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BIBLIOTECA RELIGIOSA

novela b íb l ic a o r ig in a l

POR

ANTONIO DE PÁDUA.

MADRID.
IMPRENTA. DE DON CÁELOS FRONTAURA,
á eargo de Ä. Bernardiuo. Hileras, 4.

1867
ÍNDICE
DE LOS LIBROS Y CAPÍTULOS CONTENIDOS EN ESTA OBRA.

LIBRO PRIMERO.— V anidad y orgullo.—L — Un convite en casa de Mag­


dalena....................................................................... . . .1 1
I I La muerte de Cyr,. 20
II I Quién era el joven que ten aficionado se sintió á la presencia de
María..................................................................................................... 26
I V En donde María desconoce la autoridad de Lázaro su hermano. . SI
V En donde se dice el origen del nombre de Magdalena. . . . 31
V I Del castillo de Mágdalo ¡i Jerusalen................................................... 48
VI I El judío y el soldado romano............................................. .1 9
VOI....... Dos hermanos gem elos...........................................................................55
I X La sombra de un muerto. . . . . . . . . 61
...........X La voz de la conciencia.........................................................
X I Una s o r p r e s a . .............................................. ......... 11
XI I La estrella de la calle de Jehú.............................................................78
XII I Luchas eatfe el genio del bien j el génio del mal en el corazon de
Magdalena................................................................ ......... . , ,8 4
XI V De cóm o la corriente de las pasiones arrastra otra vez á Magdalena 89
X V Sahara y María......................................................................................... 95
XV I La v e n g a n z a , ................................................................................... 101
XV I I La voz misteriosa................................................................................... 108
X V III.... Ea donde ííucede lo que dijo la misteriosa voz. . . . . lis
XI X Donde Magdalena concierta un nuevo plan para salir de sus
dudas. .............................................................................................119
X ............ X El tocador de dos mujeres................ ........ 124
X X IV (1) Celos........................................................................................................... 4S9

(i; V iis e ft de erratas.


c a p ít u l o s. p a g in a s . '

LIBRO SEGUNDO.—El amor del mondo t el amor dei oblo,—I .— Luz


divina............................... ....... . . , . .135
I I La mujer adultera. . ................................................. ........ 140
II I El amor del corazon y el interés del mundo. . . . .146
I V La ley de Moisés para la mujer adúltera. . . . . . 150
V La buena doctrina......................................................... ........ .158
V I El perdón del arrepentido...................................................... ,. 163
VIL...... Misteriosas sensaciones del cor*zon de Magdalena, . . ;. 169
VIII...... Donde los celos y el amor propio herido vuelven áturbar la
mente y á exaltar el corazon de Magdalena..............................115
I X El Domingo de Ramos.. .· '·. . . , . . 180
........... X Recuerdos dulces........................... . . . .185
X I Donde Cayo Antonio teme que otro le ha ganado el amor de Mag­
dalena....................................... . . . , . .190
XI I Donde Magdalena explica á Cayo Antonio la naturaleza del nue­
vo amor que siente.......................................................... ........ 195
XII I Donde Magdalena se postra por vez primera á los piés de Jesús. 202
XI V El último festín de María Magdalena. . . . . . . . 207
XV . El poder de la v i r t u d ................................................. . . 212
XVI.....· El placer de la caridad......................................................... ........ 218
XVII..... La vuelta de Magdalena á. la casa paterna................................... 223
XVIII.... La vida activa y la vida contemplativa. . . . . . 280
XI X El enamorado................................. .............................................. 236
X........ X .·. Un buen d e s i g n i o . . ................................ ........ . 242
XX I En el huerto.......................................... ........ 248
XXI I Reconciliación. . , . . . . . . . . 253
XXIII... Un desengaño trae por lo general tras de sí un bien. . . . 259
XXIV..,. Donde se vé que los malos medios no deben emplearse ni aun
para buenos flnes. . ..........................................................264
XXV..... La resurrección de Lázaro............................ ........ . . . . 2T1!
XXVI.... Sahara llora su desgracia. ..........................................................284
XXYIL. Reconciliación. . . . . . ' . . .- - 291
XXVm . Temores................................................. . . . . .397
X X IX ... Celos. . . . . . ................................................. 8Ó8
XXX...... Los mercaderes. . . . . . . . . . . . 409(1)
XXXI.... El mercader agradecido............................... ........ • ^15 id-
XXXII.. La pasión de la avaricia y el sentimiento de la caridad. . . 321
XXXIII. Un encuentro casual......................................................................329
XXXIV. La raza de Judas........................................................................... 337
XXXV. . Magdalena en busca de Jesús. . . . . . . . 342
XXXVI. Audiencia de Pilatos...................................................................... 349

(i) Víase té d$ erratas.


CAPÍTULOS. PÁGINAS.

XXXVII Magdalena y Abdías en búeca de Jesús. 356


XXXVIII L u í . 962
X X X IX . Amor del alma. 368
X L ....... La conciencia. 373
El pacto de Judas.
X L I ........... 380
X L II..... El beso de Judas. 388
XLIII. .. La flagelación. 393
X LIV. .. El sueño de la mujer de Pilatos. . 404
X L V ..... Donde Pilatos se laya las manos. . '410
XLVI.... La muerte del justo. , 414
XLVII... Resurrección............................................... 419
XLVIII.. El espíritu de venganza. 430
XLIX.... Bautizo de Cayo Antonio. . 437
L.......... Despedida de Magdalena y Cayo Antonio. 445
L L ........ La venganza de Fasael. . . . 450
L l l.i..... Penitencia. . . . 454
PROLOGO.

Los libros santos e hisfcórico-sagrados ¿podrán ser objeto do la novela?


He aquí una pregunta que доз Iniciamos al leer l;is bellísimas páginas cío María.
Macdalkxa por Antonio de Pádua, y el curso de su lectura nos ha afirmado más y más
cu la idea que siempre hemos tenido respecto de este género de literatura.
Los modelos que nos hau dejado Chateaubriand en sus Mártires, el cardenal Wi.>
üoiiian en su Fabiola, el señor Oelioa en su magnífica traducción de María ó el alma
desterrada, el Agine y Bo&ifucio del erudito jó.ven señor Balbin, y o iras leyendas bí­
blicas, nos prueban, sin duda, que en las sagradas loteas y en los hechos históricos
de lit religión, tiene la humanidad una grande enseñanza para .ser conducida á toda
civilización y cultura que necesita una sociedad perfecta, cuyo tipo es la Iglesia
cristiana, con su moral evangélica por base, con su ley de amor por guia.
Las condiciones de la buena novela deben ser siempre una enseñanza moral que
haga interesante su objeto, y que en зпз descripciones, y en sus personajes, y en su
desenlace, so vea constantemente desarrollada una idea civilizadora, una idea santa
y moral, que combata con el vicio y haga triunfar la virtud.
¿Y dónde encontrará el literato un manantial fecundo é inagotable de verdad y de
moral? ¿Dónde un arsenal de poesía sublime, de hechos heroicos y de sabias lecciones
para conocer el cpcazan humano? ¿Dónde?... Kn los libros sagrados, en la historia do
la religión, cuyos abundantes cauces sirvieron á los Padres do la Iglesia, esos pro­
fundos filósofos del cristianismo, que para eternizar sus nombres, han tenido bas­
tante con sus obras, modelos de ciencia y de literatura.
En la Biblia se formaron los Agustinos, los Jerónimos, los Buenaventuras, los
Toinnses de Aquino, y tantos otros tan sabios como santos de imperecedera memo­
ria, En la Biblia se inspiraron nuestros eminentes poetas y nuestros más distingui­
dos escritores. 1л Biblia, en fin, es el depósito sagrado donde los poetas de cuarenta
siglos, dice un profundo orientalista, beben inspiración, sin que se agote ni amengüe
su caudal: y será siempre un puro é inagotable manantial, no solo del filósofo y del
moralista, sino que también el filológo, y el publicista, y el historiador, y todo 1 ш т-
ÍI
bre de ciencia encuentran siempre un no sé qué de divino que mueve el corazon,
enardece ol alma y hace conocer que sus páginas santas son inspiradas por Dios
como tundamento de todos los conocimientos humanos.
Oada verdad científica que se armoniza con algún texto bíblico, es una conquista
por la que la inteligencia se somete á la fé, sirviendo de escudo y garantía á la elu­
cubración del pensamiento. ¿Qué otra base más verdadera encontrará el ingenio hu­
mano en todos sus estudios? Si el novelista recoge los tesoros de la poesía sagrada y
se enriquece con las saludables máximas de la moral pura de la religión, y sin sepa­
rarse dala verdad histórica, logra unir lo útil á lo honesto, enlazando lo agradable y
lo bello con la abnegación y el sacriflcio, entonces, la novela, sobro ser una enseñan­
za que dirige el espíritu al heroísmo y á la virtud, conseguirá también que llegue á
formarse de olla un monumento de la literatura que más encarna en la juventud,
siempre ávida de escenas nuevas, cuyo interés conduce su espíritu y forma su cora-
zon, ó en las saludables máximas de una sana doctrina, ó en el libertinaje revolucio­
nario que socaba siempre los cimientos de la vida m oral y de la vida social.
El recreo y la instrucción son elementos que pueden combinarse muy bien para
desterrar de una vea esas novelas absurdas é inverosímiles, qué despiertan las pa­
siones, adelantan la malicia y avasallan la inocencia. Si alguna· vez avivan el deseo
de seguir el curso de una intriga y buscar el desenlace de la fábula y de la inventi­
va, bien pronto, también, producen impresiones desagradables y exageraciones, h i­
jas de la acalorada imaginación del novelista, que braman con la verdad de la histo­
ria y con la pureza de la moral.
De las manos se nos caen muchas novelas, que se publican Lín menoscabo de la
bella literatura y en descrédito de talentos é imaginaciones brillañtes, que pudieran
dar á sus creaciones un giro que sirviese á la religión y á las costumbres, en vez de
la frivolidad licenciosa que enseñan linas, y de las utopias antisociales á qlie condu­
cen otras, calcadas en el materialismo escéptico de los enciclopedistas y en las obs­
cenidades más groseras, que envenenan el alma y gastan el resorte moral á cuantos
prueban alimento tan nocivo, ¡Ojalá no experimentáramos en nuestra España la des­
graciada influencia que ejerce esta malhadada lectura!
Esas novelas fantásticas y terroríficas, nacidas de la escuela romántica, han p ro­
ducido bastantes veces la exaltaciony la turbación del juicio, hasta el punto de arre­
batar la vida á los seres desgraciadamente seducidos y arrastrados por escenas pin­
tadas sobre un fondo de pasiones exageradas, que arrastran á la enajenación y al
delirio. Afortunadamente, este género de lectura ha caido en el ridículo; mas tam­
poco podemos aceptar otra clase de novelas, que leídas con criterio, llegan á excitar
el fastidio y hasta el cansancio de leer páginas y páginas tan pesadas como incone­
xas, y muchas tan inmorales como inverosímiles ó inconvenientes.
No menos producen disgusto algunas llamadas históricas, en las que el novelista
no se cuida de la verdad, sino que truncando los tiempos y los hechos, y dando tor­
tura á la historia,.finge sucesos y crea personajes, é¿inventa situaciones, que muchas
veces hace hasta risible ol anacronismo que envuelven y las distancias que las se­
paran para sostener un enredo, que, como vulgarmente se dice, no tiene pies ni ca­
beza. Con tal de aumentar el número de entregas, no se repara en la unidad del pen­
samiento, ni en la verdad de los tiempos á que se refiere, ni en la exactitud de los
tipos que se presentan. ¿Se creerá, tal vez, probar en esto fecundidad de ingenio’
¿O acaso ostentar facundia y riqueza de imaginación? ¡Ah! ¡qué error! Montañas de
pedruscos apénas dan quilates de rico mineral.
Elprosaismo en la novela es también detestable, y por más que sobresalga afluen­
cia de imágenes sentimentales, llega por ñn esta lectura á agotar el alma por la pe­
sadez de su narración y la impropiedad en las descripciones, aglomerando digresio­
nes que concluyen por la saciedad y el fastidio.
Es verdad que el ocio y la curiosidad son hoy un estímulo poderoso para entre­
garse la juventud á la lectura de la novela; empero esto mismo debe servir de guia
lll
á nuestros novelistas, para excitaren el ánimo de sus lectores aiqor al' trabajo,
fuente inagotable de lsc riqueza, y respeto á la religión, fundamento de la moral.
. Por lo mismo que es la clase de lectura más generalizada, y acaso lo único que
leen muchas personas, señaladamente en la edad en que el vigor de las pasiones os­
curece la realidad de las cosas, es preciso apartar á la juventud del pernicioso gusto
de leer cuadros y escenas, novelescas, cuyo colorido.... ruboriza el rostro, pervierte la
inocencia, y manchando el alma, la enerva para la virtud y la aficiona á la frivolidad
y al abandono de la moral cristiana.
En la novela M a r í a M a g d a l e n a , encontramos, no solo un pensamiento altamente
moral, sino eminentemente religioso. Fundada en un hecho tan cierto como el Evan­
gelio (como que es el Evangelio mismo), en el que San Lucas dice: Una mujer pecado­
ra que haíiíi en la ciudad, cuando supo que Jesús estaba á la mesa del Fariseo, llevó un vaso
de alabastro lleno de ungüento, y poniéndose en, pos de él, comentó d regarle con lágrimas
lospiés, y los enjugada con los cabellos Se su cabeza, y le'íesala, los pies y los %ngia con el
“ungüento, etc.
El personaje que ha escogido el novelista Antonio de Pádua, es tan históricamen­
te verídico, como lo son aquellas divinas palabras que oyó la pecadora llena de fé:
“ «Perdonados le son sus muchos pecados, porque amó m ucho.... ¡T u fé te lia salvado!
Vete en paz.»
Este sólido fundamento de M a r í a M a g d a l e n a , revestido de todas las formas que
constituyen la novela, viene á ser, no solo una obra del arte que deleita, instruye y
moraliza, sino también, al presentar el sublime carácter del arrepentimiento, y la di­
ferencia entre el amor profano y el cambio del corazón .por el amor divino, conmueve
el alma y flja una máxima constante: «Solo el amor de Dios satisface.»
Este contraste de M a r í a M a g d a l e n a amando la sensualidad y despues amando la
virtud; esa transformación del alma, á impulsos de la gracia, se halla desempeñada
admirablemente, sin separarse en nada de la verdad histórica del E vangelio, y sin
descender tampoco la sublimidad del portentoso hecho de aquel Divino Salvador, que
no vino á buscar justos, sino pecadores.
Cuando nuestro adorable Jesús llama á las puertas del corazon más disipado, el
alma se conmueve y transforma, y ya no es el imperio de la carne el que domina.
Un nuevo género de afectos extasían el espíritu entregado todo en el amor puro de
su-Dios.
Con la unción más especial ha sabido Antonio de Pádua presentar en su novela
bíblica todo el carácter religioso, apareciendo María Magdalena un modelo de amor
divino en el prodigioso cambio que experimentó su alma hasta regar con sus lágri­
mas los sacratísimos piés de Nuestro Redentor adorable. A la vez tiene esta lectura
todo el encanto, en el aire y en las palabras, del original hebreo, imitando las figuras
y maneras de hablar, cuanto es posible el expresarlo en nuestra lengua, la que tanto
responde á la hebrea en muchas cosas.
Así vemos como muestra la reconvención del festín, donde Marta, hermana de
Magdalena, la dice: «Lázaro, tu hermano, se halla enfermo, y^le mata el dolor de la
disolución en que vives..,, María, hermana, en nombre de Dios, en nombre de nues­
tro padre, en nombre de Lázaro, tu hermano, abandona esta casa y sígueme. Soy
Marta, tu hermana, que te llama y te espera. Yen, María.»
En los diálogos se hallan muy bien caracterizados los modismos y giros del len­
guaje hebráico; pero donde más resalta el sabor oriental del· idioma y la propiedad
con que el autor nos hace recordar los tiempos y las costumbres judías, es cabal­
mente en los billetes ó pergaminos enrollados que. recibía Magdalena en medio de la
exaltación de su mundanal pasión por Cayo Antonio el Centurión. Su estilo, conciso
y punzante, excita los cel j mortifica el alma de Magdalena, cuando lee las líneas
escritas por Fasael:
«Vele el corazón que ama, si no quiere ser engañado.
.yPor que el engaño está oculto detrás de las nubes, que ocultan el sueno del amor,
¡V
«Y ncr confie la mujer porgue sea müy hermosa.
»Porque la hermosura de las mujeres, es como la de las estrellas de los
cielos.
»En donde una brilla mucho, aparece otra que brilla m ás....»
No es nuestro ánimo liacer un análisis de todas las bellezas de esta novela; cum - ,
pl$ tan solo á nuestro propósito dar una sucinta noticia de la leyenda bíblica, que
á más de suseonmovedoras'escenas y la riqueza de su poesía, lleva un objeto tan m o­
ral como religioso, presentando el coraaon de la mujer, que preso por el amor profa­
no, sufre todas las amarguras y todos los tormentos que traen consigo la agitación
de la conciencia, mientras cuando ama á su Dios son inefables las dulzuras dol alma;
y el contento y hasta el arrobamiento llegan á endiosar su espíritu, elevándolo has­
ta el cielo. El reino de Dios consiste en la justicia, en la paz j en la alegría que da
el Espíritu Santo.
Jamás María Magdalena habia experimentado el amor que da la paz al alma y la
alegría en el corazon, liasta que respondiendo al llamamiento de Jesús Nazareno, el
éxtasis la, arrebatay el deliquio la abrasa en et amor divino, ese vínculo misterioso,
que une la criatura al Criador y enlaza las cosas de la tierra con las del cielo. ¡Ali!
¡qué pálido y.qué sombrío aparece todo al alma amante de su Dios!
El novelista Antonio de Pádua ha sabido presentar con los más subidos colores la
transformación de la mujer pecadora en la penitente enamorada de su Dios, al verle
por vez primera predicando en el templo cuando en la forma de hombre viniera ¿ re­
dimir al mundo y fuera recibido por la gozosa muchedumbre' entre los cánticos del
Hossam. Está lleno de inspiración cuando describe la adorable persona del Divino
Maestro, y deja ver al Hombre Dios, que no podía confundirse con ningún sér hu­
mano.
....»Sus facciones, dice, que con ser de hombre no parecían humanas, e l brillo de
su mirada, que parecía formar alrededor de su limpia frente uña auréola de luz del
cielo.... su figura nobilísima, sin ser altiva, gallarda como ninguna, sin dejar de ser
humilde, majestuosa como no podía serlo la del rey más grande del mundo, y al
p a so modesta como la del mortal más pequeño.... al escuchar su voz, que apenas
hería los oídos, descendía recta al corazon....»
Nos complace sobremanera ver en esta produceion la espontaneidad del corazon
de su autor, que tan sin violencia da á sus personajes el verdadero carácter quedes
corresponde; el amor sensual y los movimientos de la gracia, estos encontrados
afectos del alma, están perfectamente descritos en las diversas situaciones de la pe­
cadora de Jerusalen.
Los afectos carnales conducen el espíritu á la sensualidad y al deleite, acompa­
ñados siempre del amor propio, de la vanidad y de las malas pasiones, mientras los
afectos que nacen de la gracia levántannos hasta Dios, como un don singularísimo
que da el Señor á sus escogidos. Muy conformes con esta doctrina se hallan también
la vida de Magdalena y el desenlace que le da el novelista, arreglado á su verídica
historia.
¡Ojalá estas desaliñadas líneas, que tan de buena fé le consagramos, le sirvan rie
estímulo para seguir el camino que ha emprendido en gloria de la moral y de la lite­
ratura española!
Madrid 24 de Agosto de 1867.

í)n . J osk PüLino V É spikoisA j


LIBRO PRIMERO,

VANIDAD Y ORGULLO.
pulosa eapibal Je la Judea.
la s calles y plazas de la gran ciudad, se hallaban, completa­
mente desiertas.
La claridad de la luna, rasgando la tenue gasa de las blancas
nulies que íi trechos cubrían el cielo , se quebraba en las toscas
piedras de los edificios, perdiéndose en la oscuridad de sus estre­
chas calles.
De las grandes ventanas abiertas en los pardos muros de las
casas, no salia un rayo de luz; nada interrumpía el silencio de la
noclie mas que el graznar de las aves nocturnas que revoloteaban
por encima de las azoteas, descendiendo de lo alto de los templos
f) elevándose de las murallas que rodeaban la poblacion.
Iba á dar la hora de la media noche.
Hácia el extremo norte de la ciudad, cruzaba una calle un
hombre, que, por el ruido de su armadura, daba á conocer que
era hombre de guerra.
MARÍA MAGDALENA.

En aquella época, en que la Palestina estaba dominada por el


cetro del emperador Tiberio, no liabia, ni podia haber, en .ladea,
más soldados que los romanos.
Soldado romano era, pues, el hombre, con el grado de centu­
rión·, esto es, jefe de una de las centurias que guarnecían ti Jeru-.
salen á las órdenes de su gobernador Pilatos.
Era de elevada estatura, de marcial y noble continente, forni­
do de cuerpo y tipo perfecto de aquella raza privilegiada y pode­
rosa, que templándose en el ardor de cien y cien combates, se
hizo bastante fuerte para ser dueña y señora del mundo, y que
al dormirse luego sobre sus laureles, se dejó avasallar por la mo­
licie y los placeres, perdiendo progresivamente su fuerza y pode­
río y llegando á ser el escarnio de los pueblos mismos que un
día subyugara.
E l guerrero llevaba alzada la visera del casco, dejando ver un
rostro varonil y hermoso,., al que prestaban ruda energía la recta
nariz y la mirada resuelta.
La calle desembocaba en una gran plaza.
En uno de sus ángulos, se destacaba sobre los demás edificios
uno de mayores proporciones, cuyo aspecto participaba á la vez
del carácter de palacio y de castillo.
La puerta estaba abierta de par en par. Por el balcón único de
la fachada principal salía un torrente de luz, y el patio se veia
.asimismo iluminado por los resplandores de las grandes galerías
interiores que sobre él caian.
El soldado atravesó la plaza y entró en el palacio.
El salón principal, ricamente adornado, resplandecía como un
ascua de oro, multiplicándose el efecto de las luces al reflejar en
los dorados del techo y de las columnas y en Las bruñidas plan­
chas de metal, espejos de la época, que cubrían la mitad de las
paredes.
Canastillos y ramos de ñores, distribuidos con delicado gusto,
embellecían el salón, mezclando su aroma con él perfume de las
más ricas esencias de Oriente, puestas en bien labrados vasos de
MARIA MAGDALENA. lo

alabastro. La del nardo, que era la más costosa y se distinguía en­


tre todas, indicaba que el lujo y la esplendidez presidian á la fies­
ta preparada en aquella inorada del placer y de la sensualidad.
E n media de la estancia había una mesa cubierta de exquisi­
tos manjares y ricos v in os, y adornada asimismo de ramos de
flores.
Rodeaba la mesa un cómodo tridhieo'tapizado de rica tela de
vistosos colores.
Tanta magnificencia dejó deslumbrado al soldado romano cuan­
do apareció' en la puerta del salón.
Había en él como unas doce personas, entre hombres y mujeres.
Los hombres pertenecían á familias distinguidas de la ciudad.
Las mujeres brillaban más por sn belleza que por su clase.
Entre ellas sobresalía la dueña de la casa, como una reina en­
tre las damas de su córte.
Descollaba sobre todas, no solo por la riqueza de su traje, sino
que más bien por su peregrina hermosura.
Yestia una riquísima túnica de púrpura recamada de oro, sin
mangas., corta hasta el tobillo, y ceñida á la cintura por un cín-
gu io cuajado de piedras preciosas. Sus brazos desnudos eran de una
morbidez' y dibujo admirables; su pió, diminuto y rosado, esta­
ba también desnudo, cubierta , sola la punta por la breve sanda­
lia·, cuya cinta cruzaba hasta cuatro dedos encima del tobillo; el
cabello, rubio como el oro y más fino que la seda, iba recogido en
gruesas trenzas, coronando la cabeza y entrelazado con estrellitas
de rubíes; sus hombros, blancos como el mármol, contrastaban ma­
ravillosamente con el vivo color escarlata de la túnica; su cuello,
que era el cuello del cisne, lucia una sarta de limpias perlas1, mé-
nos hermosas que los dientes de su pequeña boca, y de oriente
ménos brillante que el blanco de sus grandes ojos, cuya pupila
se movia con la viveza de un alma inquieta y anhelante de pla­
cer, ó se ocultaba lánguidamente bajo el párpado superior, con el
desmayo de un corazon que se aduerme acariciado por las suaves
auras del amor.
u MAñÍA MAGDALENA,

Aquella m ujer tan hermosa, im ágen verdadera del* fausto, de


4
la vanidad y de todas las pasiones y placeres del mundo, se lla­
maba María Magdalena.
Cuando el centurión apareció en la puerta, los ojos de Magda­
lena irradiaron de alegría.. ’ -
Pero'súbitamente los cubrió el velo de la cólera.
E l centurión se adelantó, saludó cortésmente á las mujeres y
á los hombres, y en seguida fué al lado de Magdalena, que al verle
se retiró al balcón.
•—¿Qué tienes, Magdalena? ¿Por qué me recibes así? ¿Qué te
hice yo para que huyas mi presencia, retirándote á este sitio apé-
nas me viste entrar? ¿Para esto, para recibir tus desdenes, me has
invitado esta noche· á tu casa?
Magdalena oyó al guerrero sin desplegar los labios ni mover
la cabeza, que tenia asomada á la plaza; y cuando el soldado hubo
concluido, le dijo:
•— ¿Sabes que es ya la media noche?
— Lo sabía.
— ¿Por qué has venido tan tarde?·

— Porque el gobernador me ha tenido con él hasta hace un
instante.
-—¿No has estado en la calle de Jehú?
— ¿En la calle de Jehú?
■— ¿No sabes quién vive allí?

— Yo no paso nunca por .aquella calle.
— En ella vivia antes un hom bre,— prosiguió Magdalena,— que
murió atravesado el corazon por tu acero.
— É l me provocó.
— Te provocó porque me amaba y supo que yo te amaba á tí.
— Es cierto.
— Hoy vive en esa misma calle-una m ujer....
El guerrero hizo un movimiento imperceptible. .
-—Y esa mujer se está poniendo h oy en el mismo lugar de aquel
hombre....
MARÍA MAGDALENA. 15

A l pronunciar estas palabras,-los ojos de Magdalena lanzaron


un rayo de terrible cólera.
— No te. entiendo,— profirió el centurión.
• — Yo me explicaré para darme á entender del todo. Quiero decir,
que esa mujer te ama.
— Magdalena....
— Que tú la aínas también.
■ — ¡Magdalena!
— ¡Oh, sí! Y yo haré con ella, que te ama á tí, lo que tú hiciste
con Roboam, que á mí me amaba.
E l rostro de Magdalena tenia la última expresión de la ira.
E l centurión la contempló casi con espanto, porque temió un
daño positivo contra la mujer que era objeto de celos tan arreba­
tados.
Magdalena leía en el pensamiento del centurión.
— ¿Conque no has estado á verla?— le preguntó.

— Nó.
— Pues esta noche la verás.·
— ¿Esta noche?
— Sí. ¿Qué te admira? Yo la he invitado.'Mira, allí viene. ■
•Magdalena extendió la mano señalando un ángulo de la plaza.
Do aquel lado venían una mujer y u n hombre. -
— ¿Conoces al hombre que la acompaña?
— Nó.
— Es el hombre que la ama.
El centurión se estremeció.
— ¡Te has estremecido! Le odias como odiabas á Roboam, por­
que entonces me amabas á mí mucho, y no podías sufrir que nadie
me amase. H oy sientes el odio mismo por ese hombre, porque sien-
tes el mismo amor por esa mujer.
Los ojos de Magdalena volvieron á arrojar chispas de enojo.
En la fisonomía del centurión se pintó el disgusto por las re­
convenciones que oía, y tal vez la primera señal del cansancio de
un amor va satisfecho.
V i
■11} MARÍA MAGDALENA.

La pareja que cruzaba la plaza liabia entrado ya en la casa.


En la puerta del salón apareció la mujer, seguida del hombre
que con ella venía.
Se llamaba Sara; era joven de diez y ocho años, y su tipo, de
perfecta raza judía, admirable por la pureza de las líneas y la dul­
ce expresión del semblante.
Grandes, negros y melancólicos los ojos, lisa y tersa la frente,
delgados los labios, moreno claro el color del rostro: he aquí el tipo
de Sara,· que hacía más bello el' tinte de dulzura y de bondad que
velaba su fisonomía.
’ Sin embargo, bajo aquel, aspecto candoroso ó inocente, sé ocul­
taba un alma apasionada y un. corazon capaz del último grado del
sentimiento.
La hermosura de Sara contrastaba abiertamente con la belleza
de Magdalena, y esta circunstancia cautivó acaso el ánimo del
centurión.
Ninguno faltaba ya de los invitados á la fiesta, y Magdalena
dispuso que se empezara el festín.
Todos fueron- acercándose á la mesa, subiéndose al triclíncQ, y
recostándose en los blandos cogines que habia colocados al borde
del tablado.
La cena em pezó’
En el momento de escanciar el primer jarro del v in o , rompió la
música de doce harpas que hábiles manos pulsaban en una sala inm e­
diata, separada de la del festín por un cortinaje de riquísima tela que
permitía el paso á las armonías del dulce instrumento de David.
A medida que el festín adelantaba y se apuraba el vino, se iba
perdiendo el respeto al rubor; las voces descompasadas sucedían al
tono más tranquilo de la conversación; las sonrisas eran carcajadas
y la confianza entre los convidados se trocaba en licenciosa li­
bertad.
El centurión, que al principio de la cena se recataba, de mirar
con frecuencia á Sara, tenia va en ella fijos los chispeantes ojos,
y Magdalena, que la habia invitado con el objeto de ver claro lo
, Ir fccrraan.i, q\te te 11лinn y le es^er». V i;n, Muría.
47 MARÍA. MAGDALENA.

que su corazon sospechaba, sentía dentro del alma un infierno de


celos y de ira.
Sara volvía también m uy frecuente al centurión sus bellí­
simos ojos, pero no con la espresion melancólica que ordinaria­
mente teman, sino con la mirada ardiente de una pasión volcáni­
ca, abrasadora. -
El centurión cogió, una fruta y la presentó á Sara,
■ Magdalena, al ver esto, se agitó convulsivamente, haciendo
temblar las tablas del triclíneo, é hizo un movimiento para levan­
tarse.
Pero detuvo su impulso la aparición de una figura que de im­
proviso se presentó en la sala.
Era una mujer vestida modestamente con una túnica de color
oscuro y un manto con el cual se cubría todo el rostro.
A su presencia quedó un momento suspendida la orgía.
La mujer echó el manto á la espalda, y descubierto el rostro,
habló en estos términos, dirigiendo la voz á Magdalena:
—-María, hermana, Lázaro tu hermano se halla enfermo, y le
mata el dolor de la disolución en que viv es; tu padre Cyr sufre
en la otra vida por la que tú aquí estás haciendo, contraria á la
que manda Dios y á la que nuestros padres _nos han enseñado.
María, hermana, en nombre de Dios, en nombre de nuestros pa­
dres, en nombre de Lázaro tu hermano, abandona esta casa y sí­
guem e: Soy Marta, tu hermana, que te llama y te espera. Ven,
María.
Una carcajada general siguió á estas palabras de Marta.
Magdalena contestó á su hermana con un ademan que indica­
ba la molestia que su presencia le causaba en aquella ocasion.
Marta dijo entonces:
— Señor, Dios, apiádate y toca el corazon de María.
Y cubriéndose otra vez con el manto, salió de la estancia.
Magdalena no podía resistir la presencia de Sara y el cen­
turión en la mesa, y se levantó y fué al balcón, llamando á su
amante.
18 MARÍA MAGDALENA.

E l festín continuó sin interrumpirse, y subiendo de pnnto la


algazara.
Magdalena desahogaba en tanto los celos que la devoraban,
reprochando al centurión su engaño y su falsía.
El centurión tenia un carácter con el que se avenía poco la
mentira.
No confesó abiertamente á Magdalena que amase & Sara,
pero no supo negárselo.
Calló, y su silencio fué para Magdalena la última confirma­
ción de su desgracia.
Entónces el enojo, y los celos, y la vanidad, y el amor pro­
pio de mujer, heridos en lo más vivo, rompieron la última valla
y se desbordaron en u n torrente de denuestos al centurión. Sus
manos rasgaron su vestido, deshicieron las trenzas de sus cabe­
llos, que inundaron su preciosa espalda, y mióntras los labios
podían apénas dar salida á los reproches, vertían los ojos lágri­
mas de fuego, salidas del fondo del corazon abrasado.
Las voces y las carcajadas de los convidados, se mezclaban con
los dolorosos suspiros del alma de Magdalena.
Dé pronto suspendió María la palabra para mirar á la plaza.
Una figura cruzaba silenciosamente por entre las sombras, dejan­
do á su paso un rastro de claridad, como la blanquecina estela que
deja en pos de sí la nave en una velada noche de estío.
La figura se detuvo en medio de la plaza.
El rayo de la luna rasgó entónces las nubes que cubrían el
cielo, ilum inándola de lleno á l a vista de María.
Esta quedó estática, sin movimiento, suspendidos el corazon y
la mente, y fijos los encantados ojos en la misteriosa visión.
La figura, que semejaba la de un hombre, escuchó un instante
la gritería del festín, dirigió una mirada triste y lastimera á la casa
de Magdalena, y luego elevó los ojos al cielo, como suplicando al
Señor por aquellos hombres y mujeres que se creían tan dichosos^
- Magdalena, desde el balcón, vid claramente y comprendió todo
esto.
MARÍA MAGDALENA. 19

Cayo Antonio, al ver sn inmovilidad y ensimismamiento, la


llamó.
— ¡Magdalena!
Esta no respondió.
— ¡Magdalena!— repitió el centurión, cogiéndola una mano.
Pero al tocarla, retiró la suya estremecido.
Magdalena estaba rígida y fría, y su mano pareció á Cayo
Antonio la de una estátua de mármol.
— ¡Magdalena!— volvió á exclamar Cayo Antonio.
Ella no le contestó, porque no le oia.
Sus sentidos, su alma, su corazon, todo quedó en ella suspen­
so y encadenado por un poder misterioso que partía de la visión
que se ofrecía á sus ojos, atrayendo y dominando todo su sér.
Las nubes volvieron á privar la luz de la luna.
La figura de la plaza desapareció.
A l cabo de un rato, Magdalena volvió en sí como si despertara
de un sueño.
El festín continuó basta que las fuerzas abandonaron á los con­
vidados, dejándoles rendidos y aletargados sobre el triclíneo.
CAPÍTULO II.

La muerte de Cyr,

El sol está próximo á trasponer las montañas que circuyen la-


zona de Jerusalen.
Es una tarde de Otoño, y la tibia luz del astro rey baña me­
lancólicamente la cubierta de las casas, y presta un color amari­
llento al.verde bajo de los árboles, que van desprendiéndose de
su alegre vestidura del verano para tomar la desnuda y fria ima­
gen del invierno.
Por la puerta que conduce al lugar de Betania, distante tres
cuartos de legua de la ciudad, salen en grupo varios hombres y
mujeres, pertenecientes á familias acomodadas y distinguidas de
Jerusalen.
Se dirigen á Betania.
La tristeza que se nota en sus semblantes indica que les con­
duce á la aldea un motivo doloroso.
Así es en efecto.
Van para acompañar al sepulcro los restos mortales de un hom­
bre que ha entregado su alma á Dios en la mañana de aquel dia.
La calidad de las personas que van á tributarle esta última
honra, indica que el muerto no pertenece á la clase vulgar; el
MARÍA MAGDALENA. 21

pesar que revelan las fisonomías de todos, demuestra que mereció


on su vida cariño y respeto.
Los que van á formar su fúnebre cortejo se detienen delante
de una casa, la mejor de la aldea.
En la pieza principal de la misma se halla el cadáver, envuel­
to en una sábana blanca como el ampo de la nieve.
Alrededor del cadáver están llorando desconsolados una mujer,
dos niñas de quince y diez y seis años y un joven de veinte.
Son la viuda y los hijos del que acaba de fallecer.
Su nombre es Cyr.
La calidad de su sangre es distinguida, su fortuna grande; sus
virtudes más distinguidas aiin que su sangre y más grandes que
su fortuna.
Por su calidad y su' riqueza habia sido Cyr un hombre que ha­
bía desempeñado importantes cargos en los asuntos de interés de
la provincia; por sus virtudes y extremada bondad, el objeto del
cariño de sus amigos y de la veneración y respeto de cuantos le co­
nocían, aunque no le tratasen.
Su casa era un modelo de recogimiento y de buenas costum­

bres.
Sus grandes medios de fortuna no habían alterado nunca con
el espíritu de la vanidad que suele acompañar siempre á la rique­
za, ni la humildad, ni la modestia, -ni la mansedumbre de Cyr.
Estas virtudes eran las que este padre de familia habia procu­
rado imprimir constantemente en el corazon de su m ujer y de sus
hijos, y las que resplandecían en todos los individuos da su casa.
Su esposa, que se llamaba Eucasia, secundaba á Cyr en este
propósito, que era el que más se avenía á su carácter natural y

sencillo.
E l hijo, que se llamaba Lázaro, era-digno heredero del nom ­
bre y délas virtudes del padre.
Las hijas se llamaban Marta, la mayor; la otra, María.
ííra Marta como su madre, modesta, sencilla y naturalmente

virtuosa.
22 MARÍA MAGDALENA.

La bondad de su corazon se veía escrita en su semblante agra­


ciado.
María tenia el carácter ménos modesto: su genio era vivo,
exaltados sus pensamientos; su manera de hablar resuelta y ex­
tremada en la manifestación de sus ideas.
Su belleza era un verdadero prodigio.
A todas las dotes físicas que pueden concurrir á hacer verdade­
ramente hermosa á una mujer, unia la de una. caballera que cau­
saba la admiración, no solo de los que por vez primera la veían,
sino que asimismo de aquellos que todos los dias la contemplaban.
Era María de color blanco y rosado, de ojos azules y limpios
como el cielo despejado en una mañana de Mayo, y sus cabellos ru­
bios como el oro habían nacido con tal profusion en su hermosa ca­
beza, que solo siendo, como eran, tan finos, podía comprenderse que
cupieran en tan inmensa cantidad, en tan pequeño espacio.
Las hijas de Cyr, en vida de su padre, no salían apénas de su .
casa.
Las pocas veces que iban á la ciudad acompañadas de su madre,
cubría el manto su rostro.
La prodigiosa belleza de María no era, pues, conocida mas que
en la reducida aldea, y áun, para muchos, solamente por la fama
que publicaban los que la habían visto.
Cuando los que llegaban de la ciudad penetraron en la casa,
lo primero que llamó ,su atención fué la rara belleza de aquella
niña que lloraba á los piés del cadáver de su padre.
De todos los sentimientos que pueden dar realce á la belleza de
una mujer, ninguno hay como el.dolor.
Más bella es una m ujer bella cuando sonríe alegre y feliz, no
hay duda; pero nunca una hermosa lo es tanto como cuando llora.
La hermosura de María se presentó, pues, en aquel momento á
los que por vez primera la miraban, con todos los atractivos para
asombrar los ojos ó impresionar hondamente el corazon.
f Cuatro criados de la casa cogieron en hombros el cuerpo inani­
mado. ' -
MARlA MAGDALENA. 23

Besando las últimas casas de la aldea, tenia Cyr un huerto de


su propiedad.
Los judíos de la clase acomodada solían ser enterrados en sus
posesiones del campo.
En el huerto de Cyr se habia practicado un hueco en la roca
viva, que él mismo habia mandado hacer en vida y aun ayudado á
ello por sí propio, para que sirviera de lugar de eterno reposo á sus
cenizas.
E l cortejo fúnebre se dirigió, pues, al huerto, seguido de la ma­
yor parte de los vecinos de la aldea, que perdían en Cyr, los que no
tenían necesidad de sus buenos oficios, á un compañero bondadoso;
á un padre solícito y cariñoso los pobres y necesitados, y á un
varón justo y prudente los faltos de consejo.
La desconsolada esposa, su hijo Lázaro y las dos hijas iban in­
mediatamente detrás del cadáver.
La belleza de María Magdalena atraía involuntariamente las mi­
radas de todos, que no podian ménos de pararse á contemplar tan
rara hermosura, áun en aquellos momentos en que los ojos estaban
humedecidos por las lágrimas y el corazon oprimido de pesar, pri­
vando á la cabeza toda idea profana que hablase á otro sentimiento.
Llegados al pié del sepulcro, se practicaron las últimas cere­
monias religiosas delante del cadáver, que fué luego cuidadosa­
mente depositado en el hueco de la roca.
En el momento de ir á cubrir el hueco con la pesada losa, Ma­
ría se adelantó, y sacando de debajo del manto un vaso lleno de
esencias, lo derramó sobre el cuerpo de su padre.
Todos los que se hallaban allí presentes quedaron admirados al
ver este acto de la bella hija de Cyr.
No porque no fuera costumbre entre los judíos rociar con precio­
sas esencias en el sepulcro el cuerpo de las personas principales ó de
posicion distinguida: ya hemos dicho que Cyr lo era, sino porque
aquella costumbre dispendiosa no estaba en las que aquel hombre
modesto y humilde habia profesado y hecho guardar á su familia.
Esta circunstancia, que fué, sin embargo, celebrada por todos
24 MARÍA MAGDALENA.

com o-una muestra de la piedad filial de María, pudo indicar á al­


guno la distinta manera de pensar y de sentir que tenia la hermosa
hija del finado, de lo que sentían y pensaban los individuos de su
familia
Depositado el cadáver, y cubierto el sepulcro, todos los presen­
tes hincaron en tierra la rodilla, elevando preces por el alma que
acababa de subir al seno de Abraham; y concluida la oracion aban­
donaron el huerto, dirigiéndose á la aldea.
A l despedirse de la viuda y de los hijos, de Cyr, los que les ha­
bían acompañado dieron vivísimas muestras de sentimiento.
El que más afectado quedó, sin em bargo, fue el que lo mostró
ménos.
Era un jov en de veinte años, perteneciente á una familia dis­
tinguida.
Cuando hubo abandonado la casa de C y r , su corazon lanzó un
suspiro prolongado, y preso de un sentimiento extraño y profun­
do, se encaminó silenciosamente á .Jerusalen.
Treinta dias despues, las mismas personas que asistieron al en­
tierro de Cyr, salian por la-puerta misma d e'la ciudad, dirigién­
dose otra vez á Üetania á cumplir con otro deber de igual natu­
raleza.
Eucaria, la esposa de C yr, le amab'a entrañablemente, y solo
treinta dias pudo sobrevivir á su marido.
La pérdida del que era la mitad de su alma y de su corazon,
le causó dolor tan profundo ó hizo sentir en ella tan vivo el de­
seo de unirse en el Limbo al que habia estado tan íntimamente
unida en la tierra, que sucumbió al cabo de este tiempo , dejando
á sus hijos en completa orfandad.
Entre los amigos que asistieron al entierro de Eucaria, se
hallaba el joven que tan profundamente afectado hemos visto al
abandonar la casa despues del entierro de Cyr.
Lázaro, Marta y Magdalena lloraban amargamente.
Su desgracia era doble, y no habia palabras ni consuelos qué
bastaran á mitigar su dolor.
MARÍA MAGDALENA. 25

E l sepulcro de Eticaría se abrid al pié del sepulcro de su


marido.
Con las mismas ceremonias fué conducida á la última morada.
Colocado el cadáver en el hueco, su hija María se adelantó y
practicó el acto mismo que habia hecho con su padre.
Sacó su vaso de esencias y lo derramó sobre el cuerpo de su
madre.
Los presentes vieron este acto de- piedad del amor filial de Ma­
ría, con la misma devota complacencia que sintieron al verlo
practicar á la hermosa doncella en el cadáver de su padre.
E l joven, que no podia separar los ojos encantados del rostro
de María, experimentó las dos veces una sensación extraña é inex­
plicable.
Aquel acto anadia un nuevo encanto á la hermosura de aque­
lla mujer.
Vuelto á la aldea el fúnebre cortejo, los deudos y amigos se
despidieron de los' huérfanos con frases de consuelo' y amistad.
E l jdven habló en igual sentido á Lázaro y á Marta, pero
cuando fué á hablar á María, la voz se le anudó en la, garganta,
y no pudo articular una palabra.
CAPÍTULO 111.

Quién era el joven que tan afectado se sintió á la presencia de María.

Durante los cortos dias que alcanzó Eucaria despues de la muerte


de C yr, se llevó en su casa la misma vida. La propia rigidez do
costumbres, el recogimiento mismo y la misma humildad en todo.
Lázaro, como jefe que habia quedado de la familia, y heredero,
según ya hemos manifestado, de las virtudes de su padre, se pro­
puso seguir en todo las huellas de éste.
Marta secundaba sus propósitos, porque participaba de la mis­
ma condicion de su hermano
No así María.
Apénas murió la madre, la hermana menor empezó á mostrar­
se en desacuerdo con Lázaro y Marta.
Cuanto amaban éstos la modestia de la vida, gustaba aque­
lla de la esplendidez y de la ostentación; cuanto deseaban és­
tos el recogimiento, ansiaba aquella la expansión; cuanto éstos
buscaban la soledad, quería aquella el bullicio y el trato de las
gentes. La autoridad de sus hermanos era lazo demasiado débil
para sujetar á María; el respeto que por su mayor edad podían
inspirarle, valla demasiado humilde para que no la traspasara su
carácter violento y exaltado.
MARÍA. MAGDALENA. 27

La imaginación, de María era ardorosa y apasionada.


E l jo'ven que tan atento la habia mirado y tan profundamente
impresionado se sintió' por su belleza en aquellas dos tristes oca­
siones, guardó impresa su im ágen en la mente, y el deseo de ha­
blarla en el corazon. Para conseguirlo hizo varias excursiones á
la aldea, y pasó varias veces por delante de la casa de María. No
tardó ésta en notar los frecuentes 'paseos del judío galan.
Era éste de gallarda figura,· y gozaba de buena posicion en
la ciudad por la fortuna y clase elevada de su familia.
Se llamaba Eoboan, y, como los de María, eran sus sentimien­
tos fogosos y su corazon apasionado.
Buscando oeasion de pablarla, espió aquella en que María acos­
tumbraba ir por agua á una fuente que manaba al pié de una
roca á poca distancia de su casa.
Prestaban á la fuente sombra y abrigo grandes olivos que ha­
bían crecido alrededor.
Detrás de uno de los corpulentos troncos, se hallaba una tarde
el judío esperando á la hermosura por la cual suspiraba.
María llegó, y Roboan la saludó, diciéndole:
— El Señor Dios te guarde, María.
— El esté contigo, Roboan,— respondió ella, sorprendida y rubo­
rizada al ver al joven judío,
— Dichosa el alma que encuentra la fuente donde apagar la sed,
— profirió el judío lanzando un suspiro.
— Esta agua cristalina basta para apagarla por mucha que la sed
sea. '
— La sed de los labios puede apagar, que no la sed del corazon.
— ¿Está el tuyo sediento?
— Sí, y la fuente que ha de calmar sus ansias, está en los ojos
de un ángel del cielo, que por su desgracia vieron los míos en la
tierra. .
María volvió á ruborizarse al oir estas palabras, cuyo sentido
comprendió, y no acertando á contestarlas, se bajó al manantial
para llenar el cáñtaro.
28 MARÍA MAGDALENA.

Roboan insistió;

— Mi sed no se apagará, porque los ojos en donde el corazon ha
de beber el bálsamo de su consuelo, se apartan de mí y se cierran
á las ansias mías.
— ¿Tan crueles son?—profirio María.
— Pregúntaselo tú misma, que mejor que yo te responderán
ellos.
— ¿A mí?
— Sí, porque son los tuyos.
A pesar de que María no podía sorprenderse de esta declara­
ción, ántes bastantemente anunciada por el tonü y las significa­
tivas expresiones del judío, experimentó una sensación profunda.
El rostro de Roboan era agraciado y amable, su tono dulce y
melancólico, y su apasionado corazón imprimía á sus ojos la tier­
na expresión de su sentimiento.
María se sintió vivamente interesada por él.
— ¿No me respondes?— insistió el judío viéndola callada.
— No puedo responderte.
— Ya lo entiendo. Es tu hermano, que es hoy tu padre, á quien
toca la respuesta. V oy á hablarle.
— No te atrevas.
— ¿Por qué?
— Porque tiene pensado consagrarme al Señor.
— Se puede servir á Dios sin dejar de obedecer a la naturaleza.
— El no piensa así.

— Tu madre supo servir al Señor uniéndose á tu padre.
— No vayas á hablar á m i hermano.

— Entónces, respóndeme tú.
— Hoy no puedo.
— ¿Cuándo?
María bajó los ojos y no respondió.
En aquel momento habló en ella la voz del recato que habia
aprendido en su casa, y no se atrevió á contestar á la petición del
judío.
MARlA m a g d a l e n a . 29

Este, entónces, empezó á pintar el fuego de su pasión, á en­


carecer la hermosura de María, sus gracias, los dones superiores
de que el cielo la habia dotado.
A l oir estas palabras, calló en María la voz del recato, y so
levantó en su corazon el grito de la vanidad y del orgullo, exal­
tados por las lisonjeí&s expresiones del judío.
Su imaginación se ofuscó, deslumbrada por el amor propio sa­
tisfecho; su corazon; como el oido que sigue los ecos de una mú­
sica que le seduce, se sintió arrastrado por el timbre de la voz
que lisonjeaba la más viva de sus pasiones, y María respondió con
una sola frase al amor de Roboan.
E l recelo de ser descubierta por su hermano, hizo que cesaran
las entrevistas durante la luz del dia.
Las. sombras de la noche parecieron mejor á María para ocul­
tar unos amores que no consideraba santos sin la vénia y el con­
sentimiento de su hermano.
Pluguieron sobremanera á María las lisonjeras palabras con
que al pié de la fuente regaló el judío los oidos de su vanidad, y solo
por satisfacer este deseo fútil, - permitía la entrada á Roboan en el
huerto de su casa cuando todos dormían en ella y velaba el man­
to de la noche las acciones de los mortales que huyen de la luz
del dia para practicar actos á que no se atreverían á la vista del
mundo.
Una de esas noches, noche de luna y de estrellas, de cielo
limpio y despejado, de suave y embalsamada brisa, trepó el judio
por los zarzales que circuían el huerto, yendo al encuentro de
María.
Esta se hallaba esperándole sentada debajo de un emparrado
de jazmines, adormido el corazon á las dulces imágenes que traia
la melancólica soledad de aquella noche deliciosa en sitio tan
lleno de encanto para el corazon enamorado.
Roboan llegó y tomó asiento á su lado sobre la verde y me­
nuda yerba.
Nunca María habia parecido tan hermosa. .
30 MARÍA MAGDALENA.

En su corazon había ya penetrado el espíritu de una pasión


mundana; pero su frente brillaba aún tan pura como el rayo de
la lima que en ella reflejaba, como las blancas flores del jazmín
que sobre ella caían, rozando su cabeza y formando alrededor de
sus sienes una corona de ángel.
El jiidío la-contempló un momento arrobado.
Cogió luego una mano de María, y arrebatado por la pasión,
llevó los labios á su frente.
De improvisto el cielo se nubló, un fuerte trueno, acompañado
de una gran descarga eléctrica, iluminó con luz fosfórica la tier­
ra, que retembló estremecida.
Las delicadas.flores del jazmín quedaron mustias á la influen­
cia del ftiego eléctrico.
La frente de María' perdió la frescura virginal, como las llores
que la coronaban.
E l j u d i a l a c o n t e m p ló u n m o m e n t o a r ro ll a d o.
CAPÍTULO IV.

En donde María desconoce la autoridad de Lázaro, su hermano.

Aquella noche dejó honda impresión en el ánimo de María,


Su. corazon de niña, al sentirse culpable de una falta tan grave,
sintió asimismo todo el peso de la misma al sobrecogerse de horror,
por la espantosa voz del trueno, y la viva y amenazadora luz del
rayo. -
E l judío, tan sobrecogido de espanto como María, dejó que se
desprendiera de las suyas la mano que poco ántes estrechaba con
pasión, y permaneció mudo é inmóvil á su lado un buen espacio de
tiempo, sin atreverse apénas á levantar del suelo los azorados ojos.
María fuá la primera en salir de aquella situación.
Se levantó de repente, y dijo á Roboan:
— Adiós. -
Y con.paso precipitado se dirigid á su casa.
— ¡María!— gritó el judío levantándose y corriendo á alcanzarla.
Pero María habia ya traspasado la puerta y cerrádola tras ella.
En vano el judio estuvo en el umbral aguardando que saliera
otra vez la hermosura que de su lado se habia escapado; en vano
la llamó con la voz de sus amorosas ansias.
MARÍA MAGDALENA.

María no respondió.
La luz del-afta teñía ya con su bello color de rosa el horizon­
te, y la claridad del día arrojó al judío del huerto en donde solo
podia estar cuando las sombras de la noche ocultaban su persona
y sus propósitos.
María se encontraba en su aposento vivamente impresionada.
Apénas se dejó ver de nadie aquel día.'
Huia la presencia de todos, y la suya propia hubiera huido, á
serle posible.
Sus hermanos notaron esta circunstancia.
Pero estuvieron m uy distantes de sospechar la causa.
La atribuyeron al fastidio que la hija menor del modesto y
virtuoso Cyr manifestaba más claramente cada día, por la vida
retirada de su familia, cuando sus bienes de fortuna y su posicíon
permitían otro modo de vivir más halagüeño, · y otros goces y pla­
ceres del mundo.
A esta causa atribuyeron Lázaro y Marta el fastidio y retrai­
miento de su hermana aquel dia.
—-Está mal á nuestro lado,— dijo Lázaro á la hermana mayor.
Marta, sumamente contristada, no acertaba á encontrar un me­
dio que hiciera entrar á su hermana en el camino del recogi­
miento, de que la desviaba su imaginación.
Cuantas exhortaciones se hicieron á María, fueron inútiles. '
Eoboan, en tanto, continuaba haciéndose visible, pasando fre­
cuentemente por delante de su casa.
María, amedrentada por lo que visiblemente fué aquella noche
una tremenda reprobación del cielo á un acto contrario á la virtud
y á la honestidad, no se habia atrevido á salir al huerto.
Pero cada vez que veia á Eoboan, su corazon experimentaba
una vivísima sensación, y el deseo de volver á oirle se hacía sen­
tir más en ella cada dia.
Eoboan, viendo que ni las indicaciones que le hada al pasar,
ni los recados que le enviaba por un criado de confianza, bastaban
á decidir á María y vencer su repugnancia de salir al huerto por la
MARÍA MAGDALENA. 53

noche, le pidió que á lo ménos fuese un dia á la fuente donde por


vez primera le había hablado.
E n esto sí consintió María.
Sn hermana Marta había notado ya la solicitud del jóven judió,
y había exhortado con este motivo á María, haciéndola comprender
. lo poco conformes que eran con la honestidad y el recato de una
doncella los pasos de un galan á quien la gente de la aldea veia con
demasiada frecuencia, para no tildar la fama de la doncella que era
objeto de sus afanes.
María se manifestó enojada por los consejos de su hermana, y
le dió á entender que no reconocía en ella título ni autoridad bas­
tantes para reconvenirla.
— Nada bien sienta en tí, hermana,— profirió Marta,— el des­
precio y desenvoltura con qué á mis consejos respondes; el dere­
cho y el título que en mí desconoces, me los dan los lazos de la
sangre y la mayor edad; pero si de esta suerte á mí me respon­
des, no responderás lo mismo á Lázaro, que representa hoy en
nuestra casa y en nuestra familia la autoridad y la persona de
- nuestro padre.
María replicó:
— Responderé á Lázaro como á tí respondo. Mi padre ya no vivé,
ni vive mi madre para mandarme. Tú y mi hermano no sois en
esta casá más que yo y en ella se hace lo que vosotros quereis y no
lo que yo quiero, if is criados obedecen lo que disponéis vosotros
y no lo que y o 4dispongo, y ellos son criados vuestros y mios,
porque mió y vuestro es cuanto hay en esta casa, que era de nues­
tro padre, y hoy es de los tres, que somos igualmente sus
hijos. _ '
Marta quedó sumamente afligida con estas razones, y fué, llo­
rando, con ellas á Lázaro.
Cuanto tenia María de resuelta y fuerte en sus pensamientos
y en sus obras, tenían Marta y Lázaro de débiles y pusilánimes.
Lázaro oyó con profundo sentimiento las noticias que le daba
Marta; lamentó la evidencia de la segura desviación de las ideas
34 MARIA MAGDALENA.

de María, pero no supo tomar uua actitud enérgica para comba­


tirlas.
En esto era Marta más fuerte todavía 6 ménos débil que su
hermano, cuya bondad era tanta, que hacía imposible en él toda
determinación, si habia de ponerse en lucha con alguno.
Recelosa Marta por lo que observaba en el judío, que con tanta
insistencia rondaba su casa, se puso á la observación, velando
constantemente por el recato de su hermana.
Así, cuando ésta salió' con pretexto de ,ir á buscar agua á la
fuente, Marta acechó desde un sitio apartado, y vid deslizarse la
figura del judío por entre los .olivos y las higueras.
Desde entonces ya no le cupo duda acerca de la desenvoltura
de su hermana, no solo en los pensamientos, sino· que también en
las obras.
Sobremanera contristada, corrid á encontrar á Lázaro.
— Hermano m ió,— le dijo,— sabrás como ya es cierto que María,
nuestra hermana, está faltando á la le y de su propio recato y á
la fama de doncella honesta, dando audiencia en sitio apartado
del tránsito de las gentes á un hombre que allí acude por verla
sin testigos.
Atónito quedó Lázaro al oir estas razones, y no creyéndolas al
principio, las hizo repetir á Marta, pidiéndola que dijera todas las
circunstancias del hecho, para poder él formar juicio exacto del
mismo, como también la persona por quien habia sabido lo que á
él le referia.
Marta explicó cdmo ella habia venido en sospecha, y luego, res­
pecto de la verdad del hecho, concluyó diciendo:
— Y esto no me lo ha contado nadie que me pudiera mentir,
pues son mis propios ojos los que lo han visto, y yo afirmo y
creo lo que mis ojos vieron.
N ingún género de duda le cupo ya á Lázaro, quien profunda-
mente afectado al principio, se puso luego iracundo, y aquel su
espíritu tan manso y tan humilde, se exaltó al último grado con-
ra María, al ver cierto y fuera de toda dudael daño que su con­
MARIÄ. MAGDALENA. 35

ducta^inieria á su fama de doncella y al nombre tan limpio y tan


honrado de la familia.
De esta suerte, cuando María volvió á su casa, se encontró con
el ceño airado de Lázaro, que le hizo más impresión, porque no
estaba acostumbrada á ver en su cara otra expresión que la de la
bondad incomparable de su alma.
Así que María entró en la casa, Lázaro le dijo:
— Deja el cántaro y ven conm igo, que tengo que hablarte.
Fueron los dos hermanos á un aposento donde ninguno de los
criados pudiera oir lo que hablasen, y allí dijo Lázaro á María:
— Aunque ya sé que has dicho que no reconoces mi autoridad
y título de hermano para mezclarme en lo que tú haces, ni para
atender á lo que yo diga, hoy el honor tuyo y el honor de toda
nuestra casa me obligan á ello, y es fuerza que yo hable, y lo es
asimismo que tú me atiendas.
María, cuando oyó estas palabras de su hermano y vid además
la expresión de su rostro, y notó el tono seco y sério que usaba,
tan. fuera de su costumbre y de su índole, temió en seguida que
Lázaro habia descubierto su falta de aquella noche.
Esta idea hizo tomar á María delante de· su hermano una actitud
que éste no pudo ménos de extrañar.
' María estaba más bien humilde que altanera.
Sus ojos no miraban al rostro de su hermano, sino que esta­
ban fijos en tierra; en su fisonomía, se notaba el miedo más bien
que la altanería.
Era que, ái pesar suyo, la culpa la humillaba; y temiendo que
su hermano se la echase en cara, no tenia bastante valor para
hacer sereno rostro á sus reproches.
— Tú has osado ir á la fuente, no para buscar agua,— prosiguió
Lázaro,— sino para ver cerca de ella ocultamente á un hombre, y
con esto has ofendido tu fama y la fama de la familia á la cual per­
teneces. Por esto yo te reprendo y te digo que desde ahora estarán
cerradas para tí las puertas de esta casa, de la que no saldrás los
pies, ni tus ojos mirarán tampoco por sus ventanas.
36 MARlA MAGDALENA.

E l motivo del discurso de Lázaro se limitó al hecho de haber


ido María á la fuente, donde habia visto á Roboan.
Cuando María entendió que su hermano no fundaba su repren­
sión en otra más grave causa, y que estaba ignorante de lo demás,
cambió de‘repente su actitud y la expresión de su fisonomía delan­
te de él.
CAPÍTULO V.

En donde se dice el origen del nombre de Magdalena,

María tomó otra vez aquel su aire desenvuelto, y replicó á su


hermano:
— Si otro más grave motivo no tienes para reprenderme, en
verdad te digo que estás en demasía injusto y poco prudente con­
migo.
— Tú. eres la que lo estás, cuando osas rebelarte á mis manda­
tos,— profirió Lázaro.
— Tú no mandas ni puedes mandar en mí, que ninguna potes­
tad te alcanza para tanto por ser solo mi hermano.
— ¿Tú rechazas los títulos que para ello tengo?
— No los reconozco: tu fuerza no alcanza á obligarme á tus
mandatos.
— Todos los que vivan en esta mi casa están á ellos obligados.
— ¿De quién es esta casa?
— Mia es, puesto que mi padre me encargó á mí que la guar­
dase como cosa que dejaba á mi cuidado para que en ella, donde
él y mi madre y todos sus hijos han vivido honestamente, nadie
viviera ni entrara que hiciera actos fuera de la honestidad y el
decoro.
58 MARÍA MAGDALENA.

— Siendo así como tú dices....


— Así es en verdad.
— E n ese caso, yo saldré de esta casa, ya que es tuya y man­
das en ella y en los que en ella viven, y yo no quiero que nadie
mande en mí. Quiero, pues, que al momento se haga entre nos­
otros la partición de los bienes que fueron de nuestro padre y que
hoy son nuestros, porque y o deseo mandar y disponer conforme
fuere m i voluntad de la parte que fuere mia.
— Si es ese tu deseo verdadero....
— Este es.
— Se hará, pues, la partición como ordenas, que yo no puedo
oponerme á ella.
Resentido Lázaro por la actitud de María, al instante dispuso
la partición de todos los bienes inmuebles que constituían la he­
rencia de sus padres.
Decimos de todos los bienes inmuebles, porque bienes muebles
no habia dejado Cyr mas que los objetos del uso ordinario y pre­
ciso de la vida, y éstos eran, en verdad, de escasísimo ó de nin­
g ú n valor, porque en su casa no habia concedido nada al fausto y
á la ostentación.
Lo que sobraba á. Cyr del producto de sus tierras, ó lo em­
pleaba en la adquisición de otras, en las que ocupaba mayor nú­
mero de gente que necesitaba vivir del trabajo de sus brazos, ó
bien lo distribuía en obras de caridad en favor de los necesi­
tados.·
Habia entre los bienes de Cyr una casa-palacio en la provin­
cia de Galilea, cuyo edificio era conocido con el nombre de Cas­
tillo Magdalon.
María mostró vivo deseo de que entrase en su parte de heren­
cia el nombrado castillo.
Lázaro y Marta ningún interés tenían en guardarlo para sí.
Era. aquella habitación demasiado ostentosa para que pudieran
vivir en ella personas de costumbres tan modestas como los hijos
mayores de Cyr,
/ MARÍA MAGDALENA. 39
f.
$ '_________________________________________________________
ii
filaría, que en todo pensaba y obraba de distinta manera que
sé hermanos, manifestó, como decimos, decidida pretensión por
g castillo.
A ella, pues, tocó, y desde aquel momento en que fué de su
propiedad, resolvió ir á habitar en él, como morada más conforme
con sus gustos é inclinaciones.
Otra causa, además, reconocía el deseo de María.
La profunda impresión producida en ella por aquella manifesta­
ción del enojo del cielo, que la dejó atónita en el huerto, fué debilitán­
dose á medida que su corazon volvia á rendirse á los constantes home­
najes que el enamorado judío tributaba á su vanidad y hermosura.
María prometió en la fuente á Roboan que volvería á hablarle
en el huerto mismo; pero despues de habida la grave discusión
que tuvo con su hermano, comprendió que era sobradamente ar­
riesgado el salir de su casa á las altas horas de la noche para con­
ferenciar en el huerto con un hombre, de quien ya recelaba su fa­
milia y murmuraba toda la aldea.
Así, deseando María tener la completa libertad de sus acciones,
resolvió, no solo separarse del lado de sus hermanos, sino que pen­
só abandonar la aldea y marcharse á vivir allí donde nadie pu­
diera reprenderle la menor de sus acciones, por hallarse en su casa
por la dueña y señora absoluta de ella, y quien la rigiera conforme
á su voluntad y mejor deseo.
Poco tardó, pues, María en habitar el castillo,
La herencia que Cyr habia dejado era m uy pingüe, y aunque
dividida luego en tres partes iguales, tocó á cada una de éstas
porcion de bienes bastantes para que viviera con ella, no solo una
persona, sino que también una familia con sobrado desahogo.
María vendió m uy pronto algunas tierras de las que le pertene­
cían, á fin de adornar su nueva inorada de forma que agradara á
su instinto de vanidad y de placeres de la vida del mundo.
Desde aquel momento ya no tuvo necesidad el enamorado ju ­
dío de esperar á que las sombras de la noche velaran el secreto
de sus visitas á María.
40 MARÍA MAGDALENA.

En plena luz del sol iba Roboan al castillo. \.


María, á quien no bastaba la sociedad de una sola persona, In­
vito' á su casa á otros varios amigos, que iban frecuentemente^
ella, atraídos por los agasajos de la dueña, que recibía siempre \
sus convidados, regalándoles con frutas exquisitas, sabrosas pasA
tas amasadas con la miel más fina, y vinos delicados. '
De esta suerte María tenia siempre una especie de corte, dis­
puesta á lisonjear la vanidad de su hermosura y dé su esplen­
didez.
Semejante conducta llamó presto la atención de las gentes de
Galilea, quienes, por no confundir el nombre de María con el de
otras doncellas más honestas, la pusieron el apodo del castillo que
habitaba, y la. llamaron María Magdalon. .
De ahí trae el origen el nombre de Magdalena, con que ha
pasado á la posteridad la hija menor del virtuoso judío Cyr de
13etania.
. María, desde que se vio completamente libre en sus acciones,
sufrió una completa transformación.
Los humildes vestidos de la casa de su padre fueron sustitui­
dos inmediatamente por las más vistosas galas, y los perfumes
más exquisitos completaban los mundanos atractivos de su, per­
sona, cuyas gracias y dones de la naturaleza realzaban más y más
á los ojos que la contemplaban.
La fama de su hermosura se extendía rápidamente, al par que
la de su disolución.
A menudo la gente moza y 'divertida de Jerusalen se daba
cita en casa de María, para entregarse á los placeres del mundo;
y cada fiesta que la dueña del castillo daba á sus amigos, hacía
subir de punto su fama, que éstos pregonaban luego por toda la
ciudad.
Jamás la vanidad de mujer alguna se vió más halagada que la
de María.
Los hombres se .desvivían por ensalzar su belleza sin igual, y
más que las alabanzas de los hombres satisfacía su orgullo la en­
MARÍA MAGDALENA. 41

vidia de las mujeres, que en vano hubieran pretendido rivalizar


con ella.
Los medios de su fortuna la permitían sostener un fausto, que
pocas ó ninguna mujer de su país hubiera podido ostentar por si
sola, y esta circunstancia hacía resaltar más la belleza de María,
que no perdonaba gasto para brillar y hacerse más visible de
cada día- '
Embriagada de esta suerte vivid María, sin dar oidos á otra
pasión que la de su propia vanidad, pues aunque habia corres­
pondido, al amor del judío Roboan, su correspondencia era. hija
más bien de su amor propio que de su vanidad; más que de la
necesidad de su corazon de responder á un sentimiento tierno, lo
era de su deseo de ser halagada y tener siempre rendido á sus piés
un hombre esclavo de su belleza y de sus caprichos de mujer.
María, pues, no amaba á Roboan.
Este, en su pasión profunda, que crecía más y más á medida
que,m ás brillaba la belleza de María, sufría■dolores crueles del'
alma.
María estaba demasiado ocupada en sí misma para reparar en
el sufrimiento del hombre que tan apasionadamente la adoraba.
Todo su anhelo era brillar á los ojos de los demás·; todo su afan
era.oirías, alabanzas de los que frecuentaban su casa. Las de Ro-
boán las tenia siempre, y le eran indiferentes.
E l enamorado judío, que notaba esta indiferencia, · en vano se
quejaba por ella.
María no comprendía ni el dolor, que producía sus amargas
quejas.
Una sola idea consolaba al judio; la de que María no parecía
preferir á otro.
En efecto, gustaba do los obsequios do todos en general, sin
desear los de ninguno en particular. '
Esta era la cualidad dominante de su carácter: la vanidad.
Arrastrada por ella, se lanzo María á la vida que llevaba.
No podía decirse, que fuera perversidad del corazon, ni yicio
42 MARÍA MAGDALENA,

grosero de la índole lo que dictaba sus acciones: era,, sí, un extra­


vio de su imaginación, naturalmente exaltada y prendada de su
propia belleza.
La pasión del amor mundano, ni en su principio, ni en sus con­
secuencias, se habia dejado sentir aún en el alma de María, por
más que oyera complacida las amantes frases de un hombre que la
adoraba, y correspondiera con otras de la propia índole, que si pro­
nunciaban sus labios, no dictaba por cierto el corazon.
CAPÍTULO VI.

Del castillo de Mágdalo á Jerusalen.

Presto la provincia de Galilea y el castillo de Mágdalo fueron


teatro demasiado estrecho para presentarse en él la figura de Mag­
dalena.
Sus ojos se fijaron en la ciudad de Jerusalen.
Allí su hermosura sería admirada y ensalzada en alto grado,
por hombres de mejor calidad que los que la admiraban en Gali­
lea; porque, aunque, como ya hemos dicho, concurrían frecuente­
mente al castillo de Mágdalo jóvenes judíos de Jerusalen, atraídos
por la alegría de las fiestas que se daban en la morada de Mag­
dalena, y mujeres invitadas por ella misma ó llevadas por ellos,
ni los hombres, ni las mujeres, constituían el mundo en que su
vanidad quería ensancharse.
Ese mundo con el cual,ella soñaba, era Jerusalen.
E l anuncio de esta determinación, dio un pesar profundo al
enamorado Roboan.
Magdalena se lo manifestó precisamente en un momento en
que el judío se hallaba á solas con ella, sin que nadie le robara la
atención ni las miradas de-la mujer que tanto amaba.
Roboan se estaba disculpando con Magdalena respecto de su
tardanza aquel día, cuando ella le dijo:
44 MARÍA MAGDALENA.

— Dentro de pocos dias, no tendrás necesidad de andar tan largo


camino para venir á mi casa.
El judio no comprendió estas palabras.
— Sí, porque mi casa estará más cerca de la tuya.
— Roboan lo comprendió ya todo, y se sobresaltó.
— ¿Quieres ir á vivir á Jerusalen?— le preguntó.
— Sí. . ,
. — ¿Por qué? -
— Porque me gusta más la ciudad, que este lugar apartado de
Galilea. - ;
— Roboan suspiró.
■—¿Por qué suspiras?
— Porque en la ciudad voy á perderte. ■
Y Roboan, al decir esto, se puso profundamente triste.
Su corazon tuvo un presentimiento cruel y doloroso.
— ¡Perderme! '
— Sí, y y o voy á morir.
— No lo entiendo.
— Ni yo puedo explicarlo. Pero siento que te voy á pc'rder y
que yo voy á morir. · ■ .
María procuró disuadir al judío deesa idea triste.
— En Jerusalen, no hay una mujer tan hermosa como tú. ..
•—Los ojos de María brillaron como un rayo de luz.
— ¿No hay mujeres hermosas en Jerusalen?
— Sí, pero no tanto como tú lo eres.
— ¿Y eso te inquieta?
— Sí; porque hoy 110 te basta oirlo.de mis' labios, y mañana

tendrás aún mayor necesidad que hoy de oirlo de los labios de
otros.
El judío había penetrado el carácter de María.
— Y esos otros te lo dirán.cuando te vean, como te lo dicen
los-que vienen aquí á tu casa.
Las palabras hijas- del temor de Roboan, confirmaban las espe­
ranzas hijas de la vanidad de María.
MARÍA MAGDALENA. 45

E l judío le rogó con lágrimas en los ojos que no fuera á Jeru-


salen, que no saliera de Galilea.
Ruego inútil.
Cuanto más él recelaba, más aumentaba el deseo de Magdalena.
Las ilusiones de ésta se miraban anticipadamente confirmadas
por los recelos de Roboan.
María, pues, dispuso la traslación, y á los pocos dias habitaba
una de las mejores y más espaciosas casas de Jerusalen.
La fama de su hermosura no tardó en extenderse por toda la
ciudad. , ■
Los jóvenes todos dados á la vida del mundo, desearon visitar
la casa de Magdalena, y asistir á las fiestas espléndidas que daba
á sus amigos.
E l tormento de Roboan, iba en aumento, á medida que aumen­
taba la satisfacción de Magdalena.
En vanb el judío se esforzaba en fijar su atención por todos los
medios.
Los más ricos presentes en joyas de gran valor, los ponía Ro­
boan á los pies de la hermosura que le cautivaba, y las frutas y
i
las aves más delicadas y de más lejanos países, se las mandaba
para adornar la mesa que ofrecía á menudo María á sus amigos.
Empero nada de esto bastaba para rendir y fijar aquel corazon
que flotaba como el copo de la espuma en el mar de sus variadas
ilusiones, y de la vanidad, siempre anhelante de nuevos halagos y
nunca satisfecha con las' lisonjas del momento presente.
Pero no estaba destinado el corazon de María á vivir libre por
mucho tiempo.
Mariposa que revoloteaba juguetona alrededor de tantos, como
encendía en tantos corazones el fuego de sus ojos, no habia de
tener el raro privilegio de salvarlos todos sin quemarse las alas
en uno/*
.OSo'

Algunos oficiales de las tropas romanas que guarnecían' á Je­


rusalen, sintieron deseo de visitar la casa de la hermosa mujer,
cuya fama llenaba toda la ciudad.
46 MA.RÍA MAGDALENA.

Entre éstos se hallaba uno que era jefe de una de las centurias
de la guarnición, el mismo de quien hemos hablado en el capítulo
primero de nuestra historia.
Al verle por vez primera, sintió María una pasión extraña.
Sus ojos se dirigían á él insensiblemente; las palabras del sol­
dado romano herían vivamente sus oídos, haciendo vibrar las cuer­
das de su corazon, mudas hasta entónces á la voz del deseo y de
la pasión de tantos otros.
El centurión se llamaba Cayo Antonio.
Ya hemos descrito imperfectamente sus bellas cualidades físi­
cas, para enumerarlas ahora de nuevo.
Como hombre, era el que más atractivos tenia para fijar la
atención de una mujer como María.
Pero no era por cierto su figura lo qué principalmente le cau­
tivó. ,
Fué más bien su carácter.
Era el polo opuesto del carácter de Roboan.
Cuanto tenia éste de dócil, tenia de enérgico el de Cayo Anto­
nio; cuanto era humilde el del judío, era orgulloso y altivo el del
soldado romano, que reflejaba la soberbia y la altivez del pueblo á
que pertenecía.
Cayo Antonio se sintió asimismo impresionado á la presencia
de Magdalena. ,
A las primeras palabras que le dirigió, comprendió la disposi­
ción de su ánimo á corresponder al sentimiento que por ella ex­
perimentaba el soldado romano.
Jóvenes ambos, el corazon en la edad de las fuertes pasiones,
con ocasion sobrada de alimentarlas, y sin freno ninguno que las
contuviera, no podían tardar mucho en declararse recíprocamente.
El amor de María y del soldado romano fué m uy pronto visible
para todos.
Pero los ojos que primero lo vieron, fueron los 'del triste Roboan.
Este, así que tuvo la evidencia de ello, fué á casa de María, y
■la habló en estos términos:
MARÍA MAGDALENA. 47

— Vengo para decirte que he conocido tu engaño, y la falsedad


de tus palabras.
María, al oirle expresarse de esta suerte y en tono tan distinto
del que con ella usaba, al contemplar enojado y casi altivo al que
estaba acostumbrada á ver. humilde, y si pesaroso á veces, tierno
siempre con ella, fijo los ojos con segura y severa mirada al paso
que le dijo con voz firme:
— Si has creído que tienes poder 6 fuerza para reprenderme, te
diré que ese derecho no lo he reconocido ni en mi propio her­
mano.
Roboan quedo atónito al oír esta réplica de Magdalena. '
— No pongo mi derecho ni mi poder para reprenderte en com­
paración con el poder de otro; solo pienso que tus labios han m en­
tido, y esto te digo; solo veo que tu proceder es ■doble delito,
porque has dado oidos al que oprime á tu país, y esto te advierte
m i boca para que remedies tu conducta.
— Ninguna cuenta debo de ello á tí ni á, nadie.
— Según eso, ¿tú persistes?
— Persisto ert gozar de mi libertad.
— Engañada seas como ,á mí me has engañado.
— Tú creiste lo que yo no te hablé.
™ Tus ojos y tus obras me dijeron más que podían decirme tus
labios,
—Ellos no te juraron constancia ni fó.

— Tú admitiste la fé y la constancia mia.
•“ Sin trato de tenerla para tí.
Roboan la^zó un fuerte suspiro,
— Eres,“ prosiguió el judío,-—como la verde hoja que mueve en
la rama todos los vientos.
-*-Tú el primero la moviste,
“ Serás como hoja seca que arrastra por la tierra el torbellino
del huracán.
— Eso tú lo píeüsas,
— Como ella, irás á perderte en el desierto,
48 MARÍA MAGDALENA.

— 'Solo Dios sabe dónde va á parar la hoja que el viento ar­


rastra.
— Su castigo caerá sobre tí.
■ — Nadie penetra en sus decretos'.
— Engañada seas como á mí me has engañado.
Así concluyo Roboan, y salid lleno de cólera de la casa de
Magdalena.
CAPÍTULO VIL

El judío y el soldado romano.

Magdalena, no paró gran cosa la atención en las palabras, que


bien podían llamarse maldiciones, del irritado judío.
Este salió de su casa, con los ojos encendidos por el odio, y el
corazon estallando de cólera.
Al poner el pié en los umbrales, tropezó con Cayo Antonio, que
á la sazón entraba.
— Diligente va el soldado romano á visitar á la judía, profirió
Iioboan con acento lleno de intención
Cayo Antonio se detuvo, y mirándole, le contestó:
— ¿Qué le importa al judío?
—Algo debe importarle cuando así habla'.

— Mejor hiciera, pues, en callar. .
— La boca es para decir lo que hay en el pensamiento,
— No cuando puede faltar á quien debe respeto.
— No veo delante de mi persona que pueda imponérmelo.
— Calla ya. judío; un soldado romano te lo manda,
— Yo desprecio su mandato.
Cayo Antonio, ciego de enojo, echó mano al acero.
50 MARÍA MAGDALENA.

Roboan, ciego también de ira y de celos, se arrojó sobre su


rival.
Pero éste, más diestro, salta dos pasos atrás desnudo ya el acero
en la diestra, y adelantándolos luego, traspasó el pecho del judío,
que quedó muerto á sus piós.
Cayo Antonio envainó el ensangrentado acero, y se dirigió á
casa de Pilato:
“ Vengo, le dijo humillando la cabeza, ante el gobernador, á
declararme autor de la muerte de un hombre, y á recibir, el casti­
g o que tu justicia me imponga.
— ¿Cuándo le has muerto?
— Breve tiempo hace; su sangre está todavía fresca en mi espada.
Y Cayo Antonio la sacó de la vaina, mostrándola al gober­
nador.
— ¿Fué en combate igual?
—~Nó; ha sido en defensa propia. ' ·

— ¿Te acometió primero?
— Sí.
— ¿Qué calidad tenia? -
■—Era judío. ■
— ¿Le provocaste tú?
— Nó, él me provocó y desafió m i cólera insultando y despre­
ciando mi calidad.
— ¿Quién lo vió?
— N a d ie .

— ¿Juras por Dios, y por tu nombre y calidad de soldado romano,


que dices verdad en lo que dices?
— Juro que digo verdad en lo que digo, por Dios que me casti­
gue si miento, y por m i nombre que sea escarnecido y despreciado
si hablo lo falso.
— Vete, estás libre.
■ La ley judáica castigaba el homicidio con la muerte; pero el
matador de Roboan estaba fuera del alcance de esa ley.
Los .motivos que el judío le habia dado, le ponian asimismo á
MARÍA MAGDALENA. SI

cubierto del castigo marcado para este delito en las leyes castren­
ses de Roma.
Cayo Antonio, quedó, pues, libró de todo daño.
E l cadáver de Roboan filé recogido y enterrado en un huerto
de su familia.
La causa de su muerte fué conocida, y todo el enojo de sus
deudos y amigos, fué para Magdalena.
A Cayo Antonio ápénas le culparon
Sintiéronlo vivamente; porque la impunidad del matador esta­
ba apoyada en el hecho tristísimo· parados judíos de la dominación
romana, que subyugaba la Palestina.
Cayo Antonio salió de la casa de Pilatos, y se dirigid á la de
Magdalena.
Esta sabía ya el acontecimiento,
— ¿Has muerto á Roboan?
— Sí.
Cayo Antonio refirió cómo había sucedido su muerte.
Magdalena lanzó un suspiro.
— ¿Suspiras?
— Sí. '
— ¿Le amabas?
— Si le hubiera amado no hubiese muerto, porque no hubiera,
tenido causa de celos que contigo le hiciera osado.
—¿Por qué suspiras entonces?

— Porque fué el triste profeta de su propia desgracia.
— ¿La profetizó?
— En Galilea; cuando yo d ijequ e venía á Jerusalen, él asegu­
ró que yo dejaría de quererle y que él moriría.
Se pasó un momento en silencio.
Cayo Antonio dijo:
— Olvida esa memoria que te pone triste.
— No pienso en esa profecía,
— ¿En qué, pues?
— En otra suya.
S2 MARÍA MAGDALENA.

— ¿Cuál es? -
— Que yo seré engañada como él lo fué por mí.
— ¿Quién ha de engañarte?
— No puedo serlo mas que por tí, qué eres á quien yo amo.
Cayo Antonio protestó vivamente de su constancia y fidelidad
& Magdalena.
En aquel momento decia el soldado romano lo que sentía su
corazon.
A l contemplarla tan hermosa, le parecía imposible que pudiera
algún· día desaparecer encanto tan grande, ilusión tan sublime.
María le oia extasiada.
Era el primer hombre á quien amaba, el único que habia lo­
grado entre tantos fijar su corazon y rendirle completamente.
La vanidad, que era instintiva en María, y que como hemos
dicho ya, formaba la base principal de su carácter, tomó en su ca-
beza otra dirección, por decirlo así, desde que su corazon se rindió
al amor del guerrero romano.
María deseaba brillar asimismo , se adornaba como ántes de
amar, procuraba las mismas galas para su belleza, pero era con
otro objeto que el que ántes tenia.
Antes lo hacía por agradar á todos, por atraerse las miradas y
los obsequios de los hombres , y despertar la envidia de las muje­
res; despues, su objeto principal era agradar y parecer hermosa á
los ojos de Cayo Antonio.
Estimulada como nunca por esté deseo María, desplegó mayor
magnificencia que ántes.
E l fausto de su casa de Jerusalen excedía al de su morada de
Galilea, como asimismo la riqueza de sus vestidos y sus joyas.
Cayo Antonio no sufría con esto lo- que habia sufrido el triste
Roboan.
El amor de Magdalena por él no podía dudarse.
Su afan por agradarle y llamar principalmente su' atención, era
evidente para todos.
Los triunfos, digámoslo así, que María alcanzaba en otros co­
MARlA MAGDALENA. S3

razones, eran solo trofeos, que luego se apresuraba á rendir ante


el hombre que era objeto úuico de su cariño.
Pero cuando Cayo Antonio conoció más que nunca el grado del
amor de María, fué en una ocasion en que el gobernador le mandó
con una comision á Roma.
El llanto y los extremos de Magdalena, al separarse del bien
que adoraba, no tienen descripción posible.
No parecía en verdad que fuera capaz de amar á tal punto
mujer tan distraída por las frivolidades del mundo.
El mismo Cayo Antonio se admiraba de pesar tan grande como
el que veiaque motivaba su ausencia en el alma de María.
Desde el dia en que Cayo Antonio partió, se cerraron las puer­
tas de la casa de Magdalena á todos .los amigos que ordinariamente
la frecuentaban.
Solo un corto número de mujeres, las dé su más íntima con­
fianza, iban á visitarla.
María quiso rendir este tributo al amor del soldado romano.
Esto produjo gran disgusto entre sus demás amigos.
En todos los círculos de la ciudad se habló - del hecho, como de
un fenómeno raro y extraño del corazon de una mujer como M ag­
dalena.
Esta desdeñaba todo comentario que sobre esto pudiera hacerse,
y seguía con la vida retirada, miéntras estaba ausente su amante.
Pero quienes se sentían verdaderamente irritados por este hecho,
eran los deudos y amigos de Roboan.
En eso veian la doble perfidia de María, cuando tales muestras
daba da su entrañable afecto al matador del judío, que por su causa
había sufrido la muerte.
A oidos de María llegó lo que en la ciudad se hablaba sobre este
punto.
Ninguna mella le hizo.
Su fama, su opinion, sus respetos, sus afecciones, su mundo,
en fin, estaba entonces- reducido al amor de Cayo Antonio.
Todo lo demás, le era de todo punto indiferente.
54 MARÍA MAGDALENA.

La familia de Roboan cobró á María na odio mortal, que llegó


al último grado con la vuelta de Cayo Antonio á Jerusalen.
Así que Magdalena lo supo, dispuso una gran fiesta para reci­
bir en su casa á su amante y compensarse en una noche de com­
pleta alegría de la tristeza de todo el tiempo de la ausencia.
CAPÍTULO VIII.

Dos hermanos gemelos.

Miéntras se celebraba la vuelta de Cayo Antonio en la casa de


Magdalena, en la de los padres de Roboan tenia lugar una escena
bien distinta.
Hallábanse éstos reunidos con sus demás Lijos , lamentando la
triste suerte del que habían perdido para siempre,· y la madre
decia:
— En hora fatal concibieron mis entrañas aquellos dos hijos que,
engendrados en el mismo momento y nacidos bajo la misma es­
trella, han sido tan iguales en la figura como en el rigor de la
suerte.
— Más cruel ha sido ésta todavía con Fasael que con Roboan,—
profirió el padre.
--No digas eso ámí, que soy su madre.
— Yo, que soy padre de los dos, así, pues, lo digo.
— A lo mónos, Fasael vive,— replicó la madre.
— Pero, vive esclavo , y la vida de la servidumbre no es. vida,—
insistió el padre,— ántes bien, es peor que la muerte; y por esto es
ménos desgraciado Roboan muerto, que Fasael vivo.
56 MARÍA MAGDALENA.

Explicaremos la situación en que se encontraba el hermano


gem elo de Roboan. ·. „ ■
Ya han dicho sus padres que era esclavo* '
La causa de su esclavitud era.un desacato p úblico, cometido á
la autoridad de Tiberio, emperador, á quien debia homenaje toda
la Judea tributaria de Roma.
E l hecho acaeció de esta suerte :
Se encargó Poncio Pilato desgobierno de Jerusalen.
Era Pilato de carácter enérgico y d u ro, y desde el momento
en que tomó el gobierno de la ciudad, se manifestó tirano y cruel
con los judíos. . '
Estos se habían sometido, obedeciendo á la fuerza del omnímo­
do poder de Roma, á la autoridad de su emperador..
Pero si obedecían á la fuerza, nunca espontáneamente rendían
acatamiento ánada que viniera de Roma.
Los judíos seguían sus costumbres y su religión con la misma
escrupulosidad que cuando no reconocían e l señorío de los Césares,
y la prudencia del antecesor de Tiberio y la política de éste, pro­
curaban evitar todo alarde de dominio que no fuera absolutamente
preciso, á fin de no hacer más odioso su y u g o y de no exasperar
al pueblo judío.
Conociendo esto Pilato, quiso obligarles á reconocer de todas
suertes la supremacía de Roma, y uno de sus actos fue el colocar
en la fachada de su palacio y en las paredes del templo de Salo-
mon, escudos consagrados á Tiberio, obligando á acatarlos al pue­
blo de Jerusalen.
Los judíos se rebelaron ante este alarde de una autoridad que
les había sido impuesta por la fuerza, y se rebelaron contra la or­
den del gobernador, haciendo atrevidas manifestaciones de su dis­
gusto. ,
Amotináronse delante del palacio, pidiendo.· á gritos que se qui­
taran los escudos, sobre todo los que se habían puesto en las pa­
redes del templo, acto que consideraban como una profanación.
Entre los amotinados se distinguió, por el calor de su prqtes-
MARÍA. MAGDALENA.

ta,' un jó ven de veinte años, enérgico, valiente y resuelto, que no


solo gritó y amenazó á la persona misma del gobernador, sino que
apedreó los escudos que éste había mandado poner para que fueran
acatados y reverenciados por el pueblo.
Fasael fué al momento prendido y enviado á Roma, para ser
allí juzgado y castigado por tan grave falta contra la autoridad
del emperador.
Este le redujo, en castigo, á la esclavitud.
Vista la exasperación del pueblo d&'Jerusalen por el acto de Pi-
lato , la política de Tiberio creyó oportuno calmarle haciendo des­
aparecer la cansa, y mandó al gobernador quitar los escudos, y que
no persiguiese ni castigase á nadie más por aquel motivo.
A pesar de esto, no fué perdonado Fasael.
Su delito era tan personal, tan grave, que el emperador ju z g ó ’
que no debía perdonarle, y que, por el contrario, debía retenerle
en perpétua esclavitud entre los siervos que tenia en su palacio.
Esta era la causa de la esclavitud de Fasael, á quien su padre
consideraba más desgraciado que á su hermano Roboan, que habia
muerto. .
.Hallábase, pues, como decimos , la familia reunida y hablando
de estos tristes sucesos aquella noche, cuando sonaron golpes en
la puerta de la casa.
Todos se sobresaltaron.
E l padre profirió:
— ¿Quién seráá esta hora?
Y mandó á su criado que fuese á abrir.
E l criado abrió la puerta, y quedó atónito al ver á la persona
que habia llam ado.
Era un hombre.
— ¿Qué te asusta?— le dijo éste.
A l oír su voz el criado, exclam ó, lleno del mayor asombro:
— ¡Roboan!
La familia oyó la exclamación del criado, y quedó atónita, como
había quedado éste.
58 MARÍA MAGDALENA.

E l hombre subió la escalera, y el criado le siguió.


