En estos días celebramos otro aniversario más de la Reforma Universitaria de 1918, de trascendente influencia en el país y en el mundo.

Sin caer en un análisis histórico de lo que esto significa pero si tomando sus principales trazos para interpretar su espíritu en el Siglo XXI, es bueno recordar cuatro pilares básicos de sus reivindicaciones: la modernización científica, la gratuidad, el cogobierno y la autonomía universitaria. También es importante rescatar a la Reforma Universitaria como un hito representativo de la lucha política de aquel entonces, al régimen que quiebra y al nuevo orden que funda. Anterior a esta conquista, la universidad era medieval y retrograda, se manejaba con prebendas que desvirtuaban la misión docente, también alejada de los problemas sociales de la época. Como espacio de investigación científica, no intentaba correrse del sendero de país agro ganadero con serias dificultades para desarrollar la industria. Su acceso era restringido solo para las familias pudientes y el poder de la iglesia tallaba sus prioridades y funcionamiento. Como todo hecho político, la reforma ocurrió en un contexto histórico determinado. En el `18 había circunstancias que cambiaban en el mundo y en el país y de alguna manera, el viejo orden encontraba dificultades para dar respuesta a nuevas preguntas. La Primera Guerra Mundial, que hizo comprender a muchos el porqué de las luchas anti-imperialistas, la Revolución Bolchevique que fundaba la República Soviética, planteaba una alternativa al sistema capitalista. El primer gobierno radical de Hipólito Yrigoyen , elegido en 1916 por el sistema de la Ley Sáenz Peña, de sufragio universal, secreto y obligatorio, fiel representante de la incipiente clase trabajadora, los inmigrantes y las clases medias. Cuando me invitaron a hablar para esta conmemoración me plantee hacerlo con visión a futuro, o mejor dicho, pensando en que significaría la Reforma hoy. Y venimos a hacerlo a la Facultad de Ingeniería de la UBA, faro del conocimiento argentino, cuna de grandes invenciones e innovaciones. El lugar ideal para seguir creando mundos, para diseñar soluciones tecnológicas a necesidades sociales. Acá estudian y se reciben estos señores que utilizan técnicas para la resolución de problemas que afectan directamente a los seres humanos en su actividad cotidiana. Este campo de conocimiento esta unido al comienzo de la revolución industrial, constituyendo uno de los actuales pilares en el desarrollo de las sociedades modernas. La construcción de puentes y caminos, el desarrollo de nuestra industria de la aviación, nuestra industria naval, la industria automotriz, la
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máquina herramienta y nuestra hidráulica, ahora expandiéndose a la industria de la informática y la bioinformatica. Acompañaron en un papel proactivo a los enormes desafíos del Estado argentino y su industria, son los responsables de nuestro desarrollo petrolero, de energía nuclear y tantos otros hitos que nos enorgullecen como país. Podemos analizar la historia de la humanidad desde la historia de la tecnología o desde una aproximación de paradigmas tecnológicos. Lo planteo como ejercicio de tipos ideales, asumiendo zonas grises entre uno y otro. El origen del término viene de la ciencia. Se llamaba paradigma a un conjunto de valores o creencias que comparte una determinada comunidad científica. Un conjunto de conocimientos, un bagaje que nos alcanza para dar respuesta a las necesidades de una época. Por eso hablamos de cambio de paradigma cuando las nuevas preguntas, los nuevos interrogantes no pueden responderse desde los viejos postulados. Así ocurrió con la Revolución Industrial, cuando la tecnología de la fábrica produjo otro reordenamiento social, la conformación de las ciudades alrededor de estas y de los puertos. Y con el crecimiento de las ciudades, el origen de mas universidades. El conflicto social primero se dirimía alrededor de la fábrica, como caja de resonancia y en la ciudad a partir de nuevas demandas de las clases medias, los inmigrantes y los profesionales liberales. Con esto, la división internacional del trabajo y su respectiva lucha anti-imperialista, las desigualdades entre Centro y Periferia y la lucha de los asalariados por mejores sueldos y mejores condiciones de trabajo. La Universidad, en paralelo, daba soporte a esta actividad industrial y a las nuevas demandas sociales de los nuevos actores. Al mismo tiempo, el poder político se dirimía en una puja entre posiciones de desarrollo de la industria nacional y posiciones extranjerizantes. Y en esta puja, la universidad argentina daba muestras de soberanía, calidad y liderazgo científico-tecnológico. Así Argentina da respuesta al modelo imperante de relacionamiento Estado – Empresa – Universidad, como patrón de desarrollo social. La historia argentina se encarga de narrar con impactante precisión las tensiones políticas entre regímenes dictatoriales y la universidad, lo que por supuesto tuvo su impacto en el desarrollo nacional. La recuperación democrática de 1983 dota a la universidad de plenos derechos reformistas que a la gratuidad y al cogobierno la acompaña una fuerte posición de autonomía respecto al poder político y a las empresas. El co-gobierno universitario asume su rol de gestión, moldeando un planeamiento estratégico que tiene en cuenta la
