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HISTORIA GENERAL

DE ESPAÑA LA COMPUESTA, ENMENDADA Y AÑADIDA

POR EL PADRE MARIANA,


CON r.A CONTINUACION DE M1KIANA;

COM PLETADA
COK TODOS LOS SUCESOS QUE COMPRENDEN EL ESCRITO CLÁSICO SOBRE EL REINADO DE CARLOS MI,
POR EL CONDE DE FLORIDABLANCA, LA 1IISTOHIA DE SU LEVANTAMIENTO, GUERRA
T REVOLUCION, POR EL COHDE DE TOREHO,

Y LA DE NUESTROS DIAS

POR EDUARDO CHAO!


ENtUiJLUCtDA. CM NOTASHISTORICASYCMTICAS, EIOGfiAPrAS, UNATABI.ACROTS'Ol.OGICADELOSSCCESQ5MASNOTABLES
YUNriSDlCEGEríEliiU»l'AÍUSUHAS FACILINVESTIGACIONYMETODICOESTUDIO,
Y ADORNADA
c a n m nU iU id d e p rec io so * ^ r i t a i o s j lí a j i n t » ¡ s u d tts (]ue r e p r e h e n d a t n g » t i r a u ,
B n u a iliira s » m u e b les , m u n c í s t j m e d a ll a s , cW at1 ¿rC í p-alrogrSficfls, t í s № «le b a ta lla s j iD O m upcutn« t c o itu u ib re » j r e lr a tu »
de l u i p s r j u u a j c s m a s c é le b re » , d u d e Iq» tie m p o * m a j r e in a le s h te la lo i p r c s c o l c i , el r e tr a to
d e M u r ia ta j u a m a p a g e n era] d e EjpaH *.

BE3>asitó

á l a s C o r t e s í»c l a t i a c to t i.

TOSIO IV.
Parte primera del tomo IV

MADRID:
IMPRENTA T LIBRERIA DE GASPAR Y fiO lff, EDITORES:
c»lle dol Principe num i ,
1850.
HISTORIA GENERAL

DE ESPAÑA.
TOMO IV,
2 1

D on i c a r i a Ш )с ш g f c o ñ a i F r c m m c a 4 ? m t< m & e { *

el*; lciH uw iiio De I J i a t a.l· [j. tecoLMCumeiiJo,

(¿ e /ffiz r t/o y f-Z /a r·.

* d (c a e /rte / / s/e e n e ra t/e / S ö o.


№ E ! P ñ © l] © „

os tiempos mas difíciles de describir son siempre los mas


distantes y los mas próximos al h isto riad o r, pues le sucede
lo que al dibujante con las m on tañ as, que de lejos solo
percibe los contornos y al pié de ellas se ve distraído por
los detalles y no abraza el conjunto. La narración que
voy á em prender enciérralos dos siglos y medio últimos,
vasto período, bien sea que la historia cuente, bien que
mida los acontecimientos.
H ay o tra dificultad aun mas grave. Ese largo período
está á graneles trechos oscuros y misterioso porque ó
faltan las noticias fidedignas enteram ente ó son vagas é
incompletas. A la m uerte de Felipe I I , precisam ente don­
de yo anudo la relación de M iniana, no teniendo ya la Es­
paña victorias y conquistas que celebrar, quebró el pueblo el hilo de sus tradiciones y calló
lá historia.
A unque así no fu e ra , la historia de aquellos tiem po s, asalariada por los reyes y servida
ó fiscalizada por el clero, no puede considerar se como un ancho, claro y fiel espejo de aque­
lla sociedad. l o s monarcas pensionaban entonces á los pintores p ara adornar sus palacios y
á los cronistas para adornar su reinado. E ran ellos mismos con la mano del escritor quienes
trazaban el cuadro de su época, ó era este contemplando la nación p o r u n a rendija de la
casa de su amo. T la verdadera historia no se escribe sino á una luz, la de la libertad.
Eso no obstante, ningún acontecimiento notable quedará sin esponcr en este libro ni
dejare tampoco de manifestar sus causas, resultados y tendencias según las bailare 1111 juicio,
libre del yugo de las preocupaciones y solo animado del amor á la verdad.
Debo em pero advertir que salgo al encuentro de la m onarquía en sus prim eros pasos
le descenso, cuando se ocultaba p ara siem pre el sol de Pavía y San Q u in tín , p o rq u e , si se
íallasen melancólicas y sombrías algunas páginas, se recuerde que todas las declinaciones
o son también. Algunos hechos que brillarán todavía no son sino las lúcidas horas de una
•'loria m oribunda
Al llegar á nuestros dias, he sollado la plum a para reflexionar acerca de la situación
d u a l de Europa y preguntarm e si, al calor de pasiones recien inflamadas, podría ser e s -
l 'l t l i l ’ACIO.

crita esa historia con la serenidad de la fria razón y la severa imparcialidad de la justicia.
He creído que sí- lili un siglo en que la precipitación de los sucesos suple la esperiencia de
los años, nuestra razón envejece antes que nu estra cabeza. El entusiasmo irreflexivo y el
ciego fanatismo desaparecen al fin con los desengaños, y los desengaños son las conizas del
tiempo. El odio, especie de musgo que las injurias de los hom bres y de los años van for­
mando sobre el corazon hum ano, no ha podido formarse aun sobre el mió. Y esa ambición
bastarda, que es una embriaguez de la conciencia, tampoco me ha llevado á buscar algún
puesto en las filas de los partidos existentes.
D eclaro, sin em bargo, desde luego q u e, creyendo viciosamente constituida la sociedad
actual, yo no sirvo los intereses de las clases producidas y sostenidas por los vicios y defec­
tos de semejante constitución. Sirvo, en cuanto alcanza una voluntad de convicción y una
adhesión de sim patía, la causa de los intereseslejítirnos, racionales, perm anentes; y si es
preciso personificar la id e a, sirvo la causa etern a del pueblo y de la civilización, la causa de
la hum anidad.
No es esto condenar de antemano ninguna época ni ciertas instituciones, pues sé bien
cuanto debe esa'm ism a causa á las que han caido ya y á la s que están amenazadas de ruina-
La m onarquía, ju n ta n d o , por decirlo así, los fracm entosen que el feudalismo había dividido
la tie rra , ha dado el mas grande y acaso mas difícil paso en la fusión délas razas y en la so--
lidaridad de los intereses universales.
Todo anuncia que va n u estra generación á asistir á un nuevo desenvolvimiento de la hu­
m anidad, pues por donde quiera se ven indicios de una grande disolución. Sistemas, preo­
cupaciones y principios seculares caen como derretidos al calor de las ideas nuevas, que á
m anera de torbellino recorren la E uropa incendiándola á su paso cual si llevaran en su seno el
soplo de un volcan. Podría decirse, contemplando ese espectáculo angustioso que hoy pre­
sen ta la sociedad, esos torrentes de ideas que se chocan y esos charcos de inm oralidad que
esliendencada día sus orillas, que un nuevo cataclismo amenaza sum ergir el mundo.
E m p ero , los q ue, como y o , tengan á la Providencia por el prim ero y el últim o dogma de
u n a filosofía sabia, progresiva y consoladora, confiarán sin duda en q u e, si tan grandes ma­
les sobrevinieren, las aguas no tardarán en reposarse, nuevas tierras aparecerán á descu­
bierto y descansarán entonces los pueblos al abrigo de instituciones bienhechoras y á la som­
b ra de una civilización p u ra y fraternal.
D K IT [a ® ® !!i)© © D ® K l»

a decadencia de la m onarquía española, cuya


historia puede considerarse este lib ro , no prin­
cipia en el reinado de Felipe I I I , como no p rin ­
cipia la ru in a de u n edificio en el prim er trozo
que sedesprende. Examinando atentam ente esos
largos reinados de Carlos I y Felipe I I , tan ce­
lebrados por otras plum as, se hallan en su mis­
mo seno las causas de la disolución que sufrió
m uy luego aquella m onarquía gigante que cojia
el mundo entero en tre sus brazos.
Jam ás rey alguno recibió un a corona sobre
la que brillase porvenir tan grande como en
la que heredó Carlos I de los reyes Católicos. Acababa de constituirse la unidad de la
m onarquía; la nación, en su dilatada y sangrienta lucha con los árab es, se habia hecho
g u errera; la'civilización oriental, aposentada en los alcázares de Córdoba y Granada siete
siglos, ilum inaba á un mismo tiempo á, la E uropa y al A frica; y u n nuevo m u n d o , levan­
tado, por decirlo a s í, de los abismos del O céano,' nos ofrecía cándidamente sus inmensu­
rables regiones é inagotables riquezas. Un corazon m agnánim o, un alma generosa y una
tomo [v. 2
il
razón elevada hubieran constituido ai mundo por solo el concurso de estas circunstancias,
sin ejemplo en la historia, en una servidum bre voluntaria de semejante nación. Poderosa
con su prestigio y con su fuerza, hubiera ejercido una fácil y decisiva influencia en todas las
cuestiones europeas; poseyendo los mas rices paises de las cuatro partes del globo conoci­
das, hubiera podido hacerse dueño esclusivo de todo el comercio de la tie rra ; y con seguir
el ejemplo de los calilas de G ranada en su tolerancia religiosa, su amor á las ciencias y á
las a rte s, su protección á la agricultura y á la industria, la España del siglo XVI habría
sido por algunos siglos quizá el regulador de las naciones, el brazo de Dios en la tierra.
No fué asi para m engua de aquel monaréa y para mal de aquella nación v del mundo.
Carlos I , dueño á los veinte años de un imperio mayor que había sido el de Garlo-Magno
y que fué despues el de Napoleon, brilló sin duda en el mundo ¡quién pudiera negarlo!
pero brilló como uno de esos meteoros fugaces que se apagan antes de llegar al horizonte
volviendo á dejar la tierra entre tinieblas. Creyó que el rey mas grande seria el que con­
tase mas ejércitos; el estado mas poderoso, el que midiese mas toesas; la nación mas rica,
la que tuviese mas millones en las arcas reales; y cuando se encontró con lodo eso en
la corona de E sp a ñ a , soñó el desvario de una m onarquía ú n ic a , cuyos limites fuesen
los del continente europeo; sus adm inistradores, los reyes de las naciones; y estos reyes,
los primeros vasallos de un monarca suprem o, el em perador Carlos V de Alemania. Éste
sueño, que continuó su hijo con la perseverancia de una grande ambición, solo hubiera
podido realizarse si las naciones y sus reyes hubiesen soñado al mismo tiempo en su pro­
pia esclavitud; si los climas, las producciones, la diferencia de razas y de costum bres; si
la obra, en fin , de la naturaleza y de los siglos pudiera desaparecer jam ás bajo los pies
de un conquistador. Ya se considere como la aspiración de una síntesis p oderosa, ya como
el fin de una ambición encum brada, semejante fusión ó agregación no estaba reservada al
principio monárquico. Carlos V , celebrando en vida sus propios fu n erale s,'p u e d e decirse
que asistía también á los de su mismo pensamiento.
Las guerras en que esa quim era envolvió á España durante los dos reinados, g uerras
sin un íin político noble, sin una m ira mercantil siquiera, g uerras puram ente personales,
nos dieron al pronto una vana gloria, luego las angustias de la miseria y inas ta rd e, con el
ódio y las venganzas de Europa-, una afrentosa ruina. Nuestros famosos tercios humillaron
es cierto, por do quiera ejércitos, coronas y naciones; pero nada adquirían para su patria
fuera de la estéril gloria de los triunfos militares. Vencían nuestras arm as, y nada con­
quistaban; ganaban -victorias, y perdían el heroísmo y la sangre derram ada en ellas; por­
que tras el sable que destroza jam ás iba la magnanimidad que perdona, ni la tolerancia que
consuela, ni la buena administración que cura, ni la generosa política que cautiva y hace
olvidar al vencido la humillación del vencimiento. No hay mas que esos medios p ara asegu­
ra r las conquistas y absolver de su iniquidad al conquistador; cuando no se em plean, la
g u erra es un crimen c o n tra ía hum anidad que jam ás queda im pune 111 en los hombres ni en
las naciones. La España en cuarenta años de g uerra solo consiguió sujetar á Flandes y el
B rabante: el espíritu de libertad, comprimido en los Paises Bajos por el sanguinario du­
que de A lba, estalló con vigor creciente é hizo tum ba de nuestros valientes soldados aquel
teatro de sus glorias: la guerra contra los turcos solo sirvió p ara ceñir de laurel la frente
del esforzado don Juan de A ustria en la memorable batalla de L e p a n to . Francia é Ingla­
te rra , 110 solo resistieron con valor los ejércitos y las intrigas de Carlos y F elipe, sino que
al fin lograron coligar á toda E uropa contra España é hicieron á sus tercios desandar ven­
cidos el camino de sus victorias.
U na sola conquista aconsejaba el interés de E spaña, conquista no menos gloriosa para
ella y ventajosa para el mundo que la de A m érica, y que hubiera hecho recordar con grati­
tud su nombre á las generaciones venideras. «Sobre el M editerráneo se levantan las islas-
de Córcega, C erdcña,.Sicilia, M alta, Candía, e tc ., como otras tantas m etas, p ara demos­
tra r la línea divisoria de los dominios de Europa y de Africa; pero nada se encuentra entre
las costas meridionales de la Península y las costas paralelas de este continente, puesto que
e f archipiélago de las Baleares se halla casi fuera de las aguas que las bañan. Colocadas las
poblaciones de las dos costas, por su posicion geográfica, de centinelas en las puertas que co­
munican el M editerráneo y el A tlántico, los dos m ares mas frecuentados del m undo, m irán­
dose de frente y demasiado próximas las unas á las o tras, no se concibe en tre ellas una
neutralidad duradera, ni aun una amistad com ún, ám enos queso las suponga postradas, ig­
TU

norantes de su destino y abandonando áe strañ o s los cuidados que le son propios. Por el con­
trario , lo natural y lo inevitable parece que sus relaciones se intimen hasta identificarse, ó
que se rom pan y choquen h a s t a dom inarse, acabando en amhos casos por confundirse™ mía
sola nación para correr la misma suerte. A la verdad, el Estrecho es demasiado pequeno p ara
que pueda dividirse y demasiado im portante p ara que pueda cederse. Creemos, pues, que
los lí m i te s naturales de la E spaña por la p a r te d e lS u r ,n o están en el estrecho; .aserto im por­
tantísim o, ácu v a demostración contribuye con lum inosas pruebas la historia; pruebas que se
rem on tan á la mas rem ota antigüedad. Gárlos I , fué por algún tiempo árbitro de la corona de
T u n ezy em prendió la espedicionde Argel tan desgraciada como 1a. de W alia. F elipe I I ame­
nazó constantem ente los reinos de T únez, Arjel y T rípoli; se apoderó del prim ero por medio
d edon Juan de A ustria, y se le atribuyó el proyecto de conquistar á Fez v á M arruecos. Cada
uno de es Los príncipes se halló en situación ventajosa p ara apoderarse d é la región Atlántica,
agregarla á la P enínsula, defenderla y conservarla. Pudieron y debieron realizarlo. No lo
hicieron porque no fué consultada la política ni el bienestar d é la nación española, cuyos re ­
cursos se agotaron eu em presas im portantes soloá la ambición personal de sus reyes. F er­
nando habiaheredado con la corona de Aragón las g uerras de Italia: Carlos añadió las de
A lem ania, el Piam onte y Flandes: Felipe quiso abarcar el mundo invadiendo con sus p re ­
tensiones la In g la te rra , la F ra n cia , las naciones del Báltico, etc., etc. ¿Q ué hubiera sido
del África si se hubieran empeñado en su conquista los talentos del G ran C apitan, si h ubieran
batallado allí los tercios que ensangrentaron la Italia y los Países B ajos, si se h ubieran em­
pleado para esta gloriosa y útilísim a em presa la tercera p arte de los tesoros derram ados tan
livianamente en corrom per álo s ingleses, en m antener una facción en P arís y en reu n ir y sos­
tener !a armada invencible? »
«P or o tra p a r te , esos afamados monarcas no dirigieron sus golpes contra el Africa en el
interés de la España. ¿ A qué entonces avanzar en el Medí terráneo y provocar de cerca las iras
de todo el poder del O riente cuando solo eran dueños de algunas plazas en las costas occiden­
tales? (1)»
A pesar de todo eso , la posteridad hubiera absuelto á Felipe I I de la responsabilidad de
su funesta ambición, si hubiese asegurado la adhesión del P ortugal á, España. Pero en vez de
asimilarse ese pedazo d é la P enínsula, en vez de identificarlo al régim en general respetando
en él tam bién sus leyes y costum bres, en vez de com pletar, en fin , la obra de la naturaleza y
d éla histo ria, trató á sus nuevos súbditos, no menos españoles de nacim iento, como á vasa­
llos de conquista y preparó el día de su emancipación. Si el Portugal hubiese quedado enton­
ces íntimam ente incorporado á E spaña con sus colonias; si un a política hum anitaria hubiese
presidido al gobierno de esta s; si el espíritu belicoso de ambos pueblos se hubiese dirijido con­
tra el A frica;sien lugar de prom over la em igración á A m érica, en busca de u n a p atria me­
nos aílijida por el fisco y quebrantada por estériles g u e rra s, se hubiese favorecido la industria
y el comercio; si los caudales invertidos en levantar treinta ciudadelas, fortificar sesenta y cua­
tro plazas,construir veinticinco arsenales (2) erigir soberbios y numerosos palacios, iglesias y
m onasterios; si los veinte millones (3} em picados en rem over las enorm es canteras del Esco­
rial; si todos esos tesoros se hubiesen empleado en cruzar de caminos y canales la Península
¡cuán diferente la suerte de ambos estados, y cuán distinta su situación actual’·
Pero la E spaña, arrebatada por la g u erra á, lejanas em presas y em briagada con sus triu n ­
fos, no reparó entonces que el camino de las victorias la conducía al abismo. Esa insensata po­
lítica de conquista y vasallageexigió los ejércitos perm anentes, engendró de la ambición y
el despotism o, y con ellos gruesos m anantiales de oro con que sustentarlos. Las g u erras contra
F ran cia, In g laterra y Holanda costaron á Felipe I I cerca de seiscientos millones de ducados.
Y p ara adquirir recursos no hubo m edio, por funesto que fuese, á que él no ap elase: aumentó
y estendió los impuestos sobre los artículos de prim era necesidad; hizo cuantiosas enagena-
ciones; cangeó con la corte de Roma la facultad de poner á contribución los bienes de la
iglesia por la bula de la Santa C ruzada, con lo cual nada perdió aquella; obligó tam bién á la

{ 1 ) Diccwhario de la política, enciclopedia de la lengua y de la ciencia política y do todos los sistemas societarios
por E. Chao, A. Romero Orliz j Mf Ríiiz de Quevedo: Madriil, 1850. ( en publicación, }
( 2 ) hatos arsenales, con que .Felipe II doló á varias naciones ex tran jeras, consíruian. barcos para- la g uerra no para
Pretejer la mnrtna mercante.
( 3 ) T é j a s e en cu e n ta el diferente v alo r del n u m erario con relación t n u estro s tiem pos. Los adm irables irab n jo s <k>
B erru g uete en la sillería de la ca ted ral de Toledo solo figuran por algu n o s m iles de m aravedises en la s cu e n tas que
flrjuol cabildo conserva y hem os te n id o ocasión de ver»
iv
nobleza á contribuir con alguna p arte del producto de sus bienes al erario; y cuando hubo
agotado todos estos recursos en sus depredaciones por la E uropa y los inmensos tesoros délas
flotas de América, acudió ¿.em préstitos onerosísimos y se degradó hasta ir pidiendo de casa
en. casa un donativo voluntario ó, como dijo el pueblo, mendigando su sustento de p u e rta en
p uerta.
Sin em bargo, no era hasta tal grado cierto, pues en medio de la m iseria pública la casa
real desplegaba la magnificencia que correspondía al que aspiraba á ser señor de reyes.
Fernando é Isabel habían gastado doce mil m aravedís al añ o : Garlos I necesitó y a ciento
cincuenta m il: Felipe II no tasó sus g a s to s, porque le hubiera parecido degradar su ma­
je sta d .
P or eso tampoco consintió en com partir su soberanía. T ras la derrota de las comunida­
des, cuyo levantam iento habían producido el desden y las arbitrariedades de la corona, el
predominio de codiciosos extranjeros y la absorcion de la propiedad por el clero y la no­
bleza, y despues de la ejecución de las libertades aragonesas sobre el cadáver de su Justicia
M ayor, aquellas famosas cortes españolas, única antorcha de la libertad en el m undo, ya
no fueron convocadas sino p ara llenar nuevam ente el tesoro exhausto por las disipaciones
de la corte ó p ara escudar con u n simulacro de adhesión nacional las usurpaciones de los
reyes. Felipe II no pudo olvidar jam as aquella altiva am enaza dirigida por las corles á su
padre en la solemnidad de su juram ento: «T ened presente que un rey es también un asa­
l a r i a d o de sus súbditos.» Cerró su p u e rta á los concejos y convirtió en objeto de vil m er­
cancía la representación de las ciudades (1) distribuyendo en tre sus diputados gracias,
honores y riquezas. Desde el momento en que los pueblos vieron desnaturalizado su
derecho y corrompida su voluntad, no se cuidaron de semejante institución, y pudo aquel
m onarca reg ir el pais á su capricho, sin atender £i sus necesidades n i p restar oidos á sus
quejas y lamentos.
O tras m usas menos personales contribuyeron poderosam ente á la rápida decadencia de
la m onarquía.
La propiedad se hallaba tan aglom erada en manos improductivas que bien puede ase­
g u rarse le pertenecían íós tres cuartos del escaso terreno que en labor habia. Los comu­
neros se habían quejado en sus célebres peticiones de que la nobleza, exenta de pechos,
lo poscia casi todo; y en efecto, la ren ta que percibían solamente los dignatarios se elevaba
á 1.482,000 ducados an u ales, cantidad enorme , si se atiende á la depreciación del nu­
m erario en aquellos tiempos. La nobleza á su vez, por la boca del duque de A lba, se la­
m entaba de que la iglesia poseía una ren ta de dos millones de ducados y no le quedaba
al em perador « un palmo de tie rra con que recom pensar á sus ca p itan es.»
. El descubrimiento de las Américas ha podido ser un acontecimiento providencial, ne­
cesario al armónico desarrollo de la h um anidad; pero no es y a un problem a p ara España
que, según rigió la m onarquía su gobierno, consumó su propia ru in a con la de aquellas
regiones. Bastardeó el carácter espiritual de la nación dispertando en todas las clases e)
deseo de una ráp id a y fácil fo rtu n a; arrancó á las industrias heredadas de los árabes y los
judíos la m itad de sus brazos ; y diezmó la poblacion, harto reducida y a por las bichas in­
testinas. Sus vírgenes tesoros p u d ie ro n , bajo u n régim en adm inistrativo inteligente é in­
te g ro , haber sostenido constantem ente llenas las arcas que vaciaba la g u e rra ; pero el
desorden y las dilapidaciones evaporaban instantáneam ente los codiciados cargamentos de
sus flotas.' En 1Ü95 desem barcaron en San Lúcar trein ta y cinco millones de escudos de-
oro y plata, de los cuales nada existía ya al año siguiente. El valor de otras rem esas en
muy corto núm ero de años ascendió á seiscientos millones de reales, igualmente disipados.
Debió también el descubrimiento de aquellas fértiles tierras constituirnos dueños del co­
mercio del m undo con m ayor razón que lo han sido despues la Holanda y la In g laterra;
pero la E spaña no acertó sino á destrozar sus entrañas y en treg ar la presa á otras na­
ciones. Como nada producíam os, nada nos tocaba de aquellos tesoros, que no hacían mas
que atravesar nuestro suelo. Si la America fué como se lia dicho, el pozo de oro de la
E u ro p a , es evidente que la E spaña no fué mas que la ru ed a hidráulica, que tom a en un
punto para, v e rte r en otro, gaslando entretanto su propia existencia. A la m uerte de Fe-

(1 ) H ubo dip u tad o que gaslft 14,000 ducados en s u elección.


Upe I I , apesar de tan cuantiosas exacciones, mentas, em préstitos y flotas, quedó al erario,
la enorme deuda de ciento cuarenta millones de ducados.
La inquisición, introducida por un falso celo religioso de los reyes Católicos, fué dege­
nerando en política bajo sus sucesores, que no obtuvieron su cooperacion sino á, trueque
de concesiones é inmunidades funestas para la agricultura, la industria y la ilustración del
pais. Bajo la sangrienta dominación del que se llamó Santo Oficio cayeron las víctimas á
m illares: el cardenal Cisneros condenó á mas de cincuenta y dos m il, de los cuales tres
mil quinientos sesenta y cuatro á la hoguera; Torquem ada sujetó a tormentos bárbaros á
mas de veinte m il; y el dominico Deza, de treinta y ocho mil cuatrocientos cuarenta reos,
hizo m orir abrasados á dos mil quinientos ochenta. Según los cálculos mas autorizados, la
inquisición y la espulsion de la raza m usulm ana costaron á E spaña, solamente en el prim er
reinado de la m onarquía un id a, la inapreciable pérdida de dos millones de sus mas labo­
riosos habitantes. A este precio com praron aquellos reyes la unidad religiosa de la mo­
n arq u ía j funesto bien q u e , cohar lando la libertad al pensam iento, debía quitar de nuestras
manos la bandera de, la civilización y colocarnos á retag u ard ia de naciones que obedecían
antes nuestra voz y seguían nuestras huellas.
El estruendo cíe los com bates, la admiración que infundieron los portentosos descubri­
m ientos del Nuevo-M undo y sus maravillosas riquezas, y el entusiasmo que escitaron Jos
ingenios españoles del siglo X Y I, ahogaron por mucho tiempo los aves que!arrancaban
ta n ta m iseria y desolación, porque salían de m uy abajo, salían del pueblo. Pero apenas
descendió al sepulcro Felipe I I , cayó al suelo la dorada vestidura de la m onarquía y apare­
ció á la vista de la E uropa el cuerpo examine y lacerado de la nación.
Este espectáculo triste es también el que va á contem plar el lector.
REINADO D I FELIPE III.

CAPITULO I.
1598— 1609.

Canicie!· de Felipe 111, del duque tic Lfínuii y de ‘Ion Rodrigo Calderón : nepotism o del J u q u e : botina régi;is; in ¡lig a,
inm orales contra varios ironos de E u ro p a.—»(¿uiutu de Los Paises-D ajos: verdadero c a rá cte r de su cesión ; sucesos '.le
Rois-le-Duc y San A ndrés: convoca el archiduque los lisiados gen e ra les en solicitud de m u r a o s : atrev id a esp ed id o »
de los confederados coulra Niwvporl.—T entativas desgraciada.* co n tra In g la te rra y A rgel.— A dquisiciones on Itulin
v A m érica.— Alteración do la m oneda.—E ncuentros m arítim o s con los H olandeses.— Paz con In g la te rra ñ la m u e rte «Je
su reina IsabcL—C élebre sitio de Ostejule y otros v en tajas de Spinola.— P én lid a de la Ilota de A m érica: nuevos e n ­
cu entros m arítim os con los holandeses. —-D efinitiva fijación de la corte cu Madrid : juicio de esta dU iiosu-im i—l J1nnr·^
<lt· S p iu o líi: tre g u a de 12 años con H olanda.— Vcutiijns en A m erica.— Espedicion co n tra M arruecos.

a naturaleza no hahia dotado al hijo de Felipe II con


ninguna cualidad de mando y ¡sin em bargo tenia que
ser r e y , y re y de la mas gran d e m onarquía de la tier­
ra! Aquel principe , tan severo dentro como fuera de su
palacio, educó á su heredero en el tem or místico y la
soledad, alejándolo de todo contacto con aquellos á
quienes estaba destinado á g o b ern ar, sin esceptuar 4 .
su misma herm ana: sistema propio de aquel re y , de
su institución y de su época tener al pueblo á larga
distancia del tabernáculo. El arzobispo de Toledo,
don García de Loaysa, trabajó en vano por fecundizar su entendim iento, vivificar su
espíritu pusilánime y vencer la natural indolencia de su carácter. Ilizo que su amigo el
P. M ariana, teólogo, orientalista é historiador afam ado, escribiese u n célebre libro de la
educación de los príncipes y obligaciones de Sos reyes que , antes de ser condenado á las
llamas por el parlam ento de P a rís, lo había sido al desprecio de la persona á quien fuera
dedicado. La misma resistencia halló su padre cuando quiso formar en él la instrucción
práctica de! gobierno nombrándolo presidente de un consejo de los hom bres mas entendi­
dos de su tiempo, que trataban á su presencia los negocios arduos de la adm inistración,
pues jam ás supo darle cuenta do sus sesiones y menos m anifestar un dictamen propio.
Prefería la caza y otras diversiones á aquellos cuidados cuyo objeto c -importancia no a l- '
eanzaba á com prender. Así el anciano Felipe II solia exclamar tristem ente en los últimos
anos de su vida: « ¡Aquel D ios, mi favorecedor con tantísim os estados, no lia tenido á bien
2 m S T O M A D E ESPAÑA.
agraciarm e con un heredero capaz de gobernarlos!» P u d iera decirse en efecto, al ycr tan
de ordinario suceder mezquinas medianas á los grandes hom bres, que era un a protesta de
la naturaleza contra el principio hereditario del poder. Cuando aquel llegó á su hora pos­
tre ra , llamó á su hijo é hízole prom eter con ruegos y patéticas reflexiones que encomen­
daría la dirección del estado á los hombres cuya fidelidad y talento habia conocido en el
largo período de su reinado; mas no por eso se tranquilizó su sem blante, pareciendo re­
velar en sus últimas lágrim as aquella ambición m oribunda que lloraba el primero la ruina
de la m onarquía.
La nación , aunque ignoraba las cualidades de su n u evo dueño , celebró su proclama­
ción (11 de octubre de 1598) con m uestras de regocijo y esperanza, porque el que sufre
tiene siem pre lo desconocido por mejor. Tomando por dotes delcorazonlo que no era sino
efecto de la hum ildad de su talento y de la ausencia de toda v o lu n ta d , elogió el trato lla­
no y la condícion apacible de aquel ¡oven de veintiún a ñ o s , en cuya cara creía ver toda­
vía, como recuerdos gloriosos, los caracteres de la raza im perial, y hallaba de menos con
satisfacción los rasgos sombríos y secos de su padre. Yió sin desconfianza la elevación de
su privado, don Francisco Hojas de Sandoval, m arqués de D en ia, desde su prim er escu­
dero á consejero de estado, y miró acaso con placer e! alejamiento de los esperimentados
m inistros del anterior reinado, pues el pueblo recibe siem pre con aplauso la caida de los
poderosos. Pero no tardó mucho en arrepentirse de su ligereza y acrecentar el sordo m ur­
mullo con que la nobleza habia acogido por envidia el súbito nombram iento del m arqués,
que cambió m uy pronto su título por el de duqu-c de Lcrm a, con que es en la historia co­
nocido.
E ra Sandoval una de esas vulgaridades que hacen fortuna en los palacios por la belle­
za de sus form as, la finura de sus modales y la estudiada afectuosidad de sus palabras;
bueno para ornato de una córte ó solaz de un príncipe, pero nada mas. Su talento no era
m uy superior al de su a m o ; y , lo único que puede reem plazarle y hacer á un favorito dig­
no de la silla del hombre de estado en algunas circunstancias, la instrucción, no era lo
que mas brillaba en su fácil palabra. La semi-imbecilidad del príncipe y la confianza adqui­
rid a en las partidas de caza le habian hecho dueño del ánimo de su señor y dejado entrever
la toga del m inistro desde la librea del escudero.
No se le ocultaba, sin em bargo, que la dirección de una nación exige u na capacidad, y
la buscó en uno de sus pajes, el desgraciado don Rodrigo Calderón. Aunque reunía este
algunos alcances mas que' sus dos am os, distaha mucho de poseer las em inentes dotes que
exige una grande m onarquía am enazada de ruina. Habia leído la historia, acaso por entre­
tenim iento mas que por previsión; conocía el vacío que suele haber dentro de los palacios t y
no dejaba tal vez de apreciar debidamente los diversos elementos de gobierno y de resistencia
qué encerraba España. Pero carecía de toda instrucción especial; no supo atraerse y conser­
v ar los dos apoyos d é la autoridad en aquel siglo, el derecho y la nobleza; su carácter altanero
le creó enemigos poderosos, contra los cuales no tenia mas am paro que el de otra frágil
fortuna; y gustaba de los beneficios tanto como del brillo del p o d er: defectos que el pueblo
no perdona fácilmente. Tenia además contra sí la ilegitim idad de su nacimiento, que, en me­
dio de una córte henchida de orgullo, era como un padrón de afrenta p ara ella y un pre­
gón de escándalo para el país.
Vino pues á. quedar la vasta m onarquía de Felipe II con tres rey es; de los cuales el
uno llevaba el títu lo , el poder el o tr o , y el pensam iento el últim o. El p u eb lo , que no te­
nia entonces participación alguna en el gobierno, pero que se apasiona de la fuerza, aun
de la que le op rim e, perdió sus prim eras sim patías hácia aquel príncipe que necesitaba dos
pajes p ara sostenerle la corona en su cabeza. E spaña quedó dependiente de u n a triple tu ­
tela y , lo que tiene para ella u n a significación harto ¿olorosa, bajo el gobierno del valido
de u n valido.
Los prim eros actos del nuevo m inistro solo fueron bien recibidos del clero, cuyos inte­
reses y esperanzas alhagaba. Sus tíos don B ernardo de Sandoval y B orja aparecieron súbi­
tam ente nom brados, el uno inquisidor general y arzobispo de Toledo, y el otro presidente
del consejo de P ortugal; su h e rm a n o , virrey de Valencia,'y su cuñado, de Nápoles; uno de
sus yernos, general de las galeras de E spaña, y el o tro , presidente del consejo de Indias.
Este" nepotismo im pudente aum entó el encono de la nobleza, en quien estaban entonces
vinculados los altos cargos y dignidades.
REIiíADO DE F E 1IP E I I I . 3
El país perdió también sus esperanzas al ver la insensata profusión ron que se celebra­
ron (1599) las bodas de! rey con la hija del archiduque Cárlos de A u stria, doña M argarita,
y de su herm ana la princesa Isabel con el archiduque Alberto. Un millón de ducados, inver­
tidos en regalos nupciales, fueron á aum entar la enorme deuda que apareció el dia de la
m uerte de Felipe II. Pero si estas locas prodigalidades pudieron disculparse todavía con la
solemnidad del suceso, los cuantiosos ausilios y las formales promesas hechas á los archidu­
ques en su partida á los Paises-Bajos pusieron en evidencia el desastroso sistema que el
duque de Lerm a se proponía desplegar en el gobierno, mezquino remedo de la funesta po­
lítica del anterior reinado.
Solicitó formalmente la cesión de la Bohemia y la H ungría por medio de su embajador
en Viena dou Baltasar de Zúíiiga (1 ); aspiró en Italia á l a Valtelina y la Savoya; preparó
las intrigas que debían dar á su amo el trono de Inglaterra á la m uerte de la reina Isa­
bel (2); y maquinó contra el rey de Francia apenas acabada de ratificar la paz de Y er-
vins (3).
La herencia del pensamiento político de Felipe II era com pleta, pues sin reserva se
pretendía cierto vasallaje de todas las coronas á la d e España (4). Y p ara apoyar tam aña as­
piración se sostuvieron dispendios cuantiosos é inmorales en Francia como en Inglaterra,
en Alemania como en Italia y el A ustria. El duque de Urbino recibía doce mil escudi anua­
les y el sueldo de cuatro coroneles, veinte capitanes, trescientos hom bres de caballería y
cuatro compañías de infantería, que debían en la ocasion oportuna estender los dominios
del Milanesado y Nápoles. Los O rsinis, Cesarinis y g ran número de nobles y cardenales
estaban igualmente á sueldo de España p ara servirla contra su p atria (o ). En Alemania y la
G ran Bretaña los católicos, disimulando su venalidad con el celo religioso, se prostituyen de
la misma m anera. Y en A ustria dos cardenales y el arzobispo de Y iena en tran en el reparto
de lasgruesas cantidades que se rem iten á Zúñiga p ara negociar la adquisición de la Hungría
y la Bohemia (6).
Se derram aban por E uropa todos estos gérm enes de g u erras cuando la de los Países-
Bajos ofrecía una siniestra perspectiva. La cesión que Felipe II había hecho de esta corona
á la infanta Isabel no fué sino una generosidad aparente con la mira de sofocar la insurrec­
ción de aquellas provincias quitando de su vista el objeto. Se había estipulado que las plazas
principales tendrían siem pre guarniciones españolas; que los nuevos monarcas habían de
estar en paz ó en g uerra con los amigos y enemigos de España; y que todas sus relaciones
con las demás potencias se someterían al conocimiento y aprobación de nuestro gobierno.
¿E ran así los nuevos reyes mas que vasallos coronados de la España? La revolución no se
dejó engañar, antes redobló sus esfuerzos contra unos pretendientes que se presentaban á
su pueblo insultándolo, pues en prueba de lealtad hacia sus protectores, llevaron á su córte
el tra je , los usos, la etiqueta y hasta la lengua de Castilla.
Habían malgastado en las fiestas de su recibimiento los caudales destinados á satisfacer
las pagas del sol dado, harto predispuesto por los atrasos que sufria á la indisciplina. Suble­
vóse un cuerpo de dos mil infantes y ochocientos caballos, que se hizo fuerte en Hamont,
ciudad de la Lieja, y promovió la deserción en las dem ás tropas italianas, alemanas y v a ­
lonas. Aprovechándose el príncipe Mauricio de estos desórdenes, acomete cerca de Boi-le-
Duc á un trozo de caballería, y sobre los cadáveres de quinientos ginetes pasa á sitiar la plaza
de San Andrés, recien fortificada y guarnecida á l a sazón por mil doscientos soldados, que se
habían contagiado de la rebelión y depuesto á sus oficiales. A la vista del enemigo resolvieron
defenderse con tesón, no pensando en convertir un delito de disciplina en un crimen de trai­
ción á la p a tr ia ; pero, cuando perdieron las esperanzas de socorro, se rindieron pasando á
.engrosar las filas del principe.
Una deserción que al consumarse vuelve las arm as contra sus jefes es u n a am enaza de

( 1 ) A rchivode S im ancas: A. 5 9 4 9 2 y SIS.


( 2 ) E l em ljojador de E spaña on F ran cia, don Iñigo de C árd e n as, pasó e n 1012 í¡ F e lip e III uno lista de m as de veinte
nobles escoceses que se ponían i s u servicio. Archivo de S im a n cas: A. 59 y 255.
( 3 ) E n 1605 filé condenado ii m uerte el conde de M oirargties, por h ab e r tra ta d o eoü don B altasar de Zúiiijja la en ­
tre g a de M arsella á los españoles.
(i ) E n la c a ria q u e F elip e III eiivii’v a Jacobo I de In g la te rra a l firm ar la p a i de 1 6 9 3 , n o le (lió el tra tam ien to de
A e rm o n o , seguo ea c o s tu m b re , sillo el do p r t'm o ; y de la im p ren ta Real salió en MH2 u n lib ro en q ue se sostenía la s u ,
perioridad do los reyes Católicos do E spaña á todos los dol m undo.
( 5 ) H ankc.
< « ) 77,777 escudos ,· so b re 4 m illones de reale9,-T alor re la tiv o : A rchivo de Sim ancas A, 59 y 210.
TOMO. IV . 3
* niSTO IlIA DE ESPAÑA.
m uerte a l a causa que la esperi m enta; y para evitar que se propagase, los archiduques con­
vocaron a Bruselas los estados. Les manifestaron la causa de aquellos desórdenes, y en
ademan de súplica solicitaron socorros extraordinarios, puesto que la inminencia del peligro
no perm itía aguardar los subsidios de España. Cuando un poder presenta tan desnuda su de­
bilidad basta la misma adulación se hace altanera. Los diputados reunidos, que no eran sino
los favoritos de aquella corte naciente, renovaron sus protestas de alecto y fidelidad, pero
negaron los recursos. Iban menguando en su ánimo las probabilidades del triunfo de España,
cuya estrella se oscurecía visiblem ente, y á protesto de la miseria del país, que babian ven­
dido á los extranjeros, indicaron al archiduque una transacion con las provincias confederadas
como medio de salir del conflicto. No se negaron estas á en trar en tratos por no desairar al
em perador de A ustria, seguras de que se rom perían á la prim era sesión. Los confederados
en efecto no querían una nacionalidad á m edias, y los archiduques tampoco querían p artir
con sus vasallos la corona.
Tras este rompimiento invadieron aquellos á Flandes con el objeto de apoderarse de sus
puertos de m a r ,á donde el comercio llevaba medios de resistencia al archiduque. Mauricio
deN asau, general esperim entado, no habia aprobado esta empresa. atrev id a, que podía por
la sorpresa aterra r al enem igo, porque una sola plaza distante d éla Holanda no permanece­
ría mucho tiempo sin ser combatida y sin sucumbir abandonada. Sin em bargo, accedió al
deseo de los confederados y desembarcó cerca de G ante un ejércilode quince mil infantes y
mil quinientos caballos que se encaminó rápidam ente contra la im portante plaza m arítim a
de Newport Los archiduques, asombrados mas no abatidos, ju n tan doce mil hom bres; la
princesa Isabel, inspirada por el peligro de varoniles arranques, los entusiasma ofreciéndo­
les sus joyas, si necesario fuese, y sus rentas para pago de sus haberes; y una voz unáni­
me le responde que N ew porl será salvada ó m orirán todos á sus puertas. La consternación
del príncipe Mauricio no fue menor que la de sus contrarios al tener noticia de su aproxi­
m ación, p o rq u e, no esperándola tan inmediata y habiendo confiado en que la plaza sor­
prendida no tardaría en rendirse, no había fortificado su campo. Los españoles arrollan
con brío la retaguardia del sitiador y corren á envolver al cuerpo situado entre la plaza y el
mar. E sta im prudente operacion, que colocaba á los españoles entre dos fuegos, impedida
en efecto por los certeros disparos de los buques holandeses, vin o á ser el origen de la der­
ro ta en que se transformó aquella acción tan felizmente empezada. Pelearon con desespera­
ción los españoles por espacio-de algunas h oras, basta qu e, herido de gravedad A lberto, se
retiraron á Brujas no con miedo del enemigo sino de su fortuna. Mauricio prefirió torpe­
m ente volverá atacar la plaza á perseguirlos en su retirad a, y purgó su e rro r, pues aque­
lla se resistió con tenacidad y le obligó á reem barcarse para Holanda, sin ser derrotado, con
la pena de la desgracia que habia presentido.
F ué mas afortunado ene! sitio de R him bcrg, plaza cuya posesion im portaba á sus nue­
vos planes, y de la cual no creyó el archiduque apartarlo sino sitiando a su vez la de O s-
tende. Empero este sitio m em orable, que empezó como un recurso estratégico, que ocupó
ádiversos generales y num erosas fuerzas por espacio de tres años; que absorvió inútilm ente
tantos caudales y costó á ambos ejércitos tanta sangre, no estorbó que Rhim berg y luego
Grave (1602) ,ap esar de su denodada resistencia, capitulasen.
E ra la In g laterra quien ayudaba á los confederados con sus arm as, tesoros y consejos
contraía E spaña, enquien aborrecía la reina Isabel á la dinastía austríaca, que ocupaba su
trono. E l de Lerm a habia hecho contra ella un desgraciado ensayo de venganza apenas ele­
vado al poder. Equipó una arm ada de cincuenta velas, y el alm irante don Martin de Padilla
recibió la orden de encerrar en sus puertos al comercio inglés para hacer sucumbir por ham­
b re el erario de su nación. Una tem pestad, dispersando n u estra escuadra, evitó á la Inglater­
r a el combate. Aun fué-mas desgraciado Lerm a en su segunda tentativa contra aquellas islas,
tan bien defendidas por sus soldados como por el Occéano. Una fuerte escuadra condujo á l a
costa m eridional de la Irlanda seis mil plazas de desembarco á las órdenes de don Juan de
A guilar ( alumno del duque de Alba, que se apoderó m uy luego de Kinsale. Desde allí envió
dos mil hombres en auxilio del conde de Tirón, que se habia rebelado contra su rein a ¡p e ra
apenas incorporado, el virrey de la isla los derrotó , Ocampo, jete de los españoles, quedó
prisionero, y Aguilar se vió precisado á proponer una honrosa capitulación, que le restituyó
con sus tropas á España. La victoria de la Inglaterra 110 fué brillante ni la derrota de la es-
pedición costosa; pero el golpe moral que sufrió la reputación de nuestros generales y sóida-
BEINADO DE FELIPE I I I . 5
dos, y mas aun nuestro gobierno, á quien se consideraba en E uropa obrando siem pre bajo
las inspiraciones de una política constante y profunda, nos quitó ese prestigio misterioso y
la fuerza que le acompañaba.
Al tiempo que partía la espedicion contra Irla n d a, otra de setenta galeras con diez
mil hombres de desembarco , á las órdenes de uno de los mas famosos marinos de su épo­
ca, se dirigió contra Argel. Los corsarios huyeron á su vista, y la plaza no hubiera dis­
putado por mucho tiempo su rendición; pero una borrasca que sobrev ino en medio de la
noche destrozó muchos buques, y tuvieron los demas que ir en dispersión á buscar u n asilo
en los puertos de la Sicilia. ... ·. . u-
De tales pérdidas poco debía consolar á la córte la adquisición del m arquesado de Jn -
nal en Italia por el conde de F u e n te s g o b e rn a d o r de M ilán, ni la terminación de la con­
quista de Nuevo Méjico en la América septentrional por el general Oñate.
La América, abriendo sus entrañas á la codicia de los gobernadores, no bastaba á lle­
nar el vacío de las arcas del erariode la metrópoli n i á aliviar lam iseria general déla nacion-
La escasez de num erario era tan grande que el m inistro juzgó necesario someter la inves­
tigación de sus causas y la indicación del rem edio al Consejo de Castilla, tribunal de con­
sulta para las grandes cuestiones de estado, que gozaba de una alta reputación de ciencia y
madurez. H oy, que la economía política h a hecho tantos progresos, su informe nos parece
un examen empírico mas que una apreciación de estadistas em inentes. A tribuyó la escasez
á la grande fabricación de alhajas de oro y plata y á la cuantiosa estracción de estos m eta­
les al extranjero; y en su virtud se publicó una pragm ática prohibiendo una y o tra , y or­
denando que todos los súbditos de la m onarquía presentasen un exacto inventario de cuanto
poseyesen labrado en oro y plata « porque, se decía, S. M. tiene entendido que la cantidad
de estos metales es tanta q u e , si se reduce á moneda corriente, b astará p ara redim ir á
la nación de los quebrantos que p ad e ce .» ¡Cuan pasmosa ignorancia de lo que constituye
la verdadera riqueza de las naciones y del papel que la moneda representa en las tran sa­
ciones m ercantiles! Si el num erario se ocultaba, era simplemente porque se le p e r se g u ía
con impuestos exorbitantes; si se le exportaba, si em igraba, era porque tenia que ir á
buscar fuera de E spaña lo que en ella no encontraba el consumidor. F altab a, en un a pa­
lab ra, el num erario porque faltaban los valores que él está destinado á rep resen tar, por­
que no había producción. Asi la p ragm ática, que hubiera sido una medida esencialmente
revolucionaria contra los ricos, que hubiera sido una especie de ley su n tu aria, si llenase
su objeto, sublevó todos los ánimos en general, particularm ente á la nobleza y al clero,
que dedicaban gruesas cantidades á la adquisición de alhajas. El m inistro retrocedió es­
pantado de sí mismo ante la actitud de la Iglesia, y apeló á otro recurso, empleado ya con
desgracia por otros rey es, la alteración de la moneda.
Alfonso X , don Sancho, Fernando el Em plazado, Alonso X I , E nrique I I I , habían
acuñado moneda de baja le y , que no era en realidad sino u na falsificación con el sello del
estado. La Francia dio con h a rta justicia por esta razón á Felipe el Hermoso el apodo de
•moneden falso: don Juan I y don Juan II habían respetado la aq u ilataro n le g a l; pero ele­
varon el valor de las monedas. Estos dos hechos no son en el fondo mas que uno mismo,
pues de ambos modos la m oneda vale menos de lo que rep resen ta; con la sola diferencia
de que en un caso se da con engaño y en el otro á sabiendas. ¿M as qué im porta que este
fraude se haga en la aleación de los m etales ó en la elevación de su valor ? Las consecuen­
cias serán siempre las m ism as: m ientras el comercio no restablece el equilibrio de todos
los valores; m ientras no llega á pedirse, por ejem plo, veinte reales nominales de la nueva
moneda en vez de los diez efectivos de la antigua; m ientras no se aprecia exactamente la
cantidad del fraude para aum entarla ó descontarla, rein ará el caos y h u irá el crédito, su­
birán de precio todos los artículos, los jornales serán mas crecidos, la agricultura y la in­
dustria no podrán sostenerse y abandonarán los campos y los talleres, se ocultará el dinero
y se recargarán los impuestos.
Estos fueron precisam ente los resultados inmediatos de la alteración que hizo en la mo­
neda la ignorancia económica del duque de Lerm a y de su época. Hay que añadir el contra_
bando, escitado por la estafa que hacia el erario, pues los extranjeros, Francia y Genova
principalm ente, fabricaron'inm ensas cantidades de vellón con que inundaron fácilmente la
Península para cambiarlo por la moneda de oro y plata, así como sus géneros, que no vendían
á otro metal. Llegaron á circular de esta m aneda, naturalm ente mas falsificada que la de
'J HISTORIA DE ESPAÑA.
estado, cerca de treinta millones de reales, y la plata y el oro ganaron el trein ta por ciento
en el cambio. No faltó quien previera estos males y predijera el sentido clamor de los pue^-
blos (1 ); pero ni la evidencia de sus raciocinios, 111 la moderación del escrito, ni el carác-
te r sacerdotal de su autor le pusieron á salvo de un p ro ce so , cuya sentencia se elevó hasta
Rom a, y de las mas crueles persecuciones. C ensurar al poder en aquellos tiempos era so^
licitar el m artirio.
l a flota que en tan crítica situación nos traían los galeones de Indias liuho de caer en
manos de los holandeses, que venían á perseguir nuestro comercio h asta sus mismus
puertos. No les habia sido propicia hasta entonces la fortuna, pues poco mas de un año
habia que P adilla, com andante de la escuadra del M editerráneo, despues de arrojar sobre
sus playas una nube de berberiscos que infestaban aquellas costas, d errotara nueve navios
holandeses, ¥ en esta ocasion el alm irante Bmollero apresó otros siete sobre el cabo de
San Vicente y ahuyentó á los dem ás, salvando los caudales de A m érica, m ezquina espe­
ranza de un gobierno inepto que no sabia h a lla r.e n su propio suelo los tesoros que en­
cierra.
Otro acontecim iento mas im portante vino este año (1603) á sonreír á E spaña con los
. alhagos de la paz; fué la m uerte de la reina Isabel de In g laterra. E ste último vastago de
la dinastía Tudor juntaba á las flaquezas de su sexo una inteligencia su p erio r, un corazon
varonil y un orgullo tan enérgico que podía llevarla hasta la crueldad. E nem iga de la
dinastía austríaca, no habia cesado, desde que subió al trono en 1558, de com batirla en to­
das partes con u n a perseverancia que no fueron capaces de queb ran tar el g ran poder de
Felipe I I ni los mayores reveses. Ausilió con todos los recursos de la G ran Bretaña la
revolución de los estados confederados; apoyó en F ran cia, en Italia, en América y donde
quiera á. los enemigos de E spaña; persiguió su comercio, destruyó sus escu ad rasf y echó
los cimientos de esa m arina inglesa, que tari funesta habia de sernos. No fueron segura­
m ente Luis X IV ni su gran m inistro, sino esa reina de grato recuerdo p ara su nación,
quien hirió de m uerte á la monarquía española. Así su desaparición de la escena del mundo
fué tan alhagüeña para esta cuino sensible para sus enemigos, muy particularm ente la Ho­
landa.
Su sucesor Jacobo I , á quien Felipe habia ofrecido ausilios cuando Isabel hizo m orir
en un cadalso á su m adre M aría S tu a rt, sentía cierta inclinación á la paz con España como
una deuda de g ratitu d ; p e ro , débil de carácter, no se negó á firm ar el tratado secreto que
contra ella le propusieron sus ministros en unión con la Francia. La córte española fué
entonces mas hábil que lo habia de costumbre. Se dio órden p ara que cesasen entera­
m ente las hostilidades contra los ingleses y se puso en libertad á [cuantos conservábamos pri­
sioneros. E ste acto de generosidad, así como los celos que la In g laterra iba concibiendo de
la H olanda, que no era sino una república de em prendedores m ercaderes, allanaron el ca­
mino á las negociaciones del célebre diplomático don Juan de T ax is, cunde de Villame-
diana, que se presentó en Londres á gestionar la paz. El principal y acaso único obstáculo
fué la exigencia hecha por los ministros ingleses, digna de su patriotism o, de que les
fuese perm itido á los súbditos de la G ran B retaña comerciar en las Indias españolas. Pa­
rece que los manejos de Villamcdiana consiguieron aplazar esta resolución, y el tratado de
paz se firmó en Londres el 19 de agosto de 1604 por el duque de F ría s, apoderado es­
pecial de España.
Este suceso influyó sin duda en la rendición de Oslende. H ay en la historia m oderna
pocos ejemplos como el que ofreció en aquella plaza el honor m ilitar. Hállase Oslende me­
dio enterrada en fango á orillas del Océano y como rodeada por un a laja de canales, algunos
de los que pueden ser surcados en las altas m areas por los buques de alto bordo que sos­
tiene el m ar. A esta defensa natural se unian las del a r te , no menos formidables, hechas
por el duque de Alba y por la Holanda. La parte vieja de la ciudad tiene delante de sí un
poderoso dique que á la vez la defiende de los ím petus del Océano y de los ataques de las
escuadras: la parte m oderna estaba guarnecida de m urallas, bastiones y reductos científi­
camente combinados con los canales, que le sirven de foso. Gozaba con razón en tre los mi­
litares la fama de una plaza inespugnahle, si se la aseguraban los mantenim ientos y m unicio-

) El P, M ariana cu su tra tad o De tnulalione mmeía V . B iografía: tom o I.


REINADO BE FELIPE I I I . 7
nes i cosa fácil teniendo siempre abierta la ancha p u erta del m ar. Los ingleses, franceses
y alemanes la sostuvieron sin peligro constantem ente abastecida.

Doña Murga rila tie toiairia , m u jer de Felipe III.

Puso Mauricio el cuidado de su conservación á cargo de Francisco Y e re , general nacido ■


para estas em presas que requieren tan ta sangre fría como conocimientos y valor. E n un
principio, escasa en núm ero la guarnición, pudo el archiduque conquistarla y estuvo muy
próximo á conseguirlo; pero un oportuno refuerzo de tropas de la Zelandia volvió á Yere
la resolución de nna heroica defensa, é hizo sospechar al sitiador que había sido b u r­
lado por las proposiciones de capitulación que aquel le hiciera con el objeto sin duda de
ganar tiem po. A rrebatado por u n sentim iento de orgullo, ordenó un asalto genera! pa­
ra el dia tristem ente memorable 7 de enero de 1602. A delánlanse con g ran denuedo
los batallones hacia la ciudad que, sum ergida en un profundo silencio , parece que el te r­
ror la h a petrificado quitándole la acción v í a voz. Los españoles se detienen un momento
al pie de aquellas m urallas, que no saben si guarda u n desierto ó un a sep u ltu ra; pero,
apenas habían trepado á ellas, una horrible esplosion hace caer m utilados centenares de
cadáveres. Y ere habiá mandado á sus valientes soldados cruzar los brazos h asta ver de cerca
la cara al enem igo, y en aquel momento hacer una descarga de m orteros con m etralla. Los
sitiadores que sobreviven sueltan entonces los lazos de la disciplina, y cada cual busca la
venganza de aquella espantosa carnicería. El defensor, que conocía los desesperados arran ­
ques del valor español, habia previsto este y preparado las esclusas de los canales, que á
u n a señal suya inundaron en u n momento los fosos y todas ]as cercanías, arrastrando con
los miembros destrozados por la artillería nuevos cadáveres. El toque de retirad a puso fin á
la matanza. La im prudente tenacidad del archiduque quiso renovarla dos dias d esp u és; pero
os soldados, mas entendidos ó m enos ofendidos en su am or propio, se negaron resu ella-
'8 HISTORIA DE ESPAÑA..
m ente al ataqué m ientras no llegasen refuerzos con mayores probabilidades de triunfo. Cua­
ren ta de aquellos bravos militares pagaron coa la vida este acto de insubordinación, digno
sin duda de castigo al frente de una plaza sitiada, y ciento cincuenta fueron condenados
á galeras. A pesar de este rig o r, no se pasóm iicho tiempo sin que presenciase otro hecho
de mas fatal agüero, pues se pasaron á Mauricio tres mil infantes italianos y dos mil ca­
ballos.
Limitóse entonces al bloqueo el archiduque; mas con ánimo tan resuelto de no dejar á
sus contrarios abandonado aquel pedazo de su reputación, que Mauricio juzgó necesario
llamar su atención con una correría por el lírabantc. Saliéronle al paso, y cayó só b rela
plaza de G rave, de la cual, como hemos dicho, se apoderó.
E n tal estado se hallaba esta em presa sobre la cual toda la E uropa tenia fija su vista,
cuando se ofrecieron á la España contra la Holanda dos hom bres eminentes. Federico y Am­
brosio Spínola, herm anos por la naturaleza y el talento, eran originarios de la nobleza de
Génova, donde poseían una inmensa fortuna con un título de m arqués, que llevaba el pri­
mero. Movióles sin duda el afan d é la gloria ó un secreto presentim iento del porvenir reser­
vado á su nombre á presentar en M adrid un plan para reducir á la obediencia los P aíses-
Bajos , plan que los apuros del erario no perm itieron al de Leniia aceptar. Dio, sin em bargo,
á Federico ocho galeras, con las cuales marchó en busca de los holandeses; y aunque los
halló en mucho mayor núm ero, su escesivo ardim iento le precipitó en un combate del cual
salió m ortalm ente herido. Desde aquel momento renunció su herm ano Ambrosio al servi­
cio de la m ar y brindó á, Alberto con su espada, ya de bastante brillo p ara que no l'uese
rehusada.
Sus prim eros actos así que recibió el mando demostraron ya sus em inentes dotes de
general. Como quien sabe que tiene que adquirir por el talento y la moderación la autori­
dad que le negaban su juventud y su escasa práctica en el arte de la g u e rra , convocó á una
ju n ta de jefes superiores, ante quienes espuso sus planes para la rendición de O stende y
la sumisión de los Paises-B ajos, dem andándoles su parecer y su ayuda. Esta aparente hu­
mildad produjo el efecto que deseaba, pues lodos acallaron por el pronto sus sentimientos
de rivalidad, aguardando á. ver si se convertían en victorias aquellas brillantes combinacio­
nes. El por su parte lo esperaba también para exigir después la obediencia que entonces su­
plicaba. Conoció asimismo que u n general joven y desconocido de sus soldados debía con­
quistar su corazon ó perderlo en sus prim eros hechos, cuyo feliz éxito trató de asegurar.
Comprometió su inmensa fortuna para pago de los grandes atrasos que el ejército esperi—
m en tab aá fin de quitar p rete sto á las insubordinaciones y sembró hábilm ente la emulación
en tre españoles, italianos, vvalones y alemanes. Con estos elementos se acercó á Ostende lo­
grando á los pocos dias lo que en dos años no habían conseguido sus antecesores, cual era
establecer el cerco á cubierto de las baterías. Los genios saben verse á larg a distancia , y
Mauricio vio á Spínola desde estos prelim inares del asedio. Hizo sitiar á Esclusa; mas aun­
que este acudió á su socorro por orden de A lberto, el mismo refuerzo que introdujo en la
plaza aumentó el consumo de sus víveres y contribuyó con esto íi su rendición. K adsant y
algunos otros fuertes que se sostenían á. su am paro cayeron en seguida tras su apoyo. TJn
pequeño choque de arm as desgraciado hubiera sido suficiente en estos momentos p ara que
Spínola, este célebre guerrero del siglo X V II, desapareciese bajo los murmullos d é la e a -
vidia. El conoce q u e, si deja á esta algunos d ia s , sus provectos, sus aspiraciones de gloria
m ueren sofocadas en su prim er alien to : sabe del mismo modo q u e, si ataca la plaza en esta
ocasion, puede perecer. Pero Spínola no era de los hom bres que vacilan en esta alternati­
va del descrédito ó la m uerte. Acomete con resolución la p arte vieja de O stende, que su­
cumbe , y sin dar tregua al entusiasmo de sus soldados ni al abatim iento de los defensores,
lanza u n asalto contra el reducto principal de la ciudad nueva. V arias veces fueron rechaza­
dos los tercios españoles é italianos, dejando el camino sembrado de cadáveres, y al íin no
consiguieron ellos apoderarse de aquella formidable posicion, de la cual conocen los sitiados
depende su salvación ó sli ruina. Los alemanes m archan á la brecha con mas sangre liria
. que los dos pueblos m eridionales; peto el enemigo no teme menos aquella resolución que
parece m aquinal. Hace volar una m ina bajo sus pies que abre un grande claro en las filas:
á esta voz, los restos de la división se precipitan h ac ía la ab e rtu ra del lienzo, y corona su
bandera aquel monton de ruinas y de miembros mutilados. Ostende se rinde en seguida, el
20 de setiem bre, saliendo su heróica guarnición con todos ios honores de la g u erra.
REINADO DE FELIPE I I I . 9
' C o n s id e r a d o m ilitarm ente este triunfo, fué glorioso p ara el general y la nación que lo
consiguieron; m a s, si la política ha de pronunciar su fallo, hab rá de decirse que de cuantas
célebres em presas de este género cuenta la historia, ninguna mas estéril, ninguna mas
perjudicial. Esta fué la constante estrella de S pínola: gastar su genio en mezquinos pensa­
mientos, servir á causas injustas ó heridas de m uerte. E n otro siglo, es decir, bajo la in­
fluencia de otro esp íritu , tal vez se vería hoy en él uno de esos hombres que son á un tiempo
lanza y verdugo de una id e a , u n Napoleon. E n Ostende se gastaron sumas inm ensas, pe­
recieron cien m ilhom bres de ambos ejércitos, y no se consiguió con acumular todas las
fuerzas sobre aquel palmo de terreno sino dejar á. la Holanda el largo espacio de tres años
para asegurar su independencia,
Spínola no dejó secar los laureles en su frente. Marchó á Madrid p ara asegurar en la
córte su favor y la subsistencia del soldado, volvió presto á los Países—Bajos y salió á cam­
paña (1605) con la m ira de penetrar en el corazon d élas provincias sublevadas. Evitó p ri­
m eram ente el sitio de A m beres, que los estados de Holanda habían ordenado al príncipe
M auricio; hizo levantar el de Sas de G a n te , y recogió en seguida un a serie de triunfos en
las plazas fuertes del Mosa y el R hiri, en O rdenzeel, Lingen y W achtendouck. Aquí fué
donde, rechazados los españoles por Mauricio, voló Spínola á s u socorro con seiscientos caballos
que llevaban á la g rupa casi todos los tam bores de su ejército p ara persuadir á aquel que
acudía con el grueso sus fuerzas. E l ardid produjo en efecto la retirad a del enemigo y la
rendición de la plaza, á la cual siguió luego la de Cracao.
La escasez de recursos para continuar las operaciones le obligó á volver á la córte, á la
cual encontró mas ocupada en sentir la pérdida de la flota de A m érica, devorada casi en­
teram ente por la m a r, que en celebrar sus últimos triunfos, y por lo tanto poco dispuesta
á secundar sus planes. Lo único que el gobierno hizo fué convidar con un em préstito ven­
tajoso á los comerciantes de Cádiz y otras plazas, que perm anecieron indiferentes á la usu­
ra hasta que Spínola prestó segunda vez su fortuna en hipoteca. E sta hum illación, que el
de Lerm a sufrió sin afectarse, manifiesta el estado lastimoso en que habían caido la ha­
cienda y el crédito de España. Manifiesta también el egoísmo y la avaricia del capital, que
apenas reconoce reglas de moral ni sentimientos de p atrio tism o , y está siempre dispuesto
;i abandonar á aquel á cuyo am paro creció ó de quien recibió la existencia.
La guerra por m ar no era aun á los Holandeses mas lisonjera. Don Luis F a ja rd o , jefe
de una de nuestras escuadras, les quemó en las salinas de A rraya diez y nueve b u q u es, y
pasó su tripulación á cuchillo en represalia de la de dos buques de trasp o rte que poco tiem­
po hacia habían aquellos arrojado al m a r, dos á d o s , en el canal de la Mancha. E sta fero­
cidad en los combates m arítim os no tuvo afortunadam ente im itadores en los ejércitos de los
Países-Bajos. E n la India también atacaron los holandeses de improviso la ciudad de Mala­
ca defendida por M endoza, á quien auxilió tan oportunam ente el virrey de Goa que con­
virtieron la retirada de aquellos en una sangrienta derrota.
Por la m ar también nos era próspera en otras partes la 'fortuna. Los portugueses se­
guían estendiendo por aquellos países sus dominios, todavía en provecho de la E spaña El
gobernador d e S iria n , vencidas las fuerzas navales de A racan, sé apoderó del reino de
P eg u , situado en el golfo de Bengala. Poco tiempo despues (1606} la reconquista de los
Molueas aum entó la alegría de la c ó rte, ya restituida á M adrid no sin disgusto del rey , que
bacía cinco años la había trasladado á Valladolid po r tener allí mas medios de satisfacer los
goces de su pasión mística. Acordóse definitivam ente esta residencia prévio el parecer de
los hombres de estado, que en esta ocasion también adolecieron de los errores m as vul­
gares.
La situación de la capital en Madrid es úna de las tristes herencias que h a dejado á Es­
paña el espíritu absorvente, cenlralízador, en é tic am en te monárquico de Felipe II. Ansioso
de constituir u n poderoso centro de acción en la Península p a ta su gobierno, juzgó, según
las ideas de la época, que debía colocarlo en el centro m atem ático de su suelo p ara estar á
igual distancia de toda su periferia: parece que cojíó el m apa, trazó dos rectas en tre sus cuatro
ángulos mas distantes,· y en el punto de intersección t donde quiera que cuadrase, levantó su
palacio, el cráneo de ia m onarquía. Procediendo dé igual m anera ,· el Criador debiera haber
colocado la cabeza del· hom bre en el centro de su cuerpo. Cierto que no eran de adivinar en­
tonces los descubrimientos del telégrafo y del v a p o r, especie de alas del ser hum ano que su­
prim en las distancias; p e ro , si su fin e ra situar el gobierno á iguales distancias del contorno
10 HISTORIA DE ESPAÑA.
para que á u n tiempo se oyese y acatase su voz en todas p a rte s , debió haberse aproxim ada
mas á las zonas montuosas, donde las comunicaciones son mas le n ta s ; si los gobiernos se es­
tablecen para regir á los pueblos, debió indagar el centro de la poblacion; y si para adminis­
tra r sus intereses, debió apreciar el de su desarrollo. Erigida la capital en Sevilla ó en Lis­
boa , á la vista del O céano, se habría hecho con el tiempo un poderoso foco de acción p ara el
comercio, las artes y el pensamiento. Erigida en Lisboa, quizá se habría evitado además la
separación del Portugal. E rig id aá las orillas de alguno de los ríos navegables, aunque en el
in terio r, también hubiera podido reunir las ventajas de ambas situaciones. M adrid, asentado
bajo condiciones poco favorables á. la producción agrícola y sin elementos p ara la industria,
no podia llegar á ser jam ás un foco de concentración y reflexión que sostuviese en perpetuo y
progresivo movimiento todas las facultades productivas. De Lia ser verdaderam ente la planta
parásita de la nación, un gran parador de pretendientes, la grande antesala del trono, y
jam ás otra cosa. Bajo los diferentes sistemas de gobierno que se han sucedido en E sp añ a, Ma­
drid ha sido siem pre el eje de la m onarquía, mas nunca la cabeza de la nación.
Con los recursos que Spínola babia reunido en la corle elevó sus fuerzas sobre las de
su com petidor, obligándole á estar á la defensiva. Su pensamiento era e n tra r en el Be—
tuve por el centro de las provincias unidas hasta situarse al frente de U trccht; pero las ope­
raciones de M auricio, que penetró su intención, se lo estorbaron tanto como las inundaciones
del deshielo, que no le dejaron atravesar el W a h a ly el Issel. Circunscribió entonces su pro­
yecto á ocupar la provincia de Z utphen, y luego cayeron en su poder L ú ek en , Groll y M im -
h erg , tantas veces conquistada y perdida , apesar de los esfuerzos de los confederados para
asegurar su posesion.
Sinem bargo de estas ventajas, debidas principalm ente al genio de Spinola, la g u erra de
los Paises-Iíajos parecía cada vez mas lejos d é la terminación que la España deseaba. La Ho­
landa, como si recogiera lecciones de sus derrotas, se presentaba en cada campaña poseída
de mayor entusiasmo y mas firme resolución de combatir por su independencia. La g u erra se
había hecho en ella popular, m ientras que los españoles ó ignoraban por qué combatían ó ha­
bían aprendido ya que aquellos raudales de oro y sangre que se derram aban por conservar un
feudo servían únicam ente para lisonjear la vanidad de u n m inistro, que presum ía de grande­
za en sus pensamientos. U na costosa derrota hizo pronunciar en este estado los clamores de la
p a z , que el mismo Spínola, tan desinteresado político como hábil g e n e ra l, habia aconsejado
al archiduque. Alberto y al de Lerm a. La derrota aconteció en las aguas d e Cádiz (1607,) donde
una escuadrEÚiJc.™ritiiMia velas fue com pletamente destrozada por los holandeses, q ue hicie^
ron además sobre ttesm ilprisioneros. Los españoles no sucumbieron sin gloria en aquel re ñ i-
docom bate, qspí g ástala .vida álos jefes de ambas escuadras, Al·varezDavila y Heemskirk. E l
obcecado ministr^'qókjpríndió entonces que se necesitaba la p az, siquiera para que llegasen
sin tropiezo a la s Sro^s.teales que m anejaba los convoyes de plata de la América. El príncipe
Alberto no deseaba Menos una paz que le perm itiría reinar tranquilam ente en alguna parte de
la donacion que Felipe I I habia hecho á su esposa.
Los holandeses no creyeron al pronto en la sinceridad de las negociaciones que por en­
cargo del archiduque hizo el astuto N e y , general de los franciscanos; las consideraron coma
un a pérfida asechanza que era preciso deshacer tomando un a actitud mas im ponente. El prín­
cipe M auricio, que veia sin duda escapársele la dictadura de las m an o s, era quien se manifes­
taba mas suspicaz. Y erdad es que todas las naciones de E uropa parecieron asombradas de
que la E spaña solicitase la paz tan repentinam ente y en ocasion menos adversa que otras, des-
pues de haber sostenido coa terco em peño la guerra por espacio de cuarenta años. La Francia,
la In g laterra y la Dinam arca enviaron sus em bajadores á tom ar p arte en aquellas negociacio­
nes que podían influir poderosam ente en la suerte futura d é la Europa.
La elocuencia de B arn ev elt, partidario de la paz entre los confederados, triunfó d éla in­
teresada pertinacia de M auricio; pero exigieron como condicion prelim inar fuese reconocida
su independencia, lo cual era seguram ente principiar por el fin. Negóse la E spaña á conside­
ra r como su igual á quien estaba acostum brada á tra ta r como su vasallo , y aquí habrían que­
dado tal vez las negociaciones, como en otras ocasiones sucediera, si la diplomacia no hubiera
sugerido una fórmula, en la esencia ridicula, que concillaba las pretensiones de ambas poten.·?
c¡as. Se dijo que la E spaña tra ta ría con las provincias unidas «como con un pueblo libre». Jun­
tos los plenipotenciarios en el H aya f sentaron las bases de una treg u a que se firmó en A m -
beres en 9 de abril de 1609 por los representantes de H olanda, E sp añ a, y Flandes, bajo la
ItE IN .lD O DE FE L IPE UT. l í

«■aranlía de la Francia y la Inglaterra. E ste tratado, que se llamó la tregua de los doce años,
envolvía la prim era confesion á la E uropa de la debilidad en que la E spaña había caído,
pues su prim er artículo reconocía espresa y paladinam ente lo que por lanto tiempo rehúsa-
r a , reconocía libres é independientes ¿i las provincias unidas. Quedó cada ejército con las
plazas que á la sazón ocupaba, seguram ente por nó en trar en los pormenores de u n tratado
completo que podría frustrar fácilmente el fruto ya conseguido de u na paz tem poral, que
nadie dejó de considerar entonces cómo un tratado definitivo. F elipe, que no vio en esta
treg u a siquiera una c-oncesion á la inexorable ley de la necesidad, sino un trozo arrancado
al m apa de sus dominios, se negó obstinadam ente á darle su aprobación, siendo preciso
que su confesor viniese á Madrid solo para conseguirla á fuerza de máximas evangélicas
mas que de reflexiones políticas. La Holanda la acogió con entusiasmo porque adquiría
desde entonces u n puesto, y sin duda u n puesto honroso, e n tre los estados de E u ro p a, y
porque ramo pueblo de m ercaderes, sentía propensiones á la paz.

Don P edro E nriqticz , condo de F u en te s.

Todo presentó en estos momentos un liso ligero aspecto á la fatigada España. E n el in­
terior acababa de celebrarse u n acontecí miento que es siem pre notable en las m onarquías
porque encierra todos los albagos de la esperanza. Habia sido jurado por la nación reunida
en eortes el heredero de la corona, que habia nacido en Yalladolid tres años hacia mil seis­
cientos cinco y reinó luego bajo el nombre de Felipe V .E n el e s te rio r, allí donde la paz no
sonreía, deslum braban su vista los triunfos. Los Araucanos, esta brava nación, que no quiso
humillar su cuello á la voz siuo á la cuchilla de los conquistadores, no cesaba de agitar la
bandera de la independencia y de llam ar á su defensa á todas las razas solariegas con el
estruendo de sus sangrientos combates. Y iv ian tan apegados á su p atria que ellos y ella no
podían separarse sino en pedazos como esas raíces profundas que no se arrancan sino des­
trozando el terreno en que h an nacido. N avarrete los derrotó de nuevo y m ató á su caudillo
el desgraciado Canpolícan; pero no los sometió, porque no los acabó. .Alonso de Ercilla,
tomo iv. 4
12 HISTORIA DE ESPAÑA.
soldado de aventura, á quien su corazon de poeta llevó á aquellas conquistas sem ifantás-
ticas, halló en medio de aquellos combates la p lum ado su inm ortal A raucana, poem a bri­
llan te, al que sobra sin embargo mucha historia, ó crónica seductora á la que daña tanta
poesía. Los otros países de la América no dem ostraron nunca la energía de los Araucanos
en la defensa de su patria.· La provincia de Taracocias ensanchó por un lado los límites
del P e rú , que aum entaba por otras partes Gonzalo de Solís con sus descubrimientos y
conquistas. U na m u jer, la esforzada guipuzcoana Catalina A rauso, llevada por el amor ó
la pasión á lo maravilloso de su sexo, ocupaba en estas espediciones un a plaza de soldado·
Su corazon varonil la arrojaba en medio de los mayores p elig ro s, y jam ás se vio que el h á -
hito de los espectáculos de sangre y el furor de la pelea apagasen en ella la tern u ra délos
rentim ientos de m ujer. Y , lo que hizo de ella un personaje de adm iración, supo como alfe-
sez desem peñar sus atribuciones de mando con la misma dignidad que habia aplicado á los
deberes de la obediencia.
Otro rey , ódigaiuos mas bien, otro m inistro menos incapaz que el duque de L enua, al ver
así despejada su situación en E uropa, hubiera lanzado aquel brillante y numeroso ejército de
losPaises-Bajos, educado por u n general em inente, contra ese pais á donde nos llaman tan­
tos in tereses, y si, decirse puede, tantos derechos, el Africa, La sedición qu e arrojó á M u-
ley del trono de F e z , Sus y Marruecos debió ser el pretesto de una invasión benéfica que
llevase al O riente por vez prim era la luz de la civilización del Occidente en cambio de sus
riquezas naturales. Pero el duque de L erm a no supo concebir sino un proyecto mezquino
é inmoral que dejó sobre la E spaña la sospecha de una perfidia, que es por sí sola una man­
cha. Se le dieron á Muley los ausilios que pedia para su reposición en el trono á condi­
ción de que seria hecha donacion á E spaña de la plaza de Laracho. El m arqués de San
G erm án, jefe de la espedicion que le acom pañó, tomó en efecto posesion d e ella apenas
restituido el berberisco á su poder; pero, asesinado este en su tienda por un m oro, queda­
ro n así los proyectos de L erm a y Calderón sobre el Africa. ¿Pereció Muley porque sus es­
tados debían ser la base de la conquista y era necesario quitar a otro estado europeo el
derecho de su protección? ¿Pereció porque tratase de recuperar el precio de su restau ra­
ción? Se ha creido ó se ha dicho así por algunos historiadores ex tran jero s; mas en ese
caso ¿porqué no se precipitaron á Marruecos nuestros soldados? ¿porqué siguió la inacción
del asesino á la caída del cadáver? La suposición mas autorizada es que un fanático quiso
salvar á su pueblo de la ignominia de un rey que habia hecho traiciona su p atria y á s u ié.
Lo que manifiesta la em presa contra M arruecos no es un vacío pensam iento político
sino el profundo ódio religioso que dominaba á la corte y dio a! fin por resultado el mas
grande y funesto acontecimiento del reinado de Felipe IÍI. Hablamos de la espulsion de los
moriscos.

CAPITULO II.
1610.
Definitiva esjuilsion ik los m oriscos.

í)(jr:j)(j con la deportación de los moriscos term inada la espulsion de la raza musulmana
en mal hora y bien deslealmente em prendida por los reyes Católicos y continuada por sus
sucesores. Las estipulaciones acordadas en la rendición de G ranada ponían álo s musulma­
n es, por un revés de la fortuna, de que la historia ofrece tau num erosos ejemplos, en la
misma situación á que hacia siglos redujeran á los godos y españoles las capitulaciones con­
cedidas por los conquistadores Muza y Tharic y am pliam ente confirmadas á Teodoredo, su­
ceso!- de R odrigo, por el califato de Damasco. Los m usulm anes, convertidos en vasallos de
los cristianos por el mismo derecho que los hiciera sus señores, serian respetados en su se­
guridad p ersonal, en su cu lto , en su propiedad, en sus le y e s, en su adm inistración judicial,
en sus usos, en sus trajes, en su lengua, en todo finalmente cuanto puede co n stitu irla exis­
tencia individual de u n pueblo. E n virtud de la capitulación de G ranada, igualm ente que
de las de Valencia, Sevilla, e t c ., los m enguados herederos del poderoso califato de Córdoba
debían conservar indefinidamente aquella p atria que, decirse p u e d e , ellos mismos habían
form ado, pues todo allí era su y o , borradas ya ¡as huellas por la g u erra y por los siglos del
paso de las dominaciones que precedieron á la suya. Una misma tierra seríala p atria de dos
SE[NADO DI: Fia.) PE ítt. 13
pueblos distintos, que por Ja acción irresistible del tiem po, de la naturaleza y de los inte­
reses, llegarían á fundirse en común provecho.
El fanatismo de los cristianos ño consintió qué esto sucediera, y en su im paciencia dió
principio á las persecuciones desde el dia mismo de su triunfo. Los árabes habían respetado
tan religiosamente los tratos de la rendición de Toledo que, al reconquistarla don Alonso, en­
contró la m itad del vecindario con las costumbres y el culto público de la fé católica que ha-
bian heredado de sus padres. A pesar de este modelo de tolerancia, la mas difícil de adquirir
al corazon humano y que supone una grande civilización, los cristianos, álo s dos años de po­
sesión de la plaza, se habían arrojado alevosamente sobre la mezquita y transform ado]a en
su templo. Los reyes Católicos, aunque inspirados por su confesor y el inquisidor general,
no fueron mas religiosos en la inviolabilidad de sus juram entos', porque aquel confesor y
aquel inquisidor eran los célebres Cisneros y Torquem ada. No bien se habían instalado en
el palacio de la A lham bra, dictaron el prim er decreto de espulsion, que fue contra los judíos
y lanzó de la Península mas de ochocientas mil personas (1) las mas industriosas y acauda­
ladas de sus estados. D irigiéronse en seguida contra los sectarios de M ahom a, en un p rin­
cipio por los medios evangélicos de la persuasión y la d u lzu ra, haciendo en sus tierras misio­
nes sem ejantes á las que iban á catequizar á los indios d é la América. Pero luego que rieron
su ineficacia, apelaron á la violencia, como si ella no fuera el veneno de la convicción y como
si no hubiera dejado dicho el divino M aestro que no aspiraba á otro reino que el de los co­
razones. A título de pertenencia de la iglesia ro m a n a , reclamaron á todos aquellos que des­
cendían de cristianos, denominados elches, para someterlos al bautism o, que la to rtu ra y la
hoguera les obligaron á aceptar con el despojo de sus templos. La resistencia arm ada, opuesta
por los montañeses de las A lpujarras, Serranía de Ronda y Sierra B e rm eja, que las auto­
ridades llamaron rebelión, no consiguió mas que aum entar el encono de los cristianos. En
1301 y 2 se puso en efecto á todos los musulmanes de Castilla y Andalucía entre la abjura­
ción ó la espulsion; y los que se prestaron á aquella, á lo menos en la apariencia, son los
que desde entonces se llamaron moriscos y por vía de insulto cristi'oHos nuevos. Los que no
quisieron abjurar sus creencias, fueron entrañados de su suelo n a ta l, por los puertos de Viz­
caya, no perm itiéndoles llevar oro ni plata sino muebles ó géneros, que no podrian menos
de ser de mucho mas diíicil y costosa traslación, y en cuya venta debían p erd er sumas con­
siderables. Aun á los convertidos se les vedó el uso de arm as, tan general en aquel tiempo,
bajo la pena de confiscación de bienes y hasla de m uerte. Carlos Y , aconsejado por su pre­
ceptor el cardonal Adriano c instado por el papa Clemeníe V i l , estendió la persecución á los
musulmanes de \ a le n d a , Cataluña y A ragón, quienes tampoco se postraron ante un nuevo
altar sino cuando o tra insurrección en la sierra de Espadan fué vencida. Su hijo Felipe II
convocó en 1566 una ju n ta de prelados, jurisconsultos y generales para que tratasen del
«remedio de los moriscos» considerados como una dolencia social; y la pragm ática que en
consecuencia de su dictamen espidió, reasum ía fielmente todo el ódio de u n pueblo fanalizado.
E ra la abolicion de sus leyes, porque les expropiaba de sus cadis ó jueces y los sujetaba á
los dejos cristianos, sus enemigos, sin pensar por eso en la fusión de las dos razas: era la
abolicion de su religión y de su cullo, por cuanto les prohibía las ceremonias establecidas
en sus m atrim onios, así como el uso de los baños, cuyos edificios serian destruidos; y les
obligaba á tener abiertas las puertas de sus casas en los dias festivos de los mahometanos
sin esceptuar el v ie rn e s, su domingo; y á dejar los nombres moros que recibieran de sus
padres para tomarlos del calendario rom ano: era la abolicion de sus usos y costumbres, puesto
que se les precisó á -vestir el traje de los cristianos, impidiendo m uy particularm ente á las
m ujeres salir á la calle con velo en el rostro , se les prohibió celebrar regocijos con s a ín -
ir a s i/ leilas (bailes y cantos musulmanes) y se les negó, ciertam ente no por espíritu e v a n -
géligo ni por filantropía, el tener esclavos negros, los q u e, como raza infecta, deberían
abandonar inmediatam ente el reino de G ranada. ¿Q u é m as? ¡ hasta la abolicion de su le u -
p ía les fué im puesta! En el espacio de tres años fueron todos obligados á apren d er la caste­
llana y á q u e m a r los libros árab es; y transcurrido el plazo, no podrian hablar, leer ni escri­
bir en este idiom a, so pena, de nulidad en los contratos y de otros castigos severos.
. Cuando estas disposiciones tiránicas, deliberadas y resueltas con una profunda reserva,
se hicieron saber á los moriscos, un estupor glacial les impidió creer lo que leían, y rep re—

(J) Hurinilct.
14 HISTORIA DE ESPAÑA.
sentaron contra ellas á las autoridades locales y al rey. Pero cuando oyeron A esíe confir­
m arlas y las vieron brutalm ente ejecutadas; cuando miró aquel pueblo que le destrozaban
su existencia, como por un impulso de propia conservación lanzó un grito de guerra santa y
se conmovió todo entero. Aquella terrible insurrección dos veces hizo vacilar en su asiento
á la misma corte de G ranada, que no se juzgó salvada sino cuando se vio sola. Apelando á
u n a traidora asechanza, fueron reunidos todos los moros de la ciudad que habitaban el cuartel
del A lbaicin, y en el acto deportados en masa al interior del reino de la m anera mas bárbara.
No se dejó á los hombres volver á casa por recursos, ni á las madres por sus hijos menores,
que muchas perdieron para siempre. Atados en recua y con una cuerda al cuello, como sello
de ignom inia, los que 110 pudieron fugarse á las xVlpujarras ó no perecieron al rigor de un
trato despiadado, solo llegaron á sus destinos para ser allí vendidos como esclavos por sus
custodios. ¡ Jesucristo murió en la cruz por la redención de todo el género hum ano, y la ca­
tólica Espaua hacia tráfico de hom bres! A la sumisión de los rebeldes, trabajosamente obte­
nida por el bravo don Juan de A ustria, siguió un destierro general h las provincias d é la
M ancha, Castilla y E xtrem adura, donde vivieron desde entonces cual una raza proscrita,
como excrecencias de las cindades, en barrios separados, llamados aljamas ó morerías.
No vivían, sin em bargo, tan aisladamente que 110 se les reparase la aversión con que mi­
rab an la carne de ce rd o , vedada por su ley, que hacían uso en tre sí de la lengua n ativ a, que
se sujetaban á ciertas abluciones secretas, y aun que se entregaban indiscretam ente á algunas
prácticas esteriores de su culto, A estas acusaciones juntaba el vulgo las que le sugería la
envidia de las riquezas y de la superioridad que le llevaban los m oriscos, pues sus campos
eran los mas bien cultivados, sus ganados los mas robustos, sus artefactos los mas ingenio­
sam ente construidos y el comercio al por menor les pertenecía casi esclusivamentc. Objetos
del odio de la m ultitud, no habia robo, violacion, asesinato, delito alguno que, si habia b u r­
lado las pesquisas de los tribunales, 110 se les atribuyese. Los sacerdotes, en vez de calmar
iaiudiguacion pública, le daban pábulo desde el pulpito acusándolos de cuantos crímenes
h a producido la depravación hum ana, llabia quienes desechaban estos cstravios del vulgo
p ara profesar mas vergonzosos errores. Al ver que el em padronam iento de moriscos ejecu­
tado en 1E>63 cnumeralKi diez y nueve mil trescientos un vecinos en solo el reino de Valen­
cia y que en el verificado treinta y nueve años despues, en 1602 ', como un registro de las
víctimas que el fanatismo proyectaba inmolar , subían á mas de trescientos m il; al observar
que esta rápida progresión coincidía con la disminución de la población cristiana por efecto
del celibalismo monástico, de las g u erras, de las emigraciones avariciosas á la América y
del envilecimiento en que se tenia á muchos oficios, menguas que no esperim entaban los
m oriscos; al rep a ra r sobre todo que las riquezas de la nación iban á p arar á sus manos y que
nada em pleaban en fincas, como quien está sin suelo que le pertenezca y sin leyes que le
p ro te ja n , concluían los pensadores políticos de aquel tiempo que bien pronto los cristianos
se encontrarían extranjeros en su propia p atria, sometidos por la in d u stria y la riqueza mu­
sulm ana á una forzosa servidum bre de los mismos que habían sido vencidos con las armas (
y que no tardarían estos mucho m as en recuperar sus perdidos dominios ausiliados por sus
herm anos del Africa y los turcos de Constanfinopla, con quienes estaban ya en inteligencia.
Esto era cierto. Todas nuestras costas, pero muy principalm ente las del M editerráneo, se
hallaban infestadas de corsarios turcos y berberiscos que tenían al comercio prisionero en sus
mismos puertos y que á una señal convenida, hecha desde la playa ó la cima de una monta­
ñ a, u na hoguera por ejem plo, se arrojaban á tierra haciendo escursiones asoladoras por los
pueblos indefensos. Saqueaban las casas, incendiaban lasm ieses, degollaban bárbaram ente á
cuantos se le oponían, y familias enteras iban á gem ir en el cautiverio. N uestras escuadras
los perseguían y ordinariam ente, cuando les daban alcance, los escarm entaban; pero era
imposible conseguir su estermiuio teniendo á la vista una estensa costa en que guarecerse y
reparar, con toda seguridad los descalabros. E n 1604 el m arqués de Santa Cruz, general de
las galeras -de Ñ apóles, apresó en el Archipiélago varias embarcaciones tu rc a s, saqueó en se­
guida las islas de Z ante, L ongo, Patmos y E sta tch e, y se apoderó de la plaza de Durazo só­
brelas costas de la A lbania, regresando rico de botín y de fama. Al año siguiente el marqués
de Villafranca apresó en el estrecho de G ibraltar otros once corsarios tu rc o s, y en Africa fue­
ron enérgicam ente rechazadas las bruscas acometidas de los moros contra las plazas de Tán­
ger y Arcilla, presidiadas por los españoles. Se les interceptaron cartas dirijidas al em perador
de Marruecos y de Fez para que viniesen á rescatarlos de la opresion en que vivían, ofre-
REINADO DE FEL1PU I I I . 1E¡

riéndole poner sobre las a m a s cincuenta m il combatientes á su presentación en las costas de


Andalucía.
La inquisición descubrió estos peligros, y el te rro r que produce su divulgación, los abul­
ta. E u Aragón perciben los clérigos cruzando el aire, y creen o iren efecto los pueblos, el so­
nido de timbales y trom petas de las huestes que en el Africa se preparan. E n Valencia m iran
los supersticiosos la horrible tem pestad que á la nación se prep ara en i.m cielo atravesado de
fajas encarnadas, presagio de !a sangre que va acorrer. Por todas partes se estiende la cons­
ternación y crece el ódio á la raza musulm ana. Pero ¿q u é eslrario que conspirasen los moris­
cos contra unos vencedores que habían violado la fé de los tratados y que tan cruelmente los
tiranizaban? ¿qué cstraño que conspirasen si traian a la memoria y comparaban la antigua
grandeza con la miseria presente de la que juzgaban su p atria? Conspiraron sin d u d a , y eso
bastó p ara que el clero , el vulgo y la nobleza pidiesen á u n a voz, á fin de evitar el contagio

Ambrosio Spm oku

de los fieles y los riesgos que el estado corría, la espulsion total de la m uchedum bre maho­
metana. La junta establecida en G ranada para tra ta r los asuntos relativos á los moriscos,
folia contestar á las denuncias de verdaderos ó supuestos complots y escándalos que diaria­
m ente se dirigían por el clero á las cortes de M adrid y Rom a, proponiendo los mismos
medios de las misiones y la inquisición, «por cuanto la falla de sus brazos dejaría abandona­
das la industria y la agricultura y se llevarían sus grandes caudales á los corsarios berberis­
cos, quienes tendrían en ellos escelen tes guias en cualquiera invasión que in te n ta sen .» Estas
consideraciones puram ente políticas indicaron i, los perseguidores el camino que conduciría
á su propósito, y en electo en ICOS se denunció con grande alarm a una vasta conspiración
que tenia por objeto llamar otra irrupción de africanos y entregarles la España m aniatada.
El duque de L erina, que tenia puestos ya sus ojos en el capelo y quería captarse la gra­
titu d de lá corte pontificia, bahía obtenido del rey en 1605 el anhelado edicto de espulsion,
que influencias de intereses no dejaron publicar. Los señores de moriscos iban á p erd er con él
16 HISTORIA DE ESPAÑA.
los mas inteligentes de sus vasallos, y cierta parte del clero no veia sin disgusto que se dis­
m inuirían considerablemente los diezm os, pues no los eximia de este tributo la ñola de nuevos
y matos cristianos. Pero &estas influencias se sobrepusieron con el tiempo otras mas podero­
sas, en particular la del arzobispo de Valencia don Juan de R ib era, que fue el mas tenaz e
inflexible enemigo de los moriscos, p o rq u e , como todos los fanáticos, no sabia concebir el
amor de una fé sin el odio á cuantos profesasen o tra cualquiera. Las memorias que sobre
este asunto dirijió al rey aquel anciano prelado reconocen que los infieles eran mas industrio­
sos y económicos y trabajaban á menos jornal que los españoles; (pie m ientras los pueblos
de Castilla'y Andalucía, habitados por estos, eran víctimas de la miseria, los de labranza mo­
risca vivían cómodamente; que aquellos apenas podían p agar el precio de sus arriendos, y
esto s, encorbados constantem ente sobre u n suelo árido y teniendo que en treg ar á los propie­
tarios de las tierras un tercio ó mas de la cosecha, satisfacían sin penuria las atenciones de su
familia'. Deducía de estas y otras consideraciones que debía procederse á la espulsion paulati­
nam ente, y entretanto obligarles á m antener un ejército que los sujetase, y á algunos miles
cada año, á rem ar en las galeras y Irabajar en las minas, que era taulo como condenarlos á !a
m uerte. «Y si han merecido sufrir la esclavitud ó la m uerte , su espulsion de España ó su Iras-
po rte á países que profesen su religión no deberá considerarse sino como un acto de clemen­
cia y piedad de parte del rey». El tio del duque de L erm a, el arzobispo de Toledo, no se
contentaba con menos que el esterminio completo de los moriscos, sin esccptuar ancianos y
mujeres, ni siquiera los niños.
La nobleza empero del reino de Valencia no se dejó arran caren silencio la prosa que lle­
vaba bajo sus brazos desde la conquista, pues salió á la defensa de sus vasallos con otras dos
memorias, mas nutridas en verdad de reflexiones económicas que de consideraciones políticas
ó hum anitarias. E n nombre del E vangelio, ya que no de la filosofía ni de la conveniencia po­
lítica, debieron entonces los grandes defender sus intereses y los de la sociedad. No hubiera
tardado mucho en aparecer la gran cuestión de la libertad del pensamiento, que cíen auos
antes ilum inara la cabeza de L utero, y la libertad de E spaña hubiera tal vez resucitado
entonces. Pero los barones de Valencia se em peñaron en sostener la sincera conversión de los
moriscos, que era evidentem ente falsa, y así quedó sola la consideración económica, m uy di­
m inuta seguram ente al lado de la seguridad del estado y la unidad del dogma. Consultada la
corte rom ana, ordenó una ju n ta de obispos q u e, al cabo de prolijas discusiones, declaró á los
moriscos tan profundam ente enterrados en el fango mahometano que jam ás podría contarlos
en su seno la iglesia de Jesucristo. Este, dictamen í'uécl verdadero decreto de espulsion, pues
el re y , vacilante hasta entonces por la genial irresolución de su carácter, como era devoto
hasta la superstición, se creyó en una obligación de conciencia de ordenarla inmediatam ente,
cualesquiera que fuesen sus consecuencias para la m onarquía. Acordada en el Escorial para
mayor sigilo en setiem bre de 1609 la renovación del edicto que cuatro años antes quedara
sin efecto, se tomaron todas las disposiciones de ejecución con igual reserva: bajo distintos
protestos se nombraron comisiones secretas de provincia ; se pusieron sobre las armas las co­
fradías m ilitares de la C ru z, creadas poco antes por el duque de Lerm a en Valencia; se tra­
jeron tropas de Italia, y se esparcieron por la costa del M editerráneo mas de sesenta galeras
d élas armadas de Genova, N ápoles, Sicilia y el A tlántico, llamadas al electo.
Con estas prevenciones, al aparecer en público en setiem bre de 1610 el edicto de espulsion
en medio de una gránele ostentación de fuerza, tuvo todo el carácter de un golpe verdadero
de estado. Y lo e ra sin duda: ninguna de cuantas espulsiones se habían hecho en España, des­
de la de Barcelona en 126o de los m ercaderes italianos por don Jaime I de A ragón, fue tan
inicua como la que se conteniaen las siguientes disposiciones:
Todos los moriscos saldrían inm ediatam ente del re in o ;
E n el térm ino de tresdias bajo pena de m uerte abandonarían los lugares que habitaban
y serian trasladados con escolta á los puertos del M editerráneo señalados p ara el em­
barque ;
Despues de aquel térm ino, cualquiera estaba autorizado para prender, en treg ar á la jus­
ticia y aun m atar al morisco que se resistiese;
Ivian únicamente con los bienes muebles que pudiesen llevar sobre sus personas;
El que ocultase lo que no p udiera llevarse consigo ó pegase fuego á su hacienda, seria
ahorcado;
Las casas y cosechas quedarían á beneficio del señor de quien los moriscos fuesen va­
sallos;
REINADO DE FELIPE I I I . 17
Se esceptuaban únicam ente de laespulsion seis vecinos por cada c ie n , si así lo quisiesen
sus señores, para que enseñasen á los cristianos el cultivo del arro z , los cuidados del riego etc.
y cuidasen de la conservación de sus haciendas hasta hacer su entrega á los nuevos co­
lonos;
Podían tam bién quedar en España los niños m enores d e cuatro añ o s, caso que sus pa­
dres ó tutores lo consintiesen;
Todo cristiano que ocultase u n morisco ó sus bienes sufriría seis años de galeras.
A los judíos se les había respetado en sus propiedades y concedido tiempo p a ra perm u­
tarlas por frutos y géneros del p a is; lo mismo se había concedido en las espulsiones pos­
teriores: ¡solo á los moriscos se les arroja á em pellones de la Península y se les priva de las
riquezas que eran fruto de su ingenio y laboriosidad! Es que los reyes Católicos espulsaron
solamente por un indiscreto celo relijioso, y la espulsion de Felipe 111 fue obra d e'la codicia
tanto como del fanatismo.
Al o ír ese despiadado decreto , com parable ta n solo á las antiguas trasplantaciones de
ciudades y provincias que hacían los conquistadores orientales ó á la s m odernas deportacio­
nes á la Siberia ejecutadas por los verdugos de la Polonia, la consternación se apoderó de los
moriscos. Celebraron los de Valencia, los prim eros que debían ser espelidos, un a ju n ta num e­
rosa p ara deliberar acerca de su situación; p e ro , como el terror es el peor consejero del hom ­
bre y se contagia mas fácilmente en las grandes reuniones, no hicieron mas que desahogar
la indignación de que sus almas estaban poseídas y el dolor que agovíaba sus corazones.
Ofrecieron rescatar á sus espensas á lodos los cristianos cautivos en B erbería, m antener las
guarniciones de todos los fuertes del M editerráneo para p roteger el país de las escursiones
de los corsarios, y pagar una pequeña escuadra que vijilase y defendiese sus co stas, si se re­
vocaba el edicto. Pero en vano, porque su esterm inio estaba decretado, y el virrey se negó
h asta á recibir la representación. E n rique IV entretuvo algún tiempo sus esperanzas. Hu­
bieran intentado una nueva insurrección si pudiesen concertarse y si, cercados de tropas por
todas partes y perseguidos por una m ultitud estraviada, que les atribuía su m iseria, no
conocieran que nada podían hacer sino elevar resignadam ente á A lá sus ojos y entregarse
por completo á sus implacables perseguidores. La idea de que volvían á su prim itiva p atria,
de la cual conser valían vivos los recuerdos tradicionales y donde al m enos no tendrían que
ocultarse de la luz del sol p ara adorar á su dios, ni de la vista de los hom bres p ara hablar la
lengua de sus p ad res, los consoló tal vez en aquellas hondas aflicciones. D eclararon á una
voz q ue no aceptaban las escepciones del d ec reto , que todos m archarían proscritos, y recha­
zaron indignados la proposicion de dejar sus hijos á un a religión estraña y á un a p atria que
sacrificaba á sus padres.
Como por un impulso instintivo, según obra muchas veces el sentim iento religioso, todos
vistieron al tercer día sus trajes de fiesta, que contrastaban tristem ente con el duelo de sus
semblantes. Juntos los individuos de cada hogar y próxim as unas á otras las familias unidas
por el parentesco, los pueblos enteros em prendieron en caravana la m archa al son de sus
instrum entos y entonando los himnos religiosos de su ley, como en dem anda de am paro á la
Providencia. E n aquella efusión de sentim ientos elevados obrada por la común d esg racia, los
ricos perdonaron á los pobres sus d eu d a s, los proletarios olvidaron la codicia de sus a m o s, y
todo fue consuelo y fraternidad en medio dél infortunio general. E sta alegría 110 se turbaba
sino cuando dirijian la últim a m irada al cam panario del templo de aquel Dios en cuyo nom­
bre se les arrojaba. Comprimiendo u n [ay! de m aldición, los padres enseñaban á sus hijos
con las lágrim as en los ojos el suelo en que habían mecido su cuna y que y a no volverían
á ver mas.
En los puertos destinados al em barque ju ntáronse m illares de familias que no se habían
visto jam ás, pero que, herm anos por la desgracia, se abrazaban y lloraban unidos cual si de
largos años se conocieran. E n Denia se reunieron m as de trescientos m il, que con el Africa
á la vista, se entregaron al placer de recuperar en breve la tie rra en que descansaban las
cenizas de sus gloriosos abuelos. [No im aginaban que el destino les p rep arab a allí mayores
am arguras!
Fallaron buques de trasporte para tanta m uchedum bre, y solo se em barcaron al pronto
cuarenta m il, los prim eros que sufrieron el último golpe que les reservaba la caridad cris­
tiana. Apenas habían puesto el pie á bordo, los registraban á todos, sin resp etar el pudor
de las m ujeres, para saber lo que llevaban; les exigían el precio del pasaje, que se le s h a -
18 HISTORIA DE ESPAÑA.
bia ofrecido g ratu ito , y á lo s que no lo tenían, que eran los m as, los m altrataban y hasta
los arrojaban al m a r, si no los satisfacían los ricos. A muchos de estos los arrojaban luego
también m ar adentro p ara apoderarse de sus alhajas y caudales, si buenam ente no se tic -
jaban despojar. Un capitan napolitano y otro catatan precipitaron á todos los que conducían
á su bordo. El fanatismo y el pillaje se combinaron p ara consum ar un acto de salvaje
crueldad.
E n las playas á que los condujeron, allí donde esperaban b ailar un a p atria m aternal
que les abriese sus brazos y consolase en su regazo, allí encontraron aquellos m ártires del
fanatismo su esterminio. O ran, plaza ocupada por los españoles, era el punto destinado al
desembarque g eneral, y desde allí debían los moriscos dirijirse á cualquier estado del
Africa. Los vasallos del duque de Gandía que se establecieron en Trcmccen no tardaron en
confundirse con un pueblo que hablaba la misma lengua y profesaba el mismo culto. Pero
fueron ellos los únicos á quienes perdonó la mala estrella que hacia tiempo em pujaba hacia
el abismo á aquel pueblo de guerreros y poetas. Los berberiscos , no menos Fanáticos que
los c ristian o s, creyendo sincera la abjuración de la ley de Mahoma hecha en E spaña por
los moriscos, rechazaron el nombre de herm anos, ác u v o título imploraban su hospitalidad
y com pasion, y los trataron mas cruelm ente que á infieles en castigo de su debilidad.
Después de robarles los despojos de su fortuna que les habían dejado los cristianos, dego­
llaron á los hom bres á presencia de sus m ujeres é hijos, á quienes redujeron á la esclavi­
tud. ¡Los españoles los proscribían y robaban por m ahom etanos, y ios berberiscos los roba­
ban y asesinaban por cristianos!
La noticia de estos desastres derram ó el espanto y la desolación en tre los que aun no
se habían em barcado, q u e, ciegos de fu ro r, ya no pensaron sino cu m orir luchando contra
el destino. Lanzaron el prim er grito de rebelión en el valle de A yora acaudillados por un
rico vecino de Cutanda llamado F urigi y un molinero de mucho prestigio por su valor, del
pueblo de Guadalesa, que llevaba el nombre de Milino ó Slillini, hizo rep etir su ec o , seme­
jante al bramido de un tig re , en las escabrosas m ontañas que rodean el valle de Alaluiar·
Inflamados por la venganza y el odio religioso, salían de aquellos valles como los fieras de
sus cuevas p ara cometer todos los horrores de la desesperación. Saqueaban, m ataban in­
distintam ente con suplicios atroces é incendiaban pueblos enteros indefensos. F ué aquello
un crimen en venganza y castigo de otro crimen.
F urigi se fortificó en el cerro de Cortes no tanto quiza por su buena posicion como por
una circunstancia bien funesta para él. Hay cerca de! pueblo de Cortes una de esas cuevas
sin fin que la superstición popular hace lóbrega vivienda de seres fantásticos y teatro de es­
cenas sobrenaturales. U na tradición cuidadosamente conservada por los moros aseguraba
que en la época de la conquista de Valencia se había guarecido allí un célebre general lla­
mado Alfafuna, descendiente de M ahoma, con su fuerte división. A unque no se le vio mas,
se sabia que m oraba allí encantado sobre un caballo, verde como todo su ropaje; que tenia
enristrada la lanza contra la entrada del valle amenazando al infiel que osara p en etrar en
él persiguiendo á los sectarios de su l e y ; y que á su espalda se hallaban num erosos escua­
drones y ballesteros m ilitarm ente form ados, todos con la vista fi ja en la pica de Alfatima,
porque su menor movimiento seria la señal de la invasión de los cristianos. Confiados en
este poderoso refuerzo, dejaron avanzar á don Juan de Cardona con su tercio de L o m h ar-
d ía h a sta Bicorp, donde este se detuvo receloso de alguna estratagem a; mas a! ver la in­
movilidad de los moricos, em prendió de nuevo la m archa en orden de batalla penetrando
en el misterioso valle que guardaba la recóndita legión de Alfatima. Como este no salió de
su cueva, los moros le creyeron am edrentado y , sin disparar un tiro, los unos dejaron
caer las arm as petrificados de te r r o r , y los otros ó enarbolaron un a cruz improvisada en se­
ñal de sumisión ó huyeron despavoridos en todas direcciones.
A unque esta victoria no había costado sangre alguna á los cristian o s, la soldadesca
cometió tales escesos en el pueblo de Roaya que algunas infelices m adres se arrojaron con
sus hijos al Júcar para librarse de sus brutalidades. F urigi se salvó entonces atravesando
el rio y emboscándose en la s ie rra ; mas lu e g o , vendido por un p a rie n te , fue á perecer en
Valencia en medio de los insultos del populacho despues de haber sido atenaceado y de
cortarle la mano derecha.
Los sublevados en el valle de Alahuar tuvieron un fin mas desastroso. Milino llegó á ju n ­
tar en pocos dias ocho mil hom bres, á los cuales dió alguna organización m ilita r; pero ta m -
SEINADO BE FELIPE I I I . 19
bien sus alfaquís habían pronosticado que los cristianos cegarían al p oner sus pies en el
valle, ocasion oportuna p ara degollarlos im punem ente, y no quiso fortificar su brillante
posicion ni abastecer sino el castillo de Pop. Se vieron cruelm ente burlados cuando don
A gustín Mexia los atacó por diversos puntos con los tercios de Sicilia y Ñapóles y tropas
d elp ais, sin que se realizase el agüero de los alfaquís. Su resistencia fué, sin embargo,
desesperada; p ero peleaban mal arm ados y sin disciplina contra los prim eros soldados de
Europa. Milino, batiéndose cuerpo ácu erp o con u n sargento, cayó atravesado de un bote de
alabarda en u n to rren te, bajo cuyas olas desapareció con su improvisada magestad. Sus se­
cuaces se retiraron al castillo de Pop con los habitantes de tres pueblos en núm ero de trece
mil alm as; y los cristianos, conociendo que pronto los rendirían el ham bre y la sed, se con­
tentaron con establecer un cerco. A ntes los entregó la superstición. A traída p o r el hedor de
los cadáveres, una banda de cuervos fué á posarse en un a de las torres del p u eb lo : á su vis­
ta, creen los sitiados llegado su fin, y lanzan u n grito de te rro r que las m ujeres y los niños re­
piten sin cesar. Un soldado cristiano agita en estos críticos momentos sobre u n a roca un
p añ u elo, y aquella m uchedumbre desolada, creyendo que se les brinda con la p a z , abre
las puertas del castillo y baja á besar los pies de sus enemigos. E stos, insensibles á su mi­
seria, los reciben con las puntas de sus picas. L a venganza, sed que se enciende cuanto mas
se satisface, hizo á los vencedores buscar en el esceso de la crueldad el desquite de la san­
gre que otra venganza habia hecho derram ar.