Llegó á la habitación donde estaban los de la casa reunidos, y
éstos, al v c r lc , gritaron á la v e z :
— ¡Fasael!
Era, pues, Fasael, y no líoboan, el que había entrado.
— ¿Qué dijiste tú que era Roboan el que venía?— le dijeron al
criado.
Y éste respondió:

— Tiene Fasael la misma figura y la propia cara y la voz misma
de su herm ano, y en verdad que yo creía que fuese Roboan y no
Fasael, porque ju zgu é que era más fácil que un muerto resucitara
que no que volviese un vivo de la esclavitud de Roma.
' — ¿Qué profieres tú de m uerto?— preguntó Fasael al criado.
— Que muerto está tu hermano, quiere d e cir,— respondió el
padre.
— ¡Muerto Roboan!— prorampió Fasael, retorciéndoselos brazos
y llorando.
— Ya sabrás cómo ha sido su muerte , que á todos nos ha llena­
do .de dolor, como á tí te llena; pero ántes explica tú la venida
tuya, y cómo tu libertad se ha podido conseguir,'cuando fué'¿le­
gada al alto precio que yo ofrecía por'ella,— dijo el padre.
—'Ni yo mismo sé á qué debo este beneficio que no esperaba g o ­
zar en todo el resto de m i vida; solo puedo decir que el emperador,
estando yo ocupado en una faena ruda en la puerta de su palacio,
me mandó llevar á su presencia, y me dijo:
— Libre eres.
■—Yo me arrojé á sus pies besándolos y regándolos con las lá­
grimas de mi agradecimiento, y profiriendo las expresiones más
verdaderas de la gratitud que sentía por tan señalado favor como
de su clemencia merecía; pero· él no quiso admitir mi reconocimien­
to, y me dijo:
— No es á m ía quien debes estar agradecido.
— ¿A. quién, pues?
— Entonces me dijo el nombre del que' me había salvado-
MARIA. MAGDALENA. 39

— ¿Y quién íué?
— Un oficial de su ejército, que ni me conoce ni le conozco; pero
al que le movió sin duda á compasion 'mi pena, y habiendo él
gracia con el emperador, lé pidió' esta merced.
— El señor Dios le proteja y esté con él,—-profirió el padre con
religiosidad.
A cuyas palabras añadieron otras iguales todos los individuos
de la familia.
Fasael dijo entónces:
—'Decidme ahora de la muerte dé mi hermano.
Con grandísimo dolor, el padre le refirió cómo había muerto
Roboan, y la causa de su m uerte.
Fasael hubo con esto gran desesperación, y mayor fué ésta to­
davía cuando le dijeron la fiesta que la ingrata Magdalena tenia
aquella noche con el matador de Roboan.
Fasael ju ró allí vengar la muerte de su hermano.
La madre se levantó para poner la mano en su boca á fin de
impedir que saliera de ella el juram ento.
E l padre y sus hermanos le rogaron que suplicara á Dios no
lo tuviese por hecho y que lo deshiciera él con palabras contra­
rias.
— ¿Pero por qué he de deshacerlo?— preguntó Fasael,— ¿no he de
vengar yo la muerte de m i hermano?
— Solo áD ios,— replicó el padre,— 'Corresponde en la otra vida
juzgar al alma que cometió ese delito, y solo al que es autoridad
acá en la tierra castigar por él á quien le ha cometido.
Fasael se hallaba en aquel instante dominado por la cólera, y
no oyó estas palabras de su padre.
Antes al contrario, repitió el juramento con mayor fuerza que
lo habia hecho la vez primera.
En vano la prudencia del padre le exhortó para disuadirle, y
el temor de la madre le expuso los peligros que corría y le mani­
festó cómo provocaba para sí la suerte misma que habia cabido á su
triste hermano.
60 HARÍA MAGDALENA.

Todo filé inútil. --


Fasael, si era gemelo verdadero de Roboan en la figura , pues
se parecían como dos gotas de agua, no lo era en verdad en el
genio.
Cuanto Roboan tenia de mansedumbre, tenia Fasael de ener-.
gía; cuanto aquel era débil, era éste fuerte y resuelto.
Amaba además entrañablemente á su hermano; y , si hubiera
tal vez perdonado un agravio á su propia persona, no podia tan
fácilmente perdonar un tan grave daño hecho á Roboan.
Fasael habló ya muy poco, y tomando pretexto del cansancio
del camino, se despidió para ir á-recogerse á su habitación.
CAPITULO IX.

La sombra de un m uerto.

Fasael se tendió en el lecho, pero no para entregarse al sueño.


Imposible le hubiera sido concillarle.
A pesar de la fatiga del largo camino que habia hecho, sus
miembros repugnaban el reposo y sus ojos se movian constante­
mente, como siguiendo objetos ‘que buscaba la imaginación exci­
tada.
Así estuvo Fasael hasta que el silencio completo de su casa le
indicó que todos dormían en ella.
Entóneos se levantó.
Salió quedo de su aposento y se dirigió al del criado que le ha­
bia abierto la puerta.
El criado dormía.
Fasael le tocó con la mano en un hombro para despertarle.
Abrió los ojos despavoridos el criado, y le dijo:
— ¿Eres tú, Fasael?
— Sí, yo soy.
— ¿Qué quieres?
— Lo primero, que no hables alto, porque vengo sigilosamente á,
buscarte, y nadie se ha de apercibir de ninguna de las cosas que
voy á hacer, y en las cuales vas á servirme.
62 MARÍA MAGDALENA.

— .Sabes que soy tu fiel criado, profirió éste poniéndose en pié;


habla, pues, que espero tus órdenes para obedecerlas.
Fasael le preguntó:
— ¿Dónde están los vestidos de mi hermano?
— Yo sé dónde están, y al punto iré á buscarlos si lo deseas.
— Anda, pues, por ellos, y anda quedo, que ya te he dicho que
no quiero que nadie entienda ni sospeche de mis intentos esta
noche.
El criado fuó y volvió al poco rato con los vestidos.
Fasael se los puso.
— ¿Qué te parezco?— le preguntó al criado.
Este respondió:
— Que eres Roboan vivo.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios de Fasael,
que dijo.
— 'El mismo Roboan soy en verdad, puesto que como la suya
propia es la cara que yo tengo, y sus vestidos son los que llevo y
su espirita es el que me mueve y anima en esta ocasion
Fasael, despues de haber pronunciado estas palabras, con un
tono muy intencionado, se dirigió á su aposento.
El criado le siguió andando, ambos m uy despacio, á fin de no
despertar á ninguno de los que en la casa dormían.
Fasael tomó una daga y la puso en la faja que cenia su tóni­
ca, Asimismo tomó una bolsa llena de monedas de plata.
E l criado palideció, y le dijo:
— ¿Qué intentas, señor?
— Calla y sígueme.
Fasael echó á andar hácia la puerta.
E l criado le siguió en silencio.
Abrieron con sigilo y volvieron á cerrar con sumo cuidado, y ,
ya en la calle, dijo Fasael al criado:
— ¿Tú sabes sin duda dónde está la casa de Magdalena?
— Sí.

— 'Pues guia hácia ella.
MARÍA MAGDALENA. 63

Llegaron á la plaza, y el criado dijo señalando la casa de María-


— Aquí es.
E l portal estaba todavía abierto.
De algunas ventanas salía luz.
Pero no se oía nada que revelara la fiesta de adentro.
Era que ésta ya había concluido.
De la casa salieron algunas personas.
Fasael y su criado se retiraron á un lado para no ser vistos.
Fasael-le dijo entdnces:
— ¿Tú conoces algún criado ó criada de Magdalena?
— Una criada conozco.
— ¿Sabes si querrá recibir monedas mias en pago de un servicio?
— Creo que prestará el servicio por las monedas.
— Anda, pues, introdúcete con disimulo en la casa, y veas el
modo de que yo pueda hablarla.

— -¿Ahora mismo?
— Ahora ha de ser; pero ^entiende: ¿sabe esa mujer que tú eres mi
criado?
— Sabe que lo era de Roboan.
“ ¿Pero me conoce á mí?
— No lo sé; mas si te conviene que no sepa que estás aquí, aleja
todo temor. Acabas de llegar de la esclavitud, nadie de la ciudad lo
sabe todavía, y no es posible que ninguno pueda sospecharlo.
— Tienes razón. Pero guarda tú sobre esto la mayor prudencia.
El judío se dirigió á la casa.
Poco rato tuvo que esperar'Fasael.
Su criado salió despues de breve tiempo, .acompañado de una
mujer.
Llegaron ambos al sitio donde Fasael aguardaba, y éste dijo á
la criada:
“ ¿Sabes ya que yo te necesito para que me hagas un servicio
que te pagaré con largueza?
La mujer, al oír la voz del hombre que hablaba, se puso á tem­
blar de piés á cabeza.
64 MARÍA MAGDALENA.

La voz de Fasael, hizo en ella un efecto profundo.


— ¿Qué tienes? ¿por qué tiemblas?— le dijo éste.
Entónces ella le miró fijamente al rostro.
— ¡Roboaní exclamó aterrada.
Le había tomado por el hermano difunto.
Ya hemos dicho que ambos gemelos se parecían como dos gotas
de agua.
Cuando su mismo criado, que juzgaba ménos imposible, como
le hemos oido decir, la resurrección un muerto, que la vuelta de
un judío siervo en poder de romanos, le confundió con Roboan, con
mucha más razón podia confundirle la criada de Magdalena, que
no conocía á Fasael, y tenia ménos motivo de- distinguir entre am­
bos gemelos.
Creyó, pues, que era el mismo Roboan, resucitado el que la ha­
blaba.
La manera misteriosa como había sido llamada, la soledad del
sitio, las sombras y la silenciosa hora de la noche, contribuían á
presentar á la afectada imaginación de la judía aquel hecho como
verdaderamente sobrenatural. Fasael comprendió el partido que
podia sacar del efecto que su semejanza con su hermano hacía en
la judía, y trató de aprovechar esta circunstancia.
En este concepto, dijo al oir la exclamación de la criada de
Magdalena:
— Tú me has conocido, mujer: yo soy el mismo Roboan.
La judía le miraba aterrada, inmóvil como el mármol, y sin
respirar.
Fasael continuó:
— Soy Roboan, á quien Dios ha permitido volver al mundo para
cumplir con un deber, al cual tú debes ayudarme. Dime si estás
dispuesta á servirme.
— Solo aguardo tus órdenes para cumplirlas, dijo la judía con
voz entrecortada por el sobresalto y por el miedo, que aumenta­
ban en ella á medida que oia la voz de Fasael, exactamente igual
á la de Roboan.
MARÍA MAGDALENA. 65

— Díme, ¿qué hace ahora tu ama? j


— Acaban de retirarse los que ha invitado esta noche para la
fiesta que ha dado, con el objeta de celebrar la vuelta del centurión
á la ciudad.
— ¿Y el centurión también se ha marchado?
— Nd, queda en la casa.
— ¿Cuándo se cierran las puertas?
— Con ese pretexto he bajado yo cuando me llamó tu criado.
— Yo debo entrar esta noche.
— Entrarás si lo deseas.
— Y hade ser sin que nadie pueda venne.
— Nadie te verá.
Fasael dió la bolsa del dinero á la judía, que acabó con esto
de rendirse á su voluntad, y despidiendo á su criado, la siguió
hácia la casa de Magdalena. . '
La puerta de la calle se cerró.
Fasael filé conducido por la judía á un aposento inmediato al
en que Magdalena se hallaba en compañía, de Cayo Antonio.
CAPÍTULO X

La voz de la conciencia.

A pesar de haber ensangrentado sus manos con la perpetra­


ción de uno de los más grandes delitos, como sin duda lo es la
muerte de un hombre, ante la justicia divina y ante la humana de
todo país que no se encuentra en estado de barbárie, Cayo Anto­
nio distaba de ser un. hombre de perversos instintos y duro de co-
razon.
Era todo lo contrarío.
Aunque enérgico y orgulloso, como lo eran todos los que vestían
la coraza de gerrero romano, en una época en que las armas de
Roma era la reputación del poder mayor conocido sobre la tierra, el
corazon de Cayo Antonio era noble y generoso, y no estaba cerra­
do á los más delicados sentimientos de ternura.
La muerte de Roboan, aunque no fué provocada por él, sino
que lo fué más bien por la cdlera del ciego judío, no dejó de ator­
mentar un solo dia la memoria de Cayo Antonio.
A menudo le tenia presente á los ojos de su imaginación, sobre
todo, cuando se hallaba al lado de Magdalena.
En esto no podía remediar nada su reflexión, por más que se
le hacía, de que hasta cierto punto no era él el culpable, sino que
MARÍA. MAGDALENA. fi7

lo era más bien la víctima misma, del hecho que con sus arreba­
tados celos había provocado.
Sabemos que Cayo Antonio íué poco despues á Roma con una
comision del gobernador de Jerusalen.
En el viaje, le acompañó la memoria de Magdalena, la que
dejaba llorando amargamente su ausencia, y le siguió también el
recuerdo de Roboan.
Impresionado principalmente por estas dos ideas, entro', enviado
de Pilato, en la ciudad señora del mundo.
Sin detenerse, se dirigió al g'ran palacio donde moraba el mo­
narca más poderoso de la tierra.
Trabajando en la colocacion de una grande estátua de Tiberio,
que habia de quedar delante de su palacio, se hallaban varios de
sus esclavos.
Cayo Antonio se detuvo mi momento á contemplar la estátua,
y de pronto se impresionó tan vivamente, que su rostro palideció
y una nube privó momentáneamente la luz de sus ojos, y hasta
cesó en sus venas el movimiento de la sangre.
Este efecto no fué producido por la vista de la imágen de Ti­
berio; lo fue por la presencia de mío de sus esclavos que en la
obra trabajaban.
Aquel hombre tenia la cara misma del judío Roboan, á quien
habia muerto Cayo Antonio.
¿Cómo no, si era su propio hermano gemelo Fasael?
Cayo Antonio, que ignoraba esta circunstancia, y ni aún sabía
que el primer amante de Magdalena tuviera un hermano esclavo
del emperador en Roma, no se detuvo á reflexionar acerca de las
muchas circunstancias posibles y naturales que podían haberse
juntado para producir aquella ilusión, en su mente y á sus ojos,
sino que se impresionó vivamente y en él calló toda reflexión para
hablar solo la voz de su remordimiento, evocado por la figura
misma del hombre á quien habia muerto.
Preso de estas ideas, subió la ancha escalera del palacio, y se
presentó al emperador.
68 MARÍA MAGDALENA.

Tiberio oyó con agrado la misión de Pilato, simpatizando á


primera vista con la noble y gallarda figura del mensajero.
Cuando éste hubo terminado su misión, el emperador* ántes de
despedirle, le dijo: ^
— ¿Y tú estás, bien en esa tierra?
— Yo estoy siempre bien allí donde tu servicio me llama.
—-¿Pero no deseas volver á Roma?
— He venido á ella con gusto, porque mi deber es servirte, y
con gusto volveré siempre que tu servicio mo lo mande.
—Yo deseo que pidas una merced que con buena voluntad quie­
ro concederte.
Entónces asaltó á Cayo Antonio una idea, y dijo:
— Yo pediré esa merced á que me invita tu bondad.
— Pídela pues.
— Mas no para mí, sino para otro.
— Sea en favor de quien quiera, pídela y te será otorgada,—
dijo el emperador.
— Entónces, pido á tu clemencia que devuelvas la libertad á
uno de tus esclavos.
— Nómbrale, y le será la libertad devuelta.
— No puedo nombrarle, porque no sé su nombre.
— ¿Quién es entónces?
— Yo le señalaré entre los que ahora trabajan en la eolocacion
de tu estátua.
E l emperador se levantó del asiento que ocupaba, y dijo apro­
ximándose al balcón:
— Desde aquí los veremos á todos.
Asomáronse Tiberio y Cayo Antonio á la plaza, y éste dijo se­
ñalando con la mano á uno de los esclavos:
— Aquel es, que ahora se baja, para sostener aquella piedra con
la espalda.
— Al instante mismo le será devuelta la libertad.
— E l Señor Dios prospere tu grandeza y premie tu clemencia,—
profirió Cayo Antonio.
MARIA. MAGDALENA. 69

El emperador, al despedirle, le dijo:


— Por orden mía dirás que sea aquí conducido ese esclavo, que
será libre al salir de esta estancia.
Cayo Antonio salió de la presencia del emperador, llevando el
corazon lleno de inmenso gozo.
Parecíale que hacía el bien á Roboan, haciéndolo al esclavo
que era su propia imág-en.
físte quedó sumamente sorprendido al ver que el emperador le
llamaba.
Ca,si temblando, pareció delante de él.
Tiberio le preguntó:
— ¿Cuál es tu nombre?
— Fasael.
— ¿Judío entónces?
— De Jerusalen.
— Cualquiera que sea el delito que te haya reducido á la escla­
vitud, queda por mi perdonado, y tú, Fasael, libre para volver á
tu casa, y abrazar á tus padres, y á tu esposa, y á tus hijos si los
tienes.
Fasael quedó tan atónito y sorprendido, que no pudo al pronto
pronunciar una palabra.
La sensación de que estaba, poseído, privaba la voz á su gar­
ganta y las ideas á su mente.
Pero pasado el primer momento de su sorpresa, se arrojó á los
piés del emperador, y besándolos y bañándolos con sus lágrimas,
prorumpia en palabras de profunda gratitud, por el señalado fa­
vor que acababa de recibir de su clemencia.
Tiberio le dijo:
'-No es á mí á quien debes esos extremos de tu reconocimiento.
¿A quién entonces? —preguntó Fasael.
-—Al que por tí ha suplicado, al que pudiendo obtener para sí
propio una merced mía, ha querido que yo la empleara en tí.
— Te ruego, señor, me digas su nombre, para bendecirle como
bendigo el tuyo.
70 MARÍA. MAGDALENA.

— Cayo Antonio se llama, y es oficial de mis legiones,— dijo el


emperador.
Fasael expresó con nuevos extremos su reconocimiento á Tibe­
rio, y bendiciendo su nombre y el de Cayo Antonio, salió libre y
Heno de alegría de la ciudad donde tan tristemente había vivido
la vida del esclavo.
Fasael anduvo todo un dia buscando y preguntando por el
hombre que le había librado de la servidumbre.
Nadie supo darle razón.
Cayo Antonio 110 estaba en Roma, sino que iba ya de vuelta
camino de Jerusalen.
Fasael, confundido por el misterio que su libertad envolvía, y
despues de haber hecho aquel dia cuanto pudo hacer para encon­
trar á su bienhechor, salió también de Roma, dirigiéndose á Jeru­
salen, con el ansia del hijo que despues de verse tanto tiempo pri­
vado de los goces de la familia, mira cercano el momento de verse
bajo el techo de la casa en que nació, y con la alegría del hombre
que despues de haber creído perdida para siempre la libertad, la
recobra en el momento en que menos la espera.
CAPÍTULO XI.

Una sorpresa.

Cerradas las puertas de la casa de Magdalena, cuando hubo


concluido la ñesta y se habían marchado los convidados á ella,
quedó María sola con Cayo Antonio. Abandonaron la sala del festín,
y pasaron á otro aposento apartado, donde no se respiraba la at­
mósfera del festín, sino el más grato aroma de las flores del huerto
vecino, á cuyos perfumes daban entrada los abiertos ventanales.
Sobre una especie de otomana, que levantaba una cuarta del
suelo, cubierta con rica tela de color de grana, y con blandos co-
gines que le servían de mullido respaldo, fué & sentarse Magdale­
na, llevando de la mano á Cayo Antonio.
Este, prendado .como nunca de la hermosura de María, tomó
asiento á su lado.
La tibia luz de una lámpara, velada por una gasa de color de
rosa, iluminaba el aposento, aumentando el encanto de aquella
mansión, templo del amor de dos corazones que en aquellos mo­
mentos iban á olvidarse del mundo, para vivir la vida de su mu­
tuo sentimiento.
Magdalena profirió así que se vió sola y al lado de Cayo An­
tonio:
72 MARÍA MAGDALENA.

— Ya me cansaba la fiesta de esta noche.


— ¿Por qué?
— ¿Y tú me lo preguntas? Yo la di para celebrar tu vuelta, para
festejarte á tí; pero duraba ya demasiado para el afan que yo tenia
de verme sola contigo. ¿No te sucedía, á tí lo mismo?
•— Sí.
— ¿No me engañas? ¡Ah! ¡si supieras cómo he pasado todo ese
tiempo!
— ¿Has estado triste?
— Mis labios no han tenido una sonrisa, ni mis ojos han podido
ver nada con alegría. Esta casa ha permanecido cerrada á todo
placer.
— ¿Eso has hecho?
— Sí.
La vanidad del hombre, satisfecha al ver un sacrificio de la
mujer que ama, se dejó sentir en el corazon de Cayo Antonio.
Magdalena estaba verdaderamente enamorada de él.
Para dar á conocer á su amante todo el grado de su pasión, le
dijo:
— ¿Tú no ignoras la animadversión que tienen los de mi raza á
la raza tuya que la domina?
— Es verdad.
— Reina, pues, siendo como es público mi amor poi1 tí; ¿cómo
han de mirarme á mí en la ciudad, sobre todo, despues que mi pre­
dilección por tí le ha costado la vida á un judío que me amaba?
Yo falto en esto hasta á mi ley. Pero todo lo olvido, todo lo con­
siento, con tal de que tú me ames' como yo te amo.
— Eso lo sabes demasiado,— dijo Cayo Antonio.
— Sí, lo sé porque tú me lo dices, pero no porque yo lo vea más
allá de tus palabras.
— ¿Qué quieres significar?
— Que en tu cara y en tus ojos no veo yo todo lo que mi cora­
zon desea ver en tí.
— ¿Por qué?
MARÍA MAGDALENA. 73


— Estás á veces sombrío.... en este momento mismo, parece que
ocupan tu mente otras ideas y otros pensamientos, que los de mi
amor, que en este instante no piensa mas que en tí, ni ve nada
mas que á tí.
— Es un recuerdo que tú misma has evocado.
— ¿Cuál?
— La muerte de Roboan.
Magdalena lanzó un suspiro, y dijo:
— También á mí me atormentas en más de una ocasion; pero
ese tormento ya es débil; así que viene á mí tu pensamiento, lo
borra por completo.
— A mí[me ha seguido como nunca en mi viaje á Roma,— pro­
firió Cayo Antonio.
Y seguidamente, refirió á Magdalena cómo había devuelto la
libertad á un esclavo.
— ¿Y era judío?
— Creo que sí.
María experimentó el consuelo mismo que Cayo Antonio, al
saber el bien que de manos de éste habia recibido un judío que se
parecía á Roboan.
Su conciencia, como la del soldado romano, se alivió con esto,
del peso que á veces la oprimía al venir á la mente aquel san­
griento recuerdo, y en aquel instante en que necesitaba de toda
su calma para entregarse á las encantadoras ilusiones de su pasión,
se tranquilizó por completo, dando por subsanado el daño por él
beneficio de la misma mano que lo habia causado.
A Cayo Antonio le sucedió lo mismo.
Ambos olvidaron todo motivo que pudiera nublar el cielo de su
felicidad, para dar expansión completa al sentimiento que llenaba
sus corazones.
En el momento en que la pasión llegaba al último punto y su
espíritu estaba embriagado en la atmósfera de amor que respiraban
sus almas, se levantó un tapiz que cubría la puerta de una cámara
inmediata, y apareció la figura de un hombre.
10
74 MARÍA MAGDALENA.

Era Fasael.
Magdalena y Cayo Antonio, quedaron ambos, al verle, sin
sangre en las venas.
Aquella por efecto de verdadero terror; éste por efecto de la
sorpresa más bien.
Fasael vestía, como sabemos, las mismas ropas de su hermano.
En sus ojos brillaba la cólera y el fuego de la venganza, y en
su mano la hoja de una daga.
Magdalena y Cayo Antonio exclamaron á un tiempo:
— ¡Roboan!
Aquella escondió el rostro dejando caer la cabeza horrorizada
sobre la espalda de Cayo Antonio; éste quedó mirando mudo de
asombro la figura.
Fasael dijo entónces:
— Sí, soy la sombra, el espíritu de Roboan, que se levanta del
lecho de muerte en que le puso tu infamia, María, ayudada por la
maldad del hombre que tienes á tu lado.
Cayo Antonio hizo un movimiento de coraje.
Fasael prosiguió:
— 'Soy el espíritu de Roboan, á quien Dios permite que se apa­
rezca entro vosotros para confundiros, y vengar en ambos el agra­
vio que ambos hicisteis.
La voz de Fasael, que era la misma de su hermano, tenia un
timbre profundo y aterrador, que llegó á imponer hasta áCayo An­
tonio, á pesar de su ánimo naturalmente fuerte.
—‘E l crimen que los dos habéis cometido, pide venganza, y el
momento de esa venganza ha llegado.
Así dijo Fasael, y levantando la diestra armada con el acero
homicida, y saltando da sus ojos chispas del fuego de la venganza
que abrasaba su pecho, se lanzó con furia sobre los amantes.
Antes que llegase á ellos, María, comprendiendo lo crítico de la
situación, salió de su estupor, levantó la cabeza, y lanzando un
grito y levantándose, se puso delante del soldado para escudarle
con su cuerpo-
MARÍA MAGDALENA. 75

Prueba manifiesta de su amor inmenso, qne daba la vida por


salvar la de su amante.
Pero éste, con un movimiento tan rápido como exigían las cir­
cunstancias en aquellos instantes, la cogió, y quitándola de de­
lante, la puso á su espalda para escudarla él contra el golpe que '
le amenazaba.
El guerrero no tuvo con esto tiempo de echar mano á su espa­
da para defenderse.
Fasael iba ya á hundir el acero en su pecho, cuando Magdale­
na exclamó al tiempo que hacía nuevos esfuerzos para librar á su
amante. -

— ¡Cayo Antonio, aparta!
A l oir este nombre, Fasael se detuvo.
Cayo Antonio, sorprendido por esto, le presentó el pecho di­
ciendo:
— Hiere, ¿qué te detiene?
Fasael arrojó la daga, y profirió:

— Nó, mi mano no tiene fuerza ni mi corazon valor para herir­
te á tí.
— ¿Por qué?
— Te he buscado por espacio de un dia entero en Roma.
• — ¿A mí?
— Sí, á tí; te he buscado para besar tus plantas, y ahora que te
encuentro no ha de ser para herir tu pecho.
Cayo Antonio oia asombrado á Fasael.
Más asombrada todavía estaba Magdalena de escucharle.
— Yo no soy Roboan.
— ¿No eres Roboan?
— Nó-, soy su hermano.
— ¿Su hermano?
— Ayer era esclavo de Tiberio, que me dio la libertad porque se
la pidió para mí un oficial de sus tropas que se llama como tú te
llamas: sin duda eres tú.
— Yo soy en verdad.
76 MARÍA MAGDALENA.

— Te debo, pues, resentimiento por nn lado y gratitud por otro;


mi corazon siente el deseo de la venganza por un agravio que tie-
ne presente, y afecto por un beneficio que no puede olvidar. No
puedo seguir un camino y dejar el otro, cuando á los dos me sien­
to llamado; me paro, pues, delante, y no voy por ninguno, y tiro
el arma con que venía á herirte, y te dejo.
Y dirigiéndose á- Magdalena, concluyó:
--De tí no he de vengarme tampoco. Eres el escándalo de la
ciudad, tus hermanos te desprecian y te aborrecen; de tu casa ha
huido el espíritu del bien, y solo se albergan en ella los espíritus del
mal; has faltado á tu raza, á tu le y y á tu Dios; la ciudad entera
te' execra, y yo te aseguro que no recobrarás jamás el aprecio, y
solo tendrás odio y vituperio de todos los de tu raza.
Dicho esto, Fasael salió de la estancia, dejando en el mayor
asombro á Magdalena y á Cayo Antonio.
Apoderóse de Cayo Antonio una especie de tristeza que le im­
pidió desde aquel momento todo pensamiento alegre y lisongero.
Sin descansar del largo camino que habia llevado, fué, apénas
hubo salido de la casa del gobernador de darle cuenta del resulta­
do de su misión á Roma, á la casa de Magdalena.
Empezó, pues, á sentir á aquella hora la fatiga de la jorna­
da, y sus párpados se cerraron insensiblemente á un sueño pro­
fundo.
Magdalena, á solas con él, le contemplaba enamorada y velaba
sü sueño suspirando de amor á su lado.
Hallábase María en una especie de éxtasis de amor cuando so­
naron fuertes golpes en la puerta de la casa.
Una de sus criadas salió á ver quién era el que á tales horas
llamaba, y luego fué á dar cuenta de ello á su ama en estos tér­
minos: 1 ’
— Es el que llama un criado de la casa de tu hermano Lá­
zaro.
— ¿Y qué se le ofrece?
— Dice que quiere verte.
MARÍA MAGDALENA. 77

, — e s esta hora importuna.


— Está rayando el alba.
— Que espere.
— Trae, al parecer, grande urgencia.
Los golpes á la puerta volvieron á sonar.
— Conocésele por la prisa y fuerza con que llama, añadió la
criada.
Magdalena se sentía sumamente molestada por este accidente
que le contrariaba más y más, porque venía á privarla; de una feli­
cidad suprema, como la que entonces gozaba su espíritu velando el
sueño del hombre que amaba.
Al fin se levantó con pena y á la fuerza,. y pasó á otro apo­
sento.
Allí recibió al criado de su hermano.
Este traia una carta de Marta.
El pergamino contenia pocas palabras, pero bastante expre­
sivas para mover el corazon de una mujer que no hubiera deja·"
do avasallar el sentimiento de familia por las pasiones que se ha­
bían hecho dueñas del corazon de Magdalena.
Dábale cuenta su hermana de cómo Lázaro habia enfermado de
gran peligro, siendo la causa principal de su enfermedad el dolor
de verla á ella entregada á la vida que estaba haciendo, y le ex­
hortaba á volver á su casa donde el amor de sus hermanos volve­
ría á recibirla como si nada hubiera sucedido; que lo hiciera sin
pérdida de momento, porque así recobraría los bienes que habia
perdido, más apreciables que los falsos bienes que el orgullo del
mundo le ofrecía.
María leyó el pergamino, y dijo al criado:
— Dile á Marta, mi hermana, que yo iré á visitar á mi hermano
enfermo; pero que ella no vuelva á mandar á mi casa á nadie con
consejos y reconvenciones, que yo no recibo de quien no tiene tí­
tulo ni poder para hacerlo.
Con esta respuesta salió el criado, y Magdalena volvió á la es­
tancia donde dormía aun profundamsnte Cayo Antonio.
CAPITULO XII.

La estrella de la calle de Jehú.

A corta distancia de la casa de Fasael, en la calle misma de


Jehú, vivía im anciano y acomodado judío, cuya familia, despues de
muchas desgracias por causa por muertes ocurridas en ella , habia
quedado reducida á una hija, que en el tiempo de nuestra histo­
ria contaba diez y seis .años.
Era extremadamente hermosa y su padre se miraba en ella,
encantado en su belleza, y subyugado por sus gracias , y escla­
vo de su cariño, el cual insensiblemente habia subordinado su ca­
rácter, sus pensamientos, su autoridad, su alma, en fin, y su co-
razon entero.
Se llamaba Sara la bella judía, aunque en la calle y en la ciu­
dad se la conocía más bien por el sobrenombre de la estrella da la
calle de Jehú con cuyo dictado señalaba el pueblo su belleza sin­
gular.
El lector no desconocerá del todo al encontrarse otra vez con
ella, esta figura que apareció por breves momentos á su vista en el
capítulo primero de nuestro libro, á la sazón en que la prodiga y
espléndida María Magdalena daba una de sus opíparas cenas á sus
ΜΑΒΙΑ MAGDALENA. 79

amigos, y en honor principalmente de Cayo Antonio, el hombre á


quien habia hecho dueño de su corazon.
Sara,-1 a estrella de la cálle de Jehú, es, pues, la misma que vi­
mos á la mesa de Magdalena aquella noche, dirigiendo los dardos
agudos de sús miradas al corazon del soldado romano, quien é.
su vez no podia ménos de fijar sus ojos en el rostro de la bella
júdía.
Excusamos aquí hacer una nueva descripción de su hermosu­
ra: la hicimos ya al principio, y aunque sin acercarnos mucho á
la realidad, creimos decir lo bastante para dar á entender que
aunque de género distinto, porque distinto era el tipo de ambas,
la belleza de Sara en nada cedia á la de Magdalena.
Poseyendo, como poseía, todo el cariño de su padre, cuyo pen­
samiento, repetimos, habia la hija subyugado, por demás está de­
cir si mandaría Sara en su casa como dueña absoluta de ella.
A llí no habia otra voluntad que la suya, ni se obedecían otras
órdenes.
Los criados, que por otra parte la querían mucho porque Sara
era buena con ellos, y no escaseaba tampoco las dádivas, eran,
más que criados, esclavos suyos, encadenados á su voluntad, por
los lazos del interés y de. su cariño, al propio tiempo que se
manifestaban, en la solícita prontitud, con que servían á su jóven
ama.
Desde muy niña estaba, pues, acostumbrada Sara á hacer su
voluntad, y á satisfacer todos sus caprichos, sin que nada se lo,
impidiera ni menos persona alguna se opusiera á ellas.
La belleza habia de atraer naturalmente á su puerta más de
un galan afanoso de contemplarla de cerca, anhelante de ensal­
zarla y codicioso de obtener sus distinciones.
Nunca y en época, alguna, ni en ninguna edad, ha sido indi­
ferente la mujer á las fl.ores, que la galantería y la admiración
arrojan á sus piés, y sucede con frecuencia, que cuanto más her­
mosa, más agradables le son y más desea este género de home­
najes.
80 MARÍA MAGDALENA.

El número nunca le-parece excesivo, y raras veces ó nunca


deja de recoger, con la intención al ménos, una flor que le arroje,
por modesta que sea y por humilde que el galan parezca.
En esto se parece la mujer al avaro, cuya codicia no se satis­
face jamás. Los millones que guarda .en su escondido tesoro no lo
impiden alargar la mano al miserable maravedí que mira á su
alcance.
Sara gustaba de las flores que le rendían sus galanes, y cor­
respondía á las finezas de alguno, hasta que· su corazon se sin­
tió' interesado por el que logró hacer vibrar sus cuerdas deli­
cadas.
Desde entónces Sara se rindió á é l , aunque sin desdeñar por
esto los obsequios de los .demás.
En esto se parecía á Magdalena, eomo se parecen todas las
mujeres.
Una cosa es el amor y otra en ellas es la vanidad.
Aquel sentimiento suele ser perfectamente compatible con este
instinto de su organización, ménos cuando el amor llega já cierto
grado, que entónces manda absolutamente en el corazon de la
mujer, y reina absoluta de él sin consentir que ningún otro ins­
tinto ni pasión alguna se le iguale, sin invadir en ningún con­
cepto sus dominios.
Sara no habia llegado á querer á ese extremo, y por eso eran
compatibles en ella el amor por uno y la vanidad por los obse­
quios de otros galanes.
E l afortunado entre todos se llamaba Ader.
Sara habia atendido más en él á sus cualidades morales que á
las físicas y de posicion.
En estas últimas no habia pensado un momento.
Ader era jóven, pero no gallardo, ni rico, ni de ilustre familia.
Otros, que con él competían, le excedían en estas cualidades;
pero Sara le prefirió, porque amándola él mucho, acaso el lenguaje
apasionado de Ader penetró más adentro que la voz de otro alguno
en el corazon de la bella judía.
MARIA. MAGDALENA. 81

Ader, juntamente con otro de sus amigos, fué iiivitado alguna


noche á las cenas de Magdalena.
Pero no anticipemos sucesos que postergarían en el curso de
nuestra narración otros que no deben quedar rezagados.
Fasael, á su llegada dól cautiverio, oyó hablar de la estrella de
la calle de Jehú, que habia aparecido, digámoslo así, durante su
ausencia en el cielo de Jerusalen.
Su fama despertó en él el deseo de conocerla, y cuando la hubo
visto, encontró plenamente justificado el sobrenombre conque las
gentes la apellidaban.
Fasael desde entónces pasaba á menudo por delante de la casa
de Sara, y otras veces espiaba la ocasion de verla en el huerto,
mirando por entre los matorrales que le circuían.
Quizás Fasael no sintió amor por Sara en el momento de verla,
pero era indudable que la jóven judía despertó en él un interés vi­
vísimo.
No habia de tardar el hermano gemelo de Roboan en descubrir
que no se hallaba solo su pensamiento vagando alrededor de la
casa de Sara.
Presto vió que era más inmensa de lo que tal vez creyera la
córte entusiasta de su hermosura, y no se pasaron muchos dias sin
que descubriera quién entre tantos era el afortunado.
Convencido de que era Ader, Fasael, que no gustaba de
rivalizar con otro, ni ménos se avenia su carácter á disputar lo
que otro poseía, desistió del pensamiento que tuvo acaso al prin­
cipio, pero no por esto perdió de vista á la hermosa, que despertó
en él otro interés por una circunstancia que Fasael notó por casua­
lidad.
Hallábase él una noche recostado debajo de unos árboles en el
huerto de su casa.
Era la noche sumamente apacible.
E l cielo estaba puro y sereno, la luna brillaba con toda su
claridad, y el céfiro era tan sutil, que apénas movíalas hoja'S délos
árboles,
11
82 MARÍA MAGDALENA.

E l silencio era completo, profundo, en la ciudad -y en el


campo.
Fasael estaba embelesado gozando de la apacible calma de la
naturaleza.
De pronto hirió' sus oídos un ruido extraño.
Movió la cabeza, se incorporó y se puso á escuchar.
El ruido era de pasos de un hombre cuyo andar producía un
sonido metálico.
Fasael asomó la cabeza por encima del cercado, y exclamó:
— ¡Es él! . '
El hombre era Cayo Antonio.
A la clara ’luz de la luna, el judío le distinguió perfecta­
mente.
— ¿A dónde irá á estas horas por estos sitios? se preguntó el
judío.
No tardó mucho en saberlo.
Cayo Antonio se detuvo delante del cercado-de Otra huerta dis­
tante pocas varas.
Fasael no separaba la vista del soldado romano.
Cayo Antonio dió tres palmadas.
El judío, que le observaba, tuvo una. sospecha.
Pocos momentos despues oyó el murmullo de dos voces en el cer­
cado vecino.
Una era la voz de Cayo Antonio; la otra de una mujer,
— Ya no hay duda,— murmuró Fasael.
Aquel huerto pertenecía á la casa de Sara.
Evidentemente era aquello una cita.
Sara estaba en inteligencia con el centurión.
La hermosa judía estaba asomada al cercado.
Pero la plática duró pocos momentos, valla por medio.
El centurión la salvó y entró en el huerto.
Dos sentimientos encontrados se levantaron á un tiempo en el
-corazon del judío.
Uno de pesar profundo, quizás de celos y de despechó. "
MARÍA. MAGDALENA.

Otro de siniestra alegría.


Este último venció al primero, y quedó dueño del ánimo de
Fasael. -
Largo espacio de’ tiempo permaneció en acecho.
En su fisonomía se pintaba vivísima ansiedad. Sus ojos no se
quitaban del cercado de "Sara. ■
— ¡Y Magdalena muere de amor por él!— murmuró el judío.
Y al hacerse esta reflexión, brilló en sus ojos un rayo de sinies­
tra alegría.
CAPÍTULO XIII.

Lachas entre ©1 genio del bien y ©1 genio del mal en el corazon de


Magdalena.

Aunque Magdalena recibid con desafecto al criado de su her­


mano que fué á anunciarle la enfermedad de éste por orden de
Marta, no por esto dejd de afectarla, ni pudo olvidar ni desatender
el deseo de su familig,.
Pero en aquel momento en que se hallaba entregada del todo
al amor de Cayo Antonio, la disgusto, porque vino á amargar la
lisonjera ilusión en que se gozaba su alma enamorada, y de ahí que
respondiera en términos tan, duros como desnudos de todo afecto
háeia su familia.
No era este, sin embargo, el corazon.de María.
Ni le estaban negados por naturaleza los nobles sentimientos,
ni los habia muerto por completo en su pecho la pasión que le em­
bargaba, por más que se levantara sobre ellos, dominándolos á todos.
Muchas veces á sus solas habia pensado María en su familia y
sentido la pena del distinto modo de pensar que la separaba de sus
hermanos y la tenia alejada del techo sagrado bajo el cual habia
nacido y sido criada al calor del cariño de sus padres.
Muchas veces habia pensado en que la parte principal de culpa
estaba en ella, por más que considerase que podía y debía ser mé-
nos humilde el género de vida que en su casa se llevaba, siendo
MARÍA. MAGDALENA. 85

tan grandes los medios de fortuna de que liabian gozado sus padres
y gozaban sus hermanos. Pero ya hemos dicho que su organiza­
ción no se avenía con la modestia y la humildad, y en su refle­
xión no habia fuerza bastante para dominarse y vencerse á sí mis -
ma. Su pensamiento, en momentos lucidos y de calma, la llevaban
por un camino del que presto la apartaban los instintos para em­
pujarla por otro diametralmente opuesto.
Esta especie de lucha entre él deber y el deseo de ciertos place­
res, lucha que raras veces ó nunca deja de existir en el corazon de
la criatura, se ofrecía muchas veces en el alma de María, pero
nunca desde que se apartó de su familia fué esta lucha tan fuerte
como el día en que, despnes del recado de su hermano, que hemos
visto cómo desatendió María, insistió Marta en que fuera aquella á
ver á Lázaro, y al fin consiguió llevarla á presencia de su herma­
no enfermo.
E l cuadro que ofrecía la familia en aquellos instantes era verda­
deramente extraño.
Magdalena no pensó ni por asomo en variar ninguna de las
prendas de sus vestidos usuales para presentarse en la casa de sus
padres.
¡Cómo contrastaba su aspecto con el que ofrecía toda la casa, y
sobre todo, su porte rico y ostentoso con el porte modestísimo y
sencillo de Marta!
Hallábase ésta á la cabecera de Lázaro, y rodeaban su lecho los
deudos más allegados.
María, entre ellos, 110 parecía un miembro de la familia, sino
más bien un individuo extraño á ellos.
Quien no hubiera estado en antecedentes y 110 conociese á los
personajes, la hubiera tomado por una princesa que acudía caritati­
va al lecho de un enfermo pobre para socorrerle.
Lázaro, al verla, separó de ella los ojos, que dirigió al cíelo con
expresión dolorosa.
María no pudo ménos de sentirse sobrecogida al verse entre
su familia.
86 MARÍA MAGDALENA.

El rico vestido que llevaba, satisfacción de su orgullo y vani­


dad, la avergonzó en aquella ocasion.
Las galas que Ja adornaban las sentía pesar sobre su cuerpo
como una carga que la abrumaba.
La modestia y el orgullo se encontraron allí frente á frente, y
éste se sintió humillado por aquella.
María dirigió la .palabra á su hermano en estos términos:
— Hanme hecho saber que estabas enfermo y que deseabas verme.
— Asi es la verdad; enfermo estoy como ves, y verte era mi de­
seo, que. manifesté á Marta, rogándola que lo hiciera llegar á tu no­
ticia.
— Asimismo lo ha hecho, y ya ves cómo he venido.
—-Nuestros parientes han acudido .á consolarme; pero faltabas tú
entre ellos, y he querido que tú estuvieras:
— Entre ellos me tienes.
— Tu presencia alivia mis males.
— Yo doy gracias al cielo porque permite que este beneficio á mi
hermano venga por mí.
— Yo ruego al señor Dios se sirva concedérmelo, no por breves
horas, sino por mucho tiempo.
María calló al oir estas palabras.
Lázaro añadió:
— Pero ya veo que no seré digno de este favor. Mi hermana Ma
ría no se aviene á acompañarme, porque aquí no reinan los placeres
de que ella gusta en la ciudad.
La voz de Lázaro tenia más bien el acento del dolor que el tono
de la reconvención.
María, que no era perversa de corazon, comprendió el senti­
miento de su hermano, y respondió:
— No hay para mí placer mayor que el de consolar á mi herma­
no cuando éste me pide consuelo.
— ¡María!— exclamó Lázaro tendiéndola los brazos.
Magdalena se arrojó en ellos.
Sus ojos vertieron lágrimas sobre el pecho de su hermano.
MARÍA MAGDALENA. 87

Lázaro lloraba también. ,


Marta alzó los ojos al cielo en actitud de-gracias.
Le pareció aquel acto presagio feliz de la completa reconcilia­
ción de María con su familia, y abrigó la esperanza de volver á
verla en la casa de sus padres y en el camino que éstos habían
seguido y señalado á sus hijos.
Largo ■
rato permaneció María, abrazada á su hemano y lloran­
do con él.
.Las lágrimas que derramaban sus ojos se convertían en dulce
bálsamo, que aliviaba su pecho de nn pesar extraño que la oprimió
al entrar en la casa paterna; sus labios suspiraban, y cada suspi­
ro ensanchaba su oprimido corazon.
María, al desprenderse luego de los brazos de Lázaro, se encon­
tró con los.de su hermana y los ele sus deudos, que deseaban reci­
birla en ellos.
Aquel dia fué para Magdalena de dulcísima emocion,
Los. suaves goces del cariño tranquilo y reposado de la familia
formaban gran contraste con las fuertes sensaciones de su agitada
vida, y su corazon se sentía agradablemente trasportado á esa calma,
bienhechora del arrepentimiento.
En horas experimentó Lázaro el buen resultado del remedio; su
dolencia era del alma, y ésta tuvo la mejor y la única medicina
en aquello mismo. que causara principalmente su dolencia.
La sabiduría de Dios ha ordenado que el bien que se hace lleve
en sí la inmediata recompensa en la satisfacción que por haberlo
hecho siente el alma.
■Por esta razón la ingratitud no basta á matar el deseo de hacer
el bien.
Si éste se hiciera solo por obtener la recompensa de la persona
que V) recibe, posible sería que la falta de esa recompensa· acabara
con la caridad, palabra que significa amor y comprende todo el
bien que se hace por el prójimo; pero como llevamos dicho, ese
bien para el alma que lo hace, tiene más segura recompensa que
la, gratitud de quien lo recibe.
88 MARÍA MAGDALENA.

El corazon de Magdalena sintió este efecto de ¡su buena acción,


y en aquellos instantes no hubiera trocado por ningún otro placer
del mundo el que su alma experimentaba con el consuelo que ha­
bía derramado en su hermano.
Dos dias pasó en este estado, que su familia aprovechó cuanto
pudo para apartarla, de la extraviada senda que seguía.
Magdalena no dejaba de sentirse en momentos atraída por la
voz de la virtud que llamaba con el acento del cariño desinteresado
de su familia, pero al propio tiempo recordaba con pena lo que de­
jaba en la ciudad, de la que no tenia fuerza para despedirse.
Acaso sin el amor de Cayo Antonio, hubiera, sido más fácil di­
suadirla; pero esta idea la dominaba demasiado para .permitir á
su débil y subyugado corazon de mujer un impulso tan contrario
á sus instintos y arraigadas costumbres.
Así y todo, Magdalena vacilaba muchas horas del día.
' Su familia pretendía que ya no volviese á la ciudad, temiendo
que en un momento se perdiera lo que ya creian haber ganado.
Pero María quiso volver, aunque prometía que su casa no vol­
vería á ser teatro de fiestas como las que en ella había habido, y
ofreció además que pronto volvería del todo al seno de los suyos.
María habló con fuena fé, pero Lázaro desconfió de su fuerza de
voluntad, y al despedirse su hermana de élfué tanto el sentimien­
to y el dolor que tuvo, á tal punto llegó el pesar de todos y á tal
extremo afligió todo junto á Magdalena, que a.l mirar tantas lágri­
mas y ver tan acendrado amor por ella, llorando también sus ojos,
y trémulos de emocion 'sus labios, profirió:
— No temáis; yo volveré. Dejadme ir á la ciudad á cerrar por mí
misma, la ca,sa en que he vivido, y cuyas puertas' no volverán á
abrirse por mis manos, ni por orden mía.
Las bendiciones de- todos siguieron á estas palabras de Magda­
lena, que con este propósito no fingido, sino verdadero, salió de Be-
tliania y se dirigió á Jerusalen.
CAPITULO XIV.

De cóm o la corriente de.las pasiones arrastra otra vez á Magdalena.

Durante el corto camino de Bethania á la ciudad no flaqueó Ma­


ría ni un momento en su propósito.
Firme en él, como había salido de la casa de su hermano, llegó
á su casa de Jerusalen.
P

Sus criados, al verla, hicieron grandes extremos de alegría.


— Gracias sean dadas al señor Dios que te devuelve entre nos­
otros despues de dos dias que has estado ausente de tu · casa, en la
cual ha reinado solo la pena, porque solo en tí está esa alegría que
vuelve ahora contigo á ella y penetra con tn presencia en nues­
tros corazones. ■
— Poco durará esta alegría si solo de mí habéis de recibirla, por­
que debo deciros que he resuelto abandonar la ciudad y esta casa,
y volver á la aldea y á la casa de ini hermano.
Sus criados quedaron atónitos al oir estas palabras.
A la expresión de alegría que en su rostro se pintaba, sucedió
la expresión de la más profunda tristeza.
— ¿Qué dices?— preguntó uno, como si necesitara para creerlas
que su ama repitiera esas palabras.
— Lo quü habéis oido es mi propósito, que se realizará hoy mismo.
90 MARÍA MAGDALENA.

Quiero que tengáis de mí una memoria cada uno de vosotros, y voy


á distribuir entre todos los vestidos que t e usado y que no volve­
ré á nsar.
Dicho esto, María se internó en la habitación, dejando más ató­
nitos álos criados, que hasta que aquella hubo concluido de hablar,
no creyeron verdaderamente en el extraño propósito que les ma­
nifestó al entrar en su casa.
María no preguntó por Cayo Antonio.
Su resolución de abandonar la vida de la agitación por la mo­
desta vida de su familia lo comprendía todo: costumbres, afectos,-
pasiones, todo, en fin, lo que constituía su existencia mundana,
contraria á la que había de llevar en el retiro en que iba á entrar.
Desde luego se comprende que si el nombre del soldado ro­
mano no salia de sus labios, no por eso dejaba de estar en su co-
razon.
María le amaba, y no tan fácilmente se arranca del pecho un
sentimiento que ha echado raíces en él.
María no dejó de pensar en Cayo Antonio; en su rostro apare­
ció la sombra del pesar de abandonarle, y asomaron las lágrimas
á sus ojos.
A solas en un aposento retirado, vaciló un instante en su pró-
posito; pero venció la promesa sagrada hecha á sus hermanos y
parientes, y aunque haciéndose gran violencia, se dispuso á lle­
var á cabo su plan.
— La vida de mi hermano,—se dijo Magdalena dándose á sí pro­
pia para fortalecerse en su idea, el aprecio de mis parientes, la
memoria de mis padres que tanto me querían y mi misma fama,
valen más que todo esto que aquí me rodea.
Acababa de hacerse esta reflexión, cuando entró una criada-y
le entregó una hoja de pergamino rollada.
La criada salió en seguida.
María desenrolló el pergamino y se puso á leer su contenido:
A medida que leía se iban encendiendo en su rostro las expre­
siones de los vivos afectos que en tropel asaltaban su corazon, -
MARÍA MAGDALENA. 91

Al concluir de leer. María estrujó la hoja entre sus manos.


Su cara estaba entonces pálida como el mármol, y de sus ojos
brotaban chispas de enojo.
E l pergamino contenía estas líneas:
«Hay en Jerusalem una mujer divinamente hermosa:
«Y su hermosura es tanta, que se la ha dado el nombre de es­
trella:
«Y su juventud aumenta su belleza, porque no cuenta más de
»quince años:
«Y no es posible verla sin admirar su hermosura:
, «Y sus adoradores son tantos cuantos son los hombres que la
»han visto:
»Y no es posible verla sin amarla:
»Y entre los que la han visto se encuentra uno que ama á
»otra mujer:
»Pero que al ver á ésta, que es estrella del cielo, se ha prenda-
j dode ella:
»Y ella se ha prendado igualmente de él:
»Y los dos se aman y se corresponden:
»Y la otra mujer ignora que el hombre que le dice que la ama
»está enamorado de esa que llaman estrella:
oY este pergamino es aviso que se le da del daño que se le
»hace:
»Y de cómo las gentes que lo saben hacen burla de ella que
»es la burlada:
»Porque ella se cree reina de la belleza y no reina en el cora-
»zon del hombre que ama:
»Y Estrella solo reina en él:
»Y la mujer burlada se llama María Magdalena:
»Y el hombre que le ha engañado, se llama Cayo Antonio el
»centurion.»
Este era el escrito.
Cómo quedó Magalena despues de haberlo leido, sería difícil, si
no imposible, explicarlo con palabras.
92 MA.RÍA MAGDALENA.

No cabe mayor acceso de· ira, de celos, de amor ultrajado, de


ainor propio ofendido que el que se apoderó del corazon de María.
Todas sus ideas, todos sus sentimentos se reunieron para fijarse
en un solo objeto; en Cayo Antonio, en su falsía, en su ingrati­
tud, en su avilantez.
Todo lo demás desapareció de lamente de Magdalena, domina­
da absolutamente por esta idea, y de sus ojos, cubiertos con el velo
de los celos que devoraban su alma.
Nadie firmaba el pergamino.
Era lo que en nuestros dias llamamos una carta anónima.
Un dardo envenenado, forjado en secreto y dirigido traidora­
mente al medio del corazon.
María creyó lo que el pergamino decia.
El corazon de la mujer, como el del hombre, es el mismo des­
de la creación del mundo. Yarian las costumbres, la manera de ex­
presar los afectos, pero éstos son siempre los mismos.
El hombre y la mujer nacerán y morirán y sentirán siempre
de igual modo hasta que los haga desaparecer de sobre la tierra
la Mano soberana que en ella los puso.
La muerte, la vida y los' sentimientos, no son obra del hom­
bre, lo son de Dios, y como obra suya, son Invariables en el tras­
curso de los tiempos.
María no se paró á reflexionar.
Como le sucede á cualquier otra mujer que se halle en seme­
jante ca,so, sublevado el corazon, faltó la serenidad á la cabeza
para meditar con calma sobre lo que había leído.
Creyóse en seguida burlada como el pergamino se lo decia,
y de sus ojos brotaron lágrimas abrasadoras de dolor.
¿Pero quién era la Estrella de quien el pergamino hablaba?
¿Dónde estaba aquella mujer tan hermosa que le superaba á
ella misma en belleza, hasta el punto de arrastrar á Cayo Antonio?
Magdalena no la conocía en verdad.
Pero esto no impedia que se le presentase á los ojos de su ima­
ginación, y que su desconocida beldad torturase cruelmente su alma.
MARÍA. MAGDALENA. 93

¿Pero quién había llevado á su casa el fatal escrito?


Magdalena llamó á la criada que se le habia entregado.
Era la misma que introdujo aquella noche al hermano de Ro-
boam.
Su ama le preguntó:
— ¿Quién ha traído el pergamino que me diste?
— Un judío.

— ¿Cuándo?
— El viernes, á poco de marcharte tu á Bethania.
— ¿Quién era el judío?
— Un criado.
— ¿Y su amo ó su ama?
— No lo dijo.
— ¿Y tú no le conoces?
— Nó.
— Ni presumes departe de quién viniera?
— Tampoco.
— ¿Sabes lo que dice el pergamino?
— Nó, porque no lo he leído, ni hubiera sabido aunque quisiera.
Magdalena explicó á su criaaa el contenido del escrito
Esta pareció asombrarse mucho.
— ¿Conoces tú á esa Estrella?
— Tal vez.
— Habla y dilo pronto.
— Tiene sobrenombre de Estrella, por lo hermosa, una judía de
la calle de Jehú.
— ¿Y es tan bella?
— Mucho.
— ¿Más que yo?
— No tanto como tú.
Magdalena respiró un poco del afan que la sofocaba.
Pero pronto volvió á sentir la ansiedad misma, aquel vivo re­
celo que punzaba su corazon, y profirió: .
— Es preciso que yo la conozca.
94 MARÍA MAGDALENA.

— Fácil ha de ser, si lo deseas.


Luego se ocurrid á Magdalena preguntar:
— ¿Cuántas veces ha estado aquí Cayo Antonio?
— El dia que tú te fuiste,

— ¿No ha vuelto?
— Nd.

María despidió á su criada, y se quedó sola.


La desesperación se apoderó de su ánimo y desapareció por com­
pleto de su enardecida mente hasta el recuerdo del propósito que
había hecho y de la promesa que dejara á su familia de volver á
su seno.
La pasión del mundo, excitada en ella eomo nunca, la arrastró
otra vez con irresistible fuerza en medio del torbellino de la vida
de la ciudad.
CAPÍTULO XV.

Sara y María.

El lector habrá demasiadamente comprendido que el pergami­


no que recibió Magdalena, le habia sido enviado por Fasael.
E l hermano de Roboan, que tuvo que refrenar aquella noche
los impulsos de su venganza en presencia del hombre á quien si
debía un grande agravio era deudor al propio tiempo de una mer­
ced señaladísima á la cual hubiera sido hasta infame corresponder
con un daño; el hermano de Roboan, decimos, no por esto olvidó
la muerte de éste. Si perdonó á su matador, no pudo asimismo
perdonar á la mujer que habia sido la causa verdadera de tamaña
desgracia.
Fasael juró vengarse de Magdalena, aunque la dijo al despe­
dirse que la abandonaba á la execración del pueblo judío, y que
no tenia para ella sino el desden que se siente por un· objeto des­
preciable.
Claro estaba que la venganza de Fasael no había de ser con
Magdalena la que hubiera sido con Cayo Antonio, á no med ar la
circunstancia, que lo impidió.
En este sentido dijo Fasael que solo sentía hácia ella desprecio.
96 MARÍA MAGDALENA.

no en el sentido de olvidarla, habiendo sido la causa de la muerte


de su hermano.
Léjos de eso, Fasael sentía por ella un odio mortal, y lo que
odia el corazon no puede olvidarlo la cabeza.
Recordaremos que al descubrir que Sara tenia un amante, Fa­
sael sintió una especie de pena en el alma, porque quizá ya ama­
ba él á la hermosa judía; pero que al ver que su amante era Cayo
Antonio, su pena s© convirtió en alegría, porque esta circunstancia
favorecía otro sentimiento de su pecho, más arraigado que el afec­
to que podia haber empezado á sentir por Sara; el sentimiento de
odio hácia Magdalena, y el de la venganza.
Sara y Cayo Antonio se presentaron desde aquel momento á
Fasael como instrumentos seguros de su venganza.
— ¡Ah!— profirió para sí el judio.— Morirás á los filos de la espa­
da misma que clavaron tu falsía y tu engaño en el corazon de mi
hermano.
Puesto en este terreno, firme en esta idea, y resuelto á sacrifi­
carlo todo, reposo, fortuna y la misma vida para llevarla á cabo,
Fasael, desde aquel momento, no se ocupó ya más que en este
asunto,
Fuó y ganó á la criada de Magdalena para que entregase á
ésta el pergamino, y no tardó en experimentar la satisfacción de
saber que su primer dardo se había clavado en mitad del corazon
al cual habia sido dirigido.
Ya sabemos que Fasael era rico por su casa, y con esto tenia
mucho adelantado para la realización de su propósito.
La criada de Magdalena era completamente suya en el asunto,
y del modo como habia ganado este medio, habia de serle fácil ga­
nar otros que le condujesen á su fin.
Sara sabia los amores de Cayo Antonio y Magdalena.
Eran tan públicos en la ciudad, que no podia en manera algu­
na ignorarlos.
Cayo Antonio la vió y se prendó de ella, hallándose ya la judia
en correspondencia con Ader.
MARÍA MAGDALENA. 97

E l ser amado por la mujer que pasaba por la más hermosa de la


ciudad, acaso acrecentó el valor del centurión á los ojos de Sara, y
quizá por esto mismo se sintió ésta halagado cuando vió que llama­
ba la atención de aquel, y aún tal vez le correspondió, más bien por
vanidad y amor propio que por amor, más por rivalizar con Mag­
dalena que por el placer de ser amada por el soldado romano.
Hacemos estas observaciones, porque Sara, que correspondía sin
violencia y quería al judío Ader, no se comprende, sino se explica
por un fenómeno semejante delcorazon de la mujer, que deseara
al propio tiempo rendir el corazon de Cayo Antonio.
Fuera como fuera, es lo cierto que así sucedió, y que desde el
momento en que el centurión, atraído por la belleza de Sara, le de­
claró su pasión, ésta sintió lo que siente siempre una mujer cuan­
do mira de frente á otra rival, suya que brilla más por suposición
ó sus medios de fortuna: el deseo de rivalizar con ella en todo y la
mortificación del corazon si el capricho de la. suerte no está confor­
me con su deseo.
En este punto Sara había de sufrir mucho.
Magdalena era rica, muy rica; Sara, relativamente, era pobre.
Es verdad que podia disponer de todos los bienes de su padre, que
no tenia más voluntad que la suya; pero cuanto en su casa había
no valia una tercera parte . de lo que á Magdalena quedaba, aún
despues de haber gastado mucho en fiestas y trajes, y sobre todo en
joyas, que era lo que principalmente llamaba en ella la atención
por su delicado y extremada riqueza.
Magdalena no tardó en conseguir su deseo de cotiocer á Sara.
Esta le tenia igual y sin saberlo la una de la otra se bus­
caban ambas.
Sara procuraba ir siempre á los sitios de pública concurrencia
donde solia ó presumía que podia ir Magdalena, amiga de hacer
ostentación de sus galas y su belleza.
Sara se adornaba lo mejor que le era posible para no desmere­
cer á los ojos de Cayo Antonio, si]a miraba, comparandola con su
rival.
13
98 MARÍA MAGDALENA.

Pero como la general atención la llevaba siempre Magdalena ,


que tenia acostumbrado al público á admirarla, Sara se sentía siem­
pre vencida por su rival.
Acaso el que prescindiendo del brillo deslumbrador de las galas
y de la fama del nombre se fijaba en la belleza de ambas, daba la
preferencia á Sara sobre Magdalena; pero esto no sucedía sino rara
vez, y Sara sufría horriblemente, sintiéndose humillada en este
sentido delante de María.
No bastaba á Sara el creerse más amada que María por Cayo An­
tonio, aunque éste no amara verdaderamente á ninguna de las dos:
era él un soldado romano, un dominador que se hallaba como de
paso, digámoslo así, en un país conquistado, y sacaba todo el par­
tido que las circunstancias del momento le ofrecían. .
Sara no podía hacer público alarde de sus amores con Cayo An­
tonio.
A l contrario, se veia obligada á tenerlos en secreto.
No era tan libre como Magdalena, porque vivía en compañía de
su padre, cuya autoridad hubiera indudablemente limitado la li­
bertad que daba á su hija, al verla llegar á este punto, y por otra
parte, Sara, cuya fama no había desmerecido en público como la de
María, guardaba ciertos respetos á su propio nombre, y no hubiera
podido relacionarse abiertamente con un usurpador de su país, ca­
rácter que venían á tener en aquella época los romanos para los
judíos.
Ader, que de ella estaba perdidamente enamorado, buscaba en
vano la causa de la profunda tristeza que en ciertos momentos se
apoderaba del corazon de Sara.
E l judío estaba ignorante de lo que sucedía.
Solo, sí, observaba que Sara se ponia muy alegre y contenta
cuando él le hacia algún presente, sobre todo si consistía en joyas.
A l momento se las ponia ella, y el mismo dia se presentaba á
lucirlas en público.
Tomaba esto Ader por un honor que la mujer que amaba hacía
á los regalos de su cariño, y en esta inteligencia hacía el engaña­
MARÍA. MAGDALENA. 99

do Ader esfuerzos superiores á los medios de su fortuna para satis­


facer estos deseos de Sara.
A tal punto llegaba esto, que el enamorado judío, no teniendo
ya otro recurso que vender parte de las tierras que poseía, fué un
dia á encontrar á Fasael para proponerle la compra de un campo
que estaba lindante con el huerto de éste, y al cual, por esta circuns­
tancia, creyó Ader que podía mejor que á otro convenirle, y de ahí
sacar el mejor precio de la venta.
Fasael comprendió el objeto que Ader se llevaba, apenas este le
hizo la proposicion.
Estaba el hermano de Roboan en los más pequeños incidentes
de este asunto.
Magdalena, con los antecedentes que por el pergamino tenia,
no perdía de vista á Sara, y en breve comprendió los esfuerzos de
ésta para rivalizar con ella.
María tenia por confidente á su criada; todo, hasta lo que pen­
saba, lo comunicaba con ella, y la criada de María estaba vendida
á Fasael.
Tenia éste un interés grande en hacer sufrir á Magdalena, y
por lo mismo, en que Sara tuviera todos los medios para luchar con
ella y vencerla si posible fuese.
Demasiado comprendía que el dar recursos á Ader enamorado,
era ponerlos á disposición de Sara.
Así fué, que apénas el amante de ésta le presentó la proposi­
ción, Fasael respondió inmediatamente aceptándola.
— ¿Y qué cantidad pides tú por el campo?— le preguntó el her­
mano de Roboan.
— El campo vale cien carneros,— contestó Ader (1 ).
— Yo te doy doscientos por él.
Ader quedó admirado al oir tal respuesta.
— No entiendo cómo puedes darme mas de lo que te pido.

(1) Carnero era una moneda judia de piaba, llamada asi porgue tenia grabada la
figura de un carnero.
400 MARÍA MAGDALENA.

— Ni hay necesidad alguna de que lo entiendas. Bástete saber


que por ser el campo tuyo, doy por él ese valor.
Ader hizo mil extremos de gratitud, que dejaron muy satis­
fecho á Fasael, quien vid en él á otro instrumento de su vengan­
za, dispuesto á servirle, movido por la gratitud con que desde en­
tonces le. quedaba obligado
CAPÍTULO XVI.

La venganza.

Fasael se había consagrado por completo al tormento de Mag­


dalena.
Cualquier medio que pudiera conducir á este objeto merecía su
preferente atención, y lo buscaba donde quiera que lo viese hasta
obtenerlo á todo trance y á cualquier precio.
Dicho se está con esto si desaprovecharía los que naturalmen­
te se le vinieran á las manos.
En la conferencia que tuvo con Ader para la compra del cam­
po que éste vendid, Fasael provocó la conversación acerca de Sara,
con el objeto suyo constante de que sirviera á sus planes el amor
de aquel á la rival de Magdalena.
Con exquisita habilidad ponderó Fasael las gracias y la belleza
de Sara, exaltando el corazon de su enamorado amante, al que
dijo:
— Lástima que tan rara hermosura no tenga ocasion, por lo esca­
so de su fortuna, de brillar con mejores galas, porque fuera, á no
dudarlo, la admiración de la ciudad.
A lo que Ader respondió seguidamente:
— Adonde no lleguen mis medios propios, llegarán mis recur-
102 MARÍA MAGDALENA.

sos; yo, que la lie consagrado mi vida, para nadie más que para
ella quiero mis bienes, y juzgo que mejor destino no puedo darlos
que empleándolos en obsequio de su belleza.
Por la mente de Fasael cruzaron en aquel instante tristísimas
reflexiones.
Su corazon sintió también algo parecido al dolor del remordi­
miento.
Aquel joven judio, inexperto de todo punto en achaques de
amor, que amaba con toda su alma á una mujer que le era infiel
y estaba dispuesto A dar por ella, que le engañaba, su fortuna en­
tera, inspiraba á Fasael un sentimiento profundo de compasion.
El hermano de Roboan, que tenía siempre presente la dolorosa
historia de éste, sentía remordimiento al reflexionar que contribuía
con su conducta á la perdición de Ader, que se hallaba en - caso
idéntico al del primer amante de Magdalena.
La conciencia, esa voz interior innata en todos los hombres
para avisarles de las buenas ó malas acciones, como para darles
la satisfacción del bien como el pesar del daño que hacen á sus se­
mejantes, no dejó de hablar al corazon de Fasael en aquella oca-
sion; pero habló también en él la voz de la venganza, y el grito de
esta pasión sofocó el a c e n to del deber, como tantas veces sucede en
el débil corazon del hombre.
Fasael, si consideró un instante el triste caso de Ader, presto
dejó de ver en él una víctima sacrificada, y no vio mas que un
instrumento que podia servirle para castigar un crimen de que él
se erigía juez.
¡Quién le dijera entonces que él estaba cometiendo, siendo cóm­
plice alevoso, un delito de igual naturaleza al que tanto le afec­
taba! ¡Que por castigar un crimen estaba cometiendo el crimen
mismo!
Achaque de la justicia de los hombres suele ser el pecar en el
castigo, cayendo en la falta misma que persiguen.
La venganza tiene este defecto tan unido á ella, que puede de­
cirse que le es inseparable, porque, siempre que puede, hiere por los
MARÍA MAGDALENA. 103

mismos filos, y nunca pierde la ocasion dé devolver el golpe cómo y


en la forma que se recibid.
Decimos, pues, que á los ojos del hermano de Roboan desapa­
reció la víctima y no quedó mas que un instrumento de venganza
en la figura de Ader.
En este concepto, léjos de advertirle del precipicio á cuyo borde
se hallaba, le empujó más y más para que se hundiera en él.
Ader, que se bastaba á sí mismo, esto es, cuyo amor era bastan­
te para hacerle llegar al último punto en materia de regalar á
Sara con presentes y galas con que pudiera lucir su hermosura, llegó
mucho más allá, alentado y ayudado en este propósito por Fa-
sael, quien no tardó en ofrecerle todos sus recursos y sin condicion
alguna, con este objeto.
De esta suerte no tardó Sara en rivalizar con Magdalena en to­
dos sentidos.
En dotes de naturaleza podía ponerse á su nivel, porque, según
ya hemos manitestado, el sobrenombre de Estrella con que el pue­
blo la señalaba, era justo y merecido, y respecto á las galas y el
fausto en el adoro o de su persona, si Magdalena era rica, lo eran más
que ella Sara, Ader y Fasael, que, cada cual con móvil distinto,
se habían secretamente concertado para eclipsarla.
Ader era entre los tres el que al principio no pensaba en María.
Pero le hizo pensar en ella Fasael, á fin de que aquel sirviera
mejor sus planes.
— Yo he notado,— le dijo con este fin, — que Sara anda tris­
te, y casi me atrevería á asegurar que conozco la causa de su tris­
teza.
— Gran merced te debería yo si me la revelaras,— profirió en
seguida el enamorado Ader.
— Sí, te la diré, que no tengo motivo porque deba callártela.
Hay en Jerusalen una mujer muy hermosa, que tiene fama de tal
dentro y fuera de la ciudad.
— ¿Es María Magdalena?
— Ella misma es; Sara se cree tan hermosa.
m MARIA MAGDALENA.

— Y en verdad puede creerse así.


— Yó creo que lo es más, profirió Fasael.
— Yo creo como tú. - '
— Sara, pues, anda triste porque la belleza de Magdalena oscu­
rece su belleza.
— Llaman á Sara la estrella de la calle de Jehú,— observó el apa­
sionado Ader.
— Cuyos resplandores ofusca el brillo de las galas de María
Magdalena,— replicó intencionadamente Fasael.
¿Qué más necesitaba Ader para consagrarse con alma y vida
á satisfacer el deseo de la mujer que amaba, que era el de brillar
como ninguna en la ciudad?
He aquí cómo el inexperto, judío, ignorante de los planes que
servia, entró en el concierto, hábilmente dirigido por el herma.no
de Roboan, cuya, mano lo movía todo sin que ninguno de los que
en el jugaban se apercibiese de su influencia en el asunto.
La. aparición de la bella Sara en el horizonte de la publica aten­
ción, mortificó doblemente á Magdalena, porque ya ántes que esto
sucediera había ella recibido el pergamino de Fasael.
María empezó á sentir un afan desconocido, completamente nue­
vo para ella.
Cada vez que encontraba á Sara en un sitio público, su corazon
se agitaba violentamente; laveia hermosa á pesar suyo, y juzgaba
que las miradas que atraía la judía de la calle de Jehii eran una
usurpación de un tributo á ella solamente debido.
Esto por sí solo hubiera bastado para despertar en su alma un.
sentimiento de odio hácia la mujer que le disputaba el cetro de la
belleza; y si á esto se añade que aquella mujer le robaba el cora­
zon del hombre amado, se comprenderá hasta qué punto sufría á
su vista Magdalena.
Una duda asaltaba á veces su mente, aliviando la mitad del daño
que su espíritu padecía.
No tenia Magdalena mas que indicios de, los amores del centu­
rión con Sara,
MARÍA MAGDALENA. d05

Usando de tina reserva no común en la mujer, no manifestó


su sospecha á su amante, y se limitó á observarle.
Cayo Antonio era hombre poco expansivo. Las pasiones, si ani­
daban en su corazon, rara vez asomaban á su severo rostro, y mu­
cho ménos las traducían sus facciones cuando tenia interés en
guardar los secretos.
Magdalena le hizo indirectamente alguna pregunta, á la que
Cayo Antonio contestó con naturalidad, sin satisfacerla en el
fondo.
Fasael estaba en todo por medio de la criada de María, que se
habia hecho la confidente de su ama.
Apénas supo que Magdalena estaba casi tranquila respecto de
la infidelidad del centurión, le escribió segunda vez.
E l pergamino fué entregado á Magdalena por la misma criada
que el anterior.
En vano preguntó el ama á la sirvienta.
Esta no conocía al criado que lo habia llevado, ni habia podido
averiguar de dónde viniera.
El segundo pergamino hizo á Magdalena un efecto terrible.
En esta situación, llegó á manos de Magdalena el misterioso
pergamino escrito por el hermano de Roboan.
Estaba concebido en estos términos:
«Yele el corazon que ama si no quiere ser engañado.
«Porque el engaño está oculto detrás de las nubes que envuel­
v e n el sueño del amor;
«Y no confie demasiado la mujer· porque sea muy hermosa.
<<Porqúe la hermosura de las mujeres es como la de las estre-
c<lias de los cielos; en donde una brilla mucho, aparece otra que
«brilla más que aquella^
«Y solo hay una estrella que brilla siempre sobre todas.
«Y esa estrella es la de la virtud*
■»Y la mujer que no brilla por la Virtud, fácilmente puede ser
»por otra vencida y humillada.
»Y ¡ay de aquella que no fué virtuosa!
14
d06 MARÍA MAGDALENA.

«Y ¡ay de aquella que por no haberlo sido perdió el brillo ma-


»yor de su hermosura!
»Porque ese brillo no volverá á recobrarlo.
«Y el hombre que la ame presto dejará de amarla. .
»Y el hombre que la estime, presto dejará de estimarla.
»Y su amor se convertirá en olvido.
«Y su estimación se trocará en dcsprecio-
«Y en vano aquella mujer querrá recobrar lo que habrá per·-
»dido.
nY en vano será que pretenda reinar sola en el corazon que
'»avasalló.
»Otra le quitará su reino y recibirá el vasallaje que ella re­
cibiera.
»Y por esta otra será humillada.
»Y no le será dado otro desahogo que las lágrimas.
»Y las lágrimas no aliviarán su tormento..
»Antes bien, quemarán su rostro y no apagarán el ardor de su
»alma.
»Y llorará en la noche oscura y silenciosa.
»Y miéntras llora ella otros sonreirán de felicidad.
»Y esos otros serán el hombre mismo que ella ama y la mujer
misma que ella aborrece.
»Porque ese hombre y esa mujer se habrán concertado secre­
tam ente para amarse.
»Y ellos estarán en conversación miéntras aquella otra mujer
»llorará sola y desesperada.
»Y en vano adornará aquella mujer su cuerpo con ricas galas
»por el dia.
»Su corazon vestirá luto por el dia y por la noche.
»Y el corazon del hombre y de la otra mujer' vestirán traje
»de fiesta por el dia, y más aún por la noche-
»Porque de noche se verán.
»Y la luna penetrará por entre las ramas de los árboles, y sus
»rayos alumbrarán su dicha.
MARÍA. MAGDALENA. 407

»Y serán los rayos mismos que harán brillar las lágrimas que
«derramará la otra mujer engañada en aquella misma hora.
»Y tú, María Magdalena, eres esta mujer misma que llora.
»Y es Sara la mujer que sonríe feliz y dichosa.
bY es Cayo Antonio el hombre que la ama á ella, y ya no te
»ama á tí.
»Y el huerto de Sara es el paraíso de sus amores.
»Porque á su huerto acude Cayo Antonio.
«Y ella le espera para entregarle todo su corazon.
»Y las. copas de los árboles forman el dosel que cobija á los dos
»amantes.
»Y es su lecho la fresca y menuda yerba del huerto.
»Y el aura murmura dulcemente á su alrededor.
»Y el viento les trae suspiros dolorosos.
bY estos suspiros son los de tu corazon angustiado.
»Pero tas suspiros no penetran en sus oídos.
»Porque el amor que gozan los aduerme en dulce felicidad.
bY los felices no piensan en los desgraciados.
»Y los felices son ellos.
»Y la desgraciada eres tú.
»Y tú lloras y piensas en su felicidad.
»Y ellos sonríen y no piensan en tu dolor.»
Al concluir la lectura, María Magdalena lanzó un grito agudo,
arrancado del fondo del corazon, el pergamino se le fué de las
manos, y cayó sin sentido.
CAPITULO XVII.

La voz misteriosa.

Las casas de la calle de Jeliú sirven de muralla á aquella par­


te de la ciudad.
Sus huertos comunican con el campo libre, cerrados solo por
una tapia baja, una empalizada ó una cerca formada de cañas y
matorrales.
Asomado al campo en una de las tapias se halla un hombre,
el ojo avizor y atento el oido al rumor más leve.
Ese hombre es el hermano de fioboan.
Está cercana la media noche.
Por debajo de los árboles del campo se desliza una figura, que
más bien parece un fantasma llevado por el soplo del ligero
viento.
Fasael no ha oido el ruido de sus pasos, que apénas tocan en
la menuda yerba, ni el rumor de su ropaje, que ilota a l viento en
su ligera marcha, pero ha visto pasar la sombra.
En los labios del judío se dibuja una sonrisa de diabolico pla­
cer, observa el punto en que la sombra se detuviera, y desaparece
luego de la tapia del huerto.
Aquella sombra era de una mujer.
MARÍA MAGDALENA.

Ya vestida sencillamentg. Su túnica es de finísima lana color


amaranto, y de la misma tela y de color azul el manto que cubre
su cabeza.
La mujer viene del extremo opuesto de la ciudad.
Su respirar anhelante y'fatigoso denota el cansancio del cami­
no; pero sus pasos son más ligeros á medida que más cercano ve
el término de su misterioso viaje.
Su-fisonomía está contraída por el anheloso afan del alma: sus
ojos inciertos miran á todas partes, como buscando un objeto per­
dido en el camino que sigue.
¡Triste mujer!
El objeto que sus ojos buscan es un corazon, y ¡ay! que el co­
raron que una vez se ha perdido, no se encuentra tan fácilmente
en el camino del dolor y del desconsuelo.
La mujer se detiene al pié de un corpulento olivo.
El espeso ramaje del árbol proyecta sombra bastante para ocul­
tarla á la luz de la luna.
E l árbol se halla frente por frente de la casa de Sara, y á la
distancia de veinte varas del cercado de su huerto.
El lector habrá conocido á Magdalena en la mujer misteriosa.
E l escrito de Fasael ha exaltado poderosamente su corazon
despertando en él la más horrible de las pasiones, la de los celos,
que le torturan cruelmente; y despreciando el peligro de la no­
che, sin sentir el temor de la soledad, Magdalena, empujada por
la pasión que la domina, ha ido á ver por sí misma la infidelidad
de su amante, á buscar la prueba cruel y desgarradora de su falta.
Sus ojos no se apartan del huerto de' Sara.
Los rayos de la luna iluminan de lleno la tapia.
E l sitio adonde Magdalena mira, aparece claro como si diera
en él la luz del sol del medio dia: tan viva es la de. la luna que
brilla limpia y pura en el sereno azul del cielo.
Magdalena ve á menudo sombras que aparecen en la tapia del
huerto.
Su cuerpo se estremece, fija más y más su anhelante mirada,
MARÍA MAGDALENA.

adelanta algunos pasos para cerciorarse mejor mirando más de


cerca; luego se retira; otra vez al pié del olivo, convencida de que
las sombres que veían sus ojos estaban solo en su imaginación,
cruelmente atormentada.
En esta horrible ansiedad pasó Magdalena cerca de dos horas.
Al advertir por sí misma el tiempo que habia trascurrido, son­
rió un dulce consuelo á su corazon angustiado.
— 'Acaso todo esto no sea mas que un engaño,— se dijo;— á ser
cierta la revelación que se me ha hecho, tenia sobrado tiempo para
haber visto la prueba.
Pero inmediatamente le asaltó una idea contraria, que destruyó
por completo el consuelo de la primera.
— ¡Ay! acaso haya venido él antes que yo, y mientras mi cora­
zon duda, el suyo se está gozando en las delicias del amor de
Sara....
No es posible describir el tormento de Magdalena al hacerse
esta reflexión.
No cabe sufrimiento mayor qué el de su espíritu en aquellos
terribles instantes.
Todos los sentimientos, todas las pasiones que puede abrigar el
corazon de una mujer, fueron heridos á un tiempo en lo más vivo
por esa idea.
Ella, tan hermosa, vencida por otra belleza; ella, tan codicia­
da, por tantos pretendida, abandonada y desdeñada por uno; ella,
tan enamorada, burlada en su amor inmenso por el solo hombre á
quien había amado.
E l amor propio y el amor de .una mujer, no podían verse más
humillados ni más cruelmente heridos que lo estaban en la triste
Magdalena.
En la incertidumbre espantosa de si habia ido Cayo Antonio
ántes que ella, resolvió permanecer allí hasta el dia.
De pronto oyó Magdalena un rumor extraño á su espalda.
Su cuerpo se sobrecogió de miedo.
La medrosa organización de la mujer sintió en aquel instante
MARÍA MAGDALENA. 411

el temor de los espíritus débiles á la soledad y á la noche, cuan­


do se encuentran en una posicion como la de Magdalena.
Asaltó á su imaginación él miedo á las ñeras que acaso discur­
rían hambrientas por aquella soledad.
María, verdaderamente asustada, no tuvo aliento ni aún para
volver la cabeza.
Al rumor siguió una voz misteriosa, solemne, que sonó sobre
la cabeza de Magdalena como si descendiera del cielo.
María perdió de repente el temor primero para sentirlo de otro
género, pero mucho más vivo, más profundo. Su miedo se convir­
tió en terror que heló la sangre de sus venas.
La voz habló de esta suerte:
»¿Q.ué buscas aquí, mujer infeliz y desdichada?
»¿Si buscas la certeza de tu desgracia, ¿qué prueba mayor que
»la del afan y el dolor de tu espíritu?
»Porque tu espíritu estaría tranquilo si no tuviera motivos de
»intranquilidad.
»Y tu persona gozaría de calma bajo el techo de tu casa, y 110
»vendría á desesperarse á estos sitios.
»Porque el corazon que está inocente no está intranquilo; y el
»tuyo está intranquilo porque no está inocente.
»Y no está inocente porque fué ingrato y vil.
»Y ahora llora la ingratitud y la vileza que hizo ántes llorar á
»otro corazon-
»Y busca afanoso la certeza del daño que aquel otro corazon
»también buscaba-.
»Y el tuyo hallará todo ese daño que aquel otro corazon en-
»contró.
»Porque tus ojos anhelan ver á Cayo Antonio cómo penetra en
»ese huerto que tienen delante'.
»Y no le han visto, porque. Cayo Antonio penetró en él ántes
»que ellos pudieran verle.
»Mas si no le han visto entrar, le verán salir.
»La luz del alba no asomará en el horizonte ántes que asome
112 MARÍA MAGDALENA.

»el. casco de un soldado romano en la cerca del huerto de la bella


»Sara.
»Tus ojos han de verle, y tu corazon hade encontrar la verdad
»que busca.
»Porque ese destino es el tuyo, y no puedes escapar al daño
»que ántes tú has causado.
»Así lo quiere el cielo, que ha permitido que sintieras deseo de
»venir á este sitio, porque tú misma fueras al encuentro de tu cas-
})tig‘0 . -
»Aguárdale aquí, mujer infiel, que no tardará en presentarse
ȇ tu vista la prueba que tu corazon desea.
»Porque está decretado que por ella has de pasar.
»Y este hade ser tu justo castigo, porque será igual á la falta
"»quetú cometiste.
»Aguarda aquí, mujer liviana,
»Antes que la luz del alba asome en el horizonte, ha de aso-
»mar el casco de un soldado romano en la cerca del huerto de la
»bella Sara.»
CAPÍTULO XVIII.

En dónde sucede lo que dijo la misteriosa voz.

Calló la misteriosa voz, y Magdalena quedó tan sobrecogida, que


necesitó largo espacio de tiempo para recobrar el movimiento de
su cuerpo, yerto y frió como el de un cadáver.
La sangre de sus venas parecia haber paralizado su circulación,
su pecho no respiraba apénas, y sus ojos miraban al frente despa­
voridos sin ver objeto alguno délos que tenían delante, porque los
cegaba la nube de su propio terror.
. Si en aquellos momentos hubiera salido Cayo Antonio del huer­
to de Sara, era seguro que no le vieran los ojos de Magdalena.
Su imaginación quedó preocupada como la de quien vuelve de
un sueño terrorífico.
Largo rato habia trascurrido, y Magdalena no se daba cuenta
de lo que habia escuchado; esto es, no sabía si realmente una voz
la habia hablado las palabras que llenaban su confusa mente y
abrumaban su asustado corazon.
Sus labios murmuraban las más fatídicas y para ella más crue­
les frases entre las que había oido:
»Antes que la luz del alba asome en el horizonte, asomará el
»casco de un soldado romano en la cerca del huerto de la bella
»Sara.»
15
iU MARÍA MAGDALENA.

Estas terribles frases siguieron repitiendo sus labios desde el


momento en que la voz calló.
A l tiempo que las repetía, cruzaba por su mente la horrorosa
idea de que en aquel preciso instante se hallaba Cayo Antonio al
lado de Sara.
El tormento de Magdalena era verdaderamente cruel.
Los celos, como la serpiente que se enrosca en el cuerpo de su
víctima para ahogarla, oprimían su corazon, presa de indecible tor­
mento.
Su vista no se quitaba del huerto da enfrente mas que para
volverse al horizonte y tornar á fijarse en el cercado.
Tanta impresión le hicieron las palabras que había oído, que
creyó que al asomar el alba abandonaría su amante el lado de
su rival.
No tuvo, sin embargo, que esperar tanto tiempo.
María vió de pronto que el rayo de la luna reflejó sobre un ob­
jeto luciente en el cercado del huerto.
Sus anhelantes ojos se abrieron desmesuradamente, y vie­
ron clara y distinta, la figura de Cayo Antonio, que saltó al
campo.
Magdalena lanzó un grito agudo.
A l propio tiempo cayó al suelo sin sentido.
E l estar prevenida como estaba en nada-aminoró el rudo efecto
de tan tremendo-golpe.
Hay golpes que no se esperan nunca, y cuyo dolor, por más
que se tengan previstos, no se resiste fácilmente.
Cuando un tiro va dirigido al corazon, es en vano que la ca­
beza lo tenga previsto y quiera avisarle de antemano.
El soldado romano oyó el grito y se detuvo un punto á es­
cuchar.
Pero nada más oyó y prosiguió su marcha.
Apénas el cuerpo de Magdalena se desplomó al stiélo, Cayó en
tierra el cuerpo de un hombre, que se desprendió de un corpulento
árbol vecino.
MARÍA MAGDALENA, 115

Era Fasael.
Ya le hemos visto al acecho en su huerto á la sazón en que
Magdalena atravesó el campo llevada como, por una ráfaga de hu­
racán por los celos que encendían su alma.
Así que la vid detenerse y tomar sitio para ponerse en observa­
ción, Fasael salió al campo, y dando el rodeo conveniente, vino si­
gilosamente á parar detrás de Magdalena, y trepó sin ruido á un
árbol cercano para hablarla oculto entre el ramaje como un envia­
do del cielo.
Magdalena tenia un desmayo tan profundo qíie parecía muerta.
Fasael la encontró fria como el mármol y rígida como un ca­
dáver.
Levantóla del suelo, y cargando con ella acuestas, se dirigid á
su propia casa.
Sin detenerse en ella un punto, volvió á salir por la puerta de
la calle de Jehú, y atravesando la ciudad, se encaminó á la casa de
Magdalena.
l a criada estaba esperando á su ama por orden de ésta.
Fasael 110 tuvo necesidad de llamar para que salieran á abrirle.
La criada se asustó al ver el estado en que Magdalena llegaba,
y se apresuró á preguntar al judío.
— No es mas que un desmayo, producido por la sospecha que ha
tenido: tú no te inquietes, que por sí mismo se desvanecerá y ella
volverá en su acuerdo.
Entre la criada y el judió llevaron á Magdalena, que parecía
verdaderamente exánime, á su dormitorio.
Depositáronla sobre el lecho, y Fasael, sacando una bolsa de cue­
ro con algunas monedas, la entregó á la criada, encomendándola
la discreción.
— Soy más criada tuya, — profirió la judía; — ■
que del ama á
quien sirvo, y puedes fiar en mí.
Fasae'í salió de la casa de María y se encaminó á la suya, satis­
fecho del éxito de sus maquinaciones por aquella noche.
La judía quedó velando al lado de su ama.
416 MARÍA MAGDALENA.

A l cabo de un gran rato, ésta abrid los ojos.


Pasó la azorada vista por la estancia y profirió:
— ¿Dónde estoy?
— ¿Dónde? en tu casa.
Magdalena se pasóla mano por la frente como si quisiera des­
pejar de sombras su inteligencia ó poner en órden sus ideas, y
dijo:
— No" sé si sueño ó si estoy despierta.
— Despierta estás, puesto que me hablas.
— Y no obstante, paréceme que no estoy bien en mi acuerdo,
porque quiero recordar algo que he hecho y me ha sucedido. ¿Qué
hacía ahora?
— Dormías.
— Y ántes de dormirme, ¿qué hice?
— Antes has vuelto, ó mejor, te han traído....
— ¿Me han traído?...
— Desmayada.
— ¿Quién?
— Un hombre.
— ¿Quién era?
— No le he conocido.
— ¡Oh! ¡siempre el misterio de un hombre que no conoces! ¿Y vo
estaba, dices, desmayada?
— Sí.
— ¿Por qué?
— Eso mismo he preguntado y no ha sabido decirme el hombre
que te ha traído.
María hacía grandes esfuerzos de voluntad para recobrar la me­
moria de los recientes sucesos.
Pero su cabeza había sufrido tanto en pocas horas, que no podía
en breve tiempo reponerse del gran trastorno que padeciera.
Otras muchas preguntas hizo Magdalena á. su criada.
Las contestaciones de ésta, á ser más explícitas, hubieran he­
cho sin duda la luz en las tinieblas de la mente de su ama; pero
MARÍA MAGDALENA. 417

obedeciendo las instrucciones de Fasael, se limitaba á las palabras


precisas para no dejarla sin respuesta, y esto acababa de confun­
dir á María, léjos de exclarecer sus ideas.
El cuerpo de Magdalena no se hallaba ménos fatigado que su
espíritu.
La falta de sueño de anteriores noches, hija de la intranquili­
dad de su ánimo, unida al cansancio del precipitado camino que
habia hecho, y al que no estaba acostumbrada, la rindió pocos
momentos después de haber vuelto en sí, y quedó profundamente
dormida.
Al despertar, súmente, más despejada y serena, recordó mejor
los acontecimientos de la pasada noche; pero fueron éstos tan ex­
traordinarios, que Magdalena dudó otra vez si era presa de los
efectos de una pesadilla tenida durante el sueño.
Llamó á su criada y le hizo varias preguntas para ver hasta
qué punto podia dar crédito á su memoria; y cuando aquella le
dijo que en efecto habia salido de su casa la noche anterior, sin que­
rer que nadie la acompañara, y que más tarde un hombre desco­
nocido la habia traído desmayada, Magdalena, convencida ya de la
verdad de sus recuerdos, lanzó una exclamación dolorosa y pro-
rumpió en copioso llanto.
— Pero, ¿por qué lloras tú tan amargamente?— le dijo la criada,
que no conocía las recientes ocurrencias y ardía en deseos de sa­
berlas.
—-¿Por qué lloro? porque no hay debajo del manto de los cielos
mujer más infeliz que yo.
— ¿Acaso viste anoche pruebas ciertas de la infidelidad de Cayo
Antonio?
Magdalena explicó á la judía todo lo que le habia sucedido des­
de su salida al campo, hasta llegar al punto de la aparición del
soldado romano en el cercado del huerto de Sara.
Aquí Magdalena se interrumpió, su mente volvió á confundir­
se y á dudar si habia sido ilusión de sus sentidos ó realidad verda­
dera lo que habia visto y oido.
118 MARTA. MAGDALENA.

Por las palabras dudosas de su alma comprendió la judía el


estado de su ánimo y la incertidumbre en que se hallaba respecto
á la certeza de lo que había sucedido.
Harto la criada lo entendió todo, y fácil le hubiera sido expli­
cárselo á Magdalena, como ella se lo explicaba estando en el secre­
to, y calculando que la voz que sonó en la soledad no podia ser de
nadie mas que del mismo Fasael, que se habia puesto al acecho de
todo y habia traído luego á María desmayada; pero la pérfida cria­
da fingid participar de las dudas de su ama, y la dejó en su mismo
estado de. confusión.
CAPÍTULO XIX.

