una á las órdenes del alm irante V ern o n , que debia adelantarse á
hacerse dueño de! golfo mejicano ; o tr a , que el comodoro Auson debía llevar al m ar del Sur
y recorrer la frecuentada costa del P erú y Chile , dándose la mano con la anterior por el
istmo de Panam á.
Vernon desembarcó en la isla A ntig o a;p ero intentó en vano apoderarse de L a-G uayra,
el principal puerto de C aracas, y se dirijió á.Portobelo (5 de noviembre ) ,'q u e se entregó
por capitulación á los pocos dias. P ero encontró la ciudad desierta porque los habitantes se
habían retirado al interior con sus riquezas, y tuvo que desalojarla sin otro fruto que haber
destruido sus forliíicaciones. Sin em bargo F elipe, indignado de la capitulación som etióla
conducta del gobernador á mi consejo de g u e rra , espulsó del territorio de E spaña á todos
los ingleses y prohibió con p en a de m uerte m antener género alguno de relación comercial
con los súbditos de la In g laterra. A presuró la salida de un a escuadra á las órdenes de un
descendiente del famoso Pizarra é hizo fortificar todos los puertos principales, en particular
á C artagena de In d ia s, objeto predilecto de la codicia de los ingleses.
La escuadrilla de Anson hizo una tentativa contra S. A gustín, capital de la F lo rid a, y
au n logró menos ventajas, pues fue desde luego rechazada con pérdida de alguna artillería.
E n vista del desgraciado éxito de estas espediciones, laln g laterrareso lv ió enviar también
á América la formidable escuadra que preparaba contra las costas setenlrionales de España.
Componíase de veintiún navios de lín ea, que conducían nueve mil hom bres de desembarco
á las órdenes de W entw orlh. Con tan poderoso refuerzo Vernon, tan luego como se vio des­
em barazado de la presencia de dos escuadras francesas, qne regresaron á E u ro p a , marchó
contra C artagena, la mas im portante á la sazón de las plazas comerciales del Nuevo-M undo.
A la n atural im petuosidad del prim er a ta q u e , cedieron los puestos avanzados de Chamba,
S. Felipe y Santiago; cedió el castillo de Bocachica, que defendía la angosta entrada del
pu erto con ochenta cañones {2"2 de marzo de 1741); cedió también u na balería flotante, y los
españoles quem aron las otros dos. E ntonces, apagando uno tras otro los fuegos de ambos lados
de la an g o stu ra , la escuadra en tró en el puerto y se posesionó del castillo G rande y varios
fuertes situados á alguna distancia de la ciudad, que halló casi desiertos. Va no dependía la
rendición mas que de la toma del fuerte de S. Lázaro, que dominaba la plaza, y el alm irante
la dió por hecha en unos pliegos que envió á su córte r tal era la confianza que le animaba·
El gabinete de S. Ja m e s, dispuesto á creer lo que ansiaba, hizo acuñar una moneda que
p resen tab a, por el anverso, á Cartagena p o stra d a , y por el re v e rs o , á Vernon orlado con
leyendas honoríficas. Pero el defensor don Sebastian de E siaba, corazon que se dilataba en
398 H ISTO RIA D E ESPAÑA.

la atmósfera de los com bates, desplegó cq proporcion del peligro su valor y sus recursos,
dejando inútiles los esfuerzos que ios sitiadores hicieron p ara apoderarse de S. Lázaro. Mil
doscientos hombres escojidos subieron al asalto (19 de abril) y llegaron h asta el pié de las
m urallas con heroico arrojo; pero u na salida los precipitó por la pendiente, y casi todos que­
daron en ella acuchillados, iin solos dos dias se vieron reducidos á la m itad los seis mil
hombres que em prendieron el ataq u e , bien que sea preciso atribuir algo en tan grande
descalabro á la influencia maléfica del clima, y mucha parte en la desgracia del asalto á la
imprevisión con que fué dirijido, pues los soldados se encontraron, á laboca ya de las bate­
rías, con que las escalas eran pequeñas y que faltaban otras prevenciones m ilitares indis­
pensables. Aumentóse con este motivo el desacuerdo que va existia en tre el alm irante y el
g en eral, v, despues de d estruir las fortificaciones que habian caido en su p o der, se volvie­
ro n á la Jamaica humillados.

H o sp ic io lie M a d r id , c o n s tr u id o p o r P e d r o d e R iv e ra e u el e s tilo d e l fa m o s o C lin rrig u c rD .

La escuadra de Pizarro tuvo la mala suerte de que al dar ya caza á la de Anson cerca
del cabo de H ornos, una tem pestad la dispersase obligándola á regresar á Buenos Aires. La
de Anson sufrió iguales av e rías; pero habiendo podido doblar el cabo un navio y dos buques
menores, corrieron á lo4arg!b de la costas del P erú y Chile derram ando la consternación en
todos los pueblos del litoral, iíl de Paita fué horriblem ente saqueado, y lo hubieran sido
otros s i , noticioso de la retirad a de C a rta g e n a , no se creyese Anson en la necesidad de ale­
jarse de aquellas aguas y variar de pensam iento ; cambio en que fué mas afortunado. Hizo
rum bo á la costa de Méjico á esperar la nao de A capulco, N u estra señora de Covadonga,
que todos los años despachaban de Filipinas con u n precioso cargam ento. Se apoderó de
ella, en efecto , y fue la única compensación que la In g laterra consiguió de unas espedicio-
nes que le costaron cerca de veinte mil hom bres y u n caudal inm ensé. P orque el último
esfuerzo de Yernon poniendo sitio á Santiago de Cuba (18 de julio) tampoco obtuvo otro
resultado que el que correspondía al insensato proyecto de apoderarse de una isla ta n es­
ten sa, fuerte por la naturaleza y por el arte, y ya prevenida contra u n ataque de sorpresa,
cou solo el m iserable resto de la desgraciada espedicion contra Carlagena, que se reducía ti
■tres mil hombres ab a tid o s, y mil negros. Regresaron humillados ¡x la Jam aica por tercera
'vez con la mitad de la gente.
Cuando partían estas espediciones contra nuestras colonias y la nación estaba mas alar­
m ada, cuando nadie hubierapodido predecir tanta fortuna en com batirlas, los reyes de E s­
SEGUNDO AELNAD0 DE FELIPE V. 399
paña no repararon en aceptar ó mas bien solicitaron o tra g u e rra , y la m iraron con mas vivo
interés.
Acaeció entonces (1740} la m uerte de su antiguo rival Carlos Y I de A ustria. E n el úl­
timo tercio de su vida el objeto preferente de su política había sid o , como liemos visto, ase­
g u rar en diferentes tratados con todas las naciones europeas la pragm ática-sanción en sus
estados, en el recelo muy probable de m orir sin sucesión masculina. Así sucedió en efecto;
y aunque desde luego subió al trono su hija M aría T eresa, la casada con Francisco de L o-
re n a , á la sazón gran duque de T o scan a, ninguno de los soberanos que habían alegado
derechos á la herencia, respetó los compromisos diplom áticos.
El primero en protestar contra la herencia en favor de aquella princesa fué el elector
de B a v ie ra, único, es c ie rto , que no habia garantizado la pragm ática-sanción; y fundaba
sus pretensiones en el testam ento de Fernando I y como rep resen tan te de su cuarta abuela,
en quien debia recaer la corona á falta de varones en la línea austríaca. Lo apoyaban secre­
tam ente la Francia y E spaña, interesadas en abatir la casa im perial. El rey de Polonia
se presentó en seguida á título de esposo de la hija m ayor del em perador J o s é , herm ano de
Garlos VI. Y Felipe V, que habiacomo todas las potencias garantizado solemnemente la suce­
sión austríaca no empleó largo tiempo en escudrinar un motivo p ara pretender la herencia
íntegra. Su em bajador en Y ienael conde de Montijo comunicó prim ero á la córte y despues
á la dieta germ ánica una esposicion redactada con mucho estu d io , en la cual se declaraba
Felipe con derechos prim ordiales como descendiente de la reina doña Ana de A ustria, bija
del em perador Maximiliano I I y cuarta m ujer de Felipe I I , y en virtu d de los convenios cu­
tre Carlos V y su herm ano Fernando estableciendo que los territorios alemanes serian reversi­
bles á la ram a prim ogénita si llegaba á estinguirse la descendencia masculina. La H ungría
y la Bohemia las pretendía como descendiente de varios reyes españoles casados con p rin ­
cesas austríacas. Carlos VI habia desatendido los previsores consejos del príncipe Eujenio,
que le exhortaba á abandonar em presas estériles para cuidar de la formación de un ejército
de doscientos mil hombres que legar á su hija con la c o ro n a , y así se vió M aria T e re s a ro -
deada de pretendientes poderosos y sin mas am paro positivo que un ejército enflaquecido
por las campañas contra los turcos.
Un rey hubo no muy notable todavía pero que principió entonces á g rab ar su nombre
en la h is to ria , el célebre Federico I I , que le ofreció su proíeccion contra sus enemigos,
pero le exigía también la cesión de !a Silesia como adquisición que habia hecho la casa de
Austria en la debilidad de sus antepasados. La negaliva fué la señal de la invasión de los
brillantes ejércitos que habia organizado su padre Federico G uillermo, y la batalla de M o l-
v itz , que desmembró la Silesia en tera del im p e rio , fué el prim er cartucho que se quemó
en la g u e rra de la sucesión austríaca.
Era la ocasion oportuna para los reyes de España de prom over una coalicíon de los di­
versos pretendientes, antes de que los soldados prusianos llevasen sus banderas hasta Y iena,
y Felipe no la desperdició. A trajo á la Francia á sus m ira s; por su medio logró una alianza
con el rey de P rusia y los electores de Baviera y S ajo n ia; y entabló tratos con el rey de
C erdeña, cuya am istad era indispensable á sus secretos p la n es, consiguiendo en efecto
por el medio mas eficaz, que era halagar su am bición, incorporarlo á la liga [18 de mayo
de 1741 )-
E n virtu d de estos tratados el elector de Baviera penetra en el A u s tria , v en solos tres
pasos llega al trono im perial: en Liutz se corona como arc h id u q u e, en Praga como rey de
Bohemia, y como gefe de todo el imperio en Francfort. Los ejércitos franceses acam paban
dentro de la Alem ania,; el rey de Prusia introducíalos suyos en la M oravia; el de In g la­
te rra , situado en Hannover con veinte y seis mil hom b res, se veía obligado á declararse
n e u tr a l: ninguna esperanza parecía quedar á la desvalida M aría T e re sa , y en efecto solo la
imaginación fecunda y el valor heroico que en la desesperación desplega el corazon de )a
m ujer pudieron ofrecerle todavía un recurso q u e , aunque frágil como la tabla de los náu­
fragos, la salvó. Corre á la H u n g ría , á aquella misma H ungría rebelada , apoyo de los in ­
vasores ; viste de húngaro á-sn hijo, que apenas tenia un a ñ o , lo loma en sus brazos y lo
presenta á la d ie ta , es decir, en el cráter del volcan. Su voz de m a d re , que ve á s u hijo en
medio de un incendio, arranca lágrim as á la nobleza y al p u eb lo , las llamas se apagan ó se
retiran de aquel ser inocente, y desde aquel momento M aría T eresa, en medio de la E uro­
pa coligada contra ella, pudo ya decir que habia recuperado el trono de su padre.
■400 H IST O R IA D E ESPAÑ A .

E n tanto que los otros pretendientes procuraban satisfacer en Alem ania su ambición,
Felipe llevaba ;t ejecución sus planes secretos contra la Toscana y la L om bardía, trazados
ó formulados p o r M ontem ar. La escuadra de trece navios de lín e a , que debia trasp o rtar
las tropas reunidas al efecto en Barcelona , zarpó de Cádiz y cruzó el Estrecho sin inconve­
n iente porque se hallaba á la sazón el alm irante Iladdock ocupado en hacer víveres. Pero
no tardó en darle c a z a , é iba ya á rom per el fuego cuando se presentó o tra fra n c e sa , equi­
p ad a en Tolon , que unida á la esp añ o la, debía conducir á Italia las tropas de desembarco,
■áe interpuso á las dos escuadras próxim as á abrir el com bate, y como declarase que tenia
orden de co o p erará la espedicion de los españoles, el inglés, inferior así en fuerzas, se re ­
tiró á Jtfahon.
Con esto partió sin dificultad la espedicion y aportó el 3 de diciem bre á Orbitelo,
donde desembarcó á despecho de su g en e ral, M ontem ar, que á cualquier p u erto de la Tos-
cana prefería el de S e s tri, en las costas de Genova. El m inistro que quedaba reem plazán­
dole había hecho prevalecer su opinion en el ánimo de los reyes.
E ra este nuevo personaje, que se presentaba arrollando la influencia de u n general
ilu stre , don José de Campillo, hijo de u n a hum ilde aldea del valle de Peñam eilera, en A s­
tu ria s, que por su injenio habia llegado á los puestos mas altos del Estado. A rranca­
do de la carrera eclesiástica, á que lo dedicaran sus p a d re s, por un intendente de Se­
v illa , que lo tomó de se creta rio , llegó á ser conocido de P alillo, á cuyo influjo debió la
plaza de pagador de la m arin a, y m uy luego la de comisario. L a actividad que desplegó en
la espediciou contra Cerdeüa y otra enviada i A m érica, en la cual tuvo ademas la fortuna
de salvar la tripulación de un navio arrojado por una tem pestad á las costas de Campeche, le
grangeó el afecto de sus jefes y el de los soberanos, que le confirieron el hábito de Santiago
y mas adelante la dirección de la hacienda en el reino de A ragón. Allí fue donde , en mas
vasto campo para desplegar sus conocimientos económicos, conquistó la fama que le llevó
al gobierno suprem o cuando los proyectos de los reyes sobre la Italia durante la g u erra de
la sucesión austríaca hacia indispensable la dirección de un hom bre em inente. A Cam­
pillo le juzgaban tal los rey e s, y por eso á fin de que ningún obstáculo pudiese em barazar
su m archa en la em presa de I ta lia , que principalm ente ponían á su cuidado, le confirieron
los m inisterios de lu g u e r r a , m arina y hacienda. E sta indiscreción hirió á-M o n tem ar, y el
choque de la rivalidad puso en riesgo de m alograrse los mismos objetos hacia los que se crcia
cam inar mas breve y seguram ente por medio de una especie de dictadura.

CAPITULO XLIV.
1 74 2.— 1744.

P r o b a b i l i d a d e s c o n íjue el e j é r c i t o e s p a ñ o l c n l r a e n I t a l i a : defec ció n ilel rey d e C e r d c ñ a : o b l ig a á M o n te n i a r h r c l i -


r a r s e á Ñ a p ó l e s : u n a e s c u a d r a i n g l e s a fu e r z a á l a n e u t r a l i d a d á d o n C a r l o s : os i¿ r il t e n t a t i v a de G a s e s en L a m p o *
SanLo : sa e n t a b l a n n e g o c i a c i o n e s c on el r e y de C c r d e ñ a , r^uc b u r l a co n la a l i a n z a of en s i v a d e W o r m s ; c o n t r a - a l i a n ­
za de los ISorbonéa en F o n t a i n o b l e a u : t e n t a t i v a d e i n v a s i ó n e n el P i a m o n i e , — M a l o g r a d a c s pet lic io n c o n t r a I n g l a t e r r a .
— A t a q u e s i n f r u c t u o s o s d é l o s iu g lc s e s e n A m é r i c a , — C ó m b a l e n a v a l in d ec i s o en el M e d i t e r r á n e o : d e s g ra c ia d a
e s p e d i c io n del e jé r c it o f r a n c o - e s p a ñ o l del D e l li n a d o al o t ro l a d o d e lo s A lp e s : en la It a l ia m e r i d i o n a l s o n r ec h a z a d o s
lo s e s p a ñ o l e s h a s t a l as f r o n t e r a s de Ñ a p ó l e s : d o n C a r l o s r o m p e la f le ui rí ili da d y a c u d e á s u s o c o r r o : s o r p r e s a d e Y c -
ll e t rí : r e l í r a n s e lo s a u s l r i u c o s a las m i s m a s p o s i c i o n e s q u e t c n i a n a l e m p r e n d e r la c a m p a ñ a .

A sí que tuvo Felipe noticias del feliz arribo de la espedicion á I ta l ia , rasgó la m áscara con
que h asta aquel momento habia encubierto sus miras p a rtic u la re s, declarándolas con la
confianza del que tiene ya puesto el pié sobre el pescuezo de la víctima. P orque en efecto,
contando con la cooperacion del rey de C erdeña, que creía sin cera, con la de la Francia,
que entregaba u n ejército á las órdenes del infante don Felipe y le aseguraba la neutralidad
del g ran duque de T oscana, con la aquiescencia del p a p a , que franqueaba el paso por sus
estados á los ejércitos del rey de N ápoles, con la de G en o v a, que concedía igual permiso á
los de España, con la del duque de Módena, que á tru eq u e de enlazar con u n a princesa de
Francia en treg ab a provisionalm ente sus plazas fuertes á los soldados de F e lip e ; contando,
en f in , con la debilidad del ejército im p e ria l, desmembrado allí por acudir á Alem ania,
¿quién podría resistir al vencedor de M o n to , reanim ado á la vista del teatro de sus glorias?
¿qué podía estorbar larealizacion de la conquista que Isabel Farnesio habia codiciado tanto?
SEGUNDO REINADO DE FELIPE Y . 401-
Q uien únicam ente podía concebir la idea tem eraria de oponerse á u n pensam iento que
ge presentaba por todos apoyado , era otra ambición no menos enérjica y te n a z , era Carlos
M an uel, el rey de Cerdeña. Siguiendo la doble políLica de su casa, que es tal vez de lodos
los estados europeos el que ha sabido conservar mejor y en medio de las circunstancias me­
nos favorables , unapolítica propia invariable, habia admitido los halagos de ambos conten­
dientes y negociado sim ultáneam ente con uno y o tro , aguardando á que el curso de ios
sucesos fe señalase de donde podia obtener mas ven tajas. l a declaración de los reyes de E spa­
ña se lo señaló , porque su interés no le aconsejaba consentir el establecimiento en la L o m -
bardía de una m onarquía poderosa , dirijida por una ambición iosaciabte. Así p u e s , con la
mediación de la In g la te rra , consiguió ajustar un tratado provisional con M aría T eresa, en
virtud del cual y de un subsidio que le daria aquella potencia , se opondría á cualquier in ­
vasión en el Milanesado , sin desistir po r eso de sus pretensiones particulares. Su descaro
llegó al estrem o de hacer c o n sta re n el mismo convenio un a cláusula que dejaba á cada
p arte contratante la libertad de separarse á su alvedrio de la alianza, con solo notificarlo
un mes a n te s : era tanto como ofrecer otra defección si á sus intereses convenia.
E stuvieron secretas estas negociaciones hasta que hubo el savoyano asegurado sus pla­
zas : entonces declaró su alianza definitiva con el A ustria y sus pretcnsiones sobre el Mi­
lanesado ( marzo de 1742) y envió sus tropas hacia Módena y Plasencia p ara cortar el paso
á los españoles. Llenó de indiguacion defección tan im pudente á sus anteriores aliados,
pero sobre todo á los reyes de E spaña y Nápoles y á sus tro p as, que se vieron por su efecto
en una situación sum am ente c rític a , porque el general T raun habia destacado tam bién un
cuerpo a apoderarse antes que e llas, como lo consiguió en p a r t e , del ducado de Módena.
No quedaba otro recurso que apelar á la fortuna de las a rm a s, y con este objeto se incorporó
M onlemar á los napolitanos en Bolonia (29 de m ayo) formando un conjunto de cuarenta
mil hom bres, á cuyo frente volvió al país que acababa de abandonar. Pero habían cargado
tam bién allí fuerzas .enemigas en núm ero im ponente, de modo que, no pudiendo ni sostener
la defensiva, aunque tenia órdenes term inantes de lib rar u na b a ta lla , cuando hubo visto
la reducción de Módena y M irandola, em prendió la retira d a hacia Nápoles perdiendo en
ella casi la mitad de su ejército, pues los au stro -sard o s le persiguieron h asta R im íni, den­
tro de los estados de la iglesia.
Los soldados m urm uraron de una retirada que habían hecho regando de sangre la mi­
tad del cam ino; los reyes se indignaron contra un general que desobedecía sus órdenes y
la opinion pública ajó los laureles del vencedor de Bitonto. M ontem ar cscusó su conducta
con el acuerdo del consejo de generales que celebró antes de acojerse al A bruzo, en el cual
se opinó q u e, no pudiendo una victoria m ejorar la situación de los españoles, el arries­
garla seria inútil ó peligroso. Pero además de esta razó n , que si no abonaba su disciplina,
justificaba su circunspección , habia otras secretas que prescribían la prudencia con que
obró en no solicitar un com bate, siendo las principales la deserción que estaba corroyendo
las filas de sus batallones y el espíritu contrario de los habitantes. Tuvo otra consideración
M ontem ar que debiera haberle salvado del resentim iento de sus soberanos, p u e s , si h u ­
biese sido derrotado en una batalla, no es dudoso que el enemigo p en e traría tras él hesta
Nápoles y arran caría la corona á don Cárlos, si no es que o tra ráfaga revolucionaría se le
arrancaba antes,
¥ era tanto mas fundado este tem er cuanto en aquellos mismos m omentos en que él se
situaba en Rim ini para atender á un tiempo á. la defensa de Nápoles ó incorporarse al in­
fante don Felipe si este llegaba á pen etrar en Italia por las costas de G enova, u na escuadra
inglesa obligaba á don Carlos á firm ar la neutralidad y re tira r sus tropas (20 de agosto).
E n vano sus m inistros trataro n de negociar para llam ar en su socorro al tiem po; el oficial
inglés puso su reloj sobre la mesa y exigió la respuesta dentro de un a h o r a : la negativa
seria p ara él la o rden de bom bardear la ciudad ( 1 ).
Todo se atribuyó en M adrid á la incapacidad de M ontem ar y se le llamó á la córte y
desterró ingratam ente, reem plazándole con su teniente, el conde de Gages, g eneral de cuya
genial actividad se prom etían los reyes frutos que solo pueden producir el talento. Gages,
despues de un movimiento sin objeto sobre M ódena, se retiró á in v e rn a r, y los enemigos
hicieron otro tanto. Pero tal era la impaciencia de la rein a por renovar la ten tativ a sobTe

(1 ) Tiudul.
402 H ISTO RIA DE ESPAÑA*
la Lombardia q u e, sin recelar un cambio en .la política francesa con la mu er(e del prudente
F leury, sin reponer las fuerzas desm em bradas por la retirad a de los napolilanos, sin aguardar
á la estación oportuna, se le ordenó ridiculam ente que saliese á d erro tar al enemigo dentro
de tres dias ó dejase el mando. Salió en efecto (3 de lebrero 1743) á so rp re n d erá los austría­
cos en sus acantonam ientos de las m árgenes del T a n a ro ; pero las precauciones con que
procuró encubrir su objeto no pudieron burlar la vigilancia del esperiraentado general ene­
migo , Traun , de suerte que al llegar los españoles á C am p o -S an to , en vez de un campa­
m ento de invierno, encontraron un campo de batalla. La aceptó con a rd o r, y debió á él al
principio algunas ventajas só b re la caballería austríaca; m as, perm aneciendo inmóvil la
infantería á sus em b ate s, tuvo que volverse A Bolonia vencido y m altralado. Cuando por
efecto de los refuerzos que recibió T rau n en seguida (m arzo) se vio obligado á refugiarse
tam bién en R im ini, todo su ejército se reducía á cuatro mil hombres.
E sta d e rro ta , que pudo Gages desiigarar á los ojos de su córte pintándola como una
victoria, en cuyo concepto efectivamente se le elevó á capilan g e n e ra l, no se le ocultó al
infante D. F elipe, situado todavía al otro lado de los A lpes. Conociendo que era preciso
vencer ó com prar al rey de C erdeña p a ra poder arrojar al A ustria de la Italia, enlabió con
él, de acuerdo con la F rancia, negociaciones que podían fascinarle pues no le prom etían m e­
nos que la adquisición de G enova y la mano de u n a princesa de Francia para su hijo, el
principe de Piam ontc. Pero era bastante tem erario pretender engañar á un carácter suspi­
caz y fríam ente calculador como e ra el de Carlos M anuel. Aceptó y entretuvo las negocia­
ciones á íin de entablar otras mas gananciosas con M aria T eresa, que les dió luego á conocer
la alianza ofensiva de W o r m s , ajustada entre la In g laterra, el A ustria y la Cerdeña (2 de
setiem bre). Por ella el astuto y ambicioso savoyano obtenía: de la em peratriz, la ciudad de
Pavía y parte de su ducado, el condado de A nghicra, los derechos que tenia al marquesado
d eF ia ali', hipotecado álosgenoveses y u n ejército de trein ta mil hombres que, unido á otro
de cuarenta mil piam oteses, o peraría bajo sus órdenes ; y de In g laterra , un subsidio anual
de doscientas mil libras esterlinas m ientras durase la g u e rra , mas trescientas mi! por res­
cate del Fínale, con la promesa de una escuadra en el M editerráneo, dispuesta á cooperar á
las em presas de los ejércitos aliados. Se ve que la elección no podía ser dudosa para Cárlos
Manuel.
Las potencias contrarías, alarm adas, se apresuraron á formular y suscribir el tratado
de F ontainebleau, á que dieron el nom bre de A lia n z a perpetu a ofensiva y defensiva de F ra n ­
cia, España y N áp o les, cuyo rey se consideró desligado de su compromiso de neutralidad
con la In g laterra, en atención á haberle sido im puesta por la intimidación d é la fuerza. F ran ­
cia y España se garantizaban sus respectivos dominios y derechos, y se obligaban á no en tra r
en tratos d ep a zsiao de común acuerdo. La Francia adem ás, no solo garantizaba á don Cár­
los la posesion de su reino de las D os-Sicilias y que reem prendería las hostilidades contra
el rey de Cerdeña sino que cooperaría al establecim iento del infante D. Felipe en los esta­
dos de M ilán, Parm a y Plasencia, de los cuates los dos últimos se considerarían como pa­
trim onio de la reina d u ran te su v id a , declararía la g u erra á la G ran B retañ a, ayudaría á
E spaña á reconquistar la isla de Menorca y no firm aría la paz sino cuando ondease de nuevo
la bandera española en G ibraltar. F leury habia m uerto ya.
Así dispuestas todas las potencias, rom pieron de nuevo las hostilidades, ansiosas de
aprovechar lo que restaba de la cam paña de 1 7 Í3 . P ero el sucesor de T raun, Lobkowitz,
arrojó á los españoles de R im in i, rechazándoles hasta las fronteras de Nápoles, y don F eli­
p e ó mas bien el m arqués de la M in a , que intentó abrirse una en trad a al Piamonte con
veinte mi! hombres por el valle de C asíel-D elfin, se vio obligado por el rey de Cerdeña y
por los rigores del tiem po á. reg resa r al Dellinado.
El ensayo bastó á persuadir á los tres reyes de la familia Borbon de que era necesario
arran car de la alianza de W orm s á la In g laterra para d estru ir y vencer al A ustria. C eie-
braron un tratado secreto que tenia por objeto llevar al P retendiente al trono de sus an te­
pasados, juntando al efecto E spaña y Francia sus fuerzas de mar y tie rra . No lardó en p re ­
sentarse en D uugenest una escuadra .francesa con objeto de llam ar hácia sí la atención en
tanto que la espedicion preparada en los puntos del Canal de la Mancha zarpaba condu­
ciendo quince mil hombres de desembarco á ¡as órdenes del mariíca! de Sajonia. Pero los
in g leses, teniendo conocimiento anticipado de estos preparativos, recogieron levas presu­
rosam ente, de modo que cuando la escuadra francesa se ostentaba delante de D ungenest, la
£()!}
SEGUNDO UE1TÍADO DJ2 F E L IP E V - _

del alm irante N orris m aniobraba al norte de Foreland á la espectativa de la esP®dlC1^ · ,


bastó su presencia p ara que esta se retirase mas vergonzosamente que la famosa A m o rfa
In ve n c ib le , ix la cual quedó siquiera la vanagloria de poder decir que solo los elem ento
conjurados en su daño la habían rechazado. . , · i
El deseo de vengarse también de las hostilidades que los ingleses seguían haciendo en
las ludias Occidentales babía entrado por mucho en el animo de Felipe para llev ar'acab o
esta es pedición contra las islas británicas. Tero las tentativas de Know-les no l^ ron
afortunadas que las do su antecesor Y ernon. L a -G n a y ra con e c.cor.tanlo brío a los a ta
ques de su escuadra de diez y siete navios, que siete de ellos tuvieron_que; r J
inm ediatam ente en Curazao ; v en P u erto -C ab e llo , donde esperaba d e tq u ita u e , perdió
sobre dos mil hombres. O tra ¿scuadra enviada contra las islas C ananas tampoco alcanzo
fruto ninguno de su ataque á la Gomera. ¡„ a r-
El cómbale que en el Canal se eludió vino á l i b r a r s e e n el M editerráneo La forteta inac
cío» á que la falta de víveres, municiones y refuerzos tenia reducido al infari don F p
por la iulerposicion de la escuadra del alm irante M alhew s, obligo a ^ ^ ^
varro y C o i t , que se hallaban en Tolon, á salir en busca de su contr r o , situado en las
islas de Ilveres. Las fuerzas estaban equilibradas, pues, a el ingles m andaba ve Dle S.
navios de linea y diez fragatas y los aliados solo contaban cinco huques m enos, cuatro d t

ellos fragatas tenían en su favor las ventajas de algunos de sus b u q u es, así en lo fucrles
como e n lo veleros, y sobre todo la escisión que existía en tre M alhews y su segundo Les od ,
esperanza que se confirmó el 24 de febrero (1744) E ste dia se a; ¡ st^ 0“ ^
se aproxim aron y señalaron la hora del rom per el fuego, que fue la de mediodía Al eran
bate fue te rrib le , v no 1c puso fia el cansancio sino la n o ch e, que vino a separar a l o s a n -
tendientes dejando^ indecisa la victoria. El navio S . F elipe y a todo desmantelado no se
re“ fuego sino cuando hubo echado á pique u n brulote empeñado en >ncendmrlo,
y el P o d er quedó tan mal tratado, despues de haber sido rescatado por dos veces del ene­
m ig o , que fué preciso abandonarlo al dia siguiente. En cambio los ingleses perdieron el
00
TOMO IV ,
404 ■ HISTORIA DB ESPAÑA.
M arlborough, que se sumer jióf y sus dem ás buques salieron horriblem ente averiados, tenien­
do que ir á Menorca para repararlos. No alcanzó Á mayor núm ero el destrozo porque de parte
de los combinados fueron los españoles casi solos los que sostuviéronla acción, y de parte
de los in g le se s, el alm irante en gefe, pues Lestock , así que la vio em peñada;, se hizo m ar
adentro, dejando á su rival com prometido.
La córte de M a d rid , apesar de que nadie habia quedado dueño del cam p o , celebró el
combate como un triunfo de todos reconocido. Dio á su alm irante el pomposo Ululo de m ar­
qués de la V icto ria, que no llevó dignam ente sino porque le faltó que la fortuna hubiese
coronado su bravura; hizo que fuese separadoel alm irante francés, precisam ente el único
que sostuvo el honor de su pabellón y , aprovechando la ausencia de los dos rivales ingleses,
que fueron llamados á. su córte á dar cuenta de su co n d u c ía, dio nuevo y vigoroso impulso
á las operaciones de los ejércitos de tierra.
A um entaron F rancia y E spaña rápidam ente sus hierzas d é lo s Alpes hasla selcnta mil
hom bres, á cuyo frente siguió el infanLe don Felipe , llevando por segundo con la dirección
de las operaciones al joven principe de Conti. Escogieron estos las gargantas de Tenda para
p en e trar en el Piam onte, y en efecto consiguieron por allí atravesar el Y ar sin dificultad,
apoderarse de N iza, forzar el paso de Ytllafranca y tom ar ei atrincheram iento de M onlal-
vano, poniendo al enemigo en precisión de refugiarse á la escuadra inglesa unos, y los otros
de am pararse en C o n n i, cuartel general del rey de Cerdeña. T a no fallaba, digámoslo así,
mas que abrirse las puertas del l’iam oule, p ara lo cual babian contado con el disgusto que
causaba á los genoveses la cesión de Finalc al S avoyano; pero e s to s , amenazados por los
ingleses, se guardaron de en treg ar sus desfiladeros, y los aliados se encouivaron con que
nada habían adelantado en compensación de cerca de doce mil hombres que les costara a tra ­
vesar u n terreno difícil, sembrado de enemigos y falto de provisiones.
Resolvieron entonces hacer la invasión por el valle de S tu ra, proyecto atrevido que es­
taba cercado de toda clase de peligros. Cuando trepaban á la cum bre mas elevada de los
A lpes, n n a d e la s borrascas allí tan frecuentes descuajó enorm es tém panos, que rodaron
causando grande e s tra g o , y cortó el terreno con m ultitu d de to rren tes que aislaron á casi
todas las pequeñas columnas en que se habia dividido el ejército. Allá en la cima c i d e s -
canso que íes esperaba era la loma de dos fuertes, Castelponl y líe lin i, guarnecidos por dos
mil hombres. Con el estím ulo de la desesperación el soldado improvisó unos puenles de cuer­
das p ara pasar la a rtille ría , y asi que abrió en ellos brecha, penetró á fuego y sangre (30 de
julio). E n aquel ím petu imposible de contener, los invasores rindieronáM ontecavalo, Cas-
tel-D elfin y D em o n t, ya en el valle de S tu r a , á cuyo socorro llegó tarde el rey de Cerdeña,
que se retiró atem orizado á Saluzzo. Ya no restab a á los españoles p ara descansar de sus
fatigas en las fértiles llanuras del Piam ontc mas que ren d ir la plaza de Conni. Pero estaba
presidiada po r siete mil hom bres á las órdenes de u n anciano m ilitar á quien los años no
habían debilitado el calor del corazon, y estaba adem ás protejida por el genio activo de C ár­
los M anuel. Levantó en arm as el pais que quedaba á espaldas de los invasores p ara cortar
su comunicación con F ra n c ia , los cercó de pequeñas columnas con encargo de que los hos­
tilizasen incesantem ente y acudieron á su llamamiento socorros austríacos. Sin am ilanarse
por eso los españoles abrieron las trincheras el 13 de se tie m b re , y con tal denuedo la com­
batieron que el rey de Cerdeña tuvo que volar á socorrerla el dia 30 con todo su ejército.
Nada logró en una tarde de ardoroso co m b ate; pero convencido de que los sitiadores
no podrían prolongar su estancia al frente de una plaza situada al pié de los Alpes estando
tan cerca el in v iern o , se mantuvo á su vista contentándose con am agar otro ataque c in trodu­
cir en la plaza u n refuerzo de mil hombres. En efecto á los cu aren ta dias de cerco, los alia­
dos aun no se habían apoderado de las obras esteriores ; los co m b ates, las privaciones y las
enferm edades diezmaban sus filas y am enguaban el valor del so ld ad o ; las nubes em pezaban
á descender por los A lpes, y cualquiera variación atm osférica podia de un momento á otro
cerrarles su paso : entonces, privados de víveres y m uniciones, al frente de una plaza de­
fendida con tesón y ostigados po r un enemigo audaz é in fatig ab le, hijo dei p ais, no les
quedaría o tra alternativa que u n a afrentosa entrega ó un a m u erte estéril y sin gloria. El
22 de octubre levantaron presurosam ente el sitio, y, dejando los enfermos encomendados A·
la hum anidad del enem igo, em prendieron la retira d a al D elfinado, á donde llegaron por
fin como reliquias de una d erro ta com pleta, estenuados de ham bre y de fa tig a , reducido su
núm ero á la m itad y sin artillería.
SEGUNDO REIN A D O DE "FELIPE V . ¿ O lí

E n la parle meridional de Italia, si no era tan adversa la fortuna áios españoles, no era
menos costosa. Lobkowitz los obligó á retirarse á las fronteras de Nápoles, persiguiéndoles
h a s ta T re n to , ausiliado por la escuadra in g le sa , que corría en tanto paralelam ente álo largo
del Adriático. Con el enemigo á las p u ertas de su reino , rompió dan Carlos con resolución
las ligaduras de la neutralidad y marchó á socorrer á los españoles al frente de diez y siete
mil hom bres, dando por pretcsto de su rom pim iento que los austríacos incitaban á sus súb­
ditos á la rebelión. E ste cambio inesperado hizo variar á Lobkowitz sus planes : cruzando
de repente ia península para p en e trar mas fácilmente en Ñapóles por la costa occidental,
llega á liorna el M de mayo y m archaba ya por Albano hácia Y elletri cuando se presenta
delante de él Carlos, que lo habia seguido de cerca y acababa de incorporarse á los españo­
les en San Germano, Los dos ejércitos acam paron en dos eminencias, separados por u n valle
profundo, en el cual parecía que tem ían encontrar su sepultura segun lo silenciosos y
sombríos que por largo espacio se contem plaron. El pensam iento que ocupaba á los austría­
cos exigía en efecto séria meditación ; era el pensam iento que á principios del siglo habia
realizado el príncipe Eugenio contra C rem o n a, resucitado por B ro w n , teniente de Lobko­
witz : la sorpresa del rey y todo su cuartel general en Y elletri m ientras su ejército espe­
raba la batalla.
Efectivam ente el 11 de agosto se ve la ciu d ad , al resplandor de las llamas de sus a r r a ­
bales incendiados, inundada de enem igos, rechazadas las g u a rd ia s , prisioneros los jefes
principales de la guarnición y sem bradas de cadáveres las calles. La consternación fué gene­
ral y profunda ; don Carlos y el duque de Módeua lograron escapar m ilagrosam ente del
invasor é incorporarse al ejército : si otra colum na, que debia recaer por diferente punto
sim ultáneam ente, no hubiese sufrido u n im previsto re tra s o , ia ciudad hubiera sucumbido y
el terro r habría tal vez hecho rendir las arm as al ejército. Pero enviando Gages á su socorro
algunas fuerzas, no le fué difícil arrojar á Brown de su recinto con un a gran d e p érd id a de
m uertos y prisioneros. L obkow itz, que entretanto había tratado de asaltar con nueve mil
hombre el m oute de los C apuchinos, donde se habian refugiado ios príncipes", sufrió la
humillación de verse rechazado por un puñado de españoles, que defendieron con desespe­
ración el depósito confiado á su valor.
Restituidos los dos ejércitos á sus posiciones, aun siguieron observándose respetuosa­
m ente por espacio de dos m eses, hasta q u e , viéndose sorprendidos por el invierno y redu­
cidas considerablemente sus lilas por las emanaciones de las lagunas Pontinas, el general
austríaco levantó de noche el campo .el 1.° de noviem bre y repasó el T iber menos orgu­
lloso. Gages fué á su alcance ; pero no consiguió mas que ap resu rar su salida de los estados
pontificios, viniendo así al fin de la cam paña los dos ejércitos á ocupar las mismas posicio­
nes que tenían al em prenderla.

CAPITULO XLV.
1745. — 1746.
La m u erto dol electo r U avicra no m itig a ta g u e rra . — L a F ran cia se apotlera de la l-lan d es ausLriaca con lo v ic to ria de
F o n ie n o y ,-^ E l rey cíe P ru sia a rra n c a la S ilesia á ía em p eratriz en dos b a ta lla s .— Los D orbones a tra e n á Genova:
penoso tra n s ito de su ojcrciio p o r los A lpes ; victorias en la s lla n u ra s de la L om bardia : don F elip e se co ro n a en
M ilán y q u ed a dueño rio este d u c a d o » P arm a y P lasencia. — La em p eratriz a ju s ta la paz con el rey de P ru sia y envia
socorros á Ita lia . — N egociaciones de F ra n c ia con A u stria y el rey de C e rd e ñ a , d e q u e se la sjim a "la co rle de M adrid:
el sard o recibe refuerzos y rom po el a rm is tic io , derro tan d o a los fran ceses : p elig ro (¡ue co rre el ejercito español:
b rilla n te re tira d a tfc C astelar : pérdida de la s co n q u istas : Gages se ven g a en la s o rp resa de Codogno : ftin csla b a ­
ta lla de P lascn c ia. — D em andas de los reyes de E spaña á Luis XV. — M uere F elip e Y : ju ic io de su rein ad o ; victim as
de la Inqviisícion, *

L a. m uerte del elector de B aviera, Carlos Y II , com petidor de M aria T eresa, acaecida á
principios de 1745, simplificando la cuestión de la sucesión austríaca, debia al parecer
m itigar el ardor de la g u e rra , puesto que sus derechos recaían en Francisco I , duque de
T oscana, esposo de aquella. Pero no sucedió a sí, porque lo qu e se ventila ordinariam ente
en tre los monarcas bajo el nom bre de cuestiones de derecbo no son sino cuestiones de or­
gullo y de ambición. Em pezada la g u erra y creyéndose cada cual con las probabilidades
del triunfo, ninguno quiso re s titu irá sus pueblos la tranquilidad que les habian arrebatado.
Al contrario se empleó mas ardor en la inm ediata cam paña.
¿06 HISTORIA DE KSPá S a .
Luis X V , que fué á p roteger las operaciones del sitio de T o u rn a v , amenazadas por el
ejército británico, m andado por el duque de C uraberland, hijo segundo del rey de In g la­
te rr a , empeñó con este u n sangriento combate en Fontenoy. Se hallaba y a el francés á
p u n to de sucum bir ó de em prender u n a retirada ignom iniosa, cuando llegó á salvarle la
colocacion de una batería de cuatro cañones ordenada por su general Richelieu, que contuvo
la m archa arrolladora del enemigo. Como era aqnel un momento decisivo todo cambió
repentinam ente de asp e c to : los fugitivos volvieron cara al enem igo; este retrocedió perse­
guido, y no tardó en ser com pletam ente destrozado. G ante y Mello sufrieron tam bién la
suerte de Fontenoy, de modo que en breve quedó asegurado el señorío de la Francia en la
Flandes austríaca.
Federico I I de P ru s ia , desavenido con María T eresa, volvió con solo dos victorias, en
Friedberg y en D resde, ó im poner la paz á la em peratriz, arrancándole la cesión de la Si­
lesia (23 de diciembre)..
Pero donde la lucha se encendió con mas furor aun que en la an terio r cam paña fué en
Italia,
U na dolorosa esperiencia babía enseñado á las cortes de Versalles y M adrid qu e seria
funesta toda tentativa de invasión por los Alpes m ientras no contasen con un poderoso a u -
siliar en aquella frontera ó no tuviesen una escuadra poderosa en el M editerráneo que les
asegurase la provisión de víveres y municiones y ausiliase por la costa sus operaciones.
A tacar á un ejército que podía reponerse de las derrotas sobre el mismo país era lambien
ocioso en tanto que no pudiesen recibir con facilidad los refuerzos para reponer inm ediata­
m ente las pérdidas que lleva consigo aun la misma victoria. Variaron pues de plan de campana
tan luego como lograron enconar el resentim iento y los celos de Genova por la cesión de
F inale al rey de Cerdeña. El ejército franco-español del Delfinado y el de Ñapóles debían
concurrir allí, donde se le unirían diez mil ausiliares concedidos por la república.; todas es­
tas fuerzas cruzarían las vertientes del Po p ara separar á los austríacos de los sardos y pe­
n etrarían en el Milanesado: ocupado el país por medio de este golpe atrevido, se esperaba
m antenerlo inmóvil por medio del te rro r y derrotar asi fácilmente los ejércitos contrarios.
E ste p lan , tan brillantem ente ideado, encontró sobre el cam po, ccmo acontece de ordinario,
mil dificultades.
Había principiado ya Gages las operaciones de la nueva cam paña (1745), arrollando á
los austríacos hasta Módena ( marzo y a b ril) cuando recibió la orden de m archar á Genova
á formar parte del grande ejército que debía decidir en una sola operación la suerte de la
Italia. De los tres caminos que tenia á elegir siguió aquel en que solo podía encontrar las
d ificultades, graves, s i , pero eventuales, del tiem po, el de los Apeninos. Dos de las tres
columnas en que dividió su ejército al pié del m onte de San Pclíegrino, lo traspusieron
sin novedad; pero la del general en jefe, que fué por la parte mas elevada y ásp era, por
donde ningún ejército había hasta entonces pisado, tropezó con mil contratiem pos que solo
el sufrim iento proverbial del soldado español pudo soportar. Los caballos caian m uertos de
ham bre y de cansancio ; las parejas necesitaban cojerse de las manos y apoyarse en los
fusiles p ara no rodar por terribles precipicios; muchos iban cargados con los bagajes que
las caballerías no podían ya sop o rtar; y de esta suerte cam inaron mas de un a legua por un
suelo cubierto con cuatro pies de nieve. Cuando ya habían llegado á la cum bre y princi­
piado á descender, una to rm e n ta , formada á su espalda, arrojó sobre la división todos los
horrores de una torm enta en aquellas alturas , que la imaginación concibe mejor que des­
cribe la plum a. El ejemplo de los jefes solam ente y el valor de los soldados pudieron evitar
u n a com pleta disolución. Por fin desembocaron en los campos de Luca y se dirijieron á
S arza n a, en las fronteras de Genova, apoderándose al paso de algunos destacam entos aus­
tríacos. Aun les am enazaron varios obstáculos en el paso del M agra, que las avenidas hi­
cieron invadeable; pero la habilidad y el carácter activo del general los salvaron y á los
pocos dias los españoles pisaron las calles de Génova y se adelantaron á ocupar el famoso
paso de la Bocheta.
El ejército de la Provenza habia entre tanto atravesado los Alpes m a rítim o s, venciendo
las dificultades propias del te rre n o , y venia por Savona ¿ ju n ta rs e con el de Gages. Seguía
mandándolo el infante don F elipe acompañado del general Maillebois.
Reunidos los dos ejércitos y diez mil ausiliares geno v eses, formaban u n a fuerza de
sesenta y dos mil h o m b res, bastante superior á la del enem igo. El conde de S ch u lem -
seg u n d o r e in a d o de Fe l ip e v . í 07
b o u rg , sucesor deL obkow itz, pensó neutralizar esta desventaja con un golpe de atre v i­
m iento, cruzando rápidam ente los estados de Parm a y Plasencia y apoderándose de Gavi,
Novi y el valle que riega el L em o, para im pedir que el ejército combinado saliese de la Bo-
cheta. El rey de Cerdeña se situó también en las fronteras del M onferrato p ara defender
sus estados. Pero fueron vanas sus prevenciones: Gages rechaza del valle de Lcrao á los

Soldado cara b in ero .

austríacos y Ies arranca todos los pueblos que acababan de fortificar; don Felipe ahuyenta
tam bién á los sardos al otro lado de Bonnida y se establece en A cqui; y asegurado así e l.
cam ino, s e d irije n á A lejandría, el punto prefijado de reunión. E ra , sin em bargo, pe­
ligroso em prender el sitio de una plaza de su fortaleza, protejida por un enemigo acti­
vo y dueño del país como el rey de C erdeña, q u e, unido á los austríacos, h ab iaid o á forti­
ficarse detrás del T a n a ro , cerca de la confluencia con el P o ; y destacaron u n a división á
hacer escursiones con objeto de alejarlo de aquel punto. T orto n a, Y ogbera, Provera,
C astel-N uovo, B obbio, P arm a y Plasencia cayeron pronto en poder de los espediciona-
rios (agosto y setiem bre) y pasando el Po cerca de su unión con el Tessino, ejecutaron en
Pavia una sorpresa sobre una división austríaca que dio lu g ar á triunfos inesperados. Scbu-
lem bourg se separó de sus aliados para acudir á la defensa de M ilán am enazada; pero los
ejércitos com binados, al ver solo al rey de C erdeña, se ju n ta n y lanzan sobre él, por m e­
dio de una esforzada m archa n o cturna, y á favor de la sorpresa lo arrollan hasta Valencia
■en u n espantoso desorden. Carlos M an u el, que pudo salvarse con algunos g in e te s , no
consiguió reunir sus tropas hasta Casale. Cuando llegó el general austríaco en su socorro
408 H IS T O R IA B E ESPA Ñ A .
solo era tiempo de presenciar la deri'O ta, y de evitar á lo mas uua com pleta ru in a vol­
viendo á ju n tá r s e le , como lo ejecutó dando un largo rodeo. La ocupacion de A lejandría,
Valencia, la ciudadela de Casale, y A sti con otras pequeñas poblaciones al su r del Po suce­
dió á aquel descalabro; Milán abrió sus puertas á don Felipe {20 de diciem bre) presen­
tándole, su corona ducal; y ya no quedaron desde aquel momento en poder d élo s austríacos
en todo el Milanesado mas que M antua y las ciudadelas de A s ti, A lejandría y Milán. El
duque de Módena recobró al punto sus estados.
El froto de esta campaña no podia ser mas lisonjero p ara ¡a inm ediata: por el n o rte
poseían los ejércitos combinados todo el pais que inedia del Adda al Tesino ; por el este
avanzaban hasta P lasen cia, Reggio y G u astalla; por el oeste, hasta Cassale y A sti; y por
el su r nada lim itaba su poder sino las fronteras de Genova y Toscana. Casi todo el Mila­
nesado y el ducado de Parm a obedecíanla ley del invasor, Isabel Farncsio sonreía de placer
viendo á su hijo segundo coronado ya rey de la Lom bardia.
Pero en situación tan halagüeña un solo acontecimiento bastó p ara cambiar el aspecto
de las cosas y trasto rn ar la fortuna de la g u erra : la paz que en tal apuro ajustó M aría Te­
resa con el rey de Prusia firm ada en D resde, cediendo á este la Silesia (2 8 de diciem­
b re). T reinta mil hombres atravesaron entonces los Alpes T rentinos y fueron íi situarse
sobre el Po. y
A ntes de esto el rey de F ra n c ia , celoso del infante don Felipe por la conocida ambi­
ción de su m adre, babia enviado y a á Viena á su em bajador en Genova Mr. Champeaux
con la misión de proponer secretam ente á la em peratriz una avenencia. Esperaba Luis XV
arreg la r las encontradas pretensiones de los reyes de E spaña y Cerdeña repartiendo entre
ellos el Milanesado : el sardo recibiría el pais situado al n o rte del To y oeste del Scrivja,
y todo el resto del d u cado, con el de P a rm a , Plasencia y C rem ona, constituiría un nuevo
estado para el infante don F elipe: adem ás se estipulaba que ni F ra n cia , ni E spaña ni el
em perador tendrían posesion alguna en I ta lia , á cuyo fin ocuparía el trono de Toscana
Carlos de L orena en vez de su herm ano Francisco, que se sen taría en el solio im perial.
Claro está que no renunciaban los Borbones con este arreglo á su influencia en toda la
Italia.
El rey de Cerdeña aparentó convenir en él por conseguir con el armisticio el tiempo que
necesitaba para recibir refuerzos del A ustria.
Mas los reyes de E sp a ñ a , indignados de lo que llamaban el abandono de su bijo y una
infracción patente del tratado de Fonlainebleau , que lo era sin d u d a, hicieron los mayo­
res esfuerzos por destruir la negociación entablada. Al oir las reflexiones del obispo de
R ennes, em bajador de la córte de V ersalles, le dijo la reina con cierta sonrisa irónica di­
rigiéndose á su esposo: «Parece que nos quieren tra ta r como niños, amenazándonos con
azotes si no hacemos lo que ellos quieren ( 1 ) . » Llevó su resentim iento hasta el punió de
hacer proposiciones á la córte de Viena por medio del em bajador de In g laterra p ara resta­
blecer la antigua am istad de España y A ustria ( 2 ) .
Pronto hubo de convencerse á su pesar la córte de Versalles de la doblez del Sardo,
pues, apenas tuvo hechos sus preparativos p ara continuar la g u erra, declaró áM ailleboisque
quebaba roto el armisticio y se precipitó como el zorro sobre los descuidados corderos. Una
división francesa de cinco mil hom bres que bloqueaba la ciudadela de Asti fué derrotada;
Valencia se vio sitiada en seguida (19 de a b ril) ; recobró á A lejandría, y en todas direccio-
'n es se vieron los invasores acometidos ó amenazados.
El general francés se replegó fácilmente sobre Novi y Vorghesa p a ra ten er segura su
retira d a por el Genovesado; pero los ejércitos españoles, como estaban m as avanzados, se
encontraron en el m ayor peligro p ara ejecutar su retirad a. Gages, viendo á los austríacos
avanzar hasta Lodi, tuvo que abandonar precipitadam ente íi Milán (18 de marzo) y dirigirse
hacia el Po. Castelar, que con ocho mil hom bres ocupaba á P a r m a , con encargo especial de
la reina de conservarlo , quedó así desam parado en medí o de u n enemigo fuerte y orgulloso,
queseavalanzó en efecto á cercarlo. Gracias que G a g e s, reconociendo al punto las conse­
cuencias que podia tener su prim er m ovim iento, hizo generosos esfuerzos por salvar á su
com pañero. Se situó en Plasencia á fin de llam ar háciael Tanaro la atención del enemigo, y

(1 ) O rtiz. — EfoaiLlBs.
(2 ) T ina»].
SEGUNDO REINADO DE FELIPE V . Í0 9
á favor de esta diversión, Castelar pudo abrirse paso por e n tre los destacam entos que le
bloqueaban, dirigiéndose á los estados de G énovapnr las m ontañas de Pontrem olí. G rande
fue el asombro cuando se le vio llegar á la rib era de Levante con la mitad de su g e n t e , pues
todos creían que perecería toda en aquella larga y difícil trav esía en que los soldados tu ­
vieron que ir andando y haciendo fuego. La córte recom pensó la pericia que Castelar de­
mostró en esta retirada nom brándole teniente gen eral.
El m arqués de A rgenson, m inistro de Estado de Luis XV csplíca así en sus Memorias
estos deplorables sucesos : « Hubiera sido un remedio del cielo hacer que fuese la reina de
E spaña mas prudente y m o d erad a; persuadirle que ella era la causa de nuestras desgracias;
(¡ue era m enester volver a tra s, no conservar mas de lo que se podia defender y reprim ir el
ardor délos vencedores atajando sus triunfos.— Sucedió precisam ente lo contrario: el arte se
ju n tó con la naturaleza para aum entar n uestras p érd id a s, y se vieron nuestros dos infelices
ejércitos sin mas b rúju la que la terquedad de una m ujer. Quiso la rein a de España que g uar­
dasen á Parm a á toda c o sta : Castelar, depositario de sus intenciones secretas, sometiéndose
á un a orden superior, desobedeció al duque de Gages, su g eneral. Se hizo en cerrar dentro de
Parm a con diez mil h o m b res, y se escapó por un milagro. Todo el ejército permaneció en
Plasencia siguiendo las mismas órdenes. El prudente mariscal Mailiebois presentó en vano
los planes mas seguros : quería m antener á T ortona, ‘Voghera y Pavía, cubriendo así eí
estado de G enova; pero eran contrarias las órdenes de M adrid.— Propusieron al rey que
abandonase al infante ó que sacrificase sn ejército defendiéndolo: S. M. no titubeó en
ad o p tar el segundo partido, lo que no nos agradecieron lodos. Aun se Irató de encarcelar
como traidores á todos los franceses que se hallasen en el ejército español, á pesar de que
nuestras tropas m archaron al socorro del infante. El mariscal M ailiebois, con las mas h e r­
mosas maniobras de g u e r r a , lo libró y lo volvió á librar. Dimos b a ta lla s, de las cuales sali­
mos con pérdida, y sin dejar por eso de conseguir n uestro p ro p ó sito , q u e f u é e l de r e tira r­
nos con nuestros bagajes al eslado Genova.»
Salvado el ejército de Castelar, Gages hizo un falso movimiento retrógado sobre el N ura
que alucinó com pletam ente á los austríacos. Cuando parecía que destruía el puente de Plasen­
cia p ara evitar su persecución, hizo repasar el rio á P ignatelli con una división que se dejó
caer en Codagno inesperadam ente sobre o tra enem iga de cinco mil h o m b res, la cual quedó
reducida á la mitad y sin los almacenes de provisiones. Quiso Gages sacar partido de este
triunfo fortificándose en Plasencia ( 6 de m a y o ); pero hubo de lim itarse á hacer algunas
escursiones afortunadas al otro lado del P o , basta q u e , obedeciendo las órdenes de Madrid,
se puso en combinación con el general francés para contener la osadía del enemigo por me­
dio de una batalla.
Mailiebois levantó su campo el 14 de junio y fué á unirse en las orillas del Trevia á los
españoles, que replegaron tam bién todos los destacam entos diseminados por las orillas del
Po. Aquella misma noche pasaron el T rebia en tres colum nas, que se lanzaron al ser de
dia sobre el enem igo, prevenido á recibirlas. Ambas alas pelearon valerosam ente todo el
día sin fru to , por faltarles el apoyo de la caballería, im posibilitada de obrar en u n terren o
cruzado de aceq u ias: el centro fué menos afortunado en su a ta q u e , y su desgracia decidió
la jornada en favor de los austríacos. Cerca de cuatro mil hom bres tendidos en el campó de
batalla y mas de cuatro mil cuatrocientos heridos ofrecían u n triste testim onio de la tena­
cidad del combate : la a rtille ría , las banderas y otros trofeos quedaron también en poder
del enemigo. Tal fué la funesta batalla de Plasencia, que dejó reducido el ejército hispano-
franco á veinte m il h o m b res, y su dom inio, poco há tan esten d id o , ah o ra lim itado al dis­
trito de Lodi y T o rto n a , al sud de Milán.
Despues de una derrota que deshojaba todas las ilusiones de la córte de M a d rid ; F elipe
escribió á su sobrino el rey de Francia mas afectuoso que lo había sido desde las fatales
negociaciones con el rey de C erdeña. Recordaba con placer cuanto debía á la F ra n c ia ; que­
jábase de la acusación de ambicioso que no reparaban en dirigirle algunos m inistros fran­
ceses , y esponia sus derechos á la Lom bardia en justificación de la g u erra. Se p restab a á,
renunciar los estados de Milán y M antua, que le había adjudicado el tratado de F o n taín e-
b le a u , esperando que el rey de F rancia cuidaría de recom pensar á don Felipe en esta par­
te. Pero en cuanto á la cesión del ducado de Parm a á su esposa Isabel d u ran te su vida,
manifestaba que jam ás consentiría en o tra cosa. Por últim o proponía u n subsidio á medias
e n tre las dos potencias para asegurar á don Felipe su modesta h e re n c ia , y concluía p o -
4 - |Q H IST O R IA D E E S P A S A .