El duque do Lcrcna.

Los que no m urieron arcabuceados, los ancianos, las m ujeres y los n iü o s, que habían
estado mirando desde las playas aquella rebelión que debia decidir su s u e rte , fueron inme­
diatam ente trasportados para sufrir una suerte igual á la de sus compañeros. De los seis
mil que desde Conastal se dirijieron á A rgel solo uno tuvo la triste fortuna de llegar al
puerto; y una tem pestad hizo naufragar un pasaje enlero en las costas d é la Provenza.
Aquella raza desventurada no alcanzó piedad en p arte alguna. Muchos que lograron esca­
p ar de los alfanjes y de las mazmorras de Africa corrieron á im plorar la compasion de las
cortes de Madrid y Rom a; mas en vano, pues hallaron sordos á su llanto y á sus ruegos
todos los corazones. La sensibilidad se hubiera considerado como u na aposlasía. Lo único
que consiguieron los de Aragon y una p arte de Castilla fué que en vez de ir á em barcarse
en lps puertos del M editerráneo, saliesen por los Pirineos á Francia Por lo demás el edicto
se ejecutó con un rigor inexorable, y aun las autoridades subalternas lo hicieron mas tiránico
TOMO IV . fj
20 -HISTORIA DE ESPAÑA.
é inhum ano. E n Cataluña fueron confiscados todos los bienes de los espulsados en pago, se
d ijo , de las deudas que dejasen á los españoles; sin que por eso Ies fuesen ahonados sus
créditos. E n Burgos m urieron ahorcados treinta y dos por haberles hallado oculto algún di­
nero y joyas.
Tres años despties, los comisarios enviados á practicar las mas esquisitas in ves Ligaciones
acerca del exacto cumplimiento del edicto, especie de ojeadores á caza de hombres ( partici­
paban al rey que su orden quedaba ejecutada y libre ya la E spaña de la serpiente quehábia
abrigado en, su seno. E sta m etáfora mística encerraba un a dolorosa verdad. Los cálculos mas
autorizados hacen subir á un millón los moriscos espulsados de la P enínsula; pues las aldeas
de Cataluña perdieron mas de la m itad de sus hábil a n te s , cuatrocientas cincuenta alquerías
con veintiocho mil albergues se encontraron en eí reino de Valencia sin los ciento cua­
ren ta mil que la poblaban, y Sierra M orena quedó enteram ente desierta. Y puede creerse
con el monje Bleda, su implacable enemigo é historiador, que no sobrevivió una cuarta p arte
á las matanzas de E spaña, Africa y Francia. E ste pequeño resto de los conquistadores de
D am asco, vagando por el mundo en dispersión, cual un a raza m ald ita, y ocultando su exis­
tencia, vino poco á pocóá mezclarse y estinguírse en medio de otras razas europeas. ¡La
E spaña arrojaba de su seno un millón de habitantes al tiempo misino en (pie la codicia de
las prodigiosas riquezas de la América la despoblaban!
No fue, sin em bargo, su mas lam entable pérdida la que sufrió en su poblacion. Apenas
faltaron de la Península sus antiguos señores y colonos, todo vino en ella a u n mortal decai­
miento. El ministerio confesó que habia salido con los moriscos cerca de un millón de duca­
dos; cantidad muy distante de la realidad, pues solamente la sum a esportada por los 14,000
de Valencia, que eran los mas ricos, calculando á cien reales por p ersona, asciende á mas
de cien millones. Añádase el producto de la venta de sus inm uebles, y se tendrá un a idea
de la enorme cantidad de metálico extraído de la nación. La industria, sin manos que la
sostuviesen, cayó desmoronada, pues sucesivamente fueron desapareciendo del comercio los
curtidos de Córdova, las sederías de la costa de G ran ad a, los paños de M urcia y el papel
de algodon, que se encontraban en todos los mercados de Europa. La tierra echó de menos
los brazos que habían, traído de la P ersia y del E gipto los métodos y usos orientales, fruto
de una práctica secular, y se tornó estéril. E n los prim eros años y hasta que los labradores
castellanos, mallorquines é italianos fueron repoblando paulatinam ente los yermos de Va­
lencia, el aceite y las tr u ta s , de que los moriscos de este reino tan solo abastecían á otros
países, tuvieron que venir de las islas Baleares para el consumo do España. Merced al ad­
mirable sistema de riegos que ellos habían establecido y que todavía sorprende por su in­
genio y equidad á la ciencia y al legislador de nuestros d ías, aquellos campos pudieron
recobrar luego su fertilidad; pero lo que no alcanzaron jam ás los nuevos colonos fué el poder
satisfacer los crecidísimos réditos señoriales que los moriscos habían pagado. De todo esto
se siguió que los artículos de indispensable consumo subieron de precio estraordinariam ente,
v la negra miseria se precipitó ham brienta sobre la m u ltitu d , que en su torpe estravío
había inmolado á quien podía únicamente defenderla con su ingenio y laboriosidad. La
agricultura principalm ente se vi ó tan profundam ente herida que escitó la compasión del
duque de Lerm a Eximió del servicio m ilita rá los labradores y los declaró nobles; disposi­
ciones que á la vez revelan el mezquino conocimiento que entonces se tenía de los primeros
elementos de la riqueza pública, y nos manifiestan el estado del espíritu general del país,
p ara quien las em presas m ilitares iban perdiendo ya su brillo fascinador.
Apesar de tan desastrosos é inmediatos efectos ¿po d rá creerse que el edicto de espul—
sio n , que ordenaba á u n tiempo la despoblación de E sp añ a, el aniquilam iento de la agricul­
tu r a y la m uerte de la industria haya sido el mas popular de aquellos tiempos y rehabilitado
el nombre, del duque de L e rm a , manchado con las sospechas que sugerían sus profu­
siones?
La espulsion de los m oriscos, á la distancia que de ella nos encontram os, puede ser juz­
gada por la historia. Un gobierno de nación, no de secta, que hubiese reprim ido el esclusi-
vísmo y la saña del clero , h abría podido em prender la fusión de las dos ra z a s, que, aunque
tard íam ente, llegaría sin duda á consumarse. Los intereses que desenvuelve la industria
son uno de los mas poder ososos agentes de la nacionalidad; y un hom bre de esp íritu supe­
rior á las pasiones del v u lg o , apoderado de este resorte , hubiera juntado fácilmente en los
campos y en los talleres las manos de aquellos dos pueblos enemigos p ara concluir e s tre -
REINADO DE FELIPE I I I . 21
ohando siis corazones.'La A lem ania y la Holanda que les abrieron sus brazos, aunque po­
seídas de un enérjico sentimiento religioso, supieron apropiarse sus conocimientos y no
tardaron en aprovechar en toda E uropa sus beneficios. Si era seriam ente de tem er una
combinación con los enemigos de E spaña, la internación y la dispersión en familias p o r to­
das las provincias alejarían las inquietudes del peligro y harían mas fácil la comunicación de
ambos pueblos y su fusión. El uno, reconociendo su debilidad, se hubiera resignado á vivir
como vasallo de quien habia sido su súbdito; y el otro no hubiera sabido abusar de su victo­
ria contra algunas familias que fomentaban su riqueza.
Pero el duque de L erm a m iraba á, m uy diferente luz los acontecimientos. Casi todos los
bienes raíces de los espulsados pasaron al dominio de los favoritos cortesanos, q u e , aun­
que animados de ideas religiosas, no rehusaron aquel obsequio em papado en lágrim as y
en sangre. Los caudales que pudieron aprehender se los rep artiero n tam bién an tes de que
llegaran á las arcas del e ra rio : el duque de L erm a se apropió doscientos cincuenta mil du­
cados; á su hijo el duque de U ceda, tocaron cien rail; á la condesa de Lem us, su h ija , cin­
cuenta m il; á su m arido, cien mil.
Todas estas depredaciones, sin em b arg o , todos aquellos actos de cruel in iq u id ad , por
una virtud peculiar del fanatism o, se ejecutaron sin la mas ligera alteración de la conciencia,
sin el mas leve y fugaz rem ordim iento. E l rey en la carta—orden dirijida desde el Escorial
á los capitanes generales declara que « m uchos, m uy doctos y santos h o m b res» le exhorta­
ron á la espulsion asegurándole « que podia sin n ingún escrúpulo castigar en las vidas y h a­
ciendas» á los moriscos, y no vacila en asegurar que les hacia «m ucha m erced en dejarlos
ir y que puedan llevar de los bienes muebles los que puedan sobre sus personas solas para
ayudar á su su ste n to .» ¡La espoliacion se convertía en u n a virtud!

CAPITULO III,
1611 — 1618.

Proyectos de E n riq u e IV de F ra n c ia cnairíi E s p a ñ a : consecuencias de s u a se s ín a lo : casam ien to s en tro am bas fam ilias
reales.— G uerra con el duque de Suvoya por la. sucesión del M onferrato : paz de P av ía,— Q uerellas en tre los d u q u es de
Cleves y J u lie rs q u e penen en peligro la tre g u a con lu H olanda. — P ersecu ció n de ios m u su lm a n e s: triu n fo s de n u e s­
tras escuadras: ospedicion c o e ira M arm ota: h az añ as de R ivera y lleneses: osadía del cnp itan Costa.— P lan es co n tra Vo-
ueciy.

L a paz de Yervins ajustada entre la F rancia y la E spaña en 1398 , pocos meses antes de lo
m uerte de Felipe II, y ratificada por su hijo en 1 6 0 1 , no habia sido inspirada por un sincero
deseo de concordia á ninguna de las partes contratantes. E nrique I V , ocupado en apagar la
hoguera que las disensiones religiosas liabian encendido en el seno mismo de su rein o , no
se hallaba todavía en estado de oponerse á la preponderancia de la casa de A ustria. F elipe
II habia agotado inmensos tesoros en abatir las pretensiones de su poderosa r iv a l, con quien
luchara en vano, aunque con gloria, durante su largo reinado. Tal vez sentía acercársele la
m u e rte, y le dolia dejar su mas formidable enemigo a las p u ertas de la m onarquía. Pero
al legar á su hijo en el lecho m ortuorio los pensam ientos que habia formado p ara su en­
grandecim iento, mejor diremos para su agrandam iento, no se olvidó de encomendarle la
enem istad de la F ra n c ia , á cuyos pies debia arrojar en pedazos aquel tratado tan presto co­
mo los apuros del erario lo perm itiesen. Suspendidas las hostilidades de am bas naciones
bajo sus respectivas b an d eras, no por eso cesaron de combatirse. E nrique 1Y au silió e n
todas partes á los enemigos de E spaña con arm as y je n te , y Felipe I I I siguió tejiendo al­
rededor de su falso amigo las intrigas mas desleales. Alentó el duque de Savoya á que se
resistiese á la entrega de marquesado de Saluces, que aquel solicitaba con em peño; escitó la
rebelión del duque de B iro n , gobernador de B orgoña; invitó á los hugonotes á que hi­
ciesen traición á su patria, ofreciéndoles un estado independiente en las provincias occiden­
tales; com prólas cifras de la secretaría de estado y sobornó á la M arquesa de V erneuil,
manceba de E nrique, para poseer todos sus secretos; por último, el mismo embajador español
don Baltasar de Zúñiga contrató la entrega de la im portante plaza de Marsella con un hidal­
go de la Proven/,a, que expió su crim en en u n patíbulo. El fin de Felipe I I I , según aparece
§§ mSTOMA BE ESPAÑA.
de lascarlas encontradas en una de las paredes del palacio del padre de la Y e m e u iíe rá que
su hijo fuese reconocido déljin ó sucesor inmediato á la corona de Francia al fallecimiento
del m onarca reinante. A spiraba á reu n ir en una misma cabeza las dos coronas mas podero­
sas de E uropa; es d e c ir, persistía en el desvarío de la m onarquía continental que habia
agotado los talentos de su padre y los tesoros de la nación.
E nrique IY , s, quien se revelan estas traiciones y proyectos, cree llegado el momento
oportuno de rasgar las estipulaciones de Y crvins con la m u erte de G uillerm o, duque de
Cleves y Juliers sin sucesión. E n tre sus parientes colaterales estaban el elector de B r a n -
demburgo y el conde palatino de N eoburg, que como mas poderosos ocuparon desde luego
la silla vacante. E nrique les ofreció su apoyo ó porque eran protestantes ó porque las cor­
tes de A ustria, E spaña y Rom a prohijaron el derecho de los oíros pretendientes. Ya habia
sosegado la F rancia y podia d isp u ta rla suprem acía á su rival. «Los reyes de Francia y de
E sp aña, solia d ec ir, están como puestos en los platillos de una balanza, y es imposible que
el uno suba sin que el otro baje.» Alista á casi todos los príncipes de E uropa en u na liga
contra el formidable poder do la casa de A ustria, que los tiene á todos sometidos á u n a hu­
m illante servidum bre; y son los estados de Italia los prim eros que deben emanciparse ap e­
nas pongan allí sus pies los soldados franceses en ausilio del duque de Savoya, que arroja­
r á á los españoles del Milanesado. Los ejércitos m archaban y a á las fronteras de la
Champagne y em puñaba E n rique su gloriosa espada, cuando el brazo de Ravaillac libró tal
vez á la E spaña de una grande catástrofe.
E ste peligro de que se salvó Fué sin duda lo que hizo que algún historiador francés asc~^
gurase qtie la E spaña contaba aquella m uerte entre sus triunfos. Se hizo memoria de un li­
bro hasta entonces desapercibido y desde entonces célebre, que hemos citado poco h a , escri­
to algunos años antes por el P. M ariana p a r a la instrucción de Felipe III. En este libro, cuyo
título era Rege et Regis instüutione, habia un capítulo entero consagrado á la justificación
del regicidio en ciertos casos, osadía por cierto bien estraña en un sacerd o te, siquiera sea je­
suíta, como hemos dicho en otra parte (1) y bien agenade su siglo en que el principio m onár­
quico , ausiliado por la iglesia, habia alcanzado u n respeto relijioso. El regicida solo declaró
que u n año hacia buscaba á su víctima por la protección que dispensaba á los p ro testan te s, y
aunque respondió que jam ás habia leído el libro de M arian a, el parlam ento de París lo con­
denó como sedicioso á las llamas. A la verdad la España estuvo contem plando, sin prepararse
álad efensa, los grandes aprestos m ilitares que el ministro Sully disponía contra ella; yM aría
de M édicis, la esposa de E n riq u e , manifestaba donde quiera sus sim patías lu id a España.
M uerto E nrique I Y , pasó la corona á las manos de la v iu d a, como regenta durante
la menor edad de su hijo Luis X III. Esta princesa, que habia alterado la paz del ma­
trimonio con su esclusivismo católico y que sentía por lo mismo cierta inclinación á España,
no vaciló en aceptar una alianza defensiva, que le hacían desear por otra p arle las díscolas
pretensiones de algunos grandes. Este tra ta d o , que la córteespañola solicitara en vida de E n ­
rique por medio del casamiento de los herederos de am bas coronas con princesas de las dos
fam ilias, fué aceptado en esta ocasion (1611) con igual garantía. Luis X III casó con A na de
A ustria ó E spaña y el príncipe de A sturias con Isabel de Francia; pero no se consumó el ma­
trimonio hasta 1615, porque no pasaba de once años ninguno de los co n tray en tes, haciendo
antes las princesas solemne renuncia de los derechos que pudieran sobrevenirles á la corona
de sus padres. La E uropa recibió en general con satisfacción la noticia de estos enlaces, que
ofrecían algún descanso á sus largas agitaciones, y la corte española los celebró como un
triunfo de su política. Lo era en efecto: el ilustre S u lly , que lo conoció, presentó la dimisión
de su c a rte ra á la regenta y abandonó u n a córte vendida al cslranjero (2). El embajador de
Felipe I I I , don Iñigo de C árdenas, se creyó con bastante influencia p ara pedir su prisión á
M aría de Médicis (3) y estim ular la persecución de los calvinistas ( í) .
V am os, sin em bargo, á ver cuán poco aprovecharon á la E spaña estos oscuros manejos y
aquellas alianzas de familia.
Carlos M anuel, duque de Sáboya, aunque ligado á la córte de Madrid por los lazos del
( 1 } E n la biografía ilcl P . )iaritm a> tom o I, Do pnso advertirem os v arias erralas q u e olLi se pasaron: on la página II,
lin ea 24, in v e n to r- por descubridor, d i la III, lineo. 16, #proDto» $or punto; y en la VIII se puso la nota ( 3 ) al liiiuT dc-
p rim er p árrafo debiendo ser ul de] segundo con referencia al lihro Be Mege,
( 2 ) E l duque de L orcna rccibia de F elip e III u n a pensión a n u a l de 30,000 ducados, y, como él, m uchos otro» pola
ciegos. Archivo de Sim ancas: A. 50,100 y
( 3 ) A rchivo de Sim ancas: A /59,140.
( 4 ) A rchivo de Sim ancas; A. 00,131,
M IN A D O DE FELIPE I I I . 23
parentesco y por servicios á ella prestados en la cuestión del m arquesado de Saluces, habia
sido uno de los prim eros ausiliares que se ofrecieron ó, E nrique IY. La m uerte de este mo­
narca desvaneció en u n soplo las alhagüeñas esperanzas que con tan poderosa protección
habia concebido, pero no le quitó su ambición. Talento superior, genio altivo y carácter em­
prendedor hasta pecar en turbulento, nopodia m irar sin envidia la prepotencia de E spaña, ni
contemplar sin indignación la tiranía con que tratab an á la Italia sus gobernadores. Contrajo
una alianza defensiva y ofensiva con Y enecia; solicitó de la regenta de Francia la neutralidad
en los proyectos q u e, como heredera del pensam iento de su esposo, preparaba contra la casa
de A ustria; y ofreció á Jacobo de In g laterra la mano de sus dos hijos p ara el principe de
Galles y una de las infantas. No le desconcertaron ni abatieron, los desaires que recibió en
todas p arte s, antes, viendo al gobernador de M ilán oeupado en hacer aprestos de guerra,
juzgó q u e, denunciado su plan á Felipe I I I , se dirijian contra él y fué á esperar á su enemi­
go dentro de sus mismos estados. E sta osadía aterró al p a p a , que temió ver á la Italia víc­
tim a de u n a g uerra sangrienta, é interpuso su mediación. E spaña consintió en. retira r sus
tropas á precio de una hum illante satisfacción que el hijo de Cárlos M anuel presentó en Ma­
drid á nombre de su padre. E n ninguna otra ocasion se most raron los m inistros de Felipe III
tan justam ente severos y celosos del honor de España.

El oardonal tu ran te don F ern an d o .

El saboyano empero juró vengarse de la afrenta á que le precisaban su aislamiento y es­


casas fuerzas. El M onferrato, hermoso pais situado en tre los estados de Milán y el Piamonfe,
hábia sido en otros tiempos motivo de sangrientas querellas en tre la casa de Savoya y Man­
tua. Su term inación sólo pudo conseguirse por medio d e u n a tra n sa c io n , que dió al duque de
M antua, Francisco de G onzaga, pór espósala hija de Cárlos M anuel, con la cesión de sus de­
rechos en ella y sus descendientes. E n efecto, k la m uerte de G onzaga, que acaeció bien
p ronto, la hija de M argarita, la n iña M aría,' fué proclamada marquesa del M onferrato,
pasando los dominios de M antua á su tio el cardenal Fernando Gonzaga, porque en ellos no
podían suceder las hem bras. La m inoría de la m arquesa ofrecía á su ab u elo , el inquieto y
astuto Cárlos M anuel, la ocasion que estaba espiando.
Sedujo con apariencias de legalidad, si no es que sobornó, al gobernador de M ilán, el
M -HISTORIA DE ESPAÑA.
m arqués de Hinojosa, y se apoderó con sus tropas del M onferrato dando por razón que como
tutor de su nieta debía cuidar de su seguridad y derechos. Solo respetó á Casal, capital del es­
tado, por su fortaleza, pues la ciudad de P ontesturá, ocupada por los españoles, fué tam­
bién guarnecida por sus soldados. Esta intem pestiva violacion de la armonía establecida irri­
tó igualm ente á la Frauc-ia y á España: la r e g e n ta , interesada por el duque de M an tu a, su
sobrino, envió inm ediatam ente al mariscal Lesdiguieres, que mandaba en el D elfinadoá
castigar con severidad la insolente osadía del savoyano, é Hinojosa recibió orden term inante
de rom per las hostilidades. Cárlus M anuel, mas fecundo en intrigas que en planes de engran­
decimiento, paró con ellas estos prim eros g olpes: dijo que ponia á disposición de la Francia
¡as plazas que habia ocupado y sometió á su justicia el derecho que alegaba; á E spaña, no
solo protestó de su leal sumisión, esplicando la ocupacion de P onlestnra como u na pre­
caución en su favor, sino que demandó su ausiliopara que la Italia no se viera mancilla­
da por las plantas del protestante Lesdiguieres. La córte de Madrid penetró desde luego el
maquiavelismo de estas satisfacciones; pero en vano instaba al m arqués de Hinojosa á que
arrojase de su territorio al Savoyano, pues no alteraban la lentitud de sus movimientos las
órdenes espresas del rey ni el sitio que puso el invasor ;’t Niza de P a lla , solo salvada por la
entereza de su gobernador. Todo pareció disipado cuando Cárlos M anuel convino en que la
priucesa M aría se trasladaría á T urin ; qué su m adre casaría con su cuñado Fernando el
duque de M antua, y que las tropas serian licenciadas, quedando á cargo del ejército espa­
ñol la conservación de la paz. La aceptación no era o tra cosa que un nuevo artificio diplo­
mático. M ientras buscaba ausilio entre los descontentos de Francia y adquiría refuerzos de
L esdiguieres; m ientras se aliaba con el príncipe Mauricio de Nasau , y solicitaba la coope-
racion de Yenecia y otros estados de Italia p ara defender su ducado contra los españoles que
tenían orden de invadirlo, reiteraba sus protestas de lealtad y sumisión á Felipe I I I , pero
no retiraba sus tropas. Un em bajador especial se presentó en T urin á intim arle: que de­
pusiese las a rm a s ; que se obligase á 110 m oleslar el territorio del duque de M antua; y que
la E spaña no aceptaría ya otras condiciones que las que le im pusieran su propia justicia
y moderación. Este lenguaje encendió la altivéz de Cárlos M anuel, y por toda contesta­
ción se arrancó la orden del toison de oro tirándolo á los pies de! enviado y mandó á
este salir inm ediatam ente de sus dominios. Corrió en seguida á ponerse al frente de sus
soldados y rompió abiertam ente las hostilidades con el m arqués de Hinojosa (1614) re­
chazándolo á fuego y sangre del Piam ontc, cuyas puertas habia y a pisado , hasta p enetrar
en el territorio de su gobierno. El gabinete de M adrid se felicitó tal ve?, de este atrevi­
miento , pues publicó un manifiesto en que se apropiaba el rey de E spaña la Savoya como
feudo dependiente del Milanesado, y la córte de Yiena amenazó al mismo tiempo á Car­
los M anuel con quitarle su corona ducal y arrojarlo del imperio si en el acto 110 licenciaba sus
tropas. Todavía se resistió el indomable campeón de la independencia italiana; pero faltá­
ronle recursos proporcionados á la m agnitud de su pensam iento y á la gravedad de su si­
tuación. El m arqués de Hinojosa lo lanzó de las posiciones que habia lomado á orillas del
rio Y ersa (1615) y lo persiguió hasta las m ontañas de la cordillera que se estiende mas allá
de Astí. Cárlos M anuel demostró allí poseer juntam ente el valor de un soldado y los tálen­
los de uu gran general; pero perdió aquella sangrienta batalla, que debió ser el térm ino de
la g u erra y que, por impericia ó connivencia, no aprovechó el vencedor. En ve/, de arrojarse
sobre los fujitivos y ren d ir á A s li, discurrió mes y medio por| aquellas ásperas quiebras con
un calor escesivo, que menguó sus fdas mas que las arm as del enemigo. Y cuando al acer­
carse de nuevo á él, le presentó u n tratado de paz m uy sem ejante al propuesto el ano an­
terior por las cortes de Roma y P arís, consintió en firmarlo sin rep a ra r en que ya 110 bas­
taba á satisfacer las injurias hechas á España. E l duque de L erm a destituyó entonces al
m arqués de Hinojosa, y nombró para reem plazarle al de Yillafranca^ acreditado en la córte
y en el pais por un am or desinteresado de su p atria y por los talentos que habia desple­
gado en varias comisiones diplom áticas. Así que llegó á M ilán, rompió el tratado de Asti
y salió á cam paña (1616), que no fue en los principios m uy b rillan te, pues tuvo que de­
sistir del cerco de Ycrcelli, em prendido con sobrada ligereza, y si pudo im punem ente sa­
quear los pueblos del Piam onte, los del M onlerrato sufrieron igual azote de su enemigo.
La plaza de Y crcelli, centinela avanzado de la Savoya por la p arte del M ilanesado, era de
sum a conveniencia para ambos contendientes. Yillafranca ya no quiso volver contra ella
sin tom ar u n punto de apoyo en la ciudad S. G erm ano, que rindió; y Cárlos Manuel le
KEÍNADO DE FELIPE I I I . 23
salió al encuentro presentándole la batalla en los llanos de A alpérlo. El choque fué san­
griento y funesto para el Savoyano, Obligado á, retirarse á Greseentino, Yercelli no tardó
en sucumbir dejando abierta la p u e rta de las riberas del T an a ro , que recorrió el vencedor
hasta dar vista á las m urallas de Asti.
Al riesgo que am enaza su corona, vuelve sus ojos á la Francia, donde acababa de m orir
oportunam ente Concini, instrum ento ó amigo d é la córte de M adrid. Su sucesor autorizó 4
Lesdiguieres para trasponer los A lpes en ayuda de Carlos M anuel con diez, y seis mil sol­
dados, q u e , cogiendo de improviso á los españoles en los acantonamientos de Feliciano,
los hicieron retroceder al Milanesado , merm ado su núm ero en cinco mil hombres de las
guarniciones, que pasaron á cuchillo. Estos triunfos em pero no desvanecieron al Savoyano,
harto aleccionado en los reveses de la fortuna p ara confiar im prudentem ente en ausilios
precarios é interesados, y por medio de la Francia solicitó la paz, que se firmó en P a­
vía (1617) bajo las mismas condiciones del tratado de A sti: Carlos M anuel y el m arqués de
Yillafranca licenciarían sus tropas, se restituirían m utuam ente las plazas conquistadas, y
darían libertad á los prisio n ero s; el M onferrato quedaría agregado á los dominios del nue­
vo duque de M antua. La E spaña por un interés ageno sacrificó algunos miles de soldados
y compró á este precio el prim er desengaño de las ventajas qu e se habia prom etido de las
mas estrechas relaciones con Francia.
D urante el curso de estas contiendas con la Savoya, hubo u n acontecimiento casual
que alhagó las esperanzas del duque y ensanchó su pensam iento. E n uno de los ban­
quetes que entretenían en aquel tiem po los ocios de la nobleza alem ana, el elector de Bran-
dem bourg contestó con un ultraje personal á una ofensa envuelta en algunas palabras des­
juiciadas del conde Palatino de N eoburg. E ste , para vengar su afren ta, rompió el tratado
que le hacia señor de aquellos es lados pro indiviso con el elector, y á fin de obtener los re­
cursos que precisaba para la g u e rra , se convirtió á la religión católica. Bastó esto en efecto
p ara que las cortes de M adrid, Roma y Yíena se los facilitasen, y p ara que sil rival fuese
ausiliado por la Holanda y los príncipes protestantes de Alemania. El príncipe Mauricio
se presentó en campaña por el elector apoderándose de m uchas plazas de los dos ducados·
Spínola, por su contrario, al frente de treinta mil hom bres se arrojó sobre Aix—la—C h a p e-
l l e , pasó el Rhin á la vista de Colonia, é incorporando las fuerzas de N eoburg se apoderó
de Orsoy y de YVeseel, que dejó guarnecida por españoles. La treg u a en tre Holanda y Es­
paña no impedia que sus ejércitos sirviesen á. los enemigos de cada p o ten cia; pero debían
evitar el encontrarse, y esto dificultaba las operaciones^ E ra u na g u erra en la que debían
combatir sin avistarse, conquistar sin vencerse; lucha de movimientos estratégicos digna
de los talentos de aquellos dos em inentes generales. E sta lucha, sin em b arg o , era difícil y
p elig rosa; podia alterar de nuevo el sosiego general de E u ro p a , que ningún príncipe, fue­
ra del duque de Savoya, apetecía entonces. La F rancia y la In g laterra interpusieron su m e­
diación , y y aq u e no pudieron conseguir la com pleta reconciliación de los dos rivales á cuyo
nom bre se hacia la g u e rra , cortaron esta m ediante un repartim iento de sus [ducados. Los
ausiliares se retiraron en seguida; pero los holandeses retuvieron como en indemnización
la plaza de Juliers, y los españoles hicieron otro tanto con la de "W esel: que jam ás dejan
de pagar los débiles la generosidad de los poderosos. Carlos M anuel bahía confiado en que
aquellos acontecimientos llam arían la atención de España mas que sus p reten sio n es, y que
la Holanda les prestaría su poderosa ayuda.
No obstante estos diversos incidentes, que ocuparon á la córte seriam ente, la España no
olvidó su odio á la raza m usulm ana, cuyo completo esterm inio parecía h aber jurado.
Apenas ejecutada la espulsion délos moriscos, las escuadras de L a ra , Fajardo y Silva Men­
doza recibieron orden de activar la persecución de los berberiscos, á quienes en breve der­
rotaron (1). El m arqués de Santa C ruz, habiendo batido y dispersado en la G oleta u na es­
cuadra de once v e la s, se atrevió á practicar u n desembarco en la isla de Q uerquens p ara
saquearla y entregarla á las llamas. El duque de O suna, virrey de Ñ apóles, m as osado
todavía, siguió el alcance de los piratas berberiscos h a s ta sus mismas costas, desembarcó
cerca de Cirelli, á la cual tomó por asalto , y volvió con u n rico botin por trofeos de su e s -

( 1 ) Un barco del rey do M arruecos, q u e cooducia 5000 volúm enes de obras árab e s, cayó cu su poder: ofrccí6 aq u el
|io r s u rescato 70,000 ducados; ux¡gi6 E sp añ a la lib erta d de lodos los cautivos cristian o s, y en esta Jesaren eo cia fué la
im p ó rtam e presa á p a ra r oo tos em polvados esta n tes de la biblioteca del E sco rial, donde u n incendio la devoró &eients años
después.
§6 H ISTO RIA B E É S P A S A .
pedición habiendo castigado las atrocidades de los piratas con otras no menores. A] año si­
guiente (1613) el com andante de las galeras de su 'virreinato don Octavio de Aragón
apresó seis galeras turcas rescatando del remo á doscientos cristianos á la vista de otra es­
cuadra enemiga, que no se atrevió á disputárselos ni á estorbarle en su larga correría por
las costas de B erbería é Italia. Poco tiempo despues consiguió rechazar o tra escuadrilla que
había osado efectuar u n desembarco en M alta.
Pero la espedicion mas notable de las entonces m editadas contra los berberiscos fue la
que salió de Cádiz en dirección h la costa occidental de M arruecos, con u n designio que no
revelaron suficientemente los resultados. Componíase la arm ada de noventa y una velas;
llevaba tropas escogidas de desem barco; ib a á las órdenes del afamado F ajard o , y le acom­
pañaron, como á presenciar u n grande espectáculo, personas m uy ilustres en la g u e rra ,
en tre otras el célebre artillero Cristóbal Lechuga. Fondeó á los tres dias la espedicion en
la b a rra de M annora, plaza situada á cinco leguas de T ánger, y á su vista huyeron aterra­
dos por la sorpresa y el número los berberiscos. Los españoles ocuparon casi sin resistencia
aquel punto, que parecía elegido para base de algún vasto proyecto y se redujo á un anillo
mas en la cadena de plazas que se haJbia echado sobre la cusía de Africa con ánimo de conte­
n er á los sarracenos.
Bien distinta seguram ente hubiera sido la actividad de los turcos si hubiese tenido igual
fortuna la espedicion que casi sim ultáneam ente, en 1616, salió de Constantinopla contra las
costas de Sicilia y la Calabria. Tuvo noticia anticipada el duque de Osuna de los grandes
aprestos marítimos que allí se h ac ía n ; pero sus escaseces eran tales que no le fue posible
m andar á guardar los puertos amenazados mas que cinco galeones y u n patache con solo
unos mil arcabuceros y seiscientos mas entre artilleros y m arineros. E ra el com andante de
esta miserable escuadrilla Francisco de Rivera que inmortalizó su valor y serenidad con uno
de los hechos que mas brillan en los anales de la m arina española. Corrió desde Ñapóles
h asta Caramánica dando caza á varios buques enem igos, y no paró sino cuando se halló al
frente de la escuadra veneto-otomana sobre el cabo de Celedonia. Constaba esta de cincuenta
y cinco galeras com pletamente equipadas; pero R ivera no atiende al nú m ero , y en vez de
eludir ó esperar la acometida, es él quien rom pe el combate. T res dias de un m ortífero ca­
ñoneo, solo interrum pido por las tinieblas de la noche y la fatiga de los com batientes, no
hicieron cejar un paso al brabo Rivera q u e , puesto sobre cubierta, ve ia impávido su peque­
ña arm ada m etida en un círculo de fuego. La furia de los turcos crecía con su ignominia;
pero á los tres dias viendo hundirse su capitana, abierta al medio por lina descarga de su
rival, huyeron dejando la gloria de aquel combate á un corazon estraordinario que no po­
dían menos de adm irar. Rivera permaneció aun sobre el teatro de su gloria como p ara tomar
posesion de la inmortalidad que le esperaba. Cuatro galeras turcas habia echado á pique;
trein ta y dos llegaron destrozadas á las playas; y las restantes, llenas de averias, inservibles
algunas, llevaron á Constantinopla la pavura y la afrenta de su derrota. Mas de tres mil
hom bres encontraron su tum ba en aquellas a g u a s; y entre ellos cayó el jefe de la escuadra, á
quien la m uerte salvó de la ignominia que le esperaba.
L a fama de esta hazaña de n uestra m arina, que asombró á E u ro p a , corrió por las nacio­
nes unida á o tra no menos heroica. U na escuadra que salió de Lisboa p ara las Indias orientales
conduciendo u n convoy, sev ióápoco asaltada por una recia tem pestad que la dispersó. Ais­
lada lacáp ilan a, que m ontaba don Juan de M eneses, se encontró inesperadam ente cercada
por cuatro piratas ingleses, que rompieron sobre ella un fuego terrible. Dos dias duró tam­
bién este combate desesperado que costó la vida al com andante inglés, y á toda su gente la
v ergüenza de una retirad a desastrosa. Meneses tuvo en seguida que abarrancar su nave y
prenderle fuego; pero u n recuerdo tradicional sostenido por nuestros marinos lleva de gene­
ración en generación el nom bre ilustre de la capitana San Julián.
O rgullosa con estos triunfos, toda la m arina española desplegó un a grande actividad. El
alm irante de la escuadra de C a n ta b ria, el infatigable Y idazabal, en un a sola correría ar­
ranca á lo s corsarios ricas presas en la bahía de G ibrallar, los bate delante de San Lucar,
apresa veinte de las veintiocho naves turcas que venían de saquear las islas Canarias y des­
troza cuatro galeras de los moros en las mismas aguas de Mogador. Pedro de Leyva se
apodera cerca de la isla de O rela de tres cargamentos venecianos, cuyo Yalor sube á un mi­
llón doscientos mil ducados; y Diego de Y ivero, que pertenecía también á la escuadra de
N ápoles, hace otra rica presa de especería y piedras preciosas cerca de la isla de O reta, y
HEINADO DE FELIPE I I I . 27
sobre el cabo de Treviso], rin d e dos galeras turcas en un a de las cuales iba el bajá de la de
Chipre. E lcapitan Simón Costa sale de Rijoles con solo tres galeras, se presen ta en los D a r-
danelos f y á la vista de Constantinopla, sorprendida y consternada, quitó al sultán varias
d esús embarcaciones.
Algunas de estas espediciones se dirigieron, como liemos visto, contra el comercio de Y e-
necia, con la cual, sin embargo, la E spaña no estaba en guerra. Procedían estas hostilidades
de un pensam iento, al cual la historia no puede asegurar si era estraña la córte de M adrid.
El tratado de Pavía im ponía al m arqués de Yillafranca, según se ha dicho, la restitución
de Vcrcelli al duque deS avoya; pero aquel gobernador , que había visto á su pesar firmada
la paz, retardó cuanto pudo la devolución bajo especiosos p rete sto s, confiando sin duda
verla luego rola por la ambición delsavoya.no. Las instancias de la F rancia, cuyo honor es­
taba comprometido en el tratad o , fueron únicam ente las que le obligaron á la entrega. Este
hecho induce á sospechar que Villafranca en tra b a en los planes del duqne de Osuna y el
m arqués de B ed m ar, don Alonso de la Cueva, á quienes se atribuye la célebre conjuración
de Yenecia que un novelista francés, (1) hizo asuiito de una obra acogida en toda Europa
co n lafé que se dispensa á la historia.
La casualidad acaso había reunido en Italia á estos tres hombres identificados en un mismo
pensam iento, el de restituir á su p atria al esplendor con que haliia brillado en el mundo
bajo el cetro del em perador y de su hijo. Colocados á bastante distancia de la córte y harto
poseídos de su poder, con frecuencia modificaban ó desobedecían las órdenes del duque de
L erm a, cuyos mezquinos planes m enospreciaban sin recato. No es improbable que ignorase
la córte los planes que trazaron contra Yenecia.
E ra esta ciudad objeto de su aborrecim iento por sus instituciones en algún modo demo­
cráticas, de su codicia por la opulencia de su comercio, de su envidia por la grandeza y
suntuosidad de sus palacios, y e ra , por los ausilios que había pródigam ente concedido al du­
que de S av o y av á to d o s los enemigos de la c a sa d e A ustria, objeto de su rencor. Tenían por
afrenta q u e, gobernando ellos en Italia, hubiese en ella u n estado, u na sola ciudad á quien
llamasen unánim em ente las naciones la señora del Adriático. Osuna daba acogida en los
puertos de Ñapóles á los piratas que perseguían su comercio, y él mismo arrojaba á sus ma­
rinos contra los mas ricos cargam entos. La F rancia y el P apa reclam aban contra esta viola­
ción de los derechos internacionales que podía alterar la p a z d e E uropa ¡p ero el om nipotente
v irrey no devolvía, ó m uy tarde, los buques sin la carga. Apoderado de Yenecia, la Italia en­
te ra hubiera caído á sus pies y quizá parecía á alguno de los triunviros aquella ciudad de
mármoles levantada como un trono sobre los m ares p ara asiento de un rey. La historia, que
sabe como se han erigido las m onarquías, puede sospechar esas lejanas aspiraciones en el
genio del infortunado don Pedro G irón, duque de Osuna.
E l plan que escritores extranjeros atribuyen á los triunviros de Italia es el siguiente: el
m arqués de Villafranca introduciría secretam ente en la ciudad mil quinientos hom bres, á
quienes daria arm as en el momento oportuno el m arqués de B edm ar, que estaba en ella de
em bajador; el arrebato de las campanas anunciaría á la poblacionel incendio del arsenal; y
en medio del tum ulto serian asesinados los senadores y, bañados los pies en sangre, tom arían
los conjurados posesion de la ciudad en nombre del re y de E spaña. Bedmar había comprado
la traición del regim iento de L iew esteiny Nassau, que estaban al servicio de la república, y
de algunos^ oficiales de la guarnición de Chreme, que debían en treg ar la plaza á los españo­
les. La seña! de esta horrible felonía debia ser la presentación del duque de O suna en las
lagunas con una fuerte escuadra. Dícese que los instrum entos de esta conspiración fueron va­
rios aventureros franceses, cuy os nombres se citan , los cuales supieron inspirar al consejo de
los Diez que gobernaba la república confianza suficiente p ara que los em please en su servi­
d o . Nómbrase m nv señaladamente á u n Jacobo P edro, antiguo corsario, que entró al servi­
cio de su m a rin a , y á quien debió la república su salvación; y se añade que en el mismo se­
nado contaba el em bajador quien le comunicase el objeto de sus secretas sesiones.
Como quiera, el m arqués de Yillafranca marchó en efecto bacía Chrem e, y Osuna partió
al frente de una num erosa arm ada com puesta de bajeles líjeros y de poca cala que hubieran
podido navegar sin tropiezo en las lagunas. A la noticia de esta espedicion, la córte de Ma­
drid, ó mas leal ú ofendida de la soberanía que se abrogaban los v irre y es, ordenó que respeta-

(t } El uLnle Saint Real.


TOMO. IV 6
28 HISTORIA DE ESPAÑA.
sen la independencia deY enecia: Y illafranca obedeció; pero el duque de Osuna esperó á que
lina tem pestad dispersase su escuadra y echase á pique sus proyectos.
Según unos, fuéentonces cuando el consejo de los Diez concibió sospechas de las inten­
ciones de los v irre y es, que confirmó la delación de Jacobo Pedro. Otros cropn que este fué
un falso conjurado, á quien desde un principio encomendó el consejo seguir en medio de ella
los pasos de la conspiración. P or ú ltim o, los escritores españoles tienen por lo cierto que la
república hahia meditado una em presa c o n tra ía casa de A ustria y q u e, inutilizados sus p re­
parativos por la paz de Pavía y com prom etida su seguridad p ara con ella, fraguó contra si
misma una conspiración representada por sus mismos agentes y con sus propios recursos, que
atribuyó despuesal m arqués de Bedmar. Amotinado el pueblo contra los traidores, el conse­
jo hizo m orir ahogados á mas de quinientos como agentes de B ed m ar; pero se dice también
que fué inspiración de un feroz m aquiavelism o; que quiso sacrificar á sus mismos servidores
p ara que quedase enterrado en el fango de las lagunas su horrible secreto.
¿E xistieron planes contra Venecia? Los movimientos de Yillafranca y el arm am ento de!
duque de O sunalo prueban suficientemente. ¿Entró en los planes la córte de M adrid? Nin­
gún documento ha podido justificarlo: solo se sabe que Bedmar no fué castigado, antes bien
obtuvo un ascenso saliendo de la em bajada de Yenecia p ara la de los Países—Bajos y obtuvo
mas adelante el capelo de cardenal. ¿C onspiró tam bién la república contra sí m ism a? La
moral de su gobierno no reprobaba ciertam ente estos medios.
■ La historia d e b e , en medio de esta incerlid u m b re, condenar la ambición porque altera
la paz de los pueblos y execrar la inm oralidad, porque corrom pe á las naciones.

CAPITULO IV.
16 í 8 — 1621.

E stado m iserable de la nación : luform c del consejo ilo C astilla sobre su rem edio.—Caidu úel d u q u e de L crm a y don
R odrigo C a ld e ró n : privanza del duque de Uuudu.— Principio do la g u e rra de lo s T re m ía ufios.— O cupación tic la Ynltc-
lina.—P risión d ei d u q u e do O su n a,—M uerte de Fulípy I I I ; ju icio do su reinado.

fto habían transcurrido diez años desde la espulsion de los m oriscos, y la España pagaba
dolorosamente su imbécil inhum anidad. Se secaron á un tiempo lodos los m anantiales de ia
riqueza p ú b lic a ; la población dism inuyó cual si una epidem ia la devorase ; y como la ha­
cienda tuvo consiguientem ente que aum entar las exacciones, la gang ren a de los estad o s, la
m iseria, no tardó en enseñorearse de aquel cuerpo, tan lleno antes de vigor y juventud. La
ag ricultura y la in d u stria, los dos pechos m aternales de) pueblo, ya no m anaban sino la
sangre en las manos del fisco. La n ac ió n , sem ejante á un niño enfermo n i aun supo señalar
con el dedo el sitio de sus dolencias; pero el duque de L e rm a , que ve ¡a llegar al erario
los tributos penosam ente y oia desde su gabinete Jos aves que arrancaba su eslraccion, re ­
conoció al fin los yerros de su ignorancia y de su debilidad. Mal encubriendo al rey la som­
bría am argura de su sem blante, le aconsejó tomase parecer de las personas mas ilustradas
del estado, que era tanto como abdicar de su poder. Hízose en efecto la consulta, prim ero
á los hombres afamados de ciencia y desinterés, y luego (6 de junio de 1618) al consejo de
Castilla, el áncora de salvación en los naufragios del estado.
Su inform e, sin em bargo , ni señalaba los vicios mas graves del gobierno, ni reconocía
todos los males que aquejaban á la n ac ió n , ni supo elevarse al conocimiento de sus ver­
daderas c a u sa s, ni por consiguiente ofrecer los únicos consejos que á su rem edio podían
conducir.— A trib u y ó la despoblación «la mayor que se h a visto ni oido en estos reinos» a
alas demasiadas cargas y tributos im puestos sobre los vasallos de S. M. ; los cuales, no
pudiéndolos so p o rta r, es fuerza desam paren sus hijos, sus m ujeres y sus casas por no mo­
r ir de ham bre en ellas ó irse á, tierras donde esperen poderse s u s te n ta r.» Y « p ara repoblar
bien el reino de Castilla, decían, no se ha de traer gente e x tra n je ra ; pues los extranjeros
no vienen á E spaña sino á chuparla y d estru irla; y conviene escusar en lo posible el trato
y comercio con ellos. C onvendrá, s i, dentro de estos reinos traspalar de unos lugares á otros
la jente que sobre. La que hay en la córte es escesiva en n ú m e ro , y será m uy conveniente
descargarla de m ucha p arle de ella mandando que la sobrante se retire á sus respectivos
hogares. Y en esta dilijencia no se ha de comenzar por la jente común y v u lg a r, como se ha
ItEITíADO BE FELIPE I I I . 29
hecho hasta ahora; pues seria iniquidad dejar los ricos y p oderosos, que son los que han
de m antener á los pobres, y echar á estos donde no tengan que trabajar p a ra gan ar la co­
mida. Los que deben salir de la córte son los g ra n d e s, los se ñ o re s, los caballeros y jente
de esa calidad, con gran núm ero de viudas que hay ricas y poderosas, y otras que no lo
son tanto y han venido á la córte sin legítim a causa ó la buscaron afectada; como tam bién
muchos eclesiásticos que tienen obligación de residir en sus ig lesias, so color de que tienen
pleitos en esta córte y que sus iglesias los envían á la defensa de ellos. Unos y otros se do­
micilian aqui comprando y edificando casas con menoscabo de sus p a tria s , cuyos pobres se
m antendrían á la som bra de los ricos si estuvieran en ellas.» A tribuyó también á lo gravoso
de los tributos la m iseria general que reinaba y aconsejaba al rey, no solo que se fuese m uy
á la mano en las mercedes y donaciones, si que tam bién un a revisión de las mas considera­
bles y cuantiosas, para que, si se hallasen algunas «que sean inoficiosas, inm oderadas ó in­
m ensas, Y. M. las revoque todas ó las m ande reform ar porque se entiende, le decian, que
han sido muchas y escesivas.» «Tanto y mas que V. M. sin tocar en su real hacienda ni en
la de sus vasallos, tiene muchas cosas de que hacer m e rc e d , como son oficios tem porales,
plazas de asiento, hábitos, encom iendas, títulos, arzobispados, obispados y prebendas
eclesiásticas.» Pero las alusiones á las prodigalidades de la c ó rte, al cscesivo fausto de la casa
real y al desorden adm inistrativo aun fueron mas directas: «La moderación y la templanza,
se atrevieron á decirle aquellos austeros m agistrados, se han de tom ar del fin y oficio p ara
que se hizo el re y , que fue p a r a la república y no la república p ara el re y , como dice
San Bernardo. Los reyes son p ad res, pastores, rejen tes y adm inistradores de la rep ú ­
blica , y tienen obligación de justicia de tem plar y m oderar sus gastos y m ercedes, no to ­
mando mas de lo que les baste para su sustento y esplendor, y p ara cuidar del gobierno y
am paro de sus súbditos, á fin de que no se enerve y debilite el cuerpo de la república,
pues el daño siendo grande es irrep arab le, y perdiéndose ella, todo se pierde.» «Eran ade­
más (bajo otros monarcas) mucho m enores los servicios que los reinos les hacian; pues so­
bre ellos m ontan cincuenta y cuatro millones desde que V. M. entró k rein ar. Ni el gasto
era tan g ra n d e ; pues en veinte años se podrían haber gastado otros cien m illones, cosa que
causa pasm o, contando las flotas, las tres gracias y el servicio ordinario y estraordinario de
que Y. M. goza, y otros arbitrios de que se ha valido no poco perniciosos al reino. Con lo
cual parece podía V. M. (como m erece y esperamos sus criados y vasallos) ser dueño y se­
ñor del u n iv e rso , si en la distribución y gobierno de esta hacienda h u b iera habido la cuenta
y razón que convenía.»— L a censura que hizo del lujo de la córte, aunque en algún punto
ridicula, fue todavía mas severa: «convendrá no haya mas cuellos que los de Holanda; que
no pueda u n cuello tener mas de tantos anchos ; que nadie sea abridor de cuellos, impo­
niendo graves penas á los contraventores; que no pued a haber aprensadores de sedas por­
que las quem an y no sirven para n a d a ; que no haya bordadores ó que h ay a u n cierto
núm ero , y estos no puedan bordar co lg ad u ras, cam as, faldellines ni otras cosas en que se
gastan grandes sum as, salvo las de la Iglesia, jaeces y otras perm itidas; que no entren
sedas de Italia, ni de la China ui de otras partes de fuera del rein o , pues si se pierden los
derechos de en tra d a, se evitarán los daños que caú sa la introducción de estas y otras cosas
que son mucho m ayores y es justo repararlos. F u era de que también hab rá menos ocasion
de que se vayan fuera nuestro oro y plata en tru eq u e de bagatelas absolutam ente inútiles,
instrum entos de vicios, causas é incentivos de ellos, coruptela de costum bres, cuya re­
forma es la m ayor ganancia é interés que S. M. ha tenido siem pre delante de los ojos; que
110 haya tanta m ultitud de escuderos, gentiles hom bres, pages y entretenidos, con o tra
infinidad de criados (de que salen muchos vagam undos sin oficio de p ro v ech o ), pues de­
jan sus tierras y se vienen á la córte haciendo-acá m ucha sobra y allá mucha falla en mi­
nisterios útiles á la república. P ara todo esto conviene mucho que S. M en su real casa
ponga la misma moderación en los trajes y vestidos, p ara que los demas á su imitación
se moderen y corrijan. Lo mismo decimos en la reform a de gastos estraordinarios y au­
mento de criados, porque de pocos años á esta p arte se h an añadido en tanto núm ero que
el gasto de raciones y satarios viene á ser tan cscesivo é inmenso que hoy m onta el de las
casas reales dos terceras partes mas que en el año de 98 cuando falleció el señor don F e­
lipe I I , cosa dignísim a de rem edio y de poner en consideración y au n en conciencia de
M.. .. Y esto se debe procurar por obligación, pues el trib u to , dice Santo T o m ás, es de­
bido á los reyes p ara la sustentación necesaria, no para la voluntaria y que se puede y
30 H IST O R IA D E ESPAÑA.
debe escnsar como esta. No menos las jornadas , en las cuales se gasta el doble; y estando
el patrim onio real tan acabado, no conviene quc-S. M. las haga (no siendo m uy forzosas)
a costa del sudor de sus pobres vasallos.»— En beneficio de la a g ria d tu ra proponía algu­
nas exenciones y priv ileg io s, tales como el que los labradores no pudieran ser presos por
deudas, y que se reform asen y moderasen los exentos de cargas personales que son muchos,
especialmente los hermanos de frailes y los que sollam an soldados d é l a milicia; porque,
sacados los clérigos , las viudas de hidalgos , los familiares del Santo Oficio y otros exentos,
viene á cargar todo sobre los pobres. Sin em bargo, esceptuaha de aquella gracia las deudas
á S. M. y los arrendam ientos de las tierras que culiivaban de o ír o s ; y los obligaba á volver
en dinero el trigo que se les diera p ara sem brar.— A unque de una m anera meticulosa, locó
también al verdadero cáncer de la ép o c a: «Que se tenga la. m a n o , le d ije ro n , p ara dar li­
cencias para fundaciones de religiones y m onasterios, poniendo límites en esto y en el nú­
mero de religiosos, po r los graves daüos que se siguen de aum entar tantos conventos y
religiones....» «El que se sigue contra la universal conservación de la corona, que con­
siste en la mncha población y copia de gente útil y provechosa p ara ella y p ara el real ser­
vicio, viene á ser m uy grande estando relevados'dc él los religiosos y religiones en común
y p articular, y lo mismo sus h aciendas, que son m uchas y m uy pingües las que en ella
incorporan, haciéndolas bienes eclesiásticos, sin que jam ás vuelvan á s a lir, con lo cua|
.se empobrece el estado se g la r, cargando sobre él solo el peso de tantas imposiciones.» Mas,
en remedio de consecuencias tan ruinosas se atrevió tan solo á indicar que «podría ser medio
m uy conveniente el que los religiosos no profesasen antes de los veinte años, ni fuesen ad­
mitidos eu las religiones antes de los diez y seis » «Ni se tendría por grande inconveniente,
antes por cosa bien ú til, el que hubiese también menor núm ero de clérigos y lo hubiese
señ alado, según doctrina de los concilios, santos padres y monarcas que exam inaron la
m ateria.»— Por últim o, al lado de estas graves consideraciones, el consejo de Castilla d cs-
cieude hasla pedir que se quiten los cien receptores creados en la córte en 1013 ; «porque
consta que de esa nueva creación han resultado y resu ltan gravísim os inconvenientes en
daño general del reino y de los pobres que aciertan á caer en sus u ñ as...... »
Cuando este inform e, que e ra una franca condenación de la política interior del du­
que de L erm a, llegó á manos del re y , el orgulloso privado había descendido del lugar
que sobre el trono mismo ocupara sin rival d u ran te veinte años. Cayó este valido, como los
m as, precipitado por los mismos que habia colocado á su rededor p ara mas bien susten—'
tarse sobre el suelo enm arañado y cavernoso de los palacios. La ambición de la perpetui­
dad le fascinó, y las mismas piedras que habia labrado p ara base de su poder sirvieron
p ara su sepultura. Colocó en la corle á s u hijo, el duque de Ueeda; pero esle jóven, here­
dero de los escasos talentos de su padre y de su carácter festivo y lisongero, heredó tam­
bién su inm oralidad y su am bición, que le inspiraron el pérfido designio de suplantarle en
el ánimo real. Ayudóle fray Luis de A liaga, nombrado por el duque de L erm a confesor
del rey p ara poder pen etrar á todas horas en la misma conciencia de su esclavo. Estos dos
conjurados abom inables, que las leyes de la naturaleza y de la moral condenan, emanci­
paron bien pronto al rey de la servidum bre de su protector p ara someterlo á la suya. P a­
recióles entonces hum illante tener que agradece!1 los favores qu e podían dispensar, y
abrieron una lucha escandalosa á los pies del trono y á la vista de aquella misma corona
cuyo vasallage se disputaban sus prim eros vasallos. Un rival opuesto al nuevo favorito
podía aun salvar al duque de L erm a, y con esta intención allegó al m onarca á su sobrino
el conde, de Lemos. E ste joven, indignado de la conducta de su prim o , hubiera podido
restitu ir á su tío el poder arrebatado por la traición de un hijo si bastasen el talento
y la instrucción para merecer las distinciones de u n rey y escitarlas sim patías de un a cór­
te ; pero la conciencia de su superioridad y la severidad de su carácter le hacían poco á
propósito para las contiendas palaciegas. Luego que el de L erm a lo conoció, apeló á otro
recurso m uy eticáz al parecer p ara un espíritu religioso y pusilánim e, acostumbrado á re­
conocer la infalibilidad bajo el traje sacerdotal: solicitó y obtuvo el capelo de cardenal,
acaso también como la mas cómoda jubilación de aquellos tiempos. E sto fué precisam ente
lo que apresuró su caída, porque Felipe I II se encontró embarazado en p resencia de aquel
á quien hasta entonces habia tratado como á inferior y á quien por o tra p arte no podía
menos de m irar con el respeto de su nuevo carácter. Los cortesanos, que espiaban estas
impresiones p ara ob rar, volviendo la cara al nuevo sol que se levantaba, vituperaron con
REINADO BE FELIPE I I I . 31
calor la conducta de Sandoval y acabaron de im pulsar al rey á su destitución. A un a s í, no
abandonó el m inistro aquel poder que creía sin duda vinculado en su p e rso n a , pues siguió
asistiendo á la córte hasta que el mismo rcv puso en sus manos un billete ordenándole
que eligiese cualquier punto del reino para su retiro. El duque de Lerm a veia con asom­
bro aquella entereza del rey agena de su c a rá c te r, y no q u ería creer en un rigor tan des­
naturalizado de p arte de su hijo. Se humilló hasta suplicar de rodillas á su enemigo el padre
A liaga, quien (llevó su ingratitud h asta la vileza, manifestándose gozoso de ver un cardenal
á sus pies. Corrió á im plorar el am paro de su herm ano, el arzobispo de Toledo, que le de­
bía su dignidad, y obtuvo en su escusa u n nuevo desengaño. E l rey, á quien se comunica­
ron las relaciones que había entablado con el príncipe de A sturias por medio del conde de
Lemos, permaneció frío é inexorable: aquellas relaciones le hicieron pensar sin duda que
á espaldas de su trono habia quien acechaba im paciente el instante de su m uerte. Aban­
donado de todos y desgarrado el corazon, fué aquella víctima de las veleidades palaciegas
y de la negra deslealtad de u n hijo á consumir sus últimos dias en el d estie rro , tum ba de
su grandeza v poderío. Sus enemigos le arrojaron allí como u n escombro de la fortuna que
no debe estorbar el paso y toca al olvido recoger. Su generación lo olvidó en efecto bien pron­
to , y la historia solo debe descubrirlo para condenar sobre su m em oria á los gobiernos que
imponen á las naciones el yugo de validos ig n o ra n te s, ambiciosos é inmorales.

El iufante don Carlos, bijo j í e Felipe 11!,

E n tre las ruinas del poder derrocado, una hubo contra la cual se ensañó el odio de los
cortesanos. Los golpes que no pudieron descargar sobre el duque de L erm a, p ara quien
la investidura de cardenal habia sido su m ortaja, pero m ortaja que infundía respeto hacía
su cadáver, los lanzaron sobre su predilecto favorito el orgulloso don Rodrigo Calderón.
Lo sumerjieron en u n calabozo, m artirizaron su altanería con u n trato despiadado y le
fraguaron u n a acusación tan absurda como sanguinaria. Se le atribuyó la m u erte de la
rein a, que bahía sucedido en 1612, por medio de un yeneno; le formularon cargos de b e -
regía , y basta se le trató de brujo. Dos años duró su proceso, al cabo de los cuales salió
alreuelto de doscientos cuarenta y cuatro cargos; pero el encono de sus enemigos no se
32 H ISTO RIA D E ESTA Ñ A.
aplacó hasta que le -vieron en el p atíb u lo , cuyas escaleras le verem os luego subir triunfando
por su entereza y dignidad de la venganza de sus crueles perseguidores.
La ominosa victoria del duque de Uceda sobre su padre fué com pleta, pues el mismo
re y le ayudó en ella concediéndole precisam ente todos los cargos y dignidades que el caido
desem peñara.
La nación, simple espectadora de todos estos sucesos, no vió en ellos sino una confir­
mación, práctica de los lúgubres presagios que hacia á la m onarquía una cola de fuego que
apareció en el cielo. Y la superstición acabó de verlos realizados al anunciarse la g u erra di­
nástica y religiosa de A lem ania en que la E spaña se vió en v u elta, contienda famosa que
es conocida en la historia por su larga duración, la guerra de los treinta aíios,
A la m uerte del em perador Matías sin sucesión, se conmovió toda E u ro p a , porque bajo
la m onarquía suceso tan ordinario y n atu ra l ra ra vez deja de a lte ra rla paz de las naciones.
La tum ba de los reyes es con dem asiada frecuencia la cuna de las g u erras. Según el dere­
cho público entonces establecido, los derechos de la casa de E sp añ a, vastago de la de A us­
tria , eran inconlestables ( t ) ; pero Felipe I I I , pensando con desusada prudencia que era
preciso ser un coloso para sostenerse firm e, cual el de R o d a s, sobre los tronos de Y iena y
M adrid, quedando entre sus pies la E uropa e n te ra , habia renunciado sus derechos en el
archiduque Fernando de Gratz, nieto del em perador Fernando I y sus descendientes varones
con una coudicion: la de que fuesen reversibles y preferidas las hem bras de la casa de Es­
p añ a en el caso de fallar la línea masculina: M atías le cedió también la H ungría conservan­
do la autoridad real hasta su m u erte; cesiones im políticas, origen de la g u erra que vió
devorando su corona al ha jar al sepulcro.
Fernando de G ra tz , dominado por el esclusivísmo de la fé católica que profesaba, qui­
so prohibir en la Bohemia lodo otro culto, como lo había hecho en sus estados anteriores de
la Sliría. La Bohemia em pero, la M oravia, la Silesia y la Lusacia protestaron por medio
de un a insurrección á cuya frente se pusieron los condes de T horn y de Mansleld. Aquel, en
odio á la casa de A ustria, que le habia confiscado sus estados, y este, por resentim iento
contra el em perador, que no bahía legitimado su bastardo nacimiento del gobernador de
los Paises-Bajos eu tiempo de Felipe I I , em peñaron en esta causa popular el valor y la
pericia que habían acreditado en varias guerras. M atías envió contra ellos al conde líu c-
quoi con un ejército que pudo sostener trabajosam ente la defensiva. A la m uerte de aquel,
la Bohemia contaba ya con ausilios de los turcos y se habia coligado con Belleen Gabor,
re y de la T ransilvania, por el favor de la P u e rta , que aspiraba á ceñirse tam bién la diade­
m a de H ungría. La insurrección prefirió coronarse en la cabeza del elector palatino Fede­
rico V , así por el odio á la casa de A ustria con que se habia distinguido, como por el
poderoso apoyo que esperaba le prestaría el rey de In g la te rra , unido á él por el doble lazo
del parentesco y de la religión.
E n esta situación la E spaña se p resenta al lado de Fernando II [el de G ratz) á soste­
n er los mismos derechos que había renunciado por no em peñarse en una guerra. Ocho mil
hom bres del ejército de los Países—Bajos m archan á incorporarse conB ucquoi, y Spínolase
dirijo contra el Palatinado al frente de fuerzas mas respetables. E sta actitud de la España,
que todavía conservaba el poder de la fam a, conmovió á E uropa mas allá de sus fronte­
ras. El P apa y los demás estados de la Italia la ayudaron con recursos pecuniarios; y el
rey de Polonia envió al em perador diez mil cosacos que cruzaron la M oravia, saqueándola,
p ara ir á juntarse con Bucquoi. E u defensa de Federico fueron, aunque en corto núm ero,
soldados de Holanda y de In g la te rra ; los protestantes de Francia le enviaron socorros, y
la Alemania ofreció acudir á las arm as así que violasen su te rrito rio , violacion que hacían
indispensable las operaciones de la guerra. Spínola se presentó delante de Coblenza, y esto
bastó para que los príncipes protestantes pusiesen veinte y cuatro mil hom bres á las órde­
nes del m arqués de Anspach. Todo indicaba que las dos religiones iban á librarse en esla
larg a y cruenta g u erra la últim a batalla internacional.
Anspach fué á situarse en O ppcnheim pura defender el P alatin ad o ; pero el hábil g en o -
vés lo separa hacia las ciudades de F rancfort y W orm es por medio de un falso a ta q u e , y
se precipita por la p u e rta que le deja abierta la cándida credulidad de su contrario. Asalta
y rinde áO ppenheim , atraviesa el R hin, se derram a po r el Palatinado bajo y queda en poco

(1 ) R ecaían en F elip e IH Jos derechos ilc su m adre A n a , hija ilel em p erad o r M axim iliano.
REINADO DE FELIPE I I I . 33
tiempo señor de todo el Electorado. Las tentativas de Anspach solo sirvieron p a ra demos­
trarle la superioridad del genio de su enem igo, inferior en fuerzas.
Al mismo tiem po, el elector de B a v íe ra, generalísim o de los ejércitos de Fernando,
somete á la Lusacía y al A ustria b aja, e n tra en !a alta y la S ilesia, se im e con Bucquoi y
m archan juntos á sitiar á P ra g a, em presa atrevida que podia por si sola desconcertar y
vencer la insurrección. E sta conoce que es allí donde debe p elear, y disputa con denuedo
pero con desgracia el paso á sus enem igos: dos mil bohemios m urieron sobre el campo de
batalla, y cinco mil, rendidos y a , fueron asesinados por los feroces cosacos.
Fernando I I , m erced á la poderosa cooperacion de los españoles, volvió á coger eii sus
manos la corona im p e ria l; pero apenas tuvo tiempo de ceñírsela. E n las g u erras religiosas
las victorias suelen no ser mas que treguas. L a E sp añ a, esta vez como sie m p re, fué á der­
ram ar su sangre y sus tesoros por u n interés estraño. El celo de un culto que nadie atacaba
dentro de sus dominios la llevaba á buscar enemigos en todas p artes y á p rep a ra r su ru i­
na sembrando venganzas por Europa.
La Y altelína, pais católico sometido á los grisones, que eran p ro te sta n te s, fué víctima
también d e e s la política, que en medio de su carácter religioso, no olvidaba los intereses
terrenales. Tiempo hacia que la E spaña codiciaba la posesion de este valle por ser el paso
de comunicación entre los estados austríacos de la Alemania y los dominios españoles de
Italia. Con este objeto habia. el conde de F u e n te s , gobernador de Milán construido varias
fortalezas en sus fronteras para sojuzgarlos; p e r o , mas hábil su sucesor el duque de F eria
promovió una insurreccionen el pais contra sus antiguos dom inadores, aprovechando la
diferencia del culto que los separaba. Sublevados los n atu rales, no tuvo el duque obstáculos
que vencer, pues ellos mismos le franquearon sus plazas. Mas tard e pudieron conocer que
no habían conseguido sino cam biar de d u eñ o , pues las tropelías que habían sufrido de los
p ro testantes, no cesaron bajo el dominio de los católicos españoles.
No era Felipe I II menos celoso del absolutismo de su poder. M ientras el duque de Osuna
trabajó por ensanchar sus posesiones de Italia, m ientras conspiró contra la república de
Venecia, no se acordó de castigarle ni reconvenirle por sus alevosos ataques á un estado
con quien la E spaña no estaba en g u e rra , por sus piraterías contra su comercio, por su
desobediencia á varias órdenes re a le s, ni por ninguno de sus muchos abusos de autoridad.
Pero cuando la envidia cortesana le hizo ver un vasallo altivo y ambicioso temible en el vir­
rey de Ñ ap ó les, lo destituyó inm ediatam ente y lo encerró en las cárceles de la Alameda-
G irón era uno de esos caracteres heroicos que se destacan en é tic am en te en medio de la so­
ciedad, pero que la historia no puede re tra ta r con fidelidad severa porque u n a venganza
poderosa y triunfante ha arrojado sobre su fisonomía una sombra densa. Demostró siem pre
un vivo deseo del engrandecim iento de su p a tria ; pero cabía muy bieu en la independen­
cia de su carácter, en la altivez de su pensam iento y en los arranques de su genio singu­
lar una grande ambición. M enospreciando al duque de L erm a, por la hum ildad de sus
miras y desdeñando al r e y , á quien llam aba con sobrada exactitud el tambor m ayor de la
m onarquía, fuese él acostum brando á no reconocer superior á su voluntad, y el pueblo
napolitano á m irarlo como á su soberano verdadero. La usurpación está m uy á la mano del
que se encuentra en u n caso sem ejante. El clero y la nobleza eran tratados por él con al­
ta n ería: solo m erecía sus atenciones el p u eb lo , ó porque se hallaba entonces m u y abajo de
su posicion y no le inspiraba celos ó porque pensase apoyarse eu él p ara subir h asta el
trono. Cuéntase que, pasando un día por el m ercado, vió á dos empleados de la hacienda
que pesaban unos comestibles para cobrarles un im puesto: fuese á ellos con la espada des­
nuda y cortó los cordeles á la balanza. La m ultitud aplaudió con en tu siasm o , y el hecho
corrió por todo el virreinato como una m uestra de su amor al pueblo. Cuando los sicilia­
nos solicitaron su permiso para celebrar las bodas e n tre los príncipes españoles y franceses,
consintió en ello y contribuyó por su parte con m ucha lib eralid ad ; pero así que estuvo re­
cogido el d in e ro , ordenó que se distribuyese e n tre las doncellas pobres vituperando que
quisiera celebrarse con funciones dispendiosas de mero espectáculo. El ejército, compuesto
de unos diez y seis mil hom bres, en su m ayor p arte ex tra n jero s, m iraba en él á un padre
solícito de su bienestar y á un jefe que desplegaba sobre el campo de batalla un g ran c o ra -
zon. El entusiasmo producido por su carácter caballeresco y el aborrecimiento hacia la córte
de Madrid llegaron á constituir un partido adicto á su persona que propalaba por todas
partes la conveniencia de una revolución que lo coronase. Decíase que toda la Italia m iraría
34 HISTORIA BE ESPAÑA.
en la emancipación del reino de las Dos-Sícilias el prim er paso liácia la independencia gene­
ral ; que el duque de Savoyíi atisiliaria la rebelión en venganza de la E spaña; que la misma
Y eneciale ayudaría para alejar de sus fronteras á la casa de A ustria; y que la Francia no
podia perm anecer indiferente á un pensam iento que le p ro m e tía la prepotencia en Europa.
Es de creer que el duque de Osuna no ignoraría estas voces estendidas en todo el vir­
reinato por confidentes de su intimidad. El proyecto fué, en efecto, comunicado al duque
de Savoya, al consejo de los Diez de Venecia, al condestable Lesdiguiercs y al mismo
Luynes j prim er m inistro de Luis X III (1 ); pero la córte de M adrid, que probablem ente
tuvo conocimiento de él por este r e y , sorprendió á los conspiradores en el hervor de sus
maquinaciones. Envió sigilosamente con alguna fuerza al cardenal don Gaspar de Borgia;
quien se apoderó del fuerte de Castellnovo y se dió á reconocer como virrey en relevo del
duque de Osuna, al que S. M. destituía y mandaba fuese á Madrid. Sobrecogida así la conju­
ración, se dispersó sin pronunciar una voz, dejando abandonado al duque de Osuna, que tal
vez pensó en aventurar su vida en medio de un cómbale antes que en ir á entregarse á sus ri­
vales. Luego que llegó á E sp a ñ a , se le encerró en una cárcel y formó un proceso monstruoso,
en el que abundaban los cargos pero escaseaban las p ru e b a s: porqué habia desobedecido
varias órdenes reales? porqué usaba de cierto lenguaje irreverente p ara con él? porqué no
usaban sino de sus propias arm as las galeras en menosprecio de las de S. M. ? E n una pala­
b ra , se le acusaba principalm ente de desacato á la autoridad real.
T anta energía é inflexibilidad contrastaron con la flaqueza que el rey habia manifestado
en su pretensión de someter las provincias Vascongadas al suprem o alvedrio d é la voluntad
regia. Intentó en 1001 despojarlas de sus fueros principiando por im ponerles varios trib u ­
tos desconocidos p ara ellas, que se pagaban en Castilla, á protesto de las penurias del erario.
Pero los vascongados, que entrevieron en aquella disposición el mismo pensam iento que
había arrebatado á Castilla y Aragón sus libertades, se juntaron só el árbol de Guernica,
símbolo secular de sus instituciones, y rechazaron el desafuero amenazando con acudir á las
arm as p ara hacerse respetar. La csposícion, m onárquica en las formas, era una protesta al­
tivam ente republicana: « Habiendo sabido, le dijeron, que en recompensa de los muchos y
leales servicios prestados á la corona por este señorío, quiere Y. M. menoscabar nuestros
derechos, mandando que sufram os ciertas gabelas á que están sujetos los castellanos, liemos
convocado asamblea general en G uernica y resucito ( conforme á nuestros fueros concedidos
por los reyes vuestros predecesores, y que hoy se quieren poner en duda con tanto rigor,
dirijirnos hum ildem ente á vos suplicándoos anuléis el decreto que nos concierne. Lo que pe­
dimos es ju sto , y , si no se hace justicia á nuestra petición, tomaremos las arm as para defen­
der nuestra querida p atria, aunque hubiéram os de ver arder nuestras m ujeres y nuestros
h ijo s , y aunque tuviéramos que buscar en seguida otro señor p ara que nos proteja y
nos defienda.» Felipe I I I , am edrentado por esta am enaza, renunció h u m ildem enteácom ­
pletar la unidad política de E sp a ñ a , con tanta energía em prendida por su abuelo y por
su padre. « Q uerida y am ada p atria y señora m ia, le co n lestó ; visto por mí la m ucha
razón que vosotros teneis eu querer gozar de vuestras honradas libertades y haber yo
sido mal informado en querer que me pagásedes los subsidios que los demás mis va­
sallos me p ag a n , y haber visto en los archivos de Simancas lo que los reyes mis an­
tepasados dejaron ordenado en lo que toca á esa mi querida se ñ o ría , be mandado se
b o rre , atilde y leste de mis pragm áticas reales en lo que loca á e s a señoría; es que go­
céis de todas las libertades y exenciones que ios demás vuestros honrados padres gozaron,
con las dem ás que q.u.isiéredes gozar y usar de ellas; haciéndoos yo de nuevo merced de ello
por los muchos é buenos é leales servicios que esla corona real h a recibido y recibe de pre­
sente.') A la vista de este ejem plo, las cortes de Yalencia reunidas en 1004 no le otorgaron
un donativo de cuatrocientos mil ducados sino como en pago de la ju ra de los fueros y li­
bertades de aquel reino.
Tan patente flaqueza, no b a s tó , sin embargo p ara revivir el espíritu democrático de las
antiguas corles de Castilla. E n la convocatoria de las que celebrara en 1598 habia dicho álo s
pueblos «A fin de que oigan y discutan, deliberen y aprueben lo que les será propuesto»; y
al abrirse las sesiones, obligó á ju ra r á lo s diputados, como receloso de su actitud, que pon­
drían en manos del presidente las instrucciones que hubieran recibido ó recibiesen en el cur—

(1 ) E spaña desde el reinado de F elip e II hasta el adven ¡miento do los B o rb o lles, p e r Mr, W cis.
M IS A D O DE F E L IP E I I I . 35

so de la legislatura. Despues ya no se las convocó sino p ara im poner á la nación nuevas


exacciones ó para revestir los actos de la m onarquía de mayor legitim idad. Reunió las de
Castilla y León en 1608 p ara que ju rasen al heredero de la corona y p ara pedirles un dona­
tivo, que se elevó esta vez á diezisiete millones y medio. El menosprecio fué mayor cuando se
trató la cuestión monástica. Habíase becho moda en tre los grandes fundar conventos en los
pueblos de sus estados, aun en aquellos cuyo escaso vecindario no podía atender á su su b -
sistenciani al decoroso m antenim iento del culto. Muchas personas se entraban en ellos mas
huyendo de la necesidad y buscando la ociosidad que por vocacion verdadera (1). Las cortes
de "Madrid resolvieron que se negasen á lo sucesivo las licencias de introducir instiLutos nue­
vos y de fundar nuevas casas; pero el r e y , juzgando que este asunto no les com pelía, lo pasó
á los teólogos. Y a pesar de que estos aconsejaron tam bién las mismas prohibiciones, y de
que como ellos opinó luego el consejo de estado, nada resolvió entonces ni despues, dejando
al mal que estendiese sus raíces por toda la nación.
E n medio de la fluctuación en que estos pareceres y su conciencia religiosa colocaban á
Felipe I II le llegó la m uerte en 1621. Los franceses bajo el testimonio de B assom pierre, que
quiso sin duda aprovechar este suceso para pintar la ridicula etiqueta de la córte española,
aseguran que murió tostado por el calor de un brasero que el duque de Alba, gen til-hom­
bro de cám ara, se negó á llevar de la estancia real porque esta función correspondía al duque
de Uceda como sumiller de C o rp s, el cual se bailaba á la sazón ausente.
Como quiera que haya sido, la m uerte no sorprendió á Felipe I II, pues se previno á ella
desde el ataque que sufrió en el regreso del viaje hecho á Lisboa dos años antes p ara tomar
á las cortes de P ortugal el juram ento de fidelidad al príncipe de A sturias. Siguiendo el ejem­
plo de su p a d re , le hizo en trar en su consejo p ara habituarle al conocimiento de los negocios
que debían pasar un día bajo sus manos. ¡Hé ahí cuánto hizo por el porvenir de la monar­
quía ! O h , si pluguiera al cielo prolongar mi vida, esclamaba en su lecho de m u e rte , cuán
diferente seria mi conducta de la que basta ahora be ten id o !»
• El reinado de Felipe I I I es u n testimonio histórico d eq u e no bastan las virtudes privadas
de un rey para labrar la felicidad de un pueblo. Tenia Felipe la afabilidad ordinaria de los
talentos menguados y la dulzura de todos los caracteres débiles; e ra un esposo tierno y un
padre cariñoso; y su piedad religiosa, llevada hasta el fanatismo, proscribía de su corazon
todo sentimiento inmoral. A pesar de eso, bajo el reinado de esa alm a p u ra , de ese carác­
ter inofensivo, de ese buen esposo y p a d re , de ese hombre h o n rad o , la m onarquía española
empezó á perder la suprem acía en E uropa y recibió heridas m ortales en su mismo seno. Con­
siste en que la dirección de un estado exige dotes y condiciones que son eventuales bajo e}
principio m onárquico. Tuvo la E spaña todavía en el reinado de Felipe I I I días de gloria que
celeb rar; pero en verdad no le p erten ecían , p o rq u e , conseguidos por jos diplomáticos y ge­
nerales de su pad re, puede decirse que eran el le g ad o 'u lira-tu m b a d e F e lip e II. La monar­
quía obedecía aun á su impulso como el barco am ainadas y a las velas. La incapacidad y )a
indolencia de Felipe I II le pusieron en manos de u n valido igualm ente inepto como pudo ha­
ber caido en las de un hábil m inistro. Lo sostuvo tan largo tiempo en su privanza p o r la ir­
resolución de su carácter quizá mas que por afecto que le profesase, fuera de que p ara conser­
var su gracia, lisonjeaba.eJ duque de L erm a inclinaciones que como m inistro debiera haber
com batido: continuó, por ejem plo, la g uerra contra los protestantes de las provincias unidas
y ejecutó laespulsion de lo s’moriseos, Por consiguiente, la re sp e ta b ilid a d de los funestos
sucesos que tuvieron lugar bajo el reinado de Felipe I II no le pertenece ni pertenece al mi­
nistro que mereció librem ente su confianza, pues fueron efedo de los accidentes á que la na­
turaleza sujeta al principio hereditario. Bajo la m onarquía absoluta el bien y el mal son una
casualidad para las naciones, un juego d éla ciega fortuna.
Es justo em pero reconocer que la decadencia interior de la m onarquía ni era conse­
cuencia esclusiva del eveñtualísmo de su principio ni de la incapacidad del re y , ni obra de las
disipaciones del duque de Lerm a. Provenia igualm ente del atraso general en los conoci­
mientos económicos, pues no se consideraba en toda E u ro p a como verdadera riqueza en
aquel tiempo^sino el oro y la plata. La In g laterra y laHolanda- principiaban á sospechar otras
ideas. Asi la E spaña, poseyendo las ricas en! rañas del Nuevo M undo, no era otra cosa que la

) niclámcu lid Consejo de Estallo de 1,° Je febrero de 1619.


TOMO IV . " 7
36 H1ST0HIA DE ESPAÑA.
aduana donde se adeudaban todos los tesoros que de allí traía la industria de las demás na­
ciones europeas. Un crítico profundo h a dicho con severa exactitud que la E spaña era p ara la
E uropa lo que la Loca al cuerpo: pasaba por ella todo el oro que se derram aba por las de­
mas naciones, y nada se quedaba en su seno.
E n resum en el reinado de Felipe I II fue un descenso suave, pero un descenso al fin, hacia
el abismo á que habia sido em pujada la m onarquía.

A rm adura do C ristóbal Lechuga. {Armería íleul de Madrid,)


■ ftitpc IV.
REINADO D I FELIPE IV.

CAPITULO V,
1621 — 1634.

Situación tic Kspuíiu al advenim iento de Felipe IV al tro n o : c a rá c te r de este re y ; co rla ad m in istració n de Z ú ñ jg a : p ri­
vanza del C onde-duque de O livares; persigue á los an terio res v alid o s: su p lic io d e C a ld e ró n : restitu cio n es al erario .—
R enuévase h gm jrrn con las P rovincias U n id as: rendición de B red a : derrota naval de S tev en isse: rein co rp o ració n de
aq u ella corona á la de E s p a ñ a : sublevación de los Gamonees y v en tajas del p rin cip e de O ran g e: la m a rin a liolandcsa
prom ueve la, nspulsion de los p ortugueses de la In d ia .—G uerra de los tre in ta añ o s: b atalla d c S ta d lo : d erro ta del rey
de Dinamarca, y p a t de Lubeck.—C uestión de h V alleü n u con F ra n c ia : invade la re p ú b lic a de G e n o v a : tra ta d o de
Monzón : !a sucesión del ducado de M antua renueva la g u e r r a : sitio d e C a s a l: m u e rte de Spinola y del d u q u e de
Savoya : paz de íju ierasco .—F l r e y d e S n e c ia > G ustavo A dolfo, lom a p a rle en la g u e rra de los T re in ta a ñ o s : b atallas
de Jjcipsick y L u u c n : V alstein recu p era la S ilesia y m u e re asesinado p o r orden del e m p e ra d o r: el d u q u e de F eria
es rechazado do la .ALancia, y el infante don F eru an d o consigue la v icto ria de Norlliinga.-—El rey de In g la te rra , desairado
rn sus pretcnsiones m atrim oniales , envía u n a escuadra , que es rech azad a en Cádiz.—E n c u en tro s m arítim o s con los
tu rcos y_los berberiscos.

m uerte de Felipe I I I ofrecía unaoeasion oportuna


a
y decorosa p ara e n tra r la m onarquía en un rég im ^i
pacífico y económico que hubiera regenerado en po­
cos años la nación. E staba en paz con la Francia y
con In g la te rra ; la treg u a con la Holanda podía ser
fácilmente convertida en una transacion m ercantil
ventajosa á ambos pueblos; los estados de Italia
perm anecían sosegados. Renunciando á tom ar una
p a rle oficiosa en las disensiones religiosas de la Ale­
m ania; dedicando n u estra brillante m arina á liber­
ta r al comercio de los ataques de turcos y berberiscos;
lim itándose á las conquistas de la A m érica, ya que
habían sido em prendidas y podían recom pensar con largueza los sacrificios que cosíasen ; v
sobre todo introduciendo algún órden. en la adm inistración de las ren tas del estado, el
nuevo rev hab'ria adquirido títulos suficientes al reconocimiento de la historia dilatando,
aunque otra cosa no fuese, la ruina de aquell a grande m onarquía. La Península entera aun
no reconocía mas que un solo cetro; las islas del M editerráneo, las Baleares, Cerdeña,
Sicilia, le rendían vasallage; Ñ ápales, el M ilanesado y la V altclina, guarnecidas por sus
soldados, sometían á la influencia austríaca á toda la Italia, sin esceptuar la república de Ge­
38 HISTORIA DE ESTAÑA.
nova ; en la cosía septentrional del Africa poseía desde O ran ¡i Cicuta una línea de loríale—
•/as que concluían de encadenar el M editerráneo; Méjico y el P e rú , sometidos al lin , aca­
baban de acrecentar las grandes posesiones de la América y las Indias, que había iraido
á España la incorporacion del Portugal. Nunca pareció el sueño de Carlos V mas cerca de su
realización.
Pero la m onarquía, en virtud de ese fatalismo a que la sujeta el principio hereditario,
cayó eu los débiles brazos de un joven de diez y seis a ñ o s , tan escaso en dotes de mando
como en instrucción y conocimiento práctico del gobierno. La gravedad de su semblante f
lisonjeram ente in terp retad a por el Iijero vulgo de la c ó r te , no era sino el indicio ostensi­
ble de la apatía de su carácter, solo.escitable para los placeres. Podría sospecharse exa­
minando su vida, que él mismo se creía llamado al trono para gozar sin descanso, como el
hijo p ró d ig o , de aquella inm ensa herencia.
Apenas ocupó el solio Felipe IV , salió desterrado de palacio el duque de Uceda, aquel
mañero cortesano con quien el monarca anterior había querido com partir el crimen de su
abominable ingratitud. El padre y el hijo , arrojados de u na misma altu ra y por iguales
medios, ambos sim ultáneam ente en el destierro, fueron por algún tiempo insigne ejemplo
de la instabilidad de la fortuna que se logra en los palacios y testimonio vivo de la justicia
de la Providencia. E l h ijo , oprimido por los rem ordim ientos, que habían ido sobre él en
su caída, se vio consumir bajo una febril m elancolía: el p a d re , vengado y a, dirijia carias
de consuelo á su riv a l, q u eliab ia recobrado al caer los derechos á su amor. «Ále escri­
ben que os moris de uecio, le decía : mas temo yo á mis años que á mis enem igos.» Sin
em b arg o , el viejo duque de Lerm a vivió lo bastante para ver a su hijo sucumbir devora­
do por la tristeza.
Le sucedió en el poder el hábil diplomático don Baltasar de Z ú ñ ig a , uno de los hom­
bres que bajo el anterior reinado babian sostenido con su talento el peso de la m onarquía.
No debió á sus merecimientos esta elevación sino á la casualidad que le habia hecho ayo
del príncipe de A sturias (ahora rey ) cuando el duque de Uceda necesitó acreditar su
nombramiento de ministro con la elección de personas bien quistas de la nación por su sa­
ber y patriotism o. Convocó Zúñiga inm ediatam ente á cortes , y á su petición se acordó la
restitución á la corona d é la s cuantiosas enagcnaciones hechas por la prodigalidad del du­
que de Lerm a. E sta disposición de evidente justicia fué luego en otras manos un indigno
medio de venganza. Se redujo además á la tercera p arte el crecido núm ero de consejeros,
escribanos, procuradores, alcaldes, alguaciles, e tc ; se fijó térm ino de perm anencia en la
córte á los litigantes forasteros; se ordenó á los señores de vasallos que se retirasen á vivir
en medio de sus haciendas y tratasen á aquellos con moderación y generosidad; se puso
coto á las em igraciones, aun p a r a la A m érica; se atacó el lujo de la nobleza prohibien­
do el uso de tejidos de oro; en una p a la b ra , se llevó á ejecución el informe del consejo
de Castilla desoído por Felipe I I I , que reasum ía toda la ciencia económica de aquellos
tiempos.
Revelaban á lo menos estas disposiciones un buen esp íritu , que hubiera hallado al fin
los verdaderos medios de regenerar la nació n ; pero la súbita m uerte del ilustrado Zúñiga
desvaneció estas nacientes esperanzas. Algunos rum ores atribuyeron entonces esta m uerte
repentina á la impaciente ambición de su sobrino don G aspar Guzman y P im entel, conde
de O livares, q u e , como gen til-h o m b re del prín cip e, habia sabido enseñorearse del ánimo
real· Pim entel se distinguía, en efecto , como casi todos los validos, por lo insinuante de
sus m aneras y conversación y por una ambición altiva y simulada á la vez q u e , aunque
haciéndose violencia, sabia acomodarse á. los diferentes senderos que dentro de las casas
reales conducen á l a altura del trono. Se hizo consejero suprem o de e stad o , caballerizo ma­
yor , g ran canciller de I n d ia s , tesorero general de A rag ó n , gobernador de Guipúzcoa, ca­
pitán general de la caballería, grande de E spaña, duque de S. Lucar de Barram eda,
siendo desde entonces conocido con el nombre histórico de el Conde-duque. Hablando con
propiedad, debiéramos decir que se hizo señor de su rey y rey de E sp añ a, pues su poder
sobre el ánimo de Felipe IV llegó hasta conseguir que parecieran en las conversaciones, á
juzgar por el tono de sus voces, pupilo el monarca y el vasallo su tutor.
. A título de reparaciones ju sticieras, los prim eros actos de su adm inistración no fueron
en realidad sino bastardas venganzas é inicuas precauciones contra alguna sorda maqui­
nación palaciega. Persiguió al duque de Uceda basta que la m uerte lo libró de sus ase—
HEINADÓ D13 FELIPE IV. 39
chanzas; 'abrum ó al de Lerm a con esacciones cuantiosas por vía de restitución al erario
que le hum illaron de vergüenza y abreviaron su vejez (1 ); desterró al padre Aliaga des­
poseyéndole al mismo tiempo del cargo de inquisidor g e n e ra l, que liabia sido el fruto de la
negra ingratitud hacia su bienhechor; encerró al duque de Osuna cu las cárceles de la
Alam eda, donde la inacción y la pesadum bre de los servicios que habia hecho al trono enve­
nenaron sus últimos dias ; é hizo decapitar al infortunado don Rodrigo Calderón. Absuelto
apesar de la bárbara prueba del to rm en to , que no arrancó de su lengua un solo gemido ni
de sus ojos una lá g rim a , siguió preso en las cárceles de M adrid hasta que le abrió sus
puertas para conducirlo al suplicio el conde de Olivares. Las otras persecuciones pasaron á.
los ojos d é la nación como actos solemnes de justicia; pero la m uerte de Calderón , de este
carácter singular, cuyo orgullo se hizo proverbial enlre nosotros, avergonzó á sus enemi­
gos y admiró al pueblo hasta arrancarle esclamaciones de piedad. Viéndole m archar al
p a tíb u lo , con los vestidos en g iro n es, la barba la r g a , los cabellos grises de los padeci­
m ientos mas que de los años, y el sem blante con la tranquilidad y la palidez de la resigna­
ción, olvidó que habia sido por largo tiem po el objeto de sus maldiciones, y lloró con él
cuando le miró abrazado al v e rd u g o , único hombre cuya clemencia no te desdeñó de im­
plorar. C iertam ente este desgraciado valido liabia ofendido la moral pública con el regio
fausto de su im provisada grandeza; pero no habia cometido delitos qu e mereciesen un a
ignominiosa m uerte. Si habia algún crim en, el trono era su cómplice. Renovó en seguida
el Conde—duque casi toda la servidum bre de palacio con personas á él afectas y separó de
la adm inistración pública á cuantos habían alcanzado empleos por su adhesión á los du­
ques de L erm a y de Uceda, Por ú ltim o , dio á luz un escrito q u e, mas que u n program a
de su sistem a de gobierno, era una acusación sangrienta contra estos dos privados. Re­
prendíales el haber consentido que la F rancia se entrom etiese en la cuestión de la T al teli­
n a ; atribuía á sus desaciertos la liga de los estados italianos contra E sp a ñ a ; los acusaba
de connivencia en las maquinaciones del duque de Osuna ; y , en fin , decía que eran con­
secuencia de sus malversaciones el que la m arina se encontrase tan red u cid a, sin pagas el
ejército y cuteram ente exhaustas las arcas del erario. Caidos al suelo y despedazada su
h o n r a , gozábase este insensato é inclem ente valido en rem overlos p ara conservar abiertas
sus heridas. Ofrecía al mismo tiem po corregir los m uchos abusos que se babian introducido
y verificar grandes economías, ¡i cuyo efecto nom bró un nuevo consejo con am plias facul­
tades , cuya prim era resolución fué un acto á que jam ás se atrevió despues n inguna revo­
lución. Mandó que todos cuantos hubiesen intervenido en el manejo de los caudales públi­
cos desde el año 1G03 al 2 1 , es decir por espacio de diez y nueve años, presentasen una
cuenta religiosa de los bienes con que habían entrado en el servicio y de los que poseían á su
separación , para averiguar los adquiridos m alam ente y secuestrarlos. E l tesoro se llenó
con estas restituciones que el sentim iento de ju stic ia , siem pre vivo en el p u eb lo , aplau­
dió con entusiasmo , aunque hubo algunas injustas y escepciones irritan tes. Los hombres
sensatos deploraron eu secreto este precedente que se dejaba á la rapacidad ó la venganza
de otro valido.
L a nación tuvo tam bién que renunciar bien pronto á sus halagüeñas esperanzas. P i -
m entcl, ofuscado con el a u ra popular de que le rodearon estos prim eros actos, resolvió
anudar la política de Felipe I I , la g u erra de conquista. E ra preciso justificar el epíteto de
Grande que daba á Felipe IV y que este aceptaba sinceram ente, cuando no era , bien mirado,
sino dado á sí propio por el orgulloso C o n d e -d u q u e , siendo él su m inistro y su tu to r. Los
m ilita re s, que no conciben ordinariam ente la gloria de u n a nación sino en la perdición de
las d em ás, clamaban tam bién contra aquella inacción á que habia sujetado á E spaña el du­
que de L erm a desde sus desgraciadas tentativas contra In g la te rra y otros estados. Decian
que la g u erra seria poco mas costosa que aquella paz h u m illa n te , calculando tan solo los
hombres que habrían de aum entarse á los ejércitos y no la sangre que se derram a en los
combates, ni la desmoralización que se recoje en los cam pam entos. ni los brazos que se quitan
á la agricultura y á la industria. La g uerra quedó decretada ó, lo que es lo m ism o, quedó
decretada la destrucción de aquella grande m onarquía y la ru in a de la nación.
D esgraciadamente la tregua ajustada con la Holanda term inaba el mismo año de la pro-

( 1 ) Murió cu 102o, en cuyo n ío liabia sido obligarlo á pngur sctcntu y dos m il ducados M uíales , ju m a m e n te con el
íitt’iiso de veinte an u a lid ad e s n titu lo de jtjié ím mal adquiridas.
i O mSTOKIA DE ESPAÑA,
clamacion de Felipe I V , 1621, Los confederados, cada día mas orgullosos de su indepen­
dencia y en creciente p ro sp erid a d , habian aglomerado los aprestos m ilita re s, puesto en
pie respetable sus ejércitos, aum entado su m arin a, procurado la am istad de los enemigos
de E spaña, contraído alianzas con la D inam arca y los berberiscos; habían reunido, en fin,
los elementos necesarios para alcanzar el triunfo definitivo en su noble lucha. Los archi­
duques ó , mas b ie n ,la E spaña, sin renunciar á sus p retcn sio n es, nada habia prevenido
p ara la renovación de la g u e rra , q u e, sin em bargo, anhelaba. Cerrados á los holandeses
nuestros p u e rto s, supieron abrirse un camino para las Indias orientales, y ya no precisaron
pagar al comercio español su exorbitante precio de monopolio. Apoderados de una parle
de las Molucas y organizada la célebre compañía de las Indias occidentales, consiguieron
en breve sum inistrar á la E uropa los artículos coloniales con gran ventaja y regularizar su
tráfico , privando k E spaña de las riquezas que por tantos años habia sacado de ello s, acaso
mas im portantes aun que las flotas en metálico. Esto arruinó á los comerciantes de Sevilla
y L isboa, y acabó de exasperar al gobierno de Madrid (pie estaba viendo perecer al mismo
tiempo el comercio de Ambcres por la ocupacion enem iga del Escalda, y huir de Flandes,
asi em pobrecida, gran p arte de su poblacion á la misma Holanda, que se enriquecía de 1111
modo rápido. A vista de tales resultados, los consejos de Indias y P o rtu g al, informaron á
Felipe IV que la treg u a de los doce años habia reportado á E spaña mas perdidas que cua­
ren ta y cinco años de g u e r r a , y que era por consiguiente preferible á una paz com prada á
tanto precio la g u erra mas costosa y asoladora. Los perjuicios no ascenderían , seguu sus
cálculos, sino á unos cincuenta y siete mil escudos al m e s , porque entonces no se estim aban
otras pérdidas que las del dinero.
El Conde—d u q u e , usando de su genial arrogancia y cual si aquella insurrección acabase
de estallar, exortó á las siete provincias unidas antes de rom per las hostilidades, como por
via am istosa, á juntarse á las otras diez p ara depender de un solo jefe, el designado por
España. Los confederados rechazaron con altivez sem ejante p ro p u esta y apelaron á las ar­
mas. El archiduque A lberto, que habia sostenido con tanto valor la anterior cam paña, se
d isp o nía, si bien menos aDimoso, p ara esta, cuando la m uerte le atajó los pasos, dejando á
su esposa , á falta de hijos, por única heredera del cetro que la revolución les disputaba
E sta sucesión originó luego én tre lo s parciales del archiduque disturbios que enervaron mu­
cho los elem entos de resistencia y abrieron camino á los holandeses al seno de los Paiscs-
Bajos.
Las escuadras de am bas naciones dieron á un tiempo la voz del nuevo co m b ate: la espa­
ñola saliendo en el estrecho de G ibraltar al encuentro de veintiocho buques holandeses car­
gados de mercancías y apoderándose de cu atro ; y la de los confederados, unida con los
m oros, em prendiendo el sitio de M arm ora, que se vieron obligados á levantar. Ambrosio
Spínola, vuelto de Alemania al antiguo teatro desu sg lo rias, tardó bien poco en apoderarse
de las plazas de G ennep y M eurs, y facilitó al conde de Berg la rendición de Juliers (1622)
burlando al príncipe su rival. Quiso este al año siguiente vengarse con la toma de la im­
p o rtante plaza de A m beres; pero un recio tem poral estrelló contra la costa seis de sus bu­
ques y aventó los demás. Estos rev eses, la m uerte del príncipe Mauricio y m uy luego la
famosa rendición de Breda acaecida en 1626 {1) apesar de los esfuerzos de cuarenta y tres
mil hom bres de diferentes naciones que la defendieron por espacio de diez m eses, abatieron
mas no postraron á los confederados. Habiendo intentado Spínola aprovecharse d é la influen­
cia de esta victoria para sorprender la E sclusa, el conde de Ilo rn , enviado al efecto, tuvo
que retirarse herido dejando cuatrocientos hom bres en el. campo.
Sucedió á Mauricio en el mando del ejército holandés Federico E nrique de N asau, su
herm ano en el ta len to , la b rav u ra y el aborrecimiento á la cosa de A ustria. M ientras Spí­
nola le opuso su consumada estrategia, escasas fueron sus ventajas; mas al punto que este
general salió p ara Italia en 1629, su suceso r, el conde de Berg perdió las plazas de B o is-le -
duc y W osel, cuyaposesion era de grande im portancia, porque la prim era cerraba á los
españoles el paso del Hhin cortando la comunicación entre Flandes y Alemania, y la segun­
da abria al enemigo las p uertas del Brabante.
Su fortuna por la m ar habia sido mas constante. En 1624 una pequeña escuadra se a p o -

( 1) La jiinLura lia inm orlíiliznilu ts lü Iieolio"cn'ol ciiluiniTcmulro ilu Vchizqucz llam ado de fas lamas ijne existe cu el
Musco. La viñeta que intercalam os cti la ]»ág-ina siguiente es una cojiiu fiel de este precioso lienzo. 1
BEIJÍADO DE FELIPE IV. íl
deró de San Salvador en el Brasil y siguió saqueando los puertos de Callao y Lima. A fin de
evitar estas escursioncs asoladoras, fué preciso decretar la formación en las colonias de mi­
licias urbanas que, sin gravar el erario, cuidasen de la defensa del pais. A lano siguiente
don Fadriquc de Toledo logró desalojarlos de la América m eridional; pero, si en las Indias
no pudieron lograr que el rey de Acliem en 1629 se apoderase de M alaca, tantas veces aco­
m etida , algunas de las Antillas pasaron á su dominio. E sta misma escuadra, saliendo en las
islas Terceras al encuentro de ia ilota que venia de Méjico, cojió los ocho millones que con­
ducía y quemó los hoques. Asi quedó desquitada la Holanda de los grandes daños que causó
á su comercio el decomiso hecho cuatro años antes en los puertos de E spaña de mas de dos­
cientos buques de su nación, por haberse descubierto que venían á traficar con bandera ale­
m ana. Fernam buco resistió denodadam ente, pero sucumbió también (1630). Todos estos
descalabros, sin duda graves, no produjeron sin embargo tanto ruido en E uropa como la
d errota que sufrió al año siguiente una escuadra española de Doventa velas entre Yiaren y
S levenisse: setenta y seis cayeron en poder de los holandeses; las dem ás fueron incendia­
das ó sum erjidas; y de cerca de seis mil hom bres que las tripulaban solo once lograron sal­
varse. N uestra brillante m arina principió á. eclipsarse desde este dia.

s rv ir'

Rendición do Bi'éík.

