Está en la página 1de 178

Juan, hijo de Isabel y de Zacarías, Sacerdote del

Templo, renuncia a servir él mismo en el Templo,


renuncia a un hogar, a una familia, a tener ami­
gos... Ha de cumplir con un encargo del Cielo, que
su padre le ha transmitido antes de morir: anun­
ciar al Esperado, el Mesías que está a punto de
venir.

Después de un tiempo de retiro en el desierto,


empieza a decir: «El tiempo está cercano»; y las
multitudes acuden a su voz. «Tenéis que cambiar
de vida», les dice, y les administra un bautismo que
es signo de ese cambio.
Juan se encuentra con la oposición de las gen­
tes del Templo y con la hostilidad del rey Herodes
Antipas —que, a pesar de eso, le admira y más que
nada le teme— y, sobre todo con el odio terrible
de Herodías, pues Juan no cesa de amonestar a
Antipas porque vive en concubinato con ella, que
en realidad es mujer del hermano del rey.
En el marco de estas circunstancias, la vida de
Juan el Bautista se debate con acentos dramáti­
cos, entre la grandiosidad de su misión y las ten­
taciones del Maligno, que se esfuerza por hacerle
dudar de la autenticidad de su vocación. Juan sur­
ge de estas tentaciones como un gigante de la fe
en Yahvé, fe que a veces ha de vivir casi de­
sesperadamente.
Pero ese drama acaba en tragedia: Salomé, hija
de Herodías, consigue que el rey mande degollar
al Profeta.
Jan Dobraczyríski, Varsovia, 1985
Ediciones Palabra, S.A.
Castellana, 210 - 28046 Madrid

La versión original de este libro


apareció en
Institut W ydawniczy Pax
con el título
GROM UDERZA PO RAZ TRZECI
Traducción
Barbara Grochowska Hernández

Cubierta:
«San Juan Bautista ante Herodes y prisión del
Bautista», detalle de un tapiz de La Seo de Zara­
goza (fotografía de Luis Mínguez), reproducida
por autorización y cortesía de la Caja de Ahorros
de La Inmaculada, de Aragón y el Cabildo Metro­
politano de Zaragoza.

Printed in Spain
I.S.B .N .: 84-7118-526-1
Depósito Legal: M. 31.735-1987

1KC7-S---A.
JA N DOBRACZYÑSKI

Y EL RAYO CAYÓ
POR TERCERA VEZ
El drama de la vida de Juan el Bautista

Madrid
I

La celda era grande, o mejor dicho, era enorme. Es­


taba situada en una gruta rocosa que formaba parte
de los cimientos de una obra gigantesca. La cima de la
montaña había sido allanada y sobre ella fue construi­
do un castillo con grandes bloques de piedra, una for­
taleza que miraba hacia el desierto de rocas que la li­
mitaba por tres de sus lados, y constituía el bastión más
avanzado de la frontera del reino. El cuarto costado
bordeaba una depresión ocupada por el Mar Muerto,
esa especie de lago misterioso que un día lejano inun­
dó las ruinas de las ciudades malditas.
En otros tiempos, la celda había estado repleta dé
decenas de prisioneros de guerra o de bandidos del de­
sierto capturados en expediciones punitivas. A los más
fuertes se les destinaba a trabajos forzados y los de­
más morían al poco tiempo a causa del frío y de la hu­
medad de la mazmorra.
Ahora él estaba solo en esa cárcel. En lo alto de la
bóveda había una claraboya enrejada. No podía llegar
a ella, pero sabía que daba al patio del castillo en don­
de había una fuente cuya agua era conducida hasta la
gruta por un arcaduz de piedra, cayendo en un reci­
piente excavado en la misma roca. Gracias a ese siste-

7
JAN DOBRACZYÑSKY

ma, no tenían que preocuparse de dar de beber a los


prisioneros. El ruido de las gotas martilleaba obsesiva­
mente los oídos de los encarcelados. A ratos dejaba de
oírlo, pero otras veces aparecía de nuevo, producien­
do un ruido que a él se le antojaba atronador.
Por la claraboya llegaban los ruidos de fuera. Se
oían los gritos de los soldados, las roncas voces del
mando, las llamadas de la guardia. Se escuchaban los
cantos groseros de los soldados y sus risas soeces. Y
otra vez volvía el silencio.
De vez en cuando, por la claraboya se asomaba al­
guien que, agarrándose a la reja, gritaba hacia abajo:
—¡Juan, Juan! ¿Sigues vivo? ¡Contesta!
El reconocía quién era por la voz. Sus discípulos no
le olvidaban. Sobornaban con una moneda al guardia
y éste les dejaba asomarse y verlo.
Le gritaban desesperadamente:
—¡Juan! ¿Estás ahí?
—Aquí estoy —respondía. Se ponía justamente de­
bajo de la claraboya para que lo pudiesen ver.
—¡Gracias al Altísimo! Por fin podemos verte —ex­
clamaban llenos de alegría.
Le aseguraban que no le habían olvidado ni un mo­
mento y que seguían amándole. Le contaban las cosas
que pasaban en el país. Le llevaban alimentos y pre­
tendían bajárselos por entre las rejas.
—Juan, mi madre te ha preparado unas tortas de
miel.
—Dale las gracias.
—Perdona, pero te hemos traído un poco de carne
asada...
—¡No la quiero! —gritó enfadado—. ¡No la quiero!
Sabéis bien que nunca como carne.
—Pero estás agotado, no tienes fuerzas. Come, ne­
cesitas reponerte.
—El les cortaba la palabra:
—¡Basta! ¡Ya he dicho que no la quiero!

8
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

Pero el tono de su voz era ya más suave. Se enfa­


daba fácilmente, pero el enfado le duraba poco. Sentía
agradecimiento y cariño hacia los que continuaban
siéndole fieles; había habido muchos, pero ahora que­
daban sólo unos cuantos.
Les preguntó lo que más le interesaba:
—Decidme, ¿qué hace Él?
—Recorre los caminos, enseña, sana...
—¿Cómo le acoge la gente?
—Como a un gran maestro. Le siguen las multitu­
des. Dondequiera que está atrae a todo el mundo. Se
resisten a abandonarlo. Tiene que escaparse y escon­
derse para poder descansar.
—¿Está bautizando?
—No. No lo hace. Solamente enseña.
—¿Y los pobres?
—Todo el mundo acude a El, pero sobre todo vie­
nen los pobres, los enfermos, los que sufren.
—¿Siguen sus enseñanzas?
Le respondieron titubeando:
—Hay quienes las siguen... Distribuyen dinero a los
pobres, perdonan las ofensas, dan de comer a quienes
están necesitados, cuidan a los enfermos... otros... otros
lo oyen, pero no hacen nada...
¿Le ha seguido también alguno de los nuestros?
Contestaron en voz baja:
—Sí. Se han ido con El Siruque, Chefer, Halevy...
Eran tantos los nombres desconocidos que le de­
cían, que no se enteraba de quienes habían quedado.
Y entonces preguntaba:
—¿Quién queda todavía?
Tardaron un poco en responder y nombraron a
unos cuantos.
—¿Y vosotros cuándo os vais?
—¡Nosotros no nos iremos nunca! ¡Por la gloria del
Altísimo!
JAN DOBRACZYNSKY

Él les cortó con severidad.


—!No blasfeméis!
Después, cambiando el tono de voz:
—Id también vosotros; es preciso que os vayáis. Él
tiene que subir como el Sol que a mediodía alcanza el
zénit en el cielo. Y yo tengo que desaparecer como una
sombra...
—¿Y por qué, Juan?
—Os lo he explicado muchas veces.
—Es cierto... pero...
—No digáis nada más. Así tiene que ser y así será.
Otro día les dijo:
—Escuchadme: antes de que os vayáis definitiva­
mente, quiero que hagáis lo siguiente. Os acercaréis a
El y, delante de todo el mundo, de manera que todos
lo oigan, le diréis: Nuestro maestro pregunta si tú eres
el que tenía que venir o si tenemos que esperar a otro.
¿Lo habéis entendido? Se lo diréis así y luego vendréis
a contarme lo que Él responda.
—Haremos lo que nos mandas. Pero dinos por qué
tenemos que preguntárselo a Él. ¿Es que acaso no es
éste aquel cuya venida nos anunciabas?
—Sí que lo es, pero lo tiene que confirmar Él mis­
mo. ¿Sabéis si han ido a verle hombres enviados por el
Sanedrín, como fueron a verme a mí?
—No hemos oído decir nada de eso y, si hubieran
ido, la gente lo habría comentado.
—¿Seguro que el sumo sacerdote no le ha enviado
ningún mensajero?
—No. Con toda seguridad que no.
—Vosotros iréis de parte mía. Yo también tengo de­
recho a preguntar y vosotros lo haréis en mi nombre.
Una vez que hayáis regresado con su respuesta, po­
dréis marcharos definitivamente.
Se quedaron preocupados, como si presintieran
una desgracia que no podían evitar.

10
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—¿Por qué nos dices eso? Nosotros no nos marcha­


remos, nos quedaremos contigo... No hables así.
Después de esto sus sombras se disiparon, se disol­
vieron a la luzdel sol, y él ya no pudo seguir oyendo
sus voces. Volvió a su rincón y, apretando los puños,
repetía:
—El tiene que crecer..., tiene que crecer...
El sol entraba en la mazmorra durante un breve es­
pacio de tiempo, formando en el suelo un círculo de
luz. La roca se calentaba y quemaba sus pies y sus ma­
nos, pero le gustaba tumbarse encima de ella. Sabía
que cuando aquel caliente círculo desapareciera, el frío
penetraría en sus huesos, helándose todo el cuerpo. A
veces esperaba en vano la llegada del círculo, pero el
sol no hacía acto de presencia.
Había sido un hombre alto y fuerte que, después de
un año de encierro, se había convertido en la sombra
de sí mismo; sus músculos espléndidos estaban consu­
midos, las costillas se le marcaban casi a flor de piel,
la cara estaba oculta bajo una espesa barba; por enci­
ma de los labios entreabiertos como una herida se des­
tacaba una nariz larga y afilada. Los primeros días que
pasó allí, creyó volverse loco: era un hombre a quien
le gustaba dormir bajo las estrellas, recorrer largos ca­
minos y vivir al aire libre; de pronto, se encontró en­
cerrado en una gruta oscura y fría, sin sol, ni viento, ni
árboles, ni plantas, ni flores. Hubo momentos en que
golpeó las paredes de roca con los puños hasta hacer­
se sangre. Intentó forzar la puerta de la mazmorra.
Todo era inútil.
Lo cazaron en una trampa, porque de otro modo
no se habría dejado atrapar. Vinieron unos guardias y
le pidieron que les acompañase al palacio porque el rey
quería hablar con él. Se confió y fue con ellos. Pensó
que quizá Antipas había reflexionado mejor sobre sus
palabras. Juan se airaba terriblemente cuando tenía

11
JAN DOBRACZYÑSKY

que levantar la voz contra el mal, pero esa cólera suya


desaparecía, absorbida por la comprensión, cuando
veia el mal haciendo presa en un hombre. Se sabía que
Antipas era un hombre vicioso, cruel y mendaz. Pero
¿y si conservaba todavía algún sentimiento humano?
—pensaba Juan mientras iba con los guardias hacia el
palacio—. Cierto que había cometido un gran pecado,
pero, no obstante, se aseguraba que seguía siendo un
observante de la Ley.
Antipas entró en la habitación donde habían intro­
ducido a Juan. El soberano de la Galilea y de la Perea
era más bien bajito e insignificante y, envuelto en una
suntuosa vestimenta, ofrecía el aspecto de un montón
de trapos de distintos colores. El hijo de la samaritana
Maltace no se parecía en nada a su padre, el cual, aun
estando enfermo, supo conservar un porte mayestáti-
co. En la cara de raposo de Antipas se reflejaba el an­
sia de poder, la crueldad y la cobardía.
—¿Por qué vienes a las puertas de mi palacio, gri­
tando cosas desagradables? —le preguntó a Juan, sin
enfado, pero con una acento preocupado en la voz—.
¿Por qué lo haces? Sublevas al pueblo y ofendes a mi
mujer...
—¡Esa no es tu mujer! Tienes otra, que es la ver­
dadera.
—No me hables así —se enfadó el rey—. Quiero que
ella sea mi mujer. Yo soy el rey y por lo tanto puedo
actuar según sea mi voluntad.
—La Ley del Altísimo está por encima de la volun­
tad del rey.
—¡Calla! —gritó, pero enseguida recobró la sereni­
dad—. La Ley del Altísimo está hecha para el pueblo
vulgar. Para los reyes hay excepciones.
—Para el Altísimo no hay ni rey ni Am-ha-ares.
Cuanto más alto es el poder, más grande es el pecado.
—¡No digas eso! —vociferó Antipas.
En Antipas el enfado luchaba con el miedo que le

12
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

infundía el gran nabí Estaba dando vueltas por la ha­


bitación, rascándose la cabeza y desarreglando su ar­
tificial peinado. Se detuvo delante de Juan.
—No hables así. Hazte cargo de que yo no soy ene­
migo tuyo. Tú eres profeta y yo respeto a los profetas.
Tus enemigos son los fariseos, que no paran de enviar­
me a gente suya para que me digan que eres un falso
profeta, que incitas al pueblo para que se subleve y per­
suades a las gentes para que no cumplan las reglas que
sus doctores mandan respetar.
—No las reglas de los doctores, sino la Ley del Se­
ñor es la que ha de cumplirse.
—Ellos dicen que cumpliendo las reglas se cumple
con la Ley.
—La Ley es vida y sus reglas son letras muerta.
—Posiblemente tengas razón. Nadie quiere a los fa­
riseos, pero cuando ellos desean vengarse de alguien
lo hacen siempre. ¿Para qué, entonces, molestarles?
Además ellos hablan frecuentemente con Herodías y
ella les escucha. Le han prometido...
—Mándasela a su marido y tú vuelve con tu mujer.
—¡Estás loco! Te debería castigar por esas palabras.
No sabes bien lo irritada que ella está contigo.
—No me importa nada su cólera.
—Y yo te digo que no la contraríes y que tampoco
molestes a los fariseos. ¿Qué es lo qu pretendes? Ellos
no exigen de ella que vuelva con Herodes; además, vo
la quiero y ella a mí también.
—Sois una pareja de disolutos.
—¿Qué has dicho? ¿Cómo te atreves? ¡Deberías mo­
rir por decir eso!
—Pues mátame.
Antipas se mesaba airadamente los cabellos y gol­
peaba el suelo con los pies.
—No me provoques, por favor. Una palabra más y
mando que te corten la cabeza. Yo soy el rey y me es-

13
JAN DOBRACZYÑSKY

tás ofendiendo. ¿No ves que quiero ser generoso con­


tigo y respetarte como profeta?... ¡Contrólate!
—No te estoy diciendo más que lo que pide de ti el
Altísimo.
—El no lo pide. Dicen los fariseos... bueno, yo... —se
interrumpió al ver el semblante grave de Juan—. Tú
eres profeta y yo respeto a los profetas. Pero siempre
he oído decir que los profetas hacen milagros. Me gus­
taría que tú hicieras alguno.
—Yo no hago milagros.
—¿No puedes o no quieres hacerlos? Estoy seguro
de que, si quisieras, los harías. Miles de gentes te si­
guen. Haz un milagro.
—¿Qué milagro esperas?
—Podrías hacer que Herodes...
—¿Deseas la muerte de tu hermano?
—Es viejo y está enfermo, tan enfermo como nues­
tro padre...
—Ni siquiera su muerte te permitiría casarte con
Herodías.
—También podría morir Glafira... no me ha dado
hijos...
—Pero podrías tenerlos.
—¡Sabes demasiado!
—El Altísimo es quien me hace saber.
—¡No me provoques! Quiero respetarte, pero sal de
mi reino, vete a la tetrarquía de Filipos, allí no hay fa­
riseos. Se olvidarán de ti y no volverán a molestarte...
—Me iré cuando vuelvas con tu mujer y alejes a la
otra.
—¡Si no te vas, te meteré en la cárcel!
—No me iré hasta que no me escuches.
—No abuses de mi paciencia —Antipas estaba cada
vez más excitado y ya no podía contenerse—. No sal­
drás de aquí si antes no me prometes que te irás.

14
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Me has llamado para hablar conmigo y he veni­


do por mi propia voluntad.
—¡Pero no saldrás de aquí por tu voluntad!
El rey estaba ahora más airado que asustado.
—¿Quién eres tú para ponerme condiciones? Yo soy
el rey, si quiero, te haré azotar o haré que te saquen
los ojos o te corten la lengua. ¡Te lo pido por última
vez. Vete!
Juan no pronunció palabra. Solamente movía la ca­
beza diciendo: ¡no! Antipas lanzó un grito de cólera y,
al oírlo, acudieron corriendo diez guardias que se aba­
lanzaron sobre Juan, le ataron las manos con una ca­
dena y lo condujeron al calabozo.
Durante los dos días siguientes, Antipas intentó con­
vencer a Juan. A pesar de los deseos de Herodías, ha­
bría preferido soltar a ese hombre a quien temía, pues
miles de personas seguían a ese profeta. Pero Juan sólo
tenía una respuesta ante las promesas y las amenazas.
«Me iré cuando la hayas alejado de ti».
La tercera noche lo sacaron del calabozo y un gru­
po de mercenarios a caballo se hizo cargo de él. El jefe
del grupo sujetaba la cuerda que Juan tenía atada al­
rededor del cuello. Al amparo de la oscuridad, la cua­
drilla salió por una puerta lateral. Dejaron atrás Séfo-
ris y, antes del alba cruzaron el Jordán. Hicieron un
alto para descansar en el bosque de Efraín, donde ha­
bían matado a Absalón cuando se le enredaron los ca­
bellos en la rama de un árbol. Luego siguieron cami­
nando hacia el Sur por el camino que se extendía en­
tre el desierto y el ghor. No iban por la ruta principal,
sino por un sendero lateral al pie de las montañas. Los
soldados no quitaban la vista de encima de Juan y no
soltaban la cuerda ni por un momento. Nadie le diri­
gía la palabra y hablaban entre ellos una lengua des­
conocida para Juan.

15
JAN DOBRACZYÑSKY

Durante el camino, iba rezando y, cuando subían la


pendiente rocosa se volvió a mirar la hendidura del
ghor. Estaban al pie del monte Nebo. Viendo aquella
pesada mole de roca, pensó que desde allí Moisés con­
templó la Tierra Prometida, que nunca pudo pisar. Y
se preguntaba: «¿También yo tendré que contemplarla
solamente desde lejos?».
En la tarde del tercer día llegaron a un lugar desde
donde se podía ver una montaña en cuya cima había
las murallas y las torres de una fortaleza, como un nido
de águilas. Cayó en la cuenta de adonde le habían lle­
vado... aquello era Maqueronte, la fortaleza fronteriza
del reino nabateo.
Al cabo de unos días en los que a veces no podía do­
minar su rebeldía desesperada, consiguió conquistar la
tranquilidad. Superó la protesta de su corazón y de su
cuerpo. De todas maneras, la celda le iba desgastando
las fuerzas y ya no emprendía luchas inútiles. Ahora le
esperaba otra lucha todavía más terrible.
II

Sus padres eran ya ancianos, muy ancianos. Cuan­


do de niño la gente le decía: «Díselo a tu abuelo», él
siempre les rectificaba: «El sacerdote Zacarías no es mi
abuelo, es mi padre»; entonces se burlaban de él, y esto
lo encolerizaba. También se burlaban de él sus compa­
ñeros de la escuela a la que asistía para aprender a re­
citar de memoria los versículos de los libros sagrados,
y no le dejaban tranquilo hasta que los hacía callar
dándoles una buena paliza.
Sus padres no solamente eran ancianos, sino que
también eran diferentes de los padres de sus compa­
ñeros. A su padre ya no le llamaban para servir en el
Templo, se quedaba en casa; sin embargo, la vida de
ambos estaba empapada de oraciones; no se contenta­
ban con las oraciones obligatorias: caddish, shéma, ha-
rakci.. Todos los días Zacarías componía nuevos hala-
ká: cada acontecimiento constituía una participación
del hombre en la obra del Creador, y todas sus accio­
nes iban dirigidas a servir al Altísimo.
Ambos eran conscientes de haber recibido una gra­
cia extraordinaria. Todo a su alrededor les hacía recor­
dar aquellas tristezas ya pasadas que habían desembo­
cado en una enorme alegría; a partir de entonces, sus

17
JAN DOBRACZYNSKY

vidas se convirtieron en un puro cántico de acción de


gracias.
Pero Juan tenía su propia vida, una vida llena de es­
peranza. Cierto día le ocurrió algo tan insólito, que más
parecía un sueño: cayó sobre él una luz deslumbrante,
acompañada de un trueno que le alcanzó al mismo co­
razón y su fuego quemó algo que pesaba mucho; no sa­
bía exactamente ni cómo ni cuándo ocurrió.
Entre los recuerdos de su más temprana infancia
no hallaba nada que pudiera ser la causa de aquello,
no obstante, estaba seguro de que no había sido un
sueño, sino un hecho real.
Quiza sus padres se lo habrían podido explicar, pero
eran de pocas palabras y él por su parte nunca se lo ha­
bía preguntado. A pesar de que les quería mucho, en­
tre ellos y él mismo había como un muro que les se­
paraba: los misterios que ellos no querían, no podían o
no sabían desvelar. Sus alegrías les alejaban de él, le pa­
recían demasiado infantiles. Hijo de dos ancianos, se
sentía más maduro que sus propios padres. Ellos vivían
despreocupados y él sentía que tenía que m adurar de-
prisa, para enfrentarse en solitario con las dificultades
que le esperaban en el camino de la vida.
Desde aquel momento en que había estallado el
trueno, sintió que le invadía una enorme e incompren­
sible fuerza. Esta fuerza estaba como dormida dentro
de él, pero a veces despertaba, y como un pájaro gi­
gantesco le elevaba a lo alto mostrándole nuevos hori­
zontes para, de repente, desaparecer, dejándole caer al
suelo.
Eran momentos de enorme sufrimiento los que le
producían estas llamadas sobrenaturales, en contraste
con el sentimiento de impotencia que le dominaba.
Pero ni siquiera este sufrimiento, no comparable con
ningún otro, le hacía desistir de aquel algo que le ele­
vaba por encima de la vida ordinaria.

18
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

¿Les ocurriría, quizá, lo mismo a otros? De ios vie­


jos y amarillentos manuscritos emergían suspiros, que­
jas, gritos de dolor. Consideraba cómo había huido
Elias y oía su clamor: «¡Quítame la vida! No soy más
digno que los que me precedieron...». Isaías se resistía
gritando: «¡Ay de mí! Soy un hombre de labios impu­
ros». Jeremías se disculpaba: «Mira, Señor, ni siquiera
sé hablar...».
Todos ellos huían de aquella voz que les impulsaba
a actuar. Incluso alguno llegó a esconderse en el vien­
tre de un monstruo marino, como fue el caso de Jo-
nás. Todos vivieron llenos de temor. Pero la mano de
Dios les alcanzaba hasta en el fondo del mar; entonces
volvían, predicaban, ungían a los reyes, anunciaban las
buenas nuevas y los castigos y, al mismo tiempo, su­
frían. Cada uno de ellos llegaba a la cumbre de su in­
fluencia para luego apagarse...
Un día, cuando era pequeño, su padre lo llevó a la
Ciudad Santa y lo condujo hacia el valle de Cedrón.
Hasta allí llegaba el ruido de los martillazos del lugar
donde estaban trabajando, desde hacía años, en la
construcción de un nuevo Templo. Del otro lado, al pie
del monte de los Olivos, se encontraba una tumba an­
tigua excavada en la roca. Piedras enormes cerraban
la gruta y encima de ella se levantaba un monumento
apoyado en cuatro columnas.
—Míralo bien, hijo —le dijo Zacarías—. Esta es la
tumba de tu tatarabuelo, que se llamaba igual que yo
y fue profeta del Altísimo. En aquellos tiempos, nues­
tro pueblo vivía bajo el cautiverio de los persas. Zaca­
rías, hijo de Baraquías, del linaje sacerdotal de Addo,
le anunció su regreso a la patria. Y su profecía se
cumplió.
»El mismo volvió y, junto con Nehemías, organizó
el servicio sacerdotal en el Templo reconstruido. Lue­
go murió... Fue él quien profetizó que la santa ciudad

19
JAN POHRA(ZYNSKY

de Jerusalén seria amenazada una vez más, para lue­


go recibir gr acia y misericordia. Decía que aparecerían
dos pastor es: uno malo que no se cuidaría de nada y
otro bueno. Pero éste seria golpeado y sus rebaños se
dispersarían. Todo el mundo llor aría su muerte igual
que los padres lloran la muerte de su hijo único...
»Presta bien atención, Juan, a las palabras de tu ta­
tarabuelo. Tienes que conocer las y comprenderlas,
porque tú también serás profeta del Altísimo. Cuando
unos padres llegan a tener un hijo a nuestra edad, no
es solamente para llenarlos de alegría. Yo vivía lleno
de triste/a por no haber podido tener hijos, y temía que
mi nombre lucra por eso deshonrado. Entonces me ha­
bló un Ángel del Señor en el Santuario y me dijo que
ibas a nacer tú y que tendrías la fuerza y el espíritu de
Elias. Dicen las Escrituras que este profeta no murió,
>ino que se marchó en un carro de fuego, y la gente
cree que un día volverá. El ángel me dijo que precisa­
mente tú serás ese Elias. Vendrás antes de Aquel cuya
llegada fue anunciada hace siglos. Tienes que preparar
su camino, enseñar a la gente que cambien su manera
de pensar y abandonen las sendas equivocadas, para
entrar en el camino recto de la verdad...
—i Y cómo ocurrirá todo esto? —preguntó el mu­
chacho, aturdido por las palabras de su padre—.
¿Cómo ocurrirá? Yo soy un muchacho como los de­
más...
—El mismo Altísimo te lo hará saber a su debido
tiempo —respondió Zacarías—. Ya no te puedo decir
más. Superarás a los que te han traído al mundo, pero
mientras estés conmigo te lo repito: tienes que esperar.
»No puedes caer en la desesperanza, como me pasó
a mí. Tienes que tener mucha fe y saber esperar con
paciencia, aunque la espera se prolongue mucho tiem­
po. Él te necesita y esto supone una tarea terriblemen­
te difícil. Si no tupiese plena confianza en que Él te sos­

20
y KL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

tendrá, temería por ti; temería por ti tanto, que habría


preferido que no hubieras nacido... Pero Él no te aban­
donará. Sé perseverante como lo fue Zacarías, hijo de
Bar aquías. El volvió a la patria y vio. Tú verás algo más
grande aún.
in

Poco después, los padres de Juan murieron en tan


corto tiempo que parecía como si no pudiesen vivir
separados.
Juan tenía entonces nueve años y se quedó solo,
pues en el pueblo no vivía ningún pariente suyo. Los
vecinos se reunieron para tomar alguna decisión sobre
su futuro, pero aparte de discutir mucho v a gritos no
hicieron nada.
Por fin, uno de los vecinos recordó haber oído ha­
blar a sus padres de algunos parientes que tenían en
Nazaret. Pero nadie sabía ni quiénes eran ni si vivían
aún. Durante los acontecimientos que sacudieron al
país cuando reinaba Arquelao, muchas personas ha­
bían muerto y otras habían cambiado de residencia.
Juan tampoco podía decir nada acerca de ellos, ni si­
quiera los había visto; a pesar de no tener ninguna no­
ticia de ellos, la madre de Juan siempre estuvo segura
de que seguían con vida. Como el hermano de uno de
los vecinos tenía previsto hacer un viaje a Galilea, de­
cidieron pedirle que se llegara hasta Nazaret y busca­
se a la familia de Juan. Pero resultó que aquel viaje fue
aplazado y no se realizó nunca. Eran tiempos malos y
Galilea estaba tan lejos...