Hiendo bajo el am paro de su sobrino el porvenir de su esposa y de sus hijos como los ob­
j e t o s mas caros á su corazon ( 1 ), 1 - 1
Podría decirse que Felipe presentía el instante de su m uerte, pues a los pocos d ía s, el
9 de ju lio , u n ataque de apoplejía le arrebató la \id a en el Buen R e tiro , sin alcanzar a
sentarse en el soberbio trono del magnífico palacio que había mandado construir sobre tas
ruinas del antiguo alcázar de E nrique IV . víctima de un incendio en H U . lem a sesenta \
tres a ñ o s, y habia reinado cu arenta y seis.

E n tan largo espacio de tiempo ¡ cuantas vicisitudes para la nación ! ¡ qué febril ag n a­
ción en la m onarquía 1 Poco podemos ya decir sobre el carácter de Felipe y los grandes
acontecim ientos de este reinado memorable que hizo pasar á E spaña por las dos terribles
calamidades que trae sobre los pueblos el principio monárquico : una g u e rra dinástica y
las convulsiones de la ambición personal de los reyes. No deploramos que Felipe Y hava
triunfado de su rival en la sangrienta g u erra de sucesión , p u e s , aun q u e creamos que la
corona, según el derecho público vijenle, pertenecía al archiduque don C a rlo s, opinamos
tam bién que la conveniencia nacional aconsejaba preterir al nieto de Luis X IV . El triunfo
de aquel hubiera traído al pronto u n repartim iento del territo rio é n tre la s potencias que le
ausiliaban, y muy luego o tra g u e rra en tre sí para apropiarse esclusivamente esta codiciada
presa. La adhesión nacional, entusiasta y constante , apesar de los re v e se s, á la causado
F elipe, lo hemos dicho y a , no consistió en o tra cosa que en la seguridad de que bajo su
cetro se conservaría la integridad de la m o n a rq u ía; no reconoce o tra razón que este enér—
jico sentim iento de la independencia que llena el corazon del pueblo español.
Y sin em bargo ¡ fatalidad inexorable de este pueblo! jam ás ha estado mas sometido al
yugo de insolentes m andarines estranjeros y jam ás los intereses de un a nación se habrán
sacrificado con mas frecuencia al capricho ó la ambición de sus soberanos.

( i ) NouilUs.
SEGUNDO r é ;«ado de F ELI PE y , 411
La naturaleza había depositado en el corazon de Felipe, aunque débiles, los gérm enes de
grandes y generosos im pulsos; pero los había cubierto con una capa de glacial apatía que
no podía fecundarlos. Cuando se escitaban al calor de una ambición estra ñ a, todo en él se
tran sform aba, ro s tro , corazon, in telig en cia; todo parecía animado de una nueva vida. Mas
su naturaleza era d éb il, no sufría por mucho tiempo el estímulo de la acción, y se le veía
postrarse fatigado cuando la actividad le era mas necesaria. E ra de esos caracteres que se
contentan con querer y esperar. Por eso, si le conviene el sobrenombre de a n im o so , que le
dieron sus contem poráneos, la historia debe a ñ a d ir : pero sin firm eza y sin v olu n tad p ro p ia .
En efecto la historia de su reinado presenta dos períodos d istin to s, marcados por dos
sucesos de la vida privada : el casamiento con M aria Luisa de Savoya y el casamiento con
Isabel Farnesio de Parm a. Lo que fueron ellas ó sus favoritas fué, y no otra co sa, Felipe V.
M ientras gobernó en palacio la princesa de los U rsin o s, se le vio, tan pronto q uerer em an­
ciparse de la tutela de la F rancia, como poner hum ilde su corona á los pies de su abuelo;
sin valor para rechazar el yugo y sin fuerza p ara soportarlo; queriendo ser independiente,
pero temiendo intentarlo. Y desde el momento en que vino á España su segunda esposa
acabamos de ver que Felipe uo fue sino el instrum ento de aquella insaciable ambición (1 ).
Ella fué quien mantuvo constantem ente inflamado su instinto belicoso ; ella quien compro­
metió á la nación en gu erras estériles, digamos mas bien funestas; ella quien regó de oro
y sangre española desde la cum bre de los Alpes hasta el golfo de T árenlo y las playas de
ía Sicilia , por conquistar algunos pies de terreno sobre que fu n d aru n trono p ara sus hijos;
ella quien le sujirió prim ero la idea de la abdicación por adquirir otra corona mas brillante
y quien la quitó despues de su m ente por no perder la que p o seía; e lla , en f in , quien in­
trodujo en España la influencia italiana, aquella influencia que con u na mano hubiera que­
rido cojer lodos los tesoros de la tie rra y que atizaba con la o tra las hogueras d é la inqui­
sición.
Sin embargo del celo con que este tribunal lomó la defensa de Felipe d u ran te la g u erra
de sucesión, imponiendo bajo pena deescom union (edicto de 1707) la obligación de delatar
¡icuantos violasen el juram ento de fidelidad á aquel re y , á quienes deberían los confesores
negar la absolución ; sin em bargo de esa protección , decimos, durante el valimiento de la
princesa de los U rsin o s, influida por O rri y M acanaz, el Santo Oficio estuvo en inm inente
peligro de desaparecer. El consejo de Castilla había dado su dictamen secretam ente (3 de
noviembre de 1711) y el decreto de supresión estaba ya estendido. Pero vino Isabel F ar­
nesio , y el ilustrado y valeroso Macanaz tuvo que buscar un asilo en F ran cia, y el rey se
reconvino á sí mismo ( decreto de 28 de marzo de 171 5 ) de haber dado oidos á consejeros
pérfidos, y todos los tribunales celebraron á lo adelante nn auto de fe a! año, algunos dos y
Sevilla y G ranada tres ( 172á y 23}. Setecientos ochenta y dos es el núm ero de los autos
celebrados en aquel reinado , y las víctimas que se inmolaron ascienden á catorce mil se­
ten ta y se is, de las cuales mil quinientas setenta y cuatro perecieron en la hoguera ( 2 ).
Sin la influencia teocrático-m undana de Isabel F arn esio , entregado á sus propios sen­
tim ientos, Felipe hubiese hecho tal vez la felicidad del pueblo español, porque am aba apa­
sionadam ente la justicia, p restaba alentó oido á la ra z ó n , y su devocion, aunque no muy
ilu strad a, encerraba una moral austera. Seducido fácilmente por las ideas ú tiles, acojió
cuantas se le ofrecieron con objeto de reanim ar la agricultura, la industria y el comercio, y

( 1 ) l í e a q u í c i frulO fíe s u s codici os os pr o y ec t o s :


Don C a rlo s fue s u c c s iv a m c n ic g r a n d u q u e d e T o s c n c ia , re y dft Ñ a p ó le s y r e y d e E s p a ñ a .
D on F e lip e , q u e lle v a b a su p u e ril a v e rs ió n h a c ia E s p a ñ a y sil p o s io n p o r la F r a n c i a , h a s ta g lo ria rs e d e h a b e r o lv id a d o
s u le n g u a n a ti v a , to m ó p o s e sio n do los d u e n d o s d e P a r m a y P la s e n c ia e n 1749 y m u r ió e n 1775» e n u n a p a r tid a d e c a z a ,
íir r n s ir a d o p o r su c a b a llo y d e s tr o z a d o p o r lo s p e rro s.
P o n L u is A n to n io fuó n o m b ra d o c a rd e n a l y a r z o b is p o d e T o le d o y S e v illa á lo s díc^ irnos de e d a d , e n 1735.
D ona M aria A n a V ic to ria fu 6 d e s p o s a d a e o n L u is X V ; p e ro s e c a só c o n el p r in c ip e d el B ra s il , d e s p u é s re y d e P o r tu g a l .
D oña M a ria n a T e re s a A n to n ic ta R a f a e la c a só e n 1746 c o n e l D elfin d e F r a n c ia ,
D o ñ a M oría A n to n ic ta F e r n a n d a c a só en 4750 c o n el d u q u e d o S a v o y a » r e y ' de C e r d e ñ a , V íc to r A m ad eo ,
Solo e l in fa n te d o n F r a n c is c o n o luyo liL u lo s p o r q u e m u r ió a ! m e s d e h a b e r n a c id o , e n 1717.
L os lu jo s do M aria L u is a f u e r o n e n g e n e r a l m a s d e s g ra c ia d o s :
L u ía I m u rió ó lo s p o c o s m e s e s d e h a b e rs e c o ro n a d o .
Rt in fa n te d o n F e lip e fa lle c ió a l m e s d e lin lis r n a c id o ( 1 7 0 0 ).
D on F e lip e P e d r o G a b rie l ta m b ié n m u r ió p r e m a tu r a m e n t e ( 1 7 1 ÍÍ) a lo s s ie te a ñ o s de e .la d ,
D o n F e r n a n d o * f n é e l ú n ic o q u e f u e d a d e c ir s e lle g ó á r e i n a r .
T u v o p u e s F e lip e V on co h i j o s , s ie te d e e llo s <lc I s a b e l F a r n e s io .
( 2 ) L ló re n le .
TOMO IV . S i
i 12 HISTORIA DE ESPAÑA.
de fom entar las letras. Se inició entonces un renacim iento que mas adelante presentarem os
en todas sus formas y cuyos cimientos pueden ser considerados la Academia de la Lengua,
fundada por el m arqués de Villena, duque de E scalona, en 1713, y la de Historia , creada
en 1738 , de la cual fué prim er presidente don A gustín M ontiano y Luyando.

D. A g u stín d e W o n lia n o ; L u y a n d o .

E ntregado, en fin, á sus propios instintos, la gloria de los nom bres ilustres que brillaron
ya en su tiempo, de Alberoni y Patino, de Macanaz y el P. Feijoo, de Jorge Juan y TJlloa, de
Luzati y el deán M arti, de Ustariz y Zavala, hubiera reflejado sobre él, y legaría su reinado
n n ejemplo á la historia y una demostración á l a ciencia política de que un rey sin derecho
dinástico puede ser un buen rey ó , digámoslo m e jo r, que no se necesita de ese derecho, la
legitimidad m onárquica, p ara hacer la felicidad de un pueblo.
J*«rnatri)ü V i.
REINADO DE FERNANDO VI.

CAPITULO XLVI.
1746,— 1748.

R e i n a d o de F e r n a n d o V I : s u n o b l e c o n d u e l a con l a r e i n a v i u d a y s u s hijo s. — Desi ste do la g u e r r a de I tal ia : Gagcs


r e e m p l a z ó l o p o r Lu-Minu : reliracio del e je r c it a e s p añ o l á la P r o v c n z a r[ue o b l ig a á los fr a n c e s e s a. s e g u i r l e y p r o d u c e la
c c nj i íi e io n d e Ge n o va p o r los a n s t r i a e o s . — í / i e m p e r a t r i z p r oy ec ta u n a i n v a s i ó n en N ñp ol es , y U I n g l a t e r r a ho c e qu o
la d i ri ja ciiriirn F r a n c i a . — G e n o v a ¿c s u b le v a , — N e g o c i a r o n s e e r c la e n t r e E s p a ñ a , é I n g ln t e r r o . — EL cjo rc ilo es-
p a ñ o l v u e lv e ¿ I t a l i a y s a lv a á (¡é no va : J u n ó l a de Ass ieta . — T r a n s a c i c n co n I n g l a t e r r a , — T r i u n f o s de los f r a n c e s e s
e n los P a i s e s - B a j o s . — N e g o c i a c i o n e s d é l a paz d e A q u i s g r a n ó A i x - l a - C b a m p e l l e , q u e po n e íin á la g u e r r a d e la s u —
c e sió n a u s t r í a c a : el i n f a n t e don F e l i p e qncihi e s ta b l e c i d o en P a n n a , P l a s e n c i a y G u a s l a l l a : el r e y de Ñ a p ó le s se n i e ­
ga á ap ro b a r uno clau su la relativ a á sus estados.

s p e r a b a poco la Dación del sucesor de Felipe V. E ra

el último hijo de Luisa de S av o y a; llamábase F er­


nando , y se hallaba en toda la lozanía de la v id a , en
los treinta y tres años de edad. No era de rostro agra­
dable ; su pequeña estatu ra le quitaba la magestad
p erso n a l, que tan bien sienta á los que están des­
tinados á m a n d a r; y apenas se habia hecbo notar
mas que por los celos y la aversión q u e , á causa de
su inmediación á la corona, le profesaba Isabel F a r -
nesio, á quien aborrecía el pueblo.
Tero el acto de m agnanim idad con que señaló
su advenimiento al trono sorprendió á la nación
y la cautivó. Isabel F an ie sio , no contenta con derram ar en Italia los tesoros y los
ejércitos de España p ara establecer á sus h ijo s , habia mirado siem pre á Fernando con
cierta prevención ofensiva, no perm itiéndole, aunque príncipe de A sturias, participación
alguna en el manejo de las cosas públicas, como e ra costum bre y su edad lo requería, é
impidiéndole la frecuencia y la franqueza en el trato con su padre. Todos esperaban el
efecto del resentim iento ; todos creían ver lueg o , y lo deseaban en g e n e ra l, castigada aquella
eslranjcra am biciosapor cuya causa se habia derram ado sin fruto tanta sangre y aum entado
414 HISTORIA DE ESP a S a .
los impuestos enorm em ente, dejando á la nación una deuda de cu aren ta y cinco millones de
duros. Solo Fernando creia indigna de él una venganza personal. El testam ento que apareció
á la m uerte de Felipe V, con fecha de 1726, señalaba á su esposa la'viudedad de seten ta mil du­
ros anuales, superior á cuantas hasta entonces disfrutaran las reinas de E s p a ñ a ; le adjudi­
caba el magnifico sitio de S. Ildefonso y muchos otros legados cuantiosos; dejaba á su elección
la ciudad de España en que quisiese re s id ir ; la nom braba tutora de sus hijos m enores y de
sus b ijas; y por últim o, confirmaba el orden de sucesión á la corona establecido por la
pragmática-sanción. Respetó Fernando la postrera voluntad de su padre en todas sus p a r­
tes, con no poca sorpresa de la misma r e in a , que siguió viviendo en la córte y disfrutando
tranquilam ente su rica herencia.
Tampoco quiso F ernando alterar el m inisterio que presidia V illanas, y juzgó que no
seria intem pestivo escribir al rey de F rancia una carta autógrafa en que se m anifestaba
resuelto á sostener todos los empeños de su-padre, así respecto á los intereses generales de
la casa d elío rb o n como al establecimiento de sus herm anos en lia b a .
H asta donde huljiera cumplido Fernando esta resolución habría sido difícil asegurarlo
á p r i o r i , y no lo es menos h o y , despuesde haber examinado su v id a, consagrada incesan­
tem ente y con una firmeza singular á la conservación de la paz de E spaña con todas las
potencias. Es perm itido creer que las negociaciones en que bailó empeñado <i Luis XV con
Holanda y C erdeña, á pesar de las promesas recientem ente hechas á su p ad re , produjeron
en su ánimo u n secreto placer, pues le facilitaban un medio honroso de plantear desde luego
su sistema.
E l prim er paso fue poner el ejército de Italia bajo la dirección de olro jefe.
Gages era considerado como uno de los prim aros gene’r ales de Luí opa, lama que debía
al acierto de sus combinaciones eslraléjicas y á su actividad inagotable. Federico 11 decía,
hablando de él, que senlia no haber hecho alguna campaña <á sus órdenes, Pero Fernando,
que no quería ya g u errea r en Italia, lo llamó á E spaña, no porque le retirase su confianza
sino porque no le juzgaba tan eu disposición de rom per sus compromisos con los mariscales
franceses, á cuyo lado habia combatido, como cualquier otro. P ara persuadirle de esta razón
lo colmó de elogios y de dignidades, le concedió una pensión hereditaria de seis mil duros
anuales, y mas adelántelo nombró virey de N av arra, en cuyo mando le alcanzó la m uerte
en 1768, á los setenta y tres años de edad (1).
El general enviado en su relevo fue el m arqués de La M ina, m ilitar que había formado
su honrosa reputación en todas las guerras que sostuvo Felipe desde la de Sucesión y que
gozaba fama de verdadero español, enemigo de la Francia. Esta antipatía es la que le inspiró
esta elocuente y sencilla arenga á sus soldados en la batalla del O lm o: « Amigos m io s; sois
españoles, y los franceses os están m ira n d o : m archem o s.»
Partió á Italia con una carta p ara don Felipe llena de palabras afectuosas; pero con la
orden de quitarle el mando de las tropas y sacarlas del teatro de la g u erra. La Mina
en efecto, apenas tomó posesion del m an d o , se retiró liácia G énova, desamparo que puso á
los franceses en la precisión de levantar también su campo y em prender un movimiento
retrógrado. Mailiebois esperó aun que le ayudaría á defender el paso de la Bóchela; pero el
general español declaró su invariable resolución de abandonar á Italia, y fueron inútiles todos
los ruegos que el francés y don Felipe le hicieron para que desistiese de su propósito hasta
nuevas órdenes de su c ó r te : hizo em barcar la artillería y los equipajes, y tomó el camino de
la Provenza.
E sta retira d a repentina puso á las tropas aliadas en la situación mas crítica, por cuanto
no podían co n trarrestar las m ayores fuerzas del enemigo. Mailiebois, al ver p en e trar á los
austríacos por el valle de Borm ida, se retiró tam bién á la P ro v e n za, y los infelices g e n o -
veses, amenazados por u n poderoso ejército austro-sardo por tie rra , y de la m ar por una
escuadra inglesa, se vieron en la necesidad de en treg ar á discreción la ciudad y de sufrir
la condicion hum illante de que el dux y diez senadores se presentasen en Yiena á pedir
perdón.
Desvanecida por el orgullo y la ambición con este triu n fo , la em peratriz m editaba ya
enviar sus ejércitos victoriosos á la conquista del reino de N áp o les, em presa no difícil por-

( 1 ) Carlos lií, q u e n u n ca olvidó Uuber debido su salvación en La sorp resa de V ellctri íi C o g e s , le erig ió u n s u n ­
tuoso m ausoleo en u n a iglesia de aq u e lla ciudad con u n a inscripción qu e 61 m ism o com puso en Iuiin.
BE1NAD0 DE FEBKXKDO VÍ· Í 'I S
que la mejor parte de sus tropas había acudido á la Lombardia. L a I n g la te rra , sabedora de
las disposiciones pacificas de) nuevo Tey, fue quien le hizo variar de plan, en la persuasión
de que este servicio le seria agradecido por E sp añ a, con quien deseaba ya reconciliarse. Le
aconsejó que llevase mas bien ja g u e rra á la Provenza, á lo cual se avino fácilmente el re y
de Cerdeña, y ya habían atravesado el Yar sus ejércitos cuando delnvo su m archa y les
obligó á retroceder una insurrección popular que estalló en Genova.
Las tropelías y sobre lodo las exacciones de los austríacos habían encendido nn fuego
sordo en el pueblo de aquella ciudad dem ocrática, que reventó en terrible esplosion ape­
nas víó alejarse á los que la ultrajaban y oprim ían. Estos v o h iero n alras y le pusieron
sitio ; pero m ientras los genoveses acudieron á las m urallas animados de n n solo pensa­
m iento, los jefes austro-sardos perdían el tiempo en combates de rivalidad, y pasaron todo
el invierno delante de la ciudad rebelada sin avanzar apeDas un paso. La F ra n c ia , que había
visto á sus p u ertas á los que la sitia b a n , la protegía

El conde de Gíiges.

Fernando se apresuró á m anifestar de un modo indirecto su reconocimiento á la In g la­


terra por haber evitado la invasión de N ápoles, y poco tardó en entablarse un a negociación
secreta con la mediación de la córte de Lisboa, á donde acudieron K eene por Ja de Londres
v Soto-M ayor por la de M adrid. P ero, como no se ocultasen estos pasos á la suspicacia y
vigilancia de la reina v iu d a , Luis XY tuvo de ellos pronto conocimiento y procuró con
ahinco evitar la separación de España. Propuso á Fernando la conquista de la Toscana para
don F elipe; le halagó con varias ventajas com erciales; y dirigió escitaciones á los senti­
mientos de familia que abrigaba su corazon (diciembre). Al mismo tiempo Isabel Farnesio
trató de ganar al m inistro V illanas p ara que rechazase ó entorpeciese la mediación de
la córte de P o rtu g a l, y en esta compró la cooperación á sus fines del prim er m in istro , el
cardenal La-M otta. ’Estas in trig a s fueron sin duda la causa de la orden que recibió la
reina viuda de salir de M adrid, yendo á fijar su residencia en S. Ildefonso. Y á fin de
com batir mejor estas in trig a s, V illarias, de acuerdo con el re y , hizo dimisión de su destino,
al cual fue elevado el luego célebre don José Carvajal y L an caster, que á una com pleta
identidad de miras con el r e y , reunía m ayor energía y actividad.
A pesar de esto la negociación adelantaba poco, porque la em peratriz se resistía á consen-
416 H lSTO nlA DE ESPAÑA.
t i r e n e i establecimiento de don Felipe en Italia y la misma In g la te rra , aunque manifestaba
disposiciones favorables y el parlam ento anuló el acta que prohibía el comercio con España,
reh u saba exigir al A ustria m ayores sacrificios de los que le había impuesto ya. Fernando
insistía en asegurar la suerte de don F e lip e , así por complir la postrera voluntad de su
p ad re como porque en ello estaba ya comprom etido el decoro de la nación. A dem as, decía
W alpole en una comunicación á sn soberano (junio de 1747) : a N ada puede facilitar la re­
conciliación con esta córte como el hacer que no vuelva don Felipe á E s p a ñ a ; y no es esto
p o r conformarse con la antigua política de la reina sino p ara satisfacer á los soberanos actua­
les, que no saben que hacer con el infante cardenal. E l carácter conocido de don Felipe es
u n motivo suficiente p ara im pedir su vuelta ; es de cortos alcances y ademas m u y fran cés en
to d o , hasta el punto d eq u e hace alarde de no entender la lengua castellana.«
Yiendo Fernando que ni de la In g la te rra ni del A ustria podía lograr la colocacion de
F elip e , entabló negociación con el ambicioso savoyano, siem pre dispuesto á escuchar al
m ejor p o s to r, y se manifestó decidido á continuar la g u e rra espidiendo órdenes á La-Mina
p ara que acudiese al socorro de Génova y m andando rehabilitar la escuadra destrozada en
el com bate con Malhews, que seguía medio abandonada en C artagena. La córte de Yevsalles
se dió prisa á aprovechar este cam bio, reem plazando áM aillebois con el mariscal B elle-lsle,
’ de u n a g rande nom bradla m ilita r; y los dos ejércitos, repasando juntos el Y ar, acudieron á
donde el honor los llamaba hacia tie m p o , á salvar á Génova de su largo y penoso bloqueo.
Deseoso de encender de nuevo la g u e rra en el P iam onle, B elle-Isle envió á su herm ano
con quince mil hombres (julio) á forzar el paso de Assieta. Los piam onteses lo disputaron
con valor y se re n id a d , contra la desesperación de los franceses, que al fin se vieron obliga­
dos á retira rse dejando sobre el campo cerca de seis mil hombres con su general. Con esta
derro ta y el disgusto que el haberla provocado causó á la córte de M adrid, que no quería
conquistas, que solo apelaba realm ente á la g u erra como instrum ento de la p a z , estallaron
disensiones en tre los generales de ambos ejércitos, que pusieron fin á la campaña antes de
que lo exigiese la estación.
El motivo secreto de E spaña para m irar con enojo u n ataque innecesario era el que en
aquellos momentos precisam ente lograba acordar con la In g laterra un a transacción no menos
ú til que h o n ro sa, en v irtud de la cual se les reconocía á los españoles el cuestionado derecho
de visita con otras ventajas en el comercio de América, y se convenía en el establecimiento
del infante don Felipe en Parm a y Toscana, agregándole ademas Guastalla, que acababa de
quedar vacante por m uerte del príncipe José M aría, último descendiente varón de la casa de
Gonzaga. E ra un triunfo ciertam ente que valia algo mas que una v ic to ria, aunque esta tra­
jese el mismo resultado, pues economizaba sangre.
Sin duda consentía la In g laterra en una transacción que no dejaba de lastim ar sn orgu­
llo, por aislar y obligar á la paz á, la F rancia, á quien tenian em briagada sus victorias en los
Paises-Bajos. La de Fontenoy, en m ayo de 1745, habia dado por resultado la rendición de
T o u rnay, G ante, O stende, Brujas y A th ; série de triunfos coronada en la campaña siguien­
te por la batalla de Rocoux (octubre) que produjo la ocupacíon completa de los Paises-Bajos
escepto Luxem bourg. Inútil fue que la Holanda am enazada llamase en su socorro al p rin ­
cipe de O range, Guillermo E n riq u e; inútil que la em peratriz de R u sia, Isabel, anim ada
por los subsidios de la In g la te rra , enviase tam bién en su ausilio un ejército de tre in ta mil
hom bres con orden de p e n e tra re n F rancia por la frontera del R h in ; inútil todo p ara cortar
el vuelo de las arm as francesas. Se apoderaron en la campaña de 1747 de la Esclusa, Sas
de G ante y otros p u n to s , y en la victoria de Lanffelt sobre el duque de Cum berland consi­
guieron la entrega de B e rg -o p -Z o o m al conde de Lowendbal y la sumisión, de casi todo
el B rabante holandés. El sitio puesto á M aestrichtel 2 de julio era una séria amenaza á la
independencia de la Holanda.
Con lodo la Francia no desconoció que esta conquista, si era posible, no seria duradera,
pues tendría por enem igas á las Provincias-unidas, á la I n g la te rra , al A ustria, á l a Rusia,
á l a tíerdeña, y no podía contar con el apoyo de España. Habría gastado inmensos tesoros,
y tendría al fin que retira r sus ejércitos, obteniendo á lo mas algunas plazas fronterizas
fnera de sus lim ites naturales, que no tardaría en p erd er. A estas consideraciones, que cui­
daban los enemigos del mariscal de Sajonia de imbuir en el ánimo de Luis X V , vino á
ju n tarse la grande pérdida que sufrió la m arina francesa con la derrota de una escuadra en
el cabo de F inisterre por el alm irante Anson , p ara inover á la córte de Versalles á activar
R U Ñ A D O B E FERNAHDO "VI. 417

las negociaciones de paz que había abierto sobre la victoria de Lanffelt. Las* condiciones
que propuso eran aproxim adam ente las mismas acordadas con E spaña : la restitución da
los países conquistados y el establecimiento de don F elipe en Italia.
Acogió desde luego la In g laterra proposiciones que estaban de acuerdo con sus m iras,
siendo el resultado de las conferencias que se en tab la ro n , prim ero en B red a , y despiies en
A q u isg ran , el firm arse los prelim inares de la paz el 20 de abril de 1748 en tre F ra n c ia , la
Gran B retaña y la H olanda, con esclusion del A u stria, que se negó tenazm ente á aceptar
sus condiciones. E ra la principal de estas el establecimiento de don Felipe en los estados de
P arm a, Plasencia y G uastalla. Pero la enérgica decisión qué manifestó la In g laterra por
concluir !a paz venció esta resistencia de la em peratriz y la que ponia á ratificar la des­
membración de la S ilesia, quedando firmado el 23 de octubre el tratado definitivo por todas
las potencias.
P arm a, Plasencia y Guastalla se adjudicaban al infante don Felipe con cláusula de re ­
versión, de P arm a y Guastalla al A ustria, y Plasencia al rey de C erdeña, si dicho infante
era llamado á ocupar el trono de su herm ano el rey de Nápoles, bien fuese por m u erte, bien
por traslación á otros dominios. Los artículos restantes establecían la restitución respectiva
de las conquistas hechas durante la g u e rra ; sancionaban la erección á la silla im perial del
g ran duque de T oscana, la indivisibilidad de los dominios im periales, fuera d é la s desmem­
braciones que se consignaban en el tra ta d o , y reconocían la pertenencia de los ducados de
Lorena y Yar á la F ra n c ia ; por último se renovaba el Asiento con los ingleses por los cua­
tro años que faltaban.
Los demas puntos de la contienda m ercantil entre España é In g laterra se reservaron
p ara u n tratado especial, con cuyo objeto se presentó en seguida K eene en la corte de Ma­
d rid , y recibió Yall en la de Londres el título de plenipotenciario español.
Don Carlos, á quien el tratado de Y iena de 1730 reconocía el derecho de disponer de sus
estados en favor de sus h ijo s , rechazó con fuerza la cláusula que le im ponía otro sucesor;
y aunque F e rn a n d o , opuesto como é l , cedió al fin, nada pudo alte ra r la firme resolución
de su negativa.
Tales fueron los términos d é la paz de A quisgrau ó A ix-la-Chapelle, con que concluyó
la g u erra de sucesión del A ustria. La P rusia fue de todas las partes beligerantes la que ob­
tuvo de ella mas fruto pues desde entonces principió á ser reconocida como la p rim era po­
tencia del norte de Alem ania. España, á. quien hizo en tra r en la contienda la ambición, sacó
también mas fruto del que á su derecho correspondía. Pero cuando decimos E spaña no se
olvide que es de su personificación monárquica de quien hablamos : la nación no era sino
la masa de granito en que reposaba sosegado el trono de sus reyes.

CAPITULO XLVII.
1748,

C a r a d o r de F e r n a n d o VI y do s u e s p o sa f la r e in a B á r b a ra : lo s c é le b r e s m in i s t r o s E n s e n a d a y C a r r a f a ! : «1 P . R a v a g o
c o n fe s o r d e l r e y : e l c a n ta n t e F a r m c l li .

L a paz de A ix-la-C hapelle es el verdadero punto divisorio de los dos reinados, pues en
ella se cerró la políüca funesta de Felipe Y ó de su esposa, y en ella empieza esa éra harto
breve del tranquilo reinado de Fernando Y I, dulce y lejano preludio de nuestra lenta re­
generación.
Es preciso esplícar como se obró esta repentina tran sició n , y p ara eso basta dar á co­
nocer el carácter y las m iras de los varios personajes que se hallaron casualm ente en el po­
d e r, pues que la opinion pública, si existía entonces, no acertaba á m anifestar sus exi­
gencias, Estos personajes s o n : el r e y , la re in a , los dos m inistros E nsenada y C arv ajal, eí
confesor del r e y , el P . jesuíta R a v ag o , que nunca ha dejado la sotana de tener un influjo
poderoso en el palacio de nuestros rey es; y para que ni aun en los mejores tiempos de
n u estra m onarquía faltase alguna estraña anom alía, el célebre cantante Farinelli. Estos
lijeros bocetos biográficos encierran la clave de los acontecimientos que se sucedieron desde
el ajuste de la paz.
A IS HISTORIA DE E S P A Ñ A .

F ernando, sin poseer una fisonomía agradable, atraía por la dulzura de sus ojos azules
y ]>or cierta melancolía que como un velo cubría todo su ro stro , trisle herencia de su padre.
Podía encontrarse en sus movimientos y en la aptitud geueral de su cuerpo la irresolución que
agoviabacon frecuencia su espíritu, y la indolencia, no efecto de la insensibilidad sino de la
falta de vitalid ad , que constituía el fondo de su carácter. Se lia querido atribuir á. esla
indolencia su am or á la paz, distintivo sobresaliente de su reinado, acusándole de que pos­
ponía la gloria de su pueblo á su propia comodidad. Pero es que se olvida que Felipe 111
y Felipe IV eran también indolentes y dejaban á sus ministros em prender conquistas, ó es
que se ignora que era aliora mas difícil y laborioso m antener la paz que hacer la guerra,
fe m a n d o se consagró á proporcionar !a paz á España porque se habia persuadido de que
era la prim era necesidad de la m onarquía, despues de tantos reinados pendencieros y por
que liabia en su corazon un m anantial de am or y de bondad. Amaba á su esposa con ternura
y se condolía sinceram ente de las desgracias que afligían á sus súbditos : no hubo calami­
dad pública á que él no atendiese con mano pródiga, ni im ploró nadie inútilm ente su com­
pasión. Solo asi un esp íritu , por lo demas débil é irresoluble, pudo m ostrarse tan firme en
la neutralidad, sin ceder á los halagos ni á las amenazas de potencias mas poderosas. No po­
seía ciertam ente una inteligencia privilegiada, y era sin duda menos ilustrado porque se le
habia negado la instrucción correspondiente; pero el instinto del bien y el am or á la justicia
suplían en él las especulaciones de la ciencia. Un buen corazon ah o rra sin duda la m itad de
la cabeza en el gobierno de los pueblos. El mismo reconocía su incapacidad; y esta convic­
ción , así como pudo ser origen de muchos m ales, f u é , por un efecto fortuito ó por cierta
propensión misteriosa que une á las almas homogéneas, causa de su glorioso reinado, por­
que le colocó en manos de personas interesadas en su bien é ilustradas.
Su prim er secretario y consejero era su esposa, que hubiera podido ser de esla suerte
o tra Isabel Farnesio sí abrigase su ambición. María Madalena Teresa B á rb a ra , h ija, como
dejamos dicho, de Juan V de Portugal y de M aría A na, hija del em perador Leopoldo I, no
habia recibido de la naturaleza el don de la herm osura. K eene, que se halló presente á la
ceremonia de su casam iento, nos ha dejado un retrato poco agradable : «M e puse a y e r,
decía en una carta ( 1 ) de modo que vi perfectam ente la entrevista de las dos familias, y
pude observar que el rostro de la princesa, aunque se hallaba S. A. cubierta de oro y dia­
m a n tes, desagradaba al príncipe, que la m iraba como si pensase que le habían engañado.
Su baca e n o rm e , sus labios g o rd o s, sus carrillos mofletudos y sus dim inutos ojillos no for­
m aban, según á.él le parecía, un conjunto agradable : lo único que tiene la princesa de
bueno es la estatu ra y el noble porte. » Sin em bargo de que su fisonomía no deslumbraba
y de que una obesidad p rem atu ra habia destruido la gracia n atu ral de su cuerpo, su jovia­
lidad , su viveza y u n a afectuosidad seductora disiparon bien pronto las prim eras impresio­
n es en el ánimo de su esposo, y se hizo dueña de su corazon con mas im perio que el que le
hubiese concedido la belleza. Poseia un talento poco co m ú n ; pero jam as se le vió emplearlo
en sojuzgar á su esposo, á cuya autoridad y deseos manifestó siem pre una respetuosa v
cariñosa deferencia. Al principio conservó en nuestra grave corte su natural a le g ría ; pero
luego el contacto de un carácter hipocondriaco tornó sombrío su sem blante y menos esp an -
sivo su corazon. Entonces se apoderaron de su mente dos ideas á las cuales se debió quizá
¡a adulteración que se advirtió en su alm a : una el tem or de una m uerte repentina por algún
accidente apoplético, y o tra , si sobrevivía á su m a rid o , á quien preocupaba también en su
hipocondría el mismo tem o r, la triste suerte que le reservaba la viudez , s o la , en medio de
u na familia estraña y en una nación que m ira de mal ojo á los estranjeros. E sla idea lúgu­
bre fue tal vez la que le inspiró la pasión a! dinero como medio de conjurar algunas de las
am arguras de su desam paro; y como no guardase la m ayor circunspección en el modo de
satisfacerla, pues se la v ió recibir regalos d esú s ministros y de los em bajadores estranjeros,
decayó tanto su estimación en el concepto público que lo que en un principio fue desprecio
se convirtió luego en indignación. El pueblo tenia desgraciadam ente b arios ejemplos d eq u e
los estranjeros no venían á España sino como á una tierra de prom ision ó de conquista.
Adoptando aquel medio indecoroso de prevenirse contra el porvenir que veia constan­
tem ente en sus cavilaciones, no descuidó cnanto podia precaverla de otros accidentes funes­
tos. Sin resolución p ara sostener las luchas que se originan en derredor del trono, basta

(■í) A.1 cobnllcro Ln Tíjtg , en Bodnjoz á 20 d e ftnnro d e Í7 2 9 ,


REINADO DE FJBRNAKDO VI, 419
el punto de prorrum pir en lloros á cualquier contratiem p o ; no teniendo pretensiones sobre
el g o b iern o ; temiendo turbar !a tranquilidad de su esposo ; sintiendo debilitarse su salud;
perdiendo la esperanza de dejar u n hijo que heredase la c o ro n a ; careciendo en fin de los
estím ulos de la g lo ria , la am bición, la codicia y el amor m aterno, se limitó á afirm ar su
influjo en el ánimo del rey como esp o sa, complaciéndole en to d o , y como rein a fortificán­
dole en su propósito de conservar la paz á toda costa. De aquí que unas veces favoreciese á
F rancia y otras á I n g la te r ra , sin protejer constantem ente á n in g u n a ; y de aquí lam bien
el diestro sistema de m antener en rivalidad á los m inistros con el fin de impedir que le dis­
putasen su influencia. Sin la codicia que se desarrolló en su a lm a , la reina B árbara h u ­
biera sido la mas querida de los españoles porque aparecía á sus ojos p u ra de costumbres,
contenida en los lím ites de sus deberes privados y anim ada de los mismos deseos pacíficos
de Fernando.
Uno de los m inistros, el mas inOuyente, que este habia h ered ad o , por decirlo a s i , con la
corona era don Zenon y Beugoechea, mas conocido de la posteridad por el título ilu stre de
Somodevilla de m arques de la Ensenada. Nació en H erv ía s, pueblo hum ilde de la Rioja,
al que debió también su prim era instrucción. Se dice que siguió una carrera literaria y que

la ab andonó, quizá por im pro d u ctiv a, apenas principiaba á e jerce rla, p ara ocupar un os­
curo empleo en una casa de comercio de Cádiz. En esta prim era peripecia de su vida reco­
gió conocimientos sobre el comercio y la hacienda que fueron la causa de su elevación. Cuan­
do el ilustre P a tin o , despues de la caida de A ib ero n i, que le a rra s tró , fué repuesto en la
intendencia general de m arina y partió á Cádiz á equipar la escuadra que debía llevar al
m arques de Lede al levantam iento del sitio de Ceuta por ios m o ro s, conoció á Somodevilla
y « en atención á su habilidad» le dio su prim er destino de oficial supernum erario del mi­
nisterio de m arina. Esta protección, cada dia mas satisfecha de su hallazgo, jam as le aban­
donó ; de m anera que á la m uerte de P atino, en 1 7 3 6 , su a h ijad o , habiendo sabido distin­
guirse en las cspediciones de O ran é I ta l ia , era ya intendente general del ejército de
operaciones y llevaba el títu lo , luego mas justificado, de m arques de la E n sen a d a que le
dió, reconocido, el nuevo rey de Nápoles. Ya no era estraño q u e, al organizar el tribunal ó
consejo de A lm ira n ta zg o p ara tra ta r peculiarm ente los asuntos de la m arina bajo la p re s i-
TOHO IV. 55
£20 HISTORIA DE ESPAÑA.
d eu d a del infante don F e lip e , fuese nombrado su secretario. A unque la b ia tres generales
ilustres en aquel consejo, á él se debió la completa reform a que se em prendió entonces en
nu estra arm ada. «P ued en considerarse obras su y a s, dice su biógrafo ( 1 ), la cédula de
la constitución de las m atrículas de m a r , de su alistam iento , privilegios y obligaciones
dada en 18 de octubre de 1 7 3 7 , la formación del arsenal de C artagena , creado y a su de­
partam ento desde 1730 ; la piadosa institución de inválidos , el fomento de la construcción
de buques en América y el plan y preparativos de unas ordenanzas generales p ara el régi­
m en de los diversos cuerpos de la a rm a d a , cuya em presa no llegó á concluirse y perfeccio­
narse hasta la época de su glorioso m inisterio.» Esta época vino con la m uerte de Campillo,
en cuya sustitución se le llamó con instancia de I ta lia , á donde lo había llevado el infante
don Felipe como su secretario de estado y guerra. T anta era la fama de hábil estadista
que habia adquirido en sus últimos destinos y tal la confianza en su lealtad, que se le encargó
el despacho de G u e rra , M arina, Indias y Hacienda, de la superintendencia general de
ren tas y d é la te so re ría , ascendiéndole en su propia carrera á la categoría de lugar-teniente
general del almirantazgo (1 7 4 3 ). M ientras vivió Felipe Y pensó mas bien en los medios
de afianzar su posicion que en desarrollar sus propios p lan es; bastando á este objeto algún
impulso dado al fomento d e ía m a rin a, elemento necesario á los proyectos de conquista que
traían agitada á Isabel Farnesio. La m uerte de aquel m onarca parece que le hizo vacilar en
su silla y que para afirm arse en ella tuvo que hacer regalos á la nueva re in a , con los que
dió pábulo á la murm uración cortesana. Efectivam ente el lujo oriental de sus arreos y su
profesión autorizaban bastantem ente rum ores poco h o n ro so s, que la historia siente no po­
d er desm entir. Tan exagerada era su pasión á la magnificencia q u e , apesar de su patrio­
tismo , entonces mas escrupuloso que en nuestros d ía s , no vestía camisa que no fuese cosida
y aplanchada en París. E n un dia de gala deslum braba la vista su tr a je , todo recamado de
oro y p ed rería, cuyo coste se valuó en quinientos mil duros. Asombrado el modesto F er­
nando de semejante fau sto , á que no podía acercarse ningún grande de E sp añ a, cuéntase
que se atrevió un día á d ecirle: — «M arques, ese es demasiado lu jo ;» y que recibió esla
tan hum illante como lisonjera contestación: — « S eñor, por la librea del criado se da á co­
nocer la grandeza del amo. » Asi no es estraño que hallasen muchos mas orgullo en la apa­
ren te modestia con que recordaba su hum ilde nacim iento, que en la vanidad del aristócrata
que oculta su verdadero nombre por m entar su título. Hablando del suyo , solía usar con
visible afectación de hum ildad este juego de p a la b ra s: E n s í n a d a . Nos adm ira mas por eso
el encontrar en medio de estas frivolidades m ujeriles ios graves pensam ientos del hombre
de Estado. Su idea capital en la política esterior e ra asegurar á España sus ricas colonias y
el dominio de los m a re s; idea que le hacia necesariam ente enemigo de la In g la te rra , contra
la cual luchó con gloria pero sin fortuna.
Cuando se acordó la separación de Yillarias él hizo que recayese la elección de mi­
nistro de Estado en C arvajal, en la persuasión de q u e , reconocido al servicio y satisfecho
con su aparente superioridad, no dejaría de plegarse á sus m iras. Conoció luego que se
habia engañado; pero ya no estuvo en su m ano el alejarlo. Carvajal era hijo m enor del
duque L inares, y apesar de su carácter severo é in g e n u o , habia seguido la carrera diplo­
m ática , sirviendo al conde de Montijo de secretario cerca de la dieta alem ana en las nego­
ciaciones á que dió lugar la pretensión de Felipe á la sucesión austríaca. Vuelto á España,
se le confirió la secretaria del m inisterio de Estado ("2) que quiso renunciar varias veces
como indigna de su rango , y acaso p orque repugnase á su condicion honrada la bastardía
de los medios y de los principios que regían la política de E spaña. Carvajal revelaba en
sus formas la rijidez de sus opiniones y costum bres: sus movimientos eran pesados y des­
g arb ad o s, pero firm es; la lentitud de sus decisiones estaba contrapesada por su laborio­
sidad: no tenia elocuencia, pero sus juicios eran rectos : tampoco.descollaba por u n ag ran d e
instrucción , pero los cimientos que había echado en su inteligencia eran sólidos: descon­
fiaba de los d em as, pero también de sí mismo. Si se añaden á estas cualidades su religioso
respeto á la e tiq u e ta , la pertinacia con que sostenía la opinion que una vez había emitido,
s u ‘severa integridad y su adusto carácter, enemigo de ia lisonja, sin duda se verá en él
una figura de la an tig ü ed a d , el español de tiem pos mas rem otos cuyo retrato nos ha tr a s -

(1 ) Doq M artin F ernandez de N a v a rre te , su p a is a n o , de quien t o m a m o s la m a y o r p arle de los d a to s aq u í c o n s ig ­


n ados.
( ‘2 ) El destino do lo s ac tu ale s s u b se creta rio s.
REINADO DE FERNANDO V I. Í2 1
mitido la tradición. Dicese que por tem or de que se interpretase á liso n ja, jam ás se le vio
hacer un cum plim iento á sus soberanos y que huia de todos aquellos cuya protección pu­
diera creerse que m endigaba p ara sostenerse, sin esceptuar el confesor del rey. E s le , sim­
patizando con él mas que con Ensenada, le hizo dueño de su confianza, qu e á rad ie cierta­
m ente pudiera otorgar m ejor. E xistía entre ambos una identidad completa de pensamiento
político : la paz como prim era necesidad de E spaña, y la neutralidad mas severa con todas
las potencias, el abandono mas sincero de toda idea de co n q aista, como medios. Sin em bargo,
fuese por cierto afecto de linaje (descendía de la familia de Lancaster}; fuese por analogía
de carácter, ó por convicción; fuese en fin , por antipatía á la F ra n c ia , creía preferible la
alianza con In g laterra como mas convenienteá los intereses de ambos países. Apenas subió
al m inisterio, dijo a! rey que debería rechazar todo compromiso con F ran cia, y daba por ra-
zon q ue, alegando aquella ram a cierto derecho de fam ilia, jam as dejaría de m irarle como
un príncipe dependiente de ella. No deducía de aquí que debiese estrecharse con la G ran
B re ta ñ a , pues era imposible que lo verificase sin sacrificar su dignidad m ientras no esta­
bleciese sólidamente su independencia. «Estos son , decíaK eene á su corte, sus principios:
que la unión estrecha de Francia con cualquier otro p a is , pero sobre todo con In g laterra y
E s p a ñ a , debe ser funesta para ambas. Tiene m uy triste idea de los m inistros de Francia,
á quienes acusa de obrar de mala fe, y me ha repetido muchas veces q u e , m ientras ocupe
él el ministerio , los franceses no intervendrán de ningún modo en los negocios que intere­
sen únicam ente á In g laterra y España. E n una p a la b ra , no puedo hacerlo tan ingles como
q u isie ra ; pero me atrevo á asegurar que nunca será fran cés.»
¡ Q ué estraüo contraste ofrecían así los dos m inistros! Carvajal vestía con sum a senci­
llez y, sin escupir á su c u n a , m iraba con menosprecio los títulos y los h o n o res, y Ensenada
se engarzaba en oro y se cubría de condecoraciones; aquel prefería la reputación de hom­
bre de v ir tu d , y esle la de talento ; el uno aceptaba el poder y el otro se afanaba por él;
era austero el uno, y lisonjero el o tr o ; C a rv a ja l, por ú ltim o , se inclinaba á la In g laterra,
y E nsenada á la Francia. Y con todo habia un punto de contacto é identidad en tre ambos,
un acendrado patrio tism o : los dos querían em ancipar y hacer venturosa á España. Este fin
noble fué el que los mantuvo u n id o s, y esta unión honra tanto su alm a como su adminis­
tración ensalza su talento.
Tuvo tam bién Fernando u n confesor que , abusando de su sagrado carácter y del res­
peto que á é l tributaba el rey , ejerció sobre su ánimo u n gran d e influjo, por fortuna en
consonancia con sus ideas y con los intereses de España* El P . H av a g a, careciendo de ta­
lento é intruccíon p ara im prim ir una dirección propia á su influencia, se hizo instrum ento
de un consejo de amigos de la misma compañía de jesuítas á que p erte n ec ía, que se limito
bien por cálculo , bien por convicción, á afirm ar á los reyes en la política de neutralidad,
que daría necesariam ente á E spaña una honrosa posicion interm edia respecto á la Francia
y la In g laterra. Pero si no atacaba este conciliábulo las bases de la política g e n e ra l, cuidaba
muy esm eradam ente d e r r a i g a r su influencia colocando en los mas altos destinos á sus
adeptos. Con motivo de la destitución del obispo de Oviedo, que desem peñaba el empleo de
gobernador del consejo de C a stilla, decía K eene á su c o rle : «Aludo al confesor del rey,
que se valió con destreza de E nsenada para perder al obispo, y de Carvajal p ara im pedir
que Ensenada nom brase sucesor á su voluntad. Despues de conseguir este desacuerdo entre
los m inistros, habló de su amigo, el obispo de Barcelona, y tomó u n tono mas altanero to­
davía que el que suele usar con cuantos se le acercan. — Los deberes de este jesuíta le pro­
porcionan medios de hablar á solas con el rey una hora d ia ria , y su amigo el presidente de
Castilla goza del mismo privilegio una vez por semana. Obran los dos com pletamente de
ac u erd o , y ni la reina ni los m inistros pueden conseguir saber lo que e n tre ellos se trata
sino cuando les conviene revelarlo. Tienen un secretario de Estado encargado de los nego­
cios interiores del r e in o , que está com pletam ente a la s órdenes del confesor y se halla siem­
p re dispuesto á espedir los decretos que el rey acuerda, aunque de ellos no tengan el menor
conocimiento Carvajal y E n sen a d a.»
O tra influencia estrañ a de aquel reinado, que ftie mas poderosa y d u rad e ra , es preciso
d elin ear; la influencia del célebre cantante Farínelli. Cárlos Broschi {tal era su nom bre de
p ila ) , recibió do la naturaleza una y o z que hizo se le llamase el prodigio del siglo. El eco de
los aplausos que arrancó en su prim era aparición pública, en Bom a, resonó en las playas
de la G ran B retaña, y fue llamado al teatro italiano de Londres, donde recogió un tesoro de
422 HISTORIA. DE ESPAÑA.
fama y de riquezas. En 1737 se encontraba en Versalles siendo igualm ente objeto del en­
tusiasmo de ios franceses, cuando se ocurrió á Isabel Farnesio emplearlo como uu agente
terapéutico contra la hipocondría que aquejaba á su esposo. E n efecto, la prim er aria que
este oyó desde su lecho, del cual no haliia querido levantarse, le conmovió tan profunda­
m ente que hizo llam ar al mágico artista p ara colmarlo de elogios y ofrecerle cuanto le pidie­
se. Entonces dió principio la influencia de Farinelli. Instruido por la reina, le dijo que cuanto

F a rln e lli.

necesitaba era que se levantase de la cama f que se dejase vestir y afeitar y que asistiese á
las sesiones de su consejo. Felipe se prestó á estos ruegos como encantado, y desde aquel
m omento el pobre playero napolitano fue en España un poder del Estado. P ara que cantase
todas las noches delante del rey se le asignó una pensión de tres mil doblones al a ñ o , á la
cual es preciso agregar los ricos y continuos regalos que los reyes y la grandeza le hacían.
Con la m uerte de Felipe y el retiro de su viuda no dism inuyó en nada su prestigio en pala­
cio , pues Fernando y B árbara tenían una pasión desm edida por la música. P ara disfrutar
m ejor de sus p la ce re s, se edificó en el Retiro 1111 magnífico te a tro , al cual se llam aron las
prim eras celebridades de E uropa. El ascendiente que debía adquirir Farinelli llegó en ton­
ces a su ap o g e o : se le hizo caballero de C alatrava, y la misma reina le prendió la cruz que
debia u s a r ; en las jornadas de verano formaba parte de la comitiva r e a l, y se le m iraba como
el prim er ornato de los salones. La reina sobre todo se esced iaen estas dem ostraciones,
que no dejaban de ofrecer contraste con el carácter económico de Fernando y de afectar al
erario público. Ocioso es decir qua los palaciegos y los m inistros estra n g ero s, que los adu­
ladores de todo género á quienes interesaba el favor del trono ó el apoyo de E sp añ a, cerca­
rían ai hum ilde artista y le abrum arían á elogios, regalos y exigencias. Pero lo que im porta
decir en honra de aquel hijo del pueblo y em inente artista es que el humo de la corte no
trastornó su cabeza y que, siem pre con Ios-ojos fijos en su c u n a , trató á sus iguales con bondad
y álo s superiores con respeto, sin pensar jam as en abusar de su fortuna- Si aceptó el hábito
de Santiago fue porque no se tomase á desaire. Orgulloso con su modesto título de artista,
m iraba con cierta compasion de menosprecio á los aristócratas que le adulaban p ara alean-
REINADO DE FERNANDO V I. 423
zar su protección. Un rasgo que prueba la elevación de su alma es q u e , á pesar de haberle
retirado E nsenada su intim idad y moslrádosele frió, quizá porque no se prestase á apoyar
todas sus m iras, en la hora de su caída fue el único amigo que encontró á su lado, dispuesto
á arriesgar su fortuna por salvarle. Así como la am istad no fue poderosa á ap artarle de la
honrosa senda que to m ó , las lisonjas y el soborno de los poderosos le hallaron igualm ente
inaccesible. Rechazó cuantos halagos se le hicieron p ara ganarle en contra de la política pací­
fica adoptada por E sp añ a, de la cual únicam ente se prestó á ser un discreto apoyo. Si en este
sentido adm itió algunos obsequios de soberanos y fue conducto de varias comunicaciones
secretas, puede sospecharse que lo hizo por no desagradar á su protectora la rem a, á quien
profesaba un am or respetuoso.
lié aquí como por una dichosa coincidencia de caracteres y de ideas cuantos resortes po­
dían obrar sobre la política de E spaña en el reinado de Fernando estaban conformes en un
mismo deseo : la р а з . ¡Coincidencia dichosa, pero coincidencia! ¡Y en verdad es triste
situación la de los pueblos condenados á no esperar su ven tu ra sino de la casualidad!