Alarmado el Conde—duque de las consecuencias que tal suceso pudiera obrar en Sos
Países-Bajos, donde se liabian manifestado ya gérm enes de descontento, hace que la viuda
Lsabel devuelva á E spaña como cesión el señorío de aquellos estados (1632), quedando en
su nombre de gobernadora. Esto en nada cambiaba realm ente la condicion del pais, puesto
que lo mismo habia dependido hasta entonces de la córte de M adrid; y lo que se hizo con ese
simple juego de palabras fué precipitar aquello mismo que se tratab a de contener. Creyóse
torpem ente que los que conspiraban contra una débil m ujer se anonadarían en presencia
de la España. El pueblo de Flandes, á quien había engañado la supuesta cesión de aquella
corona hecha por el astuto Felipe 11 en Isabel C lara, no tenia olvidado su odio á nuestro do­
42 HISTORIA BE ESPAÑA.
m inio; y así fue que á la noticia de la reincorporación á la corona española, en las ciudades
y en los campos se conspiró abiertam ente para convertir aquellos estados en otra república
semejante á la de Holanda, cuya prosperidad estim ulaba su ardor. Pónense de acuerdo con los
confederados, y el conde de B erg , que gobernaba la provincia de G üeldrcs, les vende su
espada. Franqueado este paso, arrojóse el principe de O range sobro Yenló y Rurenm nda,
sin p arar hasta M aestrick, cuyas m urallas le detienen por espacio de dos meses hasta que,
derrotado el conde de Papenlieim , que voló al socorro de la archiduquesa con veinte mil ale­
manes , se le entregó la p la z a , cayendo tras ella las de Lim burgo, O rsoy y Ycrc.
Al mismo tiempo la m arina holandesa llevaba por todas las posesiones ultram arinas el
fuego de la insurrección. Morabaza, escala del comercio portugués, situada en la costa orien­
tal del A frica, fué conquistada por los naturales, aliados de la confederación. Los reyezue­
los de la India, ausiliados por sus escuadras, se em anciparon del P o rtu g a l, cspulsando á los
que por espacio de cincuenta años habian sido sus señores. Desde entonces ya no fue Lis­
boa sino Amsterdam el depósito de las producciones del Asia oriental. La escuadra que cru­
zaba los mares de la India logró también cojcr la rica flola portuguesa que venia de la
China. Y solo á los estraordinarios esfuerzos de Jorje A h n eid a, indignam ente recompensado;
se debió la recuperación de la isla de Geilan (1633).
Murió entonces Isabel Clara, princesa que llevaba en su sangre las cualidades caracterís­
ticas de su padre. Su falta movió á E spaña á tratar de avenencia con la revolución; pero era
tarde, porque las verdaderas revoluciones no transijen sino cuando sucumben. Fuélc fácil al
embajador francés conseguir que ni las negociaciones se entablasen formalmente. El infanlo
cardenal, don Fernando ( herm ano de Felipe IV , nombrado p ara suceder á aquella con el
mismo carácter de g obern ad o r, entro en Bruselas acompañado de la gloria que acababa de-
alcanzar en la batalla de N orlhinga, uno de los hechos de arm as que mas brillan en la guerra
de los T reinta años.
D espues de la batalla de P rag a, los generales de Fernando prosiguieron el curso de sus
victorias. El conde de Bncquoi tomó á P re sb u rg o , Tirnaw y otras plazas de las orilla*
del Danubio y pereció bizarram ente en N enhasel dejando sojuzgada (oda la alta H u n g ría : en
tal estrem o el príncipe de T ransilvania, Betlen G abor, renuncio sus pretensiones á esta co­
rona m ediante ciertas indemnizaciones. E l m arqués de Y ad en , el conde de Mansíéld y Cris­
tiano de Brunswick pelearon con desgracia en llailb ro n , en D arm stad y en llo e c h t, viéndose
precisados á refugiarse en F ra n cia , por la parte de C ham pagne, de la cual los rechazazó el
duque deN evers. F ueron entonces á buscar un asilo allí donde su bandera ondeaba, á ju n ­
tarse con el príncipe Mauricio en H olanda; pero Gonzalo de Córdoba, general del cuerpo au­
xiliar español, que se habia distinguido en todos lo s'en c u en tro s, acabó de derrotar en Fieros
los restos de aquel ejército. El general en gefe conde de Tilli term inó la campaña con la loma
de Ileydelberg y Manlieim. Y al siguiente año (1623) la sangrienta batalla de Stadlo contra
B runsw ick, que perdió en ella catorce m ilhom bres, sometió al em perador todo el norle de
la Alemania.
Tres años despues volvieron en núm ero de ochenta m il, ayudados por el rey tic D ina­
m arca, y todavía la suerte les fué adversa. Mansfeld y el duque de Brunswick m urie­
ron poco despues de este nuevo vencimiento. El dinam arqués se vió obligado á aceptar
en 1629 el tratado de paz firmado en Lubeek, y nada impidió por entonces que el em­
perador se juzgase dueño de toda la Alem ania y mandase á Italia un cuerpo de su ejér­
cito victorioso en apoyo de la sucesión q u e, en unión con E sp añ a, pretendía establecer
en el ducado de M antua.
La ocupacion de la Y altclina por el duque de F eria había dado antes lugar á serias
reconvenciones de la F rancia, que reclamó enérgicam ente su restitución á los grisones.
Felipe IV consintió en ello por el tratado de M adrid (1621) á condicion de que se res­
tableciese el culto católico como en 1 617; pero el advenim iento del C onde-duque al mi­
nisterio dejó sin efecto este convenio, dando origen к la terrible oposicion que con tanUi
fortuna como talento hizo á la casa de A ustria el célebre cardenal de Richelieu. Apenas
subió al poder este em inente político (1021) á quien debe la Francia en g ran p arte el lu­
g ar que hoy ocupa entre las naciones y la E spaña la pérdida de u na suprem acía que ha­
bía ejercido en el mundo por espacio de dos sig lo s, exigió resueltam ente la evacuación
de aquel pais y solicitó la alianza del duque de Savoya p ara arrojar de Italia á los es­
pañoles. E n este a p u ro , que comprometía seriam ente la seguridad de todas nuestras pose­
RÉITiADO DE FE LIPE IV . 43
siones de Italia, e! Conde-duque apeló á u n nuevo subterfugio diplomático. E n otro con­
venio firmado en Aranjuez se estipuló que la Y altelina pasase como en depósito á poder
del papa hasta que ambas potencias arreglasen su desacuerdo. El duque de F an o , h e r­
mano del pontífice, tomó en efecto posesion de las fortalezas con mil quinientos hom­
bres y quinientos caballos. Itichelieu no ignoraba que guarniciones pontificias eran para
Felipe IV como de sus propios soldados; pero le convenia manifestarse satisfecho m ien­
tras no atra ía á su pensam iento á los enemigos de España en Italia. Savoya y Vene—
cia firmaron m uy luego con la F rancia u n a alianza para sostener en campaña u n ejér­
cito de cuarenta y cuatro mil hom bres que debería pelear hasta conseguir, no solo la
restitución definitiva del pais en cuestión, sino tam bién los condados de Borrnio y Chía—
venna. N ueve mil franceses fueron en efecto (1623) á ayudar á los grisones á arrojar á
las tropas pontificias, y pasaron á ocupar este último condado. Por o tra p arte el duque
de Savoya, reforzado por Lesdiguieres con doce mil infantes y dos mil ginetes, también
franceses, caia sucesivamente sobre A cqui, N uovi, Campo, Mazona y G avi; y no satis­
fecho, penetra en el Genovesado, ocupa la ribera de levante y amenaza á la capital. Su

E l ilaq u e lie F oria.

territorio debia ser repartido entre los dos confederados y desaparecer la república. Pero
la España atrajo tam bién á una alianza á G enova, Luca, P arm a, Toscana y M ódena, y
bastó la presentación de la escuadra del m arqués de Santa Cruz en aquella capital, des-
pues de haber ahuyentado á la francesa, y la aproxim ación del duque de F eria con fuer­
zas im ponentes, p ara que se retirase el sa voy ano y libertase á la república de su cons­
ternación , devolviéndole la seguridad. Estrechado Richelieu por este resultado y por
las maquinaciones de sus rivales., se avino al tratado de Monzon ajustado en 1626, en
tom o jv . S
H H iST O ÍIA DE ESPAÍU.
v irtu d del cual las tropas del P apa volverían á posesionarse depositariam ente de la V altelina
y Chíavenna, y quedaban los grisones sujetos á la jurísdieíon de la Sania Sede en cuestiones
religiosas.
■ Envanecido el C onde-duque con esta estéril ventaja, uo vaciló en entrom eterse á des­
pecho de la Francia en la querella dinástica que dejó á M antua la m u erte del duque Vi­
cente sin sucesión, acaecida en 1628. El pariente mas inm ediato, Carlos de Gonzaga,
duque de N evers, fué desechado por el em perador y el rey de E spaña en alencion á
los vínculos de parentesco que le ligaban á la familia real francesa; y , alegando que aquel
estado era un feudo del im perio, se abrogó el derecho de elección, prefiriendo al duque
de G uastala , César de Gonzaga, Siem pre lian roto mas sucesiones los mismos reyes
que los pueblos. El duque de Savoya, á quien lanzaba á cualquier hora en la pelea su
carácter belicoso y señalaba puesto su constante pensam iento de la nacionalidad ita­
liana, se unió en esta ocasion, á pesar de los antecedentes, con E spaña, estipulando pre­
viam ente el repartim iento del M onferrato. Pronto ocuparon sus tropas á Alba, Moníalho,
P ontestiira y Niza de la P alla, m ientras Gonzalo de Córdoba, llamado de Alemania como
gobernador de M iían , sitiaba con diez mil hom bres á Casal. Richelieu , h arto ocupado
á la sazón en el famoso sitio de la Rochela , no pudo ausiliar al duque de Nevers
mas que autorizándole á levantar algunas fuerzas en los estados que poseía en Fran­
cia , las cuales no pudieron pasar los Alpes porque fueron deshechas por el de Savoya en
el marquesado de Saluces. Casal , entregada á sus propias fuerzas , iba á caer en po­
der de los sitiadores cuando se rindió la lto c h e la , haciendo cambiar inm ediatam ente de
aspecto la situación de los contendientes El mismo Luis X III se puso á la cabeza de
un ejército de veintiséis mil hom bres, se apoderó de Susa, y esto bastó p ara que el du­
que de Savoya se declarase neutral y levantasen el silio de Casal los españoles (1629). R i-
chelien, que deseaba asegurar su triunfo sobre los hugonotes, renovó la alianza con la
Savoya, Venecia y M antua y retiró al re y , contentándose por entonces con dejar un
cuerpo de tres rail quinientos hombres en la línea del Pó. La casa de A ustria conoce
esta necesidad y se aprovecha de ella. Term inada á su entender la lucha protestante de
Alemania con el vencimiento del rey de Dinam arca y el tratado de L ubeck, envió el
em perador Fernando al conde de Merode con un ejército de dieziseis mil infantes y dos
mil ginetes que se apoderaron de Coira, ocuparon la Valtelina y, pasando al ducado de Man­
tua, se hicieron dueños de las principales plazas fuertes y sitiaron la capital. Felipe IV envió
tam bién algunos tercios veteranos de Flandes al mando de Spínola, cuyo liijo Felipe tomó
á A cqui, Niza de la Palla y otros puntos en tanto que é l, apoderado de P o nlcslura y
Rosiguano, ponía nuevo cerco á Casal (1630). El general francés T oiras, que la defen­
día, fué rechazado en una salida, y parecía próxim a su rendición cuando la m uerte sor­
prendió á Spínola en la esperanza de este nuevo triunfo. El ejército lo lloró, y la Es­
paña sintió luego la falla de sus em inentes talentos políticos y m ilitares: acaso de ningún
otro general se ha dicho con ta n ta verdad que fué siem pre vencedor, jam ás vencido.
Su m uerte y la rendición de M antua por el general austríaco Galas, que la entregó al
mas horroroso saqueo, aceleraron la m archa de Richelieu. Este cardenal, cuyo carácter
se asemeja mucho al de Cisneros, puesto al frente de un ejército, invade el Piamonte,
vence en el desfiladero de Javenes al duque de Savoya, que habia vuelto á la alianza
con España, y , tomando á Saluces, se abre paso al Monferrato ; nuevo revés que abre­
vió la vida de Carlos M anuel, corazon esforzado, talento superior y ambición sin igual.
Si su siLuacion entre potencias de prim er órden ó si sus medios hubieran ayudado á sus
pensam ientos, la Italia habría sido constituida en nación una é independiente, y su in ­
fluencia político-religiosa en E uropa habría salido del eclipse en que lia permanecido has­
ta nuestros dias. Le sucedió su hijo Víctor A madeo, quien, continuando como todos sus
descendientes la política del pad re, contribuyó á elevar la casa de Savoya de lina pro­
vincia pequeña á un estado respetable. Richelieu, libre de tem ores á su espalda, m ar­
chaba resueltam ente á vengar el horroroso saqueo de M antua cuando un enviado del Papa
Julio M azarini, cuyo nombre llenó luego la E u ro p a , consiguió u n armisticio de dos me­
ses que se transform ó m uy pronto en u n tratado de paz. Se restituyeron al duque de
M antua todas las plazas de su ducado, y el M onferrato, esccpto Piñeroí, ciudad fronteriza
del Piam onte que la Francia no quiso desalojar, aviniéndose únicam enteá hacer al de Savoya
una indemnización pecuniaria. E n desquite tampoco evacuaron la Valtelina los soldados
REINADO № FELIPE IY . í;j
del em perador, á quien obligó á aceptar una tercera ratificación de la paz acordada en Quie-
rasco el nuevo aspecto que presentaba la g u e rra de Alemania entrando en su tercer período.
Incitado por Richelieu y por los los alhagos de la victoria, se habia declarado contra la
casa de A ustria, que parecía am enazar de nuevo la paz de E u ro p a, el célebre rey de Suecia
Gustavo Adolfo. Su espada, vencedora en la Polonia, aparece de improviso en laP om erania,
p enetra por la Sajonia, cuyas ciudades con su elector acababan de abandonar la causa del
em perador, y sale al encuentro de Tilly en Leipsick, á tiem po en que iba á rep etir en ella
la bárbara venganza que tomó de M agdeburgo saqueando y degollando á sus habitan­
tes. A los infelices que im ploraban su clemencia contestaba que deliia hacerse al pue­
blo una sangría abundante para que se calmase. La brillante victoria con que abrió Gustavo
las páginas de esta o trag u e rra costó al ejército im perial cuatro mil m uertos, siete mil p ri­
sioneros y casi toda la arti/lería (1631). F ué el prim er trueno que estalló sobre la ca­
beza del em perador la torm enta que iba á destruir en breve el gigantesco poder de la casa
de Austria. Dueño de la Sajonia, se precipitó el vencedor como un to rren te im petuo­
so y asolador por la F ranconia, la Suavia y las vertientes del R hin: la fuerte Magun­
cia sucumbió también en su m archa arrolladora, siendo pasada á cuchillo la guarnición
española. Ya no le separaba del corazon del imperio mas que un a débil valla, la Ba—
viera, cuando Fernando I I acudió como á su salvador al ilustre general W alstein , á quien
habia poco antes destituido por oíslos del Conde-duque. M ientras organizó su ejército, Gus­
tavo Adolfo rompió en la terrible batalla del paso del Lecli las puertas de la B av ie-
ra y se lanzó sobre el occidente de Alemania (1G33). M uerto Tilli de resultas de esta
d erro ta, ya no quedaba al em perador mas esperanza que los talentos y el ejército de Yasl-
te in , apesar de que los españoles habiau tomado á uno de los generales suecos algu­
nas plazas del Rhin y otro habia sido contenido en la Yestfalia. T alstein , para corlar
en su carrera triunfal al rey de Suecia, puso sitio á N u re m b e rg , á donde en efecto acu­
dió; y aunque este no pudo quebrantar sus líneas, en las cuales dejó tres mil hom­
bres , no quiso recibir otro ataque y se dirijió en unión con el ejército de Papenhein
contra el elector de Sajonia. Alcanzólos aquel en la llanura de Lulzen y les presentó
la batalla: Gustavo Adolfo, sobrado ardoroso en aquel en c u en tro , que podia decidir la
suerte del im perio, m urió á los prim eros tiros; pero sus soldados, exaltados por la ven­
ganza, lograron que la victoria coronase su cadáver. Once mil im periales quedaron so­
bre el campo. Sin em bargo, la casa de A ustria consideró como un a victo ria, y podia
hacerlo, aquella derrota en q u e , si bien perdió casi toda la Silesia y la S uabia, también
habia perecido su mas terrible y afortunado enem igo: en todo el im p erio , en Italia y en
España se celebró con fiestas la m ortaudad de Lutzen. Axel O xensticm , canciller de
Suecia y regente del reino en la m enor edad de C ristina, hija y h eredera-de Gustavo,
consideró sus proyectos como una m anda testam entaria, y ordenó al duque de W e im a r'
sucesor del rey en el mando de los ejércitos, la continuación de la g u erra. El congreso
de H ailbron, tenido en 1633 por los enemigos de la casa de A u stria, inclusa la Francia
cuyo embajador ofreció cuantiosos subsidios, confirmó esta resolución, que aceptaron con
entusiasmo los generales educados en la escuda del últim o rey . Un movimiento com­
binado les dió por resultado la ocupacion de casi toda la Alemania occidental despues
de la sangrienta batalla de H am elcn; pero en la p arte oriental perdieron toda la Sile­
sia y el Brandem burgo , recuperadas por W alstein en la victoria de Steinau. Frescos es­
tos laureles en su frente, puso fin á su gloriosa ca rre ra el puñal de un asesino. Los émulos
de su genio hicieron concebir al em perador tem ores de una conspiración contra su per­
sona acaudillada por é l, y á estos tem ores, de ningún modo com probados, sino es por
una grande ambición de gloria, sacrificó ingratam ente al mismo á quien debiera por
dos veces la salvación de su corona. V erdad es que semejante servicio de un vasallo es
un ultraje y u n a hum illación para monarcas de derechq divino (1 ). Su falta movió al
em perador á suplicar la cooperacion del infante cardenal don F ernando, herm ano de F e­
lipe IV , que del gobierno de Milán deliia pasar al de los Paises-Bajos. Envió prim e­
ram ente al duque de F eria con un ejército de catorce mil hom bres que consiguió algu­
nas ventajas hasta q u e , acudiendo los generales suecos Horn y E irkehfel, lo arro jaro n
de toda la Alsacia. E n su retira d a por los A lpes, sorprendidos por los prim eros friós

(1 ) Esle asm ilo ii;i ocupado la célebre ¡ilum n iíc ScliUlci· en la Iragcilia i¡ue lleva el lilu lo dti Yaistein,
40 HISTORIA DE ESPARA.
del invierno, m urieron muchísimos soldados de aquel ejército, cuyas reliquias volvie­
ron á Milán sin su jefe, m uerto , dicen, al influjo de la pena que le agoviaba. El ca r­
denal las recojió, juntó diez mil hombres mas y se dirijió á lavar la mancha de sus
banderas (1634). Sitiaban entonces los suecos la plaza de N orlhinga, cuya rendición trató
de evitar el joven general amenazando á R atisbona: no "acudieron á su socorro y sucum­
bió á los dos meses de cerco. Alhagado con este triunfo, marchó contra el campamento
que asediaba a'N o rlh in g a uniéndose á las tropas austríacas. W cim ar rechazó fácilmente
la caballería im perial, y sin duda hubiera cojidoen aquellos momentos un nuevo laurel,
si los españoles, apoderados de un bosque, no le hubiesen contenido hasta media no­
che ante una m uralla de fuego. Al siguiente dia se renovó la acción con un encarni­
zamiento ejem plar: parecía que los vencedores de L eipsiek, Lech y Lut7.cn peleasen con
un valor religioso por este legado de Gustavo Adolfo, los imperiales por lavar su des­
h onra , y los españoles por patentizar al mundo que eran todavía la prim era infante­
ría de E uropa. Los suecos, dejaron á sus enemigos por' trofeos trescientos estandartes,
ocho mil cadáveres, cuatro mil prisioneros , entre ellos el general Horn , y ochenta ca-
ñ o n es.E sta batalla, en que brilló sobre todas la espada del m arqués de Leganés, d ió p o r
fruto la reconquista de todas las plazas que el enemigo poseía en la Haviera y la
Suavia, y la paz de P raga con el elector de Sajonia y casi todos los príncipes protes­
tantes. Acaso hubiera adjudicado el triunfo definitivo al em perador, si la casa de A u s-
Iria no tuviese por rival á la Francia ó mas bien , si esta no tuviese por ministro absoluto
el. caracter im perturbable de R ichelieu, que supo atraer á una liga general a los ene­
migos de su preponderancia.

Don B altasar C a rlo s , bijo ik F elip a TV.

Uno de ellos era también entonces la In g laterra , con quien se habían roto torpem ente
las buenas relaciones que al advenim iento de Jacobo se establecieran, apesar del refrán
popular que desde Felipe II aconsejaba al trono: «Con todos g u erra y paz con Inglaterra».
Aquel r e y , deseoso de ap artar á n u estra córte de la alianza en que se hallaba empeñada
contra su yerno el P ala tin o , solicitó el enlace de su hijo C u rio s, príncipe de G ales, con la
REINADO DE FELIPE JV. ' 47
infanta doña M aría, herm ana de Felipe IV. E l pueblo inglés y el español m iraron coa in­
dignación semejante m atrim onio, que el interés de ambos aconsejaba, por la diferencia de
religión; pero el Conde-duque, en vez de escusarse francamente con esta misma oposicion
que el fanatismo creaba, fomentó las esperanzas de la córte británica hasta dar lugar á que
el pretendiente saliese en secreto de Londres en 1623 y se presentase en Madrid á gestio­
nar personalm ente la mano de su esposa. Recibiéronle con fiestas públicas y ag asajo s, y
se celebraron los esponsales el 8 de ju lio , juzgándose y a el enamorado príncipe en el tran ­
quilo hogar de Himeneo. Corrió empero u n mes y otro mes hasta s e is , al cabo de los cua­
les se convenció de que se le entretenía puerilm ente por no tener la córte resolución bas­
tante para dar una negativa formal. Se tem ia que una nación tan poderosa fuese, herida en
su o rg u llo , á ofrecer su apoyo á los protestantes de Holanda y A lem ania; lo cual vino al.
fin á suceder. Marchóse el príncipe de Madrid espléndidam ente regalado con pinturas de
Corrcgio y de Ticiano, caballos, arm as y otras jo y a s, saliendo Felipe á despedirle hasta el
Campillo, camino de G uadarram a: nadie hubiera sospechado, al observar la tiern a afec­
tuosidad de su adiós, que el uno llevaba en su seno u n a sed inestinguible de venganza, y
le m entía indignam ente el otro cariño y pesadum bre de su separación. Al poco tiempo se
rescindieron los esponsales; y cuando dos años despues subió el desairado príncipe al trono
de In g laterra , su prim er cuidado fué satisfacer en la nación el resentim iento que le habían
ocasionado sus reyes, lin a escuadra de ochenta velas recibió la orden de hacer unaescursion
por las costas de España quem ando cuantos bajeles en co n trase, saquear los puertos en que
pudiese hacer desembarco y recorrer después de igual m anera el litoral de Ñapóles y Sicilia·.
No atreviéndose á acometer á Lisboa, se entró en la bahía de C ádiz, que solo tenia tres­
cientos hom bres de guarnición, y echó á tierra diez mil que precisaron veinticuatro horas
para apoderarse de la torre del Puntal, desde la que hicieron correrías por la costa. El duque
de Medina Sidonia, capitan general del reino de S evilla, juntó presurosam ente sus fuerzas y
los obligó á reem barcarse, volviendo la escuadra á sus puertos con la pérdida de tre in ta bu­
ques. Esta derrota hirió el orgullo de la nación inglesa, y acabó de indisponerla con su rey
la paz que estableció en 1630 cuando principiaba á oir los rujidos de la revolución que
debía destronarle en el patíbulo. Pero la Inglaterra no olvidó su afren ta, y de esta su erte
motivo tan estraño á los intereses nacionales, tan personal de ambos reyes, vino á ser
origen de la destrucción de n uestra m arin a, de la ru in a de nuestro comercio y de la pér­
dida de nuestras ricas y dilatadas colonias.
A todos estos enemigos es preciso añadir los turcos y berberiscos, que no cesaron de
hostilizar á España con el encono propio de su raza. El jefe de las galeras de.Sicilia, el in­
trépido D oria, destrozó en 1623 una escuadra tu rca, y el ilustre Rivera rechazó otra arge­
lina que intentaba hacer un desembarco en nuestras costas. Pocos meses despues, en 1624,
el duque de Alba apresó cinco galeras de moros к la vista de A rcilla; y en Ñapóles el vir­
re y , conde de Б en av e n te , rindió otras cinco turcas, obligando a su capitana á p egar fuego
á la Santa Bárbara.
Así pues, al term inar el año 1 6 3 d , la España sostenía hostilidades en Holanda, en Ale­
m ania, con I n g la te r r a c o n los turcos y berberiscos, con los indígenas de las posesiones
ultram arinas; y en Italia la lucha estaba siem pre p ron ta á renacer.
He aquí lo que esperaba Richelieu p ara declarar la g u e rra á E spaña.

C A P IT U L O V k

1635,— 1640.

J-uclia diplom ática ontre R ichelieu y el C o n d e-d u q u e: la F ran cia d eclara la g u e rra á E s p a ñ a .—Evacuación de ta Vulte-
l i n a : b atalla del Tesm o: tratado de In sp ru c k : paz con el duque de Píirm a.— C am paña de A lem ania: b atalla de VVís-
lock.—G uerra de F la n d c s : d erru ía de A vcin.—Sitio de Dole en el F ranco-C ondado.—Invasión de la P icard ía: espedi-
cioncs co n tra F ra n c ia per m a r y por el Pirineo occidental.—UiclielLeu lev an ta nuevos ejército s.—B atalla de RiníclU —
Perdidas en la P icardía : heroísm o de 1111 com andante español.: —C onquistas en. Italia: cscnrsion del. p rin c ip e Tom ás por
el Piam onle : en trad a en T u rin : sitios de Chivas y Casal: b atalla de T u rin ,—S u ceso s. de F landcs: sitios de San Orner,
Thionville» Headín y^A rras.—Espeúicion da los holandeses co n tra el B rasil: d esastre de u n a escu ad ra española en el
ca n al de la M ancha.— G uerra de Alemania»—Invasión del Lang.uedoe o rie n ta l: sitios lie Leueatc y de F u e n te rra b ia ; ba­
talla de Salsas.

D esde que Richelieu entró en el consejo de Luís X II I , la Francia y la E spaña sostuvieron


una lucha incesan te, aunque in d irecta, y con frecuencia inm oral. E ra el cardenal una de
48 Ü IS T O M A B E ESTAÑA.

esas almas aceradas cuyas concepciones no desaparecen sino cuando se consumen y que se
quiebran autos que doblarse: su imaginación ardiente y su orgullo le impelían por cual­
quier sendero, torcido ó re c to , claro ó tenebroso, que pudiera conducirlo -á su fin. Este
fin, que parecía inoculado por la sangre de Franciso 1 y E n riq u e IV , fue el robustecimiento
de la autoridad real y la aniquilación de la preponderancia austríaca. E ra harto preciado
de sí mismo el Conde-duque y violento para que cediese en presencia de un enemigo cuyos
talentos políticos deducía de su traje. P or o tra parte se hacia del poder de España y del
prestigio de su nombre en E u ropa una idea tan elevada como in exacta, pues en tanto que
esta desenvolvía su inteligencia al calor de las cuestiones religiosas, aquella perm anecía
sumida en un letal marasmo. La inquisición habia salvado á la nación española de la guerra
civil, pero habia hecho perecer su entendim iento en el vacio. Dueños absolutos ambos mi-
nistrosdel alvedrio de sus reyes, se consideraron como dos gigantes destinados á combatir
hasta (pie el uno sucumbiese. Richelieu principió ausiliando á los holandeses con dos millones
doscientas mil libras para sostener la g u erra de los Países—Jíajos y perm itiéndoles levantar
gente en los estados de Francia; autorizó al barón C harnace, su em bajador, p ara aceptar
el mando de un regim iento, á cuyo frente pereció en el sitio de B reda; consiguió que la
In g laterra les concediese también subsidios pecuniarios y que el conde iYlansfekí organizase
una legión ausiliar de seis mil hom bres; procuró con ahinco el enlace del príncipe de Gales
con la herm ana de Luis X I I I , que la España habia desechado; incitó al rey de D inam arca
á pronunciarse contra el em perador; favoreció á los grisones, como se ha v isto , enviando
tropas a la Yaltelina para arrojar de aquel valle á las españolas y pontificias; en 1031
contrajo con Gustavo Adolfo la alianza de Bernwald por la que se obligaba este á m antener
en Alemania un ejército de treinta y seis mil hombres mediante un subsidio anual de seis­
cientas diez y seis mil libras lornesas que la F rancia le daría; y e n el congreso de llail—
bron elevó esta cantidad hasta un millón. Por su parte e! C on d e-d u q u e, infiel á la política
católico-rom ana que constantem ente habia m antenido E sp a ñ a , consignó en 102!) al duque
de Roban una pensión de cuarenta mil ducados anuales y un subsidio de trescientos p ara
sostener con catorce mil hom bres la g u erra civil en el territorio francés. Animó también la
em presa de don Gastón de Orleans y facilitó al duque de M ontm orcncy, que se habia ma­
nifestado en favor del hermano de Luís X I I I , cincuenta mi! escudos de oro. Y cuando
en 163 i el m arqués de A itona quedó de gobernador interino en los P aise s-B ajo s, logró que
el duque de O rleans, retirado á B ru selas, se comprometiese á no transijir con el rey su her­
mano, y e n el caso muy probable de estallar la g u erra en tre Francia y E sp añ a, que lomaría
arm as contra aquella al frente de quince mil hombres que le daria Felipe IV. Hubo un mo­
m ento, á los principios de esta lucha in d ire c ta , en que se temió un rompimiento formal en­
tre ambos estados. Richelieu, en g u erra con la república de G én o v a, hizo apresar varios de
sus buques que llevaban ricos cargamentos de E sp a ñ a , y k los cuales una tem pestad precisó
á en trar en los puertos de la Provenza. El m onarca español mandó en venganza secuestrar
los bienes de todos los franceses residentes en la P e n ín su la ; y no habían transcurrido veinte
dias cuando el cardenal ordenó otro tanto con los españoles y genoveses. Hubo también
dos ocasiones, en que el C onde-duque se lisongeó de tener al cardenal A sus pies: cuando
este solicitó la paz de M onzón, (pie no tenia otro objeto que el poder acudir á sofocar las
maquinaciones de sus riv ales, acaudillados por el duque de O rlea n s; y cuando, apoderados
los calvinistas de la Rochela, le pidió, á título de g u e rra católico rom ana, la cooperacion de
u n a escuadra de cuarenta velas para atacar á la G ran B re ta ñ a , que los favorecía. El ver­
dadero objeto que en esta alianza se proponía era el entretener á los ingleses p ara que no
ayudaran á lo s sitiados, d estruir la m arina española y g anar tiempo. Rendida en efecto la
R ochela, prouto conoció el orgulloso privado que habia sido juguete de los ardides de su ri­
val , pues desplegó mayor actividad y franqueza en ausiliar á los enemigos de España. Esta
b u rla hizo p ara siem pre irreconciliables á los dos m inistros. D espues de la derrota de Ñ o r-
Ibinga, que pareció á muchos decisiva, Richelieu, sin am ilanarse, envió a! m arqués de Feu-
quieres á W orm s á reanim ar el valor de los alemanes, y puso á disposición de la Holanda un
cuerpo de ejército y un subsidio anual de trescientas mil libras lornesas. Por ú ltim o , cre­
ciendo su audacia y resolución, cuando mas parecía desairarle la fo rtu n a , en 1635 declaro
formal.y solemnemente la g u erra al A ustria y á la España. H abia en este ac'o un grande a r­
ranque de corazon, porque la Europa , habituada al yugo de la casa im perial, la consideraba
todavía como el coloso de las naciones; y porque sem ejante declaración, hecha por un carde-
REINADO BE FELIPE IV . 49
»al del Sacro colegio de Roma á las dos potencias defensoras del catolicism o, deliia parecer
á sus ojos un acto de sacrilega rebelión. Reconvenido un dia por el nuncio apostólico y el
em bajador español, que se atrevió á. llam arle ca rd e n a l de los dem on ios , «Soy sacerd o te, les
contestó dignam ente, cardenal y buen católico, nacido en F ra n cia , reino que no produce
infieles; pero soy tam bién m inistro del soberano de esta nación, y como tal ni debo ni puedo
proponerm e otro objeto que su engrandecim iento, y no el del rey de E sp añ a, cuyas m iras
de dominación universal son harto conocidas.»
El pretesto á que apeló Richelieu p ara este rom pim iento fué la sorpresa que el oficial
español de la guarnición de Lieja verificó en Tréveris pasando á cuchillo á. los franceses que
en ella encontró y encerrando en la ciudadela de Amberes al elector, hecho allí prisionero.
El A ustria y la E spaña com prendieron que era este un duelo á m u e rte , y rogaron á todos
los gabinetes de E uropa la neutralidad, ya que no la cooperacion. Pero solo Carlos I de In­
g laterra, á despecho de su pueblo, aceptó aquel puesto de espectador en el combate que iba
á decidir de la suerte de todas las naciones; sí Rabian de ser á la sucesivo au stríaco -es­
pañolas ó francesas. Apenas lanzó Richelieu su grito de g u erra, la nación en tera „odediente
á su voz, dócil instm m ento del destino que iba á realizar por su medio un a grande trans­
formación en E uropa y una asombrosa evolucion moral en el m u n d o , acudió á las arm as
y marchó á las fronteras. El ejército destinado á Flandes iba á cargo de los mariscales de
Chatillon y de B rezet; el de Feuquieres y el cardenal de la Y alette condujeron alR h in
las fuerzas ausiliares del duque de W e im a r; la Lorena y la Alsacia debían ser invadidas
por el m ariscal de la F orcé; por último el de Crequi y el duque de Roliau fueron envia­
dos á sublevar la Italia contra la dominación española. El espíritu belicoso de la raza franca,
tanto tiempo com prim ido, estalló en todas direcciones.
Las fuerzas enviadas á Italia encontraron dos ausiliares poderosos en los duques de S a-
voya y P arm a; aquel por cum plir la postum a voluntad de su pad re ., y este resentido de
la altanería del gobernador de M ilán, cuyo territorio invadieron logrando ocupar á Y i-
llata y la fortaleza de Candía. Mas osado el duque de R ohan, en tra eu la Suiza con solo
seis mil hom b res, pero los aum enta con jente que en ella engancha, y unido álo s grisoness
se apodera de toda la V altelina, consiguiendo rechazar al conde de Cervellon y al general
austríaco Fernam ont que intentaron recuperarla. Desde allí bajó dos veces al Milanesado (1636)
para combinarse con los duques y el mariscal de Crequi y arro jar de la Lombardía á sus
enem igos; pero ambas en vano por los diestros movimientos del m arqués de L e g a n e s, que
sucedió al duque de F eria, y quizá tam bién porque temiese el savoyano ver á lo s franceses
acuartelados en Milán. Tomando á su vez los españoles la ofensiva, acometieron el ducado
de P lasencia: don M artin de Aragón salió al encuentro de C requi, q ue se dirijia áB ufarola,
arrollándolo en el prim er ím petu de su ataque hasta el Tesino, por cuya orilla caminaba
el duque de Savoya. Acudió este á su socorro y renovó un a pelea reñ id ísim a, que duró
iiasta media noche, á cuya hora abandonaron un cam p o , del cual los dos ejércitos se cre­
yeron victoriosos. El resultado, sin em bargo, fué retira rse en seguida los coligados del Tra­
monte y fijar los españoles sus cuarteles en los dominios del duque de Parm a. Este revés
hizo brotar el disgusto de los grísones, quejosos de que el de R ohan tampoco les restituía el
pais que decía haber ido á conquistar definitivam ente para ellos, y de que no pagaba á las
tropas que én él se habia incorporado. E ntablaron negociaciones secretas con la casa de
A ustria, la cual les reconoció su independencia por el tratado de In sp ru c t ácondicion de
que espulsarian de su territorio á los franceses. Pero _a.ntes de que esto sucediese el duque
de Rohan se apresuró á evacuarlo (1637), y el de P arm a, encontrándose solo y mirando con
recelo al savoyano, ajustó con los españoles la p a z , con conocimiento de R ichelieu, cedién­
doles la plaza de Savioneta.
El h am bre, ejerciendo sus estragos sobre las tropas enviadas á A lem ania, las obligó á
regresar á s u patria sin artillería y sin bagajes á fin de no entorpecer su retirad a; p ero , se­
guidas por una división que las alcanzó á una jornada d eM etz, tuvieron que aceptar un
combate cuyo resultado fué en trar en la Lorena con seis mil hom bres menos. E n la campaña
siguiente de 1636 les fué mas favorable la fortuna: Banier restableció en la victoria de W is-
lok el dominio de los suecos en el centro de la Alem ania; y el general austríaco Galas, re ­
chazado de la Lorena y la B orgoña, tuyo que buscar un amparo en la valla del R h in .
Los mariscales de Chatillon y de Brezet cruzaron la selva d élas A rdenas, pen etraro n en
Flandes por el Mosa é inauguraron la cam paña de 163o con la victoria de Avein alcanzada
60 HISTORIA DE ESPAÑA
sóbrelas tropas españolas, inferiores en núm ero, que m andaba el príncipe Tomás de S a -
voya, herm ano del d u que, y con la tom a de T irlem ont, manchada con un brutal saqueo.
E n Lovaina fué mas afortunada la resisten c ia; y como al mismo tiempo la im portante plaza
de S k ein k , situada sobre el R h in , cayó en poder de los españoles por sorpresa, el príncipe
de O range tuvo que retirarse del B rabante, á donde se había dirijido con los confederados.
El Franco-Condado ó , como mas ordinariam ente se le llamaba en to n ces, el condado de
B o rg oña, dependía en aquel tiempo de la corona de E sp a ñ a , si bien un tratado reciente le
perm itía observar la neutralidad entre la potencia á que por la naturaleza pertenecía y la
que la g uerra le habia impuesto. Ocupada ya la Alsacia y el condado de M o ntbeliard, pro­
yectó Richelieu apoderarse de la Borgoña á fin de estender las fronteras de la F rancia hasta
el Ju ra y de tener un tránsito espedito para la Italia y los Paises-Bajos. El príncipe de
Conde recibió el encargo de realizar este pensam iento con un ejército de veintiséis mil pla­
zas , que puso inm ediatam ente sitio á Dole. (1636} La resistencia que hizo osla ciudad,
guarnecida por unos cinco mil hom bres recogidos entre el paisanaje y algunos cuerpos y
dirigida por un anciano prelado y un parlam ento fué de las mas heroicas. Ni los estragos
de las bom bas, que por prim era vez cayeron dentro de su re c in to , ni la vista de las trinche­
ras , llevadas hasta el pie de sus m u ra lla s, ni el incendio de sus casas de cam p o , pudieron
q uebrantar el valor y la lealtad de aquellos h ab itan tes, en cuyo socorro se alzó luego toda
la provincia y acudió el cardenal infante invadiendo la Picardía. Las tres divisiones espa­
ñolas que m andaban Pieolom ini, el príncipe Tomás y Ju an de W e r t, arrollando cnanto á
su paso se o p o n e, se apoderan de la Chapelle y Chalelet, atraviesan el Som a, rinden á Roye
y C orbie, y quedan dueñas de la llanura que ciñen aquel rio y el Oise. Dos jornadas mas,
y la bandera española podia trem olar por tercera vez en un siglo á la vista de París. El in­
menso pueblo de esta ciudad, se conmueve exaltado por el peligro, exije arm as, los lacayos
y jornaleros, como dicen por escarnio algunos escritores, forman un ejercito de veinticinco
mil soldados que se regim enta en las calles, y pide salir á arrojar de su territorio al ene­
migo. Richelieu, que era de esos corazones que se ensanchan y engrandecen en medio de
la agitación y á la vista de u n grave riesgo, llama al príncipe de O range y á toda la nación
á la defensa d é la causa com ún, ju n ta el ejército de C o n d é, que sitiaba á Dole, con el de
Soissons, y , puestos á su frente Luis X III y él, m archan á rescatar la integridad de la F ran ­
cia. El cardenal in fa n te , que no la habia invadido sino con el objeto de levanta!' el sitio de
Dole, y que con no menos sorpresa suya que de los pueblos habia avanzado tanto, se guare­
ció tras el Soma y por lin se retiró dejando guarniciones en las plazas ren d id as, satisfecho de
su espedicion.
El C onde-duque, pensando contener á su rival por otro acto de audacia, habia enviado
contra la Francia su m arina y sus ejércitos. U na escuadra de veintidós galeras al mando del
m arqués de Santa Cruz se presentó en las costas de la Provenza y se apoderó de dos de las
islas de Lerins. Alarmado R ichelieu, envió otra escuadra contra V alencia, que consiguió
efectivamcn le llam ar ii sí al m arqués, aunque dejando fortalecidas las dos islas que asegura­
ban á España su dominio en todo el golfo de León. Su presencia bastó p ara que los franceses
levantasen el sitio que tenían ya establecido. La invasión por tie rra se hizo en 1030 por la
p arte septentrional del Pirineo. El ejército del m arqués de V alparaíso, virrey de N avarra,
aunqu<j fuerte de veinticinco mil hom bres, no logró reducir á San .luán de Pie del P uerto
solo defendido por milicias im provisadas; y al retirarse á España con esta humillación , fué
batido en el famoso desfiladero de Roneesvalles. El que dirigió el alm irante de Castilla E n—
riqnez dé Cabrera fué mas afortunado, pues rompió la línea del Vidasoa, se apoderó de San
Ju an de L u z , Sibourre y Socoa, rechazó al m arqués de la Válete y se mantuvo en la tierra
de Labor por algún tiempo. Si hubiera sido mas activo en sus movimientos, Imbria podido
p en etrar también en Bayona.
La incursión del cardenal-infante por la Picardía tuvo de funesto p ara España que dis­
pertó en la Francia el entusiasm o de su nacionalidad y reveló á Richelieu las fuerzas de que
podia disponer. Así fuá q u e , apenas desalojado aquel, se ocupó en organizar las que el con­
flicto había aglom erado, y á principios de 1637 envió á campaña otros cuatro ejército s: uno
á, las órdenes del duque de Longueviile para incorporar el Franco-Condado á los dominios
de L u is X III; otro á las del mariscal de C hatillon, contra los Países-R ajos; el que di—
rijia el cardenal de la Valette, á recuperar las plazas perdidas en la P icardía; y el que se
entregó al duque de W eim ar debia penetral' en la Alsacia. El conde de H arcourt, almirante
REINADO DE FELIPE IV . 51
de la m arina francesa, recibió tam bién la orden de recuperar con su escuadra, que se com­
ponía de cuarenta bajeles mayores y veinte g aleras, las islas de L erins: la Santa M argarita,
con el ejemplo de la ciudad de O ristan, en la de CerdeBa, que fué saqueada é incendiada,
supo resistirse un mes y conseguir una honrosa capitulación; pero en la isla de S. Hono­
rato un gobernador cobarde manchó el honor de su bandera entregándose sin resistencia á
discreción del vencedor.
La prim era campaña de Longneville en el Franco-Condado fué un continuado triunfo,
apenas disputado , pues el duque de L o re n a , aliado de los A ustríacos, que marchó á su en­
cuentro se vió derrotado por el de "Weimar cerca de la plaza de Gys. En la segunda campaña
de 1638, se hizo dueño de P o lig n y , G rim o n t, Artois y Y adans, al mismo tiempo que W ei­
m ar aniquilaba á Ju a n de W e rt en la desastrosa batalla de Rinfelt en que halló la m uerte.
Apoderado de este punto y de Tribourg, se dirigió contra B risach, y su conquista quitó álos
imperiales el último sitio de la Alsacia en que ondeaba su bandera. Los españoles, estre­
chados á. la vez por los ejércitos enemigos y por el ham bre que afligió este año á la B o r-
goña, tuvieron que huir de las campiñas y replegarse á solo cuatro plazas, Besanzou, Grav.
Dole y Salnis, abandonando la tie rra llana á las devastaciones d élos franceses y sus ausi­
liares. W eim ar creyó que era aquella ocasion favorable p ara ceñirse un a corona, la corona
del antiguo reino de Borgoña: juntó u n numeroso ejército, y, en medio del invierno, atra­
vesó el Ju ra (1639) y discurrió por la tie rra apoderándose de unos pueblos, incendiando
otros é imponiendo en todas partes el culto protestante. La m uerte cortó el vuelo á s u am­
bición, permaneciendo sus tro p a s , que pasaron al servicio de la F ran cia, enseñoreadas de
todo el p a ís , si se esceptuan las cuatro plazas ocupadas por los españoles, que se estuvie­
ron á la defensiva.
El ejército de la Yalette dio principio á sus operaciones con la toma de alguno de
los puntos ocupados por el cardenal infante en la Picardía y con el sitio de Landreci,
plaza,del distrito de H enao, que se vió precisada á capitular, malogrados los esfuerzos de
un bravo comandante qne voló á su socorro. Llamábase Alvaro de Viveros y m andaba tres­
cientos artilleros españoles: asaltados en el camino por un regim iento francés de mil cuatro­
cientas plazas, peleó hasta que casi todos sucumbieron y que, abrumado por el número de
sus enemigos, tuvo que entregarse prisionero. La Y alette, cuyo corazón latia generoso en
presencia délos valientes, le regaló una m agnífica espada y la facultad de esgrim irla contra
él mismo, pues lo devolvió a sus lilas. No pudiendo el cardenal infante por su escasa fuerza sal­
var á Landreci ni á B reda, cercada por el príncipe de O range, se arrojó sobre Ruremonda
y Yenló y atravesó el Sambra en socorro de Chapelle. Pero llegó tarde p ara evitar su ren­
dición , la de Mabeuge ν otros puntos de la misma provincia; y lo único que pudo conseguir
al term inar la campaña fué recuperar á Barlahnont y tom ar el castillo de Eimerich.
En Italia, despues de la salida del duque de R ohan y de la paz establecida con el de
P arm a, quedó solo el savoyano en campaña contra el m arqués de Léganos, qne le tomó la
plaza de Niza de la Palla. Corló sus planes la m u e rte , quedando sus estados á su hijo F ra n ­
cisco Jacinto, y e n su menor edad, como reg e n te, á su m adre C ristina, herm ana del rev de
Francia. E sta circunstancia reanim ó el interés de Richelieu hacia la Italia, que habia decaí­
do desde la evacuación de la Val telina, y por igual razón se escitó la actividad de los espa­
ñoles. El mariscal de C requi, acudiendo desde T urin tí socorrer la fortaleza de Bremo,
sitiada por ellos (1638), llegó á tiempo para m orir en un reconocimiento, mas no p ara
evitar su rendición. La Y ale tte, su su cesor, tampoco pudo estorbar que la im portante pla­
za de Yerceli y el castillo de P om ara sucumbiesen tras ella. El disgusto que tales pérdidas
causaron a los piaraonteses recaía el gobierno de Cristina (que seguía en la regencia por la
minoría de Carlos M anuel, hermano de Francisco Jacinto, m uy luego fallecido) en quien se
notaban marcadas afecciones hacia la Francia, movió á la córte de M adrid á aconsejar al
príncipe Tomás cuñado de la duquesa viuda, su traslación de Flandes á Lom bardia, donde
contaba con grandes sim patías en el pueblo, líízolo luego (1639) entregándole el m ar­
qués de Leganés una parte de sus fuerzas para que recorriese el Piam onte, m ientras él se
dirijia a! Monferrato.^ Efectivamente Chivas, Quicrz y otras poblaciones abrieron al prínci­
pe sus puertas; acogida alagüeña que la sujirió el atrevido proyecto de presentarse en Tu-
rtn . Junto con el m arqués, se dirijió á e lla ; p e ro , conociendo en las cercanías lo aventurado
de su paso, se encaminaron al mediodía tomando posesion de Saluces, A stí, Coni, Montcal-
vo, P ontcstura, Trino y otros pueblos, que le recibían, no como conquistador sino como
TOMO IV, y
32 HISTORIA DE ESPAÑA.
amigo. Niza y Yillafránca se entregaron también a su hermano el cardenal de Savoya, á
pesar de los esfuerzos de llarcourt que trabajaba por sostener las poblaciones d é la m arina
fieles ¡i la regente. Seguro del alecto del pais, se arrojó por sorpresa sobre T u rin , cuy os ha­
bitantes le acojicron con m uestras de satisfacción á la vista misma de la guarnición francesa
que continuó en la fortaleza. E ste triunfo, em pero, perdió casi toda su trascendencia con la
costosa derrota que sufrieron las tropas que fueron al am paro de Chivas, sitiada por la Ya—
lette. El nuncio apostólico medió para el arreglo de una treg u a de setenta d ia s, transcurri­
dos los cuales, se esforzó en vano para prolongarla, pues lfarcourt q u e, por m uerte de
aquel general, habia tomado el mando del ejército francés, se negó term inantem ente. Por
el contrario, continuando las operaciones de su antecesor, se apoderó d e Q u ic rz , á donde
corrieron el principo Tomás y el m arqués de Leganés consiguiendo circunvalarlo en su
campamento. Parecíales seguro que la falla de víveres lo habia de arrojar en sus manos;
pero el hábil marino con esa solemne serenidad que solo adquieren los que combaten con los
elem entos, levantó su campo en presencia de sus enemigos, echó un puente sobre el Route,
que era uno de los muros con cuya firmeza contaban los españoles, y se dirijió por él á i n ­
vernar en la parte septentrional del Piam onte sin que lograsen estos detener siquiera su or­
denada marcha. Emprendió la cam pana siguiente de lü íO con la toma de los fuertes de
B usque, Dronner y tíreder y la ciudad de R evel, marchando en seguida á levantar el sitio
que á Casal habia puesto el m arqués. Acometiendo una y o tra vez basta cuatro, consiguió un
triunfo que costó al vencido seis mil hombres y toda su artillería. A pesar de eso, Leganés,
por uno de esos arranques que solo tiene el genio ó solo el honor es capaz de producir, reco-
je sus dispersos y m archa sobre T urin tras su vencedor , que habia ido á ponerle sitio.
Aparece á la vista de su campamento, cércalo, y duda el francés que sean aquellas las fuerzas
que acaba de desbaratar; pero bien pronto se convence por la tenacidad con que se repiten
los ataques á sus trincheras y por la desesperación con que combaten. Los soldados pare­
cían poseídos del furor de su general. La victoria, sin em bargo, no coronó sus esfuerzos:
cuatro mil m uertos, la rendición de T u rin , y la retirad a del m arqués al Monforrato con su
valiente guarnición fueron el fruto de aquella tem eridad que una crítica racional debe ab­
solver. Justo es reconocer también que pocos generales se han ceñido laureles mas merecidos
que H areourt, colocado en la difícil situación de sitiador y sitiado á un mismo tiempo.
El ejército de Chatillon penetró en Flandes por el Luxem burgo como un torrente impe­
tuoso. Yillainc, S iuri, T erte , D inant, Murcian x , lla m , L o n p i, Ivoy y Danvilleno pudieron
resistirle, ni fueron suficientes á contenerle en su rápida carrera los eslraordinarios esfuer­
zos de las guarniciones españolas de Arlon y M ontmedy y del cuerpo que mandaba el co­
ronel Rrontz. Orgulloso con este resultado abrió la campaña siguiente (1038) con el sitio
de San Omer, ante cuyos muros, menos lisonjera la fortuna, dos veces lo humilló el príncipe
Tomás, precisándole a retirarse de Flandes, donde al mismo tiempo sufría dos derrotas el
príncipe de O range alcanzadas por el cardenal infante. Fuéle forzoso lim itar sus miras al
asedio de C hatelet, que tomó por asalto. F euquicres, que mandaba cu el Luxem burgo,
em prendió al año siguiente el sitio de Thionville; pero antes de que term ínase sus fortifi­
caciones, se vio acometido y derrotado por el general austríaco al servicio de E spaña, Pi
colomini. E n su poder quedó prisionero el jefe enem igo, toda la artillería y los bagages,
podiendo salvarse únicamente dos mil quinientos hombres de todo el ejército sitiador, .lista
batalla hubiera tenido tal vez un éxito decisivo, si el mariscal de Chatillon, rindiendo por
el poder de las arm as la fuerte plaza d elíesd in , en el A rtois, y destrozando en las cercanías
de S. Y enant dos pequeñas divisiones españolas, 110 hubiera disipado instantáneam ente el
horrible te rro r del soldado francés. Unido despues el vencedor (1 OSO) á los mariscales de
Chaune y M eilleraye, marcharon ap o n e r sitio á A rras, capital del Artois, de orden del rey;
yendo este y su ministro á Amiens á fin de proceder con mas c n c rjíay rapidez en las ope­
raciones. El duque de Lorena logró apoderarse del cuartel de ítantzau ; pero cercado por
fuerzas m uy superiores y fatigadas las suyas de un largo com bate, se vi ó en la necesi­
dad de retirarse. El cardenal infante procuró en vano rom per las líneas del enem igo, pues
siem pre encontraba á su frente al príncipe de O range, que 110 le dejaba dar un paso.
Abandonada la plaza á sus propios esfuerzos, tuvo al fin que entregarse por capitulación,
quedando desde entonces espedíto para los ejércitos franceses el camino de Flandes.
Los holandeses, desde que los ejércitos de la Francia entraron á hacer la g u erra en
Flandes, debilitaron sus fuerzas y su actividad en ella, tanto porque sospechaban cual seria
ÍSÍ31ÑADÓ DÉ FELIPE IY. 33
la suerte de una república limítrofe de u n a grande m onarquía, como porque sabían que su
porvenir era e sel visivamente marítimo. Así dedicaron todo el celo de su patriotism o á crear
una num erosa m aríña que se esparció por todas nuestras posesiones p ara privarnos de
sus riquezas y arrebatarnos su dominio. H asta ahora puede decirse que todas sus espedi-
ciones no habían tenido o tra m ira que la de destruir las formidables escuadras españolas:
desde hoy su objeto es mas trascendental, mas político. La compañía d élas Indias occiden­
tales, organizada en 1621 para monopolizar en E uropa el comercio de los artículos de aque­
llas fértiles regiones, habia tomado un rápido vuelo, pues contaba entonces sobre ocho­
cientos bajeles q u e , montados en corso, entraban anualm ente en los puertos de la Holanda
inmensas riquezas. Los barcos apresados en el espacio de trece años subieron al número de
quinientos cuarenta y cinco, y su venta produjo la increíble cantidad de ciento ochenta mi­
llones de libras (1). Tan brillantes resultados infundieron á la compañía la ambición de po­
seer el Brasil. El príncipe Mauricio fué tam bién el depositario de este pensamiento y el
encargado de realizarlo. Aportó á aquellos países con un a escuadra que ño tardó en sujetar
todo el litoral desde S. Salvador hasta el rio de las Amazonas. La que envió España, com­
puesta de cu arenta y seis velas con cinco m il hom bres de desembarco á las órdenes del m ar­
qués de la Torre para conseguir su rescate, no pudo alcanzar nías que la gloria de cuatro
encarnizados cómbales con la del alm irante Looff. Solo seis naves volvieron á nuestros puer­
tos de aquella funesta derrota que aseguró la dominación holandesa en el Brasil basta la ele­
vación del duque de Braganza al trono de Portugal. A este descalabro en la América corres­
pondió otro mas ruidoso en Europa. El alm irante Trom p desbarató en el canal de la Mancha
la arm ada que dirigía O quendo, señalando por vez p rim era la superioridad de la m arina ho­
landesa sobre la española: de setenta buques solo siete pudieron salvarse en D unquerque, y
entre m uertos, heridos y p risio n e ro s, catorce mil hom bres fueron el precio de aquella fu­
nesta derrota. Necesario es decir , que la escuadra inglesa de aquellas costas ayudó á los
holandeses en su triu n fo , pues fingiendo disparar á ambos contendientes indistintam ente,
es lo c ie rto , por confesion del mismo Trom p , que m ientras en nuestros bajeles hacían
grande estrago, los suyos casi no esperim eutaban daño alguno.
A este cuadro de desgracias que esperim eniaba la casa de A ustria es preciso añadir
las grandes pérdidas de la Alemania. El general K onism ark arrancó á las arm as imperiales
la AYestlalia, y Banier las arrojó á la F ranconia; la Silesia baja cayó en poder de los sue­
cos; y con la derrota de una división en Schonau, apenas quedó al em perador en aquellos
países quien disputase á los ex tranjeros su conquista.
Los ejércitos españoles, casi en todas partes limitados á la defensiva, solo contra Fran­
cia tomaron el carácter agresivo. Las plazas ocupadas en la Guyena por el alm irante de
Castilla, S. Juan de L uz, l'o co a, y las demás parece que no fueron abandonadas luego de su
conquista, en 1637, sino para alejar la atención de Richelieu de la espedicion que se prepa­
raba en el Rosellon contra el Languedoc oriental. Once mil infantes y dos mil ginetes á las
órdenes del duque Carm ona y el conde de Cervellon se dirijieron á poner sitio á Leucate,
que se resistió lo bastante para que el duque de H allu in , gobernador de la provincia, lle­
gase á tiempo de recojer á su vista una brillante victoria. A esta agresión correspondió
inm ediatam ente la Francia con o tra (1638). U na escuadra a las órdenes del arzobispo de
Burdeos se presentó delante de F u enterrabía al mismo tiem po que la sitiaba por i ierra el
príncipe de Condé despues de haberse apoderado del puerto de F ig u er y de Pasages. Pero
aunque en la rada de G uetaria destrozó aquella com pletam ente el socorro que llevaba á la
plaza una pequeña Ilota arm ada en los puertos inm ediatos, su valerosa resistencia díó tiem­
po á que acudiesen el alm irante de Castilla y el m arqués de los Yelez. La división del
m arqués de M ortara acometió con tan irresistible brío las trincheras guarnecidas por el ma­
riscal de la Forcé, que, arrastrado por su d e rro ta , lodo el ejército sitiador se precipitó á
las embarcaciones, abandonando la artillería, y bien pronto la escuadra se alejó del puerto.
arredró esta derrota á Richelieu pues el mismo arzobispo de Burdeos volvió al año si­
guiente a saquear las costas de Vizcaya, misión que solo pudo satisfacer en la villa de L are-
»íuiultaneam ente el príncipe de Condé invadió el Rosellon con veinte mil infantes y tres
m u caballos. Ll ejército español, que soló contaba la quinta p arte de fuerza, no pudo im­
pedir que el im portante castillo de Salses cayese en su p o d e r; pero no prosiguió sus o p e -
( i ) H istoria de la s dos Indias por R p ynnl.
54 HISTORIA DI! ESPAÑA.
raciones, porque las enfermedades, diezmando cruelmente sus filas, Ic obligaron á pasar á la
Narbona para repararlas. E ntretanto la indignación de los catalanes estalla por todo el
principado, y un ejército de diez mil voluntarios, bisoño pero decidido, se presenta al conde
de santa Coloma, virrey de Cataluña y al m arqués de los Balbases p ara rescatar la plaza
perdida, donde habia quedado de gobernador el caballero E spernan. Luego le pusieron si­
tio , y presto acudió también el príncipe de Conde. El choque se empeñó en el llano de
Castelvell á la -vista de la fortaleza , cuya suerte no estuvo por largo tiempo indecisa: la
tenacidad de los catalanes, que peleaban en aquel suelo con el furor de quien defiende su
propio hogar, logró vencer el impetuoso ataque de los franceses y obligarles á la retirada.
S alses. cuando desesperó de ser socorrida, se entregó por capitulación.
Suceso tan subalterno y al parecer tan estrano é incidental hizo estallar, sin embargo,
la g u erra civil en España.

CAPITULO VII.
1640.
R e v o lu c ió n de C a la lu ñ a . S a c rific io s im p u e s to s ú Lodos la s p ro v in c ia s ; r e s is te n c ia d e la s c o rte s de D a r c c h n u ; d e sp o tism o
de l C o n d e -d u q u e : e s c a n d a lo s a s prolu& iotics do la c ó rte : el re y a ta c a lus fu e ro s de los c a ta la n e s o b lig á n d o le s ¿i m a n t e n e r
.i s u c o s ta e l e jé rc ito : d e s e n fre n o de lo s s o ld a d o s : c h o q u e s d e S a n ia C o lo n ia do F u m e s y IU u d e A re n a s q u e e u m p r o n io
t c n a l c lo ro o u la I n d ia : s u b le v a c ió n do B a rc elo n a p ro m o v id a p o r los ¡ so lid o re s : s a b u c o s e in c e n d io s : m u e r te d el v ir ­
rey c o n d e de S a n ta Culoim i: in o id e n to s q u e cu I iului eL f u r o r do la r e v o lu c ió n : la s a u to r id a d e s p r o c u r a n c u v a n o la r e -
e o ü c ilia c io n c o n e l rey: la s u b le v a c ió n s e e s tie u d e p o r ta d o el p rin c ip a d o ; loa tro p a s r e a le s s e r e tir a n ¡iiicn iajid o p u e ­
b lo s: s itio üe P o rp i ñ a u : n e g o c ia c io n e s in fr u c tu o s a s : d is c u r s o d e l c a n ó n ig o C la ris e n la s c o rte s e n h ila u a á : d e fe n sa d e
Illa : n u e v a s n e g o c ia c io n e s : p e n e tr a el m a r q u e s de los Velez en el p a is á fu eg o y s a n g re : r e n d ic ió n d e C a in b rils y T a r ­
rag ona.

D éspues de la rendición de S alses, las tropas españolas volvieron á Cataluña p ara invernar
y defender aquella provincia de las agresiones que pudiera in ten tar el príncipe de Condé.
Escaso de recursos el erario, ordenó el Conde-duque se mantuvieran á costa de los pueblos,
sacrificio de que los eximían sus antiguos fueros y que el estado del pais, apenas term ina­
da la g uerra á ta n ta costa sostenida por ellos m ism os, hacia insoportable. El ministro insis­
tió, sin em bargo, porque desde mucho tiempo atrás buscaba la ocasion de vengarse de la
singular enerjía con que los catalanes le habían obligado á resp etar sus libertades.
Cuando, resuelto á em prender la desastrosa política de conquista, apeló al patriotismo
de las provincias, todas contestaron generosam ente al llamamiento. Ventilábase la larga
cuestión de la Valtelina con la F rancia, y aceptaron gustosas su contingente p ara sostener
un ejército de ciento diez y ocho mil hom bres y una escuadra de ochenta velas. L acasa real
enagenó también algunas alhajas, como ejemplo de desprendim iento , que fué imitado por
la grandeza y el clero: aquella ofreció nuevecientos mil ducados, y este se comprometió á
costear en cam paña un cuerpo de veinte mil plazas Empero estas espléndidas promesas no
se realizaron, y fué preciso llam ar á cortes con el esclusivo objeto de obtener los cuantio­
sos recursos que los vastos proyectos de una loca ambición reclamaban. Las de Castilla (1625)
otorgaron doce millones de ducados á pagar en seis añ o s: las de A rag ó n , reunidas en B a r-
bastro (1626) solo concedieron dos m ilhom bres sostenidos por espacio de quince años; y las
de V alencia, mil por tiempo indeterm inado. Las de C ataluña, altivos como todo poder
emanado directam ente de la sociedad y conservado largo tiempo sin quebranto, se ofendie­
ron de la m anera imperiosa con que el orgulloso valido les pedia lo que estaban acostumbra­
das á dar graciosam ente (1} y se negaron á lodaexacciou, prestándose únicam ente á levan­
tar alguna gente para u n a sola campaña. Apenas oyeron hablar de la necesidad de que el
rey im pusiera contribuciones á, las provincias librem ente y sin género alguno de interven­
ción, un grito indignado de todos los diputados ahogó la voz del osado m inistro. Si tal con­
sintiéram os, le contestaron, no seríamos nosotros catalanes, ni ciudadanos, ni aun hom­
bres ; seríamos esclavos miserables en nuestra persona y haciendas de la voluntad de un solo
individuo, acaso del capricho de u n ambicioso valido. Irritáro n se este y el rey de sem ejante
alarde de soberanía, y abandonaron bruscam ente á Barcelona j urando v engar aquel ul traje á
lam agestad real.
Cataluña era en el siglo X V II quizá el únicu de los antiguos estados peninsulares á don-

(1) Es de observar que los tribuios entregados á 1» córte do Madrid tenian el nombre de rfwiaííws.
REINADO DE FELIPE IV . f¡5
de no había penetrado aun el despotismo m onárquico; conser valia sin menoscabo las fran­
quicias y libertades adquiridas ó recuperadas en Liempo de la conquista, pudiendo decirse
que era el último baluarte cu que flotaba la bandera de la España democrática, Bajo sus fue­
ros el principado habia visto cubrirse de poblaciones industriosas las orillas de sus rios y
sus costas, elevarse el cultivo de sus campos á u n grado de perfección ejem plar, florecer el
comercio en todo su suelo y cubrirse de gloria su pabellón en Italia, en Grecia y en la Tier­
r a Santa. Al mismo tiempo habia reparado que la decadencia de Castilla y Aragón sobrevino
á la ruina de sus libertades De aquí su justo celo y su entusiasmo p o r unas instituciones
que habían labrado y conservaban la prosperidad del pais. El consejo de los C iento, asam­
blea soberana donde estallan reunidos los tres brazos que en aquel liempo se concedían a|
cuerpo social, era esencialmente popular por su nombram iento y sus atribuciones. Deposi­
tario del poder público, sin limitación alguna, habia sido por lo común tan moderado en su
uso, tan circunspecto en sus providencias, tan celoso del bienestar de sus representados,
que los pueblos miraban con cierto respeto religioso cuanto em anaba de sus deliberaciones.
Así fué que todo el principado repitió su protesta y su grito de indignación contra el m i-
n istro.

E l C o n d e-d u q u e de O livares, (Copítz da VélasgueH'}

E so, no obstante, cuando hubo agotado en planes desatinados los subsidios que en 1630
le aprontaron el clero y la nobleza, acudió de nuevo á las cortes A pretesto de la ju ra del
príncipe de A stu rias, que solo tendría tres años (1632). E sta vez las de Castilla se atrevie­
ron a rehusar tam bién los pedidos estraordinarios que tenian por objeto la g u erra de Ale­
m ania , á donde se enviaba á m orir n u estra juventud po r una causa estrana al interés de la
t¡6 HISTORIA DE ESÍANAi
nación. Las de C ataluñavolvieroüá pronunciar su negativa, y el rey á abandonar precipi­
tadam ente la ciudad por no sufrir en su rostro tan grave desaire. El in fan te, que quedó en
representación suya hasta concluir las sesiones, solo pudo obtener ciento veinte mil duca­
dos ; pero no como impuesto sino como donativo gratuito p ara atender á los gastos del viaje,
La humillación no podía ser mas manifiesta, y desde aquel momento el rey y el consejo de
los C iento, la monarquía española y las libertades de Cataluña fueron irreconciliables para
siempre. E n la contribución derram ada á los pueblos al año siguiente, el clero mal su grado,
m ediante una bula del p ap a , presentó diez y nueve millones, y el principado lo que buena­
m ente quiso. E n 1636 y 37 solo se convocaron las cortes de C astilla, que se vieron preci­
sadas á consentir en crecidos donativos para atender á la g u erra contra Francia.
Los catalanes, sin em bargo, no abandonaron á la nación en su conilicto, pues cuando el
principe de Conde se apoderó de Salses, el consejo presentó al virrey un cuerpo de diez
m il voluntarios equipado y mantenido á sus espensas. Llegaron estos valientes reclutas al
frente del enem igo, y e u varios encuentros parciales alcanzaron triunfos que enardecieron
su coraje y avivaron su impaciencia por librar el combate decisivo. El v irrey no quiso em­
peñarla receloso de unas tropas que apenas habían recibido el bautismo de las batallas, y
esta desconfianza m uy ju sta en v erd a d , atribuía á cobardía al parecer comprobada por una
larga inacción, introdujo la deserción en las filas catalanas. En vano fue prom eter carta de
nobleza á los barceloneses y derechos de ciudadanía á los campesinos que marchasen á pe­
lear treinta dias bajo los m uros de la plaza sitiada. La llam arada del entusiasmo se habia
apagado; y como el entusiasmo no calcula ni se vende jam ás, no volvió á encenderse con
esas proposiciones, que no catequizaron un solo hombre. Pensaba j a el conde de Santa Co­
loma en levantar el sitio cuando un pliego insultante del ministro le forzó á continuarlo:
«Con respecto á la penuria de víveres y forrages que comienza á haber en el campo, me
contentaré con deciros que si vos el p rim e ro , toda la nobleza y las comunidades no obligáis
á los pueblos á llevar á cuestas lodo el trig o , toda la cebada y toda la paja que se encuen­
tr e n , faltareis unos y otros á lo que debéis á Dios, ávu estro re y , á la sangre que corre por
vuestras venas y á vuestra propia conservación»...............................................................................
...... «.Pues si la necesidad de una ju sta defensa, y el interés d é la religión perm iten alguna
vez la venta de los cálices y vasos sagrados ¿p o r qué no se harían cosas menos eslraordina-
riase n una ocasion tan u rg en te ? Es constante q u e, por donde quiera que entran los france­
ses, llevan consigo la secta de Calvino, y el estado y la religión se hallan en igual peligro. Es
preciso que me esplique claro. Si se puede salir bien de la em presa sin violar los fueros de la
provincia, deben respetarse ; p e ro , si de observarlos se ha de retard ar una hora sola el ser­
vicio del r e y , el que se em peña en sostenerlos se declara enemigo de D ios, de su r e y , de s il
sangre v d e su patria.» Y anadia de su propio p u ñ o : «No sufra V. E. que haya un solo hom­
bre capaz de trabajar que no vaya al cam po, ni ninguna m ujer que no sirva para llevar en
sus hombros p a ja , heno y todo lo necesario para la caballería y el ejército. E n esto consiste
la salud de todos. No es liempo de rogar sino de m andar y hacerse obedecer. Los catalanes
son naturalm ente volubles, unas veces quieren y otras no quieren, llágales entender V. E.
que la salud del pueblo y del ejército debe preferirse á todas las leyes y privilegios. Pondrá
V. E. el m ayor cuidado en que la Iro p aesté bien alojada y que tenga buenas camas; y si no
las h ay , no debe repararse entornar las de la gente mas principal de la provincia, porque
vale mas que ellos duerm an en el suelo que n oque los soldados padezcan. Si faltasen gasta­
dores para los trabajos del sitio y los paisanos no quieren ir á tra b a ja r, obligúelos Y. E . por
la fuerza llevándolos atados siendo necesario. No se debe disimular la m enor falta por mas
que griten contra Y. E . , aunque quieran apedrearlo. Se debe obligar á todo el mundo.
Consiento que se me im pute á mí todo lo que se haga en esto con tal que nuestras armas
queden con honor y no seamos despreciados de los franceses.» El rey le escribía al mismo
tiempo: « Haced p ren d e r, si os parece, algunos de esos funcionarios, quitadles la adminis­
tración délos caudales públicos, que se em plearán en las necesidades del ejército , y confis­
cadles los bienes á dos ó tres de los mas culpables á fin de a terra r á la provincia. Bueno será,
que haya algún castigo ejem plar.» Se deja conocer que el bien público no era aquí sino la
m áscara de u u odio sediento de venganza. Esle fue el prim ero y mas lam entable desacierto
de la córte, la inoportunidad, pues cuando la E uropa se hallaba en arm as contra España,
cuando su mas poderoso é implacable enemigo colocaba el fuego á sus mismas p u ertas, no
e ra por cierto ocasion de soplar las brasas de la g u erra civil.
IíElNADÓ DE FELIPE IY . S7
Se encendió bien pronto. C ataluña, como toda la nación, estaba además ofendida de la
perenne orgía en que vivia la córte. El lluvioso invierno de 1G26 hizo salir de m adre á casi
lodos los rio s, cansando sus avenidas desolaciones universales en toda la Península: el T o r-
mes derribó en Salamanca quinientas casas y doce iglesias; y el G uadalquivir, que perm a­
neció en crecida cuarenta d ia sf arruinó en Sevilla tres mil edificios y a m s tr ó gran, núm ero
de familias y ganados. El ham bre y las enfermedades ocasionadas por la corrupción de los
pantanos sucedieron á estos estragos. El luto era general; y sin em bargo, Felipe IV y su
ministro no suspendieron los espléndidos saraos en que consumían las rentas del tesoro ni
proporcionaron alivio alguno á las aflicciones públicas.
A los pocosdias de haber devorado un incendio casi toda la plaza Mayor (1G31) en me­
dio de aquel lúgubre espectáculo y de los lamentos d élas familias que habían quedado redu­
cidas á la miseria y á la orfandad, se corrieron toros y cañas. E n tre la algazara de los aplausos,
suena la voz de fu ego , fu ego ; la m ultitud acude á la casa en que dicen haberse renovado; la
escalera se hunde; m ueren veinticinco personas, y se estropean muchas mas. ¡ El rey , apesaT
de to d o , no se mueve de su sitio, y m anda continuar la Cesta! E n 1 6 3 3 , cuando, por la po­
breza de los pueblos, se obligó al estado eclesiástico á pagar un subsidio de diez |v nueve
millones para atender á las g u erras, era precisam ente cuando se invertían inmensos cauda-
je« eu levanta]1sobre un arenal el real sitio del Buen R e tiro ; el palacio, los estanques y
jard ines, la casa de fieras...... T en los momentos en que con mas urgencia pedia en vano
el cardenal-infante tropas y dinero , si se habia de conservar lo adquirido en F la n d e s, que
se perdió en efecto muy luego Felipe IV celebraba la exaltación de Fernando III al trono
imperial en 1637. Las m uestras de alegría hechas en M adrid, solo por ser su cuñado, fue­
ron tan desm esuradas, que las fiestas duraron mas de mes y medio y se gastaron doce mi­
llones. «El último d ia , que fué m artes de carnaval, dice u n austero historiador eclesiástico,
fue la conclusión de todo ^representando en plaza publícala comedia de don Quijote de la
Mancha. No podian h aber hallado rem ate mas análogo.» Tam bién se festejó espléndida­
m ente al año siguiente la victoria conseguida por Tomás de Savoya al frente de San Oraer,
sin reflexionar que una derrota podía llegar á tiempo de participar del regocijo, no siendo
aquella una batalla decisiva. Lo que puede com pletar la idea de la córte de Felipe IV es
la función celebrada la noche de S. Juan de 1640. E n el centro del estanque grande del Re­
tiro y en un labiado estendido sobre b a rc a s, se formó u n teatro fantástico iluminado por mi­
llares de luces que reflejaban sus variados colores en las aguas, agitadas por las góndolas
que discurrían alrededor con su vistoso cargam ento de damas y galanes de la grandeza lu­
josamente ataviados. «Los gastos fueron num erosos, dice el mismo historiador poco h a ci­
tado; pero les pudieron igualar los lutos. En lo m ejor del espectáculo se levantó un impe­
tuoso viento con torb ellin o s, y en u n santiam én desconyuntó las am arras, arrancó postes,
se llevó los toldos y todos se vieron en el último peligro.» El autor de esta fiesta, y de todas
[as que tenían en incesante agitación á la córte, era el C onde-duque, que creía de esta
m anera asegurar su estimación. Parece que se propuso em briagar a l j e y con los placeres
y fomentar sus vicios para alejarlo de los negocios del gobierno y ser dueño absoluto del po­
der (1). £1 pueblo, p a ra quien era aun de estraccion divina la persona de sus rey es, no abor­
recía á Felipe I V , viendo disiparse de esta m anera los tesoros que vertía en las arcas rea­
les ; lo compadecía ó, quizá mejor le despreciaba. Un dia que fué á caza de lobos, la gente
que salió á su paso en la calle Mayor le dijo : «Señor, cazad franceses, que son los verda­
deros lobos que nos devoran.» A quien odiaba la nació n , porque mancillaba su dignidad,
era al orgulloso privado.
E n esta situación general de los ánimos fué cuando se espidió la orden de que el ejér­
cito que habia entrado en Cataluña después de la rendición de Salses se mantuviese á ex­
pensas de los pueblos. Según los fu ero s, los catalanes solo estaban obligados á dar aloja­
miento de tránsito á las tro p as; pero «la cosa se ha de disponer, dijo el m arqués de los
Ralbases en una ju n ta á los com andantes, de m anera que los soldados sean superiores y mas
inertes que los habitantes de los pueblos donde estén , y no se aparten mucho los cuar—

( i ) l'c lip o I \ tu vo diez y nq a v c h ijo s j de lo s c u a le s o ch o fu era de m a tr im o n io : d o s , cu y a m adre s e ignora; cu a tro ,


ilc la fam osa cóm ica M aría Calderón, un o el se g u n d o dou Juan da A u str ia , q u e adq u irió lu e g o nom liradia; y d o s, de doña
1 ouiasa A ldaua, (¡am a de la r e in a , A lg u n o s de e sto s h ijo s b a sta rd o s lle g a r o n á o b is p o s .— l í l conde de TilJam cdinno, que
se preciaba de los e sca n d a lo so s g a la n te o s q u e h acia á s u so b era n a , ap a reció una n o c h e en la s c a lle s de Madrid m u erto a
p un alad as ; e l vu lg o atrib u yó te ta m u erte á loa efcíos del rey , s i Lien no fa ltó q u ie n la a ch acara a l h a stio d e la m ism a
rein a.
5S HISTORIA DE ESPAÑA-
teles pava poderse dar la mano en cualquier acontecimiento. Ordenado todo de este modo
podrán sin tem or alguno hacerse contribuir como se lia practicado en Lombardía y otros
reinos de S. 51., cuya conciencia queda bien asegurada con el dictamen de los teólogos, que
en conformidad sienten no obligar la santísim a religión del juram ento en casos tan apreta­
dos, y mucho menos en este. Porque la disposición de las leyes catalanas1que prescriben
la forma á los alojamientos no parece deba entenderse cuando se trata de su sten tar un
ejército ausiliar enviado por su mismo rey para socorrer y defender la provincia, y con­
servar en sus casas á lo s moradores incapaces por si mismos de hacerlo, según se acabado
esperi m entar, y de resistir á u n ejército enemigo que infestaba su pais.» E sta razón, la
única que la córte aleg a b a, equivalía á decir: Deja que yo te ahogue p ara que mi enemigo
110 te asesine. El catolicismo de nuestro clero autorizaba esta o tra m uerte. Los catalanes es—
clamaron que la enem istad de la Francia no la habían atraído ello s; que el gobierno central
no habia sabido librar al comercio de las persecuciones de los corsarios, ni resguardar las
cosías de su p illa je , apesar de los cuantiosos subsidios que se le d ie ra n ; que en aquella mis­
ma g uerra la córte 110 venciera sin los heroicos sacrificios de! principado ; que era un deber
de todas las provincias asistir á la conservación de la unidad nacional am enazada; q u e, sin
cada nna había de hacerlo aisladam ente, en que consistía la nación y p ara que el gobierno
central con su costoso acompañamiento de cortesanos y palaciegos; y sobre to d o , decían,
¿porqué las provincias Vascongadas no sostuvieron igualmente el ejército del alm irante de
Castilla cuando fué 4 arrojar al príncipe de Condé del sitio de F u en lerrab ia? porqué en
Madrid se m algasta en saraos y íiestas insensatas lo que dan los pueblos penosam ente para
su gobierno y conservación ?
A pesar de estas quejas del pueblo, las disposiciones de Balbases se llevaron desgracia­
dam ente á electo. El soldado, falto de pagas, mal vestido-y sabedor del espíritu de sus je­
fes , exigía im periosam ente mas de lo que necesitaba. Oponíanse los naturales á sus exigen­
cias y altanería con la dureza propia de su carácter; y se orjjinaban de aquí mil terribles
querellas que la connivencia de los oficiales dejó desarrollar. A las representaciones de las
universidades esponiendo las calamidades que sem ejante régim en traería sobre soldados y
paisanos, contestó Spínola con un sarcasmo jesuítico: «que lo que hasta entonces se habia
dado v o luntariam ente, en adelante se llam aría contribución sin haber mas novedad que mu­
darse el nombre al d o n a tiv o , obligando la miseria de los tiempos al rey á servirse de tan
buenos vasallos, que, reconocidos del servicio que recibían de las armas que los defendían
de la invasión de sus enem igos, querían recompensarlo con este favor; pues que el labra­
dor y el artesano oslaban seguros y tranquilos en sus campos y talleres por la vigilancia y
los peligros de la vida á que se esponian aq u e llo s, era justo también que contribuyesen por
Su p arte á su m anutención: que esta c a r g a , estando rep artid a e n tre m uchos, 110 podia me­
nos de ser muy líjcra, y de tan corta duración que apenas se sentiría: en fin , q u e , siendo
esta la voluntad del re y , era preciso obedecer.» Ya no quedó duda á los catalanes de que
lo que se pretendía era la destrucción de sus fuero s, la m u erte de su libertad. Sabían que
el despotismo h a procedido siem pre con esa innoble y miserable táctica: cambiar á un hecho
su nom bre, y luego establecer sobre ese cambio un derecho. Y además, se les hablaba ya de
la voluntad del rey como la últim a razón. Llenos de indignación, g ritaro n que sus fueros
estaban protegidos por un doble ju ram en to , el que habia prestado el m onarca en las últi­
mas cortes y el del virrey al tom ar posesion de su cargo. Pero la religión nunca h a sido
freno de la tiranía.
Los soldados, creyendo complacer con el vandalismo á sus je fe s, cometieron los escesos
mas abom inables: talaban los cam pos, destrozaban la fruta antes de m a d u ra r, se apodera­
ban del g anado, saqueaban los pueblos por donde tra n sita b a n , robaban é insultaban á sus
patrones en los alojam ientos, mancillaban su honor en sus hijas y sus mujeres y, cuando la
resistencia les intim idaba, se hacían sus asesinos. Las quejas, los lam entos, los sollozos y las
imprecaciones de los pueblos resonaron en los templos de ia justicia p ara denunciar estos
crím enes; pero no consiguieron mas que encender la ira de la populosa Barcelona. E n las
calles, en los paseos, en las te rtu lia s , como en las casas y las ig lesias, 110 se hablaba sino de
la violaciou de las le y e s , de la opresion de los pueblos y de la necesidad de v engar á eslos
y salvar aquellos. Dos hechos llevaron la exasperación á su colm o: algunas tropas de la
„ caballería napolitana quem aron vivo en su propio castillo á un rico h acen d ad o ; y el virrey
prohibió la presentación de toda queja ante los tribunales. Hé. aquí em pujado el pueblo á
REfiíADO DE FELIPE IV. 39
la revolución. La queja que se exhala es un consuelo p ara el oprimido y m antiene un a e s -
peranza que le lig a á su misma desgracia. La historia prueba que cuando al pueblo se le
tapa la boca él se desata los brazos. lié aquí los prim eros pasos de la insurrección. E n Santa
Coloma de F arnés u n tercio que iba de tránsito se vió insultado por los habitantes al pedir
alojamientos. Acudió á someterlos á la obediencia con otro tercio un alguacil real, m uy te­
mido en el pais por la brutalidad de su carácter y la ferocidad de sus instintos; y á su p re­
sencia , todo el vecindario se refugió en la iglesia. M onredon, no pudiendo castigarlo en sus
personas, mandó p oner fuegoá las casas; pero u n vecino enfurecido le disparó un pistole­
tazo, y esta fué la señal de un combate sangriento.
Obligado el alguacil á hacerse fuerte en una casa, los vecinos le prendieron fuego y to­
dos m urieron abrasados. Dos dias despues corre la voz de que la vanguardia de los napo­
litanos quem aba la iglesia de Riu de A re n a s, donde los pueblos comarcanos tenían depo­
sitadas sus alhajas p ara sustraerlas á la rapiña de los soldados. El paisanaje se conmueve
con este doble ataque á la religión y la p ro p ied a d , y trab a un a pelea reñidísim a con tres
compañías del tercio mas distinguido de lodo el principado por su valor y p e ric ia , preci­
sándolas á retirarse á las M allorquínas al am paro de todo el regim iento. Este quiere tomar
venganza de aquella ignom inia; m archa sobre el pueblo, lo saq u ea, invade la iglesia, roba
los vasos sa g ra d o s, comete todo linaje de profanaciones y por fin la quem a. Al calor de este
fuego, siem pre horrible, los vecinos se lanzan como fieras sobre el tercio, que solo se salvó
m erced á una rápida fuga por la costa. Pero cuando mas descuidados se encontraban, vol­
vieron los soldados sobre el p u e b lo , lo saquearon , incendiaron mas de doscientas casas,
v los objelos sagrados fueron m ateria de nuevos desacatos. Desde este su ceso , la rebelión
tomó ese siniestro carácter religioso que lleva al com batiente á solicitar en la arena de la
lucha la palm a del m artirio. Los soldados ya no eran tenidos p o r españoles n i por cristia­
nos ; se les tr a ta b a como á hombres sin D ios, sin le y , sin p atria y sin corazon. Las bóvedas
de los templos resonaron con terribles imprecaciones contra los h ere jes, impíos y devasta­
dores. La juventud abandonó las poblaciones y se retiró á las m ontañas p a ra organizarse en
g u e rrilla s, que se ponían á veces bajo las órdenes de famosos jefes de cuadrilla (1). La sed
de venganza producía estas monstruosas coaliciones. E quipados á la lig e ra , con gorro á la
cabeza, alpargatas por calzado y una ancha m anía que les servia de abrigo y de c a m a , es­
tos soldados visorios, cuyo alimento consistía en algunas galletas que llevaban ensartadas en
u n a cuerda y en el líquido de una calabaza pendiente á la c in tu r a , se arrojaban sobre las
guarniciones ó se aparecían en los desfiladeros y en los bosques á )as tropas de tránsito
como enemigos invisibles contra quienes 110 podían combatir porque el pais los protegía.
En medio de esta efervescencia celebró sesión el consejo de los Ciento. Se acercaban los
dias del ca rn av al, y uno de los diputados, el turbulento Y ergós, pide que se prohíban las
diversiones públicas, ya como m uestra de dolor, ya por vía de am en aza: otro diputado, el
fogoso Sierra, pide que la asamblea m anifieste m ejor al pais la p arte que toma en sus afliccio­
nes vistiéndose todos de luto. Por fin se resolvió acercarse p o r últim a vez al poder r e a l , de­
mandando rem ed io , no ya como quien lo suplica sino como á quien le es indiferente la
negativa ó la desea. Representó la nobleza con altivez por medio de su diputado T am aril;
representó con ardorosa vehem encia por el clero el canónigo C la ris, de la iglesia de Urge);
representó tam bién el consejo de los Ciento con palabras de profunda indignación salidas de
los labios de Yergós y Sierra. Aun era ocasion de aq u ietar los ánimos, calmar la efervescen­
cia y encadenar la g u erra civil en sus prim eras sacudidas; mas el conde de Santa Coloma,
tomando del odio solamente consejo, mandó p ren d e r á los cuatro diputados á fiu de pacificar
al pueblo por el terror. El pueblo aceptó este reto el dia 7 de ju n io , al cual correspondió
aquel año la festividad del Corpus.
L a magnificencia con que se celebraba en Barcelona atrasa desde m uy antiguo una g ran
concurrencia de los pueblos de la m ontaña: los segadores particularm ente bajaban en gran­
des cuadrillas y en un dia fijo, el víspera de la función, p ara hacer al paso con los propieta­
rios de las tierras los ajustes de la inm ediata siega. Su género de v id a , sin familia ni hogar

(1) En a q u e l tiem p o ja m á s fu lta lia n un c ie r to s lu g a r es ¿ sp ero s d é l a m o n ta ñ a c u a d r illa s de sa lte a d o r e s, á c u r a s filas


se u n ían cu a n to s ten ía n q u e h u ir d e la v in d ic ta p ú b lica ó d esea b a n sa tisfa c e r u n r e se n íim ie n to , H oque G uinart Pedraza
t Podro de Santa C ecilia y Paz fueron lo s ca p ita n e s q u e m a s terro r in fu n d iero n : e s te , n a tu ra l de M aüorea , (luí-ante 25
años q u e e stu v o bu rlan d o la s p c r sec u d o n o s , ven g ú en 320 p ersonas la m u e rte de u n h erm a n o . H elo : H isto ria de la re*
votación d e C ataluña ’ lib . I. c a p . 73.
T 0J 10 IV . \ (J
60 HISTORIA BE ESPAÑA.
fijo , su condicion resu elta, su Tobusted y sus hábitos hechos á la fatiga y á las privaciones
constituían de esta m uchedum bre un poderoso elem ento de revolución. Su tránsito por los
pueblos siempre ocasionaba sobresaltos y tem ores á los habitantes pacíficos. El v irre y , que
los vio llegar esta vez con alguna anticipación y en m ayor núm ero que de o rd in ario , sos­
pechó que m ateria tan combustible se inflam aría con el contacto de la c iu d a d , e indicó álo s
conselleres la conveniencia de negarles la entrada. Escusáronse estos con la indispensable
necesidad del objeto que los llevaba, allanándose solo á formar algunas compañías p a ra la
conservación del o rd e n ; y el virrey cedió temiendo descubrir flaqueza. Verificaron pues su
entrada mas de dos mil hom bres, y luego se notó en su sem blante algún secreto designio:
juntáronse en las plazuelas y las caliesen grandes corrillos, y allí hablaban sin reserva y con
g ran calor de los ultrajes que sufría de las tropas la provincia y de la urgencia de librarse
de su horrible tiranía. Si alguno de otras provincias ó empleado real pasaba por junto á
ellos, lo insultaban con el deseo manifiesto de producir alboroto. La ocasion les liego cuando
un alguacil reconoció entre la tu rb a un prófugo de la justicia á quien im prudentem ente qui­
so p ren d e r: sus compañeros salieron á la defensa, y se trabó un a reñida pelea que quisieron
cortar los soldados del palacio del virrey con un tiro, que á nadie ofendió y fue p ara la revo­
lución la voz de alarm a. A parecieron instantáneam ente centenares de hom bres provistos de
trabucos y arm as blancas que recorrían las calles enfurecidos buscando castellanos que m alar:
¡y castellanos eran todos cuantos no habían nacido en Cataluña! Estos infelices, inerm es
en su m ayor parte, se vieron objeto de un odio que no habían en g en d rad o : muchos fueron
bárbaram ente inmolados; otros debieron su sahación á la fuga, á un disfraz, á l a ocultación
ó á un amigo. Pero muy pocos alcanzaron esta conmiseración, porque en esos momentos de
frenesí se considera u n crim en negar una víctima á la patria ofendida. Las compañías orga­
nizadas para la conservación de la tranquilidad mas bien protegían que hostilizaban el tu­
multo. El v irre y , em bargado hasta aquel dia por una presuntuosa confianza y asombrado
entonces de lo que veia, vacia en su palacio aterrado, confuso y casi enteram ente abandonado
de aquellos que mas le habían instigado á la dureza con sus paisanos. Los conselleres acu­
dieron á su rededor p ara libertarle de alguna violencia de la m ultitud y exhortarle á que
abandonase la ciudad, pues 110 era ya posible contener la insurrección. Este consejo, que no
era ciertam ente desinteresado, fué demasiado tarde aceptado por Santa Coloma. Sobrecoji—
do de espanto por los gritos de m uerte que resonaron al pié de sus balcones, despidió á
cuantos le cercaban, quizá para que no les alcanzase á ellos la furia que le buscaba ó acaso
p ara atender mejor á su salvación, y ofreció acceder á cuanto exijian los sublevados: era
tarde. Todas las revoluciones, aun las mas enérjicas, tienen un a hora de vacilación en que
las transacciones son fácil y benévolamente acojidas. El virrey habia perdido esa hora en las
fluctuaciones de la indecisión; y su voz se ahogó en el hirviente clamoreo de los que querían
acabar con el creyendo acabar en él la tiranía. Conociendo que era imposible domar la rebe­
lión, ya no atendió á otra cosa que á salvar su vida, cuando debiera íitender mas bien á sal­
var su honor. No queriendo abdicar su poder en la diputación, entregó la ciudad á la anar­
quía. Habia en el puerto dos galeras genovesas que le ofrecieron su am paro; mas cuando se
dirijió en su busca liácia la orilla del m a r, observó con pena que los cañones de Atarazanas,
manejados por los insurrectos, las habían obligado á ponerse fuera de su alcance. D eterm i­
nó volverse á su casa y llegó hasta ella; pero en este retroceso sintió disiparse de su cora­
ron el escaso espíritu que hasta entonces le anim ara. La ciudad en tera estaba ya convertida
en un espantoso volcan que arrojaba todas sus escorias á la superficie. Las puertas de las
cárceles habían sido abiertas, y el crim en salió de allí como siem pre, exacerbada su sed de
destrucción. Las casas que oponían resistencia eran saqueadas é incendiadas; los moradores
asesinados y arrastrados; se violaba la clausura délos templos en pesquisa de mas víctim as, y
los apagados quejidos de los moribundos parecían avivar el furor de los puñales. ¡ Qué hor­
rible espectáculo para el desgraciado Santa Coloma! El estruendo de las casas que arruinaba
el incendio v en iaá interrum pir de cuando en cuando el sordo rujido de las m asas: las llamas,
acariciadas por un viento suave, se elevaban a grande altu ra con cierto resplandor lúgubre
bajo una espesa capa de humo que cubrió toda la ciudad: y una poblacion en tera pedia á
gritos un cadáver, el del v ir re y , el suyo. Acompañado de su hijo y algunos fieles criados
volvió á la orilla del m a r : el h ijo , enviado delante á avisar su llegada al esquife de la galera,
pudo em barcarse; pero el fuego, cada vez mas activo, de lo fu ertes, lo precisó á alejarse,
dejando al conde en la playa. Las lágrim as que brotaron de sus ojos viendo la g alera, tal vez
tlElSA D O DE FELIPE IT . G1

deploraban la ingrata suerte que á él solo había cabido ó quizá lloraban la criminal cobardía
de un hijo, que debió reh u sar todo medio que le privase de vivir ó de m orir con su padre.
Encaminó sus pasos ála s peñas de S. B eltran y allí su cuerpo cayó bajo el peso de u n m ortal
desmayo. Un grupo de los que andaban en su persecución no se aplacó viéndole en este esta­
do, y le dieron cinco estocadas. Se dijo que habían asesinado u n cadaver porque las heridas no
arrojaron sangre. Tal fué el fin del desgraciado don J) al man de Q ueralt, que 110 era en verdad
u n tirano. Su corazon, naturalm ente bondadoso, vacilaba y se aflijia cada vez que recibía una
orden du ra ó injusta, y en m as de una ocasion tuvo que sufrir agrias reconvenciones del
C onde-duque por las contemplaciones con que procedía, Pero esta conducta, mezquino re­
curso de las almas débiles, no le justificaba ante su pais, que veía en él la mano de h ierra
que le oprimía.
No faltaron en esta conmocion popular algunos de esos incidentes ridículos ó pueriles
que vienen siem pre á mezclarse en las mas trágicas escenas de un pueblo y que con fre­
cuencia tienen una poderosa influencia en su desenlace. E n la casa del m arqués de 'Yillafran-
c a , general de las g aleras, que fué una de las saquead as, encontró la m ultitud un veló que
daba movimiento á una figura de mico á quien tomó por la misma persona del diablo. Col­
g aro n la m áquina de la p u n ta de una pica y la pasearon por la ciudad, concluyendo por lle­
var á la inquisición á aquel prófugo del infierno, con quien el m arqués debía estar en rela­
ciones. Los m inistros del tribunal ofrecieron asegurar al diablo en sus calabozos y procesar
al b ru jo ; y la m ultitud se alejó de allí ya sin el vértigo de sangre, y desolación que de ella se
había apoderado. Contribuyó á aplacarla la presencia del diputado T am aríty los conselleres
extraídos de la cárcel, á quienes llevaron en triunfo á sus casas.
Otros sentim ientos vinieron por último á apagar aquel incendio de las pasiones de un
pueblo. La insurrección de los barceloneses fué mas bien un estallido de la indignación pú­
blica largo tiem po com prim ida, que u na revolución: no se pedia m as; pero tampoco se que­
ría m enos’ fué un movimiento esencialm ente conservador. F altándole, pues, la audacia de
las aspiraciones n u ev a s. cuando hubo vencido al virrey y desahogado sus deseos de vengan­
za , no hizo mas que colocar en el asiento vacío de aquel al veguer de la ciu d ad , según sus
leyes lo establecían, y presentar sus justificaciones al rey. Ofrecieron los conselleres cinco mil
escudos á quien descubriese al matador del conde; recogieron su cadáver y le hicícrou m a g -
ficas exequias, acompañando á estas m entidas demostraciones de arrepentim iento varias
representaciones á la córte pidiendo el olvido de lo pasado y justiciad lo venidero.
Pero entretanto la conmocion de Barcelona se cstendia por todo el Principado. L érida, Ge­
rona, B alaguer, en breve todos los pueblos de Cataluña reprodujeron el g r ito , las matanzas y
los incendios de la capital. E n Tortosa pretendió el gobernador del castillo im pedir la insurec-
c io n ; pero el pueblo se arrojó sobre los tres mil reclutas de guarnición con que contaba y los
despidió de la provincia obligándoles antes á ju ra r que no tomarían arm as jam ás contra Ca­
taluña. El gobernador y otros jefes solo debieron su salvación á la evangélica piedad del e le -
ro q u e , apenas se manifestó el tum ulto, salió llevando en procesión por las calles el Santísi­
mo Sacramento. Los infelices perseguidos corrían á asirse de las varas del palio, y el pueblo
los respetaba. Solo al gobern ad o r, á quien tenían mas odio, no bastó que se arrojase á lo s
pies del sacerdote y que este le cubriese con su casulla; fué preciso que la custodia se interpu­
siera á la victima y álas espadas homicidas. Entonces resonó tam bién por las m ontañas y los
valles la terrible voz de V ia fo ra som aten . Por una antigua costumbre, cuyo origen se ignora (1)
al oír ese grito lanzado por un alcalde, que anuncia algún peligro común, los catalanes que pue­
den manejar un arm a, cualquiera que ella s e a , trab u co , p isto la, sa b le , cuchillo, p alo , pica
hoz ó palo, la cojeu, abandonan sus hogares y se presentan en la casa m unicipal. Si alguno fal­
tase á este llamamiento de la p a tria , quedaría deshonrado, tendría que huir de sus com pañe­
ro s, y no tardaría en m udar de vecindad. Pero estos casos son muy raro s: el sentimiento
del honor crea y desenvuelve el valor individual y fortifica el interés de la asociación. Cuan­
do el motivo del llamamiento no es mas que la presentación de algunos ladrones ó m a lh e -

{ \ ) C onsta q u e e l gran n ú m ero de la d ro n es q u e in fe sta b a n la C ataluña y o ir á s p r o v in c ia s de E sp a ñ a o b lig ó ü los ro­


m an os, y y un a m e s a lo s c a r ta g in e s e s , lo m a r v a r ia s p r e c a u c io n e s, en tre e lla s la co n stru cció n de ciertas torres de tr e ­
cho b u trecho q u e daban o p ortu n a m en te la s e ñ a l de a la rm a á lo s p u e b lo s c ir c u n v e c in o s. Eío e s co n jetu ra im probab le que
esto ép oca s e hit yo ti organizad o lo s so m a te n e s. Las p a la b ra s de a larm a son in d u d a b le m e n te de origen la tin o : V ia 'F d u a ,
q u e eq u iv a le ti, A ¡acalle y som aten , d e g en era ció n de soms atenta y » « m u s a í m t u s , es d e c ir : A q u í estamos, ya a te n -
demos í> ya esperam os .
62 mSTOIUA d e e s t a ñ a .
chores en el d istrito , los somatenes de dos ó tres pueblos, reunidos si es uecesraio, á las
órdenes de sus respectivos alcaldes , los persiguen siu cesar hasta conseguir su desaparición.
Cuando el peligro parece mas grav e, la voz de las campanas se une íi la voz hum ana y la
conmocion es mas viva y general. Apoderada de los bosques, de los desfiladeros y los pue­
blos, esta m uchedum bre sin organización y disciplina, si no sirve p ara dar batallas campa­
les, puede contener al enemigo, cercenar m enudam ente sus filas, perseguir su retaguardia,
privarle de alimentos y , en el caso de una retirad a, promover la dispersión y conseguir su
completo esterminio. Estas conmociones, que constituyen u na de las lases del arte de la
g u erra en E spaña, han tenido siem pre una grande influencia en la suerte de Cataluña. E n
el levantamiento contra Felipe IV ó su m inistro, los somatenes acometían como furias á las
guarniciones y á las pequeñas partidas, y las asesinaban bárbaram ente. La caballería que
mandaba el napolitano Filangieri se salvó refugiándose en A ragón; pero los cuatro escuadro­
nes de Andalucía, que estaban alojados en los alrededores d eB la n es, perecieron casi por
completo en unas angosturas en que los atacó el paisanage. Irritad o s y recelosos de esta der­
ro ta , los tercios de Arce y M oles, que eran los que mas habían encendido con sus escesos la
ira de Cataluña, resolvieron retirarse al Rosellon, marcando la huella del vandalismo.
Al abandonar á Blanes saquearon el arrab a l, talaron los campos y prendieron fuego á los
pueblos del tránsito: M ontiro, Palafurgell, Rosas, A ro, Calo.nje y Castelló deA m purias fue­
ron víctimas de este furor salvage que acabó de exasperar á todo el país.