Dondo Magdalena concierta un nuevo plan para salir de sus dudas.

Entrada la mañana del dia que siguió á la noche de los acon­


tecimientos que dejamos narrados, Magdalena no tenia completa
conciencia, mas que del hecho de haber salido de su casa á la alta
hora de la noche para ir á ponerse á observar si Cayo Antonio pe­
netraba en la de Sara por el huerto.
Esto era lo único que positivamente recordaba.
Acerca de lo demás, nada hubiera podido afirmar con certeza.
Cogió nuevamente los pergaminos que guardaba, y después de
releerlos por centésima vez, llamó á sn criada y la dijo:
— Esta noche quiero que haya fiesta en* mi casa, pero deseo que
sea más espléndida que ninguna,otra de las que hasta ahora he
dado.
— Como tú dispongas se dará.
— La cena ha de ser grandiosa y abundante: que se busquen las
mejores aves, las frutas mas exquisitas, y que vengan aquí cuan­
tas flores se encuentren para adornar la mesa y los aposentos de la
casa.
Magdalena, al dar laórden, hablaba precipitada y como movida
por una excitación febril.
La criada iba á salir y María la detuvo para decirla:
m MARÍA MAGDALENA.

Envía inmediatamente un recado de mi parte á Sadoe para que


venga al momento, porque deseo hablarle.
La criada fué á, cumplir la drden de su ama, y pocos minutos
despues entraba en su estancia la persona que había mandado
llamar.
Era Sadoe un joven judio rico, derrochador y dado á todo gé­
nero de vicios.
En nuestros tiempos hubiera pasado por un calavera de bnen
tono, porque pertenecía á una familia principal, y era naturalmen­
te fino en su trato, y tan galan en las palabras como pérfido en
sus obras con las mujeres.
— ¿Me has enviado á llamar, Magdalena?
— Sí.
— Doy gracias al cielo porque una vez en la vida me haces dicho­
so con una distinción.
— Es que hoy te necesito.
— Mi fortuna, mi vida y mi persona todo es tuyo, Magdalena.
— Ménos que eso necesito de tí.
— Habla.
— Esta noche preparo una cena en mi casa, y tengo deseo de
que asista á ella una persona que tú conoces.
— ¿Quién es?
— Una mujer muy bella.
— Ménos que tú lo será.
— Dicen que lo es más.
— Miente quien tal diga.
— Miente entdnces toda la ciudad.
— ¿Cómo se llama?
— Tiene dos nombres: uno el de su nacimiento, el otro se ha
dado á su belleza. Por nacimiento se llama Sara, por hermosa la
llaman Estrella, de la calle de Jehú. Tú mismo la conoces por ese
nombre.
— Pero no se lo doy, porque donde está la estrella de tu hermo­
sura, no puede haber otra que merezca ese nombre.
MARÍA MAGDALENA. 121

— ¿Tú lo juzgas así?


— Y así lo juzgan todos.
Magdalena reprimid un suspiro de dolor.
Su corazon le decia lo contrario que las galantes palabras de
Sadoe.
— ¿Y qué deseas respecto de Sara?
— Deseo que venga esta noche á mi casa: por esto te he lla­
mado.
— Nada tan fácil.
— Tú eres su amigo.
— Lo soy de Ader más bien, y á él se lo diré para que la traiga á
ella.
— ¿Ader es el hombre que la ama?
— Sí.
— ¿Y la ama mucho?
— Más que á su vida.
— ¿Y ella responde á su amor?
— Con toda su alma.
— ¿Lo sabes bien? preguntó Magdalena con marcada intención.
— Tengo pruebas de ello.
— ¿Qué pruebas?
— Ader no es opulento, y Sara ha despreciado por él á otros que
pueden cubrirla de plata.
— ¿Es esa la sola prueba que tienes?
— ¿La juzgas pequeña?
— Juzg'o que la riqueza no siempre mueve el corazon cte una
mujer.
— El de Sara no le ha movido la riqueza.
— ¿Que lo ha movido, pues?
— Las cualidades personales de Ader.
— ¿No puede haber un hombre que las posea mejores? observó
Magdalena.
— Puede haberlo. *
— Y si Sara tropieza con él, ¿seguirá siendo constante á. Ader?
18
m MARÍA MAGDALENA.

— Eso no puedo yo afirmarlo.


Magdalena dejó conocer en la expresión de su fisonomía el sen­
timiento doloroso de su alma.
— ¿Pero por qué me preguntas de esa suerte?
— Han sido ideas que en este instante me han ocurrido,— respon­
dió Magdalena. ·
— Yo sospecho que tienes tú un secreto ínteres en ello.
— Ninguno.
— Como quiera que sea, te he dicho lo que sé y lo que puedo ha­
cer por cumplir el deseo que me has manifestado.
— Yo te doy gracias por todo. Solo te hago un encargo. .
— Habla.
— No quiero que digas que Sara viene aquí esta noche, si es que
tú estas cierto que ha de venir.
— Yo te lo prometo y te aseguro que no lo diré á nadie.
— Hasta la noche.
Sadoe se marchó y Magdalena quedó sola en su aposento.
— Este es el medio mejor,— se dijo,— pensando en el plan que se
había propuesto. De esta suerte yo los veré al uno en presencia del
otro, y podré juzgar si es verdad ó mentira lo que me han dicho.
La criada de Magdalena salió inmediatamente á la calle con el
pretexto de cumplir órdenes de su ama para la fiesta de la inme­
diata noche.
Se dirigió á la calle de Jehú y penetró en la casa de Fasael.
Este se dispuso á oir la relación de lo que habia sucedido á
Magdalena después de haberla él dejado con su criada.
La judía se lo refirió con exerupulosa minuciosidad, y le dijo asi­
mismo que para aquella noche se preparaba una espléndida cena.
Fasael se puso un momento pensativo.
No comprendía semejante fiesta, atendido el estado de ánimo de
Magdalena. .
La criada le dijo cómo su ama había mandado llamar con gran
prisa al judío Sadoe.
Pero no pudo decirle el objeto.
MARÍA MAGDALENA.

E l hermano de Roboan sospechó que la entrevista del judío con


Magdalena podia tener relación con los propósitos que ésta tuviera
para la inmediata noche.
Fasael despidió á la judía encargándole en gran manera que
volviese á darle cuenta inmediatamente de lo que pudiera averiguar
acerca del objeto que su ama podia tener al dar aquélla fiesta.
La judía salió.
Fasael salió tras ella.
La criada de Magdalena se dirigió á su casa.
Fasael se dirigió A la del judío Sadoe.
CAPÍTULO XX.

El tocador de dos mujeres.

Grande agitación reinaba en la casa de Magdalena.


Todos sus criados se hallaban ocupados en los preparativos de
la fiesta de la noche.
El sol había ya ocultado su disco tras las montañas vecinas, y
una criada de María acababa de poner luces en el aposento que
ésta tenia destinado para vestirse.
Durante todo el día, Magdalena apénas habia salido de su dor­
mitorio más que para ver si las cosas se disponían en la casa según
ella habia mandado y conforme á su gusto exquisito y á la osten­
tación y brillantez que deseaba dar á la fiesta.
Luego volvía á retirarse á su dormitorio, y reclinada sobre blan­
dos cojines, parecía abismarse en un pensamiento constante, pro­
fundo y doloroso.
Sara y Cayo Antonio no se quitaban de su imaginación, siem­
pre atormentada por la memoria de ambos.
Puestas las luces en el gabinete de vestirse, avisó á Magdale­
na la criada de su confianza que ejercía las funciones de la que
hoy llamamos doncella ó camarera.
Magdalena se levantó negligentemente y dió una llavecita de
plata á la criada.
MARÍA MAGDALENA. Í2S

Esta abrid una arca bien labrada de cedro y sacó una especie
de cofreoito de la misma madera, con caprichosas incrustaciones
de nácar, y echó á andar delante de su ama hácia el gabinete que
llamaremos tocador.
María se sentó en un sitial tapizado de tela de Persia delante
de una magnífica y perfectamente bruñida plancha de acero que
retrataba entera su hermosa y gentil figura.
La criada dejó el cofre cito en una mesa inmediata, y empezó á
deshacer el peinado de su ama.
Un mar de cabellos rubios y brillantes como hebras de oro
inundó la espalda y el seno de María, así que su doncella les quitó
el cerquillo que los contenía replegados sobre la cabeza.
La criada quedó un momento contemplándola.
Esto la sucedía todos los dias.
Porque la cabellera de Magdalena era tan extraordinariamente
hermosa, que la vista no se acostumbraba nunca á ver con la indi-
re neia.
Cuanto más se la miraba más crecía la admiración por aquel
prodigio verdadero de la naturaleza, pródiga en María como no lo
había sido nunca en don preciadísimo de la belleza de una mujer.
— ¿Qué haces? ¿por qué te detienes? — .le preguntó Magdalena.
— Me detengo como siempre que suelto tus cabellos, á contem­
plar su abundancia y su hermosura, que no tiene otra mujer alguna.
Suelta la cabellera era como resaltaba toda la hermosura de
María.
— Contémplate tú misma, añadió la criada, y verás si puede ha­
ber nada más bello.
— ¿Crees tú que no hay en Jerusalen quién sea más hermosa
que yo?
— No creo que haya otra mujer que pueda igualarte.
— '¿Ni Sara?
— ¿La de la calle de Jehú?
— Sí. ■

— No es tan bella.
m MARÍA MAGDALENA.

— Pero á alguno le parece más.


— Esas son quimeras tuyas:
— ¡Oh, rió!
— ¿Quién te lo ha dicho? Nadie que tú conozcas.
— Mi corazon me lo dice.
— Tu corazon ama y teme.
— No temiera si no tuviera razón.
— El amor es causa de recelos y temores.
— No cuando es plenamente correspondido.
— ¿No lo es el tuyo por ventura?
— No debe de serlo cuando no está tranquilo.
María hablaba eii estos términos, porque su cabeza, desvanecida
en el momento de ver la prueba, no recordó luego mas que como
vagas visiones de un ensueño lo que le habia sucedido aquella
noche.
La criada, sobornada completamente por Fasael, se hacía con su ,
ama la ignorante y desentendida.
— Es preciso qué hoy me peines mejor que nunca.
— ¿Qué adornos quieres que te ponga en la cabeza?
— E l de estrellitas de rubíes.
Magdalena se vistió de la manera y con las galas que la hemos
visto al'presentarse á nuestros ojos por vez primera en el primer
capítulo de nuestra historia.
Este que estamos escribiendo lo titulamos el tocador de dos mu­
jeres', porque á la hora misma que Magdalena, se estaba disponien­
do para asistir á su fiesta otra mujer, la bella Sara, á quien sabe­
mos habia invitado aquella.por medio del judío Sadoe, amigo de
Ader, que era el amante visible de la Estrella de la calle de Jehu.
Si ántes no mereciera este renombre, la hermosura de Sara lo
conquistara en, verdad aquella noche, en que estaba más bella que
nunca.
Concluido casi su tocado, si nos es permitida esta palabra de­
masiado moderna, pero que nosotros, adoptamos porque no encon­
tramos otra más propia de aquella para expresar; nuestra idea,
HARÍA MAGDALENA, 127

Sara se levantó de su asiento, alegre, aunque intranquila por un


secreto afan que movía su corazon.
Para mejor conocer el estado de Sara, retrocedamos un punto
y veamos cómo recibió la invitación de María para la fiesta de
aquella noche.
Ader, á quien ya habia visto el judío Sadoe, dijo á su amada:
— Esta noche da María Magdalena una de las suntuosas cenas
con que acostumbra regalar á sus amigos.
El semblante de Sara mudo el color- al oir esto. Pensó en se­
guida que Cayo Antonio no dejaría de asistir, y el efecto de los
celos de su corazon se pintó instantáneamente en su rostro.
Nada de esto notó el inocente Ader, y continuó:
— Entre ellos estamos nosotros convidados.
— ¡Nosotros!
— Sí. Tú y yo.
— Yo 110 trató á Magdalena, ni soy su amiga., ni tiene por qué
convidarme á'su casa,— profirió Sara en tono de desprecio.
Estas palabras, sin embargo, no eran hijas de su virtud
ofendida; Sara no era en verdad modelo de la mujer modesta y
pura; pero sus desvíos no eran públicos como los de Magdalena, y
aprovechó esta ocasion para herir á una mujer de quien se ju z­
gaba rival,, y cuya belleza y-ostentación mortificaba en gran ma­
nera á la Estrella de la calle de Jehú.
Ader se esforzó cuanto pudo para obligarla á asistir á la
fiesta.
No sabía el judío que era este un deseo véhemente del corazon
de Sara. -
Esta se resistió para ser más rogada, y al fin accedió á los rue­
gos de su amante.
E l objeto de María era ver á Cayo Antonio y á Sara el uno en­
frente de otro, para poder deducir de la actitud. de ambos lo . que
hubiera de cierto en lo que misteriosamente le habia sido revelado
El principal interés de Sara en asistir á la fiesta, era este tam-
ilion
128 MARÍA MAGDALENA.

Ella no ignoraba la íntima relación que existia entre Magdale­


na y el soldado romano; pero éste la había persuadido de que ya
no amaba á María; Sara lo dudaba y ansiaba ocasion de verlos
juntos para saber la verdad.
Con este motivo Sara saetí sus mejores galas para adornarse.
En esto le era sumamente difícil competir con Magdalena.
A pesar de los medios de Ader y Fasael unidos para, que Sara
brillara mucho por el lujo d^sus joyas y vestidos, Magdalena, que
tenia por sí medios suficientes y hahia hecho del embellecimiento
de su persona la primera y en ocasiones la única ocupacion de su
vida, que tenia gusto natural y exquisito acierto para elegirlas telas
y armonizar los colores y los adornos, vencía á menudo en este
terreno á la amada de Ader, ménos práctica que aquella en el ma­
nejo de estas armas de combate de mujeres.
Para competir con María aquella noche., decimos que Sara echó
mano de sus mejores galas, y que una vez vestida, se separó ale­
gre del espejo. .
Pero no tardó en ponerse triste.
Rodeaba su torneado cuello una sarta de hermosas perlas, y en
aquel instante recordó que una de las mejores joyas de Magdale­
na era un. riquísimo collar del aljófar más limpio y de mayor ta­
maño que hasta entonces había ostentado ninguna mujer entre las
más principales de. la ciudad.
Pero este motivo de tristeza de Sara desapareció bien pronto á
la vista de otra sarta de perlas que en aquel momento la presentó
Ader*
Los ojos de Sara quedaron deslumbrados al mirar la rica
joya. -
En su fisonomía se pintó la súbita alegría del corazon que,
dueño de tales armas, presintió su triunfo aquella noche sobre su
orgullosa rival. :
CAPÍTULO XXIV.

Celos.

Volvamos un punto a la escena con que dimos principio á


nuestro libro.
Sabemos ya los antecedentes necesarios de los tres principales
personajes que en ella figuran y podemos en su vista apreciar la
posicion respectiva de cada uno y lo que siente su corazon en.
aquellos instantes que parecen de placer y son, como la mayor
parte de los placeres del mundo, de verdadero suplicio para el es­
píritu, por. más que su tormento no se distinga fácilmente en la
mirada ni en la sonrisa..
Recordaremos que momentos ántes de presentarse Sara, la ha­
bía anunciado Magdalena á Cayo Antonio.
Recordaremos asimismo que el soldado romano, que no espera­
ba la noticia, manifestó su gran sorpresa por medio de un movi­
miento rápido que no le fuó posible reprimir, y que María tuvo
en este asombro que vió en su amante el primer motivo cierto de
su sospecha.
A l presentarse en la sala la hermosa judía de la calle de Jehú,
todas las miradas se fijaron en ella. Solo la vista de nno se desvió
de su rostro. Era Cayo Antonio, quien al verla apartó de ella loe
ojos, dirigiéndolos indiferentemente á otro lado.
■17
m MARÍA MAGDALENA,

El disimulo del centurión fuó demasiadamente marcado para


que no hiciera efecto contrario en el ánimo de Magdalena
Esta le observaba atentamente.
E l esfuerzo y la violencia que tuvo que hacerse el soldado ro­
mano, dijeron más á María que la hubiera dicho su mirada fija en
el rostro de Sara.
Esta experimentó al verle una turbación grande. Tampoco
este efecto se escapó á la escrutadora mirada de María, atento,
al menor síntoma del secreto que pretendía descubrir.
Sus primeras investigaciones dieron para su pobre corazon un
resultado que llamaremos cruelmente feliz.
¡Con qué gran placer de su alma hubiera visto Magdalena fa­
llida la esperanza de descubrir tan triste verdad!
Cayo Antonio, queriendo disimular, ponia más en evidencia, lo
que intentaba tener secreto.
Sara, que ignoraba que fuera por nadie observada, ponia al des­
cubierto el sentimiento de su corazon que asomaba en sus mira­
das, en sus sonrisas, en sus movimientos intranquilos, en ese mal­
estar del alma enamorada en presencia del objeto que adora cuan­
do hay delante testigos que impiden las expansiones de lo, pa­
sión.
Magdalena empezó á sentir un tormento imposible de describir.
Su corazon, como si se hubiera enroscado en él una serpiente
que lo oprimiera, mordiéndolo y martirizándolo, ora se sentía aho­
garse sofocado por la sangre toda de las venas agolpada en él, ora
experimentaba punzadas agudísimas que lo partían de dolor.
Sara notó ese cruel malestar de María, y juzgó que era efecto
de su vanidad humillada por la riquísima joya que ostentaba la
judía de la calle de Jehú, y por las atenciones que obtenía de los
demás convidados, á quienes su belleza, y sobre todo la novedad
de verla por vez primera entre ellos, les atrajo á su lado como ma­
riposas que revolotean alrededor de una flor en -el momento de
romper el capullo y abrir su corola á los rayo? del sol de la ma­
ñana.
MARÍA MAGDALENA.

Pero ¡ay! más vivo que este tormento era el tormento de Mag­
dalena.
No dejó su vanidad de mujer de sentirse herida por las distin­
guidas atenciones que-su rival merecía de los demás, por el lujo
que en una sola de sus galas ostentaba, y hasta por su belleza,
que era aquella noche verdaderamente superior; pero ¿qué hubie­
ra todo esto importado por sí solo á Magdalena?
Que las gentes que se hallaban en su casa y áun en la ciudad
entera hubieran levantado á Sara á las nubes sobre el pedestal de
su admiración, la mortificaba ménos que el ver á Cayo Antonio
atraído también por ella.
Este era su dolor verdadero, porque era dolor del corazon, del
alma.
Lo demás afectaba solo á la cabeza, que se hubiera vengado
imaginando y buscando medios de recobrar el cetro de la pública
admiración si un momento le hubiera sido por otra arrebatado.
Aquello hubiera sido el sufrimiento de la vanidad humillada.
Esto era el tormento horrible del amor destrozado.
Contra aquello le es fácil encontrar defensa 4 la cabeza de la
mujer; contra esto es su corazon impotente y su recurso es la de­
sesperación, las lágrimas, el desconsuelo del véncimiento y de la
flaqueza del espíritu que en breve se siente débil para recobrar el
terreno perdido en la lucha.
Todo esto ya lo sintió' Magdalena á los pocos momentos de ha­
ber entrado Sara en su casa, y ántes de empezarse la cena.
Pero cuando ésta empezó, así que los vapores del vino comen­
zaron á exaltar la cabeza aboliendo cierto género de consideracio­
nes entre los convidados, en el momento en que Cayo Antonio y
Sara empezaron á mirarse sin recato, el tormento de Magdalena
subió á un punto que nos sería imposible acercarnos á describirle
con palabras.
¿Qué efecto habia de hacerle la presencia de su hermana M ar­
ta, hallándose María en el colmo de su dolor?
¿Dónde habia en aquellos momentos objeto humano de poder
m MARÍA MAGDALENA.

bastante para sobreponerse al sentimiento que embargaba todo su ser?


María no pudo resistir más en lu mesa, y levantándose brusca­
mente, arrastró consigo á su infiel amante, llevándole al balcón.
Cayo Antonio se dejó llevar sin oponer la menor resistencia.
Comprendía el sufrimiento horrible de Magdalena, y 110 ya por
amor, sino que más bien por compasion á su pena, se dejó con­
ducir por ella.
Los que quedaron en la mesa demasiado ocupados en la broma
y la algazara, no hicieron alto en este incidente.
Solo Sara lo notó, -
Sus grandes ojos negros lanzaron dos rayos de ira á los dos
amantes que se alejaban.
Su corazon sufría un tormento del género del tormento de
Magdalena, si bien en grado m uy inferior.
Al fin sabía que el corazon de Cayo Antonio le pertenecía á ella.
Apenas se vió María sola con él en el balcón, prorumpió en los
mayores reproches que descompasadamente salían de sus labios á
impulso de los celos que devoraban su pecho.
— '¡Harto cumplido he visto mi de seo! —~fuó la primera frase que
pronunció María.
— ‘¿Cuál era tu deseo?
— El de saber si era cierta mi sospecha. Yo sospeché que tu
amor me faltaba.
— ¿Y has visto ya que te falta?
— ¿Qué más necesito ver? ¿Necesito, por ventura, mayores prue­
bas? Yo 110 tuve bastante con lo que misteriosamente me revela'
ron; parecióme poco un sueño, una ilusión de mis ojos, que ciegos
de ira no veian á distaneia, cuando te sorprendí saltando el cercado
de su huerto....
Cayo Antonio quedó atónito.
— ¿Te sorprende?
— ¿Tú viste?.....
— Sí, yo lo vi y creí que mi vista me engañaba, porque no os
había, contemplado despacio y tan cerca como ahora.
MARÍA MAGDALENA. 135

Cayo Antonio calló.


Su silencio, como ya antes hemos indicado, fué para Magdale­
na la última confirmación de la triste verdad, ya para ella clara y
evidente.
— ¿Por qué me has engañado? ¿qué motivo te he dado yo, que
te quiero sobre todas las cosas del mundo? Por tí he olvidado á mi
propio hermano, que muere de dolor y llamándome desde su lecho
de agonía, por tí desprecio la opinion de todos los individuos de
mi raza, que me odian y maldicen porque entrego mi corazon y mi
vida al que la quitó áun hijo de Judea y es al propio tiempo el que
subyuga á mí país y escuda al que escarnece su ley, y tú, tan in­
grato á este amor mío, le desprecias y le insultas, y burlas la fe
de mi corazon, y pagas asesinándole el bien que él ha querido
darte cuando te ha hecho su dueño y su señor! ¡A.h! ¡qué suerte
tan desgraciada la mía, qué dolor el de mi alma, qué desespera­
ción la de mi pecho!
Y María, rebosando á un tiempo de su corazon el dolor de los
celos, la pasión de la venganza, el sentimiento del amor destroza­
do, y amando más que nunca y aborreciendo á la vez al hombre
que tenia delante, lloraba de ira y de ternura, y maldecía, y su­
plicaba, y rasgaba sus vestidos, y juntaba sus manos implorando
el amor del hombre en quien estaban la vida y la muerte de su
corazon herido y enamorado.

FIN DEL LIBRO PRIMERO.


Majrr'alena se queilr. e s l í l - r a
LIBRO SEGUNDO

EL AM OR DEL MUNDO Y EL AM OR DEL CIELO.

CAPÍTULO PRIMERO.

Imz divina.

Dijimos al comienzo de nuestra obra, y al describir rápidamen­


te este pasaje, que en este momento de suprema desesperación de
Magdalena, cruzaba por la solitaria plaza la figura de un hombre,
que al rumor de la orgía se detuvo, miró á la casa de donde los
gritos y las carcajadas salían, y en su rostro se pintó la lástima y
la compasion por los que tan alegres estaban; que sus ojos se ele­
varon al cielo, que sus labios murmuraron una oracion, y que en
aquel instante el rayo de la luna, rasgando las nubes que la cu­
brían, iluminó aquella figura, rodeándola de una auréola de luz
celestial.
Los ojos de Magdalena se sintieron heridos por el resplandor
de la plaza; miraron hácia el punto en donde la luz estaba, y al
ver la majestuosa figura que se destacaba entre las sombras, al
contemplar su continente soberano y su hermosísima figura, quedó
estática y arrobada.
Cayo Antonio se hallaba vuelto de espaldas hácia aquel lado, y
no vid ni pudo ver nada de lo que observó María,
156 MARÍA MAGDALENA.

Sólo notó el efecto repentino que en ella se obró, y creyéndolo


producido por el sufrimiento grandísimo de que acababa de dar
muestra, se apresuró á decirla:
— ¡María! ¿qué tienes? vuelve en tí; el daño que sientes está más
en la exageración de tus juicios que en los hechos de que me
acusas.
Así habló el centurión, pero María no parecía oírle.
Cayo Antonio, cuya conciencia le acusaba del daño que estaba
sufriendo Magdalena, la cogió entónces una mano y la, estrecho
con amor, y la llamó otra vez con el acento del interés más vivo-
.— ¡María! ¡María!
Pero la mano de Magdalena no sintió que las de su amante la
estrechaban, ni sus oidos oián su voz, ni sus ojos le miraban, ar­
robados y fijos en la figura de la plaza.
El centurión volvió la cabeza siguiendo la dirección de los
ojos de María, para ver qué podia mirar que á tal punto la tenía
fascinada.
Pero en aquel preciso instante cubrióse de nuevo la luz de la
luna, y el centurión no vid mas que sombras y tinieblas.
Volvió á mirar al rostro de María y á llamarla, apretando fuer­
temente su mano, que parecía la de una muerta, á fin de hacerla
volveren sí.
Despues de un buen rato, María volvió sus grandes y hermosos
ojos al rostro de Cayo Antonio.
Pero su mirada conservaba todavía la expresión del arroba­
miento.
— Magdalena, ¿qué tienes? responde.
María se pasó la mano por la frente y lanzó un suspiro.
Pero no un suspiro de dolor; m uy al contrario, fué más bien de
melancólico placer..
— ‘¿Qué te sucede? habla.
— ¡Ay! no sé....
— ¿No sabes?
— Nó, en verdad*
MARÍA MAGDALENA. 137

— Estabas desvanecida.
— Sí, y ¡cuán hermoso fué mi desvanecimiento!
— ¡Hermoso!
— ¡Qué sueño tan feliz!
Y en el rostro de Magdalena se pintaba, al decir esto, la expre­
sión de un gozo purísimo, celestial.
Gayo Antonio no comprendía una sola palabra de las que es­
taba oyendo.
— ¡Ay! ¡era tan dichosa, que hubiera deseado morirme en ese
sueño.
Cayo Antonio sintió viva curiosidad por saber qué habia senti­
do ó soñado Magdalena durante aquel estásis extraño, y la dijo:
- Pero explícate.
— Si es que no puedo: en vano intentaría decir el labio lo que el
corazon ha sentido; tampoco recuerda bien la mente lo que los ojos
han visto; sólo, sí, puedo afirmar que nunca, si esto ha sido un
sueño, lo he tenido tan hermo:o, ni jamás me ha dolido tanto el
despertar.
— Y al despertar, sin embargo te has encontrado conmigo,— pro­
firió Cayo Antonio.
— ¡Contigo, que me engañas, que me mientes,, que vendes el ·
amor mió!...
— ¡Magdalena!
Esta volvió á exaltarse de nuevo.
Su corazon dejó de sentir aquel gozo inefable que le arrobaba
momentos· ántes, elevándole á regiones de sublime y desconocido
encanto, y volvió caer en el tormento de los celos, del despecho, de
la ira y del dolor incomparable del amor herido y engañado.
El rostro de María, perdida la apacible calma de momentos án­
tes, volvió á adquirir la expresión de todas las pasiones capaces de
destrozar el corazon, y sus. labios volvieron á proferir las más
amargas. quejas, mezcladas con los más duros reproches que pueden
tener para un hombre el amor propio maltratado y el amor heri­
do de una mujer.
18
i 38 MARÍA MAGDALENA.

El centurión, ya hemos dicho en otro lugar que no podía men­


tir serenamente, ni esto hubiera convencido á María de lo contra­
rio que claramente había ella visto.
La desgracia, pues, de Maglalena, era cierta, indudable.
Cuando sus convidados abandonaron su casa, Cayo Antonio
fingió que le esperaba una precisa ocupacion del servicio á aque­
lla hora, y salid también.
La imaginación de María, abrasada por los celos, se dió en se­
guida una explicación.
Creyó que desde su casa iria Cayo Antonio á la casa de Sara.
¡Qué suplicio el suyo!
En vano al pensar esto intentó oponerse á que el centurión sa­
liera.
Este no se dejaba vencer.
Los reproches de María le incomodaban, y sus lágrimas le ha­
cían mal.
Este efecto acompaña siempre al cansancio del amor del
hombre.
Cuanto le son agradables las lágrimas de la mujer que adora,
le causan disgusto y enojo las de la mujer que ha dejado de
am ar. ,
Este disgusto y este enojo no pasaron desapercibidos á los ojos
de María.
La voz de su amor propio maltratado se sobrepuso entónces á
la de su amor herido, y pensó en que debia vengarse y no llorar
por él, que la habia engañado.
¿Pero qué género de venganza adoptaría?
Lo primero que se octirrió á Magdalena fué tomar otro amante.
Mas en vano lo intentó.
Quería demasiado á Cayo Antonio, y todo su deseo de vengarse
de él no pudo vencer su repugnancia de corresponder á otro
hombre.
Intentó hacerse la indiferente, la desdeñosa en su presencia.
Pero este propósito, que hacía firmemente cuando no le tenia
MARÍA MAGDALENA.

delante, se rompía á pesar de su voluntad cuando Cayo Antonio se


presentaba.
Más fácil le hubiera sido llevar á cabo una resolución respecto
de Sara.
A ésta la odiaba María profundamente.
Pero Sara tenia á su lado á Fasael, consagrado á hacerla brillar
siempre sobre Magdalena; ésta confiaba hasta sus pensamientos á
la criada suya misma que estaba sobornada por el hermano de
Roboan; el vengador judío lo sabía todo ántes que María ejecu­
tase nada, y le salía siempre al encuentro aumentando cada día su
martirio en tormentos nuevos.á su amor, á su amor propio y á su
vanidad, puntos siempre vulnerables en la mujer, y que Fasael
sabía herir constantemente y con sumo acierto en Magdalena.
Si María hubiera tenido que luchar sólo con Sara, la victoria
hubiese quizá coronado muy pronto su deseo; pero luchaba con un
enemigo invisible y fuerte como Fasael, porque era rico, en las ar­
mas en que María por sí sola era superior á su rival.
De esta suerte, la lucha con Sara era para ella un nuevo moti­
vo de desesperación.
CAPÍTULO II.

La mujer adúltera.

Se había apoderado del ánimo de M agdalena una tristeza pro­


funda.
La esterilidad de los medios que había imaginado para salir
triunfante de la situación en que se miraba envuelta, produjeron
el abatimiento en su espíritu y un descontento de su eorazon, que
no encontraba alivio en objeto ni en persona alg u n a.
Todo para María ora negro: pasado, presente y porvenir.
E l pasado acusaba constantemente su conciencia, el presente
la llenaba de dolor, el porvenir 110 le ofrecía mas que lágrim as y
desprecio y abandono.
Sólo un recuerdo entre tantas ideas am argas dulcificaba sus
tristes momentos.
L a memoria de la visión encantadora que aquella noche sor­
prendió su vista en medio de un momento desesperado, desde el bal­
cón de su casa, no se había borrado de su memoria.
M aría la llam aba á veces á sus solas y bacía esfuerzos para
volverla á ver en su im aginación como la contempló su vista en­
tre las sombras de la plaza, poro esto no lo conseguía nunca por
completo.
Su memoria recordaba lo que habia visto, pero la figu ra en-
MARÍA MAGDALENA, 441

cantadora no se presentaba clara, sino entre sombras y brumas en


su imaginación.
Más feliz era cuando soñaba con ella.
Entonces volvía á sentir por completo aquel encanto celestial,
y al despertar sentía los párpados humedecidos por lágrimas
dulcísimas que desahogaban su corazon de gran parte de los pe­
sares que le- agoviaban.
Pero estos pesares, compañeros inseparables de las violentas
pasiones que combatían su espíritu, volvían en breve á apoderarse
de ella, á dominar todo su sér y á sumirla en aquel abismo, fondo
de dolor y de amargura.
Tal era, imperfectamente descrito, el estado de ánimo de Ma­
ría desde que vid cierto el engaño de su amante é imposible la
victoria sobre su rival, y tal se sentía una mañana, en que se ha­
llaba, Como otras muchas veces, sola en un aposento apartado, con
la cabeza caída sobre el pecho y surcando sus mejillas lágrimas
que brotaban hilo á hilo de sus ojos.
Hallándose en esta disposición , hirió sus oídos un rumor extra­
ño que filé aumentándose hasta tomar el carácter de la gritería de
un tumulto.
Magdalena levantó la cabeza despavorida.
La gritería era en la calle, y corrid al balcón para ver el mo­
tivo.
A sus ojos se presentó un grupo de hombres del pueblo, entre
los cuales iba una mujer.
E l cabello tendido en desdiden, los ojos vertiendo abundantes
lágrimas, maltratado el vestido, lleno el rostro de espanto, el as­
pecto tristísimo de aqiiella, mujer contrastaba con la actitud fiera
y despiadada de las gentes que la rodeaban.
Seguían al grupo multitud de hombres y mujeres y niños del
pueblo gritando: ¡A la adiMevci, d la adúltera,!
La mujer á quien con este grito infamante señalaba la multi­
tud, era joven y hermosa, y caminaba llorando de dolor y de ver­
güenza.
143 MARÍA MAGDALENA.

Pero ni su hermosura, ni su juventud, ni su llanto, calmaban


la sed del castigo que se habia apoderado del pueblo, por un delito
que la ley de los judíos castigaba con un género de muerte pública,
cruel y horrible.
La mujer adúltera se llamaba Livia.
Era hija de un rico mercader de las cercanías áe Jerusalen,
La naturaleza la habia dotado de todas las gracias que pueden
hacer á una mujer hermosa.
No ménos pródiga habia sido con ella en dones morales.
Livia era tan bella como dócil y virtuosa.
Su padre, ya algo viejo, la amaba entrañablemente; pero se
anidaba en su pecho una pasión que hablaba en él más alto que
el amor á su hija.
Esta pasión era la codicia.
Safás, que así se llamaba el viejo judío, era tan avaro, que áun
siendo tan rico, se privaba á sí propio y privaba á su hija hasta de
lo más preciso á las necesidades de la vida, á trueque de aumen­
tar en algunos dineros su escondido tesoro.
Pero la modestia en que hacía vivir á su hija en nada hacía
desmerecer su belleza, que brillaba por sí sola.
Joven, tan hermosa y con la fama de las riquezas que se atri­
buían á su padre, Livia habia de atraer multitud de adoradores
afanosos de poseer su belleza.
Entre muchos, dió Livia la preferencia á Daniel, joven de mo­
desta fortuna, pero al que ella se sintió más inclinada que á nin­
gún otro.
Al saberlo su padre se manifestó sumamente irritado, y prohi­
bió á su hija el menor trato con Daniel.
La jóven lloró amargamente, y 110 pudiendo con sus lágrimas
y megos vencer la resistencia de Safás, dijo á su amado que
probara de presentarse él á implorarle.
Daniel lo hizo así, y el padre de Livia le preguntó:
— ¿Cómo cuántos carneros juzgas tú que valen tus haciendas?
-— Por doscientos no las vendería yo.
MARÍA MAGDALENA, 143

— Pues mira, en cada pliegue de su toca ha de llevar mi hija,


Livia el doble de ese valor cuando yo me muera. Esto quiere de­
cir que de nadie será esposa miéntras el que la pida sea ménos
rico que ella es.
— Yo no lo soy tanto en verdad.
— Pues no puedes pretenderla, porque yo he de negártela.
— Pero yo trabajaré y aumentaré mi hacienda para igualarla en
bienes.
— Hazlo así, y cuando lo hayas conseguido, tuya será Livia.
— Voy, pues, con esta esperanza.
— Alcanza lo que te digo y tendrás lo que te prometo.
Separóse Daniel de Safás y corrió á comunicar á Livia el re­
sultado de la conversación tenida con su padre.
Livia manifestó grandísima tristeza.
Daniel habia resuelto partir de la comarca á buscar á lejanas
tierras la fortuna que necesitaba.
E l jó ven judío, fuerte en el sentimiento de su amor, y. confiado
en la promesa del viejo Safás, resistió las lágrimas y los ruegos de
su amada, y partió.
E l desconsuelo de Livia fué grande.
Pasado algún tiempo, su padre la llamó y la habló en estos
términos:
— Sabe, Livia, que he resuelto casarte.
La jóven judía se puso pálida como el mármol al oir estas pa­
labras.
— Te ha pedido por esposa un hombre de Jerusalen.
— Tú, padre, olvidas que ántes otro me ha solicitado-
— ¿Quién?
— Uno que partió á buscar en lejanas tierras lo que tú le exigis­
te para consentir en que me llevara por mujer.
— ¿Es Daniel?
— El mismo.
— Daniel tarda mucho en volver,
— Pero volverá.
m MARÍA MAGDALENA.

— Y él no sabe ni sé yo si volverá con lo que ha ido á buscar.


— Yo quiero esperarle.

— No puede ser. El hombre que te solicita por mujer es rico y
principal.
— Mi corazon no le ama.
— Mándale que le ame y le amará.
— El corazon no obedece esos mandatos.
— Pero la hija debe obedecer los mandatos de su padre, y yo soy
tu padre y tú mi hija y estas obligada á obedecer mis mandatos.
— Los obedecerá mi deber, que no mi voluntad.
— Tu voluntad ha de ser mi voluntad.
— La mia está donde está Daniel.
— Tú debes tenerla allí donde la mia te señala.
— Allí estará mi obediencia, ya te lo he dicho.
— El hombre que ha de ser tu marido te regalará con ricos pre­
sentes.
— Mis ojos los miraran con tristeza.
— Todos tus deseos los cumplirán sus riquezas.
— Menos uno, que es el mayor y del que sus riquezas me privan.
— Tu mesa estará cubierta de exquisitos manjares. -
— Que serán amargos á mi palada.r.
— Tu lecho será mullido y blando.
— Y mi cuerpo no descansará en él.
— Ricas galas adornarán tu hermosura.
— Su brillo no disipará las sombras de mi tristeza.
—-Todas las gentes te sonreirán.
— Mi corazon llorará
« á sus sonrisas.
— Serás muy amada de tu marido.
"-E l no podrá serlo nunca de mi.
— Yo he dicho que serias su mujer.
— Yo cumpliré lo que tú has dicho.
— Vas á saber su nombre.
Safás pronunció el del pretendiente con cierto temor.
Livia le oyó con completa indiferencia.
MAHÍA MAGDALENA. US

Su padre quedó atónito.


Esperaba una .muestra marcada de desagrado por parte de su
hija.
Las condiciones del hombre que se le destinaba para marido lo
hicieron temer así á su padre.
Pero Livia la oyó como decimos, con completa indiferencia.
Safás se manifestó por esto complacido.
No comprendió que á Livia le era indiferente cualquiera que no
fuese el que su corazon había elegido.
Safás no pensó ya más en esto.
Daba un hombre rico á su hija, y esto le bastaba.
Para nada tenia en cuenta los sentimientos de la naturaleza, con­
trarios siempre á los cálculos mezquinos de la cabeza.
No se detenía tampoco á reflexionar acerca de la diferencia de
las ideas de la vejez y los sentimientos de la juventud; mónos aún
se paraba á mirar de, qué lado podía venir la felicidad á su hija; él
creía que no podía existir fuera de las riquezas, y juzgando por sí,
y prescindiendo por completo de las inclinaciones de Livia, la llevó
por el camino de sus cálculos, arrancándola de la senda de sus ilu­
siones.
Livia se separó de su padre y se fué á llorar sola su desven­
tura.
— En vano, Daniel, te afanas,— profirió llorando desconsolada,

— por alcanzar lo que otro ya te arrebata; pero si mi voluntad cede
á la fuerza del mandato de mi padre, no cederá mi corazon, que es
solo tuyo y entero te lo guardaré siempre.
De esta suerte se expresaba Livia, miéntras Safás volvía presu­
roso á la- ciudad á fijar el dia de la boda concertada.
CAPÍTULO III.

El amor del eorazon y el interés del mundo.

Lívia no conocia siquiera al marido que su padre le había des­


tinado.
Safás no tuvo en cuenta la necesidad del afecto mutuo del alma
para el vínculo del hombre y de la mujer, que mando é instituyó
el mismo Dios al crear al primer hombre y á la mujer primera, en
cuyo eorazon infundió un rayo de su divina esencia con el senti­
miento del amor que atrajo recíprocamente á nuestros primeros
padres, sentimiento á cuyo impulso se fueron desarrollando las ra­
mas de sucesivas generaciones, y que al debilitarse ó falsearse
más tarde en el eorazon humano, el mismo Creador volvió á difun­
dirlo por el mundo, haciéndolo brotar de la palabra de su propio
Hijo, que por amor al hombre espiro" en la cumbre del Calvario.
Sin el amor, que es el don más precioso de los séres raciona­
les, hubiera sido imposible la propagación de todo otro sentimien­
to generoso, y nulo de todo punto el fin supremo de esa criatura
hecha á imágen de Dios en la tierra; sin el amor, la especie hu­
mana se propagaría como, las razas inferiores, y si se quiere afir-
f
mar que la inteligencia bastaría á formar y conservar un estado
social y de progreso que no tiene el bruto, áun concediendo esto,
que es absurdo, los hombres, desviados de la senda que marca este
MARÍA MAGDALENA. 147

divino precepto: Amaos unos á otros, se convertirían en enemigos,


que en lucha encarnizada por la adquisición de bienes puramente
materiales, no se diferenciarían gran cosa de una manada de lobos
que furiosamente se disputan la misma presa.
En la unión del hombre y de la mujer ha debido y debe pre­
sidir siempre el amor. Si esa unión es corporal por ley de la natu*
raleza, debe ser espiritual por mandato de Dios.
Los que prescinden del espíritu para formarlo, faltando al pri­
mero de sus requisitos, cometen un pecado; y subordinar el sen­
timiento honesto del corazon á cálculos interesados de la cabeza,
ha sido y será en todo tiempo tan abominable como buscar los go­
ces y bienes que se refieren al cuerpo, desatendiendo el alimento
y el bien del alma.
E l padre de Livia, arrastrado por la codicia, no atendió mas
que á los bienes materiales, sin tener para nada en cuenta el daño
moral que á su hija infería y los males que más tarde podía origi­
nar, superiores aún en el terreno material á los bienes que por
este medio buscaba.
Cuando Livia fué presentada al hombre que había de ser su
marido, experimentó un sentimiento tan grande de repulsión, que
casi se parecía al horror.
Era el prometido un hombre viejo, llamado Zebed, sin ningu­
na condicion de belleza física para ser agradable á los ojos de una
mujer jóven y hermosa, y falto de todo atractivo moral que pudie­
se interesar al corazon de la que iba á ser su compañera.
Por sí solo, el viejo Zebed tenia lo bastante para ser completa­
mente repulsivo á Livia: ¿cuánto más no habia de serlo comparán­
dolo ésta con el jóven Daniel?
Esta comparación, que era natural en ella, aumentaba su tor­
mento.
Nunca hubiera podido ser feliz al lado de aquel hombre.
El fuego de la juventud no se aviene nunca con la nieve de
los años.
Sólo cuando las dotes morales del corazon son muy elevadas,
m MARÍA MAGDALENA.

bastan para no hacer sensible el contraste y salvar la inmensa


valla que la naturaleza establece entre la juventud y la anciani­
dad para formar uniones de esta índole; en este caso puede ser to­
davía el matrimonio cielo apacible donde respiren dos corazones el
amor sublime del espíritu; pero cuando este caso, siempre raro,
no sucede, el matrimonio es un infierno espantoso, y su fruto,
fruto maldito como producido por el genio del mal, en v ezd e ser
saludable semilla que germina al calor del genio del bien.
El recuerdo de Daniel asaltó tan viva y dolorosamente á Livia,
al ver al hombre que iba á ser dueño de su hermosura, que no
pudo contener en su presencia la fuerza de. su sentimiento, y sus
ojos brotaron un raudal de lágrimas.
Su padre no se conmovió por el dolor de su hija.
Era padre en verdad; pero era avaro, y los avaros no tienen en­
trañas ni para sus hijos.
El viejo judío era avaro también.
Pero la avaricia de éste pertenecía á otro género tan abomina­
ble como la del primero.
Miraba á Livia codicioso de su hermosura, y esta codicia sofo~
có también en su corazon otros más nobles sentimientos que un
hombre ménos grosero hubiera experimentado al ver cómo llora­
ba la jóven por la desgraciada suerte de su vida y el triste fin de
los amores que había alimentado su alma.
Fuera de la manifestación de su dolor profundo, no opuso Li-
via otro género de resistencia.
La palabra de su padre era para ella ley sagrada, <y obedeció
su mandato sin objetar más que lo que le hemos oido más arriba,
cuando Safas le hizo presente su pensamiento.
Zebed era muy rico, y la boda se dispuso en toda esplén-
didez.
¡ Cuánto sufría el corazon de Livia!
Las galas y los presentes riquísimos que Zebed dispuso para
regalarla, no hacían en ella otro efecto que aumentar su dolor y
su tristeza.
MARÍA. MAGDALENA. 119

Zebed no se paraba gran, cosa en el pesar de Livia, y atendía


sdlo á su egoísta felicidad.
Efectuada la boda, Livia siguió' viviendo infeliz al lado de su
marido.
Otras mujeres dé la ciudad envidiaban acaso su fortuna y su
dicta.
No sabían lo que pasaba dentro de su corazon.
Safás, en tanto, se daba cada dia por más contento con el esta­
do de su bija.
Nada alcanzaba á ver digno de apetecerse fuera de los bienes
materiales, y teniéndolos Livia, consideraba que debía ser dicho­
sa, y si no lo era, lójos estaba el padre de atribuirse á sí propio la
culpa, sino que lo achacaba á ella misma, que no tenia reflexión
suficiente para conocer y saber apreciar su fortuna.
Acaso si un rayo de luz hubiera penetrado en la oscura mente
del padre, si una voz bastante fuerte para hacer vibrar cuerdas ya
inertes de su corazon le hubiese hablado, hubiera visto más cla­
ro acerca de la felicidad y sentido de otra manera que sentia; pero
no habia llegado aún la hora de que ese rayo de luz penetrase en
su inteligencia y esa voz hablase á su corazon.
CAPÍTULO IV.

La ley de Moisés para la m ujer adúltera.

En rica estancia adornada con los más preciosos objetos que en


aquella época conocía el lujo de las familias principales de la opu ­
lenta Jerusalen, sobre mullido lecho de plumazón de cisne y bajo
un pabellón de vistosa tela de Persia, descansa entregado á un
sueño tranquilo y profundo un anciano de canosa barba y calva
frente.
Es el judío Zebed.
A su lado se halla, abiertos los ojos, palpitante el pecho de
afan, movible la mirada y atento el oido, una mujer, cuyo rostro
terso y rosado como el nácar contrasta con el del hombre que
duerme junto áella.
La mujer es Livia.
E l silencio de la noche es completo.
E l más ligero ruido de la calle penetra y se oye en todos los
ámbitos de la casa.
Livia está escuchando como si esperase oir algo.
Tres palmadas suenan en la calle, hiriendo sus oidos y hacien­
do latir violentamente su eorazon.
E l bello color rosado de la judía desaparece repentinamente de
su rostro, que se cubre de palidez.
MARÍA MAGDALENA. 151

En el mirar vago de sus ojos y en su fisonomía se notan la


ansiedad y el miedo á un tiempo,
Livia tiembla de piés á cabeza.
Hace un esfuerzo sobre sí misma para dominar su temblor,
pone la mano sobre su corazon para reprimir sus fuertes latidos, y
se incorpora poco á poco y con suma cautela.
Alumbra la estancia la pálida luz de una candileja puesta en
un ángulo y velada por una pantalla que remeda la forma y el
color de la hoja de la vid.
La suave claridad de la candileja llega débilmente á iluminar
el rostro de Zebed.
Iivia fija en él su atenta mirada.
E l judío duerme profundamente.
La tranquilidad de su rostro y su respirar sosegado aseguran
á su esposa de su sueño profundo.
Livia, sin dejar de esforzarse para dominar su temblor, saca
sigilosamente un pié del lecho, despues otro, y se desliza sin ru­
mor hasta tocar la tela que cubre el pavimento.
De pié en el suelo permanece un momento al lado del lecho,
inmóvil como una estátua, sin respirar apénas y mirando atenta­
mente el rostro de Zebed.
Luego se separa muy quedo, cubre su cuerpo con la túnica
que tiene allí inmediata, y atraviesa la estancia como una sombra.
Diríjese á la escalera., baja y descorre con cuidado el cerrojo
de la puerta.
Una sombra atraviesa la oscura calle, penetra en la casa de
Livia, y la puerta vuelve á cerrarse.
Pocos momentos despues se hallaba Livia en un aposento del
' piso bajo de la casa, en presencia de un hombre joven, de gallar­
da presencia, de semblante bello y expresivo, cuyos Ojos estaban
fijos, mirándola sóriamente, en el rostro de la esposa de Zebed.
Daniel era el jóven.
Livia pronunció su nombre con pasión al verse sola con él en
el aposento.
№ MARÍA MAGDALENA.

Daniel no respondió.
La amorosa mirada de Livia se estrelló en la mirada severa­
mente glacial de su antiguo amante,
De los ojos de la jóven empezaron á brotar las lágrimas.
Daniel profirió:
— Malditos ojos que lloran pesares que el corazon no tuvo.
Livia replicó:
— E l pesar de mi corazon es aún más grande que el llanto de
mis ojos.
— Las obras que has hecho desmienten las palabras que dice».
— No siempre la voluntad desea lo que hace.
— ¿Qué cosa te ha obligado?
— La obediencia.
— ¿A quién?

—A l mandato de mi padre, que fué para mí sagrado.
Daniel quedó en silencio un momento. Luego dijo;
— Lloráras delante de tu padre y tuviera él compasion de tus lá­
grimas.
— Lloré delante de él y no la tuvo.
— Viera Zebed tu llanto y no hubiera consentido en llevar due­
lo en lugar de la alegría de la boda.
— Zebed vió mi llanto y no turbó mi duelo su alegría.
— Zebed no merece ser amado.
— Por esto no es amado por mí.
-—Lo merece sólo el que por tí abandonó su patria, y amándote
siempre, ha corrido el mundo para ganar el premio de tu her­
mosura,
— Por esto yo amo al que me ha llevado siempre consigo.
“ Zebed no merece que seas tú su compañera.
— Mi alma y mi corazon no lo acompañan.
— Lo merece sólo aquel á quien siempre has acompañado, por­
que tu memoria no se ha separado de él un instante.
Livia calló y un temblor s úbito agitó su cuerpo.
—-¿Por qué tiemblas?
MABÍA MAGDALENA, 453

— Tiemblo por lo que has dicho.


— ¿No quieres acompañarme?
— Quiero, pero no puedo.
— Podías si bien quisieras.
— Soy la esposa de Zebed.
— El duerme ahora.
, — Yo velo engañándole.
— -Castigo suyo es este engaño.
— E l castigo mió sería la muerte.
— Tu delito es hijo de otro delito ántes cometido en ti por él.
— La ley de Moisés castiga á la mujer adúltera.
— ¿Quién castiga al padre que sacrifica á la hija?
— Los pecados de los padres corresponden á la justicia de Dios.
— ¿Quién castiga al que se hace marido sabiendo que no es
amado?
— E l pecado del marido no libra de la pena á la mujer adúl­
tera.
Daniel no pudo vencer aquella noche la resistencia de Lívia,
que pudo por maravilla detenerse en la pendiente en que su de­
bilidad le habia colocado.
Siempre ha sido difícil, cuando no imposible, á la fragilidad
humana, mantenerse fuerte en las ocasiones en que la pasión tie­
ne todos los medios de satisfacerse y el deseo no tiene más valla
que la voz de la virtud ó de la conciencia, y s<51o cuando, la oca-
sion se huye sale triunfante por completo la virtud de la pasión
impura.
•Pero Livia, léjos de huirla, buscóla ocasion, y sí maravillosa­
mente triunfó la vez primera, no asilas demás, en que acaso la en­
gañó la confianza en sus fuerzas demasiado débiles para salir victo­
riosa de lucha tan desigual como la que’ sostenía su razón, que la
llamaba al deber de esposa, y su corazon enamorado, que la arras­
traba con los impulsos de 3 a mujer amante.
Daniel penetró otras noches en la casa de Livia á favor de laá
sombras y aprovechando el sueño del confiado Zebed.
S9
MARÍA MAGDALENA.

Pero llegó una oeasíon en que la luz clel día sorprendió á los
amantes olvidados de su propio peligro, como sucede al criminal á
quien la costumbre del crimen hace bastante confiado para que él
mismo se descubra.
Los albores de la aurora hirieron el rostro de Zebed, despertán­
dole de un sueño que habia sido aquella noche fatigoso y hor­
rible. Como si un espíritu avisara al suyo délo que le estaba suce­
diendo, soñó' que su mujer vendía su fidelidad.
El viejo judío abrió los ojos, miró á su lado, y al encontrar va­
cía la mitad del lecho, llamó sobresaltado á Liria,
Esta se hallaba demasiado lejos para oírle y responderle.
Zebed saltó del lecho y la volvió á llamar á grandes voces.
Yiendo que tampoco contestaba, salió como un loco de la ha­
bitación recorriendo todas las de la casa.
Al entrar en la que sil mujer se hallaba, Zebed quedó frió ó in­
móvil.
Daniel fué á lanzarse sobre él, pero Lívia se interpuso y obligó
al joven judío á salir de la casa de su marido.
Zebed vió todo esto sin decir una palabra ni moverse siquiera.
El asombro paralizó en él por aquellos i atantes todo movi­
miento.
Despues de haber salido Daniel, Lívia volvió al mismo apo­
sento.
Zebed se hallaba todavía allí en la misma actitud de asombro.
Aquel hombre soñaba lo que veía, al ver lo que habia soñado.
Livia le dijo:
— Zebed, tú eres mi marido y yo soy tu mujer. Me han enseña-
o, al casarme contigo, que debía mirarte como á mi dueño y se­
ñor, que debía guardar fidelidad de cuerpo y de alma á tu nom­
bre y á tu persona; que ningún otro hombre en el mundo debia ser
para mí lo que tú eras, y yo no te he mirado como mi señor, pues
he hecho parte á otro de lo que era de tu señorío; y no te he guar
dado fidelidad de cuerpo y de alma, pues mi alma estaba léjos de
tí y mi cuerpo ha huido de tu lecho; y lo que tú eras para mí he
MARÍA MAGDALENA. lo o

- permitido que otro lo fuera; yo soy culpable Zebed, reconozco mi


culpa y me pongo á, tus piés de rodillas y te pido perdón.
Zebed contempló un momento á Livia, que deshecha en llanto
estaba postrada á sus plantas y dijo;
— ¿Por qué has tenido conversación con Daniel?
— Porque me amaba. ,
— ¿Y tú le amabas á ól?
— Antes de conocerte á tí.
— ¿Por qué consentiste en ser mi mujer?
— Yo no consentí, obligóme mi padre y yo obedecí su mandato
y fui tu mujer.
— Pues siendo mi mujer has cometido gran delito.
— Yo pido perdón por él.
— Yo no puedo perdonarte.
Livia se estremeció de terror.
— Te castiga la Ley, y si yo te perdonara y ocultara tu delito,
faltaría á la Ley y sería réprobo para Dios.
A l pronunciar estas palabras con espantosa calma, los ojos de
Zebed lanzaban chispas del fuego que abrasaba su corazon encen­
dido de ira, de horribles celos y sediento de venganza.
Lívia, que sabía el espantoso castigo que la aguardaba, conti­
nuaba á sus piés aterrorizada Con la idea de tan cruel tormento.
El llanto de sus ojos bañó los piés de su marido, y sus labios,
que no cesaban de sollozar, le rogaron repetidamente, que la per­
donara.
Zebed permanecía impasible á los ruegos y el llanto de Livia ,
y respondía:
— Perdonarte sería faltar á la Ley y hacerse réprobo para Dios,
y yo no puedo hacerme réprobo para Dios ni faltar á la Ley de
Moisés.
El corazon herido del judío sentía un secreto placer al contem­
plar á la mujer culpable y con la idea del castigo que iba á sufrir.
La ley de Moisés castigaba con la muerte el delito de adulte­
rio por parte de la mnjer.
156 MARlA MAGDALENA.

Sin discutir, porque no es esto de este lugar ni tal nuestro ob-


to, hasta qué punto la pena correspondía á la falta, dada que ésta po­
día reconocer causas que fueran más ó ménos agravantes, diremos
que la pena de muerte que se imponía á la mujer adúltera, era
cruel por el género y la manera como se ejecutaba. La muerte era
por lapidación, esto es, la sentenciada moría á pedradas.
La mujer que era adúltera faltaba á un precepto expresamente
impuesto en la Ley de Moisés, era entregada al pueblo, que se con-
si deraba ofendido por laquehabia quebrantado la ley judáica, y
el pueblo mismo ejecutaba la sentencia arrojando piedras á la sen-
tenciada.
Livia, que sabía esto y se consideraba próxima á tan desastro­
so fin, no podia ménos de sentirse horrorizada y sentir anticipada­
mente en su espantada imaginación tan cruel tormento.
Por esto, despues de confesar á su marido su pecado, que hu­
biera sido inútil desmentirle cuando él lo babia visto por sus pro­
pios ojos, apeló á los ruegos y á las lágrimas para moverle á com­
pasión.
Pero Zebed, como ya hemos dicho, se hallaba demasiado heri­
do por la falta de Livia y se mostró duro é insensible á todo rue­
go suyo.
Cogióla de la mano, la levantó del suelo y la llevó á la puerta
de la calle.
En el dintel Livia estaba pálida como la muerte, Zebed seve­
ro y mudo como una eatátua.
Los que pasaban por la calle se detuvieron, los vecinos que se
asomaban á las puertas y los balcones fueron aproximándose for­
mando corro delante, de la casa de Zebed, aguardando á que éste
pronunciara· las palabras de costumbre en casos corno el que todos
adivinaban.
Livia estaba con la cabeza baja, los brazos caídos, lleno el ros­
tro de vergüenza y sin levantar la vista del suelo.
Cuando Zebed vió que había bastante gente reunida, habló en
estos términos:
—Yo, Zcbetl, esposo de Livia, que es la mujer que aquí miráis, la declaro
adúltera, y la arrojo de mi casa, y la sentencio & la pana, impuesta á su delito
por n u estra ley.
MARÍA. MAGDALENA. 457

— Yo, Zebed, esposo de Livia, que es la mujer que aquí miráis,


la declaro adúltera y la arrojo de mi casa y la sentencio á la pena
impuesta á su delito por nuestra Ley.
Al acabar de pronunciar estas palabras, Zebed cogió de un bra­
zo á la desgraciada Livia, y la empujó á la calle.
E l pueblo lanzó un grito de bárbara alegría, una especie de
rugido salvaje, y se apoderó de la culpable.
CAPÍTULO V.

3ja buena doctrina.

Era á la sazón eñ que la luz de la doctrina del Hijo de Dios


empezaba á penetrar en las conciencias, disipando las sombras de
la muerte, levantando el corazon del débil é infundiendo el temor
en el corazon de los fuertes que reinaban sobre un pueblo sumido
en el error, esclavizado en su espíritu que encadenaban los pode­
res y los intereses de la tierra, porque no conocía la grandeza del
poder del Cielo ni los bienes supremos y no perecederos prometi­
dos al que siguiera la estela luminosa que en pos de sí iba dejan­
do el Salvador del género humano.
Era á la sazón en que los sacerdotes y los príncipes de los ju ­
díos, sintiendo los primeros la revolución., contraria á sus particu­
lares miras, que iban á producir entre el pueblo que ellos domina­
ban con su soberbia y despótica autoridad, las máximas de humil­
dad, de modestia y de amor universal entre los hombres, iguales
ante la ley y la justicia del Rey Supremo como Supremo Hacedor
de todos, vieron en peligro el drden de ideas que sostenía su po­
testad y trataron de oponer un dique á la ola que progresivamen­
te avanzaba, buscando un pretexto para encontrar su oposicion á su
L ey en el hombre que creían,un simple mortal, á fin de poder por
este medio sellar los labios qúe de tal manera hablaban á la con-
MARÍA MAGDALENA. 1S9

ciencia del pueblo, y apagar la luz que irradiaba en la mente de


todos disipando las tinieblas de la ignorancia con el conocimiento
dei Dios único y verdadero, con la nocion de los deberes del
hombre para con Él, de la alteza de su alma como criatura hecha
¡i su imágen, y del amor que debía unir á todas las criaturas como
hijos de un mismo Padre al que por igual habían de rendir cuenta
estrecha de sus actos el día en que fueran líama/los ante su Tribu­
nal y justicia recta ó inapelable.
Visto por algunos de los interesados en encontrar un pretexto
el tumulto que llevaba á la mujer adúltera, y dado que la Ley im­
ponía á ésta la muerte, trataron de presentarla á Jesús, que se ha­
llaba predicando en el templo, creyendo que sus labios, que predi­
caban el amor y el perdón de todo agravio, pronunciarían la abso­
lución de aquella mujer culpable, con lo cual tendrían ellos moti­
vo para acusar á Jesús como sedicioso contra la L ey de Moisés y
pretexto para condenarle.
De esta suerte trataron de efectuarlo, y el motin se dirigid con
la mujer adúltera al templo.
Allí, como hemos dicho se encontraba Jesús.
Aquella misma mañana habla tenido lugar en el templo el acto
de arrojar de él á los mercaderes,
Te alan los judíos en ciertos dias la costumbre de ir á vender
ciertos objetos al templo levantado por. Salomon para rendir culto
áDiog.
La, doctrina de Jesucristo, que establecía una línea divisoria en­
tre los bienes del cielo y de la tierra, consideraba profanado el tem­
plo, mansión donde el espíritu se elevaba á más sublimes regio­
nes, con el comercio de objetos puramente terrenales, y juzgaba
rebajada y ofendida la idea de Dios con el comercio hecho en su
Casa de cosas de los hombres.
Ofensa semejante al respetode su Padre, exaltó la indignación de
Jesús, que arrojó á latigazos álos mercaderes, dándoles ácompren­
der con este acto, que los intereses terrenales en nada debían ro­
zarse con los espirituales, porque aquellos pertenecían al mundo y
460 MARÍA MAGDALENA,

eran despreciados de Diosf y éstos, por ser los aceptos á, Dios, no de­
bían ligarse ni mezclarse con los del mundo.
Entre los mercaderes se hallaba también el avariento padre de
la mujer adúltera, el cual salid como todos los demás, avergonza­
do, quedándose á la puerta.
Bien ajeno estaba Safás de lo que en aquellos instantes sucedía
á su hija.-
Cuando la multitud llegó á la entrada del templo, el padre de
Livia lanzó un grito.
— ¡Mi liíja! exclamó luego como si no creyera lo que sus propios
ojos estaban viendo.
Pero lo que confundía al avariento mercader era ver que la
multitud conducía al templo á Livia.
Las mujeres adúlteras no eran conducidas para ser castigadas á
la casa de Dios.
Safás casi dudaba.
Pero presto salió de su duda.
E l pueblo iba recogiendo piedras al paso.
Un judío reconoció á Safás y le dijo:
Toma, aquí tienes esta piedra para arrojar á la mujer adúl­
tera.
Palabras más crueles no cabían en ocasion semejante para he­
rir el corazón de un padre.
Safás quedó avergonzado y partido el pecho de dolor.
Pero tuvo fuerza bastante para penetrar en el templo confundi­
do c 311 la multitud, á ver lo que dentro se iba hacer con su hija.
Los que dirigían la masa popular, presentaron á Livia á Jesús,
dicíéndole:
— Esta mujer es adúltera; ¿qué se debe hacer con ella?
— A lo cual Jesús respondió:
Aquel de vosotros que se encuentre sin pecado que la arroje la
primera piedra.
La multitud quedó asombrada y sobrecogida al oír esta res­
puesta*
MARÍA MAGDALENA. 161

Ninguno se atrevió á replicar, y las piedras cayeron de las


manos de todos.
¿Quién de entre ellos se encontraba sin pecado?
A cada cual acusaba su conciencia, diciéndole que no estaba
limpio de alguna culpa.
E l pueblo comprendió al oir las sábias palabras del divino
Maestro, que aquel que no está exento de pecado, no debe erigirse
juez para castigar el pecado de otro.
Ninguno de los presentes tuvo valor bastante para levantar la
mano y arrojar la piedra.
A l contrario, quedaron todos sobrecogidos y anonadados.
Las fisonomías ántes osadas, se manifestaron corridas por la voz
de la conciencia que á cada uno acusaba interiormente, y la mul­
titud que habia entrado alborotada y amenazadora en el templo,
salió muda y humillada.
Livia quedó inmóvil de puro asombro.
No esperaba la infeliz salvación tan afortunada.
Tan asombrado quedó su padre.
La mujer de Zebed se acercó á Jesús y le preguntó:
— ¿Qué pena merezco yo entónces, Maestro?
A lo cual respondió Jesús:
— No vuelvas á cometer el pecado y por mi estás perdonada.
A l oir esto, brotaron de los ojos de Livia lágrimas de alegría y
de gratitud.
Se arrojó á los piés de Jesús besándolos y bañándolos con su
llanto, y arrepentida de su falta y hecho el propósito de no volver
á caer en ella, salió del templo, sin que ninguno la dirigiera ya
el menor insulto ni ménos osara maltratarla.
Su padre no podia volver de su asombro.
En los muchos años que tenia jamás habia visto ejemplo pare­
cido, ni sabia de mujer alguna acusada de semejante delito que se
hubiese librado de las manos del pueblo, pronto siempre á casti­
garla.
Safás sintió que algo que no pertenecía á los hombres, algo su-
21
162 MARÍA MAGDALENA.

perior á su voluntad y á su poder, había prevalecido en aquel mo­


mento sobre la fuerza y la pasión del pueblo, tan fácilmente desar­
mado por la sola palabra del Maestro.
El mercader miraba atónito á Aquel que poco 'ántes le había
arrojado á latigazos de aquel sitio, condenando su codicia, cuando
sonó en sus oidos una voz de- un timbre particular que nada se
parecía á la voz humana.
Mas bien que en los oidos sonaba la voz en el eorazon de
Safás.
Su rostro sufría grandes transformaciones, hijas de las distintas
impresiones del espíritu, y su cabeza se inclinó al suelo y sus
miembros quedaron sin movimiento todo el tiempo que su eorazon
permaneció absorto, escuchando la palabra profunda que misterio­
samente le conmovía.
CAPÍTULO VI

El perdón del arrepentido.

La voz.habló en estos términos al padre de Livia:


«Pecador es el padre que pone á su hija en ocasion de pecado.
»Porque es deber del padre apartarla y no acercarla allí donde
está el peligro.
»Y hay peligro en oponerse á los sentimientos honestos del co­
razon y en querer variar sus honestas inclinaciones.
»Y el padre que obliga á sentir á su hija lo que ella no siente,
»comete pecado ántes que ella lo cometa por esta causa.
»Y tú, Safás, has pecado ántes que tu hija.
»Y ella pecó por tí.
»Y su pecado es tuyo más bien que suyo.
»Porque tú. la diste por mujer á un hombre que ella no quería
»por marido..
»Y tú sabias que su inclinación y su afecto estaban en otro.
»Pero este otro te pareció más pobre, y Zebed te pareció más
»rico.
»'Y por esto la obligaste á ser mujer de Zebed.
»Y itu pecado es doble porque has hecho daño á tu hija y has
»vendido los afectos del corazon por el dinero.
m MARÍA. MAGDALENA.

»Y tú no te acordaste de viejo de cuando fuiste joven.


»Y el padre debe recordar que fué hijo.
»Y cuando llega á viejo y no tiene amor, debe pensar que lo
»tuvo cuando jóven.
'>Y debe conocer que su hijo ama como él amó.
b Y debe pensar que la dicha y la felicidad no están en las ri-
»quezas.
»Y el padre que las antepone al afecto de sus hijos y á ellas
»los ¡sacrifica, no merece el nombre de padre.
»Ni merece que sus hijos le amen.
»Porque la autoridad del padre debe emplearse en el bien y no
»en el daño del hijo.
»Y es daño siempre el combatir sus afectos honestos,
»Y tú has privado á tu hija de los suyos.
»Y tú la has hecho mala esposa.
»Porque la mujer ha de amar al hombre que ha de ser su ma­
rido.
»Y tú sabias que Livia no amaba á Zebed.
»Y Zebed ha sido engañado por su mujer.
»Pero el engaño no es tanto de Livia como tuyo.
»Por esto su pecado viene á pesar sobre tí.
»Porque tú eres el primer culpable.
»Y la culpa de Livia es efecto de la tuya.
»Ella, que ha pecado, ha pecado ménos que tú.
»Por esto merece perdón mejor que tú lo mereces.
»jorque ella es joven y tú eres viejo.
»Y ella fué por tí obligada y á tí no te ha obligado nadie.
»Solo tu mala pasión te ha obligado.
»Y esa mala pasión es la codicia.
»Y ningún alma que sea codiciosa, puede ser buena, ni gozar
»del reino de Dios, adonde van las almas despojadas délos bienes
»miserables de la.tierra.
»Tú eres el culpable, Safás , dos. veces más que lo es tu
hija.
MARÍA MAGDALENA. 165

»Arrepiéntete y llora por tu pecado y tu hija te amará y te


perdonará Dios.»
Calló la voz y el avariento mercader, abandonando el templo,
corrió en busca de su hija.
Esta, al verse otra vez en la calle, libre de la multitud que la
seguía, dudó si se dirigiría á casa de su padre ó á la de su
marido.
Aunque arrepentida de su culpa y con propósito de no volver á
caer en ella, temia presentarse á la vista de sn marido, recelosa
de que éste la arrojara de nuevo de su casa y volviese á exponerla
á las iras del pueblo.
En esta perplegidad oyó una voz que la llamo por su nombre,
Volvió Livia la cabeza y se encontró frente á frente de Da­
niel.
El joven judío habia tenido noticia de lo que sucedía á la mu­
jer que tanto amaba, y corría á su encuentro para salvarla ó mo­
rir con ella luchando para arrancarla á las manos del pueblo.
— ¿Cómo te encuentro así de esta suerte? la preguntó Daniel
asombrado.
Livia le explicó el milagroso fin del drama que tan sangriento
debia tenerlo. .
Daniel acabó de asombrarse con la relación de Livia y la pre­
guntó:
— ¿Y adónde te diriges ahora?
— Pienso volver á casa de mi marido.
— No lo hagas.
— ¿A dónde iré entonces? ¿Por ventura'á casa de mi padre?
— Tampoco. Tu padre te volvería á poder de Zebed. Ven conmi­
go Livia, yo te llevaré léjos de aquí:
— Nunca.
— ?Por qué?
— Porque sería hacerme otra vez culpable del mismo delito, y
el perdón que ahora he merecido no me sería otorgado despues,
;
Daniel no supo qué replicar.
166 MARÍA MAGDALENA.

Livia añadid:
— Yo no soy tu mujer y no debo ir contigo, ni tener contigo
conversación.
En vano la pasión de Daniel quiso hablar al corazon de Livia.
No le amaba ella ménos; pero su resolución era irrevocable y
su propósito bastante firme para resistir á las tentaciones del
deseo.
Daniel se alejó de ella despues de haber empleado cuantas ra­
zones le sugirió su amor y todo género de ruegos para vencerla.
Livia se despidió para siempre del hombre á quien había ama­
do, al que amaba todavía, pero con el que no podía mantener re­
lación de ningún género, sin faltar á la gratitud profunda que
guardaba su alma para Aquel que le había salvado, y al secreto
respeto y veneración que le había inspirado, y sentía ella en gra­
do superior á todo otro género de idea y afección.
Zebed en tanto, encerrado en sn casa, devorando solo la pena
que no podia ménos de abrigar su corazon lacerado, ignoraba lo
que había ocurrido á Livia.
Su imaginación pensando constantemente en ella, se la repre­
sentaba en el lugar de su cruel suplicio, blanco de los insultos de
la muchedumbre alborotada y ensangrentado el cuerpo por los
golpes de la lluvia de piedras que sobre ella caian hasta que per­
diera el último aliento de la vida.
De repente se abre la puerta del aposento donde se hallaba
el judío y Livia se ofrece á su vista.
Zebed queda atónito al verla y la toma como’ una visión, como
un fantasma producido por la fiebre de su cerebro.
Exclama sin embargo:
— Livia.
— Sí, yo soy.
A l oir su voz, Zebed se adelantó y la tocó con su mano.
— Yo soy, repitió Livia.
Zebed la preguntó cómo volvía á su casa sana y libre del fu­
ror del pueblo.
MARÍA MAGDALENA. W

Esplíeóse Livia y el judío quedó al punto atónito.


Pero la explicación de su mujer estuvo lójos de producirle el
efecto que produjo á Daniel.
Zebed se enfureció, profiriendo palabras de cólera contra el
Maestro que había impedido que la Ley de Moisés se cumpliera y
había librado á Livia del castigo, privándole á él de la venganza
de la ofensa, y cogiéndola otra vez del brazo, intentó de nuevo lle­
varla á la calle y volverla á presentar á la justicia del pueblo.
Pero esto no hizo mas que intentarlo, porque no pudo llevar á
cabo su intento.
En el instante mismo se presentó á él el padre de Livia.
— ¿Qué intentas, Zebed?
Arrojar de mi casa á la mujer adúltera, y hacer que se cum­
pla la Ley en su castigo.
— Déjala á ella, Zebed, que no es ella la que ha delinquido,
Zebed miró, á Safás.
— No es ella, sino yo soy más bien el que pequé obligándola á
ella contra su voluntad á ser mujer tuya: yo soy el primer culpa­
ble y tú lo eres también.
— ¡Yol
— Tú.
— ¿Qué culpa es la mía? ¿No la hice yo dueña de todas mis ri­
quezas? ¿No mandaba Livia hasta en mi misma voluntad? Pregun­
ta á los criados de esta casa, que ellos te dirán á qué voz obedecían
y quién era aquí el amo que á ellos mandaba.
— Todo esto no ha bastado, como has visto, para que fuera tuyo
el corazon de Livia.
— Porque ella ha sido ingrata.
— Nó, Zebed, porque el corazon de la mujer jóven no se gana
solo con halagos y presentes; necesita otro corazón jóven también
como el suyo, si ha de entregársele sin violencia y con fé. Yo mis­
mo no he conocido esto y me confieso que he faltado: reconócelo tú
por tu parte y perdona i la que debes perdonar cuando se mani­
fieste arrepentida.
468 MARÍA MAGDALENA.

Otras razones empleó Sáfás, convertido en su manera de pensar


y de sentir, para convencer á Zebed, que reconociendo al fin lo
que su suegro le manifestaba, aceptó de nuevo á Livia, que se ar­
rojó llorando de arrepentimiento y de gratitud á los piés de su
marido.
CAPÍTULO VII.

Misteriosas sensaciones del corazon de Magdalena.

Profundamente conmovida dejó á Magdalena la vista, de la


mujer adúltera.
La vergüenza de la esposa arrojada del tálamo por sn marido;
el ludibrio de que por su delito era objeto; el dolor que debia sen­
tir por su desgraciada suerte al caminar Jiácia un suplicio tan
cruel como espantoso, en medio de un pueblo que pregonaba á
gritos su deshonra; la consternación de aquella desdichada que
contemplaba apagada para siempre la brillante luz de su estrella
antes de llegar al primer tercio de su carrera, cuando aún teñía su
cielo el rosado falgor de la aurora, de la vida; el sello de terror
que marcaba sus delicadas facciones, y hacia mirar espantados y va­
gamente á sus bellísimos ojos negros, brillantes luceros de su bello
rostro de cielo, todo lo que á primera vista expresaban; la juventud,
la belleza, y el aspecto de aquella mujer puesta en tan crítico
trance, interesó tan vivamente á Magdalena, y la impresionó tan
hondamente, que despues de largo espacio, de tiempo, y cuando la
gritería que acompañaba á la mujer adúltera apénas se percibía
por efecto de la distancia, María se encontraba todavía en el balcón,
32
MARÍA MAGDALENA.

donde había quedado como inmóvil y presa de la profunda sensa­


ción que le habia causado tan doloroso espectáculo.
La historia del pecado de Livia cundid al momento por toda la
ciudad, refiriéndose por mil bocas, que si desfiguraban más ó mé-
nos los detalles é incidentes de la misma, guardaban no obstante
con fidelidad lo verdadero del fondo.
Todos decían que Livia se había casado con Zebed obligada por
su padre; ninguno dejaba de notar que La esposa culpable amaba á
otro ántes de unirse á Zebed, y nadie dejó tampoco de advertir que
el amante que su corazon había elegido, era gallardo y jóven, y
que el mari io era por el contrario, viejo y sin ningún género de
atractivo físico ni moral.
Estas circunstancias fueron quizás atenuantes del delito de L i - '
via en concepto de algunos, sobre todo, de las mujeres jóvenes;
pero nadie se atrevió á manifestarlo abiertamente.
La Ley de Moisés condenaba expresamente el delito sin admi­
tir circunstancia alguna atenuante, y ante esa ley, que era sagra­
da para los judíos, si el corazon podía sentir algo en favor de la
culpable,· la boca callaba y el pueblo cumplía la palabra terminan­
temente prescrita.
Magdalena se enteró por una de sus criadas de la triste histo­
ria de Livia.
Su compasion por ésta subió entonces de punto y fué mayor
su pena por su desgracia.
Cayo Antonio entró en el aposento de María cuando la criada
acababa de hacerle el relato.
E l centurión la vió conmovida y preguntó la causa, que Mag­
dalena le explicó.
El soldado romano extrañó encontrarla apesadumbrada por se­
mejante motivo.
En otra cualquiera, ocasion, conociendo la impresionabilidad
extremada dél corazon de Magdalena, no lo hubiera extrañado.
Entonces lo extrañó, porque sabiendo cuánto María le amaba y
el disgusto profundo que tenia por lo sucedido la noche anterior,
MASÍA MAGDALENA. 471

no comprendía que pudiese caber en su pecho otro sentimiento que


el devorador de los celos por Livia, que á tal punto la habían he­
rido y le habia ella manifestado, cuando encendida de cólera le ar­
rancó de la mesa y le llevó al balcón con el objeto dé exponerle
allí sus amargas quejas y su espantoso sufrimiento.
E l centurión se dió la enhorabuena.
Las quejas de Magdalena, como salidas de los labios de una mu­
jer que ya no amaba, no hacían mas que mortificarle.
Pero no duró mucho á Cayo Antonio la tranquilidad.
A su vista María olvidó pronto la desgracia ajena para pensar
en la desgracia propia, y los reproches, y las quejas, y las lágri­
mas amargas de los celos, volvieron á brotar en tropel de sus la­
bios y sus ojos, cayendo como deshecho turbión sobre el soldado
romano. - ·
Afortunadamente para él, esta escena violenta no fué larga.
La-criada, que habia contado á María la historia de Livia, se
precipitó de improviso en el aposento, diciendo á su ama:
— Vengo corriendo á darte una buena nueva.
— ¿Nueva buena á mí?
— Sí, á tí: ¿no sentiste tan gran dolor por la suerte de esa mujer?
— ¿De Livia? ' ,
— Sí.
— ¿Qué ha sucedido?
— Que está perdonada.
— ¡Perdonada! exclamaron á un tiempo Cayo Antonio y Mag­
dalena.
La noticia no podía menos de causarles profunda sorpresa.
— ¿Y por quién?
— Por el pueblo, que ya la ha dejado libre.
— ¿Y en virtud de qué?
— -De una palabra de un hombre.
— ¿De la palabra de un hombre^ repitieron á un tiempo con
creciente asombro el soldado romano y Magdalena, en tanto que
cada uno se preguntaba en su interior:— ¿y quién es ese hombre
MARÍA. MAGDALENA.

cuya palabra puede tanto que influye en la voluntad del pueblo


contra lo que previene la L ey de Moisés?
Cayo Antonio hizo luego esta pregunta á la criada que res­
pondió:
— Jesús.
— Jesús.... balbuceó María.
— ¿El Nazareno? preguntó el centurión,
— E l mismo, añadió la criada.
Magdalena quedó pensativa.
E l centurión, movido de gran curiosidad, se hizo explicar las
circunstancias del caso de que al parecer estaba la criada al cor­
riente.
Esta dijo:
— Se hallaba el Maestro predicando en el templo y se les ocurrió
presentarle á la mujer adúltera y preguntarle qué pena merecía:
á lo cual Jesús ha respondido que aquel que se encontrara sin pe­
cado le arrojara la primera piedra.
María oyó con grande atención las profundas palabras.
Lo mismo las escuchó Cayo Antonio.
Magdalena preguntó:
— ¿Y quién de ellos se encontraba sin pecado?
— Nadie, respondió la criada: por eso ninguno fué osado á levan­
tar la mano y las piedras que tenían cayeron al suelo y las cabe­
zas se bajaron, porque nadie, siendo pecador, se ha creído bastante
justo para castigar el pecado de la mujer. Así lo han entendido to­
dos y por esto ninguno ha sido osado y han salido del templo de­
jando libre á Livia.
Despues de su relato, la criada abandonó el aposento.
María acabó de quedar sorprendida con este desenlace.
Su alegría por la desdichada Livia fué grande, pero más gran­
de todavía fué su admiración por el hombre extraordinario que tan
fácilmente la habla librado de un castigo imposible de evadir, aten­
dido lo terminante de la L ey en este punto, el respeto sagrado de
los judíos al precepto de Moisés y el ningún ejemplo de esta natu­
MARÍA MAGDALENA. m

raleza que ofrecía la historia de las condenadas por semejante de­


lito.
El centurión quedó profundamente reflexivo.
En su imaginación de hombre pesó más maduramente el raro
suceso que acababa de oir.
— Eso és un verdadero milagro, profirió María Magdalena.
E l centurión no dijo nada á estas palabras.
Permaneció por algunos instantes sumido en profunda refle­
xión.
Magdalena quedó también abismada en hondos pensamientos.
El rostro de María fuó perdiendo poco á poco la expresión del
asombro que tenia para tomar la del arrobamiento de una idea ó de
una visión apacible y dulcemente fascinadora.
Cayo Antonio la miró y estuvo contemplándola un momento.
Magdalena no se apercibía de que en aquel instante la mirase
su amante.
Este la llamó:
— ¿María!
Ella, como si despertara de un sueño dulcísimo, volvió los ojos
hacia él.
En el momento de fijar la mirada en el rostro del centurión, el
de María perdió la expresión del encanto que tenia.
— ¿Qué te sucedía que estabas como fascinada?
— ¡Ay! no lo sé.
— ¿En qué pensabas?
— No lo puedo decir tampoco.'
— -Dilo como puedas.
— Ya me ha sucedido otra vez....
— ¿El qué?
— -Esto que me ha pasado ahora,
— Pero.... _
— Es una especie de emocion dulcísima que siente el corazon y
derrama en él un consuelo tan suave, tan....
María se detuvo.
í74 MARÍA MAGDALENA,

— Concluye. ■
— Es que no puedo explicarme más....
Cayo Antonio se impacientaba.
— Porque esto que he sentido no se puede definir; es un placer
inmenso del alma, que no puede expresarse con las palabras.
— ¿Pero por qué es ese placer, qué lo motiva, en qué piensas
cuando tu alma lo siente? ‘
— Si ya te he dicho que no puedo explicarlo; es una cosa vaga....
yo quisiera poder expresarlo, pero no puedo por más que quiero.
El centurión se levantó de su asiento.
María le vio en actitud de marcharse y le dijo:
— ¿Tan pronto me dejas? '
— Sí.
— ¿Por qué? '
— Porque para nada te hace falta mi presencia.
— ¿Cómo hablas así?
;— Porque he visto que más bien te estorba.
— ¿A mí?
— Privándote como ahora del placer de entregarte á esa especie
de sueño raro que no quieres explicarme.
— No lo explicó porque no sé, no puedo.
■E l centurión encontró en esto un pretexto para dejar á María y
dijo:
— Te dejo, pues, libre con tu sueño.
Y salió de la estancia.
Magdalena le llamó cuando Cayo Antonio llegaba apenas á la
escalera.
E l centurión oyó su voz, pero aparentó no oiría y salió á la
calle.
CAPÍTULO VIII.

Donde los celos y el amor propio herido vuelven á turbar la mente y á


exaltar el corazon de Magdalena.

Iba Haría á llamarle desde el balcón, pero su criada la inter­


rumpid presentándose en aquél instante en el aposento.
La criada llevaba un pergamino arrollado.
María al verla con el rollo se sobresaltó.
— ¿Qué traes?
— Esto para tí.
— ¿Quién lia venido con ello?
—Un hombre que no es el mismo de otras veces.'
— ¿Ddnde está?
— Ya se fué.
— ¿Por qué no le has detenido? ¿No sabes ya mi afan?
— Hace'mucho rato que vino.
— Cómo no me diste parte en seguida?
— Inútil hubiera sido, porque llamó desde el patio, yo salí, me
entregó el rollo diciéndome, para tu ama, y salió otra vez ligero
como una flecha. Yo no he venido á traerlo ántes, porque estaba con­
tigo Cayo Antonio y temí que el escrito se refiriera á él como los
dos anteriores que has recibido.
476 MARÍA MAGDALENA.

María extendió el rollo, y templándole los miembros de antici­


pado coraje, se pnso á leer.
E l escrito decia:
»Maldiga Dios á la falsa mujer, y seas tú maldita.
»Porque tú fuiste falsa cuando engañaste á un hombre.
»Y ese hombre murió por tu engaño.
»Y su muerte pesa sobre tí.
»Y el castigo de tu delito y de tu falsedad Tendrá sobre tu ca-
j»beza.
»Pero ántes ha de penetrar en tu corazon.
»Porque tu corazon falso es el que hizo el daño.
- »Y fué el primero que pecó y ha de sufrir el castigo con el mis-
»mo tormento.
»Él engañó y Dios hace que sea engañado.
»Porque el hombre que ama no quiere el amor de tu corazon.
»Y su falsedad es la misma que ahora le inquieta.
»En vano pretendes atraerle.
»Él se ha desviado de tí.
»Corazon que se desvia no vuelve tan fácilmente al camino del
»sentimiento que perdió.
»Y el corazon de Cayo Antonio se desvió del sentimiento de tu
»amor.
»Y es más difícil todavía que el hombre que ha amado á una
»mujer vúelva á amarla cuando ama despues á otra
»Y Cayo Antonio ama á otra mujer.
»Por esto no volverá á amarte á tí.
»Tu belleza no le atrae, porque sus ojos están deslumbrados por
»la Estrella de la calle de Jehú.
»Y esa estrella brilla más hermosa que la tuya, cuya luz ya se
»apagó para Cayo Antonio.
»Y en vano pretenderás luchar con quien tiene más fuerza
»que tú.
»Tú eras fuerte ayer, y hoy eres débil.
»Por esto vas de vencida en la lucha.
MARÍA MAGDALENA. 177

»Tu amor no puede nada, porque nace de un corazon falso y cor -


»rompido.
»Tu hermosura es flor marchita que miran con desden las abejas
y las mariposas.»
En esto el pergamino no decía verdad.
La belleza de Magdalena era siempre brillante y sorprendente.
Harto lo sabia el autor del escrito.
Pero sabia también que uno de los principales puntos vulnera­
bles que tenia el corazon de Magdalena era la vanidad.
Sabia que nada hay tan doloroso como la herida que se inñere
á su belleza, para una mujer que hace gala de su hermosura.
Por esta razón, el autor del escrito, que no tenia más objeto
que hacer sufrir á María, apeló á este medio, que aunque falso en
el fondo, hizo verdadero efecto en ella, que recibió y sintió el do­
lor de la herida sin atreverse á pensar si era ó no verdad la idea
que le ofendía.
El pergamino concluía:
»Y porque tu hermosura es ñor ajada, atrajo á Cayo Antonio
»otra flor de más lozana belleza.
»Y en vano pretendas adornarte para competir con ella.
»Sus galas lucen más que las tuyas.
»Por que ella las hace brillar más, y porque las tuyas valen
»ménos.
- »Tu no tienes perlas tan ricas como las que adornaban anoche
«el cuello precioso de la Estrella de la calle de Jehú.
»Tu vanidad la convidó á tu casa para humillarla y fuiste tú la
»la que te viste por ella humillada.
»Y no te bastó ver á Cayo Antonio cómo saltaba la cerca de su
»huerto y quisiste con mayor luz ver si sus ojos se miraban y se
»correspondían.
»Y viste que se miraron y se correspondieron.
»Y la ira y el coraje encendieron tu pecho.
»Y te quejaste amargamente á Cayo Antonio.
»Y los que en la mesa, estaban oian tus queja,s.
23
'178 MÁRÍA MAGDALENA.

»Y miéntras tu llorabas, otros reían de tí.


»Y reía también la mujer que te vencía en aquellos momentos.
»Pronto has encontrado tu castigo.
»Breve tiempo has gozado del placer de tu perfidia.
')Porque el.goce de un acto malo es breve y es largó el padö-
»cer que produce.
»Y más duradero será tu pesar que lo fué tu alegría.
»Maldita sea la mujer falsa, y tú que lo has sido, maldita seas.»
El efecto que las dos veces anteriores, produjo esta vez á Mag- -
dalena el escrito del hermano de Roboan.
Fasael, enterado minuciosamente por lu criada de María, decía
á esta, cosas que, como eran verdad, le causaban profundísima im­
presión y daban todo el valor á las sentencias y maldiciones que
el judío le dirigía.
Lo que asombraba á Magdalena, que ni por asomo podía sospe­
char el origen de los escritos, ni cómo podía estar enterado su
autor hasta de sus mismos pensamientos, era el modo cómo pene­
traba en su interior, descubriendo sus más recónditas pasiones y
tocando las fibras más sensibles de su pecho.
Para Magdalena, que ignoraba y no sospechaba la manera fácil
de enterarse que el autor de los escritos tenia, ni el género de in­
terés que podia moverle á mortificarla en aquellos términos, eran
los pergaminos un misterio, y lo que le decían la exaltaba doble­
mente por cuanto no veia la manó que arrojaba la piedra por m is
que mirase á todos lados al sentir el golpe que la heria.
Esta vez los celos la arrebataron ä tal punto, que llamó preci­
pitadamente á su criada y la dijo:
—Sal inmediatamente en busca del centurión. No vuelvas sin
haberle visto.
—Esto puede no ser en un momento.
—No te limito el tiempo; búscale y encuéntrale, en su casa, en
el Pretorio, dondequiera que esté, profirió María, cuyos ojos brota­
ban chispas.
—Mucho te ha exaltado el pergamino*
MARÍA. MAGDALENA. 179

— Oh, sí.
— ¿Te habla de él? '
— Y de sus amores y de mi desgracia. Corre, búscale.
— ¿Y qué le digo?
— Que yo le espero, y que venga inmediatamente.
La criada salid á cumplir la orden de su ama.
Ésta moría de impaciencia y estallaba de celos y de ira..
Paseábase agitada por la estancia, lloraba de coraje, suspiraba
de ira y mesábase al mismo tiempo los hermosos cabellos en el
acceso de la. desesperación.
A menudo se asomaba á la ventana.
Miraba un rato y volvía .adentro exclamando:
— ¡Ah, cuánto tarda!
En aquellos instantes todas las pasiones de Magdalena, como
tempestad encadenada que pugna por romper la nube que la apri­
siona, rugían en su corazon esperando para estallar, ver delante
de sí al hombre que á tal punto las había exaltado.
CAPÍTULO IX.

E l domingo de Ramos.