23
JAN DOBRACZYÑSKY

Juan no pedía ayuda, no quería molestar a nadie, y


los vecinos se fueron olvidando de sus propósitos de
ocuparse de él.
Vivía solo en el caserón vacío, cuidando de un pe­
queño rebaño de ovejas y cabras. A cambio de leche y
queso, recibía de los vecinos un puñado de lentejas o
de habas y un poco de aceite. Con esto se preparaba
tortitas, pues no comía carne ni bebía vino. Su padre,
al morir, le mandó que al cumplir los doce años hicie­
ra las promesas del nazareato, pero él decidió obser­
varlas antes de esa edad.
No solía recibir visitas, sólo de vez en cuando algu­
na que otra vecina sentía súbitos remordimientos de
conciencia, que le hacían recordar al niño abandona­
do, y se acercaba por la casa. Llegaba y se lamentaba
de la vida que el pequeño huérfano llevaba. El la escu­
chaba y se encogía de hombros; tanta falsedad le irri­
taba, pero procuraba dominarse para no estallar. Te­
nía que aprender a domeñar su carácter explosivo ya
desde pequeño. Cuando ya se había lamentado bastan­
te, la vecina de turno se marchaba enjugándose las lá­
grimas y sonándose la nariz. Y él volvía a su soledad.
Viviendo aún sus padres, empezó a frecuentar la es­
cuela instalada junto a la sinagoga y ahora, aunque no
tenía a nadie que lo obligara a ello, continuaba asis­
tiendo a las clases que dirigía el hazzjcin de la localidad.
Una vez en casa, repetía los versos recién estudiados,
y tal como le había enseñado su padre, buscaba en
ellos algunas palabras que parecieran tener especial
significado y que estaban ocultas como las piedras pre­
ciosas en el fondo de un torrente.
Las Escrituras decían: «Nos ha sido dado un Hijo y
Él recibió el poder y Le llamarán: Consejero admira­
ble, Eterno, Príncipe de la Paz... Del tronco que Jessé
brotará una rama nueva... Vuestra confianza os dará
fuerza... Jehová está esperando para otorgaros su mi-

24
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

sericordia... Él mismo vendrá para salvaros. Y cuando


llegue, los ciegos abrirán los ojos, los sordos podrán oír,
los paralíticos correrán como los gamos y los mudos
hablarán con alegría. Las fuentes refrescarán el desier­
to... Tú serás Alianza para el pueblo, Luz para las na­
ciones. Abrirás los ojos de los ciegos y librarás a los pre­
sos de las cárceles... Mi salvación llegará hasta los con­
fines de la tierra... Escuchad: no quiero despertar la lla­
ma de Mi cólera, porque soy Dios y no soy hombre...».
Las palabras que mejor recordaba eran las del pro­
feta Malaquías: «Enviaré a mi mensajero para que pre­
pare el camino delante de mí. Pronto llegará Aquel que
esperáis... ¿Pero quién resistirá ese día? Él será como
el fuego, que purifica el oro...».
Al cumplir los doce años, Juan junto con otros com­
pañeros suyos, fue llamado por el jefe de la sinagoga
para la ceremonia de bar miswá. Por primera vez el
muchacho se puso el taled paterno. Durante la celebra­
ción del sabat, él subía al tebütá, recitaba las bendicio­
nes y cantaba los salmos, apoyando en su hombro los
rollos de las Escrituras, que a sus compañeros les pa­
recían demasiado pesados v para él eran ligeros como
plumas. Ya era un feligrés maduro.
Pocos días después de esta ceremonia marchó a Je-
rusalén con un corderito de un año colgado del hom­
bro. Había una multitud en el patio del templo, junto
al pequeño altar donde se depositaban las ofrendas. Es­
taban allí algunos candidatos que deseaban hacer las
promesas del nazareato y otros que no las habían cum­
plido y ahora querían arrepentirse. El sacerdote sacri­
ficaba los corderos hábilmente con un gran cuchillo, y
dos levitas llevaban al candidato para afeitarle la ca­
beza y las barbas. Luego el sacerdote le salpicaba con
la sangre del cordero, mientras pronunciaba las pala­
bras de ritual. Desde aquel momento hasta que se cum­
pliera el plazo del voto, el nazareno no debía afeitarse
nunca.
25
JAN DOBRACZYÑSKY

En general, se hacían los votos por uno, dos o tres


años. El deseo de Juan de hacerlos para toda la vida
produjo una gran extrañeza al sacerdote y a los levi­
tas. Las promesas perpetuas eran muy poco frecuen­
tes, y nunca las hacían personas tan jóvenes. El sacer­
dote le pidió a Juan que esperase hasta que terminara
sus obligaciones con los demás. Una vez solos, le
preguntó:
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Juan, hijo del sacerdote Zacarías.
—¿Tu padre vive?
—No.
—¿Con quién vives?
—Con nadie.
—¿Vives solo?
—Así es.
—¿Y quieres hacer promesas perpetuas?
Alirmó, asintiendo con la cabeza, sin decir palabra.
—Eres muy joven —le dijo el sacerdote—. Los jó­
venes como tú suelen estar llenos de entusiasmo, lo
cual está muy bien, pero no conocen bien la vida. Dig­
no es saber renunciar a los placeres en nombre del Pa­
dre Eterno, pero es muy grave romper las promesas.
¿Has calculado bien tus fuerzas, hijo?
Después de reflexionar unos momentos, le res­
pondió:
—Mis fuerzas están en manos del Altísimo.
—Has respondido muy bien —asintió el sacerdo­
te—. ¿Pero acaso tienes la certeza de que el Altísimo te
sostendrá?
—Él, cuando ordena algo, también da la fuerza.
—¿Tú crees haber recibido una orden de Él?
Afirmó con la cabeza, mientras el sacerdote le mi­
raba fijamente.
—Eres extraño... —comentó, y tras una pausa agre­
gó—: Que la bendición del Altísimo sea siempre conti-

26
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

go. Pero ten cuidado para no caer en ilusiones falsas.


A muchos les ha parecido haber oído la voz del Altísi­
mo y sólo fue la voz de la soberbia humana. Las con­
secuencias fueron desastrosas, pues incluso a veces se
ha derramado la sangre de los hombres... Hasta el mis­
mo Templo fue dañado durante estas luchas inútiles.
Pero si insistes aceptaré tus votos. No olvides, sin em­
bargo, mis advertencias...
Le afeitaron la cabeza y sintió las gotas de sangre
caliente caer sobre ella. El sacerdote, con las manos le­
vantadas, recitó una oración.
* * *

Ya de regreso en su casa del pueblo de la montaña,


Juan continuó viviendo su vida solitaria.
Su padre le había encargado que esperase, así pues,
él esperaría. Los años pasaban y la vieja casa se iba des­
moronando poco a poco: el tejado se resquebrajaba
bajo el sol, las paredes se derrumbaban. Había que
arreglarlo todo, pero a Juan no le preocupaba eso. «Tal
vez El me llame de un momento a otro», pensaba, «en­
tonces ocurrirá algo tan importante que la casa no será
ya necesaria».
El viento silbaba a través de las grietas y la lluvia
entraba por el tejado. Por la noche la casa estaba llena
de chasquidos y de susurros. A veces despertaba Juan
y le parecía oír una voz que le hablaba:
—La casa está hecha una ruina y dentro de poco
ya no servirá para nada. Tú eres fuerte y puedes cons­
truir una casa nueva, grande y tan hermosa como no
la tiene nadie. ¿Por qué no haces algo?
—Estoy esperando —respondía.
—¿Esperando durante cuánto tiempo más? ¿Y tu
trabajo? Los doctores enseñan que todos tienen que
trabajar para ganarse el pan. El trabajo hace al hom-

27
JAN DOBRACZYNSKY

bre superior a los animales. ¿A ti qué te parece?


—El Altísimo le dijo al profeta: «enciérrate en tu
casa, serás como un preso atado con bramantes».
—¿Te consideras un profeta?
—Soy el que tiene que esperar.
—¿Y estás seguro de que llegará lo que estás espe­
rando? ¿Y si nadie viene para soltar tus ataduras? ¿Qué
pasará entonces?
—Me dijeron que esperase.
—¿Estás seguro de que es una orden del Altísimo?
Aquel sacerdote que habló contigo en el Templo dijo
algo acerca de las ilusiones falsas...
—No son ilusiones.
—¿Cómo lo puedes probar?
—He nacido contra toda esperanza.
—¡Ja, ja, ja! —una sarcástica y estruendosa carca­
jada llenó la casa—. ¿Tú consideras eso como una se­
ñal? ¿Ya has olvidado cómo se burlaba de ella la gente?
—No temo las burlas.
—¿Tan ^ aliente eres? No estés tan seguro de ti mis­
mo, la burla es como el agua que desmorona las rocas.
¿Cuantos días, cuántos años se la puede aguantar? Di­
ces que has nacido contra toda esperanza, pero un día
te preguntarás si no habría sido mejor que no hubie­
ras nacido...
—¡Calla!
—¡Ja, ja, ja! Bien, ya has oído mis palabras... Su eco
permanecerá en tus oídos y volverá y volverá...
—¡El Altísimo las apagará!
—¿Es que quizá desea que Él cambie para ti las le­
yes universales que hizo para todos los hombres? No
creo que acceda a tus deseos...
—Él quería tenerme a mí.
—Cada uno de vosotros habéis sido creados para
Él. Y Él desea que seáis frágiles como las cañas que
rompe el viento.

28
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Algunas cañas reciben de Él la fuerza suficiente


para sólo doblarse sin llegar a romperse.
—No eres más que un joven inexperto y presuntuo­
so, que no conoce la vida. Decídete a vivir entre la gen­
te. No tiene mérito esconderse...
—¡Esperaré aquí!
—Espera, pues. No sucederá nada y entonces te
arrepentirás de todo lo que habrás perdido.
—¡Vete!
—Entonces pensarás: lo habría podido conocer, lo
habría podido probar...
—¡Vete de una vez!
—¡Ja, ja, ja! ¿Te has enfadado o es que quizá no sa­
bes cómo responderme?
—¡Vete! ¡Fuera!
Las carcajadas se diluyeron entre los susurros de
la noche, que transcurría lentamente.
IV

Un día, mientras estaba ordeñando las ovejas, oyó


una voz de mujer. No era la voz conocida de su ancia­
na vecina Raquel; era una voz joven. Se asomó por de­
bajo del tejado de paja del corral y se incorporó. El mis­
mo no se había dado cuenta de lo mucho que había
crecido y de que ya era un hombre alto, de hombros
fuertes y anchos y de rostro hermoso. A menudo los ve­
cinos le pedían que les ayudase cuando tenían que lle­
var a cabo un trabajo duro, pues era capaz de levan­
tar sin esfuerzo piedras enormes y grandes vigas de
madera. Tampoco había percibido que muchas muje­
res le seguían con la vista, admirando su paso elástico,
cuando caminaba hacia la sinagoga.
Había una joven en el patio. Una joven de pelo ne­
gro y rizado y grandes ojos negros. Iba descalza y en
las manos llevaba una jarra para leche. Pensó que po­
dría ser nieta de su vecina Raquel. La vieja hablaba
mucho y, mientras él le llenaba de leche la jarra, le ha­
bía contado más de una vez lo buena, lo trabajadora y
lo lista que era su nieta. Y aunque no la escuchaba con
demasiada atención, algo de ello había quedado en su
mente.

31
JAN DOBRACZYÑSKY

—¿Eres Juan? —preguntó la muchacha al verle—.


¡Qué grande eres! Eres como la torre de Siloé —comen­
tó riéndose.
Efectivamente, ella no le llegaba a la altura del
hombro y él la miraba desde arriba como si fuese una
niña.
—Yo soy Efa —siguió diciendo la joven—. Vengo a
buscar la leche, porque mi abuela se siente algo indis­
puesta. Ya es muy mayor y a veces le pasa esto... Yo la
quiero mucho...
Hablaba deprisa, pero a Juan no le resultaba desa­
gradable oírla.
—Enseguida te doy la leche, pero aguarda un poco
hasta que termine de ordeñar —le dijo.
—Te puedo ayudar, si quieres; todos dicen que hago
muy bien el trabajo de la casa.
Sin esperar su respuesta, le siguió hasta dentro del
corral. Fue buena y rápida ordeñadora y en poco tiem­
po terminó la tarea. Mientras él vertía la leche en la
jarra, la chica miraba a su alrededor.
—¿Vives aquí solo? —le preguntó.
—Sí, vivo solo.
—Eso me decía mi abuela. Una casa tan grande ne­
cesita más de un par de manos para mantenerla en or­
den. ¿Quién te prepara la comida?
—La hago yo mismo.
—¿Todo lo haces solo? —comentó extrañada—.
Realmente, pareces ser muy fuerte, pero aun así no po­
drás con todo. Te hace falta alguien que te ayude. La
última vez que te vi en la sinagoga te miraba desde arri­
ba y no parecías ser tan grande. Si empezara la suble­
vación te alistarías, ¿verdad?... Pero tengo que irme ya,
si no mi abuela se va a preocupar por haberme entre­
tenido tanto. La paz sea contigo, Juan. Volveré ma­
ñana.
Se marchó con la jarra apoyada en el hombro, ha­
ciéndole un saludo desde el portillo. El se quedó inmó-

32
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

vil en mitad del patio, impresionado por esta breve


visita.
No era un ingenuo y, como había cuidado anima­
les durante tanto tiempo, conocía bien el ritmo de la
vida y de la naturaleza. Pero hasta ahora no había sen­
tido en su cuerpo esa llamada de la carne que, si algu­
na vez se le insinuó, la había dominado con la oración
y con fuerza de voluntad. No se fijaba en las mucha­
chas y nunca había hablado con ninguna. La soledad
lo había hecho un tanto salvaje y tímido. No sabía de
qué hablar con las muchachas y sus voces y risas a ve­
ces le irritaban. Inconscientemente se daba cuenta de
que, si se interesaba por ellas, perdería la calma, y él
quería estar alerta esperando la hora de la llamada
En esta ocasión no sintió irritación ninguna ni en
presencia de la muchacha ni cuando ya se había mar­
chado. Al contrario, recordaba bien su voz y su risa, y
esto era algo nuevo e inesperado.
Volvió a sus tareas ordinarias y, tal como le había
enseñado su padre, de vez en cuando interrumpía bre­
vemente el trabajo para rezar. Pero ni la oración le ayu­
daba a borrar la imagen de aquellos ojos negros y
aquellos labios sonrientes.
Soplaba el viento y se oían crujidos dentro de la
casa cuando se dispuso a dormir. Una vez acostado,
pensó que nada más cerrar los ojos iba a oír la cono­
cida voz y, como hacía siempre, se preparó para reba­
tir sus burlas. Pero la voz no se dejó oír y sólo el re­
cuerdo de la chica seguía impreso en su mente. Era un
recuerdo atrayente y lleno de alegría...
¿Y si ella estuviera con él en aquella casa tan va­
cía?... ¡Qué alegría tan grande! Desde que podía recor­
dar, en aquella casa siempre había reinado una auste­
ra seriedad. Su madre era una viejecita y, si bien era
cierto que tenía el corazón lleno de alegría, no rebosa­
ba como la leche hirviendo rebosa del cazo. Se queda-

33
JAN DOBRACZYNSKY

ba allí escondida. La gente decía que no siempre había


sido así. Antes de que naciera él, en casa vivieron unas
primas cuyos padres habían muerto y Zacarías e Isa­
bel se habían ofrecido a cuidar de ellas. Por lo visto, la
casa estaba entonces llena de canciones, risas y gritos
alegres...; el no había conocido aquello. ¿Sería por eso
por lo que le irritaban tanto las risas de las muchachas?
De repente se había dado cuenta de que echaba de me­
nos esas risas... Echaba de menos lo que siempre ha­
bía rechazado...
La vida normal en familia... vivir entre las preocu­
paciones v las alegrías. Los problemas de cada día, su­
perados por el cariño afectuoso de los demás. Amor de
los hijos hacia sus padres, de los padres hacia sus hijos
y de los abuelos hacia sus nietos. Los alegres juegos en­
tre los hermanos, sus ingenuas riñas, su solidaridad
frente a los extraños. Y junto a todo ello la existencia
de grandes y trascendentales problemas que absorben
tanto y provocan momentos de cansancio y de desáni­
mo, pero siempre superables en el refugio de las cosas
pequeñas de la vida cargadas de cariño... El no tenía
esta posibilidad; su vida estaba llena solamente de co­
sas grandes...
Al día siguiente se despertó desanimado. Al poner­
se a trabajar se preguntó: ¿para qué todo esto, a quién
le sirve? ¿Merece la pena volver a empezar tantas y tan­
tas veces? Su viejo y fiel perro esperaba en vano la ca­
ricia de su amo. No podía concentrarse en el trabajo y
cualquier actividad lo aburría. Cuando llegó la hora de
ordeñar al mediodía, oyó la voz conocida en el patio y
se estremeció de emoción. Allí estaba la muchacha con
la jarra en las manos.
—Aquí estoy —le dijo—. La paz sea contigo, Efa.
—Y también contigo, Juan. ¿Puedo ayudarte?
Habría preferido ver en ella algo que no le gustara,
pero era en vano: todo le parecía tan atractivo... Su voz,

34
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

a pesar de que hablaba mucho, era agradable; no po­


día apartar la mirada de sus ojos negros...
—Si quieres, sí. Pero te vas a cansar.
—Me gusta ordeñar. Soy fuerte y no me canso fá­
cilmente. Mi abuela siempre dice...
A él se le ocurrió pensar que, si Raquel le había con­
tado tantas cosas de la nieta, aún más le habría conta­
do a la muchacha acerca de él.
Una vez terminado el trabajo y ya con la jarra lle­
na de leche apoyada en el hombro, le preguntó:
—¿Puedo ayudarte en algo más? Tu casa parece
muy abandonada y da pena verla...
—Gracias, no necesito más ayuda...
—El hombre no está creado para hacerlo todo él
solo...
—Lo que nos manda el Altísimo siempre está a la
medida del hombre.
Se le quedó mirando un rato por entre los mecho­
nes de pelo negro que le caían sobre los ojos.
—Estoy segura de que tú eres más sabio que yo,
pero creo que Él mandó a todos que se ayudaran unos
a otros.
El asintió con un movimiento de cabeza sin decir
nada. Se acordaba de sus padres, que se ayudaban mu­
tuamente. La preocupación de uno se convertía en la
preocupación del otro. Lo mismo les pasaba con las
alegrías. Se necesita tanto a alguien con quien hablar
y compartir...
El nunca había conocido aquello. Siempre había es­
tado solo, muy solo. Aquella luz, aquel trueno que apa­
reció y pervivía en él aunque un poco apagado, como
una pequeña llama, fue lo que le apartó de la gente e
hizo de él propiedad exclusiva del Altísimo.
Mientras se marchaba, la muchacha se detuvo un
par de veces para mirar hacia atrás. Sintió él deseos de
decirle: «Vuelve». Pero no lo dijo. Cuando desapareció

35
JAN DOBRACZYÑSKY

a la vuelta del camino él se puso a trabajar hasta caer


rendido. Durante todo ese tiempo no fue capaz de de­
cir ni una halaká. Por fin consiguió pronunciar con voz
temblorosa: «Los mandamientos que te he dado, que
estén para siempre grabados en tu corazón. Tienes que
enseñarlos a tus hijos, tienes que repetirlos todos los
días en tu casa...».
Cuando acabó de rezar ya había tomado una deci­
sión. Había visto con toda claridad que tenía que mar-
chai se, pues de lo contrario la vida corriente lo absor­
bería de tal modo que no podría resistir. «Escucha con
atención», le había dicho su padre, «Él te puede llamar
en cualquier momento. Lo vas a oír igual que lo oyó el
pequeño Samuel. Su voz sonará entre un centenar de
voces diferentes. Puede que llegue en la oscuridad de
la noche o a la luz del día. Y entonces tendrás que obe­
decer. ». «¿Cómo reconoceré la voz», preguntaba el
muchacho, «si, como dices, padre, van a sonar cientos
de voces al mismo tiempo?». «La reconocerás», afirma­
ba Zacarías, «la reconocerás con toda seguridad. No te­
mas. No tienes más que escuchar...».
Ningún trueno estalló. Alrededor de Juan todo emi­
tía miles de sonidos y, sin embargo, la llamada llegó.
Recogió unas cuantas cosas en un pequeño hatillo.
Tomó un vaso para agua, se colocó un cuchillo en el
cinturón, se echó un manto por los hombros y tomó
un bastón de pastor. En la entrada de la casa puso un
letrero: «Me marcho y no volveré. Ruego que cuidéis
de los animales».
El perro salió tras él y miró indeciso una vez a Juan
y otra vez hacia la casa. Pero cuando Juan empezó a
caminar le siguió con la cabeza gacha y el rabo entre
piernas. Juan no lo rechazó.

36
V

Había pasado un año y él continuaba en el mismo


lugar del valle Elah, donde se había refugiado. Este va­
lle, que empieza cerca de Ain-Karin y que fue testigo
de la victoria de David sobre Goliat y de la derrota de
los filisteos, hoy está silencioso e inhabitado. Al otro
lado de la montaña se extiende un desierto rocoso con
las ciudades de Hebrón, Belén y Jerusalén. El valle, sin
embargo, está cuajado de acacias, mimosas, adelfas y
verdes praderas en las que el color verde de la hierba
se entremezcla con el rojo vivo de miles de anémonas.
El calor de verano lo quema todo y entre los restos
amarillentos de las plantas aparece la tierra seca y ro­
cosa, y los olivos solitarios inclinan sus ramas bajo el
peso de su fruto.
La gente apenas si visitaba aquel lugar. Muchos pá­
jaros anidaban en las ramas de los árboles y a veces se
podía ver entre los arbustos algún zorro, una liebre o
una gacela. Encima de las piedras se calentaban las in­
móviles lagartijas y por debajo reptaban las serpientes.
De vez en cuando aparecía una rojiza nube de langos­
tas, que devoraban todas las hojas.
Juan vivía en la más absoluta soledad. El viejo perro
que le acompañaba había muerto. Vivía en una caba-

37
JAN DOBRACZYNSKY

ña que él mismo se había construido y se alimentaba


con las aceitunas, las frutas, las raíces y las langostas;
bebía leche de las cabras antes salvajes y que él había
domesticado, buscaba miel en las colmenas de las abe­
jas silvestres. A veces se dirigía a uno de los pueblos de
la montaña para intercambiar la miel y las frutas por
pan, habas y otras cosas que necesitaba.
Había cambiado: parecía más alto, porque había
adelgazado mucho. El pelo le llegaba hasta los hom­
bros y le había crecido la barba. Su cuerpo quemado
por el sol y el viento estaba de color ocre oscuro.
Cuando llevaba algunos meses en ese retiro, volvió
una noche a Ain-Karin para ver cómo estaba su anti­
guo caserón. A la luz de la luna contempló la vieja casa
de sus padres, que se conservaba en buen estado: al­
guien cuidaba de ella, habían encalado las paredes y
habían arreglado el seto.
Un perro se puso a ladrar y entonces él se alejó;
pero para ver mejor se subió a un árbol. Desde aquel
observatorio miraba el lugar donde había nacido; allí,
su madre lo escondió debajo de una jofaina de piedra
puesta del revés, para que no lo encontraran los solda­
dos de Herodes; allí también, un día cayó sobre él aque­
lla luz que decidió todo su futuro... Allí habían muerto
Zacarías e Isabel...
Se encontró con un vecino, el cual le contó que la
comuna de Ain-Karin había decidido ceder el caserón
de Juan a un matrimonio con quince hijos y que ellos
eran quienes cuidaban bien de la casa y cultivaban la
tierra con gran empeño.
También le dijo que en una ocasión había llegado
una pareja buscándole. Por su manera de hablar y de
vestir parecía que venían de Galilea. La mujer, que pa­
recía muy joven, dijo que era pariente de Isabel y sólo
preguntaba por Juan. Les acompañaba un muchacho
que debía de ser su hijo.