Dono Isa b el de B o r b o n , prim era m u g e r de F e lip e I V .

La noticia de tan deplorables acontecimientos llenó de consternación á todos los hom­


b res sensatos, pues una g u erra civil en aquella situación debia trae r en efecto crisis m orta­
les para España. Los mismos cortesanos se alarm aron de las consecuencias á que un movi­
m iento de carácter republicano pudiera sujetar la m onarquía. Quizá u n solo h o m b re, el
soberbio y ambicioso priv ad o , desconoció los peligros que sem braba y se afirmó en sus pro­
yectos de venganza. M ientras los p re p a ra b a , envió de virrey al duque de. C ard o n a, que era
REINADO DE FELIPE IV . 63
m uy querido de los catalanes; pero e s to s , m irando un lazo en semejante nombram iento, le
■demostraron del'm odo mas significativo su aféelo y acataron su autoridad sin obedecerla.
El encono entre soldados y paisanos era cada dia mas vivo. El clero, tomando en esta
lucha mas p arte de la que á su misión correspondía f seguía llamando desde el pulpito á ]a
rebelión. El obispo de G erona, á la noticia de los bárbaros desmanes que los tercios de
Arce y Moles habían perpetrado en su retirada hácia el R osellon, los escomulgó. Así el
p u eb lo , armado y conducido al combate por los ministros de su relig ió n , se creía autorizado
p ara los m ayores escesos. A la som bra de una te n d e ra n e g ra , en la cual llevaban pintada
la im agen del crucificado, rodeada de leyendas de m u erte, sembraban el terror entre las fi­
las de los soldados y propagaban eFfuego del fanatismo por los pueblos y los campos.
Por su parte las tro p a s, especialmente los tercios de Arce y M oles, no desistían de su
brutal com portamiento. Cuando llegaron á Perpiñan , los h ab itan tes, temiendo un a suerte
igual á la de los pueblos que acababan de a tra v e sa r,, Ies cerraron sus puertas y les negaron
los alojamientos, apoyados en sus fueros y en u n a orden de Santa Coloma. El m arqués Xeli,
general de artillería y gobernador del castillo , venció aquella im prudente resistencia arro­
jando sobre la ciudad mas de seis cíenlas balas y bombas que arruinaron la tercera p arte de
la p o b la c io n e n te rra n d o en sus escombros g ran núm ero de in o cen tes.. Después de este
ominoso triunfo, perm itió el saqueo de las casas que quedaron en p ie , se abrogó el mando ci­
vil, atropelló los fu e ro s, levantó horcas en las calles y redujo á u n a v erdadera esclavitud al
vecindario. E ste, llevando la resistencia h asta el heroísm o, abandonó casi por entero la ciu­
d ad ; . h o m b res, m ujeres y niños se retiraro n á la m o n ta ñ a , los ricos confundidos con los
pobres,,todos nivelados por la cuchilla del vencedor. Apoderáronse los soldados como por de­
recho de conquista de sus casas, almacenes y tiendas, y no las abandonaron sino cuando, con­
sumidos sus v ív e re s, fue preciso que se esparcieran por los alrededores, llevándolo todo á
saco y fuego. Apenas llegaron á conocimiento del duque de Cardona tales violencias se p re ­
sentó en P e rp iñ a n , procuró instrucciones veraces, y en v irtu d de ellas puso en la cárcel
de los malhechores á los. jefes Arce, y Moles con varios oficiales y soldados. Pero el rey de­
saprobó estas d isp o sicio n e slo cual equivalía á.d ar su sanción á todos los crímenes cometi­
dos y á estim ular á otros; y el pundonoroso Cardona se vió acometido de un a calentura que
lo llevó á los pocos dias ai sepulcro,
E ntretanto se entablaban negociaciones p ara una resolución pacífica, bien que á decir
verdad ambas partes querían obtenerla sin el mas pequeño sacrificio de sus derechos ó pre­
tensiones El Principado envió á la córte una diputación del clero, la nobleza, el pueblo v
la ciudad de Barcelona revestida de amplios poderes para reclam ar y conceder lo que esti­
mase justo y conveniente. Receloso el Conde—duque ,de que por su conducto Un iese el rey
conocimiento del estado en que Cataluña se encontraba, no los dejó pasar de Alcalá de He­
nares sino cuando estuvo seguro de neutralizar el efecto de sus informes. Entonces se puso
por condiciones á los diputados que habían de pedir públicam ente perdón á nom bre de la
provincia con m uestras dé hum ildad, que buscarían la intercesión del papa y otros p rín ­
cipes, y que harían algún donativo en dinero al tesoro. Los embajadores hubieran acce­
dido si enérjicas reclamaciones secretas del Principado no hubiesen llegado á tiempo para
sujetarlos á estas dos solas proposiciones: que se castigase á.los cabos y demas culpables;
y que se sacase el ejercito de la provincia, com prom etiéndose esta á su propia defensa sin
ausilio alguno. Esto era en realidad alargar el brazo y cerrar la mano. El. Conde-duque,
irritado de esta entereza, .convocó á u n numeroso consejo de personas á él adictas y sometió
a su deliberación la g uerra á Cataluña. U na sola voz tuvieron allí la razón y la prudencia,
y fue la del septuagenario conde do. O ñ ate , presidente del consejo dé Ordenes y del de
Estado-: «¿Q uién sa b e, dijo proféticam ente, si los ca ta lan e s, amenazados con el castigo
p o r su rebeldía, no se arrojarán á los pies del m ayor émulo del rey? Yo creo que es mas fá­
cil pasar de la sedición á la rebeldía que de la tranquilidad á la sedición. La.mano diestra
del ginete doma el caballo feroz-y desbocado, nó la aguda espuela que se fe aplica.» «Si Ca­
taluña se hubiese de hum illar á la prim era am enaza que se le hiciera ó al prim er golpe que
se le diera, seria yo el prim ero que diría : am enazadla y castigadla. P e ro , si se hace con
esto mas obstinada y tom a las arm as para su defensa ¿espondreinos la autoridad del mo­
narca a l a su erte de dos ó tres b atallas? ¿ q u é ejemplo seria p a ra los demas reinos si estos
consiguiesen la-victoria ? » « P ero supongamos por un:mom ento que nuestra suerte es fe­
liz,, que la victoria,corone nuestros esfuerzos,.que entram os en aquella p ro v in cia, que tar-
64 HISTOÍUA DE ESPAÑA,
Jamos los cam pas, abrasam as b s pueblos y lo destruim os todo ¿qué gañanías con esto?
¡ Montes y d esierto s, ciudades y pueblos quemados y ruinas de plazas! ¿ E s esto conquistar
y reducir á C ataluña? No ; esto es perder Espaíia una provincia. Y m ientras ocupamos las
tropas en castigar y som eter á los catalanes, abandonarem os á Flandes á su su erte, no so­
correremos la I ta lia , nuestras arm adas no saldrán de los puertos, y seremos por todas p ar­
res el jug u ete de nuestros enemigos, que nos insultarán im pugnem ente vengándose de la
humillación en que los hemos tenido.» «La clemencia llena de gloria á los reyes porque le­
vanta trofeos en los corazones de b s que perdona, que se conservan perpetuam ente en la
memoria de los hombres.» «Mi dictám enes que se oiga á los catalanes, se enjugue sus lá­
grim as, no se les arroje á la desesperación; que el rey vaya á Cataluña f se m uestre á sus
vasallos, ponga su autoridad y su persona en medio de los que le aman y le temen ; se in­
forme de los delincuentes y los ca stig u e; consuele á los unos y rep ren d a á los o tro s; y luego
le a m arán , respetarán y tem erán todos. Los ojos del príncipe triunfan mas fácilmente de
los súbditos rebeldes que b s ejércitos inas poderosos.» C ontra estas graves consideraciones
políticas y sanas máximas prevaleció la opinion nada evangélica del cardenal don G aspar de
Borja: «este es un delito de la mas alta traición que no puede castigarse bastante sino con el
fuego y la espada, condenando esa gente tan pérfida y maldita al anatem a mas atroz de la
guerra.» Antes habia dicho que «su razón es el solo superior que tienen los reyes»; que «no
es decente al soberano manifestar al pueblo b s motivos y razones que le obligan á obrar,»y
terminó advirtiendo quelos catalanes castigados «servirían de ejemplo á b s presentes y á las
generaciones futuras de que no se insulta im pugnem ente la m agestad de b s reyes.» En
s e g u i d a aquella asamblea de cDrtesauos, abijados d e un v alido, decretó la g u erra.
El C onde-duque la em prendió con calor. Mandó ju n tar las tropas de Guipúzcoa, Alava
y tierra de Campos; las guarniciones de las plazas de Aragón , Galicia y P o rtu g a l; llamó de
nuevo al servicio á b s soldados y oficiales re tira d o s, ordenando a! mismo tiempo que se sus­
pendiesen las licencias; trasladó algunos tercios de Italia al Rosellon; pidió los seis mil hom­
bres que debia presentar en caso de g u erra la nobleza p o rtu g u e sa ; las dos quintas p artes
de las milicias de C astilla, L eón, A ndalucía, E x tre m a d u ra , G ranada y M urcia; dos de los
cuatro tercios de N avarra; el de M allorca acompañado de su nobleza; solicitó gentes de Va­
lencia y A ragón; dispuso la inm ediata reunión de toda la caballería; que la artillería de
Segovia y Pam plona se dirigiese á Z aragoza, plaza de arm as elegida p ara la organización
de todas estas fuerzas que se pusieron á las órdenes del m arqués de los Yelez con las mas
ámplias facultades p ara combatir y castigar. Los barceloneses á la vista de eslos formidables
preparativos cuya intención no se les ocultó, aunque se decían destinados á la próxim a cam­
paña con F ran cia, fortificaron la ciudad, levantaron tropas de infantería y caballería, se
apoderaron de las A tarazanas, donde habia un g ran repuesto de víveres y m uniciones, v , á
fin de autorizar y dar m ayor fuerza á la resistencia, hicieron llam am iento á cortes sin es—
ceptuar aquellos cuya desafección á su causa era conocida. E n esta asamblea nadie puso en
duda la justicia cpie asistía al principado y solo u n a v o z , la del obispo de U rgel, se levantó
p ara recomendar todavía el sufrimiento y atemorizar con las consecuencias: «¿Porque no pro­
baremos otros remedios mas suaves y proporcionados antes que el violento de tom ar las
arm as, del cual podremos usar en cualquier tiem po? P retendeis vengar la p atria de la in­
solencia y escesos de los soldados y quereis introducir otros nuevos. Pues qué ¿serán estos
segundos mejores que los prim eros? Y si estos os injurian y cometen violencias ¿quién po­
dría contenerlos? La insolencia es propia del soldado por su oficio, no por su nación.» «Pero
supongamos que todo nos suceda prósperam ente ¿q u é es lo que pretendeis? ¿quedaros re ­
pública libre? ¿ y cómo os podréis sostener en medio de dos m onarquías poderosas? ¿ Que­
reis nom brar nuevo príncipe? Si d élo s naturales ¡ qué discordias h ab rá pretendiendo todos
subir á un imperio que está vacante creyéndose dignos de o cu p a rle! Si llamais un extran­
jero ¿os persuadís que será siem pre propicio y benigno?» «Un solo rey habéis ofendido;
pero tened por cierto que se arm arán muchos para vengar u n a injuria que los ofende á to­
dos.» El remedio que concluyó proponiendo era una nueva diputación á S. M, Fácil l'ué álo s
diputados del pueblo y de la nobleza, Q uintana y T am arit, d estruir el débil efecto de este
discurso antes que el canónigo Claris tomase la palabra p ara arrojar á las cortes á luchar con
la m onarquía. Profesaba este sacerdote á su pais natal y á la libertad un a adoracion entu­
siasta. Embebido del espíritu democrático de los libros sagrados, consideraba como u n de­
ber de conciencia el defender al pueblo de todas las tiranías y pelear incesantem ente hasta
REINADO DE FELIPE IV. Oo'
conducir á su p atria á la república. Dotado de una imaginación ardiente f de u na elocuencia
sencilla y enérjica y de una grande instrucción, se atrajo en breve la admiración del pueblo
y vino á ser allí el árbitro de la paz,y de la guerra. Pero su voz asi en el pulpito como en la
trib u n a del consejo, en las calles como en el pulpito, salía siempre inflamada por el fuego
q u e, como en un crá ter, h ervía en el fondo de su corazon. La historia debe trasm itir al­
gunos de los párrafos de Iaoracion que pronunció cuando se iba jugando en un a votacion
la suerte de su patria, (1) «Los que están criados con la leche de la servidum bre, dijo alu­
diendo al obispo de U rg e l, no conocen el valor y la lealtad con que debe un representante
del pueblo defender la libertad.» «Cataluña es esclava de insolentes; nuestros pueblos son
teatro de sus m aldades; nuestras haciendas son despojo de su avaricia; los caminos, antes
seguros por la vigilancia de nuestras justicias, se hallan hoy infestados de bandidos; han
convertido en hosterías las casas de los nobles, destrozado sus pueblos y quemado sus pin­
turas. Mas ¿cómo han de resp etarlo s palacios los que no se avergüenzan de quem arlos tem­
plos? ¿Y hay todavía quien á vista de tantos ultrajes se atreva á hablarnos de paciencia,
m ansedum bre y de nuevas negociaciones ? ¿S erá acaso p ara d ar mas tiempo á nuestros ti­
ranos? No me puedo persuadir que el obispo tenga sentim ientos tan crueles contra ¡a patria;
pero el que quiere sofocar el fuego con delgados m im bres antes le da pábulo que lo apaga.
.La clemencia es ciertam ente una virtud divina; pero cuando se trata de la honra de nuestra
casa el mismo Jesucristo nos enseña como se desciñó el cingulo p ara arrojar del templo á
los que lo habían convertido en cueva de ladrones. Aconsejarnos que usemos de medios su a­
ves ¿no es acusar nuestra justificación? ¡Cuánto tiempo h a que sufrimos con paciencia en
esa esperanza! Hemos representado nuestras quejas como u n hijo á su p a d re , con la mayor
humildad y respeto, no llegamos al trono sino temblando ¿ y qué hem os conseguido?Desde
el año 26 está n uestra provincia convertida en u n c u a rte l: creimos en el 32 que la presen­
cia del principe rem ediaría los quebrantos y le visteis m archar mal enojado contra nosotros
por su ministro. Acabáronse ya los medios su a v es: harto tiempo ro g am o s, lloramos y pe­
dimos sin que nadie nos consuele ni oiga. No pienso que se deban ab rir las venas al p ri­
m er latido del p u lso ; pero frecuentem ente tolerar los males es agravarlos, y lo que hoy
puede atajarse con una demostración animosa necesitaría despues años de resistencia. Si el
príncipe es tan piadoso como se nos d ic e , tanto mas debemos suponer que no castigará
nuestra defensa. Porque el águila sea la rein a de las aves no dejó la Providencia de arm ar á
los mas débiles de uñas y picos para que atiendan á su conservación. Los hombres hicieron
á los re y e s , que no los reyes á los h o m b res: si ellos se hubieran hecho á sí mismos aun
mas altam ente se fabricaran. Con todo en el trono se olv idan de lo que sou, p ara quienes
y por quienes han sido h ech o s, y creen que pueden devorar á sus súbditos como u n a ma­
nada de carneros. Yo no comprendo en el núm ero de estos príncipes desnaturalizados á
nuestro r e y , antes reconozco en él virtudes dignas de am or y reverencia ¿p e ro qué im porta
al vasallo aüijido que se le oprim a por malicia ó por ignorancia?» «No nos faltarán amigos
que nos ayuden y socorran. Todas las provincias de España ¿no están cansadas de sufrir
vejaciones? Pues en sacudiendo u n a y rompiendo las cadenas de la esclavitud, seguirán to­
das las dem ás; sed vosotros los prim eros en acom eter esta em p re sa, á nadie cedáis esta glo­
ria. Vizcaya y Portugal han manifestado ya sus sentimientos; y si ahora callan, no es porque
estén contentos sino porque les faltan fuerzas. La voz de A rag ó n , Valencia y N avarra está
sofocada, pero no los deseos de m ejorar su estado: en secreto lloran su desdicha, y cuando
parecen mas humildes, están mas cerca de la desesperación. Castilla, acostumbrada de muy
antiguo á arrastra r las cadenas, se satisface con que se le deje gozar algún tiem po de una
mezquina soltura como los esclavos: es geute que no conoce ni el valor de la libertad ni la
dignidad del hombre.» «Tampoco será difícil que las naciones extranjeras se declaren por
vosotros. De la Francia no se puede d u d a r, pues el pueblo está acostumbrado á vivir libre y
su rey m ira con envidia la grandeza de E spaña.» «Todo os convida á la lib e rta d , catalanes:
¿ q u é es lo que os falta sino la voluntad? ¿N o sois vosotros los descendientes de aquellos
famosos varones que resistieron con ta n ta gloria la soberbia y los ejércitos romanos, y que
triunfaron de la bravura africana? no corre ya por vuestras venas la sangre de vuestros an­
tepasados que vengaron las injurias del imperio oriental domeñando la G recia? Yo no dudo
(pie sois los mismos y que, en cuanto se os ofrezca ocasion, renovareis vuestra fama. ¿C uál

(1) M e ló , historiador vernz ó im parcinl ¿lo a q u e lla r e v o lu c ió n , poní: en b o ca de C laris e s te h r illíin lc 0 iscu rso .
00 HISTORIA DE ESPAÑA.
mas justa y gloriosa que la de redim ir vuestra p atria? Fuisteis á vengar agravios de extran­
jeros ¿y no seriáis para tom ar satisfacción de los propios?'M irad los cantones de los Suizos
que con sus esfuerzos sacudieron el yugo im perial, y los reyes mas poderosos, llenos de ad­
m iración, solicitan su am paro y sus ausilios. Los Batavos han triunfado de todo el poder de
España; y siendo antes nación despreciable y p o b re , hoy es la potencia mas rica y poderosa
de E uropa. E l entusiasmo de la libertad los ha llevado á tal altu ra. Si ninguno de estos
ejemplos arroja de vuestro corazon el tem or de ser tan dichosos, revolved las piedras de esas
calles, y ellas os dirán que cuando don Juan II de Aragon vino á sitiar esta ciudad, tuvo que
capitular á nuestro arbitrio, entrando él como vencido y recibiéndole nosotros como vence­
dores. Si os intim ida la grandeza del rev de Castilla, acercaos á exam inarla y preguntad
que progresos ha h echo, qué conquistas ha conseguido. Mejor se m ediría su grandeza y
su poder por lo que ha perdido que por lo que ha ganado. E n F lan d es, Borgoña y Lombar­
dia muchas plazas hallareis apartadas de su obediencia: parece que lxista que haya quien
las quiera conquistar para adquirirlas. En las Indias apenas quedan y a provincias que re­
cuerden nuestro nom bre. El m ar y el fuego han devorado las arm adas: la m uerte y el de­
sengaño han acabado también los capitanes. E sta m onarquía f antes tan poderosa, y a no es
sino un cadáver. Su espíritu y su aliento han pasado á otras naciones q u e , salidas de la os­
curidad, se han hecho ilustres. ¿Q uién sabe si nos sucederá lo mismo á nosotros?» «Yo no
digo que arméis á vuestros naturales p ara dar batallas de éxito dudoso, ni que con escesos
se busque la indignación del r e y , ni le negueis el nombre de señor. Mi opinion es epte se

P a b lo C laris.

tomen inm ediatam ente las a rm a s; que pongáis en estado de defensa vuestras fortalezas
que proveáis de tropas y municiones las plazas; q u e, hecho esto, pidáis enéticam en te sa­
tisfacción de los delitos que han cometido los b árb a ro s; que salgan de nuestra tie rra para
siem pre, y , si no alcanzais esto con las súplicas, lo ejecuteis vosotros con las arm as. Pero
si aun os parece atrevida esta resolución, abandonemos esta miserable p atria á otros hom­
bres de mas corazon para que no sea jam ás habitada por esclavos y dominada por tiranos.
Os hablo con ta n ta franqueza porque vuestros males agovian mi a lm a ; mas si alguno piensa
quo por estar mas exento del peligro, le llevo á él y á la provincia, renuncio desde luego
mi puesto y la parte que m e toque en el gobierno. Volved enhorabuena á los pies del so­
berano, suplicad y llorad allí, humillaos para aum entar la insolencia de nuestros perse­
guidores, y sea yo el prim er acusado en sus tribunales. Y si con mi muerte ha de cesar la
BE1NAD0 DE FELIPE IV. 67
tem pestad y el peligro de la p a tria , yo m ism o, desde este lugar donde m e colocasteis para
iitender al bien de la república, iré arrastrando cadenas á la presencia del enojado monarca
para ser mi fiscal y acusador. ¡ M uera yo y m uera infamado con tal que resp ire y viva la
afligida Cataluña!» A este hábil y elocuente discurso, cuyo últim o pensam iento asombró en
Dan ton siglo y medio d esp u es, contestó una aclamación general por la g u e r r a , á la cual se
prepararon.
Cambrils, Bellpuig, Graiiollers y F igueras fueron designadas p ara plazas de arm as;
organizaron p o r veguerías tercios de gente voluntaria que pusieron á las órdenes de jefes
prácticos, reservándose la diputación el mando suprem o; fortificáronlos pueblos, y por
último buscaron en la F rancia u n p ro tecto r, desconfiando de la suficiencia de sus fuerzas
contra el numeroso ejército que se formaba, en A ragón. Richelieu dijo á su rey q u e, favo­
reciendo á los catalanes no hacia mas que vengarse de los alborotos que los españoles ha­
bían promovido en el P o itu , y bien pronto se ajustó u n tratado por el cual se obligaba el
Principado á em plear toda su fuerza en resistir á los ejércitos reales basta arrojarlos de su
territorio; el rey de Francia á ayudarles por espacio de dos meses con dos mil caballos y
seis mil infantes pagados por cuenta de la g eneralidad; á до enviar mas que los cabos y ofi­
ciales que le pidiesen; á no en trar en ningún punto de la provincia ni alojarse sino en
aquellos en que hubiese guarnición de catalanes. Y por g arantía de que estos no ajustarían
paz ni tregua con Felipe IV sin intervención de la F ran cia, dieron en rehenes tres diputa­
dos de cada orden.
l a escuadra que mandaba el alm irante Brezé disparó los prim eros cañonazos en esta
nueva fase de la contienda con Francia. Cinco galeones, que m ontaban á mas de trein ta y
seis cañones, fueron com pletam ente destruidos cerca de Cádiz, siendo mayor todavía este
desastre por la pérdida de sus cargam entos, pues solo el de la capitana im portaba mas de
seiscientos mil escudos de o r o , y por la de cerca de mil quinientos marinos escojidos.
Al ir á em prender las hostilidades, el m arqués de los Yelez puso en conocimiento de
la diputación la misión que le llevaba á C ataluña, la cual no era o tra que la restitución y
consolidacion del poder real. Contestáronle que ni con ejército n i fin él seria ad m itid o , ig­
norando que al mismo tiempo una traición le abria las puertas del Principado entregándole á
Torlosa. Triunfo tan fáci! fué celebrado con la m uerte de los principales caudillos del pueblo
á quienes se hizo perecer en el patíbulo. La tem planza, la generosidad podian quebrar el
ánimo de la resistencia: la venganza no produjo el te rro r sino la desesperación. El pueblo
de Illa , situado en la C erdaüa, rechazó dos asaltos que le dió don Jnan de Garay con fuer­
zas muy desproporcionadas á tan corto vecindario. Este ensayo desgraciado hizo conocer al
Conde-duque que el éxito de una lucha con aquel pais sublevado en masa era'dudoso ó cuan­
do menos costoso y tardío. Trató de ap artar al clero de su unión con el pueblo por medio
del nuncio apostólico; pero este se negó á tom ar p arte en un a cuestión in te rio r: hizo que Za­
ragoza interpusiese su mediación, que no fue acep tad a: por últim o se decidió á escribir á
la diputación que S. M. sacaría sus ejércitos del territorio si se Je dejaba, construir dos fo rla -
iezas, una en Monjuich y otra en la inquisición, desde las cnales hubiera tenido siempre
postrada á sus pies la ciudad. No quedó al orgulloso m inistro mas esperanza que la guerra.
T res ejércitos debían penetrar á la vez en el p a is, llevándolo lodo á fuego y sangre: uno
por la parte de Torlosa y otro por el llano de Urgelí m ientras un cuerpo del Rosellon prac­
ticaría u n desembarco en la costa. La diputación no contaba p a ra contraresiar tantas fuerzas
mas que con su firme resolución y el entusiasm o de los pueblos. Habiendo el m arqués de los
Yelez héchose reconocer virrey de Cataluña á su llegada á Tortosa en medio de un simula­
cro de cortes formadas con los diputados de las poblaciones sujetas á su dom inio;1mas la
diputación, el consejo de los Ciento y los conselleres resolvieron que T ortosa y cuantos pue­
blos siguieran su ejemplo fueran segregados del Principado, privados de sus fueros y consi­
derados como traidores. Com prendieron que la cnerjía debía suplir á la fuerza.
Antes de em prender las operaciones, el m arqués de los Yelez envió dos cuerpos eoníra
Cherta y Perelló, quo pagaron cruelm ente la osadía de la resistencia con el incendio de
sus moradas. Veinte y tres mil infantes, tres mil cien caballos, veinte y cuatro piezas de ar­
tillería y algunas horcas componían el ejército con que se dirijió contra Cambrils. Al atrave­
sar el Coll de Balaguer deshizo un cuerpo de gente mal disciplinada que quiso cortarle el
p a s o ; se arrojó en seguida sobre el pequeño fuerte del H ospitalet y colgó de las almenas á
nueve paisanos. Q uería ir precedido del te rro r, y no hacia mas que llam ar á la-desespe-
tom o iv . И
68 HISTORIA DE ESPAÑA.
ración. Cauibrils en efecto se resistió bizarram ente hasla que los estragos de la artillería la
obligaron á capitular. Evacuaban la plaza los rendidos entre dos filas de caballería que los
recibieron con insultos, propasándose algunos á despojarlos de sus ropas. Uno quiso robar
á un catalan su capa gascona; pero este sacó un alfange y castigó al cobarde que le ultraja­
ba en la desgracia. Los compañeros del herido quieren vengar aquel atrev im ien to ; suena
la voz de traición, y bien pronto cayeron acuchillados al pié de aquellas murallas setecien­
tos de los valientes que las habían defendido. Apesar de eso, el m arqués hizo ahorcar
aquella misma noche á los jefes m ilitares y civiles del p u eb lo , y mandó colgarlos por los pies
de las alm enas, vestidos con todas sus insignias. Sem ejante crueldad era además un a
p erfid ia, pues aunque la rendición no se habia estipulado por escrito, la prom esa de perdón
estaba pronunciada, y ciertam ente no se habrían entregado p ara ser inhum anam ente de­
gollados. T arragona, defendida por Mr. d 'E s p e rn a n , general del ejército francés au siliar,y
el tercio de la bandera de Sm. Eulalia de Barcelona al mando del conseller tercero Rosell,

V oluntarios ca ta ltm es (le hi lin d e r a de S a n ia lC u h lia ,

tampoco pudo resistir las m ayores fuerzas de \e le z . Mr. d , E spernan se retiró con todos los
honores de la g u e r r a , yR osel'l, rechazando las lisongeras proposiciones del enem igo, so es­
capó con su tercio de la ciudad en los momentos en que esla hacia su en ticg a. Solo la
g u erra de guerrillas era hasta entonces propicia á los catalanes. E l cabecilla San Pol se
metió en Aragón por la parte de L é rid a , y apoderándose por sorpresa de T am ante acuchi­
lló algunas tropas de N avarra é hizo mas de ciento cincuenta prisiones. La partida de. C o -
p o n slogró también e n tra r de improviso en la villa de O rta.
Prcp&vúb&sc el ejército vcnccdor á. iTLcirchíH' sobre litircclonu. pcivíi coi Utr en su Ctibczíi Ui
revolución cuando llega á su je n e ra l, comunicada por la c ó rle , la noticia de otra revolución
funesta q u é arrancó una joya á la corona de Castilla y dió á la península española dos se­
ñores
REINADO DE FELIPE IV. C'J

CAPITULO VIH.
1640.

Etnuncijíüoiop ilc P o r tu g a l. T ira n ía de E spaña: tu m u lto s d e E vora: e l du q u e de B ta g a n ía : a sech a n za s i^ne la arm a Ü li-
v;ircs: con sp iración de P into R ibeiro: ir r e s o lu c ió n de B raganza: s u esp osa: ra sg o s de lieroism o m aternal: e s ta lla lu
in su rrección en M*Loa: coron&uioii de don J u a n I V de B r a v i a : carácter de la rcvoluoLoa; el C ondo-d uquc y F e li­
pe IV.

«Quiero y es mi voluntad que ios dichos reinos de la corona de Portugal hayan siempre de
andar y anden juntos y unidos con los reinos de la corona de Castilla, sin que jam ás se pue­
dan dividir ni ap a rtar los unos de los otros por ninguna cosa que sea, por ser esto io que
mas conviene p a r a la seguridad, aum ento y buen gobierno de los unos y los o íro s, y para
poder mejor ensanchar nuestra Santa F é Católica y acudir á la defensa de la Ig lesia.» Tal
e ra la voluntad de Felipe II, para cuyo cum plim iento, sin em bargo, nada hicieron ni él ni
sus sucesores. T rataron al Portugal como territorio de co n q u ista, aunque tantas considera—
raciones aconsejaban una política que hiciese olvidar á aquel pueblo, justam ente orgulloso
de su h isto ria , la humillación que lo babia unido á la corona de Castilla. E n las cortes de
T h o m ar, celebradas por aquel m onarca, seh ab ia estipulado que un consejo compuesto úni­
camente de portugueses gobernaría aquellos estados, condicion que violaron todos los vali­
dos. El consejo, en tiempo de Felipe I V , se redujo á dos solas personas que se prestaron a
s e n jr el despotismo y la avaricia de Olivares. Miguel Vasconcelos y Diego Suarez su yerno,
ambos con el título de secretarios de estado de P o rtug al, este con residencia en Madrid y
aquel en Lisboa, fueron sus instrum entos, a l a verdad no i'altos de ese talento de artificios y
subterfugios en que algunos hacen consistir el mérito de la diplomacia. Vasconcelos descolla­
ba además por una desmedida arrogancia v la mas ardorosa é innoble de las am biciones, la
del oro: puesto en el lugar del m onarca, se hacia resp etar como tal de la grandeza, del cle­
ro y de! pueblo. Un dia que el arzobispo de B raga, consejero predilecto de ia virreina,
M argarita de Savoya, duquesa de M antua, se atrevió á p reguntarle con qué autoridad ha­
bía, por u u a lc v e lá lta , hecho rasu rar á uno la cabeza y la barba, el orgulloso lugar-teniente-
le contestó; «Con la misma con que os desterraré si os m eteis á criticar mis acciones.»
Enorm es y continuadas exacciones fueron im puestas sin autorización de. las cortes para
atender ¿ g u e rra s lejanas que ningún interés reportaban al pais. Se dice que en el corto es­
pacio de cuarenta años ,desde l o 8 i á 1626 estos impuestos subieron á la increíble cantidad
d e doscientos millones de escudos de oro. A las quejas que elevaron los pueblos contestó el
C onde-duque «que las necesidades de un gran rey debían ser satisfechas y que se usaba de
m ucha moderac-ion y modestia cuando se pedia lo que podía exijirse por la fuerza.» O tras
cosas ya no se pedian que se tomaban como de reconocida propiedad de España. En Sevilla
llegaron á ju n tarse nuevecientaspiezas de artillería de las plazas portuguesas y así en otros
puntos de la frontera hasta el núm ero de mas de dos mil de bronce y hierro; disposición
que tenia sin duda por objeto quitar todo medio de resistencia á aquel pueblo tiranizado.
Los alhagos de aduladores cortesanos fueron pagados con las ren tas de sus iglesias, y los des­
tinos públicos se vendían como en subasta al que mas dab a, q u e era por la misma razón el
que mas oprim ía y saqueaba a los pueblos. E u los siete prim eros años del reinado de Feli­
pe IV las escuadras portuguesas perecieron casi enteram ente en servicio esclusivode los in­
tereses de E spaña; y la m arina m ercante perdió mas de doscientos buques que dejaron ar­
ruinado á todo el comercio, y desiertos y silenciosos sus puertos. Envueltos en el odio de
In g laterra, Holanda y F rancia, se vieron acometidos en sus mismas costas y arrancadas á su
dominio todas las posesiones de Africa, Asia y las Indias. El B rasil, lam as rica de todas,
cayó en poder del príncipe M auricio. «Entonces, dice u n historiador portugués despues de
enum erar individualm ente sus pérdidas, la inm ensa esíension de los m ares se abrió á los
piratas, que atacaron por todas partes nuestros buques m ercantes, al paso que n u estra mari^
riña de g uerra y los tributos de nuestros pueblos se em pleaban en proteger las costas de Cas­
tilla. Si alguna vez cruzaban nuestras costas navios españoles p ara defenderlas de los insul-
tosdel enemigo, teníamos que hacer los gastos y adelantarlos.» Añádase á todos estos motivos
generales de disgusto, que el pueblo veia arrancar de sus hogares su mas florida juventud
p ara ir á derram ar su sangre por ágenos intereses; que el clero se m iraba tratado con d e s -
70 Hi'SroniA DE tSl'.^ÑA
precio, adjudicanilose sus mas alias dignidades á los españoles, á quienes no dejaban de
considerar como ex tra n jero s; y que !a nobleza relegada á sus estados, se sentía eomo ul­
trajada privándola del fausto y la ostentación, que constituyen la principal enndicion de su
existencia. De todas las violaciones perpetradas en sus fueros la (pie mas irritó á los portu­
gueses, porque les quitaba su carácter de nación en cierto modo todavía independiente, fue
el que se convocasen sus cortes fuera del reino, ¿Que se b a b ia h e c h o , pues, p ara que la vo­
luntad de Felipe II se cum pliera? ¿pava que la simple agregación de dos coronas, ejecuta­
da por él, se convirtiese en una íntim a incorporación de ambos pueblos? N ada, y parece
que no se los habia juntado sino para que se odiasen mas de cerca.
Los prim eros electos de la indignación de los portugueses se m anifestaron en varias .se­
diciones que tuvieron lugar en 1637 en las principales ciudades. E n Madrid se les dió con
desprecio el nombre de los tu m u ltos de E v o r a , y se propuso al rey que Humase á los m agis­
trados del pueblo á pedirle perdón cubiertos con el saco de los criminales y llevando al pes­
cuezo la cuerda del suplicio. Por no dejar á l a corona sin vindicta, los caudillos Sesnando y
B arradasfueron ajusticiados en cíijie; y cuando el ilustre Meló hizo su historia con ingenua
im parcialidad, creyendo ser útil á la córte de Castilla, á quien servia, se le encerró en una
cárcel. Además ofrecieron al C onde-duque estos prim eros chispazos un feliz protesto para
im poner por vía de castigo á todo el reino un crecido tributo. Quiso también que los grandes
consintiesen en la unión de P ortugal á la corona de Castilla tal como cualquiera de las otras
provincias de la m onarquía; Bs decir en la espontánea renuncia de sus libertades y adhesión
á la esclavitud, y se vengó de la negativa haciendo p re n d e rá varios y exijiéndoles un cuan­
tioso donativo por su libertad.
Tal era el estado de los ánimos en P ortugal cuando estalló la sublevación de Cataluña,
que vino á avivar sus deseos de em anciparse. Por consejo de S u arcz, que previo este efecto,
Olivares ordenó que sus tropas fueran á unirse al ejército del Principado é hizo que Felipe IV
escribiera á toda la grandeza para q u e, puesta á su fíen te, marchase á sostener la monar­
q u ía , amenazada en su integridad, Pero esla segunda orden envolvía un pérfido lazo.
Habia entre la nobleza portuguesa uno cuyo regio linage tenia en perenne inquietud á la
córte de M adrid; era el duque de B raganza, nielo de Catalina y único descendiente de los
antiguos reyes de P ortugal á quien la ley fundam ental de Lamego no cscluia de la corona
Aunque de carácter tí mido, desprendido de toda ambición y entregado álos placeres de la
caza y la música, una víjilancia suspicaz le seguía en lodos sus pasos: tal vez no se veia en él
mas que un instrum ento, y en este concepto no eran vanos los temores. El tiuque era es­
pléndido, instruido, afable y bondadoso, buen marido y buen padre,cualidades que, si no cons­
titu y en un rey digno, bastan para hacer popular un pretendiente. Los portugueses habían
lijado en él su visla al reparar en su servidum bre, y quizá e ra esla mns que el am or al regio
vástago quien les hacia apetecer su elevación á un trono restaurado. El Conde-duque le mi­
raba con cierta prevención siniestra. D urante las alteraciones de Evora se le había oido de­
cir : «No habra reposo en P ortugal m ientras la mala yerba no cubra los patios y las escaleras
del palacio de Villaviciosa.» Intentando apoderarse de su persona, le ofreció el gobierno de
M ilán , que el duque rehusó pretestando 110 conocer los negocios de Italia y estar su salud
m uy quebrantada p ara tan largo viaje. Le llamó para que acompañase al rey al frente de la
nobleza en una espedicion que preparaba contra C ataluña; y se eseusó con el estado de sus
rentas que no le perm itía sostener su rango en la córte. Le encomendó la defensa de las cos­
tas, que podían ser acometidas por los franceses, con am plias facultades, dando orden al mis­
mo tiempo secretam ente al jefe de la escuadra española en aquellas aguas p ara que le lla­
mase á bordo con cualquier preteslo y lo p ren d iese; pero u na tem pestad dispersó la escuadra
y burló la p erfid ia. Sin renunciar á e lla , le escribió en seguida m uy afectuosamente nom­
brándole general y encargándole que visitase las plazas fuertes, áfin de exam inar su estado
de defensa. Los gobernadores te n ía n la misma orden; pero el duque habia entrado en sos­
pechas de tan tenaz insistencia, y se hizo acompañar de una crecida y valerosa guardia. Qui—
záfué entonces cuando por prim era vez conoció que no le separaba del trono g ran distancia.
Las gentes salían á s u encuentro en la entrada de los pueblos y le despedían con m uestras de
un entusiasmo comprimido. El escuchaba á todos indistintam ente, agasajaba á los soldados,
alhagaba á los oficíales, trataba al clero con resp eto , á lo s nobles con deferencia; y así, de
propósito ó sin rep ararlo , iba caminando á la revolución y al trono por el sendero que Oliva­
res le abria p ara su perdición.
KEIÑADO DE FELIPE LV. 71
Después del odio que los pueblos tenían á la dominación española, el ausiliar mas po­
deroso del duque fue su mayordomo Tinto Iíiveiro, Este hombre osado, sagaz y persuasivo
que se distinguió por u n vehem ente y desinteresado patriotism o, fue tal Tez quien prim ero
concibió el pensamiento de u n a conspiración para entronizar á su amo. Richelieu, qtie desde
1G3Í no había cesado de estim ular la ambición de Braganza, le ofreció su ap o y o ; pero este
era demasiado pusilánim e p ara aspirar con ardor n i aun á una corona, y no le autorizó p ara
tomar su n o m b re, confoiusándose tan solo con el papel que cuadraba m uy bien á la polí­
tica de su carácter, que e r a : dejarse llevar. E n u n principio encontró algunas dificultades
el activo ájente, pues había otros pretendientes que alegaban derechos de sangre, y no fal-
taba también quien prefiriese, á ejemplo de la H olanda, cuya prosperidad iba en aum ento,
una república federativa. La adhesión del arzobispo de Lisboa, resentido de que la virreina
le hubiese pospuesto al de B raga en su g ra c ia , y el in terés de casi toda la nobleza, ofen­
dida de los ultrajes de la córte de Madrid y de su lu g a r-te n ien te, aunáronlos pareceres mas
pronto que vencieron la irresolución del duque , flucluante entre los halagos de u na co­
rona y los peligros que era necesario a rro stra r basta ella. Cuando una comision de la g ran­
deza se presentó á ofrecérsela, vaciló todavía y fué preciso que su secretario le dijese: a Si
todo el reino cansado de esperar resolviese erigirse en república ¿preferiríais sns intereses
á los de Castilla? — Sin duda m e declararla por mi pais. — P ues entonces es inútil que yo
os dé consejo. Q uien se decide á arriesgar su vida por ser vasallo de un a república bailará
mas gloria en conducirla recibiendo de ella el título de rey .» — Pero ¿q u é h e de h acer?—
S e ñ o r, es necesario dejarse llevar de la corriente, porque es imposible prever todos los in­
cidentes que obligan á v ariar u n plan. El que quisiera preveerlo todo jam ás se determ inaría
a ninguna cosa: es preciso dejar mucho á la contigencia. Suceda lo que sucediere, cuando
hay derechos á la c o ro n a , nada debe omitirse por defenderlos, aunque se tuviera certeza
de su cum bir, porque hay en ello gloria y en abandonarlos ignominia. E n fin consallad á
vuestra esposa, y lo que ella os aconsejare seguidlo sin dudar.)) E sta señora, á cuya re­
solución se dejaba la suerte de un trono, era doña Luisa de G uzm an, hija del duque de
Medina Sidonia, general del reino de Sevilla. Habia en su alma cierta elevación de pensa­
mientos y en su coraron cierta intrepidez, poco comunes en su sexo. Un genio v iv o , pers­
picaz y enérgico concurría á hacer de esta m ujer una de esas ambiciones de alto vuelo que,
aun ciertas de que el sol les derretiría las a la s , se dirigirían á él. «Vale mas m orir después
de llevar un dia una corona en la cabeza, contestó á su m arido, que vivir largos años arras­
trando una cadena. La m uerte te espera en M adrid, acaso también la encontrarás en Lisboa;
pero en la córte de España m orirás ignominiosamente, como un m iserable prisionero, y e n la
de P o rtu g a l, cubierto de gloria y como r e y : esto es lo peor que te puede suceder. » Desde
osle momento estuvo á disposición de los conjurados, cuyo núm ero fué creciendo en todas
las clases.
El C onde-duque, alarmado con las m uestras de sim patía que todo el pueblo de Lisboa
manifestó al de Braga riza en una visita que bizo á la v irre in a , le ordenó que se presentase
inm ediatam ente en. Madrid á fin de inform ar al rey del estado en que se hallaban las pla­
zas y las tropas de P ortugal. No se escusó esta vez, y p ara engañar mas fácilmente á la
c ó rte, el gentil—hom bre que llevó la noticia de que se pondría m uy pronto en cam ino, al­
quiló una magnifica casa y entretuvo algún tiempo en am ueblarla suntuosam ente. E n tre­
tanto iba estendiendo la conspiración sus bilos v abreviaba el plazo de su rompimiento.
Admira ciertam ente que uua conspiración tan vasta, que afilió á hombres de tan distintas
condiciones é intereses y que se agitaba en medio de sus enem igos, no haya llevado en
su seno un espíritu débil ó traidor que la vendiese. Preciso es que la tiranía de que se que­
jaban los portugueses existiese re a lm e n te ; que el ódio hacia ella fuese g en e ral, y unánim e
el deseo de quebrantar su yugo. Lo era en efecto hasta en las m ujeres. La condesado A lo u -
g ia , al acercarse la hora en que debia estallar la insurrección , sacó la espada de su esposo
que habia servido en las Indias, armó por sus propias manos á sns dos hijos, harto jóvenes
todavía, y los despidió diciéndoles: «Hijos m ío s, id á pelear p o r la p atria. Si m e lo perm i­
tieran mis fuerzas y mi sexo, yo os acompañaría p ara vencer ó m orir con vosotros por la
salud de mi p ais.» La señora de Lancastre repetía á los suyos las palabras de la m adre espar.
lana: «Es h o ra, p artid , y volved libres ó no volváis.»
El dia prim ero de diciem bre de 1640 JPinto Iíiveiro dio la señal disparando un pistole­
tazo en la p laza, al cual, contestaron todos los conspirados con el grito de L ib e r ta d , v iv a don
72 HISTORIA 1)E ESPAÑA.
J u a n I V d e B r a g a n z a , r e y de P o rtu g a l» arrojándose sobre las escasas tropas alemanas y
castellanas que componían la guarnición. Un sacerdote, llevando un crucifijo en u na mano
y en la otra una espada, llamaba álo s combatientes y los animaba con su v a lo r. Pinto, mos­
trándose tan enerjico en la acción como hábil en el consejo, habia penetrado y a en el palacio de
Vasconcellos m atando á cuantos se oponían á su paso, y todavía ignoraba el arrogante dés­
pota que la ciudad estaba en combustión. Informado d é la inminencia del peligro, parece
resignarse á m orir heroicam ente exclamando : «Avisado César de que se le iba á asesinar
en el Senado, no por eso dejó de ir : yo le im itaré poniéndome en manos de la fortuna.» Sin
em bargo, cuando los conjurados penetraron en su e stan c ia, se escondió en un arm ario, del
cual lo sacó la debilidad de una m ujer. M uerto de un pistoletazo y atravesado su cuerpo á
estocadas, lo arrojaron por la ventana para que el pueblo lo arrastrase. La virreina quiso
tran sijir, pero ya no era tiempo : aquella hoguera estaba fundiendo una corona. — u ¿Q ué
puede hacerm e el pueblo? preguntó á uno de los sublevados. — Señora, nada mas que ar­
rojaros por la v en tan a .» Se entregó prisionera y , apesar de su varonil pero inútil firmeza,
tuvo que firmal· las órdenes para que los fuertes que cercan á Lisboa fuesen entregados. Des­
de que su autoridad sucum bió, todos le tributaron las atenciones debidas á su desgracia y á
su sexo. Al abandonar el re in o , el pueblo manifestó su generosidad asistiendo en Lodos los
puntos del transito á su paso sin proferir un insulto ni una queja. Los gritos de L ib e rta d .
Independencia eran la única venganza que lom aba de setenta años de tiranía.
T res horas fueron suficientes para derrocar un poder que sus dueños creían indestructi­
ble y erigir otro en medio de sus r u in a s , del cual á la verdad no se habia mostrado muy digno
el sucesor. E n vez de ayudar á sus amigos de Lisboa el duque de Braganza, sublevando al mis­
mo tiempo los pueblos de su distrito, como habia ofrecido, se encerró en su palacio de Y i-
U avicíosaá esperar noticias de la capital. ¡Quizá pensaba ya como rey que los súbditos le
debían el sacrificio de su vida! Pero así que supo su triunfo, se presentó de incógnito en
Lisboa y , pasando por en medio de la m ultitud que no le conocía y 110 obstante le adam aba
su soberano, fué á tom ar posesiou del real palacio. A los pocos días solo una fortaleza en
todo el re in o , la ciudadela de S. Juan en la em bocadura del T ajo , conservaba la bandera de
Castilla; pero su gobernador don Fernando de la Cueva parece que 110 la defendió bizarra­
m ente sino para venderla m ejor. Y el 15 de diciem bre, en la misma plaza en que quince
dias antes habia sido proclamado por una revolución, el duque de B raganza, puesto de ro­
dillas sobre u n tablado, teniendo por tesligos al cielo y al pueblo, juraba las libertades y la
independencia de P ortugal.
Bastó esto p ara dejar satisfecho al pueblo, que á la verdad no obró en aquella subleva­
ción sino como instrum ento de la nobleza. E sta se apresuró á rodear el trono v colmarle de
lisonjas p a ra obtener sus favores. Los reyes de la época anterior habían llevado el trata­
miento de a l te z a , que pareció demasiado humilde á lo s nuevos cortesanos, v lo trocaron por
el de m ayestad. El mismo Pinto R ibeiro, el mas desinteresado de aquel club de escudos v
coronas ducales, en la últim a entrevista que tuvo con su señor, en vísperas de la insurrec­
ción, se arrojó á sus pies diciendo: «Proximus accingendus hab etu r pro accínclo. V uestra
M agestad debe ser aclamado rey y señor legítimo de mi pais, y yo le reconozco por tal: por
lanto puedo besarle la mano y ser el prim ero que le rinda este íiom enage.— No vendamos
Iá piel antes que la c a r n e , » le contestó m odestam ente el duq u e; pero él insistió asegurán­
dole que el éxito aun iria mas allá de sus deseos. Mas lo que revela mejor que nada el ca­
rácter de esta revolución es la respuesta de Pinto cuando m archaba á apoderarse de palacio,
á u n o que le preguntaba sobre sus resu ltad o s: «no os toméis la pena de lo que lia de ven ir’
Vamos á la sala del trono sim plem ente á poner un rey en el sitio de otro rev,»
Tan lejos estaba el C onde-D uque de sospechar esta catástrofe que el "primero que le
comunicó sus recelos, el corregidor de Badajoz, iba á sentir todo el peso de su orgullo
ofendido cuando llegó la confirmación. A parentó entonces considerarlo como un suceso de fá­
cil remedio que proporcionaría á España un nuevo triunfo; mas con lodo’ningún cortesano,
temiendo incurrir en su enojo, se atrevió á comunicar la infausta noticia al rey , que la. ig­
noraba todavía cuando el mas oscuro de sus súbditos la deploraba, F ué el mismo Olivares
quien por salutación se la dió un día con la sonrisa en los la b io s: «Señor, traigo á V. M.
una noticia muy agradable— Cuál?— La de haber ganado en un momento un ducado y bellí­
simas tie rra s.— Pues com o?— P orque el duque de B raganza ha perdido la cabeza v se ha de­
jado proclamar por la plebe rey de P o rtu g a l: por lo tanto sus bienes, que valen doce millones,
H EINA DÓ D E F E L IP E I T . - 73
quedan confiscados y agregados á la corona de Y. M .» Ni un a reconvención, n i un a queja,
ni u n ¡ a y ! arrancó á Felipe 1V este suceso que partía su corona en dos pedazos y ofrecía á
á. la Francia ancho terreno dentro de la Península donde colocar sus baterías contra España.
— «Es preciso poner remedio á eso » — fueron las únicas palabras que salieron de sus labios,
y aquella misma noche asistió á sus diversiones habituales. ¡Cuan necia confianza ó cuan
crim inal ó imbécil indiferencia! Los estudiantes portugueses que había en Salamanca, así
que supieron el alzamiento , volaron á ayudar á su p a tria ; y ¿no era de temer que las tro­
pas portuguesas del ejército de Cataluña im itasen su ejemplo é introdujesen la deserción en
sus filas?

CAPITULO IX.
1640— 1642.
Guerra de C a ta lu ñ a : sorp resa de C on stanti: sitio de M a r to r e ll: s itio y b a ta lla d e B a r c e lo n a : in co rp o ra ció n do C ataluña
con F rancia: e ejé r c ito rea l es sitiado en T a rra g o n a ! e l R oscIIqq p a sa a l dom in io do la F r a n c ia ,—■ E l re in o de Por-'
t u g u ls c con solid a: las c o lo n ia s sig u en e l ejem p lo de la m e t r ó p o li: in c u r sio n e s nsoladoras e n la frontera: c o n sp ira ció n
i ld arzobispo de Braga contra Juan IV .— A m bición d el du q u e de M edín a-Sidonia.— P érdidas e n Jos P a ises-B a jo s,— G uerra
ilo ios T rein ta a ñ o s : derrotas d é l a s arm a s im p e r ia le s.— P erd id as e n e l P ia m o D te ,— M uerte de R ic h e lie u . — Caída de
O livares,

L a sublevación de Portugal precisó al m arques de los Velez á apresurar su m archa sobre


B arcelona, apurado por el Conde—duque. La situación de esta ciudad no era ventajosa:
E sp ernan, apesar de las vivas instancias de la diputación y de los ruegos de los pueblos,
no quiso quebrantar el artículo de la capitulación de T arragona que le obligaba á retirarse

V olu n tario de la bandera c a ta la n a .

á Francia; bis fuerzas de la revolución se reducían a algunos tercios mal organizados por
jefes que 110 tenían por lo común la práctica ni el arte de la g u erra; y los reveses e sp e ri-
74 HISTORIA DE ESPAÑA.
mentados hasta entonces debilitaban el valor n a tu ra l, que tam bién p erd ía m ucho de su im­
portancia sin la disciplina, impulsado por u n ardor im prudente. Sin em bargo, la diputa­
ción resolvió salir al encuentro del ejército real al paso del L lo b re g a t, en M arto rell, y
ordenó á don José M a rg a rit, guerrillero que habia estendido su fama desde las quebradas
del M onserrate, pasase al campo de T arragona á fin de entorpecer su m archa y acometerle
por la espalda oportunam ente. E n efecto, cuando, vencida por la artillería la resistencia
del pueblo de San Sadurni, se preparaba el m arqués á atacar á M artorell, supo que el
inmediato C onstanti, donde tenia sus hospitales y mas de trescientos p risio n ero s, había
sido sorprendido y acuchilladas con inhumano, furor la guarnición y cuatrocientos enfermos
en venganza de las crueldades de Gambrils. Por tan pequeño triunfo se le confia al g u e r­
rillero la defensa de M artorell y hierve el entusiasmo en Barcelona. «Las p arro q u ias, dice
u n grave y prolijo historiador (1), grem ios, cofradías, conventos y universidades, todos
á porfía m ostraron el mayor celo por la defensa de la patria , ofreciéndose sin reserva á
sacrificar su vida y sus intereses por salvarla; y así como se iba juntando la g en te, se en­
viaba sin detención. Compañías de clérigos y frailes arm ados con el fusil iban con las de
los sastres y zapateros midiendo las fuerzas y el valor por el deseo de conservar sus fueros.
Eu muy poco tiempo se juntaron mas de tres mil personas de esta condicion q u e, aunque
armadas de todas arm as, no conocían ni el uso de ellas ni tenian sino la apariencia de mi­
litares, y eran mas propias para entorpecer las operaciones y defensa de las fortificaciones
que para ayudarlas.» Así fué que este refuerzo no impidió que M artorell, atacada ines­
peradam ente por u n punto descuidado, cayese en poder del ejército r e a l , que á su vez se
vengó de la carnicería de Constanti pasando á saco y cuchillo los h ab itan tes, sin perdo ­
nar edad ni sexo, aunque era el pueblo del m arqués. La guarnición se habia retirado en
orden provocando al vencedor; pero, rota la b arre ra del Llobregat, no tardó este en presen­
tarse delante de la capital.
Viéndose Barcelona entregada á sí m ism a, al frente de un ejército poderoso y con es­
casos medios de resistencia, la diputación, por consejo de C laris, acordó la separación de Ca­
taluña de la obediencia al rey de E sp añ a, puesto que habia violado sus ju ram en to s, y entre­
garse á la F rancia, con cuyo am paro esperaban conjurar el peligro que les amenazaba, El
consejo de los Ciento aprobó esla determinación que calm aría las inquietudes del p u eb lo , y
solamente los síndicos de los cabildos y universidades se abstuvieron de votar por no creerse
autorizados para resolución tan grave. Lo era en efecto: la córte quedó como asombrada,
y todas las provincias se alarm aron de un suceso que amenazaba con la disolución a la
m onarquía española tan trabajosamente constituida tras una lucha de siglos. Con todo, nos­
otros demostraremos luego con el teslo del convenio, poco adelante estipulado formal y de­
finitivamente, que este acontecim iento, hijo de las circunstancias en que el pais se encon­
tró , no merece las agrias censuras y los baldones que otras plum as han arrojado sobre sus
autores.
En su virtud entraron fuerzas francesas en Barcelona, cuya im portancia no estaba tanto
en el número como en la pericia de sus oficiales, y se organizó la defensa en esta forma: don
Francisco T am arit, el conceller en cap de la ciudad, y Mr. Plesis obtuvieron el mando supe­
rior de las arm as bajo la dirección de un consejo de g u erra compuesto por Mr. Serignan,
fray Miguel de T orrellas, Juan de Vergas y Jaime D am iá, patricios fogosos; el im portante
puesto de Monjuí se confió á Mr. d’A ubigni, y los dem ás fuertes á jefes catalanes y france­
ses en unión; se ordenó al conceller tercero, que á la sazón se hallaba e n T a rra s a , bajase á
molestar álo s sitiadores y estorbarles el que se fortificasen; y á don José M argarit, el g uer­
rillero del M onserrate, le encargaron volviese á cubrir aquellos pasos p ara in tercep tarlo s
convoyes que el enemigo pudiese recibir y corlarle la re tira d a , si tal caso llegaba. El
m arqués tomó posiciones alrededor de la plaza y dio la orden de acometida p ara el dia 2(5
de enero de 1641. Bajo su mando estaban Xeli, general de artillería; G arav, gefe respetado
en todo el ejército por sus conocimientos; el m arqués de T orrecusa, Cóirlos Carracciolo,
querido de los soldados por su sereno v a lo r; su h ijo , el conde.de San J o rje , ante cuya lanza
habían huido tantos valientes; el irlandés T irón, Quiñones y muchos otros oficiales de pun­
donor y bizarría. A su vista un siniestro clamor, parecido al rugido del león que se prep ara ¡i
la lucha, se levantó d é la ciudad y aparecieron las m urallas coronadas de defensores. La p o -

(1 ) Subau : T a b la s c r on oló jica s de lu b U lo r ia de Espui'i«.


r e í Nadó d e i w . ipk iv . 7o
pulosa Barcelona se estiende m agestuosam ente desde las playas del m ar por una dilatada
llanura tocando en uno de esos montes com pletam ente aislados de que la geología cita pocos
ejem plares. Sobre la cum bre de este m onte se levanta el terrible fuerte de Monjuí q u e , eri­
zado de cañones, semeja la boca de una fiera, pronta á destrozar la presa que tiene entre
sus garras. A unque entonces se reducían las fortificaciones á una alta to rre , levantadaen e]
centro de un cuadro de espesos lienzos protegido por cuatro medios b alu artes, sus fuegos po­
dían en breves horas sem brar el luto y la desolación en el recinto de la ciudad que está á sus
pies. El m arqués de los Yelez se propuso dirijir contra esta posicion todo el lleno de sus es­
fuerzos, no atacando al mismo tiempo la poblacion sino p ara favorecer su conquista. T o rr e -
cusa fue enviado contra Monjuí con un cuerpo de tropas escogidas; G arav, al ataque de la
plaza por la p u e rta de S. A ntonio; San Jo rje, ¿im p ed ir toda comunicación en tre la plaza y
M onjuí; y la artillería debía cuidar de alejar á los defensores de las m urallas. Este p la n , que
era m ilitar y económico de sa n g re , hubiera producido favorables resultados si el m arqués de
los Yelez no hubiese abrigado la imbécil presunción de que la ostentación del aparato guer­
rero de un numeroso ejército bastaría p ara rendir á Barcelona. ToTrecusa, después de algu­
nas horas de mortífero tiroteo T consiguió apoderarse de las trincheras esterioresde Monjuí
obligando á su guarnición á encerrarse en el castillo; pero se halló entonces sin escalas
p a r a d asalto y tuvo que retirarse ¿c u b ierto del fuego. Quizás á esta imprevisión se debe
el que Monjuí no fuese rendido, sometida la ciudad y avasallada la revolución. E n tre­
tanto su hijo, el de San Jo rje, se habia apoderado del puesto avanzado de Santa Madrona,

que quiso en vano con un lesou heroico sostener. Desde la media luna de la p u erta de San
Antonio lo acribillaban á balazos, y fuéle preciso abandonar aquella brillante Hor de su co­
rona. Salió una partida de mosqueteros á perseguirle en combinación con la caballería de la
plaza, que andaba por las afueras, y consiguieron hacerle víctima de una estratagem a.
R etirándose varias veces ante sus ataques, lo llevaron en uno basta muy cerca de las bate­
rías de S. A ntonio, donde las descargas de la artillería y los mosquetes lo dejaron casi solo.
Enfurecido cou la vista de los que hu ian , se arrojó en busca de la m uerte y la halló: los
pocos de sus com pañeros que no perecieron en aquella terrible lucha consiguieron única­
m ente arrancar su cadáver de las manos del enemigo, l a noticia de este triunfo entusiasma
á los defensores y Ies inspira confianza suficiente para enviar cerca de dos mil m osqueteros
cscojidos por su valoT y agilidad á M onjuí, que pedia soeorros recelando de la actitud am ena­
zadora de Torrecusa. Kn vano quiso impedirse que llegasen á su destino p u es, trepando
to m o i v . 12
7 6 HISTORIA PE ESPAÑA.

con increíble ligereza por la parte del m a r, se presentaron delante ele la fortaleza, que
lanzó á su ’vista en un grito de entusiasmo. Todavía duró algunas horas el tiroteo sin que
llegasen las escalas pedidas ú X eli, y al fin tuvieron los sitiadores que abandonar los puntos
á costa de tanta sangre adquiridos, replegándose álo sárb o le sy los barrancos. E n estos mo­
mentos de desaliento u n oficial catalan y u n sargento francés dan el grito de v id o r ia ; algu­
nos soldados intrépidos se descuelgan por las m urallas y acometen con denuedo al enemigo;
este cree que vá á ser cogido entre dos fuegos y se precipita por la m ontaña en el mas
confuso desorden y espantosa gritería. Los cobardes arrastraro n á los valientes y los grupos
á los batallones; p ara huir m ejor, tiraron las arm as; y p ara salvarse mas p ro n to , se arro­
jaro n por despeñaderos donde muchos encontraron la m uerte de que huían. Las espadas de
los oficiales pundonorosos se quebraron pretendiendo contener el to rren te, y las banderas
fueron pisoteadas por sus mismos soldados. Quedaron en el campo cerca de dos mil cadá­
veres , mas de cuatro mil arm as y diez y nueve banderas, que al din siguiente fueron coloca­
das en la casa de la diputación como trofeo de la prim era victoria del pueblo. lil ejército en­
tero hubiera perecido sin duda en aquella aciaga tarde si los de Monjní continúan la
persecución y si los defensores de la ¡»laza salen al paso de los dispersos. Gracias también á
G aray , á quien el m arqués de los Yelez confió su salvación: puesto en batalla con algunos
batallones dando cara á los fugitivos y ordenando fusilar al que no obedeciese, pudo recoger
á muchos á retaguardia. Un consejo de oficiales acordó la retirad a del ejército á T arragona,
que ejecutaron antes de am anecer, desandando humillados en solos dos días el mismo camino
en que habían ocupado veinte á la ida. El m arqués pidió desde allí su relevo del m ando, que
fué confiado al virrey de Y alenciadon Federico Colonna, príncipe de B uleras.
Hichelieu, que por los informes de sus capitanes, particularm ente de E spcrnan, no habia
puesto gran confianza en la insurrección de C a ta lu ñ a, conoció entonces que era en sus cam­
pos donde con mas ventajas podia com batir á la casa de A u stria, y se decidió á prolojer á
los sublevados con largueza. Sus rivales en la córte de Luis X III desaprobaban que la Fran­
cia aceptase la agregación del Principado según aquellos la proponían en su acta de 17 de
enero, pues no era en realidad sino la constitución de una república independiente bajo la
protección de una m onarquía absoluta. Pero no era Hichelieu por cierto menos monárquico;
y , si entonces aparentó m irar con indiferencia las condiciones impuestas por los catalanes,
era sin duda con la m ira de despreciarlas en ocasion oportuna y con mas lino que lo había
intentado Felipe IV . De todas m aneras, aun cuando no pudiese conservar el Principado,
podia si apoderarse del Rosellon dando á la F rancia sus límites naturales por aquella parle,
y conseguía además colocar á Felipe IY entre dos b a te ría s , Cataluña y P ortugal. Ambos
objetos justificaban bien su insidiosa política. M r. de A rgenson fué enviado p ara aceptar el
condado de Barcelona en nombre de Luis X III bajo las capitulaciones mas v en tajo sas, que
fueron las siguientes:
afil principado de Cataluña, junto en cortes generales en Barcelona dia 3 de abril de 1641,
habiendo considerado m aduram ente que sus actuales y ruinosas fortunas no pueden tener
remedio mas eficaz que la p erp etu a som bra y patrocinio del invictísimo Luis X I I I , rev de
Fi ■ancia y sucesores, invocando el nombre de la Santísima Trinidad , el de la Inmaculada
virgen M aría y el de Santa Eulalia, su palro n a, se da á la corona de Francia en eterno va­
sallaje bajo los pactos y condiciones infrascritas:
1 / Prim eram ente desea y pide que todos los privilegios, h o n o res, preeminencias ó in­
munidades que ha gozado bajo el dominio de C astilla, le queden ilesos, irrefragables é in­
corruptos , de forma que nunca sean derogados en todo ni en p arte por ninguna'causa.
2 .“ Que no se tenga por válido y consumado el acto de esta donacion hasta que el rey
Cristianísimo venga personalm ente, como venían los de C astilla, á ju ra r en la provincia la
g u ard a y observancia de dichos privilegios.
3 .“ Que ni el rey Cristianísimo ni sus sucesores puedan por n inguna causa m andar
alojar en Cataluña soldado alguno sino en la m anera y forma antigua usada y acostum brada
en el pais.
4 .a Q ue todas las fortalezas del Principado han de estar en poder de gobernadores y
guarniciones catalanas, y el rey Cristianísimo nunca se las podrá q u itar ni construir
otras.
5 .‘ Q ue dicho rey Cristianísimo esté obligado; según estilo de E sp añ a , á tener de
tiempo en tiempo córtes generales en la provincia para proveer en los negocios del Estado,
REINADO DE FELIPE IV . 77
y ([iic los catalanes 110 vengan obligados en justicia á hacerle donativos sino solo por conve­
niencia podrán darle lo que razonablem ente les pareciere.
6.a Que deseando Cataluña conservar en los diputados y consejeros de Barcelona el
honor de poderse cubrir delante de la M. C. conforme han hecho siem pre delante de la
Católica, ponen por espreso pacto !a observancia de esta preeminencia.
7 .1 Q u e , aceptado por el rey Cristianísimo como vasallo suyo el principado de Cata—
laluña con los pactos indicados, esté obligado a enviar virrey y oficiales de justicia civil v
crim inal, los cuales le gobernarán con los honores y utilidades usadas sin innovar cosa al­
guna.
8.a Q ue, deseando Cataluña m ostrar que estim a el dominio de S. M. C. le prom ete
m antener á su costa, hasta concluir la g u erra con C astilla, nnadivision de cuatro mil infan­
tes y quinientos caballos,
9.a Q ue todos los beneficios eclesiásticos, obispados, abadías y pensiones se deberán
dar á catalanes.
1 0 .a Que S. M. C. por un acto de clemencia perdo n ará el quinto de las contribuciones
á todos los pueblos catalanes.
l ' l . a Que en la religión se deberá g uardar el Santo Concilio de. Trento.
1 Qu e ios inquisidores serán nombrados por S. 51. C. y que en caso de apelación no
se recu rrirá á la suprem a de Madrid sino á Roma.
1 3 .a Que nunca S. M. C. podrá poner gayolas en el P rincipado, aun cuando su re­
tención le cause dispendio, y debe contentarse con los derechos que gozaba el rey de
España.
l í . a Q ue los eclesiásticos, títulos, caballeros, gentil-hom bres y demás clases perm a­
necerán en sus condiciones sin novedad alguna.
15 a Y p ara la observancia de todo y su interpretación, se h ará un a nueva ley llamada
constitución de o b se rv a n c ia , en que deberán entender trece personas catalanas, y á cuya
decisión deberá estarse. »
Cualquiera (pie sea el punto de vista en que se situé el historiador á exam inar este
h ech o, que tanto alarmó á los reyes de E uropa porque amenazaba á todas las nacionalida­
des aun 110 bien consolidadas, siempre que se atienda á los antecedentes y las circunstancias
que lo produjeron, habrá de hacerse justicia al espíritu de aquella revolución. Se acusó al ca­
nónigo Claris, su principal m o to r, de que estaba vendido á R icbelieu, y se trató á los ca­
talanes de hijos desnaturalizados que sacrificaban á una miserable rencilla el sagrado inte­
rés de la p a tria ; y es que se olvidaron las vandálicas tropelías de los soldados, las humildes
y repetidas esposiciones que antes de acudir á las arm as dirigieron infructuosam ente á la
córte, los desaires y los insultos hechos á sus comisionados, y sobre todo la justicia de su
causa. Sin los obstáculos que constantem ente opuso la altanería y el pensamiento torpem ente
centralizador del C o n d e -d u q u e, fácil hubiera sido en diferentes ocasiones u n arreglo amis­
toso entre la corona y el Principado. Su tenacidad exasperó los án im o s, harto incandes­
centes de aquellos n a tu ra le s, y su uuiou á la Francia no fué mas que una exigencia de las
críticas circunstancias en que se vio. R ecuérdense los angustiados momentos de esa reso­
lución; fíjese despues la vista en esos artículos, dictados por u n enérjico sentim iento demo­
crático ; y no se dirá que prefirieron la servidum bre de la Francia á la de E sp a ñ a , ni que
era mas profundo el rencor hacia esta que el am or á la libertad. E l mismo d’ Argenson al
comunicar á Richclicu los artículos del convenio que acababa de firm ar, le deciaestas pala­
bras notables por su perfidia: «Yo no los hubiera aceptado, si no temiese que los catalanes)
al verse sin rec u rso , se acomodasen o tra vez con C astilla; pero S. M. disim ulará h asta que
el tiempo presente coyuntura de reform arlos. M ientras ta n to , es necesario venga tropa,
p u es, debiendo ser Cataluña el teatro de la g u e rra , y sin duda la rg a , cuanta mas tropa
francesa sufra, tanto mas aniquilada quedará y m as accesible á recibir el yugo de quien
llam a á su defensa.»
Richelieu envió en efecto al conde de La—M otte H oudancourt con u n cuerpo de doce mil
hombres y al arzobispo de Burdeos con su escuadra á sitiar al ejército realista en Tarragona,
m ientras el príncipe de Condé invadía el Rosellon. La oportuna llegada de un a arm ada su­
perior á la francesa obligó al arzobispo á. r e tira rs e , y E oudancourt, falto de su ausilio y
viendo que la plaza iba recibiendo refu erzo s, levantó el sitio á.los cuatro meses. Mas afor­
tunado C ondé, logró rendir á Elua, mal defendida por tropas walonas. E lnucvo v irrey , (1642)
78 HISTORIA B E ESPAÑA.
m arqués de B rezct, se vio al principio rechazado por las combinaciones de M ortara y T o r-
recusa; pero volviendo con refuerzos y reuniendo las fuerzas ca talan as, em prendió la con­
quista del Rosellon por las plazas de P erpiñan y Salses. Luis X III vino á la Narbona para
asistir mas de cerca á estas operaciones que debian añadir una provincia á su corona. E l
joven m arqués de Povar recibió orden de Olivares de im pedir esta otra catástrofe con una
división de siete mil liom bres, que para llegar á su destino tenia que atravesar casi toda
Cataluña. Salióle al encuentro Hondancourt en Y illafrancade Panadés, y lo hizo prisionero
con toda su gente. E l nuevo jeneral en je fe , m arqués de Tíinojosa, que debia distraer la
atención del enemigo, no lo verificó. Rechazada al mismo tiempo en las aguas de Sitjes aun­
q u e 110 vencida la escuadra que iba en socorro de P erp iñ an , tuvo que rendirse, y tras ella
Salses, Collinre y todo el condado. ¡El Rosellon salió entonces del dominio de E spaña para
no volver m as á él! E n vano Felipe IV. que habia bajado á Zaragoza con mas tropas, conlió
la dirección de todo el ejército al m arqués de Leganes, pues en el prim er encuentro con el
general enemigo en las cercanías de Lérida perdió mil quinientos hombres y la plaza de
Monzon. En vano también espidió un nuevo edicto llamando á la obediencia á los catalanes,
que ni se dignaron contestarle.
¿C uál era entretanto la fortuna de España en las demas em presas en que se había
empeñado ?
El nuevo reino de P ortugal, apenas concluida su afortunada revolución, adquirió la con­
sistencia de un estado indep en d íen te, pues casi todas las potencias de E uropa lo reconocie­
ron por tal con la interesada mediación de la Francia , con quien además y con Suecia y
Holanda contrajo alianza. Los restos de sus posesiones u ltra m arin a s, secundando el grito
de emancipación de la metrópoli, hicieron mas dolorosa esla funesta separación. Eu Africa solo
h a pod$fo$0®§jQrvar E spaña hasta nuestros dias la im portante ¡daza de Ceuta. En cambio
hé acíupeitániá^pérdidas: (1) la fortaleza de T anjer, que contribuía á asegurar el dominio
del es№e6Íjír'de .(Jib ra lta r; las colonias de Mozambique y Sófal, cuyos productos eran el
marfil,·,;el’anibar gris y las arenas de oro; los fuertes de Zanguebar vM om baza, que ser­
vían d e d e p ó g íta a i comercio con la E tiopia; las islas A zores, las de Cavo Verde y de Ma­
d e ra , dónde,sfe abastecían los galeones de h arin a s, curtidos, vinos y azucares superiores:
en A sia, la ciudad de Mascate, llave de su comercio con la P e rsia ; ia de Goa y las islas Mal­
divas, donde se encontraban los mas grandes y limpios diam antes del O riente; varias forta­
lezas de la costa de M alabar, que sum inistraba herm osa y abundante seda y especias linas,
parte de la isla de C eilan, que producía mucha c a n ela, diferentes piedras preciosas y las
perlas mas esLimadas; la ciudad de M acao, que arruinó en un día el riquísim o comercio
de las islas Filipinas con la China y el Japón : en A m érica, y a hemos dicho que perdió el
B rasil, la mas fértil de todas las colonias en azucares, especería y ^ ad e ra s. .lúzguese ahora
toda la im portancia de la separación de P ortugal.
El Conde—duque , ocupado en sofocar la rebelión de C ataluña, no pudo enviar tropas
contra el nuevo r e y , y por algún tiempo se redujo la g u erra á algunas incursiones asóla—
doras entre los pueblos fronterizos, que dejaban en pos de sí un rastro de sangre. Algunas
fuerzas recogidas de las guarniciones de la frontera pusieron sitio á O livcnza, abrieron
brecha y le dieron tres asaltos; pero tuvieron que retira rse con la pérdida de ochocientos
hombres. Los portugueses tomando á su vez la ofensiva, no solo se apoderaron de la villa
de Val v e r d e , apesar de la viva resistencia de mas de mil hom bres que la g u a rd a b a n , sino
que, entrando por Galicia, incendiaron mas de cincuenta pueblos v cometieron los mas atroces
escesos en venganza de los tres lugares que saqueó é incendió en una incursión el m arqués
de T arrasa. Renunciando por entonces el Conde-duque en vista de estos ensayos desgra­
ciados al uso de las arm as, apeló á la in trig a y puso enjuego los resentim ientos del arzo­
bispo de B raga, que habia perdido su puesto de consejero de la v irrein a, la avaricia de un
judío llamado Baeza y la astucia de un hom bre venal. El objeto de estos conjurados era
restablecer la dominación española en su patria asesinando al de Braganza, y sus artes lo­
g raro n atraer á parte del alto clero y varios nobles á la conjuración, que fué'sorprendida
en sus prim eros pasos. Habiendo recibido el m arqués de A yam onte, gobernador de una
plaza de la frontera, u n pliego abultado para O livares, llamóle la atención su sello , que era
el de la inquisición, y su procedencia. que era del judio B aeza, y lo abrió. E ste pliego re­

(1) Gaoota de F r u n c ía , n o v ie m b r e do 1647.


REINADO DE FELIPE IV. 79
velaba el pensamiento y el estado de la conspiración. E l m arqués¡ que era pariente de la
reina de P o rtu g a l, no quiso ser instrum ento de una vil intriga, y se hizo su delator. La pri­
sión y el castigo de los culpables, entre los cuales se vio al duque de Camiña y al m arqués de
V illarreal, arrancó al C onde-duque esta inm oral esperan za, y estuvo en poco que no se
cumpliese en él aquella máxim a de sana política de uno de nuestros mejores poetas: «Quien
á hierro m ata á hierro m uere.»

, Doiut Marín líe «\uslrin, hija de Felino IK

La fortuna de los duques de Braganza había dispertado la ambición de su herm ano el


duque de Mcdina-Sidonia, de la antigua familia de los Guzm anes, que quiso también con­
vertir cu un reiuo su gobierno de la Andalucía. Eslabones de este pensam iento eran el ci­
tado m arqués de Ayamonte y un fraile que fue á residir en Lisboa p ara entenderse con los
reves. Ya la F ra n c ia , Portugal y Holanda habían destinado buques á aquellas costas para
pro tejer la rebelión cuando u n prisionero español, que supo h u rlar su sagacidad , en1re°-ó
al Conde-duque el se creto , á cuya ejecución se brindara. El duque de Medina Sidonia, alle­
gado con lazos de parentesco al valido, obtuvo el perdón de su delito t que filé castigado con
el cadalso en su cómplice el m arqués de Ayamonte. La casualidad salvó entonces á la
m onarquía de su completa disolución, pues no cabe dudar que A rag ó n , N avarra y las p ro ­
vincias Vascongadas, harto descontentas de la u n ió n , hubieran seguido el ejemplo de Cata­
luña, Portugal y Andalucía.
F uera de la P e n ín su la , la fortuna se mostró tam bién ceñuda á España.
En los Paises-Rajos los franceses consiguieron apoderarse d élas plazas de A y re , Liliers
L eus, ¡a ltas.se y Bopaum e, en cuya reconquista se em peñaron los españoles. La rendición
de la prim era fué el último laurel que ciñó la frente del C a rd e n a l-in fa n te , a n a cabeza v
cuyo brazo eran ciertam ente mas aptos para la g u erra que p ara la iglesia. El general Meló,
uno de los individuos del consejo, que heredó su puesto recobró á Lens y la Basse y derrotó
com pletamente (1642) á lo s mariscales flarco u rty Guichc en H onnecourt. Si hubiera sido
mas activo, es probable que hubiese rescatado todas las pérdidas antes de pasar a l a W esl-
íalia.
El general del ejército sueco Bannier no consiguió sorprender á R a ü sb o n a; pero su digno
sucesor Torstenson en 1642 sometió á sus arm as toda la Silesia, esceplo ia c a p ita l, se hizo
dueño de la M oravia en la batalla de Schw eidnitz, y en la de Leipsick un a nueva d erro ta
hizo recordar á los im periales con espanto la terrible espada de Gustavo
80 HISTORIA DE ESPAÑA.
E n el Piamonte tomaron los franceses mandados por T ure na y P lesis-P raslin á Cassal
después de tres asaltos, á Mon(calvo, C e ra . Mondovi y C o n i, de los cuales solo el segundo
punto pudo rescatar el príncipe Tomás, A Ivrea la salvó llam ando la aleucíon de los sitia­
dores sobre Chivas. Pero el príncipe y el cardenal su herm an o se reconciliaron en breve con
la duquesa regente de S avoya, y volvieron sus arm as co n tra su protectora la España, logran­
do el prim ero, puesto al frente de las tropas francesas, apoderarse de Niza de la Paila, Cres-
ccntiuo y Tortona.
E n medio de todos estos desastres u n solo suceso, ordinario y pequeño en sí, fue su­
ficiente para que la Kspaña se creyese sustraída al influjo de un maléfico sino. Este suceso,
que alborozó á una nación y apesaró al pronto á muchas o t r a s , fué la m uerte del cardenal de
Richelíeu. Merced á s u sía le n to s , á su indomable cnerjia y al absoluto dominio que ejercía
en el ánimo de su r e y , el gigante de la casa de A ustria quedaba postrado en tie rra , aunque
luchando todavía, mal herido en su corazon. La F ran cia, levantada por su mano del fango
de las g uerras civiles, no tuvo mas que obedecer á su impulso p ara encontrar en su n i la
los secretos de su destino y ser hasta hoy el astro de la civilización.
Pero en aquellos momentos nadie reflexionó que esta era la situación de ambas naciones,
y menos aun a! Conde-duque, Disimulando por orgullo el gozo que le causaba la m uerte de
un r iv a l, cuya superioridad habia reconocido al fin , se disponía á sacar de ella las ventajas
que im aginaba cuando o tra m an o , ta n fría como la de la m u e rte , la mano con que reti­
ran los poderosos sus favores, le obligó á bajar de su altu ra. Motivos personales habían la­
brado en el corazon de la reina uno de esos odios de superior á in ferio r, pasivos en la apa­
riencia, pero llenos interiorm ente de un rencor inextinguible. Aprovechándose diestram enle
de todas las desgracias de su ministerio y empleando al par que las razones los alhagos, logró
destronarlo del afecto de su esposo. Y no obstante, e ra tal laadlicsion de este hacia el hombre
que por tantos años le habia eximido del peso del gobierno y ccrcátlole de p laceres, que fué
necesario el influjo del em bajador de A ustria á nombre de su señor, el de la duquesa de M antua
y el de doña Ana de Guevara, que habia sido su am a y era dueña d esucariño, ¡»ara que consin­
tiese en alejarlo de su lado por medio de un billete. «¿Sabéis, le dijo un d ia la reina arrojándose
llorosa á sus pies y llevando de la mano al príncipe B a ltasar, el p a t rim onio que á vuestro hijo
p rep ara Olivares? La ru in a de la m onarquía y la m iseria.» «A los treinta y seis años de
edad ¿necesitáis tutores?» añadió doña Ana. Y lo que no habían conseguido los incesantes
clamores de la opinion lo obtuvieron en algunos dias simples consideraciones de familia!
Según la costum bre, hasta hoy observada con todos los validos en K sp añ a, el Conde—duque
fué desterrado (17 de enero de 1643) á su palacio de L oeches, cuya magnificencia, sirviendo
de torm ento á. su m em oria, aum entó la am argura de las ingratitudes que em pujaron su caí­
da , como él habia em pujado la de o tro s, y le entregó sin consuelo á la melancolía de la so­
ledad. A los pocos años, en 1615, m urió todavía con el aborrecimiento de la nación y el
olvido ó el desden de su coronado siervo.
E n la tarde del día en que se hizo pública su caida algunas gentes fueron á esperar al
re y á la s a lid a de palacio p ara felicitarle: «Olivares os hacia pequeño; hoy s i, que separado
de e l, comenzáis á ser grande.« (1) Si estas voces no fueron sujeridas por la nobleza, á
quien habia ofendido el ilimitado orgullo del caído, el pueblo debió conocer bien pronto que
se engañaba.

CAPITULO X.
1643— 1648.
El c on d e de Itaro su c e d e á O liv a res.— E sta d o de la g u e r r a de P o r t u g a l: co n ju ra ció n co n tra F e lip e IV para re u n ir am bas
co r o n a s.— G uerra de C a ta lu ñ a : derrota do un o e scu a d r a ; sitio s de Lérida y T a rra g o n a .— G uerra de Ita lia : reco n q u ista
ríe T o r to n a : descalabro á o r illa s d e l M ora: o sp o d icio n cs do F r a n c ia co n tra la T oscou a : sitio ile O rlú lc lo : victoria do
B o z z o lo ; su b le v a c io n e s d e S ic ilia y Ñapóles,·— G uerra do F l a n d e s : fu n esta b a ta lla de R ocroy : c o n q u ista s de lo s fra n ­
c e s e s : r e n d ició n de D u n k e r k e : b a ta lla de L c n s : pax. con H o la n d a ,— G uerra de lo s T rein ta años: p e rd id a s de la s íirm os
a u s t r ía c a s ; paz de W estralia.

IV pareció reconocer al pronto sus deberes entreteniéndose mas que lo habia


F e l ip e
hecho hasta entonces en los asuntos del estado, sin sacar al sucesor de O livares, su sobrino

. (1 ) U d c h iste , no s e s a b e si c o r te sa n o ó d e l p u e b lo , e sp líc a b a la g ra n d eza de F e lip e IV con p ropiedad, üio ien d a (¿uo


era com o la d o lo s a g u je ro s, q u e m a s p ierd en c u a n to m a s g r a n d e s so n .
REINADO 'DE l'E L IPE IV. 81
el conde de H aro, de la esfera de su consejero y m in istro ; pero se fatigó m uy presto de
una vida que le privaba de sus acostumbrados placeres y entregó las riendas del gobierno á
su discreción. Si cabia algún rem edio todavía á la larga agonía en que habia entrado la
m onarquía española, solo u n g ran talento político pudiera haberlo encontrado, y el conde
de ITaro no lo tenia. Fuese condicion apacible de su carácter, designio de su política ó
m era oposicion á la de su a n tec eso r, evitó contraer nuevas g u e rra s , entretuvo sin esperan­
zas las que le habían leg ad o , y cuando vio ocasiones op o rtu n as, las apagó por medio de tra­
tados que nos im pusieron dolorosos sacrificios. Habiendo el cardenalM azarini, que obtuvo el
capelo despues del tratado de Quierasco, heredado el poder de R ích eb eu , su talento con
mas astucia y su odio á la casa de A ustria, fuele preciso á E spaña resignarse á ver pasar
su ascendiente en E uropa á su constante rival. La m uerte de Luis X III no elevó á la re­
gencia de F ra n cia , durante la menor edad de Luis X IV á su esposa Ana de A ustria, h er­
m ana de Felipe I V , sino p ara convencer á. los pueblos de cuan poco influyen en su dicha
las alianzas de familia de los reves.
Los portu g u eses, privados d esú s tropas, que se hallaban en C ataluña, tuvieron que
levantar otras en 1644 p ara asegurar sus íronteras contra los proyectos del m arqués del
Torreensa. Empezó este por atacar á O nguela sin fruto alguno; y cuando despues de ha­
b erse apoderado A lburquerque de M ontijo, ambos ejércitos se buscaron, el dudoso resul­
tado de la batalla debió convencer á sus jenerales de que n i íi uno n i á otro convenia otra
cosa por entonces que observarse y respetarse. L a córte de M adrid 110 quiso conformarse y
envió al m arqués de Leganés en remplazo de T orrecusa, que pasó á Milán. E l nuevo ge­
n eral in te n tó la ofensiva atacando á Olivenza (1645); pero recibió u n desengaño, y por
mucho tiempo los dos estados se lim itaron á rápidas correrías en los pueblos fronterizos,
h arto sem ejantes en su ferocidad á las r a z ia s africanas. M ientras de esta suerte las arm as
abrian un m ar de odios y de sangre entre ambos pueb lo s, el grande pensam iento de su
reunión entretenía á unos cuantos conspiradores (1648). El teniente general don Carlos
Padilla fué su autor, y logró atraer á su ejecucióná varios personages de cuenta: don R o­
drigo de Silva, duque de llija r; don Pedro de Silva, m arqués de la Vega de la Sagra; un
portugués llamado Cabra!, y varios otros. Proponíanse m atar á Felipe IV y robar á la infan­
ta doña M aría Teresa para casarla con el príncipe de Portugal, quedando de tal su e rte uni­
das ambas coronas. E ste proyecto, que debia ejecutarse un diaque el rey estuviese de caza,
fué descubierto por una carta de Padilla á su herm ano, que pertenecía al ejército del M ila-
nesado. El duque de Hijar salvó su vida siendo multado en diez mil ducados y condenado
k cárcel p e r p e tu a ; y el m arqués de la Vega con Padilla fueron degollados en la plaza Ma­
yor d é la córte. Cabral se libró del patíbulo por haberse m uerto en la cárcel. La to rtu ra los
habia m artirizado antes a todos. Estos desgraciados debieron perecer con el dolor de -s er
que ambas coronas y ambos pueblos celebraban su m uerte como un a dicha común.
La plaza de Monzon fué recobrada de los franceses (1G43); pero esta pequeña ventaja 110
pudo recompensar las derrotas que H oudaucourt hizo sufrir á los realistas en los sitios de
F lix y cabo de Quiers, y el desastre que la escuadra de B rezét causó á nuestra m arina á la
vista de Cartagena. La destrucción de tres n avios, la pérdida de sesenta cañones y la m u erte
de mil quinientos m arineros aflijieron hondam ente á la córte. Don Felipe de Silva, á quien
se entregó el mando del ejército , alhagó al principio sus esperanzas (1644). Sitió á L érida
y derrotó á H oudaucourt, bien que con fuerzas m uy superiores, cuando se presentó á so­
correrla. Pensó el vencido re p a ra r su afrenta con la toma de T arragona; pero no consiguió
en su tenaz em peño, que le llevó trece veces a las trincheras habiendo disparado siete mil
cañonazos, sino m erm ar sus filas en tres mil hombres y dar lugar á que acudiese su cont ra­
rio, ante cuyas fuerzas se retiró presuroso á Barcelona (1645). E n la campaña siguiente le
fué mas lisonjera la fortu n a, pues se apoderó de la plaza de Rosas y de la de B alaguer, des­
pues de haber rechazado á los que iban en su ausiho. Estos reveses causaron la desgracia
de Silva en el ánimo de la c ó rte, porque esta, sin tener en cuenta los caprichos de la fortuna,
con frecuencia enemiga del talen to , destituía á todo general que no le proporcionaba un a sé-
rie continuada de victorias, l a reputación que el m arqués de Leganés habia adquirido en las
campañas de Italia le llevó á Cataluña en 1646. H arcourt quiso recobrar á L érida y la
cercó con diez y ocho mil infantes y cuatro m il caballos; m as encontró tan obstinada resis­
tencia q u e , al retirarse despues de siete meses de trincheras, atacado y derrotado por el
general español, halló su ejército reducido á la mitad de fuerzas. Reemplazado en el virrei­
.8 2 HISTORIA DE ESPAÑA,
nato por el ilustre vencedor de R ocroy, el duque de E nguien (1 6 4 7 ), no por eso fué la
suerte mas propicia á las arm as francesas. Al pié de las mismas m urallas de L érida, cuyo
sitio habia em prendido dando la vuelta al cerco con una música de violines, anunciando la
victoria, vio ajados sus laureles por una guarnición de solo tres mil hombres dirijida por un
hom bre de entero corazon, el portugués Antonio Jirito al servicio de E spaña. El mariscal
de Schomberg, que vino en su lu g a r, tomó á Tortosa por asalto; pero la forzosa inacción á
que por las disensiones interiores de Francia se entregó sobre este triunfo, le impidió reco­
ger el fruto de la influencia que en el ejército realista cansó la pérdida de un a plaza que les
cerraba la retira d a en un caso de desgracia.
Los reveses de Italia continuaron tam hien, pues en camhio de T ortona, que fué recon­
quistada al cabo de cuatro meses de asedio, perdimos á Trino, P o n testu ra y Asti, siguiéndose
n n a larga inacción. E n las campañas de 1G4i y 4o el principe Tomás conquistó á Pousson, San
Y a, Yigebano y la fortaleza de la Roca, y á orillas del rio Mora dejó tendidos dos mil cadá­
veres. Sin las desavenencias que entre él y el mariscal Plesis sobrevinieron, es probable que
nuestros soldados, decaídos de ánimo con tantos contrarios sucesos, no hubieran podido
sostener á Capiara ni recobrar á Roca. Eso no obstante, ia Francia no desistió de sus pro­
yectos. «El cardenal Mazzarini, dice u n historiador contemporáneo (1) desabrido con el nuevo
papa porque no bahía querido dar el capelo á u n sobrin o , quiso ponerle en apuro so protesto
de que protegía abiertam ente los intereses de la casa de A ustria y de E sp añ a, con menosca­
bo délos de Francia, y después de acalorar á los B arberinis, que andaban revueltos, resolvió
apoderarse de las plazas españolas de Toscana. E n mayo de ItiiC zarpó de las costas de la
Provenza una arm ada francesa al mando del joven alm irante duque de U ressé, compuesta
de trein ta y cinco naves, diez galeras y sesenta leños m enores con ocho mil hombres de des­
embarco , al mando del príncipe Tomás de Savoya.» El duque de A rco s, «enconlrándose sin
fuerzas españolas, pues apenas dos mil hom bres de ellas con algunas compañías de tudescos
guarnecían todo el reino, levantó apresuradam ente seis mil soldados naturales y allegadi­
zos; y con gran copia de bastim entos y con tres mil doblas de oro los embarcó en cinco buenas
galeras y dos barcas á las órdenes del m arqués del Y iso, enviándolos á O rbitelo, cuya con­
servación era im portantísim a. Llegó el socorro oportunam ente, pues, desembarcando en
Porto-Ercole, entró desbaratando á los sitiados en la ciudad.» Sin em bargo, «la plaza se­
guía apretada y el duque de Arcos hacia nuevos esfuerzos p ara socorrerla, cuando apareció
una arm ada española en las aguas de C e rd e ñ a,y encontrados pronto con la napolitana, reu ­
nieron treinta y una g aleras, treinta y cinco naves gruesas y diez baulotcs.» «El alm irante
francés al descubrirla ordenó sus fuerzas y salió á la m ar p ara provocar el combate» «El fue­
go duró casi tres dias sin interru p ció n , causando gran daño á ambas p artes hasta que una
fuerte ráfaga de leveche las separó harto mal paradas, y las obligó á refugiarse en los puertos
vecinos.» Con la m uerte de su alm irante, los franceses desanimados y dándose por vencidos,
recogiendo sus naves y g aleras, dieron la vuelta á sus playas y dejaron á la arm ada españo­
la dueña de aquellos m ares y por lo tanto de la victoria.» Torrecusa, á quien el de Arcos en­
comendó nuevos socorros, «combatió y puso en completa fuga á los sitiadores, desbarató
sus trincheras y salvó la im portante plaza cuando estaba y a en el último apuro.» M azzarini,
sin cambiar de propósito, envió nueva cspedicion contra Piombino, pertenencia de un pa­
riente del pontífice, y contra la isla de E lba, ocupada en p arte por los españoles.» El du­
que de M ódena r¡ue, obedeciendo A sus resentim ientos y á las sujestiones del cardenal, se
presentó en campaña al mismo tiempo con un cuerpo ausiliar francés, fué derrotado en el
prim er encuentro por el gobernador de Lom bardía junto á Bozzolo en una batalla memora­
ble que honró tanto álo s vencidos como álo s vencedores. Despues de haber peleado con he­
roica tenacidad por ambas partes durante u n dia en tero , quinientos suizos á sueldo del
duque se negaban todavía á rendir las armas cuando ya no eran mas que cincuenta hombres
y un sargento.
Pero M azzarini, desgraciado en estas tentativas, se vió inesperadam ente con nuevos
aliados e n Italia.
La dureza con que los virreyes españoles trataban á aquellos estados habia labrado su mi­
seria y fecundado su aborrecim iento. Un refrán popular decía con sobrada razón: «El oíicial

(1 ) E l d u q u a ilfi R jv u s: S u b le v a c ió n de Nupolus, capiLnncuda j>or Masuniclo: Madrid, 1848. Trascribimos a q u í a lg u n o s


p&rrufos p o r q u e su retador», s in iluda la· ir m e m H o m a d a , difiere de la (jnc liíisla a q u i linn hcclio lo s dcm fis historiadores.
nElKADD ЬЕ FÉLIPE 1Y. 83
de Sicilia r o e , el de Ñapóles com e, y el de Milán devora.» Carlos Y , Felipe I I y Felipe III
habían respetado los fueros de la Sicilia en la imposición de contribuciones; pero Felipe 1Y
los despreció sometiendo á onerosas gavelas todos los artículos de prim era necesidad, la
carne, el p an , el v in o , el aceite. L a nobleza y el clero estaban exentos de ellas; por con­
siguiente era la m iserable, la desvalida p leb e, quien soportaba las cargas del estado y la
opresión de los dominadores. Llegó u n a ñ o , el de 1647, en que aquella provincia, con tan­
tos dones regalada por la naturaleza, tuvo que sufrir además las calamidades del ham bre;
y á este im pulso, que parece dar á los pueblos la Providencia p ara libertarse de la tiranía,
i’alerm o-se sublevó quem ando las casas de las autoridades. Tres dias fué aquella herm osa
ciudad presa de la anarquía. E l v ir r e y , que era el m arqués de los Y elez, lleno de terror,
buscó el asilo de un convento, y no halló otro medio de vencerla que abandonándolo á sus
cstravios. Abolió todos los impuestos desde Cárlos Y , restituyó al pueblo el derecho de
elegir sus em pleados, consintió en que los españoles fuesen escluidos de estas gracias y en
p erd o n ará la rebelión, que tanto le hum illaba. Un simple artesan o , José de Alesio, fué el
caudillo del pueblo en esta revolución del ham bre, que se estendió rápidam ente por toda ia
isla. Se le acusó que trataba de venderla á la F ran cia, y fué despeñado de la d ictad u ra, vol­
viendo los sicilianos al yugo de los españoles, que por cierto no sobraron de generosos en
un triunfo que sus arm as 110 habían conseguido.

T om ás A m ello .