La escena que tuvo lugar entre María y Cayo Antonio llegó á


un punto tal d6 exaltación, que el soldado romano necesitó llamar
á sí toda la fuerza de su voluntad para sostenerse y no castigar en
ella los reproches, dicterios graves é insultos intolerables que la
prodigó en el colmo de su desesperación.
María estaba verdaderamente loca, y Cayo Antonio tuvo muy
en cuenta para sufrir sus desmanes que él habia sido la causa, ha­
ciendo traición á su amor en el periodo en que ella tenia puesto
todo su ?¡ér en su cariño.
María no pudo resistir, despues de tantos dias que venia su­
friendo, las violentas sacudidas de aquellos momentos, y sus fuer­
zas físicas desfallecieron, teniendo sus criadas que llevarla al lecho.
Cayo Antonio salió de su casa, prometiéndose no volver á ella
porque creía firmemente que se repetiría igual escena, y no quiso
exponerse más á las tristes consecuencias que pudiera haber traído
á ser él ménos dueño de sí mismo de lo que fué por fortuna.
Magdalena tuvo una verdadera enfermedad.
El centurión, que no tan prontamente y con tanta facilidad po­
día perder todo interés por una mujer que al fin habia amado, no
MARÍA. MAGDALENA. í 81

dejó de informarse un solo dia, preguntando á la criada de más


confianza de la casa, la misma que estaba vendida á Fasael.
Este, que diariamente recibía por ella noticias detalladas, le te­
nia dadas sus instrucciones acerca de lo que respectivamente de­
bía decir á su ama y al centurión.
A los planes de Fasael no con venia la ruptura de los amantes.
No viendo á Cayo Antonio, Magdalena sufriría ménos, y esto
precisamente era lo que no quería el hermano de Koboan, que se
habia propuesto vengarle, atormentando á la mujer que le atormen­
tó, con el mismo suplicio que su falso corazon empleó para marti­
rizar á su primer amante.
De esta suerte la criada encarecía á Cayo Antonio los grandes
sufrimientos de su ama por él, y ponderaba á Magdalena el inte­
rés con que el centurión se informaba de su estado.
Ya sabemos cuánto le amaba Magdalena.
Del centurión hemos dicho también que bajo el aspecto rudo
propio de su raza y de la costumbre de la guerra, ocultaba un co­
razon que no era extraño á los nobles y tiernos sentimientos.
Así, á pesar de su propósito de no volver á pisar los umbrales
de la casa de María, se sintió impulsado por un deber á que no era
ajeno el sentimiento de la compasion por lo que ella sufría y resol­
vió ir á verla.
El día en que el centurión determinó ir á visitarla, dejaba Ma­
ría por primera vez el. lecho.
Desde las primeras horas de la mañana se observó desusado
movimiento de gentes del pueblo en la plaza donde se hallaba su
casa y en las cal]es contiguas.
María lo notó al asomarse á respirar el ambiente fresco de la
mañana y envió á una de sus siervas á saber la causa.
Marcela volvió al poco rato y dijo:
—Es que hoy predica Jesús en el templo, y la gente acude pre­
surosa á oirle.
Estas palabras causaron á Magdalena un efecto particular.
Separóse de la ventana, y dijo á Marcela:
m MARÍA MAGDALENA.

—Ven á, vestirme.
—¿Pretendes salir?
—Sí.
—Mal te aconseja tu deseo.
—¿Por qué?
—Estás ojerosa y descolorida.
—No voy á que me veau, sino á ver, replicó M agdalena..
—Te hallas muy desfallecida.
—Ahora me siento animada,
—Aguarda que esté más alto el sol.
—Ven á vestirme, replicó Magdalena, sin hacer más caso de la,s
observaciones de Marcela.
—Vamos si lo mandas.
Al poco rato salia María de su casa, acompañada de su sierva,
—¿A dónde vamos? preguntó ésta.
—Al templo.
Ambas se dirigieron al sitio donde se levantaba el grandioso
monumento erigido por Salomoii á la gloria del Dios Único.
La plaza estaba llena de gente.
Cerca de las' gradas primeras se hallaban entre varios enfer­
mos que. habían acudido buscando remedio á sus males físicos en el
poder divino de que estaba revestido el Mesías, escribas y fariseos
q u e habían ido á juzgar por sí de la doctrina que vertían sus labios
al pueblo.
Magdalena logró penetrar hasta el pié de las gradas.
En la última se hallaba el Maestro, acompañado de dos apósto­
les, dirigiendo la palabra á la multitud.
Cuando los ojos de Magdalena se fijaron en el rostro de Jesús,
lleno de dulcísima bondad, en su belleza incomparable, que no se
parecía á la belleza de otro hombre alguno; cuando vió aquellas sus
facciones que, con ser de hombre, 110 parecían humanas; el brillo
de- su mirada que formaba al rededor de su limpia frente una au­
reola de luz del cielo; cuando contempló aquella figura nobilísima
sin ser altiva; gallarda como ninguna sin dejar de ser humilde;
Jesús predicando.
MARÍA MAGDALENA. 183

majestuosa como no podía serlo la del rey más grande del mun­
do y al par modesta como la del mortal más pequeño;, al ver en
conjunto la persona de Jesús, y sobre todo, al escuchar su voz, que
apenas hería los oídos descendía recta al corazon, María empezó á
sentir aquel dulce arrobamiento que había experimentado la noche
aquella en que la celestial figura se ofreció misteriosamente á sus
ojos iluminada por el rayo de la luna, embargó sus sentidos una
especie de sopor lánguido y dulce, que adormeció su espíritu, y do­
blando el hermoso cuello como la flor de la azucena al rayo ar­
diente, del sol del medio día, cayó desmayada en brazos de la judía
que la acompañaba.
Poco despues, María, colocada en su lecho, volvía de su des­
mayo.-
La criada se hallaba á su lado.
Creyó que Magdalena había sufrido un simple accidente
producido por la falta de fuerzas físicas.
Ni el asomo de la sospecha tuvo la criada acerca de la causa
verdadera.
Magdalena abrió los ojos y miró en derredor.
Luego exclamó:
— ¡Ah! ¡qué sueño tan.hermoso! ¿Por qué despertó de él? Soñaba,
dijo á la criada, que me encontraba en la puerta de Betlem....
—>Y soñabas la verdad.
—¡Qué soñaba la verdad!... profirió Magdalena con asombro.
Y concentrando entónces su pensamiento y haciendo por des­
pertar á la memoria medio dormida, dijo luego:
—Sí, tienes razón..,, allí estaba....¿Y por qué despierto aquí?
—Porque la debilidad te ha hecho sufrir un desmayo y te he­
mos colocado en tu lecho.
—¡Oh! lió, no fué la debilidad.
—La falta de fuerzas, replicó la, doncella.
Magdalena, sin hacer caso de esta réplica, que no oyó, pregun­
tó á la criada:
—¿Y á tí qué te ha. pasado?
i 84 MARÍA MAGDALENA.

—¿A mí?
—Sí, ¿qué has sentido?
—Nada.
— ¡Nada!...
La criada se encogió de hombros.
— Cuando le has visto.... insistió Magdalena.
—¿A quién?
— ¡A quién!...
— Si no estaba allí. 1 , '
— ¡Que no estaba allí!...
—Nó; yo no le he visto á lo mónos. ¿No hablas de Cayo Antonio?.
María al oir este nombre hizo un gesto de profundo desagrado,
y luego dijo secamente á su criada:
— -Déjame.
—Perdona, si te he causado agravio.
Magdalena calló y volvió los ojos al otro lado*
Su sirvienta añadió:
—Yo hube de creer que te referias á él, porque no sé que nin­
gún otro pueda interesarte; y además como....
La criada se interrumpió para decirse:

— ¡Nome oye!..*
Magdalena tenia en efecto la atención en otro sitio.-.
Sus ideas iban por esferas más distintas del terreno en que las
juzgaba su criada. '
Ésta volvió á dirigirla la palabra. .
“ -Déjame.
La criada ya no replicó y salió de la habitación.
CAPÍTULO X.

Recuerdos dulces.

María quedó á solas con su dulcísimo pensamiento.


Vuelta en sí por completo, recordó perfectamente al hombre
que había visto aquella mañana.
¡Cómo se gozaba su memoria representándose su figura y su
aspecto!
¡Qué placer tan íntimo y suave experimentaba ¡su espíritu!
¡Cómo se dilataba su alma al recordarle!
¡Qué pequeños le parecían á su lado los demás hombres!
Magdalena empezó á experimentar un sentimiento tan nuevo
para ella, que en vano hubiera tratado de explicárselo.
Si alguno le hubiese preguntado entonces si amaba al Maestro,
ella hubiera dado por repuesta un sí salido del fondo del corazon.
Y si le .hubiesen hecho explicar qué deseaba del Maestro, hu­
biera dicho que verle, extasiarse contemplándole y nada más.
María se sintió á su vista herida por su amor.
, Pero este amor era en ella distinto de los otros amores que su
pecho había sentido.
Era un amor sin deseos punzantes, sin tormento alguno de la
imaginación, sin desconfianza del alma, sin celos, sin egoísmo.
486 MARÍA MAGDALENA.

Era un amor cuya grandeza de sentimiento no admitía la pe­


quenez de pasión alguna.
Era un amor que al nacer en su corazon se elevaba sobre todo,
y salvando la estrechez de la tierra, se remontaba para dilatarse al
ancho espacio del cielo.
Era, en una palabra, un amor que dejaba mudos los sentidos
del cuerpo para arrobar al espíritu en extásis sublime, ajeno átodo
dolor, á todo placer de la materia.
Cayo Antonio penetró en aquel instante en el aposento.
María lanzó un grito desde el lecho.
Cayo Antonio se adelantó á ella presuroso.
Magdalena se cubrió hasta el rostro con la ropa, y con voz tem­
blorosa y asustada, pidió al centurión que volviera á salir para
poder ella levantarse y luego recibirle.
El centurión obedeció admirado.
No podia explicarse esta ceremonia tan opuesta á las costum­
bres de Magdalena y á la confianza que le habia hasta entónces
permitido.
La misma María no se dió tampoco cuenta de lo que hizo.
Al oir al centurión y verle cerca del lecho en que ella estaba,
sintió á un tiempo un rubor y una vergüenza invencibles, é ins­
tintivamente sin reflexionar, lanzó el grito y le obligó á salir, no
pudiendo resistir ni aun su presencia en aquel estado.
María no se explicaba esto que por sí misma pasaba.
La explicación sin embargo no podia ser más lógica y natural.
Era que el amor purísimo que llenaba el alma de Magdalena,
se sentia ofendido hasta por la sombra de la impureza.
Magdalena se levantó, y á poco recibió al centurión.
Éste, reflexionando los momentos que estuvo aguardando, atri­
buyó ¿ 1 acto de María á un resentimiento profundo con él.
Al entrar de nuevo, creyó encontrar en su rostro las señales de
la cólera.
Pero cuál fuá su sorpresa ál ver que el semblante de María
respiraba la más dulce tranquilidad del alma.
MARÍA MAGDALENA. 487

Cayo Antonio le dijo:


—¿Co'mo está tu salud?
—Buena, respondió María, con una ligera y apacible sonrisa en
los labios.
El centurión acabó de asombrarse.
Luego la preguntó:
¿Por qué me has hecho salir?
—Porque me daba vergüenza recibirte en aquel estado.
El centurión iba á sonreírse con -sarcasmo; pero el tono natu-
ralísimo y sencillo de María, y la expresión de su rostro, revela­
ban á tal punto la verdad de sus palabras, ajenas á toda hipocre­
sía y á todo fingimiento, que el soldado romano, léjos de burlarse
de su virtud, sintió que le inspiraba un secreto respeto, y quedó mi­
rándola sin decir nada algunos instantes.
¡Qué cambio era aquel tan repentino é inesperado! ¡qué rara
trasformacion! ¿Qué pasaba en el interior de Magdalena?
Esto se preguntaba el soldado sin cesar de contemplar su ros­
tro apacible, y aquella su dulce calma, tan distinta de la expre­
sión que tenia siempre, y sobre todo, del aspecto de horrible tem­
pestad que había visto en él el dia anterior.
Cayo Antonio la dijo luego:
—¿Me esperabas?
María estuvo un rato para responder.
No que tuviera que pensar ántes la respuesta.
Estaba distraída.
El centurión notó esto y se sintió mortificado.
Ella contestó:
—Sí.
Pero un sí tan frío, que Cayo Antonio no pudo ménos de sen­
tir al oirle la helada indiferencia que le habia dictado.
El centurión empezaba á impacientarse.
Magdalena no fingía.
Él se sentía mortificado y conocía que ella no quería, no pen­
saba en mortificarle.
488 MARÍA MAGDALENA.

María hablaba lisa, llana y espontáneamente, sin otra inten­


ción escondida.
Esto mortificaba todavía más á Cayo Antonio.
Si al través de su calma tranquila y apacible, hubiese él visto
asomar el despecho, el deseo de parecer indiferente, hubiera en­
contrado la explicación del fenómeno en el fenómeno mismo.
Pero ni el semblante, ni las palabras de María, revelaban des­
pecho ni deseo de parecer indiferente.
Eran como decimos sumamente naturales. ■
Evidentemente había en todo aquello un misterio que no al­
canzaba Cayo Antonio á comprender.
Si esto es desamor, verdaderamente, pensaba, ¿cómo en tan
corto espacio de tiempo ha podido apagarse llama ‘tan. viva y de-
voradora como la que ayer abrasaba su corazon?
El centurión trató de explorar á María en este sentido y dijo:
—¿Conque me esperabas?
—Sí, porque me dijo mi criada que vendrías hoy.
—¿Y me esperabas con afan?
María se encogió de hombros.
El centurión se inmutó.
-—Respóndeme. ' ,
—Nó.
-¿N ó?
Cayo Antonio quedó mudo de sorpresa y tuvo necesidad de le­
vantarse á dar algunos pasos en el aposento para calmar en algu­
na manera la inquietud que se había apoderado de su espíritu.
María le miró cuando se paseaba, y, ¡cuán distinto le vió de
cómo ántes le veia!
Aquella su figura marcial y gallarda, que Magdalena no podía
ántes mirar sin sentirse atraída y fascinada, ¡cuán vulgar le pare­
ció entónces comparándola con aquella otra figura tan grande y
y tan noble que miraban los ojos de su alma!
Cayo Antonio vió que María ya no le amaba.
—¿Pero es esto posible? se preguntaba.
MARÍA. MAGDALENA. 489

. Él, que recordaba su pasión inmensa, no podia ni aún viéndo­


lo, convencerse de su desamor.
Él, que tenia tan presentes sus extremos de desesperación, de
locura verdadera, no podia creer en su indiferencia.
Y miraba á María, y María estaba verdaderamente desenamo­
rada é indiferente eon él
Necesitó Cayo Antonio apurar mas la situación y se acercó á
ella y dijo:
—¿Pero es posible, Magdalena?
—¿Él qué? preguntó ella con una sencillez desesperada para el
centurión,
e
Éste alargó la mano para tomar una de las de Magdalena.
Al sentir su contacto, ella se estremeció violentamente y su
rostro se cubrió de vivísimo rubor.
En el mismo instante retiró bruscamente la mano.
Cayo Antonio quedó inmóvil como una estátua.
—¿Qué es esto, María? la dijo al cabo de un rato. ¿A tal punto te
es mi persona repugnante? ¿Qué te sucede? ¿qué pasa en tí?
. —¿No lo ves? respondió ella: se me hace irresistible el que mo
tomes la mano.
—¿No recuerdas las veces que las mias la estrecharon?
-—¡Oh, calla!
— ¡Que calle!
—¡ Cuándo daño me hace ese recuerdo!
•—Que te hace daño.*.. >
—¡Oh, grande!
—¿Sientes, haberme amado?
—-Tengo por ello un pesar que me domina toda.
—¿Y te arrepientes de ello? _
—¡Oh sí; con toda mi alma!
Maldalena dijo estas últimas palabras con tanto calor que el
centurión viéndose ya fuera de su glacial indiferencia de momentos
antes, creyó encontrar la explicación de todo y s a amor propio se
alivió de un grandísimo peso.
CAPÍTULO XI.

Dónde Cayo Antonio teme que otro le ha. ganado el amor de Magdalena*

¡Cuánto se equivocaba el centurión!


Creyó que el calor con que Magdalena había dicho que sé ar­
repentía de haberle amado era el resentimiento de la mujer herida
por verse burlada en su amor.
Esta idea restituyó la calma á su corazon cruelmente mortifi­
cado por las muestras de indiferencia que creyó notar en la mujer
á quien estaba acostumbrado á ver tan amante y apasionada.
Magdalena en tanto perdía el último resto de amor puramente
mundano que por él habia abrigado, dejándose avasallar por el sen­
timiento de otro amor, más puro que progresivamente se iba
apoderando de su alma, alejando de su pecho y de su cabeza toda
pasión y toda idea que pudiera ofenderla.
Dos días mas estuvo Cayo Antonio sin volver á ver á Magda­
lena.
De intento dejó pasar este espacio de tiempo á fin de que su
ausencia produjera en María el efecto que produce siempre en
una mujer la privación de ver al hombre que ama.
Creyó al volver á su casa encontrarla sentida como la juzgó al
separarse de ella, y ver escrita en su rostro la impaciencia de los
dos dias transcurridos.
MARÍA. MAGDALENA.

¿Pero cuál fsó su sorpresa al·ver su tranquila calma y la indi­


ferencia con que le recibid?
Cayo Antonio entró en el aposento de Magdalena, con el aire
altivo del amante que domina y á los pocos instantes su actitud se
trocd en la del hombre que se siente á pesar suyo dominado.
Magdalena respondió á su saludo sencilla y naturalmente, sin
que se entreviera en sus frases el menor indicio de resentimiento.
—¿Conque has pasado bien estos dias? le preguntó el centurion.
—Hace ya cinco que mi corazon goza de una calma desconoci­
da antes para mí.
—¿Y en qué consiste ese estado de tu ánimo?
—No' se yo misma si acertaría á. decírtelo, respondió Magdalena.
—Es bien distinto del que antes disfrutabas, observó Cayo An­
tonio.
—Si por cierto.
—Antes no podías estar un dia sin verme.
—En efecto. -
—Las horas que pasaban después de la de mi costumbre te pa­
recían siglos.
—Es verdad.
“ Tu misma me lo decías, y me reprochabas vivamente la
menor falta: hoy esta te es indiferente y te pasas dos dias sin
verme.
María se encogió de hombros.
—¿En qué consiste esto?
Magdalena hizo la misma manifestación.
En aquel instante penetró la criada en el aposento, y al ver al
centurión se detuvo sorprendida y vacilante sin saber qué decir.
La criada llevaba un papel.
Cayo Antonio se levantó y arrancó el papel de sus manos.
Magdalena no perdió un momento su serena, calma.
La criada ignoraba que el centurion estuviera en el gabinete,
porque no le había visto entrar; la causa principal de su sorpresa
pos la dirá el escrito que iba á entregar á su ama.
192 MARÍA MAGDALENA.

El Centurión lo devoró en un momento.


Al enterarse de su contenido se alivió .de un peso enorme que
oprimía su corazon.
Lo Labia creído ál pronto una carta de un nuevo amante de
Magdalena. .
Era otro aviso del hermano de Eoboan que continuaba valién­
dose de los propios medios para mortificar á María.
Esta había enseñado á Cayo Antonio uno de dichos escritos en
ocasion en que, devorada por los celos y arrebatada por la cólera,
presentó esa prueba á su amante para acusarle de su infidelidad y
llenarle de denuestos y de insultos.
El centurión recordó esta escena y entregó el papel á María
aguardando el efecto que esta vez haria en ella.
Magdalena lo cogió, leyó sin inmutarse las primeras lineas, y
antes de concluir lo dejó en un sitial inmediato, acompañando
esta acción con una ligerísima sonrisa de helada indiferencia.
Cayo Antonio se puso blanco como el mármol.
La actitud de Magdalena no podía ser fingida.
No hay mujer bastante fuerte para ejercer sobre su organización
dominio tan grande que pueda acallar tan por completo, cuando
ama y se mira engañada, la voz de los celos y de la cólera que de­
vora su corazon.
El disimulo á tal punto es imposible en la mujer.
Cuando en una situación semejante á la de Magdalena , y ha­
llándose dotada de una viveza de carácter y de una impresionabi­
lidad tan extremada como la suya, una mujer permanece tranquila
eemo estaba María, bien puede asegurarse que no ama, ó bien que
si amó dejó de amar por completo.
Esta reflexión se hizo rápidamente Cayo Antonio, ó por mejor
decir, la sintió su corazon instintivamente.
Ante muestras tan patentes,-no podia caber la duda del des­
amor de Magdalena.
■¿Pero en- qué consistía esta variación?
Esto trató de averiguar el despechado ámantei
MARÍA. MAGDALENA.

Permaneció algunos momentos en silencio, y haciendo luego


un esfuerzo sobre sí mismo para dominarse, dijo á María con el to­
no mas templado que le fué posible:
—María, veo claramente que ha huido de tí el amor que me has
tenido: confieso que no te falta razón para dejar de amarme y com­
prendería que me odiaras tanto como me has amado; pero lo que
no comprendo, loque mi razón no se explica, es cómo ha podido
sustituir tan indiferente calma á la pasión que hervía ayer en
tu pecho.
Magdalena oia al Centurión sin mostrar el mas pequeño interés
por lo que hablaba,
—¿Cómo me explicas tú esto? insistió Cayo Antonio.
—No sé como explicártelo.
—Tú debes saber la causa.
María se encogió otra vez de hombros.
—¿No me amaste ayer?
—Sí.
—-¿No tuviste conmigo graves motivos de resentimiento?
' —Sí.
—¿Hoy no me amas?
—No.
—¿Me aborreces?
—Tampoco.
La glacial actitud de María desesperaba al Centurión.
Este profirió luego:
—Una sola explicación tiene esta variación tuya. Tú amas á otro.
María calló.
—El amor mío ha sido reemplazado en tu pecho por otro amor.
María continuaba callada.
—Responde á esto, profirió el Centurión con vivísima impacien­
cia. ¿Hay en tu corazon amor por otro hombre?
— Sí, contestó entonces Magdalena,
Cayo Antonio quedó inmóvil, como si hubiera caido un rayo á
sus pies.
m M AM A m agdalena.

Su cabeza se inclinó como si hubiera recibido un golpe de ma­


za, y en esta actitud permaneció largo rato sin palabra en los labios,
sin movimiento en los miembros y sin aliento en el pecho.
De esta especie de estupor le sacó la envenada mordedura de la
serpiente de los celos, que por vez primera llegaba á su corazon,
hasta entonces dormido y confiado en el inmenso amor de Mag­
dalena por él.
El Centurión levantó la cabeza como el león herido, sus ojos,,
que arrojaban chispas de enojo se fijaron en el rostro de Magdale­
na, y sus labios, trémulos de ira, profirieron estas palabras:
—Al fin has sido conmigo lo que fuiste con los demás que me
■precedieron.
María oyó estas reflexiones sin mostrarse resentida.
En otra ocasion esas palabras, sobre manera denigrantes y des­
preciativas, salidas de los labios de Cayo Antonio, la hubieran cau­
sado un sentimiento profundo aquel dia las oyó sin sentir el
desprecio ni el insulto grave que encerraban.
Era que María al desprenderse de los lazos de sus antiguas pa­
siones, se seotia libre también de los tiros que antes podían herirla.
—Has dicho que amaba.s á otro hombre, insistió el Centurión sin
perder el temblor que se habia apoderado de.su cuerpo.
—Sí, lo he dicho; repuso Magdalena, cuya calma hacia particular
contraste con la exaltación de Cayo Antonio.
CAPÍTULO XIL

Donde Magdalena explica á Gayo Antonio la naturaleza dol nuevo «m or


que siente,

El Centurión tenia otro motivo de asombro: la llanezá con que


María le confesaba que amaba á otro..
—¿Y tú misma, profirió, te atreves á decirme que otra pasión ha
logrado entrar en tu pecho, despues de haberme dicho á mí que era
mi amor tu vida, tu sola alegría?
—Me engañaba.
— j Te engañabas!
— Sí, porque hoy conozco que no era aquella ni vida ni alegría,
sino ínas bien tormento y muerte.
— ?Dices que hoy lo conoces?
— ¡Oh! sí.
—¿Por qué?
—Porque el alma al gozarse en su sentimiento, ni teme ser
v|ndidat ni duda de la correspondencia.
—¿Tan leal y constante es el hombre á quien amas?
— Sí.
El Centurión podia, apenas contenerse.
Prosiguió, sin embargo, reprimiendo el despecho y la cólera
196 MARÍA MAGDALENA.

que como serpientes enroscadas apretaban su corazon, y añadid en


tono de concentrada ironía:
—Entonces ya comprendo que tan. perfectas cualidades hayan
cautivado tu voluntad.... Y si elgalan es apuesto....
— Como ninguno.
—¿Y es de noble sangre?..
—Ninguna á, la suya iguala.
—¿Y sabe hacerse amar?..
—No es posible verle sin amarle.

—Y síes pródigo y dadivoso.... continúo Cayo Antonio querien­
do mortificar á Magdalena tratándola con estas palabras como mu­
jer que vende su amor y sus sentimientos.
Pero María, pasando por alto la intención del soldado romano,
respondid:
—Es pródigo de amor, porque sus labios son fuente inagotable
de este sentimiento, y dadivoso al último grado, porque nada quie­
re para sí y todo para lo que es ¡objeto de sü cariño entrañable.
Magdalena pronuncid estas palabras con tal exaltación, que
acabó con]a paciencia, digámoslo así, de Cayo Antonio.
Este se levantd bruscamente de su asiento, y encendido el ros­
tro por la cólera, trémulo el acento, y arrojando chispas de los ojos,
prorrumpió:
—Pues yo te juro que no ha de gozar él la fortuna de tu amor,
ni tú la dicha del suyo. Te lo juro por mi Dios.
—¡Oh calla! exclamó Magdalena, levantándose y poniendo la ma­
no en los lábios de Cayo Antonio, para cerrarlos á frases tan horribles.
—¡Aparta! profirió el Centurión en el colmo dal enojo: juro....
—¡Calla! repitió Magdalena volviendo á taparle la boca.
—¡Mis celos vengarán tu infamia!
—¡Tus celos!....
—Oh, sí.
—¿Tienes celos? preguntó María con cierta candidez.
—¿Te burlas todavía de mi dolor? profirió el Centurión des­
esperado.
MARÍA MAGDALENA. i 97

—¿Tienes celos? repitió Magdalena.


Cayo Antonio quedó un momento atónito, sin saber cómo inter­
pretar la extraña pregunta de Magdalena, que con tal sencillez le
decía si tenia calos, cuando ella misma acababa de confesarle que
amaba á otro.
Despues de un instante de silencio, el Centurión profirió:
—Te atreves á preguntarme si tengo celos cuando tú misma me
dices que otro posee tu amor; que tu hermosura, que ayer fúé to­
da mia....
—No prosigas, interrumpió María: si son esos los celos que tú
sientes, abandónalos, porque no tienes motivo para abrigarlos. 1
La confusion de Cayo Antonio, lejos de disminuir, aumentó con
estas palabras:
—El amor que ayer sintió mi corazon, en nada se parece al amor
que siente boy; así como el hombre que yo amo hoy en nada se
parece al hombre que amé ayer.
El Centurion miraba absorto á Magdalena.
—Aleja, pues, todo género de celos; no tienes motivo para abri­
garlos.
—Tus palabras ponen sobre mis ojos una nube que confun­
de lo que tienen delante: no te entiendo, María; explicate mas.
—¿Qué mas quieres que te diga?
—¿Cómo no he de sentir yo celos de otro cuando me dices que
le amas?
—-Porque no lé amo como te amaba á tí.
—¿Le amas menos?
—¡Oh, no!
—¡Le amas mas!
—Sí, mucho mas.
—¡Dios poderoso! exclamó el Centurion dándose una palmada en
la frente .
Despues añadió:
—Dices que no le amas como me amaste á mí...,
—No.
498 MARÍA MAGDALENA.

—¿Cómo le amas á él?


Magdalena permaneció un momento en silencio y luego dijo:
—Difícil me es explicarlo.
Cayo Antonio trató de obtener por preguntas la explicación que
deseaba de Magdalena. Comprendía que en todo aquello habia una
especie de misterio del que ella misma, aun queriendo, no sabia
darle cuenta, y resolvió buscar la verdad preguntándole concreta
mente sobre todo aquello que le pareciera oscuro.
Con este fin le dijo:
—'Respóndeme claramente y sin arnbajes: ¿es arrogante su
figura?
—Es el hombre mas hermoso que he visto.
El Centurion se sintió mortificado.
—¿Qué sientes cuando le vés?
—Solo una vez le he visto..
—¡Una vez!
—No mas.
—Y con una vez..,.
—Ha bastado para que mi corazon quedara cautivado. Los ojos
mios se deslumhraron al verle, y al oirle mi alma experimentó
una sensación tan iumensa, tan dulce, tan profunda, que desde
aquel momento ningún otro deseo siente mas que el de volverle
á ver, el de volver á oirle, ni otro gozo alguno le satisface mas
que el recuerdo del dulcísimo momento en que le vió y le es­
cuchó.
Mucho había ya dicho Magdalena, pero no lo bastante para es­
clarecer la confusa mente de Cayo Antonio.
Cada frase que María pronunciaba para explicarle lo que él
quería saber, envolyia una nueva confusion.
¿Qué género nuevo é incomprensible de amor era el que Mag­
dalena sentia entonces?
¿Qué clase de poder ejercía aquel hombre para en un momento
atraerse tan por completo el alma de una mujer como María?
Estas preguntas se hacía interiormente el soldado romano, en
MARÍA. MAGDALENA. m

cuya inteligencia no había penetrado todavía la luz única que po­


día disipar las sombras que la envolvían.
Si un rayo de esa luz hubiera alumbrado su mente, en el mis-
mo instante lo comprendiera todo el Centurión.
Entdrices viera y conociera que el hombre que á tal punto ha­
bía, impresionado á Magdalena, si lo era en su perfecta y bellísima
forma, no lo era en su espíritu; que este espíritu era el espíritu de
Dios, que su palabra era por lo mismo Divina y superior á toda pa­
labra humana; que el amor que inspiraba era el amor del cielo,
puro, dulcísimo y sin mezcla alguna de recelo ni de am argura;
amor perfectamente noble y generoso, exento del egoísmo y de las
demás pasiones pequeñas que acompañan al amor del mundo; en­
tonces se hubiera explicado el Centurión por qué Magdalena le de­
cía que no debía tener celos, y hubiera comprendido, por fin, de
dónde nacía aquella transformación, que la hacia superior á sí mis­
ma, por el supremo sentimiento que llena su alma y la fija para,
siempre.
Pero ver esto de esta suerte era entdnces imposible á Cayo
Antonio.
Así, continuó preguntando:
— ¿Y desde que le viste y le oiste á él, has dejado de amarme
á mí?
—Desde entdnces.
—¿Luego, me odias?
—No.
—Deberías odiarme.
—Su amor me impide que te ame como te amaba, pero me pro­
híbe que te aborrezca.
—¿Cóinó me quieres entonces? i,
“ Te quiero como si fueras mi hermano.
—¿Y á él?
“ A él le quíeío comó se quiere todo lo qíié es bello y grande y
bueno,, y noble y generoso.
—jEntraño amor!
200 MARÍA MAGDALENA.

—Cuando yo estoy en mi ventana y veo que anda por la calle


un niño descalzo y llorando de hambre y de frío, mi corazon se
conmueve y al llamar y consolar al niño véo en su inocente sonrisa
la sonrisa misma de sus labios; cuando cojo una flor de mi huerto
y contemplo su belleza, siento un gozo parecido al que sentí al ver
su rostro; cuando me levanto por la mañana y oigo el trino del
ruiseñor y contemplo la franja de púrpura y oro con que la au­
rora esmalta el horizonte, esperimento un placer igual al que pro­
dujo en mi su voz, y la rosada luz del alba me causa la misma
impresión que la mirada de sus ojos; y cuando por la noche con­
templo el estrellado y sereno azul del cielo, recuerdo con dulce en­
canto la serena espresion de su noble frente que parecía iluminarse
de antemano con la luz que derramaban las palabras de sus labios.
Magdalena pronunció estas frases con el calor que agitaba su
corazon inflamado por el divino sentimiento, y al concluir con la
última de sus comparaciones, quedó como arrobada por el placer
de su propio pensamiento.
Efectos tan nuevos y extraños para el Centurión, que no podía
presumir la causa, le hicieron concebir la idea de un trastorno en
las facultades mentales de Magdalena.
Sospechó que su calenturienta imaginación y la exaltación de su
espíritu, entregado á, fuertes y grandes pasiones, habían creado un
sér ideal al que rendía culto su cerebro extraviado.
En esta sospecha, dijo luego:
—Y si esto te sucede de dia, cuando duermes por la noche,...
—Sueño constantemente con él.
-—Antes soñaste conmigo.
—Y ahora he soñado también una noche.
■—¿Y qué soñaste?
—Que tú estabas á mi lado como has estado tantas veces hablán­
dome de tu amor y yo escuchándote como antes te escuchaba; pero
en el momento de mayor exaltación hirió mis oídos un ruido, ex­
traño, abrí los ojos y vi que el techo se abría.... por la abertura
asomaba una cabeza.... su vista se clavó iracunda en mí repro-
MARÍA MAGDALENA. 201

cliándome mi conducta y mi abandono; entonces yo té rechacé, me


levanté de tu lado para huir de tí, y al dirigir otra vez la vista
al techo, los ojos que me habían mirado iracundos, me miraron con
ternura y. mi corazon suspiró aliviánase de un peí o enorme que
le ahogaba.
—Pero aquella cabeza....
—Era la suya....
— ¡La suya!...
—Sí la de Jesús, á quien veo en todas partes....
Cayo Antonio lanzó una carcajada y profirió-
—Esta mujer se ha vuelto loca.
Y salió de la habitación sintiendo, en su egoísmo, menos la des­
gracia que suponía en Magdalena, que la variación de su voluntad
en favor de otro amante.
Semejante pequenez es propia de todos los afectos mundanos
que tienen por base el egoísmo ó sea la mezquina personalidad del
individuo que los siente.
El amor que nace y se desarrolla dentro del mezquino círculo
de los sentidos corporales, es pequeño como el ámbito que lo contie­
ne; el amor que nace del alma, lleva en sí la grandeza del alma
misma, á la que Dios concedió vida eterna y el ilimitado espacio, de
la creación para que en él se dilatara al divino soplo de su Criador.
CAPÍTULO XIII.

Donde Magdalena se postra por vez primera 4 los piés de Jesús.

Ardiente .era el deseo de Magdalena de postrarse á los piés del


Maestro, para deponer en ellos la pesada carga de sus culpas -, y
levantarse libre y limpia de las manchas que habían empañado su
vida. Pero á medida que mas escuchaba al Maestro, confundida
entre la multitud donde quiera que Jesús predicaba , mas graves
le parecían esas faltas y mas crecía su temor de implorar el perdón.
Pero llegó un dia en que á Magdalena se le hizo insoportable
este peso, y en este dia se. dijo:
—¿Serán por ventura mis pecados mayores que el delito de la
mujer adúltera que le fué por él perdonada? ¿Qué me detiene, pues?
¿Es posible que la bondad inmensa del corazon de Jesús se detenga
ante el número de mis culpas? La tiemísima dulzura que tiene para
todos, ¿dejará de tenerla para mí sola?
Magdalena, al decirse esto, recordaba la incomparable benevo­
lencia que respiraba Jesús, y resolviéndose á no dejar pasar un dia
mas, profirió:
— Hoy mismo le busco y me arrojo á sus piés.
MARÍA MAGDALENA. 203

Aquel mismo dia estaba invitado el Maestro á comer en casa de


Simón Fariseo, hombre rico de Jerusalen, que quiso dar con este
motivo una verdadera fiesta en su casa.
Convidó con este objeto á muchas personas de distinguida po­
sición en la ciudad y preparó un banquete espléndido y suntuoso.
Todo parecía que lo hacia en honor de Jesús, porque por él se daba
el convite y por él convidaba Simón ásus amigos mas potentados.
Sin embargo, tal vez la curiosidad ó el deseo de conocer mirán­
dole mas de cerca lo que podía haber en el Maestro de Profeta, fué
lo que movió á Simón y el placer de honrarle como al Mesías, hijo
de Dios, porque á haber sido este su exclusivo intento y á sentirse
impulsado solo por lafé, otra hubiera sido la manera de conducirse
de Simón con el Salvador, antes de empezar la comida , y otros sus
pensamientos al presentarse Magdalena.
Esta sabia la clase de personas, hombres todos, que concurrían
al banquete.
Pertenecían como hemos dicho á las familias mas principales ·
de la ciudad, y Magdalena no era una [mujer desconocida de la
mayor parte de ellos.
No dejó de impresionar á Magdalena esta idea, haciendo nacer
en ella un reparo muy natural de presentarle ante ellos; pero este
escrúpulo fué momentáneo.
Al instante lo venció la fé que abrasaba su corazón, y el deseo
ardiente de lavarse de sus culpas se hizo superior á la consideración
de lo que pudieran decir y pensar aquellos hombres, que tal vez
habían sido sus cómplices en sus faltas.
Magdalena llenó un vaso de alabastro de la mas esquisita esen­
cia del nardo, se puso uno de sus mas ricos vestidos y se presentó
en la casa de Simón.
Hemos indicado antes que este no había pensado én honrar, co­
mo lo hubiera hecho si .fuera otra su fé, al huésped que tenia en su
casa, y vamos á decir en qué se manifestó esta falta de Simón.·
Era costumbre entre los judíos antes de ponerse á la mesa, so­
bre todo cuando visitaban á alguna persona de distinción, ofrecerle
204 MARÍA. MAGDALENA.

agua para lavarse los pies, y derramar luego sobíe su cabeza bál­
samos ó esencias odoríferas.
De este requisito prescindió por completo Simón.
Estaba el convite á la mitad, cuando apareció en la sala Mag­
dalena.
Los convidados quedaron atónitos al verla, no comprendiendo
qué idea podia llevar, al presentarse en tal sitio, una mujer de su
condicion.
Pero Magdalena, sin atender á la sensación de sorpresa que se
pintó en el rostro de todos, miró allí donde estaba el Maestro, y
dando vuelta á la mesa se puso á su espalda arrodillándose en el
suelo y bañando con sus lágrimafe los piós de Jesús, que se hallaba
como los demás tendido en el camapó ó triclíneo.
El Salvador volvió hácia ella su mirada llena de dulzura, pef-
mitiendo que el corazon de María desahogara el peso que le opri­
mía con el llanto que derramaba sobre sus pies.
Los convidados contemplaban esta muda y elocuente escena sin
decirse una palabra, pero cambiando significativas miradas.
El dueño de la casa era entre todos el que mayor extrañeza
dejaba conocer en su semblante por el acto que estaba presen­
ciando.
Despues de llorar largo rato en aquella actitud, Magdalena
llevó la mano á su preciosa cabeza, quitó una especie de diadema
de oro que sujetaba su prendido,, y su hermosísima y abundante
cabellera se desplegó toda cayendo sobre los pies de Jesús.
Los sedosos cabellos de María fueron el paño que empleó para
enjugar los pies del Maestro, que habia bañado con su llanto.
Esta acción de María, al paso que revelaba el fervor de su alma
al dar empleo semejante á la prenda física que mas hacia resaltar
su hermosura, era un rasgo sublime del corazon de la mujer ena­
morada, que no estima los atractivos de su belleza sino para ren­
dirlos á los piés del que adora.
María ya no tenia entonces otro amor que el amor de Jesucristo.
Cuando le habia enjugado los piés, derramó sobre ellos el oloroso
Magdalena ungiendo los pies del Señor.
MARÍA. MAGDALENA. 205

bálsamo que habia llevado y luego los besó con el mayor respeto
y la unción mas profunda.
Los que presenciaban este acto no podían volver en sí de su
sorpresa.
Magdalena, aliviado ya su pecho con el llanto que habia der­
ramado del enorme peso que le oprimía al arrojarse á los pies de
Jesús, profirió:
—Señor, recibe mis lágrimas como muestra de mi arrepenti­
miento y perdona mis pecados.
El dueño de la casa, se dijo entonces interiormente:
—Si este hombre fuera Profeta como pretende, sabría quién es la
mujer que tiene á sus piés, y lejos de admitir tan benévolamente
el tributo que le rinde, la rechazaría con desprecio.
Jesús volvio en este momento la vista á Simón, y leyendo en su
mirada el pensamiento que habia cruzado por su mente, le dijo:
—Simón, qmero saber tu dictamen en el caso que, voy áproponerte:
A cierto acreedor le debían dos sujetos, uno quinientos dineros
de plata y otro cincuenta. Ni uno ni otro tenían, con qué pagar, y á
uno y á otro les perdoné lo que le debían. JDime: ¿cual de estos debe
amar mas y estar mas agradecido al generoso acreedor,?
A lo cual respondió Simón:
—Es claro que aquel á quien perdonó mayor cantidad.
Jesús repuso entonces:
—Muy bien has respondido, Simón.
Y señalando á Magdalena, añadió:
—¿ Ves esta mujer? Pues haz reflexión sobre eUa, y sentencia sin
pasión. Ademas, mando yo miré en tu casa, ni te se ocurrió ofré­
ceme un poco de aguapara lavarme los piés, y ella me los riega con
sus lágrimas:, á tí no te se ocurrió derramar sobre mi cabeza aque­
llos perfumes que se usan y no se escasean en los convites, y ella, der­
ramó sobre mis,piés un precioso bálsamo de cuyo suave olor está
llena io'da la casa. Por lo tanto no te admires de que se la perdonen
sus pecados por muchos que sean; porque verdaderamente esta mu­
jer amó mucho.
206 MARÍA MAGDALENA.

Hasta ahora ninguno me ha buscado mas que para que le sana -


se las enfermedades del cuerpo;pero esta m ujer se arrojó á mispiés
para que la curara de la,s enfermedades del alma.
Y volviéndose despues á Magdalena, dijo:
— Anda, hija mia, tu fé y tu confianza te han salvado, y tus cul­
pas quedan perdonadas.
Simón el fariseo abrumado baj o el peso de la palabra de Jesús,
tan infinitamente superior á los mezquinos pensamientos y ruines
sospechas que había abrigado, quedó silencioso, con la cabeza baja
y sin osar levantar la vista del suelo, para mirar al Maestro.
Los convidados. permanecieron largo rato como sobrecogidos
por la grandeza del sublime ejemplo que acababa de ofrecerse á
sus ojos.
María Magdalena, irradiando su rostro la pura y celestial ale­
gría que llenaba su corazon, se levantó, salió de la casa de Simón
libre de las cadenas de sus culpas, bendiciendo el nombre de Je­
sús, como lanza un dulce trino el avecilla que escapa de las re­
des al remontar el vuelo al ancho espacio.
CAPÍTULO XIV.

El último festín de María Magdalena.

En alas del gozo que su corazon sentía voló Magdalena,á su casa.


Marcela, su criada de confianza, al verla llegar tan alegre la
preguntó,
. —¿De dónde vienes tú, mi ama, que tan afanosa saliste de tu ca­
sa y vuelves á ella tan gozosa y placentera? Loado sea el Señor
Dios si te ha concedido motivos de ventura que acriben para siem­
pre con la tristeza y el pesar que tantas veces te han afligido y
nublado el sol brillante de tu hermoso rostro.
—Loado sea el Señor Dios, Marcela, y loado sea su Hijo,’ que ha
dado á mi corazon la calma y la tranquilidad y una alegría que no
habia sentido jamás.
Extrañó á Marcela que hablara su ama del Hijo de Dios, pero
no hizo observación ninguna acerca de esto.
Magdalena añadió:
—Hoy quiero celebrar esta dicha mia dando en mi casa una
ñesta como nunca la hubo en ella.
—Bien te aconseja, mi ama, tu alegría, mi afecto te acompaña en
ella y estoy dispuesta á ejecutar inmediatamente todas tus órdenes
208 MARÍA MAGDALENA.

—Dispon para la cena de esta noche los mas ricos manjares: cu­
bre la mesa de los mas exquisitos vinos, adorna de flores la estan­
cia, derrama esencias por toda la casa y prepara mis mejores joyas
y el mas rico de mis vestidos; cuida asimismo de que amenicen
arpas y flautas el festín.
La criada, que hacia tiempo no gozaba de las espléndidas fies­
tas de su ama, y que había perdido la esperanza de que volvieran
tan agradables placeres, salid de la habitación, bailando de gozo.
Pocos momentos despues en la casa de Magdalena se notaba un
movimiento como no lo habia habido en ninguno de los dias ante­
riores de convite.
Confiado el banquete á las expertas manos de Marcela, Magda­
lena cerró su habitación por dentro, levantó á un lado de la sala
la alfombra que cubría el pavimento y se puso en tierra de rodi­
llas, tocando por vez primera las duras baldosas aquella carne que
no habia rozado hasta entonces mas que con la finísima tela del lino
delicado, ni descansado mas que sobre blandas pieles de pantera ó
sobre lechos ó almohadones de escogido plumón de cisne.
Arrodillada en el duro pavimento y elevados los ojos al cielo
con fervoroso ardor, permaneció Magdalena todo el largo espacio
que tardó Marcela en ir á decirla que todo estaba preparado y era
tiempo de. que se vistiera para la fiesta.
Cuando Marcela llamó á la puerta, Magdalena se levantó, puso
la alfombra como antes estaba, y fué á abrir.
—Todo está ya dispuesto, solo falta que tú te adornes, para lo
cual está preparado lo que ordenaste.
—Vamos, profirió Magdalena, dirigiéndose con su criada al ga­
binete destinado á su tocado.
Marcela observó:
““-No has mandado como otras veces avisar k nadie.
—Ninguno faltará de los que han de asistir á la fiesta.
Marcela calló.
Vestida j a Magdalena, la música en su sitio y todo á punto, se
dirigió á la sala donde estaba la mesa.
íAL

MARÍA MAGDALENA. 209

Marcela lá seguía atónita, sin comprender cómo se dirigía á la


mesa faltando todavía todos los convidados.
Los demas criados se miraban unos á otros con la misma es­
trañeza.
Por la mente de todos volvió á cruzar la idea de que su ama
sufría un trastorno en su juicio.
Pero ni el mirar de Magdalena, apacible y sereno como nun­
ca, ni su fisonomía que revelaba la mas completa calma, indica­
ban nada conforme con la sospecha de sus criados.
Magdalena dijo á Marcela:
—Trae á la mesa todas las viandas dispuestas para la cena, que
quiero que todo se ponga de una vez.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
—Las calientes se enfriarán, observó la criada.
—Haz lo que digo.
Marcela obedeció y comunicó la órden á los demas para que la
ayudaran á cumplirla al punto
Ninguno podía adivinar el objeto que en esto se llevaba Magda­
lena, y solo se esplicaron tan extraña órden por la sospecha que
acerca del estado de su juicio tenían.
Cubierta la mesa con todas las viandas que habían de servir pa­
ra la cena, Magdalena se recostó en el tríclíneo y en el sitio de
preferencia y dijo á Marcela:
—Llama á todos mis criados.
—¡No hay duda, está loca! pensó Marcela, sin comprender em­
pero todavía todo el pensamiento de su ama.
Cuando estuvo allí toda su servidumbre, les dijo:
, —Acercaos á la mesa, recostaos, y comed conmigo: esta cena
es para vosotros y para mí.
—>No es posible pintar el asombro que se manifestó en todas las
fisonomías.
Los criados permanecieron inmóviles y como estáticos sin atre­
verse á dar un paso para aceptar la invitación de su ama.
m
210 MARÍA MAGDALENA.

—¿Qué vacilaos? profirió esta al ver su actitud indecisa. Otras


veces habéis asistido á esta mesa para servirla, hoy asistís para
comer conmigo en ella. Ayer era yo vuestra ama y superior á vos
otros, hoy 110 soy mas que vuestra hermana y vuestra igual. Los
manjares están todos en la mesa, no hacen falta criados para ser­
vir lo que ya está servido; acercaos, yo' os invito, yo os lo ruego, y
comed conmigo en este convite, preparado y dispuesto para vosotros.
Sin que cedieran un punto de la gran sorpresa y admiración
suma que naturalmente había de causar á los criados de María se­
mejante conducta con ellos, todos al oir su acento reposado y tran­
quilo, y su palabra que revelaba la completa sanidad de su juicio,
desecharon la idea de la locura para creer que habia sido otra la
causa que impelía á Magdalena á obrar de aquel modo con su
servidumbre.
Era que María, al dejar para siempre la vida de los placeres
mundanos y de la ruin vanidad, quiso imponerse ese acto de
humildad con sus criados para abatir, al confundirse con ellos,
el último resto de su propio orgullo, y quiso al mismo tiempo se­
ñalar su entrada entre los discípulos de Jesús con un ejemplo de
amor á sus semejantes como fué el de llamar' hermanos á los que
hasta entonces habia tenido como siervos.
Recostada toda la servidumbre de Magdalena en el ancho ca-
rnapé que rodeaba la mesa, dió ella la señal á la música y empezó,
en medio de toda la esplendidez y riqueza que habia servido á la
vanidad en tantos festines anteriores, el último que daba Magda­
lena, presidido por la modestia y como tributo á la mas apreciable
de las virtudes: la humildad.
Gran trabajo costaba á los criados de Magdalena avenirse al pa­
pel de señores en aquel momento.
Hallábanse todos confusos y como sin movimiento hasta para
llevar los manjares á la,boca.
Pero no tardaron en adquirir mas soltura y en perder su enco­
gimiento, animados por la bondadosa y dulce palabra de Magdale­
na, que no cesaba de hablarles, como si realmente fueran sias het-
MARÍA MAGDALENA. 211

manos, citando á, menudo las máximas del Maestro autor de su con-


' versión y luz brillante que había disipado las sombras que antes
envolvían su mente. .
Mientras Magdalena se hallaba así con sus criados, atravesó la
plaza un hombre, que al oír la música y ver el resplandor de las
luces que salía de las ventanas, se quedó un momento parado y
pensativo, y luego, tomando una resolución enérgica, se encaminó
hácia la casa de María, subiendo agitada y precipitadamente la es­
calera.
, La cena se hallaba á la mitad cuando se oyeron dos fuertísi­
mos golpes en la puerta de la escalera.
Los de la mesa volvieron la vista hácia la puerta y en seguida
miraron á Magdalena.
Esta profirió tranquilamente:
—Levántese uno de vosotros y yaya á abrir.
Pocos momentos despues apareció en la sala del banquete Ca­
yo Antonio el Centurión..
CAPÍTULO XV.

El poder de la virtud.

No la casualidad, sino un interés fácil de comprender en el


hombre que habia tratado á Magdalena como Cayo Antonio, lle­
vó á este á los alrededores de su casa á tales horas.,.
La sorpresa del Centurión al oir la música y ver desde la calle
las salas iluminadas, fué grande.
¡Magdalena daba un festín, al cual no habia Sido invitado, ni
de él tenia noticia siquiera!
El corazon de Cayo Antonio sintió la aguda punzada del más
vivo despecho, y ardiendo seguidamente en terrible cólera, se pre­
cipitó á la casa con ánimo de maltratar á Magdalena, y arrojar por
el balcón al hombre que acaso encontrára ocupando su sitio, del
que no podía resignarse á verse desposeído; ni menos sufrir que
otro lo ocupara. ■
Pero si grande fué la sorpresa que el Centurión recibió en la
calle, mayor fué la que experimentó al penetrar en la sala del
convite.
MARÍA MAGDALENA. 213

Por cierto que ni en sueños hubiera imaginado Cayo Antonio


encontrarse con tales convidados en casa de Magdalena.
Quedóse como clavado en el suelo y mudo é inmóvil de puro
asombro.
Los criados al verle intentaron levantarse.
Por mas que su ama les hubiera concedido aquella noche tal
privilegio, no tenían valor para seguir usando de él delante de
Cayo Antonio, ante quien estaban acostumbrados á doblar la fren­
te, puesto que le consideraban por una parte como su amo, y por
otra les obligaba tanto ó mas que esto á la sumisión su humilde
calidad de siervos ó hijos de un pueblo dominado, y la calidad del
Centurión, oficial del ejército del Emperador de Roma, señora y
árbitra de Judea.
Magdalena, al ver la acción dé levantarse de sus criados, se
apresuró á decirles:
—Ninguno se mueva de su sitio.
Cayo Antonio se dijo entonces:
—Evidentemente, esta mujer tiene trastornado el juicio,
Magdalena le dirigió entonces la palabra diciéndole:
—El Señor Dios venga contigo á esta casa, Cayo Antonio; si de­
seas partir nuestra comida, acércate y toma sitio en la mesa.
Y al proferir estas palabras,. María señaló al Centurión el estre­
mo opuesto de la mesa, esto es, el punto mas distante del lugar
que ella ocupaba.
En verdad que esta acción de Magdalena tenia para el Centu­
rión todo el carácter de un sarcasmo cruel, que Cayo Antonio no
hubiera llevado por cierto con paciencia, á no considerar el estado
en que la juzgaba.
María no solo se atrevió á señalarle el sitio entre los criados, sino
que se lo designó en el punto mas apartado de donde ella estaba.
Esta última circunstancia afectó al Centurión mas que pudo
humillarle la primera. ·
Con acento severo y ceñuda mirada, el Centurión la respondió;
—Agradece á la lástima que me inspira el trastorno de tu cere-
214 MARÍA MAGDALENA.

bro que lleve con paciencia el insulto que me diriges con tu


invitación. Come tú con la tropa Vil de tus siervos, yo no puedo
tomar sitio entre ellos. -
—Yo como con mis hermanos, Cayo Antonio, no con mis siervos:
como hermano suyo y mió te considero á tí..
—¡Magdalena! gritó Cayo Antonio dando un. paso hácia la
mesa·
Pero Magdalena le detuvo con una sola acción y una so] a mirada.
Estendió hácia él la mano con tal dignidad, y puso en sú rostro
sus bellísimos ojos, que nunca habían brillado con tan hermosa
luz, con una espresion tal de dulzura y de reconvención á un tiem­
po, que el Centurión se contuvo en su impulso como dominado
por un poder secreto y superior que le encadenaba, partiendo su
acción del rostro de Magdalena.
Esta añadió entonces con perfecta moderación:
—Si deseas participar de nuestro banquete, acércate á la mesa,
y come y bebe en' paz de lo que hay en ella; si no lo deseas, te
ruego que nos dejes, Cayo Antonio, y no turbes nuestra cena y
nuestro sosiego.
El Centurión pasaba de sorpresa á sorpresa.
Pero la que le causaron estas palabras de Magdalena, fué uni­
da á la mayor confusion.
Semejante-lenguaje tan recto, tan mesurado, no era por cierto
hijo de una imaginación trastornada; evidentemente lo dictaba un
juicio cabal y una razón completa.
El Centurión no supo al pronto qué decir á las palabras de
Magdalena.
Sintióse de pronto dominado' por ellas ó inferior á la mujer á
quien estaba acostumbrado & ver casi su esclava.
Pero Cayo Antonio se encontraba allí en una posicion desaira­
da y casi ridicula delante de los criados de Magdalena, y era pre-
ciso salir de tal posicion muy pronto.
La atención de todos estaba fija en él, y él no sabia qué hacer
en aquel instante.
MARÍA. MAGDALENA.

Mas que responder á Magdalena, urgía evitar la mirada y la


presencia de los criados.
Pero el Centurión no podía salir tan desairado de la casa
donde habia sido mirado como dueño.
No quiso, pues, marcharse.
. Quiso quedarse en ella, y para salir de la sala del convite, dijo:
—No quiero interrumpirte en la satisfacción del. extraño capri­
cho que has tenido al dar tan singular banquete*, te dejo que con­
cluyas en paz y espero en otra habitación.
Y dicho esto, el Centurión salió' de la sala del convite, pasando
á otro aposento.
' Cuando estuvo solo en él, se puso á reflexionar sériamente acer­
ca délo que acababa de ver.
Desde luego desechó la idea de un trastorno mental en- Mag­
dalena.
Las palabras que habia pronunciado no permitían ya esa sos­
pecha.
Lo que habia de cierto en todo, era un cambio radical en las
ideas y sentimientos de María.
Cayo Antonio, que tenia muy claro juicio, lo comprendió bien.
Pero lo que no se esplicaba, era la fuerza que habia obrado se­
mejante transformación.
Recordó mas bien lo que la misma Magdalena le habia dicho
acerca d© Jesús, pero aun así no lo comprendía.
Esto se concibe fácilmente.
Cayo Antonio no había visto ni oído al Maestro; tenia de su
persona y de sus predicaciones las noticias que corrían entre las
gentes, principalmente del vulgo.
A sus milagros no les daba crédito; y respecto á su doctrina, el
Centurión sentía cuando menos la repugnancia que experimentaba
la clase más elevada'de la ciudad hácia máximas qne ibaná esta­
blecer los fundamentos, y mas tarde el grandioso edificio , de la
Iglesia de Cristo, á cuya sombra habia de crecer el árbol de la ver­
dadera ciencia, fundada en el amor del Dios único, hundirse, los
216 MARÍA MAGDALENA.

falsos ídolos, y apagarse la estrella de absurdos privilegios ante la


luz de la justicia emanada del mismo Dios, para emancipar á la
mujer de un yugo tiránico, levantar al siervo de su degradación,
y hacer iguales á los hombres, sin otra distinción entre ellos que
la nacida de sus propias virtudes.
El Centurión, hijo soberbio y privilegiado de la Roma gentil,
debía sentir instintiva repugnancia hacia el espíritu innovador que
empezaba á cundir en la Judea al poderoso aliento del enviado del
Cielo para desparramarlo por toda la haz de la tierra.
Así pensaba y sentía sobre el poder que había obrado la trans­
formación de Magdalena Cayo Antonio, que no había visto ni oido
al Salvador, y sí solo tenia de él la noticia que principalmente corría
entre el vulgo, y la mala opinion que los sacerdotes,' escribas y fa­
riseos manifestaban, nacida del desprecio fingido y del ódio verda­
dero al que juzgaban como enemigo de su ley y de su poderío so­
bre el pueblo.
Cuando se le vantó de la mesa, Magdalena se dirigid al aposen­
to donde esperaba el Centurión.
Poco ó nada descubrid en ella Cayo Antonio, sobre lo que ya
habia conocido momentos antes, como no fuera la firme é irrevoca­
ble voluntad de Magdalena de entrar en el nuevo camino abierto
sus ojos.
En vano el Centurión tratd de disuadirla.
Todas sus razones se estrellaron contra el propósito de la nue­
va discípula de Cristo ■
Mientras el Centurión se mantuvo en el terreno de las razones
y aun en el de la ironía, María Magdalena le sufrid con paciencia
y resignación, oponiéndole su propósito invariable.
Pero cuando el Centurión, recordando su antiguo poder y su in­
fluencia en el ánimo de Magdalena, y juzgándola todavía como á
la mujer en general de cuyo corazon no se borra tan fácilmente la
huella del hombre á quien ha querido, cuando el Centurión, deci­
mos, pensando esto, quiso usar de otras armas para vencer la vo­
luntad de la mujer, antes tantas veces rendida á sus halagos y á
MARÍA MAGDALENA. 217

sus preceptos, entonces Magdalena, revistiéndose de todo el carác­


ter de lamnjer ya consagrada á la fé y al servicio de Cristo, se le­
vantó de su asiento y aunque sin cólera y sin ira, pero sí con ir­
resistible firmeza, ordenó á Cayo Antonio que saliera de su casa.
El Centurión no se daba apenas cuenta de lo que le sucedía
con aquella mujer, un tiempo loca de amor y de celos por él; pero
fuera como fuera, no tuvo valor para replicar mas, y salió de la
casa de María, como el que vá presa de un sueño, ó de una pesa­
dilla rara y extraña.
Á las primeras horas del siguiente día, Magdalena ordenó á
sus criados que salieran á buscar gentes que quisieran comprar
todo lo de su casa. Muebles, joyas, vestidos, todo fué vendido aquel
mismo dia.
Del producto de la venta, María distribuyó una parte entre la
servidumbre.
— Acordaos de este dia, dijo á sus criados, en que yo abandono
los placeres y las vanidades del mundo para dedicarme al servicio
de Dios. Recibid como memoria mia esta pequeña parte que os doy
de mis bienes, y si alguna ofensa habéis recibido de mi durante el
tiempo que habéis estado á mi servicio, yo os pido perdón por ella
y os ruego que la olvidéis.
—No, ninguna ofensa tenemos contigo, se apresuraron á decir
los criados, antes al contrario, solo, beneficios te debemos y esta­
mos reconocidos á la generosa acción que usas con nosotros. Ben­
dita seas tú, nuestra ama, que tan buena has sido para tus criados.
—Bendito sea aquel, replieó Magdalena de qüien nace toda bon­
dad y á quien debo la paz del alma, salvada por él del proceloso
mar en que luchaba ahogándose entre la desesperación.
Seguidamente pidió Magdalena á sus criados que fueran á bus­
car v trajeran á su casa á cuantos pobres encontrasen poi; la ciudad.
MARÍA MAGDALENA. 219

Reunidos estos en crecido número, María repartid entre ellos


la mitad de la suma que tenia.
Al cumplir con este precepto de la doctrina del Maestro, expe­
rimento Magdalena un goce tan íntimo, tan suave y tan superior
á cuantos placeres conocía hasta entonces, que no hubiera trocado
aquel momento por la felicidad mas grande que en otro sentido
hubiera podido caberla.
Al recibir la limosna de so. mano generosa, los pobres pror­
rumpieron en frases de gratitud que sonaron en los oidos de Mag­
dalena como suavísima música que regalaba su corazon inflamado
por la llama de la caridad.
—Aumente el Señor Dios tus bienes, que sirven para aliviar los
males del pobre, decia uno.
—-El pan de tu mano que hoy comerán mis hijos, profería una
madre, vuelva á tu casa cien y cien veces' multiplicado, y cubra
rica cosecha tus campos y no basten á contener el trigo tus gra­
neros.
—Bendita la mano del poderoso que socorre al indigente.
A lo cual contesto Magdalena:
—Bendito el Cristo que me ha enseñado á hacer el bien por los
pobres mis hermanos.
—Bendito el Cristo y bendita tú con él, exclamaron los pobres
dejando el umbral de la casa de Magdalena.
¡Qué gran sensación la de María en aquellos instantes!
jQuó efecto el de las alabanzas y bendiciones de los pobres á
quienes había socorrido!
■ ¡Qué distancia tan inmensa entre el placer de la vanidad sa­
tisfecha cuando en otras ocasiones oia lisonjas mil á una belleza
envilecida y objeto de infame mercancía, y el goce suave del co­
razon al escuchar la voz de la gratitud por el bien que habia he­
cho á aquellos desgraciados!
Si posible fuera qué quedara en el corazon- de Magdalena algún
resto de apego á los bienes mundanales y sintiera pesar por la
pérdida de las alhajas de que se habia desprendido, ese sentimiento
220 MARÍA MAGDALENA.

hubiera desaparecido por completo con la satisfacción del acto de


virtud que acababa de practicar.
Magdalena, vacía ya la casa y próximo el momento de aban­
donar para siempre la suntuosa morada en que habia vivido, esce­
na de sus desvarios y liviandades, se despidió de sus criados, abra­
zando á todos y exhortándoles á la práctica del amor al prójimo,
base de todas las virtudes y camino seguro de la calma y salvación
del espíritu.
La servidumbre de María se despidió de ellabendiciéndola, ha­
ciendo votos por su vida y llorando de pesar.
Solo Marcela quedó con ella.
—Ven, la dijo María.
Y entró con ella „en un aposento apartado.
Allí abrió un armario y sacando un vestido tosco y grosero la
dijo:
—Por la ultima vez, Marcela, ayúdame á quitarme este traje
rico y ostentoso. .
—¡Qué, mi ama! ¿Te vas á poner este otro tan basto y tan
grosero?
—Ese es el que cubrirá mi cuerpo de hoy para siempre; el que
ahora me quito te lo regalo á ti.
Marcela era la única entre la servidumbre de Magdalena que-
sentía vivamente, porque ella mas que ningún otro criado perdía
con la resolución adoptada por su ama, este cambio en su vida y
sus costumbres; Marcela, decimos, que era la única que no habia
antes llorado enternecida, sintiendo solo la pérdida del bienestar
material que dejaba, al contemplar á su ama cubierta con el tosco
sayal, sufrió tan profunda impresión que arrojándose á sus piés,
exclamó derramando abundantes lágrimas:
—Oh, Magdalena, mi buena ama; ahora comprendo la virtud de
tu corazon y me arrepiento del daño que te he causado, y te pido
perdón por la infidelidad mia contigo.
Magdalena, despues de haber hecho levantar del suelo á Mar­
cela, le dijo:
MARÍA MAGDALENA. 221

—No entiendo lo que me dices.


—Sí, yo he sido criada infiel para contigo, que eras mi ama
buena y generosa, á la que debia mayor fidelidad. '
—Yo te perdono, Marcela, todas las culpas que hayas podido
cometer conmigo; pero ignoro á qué puedas referirte.
—Yo me concerté secretamente con el hermano de Roboan.
Por la frente de María cruzó una sombra que la empañó por un
momento.
El recuerdo del infeliz judío hirió vivamente su corazon y lle­
vando los ojos al cielo, exclamó:
—¡Señor Dios, perdónala parte que tuvo mi liviandad en su des­
graciada muerte!
Marcela prosiguió:
—El compró mi fidelidad por dinero, y yo le introduje en
tu casa aquella noche, y le di constantemente noticias del esta­
do de tus amores con Cayo Antonio y recibí de sus manos los
pergaminos que tú leias y tanto te hacían sufrir de celos por
Sahara.
A estas palabras, María sonrió ligeramente.
—Yo te pido perdón por ello, Magdalena.
—Y yo te perdono,· Marcela.
—¡Me perdonas! profirió la criada recordando la inmensa pena
que María sintiera y viendo la facilidad con que la olvidaba.
—Mayores culpas me han.sido á mi perdonadas, profirió María.
—El cielo premie tu generosidad conmigo.
—Su gracia te ilumine, Marcela.
—Una merced quisiera pedirte,—añadió la criada.
—Habla.
—¿Adonde te diriges desde aquí?
—No puedo decírtelo, porque yo misma lo ignoro.
—Yo te pido que me permitas acompañarte.
—Atiende, Marcela, que la vida que me espera no será la que
he tenido en esta casa.
"—Como quiera que sea, yo no quiero dejarte.
922 , MARÍA MAGDALENA.

—La caridad, la oracion y el bien de los necesitados serán mi


único objeto y mi sola ocupacion.
—Y la ocupacion y el objeto mios.
—De hoy más, ya no habrá espléndidos festines, ni ricos trajes,
ni dádivas de hombres pródigos á los criados de la cortesana.
— Yo abandono todo eso como lo abandonas tú.
— Y habrá en cambio privaciones y grandes sufrimientos.
—Yo los soportaré con gusto á tu lado.
—Mi sola guia es la palabra y la doctrina del Cristo.
— Y la doctrina y la palabra del Cristo serán también mi sola
guia.
—¿Crees en Él, Marcela?
— Sí creo.
Magdalena abrazó entonces con gran efusión á Marcela, y le
dijo: t '
—Hermana mia, acompáñame, ya que así lo quieres y te sientes
movida por el mismo impulso que á mí me mueve.
Magdalena cogió entonces el bolso en donde tenia la mitad del
dinero, producto de la venta de sus muebles y sus joyas, y dijo á
Marcela:
— Toma, y llévalo tú.
— ¿Adonde vamos con esto? '
—A llevarlo á Jesús para los pobres que le piden.
Marcela abrió la bolsa, puso en ella el dinero que le había to­
cado en el reparto que hizo María á su servidumbre, y dijo:
—Vamos.
Y abandonaron ambas aquella casa, teatro de tanta liviandad y
disolución, sin llevar de ella más que;,.el recuerdo, 'como perenne
motivo de arrepentimiento.
CAPÍTULO XVII.

La vuelta de Magdalena á la casa paterna.

Una mujer subía la escalera al bajar Magdalena y su antigua


criada.
La mujer pasó por su lado sin fijar la atención en ellas.
Magdalena se detuvo y la llamó.
— ¡Marta!
La mujer volvió la cabeza, y exclamó:
— ¡María!
Las dos hermanas se arrojaron una en brazos de otra, lloran­
do y sollozando.
Marcela contemplaba la escena con lágrimas en los ojos.
Despues de algunos instantes, Marta se desprendió suavemen­
te de los brazos de su hermana, y le dijo:
— ¿Pero qué es esto? ¿Qué significa ese traje tosco y grosero que
vistes?
— Fácilmente comprenderás en breves palabras que luego te
díga, lo que esto significa. Ahora, díme tú., ¿qué es de mi her­
mano?

— Impulsada por él vengo á la ciudad.

— ¿Y á buscarme á mi tal vez?
m MABÍA MAGDALENA.

—Tú lo adivinas.
María exclamó entónces.
—¡Ali! Lázaro, hermano mío, presto te esfrochará contra su co-
razon tu hermana. María!
—¿Qué dices?—profirió Marta.
—Para volver á vuestra casa y no dejarla jamás, salgo hoy de
esta, en que he vivido todo ese tiempo, y cuyos umbrales no to ­
carán ya nunca mis plantas.
Marta podía apenas volver en sí de su sorpresa, y-su corazon
rebosaba de felicidad.
—Vamos, vamos, hermana mia,—profirió Magdalena.
Y las tres mujeres salieron de la casa para tomar el camino de
Betania.
Antes de salir de la ciudad, Magdalena observó:
—Yo necesito todavía detenerme aquí algunos momentos.
—¿Por qué?—preguntó su hermana.
—Porque he de entregar una suma· de dinero que lleva Marcela
en esa bolsa.
En este momento pasó por la calle un judío, al que Magdalena
quedó mirando por breve espacio, corriendo luego hácia él y lla ­
mándole:
—¡Buen hombre!
El judío andaba algo de prisa, y no oyó la voz de Magdalena,
ó bien, sí la oyó, no se figuró que iba á él dirigida,, por cuanto si­
guió en su rápida marcha.
Pero María anduvo tras él algunos pases más, y cuando estuvo
más cerca, le llamó otra vez con esta palabra:
-—¡Hermano!
El judio se detuvo y volvió el rosv. \
Marta y, Marcela esfaban paradas á corta distancia.
María dijo al judío:
“—Sin duda eres tú el hombre que he creído, cuando vuelves el
1‘ostro y te detienes á la palabra que te he dirigido.

- Tú dirás á quién buscas,


MARÍA MAGDALENA.

—A un discípulo de Jesús, y tú rae lo has parecido, porque creo


recordar haberte visto con él.
—En verdad, yo pertenezco á su compañía.
—Entonces, espera.
Magdalena corrió adonde estaba su criada, tomó la bolsa y vol­
vió al judío.
—Toma este dinero y entrégalo al Maestro, que yo lo he reooji-
do.para él.
El judío recibió la bolsa, y profirió con humildísimo acento:
—El Señor Dios acepte tu ofrenda como yo la acepto en nombre
del Maestro, su Hijo y su enviado, y premie con su gracia tu
virtud.
Dicho esto, el apóstol continuó su camino, y María volvió adon­
de estaban Marcela y su hermana.
La críala le preguntó:
—-¿No dijiste que ese dinero era para entregarlo á Jesús?
—Sí. .
—¿Y es ese el Maestro?
—No, pero para eso es lo mismo, porque es uno de sus discí­
pulos.
—¿Estás segura de que no te ha engañado?
—No, porque yo recuerdo muy bien haberle visto con él.
—-Así sea,—repuso Marta;—pero me parece que la cara de. ese
hombre no es de ser discípulo de Jesús.
El apóstol se llamaba Judas.
Las tres mujeres prosiguieron su camino hácia la aldea de Be-
tania.
Desde la desaparición de Magdalena no habia habido en la casa
de Lázaro un instante de a7 .¿fría para él ni para Marta, ni un solo
dia en que no se derramaran lágrimas por su ausencia y triste
suerte.
Todos los defectos de la hermana menor no habían bastado á dis­
minuir en un ápice el cariño que la tenían, y al abandonar Mag­
dalena su casa, se llevó todo el sosiego de su hermano.
¡w>
226 MARÍA MAGDALENA.

Por segunda vez, despnes de haber intentado otros mil medios,


enviaba el desconsolado Lázaro á Marta á la ciudad, á fin de que
exhortara de nuevo á Magdalena, que procurara vencer su inclina­
ción á la vida que llevaba, y consiguiera volverla al seno de su
familia.
Pero esta vez Lázaro obraba ya mas por deber que movido por
la esperanza de un feliz resultado.
Enfermo en el lecho, incorporado sobre dos almohadas, con la
cara triste, los ojos llorosos'y ja cabeza caida sobre el pecho, espe­
raba el virtuoso hijo de Cyr la vuelta de Marta, sola, como habia
ido á la ciudad.
Al presentarse María .en el aposento de Lázaro, éste lanzó un
grito, extendió los brazos, y Magdalena se precipitó en ellos.
—-Gracias, Señor,—exclamó Lázaro, despnes de un instante, y
elevando los ojos al cielo,—que me devuelves á mi amada her­
mana.
—Que viene á tí," Lázaro,—profirió María,—para pedirte el per-
don de sus faltas contigo, y reconocer tu autoridad que recibiste de
mi padre. Yo un dia desconocí esa autoridad en tí, quise ser libre
en mi pensamiento y en mi persona, y dueña de la parte de bie­
nes que me tocó en herencia de los que dejó mi padre. Yo das co­
nocí su última voluntad huyendo de ésta casa, y mancillé su nom­
bre venerado con la disipación de mi vida en la ciudad. Reconoz­
co estas culpas mías, Lázaro, yo pido perdón por ellas á mi padre
postrándome delante de tí, á quien legó la representación en su casa
y su familia.
—Y yo en su nombre te perdono, María, y al abrirte las puertas
de esta casa, te abro mis brazos y mi corazon, que nunca para tí
estuvo cerrado. ’ .
Lágrimas de purísimo gozo bañaron las mejillas de Maríar de
Lázaro y de Marta, cuyo espíritu se confundió entonces en el mismo
sentimiento.
Los males que Lázaro sufría reconocían uria causa mas bien
moral que física. Esta causá esíaba en la conducta de Magdalena.
MARÍA. MAGDALENA. 227

Pero la.causa cesó, y el efecto había de cesar también como era


consiguiente..
Aquel mismo dia era Lázaro otro hombre.
Su cuerpo cobró fuerzas de repente, alentado por el, contento
del alma.
Tan cierto es que las enfermedades corporales reconocen las
más de las veces motivos puramente morales.
Cuidada la parte moral de un individuo, es casi segura la salud
constante de la parte física.
Magdalena experimentó asimismo, al volver á verseen el seno
de la familia, y reconciliada con sus hermanos,-un gozo suavísimo
y grande, que no podía compararse con el placer mentido de la
mas lisonjera de las sociedades que acababa de abandonar.
Al levantar la vista al honrado techo bajo el cual había nacido,
al recorrer los ,sitios testigos de los juegos de su niñez, al ponerse
á la mesa y recordar, mirando la figura de su hermano, la vene­
rable de su virtuoso padre, representado por Lázaro, en su nombre
y en sus virtudes, el corazon de María se ensanchaba respirando
“ om ina libertad que ya le era desconocida, y sus ojos se humede­
cían con dulces lágrimas que hacia brotar suavemente la ternura
del alma.
Con este gozo, que podía llamarse infantil, porque era producido
por el recuerdo de las impresiones de la niñez, que no se borran
nunca de la mente de la criatura, Magdalena recoma también su
frondoso huerto, buscando las mismas flores que en otro tiempo for­
maron su mayor delicia.
Pero aquellas flores ya no existían.
Las plantas de que brotaban, ó no eran las mismas, ó si perte­
necían á la propia especie, estaban en otros sitios y en orden dis­
tinto.
Para Magdalena, no eran las mismas plantas ni las mismas
flores.
—¡Ay! exclamó con dolor profundo; aquellas se marchitaron y el
viento de la borrasca arrebató sus hojas secas, como se marchitó la
228 MARÍA. MAGDALENA.

flor de la inocencia mia, que se deshojó arrollada por el torbellino


de mi vida.
Esta reflexión se hizo Magdalena, y de sus ojos brotaron grue­
sas y amargas lágrimas que rodaron pesadas por sus mejillas como
las lágrimas que el dolor verdadero y profundo arranca lentamen­
te del fondo del corazon.
Pero aquellas plantas tenían otras flores; sus troncos habían
perdido las que viera un tiempo Magdalena, pero otras nuevas ha­
bían brotado de ellas al calor de otro nuevo sol.
El corazon de Magdalena habia perdido la flor de la inocencia
que murió en la triste noche en que habia vivido su alm a; pero
una nueva aurora siguió á esa noche de oscuridad, los rayos de un
nuevo sol tiñeron de rosa su horizonte; María levantó los ojos al
cielo, la brillante luz del astro divino los hirió de lleno, y á su ca­
lor divino brotó en su pecho la flor del arrepentimiento para vivir
lo que su propia vida, regada constantemente con su llanto.
Como miraba en otro tiempo con delicia las flores que murieron
con su inocencia, contemplaba María con amor las nuevas flores
que nacían con su arrepentimiento.
Sin sentirse tan alegre, pero sí tranquila y serena, recorría Mag­
dalena su huerto, cuando de repente se detuvo en un sitio, quedan­
do inmóvil en él como una estátua de piedra.
Aquel sitio era el mismo en que habia estado con Roboan la
noche de su primera falta.
Las ramas de jazmín que caían sobre el.rústico asiento, no ha­
bían vuelto á brotar aquellas sus floras de purísima blancura y me­
nos cándidas que lo era la frente de María.
A pocos pasos, y como perenne elocuente testigo de aquella es­
cena, se levantaba la palmera desgajada por el rayo que cayó en
ella en aquel momento inolvidable para María.
Sobrecogida por semejante recuerdo, Magdalena permaneció in­
móvil y muda en aquel sitio durante algunas momentos; luego se
postró en la tierra, que besó repetidas veces, y sus labios murmu­
raron una oracion.
MARÍA MAGDALENA. 229

El nombre de su primer amante, arrastrado por su liviandad á


tan triste fin, se mezclaba en sus preces pidiendo reposo para él,
y pronunciaba á menudo el nombre de Jesús, su único con­
suelo, fortaleza en la senda de la virtud y luz de la esperanza de su
alma.
CAPÍTULO XVIII.

La vida activa y la vida contemplativa.

Magdalena, como todo hijo que huyó y luego vuelve 4 la casa


paterna, tenia una historia que contar á sus. hermanos.
Esta historia tenia dos partes.
De la primera no había, de hablar Magdalena, que no la guar­
daba en. su mente mas que para tormento suyo y constante expia­
ción de sus faltas.
De la segunda, podia y debia decir mucho á sus hermanos.
Estos miraban como un verdadero prodigio el súbito é inespera­
do cambio que se había obrado, no solo en la vida y costumbres,
sino que asimismo en la manera de sentir y pensar de María.
Su carácter, antes tan vivo é impresionable, se habia vuelto
reposado y juicioso; su orgullo se habia convertido en mansedum­
bre, su vanidad en modestia, su desenvoltura en recogimiento.
Con viva ansiedad esperaban Lázaro y Marta que María les ex-
plicára la radical trasformacion que en su pensamiento y su perso­
na notaban.
Magdalena les hizo la historia de cuanto le habia sucedido des­
de la noche aquella en que empezó á sentirse impresionada por un
sentimiento vago y misterioso que elevaba su. alma á regiones des-
MARÍA MAGDALENA. 231

conocidas, abstrayéndola del bullicio del festín y hasta de la pa­


sión de Cayo Antonio.
Explicóles'detalladamente el suceso de la mujer adúltera, refi­
rió Otros hechos que ella habia oido de Jesús, y por último, habló
de la persona del Maestro y de la dulzura y eficacia de su palabra,
en tales términos, que Lázaro y Marta se hallaron en breve domi­
nados por el sentimiento mismo que exaltaba el corazon de María.
—Sin duda es él el Mesías,—profirió Lázaro.— Solo al enviado
de Dios fueran permitidos tales prodigios y otorgado tal poder de
la palabra.
—Sin duda es así, hermano mió,—añadió Magdalena, —y por
esto yo te excito á que hagas por conocerle y oírle.
—Mucho lo deseo, y deseo también honrarle convidándole á
comer en mi casa.
Desde aquel instante no tuvo Lázaro idea preferente á la de
llevar un dia á Jesús á su casa.
Este dia llegó.
La hacendosa Marta empezó desde las primeras horas de la ma­
ñana á disponerlo todo, trabajando y moviéndose sin descanso, á
fin de que la casa toda y la mesa reflejáran su limpieza y cuida­
do y la alta estimación en que sus dueños tenían al huésped que
iban á recibir.
Magdalena no imitaba en esto á su hermana.
En primer lugar, era Marta, como hermana mayor, la que ha­
bia llevado siempre el manejo interior de la casa; y además, María,
despues de su vuelta al seno de su familia, se encontraba inútil
para ciertas cosas de que nunca habia tenido costumbre.
Pero' no era este el motivo principal de la diferencia que nota­
ba en la respectiva actitud de las dos hermanas el dia en que espe­
raban á Jesús.
Marta ponia todo su afán y cuidado en recibirle conforme á la
calidad del Maestro; María no pensaba en eso; pensaba solo en el
momento feliz de volver á verle.
Asomada á la ventana, suelta la cabeza y fijos los anhelantes
232 MARÍA MAGDALENA.

ojos en el lado por donde debía llegar Jesús, Magdalena no tenia


más pensamiento que el de arrojarse á sus piés y besarlos con el
encendido amor que llenaba todo su corazon.
No espera con mayor afan tórtola amante la vuelta de su dulce
compañera, arrullándola tristemente en su pensamiento, posada en
la rama, del sáucé. testigo de sus amores, y junto al nido de sus
hijuelos, que esperaba María la venida-de Aquel que era todo su
amor; ni aguarda con más impaciencia el ciego que vid ántes la.
luz del sol, y espera volverla á ver, el momento en que pueda
quitársele la venda de los ojos, que esperaba Magdalena el instan­
te de volver á ver brillar ante el suyo aquel rostro divino que era
la claridad y la luz de su alma.
Así esperaba María al Maestro, asomada á la ventana desde las
primeras horas del día.
Llego el momento, y Jesús se ofreció á su vista acompañado de
Lázaro, que habia salido á buscarle.
María corrió precipitadamente á la puerta y se dejó caer á'sus
piés.
Marta salió inmediatamente, inclinándose delante del Maestro.
—El Señor, Dios, mi padre, sea contigo, M arta,— profirió el
Maestro.
—En hora feliz llega contigo á esta humilde casa,—-dijo Mar­
ta.—Ruégote que pases á descansar del camino á esa sala prepa­
rada para que estés en ella hasta la hora de la comida, y que
aceptes lo que entretanto voy á ofrecerte para que repares las fuer­
zas y te repongas de la fatiga de la jornada.
Marta condujo á Jesús al aposento indicado, y en-seguida le
presentó un cestillo con frutas y un plato con vianda ligera para
que comiese de ella.
María en tanto, echada á los piés del Maestro desde el instante
en que este se sentó, se ocupaba en limpiar sus piés del polvo del
camino y ungirlos con olorosos ungüentos.
Marta volvió luego á su tarea, y María quedó á los piés del
Salvador, contemplándole y oyendo aquella su dulcísima palabra.
MARIA MAGDALENA. 233

que brotaba de sus divinos lábios como limpia fuente que fertiliza y
fecunda la tierra que baña con sus aguas.
Largo rato habia pasado María de esta suerte, lo cual llegó á
inquietar á Marta, que agobiada por el trabajo que sobre ella sola
pesaba en aquellos momentos, se enfadó con su .hermana queján­
dose de que no la ayudara, y llevando su queja al mismo Jesu­
cristo, á quien rogó que reprendiera á, María y la exhortase á to­
mar parte en los quehaceres de aquel dia.
■ —Señor, profirió Marta, ¿no veis que mi hermana me deja sola
queriendo que yo lo haga todo? Decidla, os ruego, que se levanta
y que me venga á ayudar.
A lo que el divino Maestro replicó:
—Ma/dha, MobTtlw, muy cuidadosa estás y andas turbada en mu­
chas cosas; en verdad una sola es necesaria; María escogió la mejor
parte, que no le será quitada.
Confusa quedó Marta al oir estas palabras, cuya profunda sig­
nificación no comprendió al pronto.
En ellas se encierra la condenación del afan inmoderado del
trabajo, que hace olvidar el alimento del alma, sin cuyas expansio­
nes desciende visiblemente la criatura del rango superior en que
Diosla colocó entre los demás sér es "creados.
Marta, en su constante afanar, era vivo ejemplo de la vida ac­
tiva que no tiene mas objeto ni otro cuidado que las cosas que se .
refieren al cuerpo; María, por el contrario, postrada á los piés de
Cristo, embebecida contemplándole y oyendo su divina,palabra, era
imágen de la vida contemplativa que prescinde del cuerpo y sus
necesidades materiales, para dejar al alma que se eleve sobre las
pequeñeces de la tierra á la sublime región del cielo.
Hallándose ya en la mesa, se presentó en casa de Lázaro un
vecino del lugar, hombre rico, llamado Simón, á quien el Señor
habia curado la lepra. , ‘
Simón, agradecido á la bondad del Maestro con él, quiso agasa­
jarle convidándole á comer á su casa, é invitando asimismo al
bueno de Lázaro,

234 MARÍA MAGDALENA.

Tuvo efecto este convite en la casa de Simón, cuya mesa sir­


vió Marta, como mujer á quien ninguna otra aventajaba en este
género de trabajos.
También en esta ocasion formó visible contraste el carácter de
María con el de su hermana, tan distintos en la manera de amar,
por mas que fuera superior en ambas el amor que profesaban á
Jesús.
Magdalena, atenta siempre á las cosas que mas pudieran enal­
tecer y mejor honrar la persona de su Maestro, inspirada constan­
temente por el más sublime y acendrado amor del alma hácia
Aquel que había levantado la suya de las profundidades de la os­
curidad á las brillantes esferas de la eterna luz; Magdalena, que
ya no pensaba en las riquezas de la tierra'mas que para rendirlas
como humilde homenaje á los piés del Enviado del cielo, dispuso
para el convite de Simón un vaso de alabastro, que llenó de la más
pura esencia del nardo, y con él se presentó al banquete.
Puestos ya los convidados á la mesa, dispuesta con toda es­
plendidez y presidida por el Maestro, que naturalmente ocupaba
el sitio preferente, María se arrodilló á sus piés, derramó sobre
ellos el precioso líquido, y como hizo ántes en casa del otro Simón,
los enjugó con sus cabellos.
Era la esencia sacada, no de la hoia, sino de la propia espiga’
del nardo, y su aroma embalsamó en breve la atmósfera, llenando
toda la casa de su rica fragancia.
La esplendidez de este acto fué tanta, que se tachó de excesi­
va prodigalidad por algunos de los presentes, pues la esencia der­
ramada no. parecía haber sido en menor cantidad de una libra, y
una libra de esencia pura de nardo, valia lo menos trescientos di­
neros de plata.
La mayor parte de los convidados se dolieron interiormente de
este gasto hecho, y á su manera de ver, inútilmente, puesto
que ningún provecho material ti ala, y murmuraron por lo bajo,
censurando la prodigalidad de Magdalena.
J3 1 Maestro, á quien no podía pasar desapercibida la menor pa­
MARÍA MAGDALENA. §35

labra, por bajo que se pronunciara, ni ocultarse sentimiento ni


idea alguna de los demás, profirió:
—'Lo que acaba de hacer será perpétuamente alabado; y lo que
calificáis de excesiva profusion, es prueba de su mucha piedad. Lo
mismo que vosotros acostumbráis hacer con los cuerpos de los di­
funtos, ha hecho conmigo esta 'piadosa mujer, adelantando este
oficio algunos pocos dias á mi próxima sepultura.»
Estas últimas palabras de Jesús, produjeron viva sensación en
todos, por la triste profecía que encerraban.
Pero donde se dejaron sentir más hondamente, fué en el cora-
zon de Magdalena.
Su alma, llena toda del amor de Jesucristo, presintió ya enton­
ces el fin que aguardaba al Maestro, y sus ojos, al contemplarle
absortos, como siempre, en su divino rostro, vertieron lágrimas
amargas arrancadas del fondo del corazon dolorido.
Concluido el banquete, Magdalena se dirigió á cada uno de los
convidados, pidiéndole una limosna para los pobres, y habiendo
recogido de todos, entregó la suma á uno de los discípulos del
Maestro.
CAPITULO XIX

E l enamorado.

Las palabras de Jesús en el último'banquete que le dio Simón


fariseo, quedaron profundamente grabadas en el corazon de Magda­
lena.
Desde aquel momento no la abandonaba la triste idea del suceso
anunciado por el Maestro, y el temor de llegar á perderle aumentó
su afan por estar á su lado.
Con este pensamiento fijo, Magdalena no perdía ocasion de ver­
le y oírle, espiando constantemente dónde se bailaba, para presen­
tarse á él y entregarle las limosnas que continuamente recogía, pi­
diendo para Jesucristo, que era lo mismo que pedir para los pobres.
Magdalena, admiradora la mas fina que Jesucristo tuvo entre las
mujeres que se consagraron á su amor divino, discípula verdadera
del Maestro, hija é intérprete fiel de su caridad, ejercía una especie
de apostolado en todas partes, y lo recorría todo, difundiendo por do
quiera las máximas de humildad y mansedumbre de qué era ella
misma vivo y constante ejemplo; y enalteciendo la caridad, la ser­
via de continuo, no solo con lo que sacaba á los pudientes para los
necesitados, sino que también con sanos consejos, y derramando
la luz de lo justo allí donde veia un riesgo para el prójimo, ofus-
MARÍA MAGDALENA. 237

cado en las tinieblas de su pasión ó de un pensamiento injusto y


pernicioso. A su alma, grande y elevada, á su corazon, que tan
gran tesoro de amor encerraba, aun en el tiempo en que se halla­
ba, cuando en el abismo de las pasiones del mundo hablaban con
más viva voz los dolores morales del prójimo que los males físicos,
más alto las necesidades del espíritu que las del cuerpo.
Esta parte de la caridad de Magdalena, era en ella tan supe-
rior, que constituía una de sus más altas virtudes.
Caminaba un dia Magdalena de la aldea á la ciudad, yendo por
un sendero poco transitado, á fin de evitar las miradas siempre cons­
tantes de la gente á su rara belleza.
Era al caer de la tarde.
El sol doraba con sus últimos reflejos la cumbre de los montes
vecinos, la atmósfera era pura y serena, y una brisa suave mur­
muraba melancólicamente, moviendo apénas las hojas de los árbo­
les y de las ñores.
Magdalena iba sola,. embebida en sus pensamientos, cuando
hirió sus oidos una voz doliente, un quejido, mas bien de un co­
razon angustiado, un ay arrancado del fondo de un alma profun­
damente dolorida.
María.se detuvo, y volvió el rostro al lado de donde la voz pa­
recía haber salido.
A pocos pasos del camino, y al pié de una palmera, distinguió
la figura de un hombre que se hallaba solo allí y recostado en el
tronco del árbol.
El hombre, que no se apercibió de la persona que le habia vis­
to, volvió á suspirar y á exhalar ay es profundos de dolor.
María salió del camino, y se internó en la maleza hasta llegar
al pié de la palmera.
El hombre entónces levantó el rostro, la miró sorprendido, y
así quedó mirándola, sin proferir una palabra.
Era el hombre joven de veintitrés años; su traje revelaba un
estado regular de fortuna; su rostro, sin ser hermoso, era sobrada­
mente agraciado, y le hacia parecer bello la mirada franca y noble
238 m ar I a m a g d a len a .

de sus grandes ojos negros, que en aquel momento brillaban con


el fuego que abrasaba su pecho.
—¿Te sorprende mi presencia?—profirió Magdalena.
—No pensaba por cierto que nadie, y ménos una mujer, vinie­
ra á encontrarme en estos lugares,—dijo el judío.
—Yo pasaba casualmente por ese camino, oí tus quejidos, com­
prendí que sufría el que los daba, y he venido aquí acudiendo ál
sufrimiento tuyo, para darte consuelo si está en mi mano consolarte.
El judío quedó mirándola, más sorprendido de su palabra que
de su rara belleza, y dijo:
Premie el cielo tu compasion por mi desgracia y tu buen .de­
seo de consolarme, pero mi mal no tiene consuelo.
—Todos los males le tienen cuando se pide y se espera de la mi­
sericordia de Dios, que es quien envía los dolores y quien los re­
media.
El jóven judío elevó al cielo una mirada tristísima, qué no reve­
laba en verdad esperanza alguna de alivio,
Magdalena le preguntó:
—¿Que males son los tuyos? Que me los digas te ruego, porque
tal vez sea el remedio mas fácil que parece al dolor que sufres.
—Mi daño es muy grande: yo amo, y amo con toda el alm a....
—Bendito seas tú que amas,— interrumpió Magdalena;—álos que
aman escoge Dios, y ninguno que no ame será délos escogidos.
El judío, sin atender á esta reflexión de María, prosiguió:
—Yo amo á una mujer, y esa mujer no me ama; juzga tú si cabe
desgracia mayor ... Pues bien, cabe mayor todavía: Sahara ama á
otro.
—¡Sahara! profirió María. '
—Ese es su nombre; pero tiene otro más propio todavía.
—¿Otro nombre?
—Sí.
—¿Cuál es?
—Se llama la Estrella, de la calle de Jeliú, porque allí vive; y es
en verdad hermosa como una estrella del cielo.—profirió el ena­
MARÍA MAGDALENA. 239

morado mancebo, lanzando un suspiro prolongado, y arrasados en


lagrimas los ojos.
—¡Ah!...
—¿La conoces tú?
—Tal vez.
—Si eres de la ciudad, debes conocerla por su belleza, que no tie­
ne igual.
Al decir esto, el judío miró otra vez á Magdalena, y profirió:
—Perdona si te he ofendido.
—¡A mí!
—No lo quise.
—¿En qué pudiste ofenderme?
—Poniendo la belleza de Sahara sobre la de todas las mujeres,
cuando hay entre ellas una tan hermosa como tú lo eres.
—No mires, te ruego, mi belleza, en la cual no pienso, y á la
que no doy valor alguno: la belleza del corazon y la del alma,
cuando se encuentra limpia de toda mancha, es la belleza verdade­
ra, la que no envejece con los años, la que no comen gusanos vi­
les, ni se pudre en la humedad de la tierra, sino que se conserva
como flor de eterna fragancia, que despues de haber brillado acá
en el mundo, es trasportada para brillar más alrededor del trono
del Dios del cielo. Esa, hermano mió, es la belleza verdadera, la
que yo, triste de mí, no tengo, y la que ruego á Dios conceda al
alma mia, despues que la permita layarse de las culpas que la
han manchado.
El judío, absorto al oír estas palabras, fijó los ojos en el rostro
de María, examinó sus facciones, y exclamó:
¡Magdalena!
—Yo misma soy.
—Más. por lo que dijiste que por lo que en tí vi, te he conocido.
Sabía de tí, pero no te recordaba; porque soló· una vez te habia
visto, y fué en tu propia casa. ¡Qué'mudanza! Yerte para creerlo
es necesario. ■
El judío, ante el prodigio verdadero de la conversion de María,
240 MARÍA. MAGDALENA.

olvidó su propio dolor, asombrado de verla trasformada de aque­


lla suerte.
Pero este efecto durtí cortísimos instantes.
La herida que aquejaba al mancebo,' era demasiado viva y pro­
funda para que pudiera dejar de sentir su dolor, por largo espacio:
—Dichosa tú,—la dijo,—y triste de mí.
—¿Quién sabe?
— ¡Ah! *
—Confia en Dios.
.—Dios me abandona, cuando permite que tan ingrata sea con­
migo y que yo muera de pesar.
—¿Tú la amas mucho?
—¡Si la amo! La vida sin ella es muerte cruel y desesperada.
—¿La harías tu mujer?
—¿Quién lo duda?
—¿Y ella no te ama?
—Nú.
—¿Te ha amado?
— Sí.
—¿Lo crees firmemente?
—Estoy cierto. . 1

—¿Y á quién ama hoy?