CAPITULO XLVI1I.
1749 — 1754.

D ific u lta d o s q u e s e o frecen lia ra el a rr e g lo d e lo s d ife r e n c ia s m e r c a n tile s e n tr e E s p a ñ a é I n g la te r r a : se a ju s t a im t r a ­


ta d o c o m e rc ia l ; e s to r b o s p u e s to s á su e je c u c ió n .— A rre g lo c o n P o r tu g a l s o b re la c o lo n ia d e l S a c ra m e n to » q u e q u e d a
sin cleo lo p o r lo m u e r te d e J u a n W — A v e n e n c i a c o n C e r d e ñ a : t r a t a d o d e Ita lia firm a d o e n A r a D j t i e z e n tr e E s p a ñ a , A u s -
iria jC e r d c ñ íijT o s c a n a y P a r m a : ju ic io titila o p o s ie io u d e l r e y tío Ñ a p ó le s .— V a n o s e s fu e rz o s d e F r a n c i a p a r a im p e d ir e s to s
tro ta d o s , E s p e d ic io n íi C a r a c a s o n t r a la c o lo n ia h o la n d e s a d e C u r a z a o : r iv a lid a d e n t r e C a r v a ja l y E n s e n a d a . — La
I n g l a t e r r a s o lic ita en v a u o i n g r e s a r qu el t r a ta d o d e I ta lia . — E s t é r i le s e s fu e rz o s de la c o rte d e V e rs a ílc s p o r a t r a e r ¿
lis p ru ia á u n a a lia n z a : el e m b a ja d o r D u r a s : s u p e rio rid a d d el in g le s líe c n e .— C o n tie n d a s e n tr e F e r n a n d o y s u s h e rm a n e s
de I ta l ia : p r o p o s ic io n e s d e l re y d e Ñ a p ó le s á la I n g l a t e r r a , q u e re c h a z a c o n s a tís f a c io n d e E s p a ñ a , — P r o c u r a F r a n ­
cia la d e s titu c ió n de W a l l , e m b a ja d o r e s p a ñ o l en L o n d re s : D u ra s p r e s e n ta v a ríe s p r o y e c to s d e a l i a n z a , q u e s o n r e -
«¡bnziulns.— Se r e h ú s a i g u a lm e n te h a lia n z a c o n la G ra n - B r c iy íia . — M u e rte de C a r v a ja l : su id e a c a p ita l.

L a transacción de las disputas m ercantiles entre España é In g laterra , reservada en ia


paz de A quísgran p ara un tratado especial, e ra harto difícil de ajustar por la diferencia de
las ideas que profesaban las dos potencias acerca de los dominios de América. Los españoles,
á titulo de descubrimiento y de conquista, pretendían que aquel vasto continente les p er­
tenecía, y consideraban el establecimiento de una colonia estran jera, aun en[paisno ocupado
por sus a rm a s, la presentación siquiera en aquellos ruares de la bandera de cualquier)· otra
nación, como una usurpación y un sacrilegio, pues para ellos la adjudicación que les había
hecho el papa era el título de posesion mas sagrado. Sobre estas ideas habiasido calcada toda
la lejislacion de Indias. La I n g la te r ra , que se habia im plantado allí á favor del Asiento y
que poseia ya vastas colonias, claro es que no se conformaría con sem ejantes principios y
q u e, fiada en Ja superioridad de su m arina y de su in d u stria, defendería la libertad de los
m ares, la franquicia de las colonizaciones y el derecho de comerciar directam ente en aque­
llas tierras sin intervención d é la aduana de España.
E n la época en que nos encomi amos los hom bres ilustrados reconocían ya que nuestra
lejislacion de Indias reclam aba una reform a que sancionase los hechos consum ados; pero-
en tanto que esta no se verificase, así el rey como sus m inistros se encontraban poco dispues­
tos á hacer concesiones, y el em bajador ingles no desconocía estas dificultades : « Un prín­
cipe tan justificado como el m onarca que rije actualm ente los destinos de E spaña, decía á
su c ó rte , tiene motivos para creer que obra con rectitu d m ientras las leyes del país no esten
anuladas y continúen perjudicando á los estranjeros. Mas ó menos existirán tales incon­
venientes hasta que las leyes y el gobierno del Nuevo Mundo se hallen modificados con­
forma al estado presente y á la división de su territo rio .— He usado este lenguaje con los
dos m inistros españoles con intento de decidirlos á que proporcionasen algún alivio á males
tan difíciles do curar del todo sin u n cambio completo ó por lo menos sin algunas modifica­
ciones en las disposiones prim itivas. Resultó de esta insinuación manisfestarme Carvajal
q ue estaba tan de acuerdo con m i parecer q u e, al discutir este negocio en el consejo
de I n d ia s , de qtie es p re sid e n te , fue de opinion contraria á los demas consejeros. E n s e -
ítí B tS T O R IA B E ESPAÑA.
nad am e contestó, en tono muy animado, que muchas veces se le habían ocurrido las mismas
reflexiones y que nada mas provechoso para el pais podia hacerse que d estru ir todas las
leyes de Indias. »
P ero, aunque ideas mas liberales existiesen ya en el gobierno, era bien difícil su aplica­
ción conservando la nación sus preocupaciones y errores sobre el derecho con que poseía el
presente de Cristóbal Colon y teniendo motivos para desconfiar de que lo que pretendían los
estranjeros era solam ente arreb atarle aquellos ricos dominios. Justificaban esta alarm a los
num erosos escritos que se publicaban en Inglaterra haciendo mas ó menos exactas descrip­
ciones de la riqueza de aquellos países, como estímulo al esp íritu m e rc a n til, y las espedi-
ciones que el mismo gobierno enviaba á su esploracion con un fin que no podia menos de
parecerles sospechoso. La que se preparaba á la sazón, con pretesto de que el editor de
los « Viajes del alm irante Anson » pedia se determ inasen la situación y demas circunstan­
cias topográficas de las islas F alkland, dió lugar á que se m anifestasen estos recelos con la
n atu ra l franqueza de Carvajal. « Cuanto le dije, escribía K eene, no le dispuso mejor á
favor de mi sistem a. Cuando mostró dar crédito á mis aserto s, relativos á que no ten ía-
naos pensam iento ninguno de tom ar posesion de las dos islas de que se tra ta , m e dió á cono­
cer cuan inútil seria el adquirir mas noticias de aquellos p arajes, añadiendo que habían
sido descubiertas por los españoles que les pusieran el nombre de I s la s de los L eo n a á causa
del considerable núm ero de leones marinos que se hallaron en sus costas, y que en los
asientos de la secretaria de Indias se hallaban descripciones muy detalladas de la dimen­
sión y otras circunstancias de estas islas. Que si no querem os apoderarnos de ellas ¿d e qué
servirá el reconocerlas de nuevo? Que nosotros no tenemos posesiones en aquella parle del
m un do, y por consiguiente no podemos necesitar fondeaderos ni puertos para refrescar
víveres. Carvajal me manifestó su deseo de que considerásemos las sospechas que podia
infundir el vernos establecidos á la en trad a del estrecho de M agallanes, en disposición de
p en etrar á cualquier hora en el m ar de! S u r , en donde el prim er paso seria tratar de des­
cubrir nuevas islas para apoderarnos de e lla s , á fin de evitar los grandes inconvenientes
que ofrecía un viaje tan largo como el de la China y resta u rar nuestras fuerzas navales,
despues de los reveses que podríam os esperim entar á consecuencia de nuestros ataques en
las costas españolas, como acón tecióá lord Anson. » « Veo con dolor, le añadió C arvajal, que
desde que se ratificó el tratado con objeto de ¡establecer la antigua am istad en tre las dos
coronas, se han descubierto proyectos que nos sum irán en las mismas disputas ó quizá ma­
yores que las que produjeron claúllimo rom pim iento. Vemos por csperiencia que estas dos
naciones, que poseen colonias vecinas de A m érica, por lo mismo que ambas defienden su
comercio y comunicaciones, están espuestas á desavenencias desagradables. Bebe ser muy
penoso para cuantos desean una paz sólida el ver que nacen nuevos incidentes que podrían
resucitar nuestras antiguas enem istades y producir funestas consecuencias, que im porta
mucho evitar. »
No eran solos estos inconvenientes los que dificultaban un arreglo definitivo, pues á
Carvajal se le ofrecían m uchas objeciones sobre el tratado de 1 718, y e! partido lrances,
apoyado por E nsenad a, oponia obstáculos á cada paso. Al fin se convino por ambas partes
en dejar á un lado por entonces la peligrosa cuestión del derecho de visita y otras de me­
nor ínteres que podían entorpecer la m as im portante de los privilegios, que los ingleses
trataban de recuperar según los habían disfrutado en el reinado de Cárlos II. A fin de lograr
este objeto, tanto tiempo codiciado, el em bajador estaba autorizado p ara sacrificar las ven­
tajas que les aseguraban las últim as estipulaciones acerca del Asiento y ofrecer un a rebaja
m uy considerable en los créditos que la Com pañía del Sur tenia contra E spaña; pero
eran bien ilusorias tales m u estras de generosidad cuando al mismo tiempo se renovaban
pretensiones que hubieran destruido todo su beneficio. Pedíase la rehabilitación de un
contrato m anifiestam ente favorable al contrabando, que se había negociado e n tre el
ayuntam iento de Santander y el comercio ingles, tam bién en el lastimoso reinado de
Cárlos I I (1 7 0 0 ).
E sta transacción particular habia sido ya anulada en el tralado de U tre c h t; y , aunque
el de 1715 la hubiese restablecido, las hostilidades que sobrevinieron la dejaron sin efecto.
La indignación que produjo en el gabinete español semejante exigencia y los sentim ientos
que dictaron una enérgica negativa se encuentran descritos por el m inistro ingles en el infor­
m e que dirigió á su gobierno. « La oposicion de Carvajal al tratado de 1715 es tan fuerte
REINADO DE FEUN a NDO VI. Í5 d
q u em e dijo que uno de los artículos de las instrucciones de Masones ( 1 ) era el que d o con­
sintiese en adm itirlo si se tratab a de incluir este punto con los dem ás de la negociación.
Como se conformó mas tarde con algunos artículos im portantes, á que se opusiera al p rin ci­
pio , esperé que adm itiría este p ara formar parte del proyecto que le entregué en Aranjuez,
adviniéndole que no se hacia observación ninguna sobre el particular hasta que estuviésemos
de acuerdo en los demás puntos del tratado. Entonces me declaró formalmente que no lo
aceptaría y que ni siquiera se atrevería á proponerlo al rey su señor. No era honroso para
la dignidad r e a l , d ecia, y era al mismo tiempo el mas peligroso ejemplo el perm itir á vasallos
tom ar el carácter de soberanos entrando en arreglos directam ente con las demás naciones.
Manifesté que la autoridad del rey era lo que dalia validez al tratado y q u e , por consiguiente,
no podia perjudicarle en n a d a ; añadí que seria sorprendente que S. M. C ., que profesa la
m ayor veneración hacia la memoria de su augusto pad re y que se cree en deber de seguir
sus huellas, desconociese su ejemplo en esta p a rte ; y me atreví á decirle que motejaba asi
la conducta de su antecesor por haber dado su sanción á un tratado ajustado con m engua de
la autoridad de la corona. N ad a , em pero, bastó p ara que variase de resolución, y todo
cuanto pude conseguir de él í'ué que aquella misma noche daría cuenta al rey de estas nue­
vas consideraciones. Me despedí dicíéndole que no p araría hasta conseguir este artículo por­
que estaba decidido á ello. Al dia siguiente m e anunció qu e cuando iba á p resen tar al rey
mis nuevas proposiciones, S. M. que traslució su in ten to , se levantó precipitadam ente y se
ap artó de la mesa del despacho. No sospecho que haya en esto pequeñas intrigas porque,
además de que conozco sobrado el carácter del m inistro, he adquirido noticias que me han
convencido de lo contrario. La verdad es que él mismo había decidido al rey á que no con­
cediese dinero en esta ocasion y no tolerase una usurpación de su autoridad por sus vasallos.
Mas tarde desistió respecto á los in te re se s; pero en lo del honor no tuvo medio de hacer
que retrocediese. El resultado de mis esfuerzos fué el conseguir u n a declaración de Carvajal
diciendo q u e , si no creia yo conveniente firm a r, recaería sobre mi toda la responsabilidad,
y q u e , si cortaba la negociación y mi córte aprobaba este artículo puesto por m í, no cabia
mas medio que no ratificar el tratado y dejarlas cosas como e s tá n , pues jam as se concederá
este artículo. »
Se convenció K eene de que serian inútiles cuantos recursos em please p ara vencer la fir­
meza de C arvajal, y el o de octubre se firmó el deseado tratado comercial haciéndose mu­
tuas concesiones : en favor de Inglaterra , se estipuló el restablecim iento de los privilegios
m ercantiles que sus súbditos disfrutaban en tiempo de Cárlos I I en las posesiones de Am é­
rica, igualándolos con los súbditos de la misma m etrópo li; en favor de España, se concertó la
derogación de las últimas estipulaciones del Asiento y en reducir á cien mil libras esterlinas
el crédito que contra ella tuviese la Compañía del S u r; y en provecho recíproco se convino
en la revocación de todas las innovaciones posteriores á aquella fecha respecto á Jas tra n ­
sacciones comerciales.
Acerca del derecho de visita no se hizo en lodo el tratado indicación alguna. El silencio,
en asunto tan im p o rta n te , que había producido una g u e r r a , parecía significar, de p arte de
In g la te rra , el tem or de perder las ventajas del anterior tra ta d o ; y de p arte de E sp a ñ a , un
consentimiento tácito de su derogación ó cierto reconocimiento de su injusticia.
G rande fué la satisfacción de Fernando al firm ar este tratad o , qu e proporcionaba á sus
súbditos la paz con una potencia tan temible como enem iga, y la necesaria seguridad para
entregarse al comercio con las colonias, demasiado tiem po interrum pido. El em bajador, al
participar á su gobierno esta satisfacción que advertía (d iciem b re), refiere ciertos porm e­
nores que caracterizan muy bien á Fernando, a Di al rey las gracias con el m ayor ínteres y
del m ejor modo que p u d e ; y viendo que hablaba con el corazon en la mano y que estaba de
hum or de tratarm e fam iliarm ente, me tomé la libertad de añadir q u e , como el gran d e objeto
y el anhelo mas sincero de mi corazon fuese el ver á las dos naciones unidas por los víncu­
los de la am istad mas estre ch a , m e consideraba com pletam ente satisfecho habiendo servido
de instrum ento á obra tan gloriosa, que lo se rá á lo que e s p e ro , consolidada du ran te su
equitativa y paternal adm inistración; que la esperiencia adquirida en tantos años me habia
dem ostrado que la felicidad y prosperidad de las dos naciones se hallaban tan bien y natu ­
ralm ente combinadas que el bien ó el mal que m utuam ente se h iciesen, recaería sobre ellas

(1 ) D iplom ático q u e ItaM a representad-o íi E spaña en el tra tad o d e A quisgraii y ora]!* la sa¿ou em lrajad o r en F ra n c ia ,
426 HISTORIA d e e s p a S a .
tan prouto que ninguna máxima me parecía mas cierta que e s la : P a r a ser buen español es
forzosam en te preciso ser buen ingles. Y sin darm e tiempo p ara volver la oracion, añadió:
P a r a ser buen ingles es forzosam en te p reciso ser buen español. Continué diciendo que no solo la
prosperidad y gloria de las dos coronas estaban interesadas en su buena arm onía y unión,
sino que la seguridad y bien estar de E uropa las reclam aban de igual modo y dependían de
cilas. Entonces oí lo que jam ás me hubiera atrevido á esperar que saliese de los lábíos de un
príncipe B orb o n , el proverbio e sp añ o l: Con todos g u erra y p a z con I n g la te r r a .— Tal vez me
heeslendido demasiado hablando del lenguaje de los soberanos; pero confio que me servirá
de disculpa por esla flaqueza, si tal puede lla m a rse , el saber que u n m inistro ingles no
está acostum brado á oir hablar así en esta córte, y que este lenguaje le fué d irig id o esla vez
con una cordialidad y pruebas de satisfacción que no dejaban duda alguna.»
Ei partido francés humillado por esta d e rro ta , que no estaba en su mano evitar porque
el deseo de la paz era g e n e ra l, trató de vengarse eludiendo sus consecuencias. La influencia
secreta de Ensenada hizo que las órdenes enviadas á los gobernadores que debían eje­
cutar el tratado no fuesen tan fielmente ajustadas á su testo como el objeto lo exijia. Rena­
cieron asi las quejas de la In g la te rra , y llegó el caso de q u e , p ara b u rlar las intrigas de la
F ra n cia , K eene se viese obligado á presen tar una n o t a am istosam ente am enazadora (abril
de 1751). « Negándose E spaña á darnos satisfacción y ¿e v ita rn o s las injusticias de que nos
quejamos ¿p re fe rirá la g u erra con la G ran B re ta ñ a , que debe forzosamente someterla á l a
dependencia de F ran cia, á la tra n q u ilid a d , seguridad é independencia de que goza en el
dia por sus buenas relaciones con una potencia cuyo interés estriba en m irar la grandeza y
prosperidad de España como necesarias á su propia felicidad?» Sin duda temió Fernando
ver destruida, apenas acabada de p la n te a r, aquella costosa obra de la p a z , y las órdenes se,
espidieron cual lo exijía su sensata política y la buena fe.
Si los intereses vitales del comercio reclamaban im periosam ente la paz con Inglaterra,
las relaciones de parentesco que uuian á los soberanos con la córte de Portugal y una regla
de equidad parecían dem andar que se arreglasen tam bién de un a m anera definitiva las di­
ferencias de índole análoga que existían entre ambas potencias sobre la colonia del Sacra­
m ento, F undada (1680) en u n a escelente posicion á orillas del rio La P la ta , casi frente á
B u e n o s-A ire s, dominando el interior del P a ra g u a y , fué asunto de incesantes reyertas di­
plomáticas у к mano arm ad a, y sufrió todas las vicisitudes de la metrópoli. El tratado de
U trech se la había arrancado á E sp a ñ a , la c u a l, si consintió en una renuncia e sc rita , no en
que se llevase á efecto y mucho menos desde que se convirtió en foco de un inmenso contra­
bando. La colonia fué desde entonces objeto de frecuentes agresiones asoladoras por parte
de ¡os gobernadores de las posesiones inm ediatas españolas, que no hubieran cesado sin el
cambio político que esperim entó España con el advenim iento de Fernando. Las relaciones
de parentesco que le unían á la familia de P ortugal sirvieron para entablar con mas since­
ridad una nueva transacción amistosa que puso fin á aquellas interm inables querellas. Se
concertó que P ortugal cedería á España la colonia del Sacramento en cambio de las siete mi­
siones establecidas á orillas del vecino U ruguay y de una p arle de la provincia de T u y , en
Galicia. Partieron comisarios de ambas cortes á fin de llevar á cumplido efecto el tratado;
pero encontraron una fuerte y poderosa oposieion en los je su íta s, que elevaron u na rep re­
sentación en nombre de toda la sociedad é instigaron secretam ente á los indios á declararse
en abierta rebelión. Quince mil se reunieron en la colonia de S. Nicolás y en un dia dado,
cosa imposible de ejecutarse sin prévio conocimiento délos jesu ítas, echaron de su territorio
á los oficiales portugueses y exijieron al gobernador de Buenos—Aires que protestase con­
tra la cesión. P ara aquietarlos fué preciso acudir á las arm as juntando las tropas de am ­
bas naciones , y darles nna b a ta lla , en que perecieron obstinadam ente dos mil de aquellos
infelices instrum entos. Refugiados ios dem as á los bosques, cuando nada podia ya entorpe­
cer la ejecución del tra ta d o , acaeció la m uerte de Juan Y de P ortugal (ju lio ) y la elevación
de José I , q u e , obedeciendo á las oscitaciones de su consejero Carbalho ( luego m arqués de
P om bal) hizo reconquistar la colonia sin tem or á las hostilidades que luego renacieron.
No faltaba m a s , al entender de F e m a n d o , p ara term inar su grande obra de la neutra­
lidad do España con todas las potencias, que la consolidaron de la paz de I ta lia , donde un
tratado ajustado con sobrada prem ura había permitido que renaciesen pretensiones capa<-
ces de encender nuevam ente la guerra. El rey de Ñ apóles, no solo rechazaba el articulo
que le despojaba del derecho.de legar á otro que á su herm ano la c o ro n a, sino que seguía
REINADO D B FERNANDO V I . 427
reclamando los bienes alodiales de T oscana; el duque de P arina pedia que le fuese recono­
cida solem nem ente la sucesión eventual de la corona de N áp o les; y el rey de Cerdeña exijia
la reversión del ducado de Plasencía. Innecesario podría creerse que E spaña interviniese
■en estas d isp u ta s; pero F ernando m iraba el establecimiento de sus herm anos como u na
obligación sagrada im puesta por su padre m oribundo, y ansiaba consolidar la paz de Italia
de u na m anera estable. Podía á este efecto asociarse de la F ran cia; mas eso hubiera sido
u n a nueva provocacion á la em peratriz y al rey de C e rd e ñ a , interesados mas que ningún
otro m onarca europeo en la península itálica. Indudablem ente se podia tranquilizarla sin
la intervención de la F ra n cia , m ientras que ninguna paz seria durable á despecho del
A ustria y la Savoya. E sta convicción dirigió la conducta del rey de España. Admitió la
mediación de In g laterra con la córte de T u rin , y en breve el casamiento de la infanta Alaria
A ntonieta con Víctor A m adeo, príncipe del P ia m o n te , selló la reconciliación concertada en
el tratado de Londres.

La in fan ta doña M ana A utouieta F e r n a n d a , bija de F elip e V.

La negociación con la córte de Viena presentaba m ayores dificultades, y no se entabló


sino iniciada por el em bajador de la em peratriz, el conde de E ste rh a zy , que se sirvió para
las prim eras esploraciones del músico F a rin e lli, autorizado p o r la reina. Las discretas
escilacioues de la córte de L o n d re s, aprovechando sus buenas relaciones con las de M adrid,
V iena y T u rin , apresuraron la conclusión del tratado que se llamó de I ta lia , firmado en
. A ranjuez el 14 de junio de 1752 entre el rey de E sp a ñ a , la e m p e ra triz , como duquesa de
Milán , y el em perador como gran duque de Toscana. E ra un a simple ratificación del de
A quisgran, pues se reducía á garan tir los arreglos en aquel estip u lad o s, añadiendo solo una
alianza d efen siv a, en cuya v irtu d todos los estados á quienes interesaba aprontarían
cierto núm ero de fuerzas en caso de ser invadidos por alguna otra potencia. No tuvo el
rey de Cerdeña inconveniente en acceder á u n tra ta d o , qu e no era sino el complemento de
en reciente transacción; pero el de Nápoles repitió la negativa que habia dado al de Aquis­
gran , insistiendo en reclam ar los derechos que le concedía el tratado de Viena de 1739.
¿ E ra n estos mas sagrados que aquellos? Cárlos debía su trono al poder d élas arm as es­
pañolas y á un pacto diplomático : sobre iguales cimientos descansaba el establecimiento
:de don Felipe. ¿ Cuales títulos pues eran los mas valederos ? Las mismas potencias habían
tom o iv . 56
4 :2 8 HISTORIA DE ESPAÑA.
contratado en uno y otro ca so , y , si á falta de otro derecho mas legíLimo, la posterioridad
debe s e rlo , ella estaba en favor del convenio que habia establecido la paz rein an te, ¿P ero
p orqué no se respetaron en él los derechos que ó. don Carlos había adjudicado el tratad o de
Yieua ? Porque las potencias contratantes lo estim aron conveniente p ara aju star la p az, y
así como su consea ti miento le habia otorgado entonces un derecho, u n nuevo consentimiento
de las mismas podia sin duda quitárselo. P ara n o so tro s, que consideram os la paz como
un derecho im prescriptible de los pueblos, don Cárlos insistía sin justicia en su negativa.
No vemos en las naciones una propiedad de sus r e y e s ; y aun cuando lo fu ese n , quedaba la
cuestión, no resuelta todavia por los m onarcas, de la m as legítim a sucesión.
Estraordinarios esfuerzos empleó la Francia p ara im pedir la conclusión de unos tratad o s
en que la intervención de la In g laterra parecía darle cierta preponderancia en la penín­
sula, No pudiendo estorbar laeoncesion de los privilegios comerciales que un tiem po habia
ella disfrutado tam bién con igual eslension , supo valerse hábilm ente de los planes de En­
senada en favor del comercio español p ara provocar u n rom pim iento. La colonia holandesa
de Curazao en la costa de Caracas e ra un centro de activo contrabando, que las mas en ér­
gicas disposiciones no habían sido capaces de cortar. El general Eslava propuso al regresar
de su virreinato de S ta. í e u n remedio que creia eficacísim o, y se reducía á enviar una
escuadrilla de buques m enores que pudieran atracar m uy á tie rra con mil doscientos hom­
bres para poner á ray a á los colonos; y este fué el medio que sirvió de protesto p ara el fin
indicado. Una num erosa arm ada de pequeños bajeles salió m isteriosam ente de Cádiz y
Ferrol á acabar de equiparse en las C an arias, p ara tom ar, sin ser apercibida, el rum bo de
Caracas (1781). E speraba Ensenada q u e, cerrada la pu erta p ara un a potencia herm ana de la
In g la te rra , se cerraría tam bién p ara e sta , y que , precipitada España á la g u e rra , las con­
secuencias serian inevitablem ente la ro tu ra de la paz con los isleños y la alianza con la corle
de Versalles.
Pero estas esperanzas estaban sujetas á dem asiadas contingencias p ara que no se apela­
se al recurso mas usual de la a rte ra diplom ática ; á introducir la división en el gobierno. Y
nada ciertam ente mas fácil con caractéres tan opuestos como los que en el se encontraban.
E n sen ad a, que había llevado áC arvajal al m inisterio en la confianza de su propia supe­
rio rid ad , no concediéndole mas talento que el necesario á un buen oficinista, no vio sin una
viva inquietud qne desplegaba conocimientos inesperados y le arreb atab a el poder que
hasta entonces disfrutara sin rival. La integridad y la firmeza de su colega habían en efecto,
cautivado á los reyes de una m anera mas sólida que lo habia logrado él con la deslum bra­
dora fecundidad de su génio. Si todavía conservaba mucho prestigio con la rein a ( y no se
olvidó de afirmarlo con magníficos regalos) no desconocía cuanto habia caducado en el áni­
mo del re y , que sentía hacía Carvajal las sim patías de cierta conformidad de carácter y una
completa identidad de afecciones políticas. Las condiciones naturales de España é In g laterra
reclam aban, en concepto del ministro de Estado, su íntim a y sincera u n ió n ; m ientras que
E nsenada, viendo en contraposición sus intereses com erciales, estimaba mas conveniente
la alianza francesa. Cual de estas dos m aneras de juzgar fuese la mas atinada quizá nó es
hora ya de apreciarlo debidam ente; pero en n u estra opinion la buena arm onía con la In ­
g la terra estaba aconsejada por la seguridad de las colonias y la necesidad de sosiego que
sentía España. Como q u ie ra , este antagonismo produjo una lucha de poder é i n f l u e n c i a
e n tre los dos célebres m inistros que fué perjudicial, preciso es reconocerlo , al orden y al
mejoramiento de la adm inistración. Sin atender á esto , se h a elogiado com uum ente mas
de lo justo la política de F ernando, q u e , colocado en medio de dos contrarias influencias
sosteuia con firmeza la independencia de España, lla b ía m érito sin duda en conservar esa
posicion difícil; p e ro , si la neutralidad era e n é l una convicción, hubiera sido mas provechosa
la unidad de pensam iento en el gobierno : el desarrollo que recibió la prosperidad del pais
habría adquirido mayor estension. Tanto menos necesaria era esa lucha en el poder cuanto
las afecciones de ambos m inistros hacia las dos potencias rivales no llegaban al eslrem o de
abdicar su españolismo : si uno se inclinaba á la Ing laterra y otro á la F ra n c ia , no era
ciertam ente para postrar á sus pies la E spaña, sino porque creían servir m ejor con su
respectiva opinion sus intereses. E nsenada no am aba á la Francia sino en odio á la Ingla­
te rra , y Carvajal no am aba á. esta sino en odio á aquella. A rrastrados por la rivalidad á
una lacha de convicción y de am or p ro p io , cada cual apeló á las arm as que creia mas ofen­
sivas y se g u ra s, siquiera no todas fuesen nobles. Ensenada menos escrupuloso en
REINADO D E FERNANDO V i- ¿29

eslat p a r te , no satisfecho con hacer magníficos presentes á la reina, ganó ó lisonjeó a cuantos
gozaban con ella alguna influencia, intrigó con la reina viuda y entabló relaciones secretas
con las cortes de F ra n c ia , Nápoles y T urin, Y á fin de adormecer á sos contrarios les hacia
entender que su conducta e ra efecto de una hábil diplomacia. A Farinelli y á K eene se ma­
nifestaba como un enemigo m orlal de la F rancia, empleando tales frases y tal calor en
la espresion que hizo dudar al frió y suspicaz ingles. « Las p ro te s ta s , decia este á su corle
(julio de 1751) de estar á bien con In g laterra son tales como pudiera desearlas yo m ism o, y,
si es verdadera la disposición que m anifiesta hacia F ra n c ia , no tengo mas que apetecer. La
conducta de los franceses durante la cooperaeion d esú s tropas en I ta lia , de lo cual h a sido
te stig o , le ha resuelto á hablarm e de eso con toda franqueza. Aseguróme que la am istad de
estos ha costado á E spaña cincuenta millones de duros y ciento cincuenta mil hom bres; y
que con estos socorros ha alcanzado la F rancia superioridad e n F la n d e s , m ientras que
E spaña se vió precisada á contentarse con P a rm a .» C arv ajal, por el c o n tra rio , despreciaba
estas mezquinas in trig a s, declarando con franqueza sus sim patías por la In g laterra y los mo­
tivos que se las inspiraban, bien distantes por cierto de una hum illante sumisión.
Al observar la córte de Londres la facilidad con que había negociado el tralado de!
Italia, creyó poder a rra stra r á E spaña á u n paso im prudente que la condujese á la depen­
dencia. «T an luego como recibí vuestros p lie g o s, decia Keene á su gobierno en noviem bre,
renové mi empeño coa el m inistro Carvajal para que fuese admitido S. Sí. á disfrutar de
las ventajas del tratado de un modo positivo y solemne. Creo no haber olvidado ni un
raciocinio á cerca de la d ig n id a d , consideración y seguridad que resu ltaría p ara la alianza
con sem ejante adm isión, y , temiendo que no fuesen suficientes estas consideraciones para
determ inar á este m inistro, le recordé las obligaciones y el reconocimiento que se deben
á S. M ., que ha prestado tantos servicios, sobre todo en las últim as y bien conocidas cir­
cunstancias. Tam bién he procurado saber la causa de su indecisión y de su te m o r, y si
acaso se trataba de la córte de T u rin , á la que no han ganado los españoles mas que por
la intervención de S. M. y si esta córte podia creerse segura sin la G ran B re ta ñ a , tanto
por parte de sus vecinos, que no debe am ar y á los cuales 110 debe confiarse, como por la de
sus protectores mismos, con quienes está unida en estrecha am istad.— ¿Q u é puedo decir,
anadia, que no sepáis tanto como yo sobre el efecto que produciría esta modificación de los
planes y proyectos mezquinos presentados por la córte de Y iena? Si sobreviniesen, ¿quién
seria mas capaz que mi amo de hacer cam biar las resoluciones de los aliados? ¿quién me­
jor que el pudiera unirlos en un mismo sistem a, combinar sus m iras é intereses y condu­
cirlos por fuerza y tal vez contra sus propias inclinaciones hasta el fin com ún? Le recordé
lo que sucedió en España antes de su adm inistración , dicíéndole que n i u n a sola escuadra
de soldados españoles hubiera vuelto á Ita lia , y que ni siquiera se oiria allí pronunciar el
nom bre de español sin la ayuda dada por S. M ., precisam ente en el momento en que se
separó la Francia del tratado de S ev illa, y á pesar de la oposicion de las p o te n cia s, con las
cuales debíamos obrar de ac u erd o , para la introducción de las tropas españolas. ¿ P u e s , qué
alianza podria ser tan ventajosa para defender sus posesiones en Italia como la Inglaterra?
y ¿ á quién debe el rey de Nápoles su restablecim iento en el tro n o , puesto que estas
mismas potencias, que se ofrecen ahora p ara garantizar sus estados, fueron disuadidas
de atacarlos únicam ente por la In g la te rra ? Con este raciocinio contesté á la objecion
de Carvajal, que me decia que no teníamos un interés directo en los negocios de Italia,
y sin em bargo, supone que el rey Católico con dos infantes de España en I ta lia , con
posesiones conquistadas con sus a rm a s, y concedidas á sus herm anos, no puede menos
de tener allí intereses mas directos é inmediatos que S. M. M ientras que se espresaba
en los térm inos mas lisonjeros sobre el reconocimiento debido á In g laterra por la eje­
cución del tratado de Sevilla, dejó entender que perten ecen esos proyectos a l ú ltim o rei­
n a d o , en los cuales no se h u biera pencado a h o r a , y que. E sp a ñ a h a b ría pasu do m u y bien sin
ellos. — No opuso á todos mis argum entos mas que contestaciones generales que no
os rep ito ; sin em bargo, apretado el m inistro por uno de mis últimos ejem plos, me dio
un a un poco mas positiva. E l re y , dijo, creía que la alianza de tres potencias, directam ente
interesadas en la tranquilidad de Ita lia , seria suficiente p ara alcanzar este fin, y pen­
saba que la admisión de o tra mas debililaria la superioridad qne las otras dos tendrían
sobre la tercera, si una de ellas llegaba á faltar á sus com prom isos... Si es m enester habla­
ros mas francam ente, añadió, no tenemos ninguna necesidad de dar semejante paso, qne
Í3 Ó HISTORIA DE ESPAÑA.
no serviría mas que para producir preparativos y alianzas qae nunca se hubieran imagi­
nado sin aquella aso n ad a; en una p a la b ra , m e conocéis lo bastante p ara no atrib u ir ninguno
de estos argum entos á mi condescendencia con Francia. No puedo deciros todo lo que sé;
pero mas tarde sabréis que Francia no ha hecho mas que p rese n tar proyecto sobre pro­
yecto , y aun despues de vuestra llegada a q u í, no solo en lo tocante á los negocios genera­
le s, sino que últim am ente ha presentado uno tam bién sobre la seguridad de Ita lia ; los
cuales le hemos devuelto todos, porque no nos sirven p ara nada. D espues de suceder esto
¿podéis esperar todavía que adm itam os, sin tener necesidad n in g u n a , á otros príncipes en
el tratado habiéndolos apartado de él con tanto cuidado? Seria q u itar la careta en mala
ocasion, y creedm e, el único medio de servir bien á esta córte y salir bien con ella es tra ­
tarnos con benevolencia y m anifestar la m ayor arm onía en nuestras relaciones esteriores.
Pero todavía no es tiempo de o b ra r.— ¿Y cuando, le co n testé, creeis que tendrem os tiem­
pos mas favorables? Sabéis que existe entre el rey mi amo y los grandes príncipes del N orte
un a am istad íntim a y d u rad e ra , á la cual podéis añadir vuestro n o m b re, y sin necesidad de

G u a r d i a de Cor ps .

hacer nuevos gastos y mas fuerzas, sacudir el yugo para siem pre, Y , ¿quién se atreverá á.
tocar á.una sola p a rte de aquella alianza tan formidable? ¿cuándo podéis esperar ver á vues­
tros vecinos m as debilitados de todos modos que lo están ah o ra ? Si teneis el pensamiento de
hacer espiar á Francia los males que os ha ocasionado en tiempo de g u e rra , y su conducta tal
vez mas vituperable durante los cincuenta años de lo que han consentido en llam ar a m is ta d t
o au n la que ha tenido últim am ente con E sp añ a , no podcís razonablem ente em peñaros en
las ideas que acabais de e s p re sa r.— Muchas cosas su c ed e rá n , contestó, antes que cambiar
las naciones enteram ente de sistema. No es poco haber conducido las cosas al punto en que
ahora se en c u en tran , y debéis contentaros con eso. En resu m e n , yo por mi p arte veo que
no es fácil inspirar á todos mi modo de ver : tan verdad es, railo rd , lo que os dice el g ene-
' ta l W all que no ¡justa á sus co m p a trio ta s que se les d é p r is a ; y cuando uno tiene que haber-
REINADO DE FERNANDO T I . -431
selas con ellos es m enester tener paciencia, y no ocultaré que los jefes deben de ser m uy
indulgentes con los que em plean aquí. »
De buen grado ó á su p e s a r , el gobierno ingles retiró su petición pagando el tributo
de su respeto á la dignidad con que representaba á E spaña el ministro que le era mas
afecto.
El ínteres que la In g laterra tenia en atra er insidiosam ente á una alianza a la España
podia encontrarse en las disputas con la Francia sobre el tratado de Áquisgran, que iban to­
mando un carácter grave y amenazaban u n nuevo rompimiento. La córte de Versalles por
su p arte hacia iguales ó mayores esfuerzos por atra er á la de M adrid; de modo que el mi­
nistro ingles tenia razón en com parar á España á «una dama a quien todos quieren agra­
dar únicamente por las ventajas de su favor y de su sociedad.»
El prim er paso del gabinete de Yersalies fue relevar al obispo d eR ennes, que habiaofen-
dido á Fernando, antes de subir al trono, con sus modales altaneros. Le sucedió el caba­
llero Y auJg ren an t; pero este dio luego á conocer que su escesiva circunspección é indolencia
no le perm itían contrarestar la actividad de K eene, y la elección de u n buen em bajador fué
asunto de prolijas investigaciones. Al fin, recordando la fortuna que había alcanzado en
E spaña el m arques de H arcohurt, atribuida con exageración á sus dotes esteriores y á su
elevada gerarquia , fué nombrado el duque de D u ra s, pariente de N oailles, que preparó á
la córte de M adrid á una benévola acogida haciendo una esplícila condenación de la política
hasta entonces observada por la Francia con España. «Confieso , decia á A ldecoa, n u estro
encargado de negocios, al noticiárselo , que no carece España de motivos fundados paTa
quejarse de la conducta de F ra n c ia , y no existe otro mas evidente que el últim o tratado de
Á quisgran. Tam bién confieso que nuestros em bajadores en Madrid se ban mezclado siem­
pre en vuestros negocios interiores dándose aires de ministros españoles y franceses á la
vez. Algunos han hecho sus negocios privados de un modo m uy lucrativo ; el m ayor nú­
mero ha abusado del poder que les está concedido atorm entándoos con disputas comercia­
les que debieran dejar á los cónsules y otros ajentes inferiores. — P ara restablecer la buena
inteligencia y ia am istad entre las dos cortes sobre bases iguales, es mi intento que una
persona que tenga habilidad y alto nacim iento, y sobre todo mueba p ersp icacia, se encar­
gu e de esta misión. Todas estas ventajas se hallan reunidas en la persona de D u ra s , p a­
riente m ió, y deseo que por vuestra mediación se suplique á S. M. C. q ue le acepte con
preferencia á cualquier otro que le fuese propuesto. Esto debe ser considerado como una
conferencia secreta entre vos y yo : sin em bargo podéis citar mi nom bre ( 1 ).» Aceptado
que fué D uras, vino á España prevenido por los consejos de su p a rie n te , que revelan bas­
tantem ente u n alarg a carrera diplom ática y su conocimiento del carácter español. «Moderad,
le dijo, vuestro celo; limitaos durante los prim eros seis meses á escuchar y conocer el ca­
rácter de la córte y de la n ac ió n , v sobre todo el de los m in istro s; sed, si lo p o d éis, frió
espectador, y tomad cierta dosis de opiniones p ara estar al nivel de la mayor p arte de los
palaciegos; no choquéis con la gravedad española ni desplegueís toda v u estra gracia y ele­
gancia naLural porque seria una tácita desaprobación de las m aneras nacionales; sed muy
circunspecto, sobre todo al principio de vuestra m isión; y no olvidéis nunca que un m inis­
tro receloso está espiando todas vuestras acciones.» A esta cartilla diplomática acompañaba
la galcria obligada de retratos de ios personajes mas influyentes de la córte española sin
olvidar á F a rin e lli; y apenas acababa de in stala rse, tuvo orden de comunicar una nota pre­
paratoria que revelaba suficientem ente el objeto en su estilo animado y en sus claras alusio­
nes. « Yed lo que es en la realidad la famosa balanza del poder y el equilibrio tan alabado
por In g laterra y que ha formado d u ran te tanto tiempo el objeto de las discusiones públicas;
de modo q u e , 110 habiendo mas que Francia y España que puedan poner estorbos á sus
vastos proyectos, cuenta con separar á estas dos potencias para ejecutarlos. Tal es la ver­
dadera causa de los continuos esfuerzos que hace la córte británica para rom per los lazos de
esta unión que tantas Teces han. estrechado la sangre y los tesoros de am bas m onarquías;
pero estos esfuerzos y el origen de donde provienen deben servir de lección p ara unirlas
todavía mas estrecham ente. E n efecto ¿cuales son las cortes que intentan desunirlas? Son
aquellas mismas que quisieron arrebatar en g u e rra ab ierta el trono de E spaña y de las
Indias á Felipe Y , padre de S . M. C.'; son aquellas que en todos tiempos fueron rivales y

(i) Koailles.
i3 2 MSToau db espara,
enemigas irreconciliables de la sangre real de Francia. ¿C ual es la potencia que quisieron
hacer sospechosa á los ojos del rey Católico ? Es aquella misma que colocó con sus desvelos,
sus tesoros y la sangre de sos súbditos en el trono de E spaña á Felipe V y á su descendencia.
¿ Cual es el príncipe que quieren sep arar del rey de E sp añ a? Aquel que le está unido por
el triple vínculo de la s a n g re , del Ínteres y la a m ista d ; que no tiene o tra ambición mas
que la de conservar la paz general y á quien son tan caros los intereses y la gloria de
E spaña como los suyos propios. ¿C u al e s , en fia , el monarca á quien quieren engañar
nuestros enemigos? Es u n rey cuya cualidad característica es la p ro b id ad , im rey q ue ha
reconocido á la justicia por única base de su gobierno y que en nada cede a S. M> C. en
punto á sinceridad y celo amistoso. No queda ya á E uropa mas protectores que los reyes
de Francia y E sp a ñ a ; y la seguridad de sus dom inios, tanto como la de toda E u ro p a, de­
pende de su unión y provision. »
D esgraciadam ente para D u ra s, F ern an d o , ademas de las pocas sim patías que sentía
por la F ra n c ia , tenia varios agravios que no podía desvanecer un a simple nota en que se
mezclaba la lisonja á recuerdos ofensivos. Habíale resentido vivam ente que hubiese contra­
tado los prelim inares de Aquisgran sin su participación ; la corrupción de la córte de V e r -
salles le indignaba; y le babia ofendido altam ente el desaire hecho á su predilecta herm ana
M aria A n to n ieia, cuyo enlace se habia propuesto con el D elfín.
No era Duras quien podía disipar esta poco lisonjera predisposición, p u e s , aunque no
carecía de ta le n to , amabilidad y esterior sim pático, lalijereza peculiar de su nación, una
actividad intem pestiva y poco d isc re ta, que desdecía mucho de su respetable carácter y en
fin cierto aire de superioridad, le haciau poco á propósito p ara una córte g r a v e , reposada y
susceptible como Iaespañola, Su p resu n ció n , sin em bargo , le niovia á enviar todos los dias
lisonjeras comunicaciones á su córte, suponiendo un triunfo en cada paso que d a b a ; de
su erte que cuanto mas se enagenabael afecto de F ernan d o , mas engañosas esperanzas hacia
concebir á su córte- Nadie h a b ia , á su d e c ir, al rededor de los reyes q ue no fuese suyo,
hasta el severo Carvajal.
D uras tuvo ademas la mala suerte de habérselas con Iíeen e, inteligencia clara y mo­
desta , espíritu frió y sagaz, observador atento y reservad o , conocedor profundo del carácter
español y de todos los personajes io ip o rta n te s; diplom ático in g le s , en fin , que se habia
formado, por decirlo a s í, para la E spaña de aquella época.
Tam bién concurrieron otros incidentes para hacer desgraciada la misión de D uras, El
in fan te, duque de P arm a, era un príncipe de corta capacidad que, por efecto de una imbécil
obcecación por la F ran cia, d esq u eríaá su p a t r i a , hasta el estrem o pueril y vergonzoso de
hacer alarde, como hemos dicho, de haber olvidado su lengua nativa. Por efcclode esta p re­
dilección se habia ido á residir en F ra n c ia , se habia incorporado con u n ejército francos en la
g u erra de Ita lia , se habia casado con una princesa de F ra n c ia , habia introducido en su
pequeña córte el fausto y las costumbres poco recaladas de V ersalles, vestía á la francesa:
e ra en fin, todo un francés decorazon. A un m onarca tan e sp añ o l, lan independiente y tan
honesto como F ern an d o , no podían agradarle coslumhres que derram aban la m iseria y la
corrupción sobre los pueblos. El desorden, en efecto, la vanidad y las prodigalidades pusieron
á Felipe en la bochornosa situación de tener que p e d irá España hasta los medios de subsistir,
que no le negó Fernando. Eso no obstante, el pródigo duque siguió m irando á E spaña y á la
córte de Madrid con desprecio, entregándose enteram ente al servicio de la F ran cia, hasta en
sus intrigas contra la paz de E spaña in g r a titu d á que no pudo hacerse superior el generoso
m onarca español. A aquel rompimiento sucedieron otro y o tro s, no siendo las reconciliacio­
nes p ara el de P arm a mas que un medio de alcanzar ausilios p ara atender á nuevas deudas y
profusiones. D uras, que era el agente de estas negociaciones de fam ilia, venia á. participar
del desagrado conque Fernando las recibía.
Con don Carlos tenia este mas graves motivos de resentim iento pues faltaba á aquel -
príncipe en su disculpa la incapacidad reconocida de Felipe. Olvidando que era á E spaña á
quien debía su trono, buscaba ocasiones dem anifestar.se en un todo in dependiente, con nn
afan tanto mas ofensivo cuanto estaba menos justificado. No contento con p ro testar contra el
artículo del tratado de Italia que le cohartaba su últim a voluntad sobre el reino de Ñ apó­
les, envió á Versalles un agente especial, el m arques de Caracciole, con objeto de ajus­
ta r tina contra-alianza. Luego trató de ganarse á la In g laterra proponiéndole lisonjeras
ventajas comerciales en sus estados presentes y ofreciéndoselas no menos provechosas en
REITÍADO DE FERNANDO V I. á33
los que llegase á adq u irir. Seductor e ra el alhago p ara una nación de m ercaderes, y
cedió en efecto al prim er impulso del lateros nombrando un ministro p ara la córte de Ñ a ­
póles. Pero la susceptibilidad de Fernando era tal en esta p arte que hizo las rúas vivas
reclamaciones contra sem ejante paso , poniendo al gabinete de S. James en la alternativa
de elegir entro su interés presente y el de un porvenir mas ó menos cierto. El partido que
tomó fué no anular el nom bram iento de sir Jaim e G ray , pero declarando que no iria á
ocupar su destino sin la conformidad de la córte de E spaña, la cual agradeció sobre m anera
esta prueba de deferencia. «P o r la ta rd e decia Keene á su gobierno el 30 de agosto (1752)
en cuanto entré en su secretaria (la de Carvajal) levantándose de su sillón , me ecbú los
brazos al cu ello , y me dijo que esperaba con impaciencia el memento de ver al r e y , á
quien no habia dado conocimiento de la prim era p arte desagradable de este negocio."Por
la m añana, en la conversación con SS. MM. C C ., hallándome al lado del rey , no estuvo
mucho tiempo sin darm e á entender con sus m iradas y movimientos cuan satisfecho estaba
de esta prueba de consideración y am istad de p arte de S. M . ; pero como m e veia delante
de los ministros estranjeros, recibí estas demostraciones con circunspección.» H ay que
añadir á estas ofensas que Fernando recibía de su h e rm a n o , los celos que le infundieron
ó sus prem aturas esperanzas sobre la corona de E spaña reveladas por las intrigas de la
reina viuda ó las indiscreciones de sus parciales en la córte de M adrid, que eran todos
los descontentos de lo que se llam aba alianza con In g la te r ra , el partido francés.
A tribuyó la córte de Yersalles el malogro de estas diversas in trig as, que ella ali­
m entaba secretam ente, al em bajador español en L ondres, don Ricardo 'W all, persona efec­
tivam ente no menos hábil como político que como m ilita r, y dirijió todos sus esfuerzos á
conseguir su separación reemplazándole con G rim aldi, que era com pletamente adicto á sus
intereses. Tan desgraciada en esta como en sus otras tentativas menos directas, la Francia
vió, no tan solo confirmado el nom bram iento de W a ll, sino la retirada á E nsenada, por el se­
creto apoyo que le p re s ta b a , la facultad que basta entonces habia gozado de eleg irlo s em ­
bajadores para las cortes estranjeras.
Por últim o, viendo cada día mas exacerbadas sus disputas con la In g la te rra , se re s o l­
vió á hacer gestiones directas, aun á riesgo de sufrir desaires hum illantes. Trazó prim ero
varios proyectos de tratados de am istad y com ercio, y como los eludiese Carvajal por ofi­
ciosos , dio el último paso, presentando u n plan de alianza p erpétua en tre las dos ram as de
la familia deBorboti para su m úlua seguridad y la defensa de sus respectivos dominios, así
en E uropa como en América. Y al poner el pliego en manos del jainist.ro pidió D uras que se
le diese la contestación dentro de veinte y cuatro horas, que era tanto como escusarse antici­
padam ente á las modificaciones; y aunque al punto contestó Carvajal qne parecería innecesa­
ria á S. M. la alianza, el em bajador insistió en que se le diese por escrito la respuesta. No
pudo, en verdad, ser mas esplícita. «Habiendo dado cuenta al rey de la ú ltim an o lad el duque
de D uras en que pide una respuesta categórica acerca del provecto dealianza de familia, S. M.
después de espresar con la m ayor sinceridad su afecto á la casa de que son descendientes
ambos soberanos y su voluntad deconservarlo siem pre, no ve ninguna necesidad al presente
de sem ejante alianza, que pudiera provocar celos peligrosos en el corazon de los que envidian
la gloria de las dos naciones, inclinados á formar contra-alianzas p ara atacarlos, aun antes
de qu e estuviesen dispuestos sus ejércitos p ara rechazar al enem igo, mas bien que servir á
m antener la seguridad de las dos coronas. Varios pactos de familia han existido entre las dos
casas, y aunque hay an sido contratados en ocasiones especiales y para fines particulares,
cuyo interés ya no e x is te , se pueden m irar como subsistentes, por los principios generales
de m útuo afecto. Estando persuadido el rey de España que S. M. Cristianísima no lo aban­
donaría si se viese acometido por sus enem igos, dado que no existiese otro tratado entre
ellos mas que los vínculos de la sangre, S. M. Cristianísim a puede vivir seguro de la misma
correspondencia po r parte de España (1 ).# Proseguida en este tono contestando á varios
cargos de frialdad del rey p ara con la casa prim itiva, y term inaba declarando su resolución
de conservar la n eutralidad por el »bien estar general de E uropa y el particular de España.
Una negativa tan p a la d in a , que iba á poner en evidencia la lijereza con que habia fomen­
tado esperanzas en Y ersalles, irritó á D uras basta el punto de amenazar al ministro con la
indignación de la Francia. «El rey mi a m o , le dijo trasportado de enojo, se ofenderá de