La noticia del levantamiento de Palcrm o produjo grande entusiasmo en Nápoles y acele­


ró la csplosion de su disgusto. Llegó á verse este pais tan abrum ado que apenas había a rtí­
culo de indispensable consumo que el fisco no hubiese sujetado á su jurisdicion. Los duques
de M onterrey y de Medina habían sacado desde 1034 á 4 7 , en trece a ñ o s, la enorm e suma
de cíen millones de escudos de oro (1 ), y el de Arcos impuso á algunos géneros un recargo
igual á su valor (2). Quejóse el pueblo, pero siem pre inútilm ente. Cuando los proyectos de
Mazzarini contra la Toscana obligaron al últim o virrey á estraer nuevos recursos,*ya no se
ofreció á su vista otro artículo que la f r u ta , único alimento del pueblo á la sazón. Entonces
rompió el furor de ia m ultitud en una violenta tem pestad que inundó de lágrim as y cubrió
de escom brosá Ñapóles. El caudillo de la insurrección fué un simple pescadero, el célebre
Tomas Aniello de Amalfi (3) á quien la poesía, la música y la historia han inmortalizado en
(1) S ism o iu li.
(2) I'iii l Lsc nojfU lib e ró la .
(ó ) El vu lgo por ubrcvlalury. le lla m ó J /flS fln íW o , c o n c u y o n ó m b r a le c o n o c e la p osterid ad .
TOMO I V . ' 13
84 m sT O M A d e Es p a ñ a .
nuestros dias. Masanielo carecía de toda instrucción; pero poseía un alma exaltada, u n c o -
razon generoso y toda la fogosidad de un temperam ento ardiente á los veinte y siete años de
edad. M ientras dirijió á las masas á incendiar los palacios de los contratistas de arriendos,
que de simples caldereros y otros oficios mas subalternos habían por la venalidad délos vir­
reyes llegado á potentados, fué el tribuno y el caudillo m ilitar de lodo un pueblo, el
dictador de Ñapóles. Acaso en ningún tiempo otro hom bre ejerció sobre un pueblo mas ab­
soluto pero tampoco mas fugaz imperio. Pero cuando, vendido por su consejero, Julio G e -
novino, quiso detenerse, fué p recipitado, y tras él otros dos caudillos hasta que se erigió el
reiuo en república independiente nombrando por d u x ó presidente al duque de Guisa. Esta
repentina peripecia de un pueblo que en el hervor de la sublevación aclamaba á Felipe IY
era obra de las intrigas de la F ra n c ia , ¿i cuyo dominio hubiera concluido por pasar la repú­
blica á perseverar el duque de Arcos en su criminal indiferencia. Juntó al fin fuerzas y de
acuerdo con don Juan de A ustria, hijo natural de! re y , que m andaba la escuadra allí envia­
d a, se dirijió contra la capital. La coopcracion de la nobleza les hizo pronto dueños de ella,
de casi Lodos los jefes del pueblo y del duque de Guisa, con lo cual y con regar de sangre el
reino quedó restablecido el dominio de España. La escuadra que Luis XIV enviaba al so­
corro de la revolución llegó cuaudo ya no existía, y don Ju a n de A ustria la obligó á retira r­
se, La victoria alcanzada sobre el gobernador de M ilán, que lo era en 1048 el m arqués de
Caracena, entre Cassal, Maggiore y Crem ona, no podía servir de lenitivo al despecho de
Mazzarini.
La famosa batalla de Rocroy fué el principio de una nueva série de desgracias p ara las
arm as españolasen Flandes. Juntaron sus fuerzas tres generales distinguidos, el conde de
F u en tes, Meló y A lburquerque con el designio de hacer u na acometida á la Champagne.
Dejáronse caer bruscam ente y con grande ím petu sobre Rocroy á fin de evitar que los fran­
ceses, m uy interesados en su conservación, llegasen á tiempo de socorrerla; pero no pu­
nieron conseguirlo. La regento envió inm ediatam ente un ejército de veinte mil plazas á las
ordenes de un general de veinte y dos años, que halló posicionados ¡i sus contrarios. Mas
de cuarenta rail hom bres colocados frente á frente', en enorm es masas y en orden de bata­
lla , pasaron la noche del IB de mayo aguardando en un siniestro silencio la aparición de la
au ro ra p ara rom per el combate. Las dus alas del ejército español fueron una tras otra en­
vueltas y deshechas, quedando solo el centro para resistir el ímpetu de toda la hueste con­
traria. Hallábanse allí aquellos lamosos tercios españoles que desde los tiempos del Gran
Capitan habían llevado encadenada á sus pendones la victoria. Mandábalos su general el
conde de F uen tes, veterano imposibilitado d^ la gola, que se hacia conducir por las filas en
m ía silla, y anim aba al soldado con la serenidad de su frente y la seguridad de su voz. Obli­
gado á formar cu a d ro , tres veces consiguió rechazar ios impetuosos ataques del general
francés; mas al cu arto , arrebatándole u n a b a la la existencia, la perdió tam bién aquella
gloriosa legión que parecía depender de él como de la cabeza el cuerpo. Un genio le había
liado la v id a, y solo otro genio se la podía q u ita r : el vencedor era el duque d 'E n g h ien , á
quien se llamó despues el G ran Condé. Ocho mil m uerto s, seis mil prisioneros, setenta e s -
íaiiclartcs, doscientas banderas y veinte y cuatro cañones fueron el pedestal de su fama. El
fruto inmediato de esta jornada fué la rendición de E m e ry , Barlaim ont, M aheuge, B inchv
después de un mes de bizarra defensa Thíonville. Al año siguiente lomaron á Clavelinas, R e -
Im sy IIennuyen,al mismo tiempo que los holandeses á S a s de Gante- Y no cambió lan aciaga
suerte la sustitución del héroe de Rocroy con el duque de Orleans. E ste g en eral, desple­
gando una prodigiosa actividad en la campaña de 1645 , p en etra en la Flandes m arítim a
y hace abrir las puertas de Cassel, M ardick, Y an d rev a l, G ücsle, D rin g u en , Linck,
B ourbourg, M enin, A rm entieres, B ethunc, Libers y S. Vermut, m ientras el conde Gasion
hacia prisionera por sorpresa entre Rouest y Alsing un a división española. Cassel y Mar—
dik fueron rescatadas por los tenientes del duque de L o re n a , general en je fe , quien rechazó
al mismo tiempo al príncipe de O range, que por la Esclusa habia pasado á Flandes á partici­
p ar de los laureles que recogía el ejército francés. Amargó en sus mejores momentos la vic­
toria. la rendición de la plaza de la M otte, que se juzgaba inconquistable. Orleans aum entó
en la campaña siguiente la série de sus triunfos con las de C ourtray, B ergues, Saint-V inox
y la cindadela de M ardík. Regresando c i d ’ Enghien de P a rís, alcanzó otro mas brillante
con la rendición de la famosa plaza de D unkerke, despues de trece dias de trinchera abierta
casi á la vista del general esp añ o l, cuya inercia hacia m enores y mas débiles sus .fuerzas·
tó lN A D O Í)E FELIPE IV . §5
D uukerke era la llave de Flandes. El archiduque Leopoldo, hermano deí em p erad o r, á quien
se dió aquel gobierno (1647) con facultades absolutas, como remedio eficaz á tantos desas­
tres, según lo habia desempeñado el C a rd en al-in fan te, recobró algunos p u n to s, pero per­
dió muchos mas. La funesta batalla de L ens (1648) acabó de persuadir á todos los enemi­
gos de España q u e , si tenia soldados todavía, le faltaban y a capitanes que oponer al
vencedor de Rocrov. El archiduque, ofuscado por sus rápidos m ovim ientos, no supo
aprovechar el valor de sus tro p as, y dejó en aquellos campos tres mil m u e rto s, cinco mil
prisioneros, trein ta y ocho cañones y los bagages. Gracias á las disensiones interiores d é la
F ra n c ia , que obligaron á Condé á m archar á P arís, victoria tan señalada quedó sin fruto
alguno. El m inistro español se aprovechó de esta paralización p ara separar á Holanda de
la alianza con los franceses reconociendo su independencia, la estension de sus dominios en
el continente y las conquistas que habia hecho en las Indias (1). ¿Porqué pues se habia
sotenido tanto tiempo la g u erra? Depuestas las arm as por los holandeses, los franceses ha­
brían perdido con su carácter de au siliaresel apoyo de los pueblos, y probablem ente ha­
brían abandonado los Paises-Bajos, Y aunque esto no sucediese, reducidos á la m itad las
fuerzas del enem igo, su espulsion no era dudosa. La p a z , inevitable y conveniente, llegó
larde para cortar su vuelo á las arm as francesas:
Los reveses de las arm as imperiales no lograron alguna treg u a en 1643 sino por la
g u e rra que se encendió entre Dinam arca y Suecia, á donde fué llamado Torstenson. P ero,
al volver de su espedicion, continuaron los descalabros. De Enguíen y T u re n a, habiendo
desbaratado á los bávaros en la batalla de F rib o u rg , se apoderaron de F ilisb o u rg , Spira,
W orrnes y de la fuerte Maguncia. El general sueco entretiene en tanto y diezma á Galas,
y antes de alejarse de aquellos campos aquejado por un a grave enferm edad, recoje nuevos
laureles en Janovvitz y Crems. Su sucesor U rangel conquistó la Suavia y ocupó casi sin
oposicion la lia v ie ra , la B ohem ia, la Silesia y la M oravia, llegando en 1648 hasta las fron­
teras del Austria. La paz de W estfalia vino a salvar quizá la corona del em perador. Cua­
tro años a n te s , fatigados los pueblos de una g u e rra tan costosa y d u ra d e ra , se habían
entablado enM unster negociaciones para la paz universal; pero la obstinación del em perador
en sus pretensiones al dominio de toda la Alemania estorbaron entonces una paz que des­
pués le fué impuesta. Los pequeños estados á cuya soberanía aspiraba consiguieron la in­
dependencia por que tantos sacrificios habían hecho; la Suecia obtuvo posesiones en la
orilla germ ánica del m ar Bállieo, y la F ra n c ia , algunas plazas de la Alsacia. La España,
negándose á ceder á la Francia el R osellon, el F ranco-condado y los Países—Bajos, que
le exijia M azzarini, posesiones que no podía ya conservar, pero que el honor impedía
abandonar á una r iv a l, quedó escluida del tr a ta d o , sosteniendo por sí sola la g u erra.
¡La g uerra todavía en P o rtu g al, en C ataluña, en F rancia, en Italia, en F lan d es, en
las. Indias!

CAPITULO XI.
1649— 1659.

A lborotos de la F ronde e n F r a n c ia .— G uerra de C a ta lu ñ a ; r e co n q u ista do T o r lo s a : lo s e s c c s o s de lo s fra n ceses c o n v ie r ­


ten l» ojiínion á favor de. F e lip e I V : sitio y c a p itu la c ió n de B a r c e lo n a , q u e da la paz á lodo el principado: iníniJes
ten ta tiv a s para ren ovar la g u e r r a .— P o r t u g a l: co n sp ira ció n d el ob isp o de Coimbra : miUTO Juan IV y le reem p la za
co m o re g en ta la m adee de A lonso V I: c o n q u ista de OUvertza: Ila ro m a rch a a l fren te de un ejército a lev a n ta r el sitio
de Badajoz y e s derrotado á la s p u erta s de E l v a s : p eq u e ñ a s v e n ta ja s por la p orte de G a lic ia .— Italia : c o n q u ista s del
3
m arq u es de Claraccna: b a ta lla s de la R oq ueta · M arinado : pérdidas del con d e (le F ü en sa ld n fia ; pajs co n el d u q u e de
Müdcna.— P a ises-B a jo s : co n q u ista s del a r ch id u q u e au siljyilo por T u ren a y Condó , q u e la F ran cia recu p era ; b a ta lla
do A r r a s : victoria de V a le n c lo u e s : perdida de DuuIkjpííc.— R e v o lu c ió n do I n g la te r r a : C rom w all d eclara la g u erra á J G s -
p a iía , y su s e scu ad ras apresan un a r ica ilo ta do Am érica y co n q u ista n la J a m a ic a : C arlos H r c íla lilu c e la p a z.— Pa¿ di·.
los P ir in e o s c o n F r a u d a ; h u m illa ció n de E spañ a.

U n a de las consideraciones que habían movido al conde de Haro á ajustar la paz con Ho­
landa eran como, queda indicado, las disensiones promovidas en Francia por los enemigos
de M azzarini, que recibieron el nombre de la F ron de ó de la Honda. Las acaudillaban p e r -
sonages de la prim era nobleza, la princesa de Condé, M arsin, L enet, los duques de B oui-

(1 ) D iez y s ie te eran la s pro v in cia s qu o c o n s titu ía n lo s P a ises-B a jo s, y de e lla s s ie te fo rm a ro n e l n u ev o e sta d o de


|a H olanda.
SO H IS T O B IA DE ESPAÑA .

llon, la F o rc é , Ja Rochefoucault, S. Siinon, Latrem oville, y ofrecían oportuna ocasion á


la innoble política que suele m ediar entre las m o narq u ías, obrando al influjo del orgullo
de un rey ó de la animosidad de un valido, para aniquilar con agenas manos al mas pode­
roso enemigo de España. Prometióscles el apoyo de Felipe IV , que fue aceptado, y se les
dieron en electo cuantos socorros perm itía la aflictiva situación del erario. En las corles de
Aragón y Valencia, reunidas en 1 6i¡j, solo habia podido obtener de este reino el pequeño
ausilio de dos mil hombres. Y si las de Castilla, celebradas ai año siguiente, fueron mas ge­
nerosas ó condescendientes, sus sacrificios escasa ayuda podían prestar á un rey q u e, sin
abandonar sus diversiones y su fausto, sostenía una guerra general en Europa. Así la
g u erra civil de la F ronde 110 sirvió á E spaña mas que de descanso en el corto tiempo de
sn duración.
Cataluña disfrutó los beneficios de la inacción de los ejércitos hasta que el de Felipe,
repuesto del descalabro de Tortosa, volvió en 1630 á em prender las operaciones. El m ar­
qués de M o rtara, su g e n e ra l, habiendo reanimado á sus soldados con la toma de F l í \ , M i-
r a ve te y B a la g u er, puso sitio á aquella plaza. Su defensa duró hasta que habiendo apresado
en los Alfaques el duque, de A lbnrquerqne los cuatro navios que el mariscal de Ligni tra ­
taba de introducir en ella con víveres y m uniciones, perdió esperanzas de ser socorrida.
El espíritu de los catalanes liabia esperim entado un cambio favorable al ínteres de Feli­
pe IV, Las vejaciones consiguientes al estado de guerra principiaron convirtiendo el ódio á
las tropas de Castilla hacia las de Francia. Sus escesns en los pueblos que rendían y la vio­
lación de algunos de sus fueros (1) acabaron por producir una indignación g en eral, mucho
mas calorosa que la escitada por los castellanos, por que no habia dejado de considerárseles
como extranjeros. Ya en 1G45 habia tenido el conde de H arcourt que corlar con el supli­
cio de varios de estos descontentos la conspiración que para en treg ar á Barcelona á Feli­
pe IV habia dirijido la baronesa de A lbes, á quien salvaron sus gracias de mujer. En 1649,
catalanes y franceses llegaron al fin a las m anos, y esto dio m argen á prisiones, destierros
y secuestros que acabaron de exasperar á los pueblos. El conde de lla r o , que observaba
atentam ente esta converjencia de la o p in io n , le dejó tom ar cuerpo hasta el momento que
juzgó oportuno, que fue despues de la reconquista de Tortosa por Mor tara. Ordenóle que
se presentase delante de Barcelona con solo los once mil hom bres que m andaba, al mismo
tiempo que la bloquearía por m ar don Juan de A ustria con su escuadra (1651). E ncerraba
la capital del principado los hom bres mas comprometidos en la situación que había creado
la revolución de 1 610 , y adem ás no podia esperarse del valor de su gobernador don José
M argarit uua entrega sin combato. Quince meses resistió heroicam ente B arcelona, aunque
el mariscal de laM otíe no pudo introducir en ella mas que un mezquino ausilio. Solo la falta
de víveres la precisó á capitular el 13 de octubre de 1652; peró capituló triunfando: los fue­
ros y privilegios de Cataluña serian respetados y una am plia am nistía acojeria á todos sus
habitantes, ilizose únicamente una escepcíon contra los principales jefes de la sublevación
solo porque no se dijese que la m agestad real quedaba sin desagravio. Pero en realidad
¡que reparación obtenía el trono con el suplicio de algunos enem igos, quedando sobre la
misma horca que les arrebataba la existencia flotante su bandera! Aquella sangre man­
chaba la victoria, y el abuso la deshonró. Cuando ya se vió dueño de la ciudad, se mostró
el rey mas celoso de su autoridad que' lo bahía sido m ientras negociaba con las arm as en
la mano: «He resu elto , dijo á don Juan de A ustria ( 2 ) , hacerle merced de concederle la
confirmación que ha suplicado de las preem inencias y privilegios que gozaba y poseia antes
de las alteraciones del año lO íO e n todo lo que no lim itare en esta concesion, como abajo
os d ir é , porque 110 es mi intención com prender en esta confirmación el derecho que pueda
tener ó pretender sobrepertenecerle la custodia, disposición, unidad y gobierno de sus ba­
lu a rtes, to rres, m urallas, p u ertas, puerto de m a r, arm ería, artillería, guarnición y for­
tificaciones; porque esto, lodo lo que m ira á su defensa y seguridad, lo reservo ahora y
m ientras no mande o tra cosa, á mi voluntad y orden.» « Asimismo me reservo durante mi
voluntad el hacer la insaculación de las personas que hubieren de concurrir y ten er los
oficios de gobierno de dicha ciudad; para los cuales no han de poder ser adm itidos ni in—

( 1 ) M ig u e l: N eg o c ia cio n e s rola! [vos á la su c e sió n d e E s p a ñ a : in tro d u cció n .


( 2 ) ftti la cortil. <|im le dirijió acoin jiaíianilo al p r iv ileg io concedid o cu 5 de enero do JfrJo á la ciu d a d d e B a rcelo n a ,
e l c u a l , escrito e n la tin , s e co n serv a eu su a r c h iv o m u n io ip e l.
REINADO DE FELIPE )V. 87
saculados sino los que yo nom brare proponiendo la ciudad en ios tiempos que se suele h a­
cer la insaculación las personas á propósito, porque de ellas ó de otras nom bre yo las que
me parecieren, las cuales solas tengan derecho á estar en las bolsas y á concurrir á estos
oficios m ientras yo no se lo p ro h ib ie re .» «E n cuanto á la pretcnsión que tienen de cu­
brirse (los concelleres delante del rey) ha parecido q u e, supuesto que es preem inencia que
no s c h a acostumbrado ni la tiene o tra metrópoli de mi m onarquía, aunque lo sea de rei­
nos muy poderosos y preem inentes, debe escusarse el pedirlo y p rete n d erlo ; así mismo la
restitución de las baronías y lugares que han ocupado mis arm as.»
Aprovechó también Felipe IV su triunfo para despojar á N avarra de algunas de sng
libertades á pretesto de que eran incompatibles con la unidad nacional; pero este despojo
no hizo á los navarros mas españoles.
A la rendición de Barcelona sucedió inm ediatam ente la sumisión de todos los pueblos
del Principado, escepto aquellos cuya inmediación á Francia les obligaba á un a forzada leal­
tad. Trece años de sacrificios y d esastres, trece años de g u e rra , los habían reducido á ese
estado mísero y abatido en que se acepta cualquier yugo por salir del que hoy nos oprime.
¿Q ue habiaganado el trono por su p arte ? N ada, procediendo con lealtad, puesto que los
fueros quedaban reconocidos hasta en el artículo de alojamientos que originó la g u erra ci­
vil. E n cambio, habia empobrecido un pais rico y laborioso, hecho perecer sus industrias,
promovido la sublevación de P o rtu g a l, herido de m uerte á todo el comercio interior,
puesto en grave peligro esta unidad nacional que tan ta sangre y tantos tesoros h a costado
á E spaña, y aun espuesío leí nación á la fortuna de u n conquistador.

E l d u q u e de B roganzu, J u a n IV de P o rtu g a l,

H arco u rty M a rg a rit, no queriendo capitular, se retiraro n á F rancia con la m ira de


refrescar y aum entar sus fuerzas p ara continuar una g u erra que no juzgaban extinguida.
Con efeelo, m uy luego volvieron por el Coílant á Cataluña Margarit. y el mariscal H o -
guincourl al frente de seis mil infantes y tre s mil caballos; pero los pueblos, fatigados de
la g u erra y lastimados por los desengaños, los recibieron con frialdad sino con aversión.
Se apoderaron con una grande pérdida de Castelló de A m purias, intentaron el sitio de Ge­
rona é hicieron á. su vez desistir á los españoles del de Rosas. Los que penetraron por el
valle de Aran ocuparon tam bién á Ripoll y San Feliu de Guixols; pero , hallando la misma
ap a tía , se volvieron a Francia. Al año siguiente el príncipe de Conde fué algo mas afortu­
nado , pues no solo rechazó el segundo asedio de R osas, sino que apesar de un pequeño
88 HISTORIA DE ESPAÑA.
descalabro á orillas del T er se apoderó de P uig cerd á, U rg e l, Ripoll y otras pequeñas for­
talezas, y mas adelante (1655) de Castelló, cabo de Quiers y Cadaques. La sim ultánea
pérdida de Solsona, Berga y otros puntos de la m ontaña, que se rindieron á don Juan de
A ustria, pudieron convencer á los franceses de que Cataluña habia dejado de ser teatro de
sus arm as. Sin em bargo, sostuvieron la g u erra, aunque tibiam ente , en la frontera hasta la
paz de los Pirineos.
La córte de Madrid habia esperado esta pacificación p ara dirijir sus ejércitos contra P or­
tugal, cuya reconquista juzgaba operacion de pocos dias. El peligro que am enazara en 1G5E>
aquel trono naciente habia sido obra de una conspiración. Dirijíala el obispo de Coimbra
y proponíase también el restablecim iento del dominio español ; pero esta vez no era
promovida sino por los resentim ientos que abrigaba alguna p arte del clero y de la no­
bleza m al contenta. El obispo fué encerrado en un calabozo y sus cómplices subieron al pa­
tíbulo. El conde de Haro habia desechado esas innobles maquinaciones y renunciado á todo
ensayo de reconquista hasta la pacificación de Cataluña. Llegó esta; llegó el fallecimiento
de Juan IV , quedando su heredero Alonso VI de trece años bajo la tutela de su ma­
dre, (1656) y el ministro español envió á E strem adura un ejército. El duque de S. Germán
bajo cuyas órdenes se puso, sitió á Olivenza, defendida por cuatro mil hombres que obede­
cían á un fogoso patriota. El conde de San Lorenzo, enviado por la regente á su socorro, se
alejó cobardemente de la vista de los sitiadores, y este desamparo, que no los cañones, rin­
dió la plaza (1657). Los habitantes em igraron por no perm anecer bajo la dominación de los
españoles: á ta l estado habia llegado el odio. Habiendo sufrido en seguida Mouraon la mis­
ma su e rte , el de San Lorenzo fué destituido del mando y reemplazado por Mcndez tic
Vasconcelos, que se habia distinguido en un choque m uy reñido trabado en Cam po-M ayor -
E ste jefe recuperó á Mouraon y , obedeciendo al osado pensam iento de la rein a, marchó á
sitiar á Badajoz con1· diez mil infantes y tres mil caballos, veinte cañones y dos morte­
ros (1659). Sobrccojida la córte de M adrid con esta noticia, obró como am enazada de un
gran peligro, como si los enemigos estuviesen á la vista del real palacio. Juntóse apresura­
dam ente un cuerpo de ejército, y el mismo don Luis de Haro, que ni tenia conocimientos
del arte de la g uerra ni carácter belicoso, queriendo tal vez rem edar á Richelieu, marchó á
su frente á rechazar una invasión que se calificaba de ignominiosa. Vasconcelos temió a|
número de sus tropas, que se elevaháá diez y nueve mil hombres, y despues de haber dado
dos acometidas generales, que fueron rechazadas, se guareció al am paro de la vecina lílvas.
No satisfecho con esto, el m inistro-general fué en busca del enemigo y cercóla plaza. El su­
cesor de Vasconcelos, conde de C astañeda, conociendo que iba á decidir la suerte de su p a­
tria , se arroja im petuosam ente sobre las líneas; derrota el ala izquierda, encomendada al
de H aro; hace retirar la derecha, herido su g eneral, el duque de San G erm án; 'y concluye
la acción siendo desbaratado todo el ejército español. Perdió cuatro mil hom bres y , lo que
era p eo r, su reputación en Europa. El m inistro-general no presenció el estrago p u es, asi
que su hueste empezó áfla q u ea r, huyó á Badajoz. A tamaño quebranto leve consuelo po­
dían ofrecer las ventajas que alcanzaba al mismo tiempo el m arqués de V iana al frente de
las tropas de Galicia. E n 1658 pasó el Miño y em peñó dos choques con el conde de Caslel-
inelhor, que pudo con su pericia dejar en el uno indecisa la v ictoria; pero (uvo que e n tre­
g arla en el otro á la superioridad de fuerzas de su contrario. La entrada en Lampella fué su
consecuencia. Y cuando ante los muros de El vas un ejército poderoso hum illaba su bande­
ra , él hacia penetrar vencedoras las de su escasa hueste en las plazas de Monzao, Salva­
tierra y Pórtela. Los españoles tenían que vengar en la segunda de estas plazas un acto de
perfidia y crueldad. Suarez, su gobernador, trató conol español Sande la entrega del casti-
tillo, debiendo al efecto en trar disfrazados y uno á uno sus soldados. Estos infelices, a medi­
da que i lian entrando, eran degollados, y el ú ltim o, S an d e, fue m etido en un cañón y hecho
trizas en un disparo.
El te rro r que esparoió E spaña en toda la Italia, castigando las sublevaciones de Sicilia y
Ñ apóles, favoreció por algún tiempo la suerte de sus armas. Popartasco, G uallcri y C a s-
íelnovo se entregaron al m arqués de Caracena (164C J ) y el duque de Módena contrajo amis­
tad y alianza con España teniendo que. entregar á su s tropas la guarnición de C orregio, que
era la mejor plaza d esú s estados. Piombino y Portolongono, que la segunda espedicion de
Mazzarini habia conquistado, fueron recuperadas (1680) por don Juan. L a plaza de Cassal,
pretesto ú ocasion de la g uerra con Savoya, cayó despues (1G5"2) en poder del de Caracena,
REINADO' DE FELIPE IV . 89
que hizo entrega de ella al duque de M antua. Reunidos los franceses y los savoyanos pro­
yectaron rescatarla; pero no consiguieron mas que provocar un á nueva y costosa derrota
junto á la Roqueta. Alucinado el v en c ed o r, sitió á Y e rru e , y deslustró sus laureles tenien­
do que alejarse mal su grado. F ué todavía mas im prudente exasperando con su altanería y
severidad al duque de M ó d e n a ,q u e volvió á unirse con los franceses (1655). Quizá era lo
que él apetecía p ara grangearse fama de guerrero. Tomó á Regio y Corregió y obligó al
ejército franco-saboyano que sitiaba á Pavía á abandonar una em presa que había lomado
con empeño. Su sucesor el conde de F uensaldaña, que entró en Italia, frescos los laureles
de la victoria de Yalencienes, dos veces humilló también al deM ódena; mas no pudo con
tropas desmoralizadas por la falta de pagas evitar que Valencia del Pó cayese en poder de
sus ausiliares los franceses. En vano intentó reconquistarla en las dos campañas siguientes,
pues solo ofreció al enemigo ocasiones devengar con usura sus anteriores descalabros. (1658)
El duque de Módena pasó el A dda, lo arrojó de las posiciones que había,tom ado en M a ri-
nano, saqueó á Mons en tanto que el m arqués de Villa se apoderaba de T rino, y juntos,
am agaron á Pavía para caer de improviso sobre la capital de la Lomelina, M ortara, en e¡
Milanesado. Dueño de ella, marclió á levantar el sitio de Valencia, l a m uerte del duque
puso térm ino á estas rotas y un tratado de paz ajustado con el sucesor en 1660 dejó á las
arm as españolas sosegadas en Italia.
Las turbaciones de París favorecieron tam bién á las tropas españolas en los P a ise s-B a -
jos. Apenas dejó Condé el mando de las francesas al archiduque, entró en Ip re s, San Ye—
nant y la Motte—aux—bois; (1 6 i9 ) y el conde de H arco u rt, que reemplazó á aquel en el
mando de las tropas, se vió forzado á levantar el sitio de Cambray. El mariscal de Turena,
enemigo del cardenal, se refugia en los P aises-Eajos (1 6 5 0 ), brinda al archiduque con su
espada para pen etrar en su misma p a tr ia , la F rancia, al frente de un ejército, y junios se
apoderan de Chatelet, la Chapelle y Mousson. Las tropas de Mazzarini Ies salieron al encuen­
tro , y se empeñó una sangrienta batalla de éxito dudoso p ara ambas huestes. El príncipe
Condé, apenas salió de la prisión en que le habia encerrado el cardenal, facilitó la entrada
en Burdeos de una escuadra esp añ o la, que se retiró lu eg o , y se presentó también á ofrecer
al archiduque los servicios de su venganza con algunos regim ientos arrebatados á su p a­
tria. G ravelinas, D unkerke y R ehtel fueron reconquistadas y tomada San Menehould con
otras valias. (1652) Alarmó a Luis X1Y esta liga de sus mejores generales con sus mas
encarnizados enem igos, y marchó á ponerse al frente de su ejército de Flandes á lili de
neutralizar con su presencia el efecto que debía causar en el soldado el ver á sus caudillos
en las filas contrarias. T urena se reconcilió pronto con su soberano y le dió u n testimonio de
su sinceridad en la batalla de A rras, sostenida contra el dictamen de Condé por el archi­
duque Leopoldo, q u ie n , no solo tuvo que levantar el sitio, sino que lam entar un a grande
quiebra en sus fuerzas y en la artillería. (1 6 o i) T ras esta victoria recobró la Francia casi
todas las plazas que la traición de sus generales le habia arrebatado, C hatelet, Landreci,
Condé y S a n G u íla in , pareciendo que h asta el genio d’ E nguien se habia eclipsado, pues
en vauo intentó apoderarse de Q uesnoy. Disgustado el archiduque de su m ala fo rtu n a, de­
volvió su bastón á E sp añ a, y esta lo puso en las manos de d o n ju á n de A ustria, en quien
creía ver con su nom bre resucitado al vencedor de Lepanto. El prim er paso de don Juan en
aquella g u e rra fué en efecto una señalada victoria. (1656) T urena sitiaba á Yalencienes,
y estaba ya cerca de sucumbir su valeroso defensor el duque de B urnonville, cuando el
nuevo general, juntando las tropas de Condé y el conde de Fuensaldaña, se arrojó casi de no­
che sobre las trincheras de los sitiadores y los puso en completa derrota. Confiado en la
v icto ria, habia hecho inundar el país rompiendo las esclusas p ara que el cuerpo de T urena
que protegía las operaciones de sitio, no pudiese ausiliar al mariscal de F e r te , á quien habia
sido encomendado. Así perecieron al ím petu de las aguas casi tantos como en el choque de
las arm as. Mil quinientos caballos que huian de un campo cubierto de cadáveres m urieron
ahogados; y quedaron en poder de los vencedores cuatro mil infantes con su general la
F erié. Sin em b arg o , las consecuencias no correspondieron á las esperanzas que hizo con­
cebir este triunfo, pues, aunque los españoles volvieron á apoderarse de las plazas de Condé
y San G uilain, el mismo T urena recobró á Chapelle y , ausiliado por la In glaterra con seis
mil hombres (1 6 5 7 ), tomó á San Y enant y M ardik en lanto que la F e r ié , y a rescatadoi
entraba en el Luxem burgo y rendia á Montrechi. Por últim o, un a [funesta derrota vino á
abatir en la siguiente campaña el orgullo de los vencedores de Yalencienes. T urena sitiaba
ÜO lllS T O tllA S S ESPAÑA.
á D unkerke ausiliado por una escuadra inglesa, que tapaba la boca del puerto. La im portan­
cia m ilitar y comercial de la plaza y lo que esla em presa tenia de atrevido llamaron en su
socorro á don Juan y á Condé. Así que aparecieron en las Dunas, punto inmediato á las lí­
neas, los franceses no aguardaron á ser atacados para presentar la batalla, que fué empeña­
da con ardor por ambas partes. Y lo que dio la victoria al enemigo no fué su valor ni su tesón
en la lucha sino un descuido de los generales de nuestras tropas. Observando T urena que la
infantería española que ocupaba el Jlanco del m ar estalla sin la necesaria protección de la
caballería, envió por detrás de las D unas algunos regim ientos q u e, cayendo de sorpresa
sobre los españoles por la espalda, los pusieron en una completa dispersión , que se propagó
&todo el ejército. Muchos infelices, ofuscados por esa terrible pavura que se apodera de los
vencidos en el campo de batalla, buscaron en los canales la salvación de su vida, y hallaron
la m uerte mas pronto. A parte de e s to s, dos mil hombres, quedaron tendidos en el campo,
y otros tantos en poder de T urena. D unkerke se entregó en seguida, y ú su ejemplo Bergues,
D ism uda, F u m e s , U denarde, Alen ir» c ip ré s . Los franceses quedaron dueños de casi toda
la Flandes, y los españoles, sin plazas y sin tro p a s, se vieron sometidos á una pa'¿ hu­
miliante

EL g e n e r a l don F ra n cisco de M clo.

Acabamos de decir que la In g laterra ausilió á la Francia contra España en la guerra


de los Países-B ajos: hé aquí los motivos de esta alianza eíitre dos naciones cuya rival ene­
mistad es tan aDtigua como su historia. La eterna lucha en tre el mandatario y el deposi­
tario del poder público, entre el pueblo y la autoridad, siempre inclinada al abuso, llegó
á manifestarse en In g laterra en su último grado de antagonismo bajo las memorables con­
tiendas del m inisterio y el parlam ento. Estas contiendas, que degeneraron luego en abier­
ta guerra civil, inauguraron la serie do revoluciones que dos siglos hace están conmoviendo
y transformando á Europa. Y es de observar que principiaron como, en nuestro sentir
concluirán: con la abolicion de la soberanía personal y el establecimiento de la so liera-
REINADO DE FELIPE IV. 'JJ-
n ía d e los pueblos. C a rlo sI pereció en el cadalso, el trono de In g laterra fué destruido, y
se p lanté en medio de sus ruinas el árbol de la república. Los rey es del continente se asom­
b raro n , mas no tem ieron á una esplosion salida de enmedio del occéano: juzgaron sin
duda que el m ar seria el cordon sanitario de aquel m a l, si lo creyeron contagioso, y casi
todos reconocieron el nuevo orden de cosas. Solo Francia y E sp añ a, por sus constantes re ­
laciones de vecindad y com ercio, fijaron la vista en aquella prim era escena del gran dra­
m a de las revoluciones m o d e rn a s, bien que no tampoco p ara preservarse de sus estragos,
sino esperando con interesado cálculo su desenlace. Apenas apareció Oliverio Cronrwell de
protector de la república, se vio solicilado y lisonjeado por las dos m onarquías m as abso­
lutas y poderosas de E uropa. Cronnvel, no menos hábil político que revolucionario y m i-

íDoñci Mariana de Austria, segunda muger de Felipe IV.

lita r, prefirió la am istad de la F rancia, que no tenia m arina todavía, así porque las vas­
tas colonias que la E spaña poseía ofrecían ancho campo á, su am bición, como porque
todavía se consideraba á la casa de A ustria como la espada del catolicismo. De poco sir­
vió á don Luis de H aro castigar con el encierro y el suplicio á los asesinos políticos de A s -
ch an , ministro inglés en M adrid, con el fin de granjearse su reconocimiento. El protector,
cuando hubo sofocado la g u erra civil, se alianzó con Francia y declaró la g u e rra á. España
{1655} dando por razón el negarse estaáco n ced er el libre comercio de América y Ja abolicion
del Santo Oficio. L a escuadra que puso á las órdenes del alm irante Black corrió asolando
las costas de I ta lia , apresó y ecbó á pique tres galeones que venían de las Indias y persi­
guió á la flota procedente de América hasta dentro del puerto de Santa Cruz de Tene­
rife (1689). El resultada del esm bate fué apoderarse de nuestros bajeles, recoger sus
tomo iy . 14
02 HISTOIUA DE ESPAWA.
riquezas é incendiarlos. La presa se valuó en cuarenta y ocho millones de pesos fuertes, y
en igual suma la pérdida de los buques. La arm ada que llevó Pen á A m érica, rechazada de
la isla de Santo Domingo con ignom inia, se arrojó sobre la mas preciosa de las Antillas,
la Jam aica, y se hizo dueño de esta isla, que es hoy un a de las mas pingües colonias de la
G ran B retaña. España uo tuvo mas represalias que el secuestro de algunas naves fondea­
das en nuestros puertos. Cortó estos desastres la m uerte de Cromwell con el restableci­
miento de la m alaventurada dinastía de los Estuardos. Carlos I I , que debiera á E spaña el
asilo de B ruselas, hizo la paz con F elipe, paz que nos costó sin em bargo la pérdida de la
Jamaica en calidad de cesión y la de la plaza de D unkerke, que los franceses habian en tre­
gado á las arm as inglesas cuando T urena la conquistó de las nuestras.
Tantas y tau largas guerras extenuaron á F rancia y E spaña inclinándolas á la paz. Maz-
zarini, m uerto su aliado C roinw el. temió la restauración de los E stuardos, á quienes la
córte de M adrid habia p ro teg id o , y prestó oidos á las negociaciones. Cuando Haro regresó
de su m alhadada espedicion á P o rtu g a l, Felipe IV lo envió á term inar con el m inistro
francés el tratad o , cuyos prelim inares acababa de firm ar en París el m arques de Pim cntel.
Las conferencias, que fueron harto prolijas, se tuvieron en la is le ta d e lo s Faisanes formada
por el Yidasoa, y dieron por resultado el 17 de noviem bre de 1659 un tratado de ciento
veinte y cuatro artículos. Lo que mas afianzaba su objeto e r a : el casamiento de Luis X IV
con M aría T e re s a , hija de Felipe I Y , m ediante cesión de sus derechos a la corona de E s­
paña y una dote de quinientos mil escudos; la restitución al príncipe de Condé de todos los
honores y dignidades que habia gozado en su p atria; la de Yerceli al duque de Savoya , y
la de Juliers al de N eoburg; la cesión del Rosellon, Coílent y p arte del Artois á F rancia, con
la devolución de casi todas las conquistas, quedando trazada la linca divisoria por los Pi­
rineos (1); la am nistía de los ca ta lan e s, reintegrándoles en sus privilegios, honores y po­
sesiones. Esto es lo que se h a llamado la p a z de los P irin e o s y de la cual se tituló H aro, paz
mas hum illante que costosa y perjudicial, porque en ella reconocía España su postración
y entregaba por sus propias manos á su rival el cetro de la E u ro p a, que por tanto tiempo
habia brillado en las suyas. Dos hechos de m enguada im portancia, pero que bajo la mo­
narq uía m erecen atención señalada, darán la m edida de la postración en que habia caido la
nación española. D urante las negociaciones que elaboraron esa paz de los P irineos y a no
exigió nuestro m inistro las preem inencias y distinciones que hasta entonces, aun en el
reinado a n te rio r, habíamos obtenido de todos los rey e s, y se observó en el ceremonial la
mas completa igualdad entre los soberanos de las dos potencias. Mas adelante Luis XIV
dió orden á sus em bajadores de que fuesen delante de los del rey de E spaña en todas las
ceremonias públicas; y habiendo ocurrido u n choque en Londres en tre el conde de Eslrades
y el l>aron de W atteville sobre la preferencia, tomó Luis X IV tan á pechos este asunto y se
mostró tan resuelto á. vengar hasta por las arm as la injuria recibida por su representante,
que hubo de ceder Felipe IY por evitar á su pais las calamidades de un a nueva guerra.
R etiró de Londres al barón de W attev ille, consintió en que el m arqués de la F uen te re­
probase su conducta en presencia de todo el cuerpo diplomático de P arís y envió á sus
em bajadores orden de que no disputasen la preferencia, á los de Luis X IV (2)' ¡ Y no habian
transcurrido mas que cien años desde que Carlos Y dictara á la Francia con ceñudo sem­
blante las humillaciones de Chateau—Cambrcsis! Tal es el fruto que deja a los pueblos la
ambición de los reyes y la gloría de los conquistadores.

(i) Q uedaron a F rancia: cu F la u t a s , G r a v c lin a s, Dourbourg1, S a in t V en an t; on e l condado de H uiim u t, Landreoy y


Q u esn oy; e n e l ducado de L u x e m b u r jo , T b io n y illc , M ontuicdy, U a u v illers ¿ Yvoy; e n tre ol Som bro y e l M e n s o , Moriera-
b u r g , Phillip[> 0Yilltí y A vesnes; q u e to d a s e r a n ciu d a d es Im p ortantes co n sid era d a s m ilita r 6 m er c a n tilm en te .
{ 2 ) M em orias de Alad, de M otievillo.
HÍS1NAD0 DE FELIPE ÍV\ 93

CAPITULO XII*
1660 — 1665.

G uerra de P ortu gal: la réjanla p r o p o n e tr a n sa c c io n e s ; ju ic io de La r e c o n q u is ta ; F r a n c ia é In g la terra a u silia n ¿ P o r tu g a l


ajiesar de lo s t r a ta d o s : p lan de in v a sió n : sitio de V alcnza do M iü h o : v e n ta ja s de don J u a n de A u stria e n AJem -Tcjo:
d esastre d e A m eixial ó E strem oz: v icto ria (Je V a ld e n r n la : r e n d ició n de V a len cia de A lcántara: s itio y b a ta lla de C a slel-
R odrigo.— M uero don L u is de H aro y Le sucede u n m in isterio d e tres p e r s o n a s : te n ta tiv a de r e g ic id io üel m a rq u é s de
L ic b e ,— Don Juan de A u str ia s e retira de P o r tu g a l y le reem plaza el m a rq u é s tic C ara ccn o : s itio de V illa v ic io sa y d er­
rota do M ontescííiros.— M uerte de F e lip e I V : e sá m e n de su reinad o.

H echas paces con C atalu ñ a, con Holanda, con In g la te rra , con los príncipes de Italia y con
Francia, no quedaba España en g uerra con ningún estado de E uropa sino con Portugal.
Quizá al tra ta rla s , con grave detrim ento algunas de la dignidad y los intereses de la nación,
llevaba el lüinistro Haro la m ira, ciertam ente justificativa, de privar á los nuevos reyes
del ausilio de coronas poderosas y desembarazar la atención de nuestros ejércitos p ara di—
rijirlos allí, pues ya no se decia en la córte, después de la derrota de E lvas, que la recon­
quista de aquel reino fuese obra de algunos dias ni de unos cuantos reclutas. En la paz de
los Pirineos se exijió y estipuló form alm ente que la F rancia no p restaría ausilios de ningún
género á P o rtu g a l, y la resolución del m inistro español sobre este punto era tal q u e , ha­
biendo la rejenta juzgádose entonces m uy débil p ara resistir á todo el poder de España
y hecho proposiciones de transacción, fueron desechadas con altivo desden. Ofreció dar un
tributo anual de un m illón, ocho naves de g u erra y cuatro mil soldados, tributo que ha­
ría á su corona feudataria de la española, y llegó á contentarse con la reducida soberanía
délos AJgarbes ó la lejana del Brasil. La firmeza de Haro en no conceder mas que los estados
de la casa de Braganza y el virreinato en perpetuidad foé patriótica y noble; ¿p e ro fue
política? El nuevo reino habia sido y a reconocido por todas las grandes potencias de E u ­
ropa á favor de la pugna en que vivían con E sp a ñ a : los tratados de alianza ó neutralidad
no debían m erecer fe á quien supiese por la historia que la ^ a ía b ra de r e y , por mas que el
vulgo la ennoblezca, es de todas la m as liviana: la tiranía del C onde-duque habia abierto
nn ancho foso entre ambos pueblos, y la vandálica g u erra hasta antonces sostenida lo ha­
bia llenado de sangre: ios portugueses estaban entusiasmados por su independencia, y los
españoles que no vieron sin pena sucumbir aquellas libertades, no estaban poseídos de la
conveniencia de la unión de ambas coronas, p a ra que la reconquista tuviese un sólido apo­
yo en la opiaion. ¿Q uererlo to d o , no era esponerse á perderlo lodo? Debió aceptarse en­
tonces la mas ventajosa transacción y dejar p ara ocasion mas o p o rtu n a , cuando la nación
se hubiese repuesto de su larga lucha con la E uropa, el empleo de las arm as, sin o seq u eria
abandonar á la lenta pero segura acción del tiem po, ausiliada por u na hábil política, ía
persuasión del interés que ambos pueblos deben tener en su íntim a y p erpetua unión. El
desconocimiento ó el desprecio de esas consideraciones fué funesto, muy funesto á España.
La re je n ta , herida en su ambición y en su o rg u llo , llamó al pueblo portugués á la defensa
de sus privilegios y de sí p ro p io , de una m ujer y de un n iñ o ; y el p u e b lo , que jam ás ha
dejado de conmoverse á fa y o z de la libertad ó la independencia y á la vista de los débiles,
se levantó como un solo hombre. Pidió ausilio á Francia é In g la te rra , y se lo dieron apesar
de los tratados. Luis X IV , aunque ya no tenia por m inistro á M azzarini, que murió de­
jando á aquel rey en el trono mas encumbrado de E u ro p a, autorizó á u n general de sus
arm as, el ilustre conde Schom berg, discípulo de T u re n a, p ara que pasase al servicio de
Portugal con cien oficiales franceses reform ados, cien sargentos de artillería y cuatrocien­
tos ginetes Y ete m o s. Mas adelante le envió u n socorro de seiscientas mil lib ra s , que sir­
vieron para levantar cuatro m il soldados (1). Luis X IV , sin em bargo, acababa de casarse
con la hija de Felipe IV , La In g laterra no solo perm itió tam bién el levantamiento de trece
mil hom bres, la compra de arm as y elección de oficiales, sino que además concedió una
escuadra de veinticuatro velas de guerra. E n vano se quejó y reconvino E spaña, pues sus

(l) [tfignct*
94 msfoniA de kspaS a.
reclamacioiies fueron desoídas ó despreciadas. Cuando, apenas em prendida la g u e rra , se
casó Carlos II con la infanta Catalina de P o rtu g a l, en los capítulos m atrim oniales se com­
prom etió la Inglaterra á poner al servicio de este reino oclio fragatas con tres rail infantes
v mil caballos.
Apesar de to d o , luego que Ilaro hubo reparado al ejército de E strem adura de la derrota
de Elvas y reunido mas fuerzas, ordenó la invasión. E ra el plan dividir el ejército en tres
cuerpos q u e, entrando sim ultáneam ente por las provincias de B e ira , Alem-Tejo y E n tre -
Douro yM inho, es decir, por el centro y loseslrem os del te rrito rio , dehian caer á un mis­
mo tiempo sobre Lisboa, á cuya vista se presentaría también un a escuadra á las órdenes
del duque de Veraguas con tropas de desembarco. E ste plan desconocía que la g u erra en
Portugal 110 era esclusivamente m ilitar sino popular. Si las tres divisiones hubiesen cons­
tituido u n solo cuerpo que se dirigiese rápidam ente á la capital p o r el camino mas breve,
no habría encontrado obstáculo capaz de detenerle ni en los pueblos ni en el ejército. Se­
paradas y á distancias desproporcionadas con relación al terreno que debían atravesar, que­
daban muy espuestas á contingencias que destruirían inevitablem ente la necesaria combi­
nación de sus movimientos. Juntábanse otras circunstancias desfavorables, señaladam ente el
odio que la reina M ariana de A ustria, segunda m ujer del r e y , á quien dominaba á la sa­
zón , habia concebido á su entenado doil J u a n , nombrado general en je fe , con el mando
de la división que debía p en etrar por el A lem -T ejo. Se le encomendó la p arte mas arries­
gada del p lan , y no se le concedieron mas que doce mil hom bres, con la m ira quizá de que
un a derrota aniquilase en u n día su prestigio en la nación y su influencia en el ánimo de su
padre. Con tales elementos v condiciones entraron los españoles en P ortugal.
El m arqués de V íana, general del ejército de las fronteras de G alicia, em prendió tor­
pem ente sus operaciones con el sitio de la fuerte plaza de Valenza do Minho que res­
g uard a el reino por la parte septentrional, sin ocupar una altu ra inm ediata, desde donde
los enemigos diezmaron im pugnem ente sus tropas teniéndolas como cercadas. Pudo reti­
ra rse , pero pagando harto caro su falta de tino y su inadvertencia. E l ejército del duque
de Osuna destinado á l a Beira no hizo mas que rescatar la plaza de A lb erg aría, que nos
habia sido tomada el año anterior. Y don Ju an de A ustria , solo á fuerza de instancias de la
c ó r te , se movió á ocupar á Arronches y A lconchel, (lacamente guarnecidas. E ste l’ué el
fruto de la cam paña de 16G1. E s preciso añadir que la escuadra de V erag u a s, que m ar­
chaba al a z a r , sin combinación con los ejércitos de tie rra , acometida en las castas de Anda­
lucía por una borrasca, fué dispersada, naufragando nueve de las galeras en que iban las
tropas. E n la cam paña sig u ien te, el arzobispo de Santiago, don Podro de Acuña, que susti­
tuyó al m arqués de V íana, tomó á P o rtella, poco antes rescatada de nuestras arm as y á
C astel-L indoso, que m uy luego lo fué tam bién; y O suna se contentó con rendir á Escalo­
na. Unicamente don Ju a n , reforzado con algunas tro p a s, se apoderó de Borba y Ju ru —
m e u h a ; y despues de haber derrotado la caballería enem iga á orillas del Celias, se estendió
por el A lem -T ejo tomando á Y ey ro s, O crato , F onteyra , A zu m ar, O nguela, Monforte y
otros pueblos. E n seguida se dirigió contra la capital de la provincia, Evora, y la rindió an­
tes de que Sancho M anuel, conde de Víllaflor desde la brillante defensa de E lv as, pudiese
llegar á su socorro (1063), Un choque fué entonces solicitado con ahinco por los portugue­
ses para cortar su vuelo al enemigo. Don Juan trató de eludirlo enviando una división á
Alcazar do Sal para a te rra r á Lisboa m ientras él atravesaba el rio D e g c b a : V íllaflor, ó
mas bien Schöm berg, que, como su segundo, dictaba las operaciones, 110 se dejó engañar, y
lo esperó en la opuesta orilla. El rechazo que allí sufrieron los españoles bastó p ara que su
general se propusiese volver á Badajoz dejando guarnecidas las plazas que habia conquis­
tado. Siguióle el enem igo, y trabaron la batalla á la vista de Am eixial, pequeño pueblo
vecino de Estrem oz, desde entonces famoso porque se salvó allí el nuevo trono lusitano.
Don J u a n , no obstante la escarpada eminencia en que se s itu ó , fue acometido con es tremado
ardor y puesto en com pleta fuga, apesar de los ejem plos de heroísmo que ofreció á sus
soldados. El destrozo fué grande porque la batalla duró casi iodo el dia (8 de junio de 1663)
cuatro mil m uertos y heridos quedaron al pie de aquella m ontaña; y en la retira d a se per­
dieron seis mil prisioneros, mil cuatrocientos caballos, ocho cañones, u n m ortero, cajas
m ilitares, banderas y mas de dos mil carros cargados de u n rico botin. Fué p ara E uropa
la últim a prueba de la degradación en que habian caído nueslros ejércitos, y e ra un pre­
sagio á l a esplendente gloria de la casa de A ustria, destinada á perecer en manos-de un
REINADO DE FELIPE IV . í)3
pigmeo. Las rendiciones de E v o ra y Yillaflor coronaron esta victoria, que oscureció entera­
m ente la que el duque de O suna consiguió en Yaldemula contra una división de doce mil
hombres con la m itad de gente. Sin curarse de ella, Schomberg toma la agresiva y sitia á
Valencia de A lc á n ta ra , ciudad antigua que casi no contaba con otros m edios de defensa que
el valor de su gobernador don Juan de A yala Mcjia (1664). Don Juan de A u s tria , encer­
rado en Badajoz, no quiso acudir á su socorro con soldados quebrados de esp íritu , y cuando
agotó sus municiones y una bomba incendió el almacén de la p ó lv o ra, cercado de escom­
bros , propuso una honrosa capitulación, que fué aceptada. A rronches y Codeceyra con lal
ejemplo fueron desm anteladas y abandonadas. Osuna em p ero , orgulloso con la victoria de
Yaldemula, habiapuesto sitio á C astcl-R odrigo; mas la fortuna desertó allí de sus fila.«.
Cuando acababa de dar un asalto sin éxito, el general Magalhaes forzó sus líneas y lo arrojó
de ellas con la pérdida de mil doscientos hom bres, la a rtille ría , municiones y bagages.
Enojado el m onarca, lo separó del m a n d o , y en su despecho el pundonoroso duque se pre­
sentó á su sucesor, el m arqués de C aracen a, pidiendo u n a plaza de soldado raso. El rey le
impuso una m ulta de cien mil ducados y lo encerró en u n a prisión.
La corona estaba j a sometida á otras influencias. Don Luis de Haro habia m uerto d e-
jando el concepto de un hom bre de facultades negativas p ara el m a l, pero sin estímulos ni
talentos para el bien. Le sucedió un m inisterio compuesto de tres p erso n as, el arzobispo de
T oledo, el m arqués de M edina de las T orres y el conde de C aslrillo; pero quien realm ente
heredó el poder fué el jesuíta alem an N ith a rd , confesor de la reina. Dio esto lu g ar á uno
de esos proyectos que en nuestros dias han herido hondam ente la atención de las naciones,
una segunda tentativa de regicidio contra Felipe IV. Pero lo que hoy suele ser un chispazo
escapado de la indignación p o p u la r, fué entonces la m iserable venganza de un resenti­
miento cortesano (1663). El m arqués de L iche, prim ogénito d e H a ro , defraudado en sus
esperanzas de suceder á su padre en el g o b iern o , hizo ab rir u n a m ina en el teatro del Retiro
con objeto de volarla en una de las muchas noches en que el rey asistía á los espectáculos.
Descubrióse el proyecto el mismo dia de su ejecución, y todos los reos confesaron su delito.
151 a u to r , sin em b arg o , obtuvo la clemencia del soberano, y solo sus cóm plices, gente ínfi­
m a y d esvalida, subieron á la horca. E l m arqués de L iche, despues de algunos meses de
p risió n , generosam ente reintegrado en sus bienes y honores, pidió ir á dem ostrar su a rre ­
pentim iento y g ratitu d en los campos de batalla de P o rtu g a l, donde con efecto y en Italia
consiguió lavar con el sacrificio de la vida la m ancha de su nombre.
D on Juan de A u stria , irritado del abandono en que se le te n ia, m ientras se m andaban
al em perador de Alemania para hacer la g u erra á los turcos tres millones y se le ofrecían
diez, y ocho mil hom bres equipados y sostenidos po r E s p a ñ a , hizo dimisión del mando y se
retiró á Consuegra (1 6 6 4 ). Quedó entonces de general en jefe el de Caracena, b ie n q u isto
de ia c ó rte , que lo llamó de F landes para poner á su disposición u n nuevo y florido ejér­
cito de quince mil infantes y seis mil quinientos ginetes sacados de las tropas de Italia, F lan -
des y Alemania. Habíase jactado de q u e, á semejanza del duque de A lb a , m archaría dere­
chamente á Lisboa arrollando todos los obstáculos; mas los tiempos habían cambiado. Sitió
á Yillaviciosa, y Schom berg, entonces á las órdenes del m arqués de M arialva, voló á su
socorro con fuerzas casi iguales á las del enem ig o , quince mil in fan tes, cinco mil quinien­
tos caballos y veinte piezas de artillería. Habiendo tomado posiciones á un a legua de la
p la z a , en las llanuras de M ontesclaros, Caracena marchó resuelto al combate. El prim er
ím petu de los españoles fué casi decisivo, pues en él avanzaron hasta las segundas líneas;
pero los batallones desordenados se re h ic ie ro n , y volvieron á la pelea con un ardor que
inició la victoria. Los trofeos que Caracena dejó al enemigo despues de ocho horas deco ra-
bate fueron cuatro mil cadáveres, otros tantos prisioneros, catorce cañones y casi todo el
bagage. La independencia de Portugal se consideró con esta batalla asegurada.
Se dice q u e , cuando Felipe IY recibió la triste nueva de este d e sa stre , se le cayó de las
m anos el p arte que la anunciaba y exclamando: «¡Hágase la voluntad de D ios!», quedó su -
merjido en u n desmayo. Dios quería, en efecto, que la tiranía purgase sus torpezas y mal­
dades. Del desmayo salió el anciano m onarca para caer en u n a tétrica melancolía que,
estinguiendo en breves dias sus fuerzas, lo llevó al sepulcro á los tres meses de haber pe­
recido el honor de sus ejércitos. Su cadáver fué trasladado al panteón del Escorial, magní­
fica m orada, pocos años antes concluida, para guardar mas que las cenizas el últim o
aliento de la vanidad de los reye's.
y6 HISTORIA BE ESPAÑA.
Las postreras palabras de Felipe IY fueron un insulto á la Providencia: « ¡Dios te haga
mas dichoso que á m íl» dijo, al echar su bendición al heredero de la carona, declinando
en el Suprem o Hacedor la responsabilidad de su vida. ¿ E ra á él á quien pcrlcnecia? Feli­
pe IY poseía, sino u n talento superior, el suficiente para distinguir !a virtud del vicio y co­
nocer el resultado de las acciones ordinarias en la sociedad. Sabida es su afición á las letras
y bellas a r te s , cuya influencia apreciarem os mas adelante Poseía también un corazon g e­
neroso , capaz de elevarse basta la magnanimidad en la clemencia ; era afable v compasivo.
I'ero su indolencia, entregándole á un privado sin instrucción, violento y corrompido, r s le -

Panteón J e los reves en ei mütuiMíírio dol E n cin a l

rilizó estas buenas dotes é hizo de su largo reinado de cuarenta y cuatro años uno de los mas
desastrosos de la m onarquía. Después del de don llodrigo, como dice muy bien un historiador,
ninguno fué mas ruinoso ni mas funesto. A.quel destruyó un reino, y este aniquiló im imperio.
Recibió un tro n o , si ya no poderoso, respetado todavía, y e llo dejó asunto de desprecio
para los grandes y de escarnio p ara los pequeños, Encenagado en los placeres, apesar de
su piedad religiosa (1) abandonó el cetro á un ambicioso sin g e n io , déspota sin grandeza
y orgulloso sin m éritos, que sublevó á todas las naciones contra nosotros y encendió la
g u erra civil en el seno de la p ro p ia , poniéndola al pie de una completa disolución. La
ambición de O livares escediaá los recursos de su ingenio, é imbuyéndole la intempestiva
idea del acrecentamiento de la m onarquía, cuando nos era ya difícil' conservar nuestro pro­
pio territo rio , no hizo mas que llam ar sobre E spaña el encono de las demás naciones, r e -

( i ) C u slab a Oc sal-i i' por Lis n o c h e s á g a la n teo * . Uutí t10 fuci'on m en o s funestos para s u hijo íjhc par«i e l.
REINADO DE FELIPE IV. 'J7
sentidas de su larga humillación. ¿Qué beneficios podia traer á España el feudo de los P a i-
ses-B ajos despues d e h a h e r sido esteuuados por una costosa g u erra? Y si tales aspiraciones
tenia ¿á qué dar pávulo á disensiones civiles que im pedirían esos planes de engrandeci­
miento y absorverian las re a ta s del tesoro? porqué intentar tan inoportunam ente la cen­
tralización del poder y la obra de la unidad nacional, que jam ás puede ser ejecutada por la
violencia sino por la política y el tiem po, y eso cnando obstáculos naturales no se oponen á
cha con elabsolutism oque Olivares apetecía?

E l co n d e O ctavio P ic o lo m in i.

La ignorancia y la codicia de este ministro sum ieron al pueblo en la m iseria, haciendo


llegar bajo su administración los intereses de la deuda á la tercera p arle de las rentas. P a ra
llenar las arcas del tesoro, que sus disipaciones vaciaban, y a aum entaba el vellón como
en el reinado anterior y prohibía la estraccion del oro y de la p la ta ; y a destituía
con cualquier pretesto á los gobernadores de nuestros dominios imponiéndoles fuertes mul­
tas, y los sustituía con otros á quienes hacia pagar la g ra c ia ; y a , en f in , oprim ía á la ag ri­
cultura y al comercio con impuestos que rendían sus fuerzas y estinguian su aliento. Los
pueblos se quejaron en v a n o ; y las c ó rtc s, pálida sombra de su an tig u a existencia, en vano
repitieron también sus quejas Solo los vizcaínos fueron afortunados en su resistencia, pues,
habiendo querido sujetarlosá un impuesto sobre la sal, presentaron una protesta (1632) y el
rey se vio sometido á re tira r su decreto y ratificar de nuevo aquellos fueros. E n l G í í
tuvo que confirmar igualm ente los privilegios de los alaveses (1 ). Pero estas esenciones r e -
(1 ) L lórente: Provincias V ascongadas; prólogo,
98 HISTOHTA DE ESPAÑA.
dundaban en perjuicio de todas las demas provincias. A sí, m ientras las dem as naciones,
regidas por hábiles é ilustrados m inistros, entraban en un periodo de desenvolvimiento in­
telectual y m aterial, E spaña, sin sábios, sin políticos, sin g e n e ra le s , asentada en el re­
gazo de la inquisición, caia en las tinieblas de la ignorancia y en la postración de la agonía.
¡La inquisición aun encendió sus hogueras para trein ta y tres víctimas! (1)

( i ) F u e r o n acu sad os d e ju d a iz a n te s y p ereciero n e n e l auto do fé q u e so c eleb ró e n Madrid e l 4 de j u n io de 1 0 3 2 ,


E l r e y m andó fu n d a r 3a ig le s ia de lo s C a p u ch in o s do la P a cien cia e n e l m U m o s illo de su s s e s io n e s , e n la c a lle de la s In -
ia a ta s ,

M oneda de F e lip e IV,


C d rlo ß II.
RUADO DE CARLOS II.

CAPITULO XIII.
1 6 6 5 .— 1676.

í ’on&ejo d e rpjo.nc-iíi c u la m e n o r cd^id de C a rlo s I I : la [íüliftni a d o ra M nriíuift de A u s iria : ¡n llu c n c ia de s u c o n fe s o r el 1\


iV ilhnnl.__I 'o r i ii ií u l ; co r re r ía s c¡ü la fron tera : re siste n c ia de Jos C o d u j o s 1^ I**1?·: lig o de la F ra n cia c o n los p o r lu -
c ru e se s: p a z du l.is h o a .— l ’r e te n s io n e s d e L u is XIV q u e r e u u e v a n la g u e r r a : Cátodo d e F la n d e s y p e rd id a d e v a rio s
l>lnz»*; r e c u r s o s fiiu m c io rn s ¡luí tfo n sejo d e E s t a d o : p é rd id a d el F r a n c o - C o n d a d o , q u e d e v u e lv e la p a z d e A q u i s t a n . —
lis ta d o de ia r ó r l e y de l p a i s : p e rs e c u c io n e s c o n tr a d o n J u a n d e A u s tria fin e p r o d u c e n s u r e b e l ió n : e s p u U io n d e N i-
l l i a r d : c a p itu la c io n e s c on la r e i n a . — G u e r r a de F r a n c i a c o n H o la n d a , q u e e n v u e lv o á E s p a ñ a : c o m b a te s n a v a le s de
R u y t c r : v e n ta ja s de los e jé r c ito s f ra n c e s e s : lig a d e H o la n d a , A u s tria y E s p a ñ a : p e rd id a d e fin itiv a d el F ra n c o - C o n d a ­
d o : h o r ro r o s a b a ta l la de S e n o fr: v e n ta ja s d e T u r n i a : a c o m e tid a in fr u c tu o s a ni H o se H o n .— S u b le v a c ió n d e M esm a (S i­
c i l i a ) : c o m b a te s n a v a le s : d e s tr u c c ió n d e la e s c u a d r a e s p a ñ o la ,— C on q u is ta s d e L u is XIV en F l a n d e s : in flu e n c ia d e la
m u e r te d e T u r c n a : s itio d e M a n s tr ic L — L o s f ra n c e s e s in v a d e n á C a t a lu ñ a .— R e tra to d e C a rlo s I I : e l f a v o r ito V alen -
z u d a : i n tr ig a s p a la c ie g a s e u fa v o r de d o n J n a n o l t e r m in a r la re jü n c ia .

arlos I I uo tenía aun cuatro años cuando heredó la


corona de España. Felipe IV fijó su m enor edad
hasta los catorce, y dejó su tu tela y la del estado á
su esposa ausiliándola de un consejo de rejencia,
que componían el presidente de Castilla, el vice­
canciller de A ra g ó n . el inquisidor g e n e ra l, el arzo­
bispo de Toledo, un grande de España y un conse­
jero de listado.
M ariana de A ustria, vastago de la casa imperial
nacido en A lem ania, tenia por su pais y sil familia
un afecto que escluia toda comparación; afecto que
la predisponía á sacrificar á ambos objetos los inte­
reses de la nación cuyo gobierno se le confiaba. So­
brábale de resolución y de c a rá c te r, cuanto le fallaba de ta len to ; de m anera que su­
je ta al dominio de ageno influ jo , era capaz de llevar á ejecución los mas perniciosos
consejos.
Poseía por entero su confianza, segim dejamos dicho, el padre Juan Everardo N iíhard,
flexible y diestro jesuíta aleman q u e, en su carácter de confesor, jam ás se había separado
de su lado desde at.venida á E sp a ñ a , ejerciendo sobre su conciencia un imperio absoluto.
tom íT iv. i5
100 HISTORIA DE ESPAÑA.
Solía decir la rejeiita que los negocios de un estado eran muy pesados p ara sus hom bros, y
que en nadie con mas seguridad podía descargarlos que en su confesor. I[izóle naturalizar
corno español para nom brarle inquisidor g e n e ra l, y darle de este modo en trad a en el con­
sejo de rcjencia. F ue desde aquel momento N ithard el valido, el ministro suprem o, el
rey de España. Su escesivo orgullo y su falta de talento político venían oportunam ente á
dar el último golpe á la decadencia de la m onarquía.
No había legado Felipe IY á la nación mas g u erra que la de P o rtu g a l; pero los au si-
lios que la Francia y la In g laterra prestaban al trono de B raganza dem ostraban bien cuan
frágil era la paz que con estas potencias sostenía España.
Despues de la derrota de Yillaviciosa el desaliento que se apoderó de los españoles
franqueó el paso á una invasión po rtu g u esa, que se estendió h asta los estados del duque
de M edina-S idonia, herm ano de la rc.jenta, saqueando á todos los pueblos del tránsito. Si
no le hubiesen m andado retirarse desde P o rtu g a l, fácil le hubiera sido llegar hasta las
puertas de Sevilla. Los tem ores de un rom pim iento con la F ran cia obligaron a mandar
tropas á Flandes y Cataluña en 1666 quedando la estensa línea de Castilla y Estrem adura
cou solo cinco mil hombres de infantería y tres mil ochocientos de caballería. A favor de
esta debilidad, los portugueses verificaron otras incursiones por A ndalucía, Castilla y Gali­
cia, en las que recogieron un inmenso botin. Las que intentaron los españoles fueron me­
nos afortunadas - los soldados, faltos de p a g a s, desertaban, y sus jefes no se atrevían á
im poner castigos represivos: la desmoralización llegó h asta salir los oficiales á robar en
las calles (1 ). E n situación tan deplorable, la córte de Y ic n a , con quien el 1*. N ithard es­
ta b a en activa correspondeucia, creyó que debía aconsejar á E spaña un arreglo con el
que IIamalla u su rp a d o r. Quizá veía j a levantarse sobre su cabeza la gigante ambición de
Luis X IV . La gobernadora y el valido se hallaban dispuestos ;l pasar por condiciones hu­
millantes al honor nacional, m as, como el consejo de Estado se manifestase opuesto á «ha­
cer paz con u n tirano como de rey á rey» , fue preciso acudir á los demas Consejos espe­
rando hallar en ellos conformidad. El de Indias y el de Italia la prestaron en efecto; pero
el consejo de P o rtu g a l, el de C astilla, el de A ragon, el de F lan d es, la orden m ilitar de
de A lcántara, la de S antiago, la de C alatrava, todos estos cuerpos que representaban en
algún modo el p a ís , opinaron que la g u erra debia continuarse. Luis X IV , á cuyos planes
convenia alim entar esta lucha, para cuya term inación la In g laterra se ofrecía y a de media­
d o ra, prom etió ausilios al gabinete de M adrid y al mismo tiempo brindó con su alianza
pero con mas sinceridad, al de Lisboa. F ué aceptada, y el 31 de marzo de 1667 se firmó un
tratado de liga ofensiva y defensiva e n tre la Francia y P ortugal. A quella m antendría en
campaña cuatro regim ientos de sus tropas y daría además un subsidio anual de trein ta y
cuatro mil libras esterlinas, que se elevarían á cien mil m ientras aquellos no entrasen en
operaciones: esta procuraría formar dos ejércitos de diez y siete mil hom bres ó cuando me­
nos se obligaba á hostilizar á E spaña con cuatro cuerpos de cuatro mil cada uno (2). Pero la
córte de L isboa, devorada por inm orales disensiones in testin as, apetecía también la paz
p ara atender al sosiego in te rio r, y no tardó en seguir los consejos de la In g laterra. Los ple­
nipotenciarios de las tres potencias acordaron el tratado de 13 de febrero de 1668 que puso
térm ino á una g u erra devastadora de veintiséis años. E spaña reconoció en él los derechos
de la casa de B raganza al trono de P ortugal con la posesion de todos sus dominios antes
de la reunión á la corona de Castilla, y no sacó de sus crecidas pretensiones mas que !a
im portante plaza de C euta, que nos pertenece todavía. ¡El reino á qae aspirábam os se re­
dujo á u n p re s id io !
La Gobernadora consintió en esta paz bochornosa por atender á otro país de m as sim­
patías p ara ella. ¡La h ora de la espiacion había llegado p ara España! El negociador de los
capítulos m atrim oniales entre Luis X IV y M aría T eresa, Mr. de L ionne, había cuidado de
poner á la renuncia de esta princesa la cláusula sim ulada en v ir tu d del p a g o de los quinien­
tos mil escudos de oro señalados como dote. No habiendo sido esta satisfecha, hizo aquel
entender que la falla de cum plimiento anularía la renuncia de los derechos de su esposa
á la corona de España. Pero como estos derechos no podían en todo caso ser reclam ados

( 1 ) Algrurtos oficíalos d el r eg im ien to íIr! m a r q u é s d e L id ie de g u a r n ic ió n en Alcántara., q u e fueron se n te n c ia d o s h m u er-


io por u n co n sejo de gu erra ; pero e l coronel o btuvo su p erd ó n .
( 2 ) M ignct.
REINADÓ DE CARLOS I I . 101
hasta la m uerte de Cárlos I I y la ambición de Luis X IV estaba impaciente, alegó otros que
decia asistirle desde la m uerte de Felipe IV. Habia en un oscuro distrito de Flandes una
incierta co stum bre, conocida con el nombre de derecho de d e vo lu ció n , que adjudicaba los
bienes patrim oniales á lo s hijos del prim er m atrim o n io , aun cuando fuesen hem bras y los
del segundo varones : desde la renovación de los esponsales, los propietarios e ra n y a los
h ijos, y el padre se consideraba como u n mero usufructuario de por vida. El m onarca
francés, rebajándose hasta el nivel de sus vasallos de Flandes ó elevando su costumbre
hasta el orden político, reclamó de Cárlos II la posesion de Flandes, el Brabante y el Franco-
Condado como que correspondían á su esposa por ser hija del prim er enlace. De suerte que
los pueblos pudieron ver en el m atrim onio contratado como garantía de la paz el origen de
u na nueva guerra.
En mal hora venia á E spaña esta provocacion, porque ni tenia fuerzas para responde]·
á ella, ni generales que defendiesen sus derechos, ni dinero p ara sostener u na g u e rra , ni
apoyo alguno en los países cuya posesion se nos disputaba. Los soldados, no teniendo que
com er, vivían de limosna ó robaban; las plazas fuertes estaban desmanteladas de gente,
víveres y m uniciones; los jefes sin p re stig io ; E spaña desacreditada. Y Luis X IV , no solo
babia preparado un ejército de cincuenta mil hombres en las fronteras de los Paises-B ajos
y hecho grandes depósitos de vituallas y aprestos de g u e r r a , sino que liabia cerrado el
paso á los socorros que el em perador pudiera enviar á los españoles por medio de un tra ­
tado ofensivo y defensivo con varios miembros de la confederación g erm á n ica, cuyo te rri­
torio debían atravesar. E n vano el m arqués de Castel—Rodrigo (1) clamaba incesantem ente
por ausilios, pues en diez meses no habia recibido mas que dos cientos mil escudos para
cubrir todas las atenciones; en vano pintaba su situación diciendo q u e , si no por un mila­
gro , no veía otro medio de salvar aquellas posesiones, y q u e , si nos pidiesen un a provin­
cia de E spaña, seria preferible darla p a ra ganar tiem po. La córte de M adrid, taita de
recursos y quizá no creyendo en la inminencia del p elig ro , no hizo mas que enviar algunas
tropas ; de m anera q u e , cuando la guerra estalló, el m arqués tuvo que volar las fortifi­
caciones de A rm entieres, Condé, Saint Guiiain y otras plazas secundarias que le era im­
posible sostener.
Luis X IV para prevenir los recelos de E u ro p a , publicó u n manifiesto (1667) alegan­
do sus pretendidos derechos y dando á entender que se arm aba con el ánimo de libertarla
de la preponderancia a u stría c a , que ya no era un fantasm a p ara nadie n i u na sombra.
E spaña recibió este manifiesto al mismo tiempo que la noticia de la rendición de Charleroy
llave del B rabante y de H aínau, á los franceses. Tres ejércitos habían acometido á Flandes,
uno á las órdenes del m ariscal d’A um ont, otro á las del m arqués de Crequi y otro á las
del mismo rey Luis X IV . Sus banderas ondearon ya al fin de la prim era campaña en las
m urallas de B e rg n e s. Saint—V inox, F u m es,. A íh , T o u rn a y , D o u a i, C o u rtray , U denar—
d e, Alost y Lila; de todas las cuales solo T ournay y Lila opusieron alguna resistencia. El
conde M arsin, que no se atrevió á socorrer á esta últim a plaza con tropas recien levanta­
das, se vio obligado á acojerse en el B rabante perseguido por tres divisiones perdiendo
en la retira d a mas de mil hom bres, y solo su bizarría pudo salvarle de un a completa
d errota.
Afligióse la córte á la noticia de estos desastres que anunciaban otros m ayores, sin que
la pericia del erario perm itiera acudir á repararlos. Pidióse al consejo de Estado un rem e­
dio ; pero este después de largas deliberaciones, no halló otro que la aplicación á tan g ra ­
ves urgencias de « la mitad del dinero, metales preciosos y diam antes que llegaban por los
galeones. Este es el arbitrio ejecutivo, decia, y conforme con las necesidades p ara acudir á
los peligros de la. m o n a rq u ía, recayendo el gravam en sobre individuos opulentos, ex tran ­
jeros los mas y por consiguiente no contados entre los súbditos de V. M .; pero procuran­
do indem nizar á cuantos alcance al sacrificio de aquel producto por ocho ó diez años.» A
la proposicion de este em préstito forzoso im puesto á los ricos añadia-la de otro voluntario
de una m anera que revelaba bien su desconfianza: «Suplica el consejo de Estado á V. M.
que se entere d e, si seria ó no del caso pedir á mil individuos de todas las clases, ecle­
siásticos ó seglares, que le preste cada uno mil ducados; encargando á dependientes
am aestrados en negocios y ante todo desinteresados, la tarea de form ar las prim eras listas-

( i } Carta ú. ln G oberoailora fechailíi en B ru sela s á ÍG de raarzo de 1GG7.


102 HISTORIA DE ESPAÑA .
y los únicos comprendidos en ellas pudieran luego ir apuntando oíros, hasta m il, en dis­
posición de pagar quinientos ducados. Todos los pasos relativos al em préstito correrían
fuera de la córte á cargo de prelados y corregidores, que se entenderían en tre sí para que
se ejecutase todo liajo el método mas oportuno y con el mejor éxito que fuese dable» (1 )■
Recursos tan mezquinos solo sirvieron para poner de uianiliesto la desnudez de la nación
y la incapacidad de sus magistrados.
La m onarquía española no contaba ya con o tra esperanza que los celos inspirados por
la Francia á las naciones que se habían armado para sacudir el yugo de la casa de A ustria.
Holanda é In g laterra ofrecieron su mediación y Luis X IV puso por condiciones la cesión
de las plazas que habia conquistado en los Países-Uajos ó su equivalente en el Luxem burgo
ó el Franco-Condado (1668). Rehusadas por E sp añ a , solo ofreció un a treg u a de tres me­
ses, que quebrantó m uy luego arrojándose sobre está provincia. Su conquista solo ocupó
catorce dias al principe de Condé : las plazas fuertes le abrieron sus p u e rta s; los habitan­
tes, cansados y empobrecidos por la dominación española, facilitaron medios al conquista­
dor ; y el parlam ento de Dole, único punto en que halló alguna posicion, espidió un decreta
de m uerte contra cuantos no se som etieran á los franceses.
A larmáronse con esta rápida conquista las naciones del norte reunidas á la sazón en el
congreso de A ix -la-C h a p elle, y la In g la te rra , la Holanda y la Suecia renovaron la oferta
de su mediación. Luis X IV , temiendo descubrir demasiado tem prano sus miras ó poco con­
fiado todavía en su p o d e r, firmó la paz de A quísgran (2 de m ay o ), que solo á España fué
costosa pues si recobró el Franco—C ondado, de cuya fácil reconquista estaba segura l a l r a n ^
c-ia, perdió las plazas de F landes, que dejaban franca la entrada á nuevas invasiones.
A nadie se ocultó que Luis X IV solo m iraba una treg u a en aquel tratado, y lodos se
prepararon para sostener el equilibrio europeo inventado por la In glaterra y llevado ¡i
cabo por Richelien contra la casa de A ustria. La rejen la levantó nuevas tropas y entregó
su mando á don Ju a n , no tanto por confianza que su pericia m ilitar le inspirase cuanto por
alejar u n temible rival.
La insolente arrogancia del P. N itliard, que se creía otro Cisneros (2 ), los reveses de
la g u erra y los despojos que se hacían á la nación enviando crecidas sumas al em perador
de A lem ania, m ientras la m iseria consumía nuestros soldados, habian’enagcnado al poder
el apoyo de la grandeza y del clero y la pasibilidad de los pueblos. El conde de Castríllo,
presidente del consejo de rejencia y el mas ilustrado quizá de los m inistros, herido del
menosprecio en que se tenia á los consejos, pues para nada se les consultaba, habia re ­
signado sus cargos dirigiendo á la reina estas palabras que envolvían una severa recon­
vención:· «Mi avanzada e d a d , mis quebrantadas fuerzas y el sinnúm ero de los negocios
m e precisan á poner en manos de Y. M. los cargos que ejerzo, por cuanto estoy viendo
cuán diverso es el gobierno de Ja m onarquía de aquello que debiera. P lantearon los reyes
de España consejos para tener ministros con la vista fija en los reinos que buscaran sujetos
de todo desempeño para los empleos y quehiciesen al rey presentes sus servicios para que
los nom brara. N ada de esto se practica en el d ía , pues la reina es árb itra en consultar al
que dirige su conciencia sin contar con el consejo y por su propia autoridad disponer del
nom bram iento de los destinos en todas las secretarias. V enturosa fuera España si no ado­
leciera de otfos m a le s; pero todos los principales m inistros están acordes en que no cabe
esperar nada bueno de tal gobierno y que la m onarquía m archa á su total destrucción.
Me es m uy doloroso ver que llega esta desgracia en la rejencia de V. M. »
Sublevada la indignación pública, necesitó buscar un in térp rete ó un a bandera y fué á
encontrarla en don Juan de A ustria q u e , á las circunstancias de su nacim iento, ju n tab a
la de haber merecido las persecuciones de aquellos mismos á quienes ella aborrecía. E sta
fué la principal razón de su p o pularidad, pues como g u errero la fortuna se le habia mos­
trado lisonjera en ocasiones y en otras desabrida. Como q u ie r a , la córte y la nación entera
se hallaban divididas en au stría co s y n ita r d is ta s .
E staba ya para em barcarse en la Coruña don Juan de A ustria á su gobierno de F landes
cuando le llegó la noticia de que uno de sus mas fieles partidarios habia sido preso en M a -

1 1} Ardiivo de Simancas: A 8.
(2 ) L lega á pretend er qtie todos v iese n en 61 ó. n a m in is tr o d el Altisimo y com o tul 1c v en era sen . H a b ién d o le r e ­
prochado el d u q u e de Lcrm a s u a lla n e r ia , le c o n t u s tó : «A vos o s loca m ostrar resp eto h a cía m í , q u e v eo íi v u estro D ios
e n m is m an os y v u o sira rein a á m is pies»».
REINADO DE CARLOS I I . 103
drid á las once de la nochc de orden dé la gobernadora y ahorcado <i las tres horas dentro
de la misma cárcel en medio del mas profundo misterio. No dudando que habia sido sacri­
ficado al odio jesuítico de N ithard y que igual suerte correrían todos sus am igos, si él se
ausentaba, decidió no em barcarse, á protesto de la inconveniencia del clima de Flandes á
su salud, y trabajar resueltam enteen obsequio de su venganza. Mandósele vo lv erá su des­
tierro político de C onsuegra, desde donde representó enérgicam ente contra N ithard (1) y
por esto ó porque conspirase desde allí, dióse luego orden de prisión contra su prim er se­
cretario, y no tardó mucho en salir de Madrid el m arquésde Salinas con quinientos caballos á
p ren der al mismo don Juan y llevarle al alcázar de Toledo. Súpolo anticipadam ente, y se fugó
á A ragón, dejando una caria para la reina, en la que le pedia la destitución y el destierro de

E l m a rq u é s de Castet-Rudrig-o,

N ithard. Su nom bre, la animosidad de que e ra víctim a, las desgracias públicas de que le
liabia libertado el confinam iento, el odio á los ex tra n jero s, la indignación que escitaba la ti­
ranía del alem an, el valor que habia en rebelarse contra un a reina, todas estas circunstan­
cias hicieron en estos momentos u n héroe de don Juan de A ustria y soliviantaron el pais en
su favor. Los pueblos le recibían con aclamaciones y le ofrecieron su apoyo (2). Se quería
v er en él á u n restaurador de la m onarquía cuando no era m as que un príncipe resentido de
su absoluta separación del gobierno y de la omnipotencia de u n rival. Reunió de gente
allegadiza unos setecientos hom bres, y á su frente se dirigió á Madrid en son de g u erra á

( i ) La rciu a e n tre g ó e s ta c a ria á su. c o n feso r , y e s te la p a só á, lo s in q u isid o r e s para (¡ue sir v ie se de b a s e á u n p roceso,
íumUulo sob re e sta s p ro p o sicio n es q u e en e lla s e en co n tra b a n ;— ^H ubiera yo debhln ile d.u· la m urrte ni P. N ithard p o r la
tra n q u ilid a d d el estado»— M uchos te ó lo g o s r e sp eta b le s m e han a co n seja d o q u e lo h ic ie r a .— ¡No h e q u erid o e jecu ta r e ste
p royecto p o m o co n trib u ir á su co n d en a ció n e te r n a , p o r q u e e sp r o b a L le q u e e l je s u ít a s e h u b iera hallad o cd pecado
mortal®. La in q u isic ió n d eclaró e r r ó n e a s , h e r é tic a s y escandalosas o sla s fr a s e s , y en lo s p ü lp ito s fu e e l p rin cip o d ecla ­
rado en em igo de la religión p orque perseg u ía á s u s m in istro s. E l triu n fo de don Juan ahogó csIds tem ib le s d ecla m a ­
c io n es.
(ií) U o inform e del m arq ués d e T illa r s a L u is XIV d e c ía q u e era acogid o á lo s g r ite s de: V iv a el r e y don J u a n t m « e r a
e í m ftí jjo & íím o .
1 0 i- HISTORIA BE ESPAÑA.
bertav á la nación, d ec ía, de la ignominiosa tiranía de los extranjeros (1369). Guando llegó
á Torrejon de A rdoz, pueblo á tres leguas de la córte, y dispuso en batalla su pequeña
h u este, hubo dentro y fuera de palacio grande agitación. Unos aconsejaban la, suavidad,
otros el rigor: la rein a quiso enviar contra el vasallo rebelde las tropas de la guarnición,
mas los m inistros la disuadieron de una medida que podia aum entar el numero de los su­
blevados, y como am enazaba alterarse la tranquilidad en M adrid fuele forzoso someterse á
las negociaciones, interponiendo la mediación del nuncio apostólico. P e r o , aunque este no
pidió á don Juan m asq u e la detención por cuatro dias p ara satisfacerle en sus agravios, la
única contestación que pudo recabar fue «que la reiná habia tenido mas de cien dias para
resolver y que la prim era satisfacción era salir de España dentro dedos dias el P. N ithard.»
L agobernadora tuvo á su pesar que doblegarse, y consentir el confesor en su estrañam iento
bien que con el «título de em bajador estraordinario en Alemania ó R om a, donde eligiere y
le fuere mas conveniente, con retención de todos sus puestos y de lo que goza p o r ellos» (1 ).
El triunfo de don Juan le privó luego de estas m ercedes, y solo despues de largo tiempo
consiguió de Clemente X su protectora, que fuese nombrado arzobispo de Edesa. La espulsion
de N ithard vino á revelar Jos móviles de su rival, pues, no dándose y a por satisfecho, soli­
citó u na audiencia pública en ¡»alacio p ara dar sus descargos y m anifestar las causas de los
desastres en Portugal y F lan d es, y pidió el virreinato de Aragon ó plaza en el consejo de
estado. Irrita d a la reina con la hum illación á q uese la quería s u je ta r, mandó contestarle que
se trataría de ello despues que depusiese su actitud, y envió al general déla caballería á Gua­
dalajara, á donde se habia retirado aquel, á recoger la fuerza que de esta arm a tenia, bajo
las penas de rebelión. Pero los soldados contestaron que no reconocían por general sino á
don Juan de A ustria, y la rejenta se vio forzada nuevam ente á aceptar las capitulaciones
que le presentó el arzobispo de Toledo:
1 ,* Don Juan de A ustria será restablecido gobernador perpétuo de la Flandes española,
que se le quitó cuando no quiso ir.
2 .1 Los de su séquito serán restituidos en sus em pleos.
3 .a Será puesto en libertad don Bernardo P atino, herm ano del secretario de don Juan.
4.a Se creará un consejo que entienda en aliviar á los pueblos y precaver la m alversa­
ción de la real hacienda, cuyo presidente será don Ju an de A ustria.
5 .“ Se le perm itirá b esarla mano de la Reina.
6 .1 El presidente de Castilla don García de Avellaneda y el m arqués de A itona no con­
cu rrirán al Consejo cuando se hayan de tra ta r cosas de don Juan de A u stria, por ser sus
enemigos.
7 .“ El P. N ithard no volverá jam ás á España.
8." Los autos y decretos contra don Juan de A ustria serán anulados.
O.1 La tropa que le sirve será pagada como la que está en actual servicio». Estas condi­
ciones m anifiestan el verdadero carácter de aquel movimiento ó del interés que lo impulsaba,
pues no hay mas que u n solo artículo de conveniencia pública general y esc ocupa el cuarto
lugar en el convenio. Y, lo que acaba de dem ostrar la ambición del poder suprem o que anim a­
ba ¿t don Juan es la conclusion definitiva de los tratos, pues y a no fué á su gobierno de F lan-
des sino que desm em bró, puede decirse, la corona, haciéndose nom brar virrey del antiguo
reino de A ragón; es decir, C ataluña, A ragón, Valencia, islas Baleares y Ccrdeña. Tal fué
el desenlace de aquel amago de g u erra civil: la nación quedó libre de un déspota, pero no
del despotism o; el trono, hum illado; y crijido un general en árbitro de la suerte de la una
y del otro. F ué una de esas revoluciones palaciegas, estériles p ara los pueblos y que cor­
rom pen la m oral.
Cundió el espíritu de rebelión hasta Valencia, hubo tum ultos y gritos sediciosos; pero
fueron atajados oportunam ente y no tuvieron consecuencia.
Habia buscado entretanto Luis IV u n medio de renovar la g u erra. Ganando con el oro
por medio de su herm ana, la duquesa de O rleans, á Carlos II, separó á la In g laterra de la
triple alianza, la cual vino á quedar enteram ente deshecha reanudando su antigua am istad
con la Suecia (1670). Así aislada, declaró la g u erra a l a Holanda, que no podia menos de
envolver á la casa de A ustria. U na escuadra de ciento trein ta v elas, cien de las cuales eran
inglesas, amenazó sus costas al mismo tiempo que un ejército de ciento doce mil hom bres,

(i) P alabras d e l d ecreto .tic c x h o u c r a c io n dudo en Madrid á 23 d<‘ fuiircro de IGfiÜ


h e in a d o de Carlos n . 10 o
mandados por c! mismo Luis XIV, penetraba p o r el Mosa en su territo rio . (1672) El lamoso
alm irante R uyter salvó á su patria de la invasión m arítim a en un día entero de combate
p u es, aunque la victoria quedó indecisa, los aliados no se conceptuaron bastante fuertes
p ara llenar su m isión, y se retiraro n . La alianza con el A ustria y con la E spaña la salvó
tam bién de los ejércitos de tie rra . Estos avanzaron por las provincias de G üeldres, Over—
Issely U trecht rindiendo sin oposicion mas de cuarenta plazas h asta llegar á las puertas de
de A m sterdan; mas los socorros del em perador, que envió un cuerpo á la W estfáiia, y los
del conde de M onterrey gobernador de los Países-Bajos, que puso también á la s órdenes del
principe Guillermo de O range, joven apenas de veinte y un años, una división de doce mil
hom bres, llegaron oportunam ente á cortar sus pasos. La córte de Madrid aparentó des­
aprobar la conducta de M o n te rre y , sin em bargo de lo cual un a brigada de cinco mil hom­
bres fué á ayudar á la defensa de M aestrick, que , cómo la plaza mas im portante del B ra­
bante holandés, situada á orillas del M osa, quiso ocupar Luis X IV . Simulando atacar á
G ante y á B ruselas, consiguió alejar de ella á los españoles, y entonces se rindió (1673.)
E sta pérdida dió lugar al tratado de 30 de agosto, en que la H olanda, el A u striay E sp a ñ ase
comprometían á asegurar el equilibrio europeo, amenazado p o r la casa de Borbon. El A ustria
se obligaba á poner un cuerpo de treinta mil hom bres en la línea del R liin ; E spaña, á aco­
m eter á la Francia; y Holanda, á conseguir que fuese devuelto á lo s españoles cuanto habían
perdido en las negociaciones de Aquisgram. A dhiriéronse á esta alianza los príncipes cató­
licos cercanos á la república, el obispo de M unster, el elector de Colonia, mas tarde el
Brandem burgo y Dinam arca. Tres sangrientos eombates que Ruy Ser libró nuevam ente á la
escuadra com binada, obligándola á retira rse por segunda v ez, provocaron una reprobación
del parlam ento inglés á la’union con Francia, y Carlos II tuvo que separarse de ella, aunque
vendió también la paz á la Holanda en trescientas mil libras esterlinas. Todo sonreía pues
á los confederados al acercarse la cam paña de 1074. Pero Luis X IV tampoco se am edrentó
de ver arm ada á media E u ropa contra é l , y au nque no se negó á concurrir á las conferencias
que p ara restablecer la paz se celebraban en Colonia, se apoderó de cualquier puesto p ara
volver al campo de batalla. Habiendo el em perador violado el derecho de gentes en la per­
sona del plenipotenciario del elector de Colonia, mandó retirarse á sus rep resen tan tes y mo­
ver sus ejércitos. Envió tropas al Rosellon, donde los españoles habían amagado con una
acometida al Boló, y en tanto q u e T u rc n a y Condé peleaban con holandeses é im periales, él
en persona marchó á conquistar de nuevo el F ranco-C ondado.
F ué obra de cu arenta dias. E l gobernador A lveyda habia obtenido algunos refuerzos y
separado algunas fortificaciones; pero en el momento dé la invasión no pudo reu n ir p ara sa­
lir á su encuentro y acudir al socorro de las plazas sitiadas mas que tres mil quinientos
hombres de infantería y sobre nueve cientos de caballería. Además la poblacion se encontra­
ba mas dispuesta que la vez an terio r á ayudar á los franceses. Las plazas de G ray , Yesoul,
Besanzon, Dole y Laucognée fueron, puede decirse, las únicas que lograron contener algu­
nos dias la m archa triunfal del conquistador. Besanzon capituló quedando la guarnición
prisionera de g u e r r a ; mas una parte de e lla , indignada de tal ig nom inia, prefirió salir á
abrirse paso por entre las filas enemigas ó perecer en sus trin c h eras, que es lo que en efecto
les sucedió. España perdió entonces p a ra siem pre el Franco—Condado.
E n Flandes á ninguno de los contendientes coronó la victoria. Ordenó el príncipe de
Orange al general R avenhaut pusiese sitio á G rave, m ientras él con su numeroso ejército
de sesenta mil hom bres m archaba á esperar en los confines de la Flandes francesa al de
Condé, que sin d u d airia en su ausilio. Encontráronse en los campos de SenelT, que en­
cierran desde entonces una fúnebre m em oria. E l vencedor de Rocroy dejó pasar la van­
guardia y el c e n tro , y cayó sobre la retaguardia que componían las tropas de M onterrey
O range voló en su a y u d a , y pronto quedó generalizada la batalla. Condé m andada mas de
cuarenta mil hom bres, de modo que eran cien mil los que llegaban á reu n ir en un solo
punto las contiendas personales de los reyes para com batirse y d estruirse. Por tres veces
se acometieron y rechazaron aquellas inmensas m oles; doce horas duró el com bate, y solo
la oscuridad de m edia noche consiguió separarlas. ¡Veinte y cinco mil cadáveres cubríanlas
dos leguas que separan á Seneff de Say! ¡Y los mas ignoraban sin duda porqué m orían
¡ V eintev cinco mil familias vistieron luto y cuatro naciones lloraron sobre la ambición de un
solo hombre! AI dia siguiente los dos ejércitos se alejaron de la vista de aquel lago de sangre,
y Grave se rindió á los holandeses, dejando ante sus m uros otros seis mil cadáveres.
106 HISTORIA DE ESPAKA
T u ro n a , mas feliz que C o n d é, compensaba en Alemania la esterilidad de esta sangrienta
batalla. Apesar de que no tenia mas que veinte mil hombres p ara contrarrestar las tuerzas
del general C a p ra ra , el duque de Lorena y el elector de B randem burg, que se elevaban á
setenta m il, la Alsacia, la L orena, el P alatin ad o , los obispados de A letz, Toul y Verdvm,
vencidos por la admiración aun mas que por las a rm a s, se hum illaron ante la gloria del
prim er conquistador del siglo.
N uestros soldados invadieron en tanto el Roscllon y lograron apoderarse por sorpresa
del castillo de lic lle g a rd e ; pero la presencia del conde de Schom berg, lan fatal á su suerte,
los obligó á volverse á Cataluña recogiendo en la retirada, junto a M ordías, los laureles de
un choque que costó al general francés B ret tres mil hombres.
Estos fueron los resultados de la prim era campaña sostenida por la triple alianza contra
L uis X IY : el Franco-C ondado estaba ya sujeto al dominio de este re y ; F andcs, invadi­
d a; C ataluña, amenazada. En situación tan siniestra estalla un a insurrección donde p are­
cía mas sosegada y mas segura se creía la dominación española, en Sicilia. La habia
precedido una conmocion en Cerdcüa (1G69) también originada por los desmanes de los
gobernadores, que pudo sofocarse procediendo el duque de S. G erm án con actividad y
enerjía.
Mesina habia sido la única poblacíon q u e, por rivalidad con Palcrm o, no se adhiriera
al alzamiento de toda la Sicilia en 1 647, y contribuyera eficazmente á la restauración del
dominio español. Don Luis del Hoyo fué á pagar esta fidelidad con el despotismo mas in­
solente pues por dar en sancheá su autoridad de gobernador no habia desafuero que no co­
metiese. Exasperados los h a b ita n te s, se rebelaron pidiendo su cabeza cuando intentó
d estruir las libertades que sus fueros municipales les aseguraban. E spaña destituyó al im­
p ru d en te gobernador; pero el m arqués de Crispano, que le sucedió , en vez de restable­
cer la tranquilidad con la templanza y la ju sticia, quiso obtenerla por el rigor. Prendió á
los senadores, y el pueblo contestó á esta provocacion con otro alzam iento, que se pose­
sionó de lodos los fuertes y lo obligó á encerrarse en el castillo de S. Salvador. Intentó
una salida; pero fué rechazado. Mesina imploró la protección de la F ra n cia , y bien pronto
u n a escuadra francesa á las órdenes del caballero Yalbellc, pasando sin obstáculo á la
vista d é la española, que m andaba don Retiran de G u ev a ra, llevó víveres, municiones y
tropas á los sublevados, que con su a\ uda consiguieron arrojar del Castillo al goberna­
d o r. F u é enviado entonces el duque de Y ivonneá tom ar posesion de la plaza en nombre
de la F rancia (1675). La escuadra del es-corsario D iujuesne, que le conducía, compues­
ta de doce velas, encontró al llegar al Faro cerrada la entrada del puerto por la del m ar­
qués del Yiso. Trabóse el combate con grande encarnizam iento, y la superioridad d e-
núm ero estaba próxim a á dar la victoria á los españoles cu an d o , acometiéndolos por la es­
palda seis navios enviados de Mesina por Y albellc, se vieron precisados a h u ir á toda vela
á las costas de Ñapóles. D esem barcaron los franceses, tomaron juram ento de obediencia
á la c iu d a d , y salieron á estender su dominio en aquel herm oso p aís, el mas fértil de la
Sicilia. Las ciudades de A ugusta y Leontini se rindieron, quedando íi los vencedores
abierta la p uerta de todo el interior de la isla. España en aquel conflicto, pidió ausilio
al príncipe de O range, que puso á su disposición la escuadra de R u y ter, estacionada ;i
la sazón eu las aguas de Cataluña. P artió á Sicilia este célebre marino con una arm ada de
veinticuatro navios, cuatro bergantines y nueve galeras esp añ o las, que muy luego se en­
contraron á l a altu ra de las islas de L íp ati con la de D uquesne, enviada desde Tolon, en
fuerza de veinte navios y seis brulotes con refuerzos de boca y g u erra para Mesina (1676).
Todo un dia de encarnizado combate no bastó á dar la victoria á ninguno de los dos almi­
ran tes ; pero los holandeses quedaron con la h onra de haber peleado solos, porque un fuer­
tísimo viento de oeste, obligando á Jos españoles á guarecerse en un a de las islas, no les
perm itió en tra r en acción sino cuando y a se apagaban los fuegos. Al dia siguienle ambas
escuadras recibieron refuerzos iguales; pero D uquesne, inseguro de forzar el paso del
F a r o , prefirió dar la vuelta á toda la isla p ara en trar las vituallas en M esina, y R u y ter sin
seguirlo, se retiró á M o te o . Puesto después de acuerdo con el conde Bucquoi, que manda-
b alas tropas españolas de tie rra , sitió la plaza, em presa m alaventurada á que los condujo la
m uerte. Bucquoi pereció en una salida que hicieron los sitiados, y el célebre holandés en
un nuevo choque con su competidor habido en el golfo de Catania. Pelearon ambos con
encarnizado furor por espacio de un dia: R u y ter, herido en la cabeza y sin p iern as, que le
REINADO DE CARLOS I I . i 07
había llevado un balazo, continuó mandando la acción h asta q u e , desangrado y perdida
toda esperanza t ordenó la retirad a k Siracusa. La Francia consideró la m uerle de este
gran m a rin o , acaecida á consecuencia de las heridas, como la mas señalada victoria; y los
holandeses acusaron de su derrota á los españoles, porque acudieron tarde al fuego y des­
dijeron de su antigua nombradía. Pero este combate puede decirse que no term inó sino en
P ale rm o , á donde se retujió la escuadra combinada. Reunidos Vivonne y D uquesne y per­
trechados con socorros que les llegaron de Tolon y M arsella, fueron á com pletar su eslerm i—
nio en el puerto. A favor de u n impetuoso viento lanzaron dentro sus b ru lo tes, que prendie­
ron fuego á cuatro navios: los com andantes españoles y holandeses para que los suyos no
cayesen en poder del enemigo los incendiaron ta m b ié n ; pero esta disposición, bija del
atu rd im ien to , completó la ru in a de su esc u a d ra , p u e s, llevados por el viento á la ciudad,
comunicaron el combustible á otros ocho navios y gran núm ero de buques mercantes. A
esla pérdida, que llevaba consigo la de setecientos cañones y cinco mil hom bres, es preciso
añadir las de los edificios que el estruendo de las esplosiones arru in aro n en Palerm o. Con
aquella catástrofe quedó consumada la ru in a de la m arina española bajo la dinastía austríaca.
A estos triunfos de la Francia habían coincido otros en Fiandes y en España.
Luis X IV , saliendo á. cam paña en 1675 antes de lo que esperaban los coligados, se
apoderó como por sorpresa de D in a n t, H ay y L im burg; é im pidiendo la reunión de los
ejércitos del duque de Lo re na y el príncipe de O range con hábiles m ovim ientos, pudo au­
m entar sus conquistas con la tom a de Saint—T ro n t, T irlem o n ty T huin. D etúvole en sus
planes la m uerte de T u re n a , acaecida lastim osam ente cerca de S trasburg al pie de la al­
dea de Saltzback buscando sitio p ara colocar u n a batería en una batalla con su digno rival
Montecuculi. Pocas veces la m uerte de u n general ha ejercido tan grande influencia en la
suerte de una campaña. Su ejército , mas aterrado que por un a d e r r o ta , pasó el Hhin y se
retiró á W ils te t, seguido por M ontecuculi, que lo alcanzó en C hutren y le causó u n grande
descalabro: el duque de L o ren a, que sitiaba á T réveris con veinte mil hombres aprove­
chando diestram ente el estado m oral del enem igo, atacó y destruyó casi todo el ejército del
mariscal de C rc q u i,á quien hizo prisionero en la p la z a : Luis X IV , sorprendido en me­
dio de sus proyectos, tuvo que abandonarlos para enviar socorros á la A lsacia, invadida
por el enemigo. Pero este m arasm o del desaliento fue de muy corta duración. El rey de
Francia reanudó sus conquistas (1676) con las plazas de Condé y B ouchain; Humieres se
apoderó de A y re , y unido á Schom berg, hizo levantar el porfiado sitio de Maestrick puesto
por Guillermo de O range y el duque de V illaherm osa, sucesor de M o n terrey ; y el maris­
cal de L u x em b u rg , que ocupaba la línea del R h in , tomó á. Filisburg.
Schom berg, despues de haber ahuyentado al duque de S. G erm án y recuperado k Be—
llegarde, invadió á. C ataluña y A m purias, (1675) tomó A F ig u eras, entonces de escasa im­
portancia m ilita r, penetró en la Cerdania y le impuso contribuciones sin ejercer violen­
cias. E l mariscal de N oailles, enviado á su reem plazo, pen etró en el A m p u rd an p o r el
P e r tu s , amagó á G erona y m antuvo sus tropas en aquel rico pais hasta que la proxi­
m idad del invierno le obligó A retira rse k sus cuarteles de la frontera del Rosellon. Los
progresos de ambos generales hubieran sido mas rápidos y m ayores sin la activa lucha de
guerrilla que sostenían con ellos los somatenes ym ig u e letez del pais. (1) A grupándose ó reu­
niéndose , según la ocasion y el sitio lo reclam aban, acom etían en todas p artes á los fran­
ceses y diezmaban considerablemente sus filas. Gracias al patriotism o de estos soldados sin
uniforme y casi sin disciplina, que han salvado siempre á la E sp añ a, el territorio tuvo en
tonces alguna d e fe n sa, pues la córte, aturdida é hirviendo en in trig a s, parodiaba m uy
bien aquella triste situación de nuestra propia historia que hizo esclamar á un senador ro­
m ano: «¡ Dum Rome consu litu r, expugnatur S ag u n lu m !»
Carlos I I entró en 1678 en su mayor e d a d ; pero su voluntad y su talento estaban des­
tinados á vivir en perpetua tutela. Su padre le habia dado u na existencia envenenada por
sus vicios, y la larga niñez en que gimió fué una continuada série de achaques. Erupciones
fulm inantes y u n estado perm anente de calentura hicieron tem er á los médicos muchas ve­
ces por su vida. F ué necesario que la lactancia durase cuatro años, y lenia cinco cuando su
aya le llevaba todavía en brazos y , si daba algún pequeño paseo, era cojido de la mano,

6
( i ) Estos tropas organizadas la ligera se H umaron Ahuogarabes liasia q u e la celebridad d e u n o de su s ca u d illo s
ílig u elo t de P ra ls, q u e so distinguió en la s g u erras de Italia, lt*s im puso su nom bro : Molo.
tom o [V. 16
108 HISTORIA DE ESPAÑA.
pues 110 lenia vigor bastante en los píes para sostener su cuerpo lacio é irregular. Se dice
que á tos treinta años se vanagloriaba de em plear un a hora al dia en le a - h isto ria; y en
pru eba del fruto que de esta lectura sa ca rla, se cuenta q u e , p ara evitarle en una ocasion
la pena de una derrota de nuestros soldados, se le dijo que la plaza perdida pertenecía á !a
In g laterra , y era de Flandes. ¡ A tal rey encomendaba el fatalismo de la sucesión heredi­
taria la salvación de la m o n a rq u ía! Incapaz de dirigirse á sí m ism o, oslaba siem pre bajo la
férula de agena voluntad y siem pre obedeciendo á la últim a influencia. D isputáronse su es-
clavitud los palaciegos, viniendo á quedar el infeliz inepto en medio de un hervidero de
odios y de intrigas. La eventualidad de los sucesos lo llevaba de un deseo á una repulsión,
de un asentim iento cordial á una reprobación a g ria , de un partido á su contrarío, siempre
llevado y traído por opueslas m ira s, falto de conocimiento y resolución.
Su m adre, que si no tenía esa inercia de voluntad, carecía igualm ente de capacidad
para el gobierno, luego que se vio sin el apoyo de su confesor, lo buscó m alaventuradam ente
en un gentil-hom bre granadino llamado Valenzuela. Hidalgo de poca fortuna, habia tenido
que servir de page del duque del Infantado en su em bajada á Roma. Despedido á la m uerte
de e s te , debió á la am istad y a su afición , á la poesía, que ocupaba en hacer medianas
comedias, los recursos de una mezquina subsistencia hasta que la casualidad ló introdujo
en la casa del om nipotente N ithard. Sus atractivos corporales, la seducción de sus m ane­
ras y su talento le grangearon la estimación del m inistro y le hicieron dueño de todos
los secretos de su política. No bastaba esto á su am bición, y se casó con una dama alemana
de la córte, que disfrutábalas predilecciones de la reina. Fué entonces sucesivamente nom­
brado por ella gran escudero, m arqués, graude de E spaña y , cuando N ithard salió de la
córte, fué su confidente, su ministro y su favorito. E sta posicion le perdió. Sin dotes de
hombre de estado, no siendo mas que un mañero palaciego, se creyó seguro abaratando los
comestibles y prodigando las mercedes, y dejó continuar los abusos, y seguir las remesas á
Alemania, y no puso mano al desorden de la hacienda. lista im prudente conducta habia oca­
sionado la desgracia de N ithard y debía ocasionar la s u y a ; pero é l , preocupado con el papel
de am ante y querido de la reina de E sp añ a , no se cuidaba de su porvenir de ministro.
Cuando en 167 o se acercaba la hora en que debia la gobernadora resignar su autoridad,
trató de alejar á don Juan de A ustria dándole como una alta honra el encargo de reducir
á Mesina á ía obediencia, á fin de conservar en eí hecho ese suprem o p o d e r, con cuya pér­
dida jam ás se conforman los que llegan á ejercerlo. Fiujió don Ju an obedecer en tanto que
sus amigos preparaban el último logro de sus aspiraciones. Iin efecto, el mismo dia seis de
noviembre á la hora en que Carlos II dübia recoger el depósito de la autoridad regia
que tenia su m adre , se presentó en el besamanos su hermano bastardo. U na carta, sa­
cada secretam ente al rey por su confesor y su a y o , era el escudo con que se entraba. Su
inesperada presencia aterró á, la reina; mas no se entregó todavía. Se echó á los pies de su
h ijo ; lloró como m ujer y pidió como m a d re ; le pintó á don Juan como un usurpador
que venia á arrebatarle la corona', ofendido de no haber sido declarado infante de Castilla;
y pocas lloras despues el virrey de Aragón recibió orden de volverse á Zaragoza. Con esto
pasagero triunfo, no hizo mas que aum entar la popularidad de su enem igo, enconar su ven­
ganza y exasperar á sus partidarios. No se pasó mucho tiempo (el 27 de diciembre de 167(5)
sin que el rey llamase á su herm ano á com partir con él la soberanía. La rejenta, conociendo
la imposibilidad de estorbar esta resolución, quiso com prar el perdón de su rival con una
hum illación, y le escribió al mismo tiem po, que deseaba su p ronta venida y que «siem pre
atendería á todo lo que fuera de su mayor satisfacción. » Sin em b arg o , no alcanzó sino el
prim er indicio de la persecución que la esperaba. Al mismo tiempo en que don Juan partia
de Zaragoza p ara M adrid, el rey salía furtivam ente de su p alacio, á las once de la noche,
p ara el del Retiro, acompañado de algunos individuos de su servidum bre, y enviaba desde
allí orden á. su m adre de que no se moviese sin su permiso. E n vano suplicaron ella y su
nuevo confesor el P. Moya una audiencia, pues los que cercaban al infeliz Carlos II se lo
impidieron hasta la llegada del nuevo ministro. Divulgada la noticia de su entrada (23 de
enero de 1077) las esperanzas que habia entretenido dieron espansion á su alegría ¡ espan-
siou que debía recibir bien pronto un am argo desengaño!
REINADO DE CAULOS I I , 109

CAPITULO XIV.
1677 — 1697.