—A Cayo Antonio.
—¿Qué casa es la tuya?
El judío dió las señás.
—Confia en Dios. -
—¡Ah! '
—Sin la confianza en el que reina en el cielo, es imposible todo
bien en la tierra. Ten esto presente. Confía en él, y adiós.
—¿Me dejas ya? ■
—Te dejo, sí, porque me llaman deberes que tengo, en la*ciu­
dad; pero no te olvido.
—Según eso, ¿te prometes remediar mi daño?
—Nada me prometo: dígote solo que no lo olvido. Adiós,
MARÍ m

Magdalena 9 e alejó.
EÍ amante de Sahara quedó en el mismo sitio, donde le sorpren­
dió la noche gimiendo y llorando el desvío y el desamor de Sahara.
Cuando volvió María á su casa aquella misma noche, Marcela,
su antigua crjada, la llamó á un aposento apartado, y le dijo:
—Has de perdonarme el atrevimiento que voy á tener contigo
en hablarte de cosas de que has mandado no se haga siquiera me­
moria; pero tanta es la insistencia que conmigo se tiene, y á tal
punto me he visto acosada, que prometí decirte...
—¿Por qué te detienes? Habla.
— Es que voy á hablarte de un hombre...
— Sigue.
— Ese hombre es Cayo Antonio. t *
—¿Y qué dice Cayo Antonio?—profirió María con sencillez.
Marcela quedó sorprendida, porque esperaba ver otra actitud
muy distinta en su antigua ama al hablarle del Centurión, cuyo
recuerdo envolvía la parte mas turbulenta de su pasada vida.
—Dice,—profirió Marcela,—que no puede olvidarte.
—¿Eso dice?
—Y mucho más. .
Marcela iba á entrar en pormenores acerca del Ceturion; pero
María desvió su intento, preguntando:
—¿Y Sahara?
—Nada sé de ella.
— Es preciso, pues, que averigües lo que yo deseo saber.
“ Manda lo que deseas, que yo te serviré en seguida.
María dió sus instrucciones á Marcela, y ésta salió inmediata­
mente á cumplir su cometido.
CAPÍTULO- XX.

Un touen designio.

María esperaba con alan la vuelta de Marcela.


—¿Qué traes?—la preguntó al verla,
—Malas nuevas.
— ¿Malas?
—Para Sahara.
—¿Pues?
—Está enferma.
—¿Qué mal padece?
—Mal del corazou.
—¿Y qué causa...
—La causa es Cayo Antonio.
— Sahara le ama, yo lo sabia.
*-Muere de amor por él.
—¿Y él la desdeña?
“ Peor que eso-
“ -¡Peor!
— Sí, porque si la desdeñara, posible sería qué ella entrára éri
■azon, y que la evidencia del desden sofocára el sentimiento que
MARÍA MAGDALENA. 243

por el Centurión abriga; pero no sucede así. Cayo Antonio la va


amando, pero no con la asiduidad que el corazon enamorado desea;
la dice.que le ama, pero no reflejan sus palabras el amor que Saha­
ra necesita.
Magdalena comprendía perfectamente esa especie de martirio
horrible que resulta de la duda y la fé, de la esperanza y el des­
aliento, cuando se mezclan y alternativamente se dejan sentir en
el corazon que ama.
—¿Cómo sabes tú eso?—preguntó á Marcela.
—Lo he conocido.
—¿Cómo?
—Por las palabras de la misma Sahara.
—¿Según eso, fuiste á, verla?
—Nadie mejor que ella misma podia informarme de lo que de
ella deseaba saber.
—'Está bien. Oye, Marcela; has de volver á verla.
—Volveré.
—A decirla que esta noche la espero yo aquí, en m í casa, para
hablar con elia de un asunto de que tal vez dependa la felicidad
de toda su vida.
—Iré en seguida.
—Al momento, porque no hay tiempo que perder en casos en
que tan cruelmente se sufre, como está sufriendo Sahara. Dila eso,
y veas lo que te responde, porque sin obtener antes la promesa
suya de venir esta noche, no puedo llevar adelante mi proyecto.
—¿Qué intentas?
—Ya lo sabrás á su tiempo.
Marcela no preguntó más, y volvió á ver á Sahara.
Esta, cuando la criada de Magdalena le manifestó que iba man­
dada por su ama, montó de repente en cólera, y profirió:
—¡Ah! ¿Con que no ha nacido de tí el venir á verme y á saber
de mi desdicha, sino que te ha enviado tu ama para gozarse en mi
tormento.

—Mal juzgas á Maña, Sahara.
244 MARÍA MAGDALENA.

—No puedo juzgar de otra manera á quien me ha robado mi


alegría.
—¡Oh! No.
—Ni puedo pensar ahora otra cosa más que viene á gozarse en
mi dolor. -
—Ella me ha manifestado, para que te lo dijera á tí, otra cosa
bien distinta.
—¿Qué ha dicho?
—Que por tu bien te ruega que vayas esta noche á su casa.
Sahara no podía fácilmente creer lo que decía Marcela; pero esta
tenia empeño decidido en convencerla, y a-l fin la convenció.
Volvió Marcela, pues, diciendo á Magdalena:
—Esta noche vendrá Sallara.
—¿Gomo ha recibido mi recado?
—Extrañándolo mucho,
—Es natural. .
—Y no creyendo en tu buena intención.
—También lo comprendo.
—Se ha figurado que, pues ella conoce y siente que tú tienes el
amor de Cayo Antonio, era tu propósito humillarla más y gozarte
en su desdicha.
—¡Ah! ¿Pero ella sabe que el Centurión me ama tanto aún? ¿Lo
ha dieho ella así?
—No lo ha dicho, pero lo presumo yo por sus palabras.
—Mejor fuera que no lo supiese.
—¿Por qué?
María no contestó á esta pregunta de Marcela, y le mandó:
—Corre al momento en busca de Cayo Antonio.
—-¡De Cayo Antonio!
—Sí, y dile que hoy mismo, á la medianoche, le esperaré yo
en mí huerto.

—'¡María! ,
—¿Qué te asombra?
—Imperar á un hombre en el huerto, y á esa hora!
MARÍA. MAGDALENA. 245

—No parece, en verdad, muy santo.


—-Y cuando ese hombre es Cayo Antonio, que ha sido...
—No prosigas., Marcela: tú no ves más que el principio, y es ne­
cesario que aguardes á ver el fin para juzgar.
—No hace falta verlo para saber que tú deseas hacer un bien;
pero el medio que empleas pudiera perjudicarte en tu fama.
—La fama la dan los hombres, la virtud la da Dios; los hombres
juzgan de la intención por las acciones; Dios juzga de las acciones
por la intención; Dios sabe la mia, y juzgará de mis obras; á Él
deseo agradar.
Marcela fué á ver á Cayo Antonio.
El amor del Centurión, lejos de.disminuir con el apartamiento
de Magdalena, habia tomado mayores creces.
Cuando el soldado romano la conoció, le interesó su hermosu­
ra, le animó á solicitarla la vida que llevaba Magdalena, y le fué
fácil obtener su correspondencia, y más aún que su corresponden­
cia; porque María pagó con un sentimiento de su corazon, esto es,
con su amor, lo que en Cayo Antonio no era más que un deseo de
los sentidos.
Fácil le fué la conquista al Centurión, y escaso aprecio tuvo
para él el triunfo que á tan poca costa habia obtenido.
En todo tiempo, el valor de los favores dé una mujer está en
armonía con la dificultad de obtenerlos, y los de Magdalena, tan
fácilmente adquiridos, no podían tener gran estima para el Centu­
rión, que la consideraba además como una mujer envilecida, cir­
cunstancia que impide toda consideración por parte del hombre, á
quien le es imposible estimar en un concepto, y al mismo tiempo
despreciar en otro á una mujer.
Cayo Antonio, pues, no amaba antes á Magdalena, porque no
podia amadla-
El amor es un sentimiento exquisito y delicado por sí mismo
y no puede existir hácia un objeto que se desprecia.
Pero cuando cesaron las causas porque el centurión miraba á
Magdalena como una mujer indigna, cuando la miró lejos del ca­
246 MARÍA MAGDALENA.

mino de la disipación, y puesta en el de la virtud, cuando vid que


si le fué fácil conquistar sus favores, le era despues imposible el re­
tenerlos; cuando contemplo que lo que le habia permitido la disolu­
ción de la cortesana, se lo prohibía el decoro de la mujer virtuosa;
entónces el Centurión empezó á amar á Magdalena, sintiendo por
ella amor verdadero que no condenaba la conciencia, puesta como
antes en pugna con el deseo del corazon.
El pensamiento del soldado romano estaba de continuo en ella,
y mas le atormentaba, cuanto mayor se iba haciendo la distancia
que separaba á Magdalena de los objetos que la habían rodeado en
aquella triste época de su vida.
La presencia de Marcela en casa del Centurión hizo á éste un
efecto grande,
—¿Qué nuevas me traes, Marcela? Has hablado por fin á tu ama
y ha escuchado ella lo que por mí le has dicho?
—Sí.
Los ojos del Centurión brillaron de alegría.
—¡Oh! ¡habla!
—Esta noche te espera.
—¡Esta noche!
—En el huerto de su casa.
Cayo Antonio no podia creer ásus propios oidos.
—¡Ah, Marcela! toma, toma ese corto pago del gran servicio que
me has hecho.
El Centurión sacó una bolsa llena de monedas y la puso en ma­
nos de Marcela.
Ésta repugnó el tomarla.
Su conciencia se resistía.
Cayo Antonio extrañó esta delicadeza de la judía, tan contraría
al placer con que Siempre habia recibido sus dádivas.
Consistía esto en que las antiguas ideas de la judía habían sido
sustituidas por los sentimientos de la mujer cristiana. «
La criada de Magdalena comprendía que el Centurión no la re­
galara si supiera el pensamiento de su ama, y se resistía á aceptar
MARÍA. MAGDALENA,
----- ^ .■·.·...............

tal muestra de su gratitud por un servicio que no tardaría aquel en


considerar de muy distinto modo que entonces lo miraba.
—¿Por qué te niegas á recibir esto de mis manos? preguntó á
Marcela.
—Yo he venido á verte, porque así me lo ha ordenado mi ama.
—¿Y eso qué importa?

—Que es ella y no tú la que en tal caso debe pagarme.
—Bu otras ocasiones no has tenido ese reparo conmigo, y no he
de consentir que rehúses ahora lo que otras veces has aceptado de
mí. Yo te doy esto con buena voluntad, y tú has de aceptarlo.
Cayo Antonio volvió á presentar la bolsa á Marcela.
Esta dijo por fin:
—Yo lo aceptaré con una condicion.
—¡Condicion!
—Sí, solo con una condicion.
El soldado romano no habia visto semejante escrúpulo en una
mujer esclava ó criada, y ménos si esa mujer era judía.
—Habla,—le dijo sonriendo.
—La de que ese dinero no lo des tú ni yo lo reciba para mí.
—¿Para quién entonces?
—Para los pobres.
—Tómalo tú, y empléalo «orno mejor te pareciere.
“ -Como limosna para los pobres, lo acepto, y así lo acepte el
Señor Dios como obra de tu caridad, y la premie como yo se lo
ruego.
El Centurión . conoció, por lo que ya sabia de Magdalena, y el
tono que usaba su criada, que. esta seguía á aquella en su nueva
senda;· pero no quiso hacer alto en esto, que le importaba poco,
aunque mucho debiera importarle, si bien pensara en ello, y volvió
á lo ‘que era de su propio interés, diciendo:
—¿Conque en su huerto?...
—Hoy mismo á la media noche.
“ No faltaré.
’—Allí te aguardará Magdalena*
CAPÍTULO XXI.

En el huerto.

Próxima estaba la liora de la media noche.


Gayo Antonio caminaba con acelerado andar hacia la aldea de
Betania.
Su. corazon palpitaba dentro de.su pecho, no tanto por la agita­
ción natural del camino, como por el ánsia de ver llegado el feliz
momento.
María en tanto abría la puerta de su aposento y salía acompa­
ñada de una mujer á la que conducía de la mano.
Esta mujer era Sahara.
Desde el anochecer de aquel dia se hallaba en casa de Magda­
lena conforme había prometido á Marcela.
Sahara ignoraba á aquella hora todavía el objeto con que había
sido llamada.
Magdalena se habia resistido á decírselo.
“—Aquí te he llamado solo para que veas y oigas; con lo que oigas
y veas, formarás tü luego tu juicio. Nada más puedo manifestarte
ahora. No falta ya tanto para la media noche y presto saldrás de tu
íixisiodad.
MARÍA MAGDALENA. 249

Llegaron las mujeres al huerto; Magdalena llevó á Sahara ju n ­


to á un grande y frondoso rosal, y le dijo:
—Aquí has de estar tú sin moverte hasta que yo venga á bus­
carte. Recuerda que me has prometido permanecer muda y quieta,
sea lo que fuere lo que vieres.
—Cumpliré lo que he prometido,
—Debo advertirte, que algo has de ver que te haga profunda
sensación.
—Estoy prevenida.
—Que algo has de oir que te hará gran daño
—¡Daño!
—Daño que se convertirá luego en bien para tí.
—Suceda lo que suceda, te he prometido no hacer cosa que me
descubra.
•—En tu promesa confio.
Magdalena se separó de Sahara, y fué á sentarse al pié de un
árbol á corta distancia del rosal.
Pocos momentos habían trascurrido, cuando hirió el oído de las
dos mujeres una especie de rumor de follaje en los matorrales que
formaban el cercado del huerto.
En el sitio en donde se oyd el rumor, se dibujó luego la figura
de un hombre.
El corazon de Sahara dio un latido fuerte como un latigazo.
E l hombre era Cayo Antonio.
María se puso en pié.
El Centurión recorrió con una mirada rápida todo el huerto, y
se dirigió anhelante á donde estaba Magdalena.
—¡Magdalena!
-—¡Cayo Antonio!
Sahara podía apénas respirar.
Sus miembros estaban frios, helados. La sangre se había agol­
pado al corazon, y el pecho oprimido carecía de aliento.
Sus ojos miraban fijos el grupo que tenían delante, y su mente
fluctuaba entre espesas y negras nubes.
32
2S0 MARÍA MAGDALENA.

—Dame á besar tu mano, Magdalena; permite esta expresión


del amor mió, en gracia al favor inmenso y al bien que me lia ■
oes,—exclamó el Centurión con anhelante afan.
Cayo Antonio acompañó la acción á la palabra; pero Magda­
lena se retiró sin permitirle llegar á ella, y profirió:
—Detente,, y te ruego que moderes tus impulsos si he de escu­
charte corno me has pedido tantas veces.
—Perdona si pude ofenderte, dijo el Centurión que, amando á
Magdalena, se sometía sin violencia á sus prescripciones de res­
peto.
—Yo te he llamado aquí esta noche, porque Marcela me dijo
que sufrías cruelmente...
—Mi sufrimiento no puede ser mayor.
■—¿Qué lo causa?
—¿Y tú lo preguntas?
—Responde.
—La causa está en que yo te amo, y tú- has dejado de amarme.
—Mi amor contigo era criminal, y ofendía á Dios: ya sabes, An­
tonio, que yo no he de volver á la senda que dejé. -
—Ni yo te quiero en ella.
—¿Cómo, pues?
—Como se quiere á la mujer que elige el hombre para amarla
á ella sola y toda la vida.
—¿A ella sola?
, —Sola. -
Sahara ahogó un suspiro profundo.
»“ ¿Estás seguro que no amas á nadie mas?
—A nadie.
—¿Dices la verdad?
—La verdad digo, por mi nombre.
Entónoes, Antonio, estás cometiendo un gran delito.
— ¡Delito I
—— Sí; engañando á una mujer que te ama,
—¿A Sahara te refieres?
MARÍA MAGDALENA. 231

—A ella. ¿La amas?'


—Nunca la amé.
—¿Cómo se lo hiciste creer?
—Por obtener sus favores.
—¿De suerte que tú no la hariás tu esposa?
—¡Dios del cielo!—exclamó Cayo Antonio, asombrado á la sola
idea que dejó escapar Magdalena,
—¿Por qué tanto te asombras?
—Sahara es judía...
—Y tú no podrías enlazarte más que con una dama romana...
Pero me acabas de decir que á mí me amarías sola, y toda la vida,..
—Sí, y lo repito.
—¿Y me harías tu esposa?
—También,—profirió Antonio sin vacilar.
—Yo soy judía asimismo.
—Pero es que á tí te amo, Magdalena,—exclamó el soldado ro­
mano con exaltación;—es que la vida de mi corazon está en tí, y
no hay nada que yo no hiciere por recobrar el bien que he perdi­
do y que me hace vivir en medio de un tormento espantoso. ¡Ah,
Magdalena, Magdalena! ¿por qué así me rechazas?
—No te rechazo, ya que yo misma te llamo á mi huerto.
—Pero no para decirme que me amas.
—Te amo como Dios manda que nos amemos unos á otro.#.
—¡Oh!
—Este amor que yo siento por tí, durará tanto como mi vida.
—¿Pero no conoces que eso acaba de mortificarme? Yo te pido el
amor que yo siento por tí ..
—Ese, Cayo Antonio, me está ya vedado.
—¿Y así de esa suerte crees tú calmar mi sufrimiento, y para
eso me has llamado? ¿Qué consuelo me das?
—Oye, Antonio: ¿Recuerdas los últimos dias de mi estancia en
la ciudad? ¿Viste mi rostro desencajado, turbada lam ente, brillan­
do los encendidos ojos con el fuego que abrasaba el pecho y el co­
razon desgarrado en tu presencia?
252 MARIA MAGDALENA.

— ¡Sí, lo recuerdo! Entonces me amabas.


—¿Conoces tormento de mujer que pueda compararse al mió?
¿Qué podia haber en la tierra bastante á consolarme? Nada. El
alma mia, sin embargo, encontró consuelo. En la tierra no le ha­
bía, pero le había en el cielo; el hombre no lo tenia para mí, pero
lo tuvo Dios.
El Centurión se sintió á pesar suyo subyugado por las palabras
de Magdalena.
—Busca en Dios, Antonio, el amor que yo no puedo darte, y
yo te fio que has de obtenerlo y que entónces te parecerá pequeño
el mió para llenar tu corazon, engrandecido con la grandeza mis­
ma del sentimiento á que rendiré culto. Yo te lo fio, Antonio, y
te lo ruego por tu bien; yo te encontré, y he llorado junto á tí lá­
grimas amargas en la senda de los amores del mundo; quiere el
señor Dios que vuelva á encontrarte para sonreír con eterna felici­
dad en la senda del amor del cielo. Por ella camina Magdalena,
Antonio; á ella te llama, en ella solo podrás encontrarla.
La profunda convicción con que hablaba María, dijo bien al
Centurión que era inútil todo esfuerzo por su parte para vencer
ideas tan arraigadas, y combatir con resultado un sentimiento que
de tal manera habia encarnado en su corazon.
CAPÍTULO XXII.

R econciliación.

. Cayo Antonio salió del huerto-, perdida para siempre la última


esperanza en el amor de Magdalena, pero sin que su pasión men­
guara un punto con tan positivo desengaño.
Magdalena fué en seguida al sitio en donde habia dejado á
Sahara.
Llegó áella y la llamó; pero la triste amante del Centurión
no respondió.
Estaba desmayada.
La sensación profunda que habia recibido, y el pesar que se vió
obligada á reprimir, sin que pudiera exhalarlo del oprimido pecho,
produjeron en ella un parasismo completo que la hacia parecer
muerta. . - '
Magdalena se asustó al verla, y dió voces llamando auxilio.
Acudieron al huerto, Marcela, que se hallaba velando, y un
hombre, al que dijo María, sin permitirle acercarse á Sahara:
—Aparta tú; Marcela y yo bastamos para llevarla. Tú vuelve á
tu sitio, y te prohíbo que de allí te muevas mientras yo no te
llame.
El hombre repugnaba obedecer á María, pero cedió á su man-
234 MARÍA MAGDALENA.

dato, y se volvió sin replicar, aunque lanzando un fuerte suspiro


y bañados de lágrimas sus ojos.
María y Marcela cogieron en brazos á Sahara y la llevaron á
un aposento.
Prodigáronsele allí los auxilios necesarios, y al cabo de un rato
volvió en sí la bella judía de la calle de Jehú.
Marcela desapareció del aposento á una indicación de Magda­
lena, y ésta quedó sola con Sahara.
—¡Qué es lo que me ha sucedido, Dios de Israel!—se dijo Saha­
ra, paseando en torno una mirada vaga é incierta;—¿He soñado, y
despierto ahora de un sueño?
Luego fijó la vista en María, y profirió:

—¡Ah, Magdalenal ¿Eres tú, Magdalena?
—Yo misma soy.
—Contigo he soñado también... ¿Pero dónde estoy?
—En mi casa.
Sahara concentró su pensamiento para recoger ideas vagas que
iban y venían en su confusa mente, y dijo:
—¡Ah, sí, ya recuerdo!... Yo he venido á tu casa llamada por tí,
para oir... para presenciar... ¡ah!
Al recuerdo ya claro de lo que habia visto y oido, Sahara rom­
pió á llorar, y añadió con profunda amargura:
—¡Qué cruel has sido conmigo!
—¡Sahara!—esclamó María con benevolencia.
—¡Si un dia te ofendí con él, bien te has vengado!
— ¡Vengarme!
—¡Oh, sí! Tu venganza ha sido cruel.
—¿Pero no recuerdas todo lo que ha sucedido?
-—¡Oh, sí lo recuerdo! ¿Crees tú que puedo no recordarlo? Cayo
Antonio te ha dicho que moría de amor por t í , y que á mí no me
amaba... he oido más aún, mucho más ... que sólo desden sentía
por mí.
—¿Y qué más oíste?
—Oí luego que tú no le amabas á él.
MARÍA MAGDALENA. 28S

—¿Y eso, qué te dice?


—Me dice que mi desgracia lia llegado al último extremo, por­
que el amor mió no ha podido sentirse más herido, ni mi orgullo
más humillado.
:— ¡Ah, Sahara! Tú no sientes más en esto que la herida que ha
recibida tu amor, y la humillación de tu orgullo.
—¿Qué otra cosa puedo sentir?
—Óyeme: tú creiste en el amor de Cayo Antonio.
—Si. ' '
—Por esto le amaste. Tú has vivido engañada por él, y hoy, la
venda del engaño ha caido de tus ojos. Hoy sufres, pero no le amas.
—-¡Oh, no, no, no! Al contrario, le <5dio, le aborrezco de muerte.
—No le odies tampoco, Sahara.
—¿Puedo no odiarle?
—Él ha cometido contigo una ingratitud...
-—Grande, cruel, porque yo le hubiera dado mi vida entera.
—¿Y tú crees que él debiera amarte?
Sahara extrañó tan singular pregunta, y no respondió.
—'Contesta.
—Lá pregunta es extraña.
—Contéstala como sientas: ¿crees tú que porque le des entero tu
corazon, y darías por él la vida, debería él amarte?
—¡Oh, sí!. -
—¿Y -que es criminal en no responder dignamente al acendrado
amor tuyo?
—Sí, eso creo en verdad; pero, ¿á qué tales preguntas?
—Recuerda, te ruego, cómo has respondido tú á ellas, y sí­
gueme*
Y cogiendo á Sahara de la mano* María lá condujo á un apo­
sento inmediato, y dejándola junto á la puerta, le dijo:
—Espera, te ruego, en este sitio 'algunos instantes, y presta
atento oido á lo que se dirá en esa otra habitación adonde yo vuel­
vo; como escuchaste en el. huerto, escucha ahora lo que ahí va á
hablarse.
256 MARÍA MAGDALENA.

Magdalena dejó á Sahara, entornó la puerta y volvió á la sala.


Difícil, si no imposible, hubiera sido á Sahara adivinar el pro­
yecto de Magdalena.
Esta llamó á Marcela, la hizo una seña, la criada desapareció,
y al poco rato volvió seguida de un hombre.
El hombre era el mismo que había acudido poco antes al huer­
to; era el que Magdalena encontró la tarde del día anterior, lloran­
do al pié de un árbol amargas desventuras de un amor desgraciado;
era el amante de Sahara.
El enamorado mancebo preguntó con anhelante afan por el es­
tado de su amada.
—Sahara se encuentra ya buena,—contestó María.
—Gracias al señor Dios, á quien he pedido por su salud, ofrecien­
do en cambio el sacrificio de la mia.
—¿Todo eso dañas por Sahara?
—Cien y cien- veces,
—Mucho la amas.
—Más que á mi propia vida.
—¿Y según tú dices, ella no te ama á tí?
—¡Oh, no! por eso lloro mi desventura cruel.
—¿Y tú no la ódias?
—¡Odiarla!
—Con tanto mal como ,ella te hace...
■—Mi corazon siente el daño y no maldice la mano que le hiere.
“ -Generoso es tu sentimiento.
—Tanto como desdichado.
“ ¿Como fuera feliz?
—¡Tú me lo preguntas!
—¿Poseyéndola tú como á mujer propia?
El mancebo suspiró con profundo dolor.
—¿La harías tu esposa?
—¿Qué más pudiera yo anhelar?
—¿Y si fuera ella indigna de tí?
— ¡Tndigna la mujer á quien el corazon adora!
MARÍA MAGDALENA. 257

—Tú pertenece? á una familia distinguida, y la de Sahara no


iguala en clase á la tuya.
—El amor no conoce clases.
—¿Y no te verías tú rebajado, ni se creería ofendido tu nombre,
llevándola á tu casa como esposa?
—Aunque tuviera que ir á buscarla en medio de la mayor ab­
yección, la tendería mi mano para llevarla conmigo.
—Amor sin duda alguna es ese que vence el orgullo y no da oí­
dos á la vanidad, ni admite pasión pequeña que le haga bajar de
su grado,—dijo Magdalena en voz bastante alta para que fuera bien
oída desde la pieza inmediata.—En verdad que Sahara usa contigo
de cruel ingratitud.
—¿Pero ddnde se encuentra ahora? preguntó el mancebo, que es­
taba impaciente por extremo.
—Espera,—dijo Magdalena, dando dos pasos para salir déla es­
tancia.
—¡Ah! vasá buscarla ¡bendita seas!
Magdalena entró en la sala donde se hallaba Sahara, á la cual
encontró humedecidos de lágrimas los ojos.
—¿Lloras?
■—¡Cómo nol
■ —Tu desventura.
—No, en este momento no pensaba en mi dolor.
—¿Has oído bien?
•“ Todo.
—¿Recuerdas mis preguntas de hace un instante?
—¡Oh, sí!
—¿Recuerdas cómo has respondido?
.—Sí.
—¿Respondes ahora de igual suerte?
—Lo mismo.
—El hombre á quien tú amas no irá á buscarte.
— ¡Ahí
—El hombre <£ue te ama á tí te espera*.,
W
2S8 MAfíÍA MAGDALENA,

Magdalena señaló la puerta que daba á la habitación en donde


esperaba el jó ven judío.
—El es el solo que te merece...
— Abre, profirió Sahara, dirigiéndose á la puerta.
María la abrió de par en par.
El judío al verla lanzó un grito.
Sahara anduvo hácia el.
El judío abrió los brazos y Sahara se arrojó en ellos.
Breves momentos permanecieron así los dos amantes.
—El Dios del cielo bendiga vuestra unión, que ha de durar has­
ta la muerte.
—Bendígate el señor Dios &tí, Magdalena, á quien debo la mis­
ma vida, esclamó el judío postrándose á sus pies.
María se apartó rehusando recibir este tributo, y dijo:
—Al Dios del cielo, al Dios único, al que me ha dado á conocer
con su palabra su enviado Jesús, es á quien debes este beneficio,
porque él me inspiró este acto mío de caridad á tu sufrimiento.
Adoradle á él, dígnese recibir vuestra adoracion y enviaros sus do­
nes, y permítame á mí servirle todo el resto de mi vida, para- borrar
con actos de su amor puro las acciones del amor impuro que ava­
salló un dia mi espíritu.
CAPÍTULO XXIII.

Un desengaño trae por lo general trae de sí un bien.

Ea contraste que Magdalena tuvo el acierto, de saber ofrecer á


Sahar&cntre el amor de Cayo Antonio y el del joven judío, no po­
día méios de abrir á la luz de la razón los ojos de la Estrella de
la calle \e Jehú.
No qii tan fácilmente desaparezca, el amor del corazon de una
mujer á Invista de un desengaño; los desdenes por parte del obje­
to amado, Welen ser incentivo de la llama amorosa; pero cuando
el desengaña es tal, que aleja toda esperanza y hace comprender
que la correpondencia es imposible y cierto el desprecio, en este
caso el amol si no se arranca de raíz, queda sofocado por la voz del
amor propio 'pido, á menos que la mujer que ama se halle priva­
da de «todo sejtimiento de decoro.
Sahara ntoertenecia en verdad á este género de mujeres.
No sin gradísimo esfuerzo obligó á su corazon á renunciar á la
esperanza de ida felicidad con Cayo Antonio; pero resaltaba tanto
al lado del Centurión la amante y generosa figura del jdven judío,
y el efecto de s palabras nobles y leales de éste fué tan inmedia­
to al efecto crul de las despreciativas y denigrantes frases del sol-
dado romano, e Sahara en aquel momento lúcido de su razón
260 MARÍA MAGDALENA.

hizo lo que tal vez no hubiera podido hacer en años enteros si h u ­


biese tenido que triunfar de su pasión sin estar excitada por las
circunstancias que la empujaron aquella noche, tan hábilmente
preparadas por María.
Sahara se sintid en breve satisfecha por el triuDfo que había ob­
tenido sobre sí misma, y antes de salir de la casa de Magdalena
expuso á esta su reconocimiento diciendola:
—El bien que me has hecho esta noche, María, no se borrará ja ­
más de mi memoria; eternamente lo agradecerá mi corazon.
—Ya te he dicho, Sahara, que no es á mí á quien debes agra/
decerlo.
—De tu mano lo he recibido y tu mano besarán siempre mis li­
bios. El bien que me has hecho es grande, porque lleva la pa? á
mi alma, aunque la prive de las ilusiones que antes alim éntate.
—¡Tristes ilusiones, Sahara, aquellas que no llevan por conpa­
ñeras la conciencia y la calma del espíritu!
—Quien me robó esa calma fuó Cayo Antonio: de hoy jias no
volverá á turbar mi reposo.
—Conságrate á la felicidad del que te ama.
—Como á mi esposo le miro y solo á él he de consagróme.
—Bendita la esposa que se consagra al bien del espeo, porque
la dicha de éste será su dicha.
El enamorado amante de Sahara repitió asimismo ntes de des­
pedirse de Magdalena las expresiones de un prófugo reconoci­
miento.
Como había respondido á Sahara, respondió Mari al amante,
que no era aquello obra suya sino del mismo Dios,que la habia
movido á ese acto de caridad por medio de la p alaba. del Mesías,
que era Jesús. j
El judío reflexionó entdnces un momento y projrió: ■
—Si á él debo yo este bien, bendito sea y bendij el Dios de Is­
rael que me ha ofrecido ocasion de pagárselo. Yo jy ahora á re­
velarte lo que se trama contra él... |
—¡Contra el Maestro! —exclamó María con sob^alto.
MARÍA MAGDALENA. 261

—Sí, contra Jesús.


—¡Olí! Habla, habla!—profirió Magdalena con creciente ansiedad.
—El aposento en que tú me mandaste aguardar tiene una ven­
tana que se halla junto á otra de la casa contigua. La ventana mía
sé hallaba abierta, y la de la casa vecina lo estaba también. A poco
de hallarme yo en la habitación, oí murmullo de gentes en la casa
vecina, y comprendí luego que algunos hombres se habían con­
gregado en la sala inmediata. Poco me importaba á mí el motivo
que allí los tuviera, y ningún interés tenia en escuchar.
—¿Pero oíste?...
—El silencio de la noche y la proximidad hacían llegar clara­
mente sus palabras á mis oídos. El dueño de esa casa es mercader
y mercaderes eran algunos de los allí reunidos. Yo oí sus nombres
cuando mútuamente se replicaban, y sé que son mercaderes.
—¿Y qué trataron?
—Se deshicieron en quejas y en invectivas contra Jesús, porque
les había arrojado del templo.
—Esto faé porque la casa de Dios está hecha para elevar en ella
el alma por medio de la oracion al cíelo, no para convertirla en
mercado de objetos mundanales, y en lugar donde se traten inte­
reses' de la tierra,—observó Magdalena.
—Los mercaderes,—prosiguió el judío,—dicen que el pueblo,
imbuido por Jesús, no quiere comprar á nadie que se ponga á ven­
der en el átrio, por más que los animales que venden han de ser­
vir para el sacrificio á la divinidad, y que desde que abandonaron
aquel sitio experimentan sensible perjuicio en sus intereses. Por
esto se mostraban todos muy irritados con Jesús.
—¿Y qué intentan?
—A las voces de los mercaderes se unieron otras de escribas y
fariseos.
—¿Y qué decían?
—Que Jesús arrastra al pueblo con una doctrina perjudicial á, las
costumbres y á la ley.
—El Maestro respeta la ley y lo que han dicho no es verdad.
m MA1ÍJA MAGDALENA.

—Que son en gran número las gentes del pueblo que acuden á
escucharle.
—Porque su palabra les consuela de males que antes de oírle no
tenian consuelo.
•—-Dicen que es preciso oponer á los que alaban y buscan á Je­
sús, otros que le insulten y le sigan para humillarle.
—No humillarán al que se presenta mas que todos humilde.
—Estos propósitos habia yo oido cuando llegaron á mí las voces
que tú diste en el huerto y salí de la habitación.
—Pero luego volviste á ella.
—-Sí, mas mi cabeza no estaba para comprender, ni mi oido para
oir. Así estuve largo rato.
—¿Y no supiste mas?
—-Sólo en el momento de disolverse la reunión, oí que todos se
juramentaron para perseguir á Jesús y perderle.
—¡Ah! -
—Entre las voces reconocí la de uno á quien tú conoces también.
—Dime quién es.
—Fasael.
— ¡Fasael!
Intereses particulares de familia y de clase, porque era la de
Roboandina de las mas distinguidas y que mas directa interven­
ción tenian en los negocios públicos, llamaban á Fasael á formar
parte entre los que desde un principio se manifestaron contrarios
á la doctrina de Jesús y hostiles á su persona.
Además de este motivo tenia el hermano de Roboan otro espe-
cialísimo contra Jesús, y este era el que principalmente le movia.
Ya hemos visto el espíritu de· venganza que inducía á hacer su ­
frir á Magdalena.'
Ya sabemos que las armas de que quiso valerse el hermano de
Roboan eran las mismas que tanto atormentaron al primei* amante
de María.
Este vivid horriblemente martirizado por los celos, y los celos
le arrastraron al acto aquel que ocasionó su muerte.
MARÍA MAGDALENA. m

En el mismo terreno se había, propuesto Fasael colocar á María.


Dadas las condiciones de carácter de Magdalena en aquella épo­
ca de su vida, no habia de serle á Fasael difícil realizar sus fines y
demostrado queda cómo lo consiguió.
Todos los medios para llevar al último término su proyecto es­
taban en la mano de Fasael.
Magdalena, reina de la hermosura y envanecida con su belle­
za y sus triunfos, con una mujer que se le colocaba en frente, tan
hermosa como ella, tan amiga déla admiración á sus. prendas físi­
cas y con tantos medios, porque el mismo Fasael se los daba, para
brillar y sostener el fausto y el lujo que sostenía Magdalena: ésta,
celosa ya de esa mujer, y en relaciones con ella el hombre á quien
mas habia amado María.
El tormento de esta, movida la rueda por la mano tenaz y cons­
tante de Fasael, iba en aumento de cada dia, y el hermano de Ko-
boan, que ya gustaba las dulzuras de su bien meditada venganza,
no hubiera tardado en saborear su último fruto con la completa de­
sesperaron y tal vez la muerte de Magdalena, que difícilmente hu­
biera dejado de sucumbir á pesares que no tenían remedio si habia
de buscarse éste en el terreno mismo en dónde estaba la causa de
su tormento.
Y cuando tan seguro de su último triunfo estaba Fasael, cuan­
do miraba á Magdalena arrollada y sin salida del círculo erizado
de espinas, en que la habia ido estrechando, la contempla de pron­
to levantarse llena de noble valor, despreciando cuanto habia ama­
do, pasando, sin. sentir herida la planta*, por abrojos cuyas punza­
das la llegaban ántes al alma, y marchando serena á la clara fuen­
te de la vida del cielo, dejar atrás el turbulento mar de las pasio­
nes del mundo.
En un dia, en un momento, se vino abajo la obra de Fasael,
cuando no faltaba mas que poner la última piedra.
CAPÍTULO XXIV.

Donde se ve que los m olos medios no deben emplearse ni aun para


buenos fines.

La conversion de María fuó un golpe tremendo para Fasael.


Desde el momento en que la vid retirada del teatro del mun­
do, ¿cómo habia de herirla con el arma de sus pasiones?
Inútil asestar la ñecha contra la vanidad, allí donde ya no
habia más que modestia, el dardo contra el orgullo, allí donde no
habia más que humildad; inútil la idea de mortificar con la pre­
sencia de otra mujer bella y fastuosa, el corazon de la mujer cu­
yos ojos no miraban ya el fausto ni la agena belleza, ni repara­
ban siquiera en la belleza propia; inútil, por fin, introducir la ví­
bora de los celos en el alma que habia dejado de amar.
Fasael habia salido, pues, burlado en el momento en que iba á
ver completada su obra, y este suceso, de todo punto inesperado,
aumentó su encono con la ira de la derrota, digámoslo así, que
tuvo que sufrir al tocar el triunfo completo de su idea.
Fasael no pudo ménos de buscar la causa de la repentina tras*
formación de Magdalena, y al averiguar que estaba en la influen­
cia poderosa de la palabra del Maestro, en las ideas y sentimientos
de la célebre cortesana de Jerusalen, su encono se concentró todo
en la persona de Jesús,
MARÍA MAGDALENA, 265

fíé aquí explicado cómo el hermano de Roboan, además de las


causas de animadversión contra el Mesías, generales en todos los
de su clase, tenia un motivo principalísimo y expécial para abor­
recer al Maestro y tomar activa parte en cuanto se concertara en
su daño.
Magdalena, que ya sabia, por habérselo revelado su criada, las
intrigas de Fasael con ella, y que hubo de presumir la ira que se
apoderaría del hermano de Roboan, al ver que no podia realizar
su designio, hubo asimismo de sospechar que su encono se dirigi­
ría contra el Maestro, y hé aquí por qué le hizo tan profundo efec­
to el nombre del enconado judío, cuando el amante dé Sahara le
reveló que se hallaba entre los conjurados para perder á Jesús-.
Magdalena, que en aquellos momentos ignoraba dónde se ha­
llaba el Maestro, corrió, á la ciudad á informarse para poder llegar
á Él y advertirle de los peligros á que estaba expuesto, á fin de
que se librara de sus enemigos.
Era poco entrada la mañana.
María andaba afanosa por la senda menos frecuentada que solía
seguir para ir á Jerusalen.
A la mitad del camino apercibió la figura de un.hombre que
marchaba delante de ella.
El hombre no andaba despacio, pero Magdalena volaba, que no
corría, en alas del afan que devoraba su alma.
El Señor Dios te guarde, hermano,— dijo María al pasar por
junto al hombre, y sin detenerse.
El judío la miró, y reconociéndola, exclamó con expresión mez­
clada de sorpresa y de ira.
—-¡Magdalena!
Esta se detuvo un punto, le miró,, y exclamó á su vez.
—¡Fasael í
—¿Adonde va la bella María tan sola y anhelante por este ca­
mino?—profirió con ironía el hermano de Roboan.
—Voy á la ciudad,—>contestó María.
*—Yo voy también hácia allí, y aunque tú andas muy de prisa
, h . r · , , ! · » ^ - · · ! · · '. · . · . i - ·■ I I-'I ....................................................................................................................

S6fl MARÍA MAGDALENA.

y yo voy más despacio, haremos, si te place, juntos el camino.


—Por él andas tú, y por el voy yo,—dijo María.
—Quizá la compañía de un hombre perjudique tu fama...—dijo
Fñsael con gran sarcasmo.
María, sin manifestarse mortificada en lo más mínimo por la
intencionada frase del judío, profirió:
—La fama sufre poco cuando el fondo y la intención son buenos,
por más que no lo sea la apariencia de las obras.
—Dices en eso gran verdad.
—De tales labios la aprendí.
—Gran maestro debió enseñártela.
—Tan grande como el mismo Dios,—profirió María con el exal­
tado acento de su profunda fé.
Fasael hizo un gesto de ira, y profirió:,
—¿Crees tú en sus milagros?
—Puedo dejar de creer en mí misma?
María quiso significar con esto á Fasael el gran milagro que
Jesús habia obrado con ella, convirtiéndola á su fé y trocando en
virtudes los vicios que la tenían encadenada.
Así lo comprendió el hermano de Roboan, que no encontró pa­
labra que oponer á la concluyente razón de Magdalena.
Devoró dentrb de su corazon el despecho que sentía, y acarició
en su mente la idea de vengarse en Jesús del mal éxito de sus
proyectos con Magdalena.-
—¿Y tú no orees en él?—le preguntó María.
El judío soltó una horrible carcajada.
—Te burlas, y sin embargo, estás viendo la verdad, que no
crees.
— ¡Que y o e sto y v ien d o !...
—Como yo veo me ves tú, Fasael: tú me has conocido ántes ..
—Sí, cuando tu engaño, tu perfidia y tus malas .pasiones bur­
laban la buena fé de un corazon bueno, y arrastraban á un fin
triste y sangriento á un hombre leal.
Magdalena lanzó un suspiro profundo de dolor, porque se lo
MARÍA. MAGDALENA. 267

causaba grande fen su conciencia ese recuerdo, el más triste de síi


pasada vida, y luego dijo:
—Tienes razoh, Fasael, y puedes creerme cuanto te digo, que
no se pasa día sin que me atormente la memoria de aquel suceso;
pero tú, que arites me has conocido, con mayor razón que otro
debes comprender que sólo un poder superior al del hombre pudo
haberme arrancado de la senda fatal de aquella triste vida. Yo hice
un daño á tu hermano, por él ruego siempre al Dios del cielo» y
quisiera pagarte1'á tí, Fasael, lo que debo á Roboan.
—¿Pagarme á mí!
—Yo procuro hacerlo, mezclando tu nombre en mis oraciones, á
fin de que el Señor Dios ilumine tu mente y te' haga amigo del
Cristo.
—Amigo yo de...
Los ojos de Fasael brillaron de coraje, pintándose en su fisono­
mía todo el encono que sentía contra Jesús.
María lo vió j consideró con dolor profundo los males que po­
dían ocasionar á la persona del Maestro sus enemigos, comprendien­
do la ira de todos por la que dejaba conocer el que miraba á su lado.
—¿Tanto le odias, Fasael?
— No cabe odio mayor que el mío.
—Así meditas tus planes de venganza, y te congregas con otros
para perderle.
Fasael fijó la vista en el rostro de María.
—¿Cómo hablas tú así?
—Mira tú si es verdad lo que digo.
—Sin duda lo es, —afirmó Fasael.
—¿Y que intentas? preguntó Magdalena asustada y con voz tem­
blorosa.
—En primer lugar libertar al pueblo que puede perderse con la
influencia de las supercherías que le predica. -
—No es posible que vosotros creáis eso, Fasael, si le habéis oido.
¿Pero qué daño os ha hecho? á tí, Fasael, ¿qué males té ha cau­
sado?
268 MARÍA MAGDALENA.

Fasael no quiso decir á María el motivo particijlar de que nacía


su odio contra Jesús. '
—El mal que causa es á todos, y toca por consiguiente á ca^á
uno. Yo por mí te digo y te juro que no se han d^ pasar muchos
dias sin que le alcance la venganza mía; profirió eljjudío con acen­
to de profundísima ira. ¡
—¡Oh, nó, nó, Fasael,—exclamó Magdalena dejeniéndosé en el
camino, brotándole lágrimas de los ojos y juntando l as hermosas
manos en actitud de súplica delante del hermano db Roboan; yo te
ruego que desistas de tu empeño, que abandones t¿ injusto proyec­
to y que hagas porque asimismo lo abandonen los) demás. Yo te lo
ruego, Fasael; no persigas al Maestro, y yo bendioiré tu nombre, y
pediré siempre á Dios por tí, y regaré con mis lágrimas tus piés.
—Gran defensor tiene en tí el Cristo. i
—Le defendería con mi vida sabiendo que iba á perderle,—pro­
firió Magdalena.
—Ménosque eso fuera necesario...—dijo Fasael con cierta calma.
Magdalena miró á Fasael, iluminados los ojos por un rayo de
esperanza, y dijo:
—¿Ménos que mi vida, dices?
—Ménos, sí.
—Di lo que es preciso hacer.
—Es muy sencillo.
—Habla.
—En tu mano está que cese la terrible persecución que va á
empezar contra Jesús.
— ¡Oh, habla, habla!—profirió Magdalena en el colmo de la an­
siedad,
—Hoy he pasado por delante de la casa en que vivias tú en la
ciudad,—dijo Fasael con acento frío, que hacia particular contras­
te con el exaltado acento de Magdalena.
Esta quedó un punto parada al oir estas palabras tan poco al
caso del judío, y profirió:
—¿Qué tiene que ver...
MA.RÍA MAGDALENA. 269

—La casa está aún vacía,—prosiguió Fasael con la misma fría


expresión.
—¿Pero á qué viene...
—¿No sientes haber dejado la ciudad por la aldea?

—¡Oh! no por cierto. El ave que escapa de dorada jaula, ¿tro­
caría su brillante cárcel por la libertad del campo en que tiende
su vuelo?
—¿De suerte que no volverías tú á la ciudad? ■.
—¡Oh, nó!
—Entónces, no quieres tú salvar á Jesús de los peligros que le
amenazan.
— ¡Que no quiero! Pero explícate, porque no te comprendo.
—Fácilmente me entenderás. Vuelve tú á la casa que dejaste;
vuelve á tu antigua vida.
En el rostro de Magdalena se pintó el horror en su expresión
más viva.
—Solo así, con esa condicion, cesará la persecución que va á em­
pezar cruda y encarnizada contra Jesús.
Magdalena quedó atónita por algunos instantes, porque no com­
prendió la extraña proposicion del hermano de Koboan.
Este tenia el ódio, no ya con Magdalena, sino más bien eon el
Maestro, que le habia privado del placer de completar su ven­
ganza.
La conversión de Magdalena era uno de los milagros que ma­
yor sensación produjeron en toda la Judea, y lo que más princi­
palmente fijó la atención del pueblo en el hombre que se le pre­
sentaba revestido de un poder, que solo viniendo del cielo podia
concebirse y explicarse.
Volviendo Magdalena á su casa y á su antigua vida, el mila­
gro de su conversión quedaba nulo, y desacreditado para el pue­
blo el-poder de Jesucristo.
Esta era la intención de Fasael.
Magdalena no lo comprendió, pero tuvo bastante fé para desechar
la proposicion en el primer momento, con el horror y la repug
270 MARIA MAGDALENA.

nancia que le causó la idea de volver al camino de perdición que


había abandonado.
— Ya ves cuán en tu mano está, y cuán sencillo es el librar á
Jesús del furor que contra él va á desplegarse— dijo el judío.

—No comprendo, Fasael, el objeto de tu extraña proposicion.
— Si no tienes medios para volver á presentarte con el fausto que
antes te rodeaba, yo te los daré para brillar como nunca hayas
podido brillar.
— ¡Oh! Calla, calla, Fasael; eso es imposible.
—¿Por qué?
— Con esa condicion, nunca salvaría yo la persona del Maestro.
—Entonces no le amas.,
—Dejaría de amarle haciéndo lo que tii dices; ni su amor acepta­
ría un sacrificio contrario á lo que Él enseña.
—Esa es, pues, la condicion.
—En vano la presentas.
— Tu negativa puede ocasionar la muerte misma de Jesucristo,
—¿Qué profieres?
— Su muerte,—replicó Fasael con terrible acento.—¿Qué de­
cides?
— Que ni aun para hacer un bien á la persona del Maestro, em­
plearé jamás medios que Él reprueba y que repugnan su amor y
su doctrina.
Fasael comprendió la inflexibilidad de María en este punto, y
se alejó de ella, enconado doblemente el ódio que sentía contra
Jesús.
CAPÍTULO X X V .

La resurrección de Lázaro.

En vano Magdalena siguió algunos pasos al hermano de Ro-


boan llorando y suplicándole, y ofreciendo su vida en cambio de
la promesa de no perseguir á su amado Maestro.
Fasael se hizo sordo á estos clamores de Magdalena.
La conversión de ésta era la obra de Dios; el intento de Fasael
era el espíritu del demonio que pretendía destruirla, y el hermano
de Roboan huia sin escuchar á Magdalena, como huye al cabo el
demonio de la virtud que no ha podido vencer.
María continuó con mayor ansiedad y mas temerosa aún, el ca­
mino de Jerusalen.
Llegado que hubo á la ciudad, buscó por todas partes á los dis­
cípulos de Jesús, á fin de saber dónde estaba el Maestro, para darle
aviso de la trama que en su contra se urdía.
Encontró por fin á uno de ellos, á quien dió cuenta de lo que
sucedía; y el apóstol respondió:
—Gracias á tí, hermana, en nombre del Maestro, por tu viva so­
licitud; pero nada temas por El.
—¿Cómo no he de temer?
—El Maestro no ignora lo que contra Él se está maquinando, y
372 MARÍA MAGDALENA.

por ahora nada podrán sus enemigos, porque dice que no es lle­
gado el tiempo de entregarse á ellos. Así, hoy ha partido de la ciu­
dad, acompañado de dos de sus discípulos, con dirección á Galilea,
adonde iremos á reunimos los demás, para seguirle en su predi­
cación. Nada temas, pues, hermana, por el Maestro que hoy está
libre de los enemigos de la ciudad.
Separóse María del apóstol, tranquila por entónces, y volvió á
su casa, donde dió cuenta á sus-hermanos de lo que había ocurrido.
Oía Marta con religiosa atención, y Lázaro no estaba ménos
atento; pero la fisonomía de éste tenia tal inmovilidad, y estaban
sus ojos tan apagados y tan perdido el color del rostro, que Magda­
lena que lo observó le dijo:
—¿Pero qué tienes, hermano mió, que miro tu cara como de
hombre que está enfermo?
—Enfermo me siento en verdad.
Las dos hermanas se sobresaltaron, porque la salud de Lázaro
había sufrido recios embates, y no era fácil que resistiera otro su
quebrantada naturaleza.
Esto lo conocieron sus hermanas.
Por tal motivo, se sobrecogieron de temor cuando vieron en él
síntomas de otra enfermedad, y este temor subió de punto á los po­
cos dias de hallarse Lázaro en el lecho. ,
Su enfermedad' se agravó rápidamente, y la postración completa
de sus fuerzas físicas, como asimismo la debilidad de la voz, la falta
de aliento, la mirada triste desús ojos y la desanimada expresión
de todo el rostro, señalaban los dolorosos progresos del mal.
María y Lázaro adoraban en su herma,no.
Considérese el grado de su ardiente cariño, unido al espíritu
de caridad que los animaba, y comprenderá hasta qué punto se
agitaba, y discurrían medios que devolviesen la salud al en­
fermo.
La familia de Láüaro, por su posicion, estaba relacionada, como
lo hemos visto en vida de su padre* con lo más distinguido de la
ciudad.
MARIA MAGDALENA. 273

Esas relaciones las heredó el hijo y las sostuvo asimismo, no


siendo ménos digno que el padre de ser estimado por sus vir­
tudes.
Pero u n acontecimiento vino á interponerse entre la familia de
Lázaro y las personas de alta clase de la ciudad, enfriando su amis­
tad hasta el punto de quedar, sino rota bruscamente, tan helada
que bien podía darse por concluida; sino por él, que seguía siendo
el mismo con sus amigos, por sus amigos, que habían dejado de
ser lo que eran para él.
Este suceso filé el convite dado á Jesús en aquella casa, y las
visibles muestras que daban, no solo María, sino que asimismo L á­
zaro y Marta, de haberse afiliado á la bandera que tremolaba la
divina mano del Maestro.
En aquellos días, pues, de grave tribulación, la casa de Láza­
ro estaba desierta de los amigos poderosos de la ciudad.
En cambio la llenaban constantemente las gentes de la aldea,
y su consuelo suplía en verdad por completo al alivio que por aquel
motivo les negaban los demás.
Fué naturalmente preciso llamar los auxilios de la ciencia.
Esta se hallaba en a cuella época, como todas las demás cien­
cias, en poder de la clase alta, y á ella pertenecían los hombres á
quienes forzosamente había de pedirse la medicina para el en­
fermo.
No pocos de estos se negaron hasta á visitarle, y los que se pre­
sentaron fueron de mala gana y con visibles muestras del ningún
interés que el enfermo les inspiraba.
María estaba en todo esto, y comprendiendo el abandono de su
hermano, se postró en el suelo elevando las manos, é invocando
el nombre de Jesús en fa^or del desvalido Lázaro.
Los sábios rabinos, que oyéronlas exclamaciones de Magdale­
na, se'irritaron al último grado, y separándose de la cabecera del
enfermo, dijeron:
—Pues invocas el nombre y él poder celestial de tu Profeta
para que sane á ta hermano, demás está aquí nuestra ciencia» y
274 MARÍA MAGDALENA.

son inútiles los auxilios que le prestemos. Que le sane Jesús, que
donde está su poder no hace falta nuestra ciencia.
Esto dijeron, y abandonaron la estancia.
La incredulidad y el orgullo salieron con los rabinos de aque­
lla casa, en donde quedaron la, fé y la humildad como compañe­
ras y asistentes del enfermo.
—Sí, le sanará, profirió Magdalena con la ardiente fé que tenia
en Jesucristo,—porque yo se lo rogaré, y su bondad atenderá á
mi ruego.
Y acto continuo se levantó del suelo, cogió un pedazo de per­
gamino, y escribió en el:
— Señor, el que amas está enfermo,
Nada mas escribió María en el pergamino.
En seguida se dirigió á un arca cerrada del aposento de su
hermano, la abrió, cogió de ella una cantidad de monedas de pla­
ta y llamó á uno, el mas diligente y avisado de los criados de la
, casa.
" —Mira, le dijo al criado; en este papel llevas la salud, la vida de
/m i hérjnano, si lo entregas en muy breve tiempo á Jesús.
—Dime donde se halla, que parto al momento en su busca.
Encontrarásle en Galilea; búscale, que allí le hallarás. Toma
estas monedas para que no te detenga necesidad alguna en el ca­
mino, y parte volando.
El criado salió, y Magdalena volvió á la cabecera de Lázaro, á
quien dijo:
—Hermano mío, el que te ama va á saber en breve que estás
enfermo; el vendrá á sanar tu mal;, confía en él.
La enfermedad de Lázaro progresaba por horas, por minutos.
El acongojado pensamiento de Magdalena seguía en alas del
afan del corazón al mensajero que habia enviado á Jesús, recor­
riendo con él las villas y lugares de Galilea hasta encontrar ai
Maestro.
Pero se pasó un dia y otro día, y ni el mensajero volvía, ni
se tenia noticia alguna del paradero del Maestro* y Lázaro, agra­
MARÍA MAGDALENA. 278

vándose más y más cada momento, se acercaba rápidamente al


término de la vida.
Magdalena sufría una angustia que no tiene descripción
posible·
—¿Cómo se comprende,—decía,—:¡ue no esté aquí'el Maestro,
ni haya vuelto el homlbre que le envié? No puede atribuirse más
que á una sola causa: á que no le haya encontrado tan pronto. ¡Y
solo en Él está la medicina para mi hermano! Los hombres de
ciencia de la ciudad no la tienen, nó; ¡y aún cuando la tuvieran,
serian bastante crueles para negársela! Solo en tí, mi amado
Maestro,—exclamaba con el fervor y la fé de un alma creyente y
dolorida,—está la medicina qne ha de sanar á mi hermano. Yo te
ruego, Señor, que se la concedas y vengas á dársela. Si el mensa­
jero que te envié no te halla, haz porque te encuentre; tú puedes
porque nada es negado á tu poder, y tú sabes que Lázaro está en -
fermo, y que un su criado te busca, porque nada se puede ocultar
á tu ciencia; y tú vendrás á sanarle porque miras su mal y ves el
dolor mío, y sabes cuánto te amamos, y tú bondad no se hace sor­
da al tormento de los que te aman.
De esta suerte clamaba la atribulada Magdalena.
Pero las horas y los dias pasaban, y el Maestro no se presenta­
ba ni volvía el mensajero.
María y Marta se hallaban junto al lecho de su hermano, y ésta
le dijo á aquella: '
—Veo, mi hermana, que Lázaro se muere.
—Nó, no morirá,—replicó María.
—Mira sus lábios inmóviles y descoloridos.
—No morirá,—repitió María, cuya fé en el'Maestro no quebran­
taban ni las señales ciertas de la muerte.
—Observa la mirada fija de sus ojos vidriados.
—No' morirá.
—Contempla -su rostro, que ya es de cadáver.
—No morirá.
—¡María! gritó Marta, Lázaro ya no alienta.
276 MARÍA MAGDALENA.

—¡Oh!—exclamó Magdalena, inclinando su Tostro al rostro- dé


su hermano.
María ya no se levantó de a]lí.
Los que estaban presentes la apartaron.
Lázaro había exhalado el último aliento.
B1 golpe que sufrió María, fuó tanto de sorpresa como de do­
lor; no pudo resistirle y cayó desmayada á la cabecera del di­
funto.
La muerte de Lázaro se supo inmediatamente en la ciudad.
Los antiguos amigos de la casa sabían las expresiones de María,
que confiaba en que Jesús le salvaría, y al ver fallida sU esperan­
za, se regocijaron en extremo.
Algunos tomaron con esto motivo para presentarse en la casa
mortuoria, no para alivio de una'familia de cuya amistad se ha­
bían separado, sino con el objeto de debilitarla en la fé que tenia
puesta en Jesús.
Entre aquellas familias, de antiguo relacionadas con la de La-
zaro, se encontraba la de Roboan.
Recordaremos que éste asistió en tal calidad al entierro del pa­
dre de Magdalena.
Fasael, sabedor de todo lo que ocurría, hizo valer ese título y se
presentó en la casa.
Su propósito era ver á María.
Esta se hallaba profundamente afligida.
—He venido á esta casa, María, cumpliendo con un deber de an­
tigua amistad entre nuestras familias, que no han dejado nunca
de acompañarse en casos como este.
—Yo te doy.gracias por ello, Fasael,—profirió María con lágri­
mas en los ojos.
—Gran desgracia es la vuestra.
—La más grande que podia venir sobre esta casa.
—Y es más sensible, porque ciertamente no la esperábais.
—No en verdad. ¿Quién espera que la muerte venga á arreba­
tarle,un sér querido?
MARÍA MAGDALENA. 277

—Y ménos en esta ocasión en que le creíais tan salvado por el


poder de Jesús.
Magdalena miró á Fasael, sin saber al pronto qué sentido dar
á sus palabras; si el de la intención de burla ó el del sentimienio
sencillo de lá amistad.
—Ya ves que no ha sucedido así...—añadió el judío, ya con más
marcado acento.
Magdalena no encontró al pronto palabras con que responder.
—Creo que despues de lo que has visto, tu fé será ménos
grande....
—Es la misma.
—La misma, ¿y estás viendo cadáver á tu hermano?
—Nada tiene que ver la muerte de Lázaro con la fó en el Maes.
tro. Lázaro era mortal, como lo somos todos, y habia de morir.
—Pero Jesús es profeta, según tu Dios, y tiene el poder del cie­
lo y pudo librarle de la muerte y no le ha librado. Tú se lo pediste.
—Es cierto.
—Ves, pues, qué no lo ha hechp; y no lo ha hecho porque no ha
podido ó no ha querido. Si no ha podido, no es Él el profeta ni el
Mesías; si no ha querido, es que no te ama á ti, que se lo has rogado.
—O bien que mis merecimientos no han sido bastantes para al­
canzar su favor.
—Perseveras en la fé que en él pusiste?
—En ella moriré.
—¿A pesar del ejemplo contrario que estás viendo?
—Yo creo en Jesús, vivo ó muerto mi hermano.
La perseverancia ds Magdalena tenia á Fasael asombrado.
Ante esa actitud firme y resuelta, creyó inútil seguir en su
propósito de apartarla de la fé de Jesucristo, tomando pié de lo que
acababa de ocurrir, y que Fasael creyó motivo bastante para desa­
creditar á Jesús, haciéndole perder el prestigio que en aquella casa
gozaba.
Pero el amor de Magdalena al Maestro no estaba sujeto á mu­
danza por motivo alguno, y Fasael la dejó en. su aposento, como
m MARÍA MAGDALENA.

la dejó aquel otro día en el camino de la aldea á la ciudad, perdida


toda esperanza de separarla de sus arraigadas creencias.
No se había pasado mas que un dia de la muerte de Lázaro.
El cadáver se hallaba todavía en la casa.
Fasael pasó al aposento donde estaba el difunto, rodeado de va­
rios de la aldea y otros de la ciudad, que habían acudido con un
motivo parecido al que había llevado Fasael.
Este se acercó al cuerpo inanimado de Lázaro, y después de ha­
berle contemplado un instante, profirió:
—Bien muerto está.
—Y tanto, dijo alguno de los amigos de la ciudad.
El entierro estaba dispuesto para aquel dia.
El cadáver de Lázaro fué conducido al huerto de su propiedad,
donde descansaba el cuerpo de su padre. Junto á la sepultura de
Cyr, en la misma roca, se abrió el sepulcro de su hijo.
Formaban el cortejo fúnebre cuantos habían acudido á la casa
mortuoria.
Todos presenciaron la'colocacion del cadáver en la sepultura.
Enterrado quedó Lázaro, y María y Marta volvieron á su casa,
acompañadas de las mismas personas qué habían ido al en­
tierro.
Los amigos de la ciudad se despidieron, sin escasear palabras
de doble sentido, cuya intención mortificó más á Marta que á María,
en quien por nada que viera ni oyera se debilitaba el sentimiem o
profundo de su amor á Jesús y de su fé en Él.
Cuatro dias se han pasado del entierro de Lázaro, y nada aún
se sabia de Jesús ni del hombre que habia salido en su busca.
—¿Pero cómo se comprende esto, María?—exclamaba la triste
Marta.
—No puedo responder á tu pregunta , mi querida hermana, por­
que la mente se pierde cuando se propone penetrar en esta especie
de arcano.
—¡Qué desoladas quedamos, hermana!—exclamó Marta triste-
monte,—No nos queda un solo amigo en la ciudad, y las gentes
MARÍA MAGDALENA. 279

de la aldea, que no ven ya en esta casa la figura de Lázaro, pa­


san y la miran sin entrar en ella.
—Busca, hermana mia, en tu pensamiento su compañía cuan­
do no le ves á tu lado, y jamás te hallarás sola.
Esto dijo María, que constantemente estaba acompañada por el
recuerdo del Maestro y que en verdad no sentía su soledad ni el
abandono de los demás.
De esta suerte platicaban las dos hermanas al cuarto día del en­
tierro de Lázaro, cuando oyeron pasos precipitados de alguno que
se acercaba á la habitación donde se hallaban.
Un hombre penetró en ella.
María y Marta lanzaron un grito.
El hombre era el mensajero que habia salido en busca de
Jesús.
—¿Y el. Maestro?—'preguntóle en seguida María con vivísima
ansiedad.
El hombre no pudo responder.
Venia sudoroso y jadeante de la precipitada marcha que traia,
s
y haciendo solo un ademán para indicar el estado en que se halla­
ba, se dejó caer en un sitial del aposento.
Apénas el criado habia tenido tiempo para respirar, volvió á
preguntarle Magdalena.
—¿Y el Maestro?
—Dos horas escasas le llevo dé ventaja en el camino—respondió
el hombre limpiándose el sudor que bañaba su frente.
—¡Ah!—exclamó Magdalena con alegría.
“¿-Mandóme adelantar para que os anunciara su llegada, y en
breve le vereis.
—Tarde llegará—profirió Marta con triste y desconsolado acento.
—El Hijo de Dios no puede nunca llegar tarde á esta casa,—re­
puso María.
—¿Tarde dices?—profirió el hombre.
—¡Lázaro ha muerto!—dijo María.
— ¡Bien lo temía yo!—exclamó el hombre,
280 MARIA MAGDALENA.

—¿Cómo ántes no -has vuelto?—le preguntó Marta.


—Porgue no estaba en mi mano el volver tan presto.
—¿Cuándo encontraste al Maestro?
—Apénas me hallé en Galilea.
—¿Y le diste en seguida el pergamino que lleva.bas para El?
—¿Podía yo tardar en dárselo?
—¿Y qué te dijo?
Todas estas preguntas las hacia Marta. .
—Díjome si prefería volverme sólo ó en su compañía: yo respon­
dí que seria gran dicha para mí el volver con Él, á lo que me dijo:
— Sígneme, pues. — Y en lugar de venir háciaacá, d o s internamos

más en la Galilea, donde hemos pasado estos dias, Él predicando, y


yo siguiéndole como me había mandado.
—En tanto Lázaro se agravaba más y más, hasta que al fin ha
muerto,—profirió Marta tristemente.
—Hermana mia,—interrumpió Magdalena.;—el Maestro recibió
á tiempo nuestro mensaje, y no ha venido al instante, y Lázaro
ha muerto, es verdad; pero no toca á nosotras penetrar en sus in­
tenciones; sus designios son los de Dios, y nosotros, que no -hemos
de comprenderlo, debemos sólo resignarnos á ellos.
Esta reconvención de María, aunque hecha dulcemente, selló
los lábios de Marta á toda palabra que pudiera envolver el sentido
de la queja ó del descontento.
Siglos, que no horas, fueron para María las dos que pasó aguar­
dando el momento devolver el Maestro.
Como en aquella otra ocasion en que había de llegar acompa­
ñado de Lázaro, que le había convidados 1 © esperaba también esta
vez asomada á la ventana, y sin desviar la vista del-punto por don­
de había de llegar.
Al divisarle, María exclamó con inefable gozo:
^ ¡ Y a está aquí! '
Y se lanzó á la puerta, seguida de su hermana*
Salió'corriendo á la calle, y yendo al encuentro de Jesús, se ar­
rojó á sus piós llorando por la muerte de su Lázaro»
MARÍA. MAGDALENA. 281

■—Si tú estuvieras aquí no habría muerto mi hermano,—profirió


Magdalena, pero no en son de queja, sino con el acento de la pro­
funda fé que tenia en el poder celestial de Jesucristo. ,
El Maestro la levantó cariñosamente del suelo y entró en la casa.
La gente que vió á Jesús en la calle y otros de la aldea que
supieron de su llegada, acudieron todos á la puerta de la casa.
Allí Marta se postró á sus plantas, rogándole con el más gran­
de dolor que les restituyese al hermano que habían perdido.
María, inflamada por el mismo sentimiento, de su hermana,
unió sus ruegos á los ruegos de ésta, postrándose nuevamente álos
piés del Salvador.
Enternecido y obligado por el vivo pero ya amargo llanto de
las dos hermanas, el Maestro dispuso ir al huerto en donde estaba
Lázaro enterrado.
Siguiéronle Marta y María, y acompañóle asimismo toda la gen­
te que estaba agrupada á la puerta, presintiendo que iba á ver un
gran milagro.
Llegado que hubieron al sepulcro de Lázaro, Jesús mandó qui­
tar la losa que lo cubría.
Dos hombres, salidos de entre la multitud que allí habia acu­
dido, se precipitaron á cumplir la órden del Maestro, y quitaron la
pesada piedra.
Jesús se acercó, apartó la sábana que cubría el cuerpo de Láza­
ro, y el cadáver quedó expuesto á la vista de los circunstantes.
La naturaleza de la enfermedad de Lázaro había ido consu­
miendo los jugos de su cuerpo, demacrándole al propio tiempo*
hasta dejarle casi con la piel y el hueso, y esta circunstancia im_
pidió la corrupción del cadáver, que conservaba toda su forma sin
alteración apénas en sus facciones.
Los que allí estaban presentes, le miraban sin apartar la vista
más que para fijarla en el rostro de Jesús, que le contemplaba tam­
bién.
El silencio que allí reinaba én aquellos momentos erá comple­
to, verdaderamente sepulcral.
282 MARÍA MAGDALENA.

Nadie se movía, apénas nadie respiraba, pendientes todos de


una acción, de una palabra del Maestro.
Marta y María estaban á su lado, inmóviles también, esperando
el resultado de aquel momento supremo.
Al cabo de algunos instantes, Jesús habló y dijo:
— Levanta, Lázaro: en nombre de m i p a d re, yo ie lo ordeno.
El cuerpo inanimado, que estaba tendido en el sepulcro, mani­
festó de repente en el rostro las señales de la vida; Lázaro abrió
los ojos, y como movido pausadamente por un resorte, empezó á
levantarse. ,
Una expresión de sorpresa que -no se puede describir se pintó
en el semblante de todos.
Cien ojos contemplaron los primeros movimientos del muerto;
pero no vieron más; cubrióles la nube del asombro, y cuando esta
nube pasó, miraron ya á Lázaro lleno de vida y de salud entre las
gentes que pocos momentos antes le habían contemplado muerto.
Lázaro se arrojó á los piés del Salvador, Marta y María se pos­
traron también, bañando con el llanto de la gratitud las plantas
del Maestro, y un cántico de ¡Hossanna! gloria al Hijo de Dios,
hendió los aires, salido de los lábios de la alborozada multitud.
— Pues que me habéis pedido vuestro herm ano , aquí lo teneis ; — ■
dijo el Maestro.
Y se alejó solo del huerto, no queriendo ser objeto de la ovacion
que aquella gente le preparaba á su vuelta á la aldea.
Lázaro y sus hermanas se abrazaron, formando por espacio de
algunos momentos un grupo que no podía contemplarse sin sen­
tir humedecidos los ojos por la ternura que brotaba el corazon á
la vista de tan conmovedora escena.
Lázaro fué acompañado á su casa en medio de las aclamaciones
de todos, en las que se mezclaba constantemente el nombre de
Jesús.
Aquellos instantes fueron los más felices que Magdalena tuvo
éii toda sü vida;
El triunfo del poder celestial del Maestro, patentizado por taii
Resurrección de Lázaro.
MARÍA MAGDALENA. §83

sorprendente milagro, era á la vez el triunfo de la perseverante fé


de María en Jesús, sobre la impía incredulidad de cuantos habían
ido á su casa para burlarse de su amor y de su creencia y desacre­
ditar la virtud poderosa del Divino Profeta.
Losf enemigos de Jesús no podían ménos de doblegar la frente
ante tan gran portento, y la alegría de Magdalena al considerarlo
era inmensa, porque su amante corazon, si sufria sintiéndose pro­
fundamente herido por todo lo que tendía á rebajar la alta figura
de su querido Maestro, se ensanchaba en inefable é inmenso gozo
cuando veia obligados'á sus propios enemigos á considerar la
eficacia de su virtud y su palabra.
La resurrección de Lázaro se celebró con una ñesta dispuesta
por Magdalena.
Se puso en la casa una gran mesa capaz para todos los pobres
y necesitados de la aldea, cubierta de corderos, aves y frutas, con­
vite que presidió el resucitado Lázaro, y sirvieron María y Marta,
haciéndose ellas criadas de los pobres.
A la mente de María asaltó en aquella ocasion el recuerdo de
otros convites que habia dispuesto y dado en su casa de Jerusalen;
su memoria se apartó con horror de aquella mesa donde reinaba el
fausto presidido por la disolución, y sus ojos se fijaron en la mesa
que tenia delante, donde reinaba la caridad honrando la pobreza.
CAPÍTULO XXVI,

Sahara llora su desgracia.

El milagroso hecho de la resureccion de Lázaro, no podia pasar,


desapercibido.
El milagro era tan grande y maravilloso, que por sí solo basta­
ba á llenar con su fama la Judea de un confin á otro confin.
Y si se añade á esto que la persona en quien se habia obrado
era de calidad, conocida en la ciudad por las principales familias,
algunas de las cuales habían asistido representadas por individuos
de su seno al entierro y funerales, y habían visto á Lázaro muer­
to, se comprenderá que la nueva del milagro, al llegar de la al­
dea á la ciudad, la recorriera toda con la rapidez del rayo.
El primer efecto que hizo fué el de una gran mentira echada
á volar por los enemigos de Jesús.
Pero este efecto no tardo' en quedar destruido por la evidencia
del hecho que patentizó la presencia misma de Lázaro vivo y sano
como nunca habia estado.
Este milagro acabó de exacerbar los ánimos de los enemigos de
Jesús.
Concertáronse para perderle los fariseos sacerdotes y prínci­
pes de los judíos.
MARÍA MAGDALENA. 285

Por demás está decir que en este concierto entraba Pasael.


Este filé el primero que promovió una reunión con este objeto
en la casa del vecino de Magdalena; por la clase á que su familia
pertenecía, tenia derecho á mezclarse en los planes de aquellos á
quienes principalmente atacaba la doctrina de Jesús, que, dirigida
á establecer el reino de la justicia y á hacer brillar la humildad y
la mansedumbre en la tierra, tendía á derribar todo poder fundado
en la iniquidad y sostenida por la soberbia y el orgullo. Conocíase
además á Fasael como el más encarnizado enemigo del Maestro, y
este era su mejor título para ocupar un lugar preferente entre los
concertados para perderle.
Que se tramaba un gran complot contra el Maestro, lo sospechó
Magdalena por el mismo Fasael.
Encontróle en la ciudad algunos dias despues de la resurrec­
ción de Lázaro.
El judío hubiera evitado el encuentro con María, cuyo triunfo
le mortificaba mucho, pero la halló de manos á boca y sé detuvo
á hablarla.
—Muy satisfecha debes estar con haber recobrado á tu hermano
muerto. Más justo fuera en verdad que pidieras por la resurrec­
ción del mío,' á quien el arma vil de tus traiciones y perfidia quitó
la vida.
Magdalena se sintió profundamente-herida por estas palabras, y
dijo con grande humildad.
—Razón tienes, Fasael, en hacerme el daño que en verdad me
hace ese triste recuerdo: la parte de culpa que fué mía en aquel
desgraciado suceso, no deja un momento de pesar sobre mi corazon;
yo lloro la desgracia de Eoboan, y ruego á Dios que tenga piedad
de su alma, como te ruego á tí, su hermano, que me perdones
por él.
—Jamás podré perdonarte.
—A quien no perdona aquí, Dios allá no le perdona..
—Yo te perdonára y fuera tu amigo con la condicion que ya
sabes.
m MARÍA MAGDALENA.

—Eso es imposible.
—No esperes entonces clemencia alguna de mí. Dia vendrá, ' y
no está lejos, en que te arrepientas: yo te lo digo, María; ¡ay de
ti, y ay de tu Maestro tan amado!
Pasael dejo á Magdalena con la comezon de saber los planes
que se tramaban contra Jesús.
Fácil la fuera esto en otra ooasion, siendo como era tan exten­
so el número de familias que entraban en el indigno concierto.
Pero por un lado, la adhesión de María á Jesús era demasiado
pública para no ser sospechosa, y por otra parte, ya sabemos que
no conservaba las antiguas relaciones de su casa.
Ocurrióse entonces á María probar otro medio.
El padre de Sahara era fariseo.
La hija era posible que supiera algo y si no lo sabia, la pediría
Magdalena que averiguase lo que ésta necesitaba saber. .
Con este motivo fué María á verla.
El casamiento de Sahara con el hombre que tanto la amaba, se
efectuó' al dia siguiente de su reconciliación en casa de María.
Esta debía suponer á Sahara feliz, y mas feliz aún á su marido,
y ambos naturalmente deudores á ella de su dicha, y adictos á la
persona del Mesías, por cuyo espíritu de caridad había obrado Mag­
dalena.
¡Pero cuál fué su sorpresa cuando al llegar á la presencia de
Sahara, en lugar de ver en ella á la mujer feliz, vid la mas desdi­
chada de las mujeres!
Sahara se hallaba sola en un apartado aposento de su casa, gi­
miendo y llorando amargamente.
—¿Qué es eso Sahara, qué te sucede? ¿Como te encuentro ver­
tiendo lágrimas cuando creía hallarte con la sonrisa en los lábios?
Dime, te ruego, qué males son los tuyos,—profirió Magdalena.
—¡Ah! María, mis males son los más tristes que pueden venir
sobre una mujer.
—¿No te ama tu marido? *
—Sí,
MARÍA MAGDALENA. 287

—Pero tú no le amas á él... ya entiendo.


—Oh, no es eso; le amo con toda mi alma.
.—¿Y tú marido es también desgraciado?
—Más, si cabe, que yo lo soy.
—No entiendo en verdad lo que entre vosotros pasa; sois jóve­
nes, no estáis enfermos, os amais, os poseeis y sois infelices. ¿Qué
puede causar vuestra desdicha?
—Oye, María,—profirió Sahara,—lo que á tí solo voy á confiarte
en éste momento en que nadie sabe todavía mi desgracia, ni mi
mismo padre.
—Habla, que ya te escucho.
—Tú sabes el amor grande de mi marido ántes de hacerme su
esposa.
—No lo concibo más grande en corazon de hombre por una
mujer.
—Pues bien, á los pocos dias de nuestra unión, descubrí en él
una trizteza constante y profunda que asomaba & su rostro en la
mirada sombría de sus ojos y hasta en la misma sonrisa de sus la­
bios. Él se esforzaba en disimular esa tristeza, pero el menor ges­
to, la menor palabra le descubrían, y sobre todo su expresión era
constante en su rostro. Yo le pregunté varias veces, pero siempre
me negó que estuviera triste. Hasta que hoy...
Sahara se interrumpió llorando amargamente.
—Modera tu sentimiento y prosigue, Sahara, dímelo todo, y ten
presente que por grandes que sean las tribulaciones de la vida, lo
es más la misericordia del cielo para aliviar á los que sufren.
Sahara procuró dominar un pesar profundo que la privaba de la
palabra, y continuó:
—Hoy se ha levantado al rayar el dia; ha sacado del bolsillo
de su topa un pergamino que dejó encima de esa mesa, ha vuelto
á mi lecho, ha impreso un ósculo de su amor en mi frente, y me ha
dicho í
~—El Señor Dios quede contigo y te acompañe por siempre,—y
déspues de pronunciar estas palabras se ha marchado,
288 MARÍA. MAGDALENA.

~~¡ Se ha marchado!,.
—Sí, se ha marchado,—profirió Sahara con gran desconsuelo.
—¿Pero adonde?
—Adonde, no lo sé; pero sé que se marchó para no volver,—dijo
Sahara, dando rienda suelta al llanto de su dolor inmenso.
—¡Para no volver!
—¡Nunca!
—Mas qué motivo...
Sahara llevó la mano al citado pergamino, y lo presentó á
Magdalena.
Estaba escrito de propio puño del marido de Sahara, y este era
su contenido. -
«Losfuertes golpes no matan el amor verdadero; pero le Me­
joren como de muerte.
«De muerte está herido el amor mió.
»En mi corazon nació como semilla arrojada en él por tu be -
»lieza, que fecundó haciéndola brotar como lozana planta, el sol
»de sus hermosos ojos.
»Pero al tallo de la planta llegó un gusano vil.
«En su corazon se introdujo, y royéndola, la hizo enfermar.
»Y su tallo perdió la frescura, y sus hojas el verdor, como
»pierde el color rosado de la salud el rostro del cuerpo minado por
»oculta enfermedad.
»De muerte está herido el corazon mió.
»Yo te amé, y tú respondiste á mi amor.
»Y cuando más contenta estaba mi alma con tu correspondeh-
»cia, diste oidos á las palabras de otro hombre.
»Los celos fueron el gusano roedor que se introdujo en el tallo
»de la ñor lozana del amor mió.
»El gusano no llegó á matar las raíces; pero dañó el tallo, y la
»flor apareció triste, porque sufría oculto dolor.
»La nube de los celos se desvaneció á la luz brillante de tu mi*
»rada cuando de nuevo lá fijaste en mL
»Nueva aurora de un hermoso día sonrio á la flor del amor mió.
MARÍA MAGDALENA. 289

»Yo nunca dejé de amarte, y te hice mi esposa.


»Los goces dulces del a,mor embriagaron mi alma y adorme­
ciero n recuerdos tristes.
»Su amargura era menor que la dulzura de tus encantos.
»Pero la dicha pasa más fácilmente que el dolor.
»Cuando la dicha ha pasado, nada deja en pos más que un
»recuerdo que se desvanece.
»Cuando el dolor ha cesado, deja una huella que no se borra
»si aquel ha sido verdadero.
»Las huellas del dolor son semilla que queda en el corazon, y
»de la que á menudo vuelve aquel á brotar.
»Las semillas de mi dolor han quedado en el corazon mío.
»Yo te amé, te amo y te amaré hasta la muerte.
»Yo sufrí por tí, sufro y sufriré hasta la muerte.
»Yo te perdoné tu falta, pero no puedo olvidarla.
«Como no puedo dejarte de amar.
»Como no puedo dejar de sufrir el dolor de aquella falta tuya
»conmigo.
»Porque las huellas del dolor son. semilla que queda en el co-
»razon, y esa semilla ha vuelto á brotar en el mió.
»Con el.placer de tenerte á mi lado y llamarte mi esposa, se
»adurmió mi pena; teniéndote á. mi lado, y siendo tú mi esposa,
»ha despertado otra vez.
»Ya no hay esperanza de que vuelva á adormirse, porque tu
»amor pra el solo bálsamo que podía aliviarle, y gozando de tu amor
idiíi vuelto á aparecer.
»Entre tu persona y la mia se levanta una sombra.
»Esa sombra es la del hombre que mereció tus favores.
»Hoy le despreciasj yo lo sé.
»Pero ayer le amaste, y yo lo sé también.
»Hoy me amas á mí, yo lo sé.
»Pero ayer dejaste de amarme, yo lo sé también.
»Y esa sombra 110 se desvanecerá.
»Porque brota de la propia mente y está en el pensamiento mío.
-37
290 MARIA MAGDALENA.

»Yo soy desgraciado y he de serlo.


»Conmigo te alcanzaría á tí mi desgracia,.
»Léjos de mí puedes ser feliz.
»Yo te amo y quiero tu dicha, al resignarme á, mi infelicidad.
»Me separo de ti para siempre.
»Nunca volverás-á verme.
»Si no hubieras vuelto á amarme, yo habría muerto (le dolor.
»Aquella muerte que me pareció tan amarga, hubiera sido mejor',
»para mí, que ésta vida que creí seria tan dulce,»
CAPÍTULO XXVII.

Beconciliacion.

El sentimiento del amor es sin duda el más generoso y á la


vez el más absoluto y el más egoísta.
Que tenga este ó aquel carácter, consiste en la organización
de la persona que lo' siente y en el objeto que lo inspira, y más
que en esto todavía, en la especie; de amor entre los muy diver­
sos en que este sentimiento se divide.
El que tenia á Sahara su marido era tan puro, que en su mis­
ma pureza estaba la imposibilidad de pasar por nada que pudiera
adulterarle.
La organización del enamorado judío no era tampoco de aque­
llas en que el tiempo ó el arrepentimiento de la mujer amada ci­
catrizan heridas de amor: el suyo la recibió muy profunda, y ni en
su memoria estaba el olvidarla, ni podia su corazon curarse de ella.
Magdalena leyó muy atentamente el pergamino, y preguntó á
Sahara: '
—¿Amas tú á tu esposo?
— ¡Oh, sí! Por esta razón, y porque ningún motivo existe boy
que pueda mortificarle, es por lo que me aflige doblemente esta
conducta suya que no alcanzo á comprender.
MARÍA MAGDALENA.

—Él ia explica en este escrito.


—Esa explicación no puede á mí satisfacerme.
—No satisfará tu pecho acongojado, pero satisfará tu razón si re­
flexiona sériamente: Tu marido dice bien claro que se levanta entre
vosotros la sombra de un hombre.
—Que ya no existe para mí.
—Basta para tu esposo que haya ántes existido.
—Es "una triste quimera.
—Las quimeras son aire que aviva la llama entre dos amantes,
y apaga el fuego entre dos esposos. Las faltas de la amante las ,
paga luego la esposa: el amante está siempre dispuesto á perdo­
nar; el esposo á castigar. La posesion de la mujer amada va des­
vaneciendo la nube del deseo que cubre los ojos del hombre, y 110
ve más en ella que el objeto que su corazon codicia;, y cuando esa.
nube se desvanece y los ojos ven claro, entónces recorren otra vez
el camino andado, y al mirar las espinas que tal vez hirieron sus
piés, siente el hombre otra vez el dolor de las punzadas, y se que­
ja de nuevo, y se venga del daño que al parecer había perdonado.
Esto mismo le pasa á tu marido.
La reflexión de Magdalena, cuya clarísima inteligencia pene­
traba sin esfuerzo en el corazon humano hasta sus ’m ás escondidos
pliegues, hizo conocer á Sahara lo que por sí sola no hubiera nunca
conocido, y la hizo por lo mismo comprender la razón de su des­
gracia y la gravedad de faltas que nunca han sido leves en la m u­
jer; porque el corazon del hombre fué siempre el mismo, y la mis­
ma ha sido, es y será la naturaleza del amor.
Con usura pagaba la esposa las liviandades de la amante.
Pero aquello era en cierto modo obra de Magdalena..
La caridad la empezó, y no podía dejarla tan mal concluida.
Exhortó María á la desconsolada Sahara para que hiciera firme
propósito de no volver en su nuevo estado á abrigar el más leve
pensamiento contrario á su decoro, y le inspiró la confianza del
alivio de su pena, prometiéndole que ella misma atraería al mari­
do extraviado al seno de la esposa abandonada,
MARÍA. MAGDALENA. 295

• Antes de salir de la casa de Sahara, Magdalena habló del obje­


to que la habia llevado.
Sahara, que amaba de corazon á María, le prometió averiguar
lo que esta deseaba.
—Hazlo así, Sahara, y hazlo de corazon, y confía en que si tú
sirves al Maestro, su amor no te dejará, abandonada en tus tribu­
laciones.
No poca diligencia costó á Magdalena encontrar al esposo do
Sahara.
Hallóle por fin, le excitó á que explicára-los motivos de su re­
solución, sin manifestarle que ella los sabia, á fin de combatirlos
con mejor éxito, y cuando el judío se hubo explicado, Magdalena
profirió: · '
. —Tú no amas á Sahara.
—¡Que no la amo!
—No; y á, haberlo yo sabido, léjos hubiera estado de apiadarme
de tí.
—¿Te arrepientes de lo que has hecho?
—Me arrepiento como se arrepiente de haber obrado el que cre­
yendo hacer un bien, ve luego que resulta un mal de su obra. Re­
pito que tú no amas á Sahara.
—La amo, Magdalena.
—Quien bien ama, no se venga como tú lo haces; quien, bien
ama es generoso, y tú fuiste cruel.
—¡Magdalena!
—'Sahara gime dolorida en un mar de llanto.
El judío se sintió afectado por estas palabras.
—Es preciso que vuelvas á ella.
E l joven meditó un instante, y luego dijo:
—Éso es imposible.
—Ha de ser.
—Nada conseguiré volviendo á su lado, ni nada conseguirá ella
estando al mió. Yo no puedo olvidar; ya se lo he dicho,
—Sí, se lo has dicho.
294 MARÍA. MAGDALENA.

‘-—Volver con ella seria engañarla.