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extensión, la excelencia académica y la dotación de servicios. La universidad pública Argentina forma los mejores profesionales de Sudamérica, sin resignar soberanía y el Estado y las empresas pueden así dotarse de los mejores cuadros. Hoy también estamos ante un nuevo cambio de paradigma, la llamada Sociedad del Conocimiento de basa justamente en la importancia que tiene este a la hora de desarrollar bienes y servicios. Con otra particularidad muy importante: su tecnología por excelencia, la Internet o red de redes es la forma que define la nueva organización social. La sociedad está estructurada en red, también la economía, las empresas y la política. Se maneja información en tiempo real que fluye a través de redes y los principales bienes y servicios también transportan información. Es lo que tienen en común el software y la biotecnología, ambos transmiten información. La globalización es un hecho y también con esto cambia la forma de producir y de organizarse. Un mismo auto puede fabricarse por partes y cada una de ellas en cinco países distintos. La puja está dada entre info-ricos e info-pobres, o mejor dicho, en quien agrega valor desde el conocimiento y quien no lo hace. Las empresas y los emprendedores ya no compiten por si solos sino a partir del entorno socio productivo del que forman parte, en el que la universidad toma un carácter central, ya no solo como “proveedora” de mano de obra cualificada, sino como vanguardia de investigación y desarrollo. Lejos de ser la panacea, en el nuevo paradigma las desigualdades persisten, o mejor dicho, emergen bajo otras formas en donde la exclusión es el fenómeno central. Es cuando los viejos postulados de análisis Centro – Periferia no alcanzan para dar respuesta a la complejidad del nuevo fenómeno. Desde el punto de vista de la división internacional del trabajo, la tesis de Fernando Henrique Cardozo y Enzo Faletto, a partir de la cual los países periféricos enviábamos a los centrales materias primas para que estos nos devuelvan productos manufacturados y eso reflejaba una situación de explotación, no es la característica principal de esta época. La organización reticular de la sociedad tal y como está planteada posee nodos más importantes que otros, en donde no todos están interconectados. Si hoy apretamos un botón y desaparece África seguramente las bolsas internacionales se trastocarían bastante menos que con la quiebra de los Bancos en Estados Unidos y el Reino Unido. La exclusión se presenta en todas sus facetas. Cuando Hugo Moyano se sienta a negociar con la Presidenta, independientemente del personaje, se está sentando el representante de solamente el
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50% de los trabajadores, solamente los asalariados en blanco, dejando fuera de toda representación a los empleados temporales, trabajadores en negro y desocupados, tan presentes en la actualidad. La relación causal de necesidad-satisfacción a partir de la cual solía transcurrir la gestión pública y todos sus atractores (sistema de salud, sistema educativo, etc.) comienza a demostrar deficiencias ante la emergencia de nuevos actores sociales, de identidades de resistencia generadas ante problemas concretos, dejando a las claras que ni los actores sociales tradicionales (movimiento obrero) ni los canales de participación tradicionales (partidos políticos) ya no poseen el monopolio de la representación política. Proliferan nuevos movimientos sociales, organizaciones de vecinos, fundaciones y otras acciones de participación ciudadana que asumen un importante peso circunstancial en el nuevo tejido social, tejido social planteado en red. Parados ante el nuevo paradigma, el de la Sociedad del Conocimiento, debemos preguntarnos qué rol debemos asumir desde la universidad, que tipo de red estamos dispuestos a moldear para lograr una sociedad más justa. La sociedad del conocimiento viene a trastocar la forma en que nos organizamos e intenta dar respuesta a los nuevos escenarios y la universidad no debe estar ausente a estas nuevas formas de organización. Sin pecar de fanático tecnológico, pero continuando con la tesis de intentar entender la historia desde la historia de la tecnología, me interesa la posibilidad de interpretar en clave política y de gestión universitaria la ética hacker y la filosofía del software libre como analogía, que se sostiene básicamente en tres pilares: su carácter abierto, distribuido y colaborativo. Debemos bregar por el desarrollo de una red social que también sea abierta, es decir, que no exista código fuente de propietario, que cualquiera pueda acceder a nuestra información de gestión, impulsando gobiernos transparentes y participativos; distribuida, lo que conllevará a asumirse solamente como un nodo de una red que no plantea jerarquías con los otros puntos interconectados, rompiendo la lógica vertical de un punto central más trascendente que el resto; y por último, impulsar una red colaborativa, que se retroalimente a partir de la interrelación de los diversos actores del sistema, tanto internamente de las universidades (graduados, alumnos, docentes, investigadores) como hacia el exterior (redes de ciudadanos, gobiernos locales, fundaciones, organizaciones sociales, emprendedores, etc.;) El fenómeno de la exclusión obliga a completar algunos postulados reformistas. Hoy en día siguen siendo muy pocos los jóvenes que