38
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

¿Serían aquellos parientes que tantas veces mencio­


naron sus padres?
La mujer era prima de Isabel y fue ella precisamen­
te quien de pequeña vivió en casa, hasta que se casó y
se marchó a vivir a Nazaret. La joven pareja desapa­
reció durante la matanza de los niños de la estirpe de
David organizada por el rey Herodes. Zacarías e Isabel
nunca volvieron a tener noticias de ellos, pero su m a­
dre estaba segura de que seguían con vida. Le decía a
Juan: «Tienes que encontrarlos y tienes que encontrar
a su Hijo...». El le preguntaba: «¿Y si ya ha muerto?».
«¡Pero qué dices! Él no puede morir. Está vivo y os te­
néis que encontrar los dos, tú y ÉL
Pensó que si efectivamente eran ellos los que ha­
bían ido a verle, entonces sus caminos evidentemente
se habían separado. Lo único que sabía de ellos era que
vivían en Galilea y eso era poco para poder encon­
trarlos.
Desde entonces no volvió a aparecer por Ain-Karin,
por temor al deseo de acercarse a otra casa que no era
la de sus padres. Para evitarlo decidió entrar en con­
tacto con la gente de otros pueblos cercanos.
Pasaron meses y años y, aunque dominaba sus ape­
titos y pasiones con la ayuda de la oración y de la pe­
nitencia, éstos despertaban de vez en cuando y se
rebelaban.
Un día, al ver que una mujer se acercaba a su ca­
baña, quiso esconderse de ella. Cuando iba a algún
pueblo hablaba, desde luego, con las mujeres, aunque
siempre en presencia de más personas. El hecho de que
aquella mujer viniera sola se le antojó sospechoso.
Luego se dio cuenta de que la conocía: algunas ve­
ces le había dado mieLa cambio de pan. Era viuda y
se quejaba mucho de la vida que llevaba y de que la
gente no le prestaba ninguna ayuda. Decía: «Saben
muy bien rezar y cumplir los reglamentos de los fari-

39
JAN DOBRACZYÑSKY

seos, pero ninguno de ellos ayuda a una pobre viuda y


a sus hijos...». Lleno de compasión le regaló una gran
jarra de miel sin aceptar nada a cambio.
Ahora la tenía delante. Su pelo negro y brillante le
tapaba la frente, sus labios eran gruesos y ligeramente
hinchados.
—La paz sea contigo, mujer —le dijo—. ¿Necesitas
algo para ti o para tus hijos?
Creyó que había ido a pedirle alguna ayuda, pero
la mujer, sin decir nada, se acercó hacia él. Con sus la­
bios entreabiertos y los ojos brillanes, se fue aproxi­
mando más y más.
—¿Qué deseas? ■ —le preguntó él, inquieto—. ¿Para
qué has venido?
—¡He venido a verte! —exclamó ella.
Entonces, le puso las manos sobre los hombros.
Juan retrocedió, pero ella insistía, intentando cogerle
las manos.
—Tenía que verte —decía jadeando—. No he podi­
do olvidarte... Fuiste tan generoso conmigo... Eres bue­
no, grande y tus brazos son fuertes. Dicen que vives
como un santo, pero estás solo y no tienes a nadie que
cuide de ti. He venido para ser tu sirvienta, te obede­
ceré. Todavía soy joven, iré contigo a todas partes
como un perro fiel. Ya verás...
Juan retrocedía cada vez más, conforme oía sus pa­
labras apasionadas, hasta que dio con la espalda con­
tra la roca. Ya no podía retroceder más. Las manos de
la mujer continuaban buscando las suyas y su pecho
ya le rozaba. Con toda lucidez percibió que un momen­
to de debilidad podía dar el traste con algo que no sólo
era muy importante para él, sino que también tenía un
inmenso valor universal. Con un gesto de enfado, apar­
tó las manos de la mujer y le dio un empujón casi
brutal.
—¡Fuera! —le gritó.

40
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

Ahora era ella la que retrocedía; él la iba siguiendo


hasta que tropezó y cayó al suelo.
—¡Fuera de aquí, indecente!
Ella, desde el suelo, continuaba provocándole, que­
riendo atraerle. Al verla, echó mano de un palo que allí
había apoyado en un árbol y que le servía para defen­
derse de las fieras.
—¡Fuera de aquí!
Al verse así amenazada, se puso a gritar aterroriza­
da y empezó a correr, pero se volvió a mirarle con los
ojos muy abiertos.
—Te serviré —insistió—. No me eches. Haré todo lo
que quieras...
Otra vez levantó el palo avanzando hacia ella. En­
tonces huyó corriendo y pronto desapareció entre los
árboles.
Permaneció un rato inmóvil con el palo en alto, lue­
go lo arrojó al suelo. Ya no estaba furioso, pero como
siempre después de una explosión de cólera, se sintió
disgustado consigo mismo. Intentó volver a sus tareas,
pero no pudo concentrarse en nada. Su cuerpo entero
se estremecía y en su mente había un torbellino de
ideas. No conseguía borrar la imagen de aquel cuerpo
que hacía un instante tuvo tan cerca de él. Rechazó
esta visión con toda la fuerza de su voluntad. El recuer­
do persistía, pero transmutado: comprendió que la
imagen que lo perseguía era la de otra mujer y no la
de la que acababa de expulsar de su casa...
Insistió tratando de ocuparse en algo, pero era en
vano, porque no podía tranquilizarse. De pronto, echó
a correr por el bosque hasta llegar a un tronco donde
sabía que vivían abejas silvestres.
No tenía con qué hacer fuego para excitarlas, pero
de todas maneras, metió la mano dentro del tronco.
Enseguida se vio envuelto por el enjambre y las abejas
le picaron por todo el cuerpo. Decenas y decenas de
aguijones se clavaron en sus brazos, cuello y cara.

41
JAN DOBRACZYÑSKY

Arrancó un trozo de panal y, con él en la mano, echó


a correr de nuevo a través del bosque. Sentía el dolor
por todo su cuerpo, lo necesitaba, lo deseaba sentir,
pero no era suficiente para calmar su desasosiego.
Volvió a la cabaña al anochecer. Cayó la noche y se­
guía sin poder conciliar el sueño. El cuerpo hinchado
y dolorido y los labios quemados por la fiebre no le de­
jaban descansar.
Salió fuera de la cabaña. Hacía calor y el cielo cua­
jado de estrellas parecía el cuello de una mujer lleno
de joyas. De pronto empezó a andar sin saber hacia
dónde, sin hacer caso de las púas de los arbustos que
le arañaban la piel. En lo alto seguían los collares de es­
trellas y delante de él las siluetas negras de los árboles.
Unos animales pequeños saltaban asustados a su paso,
escondiéndose en sus madrigueras.
De repente, sin saber a dónde iba, se encontró en
su pueblo natal e instintivamente se dirigió a la anti­
gua casa de sus padres. La casa estaba oscura y silen­
ciosa. No se oía ni siquiera al perro, que se había dor­
mido o estaría lejos en aquel momento. Pudo haber en­
trado y verlo todo de cerca, pero no lo hizo y se
marchó.
Se detuvo junto a la casa de al lado. Allí vivía la vie­
ja Raquel, la que solía ir a buscar leche. Fácilmente sal­
tó la baja cerca de piedras que rodeaba la casa.
Alrededor todo era silencio, pero alguien dormía
dentro y despertó al oír los pasos de Juan. Una cabeza
apareció vagamente por encima del muro y una suave
voz de muchacha, que él reconoció inmediatamente,
preguntó:
—¿Quién anda ahí? ¿Quién viene a estas horas de
la noche?
Se quedó inmóvil. La voz volvió a preguntar, pero
luego la cabeza desapareció y todo recayó en el silen­
cio. La muchacha se había vuelto a dormir, creyendo

42
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

que sólo se había imaginado oír algo. Esperó un mo­


mento más y sin hacer ruido ninguno se marchó.
Reemprendió el camino a través del bosque. Le ar­
día todo el cuerpo. A veces se paraba mirando hacia
arriba. En el cielo oscuro las estrellas seguían dando
vueltas majestuosamente y con indiferencia. Parecía
como si El que le ordenó esperar Su llamada se hubie­
se escondido detrás de la cortina bordada de lentejue­
las de plata. No le daba ánimos, pero tampoco le daba
de lado. No decía nada, simplemente. Estaba tan calla­
do como si no estuviera allí...
Cuando llevaba un rato andando tropezó y cayó a
tierra; mientras las hierbas aromáticas le acariciaban
la cara, se puso a repasar mentalmente toda su vida.
Primero la insólita luz del trueno; luego la salvación mi­
lagrosa de manos de los soldados de Herodes; la muer­
te de sus padres; el abandono de la casa... ¿Acaso ha­
bía sido necesario dejarlo todo para ser el Precursor?
¿Era necesario para El destruir por completo la vida
del hombre destinado a anunciar Su llegada? ¿Y si todo
aquello no hubiera sido más que un sueño, una ilusión
de un viejo sacerdote aturdido por su paternidad
tardía?
¿Por qué tenía que renunciar a todo antes de cono­
cer algo?, se preguntó. Sentía cómo el rocío de las hier­
bas refrescaba sus mejillas ardientes. Sin embargo, los
profetas antes de ser llamados solían tener una casa,
una mujer y unos hijos. Por supuesto, luego tenían que
abandonarlo, pero él tenía que renunciar a todo desde
el principio. Aquella luz le había iluminado tan pron­
to... A menudo nos engañamos con ilusiones... Eso le
había dicho el sacerdote que recibió su voto del naza-
reato. Además, la voz que le hablaba por la noche tam ­
bién se reía...
Pero ¿y si todo fuera verdad?

43
VI

Estando de camino un día hacia una aldea situada


en la montaña, adonde iba a trocar miel por otros pro­
ductos, oyó unos gritos de socorro que procedían de
un lugar más adelante de donde él estaba. Se echó a
correr inmediatamente hacia allá y vio a un hombre
tendido en el suelo atacado por tres individuos; mien­
tras dos de ellos intentaban arrebatarle un saco al que
el hombre se aferraba con todas sus fuerzas, el terce­
ro se le acercaba furtivamente con un cuchillo en la
mano.
—¡Suelta ese cuchillo! —le gritó Juan.
Al ver a un hombre tan grande blandiendo un palo,
uno de los bandidos salió corriendo. Juan agarró al
otro por el cuello, como si fuese un gato, y lo arrojó
contra el suelo. No tuvo ocasión de echar mano del ter­
cero, que ni siquiera opuso resistencia. Asustados, hu­
yeron los tres a toda prisa, mirando de vez en cuando
hacia atrás para asegurarse de que no les perseguía.
El hombre maltratado se levantó con dificultad, sus
labios rotos sangraban. Abrazaba su saco con fuerza y
miraba desconfiado a su defensor.
Se trataba de un hombre pequeño y enteco, y pa­
recía increíble que aquellos tres no hubieran consegui-

45
JAN DOBRACZYNSKY

do arrebatarle su tesoro. Tenía el pelo algo rojizo y los


ojos pequeños e inquietos. Posiblemente era joven,
aunque por su aspecto no se podía adivinar los años
que tendría.
—Gracias, señor —dijo con voz temblorosa—. Que
el Altísimo te bendiga por no haber permitido que me
hicieran daño —su mirada recelosa indicaba que se­
guía dudando sobre la buena fe de su defensor—. Gra-
cias, señor... Rezaré por ti toda mi vida...
Y no paraba de repetir frases dándole las gracias,
hasta que Juan le interrumpió:
—¿Por qué te han atacado?
—Son unos bandidos, los conozco... Atacan a los po­
bres, les roban. No temen al Altísimo... —con el revés
de la mano se secó la sangre que salía de sus labios—.
Yo iba tan tranquilo en mi burro y de pronto aparecie­
ron y se me echaron encima. No sé quién les habrá po­
dido decir... Créeme, no llevo nada de valor... Soy
pobre...
—¿Quién eres?
—Me llamo Judas, hijo de Simque. Mi padre y yo te­
nemos un pequeño comercio en Cariot. Es una tienda
pequeña y pobre, porque en un pueblecito como Ca­
riot la gente no puede comprar grandes cosas. Y a mi
anciano padre le falla la vista, la gente le engaña con
frecuencia... Tengo que hacer todo el trabajo por él...
—¿Y qué vendéis?
—Lo que se puede: harina, aceite, vino, cuero, lino...
Cariot está situado cerca de la frontera, por lo tanto a
veces llegan algunos comerciantes con perfumes y
otros artículos para las mujeres, y se les puede com­
prar algo... De Egipto traen algunas medicinas... Pero
se gana poco con este comercio, muy poco...
—¿A dónde te dirigías?
—A la Ciudad Santa; le llevo una medicina para los
ojos a un Doctor que me la pidió.
—Creí que llevabas una ofrenda.

46
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Claro, voy a hacerlo también. Cuando se visita el


Templo hay que llevar algo... Una ofrenda por mi pa­
dre enfermo, que dentro de poco morirá. Pero será una
ofrenda muy pequeña, puesto que no somos ricos.
—Vete en paz, entonces. ¿Podrás continuar tu viaje?
—Creo que sí... aunque esos bandidos me han pro­
pinado una buena paliza. Pero tengo miedo. Tal vez me
están esperando algo más adelante y al verme solo
vuelven a intentar robarme. ¿Sería demasiado pedirte
que me acompañes un poco más? El Altísimo te lo re­
compensará seguro...
Juan se quedó pensando un momento.
—Muy bien, hombre de Cariot. Te acompañaré has­
ta Tecoa, y de allí ya tendrás camino seguro a Belén.
—Oh, sí, hazme el favor de acompañarme hasta Te-
coa, te lo agradeceré toda mi vida. Súbete en el burro
y yo lo conduciré para que no tropiece.
—Será mejor que te sientes tú, tus piernas están
temblando.
—No, no podría ir sentado mientras tú vas andan­
do. Así es que vamos a ir andando los dos. Lo único
que me irrita es que el burro se va a quedar sin llevar
peso. Es un animal perezoso y no se lo merece.
—Entonces llena los serones de piedras y así carga­
rás al burro.
—¿Piedras dices?
—Si tanto te preocupa que el burro no vaya car­
gado...
El comerciante se quedó mirando a Juan como si
no entendiera nada, y de pronto se echó a reír a car­
cajadas. Acariciando su escasa barba, dijo:
—Veo que tienes sentido del humor. Tu alegría me
llena de contento...
Durante un rato siguió riéndose y dándose palma­
das en la tripa. Emprendieron el camino, pero Judas
andaba con dificultad, tropezando v cojeando. Se veía
que efectivamente había recibido una fuerte paliza. Se-

47
JAN DOHKAl ZYNSKY

guia abrazado a su saco sin separarse de 61 ni un ins­


tante. Viendo que so quedaba atrás, Juan lo tomó en
b ra/os como a un niño v lo subió en el burro.
■—Asi será mejor para ti —dijo— y tu burro recibi­
rá lo merecido por su pereza.
Esta vez el joven comerciante no protestó. Miran­
do a Juan, que andaba a su lado con paso firme, le dijo:
E r e s muy bueno v nuiv fuerte. Por tu aspecto se
diría que vives en un lugar apartado, alejado de la gen­
te. ¿Eres ac a so un profeta?
Juan se encogió de hombros.
-Tú sabes cómo fueron los profetas. Yo no soy
c o m o ellos. No hago milagros, no anuncio el futuro...
—Los profetas fueron gente santa.
—Yo no soy santo...
-•¿No serás quizá... el Mesías?
—¡One tonterías dices!
- No. señor. Tú eres fuerte, bueno y espléndido. Los
malos te temen porque eres de esa manera. Los fari­
seos de nuestro pueblo dicen que el Mesías vendrá
pronto v uno de ellos dijo que a lo mejor ya está entre
nosoti os.
—Es cierto, el Mesías vendrá pronto.
—¿Entonces tú podrías ser fcl?
—No. Yo estoy también esperándole. Mi padre, al
moni , me ordenó que esperase Su venida...
¿Vivirás entonces a su lado? ¿Sabes cómo va a
sei el Mesías y si lo podr emos reconocer?
¡Sin ninguna duda! —afirmó—. Lo va a enviar el
mismo Altísimo y nos traerá Su voluntad. El cielo se
abrirá por encima de Así tiene que suceder...
Recordó a su padre, que tantas veces le repetía: «Lo
ver ás y lo reconocerás». Iodos aquellos que lo vean lo
reconocerán, se dijo a sí mismo.
—Yo creo —dijo Judas— que íi\ tendrá un gran po­
der y convertirá en polvo a los enemigos de Israel. Los

48
Y H l «AYO CAYO POR TORCERA VHX

vencerá a todos y a nosotros nos dará la felicidad, la


riqueza y la prosperidad. Desaparecerán los problemas
de cada día y la vida estará llena de gozo...
Balanceándose al ritmo del andar del burro seguía
exponiendo sus sueños:
--Cada día nos traerá nueva alegría. No tendremos
que trabajar duramente, llegará la abundancia. De
cada semilla de trigo brotarán cien espigas. Los israe­
litas no estarán obligados a pagar impuestos ni en las
carreteras ni en los puentes... Las mujeres podrán ad­
quirir todos los perfumes que deseen... Lo* comprado-
res pagarán con buena moneda...
Juan escuchaba las palabras de Judas en silencio...
aunque sentía cierto malestar escuchándole. Sabía que
aquéllos eran los sueños de muchos: el Mesías llegará
para vencer a los enemigos y traer el triunfo, la felici­
dad y la prosperidad a Israel. Los romanos, los partos,
los samaritanos, los sirios, los griegos, todos ellos serán
rotundamente vencidos por El. Eran tantas las veces
que los profetas habían anunciado a los enemigos su
derrota...
Sin embargo, no era de esto de lo que había habla­
do su padre. Le había dicho: «Recuerda, anuncia a todo
el mundo Su llegada. Diles que viene el que tiene pie­
dad del hombre y le perdona sus pecados, ilumina a
los que están rodeados de tinieblas y trae la paz a los
que odian... Porque Él sabe cómo somos y nos conoce
mejor que una madre conoce a sus hijos. Él nos quie­
re con todos nuestros defectos, igual que una madre
quiere a su hijo inválido». Y Juan le preguntaba: «¿Hará
de Israel un gran pueblo?», «fel dará a Israel una gran­
de/a que sólo Él conoce. Nos enseñará lo que tenemos
que desear. Porque Su grandeza no es una grandeza
humana. Serán cumplidas todas Sus promesas, pero
hay que anunciar Su palabra y nada más. Y si alguien
se atreve a hablar por fel, sus palabras se marchitarán
en su boca...».
49
JAN DOBRACZYNSKY

Se encontraban en una meseta a cuyo lado izquier­


do se abría un valle verde atravesado por un camino
blanco que serpenteaba desde Hebrón a Jerusalén. Al
lado derecho se extendía un desierto cerrado por una
sierra rocosa entre cuyos picos se distinguían a lo le­
jos las montañas de Moab.
En un par de horas se acercaron a Tecoa, donde las
casitas blancas se escondían bajo las palmeras buscan­
do su sombra. Pasaron ya los tiempos de gloria, cuan­
do sus habitantes ayudaron a Nehemías a reconstruir
Jerusalén. Ahora los muros de Tecoa estaban asfixia­
dos bajo la hierba.
El camino que conducía hacia la carretera de Jeru­
salén pasaba junto a los depósitos construidos un día
por Salomón para retener el agua de la montaña. Últi­
mamente los romanos decidieron levantar ahí un acue­
ducto para llevar el agua hasta la Ciudad Santa. Se po­
día ver la obra empezada, que fue paralizada por falta
de dinero, según decían.
—Ve derecho hacia aquellos depósitos —le dijo
Juan, mostrándole a Judas la dirección con la mano—.
Por ese camino estarás seguro; ya ves que hay mucha
gente por ahí.
—Lo veo bien y quedo tranquilo. Te estoy agrade­
cido por salvarme y por conducirme hasta aquí. Haz­
me un último favor y dime cómo te llamas, para que
yo sepa a quién recordar en mis oraciones.
—Me llamo Juan, hijo del sacerdote Zacarías.
—¿Dijiste que fue tu padre quien te mandó esperar
al Mesías?
—Así fue...
—En cuanto llegue Él estarás seguramente a Su
lado. ¿Querrías entonces acordarte de tu humilde ser­
vidor que, siempre agradecido, no dejará nunca de re­
zar por ti?

50
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—No lo sé, hombre de Cariot —dijo Juan vagamen­


te—. No sé si todo irá tal como tú lo imaginas... Pero si
quieres buscarme, estaré en el valle cercano al sitio
donde nos hemos encontrado. Si no recibo nueva or­
den, estaré allí...
Judas se inclinó saludándole.
—Vendré a buscarte. Eres grande, fuerte y sabio y
ciertamente estarás junto al trono del Mesías, partici­
parás de sus triunfos. Vendré a servirte. Y ahora te de­
seo que el Altísimo te de paz, felicidad y alegría...
—La paz sea contigo, Judas.
El joven comerciante subió trabajosamente al
burro y continuó su camino hacia abajo. Juan se le
quedó mirando durante un largo rato.
VII

La primavera llegó como un estallido. Después de


las lluvias de invierno la tierra parecía el vientre de una
mujer encinta y muy pronto empezaron a brotar las
violetas; con la hierba verde se entremezclaron miles
de flores de toda clase. Las praderas eran como tapi­
ces multicolores. Los primeros en florecer fueron los
pequeños almendros y a continuación brotaron las hi­
gueras y las vides. El aire perfumado se llenó del albo­
roto de los pájaros que construían sus nidos, y torren:
tes y arroyos corrían por sus cauces pletóricos de agua.
Aquel invierno había hecho mucho frío por las no­
ches y durante el día habían caído lluvias torrenciales;
a veces incluso nevó. A pesar de eso él continuó en su
cabaña. Se dedicaba a rezar y a meditar, pero había
días en los que la soledad le pesaba enormemente; ha­
bría dado cualquier cosa por tener alguien a su lado
con quien compartir las ansias que sentía ante una es­
pera que se prolongaba. Pero no había nadie y volvía
a rezar con renovado fervor.
Como siempre en primavera, se puso más inquieto.
Esta inquietud solía acompañarle en la época de flore­
cer y reverdecer el campo. Y aunque el cielo estaba a
veces cubierto y llovía mucho, su corazón empezaba a

53
JAN DOBRACZYNSKY

latir más fuerte y pasaba algunas noches en blanco; se


levantaba v recorría el bosque. El sol calentaba ya bas­
tante, pero por la noche el frío le mordía con sus dien­
tes de hielo.
Aquella voz que había guardado silencio durante
muchos días, empezó de nuevo a hablar con acentos
de compasión:
—La vida te sigue llamando, ¿verdad? Has decidi­
do renunciar a todo, pero no lo soportas, es demasia­
do para ti. Me das lástima... ¿Acaso quieres saber qué
pasó con aquella muchacha? Te lo diré: aún no se ha
casado... Todavía estás a tiempo... Todavía... ¿Me oyes?
Intentaba no escuchar, pero la voz le perseguía
como el perro sigue a su amo, sin parar de hablar:
—¿Has olvidado ya sus ojos? No pudiste apartar tu
mirada de ellos. Si tú quisieras... Ella estaba dispuesta.
La verdad es que renunciaste a lo que no tenías por
qué renunciar. Acuérdate de todos los que llegaron a
nacer grandes obras y sin embargo sus vidas fueron
normales: David, Salomón... Y su memoria es respeta­
da. David, el rey santo... se unió a Betsabé, la mujer de
Unas..., y a Abigail. Salomón construyó un Templo,
pero convivía con varias mujeres extranjeras... ¿Acaso
fueron santos todos los profetas? Vivían entre amigos
y respetados por la gente. Y tú estás solo... Y nadie sabe
de ti... Si Él quisiera... Pero Él no lo quiere...
—¡Vete!
—¿Por qué te enfadas? Me caes simpático y me da
pena verte así...
—¡Fuera!
—Sin embargo hace poco has rezado pidiendo oír
una voz amiga...
Juan empezó a recitar un Salmo:
—«Él te protegerá con Sus alas. Él te acogerá bajo
su escudo. Y entonces ya no temerás ni a las angustias
nocturnas, ni a la flecha lanzada de día, ni a la peste

54
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

que llega en la oscuridad, ni a Satanás que ataca a ple­


na luz del día...».
La voz guardó silencio, pero Juan sabía que conti­
nuaba a su lado. El eterno solitario se emperraba en
imponer su soledad a los demás. La oración lo reducía
al silencio. Pero estaba allí, acechando a cada momen­
to su menor gesto de debilidad.
El Altísimo callaba.
Juan regresó a su cabaña y, echado en el camastro,
repetía una y otra vez las oraciones. A su alrededor
todo era silencio.
* * *