— Antes la engañaste. .
— ¡La engañé!
— Lo que haces hoy debiste decírselo ayer.
El judío reflexionó en la razón profunda de estas palabras.
— Pero'tú callaste; ocultaste tu designio, y hoy haces lo que ella
no pudo presumir que hicieras. Eso en tí es una iniquidad, para
ella un engaño, una crueldad que la hace sufrir sin culpa.
— Culpa suya es.
— Si lo es hoy, debió serlo para tí antes de implorar su compa­
sión á tu dolor; pero entónces no viste su culpa, y si la viste la
perdonaste; hoy no debes querer ver lo que ayer te ocultaste á tí
mismo.
El esposo de Sahara empezó á manifestarse confundido por las
razones de Magdalena.
Esta, comprendiendo que iba ganando su ánimo, prosiguió:
— Si ella te ofendió amante, y tú olvidaste ó perdonaste su ofen­
sa, ya que quisiste unirte á ella, y 110 te ha ofendido luego esposa,
sino que más bien te ama y te respeta y te venera, ¿como no ha de
ser delito en tí castigar en la esposa, "que no ha faltado, aque­
llo en que faltó la amante y le fué por tí mismo perdonado?
— Razón tienes en lo que dices, Magdalena, y no puedo en ver­
dad negar lo que tan claramente me haces -ver, de la injusticia
mia y la inocencia de mi esposa; pero, ¿cómo haría yo, no estando
ella en mí, para olvidar lo que comprendo que recordar no es justo?
— Dices que eso no está en tí, y padeces en ello error grande;
todo lo que de la razón depende para reprimir las pasiones, está en
la mano del hombre. Procúralo con fé, y yo te fio que lo has de
conseguir. ¿Cómo ha conseguido Sahara olvidar á Cayo Antonio
y amarte á tí? Ingratitud grande la tuya si no tienes esto en cuen­
ta. ¿Cómo pudo ella dominarse siendo mujer, y no puedes domi­
narte tú, que eres hombre? Yo, por mí, te digo' en verdad, que
participo del sentimiento de Sallara, porque á mí también tu in­
gratitud alcanza,.
MARÍA. MAGDALENA. 295

— ¡A. tí! .
— No fuera tanta mi pena sin la parte que en vuestra unión lie
tenido, porque no me creería responsable como me juzgo ahora de
la desgracia de Sahara, á quien he contribuido á hacer infeliz sin
haber logrado hacerte á tí dichoso.
— Yo te pido perdón, Magdalena, por'este agravio, si tal le tienes
conmigo, y te ruego mé digas cómo he de hacer para desagraviar-
te, como con ánsia deseo.
— Vuelve á los brazos de Sahara; tú la amas, ella te ama tam­
bién, y mira lo que te digo: un dia echarás de menos su amor y
su compañía, y ¡ay de tí entonces! porque ella no volverá á abrir
los brazos al hombre que huyo de ella repudiándola sin motivo.
Recuerda ahora lo que por su desamor has sufrido; no quieras ex­
ponerte á sufrir igual dolor de nuevo, que el remedio, si se encuen­
tra mía vez, no tan fácilmente se halla cuando voluntariamente se
ha vuelto á caer en la misma enfermedad. Que medites sobre esto
te ruego yo, que estoy obligada á rogarte así, que conozco tu
daño y veo que vas á sufrirlo más grande. Piensa que Sahara te
espera hoy, y que tal vez mañana ya 110 la hallarás si la buscas.
El judío reflexiono' profundamente sobre todo lo que Magdale­
na le había dicho, y viendo sobre todo la injusticia tan bien pre­
sentada por María, de hacer culpable á la esposa de faltas de la
amante, ya perdonadas, se decidió' á volver á ella, prometiendo
esforzarse en alejar sombras importunas que nublaran el sol de su
felicidad, y consagrarse, á labrar la de la mujer que sé habia con­
sagrado á su dicha.
— Yo te volveré á ella si no te estorba mi compañía.
— Antes al contrario, me servirá para ayudarme á obtener per-
don de mi arrebato.
— Fácilmente perdona quien bien ama, y por perdonado puedes
darte j
Sahara recibid á Magdalena con lágrimas de la mas profunda
gratitud por el bien ya perdido que devolvía á la esposa desolada
la generosa discípula de Jesús.
296 MARÍA MAGDALENA.

Los dos esposos se reconciliaron con el mútuo propósito de


huir toda quimera que pudiera turbar la paz de sus corazones.
Sahara se apresuró entóneos á decir á María:
—La única prueba de mi reconocimiento y amistad que ahora
puedo darte, es el probar que 110 he olvidado, á pesar de mi inmen­
sa pena, el encargo que me dejaste.
—¿Y qué puedes decirme sobre eso?—preguntó María con viva
ansiedad. ' ¡
—Un hombre, que me ha parecido galilao, acaba de venir, y
está ahora hablando secretamente con mi padre. He sospechado que
tratan de Jesús, por alguna palabra que he oido. Si quieres venir
cerca de donde están ellos, será fácil que algo se oiga de lo que
hablan. Ven, que yo te llevaré.
----- Vamos,— profirió Magdalena con indescriptible afan.
Sabara la tomó de una mano y 1a. llevó á una habitación
apartada; -
En aquella habitación había Una puerta que comunicaba áotro
aposento. ' ·./ ' :
En este se hallaba el padre de Sahara, con' e-1 hcnnbro gá­
libo. '- ' ’ ■1
Magdalena se puso á escuchar junto á la puerta:" '
Pero solo rumor confuso heria sus oidos.
Al cabo de un rato, Sahara, que estaba con ella, dijo:
— Vamos, que salen. . .
Las dos mujeres se retiraron al punto más'apartado de la sala.
CAPÍTULO XXVIII.

^Temores.

La puerta del aposento en donde estaba el padre de Sahara se


abrió, y dió paso á un hombre:
Este al salir echó una mirada recelosa á la sala, y al ver álas
dos mujeres, que se habían retirado á un ángulo de la misma,' se
detuvo un punto como sorprendido.
La vista de aquel hombre pro híjo una impresión extraña en
Magdalena.
El hombre atravesó la sala con la cabeza baja, y se dirigió á la
calle.
Magdalena dijo á Sahara:
—Me has dicho que ese hombre ha venido á hablar del Maestro
con tu padre.
—Sí.
•— ¿Pero en concepto contrario á Jesús?
— Sí.
— ¿Estás segura de ello?

—Por las palabras que oí, lo juraría,
m MARÍA MAGDALENA.

— A mí, pues, me parece más bien, que el asunto de que han


tratado ha de ser favorable y no contrario al Maestro,— profirió
Magdalena.
— En eso yerías completamente-
— ¿Por qué?
— Porque no puede ser así. Mí padre es enemigo declarado de
Jesús,— dijo Sahara.
— E l hombre qué ha hablado con él es amigo decidido del Maes­
tro,— replicó Magdalena.
-—¿Lo sabes bien?
— Tal vez le haya reconocido mal... pero no, no; estoy segura
de que ese hombre pertenece á la compañía de Jesús.
“ Yo lo averiguaré.
—-Como asimismo lo que entre ellos se ha hablado, si puedes des­
cubrirlo ,
Én este momento éntró Marcela, la criada de María, á quien
ésta había dicho que fuera á buscarla á casa de Sahara para vol­
ver juntas á, la aldea.
Marcela llegó diciendo á Magdalena.
— No sé qué extraña sensación me produce la vista de ese hombre,
” **¿De quién?
-—Del que acabo de encontrar en la puerta. Yo entraba cuando
él salía.
— ¿Uno rubio?— preguntó Sahara,
— ¿Que parece galileo?— añadió María.
— Sí; la otra vez que le vi me hizo el mismo efecto que hoy.
¿Dónde le viste?— preguntó María.
--\En la calle, el día que tú le llamaste...
<“~Camo discípulo del Maestro.
'■
“«‘Sí.
— ¿Y tú le has reconocido?
^ A l momento de verle.
¿Estás segura que es el mismo?
^ Lo juro.
MARÍA MAGDALENA, m

— También lo juraría yo— profirió Magdalena profundamente im­


presionada.
Despidióse de Sabara encargándola con mucho encarecimiento
que averiguase lo que su padre habia hablado con aquel hombre y
salid con Marcela.
-—Mucho te ha afectado eso, la observó la criada
— En efecto es así. No sé qué presiente mi corazon que se opri­
me de dolor y de tristeza.
— ¿A qué habrá venido aquí ese hombre?
— Es discípulo de Jesús; el padre de Sahara es enemigo declara­
do del Ma,estro y' la conferencia que ha mediado entre ambos no se
explica ni puedo comprenderla, profirió María.
«—Sahara te ha prometido descubrirlo.
— Aguardemos su revelación.
— Tenia de antemano por contraria á la persona del Maestro.
— Calla, Marcela- no hagas malos juicios sin motivo bastante,
— Ya he dicho otra vez y repito ahora que la cara de ese hom­
bre no me gusta.
:— Es discípulo de Jesús.
— Séalo. De tan mala cara no pueden esperarse buenos hechos.
Magdalena cortó aquí la murmuración respecto del Apostol,
pero no pudo desterrar un presentimiento fatal que se apoderó
de su corazon mas temeroso cada momento por lá suerte del
Maestro.
Sahara volvió adónde estaba su esposo.
Éste procuró reparar con las mayores manifestaciones de cariño
la injusticia que acababa de cometer con ella y de que en verdad
se habia arrepentido formando para siempre jamás el propósito de
la enmienda.
Sahara trocó en sus brazos las lágrimas de su amargura por
la dulce sonrisa de su felicidad; pero su corazon echaba de menos
algo que faltaba á su dicha.
¿Sentiría Sahara que el propósito de su esposo no era bastante
sinceró?
300 MAHÍA MAGDALENA.

No podía sentir esto, porque aquel lo había hecho firme y nada


en él indicaba que pudiera quebrantarlo.
* Sahara, no obstante, sentía algo que faltaba á su dicha: su co­
razon experimentaba un vacío por mas que la cabeza no se diera
la razón.
Sahara amaba ya á su marido y le amaba del todo.
Loca había estado antes por el Centurión, pero la pasión por
este no había arraigado tanto, por mas exaltada que fué, como
arraigó en su pecho el amor de su marido.
Cierto estaba él de que la pasión al Centurión, ni era debida­
mente correspondida, ni tenia segura base que la sostuviera; lo
contrario sucedía con el amor de Sahara á su esposo
Le amaba, pues, más, mucho más que había amado al Cen­
turión.
El corazon que ama, sobre todo si es corazon de mujer, se equi­
voca raras veces respecto del motivo que tiene para ser feliz ó des­
graciado.
Todas las apariencias, todas las manifestaciones exteriores del
cariño de la persona amada, no bastan á tranquilizarle si está des­
confiado ó receloso; y corazon que ama y desconfia, motivo tiene
para ello. -
Será este más ó ménos grave, pero su existencia está probada
por el efecto que causa.
Decimos esto en términos que parecerán demasiado absolutos á
quien nó se haya detenido á considerar los fenómenos que constan­
temente presenta el sentimiento.
Quien los haya visto, por más que no se los explique, sabe que
el corazon, cuando ama, es hasta adivino en muchas ocasiones, y
raras veces 6 nunca sonríe engañado cuando tiene motivo de llorar/
Y entre el corazon del hombre y el corazon de la mujer, está
por el de esta última la ventaja, en materia de fina percepción de
un daño ó de un bien más á ménos próximo.
E l corazon de Sahara sentía que en el de su esposo no reinaba
completa calma.
MARÍA MAGDALENA. 501

Sentía la verdad.
En vano se esforzaba él en parecer sereno y satisfecho.
La sombra de su oculto pesar velaba siempre la sonrisa de sus
lábios: la ráfaga del recelo acompañaba siempre al brillo de su
mirada.
No podia tardarla ocasion en que se tradujera claramente en
sus palabras ó en sus obras lo que pasaba en su interior, ni el día
en que Sahara viese la amarga prueba de lo que tristemente sos­
pechaba.
Una noche, de las muchas que el esposo pasaba sin poder con­
ciliar el sueño, mientras Sahara dormía reposadamente á su lado,
oyó en la calle ruido de pasos que hubieron de impresionarle viva­
mente, por cuanto saltando súbito del lecho, corrió á la ventana á
mirar al que por la calle pasaba á tales horas.
E l ruido de la ventana al abrirse llamó la atención del hombre
de la calle, que se detuvo al pié.
El esposo de Sahara se asomó, y de su boca salió una exclama'
cion de rabia, triturada, digámoslo así, por sus apretados dientes.
El hombre de la calle era Cayo Antonio.
Este, como ya hemos visto, distaba mucho de amar á Sahara.
Pero estaera joven y hermosa, y al Centurión 110 le costaba gran
trabajo ni violencia el amarla y dejarse amar por ella, antes de su.
rompimiento.
E l soldado romano era hombre naturalmente dispuesto á este
género de amoríos; pero excepto los que tuvo con Magdalena, úni­
cos que interesaron verdaderamente su corazon, ni se afanaba por
buscarlos, ni se sacrificaba por sostenerlos, ni menos se inquietaba
cuando por cualquier causa se le escapaba lo que por azar le habia
venido á la mano.
Este era el carácter del amor de Cayo Antonio á Sahara.
No hizo grandes esfuerzos para ser correspondido por ella, ni se
le ocurrió volver á atraerla cuando se le fué; pero si el azar la vol­
vía á poner en su camino, Cayo Antonio prescindiría de lo pasado y
aprovecharía la ocasion sin curarse de lo que púdose sobrevenir.
302 MAÜÍA MAGDALENA.

Al pasar por su calle y oir el ruido de su ventana se detuvo,


levantó la cabeza y miró.
La oscuridad de la noche era mucha, y era difícil distinguir
bien desde la calle.
En la ventana asomó una cabeza.
Esto sí pudo verlo y lo vid el Centurion.
Tenia él hacía algunas noches la costumbre de pasar por la
calle de Jehú á tales horas.
No lejos de allí existía para Cayo Antonio otro objeto de pasa­
tiempo.
El hombre es naturalmente presuntuoso, y lo es más en.mate­
ria de amor.
Si un hombre tenia motivo para serlo, era en verdad el Centu­
rión.
Sus prendas físicas y su posicion de oficial del ejército del te­
mido y poderoso emperador de Roma, le daban justificada impor­
tancia y valer á los ojos de las judías de Jerusalem.
Cayo Antonio, no'podia olvidar además que Sahara le habia
amado con locura.
¿Qué hombre en semejante caso presume que haya podido ser
.tanpresto olvidado?
Cayo Antonio se hizo esta reflexión, que acudió súbita á su
mente:
—Me ama todavía,— se elijo:— Sabe que yo paso por aquí estas
noches, y se ha puesto en acecho por verme, para que yo vuelva
á hablarla.
Esto pensó el Centurion al oir el ruido de la ventana.
CAPÍTULO XXIX.

Celos.

El Centurión permaneció en la calle con la cabeza levantada,


y el esposo de Sahara asomado á la ventana.
Este reconoció hien á Cayo Antonio, porque estaba toda su figu-
ra al descubierto, y además, el traje no permitía que se le confun­
diera por escasa que fuese la luz de la noche.
No sucedía lo mismo al Centurión.
Difícil, si no imposible, era reconocer la cabeza asomada á la
ventana.
Presumir de quién fuese, esto sí era fácil y natural, por los an­
tecedentes que hemos manifestado.
Para Cayo Antonio, aquella cabeza no podia ser más que la de
Sahara.
Aguardó un momento, esperando una palabra ó una seña qué
so le hiciera desde la ventana.
Pero la pérsona que estaba en ella se había asomado, no para
decirj sino para oir lo que le dijera el de la calle; no para hacer
señal alguna, sino para ver la señal que se hiciese.
№ MARÍA MAGDALENA,

Cayó Antonio, en la inteligencia de que era la mujer que pre­


sumía la persona que estaba en la ventana, la llamó á media Voz,
viendo que ella no le llamaba á él.
~ ¡Sahara!
A l oir esta voz el marido * abandonó rápidamente la ventana,
se arrojó al lecho donde su mujer dormía, cogióla de un brazo, y
arrastrándola á la ventana, la levantó sobre el.alféizar, gritándole:
— ¡Responde! ¿No oyes que te llaman?
Por rápido que fué el despertar de Sallara, fué más rápida la
acción de su marido, y la desgraciada mujer, al abrir los ojos y
verse doblado el cuerpo sobre el marco de la ventana, y heridos
el oido y el corazon por la terrible voz de su esposo, lanzó un gri­
to y quedó sin sentido en sus brazos.
Cayo Antonio, asombrado al punto por lo que acababa de pre­
senciar, se alejó luego de allí, diciéndose con indiferente calma:
— Ya se comprende lo que eso ha sido: ella saldría todas las no*
chea á verme; el esposo lo habría observado, y los celos han sido
la causa de todo eso. Ella es desgraciada sin duda, y él la tirani­
za por lo que se deja conocer. Si Sahara quiere vengarse y me ne­
cesita para ello, nó tendré reparo en concertarme con ella.
Esto se decia el Centurión mientras se dirigía al punto donde
tenia aquellas noches el verdadero objeto que le obligaba á pasar
por la calle de Jehií.
Los antecedentes justificaban la acción del esposo de Sahara
aquella noche.
¿Quién hubiera tenido fuerza de razón bastante para conven­
cerle de la inocencia de Sahara?
Todo hablaba en contra suya al pensar y at modo de ver de su
éáposo.
Se sentía ésts tan herido, tátt profundo encono abrigaba su-pe­
cho al considerarse tan Vilmente vendido, que no ya un resto de
amor, sino que ni aun de compasion quedó en aquellos instantes
en él hácia la desgraciada que miraba tendida como ua cadáver á
iras piés.
MARÍA MAGDALENA. 405

Y Sahara, sin embargo, era inocente, y siendo inocente tenia


su esposo razón.
Este juzgaba-de la virtud de la esposa por la conducta infiel
de la amante: ¿cómo no había de condenarla con lo que había pre­
senciado?
Si los antecedentes de Sahara hnbieran sido otros, algo ménos
severo y más justo hubiera estado con ella su marido.
Ni el caso que sucedió se hubiera dado.
E l esposo, tranquilo y confiado en la virtud de la esposa, no
hubiera pasado en vela la noche, aguijoneado el corazon por re­
cuerdos que no podía desterrar; no hubiera reparado en quién pa-
sára á tales horas por su calle: y si casualmente hubiera visto
transitar al mismo hombre, ninguna sospecha podia infundirle.
El Centurión, por más que hubiera oido abrir la ventana, ni se
hubiera parado debajo, ni ménos hubiera llamado á la mujer que
llamó.
Sahara era inocente en aquella ocasion.
Pero, ¿era tan injusto el castigo que sufría?
No ciertamente.
Sin duda ‘habia cometido ántes una falta grave, y aquella fal­
ta era la que expiaba despues.
No. siempre el castigo es inmediato al delito que se comete.
■ La Providencia en sus designios reserva la época y el tiempo
de la expiación, y esta viene cuando menos advertido está el cul­
pable.
„ Así la muerte sorprende.al descuidado en el lleno de la vida.
De la propia manera que la recompensa por una buena acción
llega al alma virtuosa cuando -ménos la espera, aunque siempre
en momentos en que le es grato recibir el bien que hizo, asimis­
mo el castigo por una mala obra viene cuando más olvidada la
. tiene el culpable, y siempre en momentos en que más siente re­
cibir el daño que causó.
Largo rato permaneció Sahara á los piés de su esposo, contem­
plándola este impasible, sin auxiliarla en su desmayo ni tenderla
406 MARÍA MAGDALENA.

los brazos para llevarla ál lecho de que la había arrancado.


Sahara volvió en sí espontáneamente por una reacción física del
cuerpo.
Se levanto' despavorida, arrojo' una mirada en derredor de sí,
y preguntó:
— ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? ¿Por qué estamos así?
La desdichada no recordaba, no podia recordar lo que en tan
breve espacio y verdaderamente en sueños le habia sucedido.
Su esposo comprendía bien su falta de memoria, y se apresuró
á refrescarla, gozándose de antemano en el efecto que iba á cau­
sarla.
Sahara le oia con verdadero asombro.
Ninguna parte directa é inmediata tenia en lo sucedido, y es­
tuvo atónita oyéndole.
— ¡Ah! ¡Soy inocente!— gritó.— Lo juro por el nombre de Dios.
E l sagrado juramento de Sahara no convencía á su esposo de
su inocencia.
Guardaba demasiado viva la memoria de palabras ciegas de
amor cuando no le amaba á él y sí amaba á Cayo Antonio; y l i ­
bios que una vez le mintieron, no podían convencerle ni aun con
juramento de la verdad.
.En vano la triste esposa protestó una y mil veces y repitió
otras tantas el juramento.
Lo que su marido habia visto, hablaba á su corazon y á su men­
te con mayor fuerza que las protestas que oia.
Creia más en lo que significaba la presencia del Centurión en
la calle, y en la voz que dio éste llamando á Sahara, que en las
palabras de ésta dirigidas á destruir un hecho para él tan palpable
y evidente.
Sahara, agotadas todas las razones, sin palabras ya para pro­
testar de su inocencia, y avergonzada por las frases de su esposo,
se cubrió el rostro con las manos y se dirigió sollozando al lecho.
Entonces el ofendido esposo se arrojó sobre ella, y apartándola
violentamente profirió con terrible acento:
MARÍA MAGDALENA. 407

— ¡Aparta por siempre de ese lecho donde ya no volverá á descan­


sar tu envilecido cuerpo!
— ¡Dios de Israel!— exclamo' la desgraciada.
É l esposo continuó:
— 'El lugar sagrado de la esposa honrada no es el que ha de ocu­
par la mujer adúltera.
Al oír esta palabra, Sahara lanzó un grito agudo que penetró
en el mas apartado rincón do la casa.
A la misma hora se hallaba velando en un aposento del extre­
mo opuesto un hombre de sesenta años, escribiendo sobre un per­
gamino, y sobre manera atento á lo que escribía, porque frecuen­
temente lo enmendaba ó lo hacia de nuevo
El grito de Sahara penetró hasta allí, y el hombre levantó la
calva frente y se puso á escuchar.
— Un nuevo insulto del exaltado marido, produjo otro grito de
Sahara.
A esta segunda voz, el anciano se levantó de su asiento y se
precipitó hácia el otro extremo de la casa.
Penetró en el aposento de Sahara y á su vista se ofreció este
cuadro.
Ella arrodillada pidiendo clemencia á su esposo; éste, airado con
el brazo extendido en actitud de maltratarla.
A l ver al anciano, Sahara exclamó:
— ¡Padre mió!
— ¡Que es esto! ¿Qué sucede aquí? ¿Por qué maltratas tú de esa
suerte á mi hija, que es tu esposa?— profirió el padre.
— Hija tuya será, que y a no mi esposa.
— ¡Qué profieres!
— Sus delitos la privan de este título, y le dan otro que es el in­
fame de la mujer adúltera.
E l padre lanzó una especie de rugido, y clavó los centelleantes
ojos en el rostro de Sahara.
— ¡Oh! no me culpes tú aun, padre mió; y oye, oye por piedad!
E l anciano oyó lo que habia ocurrido aquella noche de boca de
408 MARIA MAGDALENA.

su hija, mas luego escuchó lo que aretes ocurriera, de "boca de su


esposo.
— Y todo esto sucedía, y yo... balbuceó el padre profundamente
afectado.
—'Tú no cuidaste de tu hija, nada de cuanto hacia y obraba pa­
recía inquietarte: hoy te inquieta lo que ayer no te inquietó.
La duda de una falta de adulterio asaltó con tales antecedentes la
imaginación del padre, que se horrorizó á la idea de ver en su hija
tal afrenta y castigo tan grande como r·1 que la Ley prevenía.
No llegó este caso.
El esposo de Sahara era bueno y 'compasivo, y la voz de sus
generosos sentimientos detuvo su acción.
Pero no por esto volvió la felicidad á aquella casa.
Las faltas de la amante privaron por siempre á la esposa de to­
da dicha, de todo bien que dependiera de la consideración y de la
confianza del marido.
CAPÍTULO X X X .

Los mercaderes.

El disgusto de .sus propias disensiones no hizo olvidar á Saha­


ra ni á su marido la promesa que habían hecho á Magdalena.
La buena intención, que esta tuvo y sus actos de caridad con
ellos, no desmerecieron á sus ojos por el mal resultado de su
unión; ambos juzgaron de su obra por el sentimiento generoso que
la dictó, y en los dos á la vez quedó profunda gratitud y vivo de­
seo de servir á María.
Ader fué á los pocos dias del triste suceso que acabamos de
narrar, á ver á María á Betania.
Esta se sobresaltó á su vista, y se apresuró á decirle:
— Sin duda, alguna nueva importante te trae aquí.
—En verdad es ese mismo que presumes el motivo que me ha
hecho venir. Yo quedé en averiguar y avisarte.
—Habla.
i
—Poeo grato es lo que debo revelarte.
—Habla,—repitió María con ansiedad.
—Jesús tiene un traidor en su compañía.
—¿Qué profieres?
—Un traidor,—afirmó Ader-
410 MARÍA MAGDALENA.

— ¿Entre los mismos que le acompañan?


— Discípulo suyo es.
— Explícate más.
— ¿Recuerdas que viste el otro dia salir un hombre de la casa de
mi suegro?
— E l cual me pareció haber visto antes con el Maestro.
— Te pareció la verdad, porque, como te he dicho, pertenece ásu
compañía.
— ¿Y qué objeto le llevó á casa de tu suegro?
— Fué para tratar del modo mejor de aprisionar á Jesús.
— jOh!— esclamó María horrorizada.
— A eso fué.
— ¿Y es posible tan negra traición?
— Es cierta; yo te lo fio.
— ¿Y por qué se nccesita uno de sus discípulos para prenderle?
— Sí se necesita.
— Si hay causa para ello, sus enemigos tienen el poder de la
ley, y si no la hay...
— Causa que esté prevenida en la ley , no la hay..
— Entonces...
— Pero sin causa legal, quiere el encono de sus contrarios apo­
derarse de él para inutilizar los efectos de su doctrina privando de
su predicación al pueblo. Este, el pueblo, se halla en gran parte
inclinado á Jesús, y como apoderarse de su persona á la luz del dia
en la ciudad podría excitar en su favor á los que le son adictos, y
esto ocasionar un conflicto, se trató de evitarlo, apoderándose de él
por la noche. Jesús no ignora estos planes, y cuando viene á la
ciudad no permanece en ella más que hasta el caer de la tarde, y
á esa hora sale y pasa la noche en algún sitio ignorado. Preciso
era, pues, para saber dónde se esconde, el ganar á uno de los que
le acompañan, y ese es el que has visto tú en casa de mi suegro.
— ¿De manera que su discípulo traidor...
— Trata de vender al Maestro. Pero por ahora se ha desistido de
e.sto.
MARÍA MAGDALENA. Aii

— ¿Se ha desistido?
— Sí.
— ¿Qué se intenta, pues?
-»Yo te lo explicaré. Se ha desistido, porque al ir á hablar de
ello al gobernador,. éste no ha encontrado justas las razones que
contra el Maestro han alegado sus contrarios, y Pilatos ha dicho:
— Si le prendeis y me le presentáis,y no teneis más causa que
alegar que la que me manifestáis ahora, yo, que le creo inocente,
no debo ni puedo castigarle, y lo pondré en libertad.— Y como
dictar y aplicar la pena por un delito corresponde al gobernador,
pensando este así, se ha desistido de prenderle.
— ¿Y qué otra cosa dices que se intenta?
— Mi suegro, que es uno de los ancianos más entendidos, se ha
estado ocupando toda una noche en buscarle causa, y parece que
al fin la ha encontrado.
— ¿La ha encontrado?
— Él lo cree así.
— ¿Y qué causa es esa?
— Causa no sólo para que le castiguen, sino que también para
que le prenda el gobernador, de cuya suerte, sus verdaderos con­
trarios quedan libres de toda responsabilidad, aun ante los amigos
de Jesús, porque será el gobernador quien lo haga todo.
— Explícate.
— Dicen que Jesús cometió un atropello.
— ¡Un atropello!
— Sí, el día que arrojó á los mercaderes ó vendedores del tem­
plo. Lo hizo arremetiéndoles con unas cuerdas, y además de mal­
tratarles en sus personas, perjudicó su hacienda, echando á rodar
las mesas en que tenían á la venta las aves, que echaron á volar
y las perdieron, y otros animales que se extraviaron y los perdieron
también. Este motivo van á exponer á Pilatos, atestiguándolo con
los mismos vendedores perjudicados,· que se hallan ya convenidos
para dar testimonio de ello.
— ¡Ah!— exclamó María angustiada.— ¿Y tú qué opinas de esto?
412 MARÍA MAGDALENA.

— Mi opinion...
— Habla.
— Sentiría aumentar tu pena.
— No te detenga ese reparo;- tabla.
— Yo opino que se fundan demasiado para no temer por Jesús.
— ¿Pero el gobernador desconocerá que el Maestro quiso evitar
una sacrilega profanación de la casa de Dios, arrojando á gentes
que vendían en ella? ■
— Ellos dirán que no vendían otras mercancías que los animales
para el sacrificio al mismo Dios.
— Pero bien sabia el Maestro, como conoces tú y debe conocer
el gobernador, que la idea de Dios no les llevaba á vender allí,
sino que más bien iban todos por la* idea de su interés particular y
mundano.
— Eso es cierto sin duda.
— ¿Pero lo conocerá el gobernador?
— La ley no hace esa distinción, y no sé si la hará 6 querrá ha­
cerla Pilatos en favor de Jesús.
— ¿Y cuándo van á presentar la queja?
— Hoy mismo debe ser.
— ¡Ah! Entonces, yo corro...'
— ¿Adonde vas?
— A ver si doy con el Maestro, ó bien... no sé adonde voy, pero
voy á la ciudad, '
María se puso inmediatamente en camino.
Ader la siguió.
No bien llegaban á Jerusalen, cuando tropezaron con un nu­
meroso grupo de gentes que atravesaba una calle.
— Míralos; cuán presto dimos con 'ellos; llevan el camino del
pretorio,— dijo Ader.
— Sigámosles,— profirió María.
Y ambos siguieron el grupo.
A su frente iban, Anás,. viejo sacerdote que habia ejercido la
dignidad de Pontífice, y el padre de Sahara.
MARÍA. MAGDALENA. 413

Ader se recató, á fin de no ser visto por su suegro.


Poco antes de llegar á la casa de Pilatos, detuvo á Ader un
hombre ya anciano, que le preguntó adonde se dirigía aquella
gente.
El marido de Sahara le contestó que á ver al gobernador.
Preguntó el hombre la causa; Ader le satisfizo, y el anciano se
m ió á los del grupo.
Magdalena vio al hombre y oyó el corto diálogo que tuvo con
el marido de Sahara.
Ader se manifestó profundamente afectado por la vista de aquel
hombre. ' ,
Marta notó este efecto.
El marido de Sahara dijo:
— Este es uno de los descontentos.
— ¿Quién es?
— Un mercader que se hallaba también aquel dia en el templo,
y fué asimismo arrojado y maltratado por Jesús.
— He observado que te ha hecho su vista extraña impresión.
— Sí, en efecto; ¿sabes por qué?
— No puedo adivinar...
— Ese hombre tiene una hija, y su hija es la adúltera á quien
aquel día salvó Jesús del furor del pueblo.
— ¿Y qué tiene que ver...
— Qué tiene que ver?— profirió el esposo de Sahara, mudando el
color del rostro.
— Ader, Ader, tu pensamiento no es justo en esta ocasion.
Debemos aquí advertir que Ader habia explicado ántes á María
el último trastorno habido con su mujer.
— Sahara no es adúltera,— prosiguió Magdalena;— y ten presen­
te si la amas, que los cargos injustos por una falta que no se ha
cometido, si se repiten mucho, inducen á la falta misma. Que re­
flexiones te ruego sobre estas palabras, y deja de culpar á Sahara
por lo que no hace, que harto sufre y harto llora por lo que ha
hecho.
iU MARÍA MAGDALENA.

Ader pareció quedar muy impresionado por esta reflexión.


(
Nada más dijo María sobre esto; pero volviendo al asunto más
principal de aquellos momentos, añadió:
—¿Y ese hombre se atreverá á deponer contra Jesús debiéndole
el gran beneficio de· la salvación de su hija de un castigo tan cruel
y tan infame como, la esperaba? ¿Tendrá en más estima'el valor mi­
serable de las aves que perdiera, que la vida de la mujer que le
llama padre?
—Ese hombre es mercader.
■—Y los mercaderes...
—No tienen más lazo ni más afecciones del corazon que los in­
tereses.
— Ingratitud enorme la suya.
El grupo llegaba ya á la casa de Pilatos.
Apénas entró aquella gente en el patio, cuandó empezó á dar
desaforados gritos llamando al gobernador.
— ¡Pilatos!
— ¡Salga el Pretor!
— ¡Queremos verle!
-—^-¡Justicia!
—-Ea, ¿qué voces son esas? gritó el oficial que montaba la guar­
dia. ¡Silencio por mi vida! ó le corto la lengua al que se atreva á
alborotar aquí de esa suerte!
CAPÍTULO XXXI.

El mercader agradecido.

El oficial preguntó lío s amotinados:



—¿Qué quereis?
Varias voces contestaron á un tiempo:
— ¡Ver al Pretor!:
— ¡Justicia!
— ¡Que se castigue á Jesús! -
— ¡Que pague el daño que ha hecho!
— ¡Callad todos y hable uno!
En este momento apareció el gobernador en una galería baja
del patio.
Al verle, cien voces gritaron á la vez:
— ¡Pilatos! ¡Justicia! ¡Justicia!
-El Pretor hizo seña con .la mano porque no gritasen, y el ofi­
cial, al ver la acción, se adelantó otra vez al grupo, diciendo:
— ¡Pedid sin alborotar, ó por los dioses inmortales, que os de­
güello, gente soez!
Estas palabras establecieron el silencio, y Pilatos profirió:
416 MARÍA. MAGDALENA.

— L á justicia que pedís, yo osla prometo cabal en nombre del


emperador de Eoma César Tiberio.
Pilatos, al proferir este nombre, hizo una reverencia, y los ju ­
díos del patio inclinaron todos humildemente la cabeza.
Pilatos reconoció á Anas, á quien dijo:
— Habla tú, Anás.
El antiguo pontífice se expresó así:
— ¡Oh gran Poncio Pilatos, nuestro insigne gobernador y presi­
dente, á quien guarde el Dios de Israel f Has de saber que Jesús,
ese hombre- de Galilea á quien llaman el Cristo y el Nazareno, que
ayer entró en la ciudad en triunfo como pudiera hacerlo un rey ó
un emperador....
— Poco á poco, Anás. Vaya un triunfo el ir montado en un asno,
y este sin aparejo siquiera.

— Pero entró en medio de ramos y palmas que se agitaban á su
alrededor, y pisando flores y los mantos con que el pueblo cubría
su carrera.
— No disputo; vamos al caso: ¿en qué debo hacer justicia?
— En el atropello de que estos hombres han sido víctimas por
parte de Jesús.
— ¿Qué ha sucedido?
— Estos son los vendedores de aves que se ponían en el templo.
— ¿Y qué?
— Que Jesús los mandó que se quitáran de allí, y resistiéndose
ellos, los arrojó á latigazos.
— ¡Hombre, qué bien!
Y Pilatos soltó una carcajada. '
Los judíos se miraron unos á otros.
Anás se mordió los lábios de coraje, y repuso: '
— Es que eso, á más del atropello, que merece ser castigado,
envuelve la consecuencia de la pérdida de intereses que deben sub­
sanarse.
— ■Repito que lo celebro.

— ¡Cómo!— profirió Anás.
MARÍA MAGDALENA. 417

— ¡Señor!— clamaron los judíos.


Pilatos añadió:
— Los fariseos me están rogando hace tiempo que eche de allí á
los mercaderes; por otro lado, los levitas, que sacan provecho del
comercio que allí hacen, me dicen que es lícito y justo. Cristo me
da la cuestión resuelta. Poneos á vender fuera del átrio, y asunto
concluido.
— ¡Sin castigar]e!— profirió Anás.
— ¡Castigarle! Si me ha hecho un favor.
Uno de los judíos dijo entonces:
— Nos ha llamado ladrones.

— ¿Así os llamó?— dijo Pilatos sonriendo.
— Así y más que eso nos ha dicho.
— Lo siento por vosotros,— profirió Pilatos con degradante inten­
ción;— porque, según dicen, ese Jesús, ni miente ni se equivoca.
Y volviéndose á uno de lo§ familiares que le rodeaban, le dijo
alto para que lo oyeran los judíos:
— Tú procura averiguar la vida y hechos de cada uno de estos,
á ver hasta qué punto ha tenido razón el Nazareno. Pero ¿qué es lo
que miro?— añadió Pilatos fijando la vista en uno del grupo:— A tí,
si no me engaño, no ha mucho que mandé darte azotes por estafa.
— Y yo á esos otros,— profirió el familiar señalando á dos mas.
Pilatos dijo á otro de los quejosos:
A ver, ponte tú de lado.
E l aludido obedeció..
— Sí, eso es: una oreja menos. Así se castiga aquí á los.rateros.
Y dirigiéndose al que hacia cabeza del motín, el gobernador
profirió:
— Pontífice Anás, ¡vaya una gente la que defiendes!
—-Yo defiendo mas bien tu dignidad. De todas suertes, ha habi­
do un atropello'.
— De que no puedo ocuparme ahora.
Anás se volvió á los judíos que tenia inmediatos, y profirió:
— Pleito perdido.
418 MARIA MAGDALENA.

— Estáis despachados.
— Nos retiramos si lo mandas; pero yo espero que no mirarás
con indiferencia los males que Jesús nos causa, y que pondrás á
su osodía el freno que m e r e c e d i j o Anás.
— ¡Males! Hace tres años que predica, y en ese tiempo vengo
observando que. sin aumentar el tributo, el rendimiento es mayor
que ántes era. Hace pocos dias volvió la vida á un hombre que ha­
cía cuatro que habia muerto. Multitud de ciegos y cojos está cu­
rando constantemente, ¿y á estos llamais males? Haced mucho mal
vosotros así y no haya miedo que por ello os castigue.
— Es que dicen,— profirió Anás entónces,— que ese hombre afir­
ma que es hijo del mismo Dios. Esa es una blasfemia, y la concien­
cia del pueblo de Israel queda sin freno con la doctrina de Jesús.
— No hayais miedo- que se pierda mientras vosotros, los fariseos
y los sacerdotes, y los príncipes de ese pueblo, la guardéis tan in ­
tegra como la guardais,— profirió Platos con marcada ironía.
En este instante sonó una trompeta en la calle.
— ¿Qué significa ese toque?— preguntó el Pretor.
— Creo que es llamada para dar limosna.
— Sí, ya no me acordaba. Los judíos hacen el bien á son de
trompeta,— dijo Pilatos con la misma ironía.
Un hombre, penetró á la sazón en el patio.
Este hombre habia salido de allí poco tiempo ántes.
Retrocedamos un punto.
Era el padre de Livia, de la mujer adúltera.
Cuando oyó la acusación de los mercaderes presentada por
Anás, el hombre se marchó apresuradamente del patio.
Ader le vió salir, y oyendo la primera respuesta del goberna­
dor, dijo á Magdalena:
— Ese ha conocido que no van á sacar nada, y se va.
— ¿Crees que triunfe Jesús?— preguntó Magdalena con alegría
— Bien se deja ver que ha triunfado, dijo Ader.
Magdalena exhaló un suspiro que la alivió de. un peso enorme
que oprimía su corazon.
MARIÄ MAGDALENA. 419

Quiero quedarme aquí, le dijo i Ader, hasta ver cómo queda


resuelto este caso.
— Y yo tengo también vivo interés en ello, y me quedo contigo.
El padre de la mujer adúltera voló á su casa, que estaba cer­
cana, porque hacia algún tiempo que se había trasladado á la
ciudad.
Ya dijimos al explicar la posicion de la mujer adúltera, que su
padre era uno de los mas ricos mercaderes de Jerusalen y sus al­
rededores y que el aumento de su fortuna era en gran parte debido
al espíritu de avaricia y á los constantes afanes en su comercio.
El hombre se metió apresuradamente en un aposento cerrado
con tres llaves, que nuaca abandonaba, abrid un arca grande cer­
rada con otras tres que asimismo llevaba siempre consigo, sacó un
talego lleno de dinero, volvió á cerrar el arca y el aposento, y con
el talego bajo el brazo, se lanzó otra vez á la calle.
— ¿Adónde vas cargado con ese tesoro?— le preguntó alguno que
le conocía por muy avaro:— irás á darlo á los pobres?
— A eso mismo voy— 'respondió el padre de Livia.
E l que le habia preguntado con ironía, quiso castigar con una
especie de mofa su espíritu de miserable avaricia, y para hacerlo,
se metió en su casa, sacó una trompeta y se puso á tocar marchan­
do delante del padre de Livia, como acostumbraban hacerlo los ju ­
díos para llamar á su puerta á los pobres y socorrerlos.
Así'llegaron el avaro mercader y el que hacía mofa de él, pre­
gonando su caridad con la trompeta, al patio/le la casa de Pilatos.
— Gobernador,— dijo el padre de Livia;— pido hablar y ruégete
que lo permitas y me escuches.
— Habla, y habla breve y presto.
— Oí la cuestión que traen todos estos á tu autoridad, y viendo
que lo que mas les aflije es la pérdida del valor de las aves que se
les escaparon por causa de Jesús, yo vengo por él y en su nombre
á reparar ese daño y aquí traigo dinero bastante para pagarlo todo.
Todos los presentes cambiaron entre sí una mirada de grandísi­
ma sorpresa.
420 MARÍA MAGDALENA.

El mismo Pilatos se sorprendió.


No impresionó ménos la palabra del mercader á Magdalena y
al marido de Sabara.
— Gran chasco me llevé al juzgarle hace un instante—profirió
Ader.
— Eso te sucederá muchas veces, mientras no seas mas cauto en
tus juicios, y antes de arrepentirse uno de haberlos formado, vale
mas aguardar á formarlos con seguro fundamento,— observó Mag­
dalena,
— Tienes razón.
;—Aplícalo á todos tus juicios, Ader,— dijo Magdalena aprove­
chando otra ocasion de manifestarle la injusticia con que habia obra­
do al formar tan impremeditadamente juicio tan temerario ,eomo
formó de su esposa aquella noche.
El marido de Sahara se mostró impresionado profundamente
por el ejemplo que con tanta oportunidad habia sabido aprovechar
Magdalena, y en los labios de ésta asomó una lijera sonrisa de
placer por el bien que habia podido hacer en aquel momento al
marido receloso y á la inocente esposa.
CAPÍTULO XXXII.

La pasión de la avaricia y el sentimiento de la caridad.

Pasado el primer momento del verdadero asombro que causa­


ron las palabras del avariento padre de.:la mujer adúltera T los ju ­
díos allí presentes se dijeron:

— ¿No es este el usurero de Betania?
. —El.mismo es en. voz y en figura, aunque no lo parece en la
palabra.

—Si por un cordero hubiera vendido á su raza entera..,.
— Ya vendió á su, hija.
—¿Cómo hoy se muestra tan generoso?
—Alguna intención de mayor lucro llevará en esto.
Poncio Pilatos no quedó ménos admirado ni se hizo distintas
reflexiones que los judíos, y le dijo:
—¿Pero no eres tú mercader?
— Y vendedor como, estos el dia-del atropello de Jesús.
— ¿Cdmo te muestras entóneos tan generoso siendo tan usurero,
y tan amigo de Cristo habiéndote éste insultado y atropellado?
— Porque el bien que debo de aquel dia es mucho mayor que el
mal que me hizo.
— Explícate, quiero oírte,—dijo el gobernador.
41
:m MARÍA MAGDALENA.

— Yo era tenido por el hombre más avaro- de todo este rádio.


— ¿Y no era verdad?
— Así era. La avaricia me dominaba hasta tal punto, que todo en
mí vivía sujeto á la idea del dinero. Yo era padre, y de tal mane­
ra sentía toda clase de sentimientos, que el mismo amor á mi hija
iba acompañado de la idea del interés. Sin pensar en mucho dinero
para ella, no podía pensar eii e lla , y deseándole yo todo género
de prosperidades, 110 me era posible considerarla feliz si no me la
figuraba rica y opulenta
— Pero tú eres opulento y rico, aunque vives miserable,· y la
satisfacción de ese tu deseo la tenias en tí mismo. Tu hija era úni­
ca, y dándola lo que tú poseías, alcanzabas tu objeto y realizabas
tu sueño,·— observó Anás.
— Lo que yo tenía era mió y para mí. Yo deseaba mucho para
mi hija, pero quería que se lo diera otro, el que la pidiera por
mujer. '
El padre de Livia hizo aquí la relación del casamiento, de la
manera que hemos visto que sucedió.
— Yo creí, viéndola casada con aquel hombre rico, que mi amor
de padre había quedado satisfecho, y que como tal habia yo cum­
plido. Me engañé: lo que quedó satisfecho fué mi espíritu de ava­
ricia; con mi avaricia cumplí, creyendo que cumplía con mi hija.
Pasó en seguida el viejo mercader á explicar el adulterio, y lo
que sucedió á su hija hasta el momento de ser presentada en el
templo á Jesús y libertada por la palabra de éste.
— La horrible situación de Livia me causó un dolor tan vivo, que
mi corazon se sentía traspasado. Aquel sí que era dolor que no se
curaba con dinero, ni se amenguaba con la idea. de que mi hija
era rica casada con el hombre que se le dió por esposo. Yo no sa­
bia lo que me pasaba; mi corazon se rompía, mi mente buscaba
un medio para librarlo, mi amor por ella hubiera dado la vida
para arrancarla de una muerte tan cruel y afrentosa. Cristo la
salvó con una palabra. Lo que yo hubiera dado por esto, claro es
que á él se ,1o debía. Lusgo me quedé como hecho una estátua
MARÍA. MAGDALENA.

de piedra allí mismo en el templo; tal era mi asombro: y una voz


sonó en mi oído, y esa voz me dijo dónde estaba la verdadera cau­
sa del gran peligro que mi bija Labia -corrido, y del delito porque
iba á ser castigada: otro, que no ella, era el culpable. El culpable
era yo, mi avaricia, que no reparó en torcer las leyes de la natura­
leza, en violentar las inclinaciones delcorazon y en sofocar los ins­
tintos y sentimientos de la juventud, subordinándolo-todo á la idea
del dinero. En mi conciencia comprendí mi falta, y me prometo á
mí mismo dejar de ser avaro, y emplear en adelante los intereses
adquiridos por la usura, en otros dictados por la caridad. Esta es
la primera ocasion que se me ofrece de pagar á Jesús el gran bene­
ficio que le debo; y aquí .tiene el gobernador explicado mi proceder,
— ¡Qué dices tú, Anás, del caso que estás presenciando?— pre­
gunto Poncio. ’-
El viejo pontífice no encontró palabras con que responder.
— Me parece que no tacharás esta de mala acción, y que no acri­
minarás al hombre que la ha inspirado. Yo creo ahora lo que tal
vez dudaba de la resurrección de aquel muerto, porque mayor po­
der se necesita, á mi ver, para convertir á un avaro á la caridad,
que para resucitar todos los muertos de la tierra.
— Aquí está el dinero para resarcir á todos,— profirió el padre '
de Livia:— diga cada cual el valor de lo que ha perdido, y recó­
brelo al instante. ,
— Salid fuera, y hágase allí el reparto con la debida equidad.
Tú presidirás el acto; que haya orden,— mandó Pilatos al oficial de
su guardia.— Despejad todos, ya que vuestras quejas contra Jesús
quedan satisfechas del todo.
— No del todo,— repuso Anás
— ¿Qué más pretendes?
— Nuestra queja es fundada también en otro motivo; en un atro­
pello que queda sin castigo.
— Nada que lo merezca se quedará sin él. Yo te lo fio. Salid.
. — De ello vendrá á tratar luego contigo en compañía del Pon­
tífice Caifas, mi yerno.
324 MARÍA MAGDALENA.

— Aquí estaré yo, recto siempre y justo, como debe serlo el que
representa en Jerusalen la autoridad y la persona augusta de Cé­
sar Tiberio. Salid.
A l retirarse Pilatos de la galería, sonó á su lado una voz clara
y argentina de mujer, que le dijo: '
— Bien, Poncio.
El gobernador miró á la mujer, y profirió:
— ¿Estabas alai, Proela?
Este era el nombre de Wesposa de .Pilatos.
Matrona romana, dotada de nobles y elevados sentimientos, en.
su corazon anidaba el recto espíritu de justicia; y alentada por el
respeto que su esposo tenia á s.u clarísimo juicio, cuando se permi­
tía aplaudir ó censurar sus decisiones.
— He oido todo desde el principio.
— ¿Y te parece que he obrado bien?
— Lo has hecho discretamente, con rectitud y con justicia.
— Celebro tú opinión.
. — ¡Ojalá pueda esta hallarse siempre conforme con tus decisiones
respecto de Jesús!
. — ¿Por qué dices eso?
— Porque otras sentencias tendrás que proferir.'
— ¿Por él?
— Sí. Claró se ve el interés de cierta clase en encontrar motivos
para encausarle.
— ¿Y bien?
— Mira mucho lo que haces, y no te dejes· alucinar.
* — Tranquilo me has visto.
— Así te vea siempre.
— Antes estuve en favor que en contra del Nazareno.
— El Nazareno merece tu consideración.
— ¿Por qué?
— Porque es un sabio maestro.
— '¿Estás tú entre sus admiradores?
— Como tú estarías con ellos si le oyeras.
MARÍA. MAGDALENA. 325

— ¿Pero tú estás? ■
—;Porque 1 ©lie oído.
■— ¿Y es cierto que predica tan sabiamente?
— Sabiamente predica, aunque no siempre ú gusto de todos.
— ¿A gusto tuyo sí?— observó Pila tos:— díme algo de lo que le
oiste.
— Quizá te agrade poco.
— ¿Por qué?
— No se puede predicar en-favor de una idea sin ir en contra de
otra. Toda opiuion tiene la contraria.
— Tu manera de hablar no oculta tu raza.
— Séneca fué mi ascendiente.
— La mujer que tuvo por abuelo al filósofo español, al sabio cor­
dobés (1 ), no es fácil que se admire,de pequeneces, y por éso ju z­
go que deben ser grandes y profundas las máximas de Cristo.
— Séneca fué una antorcha que alumbró ciertas regiones de la
inteligencia; Cristo es el sol que lo llena todo con su luz; inteli­
gencia y sentimientos, el alma y el corazon. Yo le oí hablar de
la mujer y del hombre.
— ¿Y qué dice de la mujer?
— Que es el complemento, y debe ser la compañera de aquel.
— La compañera...
— Sí, y no la esclava; que la fidelidad no es solo deber de la es­
posa; lo es también del esposo; que no es dado á la esposa conocer
otro hombre que su marido, ni es dado al marido conocer otra mu­
jer que la esposa.
— ¿Eso predica?
— Eso. . .
Pilatos reflexionó un momento.
— ¿Y tú lo crees justo?— preguntó luego á Proela.
— Tal lo creo. - ■,
— Mal aconseja Jesús.

(1). Séneca era hijo de España, nacido en Cordoba.


m MARÍA MAGDALENA.

— Muy bien, digo yo que habla. Lo que he dicho, es eu verdad


nuevo á mi inteligencia; pero no lo es á mi corazon: el sentimien-
ts del mió se sublevaba en secreto al contemplar el abuso de la
autoridad del hombre sobre la mujer, al ver el derecho del esposo
á faltar á la esposa, y la ley que en círculo tan estrecho pone los
deberes de esta para con aquel.
— ¿Quieres tú que la mujer goce del mismo privilegio?
— No por cierto; ni eso es lo que Jesús predica.
— ¿Qué pues?

— Ya lo he dicho; que los deberes del hombre sean iguales á los
de la mujer. Sí; la esposa para,el esposo, el esposo parala esposa.
Por esta razón y otras, yo admiro y acato la doctrina de Cristo.
— ¡Qué oigo!
— Su sabiduría es sabiduría del cielo. Él proclama el Dios único,
fuente de todas las virtudes, porque es la virtud misma, y comba­
te la multitud de dioses y diosas, que son espejo de todos los vicios
y maldades. Yo los desprecio desde hoy.
Pilatos oia asombrado á su mujer.
— ¿Qué mujer de honra, por ejemplo,· imitá jamás la liviandad
de Vénus? Yo, que soy más honrada, valgo más que ella. ¿Cómo
he de adorarla? Está entre tus dioses, y tú la adoras: como diosa,
debe ser modelo de mujeres para tí: ¿qué harías con tu mujer si la
vieras seguir sus huellas?
Piíatos era un hombre de carácter naturalmente justiciero, y
hacia ,en él gran fuerza todo argumento conforme con la razón.
E l que acababa de emplear su mujer no se avenía por cierto á
los gustos ni á las inclinaciones del gobernador de Jerusalen, y
era un arma de acerado temple disparada contra el despótico pri­
vilegio que el hombre gozaba en aquella época, cuyas institucio­
nes, fundadas sobre la base de la fuerza bruta, no sobre la ra­
zón y la equidad, daban todo el poder al representante de esa
fuerza en la familia humana, al paso que despojaban de todo á la
mujer que representa en ella la debilidad.
El egoísmo del hombre, apoyado por su poder natural, estable­
MARÍA MAGDALENA. 527

ció esa desigualdad tan triste para la mujer en las sociedades an­
tiguas: la doctrina de Cristo, emanada de la justicia Divina, echó
abajo aquellas leyes y bárbaras costumbres, enalteciendo á la mu­
jer, y dándola, sin rebajar al hombre, la consideración que le es
debida dentro de la familia y ante la sociedad.
— Solo en los países donde no ha penetrado la Divina luz del
Evangelio, se encuentra la mujer despojada de todos los derechos
y esclava de la arbitrariedad y fuerza bruta del hombre: en esos
países domina asimismo la barbárie; y si en alguno ha podido pe­
netrar el soplo de la civilización, ha sido en él infecundo; la se­
milla del progreso, si ha nacido, no ha podido desorrollarse en su
tierra; y esta es la razón que hace marchar tan atrás en la via del
progreso á las naciones infieles respecto de las naciones cristianas.
S.e comprende esto fácilmente; porque el progreso de úna- na­
ción es imposible sin estar bien constituida moral y materialmen­
te á la vez, y no cabe buena constitución de una sociedad sin el
fundamento de la familia; la familia no puede existir sin tener por
base á la mujer, y la mujer no puede formar la familia mientras
no goce de los derechos que reivindicó Jesucristo cuando vino á es­
tablecer el reinado de la justicia de Dios sobre el reinado de la ini­
quidad del hombre.
La esposa de Pilatos no desaprovecho' la buena ocasion que se
le ofrecía de ponerse frente á frente de su marido en este terreno de
la consideración que es debida á la mujer.
El gobernador se limitó á decirle:
— Comprendo tu adhesion á las máximas de Jesús.
— ¿Cómo no adherirme á ellas?
— Las mujeres todas pensarán lo mismo.
— Jesucristo ha venido á ponerse del lado de la debilidad escla­
vizada, y es justo que sus palabras encuentren eco en el alma aba­
tida de la mujer, cuyo espíritu despierta á nueva vida, rociado por
el bálsamo regenerador de su doctrina.
Pilatos excusó entrar en seria discusión con su mujer acerca de
tan espinosa materia.
32 8 MARÍA. MAGDALENA.

Proela tenia clarísimo juicio, y se batía con armas superiores.


Pilatos conoció que llevaría la peor parte en una lucha que tenia
por palenque el terreno de la razón, y dijo:
—No estoy en este momento para filosofar; pero aplazo la discu­
sión. En otra ocasion entraremos en ella.
Y se separó de-Froela, diciéndose, no obstante, en su interior:
— Sin duda que Jesús es un sábio filósofo, y por mi vida que tie­
ne razón mi mujer. '
CAPÍTULO XXXIII.

Un encuentro casual.

Poco satisfechos en. verdad dejó á los enemigos de Jesús el re­


sultado del motin que llevaron á la presencia del gobernador Pi-
latos.
Anás salió mordiéndose los lábios de coraje, y dijo al padre de
Sabara:
—Es necesario buscar otros medios más eficaces y que hagan más
fuerza en el ánimo del Pretori
—Se ba manifestado muy en favor de Jesús.
— En la boca tuve la palabra para decirle que faltaba al deber
que le impone la misión que tiene aquí del emperador de Roma.
—Jesús ataca la autoridad de Tiberio".
—Pilatos se rie de esto, porque comprende que no es ese e_ áni­
mo de Jesús en el fondo de su doctrina.
—La intención del Nazareno es otra.
— Claramente en contra nuestra.
— Solo en un concepto podríamos cogerle.
— ¿En cuál?
— Si le probáramos que falta á la ley.
550 HABÍA MAGDALENA.

— Eso no es fácil, porque verdaderamente la respeta.


En esta especie de confusion, entre el deseo y la falta de moti­
vo legal para perder á Jesús, se retiraron del pretorio los que ha­
bían sido cabeza de los amotinados de aquel dia.
Magdalena se fué gozosa y satisfecha.
Áder, que la acompañaba, participó de su alegría; pero la ad­
virtió que los contrarios del Maestro no abandonarían tan pronta­
mente su designio, y que en breve quizás le vería envuelto en
otra acusación.
— Si el espíritu de 'justicia que parece animar á Pilatos no le.
abandona,— profírio' María,— poco temo en verdad las tentativas
de los enemigos de Jesús. El Dios de Israel inspirará, jo lo espe­
ro, la mente del gobernador de Jerusalem
De esto iban hablando María y el esposo de Sahara, cuando
este se detuvo de pronto en medio de la calle, como herido por un
tiro de ballesta.
Ader se extremecití de piés á cabeza, y sus ojos centelleantes
arrojaron chispas.
— ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?— le preguntó María?
Ader no respondió.
Sus dientes rechinaban, y su mirada airada y encendida esta­
ba fija en un punto.
María siguió enttínces la dirección de sus ojos, vio á un hombre
que hácia ellos por la misma calle venia, y se cubrid el rostro con
el manto*
E l hombre era Cayo Antonio.
Había sido llamado con urgencia por el gobernador, y andaba
de prisa y preocupado.
El Centurion no habia reparado en las personas con quienes
iba á encontrarse.
A l pasar por su lado, Ader lanzó una especie de rugido pro­
fundo, expresión, del profundo encono que agitaba su pecho, y fuó
á lanzarse sobre el oficial romano.
r—Detente,— esclamó María.
MAMA MAGDALENA. 33d

Y cogiéndole de un brazo y arrastrándole hácia una callejuela


inmediata, se lo llevó por ella adelante sin parar y oási corriendo.
Cayo Antonio al oír la voz, que sintió su corázon más bien que
el oído, se detuvo, ' .
Su timbre argentino hizo vibrar las más delicadas cuerdas de
su pecho, y sus ojos buscaron una mujer arrojando una mirada
anhelante á su alrededor.
Cuando el Centurión miró á la callejuela, María doblaba ya la
esquina del extremo opuesto.
— ¡Oh, es ella, es ella!— esclamó.·—’Ninguna otra mujer puede
causar tan honda impresión en mi alma, ninguna otra voz que la
suya puede hacerse sentir tan hondamente en mi corazon.
Cayo Antonio, que no podia dejar de amar á Magdalena á pe­
sar de haber perdido el último resto de esperanza * guardaba su
recuerdo ‘constante en la memoria, recuerdo de que nada bastaba
á distraerle, porque en medio de sus amoríos con otras mujeres,
flotaba siempre sobre la atmósfera de sus orgías la pura imágen
de Magdalena, como el blanco copo ■ de espuma sobre las turbias
ondas del mar alborotado.
Un momento permaneció el Centurión inmóvil en aquél sitio
bajo el dominio de la impresión que habia recibido; pero luego
salió de pronto de su inacción, y arrastrado por las huellas de aque­
lla mujer, se lanzó á la callejuela en su seguimiento.
Magdalena, como hemos dicho, habia ya doblado la esquina del
extremo opuesto, y respiraba ya satisfecha por haber evitado un
choque de fatal resultado entre el Centurión y el esposo de Sahara,
cuando aquel, dándoles alcance, la cogió de un brazo, diciéndola:
— ¡Detente!
— ¡Ah!— exclamó María, oyendo la voz y viendo al Centurión.
— ¡Oh! ¡Deja esa mujer!— gritó Ader, empujando á Cayo Antonio
— ¡He de verla! Y tú, miserable judío, aparta si no quieres ver
castigada por mi mano tu osadía.
— ¡Castigarme tu mano!— prorumpió el celoso Ader con exalta­
do acento.
332 MARÍA MAGDALENA.

— ¡Basta!— dijo entonces María, al tiempo que apartaba al espo­


so de Sahara, -indicándole que se reportase.
Ader, que tenia verdadero respeto á Mana, obedeció.
Magdalena echó atrás el manto, y descubrid su hermoso rostro
á su antiguo amante.
— ¡Bien me lo ha dado el corazon!— exclamó Cayo Antonio.—
¡María!
— Yo misma soy. -
— ¿Por qué huiste de mí? ¿A tal extremo te repugna mi vista?
Cayo Antonio dijo estas frases con acento de humilde y dolo -
rosa queja.
Pero fijando en seguida la vista en Ader, y mudando de tono,
dijo:
¿Y quién es este hombre? ¿Por qué te acompaña? Di al mo­
mento quién eres,— añadió dirigiéndose al esposo de Sahara en
tono imperativo y ademan amenazador.
Ader iba á responder.
Magdalena se lo impidió con un ademan, á que él obedeció,
como había hecho momentos ántes, y respondió:
— Ya sabrás quién es este hombre; por él he huido de tí.
— ¡Por él!
— Sí; porque iba á arrojarse sobre tí, y yo, que recuerdo lo que
sucedió con el hermano de Roboan, he querido evitar otra des­
gracia.
— ¿Y por qué hibas tú á hacer eso? ¿Qué te hice yo?
Magdalena siguió respondiendo por Ader, y dijo:
— Porque cree que amas á su mujer.
— Ya sabes tú, María, la mujer á quien yo amo.
— Eso cree él.
— ¿Y quién es su mujer?
— Sahara.
— Cayo Antonio, ¿querrás responder con verdad, por tu nombre
y puesta la mano en el corazon, lo que voy á preguntarte?
— Juro decirte la verdad.
MARÍA. MAGDALENA. 333


— Tú no amas á Sahara, ya lo sé; ¿perú te relacionas con ella?
— No; lo juro por mi nombre, por mi honra, y así me castiguen
los dioses inmortales si no hablo la verdad.
— ¿üámo la noche pasada te detuviste al pié de su ventana ?
— Porque pasando casualmente por su calle, oí que se abrió, vi
que asomo' una cabeza, la creí la de- Sahara, que acaso me espiaba,
y por curiosidad y por pasatiempo me detuve, y hasta la llamé.
— ¿Nada más existe que lo que dices?
— Nada más, y repito que lo juro.
— Gracias te doy por ello, Cayo Antonio. En esto has hecho nn
bien muy grande que mi соrazón te agradece profundamente.
— ¡Tu corazon!
— Sí.
— ¿Cómo puede ser agradecido corazon que no puede amar?
. — ¿Dejó de amar el mió por ventura?
— Dejó de amar lo que ántes amaba.
— Porque hoy ama lo que ántes no amó.
— ¿Pero quién es ese hombre? volvió á preguntar el Centu­
rión fijando una mirada llena de ira en el rostro del judío.
— Es el esposo de Sahara.
— ¡Su esposo!
— Que cree, сотобгеоуо, en el juramento que has hecho, y se
arrepiente del pensamiento temerario que abrigó respecto de su es­
posa y respecto de tí.
— La verdad respondí, cuando me preguntaste, María, profirió
el Centurión; y esa misma verdad afirmo de nuevo. Ader, ningún
motivo tienes hoy de queja con tu mujer, y yo te fio por su nom­
bre que antes moriría, si algún afecto sintiera por ella, que diera
ocasion á turbar la paz y la felicidad de tu casa.
Así habló Cayo Antonio-, dando á sus palabras la expresión de
verdad y recta franqueza que formaban la base de su carácter.
— Ya has oido, Ader, profirió entonces Magdalena; vuelve, pues,
á tu casa donde Дога tu esposa culpa que no es suya; vé á abra­
zarla y á enjugar sus lágrimas.
354 MAIIÍA MAGDALENA..

— Sí, iré para enjugar sus lágrimas y abrazarla y decirla que


te bendiga á tí, ángel de nuestra dicha...
— Que bendiga á Aquel que me hispirá llenando mi corazon
con su celestial amor y alumbrando mi mente con su luz divina, á
fin de que yo pueda ver y aliviar los males de mis hermanos.
Estas palabras de Magdalena hicieron el mas desagradable efec­
to en el ánimo del Centurión.
Ader se marchó y Magdalena dijo entonces al Centurión.
— Gracias mil y mil veces, Antonio, por lo que acabas de ha­
blar y por el bien que has hecho. El señor Dios lo tenga en cuenta
y te premie.

— En vano es que tú pidas bien alguno para mí, siendo tú mis­
ma la causa del mal que sufro.-
— Antonio... profirió Magdalena, dejando conocer en la expre­
sión de su rostro cuánto repugnaba volver á oir palabras de hombres
dictadas por el sentimiento que movia los labios del Centurión. ■
— Mucho te molestan mi presencia y mi palabra; lo compren­
do; ya no me amas.
— Eso no, Antonio.
— Y no solo no me amas, sino que me aborreces.
— Mónos todavía. Yo te amo como nunca te- he amado, con. nü
amor grande, superior, que no está á merced de pequeneces, ni
puede ser envenenado por dolor alguno.

— Sí, con el amor al prójimo, como decís los afiliados á la nue­
va religión de ese Jesús que ha trastornado tu cabeza.
— La ha iluminado, Antonio.
— ¿Persistes en tus ideas?
— ¿Si persisto? ¡Ay, Antonio! Pregunta al que estuvo ciego si
persiste en el amor del que abrió sus ojos á la luz; al que sintió el
alma, y el cuerpo enfermos, si ama al que le dió la salud; al con­
denado á prisión, si adora al que rompió sus cadenas; y lo que te
responderán el que estuvo ciego, y enfermo, y aprisionado, eso te
respondo yo, que- sufrí cancerosa enfermedad y hoy gozo de her­
mosa salud, que lloré aprisionada entre las cadenas de mis pasio­
MARÍA. MAGDALENA. 335

nes, y siento cómo el espíritu libre se dilata en el ancho espacio.


Los términos con que se expresó María esta vez, hicieron un
efecto extraño en el Centurión.
Éste sintió á pesar suyo lo que había de grande y superior en
el sentimiento que llenaba el corazon de Magdalena, y la série de
ideas que tan altos conceptos ponían en sus labios.
No comprendía, no podía comprender la razón de Cayo Anto­
nio lo que oia, hallándose todavía cerrada su inteligencia á la Di­
vina luz qué alumbraba la inteligencia de Magdalena; pero su co­
razon no dejaba de sentir la influencia poderosa qüe retenía sus
impulsos en aquellos momentos; y él, tan enérgico, no osaba re­
plicar fuertemente á María; tan incrédulo, no osaba burlarse de
ella; tan resentido y tan celoso, no traspasaba sin embargo los lí­
mites del respeto, á pesar de oiría cómo se confesaba inflamada por
otro amor que el suyo.
— Yo ruego constantemente al Señor Dios, Antonio, que des­
cienda un rayo de su divina luz á tu corazon; en tanto, no creas
que yo no te amo; te amo siempre: tú no me aborreces, Antonio,
. y si me aborreces, yo no; porque tú me odies no dejaré de amarte
y de rogar al Señor Dios que te favorezca' con su gracia.
Dicho esto, Magdalena se separó, dejando á Cayo Antonio mudo
de pura confusion.
■ A l cabo de un rato, e-1 soldado romano sacudidla cabeza, como
si volviera de nna pesadilla, y profirió:
—-¡Está loca! Y yo que la amo y me dejo influir por ella, á pe­
sar mió, me volvería loco también si tratara de volverla á la razón.
¡Maldito encuentro el de esta mañana! Pero el gobernador me es­
pera. Ea, vamos.
Y el Centurión, sacudiendo de nuevo la cabeza, como para
alejar el resto de aquella especie de pesadilla, echó á andar preci­
pitadamente con dirección á la easa de Pilatos.
Magdalena se dirigió á Betania, tomando, cuando estuvo fuera
de la ciudad," el sendero de costumbre.
La memoria de Cayo Antonio le acompañó largo trecho.
336 MARÍA MAGDALENA.

¡Pero de qué manera tan distinta ocupaba su mente!


Del amor que por él habia sentido no quedaba en ella mas que
la parte noble, la parte sana, la parte generosa, que tiene siempre
este sentimiento de origen divino, aun cuando se halle adulterado
por pasiones de índole ménos pura.
Despojado el corazon de Magdalena de esas pasiones, no que­
daba en él más que el oro puro, desligado de toda escoria al fun­
dirse en el crisol de la doctrina de Jesús; y amaba al Centurión
con ese amor tranquilo que las almas virtuosas, que nada desean
para sí y todo para bien de los séres que les son queridos. Lo que
Magdalena queria para [Cayo Antonio era el bien que ella 'disfru­
taba; que la luz de la divina gracia penetrára en él, y que así como
sus corazones se habían encontrado en la tierra para sufrir en el
amor del mundo, se encontráran sus almas en el cielo para gozar
eternamente en el amor de Dios.
Hó aquí el amor que sentía Magdalena por el Centurión, quien
no podía ménos de ofrecerse á su mente como una de las principa­
les figuras de su historia, al repasar ella á sus solas su pasada vida
para llorar sus antiguas culpas y pedir á Dios que la mantuviera
en su arrepentimiento.
María, contenta aquella mañana por el buen resultado que tuvo
para el Maestro la acusación formulada por Anás, caminaba hácia
su casa, háciendo votos á Jesús, á fin de que hiciese llegar .su di­
vina palabra á los oídos del soldado romano.
— Haz, Señor, -que te oiga, que sí te oye tus palabras penetrarán
en su corazon como penetraron en el mío, su alma saldrá de las
tinieblas que le envuelven para ver la luz del verdadero sol, y sus
ojos podrán contemplarte y sus labios bendecirte.
Abismada en los pensamientos que le inspiraban este ruego,
iba Mag’dalena por el solitario sendero de la ciudad á la aldea.:
CAPÍTULO XX XIV .

La raza de Judas.

A pocos pasos del sitio donde un dia vio al desconsolado Ader,


distinguió María la figura de un hombre.
Sólo se hallaba éste y recostado en el tronco de un árbol.
A las primeras horas de la mañana habia salido de la ciudad
vagando largo espacio de tiempo por aquellos lugares, sin más
objeto, al parecer, que el deseo de hallarse sólo con sus pensa­
mientos.
En la expresión de su fisonomía notábase una idea tenaz que
daba vueltas en su mente.
Sus ojos ora miraban fijos y largo rato áun mismo punto, ora
se volvían en derredor, ora se elevaban al cielo.
De sus lábios salían á veces frases incoherentes, expresión de
pensamientos truncados ó de ideas que apuntaban en su cerebro sin
llegar á-desarrollarse en él, ó tal vez de sentimientos encontrados
que luchaban en su corazon.
Debajo de la túnica llevaba el hombre una larga bolsa de
cuero.
La sacó, vació en el suelo las monedas que contenia, se puso á
contarlas y exclamó fijando en el metal una mirada de dolor:
43
M AiílA magdalena.

— Todo esío desaparecerá hoy: á la noche esta bolsa estará va­


cía... mañana, acaso, se volverá á llenar· pero al acabar el día se
hallará vacía otra vez. ¡Imágcn verdadera de la vida que llevamos!.
sólo del dia presente nos ocupamos; el que esté por venir no nos
inquieta; amanezca sereno 6 nublado nos levantamos con el sol y á
la voluntad de Dios. ¿Es esto justo? Sin duda lo es que lo que para
los pobres pedimos á los pobres lo entreguemos. ¿Pero somos
nosotros ricos por ventnra? ¿No toca á nosotros, como pobres que
somos, parte legítima de lo que á los pobres pertenece? ¿La cari­
dad qr¡e nosotros profesamos excluye nuestras personas del bene­
ficio, y solo las tiene en cuenta para el servicio que les, impone?
E l hombre que estas reñexiones se hacia era apóstol de Jesús.
Su nombre, ya lo habrá el lector adivinado, era Judas.
Judas, avaro, egoísta y caritativo por fuerza, discurría sobre la
caridad, contraria á su carácter y sentimiento, como han discurri­
do despues todos los que diciéndose cristianos, se hallan más lejos
de sentir en el fondo de su alma ese alto grado de amor al prójimo
tan bien expresado por la caridad, que es la base de la doctrina de
Jesucristo.
. Los egoístas han formulado despues aquellos sentimientos de
Judas que son sus propios sentimientos, en estas frases: La caridad
lien entendida debe, empezar por uno mismo. ¡Sarcasmo horrible al
mas generoso de los sentimientos!
Nó: la caridad bien entendida, estoes, la caridad entendida y
sentida tal como la entendió' y la sintió y la propagó por el mundo
el Pedentor del género humano, no empieza_por uno mismo y con­
cluye por el prójimo; al contrario, empieza por el prójimo y con­
cluye por uno mismo.
Otra manera de sentirla y de entenderla, será todo lo más ca­
ridad á medias, y anunciando hipocresía, fingimiento de una virtud
que ¡56 practica por vanidad ó con fines ágenos al amor al prójimo.
Los que de tal manera sienten la caridad, no deben contarse
entre los que siguen las huellas de los discípulos de Cristo; su
maestro es el apóstol traidor, no el divino Maestro, por más que,
MARÍA MAGDALENA, 359

como Jadas, se hallen en'el número de los que forman su com­


pañía.
Magdalena vio á Judas y se detuvo.
Tenia éste una cara que no fácilmente podría confundirse con
otra, y María le reconoció y le llamó:
— Hermano.
Judas volvió la cabeza, saliendo de su abstracción, y se puso
en pié, saliendo luego al eamino.
— ¿A dónde vas sola por esa senda tan poco transitada?
— Voy á mi aldea y vengo de la ciudad. Mas tú ¿qué haces aquí
tan retirado? ¿No sabes la buena nueva?
— Nada nuevo ni nada bueno sé desde esta mañana.
— ¿Pero sabias la trama que contra el Maestro se ha urdido?
Judas se extremecio ligeramente.'
Magdalena' notó su sensación.

— Nada sé..¿
María le explicó entonces lo del motin llevado por Anás á la
presencia de Pilatos.
— ¿Y quó ha sucedido?— preguntó Judas con grande ansiedad.
— SI Maestro so salvó,— dijo María con acento de alegría, y expli­
cando á Judas lo que había pasado.
Este afectó alegrarse también, pero no alcanzó á dar á sus fra­
ses la expresión ds un placer que no sentía su pecho.
Magdalena, con los antecedentes que-tenia, miraba aquel ros­
tro, en que se notaban, al través de la máscara de la hipocresía,
los malos sentimientos que escondía el corazon.
Judas no quiso alargar la conversación con Magdalena, y dijo:
— Voy, pues, en busca del Maestro, quien es posible que no sepa
todavía lo sucedido...
— Llévale la noticia, y díle que vele mucho, porque son en gran
número sus enemigos, y allí donde menos lo parezca verá brotar­
la traición.
Judas hizo un movimiento imperceptible, pero que tampoco so
escapó álos ojos de Magdalena, la saludó, y se dirigió á la ciudad.
¿540 MARIA MAGDALENA.

Magdalena quedó mirándole 1111 momento, y luego profirió,


elevando los ojos al cielo:
— Señor, acaso abrigo un pensamiento injusto con ese apóstol de
tu Hijo: el exceso de celo por el Maestro es lo que me hace sospe­
char; perdóname, Señor, y permite que yerra yo y me arrepienta
de mi conducta, antes que la negra traición de uno de sus discí­
pulos venga á confirmar mis pensamientos.
Mientras Magdalena caminaba á su casa, Anás recorría las de
Caifás y otros miembros del Consejo.
Eeuniéronse éstos inmediatamente en casa del Pontífice, que
lo era Caifás, y , abierta la sesión, Anás hizo el relato de lo últi­
mamente ocurrido, lamentándose del resultado tan contrario á sus
esperanzas, y concluyó:
— Claramente, el Gobernador se muestra inclinado en favor de
Jesús.
— No lo dudo; pero tampoco puedo dejar de creer que hará justi­
cia en su caso y lugar.
— Muy ciertos deben de presentarse los hechos.
— ¿Faltan estos por ventura?
— ¿No predica Jesús públicamente?
— Lo que dice no puede negarlo nadie.
— Ni él mismo lo negará cuando se le pregunte.
— El se ha proclamado Hijo de Dios.
— Con esto basta y sobra para sentenciarle, y sentenciarle á
muerte.
— Nuestra le y es terminante en este punto.
-—Dijo también que-en un momento destruiría el templo, y que
en tres días volvería á edificarlo de nuevo.
— Claro está que el que dice esto se atribuye el poder de Dios.
— Pero es una blasfemia.
— En mi opinion Jesús ha dado motivo bastante para ser proce­
sado.
— Y sentenciado.
— Yo propongo que con la exposición de estos motivos, que á
MARÍA MAGDALENA. 341

su. tiempo se esclarecerán en el proceso, se vuelva al gobernador.


— En él solo está la facultad de prenderle.
—Pidamos su prisión, y obtenida esta, como que la formación del
proceso toca á nosotros, y conforme á lo que resulte de él ha de
sentenciar el Pretor, si conseguimos que le prenda hemos alcanza
do asimismo que le castigue. .
El consejo lo acordo' asi, y la sesión se levantó con este acuer­
do, quedando encargados de llevarla petición á Pilatos, Caifás,
Anás y Benjamín, uno de los ancianos y el padre de Sahara.
Este, al salir del consejo, se dirigió á su casa, rebosando su
rostro grande alegría. ■
— Sahara sabia que el consejo se habia reunido aquel dia, y al
verle, dijo á Benjamín:
— Muy contento viene mi padre del consejo.
— Sí; vengo tan contento como triste salí del Pretorio.
—Allí no pudisteis hacer castigar á Jesús.
—Y aquí hemos encontrado motivo para alcanzar que se le cas­
tigue. Esta vez no valdrá la estraña indulgencia del Pretor con el
Nazareno.
Sahara dejó á su padre y se fué rápidamente en busca de Ader.
CAPITULO X X X V .

Magdalena en tasca do Jesús.

A.der corrió inmediatamente á poner lo qtis ocurría en' conoció


miento de Magdalena. Era ya de noche.
Hallábase esta á la sazón refiriendo á sus hermanos la escena
que había tenido lugar en presencia de Pilatos, y cuando Lázaro y
Marta gozaban con eLla en la idea del triuafo del Maestro sobre la
maldad de sus enemigos, llegó el esposo de Sahara á amargar tanta
alegría con la triste nueva que llevaba.
María preguntó muchas veces al buen judío su opinion acerca
del resaltado de las nuevas maquinaciones, á lo que A.ier respondió:
— Temo que no ha de ser tan satisfactorio como la vez pasada,
porque mi suegro, que es hombre muy esperimentado en estas ma­
terias, confia mucho, y cuando él confía, hay motivo para temer.
—¿Tú cree¡j que le prenderán?
. — Creo que obligarán á ello al gobernador. ■
—¿Y crees que le castigarán?
— Sí lo creo, y creo más aún...
.Apoderóse de María' un.temblor general que la privó hasta de
pronunciar claras las palabras por espacio de algunos minutos; el
llanto acudió á sus ojos brotando como de una fuente é inundando
MARÍA MAGDALENA. o4o

sus mejillas, y su corazon eshaló agudos aves del vivo dolor que le
destrozaba.
Lázaro y Marta, auuque profundamente afligidos, intentaron
consolará su hermana, disminuyendo á sus ojos el daño que se te ­
mía; pero Magdalena, en sn inmenso amor por Jesús, sentía antici­
padamente en su corazon los tormentos que esperaban á su amado
Maestro, y no había palabras que hicieran melia en su razón para
llevar un consuelo á la amargura que llenaba su alma.
Magdalena cogió un manto y se dispuso á salir,
— ¿Qué intentas, María? le preguntó su hermana.
— ¿Qué intento? ¿Y me lo preguntas? Ir en busca del Maestro.
— ¿A dónde? ¿Sabes tú dónde está?
— No lo sé, pero sé que he de encontrarle.
— La noche es oscura, María, observó Ader.
— Estrellas hay en el cielo que brillan siempre para el alma que
busca la luz de Dios.
— Yo te acompañaré, profirió Ader.
— E l Señor Dios te pague tu intención y el bien que me haces.
— Y nosotros iremos contigo, profirió Lázaro.
— Conmigo, no, objetó María.
— ¿Por qué?
— De aquí salimos para avisar al Maestro el peligro que corre.
— Eso es.
— No sabemos dónde.está,: yendo todos por un mismo lado, no-es
tan fácil que le hallemos como si le busca cada cual por camino dis­
tinto.
— Es verdad.
—Iremos, pues, juntos, hasta llegar á la ciudad.
— Y en llegando allí...
— Cada cual marchará por distinto camino. '
Salieron de la casa los hermanos, juntamente con Ader.
.Cuando estuvieron en Jerusalem, Magdalena se detuvo y les
dijo: , .
— Tú, Lázaro, vé á encontrar á Ahdas, que ese., si no. sabe dónde
544 MARÍA MAGDALENA.

está el Maestro esta noche, te dirá cómo has de hacer para averi­
guarlo. Marta, tú irás con el mismo objeto á ver á Simón. Ader, á
tí te ruego que vayas en mi nombre á casa del Zaqueo. Ya sabéis
todos si le-encontráis lo que habéis de decirle; y rogadle, os pido,
rogadle por mis lágrimas y por mi dolor que se ponga en salvo,
que huya de esta Jadea, donde tiene sus más enconados y pode­
rosos enemigos.
— ¿Y tú, á dónde vas?

— ¿Yo’ ¿A. dónde he de ir sino á buscarle también? Mañana al ra­
yar el alba volveremos áreunimos aquí en este mismo sitio, á dar­
nos cuenta de lo que hagamos cada uno esta noche.
Dirigióse cada cual A ver á las personas que respectivamente
había indicado Magdalena, y ésta se encaminó á la casa de Simón.
— Dios te guarde, Simón, y se digne calmar el vivo afan que
traigo al venir á tu casa á saber dónde se encuentra el Maestro,
profirió Magdalena.
— Difícilmente podré yo decirte lo que pretendes saber.
— ¿Acaso lo ignoras?
— No es que lo ignore.
— Entonces...
— Es que no puedo decirlo.
— Adivino la causa de tus escrúpulos; pero dímelo, te ruego, que
ningún daño puede ocasionar al Maestro el que yo lo sepa.
— Ya conozco tu firme adhesión á su persona.
— Y debes conocer mi ansiedad por encontrarle y advertirle del
peligro que corre, á fin de que pueda librarse de él.
— Jesús sabe bien que se le persigue. ¿Cómo ha de ignorarlo?
— Una vez se ha salvado de las asechanzas de sus contrarios, pe­
ro otra no se salvará.
— También sabe eso, y no piensa, por cierto, en sustraerse á su
furor,
— ¡Qué profieres, Simón!
— Ha profetizado su prisión y su propia muerte, y su profecía no
dejará de cumplirse.
MARÍA MAGDALENA. ' 545

La consternación de María subid de punto al oír estas palabras .


— No es llegado el tiempo, aunque poco falta, y por esto se escon­
de por las noches yendo fuera de la ciudad á sitios solitarios.
— Que me digas, te ruego, ddn.de se halla esta noche. Tú lo
sabes.
— Sin duda lo sé, pero nopnedo decirlo.
— ¿A mí no puedes revelarlo?
— Ni á tí misma. , '
— Supieras la intención mia y me lo dijeras, Simón.
— La adivino, María, y en verdad te digo que es inútil tu afán.
— ¡Oh, 110 será inútil, porque el Maestro se apiadará de mis lá ­
grimas y de este dolor que me· parte el alma, y atenderá mi ruego!
— Ha profetizado, María, y su profecía no- dejará de cumplirse,
replicó Simón.
— .¡Harto se yo que su profecía se cumplirá! ¡Se cumplirá porque
sus labios no pueden predicar cosa que 'no haya de - suceder; y se
cumplirá, porque de otra suerte, no sentiría el coraron- mió -esta
amargura que le ahoga, este dolor que le parte! Pero dime, Simón,
dónde se halla, y pueda yo á,lo ménos arrojarme á sus piés para
suplicarle que se ponga en salvo.
— No es llegado- el tiempo, repito, María, y es secreto el lugar
en donde el Maestro se oculta estas noches. Yo faltaría á este secre­
to revelándolo.
— Yo sé que pasó una de las anteriores en el huerto de los
Olivos... ■
— Así es la verdad.
— Quizás ha vuelto esta noche...
Simón calló.
—-¿No me respondes á esto? insistió María.
Simón siguió callando.
Magdalena no necesitaba,más.
Comprendió el silencio de Simón; conoció que éstn, no respondía
negativamente porque en este caso hubiera mentido, y la mentira,'
opuesta á su carácter, le estaba además prohibida por la religión
44
MARÍA MAGDALENA.

de Jesús, que profesaba, y conoció asimismo que no contestaba afir­


mativamente, porque entdnces vendía él secreto y faltaba indig­
namente á la confianza de Jesiís con él.
.Así se explicó María el silencio de Simón, y llevando esta con­
vicción profunda, abandonó su casa para dirigirse al huerto, de los
Olivos.
Desierto estaba el camino.
La noche era lóbrega; un viento frió movía las ramas de los ár­
boles, balanceando las palmeras; el cielo estaba cubierto de nu­
bes; una sola estrella brillaba en él, dando paso á su rutilante luz
un punto rasgado del negro manto que eerraba el firmamento; en
la tierra no se oía más rumor qu© el agudo silbar del viento, ni
otra voz que el mahullido del gato montés, del ahullar del lobo
hambriento al husmear las huellas del cordero en la márgen del
arroyo.
Magdalena caminaba sin sentir el frió, ni el miedo á la soledad,
ni á las fieras cuya voz oia, y sin desviar la vista del camino más
que para elevarla á mirar la luz de aquella estrella brillante y so­
litaria cual la luz de la fé que alumbraba su corazon, cubierto así-
mismo, como el cielo, con la negra nube de su dolor.
¡Qué viva ansiedad la que agitaba su pecho!
Otra noche había salido Magdalena de la ciudad al campo, agí-
Jado el espíritu y torturado él corazon.
¡Pero qué distinto era su dolor I
Entonces sentía desgarrársele el pecho, sin esperanza alguna
de alivio; sufría horriblemente, y no iba á buscar consuelo á su
tormento, antes al contrario, iba á saturarse del todo de amargura,
á buscar la que le faltaba para ahogarse en ella y morir en la
desesperación.
Ahora su dolor era mas hondo, pero en sí mismo llevaba el
consuelo; los suspiros que se escapaban de sus labios ensanchaban
su pecho oprimido; las lágrimas que hacia brotar á los oj os la pro­
funda pena del corazon, volvían á caer en él como suave bálsamo
que mitigaba su amargura.
MARÍA MAGDALENA. 347

El nombre de Cayo Antonio había quemado sus lábíos al salir


de su boca, abrasado por el fuego de los celos-, el nombre de Jesús
refrescaba su aliento como el aura pura emanada del arroyo cris­
talino, y cada vez que sonaba en sus oidos, pronunciado por sus la­
bios, el corazon se sentía satisfecho y el alma gozaba en su propio
sufrimiento, porque éste era de amer, y el sufrimiento del amor en­
cierra un goce íntimo y grande cuando no lo envenena la ponzoña
de las bajas pasiones. ' ■
Exenta de éstas se hallaba el amor de María al divino Maestro,
y el consuelo de su tormento estaba en la idea de que lo sufría por
él..
Semejante circunstancia no disminuía empero su zozobra
Era ésta tan grande, como jamás la había sentido el corazon
de María, que fluctuaba entre el dolor por el daño que amenazaba
~á Jesús y la esperanza, aunque remota, de evitarlo.
Magdalena, que tanto le amaba, parecía olvidar én momentos
la profecía del Maestro sobre su propia pasión, para- entregarse á la
confianza: de que sus lágrimas y ruegos alcanzarían á modificar su
propósito..
Con estas ideas y éstos encontrados pensamientos caminaba ha­
cia el Huerto de los Olivos.

Rayaba el alba.
Junto á las murallas de la ciudad, fuera de la puerta de Bata-
nia, se halla un· grupo de tres personas, dos hombres y una mu-,
jer, en cuyos rostros se piiita una profunda tristeza del alma y
cuyos ojos miran con afán á la puerta, como si aguardaran que sa­
liera alguno de la ciudad.
Las tres personas guardaban completo silencio.
Eran Lázaro, Marta y Ader.
Trascurrió el espacio de una hora, y al cabo de este tiempo
Lázaro exclamó.
— ¡ Ahí viene!
De la ciudad' salía una mujer.
548 MARÍA MAGDALENA.

Era Magdalena. .
Sus hermanos y Áder no osaron preguntarla cuando llegó á
ellos,
En el abatimiento de su rostro leyeron todos la respuesta que
podía darlos.
María se sentó en una piedra y lanzó un suspiró profundo.
Lázaro le dijo:
—Fatigada, llegas, mi· hermana.
-r-El camino no ha sido corto en verdad. . 1 i
—¿De dónde vienes?
—Del Huerto de los Olivos.
— ¿Estaba allí? ..' :
— Allí estaba: en vano le encontré.
Magdalena explicó á su hermano el propósito del Maestro , y
aunque éste le dijo que moriría, pero que al cabo de tres dias le
veria resucitado, la idea ya cierta de su muerte la impresionó tan
profunda y dolorosamente, que no bastaba á contrarestarlo la es­
peranza de volvérle á ver en breve resucitado.
CAPÍTULO XXXVI.

Audiencia de Pilatos.

La remisión del consejo encargado de alcanzar de Pilatos la


prisipn.de Jesús se presentó al gobernador, precedida por el pontí­
fice Caifás.
Pil'atos continuaba en la misma opinion respecto del Nazareno.
. No daba crédito á los milagros que de Jesús le contaban; pero
sí consideraba otros hechos del Maestro, que miraba por muy con­
formes con el sano espíritu de justicia, y al reflexionar sobre la doc
trina que predicaba tan profundamente moral, le tenia por un hom­
bre de clarísimo ingémo, de' gran eorazon y de bondad suma, y
estas cualidades merecían toda su simpatía y su aprecio en favor
de Jesús..
’Comprendía asimismo Pilatos qué género de interés movia á
los sacerdotes y príncipes de los judíos, contra el Nazareno, y las
bajas pasiones que. én estos so revelaban, contribuían más y más
á ponerle de parte del Mesías.
Así fué que Pilatos recibió á los representantes del consejo de la
propia manera que había recibido ántes á los vendedores llevados
por Anás:
—Ese hombre, dijo Caifas, tiene en conmocion á todo el pueblo.
350 MARIA MAGDALENA.

— El pueblo basta abara ningún daño reciba con. su doctrina,


observó Pilatos.
— Aparentemente no parece que le reciba; pero sus máximas se
infiltran en él y un dia darán su fruto, que' será la ruina de la Judea.
— No estoy conforme con tu opinion, Caifás, dijo el gobernador.
— Yo aseguro que la doctrina de Jesús, mjbia la base de nuestra
sociedad.
— Eso sí puede ser.
— Celebro que el gobernador lo piense asi, dijo Anás.
— Pero el gobernador, observó Pilatos,· no piensa por eso que
baya de venir la ruina del pueblo judío.
— No entiendo entonces lo que significa la opinion del Pretor en­
tre sus dos extremos contrarios.
— Significa que la Jadea es el pueblo de los judíos y no los
sacerdotes, ni los fariseos, ni los príncipes que se han colocado á su
cabeza y pretenden representarlo. Significa que Jesús no ataca al
pueblo, ataca sus vicios y sus defectos, y todo poder que no esté
fundado en la virtud del amor y el bien del pueblo que representa,
debe naturalmente sufrir directa ó indirectamente con la doctrina
del Nazareno que condena todo lo malo en general al aplaudir y
encomiar lo bueno.
- Caifas, Anás y Benjamín escucharon atónitos estas observacio­
nes que directamente les ofendían.
Caifás replicó luego con entereza:
— Nó toca al gobernador apreciar los títulos de los que nos halla­
mos al frente de este pueblo : tal como se halla constituido lo ha
querido Roma en el número de sus tributarios : el emperador Ti­
berio es su soberano, y al recibir el tributo que cobra de nosotros,
se ha impuesto la obligación de mantener nuestra religión y nues­
tras costumbres y nuestra soídedad tal como se halla formada. La
■persona que aquí representa su autoridad tiene el deber de acatar lo
que el emperador acata, y de protejer lo que el emperador proteje.
— Basta, Caifás, y ten presente que yo no he tolerar que nadie
me señale aquí la línea de mi deber, replicó Pilatos.
MARÍA. MAGDALENA. 351

Caifás prosiguió:
— Yo solo intento hacer valer lo que es un derecho nuestro, que
no estamos dispuestos á dejax hollar en silencio : Jesús tiene, repi­
to, en conmocion al pueblo; su doetriaa es semilla, que si se le deja
se irá desarrollando y acabará por destruir con sus raíces los ci­
mientos de nuestra sociedad. Convengo en. que nuestro poder se
resentirá el primero; pero más tarde sufrirá también el poder de
Roma. ' ■
Pilatos hizo, un movimiento que no pasó desapercibido á Cai­
fás, el cual, viendo el efecto de sus últimas palabras en el ánimo
del gobernador, continuó:
— Es de interés de Roma como de nuestro interés, el atajar el
mal en su principio, y por esto acudimos á la autoridad del que re­
presenta aquí la persona de Tiberio. .
— Y bien, ¿qué pedís? formulad claramente vuestra petición.
— Pedimos justicia contra los delitos del Nazareno. Nosotros no
podemos hacerla por nuestra mano, y debemos pedirla á tu autoridad.'
— ¿Y qué más?
— Y pedimos á tí, representante de Roma, el apoyo' que .Roma
. nos debe, contra el que se levanta en nuestra tierra para atacar
nuestra ley y el fundamento de nuestra sociedad.
— Bien está;.pero en cuanto á lo primere, los delitos de Jesús no
están probados.
— Se probarán hasta la evidencia.
— Probadlos.
— También para probarlos necesitamos de tu protección, observó
Caifás.
— ¿Qué he de hacer yo?
— Prender á Jesús.
Prenderle f
— O damos facultad y medios para hacerlo. De otra suerte, ha­
llándose él en libertad, y no reconociendo, como no reconocerá,
nuestra autoridad, en vano le llamaremos ante nosotros, y en vano
intentaremos el proceso.
MARÍA MAGDALENA.