(1 ) E sU com estacion sota se h alla en In correspondencia oficial de líeo u c, de \,\ eu&I b a sido tm d u c iin .
ÍM n ’. S T O m DE B 5ÍA Ñ A ,
vuestra parcialidad. — Mi obligación, le replicó fríam ente el severo e s p a ñ o l, es servir á
S. M. C. y no al rey de F ra n c ia .» Todavía pensó la córte de Versalles lograr su intento
deslumbrando al m inistro español con algún agasajo honorífico; pero poseía este un alm a
demasiado altiva y cierto orgullo de nacionalidad que se presentaba poco á los falsos
halagos, « Cuando el m inistro Carvajal dió parte á SS. MM. CC. de esta in ten ció n , se vol­
vió con dignidad hacía la reina q u e, estando á poca distancia del rey, podiaoirlo todo, y le
dirijióestas palabras implorando su ayuda : — Puesto que me habéis pro teg id o , Señora,
p a ra lograr el consentimiento de S. M. & fin de dispensarm e de aceptar la orden de S. Gena­
r o , que mandó su herm ano el re y de Ñ apóles, espero que S. M. se servirá, otorgarm e su
protección para obtener también la libertad de negarm e á aceptar la del Espíritu Santo.
S. M. se ha dignado conferirme la del Toison de O ro , y creo que no hay otra mas que esta
de mi soberano que pueda honrarm e. El rey lo oyó todo, y leyó Carvajal en sus ojos la
rohacion y el contento. »
Pero no hallam os el m érito de este ministro en haber rechazado estas vanas lisonjas
diplom áticas, sino en la firmeza con que sabia resistir las de sus mismos amigos. La Ingla­
te r r a , juzgándole ya bastante comprometido contra la F ran cia, le hizo una proposicion se­
m ejante á la de D uras por medio de K e e n e , que la apoyó del modo mas halagüeño. Lo que
su soberano pretendía no e r a , á su d e c ir, envolver á E spaña en nuevos compromisos sino
consolidar su am istad con ella y con S. M. Im perial para hacerse tem er de cuantos ideasen
tu rb ar el sosiego general. «Seria semejante alian z a, le d e c ia , un beneficio común que real­
zaría la gloria de un príncipe tan pacífico y grande com oFernando.— El remedio es sencillo
y fácil : que adopten el caballero C arvajal, el conde de Migazzi (1) y el embajador ingles el
proyecto francés; que lo informen y se valgan de las intrigas de los franceses contra ellos
mismos. ¡Q ué magnífico papel baria S. M. C. siendo la parte principal de un tratado hecho
igualm ente para satisfacer sus m iras pacíficas y obtener la felicidad de sus vasallos I Enton­
ces el plan propuesto por los franceses no serviría mas que p ara hacer que se burlasen de
ellos. Semejante alianza es el medio mas seguro, por no decir el único, de colocar á España en
un a posicion en que pueda escuchar las am enazas de los franceses sin temor y con desprecio,
y ocupar el lugar que debe tener en todas las transacciones políticas de E uropa por sus
riquezas y la estension de su te rrito rio .» Añadía algunas frases, hábilm ente redactadas,
que hacían depender de esta alianza el valim iento de la reina y de Carvajal. A pesar de eso,
de sus naturales afecciones á la G ran B retaña y de la am istad que le unia estrecham ente á
K .eene, el honrado m inistro se esciisó al pronto con varias razones, y por último declaró que
no quería p erd er su reputación de hom bre de bien engañando á la In g laterra con esperan­
zas que no podría realizar. «E stoy tan convencido como vos, dijo al m inistro ingles (mayo
de 1754) d é la necesidad de estrechar la alianza con la In glaterra y el A ustria; y mis pensa­
m ientos se estienden mas lejos que á una vaga alianza. Es mi deseo establecer entre las dos
coronas una am istad p erm anente, no solamente por esta ocasion, porque es el único medio
de hacernos superiores al resto de Europa. Pero no me avergüenzo de confesaros lo que tal
vez no ignoráis, esto e s , m i escaso poder y los obstáculos que se oponen á semejante a rre ­
glo ; y confesaré tam bién con toda franqueza q u e, despues de h aber rechazado tan recien­
tem ente y de un modo tan positivo las proposiciones de F ra n cia , me veo en la obligación de
h ac erlo mismo durante algún tiempo respecto á la G ran B retaña y sus aliados. Semejante
paso de mi p arte daria demasiados motivos para las reconvenciones de mis enem ig o s; y
queriendo seros ú t i l , m e privaría así de los medios de serviros ahora y en lo sucesivo. »
Si habia fidelidad en esta comunicación del em bajador ingles á su có rte, y si el lenguaje
que se atribuye á Carvajal era sincero ó era una m era escusa no se lo perm itió la m uerte
dem ostrar. El 8 de abril la noticia de su fallecim iento, derram ada por la c ó rte , causó
general pesadum bre en sus hab itan tes, pues, si la nobleza se envanecía de que le pertene­
ciese, el pueblo se complacía de la llaneza de su trato y la pureza de sus costum bres,
viendo todos en él una noble personificación del carácter español. «Los reyes manifestaban
esta m añana con lágrim as el dolor que causaba la pérdida de un servidor tan fiel é íntegro;
y podéis fácilmente im aginar, decia aquel mismo dia su amigo Kecne á su gobierno, cual
será m i aflicción como hom bre público y privado.') -
Carvajal m erecía en efecto ser llorado por sus contem poráneos, p u es, sin su firmeza

(1 ) E l em bajador austríaco.
REINADO DE FERNANDO V I, Í3S
p ara sostener la neutralidad de E sp a ñ a , es de tem er qu e el r e y , en su indolencia y some­
tido al influjo de su esposa fascinada por el brillo seductor de E n sen ad a, se habria
doblegado un dia. A lgunos que confunden la neutralidad con el aislamiento y que deseo-

M cd oli a do l a p r o c l a m a c i ó n de F e r n a n d o VI.

nocen las exigencias de aquella ép o c a , le han censurado por la tenacidad con que rechazó
toda alianza. Su pensam iento ulterior nos es á todos desconocido; pero cuando se considera
que acababa de salir E spaña de un reinado de vergonzosa dependencia y se reflexiona que
esos hábitos son difíciles de perder en los estados como en los individuos, es necesario ju s­
tificar y honrar al hombre que se propuso desarraigar la influencia de la F ran cia, pene­
trado de esta verdad de todos los tiempos : S in indepen den cia no h a y honor n i h a y d ic h a p a r a
las naciones,

CAPITULO XLiXt
1754.

\ influjo de los cnibajadores ingles y austríaco, el general Wall es nombrado sucesor de Carvajal: intentan arrojar
á Ensenada del poder : bosquejo biográfinodc ^Voll : motivos que producen lü eaida de Ensenada : relación de Keene :
informe íiel cclclire ministro al rey sobre su administración»

L a m uerte de Carvajal produjo ó precipitó la caida de Ensenada. Apenas exhaló aquel el


último alien to , se presentaron en Ja estancia real el duque de H uesear y el conde de Yalpa­
raíso , prim er gentil-hom bre de cám ara del rey el u n o , y escudero de la reina el o tro , con
objeto de conseguir que heredase su cartera quien participase de su antipatía bácia la F ran ­
cia. Puestos de acuerdo con K eene y con el conde M igazzi, indicaron á F e rn a n d o , afligido
y vacilante, como el mas digno sucesor de Carvajal al em bajador en Londres don Ricardo
W a ll, que habia probado su capacidad en todas las negociaciones que sucedieron al tratado
de comercio. Vaciló el rey u n m om ento, observando su cualidad de e s tra n je ro ; pero basta­
ro n pocas reflexiones acerca de la lealtad v celo con que habia servido desde su ju ventud á
España p ara decidirle en su favor. Un correo estraordiuario partió á Londres en busca de
W a ll, sin que Ensenada tuviese conocimiento de su objeto hasta que el rey se lo comunicó.
Alucinados con este prim er triunfo los dos palaciegos y los dos m inistros estranjeros,
intentaron arrojar del gabinete á su enemigo, valiéndose al efecto del famoso cantante.
« El conde Migazzi, dice el mismo K eene, hizo á Fariuelli las amonestaciones y reflexiones
mas enérgicas y te rm in an te s, esponiéndole la ofensa que bacía á una princesa á quien tanto
d e b ia , así como la iugratitud en que incurría para con ella y la em peratriz reina si persis­
tía en apoyar á un m inistro tan inclinado á F rancia y afecto á sus intereses como lo era
Ensenada. Al principio pareció que cedía F a rin e lli; pero como había tenido tiem po de ver
á este ultim o y referirle lo que le habia dicho M igazzi, pudo el m inistro fácilmente im buir al
t o m o iv, 57
436 H ISTO RIA D E ESPA Ñ A .

pobre músico en su erro r y no hubo medio de quitarle de la cabeza que Ensenada, por rázó-
nes particulares, era en la apariencia favorable á los fran ceses, siendo en lo íntimo de su
corazon su enemigo. » Farinelli era en esta ocasion, como sie m p re, instrum ento de la reina;
quien , ademas de la estimación que hacia del talento de E n se n a d a , habia aprendido la idea
maquiavélica de que en la lucha intestina del gobierno se afianzaba el predom inio de su
influjo en el ánimo del rey. f u e , p u e s , indispensable á los adversarios de la F ran cia diferir
sus planes hasta la llegada de W a ll, que se presentó en M adrid el 17 de mayo (1754).
D. Ricardo W all era un irlandés que habia entrado muy· joven al servicio de E sp añ a,
cuando la ambición de sus reyes tomaba á sueldo todos los aventureros de E uropa, llab ia
asistido á la espedicion á Sicilia, distinguiéndose en el combate con el alm iran le B y n g ; había
concurrido también á la espedicion á Italia que dió al infante don Carlos el trono de Nápoles;
y á pesar de e s o , ocupaba un puesto m uy subalterno en las filas del ejército. Semejante
injusticia le sujirió una idea que fue el origen de su fortuna. Un dia se presentó á su gene­
ra l M ontem ar, con quien cruzó este breve diálogo : — « ¿Q u ién s o is ? — Soy la persona
mas distinguida de todo el ejército , despues de V. E . — ¿ P u es? — P orque vos sois la cabeza
de la serpiente y yo la cola. »— Hizo gracia á M ontemar la ocurrencia de W a ll, y desde
en to n ces, hallando en él cada dia pruebas de un talento poco común y de u na estraordinaria
actividad, le dispensó su protección. Estuvo en América algún tiem po, y cuando volvió á
E spaña se incorporó, ya coronel, al ejército que sostenía la g u erra con el rey de C crdeña, en
el cual se distinguió por su audacia. Estos antecedentes bastaron p a ra q u e, por la circuns­
tancia de poseer la lengua inglesa, se le em please como ájente privado de E spaña en las
negociaciones que produjeron el tratado de A quisgran y los posteriores con Holanda é I n ­
glaterra. Este último podría considerarse obra suya pues solo su presencia pudo allanar
los entorpecim ientos que el partido francés puso á su ejecución. Su crédito p ara con los
reyes creció entonces estrao rd in ariam en te, razón porque no precisaron esforzar mucho sus
argum entos Huesear y Valparaíso para persuadir á Fernando de que nadie mas digno
heredero que él de Carvajal. W all e r a , en efecto, u n espíritu sutil que el trato del mando
habia hecho mas delicado; conocía de una ojeada á los h o m b res; y esta cualidad im por­
tante que poseía, unida á una razón c la ra , á una actividad estraordinaria y íi u na espresion
fácil y seductora, hacia de él sin duda un escelente hom bre de Estado. F allábale conoci­
m iento práctico de la adm inistración de España.
Hay una carta escrita en estos momentos por uno de los personajes mas interesados que,
al par que revela las esperanzas que este cambio personal le infundió , m anifiesta la im pre­
sión que causó en los demas. o Cuando comparo todas estas circunstancias lisonjeras, decia
K eene á Tomas R obinson, con la oscuridad en que m e encontraba á la m uerte de Carvajal;
cuando pienso en que nos hemos burlado como por m ilagro de los que lenian en su poder
la conciencia y el bolsillo de S. M. C. ( 1 ) ; que no solo hemos salido de sus m anos, sino que
hem os hecho en tra r en la adm inistración de los negocios á las personas que yo mismo
hubiera escojido, si me hubiesen dado la facultad de hacerlo, confieso que estoy toda­
vía asombrado hasta el punto de atreverm e á suplicar á S. M. me perm ita presentarle mis
respetuosas felicitaciones por cambios tan venturosos.— Pero no me alucinaré hasta olvi­
dar que podrían ocurrir muchos sucesos que desvaneciesen mis esperanzas : el mas pequeño
desacuerdo, la mas leve m ala inteligencia entre las personas que he nom brado, trastorna­
rla todo enteram ente y recaeríamos en una confusion mayor que nunca. Aun suponiendo que
no se turben la unión y buena arm o n ía, como me complazco en c r e e r , el árbol está dema­
siado delicado. y serán m enester muchos cuidados y atenciones p a ra criarlo. Seria fácil der­
rib ar nuestro trab a jo , de modo que es m enester dejar que sigan su cam ino, y au n añado con
placer, que tales dilaciones son los medios mas seguros de alcanzar el grande fin que nos p ro ­
ponemos. Miro la obra como ya a c ab a d a, según ya os he dicho; pero h asta la conclusión, si
por fin se verifica, los nuevos trabajadores deben usar de m ucha prudencia p ara n o dar motivo
de la maledicencia de tantos enemigos perspicaces y dispuestos á divulgar todo lo que pu­
diera estorbarles el logro de sus planes. Ya echan en cara á Huesear que es austríaco, y á
W all que es in g le s; y aunque ios dos desprecian la acusación, ninguno de ellos d ará moti­
vo p ara fundarlas. Tampoco hay que dejarse deslum brar por las prim eras ap arien cias, por­
que en este pais hay m ucha diferencia ordinariam ente en unas mismas personas según que

(.1 ) El confesor,
BEITÍADO S E FERRANDO V I . 437
csíau colocadas ó no, y se debe esperar á los efectos que produce n aturalm ente esta varia­
ción en su estado y las circunstancias en que se encuentra. E n la mesa del duque de Huesear,
en la que se hallaban todos los ministros estranjeros, fue el general W a ll quien sostuvo p rin ­
cipalm ente la conversación, dejando el lado de E nsenada p a ra venir á sentarse junto á mí,
y no habló mas que de In g laterra, El em bajador francés conservó su viveza n a tu ra l; pero
E nsenada y O rdeñana tenían tan marcados en su rostro el· abatim iento y la confusíon que
una persona poco enterada de los negocios de la corte vino á p reguntarm e si conocía la
causa de tan sensible alteración.— No obstante fui á verme con el ministro en la secretaria,
y cuando le recordé lo que le habia dicho en n u estra p rim era entrevista, m e TOgó que
asegurase á S. M. de su eterno reconocimiento por los favores qu e le habia concedido,
diciéndome que habia hablado á S. M. C. de la estimación particular y amistad del rey;
que en las pocas ocasiones que hasta entónces bahía tenido de ver á los soberanos no se
habia ocupado mas que de los negocios de In g la te rra ; que el rey sobre todo habia p regun­
tado por la salud de S. M. con el rúas vivo Ín te re s , que habia espresado los deseos mas sin­
ceros de que conservase la Providencia para bien de la hum anidad la vida de un principe
ta n grande y bueno. Me hizo observar el caballero W a ll que apenas habia tenido todavía
tiempo para tom ar asiento en su nuevo puesto y que necesitaba algún plazo p ara poder
en tra r en mas porm enores.— Como saben los reyes que han querido inspirar desconfianza
de é l, le han prom etido apoyo y protección, diciéndole en el tono mas am ab le: ¡A n im o! —
Tal hasido el celo del duque de Huesear q u eh an confiado el m inisterio deE stado á W all con
todos los honores y prerrogativas anejas en todos tiem pos á tan elevado em pleo. Tampoco
h a descuidado los intereses del nuevo m inistro, haciendo que se le concediese u n sueldo
considerable y eximiéndole m uy discretam ente de la inspección de las obras y la superin­
tendencia de las fábricas, de que quiso Carvajal encargarse por am or á su país n a ta l; y
aunque no gustasen á Ensenada estas atribuciones, el duque h a conseguido que se le con­
fiasen.— De este modo W all no tendrá que ocuparse de un trabajo tanto menos agradable
cuanto le hubiera sujetado á pedir m uchas veces sumas á la te so re ría ; lo cual fue un a de
las causas de las frecuentes querellas que tuvieron lug ar e n tre Carvajal y el M arques.—
El rey de E sp añ a, cansado de los ofrecimientos repetidos de grandes c ru c es, hechos por
la corte de Y ersalles, ha mandado á Masones declarar qu e está m uy reconocido á tal
aten ción; pero q u e, no proponiéndose disponer de estas órdenes p o r a h o r a , las pedirá si
se ofreciese alguna oeasion en lo sucesivo.»
Ensenada habia recibido una lección harto severa con Carvajal y sabia por o tra p arte de­
masiado bien las predisposiciones favorables de los reyes hacia W all, p ara que se resignase á
verle consolidar su influjo. No cabe dudar que trató de disputar el predom inio sobre el rey á
su nuevo rival; pero á la penetración de este y de sus am igosno podían ocultarse maquinacio­
nes que llevaban el sello de la impaciencia. Su descubrim iento fue la m echa que puso fuego á
la mina que abrieron bajo sus pies sus poderosos enemigos desde la m u erte de Carvajal, cuyo
noble carácter se habia opuesto constantem ente á p ro cu rar su ru in a. Los medios á que él
apeló en esta lucha decisiva, los que el partido contrario empleó p ara com batirle, y el papel
que los reyes desem peñaron en u n acontecim iento que hizo eDtónces grande eco en España,
y podríam os decir en E u ro p a , se encuentran en la notable comunicación que dirigió á su
corte uno de los personajes que mas parte tuvieron en la caída de E n sen ad a, el tantas veces
nombrado Benjam ín K een e. Decía asi á Tomas R obinson: «Madrid, 31 de julio de 1 7 5 Í (se­
cretísimo ). Debeis haber visto en mi correspondencia ordinaria que la conclusión de este ne­
gocio no adelantaba según mis deseo s, aunque á la verdad habia tenido la satisfacción de
hacer notar que las lentitudes no provenían precisam ente de que habia mucha oposicion á la
m edida en sí misma, sino de la necesidad de esperar un m omento favorable p ara hacer tomar
al rey una resolución, porque hay ahora una aversión m arcada á que se adopte un a reso­
lución cualquiera en este asunto. En fin, S. M. la re in a , instada por Huesear y W a ll, con­
testó : a que conocían tan bien como ella el carácter del r e y , y que les autorizaba á que
empezasen sus ataques tan pronto como lo juzgasen á p ro p ó sito .» E n la noche del día l á
abrió el duque la discusión de u n modo solemne en presencia de SS. MM. y del general W all.
Dió lectura de un pliego que contenia la relación de la rebelión de los jesuítas en el P ara­
g uay , faltando a! últim o tratado ajustado entre esta corte y P o rtu g a l, y de varias cartas
interceptadas escritas por el padre R á v ag o , confesor del rey con intento de anim ar á la re ­
sistencia á los cofrades de la sociedad. — Juzgaron oportuno cm pciar por el confesor, por
438 HISTORIA DE ESÍAÑA,
q u e , si se decidía el rey á separarlo, seria fácil despues vencer á E nsenada, y también
po rq ue, aun suponiendo que pudiese sostenerse todavía algún tiempo c! confesor, al menos
sufriría su crédito un daño t a l , que no se atreviese á mezclarse en lo sucesivo en un nego­
cio tan estraño á su profesion, ni á apoyar á Ensenada·, adem as se g u ard aría bien S. M.
de consultarlo. E l rey despues de escuchar con mucha atención dijo : — lie conocido hace
algún tiempo que teneis negocios desagradables que comunicarme : me habéis pues prepa­
rado á oírlos. Estoy dispuesto á no in q u ietarm e, y por el c o n tra rio , á aplicar los remedios
mas propios á la curación del mal. — Dijo algunas palabras duras contra los je su íta s, es­
presándose de un modo mas vehem ente de lo que se pudiera esperar de un príncipe tan
devoto como é l , y mandó al duque que propusiese u n plan p ara d estru ir enteram ente la
rebelión de que se tratab a. — Habiendo salido bien este a ta q u e , se determ inó d ejaren re­
poso al rey durante algunos d ia s , que se em plearon en trazar el plan de operaciones y en
fijar el núm ero de tropas que se proponían enviar á Am érica y c! modo de reunirías á las
que estaban ya en aquella parte del mundo. W all dijo al rey que no aceptaría los v ireín a-
tos de Méjico y el Perú ; pero que como soldado se ofrecía á ir allá p ara m andar las tropas,
cuyo mismo lenguaje tuvo H uesear. — Al hacer la proposicion de las órdenes y las cédulas
que pudieran ser mandadas allá para poner en ejecución secreta el plan, se insinuaba dies­
tram ente que estas órdenes debían ser firmadas por el secretario de Estado de las Indias
(no reconociéndose en las posesiones españolas ninguna otra firm a ) , y hallándose impli­
cados en todos estos desórdenes E nsenada y el confesor , no era dudoso que las instruc­
ciones firmadas por este m inistro serian desobedecidas.— D ispuestas así las cosas y ha­
biendo la reina indicado á los m inistros que podían ya atacar áE n sen aila, decidieron estos
descubrir sus m iras el domingo 21 del presente., y a u n a n te s si encontraban al rey en bue­
nas disposiciones para escucharlos. Por fortuna llegó en la m añana del 19 el correo ¡»orla­
dor de vuestros pliegos del 8 , lo que dió nuevo vigor á las operaciones va concertadas. —
' E speraba yo en la cám ara del rey el m omento de h a b la rle , cuando me hizo rogar el general
W a ll que pasase á su secreta ria, en donde estaba con él el duque de H uesear. W all me
dijo en el tono alegre que le es familiar , que habia yo puesto en movimiento á toda In g la­
te rra , y leyó en seguida parte de los pliegos de A bren (siendo muy aplaudida) que con­
tenia la conversación de los m inistros del rey con é l , con motivo de mi informe acerca de
las operaciones que proyectaban hacer los españoles en las Indias Occidentales. Les pre­
guntó si se esperaban al menos eso de mi p a rle en circunstancia tan p articu lar, añadiendo
que el caballero W all no debía sorprenderse de ningún modo porque le habia avisado al
momento en que informé á mi corte y que desde entonces esperábalas órdenes de S. M : en
efecto, me entregó m is pliegos y convenimos en o tra en tre v ista .— Tenia presente dos asun­
tos, aunque en realidad no formasen mas que uno solo, que e ra el de obtener la revocación
de las órdenes hostiles enviadas á. América y derribar al m inistro culpable que las habia
d a d o ; pero el prim er fin no podia alcanzarse con certeza sin conseguir la ejecución completa
del otro. — En nuestra conferencia de la n o c h e , no fue fácil convencer al duque y al ge­
neral Wall de la necesidad urgente de revocar las órdenes en cu e stió n , ó en otros térm inos
de acabar con la g uerra , á lo cual nada tenían que contestarm e. Voy , sin em bargo, á daros
mas porm enores sobre lo que se dijo por ambas partes. — La cuestión principal era la de
poner á los m inistros en el caso de que pudiesen determ inar á SS. MM. C C .; sum inistrar­
les documentos y arm as contra E nsenada cuidando de im posibilitar á este el que pudiese
'elu d ir mañosamente la acusación que iban á fulminar contra él. — Añadiré al presente que,,
á fin de activar el negocio, cometí una grande indiscreción, y fue el caso que aquellos se­
ñ o res, apesar de no dudar de cuanto yo les habia dicho, pidieron sin em bargo algunos
detalles mas ámplios. Creí p u e s , que en ocasiones sem ejantes y de ta n ta im portancia seria
licito el apartarse de las regias comunes de la prudencia, estando ademas m oralm ente segu­
ro , como en efecto lo estab a, de que ningún daño podia resultarm e de este p aso.—Puse,
p u e s , en manos de W all un papel que no e ra sino u na copia exacta de las instruccio­
nes dadas por el com andante de la escuadra de la Habana á los capitanes de la fragata
y del jabeque que habia apresado , según la órden del virev de Méjico, p ara reunirlos á
las fuerzas y á los preparativos que hacia el gobernador de Y ucalan, con el fin de echar
á los ingleses de sus establecimientos de las orillas del rio W a llis , por medio de esta com­
binación de fuerzas, etc. — G rande fue su asombro al enterarse de este documento : el
tiem po, el modo y las espresiones hostiles que se em pleaban en las instrucciones, todo
REINADO DE FERNANDO VI. Í3 9
les atu rd ió , y no quedaba á Ensenada medio ninguno p ara acudir á subterfugios. E l caso
era evidente; dos grandes naciones que se creían en paz se convertían de rep en te en ene­
migas sin sospecharlo. Arabas iban á experim entar grandes reveses, y por culpa del m i­
nistro mas indigno que hubiese jam as empleado una nación tan grande ni otra alguna.
— En seguida les presenté varias observaciones que habia dirigido tiempo hace á E nse­
n a d a , cuando rae habia enterado del proyecto de formar un a com pañía en tre muchos va­
sallos de las dos naciones para la corta y venta de palo de C am peche, proyecto que debia
ser ú t i l , según é l , no solo á los individuos que com pusiesen la compañía sino á la conser­
vación de la am istad entre las dos coronas. Les informé que fue E nsenada mismo quien
frustró este plan del modo mas indigno y escandaloso mandando salir p ara Cádiz á un tr a ­
ficante, hom bre de un m érito y capacidad eslraordinarios, que habia venido á M adrid á
solicitarla conclusión de este proyecto, para lo cual se había puesto de acuerdo con varios
ingleses que disfrutaban de alta consideración en el comercio. P ara colmo de torpeza, se sir­
vió Ensenada p ara este negocio de una persona que no sabia siquiera en donde estaba
situado Campeche, y que no tenia otra cosa mas á su favor que el ser protegido por don
Ju an de Isla, oficial mayor del m inisterio de M arin a, pariente lejano del confesor. Quise
instruirles de este negocio, porque el nuevo proyecto iraia consigo la necesidad de las ve­
jaciones y la interrupción de la buena arm onía que reina en tre las dos naciones, m ientras
que el antiguo era buenísim o, como que lo habia calificado yo de in sp ira ció n d iv in a ; tanto
tomaba á pechos el determ inar á Ensenada á que lo m antuviese, — No me p aré allí porque
tenia acusaciones todavía mas graves que hacer contra la conducta de este m inistro. E ra
evidente para lodo hom bre que se penetrase bien del conjunto de las circu n stan cias, que
no era el gran ínteres que inspiraba á Ensenada el bien de E spaña, el que habia ocasionado
el cambio de sus conducta y principios, sino antes el arreglo particular que habia pactado
con F ra n cia ,— Los reyes y Carvajal hubieran deseado vivam ente adoptar un sistem a amis­
toso con S. M. y con la em peratriz rein a, sino se hubiese opuesto á ello el m arques. Parece
qu e tenia este hom bre poder y voluntad de burlar sus intenciones y hacerlos franceses de
grado ó por fuerza. Les recordé la im prudencia con que manifestó el m inistro francés sus
esperanzas de provocar tantas vejaciones como quisiese por p arte de E spaña contra In g la­
te rra, y que conociendo nuestra poca paciencia, esperaba que empezásemos los prim eros las
hostilidades contra España, para pedir la reparación de nuestros agravios; les espuse toda
la conducta de aquel hombre con D u ra s , las proposiciones continuas de e s te , y p articu­
larm ente las que ten ia, cerca de un año hace, sobre la imposibilidad de la continuación
de la paz con In g laterra y E spaña, proposicion que no solo rep etía sin cesar el embajador
francés sino sus emisarios con una seguridad indecorosa. Les dije q u e , aun despues de la
m uerte de C arvajal, un amigo íntim o de D uras y pariente s u y o , de la prim era distinción
en este pais, tuvo la franqueza de decirme que se alegraría mucho de conseguir la em bajada
de In g laterra ; pero que desgraciadam ente, no pudiendo subsistir mucho tiempo la paz
e n tre las dos cortes, no valia la pena de ir allá. — Les rogné que añadiesen á todo esto las
proposiciones de todos los m inistros franceses en las diferentes c o rle s, y sobre todo en
Ñ apóles, acerca de las nuevas adquisiciones y establecim ientos ingleses en A m érica; los
tem ores afectados del caballero de Ossun (1 ) comunicados á sir Jaim e G ray, relativos á los
uuevos compromisos que pudieran tra e r estos n egocios, la conversación de D uras con “W all
acerca de H io -T in to , sus ofrecimientos de asistencia á fin de unirse con los españoles
para perjudicarnos, y mas particularm ente todavía la mención frecuente de la costa de Mos­
quitos y de Rio-Tinto que ha hecho Saín t-Conles t á Massones según la carta de este que me
leyó entonces el general W all y que habia traído el correo ingles. — A dem asles espuse una
consideración de la mayor fu erza, á saber el tiem po y las circunstancias en que iba F ra n ­
cia á atacarnos por tie r r a , y los españoles por tierra y por m a r , en nuestras posesiones de
A mérica. ¿S ería posible, dije, que tuviesen lugar sem ejantes agresiones al acaso y sin que-
existiese u n convenio verbal y secreto con E nsenada? P orque nunca diré en tre E spaña y
Francia. — La G ran B retaña no puede menos de asom brarse al saber estos varios ataques,
y se encuentra de este modo en la alternativa de tender hum ildem ente su cuello ó declarar
la g u erra á dos potencias tan grandes á un mismo tie m p o ; y todo lo que acabo de denunciar
os tan evidente como tres y dos son cinco. No he hecho m as, dije entonces, que referir v

(1 ) Embajador de Francia en Ñapóles.


á -ÍO H IST O R IA DE ESPAÑA.

recordar los hechos sia exageración ninguna, esperando que no llevarían á mal que se aire-
viese un ministro estranjero á recom endarles que defendiesen el honor y fama de su augusto
am o , que es uno de los príncipes mas justos y leales que jam as han ocupado el trono. — El
duque de H uesear contestó q u e , puesto que estábam os todos interesados en trabajar para
el mismo fin, me rogaba que les dejase el escrito que habia leido, p a ra que pudiesen poner
á la vista deS S . MM. la prueba evidente de lo que Labia sentado con respecto á América.
Ilabia previsto yo esta dem anda, y estaba decidido de antem ano á consentir en ello, con­
vencido como me hallaba de la necesidad de dar el golpe antes que tuviese E nsenada el
tiempo de evitarlo coa subterfugios ó m entiras. — Sin em bargo, antes de satisfacer su de­
seo , declaré que no daria u n paso tan estraordinario y tan reprensible sino en el caso de que
el general W all m e diese su palabra de honor de en tre g ar á S. M. C. la esposicion siguiente:
— Habiéndose dignado 8 . M. C. muchas veces darm e testim onios lisonjeros de su augusta
benevolencia, m e atrevo á com unicarle esle escrito, como un aviso confidencial que tiene
por fin el m antenim iento de su dignidad real y el apoyo de los verdaderos intereses de su
corona. Sin em b arg o , por mas sinceras y leales que sean mis intenciones al hacer á Y. M.
esta comunicación particular , tal vez p u d iera infundirle sospechas y desp ertar temores ó
causar recelos acerca délos m edios que Im pedido tomar un m inistro estranjero p a ra pro­
porcionarse u n docum ento de esla n aturaleza. Por eso, se ñ o r, protesto á fe de hombre de
h onor, que no me he valido de ningún medio de corru p ció n , y que no se puede acusar á
ninguno de los oficiales del servicio de S. M. C. de la mas pequeña infidelidad hacia su sobe­
rano. Se sirve á veces la Providencia de medios estraordinarios p ara p rep a ra r grandes suce­
sos y salvadoras resoluciones. Me atrevo á esperar que se dignarán SS. MM. CC. dar crédito
á esta solemne protesta de p arte de una persona que por todo el oro de las Indias no les
diría una cosa que no fuese la exacta verdad. — Cumplió W all con su promesa con toda
la energía y am istad de que es c a p a z , apoyándolo el duque de Huesear en cuanto pudo. —
E l rey tuvo la bondad de decir que creería sin vacilar todo lo que le d ijera, y m anifestaron
entonces SS. MM. m ucha curiosidad de conocer los prelestos y las escusas que pudiera pre­
sentar Ensenada para justificar su conducta. Se les dió conocimiento del e sc rito , cuya lec­
tu ra escucharon con la mayor aten ció n , y con disgusto algunas de las espresiones contenidas
en é l , especialm ente la palabra en em igas; interrum pien d o el rey la lectura repitiéndola m u­
chas veces y añadiendo : N o tengo enemigo n in gu n o. — Los reves ardían en deseos de saber lo
q u ep odria alegar E nsenada en defensa p r o p ia ; pero el r e y , m ientras reflexionaba que con­
ducta debía observar con su m in istro , añadió que nunca fallaría á la confianza que habia
tenido en él K eene, y que consideraba mi revelación como puesta bajo la salvaguardia del
honor mas sagrado, y como una confidencia am igable en tre'd o s personas particulares.—
Pensaron SS. MM. que habría hecho A b re u la relación á Ensenada de lo que habia ocurrido
en In g laterra á consecuencia de mi comunicación del mismo modo que lo habia hecho al gene­
ra l W a ll, á. quien habia tam bién enviado una copia de lo que habia escrito el m arques. Vino
E nsenada al despacho, y grande fue el asom bro de SS, MM. cuando le vieron sacar con la
m ayor tranquilidad algunos informes de escasa im portancia de su cartera y que al concluir
el trabajo , se retiró sin d a rla menor esplicacion sobre tan críticas circunstancias. — Luego
que el duque y Mr. W all entraron en el gabinete SS. MM. CC. manifestaron la curiosidad
que tenían de saber cual podia ser la causa del silencio de Ensenada. La reina lo atrib u ía al
poco tiempo que habia tenido para prep arar su justificación; pero el r e y , volviéndose húcia
donde se hallaba Mr, W all le preguntó su opiuiou; el cual le contestó en resum en, que
él se habia hallado en el combate naval de Sicilia el año de 1712 y que jam as pudo saber si
fue Iu g laterra ó Espaüa quien disparó el prim er cañonazo; E nsenada ha podido m uy bien
acordarse de esta circunstancia y al em pezar las hostilidades en A m érica, h ab rá contado con
sus artificios para engañar á SS. MM. haciéndoles creer que habían sido solo los agresores
los ingleses.— El caballero W all se aprovechó entonces de la ocasion p ara esponer al rey su
posicion con respecto á las demas p o te n cia s: todas, esceptuando la Francia solamente anhe­
laban su grandeza, su gloria é independencia, en su propio ínteres, como consistía el de Fran­
cia en la opresion y la decadencia de la m onarquía española. — He oído decir á S. M. añadí,
que no será v irrey de F ran cia, en tanto que ocupe el trono de E spaña. M antendrem os el
duque de H uesear y yo á V. M. en esta generosa resolución con todo nnestro poder y con
u n a abnegación ilim itada; pero por ahora el conseguirlo es imposible á n uestro celo, porque
las personas que desempeñan los destin o s, inclusos los inferiores de vuestra casa y hasta
r e in a d o de Fern a n d o V i. M i
los correos eslan ganados por Ensenada. Todo esto ocurrió el viernes 19 de este mes y
aunque (según el plan concebido por H uesear) no debia ten er lu g ar el g ran d e ataque contra
Ensenada sino el domingo por la noche, el d u q u e , siem pre mas hábil que nadie en el mundo
para aprovechar las ocasiones favorables, creyó prudente m achacar el hierro m ientras estaba
caliente, é hizo en vista de esto sus representaciones con el mayor respeto y no menos fir­
meza que buen éxito. La reina estuvo presente á todo r y cada uno desempeñó con toda p e r­
fección el papel de que estaba encargado. F u i instruido de cuanto habia ocurrido , y asistí
como de costum bre á la corte por la m añana. Las apariencias no eran en nada favorables, y
supe por varios indicios que el rey estaba todaviaen la c a m a , aunque habían dado las doce.
Esperamos hasta cerca de las tres, y entonces fue despedida la corte bajo prelesto de que
habiéndose vestido la reina p ara la caza, y estando dispuesta p ara acompañar al rey ,
no se presentarían SS. MM. CC. en aquel día p ara la conversación. Los m inistros estaban
en el despacho con ambos ó hicieron todo lo que de ellos dependía p ara tranquilizar y dar
ánimo al rey. El caballero W all hizo prodijios em pleando todos los medios p o sib le s; tanta
necesidad habia de hacer esfuerzos para conseguir del rey que tomase una resolución, aun
cuando conocía ya lanecesidad de h ac erlo , y sobre todo al considerar que se tratab a de un
ministro que nunca tuvo la am istad ni la confianza de su soberano. Mandó al duque y á
W all que volviesen por la larde en tre ocho y nueve, y entonces fue cuando dieron el último
g o lp ea E nsenada, que estaba esperando en su despacho que le llam ase el rey ; pero se retiró
á su casa cerca de las once y m e d ia , y cenó en compañía de sus amigos. A penas se habia
acostado cuando u n exento de guardias de C orps, acompañado de un tenienle de guardias
españolas, lo despenó presentándole la orden del rey p ara arrestarlo . Estuvo bastante tran ­
quilo en tanlo que se trataba de pedir sus caballos y p rep ararse á m archar; pero se puso
pálido y se estremeció cuando vio su casa rodeada de guardias españolas, O rdeñana (1 ) fue
arrestado á la misma hora en su propia casa, y un tenienle de guardias españolas le acom­
pañó hasta Valladolid. Un clérigo llamado Facundo (2 ) confidente habitual de Ensenada y
que, según sedccia, oslaba com prometido á causa de las intrigas con Ñapóles, fue arrestado
también é interrogado : recogiéronse sus papeles y fue desterrado á B u rg o s, su pais natal.
— De este modo hemos podido al fin desem barazarnos del m inisterio de este hombre débil,
vano y sobre todo tan altanero que se creia seguro, según lo que me dijo Carvajal tres dias
antes de su m uerte, de conservar su poder, imaginando que nunca se atrevería la reina á
abandonarlo, por ser el abogado mas celoso con quien'contaba en todos tiempos. Se imaginó
tal v ez, que si era su destino perder el favor real y caer, se verificaría sin ru id o , del mismo
modo que habia sucedido á V illanas y á otros v a rio s, persuadiéndose de que le seria otorgado
en todo caso el permiso de disfrutar tranquilam ente de sus honores y condecoraciones, á las
cuales daba tan ta im portancia. Llevaba los dias de gala m as diam antes y oro que su soberano
m ism o, y poco antes de su caid a, le llegaron de París algunas piezas que le fallaban p ara com­
pletar su vajilla de o ro .— Sigo con el duque y W all en la.m ism a intim idad qu e al principio
de su ataque contra Ensenada. Me han enseñado sus papeles y c a rta s, comunicándome sus
adelantos ó sus dificultades. Me ha proporcionado la suerte u n a ocasion de prestarles u n
servicio y creo que no hubiera podido hacerlo tan p ro n to , ó al menos con tanto fru to , sin
las reclamaciones que hizo S. M. por las órdenes hostiles que se habían m andado á América,
y estas reclamaciones no hubieran producido el mismo resultado á haberlas hecho de otro
modo ó en otra ocasion. — Todo salió á m edida de mis deseos y esperanzas, y di á Huesear
y á W all una prueba evidente de mi buena fe enseñándoles lo que escribía á mi corte sobre
este asunto. — H ubiera podido com prom eter el resultado de las reclamaciones directas del
gobierno de S. M. en esta corte si no hubiese tomado á mi cargo dar un paso p erso n a l; pero
sin la indiscreta aunque feliz confianza que hice al rey y sin la exhibición de mi documento,
nunca hubieran esperiinentado SS. MM. CC. ese acaloramiento que era necesario p ara ven­
cer su irresolución n a tu ra l, y los dispuso m aravillosam ente p ara escuchar las rep resen ta­
ciones del duque de Huesear contra Ensenada. Así sabrá con satisfacción nuestro augusto
soberano que el hombre opuesto á la tranquilidad pública, amigo de Francia y enemigo de
In g laterra y de su propio p aís, ha sido derribado por los mismos medios que habia elegido
p ara ejecutar sus odiosos planes.»

(1 } Oficial m ayor de la s e c retaria de la G u e rra , h e c h u ra de E n sen a d a.


(2 ) D. F acundo M o gr o r c jo había servido la s e c retaria do la em bajada do N ápoles, y se le roputaL a m uy liáliil'.
á42 H IST O R IA DE espaS a .

No han quedado á la historia pruebas irrecusables de los .cargos que la anterior co­
municación. contiene contra E n se n a d a ; pero el criterio filosófico puede hallar la verdad
de un hecho y adivinar un pensam iento guardado cuidadosamente en lo íntim o de nuestro
pecho. Las acusaciones que se dirigían al célebre ministro son : haber anticipado cantidades
considerables á la compañía francesa d élas Indias O rientales con objeto de fomentar ó coad­
y u v ar á las hostilidades que en aquellas regiones debíanlos franceses em prender contra los
establecimientos in g le se s; que prom ovía las quejas del comercio contra la In g laterra con el
fin de indisponer con e lla á E spaña; que concertó con la corte de Yersalles un ataque a la s
factorías inglesas establecidas en el gollo de Méjico; que envió instrucciones al virey de
esta provincia para m andar una espedicion h Campeche á echar á los isleños de las orillas

del W a llis; y en resu m e n , que tratab a de precipitar á E spaña á la lucha con la Inglaterra.
A hora bien : ¿el aniquilam iento de esta potencia no era la g ran m ira de Ensenada? ¿podia
alcanzarlo mas seguram ente con la alianza francesa? ¿no e ra este el afan constante de la
corte de Y ersalles? N ada hay mas probable que la secreta unión del ministro con la F ran ­
cia, si se considera al mismo tiempo que la entrada de W all en el gabinete debió hacerle
tem er por su valim iento. Parece averiguado que el proyecto de arrojar á los ingleses de la
costa de los Mosquitos existia ya desde el año an terio r, y que solo se suspendió por la
m uerte del que debia ejecutarlo. La espedicion a Campeche sobre todo parece ser u n pro­
yecto innegable comprobado por las instrucciones que el embajador ingles logró intercep­
ta r , enviadas por el virey de Méjico á los marinos de la Habana que debian concurrir á
REIN A DO B E FERNANDO T I. 443
ella. Este documento fue el que decidió al re y , cuya sensatez y probidad son ademas cir­
cunstancias que agravan las sospechas que la historia hacer recaer sobre Ensenada.
Sus adversarios, no satisfechos con su caida ó temiendo verle erguirse (le pronto mas
altiv o, quisieron arrojar sobre el la sentencia de u n tribunal, presentando á juicio
varios docum entos, entresacados de sus papeles, que dem ostraban haber seguido una cor­
respondencia secreta conla corte de Vcrsalles y hasta con la rein a viuda, revelándoles varios
pensam ientos de gabinete. Dícese que la oposicion de la rein a estorbó que esta venganza se
intentase y que ella impidió tam bién llegase á consumarse otro ataque dirijido contra la
h onra del caido. Pidieron la confiscación de sus bienes fundados en la observación tan sen­
cilla como exacta de que el lujo y las inm ensas riquezas que poseía el marques no podia
deberlas á sus sueldos ni provenir de otro origen que no revelase im pureza. Se mandó en
efecto proceder á la formacion de un inventario por la ju sticia, y llegó á principiarse, en­
cabezándolo con enorm es cantidades, sin duda exageradas por el ódio. Pero Farinelli el
mas leal y ardoroso de sus am igos, no descansó hasta que se dió un a orden p ara corlar el
inventario; y, ya abierto el corazon del rey á la clem encia, pudo fácilm ente,unido al con­
fesor, conseguir que se le señalase una pensión anual de diez mil duros, en su destierro de
G ranada, como una concesion hecha á la orden del Toison de Oro que poseia. Así pudo
pasar los prim eros años de su desgracia, cercado de amigos y comodidades, mas bien
como un am ante del retiro que como un d esterrad o , alimentando la esperanza de volver al
poder al advenim iento de Cárlos I I I con los recuerdos de su brillante administración.
Podia, en efecto, recordar esta con orgullo. Inteligencia superior á Carvajal, espíritu
refo rm ista, dotado de una grande actividad, la opinion le perdonaba su sospechosa m agni­
ficencia por el impulso que imprimió á todos los ramos de la riqueza pública. Sus prim eros
desvelos se dedicaron á reform ar la h ac ie n d a, que á pesar de las inmensas flotas de Amé­
rica, vacia en su antigua postración. Sim plificóte recaudación de todas las ren tas en treg a-

D. J o r g C JllDEl.

das hasta entonces á usureros a se n tista s, que desangraban á. los pueblos con insoportables
y violentas exacciones; abolió el im puesto que se pagaba por la traslación de los frutos de
unas provincias á o tra s, prim er grillo que sentía la ag ric u ltu ra; eximió á Castilla del g ra ­
vam en de los «uWones,que abrum aba sus productos, estableciendo en ella la con tribu ción
ú n ica según existia en C ataluña; y p ara facilitar las transacciones del alto comercio, creó
to m o ir. 58
ííí H IST O R IA DE ESPAÑ A .
u n banco para ef giro de letras con los países estranjeros. A unque no fuese el el prim er
m inistro que en E spaña considerase el oro y la plata como simples m ercaderías, lo fue en
declararlo tal solem nem ente derogando cuantos decretos habían prohibido hasta entonces
su esp o rta g o n . Por últim o, abolió tam bién el monopólioque se hacia del comercio de Amé­
rica , estendiendo el derecho reservado á las flotas y g aleras á unos buques llamados
reg istro s.
Las ciencias merecieron tam bién á Ensenada una protección distinguida. El erudito Ca-
s ir i, autor de la «Biblioteca arábigo-escurialense,» el botánico Q uer, au to r de un ensayo
sobre la « Flora española » y otras o b ra s , el sabio don Guillermo B ow les, que recorrió toda
la península para escribir su escelente «Introducción á la historia n atu ral y á la geografía
física de E s p a ñ a ,» el ingeniero hidráulico L c m a u r, que trazó y dirijió el canal de Castilla,
el ilustrado escritor del «Teatro crítico» el P. Feyjoo; Florea, Campomancs, M ayans, B u r -
riel y sobre todos los célebres herm anos en la ciencia y el estu d io , Jorge Juan y Ulloa,
encontraron en él la mas benévola y generosa protección. La obra de Casiri no hubiera
podido salir á luz sin sus larguezas, y la magnífica edición del Q uijote de la Academia fue
pensam iento suyo que la desgracia no le permitió sino plan tear. Tam bién planteó los ele­
mentos necesarios para el levantam iento de una carta de España. El observatorio astronó­
mico de Cádiz y el colegio de medicina de la misma ciudad fueron creación suya. Por todas
p a r te s , en fin, se dejaba ver un espíritu vasto , em prendedor y grandioso.
De ningún modo podríamos dar á conocer mejor el brillante periodo de esta adm inistra­
ción , que tan honda huella ha dejado en la memoria de los españoles, como poniendo á la
vista del lector el inform e, tan notable por su sencillez como por las ideas y los sentimientos
que e n c ie rra, presentado al rey eu 1751 «para el adelantam iento d é la m onarquía y buen
gobierno de ella.» D ec iaa sí: «L osestraordínarios sucesos que han ocurrido desde el instante
en que por legítimo derecho ocupó V. M. la corona de esta m onarquía dem uestran con evi­
dencia que Dios ha destinado á S. M. para que la restablezca'á su antiguo esplendor y opulen­
cia. — Como yo lo creo firm emente a s í, y en mí concurre con la obligación de vasallo la de
m inistro muy honrado de V. M. por efecto de su bondad, me ha parecido deber presentar
este humilde informe. En él m anifestaré el m ayor ingreso qu e en el reinado de V. M. logra
el real erario proponiendo la precisión que concibo de aum entar el ejército y crear m arina,
con los medios de conseguirlo y de m antener estas fuerzas sin mas gravam en del vasallo.
Tocaré los incidentes que resultan de estos graves asuntos y espondré lo que sobre ellos se
ofreciere á mis limitados talentos y cortas espresiones, dilatándom e lo menos que pueda y
sep a, aunque siem pre seré molesto sin deliberación de la v o lu n ta d .— De la noticia p ri­
m ero consta que las ren tas reales que existen han tenido en el año de 1750 el aum ento
anual de 5,117,020 escudos de vellón sobre las del de 1 7 4 2 , que fue el mayor que el de
algún otro de sus precedentes.— El núm ero 2 hace ver que en el giro.de letras se han
ganado hasta fin del año 17 5 0 ,1 .8 3 1 ,9 1 1 escudos de vellón, y trataré prim ero de este punto
particular por no interrum pir despues el principal de Real Hacienda. — Ambas noticias son
puntuales, porque resultan de certificaciones de las contadurías g en erales, que son los
únicos testos de fe y crédito, y no las relaciones ó estados de fondos que acostumbramos
p resentar á V. M. anualm ente los m inistros de H acienda, pues están sujetas á altas y bajas
de descuido y de cuidado.— En la de giro de letras hay algunas notas no indignas de que
V. M. las en tien d a, y aquí añado Ja de que la ganancia no está com prendida en el valor
de las ren tas y la de q u e, según lo observado, podrá rendir esta negociación de [¡0 0 ,0 0 0
á 600,000 escudos de vellón en cada año. — Creo que no puede h aber duda en que con­
viene la confirmación de este a rb itrio , que descubrió la casualidad á impulsos de la econo­
m ía , pues es tan útil como lo he referido : lo paga únicam ente el estranjero ; interésanse
en él los vasallos de Y. M ., preservados ya de la tiranía de los banq u ero s, y no corre riesgo
alguno el fondo, aunque sobreviniese un repentino rom pim iento, por que está bajo la protec­
ción y á l a vista de los ministros de V. M. en las cortes, y p o rq u e, aunque así no fuese,
habría en España sobrados caudales de vasallos del príncipe que hiciese la represalia para
vindicarle p ro n tam en te.— No obstante, soy de dictamen que no haya afuera, como así
sucede a h o ra , mas fondos que los inescusables para seguir la negociación sin decadencia,
los cuales se com pletarán enteram ente en pocos años con las g an an cias, logrando V. M. un
copioso caudal que no ha sido del erario ni de sus vasallos.— Algunos dirán que este banco
(así le llaman en E uropa) puede ser fácilmente destruido oponiendo otro la F ra n cia , la
ítE IfiA D Ó J)JS FERRANDO V I. ¿45