En un pueblo que de vez en cuando frecuentaba vi­


vía un sacerdote. No era muy anciano, y una vez al año
pasaba unos días en Jerusalén para cumplir con su ser­
vicio. Nunca había mostrado especial interés por aquel
gigante barbudo que parecía no hacer más que buscar
miel en el bosque. Así pues, se sorprendió mucho cuan­
do un día Juan se presentó ante él pidiéndole consejo.
—Te escucho, hombre —le dijo, saliendo de su casa
y mirando a su alrededor con desconfianza, pues el re­
cién llegado le había causado un cierto temor—. ¿De­
seas que te ayude en algún problema?
Antes de empezar a hablar, Juan pareció algo em­
barazado. Había vivido tantos años solitario, que casi
tenía olvidado el conversar. Por fin contó lo de su pa­
dre, la orden que le había transmitido y el silencio pro­
longado del Altísimo.
El sacerdote le escuchaba con atención, tranquili­
zándose poco a poco. Aquel gigante de aspecto tan
amenazador no era peligroso. Acariciando su barba
con seriedad, reflexionó largo rato sobre la respuesta
que le debía dar.
—Has dicho que tu padre fue el sacerdote Zacarías.
Me parece haber oído hablar de él. Debió de morir muy

55
JAN DOBRACZYÑSKY

anciano \ hace ya mucho tiempo. ¿Cómo es posible que


un hombre tan joven como tú sea su hijo?
—Sin embargo lo soy.
—Si no me hubieras asegurado que tu padre era el
sacerdote Zacarías, no lo habría podido creer nunca.
Fue un milagro, un milagro que no podía haberle
ocurrido a cualquiera. De todos modos es algo insóli­
to... ¿Dices que fue tu padre quien te dijo que espera­
ses? ¿Es que quizá recibió una orden de lo alto...? ¿Has
dicho que se le apareció un ángel cuando ejercía su
sen icio en el Templo y que perdió la voz para luego re­
cuperarla? Todo eso es muy raro... ¿Y por qué tu pa­
dre, después de haber recibido aquella orden, no te
hizo estudiar para ser sacerdote? Siendo sacerdote es­
tarás en condiciones de ser un predecesor más digno.
cTienes tal vez algún defecto que te hubiera impedido
servir en el Templo? Ya sabes que para ese servicio se
escoge solamente a los más puros y que no tienen nin­
gún defecto corporal. Hircano también fue sumo sa­
cerdote, pero cuando Antígono le mordió y le arrancó
una oreja tuvo que renunciar a su cargo. ¿Tienes qui­
zá algún defecto?
—Yo no sé nada de defectos. Lo único que sé es que
mi padre decidió que mi destino no debía ser el servi­
cio del Templo, sino el servicio de Aquel que va a llegar.
—Puesto que era sacerdote, tu padre tenía que ser
un hombre digno y yo no puedo decir nada en contra
suya. Pero hasta los más dignos pueden cometer un
error... Quizá no te transmitió exactamente lo que ha­
bía oído. También podrá ser que tú fueras culpable de
algún delito, pues pareces hombre violento y muy fuer­
te. Los hombres como tú actúan a veces con violencia.
¿Has matado a alguien?
—No me matado a nadie.
—Quiero creerte. También existen pecados ocultos,
como el pecado de Onán...
No tengo ningún pecado oculto.
56
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Bien... En ese caso... ¿Dices que tu padre te man­


dó esperar la llamada del Mesías? Espéralo, pues... Sí...
Los fariseos aseguran que el Mesías vendrá pronto.
Pero ellos viven de sueños con los que alimentan a los
am-ha ares impuros. Por supuesto, hay que esperar Su
llegada... Yo no digo lo contrario. Pero afirmas que el
Altísimo no responde a tus oraciones... Es posible que
en lo alto hayan decidido que todavía no ha llegado el
momento. Es posible que tu padre se precipitara, to­
mando las profecías antiguas por algo que debería
ocurrir más pronto. Sí, hay que evitar la precipitación
y la impaciencia. ¿Qué te podría decir yo? Por supues­
to, sigue esperando y reza mucho. Tal vez el Altísimo
en su misericordia te confirme Su llamada. O mejor
aún, ve a Jerusalén e intenta hablar con el sumo sacer­
dote. Es muy difícil, pero como tú eres de familia de sa­
cerdotes, lo podrás conseguir. Cuéntale todo y pídele
consejo... Lo que él te diga será como si te lo dijera el
mismo Altísimo...
Juan regresó a su cabaña. La primavera resplande­
cía por todas partes como un himno a la vida: en el
campo maduraban el trigo y la cebada. Juan ya no sa­
bía qué era lo que le preocupaba más: sus tormentos
interiores o el silencio del Altísimo.
Conmigo guarda silencio, igual que lo hizo con Job,
pensó. A él no le explicó por qué tenía que soportar a
su mujer regañona y a los amigos que no le entendían.
Pero antes Job había sido un hombre feliz y, poseyen­
do tanto, tenía de qué desprenderse. Yo, sin embargo,
he recibido tan poco... En mi vida no ha habido mu­
chos momentos de alegría. Fui un niño sin infancia y
más tarde, cuando tuve edad de buscarme compañe­
ra, tampoco lo pude hacer...
Bruscamente cortó estos pensamientos. No, no era
verdad que no había recibido nada. No había conoci-

57
JAN DOBRACZYNSKY

do las felicidades de la vida corriente, pero en cambio


siempre había tenido algo más grande: la seguridad
consciente de haber recibido una llamada. No tengo
derecho a lamentarme. Esperaré e, igual que hizo Job,
tendré confianza en El aunque me mate. Mi padre es­
peró toda su vida y por fin recibió la señal, aunque a
él no le habían prometido nada. Soy yo quien tiene que
esperar Su llegada. No sé ni cómo ni cuándo ocurrirá.
Vivo envuelto en silencio y sin ninguna nueva señal
que me confirme la que recibí antes. Pero ¿y esta luz
que vive dentro de mí, esta luz enorme e insólita...? Ten­
go que ser fuerte y valiente para poder resistir a las ten­
taciones y luchar contra el desfallecimiento del espíri­
tu. Como dijo el profeta. «Su llegada es tan segura
como la llegada del alba, que viene después de la no­
che y como la lluvia, que tiene que caer para saciar la
sed de la tierra».
VIII

Pasaron los años. Juan era va un hombre maduro.


Durante mucho tiempo, al despertarse por las m aña­
nas, sentía como un escalofrío de esperanza: ¿Ocurrirá
hoy? Ya no lo sentía y vivía como si nada fuera a su­
ceder. Recordaba que su padre había estado esperan­
do durante toda su vida. Yo nací cuando él llegaba al
final de su existencia. ¿Por qué no va a pasar lo mismo
conmigo? ¿Quién soy yo para imponer mi voluntad al
Altísimo? Sus caminos son sólo suyos. El tiempo está
en sus manos. Me ordenó ser Su voz y creí que nece­
sitaría que esa voz fuese lo más fuerte posible. Ahora,
con el paso de los años, mi voz irá debilitándose. Pero
el Altísimo, si lo desea, puede incluso servirse de la voz
de un moribundo para anunciar la llegada de Su
enviado.
Decidió seguir el consejo del sacerdote y contárse­
lo todo al Sumo Sacerdote. Le parecía que tenía el de­
ber de informarle de su llamada.
Como llevaba tanto tiempo viviendo en soledad,
Juan no estaba muy al corriente de lo que pasaba en
el país. No le llegaban noticias sobre desórdenes, rebe­
liones, insurrecciones ni guerras. De vez en cuando, por
la noche, en el Cielo se reflejaba un resplandor de co-

59
JAN DOBRACZYNSKY

lor púrpura, señal de los violentos acontecimientos que


vivía Judea. Una vez que fue a un pueblo cercano, le
contaron que había terminado el corto reinado de un
hijo de Heredes, tan detestado como lo había sido su
padre. Después de haber sofocado sangrientamente las
rebeliones, los Romanos dividieron el país. En Judea y
Samaría había ahora un gobernador romano. De nue­
vo estallo una insurrección acaudillada por Judas de
Gamalia, y otra vez fue ahogada en un m ar de sangre.
Los gobernadores se iban sucediendo.
También se sucedían los Sumos Sacerdotes. Actual­
mente el de turno era Anás, de la antigua familia de
Betús.
El camino que conducía a la ciudad pasaba al lado
del palacio de Herodes. Por encima de la puerta de en­
trada se elevaba una torre en conmemoración de la rei-
n.\ Mariamme.
Desde la puerta de la ciudad partían en todas di­
recciones callejas tan estrechas que nunca había podi­
do penetrar en ellas un rayo de sol. Era fácil perderse
allí. En los nichos de las casas se habían instalado pe­
queños comerciantes y había talleres de todo tipo. El
murmullo de las voces se mezclaba con los martilla­
zos, los gritos de los vendedores y los lamentos de los
mendigos.
Juan, acostumbrado al silencio, caminaba aturdido,
abriéndose paso entre la multitud. La gente le cedía el
paso sin hacer mucho caso de aquel gigante. La Ciu­
dad Santa estaba acostumbrada a recibir entre sus
murallas todo tipo de peregrinos: habitantes del desier­
to, esenios, gente del lejano Oriente... nada podía lla­
mar la atención de nadie. Juan siguió la corriente hu­
mana que avanzaba hacia el mercado de Xystos y lle­
gó al extremo meridional de la ciudad. Allí el terreno
descendía abruptamente al valle del Tyropeón. En el
borde de esta pendiente surgían dos palacios espléndi-
60
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

dos, muy cerca el uno del otro y rodeados por un muro.


Pertenecían al Sumo Sacerdote y a su yerno Caifás. La
entrada estaba vigilada por guardias, unos hombres ro­
bustos, que llevaban un palo y un látigo en la mano.
Nadie podía acercarse a la entrada del palacio.
Cuando Juan preguntó por el camino, un hombre le
respondió asustado:
—¿Estás loco? ¿Pretendes ir a ver al Sumo Sacer­
dote? La gente como tú no entra allí, no te dejarán en­
trar. Te echarán como a un perro y te darán una pali­
za. ¿Qué te crees? El es grande y rico —el hombre bajó
la voz—... Saca dinero de todas las ofrendas que la gen­
te trae al Templo, todos los comerciantes tienen que
pagar, incluso los cambistas de dinero. No seas loco.
Sin hacer caso de estas advertencias, se acercó a la
entrada. Un guardia enorme le salió al paso.
—¡Vete de aquí! —le gritó—. Esta es la casa del ho­
norable Sumo Sacerdote.
—Quiero hablar con él —dijo Juan.
El guardia se echó a reír groseramente.
—¿Tú con él? Eres un meshuggé. Más vale que te
vayas rápido. El honorable no puede perder el tiempo
con cualquier vagabundo. ¿No me has oído? ¿¡O quie­
res que te de una paliza!?
Le dio un empujón a Juan y levantó el palo. Esto
provocó unos de aquellos ataques de cólera que a ve­
ces sufría Juan y que momentáneamente le domina­
ban por completo. Le arrancó el palo de las manos v
lo partió en dos; agarrando después al guardia, lo le­
vantó y parecía como si estuviese dispuesto a tirarlo
por la escalera de piedra. Pero el enfado se le pasó. De­
positó en el suelo al guardia, que tenía un espanto de
muerte.
—Ve y dile que estoy aquí —dijo—. Di que soy Juan,
hijo del sacerdote Zacarías. El Sumo Sacerdote tiene
que escucharme.

61
JAN DOBRACZYNSKY

El guardia fue tan rápido como lo permitían sus


temblorosas piernas. Al cabo de un rato salió un levita,
ricamente vestido con telas recamadas, mirando asus­
tado alrededor y se dirigió a Juan con voz trémula y
amable.
—La paz contigo, viajero. El guardia me ha dicho
que eres hijo del sacerdote Zacarías.
—Así es como dices.
—¿Qué deseas del honorable? Puedes imaginar que
está muy ocupado leyendo las Escrituras y meditando
sobre ellas. Si tu asunto no es de máxima importancia,
no deberías molestarle...
—Tengo un problema muy importante que sólo él
puede resolver.
El levita se frotó las manos con consternación.
—La verdad es que no sé qué hacer... Espera, voy
a intentarlo...
Se marchó para volver al cabo de un rato bastante
largo y con un gesto invitó a Juan para que le siguiera.
Entraron en el palacio, cuyos pasillos estaban ador­
nados con unas columnas de preciosos capiteles. Pare­
cía una casa griega o romana y no el palacio de un sa­
cerdote judío. Por un momento Juan creyó haber vis­
to en un rincón oscuro una escultura impúdica repre­
sentando a un hombre, pero como andaban deprisa no
tuvo tiempo para expresar su indignación. Además,
tampoco estaba seguro de si era cierto lo que acababa
de ver.
Al final del pasillo había un atrio con una fuente en
el centro y un estanque lleno de agua.
Anás se hallaba sentado en un butacón al borde de
la piscina. Vestía una túnica de seda color púrpura que
le llegaba hasta los tobillos, tenía los pies apoyados en
una almohada luciendo sandalias bordadas en oro. Su
larga barba estaba teñida de negro; sus ojos gris claro
miraban atentos bajo sus hirsutas cejas.

62
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Perturbas mi tranquilidad —dijo fijando en Juan


una mirada severa y contrariada—. ¿Qué quieres? ¿Es
verdad que eres el hijo del sacerdote Zacarías?
—Lo soy.
—Recuerdo que Zacarías tuvo un hijo siendo ya
muy anciano, lo cual provocó un gran asombro en mu­
cha gente. ¿Tú eres ese hijo? Nadie sabía qué fue de tu
vida. ¿Dónde has estado metido? Muchos creían que
llegarías a servir igual que lo hizo tu padre.
—Vivo solo.
—¿Sin mujer ni hijos?
—Sin mujer ni hijos.
—¿Y qué es lo que te trae por aquí?
—He venido para preguntarte sobre la llegada del
Mesías. ¿Cuándo llegará?
—¿El Mesías? —Anás pareció divertido—. ¡Vaya una
pregunta! Los mejores especialistas en este asunto son
los fariseos. ¿Por qué no se lo preguntas a ellos?
—Señor, tú eres el Sumo Sacerdote. Mi padre al
morir me dio un encargo: debía vivir en soledad y es­
perar la llegada del Prometido. Un ángel del Señor le
dijo que yo tenía que anunciar Su llegada. El hecho de
que yo naciera tan tarde fue para él una señal. Según
me lo mandó mi padre, sigo esperando... Desde hace
mucho tiempo...
La cara del sacerdote adquirió una expresión seve­
ra y lúgubre. Guardó silencio durante un rato y sus de­
dos adornados con ricas sortijas se movían acarician­
do el cinturón que le ceñía la túnica.
—No sé lo que te diría tu padre —empezó—. Era un
anciano y los ancianos a veces ven cosas que no exis­
ten en la realidad... El Mesías... —dijo titubeando—. Co­
noces las Escrituras y sabes que algo así nos ha sido
prometido. Algo o alguien... A los fariseos —hizo un ges­
to despectivo con la mano— les gustan los milagros...
¡Milagros! ¿Quién ha visto un milagro últimamente?

63
JAN DOBRACZYÑSKY

Como por ejemplo el nacimiento de una ternera con


dos cabezas —bromeó riendo—. Cuando yo era peque­
ño v quizá tú no habías nacido todavía, vinieron a Je-
rusalén unos sabios o locos del país de los Partos ase­
gurando que habían visto brillar sobre el cielo de Ju-
dea la estrella del ya nacido Mesías. ¡La que se armó!
El perro sanguinario de Herodes se volvió loco... Fue
capaz de hacer cualquier cosa, sobre todo cuando
aquellos extranjeros desaparecieron después de haber
dado lugar a aquel escándalo. Para su mayor seguri­
dad, Herodes ordenó matar unos niños en Belén, y re­
nació la calma. No había nacido ningún Mesías y na­
die había visto aquella estrella. Lo cierto es que los fa­
riseos encontraban por todas partes mesías, lo cual
provocaba rebeliones e insurrecciones que devastaban
el país. Pero todos aquellos mesías terminaron crucifi­
cados. ¡Si el mesías que esperamos fuese como ellos
más valdría que no viniera nunca! Sólo traería desgra­
cias para Israel. Pero la idea del Mesías es sublime... Un
filósofo griego habla en una obra suya de unas som­
bras que se proyectan en la pared de una caverna os­
cura, reflejadas por la luz exterior. Estas sombras re­
presentan cosas bellas y espléndidas, pero que no
ocurren en la vida. Tan sólo son ideas, sombras de lo
divino o de algo que vive en la mente de la gente. ¿Com­
prendes? Pues el Mesías es una idea que expresa la dig­
nidad del pueblo de Israel, que está por encima de las
demás naciones, las supera en sabiduría, pureza, san­
tidad. El mismo Israel es el Mesías. Los fariseos desean
un mesías de carne y hueso... ¡Eso es abominable! —sa­
cudió los dedos como si se quitase algo repugnante pe­
gado a ellos—. ¿Has comprendido lo que te he dicho?
—preguntó.
—¿Dices que el Mesías-Hombre no vendrá nunca?
—¿Mesías-Hombre? ¡Esa es una gran idea encarna­
da en un simple rebelde! Eres hijo de un sacerdote y
64
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

entenderás que un mesías así sólo nos traería nuevas


revueltas, nuevas insurrecciones y posiblemente hasta
la guerra abierta con los romanos. ¿Te puedes imagi­
nar las consecuencias? Nos aniquilarían. Nuestra obli­
gación es conservar la paz, porque sólo en la paz hay
prosperidad. Sólo cuando haya paz se podrá terminar
la construcción del Templo y levantar la economía. Los
romanos tampoco quieren guerra. Es un pueblo pode­
roso y sabio. Si nos entendemos con ellos, nos darán
mucha libertad y no se entrometerán en nuestros
asuntos religiosos. Hace poco he hablado con el pro­
curador Ambivius, el cual ha prohibido a los regimien­
tos acuartelados en la ciudad que exhiban sus gallar-
tes, porque en ellos figuran imágenes de los Césares.
Como ves, tiene en cuenta hasta los prejuicios religio­
sos de los am-ha ares. Hay que saber apreciar este ges­
to. Mientras en Judea gobierne un hombre tan sensa­
to, podemos contar con muchos privilegios para no­
sotros.
—Sin embargo los profetas hablan de alguien que
vendrá para librar al pueblo de los pecados. Mi padre
dijo que para Él tengo que abrir el camino...
—Veo que no has entendido mucho de mis pala­
bras. La idea del mesías es la encarnación de Israel li­
bre del pecado. Los ideales no suelen realizarse del
todo, pero la lucha contra los pecados del vulgo es obli­
gación de la gente devota. Si quieres de verdad cum­
plir lo que te mandó tu padre, di a la gente que obe­
dezcan la Ley y cumplan sus obligaciones para con el
Templo...
—¿Y dices que no espere al Prometido?
El Sumo Sacerdote se encogió de hombros con
desprecio.
—¡Si no entiendes esta idea de Mesías, lo esperarás
miles de años y no conseguirás nada! En vez de perder
el tiempo, ven para servir en el Templo. En memoria

65
JAN DOBRACZYNSKY

de Zacarías que l úe buen sacerdote estoy dispuesto a


aceptarte. Ahora vete. Ya te he dicho todo lo que tenía
que decirte. Ya he perdido bastante tiempo contigo.
Salió del palacio sin prisa, bajando las escaleras has­
ta el camino que le condujo al fondo del Tyropeón. Ba­
jaba absorto en sus pensamientos. Continuó andando
por el camino que pasaba junto a la piscina de siloé y
llegó a la orilla del Cedrón. Cruzó el puente y en segui­
da se encontró junto a la tumba de su tatarabuelo.
De rodillas y escondiendo el rostro entre las manos
empezó a rezar. Su oración se mezclaba con el recuer­
do de aquellas palabras que hacía siglos escuchó su ta­
tarabuelo: «Ese día muchas serán las naciones que re­
conocerán al Altísimo v se convertirán en Su pueblo.
Porque toda la tierra a El pertenece. Y de nuevo abra­
zará a Judea y la tomará como su herencia. Llegará el
rey justo, victorioso y humilde y entrará en tus m ura­
llas, Jerusalén, montado en el pollino hijo de una asna».
IX

Pasaron meses; meses de espera... El cielo callaba y


no aparecía ninguna señal que indicase cambio algu­
no. Juan decidió volver a Jerusalén.
Las palabras del Sumo Sacerdote le habían sembra­
do inquietud y habían hecho que le surgieran nuevas
dudas. ¿Y si lo que estoy esperando no son más que
sombras de ideas proyectadas en una pared ilumina­
da?, se preguntaba.
Por las noches aquella voz decía:
— Lo que esperas es un fantasma. ¿No te lo dijo el
Sumo Sacerdote? ¿Quién fue tu padre y quién eres tú
para querer superar en sabiduría a quien está al fren­
te del Templo? El da sus sentencias en los asuntos más
importantes, porque él posee la bolsa que contiene las
piedras de Urim v Tummin con las que Quien está arri­
ba expresa su voluntad. El explica y enseña. Y lo que
él dice es sagrado. ¿Y tú lo quieres interpretar a tu
manera?
No discutía con la voz; se encerraba en sí mismo re­
zando y haciendo dura penitencia. Así intentaba some­
ter su cuerpo y su espíritu a la obediencia.
La ciudad de Jerusalén no había cambiado mucho
desde el día que había venido a ver al Sumo Sacerdo-

67
JAN DÜBRACZYNSKY

to. Ya casi se había terminado la construcción del Tem­


plo \ un gran número de gente había quedado sin tra­
bajo. Durante años miles de hombres habían venido de
toda Palestina para trabajar en aquella obra. Ahora en
su gran ma\oría estaban despedidos, pero seguían en
la ciudad pensando que en ella tenían más posibilida­
des de sobrevivir. Eran tiempos difíciles; el país estaba
empobrecido. Abriéndose camino entre la multitud,
Juan podía oír por todas partes quejas sobre la subida
de los precios. La cantidad de mendigos había aumen-
tado enorme me nte.
La casa de Fat)i, hijo de Nahúm, el docto fariseo
miembro del Sanedrín, estaba situada en el barrio alto
de Ofel. Se apoyaba en los sillares que sostenían el pa­
tio del Templo. En la parte baja del barrio de Ofel vi­
vían los pobres y sólo cerca de las murallas había ca­
sas niejores que, sin embargo, estaban muy lejos de ser
tan suntuosas como los espléndidos palacios de los
sacerdotes. Sobre la puerta de la casa de Fabi se veía
la insignia de tejedor: como la mayoría de los fariseos,
Fabi era artesano.
Un fariseo bien enterado le había aconsejado a
Juan que fuera a ver a Fabi, el cual tenía fama de ser
docto y muy piadoso. Después de su conversación con
Anás, Juan sintió curiosidad por saber qué opinaban
sobre el Mesías los adversarios de los saduceos.
Llamó a la puerta y abrió un sirviente, el cual des­
pués de preguntarle quién era y para qué venía se re­
tiro para anunciarlo a su amo.
En la habitación donde Juan estaba esperando ha­
bía un telar, pero no parecía que hubiera sido utiliza­
do con mucha frecuencia.
Se oyeron los pasos de alguien que andaba con di­
ficultad, arrastrando los pies. Entró Fabi, con la cajita
de los tefilim conteniendo las oraciones atada en su
frente y otra igual fijada en su antebrazo. Tenía un ta-

68
y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

led de seda blanca y labrada echado por los hombros.


Parecía como si en aquellos momentos hubiera estado
re/ando. Venía inclinado bajo un enorme peso invisi­
ble, y para mirar a Juan echaba atrás el cuello con ges­
to de dolor. En Jerusalén se decía que Fabi era un fa­
riseo muy piadoso, que había querido cargar sobre sí
los pecados de todo Israel.
— La paz contigo — dijo jadeando— . ¿Quién eres y
qué deseas?
— La paz contigo, rabí Soy Juan, hijo de Zacarías.
Vengo para preguntarte algo de gran importancia y de­
seo oír tu respuesta.
— Pregunta lo que quieras. Estoy dispuesto a servir
a todos en Israel. Maldito sea quien no comparta su sa­
biduría con los demás... — pronunció estas últimas pa­
labras con gran solemnidad, como si citara una máxi­
ma de algún sabio— . ¿Qué deseas preguntar?
— ¿Es cierto, rabí, que tú enseñas que el Mesías ven­
drá en breve?
— Así es. ¿Por qué me lo preguntas?
— Mi padre, al morir, me dijo que tengo que espe­
rar al Mesías y que en cuanto me entere de Su llegada
tendré que anunciarla a todo el mundo.
— ¡Una tarea muy bella es ésa que te encargó tu pa­
dre! Debió de ser un hombre muy sabio y muy piado­
so. El Mesías vendrá ya pronto o incluso quizá está ya
entre nosotros. Ha llegado la hora de que te prepares
a realizar la tarea que te ha sido confiada.
— Gracias, rabí Pero dime: ¿Vendrá en figura hu­
mana? Algunos dicen que él representa sólo una idea...
— Así hablan los saduceos impíos. Lo que divulgan
es una doctrina pagana. El Mesías vendrá como hom­
bre, mensajero del Altísimo. Dotado de un poder so­
brehumano, caerá como un rayo sobre este mundo pe­
cador. Reducirá a polvo a los goyini-, y a Israel le trae­
rá una felicidad tan enorme como nadie hasta ahora
ha conocido.