— ¿Quereis procesarle? , ·
— Eso queremos.
— Lo que el proceso arroje será lo único á que yo atienda para
hacer justicia. Tenedlo presente..
En las fisonomías de los enemigos de Jesús brotó nn rayo de in ­
fernal alegría. ' ·
Habían conseguido lo que deseaban.
Pilatos no observó este efecto, y se dijo interiormente:
— Con esto les satisfago sin hacer daño á Jesús, Delito contra la
ley ó contra la autoridad del emperador no existe; mal pueden pro­
barle en el proceso; por consiguiente dejo que le prendan, que le
proceseri, para absolverlo despues. ,
En seguida dijo á Caifas:
— Yo pondré átus órdenes un oficial y soldados de mis tropas
para que te ayuden cuando quieras prenderle.
— Yo volveré á pedírtelos cuando sea necesario. Ahora, que Dios
’ guarde tu persona.
Caifas y los que le acompañaban hicieron una reverencia al
Gobernador, y salieron del Pretorio.
■--¿Qué os La parecido? preguntó Caífás á sus compañeros.
— Que has estado m uy elocuente y muy enérgico,—-profirió
Anás. · -
— Gracias á tí>, podemos considerar.nuestro al Nazareno, . dijo
Benjamín. '
— Lo que principalmente· importaba' era obligar al Gobernador á
prenderle.
— Claro es. ' ' .
— Esto ya está conseguido, y ahora todo lo demás depende de
' nosotros mismos.
— Es necesario que el proceso se instruya muy hábilmente, ob-
■servó Benjamín. --
■ — Jesús sabe mucho, y tiene, según me han dicho, maña gran­
de para eludir contestaciones que puedan comprometerle.
— Y 1 nosotros en cambio tendremos torla la habilidad necesaria
MAHÍA MAGDALENA. 553

para hacer que el proceso arroje lo que convenga á nuestros planes.


— Se me ocurre una observación, dijo Benjamín.
— Habla.
— K1 Pretor lia ofreeido su ayuda para prenderle.
— Ya lo has oído
— Creo que deberla cojérsele al momento la palabra.
— ¿Por qué?
— Podría volverse atrás.
— No es hombre el Gobernador que pasa por encima de su pa"
labra.
— Eso es cierto: lo que una vez dice aquello se hace, y por nada
del mundo retrocede.
— ¿Y por qué no se le prende enseguida?
— Hay un inconveniente , que es el que yo he previsto al mo­
mento.
— ¿Cuál?
— Los últimos milagros de Jesús han alucinado á gran parte del
pueblo.
— Ciertamente.
— Para prenderle enseguida habia de hacerse esto dentro de la
ciudad y á la luz del dia: esto ocasionaría un. alboroto, un tumulto
qíie podría traernos un gran conflicto, porque se pondrían de su
parte para.salvarle todos los que acuden á oírle, y entonces acaso
el Gobernador le pondría otra vez en libertad y además nos haría
á nosotros responsables del trastorno.
— Piensas en esto muy cuerdamente.
— Prenderle de dia no debe ser.
— Él pasa el dia en la ciudad.
— Ha de hacerse por la noche.
— Para lo cual es preciso espiarle.

— Eso es fácil: el lugar donde se retira nos será descubierto,
profirid Benjamín, el padre de Sahara.
— ¿ Cdmo lo sabrás tú?
— Yo tengo medio seguro para ello,
45
354 MARÍA MAGDALENA.

— Eso es muy importante.


El padre de Sahara se guardó el medio de que hablaba, limitán­
dose á asegurar á los demás que en llegando el caso él les revela­
ría el lugar donde se retiraba Jesús á pasar la noche.
— Entónces mañana mismo volveremos á pedir al Gobernador la
fuerza que nos ha ofrecido, y por la noche se procederá á la prisión,
dijo Caifás.
— Yo en tanto me ocuparé en ordenar los cargos sobre que ha
de fundarse el proceso, profirió Anás. Lo que importa es no perder
tiempo.
— Esos cargos los tengo yo apuntados, como tú sabes, objetó
Benjamin. Lo que no tengo son testigos que los afirmen y los ase­
guren.
-—Yo presentaré esos testigos, dijo Anás.
— Entonces todo puede ya darse por hecho, profirió Caifás con
alegría.
— Todo, mientras el Gobernador no pase por encima del proceso
mismo.
— En ese caso, sabrá el Pretor quién es el Pontífice de Jerusa­
lem , exclamó Caifás con energía: sobre su autoridad y su poder
están la autoridad y el poder de Tiberio, y el emperador sabrá la
conducta de su teniente con un criminal acusado de atacar su pro­
pia majestad, puesto que ha osado titularse Rey de los judíos, y no
dudéis de que obtendremos la debida justicia contra el delincuente
y contra el mismo Pretor.
Con este intento y este propósito'se separaron Caifás, Anás y
Benjamín, despues de haber convenido en la hora á que habían de
reunirse al siguiente dia.
Benjamín se dirigió á su casa.
— ¿Ha vuelto el hombre aquel que estuvo aquí el otro dia? pre­
guntó á su hija?
— ¿El que tú dijiste que era discípulo de Jesús?
— Sí.
MARÍA MAGDALENA. 355

— Si viene llévale enseguida á mi aposento, y si yo no me hallo


en casa, que me aguarde, ó que vuelva á la noche. Dile que ne­
cesito hablar con él.
—Así como mandas se lo diré.
—Benjamín se metió en su aposento.
Allí sacó un legajo con varias notas escritas, y se puso á orde­
narlas en un mismo pergamino.
Eran aquellas notas los cargos que tenia él'formulados para
undar el proceso contra Jesús.
Sahara fué á buscar á su esposo inmediatamente.
Este conoció en la expresión alterada de su sembla ate que al­
guna triste nueva le'traía, y la preguntó:
■— ¿Ha vuelto tu padre y trae el permiso del Gobernador para
prender al Maestro?
— Eso que tú sospechas pienso yo, aunque no se lo he pregun­
tado.
—¿Por qué?
—Porque temo que- descubra mi ánimo por mis palabras, y si
sospecha de mi, ya nadie podía averiguar en adelante.
—Entonces, ¿cómo recelas...?
Sahara refirió á su esposo el recado que su padre le habia dejado.
— ¡Creo, por mi vida, que ambos á dos hemos adivinado la ver­
dad! profirió Ader tristemente.
En este instante entró en la casa un hombre preguntando por
Benjamín.
El hombre fué introducido inmediatamente al aposento donde
aquel estaba.
Era el apóstol de Jesús por quien habia el padre de Sahara pre­
guntado; era Júdas.
CAPÍTULO XXXVII.

Magdalena y Abdías en bu sca de J cbú s.

Volvía la desconsolada Magdalena con sus hermanos ,á su casa


de Betania, cuando á la mitad del camino la detuvo una mujer
que de la aldea venia, diciéndole:
—-Alabado sea para siempre el señor Dios, que al fin me otorga
la merced de encontrar le.
La mujer revelaba en su acento y en su . semblante una pena
profunda: María respondió:
— Alabado por siempre sea; y pues me buscabas y me has halla­
do dime, te ruego, qué quieres de mí, y así pueda yo hacer, como
lo deseo, lo que á tu bien convenga.
Con la mujer iba un-jóven de veinte años, de buena estatura,
de hermosas facciones y agraciado continente.
—Este que aquí vés es mi hijo, que desde que nació está priva ­
do del don mayor que la naturaleza concede á las criaturas.
María y sus hermanos miraron atentamente al joven.
—¿No conocéis su desgracia?

—No, en verdad, si no la dices.
—Vedle que está ciego.
MAHÍA MAGDALENA. 557

A no decirlo la madre, ciertamente, ni María ni sus hermanos


hubieran sospechado la falta de la vista en los ojos del joven; tan
hermosos y tan serenos eran.
— Ciego es de nacimiento, como su hermana, nacida con él en
un mismo parto.
— Desgracia grande es la suya, y no es la tuyá, menor, buena
madre, profirió Lázaro.
— La mitad de esa desgracia nos ha sido aliviada, pero queda la
otra mitad que on momentos la hace tan sensible como si aún la
tuviéramos por entero. Mi hija ha recobrado la vista.
La mujer era una viuda regularmente acomodada de la ciudad.
Como acabamos de oir de su boca, tenia ciegos á sus dos hijos.
Su única y constante ocupacion consistía en el cuidado de sus
pobres hijos, de que no se distraía un punto más que para atender
al desvalido que llamaba á su puerta.
Idolo de madres y dechado de virtudes, ora aquella mujer una
de las primeras que sintió en su alma la eficacia de la palabra de
Jesús, cuya doctrina profesó desde el momento de verle y oírle.
Todo linaje de desgracias encontraban dulcísimo alivio en la
palabra consoladora del Redentor del mundo que prometía á los in­
felices de la tierra la eterna felicidad del cielo, y la pobre madre
que hasta que oyó á Jesús no habia sentido ese consuelo del alma .
afligida que solo en su religión puede hallarse, no .perdia ocasión
de volver á escuchar aquella voz divina que por primera vez había
pronunciado entre los hombres las sublimes palabras: Menaventu~
rados los que lloran, porque de ellos será el reino de los cielos.
La madre llevaba muchas veces á la hija consigo.
En una ocasion, inflamado el corazon de la joven por la fé en
el Mesías, y sintiendo el vivo afán de verle, y llorando á la vez la
falta de vista para contemplarle, se arrojó á sus piés, exclamando:
— Señor, tú qus todo lo puedes, porque recibes el poder del mis­
mo Dios , que es tu padre, otórgame, fce ruego , la gracia de que
venga por un momento la luz á mis tristes ojos, para que puedan
contemplarte.
358 MARÍA MAGDALENA.

E l Salvador quiso premiar la fé ardiente de la pobre ciega, y


la dijo:
— Levanta la cabeza y mírame.
Y.sus ojos cobraron en un momento la facultad de ver, para no
volver á perderla.
La que fué ciega volvió á su casa derramando lágrimas de
alegría y llamando á su hermano desde la puerta:
— ¡Abdías! ¡Abdías! ¿dónde estás, que quiero verte?
El hermano ciego oyó estas palabras de la jó ven, y respondió
diciendo:
— Aquí estoy, vén á mí-, pero ¿cómo has de verme si tu.s ojos
están cerrados á toda luz como lo. están los mios, respondió Abdías
saliendo del aposento.
— ¡Oh! no lo están ya, porque el velo que los cubría se ha ras­
gado, y la luz ha sustituido á las sombras. ,¡ A h! ¡hermano mió!
¿Dónde estás? ¿eres tú el que miro? Habla, habla, mi hermano,
para que sepa yo si eres tú y el que tengo delante y te abrace.
— Yo mismo so y, profirió Abdías,
Su hermana se arrojó en sus brazos, estrechándole fuertemente
contra su corazon y bañando su rostro con lágrimas de alegría.
Absorto Abdías con lo que oia, preguntó cómo había podido
obrarse tal milagro ■
,
La madre respondió por la hija, cuya emocion apenas la deja­
ba hablar.
— Pero vén, vén, Abdías; vón á sentarte aquí conmigo, porque
quiero que me oigas y sepas qué es esto de la vista. ¡Ah! ¡qué idea
tan distinta se tiene de todo! O ye: nosotros oíamos hablar de la luz
del sol, ¿es verdad?
— Sí.
— Pues bien, no es lo que nos decian, es mas, mucho mas. Fi­
gúrate que acercas la mano al fuego: entonces sientes calor en
ella, ¿es verdad?
— Sí.
— Esc mismo calor, pues, arrojan todos los objetos que hieren los
MARÍA MAGDALENA. 359

ojos; todo se siente en ellos, lo que está cerca y lo que está lejos:
oye, ahora miro la palmera que hay al extremo del huerto, y es
como si la tocara, es mas que si la tocara lo que siento; sus verdes
r amos resplandecen..
— ¿Verdes?...
—-Sí, el color es verde.
— Color verde...
— ¡Ah, prorumpió la joven, que tú no sabes lo que esas pala­
bras significan! ¡ Cómo te claré yo idea de ello! Yo tampoco lo sa­
bia, lo aó desde hace, un momento que lo pregunté á mi madre al
ver por primera vez ese hermoso árbol. ¡Ah! ¡qué bello es, Abdías!
El color verde es el mas hermoso de los colores.. ¿Recuerdas cuan­
do te han dicho algo que te alegraba, lo que sentía tu corazon?
Pues· ese mismo placer se siente cuando se mira el color verde. Y
luego las ñores: las flores tienen también ese color y otros al mismo
tiempo que forman un conjunto que maravilla. Pero no es esto to­
do; lo mas grande es cuando uno mira á lo lejos, elevando los ojos
al cielo ó extendiendo la vista al confin del horizonte...
Abdías bajó la cabeza y de sus ojos brotaron dos gruesas lá­
grimas.
- ¡Lloras, hermano!
— Sí, lloro... de.alegría por la dicha que á tí te cabe.
L a j ó v e n inocente y cándida, creyó las palabras de Abdías sin

comprender el dolor que hacia brotar sus lágrimas.


La madre que miraba á los dos jóvenes, sí comprendió el llanto
de su triste hijo.
Ella a la par sentía su mismo dolor y penetraba al través de su'
triste rostro en su corazon apesadumbrado.
Otras escenas tuvieron lugar entre los hermanos.
Todos los dias escuchaba el pobre ciego nuevas maravillas que
su hermana le contaba, y ésta, que no comprendía que su felicidad
hacia mas sensible á su hermano su desgracia, le atormentaba cruel­
mente con la buena intención de alegrarle.
Abdías dijo á su madre.
560 MARÍA. MAGDALENA.

— Pero si Jesús ha dado la vista á mi hermana, ¿por qué á mí no


me la dá? -
— -Lo que tú piensas ahora lo ha pensado antes tu madre. ¿Cómo
al ver el prodigio que había obrado en tu hermana, había yo de
quedar sin pedirle la misma gracia para tí?
— ¿Y (jué te dijo?
— Diome á entender que no siempre se encuentra el bien allí don -
de nosotros le juzgamos, y que la.dichay la fortuna no siempre la
traen las cosas que deseamos.
— ¿Eso dijo? * '
— Eso vino á- decir.
— ¿Que mayor dicha para raí que la de cobrar la vista como m i
hermana? ¿No es ella feliz y dichosa como nunca lo habia sido?
¿Por qué no he de serlo yo s ille g j á-disfrutar de igual beneficio?
— Eso que tú· piensas pensé yo, pero eso que te he dicho dijo el
Cristo.
, — ¡Ah! llévame, llévame tú mi madre, adonde está, que yo quie ■
ío rogarle como mi hermana. '
No pudo resistir la madre al ruego del hijo; pero este no obtuvo
del Maestro otra respuesta que la que habia dado á las súplicas de
aquella.
En esta situación, el triste Abdías lloraba de continuo sin con­
suelo, hasta que su madre pensó en la intercesión de Magdalena, á
cuya familia distinguía tanto el Maestro, y con este fin llevó á.su
hijo á Betania. Magdalena y sus hermanos se hallaban ausentes co­
mo hemos oído, y por esto se encontraron yendo unos y viniendo
los otros, en el camino.
Despues que la madre de Abdías enteró á Magdalena de todo,
esta dijo:
— Yo soy la agradecida al Maestro, y no es el Maestro el que de­
be estarme agradecido á mí. Título alguno no tengo para que me
atienda, pero confio en su bondad infinita que ha de apiadarse de
tu desgracia y ha de consolarte. Yen, pues, conmigo á la ciudad,
en donde sin duda hemos de hallarle.
MAMA MAGDALENA. 361

—Deja antes que bese,tus piés, María, exclamó el jóven judío,


por la merced que me otorgas.
—Yo no soy digna de este tributo aun cuando tú lograrais lo que
deseas, porque no ha de ser el ruego mío, sino la bondad suma del
Maestro la.que ha de favorecerte. Guarda, pues, tu adoracion para
Aquel á quien la debes, y ven á buscarle conmigo, que yo te lleva­
ré á donde puedas rogarle.
■—No deseches, te ruego, la parte queá tí te toca de nuestro re­
conocimiento, se apresuró á decir la madre, porque no habiendo
podido alcanzar ni yo ni mi hijo lo que ahora te pedimos á tí que
alcances del Maestro, claro es que si mi hijo llega á gozar del
bien de la vista á tí habrá de agradecerlo.
María volvió á replicar, rechazando humildemente muestras de
gratitud que ella quería solo que se dieran á su adorado Maestro,
y dejando á Lázaro y á Marta volvió con el ciego á la ciudad.
CAPÍTULO XXXVIII.

Lúa.

El ciego, animado con-la esperanza que nuevamente abrigaba,


iba gozoso y alegre al.lado de Magdalena, hablando de su próxi­
ma felicidad y ventura.
—¿Serás muy feliz cuando cobres la vista? le preguntó María.
—¿Si lo seré? ¡Ah! Comprendieras tú mi dicha si conocieras mi
desgracia. Yo no sabia antes hasta qué punto era esta cruel, porque
aunque oia hablar de luz y de colores y de cielo y estrellas y ár­
boles y masas y horizontes ilimitados, no daba gran valor á estas
cosas porque no las ponderaban tampoco las personas de cuyos lá-
bios las escuchaba. , ■
Ellos estaban acostumbrados á verlos y no habían de sorpren­
derse á su vista, ni podían, por consiguiente, comunicarme un en­
tusiasmo que no sentían: pero cuando oí á mi hermana, cuando
ella que habia estado ciega me dijo lo que eran la luz, y el cielo,
y las estreüas, y todas las maravillas que el mundo ofrece al que
tiene ojos para verlo, entónces comprendí toda la estension de mi
desdicha, y sentí en el alma este afán, que me devora.
—Plazca al Maestro atender mi ruego y apiadarse de tí.
MARIA MAGDALENA. 565

— Yo me resignaba antas con mi suerte, porque no conocía., ea


verdad, todas las ventajas de los que ven sobre los desgraciados
que no vemos; pero hoy digo que la desgracia mía me es insopor­
table y que prefiero mil veces la muerte á. vivir en medio de las
tristes tinieblas que me rodean.
Así se espresaba Abdías mientras se acercaba ai sitio donde se
hallaba Jesús.
Magdalena hizo aguardar al ciego á distancia, é inflamada por
la llama de la caridad fué á arrojarse álos piés del Salvador, pi­
diéndole un rayo de luz para los ojos de aquel desgraciado.
Jesús dijo á Magdalena que la hermana de Abdías pidió la vista
para poder contemplar al Hijo de Dios, y que Abdías la imploraba
para poder ver el mundo.
Pero á pesar de esto el Salvador quiso acceder á’su ruego, sin
duda para probar el profundo sentido de las palabras que había di­
cho á Magdalena.
Esta llevó la facultad del Salvador para rasgar el velo que cu­
bría los ojos de Abdías.
Magdalena le dijo:
' — ElMaestro ha oido tu ruego y te concede el beneficio que pi­
des. En nombre de Jesús, Abdías, abre los ojos y mira.
En el rostro del judío se pintó la más viva espresion del
asombro y del gozo á la vez.
La impresión que recibió su alma ante todos los objetos que le
rodeaban, iluminados por la claridad del sol, no tiene descripción
posible.
Multitud de sentimientos agolpados á su corazon le oprimían,
haciendo correr por sus mejillas lágrimas de placer y de gra-
itud.
Abdías giró la vista en derredor sin fijarse al pronto en objeto
alguno, de los que veia. ' ,
. Solo al mirar á Magdalena detuvo en ella los ojos, quedando co­
mo extasiado en su belleza.
María habló entonces, y Abdías al oir su voz exclamó:
364 MARÍA MAGDALENA.

— ¿Ah, eres tú Magdalena, la mujer á quien debo el mayor de los


bienes?
Y esto diciendo se arrojó á sus piés besándolos con verdadero
delirio.
Largo rato permaneciera Abdías en esta actitud si Magdalena
lo tolerara; pero ésta, cumplido el deber de caridad que con aquel
desgraciado tenia, se separó en breve dejándole con su madre.
Abdías volvió á su casa donde fué recibido por su hermana con
las más grandes muestras de alegría.
La joven y la dichosa madre que miraba igualmente felices á
los hijos de sus entrañas, notaron que la alegría del jóven tenia un
tinte de secreta tristeza.
—¿Como no estás, mi hijo, tan alegre como creiste tú mismo
que lo estarías al cobrar la vista que tanto has anhelado?
— Alegre estoy, mi madre, pero algo falta á mi alegría para que
sea completa.
— ¿Qué la falta?
— ¿Por qué se fué tan presto Magdalena y no nos ha acompaña­
do aquí?
La madre contestó sencillamente á su hijo sin dar importancia
á la pregunta que creyó efecto de otro sentimiento distinto del que
violentamente y en un instante había brotado en el pecho de
Abdías.
Este profirió luego:
— Verdaderamente maravilla cuanto se vé, y razón tenias, mi her­
mana, en ponderarme el efecto que sentiste al abrir los ojos á la
luz del sol; pero yo gozo menos de los objetos que á mi vista se
ofrecen porque falta entre ellos el que mis ojos han visto más be­
llo, más esplendente.
La hermana de Abdías le preguntó, y éste contestó enseguida,
sin género alguno de rebozo.
— Les falta ver el rostro de Magdalena.
—v.Qué dices, mi hijo ?
— Digo, mi madre, que nada de cuanto he visto me ha parecido
MARÍA MAGDALENA. 365

tan hermoso, ni me ha dado tanto placer de mirar, ni me ha hecho


sufrir igual alegría.
La madre quedó un momento pensativa.
— ¿Y por qué no ver á Magdalena, profirió la hermana, si esto
alegra lo demás? '
La madre lanzó un suspiro.
— ¿Qué suspiras tú, mi madre?
Esta no quiso contestar á esta pregunta que le dirigió su hija.
En aquel momento las palabras pronunciadas por el Maestro
acudieron á la mente de la. madre que se dijo interiormente:
—-Cuánto mejor tal vez le fuera no haber abierto los ojos á la luz.
Abdías preguntó:
— ¿Qué camino vá á Betania?
— ¿Por qué lo preguntas?
— Porque deseo ir allá.
— ¿Con qué objeto?
— Con el de ver á Magdalena.
— ¿La ¿unas entónces?
— No sé si la amo; solo sé que desde que la he visto siento tal
necesidad de volver á verla, que nada más que su presencia podrá
calmar el afán que sufro.
— Otras veces la has visto.
— ¡Verla!
— O has estado cerca de ella...
— No es lo mismo: entónces me pasaba á mí lo que sucedería al
que encontrase en mitad de la noche una preciosa margarita; trope­
zaría indiferente con ella; y pasaría sin detenerse, pero no haría lo
propio si la viera á la plena luz, herida por los brillantes rayos del
sol. Yo conocí á Magdalena en noche oscura y hoy la veo á la cla~
ra luz del día.
— Pero Magdalena es preciosa margarita, cuyo valor no está al
alcance de-todos, observó la madre.
Estas palabras hicieron en el hijo un efecto de profundo dis­
gusto.
566 MARÍA MAGDALENA.

Permaneció un rato en silencio, como reflexionando sobre ellos


y luego dijo :
— Acompáñame, mi hermana, y enséñame el camino de la aldea.
— En vano la madre, procuró disuadir á Abdías, intentando
cortar en su principio la pasión que en su pecho habiá brotado.
Inútil propósito.
No hubo forma de disuadirle.
Su firmeza extrañó á la madre, que repentinamente vió cam­
biado por completo el carácter de su hijo.
Era este antes dócil y humilde.
El rayo de luz que iluminó sus ojos penetró a,simismo en el os­
curo recinto de su pecho' donde dormían las pasiones; al rasgarse
el velo de sus ojos disipáronse también las tinieblas que envolvían
su corazon, las pasiones despertaron, y aquel su carácter dócil y
humilde se hizo violento como los sentimientos quo de improviso y
en tropel se levantaron en su pecho.
Fijas constantemente én su imaginación la idea de volver á
ver á Magdalena, y la necesidad en su pecho de hablarla, Abdías
se dirigió á la áldea á expiar oeasion de lograr su objeto.
Presto se le ofreció esta oeasion, porque Magdalena salía á me­
nudo, y sola la mayor parte de las veces.
Al verle manifestó María un gran placer, y le preguntó si se
sentía tan dichoso como creyera antes de gozar del bien que le ha­
bía el cielo otorgado.
— Sí, me siento tan feliz y mucho más todavía que creí; pero
mayor fuera mi dicha si los objetos cuya vista alegra el alma pu­
dieran siempre tenerse delante de los ojos.
— ¿Quién veda eso?
—-Ellos mismos lo vedan cuando se van, como hiciste tú en el
momento en que yo llegué á verte.
— Yo ya nada tenia que hacer allí, y otros deberes me llamaban á
otro lado.
— Yo quedé triste cuando me dejaste-

— '¡Triste!
MARÍA MAGDALENA. 367

— Sí, y mi tristeza ha durado hasta este momento en que te


vuelvo á ver.
—¿Soy yo la causa de tu alegría?
— Sí, es tu presencia en verdad, como es tu ausencia la causa de
mi tristeza. '
Abdías pronunció estas palabras con un acento tal de pasión,
que Magdalena no pudo dudar de la muy profunda que le habia
inspirado.
Al conocer esto María, elevó los ojos al cielo, y luego los fijó
tristemente en el rostro de Abdías.
Los ojos de Magdalena eran bellos como no podian serlo más de
mujer alguna, y aquella mirada hizo extremecer á Abdías, cuyo
corazon se agitó dentro de su pecho con una violencia completa­
mente nueva y desconocida para él.
CAPITULO XXXIX,.

¿m or del alma.

■El acento y la expresión del semblante de Abdías, más aún qué


sus palabras, manifestaban á Magdalena el grado de pasión que
por ella abrigaba el jóven judío.
María, al comprenderlo, sintió un dolor profundo, considerando
que el bien que había querido hacerle, le traia un mal cien veces
mayor.
Entonces pesó las palabras que el Maestro le había dicho y las
que dijera antes á la madre del ciego.
El celo de la caridad la habia inducido á interceder por él, y su
conciencia, estaba tranquila, porque su intención habia sido buena;
pero no por esto dejaba de dolerse del daño á que poderosamente
había contribuido.
María abrigó la esperanza de combatir victoriosamente la pasión
de Abdías, iluminando su razón, y le dijo:
—Asómbrame en verdad, la tristeza tuya cuando yo creí verte
tan alegre y feliz.
—Yo estuviera alegre y no estuviera triste sino me viera privado
del motivo de mi alegría.
MARÍA MAGDALENA. 369

— Decías tú que deseabas cobrar la vísta para contemplar las


maravillas de la naturaleza.
— Y eso mismo digo ahora.
— Contempla, pues, lo que tienes delante; pasea la mirada por
estos campos, y mira qué bello color el de los árboles, qué her­
mosos matices los de las flores; estiende mas allá la vista, y mira
cómo el lejano mar resplandece al rayo del sol; eleva los ojos al
cielo, y gózate en la contemplación de su inmensidad...

— Todo esto miro, todo esto »veo, María; y en este instante sien­
to un gozo inmenso que no me cabe en el pecho, sediento de este
placer.
— ¿Cómo me has dicho entonces que no te bastaba para alegrár­
telo que ahora te alegra?
— Porque ahora lo veo á tu lado...
María palideció.
— Estando junto á tí, viéndote á tí en medio de Lis maravillas
dé la naturaleza, es como la encuentro yo bella y cómo se ale­
gra 4 su vista mi corazon; contemplándolo á tu lado encuentro
hermoso el campo, y el cielo, y el mar, y el pecho se ensancha
gozoso, respirando el perfume de las flores, y el alma se dilata
en incomparable placer contemplando la vasta extensión de las
aguas y la inmeasidad de los cielos; pero cuando no te vén
á ti al mismo tiempo, todo me parece triste, sin luz y sin
color.

— ¡Abdías!
— Ni las flores tienen perfumes, ni verdura el campo, ni bellos
matices las nubes de los cielos; y el pecho llora en vez de alegrar­
se, y el alma en lugar de dilatarse y respirar gozosa'y placente­
ra, se encierra como en cárcel lóbrega en el estrecho recinto del
corazon, donde gime oprimida sin luz, sin aire y sin espacio.
— Estás ofendiendo á Dios, Abdías.
— No le ofendo, Magdalena.
— Sí le ofendes, porque haces menosprecio de las maravillas de
su creación. El Señor Dios te ha concedido la vista para que le
47
370 MARÍA MAGDALENA.

adores en ellas, rió para que las menosprecies por tan miserable
criatura como soy yo.
— Yo adoro á Dios en sus maravillas, y le adoro más adorando
en tí...
— Calla, te ruego.
— Eli tí, que eres su maravilla mayor.
— ¡Blasfemas, Abdías!
— ¿Qué lian visto mis ojos de hermoso y bello que iguale á tu
belleza y hermosura?— profirió eljudjo con viva pasión.
— C alla , vuelvo á rogarte: mi belleza sirvió solamente á mi da­
ño; y mira, Ábdías, que tributas alabanza á cosa que es digna mas
bien de menosprecio.
— ¿De menosprecio, dices, hermosura tan perfecta que no la tie­
ne igual mujer alguna de las que han visto mis ojos? Yo amo tu
■belleza, María; en ella está mi vida, nada mas que en ella. Todos
los bienes de la tierra, todas las felicidades que jo imaginar pu­
diera, no valen lo que un solo instante de estar á tu lado y con­
templarte , diciéndote lo muy hermosa que eres y lo mucho que
1 mi corazon te ama.
Abdías pronunció estas palabras con un acento tan grande de
pasión, que María no encontró razones bastantes que pudieran ser
dignas al impetuoso torrente que salía desbordado del pecho del
jóven judío.
María bajó la cabeza, cubrió su rostro el velo de mas profunda
pena, y de sus ojos brotaron dos lágrimas., al tiempo que sus lábios
murmuraban:
— ¡Qué hice yo, Dios mió, de pedir la vista para este desgra­
ciado !
A l ver humedecidos los párpados de María, el manceba profirió:
— ¡Lloras, Magdalena!
— Sí, lloro.
— ¿Por qué?
— ¡A h!— exclamó María, poniendo en el rostro de Abdías sus
anegados ojos y elevándolos luego tristemente al cielo.
MARÍA MAGDALENA. 571

— ¿Qué pena es la tuya? ¿Qué dolor te aqueja? Dímelo, María,


y yo te juro que he de buscar tu consuelo, aunque para hallarle
tenga que ir al confin del mundo.
— No tan lejos, Abdías, está el alivio de mi daño,
— Habla, te ruego.
— El remedio está en tí.
— ¡En mí!— profirió Abdías admirado.

— En tí.
— Habla, María; díme que es en mi propia vida tu remedio , y
me verás sacrificarla en un momento á tas pies,— exclamó el ju ­
dío con acento de creciente exaltación.
— Menos que eso es necesario.
— Habla.
— Tú me has dicho que me amas.
— Con toda mi alma.
— El alma, Abdías, la hizo el Señor Dios para amarle á él. Tú
me amas, y el remedio del daño que yo siento consiste solo en que
dejes da amarme.
— ¡Qué profieres!
— Que dejes de amarme, Abdías.
— ¿Y eso me pides?
— Eso te ruego.
— ¡Y me dijiste que era menor que el de mi vida el sacrificio que
de mí necesitabas! ¿No me amas tú, María?
Magdalena le dio por respuesta la misma que había dado en
otras ocasiones á Cayo Antonio.
'■
— No, se apresuró á replicar Abdías; no puedo yo darme por sa­
tisfecho con ese amor; yo necesito que tú me ames pomo yo, que te
amo sola y más que á todo el mundo; que te amo como 110 _amo á
nadie ni puedo amar á nadie más. ¿Por qué no me amas tú así?
— Porque no puedo.
— ¡No puedes!
María le preguntó:
— ¿Sabes tú mi pasada vida?
372 MARÍA. MAGDALENA.

— Sí.

— ¿Sabes los tormentos que sufría en ella? Esos no los sabes; pero
yo te los diré y los sabrás si alcanzo á explicarlos bastante para
que puedas comprenderlos.
Magdalena hizo la triste pintura clel cuadro de su pasada vida;
describió la noche oscura en. que vivía su alma, su ventura inmen­
sa al abrir los ojos á la luz de la gracia; y concluyó por manifes­
tarle la imposibilidad de que volvieran á penetrar pasiones munda­
nas en su corazon consagrado al amor del cielo, y á llorar hasta la
hora de la. muerte los afectos culpables que había abrigado.
— Mi corazon, concluyó Magdalena, ya no puede hoy dar abri­
go á esas pasiones, sufre cruelmente al ver que ha podido desper­
tarlas mi hermosura en el tuyo; y por esto padezco, Abdías, y por
esto te ruego que dejes de amarme, para que mi alma se vea libre
de este peso que la oprime y la ahog'a.
Abdías escuchó en silencio la relación de Magdalena; y cuando
ésta creia que sus palabras producían en él el efecto de la sana y
buena intención que las dictaba, el mancebo profirió:
— No está en mí lo que me pides.
— Ruega al Señor Dios que ilumine tus ojos, que alumbre asi­
mismo tu alma en su gracia.
— En mal hora dio la luz á mis ojos.
— ¡Qué profieres!
— La noche en que vivía, era para mí menos cruel, que el dia en
que he despertado.
— ¡Abdías!
— ¿Por qué rogaste por mí?
— ¿Qué palabra profieres?
— Tú me diste la luz que yo te pedí, pidiéndote con ella la vida;
y me ha^ dado la luz y no la vida, sino la muerte eon ella. Yo no
te amaría estando ciego; 110 tenia idea de lo que ahora veo, y vivía
resignado y aun contento con mi suerte. Los deseos de mi corazon
dormían y no me atormentaban, despertaron de su sueño á la luz
que penetró por mis ojos, y ahora me atormentan y no puedo ador­
MABÍA MAGDALENA. 375

mecerlos, ni estar yo sosegado. ¿Por qué un momento antes de ras­


garse el velo de mis ojos no huiste de mí? Yo no te hubiera visto y
fuera dichoso gozando sin amargura del bien que me fué concedido:
ahora el daño es mayor que el beneñcio que me fué otorgado. Di­
chosa mi hermana, que goza del beneficio sin el daño, y triste de
mi que siento el. daño y ño puedo gozar del beneñcio.
— Tu hermana pidió luz para ver al Hijo de Dios, para mejor ex-
tasiar su alma en su amor; tú pediste la luz para ver el mundo y
para gozar de los míseros bienes de la tierra. E l deseo elevado do
tu hermana ha sido cumplido; cumplido ha sido el tuyo también.
Lo que ella deseaba trae la felicidad y por esto la goza; lo que tú
deseabas trae el tormento y por esto lo sufres. Piensa, te ruego, en
esto que te digo: mírate en tu hermana, ajusta tu deseo al suyo,
emplea el don de ver concedido á tus ojos para mirar al cielo y 110
sentirás las amarguras de la tierra.
La pasión que dominaba al joven no le permitió dar oídos á es­
tas palabras de María.
Arrastrado por el amor que por esta sentía, rogóla nuevamente
que respondiera á su afán.
Negóse otra vez Magdalena, y Abdías, perdida toda esperanza,
se separó de su lado exclamando:
— ¡En mal hora pedí la luz para mis ojos y en mal hora me fué
otorgada!
De esta misma suerte se engaña el hombre en sus deseos. Solo
Dios sabe lo qué conviene á la criatura: la inteligencia humana es
harto limitada para saber en qué estado será más feliz; la felicidad
no se alcanza nunca cuando se hace depender de la posesion de los
bienes de la tierra; por tener ó carecer de estos bienes no es el
hombre feliz ó desdichado: la dicha y la desdicha no están en eso;
la desdicha está en la falta de resignación al estado en que cada
uno se halla; la felicidad se encuentra solo en la conformidad con
la suerte y con la voluntad de Dios,
CAPÍTULO XL.

La conciencia.

Dijimos que el traidor discípulo de Jesús habia vuelto á la casa,


de Benjamín, el padre de Sahara, el día en que éste juntamente
con Anás y Oaifás habían obtenido de Pilatos la licencia para
prender al Maestro.
Era Benjamín hombre sumamante sagaz, y desde que conci­
bieron los miembros del Sanhedrin la idea de prender al Salvador,
opinó Benjamín, que esto debía hacerse muy sigilo sámente por los
motivos que en otro lado dejamos apuntados.
El Maestro habia, pues, de ser preso por la noche yendo á bus­
carle á los sitios donde se retiraba al ponerse el sol con algunos de
sus discípulos.
Para saber, en primer lugar el sitio á dónde iria la noche en
que se resolvieron prenderle, procuró Benjamín entrar en relacio­
nes con Júdas.
Era este avariento en sumo grado, y Benjamín lisonjeaba sus
instintos con promesas, y fingiéndole grande amistad á cambio de
que le revelase los planes de Jesús, y saber pormenores acerca del
modo có:no se llevaban entre sí él y los de su compañía, cosa porque
MARÍA MAGDALENA.

Benjamín afectaba tener gran curiosidad, sin manifestar, empero,


el secreto intento que abrigaba.
Harto conocía Júdas que faltaba á su deber en ello; pero no le
parecía tan grande la falta, y juzgaba que la amistad de aquel
'anciano que gozaba de verdadero valimiento en la ciudad, podia
ser algún dia provechosa no solo á él en particular, sino que tam­
bién á sus compañeros y al nlismo Maestro.
Ese último dia medid entre ambos esta conversación :
— ¿Sabes, Judas, que corren malos vientos para tu Maestro y los
de su compañía?
— ¿ Qué ocurre ?
— Que el gobernador está ya cansado de tolerar que se agite al
pueblo como se está haciendo, y ha resuelto cortar de raíz las
predicaciones y los milagros con que le embaucais.
— iEmbaucarle!
— Ni más ni menos.
— Si embaucar llamas curar las enfermedades que el Maestro
cura.....
— Esas son mentiras de gente que está en inteligencia con vos­
otros. Pero sea esto lo que quiera, es lo cierto que el gobernador va.
á acabar con ellos.
■—¿Y qué intenta el gobernador.
— Prender á Jesús.

— ¡Prenderle! ■
— Luego nosotros en el consejo le formaremos el proceso: yo
quisiera que tú en esto hicieras una cosa que te voy á pedí]*.
-—Habla.
— Que me comunicáras el lugar á dónde irá Jesús mañana por
la noche.
— ¿Eso de mí pretendes?
— Ningún mal haces en ello. De todas suertes se le ha de pren­
der; que tú lo reveles ó no en nada influirá para el case, porque le
expiaremos y lo descubriremos. Si lo dices nos evitas ese trabajo, y
yo te ofrezco la recompensa por tu servicio.
MARÍA MAGDALENA.

— ¡Yo cometer semejante traición! No lo esperes dé mí.


— Reflexiona bien que en nada le favoreces callando, y te perju­
dicas tú mucho. La persecución se extenderá luego á sus discípulos,
y si tú .adquieres ahora ese mérito, no dudes que te se hará tener en
cuenta.
— En vano, Benjamín, so a tas promesas; semejante acción yo no
la cometeré jamás. Si para eso' me; llamaste y con este ñ a has bus­
cado mi amistad, inútilmente te afanaste.
Benjamín intentó persuadir á Júdas; pero uo lo consiguió.
La acción que se le proponía le pareció al pronto tan infame que
la sola idea le horrorizó.
Judas salid de la casa de Benjamín rechazando las últimas pro­
mesas de éste.
Caía la tarde y el discípulo de Jesús se encaminaba al lugar
donde debia pasar aquella noche.
Era,“como hemos dicho, la avaricia el vicio dominante en él, y
obedeciendo á esta pasión Júuas. siempre que se encontraba solo,
sacaba la bolsa en donde llevaba el· dinero d é la comunidad; y se
gozaba contándolo; y viendo las monedas y focándolas y oyendo
su sonido, el más agradable que podia herir sus oídos.
Como aquel otro dia que le encontró Magdalena, Judas, aprove­
chando los últimos rayos del sol, escogió un sitio apartado del ca­
mino y allí, á la sombra de un árbol, se sentó y sacando la bolsa se
entregó á su ocupacion favorita.
Cuando más embebido se hallaba oyó rumor en un matorral ve­
cino y en seguida la tos de un hombre.
Judas se sobresaltó porque era muy desierto aquel sitio, puso
apresuradamente el dinero en la bolsa, la escondió debajo de la tú­
nica y echó á andar hácia el camino sin volver la vista allí donde
el rumor había sonado.
Pero no dió el primer paso cuando oyó una voz áspera é impe­
riosa que le gritó:
— ¡Alto ahí!
Júdas quedó parado y frió como una estatua de mármol.
MARÍA MAGDALENA. 377

El hombre que había dado la voz se le acercó pausadamente y


poniéndole la mano en el hombro le dijo:
— Amigo, mal sitio has venido á buscar para contar tu diaero. -
Judas se puso á temblar.
Volvió medrosamente los ojos para mirar al hombre, y acabó de
convencerse de que era un ladrón el que se le había aparecido.
Judas no carecía de valor personal, y presto se repuso del sobre­
salto para mirar con más calma la situación y hacerse cargo de su
gravedad.
— Te equivocas creyendo que es mió el· dinero que llevo.
— Tanto mejor, así te aílijirá menos su pérdida, replicó el la ·
dron.
Judas paseó la mirada en derredor para ver si el ladrón iba solo
ó acompañado, no vió anadie más, y ya iba á arrojarse sobre él,
cuando el salteador hizo una acción que detuvo el intento de Judas.
El ladrón llevó dos dedos á los lábios y dió un silbido que sonó
en el solitario campo como el graznido de un ave de rapiña.
Jtídas comprendió que aquel silbido era una llamada á sus com­
pañeros, y se felicitó, de no haberse precipitado á un acto que sin
duda le hubiera costado caro..
Dos hombres acudieron al silbido.
— ¿Qué ocurre? preguntaron al ladrón.
— ¿No lo veis? que he cazado este pájaro.
Los dos. ladrones recien venidos echaron una mirada á Judas y
dijeron:
— -Por lo que la pluma le luce no parece que haya de ser m uy
buena la carne.
Judas vestía naturalmente el humilde y pobre traje de los dis­
cípulos de Jesús.
— Pues yo os digo que á pesar del mal aspecto de la pluma es
gorda y buena la carne, replicó el otro ladrón.
— Ea, vamos pues.
— ¿Está ahí todavía el capitan?
— Ha ido un poco más léjos, detrás de aquella loma, porqué he-
4S
37S ■ Al Allí A MAGDALENA.

mos barruntado que anda por aquí gente que no es de nuestro


agrado.
— ¿Soldados?
— Y no pocos.
— Ea pues, pasa adelante, dijo el primer ladrón á Júdas, y anda
aprisa que no es ocasion esta de entretenerse y perder el tiempo.
Los tres ladrones llevaron á Júdas al sitio indicado, donde se
hallaba el ge fe con el resto de la banda.
Júdas llevaba un pesar profundo en el alma.
Decimos pesar y no miedo.
Los ladrones aquellos robaban y no maltrataban por lo general.
E l pesar de Júdas por ser robado era tan grande ó más que hu­
biera sido' el miedo de ser maltratado si lo sospechara.
Mientras caminaba delante de los ladrones, acariciaba la bolsa
con la mano y procuraba meter el dedo por entre el apretado
cordon, por ver si podia sacar alguna moneda y ocultarla en otro
sitio del cuerpo donde la librase de la triste suerte que aguardaba
á su bolsa. . .
— ¿Y qué trae este hombre? preguntó el capitan.
— ¿Qué trae? Una bolsa llena de dinero.
— ¿Dónde está?
— Sácala, bribón, y dásela al capitan. .
Júdas metió la mano pausadamente‘ por la abertura de la túni­
ca, y lanzando un suspiro arrancado del fondeo del corazon, sacó la
bolsa.
El capitan la tomd de su mano y dijo:
— Aunque sea oro lo que hay aquí, poca cosa es en verdad para
tanto ruido.
— Culpa no es mía si el miserable no lleva más, profirió el pri­
mer ladrón. Yo oh que llevaba dinero, y le he cogido y le presento
con lo que lleva.
Iba el capitan á abrir la bolsa, cuando sonó encima de la loma
úna voz que gritó:
— ¡Alto por el gobernadorI
MARÍA. MAGDALENA. 57!)

Y no bien la voz babia sonado, cuando se precipitaron sobre los


ladrones los soldados romanos que, mandados por un oficial, habían
salido de la ciudad en su persecución.
Trabóse allí una reñida lucha, porque el número de los sóida-
dados no era tan superior que pudiera decidir en un momento la
victoria.
El capitan dejó caer la bolsa de la mano para empuñar el arma
de defensa.
Yiólo Júdas,· y aprovechándose de la confusion, se arrojó sobre
su bolsa, guardándola otra vez.
Pero él se hallaba con los ladrones, y los soldados que no esta­
ban para hacer distinciones en aquellos momentos, arremetieron
asimismo con el apóstol.
.Este intentó explicar su position allí, pero ni pudó hacerlo, ni
nadie se hubiera parado á oirle; los golpes venían sobre él, y no
tuvo mas remedio que defenderse como los demás, cogiendo un sa­
ble que uno délos ladrones había dejado caer al sentirse herido.·
CAPITULO LXI.

El pacto de Judas.

El campo quedo.de los soldados, aunque pudieron escapar los


ladrones, excepto uno que fué preso juntamente con Judas.
—Atarlos bien, y á la ciudad, mandó el oñcial.
—Mira, te ruego, que yo no soy de los ladrones, · se apresuró á
decir Judas. ; ■ .
— Con ellos estabas.
- —Y armado, y como ellos batiéndote, añadió un soldado.
—Yo no luché, me' defendí solamente. Oye y sabrás, cómo me
hallaba yo entre ellos. ^
El apóstol explicó el caso, pero el oñcial le replicó:
— Todo esto podrá ser verdad, pero mala cara tienes tú para que
yo fie en tu palabra.
—Este dirá si miento, profirió'Júdas apelando al testimonio del
ladrón.
—Vaya un testigo que ofreces, profirió el oficial. Ea, añadió, á la
ciudad, y fillí pondrá en claro los hechos quien debe ponerlos; á mí
no me toca más que llevaros á la cárcel.
Obedecióse sin mas observación la órden del oficial,, y Júdas,
atado con el ladrón,' fué conducido á la cárcel. *
MARÍA MAGDALENA. 584

A la entrada, y antes de hawr la entrega de.los presos al car­


celero, se procedió por los soldados á despojarles de lo que lleva-
han, excepto la ropa precisa para cubrirles. Este despojo era consi­
derado como hotin que pertenecía á la fuerza que cogía á los la­
drones. ■
Cuando Judas entendió esto, lanzó un suspiro profundo de amar­
go pesar, y murmuró:
— ¡ Ay mi bolsa!
En vano volvió á protestar de su inocencia, y dijo que aquel
dinero 110 le pertenecía, que era de los pobres; y debía tenerse como.
sagrado.
Los soldados leí arrancaron la bolsa, y procedieron en su pre­
sencia al reparto' de veinte diñaros de plata que contenia.
Inmediatamente ñieron entregados los presos.
Judas, encerrado en un aposento húmedo, frío y desmantelado,
sin una mala tarima donde recostarse, pasó una noche cruel.
■' La pena mayor que le afligía no era física, sin embargo; era
moral, y consistía en la pérdida de su bolsa, que le había sido al fin
robada.
Acostumbrado á .no separarse de ella ni aun durmiendo, á aca­
riciarla constantemente y á gozarse en su contenido siempre que
tenia la ocasion dé sacar las monedas y mirarlas y tocarlas, se e n -.
contraba sin ella tan triste como el .que pierde á un compañero que­
rido con quien ha pasado las penas y las alegrías de toda la vida.
Cualquiera ques sin conocerlo, viera, á Judas en aquellos mo­
mentos, juzgára la tristeza de su rostro efecto de la situación en
que se hallaba. Esta, ya hemos dicho que le añigia poco relativa­
mente. Sentía, en efecto, la soledad, pero no la soledad producida
por la ausencia de todo sér á su alrededor, de la falta de luz y de
aire, y hasta de muebles, en una prisión completamente desnuda,
sino la soledad de la falta de la bolsa . ,
Este pensamiento le ocupó principalmente durante toda lanoche.
Mas al amanecer del siguiente, reflexionó en conjunto acerca
de suposición, y se dijo:
382 MARIA MAGDALENA.

— Sin duda que yo lograré demostrar que no pertenezco á los


ladrones y me pondrán en libertad; pero esto no lo conseguiré tan
pronto, porque no son breves los trámites del proceso, y voy ¿pudrir­
me aquí antes que se ponga en claro mi inocencia. ¿Cómo haría
yo y de qué medio me valdría para que se me hiciese Justicia pronto?
Reflexionó algunos instantes, buscando un recurso en su im a­
ginación, y luego exclamó, dándose una palmada en la frente:
— Él me salvará.
Enseguida llamó al carcelero, y le dijo:
, — Yo no soy ladrón, ni jamás he pertenecido á la banda de ese
que cogieron ayer conmigo, y te niego que te compadezcas de mí.
— Yo no soy tu juez.
— Por eso no te pido que me juzgues, y sí solo que me des un
pergamino y pluma para escribir á un hombre de alta calidad, á
cuyas manos te suplico que hagas llegar las letras que voy á es­
cribir, Yo te prometo que no has de arrepentírte luego de haberme
otorgado esta merced qae en nada compromete tu oficio.
— Yoy á darte lo qae me pides.
El carcelero volvió al cabo de un rato con lo que Júdas habia
pedido.
. Este escribió breves líneas y entregando el pergamino al car­
celero profirió:
— Esto debe ser llevado á Benjamín, anciano déla calle de Jehú.
— Muy pronto llegará á sus manos.
— El Señor Dios te tenga en cuenta el gran beneficio que me
otorgas.
Pocos momentos despues entraba Benjamín en la prisión de
Júdas.
— ¿ Qué es esto? ¿Cómo te encuentro aquí? le preguntó sorpren­
dido el anciano judío.
Explicóle Júdas el caso y Benjamín le dijo:
— Casualidad y desgracia tuya es que v a á estarte muy cara. ·
Júdas mudó el color del rostro.
Benjamín comprendió en seguida el partido que podía sacar de
MARÍA MAGDALENA. 383

la posición del apóstol, y procuró presentársela mas grave de lo


que era en realidad.
— Ya conozco que el caso es sério.
— Y tanto. '
— Pero lo. será ménos si tú quieres favorecerme.
— ¿Qué deseas de mí?

— Tú gozas de gran prestigio...
— Yo emplearé todo el que tenga en tu favor.
— Entónces me considero lib re.'
7-Y0 diré que te conozco particularmente, que sé. que eres un
hombre honrado, y que mal has podido estar con los Jadroñe
cuando todos los dias vienes á mi casa.
— Tú me salvas.
— Y si es preciso, mi persona responderá de la tuya.
— Tú me has salvado.
— Poco á poco: no tan pronto.
— En lo que dices...
— Antes de hacer lo que digo, necesito saber qué dices tú.
— ¿ A qué? . ■
— A mi proposicion de ayer.
— ¡Ah!
— Ya ves lo que yo te ofrezco.
— Pero.....
— Menos te cuesta á tí lo que yo pido.
— Me cuesta menos y me cuesta más, profirió Júdas, en cuyo
acento se notaba ya' la vacilación.
Benjamín se dijo:
— Vacila... ya es mío.
Luego observó al apóstol.
— -Pero atiende, que falta la segunda parte que no. te dije de mi
proposicion.
— Habla.
— No basta con que me digas el sitio donde irá Jesús á pasar esta
noche.
384 MARÍA MAGDALENA.

— ¿Qué más deseas? exclamó Júclas con miedo de oír la segunda


parte de la proposicion de Benjamín.
El acento de Júdas demostró al sagaz judío que aquel accedía á.
la primera.
— Te diré: -para gente que no os trata h vosotros, como la que ha
da ir á prender á Jesús, es fácil una equivocación. Maestro y discí­
pulos usáis el mismo vestido, y además, hay entre los apóstoles, se­
gún me han dicho, alguno que se le parece bastante.
— Es el hijo delZebedeo, que es suprimo, dijo Judas..
— Yavés, entónces, cuán fácil seria una equivocación, y es pre­
ciso evitarla. Yo sé el medio, que es muy sencillo, y está en tí. '
— ¿En mí?
.— Sí: tú acompañarás á los que vayan á prenderle.
— ¡Yo acompañarles!
— ¡Vaya un escrúpulo el tuyo! profirió Benjamín, con sarcasmo.
Si tu proceder es malo, la maldad 110 está en la ejecución, sino en
el pensamiento. Tú, prosiguió Benjamín, irás como guia, y cuando
llegueis adonde él se halle dirás: este es.
— Yo 110 podría decir esta palabra, profirió Júdas temblando.
— No hay tampoco necesidad de que la digas; basta con una se­
ñal que le indique. Por ejemplo, te acercas á él y le das un beso,
.— ¡Qué alevosía! exclamó Júdas. . ■
— No tal... es cortesía muy puesta en uso.
. A l cabo de un momento de reflexión Júdas dijo:

— No, jamás.
— ¿Pero en qué fundas tu negativa, que tanto perjuicio al fin ha
‘ de traerte, sin que, por otra parte, sea provechosa á tu Maestro?
— La fundo en que esta es una traición infame, y es poaerme yo
del lado de los qué han de perder -á Jesús.
— ¿Perderle?
— ¿Qué otra cosa intentáis?
— ¿Quién sabe? Si ante el consejo responde el Nazareno de ma­
nera que satisfaga y pruebe que él es el Mesías,- entonces nosotros
seremos los primeros en rendirle vasallaje y aprobar su doctrina;’
Pació de Judas.
MARÍA MAGDALENA. 385

pero si no, ya conoces qne nuestro proceder ha de ser distinto.


Piénsalo bien, Júdas. Jesús es el Mesías ó no lo es; si lo es, lejoa
de perjudicarle le favoreces, porque contribuyes á ponerle en situa­
ción. de darse á conocer á la parte mas distinguida de la ciudad,
que le aclamará gozosa; si no lo es, nó merece en verdad que le
guardes el menor miramiento.
No se escapó á Júdas la maldad que encerraba el pérfido argu­
mento de Benjamín; pero así y todo, el apóstol se dijo:
— En efecto, si él es el Mesías, claro es que se salvará de todos.
Benjamín notó aquí el verdadero momento de la indecisión de
Júdas, y profirió:
— ¿Con que te resuelves? Que sea pronto, porque no tenemos
tiempo que perder. Si convienes, cuéntate libre esta misma mañana.
— ¿Saldré esta mañana?
— Dentro de una hora: yo te lo fio, y si falto á mi promesa que­
das tú libre de la tuya.
Júdas no dijo que sí pronunciando la palabra, pero su silencio
y la expresión de su semblante contestaron afirmativamente.
Ya en esta inteligencia, añadió Benjamín:
— Pide si algo quieres además,
— Solo una cosa quiero.
— Díla.
— Que me devuelvan mi bolsa.
— Te será devuelta. ¿Qué dinero contenia?
‘—Veinte dineros de plata.
— Yo te daré treinta,
Benjamín dió la mano á Júdas en señal de quedar cerrado el
pacto.
E l apóstol traidor se extremeció al contacto de la mano del viejo
judío.
Éste salió de la prisión.
Júdas quedó cabizbajo y reflexionando.
En esta actitud permaneció algunos momentos.
Luego se dijo:
46
386 MARÍA. MAGDALENA.

“ -Si él es Hijo de Dios, demasiado escapará á las manos de sus


enemigos. Yo lie dudado siempre... La sombra de la duda se lia le ­
vantado constantemente en mi corazon nublando mi cerebro. Pronto
va á desvanecerse esta duda... Pronto le prenderán y le juzgarán...
Judas se estremeció de nuevo y volvió á quedar cabizbajo y
silencioso.
Al cabo de una hora volvió Benjamín con una orden del gober­
nador para poner en libertad al apóstol.
Este salió con aquel.
Ambos se dirigieron á la casa de Caifas.
En una sala estaba reunido el consejo.
Benjamín saludó al pontífice con reverencia y presentando á
Judas, dijo :
— Este es el hombre.
— Bien venido el que llega para hacer tan importante servicio al
consejo, profirió Caifás. No tendrás queja de su generosidad Conti­
go, Judas. Entretanto acércate.
El apóstol llegó á la mesa del presidente.
En un platillo había treinta monedas de plata.
El presidente le dijo :
— Aquí están los treinta dineros que el anciano Benjamín te ha
ofrecido: toma y cuenta.
Júdas se pnso á contar las monedas, examinándolas Juego una
por una.

— Vé si están cabales y si son buenas.
— Cabales están, buenas... estaño lo parece.
— Toma esta
* otra.
— Bien está.
— Estás pagado. Ahora hasta la caída del sol. Aquí en esta mis-
ína casa te esperamos.

— No faltaré.
Júdas hizo una profunda reverencia y salió.
— Cuando sus mismos discípulos le venden, quién será él, ob­
servó un anciano.
MARJA m agdalena. 587

— Sábios rabinos, profirió Caifás, ya nada nos queda que hacer


por hoy hasta la noche.
El consejo se levantó despidiéndose sus individuos satisfechos
del sesgo que iba tomando su plan,
CAPÍTULO XLII.

El beso de JucLas.

Envuelta en las sombras de la noche va por el camino que con­


duce al Huerto délos Olivos la tropa que lia de prender á Jesús.
Júdas anda, como guia, delante.
Síguenle Benjamín, Malcos, satélite del consejo, vários sayones
y algunos soldados romanos mandados por un oficial que represen­
ta la autoridad del gobernador.
El Maestro vela, rodeado de sus discípulos dormidos, en el
Huerto.
Penetra allí la tropa.
Jesús despierta á los apóstoles.
Estos se levantan despavoridos.
—¿Qué pasa, Maestro?
— Que ya vienen á prenderme.
—No será mientras pueda mi brazo blandir esta espada, excla­
ma el viejo Pedro desenvainando el acoro.
Júdas se adelanta, se dirige al Maestro y le da un abrazo y un
beso.
En seguida se separa-
£1 beso de Judas.
MARÍA. MAGDALENA. 389

Malcos, que lleva unas cuerdas en la mano, da algunos pasos


hácia el Nazareno, paja aprisionarle.
Pedro le reprende duramente por su falta de veneración al Hijo
de Dios, le amenaza, y acompañando la acción á la palabra, des­
carga un tajo á la cabeza de Malcos, cortándole una oreja.
Los judíos, y aun los soldados, quedan un momento asombra­
dos ante el valor de Pedro.
Jesús reprende entonces al apóstol, dieiéndole que quien á hier­
ro mata, á hierro mu&re: que el terreno de la razón no debe invadir­
se jamás con la fuerza, porque lo que la razón no aleanza tamp oco
lo alcanza el hierro.
A los gritos de dolor de Malcos, el Salvador se compadece y co­
giendo la oreja del suelo, la moja con su saliva y se la pone otra
vez, quedando adherida.á la cabeza sin la menor señal de haber sido
separada.
Este milagro, lejos de calmar el furor de Malcos y de los otros
que lo presenciaron, lo acrecentó.
A tal punto llegaba la ingratitud y la maldad de los judíos, re­
presentados en su inmensa mayoría por los que fueron á prender
al que habia venido al mundo para salvarles.
Malcos se arrojó sobre el Maestro.
Enseguida se lanzaron á él los sayones, atándolo fuertemente.
Los apóstoles que le acompañaban huyeron despavoridos.
Júdas se deslizó sigilosamente como una culebra entre la ma­
leza.
El Maestro estaba ya en poder de sus enemigos.
E l contento de estos era grande, porque tenían la esperanza de
llevar hasta el ñn su infame proyecto.
Los hijos de Benjamín esperaban con doloroso afán la vuelta de
su padre.
Sabían á dónde habia de ir aquella noche.
A la madrugada volvió el viejo judío.
E l semblante de su padre dijo á Sahara cnanto pudieran decirle
sus palabras.
390 MARÍA MAGDALENA.

Esta, no obstante, le preguntó.


— Ya está en nuestro poder, respondió Benjamín.
La fatal noticia llegó aquella mafia,na á oidos.de Magdalena.
Sabara y su marido se apresuraron á llevársela.
E l consejo se constituyó inmediatamente para oir á Jesús.
E l proceso estaba de antemano preparado, y de todas suertes,
falsas ó verdaderas, arregladas ó nó á la justicia, habían de resul­
tar, según la ley, pruebas bastantes á condenarle.
Los testigos buscados por Benjamín se hallaban dispuestos á de­
poner la respuesta que se les había dado, á las preguntas de los
jueces.
Del primer consejo, salió Jesús condenado en opinion de todos
sus individuos.
E l pueblo judío, ignorante y fanático por su Ley, estaba agol­
pado á las puertas de la sinagoga, esperando saber hasta qué pun­
to las respuestas de Jesús satisfacían á los sábios rabinos allí con­
gregados.
Previsto esto por los que llevaban, la dirección del infame plan,
despacharon oportunamente emisarios que soliviantaran la con­
ciencia pública contra Jesús, diciendo que de sus respuestas y ex­
plicaciones resultaba que era un embaucador, un falsario, un con­
calcador de la Ley de Moisés, y un blasfemo, puesto que se decía
Hijo de Dios, y se proclamaba el Mesías anunciado por los profetas,
no siendo más que un visionario y un mentiroso.
Poco, en verdad, costó obtener de la multitud ignorante lo que
de ella se deseaba.
Cuando Jesús salió para ser presentado á Pilatos, el pueblo, ya
prevenido en contra, prorumpió á gritos, llenándole de dicterios y
agolpándose tras él á las puertas del Pretorio clamando justicia y
la muerte del que había tan gravemente faltado á la Ley.
Hallábase en estos momentos Pilatos en compañía de su mujer.
Estale increpaba por haber dejado prender á Jesús.
A lo cual Pilatos observó:
— ¿Tú no crees, en verdad, que haya causa?
MARÍA MAGDALENA. 391

— No.
— Entónces, ¿qué temee?
— Temo que, puesto que has sido débil para dejar que se hicie­
ra. la primera injusticia con él, lo seas para permitir que se haga la
última.
A sus oidos llegaron los gritos del pueblo.
Proela se sobresaltó.
Un doloroso presentimiento hirió su corazon,
Pilatos se levantó y í'aé á asomarse á una ventoua, Proela se
asomó también.
El gobernador palideció al ver el cuadro que se ofrecía á sus
ojos.
La actitud del pueblo, ä cuya cabeza marchaban sus agitado­
res, le impusieron vivamente.
Comprendió lo difícil que era calmarle, existiendo tan grande
interés en mantenerle exaltado por parte de los que le concitaban
contra Jesús.
— ¿Qué dice á esto el gobernador de Jerusalem?le preguntó
Proela.
Pilatos calló.
Su mujer añadió en seguida:
— El que fué bastante débil para ceder á tan pequeña fuerza,
¿será bastante fuerte para resistir tan poderosa presión?
— ¡Calla! profirió Pilatos cruelmente mortificado por las palabras
de Proela.
En tanto el pueblo, engrosándose más y más de cada momento
delante del Pretorio, gritaba:
— ¡Muera Jesús!
Este grito que á intérvalos sonaba como la voz del trueno eh-
medio de la tempestad, hacia el efecto de un golpe de maza en la
cabeza de Pilatos según quedaba de anonadado cada vez que le oia.
Respecto de Proela, que amaba al Maestro cuya doctrina ya^ ha­
bía abrazado, eran las voces del pueblo agudos puñales que traspa­
saban su corazon.
392 MARIA MAGDALENA.

Otra vez habló Proela en la ventana á su esposo repitiéndole:


—¿Será hoy bastante fuerte el que ayer fué bastante débil?
— ¡Calla, repito! exclamó el gobernador.
Y luego añadió:
—Vete, déjame.
Proela resistió.
Pilatos dijo entónces en tono grave y solemne:
—En Roma., la mujer obedece.
Proela bajó la cabeza y se retiró suspirando á su aposento.
CAPÍTULO XLIII.

La flagelación.

Pocos momentos despues se hallaba Pilatos en la sala del Pre­


torio, sentado en su tribunal para oir á los acusadores, y al que
como delincuente se le presentaba.
Caifas saludó á Pilatos inclinándose ante él y diciendo:
— Guarde el Dios del cielo la salud del gobernador.
—El prospere y enaltezca su persona, añadió Anás, haciendo
igual reverencia.
—Bienvenido el pontífice de Jerusalem y la compañía que trae.
—A tu autoridad presentamos este hombre, profirió Caifás, se­
ñalando al Maestro.
—Este es el falso profeta, añadió Anás.
—Del emperador Tiberio en descrédito y en mengua ha osado
proclamarse rey de Judea, dijo Caifás. Ha concitado en varias oca­
siones al pueblo hasta el punto de promover motines alarmantes, y
las leyes castigan con pena de muerte al que seduzca al pueblo y
se declare usurpador 6 enemigo de la autoridad del César.
— Gran delito es el que acusáis, como sea cierto, dijo Pilatos.
—A no serlo, ni lo acusáramos, ni presentáramos al delincuente,
repitió Caifás con energía.
íhi
4«4¿W

594 MARÍA MAGDALENA.

— Si está probado... dijo Pilatos con acentuada duda.


— Y aseverado por los testigos necesarios.
— Se proclama Hijo de Dios, y una gran parte del pueblo le tie­
ne por el prometido Mesías.
Pilatos hizo llegar al Nazareno á su lado y le interrogó acerca
de la última acusación.
Jesús respondió afirmativamente.
El gobernador palideció. La afirmativa del Maestro le puso en
grave conflicto.
' En nada de cuanto se le acusaba veia el gobernador causa de
castigo, mirando como miraba á Jesús con los ojos de su propia
conciencia; pero comprendía el arma poderosa que sus palabras
prestaban á sus enemigos. ■
pilatos pidió el proceso y lo examinó.
Habia en los procedimientos graves defectos que permitían al
juez darlos por huios, j esto hubiera hecho Pilatos dé búon grado,
poniendo -al Maestro en libertad.
Pero sus acusadores no hubieran respetado el recto proceder'dél
gobernador, y lo húbie'sen aprovechado como un pretesto para. aca­
bar de enfurecer al pueblo y producir uñ verdadero trastorno que
Pilatos temía por el eco que hubiera hecho en Roma.
Un medio se le ocurrió entóneos para evadirse.
Vió que Jesús era hijo de Galilea y dijo :
‘—’Este hombre no éstá dentro de mi jurisdicción, y creo que no
me toca á mí el juzgarle.
— ¿A quién, pues ?
— En Galilea, y á la autoridad de Herodes corresponde, porque
él manda en Galilea. Llevadle, pues, al Petrarca y que r'esúeívá lo
que estimé justo y conveniente.
— Éste hombre es galileo, en verdad, replicó Caifas; ha Cb-
metido él delito en Júdea, y al prendedle, de está provincia toca
juzgarle.
— Atienda el pontífice que yo lio tolero aiñoiiéstaeionés ni admi­
to réplicas de nadie en lo que se refiere ál cumplimiento de mis de­
MARÍA MAGDALENA. 395

beres de gobernador y de juez. Repito, que oreo que este, hombre


no está bajo mi jurisdicción, y sí-bajo la de Herodes, y que le lie-
veis al Petrarca si os place. Esto, digo, y nada,ma^:quiero, aiiadió.
Pilatos se levantó de sti asiento., y abandonó la sala;dpi tribunal.
Con esto pareció·, Pilatos quedar tranquilo.
Proela habia oido todo.
Al salir de la sala se encontró el pretor· con, su mujer-
— Mal has obrado, s eaqr.
— ¿Tú me reprendes por lo que he hecho?
— Te advierto tu falta, no te reprendo.
— ¿Qué.debí haoer?
— Juzgarle y absolverle.
El gobernador hizo presentes á Proela las consideraciones á que
había atendido para evadirse de ju zgar á Jesús,
— No has. estado hábil, por más que tú lo creas : has estado solo
d é jn j.y tu dQbilidp,dr perderá al Maestro y echará sobre tj; CQnoiqftr
eia; un qp ,t§ ver᧠libre jamás.
— ¿Auguras en mi daño?
.— N0 hago más que. declarar lo que mi corazon siente;, j)or tu
bien y por el espíritu de justicia.que.me anima..
Pilados se sentía profundamente mortificado cada, vez que su
n3j5y¡% cuy,a voz ei;a qlecode su propia coi^piencia,, le,hablaba deeste:
asuntp, ^ .^ ra terminar la conyers^ci^n dijo.:
— Yo me he evadido de juzgarle; más no he podido haqer por él
ni en descargo mió.
Los judíos llevaron á Jesús al Petrarca de Galilea, sin alcanzar
otro resultado que el de que Herodes añadiera una injuria más, á las
qjj£?el.errpr, 1%ignorancia y la malevolencia: hacían caer; sobr.e el
Divino Redentor.
OtrgLV^z fué.Jesús presentado á Pilatos..
— Heredes nos ha dicho que devolviéramos á tu autoridad al de­
lincuente, que á tí y no á él toca j uzgarle, profirió Caifás.
Pilaos puestQ.Qtrp, vez qn el crítico trance, reflexionó, un rato y
luego dijo :
396 MARÍA MAGDALENA.

— El condenar á este hombre es contra mi conciencia.


— ¡Qué dices! profirió Caifás con rabia.
— Verás cómo intenta salvarle, profirió Anás.
De entre el pueblo agolpado á las puertas, se levantó un murmu­
llo sordo semejante al fragor lejano de la tempestad.
Pilatos se extremeció; pero añadió sin embargo:
— Ni del proceso, ni de las respuestas que' ha dado á mis pregun­
tas, resulta en mi opinion causa bastante para condenarlo.
•— ¿Qué causa crees tú suficiente? interrumpió Caifás?
E l pueblo rugió de nuevo.
Caifás volvió á hacer el relato de los que proclamaba como deli­
tos de Jesús.
E l gobernador se dirigió entonces' al pueblo, ensayando otro
medio que le ocurrió en aquel momento, y dijo:
— Pueblo de Judea, la Páscua se acerca: es en tí antigua cos­
tumbre el perdonar la vida á un reo en esta festividad. Jesús y
Barrabás se encuentran hoy en este caso; ¿á cuál de los dos per­
donas?
— ¡A Barrabás!— gritó inmediatamente el pontífice.
— ¡A Barrabás!— repitió el pueblo.
— ¡Pueblo ignorante y fanático!— gritó el gobernador,-— ¿no ves
que Barrabás es un ladrón y un asesino y Jesús inocente, porque
ningún daño te ha hecho? Reflexiona, ¡oh pueblo! y responde :
— ¿A quién perdonas?
— ¡A Barrabás!
— ¿A quién condenas?
— ¡A Jesús!— gritó el pueblo con bárbaro furor.
— ¿Es decir j— repitió Pilatos ,■
— que condenas al inocente y salvas
al perverso? "*
— No merece que se considere inocente,— se apresuró á replicar
Caifás,— el que osa proclamarse nuestro rey y escarnecer así la
soberana autoridad del emperador de Roma.
— ¡Muera Jesús-!— volvió á gritar la desaforada voz del
pueblo.
MARÍA MAGDALENA. 597

•—Pues con tan grave cielito,— profirió entonces Pílatos,— á vues­


tras manos le entrego.
— Nd, nó.
— Castigadle vosotros que le habéis juzgado reo.
— Ya sabe el pretor,— dijo Anás,— que no nos es permitido cas­
tigar al delincuente. Tenemos solo la facultad de prenderlo y pedir
al gobernador que le castigue, y esto pedimos todos, en nombre
de la ley y en nombre del emperador Tiberio.

— ¡Sí, sí, en nombre de la le y y en nombre del emperador!—
repitió enfurecido el pueblo.
Cada vez que el motín invocaba el nombre del emperador, Pi-
latos temblaba.
— Está bien,:— dijo por fin.
Y mandó que ataran á Jesús á una columna y lo azotaran.
Los bárbaros ejecutores de la órden llevaron al Maestro áuno de
los patios de la casa.
Gran número de pueblo corrió al patio.
— Esto no basta,— dijo Caifás á sus amigos.
— Claro que no basta, pero por ahora que le azoten.
. — Quería salvarle á toda costa.
— Hasta se le ocurrió invocar en su favor la costumbre de la
Páscua. '
— Y el pueblo ha perdonado á Barrabás,
— No importa: ese ha de volver á las suyas, porque es ladrón y
asesino por naturaleza, y él mismo nos dará en breve motivo y
ocasion de volverle á prender y castigarle. Con Jesús no hubiera
sucedido lo mismo. Si hoy se le salva, muy en breve se hace el
verdadero rey de Judea, y entonces el remedio hubiera sido impo­
sible de todo"punto.
— ¿Pero no hemos nosotros de presenciar el acto?— dijo Caifás.
— Será espectáculo que no dejará de tener interés.
— Desde esa galería se puede mirar al patio.
En este instante se oyeron grandes voces de pueblo.
— ¿Qué gritos serán esos?
598 MA.RÍA. MAGDALENA.

— La presencia del augusto rey, que, sin duda hace prorumpir á


su pueblo en aclamacioaes á su grandeza...
— Que vá á ser grandemente azotada.
— Por ahora,— dijo Caifás.
— Crees que despues de esto...
— Lograremos verle crucificado.
— Así sea,— dijeron á. un tiempo Anás..y Benjamín, dirigiéndose-,
á la galería para presencial· la ejecución de la orden de Pilatos.
Las voces del pueblo no cesaban, y á medida que se iban.apM'
simando á la galería, mas claramente percibían Caifás y sus co^r.
pañeros-gritos como estos:
— ¡Vaya allá la mujer liviana!
—¡Fuera la ramera! '
„ — ¡Que la azoten!
— ¡Sí, que la azoten con él!
— La causa del alboroto es una mujer,— profirió Caifás.
— Sí, en efecto; ¿la conocéis?— dijo Benjamín,
— ¿No es Magdalena la convertida?— pregunté Caifás en íqi^o de
mofe.
— La misma es.
— ¿Y á.qujé viene aquí?
— Seguramente á predicar a] pueblo, porque veo que le estác
arengando.
— Qjierrá volverlo en. favor de su Maestro,
— ¡Vaya una. influencia! ,
— Cuando taleSi gentes le ,apoyan, ¿quién será él?
— Pero si no la dejan hablar.
— Vamos, hace el ^fecto contrario*
— Si todavía los irrita mas.
— Ved qué_cara tan compungida tiene.
— Querrá moverlos, á, compasion-
— Sí, pues lo consigue. ¡Ved cómo la atropellan!
Un nuevo rugido del pueblo se dejó oir- en este momento-
La fina amante de Jesús llegó al sitio, d^l. consejo cuando éste
MARÍA MAGDALENA.

había levantado la 'sesión, y 'e l Máéstróera cóndücido á casa de


Pilatos.
Magdalena no pudo hacer eü la. Sinagoga más que rogar á lós
áitciáínos qúe allí quedaban, lds:duales la. rechazaron con befás y es­
carnio de sil dolor y de la persona por quien suplicaba.
Corrió enseguida al Pretorio, pero llegó también cuando el
Máéstro ya haba salido para G áliléa.
Aquel dia fué para Magdalena de'crúertórmóüto, de ansiedad
imponderable.
A G&HM;hubiese ido también e n ’alás'de su afán; péroün vie­
jo qtie edntemjild su amargura y se compadeció do ella la dijo:
— No Vayas á Galilea, porque ;én vanó harás él camino. Horodes
lio sentenciará á Jésús. Yo conozco lo que sucederá en esto, y te
aseguíó que Pilatos no ha querido más que ganar tiempo. Ya sabe -
'él qíie no toca á nadie más proferir la sentencia. Aquí, pués, volve
rá Jesús. No vayas, aguárdalo que muy en breve le verás volvrir.
No hubieran tampoco bastado las palabras del viejo a detener
á Magdalena; pero sus fuerzas físicas desfallecieron con las violen-
tas sacudidas de aquellas terribles horas que pasó atormentada por
tan cruel angustia, -y él deseo del alma tuvo que ceder á la postra*
cióhdel cuerpo.
Magdalena habia quedado en la ciudad, en un aposento de'la ca­
sa de Sahara; pero ignorándolo Benjamín.
Ader estaba á la mira constantemente para dar aviso á María de
la -primera noticia que se tuviera de Jesús.
Apénas entró el Maestro de vuelta á la ciudad, corrió el esposo
de Sahara á ponerlo en conocimiento de Magdalena.
— -¿Y á dónde lo llevan? preguntó esta.
.. — A Pilatos otra vez.
María corrió, hácia el Pretorio.
La multitud, como hemos visto, estaba agolpándose á las puer*
tas y gritando frenética y enfurecida.
Los gritos eran de muerte.
A l oírlos María sintió helársele la sangr’e en las vonás,
400 MARÍA MAGDALENA.

XJn momento quedó atónita é inmóvil de espanto.


Pero en breve el fuego del amor divino que ardía en su corazon,
volvió á animarla, y penetrando por entre la masa del pueblo em­
pezó á hablar á los ilusos demostrándoles su error y el gran· cri­
men que estaban cometiendo contra el verdadero Mesías.
Las carcajadas más insultantes, los denuestos de todo género y
de Za especie más soéz y grosera fueron la respuesta del embriaga­
do pueblo á las frases de María.
Esta no sentía los insultos dirigidos á su persona.
Los dardos de la grosería, de la malicia, no llegaban á su cora­
ron escudado con la mansedumbre y humildad de que estaba reves­
tido. Le herían solo y muy vivamente, porque indicaban hasta qué
punto era enconado el odio á Jesús, y la dificultad suma de. hacer
entrar en razón á un pueblo ignorante y á tal estremo excitado.
Pero no por esto· desmayaba María, pidiendo al mismo tiempo
que la abrieran paso para llegar hasta el gobernador.
Yano intento.
La muchedumbre apiñada no atendía á sus palabraá más que
para burlarse de ellas. ;
Magdalena intentó abrirse paso á viva fuerza. .
Entónces fué cuando algunos hombres se irritaron contra ella y
cuando á los gritos que hemos oido desde la galería sucedió un ac­
to de brutal atropello contra María,
E l pueblo la arrojaba ignominiosamente del pátio.
En este instante asomó un hombre á la galería al lado de Anás
.yCaifás.
' A l ver lo que en el pátio pasaba, lanzó un grito y desapareció.
Pocos instantes después aquel hombre apareció en el pátio dan­
do puñadas á derecha é izquierda y abriéndose paso de esta suerte
entre la multitud.
— ¡Yive Dios! ¿Quién me pega?
— ¡Ayí
— ¡Queme han roto las quijadas! .
— ¡Es
*
un centnrion! !
MARÍA. MAGDALENA. 401

— ¡Un centurión! paso.


De esta
i i.:
manera,
; i
y* en
?/
medio de estas fexclamaciones,
i ! ' . Tí . · ; · ; : . i i
se
:v
abrió
··!·.·
pa-
·:·

so Cayo Antonio basta Magdalena.


Sin hablar una palabra M cogió de la mano y la sacó del pátío.
El pueblo abrió calle respetuosamente para darles paso.
Cuando Cayo Antonio hubo salido, profirió alguno, y esto muy
por lo bajo, alguna palabra denigrante para el oficial romano que
tomaba la defensa de mujer tan desconceptuada.
Apenas salía Magdalena del patio, entraba en él el Nazareno
*>¡ ¡ i ·■:?.. V i .J-'W 1 . . -.¡ jl i.i . i': u ¡ .·, ·
en medio de los que iban á azotarle.
Cayo Antonio llevó á María á un sitio retirado haciéndola sen-
'y 1u .!jí'l-j··/ s . · . i j ; ' ú n k . . i i ; ■’ .· u iit >!¡ ■ :■ ;<¡ · > i;:...-: ■■
tar en un banco.
— Queda ahí por breves instantes* mientras yo voy á por un
poco de a^ua que neutralico el efecto del susto que has recibido,
— No, no vayas Antonio, porque no es agua lo que irii espiral}
necesita. G-racías te doy por la gran merced que acabas de hacerme.
* i . t i l . >iJ .¿A ¡ '
— -No me lo agradezcas María; yo soy el que agradezco $ los dio­
ses inmortales que me hayan puesto en el caso de poder librarte
del furor de ese pueblo bárbaro y cruel.
> i í ; 1 : 1 ; .· r í í ¡ , t· i ‘ ¡v.· i 10:0=:·-. ? . ¡ -
— ;¡No sabe lo que se hace!
— ¿Pero cómo estabas tú aquí? ¿á qué has venido?
, i í : r! U f , ' 's ■ V I A j: . ¡

— A que tú me vieras sin duda...


— ¡María!... exclamó Cayo Antonio con amor.
— Para que me llevaras directamente á ver al gobernador.
— ¿Al gobernador quieres ver?
— Sí, Aiitonio, quiero verle y pronto: Dios te ha enviado sin
duda para que me prestaras tu auxilio. Llévame. ,
— Pero, ¿con qué objeto?...
— ¿Con qué objeto? ¿No ves lo que sucede, que le van á sentexi-
J ; s ■; : , ·' < - wl . · i -. ; ! í . ., ·■ .·■ ■ '- i [ „ .) .\ ) j ¡ í ‘ ¡V ·

erar?...
— Y tú pretendes...
— Arrojarme á los piesdel gobernador para pedirle que no lo
haga, que Jesús es inocente, que es el Hijo de Dios...
;í rf< ·.>?'-
— ¡Magdalena!
-■■ ···'··-··__ — „ —■■■■■ ■ ·· ·■· Ii . -ni....... . . I i · , ■■

402 MARlA MAGDALENA.

Y que no quiera hacer caer el rayo de la cólera del Dios eter­


no sobre este desdichado pueblo. Llévame, te ruego, á la presen­
cia del gobernador.
— Pero María, reflexiona...
— No es tiempo de reflexionar...

— Piensa que...
— No mas, que el Maestro va á ser sentenciado y que yo debo y
quiero ver á Pilatos. Llévame Antonio, ¡así negarás esta merced á
esta pobre mujer que te lo pide de rodillas y bañando tus piés con
sus lágrimas!
— ¡Ah! ¡cuánto le ama! murmuró el Centurion contemplando
con dolor á María á sus piés.
Luego levantándola profirió:
— Atiende que estás en un error, María; si ese hombre fuera el
Hijo de Dios...
— ¡Antonio I
— Y nuestro prometido Mesías, no .seria víctima de la trama de
sus enemigos, porque* los hubiera ya confundido.
— ¡Oh! ¡calla, calla, no ofendas al cielo! Pero llévame, ¡ah! ¡Dios
mió! ¡ves que me muero, que mi corazon te ruega desgarrado y
no me atiendes! ¡Antonio, compasion!
— Ven, profirió el Centurion con despecho.
Y cogiéndola de la mano á Magdalena la introdujo en el pala­
cio y atravesando habitaciones la llevó á la que ocupaba Pilatos
en aquel momento.
María se arrojó á sus piés suplicándole en nombre de la justi­
cia, de la inocencia, y por el Dios del cielo, la salvación de Jesús.
Los acendrados pasos de Magdalena, su llanto, su persuasivo
acento, conmovieron profundamente á Pilatos ya de antemano afec­
tado por el conflicto de que miraba.
— No soy yo el que ha de perdonarle, mujer, respondió.
— ¡No! ¿quién entonces?
— Sus acusadores mas bien,
— ¡Sus acusadores! el juez eres tú.
MARÍA. MAGDALENA. 403

—Pero ellos son los que me obligan á condenarle: que ellos de­
cidan, y será mas fácil que yo cumpla tu deseo que es el mió tam­
bién. Vé y ruégalos á ellos.
—No me atenderán, porque ellos son sus enemigos, y la voz de
la justicia no se deja oir allí donde hay oido solamente para la voz
de la iniquidad y el encono.
—Razón tienes, en verdad.
En este momento entró un oficial á decir al pretor:
— El que has mandado azotar se halla según has mandado en la
sala del tribunal.
— Allá voy, dijo Pilatos saliendo del aposento.
Magdalena, que no sabia el castigo qué se hibia impuesto al
Maestro, se quedó al oir las palabras del oficial confusa y muda
por un instante.
El gobernador salió y María llamó al oficial di siéndole:
— Que me digas, te ruego, quién es ese que han azotado.
—¿Tu lo ignoras? Es Jesús.
— ¡Jesús! gritó María.
Y lanzando el grito cayó al suelo sin sentido.
Pilatos que estaba todavía á corta distancia volvió la cabeza y
preguntó:
—¿Qué es eso? -
—Esta mujer que se ha desmayado.
— ¡ Infeliz! murmuró el pretor.
Y mandó al oficial:

—Haz porque la lleven á un aposento, que la coloquen en un
lecho y le presten los auxilios necesarios.
El oficial corrió á cumplir la órden del gobernador.
CAPÍTULO XLIV

El sueño dé la mujer dé Filatofc.

El gobernador se encaminaba pensativo y cabizbajo á Ía, sala


del pretorio.
— ¡Ójalá, Murmuraba, el castigo que conlrá íni voluntad y con
toda repugnancia he mandado se le diera, sirva para aplaea;r la Co­
lera de sus enemigos y evite una desgracia mayor! ,
En este instante le detuvo úna voz que le llamo.
— ¡Proela!
— Yo soy .
■—¡Qué íienes! ^eo tu rostro pálido, hundidos y tristes tas ojos...
—Ahora me levanto.
— Mucho ha prolongado hoy Miorfeo las üórás de1 tu reposo.
—No de reposo, mas bien de tormento han sido, profirió Proela.
—¿De tormento?
— Producido por el mas horrible de los sueños.
— ¿Has soñado?
-—¡Oh)sí, y qué cosas, qué desgracias, qué maravillas!
—Vengan los augures y que interpreten tu sueño.
................ ■'■■■............................................. ........................ ......................." ■ 1

MARÍA MAGDALENA. 403

— No hacen falta. A tí te lo voy á explicar, y mejor que ellos tú


•, <
1,. i
podrás interpretarlos.
— ¡Yo! . '
— Tú, sí. Sígueme.
— ¿A dónde?
— A mi aposentó.
— Atiende que me aguardan.
■— Ya irás.
— Es asunto urgente. Jesús está en íá sala del pretorio.
— ¡Jesús“! ¡Ah! ven.
Y Proela se llevo dé lá mano á su esposo.
Llegaron al aposentó. Proéla entornó la puerta y habló en es­
tos términos;
— Tarde me dormí la pasada nocíie. Una idea atormentaba mi
mente y no permitía que mis párpados se cerraran. Era la prisión
de Jesús. Su recuerdo me tenia inquieta; pensaba en él y al mismo
tiempo pensaba en tí.
— ¿En mí?
— En tí. Por mas que hacia no acertaba á separaros, y los dos
juntos; unidos, os movíais por él ancho campo de mi pensamiento.
Delante de mis1 ojos se fué poniendo una nube, los privó de toda
luz. Así estuve entre tinieblas largo espacio hasta que la nube se
fué rasgando y entonces... ¡ah!
— ¿Qué viste?
— Apenas acertaré á explicarlo: presentáronse á mis ojos los si­
glos venideros y legítimos, y vi levantarse y hundirse populosas
y grandes ciudadés y cómo de la mar brotaba tierra virgen cubier-
ia de. verdura, y á su alrededor juguete de las olas varas'de cón­
sules partidas, harapos de rota púrpura imperial, efigie de mármol
y aras' ensangrentadas, rotas también; la belleza de Venus cubier­
ta de lodo, Juiío y Eiterea, y Júpiter y Pluton; los dioses' todos
perdido su poder y luchando .débilmente contra las aguas que los
amagaban con desesperada muerte; y en tanto, sobre las mismas
aguas avanzaba con marcha triunfal y majestuosa, pasando sus
406 MARIA MAGDALENA.

rizadas por encima de los restos de tanta destrozada grandeza au


carro brillante esplendoroso de marfil y oro; de pié, en el levan­
tado plinto descolla una matrona de sin par belleza, y en lugar del
águila vencedora, tremolaba una cruz.
— ¡Una cruz! profirió Pilatos.
— Sí, una cruz.
— ¡Ese instrumento vil y afrentoso de muerte!
— Ese instrumento, pues, adoraban, la rodilla en el suelo, las
generaciones futuras: la cruz llevaban guerreros sacerdotes en el
pecho y era la cruz la enseña de sus pendones: puesta la vi sobre
la real corona, levantarse en los campos, en las plazas de las ciu­
dades y coronar las empinadas torres de los templos dominando has­
ta la región del viento.
Pilatos escuchaba silencioso, la cabeza inclinada al peso de la
mente y baja la vista al suelo, la relación de su esposa.
Proela continuó:
— Esto vi, y al tiempo que mis ojos contemplaban atónitos tanta
maravilla, hirió mis oidos la recia voz producida por el concurso va­
rio de tantas gentes que en tono solemne decían: Creo en un solo
sér omnipotente, en ese Dios padre y■en Jesús unigénito del padre,
Dios que se hizo hombre pava venir al mundo y redimirnos del pe­
cado y abrirnos las puertas de la gloria; creo en Dios omnipotente y
en Jesús su único Hijo que padeció hajo el poder de Pondo...
— ¡Poncio! exclamó el gobernador.
— Yo aterrada como tú preguntó:. ¿Qué Poncio es ese? Y me res­
pondieron Poncio Pilatos.
— ¡Pilatos! ¡yo! exclamó el pretor eon espanto.
— Tú, esposo mió. Válete del anuncio: yo he soñado para que tú
no yerres: oye, Poncio, que añadieron despues los que me hablaron:
— Borrará el tiempo el nombre y la memoria de Cedro, y Belo, y Cé­
sar, y Alejandro, mas la del cobarde $%№% de Jesucristo...
— ¡Cobarde yo!
— Dwrará lo que el sol en el espacia.
— Cobarde nó, repitió Pilatos.
MARÍA MAGDALENA» 407

— Débil, replicó Proela, y cobarde es todo uno.


— Sagaz soy al obrar así, no cobarde, dijo Pilatos que pretendía
ocultarse á sí propio su debilidad justificando su proceder en la idea
de evitar un conflicto en la ciudad y el desagrado del emperador.
— Vó y saca pronto de la prisión á Jesús; todavía es tiempo de re­
mediar el daño; atiende Poncio que es el Mesías, es inocente... yo
padezco por él.
A l tiempo de proferir la esposa de Pilatos estas palabras, se pre­
sentó Benjamín enviado de Caifás, y dijo:
— Ya le azotaron.
— ¡Calla! gritó el pretor y vete.
Benjamín bajó la cabeza y salió.
— ¡A quién han azotado! preguntó Prbela con viva ansiedad.
— A Jesús, pero...
— ¡Ah, qué has hecho! ¿Le sentenciaste ya?
— Con ese castigo trato de evitar su muerte.
— ¡Pero le has castigado!
— También él castigó en el templo.
— Pero al fin, ¿cuál es su delito?
— Le acusan de impiedad rebelde.
— Conforme al Código mosaico mas impíos como tú y yo misma.
— No es en verdad culpa grave la de Jesús; pero levanta escán­
dalos. Todo Jerusalen pide su muerte.
— Muera antes Jerusalen y tú, por defender al justo.
— No merece un judío que dé la vida por él el mas ínfimo roma­
no, cuanto menos Poncio Pilatos, representante del poder del César.
— Recuerda mi sueño, Jesús es hijo de Dios.
— Psiquis es diosa ya, y antes fué cruelmente atormentada de
Vénus, hoy habitan ambas en paz en el Olimpo.
— ¡Despreciable fábula!
— Verdad ó mentira no me dá mas cuidado que á tí; pero me le
dá y grande Jerusalen. Amenaza surgir un grave tumulto, si yo
le calino, y con el castigo que he impuesto á Jesús le salvo de la
muerte, cumplo con él y con el deber de gobernador de la ciudad,
408 MARÍA MAGDALENA.