In g laterra ó la H olanda, y yo no negaré la posibilidad de los fondos, aunque tampoco me


negarán que estas potencias quedaron de la g uerra m uy em peñadas; pero ellas mismas
confiesan que este banco solo es ú lil á la España. Fúndanse en la razón de que el comercio
en general de E uropa es beneficiado de este banco en el modo que está establecido, por­
que facilita caudales con p ro n titu d , seguridad y menos dispendios que los cam b istas, los
cuales son mirados con desconfianza y aun aversión de los hombres acaudalados y acredi­
tados, que han sido algunas veces engañados, porque el cambista con poco dinero suyo
g ira mucho sobre lo ajen o .— Hay otra razón mas poderosa, no disfrutada en E spaña, v
e s , que la principal utilidad de este banco proviene del uso de la p la ta , q u e , aunque de los
dominios de Y. M. es y será m ercancía de participantes, m ientras los vasallos de Y. M.
no puedan hacer solos todo el comercio de América y haya fuerzas p ara defenderla contra
todas las potencias de E u ro p a .— El aum ento anual de 5.117,020 escudos de vellón que se
h a dado al real erario en las rentas existentes es el efecto de la buena adm inistración, por
la fortuna de haber encontrado personas de in te g rid a d , celo é inteligencia que la manejen:
p u es, aunque yo fuese el que debía s e r , sino hubiese tenido estos in stru m e n to s, nada de
provecho habria podido hacer por mas que desvelase y no tuviese otras ocupaciones.—
Tam bién ha contribuido en parte á este aum ento la redención voluntaria de algunos juros
y alcabalas que son los dos fuertes gravám enes que lienen las r e n ta s , con especialidad las
provinciales. — Hase procurado que no haya latrocinios, y se han arrancado las ren tas de
las manos de los arren d a d o re s, que son los que despóticam ente se han utilizado de ellas,
haciendo y fundando los soberbios caudales y mayorazgos que se ven en ellos, y por todos
ah o ra lo sum am ente perjudicial que era este grem io de hombres de negocios. Las reñías
provinciales han tenido aum ento en la ad m inistración , no obstante lo nuevo que es y que
V. M. ha concedido á los pueblos en solo un año mas gracias y perdones en ellas mismas,
que en muchos de los antecedentes, como lo publican Jos vasallos, llenando á V. M. de
bendiciones. — Adiníranse de este aum ento en ren tas provinciales los no in stru id o s, por
juzgarlo incom patible con las gracias y bajas que se han hecho, y franquicias dadas p ara
promover las m anufacturas, pero no los inteligentes, y mucho menos los arrendadores,
porque saben que eran triplicadas sus escandalosas ganancias y sus desperdicios para
corrom per á u u o s , merecer á otros y engañar á los demas. — Los hom bres de negocios y
sus protectores predicaban incesantem ente contra la adm inistración de las rentas por
cuenta de la real hacienda, y es cierto que la de las provincias de Andalucía era m uy rigo­
rosa cuando vine al m inisterio; pero tam bién lo es que se moderó lu eg o , y que lo que
no han sacado los arrendadores en general de los pueblos b a sido porque no lo han dado
de sí. — P rueba de esto es que Y. M. ha bajado y baja todos los dias los precios de los enca­
bezamientos que hicieron con los pueblos los arrendadores y q u e , siem pre que se les pro­
ponga volver á tom ar las ren tas con la ley de no alterar las equitativas reglas de la presente
adm inistración, no creo que las adm itan, ni aun m inorando u n a tercera p arte de lo que
pagaban por ellas últim am ente,— Siem pre q u ee l superintendente general de hacienda care­
ciere de fondos y abundare en ambición de m antenerse en el m in isterio , buscará, dinero
en los pueblos aniquilándolos, y p a ra que no llegue á noticia del m onarca, conten tara á los
que lo puedan d a r , pagándoles lo que no se deba y no cobrando de ellos lo que deban,
p ero , si no fuere inepto y tuviere honor y discreción, no cam inará con el d ia, antes bien
se sem brará para cojer en adelante el y sus sucesores, con lo que precisam ente h a de con­
servar los pueblos apesar de las rentas provinciales, que les han hecho infinito daño.—
Yo he consentido en que el valor de estas rentas provinciales m inorara en este año y en los
sucesivos, porque todo pobre lo pagaba, y pocos de los ricos, y porque, p ara que se recu­
p ere la Andalucía, es m enester ayudarla todavía m a s; pero tam bién h e consentido en que
lian de tener aum ento que compense aquella baja las de aduanas y lanas; que en la mayor
parte satisfacen los estranjeros; la del tabaco, que está fundada en el vino y se puede esten-
der á reinos estraños; y Ja de sal por su mayor consum o.— Sobre este principio, que graduó
de cierto, se puede contar con q u e e l real erario de España, m edianam ente cuidado, ten d rá
de entrada anual 26.707,649 escudos de vellón, sin incluir la ganancia del giro de letras,
p ara acudir á las obligaciones ordinarias y presentes de la m onarquía, distribuidos en esta
forma : — P ara el ejército 15,000,000 ; para la m arina 5.000,000 ; y los 6.709,647 res­
tan tes para casas, caballerizas y sitios reales, alimentos de la rein a viuda y m inisterio
de adentro y fuera de la corte; pareciéndome que quedarán dotados com pletam ente
1U n iS T O IU A I)E ESPAÑA.

p ara el todo y las partes de que se com ponen, pudiendo atender al ejército, á la for­
tificación de plazas y trenes de a rtille ría , y la m arin a, á la construcción de arsenales y
navios, al corso contra infieles, y á guarda-costas regalares en América. — No he dado apli­
cación al producto de Indias que viene de ellas, y se causa en Cádiz, el cual se regulaba
antes de tr e s á cuatro millones de escudos, y yo ahora no le bajo de seis, cuyo caudal, por
el cálculo que llevo hecho, parece que sobra; pero yo deseo que no se entienda así para que
no haya de depender de él obligación alguna de las ordinarias de la m onarquía,— Es el
caudal de las Indias muy contingente, porque aquella hacienda ha estado peor gobernada que
la de E spaña, la conducción está espnesta á los riesgos del nm r, no se puede asegurar
cuando llegará y puede haber inquietudes internas que consuman gran p arte del fondo,
como fia sucedido algunas v e c e s: el P erú tenia y tiene em peñadas todas sus re n ta s, y, si
ocu rre g u e rra por allí, se consum irá todo en ella, y aunque quede algo, será difícil traerlo,
y muy fácil que convenga al servicio de S. M. cerrar la p u erta á la venida de socorros, por­
q u e , siendo los estranjeros los mas interesados en ellos, se Ies h ará la g u erra deteniéndolos
en América. — Por lodas estas consideraciones, juzgaría yo que el buen gobierno aconseja
que con el caudal de Indias solo se cuente para lo estraordinario de E spaña, y para lo que
espondré sobre ejército y m arin a, sentando prim ero estos p rin cip io s:
1 .“ Q u e , desde que tiene la dicha España de que Y. M. sea su m onarca, no es d espre­
ciada en E uropa, como lo fue en el siglo pasado y p arle de este.
2.° Q ue V. M. es el destinado para restablecer su antiguo esplendor y hacerla muy res­
petable en el mundo pues á este fin quiso Dios que la salvase Y. M. del inm inente peligro
de arru in arse enteram ente en la g u e rra ( que no era de corona)1, y perm itió q u e , siendo la
potencia que consumiese mas tesoros en provincias ajenas y distantes, fuese la única que en
la paz quedase sin em peño y con caudales.
3.° Que el cuidado de mayor atención de V. M. presentem ente es el de conservar en
sus estados al rey de Ñapóles y al infante doD Felipe sin contraer guerra.
á,° Q ue continúen en paz los dilatados dominios de V. M. p sra que se pueblen y curen
de las llagas de tan incesantes y crueles g u e r r a s , trabajos y desdichas que han padecido
desde que falleció Fernando el Católico.
5° Q ue se tiren las líneas para recuperar á G ibraltar, poseído de los ingleses con sumo
deshonor de la E sp añ a, para que se dem uela la fortaleza de Bellaguardia, que contra los tra ­
tados está su mitad en terreno de S. M. dominándole ; y p ara abolir las indecorosas leyes
que la Francia y la Inglaterra im pusieron sobre el comercio de E sp añ a, sin que el glorioso
padre de Y. M. quedase árb itro para resistirlas.
6 .” ^ Q ue se esté con igual vigilancia para volver á la corona las usurpaciones hechas en
América por varios soberanos de la E uropa.
— Ninguno de estos prom etidos bienes y los anejos á él, que colmarán de laureles á Y, M.
en este y en el otro m undo, y á sus leales vasallos de felicidades, se puede conseguir si
Y. M. no tiene fuerzas com petentes de tierra y m ar para defender y ofender, según lo dicho,
la justicia, que es la que determ ina la paz y la guerra. — P roponer que V. M. tenga iguales
fuerzas de tierra que la F ran cia, y de m ar que la In g la te rra , seria d e lirio , porque ni la
poblacion de España lo perm ite, ni el erario puede suplir lan formidables g a sto s; pero p ro ­
poner que no se aum ente ejército y que no se haga una decente m arina seria querer que la
E spaña continuase subordinada á la F rancia por tie rra , y á la In g laterra por m ar. — Consta
el ejército de Y. M. de los ciento treinta y tres batallones (sin ocho de m arina) y sesenta
y ocho escuadrones que espresa la relación núm ero 3 , y por el núm ero í la distribución en
guarniciones, en plazas y costas que se hace en ella, de que resu lla que solo vienen á quedar
p ara campana cincuenta y nueve batallones y cuarenta y tres escuadrones. — La Francia,
como se v e e n la relación núm ero S , tiene trescientos setenta y siete batallones y doscien­
tos treinta y cinco escuadrones, de que se infiere que en tiempo de paz se halla con dos­
cientos cuarenta y cuatro batallones y ciento sesenta y siete escuadrones mas que V. M. y
abundancia de gente inclinada á la milicia p ara levantar prontam ente cantidad considerable
de tr o p a s , pues á principios del año 1748 llegaba su ejército á cuatrocientos trein ta y cinco
inil infantes y ciacuenta y seis mil caballos. — l a arm ada naval de V. M. solo tiene presen­
tem ente los diez y ocho navios y quince embarcaciones m enores que menciona la relación nú­
mero 6 , y la Inglaterra los cien navios y ciento ochenta y ocho embarcaciones del núm ero 7.
— Yo estoy eu el firme concepto de que no se podrá hacer resp etar V. M. de la Francia sino
lt BINATÍO DE FERNANDO V I. 447
tiene cien batallones y cien escuadrones libres para poner en cam pana, ni de In g laterra ,
sino la arm ada de sesenta navios de línea y sesenta y cinco fragatas y embarcaciones
menores que espresa la relación núm ero 8 . — Con estas fuerzas de tierra, plazas com petentes
y buenas, y am istad con P o rtu g a l, puede S. M. defenderse de las poderosas de la. Francia,
si o que ni en una ni en dos campañas hagan progresos muy sensibles, y en el interm edio
puede V. M. mover sus aliados, que no le faltarán, para que bagan diversión por otras partes,
que contendrán y confundirán la de F ra n cia .— La arm ada propuesta es cierto que no puede
com petir con la In g laterra , porque esta es casi doble en navios, y m as en fragatas y em­
barcaciones m e n o res; pero tam bién lo es que la g uerra de V. M. h a d e ser defensiva, y en
sus mares y dominios necesitará toda la suya la In g laterra p ara lisonjearse con la esperanza
de conseguir alguna v e n ta ja , sea en América ó en E uropa. — Por antipatía y por Ínteres
serán siem pre enemigos los franceses é ing leses, que unos y otros aspiran al comercio
universal, y el de España y su América es el que mas les im porta. — Seguiráse á esto
que esten pocos años en paz y que V. M. sea galanteado de la F ra n c ia , p ara que, unida su
arm ada -con la de E sp añ a , sea superior á la de In g la te rra , y pierda esta el predomi­
nio del m ar; y de la In g la te rra , porque, si Y. M. con cien batallones y cien escuadrones-
ataca á la Francia por los Pirineos al mismo tiempo que los ingleses y sus aliados por F lan -
des , no adm ite duda que la Francia no podrá resistir, y perderá la superioridad d e fu e r-

D, A otodio de Üíton,

xas de tierra con que se hace tem er en E u ro p a .— En este caso, que precisam ente ha
de suceder, será V. M. el árbitro de la paz y de la g u erra, y muy n atu ra l que la In g laterra
compre á V. M. la neutralidad restituyendo á G ih raltar, y la Francia demoliendo á Bella-
g uardia y cediendo parte de sus privilegios sobre el comercio de España. — La m anuten­
ción del rey de Ñapóles y del infante don Felipe en sus estados presentem ente es fácil;
porque la casa de A ustria no piensa ni le conviene estenderse en Italia, donde necesita tr o ­
pas que consumen las re n ta s, sino ver si puede recuperar la Silesia y adquirir mas provin­
cias en A lem ania, que es lo que anhela y lo que le im porta. — El rey de Cerdeña', aunque
pudiese ponerse de acuerdo con la casa de A u stria, no resolverá hacer la g u erra al rey de
N ápoles, porque está m uy distante de sus estados, y p o rque, como sucedió á la casa de
A u stria, no se halla con fondos p a ra sostenerle contra los socorros de gente y dinero que
d ará España, Por solo Parm a y Plasencia no es regular que se falte á las garantías. — En
medio de todo esto , bien m erece el asunto que se examine, y que la casa de A ustria estará
£48 H ÍST O rttA D E ESPAÑ A .
p ro n ta á defender á Ñapóles y P arm a, á favor de sus presentes poseedores, p u es, aunque
por ello pediría alguna recom pensa, puede ser esta de tal calidad que sea del servicio
de V. M. d arla , por deponer el cuidado que le m erecen sus herm anos por cariño y por
razón de estado. — Queda espresado q u e , para com pletar el ejército que se p ro p o n e, fallan
cuarenta y un batallones y cincuenta y siete escuadrones, y ahora insinuaré lo que se me
ofrece para conseguir este a su n to .— La cabullería sin g ran trabajo se puede rem ontar,
porque el español se inclina á e ila , y caballos suficientes producirán. Andalucía y E s tr c -
m ad ura, pues, aunque la esterilidad del año pasado destruyó en la mayor p arte las castas,
en poco se restablecerán como tengan salida las crias. — Lo difícil es el aum ento de la in­
fan tería, pero no imposible. E s m enester fijar plano sobre qu e caraiuar sólidam ente, no
hacer ruido que alarm e y atrase el efecto, tener fondos á la m a n o , actividad y esperanza
p a ra conseguir la em presa. — La España está poco p o b la d a, porque las g u erras ultram a­
rinas y la América han consumido m ucha gente, y los naturales no am an la in fa n te ría , por
cuyas razones es necesario que haya los menos batallones veteranos de la nación que sea po­
sible. — E n las Castillas hay casi el núm ero de batallones de milicias que corresponden á s u
vecindario (si alendemos á la proporcion que guarda la F rancia en esta m ateria) y en la
corona de Aragón los que debe haber igualm ente que en Castilla sin inconveniente alguno.
— Son veinte y ocho los batallones estranjeros que existen. Es verdad que lodos los p rín ­
cipes de E uropa se sirven de ellos en sus ejércitos solo en cantidad d irecta; pero la España
es preciso que sea mas indulgente, porque tiene en su tanto menos vasallos, y porque los
soldados estranjeros ayudan tam bién á la poblacion. —Por estas razones me parecía que los
cu arenta y un batallones que faltan para poner el ejército sobre el pie que se propone se
levantasen en esta forma : nueve españoles veteranos, dos de milicias en C astilla, diez de
las mismas y fusileros de montaña en la corona de A rag ó n , y los veinte restantes de estran­
jeros católicos de todas naciones. — No hallo inconveniente en que desde luego se hagan
los batallones de milicias, pues en sus casas se estarán , y en Cataluña se alegrarán de que
se formen los cuatro de fusileros de m ontaña, como lo ha representado su capitan general,
y que serán útiles para todo.— P ara levantar los nueve españoles veteranos, es preciso que
preceda reemplazo de las compañías que en los existentes se reform aron; y ejecutando esto,
evacuar lo otro uno á uno, haciendo los terceros batallones de los regim ientos mas antiguos
p ara que de ellos se tomen alguuos oficiales y escusen estados mayores. — La gran d e obra
es levantar veinte batallones estranjeros, asegurando suficientes reclutas p ara m antener
completos así estos como los que existen, porque sin esta circunstancia seria g astar dinero
en m antener oficiales (q u e sobran en E spaña) sin soldados, que son los que se necesitan.
— El regim iento de guardias walonas no debia tener soldado que no fuese llamenco, y el
que se cumpliese esta capitulación convendría al servicio de Y. M., y al mismo regim iento;
p ero liá. u n año que se les perm ite adm itir alem anes y franceses, con cuya gracia le es fácil
la recluta. — P ara los otros cuerpos estranjeros se tra e la gente por la p arte de Italia, y es
de todas naciones, alcanzando e sta ñ o solo para ponerlos sobre el pie de fuerza que tenían
antes de la refo rm a, sino que se puede esperar sobre p ara ir levantando algunos batallones
nu ev os.— P arecerá que esto allana el camino para formar los veinte batallones estranjeros
que se p ro p o n e n ; pero y,o no lo concibo así : la razón e s , que el h aber mas ó menos reclu­
tas depende del accidente y de que los príncipes de Italia no lomen medidas p ara que, si se
sacasen a lg u n o s, sea á grandísim a costa. — Por estos motivos y porque el edificio con
cimientos débiles so arruina cuando menos se p ie n sa , creeré yo p ara que con sólida utili­
dad del estado tenga V. M. todos eslos cuerpos estran jero s, será indispensable g anar con
subsidios algunos príncipes pequeños de A lem ania, que den la gente necesaria p ara formar
y sostener el mayor núm ero de batallones de aquella nación que sea posible, y que en Ita­
lia se tomen medidas justas á fin de asegurar reclutas p ara los dem as. — E sto q u e pro­
pongo lo practicau F ra n c ia , In g laterra y otras coronas, y tam bién p ara promoverlo im porta
estar de acuerdo con la casa de A u stria , ayudando la In g laterra , que lo h ará con gusto p ara
que Y. M. tenga ejército, pero no para m arina, y al contrario la F ra n cia .— El asunto de
plazas es de sum a im portancia por lo mismo que Y. M. tiene por vecina un a potencia tan
fuerte como la F ra n c ia , que puede hacer g u erra ofensiva á la E s p a ñ a , y esta solo puede
hacerla puram ente defensiva.— Sobre el Rosellon tiene la F rancia ocho plazas situadas en
las gargantas ó avenidas capaces de detener un numeroso ejército esp añ o l; y Y. M., au n ­
que bastantes en núm ero, tiene m uy pocas útiles en toda C atalu ñ a.— Los capitanes gene­
BElNADÓ DE FKRNANDO VI. Ы9
rales é ingenieros principales de ella han representado esto repetidam ente, formando pro­
yectos y clamando porque se demuelan las q u e , ó no sirv e n , ó necesitan p ara su defensa
escesivas guarniciones (por ejemplo G erona) y se coloquen otras en parajes ventajosos,—
Todos los soberanos construyen en sus fronteras las plazas que les conviene, y así lo h an
hecho la Francia y el rey de C e rd e ñ a, y lo están haciendo p resen tem en te, por lo que no se
e stra u a rá q u e Y. Sí. ejecute lo m ism o, m ayorm ente cuando, debiendo fortificarse el Ferrol y
C artagena por un arsenal y otros puertos de m a r , se puede m andar todo á un tiempo como
providencia general, — E n la m arina no se h a adelantado tanto como Y. M. d e s e a ; pero
no obstante se ha continuado el arsenal de la C a rra ca, y se está trabajando con la actividad
posible en los nuevos del Ferrol y Cartagena que V. M. b a aprobado y mandado se cons­
tru y a n ; no dudándolos inteligentes que serán perfectos, porque se ha copiado lo mejor de
E uropa y escluido lo malo de ellos.— P ara la fábrica de los sesenta navios que se proyecta
hay ya mucha p arte de la m adera en el F e r r o l, Cádiz y C a rtag e n a, y se está conduciendo
la re sta n te , y alguna p ara veinte y cuatro fragatas m e n o re s, que también se h a cortado,
debiendo estar el todo en los arsenales en el año de 1752, — Son tres los constructores que
han venido de Ing laterra, porque en España no los babia, y actualm ente fabrican cuatro
n av ios, una fragata y un paquebote, que se han de probar en el m ar por oficiales espertos
p ara que concurriendo después á la corte con los constructores, se exam ine lo que hayan
observado y se arregle de una vez n u estra m a rin a.— A ntes de estos estarán perfeccionadas
las gradas para fabricar sobre ellas á un mismo tiempo veinte navios de lín e a , para lo cual
están ya curadas y preparadas las m aderas y á los diez meses depuestas las quillas se podrán
botar al agua. — Igualm ente se han traído de fuera m aestros hábiles p ara las fábricas de
ja rc ia s , lona y o tr a s , porque es m enester confesar que la m arina que h a habido hasta aquí
h a sido de ap arien cia, pues no ha tenido arsenales (que es el fundam ento), ordenanzas,
método ni disciplina, pudiendo Y. M. creerse autor original de la que hay y h a b rá , porque
es enteram ente nuevo en el todo y en sus partes. — De cuantos m ateriales y pertrechos
necesitan arsenales y bajeles solo no hay en los dominios de Y. M. palos p ara su arbola­
d u ra , porque, aunque se crian en Cataluña y m ontes de S eg u ra, no son de aquella segu­
ridad y duración que conviene, por lo que se recu rre por ellos al Báltico, como lo hacen
la Francia y la Io g la te rra .— A su tiempo será m enester crear oficiales; p ero , como será
por p a rte s, dará por ahora los suficientes la compañía de guardias m arin as, y p ara lo
sucesivo será necesario formar o b ra s , como también aum entar la tr o p a , que no faltará
g ente porque se observa que hay pasión por la m arina. — El escollo que hay que ven­
cer es el de la m a rin a, porque es corlo'el comercio activo de m ar (pie hace la E sp añ a, y
con las últim as guerras se destruyeron los gremios de la p esca, quedando ra ra em bar­
cación de trasporte; pero de dos ó tres años á esta p arte es mayor el núm ero de navios
particulares que van á la A m érica, algunas embarcaciones á F rancia é In g laterra , y
la pesca se ha fomentado en varias provincias. — Estas providencias con las de pagar
p u ntualm ente, soco rrerlas familias de los que se em barcan y tra ta r bien á los estran­
jeros que acuden, producen ya sns efectos, pues an tes no babia m arineros en los na­
vios, que no fuesen por fuerza, y hoy hay muchos voluntarios. — No es por esto mi ánimo
afirm ar que no habría en E spaña suficientes m arineros p ara trip u lar sesenta navios de
línea y demas embarcaciones m enores que se proponen ; pero si insinuaré que los mismos
medios do que F rancia, Inglaterra y Holanda se valen , debe hacerlos V. M. p ara crear un
cuerpo de m arinería, que se em plee en el comercio y en la arm ada; lo cual se conseguirá si
se siguen las reglas que se van estableciendo.— Con el ejército y a m a d a que se proponen,
y 30.000,(100 de pesos de repuesto, dudo que haya hombre instruido en los intereses de
príncipes que niegue podrá Y. M. ser el árbitro de la paz y de la g u erra en tre Francia é
In glaterra, y aun de Europa; y pues se pueden p rep a ra r las arm as tan prontam ente, gá­
nese tiempo en hacer el repuesto referido, porque solo la noticia de que le hay causará
respeto y contribuirá á la tranquilidad que se desea para aprovecharse de ellas. —
Toca aquí probar la proposicion d e q u e , sin em peñar el real erario, ni gravar mas los vasa­
llos , puede haber fondos p ara la subsistencia del aum ento de fuerza de tierra y m a r , que se
h a proyectado, lie espresado que con el actual producto de la Real Hacienda se pueden soste­
n er sin escasez las presentes obligaciones de la m onarquía, y ahora debo presuponer qne
serán precisos seis años para perfeccionar la m arina, formar los veinte batallones e s tra n je -
ros, asegurando reclutas para ellos y los dem as, y poner en estado las plazas.— Consiguiente
400 H IST O R IA D E ESPAÑ A .
á, esto es que, para cultivar la Keal H acienda, haya en los mismos seis años, tiempo suficiente
como sea de paz, p ara eojer el fruto que podrán dar de sí las providencias que apuntaré algo
mas en el capítulo que tra ta rá de ellas.—Con 19.000.000 de escudos el ejército, 6.000,000 la
m arina y 9.000,000 las demas obligaciones, habrá lo suficiente p ara que se m antengan regu­
larm ente. Compone el todo 34.000,000 y ahora el erario de E spaña da como 27.000,000,
con que vienen á faltar 7.0 0 0 ,0 0 0 . —E stos, en mi concepto, sin penosa fatiga, como hayapaz,
los puede aum entar la R eal H acienda, estableciéndose la única contribución en que se está
trabajando; en la m ayor poblacion que puede lener el reino, y por consecuencia mas con­
trib u yentes; en el m ayor valor que puede darse á la ren ta del tabaco, como se conseguirá
siendo el género bueno y abundante; cu mas consumo de sal; en el comercio de m anu­
facturas y frutos; en la redención de juros y desempeños de alcabalas.— Llevo referido
que el caudal de Indias se regulaba en 3 ó 4.000,000 de escudos de vellón al ano, y que
yo no le bajaba de 6,000,000. A hora diré q u e, según lo que he observado, y noticias
que he adq u irid o , mas bien defenderé la opinion de que el producto de Indias puede esce­
der de 12,000,000 de escudos, que la de que no puede lle g a rá ellos. — E ste fondo, por
mi voto, seria destinado, la mitad para la redención de juros y desempeños de alcaba­
las, cuyos réditos darán aum ento al e ra rio ; y la otra m itad p ara hacer el repuesto de
30.000,000 de pesos que he indicado.— D eberá estar seguro y pronto este fondo p a ra u sa r
de él; pero en movimiento continuo dentro del reino p ara ausiliar la economía en la recau­
dación y distribución de la Real Hacienda p ara q u e, ayudando y prom oviendoá los comer­
ciantes vasallos, rinda algunos in te re se s, p ara que sin pérdida ni ganancia se prom uevan las
m anufacturas, — No he hablado de la satisfacción de deudas de los reinados anteriores, y no
h a sido por olvido sino porque es punto que to c a á lo s teólogos el decirlo, enterados pun­
tualm ente del estado de la m onarquía, de las fuerzas que necesita para su conservación con
utilidad com ún, y calidades de las mismas deudas; pero sean del dictam en que fuesen, es
m u y posible que la deferencia de V. M. á él no altere en p arte sustancial el piano que he
esplicado.— Según la idea que m e he propuesto p ara estender esta representación, ahora
elevaré á la alia com prensión de V. M. lo que yo entiendo de parles principales de estosreí—
nos y de los de Indias, que requieran el ejercicio de la sabiduría de Y. M. p ara q u e, esta­
bleciéndose con justicia el gobierno y o rd en , bien examinado todo resolviese Y, M .,
se verifique mas p ro n tam en te ; que Dios h a destinado á V. M p ara restab lecerla opulencia
y el antiguo esplendor del dilatadísim o im perio españ o l.— No me dilataré en los puntos
que be de locar po r no ser molesto , y porque p ara ello seria m enester tenerlos dirigidos en
todas sus p a rte s, cuya obra yo no soy capaz de desem peñarla; pero no seria difícil formar
proyectos de cada uno de los que V. M. aprueba, valiéndose de personas que lo en tien d an , y
copiando lo que con suceso practicaron otros reinos bien gobernados, así como ellos copia­
ro n de la España cuando estaba en su floreciente tiem po, de cuya visicitud no hay monar­
qu ía que esté exenta. — Sé que Y. M. está dedicado á em plear su católico celo para que el
estado eclesiástico, en su disciplina y dem as cosas anejas á e lla, sea el que debe s e r , procu­
rando Y. M. en lo que depende del p ap a, los ausilios necesarios, y siendo su real ánimo en
lo que le toca aplicar el oportuno rem edio á abusos y relajaciones. — A vista de este antece­
dente, no m e estenderé en asunto que es tan grave y delicado, como ajeno de mi profesión;
pero no obstante haré memoria á Y. M. de que perjudica mucho al estado el escesívo núm ero
que hay de regulares y aun de clérigos, y que los concilios previenen y los papas encargan
q u e, p ara que haya mas religiosos y religiosas, haya menos frailes y m onjas.— Por bulas de
la Santidad deben de p ag a r todos los eclesiásticos el subsidio, el escusado y lo sl9 .0 0 0 ,0 0 0
cuyas contribuciones, sise exigiesen según la concesíon, seria tan g ra vosa á los eclesiás líeos,
que pagarían doble que los vasallos seg lares.— E sto , aunque con asenso del p a p a , es muy
propio de la benignidad de Y. M. no perm itirlo; pero tam bién lo es que, con reflexión á
todo, se convengan los eclesiáticos á satisfacer la cuota equitativa que acuerde p ara ayu­
dar á sostener las cargas del e stad o , en que· ellos son tan interesados, y del modo de ejecu­
tarlo puede resultar recíproco beneficio para lo presente y fu tu ro ; porque se cortarán
disputas y cuestiones, que em barazan el tiempo y m inoran los haberes de unos y otros. — Al
establecimiento del tribunal de inquisición atribuyo que la fe y la religión se m antengan
con tanta pureza en E sp a ñ a , y así soy de dictam en que este tribunal lo m antenga y sostenga
V. M. con toda su au toridad; pero bajo los lím ites de su in stitución.— Es !a hacienda un
globo en que con ella han naufragado los mas de sus m inistros; p o rq u e, por mas hábiles que
REINADO DE FERNANDO TI. 4f>i
hayau sid o , ninguno ha descubierto el secreto de pagar cuatro con tres y el que se h a dejado
lisonjear con esta vanidad aun no lia hecho con cuatro lo que otros con tr e s .— La ambición
de mandos y honores es vicio muy g e n e ra l, y el mas disimulado , porque es el que perm ite
mas colorido de falsas virtudes. — E n mi concepto ha procedido de esto el mayor daño de
h acienda, pues por m antenernos los m inistros, unos por solas las p erso n a s, otros por ade­
lan tar sus familias, otros por saciar la codicia; y otrospor todos tres motivos, no hemos hecho
presente en las urgencias el verdadero estado de la hacienda con la verdad cristian a, propia de
nuestra obligación, ra ra ó ninguna vez desempeñada arriesgando, la posesion del m inisterio.—
No se informa al m onarca de la verdad y se oye frecuentem ente que, m anejada con inteligen­
cia la hacienda alcanza para todo (aunque para nada haya) que es la proposicion mas válida,
porque el cortesano no adije el ánimo del m onarca con especies melancólicas. Los enemigos del
mi 11isterio se vengan de él por este m edio, y los que aspiran ásucederle ofrecen lo que no pue­
den cum p lir.—El monarca con estos antecedentes y el de no poder estar instruido de tantas
p arles mecánicas de que se compone la hacienda y su distribución, si determ ina sostener el
actual m inisterio, le concede tácitam ente la facultad de em peñarla ó venderla, y si no se sos­
tiene e n tra otro que hace lo mismo; y yo me ratifico en que ninguno halla fa piedra filosofal,
y no puede haber economía donde no hay paga p u n tu al, sino desorden sobre desorden. —
Las resultas de estos m ales, que encadenados vienen de dos largos siglos á esta p arte > han
sido gravar la corona con los juros, con la enagenacion de alcabalas, con la de otras alhajas
y con el crédito de que se lian aprovechado las naciones para im poner leyes en nuestro co­
mercio , á que se han seguido la pobreza y la despoblación. — Presentem ente se halla la mo­
narquía en m uy diferente estado, como be espresado, y de la relación núm ero 9 consta que
es mas lo que se ha incorporado de ella en mi tiem po; pero V. M. no tiene arreglada con soli­
dez su Real Hacienda. — Yo vine del ejército al ministerio de e lla , sin entender una palabra
de lo que e r a , y en ocho años cumplidos que há que estoy á su cabeza, solam ente he podido
saber que es infinitam ente mas lo que ignoro de esta m ateria que lo que he aprendido ; no
obstante de haberm e lijado desde el principio en la m áxim a de que sin fondo era inútil todo
cuanto trabajase en g u erra y m arina, en cuyas dos dependencias aun ha sido mayor mi
aplicación que en la de hacienda. — Ue espuesto que los aum entos dados al erario han sido
por la fortuna de haber encontrado sujetos que me hayan ayudado con integridad é inteli­
gencia, los cu a le s, que no son muchos, porque de lo bueno siem pre hay poco, si me hubie­
sen faltado, y en mi temor de Dios y la fidelidad de vasallo, habría suplicado á Y. M. que
me exonerase del gobierno de la hacienda para que no fuese en decadencia como sucedería
«n mis manos si careciese de las prácticas y lim pias de su b altern o s.— El decreto de Y. SI.
cortando a! ministei'O de Hacienda la facultad de pagar créditos atrasados, es digno del m a-
;o r aplauso, pues me consta que de ella se ha abusado inauditam ente. — Lo justo que es
se lee en é l , pues Y. M. manda que pague todo lo que corresponde á su rein ad o , y señala
fondos para ir satisfaciendo créditos de los anteriores, y el injusto proceder de estos últimos
pagos se deduce del becho cierto de q u e, no pudiéndose asegurar teólogos y canonistas
del modo de g ra d u a rlo s, mal lo habrem os podido hacer los m inistros de Hacienda. — Siem­
pre que Y. M, g ustase, yo me obligaría con 2.000,000 de escudosá recojer cré d ito s, cedi­
dos por las partes voluntariam ente, de! valor de seis ó m a s , y por lo que he visto y enten­
dido , ninguno se ha recojido en tesorería general que no sea por lodo sn im p o rte, en que
es preciso que haya habido colusiones escandalosas con grave perjuicio del real erario y de
los acreedores de justicia. — No hay en .Europa terreno mas seco que el de España y por
consecuencia están cspucstos sus naturales á padecer ham bres por sus m alas cosechas, ni
tampoco reino en que menos se ha} a ejercitado el arle p ara ocurrir á la precisión de socor­
re r unas provincias á o tr a s , evitando la estraccion de dinero á dominios e s tra ñ o s, pues no
se ha procurado que sus ños sean navegables cu lo p osib le, que haya canales para reg ar y
Irasp o rtar, y que sus caminos sean cual deben y pueden ser. — Conozco que p ara hacer
los ríos navegables , y caminos, son m enester muchos años y muchos tesoros; pero , Señor,
io que no se comienza no se a c a b a , y si el gran Luis X IY prescribió reglas y ordenanzas que
siguió y se siguen con tan feliz suceso, ¿por qué no se podrán adoptar y practicar en España
siendo S. M. su re y ? — Los m ontes, con especialidad los apartados de la m arin a, están
abandonados, y su fomento conduce á que haya leña y carbón de que se carece, y particu­
larm ente en Madrid. — Es cierto que Y. M. ha dado estrechas ordenanzas p ara vigilar sobre
montes y p la n tío s; pero el efecto no cpjresponde ;i los debeos de Y. M ., ni á la posibilidad
tomo iv. o9
Í3 2 H ISTO RIA D E ESPA Ñ A .
de cum plirlos, porque todos grifan bien p ú b lico , y los mas con so fistería, m urm uraciones,
desidia é ignorancia hacen esludio de poner de mala fe cuanto se in te n ta , no obstante de
haber visto su utilidad en lo que se ha ejecutado.— N uestro Señor guarde la im portanic
vida de V. M. para bien del Estado y aum ento de la cristiandad. E n M adrid, año de 1 7 5 1 :
— Señor : — A los R. P. de Y. M. — E l m arques de la E n se n a d a .»
Basta la simple lectura de ese informe como testimonio del c e lo , de la inteligencia y el
patriotism o del célebre m inistro resta u rad o r, ó , mejor dicho, creador de la m arina espa­
ñola. Sin este y otros títulos al reconocimiento de la p o ste rid ad , el pueblo tendría que
agradecerle el haberle arrancado de las garras sin piedad de los a s e n tista s; la ciencia eco­
nómica el haber ensayado antes que otro alguno eu España el establecimiento de un a sola
contribución; y el com ercio, la creación deí prim er banco de giros. Cierto es que profesaba
algunos errores g rav e s, y mereceu m encionarse, por su trascendencia, el de que podía
hacer a los españoles dueños esclusivos del tráfico de América por medio de la fu e rz a , y el
de que convenia á España m antenerse en disposición de g u erra.
Creyendo todavía que la grandeza de una nación se media por sus ejércitos, á la m anera
del que pretendiera m edir la fuerza del hombre por laestension de sus brazos, aspiraba á
tener en pie de g u e rra , ademas de las guarniciones de las plazas, cien batallones y cien es­
cuadrones. Si la neutralidad era su pensam iento, tan poderosos elementos de g u erra debían
parecer inútiles con tal que siguiese E spaña conservándose fielmente sorda á los halagos de
la Francia y la Inglaterra. Buen ejemplo de que podía España conservar su neutralidad
sin el aparato m ililar, era aquella misma situación, á la cual no faltó mas que unidad
en el gobierno p ara prom over la adm inistración in te rio r, dedicando á su mejoramiento los
caudales que qaeríaD aplicarse á la creación de un gran d e ejército, inútil p ara la seguridad
del estado , que es la única razón plausible de esa institución. El tiempo ha venido y a cá
dem ostrar que la paz arm ada es'm as costosa y funesta que la g u e rra , porque constituye
en estado normal lo que la naturaleza no consiente sino que sea pasajero en las sociedades.
La paz sobre los cimientos de la g u erra esunedificio que am enaza incesan temen le ruina. En
buen hora hubiese aum entado la m arina re a l, porque n u estra estensa cosía y jos vastos
dominios de u ltram ar reclamaban escuadras respetables que protegiesen al comercio. Pero
cuanto del justo lím ite de esta necesidad pasase, por mas que haya encontrado adm i­
radores en tu sia stas, no hubiera dejado de ser perjudicial á la nación. N ingún estado debe
desplegar mas fuerzas que aquellas que exija su propia conservación. E m plear mas es gas­
tarlas in ú tilm e n te , y estos esfuerzos estériles ni los individuos ni las naciones los haccn
im punem ente.
Otro e rro r de E n sen ad a, hijo de un ódio desmedido á la In g laterra, fue el crccr que los
intereses de esta potencia y los de E spaña eran eternam ente incompatibles. Las produc­
ciones de su suelo respectivo están en un dichoso acuerdo, y el comercio de América podía
sin duda con u n a política liberal y hábil hacerse en am igable relación. Cuando hubiese des­
truido á la In g laterra ¿ q u é habría alcanzado? O enaltecer á la Francia p ara volver de
nuevo á su yugo, ó erigirse otra vez en prim era potencia europea, Pero ¿porque medios y ¡i
que fin ? ¿ E r a posible resta u rar el antiguo poderío sin hacer revivir los tem ores de E u ro ­
pa? ¿Era la conquista el último pensam iento de E nsenada? Absurdo fuera creerlo; y sin em ­
bargo, es fuerza reconocer que la paz de España no necesitaba la destrucción de la In glaterra,
n i de ninguna otra nación. La Providencia ha hecho herm anos á, los pueblos, y solo las am ­
biciones individuales y dinásticas han podido levantar b arreras en tre ellos, separar sus
comunes intereses y hacerlos enemigos.
REINADO D E FERNANDO V I. Í5 3

C A PIT U L O L,
1755 — 1759.

H o sq u e jo d e l m in is te r io q u e s u c e d ió á la c a id a d e E n s e n a d a . — N u e v o s i n ú ti le s e s fu e rz o s d e La c o rle ile V e rs a lle s p a ra


c o m p r o m e te r á F e r n a n d o e n u n p a c to d e f a m i l i a . — P r in c i p ia n e n A r a c n c a Las h o s tilid a d e s e n tr e F r a n c ia 6 I n g la ­
t e r r a . — C a id a d e l c o n fe s o r Uá.vag'O, c o n lo c u a l se a r r e g la n la s d ife r e n c ia s c o n P o r tu g a l. — G slu lla en E u ro p D la
g u e r r a e n l r e l· r u n c ia é I n g l a t e r r a » e n v o ir ie n d o ul A u s t r i a , la R u s i a , la S u e c ia « la P r u s ia y lo s e le c to ra d o s a le m a ­
n e s i c a m p a ñ a s de 175G y D 7 ; la F r a n c i a s e a p o d e r a d e M e n o rc a . — La a rre c e á E s p a ñ a á p re c io ríe la a lia n z a , y F e r ­
n a n d o in s is te e n la n e u tr a li d a d . — L a I n g l a t e r r a le o f re c e c o n ig u a l c o o d ic io n á ( J i b r a l i a r , y lo r e h ú s a t a m b ié n : n o -
l a b le c o m m iic a c io n d e l c e le b r e m in i s t r o i n g ic s PiLt á K e e n e y r e s p u e s ia d e e s ie . — V ic isitu d e s do la g u e r r a d e l N o rte
e n l a s c o m p a ñ a s de 1758 y 5 9 : c ó m b a le s n a t a l e s e n tr e fra n c e s e s é in g le s e s e n la s a g u a s d e íCspaña y d e A m é ric a ,
f a v o r a b le s á e s to s , — P r o fu n d a s e n s a c ió n q u e c a u s a á F e r n a n d o la m u e r te do su e sp o sa : in tr ig a s i n te n ta d a s p o r la s
c o rte s c s ir a n je r a s p a r a c a s a r lo y p a r a l o g r a r s u a b d ic a c ió n en fa v o r diíl d u q u e d e P a r m a : p r e c a u c io n e s d e ¿ ¡ir lo s ,
r e y de Ñ a p ó le s : m u c r e F e r n a n d o VI : e x a m e n c r í t ic o d e s u r e in a d o : i-o n c o rd ato m e m o r a b le d e 1755 c o n B en e­
d icto XIV.

t/L triunfo de la In g laterra en España pareció completo á la caida de Ensenada. El minis­


terio de Hacienda fue dado al conde de V alparaíso; el de la G uerra á E sla v a ; los de Marina,
é Indias á A rriaga en cierta fo rm a : «El caballero W a ll, decía K eene satisfecho, ba pedido
á S . M. con un noble desinterés que le quitase el peso del ministerio de Indias y que le
confiase el de M arina, en que hahia servido casi siem pre. El rey se ha negado á aceptar esta
dim isión, y todo se ha arreglado así : A rriaga desem peñará la secretaria de Indias y de
M arina á condicion de que no se mezclará en nada y que no tom ará respecto á aquellos
países ni en las disputas con los estranjeros ninguna m edida, sin consultar prim ero al ge­
n eral W all. Por este medio se puede decir que queda realm ente este último de secretario
y que viene á ser A rriaga su oficial m ayor. Pero W a ll, negándose á aceptar las ganancias
de tan lucrativo em pleo, ha sorprendido y encantado á SS.Í1M . CC. : el rey dijo que sabrá
el mundo cutero su desinterés, y la reina hizo la observación razonable de que m ientras
tantos corren tra s los honores y las riq u ezas, el caballero W all procura alejarse de los unos
y de las o tr a s .»
Por esta separación de los dos m inisterios, á la sazón mas im portantes, y por los cam­
bios que la fortuna y la posicion obran en los hombres, las ventajas de la G ran-B relaña no
fueron tales como se las prom etía Keene en este párrafo de un a comunicación á su corte:
«Los grandes proyectos de E nsenada sobre la m arinase han desvanecido. No se construirán
m as navios, y sé que, sin em bargo de la economía producida por la g ran disminución de
em pleados en aquel ram o, Valparaíso aun está descontento de las dem andas de fondos de
A rriaga. La economía del conde debe de ten er, según espero, los trabajos m arítim os que, es­
cediendo de las necesidades del servicio ordinario de este p ais, nunca lian tenido ni tendrán
otro objeto que el de perjudicar á la G ra n -B re ta ñ a. Sigue á esta disposición otra no menos
favorable á los intereses de S. M. en las circunstancias actuales. El ejército español va á
aum entarse considerablem ente y á ponerse en tal pie que no h ab rá ya que tem er ninguna
am enaza de Francia. Podéis haber observado en mis prim eras comunicaciones du ran te el
m inisterio Carvajal que la respuesta constante y plausible á mis instancias para conducirse
m as vigorosam ente con Francia era que E spaña, por efecto de las maquinaciones de Ense­
nada , no tenia ejército y estaba á m erced de los franceses. Habiendo variado ahora de objeto
los gastos, pues en lugar de ser empleados en preparativos contra nosotros deberán servir
el sostenim iento de la independencia contra F ran cia, se puede m irar como un agüero favo­
rable p ara los sucesos indicados por el caballero W a ll.»
Los sucesos correspondieron m uy diferentem ente á tan lisonjeras esperanzas.
D o n Ju an de A rriaga había llegado á jefe de escuadra con la protección de Ensenada,
de quien se le tuvo por partidario hasta poco antes de su caida, que se le vio mereciendo
la confianza de los afectos á la Ing laterra. Fuese estratégia ó im parcialidad, cuando llegó
al poder, dejó burladas las esperanzas de los que le habian elevado, porque se consagró por
entero á coadyugar al pensam iento en que reposaba la política esterior del re y , sin dar
m uestras de sim patía ni por la F rancia ni por la In g laterra. Su probidad y un desinteres
sin lim ites salvan de toda sospecha esta conducta, que pudiera ser atribuida á una adula­
ción sistemática hácia el mas poderoso.
¿34 I1IST0K IA DE ESI’AÑA.

U a chasco semejante esperim entó K eene con el anciano Eslava. E ra cslc aquel bizarro
gobernador de Cartagena de Indias que habla rechazado valerosam ente la fuerte escuadra
de Yernon. Las consecuencias de aquella defensa te dieron una grande faina, y poco á poco
lo elevaron hasta la mayor dignidad del ejército español, la de capitan general. Atendiendo
á tales antecedentes es de creer q u e , si entró á form ar p arte del nuevo gabinete, fue por
i adujo de la reina, q u e, corno hemos dicho, estaba interesad a en m antener en su seno el
choque de las dos influencias que tratab an de a rra s tra r á España. Amigo y consejero de
E nsenada, si no se propuso ser el represen tan te de su sistem a y el ejecutor audaz de sus
planes, supo adherirse íntim am ente al pensamiento capital de F e rn a n d o ; siéndole mas útil
eu esta difícil em presa, p u es, poseyendo toda la honradez de A rriag a, carecía de su agria
severidad, y le era superior enluces y actividad y enerjia. Cuando K eene perdió definitiva­
m ente la esperanza de atraerlo á sus deseos, mereció que escribiese ú su corte que resu­
c ita b a en él el a lm a de E n sen a d a .
Por o tra parte Valparaíso era un noble ú quien su aversión á la Francia mas que el ódio
á Ensenada habia unido á los que procuraron la ruina de este célebre m inistro. Dolado do
bastante actividad é inteligencia, no se rv ia , sin em bargo, p ara el difícil m inisterio que le
babian encomendado en recom pensa de sus últimos servicios, porque carecía de los espe­
ciales conocimientos que la hacienda exije y porque la debilidad de su carácter le entregaba
á los oficiales de secretaria. Abandonó á estos el m anejo de negocios que no e n te n d ía , y
cuidó mas de atender al bienestar de su num erosa familia que á estudiarlos p ara suplir su
¡nesperiencia. Siendo a s í, mal podia contrapesar la influencia de los dos citados m inistros.
El mismo W all, aunque de adhesión tan conocida á la I n g la te rra , se vio cohartádo por
consideraciones que conceptuó peligroso desconocer ó atropellar. Atemorizado por la idea
del ódio nacional hacia los estranjeros, los esfuerzos que empleó para alejar esta prevención
del país produjeron , contra su voluntad acaso , u n resultado opuesto á las esperanzas de
sus protectores. La separación que hizo del m inisterio de Indias contribuyó poderosamente
á reducir su influencia.
El duque de ü u e s c a r, de la célebre familia de A lba, cuyo título tomó á la m uerte de su
p a d re , poseyendo toda la indolencia y el orgullo en que habia degenerado el ardor del g ran
duque servidor de Felipe I I , dejó pronto de ser ú til á los que tan bien sirvió á la m uerte
de Carvajal. Faltábale el carácter que se necesita para m antener la lucha con constancia,
sin la cual no deben esperarse los triunfos políticos ; y disgustado de los obstáculos que le
opusieron la reina y sus p a rc ia le s, se retira b a con frecuencia de la corte protestando que­
branto de salud.
Por últim o, el influjo de la reina hizo, no solo que se respetase á los altos empleados,
hechuras de Ensenada, sino que en los casos de vacante Jos ocupasen personas afectas á su
sistem a, entre las cuales se debe citar á G ordillo, contador de palacio, que reemplazó á
O rdeñaua.
De esta m a n e ra , así como la m uerte de Carvajal precipitó la ru in a de su riv a l, por acci­
dentes no menos estraños se vió que la caída de E nsenada, en vez de afirm ar, dism inuía el
ascendiente, si así puede llam arse, de la In g laterra en España.
¿P ero habia mejorado por eso lasituacion de la Francia en M adrid? Tampoco. Kn vano
D uras renovó con tenaz insistencia sus pretensiones, ya con uno ya con otro ministro : el
recibim iento era frió de parte de to d o s; y cuando su pertinacia obligaba á una respuesta,
u n a escusa p atente ó una negativa formal era todo el [ruto que recojia. « W all con sus res­
puestas lacónicas y term inantes, escribía muy satisfecho K e e n e , corta todas las pesadas
disertaciones del diplomático fra n cé s; el duque de Alba no puede to le ra rlo ; A rriaga le
dice que hable eon W all de cuanto tiene relación con la política esterior; Eslava es dema­
siado viejo, gastado y tenaz; de lo cual resu lta que el em bajador francés no tiene ningún
m inistro á quien dirijir sus bellas frases mas q u e á V alparaíso, palaciego flexible, siem pre
dispuesto á escuchar, pero mas dispuesto todavía á ir á contar á SS. MM. CC. cuanto puede
saber de los labios del em bajador de F ra n c ia .» Rechazado por los consejeros, trató el mi­
nistro francés de alarm ar al rey sobre la seguridad d élas colonias que suponía amenazadas
por los ingleses, y se consagró á d is p e r ta r , como él decía, el borbonism o de F ern a n d o . Viendo
que no conseguía arrancar á este de su im pasibilidad, trató de g anar á Farineili; pero
tampoco obtuvo o tra respuesta que la que habia recibido en sus prim eras instigaciones:
que él no e ra diplom ático sin o m úsico.
IIIÍJSA D Ü FÉUNANDO V I. 455
fteséspérado dé ia inutilidad de todos sus pasos, fionfió la üegocíacion á su esposa,
á quien no eran estrañas las arterias diplomáticas. A protesto de dar las gracias á ia reina
poi' uu servicio parlicular, íogró tener con ella una entrevista, que empleó toda en ponde­
ra rla la estimación en que Luis XV tenía sus prendas y en pedirle permiso p ara que él le
manifestase por medio de una correspondencia particular sus sentim ientos. A pesar de haber
observado que la reina se hacia estudiadam ente la desentendida, se atrevió en o tra confe­
rencia á poner en sus manos una caria de su soberano·, rogándole que la aceptase con el
mas profundo secreto, no solo de los m inistros sino también de su propio esposo : le rogó
adem as que la contestase en francés para que S. M. Cristianísim a no se viese en la preci­
sión de dar conocimiento á s u s secretarios de una correspondencia q uedebia ser com pleta­
m ente reservada· «Los vínculos de la sa n g re que unen á entram bos reyes, no bán m enester
que ya los e s tre c h e ,» contestó la re in a , y en seguida tomó la c a rta , que no lardó en entre­
g ar alre y eslando presentes sus m inislros.
Ofendieron vivam ente á Fernando eslas intrigas b a sta rd a s, que atribuyó á la misma
corle de Versalles; por lo que ordenó á W all que pusiese la contestación al rey de Francia
en castellano y se la enviase por medio de su em bajador en P aris pues a p ara e s o , dijo, tengo
m inistros en las cortes estranjeras. # La contestación acababa de manifestar con su frialdad
el resentim iento que ya declaraban suficientem ente esas dos circu n stan cias.« El celo v la
actividad de D u ra s, decia, justifican ia recomendación que S. M. Cristianísima b a hecho
de él. El caballero M asones, como em bajador de E spaña, está com petentem ente autorizado
p a ra manifestar los sentim ientos de am istad que los reyes conservan á S. M. Cristianísima,
y la reina por su p arte tendrá en todos tiempos el placer de cultivarlos en el corazon de su
m arido, aun cuando esto no sea de DÍngun modo necesario. » Jgooraba la esposa de Duras
que su comision estuviese ya evacuada, y pidió tercera audiencia, en la cual ya no se limitó
á ser un simple interm edio de inteligencia para dos soberanos, sino que se propasó á que­
jarse de todos los m inistros, en parlicular de W all por la antipatía que profesaban á F ran ­
cia, concluyendo con pedir que nom brase otro m inistro para entenderse con so esposo por­
que W all ocultaba al rey cuanto 110 venia de la G ran Bretaña ó le era favorable. Insulto
grave á uu m inistro que la reina rechazó al punto contestándole con dignidad : a S , M. C.
d ije como gusta á sus m inislros, y m e persuado de que nada le ocultan ni hacen sin sus
órdenes espresas. Por lo ta n to , es imposible que me encargue yo de sem ejante asunto. »
Quiso ia em bajadora iustar to d a v ía; pero la reina la interrum pió con esta brusca re p re n ­
sión : « Nosotras las m ujeres nada entendem os de estos asuntos; toca al rey y á s u s m inis­
tros ocuparse de ello s, y á nosotras esperar el resultado sin decir una palabra ( 1 ) .»
Provenía tanto afan de la corte de Versalles de que habian saltado ya los prim eros chis­
pazos de la g u erra que am enazaba estallar entre la Francia y la In g laterra desde el tratado
de A quisgran. La rivalidad de dos compañías comerciales prudujo un choque en las Indias
O rientales; y en las Occidentales, tam bién sin previa declaración de g u e rra , hubo serios
combates por las orillas del O hio, en general desfavorables á los franceses (1755). La lucra­
tiva pesca de T erranova era uno délos principales motivos de altercado, pues la In g laterra
pretendía ahora tener esc) usivo derecho á ella, míen tras que la Francia proclamaba la libertad
de los m ares. Cada potencia envió una escuadra para defender sus in te rese s; y aunque no se
verificó encuentro por lo nebuloso del tiem po, habiéndose separado dos navios de la arm ada
francesa, dos cruceros ingleses los apresaron después de un reñido combate. Los vencedores
se apoderaron en seguida de mas de trescientos buques del comercio de la misma nación que
surgían en las aguas de T erranova.
A pesar de eso, 110 se pronunció todavía la declaración de g u e rra , y au n se entablaron
negociaciones capciosas, cuyo objeto no era por ambos lados sino g an ar tiempo p ara p rep a­
ra r fuerzas y adquirir aliados. El prim ero que cada uno tratase de conquistar e ra n atural
que fuese E spaña, tanto por las relaciones de vecindad y comercio como por lo respetable
de sus fuerzas y poseer tan vastos dominios en las regiones que debían ser teatro de Ja
gu erra.
D uras tuvo orden de pasar una nota mas premiosa, y bien podemos decir m ashum ilde, que
cuantas había presentado hasta entonces. Declamábase en ella enérgicam ente contra la
ambición d é la Gran B retañ a, que aspiraba á u surpar todo el Nuevo M undo, se la acusaba