69
JAN DOBRACZYNSKY

— ¿Qué es lo que te permite creer que vendrá


pronto?
— Amigo mío, es cierto. Sus pies están ya en el um­
bral de la puerta. Antes, el cielo se abrirá y volverá Elias
en el carro de fuego, con el mismo aspecto que tenía
cuando desapareció a la vista de Elíseo. Todos los doc­
tores están de acuerdo con esto. Me preguntas cómo
sé que el Mesías está a punto de llegar. ¿Acaso no lo adi­
vinas? ¿No te lo explicó tu padre? ¡Tiene que venir por­
que no podemos esperar más! ¡Nadie puede aguantar
más sufrimientos! ¡Jamás nuetro pueblo elegido ha sido
tan oprimido ni tan humillado como lo está siendo hoy
día! Los extranjeros impuros, devoradores de carne de
cerdo son quienes gobiernan en Judea. Los paganos se
atreven a levantar sus esculturas profanas sobre nues­
tra tierra prometida, hiriendo nuestros sentimientos.
Por tercera vez consecutiva han mandado contar nues­
tra población; nosotros sabemos que es un gran peca­
do censar al pueblo elegido. Israel tiene que soportar
enormes impuestos. Junto a cada puente y en las en­
tradas de las ciudades tienen sus puestos los recauda­
dores. impuros servidores de paganos. ¡No, nadie lo
aguantará más tiempo! ¡El Mesías tiene que llegar, te
lo aseguro!
Pronunció estas palabras con tal entusiasmo que su
triste rostro se iluminó, brillaron sus ojos y se endere­
zó su espalda. Sus manos se crisparon.
— Sin embargo, ha habido algunos — dijo Juan—
que considerándose Mesías arrastraron al pueblo tras
ellos. Luego cayeron en los combates y provocaron la
muerte de mucha gente.
Fabi había vuelto a adoptar su habitual postura
desfallecida.
— Se engañaron a sí mismos. El pecado ciega al
hombre. El verdadero Mesías no será vencido y no pe­
recerá. Conseguirá una gran victoria sobre el enemigo,
para mayor gloria de Israel.

70
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

— Las Escrituras dicen que Él vendrá para librar al


hombre de sus pecados, curar a los enfermos, ayudar
a los pobres. Iluminará los ojos de los ciegos y abrirá
las puertas de las cárceles...
— También vengará la injusticia que padece el pue­
blo elegido y los enemigos de Israel serán aniquilados.
Ni siquiera los mejores de ellos se merecen otro des­
tino.
— Pero los hombres sufren también a causa de los
suyos...
— Desaparecerá la miseria y no habrá más injusti­
cias. Él hará que la tierra rebose de leche y de miel. H a­
brá alimento suficiente para todos. Cada uno podrá co­
mer hasta la saciedad y todavía sobrará...
— Sin embargo, los pecados del pueblo elegido...
Fabi se encogió de hombros.
— Amigo, ¿no ves que yo los llevo encima y hago pe­
nitencia? Créeme, es una gran carga. ¡Cuánta gente que
no hace caso de la Ley! ¡Cuántos que, lo mismo que los
saduceos, traicionan al Altísimo y sirven a dioses aje­
nos! Yo también espero Su llegada para que me libere
de mi terrible peso.
— En ese caso, rabí, el pueblo debería purificarse de
sus pecados antes de que venga el Mesías.
— No has dicho nada que no sea cierto. Claro está.
Los ignorantes am-ha ares contaminan a los hombres.
¡Hay que ver esos recaudadores de impuestos que sir­
ven a los goyim! ¡Y esas mujeres pintarrajeadas y
corrompidas! ¿Pero quién puede hablar con esa gentu­
za? ¿Quién podría enseñarle la Lev?
Juan no respondió. Se quedó inmóvil, pensando que
había venido a buscar una cosa v se había encontrado
con otra. Había querido convencerse de que el Sumo
Sacerdote tenía razón y de pronto, ante las palabras de
este hombre, cuya hipocresía le irritaba, había descu­
bierto el sentido de lo que su padre le había dicho. ¿En-

71
JAN DOBRACZYÑSKY

derezar el camino?... ¿El camino de quién? ¿Sería el ca­


mino de estos hombres tan seguros de sí mismos, or­
gullosos, que pretendían saberlo todo y llevaban su fe
como si fuera un adorno de abalorios? ¿Y si Él lo que
quena era ayudar a la gente sencilla, sacarla del pozo
de la ignorancia, de la miseria, de los pecados en los
que están enredados como corderitos atrapados entre
arbustos espinosos?
De estos pensamientos le sacó un débil quejido del
Doctor, que suspiró dolorosamente, como si le hubie­
ra tocado una herida abierta.
— Sí. grandes son los pecados del populacho. Gran­
des y horrendos. ¡Qué penitencia hay que hacer por
ellos! Es una suerte que todavía existan quienes obser­
van escrupulosamente las prescripciones de la Ley...
Esperaba que Juan compartiera con él su dolor,
pero como permaneció callado, le preguntó:
— ¿Estás satisfecho de lo que has oído, hijo de
Zacarías?
El respondió:
— He oído lo que quería oír.
— Me alegro de que estés satisfecho. Pareces un
hombre sabio. Quizá podrías unirte a nuestro grupo.
Somos lo mejor de Israel. Cuidamos como nadie de la
pureza de la fe y de nuestras acciones. Por eso esta­
mos dispuestos a cualquier sacrificio. ¿Te has entera­
do de cuántos de nuestros chaberim murieron última­
mente a manos de los impuros? Cuando llegue el Me­
sías continuaremos nuestra lucha. Estamos dispuestos.
Mientras hablaba, se envaró sin darse cuenta, pero
enseguida se aplomó y volvió a adoptar su postura de
mártir.
— Piensa sobre lo que te he dicho. Necesitamos gen­
te fuerte, valiente, decidida y que odie al enemigo. Si
quieres ser uno de los nuestros, vuelve. Se acerca el

72
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

momento en que nosotros, los hijos de Abrahán, vamos


a conquistar el mundo. ¿Te das cuenta de esto?
Juan no respondió. Seguía con sus pensamientos.
¿Hijos de Abrahan? ¿Quiénes son de verdad hijos de
Abrahan?
X

— ¡Juan! ¿Estás ahí? ¿Sigues vivo?


Se levantó de su yacija con dificultad. Cada día se
sentía más débil. La cárcel estaba agotando sus fuer­
zas. Se llevó la mano a la frente, haciendo pantalla para
protegerse de la luz que entraba por la claraboya. Arri­
ba, detrás de la verja, se podían distinguir dos siluetas.
— Aquí estoy. ¿Quién me llama?
— Soy yo, Menahem. Y yo, Azariah. Tus discípulos.
— Reconozco vuetras voces. ¿Qué venís a hacer
aquí?
— Nos mandaste ir a ver a Jesús de Nazaret...
— Es verdad. ¿Lo habéis visto? ¿Le habéis pre­
guntado?
— Hemos hecho todo lo que nos mandaste. Le pre­
guntamos lo que tú nos dijiste.
— ¿Qué os respondió?
— Dijo: id y decid a Juan lo que habéis visto. Los cie­
gos abren los ojos, los sordos vuelven a oír, los inváli­
dos recuperan el movimiento de sus miembros, los le­
prosos se curan. Los demonios huyen. Los muertos re­
sucitan. Los pobres han vislumbrado su salvación.
— ¿Habéis presenciado todo eso?
— Sí, así es, como dijo Él. Donde Él está ocurren co­
sas insólitas. Los que sufren reciben misericordia.
— ¿Y eso fue todo lo que dijo?

75
JAN DOBRACZYNSKY

— Además añadió: Dichosos aquellos para quienes


no sea y o motivo de escándalo ni de desaliento... N o en­
tendimos lo que quiso decir...
A Juan le dolía la nuca por mantener la cabeza mi­
rando hacia arriba y se le cansó la mano con la que
protegía sus ojos de la luz. Con la cabeza inclinada pen­
saba sobre lo que acaba de escuchar. Sí, esa era la res­
puesta que esperaba... Otra vez recordó: «el Señor está
con los afligidos... Él es la Alianza para los hombres, la
Luz para los pueblos. Él abre los ojos a los ciegos y li­
bera a los presos... Él viene a salvarnos... Entonces abri-
ra los ojos de los ciegos y destapará los oídos de los sor­
dos. F.l paralítico correrá como un gamo...». Así decían
los profetas y lo repetían varias veces. También aña­
dían: «Serás Luz para los paganos. Mi salvación llegará
hasta los límites de la tierra...».
No era aquello lo que la gente estaba esperando. En
los palabras de los profetas se buscaba las que anun­
ciaban la victoria sobre los enemigos y no las que ha­
blaban de la misericordia y de la protección de todos
ios hombres de la tierra.
Recordó la reacción de los representantes de los
sacerdotes al oír sus palabras: «¿Creéis que el Altísimo
debe protegeros porque sois hijos de Abrahán? Hijos
de Abrahán son los que siguen creyendo. Si vosotros
no vais a servir al Altísimo y no vais a escuchar su pa­
labra, os tratará como hace un campesino con el árbol
que no da fruto. ¡Y de estas piedras nacerán para Él
nuevos hijos de Abrahán!». Le miraron llenos de rabia,
escandalizados. Parecía que iban a explotar, pero se li­
mitaron a murmurar entre ellos. A sus oídos llegaban
algunas palabras: «¿Habéis oído lo que ha dicho?
¿Cómo se habrá atrevido? ¿Para qué hemos venido? ¡Es
un loco y no un profeta! ¡Yo os digo que está poseído
por Belcebú! ¡Tienes razón: está poseído! ¡Está blasfe-

76
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

ruando! ¡El Altísimo no podrá nunca dejar de conside­


rar a Israel como su pueblo elegido! ¡Los impuros mo­
rirán e Israel quedará victorioso! Así lo enseñan todos
los Doctores. ¡Os digo que está poseído! ¡Hay que mal­
decirle! ¡Psss... silencio! — musitaban unos a otros— . ¡No
hablemos tan alto! ¡No es el mejor momento! Esta pan­
dilla de am-ha ares que nos escucha está dispuesta a
atacarnos... Psss...
Se alejaron cubriendo con sus capas los suntuosos
vestidos. Juan se quedó rodeado de la multitud com­
puesta por gente humilde que le quería. Confesaban
sus pecados y pedían perdón por ellos. Y él seguía bau­
tizando, aconsejando y enseñándoles cómo tenían que
comportarse. Sentía una gran compasión hacia este
pueblo al que sus propios dirigentes despreciaban, al
mismo tiempo que lo inflamaban en odio hacia el
enemigo.
Las profecías no siempre eran recibidas con entu­
siasmo, sino todo lo contrario; incluso llegaban a es­
candalizar. A los profetas los perseguían, los rechaza­
ban, apedreaban, decapitaban... Y mucho tiempo des­
pués se erigían monumentos sobre sus tumbas y se
leían sus palabras en las sinagogas. Muy a menudo
eran rechazados mientras vivían, para después de su
muerte ser venerados por sus antiguos detractores.
Pero aun entonces sólo se citaban algunas de sus pa­
labras, evitando las que pudieran escandalizar toda­
vía...
Tenía que saberlo Él y por eso envió este mensaje
a Juan: «Dichoso aquel para quien yo no sea motivo de
escándalo...». Juan ya se había enfrentado con el recha­
zo de su persona. Se decía de él que estaba endemo­
niado. Ahora Él emprendía el mismo camino, conscien­
te de que también se le enfrentarían.
Las palabras transmitidas tenían para Juan un sen­
tido de entendimiento mutuo. Juan, con su mensaje,

77
JAN DOBRACZYNSKY

quería provocar la respuesta que confirmara la auten-


.icidad del Enviado. Y Jesús lo confirmó añadiendo que
¡>us enseñanzas también escandalizarían. Era como si
quisiera decir: Nos tratarán del mismo modo a ti y a
mí porque estamos ligados el uno al otro. Yo soy El que
tú has anunciado y tú eres el que fue llamado para
anunciar.
— Juan, ¿sigues ahí? ¿Has oído lo que te hemos di­
cho? ¿Por qué estás callado? — gritaban los de arriba
agarrados a la reja.
— Estoy aquí. He oído vuestras palabras. Ahora sois
libres.
— ¿Qué dices? ¿Qué significa eso?
— Ya os dije que después de haber cumplido vues­
tra misión podréis marcharos y seguir a Jesús como
discípulos suyos. El es Aquel cuya venida esperábamos.
— ¿Pero y tú, Juan? ¡No te abandonaremos!
— Es preciso que os vayáis. Ya no necesito discípu­
los. He dicho lo que tenía que decir. Ahora Él os llama
a todos.
— Pero nosotros te queremos. Te hemos seguido y
hemos escuchado tus enseñanzas. Nos enseñaste a
rezar...
Aquello había ocurrido hacía casi tres años. Miles
de personas acudían pidiendo ser bautizadas y él,
acompañado por un grupo de discípulos, enseñaba y
bautizaba durante días enteros. Sólo disponía de la no­
che para charlar con ellos. Una de aquellas noches, des­
pués de una larga conversación, uno de los discípulos
le pidió: «Juan, enséñanos a rezar».
De pie en medio de los que le rodeaban sentados
en semicírculo, y mirando al cielo iluminado por miles
de lucernas, Juan les dijo: «Decid así: Señor, tú que di­
riges los destinos de la vida, escucha nuestros ruegos,
cumple tu palabra y mándanos pronto a Aquel cuya lle­
gada nos prometiste. Oh, Señor, nos has conducido por

78
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

tus caminos desde hace siglos, nos has mostrado tu po­


der, nos has enseñado a obedecer y cuando no lo hici­
mos, nos castigaste haciéndonos ver que sin ti no po­
demos salvarnos. Fuiste justo con nosotros. Pero toda­
vía no nos lo has dicho todo y muchos de tus secretos
están por desvelar. Nuestros caminos no pueden con­
ducir únicamente al pie de Tu trono. Dinos quién eres.
Dínoslo a través de Aquel a quien nos mandes. Nues­
tros corazones están esperando oír algo más que lo que
sabemos hasta ahora».
Repetían a menudo esta oración convertida en un
símbolo de fraternidad que los unía estrechamente.
Sus discípulos se preguntaban unos a otros: «¿Sigues
rezando la oración de Juan?».
— No nos iremos — insistieron— . No podemos irnos.
Te queremos, Juan, y no podemos abandonarte. Que
los demás se vayan con ÉL
— Es preciso que vosotros os vayáis con Él — les re­
plicó— . Amadle y escuchad Sus enseñanzas. Seguidle.
Nadie podrá enseñaros lo que Él os enseñará. Habéis
rezado para que el Altísimo os hable de sí mismo. Sólo
Él os puede hablar, porque sólo Él ha venido de lo alto...
Se quedaron junto a la reja mucho tiempo lamen­
tándose. Llamaban a Juan pero él no les respondía.
Volvió a acostarse. Iba debilitándose poco a poco. Ya
no era aquel gigantón de aspecto amenazador, capaz
de ayunar en pleno desierto. Entonces no le faltaban
las fuerzas. Siguió teniéndolas luego, cuando atravesó
el vado junto a Betabara y llegó a las afueras de Ae-
nón; y cuando junto a la entrada del palacio de Seffo-
ris habló con voz fuerte y sonora.
Hoy estaba reducido a la sombra de sí mismo. A la
debilidad del cuerpo se juntó la del espíritu. Sólo ha­
ciendo un gran esfuerzo de voluntad pudo contestar
duramente a aquellas muestras de afecto y de fideli­
dad. Las rechazó, pero se daba cuenta de que no po­
dría repetirlo otra vez.

79
Dos veces en su vida una luz le había deslumbra­
do. Dos veces cavó sobre él una luz inconcebible. La
primera vez fue en su lejana infancia y la segunda jun­
to ai Jordán. Las dos veces había sido como una co­
lumna blanca, reluciente con una claridad que cegaba.
Nadie hubiera sido capaz de realizar una pintura con
tal luminosidad. No fue sólo una luz que cegaba los
ojos, sino la luz que penetraba en la profundidad de su
alma dejándolo renovado, optimista, y vencidas todas
sus debilidades...
Sin embargo, luego la vida normal volvía como el
mar vuelve a sus cauces después de haber sido apar­
tado milagrosamente, como lo fue una vez gracias a la
oración de Moisés.
Los dos deslumbramientos crearon una fuerza que
vivía dentro de él como la llama de una lámpara y sólo
gracias a ella su cuerpo débil podía resistir. Ya no es­
peraba nada de la vida. Estaba seguro de haber cum­
plido su misión porque El que había llegado ya no le
necesitaba. Lo único que deseaba era estar junto a Je­
sús, arrodillarse delante de El como lo hizo entonces,
cuando Le vio acercarse al río... y escucharle como se
escucha al maestro venerado. Sólo deseaba ver cómo
El conquistaba a las multitudes que antes le pertene­
cieron, y alegrarse de Su triunfo como un padrino se
alegra de la felicidad del novio.
Sin embrgo, parecía que Él no quería tenerlo junto
a sí. También éste podría ser el significado de sus pa­
labras: «Feliz quien no se escandalizare...».
A pesar de ser consciente de que no tenía dónde ir,
deseaba ser libre. Quería volver a vivir libre, a cami­
nar; volver a ver la corriente rápida del Jordán, sus
aguas turbias en las que se reflejaba el sol, los tupidos
arbustos de sus orillas; volver a ver las rocas del de­
sierto de Judea, el verde monte de los Olivos, la cúpu­
la dorada del Templo, el valle del Cedrón con la tum-

80
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

ha de su tatarabuelo excavada en un nicho en la roca...


Tal vez la causa por la que lo habían metido en la cár­
cel no era tan importante como para dar su vida por
ella. ¿Le preocupaban de verdad las sucias costumbres
de los reyes Idumeos? Los descendientes de Antípater
se proclamaban servidores del Altísimo, pero en reali­
dad tan sólo era un pretexto para poder conminar a Is­
rael. ¿Entonces de qué se trataba? ¿De una mujer que
pasó de los brazos de un hombre a los brazos de otro?
¿Acaso era necesario dar la vida por condenar un solo
pecado?
XI

Un día llegó a la fortaleza el propio Antipas. Habien­


do dejado a su mujer en Sefforis y acompañado de He-
rodías y de un numeroso cortejo, estaba haciendo un
viaje a través de su reino. Había visitado las termas de
Calirrohe, en cuyas calientes fuentes hace tiempo bus­
có alivio inútilmente su padre a la sazón enfermo. Des­
pués de haber disfrutado unos días divirtiéndose con
desenfreno en las piscinas de agua caliente, se acercó
a la frontera del reino. Llegaron a Maqueronte.
Desde la profundidad de su mazmorra Juan oyó el
tumulto que le llegaba desde arriba y se dio cuenta de
la llegada del cortejo real. En el patio se mezclaban rui­
dos de los cascos de los caballos, voces que daban ór­
denes, gritos y risas, y la música trepidante y salvaje
de los beduinos. Organizaron una gran comida fuera,
en el patio, las jóvenes danzaron y al anochecer encen­
dieron las antorchas cuyos reflejos penetraban en la
gruta formando manchas de luz en el suelo.
El criado encargado de traerle la comida informó
a Juan de que la estancia del rey estaba prevista para
tres días. En vez de la comida habitual que solían ser
tortas de harina, le trajeron una fuente de carne y una
jarra de vino. Le dijo al criado que devolviera esos pla-

83
tos V como no quiso hacerlo vertió el vino en el suelo
\ tiro la carne por la claraboya.
Al día siguiente el criado le trajo un vestido nuevo.
—Cambíate — le dijo— . Herodías quiere verte. No
puedes presentarte a ella vestido con andrajos. Ade­
mas, apestas.
Tuvo un primer impulso de desgarrar el vestido.
Pero dominó su colera. Las explosiones de ira que
tiempo atrás casi le cegaban fueron suavizándose a lo
lanío de su estancia en la cárcel. Dentro de él iba na-
ciendo un sentimiento hasta ahora apenas conocido
para él: la humildad. Siempre tuvo consciencia de no
signiticar nada ante el Señor. Pero la misión que le ha­
bía sido confiada le había dado una dignidad: la pro­
pia de estar al servicio de un gran señor. Sabía que te­
nía que ser la voz, pero no la suya propia, sino la de
Aquel que le mandaba. Por lo tanto, tenía que ser es­
cuchado. Así había sido junto al vado de Betabara. Ya
ei. Aenón empezaron a faltarle las palabras. Sabía que
se había cumplido lo que tenía que cumplirse, aquello
para lo cual había sido llamado, y con ello su misión
concluía. A partir de ahora tenía que actuar y hablar
por sí mismo. Sintió su incapacidad, comprendió que
la gente ya no le escuchaba igual que antes y que em­
pezaba a apartarse de él poco a poco.
Entonces tomó la decisión de marcharse a Sefforis.
La gente del palacio real le hablaba mucho del ambien­
te disoluto que reinaba en la corte de Antipas. El adul­
terio de Antipas era repugnante. Herodías era nieta de
Mariamme, descendiente de la familia real asmonea, la
única que tenía derecho a la corona. Se decía que su
hermano que vivía en Roma podría recuperar el trono
por el cual habían luchado los Macabeos.
En la cárcel miles de dudas acosaban a Juan. Se
preguntaba si no se habría dejado llevar por la ira. Den­
tro de él había una lucha entre el odio al mal y la be-

84
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

nevolencia hacia el hombre. Al parecer, Herodías ha­


bía sido obligada de pequeña a contraer matrimonio
con su tío Herodes, hijo de Herodes, mucho mayor que
ella. Ella le odiaba...
Sin oponer resistencia, Juan tomó el vestido que le
ofrecía el criado. «¿Esa mujer — pensaba— quiere ver­
me? ¿Qué querrá?». Ella había sido la principal respon­
sable de su encarcelamiento. ¿Querría ahora burlarse
de su debilidad? El día que lo metieron en prisión, H e­
rodías y Antipas tuvieron miedo de que las multitudes
que seguían a Juan, aunque ahora eran menos nume­
rosas que en Betabara, se sublevaron para liberar a su
venerado profeta. Hoy estaba completamente en sus
manos. Nadie lo había reclamado y ya nadie lo iba a re­
clamar. Todos se habían ido tras de Jesús...
Entraron tres soldados, le ataron las manos y lo sa­
caron de la mazmorra.
La luz del día le cegó. Se paró, respiró hondo el aire
fresco que el viento traía desde la montaña, del lago y
del desierto. Este aire le emborrachó. Se sentó al bor­
de del pozo, tratando de que sus ojos se acomodaran
a la soleada luz del día. Ya podía apreciar el verdor, los
colores diversos de los arbustos, la cúpula real del
cielo.
Los soldados le permitieron que se quedara un rato
descansando en el patio. El miraba los caballos, los sol­
dados paseando de aquí para allá, la servidumbre
corriendo en todas direcciones. Pero su vista se esca­
paba más allá de las murallas, hacia las montañas que
dibujaban en el horizonte una fina raya de color azul.
Las montañas estaban al otro lado del lago y detrás de
ellas se encontraba Judea, la ciudad santa y el valle ver­
de y profundo del Jordán.
El sol le quemaba el cuerpo languidecido por la es­
tancia en la mazmorra, el viento revolvía sus largos ca­
bellos. Poco a poco recuperaba el aliento y ya veía con
mayor precisión.

85
JAN DOURACZYÑSKY

So la acercó un cortesano gordo, sin barbas, vesti­


do con una túnica de color esmeralda y un turbante
adornado con un precioso broche. Lo miró de arriba
abajo con expresión crítica y mostró su disgusto al no­
tar el mal olor que le llegaba. Ordenó a un muchacho
que le acompañaba que salpicara a Juan con un líqui­
do fuertemente perfumado. Luego, con una voz ridi­
culamente aguda, ordenó a los soldados que conduje­
ran a Juan tras él.
Lo intr odujeron en una sala cuyo pavimento era un
mosaico que representaba figuras humanas.
Se abrieron las puertas y empezaron a entrar cor­
tesanas y cortesanos que se situaron a lo largo de las
paredes. Luego entró Herodías. Dos jóvenes negros la
acompañaban portando unos abanicos de plumas de
avestruz que no cesaban de mover por encima de la ca­
beza de su señora. Los soldados se pusieron firmes y
estiraron el brazo con saludo romano. El gordo corte­
sano se arrodilló e, inclinándose, tocó el suelo con la
frente. Sólo Juan permaneció inmóvil, con su mirada
fija en el rostro de Herodías.
No era la primera vez que la veía, pero nunca tan
de cerca. Bajo la diadema, su cara era una belleza ex­
traordinaria. Herodías seguía siendo joven. De todos
los hijos de Herodes, sólo destacaron por su belleza los
habidos de su relación con Mariamme, y Herodías fue
la más bella de todos. Su labio inferior prominente in­
dicaba una obstinación que, sin embargo, no la priva­
ba de encanto. La nariz fina, ligeramente aguileña, pa­
recía perfilada por un maestro escultor.
Andaba con la dignidad propia de una reina y con
la gracia de una bailarina. La acompañaba una niña de
unos ocho años. Era Salomé, hija de Herodías y Hero­
des. Iba vestida como una persona mayor, con un ves­
tido largo bordado en oro y múltiples joyas en su cue­
llo, cabeza y dedos. Debajo del vestido transparente se

86
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

distinguían sus piernas de niña, largas y delgadas. An­


daba igual que su madre, casi con paso de danzarina.
Herodías se sentó en el trono que estaba colocado
en el centro de la sala. Atentamente se observaban H e­
rodías y Juan. La mujer lo miró de arriba abajo y so­
bre su rostro apareció una ligera sonrisa.
— Estás desmejorado, profeta — dijo— . La última
vez que te vi eras un hombre fuerte. Con tus espléndi­
dos músculos habrías podido servir de modelo a un es­
cultor griego. Y ahora... — lo midió otra vez con la mi­
rada— . ¿Para qué te ha servido todo esto?
Juan no respondió. Un año antes habría reacciona­
do de manera muy distinta.
— ¿No dices nada? — preguntó la reina— . ¿Has com ­
prendido por fin que los reyes no toleran que se les
ofenda?
Juan seguía sin contestar. Ella golpeó rabiosa el
suelo con su pequeño pie enfundado en una fina san­
dalia dorada.
— ¡Quiero que hables! ¡Te lo ordeno!
— ¿Qué quieres que diga?
— ¿Estás dispuesto a pedir perdón?
El sacudió la cabeza y sus cabellos se agitaron como
la melena de un león.
— ¿No te has hartado de la prisión? ¿Qué quieres?
— preguntó.
— Quiero que vuelvas con tu marido.
— El rey Antipas es mi marido.
— No es verdad. El tiene su mujer y tú tienes tu
marido.
Otra vez pateó, enfada. Sonrió maliciosamente.
— ¿Entonces prefieres que comparta el lecho con un
Hombre que no venera al invisible Yahvé?
— Si compartes el lecho ilegítimo con un hom bre
que se hace llamar servidor del Altísimo, más grave
aún es vuestro pecado.