Vean los judíos á su Profeta salir ensangrentado á mi balcón


y su furor cesará; si es Dios él comprenderá la intención de su juez
y le ayudará. Si no lo es, no debemos ni tú ni yo por tan poco in­
quietamos: de todas maneras mi conciencia está tranquila. Voy á
verle.
Y Pilatos se dirigid á la sala del pretorio, no con la conciencia
tranquila como había manifestado, sino profundamente alterada,
pensando en el sueño da su mujer y abrigando un presentimiento
tristísimo acerca del desenlace del sangriento drama comenzado.
Una voz lastimera de mujer hirió los oidos de Proela.
Esta abrid la puerta del aposento inmediato de donde la voz pa-
i ·
recia haber salido.
— ¡Una mujer, una judía! exclamó la esposa del pretor. Y dando
dos pasos hácia ella la preguntó:
— ¿Qué haces tú aquí, quién eres y á qué has venido?
— ¿Qué hago? no lo sé en verdad. ¿Quién soy? Me llamo María
Magdalena.
— ¡María Magdalena! ¡La ramera, el escándalo de Jerusalen én
mi casa!
— María bajó la cabeza humildemente á las recriminaciones de la
honrada matrona romana.
— Razón tienes para rechazarme, señora, que no otro trato me­
recen mis' culpas de una matrona virtuosa, como tú eres·, pero mué­
vate á compasion, te ruego, no mi llanto ni mi palabra, sino la
inocencia de aquel por quien mis ojos brotan lágrimas y mis lábios
te suplican besando tus piés.
— ¡ Ah! sí.... es verdad.., murmuró Proela recordando: tú, le
dijo luego á María, sigues las huellas de Jesús...
— Como la oveja descarriada sigue al pastor que la conduce á su
rebaño; como el sediento camina atraído por el manantial que mira
resplandecer á lo lejos, para apagar en sus aguas puras el ardor
de su. boóa, de esta suerte sigo al Maestro que me ha enseñado el
camino del bien; á la estrella brillante que alumbrando con su di­
vino rayo mi corazon puso de manifiesto á los ojos de mi alma la
MARÍA MAGDALENA. 409

clara fuente donde se bebe el agria purísima de eterna vida. Aquí


á esta casa he venido siguiendo sus pasos, para rogar al goberna­
dor que no le sentencie, que defienda al justo contra el furor de sus.
enconados enemigos.
—Bien venida seas entonces á mi casa, hermana mia, profirió
la'mujer de Pilatosi
— ¡ Su hermana!
— Síi tú hermana: el conocimiento del Dios único que yo también
adoro, porque á su vez los ojos de mi alma le han visto resplande­
cer á la luz de la palabra de Jesús, me ha enseñado que son mis
hermanos, los. que como yo, tienen origen en un mismo Padre, y
hermanos además por doble vínculo son conmigo los que profesan
la misma religión. Bien veiílda seas, pues, á mi casa, hermana
mia, y así venga contigo la inspiración del Omnipotente, á fin de
que tu ruego unido al mió incline al gobernador en favor del jus­
to y le haga despreciar impávido y sereno las acusaciones y el fu­
ror y las amenazas de sus contrarios. Yen hermana, y el Señor
Dios esté con nosotras.
Y esto diciendo la esposa de Pilatos, cogió de la mano á Mag­
dalena y ambas se dirigieron á la sala del Pretorio.
CAPÍTULO XLV.

Sonde Hiatos se lava las manos.

Llegó el Pretor á la sala del tribunal, y al mirar al divino Maes­


tro tan cruelmente, maltratado, se estremeció de piés á cabeza.
Y siguiendo la idea que se llevaba, hizo llegar á Jesús al bal­
cón, abierto de par en par, poniéndose él á su lado.
Caifás se colocó junto al Pretor.
El pueblo profirió en aclamaciones al gobernador al contemplar
los efectos del castigo impuesto á Jesús.
El Pretor hizo una señal para acallar el clamor de la multitud,
y á este tiempo un oficial dijo con voz de trueno:
— ¡Silencio, callen todos!
Sucedió quietud general á este mandato, y el Pretor habló en
estos términos :
—Pueblo de Judea, mira á tu Profeta, á tu Rey. Ecce Homo.
Mírale bien, añadió ■volviendo á Jesús de espaldas y poniendo de
manifiesto las ensangrentadas heridas causadas por los crueles
l i

azotes.
Nuevas aclamaciones de la muchedumbre siguieron á estas pa­
labras.
— ¡Pueblo ignorante y cruel! murmuró Pilatos. En seguida re-
MARÍA MAGDALENA. 411

pitióla sella! de silencio, volvió el oficial á dar la órden de momentos


antes, el pueblo calló, y el Pretor dijo á Caifás:
— Pontífice, este hombre ha sufrido tal tormento que en verdad
es el castigo mucho mayor que la falta cometida. Así, yo opino por­
que se le deje con la pena que se le ha impuesto.
E l gobernador dijo esto en tono bastante alto para que pudiera
ser oido por el pueblo.
Con acento fuerte y en tono mas alto aun, Caifás replicó:
— No, eso no basta- para ser justa la pena, es preciso que sea
crucificado.
— ¡Qué profieres! dijo el Pretor.
El pueblo prorumpió en nuevas aclamaciones, pero no al go­
bernador sino á Caifás.
Anás, que se hallaba entre el pueblo, gritó desde abajo:
— Quien se finge nuestro rey merece pena mas fuerte.
A lo que Benjamín, que se hallaba al lado de Anás añadió:
— La sentencia ha de ser de muerte, que asi la ley lo manda.
— ¡Sí,.sí, sentencia de muerte! gritó el pueblo, repitiendo una y
otra vez y seguidamente este grito.
No bastaban ya ni las señales imperiosas del gobernador á con­
tener los gritos.
— ¡Ea, callad! profirió el Pretor, que vuestro deseo será cum­
plido.
Estas palabras que fueron oidas por los que se hallaban mas
próximos, cundieron rápidamente y la multitud calló.
— Puesto que yo lo veo inocente, y vosotros le consideráis culpa­
ble, á vuestras manos le entrego, condenadle si os place.
— Tan solo el emperador puede juzgar al delincuente, y tú su
representante en Jerusalen,— se apresuró á replicar Caifás; y en
verdad te digo que si así no lo hicieres, nos quejaremos áRoma de
tu proceder, y el emperador sabrá cómo se mira aquí por el gober­
nador de la ciudad al que públicamente se titula rey de los judíos,
usurpando el honor y el poder que solo al César es debido.
— Ten la lengua, Caifás, que no tolero amenazas de nadie, y co­
m í MARIA MAGDALENA.

mo lo intentes otra vez, yo te fio que en la cárcel no lia dé faltar


aposento digno de un pontífice.
Pero Caifás si se abstuvo de replicar al Pretor no así de concitar
nuevamente al pueblo, al que habló enérgicamente diciendo:
— Pueblo de Jeru'salen, este hombre ha de morir, se delito es de
muerte, y la muerte ha de ser su justo castigo.
— Sí, sí, gritaron cien y cien voces.
— Vea el Pretor que sabemes tener fuerza,para que se cumpla lo
que manda la Ley. - ~
— ¡Sí, que se cumpla la Ley!
— Decid todos conmigo: queremos á Jesús crucificado.
El pueblo repitió con imponderable furor las terribles palabras
de Caifás.
— ;¡Eá, callad! profirió por "fin el gobernador, dictaré la sentencia
que deseáis.
Otro grito de universal aprobación resonó en los aires.
A l mismo tiempo se oyó un ¡ay! agudo dentro de la sala.
El ¡ay! habia sido lanzado por la triste Magdalena, que llegaba
con Proela al tiempo de dar el Pretor la palabra de la sentencia.
Proela corrió á echarse á los piés de su esposo.
— ¡Retírate! la dijo este.
— ¡Oh! no, sin que revoques la palabra que acabas de dar al
pueblo.
— Matrona romana, en Roma la mujer obedece al marido: yo tu
esposo te mando que te retires de aquí.
Proela lanzó un suspiro profundo, se levantó y, bajando la cabe­
za, salió de la Sala.
Pilatos añadió señalando á Magdalena desmayada:
— Llevad de aquí á esa infeliz.
fínloslábios de Cáifás se dibujó una sonrisa,infernal, sarcasmo
horrible al dolor de Magdalena.
E l gobernador mandó que le trajeran un jarro de agua, y ha­
ciéndole verter á un esclavo sobre sus manos á la vista del pueblo,
profirió:
MARÍA MAGDALENA. 413

— Las manos me layo de la sangre inocente que va á .verterse


por la sentencia que me obliga vuestro furor á pronunciar. Pueblo
de Judea, caiga sobre tí y sobre tus hijos la sangre del justo.
Despues de decir esto Pilatos se dirigió á la mesa del tribunal,
tomó la pluma y se puso á escribir.
E l pulso le temblaba, y por tres veces se detuvo antes de sentar
la pluma en el pergamino.
Caifás le miraba atentamente y se decia:
— ¡Es débil! aun temo que retroceda.
Pilatos empezó por- fin.
— ¡Ah! suspiró Caifás con infernal satisfacción.
Anás, en tanto, aguardaba con Benjamín á su lado y á la cabeza
de la apifiada muchedumbre, oír la publicación de la sentencia.
— Por fin se decidió, dijo á Benjamín el suegro de Caifás.
— La amenaza del pontífice ha sido muy oportuna y le ha hecho
pesar las consecuencias. Roma hubiera reprobado su conducta, y no
ha querido exponerse ál enojo del emperador por salvar á un mise­
rable. ,
— En. esto ha obrado cnerdamente.
— No fuera, ya razón quejarnos de Pilatos.
Este habia ya concluido de redactarla sentencia.
Salió al balcón y leyó en alta voz:
— En nombre del César: yo el Pretor Poncío Pilatos, gobernador
de Jerusalen, por los delitos de que el Sansiedrin ha acusado á Je -
sús de Nazaret, condeno á este á muerte en cruz, y mando que se
ponga en la parte superior del madero del suplicio un cartel en que
vayan expresados en las lenguas hebrea, griega y latina, el nom­
bre del sentenciado, y el título que se dió y por qué ha sido acusa­
do; esto es: J e s ú s d e N a z a r e t r e y d e i o s j u d í o s .
Caifás fué el primero en lanzar un grito en aclamación del pre­
sidente, grito que repitió el populacho, ébrio de infernal alegría.
— Yo las manos me he lavado: no admito ni la gloria ni la afren­
ta de esta sentencia.
; Dijo Pilatos, y se retiró del balcón.
CAPÍTULO LXVI.

La muerte del justo.

¡Qué extraño rumor se levanta en la gran ciudad! ¡Qué inmen­


so gentío inunda las calles y las plazas! ¿A. d<5 van los habitantes de
Jerusalen extendiéndose en movediza cinta por el camino que guia
desde el Pretorio al Monte Calvario? ¿Qué significa ese imponente
cortejo que sale de la casa de Pilatos deteniéndose en cada esquina
al monótono son del clarín del pregonero? ¿Por qué cubre la tristeza
el rostro de los ancianos, y lloran las madres estrechando contra su
corazon las caras prendas de sus tiernos hijos?
¡Es que van á crucificar á un hombre!
¿Quién es ese hombre?
Oid: el clarín suena otra vez... el pregonero repite la senten­
cia... el sentenciado á muerte es Jesús de^Nazaret.
Vedle. ¡Es jdven todavía! Su rostrb de. treinta y tres años, sal­
picado por las gotas de sangre que brotan de su corona de espinas^,
esparce en derredor la luz pura que destella su noble frente. Sus
cárdenos lábios, al comprimirse por la fuerza de su indecible tor­
mento, derraman á su paso el bálsamo regenerador de su doctrina,
grabando en la conciencia del pueblo las santas palabras amor y ca­
ridad.
MARÍA MAGDALENA. 41S

¡Amor y caridad! Emanación, sublime del aliento de Dios sobre


la tierra; dulcísima armonía de los sentimientos del alma con las
leyes de la, razón; eterno lazo de los séres creados con la esencia su­
prema del Criador!
¡Amor y caridad! hó aquí su sentencia formulada por sus pro­
pios lábios al lanzar estas palabras contra un poder fundado en la
soberbia y el orgullo; sobre un pueblo humillado y envilecido, cuya
conciencia iba á abrirse al sentimiento de su noble origen, por m e­
dio-de la palabra de aquel que venia enviado del cielo para decir á
los hombres que son todos hermanos, para desterrar la tiranía del
fuerte sobre el débil, y establecer el reinado de la justicia de Dios en
el imperio de la virtud, de la mansedumbre y de la humildad, so­
bre el campo en que dominaba la injusticia del hombre, sostenida
por la vanidad y la soberbia.
La soberbia, pues, soliviantada y enfurecida se apresura á inmo*
lar á la¿humildad en aras de su antigua ley, y los príncipes de los
^sacerdotes y los escribas y fariseos marchan en pos de la víctima,
r para borrar con su sangre el último rastro de sus huellas.
¡Insensatos! No saben que la idea proclamada por la víctima no
puede ser, como esta, inmolada, y que la sangre del mártir será el
agua bautismal de su doctrina.
¡Insensatos! No ven que en las entrañas de la populosa Jerusa-
len germina la esencia de la palabra del Nazareno-, no ven que la
figura de Jesucristo es la encarnación viva de la verdad eterna, y
que el pueblo judío, en el último período de su vida, ha abierto los
ojos á la luz de esa verdad que brotará luego de entre las ruinas de
' su propia raza para levantarse cual luminoso faro que fija el rumbo
de las futuras generaciones.
¡Insensatos! marchad, corred con vuestra cohorte de sayones,
con vuestro ejército de soldados ¿inmolar en la cumbre del Calva­
rio el cuerpo del Mártir, mientras este cruento sacrificio convierte
en santa enseña de su doctrina el instrumento mismo de su muerte.

Jesús caminaba, pues, al suplicio,



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416 MARÍA MAGDALENA.'

La afluencia de pueblo era inmensa.


Con este motivo se había dispuesto que fuera mayor número de
soldados del que se acostumbraba para tales actos.
Iba toda una compañía, esto es, una centuria mandada por su
cap ¡tan.
E l Centurión era Cayo Antonio.
Al contemplar el desenlace que iba á tener el drama, el antiguo
amante de Magdalena, incapaz,, por entonces, de ver lo providen­
cial de aquel acto, juzgaba á Jesús un pobre visionario, y se lamen­
taba de que hubiera podido privarle del amor y de la hermosura de
Magdalena. -
Cayo Antonio iba, pues, al frente de su s. soldados, pesaroso y
triste, pero no por la grande iniquidad .que se iba á cometer.
Anás, Caifás y Benjamín presidian el cortejo, representando el
tribunal odioso que verdaderamente inmolaba al Manso Cordero.
. En cada esquina el cortejo se detenia, y el pregonero leia la
sentencia.
, En uno de estos momentos, saltó de una calle inmediata, abrién­
dose paso entre la muchedumbre, una mujer vestida humildemen­
te, el cabello tendido,en desórden, los ojos arrasados en lágrimas,
descompuesto el semblante y entreabiertos los lábios que daban sa­
lida, entre suspiros profundos y amargos sollozos, al vivísimo dolor
que destrozaba su pecho.
. Esa mujer era María Magdalena.
Arrojóse, llorando amargamente, á los piés del pontífice, y oon
voz que partía el corazon de quien no fuera un cobarde acusador,
rogóle que le salvara.
Caifás lanzó á Magdalena una mirada llena de coraje, á la qu«
siguió una insultante carcajada, y arrojándola de sí, dióórdená sus
siervos de que la retuvieran allí hasta tanto que el imponente cor­
tejo se hallara fuera de la ciudad.
En vano las débiles fuerzas de María lucharon para desprender­
se de los robustos brazos que la sujetaban.
Su dolor arrancaba lágrimas á mas de un corazon que participa*
MARÍA MAGDALENA, 417

ba también de su sentimiento. Porque las excitaciones de los enemi­


gos de Jesús no habían sublevado contra él á todo el pueblo. Par­
te de éste quedaba fiel y adicto á la doctrina del Maestro; mas esta
parte era débil por el número y por la posicion de los que la for­
maban; y en la imposibilidad de ponerse en abierta lucha con la
mayoría, se afligía en silencio, acompañando á Jesús en su amar­
gura.
Estos eran, en medio de la muchedumbre que gritaba poseída
dé infernal furor contra Jesiís, los viejos y los jóvenes que apare­
cían tristes, y las madres que lloraban estrechando contra su cora-
zon las caras prendas de sus tiernos hijos.
Cuando los siervos de Caifás lo consideraron oportuno dejaron
en libertad á María.
La desconsolada y fina amante de Jesús, sin detenerse á reparar
en la ventaja qne el cortejo la llevaba en el camino, echó á andar
precipitadamente, volando en alas del afán de su espíritu, por el
camino del Calvario.
Dos mujeres mas se unieron á Magdalena; María Salomé y Ma­
ría Jacobé que la encontraron en el camino.
Gimiendo y llorando atravesaban las tres Marías la ciudad,
cuando otra mujer, otra María, las detuvo preguntándolas:
— Decidme, os ruego, mujeres, si habéis visto pasar al Hijo de mis
entrañas.
Sin las palabras que pronunció la madre del Salvador la hubie­
ra reconocido Magdalena. .
Solo en el rostro de nna madre podía pintarse con tan negras
señales dolor tan vivo como el que desgarraba su pecho; solo á la
voz de la madre es dado ese acento que conmueve tiernamente cuan­
do es el del cariño placentero de la madre, y parte el alma cuando
espresa un dolor por el hijo de sus entrañas.
' Ante la angustia de la Madre del Salvador, Magdalena acalló
la voz de su propio pesar y solo se ocupó en prestar consuelo y ser­
vir de alivio á la atribulada Virgen.
^-Contigo, Señora, le seguiremos al Calvario, y fia en mi amor
53
418 MARÍA, MAGDALENA.

que no he de abandonarte un momento en este trance, profirió


Magdalena.
La Virgen aceptó la compañía de la fina amante de su hijo, y
acompañada de las tres Marías, como asimismo de Juan que ya iba
con ella, se dirigió hacia el Calvario.
La Madre del Salvador, Juan y las tres Marías, llegaron momen­
tos antes de entregar el Hijo de Dios su inmaculado espíritu á su
Eterno Padre.
En este supremo instante empezó á oírse un sordo rumor que
filé aumentando progresiva y espantosamente. El sol y la luna que
brillaban en el firmamento fueron amenguando su luz; el sol per­
dió por completo su claridad y la luna se fué tiñendo de rojo hasta
quedar de color de sangre. Empozó á temblar la tierra, y mientras
en el monte tronchaba el huracan las ramas de los árboles,*y la
negra nube vomitaba el rayo y se partían las piedras y la tierra
se abría en profundas grietas, en la ciudad hundíanse las torres y
se rasgaba la cortina del templo.
Los judíos y soldados huyeron despavoridos.
Solo quedó en pió horrorizado y mudo de espanto el Centurión.
Magdalena le vió desde el pió de la cruz.
Cayo Antonio volvió un momento los ojos á aquel punto, y en­
tonces Magdalena con expresivo ademan levantó la mano señalán­
dole con el dedo el cielo.
El Centurión cayó de rodillas delante de la cruz del Salvador,
exclamando:
« '
— ¡Dios mió, yo imploro tu piedadI Reconozco á Jesús como á tu
divino Hijo, y te ruego que me admitas en tu fé y que me
perdones.
En los látaos de Magdalena se deslizó una ligera sonrisa de ce­
lestial placer.
Cristo muerto.
CAPÍTULO LXV1I.

EeBurreccion.

Acompañando á la Madre del Redentor quedo' Magdalena al pié


de la cruz.
Sus lágrimas y suspiros se mezclaban con los de la inmacula­
da 'Virgen, cuyo dolor solo por .serlo de madre podia exceder al vi­
vísimo que traspasaba el corazon de la fina amante de Jesús.
La terrible voz de los elementos, espresion pavorosa de la justa
cólera del cielo por la grande iniquidad que acababa de cometer el
pueblo judío, habia alejado del Calvario y sus alrededores á todos
los impíos, y solo quedaron al pié de la cruz la angustiada Madre
del Salvado^ Juan y las tres Marías.
Pasadas algunas horas asomaron medrosamente por la falda del
monte dos hombres que dirigieron la vista al Crucificado y se ha­
blaron de esta suerte:
— Sin duda era él el Mesías cuando de tal suerte se ha extréme-
cido la naturaleza con su muerte.
— Tierra y cielo á la vez lo han dicho bien claro.
— ¡Y todavía no acuden sus enemigos y ese pueblo bárbaro y
cruel á postrarse ante su cuerpo y pedir perdón á Dios! ¡Le dejan
así abandonado!...
420 MARÍA. MAGDALENA.

— Su madre está al pié de la cruz.


.— ¡Qaé dolor tan. grande el suyo!
— Con ella está Magdalena.
— Ejemplo de uno de los magnos milagros que obró el Mesías.
— ¿Y cuándo piensan enterrarle?
— -Hoy debe ser, porque mañana es sábado y. la ley prohíbe en
ese día los entierros.
— De buen gradóle diera sepultura en mi huerto.
— No creo que nadie te dispute ese gusto, porque no parece, se­
gún el abandono en que está, que ninguno piense en ello.
— Y oy á la ciudad á pedir permiso á Pílatos,
— No dudo de que.lo alcances.
Esos hombres se llamaban Nicodemus y Josef de Arimatea.
Juntos se dirigieron al palacio del gobernador.
Este se hallaba con el Centurión.
Cayo Antonio acababa de hacerle la relación de cuanto habia
ocurrido en el momento supremo de la muerte de Jesús.
Pilatos oía el relato del oficial en medio de la mayor confusion
y murmurando á menudo estas palabras:
— Yo me llenó las manos de la sangre del justo. Pero su misma
consternación, muestra clara del estado de su conciencia, decía
bien que la mancha no se habia lavado sino que permanecía en sus
manos, como en súmente la terrible memoria de la sentencia y en
su coraron el dolor vivísimo de haberla dictado.
Pidió permiso para verle Josef de Arimatea.
Contestó negativamente Pilatos al siervo que le dió el recado.
Pero Josef insistió diciendo al esclavo:
— Hazle presente que hoy es viernes y. se trata de dar sepul­
tura á Jesús, porque siendo mañana sábado lo prohíbe la ley en
ese dia.
A esta observación contestó Pilatos al punto:
— Que pase ese hombre.
Josef hizo al gobernador la petición, y este se la concedió al
instante, diciendo á Cayo Antonio:
MARÍA MAGDALENA. 421

— Tú cuidarás de que una vez colocado el cuerpo en el sepulcro


se cierre bien y se ponga mi sello en la losa. A l propio tiempo es
preciso que se ponga allí una guardia de soldados advertidos á fin
de que vigilen y no permitan que nadie se acerque. Hago esto
porque según me han dicho, sus discípulos tratan de robarle; y ya
que muerto está, no quiero que haciendo desaparecer su cuerpo se
tome pretesto para nuevos disturbios.
— Si á mí encargas esa misión...
— A tí la encargo.
— Entonces fia en mí. Yo mismo iré á guardarle con soldados -de
mi compañía.
Y dirigiéndose á Josef, Cayo Antonio preguntó:
— ¿Cuándo vas á enterrarle?
— La sepultura está ya abierta, y pues tengo el permiso, iré al
momento.
— Anda, pues, que yo te sigo en breve, profirió el Centurión.
Josef di<5 rendidamente las gracias á Pilatos por la señalada mer­
ced que acababa de otorgarle y salió.
E l Centurión se despidió del Pretor, fuó á elegir los mejores sol­
dados de entre su tropa dirigiéndose con ellos al Calvario.
En momentos llegaron allí Josef y Nicodemus.
Postráronse en tierra adorando al Redentor, y despues de haber
manifestado á su afligida madre la licencia que habían obtenido de
Pilatos, procedieron á desclavar el sagrado cuerpo.
Efectuado el descendimiento, depositaron el divino cadáver en
brazos de su afligida madre adorándole todos sucesivamente.
Pasados breves momentos, Nicodemus rogó á la Virgen que le
permitiera proceder al entierro.
— Mi huerto está cerca, señora, y es corto el camino, dijo: ■
Nicodemus estendió en el suelo ana sábana limpia en la que se
colocó el cuerpo del Redentor.
Juan y Nicodemus, dijo Josef, cojedle vosotros por la cintura, yo
le sostendré la cabeza, y tu María tomarás los piés.
— ¡Los mismos, profirió Magdalena con acento de dolor profundí­
m MARÍA MAGDALENA.

simo, que ayer regué con mi llanto y enjugué con mis cabellos!
En esta forma se dirigieron al huerto de Josef yendo la Virgen al
lado' de su divino Hijo acompañado de las dos Marías.
A descender del monte encontraron al Centurión y á los sol­
dados que con él iban á guardarle.
La Virgen se sobresaltó de nuevo; pero Josef le explicó cómo
aquella gente venia mas bien con un objeto de piedad que con m i­
ras hostiles á Jesús.
E l Centurión y su tropa formaron la escolta del entierro.
Llegados al huerto, depositóse el cuerpo en el sepulcro y el Cen­
turión lo selló conforme habia mandado el gobernador.
En el momento de partir l a Virgen con los que en su transido
dolor la acompañaban, Magdalena se dirigió al oficial y le dijo :
— Cayo Antonio, encomendado á tu guarda queda; que su se­
pulcro no sea profanado...
— ¡Ay del que á él se acerque! A mi cuidado queda; Vaya tran­
quila su buena madre, y parte sosegada tú mi amada hermana, pro­
firió el Centurión.
Este quedó guardando el sepulcro, y reflexionando acerca la pro­
mesa que habia dejado Jesús de resucitar al tercero dia de su
muerte. ’ -
A l amanecer de este dia los soldados yacían dormidos alrededor
del sepulcro; Cayo Antonio dormía también, pero desp ertó, y al ver
á los centinelas entregados al sueño les reprendió fuertemente por
su falta de vigilancia.
Acercóse luego al sepulcro, examinó el sello que permanecía in ­
tacto, y dijo:
— Lo mismo está que e 3taba.
De'spues preguntó Cayo Antonio á los soldados:
— ¿No habéis notado si se· ha acercado alguien por aquí esta
noche?'
— Fuera de nosotros no creo que ser viviente haya asomado por
estos alrededores.
— Hoy es el dia tercero, y ya poco nos queda de estar aquí.
MAMA MAGDALENA m

— ¿Pero no aguardarán á que resucite? preguntó un soldado.


— Si no lo hace en estos tres dias, y ya faltan momentos no mas
pava que sean cumplidos, dejamos el sepulcro, parque nuestra mi­
sión no se estiende. á mas y el deseo del gobernador queda cum­
plido. Despues de este tiempo si sus discípulos, como han dicho á
Pilatos, vienen y se lo llevan, vayan en buen hora.
— Sí, vendrán y lo llevarán, profirió un soldado, esto es mas
fácil que el resucitar,
— Que calles te mando á tí, que no sabes lo que te dices, ni
comprendes cómo, ni.por qué puede ser ó dejar de ser ninguna de
esas dos cosas, replicó el Centurión al soldado.
Este bajó la cabeza murmurando una palabra de perfecta incre­
dulidad y calló.
En este instante empezóse á sentir el mismo temblor de tierra
que en el Calvario.
— ¡El terremoto! profiriéronlos soldados con terror.
El temblor fué aumentando progresivamente.
Los soldados cayeron en tierra.
E l Centurión quedó hincado de rodillas en el suelo y vuelto el
rostro al sepulcro, exclamó:
— Señor, yo imploro nuevamente tu piedad.
Una blanca y espesa sombra descendió sobre el sepulcro,; pri-
bándolo completamente á la. vista del oficial.
La sombra se desvaneció luego, al son de un cántico de gloria
que llenó los aires.
A l cabo de momentos todo volvió á quedar en silencio.
E l Centurión se levantó asombrado y se dirigió al sepulcro.
— ¡ Soldados, exclamó, alzad y ved!
Levantáronse los soldados acudiendo presurosos á la voz de su
jefe.
El sepulcro estaba abierto y vacío.
*— ¡Ah! corramos, corramos á difundirlo que hemos visto, por la
ciudad, profirió Cayo Antonio, dirigiéndose acto continuo á Jera-
salen seguido de su asombrada gente.
434 MARÍA MAGDALENA.

Cayo· Antonio se filé rectamente á casa de Pilatos.


El Pretor escuché su relación con el mayor asombro y le dijo:
— Esto mismo que acabas de referirme, irás al punto á ponerlo
en noticia de Cait’ás. Lleva contigo á alguno de los soldados que te
han acompañado, á fin de que unan su declaración á la tuya.
Cayo Antonio corrió inmediatamente á cumplir la drden del go­
bernador.
Mientras tenia efecto la resurrección de Jesús, corria Magdale­
na de la casa de María Salomé á la de María Jacobé.
Llevaba Magdalena un vaso lleno de preciosos ungüentos, y
dijo á sus hermanos :
“-Vengo ¿buscaros porque quiero tributar el último obsequio á
mi adorado Maestro, ungiendo su cuerpo en el sepulcro: la losa es
tan pesada que con dificultad podremos los tres juntos levantarla,
mucho menos podría yo sola moverla, y vengo á pedir ayuda á
vuestra piedad, y os ruego que vengáis conmigo.
— Gustosas te seguiremos, Magdalena, le respondieron, y las
tres Marías se encaminaron juntas hácia el huerto de Joséf de Ari-
matea.
Magdalena» corriendo en alas de su vivo afan, llevaba sin ad­
vertirlo ella misma gran ventaja en el camino á sus compañeras
que apenas podían seguirla.
Por esta circunstancia llegó antes que ella al sepulcro de Jesús.
A l ver la losa levantada, miró con sobresalto al interior de la
sepultura, y al hallarla vacía del sagrado cuerpo con solo la sába*
-na que le habia envuelto, proruinpid en amargo llanto, excla­
mando :
— ¡Triste de mí que han robado á mi Maestro!
Volvióse María con profundo desconsuelo, y al encontrarse con
sus compañeras éstas la preguntaron:
— ¿Qué tienes, Magdalena, que tan llorosa vuelves? '
-— ¡ Qué he de tener-, que me han robado el cuerpo de mi Maestro!
Llenas de asombro y de pesar las otras dos Marías por tan tris­
te novedad, resolvieron lanzarse en averiguación del paradero del
MARÍA MAGDALENA. ’ '4 2 5

cuerpo de Jesús, nó pensando ninguna de ellas que ya hubiesé re­


sucitado , porgue no se había puesto aun el sol del dia terceto, si
bien había transcurrido el tiempo de tres dias.
Magdalena á los pocos momentos de separarse de sus amigas
divisó un hombre en el huerto mismo de Arimatea, y juzgándole
hortelano del mismo, le dijo:

— Sea el Señor Dios contigo, mi hermano: ¿no me dirás, por ven­
tura, si has visto llevar del sepulcro el cuerpo de Jesús y quién y
á dónde lo han llevado?
— Gran interés muestras tú por él.

— ¡Cómo no si es mi Maestro, qué le han robado al amor mió!
exclamó María llorando amargamente. Entonces el hortelano pro­
firió:
— ¡María!
A l oir la voz que pronunciaba su nombre, Magdalena fijó sus
anhelantes ojos en el rostro que delante tenia, y exclamó con ale­
gría tan grande que solo podía compararse á su inmenso dolor de
momentos antes.
— ¡Maestro I
— Yo mismo soy.
— Magdalena se arrojó á sus piés aclamando:
— Déjame que bese tas plantas y las riegue con las lágrimas de
mi alegría. .
— 'Aparta, dijo el Maestro, y no me toques, que ya humanas ma­
nos no pueden tocar á m i Vé y busca á mis discípulos á quienes el
miedo tiene escondidos todavía , y díles que me has visto y que va­
yan á Galilea donde muy pronto me verán ellos también.
Jesús desapareció entonces de la vista de Magdalena, y está
vuelta apeúas en sí de su asombro, pero el pecho lleno de gozo y
brotando de sus ojos abundantes lágrimas, no de pena, si no de la
alegría que inundaba el corazon, corrió á comunicar la órden del
Maestro á sus hermanos los apóstoles.
En el camino Magdalena reparó en un objeto que le hizo dete­
ner y la llenó de horror por un momento.
54
426 MARIA MAGDALENA.

De la rama de una higuera colgaba un hombre ahorcado.


Magdalena se acercó por ver si le quedaba acaso un resto de vi­
da y podía aun salvarle.
Vano deseo.
E l hombre estaba muerto de tres días.
A l acercarse á él Magdalena le reconoció, y al moverle excla-
mó con espanto:
— ¡JúdasI > .·
La piedad de Magdalena, á pesar de que recordaba en aquel ins­
tante la negra traición del mal apóstol, murmuró una oracion por
su alma, y prosiguió su camino hácia la ciudad.
Infatigable en su fervoroso celo r Magdalena recorrió en horas
todos los puntos y casas de la ciudad y fuera de ella donde sabia ó
presumía que pudieran ocultarse los discípulos del Redentor.
Fué comunicando á todos la feliz nueva, citándolos para la Ga­
lilea, como el Maestro la había ordenado.·
En esto fué Magdalena la que recibió la mayor muestra del
amor divino, porque á ninguno como á su fina amante distinguió
despues de su muerte el Salvador con tan señalada merced.
Harto lo comprendía ella, y su corazon, si no se sentía orgulloso,
porque las pasiones de baja índole ya no cabían en él, experimen­
tó, en cambio, un gozo tan inefable, tan inmenso, tan superior, que
no hay placer alguno comparable con el que llevaba en aquellos
felices momentos el alma de Magdalena.
¡Ella tan enamorada, tan finamente amante de Jesús, verse así
correspondida y distinguida por su adorado Maestro! ¿Qué gloria
que á esta se semejarapodia recordar entre las que había gozado en
hallazgos de sus amantes dél primer período de su vida?
Inseparable súbdita déla- Madre del Salvador, Magdalena par­
tió acompañando á esta Señora á Galilea.
En aquella provincia se reunieron ambas con los apóstoles, y fué
Magdalena del número de los que presenciaron en el monte Tabor
la ascensión á los cielos del Hijo de Dios, cuando subió para sentar­
se á la derecha de su Eterno Padre,
MARÍA. MAGDALENA. 437

En, la tierra no quedaba, ni podía quedar para Magdalena objeto


de mayor estimación,que la persona de la inmaculada Virgen, Ma­
dre del Redentor,
La vida qué había consagrado á Jesucristo, ascendido el Maestro
al reino de los cielos, natural era que la consagrara á su santa Ma­
dre, en quien quedó todo el amor de Magdalena á su divino Hijo.
■ Su corazon sentía constantemente el deseo de acompañar á la
Virgen, y su voluntad tizo el firme propósito de no dejarla hasta el
último momento de su vida.
Pero la Providencia tenia dispuestos acontecimientos que debían
contrariar este propósito.
E l espantoso terremoto que acompañó la muerte del Hijo de
Dios, fué la terrible voz de la cólera del cíelo que claramente señaló
la grande iniquidad que el ingrato pueblo acababa de cometer.
Esta manifestación de la naturaleza, estremeciéndose.y cubrién­
dose de luto á la muerte de ¡su Rey, fortificó mas y mas la fé eii
los corazones que ya la tenían en Jesucristo, é hizo dudar llenándo­
les de confusion á los impíos que le habían escarnecido, y maltrata­
do, y sentenciado, por fin, á tan afrentoso suplicio.
No podia menos de sentir esta confusion y esta duda el soberbio
y malvado Sanhedrin, y , á pesar suyo, la sentían principalmente
los que habían dirigido la trama urdida, contra Jesús, y habían for­
mulado y sostenido con la crueldad que hemos visto su acusación.
Agoviados, pues,-por esta confusion, encontró Cayo Antonio á Cai-
fás, Anás y Benjamín, cuando en cumplimiento de espreso mandato
de Pilatos fué á referirles la resurrección del Salvador.
Esta nueva dejó absortos y sin palabra por espacio de algunos
instantes al pontífice y á sus compañeros.
Cambiaron entre sí una mirada significativa que espresaba toda
' la trascendencia del suceso que se les acababa de relatar, y queda­
ron todos con la cabeza baja, humillados ante el golpe que des­
truía en un momento la obra llevada á cabo á costa de tantos afa­
nes y tantas vigilias.
A l cabo de un rato Caifás dijo al Centurion:
m MARIA MAGDALENA.

— ¿Y y a estás tú cierta de que es la verdead lo que has referido?


— ¿Orees tú, replicó con entereza Cayo Antonio, que; nadie me
obligaría á contar una mentira?
-—Podría ser ilusión de tus sentidos.
-T-¡Ilusion!
гAdvierte que losgalileos poseen el conocimiento· de arte« qvie
la producen confundiéndola eon. lam as palpable verdad.
— Lo qiae yo he visto verdad es y no ilusión: el sepulero estaba
cerrado y sellado; dentro de él el cuerpo dte Jesús depositado' en iüii
presencia: ni un instante me separé de él en estos tires diais * v ig i­
lándole y guardándole con mi tropa. Hoy al amanecer ha vuelta 1
áaenáírse el temblor de tierra, y en medio' del espanto y debasom-
bíQf q*i6 nos· ha causado á todos, se· ha abierto- el sepulcro de Jesús
y el cuerpoha desaparecido por sí solo. Esta es ía verdad, la ver-
d3$<p¿e> yo he dicho al gobernador, b misma que digo á v o s e o s
y qiM aosfeiago aquí,, sostienen conmigo estes soldados? qu-e mes
ае®шрайап, testigos como yo de este hecho.
-r-гА pesar de lo que dices, yo. repito que los g a lile a pos,eeii la
mágia y su saber en el arte, en tanto qu¡e obran eo;a ella prodigios
y posítóatoS'· Por eso· ш щ о no estraño-qixe- m i^sfeuLGiar haya· llegado
át impresionaron á¡ tal estremo; pero* eoí&o esto podría causan nue­
vos, tcastonos, es necesario cortan el vuelo· á la credulidad del pu©r
bJodgnojjante escogitando el medio de aentrali-zar el efecto de? osa
ficei®a con qu?e se. nos vienen ahora los sectarios· de Jesús. Para
esto e l Sanhedrin cuenta сой tn lealtad y la de tos soldados para
prevenir disturbios que amenazan otra vm la кащ щ Ш М del!
puefebo.
Conviene, pues, que digáis- que rendido spar el sneíT® dejártele:
algunas lionas el sepulcro abandonado y q,ne entornes los discípu­
los de Jesús, feeron* y robaron su cuerpo. E l Sanhedrin ofeeee ái
cada uno- dfc vosotros,— añadid Gaifás dirigiéndose á los· soldados,,—
ошео dámeos. de plata porque lo· a&m eia asi como- fe digo·.
Cayo Antonio se apresuró á responder:
»-En primer lugar,, sepa# el ропЩве? qnae mfersoldadas; son· ¿orna-
MARlA MAGDALENA. 429

nos y no venden su silencio por dinero, ni por dinero lian de men­


tir. Eso queda para los judíos. En segundo lugar, el medio, aunque
yo y mi tropa consintiéramos en él, no me parece acertado. ¿Qué
fé puede merecer un testigo dormido?
— Yo diré lo que ha pasado allí, profirió un soldado.
—Yo lo que he visto y lo que creo, añadió otro.
— Ya lo oís, profirió Cayo Antonio, queriendo significar á Caifás
cuán difícil habia de serle el comprar á su tropa.
Caifás se mordió los lábios de coraje.
El pontífice y sus compañeros estrujaban en vano su imagina ­
ción para encontrar un medio de inutilizar los efectos de la nueva
que muy en breve cundiría por el pueblo.
— He cumplido con la orden del gobernador y parto con vuestra
licencia.
—Y con la intención de publicar...
—Lo que he visto, sí. ,
—Considera tú y reflexionen tus soldados los nuevos· males' que
vuestras palabras traerán al pueblo.
— Al- ptieblo'judío- observó el Centurión.
—Y al de; Roma, añadió Caifás. ■
—-Roma está lejos.
---Las ideas no miden espacio, los atraviesan como el pensa­
miento, profirió' Amás. Á Roma llegarán los efectos de- .eso mismo
que éru dafto del pueblo jírdío propaláis.
—Lo que sucederá luego ni tú ni y » lo sabemos, dijo Cayo An­
tonio: yo solo sé que Jesús ha resucitado, qué esta es la verdad, y
qu‘e) la verdad no la oculto yo aquí ni fuera de aquí.
ElCenturioñ saludó y snlió con sus soldados,
CAPÍTULO LXVHI

El espíritu de venganza.

La actitud del Centurión puso en tan grave conflicto á los acu­


sadores de Jesús, que Caifás rasgó de pura rabia sus vestidos, sin
encontrar otro desahogo á sus iras que las blasfemias y maldicio­
nes que en tropel salieron de su boca apenas hubieron desapareci­
do de su vista el oficial y los soldados romanos.
—Estamos como estábamos, profirió Benjamín al cabo de un rato,
—Nó, estamos peor que estábamos, anadió Anás. Desde el mo­
mento en que la nueva de la resurrección de Jesús cunda por el
pueblo, se va á volver contra nosotros la misma multitud que
ahora nos ha seguido.
—Es necesario reunir cuanto antes á todo el Sanhedrin, porque
el tiempo vuela, la noticia correrá en breve de un extremo á otro
de la ciudad, y antes que lo pensemos tenemos al pueblo excitado
otra vez. - ■
En efecto, la nueva de la resurrección de Cristo era demasiado
grande para no causar profunda sensación en las masas.
Cuando llegó á oídos de Fasael, este experimentó un efecto
grande de disgusto, porque era uno de los mas, enconados enemi-
MARÍA MAGDALENA. 43f

gos del que había puesto á Magdalena fuera de los tiros de su


venganza.
Veia en esto al hermano de Roboam, la gloria verdadera de
Jesús, y por consiguiente, la satisfacción inmensa de Magdalena, y
esta idea mortificaba cruelmente su corazon, sediento de todo daño
para con la mujer que habia sido la causa de la muerte de su her­
mano.
Fasael contaba con que el escarnio que habia seguido á Jesús
hasta el Calvario, seguiría luego á sus discípulos, y por consi­
guiente á Magdalena, que tanto y tanto se habia distinguido por
su adhesión y su profundo amor entre los que seguían las huellas
del Maestro. Pero cuando el vengativo judío se gozaba en la idea
de verla escarnecida y despreciada, se encuentra de repente con la
resurrección de Jesús, acontecimiento que al probar su divinidad
había de volver á despertarla adoracion del pueblo hácía él, y por
consecuencia el aprecio para con los que le habían sido fieles y le
habían acompañado hasta la muerte.
Tuvo noticia Fasael del conflicto en que esto ponía al Sanhe-
drin, y lo apurados que andaban para evitar las consecuencias de
tamaño suceso.
Estaba el Sanhedrin en solemne sesión cuando entró uno de
sus siervos anunciando que un judío, perteneciente á familia' de
fariseos, pedia con muy grande urgencia ser admitido para revelar
á la asamblea cosas de gran provecho acerca del motivo que. la te­
nia reunida.
— Que pase ese hombre, dijo Caifas, que presidia la reunión,
Fasael se presentó, y despues de hacer una profunda reverencia:
— Sábios rabinos: he sabido el motivo grave que os tiene aquí
congregados y las dificultades con que tropezáis para encontrarle
remedio. Yo tengo ese remedio en la verdad del caso mismo.
— ¿En la verdad del caso mismo? preguntó Caifás.
— Sí."
— Atiende, que el caso es mentira, y qué no podémos ni un mo­
mento admitirlo como verdad.
432 MAI1ÍA MAGDALENA.

— Según vosotros lo sabéis es mentiras,; según yo lo sé es verdad.


— Explícate mas claro, porque no te entiendo.
— La* verdad es, principió Fasael, que el cuerpo de Cristo ha
desaparecido del sepulcro: esto es verdad.
— Sí.
— Dicen que ha resucitado: esto es mentira. Yo voy á (leciros 1q
que ha pasado á fin de que con la verdad que yo os diga podáis
probar á todos la mentira que se cuenta.
:— Habla, habla presto, profirió Caifas con viva impaciencia.
Todos los miembros del Sanhedrin estaban pendientes da la pa­
labra de Fasael.
Es ce continuó:
---Preciso es que antes recuerde al Sanhedrin la historia de cier­
ta mujer, de una ramera de la ciudad.
— ¿Magdalena?
— Sí, que despues de haber seguido todos los caminos del vicio,
quiso it en pos de las huellas de Jesús. Esa mujer, entre tantos
como tuvo, tenia entonces un amante, este amante es un Centurión
de las tropas romanas y se llama Cayo Antonio.
— Fué el que se encargó de la guarda del sepulcro.
— El mismo, y os ruego que tengáis bien presente estas circuns­
tancias para mejor comprender el caso que voy á explicar. Cayo
Antonio, pues, se vió un dia desechado por Magdalena que no que­
ría oir otra voz de hombre que la de Jesús. El Centurión sufrió mu­
cho porque antes estaba enamorado de ella , y despues lo estuvo w
aún con la privación de-la hermosura que adoraba. Yo sé que la su­
plicó una y mil vaces; pero ella ni atendió sus ruegos ni se apiadó de
su dolor. Llegó la muerte de Jesús, y Magdalena concibió la idea de
robar el cuerpo para hacer creer que habia resucitado. Cayo Antoni®
guardaba el sepulcro. Fuó Magdalena á poner en práctica su de­
signio; pero era imposible realizarlo á una mujer demasiado débil
contra la fuerza de los soldados que custodiaban el cadáver. En­
tonces Magdalena trató de ganar por medio.de la, astucia lo que no
podía conseguir por la fuerza, y suplicó á Cayo Antonio, y lloró
MARIA MAGDALENA. 433

pidiéndole que le permitiera sacar el cuerpo de Jesús. E l Centurión


la amaba, la veia llorar delante de él, la contemplaba mas hermo­
sa que nunca, más que nunca codiciaba su belleza, y al fin el de­
ber del guerrero fué vencido por la debilidad del amante.
— jQué profieres! exclamó Caifás con loca alegría.

— 'Esta es la verdad.
— No puede dudarse de ella, añadió el pontífice.
— El caso es tan natural que se explica por sí mismo, dijo Caifás.
— Ciego ha de ser el que no vea claro con esta explicación, aña­
dió Benjamín.
Todos los miembros del Sanhedrin dieron completo crédito á la
vil mentira urdida por Fasael.
E l espíritu de la maldad, sirviendo al instinto de venganza, le
sugirió esa idea, y la habilidad del traje con que le vistió para ha­
cerla admitir sin género alguno de duda á una reunión dispuesta
por otra parte, á admitirlo todo, con tal que sirviera á su deseo de
de desvirtuar el grandioso acontecimiento que un instante destruía
sus planes de tanto tiempo preparados.
— Grande ha sido, Fasael, el servicio que has prestado al pueblo
judío y al Sanhedrin, profirió Caifás. En cuenta se tendrán tus
merecimientos; un dia no lejano alcanzarás la recompensa que me­
reces.
— Yo no he deseado mas recompensa, profirió hipócritamente el
.hermano de Roboam, que la satisfacción que tengo yo de haber lo­
grado descubrir la verdad de ese suceso que tan fatales conse­
cuencias hubiera traído sobre el ignorante pueblo, á no haberlo po­
dido presentar á sus ojos tal cual es en sí. Por esto solo he obrado
yo al venir ante vosotros, sábios rabinos, á prestaros ayuda en esta
ocasion, y nada me ha movido mas que la indignación de ver que
podia al fin triunfar con semejante mentira la falsa doctrina del
fingido Profeta que ha muerto en el Calvario.
— E l Sanhedrin, dijo Caifas, queda enterado de todo, y siendo lo
mas urgente el propagar la verdad, que acabamos de saber, por
todo el pueblo, á fin de prevenirle contra los efectos de la mentira
se
ÍU MAIUA MAGDALENA.

ijüe sé le quieire hacer creer, considero como medida necesaria el


que inmediatamente se disuelva el consejo, para que cada uno de
sus individuos por sí própio, y valiéndose de cuantos medios tenga
á mano, ¡Salga á publicar el caso tal y comí) ha sucedido.
El Sanhedrin, empero, asintió á la proposición del pontífice.
Pero Fasael detuvo un momento la reunión diciendo:
— Antes de salir de aquí me resta hacer Una petición.
*~Hábla.
“ Creo que en esto hay un delito que se debe perseguir, y pido
que se castigue á sus autores.
Los autores aquí son dos, al parecer, observó Caifás; el Cen­
turión y Magdalena. El primero es oficial del ejército romano y
contra él no tenemos ni aun el derecho de la acusación formal;
todo lo mas que se puede hacer respecto de Cayo Antonio, es hablar­
le confidencialmente al Pretor, explicarle la parte que ha tomado
en esa trama que constituye un delito, y el Pretor allá dé su
cuenta que la castigue si le place.
— Pero Magdalena es judía y no se encuentra en ese easo, ob­
servó el vengativo Fasael, dando á conocer el verdadero móvil de
la acción que acababa dé cometer.
Para ninguno de los que allí estaban eran un secreto la muerte
de Roboam, ni el motivo que le había ocasionado, y pocos al •oirías
Últimas palabras de su hermano, dirigidas rectamente en contra de
Magdalena, dejaron de comprender el encono y el espíritu de ven­
ganza que movía á Fasael.
Quizá alguno sospechó así mismo que lo que había venido á
'contar era una fábula inventada por su mismo deseo de venganza
en la mujer apasionada de Jesús; pero estas consideraciones pesa­
ron poco en él juicio de hombres que miraban resuelta la cuestión
con el medio que Fasael les daba, y que no atendían por otra parte
mas que al interés de clase, combatido directamente por la doctri­
na de Jesús que proclamaba el reinado de la humildad y la mo­
destia .contra el orgullo y la soberbia en que descansaba el poder
de las privilegiadas familias de Jerusalen,
MARÍA, MAGDALENA. 455

Así, á pesar de las ligeras consideraciones que allá en el fondo


de su pecho pudiera cada uno hacerse acerca del móvil porque ha­
bía obrado Fasael, y de los grados de verdad de su relato, admítie-
ron lo que dijo como cierto y seguro, sin pensar en mas! que en sa­
car el debido provecho, difundiéndolo cuanto antes por toda, la
ciudad.
La proposicíon de Fasael fué, no obstante, perfectamenteatendi-
da; y este salía satisfecho con la esperanza de que al fin lograría
ver sufrir 4 Magdalena conforme él la hahia sentenciado en el tri­
bunal de su prgpia razón.
E l Sanhedrin tuvo en .Fasael un auxiliar poderosísimo.
La mentira por él urdida, surtió el efecto que se había pre­
visto.
Nadie con tanto ahinco y afan tan grande la propaló, ni otro
alguno escedió á su autor en el maligno fruto que debia producir,
y en efecto produjo.
E l pueblo se juzgó juguete de los amigos de Jesús, cuando lo
era realmente de sus enemigos, y todo él encono que le había ins­
pirado contra el Maestro, la tuvo despues contra sus discípulos,
contra todos los que se habían bautizado como cristianos, y princi­
palmente contra Magdalena y su familia, que además de su amor á
Jesús y de proclamarse públicamente y sin rebozo cristianos, ofre­
cía los dos mas grandes ejemplos del Divino poder con que vino al
mundo el Redentor del género humano.
Por estas solas circunstancias la animadversión popular había
de distinguir á Magdalena y su familia; pero la distinguía mas,
porque habia una mano que constantemente la señalaba al encono
del pueblo.
Esta mano era la de Fasael. Constante y tenaz en su propósito,
no cejaba en un momento, y no solo aprovechaba todas las ocasio­
nes que se le ofrecían, sino que además buscaba de continuo los
mas extraños resortes para privar á la familia de Lázaro de toda
tranquilidad y amargarle todas las horas del dia.
Magdalena sufría con tanta resignación la bufa y el alejamien­
436 MARÍA MAGDALENA.

to de las gentes que no miraban ya á su familia mas que para es­


carnecerla, y contenta con ser ella la que mas sufría entre los dis­
cípulos de Jesús, ni se quejaba ni menos se detenia á pensar en el
motivo de la visible preferencia que merecía al <5dio del pueblo.
Constantemente fija en su imaginación la historia de su pasada
vida, no juzgaba bastante castigo á sus faltas las penas que sufría,
y cuanto mayores eran estas, mas aumentaba su alegría, porque se
juzgaba menos indigna de merecer el perdón.
Este efecto hacían en el ánimo de Magdalena los dardos que di­
recta é indirectamente disparaba contra ella la malicia de Fasael.
Su eorazon tenia el fuerte escudo del amor á Dios, y no podían
herirla punzadas de la malicia del hombre; su espíritu se levanta­
ba constantemente ála región del cielo, y en vano se pretendía mor­
tificarla con los tormentos de la tierra.
CAPÍTULO LXIX.

Bautizo de Cayo Antonio.

No por esto Magdalena dejaba de ir á la ciudad.


Había allí mas que en la aldea, miserias que socorrer, enfermos
que 'visitar, y almas no pocas á quienes enseñar la verdad que el
Maestro dejcí encomendado á los discípulos para que sin descanso
le propagaran por el mundo; y la fina amante de Jesús, no fal­
taba un día ni una hora á este mandamiento divino, á este sagrado
legado de su Maestro.
Desde el memorable supremo dia del entierro, no habia vuelto
Magdalena 4 ver al Centurion, hasta que pasadas dos semanas le
encontró cabalmente en una calle, la misma en donde se hallaba
el lugar de la Sinanoga.
Iba el oficial romano con paso resuelto y precipitado y además
profundamente preocupado por una idea fija, por cuanto pasó por
el lado de María sin apercibirse de ella,
Pero esta le vid y le llamó.
Cayo Antonio se detuvo de repente, volvió el rostro como movi­
do por un resorte.
Magdalena notó en su rostro señales de profundo disgusto y
le preguntó;
458 MARlA MAGDALENA.

— ¿Qué te pasa, Antonio, que te encuentro tan demudado el ros­


tro y con tal prisa andando por esta calle?
— ¿Qué me sucede me dices? que voy á cortar la cabeza á los ju ­
díos del consejo que ahora se hallan reunidos.
— ¡Antonio, qué profieres!
— Lo que has oido y voy á cumplir.
— Espera.
— ¡Déjame!
— Note dejes llevar de ese impulso maligno y dime te ruego,
la causa que de tal manera te lleva exaltado.
— La causa es una calumnia infame inventada por ellos contra
tí y contra mí.
— ¡Contra mí!
El Centurión refirió entonces á María lo que de entrambos se
decia respecto de la desaparición del cuerpo del Maestro.
Cayo Antonio acabó de indignarse mientras hablaba á Magda­
lena, y su indignación formaba particular contraste con la tran­
quila calma de la hermana de Lázaro.
El Centurión miraba con estrañeza la calma de María y la
dijo:
— ¿Pero tú no te indignas conmigo?
— ¿Por qué? profirió María con dulce acento. ¿Es verdad eso que
se cuenta? No por cierto. Entonces, ¿á qué inquietarnos?
— Por lo mismo que es una calumnia...
— Debemos tener lástima á los calumniadores,
— Es que el pueblo está hoy concitado contra nosotros. Yo no te­
mo sus iras por mí; yo estoy á cubierto de ellas. Mi posicion de
oficial del ejército romano me da ventaja hasta sobre el mismo
sumo sacerdote de los judíos; pero me indigna la mentira infame
de que.se han valido, y temo por tí, María, á quien principalmente
señalan los calumniadores. Tú sufrirás. .
— Sufrió mas el Maestro, Antonio, que pueda yo sufrir, y no se
quejó y se resignó á la calumnia, y al tormento, y á la muerte.
— Pues yo no quiero que tú sufras, y antes que consentirlo voy
■*AL^ .i i ¡ i 11« r · I ■- ^1 ' 'i II ' ...

MARlA MAGDALENA. 439

ahora que se hallan reunidos, y, tomando pié de la vileza que con­


migo han cometido, te juro que he de castigarlos ejemplarmente.
— ¡Oh no, Antonio!
— Eso voy á hacer.
— Yo te suplico que desistas de ello.
— No comprendo tu indulgencia.
— Es la que el Maestro ordena. Devolver en bienes los daños
que se reciben, compadecer y perdonar al que yerra, tener lásti­
ma y amar al que ultraja.
El Centurión al oir estas palabras de María, al ver la suma
bondad de su corazon, la superior grandeza de alma, la santa re­
signación á los males que la amenazaban, dejaron á Cayo Antonio
admirado y absorto en su presencia. En este momento apareció ante
ellos Ader, el esposo de Sahara.
Venia este sumamente agitado, sudorosa la frente, espantada
la vista y pintada en el rostro la mas viva ansiedad.
— Loado sea el seSor Dios que al fin permite que te encuentre,
María.
— Loado sea siempre el Señor.
— ¿Qué nuevas traes, Ader, que tan agitado te miro?
— ‘Tristes son en verdad; á tu casa fui para dártelas y no hallán­
dote en ella he vuelto sin detenerme para buscarte.
— Dime luego qué ocurre.
— Que se ha levantado un motin contra tí.
— ¿Qué profieres? dijo Cayo Antonio.
María recibió la noticia sin manifestar la menor alteración.
— ¿Y qué pretenden los amotinados? preguntó el Centurión.
— ^Castigar á María por lo que se dice que ha hecho ccn el cuer­
po del Maestro. El motin irá á tu casa sino está ya en camino de
ella. Al frente marcha el mismo que inventó la calumnia.
— ¿Y quién .es él, preguntó con ansiedad el Centurión? Ader que
todo lo sabia por su suegro como miembro que era del Consejo de
los ancianos, dijo:
— BsFasael,
440 MARÍA MAGDALENA.

— Fasael.
— El Jbtermano de Roboam.
— ¡ÉL! profirió con ira Cayo Antonio.
— E l mismo.
— ¡Desgraciado! exclamó el Centurion con acento terrible; busca
la muerte que tuvo su hermano.
Estas palabras hicieron á María un efecto profundo de horror.
— ¡Por Dios te ruego, Antonio, que le dejes.
— ¡Dejarle! ¡Es un infame!
— Su hermano fuó inocente, replicó Magdalena; su sangre es la
mas negra nube que oscurece la luz de mis ojos cuando miran á
mi triste pasado: sirva de disculpa al delito de Fasael la inocencia
de Roboam.
Estas palabras no dejaron de hacer efecto en el ánimo del Cen­
turion, que siempre había sentido el remordimiento por la muerte
del primer amante de Magdalena. Pero la conducta de su herma'
no era tan infame, que volviendo á pensar en ella, y sobre todo en
el género de la calumnia de que para vengarse se habia valido,
sintió otra vez hervir la sangre en su corazon, y exclamó:
— No, la inocencia de Roboam no debe disculpar el delito de Fa­
sael.

— ¡Antonio!
— ¡Desgraciado! profirió el Centurión con ira reconcentrada, y
dejando á Magdalena para lanzarse en busca del judío.
Pero María le asió de un brazo, y si no le detuvo por su fuerza
física, consiguió detenerle por la fuerza de su ruego y de sus lá­
grimas.
Cayo Antonio no tuvo valor bastante para desatender su ar­
diente ruego y dejarla, mientras llorando le suplicaba que se que­
dara; pero no por eso dejaba de brillar en sus ojos el rayo de la
ira, ni de notarse en la expresión de su rostro el propósito firme de
castigar á Fasael.
Magdalena tuvo entonces una idea, aprovechando una grande
ocasión que aquel mismo día se le presentaba.
MARÍA MAGDALENA. m

— No, dijo al Centurión, no has de ir en busca de Fajsael ahora,


porque· yo te necesito y has de venir conmigo i
— Adonde me digas, yo he de seguirte.
— Yen, pues, y sígueme.
Magdalena echó á andar, siguiéndola Cayo Antonio á poca dis­
tancia, y también el esposo de Sahara.
A pocos pasos María se detuvo un punto, y dijo al Centurión:
r—Mira, Antonio: cubierto el rostro como llevo con el manto, no
es fácil que la gente me reconozca; pero si alguno me conociera y
me denostara <5 me escarneciera, me has de prometer que nada
harás por ello, y pasarás como si no hubieras visto ni oicLo.
— Eso que me pides yo no puedo prometerlo.
— Tu promesa necesito, y no doy un paso mas sin que la obtenga.
“ ¿Lo mandas tú así?
— Dios es quien lo manda; yo te lo ruego en su nombre.
— Prometo lo que deseas.
Magdalena echd á andar otra vez.
María no tuvo en esto otra idea que la de que un encuentro for­
tuito con algún enconado judío que la conociera desbaratase el plan
que llevaba y creia poder ejecutar en breve tiempo.
Atravesó María toda la ciudad, y se detuvo en una casa de hu­
milde apariencia, situada en una apartada calle.
Antes de penetrar en el portal hizo seña al Centurión y al es­
poso de Sahara, que entraran en pos de ella.
La casa pertenecía á un judío llamado Gramaliel.
Este,· al ver á Magdalena, la dijo:

— A tiempo llegas, María.
' — ¿No se ha hecbo aun la ceremonia?
— Va á empezarse.
El Centurión y Ader entraron en la casa.
— Estos dos vienen conmigo, dijo Magdalena.
"-Bien venidos sean.
— Díle, te ruegoj á mi hermano y á los apóstoles, si pueden asis­
tir al acto.
56
442 MARÍA MAGDALENA

Gamaliel pasó al interior de la casa, y volvió á poco, diciendo.


— Pueden en efecto asistir, pues vienen contigo, y podéis pasar
los tres en seguida.
Gamaliel los condujo á una especie de sótano, en donde habia
lilla como mesa, cubierta con una sábana de lino; en medio de la
mesa una cruz y dos luces á los lados.
' Junto á la mesa se hallaban tres apóstoles de Jesús, y Lázaro.
Los apóstoles y Lázaro, se arrodillaron delante del signo, antes
de muerte y de infamia, y desde entonces de vida y salvación, que
sirviera de instrumento al suplicio de Jesús, y pronunciaron la ora-
cion Creo en Dios Padre y OrMiijjoknU, y m Jesucristo su Unico Hijo.
Magdalena, Gamaliel, el Centurión y Ader, se arrodillaron tam­
bién, repitiendo la oracion de los apóstoles y Lázaro.
Concluida la oracion, uno de los apóstoles, el mas viejo, asistido
por los otros dos* consagró á Lázaro ministro de Dios y obispo de la
Religión proclamada por el Crucificado.
Cayo Antonio presenció toda la ceremonia, que se llevó á-efecto
con profundo y solemne silencio, no interrumpido mas que por la
voz del apóstol consagrante y la del consagrando al responder á las
preguntas que aquel le dirigiera.
E l Centurión se sentía sobrecogido por la imponente majestad
que respiraba aquel acto, practicado de la sencilla manera que co­
menzaran á practicarse los mas grandes de la augusta religión de
Jesucristo.
A l concluir, María dijo á Cayo Antonio:
— Lázaro es facultado para bautizar.
— Ya lo he oído.
— E l que crea en Dios y en Jesucristo, debe ser bautizado si ha
de gozar de su gloria. Tú no lo estáis. .
— Pero lo seré al momento:
María hizó en seguida presente al nuevo obispó, el deseo del
oficial romano.
Lázaro tomó cariñosamente de la mano á Cayo Antonio y lo llevó
á un arroyo, que atravesaba el huerto de Gamaliel.
MARÍA MAGDALENA. 443

Hincó el Centurión la rodilla junto á la márgen del arroyuelo,


y Lázaro le preguntó :
— ¿Quieres ser bautizado?
— Sí quiero, respondió Cayo Antonio.
Entonces el obispo, tomando una taza de mano de Magdalena,
la llenó del agua del arroyo, y vertiéndola en la cabeza del solda­
do, pronunció estas palabras:
—En el nombre de Dios padre y de Jesucristo su Unigénito, yo
te, bautizo, Antonio: lavado quedas por el agua del bautismo el peca­
do original en tu alma, y abiertas para 11 las puertas de la eterna
gloria-
A l bautizo de Cayo Antonio siguió el de Adar.
ConcluMos estos actos,, todos los que allí se habían reunido,
salieron de la casa de G-amaliel, no juntos, sino uno por uno, para
no despertar sospechas en las críticas circunstancias porque atrave­
saban los primeros cristianos,' perseguidos tenazmente despues .de
la muerte del Maestro.
Magdalena y Cayo Antonio quedaron los últimos.
“ ¿A dónde vas tú, María? le preguntó este.
- 7-Yoy á mi casa.
— Sola.
— Con la compañía del Señor.
— Y la mia.
— No, Antonio, déjame te ruego.
— Debo acompañarte. Vas á atravesar la ciudad y ya sabes cómo
están los ánimos de esas gente 6 n contra tuya.
— K1 Señor Dios me prote] erá.
— Y mi mano.
— No, Antonio.
En la fisonomía de esta volvieron á aparecer las señales de in­
dignación por la trama de Fasael.
María lo conoció y dijo :
— Eres ya cristiano.
— Gracias á tí, que has sido el ángel de mi salvación-
MARÍA MAGDALENA.

“—•Sí parte tengo en ello, tómela el Señor Dios en cuenta de mis


graves culpas. Td eres ya cristiano, Antonio, y sabes los deberes
que tu religión te impone: nno de ellos es acallar la voz de la ven­
ganza y todo encono contra el prójimo.
—Yo trato solo de defenderte y esto no lo impide la religión.
—Nadie defendió al Maestro, y recuerda que reprendió á Pedro
porque lo intentó. Nadie ha de defenderme á mí tampoco. Promé­
teme, Ahtonio, que nada intentarás contra Fasael; yo te pido como
cristiano que eres, y como tal me lo has de prometer.
Antonio vaciló breve rato; pero á los ruegos de Magdalena lo
prometió al fin.
—Gran merced me otorgas en ello, yo te lo agradezco, Antonio,
en él fondo de mi alma. Adiós, que el Señor sea contigo.
—El té acompañe y te salve como yo se lo ruego.
Magdálena y el Centurión salieron, éste antes y aquella poco
déspues, de la casa de Gamaliel.
CAPÍTULO L.

Despedida de Magdalena y Gaya Antonio.

Cuando Magdalena salía encontró todavía al Centurión en la


calle.
El rostro del Centurión estaba pálido y abatido, revelando pro­
fundo pesar.
—¿Te encuentro aun, Antonio ?
— Sí, te esperaba.
— ¿Qué me quieres?
—Despedirme de tí, profirió el soldado con amarga tristeza.
-^Despedirte.....
— Sí, quizá para no volverte á ver.
Magdalena manifestó en su semblante la dolorosa impresión de
está nueva.
—Parto á Roma. Acabo de saberlo .
—¿Y cómo es ello?
—Algo grave ha sucedido, alguna nueva según me temo, de
ese pórfido consejo. Un oficial que ha enviado en mi busca el go­
bernador me lo acaba de decir: hay órdeñ del César mandando
que yo vaya en segtdda á Roma, y otra del mismo emperador qui­
tando el gobierno á Pilatos y desterrándole.
446 MA.RÍA. MAGDALENA.

— ¿Pero qué causa?,..


— Parece que la suya se funda en que ha malversado el dinero
de que era guardador en representación del César.
En efecto,< por esta causa fué Pilatos depuesto del gobierno de
Judea y desterrado.
Murió, según dice la historia, en Viena, pobre y atormentado
por el recuerdo de los actos de su vida.
— Voy, pues, á partir muy pronto, María.
— -Magdalena bajó los ojos llenos de lágrim as.
— Yo te he amado como no amé á nadie en el mundo; perdóna­
me, te ruego, si daño pude hacerte.....
— Pide al Señor Dios, Antonio, que perdone los daños mios.
— Acuérdate de mí, María.
— Piensa tú, que yo rogaré siempre por tí.
— Ya no volveremos á vernos......
— ¡ Oh! sí, allí', exclamó Magdalena elevando sus hermosos ojos
y señalando con el dedo el cielo. Nuestros corazones se encontraron
por sufrir en el amor del mundo, y nuestras almas se encontrarán pa­
ra gozar en el amor del cielo.
El Centurión dió la mano á María y profirió :
— Dios te bendiga.
— Y á tí por siempre te acompañe.
E l Centurión se alejó brotando de sus 'ojos dos gruesas lágri­
mas, las primeras acaso que habían rodado por su moreno rostro
curtido por el sol de cien combates.

— Señor, mi Dios, exclamó Magdalena elevando al cielo los ojos,
él cree en tí y abrazó la religión de tu divino Hijo, guárdale te
ruego y no le abandones.
Magdalena tomó luego el camino de Betania.
Lázaro, su hermano, la precedía á corta distancia. En el cami­
no informaron á Lázaro délo mismo que había sabido Magdalena
por el esposo de Sahara.
El nuevo ministro de la religión de Cristo, oyó con calma la
noticia, dio las gracias por su buena intención al que se la había
MARI A MAGDALENA. 447

comunicado y continuó tranquilamente su marcha hácia- la aldea.


También durante el camino, alguien que reconoció á Magdale­
na le avisó del peligro que corría.
Esta no solo mostró la calma de su hermano, sino que además
dejó conocer en su semblante una secreta alegría que alborozaba su
corazon.

— Mira que parece que el motín se dirigirá á tu casa, le dijeron.
— En ella me encontrará.
— ¿Sabiéndolo, estarás en" ella? profirió la persona que le háblaba.
— Que iban á prenderle al huerto de los Olivos sabia Jesús, y allí
le encontraron, respondió Magdalena.
La fina amante del Salvador, sin detenerse mas á escuchar te­
mores ágenos por su persona, continuó el camino. Su amoroso co­
razon, lejos de temor, sentía un secreto contento.
Se miraba perseguida y odiada por el amor que profesaba á
Jesús; ¿qué mayor dicha para ella?
Por este amor iba á sufrir los malos tratamientos y ultrajes del -
pueblo soez, que habia ultrajado y maltratado al divino Maestro:
¿qué mayor gloria que la suya?
Si para el corazon que de veras ama, tienen siempre una se­
creta dulzura las amargas penas que sufre por la persona que ado­
ra: si son dulces siempre al corazon las lágrimas de los ojos cuando
lloran dolores de amor, aun siendo este temporal y terreno; si la
mujer encuentra dicha en el mismo tormento que padece por el
hombre querido, ¿qué no será cuando llena el corazon el amor de
los amores, cuando el alma se siente enaltecida por' un sentimiento
tan grande como el espacio, cuando el objeto amado es el Hijo mis­
mo de Dios y el corazon y el alma de la mujer se sienten á un
tiempo abrasados por su Divina Цата? ¿Bajo qué otra foima que la
dulcísima de padecerlos por E l podía ofrecerse á la enamorada
Magdelena la idea de los tormentos que la esperaban? ¿Podia sentir
vivo dolor por las espinas propias la que antes habia sentido desgar*
rada el alma por las que atravesaron la augusta frente de su
amado?
448 MARÍA MAGDALENA.

E l miedo al sufrimiento que debía esperar, no cabia en el pecho


de Magdalena.
Quizá en pos de ese sufrimiento vendría la muerte. ¡ Qué ma­
yor bien para ella, que anhelaba el momento de desatarse de las
ligaduras del cuerpo para volar allí donde su espíritu hallaría otra
vez y podía contemplar y adorar al que amaba!
Cuando María llegó á su casa encontró á Lázaro y á Marta en
oracíon.
María se postró á su lado, y concluido aquel acto, dijo:
— Ya sabes, mi hermano, lo que contra nosotros se intenta.
— Sí. ■
— Tengo noticia de que nuestros enemigos vendrán aquí mismo.
— ¡Lázaro! gritó entonces desde la puerta la voz de un hombre
que llegaba azorado.
Ese hombre se llam aba Maximino y era uno de los setenta y dos
discípulos de Jesús.
Preguntóle Lázaro por qué venia tan alarmado, á lo cual respon­
dió el discípulo:
— Acabo de presenciar una reunión de nuestros enemigos, en la
que se ha tratado de quitarte la vida.
— Hágase la voluntad del Señor, respondió Lázaro con santa re­
signación.
— Pero luego, añadió el discípulo, se ha desistido de este propó­
sito temiendo que vuelvas á resucitar.
— ¿Y qué quieren hacer ahora? preguntó Marta.
— Se ha decidido, respondió Maximino, arrojaros á todos de la
provincia.
Apenas Maximino hubo pronunciado estas palabras, se oyeron
gritos lejanos como de pueblo alborotado.
— ¿Oís? profirió Marta asustada.
En el semblante de Magdalena brilló un rayo de celestial ale­
gría.
— Ya llegan, profirió Maximino.
Magdalena se puso de rodillas y dijo á su hermano;
MARÍA MAGDALENA. 449

—-Ministro de Dios, que mé bendigas, te ruego, y perdones mis


culpas.
Marta se arrodilló al lado de su hermano.
En el momento en que Lázaro daba tranquilamente la bendi­
ción á sus hermanos, penetraba el pueblo en tropel y alborotado
por la puerta de su casa,.
CAPÍTULO LL

La venganza de Fasael.

E l que ibaá la cabeza del motan era Fasael.


AI penetrar este con los que le seguían en el aposento en don­
de estaba la familia de Lázaro, se quedó un momento parado ante
el cuadro que se ofreció á su vista.
Marta y María arrodilladas, las manos juntas y la cabeza incli­
nada para recibir la bendición que les daba Lázaro; y junto á este,
de rodillas también, con los ojos elevados al cielo, Maximino, el dis­
cípulo de Jesús; estas figuras, con su tranquila é inalterable cal­
ma en medio de la tempestad que rugia á su alrededor, amenazán­
doles con la misma muerte, su evidente y santa resignación á los
efectos de la ira clel pueblo desalado, y la unción suprema con que
miraban al ciclo, despreciando los tormentos de Ja tierra, no pudie­
ron menos do dejar absortos al jefe del motin y á los que le se­
guían, parando su primer arranque en el primer momento de
ofrecerse á sus ojos.
A pesar suyo, la impiedad rindió el homenaje de su animadver­
sión al ejemplo supremo de celestial resignación que contemplaba.
Pero si en el primer momento cortó los impulsos de Fasael, los
escitó luego mas y mas la actitud de Lázaro y de los que con él es­
taban .
MARÍA MAGDALENA. 451

— Les eúconf,ramos, profirió Fasael, en el acto de rendir adora­


ción á su falso Profeta.
— A l Hijo de Dios, replicó Lázaro.
— ¡Yalo oís, amigos! exclamó Fasael.
— No haya compasion con ellos, gritó un hombre del pueblo ar­
mado de un hierro punzante con que fué á lanzarse sobre Lázaro.
— ¡Detente! profirió Maximino* y 110 quieras manchar tus manos
con sangre.
Estas palabras detuvieron al osado.
— ¿Qué pretendéis? profirió entonces Maximino. A l:o que yo he
llegado á entender, quereis arrojar á esta familia de la Jud'éa. Para
esto no se necesita en verdad herirle y hacer correr la sangre,
— 'Arrojarlos á ellos y á tí también, gritó otro.
— ¡Afuera, afuera! ¡todos á la calle! clamaron várias voces á un
tiempo.
Y precipitándose la multitud sobre los cristianos, los arrojó bár­
bara y brutalmente del aposento, escarneciéndoles, insultándoles
con los mayores dicterios, y maltratándoles groseramente á pesar
del efecto que hicieron las palabras de Maximino, recordando lo
que manchaba á los judíos el derramamiento de sangre.
En alborotada gritería condujo la muchedumbre á la familia do
Lázaro y á Maximino, hasta la orilla del mar.
Antes de llegar, y poco de'spues de haber salido dé la aldea, él
cielo empezó á cubrirse de negros nubarrones que amenazaban
próxima y furiosa tempéstád.
La tormenta se desató en lluvia y relámpagos, mezclándose el
rugido del huracan con. los gritos de aquel pueblo embriagado.
Magdalena recordó lo que habia sucedido eñ el momento de es-·
pirar el Salvador, y su rostro se iluminó de celestial alegría.
¡Qué felicidad la suya de morir en aquel instante, y poder vo­
lar enseguida al trono de sü adorado Rey y querido Maestro!
Pero el Señor no tenia dispuesto que acabara ahí los dias la fina
amante de Jesús.
Juntó á la orilla del.mar había Una pequeña barca.
452 MARÍA MAGDALENA.

— ¡A la barca, á la barca y al mar! gritó una voz á la que res­


pondió con. las mismas palabras la unánime del pueblo.
Iban ya á ponerlos en la barca, cuando uno gritó:
— Aguardad, todavía no.
Y precipitándose en ella empezó á dar fuertes golpes á los pa­
los con un hacha que llevaba.
Otros corrieron en seguida á imitarle y el barco quedó en breve
completamente desarbolado, destruido el timón y, en una palabra,
sin medio alguno de poder ser gobernado en el agua.
La nave en esta disposición, hizo el pueblo meterse en ella á
Lázaro, á sus hermanas y Maximino.
Entonces empezaron á empujar el barco hácia el agua.
El mar estaba alborotado y las olas volvían á escupirle á la
orilla.
Los judíos le empujaban otra vez, y otra vez el mar lo arrojaba
á tierra.
E l populacho gritaba mas iracundo de cada momento, y Fasael
empezó á temer que el mar impediría su propósito.
— Yo te juro, dijo poniéndose á un lado de la nave y dirigiéndo­
se á Magdalena, que esta vez, voy á llevar el barco tan adentro
que no lo vuelven las olas á la orilla.
Y llamando á sí á los que parecían mas decididos, se cogió con
ellos á la nave y empezó á llevarla mar adentro.
Las olas aumentaban por grados, el huracan bramaba con mas
fuerza y el relámpago brillaba con espantosa rigidez.
La nave, empujada por el furor de Fasael, subía y bajaba como
el judío que adherido á ella no quería soltarle mientras la profun­
didad no le impidiese hincar el pié en el suelo para lanzar el barco
mar adentro.
Los demás judíos que le habían seguido abandonaron el pues­
to no pudiendo ya resistir el embate de las olas, cuando el herma­
no Roboam permanecía aún al costado del buque repitiendo á
Magdalena :
»—Esta vez te juro que no vuelves á la orilla.
MARÍA MAGDALENA. 463

Razón tu to Fasael.
Una mole inmensa de agua cubrid la nave, que desapareció á la
vista de la multitud.
Poco despues volvió á aparecer á considerable distancia de la
orilla.
El pueblo lanzó entonces un grito.
A diez brazas de la nave vio á Fasael aparecer entre las olas.
El judío pareció querer dirigirse á tierra; pero sin duda le es­
pantó la distancia y torcid el rumbo como para volver á coger la
nave.
Una nueva montaña de agua volvió á sepultar los objetos que
contemplaba ansiosa la multitud.
La nave reapareció luego mas distante.
Fasael ya no volvió á aparecer en la superficie del mar.
El temporal arreciaba más y más; el viento aumentaba, las olas
crecían, el cielo estaba negro como la noche.
La frágil nave se iba perdiendo de vista en el erizado hori­
zonte.
La multitud se retiró silenciosa.
A su embriaguez había sucedido la calma.
A los gritos de su ira el silencio de una profunda desolación.
Volvía sin la cabeza que la había arrastrado.
Fasael quedaba sepultado en el fondo del mar, mientras la nave
flotaba sobre las aguas.
Este ejemplo impresionó profundamente al pueblo, si bien no
bastó á hacerle salir de su error y á reconocer y arrepentirse del
gran crimen que produjo su ruina y la perpétua dispersión de su
raza, antes bendecida, y mas tarde maldita de Dios, por su horrible
pecado y negra ingratitud.
CAPÍTULO LII,

Penitencia,

A merced de las embravecidas olas, azotada por el furioso vien­


to, amenazada por ei rayo que· lanza en torno do ella la cargada
nube, marcha la nave que lleva á Magdalena, á sus hermanos y á
Maximino.
De rodillas ¡sobre el buque, los ojos al cielo y la oracíon en los
libios, esperan tranquilos la suprema decisión de la Providencia
que ha de conducirlos á puerta ó sepultarlos en el fondo del mar.
No esperan lo primero, y mas bien confían en lo segundo.
Lázaro, Marta y Maximino esperan con santa resignación el
momento de la muerte.
Magdalena lo aguarda con ansiedad de inefable alegría.
Así pasó el resto de aquel día y la noche.
La próxima aurora trajo consigo la calma de la tempestad en
el cielo, el mar seJué poniendo tranquilo y la luz del sol al refle­
jar sobre la brillante esmeralda de puras aguas dejó caer en el con­
fin del horizonte una especie de parda bruma que no tardó en pre­
sentarse á los ojos de los navegantes con todas las señales de tier­
ra, Ignorantes de la altura á que se hallaban no podían presumir el
país á que la tierra, divisada pertenecía.
MAlíÍA MAGDALENA. 455

— Mucho hemos, corrido esta noche, profirió Lázaro, y difícil es


presumir qué tierra será la que vemos.
La nave empujada por una brisa suave se dirigía rectamente á
la costa,
A medida que se fueron acercando descubrieron las torres de un
pueblo y el tope de palos de buques anclados en el puerto.
Se acercaron mas y distinguieron el muelle coronado de gentes.
— E l Señor Dios ha querido salvamos y conducirnos á un país
que no lardaremos en ver quién lo habita, dijo Lázaro.
Y empezó una oración de gracias al Señor que pronunciaron
con él-sus compañeros.
A poco hirió sus oidos el rumor de lejanas voces, y vieron á un
tiempo multitud de lienzos blancos que agitaba la gente de tierra.
— Loado sea el Señor, profirió Lázaro: esas gentes nos han visto
y nos saludan, al parecer, como amigos. ;
La ciudad que tenían á la vista era la de Marsella, habitada á
la. sazón por los gentiles.
Estos que habían presenciado la espantosa tormenta de la pasa­
da noche salieron al amanecer orillas del mar, y al descubrir en lon­
tananza tan pequeña nave, que presumieron había debido correr el
desecho temporal, la saludaban con alegría y muestras de admira­
ción que se fuó aumentando á medida que aproximándose la nave
repararon en el estado en que venia; y su admiración se convirtió
en verdadero asombro cuando entrada la barca en el puerto se acer­
caron á su bordo y vieron por completo la falta de todo recurso
para haber podido internarse y no naufragar en medio de tan hor-
riblc tormenta como la que acababa de correr.
I inmediatamente fueron los cuatro navegantes trasladados por
los gentiles á paraje cómodo donde pudieron reponerse del tras-
torro sufrido; y allí se admiraron de nuevo al ver que los que
hospedaban, ni se mostraban fatigados, ni sentían hambre ni sed,
ni, loque ménos aún comprendían, llevaban húmedos los ves­
tidos.
Pidiéronlos la relación de aquel extraño viaje, ía cual hizo Lá­
456 MARIA MAGDALENA.

zaro circunstanciadamente, en medio dé la mayor atención y si­


lencio por parte de los que le escuchaban.
Comprendieron pronto los gentiles que semejante suceso no po­
día haberse obrado sino en virtud de un poder bastante grande
para ser obedecido por los elementos, y en vista de tal milagro que­
daron maravillados, que al concluir Lázaro su relación con su voto
de gracias al Altísimo, se unió ó la suya la voz de muchos que le
escuchaban.
Lázaro comprendió la buena disposición de aquellas gentes á
oír la santa doctrina del Salvador, y empezando por darles noticia
de Jesús, y conocimiento de él como Hijo único de Dios, siguió pre­
dicando las sanas máximas que formaron el santo libro del Evange­
lio, legado por los apóstoles á las futuras generaciones.
Desde entónces fuó la predicación por toda la ciudad la ocupa­
ción constante de los desterrados de Jerusalen.
Pero entre ellos se distinguía Magdalena, de tal manera, que el
número de sus convertidos á la fé de Jesús escedia en mucho al de
sus hermanos y Maximino.
A llí donde se hallaba María, allí acudía el pueblo.
La hermosura de su rostro, que no había perdido ninguno de
sus atractivos y resplandecía iluminado por el brillo y la superior
belleza que dá al semblante la virtud del alma; su figura tan es­
belta y llena de graciosa modestia, sus bellísimos y grandes ojos
azules, que resplandecían como dos estrellas del cielo, reflejando
la llama del amor divino que ardía en el ara santa de su pecho, y
unido á esto el timbre claro y dulcísimo de su voz que se dejaba
oir como suavísima melodía que seduce insensiblemente cautivan-
do los sentidos y arrastrando el corazon; María Magdalena, dota­
da de todas estas cualidades para hacerse escuchar del pueblo y
admirar de hombres y mujeres, y niños y ancianos, dejaba en pos
de sí luminosa estela, cuyo fulgor atraía cada vez mayor número
de gentes á oiría y admirarla.
Con estas ventajas y su inestinguible fervor, la predicación de
Magdalena contribuyó en gran manera, siendo su celo su parte
MARIA MAGDALENA. 457

principal, á que se propagara la naciente religión del Crucificado,


en esa parte de Europa.
Durante el dia era esta sa constante ocupacion; por las noches
se retiraba á orar por su alma, y á hacer penitencia por sus culpas
á una gruta abierta en una peña y próxima á la ciudad.
Allí pedia María fervorosamente al Señor que admitiera él sen­
timiento de su contrición profunda y la diese fuerza prestándole su
divina gracia, para conquistar nuevas almas, atrayéndolas al co­
nocimiento del Dios verdadero.
La gracia divina descendió en aquel período de la vida de Ma­
ría sobre su cabeza, y muestra de esta distinción del cielo son los
muchos milagros que obró en la misma ciudad, los cuales acre­
centaron considerablemente el número de sus catequizados.
La gruta donde Magdalena se retiraba por las noche, sirvió á
los primeros cristianos de templo donde celebraban el divino sacri­
ficio; allí se reunían, y en la actualidad se vé todavía dicha gruta
por los que visiten la célebre abadía de San Víctor que «ziste en
aquel sitio.
El punto donde Magnalena tenía costumbre dé predicar, era en
la gran plaza vecina al templo de Diana.
En aquel lugar se levantó en el trascurso del tiempo, una capi­
lla dedicada á la Santísima Virgen, que existe hoy también, y se
llama Santa María la Mayor.
Desde la capilla se puede contemplar la gran basílica cristiana,
situada á doscientos pasos, sobre el mismo terreno que ocupó el fa­
moso templo de Diana.
La tradición y la historia señalan esos monumentos levantados
en aquellos sitios para perpetuar la memoria de los lugares en don­
de primero echó raíces la religión cristiana, al ser arrojada del in­
grato país que la vió nacer.
María Magdalena, juntamente con sus hermanos, llevó la
primera, fuera de la Palestina, la Divina voz que al espirar
en el Calvario dejó en su amante corazon, eco perenne que
se mezclaba en su palabra, dándole la eficacia y el poder q«e
38
458 MARÍA MAGDALENA.

tuvo para atraer tantas y tantas almas á la fó de Jesucristo.


La Iglesia del Dios verdadero se estableció, pues, en Marsella,
regida por el obispo Lázaro.
La mayor parte de los gentiles había recibido las aguas del bau-
tismo, nuevas conversiones de todos los dias prometían que el resto
de las ovejas descarriadas no tardaría en unirse al rebaño numeroso
que ya cuidaba el Santo Pastor; y Magdalena, considerando ya ter­
minada su misión en la ciudad, y hallándose Lázaro al frente de su
iglesia, resolvió retirarse por completo del mundo, para entregarse
á la vida puramente contemplativa, esto es, á poner su espíritu en
constante comunicación con Aquel á quien tanto y tanto habia
amado en vida, y cuya memoria era el único objeto agradable á
su pensamiento, como era su amor, que guardaba entero, el único
placer de su corazon.
Magdalena buscó la soledad absoluta en un espantoso desierto
que hay á ocho leguas de Marsella y que termina en una elevada
montaña.
En su centro existe hoy todavía una profunda gruta, y este íuó
el sitio que Magdalena eligió para su retiro.
Libre allí de todo contacto con el mundo, pudo entregarse al
dulcísimo pensamiento del Divino amor, que formaba la vida de su
alma, á la contrición de sus pasadas culpas, y á la oración al Señor
para que le fueran perdonadas.
Por espacio de treinta años duró este último período de su vida»
durante el cual no tuvo su cuerpo otro alimento que las raíces y las
yerbas que crecían alrededor de la grata, ni otro lecho que su duro
suelo.·
Allí, puesta de rodillas, con una cruz hecha de su mano, colo­
cada en una grieta de la roca, vestida con un grueso sayal, y pues­
tos los ojos en el instrumento del suplicio del Redentor, lloró Mag­
dalena los extravíos de su juventud, y acabó de purificar su alma
para poder ser admitida á presencia del Soberano de cielo y tierra.
A l cabo de ese tiempo, oyó Magdalena en sueños una voz ange­
lical que le dijo ;
Magdalena penitente.
MARÍA. MAGDALENA. 459

Cesen ya los suspiros de tu pecho, cesen ¿as lágrimas de tus


ofos, abre tti coraznn á la alegría, abre tus labios á la sonrisa de la
dicha', prepárate, María á\juntarte en él-cielo al que tan finamente
amaste en la tierra. Angeles te Ihmrán, ángeles te presentarán al
trono de tu Rey amado.
Dejó la voz celestial de sonar en sus oídos.
En los puros lábios de Magdalena se dibujó una sonrisa de ine­
fable placer, su pecho se ensanchó con un suspiro de dulcísima feli­
cidad; sus bellísimos ojos se abrieron brillando con la suave luz de
su aurora mas pura y mas serena.
En el momento mismo sintió que su cuerpo se suspendía sua­
vemente sobre el suelo.
Sus ojos volvieron á cerrarse adormecidos por un placer ines-
plicable del alma, y al abrirlos de nuevo se encontró milagrosamente
trasportada á un oratorio distante dos leguas de su gruta.
Este oratorio era el retiro de Maximino, el discípulo de Jesús,
arrojado con Magdalena y sus hermanos de la Palestina.
De manos de Maximino recibió allí Magdalena el Sacramento
de la Eucaristía.
Concluido este acto, Magdalena sintió una especie de sopor
lánguido que dulcemente adormecía sus sentidos; giró perezosa­
mente los ojos en tomo, entonces vió junto á ella á dos ángeles que
le tendían los brazos para recibirla en ellos.
Magdalena cerró los ojos del cuerpo al eterno sueño, en el ins­
tante en que se abria á su alma las puertas de la eterna gloria.

Elcadáver de Magdalena fué enterrado en el mismo oratorio por


Maximino.
Allí fundó la devocion de Cárlos II, rey de Sicilia, la magnífica
iglesia dedicada á la Santa, con un convento de religiosas domini­
cas, á quienes el mismo monarca encargó la guarda de tan precioso
tesoro.
·:·?
460 MARÍA MAGDALENA.

Los restos de Santa María Magdalena, se veneran sobre el altar


mayor, encerrados en una urna de pórfido, regalo del papa Urba-
no VIII, á donde fueron puestos con gran pompa el año de 1 6 6 0 , en
presencia del rey de Francia, Luis el Grande y de toda su córte, por
el arzobispo de Aviñon Juan Bautista Maring.

F ifí DE MARIA MAGDALENA-


COLOCACION DE LAS LÁMINAS.

PÁGINAS.

Lámina de la portada............................................................................... . i
Soy Marta tu hermana, que te llama y te espera. Ven, María, , . .1 7
El judío la contempló un momento a r r o b a d o . .............................................. 30
Magdalena se quedó estática......................................................... . . .135
Yo, Zebel, esposo de Livia, que es la mujer que aquí miráis, la declaro adúl­
tera, ete. . . . .................................................................................... 157
Jesús-predicando. .......................................................................................................182
Magdalena ungiendo los piés del Señor................................................................. 204
Resurrección de Lázaro...............................................................................................282
Pacto de Judas. ...................................................................................................... 384
El beso de Judas............................................................................... ; 388
Cristo muerto................................................................. 418
Magdalena penitente................................................................................................... 458

FÉ DE ERRATAS.

DICE. LÉ ASE. PÁGINAS.

Capítulo X X IV Capitulo X X I )2E>


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Capítulo L X I . Capítulo X L I 380
Capitulo L X V II Cajjítulo X LV II 419
Capítulo LXVIII ' Capítulo XLVIII ' 430
Capítulo LX1X Capítulo X L IX 487

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