(i ) Gonslai) estos porm enores cji un pliego m uy reservado de R eene á R o b in so n , de 50 de ju lio d e 1755,
406 H IS T O R IA B E ESPAÑ A .

de perfidia por haberse apoderado de los dos navios sin provoc&cion n i declaración previa de
hostilidades; y suponiendo am enazada la casad eB o rb o n en estos ataques, concluía pidiendo
un pacto de familia y la prestación de socorros contra los eternos enemigos de am bas coro­
nas. Tampoco se olvidaba en esta ocasion de recordar al m onarca español que debía su trono
á la sangre y á lo s tesoros de la Francia. A esta im prudencia se añadió la de a n a queja formal
contra ios m inistros, pues se suponía en el papel leido por el em bajador al re y , que se !e
ocultaba cuanto pasaba en América y basta dentro de su mismo rein o , alejando de la corte
á los hom bres que mejor podían ilustrarle y cuyo consejo se le recom endaba.
Cualquier otro re y , menos celoso de su dignidad, hubiera rechazado con altivez tamaño
u ltraje : F ernando, apesar de su natural apacible, tuvo impulsos de arrancar el papel de
las manos y despedir al osado m in istro ; pero al pronto se esforzó p ara decirle con sequedad:
« Y eré lo que convenga h a c e r» , y despues cedió á los consejos de Wal! y Alba de que se
diese una contestación grav e, tau m esurada como esplicita (octubre). Se fundó la negativa
en la necesidad que tenia E spaña de sosiego, en la firme resolución del rey de 110 compro­
m eterse en g u erra ninguna sin un poderoso motivo, eu las alianzas que habia contraído con
el A ustria y la In g la te rra , hasta entonces fielmente observadas, y en ¡o conveniente que era
no tu rb ar la paz que principiaban ¡i disfrutar las naciones. « E l bien de sus súbditos, se
m andó decir al em bajador, es el objeto constante de todas sus acciones y de todas sus nego­
ciaciones, y ve con pesar el principio de nuevas turbulencias cuaudo E uropa apénas ha te­
nido tiempo de olvidar las desgracias causadas por la últim a g u e rra . R uega también que se
escuchen sus consejos, como escuchó él los del rey de Francia cuando se trató de Aquisgran,
sacrificando la esperanza de sus propias ventajas á la paz g e n e r a l.» A esta reconvención
seguia una protesta de los deseos que S. M. tenia de vivir en buena am istad con su pariente
el rey , siempre que no perjudicase al bienestar de su pueblo.
Conociendo la corte de Yersallcs cuan imposible seria sacar a Fernando de su sistema
de n eutralidad, trató de com prom eterle por un medio que debia al parecer halagarle. Puesto
que rechazaba la alianza por contraria á sus sentim ientos pacíficos, proponerle que fuese
él el mediador entre la Francia y la In g laterra era ofrecerle la gloria de conservar la paz de
E u ro pa entera. Sin em bargo, la corle de Madrid no cayó en el lazo : vio á través de las
lisonjas la intención de escitar durante la negociación sus celos por las colonias y reprodujo
la n eg a tiv a : «No seria oportuno que aceptase esta m ediación, teniendo yo mismo desa­
venencias que zanjar con la Gran B retaña. También es mucho esperar que el rey de Ingla­
te rra , cualquiera que sea la opinion que tenga de justificación é imparcialidad , consienta
en conformarse, tratándose de puntos tan im portantes, con la decisión de un príncipe de la
familia de Borhon. Por lo que á mi toca, he tomado ya el partido de arreg lar mis disputas
con In g laterra y Alemania amistosa y directam ente, y aconsejo á S. M. que siga mi ejemplo
conforme á las protestas que ha hecho del vivo deseo qu e le anim a por la conservación de
la tranquilidad g e n e ra l, que ningún soberauo puede desear con mas ardor que y o .» Y , va
fatigado de tantas y tan inconsideradas súplicas, pidió que fuese relevado el embajador
D u ras, que se retiró en efecto, harto despechado, de Madrid.
A estos desaires tuvo que agregar la corte de Yersalles otro que le quitaba !a última
esperanza. El P. Rávago, obedeciendo al conciliábulo que le d irijia , se habia constituido
en abogado del partido francés, ya desde las turbaciones de la colonia del Sacram ento, y lo
e ra con menos recato desde la caida de Ensenada. Su carácter sacerd o tal, su dignidad de
confesor del rey y la frecuencia con que este cargo le perm itía v erle, alarm aron á los mi­
nistros y se propusieron trabajar por su alejamiento de palacio. En una comunicación de
K eene á su corte se encuentran estas líneas : « Tuve pocas y corlas conversaciones con los
m inistros españoles, porque su principal y mas ventajosa ocupacion consistía en p re p a ­
rarlo todo p ara un gran suceso. Q uiem hablar de la caida del P. Rávago, confesor del rey
de E sp añ a, la cual lleva consigo la órden de jesuítas en m asa. » Sucedió en efecto, cuando
mas seguro se creía con su influjo sobre la conciencia del rey . E ste , que sabía posponer sus
afecciones privadas á ios deberes de su posicion, cuando tuvo ante sus ojos las cartas que
revelaban el objeto de sus relaciones con Ensenada y los documentos enviados por la corle
de P o rtu g a l , que descubrían el secreto origen de la rebelión de los indios, sin agu ard ar á
oír el parecer de sus m inistros, ordenó la destitución de su confesor.
Con ella cesaron las disputas que habían estado m anteniendo las cortes de M adrid y
Lisboa sobre varios artículos del tratado relativo á las colonias de América.
REINADO DE FERNANDO V I. ¿S7
M ientras con tan honrosa firmeza resistía Fernando los halagos, las instigaciones, las
intrigas y hasta las am enazas d é la s dos potencias eternam ente rivales, la Francia y la In ­
g la terra, sus querellas llegaban al fin á un formal rompimiento. Las hostilidades de Amé­
rica fueron para ambas naciones la voz de á las arm as. Creia la G ran Bretaña poder contar
coa losausilios del A ustria, la Rusia y la Holanda; pero llegó el caso d eq u e conociese cuan
im prudente es abusar de la superioridad que dan las circunstancias. E llah ab ia abusado de
su prepotencia sobre la em peratriz, dando al tratado de las barreras la interpretación reas
favorable á sus in tereses, y la m ujer no perdió la ocasion de vengarse. Se unió secretam ente
á la F rancia; y aunque la Inglaterra trató de evitar que se consumase ajustando en Londres
un convenio con el rey de P rusia (18 de enero de 1756) á fin de im pedir la entrada en
Alemania d élo s ejércitos franceses que habian marchado á sus fronteras, no logró mas que
poner el sello á la alianza obligándolas á estipular la de V ersalles, que se firmó el prim ero
de m ayo, garantizándose m utuam ente sus dominios respectivos en E uropa. A un hizo mas
la e m p e ra triz : consiguió que la R usta retira se el tratado de subsidios que acababa de
contraer con la In g laterra para unirse á la F rancia y al A ustria; que la Suecia hiciese lo
mismo; que el elector de Sajonia, el rey de Polonia y casi todos los príncipes alemanes se
prestasen á cooperar en sus planes contra la P ru sia ; y por ú ltim o , que la Holanda y la D i­
nam arca se declarasen neutrales. Sin em bargo de liga tan form idable, los prim eros pasos
del rey de P rusia hicieron temer una afrentosa derrota, pues, penetrando atrevido en la Sa­
jonia, hizo en P irn a prisionero al ejército que debia rechazarle é impidió su reunión con el
rey de P olonia, á quien obligó á cejar á sus estados. La Sajonia y la Lusacia se postraron á
sus pies. Pero en los momentos en que otra victoria conseguida á las p u ertas de P rag a sobre
Carlos de Lorena (1757) le em briagaba con el vapor de las conquista, la completa derrota de
C hem nositz, que sufrió su general S chw erin, le precisó, no solo á evacuar la Bohemia y la
Lusacia, abandonando á su pesar la corona de Sajonia, sino á retirarse b asta la Silesia p ara
defender su propio territorio, amenazado por los ejércitos d é la Rusia, ia Suecia y la Francia
que veian ya en Federico el águila rapante del norte. El mariscal E s tr e e s , que había
llevado las arm as francesas á través de los estados de Cieves y G ü eld re s, derrotando en
Ilastenbeck (24 de julio} á ios hannoverianos, los sometió á la vergonzosa capitulación de
Closter: — S even, que les im poníala neutralidad, y preparó la ocupacion del círculo de
W eslfalia. Su sucesor, Richelieu, avanzaba ya por el Hannover, cuando el rey de P ru sia,
conociendo que le era urgente contener á un enemigo osado, cayó de sorpresa sobre el ala
derecha en Rosbacli, y la derrotó com pletam ente. Esta victoria cambió el aspecto de la
g u erra : Federico m archa á rescatar la Silesia ocupada por C á rlo s, y en efecto los austría­
cos tieneu que abandonar la L usacia, sufrir en Lisa u n descalabro y en treg ar a Breslavr y
Schw eidnilz, dejándole francas las puertas de la M o m ia .
Pero la F rancia no se habia limitado á contener las agresiones de su rival en los estados
germánicos. Cuando Richelieu llegó allí acababa de ejecutar un a espedicton afortunada
contra la isla de M enorca, ocupada, como sabemos, por los ingleses. Salió de Tolon á prin­
cipios de abril de 1756 con una escuadra de once navios de linea y cinco fra g ata s, que escol­
taban doce mil hom bres de desembarco. Lo efectuaron sin tropiezo, y pocos dias despues,
habiendo rechazado la escuadra francesa (20 de m ajo} á la de B v n g , que iba á socorrer á
M ahon, esta plaza, la mas im portante de la isla, considerada rival de G ib raltar, se rindió
el 28 de junio.
A pénas las tropas francesas se posesionaron de toda la isla, la corte de Versalles se
apresuró á ofrecerla á Fernando en precio de su accesión á la liga contra la In g laterra,
repitiendo la p ro m esa, hecha ya repetidas veces, de ayudarle á recobrar á G ibraltar. Se­
ductor era el halago, y no faltaban hom bres de crédito y csporiencia que estuviesen por la
aceptación para alcanzar al fin la integridad de la península. Pero al r e y , observador por
naturaleza y por sistem a, no se le ocultó que ese paso le com prom etería en la g u erra , por
mas que el A ustria no le pidiese sino la adhesión al tratad o de V ersalles, dejándole en
libertad de perm anecer n eutral en las disensiones de la F rancia y la G ran B retaña. Cuando
W all le leía el preám bulo de esta comunicación, donde decia : «No queriendo S. M. Cris­
tianísima com prom eter á ninguna potencia en su p articu lar querella con In g la te r ra ,» él
"interrum pió con este p a ré n te s is : «(escepto á mí).;; Se sirvió al mismo tiem po la em pera­
triz de F arin elli, que le estaba reconocido; pero ni en esta p re te n sió n , ni en la que des­
pues hizo lim itando sus exigencias á socorros pecuniario s, pudo el famoso favorito complacer
4oS 111ST0IUA Olí ESPAÑA.
á su antigua soberana. Reclamó entonces despechada el pago de diez mii doblones que Es­
paña !e debía; al cual no se negó Fernando sino porque en aquellas circunstancias pudiera
ser mirado como una prestación de subsidios : á lal punto llevaba su cuidado por la n eu ­
tralidad.
La Inglaterra empicó iguales medios para a tra e r á su causa íi España. Los reveses
esperím enlados por sus arm as, así en Alemania-como en las Baleares, habían producido lal
indignación en e! orgulloso pueblo ingles q u e , obedeciendo A sus clam ores, el alm irante
Byng fue sometido á un consejo de g u erra y fusilado en su propio navio. No satisfecha con
es o , la opinion arrojó del poder al gabinete del duque de N ew castlc, á quien reemplazo el
célebre P i l i , ídolo de sus contem poráneos y justo orgullo d éla posteridad.
Halló Pitt las relaciones de la Inglaterra con España en peligro de un rompimiento á
causa de los abusos cometidos por varias autoridades subalternas y acaso por algún minis­
tro de F ernando, protegiendo á los corsarios franceses y persiguiendo al comercio ingles.
Provocadas las represalias, no lardaron en renacer las disputas com erciales, que sin duda
hubieran tenido por term ino o tra guerra sin el carácter pacifico y honrado de Fernando,
que reprendió severam ente tales desmanes, y sin la necesidad en que la In g laterra se veiu
de estrechar su am istad con España.

Real m oiinsim ·) ili! L¿«5

Esta necesidad la declara la autorización que Pili envió á Kcone para ofrecer á F er­
nando la restitución de G ibrallar y la evacuación de los establecimientos del golfo de Mé­
jico, can lal que se uniese á la In g laterra contra F ran cia, procediendo desde luego á
recobrar á Menorca. Tres dias empleó P ili en m editar y redactar esta comunicación. «D e­
cía así : c((5[ay reservado). Por el asunto no menos im portante que secreto de que vov
á lener la honra de hablaros en este pliego, que os rem ito de orden de S. M ., no menos
que por la instrucción que le acom paña, vereis con profunda g ratitu d el caso que el rey
hace de v os, y la confianza que le inspiran vuestra espcricneia y capacidad de que ha­
béis dado tan evidentes pruebas. Es de esperar que las aguas term ales que acabais de lomar
os habrán devuelto la sa lu d ; y que os hallareis en eslado de desem peñar esle encargo im­
portante y delicado, que exige no menos circunspección y vijilancia que destreza y lu d o -
REINADO DE m iN A N S 'O V I. ÍS 9
— P ara esplicar á V. E. con claridad y exactitud el objeto que me propongo, he pensado
que el medio mas seguro, así como ei mas corto, seria el de trasm itiros la nota aprobada
unánim em ente por los m inistros del rey con quienes se consulta la negociación mas secreta
de la corona, la cual contiene el núm ero y sustancia de las medidas que el rey tiene intención
d e adoptar en estas críticas circunstancias, con los motivos en que se fundan. Hé aquí fu
in fo rm e:— « Habiendo considerado SS. SS. losasombrosos progresos de las arm as de Francia,
y los peligros á que In g laterra y sus aliados se ven espuestos á consecuencia de la destruc­
ción'total del sistem a político de E uropa, y sobre todo por el desarrollo peligroso del influjo
de Francia despues de la admisión de guarniciones francesas en Oslende y Ñ ev p o rt; y pen­
sando SS. SS. que en las circunstancias desgraciadas en que estamos no hay mas que la
unión íntim a con la corona de España que pueda contribuir poderosamente á la liberación
de España en g e n e ra l, así como á la conlinuaciou de la g u erra a c tu a l, tan justa y necesa­
ria, hasta tanto que la paz pueda fundarse en bases sólidas y h onrosas: esponen m u y h u m il­
dem ente á S. M ,, con el objeto de conseguir este fin indispensable, su opinion de que es
necesario entablar negociaciones con la corte española á fin de com prom eterla, si posible
fu e re , á unir sus arm as á las de S. M. para conseguir una paz ju sta y honrosa, sobre todo
p ara recobrar y restitu ir á la corona de Inglaterra la isla im portantísim a de Menorca con
todos sus puertos y fortalezas, no menos que p ara restablecer un equilibrio duradero en
Europa. A fin de conseguir este grande objeto, piensan SS SS. que es im p o rtan te, por lo
que pueda ser necesario, el proponer en esta negociación con la corona de E spaña el
cambio de G ibraltar por la isla de Menorca con sus puertos y fortalezas. Por lo mismo some­
ten también asimismo m uy hum ildem ente á S . M. su opinion unánim e de sondear, sin p er­
dida de tiem po, las disposiciones de la corte de E spaña en este asunto, y en el caso de que
se vea que son favorables, el entablar al punto la negociación de que se tra ta , term inán­
dola lo mas pronto posible con el mayor secreto.— Son de parecer SS. SS. igualm ente que
se escuchen las reclamaciones de España tocante á los establecimientos hechos por súbditos
de In glaterra en la costa de Mosquitos y en la bahía de H onduras, desde el tratado de
A qu isgran, en octubre de 1 748, con la cláusula que todos los referidos establecimientos
queden evacuados. — Hallándose ahora informado V. E . por el contenido del preinserto
dictám en del objeto é im portancia de esta difícil negociación, es necesario que lome conoci­
miento para su gobierno de los diferentes documentos que le rem ito ad ju n to s, recom endán­
doselos á nom bre de S. M .; los cuales consisten en inform es, instrucciones y aclaraciones
n ecesarias, tanto relativas á los desastres ocurridos recientem ente como á otras desgracias
que nos am enazan y que son una consecuencia inevitable de los prim eros. Con su lectura no
podréis dejar de formaros idea exacta de las probabilidades de la g u erra presen te y mucho
mas exacta de lo que pudiera con m i parecer solo.— Aun cuando S. M. esté en tal modo
convencido del celo con que los servís, que crea de poco valor cualquier o tra consideración
para v o s, á fin de que cobréis ánimo para la realización de esta grande o b ra , no puedo me­
nos d e rogaros que fijéis vuestra atención en cuanto dice relación con el estado de trastorno
de E uropa, en las conquistas de los franceses y sus tropelías en la B aja-Sajonia. Es un espec­
táculo harto penoso para nosotros el ver áeslados que forman la antigua herencia de S. M.
trasm itidos hasta él por sus augustos antepasados resistiendo al influjo de tantos siglos,
presa en el dia de la Francia. Tam bién nos aflige infinito la suerte de nuestro ejército de
observación, obligado á retirarse á las órdenes de S. A. R, á S ta d e , en medio de los m ayo­
res p eligros,y tememos que, á p e sa r d é lo m agnanim idad de S. M. y aunque mandado por
S. A. R. cuya intrepidez y habilidad es conocida, se vea en la cruel necesidad de recibir la
ley del vencedor. — O m itiré otras muchas consideraciones deplorables de que es inúlil h a­
b la rá Y. E. Tan solo le haré notar antes de hablarle de la ejecución del plan que nos
ocupa, que nos hallamos reducidos al estremo de que las insignificantes ventajas del tratado
de U trech t, oprobio indeleble de la ú ltim a generación , son todó cuanto nos es dado descaí·
ah o ra, sin esperar siquiera el conseguirlo, puesto que ya no existe para nosotros el im­
perio, que se han entregado los puertos d é lo s Países—Bajos, que el tratado holandés de
portazgos no se ejecuta y a , que hemos perdido el M editerráneo y Menorca, y que jios
ofrece ia misma América bien escasa seguridad. — En esla situación triste , por funesta
y calamitosa que sea, tendrá V. E. una prueba mas de que nada es capaz de d estru ir la
firmeza y ánimo de S. M. B. ni dism inuir un solo i oslante el ínteres con que m ira la glo­
ria de su corona y la conservación de los derechos de su pueblo. ISo hav acontecimientos
tomo iv cO
400 nisToaiA de espada .
cualesquiera que se an , que puedan distraer la m ira de su alia sabiduría d é lo s verdaderos
intereses de E uropa ni im pedirle buscar con generoso empeño los medios de evitar el tra s ­
torno completo de E uropa y de conservar la independencia e n tre las dem as naciones. Con
estas saludables intenciones, escuchando el rey los consejos de su prudencia, h a tomado la
resolución de m andar que se procure saber cuales son las disposiciones de la corle de Madrid
en esta crisis angustiosa, y que, si parecen favorables, se entable al punto un a negociación
bajo las bases y para los objetos de que se hace mérito en el anterior inform e, — Tiene el rey
tal confianza en vuestra capacidad y en el perfecto conocimiento que teneis de la corte de
M adrid, q u esería inútil enviaros órdenes particulares é instrucciones relativas á los medios
y modo de proponer esta idea, ó de presentarla bajo un aspecto tan ventajoso desde luego
que em bargue ¡os ánimos de todos y halague las pasiones y deseos de esa corle. Se espera
no obstante que el orgullo español y los sentim ientos personales del duque de Alba se ba­
ilarán esta vez en arm onía con el interés principal de E sp añ a, que no podría envanecerse
de conservar el sistema de un egoísmo estrecho y mezquino y g u ard ar una neutralidad es­
puesta y sin g loria, costando ia sumisión de Europa, sin ap artarse de la prudente máxima
que se jacta de seguir como principio fundam ental, esto es, que es forzoso restablecer el
esplendor é independencia de la m onarquía española. El caballero W all no podrá dejar de
conocer como conviene al Ínteres de un m inistro el abrazar con ardor las opiniones nacionales
y caballerosas de la nación que sirve. E stas consideraciones, en tre otras muchas, hacen espe­
rar que la corte de E spaña, por poco halagüeñas que puedan s e rla s ap arien cias, no se dejará
deslum brar ni seducir por los ofrecimientos hechos anteriorm ente, ó que pudiese hacérsele en
lo sucesivo por la F rancia, sobre todo siendo como es evidente que sem ejantes ofrecimientos,
por brillantes que parezcan, no pueden menos de ser el precio de la dependencia y el desho­
n o r.— También debo comunicaros, según las órdenes de S, M., o tra idea im portante que está
íntim am ente enlazada con la medida de que se trata, y em ana de ella n atu ralm en te, la cual es
de naturaleza tal que debe halagar los deseos é intereses del heredero p resu n to , y será para
vos, á lo menos tal espero, un m anantial de que podréis sacar ventajas p ara vuestra n e­
gociación.— Hasta puede su m in istrará las potencias estran jeras nuevos medios de ejecución
para sus planes de cam pana, si tuvierais la fortuna de salir airoso en esta em presa difícil.
El objeto favorito del rey de Nápoles, conforme á su negativa de adherir al tratado de A ran -
juez, no puede ser otro que el de a s e g u ra rá su hijo segundo la sucesión eventual del reino,
de que disfruta S. M. siciliana en este m om ento, en caso de que llegase en lo adelante á
sentarse en el trono de E spaña. Mira el re y como asunto de la m ayor im portancia el
que V. E. frate de p en etrar la opinion del rey y de la familia r e a l, así como la de la nación
española, relativam ente á este p u n to , que se halla en el orden de las cosas posibles. Me
manda S. M. que os encargue en esto la m ayor prudencia y u na nim ia circunspección al
tocar esta cuerda sen sib le; procurareis, pues, darle ideas exactas de u n asunto que p ara
nosotros es ahora de la m ayor oscuridad, y en el que sin duda alguna debe tropezarse con
tantos intereses personales, tantas pasiones domésticas e n tre las frentes coronadas y prín­
cipes de la familia de E spaña.— P or lo que toca á la corte de T u rin , tan interesada en todos
los proyectos que dicen relación con Italia, inútil es haceros notar que es indispensable una
circunspección estrem ada y que se debe p rocurar no pronunciar siquiera su n o m b re , hasta
tanto que las cosas hayan de cierto modo llegado á tener madurez. Si nos hallásemos en
este caso, cuanto mas el amor propio de E spaña la moviese á adelantarse y ponerse ai
frente de los príncipes de Italia para obrar de acuerdo con ellos, tanto mas las miras de S. M.
se verían satisfechas haciendo que fuese así m as ventajoso p ara é l, y no menos p ara el
sistem a futuro de E u ro p a , la condicion de un aliado seguro y decidido como el rey de C e r-
deña. Es tal vez conveniente el añadir aquí que sabemos por buen conducto que la corte
de Nápoles se ha mostrado con razón recelosa al saber los proyectos peligrosos de la casa
de A ustria, cuyo plan, por lo que toca á Italia, es indudablem ente el im pedir la comunica­
ción en tre Nápoles y C e rd e ñ a, estableciéndose en el centro de Italia y poseer un a eslen -
sion de territorio desde el m ar de Toscana hasta la Sajorna y Belgrado. — A ntes de term inar
este oficio, m uy larg o y a , debo, conformándome á las órdenes particulares de S. M ., encar­
d a ro s con em peño que empleeis el mayor sigilo y m ucha circunspección en las proposiciones
que haréis del proyecto condicional relativo áG ib ra lta r, no sea que se in te rp re te mas tarde
como una prom esa de restitu ir esta plaza á S. M. C . , au n cuando E spaña no aceptase la
,condicion que exijimos p ara esta alianza. E n el curso de toda esta negociación relativa á G i-
REINADO D E 'F 'E ttü A K D O V I. 4G 1
¿ r a lla r , tendreis particular cuidado de pesar y medir cada espresion en el sentido m as ter­
m inante y menos abstracto, de modo que sea imposible cualquiera interpretación capciosa
y sofística que diese á esta proposicion de cambio en los térm inos indicados el carácter de
renovación de una soñada prom esa de ceder aquella plaza. A. fin de h a lla r de un modo to­
davía mas claro y m as positivo en asunto de tan alta im portancia, debo advertiros espresa-
m en te, aunque esto no me parezca necesario, que eí rey no puede ni siquiera en el caso
propuesto abrigar pensamiento de entregar G ibraltar al rey de España hasta tanto que esa
c o rle, por medio de la unión de sus arm as con las de S. M ., b ay a realm ente reconquis­
tado y restituido á la corte de In g laterra la isla de Menorca con todos sus puertos y for­
ta lez as.— En cuanto á la parte del inform e que dice relación con los establecimientos
formados por los ingleses en la costa de Mosquitos y en la bahía de Honduras, notareis, al
leer la copia adjunta de la últim a ñola del caballero Abreu en que hablaba de este asunto,
q u e , á pesar de la vaguedad de este escrito, da claram ente á entender al final que se con­
ten taría la corte por ahora con la evacuación de la costa de los Mosquitos y de los estableci­
m ientos hechos hace poco eu la bahía de H ond u ras; esto es, según él mismo lo entiende,
desde la conclusión del tratado de A quisgran, — Me duele mucho el verme en la necesidad
de recordar al mismo tiempo el vivo ínteres que inspiran al rey aquellos de sus súbditos
cuya propiedad se ha desconocido en la presa del A n ti—fra n cés; y espera el rey de la p ú ­
blica equidad de S. M. G. que se Lomará con respecto á sus reclamaciones una decisión
conforme a l a ju sticia, lo mismo que á la am istad que subsiste en tre las dos naciones.»
K ee n e, conocedor exacto de los sentim ientos de la nación en que v iv ía, de los persona­
jes que influían en palacio y del carácter de los rey es, leyó con pesadum bre esta comuni­
cación , que le obligaba á a rro strar desaires sin fruto alguno. A unque sabia cuanto apetecía
España la recuperación de G ib raltar, no se dejó alucinar con la esperanza de seducir á la
corte de Madrid, difícil de conmover, así por el principio que reg ia su política esterior como
por su habitual indolencia. La contestación que envió á su corte (setiem bre) encierra por­
m enores que esclarecen este y otros hechos históricos. « Veo, dice, al re p a ra r en algunas
espresiones de v u estra com unicación, que estáis bien informado de las disposiciones poco
favorables de esta corte. Por desdicha habéis adivinado, razón porque he tenido precisión de
buscar con el mayor cuidado una ocasion oportuna para em pezar á hacer las insinuaciones
que tenia encargo de presen tar al ministro español. Por lo ta n to , 1c hablé pidiéndole que
me fijase una hora que, sin m olestarle, pudiera destinar á un a conferencia que desearía tener
con él. Mi proyecto era el de que se exhalase todo su resentim iento en u n a corta conversa­
ción, persuadido de que , en pasando este prim er ím petu , lo baria menos rcácio para lo que
de él deseaba obtener. — Lo que p asée n esta prim era entrevista está ligado íntim am ente
con las conferencias posteriores, y por lo tanto será bien que os hable de ella. Dio principio
lam entándose de su posicion precaria y , según su esp resio n , enteramente fa lsa , la cual
atrib uye á la conducta que con él observan los mismos á quienes h a heche señalados servi­
cios. Sobre todo lo ocupan dos cosas : la p rim era consiste en los ultrajes que sufre la ban­
d era española de nuestros corsarios, sin que ninguno de estos haya sido castigado, según
él d ic e , de dos años á esta p a rte , que se están burlando de los g u ard a-co stas y que atacan
á los súbditos de S. M. C. con daños unas veces de su vida y otras de sus intereses. ¿Q ué
puedo contestar, esclam ó,cuando de todas partes llegan á mí las quejas? ¿C om o, no diré
disculpar, sino aten u ar estos manifiestos agravios? La forma de vuestro gobierno es harto
conocida de cuantos la han visto de cerca y es muy útil estudiarla; p ero ¿quien en España
se ocupa en estudio tan interesante ? Lejos de e s to , la cantinela universal es que no se puede
seguir am istad ninguna con u n a nación que no quiere ó no puede castigar á los que pública­
m ente infringen las leyes. El otro motivo de quejas que no cesa de esponer se refiere á lo que
no tiene reparo en llamar nuestras usurpaciones en América. A torm enta, sin em bargo, á
A breu á fin de que exija una respuesta á la nota relativa á este objeto, acerca de lo q u e , por
lo visto, no ha insistido este lo bastante. La conducta de este m inistro en otros punios no
merece la aprobación de su jefe; pues no hay quejas de que sea demasiado activo ni
m uestre sumo em peño en sus relaciones con los m inistros de S. M. 1K Como mi intención
es por ahora la de no ataja r la efusión de cuanto le oprime el corazon , me he lim itado
á darle respuestas m uy lacónicas. £ n seguida, me invitó á que volviese al siguiente dia
te m p ran o , no á la s e c re ta ria , sino á. su morada. — Al avocarme con él en la segunda con­
ferencia, á que no falté en el punto indicado, le hablé de modo que recordase nu estra
£G2 111ST01UA UE ESPAÑA.

antigua am istad v ia confianza que hasta entonces le había yo inspirado siem pre. Le dije
que la víspera se habla acalorado un poco y que ciertam ente las dilaciones involuntarias
que se han notado en el castigo de algunos malhechores del otro hemisferio no debieran
ser un obstáculo que impidiese la realización de los grandes proyectos que im portaría á
nuestras cortes el tom ar en consideración en este tiempo calamitoso. No pudo tampoco
contenerse, y esclamó : — « ¡Ni uno solo de esos pillos lia sido castigado de dos años á esta
parte! ¿Como pudre defenderm e? Vos conocéis este país tan bien como yo. ¿Como podré
levantar ¡a fre n te ? » —P ara calmarlo en este punió le liice notar que en cuanto al otro mo­
tivo de queja contra n osotros, relativo á io que llam aba nuestras usurpaciones, tenia ra ­
zones para creer que recibiría una satisfacción por el prim er correo que despachase
A b reu ... — lín seguida se desató de nnevo contra Abreu v entró en porm enores relativos á
lo que habia pasado desde que declaró que el r e y , por respetos á nu estra position con
F ra n c ia , consentía en tratar de estos puntos en una transacción amistosa en tre ambas cor­
tes. a ¿Q ué habéis hecho, me preg u n tó , desde esta época? Ni respuesta m e habéis dado á
la nota. ¿Q ué no se ha dicho contra mí en el consejo por haber consentido en someter á
una discusión cosas que interesan tanto ¿i la corona de E spaña , cuyos derechos se lian visto
comprometidos por una concesion se m e ja n te ? « — P ara no estenderm e demasiado en el
capítulo do las restitu cio n es, las abarcaré todas en una p a la b ra , diciendo q u e, según creo,
España tratará de hacerse por sí misma io que llam a ju s tic ia , si se persuade que no se la
hemos de hacer n o so tro s; porque eso es lo que ha querido dar á entender el caballero
W a ll, al dejar escapar estas espresiones: — «Con frecuencia los gobernadores españoles,
siguiendo las órdenes generales y las instrucciones que recibían relativas á la defensa de las
posesiones cuya custodia les está encom endada, han espulsado á los ingleses que iban á
corlar m a d e ra , y á otros av e n tu rero s, de los lugares en que se habian establecido, sin que
esto se haya tenido por un aclo de hostilidad contra la G ran B retaña, Por el contrario las
dos naciones se han conservado amigas hasta q u e , á causa del descuido de los goberna­
dores españoles y de los ardides de los ingleses que iban á cortar m a d e ra s, habian estos
vuelto á sus chozas situadas á orillas de los lagos y pantanos, prom oviendo nuevas disputas.
E sp a ñ a , añ a d ió , tiene catorce navios de g u e rra en aquellos m ares, y cuando guste podrá
ten er allí seis m a s..... » Despues de haber relatado lo mas sucintam ente posible los té r­
minos de que me he servido en esta ocasion espinosa, me apresuro á en tra r en el punto
esencial, esto e s , á referir como recibió W all esta insinuación. — La im portancia del asunto
despertó toda su aten ció n , y su imaginación viva y pen etran te no necesitó muchas razones
p ara ver los peligros que amenazan á Europa. El mismo me habló de los principios que lo
habian dirigido en todos tiempos desde su en tra d a en el m inisterio, y era por lo tanto de
todo punto inútil el recordárselos. Cuando se puso á discutir los dos puntos que mas le in te­
resaban , lo cual hizo con m ucha claridad y e x a c titu d , contestó á mi ofrecimienlo de la res­
titución condicional de G ibraltar de un modo atento pero frió : — No ig n o ráis, me d ijo , que
soy estranjero en este pais, y que por lo mismo estoy com pletam ente aislado; no me apoya­
ría ni siquiera uno de mis colegas, porque sus sentim ientos, que son los de la nación, no los
inclinan á com prom eterse en una g u erra contra la Francia por vuestros in tereses.— En
seguida se quejó de que Inglaterra habia contribuido á hacer que perdiese el favor de la
nación, del que hubiera continuado gozando, si nosotros hubiésemos sido ju sto s, y hubié­
semos guardado ciertos miram ientos, aunque no fuese mas que por sostenerlo; «favor, ade­
m as, añadió, de que he hecho uso para bien de ambos p a ise s, 4 pesar de cuanto la maledi -
cencía ha podido referir de mis inclinaciones é ideas políticas.» En efecto, desprecia basta lo
sumo todos los clamores y prevenciones injustas que de él circulen , convencido como está
por esperien cia, no menos que á causa de los conocimientos que adquirió en In g laterra,
(¡ue el mejor modo de ser útil á la causa de E spaña es el cultivar un a am istad sincera con
la G ran Bretaña. Creo que he adivinado en aquella frente algo que se asem ejaba al pesar de
que haya llegado tan tarde esta proposicion, porque, á lo que parece, teme que las circuns­
tancias le im pidan el sacar ahora partido de ella.— Razón tendríais en quejaros de la esten-
sion de mi carta si contuviese mas que los porm enores necesarios p ara que S. M. pueda
formar idea verdadera de lo que lia pasado. Me detendré, p u e s , a q u í, puesto que bastante
he dicho p ara m ostrar que el caballero W a ll está resuelto á no lomar sobre sí el encargo
de sostener la adopcion de las medidas enérjicas que exijia la ejecución del proyecto, no
comprometiéndose siquiera á decir una palabra de él. Se me figura que nada dirá de este
REINADO DE FÉüííAHDO V I. ¿63
asunto á sus com pañeros, de lo cual me paiece bastante distante. — Los que de cerca ven
á este gobierno no puedenm enos de lam entarse d é la indiferencia con que m iran la situa­
ción presente de E uropa las personas que ocupan las principales dignidades de la c o rte , así
como la facilidad con que pierden de vista tan interesantes objetos p ara entretenerse en
bagatelas tan solo, de lo cual tenemos recienles ejemplos. Quien conozca á fondo la n atu ­
raleza de este gobierno se convencerá fácil mente de que no hay ni actividad, ni valor, ni con­
formidad en las id e a s, y que nadie puede con razón jactarse de lograr que desenvainen
estas gentes la espada contra los franceses para favorecer á los herejes. Mas bien se b u s-
carian disculpas para justificar la sumisión que medios p ara defender su honor é inde­
pendencia.— Hago esta reflexión contestando á l a p arle de vuestra comunicación en que
Leneis la bondad de dejar á mi juicio el modo de halagar los gustos y acariciar las pasiones
de las personas de esta corle, suponiendo que podré lograr algo. Todo eslá reducido al caba­
llero W all. Verdad es que hay cuatro secretarios de E stado, que son los jefes de sus res­
pectivas dependencias; pero el encargado de las relaciones esteriores nada liene que ver con
la M arina, G uerra y H acienda; y si rae dirigiese á alguno de estos hablándole de los asuntos
de que se t r a í a , alzaría el hombro y me pondría peor con el señor W all de lo que estoy, á
causa de este paso sospechoso y desusado. E l duque de Alba h a estado algún tiempo ausente de
lacorte, y muy recientem ente ha conseguido permiso para prolongar su ausencia. A lo que
parece lo tienen fastidiado los negocios públicos. El rey le tiene cariño; pero la rein a no se
cuida mucho de proteger aquel influjo con su augusto esposo; antes por el contrario, trata de
alejarlo, y todo su afan consiste ademas en hacer que no reine la mayor arm onía en tre los de­
mas m inistros.— Sin el estado de salud delicada en que m e encuentro, os baria una descrip­
ción com pleta de esta c o rte ; pero lendreis á bien disculparme por esta razón. Os diré tan solo
que el secretario de la G u e rra , Eslava, movido á ello por algunos calaveras que lo dominan, es
el que mejor dispuesto está á em prender la g u erra contra nosotros. El secretario de M arina
no gusta de batallas; pero, & le dan á escoger, antes se decidirá en contra de nosotros que
á favor. El conde de Valparaíso., que está al frente de H acienda, p referiría enriquecer el
tesoro, y no tiene gana ninguna de gastar un m aravedí n i en pro ni en contra. ¿Como
podria yo con tales m inistros, y teniendo en cuenta la indolencia u n iv ersal, hacerme ilusión
y abrigar la esperanza de lograr que salte la últim a chispa de orgullo y noble arrojo, pues
ha tenido España ocasion no menos gloriosa que favorable de m ostrarlo p ara bien de su pro­
pia felicidad y p ara el de toda Europa? Todavía m e queda que decir una p alab ra, contes­
tando á la idea que habéis emitido como intim am ente enlazada con la m edida de que se
trata. Quiero hablar de! proyecto de p restar apoyo á los planes del rey de Nápoles, á fin
de asegurar á su hijo segundo la posesion de aquellos estados, en caso de que llegase á
sentarse en el trono de España. Por desdicha la indiferencia ó m as bien negativa de Es­
p añ a, relativam ente al gran negocio que acabamos de p roponerle, hace que sea inútil
cualquiera esplicacion en este asunto. Admitiendo que se anudase la negociación, no veria
el rey de E spaña con placer, á lo que entiendo, que In g laterra ó cualquiera otra potencia
se mezclase en estas disputas con su herm ano el rey de N ápoles; porque aquí se m ira este
negocio como cosa de fam ilia, en la que nadie tiene derecho de intervenir. El rey de Es­
paña quiere que le obedezcan, y su herm ano, segnn sus doctrinas, debe acalar su volun­
tad v obrar según se le m ande. P or su parle don Cárlos no quiere hacer el papel de vasallo,
y esta diferencia de pareceres hace que á menudo haya desavenencias entre las dos cortes.
Ambos monarcas se escriben exactam ente por todos los correos; pero jam as tratan de
negocio ninguno : lo único de que se hablan es de la caza de la semana anterior. He sabido
tam bién, aunque por casualidad, pero de un modo au tén tico , despucs de la llegada de
vuestros pliegos, que, cuando el embajador se dirigió á esta corle p ara el objeto de que se
t r a t a , se le contestó que el rey de Nápoles podía en verdad darse p o r satisfecho de ceñir
un dia la corona de España como su herm ano m ayor la ciñe en el' d ia.— La opinion de la
nación española en general es que aquellos estados deben de. volver á la corona de España,
por haber sido conquistados con sus arm as y tesoros, y que n i el rey difunto, n i la reina
tuvieron facultades para separarlos de la m onarquía.— Llego por fin á la p arle del oficio
en que se me m anda que dé á conocer á la corte de E spaña la necesidad que tiene de sos­
tener su propia independencia al mismo tiempo que la de E u ro p a ; y siento infinito verm e
precisado á añadir q u e, si la prim era p arte de esta larga carta no es lal que dé esperanzas
de buen éxito de nuestras gestiones, lo que voy á decir bastaría p ara confirmar de un modo
Í6& H ISTORIA DE ESPA Ñ A ,

positivo su rep u g n a n cia, ó mas bien su negativa absoluta á adoptar tan saludables m edi­
das.—El 19 dei presente mes recibí una esquela del caballero W a ll, en la que me rogaba
que fuera á visitarlo antes d e ja salida del correo francés, que em prendía su jo rn ad a aquella
misma noche. El objeto de esta entrevista era el comunicarme un a carta m uy larga que aca­
baba de recibir de A b re u , y que m e leyó del modo mas g r a v e , añadiendo que quería evi­
tarm e el dolor de escuchar sus observaciones acerca del contenido de aquella ca ria, siendo
los hechos tan claros por sí mismos. T res eran si no m e engaño , á saber : prim ero,
los consejos dados al em bajador español en Lóndres por algunos m inistros de S. M.,
relativos á la respuesta favorable que habia intención de dar á su ñola en el negocio
de la costa de M osquitos y H onduras. Tocante á este hecho, dijo W all que Abreu ha­
bia hecho m al, y que mejor hubiera sido no volver á hablar de sem ejante cosa ú nues­
tros m inislros, y que, si él hubiera estado en Lóndres Ies hubiera dejado en libertad
p ara hacer lo que mas les agradara. El segundo hecho era tocante á la in terp reta­
ción de tal tratado de 1 0 6 7 , relativo á los géneros de contrabando, y á n u estra India
O riental. E l tercer hecho, por líllim o, decía relación á la indolencia que tenemos con
nuestros corsarios, á quienes no hemos castigado, á pesar de las promesas que hemos
hecho á España. El m inistro Wall ha escrito una caria bastante d ura á A b re u , quejándose
de su tib iez a,lo cual contribuyó sin duda á que se aum entase la am argura d esú s espresio—
n e s e n sus conferencias y n o ta s.— E n vano he tratado de convencerlo de que estos negocios
son m uy de segundo orden al lado de los grandes proyectos de que le tengo hablado, y en
vez de persuadirlo no he hecho mas que irrita rlo .— ¡ Buen momento escogeis, me d ijo , para
hablarnos de la libertad de E uropa y de vuestra unión íntim a con España! D espues de d ar­
nos tantos motivos de queja, curioso es hacernos semejante proposieion. No sois solamente
vosotros, sino vuestros enemigos los franceses y austríacos quienes se ocupan sin descanso
en atizar el fuego contra In g laterra , recordándonos la conducta que habéis seguido contra
España. Aun suponiendo que E uropa se halle avasallada, nada para nosotros pudiera aconte­
cer de mas funesto que lo que en el día acontece. Nos desdeñarán (al vez; pero por lo menos
serán los fuerles los que lo hagan, serán nuestros parientes, por cuyas venas corra la misma
sangre, los que nos ofendan. ¥ ¿qué podemos esperar de vosotros despues del triunfo, puesto
que nos traíais tan m a l, ahora que vuestros negocios se hallen en estado tan poco próspero?
Tal vez firméis la p a z , y hasta he oido decir que se han hecho proposiciones á F ran cia por
medio del m inistro D anam arces, que acaba de llegar á Paris. Basta esto p ara que seamos
cau to s, y no nos declaremos amigos de In g laterra ni despues de la paz con F rancia, hasta
tanto que hayamos obtenido una satisfacción por los agravios de que ya he hablado.— Me
dispensareis, señor m in istro , el que sea tan estensa esta c a r ia , cuyo contenido ademas es
ta n poco satisfactorio. E ra deber mió el contestar á todos los puntos de! encargo que he
tenido ia honra de recibir, y S. M. no debia ignorar nada de cuanto lie hecho p ara cumplir
con sus deseos, ni desconocer el resultado poco favorable de m is gestiones. E n cuanto á las
respuestas de W a ll, las be relatado valiéndome de sus mismas espresiones, á fin de no qui­
ta r fuerza á su pensam ien to , lo cual hubiera acontecido si la hubiera trasm itido con las
m ias. — No hay necesidad, cierto eslov de ello, de espresaros cuan satisfactorio y glorioso
hubiera sido p ara mí, hallándom e ya en el úliim o período de mi ca rre ra , el ejecutar-las ór­
denes de S. M., si mi m ala estrella y m i débil capacidadno hubiesen tropezado con obstáculos
insuperables. P ero, puesto que no he sido bastante feliz para salir airoso, séame por lo menos
perm itido el rogar hum ildem ente á S . M. quem e conceda mi re tiro , el cual no me atrevería
jam as á pedir si no me hallase en un eslado tan lastimoso de salud que con frecuencia me
impide entregarm e como quisiera á mi empeño en servir á mi soberano. Sin mi mal estado
d e s a la d , hubiera continuado desempeñando mi destino tanto tiempo como S. M. hubiera
juzgado conveniente m andarm e que le sirviese con mis escasas fuerzas en la corte en que
re sid o .»
E ra en efecto tan lastimoso su estado de salud q u e, cuando le llegó el permiso para ir á
resp irar tos aires n a ta le s, la consunción que minaba hacia tiempo su cuerpo habia puesto
fin á sus dias. La diplomacia perdió en él uno de sus miembros mas ilustres, y la In g laterra
un servidor tan desinteresado como hábil. Las circunstancias debieron hacerle mas lam en­
table su pérd id a, pues, si e ra fácil encontrar un talento no menos ilustrado y práctico, no
lo era sin duda hallar quien conociese (an bien el carácter y las preocupaciones de los espa­
ñoles y las diversas influencias predom inantes en la corte de M adrid. E ste conocimiento es
nE lN A D O D E FERJÍA fíD O V i. ÍC 3
el que faltaba á su sucesor, el conde de B risto l, conocimiento indispensable p ara conducir
con acierto las relaciones diplomáticas.
Desesperanzadas arabas cortes, de Yersalles y Londres, de envolver á la de M adrid en
sus redes, se lim itaron á sus propias fuerzas y la g uerra continuó con mas calor en las cam­
pañas de 1758 y 59. Federico penetró en la M oravia despues de la batalla de Sch'weidnitz, y
puso sitio á Olrnutz, única barrera que podía estorbarle llegar hasta la misma Y iena; pero
los ejércitos austríacos, acudiendo á la salvación de su capital, acum ularon fuerzas m uy
superiores, y el agresor hubo de retirarse. Las desgraciadas batallas de Hockinken, Zuli—
can, Maxen y C unerodorf, donde el mismo Federico se vió humillado por el marisca! D aun,
!e arrebataron una gran parte de la Lusacia y del mediodía de la Sajorna, haciéüdole con­
cebir nuevos tem ores por la Silesia.
S uau siliar el duque de B runsw ick, Fernando, fue mas feliz contra las arm as francesas.
Rota la vergonzosa convención de C loster-S even, los hannoverianos arrojaron á sus domi­
nadores hasta el R b in , que hubieran trasp u e sto , si las victorias del mariscal Soubise en
Sondershaussen y Lanztem berg no le hubieran obligado repentinam ente á retroceder á
Muiister.
El duque de B roglie, venciéndole en B erjen, perm itió al mariscal de Contades pene­
tra r de nuevo en la W estfalia; p e ro , demasiado avanzado en un país enem igo, bastó una
sota d erro ta, en T odcnbaussen, para que las arm as francesas tuviesen que ir á buscar un
asilo en sus prim eras posiciones.
La fortuna era todavía mas propicia á los ingleses por la m ar. El alm irante francés L a -
Clue había sido precisado por una borrasca á abrigar en C artagena los seis navios de lÍDea
que com andaba, y al punto se vió asediado por una escuadra m uy superior inglesa. En su
ausilio salieron de la Provenza otros dos n avios; pero fueron presa del enem igo, y no quedó
al francés otro recurso qué correr los azares de un combate tan desigual. Pudo con no poca
fortuna hacerse á la m ar y pasar el Estrecho : allí le esperaba la escuadra de Boscawen, con
quien no pudo eludir el encuentro, que le costó la pérdida de cinco navios, dos sumerjidos
y tres en poder del enemigo. La escuadra de B rest, que m andaba Mr. de Coflans, aunque
mas proporcionada en fuerzas á la de sil contrario, sufrió descalabros iguales. La de D un­
kerque, que se dirigió á las islas británicas con tropas de desembarco, fue á medías deshecha
por las baterías enemigas y por una tem pestad. Por últim o, en Am érica en el terrible com­
bate de Q uebcc, perdió p ara siem pre la Francia el Canadá.
F ernando, que se habia negado prudentem ente á tom ar p arte en estas sangrientas con­
tiendas, ya no por sistema sino por el estado de su alma, veia con ojos indiferentes como se
destrozaba Europa. La m uerte de su esposa, acaecida el 27 de agosto de 1758 fue un golpe
que traspasó su corazon. P resa de una negra melancolía, buscó la soledad en el palacio de
Yillaviciosa, y abandonó los negocios públicos para no d ar á su espíritu otro alim ento que
el am argo recuerdo de su idolatrada consorte. Oía las reflexiones de sus consejeros com­
padecidos como cumplidos im portunos, pidiéndoles con una m irada que no turbasen su dolor.
Sentado como un cuerpo inerte en su sillón; clavados los ojos en el suelo, en un punto en que
parecía concentrar todos los dias que habia pasado al lado de su fiel com pañera, solo respon­
día con ayes y sollozos á los ruegos de su escasa servidum bre. E ra un espectáculo que arran ­
caba lágrim as de com pasioná cuantos lo presenciaban. Cuando vieron que se prolongaba tan
triste estado sin dism inuir en nada el duelo de su corazon, llegó á tem erse una enagenacion
mental. En la correspondencia del em bajador ingles con su corte se encuentra esta descrip­
ción lastimosa de la situación de Fernando. «D urante siete dias h a estado en cam a, y ha
sido preciso sangrarlo dos veces en uno. Se le han dado muchas m edicinas; pero cada dia
aum enta la aversión que tiene á lo s negocios públicos, no queriendo ver á nadie mas que á
sus médicos. El caballero A rriaga salió para Villaviciosa; mas el rey se negó á verlo, y lo
mismo hizo con el S. E slava, que acostum braba e n tra r siem pre. Seis dias hace que el m i­
nistro Wall no h a visto á S. M. El duque de Alba ha vuelto el 23 á M adrid, donde se halla
lodavia. El rey , en fin, no ve á nadie, y durante estos tres dias últimos se h a prohibido la
entrada hasta al mismo infante don L u is .» — «El caballero YVall no niega que la afección
melancólica del rey haya descompuesto algo su cabeza; pero añade que no ha pronunciado
palabra ninguna que indique enagenacion m ental. No quiere que le afeiten v se pasea en
bata y cam isa, la cual no ha mudado en mucho tiempo. Diez noches bace que no se ha
acostado, y se cree que no ha dormido cinco horas desde el 2 de este m es, ν esto solo á
4(iG H1ST0U1A BE iíSl'AÑA.
ratos sentado en. uu sillón. No quiere acostarse porque se im agina qu e, cuando se halle
echado, m o rirá .»
Se deja com prender cuan poco se prestaba semejante estado á las intrigas de las dife­
rentes cortes que trataro n de proponerle nuevo enlace, en especial la Francia. Perdida
esta esperanza concibió la corte de Versalles la de hacer abdicar á Fernando en favor del
duque de S’a n n a , cuya adhesión le era tan conocida; pero PilL frustró los prim eros trabajos
descubriéndoselos al rey de N ápolcs, á quien., como inmediato heredero de la corona de
E sp aña, aspiraba ¿'congraciarse. Alarmado este con tales maquinaciones, tomó diferentes
medidas para asegurar su proclamación á ia m uerte de Fernando, que no tardó en su­
ceder.
Al año de haber perdido á su esposa (el 10 de agosto de 17 o9) puso fin la melancolía
á los am argos dias de aquel buen monarca, cuando solo conlaba cuarenta y seis años de
edad y no llevaba mas que (rece en el trono.