V enganzas J e don J u a n de A ustria en el m in isterio .—G uerra c o n F ran cia en F lan des; ventajas de los franceses: se apoderan de
G ante: la H olanda se separa de la T rip le A lianza: paz de Nim ega.— A troces castigos en M esina,—C asam iento de Carlos II:
m u erte de don Juan de A ustria: ju ic io de su m in isterio y de su sucesor M edinaceli.— N uevas provocaciones de Luis X IV : liga
d el A u stria, H olanda, Succta y E sp añ a : e sta d e c lá ra la g u e r r a á F ra n c ia , la cu al invade la C ataluña y F lan d es con su s
ejércitos: sitio de Luxom burg: bom bardeo de O udeoardc y de G énova: tre g u a de R ytisb o n a.—Cuida de Jledinaceli y
fuicio de Oropesa: insolente alentado de la F ra n c ia en Cádiz,— Liga d e A u sb u rg o .—G uillerm o tic O range es p roclam ado
rey de In g la te rra , destronando á Jacobo II, á q u ie n L uis XIY a u silia: F ran cia vuelve á encender la g u erra en F landes:
m em orable b atalla de F leru s: célebre sitio de Wons: rendición do N oniur: b atalla de S tein k erq u e.—Segunda tentativa
do Jacobo 11 contra Inglaterra*— Com bate naval de lla g u e .—P orfiada b atalla de N cnvinda: bom bardeo de B ru selas.—
Italia: el.d u q u e de Savoya so adinere á l a liga de A u sb u rg o ,y u n ejército fran cés se apodera del Piam onle: es rechazado,
pero vuelve : el duque de Savoya hace la pase y los aliados se re tira n .— E spaña; leves ventajas de los franceses: b o m b a r­
deos de Barcelona y Alicante: rendición de llosas: b atalla del T er y pérdida de v arias p laias: Luis XIV no m b ra virrey
de C atalu ñ a .—Sucede a Oropesa en el m in isterio el conde de M elgar: situ ació n del era rio .— Reveses de C ataluña: so­
corros de los aliados; Luis IV propone sagazm ente la paz, que es rech azad a: sitio y rendición de B arcelona: paz de
Ryswicli.—A cometidas de los m oros á los presidios de A frica,—Saqueos de los flibusteros en A m érica,—Espedicion
con los franceses co n tra C yrlajena de Indias.—Auto de fé,—E stragos n atu rales.

D on Juan de A ustria, en vez de olvidar á sus enemigos desde el momento en que pudo A
placer vengar sus in ju ria s, no pensó mas que en satisfacer sus resentimientos. L a rein a ma­
dre fué desterrada con el título de gobernadora á Toledo, precisam ente á donde el m arqués
de Salinas tenia urden de llevar á don Juan cnando fué á prenderle en Consuegra. Su
favorito Valenzuela, apenas supo la llegada del nuevo m inistro, dejando su valor A gran
distancia de su osadía, buscó u n secreto asilo en el m onasterio del Escorial. Delatado por
su sangrador, fue sorprendido en é l, (1) arrastrado de prisión en prisión y por último
deportado á Filipinas con la pérdida de todos sus cargos y honores. Cuantos en algún modo
habían servido ó mostrado sim patías á la reje n ta ó á sus privados m erecieron persecucio­
nes y d espegos; la servidum bre de palacio fué ren o v a d a, y quedó el imbécil monarca
encerrado en un círculo de odios hacia su m adre y cuantos le habían sido afectos. La grati­
tud l'ué un título de proscripción.
Ocupado en tan mezquinos proyectos, descuidó los grandes intereses del pais, cuyas
esperanzas había lisonjeado, y hasta se olvidó del honor de los ejércitos que defendían las
reliquias de nuestra gloria.
Yalenciennes, Cambray y Saint-Omer se rindieron á los soldados de l u i s XIV A pesar de
los esfuerzos del príncipe de O range para llegar á tiempo de salvar esta últim a plaza (1677 ,.
El duque de Orleaos le cerró el paso en M ont-Cassel y quitó á sus filas m as de cuatro mil
hombres en la porfiada lucha que em peñaron. Pensó el príncipe re p a ra r su desgracia con el
sitio de Charleroy, y no consiguió mas que una nueva humillación; m ientras que el mariscal
de Hmnieres hacia capitular á S aint-G uilain. E n la siguiente campaña (1678), hurlando
la credulidad del duque de Y illalierm osa, se arrojó osadam ente el monarca francés sobre
Gante y la rindió álo s ocho dias; em presa atrevida y afortunada, que admiró áE u ro p a. La
ciudad de Ipres cayó tras ella, y Mons presenció’una nueva desgracia de O range cuando
iba á salvarla del ejército que la sitiaba. Soltóse entonces la Holanda de la triple alianza, y
Luis X IV , á favor de esta defección, pudo imponer á España las duras condiciones del tra­
tado de Nimega, tan largam ente debatida y confeccionado, desde 1675. E n Flandes recobró
las ciudades de C harleroy, A th , Binch, O udenarde, C ourtrai, G ante y L im burg, algunas
de las cuales habia cedido en el tratado de A qnisgran; pero perdió en m ayor núm ero las de
Bouchain, Condé, Ip re s, Yalenciennes, C am bray, M aubeuge, A ire, S ain t-O m er, Cassel
y Charlem ont: renunció además p a ra siem pre a\ F ranco-C ondado: el em perador cedió A
F ribourg, y la Suecia rescató sus pérdidas. El duque de Lorena fué eschiido por no avenir­
se A las condiciones que se le imponían. La Francia impuso la ley á E u ro p a, y la casa de
A ustria se vió postrada íx los pies de la de Borbon.
Abandonó en su consecuencia el mariscal de Noailles la plaza de Puigcerdá que á mu­
cha costa acababa de tomar en C ataluña, por no atreverse el m arqués de M onterrey á
atacar sus líneas, y se retiró á Francia.

(1) Mcrocft advertirse que , a u n q u e el p apa excom ulgó á cuantos interv in iero n en esta p risió n , ai c! gobierno se In­
q uietó por ello ni d público h alarm ó.
110 niST O niA JJJE í s p a S a .
R etiráronse también las fuerzas de mar y tierra que tenia Luis XIV cu Mesina, (1078)
dejando á los habitantes el rem ordim iento de haber apelado ¿i su protección, pues no cuidó
en el tratado de salvarlos de la venganza de los españoles. Y la córte de M adrid no se olvidó
de castigar, despues de entregada, una rebelión que no había sabido evitar ni vencer. El mar­
ques de las Navas prendió álo s senadores y disolvió el senado, destruyó el réjimen m uni­
cipal de la ciudad, le arrebató el derecho de manejar sus recursos, obligó á los nnevos
magistrados á celebrar sus sesiones en el palacio del v irre y , hizo quem ar los títulos de los
privilegios de Mesina en la plaza por mano del verdugo, edificó á su costa la cindadela que
debia su jetarlo s, decapitó á los jeiesde la sublevación, confiscándoles los bienes y arrasando
sus casas, llevó el furor de la reacción basta quebrar en mil pedazos la campana mayor
del ayuntam iento porque habia dado los loques de alarm a, y mandó fundir con todas las de
la catedral una estatua al rey de E spaña, con la alegoría de la ciudad postrada á sus pies,
que debia ser colocada en la plaza principal. Mucha parte de la población, huyendo de estos
rencores, emigró á Francia y á los diferentes estados independíenles de Italia. Publicóse al
fin una am nistía, y el m arqués de Liche embajador español cerca de su Santidad, aconsejó
noblemente á los que se encontraban en Roma que se acogiesen á ella: luciéronlo muchos,
en efecto, para mas dolor de los que habían llorado su ausencia, pues al siguiente dia de
su regreso, fueren cojidos y ahorcados sin previo proceso ni mas averiguación que la del
nombre. Los estragos de la venganza fueron tan feroces que cuando se presentó el nuevo
virrey don Yicente Gonzaga halló reducido el vecindario de aquella rica y alegre ciudad á
once mil almas ¡y eran sesenta mil anles de la malhadada revolución! ¡La emigración y el
cadalso le habian arrebatado mas de treinta mil habitantes! ( i )

Don J u a n de A ustria , hijo do Fellpi· IV,

Pero en fin España tuvo algunos momentos de paz, v ía córte quiso ju n ta r á sus dulzu­
ras presentes las del porvenir, tratando de dar esposa á Carlos II. Dos partidos dividían á los
palaciegos, y cada cual tenia su candidato: e] do la reina, abatido y desconcertado, p re le n -
( 1) Wcjs.
REINADO DE CARLOS II. 111
dia restaurarse por el casamiento coa la archiduquesa de A ustria; y el de don Ju a n /a n im a ­
do de sentimientos mas patrióticos, solicitó la mano de la bija del rey de P ortugal. Encon­
trándola ya prom etida al duque de S avoya, puso sus ojos en la hija del de O rleans. El
retrato de la princesa bastó para enam orar al pretendiente y que se entablaran las nego­
ciaciones, bien que á disgusto del pais.
Don Juan no pudo term inarlas, pues en ellas le sorprendió la m u erte, sin causar á la
nación gran pesadum bre. Educado en los cam pam entos, habia adquirido todos los hábitos
del despotismo m iniar, que llevó al gobierno. R ejir un estado no era p ara él otra cosa que
dirijir un grande ejército. E rror tan craso y por desgracia tan común íué la prim era causa
de su descrédito. Habiendo podido, armado de un poder sin lím ites, dedicarse á la reforma
de los innum erables abusos que el claro instinto del pueblo rev elab a, no hizo mas que aten­
der en algo al desorden de la hacienda, procurar algún alivio á las clases inferiores con
leyes su n tu arias, suprim ir el costosísimo consejo d elu d ías y modificar la hacienda, redu­
ciendo considerablemente el núm ero de los empleados. E stas eran economías q u e , si afloja­
ban los im puestos, no ponían remedio alguno á los males que el pais sentía. Las economías
no son reformas sino una condicion de la reforma. Así sucedió q u e, no habiéndose mejora­
do con ellas el crédito, ni desarrollado la ag ricu ltu ra, ni vivificado el com ercio, el m iniste­
rio de don Juan fué mirado por el pais como una decepción, y cuando él m u rió , habia
muerto mucho antes su popularidad (1). Cuanto se prom etieran de él los pueblos, tanto le
baldonaban por haber defraudado sus esperanzas. La historia quizá no tiene que elogiar en
su adm inistración sino la generosidad con que redujo á m oneda todas sus alhajas de oro y
plata creyendo cubrir asilas atenciones del tesoro.
Volvió al punto la reina á M adrid con su anliguo predominio sobre el ánimo de su hijo,
condenado por la naturaleza á ser perpetuo juguete de agenas ambiciones. P ero , alecciona­
da por la desgracia, se guardó cuidadosamente ni de m anifestar disgusto del casamiento con
una princesa de Borbon ni de influir abiertam ente en el nom bram iento del sucesor de don
Juan en el ministerio. Fué este un hom bre q u e, apoyándose en la adulación, se habia le­
vantado desde escribiente basta los prim eros destinos del E stado; pero no teniendo dote al­
guna que le sostuviera en la altura de ministro á que lo llevó el confesor del r e y , pronto
los clamores que salieron de las mismas oficinas, donde se hallaban los espedientes en un
completo desconcierto, lo precisaron á retira rse , sin renunciar por eso á un papel entre­
bastidores. Por su consejo fué llamado el duque de M edinaceli, hombre que deslucía su
instrucción, modestia y amabilidad con u n a inalterable indolencia (1680.) A fin de evi­
tarse el trabajo de estudiar los negocios y por complacer al re y , que era muy afecto á juntas
y conciliábulos, creó varios á m anera de consejos, á cuyos dictámenes arreglaba sus resolu­
ciones. Semejante sistem a no podía menos de priv ar al gobierno de unidad y energía, y de
ser ocasionado á contradicciones funestas. La que se llamó J u n ta M a g n a por el núm ero y el
carácter de sus individuos, entre los cuales no faltaba el confesor del rey , un fraile francisca­
no y u n jesuíta, propuso entre otras medidas la alteración del valor intrínseco d é la plata,
prim er origen de su descrédito.
El casamiento de Carlos I I con una sobrina de Luis X IV tampoco sirvió de freno á la am­
bición de este rey . Por miserables reyertas entre los ribereños del Yidasoa exijió solemnes
satisfacciones, y no hallando aquí ocasiou de rom pim iento, lo buscó en otra p arte. Habíase
estipulado en el tratado de Nimega que el obispo de Lieja lo entregaría á D inant en el térm i­
no de un año ó en su defecto que lo haría España de la plaza de Charlemont. No se verificó lo
uno n i lo otro, y sin mas reclamación hizo ocupar con un ejército el Luxem burg en 1679 á
tiempo que se verificaban los esponsales en M adrid. Después, e n lG S l, seerijió dueño de Ca­
sal, donde el duque de M anlua le habia perm itido tener guarnición, de la ciudad de S tra s -
b u rg y de los señoríos de Falkem bourg, Gem ershein y Y eldentz, territorios de la Alemania
cis-rhiniana. España tuvo que d a rle , ya no á C harlem ont, sino el condado de C hinev, y á fin
de oponerse á nuevas agresiones, se unió cu liga defensiva con el A u stria, la Holanda y la
Suecia (1682). No se curó gran cosa de ello Luis para hacer nuevas exigencias. Pidió el conda­
do de A lost, el viejo G ante y varios otros pueblos de sus inmediaciones, á los que decía no
haber renunciado en la paz de Nimega. In útil fué que la E spaña le recordase que ni siquiera
ocupaba aquellas ciudades al firm ar el tratado, pues mandó al mariscal de H umieres á apode-

( t ) No .fulló (luLoii dijese que m urió cnrcucn?tdo 4


112 HISTORIA DE ESPAÑA.
r a r s e d e Courtrai y Dixinuda, por cuyo rescate pidió el Luxem burg ó ciertas plazas de las
provincias Vascongadas ó Cataluña (1683). La córte española conservaba lo último que
pierden los poderosos abrumados por la desgracia, el orgullo y la dignidad, y contestó á
tan audaces pretensiones con la declaración de g u erra y el entonces consiguiente secuestro
de los bienes de los súbditos franceses establecidos en España. Contaba al dar este paso
atrevido con que la Holanda le ausiliaria en Flandes con diez y seis mil holandeses y que la
Suecia presentaría su contingente de catorce mil hom bres; pero se halló enteram ente des­
am parada , pues tampoco el em perador, en guerra á la sazón con los tu rc o s, pudo prestarle
ayuda alguna.
Luis X IV , que habia previsto la negativa de la córte de M adrid, lanzó inm ediatam ente
sus ejércitos contra los Paises-Bajos y C ataluña.
E l mariscal de Bellfondes, habiendo arrollado junto al Bascara las tropas del Principado,
sitió á G erona, y en un asalto logró p en etrar en las calles; pero los habitantes, viendo
mancillada con su planta ia ciudad que en mas de veinte sitios habia humillado á s u s enemi­
gos , redoblaron su valor y lo rechazaron de las calles y de sus m u ro s, obligándole a retirarse
al Rosellon. Los que al mismo tiempo acometieron por el norte la plaza de Fuenterrabía se
volvieron con-igual desaire á Francia. El mariscal de Crcqui fué mas feliz contra la plaza de
L uxem burg, aunque se reputaba entonces la mas fuerte de Europa. Protegido por un
grande ejército, que impidió acercarse ningún socorro, la sitió y rindió á los veinte y cinco
dias de una brillante defensa de su pequeña guarnición. Al mismo tiempo el mariscal de
llum ieres destruyó casi hasta sus cimientos la ciudad de Ourtenarde cubriéndola de bombas
y balas rasas. Los marqueses de Bouf'tersy Moutal asolaron el Brabante. El obispo de Lieja
fué precisado á someterse á la Francia y á destruir las fortificaciones de T ré veris. Y últim a­
m ente la infeliz G énova, aunque neutral sufrió por la especie de protectorado que en ella
ejercía E spaña un horroroso bombardeo. Mas de doce mil bombas arrojó en su recinto la es­
cuadra deD uqucsne; y el mismo ministro de m arina de la Francia, el execrable m arqués de
Seigndai, quiso ir á gozar este horrible espectáculo de la destrucción y el incendio de una
grande y herm osa cíiulad. Consumado este inútil acto de ferocidad, se volvieron á la P r o -
venza. T ras ellos y á fin de evitar su repetición, fué el dux á p resen tar el homenage de la
república á la Francia. Luis X IY propuso entonces una tregua de veinte a ñ o s , que E spaña
se vio precisadaá aceptar, am enazada por la Holanda con su separación: fué la tregua de Ra-
tísbona que restituyó á Carlos II Courtray y D im u d a , pero arrasadas sus formicaciones,
en cambio de la im portante plaza de Luxem burg.
Acabaron estas desgracias el crédito de M cdioaceli, bajo cuya descuidada adm inistra­
ción los apuros del erario llegaron hasta el caso de vender los cargos públicos p ara atender
con el producto de tan inmoral tráfico á las necesidades del estado. Tam bién v e n d ió la
im portante plaza de Luxem burg al príncipe de Chiney por ochocientos mil escudos. La
reina m adre, cuando vio que tampoco le pagaba á ella sus asignaciones, lo entregó á su des­
crédito, y el P. R elux, confesor del r e y , poniendo su m inisterio á servicio de un a pandi­
lla, exhortó é hizo á su penitente sérias reconvenciones, llegando íl am enazarle con que !e
negaría la absolución si no destituía al consejero. Súpolo este y pudo conseguir que fuese
despedido el sacerdote; pero Medinaceli conoció que tenia minado el pavimento de pala­
cio, y se retiró. Le sucedió el joven conde de Oropesa (1685), cuyo ministerio fué una
tre g u a á los males que de largo tiempo aquejaban á l a nación. Dolado de conocimientos po­
líticos a l a m ayor altura de su época, laborioso, integro y celoso del bien público, pudo
rem ediar unos y atenuar otros. Ayudado por el m arqués de los Veloz en el ramo de la
hacienda, se percibió luego en todos los negocios el benéfico influjo de la rectitud y la probi­
d ad , aun cuando no siempre guie la ciencia sus pasos. Redujo el núm ero y los sueldos de
los em pleados, suprimió gastos escusados en los m inisterios, alivió los impuestos cscesivos,
minoró los intereses de la deuda y dedicó á su estincion las pensiones con que la profusion
de los anteriores validos g rav itaran el erario. Mejoró así el c ré d ito , base de la riqueza pú­
blica y garantía del porvenir. Una disposición que rep ru eb a la ciencia económica de nues­
tros d ia s , pero que un buen deseo inspiró, fué la prohibición do usar géneros extranjeros y
por consiguiente su introducción. Se quiso fomentar la industria cuando era necesario
crearla, y lo que se consiguió fué dar vida al contrabando. El re y , estimulado por sus
m inistros, abandonó algunas de sus diversiones y se ocupó de los asuntos públicos; ¡tero
su tenaz oposieion, la oposicion de un im bécil, á reducir los gastos q u e, según su enten­
REINADO DE CARLOS I I . 113
d e r , daban al mundo la medida de la grandeza de n u estra m onarquía, fué un obstáculo á
muchas mejoras. Las dolencias que la afectaban eran por o tra p arte demasiado crónicas,
eran herencia de siglos, para que el celo y la vida de un solo hom bre bastasen á su curación.
Oropesa además no era u n estadística em inente sino u n adm inistrador activ o , eficaz y
honrado.
Pronto se sintieron en el exterior los efectos de este cambio m inisterial, pues se enco­
mendó á todos los agentes diplomáticos de E spaña el atra er á las cortes de Europa á una
liga contra F ran cia, cuya ambición, jam ás satisfecha, era un peligro general y común á tro -
nos y naciones. Com o, en efecto, los tem ores existían en todas p a rte s, fácil fué que al
pensamiento de la casa de A ustria se adhiriesen casi todos los príncipes de Italia y Ale­
mania.
El alentado que en aquellos momentos cometió Luis X IY en Cádiz debió persuadirles
de q u e , orgulloso con su fo rtu n a , se creia capaz de todo y con derecho á, todo. Porque
unos comerciantes de su nación habían sido perjudicados en un contrabando apresado en la
P e n ín su la , presentó en Cádiz (1686) una escuadra al mando de E slre e s, que se apodero
de dos galeones y exijió á la ciudad medio millón de escudos con la amenaza de bombearla
si no se le aprontaban. España tuvo que sufrir esta humillación.
P ara evitar estos desmanes sultánicos se formó el 9 de julio k liga de A usburgo, en
un principio secreta, que se proponía sujetar á la F rancia al tratado de Nimega. Incor­
pórase la república de Yenecia á este proyecto; y el príncipe de O range, que lo habia re ­
husado á pretesto de la insuficiencia de sus fuerzas, no tardó en desenvolver la grande
em presa que entonces le ocupaba.
Guillermo de O range se habia manifestado á sus conciudadanos con u n pensamiento
que declaraba un g ran corazon. Cuando los ejércitos de Luis 5 I Y llegaron h asta las p u er­
tas de A m sterdan y la Holanda aterrada estaba próxim a á sucum bir, casi él solo, joven
apenas de veinte y un años , á la cabeza de los mas ardientes republicanos, rechazó
indignado las proposiciones de una paz ignominiosa. Y cuando algunos, reconviniéndole, le
preguntaron si veria impasible la ru in a cierta de la p a tria , contestó: « P ara no v e rla , me
en terraré entre sus escombros.» Colocado de general d é lo s ejércitos holandeses, vence­
dor unas veces, otras vencido, supo sostener siem pre la dignidad de su p atria y la gloria
de su nom bre. Pero creciendo con su fortuna su am bición, y a no pensó menos que en la
conquista del trono de In g laterra , al que lo habia acercado su casamiento con la princesa
M aría, hija de Jacolm I I , á quien aborrecía la nación. E ste proyecto es el que le preocu­
paba cuando se le propuso lacoalicion de A usburgo, y el que realizó dos años despues,
en 1638.
Salió de los puertos de Holanda con quinientas velas y con catorce mil hom bres de des­
embarco; llegó á las costas de In g la te rra , uniósele la m arina y el ejército, el clero, la no­
bleza y el p u eb lo , á quienes indignaba tener u n rey católico y que despreciaba sus p rer­
rogativas y libertades; hízole h u ir cobardem ente á Francia; convocó el p ai lamento con el
nom bre de convención, que fué la cátedra de u n nuevo derecho público para E uropa; y
obtuvo de ella la corona de la G ran B re ta ñ a , quedando escluida la sucesión varonil de los
Sluardos.
Esta revolución, que no derram ó sangre n in g u n a , asombró á Luis X IY y á la Eurojia
entera. Un solo hom bre, m ilitar, aguerrido y profundo político, quedaba rigiendo, puede
decirse , las dos naciones mas ricas y las dos escuadras mas poderosas del mundo. Unido
ese hom bre á los enemigos de Luis X IY , la F rancia venia á encontrarse y en mas breve
espacio de tie m p o , en la misma situación a que habia llevado á E spaña la ambición de la
casa de A ustria. Sin em bargo, tampoco se plegó el monarca francés á despojarse á sí mis­
mo de sus sítenos de engrandecim iento, y p ara sosprender con la audacia, él mismo rom­
pió de nuevo las hostilidades. F ué esta una de las veces en que la unidad de su pensa­
miento venció al número de los enemigos y al esceso de sus fuerzas.
El destronado Jacobo I I , ausiliado por Luis X I Y , fué á reconquistar su corona. A
favor de un pequeño triunfo de la escuadra francesa, que le conducía, sobre la anglo-bolan-
desa, en el canal de la M an ch a, desembarcó en I rla n d a , donde, por la identidad de reli­
gión , bailó muchos p a rtid a rio s, y se apoderó de gran p arte de la isla. Pero derrotado
en Londonderri, ju n to al rio B oyne, por G uillerm o, tuvo que reem barcarse y volver al
asilo de S, G erm á n , que la generosidad de su protectorle habia dado al caer del trono.
114 HIST0BIA DE ESPAÑA.
E ntretanto Luis XIV con el pretesto de sentar en la silla arzobispal de Colonia al
cardenal de Burtem bcrg se arrojó de improviso sobre las orillas del Rhin y se apoderó
de todas la s plazas principales, F ilisburgo, Manliein, S p ira , Openhein, W orines, T re—
veris y F rakendal, dominando desde Strasburgo á Maguncia. En seguida declaró la
g u erra á E spaña; los estados de la liga la declararon á F ra n c ia ; y toda E uropa volvió á
estar en arm as para disputar su esclavitud al nuevo coloso (1689).
E l prim er paso de los ejércitos de Luis X IV en esta nueva contienda fué una derrota
que alcanzó el príncipe de W aldcek sobre el m ariscal de llum ieres en Valcour. Pero reem ­
plazado este por el duque L uxem burg, la memorable batalla de Flerus restableció el ho­
nor d é la s armas francesas (1690). W aldeek esperó á su contrario cerca del Sam brii, y el
combate estuvo algún tiempo indeciso entre el triunfo de un ala y la derrota de la o tra
hasta q u e, rechazada la caballería, fué preciso concentrarla resistencia en un cuadro. Tres
violentos ataques no consiguieron abrir aquella fortaleza viviente cuyos lienzos de carne
parecían ser de bronce. F ué preciso acudir á la artillería y que esta cercase los cua­
tro frentes para desbaratarlos hasta quedar reducidos á ochocientos hombres. Ambos ejercí·“
tos debieron ver en esta batalla una victoria y una den-ola á la vez, pues la suerte mas que
la habilidad ni el valor dieron el triunfo al de Luxem burg. Et número de m uertos y pri­
sioneros fue igual al de su contrario , catorce mil hom bres; y solo acreditaron su fortuna
cuarenta y nueve piezas de a rtille ría , doscientos carros de m uniciones, cinco pontones y
doscientas banderas que halló sobre el campo. E sta , como muchas otras grandes batallas,
fué estéril p u es, habiendo quedado estenuados los dos ejércitos, no pudieron em prender
ninguna o tra operación en aquella cam paña: el general francés se retiró á cuarteles de
invierno despues de talar A, Flandes y el B rabante, y los coligados tampoco se movieron
hasta que el elector de líra n d em b u rg fué á ponerse á su frente con un refuerzo de tropas
alemanas. E n 1691 se presenta Luis X IY con cien rail hombres y sitia la plaza de Mons,
una de las mas fuertes de los Países—B ajos: la defensa fue heroica; p ero , no habiendo
querido el rey Guillermo ju g a r en una gran batalla la suerte de la liga y por consiguiente
la de E uropa, dejó de socorrerla, y se rindió á los veinte y cinco días. La plaza de Hall,
único escudo que p reservaba á Bruselas, cayó en seguida en poder del mariscal de Luxem- ■
hurg. Sin em bargo, los franceses no se dirigieron contra esta ciudad, donde calculaban
que el enemigo acum ularía todos sus recursos, sino contra N am ur ( 1 6 9 2 ) , que tampoco
fué socorrida por el rey de In g laterra. Sus soldados principiaron á m urm urar del papel de
pasivo espectador que representaba en la lucha de la E uropa contra su conquistador, y to­
mó la ofensiva. A magando, ya á D unkerke, ya á N am ur, consiguió desm em brar las g ra n ­
des fuerzas del general francés, y se precipitó sobre él en Stem kerque. El choque fue ter­
rib le , pero no decisivo; y como diese lugar el mariscal de Luxem burg con u na larga
resistencia á la llegada de algunas de sus divisiones, logró convertir en una victoria la
que principió derrota. Guillermo se retiró en órden y pausadam ente con menor quebranto
que su adversario y , aunque vencido, reabilitado su nombre entre los soldados, La toma
(le F u m es y D im u d a y el levantamiento del sitio de Charleroy acabaron de restituirle su
antiguo prestigio.
Jacobo I I , q u e , A favor del descrédito de su rival, habia querido reconquistar el trono,
recibió segundo desengaño. El conde de Tourville, jefe d é la escuadra que Luis X IV puso A
su servicio, fue com pletamente destrozado por la del alm iranteRoussel en tre el cabo de 11o-
gue y la p u n ta de Harflcur. En doce horas de combate perdió la Francia la suprem acía que
el genio de D uquesne habia dado á. su m arina, y entregó el imperio de los mares á su riv a l.
L a estrella de G u illerm oIII parecía ser labrar su fama donde otros hallan su deshonra,
en el vencimiento. Amenazó el Artois en 1093 para llamar A su afortunado competidor y
se encontraron en los campos de N erw inda. Cuatro veces lomaron y perdieron la villa los
franceses, consiguiendo al fin arrojar de ella A los aliados. Aprovechando esta ventaja,
L uxem burg m archa al ataque de las Líneas enem igas, que mas parecieron ocupadas por
soldados vencedores que am agados de la 'd e rro ta . Habia sido arrollada la caballería de Han»
nover y Brandom burg en el ala derecha, y todavía la española consiguió rechazar, cuatro
veces á la francesa. Guillermo se vio obligado A ordenar la retira d a, y la ejecutó tan hábil­
m ente que adm iró a. los generales mas que la victoria de su adversario, cuyo fruto fué la
rendición de Charleroy. El m arqués del Castillo la sostuvo hasta que vio reducida Ala cuar­
ta parte su guarnición.
HEITÍAD0 DE CARLOS I I . 1 1 íi
Un año de casi completa paralización siguió á estos combates que rindieron las fuerzas
de ambos ejércitos, y cuando cu 1695 volvieron á buscarse, la fortuna de la g u e rra habia
cambiado de bandera. La m uerte del mariscal de Luxem hurg dejó á la Francia u n bastón
que pocos generales podian em puñar. E l m arqués de Yillevoy, que le sucedió, despues.de
haber presenciado la rendición de N am u r, fué á cubrir su vergüenza con el bombardeo de
B ruselas, sin conseguir otra cosa que arru in ar la poblacion (1). La toma de la plaza de
A th , que logró dos años d espues, no hizo variar á Luis XIV su resolución de ajusfar
la paz.

M ana Lüi&a de Borbon , p rim e ra m u je r de Carlos íí.

La adhesión del duque de Savoya á la liga de A usburgo encendió también la g u erra en


Italia en 1600. C alinal, general que á su pericia m ilitar unia un grande conocimiento del
pais, fué enviado por Luis X IY á s u conquista. Cahours y ftum illi fueron tomadas por asal­
to , Chamberí y Anneci se le entregaron, y franqueado el desfiladero de L ucerna, defendido
por el m arqués de P arelle, puso sitio á Saluces. E l duque de Savoya acudió en vano á sil
am paro con u n cuerpo de piam onteses, alemanes y españoles, pues la d erro ta que sufrió en
las lagunas de Stafarda hizo al francés dueño de la plaza y de todo el d u c a d o , cscepto
M ontmeliant. El ausilio de cuatro mil hombres que le envió el gobernador de M ilán, conde
de Fuensalida, y el de siete mil austríacos llegaron tard e p ara im pedir esta y otras pérdidas.
Be itasque, Cabigliano, Yillafranca, Y eiilane, Carm añola, Niza, Lucerna y por último
M ontbeliart ensancharon las conquistas del invasor, que solo en Coni se vio forzado á ce­
jar. Nuevos socorros del Milanesado y de Alem ania, desequilibrando notablem ente las fuer­
zas, restablecieron poco á poco al savoyano en sus dominios. Carmañola y Salnces fueron
recuperadas inm ediatam ente (1(501); y en la siguiente cam paña, creyendo obligar á los
franceses á abandonar la Italia, perseguidos del paisanage, por acudir á la defensa de su
territo rio , acometió el Delfm ado. La fortaleza de G uillaume y la ciudad de E m brun caye­
ron en su poder, los pueblos indefensos le pagaron grandes im puestos, y Gap fué saqueada
é incendiada (1602). C atinat, inferior en fuerzas y teniendo que atender á, la conservación
de las plazas ocupadas, no pudo im pedir esta escursiou, que reanim ó el espíritu de los alia­
dos. Aumentaron sus fuerzas hasta cuarenta m ilhom bres y recobraron al principiar la c a m -

(1 ) A rrojó 5000 Lom bas y 1200 balas rojas q u e incendiaron m as de 5000 ed ificio s: se calculó el dañ o de a q u e l aclú
iíórliaro en 23 m illones de lib ras.
i'OMO iv. 17
116 m SX O illA DE ÜSPAÍU.
paña de 1693 cuanto en el Piaiuoritc habían conquistado los franceses, obligándoles á reple­
garse al Delíinado. Sitiaron en seguida á Piñerol m ientras el gobernador de Milán rendía
el castillo de S. Jorge y estrechaba el bloqueo de Casal. Pero C a tín a t, habiendo recogido
refuerzos en F ra n c ia , penetró de nuevo en el Piamonte y en una sola b atalla, la de Marsala,
reconquistó lo que m om entáneam ente habia perdido. Los aliados tuvieron que refugiarse en
T urin y M ontcallier á rep a ra r sus grandes quebrantos. Creyó entonces Luis X IV postrado
al duque de Savoya y volvió á desm em brar las fuerzas de Italia, recibiendo inm ediatam ente
un nuevo desengaño, pues el vencido se recobró luego y se apoderó de Casal (1695) con la
condicion de entregarla al duque de M antua. El monarca francés, que meditaba y a la paz
g e n e r a l, seguro de imponer á un estado pequeño las condiciones que le parecieran, despues
de haber humillado á los grandes, ajustó un tratado amistad con el savoyano (1 6 9 6 ). Los
aliados rehusaron al pronto acep tarlo ; pero, viendo p enetrar en el Milanesado un ejército
franco-savoyardo y que avanzaba contra Valencia del Pó , se sometieron á la neutralidad.
El duque de Savoya recobró así Lodo su estado, escepto las plazas de S u sa, Niza y M o n tm e-
lía n t, cuyas guarniciones se reservó Luis XIY hasta la paz general.
Apenas hizo España su declaración de g u e rra á la Francia en 1089 el mariscal de Noaillcs
volvió á en trar en el Principado derramando proclamas, en lasq u e trataba de revivir el ódio
de los catalanes hacia Castilla, á fin de que le tuviesen no por un [conquistador sino por un
libertador del pais. La tenaz resistencia que los somatenes y m igueleles le opusieran le ha­
bia convencido de que necesitaba servirse de Cataluña contra ella m ism a; pero sus espe­
ranzas quedaron luego desvanecidas. E n cuatro campañas no pudo hacer otra cosa que lomar
á C am prodon, S. Juan de las A badesas, Ripoll, U rgel, Bellvert y otros pequeños pueblos
p ara perderlos en breve, teniendo que volverse en cada una á sus cuarteles de invierno de la
frontera. La escuadra del conde de Estrees que se presentó delante de Barcelona y arrojó cu
su recinto mas de doscientas bombas (1691) tampoco logró mas que incendiar algunos de sus
mejores edificios y arru in ar mas de cien casas. Tres navios y dos fragatas que al mismo
tiempo se acercaron á S. Sebastian fueron presa de sus corsarios. Pasó Estrees á A licante, y
allí fué m ayor el estrago, porque lanzó mas de tres mil proj ecliles sobre la ciudad. Pero se
aproxim ó con sus navios el conde de A guilar, y tarobieu los marinos franceses volvieron á
toda vela hacia sus playas. Se puso entonces de acuerdo E strees con Noaillcs p ara atacar si­
m ultáneam ente la plaza de Rosas, la cual hallándose desprovista de pólvora y municiones, tu­
vo que rendirse á los tres dias (1693). Habiendo Luis X IY , receloso del resultado definitivo
de la g uerra g e n e ra l, proyectado conseg u irla paz individualm ente p ara que le fuese mas
ventajosa, aum entó el ejército del Rosellon hasta veinte mil infantes y diez mil caballos, y
dio orden áN o aillesd e activar la g u erra de Cataluña (1 6 9 4 ). Tenia e) duque de Escalona
solo quince mil infantes y cuatro mil gineles que oponerle, y la córte de Madrid hizo vanos
esfuerzos para reforzarlo. Los españoles proyectaron rech azarla agresión en el paso delT er;
pero se vieron arrollados con pérdida de cuatro mil hom bres, y teniendo que retira rse A
G ranollers, no hubo obstáculo insuperable para el enemigo. Palam ós, G erona, Hoslalrich,
Corbera y Castelfollit, situadas en aquel flanco descubierto , cayeron en poder del vencedor,
á quien dió Luis X IY el título de virrey de C a talu ñ a, á fin de intim idar á Cárlos II. Ge­
rona , atacada po r donde menos lo esp e ra b a , por ser lo mas s e g u ro , la p arle a l ta , sufrió
por p rim era vez la afrenta de una rendición. Pero cuatro mil h a b ita n te s, indignados de la
cobardía del gobernador y negándose á p a rtir su hogar con los extranjeros, salieron de la
ciudad para unirse al ejército, La escuadra del conde de Tourville había favorecido estas
operaciones de N oailles teniendo en continua alarm a á las tropas españolas por medio de
amagos de ataque y desembarco en los puertos de aquella costa.
Puede creerse que la verdadera causa de estos desastres no fué tanto la superioridad de
los generales franceses cuanto el absoluto abandono en que la córte m antenía á nuestros sol­
dados. Oropesa habia tenido que retirarse del ministerio en 1691 cansado de luchar con los
incesantes obstáculos que se oponían á su sistema económico. Le había heredado el jóven
conde de M elg ar, jóven de elegantes modales, y le heredó con su mismo p ensam iento: ad­
m inistrar con economía y probidad. Pero no fué mas feliz al intentar la reducción de los ex­
cesivos gastos de p alacio, y como la g uerra general ayudaba á la córte á consumir los sa­
crificios de la nación, llegaron los apuros á grandísimo estremo. F u é necesario acudir á
los em préstitos ex tra n je ro sá u n interés enorm e, y se volvieron á poner en venta los desti­
nos públicos. Las que se hicieron de los virreinatos de Méjico y el P e rú , cada un a en dos­
REINADO DE CARLOS I I . 117
cientos cincuenta mil pesos, prueban tristem ente la angustiosa situación del erario, la
desmoralización de la época v el régim en que pesaría sobre nuestras posesiones de América·
El ducado de Sabioneta en Lom bardía se vendió también al mejor postor.
Con estos recursos se trajo una escuadra inglesa p ara guardar nuestras costas ¡que á
tanto llegaba ya n u estra debilidad! se levantaron tropas y se reforzó el ejército de Cataluña,
cuya dirección se encomendó al m arqués de Castañaga (1695). Su prim era em presa fué el
sitio de Castelfollit, y salió desgraciadam ente, p o rq u e, acudiendo á s u socorro el duque de
Vendóme, famoso general que por enfermedad de Noailles le había reemplazado, despues
d<; luchar un dia entero por rechazarlo, tuvo que retirarse. En Hoslalrich y Palamós sufrió
iguales rev e ses, dejando á la córte sin las esperanzas que al nom brarle había concebido.
Tuvo Carlos II que pedir ausilío al A ustria, la cual envió al príncipe de Hesse-Darm stad
con quince mil alemanes, que tampoco mejoraron la situación de Cataluña, y O range ayudó
también con 3000 walones. V endóm e, bien que con fuerzas m uy su p erio res, lo rechazó
de Hoslalrich y avanzó hasta el T ordera; pero, no pudiendo interceptar la comunicación de
Barcelona con el ejército esp añ o l, y habiéndole cojido los víveres que esperaba por m ar
fuéle indispensable volver á las posiciones de donde habia salid o , siendo picado constan­
tem ente en la retaguardia (1 6 9 0 ). E! caballero A ubeterre habia en tretanto penetrado en
la Cerdaña aventando los m ig u eletes, ocupado el distrito de Borida y el castillo de Aristol,
cerca de Urgel.
Hubo en estos momentos un cambio en los planes de Luis X IV respecto á España.
Carlos I I , arrastrando una vida enfermiza y asaltado con frecuencia por ataques que la po­
nían en gravísimo riesgo, pareció que debia dejar m uy pronto vacante el trono á que h asta
entonces habia aspirado por las armas. No tenia sucesión, y todos aquellos á. quienes asistía
algún derecho dinástico habian principiado á conquistar su afecto , cuya últim a espresion
podia ser una todavía grande m onarquía. Luis X IY creyó q u e , adelantándose á proponer
la paz, aventajaría en un solo paso á cuantos le habian precedido en previsión: en su orgullo
de conquistador, no im aginaba que su propuesta dejase de ser aceptada con reconocimiento
como un don de misericordia. Entabláronse las negociaciones en el congreso de Ryswik por
la mediación de la Suecia ( 1 6 9 7 ); pero la córte de M adrid juzgó debilidad la sagaz hipo­
cresía del monarca francés, y alzándose altanera, se manifestó mas dispuesta á p ro seg u irla
guerra que á ajustar la paz. Airóse Luis X IV del aje que se hacia á su nom bre y p o d e r , y
se propuso abatir la arrogancia española con un recio golpe.
Envió fuerzas á Cataluña hasta el núm ero de veintiocho batallones y treinta escua­
drones con mucha artillería, y ordenó á Vendóme que en combinación con la escuadra de
Estrees, de ciento cincuenta velas y treinta galeras, sitiase h asta ren d ir á Barcelona. Once
mil hombres de tropa y cuatrocientos paisanos constituían la guarnición de esta plaza, que
se encargó de defender el príncipe de D arm stard. El v irre y , conde de Velasen, se apostó
á dos leguas con la m ira de inquietar á los sitiadores, y ni aun eso supo hacer. Intentó un
ataque sobre el cuartel de S a rria ; pero fué rechazado, y tornó á envolverse en su habitual
indolencia. V endóme, que lo conocía, trató de sorprenderle en su campamento de S. E e -
liu y lo consiguió por com pleto, pues llegaron sus soldados hasta la estancia en que el
virrey dormía tranquilam ente, dejándole apenas tiempo p ara h u ir vergonzosamente. E ste
abandono apresuró la rendición d é la ciudad, que se verificó á los cincuenta y dos días de
trinchera abierta, saliendo la guarnición por la brecha con bandera desplegada. La pérdi­
da d élos franceses fué mucho m ayor que la de los españoles; pero Luís X IV recogía en
o tra p a r te , en Madrid, el fruto de esta victoria, que puso á palacio y á la nación en tera en
grande alarma.
Luis X IV , aunque habia gastado el entusiasm o de la F rancia por las conquistas, que
al fin aniquilan á quien engrandecen, aun podia sin duda en 1697 prolongar la g u erra v
mucho mas en España con lisongeras probabilidades. Pero Carlos II estaba todavía sin su­
cesión d ire c ta , sus achaques anunciaban un fin próxim o y toda E uropa fijaba ya la aten­
ción en un acontecimiento que debia conmoverla profundam ente, lié aquí el secreto de la
generosidad con que estendió Luis X IV el tratado de Ryswick entablado por mediación
de la Suecia. El duque de Savoya , alucinado con la esperanza de un enlace con la
familia real de F rancia, habia hecho defección k la liga de Ausburgo en 1696. Rotos así
los endebles lazos que hasta entonces la habian mantenido, á pesar de la heterogeneidad de
siís miras é intereses, L uis XIV , que tenia el don de la o p o rtu n id ad , hizo unas p roposi-
118 HISTORIA d e e s p a K a ,
ciones de paz mucho menos altivas y exigentes que lo habían sido hasta entonces. E sta
aparente moderación produjo el efecto apetecido de introducir la división entre las demas
potencias de la liga é inclinarlas á una avenencia. P ronto se ajusló en efecto la paz de R y s-
wick. (1) Los holandeses recobraron las plazas que habían perdido y obtuvieron la confirma­
ción de sus privilegios comerciales. Guillermo de O range fué reconocido rey de Inglaterra
con los derechos de sucesión. A España restituyó Luis X I Y , no solo las plazas que habia
ocupado en C ataluña, entre las cuales se contaban las de B arcelona, Gerona y R o sas, si
que también el ducado de Luxem burg y las ciudades y paises de F landes que habían caí­
do en su poder despues de la paz de Nimega. Solo tomó un pequeño territo rio , que con­
tenía ochenta y dos ald ea s, p ara agregarlo á los distritos franceses de Charlem ont y
Mauheuge. Y á España únicam ente se le exigió la restitución de la isla de Ponza al duque
de P arm a. La córte de M adrid, que no penetraba las miras de Luis X IV acojió con asombro
esta hábil generosidad, cuyo carácter verdadero no debía tard ar en conocer.
Viendo á E sp a ñ a absorvida en g uerras europeas, para ella v ita le s, alzaron la cabeza
los m oros, oscilados y protegidos por Luis X IV . E n 1677 acometieron con brío la plaza de
O ran; pero fueron rechazados. Desde,entonces no cesaron de am agar y acom eter, siem pre
sin plan y sin elementos suficientes. E n 1687 volvieron á atacar á Oran juntam ente con
Melilla en innum erable c h u sm a , que recibió u n nuevo escarm iento. Dos años despues el
rey de Fez, ausiliado por la F ran cia, sitió A Larache co n diez y seis mil hombres por
tie rra y cinco fragatas, que debían im pedir la introducción de víveres por la m ar Ni uno
ni otro objeto consiguieron y , cansados de esperar, se retiraron. La irrupción que simul­
táneam ente recorrió la costa de Melilla tuvo u n éxito semejante. No se desanimó por eso
Luis X IV , y Ies envió en 1691 seiscientos cuarenta mil reales y dos navios cargados de
pertrechos de g uerra en grande cantidad, que tuvieron la desgracia de caer en poder de la
guarnición de Ceuta. A pesar de eso intentaron los moros de Mequincz en 1603 con veinte
rail caballos y seiscientos camellos un nuevo ataque contra O ra n , tenaz empeño que les
costó en esta ocasion cuatro mil hombres. Y con todo aquella raza indomable volvió m uy
luego á plantear el mismo sitio y el del presidio de Melilla: dos años persistieron acam­
pados á la vista de sus m urallas, manteniendo en continua alarm a á sus escasas guarni­
ciones. Al fin, viendo perdida m ucha gente sin haber conseguido ventaja alg u n a, levantaron
el campo y se dispersaron.
O tros enemigos tuvo España en su declinación que aceleraron su ru in a. Un artículo
secreto del tratado de Y ervins habia puesto lím ites ¿t las paces en tre Francia y España,
pues se convinieron en que los buques de am bas naciones que se encontrasen mas allá del
trópico de Cáncer al sur y del meridiano de las Azores al oeste podrían combatirse
y hácer presa cual en tiempos de guerra, sin que por eso se entendiese ro ta la paz. Comu­
nicada con reserva esta eseepcion á los puertos franceses por los m inistros de Enrique IV
salieron muchos arm adores del H avre, D ieppe y Saint Maló dispuestos en corso á apoderarse
de las flotas que anualm ente nos venían de las Indias Las prim eras presas que hicieron
en buques m ercantes escitaron la codicia de otros puertos y de otras naciones, particular­
m ente de Holanda, In g laterra é Italia, cuyos marinos se lanzaron á la vida a v e n tu rera de
la. p iratería. No tardaron en unirse para hacer sus escursiones con mayor seguridad bajo
el nom bre de herm anos de la costa ó filibusteros (2 ). Desde entonces acometieron las em pre­
sas mas audaces y mas asoladoras. A mediados del siglo X Y II ocuparon la isla de la Tor­
tu g a, al norte de la Santo Domingo , apesar de los esfuerzos de los españoles, que dos veces
consiguieron arrojarlos de ella. Allí p reparaban sus espediciones en barcos ligeros y de poca
g e n te , pero resuelta, que salían á cruzar en los puntos de trán sito : apenas avistaban una
vela le daban caza; pero así que llegaban al alcance de sus tiros, todos se echaban sobre cu­
bierta menos el piloto y los m arineros que trabajaban en la m a n io b ra, y cuando estaban ya
cerca de é l , apesar de su fuego, se levantaban y entraban al abordage. Hecha la p r e s a , se
volvían á su guarida p ara hacer la c a z a p a r tid a ó el rep a rto general, jurando todos antes
sobre los santos Evangelios no haber retenido mas de medio real. Un hecho d ará á conocer la
osadía de estos célebres piratas. Pedro Legrand , de D ieppe, m ontaba un buque arm a­
do solo con cuatro cañones y tripulado por veinte y ocho hombres. M ientras deliberaba

( 1 ) Concluido c! 21 lie setiem bre y ratificado por E spaña el 8 de O ctubre.


( 2 ) Los hechos de este párrafo cstáu tom ados de la h isto ria de los F ilib u stero s,, de O cxm clín, y de u n artícu lo de
Mr. Souveslr<¡ publicado en la llevU ta de P arís un a b ril de 1843.
RE1ÍÍADÓ DÉ CAÍ5L0S I I . l l fJ
uu (lia sobre el punto á donde se en cam in aría, el m arinero de tope d i6 el grito de vela ,
añadiendo que parecía m uy grande y de guerra. «Mejor será la presa » contestó el c a p i-
ta n , y ordenó la maniobra de caza. Cuando estuvieron, á corta distancia y vieron de­
lante de sí un g ran navio de g u erra, se espantaron de su au d acia; pero les tranquilizó el
jefe asegurándoles que él respondía del éxito: «No tenemos que hacer les dijo, m as que
saltar á b o rd o , pues los españoles no sospecharán jam ás que u n barco tan pequeño como
el nuestro haya formado el intento de atacarlos, y no tom arán precaución alguna.» Todos
juraron seguirle; pero L egrand, no fiando todavía de sli valor, llamó aparte al cirujano,
que era su confidente, y le mandó que, al abordar al enem igo, saliese el último del buque'
y lo echase á pique. Los m arineros españoles viendole avanzar directam ente , se lo
advirtieron al com andante, que se hallaba en la cám ara jugando un a partida de naipes, y
despreció el aviso: volvieron una y o tra vez á preg u n tar si preparaban siquiera á p re ­
vención los cañones; pero no les contestó sino en tono de b ro m a : « Que se prepare la g u in -
daleta y los izarem os,» Apenas habia acabado de pronunciar estas p alab ras, le entraron
al abordaje los filibusteros armados con dos pistolas y m ach ete, y m ientras degollaban á la

M ariana de Jíeobürgr, segunda m n je r de Carlos II.

tripulación, Legrand bajó á lá cám ara del com andante , le puso u n a pistola al pecho y
le obligó á rendirse sin combate. No habían tardado media h o ra en apoderarse de un navio de
cincuenta y cuatro cañones, cargado de víveres, municiones y objetos de g ran valor, que era
el vice-al m iran te de la flota de los galeones, separado de ella por una borrasca. Pronto se
siguieron á estos asaltos m arítim os incursiones por los pueblos de la costa, que se esten d ie-
ron hasta muy al interior. Luis Scot y Mansfield sorprendieron y saquearon sucesivamente
la ciudad de Campeche; osadía que sobrepujó el holandés Ju an David internándose cuaren­
ta leguas p ara acometer la ciudad de Granada, defendida por ochocientos hombres. Subió el
lago de Nicaragua acompañado de ochenta filibusteros; dejó diez p ara que guardasen el bu­
que , y con los setenta penetró por sorpresa á media noche en G ranada, derram ó el te rro r
e n tre los habitantes y saqueó las iglesias y muchas casas. Se valuó en cuarenta mil escudos
el botín, El galés M o rg an t, á quien elijieron jefe en 1668, al frente de doce bajeles tri_
120 BUSTORIA DE ESPAÑA.
pillados por sieLec.ieutos hombres sorprendió á P uerto Príncipe en la isla de Sanio Domingo,
y la saqueó por espacio de quince dias. E n una segunda cspedicion tomó por asalto á P o rto -
Bcllo, obligó á los habitantes á que le descubriesen los lugares en que habían enterrado sus
riquezas, y cuando se acercó el presidente de Panam á con tropas, se retiró llevando doscien.
tos setenta mil escudos. La tercera espedicion se dirijió contra Maraeaibo y G ib ra lta r, incen­
diando al regreso algunos buques que quisieron cortarle la retirada. Al renunciar á su vida
av en tu rera, anunció que iba á acometer una em presa mas atrevida que las an terio res, y
acudieron á tomar p arte filibusteros de varias naciones. Pusiéronse á sus órdenes treinta
y siete tiuques con dos mil doscientos hom bres, de los cuales se tituló alm irante, enarbolan-
do el pabellón de Inglaterra. Hizo rum bo á la isla de Santa Catalina y , apoderado de ella,
se lanzó sobre la ciudad de P anam á, degollando la guarnición y entregando á las llamas la
ciudad despues de haberla saqueado. Cuatrocientos cuarenta mil escudos fueron el fruto
del pillaje. E n seguida renunció Morgan al oficio de p irata y gozó tranquilam ente de
sus rapiñas. Pero no faltó quien le sucediera, y , como la m arina española iba en r á ­
pida decadencia, durante los reinados de Felipe IV y Carlos I I las cosías de Méjico
y del P en i se vieron casi abandonadas á sus devastaciones. Los habitantes aterrados
ya no oponían resistencia; tenían vijías en las m o n tan as, que anunciaban su aproxi­
mación , y huian al interior contentándose con enviar contra ellos manadas de búfalos sal­
vajes ó con encerrarlos en u n círculo de fuego incendiando los bosques. Los caudillos mas
tristem ente célebres de aquella cruzada contra los colonizadores españoles fueron Roque
G roningae, que llevaba constantem ente debajo del brazo el sable desnudo; el portugués Bar­
tolomé Alejandro, brazo de hierro, Miguel el Basco y los franceses Ñau elO lones, M ontbars
y G randm ont. Estos hombres feroces llegaron á no hacer uso de los cañones, porque com ían
mu-cha p ó lv o r a ; no em prendían el fuego hasta hallarse á tiro de fu s il, y entonces, haciendo
uso de esia a r tn a , se acercaban hasta en tra r al ab o rd a g e, en el que empicaban mas el m a­
chete que las pistolas. Un día (fue el Olonés se apoderó de un a fragata enviada en su per­
secución por el gobernador de la H abana, mandó acabar de m atar á los h e rid o s; pero cuando
supo por un indio que im ploraba su perdón, que iban con la orden de ahorcarlo apenas lo
cojiesen, hizo subir a todos los prisioneros y los fué degollando con su sa b le , menos el úl­
timo, á quien envió con la noticia á la H abana. M uy luego se apoderó de Maraeaibo, a la cual
saqueó horrorosam ente habiendo pasado á cuchillo la guarnición. Terminó su carrera de
crímenes sorprendido en una pequeña isla delante de C artagena por los in d io s, que lo asa­
ro n y comieron eit festín. El mas feroz de todos fué M o n tb ars, que descendía de una fami­
lia noble del Languedoc. Los españoles le pusieron el sobrenombre deei esten n in a d o r, por­
que parecía poseído de u n vértigo de s a n g re , pues m iraba con desprecio el saqueo v solo
se ocupaba del degüello. E ran indios casi todos cuantos le seguían y le am aban con un de­
lirio frenético al ver que, siendo blanco, jam ás les exhortaba sino el odio y la m uerte á los
enemigos de su raza. Los indios le consideraron como u n enviado de la Providencia desti­
nado á vengarlos de las m atanzas ejecutadas por los españoles. En 1683 G randm ont juntó
en la T ortuga mil doscientos filibusteros de los mas valientes, y se dirigió á las costas de
N ueva-E spaña; desembarcó de noche á dos leguas de Veracruz, y u na hora antes de ama­
necer se arrojó sobre la ciudadela; desde la cual dispertó á cañonazos á los h a b ita n te s, que
no tardaron mucho en entregarse á discreccion. Como escedian tanto los prisioneros al número
de los vencedores, G randm ont los encerró en la iglesia m ay o r, puso á sus puertas sacos de
pólvora, y desde ellos hizo regueros del mismo com bustible, poniendo centinelas á su estre-
mo con orden de prenderle fuego al prim er indicio de insurrección de los encerrados. V era-
Cruz, que era la mas opulenta ciudad de América, fué así horriblem ente saqueada sin perdonar
la casa mas hum ilde. El botín que se repartieron, vueltos á la Jam aica, se valuó en diez
millones de pesos. Dispuso inm ediatam ente o tra espedicion contra C artagena, capital del
reino de Nueva—G ranada, donde no pudo robar mas que los b arrios; pero se vengó en
Campeche al año siguiente 168S. Despues de un sangriento com bate, se hizo dueño de la
ciudad y de la fortaleza que la domina. Habiendo caído en poder del gobernador, dos de sus
filibusteros mas estimados, ofreció en treg ar por ellos todos sus prisioneros, y si se le rehu­
saba, que incendiaria la poblacion. El español contestó que serian ahorcados los que pedia,
v en el acto G randm ont cojió de la mano al parlam entario y lo llevó de calle en calle para
que viese como prendía fuego á la ciudad, concluyendo con volar la ciudadela. Volvién­
dose entonces á él con aire tranquilo le d ijo : «Id á contar á vuestro jefe como cumplo mis
REINADO BE CARLOS I I . 131
p ro m esas, y añadidle q u e , si m añana no m e h a devuelto mis dos com pañeros, le h aré un
presente de seiscientos españoles ahorcados. » Al punto se hizo el cange.
Viendo por todas partes estrechados a los españoles, el gobernador francés que ocupaba
la parfe occidental de la isla de Santo Domingo quiso en 1691 apoderarse de toda ella. Atacó
á Santiago de los Caballeros; pero fué rechazado, y atrajo sobre si igual y mas afortunada
agresión. El general Segura de Sandoval lo destruyó com pletamente en la llanura de P uer­
to Real, y el comandante de la escuadrilla qué estaba á las órdenes de López Girón apresó
en el puerto de G uaneo dos navios y una fragata. Escasos de fuerzas y teniendo que atender
tam bién á los filibusteros, no llevaron los vencedores mas adelante sus a rm a s, aun cuando
la osadía y el núm ero de los piratas habían decaído mucho desde que acometieron igual­
m ente que á los españoles á los buques m ercantes de las demas naciones. E n 1697 fué laü L
tim a espedicion notable de ios filibusteros.
E l barón de Poim is propuso á Luis X IY apoderarse de Cartagena de Indias, punto que
podía ser la base de una conquista sobrcaquellos ricos dominios españoles de la América me­
ridional. Cartagena por sí sola, ciudad opulenta como imperio del activo comercio que se ha­
cia en tre el P erú y las colonias establecidas en el golfo m ejicano, e ra un a em presa que
podía alhugar la codicia de u n rey. Apresuróse el francés á prohijar u n pensam iento cuya
audacia escitaba su genio, y puso á sus órdenes unaescuadra de diez navios, que añadió á s u
gente de desembarco mil seiscientos filibusteros recogidos en la isla de Santo Domingo con
la prom esa del pillaje. Cartagena tenia de guarnición poco mas de setecientos hom bres para
c u b rirla ciudad y los tres fuertes de Santa Cruz, San Lázaro y Bocachica, que la pro­
tegían en las avenidas de fácil acceso. Pointis desembarcó sus filibusteros y los condujo por
desfiladeros peligrosos, pero descuidados, hasta el pie de ios fuertes, que se vieron atacados
con el ardor que inspira el botín. Rendidos que fueron, su artillería, que llegaba hasta
el núm ero de ochenta piezas, sirvió á los invasores para atacar la ciu d ad , la cual se rindió
antes de tiempo á l a amenaza de u n bombardeo que incendiaria sus almacenes. E l gober­
nador capituló obligando á los habitantes á entregar su fortuna al vencedor con las alhajas
de oro, plata y piedras preciosas de las iglesias y otros edificios. P ero , quejosos los filisbu—
teros del engaño con que habian sido enganchados, entregaron la poblacion alm as horro­
roso saqueo. P o in tis, sin haber empleado grandes esfuerzos p ara contenerle, conociendo
que nú podría sostenerse, se retiró con su precioso cargam ento, que se valuó en cincuenta
millones. La escuadra inglesa que le aguardaba en la Barbada supo de él cuando y a habia
llegado á Brest.
Por último hasta la naturaleza y el hado parecían conjurados contra E spaña en su ma­
yo r abatim iento. E n 1G71 un huracan echó á. pique mas de sesenta buques del comercio en
Cádiz y arrninó muchos edificios. E l mismo año u n incendio devoró gran p arte de los in­
mensos tesoros que Felipe II habia enterrado en el suntuoso m onasterio del Escorial. El
plomo de los tejados, bajando derretido como riachuelos de fuego, impidió apagar aquel vol­
can, que redujo á cenizas un tesoro quizá m ayor de libros y manuscritos griegos y árabes.
Una peste devastaba en 1680 las provincias de A ndalucía, y los terrem otos asolaban las po­
blaciones de Italia. Al año siguiente sucedieron las espantosas ru p tu ra s de los diques de
Holanda, que casi anegaron todos los Paises—Bajos y el B rabante. Las inundaciones que e s -
perim entó al mismo tiempo la Sicilia destruyeron com pletamente la ciudad de Torroriza.
E ste mismo fatal año de $2 la flota de veinte millones que venia de las I n d ia s , en la ocasion
m as aflictiva para el e ra rio , se perdió en u n naufragio con mas de mil cuatrocientas perso­
nas de su equipaje. Las provincias de Andalucía volvieron k ser azotadas por la peste
en 1684. Los terrem otos también se reprodujeron en 87, haciendo perecer en Ñapóles á
trein ta mil habitantes entre las ruinas de sus propias cafas.E n la América m eridional, Lima
y otras grandes poblaciones quedaron en aquel terrible sacudimiento hechas escombros.
Vino en 1691 o tra flota de ocho millones para ser sum erjida por un a tem pestad. Final­
m ente las sacudidas que desde el dia 9 al 20 de enero de 95 tornó á sufrir la Sicilia convir­
tieron en m ontones de ruinas ciento cuarenla pueblos y siete ciudades. Los superticiosos
vieron como siem pre en tan larga serie de desastres los lúgubres presagios que el Omni­
potente hacia á la m onarquía española.
Creyendo tal vez conjurarlos, el fanatismo inquisitorial exajeraba cada dia mas su fer­
vor y encruelecía su intolerancia. A tal punto llegó el adormecimiento de la piedad n atural
y la embriaguez de los corazones, que los autos de fe se celebraban ya como un obsequio
129 ID ST O ÍIU DE ESPANii
digno de la grandeza de los reyes v como la mas solemne festividad publica. «Én consecuen­
cia de su hereditario afecto, dice la relación del celebrado en Madrid en 1680 ( 1 ) , la roa-
gestad católica del re y nuestro señor Curios I I , con repetidas señas de su celo y su piedad,
manifestadas desde el principio de su reinado, dio claram ente á entender cuanto le movía
la inclinación á p a tro n iz a r, autorizar y defender el ejercicio y m inisterios de este tribunal
sagrado (de la Inquisición); y habiendo dado próxim am ente algunas insinuaciones de que
gustaría bailarse presente á la celebración de un auto g e n e ra l, entendió el consejo que seria
obsequio de su m agestad el que se ofreciese ocasion de repetir el adm irable ejemplo de su
augustísim o padre y señor n u e s tro , el señor re y Felipe 1Y el G rande (q u e está en gloria)
que el año pasado de 1632 honró con su presencia el auto general de íe que se celebró en
esta córte.» Ofrecido y aceptado el espectáculo, se despacharon órdenes á todos los tribu­
nales para que acelerasen el fallo de los procesos y rem itiesen los sentenciados, & J fin de que
el núm ero de las víctimas contribuyera al esplendor de la fiesta que se disponía. Las inqui­
siciones de Toledo, C uenca, C órdoba, G ranada, V alencia, L lerena, B arcelona, Santiago,
Valladolid hahian tenido no hacia mucho tiempo sus autos p articulares: no o b stan te, se
juntaron h asta ciento veinte condenados. K1 jueves 30 de mayo «á las tres de la larde, sobre
el balcón que cae sobre la p u erta de las de la habitación del excelentísimo señor inquisidor
general, se puso el estandarte rico de la congregación, herm osam ente bordado de oro. Toda
la fachada estaba vistosam ente adornada de hermosas colgaduras de damasco carm esí, y por
las ventanas inm ediatas al estandarte había repartidos clarines y en la calle timbales que
con armonioso ruido solemnizaban la acción, y juntam ente avisaban á la obligación de asistir
v á la curiosidad de ver.» Juntos ya los familiares de la congregación, comisarios y notarios
5e c ó rte , em prendieron la m archa «con tan buen órden, que no menos se hacia re p a ra r su
proporcion que las joyas y galas de las personas, y los ricos aderezos de los caballos. Seguíase
luego el estandarte de la fé, que había estado puesto en el balcón; despues iban diferentes
secretarios de córte y de otros tribunales, y cerraban el acompañamiento el alguacil m ayor
del tribunal de Toledo y el secretario mas antiguo del de esta córte.» «Llegaba el núm ero
de este lucido escuadrón de la fé como á ciento cincuenta personas, y los familiares iban en
gallardos y generosos caballos, airosam ente encintados, con joyas y veneras de diam antes y
otras piedras preciosas.» E ra cl objeto de este ostentoso paseo la publicación del auto general,
pregonándole por los sitios mas concurridos de la córte; pregón que se hizo ocho veces en esta
fo rm a : «Sepan todos los vecinos y m oradores de esta villa de M adrid, córte de S. M ., es­
tan tes y habitantes en e lla , como el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad y reino de
Toledo celebra auto público d é la fé en la plaza M ayor de esta córte el domingo 30 de ju ­
nio de este presente a ñ o , y que se les conceden las gracias é indulgencias por los sumos
pontífices dadas á todos los que acom pañaren y ayudaren á dicho auto. M ándase publicar
para que venga á noticia de todos.» Increíble parece basta qué grado llegó el estravio délas
ideas aun de la mas sencilla moral. Por solo ayudar ap re n d er álo s hereges se ganaban cua­
re n ta años de indulgencia. El pontífice Clemente V II no se contentó con la bula de indul­
gencia plenaría v remisión de todos los pecados en el artículo de m u e rte , estando contritos
y confesados, concedida por Urbano IV y Clemente IV á cuantos en algún modo ausiliaren
al tribunal de la inquisición; espidió otra por la cual in articu lo m o rtis podían ser «absuollos
de todos crímenes v escesos, aunque sean de los reservados en la bula de la cena del Señor»
y Pió V añadió que, aun siendo los «pecados, crím enes, escesos y delitos cuanto quiera graves
v enormes.» Asi fué creciendo el terrible poder de este ominoso tribunal, ante el cual nadie
dejaba de hum illar su cabeza. P ara esta función casi todos los m agnates de la córte soli­
citaron hacerse fam iliares: viéronseen aquella compañía sagrada con el hábito d é la inquisi­
ción veinticinco grandes de E spaña y treinta y siete títulos de Cas tilla ; de los cuales diez y ocho
e ra n m arqueses, veintiocho condes, catorce duques, un alm irante, un príncipe y mas de veinte
altos dignatarios. El dia 29 de junio fué el segundo prelim inar del a u to , la procesión de las
cruces verde y blanca. « Como los príncipes de la tie rra ostentan la escelencia y am plitud de
sus dominios con los blasones que pintan en sus escudo s, así para esplicar la jurisdicion del

(1 ) «Uelauíon h istórica del auto g e n e ra l do fó que se celebró en M adrid esle año de 1G80 con asisten cia del rey
K . S. don Carlos I I , y de la s m agostados de la rein a íí. S. y la au g u stísim a rein a m ad re, siendo inquisidor g en e ra l don
Diego S arm iento de V a lla d a re s : por José del O lm o, alcaide y Jum iliyr ;d d Simio Oficio, ayuda de la fu rriela de S. M. y
m acslro del Bueo R etiro y v illa de M adrid.» De este folleto, escrito por el mism o arq u itecto del te atro d el aulo y»dcl b ra­
sero ,'to m am os todos los dalos de este píirrafo.
ВЕШАНО DE CARLOS Ií. . Ш
tribunal sagrado de la Inquisición, y juntam ente los fines á que se dirije su laborioso ejer­
cicio , tomó por arm as este santo tribunal una cruz verde en campo n e g ro , con un ram o de
oliva á la p arte d ie s tra , y á la siniestra una esp ad a, como quien dice que la cruz de nues­
tra redención, por la piedad de Dios y suavidad de su gracia, representada en la oliva,
ofrece esperanza á los tenebrosos ánimos de los reos manchados con las sombras de sus os­
curos errores para librarse del rigor del castigo con que am enaza la espada. Confórmase
este símbolo con la vulgar acepción de que el color verde significa la esp eran za; y así,
p ara asegurar el perdón á los nuevam ente reducidos, el dia antes del auto general se saca
en procesion con magestuosa pom pa una cruz verde para que, colocada en el altar del tea­
tro , esté alentando á los reos para esperar de la divina misericordia q u e , abrazándose con
la cruz, producirán dignos frutos de penitencia. Mas porque los que abusan de la divina

clem encia, despreciando el perdón con que les ruegan, quedan espuestos á la indignación
de la justicia que eslá arm ada en venganza de la í e , atendiendo á que esta v irtu d se p ré­
sen la en el cándido esplendo!1 de la b la n cu ra, se saca tam bién un a cruz de este color para
que, colocada en el lugar del suplicio, se manifieste la causa p orque m ueren los culpados:
y aunque para dicho efecto pudiera ser con alguna propiedad de color rojo y sangriento,
no o b sta n te, para darles á entender la tem planza del r ig o r , pareció m as conveniente que
fuese blanca esla c ru z , porque no desmayase (olalmenle la esperanza del perdón y porque
entiendan los culpádos que, como la blanco eslá indiferente para recibir otro cualquiera
color, así la cruz de la f é , aunque ofendida, eslá dispuesta de su p arle p ara recibir el tinte
que le dieren sus afectos.» E stas cruces, pues, fueron sacadas del convento de doña M aría
de Aragón en gran procesion por la villa con el estandarte de la fé, que llevaba el duque
tom o iv . 18
\%l ■ HISTORIA BE ESPAÑA.
de M edináceli, y la compañía les hizo tres salvas. Aquella misma noche se notificó la sen­
tencia á los reos de m u e rte : « H erm ano, vuestra causa se h a visto y comunicado con p er­
sonas m uy doctas de grandes letras y ciencia, y vuestros delitos son tan graves y de tan
m ala calidad que , p ara castigo de ellos, se ha hallado y juzgado que m añana hebeis de
m o rir: prevenios y apercibios, y p ara que lo podáis hacer como conviene, quedan aquí
dos religiosos . » «L legóel dia 30 de jimio lán deseado de la espectaciondel pueblo, y á
á las siete de la m añana em pezaron á salir los soldados de la fé, y después de ellos la cruz
de la parroquia de S. M artin vestida con velo negro, y doce sacerdotes con sobrepellices,· y
luego'fueron saliendo ciento veinte r e o s , cada uno de por sí con dos ministros al lado. Los
trein ta y cuatro prim eros eran reos en e s ta tu a , y a m uertos, y a fugitivos, de los cuales
trein ta y dos eran relajad o s, y como tales llevaban corozas con llamas que lo significan, y
algunos llevaban en las manos las arquillas de sus huesos. Las otras dos estatuas iban con
sam benitos, y en todos se leían los nom bres de los que rep resen tab an , escritos con letras
grandes en rótulos que llevaban por el pecho. De los reos que salieron en persona se se­
guían once penitenciados con abjuración de levi, linos por casados dos veces, oíros por
supersticiosos, y otros por hipócritas em busteros, todos con velas am arillas apagadas en
Jas manos. Los em busteros y casados dos veces con corozas, y algunos de ellos con sogas
á la g arg an ta, y tantos nudos en ellas cuantos eran los centenares de azotes á que salían
condenados. Iban luego cincuenta y cuatro judaizantes reconciliados, todos con sambenitos
de m edia-asta y otros e n te ra , y con velas como los precedentes. Inm ediatam ente salieron
veintiún reos condenados á rela jar, todos con la coroza y capotillos de llam as, y los perti­
naces con dragones entre las lla m a s, y los doce de ellos con mordazas y atadas las manos.»
Es de advertir la proporcion en que las m ujeres estaban con los hom bres, pues se conta­
ban setenta de estos y cincuenta de aquellas. Seguían todas las corporaciones y em plea­
dos délos diferentes ram os, el ayuntam iento de villa, las comunidades religiosas, el rey ;
«y como no iba en la procesion otra música mas de la armoniosa consonancia que se en­
traba por los o jo s, toda el alm a estaba en ellos sin rep a rtir la atención con los oídos.» Asi
llegaron al teatro improvisado en la plaza M ayor en solos cinco d ía s , aunque tenia ciento
noventa pies de longitud y cien de latitud. A cada lado m enor de este paralelógram o se le­
vantaba un tiro de gradería que llenaba el ancho del te a tr o ; destinados el uno p ara los
reos, ministros, y religiosos que los auxiliaban, y el de enfrente p ara el tribunal de la in­
quisición, todos los consejos, el de C astilla, el de A ragón, el de I ta l ia , el de F la n d e s, el
de In dias, la villa de M adrid, los grandes y títulos. E n la cima de este tramo se veia el
solio del inquisidor general, mas decorado y en lu g ar mas distinguido que el del rey, al cual
se le dió sitio en un halcón céntrico de uno de los lados m ayores cubierto por u n dosel. En el
pavimento se formaron dos A trios, uno p a ra los guardas de S. M. y el otro p ara las fa­
milias y ministros del tribunal. E n medio de ellos se habían construido dos jaulas liara oir
desde allí los reos sus sentencias, teniendo á derecha é izquierda los secretarios de los
consejos y m inistros de la suprem a, y mas adelante las cátedras donde se leian las causas.
El teatro estaba cubierto con toldos, los balcones de la plaza cuajados de gente de todas
condiciones, y sin em bargo reinaba un grande silencio. Había enaquella perspectiva cierta
magnificencia lúgubre que infundía terror. Principió el acto con el juram ento del rey á
petición del inquisidor g e n e ra l: « V. M. ju ra y prom ete por su le y palabra r e a l , que co­
mo verdadero y católico r e y , puesto por la mano de D ios, defenderá con todo su poder
la fé católica, que tiene y cree la santa m adre iglesia apostólica de R om a, y la conserva-
clon y aum ento de ella, y p erse g u irá, m andará perseguir á los hereges y apóstalas con­
trarios de ella, y que m andará dar y dará el·favor y ayuda necesarios p ara el santo oficio
de la inquisición y m inistros de e l la , p ara que los hereges perturbadores de nu estra reli­
gión cristiana sean prendidos y castigados conforme á los derechos y sacros cán o n es, sin
que haya omision de parte de Y. M. ni escepcíon de persona alguna, de cualquiera calidad
q u e s e a ? — Asi lo ju ro y prom eto por mi fé y palabra real.— Contestaba á este em peño la
oferta de la gracia del Señor y de una larga v id a, y le seguía el juram ento del pueblo
prestado por el ayuntam iento. A estos prelim inares sucedió el serm ón, y acto co n tin u ó la
lectura sum aria de los procesos en presencia de cada reo metido en la jau la. Se vieron
allí niños de trece años, m uchachas de ca to rc e , ancianos de ochenta, la mayor p arte acu­
sados de judaizantes, con las calificaciones de n egativos ó confitentes, re la p so s, convictos ó
p ertin aces. Los que no habían sido condendos á la h o g u e ra , lo estaban á salir á la yerguen-
KEITÍÁDO DE (ÍABLOS 1 !. 126
y.a por las calles ó :i doscientos azotes y destierro por cierto núm ero de años de los luga­
res en que habían cometido sus delitos y ocho leguas en co ntorno; pasando algun tiempo
en las gateras al remo y sin sueldo ; ó á destierro ó cárcel p erpétua irrem isible, ó á espa-
triacion con la cláusula de no volver á nuestros puertos n i con veinte leguas dé distancia*
E n lo que se vieron todos igualados fué en la confiscación de sus bienes. Alguno hubo que,
apesar de hab erla castigado la justicia o rd in a ria , la inquisición le impuso pena por el
mismo delito. Y á mas de uno entre los mas jóvenes se le reconocía implícitamente su ino­
cencia, pues era entregado á algún m inistro del tribunal para que lo instruyese en la doctri­
na cristiana, y sin em bargo se lo castigaba como á los demás. Acabada la lectura de las
ca u sa s, se condujo á todos los reos por el corredor inmediato al halcón de SS. MM. y lle­
gando al plano donde estaba el a lta r , se hincaron de rodillas delante de la cruz y ' fueron
haciendo las abjuraciones. «Estas son de tre s m a n e ra s: una, abjuración d e le v i; otra, de ve­
hem ente, y o tra que se dice abjuración en fo rm a . La de lev i es aquella que hacen los reos
por delitos que inducen sospecha leve de heregia con actos sem ejantes á los que suelen
h acerlo s que la siguen, como los casados dos veces, rebaptizados y los que celebran sin
órdenes y otros semejantes. La abjuración de vebem entí la hacen aquellos que cometieron
delito tan g ra v e , que por el mismo hecho engendra vehem ente sospecha de h ereg ia, ó
q u e, estando neg ativ o s, se les probó con dos testigos tales que á la g ran justificación del
tribunal no le parezca que es perfecta probanza p ara condenar á m uerte, lista abjuración
liene el mismo efecto que la abjuración en fo rm a , en cuanto á que el que la hace se sujeta
á q u e, si repite el d e lito , le castiguen como relapso. La abjuración en fórm ala hacen aque­
llos que están convictos y confesos del crim en de la heregia, cuales son todos los que han ju ­
daizado.» Pero estas abjuraciones á nadie eximían del castigo , aunque iba á recaer sobre
un alm a reconciliada.
Despues de las abjuraciones se hicieron álo s reconciliados las preguntas de la fé, se les
echó la absolución, y concluyó la función con besar la mano al preste y ofrecer las velas que
babian tenido encendidas, volviendo en seguida á las cárceles secretas.
«Acabado el au to , solo resta el trajeo suceso de los protervos y demas relajados, cuyas
culpas dieron motivo á la representación de juicio tan formidable p áralo s delincuentes y tan
adm irable y espantoso p ara los demas. llabia el tribunal m uy con tiempo avisado á los ju e­
ces seculares que previniesen en el brasero hasta veinte palos y argollas para poder dar
g a r r o te , y atando en ellos como se acostum bra á los r e o s , aplicarles el fu eg o , sin necesitar
del horror y violencia de otras mas im propias y sangrientas ejecuciones, y juntam ente que
hubiera prevenidos bastantes ejecutores de la justicia p ara el mas breve despacho de los
suplicios.» El brasero, situado fuera de la p u e rta de F u en carral, como á trescientos pasos
á mano izquierda, inmediato al cansino, «era de sesenta pies en cuadro y sietepies en alto,
y se subía á él por una escalera de fábrica del ancho de siete pies con tal capacidad y dis­
posición que á com petentes distancias se pudiesen fijar los palos, y al mismo tiem po, si
fuese conveniente, se pudiese sin estorbo ejecutar en todos la justicia.» Coronaban el b ra ­
sero los soldados de la f é , y parte de ellos estaban en la escalera guardando que 110 subiesen
mas de los precisam ente necesarios; pero la m ultitud de ge*nte que concurrió fué tan cre­
cida que no se pudo en todo g uardar el orden.» «Con universal admiración , dice el his­
toriador del auto , se notó una diferencia tan grande en tre los reducidos y pertinazes como
en tre los escojidos y réprobos. Estos iban con horrible color en los sem blantes, con los ojos
turbados y casi brotando llam as, y toda la fisonomía de los rostros de tal suerte que pa­
recían poseídos del demonio. Pero los conversos iban con tal hum ildad, consuelo, confor­
midad y espiritual alegría, que pareció que casi se les traslucía la gracia de Dios. Puédese
creer que ya están en el cielo por las muchas oraciones y sufragios que los piadosos hi­
cieron por sus almas. Fuéronse ejecutando los suplicios, dando prim ero g arro te á los re­
ducidos, y luego aplicando el fuego a los pertinazes, que fueron quemados vivos con no
pocas señas de im paciencia, despecho y desesperación. X echando todos los cadáveres en
el fuego, los verdugos le fomentaron con la leña hasta acabarlos de convertir en ceniza, qtiu
seria como á las nueve de la m añ an a.»
Cuando la compañía de los soldados de la fé, llevando cada cual un haz de leñ a, el 28
de junio se p resentára en palacio á entregar uno á Carlos I I , «por su propia mano le en­
tró á m ostrársele á la reina» y luego lo volvió alcapitan diciendo: «que S. M. mandaba que
le llevase en su n o m b re, y fuese el prim ero que se echase en el fu eg o !« El dia del auto
126 HISTORIA DE KSPAKA.
desde las ocho de la m añana estuvo en el halcón « sin que el calor !e destem plase, la
confusion de ta n ta frecuencia le ofendiese, ni la dilación de función lan protija le fastidiase.
Y fué su dovocion y celo tan superior á la fa tig a , que ni aun p ara comer se apartó nn
cuarto de hora del balcón, y habiéndose acabado el auto á la h ora referid a, preguntó si
faltaba mas ó si se podia v o lv e r !!» (1 )

CAPITULO XV.
1698.— 1700.

P retcnsiones á ía corona de Carlos II sin sucesión : in trig as en la c ó r te : m an ejo s del em b ajad o r f r a n c é s : p rim e r tra ta d o
d e p artición de la m o n a rq u ía concertado en el H a y a : Carlos nom bra su ceso r al prin cip o de O a v le ra : se le hace creer
q u e está hechizado por los a u s tr ía c o s : asonada contra los m ism o s : visita del rey a! panteón del E s c o r ia l: secundo
Irat'ado de rep artim ien to aju stad o en L óndres por la m u e rte del principe de B a v ic ra : cónsul tí» 6 los ju r is c o n s u lto s , al
p apa y al consejo de E stado e l e ,: testam ento en favor del duque de A njou: reflexiones so b re su validez y el m e n o sp re­
cio de las c o rte s : m u e rte de Carlos II; ju ic io de La d in a stía a u stríaca.

A j u s t a d a la paz general de R y sw ick , todas las potencias fijaron en España sus m iradas(
pues, aunque em pañada y rota, su corona inspiraba todavía vivos deseos é inquietudes. El es­
tado de Cárlos I I , cada día mas débil y abatido, anunciaba m uy próximo el térm ino de su
infeliz existencia, y nadie dudaba que este acontecimiento debia influir poderosam ente
en la suerte futura de la E uropa. A las grandes naciones las interesaba porque ponía en pe­
ligro el equilibrio europeo , y á los estados pequeños los alarm aba por no serles indiferente
su dependencia. D e aquí que vinieran á concentrarse en Madrid las aspiraciones, los odios
y las intrigas de todas las cortes de E uropa. Cinco pretendientes se presentaron alegando
derechos á la corona de E spaña, m uriendo el rey sin sucesión: Maria T eresa, esposa de
Luis X IV , el em perador de A ustria Leopoldo I , el principe José Fernando de B aviera, Ví­
to r A madeo, duque de S avova, y F e lip e , duque de Orleans. Los derechos dinásticos que
alegaban helos a q u í:
M aría T e re s a , como hija de F elipe I V , habida en sus prim eras nupcias con Isabel de
Borhon.
E l em perador L eopoldo, porque descendía de Felipe I I y Juana, y por su m adre Maria­
n a , h ija de Felipe III.
El príncipe de n a v ie ra , por su m adre M aria Antonia ,h ija de M argarita de A ustria con
Leopoldo, prim ogénita de Felipe IV en su segunda m ujer M ariana de A ustria, y por lo tanto
herm ana de Cárlos II.
E l duque deSavoya, porque descendía de Catalina, h ija de Felipe II.
Y el duque de O rlea n s, por su m adre la infanta A na, prim ogénita de Felipe I I I , que,
había casado con Luis X III de Francia.
Estos dos últimos abandonaron luego sus pretensiones , ó por no hallar apoyo alguno en
el país ó por reconocerse inferiores en derecho ó en poder p ara sustentarlas. Q uedaron dis­
putándose la preferencia los otros tres, cuyo derecho estaba sujeto á muy graves objeccio-
n e s é inconvenientes de jurisprudencia y de política.
María T e re sa . al casarse con Luis X IV , había hecho solemne renuncia de la sucesión á
la corona de E spaña; y, aunque esta renuncia no habia sido autorizada por las cortes, fué
despues ratificada por ellas y confirmada por el testam ento de Felipe IV. Los derechos de la
casa de A ustria, fundados mas bien en tratados de familia con la ram a española, se oponían
á las antiguas leyes de sucesión que regían en la m onarquía. Y el príncipe de Baviera tenia
contra sí la renuncia que de sus derechos hiciera su abuela al casarse con Leopoldo.
Pero Luis X IV salvaba el inconveniente de la renuncia diciendo q u e , puesto que su ob­
jeto era evitar que las dos coronas vinieran á recaer en u na misma p erso n a, se trasm itirían
los derechos á quien jam ás pudiera llegar á reinar en F ran cia; y en efecto designó á F e ­
lipe, duque de A n jo u , hijo m ayor del Delfín ¡2), Leopoldo y su hijo m a y o r, á fin de evitar
los mismos celos de engrandecim iento, abdicaron en favor del archiduque Cárlos. E l elector

( 1 ) Hemos esplayado algo esta descripción de u n hecho que reasum e u n a ópoca im p o rtan te d e n u e s tra h is to r ia , p o r­
q ue falta en la n a rra c ió n de M ariana y de ¡Miniana. P a ra h a c e rla > hem os preferido d ejar h a b la r n. u n au to r co ntem po­
ráneo y ortodoxo escusindonos do toda reflexión. E n esta época sería ociosa, y el corazón reh ú sa hacerla.
(2) E l delfín de F ra n c ia e r a t como so sab e. Jo ffiie el p rin c ip e de A sturias e n tra n o so tro s, el heredero inmoiliaCo la
corona,
HE [NADO DE CARLOS I I . 127
de Baviera alegaba por su hija que la renuncia de la m adre no había sido confirmada por el
rey de España ni ratificada por las cortes. Sus derechos dinásticos e r a n , en efecto, aunque
mas distantes, los mas legítim os, pues, si las cortes habían establecido el orden de sucesión
al tro n o , solo ellas podían dispensar de su observancia y au to m atio n .
Bien conocieron todos que el juez de este litigio seria eu definitiva la nación adjudicando
sus simpatías y su ap o y o , pues nadie mas que los reyes quebrantan y desprecian ese de­
cantado derecho de sucesión, que tras tantos siglos de existencia, no h a llegado todavía á
determ inar su única y verdadera forma. P rocuraron, p u e s , hacerse partido así en la córte
como en el p a ís, y no hubo m ed io , recto é in d irecto , lícito ó in d ig n o , que no se pusiese en
acción con este objeto. Cuando el conde de H arrach por la m uerte de la rein a m adre (1696)
vino á Madrid como em bajador del A ustria p ara reem plazar su influencia en el ánimo del
re y , halló á la córte dividida en casi solo dos ban d o s, pues el odio á la Francia era
tan general que la casa de Borbon no tenia mas que un personage que' le fuese adicto,
el conde de M onterrey, presidente, del consejo de Flandes. Por el príncipe de Baviera opi­
naban el conde de O ro p esa, el m arqués de M ancerá, varios m inistros y el r e y ; pero la o pi­
nion de e s te , ora fuese en p r o , ora en c o n tra , por nadie era tenida en cuenta ni solicitada.
Trabajaban por el archiduque la reina M aria A n ad e N e w b u rg , hijadel elector P alatino, con
quien se habia casado Cárlos en 1 689, poco después de la m uerte de su prim era esposa, el
cardenal P ortocarrero, el conde de M elgar, la m ayoría de los m inistros y g ran p arte de la
nobleza cortesana.

Moneda de Carlos II,

Este partido tenia, pues, todas las probabilidades de triu n fo , y llegó en efecto á creerlo
alcanzado cuando H arra ch , diplomático de grande esp erien c ia, alcanzó del rey la palabra de
que su candidato s e r ia d designado en el testam en to , á condicion de que u n cuerpo de diez
mil austríacos vendría á. E spaña para repeler la agresión que se creia consiguiente de
Luis X IV . T an favorable coyuntura fué, sin em bargo, desperdiciada: la rein a era vana, orgu-
llosa y destituida del talento y la flexibilidad que requieren las negociaciones de este género;
muchos alemanes se habían encaram ado con su apoyo á los prim eros destinos de la nación,
y allí, juzgando de corta duración su perm anencia en E sp añ a, no pensaron mas que en sa­
quearla sin curarse de la indignación del país: Portocarrero y Melgar estabau en cruda y
p erpetua lucha por la presidencia. Por o tra p arte el em perador rehusó adm itir las proposi­
ciones en atención á lo exhausto de su erario y , pidiendo el gobierno del M ilanesado, hizo
concebir la sospecha de que en sus manos sufriría la m onarquía u na división que todo espa­
ñol rechazaba.
E n tan precario estado se hallaban las negociaciones cuando Luis X IV , concluida la paz,
pero sin disolver sus ejércitos, antes acercándolos ¿ n u e stra s fronteras, envió de em bajador al
m arqués de H arcourt y digamos tam bién á su esposa. A m bos, por su talento, su sagacidad,
la grandeza de su p o rte , su sim pática afectuosidad y hasta por su belleza, eran m uy apro-
pósito para desem peñar la espinosa misión que se les confiaba de d estru ir la preponderan­
cia austríaca en la córte de M adrid y de suavizar la aversión de Iosespañoles á la Francia. Su
128 DI STOW A d e e s p a S a .
soberano les encargaba favoreciesen las pretensiones del príncipe de Baviera antes que
consentir en el triunfo del A ustria, si no podían alcanzarlo p ara ningún principe francés; y
á fin de sem brar la division, que hiciesen renacer los derechos de la casa de Medinaceli al
trono de Castilla (1).
Ocupáronse prim ero en destruir el partido austríaco en la c ó rte , por ser el mas tem i­
ble , y no les íué costoso. .La condesa de B erlips, cam arera mayor de la r e in a , resentida de
que el em bajador H arrach hubiese tratado de destituirla por el vergonzoso tráfico que hacia
de su posicion, se puso luego á su servicio; el padre C hiusa, jesuíta alom an, confesor de la
re in a , se vendió también á l a prom esa de u n capelo ; y hasta la misma rein a entibió en su
afan por el interés de la casa de A ustria desde que por las maquinaciones de estos dos perso­
nages pudo concebirla esperanza de unirse en segundas nupcias con el delfín.
Esto bastaba p ara aniquilar al partido contrario, pero no p ara crear en España ni aun
en la córte un partido francés. P ara esto era indispensable la adquisición del hombre
que por su alto nacim iento, su habilidad, su astucia, su dignidad y su dominio sobre el
r e y , llevaba consigo la victoria en las luchas palaciegas, el cardenal P ortocarrero. Ofendido
de la rivalidad del alm irante de C astilla, este prelado rompió los lazos con que hasta enton­
ces habia estado u n id o á la causa del archiduque, y fué en esta obra el director de H a r -
court. lla rra c h , abandonando su puesto por hu ir de una córte corrom pida ó porque des­
confiase de vencer la habilidad de su antag o n ista, acabó de dar a la casa de Borbon todas las
probabilidades de triunfo. Su h ijo , que le sucedió, mas bien contribuyó al descrédito del'
partido austríaco con su altanería.
M ientras así preparaba el terreno en E spaña, Luis X IV quitaba al A ustria sus mas
poderosos amigos en E u ro p a , convirtiéndolos en enemigos por medio de u n maquiavélico
proyecto. Hizo pensar á Guillermo en la conveniencia de mi tratado de partición de la mo­
n arq u ía española entre los que á ella tenían derecho, como el único medio d e conservar el
equilibrio europeo y evitar una g u erra general. Pusieron se de acuerdo la In g laterra y la Ho­
lan d a, invitaron á Luis X IV á enviar sus plenipotenciarios a la s conferencias del Haya, y el
11 de octubre de 1698 se hizo el repartim iento, ese ominoso repartim iento q u e , si a! re­
cordarlo, debe arrancar ayes de am argo dolor á la victim a, á sus verdugos debe cubrirlos
de oprobio y de vergüenza. La E spaña cun las Indias y los Países—Bajos se dieron al p rín­
cipe de B aviera; Guipuzcoa, Ñ ipóles y Sicilia, y el marquesado de F inale, al D elfín; al a r­
chiduque Carlos, el Milanesado. Si el príncipe de Baviera m uriere despues de su elevación
al trono sin sucesión, heredaría su padre la corona de Esjiaña. Y para el caso de que el Aus­
tria y la Baviera rehusasen suscribir á este tra ta d o , las potencias signatarias lo considera­
rían como casus belli, ju n ta rían sus fuerzas y las atacarían, quedando salvo el derecho de
partir sus posesiones y su herencia. Este inicuo atentado al honor y á la independencia de
las naciones, de que la historia de E uropa no tenia ejemplo todavía, debía perm anecer
secreto; pero se supo por el em perador, cuyo .consentim iento se encargó de alcanzar
G uillerm o, v al punto protestó la córte de M adrid y estalló la indignación de los espa­
ñoles.
El em perador tam bién habia rechazado desde luego un convenio que n a d a le adjudi­
cab a, pues el Milanesado pertenecía de derecho al im perio á la m uerte de Cárlos II.
Pero Luis X IV habia conseguido su objeto : el A ustria y la Baviera se consideraron rivales
desde aquel m o m en to ; acusó en secreto á las potencias m arítim as de un pensam iento c u y o
autor era; y con los arm am entos que hizo aterró al infeliz Cárlos, que se afligía hasta
llorar con la idea de dejar á la E spaña, flaca y abatida, en g u e rra con su constante y pode­
roso enemigo la Francia.,
Creyéndose entonces obligado á nom brar un sucesor, consultó álo s ju ristas mas célebres
de E spaña é Italia, y en virtud de sus p a re c é re s, é l, que am aba sincera aunque fríamente
ía justicia, estendió su testam ento á. favor del príncipe de Baviera. Luis X I V presentó inm e­
diatam ente una protesta que hizo circular por toda Espaiia con profusion, asi p ara salvar
su derecho como para atem orizar al pais con el indicio de un a firme resolución.
Parecía ya la cuestión resuelta, y la m uerte del principe de B aviera, acaecida en fe­
brero de 1699, vino á simplificarla en daño de su solucion. El A ustria y la Francia volvie-

(1.) Por eu descendencia de F e rn á n Jo tie La C erda, prim ogénito de Alonso X.