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tienen la oportunidad de acceder a la universidad, y en muchos casos, cuando acceden, no logran torcer su destino de vida, teñido de una carga marcada por su origen socioeconómico. Si dejáramos únicamente en manos del mercado la lógica de absorción de jóvenes profesionales le estaríamos dando la espalda al enorme problema que implica la falta de capital relacional. Lamentablemente, será muy probable que en su gran mayoría el hijo del pobre siga teniendo una capacidad de relacionarse también pobre, seguramente menor al más acomodado. Debemos transformar a la universidad pública como un espacio de acumulación de capital social, donde los diferentes actores sociales, económicos y políticos se nucleen, se relacionen y desarrollen redes de apoyo. La Universidad debe recuperar su acción transformadora ampliando el capital social de los alumnos, para verdaderamente si garantizar igualdad de oportunidades para todos. Esto implica entender la autonomía como una facultad referida al ejercicio de toma de decisiones y no como una falsa concepción de libertad, entendida como todo lo que el Estado no puede hacer conmigo. Libertad es poder elegir y para ser realmente libre habrá que garantizar igualdad de oportunidades en cuanto a la posesión de capital social. Una red se sostiene a partir de la reciprocidad y la confianza, cuestiones que la universidad deberá tener en claro a la hora de relacionarse. La importancia que adquiere el conocimiento como factor central abre enormes oportunidades a la creatividad y la innovación. Impulsa al sujeto como actor central, la acción transformadora está más al alcance de la mano que nunca. El mundo empresarial, el mundo cultural y el mundo político quedan absolutamente ligados en lo que podemos llamar la co-invencion del mundo. Ser emprendedor es una manera de ser, no ven obligaciones en su actividad sino mundos que hay que crear. El emprendedor no es una persona motivada solamente por la rentabilidad sino apasionada por los mundos que hay que inventar. Se trata de personas dispuestas asumir riesgos. Los emprendedores no nacieron con capacidades diferentes a la gente común. Si los nuevos escenarios sociales suelen ser cada vez más inestables, que reconfiguran permanentemente la representación, la forma de organizarnos, de producir y de relacionarnos, la universidad tiene la responsabilidad de formar ciudadanos que puedan desempeñarse en estos nuevos escenarios y esto obligará a producir importantes cambios. A la formación enciclopedista esa que asumía el reto de formar en tener todo claro, en dotarnos de respuestas a determinadas preguntas, habrá que superarla por la necesidad de
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certificar capacidad de acción. Se trata de dotar a los estudiantes de saberes actitudinales, tacitos a la persona, que nunca fueron codificados por la educación formal. Identificar oportunidades, desarrollar redes de apoyo, asumir riesgos, fijar metas, saber escuchar, aprender a trabajar en equipo, saber comunicarse, enlazar, tener capacidad de liderazgo y saber negociar. Tenemos el enorme desafío de promover emprendedores, de convocarlos a la modernización de la Argentina. Porque la forma de vida de un emprendedor se asemeja más al progresismo que a las posiciones conservadoras: el éxito de un emprendedor produce cambios positivos para la sociedad. El emprendedor crea mundos, alienta el cambio cultural, trabaja en equipo e interactúa en comunidad, desarrollando redes de apoyo e identificando oportunidades. Desde su actividad privada cumple con el rol fundamental del desarrollo social de crear empleo y brindar oportunidades. La innovación que generan los emprendedores, en definitiva, está ligada a mejorar la calidad de vida y ello va en el mismo camino que la igualdad de oportunidades y la expansión de la libertad. El mundo es posible de ser inventado: lo democrático, lo solidario, lo igualitario y lo emprendedor se potencian y son parte de la construcción de la Argentina que soñamos. Necesitamos una universidad emprendedora. Estamos ante la oportunidad de generar un verdadero cambio actitudinal que este a la altura del nuevo paradigma. Debemos renunciar a eventuales tacticismos de políticas universitarias que muchas veces nos transforman en burócratas ante los ojos de los estudiantes y el resto de la comunidad educativa. Ir hacia un modelo de gestión abierta y transparente, donde las cuentas sean públicas y esté garantizado el acceso a la información. Debemos profesionalizar los espacios de gestión, sin olvidar nunca que la lucha por la educación pública siempre es una forma de militancia. Quería terminar con un cuento que seguramente muchos de ustedes conozcan. Dicen que andaba un hombre caminando por la calle que de repente se cruzo con otros señores que picaban piedras. Al pararse frente al primero, se detuvo y le preguntó: “Dígame señor, ¿qué está haciendo?”. Este lo miro y le respondió: “Estoy picando piedra”, desinteresado en la pregunta, o quizás enajenado con esta actividad, lo que le impedía cualquier tipo de interpretación o análisis. Luego de esto, se paró ante el segundo hombre que estaba picando piedras y volvió a preguntar: “Y usted, ¿Qué está haciendo?, “Me estoy ganando el pan de mis hijos” le respondió, dejando bien en
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claro su responsabilidad familiar, la de cumplirle a los suyos para que no les falte nada. Pero el hombre, insistiendo, se paro ante el tercer trabajador que picaba piedra para repetirle la pregunta: “Y dígame usted, ¿Qué es lo que está haciendo?”, a lo que el trabajador, con una sonrisa en la cara la respondió: “Estoy construyendo la universidad más grande del mundo, la que va a ser el orgullo de mis hijos, de mis nietos y de toda mi ciudad”. Vamos a construir una universidad emprendedora con los valores reformistas, los de siempre, afrontando los nuevos desafíos.

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