87
JAN DOBRACZYNSKY

La sonrisa desapareció de su rostro, sustituida por


una expresión de enojo que ella intentaba disimular.
Arqueó sus labios con desdén.
— ¡Qué ridículo eres! El mundo entero está lleno de
pecados como éste. Las mujeres cambian de lecho y
nadie lo considera delito.
— El Altísimo ha dicho: «No adulterarás» y «No de­
searás la mujer de tu prójimo».
— ¡Esas son prohibiciones antiguas! Hoy día ya na­
die las observa.
— El Altísimo no cambia.
— Supongo que tendrá problemas más importantes
y no le preocupará el asunto de quién abraza a quién
en la cama.
— Todos los cuerpos le pertenecen.
— Sin embargo, El hizo que estos cuerpos se atrai­
gan. Un ser humano desea al otro.
— Lo malo es abandonarse al deseo y no la tenta­
ción en sí.
— Cuando un hombre ama, tiene que obedecer a su
sentimiento.
— Cuando una persona ama, desea lo mejor para el
otro.
— ¿Acaso es malo buscar el placer?
— Hay placeres que son ilícitos a los ojos del Señor.
— Eres obstinado — admitió— . Como si no fueras un
ser humano. ¡A lo mejor no lo eres!
— Soy como todos los demás.
— ¿Entonces por qué eres así? Vuestros doctores no
se parecen nada a ti.
— Lo que yo exijo lo exige el Altísimo.
— El Altísimo... El Altísimo... Siempre tienes su nom­
bre en los labios. Ellos también. Le conocen y Le sir­
ven. Y tai vez lo hacen mejor que tú. ¿No te parece? Di­
cen que estás poseído por Satanás...
Se quedó callado. La mujer cambió el tono de voz,
diciendo:

88
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

— N o sabes bien lo que fue mi matrimonio. ¿Sabes


lo que significa estar a merced de un viejo disoluto?
No le amaba y él ni siquiera sabía lo que era el amor...
Juan se mordió los labios con aflicción.
— Quizá tienes tus razones — dijo— . Pero no bastan
para justificar el hecho de que te hayas marchado con
el otro... Además le has quitado el marido a otra mujer
y tienes que devolvérselo.
Esta vez la ira se apoderó de ella por completo. Se
levantó del trono apoyando sus brazos estirados en el
sillón, los ojos centelleantes como relámpagos.
— ¡Te he confesado cosas que nunca he contado a
nadie!... ¡Y tú... tú te atreves a decirme a mí... a la rei­
na!... ¡Si la prisión no te ha ablandado, volverás allí! ¡Te
pudrirás en ella, pero no saldrás!
— No puedes hacer nada — replicó Juan— . Si el Al­
tísimo así lo desea, nuevamente Le serviré.
— ¡No lo harás! ¡Te lo digo yo... Ya verás! ¡Guardias!
¡Al calabozo con él! ¡Que se pudra allí!
Excitados por la cólera de Herodías, los soldados lo
agarraron sacudiéndolo bruscamente; mientras lo sa­
caban fuera pudo oír:
— ¡Dejadle tres días sin comer!
Le empujaban, golpeaban y daban puntapiés,
arrancándole mechones de pelo. Cuando al salir al pa­
tio cayó al suelo, lo pisotearon con sus botas clavetea­
das, gritando:
— ¡Levántate! ¡En pie, hijo de Belial! ¡Levántate!
Apenas pudo llegar a la puerta de la cárcel. Un
guardia le despojó del vestido nuevo y, desnudo, lo
arrojaron por la escalera del calabozo.
Se arrastró como pudo hasta el camastro. Le que­
maba todo el cuerpo, respiraba con dificultd. Empezó
a subirle la fiebre.

89
JAN DOBRACZYÑSKY

Le pareció oír muy cerca un suave murmullo: «Aquí


estás tú, golpeado, pisoteado, deshorado y Él anda por
ahí libre. Seguro que ni se acuerda de ti...»
Rechazó ese pensamiento. Todo lo ocurrido era jus­
to. Así tenía que ser. Él es Aquel que tenía que venir.'
Es como el esposo que llega a la boda. Y yo he sido so­
lamente el padrino, que tiene que volver a su vida nor­
mal. Él tiene que crecer y yo disminuir...
¿Será tal vez necesario — le vino este pensamiento
a la cabeza— que este dolor mío sirva para contribuir
a Su causa?
XII

Al día siguiente por la mañana vinieron otra vez. O r­


denaron que se quitara sus andrajos malolientes y se
pusiera un vestido nuevo. Le dolía todo el cuerpo v
apenas si pudo hacer lo que le pedían. Los harapos se
habían empapado de sangre y, al secarse, se habían pe­
gado al cuerpo de tal modo que ahora tenía que arran­
cárselos. Lo sacaron al patio. Andaba con dificultad, lu­
chando contra el dolor. Igual que el día anterior, los sol­
dados le permitieron descansar un momento junto al
pozo, beber un poco y lavarse. Cerrando los ojos, no­
taba la caricia del viento que llegaba desde la montaña.
Vino un cortesano ordenando a los soldados que la
condujeran al palacio. Esta vez no le ataron las manos.
Hoy era Antipas quien desaba verle. Con las manos
cruzadas detrás de la espalda, el rey caminaba de arri­
ba abajo por la sala. Se percibía la lucha que había en­
tablado en su interior. De vez en cuando se pasaba los
dedos por la barba teñida con henné y se echaba a un
lado el pelo que le tapaba el rostro. Se detuvo delante
de Juan, mirándole inquieto y molesto al mismo tiem­
po.
— ¿Y bien? — preguntó.
— ¿Qué deseas, rey?

91
JAN DOBRACZYÑSKY

— Tú lo sabes... No quería meterte en la cárcel. Te


dije... Te prometí... Pudiste ser libre, si te hubieras ale­
jado... ¿Para qué viniste a la puerta del palacio? ¿Por
qué gritaste contra mí?
— Tenía que llamarte la atención sobre tus pecados.
— ¿Tenías? ¿Qué significa eso? ¡Lo que yo hago es
asunto mío!
— El pecado del rey se convierte en el mal de sus
súbditos.
— ¡No exageres! Ya te dije que los reyes tienen leyes
distintas. Ni siquiera los doctores condenan mi conduc­
ta... Sólo lú eres así, un exagerado... Han venido a ver­
me algunos chakamim Te acusan. Dicen que intentas
sublevar al populacho. ¿No comprendes que cuando
esta gentuza ataque el palacio tendrán que intervenir
los soldados? Correrá la sangre, habrá muertos. Así
provocaríamos a los romanos. Este maldito Pilato...
¿Acaso quieres que nos dominen por completo? Dicen
los fariseos que te burlas de sus prescripciones...
—Hay que escuchar al Altísimo y no a los fariseos.
— No voy a entrar en vuestras disputas, pero lo que
dicen ellos, lo repiten los demás. No hubo muchas pro­
testas por tu encarcelamiento. Podría tenerte en la
mazmorra hasta que te mueras. Te olvidarían por com­
pleto. Pero yo te respeto... Si me prometieras que no
volverías a convocar a la gente...
— Yo no he convocado a la gente, ellos solos venían
a mí. Y no les incitaba a sublevarse, solamente les de­
cía que tienen que renunciar al pecado y limpiar sus
corazones para recibir al Mesías.
— Yo te creo. Tú eres un profeta y por tanto yo te
respeto. Pero tú les hablas de limpiar los corazones y
ellos afilaban los puñales. ¿No los conoces? ¡Es un pue­
blo de locos! ¡Tú les hablas del Mesías que bajará del
cielo y ellos están esperando un caudillo que los lleva­
rá a la lucha! ¡Te lo repito: éste es un pueblo de locos!

92
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

¿Para qué te veniste a mi reino? Más te valdría haber­


te quedado en Judea. Allí están los Romanos. Si hubie­
ra un derramamiento de sangre y los Romanos inter­
vinieran, que lo pague Pilato. O bien podrías haberte di­
rigido a la Traconitide, donde Filipo te dejaría tranqui­
lo. ¡Pero tú te has obstinado en venir a Sefforis!
El pequeño rey Antipas, excitado por sus propias
palabras, iba y venía por la sala retorciendo entre sus
dedos los mechones de su pelo. De nuevo se detuvo de­
lante de Juan.
— ¡Cuántos problemas crean hombres como tú! — le
reprochó— . Yo te estimo de verdad, pero por tu culpa
no tengo ni un momento de tranquilidad. Herodías está
encolerizada contigo, los fariseos te acusan. Parece que
la gente de Galilea te ha olvidado, sin embargo. Te lo
repito: si me prometes marcharte al reino de Filipo o
volver a Judea, te dejaré en libertad.
— Aléjate de Herodías y entonces me marcharé.
— ¡Basta! ¡Te prohíbo hablar sobre este asunto! Yo
no soy como vuestro David. Por lo demás, él tampoco
renunció a la mujer de Urías...
— Por eso recibió un terrible castigo.
— ¡No vengas con viejas leyendas! Y aunque fuesen
reales, sucedieron hace mucho tiempo. Eran otros
tiempos y otros hombres. Juan, tú eres orgulloso y obs­
tinado. Tu orgullo te ahoga. Te consideras alguien que
puede dar órdenes a un rey. Quieres humillar al sobe­
rano del reino, humillarme a mí.
Juan se mordió los labios sin decir nada. Antipas le
daba asco, pero se preguntó: «¿Será efectivamente mi
obstinación en el caso de Herodías consecuencia de mi
orgullo? Tantas veces me he dicho: tengo que dismi­
nuir, formar parte de la multitud que sigue a Jesús y
sentarme a Sus pies para escucharle...». Eso habría sido
sencillo y claro; era algo que deseaba con todo su co­
razón. Había tenido que tomar las decisiones por sí

93
JAN DOBRACZYNSKY

solo. Qué bueno sería ahora entregarse en las manos


de otro...
A pesar de esto, algo le hacía insistir en su actual
postura.
— ¿Qué dices entonces? — preguntó Antipas acer­
cándose a Juan, sin cólera en sus palabras; se notaba
que deseaba llegar a un acuerdo— . ¿Te marcharás? Te
lo digo: márchate.
— Me marcharé cuando alejes de ti a la mujer de tu
hermano.
La calma de Antipas se desvaneció como una pom­
pa de jabón. Gritó furioso y, alborotando su barba, agi­
tó los puños ante la cara de Juan.
— ¡Estúpido! ¡Estúpido! — gritó— . ¡No meterás tus
narices en los asuntos del rey! ¡No eres ningún profeta,
sino un embustero! Quería tratarte bien... Ahora verás.
¡Lleváoslo! — ordenó a los guardias— . ¡A la mazmorra!
Una vez más fue tratado a empujones y golpeado.
Una vez más le pusieron sus malolientes andrajos y vol­
vió a caer rodando por las escaleras. Se quedó tendido
sobre la piedra. No tuvo fuerzas para arrastrarse has­
ta su camastro.

♦ * *

Pasó la noche y él seguía en el suelo, agotado; las


agudas irregularidades de la piedra le herían el cuer­
po. Todo era tinieblas alrededor suyo y dentro de él. Y
en aquella oscuridad oyó la voz que ahora no se bur­
laba de él como de costumbre, sino que le hablaba con
suavidad.
— Mira cómo te han tratado. Si embargo, has sido
fiel y durante toda tu vida has estado preparando su
camino. Ha llegado Él y te ha arrebatado tus discípu­
los, tu fama y el cariño del pueblo. Ha ocupado tu si­
tio. Se ha aprovechado de la aureola de gloria que pre-

94
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

paraste para Él. Y tú estás en la cárcel, maltratado e in­


famemente acusado. Estos depravados se burlan de ti
y Él lo sabe y no hace nada. Podría convocar al pueblo
y entonces llegarían miles de personas ante el palacio
exigiendo tu liberación... Antipas se asustaría y te pon­
dría en libertad. Pero Él ni se acuerda de ti. Ha m an­
dado que te digan: «dichoso el que no se escandalice
de mí...». Y has creído que esto era una señal para ti,
¿verdad? Esta señal no significa nada más que indife­
rencia. A Él sólo le interesan Sus propios asuntos, sólo
cuida de sí mismo. Ni siquiera te ha dado las gracias...
Dijo que tú eres Elias. Sin embargo, Elias se marchó
gloriosamente en un carro de fuego y antes le habían
protegido los milagros. ¿Y tú? Yaces aquí, golpeado por
orden del indecente rey y de su disoluta concubina. Me
das pena, Juan... Tanta injusticia... Tanta persecución...
¿Te acuerdas todavía de la pequeña Efa? La chica de
bellos ojos negros de pequeña boca y manos hábiles...
Ella te habría consolado si no la hubieras rechazado.
No sabes lo que significa en los momentos de desespe­
ración tener a tu lado la mujer que te ama... Podrías
preguntárselo a su marido. No creas que es poco tener
al lado alguien que forma contigo un solo ser... Tú no
lo has sabido nunca. Renunciaste a todo para ÉL Le dis­
te todo, toda tu vida... ¿Y Él qué ha hecho por ti?
Cerró los puños, apretó los dientes y murmuró:
— ¡Señor haz callar esta voz! Ofrece dulzura v com­
pasión pero yo sé bien quién habla. Si fuera libre me
escaparía de ella, pero no puedo... Hazla callar... ¡Todo!
¡Todo lo que dice es mentira! ¡Mentira!
— Todo es verdad, Juan — proseguía la voz con su-
savídad— . Él fue duro con los profetas, pero luego lle­
garon días gloriosos para ellos y cuando el pueblo no
les escuchaba, intervenía el poder del Señor para
derrotar a los refractarios. A ti nadie te ha prestado
ayuda... La verdad es que un día tú también estabas ro-

95
JAN DOBRACZYNSKY

dcado de multitudes. La gente sucia e ignorante te


aclamaba como a un gran profeta, dispuesta a besarte
las manos. Pero los jefes del Templo no querían hablar
contigo, y, cuando ya no pudieron evitarlo, te enviaron
unos mensajeros. Ellos escondían su rango bajo sus ca­
pas para que nadie supiera de dónde venían. Luego
corrieron la voz de que estabas endemoniado... La mul­
titud que te rodeaba desapareció... Unos le siguieron a
Él, otros creyeron que estabas al servicio de Belcebú...
Levantó la cabeza y se golpeó la frente contra la pie­
dra. ¡Si pudiera hacer callar esa voz! Apretaba los dien­
tes para no hablar. Sabía que todo lo que dijera sería
aprovechado por aquella voz para atacarle de nuevo.
No se podía discutir con ella. Puesto que era imposible
escapar, había que estar callado.
— Le has entregado toda tu vida — la suave voz se­
guía hablando en la oscuridad— . Renunciaste al amor
de una mujer, al amor de unos hijos. No tienes amigos.
Rechazaste tu gloria, ni siquiera dejaste que te llama­
ran profeta. Te entregaste a Él para que se sirviera de
tu voz... Y por todo eso vas a pudrirte en la cárcel, por­
que ya no saldrás de aquí. Nunca nadie sabrá dónde y
cuándo has muerto ni encontrarán tu cuerpo. Le has
entregado toda tu vida... Él lo ha considerado poco...
Para Él todo es siempre poco. Recompensa sólo a los
que Él mismo elige, a quien le place y no a quien tra­
baja para Él. Los rebeldes reciben Su misericordia y
de aquellos que Le sirven con fidelidad exige hasta lo
imposible. ¿Has oído la historia de las dos mujeres de
Betania? Marta, que es previsora, complaciente y co­
nocida en todas las aldeas vecinas, ayuda a los pobres
v a los necesitados... Su hermana María, pues ya sa­
bes... Abandonó su casa para pecar, para comerciar
con su cuerpo...
Recordó que Judas le había hablado de esta mujer
con un gran desprecio. Algo tenía que haber pasado en-

96
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

tre ellos, que a Judas le hizo odiar tanto a esta mujer.


«Una muchacha disoluta — repetía— . Una mujer que
debería ser lapidada...».
La voz cambió de tono en este momento, sonando
con enfado y rencor.
— ¡Te aseguro que no existe un solo pecado que ella
no haya cometido! Pero cuando Él la llamó. Le siguió
como una loca. Él la llamó... Como si no supiera quien
era ella. Le gusta escandalizar, actuar contra todas las
previsiones... Tendría que haberle escupido; sin embar­
go permitió que Le siguiera. Ella no tiene vergüenza, y
en vez de esconderse bajo tierra o tomar un veneno Le
sigue, se sienta a Sus pies, le escucha. ¡Y Él se lo per­
mite! A la otra, a la laboriosa Marta, le dijo que se ocu­
pase de la casa y que Le sirviese. Y a María la dejó que
no hiciese nada, incluso reprendió a Marta cuando le
pidió ayuda a su hermana. Ya vez cómo es Él... — la voz
cambió otra vez y simuló estar llena de compasión— .
Marta y tú habéis recibido el mismo trato...
La suavidad de la voz no le engañó, aunque habría
preferido que hubiera estado llena de sarcasmo y de
cólera. Y seguía susurrando:
— ¿Te han contado también la historia de aquel jo­
ven que se acercó a Él? ¿No? Escucha. Siempre ha sido
un buen muchacho que nunca hizo nada malo y ade­
más observaba fielmente todos los preceptos de la Ley.
Pero no era feliz... Fue a Jesús y le preguntó qué era lo
que tenía que hacer, porque consideraba que tenía de­
recho a estar contento... ¿Sabes lo que le contestó? En
vez de manifestarle su satisfacción y decirle: muy bien,
no te inquietes más, te has comportado bien y recibi­
rás tu recompensa, te premiaré... En vez de decirle eso
le mandó renunciar a todo lo que tenía: dinero, tierras,
buen nombre, condición... ¿Me vas a decir que eso no
os cruel? Le gusta molestar a quienes Le sirven. A uno
le manda trabajar sudando la gota gorda desde la ma-

97
JAN DOBRACZYÑSKY

drugada hasta el anochecer, mientras elogia al otro por


haber trabajado solamente una hora por la tarde,
cuando el calor ya no es tan sofocante y se levanta el
aire fresco del oeste. ¿No te han comentado ese mas-
luil suyo? ¿La historia de aquel hijo que después de ha­
ber abandonado la casa de su padre y haber malgas­
tado todo el dinero que recibió, cuando ya no tuvo ni
para comer, volvió a casa de su padre? ¿Y sabes cómo
le recibió su padre? ¡Como si fuera su hijo predilecto!
¡No le hizo ni un reproche! Ordenó que le pusieran unas
ricas vestiduras, le regaló una valiosa sortija y organi­
zó un gran banquete. ¿Sabes a quién regañó? A su hijo
mayor que siempre había sido obediente... Ves... Igual
se comporta El contigo...
¡Qué despacio pasaba el tiempo! El dolor no le de­
jaba dormir y aquella voz seguía murmurando como
un torrente que corre sin parar. Cada palabra era como
una astilla que se le clavaba en el cuerpo; el dolor au­
mentaba y lo desgarraba. Difícilmente podía concen­
trarse para rezar, las palabras morían en sus labios.
Por fin la noche empezó a palidecer en la clarabo­
ya de su celda. De repente aquella voz parlanchína ca­
lló, como si alguien la hubiera apagado de un soplo. Se
hizo un silencio tan grande que podía oír el pulso de
sus venas y el latido de su corazón. No podía creerlo y
esperaba con angustia la continuación de sus sufri­
mientos.
Se echó a temblar al oír de nuevo unos murmullos.
Esta voz era también suave y tierna, pero era diferen­
te. Cada palabra, en vez de excitarle, le llenaba de paz.
Le parecía haber oído ya esa voz antes, pero no podía
recordar ni dónde ni cuándo.
— No temas — decía— . Él sabe dónde estás y lo que
sufres. Él ha traído el amor y quiere dárselo a todos...
No quiere excluir a nadie ni rechazar a nadie... Quiere
mostrar cómo es Él... Pero aquellos para quienes ha ve­

98
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

nido rechazarán Su amor. No lo aceptarán, lo despre­


ciarán... Pero Él no retirará su ofrecimiento. Sufrirá
para que le comprendan. Llamará a Sus amigos para
que compartan con Él su dolor. Si te ha dejado solo es
porque te considera amigo... Fui yo quien hace tiempo
te traje Su llamada. Te la repito ahora porque tú tam­
bién eres hijo mío... Y se acerca el momento...
Xffl

Pasaron meses... Como siempre, el año nuevo em­


pezaba en la época de la cosecha de otoño.
Todos los años, por la fiesta de la Pascua, Juan su­
bía a Jerusalén, pero después de haber hablado con
Fabi, Juan ya no intentaba entrar en contacto ni con
los fariseos ni con los representantes del Templo.
Había un nuevo gobernador en Judea, Poncio Pila-
to, recién llegado de Roma. Ocupó este cargo por la in­
tervención del influyente Saturnino. Como muestra ex­
cepcional de benevolencia, a pesar de que el reglamen­
to lo prohibía, le permitieron que fuera acompañado
por su mujer, Claudia Prócula, que era amiga de Fui-
via, la mujer de Saturnino. Era ésta quien la había
atraído al grupo de los Prosélitos de la Puerta y habían
tomado parte en las reuniones de los seguidores del in­
visible Dios de los judíos, que tenían lugar en el pala­
cio de Saturnino. En una ocasión, Fulvia había entre­
gado sus joyas a los judíos para que las ofrecieran en
el Templo de Jerusalén, y ellos se las apropiaron. Esto
provocó la cólera de Saturnino, que convenció a Tibe-
no para que ordenase expulsar de Roma a todos los
judíos.
Pilato abandonaba la capital por aquellas fechas
para incorporarse a su nuevo destino y estaba dispues-

101
JAN DOBRACZYÑSKY

to a que los habitantes de la provincia comprendieran


que no iba a ser más clemente que el emperador. Cuan­
do llegó a Cesarea se enteró, grandemente indignado,
de que sus antecesores en Judea habían concedido a
los judíos unos privilegios extraordinarios, cosa que no
solía ocurrir en ningún país gobernado por los Roma­
nos. Su antecesor inmediato, Valerio Grato, fue espe­
cialmente condescendiente. Había ordenado a las le­
giones romanas acuarteladas en Jerusalén que dejaran
sus estandartes fuera de las murallas cuando entrasen
en la ciudad. Pilato se puso furioso y ordenó inmedia­
tamente que las tropas entrasen en la ciudad de Jeru­
salén con los estandartes cuando fueran a prestar ser­
vicio en la fortaleza Antonia. Lo hicieron durante la no­
che, y a la mañana siguiente los habitantes y los pere­
grinos que habían llegado para celebrar el Yom-Kip-
pur pudieron ver con enorme indignación los estandar­
tes ondeando encima de los muros de la fortaleza. Des­
pués de que el Sumo Sacerdote celebró la ceremonia
que consistía en cargar los pecados del pueblo sobre la
cabeza de un macho cabrío llamado Azarel y abando­
narlo después en el desierto, una gran muchedumbre
de personas se encaminó hacia Cesarea, llegando al pa­
lacio del gobernador. Miles de personas, con las cabe­
zas cubiertas de ceniza y los vestidos desgarrados, ini­
ciaron unos interminables lamentos. Los jóvenes fari­
seos mostraron una gran actividad moviéndose entre
la gente, animándola y entonando los salmos fúnebres.
Durante unos días se oyeron continuamente lamentos,
llantos y cánticos, que no cesaban ni de noche. Al quin­
to día, Pilato, furioso, ordenó atacar a los manifestan­
tes; éstos, no obstante ver que se les acercaban los sol­
dados con las espadas desenfundadas, no emprendie­
ron la huida. Se arrodillaban y de descubrían el pecho,
gritando: «¡Atacad, matad! ¡No cederemos!».
El que tuvo que ceder fue Pilato. Precisamente
mientras la muchedumbre asediaba el palacio del go-

102
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

bernador, un barco recién llegado del puerto de Ostia


traía cartas de sus amigos de Roma. En ellas le adver­
tían que no emprendiera ninguna acción violenta con­
tra los judíos, porque aunque su patria era pequeña, te­
nían decenas de miles de sus compatriotas repartidos
por las grandes ciudades del imperio; en algunas de
ellas constituían la tercera parte de los habitantes. Vi­
vían en sus propios barrios, eran comerciantes, ban ­
queros, médicos, y en general poseían más riquezas
que los demás. La administración romana lo tenía que
tener en cuenta. El decreto sobre la expulsión de los ju ­
díos de Roma tuvo escasas consecuencias. Unos miles
de los más pobres de ellos fueron enviados a Cerdeña
para trabajar en las minas; los demás se quedaron en
Roma. Por consideración al emperador no se revocó
ese decreto, pero no se aplicaba y los que lo habían pre­
parado cayeron en desgracia. Pilato tenía que saber
— decían en las cartas— que el ambiente de hostilidad
que él vivió en Roma era cosa pasada. Se había vuelto
a la situación de ciento cincuenta años atrás, cuando
el Senado enviaba escritos a los reyes y a los gober­
nantes de Asia pidiéndoles ayuda y protección para los
judíos que allá vivieran.
Pilato anuló la orden de los estandartes y los men­
sajeros salieron a todo galope hacia Jerusalén para co­
municarlo. La muchedumbre, triunfante, volvió a la
ciudad para celebrarlo. Nadie durmió aquella noche,
se encendieron hogueras y resonaba con alegría los gri­
tos de: «¡Hosanna!».
Pero este cambio de ambiente en Roma no tuvo
ninguna repercusión en Judea. Todo lo contrario, pues
el episodio de los estandartes había servido para au­
mentar el odio hacia los Romanos. Nadie quería recor­
dar que fueron los mismos descendientes de los Maca-
beos quienes entregaron el país bajo la protección de
la poderosa Roma. De nada servía que los Romanos no

103
JAN DOBRACZYÑSKY

se entrometieran en su vida religiosa, tolerando que los


judíos no reconocieran al emperador como dios, ni que
el mismo emperador ordenara llevar ofrendas en su
nombre ante el Dios invisible de los judíos... De nada
servía tampoco que en el país reinara orden y tranqui­
lidad y que la única expresión de dominio fueran los
altos impuestos...
El odio estaba alimentado por el desprecio. Los Ro­
manos eran «los impuros» y, exceptuadas las transac­
ciones comerciales, no se debía tener otras relaciones
con ellos. Los doctores decían que «quien enseña las
ciencias griega o romana es como quien cría cerdos».
Circulaban miles de dichos maliciosos sobre los Roma­
nos. Los llamaban Edomitas o, con una expresiva mi­
rada, «bestias asquerosas». En todo momento, igual
que una chispa debajo de las cenizas, se encendía la ira
disfrazada de desprecio. El triunfo sobre Pilato les afir­
mó en la convicción de que «nunca jamás Israel había
estado tan oprimido».
Juan ni se había fijado en todo eso. Después de ha­
ber dejado su ofrenda en el Templo, volvió a su valle.
Su vida era una continua espera. Seguía viviendo soli­
tario, pero ya no estaba tan solo. Le empezaba a visi­
tar la gente, en su mayoría jóvenes. Venían buscando
consejo y él, sorprendido de sí mismo, ya que toda su
vida solitaria la había dedicado a rezar, meditar y ayu­
nar, sabía dar respuesta a las preguntas que le hacían.
Unos traían a otros y así se formó un grupo muy
grande alrededor de Juan. Sentado en medio de ellos
les hablaba de Aquel que tenía que venir. Se sabía de
memoria las palabras de los profetas tantas veces leí­
das y ahora, al hablar, no se daba cuenta a veces si
eran sus propias palabras o las antiguas profecías. Lo
cierto era que él vivía las palabras de los profetas, sus
deseos y sus esperanzas.
Juan ya no buscaba la confirmación de su espera,
sabiendo que ya no podía volverse atrás. ¿Volverse has-

104
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

ta dónde? ¿Hasta aquel momento en el que vio la luz?