REINADO DE CARLOS II. 129
von á e s ta r frente ít frente y á com batirse con mas vivo ardor. La reina formó un a nueva
coalicion á su red e d o r, habiendo atraído al conde de Oropesa á su bando; se espidieron *
órdenes al príncipe de D arm stad para situarse con su cuerpo de alemanes á corta distan­
cia de la c a p ita l, y se puso á esperar la ho ra de arrojarse sobre el partido francés y ar­
rancarle por la sorpresa la victoria en que sin duda confiaba por el esceso de sus
fuerzas.
Pero este meditaba entretanto u n proyecto que escandalizó á E uropa y afrentó á Espa­
ña. P o r medio del P . Froilan D iaz, confesor del re y , se le persuadió de que la causa de
su enfermedad era el estar hechizado, y que debia sujetarse á los exorcismos. El aparato
de esta terrible escena y las palabras que en ella usaron el confesor y u n capuchino a le -
man llamado T enda, m uy dado á hechicerías, conmovieron tan profundam ente al mi­
sero Carlos que desde aquel dia se vió estinguirse la débil llam a de su existencia. Se le
sujirió despues que consultase á otra endem oniada que á la sazón había en Cangas de As­
turias , y en efecto se le preguntó «si estaba hechizado; cual e ra la naturaleza.del hechizo;
sí e ra perm anente; si se hallaba mezclado á las cosas que comía ó bebia, á ciertas imáge­
nes ó cualquier otro objeto ; si habia algún medio n atu ra l de d estru ir el efecto del hechizo
y en donde pudiera .hallarse este medio.» La respuesta del demonio f u é , cual se apetecía,
que el rey estaba hechizado por una persona que nombró del partido austríaco , «añádese
que iban reunidos á esta revelación porm euores en estrem os delicados , y los enemigos de
la casa de A ustria, que eran num erosos, esparcían de intento rum ores injuriosos á la rei­
na. » «Habían transcurrido muchos dias desde el interrogatorio de la endem oniada de Can-
gas cuando u n a m u g e r desgreñada y dando grandes voces, entró en el palacio del rey pi­
diendo hablar á S. M., quien dió orden d e q u e la dejasen en tra r. Ignórase lo que pasó en
esta conferencia; pero apenas salió, envió el rey á uno que la siguiese y notase en qué
casa entraba. Se supo pronto que en aquella casa habia dos endem oniadas, y el rey mandó
al confesor Díaz que las conjurase delante de un capuchino recien llegado de Alemania que,
según la voz p ú b lic a, era m uy versado en puntos de hechicerías y que tratase de indagar
de qué naturaleza era su enfermedad. El demonio no salió de su prim er tem a, repitiendo las
mismas respuestas que había dado la de Cangas (1),» ¿C reyó sencillamente Portocarrero,
de quien el confesor recibió la orden de exorcizar al rey, que tenia en efecto espíritus malignos
cu su cuerpo'? Su instrucción, su carácter y el género de m aquinaciones en que estaba em pe­
ñado con H arcourt no apoyan sem ejante presunción. ¿L a consulta á las endemoniadas y
sus respuestas no inducen á sospechar una intriga política, y que fué tram ada por los ene­
migos de la casa de A ustria? El P . Froilan Diaz debia á P ortocarrero su empleo de con­
fesor, y es harta casualidad para que pueda escusarse su connivencia el hallarse en su casa
por aquel mismo tiempo otras dos hechizadas que confirmasen las respuestas de la de
Cangas. La reina, indignada, lo despidió, sustituyéndolo con otro que sirvió áam b o s p ar­
tidos.
Lo que acaba de persuadir el origen de estos amaños es otro medio que emplearon para
concitar el odio público contra el partido austríaco. Cesaron repentinam ente las rem esas
de provisiones á la c ó r te , cuyo abasto tenia el conde de Oropesa; y el pueblo; ignorando
que la culpa fuese de los monopolizado res de quienes aquel se serv ia, acudió en tumulto
«á las p uertas de palacio pidiendo pan y amenazando á los que tenían engañado al rey.»
E ste , acobardado, no quiso presentarse al balcón, y lo hizo la reinaescusando á su es­
poso co n q u e dorm ía: «Harto ha dorm ido, le contestó una voz salida de la m ultitud;
ya es tiempo de que le dispierten nuestros m ales.» Se presentó entonces el monarca
pálido y tem bloroso, y ofreció destituir al conde de Oropesa y al alm irante, que eran
precisam ente los jefes de la bandería austríaca. Pasó el molin á las casas de Oropesa y
los dem as acusados, y no hallándoles, por haber huido disfrazados, desahogaron su eno­
jo destruyendu y saqueando los muebles. Presentóse el alcalde con u n crucifijo en la
mano p ara calmar á la alborotada m uchedum bre; mas nadie escuchó su v o z : espusieron con
el mismo objeto las monjas de Santo D om ingo, frente á las cuales vivía O ropesa, el Santo
S acram ento, y lo sacaron á la p lazuela; mas tampoco prestó nadie atención: fué preciso que
doscientos caballos se presentasen en actitud amenazadora p ara que los grupos se disolviesen
y recobrase con la noche su calma habitual la poblacion. Los injuriosos gritos co n tra ía reina

{1) M anuscrito español conservado en la biblioteca do P oris r[uc cita M uricl.


130 HISTORIA BE ESTAÑA.
y el confesor, tenido por austríaco, revelaban suficientemente el origen de aquel eslraño
levantamiento q u e , obrando sin cabeza visible, como nunca hace el pueblo en sus movi­
m ientos espontáneos, procedía sin e m b arg o , con u n designio m aniüesto. Lo que acaha de
descubrir el móvil de aquella asonada es q u e, habiendo intentado el consejo de Castilla pro­
teg er á su presidente y al alm irante, las representaciones de Portocarrero , anunciando los
temores de nuevas sublevaciones, lo estorbaron, y consiguieron su destierro de la córte. Es
además el que· fuese sustituido Oropcsa en el consejo con don Manuel A rias, ciego instru­
mento del c a rd en al, y el que se diese orden al príncipe de D arm slad p ara que se retirase
á su gobierno de Cataluña, precisam ente cuando mas necesaria parecía la presencia de tro ­
pas. Asi quedó libre de enemigos y de recelos en la córte el partido borbónico, pues la rei­
na , am edrentada por el tu m u lto , renunció por entonces á su influencia.
Acosaron entonces al rey encontradas peticiones p ara que designase sucesor y , bien
fuese por h u ir de ellas ó de pensar en lo que presuponía su m u e rte , ó bien buscando alivio
á su creciente m elancolía, se marchó al Escorial, donde en efecto halló mejoría al principio.
P ero un momento bastó p ara d estruir esta fugaz esperanza. Quiso bajar al panteón en que
descansaban sus antepasados y abrir sus féretros, fúnebre visita que no pudo soportar su
quebrantado espíritu. No le afectó notablem ente la vista de su m adre, sobre cuyos restos
habia pasado la m uerte su mano d e stru c to ra ; pero al abrir la u rn a de su prim era esposa y
encontrar casi intacto el rostro de aquella m ujer á quien habia amado tiern am en te, retro ­
cedió sobrecojido de terror y huyó del régio cinerario dirigiendo á 's u querida este últim o
consuelo de los desgraciados: «¡P ronto iré á unirm e contigo en el cíelo!» Lo llevaron del
Escorial á A ranjuez, y viendo que su alma agonizante y a no disperlaba con los encantos
de la naturaleza, lo restituyeron á M adrid, donde le esperaban nuevos y ponzoñosos sin­
sabores.
Apenas m uerto el príncipe de B aviera, las potencias signatarias del tratado del Haya se
ju n taron para rehacer el rep a rtim ie n to , sin curarse del efecto que en Madrid y en la nación
en tera habia producido su prim era alevosía. El nuevo tratad o , firmado en Londres el 3 de
marzo de 1700 y en el H aya el 23 , destrozaba de esta m anera al león rendido y desangra­
do: España, los P a íse s-15ajos y las In d ia s , al archiduque Cárlos; y como cesiones suyas Ña­
póles, Sicilia, los distritos de P residii, el ducado de Loreníi y G uipúzcoa, al Delfín. Si el
duque de Lorena se negase á aceptar este pacto, el Milanesado, que se le daba en compen­
sación, se adjudicaría al elector de Baviera ó al duque de Savoya, cediendo á la Francia,
aquel el L u x em b u rg y C hinay, y este su ducado con la alta N avarra, Niza y líarceloneta.
E n el térm ino de tres meses debía el em perador adherirse á'este arreglo, y en lodo caso se
im pediría por las arm as la entrada del archiduque en Italia ó España antes de la m uerte
del rey. E ntretanto la Francia, encargada de hacer ejecutar el tratado, acum ulaba sus fuer­
zas en las fronteras de España y los Paises-B ajos. Indignado Cárlos II de este escanda­
loso a te n ta d o , dirigió enérjicas reclamaciones á todas las cortes de E uropa y reconvino
ágriam ente á. sus a u to re s; pero en vez de reparaciones,, obtuvo nuevos insultos, pues fueron
despedidos sus em bajadores.
No perdieron esta ocasion Oropesa y el alm irante p ara aum enlar la irritación del rey y
reanim ar á su esposa, y sus esfuerzos consiguieron en efecto hacer adelantar algunos payos á
la. causa del archiduque. Carlos autorizó á la córte de Yiena p ara introducir hasta sesenta mil
hom bres en Italia, é hizo prom esa al em perador de dejar á su hijo único heredero de su co­
rona. Pero P ortocarrero, que habia sabido atraer por lodo linage de medios á los m agnates
principales d é la córte, Yillena, San Esteban, M edina-Sidonia, Yillagarcia, redoblaba tam­
bién su celo y apelaba al último recurso, su autoridad sacerdotal, liizo v er al rey que lla­
m aría sobre sí penas eternas en la o tra vida si descuidaba^ nom brar al legítimo heredero,
cuya designación podían hacer los jurisconsultos mas célebres de la m onarquía, los grandes
del reino y los consejeros de estado. Hízose esta nueva consulta, cuyo resultado l'ué bien
diferente del que habia dado la p rim e ra , pues recayó la m ayoría de los pareceres en favor
de la casa de B orbon, con la cláusula de asegurar previa y sólidamente que no llegarían á
unirse jam ás las dos coronas de F rancia y España.
P ortocarrero le habia además aconsejado m uy diestram ente que consultase también al
p ap a , que como cabeza de los fieles y particularm ente afecto á la nación española por su
cristiano celo, daria indudablem ente el consejo mas sano y acertado. El papa era entonces
Inocencio X I I I , antiguo enemigo de la casa de A ustria. Las amonestaciones del cardenal
REINADO DE CARLOS II. 131
hicieron tan profunda huella en el ánimo del rey q u e , al encargar al duque de (Jceda esta
misión secreta, le dirijió estas palabras: «Aunque afecto á mí casa, mi salvación etern a es á
mis ojos mas preciosa que todos los lazos de familia: así p u e s , apresúrate á cum plir mis
deseos.» La carta que le entregó para el pontífice con las opiniones de los jurisconsultos
con tenia este párrafo característico de Cárlos I I : «Afanosos de obrar b ie n , nos dirij irnos á
V uestra Santidad como la guia infalible; le ro g am o s, p u e s , que conferencie por lo tocante
i este im portante asunto con los cardenales y teólogos que juzgue como mas sinceros é ins­
truidos , y tenga á bien, despues de exam inar con atención los testam entos de nuestros an­
tecesores desde Fernando el Católico hasta Felipe IV , los decretos de las cortes t las renun­
cias de las infantas M ariana y M aría T e re s a , los contratos de casamiento , cesiones y demas
actos de los príncipes austríacos desde Felipe el Hermoso h asta nuestros d ias, y fallar se­
gún las reglas de la verdad y justicia. E n lo que á Nos toca no nos mueve ni am or ni ódio,
y esperamos en este asunto la opinion de V uestra S an tid a d , á fin de acomodar únicamente
á ella nuestra conducta definitiva.» E l papa consultó en efecto á tres cardenales adictos á l a
casa de Borbon , y al cabo de cuarenta dias estendieron todos su dictám en en estos térm i­
nos, adecuados á quien se d irijia n : «Fácilmente echará de ver V. M. que no debe poner los
intereses de la casa de A ustria al nivel de los de la eternidad, no perdiendo jam ás de vista
la cuenta que debe dar de sus acciones al rey de los rey es, cuya severa justicia no hace di­
ferencia de personas. No puede Y. M. ignorar que son los hijos del Delfín los herederos
legítimos d é la corona, y ni el archiduque ni otro ningún individuo de la casa de A ustria
debe poner á ellos el menor reparo. Cuanto mas im portante tiene la sucesión, tanto mas
dolorosa seria la injusticia de escluir á los lejítimos herederos trayendo sobre vuestra frente
la venganza celeste. E s , p u e s , deber de V. M. el no descuidar ninguna de las precauciones
que pueda su sabiduría aconsejarle á fin de hacer justicia á quien p ertenece, asegurando
al hijo del D elfín, en cuanto dependa de V. M .. la herencia completa de la m onarquía es­
pañola »

Luis XIV re ) de Francia.

Despues del recibo de esta carta, se dirijió la consulta al consejo de Castilla ) á las princi­
pales autoridades y personages, los cuales en sus contestaciones estuvieron acordes con la cór­
te romana. ¿Q ue es lo quehabia producido este cambio en la opiíiion? ¿cómo se convirtieron
á la Francia los que antes tan profundam ente la odiaban? Además de las razones que que-
tomo iv 19
132 , HISTORIA DE ESPAÑA. '
dan espuestas, el desconcierto del partido austríaco y sus im prudencias, el desconcepto y la
aversión que con sus rapiñas fomentaron los alem anes; además de la habilidad con que se
condujeron los afrancesados, el miedo que causaba Luis X IV , etc. preciso es consignar
también el poder de la corrnpcion que, si en todos tiempos ejerce avasalladora influencia,
desplega sin duda m ayor fuerza cuando ag uardapor prem io la corona de un a grande n a­
ción (1 ).
El cambio se habia obrado hasta en el mismo consejo de Estado, en cuya autoridad lmbia
tenido por algún tiempo un fuerte apoyo la casa de A ustria. El informe que aceptó la ma­
yoría, propuesto por Portocarrero, Mancera y Fresno justificaba con estas reflexiones su opi­
nión : «E l reino, casi del todo destruido por los rigores de la fortuna, necesita volverse á
levantar de sus ru in as; seria arriesgado el diferir la elección de un sucesor p o rq u e, si en
las circunstancias presentes llegase á m orir el r e y , se apoderaría cada príncipe de un a parte
de la m on arq u ía, cuya fuerza general ha sido agotada por las guerras civiles. Cada uno se
aprovecharía de la aversión natural que los aragoneses, castellanos y valencianos tienen á
los catalanes, y entonces el esplendor y la magostad de u n trono así desunido serian u ltra­
jados por la tiranía y la ambición. No seria siquiera bastante elegir un sucesor, si aquel en
quien recayese el nom bram iento no se hallase en estado de sostener el peso de un grande
imperio. Es indispensable que le asista buen derecho, siendo este el solo medio de im pedir
desgracias que.se siguen siem pre á las usurpaciones y de evitar que la a u to rid a d , aunque
legítim a, pueda confundirse con la tiranía. E n medio de tan grande núm ero de males no nos
deja !a Providencia mas que un solo rem edio, que existe p ara nosotros solamente en la casa
deBorbon , tan fuerte y generosa, la cual posee los derechos mas iucontestablcs á la suce­
sión, R ecurrir á cualquiera otra, seria destruir la m onarquía, que se convertiría entonces
en una provincia de Francia. Somos, pues, de opiniou que se nombre inm ediatam ente al
duque de Anjou sucesor de la corona bajo la espresa condicion de que en época ninguna no
em puñará la misma mano ambos cetros. Bajo este nuevo rey brillará nuestra gloria opaca
con nuevo brillo. No tan solo de este modo nos libertarem os de enemigo tan terrible, sino
que será para nosotros el mas poderoso de los protectores» (2 ).
A pesar de este dictam en del cuerpo mas respetado de la nación, apareció en seguida
u n decreto en el cual se comprometía Cárlos á no designar sucesor dejando á Dios este encar­
go. Alarmados P ortocarrero, el conde de San Esteban y otros afrancesados, volvieron á
asediarlo en una grave crisis de su enfermedad para arrancar de sus interminables vacilacio­
nes una resolución definitiva. El cardenal le representó cercano el momento de dar cuen­
ta áD ios de sus acciones, la necesidad que tenia de las oraciones de la iglesia, la indispen­
sable obligación de nom brar un sucesor para no dejar á la nación presa de la guerra
civil, la actitud amenazadora que acababa de tom ar la F ra n c ia , la abnegación que debía
hacer de los sentimientos naturales, y la justicia y conveniencia del parecer de la mayoría
del consejo. Todas estas amonestaciones le fueron dirijidas en medio de las lúgubres cere­
monias con que rodea la iglesia á los moribundos, escenas que no pudo resistir la pusilani­
midad de Cárlos. Mandó salir á cuantos habia en la regia estancia, escepto Portocarrero y
A rias, en cuya presencia dictó á un secretario de estado, nombrado a d Iwc, su postrera vo­
luntad: designaba como sucesor de todos sus dominios al duque de Anjou, en su defecto al
duque d eB erri, á falta de este al archiduque de A u stria,y fallando este también, al duque de
Savova, con la condicion general p ara todos de que jam ás llegase á juntarse su corona con la
de Francia ó de A ustria. El dia 2 de octubre le fué leído este testam ento á presencia de va­
rios altos dignatarios que correspondían al partido borbónico, cojió la plum a vertiendo lá­
grim as, y lo firmó esclamando: «Dios es quien da los reinos, pues á él solo pertenecen.»
«I Ya no soy nada!» dijo al term inar la cerem onia, prorum piendo en ahogados sollozos,
aflijido por el daño que acababa de hacer á su familia. Portocarrero lo consoló con la biena­
venturanza d é la otra vida, y u n codicilo otorgado dos dias despues lo recompensó con la
presidencia de una junta de gobierno, también de afrancesados, que debia reg ir el estado du­
ran te la imposibilidad del monarca. La Francia triunfaba completamente.
La validez de esle documento ha sido puesta en duda, y en verdad hay consideraciones

(1 ) Se dijo Bntonces m ucho, y no es por c ie n o increíble» que Luis XIV habia derram ado el o ro A m a co s llena« en tre
loe cortesanos. Los reyes <lc E spaña lo hablan.derram ado e n o tro tiem po p a ra corro m p er la s cortos ex tran jera s,
( 4 ) M emorias de San F elipa.
REITÍADO DÉ CAELOS I t . 133
que lo desvirtúan. Cuando se estendió, no habia en la real cámara mas que tres personas
puestas al servicio de los B orbones; y una de ellas es la que dispuso la escena de las exorcis­
mos y á quien se atribuyó la conmocion popular contra los austríacos: á e s ta sesión, en que
se acordaron los artículos del testam ento, no asistió siquiera la esposa del testador, la. que
no tuyo conocimiento alguno del acto hasta la ceremonia de la lectura y firma, á la cual no
fueron llamados sino amigos de Portocarrero: entonces fué cerrado inm ediatam ente el plie­
go, sin que el rey hiciese mas que firm ar lo que se le presentó: por último Cárlos I I se veia
acometido de frecuentes vahídos que lo reducían á u n estado de idiotez. Por eso se estable­
ció enseguida la junta de gobierno.
Todavía brilló un rayo de esperanza sobre el partido austríaco. Mejorado C árlos, sintió
mas vivam ente los remordimientos de las afecciones naturales de familia é hizo nueva oferta
de testar á favor del archiduque. Veloces mensageros llevaron á Yiena la ansiada nueva;
pero cuando llegaron ya se hahia disipado la esperanza. El dia 1 de noviembre habia ter­
minado Cárlos II la larga agonía de los treinta y nueve años que vivió. «Sus entrañas se ha­
llaron canceradas en p a rte , y el corazon e n ju to , sin sangre.» {1)
En seguida se verificó la ceremonia pública de la a p e rtu ra y lectura del testam entó
cuyo contenido ignoraba todavía el embajador de Austria, Al en trar en el salón, el duque de
A branles se dirijió á él y le dio un afectuoso abrazo, del cual creyó debía deducir que el ar­
chiduque era rey de España; mas el duque «le desengañó diciendo que con aquel a b ra so se
despedía de A lem a n ia (2} ¡Y el duque de A brantes fué el mas leal de toda la grandeza de E s­
paña ! E n la auro ra del nuevo sol casi todos los cortesanos habían vuelto la espalda á la casa
de A ustria.
E n esta larga serie de intrigas y de pérfidas maquinaciones ¿q u é hacia la nación?
¿dónde estaban las cortes? ¡Ah! doloroso es decirlo: el pueblo dormia el sueño de la indo­
lencia ó m iraba como un espectáculo la lucha de los partidos que se disputaban en la córte
las cadenas que lo agoviaban. Las cortes, que ya no existían sino como u n trasu n to , pare­
cieron haber m uerto durante ese gran debate h asta en la m em oria de los españoles. Ellas,
desde la instalación del reino godo, habían autorizado ó intervenido en todos los grandes
actos de la m onarquía: el nombram iento de los reyes cuando la corona era electiva, el en­
lace en las soluciones de continuidad cuando se estableció la sucesión hered itaria, las decla­
raciones de g u erra y los tratos de p az, la concesion de im puestos; todo cuanto afectaba á su
conservación, seguridad y bienestar correspondía en otro tiempo á su examen y resolución.
Al presente todo ese poder habia desaparecido: Cárlos I y Felipe I I les habían arrancado su
soberanía; Felipe I II y Felipe IV no habían mirado en ellas mas que unas ruedas adminis­
trativas, ruedas de presión; bajo Cárlos II ni aun esto eran ya. Pidió consejo á lo s cortesa­
nos, á los letrados, á los m agnates, á los cuerpos dignatarios, á un monarca extranjero; á
todos consultó menos á la nación. Y sin em bargo, reconocía en ella su derecho, pues entre
los documentos remitidos al papa se recordará que iban, como de absoluta necesidad para
su ilustración, los decretos de las cortes relativos á la sucesión á la corona.
Tampoco hubo quien reclamase las antiguas prerrogativas del pais. D urante la larg a lu ­
cha que los partidos sostuvieron, la convocacion á cortes fue un arm a de intim idación: der­
rotados, la invocaban; y vencedores, se aterraban como á una amenaza. Cuando la consulta
se elevó al consejo de Estado solo dos vocales, los condes de Fuensalída y Frigiliana opinaron
que debían congregarse á este fin las cortes como la única autoridad legal p ara dirim ir las di­
ficultades que se ofrecían. Pero nadie hizo caso de semejante opinion, y Portocarrero pre­
sentó solamente el dictam en de la m ayoría que él habia acordado.
La nación habia locado ya al úllimo grado de la abyección y la miseria. Cárlos I I , jugue­
te de venales cortesanos, que traficaban con su pusilanim idad y su idiotez, la había condu­
cido hasta el abismo. E l cetro quizá fué para él u n m artirio. Carecía de voluntad p ara el
bien y para el m al, y si era virtu o so , cúlpese, perm ítasenos decirlo así, á su cadavérica in ­
dolencia. No hahia nacido para el trono sino para el claustro: u n cerquillo h u b iera brillado
en su cabeza mucho mas que una corona.
Su m uerte puso fin á la dominación de la dinastía austríaca en E sp añ a , qu e reinó ciento
ochenta y cuatro años. ¿Q ué bienes hizo á la nación esta raza? Ella recibió un pueblo c n tu -

{1) Compendio cronológico de La H istoria de Espolia par don Ortiz y Sauz,


(2 ) Grtiz y Sauz.
134 HISTORIA DE ESPAÑA.
siasta y aguerrido, y lo dejó abatido y desangrado: lo halló dispuesto á precipitarse al
Africa y la América, conquistas que hubieran estendido los dominios de la civilización, y ella
convirtió la de esta en u n saqueo y gastó las fuerzas d é la nación en em presas estériles é im­
posibles de asegurar: debió afianzar la integridad de la península, é hizo de un solo pueblo
dos pueblos enemigos. Un solo beneficio intentaron, la unidad política de todas las provin­
cias; pero, intentada inoportunam ente en daño de sus libertades, costó á E spaña lágrim as de
sangre. Los reves de la casa de Ausburg quisieron hacer una grande m onarquía, y no hicie­
ron mas que una m onarquía grande pero débil, un gigante sin coraran ni cabeza: Carlos 1 y
Felipe II ensancharon sus dominios; Felipe I II pudo apenas conservarlos; Felipe IV y Car­
los IIlo s perdieron. Dos dias de lucha, uno de descanso y dos de agonía: de dicha y verda­
dera grandeza ninguno.
Comparando los retratos de los cinco reyes de la casa de Ausburg (t ) , se h a lla , en m e­
dio de una grande semejanza de fisonomías, la degradación de su inteligencia, desde el
genio hasta la im becilidad, en completa relación con la degradación de las facciones. « Car­
los V , dice Mr. Yiardot (2) tiene la frente espaciosa, la m irada p e n e tra n te , nariz muy
pronunciada y algo aguileña, el labio inferior altivo y desdeñoso, la barba ancha y corta.
E n Carlos I I todas estas facciones, aunque parecidas, son larg as, estrechas y ab o b ad as: la
frente pequeña y c h a ta , la m irada melancólica , la nariz colgando como un a glándula de la
frente á la boca, el labio cayendo sobre la m andíbula, y esta sobre el pecho. Se reconoce
en Carlos Y la penetración íin a , la actividad obstinada, la fuerza tra n q u ila ; en Felipe II la
celosa suspicacia, la voluntad , poderosa aun pero astu ta y vengativa; en Felipe I I I , el co­
nato de voluntad, pero in c ierto , insuficiente , el querer sin poder; en Felipe I V , la debili­
dad indolente; en Carlos I I la imbecilidad. » Mr. Mignet h a dicho tam bién al recorrer sus
hechos: «Carlos V fué general y rey ; Felipe I I solo fué r e y ; Felipe I II y Felipe IV ya
no fueron re y e s; y Carlos II ni siquiera hom bre.. .. No solamente no supo gobernar sino
que ni aun pudo reproduci rse »

CAPITULO XVI.
Estarlo m aterial de E spaña bajo La d in a stía au stríaca ( 5 ) .

Malas orijinados á la ag ricu ltu ra cln la absorciondn la propied.nl por el clero y Ln n o b leza, y del privilegio de la Mesla*—
C onsecuencias de la s conquistas de A m érica sobre la in d u stria y r.l com ercio : evaluó de lns ilo tas; sistem a p ro h ib i­
tivo : pasiou ai lu jo : preocupaciones contry las artes m e c á n ic o s: sistem a de tráfico con las co lo n ias: co n trab an d o ;
falta de com unicaciones; latrocinios y p ira te ría s.--R e su lta d o s de lns g u e rra s ; establecim iento de co n trib u cio n es y
m onopolios.— Decadencia d é l a poblacion y su s ca u sas,—lieinedios.

.L a acumulación de la propiedad en manos del clero y de la nobleza fué una de las causas
que engendraron la m iseria general y am inoraron la poblacion. A unque la concentración de
la riqueza pública en algunos individuos ó clases baya encontrado en nuestros dias defen­
so res, no son por eso menos fáciles de dem ostrar sus perjuicios. Se dice que el gran p ro ­
pietario puede aventurar en ensayos de mejoras capitales que el pobre no tiene ; que la
labranza en grande ahorra brazos que puede em plear la industria y da m ejores cosechas;
que el pequeño propietario, al casarse y llenarse de fam ilia, trae á su casa la miseria y el
abandono á sus campos. No son absolutam ente falsas ó desatinadas estas observaciones; pero
las ventajas que sem ejante sistem a rep o rta son, no del grande cultivador sino del cultivo en
grande. Algunos pensadores modernos se han ocupado de la armonización de estas ventajas
con las que son inherentes al interés individual que hasta el dia r ig e , y el porvenir de las
sociedades no depende hoy sino de la resolución de este g ran problem a. El individuo que
trabaja para sí es mas activ o , mas celoso, mas ingenioso y em prendedor; pero la actividad
hum ana fraccionada es estéril y anárquica, porque intereses homogéneos pero separados
tienen que ser forzosamente enemigos. Así gasta la sociedad actual la mitad de sus fuerzas
en com batirse y d e stru irse , y el tesoro de un rico se compone de las lágrim as de millares de
víctimas. ¿Qué han hecho los grandes propietarios en catorce siglos de incesante concen—

( 1) Se h allan en el Museo do p in tu ra s , ejecutados por los m ejores a rtis ta s do s u tiem p o .


(2 ) E studios sobre la E spaña.
(.3} I^a m ayor p arte de los datos contenidos en esto capitulo e stá n tom ados de la obra de Mr, W eis, p citada·
REINADO DE CARLOS II. 13a
Iracion? A ndalucía, la M ancha, las Castillas, m edia E spaña, yerm a y despoblada, lo dicc.
Visitad, por el contrario, la 2ona septentrional de la península, menos favorecida por la na­
turaleza, las provincias Vascongadas, A sturias y Galicia, y allí encontrareis los beneficios
q u e, á despecho del antagonismo individual, produce la generalización de la propiedad.
Allí vereis la tie rra en continua elaboración, alli hallareis los pueblos mas laboriosos y mo­
ralizados, y alli pisareis alguna comarca que tenga dos mil habitantes por legua cua­
drada,

Don Nicolás Antonio«

La concentración de la propiedad por la iglesia trae su origen de m uy an tig u o , desde las


donaciones que los fieles hacían á los santos de su devocion, fomentando la codicia del ciero.
Pero entonces no era grave su trascendencia, porque sus bienes estaban, como los de los
legos, sujetos á contribución. Cuando obtuvo esta exención y además se apropió con el
diezmo la décima p a r te , no del territorio, sino de la riqueza territo rial de toda la n ació n . de­
jando á otros las faenas y las eventualidades de su cultivo, los males de la absorcion de la
propiedad se m anifestaron en toda su enerjia. Las rentas de solo cuatro m itras se dice que
ascendían á cuatrocientos mil ducados: las del arzobispo de Toledo, doscientos mil ducados;
las del de Sevilla, cien mil; las del de Santiago, sesenta m il; y cincuenta mil las del de Va­
lencia. Se ha calculado que á fines del siglo X V II poseía la iglesia de España setenta y
tres millones de yugadas de tie r r a , que redituaban nuevecienlos setenta y ocho millones de
reales, es decir que le pertenecía la quinta p arte del territorio.
U na de la peticiones que hicieron los comuneros fué que se pusiese coto á esa e s -
cesiva acumulación; las cortes no cesaron de reclam ar contra ella y h asta prohibieron á las
corporaciones religiosas aceptar donaciones sin autorización del rey ( 1 ) ; y el consejo de
Estado clamó tam bién contra tan pernicioso abuso. En u n p rin cip io , apoyado el clero en el
fanatismo popular, resistió los decretos de las cortes y triunfó; m as tarde, protejido por el
trono, triunfó igu alm en te; de m anera que, puesto siem pre al lado del poderoso, jam ás su­
fría los quebrantos d élas vicisitudes hum anas. E ra m uy común dejar á, un convento por
heredero de pingües fo rtu n as, y lo e ra asimismo que u n moribundo no legase u n cuarto
para sus acreedores y testase crecidas cantidades p ara misas, A esto , que parece debiera
( i) Seiiipcre y G uarinos : De Los vínculos y m ayorazgos.
13G HISTORIA DE ESPAÑA.
decirse dejar a l clero ó á la iglesia, heredera es á lo que los clérigos llamaban con SU tino h a ­
bitual tfe/ar el a lm a p o r heredera.
Pero al menos los institutos monásticos dejaron algún beneficio en el pais. Ellos constru­
yeron puentes y calzadas, levantaron hospitales y asilos á la mendicidad, donde en verdad
«no se vive ni s e m u e re (1 )» pero seejerciala caridad; protejieronalgunas industrias y lle­
naron á España de m onum entos, que adm irarán á todas las edades. El alcázar de Toledo
fué sucesivamente hospital y fábrica de sedas á costa de sus arzobispos: la única carre­
tera general que tiene Galicia es obra de otro arzobispo : los colonos que por efecto de una
m ala cosecha no podían pagar las rentas obtenían alguna rebaja y no se les aprem iaba. Si
las comunidades hubieran cultivado sus tierras tan bien como las adm inistraban, pues
apenas daban el medio por ciento de interés ( 2) los inales inherentes á toda acumulación
110 hubieran traído consecuencias tan funestas para la agricultura.
La institución de los mayorazgos de la nobleza reunia todas las desventajas de la amor­
tización territorial del clero y no proporcionaba ordinariam ente ninguno de los beneficios
que este hacia al pueblo necesitado. Desde que don E nrique de Trast am ara, p ara recom­
pensar los servicios de los que le habían ayudado á destronar á su herm ano, prodigó las m er­
cedes de crear m ayorazgos, que les perm itiesen rivalizar en poder con los antiguos condes,
fué formándose, á despecho de las leyes de las P a rtid a s, esta funesta costumbre en tre los
magnates. Y desde que los reyes Católicos sancionaron esta costumbre con la ley de Toro,
toda España se vio invadida por el derecho señorial. Los caracteres de este género de pro­
piedad pueden deducirse de algunas de sus condiciones esenciales: un mayorazgo no podia
ser tomado en hipoteca de una deuda de su poseedor, por legítim a y sagrada que ella fuese,
cuando el acreedor pedia y obtenía las ren ta s, se reservaba al deudor lo suficiente p ara el
decoroso m antenim iento de su rango y hasta de sus vicios y caprichos: aunque el deudor
quisiera pagar vendiendo él todo ó p arte de su posesion, no podía hacerlo sin permiso del
r e y , que raras veces lo concedía: aun llegando á hacerse reo de lesa magostad ó de heregía,
que eran entonces los delitos mas g ra v e s , 110 se castigaba al mayorazgo con la confiscación
como á los demas súbditos, sino con la expropiación personal, pasando sus derechos al heredero
mas inmediato. A favor de estos privilegios y d élas alianzas de familia y las sucesiones, la E s­
paña de los siglos X V I y X Y II se vio cubierta de tierras vinculadas. É n los reinados de F e­
lipe I I y sus sucesores se encuentran ya estas grandes concentraciones: el duque de Lerm a
llegó á tener seiscientos mil ducados de renta; los de O su n a, M edina de Rioseco, Escalona é
Infantado, que poseían casi toda la A ndalucía, sacaban los dos prim eros a ciento treinta m¡]
ducados, el tercero cien m il, y el cuarto noventa m il; el duque de Medinaceli recogía
ciento cincuenta mil en el reino de T oledo; los de A lb a , Córdoba y Gandía á ochenta mil
en Castilla la Y icja, Cataluña y Y alcncia; y así hasta un núm ero asombroso. Las le y es, á íin
de neutralizar los funestos efectos de semejante desequilibrio, favorecieron á los colonos;
pero no consiguieron avivar su interés por lo que no les pertenecía.
Reinaba desde muy antiguo una industria funesta p ara la agricultura sostenida por el
privilegio d é la M está, el cual consistía en q u e, por donde quiera que pasasen los ganados
trashum antes, no pudiesen los labradores cerrar sus tierras con vallados, estacadas, zanjas
ni de modo alguno, á fin de que contribuyesen forzosamente á su m antenim iento. Pastaban
d urante el verano en las m ontañas de Leon y Asturias é iban á pasar el invierno en E stre­
m adura y Andalucía, viviendo en incesante peregrinación. M ientras la g u erra con los árabes
no perm itió el cultivo de los campos, porque en las cscursioncs lo asolaban lodo , el fomento
de esta industria, que podia salvar p ronta y fácilmente sus riq u ez as, fue útil y conveniente.
Esta consideración es la que debió de dictar la prohibición de los cercados hecha por Alfon­
so X en el siglo X III. Pero term inó la conquista, volvieron los labradores al cultivo de los
cam pos, y no por eso se modificó aquel decreto que debía serle tan perjudicial. La escelente
calidad de nuestros merinos fué luego conocida en toda E u ro p a; las dem andas de lana es­
pañola se elevaron á una cantidad in m e n sa; y el alhago de una grande y segura, riqueza
atrajo al «honrado concejo de la Mesías á todos los capitalistas d é la época, los obispos,
conventos y m agnates. Juzguése de aquí el desarrollo que tom aría esta industria y los da­
ños que causarían las devastaciones de la trashumacíon. La compañía se regia por sí misma
con absoluta independencia de la autoridad civil; y apesar de las num erosas quejas eleva­

(1 ) S , M iguel: La C uestión E s p a ñ o la : M adrid , 1830.


(2 ) Jofcltenos.
REINADO DE CABIOS I I . 137
das conlra ella, ninguno de los reyes de la dinastía austríaca atendió á su remedio. Así el
núm ero de los rebaños en el siglo X Y ÍI fué inm enso, pues babia propietario que contaba
seiscientas mil cabezas.
El descubrimiento de la América fué tam bién funesto p ara !a agricultura, la industria y el
comercio, porque encareció la-mano de obra é hizo subir de precio todos los artículos, como
inevitable consecuencia del descrédito del oro y de la plata, por su repentina irrupción en el
comercio. Subiendo de precio la mano de o b r a , fué consiguiente que se cerrasen las fábricas
españolas por no poder com petir coa las del e x tra n je ro , donde aquellos metales no abun­
daban. Se creyó reparar estas pérdidas y rem ediar todo el mal con prohibir su empleo en
ningún otro objeto mas que la moneda (1) y con cerrarle herm éticam ente las puertas de
España p ara que se quedasen en ella todos los tesoros del Nuevo—Mundo. Y en efecto can­
tidades inmensas vinieron á la Península, así para el comercio como p ara la corona. Los co­
m erciantes de Sevilla, que hacian el monopolio de aquellas fértiles tie rra s, llegaron á des­
preciar el algodon, el a ñ il, la q u in a , el cacao, las píeles y otros géneros necesarios á la
in d u stria de la P enínsula, y á nu querer otro cargamento que de oro ó plata. Se ig­
nora y se ignorará siempre los caudales traídos de aquellas preciosas m inas: por espacio
de diez anos, desde 1533 á 1543 , los empleados que envió Carlos I no presentaron
cuentas , y las que constan en los archivos de la tesorería provincial de Potosí no da­
tan , según el barón de Humboldt (2 ) , sino del reinado de Felipe 11. Pero lo que
consta basta en apoyo de nuestros juicios. Moneada asienta que se im portaron desde el
descubrimiento hasta 159o dos mil millones de piastras, y Ustariz añade que desde esta fecha
hasla 1724 se trajeron de Méjico y el P erú mil quinientos treinta y seis millones d é la misma
m o n e d a; cantidades que suman tres mil quinientos trein ta y seis millones. A dvierten los
mas parcos escritores que se puede calcular en otro tanto lo que venia sin registrar
por no pagar el im puesto del quinto y décim o que se apropiaba el erario. M odernamente
se han creído exageradas estas importaciones sobre la opinion de u n sabio viajero (3); pero
los documentos de nuestros archivos indinan mas bien á justificar las aseveraciones de los
autores españoles ( i) . Mas ¿qué resultó de esta inm ensa acumulación de metálico en Es­
paña? Que m uy pronto cesaron de trabajar las fábricas; y que tuvimos precisión de com prar
cuanto necesitábamos álo s extranjeros, los cuales encontraron así su América dentro de E u­
ropa Los holandeses, ingleses, franceses y genoveses vinieron á proveer nuestras necesi­
dades y las de A m érica, dejándonos únicam ente el benelicio del monopolio.
Originó este error otro que agravó sus consecuencias. Se creyó que la carestía de todos
los artículos de p rim era necesidad y de los pocos artefactos que conservábamos p ro v en iad e
su esportacion, y no cesaron los pueblos de reclam ar el sistem a prohibitivo. El gobierno,
que no era mas ilustrado, se apresuró á satisfacer el deseo g e n e ra l: bajo pena de confis­
cación de bienes, se prohibió la salida de granos y bestias; los tejidos de lan a, las pieles
cu rtidas, la seda, todo cuanto constituía realm ente nu estra riqueza, porque escedia á las
necesidades del pais, fué encarcelado, digámoslo así, en la Península. Cuando se vió que
esto no alcanzaba á lograr el objeto apetecido, se apeló á la previa fijación de precios por
el e s ta d o , que regia ya para los productos de la tierra desde Alfonso X (5 ). Si el comer­
ciante nu quería vender al precio de l e y , tenia derecho el com prador p ara apoderarse del
género y no d ar sino la décima parte de lo que habia ofrecido (6 ). Semejantes disposiciones
no hicieron mas que ab u rrir al fabricante y retraer al capital. Y en resum en, los tesoros de

( 1 ) P ragm ática de Toledo de 0 de m arzo de 155.1, la de Y alladolid de 29 de ju n io de 1 5 5 9 , y 3a de Toro de 22, üu


diciem bre de 1551 prohibiendo con penas rigorosas fabricar tejidos de oro y p in ta , arm ad u ras etc*
( 2 ) Ensayo político sobre el reino de Nueva E sp u ta .
( 3 ) H u m b o ld t, en virtud de dalos que pudo recoger y de su s c o n g e tu rn s, se p ersu ad e q u e desde 1492 к JS 0 3 , eii
trescientos doce anos» im portó E spaña cinco m il trescientos sesenta m illones» seiscientas cin cu en ta rail p ia stras en
esta fo rm a : doscientas cinc nenia mil por térm ino m edio un n al d e s d e ‘H 9 2 á 1500; tres m illo n es desde 1500 á 1545:
once m illones desde 1545 ó 1C0Q; diez y seis m illones desde 1600 17(10; de 1700 á 1750 v ein te y dos m illo n es , qni*
n ic n ta s m i l ; do 1750 á 1805 tre in ta y cinco m illo n e s , trescientas m il,
( \ ) Consta por un papel oficial inserto en los «D ocum entos inéditos p a ra la h isto ria da E sp añ a * publicados
p o r los señores N a v a rre te , Salva y Sainz de B aranda, que los caudales retraíd o s de u n a solu m in a , la del fam oso cerro
de P o to s i, pagaron de derechos del q u in to y diezm o en doscientos vein te y ocho a ñ o s , desde 1556 л 1785 » la ca n ti­
d ad de ciento cincuenta y u n m illo n e s , setecientos veinte y dos m il, seiscientos c u a re n ta y siete p esos. P ero el m ism o
tesorero de las cajas do aquella Im perial villa,. al asen tar que el valor de las b a rra s su jetas á esle im puesto era de
R2d,515,8fl5 pesos ti m rs. añade q u e Заз sum as es lra id a s furU vtuneule p a ra la s p otencias ex tran jera s d arian u n producto
triplicado 6 cuadruplicado.
( 5 ) A gustín de Blas.
( 0 ) Recopilación; libro IX , ti l 30» leyes i , 2 y 3.
138 H IST O R IA DE ESP.AKA,

la América dieron por fruto á España el encarecimiento general de géneros y salarios, la


ru in a de las fábricas, el sistem a prohibitivo en lo mas absurdo, y con él la m iseria en medio
de la abundancia del oro y de la plata. E ste e ra precisam ente el suplicio de Tántalo.
Otro de los m ales, y no el menos grav e, que trajo á E spaña el descubrimiento de las
Américas fué la aversión al trabajo y la pasión al lu jo , que fueron descendiendo desde el
m onarca hasta el último vasallo. El fausto de la casa real en tiempo de Felipe II llegó al
refinam iento oriental, ostentando en todo igual grandeza. Se dice que en el Escorial invirtió
sobre doscientos catorce millones de reales. Felipe I II gastó en las fiestas de sus prim eras
nupcias mas de u n millón de ducados, y nuevecientos cincuenta mil en las del infante con
Isabel de Francia. Las profusiones de Felipe IV no admiten cálculo, porque su vida fué
un a disipación continuada. La grandeza siguió el ejemplo del trono hasta rivalizar con él
desde que vino á establecerse á su lado á principios del siglo XY1I p ara aum entar su esplen-
dor.Los duques de Osuna, Infantado, Escalona y otros te u ian en sus palacios el mismo apara­
to de la casa real: intendentes, mayordom os, g en tiles-h o m b res, pajes, cap ellan es, secreta­
rios, guard a-ro p as, ayudas de cám ara, reposteros y pinches de cocina, cocheros, palafre­
nero s, mozos de mesa y de escalera, escuderos y adem ás la servidum bre particular de las
señoras. Los pajes perm anecían de rodillas m ientras bebían sus am os, y á este tenor era
toda la etiqueta de aquellos S ardanápalos, cuya vanidad se anunciaba de lejos en sus pala­
cios con una num erosa guardia arm ada con ia librea propia de la casa, y cuando iban por
las calles ó viajaban , con un prolijo séquito de coches y sirvientes. E n las solemnidades de
la m onarquía se disputaban la atención pública por la magnificencia. El duque de Lerm a
empleó la m itad de su re n ta a n u a l, trescientos mil ducados, en un convite que dió en la
hoda de Felipe I I I , y cuatrocientos mil en la eutrada de Isabel de Francia, A su protegido
Calderón se le confiscaron mas de seiscientos mil ducados, aparte de la vajilla de oro y plata
y la pedrería. Ellos y todos los hidalgos se creerían rebajados si usasen géneros fabricados
e n E spaña; si no traian las tapicerías de B ru se las, las capas de In g laterra , los lienzos de
H olanda, Florencia y M ilán , los gorros de Loinbardía y hasta el calzado de A lem ania (1).
Con el tiempo vino á suceder que vistiesen de terciopelo y raso los pecheros como los h id a l­
gos , apesar de la división profunda que separaba á las dos clases.
El desnivel que existia entre ellas era otra causa de decadencia p ara la industria. La ley
p ro te g ía á los hidalgos hasta el punto de vedar al acreedor el em bargo de su casa, caballo y
arm as: tampoco podían ser presos ni imponérseles torm ento, y hubo tiempo en que estu­
vieron exentos de tributos (2 ). Estos privilegios, en recompensa de los servicios prestados
en la lucha con los m ahom etanos, fueron si se quiere justos m ientras recayeron sobre aque­
llos valientes cam peones; pero dejaron de serlo desde el momento de su m u e rte, d ejen eran -
do en grave y trascendental injusticia. P orque ni sn descendencia había contraído méritos
ni en el seno déla molicie conservó la altivez y la brabu ra del primitivo m ontañés. Igual in­
justicia vino á com eterse con los pecheros, que fueron en un principio los habitantes de los
llanos, sometidos por su situación al yugo enemigo ó p o rq u e, faltándoles un caudillo, no
pudieron rep etir el grito de insurrección de las montañas. Sobre ellos pesaron el cultivo de
las tierras, el trabajo de los talleres y las contribuciones; de m anera que puede considerár­
seles como los siervos de aquella sociedad. Las arles mecánicas, rm iradas con vilipendio,
l'ueron su ocupacion; y m ientras otras naciones prem iaban á los artistas y honraban su clase,
m ientras el rey de Inglaterra ingresaba en el gremio de los pañeros, en E spaña el hidalgo que
trabajaba p erdía su calicladde noble y legaba á su s hijos una nota ignominiosa que les impedia
ejercer ningún car^'^úd)ÍÍ3Ó4{3). Estas vergonzosas preocupaciones produjeron el resultado
que e ra de prever, ^ fq iie · la nEfturalcza hum ana rechaza la abyección. Los pecheros conclu­
y eron p o r querer la\;ánsH;-iti.aricha desertando de los talleres y huyendo del trabajo: los que
tenían dinero cotn[>r-abatirlat-^iiiic.a nobleza que el oro puede d ar, la de un titulo; los pobres se
hacían frailes ó soldados í¡ .que e ra n entonces los dos oficios mas ennoblecidos. Ninguna fami­
lia se conceptuaba bastante honrada si no tenia en su seno algunas manos m uertas, algún
cura ó fraile ó alguna m o n ja; y por el contrario ,-ninguna, aun de artesan o s, hu b iera dejado
de considerarse infam ada si alguno de sus individuos se enlazaba con un curtidor. Así fué
como, según algunos autores, llegó á fines del siglo XY1I á seiscientos veinte y cinco mil el

(1 ) tíav u rrclc .
(2 ) N ovísima Recopilación lib. IL ley 33 png. H .
(5 ) Memorias Je La Sociedad Económica de Mudrid l. III. p a ite ¿ c jn n ila .
¡1EINAD0 DE CARLOS IX. 130
núm ero de nobles (1) y España se vió inundada de e x tra n jero s, franceses, suizos, italianos,
alemanes é ingleses que venían, á, servir los oficios desdeñados por los naturales p ara volver
á su pais con el fruto de su laboriosidad. Un informe pasado á Luis X IV por el m arqués de
V illars,su embajador en 1 6 8 0 , p resenta ú n estado de sesenta y siete mil franceses estableci­
dos como comerciantes y jornaleros en las diferentes provincias de España. E n Cataluña, las
Vascongadas, A stu rias, Galicia y E stre g a d u ra no habia mas que dos m il, porque no reinaba
en ellas esa funesta preocupación hacia los oficios que se llam aron bajos.
Esta preocupación contra las artes existia también, contra el comercio. El honor de un
grande de España no consentía que un negociante, por rico que fuera y aunque le debiera
el m antenim iento de su fausto, estrechase con él relaciones de común provecho. Los m erca­
deres extranjeros vivían en M adrid en los barrios mas apartados, y cuando fueron inva­
diendo el centro, Cárlos II les obligó á vivir en la calle de A tocha, como si se tem iera que
inficionasen la pobiacion.
La ruina del comercio fue consiguiente á la de la industria, y se verificó tan cumplida­
m ente que á fines del siglo X Y II las cinco sestas partes de cuanto m anufacturado se vendía
en España era comprado á los extranjeros, y en las Indias las nueve décimas (®). A esie
resultado condujo el querer monopolizar todo el comercio de aquellos paises. A fin de que
dependiesen enteram ente de la m etrópoli, se les prohibió á los naturales ejercer ninguna pro­
fesión ó a r t e , ni aun los oficios mecánicos que en E spaña se reputaban viles. Se les prohibió
iaiubien cultivar viñedos y olivares, para asegurar á los de la Península su venta en aque­
llos mercados á un elevado p rec io , escepluando tan solo á los del P erú y C h ile , á quienes
en cambio vedaba que enviasen sus producciones, el vino y el aceite, á Panam á, G uatem ala
y otros p a ise s, cuya provisión se reservaba la m etrópoli (3 ). Pero ni esto supieron hacer
en beneficio general los reyes austríacos. Cataluña y Aragón fueron escluidos de abastecer
á A m érica, y se hizo u n privilegio de este tráfico, que se concedió al comercio de Sevi­
lla (1S29) y luego se trasladó á Cádiz en perjuicio de todos los demas puertos de la Penín­
sula, que tenían derechos iguales á la protección del gobierno (4 ). P ronto el tribunal de
comercio que allí se estableció con el nom bre de C asa de c on tratación para determ inar la
naturaleza, calidad y cantidad de las mercancías que debían rem itirse á las colonias, dio
lugar á que algunos comerciantes de Cádiz, por medio del soborno, se apoderasen del in­
menso abastecimiento de U ltram ar, alejando toda concurrencia, y que monopolizados los
acopios, señalasen á su libre voluntad los precios. Dos convoyes iban anualm ente á Méjico
y el P erú , y hé aquí de que m anera se verificaba el cambio de las producciones de ambos
paises. Cuando llegaban á Porto-Bello los galeones y la ■escuadra á Y eracruz, y a esta­
llan allí con sus cargam entos los comerciantes del P e rú , Chile y N ueva-E spana, y abrían
por cuarenta días el m ercado: publicábanse los precios previam ente acordados, se ha­
cían las ventas y perm utas tomando el esceso de v a lo r, que siempre h a b ía , en b arras de
plata ó en piastras. Reuníanse las dus flotas en la H ab a n a, y regresaban ju n tas á España,
aportando prim ero e n S . Lucar y despues en Cádiz. Traían cacao, tabaco, q u in a , añil, co­
chinilla, vainilla, palo de cam peche, pieles y azúcar en cambio de az o g u e, p añ o s, telas,

(1) E n tre los «Documentos ¡nódstos p ara la h is to ria ele España» se h a lla el cu rio sa cu ad ro q u e ponem os á co n tin u a­
ción! «Relación de loa vecinos pecheros que hay en las 18 provincias del rein o , sc¡*un la averig u ació n q u e se hizo p ara el
i-epariim iento del servicio del año 1541, y de los hidalgos q u e s e presupo n e h ab e r CQ cada u n a i. A rchivo de Sim ancas,
núm . 2,073.
TBOYISCUS. PECHEUOS« m UETlGS. HIDALGOS*

B urgos.......................... ............................ 50,947 — 19,737 Scgovia. 51,3*2 2,254


León (con A sturias) , . . , . 2!>,(iR0 — 29.GS0 C uenca., . Ep,777 2,505
G ran ad a. , . « » « . » · . 58,517 — W<8o G uada Lujara. 24,258 2,010
S e v illa ..............................................................7^1(10 — 6,181 V alladolid. 5S.922 &tm
Córdova. . « , 31,75o — 2,044 Ahidrid. . . 12,288 1.024
M u rc ia ......................................................17,Í)7G — i ,m Toledo. 74,7E0 6,227
Jncn. » , ............................................. —
Zam ora (c a n tíiilie ia ).............................75,50(1 — 10,778 ’ALES» 7 81,582-------108,558
Toro...........................................* - - 57,482 — 5,748
A vila........................ ..... 28,511 — 2,852 A ñadiendo com a suspendidos en Jaén 1,514, sum an 891,454
S o ria................................... . . « , 29,783 — 2,978 v e c in o s , q ue á cinco Individuos , darían u n tota]
S alam anca (con g ra n p u rte de Es- de 4,457,270.
t r e r a a d u r a . ) ...............................■ 122,880 — 10,210
( “2 ) M oneada; R estauració n política de Esp,iñoI,
(5 ) Robertson : H istoria de A m érica.
(4) JoYcliunoS'
to m o iv . 20
140 HISTORIA DE ESPAÑA.
m uebles, aperos de labor, objetos de lujo y artículos de comer, que se obligaba á los n atu ­
rales á com prar, aunque no les hiciesen £alta ó 110 tuviesen dinero propio p ara su pago. Los
mercaderes de Yeracruz, Porto—Bello y Cartagena ponían sus efectos á disposición de los
corregidores para hacer el re p a rtim ie n to , que ejecutaban señalando arb itrariam en te la n a­
turaleza, calidad, cantidad y precio de los que cada indio debia tomar. No era raro que
se le diesen medias de seda á quien andaba descalzo, ó candados á quien no tenia ni cabaña
que c e r ra r , ó botones á quien andaba desnudo, ó libros á quien no sabia leer , ó navajas de
afeitar á quien no tenia barbas. No im porta; el infeliz indio tenia que tomar lo que se le
daba y pagarlo al precio que se le impusiese. Se justificaban estas tiránicas exacciones di­
ciendo que sin ellas los indígenas huirían del trabajo por su propensión natura! á la ociosi­
dad. Con todo la industria nacional no progresó por las razones que quedan esp u e sla s, lle­
gando ti mediados del siglo X V II á no cargar mas que veinte y siete mil toneladas ambas
flotas (1),
Entonces el comercio de Cádiz acudió al extranjero por todos los arte fa cto s, y como i'ué
imposible evitar el contrabando en una costa y frontera de setecientas leg u as, ei abasteci­
m iento de las Américas vino á quedar á cargo de los fabricantes de G enova, F ran cia, Ho­
landa é Inglaterra, Este fraude fué imposible de com probar judicialm ente por la conivencia
de la Casa de contrataciou; lo conoció el gobierno, y á fin de resarcirse de estas pérdidas,
estableció un impuesto de in du lto de los galeones, prim er ejemplo quizá de un gobierno
que negocia con un delito. Este impuesto producía á fines del siglo X V II seiscientos se­
te n ta y cinco mil escudos; pero hay que agregar o tra exacción qu e am bas escuadras p ag a-
han al regreso de Indias y cuyo im porte determ inaban las necesidades momentáneas del
tesoro.En 1614espidió Felipe III un edicto imponiendo pena de m uerte á cuantos extranje­
ros introdujesen en nuestras colonias sus m anufacturas {2); pero bien se sabia que la m etró­
poli no podia sum inistrárselas y por lu tanto que el contrabando era inevitable. El objeto
era impedir que lo hicieseu los enemigos de España y que lodas las demás naciones vinie­
sen á pagar á Cádiz el tanto de monopolio. P or esto en 1CM se secuestraron todos los bu­
ques holandeses que con bandera austríaca se encontraron en nuestros p uertos; por esto
en lG 6 o se confiscaron á los comerciantes establecidos en Cádiz y Sevilla sus mercaderías;
por esto en 1685 sufrieron la misma suerte las m anufacturas francesas. La política del mo­
mento decidía en favor de quien se ha'uia de conceder el privilegio. Mas con semejante
sistema lo que se consiguió fué que todas las naciones procurasen hacer directam ente con
los comerciantes americanos el contrabando, sin pagar á los negociantes de Cádiz sus exor­
bitantes ganancias por el simple traspaso de bandera. Los portugueses lo hacían ya desde
principios del siglo X V II derram ando desde el Brasil las producciones naturales de su
suelo y todas las iabricaciones compradas en la Península á quien quiera que se les presen­
taba (3 ). Las demas naciones no lo hacían sin graves riesg o s, cuando no compraban la
protección ó la v ista gord a de los gobernadores, que no se esquivaban, porque en los cinco
ó siete años que les duraba el empico procuraban desquitarse de lo que les habian costado.
L a córte vendía los virreinatos; los virreyes vendían los corregim ientos, gobernaciones y
presidencias; y los compradores hacían pagar al comercio ó mas bien al consumidor esta
cadena de venalidades que principiaba en el trono. No habia empleado que al term inar su
cargo no hubiese hecho una gran fortuna por el contrab an d o : el que le sucedía, habien­
do obtenido su destino de la misma m a n e ra , procedía como é l ; y así era p erp etu a la suc­
ción de oro que se hacia al pais. Fácil hubiera sido probar estas prevaricaciones; pero no
era fácil que las castigasen magistrados que delinquían como los acusados. Los que se atre­
vían á denunciarlas veian levantarse instantáneam ente u n mostruoso proceso, sobre el cual
ra ra vez recaía sentencia.'
Estos escándalos se dism inuyeron mucho cuando los franceses se establecieron en las
islas M artinica, Guadalupe y Santo D om ingo, los holandeses en San Eustaquio y Cura­
zao (4) situado en el golfo de Méjico, los dinam arqueses en Santo Tom ás, y los ingleses
en 'la B arbada, San C ristóbal, A ntigoay principalm ente en la Jamaica. Entonces los depósi­
tos de Cádiz so trasladaron allí, y se hizo el contrabando en el continente á mano arm ada. La

( i ) R o b c r ls o n .
(S) Ulloa.
(5) Relación de Alonso ile Cianea á Felipe III.
(4) En 1G38 y 3-í.
REINADO DE CAELOS I I . 141
In g laterra llegó á sacar de la Jamaica todos los años seis millones de pesos {1}. España,
arru in ad a su m arina, ni pudo estorbarlo ni hacer anualm ente las rem esas de los galeones,
con lo cual acabaron de estrecharse las relaciones de los americanos con los extranjeros.
Se dice que ascendía á dos millones de escudos los valores que estos les vendían, m ientras
que la m etrópoli, lim itada en el reinado de Carlos II al comercio de las la n a s , sedas, pa­
ñ o s, vino, aguardiente, aceite, pasas y hierro, apenas sacaba la quinta p arte de aquel
producto.
El gran interés que tenia España en los abastecimientos de Aroéricá parece que de­
biera haber llamado la atención del gobierno bacía los medios de facilitarlo, entre ellos los
caminos y canales; pero no sucedió así, quedando m uchas comarcas imposibilitadas de
p articipar del beneficio que otras vecinas reportaban. Baste decir que A stu rias, confinando
con Castilla, tan abundante en granos y escelen tes vinos, consumía los caldos de Andalucía
y Cataluña y los trigos de Francia. Baste decir también q u e , no costando la fanega de
este grano en el mercado de Falencia m as que seis reales, sus portes á S an tan d er, que
apenas dista cuarenta leguas, la hacían subir á diez y seis (2 ). Los seisrios principales de
España y algnnos de sus afluentes pueden hacerse navegables en g ran p arte de su curso,
y algunos lo fueron en tiempo de los romanos (3 ); pero si se formaron varios proyectos
para su canalización y se em prendieron alg u n o s, ninguno llegó á realizarse, teniendo que
suspender con frecuencia los trabajos por enviar recursos á las guerras de Alemania y de
Flandes. Los puertos estaban en igual abandono: la herm osa ria d e Y ig o , que hubiera po­
dido ser á lo menos para las provincias cantábricas lo que era Cádiz p ara las del M editer­
ráneo , permaneció casi ignorada de los extranjeros hasta que un desastre á principios del
reinado de Felipe V la dio á conocer.
Añádase á la falta casi absoluta de los medios de comunicación la inseguridad de los
pocos y penosos que bahía. Cuadrillas de bandidos, herencia de las guerras con los romanos
y los arábes, infestaban todos los caminos h asta las inmediaciones de los pueblos mayores.
Los puertos y desfiladeros, los bosques y Jas soledades eran su abrigo y teatro de sus ra­
piñas. Los tragineros tenían que ir armados y sostener á veces combates reñidos p ara li­
b ertar su hacienda. Los contrabandistas se vieron obligados á pagar u n tributo á los ban­
doleros para la seguridad de sus conductas, y entonces buho choques formales con las tropas
del ejército. Se encontraban muy á menudo en los caminos pequeñas cruces clavadas en
las peñas y los cerrillos anunciando al viajero que allí habia sido m uerto alguno á m ano
a ira d a . Estas cruces desaparecían á veces bajo un monton de pequeñas piedras que iba
formando la devocion de los tra n se ú n te s, pues todos se detenían al pie de ellas a rezar al­
g una oracion y echar una piedra en testimonio. Y no solo en los caminos sino también eu
las poblaciones se encontraban estas señales de la depravación m oral que reinaba. En Va­
lencia no se andaban veinte pasos sin ver una cnicecila clavada en las paredes de las ca­
sas junto al sitio de la catástrofe ; y en M adrid estaban organizados los rateros de nn
modo que hasta en las calles principales era arriesgado andar de noche. El corregidor de
córte en tiempo de M ariana de A ustria tuvo que pedir la salida de un regim iento de la
g u arn ició n , porque los soldados, en vez de perseguir á los ladrones, les ayudaban en los
asaltos nocturnos.
La misma inseguridad tenia el comercio marítimo , pues asi las costas de E spaña como
las de todas sus posesiones estaban infestadas de piratas feroces. Los que asediaban n ues­
tros puertos eran comunmente argelinos ó berberiscos oriundos de los moros españoles,
que conocían perfectam ente los accesos mas seguros y los pueblos mas descuidados. De im­
proviso penetraban hasta diez leguas adentro, llevándolo todo á saco y sangre y cojiendo
familias por las cuales exijian un cuantioso rescate. Felipe I I vió en 1581 estando en
Valencia á uno de estos atrevidos corsarios, el famoso turco A jaja, con barcos de remo ar­
rojarse sobre un navio ricam ente cargado que se hallaba á la entrada del pu erto y llevár­
selo á rem olque, sin que nadie se lo estorbase (4), El renegado griego Dalí Mami, el v e n e -

( 1 ) Ulloa.
( 2 J Inform e do la Sociedad Económ ica de Madrid ni Heal y suprem o Consejo de C o stilla, p o r Jorellaiioe,
(5 ) E l Ebro e ra navegable en tiem po tto V espasiana 2iG m illa s, h a s ta V aria, capital d o lo s B eroncs, hoy V area, a l­
dea inm ediata á Logroño: Plolom eo y Plinio.
C onsta tam bién que los ingleses com erciaron en Galicia con el riñ o de Rivaiiavia , exportándolo p o r el Miño,
( 4 ) Scpúlreda; H istoria de F elipe III,
142 HISTORIA DE ESPAÑA.
ciarlo Asan A g a , de quien fué esclavo Cervantes (1 ), y sobre todos el calabrcs Cigala
adquirieron entonces una terrible nom bradla en nuestras costas. Los arm adores de la Ro­
chela no fueron menos terribles por las de A sturias y Galicia. Sin em b arg o , Felipe I I y
sus sucesores estim aban mejor enviar nuestras escuadras á lejanas em presas que dedicarlas
á proteger el comercio y lib ertar de incursiones asoladoras, así á los pueblos litorales de la
Península como á los de las posesiones de América (2).
P ero la causa principal del em pobrecimiento de España fueron las guerras sostenidas
en toda E uropa por espacio de cerca de doscientos años. Según u n m inistro francés con­
tem poráneo, Felipe I I invirtió en sus diferentes proyectos de conquista seis cientos millo­
nes de ducados; cantidad que no parecerá ex ag erad a, si se atiende á que la lucha de la
liga le costó sobre treinta millones ( 3 ) , la g u erra de los Paises-B ajos mas de mil ochocien­
tos millones de libras en menos de u n siglo, y á lo que debió invertir en la arm ada Inven­
cible, en las escuadras que com batieron á ios turcos y en sostener partidos en todas las
cortes europeas. Los moriscos se llevaron en el reinado de Felipe 111 dos millones ocho—
cientos mil escudos; los proyectos de conquista resucitados en el reinado de su hijo devo­
raron inmensos caudales, y las contiendas de Carlos I I con Luis X1Y no debieron ser
menos dispendiosas. A ñádanse los millones que iban á R om a, de cuyo pago en vano trató
de exim irse Felipe IY ( i) .
P ara cubrir tan enorm es gastos no bastaron las Ilotas de A m erica, ni la alcabala (ti) que
no csceptuaba ningún género ni p ersona, y era por lo tanto la contribución nías pin­
güe . fué indispensable, p ara atender á necesidades crecientes, abrum ar á la nación con
otros impuestos.
Felipe I I consiguió que cada provincia le aprontase todos los años u n servicio voluntario
ó don ativo g ratu ito , cuyo producto era vario. F l de Castilla solía im portar cuatrocientos mil
ducados; el de A ragón, doscientos m il; el de Ñ apóles, cuatrocientos m il; el del Jlilanesado
otro ta n to ; el de Sicilia, setenta y cinco mil scudí; el de Flandes, quinientos mil ducados.
Todos pagaban el dogal que los oprimía. Se Ies exigió m a s , y lo dieron pacientem ente : Si­
cilia llegó h asta doscientos cincuenta mil ducados; los Paises-Bajos prestaron en 1553 dos
millones cuatrocientos m il florines, y pagaron adem ás de tributo cinco millones; Ñapóles y
el Milanesado sufrieron tam bién grandes recargos. Pero las tres provincias de la coronilla de
Aragón se resistieron, las provincias Vascongadas se negaron desde 1590 a p a g a r hasta
los impuestos hechos por las có rle s, la Sicilia se eximió ig u alm en te; y llegó tiempo en que
toda la ambición de Felipe I I gravitó entera sobre Castilla y Nápoles tan solo. A parte de
eso, exigió u n ducado por cada saca de lana esportada p ara Flandes y dos por las que fuesen
á Francia é Italia ( 6 ) ; enagenó los propios de varios pueblos apesar de los fueros m uni­
cipales y de sus propios ju ra m e n to s ; espendió títulos de nobleza, encomiendas y otros car­
gos lucrativos, despreciando las reclamaciones de los pueblos y de las cortes; por espacio de
cuatro anos se estuvo apoderando del dinero que venia de las Indias p ara el comercio de
Sevilla, dando en cambio ju r o s , que tuvieron grande quebranto. En 1506 aum entó el im­
puesto de esportacion de Ja saca de la n a á cuatro ducados, igualando los dominios españoles
con el extranjero ; subió del tres y medio al siete y medio por ciento el v in o , aceite, seda,
frutos secos y azúcar en el a lm o ja rifa zg o (7 ) de Sevilla; las piedras preciosas , la cochinilla
y el c u e ro , del dos y medio al d ie z ; y todos los géneros enviados a la s Indias quedaron su­
jetos á u n quince por ciento, cinco á la salida de E spaña y diez al en tra r en Méjico y el P erú ,
á. escepcion del vino, que pagó el veinte. Con esto se elevaron á tres millones de piastras
los productos de las r e n ta s , que en 1558 im portaban la mitad. Sin embargo, todavía aum en­
tó un a tercera parte el precio do la sal, cuyo monopolio tenia el gobierno; exigió por muchos
años á los comerciantes- de Sevilla u n em préstito forzoso de ochocientos mil escudos con la
prom esa de un rédito de cinco por ciento; consiguió del papa la autorización p ara establecer

( 1 ) F uó apresado el 2G de setiem b re do 1575 al volver de Ñapóles á E spaña.


( 2 ) R ecuérdense la s de los filibusteros, que d u raro n roas de cien años.
( 5 ) H errera: H istoria g en e ra l de E sp añ a.
( 4 ) La b u la de la S ania Cruzada facultando liara com er c a r n e , cerdo y huevos en los dias vedados p ara el resto
d é l a cristian d ad todavía figuraba en los p resu p u esto s del Sr. ¡M endizakil p o r la cantidad de iri.-lGOjOOO rs . vn.
( 5 ) F u ó concedida por los reinos á Alfonso XI en 4542 p ara su b v en ir «i los gastos del sitio do A ljecíras: n o lom aba
en su origen m as q u e la veintena de todo lo vendido y perm utado; pero se au m en tó después Uostu la décimo parlo» las
cortes de A lcalá la pro rro g aren en 1549, y las de B urgos la p erp etu aro n eti 1050.
( 6 ) N ovísima R ecopilación, íib. O , lit, Z í , ley prim era»
( 7 ) Nombro á ra b e conservado ix algunas aduanas.
REINADO B E CARLOS I I 143
la contribución de las tercias r e a le s , que consistía en dos novenas del diezmo; consiguió ade­
más gracia por cinco años de cobrar entero el diezmo de cada un a de tres casas en todo el
r e in o , á cuya contribución se dió el nom bre de el encasado (1). E n 1575 se atrevió á sus­
pender el pago de las ren tas que pesaban sobre el tesoro, ordenó un a revisión de todos los
contratos celebrados en los últimos quince años, disminuyó arbitrariam ente el réd ito , suje­
tando al nuevo tipo los abonos anteriores. Esto era casi la bancarrota, y en efecto se arrum aron
muchas casas poderosas de todas las plazas de E u ro p a , que habían depositado su con­
fianza en el re y mas devoto que reconocía la cristiandad. P ara obtener u n nuevo em préstito,
hizo una transacion con los banqueros de Genova, minorando su p érd id a; y no siendo esto su­
ficiente, recargó los derechos de las aduanas, m onopolizóla venta de los naipes y el azogue,
estancó el la c re , el az u fre, el plomo y la pólvora (2). Pronto pudo convencerse de que se­
m ejante si stema le alejaba de su objeto, pues los mineros de América no gastaron desde entonces
m asque tres ó cuatro mil quintales al año de azogue cuando solamente la célebre m ina de la

Soldado del R egim iento del Rey.

Valenciana consumía mas de diez y nueve mil. E l contrabando les facilitaba lo dem ás, de la
misma m anera que sum inistraba á Galicia las sales de P ortugal. E n vano fue que las cortes
declarasen en lo 7 6 la imposibilidad de echar mas gavelas sobre la nación, pues p araenviar á
Inglaterra la arm ada Invencible se hicieron nuevas exacciones en especie á varias provincias·
El desastre que padeció fue causa ó pretesto de una nueva contribución, la de m illon es , im­
puesta á todos los artículos de m ayor consumo como la c a rn e , el a c e ite , el v in o , etc. ( 3) .

. ( 1 ) Esla concosion su modificó en 1571 i fin de sim plificarlo, quedando p ara el E stado, p o r ig u a l n úm ero de a ñ o s , el
diezmo de la casa m as rica de cada p a r r o q u i a : asi so fue renovando b asta q u e se hizo p erp élu a en i 757.
(2 ) U lloa.
( 3 ) Tam bién se establecí* por solo seis años, despues se renovó j por úllim o se p e rp etu ó como los dem ás, n p esar de
la s qnejns d é la s co rtes.
144 HISTOBIA DE ESPAÑA.
Apesar de eso, pidió en seguida á la grandeza un em préstito de cuatro millones y medio de
ducados, y exijió á los pueblos adelantados los impuestos. Los apuros eran tales que , ha­
biendo fallecido en 1504 el arzobispo de Toledo dejando mas de un millón de escudos para
obras piadosas, Felipe II pidió permiso al papa p ara quedarse con él á fin de emplearlo en
combatir á los enemigos de la Santa S e d e , y siu aguard ar la contestación., que fué evasiva,
se apoderó de la m ayor parte. Volvió en 1596, so color de arreg lar la d e u d a , á retirar las
ren tas que pagaba, las hipotecas y los títulos del acreedor, con lo cual se repitieron las quie­
bras en todas partes. ¡ Cuál seria el estado de la uacion cuando el último año de su reinado
tuvo que pedir de puerta en p u e rta un donativo g ra tu ito ! Efectivamente legó al erario una
deuda de cien millones de ducados, no siendo mas que de trein ta y cinco al en tra r á reinar;
dejó em peñadas por algunos años varias rentas, y habia escaseado tanto el metálico que el
interés del préstamo era ordinariam ente una tercera parte del valor entregado ( 1 ).
Agoviado de esta suerte Felipe III, intentó despojar á las iglesias y á los grandes de las
alhajas de oro y p la ta ; pero no pudo vencer su resistencia. Las provincias Vascongadas re­
chazaron también el pago de. la contribución de los millones. Fué entonces cuando apeló á
ia falsificación de la moneda; y luego que la esperiencía demostró lo funesto de esle fraude,
se recurrió al recargo de todos los impuestos., aum ento que no alcanzó á nivelar los gastos
con los ingresos. Si E nrique IV no hubiera m uerto al ir á declarar la guerra á la casa de
A ustria, probablemente habría sufrido entonceslas catástrofes que luego experim entó, por­
que el erario estaba enteram ente exhausto y em peñadas además todas las r e n ta s : las salinas
de C astilla, el servicio y m on tazgo de los ganados trash u m an te s, las la n a s , los productos
de los puertos secos, el azogue, los n aip es, el almojarifazgo de Sevilla, el d e lu d ía s , la
pim ienta, la acuñación de la plata am ericana, los maestrazgos de S antiago, Calatrava y
A lcántara, el subsidio que pagaba el clero, la renta de cruzada, la del escusado, el diezm o
de m a r que se cobraba á (odas las mercancías al en tra r en C astilla, el quinto de las minas
de P o to sí, P erú y N ueva-E spaña con otras de América, así como el servicio o rd in a rio que en
este país se cobraba además á todos los que no eran nobles ó cristianos viejos, las reñías de
P o rtu g al, la coronilla de A ragón, la alcabala y las tercias reales. La suma total de las rentas
de E spaña, añadiendo á estas algunas mas que estaban lib re s , y esceptuando las de P ortu­
gal , era de quinientos millones, seiscientos cuarenta y ocho mil ducados, empeñados en 1010
por. ocho millones trescientos ocho mil y quinientos!! Pero com odebia á los banqueros de
Genova mas de cuatrocientos m illones, todos los recursos del erario se reducían á poco mas
'de tres millones de ducados, no teniendo en cuenta el crédito casi igual legado por las glo­
rias de Carlos I y Felipe II.
Felipe IV siu atender á tan deplorable estado de la hacienda comprometió á la nación
en nuevas guerras que agravaron la m iseria. El mismo año de su advenim iento fué preciso
sujetar á impuesto la barrilla y la sosa; en 1G24 prohibió la csportacion de metales precio­
sos bajo pena de m uerte y confiscación ( 2 ) ; en 1631 se estableció el de la m edia a n a t a , que
consistía en apropiarse el fisco la m itad del sueldo ó ren ta délos agraciados de cualesquiera
clase que fuesen en el prim er año de servicio; luego arbitró el de la n z a s , por el que se
exim ían los grandes del servicio m ilitar m ediante el pago de tres mil seiscientos reales;
aum entó la lista de losartículos cuya venta monopolizaba el gobierno hasta trece, la sal, el
plom o, el salitre ,· el azu fre, la pólvora, el azogue y el sublim ado, el aguardieníe (3 ), los
naipes, el lacre, el tabaco, la pim ienta y la gom a; en 1637 ideó el fecundo recurso de obli­
g ar á escribir en p a p e l, sellado por el estado ( 4 ) , todas las transacciones m ercantiles y
procedimientos so pena de invalidez; el mismo año recargó los impuestos de P ortugal,
dando lugar á las conmociones d e E v o ra , preludio de la revolución; en 1639 añadió al
arbitrio de la alcabala el de los cientos, que fue en un principio el uno por ciento, pero llegó
en 1664 al cuatro, im portando entonces el catorce los derechos sobre las ventas y p er­
m utas (5). A este impuesto debe atribuirse principalm ente la desaparición de la indus­
tria , pues habia muchos géneros que lo pagaban no solo en la m ateria bruta sino después

( i ) Caríipcimíinea.
( 2 ) (Jstariz: Teoría y práctica del com ercio.
(5 ) En 1CG3 ren u n cio el m onopolio de esto articulo; pero lo somutió á un im puesto eq u iv alen te á la octava parió tlu
su valer* L lórente, P rovincias V ascongadas.
( \ ) U stüriz.
( 5 ) U slariz, Ulloo.
PEINADO DE CAELOS I I 1 4 í¡
de m anufacturados, y no solo en la prim era Tenía sino en todas las sucesivas'(1). Bespues
de las sublevaciones de Cataluña y P ortugal hubo de acudir áo tro s impuestos que cubriesen
el deíícit que producían en el tesoro, y se estableció en 1642 el de fiel m e d id o r, que era
cuatro m aravedís en arroba de aceite, vino y vinagre; en 1649 el de igual cantidad sobre
cada libra de jabón fabricado en C astilla, y al año siguiente exigió dos maravedís en libra
de nieve que se consumiese en Madrid y las principales ciudades de España (2). La prolon­
gación de la g uerra le obligó á recargar lodos los im puestos, particularm ente en los articu--
I üs de prim era necesidad, y á fabricar también moneda falsa, que tuvo al fin que recoger
por la m itad de su valor. P or úllimo otra especie de bancarrota fué el térm ino de tan de­
sastroso sistema. El consejo de hacienda acordó en 1664 suprim ir lodos los juros creados
sobre las rentas desde treinta años atrá s á pretesto de que habían sido comprados m uy ba­
ratos en momentos de conflicto para el tesoro, y rebajó el diez por ciento á los antiguos,
espedidos por los Felipes I I y I I I , que ya habian sufrido un a reducción de cincuenta por
cíenlo, ó Jo que es lo m ism o, solo pagó el cuarenta de créditos que reconocía lejílimos.
Estos despojos no podían rem ediar la penuria del tesoro n i la m iseria pública y des­
truían el crédito. Así al advenimiento de Carlos I I al trono absorvian los intereses de la
deuda la tercera parte de las rentas (3 ). Y como no era posible derram ar nuevos impues­
to s, cuando en 1667 L uis X IV se arrojó sobre varias plazas de F landes, hubo necesidad
p ara socorrer aquel ejército, de apelar á. la generosidad del patriotism o, q u e, estando ya
muy gastado, solo proporciono una nueva prueba de la m iseria general. Rebajóse otro
quince por ciento de los juros por via de socorro, de m anera que, reducidos á un veinte y
cinco por ciento de su primitivo valor, se arruinaron muchas casas y nadie los consideró
como parle de su riqueza. Se im pusieron tam bién cien escudos al año por los carruajes de
cuatro m u ías, cincuenta por los de dos y quince por las caballerías de reg a lo ; y se volvió á
falsificar la moneda en 1680, obligando á tom arla bajo m ulta. Tan estéril este recurso como
cu las veccs anteriores, al año siguiente ya fué preciso recargar todos los derechos. Las esca­
seces del tesoro llegaron hasta el estremo de necesitar el infeliz Carlos II que el alm irante de
Castilla le adelantase veinte mil escudos p a ra la mesa, porque los p n m sionistas se cansaron
de dar al fiado (1 6 8 2 ), y le forzaron á hacer economías en su casa despidiendo á g ran parte
de la servidum bre. En 1689 suprimió muchas de las indebidas pensiones señaladas á los
grandes sin provecho del estado; y en 1697 cuando el duque de Vendóme tenia sitiada á
B arcelona, se apoderó de un cuantioso caudal por medio· de unavillanía. em bargó las alhajas
depositadas en las iglesias para socorrer a la s tropas, y en seguida autorizó p ara capitular,
sin ordenar por eso la devolución de lo usurpado. Murió dejando un a deuda de mil doscien­
tos sesenta millones de reales.
Efecto y causa á un mismo tiempo de esta decadencia general fué la despoblación de Es­
p añ a, q u e , apesar de las guerras con los m usulm anes, á beneficio de su in d u stria ,b a b ia
llegado, al en tra r á reinar la dinastía austríaca, según u n cálculo aproximado, á cerca de diez
millones de habitantes. Pero desde entonces retrocedió á un largo periodo de decreci­
miento. E n el censo general ejecutado en 1594 en los últimos anos de Felipe I I y a no se
encontraron mas que ocho millones doscientos seis mil setecientos noventa y uno (4 ). El
obispado de Salamanca contaba en 1600 ocho mil trescientos ochenta y cuatro labradores, y
diez y nueve años despues se habian reducido á la m itad , cuatro mil ciento trein ta y cin­
co (S). Medina del Cam po, ciudad en otro tiempo floreciente, babia bajado en 1607 de
cinco mil á seiscientos habitantes (6). E n los primeros años del reinado de Felipe IV , cuando
principiaron á sentirse los electos de la espulsion de los m oriscos, se calcularon en toda la
Península seis millones, y países poco antes risueños y habitados tenian u n lúgubre as­
pecto, abandonados los campos, desiertos y arruinados muchos pueblos. Por ú ltim o , bajo
Carlos I I h a b í a d i s m i n u i d o lapoblacioná cinco millones setecientas mil almas (7), habiendo
provincia, la d e E slre m a d u ra , que no contaba mas que ciento ochenta y cuatro por legua
cuadrada.

{i ) lista rla .
(2 ) L lórente,
(3 ) Snliau: Continuación do M ariana: t. 19, prólogo.
( 4) A gustín de Días: O rigen, p ro g resas y lim ites do la p o b b eio n española.
( 5) Dávila: Vida y hechos del rey F elip e Iff.
(6 ) C o p in a n ? : M ctnorius,
(7 ) U stariz.
146 HISTORIA DE ESPAÑA.
¿C uáleseran las causas de este rápido decrecimiento? T res reconocem os: el fanatismo,
el espíritu de conquista y los descubrimientos d é la América.
Según los cálculos del ilustre historiador de esta [jarte del m u n d o , R o h ertso n , y de va­
rios economistas, la colonizacion de aquellas regiones privó á E spaña de cerca de trein ta
millones de habitantes. Mas de cuarenta mil se dice que perdia anualm ente á fines del si­
glo X V II por las emigraciones á.las Indias y por las g u erras, pues así soldados como paisanos
eran m uy pocos los que volvían á una patria aflijida por la miseria. Los que no mo­
rían al azote de las enferm edades endémicas se fijaban donde adquirían fortuna jy familia,
olvidando para siem pre el hogar paterno.
Las conquistas de aquellos países y las guerras en F ra n cia , Ita lia , F landes, Alemania y
el Africa no pudieron sostenerse sino á costa de abundante sangre. Y allí donde no se pe­
le ab a , era forzoso m antener guarniciones que conservasen las plazas fuertes y sujetasen los
dominios. De eslos brazos que se arrancaban á la agricultura y la industria eran también
m uy pocos los que volvían á E spaña, pues allí morían ó se establecían. G ran p arte de la p o -
blaciou de Italia y de Flandes lleva todavía apellidos españoles.
Pero las perdidas mas lamentables fueron las causadas por el fanatismo religioso con las
espulsiones, la inquisición y el celibatismo monástico. La salida de los ju d ío s, la m ortandad
producida por las sublevaciones que precedieron á la definitiva espulsion de los moriscos y
esta privaron á España de tres millones de los mas útiles h ab itan tes, según cálculos de-
juiciosos escritores (1). A ndalucía, Valencia y gran parle de C atalu ñ a, Aragón y Castilla
quedaron despobladas. Hoy mismo encuentra el viajero á cada paso en aquellas provincias
las ruinas de los pueblos que entonces aparecieron desiertos (2). Los datos que Llórente p re­
senta en su historia de la inquisición hacen subir á trescientos cuarenta y un mil vciutc y
uno el núm ero d é lo s condenados por este odioso tribunal: de ellos treinta y un mil nove­
cientos doce fueron quem ados, siéndolo diez y siete mil seiscientos cincuenta y nueve en
efigie, y los restantes doscientos noventa y un m il, cuatrocientos cincuenta sufrieron sen­
tencias rigorosas é infamantes que envolvían la confiscación de bienes. En un solo
an o , 1482, un solo tribunal, el de Sevilla, condenó á veinte mil herejes, de los cuales dos
mil perecieron en la hoguera (3). Solo el tribunal de Cataluña desde los nefandos tiempos
deT orquem ada (1481) hasta 1700 condenó á s e r quemados vivos 30,804, en estatua 1(5,902,
y fueron presos con confiscación 317,147 (4). Huyendo de este fu ro r, mas de cien mil fa­
milias abandonaron la península. A c a s o no fué menor el núm ero de los que m urieron en
v id a, digámoslo a s i, encerrados en los conventos y condenados al celibatismo. Desde que
ios establecimientos eclesiásticos dejaron de ser de institución p o p u lar, obra de !a devocion
de los pueblos; desde que los monarcas pagaron á la Iglesia con regia grandeza los servicios
que les prestaba; desde que Felipe II empleó en el Escorial veinte millones para conme­
moración de una victoria contra otro príncipe c ristia n ísim o que quitó á la iglesia diez mil
fieles, la introducción de órdenes religiosas y la erección de conventos fueron obra de la va­
nidad de los grandes que no de su celo por el culto. E n el reinado de Felipe I I I ningún alto
dignatario se creería bastante ennoblecido sino fundaba espléndidam ente alguno de esos
hogares del ocio y de la esterilidad (5). P or estos tiem pos se contaban mas de nueve mil
conventos con cerca de sesenta mil frailes, y novecientos ochenta y ocho llenos de monjas (6).
Dos solos obispados, ios de Pam plona y C alahorra, que no eran de los mas estendidos, te­
nían sobre veinte mil curas y enclaustrados (7). Al concluir la dinastía austríaca, á fines de!
siglo X Y II, cuando no habia en España mas de cinco millones setecientos mil habitantes,
ascendía el número de enclaustrados á ciento ochenta mil: ochenta y seis mil curas, sesenta
y dos mil frailes y treinta y dos mil m onjas. que formaban la trigésim a parte de la pobla­
ción (8 ).
E n vano fué que las cortes asegurasen á Felipe I I I q u e , si el mal continuaba, apenas

( 1 ) líuvarrctc: Conservación de M onarquías;—D elabortle: Ilin crario de E sp a ñ a ;— Jligrnflt.


( 2 ) U na observación convencerá á los quo la ch an do exageradas eátas p érd id as, y es el g ran n úm ero de pueblos de
n o m b re ára b e q u e se veo en la m itad m eridional ríe Empana, siendo por oirá p arle d esg raciad am en te c ie n o q ue ln cspul-
¡aioa fuó com pleta.
( 5 ) M ariana.
( 6 ) D íceionoriú de la P olítica oiUido en la p;ig, in .
( 5 ) Esposicion del consejo de Estado á F elip e III.
( 6 ) N avarrete, D ávila.
(7) Dímla*
( 8) Sem pere, U lloa; Q eslaJüedm iento de las fábricas y com ercio do E sjiaáa.
REINADO DE CARLOS I I . 147
d u ra ría el reino u n siglo m as; en vano que tam bién el consejo de Estado le manifestase
qne los inas se entraban en los conventos huyendo de la pobreza y por vivir en la ociosi­
d ad ; que pidiese como el menor rem edio el que no se hiciesen los votos antes de los veinte
años, pues se hacían á los quince y diez y s e is , y que pintase con lúgubre colorido la si­
tuación de la m onarquía ( 1 ) : «Las casas se desploman y nadie las rec o n stru y e; los habi­
tan tes h u y e n ; las aldeas quedan abandonadas y los campos incultos.» N ingún aprecio se
hizo de consejos que se creían desautorizados. Unicamente se espidió un decreto inútil li­
mitando las em igraciones á A m érica, y se hicieron rog ativ asá SantaTeresa. de Jesús pro­
clamándola patrona de E spaña como en queja del apóstol Santiago (2).
Los únicos medios eficaces para m ejorar tan lam entable estado eran principalm ente: la
protección de la in d u stria , lihertar al tráfico de las trabas que entorpecían su movimiento,
el abandono do estériles gu erras dedicando la m arina m ilitar á velar por los intereses de la
m e rc an te, y combatir las preocupaciones populares contra las artes mecánicas. Pero nada se
hizo en este sentido. Creyendo favorecer la fabricación y el comercio nacionales, se adoptó
el sistema prohibitivo basta com prender artículos que no producía y necesitaba España. Un
avanzado político de aquellos tiem pos, el célebre C am panella, aconsejó á Felipe I I » en ­
viar á cada ciudad un comisario acompañado de un cura p ara descubrir á los usureros, qui­
tarles la mitad de las sumas que lian sacado á sus deudores y fundar con este dinero m ontes
de p ie d a d , que deberían prestar sobre prendas á lo s pobres, quedando dueño el estableci­
m iento de las que no desem peñasen en el térm ino prefijado.» Este remedio no atacaba el
mal en su r a iz ; pero tampoco llegó á em plearse, aunque se intentó varias veces y las cortes
lo acogieron unánim em ente (3 ). En su lugar se ideó el sistema continental contra el co­
mercio de In g la te rra , con el fin de obligarla á abrazar la religión católica. La Francia se
negó ¿se c u n d a r sem ejante p ro y ec to , q u e , no solo era de difícil y costosa ejecución, sino
que tampoco podía sum inistrar mas que un paliativo al mal. Tam bién se afanó aquel re y
en arru in ar el comercio de Holanda por los medios mas quiméricos . pidió, por ejem p lo , á
las ciudades anseáticas que le vendiesen todo su trigo con la m ira de p riv ar á aquella de
este artículo de prim era necesidad, y solicitó de Colonia con el mismo objeto que todos
cuantos barcos saliesen de Dantzik para España irian cargados de te la s , c u e rd a s, salitre,
cera etc. E sta alianza llegó á establecerse co n L u b e ck ; pero ningún resultado produjo de los
que esperaba su autor. E n punto á las g u e r r a s , ya se ha visto que constituyeron el pensa­
miento capital de la dinastía austríaca; y ocupada en ruinosos planes de engrandecim iento
mal podía atender á desarraigar y eslirp ar preocupaciones p o p u la re s, tarea ard u a pero
n o b le , peligrosa pero g ran d e, que requiere la combinada acción del filósofo, el político y el
tiem po.

CAPITULO XVII.
E stado ín telc clu al y m oral de E spaña bajo la d in astía au stría c a ( h ).

O rijon del desarrollo in te le c tu a l: G arcilaso y H errera perfeccionan el len g u aje p oético· Gougora lo corrom pe con el
c u M eran fa n O '— Quevedo.—Poesía sag rad a, Épica т p o p u la r.— Poesia dram ática ; Ju an de la E n c in a: triu n fa el te a tro
n acional de la im itación del griego: estado m a terial del teatro: progresos bajo Lope do R ueda : com edias ele C ervantes:
vida y ju icio de Lope de Vega: T irso de Molino y A larco n : re tr a to fisico y m o ral de Calderón: c a rá cte r nacional de su s
o b ra s, causa do su p o p u la rid ad contem poránea y de su im popularidad ac tu al: au to s sacram en ta les; órdenes contra el
te atro ; influencia del (irania español en Europa,·—C ausas de la decadencia de la lite ra tu ra : atraso de las ciencias: o r a ­
to ria sngrada: historiadores y escritores políticos; novelistas satírico s: C ervantes en «Don Q uijote de la Mancha»—Vici­
situ d es tle la a r q u ite c tu ra : estilo del ren ac im ien to .— E scu elas italian ai flam enca y española en la p in tu ra : Velazquez,
Z u rb a ru u , d u rillo y Alonso Cano; esfuerzos in ú tile s por ev itar su decadencia.— El esclusivísm o y el culteran ism o olio-
£ an el genio m úsico.—Influencia üe las bellas a rte s so b re las costum bres*

B ajo un aspecto fue g rande, magnifica y sin igual E spaña d u ran te los siglos X V I у X V II,
bajo el aspecto literario y artístico. Sus escritores y a rtis ta s , principalm ente sus poetas y

( 1 ) V. la s póg. 90 y SO,
( 2 ) Céspedes y Meneaos.
( 5 } M em o riasd e la Acuden] i a ile la H istoria de M adrid.—JoTellanos*
(4 ) Esta apreciación lia sido olvidada por todos n u estro s h isto riad o res. N osotros la hem os ju zgado in d isp en sab le, asi
p o rq u e toco á lo т а н elevado que hay en la n a tu ra le z a h u m a n a , com o p o rq u e form a u n a g ran d e época de n u e s tra h isto ­
ria , El teatro español, p artic u la rm e n te , fue im itado en toda E u ro p a . Esto dos parece ju stifica r el espacio }' la im portancia
q ue lo dam os en osta o b r a , con preferencia á las descripciones de b alallu s y al m inucioso cu e n to de los p arien tes de u n
r e y , á quienes nada debió la nación, liem os com puesto e ste ca p ítu lo teniendo á la v ista el «M anual d e litera tu ra» del s e .
ñ o r Gil de Z a rate, las biografías de la s o b ra s que e sta publicando la «Hibliotcca de au to res e s p a ñ o le s ,» la s »Lecciones de
lite ra tu ra española por clon A lberto L ista , la «Ilistoire des litle ra tu re s du Midi = p o r Sismondí,« E tu d cs su r Г E sp ag n e· por
Y iardot, ol cscclcnto ensayo sobre n u estra lite ra tu ra drom otica, por Philnrele Clinsles, y otros au to re s de crédito.
to m o iv 21
118' .HISTORIA DE ESPAÑA.
p in to re s, fueron y vuelven á ser en nuestros días objeto de la adm iración de E u ro p a, qué·
ios lia exhum ado para estudiarlos y glorificarlos.
Pero no se atrib u y a, como algunos lo han hecho, ese esplendor de nu estra literatu ra
á la escitacion general y profunda obrada en k nación por las vastas em presas de Cárlos 1
y Felipe II. Estos reyes no hacían consistir la grandeza sino en las dim ensiones, y.por eso
imaginaron hacer un imperio fiel continente europeo y fabricaron una iglesia como el Es­
corial. Así para medir su grandeza hasta un compás. El influjo de aquella dominación no
fué favorable sino á las formas, pues el germ en del genio nacional habia sido antes fecun­
dado. Juan I I , que «se divertía en m etreficar» había protegido y honrado á los hombres
de letras: Juan de M ena, Jorje M a n riq u e, Sánchez de Badajoz, el m arqués de Santillana,
el bachiller Cibdad-real habían perfeccionado el habla de Castilla h asta el punto de que
bajo los reyes Católicos tenia casi las mismas formas que en el d i a : la reina Is a b e l, cuyo
corazon abrigaba todos los bnenos instintos, exorlando con el ejem plo, ocupaba sus ocios
estudiando la lengua latina con doña Beatriz Galindo (1 ): bajo sus auspicios se publicaron
las obras mas im portantes de aquella época, las «Tablas astronóm icas» de Alonso de Cór­
doba , la «Descripción de Sicilia» de J. de B arajas, la «H istoria de los reyes moros de Gra-.
nada» y los «Claros Varones de C astilla» por F. del P u lg ar: entonces se tradujeron las
obras monumentales de la an tig ü ed a d : en el siglo X V , en fin , en que p ara ser poética E s­
paña bastaba que fuese el estadio de la lucha entre la cruz y la m ed ia-lu n a y que hubiese
descubierto un nuevo m undo, en ese siglo, decimos, nació la poesía dram ática, que es el
Limbre de nuestra literatura. ¿Cómo es sino q u e, m ientras nuestros ejércitos hollaban con
sus pies á las naciones, apenas resuena la trom pa épica, ni se v é u n himno marcial que
aliente á los guerreros ni casi alguna oda que celebre sus proezas ? Como a s í, habiendo asis­
tido á aquellas campañas nuestros mejores poetas , Garcílaso, H errera, Ponce, Lope de Ve­
ga, Calderón? ¿P orqué se entretienen en cantar am ores inocentes de pastores ó dírijen sus
endechas á u n a fuente cristalina, á un riachuelo bullicioso, á una llor ó una avecilla, ó elevan
himnos á la exaltación de la cruz, á los m inisterios de la concepción y á la grandeza de la
Divinidad? Porque tales eran las condiciones, digámoslo así, admosféricas en que habia na­
cido: la sencillez de las costum bres y el sentim iento religioso, exaltado en la larga con­
tienda con los m usulm anes. Por el contrario la dominación au s tríac a, ejerció, como luego
dem ostrarem os, una perniciosa influencia sobre el pensamiento.
A unque Boscan haya sido él autor de la grande revolución que produjo en la poesía
castellana la introducción del gusto y el endecasílabo italian o s, no es él sino Garcílaso de la
V ega quien la re p re s e n ta , porque sólo él supo realizar lo que otros no habían acertado sino
á concebir. En este genio privilegiado es en quien term ina la adolescencia de la literatu ra y
principia la edad viril. Su lira, tie r n a , armoniosa y e le g a n te , hizo recordar la lira de V ir­
gilio en églogas tan naturales y sencillas como esta :

Corrientes a g u a s , p u ra s , cristalinas,
Arboles que os estáis mirando en e lla s,
V erde prado de fresca sombra lle n o ,
Aves que aquí sem bráis v uestras querellas,
Yedra que por los árboles caminas
Torciendo el paso por su verde s e n o ,
Yo me vi tan ageno
Del grave mal que s ie n to ,
Que de puro contento
Con vuestra soledad me recreaba
O con el pensam iento discurría
Por donde no hallaba
Sino m em orias llenas de alegría.

Pero esta innovación de pu ra forma llegó á no satisfacer las crecientes necesidades


del gusto , y u n a nueva escuela, la del divin o H errera consumó la revolución del lenguaje.
La ardiente y elevada imaginación de este poeta mal podia en efecto acomodarse en el

(1 ) De a q u í el nom bfc de ¡a L a tin a que so d i 6 cu M adrid n! hos[i¡tul fundado p o r olía en la cañ e de Toledo.
REINADO DE CARLOS l í . 159
es ir echo molde en que habían vaciado sus sentim ientos los poetas que le precedieran. Que­
riendo im prim ir grandeza al estilo y sonoridad al v erso , usó espresiones nuevas y giros
atrevidos que daban pompa k la locueion y m agestad al pensam iento. La oda á don Juan
de A u stria , no sinrazón com parada á las de H oracio, es u n modelo de poesía lírica. E n ella
se encuentran estos herm osos v erso s;

Vése el pérfido bando


E n la fragosa y e r ta , aérea cu m b re,
Que sube amenazando
La soberana lum bre
Fiado en su animosa muchedumbre.
Y a llí, de miedo ag e n o ,
Corre cual suelta c a b ra , y se abalanza
Con el fogoso trueno
De su cubierta estan z a,
Y sigue de sus odios la venganza.
Mas después que aparece
El joven de A ustria en la enriscada sierra
F rió miedo entorpece
Al reb e ld e, y aterra
Con espanto y con m uerte la impía g u erra.
Cual tem pestad ondosa
Con horisono trueno se le v a n ta ,
Y la nave medrosa
De rabia y furia tan ta
E n tre peñascos ásperos quebranta.
O cual de cerco estrecho
El ílamíjero rayo se desata
Con luengo sulco hecho
Y rom pe y desbarata
Cuanto al encuentro su ím petu arreb ata.

Fué de la misma escuela Francisco de Rioja para cuya gloria basta sil célebre canción á
L a s ru in a s de I tá lic a , en la c u a l, dice Q u in ta n a , todo es igualm ente grande y magestuoso,
el asu n to , la idea , la c o n te stu ra , la ejecución:

Estos Fabio ¡ay dolor 1 que ves ahora


Campos de soledad, mustio collado,
F ueron un tiempo Ilálica famosa.
A quí de Cipion la vencedora
Colonia fué: por tie rra derribado
Yace el temido honor de la espantosa
M uralla, y lastimosa
Reliquia es solamente
De su invencible gente.
Solo quedan memorias funerales
Donde erraron ya sombras de alto ejem p lo ;
Este llano fué plaza, allí fué te m p lo ;
De lodo apenas quedan las se ñ ale s:
Del gymnasio y las term as regaladas
Leves vuelan cenizas desdichadas;
Las torres que desprecio al aire fueron
A su gran pesadum bre se rindieron,

Se vé que en Garcílaso y H errera quedó formado el lenguaje poético tal como hoy le
conocemos; pero despues de él y aun en él mismo se le v é degradar hasta llegar en breve
tiempo íi una corrupción' inconcebible. No pudiendo quebrantar la m onotonía de los asuntos
1 ÍÍ0 HISTORIA DE ESPAÑA.
que ocuparon á los poetas de esta p rim era escuela; no pudiendo dejar de dirigir sus inspira­
ciones á una flor, á un manso riachuelo, á una tierna avecilla, por razones que luego es-
pondrem os, aspiraron á sobresalir con una frase altiso n a n te, imágenes estraüas y un con­
cepto intrincado. Cuanto mas metafísico fuese el sentido, cuanto mas estraña é irregular

p . Luis do Góngor-j.

la form a, tanto mas brillante y c u lta parecía la composicion. El cu ltera n ism o 110 era sino la
depravación del gusto y del raciocinio. Quizás hubiera sucumbido en sus prim eros dias esla
nueva bandería á no haberla acaudillado un hombre de estraordinario talento, imaginación
brillantísim a y un grande instinto de arm onía. E ste hom bre fué don Luis de G ó n g o rav A r-
g o te, que principió por ser satirizado y acabó por ser imitado y obedecido, lié aquí la
m uestra del nuevo estilo en las Soledades:

E ra del año la estación florida


E n que el m entido robador de E uropa
(Media luna las arm as de su f re n te ,
Y el sol todos los rayos de su p elo )
Luciente honor del cielo,
E n campos de zafiro pace e s tre lla s;
Cuando el que m inistrar podia la copa
A J ú p it e r , mejor que el garzón de I d a ,
N aufragó, y desdeñado sobre au sen te,
Lagrimosas de am or dulces querellas
Da al m a r, que condolido,
F ué en las ondas, que al viento
El mísero gemido
Segundo de A rio n , dulce instrum ento.