S ü j< u lc r o d u F e r n n u d o V I , c u l a s S u lfís a a i'o u lu s ,

Fue el prim ero v casi el único rey á quien verdaderam ente lloró la nación. Su reinado
era el solo p eríodo'de paz y descanso que habia disfrutado desde Sos reyes Católicos, al
cabo de trescientos años de guerras, muchas «le ellas por intereses personales promovidas.
Escritores injustos han atribuido la firmeza con que sostuvo su sistema de neutralidad es­
tricta con todas las potencias á una obstinado« ciega de carácter y á una indolencia, sorda
REINADO DE FERNANDO V I. 467
■á todo sentim iento de grandeza. No somos de los que creen que debe constituirse á las
naciones en una independencia sem ejante al aislamiento. La n aturaleza, que lo ha relacio­
nado todo en el m undo, los hechos m ateriales, los sentim ientos y las ideas, condena esa po­
lítica de apartam iento que sustrae u n m iem bro á la circulación libre y com pleta del espíritu
hum ano, que se opone al desarrollo de la civilización y que aleja el dia en que los pueblos
se m iren como h erm a n o s, individuos de esta g ran familia de la humanidad á quien Dios ha
dado la tierra por vivienda. Pero así como no hay derecho de avasallar á un herm ano, n in ­
g una nación lo tiene para exigir la dependencia de otra, y el prim er deber de! jefe su p re­
mo de un estado es conquistar ese derecho cuando lo ha p e rd id o , asegurarlo cuando lo
posee. ¿H abia sido independiente E spaña en el reinado anterior ¿en aquel reinado en que
los em bajadores franceses eran los prim eros ministros de S. M. C. ¿en que la corte de Ma­
drid no era mas que una antesala de la de Versalles? ¿N o es cierto que la casa de Borbon
francesa, como tronco del cual habia partido la ram a de E sp a ñ a , se consideraba con cierto
derecho de suprem acía y dirección? Así es preciso juzgar la conducta de Fernando VI. Tuvo
dos pensamientos culm in an tes: em ancipar su corona y proporcionar la paz á una nación tan
quebrantada. Y ambos pensam ientos reclam aban la neutralidad. Si e ra esta mas difícil de
m antener que prestarse á la g u e rra , inclinándose á cualquier ladode los dos que lo solicita­
ban, no es ya necesario dem ostrarlo, cuando se le b a visto durante todo su reinado luchando
con las pretensiones hereditarias de la corte de Versalles y con cierta afección propia hacia la
In g laterra. Ciertam ente era un espectáculo digno de admiración el que oírecia E sp añ a , la
tu rb u len ta E spaña, tranquila en medio de la E uropa agitada por la ambición de sus prínci­
pes ó el egoísmo de sus pueblos, como una roca en medio de un mar revuelto. La historia
debe hacer justicia al co razón y á la inteligencia de F ern an d o , el'prudente, q u e, si no era
elevada, fue suficiente á com prender 1o que mas necesitaba la felicidad de sus súbditos.
Un hecho que completa la convicción de que em ancipar la corona de E spaña de ilegiti­
mas influencias era el pensamiento capital de Fernando, es el concordato que celebró con
Benedicto X IV en 1783. A unque religioso por sentim iento y por educación, no fue nece­
sario afanarse en dem ostrarle las diferencias que existen en tre el dogma y la iglesia p ara
que procurase convertir en una verdad práctica esta sana m áxima de Ja a n tig ü e d a d : D a r al
César lo que es del César y ú Dios lo que es de J)ios. M ultitud de abusos y usurpaciones se h a­
bian arraigado en España desde que, para d estru irlas franquicias populares, habian tenido
que ausiliarse m utuam ente. U na de las usurpaciones mas graves de la curia rom ana era el
nom bram iento que se habia abrogado de todas las dignidades eclesiásticas y demas beneficios
que vacasen durante ocho meses del año, que se llam aban con h arta propiedad meses apostó­
licos. Los males que de aquí se seguían son fáciles de suponer, conocido el espíritu especu­
lativo que ha caracterizado siem pre á la corte rom ana. G eneralm ente se concedían las
dignidades á estranjeros q u e, para satisfacer las cargas con que las obtuvieran, m artiri­
zaban al rebaño puesto á su cuidado, convirtiendo en vara de m ercader el báculo del após­
tol y en banco de feria el altar de Jesucristo. No era ya la virtud de los prim eros tiem ­
pos de la iglesia ni la ciencia de los subsiguientes los títulos que se exijian en los que
debían estender la verdad evangélica; eran buenos adm inistradores lo que se buscaba á fin
de convertir á la sede apostólica en el prim er poder terrenal. Se habian impuesto á todos los
beneficios diferentes trib u to s, que con los varios nombres de a n a ta s, quincenas, in du ltos ,
reservas, e tc ., tenían el único objeto de levantar Ja m ayor p arte de sus rentas en provecho
de la curia rom ana. Los clamores de! clero español y las reclamaciones de algunos reyes
habian logrado laaholicion de varios im puestos; pero la curia inventó luego un medio de
rehabilitarlos, cuyo solo nombre basta p ara conocer la degradación á que habia llegado la
cabeza de la iglesia. Dedúzcase de lo que eran las cédulas bancarias. Buscábase un español
q u e, por esta razón y otras circunstancias com unes, estuviese en ap titu d de obtener pen­
siones sobre beneficios; no era difícil bailar quien prestase su nom bre por un a cantidad
m ezquina, para que disfrutasen otros, las pensiones, y he aquí p o rq u é se le dio el nom bre de
testa ferrea. Cuando este moria, la d a ta ría de Moma cuidaba d eq u e apareciese otra persona
sustituyéndole en sus derechos, á fin de que ni por poco tiempo quedase interrum pido el co­
bro. Acontecía frecuentem ente n a saber el posesor del beneficio á quien pagaba las pensio­
n es; y como se le obligaba por lo eom un á pagar cuatro ó cinco anualidades, se encontraba
bastantes veces sin garantía con que acreditarlo, teniendo que rep etir el pago. Se exigía
ordinariam ente á los com pradores de beneficios que una casa de comercio garantizase los
tom o [v . ■ s i
ÍC 8 fllST O Ü IA d e .e s p a h A.
plazos que se les d ab a n , y de aquí el nombre de cédulas banearías por la intervención que en
ellas tenia el banquero. Escusadoes decir que este no prestaba su firm a sin crecidos in te re­
ses, viniendo muy á menudo á verificarse que”con ellos cubría los plazos y le quedaba el
capital casi entero de ganancia. E ra muy comun hacerse dueño de seis anualidades por el
anticipo de dos. De esta su e rte un beneficio tenia tres p a rtic ip e s, la D ata ria, el banquero
y el poseedor, especie de anélidos que chupaban la sangre del pueblo.
Es imposible formar una idea exacta de los raudales de oro que por este medio y muchos
otros, que fuera prolijo en u m e ra r, salían de E spaña para ir á perderse en la turbia laguna de
la corte rom ana. C ab rera, el historiógrafo de Felipe I I , declara que en un periodo de treinta
años fueron á Rom a solo po r este concepto y por dispensas m atrimoniales 4.000,000 d u ­
cados rom anos; y en el reinado de Felipe V aun iban 3 0 0 ,0 0 0 , que era aproxim adam ente
la tercera parte de lo que percibía el papa de toda la cristiandad.
E l concordato de Fernando V I destruyó en gran p arte estos escándalos. El papa reco­
noció el patronato rea l, es decir, el derecho de elección que de antiguo poseía la corona p ara
los beneficios y dignidades eclesiásticas de España; los meses apostólicos quedaron abolidos,
prohibidas las cédulas bancarias, y consignado que la adm inistración de las rentas y de las
vacantes fuese servida por eclesiásticos españoles, y que los productos se aplicarían á las
atenciones religiosas. Tam bién se le reconoció tácitam ente la facultad de echar m ano de
esos fondos para fom entar la agricu ltu ra y la industria, y recom pensar servicios militares·
Roma no bizo sin prem io el sacrificio, pues obtuvo un millón de escudos para indemnizar­
se, ni fue com pleta la em ancipación, pues conservó todavía el patronato sobre cincuenta
y dos dignidades, se le reservaron los derechos de dispensas m atrim oniales y se p erp e tu ó la
bula de la Santa Cruzada, Pero aun así es preciso contar el concordato de 1753 como uno de
los mas grandes beneficios que debe España á F ernando VI.
La agricu ltu ra, la industria, el com ercio, las artes liberales, las ciencias, los caminos, la
m arina, la adm inistración entera recibió bajo su reinado un impulso vivificador, que sin duda
hubiera sido mas enérjico sin la lucha de rivalidad que sostuvieron los dos célebres m inis­
tros, Ensenada y Carvajal. E n 1758 lam arina real contaba cuarenta y cuatro navios de sesenla
á ochenta cañones, diez y nueve fragatas de veinte y dos á cincuenta, catorce jabeques de
catorce á trein ta, y varios otros buques m enores. En su manutención y la de los tres arse­
nales se invirtieron el mismo año mas de sesenta y tres millones (1). Ademas del camino de
G uadarram a y del canal de Cam pos, que debia trasp o rta r el inm enso g ranero de Castilla
á las playas cantábricas, se intentó ab rir otro hasta Aranjucz y hacer desde allí navegable el
Tajo, á fin de rem ediar el funesto e rro r de Felipe I I al situar la corte en M adrid. E ra este
un proyecto de C arvajal, que la m uerte llegó por desgracia á detener en sus prim eros
pasos. El real m onasterio de las Salesas, erijido por la rein a B árbara p ara la educación
de las hijas de la nobleza, si no es testim onio de una época gloriosa para las a rte s, revela
desde luego la magnificencia grave y m odesta que caracterizaba á sus fundadores. La aca­
dem ia de las tres nobles artes de S. Fernando, aunque haya sido un pensamiento heredado
del reinado anterior, considera en él á su fundador por la generosidad con que la estable­
ció, pensionando alum nos que fuesen á estudiar en el g ran palacio d é la s arles, en la cele­
b ra d a Roma. El Jardín Botánico de M adrid, cuyos cimientos echó, el observatorio astronómico
de Cádiz, su colegio de m edicina, los viajes que hicieron varios hombres de letras á fin de
poner á E spaña al nivel de las dem as naciones y las obras que se dieron á luz dem uestran
suficientem ente cuan dispuesto estaba F ernando á favorecer el desarrollo de los conoci­
mientos sólidos Y provechosos.
Sin em bargo, mas que de conquistar la fácil gloria p ara un monarca de protector de
las artes y las le tra s, se conoce que cuidó de arreg la r la hacienda, cáncer que m inaba la
existencia de la nación tres siglos hacia. Guiado por un espíritu de economía, que sabia
detenerse en los lím ites en que em pieza la m ezquíndez, y por u na eslrcm ada pasión al or­
d en , em prendió, si no todas las reform as que la ciencia dem andaba y a, las que se juzgaban
m as'im periosas. La adm inistración de las rentas por cuenta del Estado produjo el doble be­
neficio de un mayor ingreso y e ld e lib e rla r al pueblo de las violencias inhum anas de los asen­
tistas : la recaudación, puesta en manos de los ayuntam ientos, no costó desde entóneos mas
que el seis por ciento (2). Si se hubiera podido llegar á establecer en toda E spaña la contri -

(1 ) C&nga A rguelles : D iccionario de H acienda.


(2) Campomanes,
BEINADÓ DE FÜIUÍAKDO T I . ¿09
bucion ún ica, ambas innovaciones habrían hecho por sí solas la gloria de aquel reinado. Idea
iniciada por el m inistro Campillo y acogida por E nsenad a, encontró en Fernando un apoyo
sin lím ites; pero esta grande reform a no podía ser im provisada, pues exigía vastos traba­
jos prelim inares que solo con el ausilio del tiempo era dado ejecutar. Un buen sistema de
estadística no se conocía todavía, y sin el catastro de la poblacion y la clasificación acertada
de los diferentes elementos de la riqueza pública, el establecimiento de un solo im puesto
no e ra mas que una idea brillante, que debía el tiem po fecundar. C uarenta millones de rea­
les se em picaron en las operaciones estadísticas; y ciento cincuenta volúmenes que sobre
ellas se formaron ( 1 ) prueban bien la fe que tenían aquel rey y sus m inistros en la reali­
zación de esta reform a, y son una acusación m uda de los reinados posteriores que no han
hecho mas que conducir aquellos preciosos datos á los archivos, como esqueletos á la fosa
que solo debia consultar el historiador. A p esar de eso, todas las atenciones del Estado fueron
como nunca cubiertas, y las arcas del tesoro público se vieron llenas por la prim era y la
única vez. En 1 7 0 0 , cuando aun no hahia tenido tiempo Carlos I I I de haber hecho innova­
ción alguna, im portaban los ingresos trescientos noventa y dos m illones de reales vellón
y los gastos ochenta y cinco menos. No se com prendían en aquel artículo los productos de
In d ias, que á la m uerte de Felipe V rendían sobre ciento veinte millones anualm ente. Así
fue como pudieron ejecutarse las obras de caminos y canales que hemos indicado; como
pudieron levantarse de planta dos arsenales y renovar otro casi en teram en te; como pudie­
ro n , por un principio erróneo que el atraso de la ciencia disculpa, establecerse fábricas por
cuenta del Estado, como la de Talavera, que no tardaron en tener que suspender sus traba­
jos y eu verse arru in ad as; como pudieron, en fin haberse invertido á la conclusión de aquel
reinado en el palacio real de M adrid, en esa soberbia sep u ltu ra de los tesoros de América
y del sudor de los pueblos, cuatrocientos millones de reales.
¥ con todo eso Fernando fue el único rey desde los Católicos que m urió sin dejar á sus
súbditos aum entada la enorm e cifra de la deuda pública. Su pad re le habia Segado un g ra ­
vamen de cuarenta y cinco millones de pesos y él trasm itía á s u sucesor un tesoro libre, por su
p a rle , de toda obligación con un sobrante de seiscientos millones.
Fue causa esto mismo de que una crítica m as ilu s tra d a , pero quizá no bastante circuns­
pecta , le acusase de cierto afan de acumular en el erario tesoros que hubieran sido mas pro­
vechosos fomentando la riqueza pública. Nadie desconoce ya que tanto como deposita el
Estado lo roba á la circulación g e n e ra l, condicion indispensable al desarrollo de los elemen­
tos de la producción; que el erario mas rico no es el mas lleno, sino aquel cuyas arcas están
asentadas en medio de un pueblo laborioso y bien regido. Pero es justo considerar que el
sistem a político adoptado .exígia de una p ru d en te previsión ten er dispuesto el tesoro á sos­
ten er una neutralidad contrariada por enemigos tan poderosos como la In g laterra y la
Francia.
S orprenderá despues de todo saber que hubo una m edida en ese reinado memorable á la
cual pudo aplicarse el terrible nombre de la bancarrota de F ernando V I. Hé aquí los hechos.
Cuando subió al trono y se le puso ante la vista el espantoso guarism o de la deuda , se san­
tiguó asom brado, y al reconocer algunos de los orígenes de que provenia , principió á vaci­
lar su espíritu entre el deber y la imposibilidad de satisfacerla. Ensenada , que estaba harto
orgulloso de su obra y deseaba establecer una separación com pleta en tre su administración
y la de sus antecesores, le aconsejó que sometiese la duda á la decisión de un tribunal de
conciencia. E n efecto se pasó á la deliberación de una ju n ta de prelados, consejeros y le tra ­
dos, la pregunta siguiente : « ¿A tal punto está obligado el rey á pag ar las deudas de sus
antecesores que no haya medio de suspender el pago de aquellas obligaciones? y> La ju n ta
opinó afirm ativam ente, aliviando de un gran peso la conciencia del rey ; y en seguida se
m andó practicar una liquidación general de las deudas contraidas hasta el último día de
Felipe V. Se dijo que estos créditos serian pagados según lo perm itiesen las atenciones
del tesoro. Lejos estam os de aprobar una disposición que infería un a injusticia trascenden­
tal y que abria una herida m ortal en el c ré d ito ; pero debe advertirse la diierencia que exisle
en tre el que hace bancarrota y el que reconoce sus deudas y declara que las p a g a rá , siquiera
sea con lentitud. Lo mas funesto en aquella disposición fueron las diferentes categorías de
acreedores que se establecieron, pues las que se estim aron subordinadas tuvieron que

(1 ) Canga Argüelies,
470 h is t o r ia dü espa S a .

sufrir ademas las consecuencias del menosprecio. Por lo dem as las cantidades que se desti­
naron á su amortización , sesenta millones al principio, uno despues y dos por últim o, se
pagaron religiosam ente.
El reinado de Fernando Y I puede, p u e s , resum irse en estas breves frases : sostuvo la
independencia de España como ningún otro rey , antes ni despues de é l ; cimentó la emanci­
pación de la corona de la corte ro m a n a ; dió á la nación una paz inalterable de trece a ñ o s ;
y bajó al sepulcro dejando el prim er ejemplo en la historia de España de un rey que m uere
sin dejarle deuda a lg u n a , antes bien llenas fas arcas del teso ro , y sin haber hecho d erra­
mar ninguna lágrim a á sos súbditos ni arrancado aves de dolor á otras naciones.
La h istoria, al mismo tiempo queconsagrar la memoria d e ese buen rey, debe recordar
que á su advenimiento era casi desconocido; que la nación le vió subir al trono indiferente;,
que su reinado fue p ara ella como u n hallazgo, una casualidad. ¡Tales son las bruscas
alternativas del orden dinástico! ¡Tan ciegam ente conduce á las naciones el principio mo­
nárquico! Despues de ocho r e y e s , desde la formación de la m onarquía, que buscan ó con­
sienten la g u e r r a , aparece uno , solam ente u n o , que se afana por la paz. Esos trece años
de sosiego no podían contrapesar trescientos de lucha incesante, de trastorno y corrupción.
(¡Carlos III.
REINADO DE CARLOS III.

eAPiTiito i i .
1759 — 1761.

Prí'vcn'/tcmp.s do los c a ñ ó l e s e n Tav^r An C a r l o s III : e *í a b i c c e , o n t e s d e d e j a r Q I t a l i a , el ó n l n n d e s u e o s t n n e n h»s r e ­


n i ñ a s de r ía p o l es y l ^ p a ñ a , c s c l u y a u l o h su liijo muyen- por i m b e c il id a d : e x a m e n d e e s te Jiecho : ü s u llpg;uia á M¡i*
ilrid despífíe Fuí'inolLi : lev¡ml;i d d e s t i e r r o ü e E n s e n a d a : el i t a l i a n o E s q u i l a d l e r e e m p l a 2 a á V a l p a r a i s o en el m i m s -
1 Tin d e riucieinln s d i s p o s ic io n e s para. m e j o r a r «‘1 c r é d i t o y a y u d a r á io s l i b r a d o r e s d e a l g u n a s p r o v in c i a s : p i n t u r a
<lo. líi c o r t e de M nd rit l lincha p o r ol e m b a j a d o r i n g l e s , el co m í a de Br i st o l. — S u c e s o s que p r e c e d e n a l o ñ t a b r c p o e t o de
fa m ilia o m r c l;is c o r o n a s üe E s p a ñ a y F r a n c i a q u a p r o d u c e Ja g u e r r a c o q la G r a n E r c í a n a .

o s solaba á la nación en su pesadum bre por la m u irle


de Fernando VI la idea de que iba á sncederle el rey
de N ápoles, de quien la fama habia traído á España
grandes elogios. Se refirieron menudam ente los he­
chos mas notables de la cam paña de Italia, en los cua­
les había (enido alguna participación: la b atallad o
Bi tonto, la terrible sorpresa de Velfetri y el disputado
paso del Tanaro , donde fue de los prim eros eu a rro ­
jarse al agua. Se habló de la protección q u e, y a sen­
tado en el trono de las D os-Sieilias, dispensara á la
ag ric u ltu ra, al comercio y sobre todo á las arles, pa­
sión que habia contribuido á un acontecimiento que
escitaba entonces ■vivamente la curiosidad delodas ias
naciones: la exhumación de las dos grandes ciudades, Hcrculano y P o m p ey a, en las costas
de la Calabria, á quienes había enterrado bajo un m ar de lava la terrible erupción del Vesu­
bio que en el siglo n de n uestra era costó también la vida al naturalista de Ja antigüedad,
el sabio Plinio.
Al cabo de quince siglos, la casualidad· descubrió aquellos fósiles arqueológicos en el mis­
mo estado en que los habia sorprendido la m u erte, las casas sin deterioro, los habitantes
en sus moradas con la agonia de los últimos momentos en el sem blante, los manuscritos
calcinados, pero enteros. Carlos desocupa uno de sus palacios, hace trasladar á él las p re­
£72 H IST O R IA B E ESPA Ñ A ,
ciosidades que se encuen tr a n , organiza una sociedad destinada á su estudio, y en breve la
magnífica obra de las « A ntigüedades de Herculano » esparce por E uropa los porm enores de
la terrible catástrofe que la soterró.
El nom bre de C árlos, unido á un acontecimiento tan pereg rin o , participó de la admi­
ración que este causaba generalm ente ; y los am antes de las a r te s , acabaron de endiosarlo
con la erección del magnífico palacio de C asería, cuyos jardines parecieron la realización de
las encantadoras descripciones del Taso.

D,3 Mari» A m a lia , m ujo* de Carlos TIL

Así que tuvo la noticia de la m uerte de su herm ano , tomó el título de rey de España,,
confirmó el nom bram iento de gobernadora que esté habíabecho en su m adre , la anciana
Isabel Farnesio, por el tiempo que tardase en venir á sentarse en el trono, y se ocupó eu ar­
reg lar la sucesión de las dos coronas. Se recordará que el tratado de Yiena vedaba la re u ­
nión de ambas en una sola cabeza y que Cárlos había protestado constantem ente contra las
estipulaciones de A quisgran, que establecían en el caso p rése n tela sucesión de don Felipe
en el trono de N ápoíes, restituyendo al A ustria sus ducados, escepto un a p arte del de Pía—
sen cia, que se daba al rey de Cerdeña. Las circunstancias favorecieron á Cárlos p ara triu n ­
far en su protesta. Por grande que fuese el Ínteres del A ustria en ensanchar sus dominios
de Italia, lo tenia entonces mayor en conseguir la adhesión de E sp añ a á su liga con la F ra n ­
cia ; y el rey de Cerdeña por si solo no se hallaba en situación de oponer u na sería resis­
tencia. Fácil fue por lo tanto a rreg la r una transacción en estos térm inos : la corona de
N ápoles pasaría á u n hijo de don Cárlos, conservándose el infante don Felipe en sus estados;
al rey de Cerdeña se le daría -una indemnización en dinero; y el A ustria renunciaría á. toda
reclamación, á condicion do que se estrecharían las relaciones entre la corte de Viena y la de
M adrid, sellándolas con enlaces de familia : Leopoldo, heredero del ducado de Toscana, se
casaría con una infanta de E spaña, y el archiduque José con un a princesa de Parm a. ¡lié
aquí destruido ya el benéfico sistem a de estricta neutralidad con tanta perseverancia soste­
nido por Fernando V I! La ambición de fam ilia, el ínteres dinástico iba á arrastra r íi España
á un a g u erra funesta por conservar una corona de la cual ningún bien debia rep o rtar.
V na dificultad de no escasa gravedad entónces quedaba á Cárlos por allan ar; y era el
REINADO DE CARLOS I I I . ¿73
estado de imbecilidad á que una enfermedad epílectica tenia reducido á su prim ogénito
don F elipe, presunto heredero d éla corona de España por el Lecho del advenim iento á ella
de su padre ¿Debian respetarse los títulos á esta herencia que le daba el derecho divino?
Pero entónces se entregaba una nación entera á un destino ciego que la conduciría por los
abismos de la ignorancia. ¿Debia despojársele de sus títulos? Pero entónces se destruían los
cimientos en que descansaban todos los tronos de Europa.^ Conviene hacer notar como des­
ató la m onarquía este nudo. Convocó Cárlos á una ju n ta solemne á lodos los m in istro s, á. la
n o b leza, á las mas altas dignidades eclesiásticas, á los representantes de la ciudad de Ñ a­
póles, á un consejero de Castilla y á los em bajadores estranjeros; y á su presencia subió al
trono, ceñidas las sienes con la corona de E spaña, y mandó leer y proclam ar públicam ente
el acta siguiente : « E n tre los cuidados y graves atenciones que me ocupan desde q u e,
por m uerte de mi augusto herm ano el señor don Fernando V I, estoy llamado á la corona
de E spaña, la notoria imbecilidad de mi hijo prim ogénito fija especialm ente toda mi aten­
ción. E l espíritu de los tratados ajustados durante la últim a centuria dem uestra que toda
E uropa desea alejar de Italia el predominio de E spaña, en cuanto sea posible hacerlo sin
ofender las leyes de la justicia. Considerándom e, p u es, en el caso de nom brar un sucesor
p ara mis estados de Italia en vísperas de em prender mi viaje á España y de elegir en tre los
hijos que plugo al cielo concederm e, m e veo en el deber de decidir cual de ellos debe ser
considerado como el segundo por orden de nacimiento, capaz, de dirigir el gobierno de mis
estados de Ita lia , separados de España y de las Indias. E sta circunstancia q u e , por el bien
de la tranquilidad europea, me impone la obligación de a p a rta r toda sospecha de querer
conservar en mi propia persona los estados de E spaña é Ita lia , me m ueve á tom ar hoy u n a
invariable resolución en este punto. Un considerable núm ero de mis consejeros de Estado,
un individuo de la cám ara de C astilla, otro de la cám ara de Santa C la ra , el lugar-teniente
d e la S o ftm a n a de Ñapóles y toda la junta de Sicilia, rep resen tad a por seis diputados, me
han espuesto unánim em ente q u e , despues de ensayar todos los medios p o sib les, no han
podido lograr el descubrir en el desdichado prin cip e, mi hijo prim ogénito, n ingún indi­
cio de razón, entendim iento ni reflexión, y q u e , no habiéndose conseguido que varié
este estado desde su infancia, no solo es incapaz de sentim ientos religiosos , privado de
toda ra z ó n , sino que no es lícito abrigar la mas rem ota esperanza p ara el porvenir. Todos,
en vista de e s to , son de parecer que no puede este príncipe ocupar el alto puesto p ara que
lo destinaba la naturaleza, así como el derecho y[el am or de su padre. E n esta situación des­
dichada , viendo que por la disposición divina h>s derechos de mi hijo segundo recaen en el
tercero don F ern an d o , menor de edad to d a v ía, es obligación m ia , como soberano y padre,
al trasm itirle los estados de Italia, el adoptar las medidas convenientes du ran te el tiempo
de su m inoría y fijar la tutela que yo no podré ejercer de un hijo no m enos independiente
como soberano en Italia que yo mismo como rey de España (1).» E n seguida firmó Cárlos
esta acta, la selló y ciñendo al niño rey su espada, le dijo : «Luis X IV , rey de Francia, dio
esta espada á Felipe Y , vuestro abuelo y mi p a d r e ; este me la dió m i ; y yo os la entrego
á vos p ara que uséis de ella en defensa de la religión y de vuestros vasallos ( 2 }.»El nom ­
bram iento de una reg e n cia, á cuyo frente puso al m arques de F an n u cc i, fue la coronacion
de este d ia , en que la m onarquía cometió una de sus frecuentes é inevitables contradic­
ciones. , ,
Siendo rey de Italia por derecho de conquista, podía indudablem ente trasm itir su co­
rona á quien mejor le p are cie se; pero si la naturaleza, si el derecho, como se dijo en el
a c ta , designaban al prim ogénito por sucesor, nadie concederá facultades á otro, siquiera sea
rey y p a d r e , y se apoye en el parecer de una ju n ta , p ara alterar los decretos de la n atu ­
raleza y las prescripciones del derecho. ¡T bien! se d irá ¿seria ju sto , seria racional
poner la suerte de todo u n pueblo en las manos de un imbécil ó de un dem ente? No, sin
d u d a ; no eran mas lógicos y sensatos los que entónces mismo dijeron : «Monarcas ha tenido
el mundo débiles ó flacos de juicio; pero no por eso se les q u itó la corona, sino que se les
nombró consejo de regencia. Así se practicó con Cárlos "VI de Francia ; así con la reina de
Castilla doña Juana, llamada la loca , m adre de Cárlos V , y con otros. A este propósito dejó
escrito Baldo que el hijo menor no debe reinar en perjuicio del m ayor que cayere en demen—

(1 ) B e o s íin i: H istoria da Carlos III___ M u ra to ri: A nales de Ita ü n .


(2 ) Se verificó e sla cerem onia el 6 de setiem b re : O rtia.
W1Í Hl STOMA DE ESPAÑA.
cía {1).» Lo absurdo de sem ejante política no necesita dem ostración; y , si se p id ie se, bas­
taría ab rir la historia de esos mismos reinados que se citan como ejem plo, llenos de tu rb u ­
lencias , desgracias y m iseria. Los que creian en el derecho ■divino ¿querían hacer á. la
providencia cómplice ó autor de los m ales que trajese sobre un estado la casualidad de un
heredero im bécil? Eso seria sacrilego. La historia debe solamente recoger este hecho para
probar que la m onarquía se ha visto precisada á abjurar su principio fundam ental y apelar
á o tro derecho, á la opiniongeneral, para conservarse.
Satisfecho y tranquilo Cavíos con esta cerem onia, partió de Nápoles al dia siguiente en la
escuadra que habia ido á recibirle, trayéndose las bendiciones de un pueblo á quien habia
hecho disfrutar los beneficios de una adm inistración paternal. A los pocos dias puso los pies
en las playas de Barcelona (17 de octubre) acontecim iento que quiso señalar restituyendo á
los catalanes algunos de los fueros que les habían sido arrebatados á consecuencia de las in­
surrecciones de 1640 y principios del siglo siguiente. G enerosidad tan intem pestiva sorpren­
dió tanto como los prim eros indicios de una reacción que pareció in au g u rar ásu llegada íi Ma­
drid (9 de diciem bre) estrañando á F a rin e lli, que fué á term inar sus (lias, ya anciano
(1782), en Bolonia, contento de no haber abusado jam as del poder que la fortuna habia
puesto en sus manos.
Pero la reacción no pasó de aquí. El mismo Farinelli conservó la pensión que le asignara
su protector; Ensenada, Ordeñana y sus am igos no lograron hasta mayo (1760) el levanta­
miento de su destierro y permiso de volver á la c o rte , á donde en efecto se presentó in­
m ediatam ente el célebre m inistro caido; y en fin perm anecieron en sus destinos los secretarios
del despacho, como especie de tributo de respeto á la memoria de su hermano Fernando.
• Valparaiso fue e! único separado, no por prevenciones contra su persona, sino porque quería
confiar la cartera de hacienda á uno de los individuos de su num erosa comitiva italiana,
cuya capacidad habia podido apreciar en Italia, el lamoso m arques de Squillace ( 2 ). El
duque de A lba salió espontáneam ente del m inisterio, y se le reservaron sueldo v ho­
nores.
Adelantada entretanto la estación cuanto se habia creido necesario p ara que la solem­
nidad de la entrad a pública en M adrid tuviera m ayor brillo, se verificó el lt> de julio con
toda la pom pa que correspondía á quien no dejaba de juzgarse señor de dos coronas. Al
siguiente d ia , despues de la prestación usual de ju ram en to , se reprodujo la escena d é la
víspera de la salida de N ápoles, declarando príncipe de A ustria á su hijo segundo Carlos.
Conviene aquí recordar ademas de lo j a espuesto, que esta nicesion estaba en contra­
dicción abierta con la célebre pragm ática sanción de Felipe V , que exigía las cláusulas de
nacimiento y educación en España en todos los herederos de la corona.
Los prim eros cuidados de Carlos, despues de afianzar su corona, se dirigieron á rep arar
la hacienda y reanim ar la ag ric u ltu ra, que yacía lastim osam ente estenuada á consecuencia
de la esterilidad, casi completa en algunos parajes, de los últimos años (1761). Apreciador
mas entendido de la im porlaacia del crédito que su an te c e so r, la enorm e deuda que pesa­
ba sobre el era rio , creciendo cada dia m onstruosam ente con los réd ito s, llamó antes que
todo su atención, if en la imposibilidad de pagarla por completo de una m anera satisfactoria,
mandó formar una liquidación de los créditos que existían desde Carlos 1 hasta Felipe V, y
creó para estinguir las deudas de e s te , q u e , como mas rec ien te s, eran las mas clam orosas,
títulos de un seis por ciento de ín te res, que em pezaron á correr desde 17662. Respecto á la
ag ricultura, las disposiciones que tomó lenian mas de compasivas que de eficaces: perdonó
á las provincias rendidas por el azote de la m iseria, A ndalucía, Murcia y Castilla la N ueva
las cantidades que el tesoro les habia adelantado en los últimos años p ara recu p erarse, im ­
posibles de cobrar, pues ni grano suficiente p ara la siem bra habían recogido los infelices
lab rad o res; distribuyó algunas partidas en tre los mas necesitados, com pradas en el e s tra n -
j e r o ; y concedió permiso para hacer importaciones de trigo, antes prohibidas. El labrador,
careciendo de dinero, poco podía aprovecharse de esta disposición, que era la q u e mas d i­
recta é inm ediatam ente podia aliviarle. El capitalista especuló lib re m en te, como siem pre,
sobre la miseria públícaj haciendo sentir 4 la agricultura por algunos años todavía los r i ­
gores de su avaricia.

( 1 ) Ortiz.
( 2 ) Los españoles a&oribjcroti csie n o m bre com o & ucna, E sq u ita n te , q ue es como n o t oiro s seg u irem o s 'llpronn*
dolé.
HEINADO DE C inLO S 1M.
Trasladó Carlos en seguida su atención á la política e ste rto r; pero antes de dar á cono­
cer el suceso tristem ente m emorable á que se p restó , conviene bosquejar á los diferentes
personajes que figuraban en la corte de M adrid. A unque trazada por im a pluma apasionada,
se encuentra esta pin tu ra, en gran p arte exacta, en una correspondencia delnuevo m inistro
ingles á su gobierno (13 de agosto). « Preciso e s , dice el conde de Bristol á P itt, que os dé
una idea completa del gabinete e s p a ñ o l; v m e aprovecho de esta ocasion p ara describiros,
no solo los caracteres de los diferentes personajes que componen esta coTte, sino de sus rela­
ciones y am istades; con lo que podréis fácilmente formar juicio de las cosas. — Empiezo por
el muy' respetable rey C atólico, que tiene capacidad, m em oria feliz y u n grande imperio
sobre si mismo en las ocasiones im portantes; m a s , como ba sido engañado con frecuencia,
se ha hecho desconfiado. G ústale mas que ningún otro medio tra ta r los negocios públicos
por la dulzura, y tiene paciencia para rep etir sus exhortaciones antes que valerse d e s n
autoridad, aun cuando sea para cosas insignificantes. Sin em bargo, con buenos modales y
dulzura hace que sus m inistros le respeten y aun le tem an. Perteneciendo á la familia de
los Borbones, profesa el rey Católico afecto á F ra n c ia ; p ero , como español y monarca po­
deroso, que ocupa u n 'tro n o no menos im po rtan te, no quiere que sus estados se rijan,
d u rante su reinado, según los consejos de los franceses, como acontecía en tiempos de F e­
lipe V. Lo que desea ante todas cosas es consolidar el trono d e su hijo el rey de ¡Sápoles,

Medalla de la c c ro n a c io n dd C r r l o s III.

y cada negociación ó proyecto en c;ue trata de p rocurar la tranquilidad de fiFpana, lleva


envuelto el deseo de ay u d ar al monarca napolitano, en caso de que pensara cualquiera
potencia turbarlo en la pacífica posesion de su reino. — Se supone á la rein a m adre mucha
mas capacidad de la que cu realidad tiene. A juzgar por las intriguillas que se han puesto
en juego, no ha renunciado á la idea de tom ar p arte en los negocios del gobierno. Se burla
públicam ente de tres personajes principales que aquí figuran, y son el general "W al, el m ar­
ques de Esquiladle y el duque de Losada : yo mismo estaba presente últim am ente á una
conversación eu que les ponia en ridículo de un modo poco decoroso á la dignidad de S. M.
v á su elevación. — El m arques de E squiladle es mas bien un hombre incansable p ara el
trabajo que persona de entendim iento brillante; jamas se queja de ten er mucho que hacer,
a pesar de los dilerenles ramos que tiene ásu cargo. Podéis estar seguro de q ue se opon­
d rá en todos tiempos á la fuerza; y como el tesoro está m uy lejos de hallarse bieu provisto
y le han cnagenado todas las voluntades las medidas tom adashasla el d ia p ara llenarlo, vive
convencido de que no podría sostenerse si las necesidades del estado hiciesen indispensables
m ayores subsidios y fuese preciso idear nuevos medios para exigir impuestos estrao rd in a-
rios. Creo á. S. E. incapaz de recibir presente ninguno; pero no respondería lo mismo del
desinterés de su m ujer. Se sospecha que recibe de la Francia regalos considerables; pero,
no siendo posible probarse estas cosas, me limito á referir el rum or público. La conducía
del duque de Ossun podría dar algun peso á eslas hablillas. — El duque de Losada no está
tom o iv , 62
476 Histo ria d e espa S a .

dotado de una poderosa inteligencia; pero tieue el carácter mas noble y estim able que se
puede hallar. Baste decir que S. M. C. le ha distinguido constantem ente hace m as de trein ta
años; y ciertam ente, si este hidalgo hubiese cometido la m enor fa lta , la hubiera descu­
bierto la penetración, de su soberano, quien al punto le hubiera retirad o su confianza. No
se mezcla el duque en los negocios de E u ro p a, y no hablo de él sino por el elevado empleo
que ejerce en palacio ( 1 ). — Como muchas personas han tenido motivos p a ra hablar al rey
de E spaña por razón de los destinos que desem peñan y puedan por esto d ar su dictam en en
tal ó cual negocio, aparentando no mezclarse en n a d a , me parece oportuno, ya que conozco
á tantos de estos personajes, el haceros el retrato de ellos, pensando que sus nom bres no son
del todo desconocidos en Inglaterra. — El m arques de M ontealegre, mayordom o m ayor,
es un verdadero español que no se ocupa mas que de los deberes de su destino. E s mas
favorable á toda idea de paz; pero su devocion es tal que h aria la g u erra á los que llam a
herejes antes que á los que piensan como el. — Ya lie dicho en otraocasion que el duque de
Medinaceli es un personaje ilustre por su nacim iento, cuyo ilu stre nom bre le vale, ademas
del empleo de caballerizo m ayor, el honor de acom pañar diariam ente al rev á caza. Pero la
capacidad de este m agnate no llega ni siquiera hasta el grado de saber gobernar las caba­
llerizas del rey ni los empleos de su dependencia. Creo que seria perder el tiem po el p re ­
guntarle qué lugar ocupa Inglaterra en el m apa; pero es tan palaciego que se declararía
al punto partidario de la g u erra contra nosotros en cuanto notase en su soberano disposi­
ciones poco favorables á l a G ran B retaña, — Don Pedro de E slu ard o , nieto del últim o m a­
riscal duque de B erw ick, pertenece á la servidum bre de S. M. como caballerizo, y en las
ausencias del duque de Medinaceli desem peña las atribuciones del caballerizo mayor. Es
teniente de m arina, y pasa por ser el mejor marino que tiene E spaña. Es m uy vivo, de lozana
imaginación y , generalm ente hablando, posee buenas prendas. El rey lo ve con g u sto , y
su opinion, que ha manifestado sin rebozo , es que no puede menos de ser en todos tiempos
funesta para España una g u e rra con In g laterra. — El principe de M asserano, los duques
deB ournonvilley de Baños, capitanes los tres de las compañías de G uardiasde C orps, tienen
ocasion frecuente de hablar al soberano. El prim ero, que desciende de Ita lia , es muy afecto
á Francia. Al duque deB ournonvillcle adorna una g ran d e capacidad; p ero sus principios
m orales son detestables : es flamenco; y , aunque al parecer es muy apasionado á Francia,
siem pre se hallará dispuesto á sostener y com batir todas las causas, tratándose de su Ínteres
particular. El rey Católico no profesa afecto á ninguno de los d o s ; pero hace caso del duque
de Baños, que es español de la antigua familia de los Ponce de L eó n , porque solo atiende á
sus deberes y , sin haber inventado la pólvora, se conduce de modo que lo respetan todos
los partidos. — A rriaga, secretario de.Estado y del despacho de -Marina, es persona nm v
am ab le; pero está dominado por los jesuítas. E stá convencido de que la m arina española no
se halla en estado de luchar con la m arina de la G ran B retaña y que no lo estará en mucho
tiem po, y cree firm emente, por principios y esperiencia, qu e nada puede gan ar E spaña
en in terrum pir la dichosa tranquilidad de que disfruta en el dia. — No puedo dejar de hablar
de don A gustín de Llano, sobrino de don Sebastian de la C u ad ra, secretario de Estado en
otro tiempo. E s oficial m ayor del m inisterio que dirige el caballero W a ll, y es quien lo
hace todo, porque S. E . hace mucho caso de sus opiniones y dictam en. A unque es joven
tódavia, hace ya muchos años que sirve en el m inisterio ; es tan hábil como el que mas en
este p a is, por cuya razón, desearía que fuese m as favorable á In g laterra de lo q u e e s , á lo
que entiendo. El caballero W a ll, que no escribe con corrección , confia á la plum a del señor
L lano, todas las comunicaciones y notas de alguna im portancia. He sabido que la célebre
n o ta , concebida en términos tan du ro s, q u e m e han en treg ad o al principio de este año,
ha sido escrita por este caballero. — No puedo menos de h ab lar del m arques de la E n se­
nada. Es vano y presuntuoso en dem asía este personaje; tiene alguna esperiencia, pero
siem pre ha carecido de aplicación y decoro. Cuando despachaba las tres secretarias á u n
tiem po, los tres oficiales mayores lo hacían lodo. Ellos eran los que le p reparaban las notas
que presentaba en el despacho, diciéndole lo que habia de h a c e r , porque él no entendía
palabra d élo s negocios im portantes, y ni quería tom arse la m olestia de estudiarlos, como no
fuera preciso (2). Sin em bargo, conserva esperanza de recobrar el poder perdido, sobre todo

(1 } G entil-hom bro de cá m ara y caballerizo de la rein o .


(1 ) No se olvide q u e es u n in g les.q u ien h ab la a q u í de E nsenada,
RUINADO BE CARLOS Jll· 477
congraciándose al duque de Losada, cuya sociedad frecuenta. No sale de palacio cuando está
la cor le en M adrid ó cuando v a S .M . á los sitios reales. Su deseo consiste en reem plazar tarde
ó tem prano á Esquilache, lo cual no ignora este. Temeroso de una escena escandalosa, tra ta
de no encontrarse con E nsenada, qu ien , por otra p a r te , jam as h a estado bien con el gene­
ral W a ll, porque no puede olvidar que pasó por la mano de este ministro la orden de p ren­
derlo. — E l general W all y el duque de L o sada, en la apariencia, son am igos; pero no
existe intim idad entre ambos á causa de la iuesplicable parcialidad con que defiende el
duque al m arques. El duque de Losada y el m arques de Esquilache están en el mismo
pie y por igual m olivo; el general W all ( don Julián de A rriaga y el m arques de Esquilache,
sin hallarse en estrechas relaciones, desean que cada uno permanezca en su puesto, porque
ninguno usurpe las atribuciones de los dem as. Llegó esto a u n estremo q u e , apesar del
valimiento de E nsenada con el duque de Losada, sirve este triunvirato de fuerte dique
contra la ambición de E n senada; pasión que le movería á echarse indistintam ente en los
brazos de franceses ó ingleses, con tal que le abriese esto las p u ertas del m inisterio, salvo
el m ostrarse, una vez instalado en él, lo que siem pre ha sido, esto es, el humildísimo servi­
dor de cualquier m inisterio francés, sea cual fuese.— Es sorprendente que en tre los muchos
em bajadores estranjeros que residen en esía corte, no hay uno solo, si se esceptua el m ar­
ques de S ilva, em bajador de P o rtu g a l, que no esté ciegamente inclinado á nuestros
enemigos. Este digno ministro nos es adicto de corazon; pero el embajador de Holanda, W a s -
se n a a r, y el conde de la T our, em bajador del P iam onte, son partidarios de Francia, si bien
á la verdad 110 tan ab iertam ente como los m inistros de N ápoles, V iena, Polonia, Suecia,
D inam arca, Yenecia y Genova. — Acabo de referirlo m ejor que he pedido indagar despues
de largas observaciones é investigaciones minuciosas. A vos loca ahora sacar las conse-
cueucias naturales y las deducciones consiguientes á lo que llevo manifestado. Conociendo
bien el terreno en que debo m a n io b ra r, notareis sin trabajo los obstáculos con que tendré
que luchar. Os ruego que tengáis indulgencia, sin o logro ejecutar com pletam ente las ór­
denes de S. M. Puedo aseguraros que solo mi celo en sevirle puede sostenerm e en esta
perenne lucha en que me veo comprometido para desem peñar como debo m i d estin o .»
U na falla g rav e , cuyas consecuencias no tardó en se n tir, cometió C arlos, ya que pen­
saba adherirse á la Francia, no dando á Ensenada un puesto en el gobierno. Su tá len lo , por
lodos reconocido ; su caida, prom ovida ó causada por !a In g laterra ; los servicios que habia
prestado al mismo Carlos, cuando ocupaba el trono de Nápoles; basta su ambición, que habia
ido formando mil esperanzas para el dia de su advenim iento, y que no podría conformarse,
llegado este d ía , con la nulidad; (odas estas consideraciones debieron abrirle un espacio en
un gabinete donde las capacidades por cierto no sobraban.
La Inglaterra esperim entabaentonces un cambio político, del que se regocijaron de­
masiado pronto las cortes de Madrid y Yersalles con sus aliados. La m uerte de Jorge 11
elevó al trono á Jorge I II, y con él otros personajes y otros príncipes. P itt, á cuyo genio
maravilloso debían los ingleses las victorias que por todas partes consiguieran sobre las a r ­
mas de la F rancia en 1 7 5 9 , vio puesto á su lado como secretario de Estado al m aestro y
favorito del nuevó m o n a rc a , el conde de B ule, hombre respetable por su ilustración, pero
cuyo carácter pacífico e ra inadecuado para^ las circunstancias en que la G ran B retaña
se encontraba. Las potencias con quienes estaba en g uerra no se descuidaron en aprovechar
este cambio inesperado, no p ara concluir una paz á todos decorosa, sino p ara vengarse en
ella de las humillaciones que acababan de sufrir.
E spaña entró intem pestiva y poco noblemente en estos planes. El conde de F u en tes, su
embajador en In g laterra, recibió orden de proponer la mediación de su corte p ara ajustar
un a avenencia que pusiese fin á las hostilidades que traían agitada á (oda E u ro p a; y siendo
bien acogida, no tardaron en salir con Ja misión de realizarla, lord Stanley p ara ¿ a r is , y
el conde Bussy p ara L óndres, habiendo desde luego convenido en la celebración de un
congreso en A ugshourg para arreglar Jas diferencias que exislian en ire las potencias del
norte.
Se entablaron las negociaciones; pero ¡cu»! no sería la sorpresa de Pitt al ver que el
m inistro francés, ademas de sus proposiciones particulares, relativas á la Francia y Ja In ­
g la te rra , presentaba oirás en favor de E spaña, envueltas en una am enaza! Pedia la resti­
tución de algunos barcos apresados por los cruceros ingleses á título de contrabandistas, el
privilegio de hacer la pesca en el banco de Terranova y la dcmelicion de Jos establccimien-
478 HISTORIA DE ESPa S a .
tos hechos por los ingleses en el golfo de H onduras; y lo pedia declarando que la negativa
obligaría á su soberano á prestar ayuda á E spaña, si con este motivo estallaba la g u erra.
Mezclar á una tercera potencia que habia perm anecido n eu tral en un tratado de paz entre
dos soberanos, v mezclarla para obtener en su favor ventajas que ella misma casi no habia
pedido, era ciertam ente un medio irregular y b ie n e stra ñ o de procurar am istad. Pi ti con­
testó á semejantes proposiciones con estas otras : la F rancia restitu iría todas las conquistas
que habia hecho en unas y otras lud ias y en E u ro p a ; h aría cesión absoluta á. la In g la­
te rra del Canadá, el Senegal y la G orea; O steude y N ew port serian evacuados, respe­
tando la neutralidad de los Países—B ajos; las fortificaciones de D unkerque serian demoli­
d a s, según se habia estipulado en el tratado de U trech t; am bas potencias quedarían en
libertad de ausiliar á sus aliados en A lem ania; y por últim o, declaraba que m iraría como
iiu insulto todo articulo relativo á sus desavenencias con E sp añ a, con la cual trataría sin
interm edio, silo tuviese por conveniente.
En efecto, el conde Bristol tuvo encargo de m anifestar á la corte de Madrid que ningún
medio seria menos conducente á un arreglo equitativo de las desavenencias que su unión
íntima cou la Francia. Haciéndose cargo al mismo tiempo de las tres peticiones hechas á su
nombre por el plenipotenciario francés, se le ordenó d e c ir : respecto á la p rim era, que los
tribunales establecidos al efecto estaban abiertos para oir cuantas reclamaciones se p resen­
tasen; respecto á la segunda, que se rechazaba abso lu tam en te; y por lo que toca á la ter­
cera, que se adm itirían las proposiciones de S. M. G. en la forma re g u la r, es d e c ir, sin la
mediación de la Francia. Concluía esta nota pidiendo una declaración esplícila acerca de
los arm am entos marítimos que hacia España.
La contestación de la corte de Madrid puso en claro á los ojos de P itt lo que no habia
visto hasta entonces sino á la incierta luz de las sospechas. W all declaró al em bajador bri­
tánico que las peticiones del m inistro francés habían sido hechas con el conocimiento
d e S . M. G ,; que no com prendía este las razones de la In g laterra en no considerar á, la
Francia como tribunal com petente p ara arreg la r sus diferencias; que E spaña m iraba como
incuestionable su derecho á la participación de la pesca de T erran o v a, así como á la retira­
ción de los establecimientos ingleses de la costa de H onduras; y finalmente que no habría
consideración capaz de alterar la am istad que existiría siem pre en tre las dos familias de la
casa de Borbon.
Lo que esta contestación manifestaba con claridad no dudosa acabó de patentizarlo con
toda solemnidad poco despues el célebre pacto de fa m ilia , firmado en Yersalles el 15 de
agosto entre el em bajador español Grimaldi y M r. Choiseul. Obligábanse ambas coronas
por este tratado á mii'ar como enemigo coratm á,quien lo fuese de alguna de ellas; se ga­
rantizaban consiguientem ente todos sus respectivos dominios en el estado en que se hallaban
al ajaste de la paz; establecían que ninguna de las partes podría entablar negociaciones con
el enemigo de ambas sino de común acu erd o ; que m iraría cada soberano los intereses de su
aliado como suyos propios, obligándose á una reparación fraternal de todo perjuicio , cual
si la s dos naciones no constituyesen mas que una so la; y á tal punto se llevaba este pensa­
miento que los súbditos de ¡m estado se considerarían en el otro como si en él hubiesen
nacido, como sí no formasen mas que u n solo pueblo ó como si fuese un mismo cetro , p a r­
tido eu dos pedazos, el que rigiese en-am bas m onarquías. Se eximia á España de estos
compromisos únicam ente en un caso, el de las gu erras en que la F rancia se hallaba em pe­
ñada á consecuencia de las estipulaciones de W estfalia y sus alianzas con los príncipes de
A lem an ia; pero aun en este caso tendrían los ejércitos españoles obligación de ausiliarla
si alguna potencia m arítim a tomase p arte activa en aquellas g u erras ó si el territorio fran­
cés se viese invadido. El pacto de familia era , como se v e, u n tratado de alianza ofensiva
y defensiva entre la Francia y España como no lo habia celebrado jam as la diplomacia,
' como no lo había imaginado quizás el mismo Luis X IV . Dos cláusulas que se añadieron
como apéndice acabaron de caracterizarlo : por la una se aceptaba la adhesión del rey de
las Dos—Sicilias y del duque de P arm a; por la o tra se negaba la accesión al tratado á todo
príncipe que no perteneciese en cualquier grado á las dos ram as de la casa de Borbon.
¿Q ue es lo que movía á E sp añ a, se p reg u n ta uno adm irado, á aceptar compromisos
tan graves de que ningún bien podría re p o rta r? ¿q u e es lo que la obligaba á, rom per una
neutralidad que habia producido una paz de trece años? ¿ I b a á g anar algo E sp añ a , no
abrigando proyectos de conquista y no estando en g u e rra con potencia alg u n a? ¿Q ué con-
fiElNAüt) DE CÁltLOS III. 479'
sideraciones, qué sentim ientos impelieron á Carlos IY á firm ar u n tratado que podía ser
tan funesto? Hé aquí cuanto á, la historia cabe decir en su justificación. Carlos no habia ol­
vidado nunca la m anera alevosa como un simple oficial de la m arina inglesa le arran cara
la neutralidad en la cuestión de Ita lia , y llevó el recuerdo de este ultraje al trono cuyos
destinos pasaba á rejir : la corte de Versalles habíale halagado constantemeDle durante su
estancia en Ñ ap ó les: y los últim os triunfos m arítim os d é la In g laterra sobre la F rancia, así
ea E u ro p a co m o en América quizá le infundirían recelos de que, escitada la codicia británica
con la posesion de las colonias francesas, se arrojaría despues sobre las españolas. Pero estas
consideraciones no fueron las que decidieron á Carlos á a ce p la r compromisos tan graves como
escusables; él mismo nos ha dejado consignada la única razón que le arrastró á aquella
funesta alianza en estas palabras dirigidas al m inistro de Luis XY : «El afecto que pro­
feso al rey mi primo es el único motivo que m e impele á correr los riesgos de un a g u erra,
pues conozco quenecesiía E spaña, no menos que Francia, cinco ó seis años de tranquilidad
p ara reponerse de lo pasado. Sin em bargo, puede m asen mi el deseo de vengar el honor
del jefe de mi casa que toda otra consideración personal (1 ).» ¡La casa antes que la n a c io n !
¡que contraste tan enérgico y deplorable entre Fernando VI y Carlos III! ¡El uno piensa
que debe sacrificar los afectos de familia al bienestar de la nación que rije : y el otro cree
que la paz, de que su pueblo ha m enester todavía, debe sacrificarse al afecto hacia su pri­
m o, al honor del jefe de su casa! ¡Q ué anacronism o! E n pleno siglo sv m que haya en
E uropa un monarca que mire á las naciones como cosas su b a lte rn a s, como hacienda de sus
re y e s; que resucite el espíritu del feudalismo, hacia ya tres siglos en terrado 1
P ara que el pacto de familia recibiese solemne publicidad, solo esperaban sus autores
la llegada de la ilota América y que estuviesen term inados los preparativos de g u erra. E n­
tre tanto las dos potencias seguían usando un lenguaje pacífico con la In g laterra , sin negar
por eso la unión que entre ellas existía. Bussy no tuvo reparo en n egar rotundam ente el
convenio del 15 de agosto, atribuyendo la p arte que tomaba Francia en los asuntos de
España únicam ente al tratado de 1 7 4 3 , que todos habían olvidado y que jam as habia exis­
tido de hecho. Em pero no tardó P itt en descu brir las huellas del pacto secreto ; y rompiendo
las negociaciones entabladas con la corle de Yersalles, propone á sus colegas sorp ren d er á
E spaña con la declaración de g u e rra . E stos, ó porque no se le pre'sentan pruebas irrecu ­
sables de la alianza ó porque la rivalidad los hace incrédulos, se resisten á u n paso tan
av enturado, y Pitt se re lira del m in isterio , no queriendo ser responsable de una política
que desaprueba ó de medidas que no puede librem ente dirigir.
Le reemplazó el conde de E g m o n t, cuyas ideas estaban de acuerdo con el espíritu pa­
cífico de los dem as m in istro s; y efectivamente dio lugar esta variación á un cambio en la
actitud de la corte de L ondres. El nuevo m inistro se dirigió al conde de F uentes p ara mani­
festarle que la In g la te rra estaba p ronta á aceptar el ultim átum de la F ran cia, antes recha­
zado, si esta consentía en d ar algún paso p ara ab rir las negociaciones. Habiendo Choiseul
desechado eon altivo desden tal iniciativ a, el gabinete ingles trató de ponerse en arm onía
con E spaña, á cuyo efecto mandó ofrecer á Cárlos que se exam inarían los motivos de sus
quejas, esperando que le daría desde luego conocimiento de los artículos de su unión con
Francia que hiciesen relación á la Gran Bretaña. P o r desgracia la corle de M adrid no supo
sacar partido de esta ventajosa situ ació n : dijo que no tenia cosa alguna de que dar conoci­
miento y prorum pió en reconvenciones que debían destruir cualquiera idea de reconciliación.
Instó lord Brislo! por una contestación categórica, y la obtuvo por fin cuando y a no hubo
tem or de que cayesen los galeones de América en poder de los cruceros ingleses. «Es ya
tiem po, le dijo W a ll, de que corra la venda que cubre vuestros o je s: nosotros no podemos
consentir que un vecino, u n aliado, un pariente y amigo corra por mas tiempo el riesgo
de recibir la severa ley que le imponga un vencedor insolente. El rey de F rancia, despues
de comunicar al rey Católico los m enores detalles relativos á la últim a negociación, ha re­
suelto dar publicidad á las condiciones hum illantes á que se sometía para conseguir la paz,
dando á conocer al mismo tiempo las exigencias arbitrarias é injustas de In g la te rra ; las
cuates han impedido el cum plimiento de los deseos que ha formado é inutilizado sus dispo­
siciones favorables á la h um anidad.» T o d au a insistió Bríslol en que se le diese u na contes­
tación leí m inante respecto á la unión con F ra n c ia ; que dijese si ó no pensaba E spaña hacer

{I ) Marlimii.
Ш HISTORIA BE ESPAÑA.
causa común con ella en la g u erra. «Hé aquí n uestra respuesta clara y p o sitiv a, se le
mandó decir al conde de F u e n te s : s i, y creemos haber hecho m uy bien.» Al dia siguiente
cuando el em bajador ingles se presentó ¿recogerla, W a l l , que no veía sin pena como se
precipitaba á la nación á una g u erra innecesaria, le d ijo : « lie recibido de mi augusto so­
berano orden de repetiros que, en cuanto al tratado é intenciones de E spaña, no estoy au­
torizado á dar mas respuesta que la que contiene mi comunicación al conde de F u en tes.—
Ved que la negativa ú dar esplicaciones sobre este punto, contestó Bristol, seria considerada
como una declaración de guerra.·— ¡Pues que! ¿leneis órden de retiraro s? repuso W all
afectado.— S i.— Es que la pregunta encierra un ataque tan directo á la dignidad del rey
Católico, que no m e atreveré á dar dictám en ninguno á mi soberano en negocio de tal
gravedad. No obstante, presentádm ela por escrito.» Al punto estendió Bristol su dem anda
en estos té rm in o s: «¿T iene la corte de M adrid propósito de rom per con los fran ceses, de
conducirse hostilm ente cou In g laterra ó de apartarse de cualquier modo que sea de la neu­
tralid ad ? La negativa de una respuesta categórica será considerada como una declaración
de g u e r r a .» E strechada así la corte de M adrid, le envió W all á las cuarenta y ocho horas
(10 de diciembre) la siguiente contestación : «H abiéndom e dicho Y. E. antes de ay er de
viva voz y por escrito que tenia orden p a ra pedir una respuesta categórica á la pregunta
de saber si tiene intención E spaña de unirse á F rancia contra In g la te rra , declarando al
mismo tiempo que consideraría !a negativa de contestar como un a declaración de g u e rra , y
se re tira ría de la corte; estoy autorizado para contestar que el espíritu de discordia y or­
gullo que ha dictado esta gestión inconsiderada, y que por desdicha de la hum anidad reina
todavía en el gabinete in g le s , hace en estos momentos inevitable la declaración de g u erra
porque esta gestión ofende la dignidad del rey. Y. E . puede retira rse cuando guste y del
modo que mas le convenga. E sta es la única respuesta que S. M. m e m anda d arle.» El
mismo dia se espidieron órdenes p a ra apresar todos los buques de la G ran Bretaña que se
encontrasen en los puerto s españoles.
El m inisterio ingles tuvo que reconocer h su pesar la verdad de las revelaciones de P itt
y su previsión. El conde de Fuentes presentó la nota conforme á las instrucciones enviadas
por su corte, acriminando la conducta de la Inglaterra con E sp añ a, y en particular ¡a de
aquel m inistro, sobre quien hacia recaer toda la responsabilidad. La contestación no fue
menos e n é rg ica, y á ella siguió un manifiesto de declaración de g u erra (2 de enero de 1762)
que se fundaba en la aprobación term inante hecha por el rey de España de la nota de Bussy
y en su negativa á d ar u n a esplicacion satisfactoria sobre sus compromisos secretos con
F rancia y sus preparativos hostiles.
Así que llegó á España este docum ento, la corte hizo publicar otro manifiesto (18 de
enero) en el cual se acusaba á la In g laterra de una ambición sin freno, qu e aspiraba á
apropiarse todos los dominios de América y el imperio d é lo s m ares; se hablaba de la ú lti­
m a nota del em bajador ingles como una declaración de g u e rra ; y se concluía protestando
un sincero deseo de la paz, á fin de hacer recaer sobre la G ran B retaña la responsabilidad
de la agresión.
Ambas naciones efectivam ente han disputado mucho sobre esta cuestión secundaria,
em pleando argum entos pueriles. Si se atiende á las fechas de las declaraciones solemnes de
g u erra, la Inglaterra fue la a g re so ra ; m a s , si el despedir un em bajador en los térm inos
que lo hizo la corte de M ad rid , significábalo que ha entendido siem pre la diplomacia; si la
órden de em bargo de los buques valia algo, preciso es confesar que la agresión partió de
España. E s que la exigencia de Bristol, se dirá, era un insulto; y la In g laterra podría res­
ponder : Es que vuestras preparaciones de g u erra envolvían un a am enaza que nos confir­
m aban las noticias confidenciales del pacto de familia. ¿Y se qu errá n egar á nadie el derecho
de saber si tiene un enemigo en el que ha mirado basta entonces como amigo ó n eu tra l? el
derecho de p rep ararse á la defensa? Es preciso ser justos a u te sq u e todo. No debe averi­
guarse quién acometió p rim e ro , sino quien provocó sin necesidad, sin justicia. P or nuestra
p a rte , lo hemos dicho ya : nada obligaba á E spaña á salir de la neu tralid ad ; y las desgra­
cias que afligieron á la m onarquía deben pesar única y personalm ente sobre CíitIos II],
sometido al influjo de la F ra n c ia , entregada al genio inquieto de Choiseul,
REINADO DE CÁfiLÓS I I I .