Presentía que aquel trueno tendría que repetirse, ten­
dría que caer de nuevo sobre él como un rayo.
Seguía profetizando como si compusiera un cánti­
co. Sus predecesores habían hablado de que, cuando
llegase el Prometido, el mundo sería una maravilla.
Juan dejaba que eso lo dijera y aclarase el mismo M e­
sías. Lo importante era que la gente estuviese prepara­
da para Su llegada. El mundo estaba lleno de baches
donde las gentes tropiezan; de lugares donde las malas
hierbas no dejan crecer a las plantas útiles, de colinas
peladas donde el sol quema toda semilla. El mundo es­
taba lleno de caminos tortuosos que no conducen a
ninguna parte. Era preciso enderezar estos caminos,
allanar las colinas y los baches para que se convirtie­
ran en un campo fértil. Pero no había que esperar una
cosecha fabulosa, sino compartir con los necesitados
lo que obtenemos hoy. Porque todos somos criaturas
del Altísimo, y por lo tanto todos tenemos derecho a vi­
vir en esta tierra que El nos ha dado.
La gente le preguntaba:
— ¿Y cómo lo tenemos que compartir?
— Cada uno debería tener solamente lo necesario.
Si tienes dos vestidos, dale uno a quien no tenga
ninguno.
— ¿Y yo cómo debo actuar?
Esta voz sonó con timidez. Era la del joven recau­
dador de los impuestos, uno de los que a causa del ser­
vicio que prestaban a los Romanos eran más odiados
que los mismos Romanos. Nadie le serviría ni un vaso
de agua. En la puerta de su casa todos los días apare­
cía escrita la palabra «cerdo». No se atrevía ni a entrar
en la sinagoga; se quedaba en la puerta con la cabeza
inclinada y golpeándose el pecho humildemente. Tam­
bién aquí permanecía apartado como si fuese un
leproso.
— ¿Qué debo hacer?
Juan le miró y le dijo:

105
JAN DOBRACZYÑSKY

— No cobres más de lo que te mandan cobrar.


— ¿Y nada más? — balbuceó, sorprendido— ¿No me
condenas? Ya sabes cómo me mira la gente y lo que di­
cen de mí. Me desprecian como a un perro. Hasta mis
hijos tienen que aguantar sus palabras desdeñosas. Sin
embargo, tenemos que vivir... Ya quisiera yo vivir de
otra manera...
— No cobres más de lo debido. Y espera.
— ¿Yo también tengo que esperar? ¿Puedo hacerlo?
¿Como los demás? ¿Lo dices de verdad? ¿Puedo ser
como los demás hombres?
— Sí, te lo digo de verdad. Tú espera. Confiesa tus
pecados, haz penitencia y vuelve a tu trabajo. Cuando
El venga te dirá más cosas.
— ¡Cuánto deseo verle a Él! Haré todo lo que me
diga.
El hombre tenía los ojos llenos de alegría y de en­
tusiasmo. Hasta ahora encogido, se puso derecho, mi­
rando a la gente seguro de sí mismo. Se veía que esta­
ba dispuesto a todo.
Luego se dejaron oír otras voces lamentándose:
— Somos pecadores. Pero nadie es capaz de cargar
con todo lo que exigen los Doctores...
— Sus prescripciones son un peso superior a nues­
tras fuerzas.
— Pobres de nosotros, Juan. Tenemos que pagar a
los Romanos y también a los recaudadores del Tem­
plo que además quieren recoger los diezmos. ¿Quién
puede satisfacerlos?
— Nuestros hijos tienen hambre.
— ¿Cómo vamos a recibirle a Él con tantos pecados?
— Dinos lo que tenemos que hacer.
— Queremos ser limpios pero no sabemos cómo...
Juan se quedó pensativo. Tienen razón... decía para
sí. Sólo Él podrá limpiarlos de verdad. Porque no es
una verdadera purificación cuando el Sumo Sacerdo-

106
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

te hace recaer los pecados del pueblo en la cabeza del


macho cabrío negro y luego echan al pobre animal al
desierto. Esto sería demasiado fácil... Ellos tienen que
buscar los pecados en su propio interior. Tienen que
sentirse culpables. Entonces, con los brazos extendidos
saldrán al paso de Él que llega...
XIV

Una noche le despertó el grito de un pájaro noctur­


no. Abrió los ojos; todo alrededor era oscuridad. Tuvo
la sensación de que alguien había estado allí un mo­
mento antes y le había hablado. Había desaparecido
antes de que él pudiera levantar la cabeza, pero que­
daba el eco de sus palabras, que se parecían a la pre­
gunta que había oído el día anterior
— ¿Cómo lo vamos a recibir, teniendo tantos pe­
cados?...
Descansó la cabeza en el camastro, pero no consi­
guió dormirse de nuevo. Aquellas palabras no le deja­
ban tranquilo, seguían sonado en sus oídos como la
campanilla del leproso que ponía en guardia a la gen­
te. Era plena noche y en los cercanos arbustos se oían
unos ruidos. ¿Sería el viento? ¿Algún animal? La luna
iluminaba las hojas con su luz de plata.
De pronto pensó: «¿Será aquí donde lo tengo que es­
perar? Me llaman “la voz” porque tengo que anunciar
Su venida a todo el pueblo. Si me quedo aquí, sólo unos
pocos van a oír el anuncio... No son los únicos que ne­
cesitan la purificación y la desean. Multitudes enormes
sufren, penan, anhelan... Hay que llamarlas, reunirías,
porque el tiempo ha llegado...».

109
JAN DOBRACZYNSKY

¡Ha llegado el momento! Estas palabras sonaron


como las trompetas matinales en el patio del Templo.
Ha llegado el momento v no se puede dormir ni espe­
rar más. Hay que llevar esta buena nueva a todos los
que están esperando. Aquí, en este valle tranquilo, a la
sombra de los árboles, su vida había transcurrido en
calma durante años. Demasiado silenciosa, demasiado
tranquila. ¡Ahora había que despertar! La tranquilidad
no es el destino de quien ha recibido el mandato de
anunciar.
Se pudo en cuclillas para soplar fuerte la brasa y
atizar el fuego escondido bajo las cenizas. Las llamas
despiertas prendieron en las ramillas de tamarindo e
iluminaron el interior de la cabaña. Juan miró a su
alrededor.
Durante años su cabaña se había llenado de los ob­
jetos de uso diario: taburetes, cestas hechas por él mis­
mo, recipientes de barro con miel, harina y habas. Esta
pequeña despensa le pareció un lastre pesado. La voz,
pensó, no debe guardar nada para el día siguiente. Su
deber es llamar y no acumular los bienes. Tiene que es­
tar preparado... en todo momento.
No quiso llevarse nada de todo aquello. Sacó de la
hoguera un tizón ardiendo y lo arrojó dentro de la ca­
baña. Las llamas prendieron enseguida en sus paredes
trenzadas de ramas resecas. Notó en su cara un golpe
de aire caliente.
El fuego consumió rápidamente todo rastro de su
vida aquí durante años. Los restos carbonizados se
convirtieron en cenizas y sólo algunos trocitos de bra­
sa brillaban como joyas.
Antes de amanecer abandonó el valle. Se dirigió ha­
cia el desierto.

110
XXV

Ahora vivía en una especie de nicho formado entre


las rocas, que parecía una tumba. Muy cerca había un
arroyo tan pequeño que para poder beber tenía que in­
clinarse y acercar la boca hasta el hilo de agua. No ha­
bía árboles... en medio del desierto rocoso sólo crecían
en algunas grietas arbustos bajos y espinosos y peque­
ños matojos de hierbas punzantes de color verde
pálido.
Desde encima del bloque de roca que formaba una
especie de tejado de su nicho sólo se veía un extenso
mar de grandes piedras rojizas como si fueran los res­
tos de un edificio en ruinas. Más lejos, divisaba la
abrupta sierra que dominaba el lugar donde se unía el
valle del Cedrón con el del Tyropeón.
Llevaba unos días viviendo en este lugar. Entrega­
do a un severo ayuno, no comía nada y no paraba de
rezar, muchas veces de pie e inmóvil como la estela de
piedra de la mujer de Lot en el Mar Muerto, otras ve­
ces tumbado en el suelo con los brazos extendidos.
No le abandonaba la convicción de que por fin la
llamada había llegado. Tenía la certidumbre de que el
tiempo de espera había terminado, y que era el m o­
mento de actuar. Ya no titubeaba y todas sus inquie-

111
JAN DOBRACZYÑSKY

tudes habían desaparecido como cortadas por una es­


pada. Aquello para lo que había sido llamado se aproxi­
maba. Todas sus preocupaciones se habían convertido
en alegría. ¿Podría haber mayor felicidad que el con­
vencimiento de que el mismo Altísimo le había dado la
señal y que de ahora en adelante sería El quien man­
dara?
La alegría y la felicidad reinaban en su corazón y
quedaban olvidados largos años de espera, dolor, sole­
dad, rechazos, malentendidos... Todo aquello que ha­
bía sufrido le pareció ahora sin la menor importancia.
Desde lo alto de la roca y aguzando la vista miraba
en todas direcciones, esperando ver a Aquel que iba a
venir. Tal vez, pensó, podré verle mientras viene hacia
acá. Pero al cabo de un rato, avergonzado por su im­
paciencia, volvía a rezar. Cuando El llegue — se decía
a sí mismo— tiene que encontrarme despierto y pre­
parado, pero no esperándolo con una curiosidad más
propia de las mujeres que esperan ver el cortejo nup­
cial conduciendo al novio.
Aquella voz burlona, tantas veces escuchada en el
murmullo de las hojas, aquí callaba, seguramente re­
ducida al silencio por la alegría que palpitaba en su co­
razón. Sin embargo, Juan sabía que seguía allí cerca,
escondida entre rocas y piedras, porque el desierto era
su morada. Esperaba. Ardía de impaciencia, pero espe­
raba. Estaba agazapada como un chacal que acecha­
ba a su presa, demasiado cobarde para atacarle abier­
tamente.
En cambio, un día apareció delante de su nicho un
macho cabrío de color negro, con aspecto deplorable,
desnutrido y pelado. En su mirada se reflejaba un mie­
do mortal. Temía al hombre y al mismo tiempo busca­
ba su ayuda. Debía ser el Azarel abandonado en el de­
sierto. ¡Cómo habría podido sobrevivir tantos días!
Juan tomó un poco de agua en la palma de sus manos
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

y le dio de beber. El animal bebió con avidez, temblan­


do todo su cuerpo. Juan no tenía nada más que ofre­
cerle. Sabía que las prescripciones de los doctores pro­
hibían dar de comer a ese animal maldito. Pero él no
habría observado esa prescripción si hubiese tenido
algo que darle. No era capaz de soportar la expresión
de sufrimiento que había en los ojos del animal.
Azarel se quedó con él. Mordisqueaba la hierba v la­
mía el agua, ypor la noche dormía junto al nicho como
si necesitara sentir la presencia del hombre. Por la ma­
ñana, el patear de sus pequeñas pezuñas despertaba a
Juan.
Después de unos días de soledad oyó pasos que se
acercaban. Eran dos jóvenes que venían a verle. Los re­
conoció. Pertenecían al grupo que se reunía junto a su
antigua cabaña en el valle. Saludaron a Juan in­
clinándose.
— Paz contigo, maestro.
— Paz con vosotros.
— No te enfades porque hemos venido a verte. Al
encontrar tu cabaña quemada no sabíamos qué pen­
sar. Unos creían que habías muerto; otros decían que
te habías marchado al cielo sobre un carro de fuego
como Elias. Pero nosotros recordamos que dijiste que
tenías que esperar al Prometido y que Su llegada po­
día estar ya muy próxima. También dijiste que antes
de que viniera tendrías que hacer penitencia... Enton­
ces pensamos que tal vez te habrías retirado al desier­
to. Hemos encontrado al macho cabrío que nos ha con­
ducido hasta ti... Te pedimos que no nos rechaces; dé­
janos estar cerca de ti. Te necesitamos, te queremos...
Escuchando estas palabras, reflexionaba. La nece­
sidad de recoger sus energías en la soledad luchaba
con la necesidad de calor humano. Deseaba preparar­
se allí en el desierto con la penitencia para su encuen-
tio con Aquel que iba a venir. Pero también echaba de

113
JAN DOBRACZYÑSKY

menos el contacto con los demás, la posibilidad de


compartir con ellos sus sentimientos. Jamás había no­
tado antes esta contradicción tan fuertemente como
hoy.
— Quedaos — les dijo— . No os rechazaré. Quiero es­
tar solo desde el atardecer hasta el amanecer. Voso­
tros venid durante el día y traed también a los que de­
seen participar con sus oraciones y su penitencia a la
preparación de la llegada del Anunciado.
Durante los días siguientes volvieron sus discípulos
a juntarse en torno a él. Primero, todos de pie, rezaban
la amida, la oración de las seis bendiciones, y luego la
oración que él les había enseñado. Después se senta­
ban y él, de pie en medio de ellos, les seguía hablando
de Aquel a quien estaban esperando y de lo importan­
te que era estar preparados para Su llegada. Su narra­
ción contenía todos los elementos de la historia del
mundo. La bondad de la creación, la ingratitud y la de­
sobediencia del hombre, la enorme debilidad de la na­
turaleza humana, incapaz de vencer al mal con sus pro­
pias fuerzas. Tiene que llegar Él, explicaba. Es nuestra
única salvación puesto que ninguna ofrenda, ninguna
ley pueden destruir el mal que existe dentro de cada
hombre. El hombre es enemigo de sí mismo y por lo
tanto no puede salvarse por sí mismo. Cada intento
suyo en este sentido siempre desembocaría en un en­
vanecimiento propio. Así somos... Sólo Él nos puede
traer el remedio, sólo Él puede salvarnos de nuestras
debilidades...
Le pedían consejos para los problemas de sus pro­
pias vidas y él repetía:
— Sed buenos y justos entre todos vosotros. No ha­
gáis daño a nadie y mostrad vuestra misericordia a las
viudas, los huérfanos, los extranjeros...
Eran las prescripciones de la Ley, pero Juan sentía
que todo aquello podía ser dicho de una manera más
sencilla y más completa. Por eso les aseguraba:

114
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

— Cuando Él llegue os enseñará cómo hay que


actuar.
Así pasó el invierno. Llegó el mes de adar anuncian­
do la primavera y en todas las sinagogas de las aldeas
y de las ciudades celebraban la fiesta del Purim, la fies­
ta de Ester. Fue ella quien, con el encanto de su gra­
cia, consiguió que el rey Asuero condenase a muerte a
su administrador Amán, el cual maquinaba el extermi­
nio del pueblo elegido. Mientras oían la lectura de esta
historia, los niños reunidos en la sinagoga insultaban a
Amán a gritos, pateando al mismo tiempo. Y cuando el
lector llegaba al pasaje: «Así los judíos vencieron a to­
dos sus enemigos, matándolos, destrozándolos y ha­
ciendo con ellos lo que querían», todos se levantaban
gritando con alegría y tocando los tambores para fes­
tejar así la conmemoración de la victoria conseguida
hacía siglos.
Después venía la época de las peregrinaciones a la
Ciudad Santa. Las multitudes procedentes de Galilea
evitaban pasar por Samaría para no encontrarse con
los impuros; cruzaban el Jordán en Bataraba. El río so­
lía aumentar mucho en primavera y era muy difícil va­
dearlo en esta época. Las muchedumbres que llegaban
a las orillas acampaban allí esperando que bajase el
agua.
Un día Juan sorprendió a sus discípulos diciéndoles:
— Vamos a Betabara. Ha llegado el momento para
anunciar Su llegada a Todos.
XXVI

Como un fuego que, prendido en la hierba seca, se


extendiese rápido en todas direcciones e incendiase
todo el campo, tal fue la aparición de Juan junto al
vado de Betabara. Empezaron a llegar las multitudes
de todos los rincones del país. Hacía apenas una sema­
na Juan era un desconocido y ahora se hablaba de él
en toda Palestina. «¡Hay un profeta en Israel!» — era el
grito que corría por todo el país— . De pronto no hubo
ninguna ocupación más importante ni más deseada
que la de oír las enseñanzas de Juan. La gente corrien­
do de camino hacia Betabara llamaba a los que se cru­
zaban con ellos:
— ¡Dejadlo todo y venid con nosotros! ¡Ha apareci­
do un profeta! ¡Venid, venid!
Juan, acostumbrado a su soledad y a su pequeño
grupo de discípulos, de pronto se encontró delante de
miles de personas que esperaban oír sus palabras.
El entusiasmo de la muchedumbre estalló cuando
dijo: «¡Aquí llega Aquel que ha sido anunciado desde
hace siglos y de quien hablaron los profetas!»... Desde
hacía más de cien años Israel vivía en un ambiente ten­
so de espera, y durante ese tiempo habían aparecido
varios individuos que se proclamaban mesías y que

117
JAN D0BRACZYÑSK.Y

luego resultaban falsarios. Pero este ambiente tenso se­


guía reinando en Israel mantenido además por los fa­
riseos y también por presentimientos, presagios y pa­
peles escritos que circulaban entre la gente.
Juan seguía diciendo:
— ¡Preparaos para esa llegada, rechazad el mal, la
falsedad, la hipocresía! ¡Haced penitencia y purificaos!
A quienes manifestaban el deseo de purificarse, les
hacía entrar, como Naamán, en las aguas del Jordán,
y con una gran concha derramaba agua encima de sus
cabezas. Ellos, inclinados, confesaban sus pecados y
pedían consejo. Al principio venían de uno en uno, pero
luego empezaron a llegar cientos y miles de gentes. Las
palabras de Juan eran como el palo que golpeando el
suelo rocoso hiciera brotar de pronto un manantial de
agua a la superficie y formara una fuente caudalosa.
La voz seguía corriendo por todo el país:
— ¡Hay un profeta en Israel que bautiza, purifica y
llama a la penitencia! ¡Enseña y muestra el camino! ¡Va­
mos de prisa a verle!
Todos se dirigían hacia Betabara, dejando su casa
y su trabajo. Abundaba la gente sencilla, los am-ha
ares, pequeños agricultores, hombres que se emplea­
ban en diversas labores del campo. Venían los pesca­
dores del lago de Genesaret con sus rostros quemados
por el sol y el viento, las palmas de las manos endure­
cidas por las sogas y los remos, su duro acento galileo.
Venían pequeños artesanos de diferentes ciudades:
sastres, zapateros, albañiles, curtidores, escribas calle­
jeros, vendedores ambulantes, pequeños comerciantes.
Les seguía el populacho urbano: guías, intermediarios,
gentes sin ninguna profesión y que vivían de la inge­
nuidad de los peregrinos. Venían los publícanos, tra­
tando de disimular su condición de recaudadores de
impuestos. Y venían también las mujeres de la vida cu­
yos rostros sin pintar se distinguían entre otras cosas

118
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

por su singular palidez y tristeza. No faltaban los m en­


digos, los inválidos, los ciegos. Los que no podían an­
dar eran transportados en pequeños carros o simple­
mente llevados a hombros. Venían leprosos, apartan­
do a los demás con su grito: «Ammé!» — ¡Impuro!
Toda esta muchedumbre estaba dispuesta a espe­
rar días enteros para poder ser todos bautizados. A un ­
que habitualmente dados a la cháchara y al bulllicio,
en cuanto Juan empezaba a hablar, escuchaban g u a r­
dando un gran silencio. La gente parecía sedienta de
las buenas y consoladoras palabras. Eran como un re­
baño de ovejas que, después de haber estado separa­
das de su pastor y vagando durante mucho tiempo, al
encontrarlo se apretujaban en torno a él deseosas de
oír su voz y de sus caricias.
Alejados de la multitud se podían ver de vez en
cuando un manto sacerdotal o la túnica verde de un
levita o las largas vestiduras de un fariseo. Se compor­
taban con prudencia y procuraban pasar inadvertidos.
No podían ser bautizados ni confesaban sus pecados.
Venían cautelosos y desconfiados, observando cuida­
dosamente lo que pasaba junto al vado. Seguían con
atención todos los movimientos de aquel hombre que
había llegado del desierto y se había puesto a predicar.
Cuando le oían decir algo que les llamaba la atención,
se miraban unos a otros, pero sin decir nada.
Un día, tres hombres se abrieron paso hasta Juan.
Dos criados muy gruesos apartaban a la gente delante
de ellos. Los recién llegados venían envueltos en m an­
tos. Cuando estuvieron delante de Juan se abrieron las
capas. Sus vestidos eran de tela fina, llevaban cadenas
colgadas al cuello y en las cabezas turbantes adorna­
dos con broches preciosos. Eran sacerdotes y entre
ellos destacaba uno, mayor, que seguramente era
miembro del Sanedrín y tal vez formaba parte del con­
sejo del Sumo Sacerdote. De su cadena, más gruesa

119
JAN DOBRACZYÑSKY

que las otras, colgaba una pequeña placa de oro y en


su dedo llevaba una gran sortija. Se dirigió a Juan con
tono solemne:
— Paz contigo, hijo de Zacarías. Escucha por favor
mi mensaje. El Sumo Sacerdote, venerado sea su nom­
bre, y el santo Sanedrín que representa el corazón, el
alma y la voluntad de Israel nos ha mandado para pre­
guntarte: ¿Quién eres? ¿Quieres respondernos a esta
pregunta?
Esta era la antigua fórmula que empleaban los je­
fes del Templo para dirigirse a quienes se autoprocla-
maban profetas del Señor. No la habían utilizado des­
de hacía más de un siglo.
— Paz con vosotros — contestó Juan— . Preguntad y
yo responderé a todas vuestras preguntas.
— Dinos, pues: ¿Eres tú el Mesías, el Ungido del
Señor?
— No lo soy.
— ¿Eres un profeta?
— No.
— ¿Quién eres, entonces, para llamar al pueblo, en­
señar y bautizar?
— Yo soy la voz.
— ¿La voz?
— Sí. Soy la voz que llama y seguiré llamando aquí
junto al río, en el desierto, en los campos, en los teja­
dos y en todas partes donde haya hombres: ¡Endere­
zad vuestros caminos torcidos por el pecado! ¡Renun­
ciad al mal y haced penitencia! Porque está para llegar
Aquel que ha sido anunciado y esperado desde hace si­
glos, grande y santo, para traernos la gracia y la salva­
ción. Hay que prepararse dignamente para su encuen­
tro, limpiar los corazones y el cuerpo. Hay que recha­
zar el mal y la opresión del hombre...
— ¿A quién diriges ese mensaje?
— A todo Israel.