¡ Todo esto p ara decir que e ra la prim avera! A pesar de lo ampuloso y extravagante de
tal e s tilo , G óngora consiguió form ar escuela y que se pusiese su nom bre á todo lo q u e, al
parecer de u n gusto corrom pido, se creía grandilocuente. Mas sensata la posterid ad , ha
reservado el epíteto de gongorin o p ara lo afectado f metafísico y altisonante.
REINADO B E C A ltL O S I I . 1B I
Un corodesilvidos y rechiflas acnjió los prim eros vagidos del culteranism o, siendo Q ue-
vedo y Lope de Vega los mas implacables enemigos de la ¡jerga cu ltidiablesca, como este le lla­
maba. «Con algunas inversiones, decía délos nuevos poetas, cuatro sentencias, seis latines
y otras tantas frases ampulosas se encuentran tan empinados que ni aun ellos mismos se cono­
cen ni se entienden. Hacer una composieion que sea todo figuras es tan vicioso y absurdo como
que la m ujer que se pinta se pusiese el colorete, no en las mejillas sino en la n ariz, en la frente
y en las orejas.. ¿Q ué es pues una composicion llena de tropos é imágenes? Un rostro hin­
chado y con colorido semejante ai de los ángeles que tocan la trom peta el dia del juicio ú á
los cuatro vientos de las cartas geográficas.» Un soneto que escribió según el nuevo estilo
term inaba con este diálogo que tanto se ha vulgarizado:

¿E ntiendes, F ab io , lo que voy diciendo?


— 1 como si lo entiendo.— M íenles, Fabio,
Q ue yo soy quien lo digo ,.y no lo entiendo.

p . F rancisco üe Q u cro lo .

Sin em bargo, habiendo el conde de V illam edianaintroducido en la córte el gongorismo y


el predicador Paravicino en la córte, Q uevedo, apesar de su carácter independiente, y
L o p e, cuya conciencia literaria no era m uy escrupulosa, se alistaron en la nueva bandera.
Tras ellos fué toda la falange que había resistido á su am paro la invasión del mal gusto. Su­
cedió entonces como siempre que los discípulos sobrepujaron al m aestro en sus estravíos.
Véase como empieza su poema de las «Selvas del año» Baltasar G racian , e! mas delirante
de los imitadores de Góngora;

Despues que en el celeste anfiteatro


El ginete del dia
Sobre Flegonte toreó valiente
Al luminoso toro.
Vibrando por rejones rayos de oro;
Aplaudiendo sus suertes
El hermoso espectáculo de estrellas,
162 HISTOltlA DE ÍS PA SA .
T urba de damas bellas,
Que á gozar de su talle alegre mora
Encima los balcones de la aurora:
D espues que en singular metamorfosis
Con talones de pluma
Y con cresta de fuego
A la gran m ultitud de astros lucientes,
Gallinas de los campos celestiales,
Presidio gallo el boquirrubio Febo,
E n tre los pollos del lindario huevo, ele.

¡Asi se escribía á fines del siglo X V II! Y llegó la depravación del gusto hasta v itu p erar
el estilo n atural y correcto, haciendo consistir la belleza de una composícíon en la dificultad
de com prenderla. «Conteníanse algunos, dice este p o ela, en su «Agudeza y arle de· inge­
nio,» con sola el alma de la agudeza, sin atender á la lozanía del esprim irla; antes tienen
por felicidad Ja facilidad del decir. No fué paradoja, sino ignorancia, condenar todo con­
cepto; ni fué A ristarco, sino m ónstruo, el que satirizó la agudeza, antípoda del ingenio,
cuya m ente debia ser el desierto del discurso. Son los conceptos vida del e s tilo , espíritu del
d ec ir, y tanto tienen de perfección cuanto de su tilez a; m as cuando se ju n ta lo realzado del
estilo y lo rem ontado del concepto bacen la obra cabal. liase de procurar que las proposi­
ciones herm oseen el estilo, los reparos lo aviven, ios m isterios lo hagan p reñado, las pon­
deraciones profundo, los encarecimientos salido, las alusiones disim ulado, los empeños
picante, las transm utaciones sutil, las ironías le den sal, las crisis hiel, las paranom asias
d o n aire, las sentencias g rav ed ad , las semejanzas lo fecunden y las paridades lo realcen .»
A pesar de tan honda degradación, resplandecieron ingenios extraordinarios en varios
ramos d é la literatura.
Quizá con ninguno de nuestros poetas se m ostró )a naturaleza tan pródiga de talento,
im aginación, conocimientos, gracia y fuerza de carácter como conQ uevcdo: esla misma ri­
queza de dotes fué la que le hizo grande también en los defectos. Cuidando unas veces del
pensamiento mas que de la form a, fué desaliñado: otras, p ara espresar una idea, am ontona­
b a las comparaciones y violentaba las palabras, abusando de su habilidad en el manejo de la
lengua: apuraba los pensam ientos hasta las heces y los dejaba desconocidos. Pero con todos
estos defectos acaso únicamente otro poeta Calderón, puede serle comparado cuando se ocupa
de un asunto grande: entonces es profundo en las ideas, elevado eti las im ágenes, m ag cslu o -
so en el estilo. Su silva á «Roma antigua y moderna» reúne todas estas prendas. Tío obstante
preciso es reconocer que el género para que bahía nacido es el satírico, en el cual rayó mas
alto que todos cuantos le precedieran y ninguno le ha igualado después. Sus sátiras son un
riachuelo sonoro, risueño y caprichoso que no puede m irarse sino con embeleso. Chistes
a g u d o s, giros ingeniosos, n a tu ra lid a d , lluidez, todo lo reú n e en estas composiciones delei­
tosas. Con frecuencia las enturbian pensam ientos licenciosos, contrastando con la austera se
veridad de sus obras serias; pero las gracias en que van envueltos desarm an al mas rígido
moralista. Véase un trozo de este género en la sátira contra el M a trim o n io .

Solo se casa ya algún zapatero


Aorque á la obra ayudan las m ujeres,
-■ Y ellas ganan con carnes, si él con cuero.
- Los siem pre condenados m ercaderes
Mujeres toman y a por grangeria
Como toman agujas y alfileres:
Dicen que es la mejor m ercadería,
Porque la venden y se queda en casa,
Y lo dem ás vendido se desvia.
El grave rejidor también se casa
P or poner tasa á lo que venden todos
Y tener cosa que vender sin lasa.
Tam bién se casan los soberbios Godos,
Porque tam bién suceden desventuras
REÍNABO DE CARLOS i r . ÍC¡3
A los m agnates por ocultos modos.
Casánse los roperos tan á oscuras
Como ellos venden siem pre los vestidos,
Y ellas desnudas venden las hechuras.
Casánse los verdugos abatidos
Con m u je re s, por ser del mismo oficio,
Q ue atorm entan del alma los sentidos.
El médico se casa de artificio,
Por sí cosa tan pérfida acabase,
E hiciese al hom bre tanto beneficio;
Y él solo será, justo que se case,
P a ra que ambos den m uerte á sus mitades;
¡ Así la tie rra de ambos se aliviase!

Reinaba entonces Felipe IV , que agasajaba á artistas y literatos, y aun él mismo, según
d icen , se dedicaba á hacer las comedias que corren suscritas « P or un ingenio de esta cór­
te » con el auxilio de Calderón y otros. Pero, si se rodeaba délos ÍDgenios de su tiempo no
era por proporcionar á su alm a una noble fruición, sino porque los juzgaba un adorno in­
dispensable á las orgias de su córte.
La poesía sagrada tuvo también sus cantores; pero cuando se recorre este ramo de
nuestra literatu ra no podemos menos de adm irarnos de que un pueblo tan religioso, tan
fanático , apenas haya tenido vales dignos de la m agestad de la religión. « Los misterios
de n u estra religión, dice el S r. Gil y Z a ra te , los hechos d élo s san to s, se cantaron en co­
plas estravagautes que en la actualidad hacen r e i r ; la afectación de la alegoría llegaba has­
ta el punto de intitular una obra de oraciones m ísticas: « Alfalfa divina p ara los borregos de
Jesucristo,» y de hacer á la V irgen seguidillas que nos parecerían escandalosas, si la sa ñ a
intención no las disculpase.
F r. Lorenzo de Zamora en su «M onarquía mística de la Iglesia» dirije á S. José estas
ridiculas redondillas:
¿ Q ué lengua podra alcanzar
Aquel que tanto subió,
Q ue á la palabra ensenó
Del propio padre á hablar?
Según su sabio aran cel,
A unque por diversos modos,
Es Dios m aestro de todos,
Pero de Dios lo fué él.
De lo que su ciencia fué
Yo no sé dar o tra seña,
Sino que al Christus enseña
Las letras del A. B. C. etc.

¿P orqué ta n ta bajeza en asunto tan encum brado y en un pueblo tan poseído del senti­
miento religioso? P orque este sentim iento era ciego, fanático, hasta el punto de que le
hubiera parecido sacrilego despreciar una oracion, por indigna que fuese, si estaba dirigi­
da á u n santo. Su título era un escudo que la hacia invulnerable á la crítica.
Aunque pocos, y quizá no deban citarse mas que dos, no faltaron poetas verdadera­
m ente inspirados del sentimiento de la divinidad , allá en el fondo del claustro donde vivían
en p erpetua contemplación de su grandeza. F r. Luis de León y Santa Teresa de Jesús son
las dos voces que supieron entonar cánticos dignos por su candor de la m agestad celeste
que vé en sus éxtasis un alm a devota.
El primero dice en su ascensión al Señor:

¿Y d e ja s, Pastor santo,
Tu g rey en este valle hondo, escuro,
Con soledad y llanto,
¥ tú rom piendo el puro
54 BlSTOniA DE ESPAÑA.

A ire , te vas al inm ortal seguro?


Los antes bien hadados,
¥ los agora tristes y afligidos,
A tu s pechos criados,
De tí desposeídos
¿A do convertirán y a sus sentidos?
¿Q u é m irarán los ojos
Q ue vieron de tu rostro la herm osura
Q ue no les cause enojos?
Q uien oyó tu dulzura
¿ Qué no tendrá por sordo y desventura?

l 'r . Luis de JjGon.

Santa Teresa canta á la divinidad con toda la te rn u ra de un corazon de m u je r:

No me m ueve, mi D io s, p ara q uererte


El cielo que m e tienes prometido,
Ni m e m ueve el infierno lan temido
P ara dejar por eso de ofenderte.
T u me m ueves, ini D ios; muéveme el verte
Clavado en esa cruz y escarnecido;
M uéveme el ver tu cuerpo tan herido;
M uévenme las angustias de tu m u e rte ;
M uéveme, en fin, lu am or de lal m anera
Q u e , aunque no hubiera cielo, yo te am ara,
Y, aunque no hubiera infierno, te temiera.
No m e tienes que dar porque te quiera,
P o rq u e , si cuanto espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.

La poesía é p ic a , como la sagrada, es num erosa en o b ra s; pero ninguna corresponde á


las eminentes cualidades que exije el arte. E n tre las muchas que se escribieron, desde el
REINADO DE CARLOS I I . lf ) b ’
Poema del C id , solo la A raucana de Ercilla ha merecido pasar á la posteridad, no porque
forme un conjunto perfecto sino porque algunas partes lo son. Cierto es que el autor tam ­
poco se propuso hacer mas que una historia exornada con todas las galas de la poesía; y efec­
tivam ente en la pin tu ra de personajes solo Homero y el Taso le aventajan, y se conoce que
describe las batallas con el mismo ardor que le anim aría en ellas.
«El Bernardo» de B albuena, la''.« Jerusalen conquistada» de Lope de Yega , y la «Cris-
tiada» de Hojeda son los otros poemas mas notables.
El pueblo no conoció esta poesía, que solo era obra y solaz de la sociedad c u lta ; y has­
ta ignoró los nom bres de tantos célebres vates que honraban á. la nación en el extranjero,
sí se escepluandos ó tre s , Lope de Y ega, Quevedo y Calderón. Al pueblo, que se ali­
m enta siem pre de afectos vivos y necesita sensaciones enérgicas ¿qué podía interesarle una
escena de la vida pastoril adulterada por la imaginación de un poeta ni los versos dirijidos
a una flo r, á una m ariposa, á unos supuestos am ores? Mas no se crea p o r eso que el pue­
blo esp añ o l, poeta por el suelo que habita y el cielo que lo c u b re , por la raza de que des­
ciende y por su dram ática h isto ria , no tuvo poesía propia. D esde m uy antiguo las fablas,
las írouas y los can tares de gesta se ocuparon en celebrar los héroes mas famosos y los acon­
tecimientos mas memorables de la nación. Q uien componía todos esos rom ances, mensajeros,
de las glorias españolas á través de las generaciones, no se sa b e ; eran autores anónimos,
nom bres desconocidos; era el mismo pueblo. Composiciones toscas en general, desahijadas
y con graves faltas de instrucción, tenían en cambio un a sencillez en can tad o ra, espresíon
enérjica, imágenes desnudas, pero vivas, y una admirable espontaneidad. Los poetas cultos,
los que cifraban todo su m érito en im itar con fidelidad á los antiguos , despreciaron por
mucho tiempo esta poesía nacional q u e , creciendo á la sombra del olvido ó el d esd en , lo
abarcó todo y acabó por dominar y sobrevivir á su rival. «No pueden determ inarse fija­
m ente los autores principales de esta poesía; pero la buena época de los romances es aque­
lla en que Lope de Yega, L iaño, y otros m il, desconocidos a u n , no se habían acabado de
corromper con el pésimo gusto que despues lo ahogó todo: com prende la juv en tu d de G ón-
gora y Quevedo, y term ina en el príncipe de E squiladle, que fué el último que despues
de ellos acertó ti dar á los romances el colorido, la gracia y lijereza que antes tuvieron.» De
cuantos héroes ocuparon la plum a de los romanceros ninguno mas popular , ninguno mas
cantado que el famoso castellano R uy Diaz de V ivar, el Cid. No hubo acción notable de su
vida que no fuese ce leb rad a, y nosotros vamos á trasladar aquí cualquiera de sus romances
como una m uestra de la poesía que debe llamarse propiam ente n acion al. Trascribirem os
tam bién algnn otro de época posterior p ara que se aprecie el cambio de lenguaje.

D e s a fio del Cid (1 ). El am or y la m u e rte .

Non es de sesudos bornes Topáronse en una venta


Ni de infanzones de pro La m uerte y am or un día,
F acer denuesto á un fidalgo Ya despues de puesto el sol
Q ue es tenudo mas que vos. Al tiempo que anochecía.
Non los fuertes barraganes A M adrid iba la m uerte,
Del vuestro ardid tan feroz Y el ciego am or á Sevilla,
Prueban en homes ancianos A pie j llevando en los hombros
El su juvenil furor. Su caras mercaderías.
No son buenas fechorías Yo pensé que iban huyendo
Que los homes de León Acaso de la justicia,
Fieran en el rostro á un viejo, P orque ganan á dar m uerte
Y no el pecho á un infauzon Entram bos á dos la vida.
Cuidarais que era mi padre Y estando los dos sentados,
De Lain Calvo sucesor, Amor á la m uerte m ira;
Y que no sufren los tuertos Y como la vio tan fea,
Los que han de buenos blasón. No pudo tener la risa,
Mas ¿cómo vos atrevisteis Y al fin la dijo rivendo:
A un borne, que solo Dios, S eñ o ra, no sé que os diga,

(i ) E l Sr. D uran cree q u e este rom ance no es an terio r á la u ltim a década d el siglo XYI,
TOMO IV-
l í i '6 HISTORIA DE ESPAK-1.
Siendo yo su fijo, puede P orque tan herm osa fea
Facer aq u esto , otro non? Yo no la he visto en m i vida
La su noble faz nublasteis Corrida la m uerte de eslo,
Con nube de deshonor; P uso.en el arco un a vira,
Mas yo desfare la niebla, Y o tra en el suyo Cupido,
Que es mi fuerza la del Sol; Y hacia fuera se retiran.
Que la sangre dispercude Con un lanzon el ventero
Mancha que finca en la honor, De por medio se m etia,
Y ha de s e r , si bien me lembro, Y haciendo las amistades
Con sangre del malhechor: Cenaron en compañía. .
La v u e sa , Conde tirano, Fueles forzoso quedarse
Lo s e r á , pues su fervor A dormir en la cocina,
Os movio á desaguisado Que en la venta no habia cama
Privándovos de razón. Ni el ventero la tenia.
Mano en mi padre pusisteis Los arcos, Hechas y aljabas
Delante el rey con furor, Dan á g u ard ar á M arina,
Cuídá que lo denostasteis, U na moza que en la yenta
Y que soy su fijo yo. A los huéspedes servia.
Mal fecho ficisteis, conde, A un no ha bien amanecido
Yo vos reto de traidor, Cuando amor se despedía:
Y catad si vos atiendo Sus arm as al huesped pide,
Si m e causareis pavor. Pagando lo que debia.
Diego Lavnez me fizo E l huesped le dá por ellas
Bien cendrado en su crisol; Las que la m uerte tra ía ;
Probare en vos mi fiereza Amor se las echó al hom bro,
Y en vuesa falsa intención. Y sin mas m irar camina.
Non vos valdrá el ardim iento D espertó despues la m uerte
D e mañero lidiador, T riste , flaca, desabrida;
Pues para vos combatir Tomó las arm as de Amor,
Traigo m i espada y trotón. — Y tam bién hizo su guia.
Aquesto al conde Lozano Y desde entonces acá
Dijo el buen Cid Campeador, Mata el Amor con su vira
Que despues por sus hazañas Mozos que ninguno pasa
Esc nombre mereció. De los veinticinco arriba.
Dióle la m u e rte , y vengóse, A los ancianos á quien
La cabeza le cortó, M atar la m uerte solia,
Y con ella ante su padre A hora los enam ora
Contento se afinojó. Con las saetas que tira.
M irad cuai está y a el mundo
Yuelto lo de abajo arrib a:
A m or, por dar vida, m ata;
M u e rte, por m a la r, da vida.

Pero donde mas se m uestra el carácter nacional es en el te atro , porque el poeta se vé


allí obligado á prescindir mas que en parte alguna de su gusto individual p ara sujetarse al
del público, cuyo aplauso solicita. Por eso es en su repertorio dramático donde mejor se es­
tudia el estado intelectual y moral de un pueblo. E l esplendor que alcanzó nuestro teatro y
la grande influencia que llegó á ejercer en toda Europa exijen que consagremos algunas lí­
neas á esponer su oríjen, grandeza y decadencia, todo consumado en el corto espacio de
dos siglos.
Juan de la Encina, que floreció en los principios del reinado de Cárlos V , debe conside­
rarse como el gérm en del fecundo árbol de nuestra dram ática, aunque sus obras se reduzcan
á fábulas m uy sim ples, breves diálogos pastoriles, sin artificio y casi sin argum ento (1).
( 1 ) líesele muy reinóla antigüedad se rep resen tab an en las calles de Valencia coloquios , t[UO p iu lio ran tenerse por la
p rim era m anifestación del genio ürati-álíco cu lispaiia. l!n 1334 ya se ejecutó en ol p alacio real do aq u e lla cirnlad la
tra jed ia lem osina *1/ liom cnam orat y la fem bra salisfeta· por Mosen D om ingo MoscA, consejero lie don Ju a n I, es decir
n n siglo antes ile las églogas do Ju a n de la E ncina. Pero el influjo de este teatro sobre la lite ra tu ra y sobro el arle no sé
eaiendiA lo bastan te p ara fino debe considerársela como el origen del teatro español.
REINADO DE CÁULOS IT 1S7
Componíalas para alguna festividad y se representaban en la casa de Alba con el sencillo
aparato que podrá suponerse m as adelante, cuando manifestemos los principios del escena­
rio. Una obra apareció bien pronto que el teatro español reconoce como su p rim era m adre,
porque en ella desplega ya la lengua su genuina magnificencia y el genio dramático la animó
con su prim er destello. Se conoce por su estension que sus autores, Rodrigo de Cota y
Fernando de Rojas, no la compusieron p ara ser rep rese n tad a ; pero eso no impide que la
traji-com edia de «CalisLo y M elibea,« que así la intituló este por el triste desenlace de casi
todos los personages, merezca, por la viveza de su fácil diálogo, la verdad de los caracteres
la belleza de las descripciones y el interés de la fáb u la, la consideración que se le d á , siem­
pre que se vea en la profusion de comparaciones mitológicas y en lo inmoral de su argum en­
to un defecto ó un mal de la época. El éxito sorprendente que alcanzó esta producción,
pues se hicieron inm ediatam ente gran núm ero de ediciones, llam ó la atención de los literatos
ú hom bres cultos h ác ia el género dram ático, pues conviene advertir que el origen de nues­
tro teatro fué enteram ente popular. Del pueblo salieron los prim eros au to re s, sin ciencia
pero con genio, sin erudición pero inspirados; del pueblo salieron los asuntos, y en las ca­
lles y plazuelas se representaron á presencia también del pueblo.
Los eruditos exhum aron la literatu ra antigua, lim piaron sus piezas mas famosas, estu­
diaron sus facciones y se dedicaron á traducirlas é im itarlas. Aparecieron «El A nfitrión.»
«El Milite glorioso, » y «Los Menechmnos» de Plauto, las seis comedias de Terencio, el «Plu-
to» de Aristófanes y la «Medea» de Eurípides. Se hicieron imitaciones como «La venganza
de Agamenón,,» «llecuba triste» y , si puede presum irse por los títulos, «Absalon,» «Amon»
y tSaul.fi Se trasladó en fin todo el teatro griego á España. ¿Pero qué podían interesar a]
pueblo personages que desconocía absolutam ente, pasiones que no eran las que le anima­
b an , sucesos que no había oido jam ás y costum bres tan distintas d é la s suyas? N ada, y así
la lucha entre el uso antiguo y el uso nuevo no tardó en decidirse en favor de este. Principió
á em anciparse Juan de M alara, á quien se llamó el M e n a n d ro español, pues Juan de la
Cueva dice que alteró el uso antiguo y logró entusiasm ar al público con sus numerosas pro­
ducciones, que desgraciadam ente nos son desconocidas. Lo probable es q u e, á semejanza de
Gerónim oRerm udez, en sus trajedías «Nise lastimosa» y «N iselaureada», de Argensola, Vi­
riles y otros, aplicase el artificio griego á asuntos propios y originales. Como quiera, el teatro
clásico tuvo entre nosotros una existencia enfermiza, y no duró mas que cuanto tardó el
nuevo en tom ar su carácter de nacionalidad.
Veinte años mediaron solamente entre la aparición de las obras de Ju an de la Encina
y las que Bartolomé de Torres N abarro dió a luz en Nápoles en 1317 con el titulo de a Pro­
paladla» éhizo representar en R om a, y ya el dram a español sale de la plum a de este es­
critor con formas originales m uy pronunciadas. El trazó la división de las piezas en cinco
acto s, el marcó la diferencia que existe entre la trajedia y la com edia, y él estableció en
este genero dos variedades; comedia á n o ticia ó de sucesos realm ente acaecidos, y comedia
á fa n ta sía ó de pu ra invención, con todo el sello, sin e m b a rg o , de la verdad. Los asuntos
que puso en escena fueron generalm ente cuadros de costumbres trazados con muy buen
colorido y en un lenguaje que se acerca á la perfección del estilo dramático. Véanse los
hermosos versos con que F loribundo, felicitándose de haber tomado por esposa á Calamita,
aconseja á. los novios:
Q uien ha de tom ar m ujer
P or su vida
Tome la mas escondida
P ara su seguridad,
La que en v irtud y bondad
F uere criada y nascida.
La m uy en mucho tenida
P or herm osa,
E sta diz que es peligrosa;
L a m uy sabida, m u d a b le;
L a muy r ic a , intolerable;
S oberbia, la generosa; (1)
( i ) EL adjetivo ua significa aq u i nobleza tic sentim ientos sino de origen ó n a c im ie n to , según ia clasifirn -
cion ciilunccs corriente.
158 H ISTORIA DE ESPAÑA.

La cumplida en cualquier cosa


Y acabada,
Menos que todas me agrada,
P orq u e, según mi pensar,
Mala cosa es de g uardar
La de todos deseada.

No obstante, !a influencia de T orres N aharro sobre la dram ática española fué muy li­
mitada , así porque sus obras se ejecutaron en Italia y cuando se imprim ieron en Sevilla
en 1320 (1) fueron mutiladas por la inquisición, y aun algunas prohibidas, como por la
falta de teatros fijos, donde se pudiese dar á la escena ei necesario desenvolvimiento.
E l teatro, en su parte m aterial, estaba aun mas atrasado que el arte. Las compañías
eran am bulantes: Valencia, apesar de la antigüedad de sus representaciones, no consta
hasta 1826 que tuviese escenario fijo; el de Sevilla se construyó desp u es, y los corrales
de Ja Cruz y del P rín c ip e, en M adrid, no se crearon hasta 1580 , cuando se hubo asentado

I). Diego Sayvcdru fa ja r d o .

va en esta villa la córte. La descripción que Cervantes hace en el prólogo de sus comedias de
ío que estas y la escena eran en su niñez manifiesta un estado m uy rudim entario. «Ende­
rezábanlas ó dilatábanlas con dos ó tres en tre m eses, ya de n e g ro , y a de ru fiá n , y a de
bobo y ya de vizcaíno; que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacia el tal Lope con
la m ayor escelencia y propiedad que pudiera im aginarse. No habia en aquel tiempo tram o­
yas ni desafíos de moros y cristianos, á pié ni á caballo. No habia figura que saliese del
centro de la tie rra por lo hueco del te a tro , el cual componían cuatro bancos en cuadro y
cuatro ó seis tablas encim a, con que se levantaba de.l suelo cuatro palm os; ni menos baja­
ban del cielo nubes con ángeles ó con almas. El adorno del teatro era un a m anta v ie ja , ti­
rad a con dos cordeles de una p arte á o t r a , que hacia lo que llaman vestuario, detrás de la
cual estaban los m úsicos, cantando sin g u ita rra algún romance antiguo.»
Un romance que trae Rojas en su « Viaje entretenido» es mas curioso.

{ 1 ) Los com edias im presas de N ah arro son : la S e ra fin a , la A tju ila n a , la H iincnea, la C alam ita, la Soldadesca,
la T inela ria , la Jacinta y 1.a Trofea.
REINADO DE CARLOS I I .

Digo que Lope de Rueda, A dejar aqueste uso,


Gracioso representante, Reduciendo los poetas
Y en su tiempo gran poeta, L a mal ordenada prosa
Empezó á poner la farsa E n pastoriles endechas:
E n buen uso y orden buena; Hacían farsas de pastores
P orque la repartió en actos, D e seis jornadas compuestas,
Haciendo in tro ito s en ella, Sin mas hato que que un pellico,
Que ahora llamamos loa, ÍJn land y una vihuela,
Y declaraban lo que era, U na barba de zamarro,
Las m a ra ñ as, los amores, Sin mas oro ni mas seda;
Y entre los pasos de veras, Y en efecto, poco á poco
Mezclados otros de risa, Barbas y pellicos dejan,
Que, porque iban entremedias Y empiezan á introducir
De las farsa, los llamaron Amores en las comedias,
E ntrem eses de comedia; E n las cuales ya había dam a
Y todo aquesto iba en prosa O un padre que aquesta cela;
Mas graciosa que discreta; llab ia u n galan desdeñado,
Tañían una g u ita rra , Y otro que querido era,
Y osla nunca salía fuera, Un viejo que reprendía,
Sino adentro y en los blancos, Un bobo que los acecha,
M uy mal tem plada y sin cuerdas,. Un vecino que los casa
Bailaba á la postre el bobo, Y otro que ordena las fiestas;
Y sacaba tanta lengua Y también dentro de u n saco
Todo el vulgacho embobado H abía barba y cabellera,
De ver cosa como aquella. Un vestido de m ujer,
Despues, como los ingenios P orque entonces no lo eran
Se adelgazaron, empiezan Sino niños.

Esto era el teatro español en tiempo de Lope de R u e d a , á quien no sin razón se conside­
ra su verdadero padre, p o rq u e , como dice el Sr. L ista, «Vemos: p rim ero , que conservó al
dram a de cierta estensionei carácter novelesco im preso por Torres N aharro: segundo, que
mejoró notablem ente é hizo progresos muy apreciadles en la descripción de los caracteres,
bien que la mayor p arte de los vicios que censuró eran los de la gente valadí: tercero,
que introdujo la notable innovación de escribir las comedias en p r o s a , en lo cual no fué imi­
tado sino de muy pocos de sus sucesores: cuarto, que inventó la comedia de m ájia, lo que
seguram ente citamos como un hecho histórico, pero no como un a p arte de su elogio: quin­
to , que era escelente poeta, y que sabia pin tar y escribir en verso tan hien como en prosa:
sesto y últim o, que fué un padre de la le n g u a , prescindiendo de sus sales y gracias cómicas
y d é la viveza de su diálogo , por la pureza y corrección sostenida de su frase, por la verdad
de la espresion, que siempre se nota en ella, y por la arm onía y fluidez de su estilo; dotes en
que antecedió al inm ortal Cervantes, en tie m p o , no en m érito. Solo añadiremos en obse­
quio de la verdad, que Lope de R ueda, aunque mucho mas cauto y urbano que Torres N a-
h a rro , no siempre es ían limpio como la m oral y decoro exijen, Tal vez es obsceno y grose­
ro , no solo en las espresiones, sino también en el pensam iento; defectos de que poco á poco
se rué purgando nuestro te a tro , aunque nunca llegó á estarlo com pletamente hasta, el último
tercio del siglo X Y ÍÍI.» El autor así juzgado, el padre de nuestro te a tro , ese Lope de Rue­
da, no era mas que un simple artesano, batidor de oro, cuando, sin estudios de ningún
género , quizá sin entrever siquiera la misión que iba á desem peñar, soltó el m artillo y
abandonó el yunque, para formar una compañía cómica á cuyo frente recorriólas principales
poblaciones de España cogiendo grandes aplausos. ¡Ciertam ente es digno de observar como
aquel hombre del pueblo pasaría los dias congregando al pueblo p ara comunicarle sus pen­
sam ientos y recibir de él otros que pudiera fecundar en su cabeza de genio! Entonces se vio
lo que nunca ha vuelto á suceder; que el poeta y la sociedad, esos dos espejos ustorios que
se reflejan m utuam ente, se encontraron el uno frente al o tro , inmediatos y sin ningún
cuerpo intermedio que debilitase la enerjía de sus vibraciones. Así fué tan grande la p o p u ^
160 H1STOBIA DE ESPAÑA.
Iaridad de Lope y consiguió al m orir (probablemente en 1067) que el cabildo de Córdoba le
en terrase en lugar privilegiado entre los dos coros (1).
Despues de él el dram a y el arte hicieron rápidos progresos. Luis de M iranda hizo la
«Comedia pródiga» que M oratin juzga una de las mejores de nuestro teatro antiguo; Juan
de la Cueva inventó la comedia h istórica, introduciendo en la escena personages mas inte­
resantes que los que hasta entonces la habían ocupado, la animó con espectáculos de grande
efecto, como asaltos y batallas, aunque también contribuyó á em brollarlos, y dejó admitido el
uso de toda clase de metros en el dram a ( 2 ); y Cervantes nutrió de ideas el d ram a, que
hasta él habia sido lleno en la versificación, mas en el argum ento vacío: su arm onía al haga ba
el o ido, pero nada decía al entendim iento. Los titulas p o r si solos de sus obras dram áti­
cas revelan una m ira mas elevada que la que ordinariam ente inspiraba á sus contemporá­
neos. E n la trajedia de «Numancia» se halla entre otros un trozo que resp ira el mas acen­
drado patriotismo, amor á la libertad y mas disposiciones de las que se le han concedido para
la poesía y el te a tro , aun fuera de su género: es el discurso en que las num antinas reconvie­
nen á sus defensores porque tratan de abandonarlas:

¿Q ué p ensáis, varones claros?


¿Revolvéis aun todavía
E n la triste fantasía
De dejam os y ausentaros?
¿Quereis dejar p o rv en tu ra
A la rom ana arrogancia
.L asv írjen esd e Numancia
P ara mayor desventura?
¿Y á los libres hijos nuestros
Quereis esclavos dejallos?
¿No será mejor ahogallos
Con los propios brazos vuestros?

¡Hijos de estas tristes madres!


¿Q ué es esto? como no habíais
Y con lágrim as rogáis
Q ue no os dejen vuestros padres?
¿No basta que el ham bre insana
Os acabe con dolor
Sin espirar al rigor
De la aspereza romana?
Decidles que os engendraron
Libreá, y libres nacisteis;
Y qiíe vuestras m adres tristes
Tam bién libres os criaron;
Decidles que pues la suerte
N uestravá tan decaída,
Q u e, como os dieron la vida,
Asimismo os den la m uerte.
I Oh m uros de esta ciudad,
Si podéis, h ab lad , decid
Y mil veces repetid:
¡Numantinos, libertad!

Los «Tratos de Arjel» encierran una parte de la vida del autor y tuvieron la m ira polm -

( ) ) C oavieneobservar, dice op o rtunam ente el Sr. Z arate, tjue siglo j medio despues la F ra n c ia neg ab a s e p u ltu ra al g ran
poeta M oliere.—De Lope so eonsenran cu a tro com edias, sieto posos y dos c o lo q u io s, lodo en p r o s a : del g ra n n úm ero de
estos q u e hizo en T erso solo u n o h a llegado h a s ta nosotros. J u a n T im oneda, su a m ig o , reco sió a a u e lla s n ie ia s . y las
jjulilioíi en Valencia en 13G7.
( 3 ) Sus tragedias son: la G ran Sem iram ls, C ruel Casandra, A íü a furioso, In fe liz Marcela j E lisa Oírlo.
BE1NAD0 DE CARLOS II. 161
ca de sublevar la piedad de sus contemporáneos contra los berberiscos, cuyas pesadas cade­
nas arrastraban los cristianos cautivos (1).
De los progresos de la p arte m aterial dice Cervantes: «Sucedió á Lope de R ueda, N a-
lia r ro , n atural de T oledo, el cual fué famoso en bacer la figura de rufián cobarde. E ste le­
vantó algún tanto mas el adorno de comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y baúles.
Sacó la m úsica, que antes cantaba detrás de la m a n ta , al teatro público; quitó las barbas de
los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza; y hizo que todos
representasen ác u reñ a ra sa , sino e ra los que habian de rep resen tar los viejos ú otras figu­
ras que pidiesen m udanza de rostro. Inventó tram oyas, nubes, truenos y relám pagos, de­
safíos y batallas.» Rojas añade:

Y ya en este tiempo usaban


C antar romances y letras,
Y esto cantaban dos ciegos
N aturales de sus tierras:
Hacían cuatro jornadas,
T res entrem eses en ellas,
Y al fin con un bailecito
Ib a la gente contenta

Hacían versos hinchados,


Ya usaban sayos de tela,
De raso, de terciopelo,
Y algunos medias de seda:
Ya se hacían tres jornadas
Y echaban retos en ellas,
C antaban á dos y á tres,
Y representaban hem bras.

V estíanse en hábito de hombre,


Y bizarras y compuestas,
A represen tar saliau
Con cadenas de oro y perlas.
Sacábanse ya caballos
A los te a tro s , grandeza
N unca vista hasta este tiempo
Q ue no fo éla m enor de ellas.

Ya se construyeron por fin los corrales de Sevilla y M adrid, y todo anunciaba que el
teatro español, orijinal como el griego, iba á tom ar un gran d e vuelo, cuando el sombrío
despotismo de Felipe I I prohibió en 1598 la representación de com edias, que y a no volvie­
ron á ejecutarse hasta despues de su m uerte. P or fortuna esta acaeció bien p ro n to , y Lope
de V ega y Calderón pudieron derram ar sobre toda E uropa la viva luz de su colosal in­
genio.
Lope Félix de Vega Carpió nació en Madrid en 1S64. A los once años habia compuesto
ya algunas pequeñas piezas; pero su inquieta imaginación le llevó luego á buscar emocio­
nes y dramas en el gran teatro del mundo. Corrió la E uropa asistiendo como valiente sol­
dado á las batallas, y como secretario del duque de Alba á las luchas diplomáticas. Las
abandonó por contraer u n desgraciado casamiento, que le procuró un desafio y en él la
m uerte de su enemigo. Vuelto á su p atria y fallecida su esposa, se embarcó en la an u ad a
Invencible, que los vientos rechazaron de In g laterra. Contrajo poco despues segundas nup­
cias y disfrutó algún descanso; pero la m uerte de uno de sus dos hijos y la de su esposa
cubrieron de luto su corazon y se acojió al c la u stro , térm ino m uy común en aquellos
tiempos, de una vida turbulenta. Entonces fué cuando concentró todas las sensaciones y las

(1 ) Pocas son las com edias que se c o n s c m u do Cervantes, y las rep resen tad as con mas ap lauso fu cro u Los Traíús
de Argel, la Confusa j la tragedia de N u m a n d a ,
162 HISTORIA. DE ESPAÑA.
ideas que por espacio de trein ta años haliia recogido en el m u n d o , y las derramó en el
teatro. «Comparados con él todos los escritores de su tie m p o , quedaron pequeños y oscu­
recidos : sus obras se grangeaban la aprobación y el plauso g e n e ra l; avasalló de tal suerte
el teatro, que durante muchos años no se vio en los carteles mas nom bre que el s u y o ; y
b asta llegó el pueblo á llam ar de L ope todo lo que en cualquier género era singular y so­
bresaliente. Las gentes le seguían en las calles; los estranjeros le buscaban como un ob­
jeto estraordinavio, los monarcas paraban su atención k contem plarle y le adm itían á su
presencia para colmarle de honores; hasta los pontífices quisieron prem iar tan grande in­
genio, y Urbano Y1I le condecoró con el hábito de S. Ju an y le confirió el grado de doctor
en teología, enviándole el título con una carta m uy lisonjera escrita de su propio puño
Jam ás hubo escritor que recogiese con tal abundancia los la u re le s: se apuraron los dicta­
dos p ara prodigarle alabanzas: el pueblo le aclamó fé n ix de los ingenios, y el inm ortal Cer­
vantes le llamó moiwsfruo de la n a tu ra le z a .» E n efecto la historia del mundo no presenta
otro ejemplo de una fecundidad tan prodigiosa. «No hubo genero de poesía que no abra­
zase , desde el madrigal hasta la o d a , desde la égloga hasta la com edia, desde la novela
hasta la apopeya, todo lo recorrió, y en todo dejó señales de su privilegiado talento. Se
lee -en el prefacio de un libro impreso en 1004 , que á la edad de cuarenla y dos años pa­
saban de veinte y tres mil hojas los versos que hasta entonces habia hecho para el teatro-

D. A lo n so O rn o .

E n 1618 asegura él mismo que llegaban á ochocientas las comedias que llevaba compues­
ta s; y en 1620 á novecientas. Cuando en 1629 publicó la vigésima p arle de sus obras
dram áticas, decía que le quedaba todavía tiempo para escribir hasta mil y setecientas, Por
últim o en 1635 , año de su m u e rte , alirm an Perez de Monialvan y el sabio don Nicolás An­
tonio que ascendía á mil ochocientas el núm ero de sus comedias. Estas son en tres jorna­
das y e n verso; todas se representaron, y la m itad se im prim ieron. De ellas hubo mu­
chas que no le costaron mas que un día de trabajo, como él mismo lo asegura en estos
versos:
Y mas de ciento en horas veinte y cuatro
Pasaron de las Musas al teatro. · '

A estas rail ochocientas comedias hay que añadir cuatrocientos autos sacram entales y
un g ran núm ero de interm edios, muchos poemas épicos, didácticos y burlescos, epístolas,
REINADO DE CARLOS I I . 163
disertaciones, composiciones sueltas é infinidad de sonetos. Se h a calculado que en los se­
te n ta años de su vida, le tocan á cada dia ocho páginas, y casi todas ellas de poesía. Sus
escritos todos componen el núm ero de 133,000 páginas y 21 millones de versos.» E sta vez
la fortuna no desamparó al genio. «Sus riquezas no fueronm enores que su fam a; y vivia con
opulencia en la misma calle donde Cervantes murió cubierto de miseria. Si agasajado se vio
durante su vida, no fué menos honrado despues de haber fallecido. Su m uerte fué como un
luto general; y el entierro se verificó en público, con un a pompa y magnificencia sin igua­
les , siendo tanto el concurso de gentes de lo mas distinguido de M adrid, que entraba el
acompañamiento en S. Sebastian cuando aun no habia salido el cuerpo de casa, no obstante
ser larga la carrera.«
Despues de su m u erte, desvanecido el prestigio de su fabulosa fecundidad y con la apa­
rición de mejores poetas dram áticos, se exam inaron sus obras á la luz de los buenos princi—
cipios, y padeció mucho su reputación, basta el punto de desconocer dotes que la'naturaleza
le habia dado pródigam ente, como que sus defectos no consistieron en realidad sino en el abu­
so de esa riqueza. «AI ingenio g rande, audaz, em inentem ente español de V ega, dice el
señor don A gustín D u ran , estaba reservado com prender é inventar un sistema dramático
que fuese verdadera espresion de nuestras necesidades intelectuales y morales. Por inspi­
ración ó por sentimiento íntim o, quizá usas que por estudio, halló el drama esp añ o l; y
formándolo cou la quinfa esencia del carácter indígeno, le apropió además cuanto no era
incompatible cou ella y habíamos adquirido d élo s estraños. Cultivado el árbol de nuestra
poesía p opular, creció magníüco y robusto hasta las nubes, y sus vigorosas ram as asom­
braron la culta E uropa. Modelo fué de ella casi un siglo entero, y sus m ayores ingenios se
alim entaron de su sustancia para producir obras análogas en cuanto lo perm itía la diferen­
te índole de las naciones para quienes escribían. T no se c re a , y a lo hemos dicho, que Lope
se apartó voluntariam ente de las reglas clásicas por solo ap artarse de ellas; lo h iz o , si, por
crear otro sistem a mas instintivo á la verdad que razonado. No dejó á su pais desierto de
poesía nacional, ni produjo monstruos como los que le precedieron. El dram a popular y
grosero que existia antes que el suyo, también tomó una p arte m uy esencial en su nueva
creación, porque en él se bailaba el tipo característico del pueblo. Salió em pero d esú s m a­
nos libre de la bárbara corteza que lo cubría, salió adecuado á los progresos que se habían
verificado en la cultura social. ¿Qué diferencia enorm e no se n o ta, con efecto, en tre las sa­
les groseras y el lenguaje de las antiguas farsas, si se comparan con las gracias oportunas y
decentes de Lope? ¿Y qué diremos de la espresion noble y caballeresca de los amoríos intro­
ducidos en sus dramas? Esto es todo invención suya; no existía en las farsas, si bien ya se
hallaba connaturalizado en las costumbres c introducido en la sociedad por la lectura popu­
lar de los libros de caballería.» El teatro de Lope de Yoga es un a prueba del mas estenso y
sólido saber. vLa teología, la jurisprudencia, la filosofía, las bellas artes y basta las mas
mecánicas, todo lo abraza é l, nada le era estrano ni peregrino. Allí está consignada toda
la ciencia de su siglo y de su nación; allí sus usos y costum bres; allí su fé y creencias reli­
giosas; allí sus principios m orales y políticos; allí sus necesidades, gustos y placeres;
allí lo que contenia su originalidad; y allí, m ejor que en la historia, que respeta y adula á
los individuos, se pintaban con verdad en seres ideales atributos que constituían en tre el
pueblo la idea de lo bueno y de lo m alo, de lo útil y lo dañoso, y hasta el estravío que pro­
duce en los juicios humanos" la constitución social y la educación.» «El cielo habia reunido
en aquel hombre estraordinario el genio de muchos poetas ju n to s, prodigándole los tesoros
de la imaginación y de la mas rica fantasía, el don de inventar y de trazar cuadros infinita­
m ente variados; facilidad, soltura, elegancia, claridad, arm onía, todo en él se reú n e ; es
u ü m anantial que á todo basta y que jamás se agota. Su poesía es por lo general dulce y flui­
da como el agua de una fuente pu ra que sale sin tropiezo alguno; su espresion deja pocas
veces de ser clara, inteligible para todos y exenta de los defectos de culteranism o y mal
gusto que afearon á muchos escritores de su época y la siguiente; los argum entos de sus dra­
mas son variados y siem pre felices, á pesar de ser tantos y tan prontam ente concebidos; los
caracteres de sus personages, sino perfectos siem pre en la ejecución, bellos en la invención
y con rasgos adm irables que arreb atan ; el diálogo es fácil y anim ado; u n a galantería fina y
culta sobresale en é l, no ofendiendo nunca el decoro ; y por lo general descubre un a sensi­
bilidad viva y delicada que mueve é in teresa, sin que le falte á veces fuerza y sublimidad,
bien ’que estas últimas cualidades son en él las que menos sobresalen.»
T0310 iv. 23
164 HISTORIA DE ESPAKA.
Lope de Vega tuvo tam bién otros m éritos y otros defectos. Ajiles de él la literatu ra
exótica y la nacional, auuque hablando un mismo idiom a, existían separadas con caracteres
distintos y al parecer inconciliables. Los libros de cabal leríaTueron los prim eros q u e, arre­
batando el gusto general, prepararon su fusión, no consumada hasta Lope de Vega, quien
juntó en sí todos los raudales de la poesía. El hizo hablar á los interlocutores segtm su dife­
ren te caracter; al rey con m agostad, con autoridad al p a d re , con delicadeza y dignidad á la
dam a, con humildad al pobre. E n sus comedias jam ás se preve el desenlace. El por último,
hizo otra cosa que revela una m ira profundam ente encarnada y la mas filosófica que halla­
mos en sunum eroso y variado teatro. La m ujer se presenta en casi todas su.·; obras y e n mil
diferentes situaciones; pero siempre es un destello de herm osura y de virtud. La viveza de
sus impresiones y la te rn u ra de su coraron, el heroico valor que desplega en las grandes crisis
de su alma y la abnegación de que es capaz en el sacrilicio por el objeto que ad o ra , 110 han
sido pintadas jamás ni con mas verdad ni con m ayor convencimiento. Sus sentimientos ca­
ballerescos son los que le hacen decir en «El prem io del bien hablar»:

Es honrar á las m ujeres


D euda á que obligados nacen
Todos los hom bres de bien.

Pero no necesita profundizar en el análisis de sus obras dram áticas para hallar defectos en
su fábula como si fueran escritas sin p la n , obedeciendo únicamente al caprichoso vuelo de la
imaginación. Y esto era en efecto lo que le sucedía. Presenlábasele 1111 buen pensamiento y
acudía luego al papel para estenderlo: m ientras la inspiración le ilum inaba, el cuadro que
salía de bajo su pluma era b rillante, lleno de animación y de poesía; pero á medida que se
iba debilitando la ráfaga de la inspiración y que la imaginación se fatigaba, palidecían sus co­
lores y perdia la vis cómica. E ra u n torrente improvisado por una borrasca de verano que se
precipita por cualquier paraje y camina sin saber á donde, basta q u e, habiendo pasado la
n u b e , le falta caudal y desaparecía en la arena del prim er rem anso. Cuando ya repuesto vol­
vía á coger la paleta, trazaba o tra escena magnífica; pero en tre este cuadro y el anterior
ra ra vez había unidad. Así sus producciones, examinadas en detalles, son tan perfectas como
en su conjunto defectuosas. Tai vez de su inmenso repertorio no pueda señalarse un a como
modelo (1).
Pudiendo y debiendo llevar el teatro en su soberana omnipotencia hasta la perfección
que él mismo concebía, prefirió acomodarse á los usos que encontró, lisonjear sus preocu­
paciones y los caprichos del vulgo, renunciando de esta suerte a la sublime misión del poeta
dramático. «Es preciso, dice en uno de sus prólogos, que los extranjeros rep aren bien que
en España no se sujetan las comedias á las reglas del arte. Yo las he hecho tales como las he
encontrado, porque de otro modo no las hubieran entendido.» Y en su «Arte nuevo de ha­
cer comedias» añade:

No porque yo ignorase los preceptos


Gracias al D ios....
Mas porque al fin hallé que las comedias
Estaban en España en aquel tiempo,
No como sus prim eros inventores
Pensaron que en el muudo se escribieran,
Mas como las trataro n muchos bárbaros
Que enseñaron al vulgo á sus rudezas

( 1 ) E l señ o r Lista lia clasificado su s o b ras d ram áticas en ocho secciones: l . 1 Comedias ele co stu m b res, c j i la s cu a­
les aparece algo licencioso; 2 .a de in lrig a am orosa, llam a d as de capa· y espada , en la s q u e fue m as perfecto q u e en ios
dem as géneros; 5.* pastoriles, q u e erao la s de su predilección; .í,!' bcróicos ó de g ran d es sucesos verídicos ó verosí­
m iles; 5 .a ira jed ias, bien que él diese este nom bre ¡i la s com edias con luí q ue ttiviesuu u n Ousuulacc lastim oso; 0 /' m i
udógicas; 7.:x religiosas; y 8 ,il filosóficas, ideales ó m as bien m orales. L as comodina m as nom bradas s o n : E l anzuelo de
F enisa, Obras soji am ores y no buenas razones, ¡Si no v ie ra n (as m uyeres! Las flores de D on J u a n , La esclava de
ítig a la n , La m oza de cántaro, Q uerer s u p ro p ia desdicha, Los m ilagros del desprecio, E l castigo sin venganza.,
L a estrella de S evilla, E l prem io del bien hablar, P o r la p u e n te , J u a n a , E l m ejor alcalde el r e y , Lo cierto p a r lo
dudoso, E l perro del hortelano> L a dama melindrosa', L a belta m a l m aridada, A m a r U n saber á quien·, E l acero
de La ilu stre fregona. La hermosa fea, E l m ayor imposible, L a boba p a r a los otros y discreta p a r a í t .
REINADO DE Ca RLOS I I . 165
¥ así se introdujeron de tal modo
Q ue quien con a rte ahora las escribe
M uere sin fama y galardón...
Y erdad es que yo he escrito varias veces
Siguiendo el arte que conocen pocos;
Mas luego que salir por otra parte
Yeo los m onstruos de apariencias llenos
Adonde acude el vulgo y las m ujeres,
Que este triste ejercicio canonizan,
A aquel hábito bárbaro m e vuelvo;
Y cuando he de escribir una comedia
Encierro los preceptos con seis llaves,
Saco á Terencio y Planto de mi estudio
P ara que no m e den voces, que suele
D ar gritos la verdad en libros mudos,
Y escribo por el arte que inventaron
Los que el vulgar aplauso merecieron;
P orque como las paga el v u lg o , es justo
Hablarle en necio para darle gusto.

No puede hacerse u n uso mas deplorable del talento ni escarnio mayor de la concien—
ciencia, ¿Q u é es del poeta d ram ático , si en vez de corregir los vicios de la sociedad, no
solo los tolera sino que los alhaga? P ara el filósofo no es sino el mas miserable y perjudi­
cial de los aduladores. El Sr. M artínez de la llosa h a dicho m uy bien que su a rte de hacer
comedias parece mas bien escrita por un culpable p ara justificar sus escesos que por un
legislador para corregirlos.
No fué esto solo sino q u e , trastornadas las ideas de la v erdadera grandeza, los con­
tem poráneos y sucesores de Lope de "Vega no creyeron ten er m érito sino daban docenas
de comedias, y ú fin de que obtuviesen buena acogida se esm eraron en ad u lar, ó digamos
m ejor, en corrom per al pueblo. Aun los autores em inentes no acertaron á. em anciparse
sino á medias de las ideas que dejó sohre la escena. F r. Gabriel Tellez, que sin que se
sepa p o rq u é, tomó el pseudónimo de Tirso de M olina, le sobrepujó en vis cómica, en la
elocucion mas adecuada al teatro y en la propiedad de los caracteres; pero no mejoró la
desarreglada disposición de la fábula y quiso tam bién hacer alarde de fecundidad compo­
niendo tres cicutas comedias en catorce años. No se diferenció esencialmente de su modelo,
sino en la m anera de tratar á la m u je r, pues por lo común la que aparece en sus dram as
es in trig an te, liviana y sin pudor (1). Moreto tiene generalm ente suma gracia espontánea
y fácil naturalidad; era un gran pintor de caracteres, y en algunas piezas se presentó exac­
to conocedor d é la s pasiones hum anas y elevado en sus m iras. M erced á eslas perfecciones
varias lian resucitado en el teatro de nuestros dias con grande aplauso. Se le h a acusado
de p lag iario , y en efecto lo fu é , principalm ente de Lope de Y eg a; pero cotéjense por ejem­
plo su «Desden con el desden» y a El valiente y justiciero y rico hom bre de Alcalá» con
los «Milagros del desprecio» y «E l infanzón de Ille sc a s,» y se verá qué es lo que en
aquellas ha quedado del modelo. El plagio se reduce al pensam iento; y si en «La ocasion
hace al ladrón» lo hizo en realidad, de la «V illana de Vallecas» se sospecha que fuese
de acuerdo con Tirso para ver si la censura le daba la aprobación que le habia ne­
gado (2)
El brillo deslumbrador de Lope de Yega no perm itió ver entonces á otro em inente es­
critor dram ático, su p e rio rá é l, que tuvo, como Cervantes, la desgracia de po alcanzar sino
u na gloria postum a m uy tardía. Llamábase Ju an Ruiz de A larcon, nombre tan oscuro y
olvidado antes de 1846 que no se le halla en ninguna coleccion biográfica, y ni Scblegel,

( 1 ) Las piezas ríe su teatro que en n u estro s «lias h an r e m id o con m as fam a son: E l vergonzoso en· palacio, Como
han de ser los am igos, Palabras y p lu m a s t L a Villana de V a lh ca s, E l Castigo del P ensé qué» A m a r p o r razón
do estado* Por el tétano y el to rn o f flo hay peor sordo que el que no quiere o i r , La p rudencia cti Ja m u je r ,
La villa n a de la Sagra, P r iv a r contra su gusto t Don G il de las calzas v e r d e s . A m a r por arte m a y o r , M arta la
p ia d o sa , Atrcor y celos hacen discretos, P ruebas de am or y am istad. Citarem os ta m b ié n E l burlador de Sevilla
p o rq u e en ella ha creado esa fantástica figura de D. J u a n Tenorio que hoy es ya eu ro p ea i G il de Z arate,
( 3 ) Tam bién escribió mus de cin cu en ta co m ed ias.
166 HISTORIA DE ESPAKA.
n i Sism ondi, ni B ouíerw ek„ que se han ocupado m odernam ente del teatro esp añ o l, trib u ­
tan recuerdo alguno á su memoria. El olvido de n u estra época proviene del desden con
que le m iraron sus contem poráneos, y este desden fue obra de varias circunstancias. A lar-
con no era español, y esto bastaba para merecer el menosprecio de sus coetáneos; pero ade­
más había nacido en Cuzco, provincia de Méjico, y por lo tanto pesaba sobre él la preocu­
pación que consideraba á los criollos como u n a raza degradada: te n ia , en tre otras
deform idades, su cuerpo u n a enorme jo ro b a ; su carácter era o rijin a l; v su orgullo sin
m edida, habiendo llegado hasta el estremo de insultar atrozmente al público en uno de sus
prefacios. Esto bastaba ciertam ente para ser despreciado en una época y en un pueblo en
que dominaba el sentim iento del orgullo. Vino á E spaña en 1621 ó 2 2, y después de ha­
cerse licenciado, consiguió el lucrativo empleo de relator del real consejo de Indias. E nton­
ces fué cuando se dedicó á escribir sus comedías q u e, si le grangearon alguna estimación
del C onde-duque, también sublevó contra él á la envidia. Góngora, Q uevedo, Lope

F i\ G abriel Tullcz ( a ) T irso de Molina.

de V e g a , Tirso de Molina, M ontalvan, las prim eras celebridades de la córte lo abrum aron
á epigram as é insultos con motivo de la inm odesta relación que hizo de unas funciones en­
comendadas por aquel á su dirección. E n estas burlas lo que debió serle mas sensible es
que le acusasen de plagiario cuando lo eran con é l, hasta el punto de que el célebre Cor—
neílle al trasladar una de sus comedias al teatro fran cés, se la atribuyese á Lope de Vega.
F u é la «V erdad sospechosa,» que casi tradujo en su « M e n teu r,» no dudando llamarle «la
maravilla del te a tro , con la cual no había nada com parab le, ni en tre los antiguos ni entre
los modernos.» Con ella abrió en efecto la F rancia la brillante carrera de su gloria dram á­
tica. ftEl carácter sobresaliente de su ta le n to , dice Mr. Chasles, es el heroísmo del pensa­
miento , la m agnanim idad de la concepción. La esencia del genio español se halla, por
decirlo así, concentrada en sus d ram as; si tiene pocos rasgos ditirám bicos, si sus piezas
son con frecuencia irre g u la re s , también idealiza maravillosamente el honor, la abnegación,
el d e b e r, la lealtad feudal, el sacrificio de sí mismo á los o tro s , la fuerza del alma. Todo
el interés de sus obras consiste en e s o .» «E n la época en que vivia Alarcon el arte no h a -
.bia pervertido aun su objeto y faltado á su misión divina. El no idealiza el crim en; no
adorna ni encubre lo que es inm undo. Su vuelo se d irijia hacia el cielo, no hácia la tierra;
h ac ía la yida del alma y del pensam iento, no hácia el sepulcro y el abismo.» «La in s p ira -
BEiTíADO be Ca r l o s i i . 167
citm de Alarcon es la de C o rn eille, el heroísm o. E l dram a heroico h a pasado de E spaña á
F ran cia, de Francia á. Inglaterra y de In g laterra á Alemania. » A prim era vista adm ira
que composiciones de una versificación p a r a , sonora y n a tu ra l, m atizada de pensam ientos
profundos y enérjicos, encubriendo un plan bien meditado y un a idea filosófica, pasasen
desapercibidos. La razón' es que tales composiciones no pertenecían á aquella sociedad, se
adelantaban á su época propia. ¥ la prueba es q u e, representadas posteriorm ente, han
sido recibidas con aplauso. O tra desgracia de Alarcon fué el aparecer con Lope de Y ega y
que le sucediese el astro del teatro español, el inm ortal C alderón, el principe de los poetas
dramáticos españoles.
«L a A lem ania del siglo X IX se lia entusiasm ado por la poesía católica de los españoles!
por Calderón sobre todo. Los dos Sclilegel lo han comentado , y su comentario es un a au­
reola mas bien que un escolio ; los libreros de Leipsick y de Viena le han consagrado sus
prensas. Mauricio lletsch ha dibujado el retrato de este p o eta, colocado á la cabeza de sus
o b ras; cabeza grav e, magnífica por la homogeneidad y la delicadeza de los contornos;
de frente mas elevada que ancha, de m irada fija y preocupada, en actitud m editabunda;
cabeza que no está sin relaciones fisionómicas con ios retrato s de "William S h ak sp eare, ni
por la forma de la nariz y el gracioso óvalo del rostro con los bustos de Racine. P odría to­
mársele por un santo varón que ha pasado su vida en tre las cuatro paredes de un con­
vento de Toledo absorvido por la F lo r de los S a n to s ; atendiendo a su traje clerical, la
medalla devola suspendida del cuello, su aire beatífico y apacible, y sus grandes ojos
abiertos no sobre el mundo esterior sino m irando húcict a d e n tro , plegándose sobre el alma,
quizá le rehusaríais un lu g ar entre los hom bres de genio.»
Hay entre su vida y la de Lope de Vega ciertas relaciones de semejanza. Nació en Ma­
drid el año 1 6 0 0 , y á los trece ya compuso su prim era comedia, «El carro del cielo,» que fué
representada con grande aplauso. No obstante, algún tiem po despues de h aber concluido
sus estudios, em prendió la carrera de las arm as, y duran te diez años corrió la lta lia y Flan-
des cou nuestros ejércitos, adquiriendo en ellos fama de valiente. Pero fué m ayor su rep u ta­
ción de p o e ta , pues en medio de la agitación de los cam pam entos, siguió haciendo comedias,
cuyos elogios llegaron hasta Felipe IY , que lo llamó á la córte y lo ag ra ció , en tre otras
m ercedes, con el hábito de la orden de Santiago. Cuando esta tuvo orden de ir á Cataluña á
sofocar la revolución, fué vano todo el empeño del rey por reten erle á su lado: le encargó
con este objeto una comedia p a ra la función que debia celebrarse en el estanque del Retiro;
pero él despachó en ocho dias su «Certam en de am or y celos,.» y corrió á alistarse en la
com pañía del C onde-duque, en la cual perm aneció hasta la conclusión de las paces. E nton­
ces se dedicó de lleno al teatro y se hizo tam bién sacerdote. El vigor de su imaginación era
tal que á los ochenta y un años, poco antes de su m u erte, escribió su obra postum a «Hado
y divisa.»
Si 110 fué tan fecundo como Lope de Vega, no déjalo que escribió de eseitar la admiración.
Ciento nueve son las comedias b asta ahora im presas en la mejor edición (1) y au n faltán al­
gunas. La coleccion de sus autos sacram entales consta de setenta y d o s; pero á este número,
que son los que hizo p ara el ayuntam iento de M adrid, h ay que añadir quizá otro tanto de
los que hizo por encargo de las principales ciudades de E spaña. Se le atribuyen doscientas
loas divinas y h u m an as, cien sainetes no publicados, u n a relación de la entrada d é la r e in a -
m adre en M adrid, un largo discurso en octavas sobre los cuatro novísimos, dos apologías
de la pin tu ra y de la comedia y gran núm ero de sain etes, canciones, romances y otras com­
posiciones líricas que no han visto la luz pública. Sus d ra m a s, que son el título de su gloria,
se dividen en cuatro secciones: histórico-religiosos, com unmente históricos, mitológicos
ó fantásticos y de costumbres.
E n vida del autor no hubo mas que elogios p ara todas sus producciones y una especie de
adoracion, así entre los cortesanos como en el pueblo. E n nuestros dias se h an dividido los
críticos, y m ientras la filosofía religiosa de los alem anes pronuncia por boca de Schlegel el
mas elocuente apólogo, Sismondi ó sea la filosofía francesa del siglo X V III, no vé en Calde­
rón sino u n poeta exagerado, am anerado en los conceptos; que destruye el efecto de las
grandes situaciones con una poesía inoportuna y ridicula, y no sabe espresar una buena idea

(1 ) L a de Leipsick en 1850 p o r Keil. Al fin se h a pensado en tre n o sotros en p ag ar tam bién á tan g ran d e genio u n
trib u to digno de su m em oria, incluyendo en ta «B iblioteca de autores españoles» u n a coleccion m as com pleta q u a todas
las an terio res, hcclm 6 ilustrada por don Ju an E ugenio ílartzom busch: M adrid, 18-50.
168 MiSTÚKIA DE ÜSPiSíAi
con u na espresion sencilla y sublim e; qiie desfigura las costumbres é ignora ía historia; que
es, en fin , el digno representante de la vergonzosa época de Felipe IV y Carlos I I y el poe­
ta de la inquisición, de aquella inquisición feroz que inspiraba h o rro r á la religión que pro­
clam aba, por las pasiones que la anim aban, la moral que cultivaba y los medios sanguina­
rios con que la esparcía. H ay verdad en uno y otro juicio Si el poeta dramático no h a de ser
considerado mas que como un artífice de la imaginación ó cuando mas como un re tra tista de
su época, tiene razón Sehlegel: los dram as de Calderón ostentan u na versificación encantado­
ra , están bien m editados, tienen u n artificio m uy ingenioso, pues se anudan perfectam ente
las escenas y el interés va creciendo con su desenvolvim iento; hay imájenes atrevidas, aun­
que á veces sea demasiado incorrecto y oscuro; y algunos rasgos de te rn u ra , bien que raros
y em butidos en u n cúmulo de incidentes que enredan el arg u m e n to , ofuscan la vista y el
discurso del espectador, y ahogan al nacer las sensaciones en el corazón. Pero si el poeta es
algo m a s, si es el espejo inteligente de la época en que v iv e, si es el foco de todas las ema­
naciones sociales que una poderosa inteligencia purifica y refleja sobre la misma sociedad
haciéndolas pasar por el prism a de su brillante im aginación, si no aspira solo á deleitar sino
á corregir, si debe ser filósofo tanto como a rtista , Calderón merece las censuras de Sis—
mondi.
Los hombres de h o n o r, los caballeros de sus dram as son ó pedantes y fanfarrones ó pen­
dencieros y vengativos; la m ujer no es por lo común bajo su plum a mas que un alhago pér­
fido y una sentina cubierta de flores, no creyendo ni en la sinceridad de su am or ni en la
tern u ra d e s ú s afectos: su religión es supersticiosa y sa n g u in aria, hasta no reconocer otros
jueces de las acciones hum anas que á Dios y al confesor. Véanse ejemplos de algunos de
estos defectos.
¿No hay una ridicula exajeracion en este arranque de don G utierre en el médico de su
honra cuando aun no sospecha de su esposa sino que piensa en que pudiera llegar á sos­
p ech ar?
> . . . . que son celos ?
Atomos, ilusiones y desvelos ,
No mas que de una esclava, u n a criada,
P or som bra im aginada,
Con hechos inhum anos
A pedazos sacara con mis manos
E l corazon, y luego
Envuelto en sangre, desatado en fu eg o ,
E l corazon comiera'
A bocados, la sangre me b e b ie ra ,
Y el alm a le sacara
Y el alma ¡ vive D io s! despedazara,
Si capaz de dolor el alm a fuera.

Cuando en o tra pieza m uy nom brada el moro Tuzan i ju ra vengar la m uerte de su que­
rid a , cuya m uerte llo ra , no con lágrim as sino con palabras, lo hace con esta afectación:

V en g a ré, sino su m uerte,


A lo menos m i coraje;
P orque el fuego que lo vé ,
P orque el mundo que lo sa b e ,
P orque el viento que lo escu c h a,
L a fortuna que lo h a c e ,
El cielo que lo p e rm ite ,
H om bres, fie ra s, p e c e s, a v e s,
S o l, lu n a , estrellas y flo re s,
A g u a , fuego, tie rra y aire;
S e p a n , conozcan, p u b liq u e n ,
V ean, ad v iertan , alcan cen ,
Q ue hay en u n alarbe pecho,
E n u n corazon a la rb e ,
BE1NAD0 DE CARLOS II. 169
Amor despues de la m u e rte ,
P orque aun ella no se alabe
Q ue dividió su poder
Los dos m as finos amantes.

E n el иPurgatorio de S. P atricio» no se vé al cabo sino á, un criminal que comete sus


maldades creyendo en el juez suprem o, por lo cual el Santo vela sobre él y consigue al fin
su salvación. E n la « Devocion de la c r u z » , tan ponderada por su espíritu cristiano, tam­
bién se vé á un asesino que se salva porque tenia una grosera devocion á los signos e s te -
ñ o res de la religión y dejaba confesar á las víctimas al ir á malarias. Se concede al símbolo
una virtud que solo debe nacer de la fé.
Pero hé aquí porqué fueron tan populares sus comedias. «C alderón, dice muy bien
Mr. Chasles t es el hombre de genio de una гага y de u na fase social. Su dram a emana
esencialmente de la acción nacional; es el pensam iento nacional realizado y cambiado en
h ec h o ; pensamiento que cesa de ser comprensible á distancia de tiempos y de lugares. No
solo es Calderón el m edio-dia sino la fé. El nada tem e y de nada duda: tiene siem pre en­
cima de su cabeza u n cielo que se a b r e , ángeles que can tan , un sol de amor y de gloria que
espera á los elegidos. Calderón ha sido soldado y se lia hecho sacerdole. Escribe hoy un
dram a de terribles celos, algo mas espantoso que O thcllo, y m añana « La Exaltación de la
Cruz »; hoy el rey le encarga un m is te rio , u n aclo sa c ra m e n ta l , y m añana u na comedia de
capa y espada.» Calderón f u é , en efecto, la mas genuina espresion del sentimiento nacional,
viniéndose á reu n ir en él lodos sus vicios y todas sus virtudes. E n política, en religión, en
m o ra l, en literatu ra personifica enteram ente su época. «El v a lo r, dice el señor Z a ra te , de­
generaba en fanfarronería; el p u n d o n o r, en espíritu pendenciero ; la g a la n te ría , en atre­
vim iento; la lealtad, en servilism o; la religiosidad, en superstición ; el cuidado de la fama,
en tiranía dom éstica; la pom pa del le n g u a je , en altisonancia; el in g en io , en ridículo cul­
teranismo. » «Tan profundam ente grabado estaba en Calderón este carácter esencialmente
nacional, que en cada esce n a, en cada fra s e , en cada palabra se re v e la , imposibilitándole
do pintar nada que no fuese español. Vanamente recorre en sus numerosos dram as todas
las naciones, todas las épocas de la histo ria, todas las creen cias; vanam ente deja el mundo
real y se in terna en la fábula, ó en la región de las aleg o rías: siem pre es el m ism o; con él
ningún hecho, ningún héro e, tom a el colorido local; con él jamás se oye el lenguaje que
corresponde á sus personajes: así como tenia que prestarles á todos el habla castellana, cas­
tellanos los hacia en sus acciones, en sus ideas, en sus afectos. Rolo le queda en Calderón ¿
lodo lo extranjero los n o m b res, y aun á veces desfigurados: en lo demas todo tiene que
pasar bajó las horcas caudinasque su profunda nacionalidad impone á cuanto no es de su
patria. Nadie á su lado hallaba acceso como no fuese disfrazado con ropilla y ferre ru e lo .»
Y hé ahí tam bién porqué ha perdido Calderón su grande popu larid ad , y m ientras los
literatos se extasían contemplando sus dram as, el público no asiste ásu representación. ¿Q u é
interés puede inspirarle clases que han desaparecido, ideas que se lian condenado, senti­
m ientos que se han p erd id o , una sociedad en fin que y a no existe y que al contrario re­
pugna la sociedad viviente? Aquellos caballeros de arm adura y penacho flotante se han
desnudado de sus trajes y sus id eas; aquellas damas esclavas dentro de casa y fuera reinas
ya no se m iran á través de una celosía ó de u n espeso velo sino en la calle, en los psú
seos y con el rostro descubierto; aquellos vasallos humildes se han convertido en súbditos
que discuten la razón de su obediencia y saben revelarse contra la au to rid ad ; aquellos há­
bitos monacales se han empleado en forro de otros vestidos, y aquellos conventos co n v ertí-
dose en fábricas ó en plazas. El público español del siglo X IX solo iría al teatro de Calde­
rón á ver u n cem enterio.
Atiéndase sino á sus autos sa c ra m e n ta le s , esa especie de dram a peculiarm ente español,
que él m iraba como las obras de su predilección. ((Los autos sacramentales estaban parti­
cularm ente destinados á celebrar la fiesta del Corpus, y eran función que costeaban los ayun­
tamientos, principalm ente ei de M adrid que no la omitía ningún año, siendo tan obligada
como la procesion: si esta ocupaba la m añana de tan sagrado dia, aquellos eran la solem­
nidad de la ta rd e , formando, por decirlo a sí, p arte de la festividad religiosa con que el
nombre del Señor se celebraba. A unque im perfeclam enle, se semejaban los autos á los ju e­
gos escénicos de la antigüedad. Como estos, eran unas solemnidades religiosas; y como
170 HISTORIA DE ESPAÑA.
ellos tam bién, no se representaban en u n local cerrado y m ezquino, sino á la luz del dia
en las plazas públicas y ante una inm ensa m ultitud que los oia con santo respeto y devo­
ción fervorosa. Entram bas clases de espectáculos se costeaban por el gobierno; á entram bas
asistían por obligación las autoridades y m agistrados; y los reyes de E sp añ a, que no solían
concurrir públicamente á los teatros de M adrid, presenciaban siem pre debajo de dosel y
cercados de su córte la representación de los autos. No se veian, á Ja v erd ad , los magnífi­
cos anfiteatros y coliseos, ni el pomposo aparato q u e tanto realce daba á la representación
de las trajedias de Sófocles y E u ríp id e s; por el contrario, los medios de ejecución eran
harto m ezquinos, reduciéndose á cuatro m áquinas rodantes , llamadas c a r r o s , que se ar~

D . P e d ro C a ld e ró n d e la B a rc a.

rastraban por las calles y que reunidas en los parajes designados formaban un teatro im­
provisado. Como quiera que sea, el sentim iento religioso , los m isterios que representaban,
la mezcla de música, declamación y danza, en lo que tam bién se parecían á los espectáculos
antiguos; la presencia del rey y de los altos funcionarios, y el concurso del inmenso pueblo
que asistía, debía dar á estas representaciones una grandeza, un ínteres que no icnian
ciertam ente las comedias profanas reducidas á ejecutarse en innobles corrales.» Apenas
hubo escritor en aquellos dos siglos que no consagrase su plum a á este género de com­
posiciones ; pero, si se esceptuan las de C alderón, que se conservan y deben ser considera­
das como un momento histórico, todas han caido en un olvido , merecido por lo general.
E ran obra eselusiva de la imaginación, que personificaba en alegorías cuantas pasiones y
objetos queria hacer ju g ar: la div in id ad , la f é , el ju d aism o , la virtudes y los vicio s, la
tie rra ó el orbe en tero , la n a tu ra le z a , las ideas, la prim avera, en fin, todo. Bien se supone
lo que el vulgo entendería de esta metafísica alegórica; mas no por eso dejaba de asistir y
de elo g iar: bastaba que su objeto fuese la religión. Trasladarem os aquí un trozo del autor
« L a Vida es sueñ o ,» especie de parodia de la comedia del mismo títu lo , que elije el
Sr. Zarate para modelo de este género de literatu ra , que pertenece com pletam ente ¡i la
historia.
«El drama empieza en los prim eros días d é la creación. Los cuatro elem entos, T ierra,
F uego, Aire y A g u a, salen luchando asidos á una corona, pretendiendo cada uno llevár­
sela. Llegan el P a s to r , la S abiduría y el Amor. El Poder los se p a ra ; la Sabiduría les dá á
cada cual su p u e s to ; y el Amor los adorna con bellos atributos. C uentan despues la re b e -
r e in a d o d e Ca r l o s i i . 171

lion de los ángeles malos y la caída de Luzbel; añadiendo que quieren formar un nuevo ser
á quien dar el imperio del Universo que acaba de crearse; pero, receloso el Poder de
que con esta segunda criatura le suceda lo mismo que con la prim era, dice á los Ele­
m entos:
Hoy del damasceno campo
A u n hermoso alcazar rico,
Q ue, á oposicion de azul cielo,
Será verde paraíso,
Le tra s la d a ré ; y en él,
D espues que con mis ausilios
Le haya su luz ilustrado,
Le daré el raro prodigio
De la G racia por esposa.
Si procediera benigno,
A te n to , prudente y cuerdo,
Obedecedlo y servidlo,
D urando en su vasallage;
M as, si procediere altivo,
Soberbio é inobediente,
No le conozcáis dominio,
A rrojadle de vosotros,
P u e s , como el Amor h a dicho,
P u esta su su erte en sus manos,
El logro ó el desperdicio,
O por sí la h abrá ganado,
O por sí la hab ra perdido.
¿Juraislo así?
Los cuatro: Si Juram os.
T ie r r a : Y y o , en fé de que lo admito,
De los limos de la tierra
Con este polvo te sirvo
P a ra su formación.
Acda : Yo,
P a ra am asar ese limo,
Te daré el cristal.
A ir e : Yo luego,
Porque cobre el quebradizo
B arro en su m ateria forma,
Te daré el vital suspiro,
Q ue, hiriendo su faz, le anime.
F u e g o : Yo, aquel fuego negativo,
Q u e , con natural calor,
Siem pre le conservo vivo.
P o d e r : V e n id , p u e s , y al hom bre hagamos.»

Despues de la m uerte de Calderón ( 1 ) , que acaeció en 1 6 8 1 , no siendo menos senti­


da del pueblo y de los cortesanos que la de Lope de Y ega, á. quien igualó tam bién en la
fo rtu na, el teatro español, toda la lite ra tu ra , entró en u n a súbita decadencia. P uesto el sol,
sucedió el crepúsculo y u n a noche de dos siglos. Solis, el historiador de la conquista de
Méjico, hizo vanam ente algún esfuerzo p ara sostener la gloria de nuestro teatro. E n 1 6 4 4
se había, prohibido rep rese n tar á lo adelante «comedias de inventiva propia de los que las
h a c e n , sino de historias ó vidas de santos.» Y durante la m enor edad de Cárlos I I la re—
je n ta , probablem ente por consejo de N ith a rd , llegó A dar u n a orden escandalosa y sin

( \ ) La cougregacion a quo jvcrtcncc-ia f y ¿ l a cu a l dejó h eredera do sus b ie n e s , erijíó é s u m em oria ud m o n u m en to


q u e por espacio de siglo y m edio estuvo en la p a rro q u ia de S. S alvador de M adrid con u n re tra to p in tad o p o r don Ju a n
d e A lfaro. Guando esta p arro q u ia fu á d errib ad a, los huesos d el g ra n poeta d ram ático fu ero n tra slad ad o s con toda so ­
lem nidad en 1841 á la capilla del cem enterio de S. N icolás, donde hoy d is te n .
tosio iv. 24
172 HISTORIA DE ESPAÑA.
ejemplo en los anales de las naciones: «Mando que las comedias cesen enteram ente hasta
que el rey mi hijo tenga edad bastante para g ustar de ellas (1 ).» ¡E ntre tanto que no vea
el pueblo mas espectáculo que los autos de fé!
¿El genio de Calderón alumbró mas allá de nuestras fronteras? Es otro título de gloría
que nos ha quedado , sin que nadie ose ya d isp u tarlo , el haber fecundado el genio dram á­
tico de otras naciones. «La E spaña, dice Mr. Chasles, h a creado un dram a orjjinal mucho
antes que la Francia y la In g laterra. La Italia nos ha enseñado la disposición de las es­
cenas; los españoles no han pedido sino á sí mismos el a rte de la fábula y la fecundidad
de los incidentes que anim an á la «Celestina,» esta abuela de los dram as castellanos. Cuan­
do Hcywot hacia representar en In g laterra sus bufonerías sin in terés; cuando P arís no
tenia todavía mas que misterios y moralidades chavacanas en 1 S Í0 ; Lope de Rueda re ­
presentaba en las plazas públicas de M adrid verdaderas comedias con proberbios llenos de
sentido y de gracia. Desde el año 1310 Juan de la Encina y Torres Naliarro mezclan y
cruzan todos los incidentes de la vida real. T rascurre un siglo, y este drama, que tan bri­
llantem ente se ab re, prim er rayo del sol dram ático, adquiere una fecundidad lan viva
que la Europa entera se vé inundada por su calor. É l sum inistra asuntos á Italia, á la
F ran cia, á la Inglaterra. ¿Todas las naciones im itan lo que no tiene valor? Corneilie y
Shakespeare hubiesen refrescado y fortalecido su genio en un m anantial despreciable? Se­
guram ente que no.»
No se busquen las causas de la decadencia de la literatu ra sino en la inquisición y
el despotismo político, pues la depravación del gusto no fué sino el prim er efecto de esas
mismas causas. El genio poético, aprisionado en un pequeño círculo, rucia del cual estaban
las grandes espansiones, se vió obligado á fijar toda su atención en la p a rte artística, en e!
e stilo , en el artificio de las composiciones. Estándole todo p rohibido, fuerza era que em pica­
se toda su energía en lo único que se le perm itía, y hé aquí por qué espíritus fogosos é
imaginaciones ardientes se apoderaron del lenguage, y pretendiendo innovarlo, lo adultera­
ron y corrompieron. Si el genio hubiera podido estender sus alas, la poesía de los doctos, la
poesía eru d ita, se habría hecho popular, el lenguaje de Garcilaso y de H errera se habría
encarnado en la nación, y las aberraciones de Góngora y Gracian no hubieran tenido imi­
tadores desapareciendo instantáneam ente bajó los sarcasmos de la m ultitud. Seguro es que
si los poetas hubieran tenido por auditorio y por juez á un público num eroso, Quevedo y
Lope de Yega habrían triunfado del gongorism o en sus prim eros pasos.
Pero la inquisición, celosa de todo poder, temió no sin motivo á la ilustración y le cortó las
alas. La discusión habia producido los cismas en el seno de la iglesia, y esto hizo que se cre­
yese conveniente la ignorancia y se la considerase como el escudo de la religión. Se estable­
cióla censura, q u e , principiando por los libros de teología, acabó por com prender en p ro ­
vecho del trono y de la iglesia k todas las ciencias, la filosofía, el derecho, la política,
llegando hasta prohibir el estudio de la naturaleza. Se nom braron comisarios p ara recoger
todas las biblias hebreas ó griegas que tuvieran, aun los profesores de lenguas orientales;
fueron condenados Ala proscripción lodos los libros que tratasen de cualquiera religión que
no fuese la católica, apostólica, rom ana; se vedó la lectura de obras sim plem ente traducidas
ó anotadas por hereges ó calólicosde orthodoxiasospechosa; se prohibió por último la tra­
ducción de la Biblia á la lengua vulgar (2). Y así fué como los tratados de la »Oración ,» la
«Meditación», la «Devocion», y particularm ente la «Guia de pecadores» compuestos por
F r. Luis de G ranada y su traducción de la «Imitación de Jesucristo» sufrieron el yeto de
aquel tribunal suspicaz que veia enemigos en todas partes. El autor quiso defender la p u re ­
za de su fé, pero la inquisición no d iscu tía, menos aun con la ciencia, y no se le contestó.
Así fué como Bartolomé de las Casas, el abogado d ejo s indios, se vió acusado de sedicioso
por profesar opiniones opuestas á la doctrina de S. Pedro y S. Pablo acerca de la obedien­
cia que deben los súbditos a los rey es; como Pedro de L erm a se vió tildado de luterano, solo
porque aconsejaba á sus discípulos el estudio de los santos padres, sin seguir ciegamente la
autoridad del m aestro, á fin de desarrollar el gusto de la buena literatu ra eclesiástica; y
como F r. Luis de L eón, el poeta relijioso, íi protesto de una traducción del Cántico de los
Cánticos de Salomon, que no habia sido aun publicada sino confiada á algunos am igos, se

fi } V iarJoi.
{2) Llórente,
h e in á d g de garlos ii . 173
vio encerrado en la inquisición de Valladolid, víctima de un rival celoso del prestigio de su
enseñanza. Entonces fué cuando, despues de haber pasado cinco d io s de encierro en un ca­
labozo , privado de toda lu z , la de la sociedad, la de los libros y la del d ia , al volver á tom ar
posesion de su cátedra, aquel alma verdaderam ente evangélica anudó sus lecciones con es­
tas palabras de sublime generosidad: «Decíamos ayer.» H asta los libros que censuraban las
malas pasiones de los sacerdotes fueron también prohibidos, y el lazarillo de Tormes no
circuló siuo despues de haberlo sometido á u n expurgo que lo mutiló. No hubo inteligencia
superior que no llegase á ser abrum ada por la intolerancia de fanatismo: Fernando de T ala-
vera , prim er arzobispo de G ranada, y Juan de Avila, misioneros de la A ndalucía; el orienta­
lista Arias Montano (1); Luís de C adena, canciller de la universidad de A lcalá, que tuvo que
refujiarseen F rancia; la misma Santa T eresa de Jesús, aquel corazon henchido de tern u ra y
candidez.. «Cuando se recogieron, dice con am argura, tantos libros compuestos en lengua es­
pañola á fin de im pedir su lectu ra, m e aflíjí en estrem o porque habia muchos que eran para
mí un manantial de consuelos, y m e era imposible leer los que estaban en la tín : entonces fué
cuando el Señor me dijo: «No te in q u ie te s; yo te daré el libro de la vida.»
Las ciencias ex a ctas, que tauto habían florecido en tiempo de los á ra b e s, las m atem á­
ticas, la b o tá n ica, la m edicina, la física, la naturaleza en tera , como si ella fuese el origen
del ateísmo ó el prim ero de los herejes, quedó com prendida en el anatem a general contra la
ilustración. Así casi lodos los ingenieros que se necesitaban p a ra la s fortificaciones ó para los
proyectos de canalización se pedían á Italia, Flandes ó Alemania. La ciudadelade Amberes,
construida en 1568 lo fué por el italiano P acio tto : su com patriota Anlonelli trabajó en lti8 1
en la em presa de navegación del Tajo hasta T oledo, y en 86 fué enviado á revistar y repa­
ra r las defensas de Santo D om ingo, P uerto-R ico, C artag en a, Panam á y otros puntos im­
portantes de América (2 ). Pignatelli, Carduchi y M arteli, llamados por Felipe I II y F e­
lipe IV , italianos eran también. Los encargados de exam inar si el Guadalquivir se podía
navegar era flamenco. El último de aquellos reyes fundó en 162o unos estudios generales en
el colegio imperial de los jesuítas de M a d rid ; pero de las veinte y tres cátedras que se es­
tablecieron sedaba muy escaso lugar á l a enseñanza de las ciencias n atu rales, al paso que,
siguiendo el gusto de la época, se creaban aulas de siriaco , caldeo, hebreo, erudición, etc.
y no se esplicaba o tra política que la interpretación de Aristóteles ( 3).
No se crea por esto que allí donde se acum ularon las fuerzas todas del pensamiento , en
el sentimiento religioso, brillase la elocuencia del pulpito; nada de eso. E n tre la inmensa mu­
chedumbre de aquel clero ascético é intolerante, que tan poseído parece debiera estar de la
inspiración divina, no hubo un solo escritor que se elevara á la sublimidad de S. A gustín v
S. B ern a rd o , ni un solo orador que hiciese resonar en los templos de España la elocuente
palabra de los predicadores franceses del tiem po de Luis X IV . E l apóstol de A n d a lu c ía , el
venerable maestro Juan de Avila, era un orador espontáneo, fecundo y de grande im agina­
ción; pero sea porque tuviese que dirigir sus oraciones á gentes rudas ó porque careciese de
instrucción, es desaliñado, desigual, y jam ás desplega la magnificencia filosófica. F r. Luis
de G ranada no presenta un modelo perfecto en sus serm o n es, aunque resplandezca en todos
su fácil y elocuente dicción; y si en la «G uia de Pecadores » hay pensamientos su b lim es, y a
hem os dicho cuán ofendida se m ostró la iglesia de su atrevim iento filosófico y del de F r. Luis
de León. Santa Teresa fué sin duda una m ujer prodigiosa; pero su cabeza era su corazon, y
su ciencia era el am or que en él reb o sab a; su elocuencia la de la inspiración. A rrebataba
sin cuidarse de convencer, porque para ella la virtud y la filosofía de la religión era el
amor. Pudiera decirse que estalla realm ente enam orada del Señor. « Llorar con los que llo­
ra n , sufrir con los que su fre n , orar con todos y por to d o s, hé aquí lo que distingue el as­
cetismo de esta m ujer adm irab le, tan distinta en esto de los austeros moralistas. V ierte á
á par lágrim as y bálsamo consolador sobre los males de la h u m a n id ad , y presenta el cielo
por térm ino de ello s, como el puerto de salvación, la m orada ó castillo del alma. T an con­
movida se siente con cuautodice que no se encuentra en estado de elegir sus palab ras, ni
menos de ordenarlas artificiosam ente: en apoderándose ella de una id e a , se convierte ima­
gen p erpetua que esta presente á sus o jo s; sus meditaciones se transform an en v isio n es; y

( i ) niogruflu de M ariana, tomo I»


( l ) H errera :
( 5 ) Docmnuntos inéditos para la bístoriu de E spaña por Salva y Sainz de B a ra n d a : M adrid, tom o III.
174 H IST O R IA DE ESPA ÍÍÁ .

sin poder resistir al éxtasis que la enagena, se arroja llena de am or y confianza á los pies
del Criador (1). » Pero estas pocas antorchas brillaban en tre u n enjambre de casuistas, que
hicieron de la teología u n tejido de sutilezas y u n juego de palabras vacias de sentido. ¡Y
sin em bargo, los E sco b ar, los Molina y otros ergotistas adquirían grande celebridad mien­
tras i r . Luis de L eón, el de Cranada y otros escritores em inentes eran perseguidos por el
Santo tribunal!

S ania T eresa de Jesú s.

fié aquí algunos trozos del sermón predicado delante del rey en el auto general de fé
celebrado en 1680 , como m uestra del estado de las ideas y de la literatu ra relig io sa, y de
la dignidad del p u lp ito : « Ha de ser el r e y u n a generosa águila que tenga tan linces los ojos
p ara m irar al sol de justicia Jesucristo, como fuertes las garras p ara cazar sus contrarios-
H a de ser un esforzado y valeroso H ércules que sepa domar los m onstruos de la infidelidad
con la mano y sustentar el cielo de la fé y de la Iglesia sobre su coronada cabeza.» Hablando
de la bondad de Dios con los h o m b res, dice: «Y si esto es con todos, con Adarn, p rim era
copia de su belleza, empleó mas m anirroto sus perfecciones y d ád iv as.» Esplicando las dos
palabras que usa el Apocalipsi de S. Juan acerca de las heridas que sufrió el Señor, discurre
así: a tra n sftx eru n t dice herida penetrante, y lo fue tanto la de la lanzada que (como reveló
D iosa Santa Brígida) pasó de parte á parte el corazon; y pitpiíjeriMií dice unas picaduritas
pequeñas como se da tal vez con la ahuja labrando al almohadilla una d a m a ; herida tan li­
gera que con enjugar en el lienzo la s a n g re , queda re m e d ia d a .» Mofándose del Talmud,
dice á sus cre y e n te s: «el prem io que os prom ete por seg u ir vuestra falsa ley es un banquete
de u n p e z , que ha muchos años escamó D ios, y u n poco de vino que os guard a en su bo­
dega desde el principio del m undo {por lo menos será bien añ e jo ).» ((Intentáis vosotros cor­
re r con una paja por lanza (q u e no m outa una paja cuanto sabéis) contra los pechos vale­
rosos de los leones esforzados de la Ig lesia? Sois como los ju m e n to s, que con el estruendo
de sus desconcertadas voces intentan atem orizar y a te rra r, y poner en buida los gigantes de
la Iglesia y del o r b e .» «E ste santo trib u n a l, pretendiendo dar luz á los ojos de vuestro en­
tendim iento, para que conozcáis vuestros errores, prim ero os ha amonestado amoroso con
su misericordia, y ahora pretende sanaros con el am argo colirio del ca stig o ; que intentar
héiNado be CARLOS I). 175
q u e, porque la fé ha de se r libre no se ha de castigar la heregía, es lo mismo que decir que,
porque los hombres librem ente son ladrones, hechiceros y asesinos, d o se h an de castigar
los hurtos , hechicerías, y homicidios.» «Pone Dios, a ñ a d e , la espada en la mano á nuestros
reyes para degollar los enem igos de D io s, porque siempre el divino amor crece, y no se
contenta con reverenciar la fé su am ad a, sino que obliga á todos que por grado ó por fuerza
la a m e n , sigan y reverencien. ¡ Cuán lam entable abuso de la religión!»
El despotismo político no fué menos celoso é intolerante que el religioso, n i influyó tam ­
poco menos en la decadencia de la literatu ra. El canónigo Sepúlveda escribió en contra del
P . Las Casas una disertación acerca de la estension de los derechos de conquista sobre los in­
dios; y aunque los concedía todos al vencedor, «porque los mas torpes deben dejarse guiar
p o r los m as hábiles,» se le neg ó la licencia de im prim ir sus ideas por no creer conveniente se
derram asen en el público tales cuestiones. La impugnación del P. Las Casas, dada á la es­
tam pa en Sevilla, fué también m andada recoger. Cam panella, á quien no ha mucho hemos
citado por una memoria dirigida á Felipe I I proponiéndole remedios á la ruina de la monar­
quía española, que vaticinaba, fué despreciado y purgó su audacia en un largo encierro.
Antonio Perez tuvo su vida en peligro por las m em orias que publicó en el extranjero acerca
d eaq u el Tey. M ariana fué denunciado por la libertad con que en su historia hablaba de los
reyes, y sufrió u n año de encierro por atreverse á criticar la alteración de la moneda hecha por
el duque de Lerrna. La «Historia de la guerra contra los moriscos de Granada» fué prohibi­
da de orden de aquel re y , y no pudo im prim irse sino m utilada en los pasages que pare­
cieron mas atrevidos, cuarenta anos después de la m uerte de su autor, Hurtado de Mendo­
za. Meló fué mas perseguido por la suave censura que hizo de la tiranía con que el Conde-
duque trataba á los portugueses. Quevedo sufrió tam bién el enojo de los ministros. No
hubo, en fin escritor algo independiente á quien la lib e rta d del d e c ir . como se llamaba en­
tonces , no acarrease am argos sinsabores.
¿Qué podia ser la historia, qué podía ser la crítica política bajo tales condiciones? Por
mas que se llamen historias las escritas en la prim era m itad del siglo X V I no dejaron toda­
vía de ser crónicas minuciones y mal h ila d as, que se entretienen en referir acciones parti­
culares, sin dar apenas cabida á los grandes hechos ni em itir sobre ellos opiníon alguna. El
individualism o, que es el caracter distintivo de la crónica, se halla aun en esas historias,
cuya lectura cansa tam bién porque diluyen los hechos en un m ar de palabras. Las obras de
Sandóval, S epúlveda, O cam po, M orales, G arib ay , Z u rita, buenas p ara consulta porque la
narración suele ser verídica y detallada, están desprovistas de toda reflexión crítica y 110
preside en ellas ningún alto pensam iento filosófico. La historia con estos caracteres puede
decirse que no principia sino en la de la g u e rra contra los moriscos de G ranada por H urta­
do de Mendoza. E n ella hay narración y.juicio, descripciones animadas y pensamientos
profundes, estension de m iras. Por lo conciso y sentencioso de su estilo, se conoce que qui­
so im itar á Salustio, á quien en efecto se le compara , aunque sus sentencias sean á veces
pueriles y de oscuro sentido. C onsistirá tal vez en el tem or, que se en tre v e, de enojar á los
personages contemporáneos.
El mismo afan de im itar á los antiguos historiadores de Rom a y Grecia se nota en
M ariana, hasta el punto de escribir su obra en el idioma de Lacio. A n o so tro s, y a lo hemos
dicho (1), como historiador y como p o lítico , nos parece el escritor mas avanzado de su siglo,
sin que por eso le juzguemos exento de la influencia de su época.
Moneada, en su «Historia de laespedicion de catalanes y aragoneses» tiene u na dicción
mas castiza que Mendoza, porque traza periodos mas llenos y hay meaos articulaciones en su
estilo ; pero cuanto artísticam ente le aventaja lo pierde en la crítica. Los escritores que vi­
vieron en los reinados d élo s F e lip e sIII y IV y Cárlos I I desmerecieron de los anteriores
bajo los dos aspectos en que la historia debe ser considerada, filosófico y literario: C abrera
en la historia de Felipe I I ; Gil González Dávila en la de Felipe I I I ; Céspedes y Meneses en
la de Felipe I V ; Carlos Colonia en «Las guerras de los E stados-C ajos desde el año 1588
h asta el 1599»; Gonzalo de Iliescas en la historia pontifical; Antonio de H errera en la ge­
neral del mundo en tiempo de Felipe II y en la de las In d ias; Juan de la P u en te , Fonseca,
Malvezzi, Mendez Silva M oreli, todos se quedaron á g r a n distaucia de M ariana, contribu­
yendo esto á aum entar su celebridad.

(1 ) V. sil B io g ra fía , lo m o f.
17G HISTORiA DE ESPAÑA. '
Dos obras solamente lian merecido con justicia pasar á la p o sterid ad : es un a la historia
d é la revolución de Cataluña por M eló, que desgraciadam ente dejó á los principios, pues 110
comprende mas que los sucesos del prim er a ñ o , y es otra la de la conquista, poblacion y
progresos deN ueva-E spaña por Solis. A unque Meló nació en P o rtugal, su obra fué escrita
en castellano y ciertam ente en el castellano mas puro, armonioso y elegante. La belleza de sus
descripciones, la brillantez de sus discursos, la íluidez de su lenguage y mas aun lo atinado
de sus reflexiones y juicios hacen que sea auu hoy para nosotros la obra mas perfecta de este
género que se haya escrito en español, Solis despidió la últim a ráfaga de aquella gloria lite­
ra ria , que fué aun mas fugaz que la de las batallas. A unque haya en ella mas imaginación
de la que consiente la gravedad de la h isto ria, aunque el esceso de la cultura m uestre de­
masiado el artificio, aunque por ser conceptuoso peque á veces de afectado, sn obra es un
monumento de que la España debe envanecerse. V es tanto mas de adm irar cuanto en la
época en que él la com puso, bajoC árlos I f , lite ra tu ra , le n g u a, escritores, lodo habia des­
aparecido. Solis fué una luz salida ya de la oscuridad, y al ap ag arse, la noche volvió á rei­
nar h asta nuestros dias.
Escasas podían ser las producciones esclusivamenle políticas bajo un sistem a opresor y
suspicaz, avaro del dominio absoluto y celoso de toda censura. Las únicas que merezcan ser
citadas son las de Antonio Perez en la em igración, el tratado de la institución real por Ma­
rian a , que hemos juzgado en o tra parte (1} y las «Empresas políticas» de Saavedra Fajardo.
Las «Relaciones» de la vida del famoso secretario privado de Felipe II y los «Comentarios»
sobre este mismo libro contienen pinturas vivas, reflexiones patéticas, lecciones severas, y
su. lectura afectaría mas nuestro ánimo si estuvieran menos recargadas de erudición. La obra
de Saavedra, que puede m irarse como el prim er tratado de diplomacia escrito en Europa,
adolece del mismo defecto, porque en aquel tiempo era el mas sabio el que mas cosas agenas
sabia. «Se reduce á una serie de alegorías, representadas prim ero por medio de una em pre­
sa ó dibujo simbólico , y seguidas cada cual de su correspondiente discurso ó tratado acerca
de las virtudes y cualidades que deben resplandecer en el príncipe perfecto. Toda la historia
antigua y m oderna está apurada en este libro para presentar ejemplos y modelos de tales
v irtu d e s, y 110 hay escritor sagrado ni profano de que no saque el autor sentencias y conse­
jos, p ara dilucidar ó corroborar la doctrina que v ierten , reducida mas bien á máximas para
la práctica q u e á teorías sobre la organización de los estados E sta obra es un dechado p e r­
fecto de como se trataban en aquel tiempo las m aterias políticas.» Es en fin un tratado
de moral política para los príncipes escrito con elegancia y concision y nutrido de buenos
pensamientos. No se busque o tra cosa en los escritores públicos de aquella época; no se
busquen concepciones n u ev a s, ideas atrev id as, sistemas acabados; y , á cscepcion de Ma­
riana en el libro antes citad o , no se busque siquiera un a grande tendencia. R egularizar el
ejercicio del poder, sin examinar sus bases, sin investigar su derecho, era á lo mas que en­
tonces se aspiraba.
Otro género de escritores hubo en aquel fecundo período que nos atreveríam os á llamar
socialistas si p ara m erecer ese nombre bastara pretender corregir á la sociedad de los abu­
sos que la enervan y de los vicios que la corrom pen. Estos son mas especialmente los au­
tores de novelas picarescas y de costum bres: «El Lazarillo de T orm es», la « Vida del Gran
Tacaño» y casi .odas las obras alegóricas y satíricas de Quevedo, la «Vida y aventuras del es­
cudero Marcos de O bregon», la «Vida y hechos del picaro Guzman de A llarache», «El Dia­
blo Cojuelo» y sobre todas el «Don Quijote de la Mancha». Todas ellas encierran la crítica de
alguna clase, y quizá ningún otro género literario ha conseguido en E spaña triunfos ta n bri­
llantes. Se vieron desaparecer preocupación es, cambiar ideas y reform ar costum bres solo con
la lectura de algunos de esos libros que tan grande fama han adquirido en tre nosotros y en
Europa. La de la obra de Cervantes, lejos de dism inuir, dice muy bien el Sr. Zarate, ha cre­
cido con el tiempo y es h o y , así dentro como fuera de E sp añ a, mayor que nu n ca, con­
siderándose el Don Quijote en todas partes como un a de las obras mas grandes que
ha producido el entendim iento hum ano. Cervantes se h a puesto al lado de Homero
p ara ser etern o como él y para embelesar todavía mas á las generaciones. ¿Q u é obra
es esta q u e , sin reproducir sucesos de aquellos que mas pueden interesar á las nacio­
nes por estribar en ellos su grandeza y su g lo ria , teniendo solo por objeto criticar un

(1 ) Véase su b io g ra fía, tom o I.


REINADO DE CAELOS I I . 177
género de literatura que ha desaparecido, sin mas héroes que un loco y un grosero pa­
lurdo, ha pasado de obra de circunstancias á obra in m o rta l, y es hoy el libro, no solo de
España que le dió el ser, sino de todas las naciones que nos le envidian? ¿E n qué consiste
ese encanto , .ese poder que ejerce en cuantos le leen y que perm anece, aun despojado de
la rica vestidura que le presta un lenguaje seductor y armonioso? Consiste en que en n in­
g una obra ha derram ado la imaginación con mas abundancia sus inapreciables tesoros, y
cu ninguna se ostentan m as al propio tiempo las elevadas dotes de la razón mas cultivada.
El que busca una fábula ingeniosa é interesante la encuentra tan artificiosa, tan variada,
que jam ás se agotan las aventuras de toda clase, los lances sorprendentes, desde los sue­
ños estravagantes de una imaginación enferm a hasta los triviales sucesos de la vida priva­
da; el que anhela descripciones bellas, las halla á cada paso tales v tan varias que no
pueden inenos de embelesar por su exactitud y la valentía de! pincel con que están ejecu­
tadas; el que exije caracteres bien diseñados, adm ira mil de maño m aestra que denotan
profunda observación y conocimiento grande del corazon hum ano ; el que pide filosofía
la encuentra en todas las p áginas; el que necesita lecciones de m oral, de política, de lite­
ra tu ra , las tiene con profusion y de la mas sana doctrin a: el que quiere reir r ie ; el que
se complace en llo ra r, llo ra: no hay estado de la sociedad que no se encuentre descrito,
no hay condicion que no pueda aprovecharse de sus máximas. Las selvas y las ciudades
las chozas y los palacios, ios desiertos y las am enas cam piñas, los campos y los talleres,
todo se recorre, todo se vé con adm irable exactitud y con aquel realce que p resta la magia
del estilo. Hállase, en fin, el lector en un.inmenso panoram a donde se descubren á la vez
todas las cosas, todos los hom bres y todas las ideas.» Todas las naciones lian reconocido la
suprem acía de su genio y hoy se le trib u ta , aunque tard íam en te, un a ador