CAPITULO LIÍ.
1762.— 1763.

N egándose P o rtu g a l á co m b atir a la I n g la te r r a , F r a n c i a y E sp añ a le d ec laran la g u e rra : un e jé r c ito e s p a ñ o l p e n e tra b a s to


A lm e id a ; pero lo s a u s ilio s d e la In g la te rra le obligan á re tro c e d e r. — Una escu ad ra inglesa se ap o d e ra d e la H abana y
de u n precioso b o tín . — O tra rin d e a M anila y le q u ila .u n cuantioso r e s c a te .— E l g o b ern ad o r de Buenos-A ires ocu p a
o tra vez la colonia p o rtu g u e sa del S a c ra m e n to , donde Ьвсс u n a consid erab le p re sa . — P a z de P a rís , q u e pone u n t é r ­
m ino vergonzoso p ara la casa d.fl Borbun ¿i la g u e rra de los siete años. —Paz de H u b erlsh o u rg h > q ue pacifica las poten-
cías del norte.

Q uien hahia arrastrado á E spaña á com partir innecesariam ente las desgracias de la Francia la
condujo con mas facilidad á com eter una injusticia necesaria. Siendo el Portugal una colonia,
por decirlo a s i, de la I n g la te r ra , con cuya potencia tenia contraídos lazos de protección y
alian z a, era consiguiente que se u n iría á ella en esta ocasion de b uen grado ó á su pesar
contra los Borbones. Fácil fue á Choiseul persuadir á la corte de M adrid de los peligros á que
u n vecino enemigo ó sospechoso podría esp o n erla, y am bas coronas se pusieron de acuerdo
p a ra exijir á l a de Lisboa que se adhiriese á ellas contra la G ran B retaña por ser la ene­
m iga natural de todas las naciones m a rítim a s, ofreciéndole un ejército que ocuparía el reino
p ara defenderlo de cualquiera agresión. A esta. oferta insidiosa iba unida un a amenaza,
pues se le pedia la contestación dentro de cuatro d ia s , despues de los cuales se considera­
ría el silencio como una negativa. Em pero la que dió el rey de Portugal fue term in an te, y
los dos em bajadores se retiraro n quedando asi tácitam ente declarada la g u erra.
Los aprestos p ara ella se habían hecho ya en E sp a ñ a , y pronto penetró en las provin­
cias el m arques de S arria al frente de veinte y'dos mil hom bres. M iran d a, B ra g a n z a , Cha­
ves, T orre de Houcorbo ú opusieron una débil resistencia ó se en treg aro n sin ella al inva­
sor (mayo de 1762). Sorprendido el reino descansando en la n eu tra lid a d , hubiera podido
ser encadenado si el general español estuviese dotado de actividad y enerjia. Pero los años
le pesaban , y dió lugar con su lentitud á que se desvaneciese el efecto de la sorpresa. José
publicó una declaración de g u erra que rebosaba de ju sta indignación ; llamó á su pueblo á
las a r m a s ; y el reino entero respondió al grito de su soberano. Los valientes montañeses
de E n tre-D ouro y M ínho, acometiendo donde quiera al invasor, si no pudieron evitar que
lina división de ocho mil hombres dirigida por u n nuevo g e n e r a l, el conde de A randa,
entrase en la provincia de Beira y rindiese la fuerte plaza de Almeida (23 de setiem bre)
lograron entorpecer lo suficiente sus operaciones hasta la llegada de los socorros que espe­
raban de In g laterra .
Llegaron estos á las órdenes del conde de L ipp, g eneral alem an que habia adquirido
g ran nom bradia en las g uerras de su p a t r i a , y su sola presencia bastó p ara detener el vuelo
de las arm as españolas. M ientras é l, situado en Ponte de M arcella, impedia á A randa a tra ­
vesar el Tajo, su segundo Bourgoyne sorprendía en Valencia de A lcántara á an a división que
debia p enetrar por aquella p arte. Sin em bargo de este m ovim iento, que habia tenido por
objeto distraer á A ra n d a , el ejército de Almeida se dirigió á C astel-F ranco con in ten to de
pasar al Alem—Tejo, y llegó á tom ar á Albite. Pero en tanto que se ocupaba en perseguir
á los fugitivos , Bourgoyne envió al otro lado del Tajo un a división , que derrotó á la caba­
llería española, situada en Yilavelha. Las lluvias de otoño em pezaron á c a e r ; y como fal­
tasen tam bién las provisiones, fue preciso que las tropas se replegasen á las fronteras á
esperar los refuerzos de Francia, que se hallaban en camino.
Sem ejante humillación debió ser mas sensible á C arlos, porque los sucesos le hicieron
conocer muy luego que no e ra en P ortugal donde In g laterra se proponía com batir á España.
A los dos meses de haber llegado á las Indias la noticia del rom pim iento, un a escuadra de
veinte y nueve velas á la s órdenes del alm irante P o co k , que conducía catorce mil hom bres
de desem barco, hacia rum bo á la reina de las A n tillas, la codiciada Cuba. P or u n descuido
injustificable, la Habana estaba casi indefensa : los doce navios y cuatro fragatas que m an­
daba el m arques del Real T rasporte no eran sino la m itad de las fuerzas en e m ig a s; y la
plaza solo tenia cuatro mil hom bres p ara atender á sus fuertes y á la poblacion. El desem bar­
que se verificó (junio) sin tropiezo ninguno por la p arte o rie n ta l, y en breve quedó e s ta -
482 HISTORIA. DE ESPAKA.
.blecido el sitio, siendo el castillo del M orro, como p rim era y principal defensa de la ciudad,
objeto predilecto de los ataques del enemigo. Su gobernador D Luis YeJasco era un m arino
tan hábil como valeroso, que al principio supo abatir el orgullo de los ingleses con tanta mas
gloria cuaulo mas desproporcionadas eran las fuerzas, liubo un m om ento, cuando se incen­
diaron unas de las baterías que en tie rra lev an tara el sitiador, en que la Habana respiró con
la esperanza de la victoria. Pero un refuerzo de cuatro mil anglo-am erícanos llegó á deci­
dir el triunfo en favor del núm ero. Los fuegos del fuerte fueron ap a g ad o s; u na m ina hizo
practicable la brecha (30 de ju lio ); y el asalto- puso térm ino á un a defensa heróica : el se­
gundo com andante habia m uerto en la brecha; de la guarnición, los que no perecieron en
los disparos de la artillería, habían sido arrojados al m ar; y todavía peleó Yelasco hasta que
bailó una m uerte gloriosa.

D. Luis ile Ychisco.

Apoderado del Morro el enem igo, no era dudosa la entrega de la H abana, aun á despe­
cho del castillo del Puntal, situado en frente. Nueve baterías dieron principio á un fuego
horroroso, qiie una ciudad mercantil no podría resistir largo tiem po. Pidió capitulación , y
el alm irante ingles se apresuró á ofrecérsela , quedando á los'setenta días , el J 3 de agosto,
dueño de aquella ciudad opulenta y de un territorio de mas de sesenta leguas al oeste.
Trescientos millones de rea les, inmensa cantidad de pertrechos de g u e r r a , nueve navios,
tres fra g a ta s; tal fue el botin del vencedor. La corte, viendo levantarse contra ella un te r­
rible clam or, mandó fusilar a! gobernador de la isla don Juan de P ra d o ; pero el rey conmutó
la pena en prisión p erp é tu a, y esto bastó para acallar las reconvenciones.
Poco tiempo despues de la noticia de tau gran desastre, llegó á España otra igualm ente
aciaga. Los ingleses habían dicho en su manifiesto : « vamos á hacer á los españoles una
vigorosa g uerra en todas las cuatro parles del mundo donde tienen posesiones. Si el éxito
corresponden los proyectos, pronto se arrep en tirán de haber cambiado su sistem a de neu­
tralidad. » La amenaza tuvo una cum plida realización. A ntes de que llegase á las islas Fili­
pinas la noticia del rom pim iento, se presentó delante de Manila (2 4 de setiem bre) una
escuadra que echó á tie rra dos mil trescientos hom bres de ejército á las órdenes del ge­
neral D rapper. Tampoco habia allí fuerzas que oponerle; y au n q u e el arzobispo, haciendo
veces de g o bernador, armó á los indios y los interpoló con los soldados españoles, era
imposible que sem ejante guarnición pudiese contrarestar el ím petu de los enemigos. Recha­
SEIKADO DE CARLOS 111. ' 4-8 3
zada una salida, dieron los sitiadores el asalto, y la población fue su y a, com pletamente
suya, por espacio de algunos dias, pues quedó entregada á u n horroroso pillage. P or fin, el
arzobispo, que se habia retirado á la ciudadela con la guarnición española, de solos ocho­
cientos hom bres, pudo ajustar una capitulación, que fue el complemento del saqueo : se
dieron á D ra p p e r, por via de re s c a te , cuarenta millones de reales en metálico y otros cua­
ren ta en letras contra el tesoro español; y como cayeron en su poder gran cantidad de efectos
de g u e rra , varios buques del comercio y los navios M a n ila y Santísim a T rin id a d , valuados
en sesenta millones de r e a le s , la pérdida que sufrió E spaña en aquella asoladora escursion
no fue com pensada, como se hizo c r e e r , por la tom a de la colonia del Sacram ento.
Algunos aventureros ingleses y portugueses prepararon una espedicion en R io-Janeiro
contra B uenos-A ires, que debía reforzarse en aquella colonia. Pero el general Cevallos se
les habiaadelantado, y tuvieron que regresar despues de algunas tentativas, en que no con­
siguieron sino perder gran p arte del arm am ento. La p resa que los españoles hicieron en
S acram ento, que consistió en veinte y seis barcos del comercio ingles, se valuó en cuatro
millones de libras esterlinas.
La Francia esperim enló rigores aun mas crudos d é la su e rte ; y así am bas naciones, des­
contentas de su alianza, atribuyéndose m utuam ente las desgracias que solo erau obra de
sus g o b iern o s, clamaron por la paz. La In g la te rra , conociendo que un tratado bajo tales
auspicios ajustado, debia serle ventajoso, uo se manifestó alucinada por sus triunfos y con­
sintió desde luego en en tra r en negociaciones. Su resultado inmediato fue un arreglo de
prelim inares, que se firmó en Pontainebleau el 5 de noviem bre por los plenipotenciarios
C hoiseul, Bedford y G rim aldi. Y tre s meses despues se firmó el tratado definitivo de Paris
(1 0 de febrero de 1763) en el cual las dos coronas de la casa de Borbon se conformaron á
pagar con su deshonra una paz costosa ¡justa espiacíon de sus im prudencias, si las im p ru ­
dencias de los reyes no fuesen calamidades p ara los pueb lo s!
La Francia tuvo que ceder á In g laterra : en la América del N orte, la p arte de la L u i-
siana que se estendia dasde el rio Mississipi hasta Ib b ev ille, la N ueva Escocia, el Canadá,
la isla del cabo Bretón y las del rio San L orenzo; en las pequeñas A ntillas, la Dominica, la
Tabago y la San V icente; en las costas Occidentales de Africa, los establecimientos de las
orillas del rio Senegal y de B engala; en el O rien te, los que habia adquirido en la costa de
Coromandcl desde 1 749; en E u ro p a , la plaza de D unkerque se sujetaría á la suerte que le
im pusiera el tratado de A quisgran : todas las dem as conquistas se devolverían m útuam ente·
En compensación de tales sacrificios se le perm itía á la Francia conservar el privilegio de la
pesca en el banco de T erranova con ciertas restricciones.
España se tuvo por afortunada consiguiendo la restitución de la H abana y de Manila
por la cesión de la Florida y lo que poseía á uno y otro lado del Mississipi; por el reconoci­
miento del derecho de cortar m aderas los súbditos ingleses en Ja bahía de Honduras y otros
parages; por el abandono del privilegio de la pesca en T erranova; por la devolución á Portugal
de la colonia del Sacram ento; y digamos tam bién por la cesión de M enorca, aunque fuesen
los franceses quienes de esta im portante isla sehabian apoderado. La F rancia, reconociendo
que E spaña sufría todas estas pérdidas por haberse unido á e lla , le cedió lo que le quedaba
de la Luisiana.
De esta suerte term inó la g u erra llam ada de los siete años, pues la P ru sia, obstinada al
principio en continuarla, cuando se vió abandonada por la In g laterra, no tardó en acudir á
las negociaciones de H ubertsbourgb, que establecieron la paz en tre todas las potencias del
N orte sobre las condiciones en que se encontraban antes del rompimiento.
¡ E ntretanto los pueblos habían derram ado su sangre y sus tesoros in ú tilm en te!

TOMO IV . 63
m B 1 S X 0 H U DE ESPAÑA

CAPITULO LUI.
1764,— 1765.

R e n u n c ia W a ll el m in is te r io d e E slailo y se r e tira á la villa p r iv a d a : G r i m a l d i , s u s u c e s o r , ^ A lia n z a s m a tr im o n ia le s


e n tr e la s c a sa s d e A u s tria y B o rb o n p a r a c o n s o lid a r s u d o m in io en F r a n c i a > E s p a ñ a * I ta lia y A u s tria : s e le r e h ú s a
á. la e m p e r a tr iz f o rm a r p a r te d el p a c to lie f a m ilia , — C u e s tio n e s c a n I n g la t e r r a y P o r tu g a l s o b r e lo s e s ta b le c im ie n to s
d e H o n d u r a s y la c o lo n ia d e l S o c r a m e n to , p r o m o v id o s p o r la c o rte d e V e rs a lle s ; a r r e g lo c o n a q u e llo s d o s p o te n c ia s
— H o r r ib le p ro y e c to d e C h o i s e u l c o n tr a el p o d e r m a r ítim o d e la I n g l a t e r r a . — C u e s tió n s o b ro el r ó s c a te tío M a n ila .

E l pacto de familia, sino ¡aspirado por el em bajador español en P aris, Grim aldi, había sido
acojido por él con mucho calor y ajustado do acuerdo crin C irio s I I I , pero sin conocimiento
de su ministro de Estado don Ricardo de W a ll, quiza porque la opinion pública le suponía
afecto á la Inglaterra. Ofendido este de una desconfianza, á la cual habia sacrificado cier­
tam ente sus afecciones privadas y sus convicciones, aceptando la responsabilidad de sucesos
que él no habia aconsejado, tan pronto como se ajustó la paz de P aris manifestó al rey sus
deseos de retirarse. Viendo salir á España del prudente y necesario sistem a de neutralidad
del anterior reinado, objeto de odio para el pueblo por su calidad de estranjero , y de an i­
madversión para la corte, sometida al acorde influjo de franceses y napolitanos, conoció
que llegaría á ser víclima de esas contrariedades y que le convenía abandonar el poder an tes
que lo precipitasen de él. Carlos, que era de esos espíritus que ven en la instabilidad de las
cosas el mayor mal para las naciones, y seguía la máxima vulgar de que vale mas uno malo
conocido que otro bueno por conocer, se manifestó opuesto á las indicaciones de mi m in istro ,
quien se creyó precisado á recurrir á un ardid disculpable p ara conseguir el apartam iento
de palacio que apetecía. Se supuso enfermo de los ojos produciendo en ellos artificialmente
una irritación pasagera, y íinjió vahídos, con cuyos medios logró persuadir al rey de que
no podría continuar al frente de los negocios sin aten ta r á su vida. Entonces obtuvo el per­
miso que d eseaba, y partió de la corte, cargado de recompensas y distinciones, á pasar el
resto de sus días, casi olvidado de la política, en e l Soto de Rom a, posesion regia situada en
la deliciosa vega de G ranada. Los cortesanos adm iraron como un rasgo de abnegación lo que
p ara otros no era sino el cálculo prudente de una ambición m oderada, y a satisfecha. De todas
m aneras es digna deelogio la nobleza de quien sirve con la lealtad que él lo hizo á su patria
adoptiva, y se niega á cooperar á una política que sus convicciones co n d en an , cuando la
docilidad pudiera serle provechosa.
A ocupar su puesto fue llamado de P aris el m arques de G rim ald i, á quien recom enda­
ban suficientem ente para con Carlos la participación que habia tenido en la celebración del
pacto de familia y los elogios de Choiseut. G rim aldi, como hijo segundo de una de las m as
ilustres familias de G enova, habia sido dedicado á la iglesia y con este objeto enviado á
Roma. Pero en aquella corte casi universal, á donde iban á resolverse ó á tratarse al menos
casi todas las grandes cuestiones e u ro p e a s, los negocios políticos llam aron la atención del
colegial mas que los estudios teológicos, y no se pasó mucho tiempo sin que ingresase en la
carrera diplomática recibiendo una misión de su república ante la corte española. E n ella
su belleza personal, la finura de sus modales y la am abilidad de su trato le ab riéro n las
puertas de la grandeza y ie grangearon el favor de los poderosos. Alucinado con el efecto
que su persona producía en una corte grande todavía por la cstension de sus dominios,
trató de fijarse en ella, y tardó poco en cambiar su carácter diplomático por u n empleo en
la adm inistración civil de Felipe V. Despues la predilección que manifestaba por la Francia
le atrajo la protección de E nsenada, quien le confió d u ran te el reinado de Fernando VI,
diferentes misiones á las cortes de A ustria, Holanda y Suecia, é hizo grandes esfuerzos por
que se le encargase la em bajada de In g laterra á fin de q u itársela á W all. Al advenim iento
de Carlos I II al trono de España se le confirió la de F rancia, y ya hemos dicho q u e, si no
fue el autor del funesto pacto de familia, fue, s i , su agente mas eficaz y su mas caloroso
p artidario.
A esta adhesión debió el ser llamado á ocupar el puesto que W all d e ja b a , últim o vuelo
de su fortuna que llenó de orgullo su alma. « A su llegada á, M a d rid , decia el em baja­
dor ingles á su corte (13 de enero de 1764) se condujo G rim aldi de un modo en estrem o
RfiiHADO DE CARLOS 111. 480
altanero con los m inistros estranjeros, sin esceptuar al embajador de Francia. Todos lo
trataban con una consideración algo servil; pero mas adelante ha cambiado, quedando cada
uno en el lugar que le corresponde. En cuanto á mí, desde el principio me trató de diferente
m o d o, haciéndome mil distinciones v protestas de aprecio; pero no cum pliría con mi deber
si ocultase á V. E . que su predilección á Francia aum enta de dia en dia. Preciso es que sea
muy estrem ada p ara que inspire celos al mismo embajador francés, q u ien , sabiendo que
sigue Grim aldi correspondencia directa con el duque de Cboiseul, es ahora mucho mas
circunspecto que con sus relaciones con el m inistro español, que es mas francés qne él
mismo. Sin em bargo , sé por buen conducto que lia recibido órdenes de su gobierno p ara
ayudar á Grimaldi á derribar á E squiladle, lo cual hace que su posicion sea mas desagradable
to d av ía.» En la misma caria se encuentran algunos otros detalles acerca del carácter y de
las m iras de G rim aldi : '<No deja de tener cierto m é rito ; pero ignora completamente cuanto
dice relación con el comercio y desconoce los verdaderos intereses de España en este punto.
Eu mis conferencias con él, le he visto jactarse de haber deslumbrado á los franceses y con­
seguido ventajas considerables para el comercio español en el pacto de familia. Hablando de
nosotros declara term inantem ente que lo único que desea es qne los últimos tratados entre
España é In g laterra se ejecuten escrupulosam ente, y e n esto soy y o d e su misma opinion.»
■— « No se había reunido el consejo hacia mucho tiem po; pero Grimaldi consiguió con mucha
destreza que se acordase el celebrar una reunión semanal con Esquiladle y A rriag a, minis­
tro de M arina. El mismo soberano dio orden de que así se efectuase, lo cual no agradó á los
otros dus m inistros. Sin esto, no hubiera podido tener conocimiento ninguno de lo que in te­
resa saber á u n m inistro de E stado, y así se hallará al corriente de cuanto dice relación con
los negocio* interiores y principalm ente con el comercio hallándose en estado de hablar al
rey de todos estos objetos.» — «Conmigo gasta un tono franco y n a tu ra l, y hasta me ha
asegurado que cuando tenga necesidad de espoTtar dinero, si mi petición es m oderada,
aunque sea fre cu en te, no se m e negará jamas. Recientem eote me h a concedido un permiso
á favor de los señores W alpole de doscientos mil pesos. — Pero no puedo menos de lam en­
tarm e de la consideración que disfruta aquí el ministro francés, m uy superior á los demas;
p o rq u e, estando considerado como embajador de familia, en tra el prim ero en la cám ara real,
y de este m odo, cuando está ausenle el príncipe de la Católica, embajador de Nápoles,
liene ocasion de hablar á S . M. C. ventaja de que ha disfrutado mas de una vez.»
Nacía esta preferencia de que se quejaba lord Rocbefort del decidido afecto que Cárlos
profesaba á la ram a principal de su casa; afecto que los reveses de la g u erra precisaron á
ser mas circunspecto, pero no lograron enfriar. Uno de los medios que se habían ideado
para unir estrecham ente !as dos fam ilias, com prendiendo al A u stria, enlazada y a á la F ra n ­
cia con relación de p a re n tesc o , era el del m atrimonio en tre los príncipes de los tres esta­
dos. T ratábase de casar á la infanta de E spaña doña M aria Luisa con Leopoldo, hermano
del archiduque .Tose ; pero como este se oponía á la condicion que Cárlos exigía de que el
concediese al novio la Toscana , dando por razón q u e , aunque era sucesor al im perio, si
su m adre fallecía antes de que lo h ere d ase, quedaría sin nn palmo de terren o , la em pera­
triz halló el medio de satisfacer á ambas partes comprometiéndose á nom brar á José cor­
regente délos estados austríacos si sobreviviese á su marido. Conformes con este arreglo,
la boda se efectuó al año siguiente. Tam bién se ajustaron las del príncipe de A stu ria s;
C árlo s, con Maria L uisa, hija segunda del duque de P a rm a ; la del rey de Nápoles v F er­
nando , hijo de Felipe V , con dos archiduquesas de A ustria; la del archiduque Francisco
con la heredera del ducado de M ódena; y mas tarde las de los príncipes franceses, los con­
des de L’rovenza y A rto is , con dos hijas del rey de Cerdeña. Fácil es colum brar en estos
proyectos el pensam iento de re p a rtírse la Italia entre las casas de A ustria y Borbon, y for­
m ar así un poder irresistible en todas las cuestiones europeas. A u stria, lia b a , Francia y
E spaña eran sia duda una barrera que podría resistir los embales de todas las demas po­
tencias coligadas, si las alianzas dinásticas no se disolviesen tan fácilmente como se contraen
y por los mismos sentimientos que las producen.
L a corte de Yiena quiso aun estrechar mas sus lazos con la casa de B orbon, y pidió que
se la incluyese en el pacto de familia. Pero así la Francia como la España rehusaron adm i­
tirla por no alarm ar á E uropa declarando demasiado sus m iras. £1 embajador de In g laterra
que traslució este proyecto é hizo sobre él insinuaciones á G rim aldi, recibió esta con­
testación, autorizado por su soberano : «Nada puede ponernos en mayor conflicto que el
Í .8 6 HISTORIA DE ESPAÑA. '
deseo de la corle de Viena de en trar á formar p arle del pacto de familia. Por muchas ra­
zones querem os eslar bien con aquella c o rte , única que puede sostener á los hijos y al
herm ano de S, M. en Italia; pero el pació de familia es negocio de corazon y no de política.
Desde el m omento en que otras potencias estrañas á la familia fuesen adm itidas, seria una
combinación política que podría alarm ar á E u ro p a ; lo cual d o queremos de ningún modo,
porque yo deseo que vivamos en paz, á lo menos por veinte años, si puede ser. Podéis estar
seguro de que ni la corte de Francia n i S. M. C. consentirán en adm itir á la corle de Yiena
á tener parle en el pacto de familia ( 1 ).»

E l m a rq u es J e C rim aU i.

E sta satisfacción á la Inglaterra no impedía que al misma tiempo coadyuvase E spaña á


los planes de venganza que m editaba el resentim iento deC hoiseul, á quien se le oia jactarse
de gobernar en M adrid tanto como en Yersalles (2). Hasta el día en que pudiese resuelta­
m ente rasgar el tratado de París y arrojar sus pedazos á la G ran B re ta ñ a , ejercitábase este
m inistro en suscitarle donde quiera cuestiones que m antuviesen vivo el odio de los pue­
blos hácia ella. La corte española era por desgracia la mas accesible á sus instigaciones,
y asi se vio en peligro de nuevo rom pim iento aquella pax que solo contaba u n año de exis­
tencia.
E l aliciente de las ganancias que ofrecía el corte de las m aderas en la bahía de H ondu­
ras y el comercio ilícito en el in te rio r, era un m anantial perenne de violaciones, quejas y
tropelías, imposible de cortar. La In g la te rra había cometido la im prudencia de consentir
la demolición de los fuertes que en aquel pais tenia para proteger las colonias de sus súb­
ditos, y de ello tuvo que arrepentirse bien pronto. Los gobernadores españoles, autoriza­
dos por su gobierno, tomando por pretesto la protección que daban íl los negros cimarrones
escapados de sus d u eñ o s, que eran los que se em pleaban en el corte del palo Campeche,
p rim ero , prohibieron á los colonos el penetrar en el territorio de E spaña y en seguida los
espulsaron á veinte leguas al interior de toda la costa, como no comprendidos en los límites
señalados en el últim o tratado. Mas de quinientos tuvieron que ir á buscar nuevo hogar en
las orillas de los ríos Nuevo y W allis, sufriendo pérdidas de m ucha consideración.
Lo que dem uestra que no era el fútil pretesto que se tomaba lo que dictaba A tales
(1 ) C om unicación de R oehefort á su {joliieíno en 25 ele ju n io de 170-4,
(2 ) Memorias de Bcscnvol,
R EIN A D O DE CÁRLOS i l l . £87
providencias es la negativa tenaz de E spaña á restituir á Portugal la colonia del Sacramento,
según se habia estipulado en P aris. D aba por razón el contrabando que los colonos soste­
nían cou Buenos-A ires y que no podría menos de existir hasta que se señalasen con exac­
titu d los lím ites de los territorios pertenecientes á cada nación.
In g laterra y P ortugal reclam aron con energía contra los daños que se les cau sab an , y
España desistió a! fin de su propósito; pero no lo hizo, sino demostrando que cedía solo á l a
fuerza de las circunstancias.
Los colonos ingleses volvieron á sus hogares de rio Hondo y la costa de Campeche, aun­
que sin las indemnizaciones que su em bajador pedia. Teniendo que renunciar la corle de
M adrid á sus proyectos por esta p a rte , parece que quiso desquitarse con P o rtu g al, impo­
niéndole á la fuerza el sacrificio que le e x ig ia , pues se le vio aglom erar fuerzas en las fron­
teras de E strem adura y Galicia. Pero Pom bal, decidido á aceptar la lucha, reclamó el apoyo
que en virtud de los tratados debia darle In g laterra ; esta declaró á la corte de M adrid que
el prim er cañonazo disparado contra su aliado seria para ella como una declaración de
g u e rra ; y esto bastó p ara que la disputa con Portugal se transigiese am istosamente.
Sin embargo la condescendencia de la corte de Madrid s e h a atribuido á otros motivos. P a­
rece que Choiseul concibió ó acogió el execrable proyecto de destruir deraiz el poder de la In ­
g laterra incendiando su escu ad ray su s arsenales de Plym outh y Portsm outh, y que llegaron
y a á ser nombrados los ingenieros franceses que dehian ejecutar este acto de feroz ven­
ganza, sin ejemplo en la historia. Se dice que Grimaldi tuvo conocimiento anticipado del
plan por el mismo Choiseul, y que la especlativa de su realización fue la causa de las es­
cusas con que contestó á las prim eras reclamaciones del em bajador ingles. La vigilancia de
este fue quien descubrió el secreto, cuya verdad creyó ver com probada en ciertas obser­
vaciones que hizo en la corte de M adrid, aD ebo creer, decia llochefort al m inistro H ali-
fax el 1 2 de nov iem b re, juzgando por la conducta p re se n te , como asimismo por el cambio
repentino en el lenguaje y porte de los m inistros a q u í, que los franceses sospechan que
ha sido descubierto su g ran plan y que de ello han dado noticia á esta corte. En efecto, las
tropas españolas que se preparaban á m archar se han detenido, y los coroneles d e varios
regim ientos, que tenían licencia hasta el mes de febrero, han conseguido u n ap ró ro g a hasta
el mes de mayo. Tres correos han llegado de P aris en los últim os diez dias : uno de ellos,
ayuda de cám ara de C hoiseul, h a estado encerrado en casa de Grimaldi desde que llegó,
sin que se le haya perm itido hablar con los demas criados de la casa. »
Ademas de las reclamaciones espuestas tenia o tra pendiente la In g laterra, en la cual fue
menos afortunada. Se recordará que en la capitulación de Manila el arzobispo, á fin de
cortar el saqueo de la poblacion, babia estipulado pagar at invasor cuatro millones de duros,
dos de ellos en letras contra el tesoro de España. Cuando las presentó el em bajador ingles
en M adrid, se negó G rim aldi á a c ep tarlas, dando por razón el saqueo que se habia ejecu­
tado en la ciudad antes de capitular. De lo que alegaba el dem andante se deducía que la
cláusula de los cuatro millones no debía referirse á lo ya saqueado sino á lo que no se habia
saqueado todavía. Pero la corle española, sabiendo que la In g laterra no q u erría correr los
riesgos de una g u e rra ni aparecer como m otora de ella por sem ejante m otivo, miró las
reclamaciones con cierta entereza desdeñosa é irónica, a El arzobispo, contesló una vez
Grim aldi á Rochefort, hubiera podido tam bién estipular á nombre del rey la cesión de la
provincia de G ranada ó la de M adrid. Mi amo pelearía eternam ente antes que consentir
en pagar un solo doblon por reclamación tan deshonrosa, y por mi p arte quiero que me
hagan añicos antes que hacerle proposicion sem ejante.» Esquilache le dijo en otra oca­
sion : « Devolvednos los dos millones de pesos que habéis recibido y a , y os entregarem os
á Manila con todo su territo rio .» El em bajador tenia que callarse íi sem ejantes contestacio­
nes; y aunque reprodujo la In g laterra varias veces su reclamación durante el reinado de
Cárlos I I I , la frialdad con que lo hacia dem ostraba estar persuadida de su injusticia y casi
provocaba las negativas que recibía. Tuvo que acallar áD rap p e r concediéndole una pensión,
y á sus soldados ofreciéndoles una indem nización, qne jam as realizó. Por eso decian resig­
nándose en su jovial lenguaje, que no volverían á fiarse de ningún general que capitulase en
la lin , aludiendo á la circunstancia de haberse eslendido la capitulación en este idioma, por
no ser ningún olro común al arzobispo y á D rapper.
HISTORIA DE ESPAÑA.

CAPITULO LIV.
1766.

E j i s i ^ o desgraciado de n n s u e v o sistem a de im puestos en A m é ric a , pitra e v ita r ta s dilap id acio n es do los gob ern ad o res ;

re siste n cia arm ada del p u eblo en M éjico, el P e rú (C h ile y Cubo. — C ará cter de K squilacfie : d escontento q u e p ro d u ­
cen sus innovaciones í q u ie re v a ria r el tr a je nocional con u n d e c re to , y el p u e b lo de Madrid so sublevo ; céleb re m olin
contra E sq u ila d le : fuga, d e la fam ilia reBl á A ra n ju e z , que producís u n a nu ev a sublevación : negociaciones en tre el
p u eb lo y la corle : el ay u n ta m ie n to de M adrid pide q u e cn c au se <i E sq u ila d le : el r e ; lo sep aro y m anda ;i Ita lia :
c a ra d o r m isterioso del m otín : d estierro do Ensenarla y cam bios en la Administración : gobierno enórjico ilal conde du
Ararida : hace ad a p ta r esponLáiieam etue la refo rm a del tra je : reg resa el rey á M adrid : recelos d d pueblo,

D u r a n t e el curso de los acontecimientos que acabamos de describir, cierto espíritu innova­

dor había preparado reformas en la adm inistración interior de E spaña y sus dominios que
agitaron hondam ente á la m onarquía, y produjeron los primeros sacudimientos d é la época
revolucionaria en que aun nos encontramos.
Apenas se firmó la paz de 1 763, que restitu ía la seguridad á las colonias, se trató de
llevar á ejecución un plan anteriorm ente trazado con objeto de poner coto á las escandalosas
malversaciones de los gobernadores, que sacrificaban a! pueblo sin proporcionar alivio alguno
á la m etrópoli. El autor de la m em oria que se mandó escribir para conocimiento del rey, de­
m ostrando los abusos que allí se com etían, deducía el fraude de datos estadísticos cuya sim­
ple esposicion convencía. El reino de Méjico, que contaba diez y ocho millones de habitantes
y tenia una capital de doscientos cincuenta m il, y hasta diez y seis ciudades de tanta poblacion
como M adrid; Méjico, T ie rra -F irm e , el Perú y C hile, aquellas regiones cuya riqueza habia
asombrado al m undo, no contribuían , según Jas cuentas de los gobern ad o res, mas que con
cuatr o millones de d u ro s , de los cuales solo ochocientos cuarenta mil llegaban á las arcas
públicas : lo demas se quedaba entre las manos que lo adm inistraban. Y esperaba el au to r
de la memoria que las reform as en ella propuestas producirían un aum ento de un millón de
pesos al año, si se hacia observar fielmente su p la n , que tenia mas de maquiavélico que de
científico y conveniente. E ra necesario, decia, aprovecharse de las frecuentes disputas que las
cuatro clases de los m ilita re s, los empleados civiles, el clero secular y las comunidades reli­
giosas sostenían aspirando á apropiarse esclusivamente los beneficios del comercio; y el me­
dio que proponía era apoyar á dos clases para destruir las otras d o s , suerte que sufrirían
despues las vencedoras en provecho de la corona. Con esta misión y la de plantear el nuevo
sistem a adm inistrativo partió el alcalde de casa y corte don A ndrés deG alvcz, concurriendo
á apoyar sus medidas el general Yillalba, recomendado por su cnerjia, con dos mil hom bres,
que se alistaron entre los guardias vvalonasy otros regim ientos éstranjeros, á fin de que n in­
g u n a conexion con el pais debilitase so disciplina y ciega obediencia. Pero apenas llegó í\ su
destino la espedicion, Yillalba, que llevaba facultades eslraordiarias, chocó con el virey, y
este en despique osciló á s u s tropas á la rebelión suspendiéndoles el haber y m inorándoles
el prest. Los soldados se sublevaron en efccto, y derertaron de sus b an d eras, internán­
dose en el p ais, donde e ra n muy agasajados porque se les suponía enemigos de las tirá­
nicas disposiciones que se decia iban encargados de ejecutar. F u e , p u es, preciso á Galvez
aplazarlas hasta la decisión de la corte de Madrid , que no cedió un punto de su resolución:
destituyó al v irey, dió órdenes á Galvez de que em prendiese inm ediatam ente sus opera­
ciones ; y para que fuese mas rápida su ejecución, le envió dos auxiliares.
La prim era innovación que plantearon fue el establecimiento de las a d u a n as, que p ro ­
dujo instantáneam ente lo que habían vaticinado lodos de común acuerdo en Méjico al comi­
sario re jio : la insurrección abierta y arm ada. Los que se imaginen un pueblo esencialmente
com ercial; que p a ra cambiar los frutos que cada cual coje á la puerla de su casa con otros
que la naturaleza produce algo m as a l lá , ú veinte leguas de d istan cia, no se ha visto nunca
obligado á sufrir intervenciones eslrañas y tributos d eslrn clo rcs; los que se im aginen un
pueblo que ha gozado por siglos d é la libertad del cambio, aunque haya soportado otras
tira n ía s , podrán hacerse idea de lo d ura que sem ejante innovación te liaría á aquellos n atu ­
rales y de la alarm a que esparciría. Añádase el calor con que clam arían conlraella las cla­
ses que estaban en posenon del monopolio del comercio.
¿1 pueblo de Méjico se sublevó contra el com isario, que se salvó de su irritación con la
fuga; insultó á uno de los auxiliares que no tuvo su fo rtu n a ; y comunicó el sacudimiento á
REINADO D E CAELOS I I I . 489
todo el reino. La Puebla de los A ngeles, cuyos habitantes recuerdan con orgullo que e ra la
patria-de los valientes y leales tlascaltecas, llegaron á las m anos con ia tropa obligándola
á refugiarse en los m ontes; y creyendo imposibilitar lo que aborrecían, destruyeron las casas
destinadas á aduanas. En el P erú tomó la insurrección un carácter mas grave , pudiendo
decirse que aquel país, el último que conquistó su independencia, fue el prim ero en p ro ­
clam arla. El pueblo de Quito sublevado arrojó de su seno á los empleados de la m etrópoli
y ofreció el poder suprem o á un n atural del pais despreciando el indulto con que s e je s
rb rindó. «No necesitamos perdón, decían, pues no cometemos ningún crimen. Querem os
magistrados elegidos por nosotros; no querem os mas gobernadores españoles, aunque si­
gam os pagando las mismas contribuciones.» La insurrección cundió hasta la isla de Cuba
cou motivo de un nuevo impuesto sobre el tabaco.
E l ensayo am edrentó á la c o rte , y ya no pensó por entónces sino en los medios de cal­
m ar la efervescencia y restitu ir la confianza á aquellos habitantes. La reforma que se in­
tentó introducir era sin duda im prudente y perjudicial; pero no por eso m erecen menos la
execración de la p atria aquellos españoles ó aquellas clases q u e, por un sentimiento de
avaricia y egoísm o, prendieron fuego á una hoguera que debia con el tiempo devorarlos á
todos.
El autor de tan desventurado plan habia sido el fiscal de Castilla, Carrasco; pero la
o p in io n , alarm ada con las consecuencias que por prim era vez e n tre v io , no se alzó indignada
sino contra el ministro que le prohijara, el lamoso Esquilache. Nacido en hum ilde cuna,
solo debiera su elevación á una laboriosidad infatigable y minuciosa. Carecía de conoci­
miento y de genio; pero , si su talento no era capaz de elevarse á grande altu ra y abrazar
espaciosos horizontes, veia con claridad todo aquello á que alcanzaba. E ra una inteligencia
de vuelo somero á la que no se ocultaba ningún detalle. Los cortesanos no le absolvían de
cierta rudeza de m aneras y de su mezquino p o rte; y el pueblo se ofendía de la dureza de su
carácter y del desprecio que hacia de la opinion. Como se le veia en estrem o atento y d efe­
ren te al mismo tiempo con el re y , se le suponían pasiones indignas de un alm a noble.
Otro contraste ofrecía además al o bservador, y era que, m ientras en hacienda querría in ­
novarlo todo, su espíritu profesaba una profunda veneración á las instituciones en que se
habia educado y á las ideas con que lo habían nutrido. Cuando se trató de la proclamación
del príncipe de A sturias, se habia opuesto á la reunión de las cortes temiendo que no se
lim itarían al objeto de la convocatoria. Por lo dem ás, en política, aborrecía la g u erra, v de
aquí que aborreciese á la corte de Versailes que la solicitaba p ara vengarse.
Principió á desacreditarse con la imposición de nuevos trib u to s; lo cual basta segura­
m ente para que el pueblo se enoje y m u rm u re, sin atender al estado en que el erario pueda
hallarse. Se acrecentaron los rum ores con la concesion de algunos m onopolios; y acabaron
de exacerbarse los ánimos con varias disposiciones de policíaá. que lo hizo descenderla infe­
rioridad de su talento. E ntre ellas las hubo tan útiles y necesarias como la abolicion de la
tasa de los granos, el permiso de su libre comercio, en el interior del rein o ; la creación de
los pósitos, que se acomodaban á las circunstancias; el impulso dado á las fabricaciones espa­
ñolas ; la limpieza de las calles de M ad rid , afrentosas hasta entónces para la orgullosa corle
de dos m u n d o s; y el alum brado público en ella. Pero su falta n atu ral de habilidad, y mas
que eso su desconocimiento de lo que son las sociedades y lo que era el pueblo español le
llevó á pretender de un modo sultánico una reform a tan delicada como es el cambiar en un
dia el traje nacional, por cuanto favorecía al crim en.
Las innovaciones mas útiles necesitan el consentimiento público. Hay épocas de regene­
ración espontánea en las naciones, y entónces cualquiera reform a puede ensayarse sin peli­
gro , hasta aquellas cuyo resultado aparezca problemático. Pero fuera de esas ép o cas, aun
las m ejoras mas útiles y reconocidas exijen una preparación en el espíritu p ú b lico , que com­
pete á la misión de un gobierno ilustrado. Quien sin ella in ten te in tro d u c irla s, no solo se
ospone á m alograr sus loables deseos, sino que llama sobre sí la indignación de la m ultitud v
provoca trastornos de funestas consecuencias. Hay ademas reform as que siem pre requieren
elausílio del tiem po, y una de ellas es el traje. Estando universalm ente en relación con los
sentim ientos del pueblo que lo u s a , viene á formar una p arte de su existen cia, y es en algtm
modo aten ta r á ella tra ta r de desnudarle violentam ente p o r vestirle al capricho de u n hom­
bre , por ilustrado quesea. H aslaese punto no han abdicado jam as los pueblos sus derechos.
Cuantos decretos han espedido los reyes y los concilios sobre el aso de las b a rb a s , de la cabe-
Í90 1HST0GIA HE e s p a Ka .

lle ra , de las ropas talares y otras frivolidades de este jaez no han conseguido n u n c a , en nin­
g u n a época ni en nación alguna, sino arraigarlos por mas tiempo del que hubieran durado
abandonándolos. Debemos añadir á estas dificultades, que E squiladle no sabia apreciar, las
que debían serle conocidas: las prevenciones de un pueblo que aborrecía á los estranjeros y
q u e lo aborrecía á él particularm ente como ministro de H acienda; la enemistad de los p a r­
tidarios de la Francia; y las intrigas de G rim aldi, su r iv a l, porque le arreb atab a una parte
del afecto de su común señor. El clero, por ú ltim o , no había podido sufrir con resignación
el que le hubiese privado de mezclarse en los pleitos y negocios seculares, que le eran tan
provechosos, y sobre todo la pracmá.tica sanción de 2 de febrero (1766) disponiendo que los
bienes de los que m uriesen ab intestaío se entregasen íntegros á los p arientes del difunto,
sin mas deducción que los precisos gastos del entierro.
En medio de circunstancias tan poco propicias á un reform ista, tuvo E squiladle la im­
prudencia de conceder uu monopolio que dispuso los ánimos á la insurrección : un privi­
legio para abastecer á Madrid de p an , aceite y otros artículos de prim era necesidad. El mo­
nopolio hizo subir los precios, y las clases menesterosas se encontraron repentinam ente sin
ten er que comer , que A eso equivalía una alza s ú b ita , alterando la necesaria arm onía de
todos los valores. Gritó el pueblo contra el protector de los estafadores, contra el ladrón
público] aparecieron pasquines que revelaban una mano movida por el encono p erso n a l; v
todo anunció el próximo rom pim iento de las nubes que se habían ido aglomerando.
En esta situación aparece el decreto de 10 de marzo prohibiendo el uso del sombrero
chambergo ó de ala ancha, que se mandaba m ontar en tres picos; el de la capa la rg a, que
no debería bajar mas de una cuarta del suelo; y en paseo público, el del gorro y la redecilla.
A penas oyeron este bando ios que solo aguardaban una ocasiou oportuna para volar la mina
del furor popular, que habían estado cargando, corrieron á aplicarle la mecha. A los dos
dias el secreto conciliábulo había acordado y circulado con la mayor reserva un plan de insur­
rección, cuyos anículos revelan con harta claridad un origen que se ha querido ocultar. Se­
guram ente no se hallan en ellos ni el lengoage ni las pasiones vehem entes pero fugaces del
pueblo; hay demasiada circunspección y dem asiada enerjía, Decia así este notable docu­
m ento , prim era chispa de una época volcánica que vino á in au g u rar el conocido m otín con­
tra, E squiladle (1). « Constituciones que se establecen para un nuevo cuerpo que, en defensa
d é la patria, ha erigido el am or español, para quitar y sacudir la opresíon con que intentan
violar estos dominios : l .1 Prim eram ente se ha de observar como punto inviolable que n in­
guno de Jos superiores que se elijan en el servicio, ó de nuevo se ad m itan , pueda recibir
persona alguna que no sea español en lo honroso, desinteresado, fiel y obediente, las cuales
cosas han de ju ra r y prom eter en honra de D io s, cuyo nom bre es el que ensalza este m ilitar
cuerpo para defensa de la fe, si se ofreciese, en obsequio del m onarca nuestro soberano, y
á favor de la p atria como buen político, para que asi conste de este cuerpo : que su ley es la
d iv in a ; que su rey es nuestro venerable Carlos I I I ; y su p atria es nu estra E sp a ñ a , que viva
b a jó la protección referida. — 3 .aQ ue, habiéndose establecido este honroso cuerpo con el
principal objeto de abolir y quitar ciertos perjudiciales sugetos á la m onarquía , se acate y
cumpla lo que á la prim era voz se profiera por uno de los superiores, siguiendo la acción y
m andato de él como precepto inviolable; p ara lo que el superior que tome la voz deberá dis­
p a ra r nn cohete con siete truenos, y , conocida la señal, todos dejemos los sitios y puestos en
que nos veam os, para ir á socorrer y defender nuestro establecim iento.— 4 Q u e , así que se
levante la voz en público, que será el decir viva el r e y , viva E sp a ñ a , etc. se ponga pena de la
vida al que nosiga dentro y fuera la proclamación, dando por traidor al que no la vocifere.—
5 .a Q u e , si por motivo de la voz ó alboroto que se causase, pensaren que es m otin, tu ­
m u lto , ó cualquiera otro ruidoso estruendo, perjudicial á la q u ietu d , y con este motivo se
pusiese lo tropa en arm as, hiciesen prisiones ó cualesquiera otro estorbo á nuestro cuerpo,
se m anda que ninguno sea osado á usar arm as de fuego p ara la