120
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

— Enseñar a la gente es algo que corresponde al


Templo. Somos nosotros, los sacerdotes, que enseña­
mos los preceptos de la Ley, hacemos las ofrendas y
los sacrificios en nombre de los fieles...
— ¡¿Vosotros enseñáis la Ley?! — gritó Juan con có­
lera— . ¿Dónde están vuestros actos consecuentes con
ellos? — el tono de su voz era tan amenazador, que re­
trocedieron— . ¿Acaso el hecho de poseer las Sagradas
Escrituras os autoriza a olvidar la misericordia para el
hombre? ¡Habéis abandonado al pueblo! Le exigís los
diezmos, los impuestos, los pagos por las ofrendas y
desdeñáis a quienes buscan vuestra ayuda. Mirad to­
dos estos hombres — hizo un amplio gesto con la mano,
señalando a la multitud— que han venido aquí como
un rebaño perdido. ¡Sois para ellos duros y despiada­
dos y cuando se os acusa os escudáis en la Ley. ¡No os
engañéis, no podréis escapar al castigo!
Los sacerdotes contestaron indignados:
— ¿Cómo te atreves a hablarnos de ese modo? So­
mos hijos fieles de Abrahán. ¿Quién eres tú para per­
mitirte dirigirnos esas palabras?
— Ya os lo he dicho: soy la voz que clama en el
desierto.
— ¡No puedes hablar de ese modo a los servidore:;
del Señor! Maldito seas...
Juan no dijo nada más. Entre la muchedumbre que
rodeaba al grupo de sacerdotes se oyó un creciente
murmullo que se convirtió en un tronido de voces. Los
sacerdotes, asustados, se envolvieron rápidamente en
sus largas capas. Mirando alrededor vieron caras en­
fadadas y puños cerrados. Para esta multitud Juan se
había convertido en un ser sobrehumano y estaba dis­
puesta a destrozar a quien se atreviera a ofenderle.
Los sacerdotes permanecieron temblando mientras
Juan proseguía:
— ¡No os disculpéis con Abrahán! El Altísimo, si qui­
siera, podría hacer que de estas piedras surgieran hi­

121
JAN DOBRACZYNSKY

jos de Abrahán. Yo soy la voz que llama a todos para


que hagan penitencia porque todos somos pecadores.
¡Desgraciados los que no lo sienten y sólo ven pecados
en los demás! Los únicos que estarán preparados para
recibir a Aquel que llega serán los que comprenden que
ellos mismos necesitan purificarse. El que no lo entien­
da así, será con un árbol cortado, que vale sólo para
leña. Tened mucho cuidado porque el hacha del Señor
ya está levantada, dispuesta a cortar la raíz de los ár­
boles. ¡Todo el que no haga penitencia perecerá por el
fuego!
Con las manos levantadas se acercaba hacia los
sacerdotes, que retrocedían asustados. Por fin manda­
ron a sus criados que les abrieran paso y escaparon
perseguidos por las risas y las burlas.
Juan se disponía ya a reanudar sus enseñanzas y a
bautizar cuando se le acercaron cuatro hombres. Ellos
también estaban envueltos en unas capas, pero por sus
largos vestidos se reconocía que eran fariseos.
— Has hablado muy bien, Juan — dijo uno de ellos,
sonriendo amablemente— . Son una estirpe maldita.
Administran el Templo sólo para provecho propio y ni
siquera creen en lo que enseñan. Si les hubieras podi­
do oír diciendo que no es necesario lavar los recipien­
tes, que no existe resurrección o que nadie ha visto
nunca a un ángel...
— Te pedimos — siguió hablando otro— que a noso­
tros, que nos preocupamos por el pueblo y le enseña­
mos la verdadera devoción, nos digas qué significa tu
bautismo. Has dicho que no eres ni el Mesías, ni Elias,
ni un profeta. ¿Entonces por qué bautizas?
Les miró con enfado. Se acordaba bien de su con­
versación con el rabíTabi. Pero les habló con calma.
— Has dicho que os preocupáis por el pueblo, que
sois sus protectores... Preguntadles a ellos, aquí reuni­
dos, si piensan lo mismo. Han venido aquí sintiéndose

122
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

abandonados por aquéllos igual que por vosotros.


¿Quién cuida de ellos, quién se preocupa de sus penas?
Aquéllos, cegados por su codicia, les han impuesto car­
gas inaguantables y vosotros les oprimís el alma por
encima de lo que puede soportar.
— ¡No es verdad! — los fariseos se agitaron nervio­
sos— . Nosotros sólo enseñamos cómo hay que cumplir
la Ley.
— La Ley del Señor no es una piedra atada al cue­
llo del hombre arrojado al agua.
— ¿Defiendes a los pecadores? ¡No se puede tolerar
el mal! Demasiada indulgencia provoca la audacia de
los pecadores. ¿Acaso no estás de acuerdo con las pres­
cripciones estudiadas por los más sabios de los sabios
doctores?
— Vuestras prescripciones son como una jaula don­
de queréis encerrar al Inefable. ¿No dijo el profeta
Oseas: «Quiero misericordia en vez de sacrificios...?».
¿No dijo Amos: «Llegarán días en que mandaré ham­
bre a la tierra, pero no será hambre de pan sino ham ­
bre de la palabra de Yahvé...»? ¡Los hombres desean
esas palabras y no vuestras enseñanzas! Preguntáis por
el significado del bautismo. Yo bautizo sólo con agua.
Lavo los cuerpos manchados por el pecado para llevar­
los al arrepentimiento. Pero ya viene Aquel al cual yo
no soy digno de desatarle su sandalia. Él va a bautizar
de otra manera: utilizando el Espíritu y el fuego. Su
bautizo no sólo purificará los cuerpos, sino también los
corazones. Los hombres se dividirán: unos Le seguirán
y otros se volverán contra ÉL Y Él hará como hacen
los campesinos con la cosecha de trigo: guardará el
grano limpio en el granero y quemará la paja en el fu e­
go eterno.
Le preguntaron:
— ¿Éstás hablando del Mesías?
— Sí.
— ¿Y dices que ya está cerca?

123
JAN DOBRACZYÑSKY

— Ya llega. Ya está aquí. Lo veréis pronto.


La mirada de Juan se veló un poco. Hacía ya mu­
chos días que aguzaba la vista para divisar a Aquel que
debía venir. Sentía Su presencia y deseaba tanto caer
a sus pies...
No miraba ya a los fariseos que susurraban entre
ellos. Le llegaban algunas palabras: «poseído... poseí­
do...». No las quería escuchar. Se dirigió a la multitud:
— Rezad, haced penitencia, intentad ser buenos,
ayudaos los unos a los otros, perdonaos... Padres, no
provoquéis el enfado de vuestros hijos; hijos, quered a
vuestros padres porque se afanan por vosotros. No os
dejéis llevar por la ira que conduce al crimen. Y espe­
rad a El. El os enseñará todo. El os conducirá al
Altísimo...
XVII

Pasaron días y meses pero el tan Esperado no apa­


recía. Este hecho no disminuyó la popularidad de Juan
y entorno a él se concentraba una muchedumbre, cen­
tenares de hombres que deseaban el bautismo. Sólo
durante la cosecha acudió menos gente, pero tan pron­
to terminaron las tareas del campo, otra vez llegó la
multitud. Juan estaba deseando que se cumpliera
pronto lo que venía anunciando, pero la gente no se im­
pacientaba en absoluto. Todos llenos de alegría y de
nueva esperanza escuchaban las palabras de Juan y re­
cibían el bautismo. Esta esperanza era como un remo
que, metido hasta el fondo del río, removía el cieno. En­
tre la gente que venía a escuchar a Juan se encontra­
ban, cada vez con mayor frecuencia, ladrones, bandi­
dos, mujeres de la vida y recaudadores de impuestos.
El pueblo se había dividido: por un lado los que afir­
maban que no necesitaban ninguna purificación y re­
chazaban las enseñanzas de Juan, considerándolas sa­
tánicas; por otro lado los que se consideraban pecado­
res y deseaban liberarse de sus pecados y purificarse.
Un día se acercó al vado un cortejo insólito com­
puesto por unos soldados romanos portadores de una
litera. Un centurión abrió paso entre la muchedumbre.

125
JAN DOBRACZYÑSKY

La litera fue depositada en el suelo delante de Juan. Sa­


lió de ella una mujer envuelta en una capa y con un
ligero velo que le cubría la cara. Juan dejó de bautizar
cuando el centurión se dirigió hacia él. Su griego era
muy duro y en un primer momento Juan no le enten­
dió. El centurión dijo:
— Esta noble dama ha venido a verte, profeta, para
hablar contigo...
Juan se inclinó ante la mujer y le indicó un lugar de­
bajo de un árbol, donde había grandes piedras, que le
solían servir de asiento cuando quería descansar con
sus discípulos. Juan le señaló a la mujer la piedra me­
nos incómoda. El se quedó de pie. Los soldados rodea­
ron a los dos protegiéndolos así de los curiosos que
querían acercarse.
— Te escucho, señora — dijo Juan.
Ella apartó el velo y él pudo ver su rostro joven con
unos bellos ojos, la nariz un poco alargada y los cabe­
llos de color castaño. Miró a Juan con sorpresa. No ha­
bía imasinado así al hombre del cual se hablaba en
O

toda Judea. Tal vez había esperado verlo ricamente


vestido y con las insignias de su misión. Se encontró de­
lante de un gigante quemado por el sol, descalzo y con
un vestido de vulgar tela.
— Vengo de Roma — se expresó en un griego melo­
dioso y bello. Hablaba despacio y Juan pudo entender
todas sus palabras— . En Roma escuché a vuestra gen­
te hablar sobre el invisible Dios de los judíos. En Italia
hay muchos dioses, pero nadie cree de verdad en ellos.
Vuestro Dios me pareció distinto... Digno de creer en
El. Los que hablaban de El aseguraron que muestra su
misericordia también con los que no son judíos. Vues­
tros maestros visitaron mi casa y me gustaba oír sus
enseñanzas. Estaba dispuesta a hacerle ofrendas a El...
Se interrumpió un momento y extendió las manos
en un gesto de extrañeza.

126
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

— Todo ha cambiado en cuanto he llegado aquí...


Aquí todo es diferente. Vuestros sacerdotes parecen in­
teresarse más por la filosofía griega que por el Dios a
quien sirven. Hablan de El con una especie de vergüen­
za... Y vuestros doctores, a quienes llamáis rabí y que,
si lo he entendido bien, están considerados entre voso-
tros como los más devotos, también hablaban de El
como si en cierto modo lo quisieran alejar... Allí los ju ­
díos eran amables, serviciales y complacientes. Aquí
advierto en ellos hostilidad e incluso odio. Sin em bar­
go no os hacemos ningún daño. Los soldados romanos
vigilan por vuestra paz y seguridad. Nadie exige de los
judíos que hagan el servicio militar. Respetamos vues­
tra religión. Mi marido — dijo, pero se interrumpió; por
lo visto no quiso desvelar el nombre de su marido— .
El gobernador del césar es justo con vosotros... Y o
creía que al llegar aquí podría conocer mejor a vues­
tro Dios... y por eso he venido hoy a verte, profeta. Me
han dicho que eres su mensajero. Deseo que me digas
si el Dios que veneráis aquí es el mismo del que me ha­
blaron en Roma. Por El estaría dispuesta a... — in­
terrumpió otra vez sus palabras sin terminar la frase.
Juan inclinó la cabeza.
— Te he entendido bien, señora. Te lo dijeron bien
en Roma: nuestro Dios es el Dios del universo. Es igual
siempre y en todo lugar: es justo, reconoce el bien, es
misericordioso y espera obras buenas de los hombres.
A todos los llama hacia El y no está bien apartar a un
hombre de El. Sin embargo, no puedes olvidar, señora,
que varias veces se ha derramado sangre entre noso­
tros y vosotros y que nos gobernáis imponiendo vues­
tra voluntad al pueblo judío. Por eso el pueblo judío os
mira con odio y ésta puede ser la razón por la cual al­
gunos en vez de enseñaros la santidad del Altísimo,
cuyo nombre no puede ser pronunciado, la esconden
delante de vosotros...

127
JAN DOBRACZYNSKY

— Sin embargo dices que vuestro Dios es Dios del


universo.
— Así es. No hay más Dios que El.
— Entonces, ni odios, ni resentimientos deberían ser
obstáculo para llegar a El.
— Nada debe ser un obstáculo.
— Háblame de Él. ¿Cómo es?
— Él es único, santo y grande. Es invisible y lo sabe
todo. Es justísimo y misericordioso.
— ¿Puede ser a la vez justo y misericordioso?
— Así lo dice Él y por eso es así. Porque mira, seño­
ra, vosotros no lo conocéis, pero nosotros tampoco lo
conocemos del todo. Todavía no nos lo ha revelado
todo sobre Él mismo. A vosotros os manda que lo bus­
quéis, a nosotros... que lo conozcamos mejor.
— Has dicho una cosa extraña. ¿Quieres decir que
vosotros mismos no lo sabéis todo sobre Él? ¿Cómo es
posible?
— El Altísimo no es como un hombre, que conoce
sus límites. Él está por encima de todos los límites. Se
va dando a conocer cuando Él lo quiere, y lo hace paso
a paso, adaptándose a las posibilidades del hombre.
— ¿Ni siquiera un profeta como tú es capaz de de­
cir cómo es Él?
— No soy un profeta. Yo solamente he sido enviado
para anunciar la llegada de Alguien que revelará la
esencia del Altísimo.
— ¿Quieres decir que llegará alguien así?
— Llegará, y llegará pronto. Ya se está acercando;
tal vez esté ya en la puerta.
— ¡Es increíble! — aplaudió entusiasmada— . Dices
que llegará pronto. ¿Lo podré ver?
— Cuando llegue lo verá todo el mundo.
— ¿Entonces por todas partes, en Roma y aquí, se
hablará de Él de la misma manera?
— Entonces ya nadie podrá esconder a nadie la ver­
dad sobre Él.

128
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

— ¡Que se cumplan tus palabras! ¡Deseo tanto verle!


¿Todos los que están aquí contigo también esperan Su
llegada? — preguntó abarcando con la mano a la mul­
titud allí reunida.
— Sí.
— Aquí no veo más que gente del pueblo, no perci­
bo ni sacerdotes ni doctores. ¿Acaso vuestro Dios bus­
ca a sus seguidores solamente entre esta clase de
gente?
— Él busca los corazones sencillos que confían en
Sus palabras.
Callada, parecía pensar en lo que acababa de oír.
Sus bellas y bien cuidadas manos con los dedos cubier­
tos de sortijas se movían a través de los pliegues de su
vestido como si lo alisaran.
— Me has dicho cosas muy interesantes — dijo por
fin— . A pesar de que esta muchedumbre apesta y re­
pugna, no puedo dejar de pensar en vuestro Dios, cuyo
nombre, como dices, no se debe pronunciar. Sólo pen­
sando en Él puedo seguir viviendo... — añadió en voz
baja.
Su rostro se ensombreció y se puso triste. Después
de haber estado un rato callada suspiró y sigiró di­
ciendo:
— Ya que has dicho que El llegará pronto para ex­
plicarlo todo. Lo esperaré. Has dicho que Le podré ver.
¿Pero Él contestará a todas mis preguntas? — fijó su
mirada en el rostro de Juan.
— Él responderá a todas — dijo.
— De acuerdó­
se levantó de la piedra y se cubrió el rostro con el
velo. Dijo para despedirse:
— Que tengas buena salud, profeta. Cuando Le veas
no olvides decirle que le estoy esperando.
— No lo olvidaré.
Hizo una seña con la mano al centurión y los sol­

129
JAN DOBRACZYNSKY

dados la escoltaron hasta la litera. Uno de ellos, simu­


lando que tenía que ajustarse el calzado, se quedó
atrás. Después de haber comprobado que sus compa­
ñeros no le veían, se acercó a Juan y le preguntó
rápido:
—¿Qué tengo que hacer para prepararme para Su
llegada?
Juan le contestó:
—Cumple con tu servicio, pero no seas cruel. No pe­
gues, no maltrates, no robes...
—¡Eso voy a hacer! —exclamó; después corrió a
reunirse con sus compañeros.
XVIII

Llegó otra primavera. Las aguas del Jordán, desbor­


dadas a causa de las lluvias del invierno, empezaban a
volver a su habitual cauce. Juan había abandonado el
ghor durante el invierno y se había trasladado a las cer­
canías de Betania, donde siguió enseñando y bautizan­
do junto a las fuentes que allí había. Ahora había re­
gresado a la orilla del río. Las laderas se cubrían del
fresco verdor primaveral, pero abajo, en el profundo
ghor, hacia un calor sofocante aliviado solamente por
una ligera brisa que llegaba del río. El aire estaba lle­
no del perfume de los arbustos en flor, del zumbido de
las abejas y del revoloteo de las mariposas de vivos
colores.
Aquella mañana soleada había mucha gente junto
a Juan. Tenía los discípulos para ayudarle: Andrés, pes­
cador de Galilea, y Judas de Carioth, aquel Judas a
quien hacía unos años Juan mismo había liberado del
asalto de unos ladrones. Judas se había unido a Juan
cuando éste abandonó el valle y se fue al desierto de
Judea. El pequeño negocio que tenía en Carioth había
sido saqueado cuando los bandidos nabateos atacaron
pueblo. Judas lo había perdido todo, incluso le rap­
taron su mujer; pero esto no le preocupó mucho, pues-

131
JAN DOBRACZYÑSKY

to que, según decía él mismo, era fea, gruñona, precoz­


mente envejecida y ni siquiera le había dado hijos. Así
pues, buscó a Juan y ya no se separó de él. Era muy
útil poniendo orden entre la multitud que esperaba el
bautismo y administrando el dinero de las ofrendas,
comprando los alimentos para Juan y sus discípulos.
En aquel momento Judas estaba acompañando ha­
cia el agua a cuatro hombres, cuando Juan, que les es­
peraba con la concha en la mano para echar el agua
subre sus cabezas, se quedó inmóvil de repente. En el
fondo de su memoria sintió resurgir desde un fondo
de neblina el recuerdo de aquella luz que un día leja­
no había caído sobre él. Esta evocación brotaba en él
habitualmente en sueños, pero ahora fue a plena luz
del día. Juan se puso a temblar e instintivamente miró
alrededor.
Vio a un hombre solitario que se dirigía hacia él.
Por su aspecto debía de proceder de Galilea y no se di­
ferenciaba de otros muchos galileos que había entre la
multitud: llevaba la misma túnica de lino, la cara que­
mada por el sol y el viento, tenía los anchos hombros
de quien vive del trabajo de sus propias manos, y el an­
dar de un caminante acostumbrado a largos recorri­
dos. Parecía uno más entre ellos, pero Juan compren­
dió enseguida que era diferente.
Se acercó de prisa a Aquel que se aproximaba y se
puso de rodillas. Habría deseado tocar con su frente
aquellos pies llenos de polvo y besarlos, pero el hom­
bre lo tomó por los brazos y le hizo levantar. Estaban
de pie uno frente al otro, mirándose. Juan sabía que
Lo estaba viendo por primera vez en su vida, pero le
parecía conocerle desde hacía mucho tiempo. Con
gran asombro observó en su rostro unos rasgos que le
eran conocidos. Era como si volviera a encontrar a un
hermano perdido. Pero el rostro de Juan era severo y
estaba surcado por las arrugas que en él había graba-

132
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

do el viento del desierto, su cabello era largo y revuel­


to, su cuerpo estaba reseco por los ayunos. Parecía mu­
cho más viejo. El recién llegado tenía rasgos más finos
y la mirada serena. Su pelo y su barba estaban cuida­
dosamente peinados. Por su aspecto externo parecía
más joven que Juan, pero la profundidad de su mira­
da indicaba una madurez infinitamente mayor.
—¿Eres tú?... —murmuró Juan intentando arrodi­
llarse otra vez.
—Soy yo —aseguró Él, poniendo sus manos sobre
los hombros de Juan—. Paz contigo, hermano, hijo de
Zacarías.
—¿Me conoces?
—Como tú me conoces a mí. Sabías que vendría.
—Lo sabía y estaba esperando. Sabía que cuando
vinieras lo explicarías todo. Tú eres el Cordero de Dios
que quitará los pecados del mundo. Tú eras antes que
yo. Te estaba esperando para recibir tus órdenes y para
servirte. ¿Qué deseas?
—Que me bautices.
—¡No, es no es posible! ¡No lo haré! Tú eres el que
me tiene que bautizar a mí.
—Yo no debo bautizar. Quiero que me bautices tú.
—¿Quién soy yo?
—Haz lo que te digo. Es preciso que sea así. Se tie­
ne que cumplir todo lo humano.
—Sin embargo...
—No protestes. Es necesario.
Juan se inclinó con humildad.
—Si así lo quieres, que sea según tu voluntad.
Lo condujo al borde del río. El hombre se quitó la
túnica y las sandalias, quedándose sólo con un paño de
lienzo áspero sujeto a la cintura. Entró en el agua que
le llegaba hasta las rodillas. Uno de los discípulos en-
tregó la concha a Juan. El tomó agua con ella. Era más
alto que el recién llegado, que inclinó la cabeza. Juan

133
JAN DOBRACZYÑSKY

levantó la concha dejando caer el agua lentamente so­


bre Su pelo. Sin embargo, no pronunció las palabras
que acostumbraba a decir durante la ceremonia del
bautismo: «Que esta agua te limpie de todo el mal y te
haga puro ante el rostro del Altísimo, para que seas dig­
no de esperar la llegada del Ungido del Señor».
Y ocurrió que el recuerdo de aquella luz se convir­
tió en realidad. Cavó del cielo sobre Juan como un rayo
de sol que sale por un.agujero perforado en una nube,
pero su intensidad y su fuerza fueron mayores que las
del sol. Más bien parecía un relámpago que se hubiera
detenido en el cielo. Aquel oro ardiente cambió en un
color blanco refulgente, un blanco como nunca habían
visto los ojos del hombre y que no se limitaba a inun­
dar de luz el aire, sino que penetraba hasta lo más pro­
fundo del ser y lo empapaba; quemaba dolorosamente
y al mismo tiempo provocaba una alegría desbordan­
te, una sensación de pureza, de deseo de libertad. Lo
que más anhelaba Juan era que aquel momento no
acabase nunca. En medio de ese torrente de luz incan­
descente, percibió el aleteo de un pájaro de blanco plu­
maje y oyó una voz suave como un murmullo que so­
naba en el alma y que, al mismo tiempo, parecía un
trueno capaz de destrozar las rocas. La voz dijo:
—Este es mi Hijo amado...
Juan perdió la noción del tiempo. Abrió los ojos.
Volvía a estar envuelto por el mundo de todos los días,
con sus colores y sus sonidos de siempre. Miró alrede­
dor dudando de lo que había visto. Se diría que no ha­
bía sucedido nada de extraordinario, solamente que la
muchedumbre se había alejado un poco de la orilla,
evidentemente asustada. El hombre de Galilea había
salido ya del agua y se estaba poniendo la túnica.
Al cabo de un momento, todo el mundo se acercó
a ellos gritando y preguntando. Juan seguía con los
ojos llenos de aquella luz y los oídos aturdidos por

134
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

aquellas palabras mientras empezaban a llegarle voces


de la gente.
—¿Ha sido un trueno, Juan? ¿Ha sido un rayo que
ha caído del cielo? Sin embargo no hay ninguna nube...
Juan se dio cuenta de que la gente se estaba diri­
giendo más al recién llegado que a él mismo. Sus dis­
cípulos también se acercaron a Él para hablarle, y Él
les estaba respondiendo. Uno de ellos, Andrés, le pre­
guntó a Juan:
—¿Nos dejarás irnos con El que tú has llamado Cor­
dero de Dios? Queremos escuchar sus palabras. Se lla­
ma Jesús, hijo de José y es de Nazaret. Volveremos
luego...
—Podéis iros— le dijo Juan.
Se marcharon y Juan volvió con los hombres que
esperaban sus enseñanzas y su bautismo. Judas ya es­
taba ocupándose de poner orden entre la gente. Si­
guiendo este orden entraban en el agua y golpeándose
el pecho confesaban sus pecados. El agua de la concha
caía sobre ellos y Juan pronunciaba las palabras habi­
tuales: «Que esta agua te limpie de todo mal...».
Pero notaba un vacío en su corazón. ¿Sería posible
seguir viviendo como antes después de haber vivido
aquel momento? Con todas sus fuerzas deseaba volver
a vivir aquello. No le era posible olvidarlo...
También le entraron dudas sobre si lo que estaba
haciendo tenía algún sentido. Siempre había sabido
que su bautismo no era más que el anuncio de otro
bautismo. Puesto que ya había venido el Prometido...
era Él quien debería bautizar... bautizar con fuego.
¿Para qué sirvo yo ahora? —se preguntó—; la enorme
alegría que le inundaba se estaba enfriando...
¿Y quién voy a ser yo, si dejo de hablar? —se pre­
guntó—. Siempre me han dicho que debo ser el que
anuncia. Pero nadie me ha dicho nunca qué iba a su­
ceder después. Había llegado hasta el final y ahora se

135
JAN DOBRACZYÑSKY

sentía solo. Tomó una decisión: hasta que no reciba


otra llamada seguiré haciendo lo que he hecho hasta
ahora. ¿Qué otra cosa podría hacer? Su misión duraba
desde el día en que nació. Ahora era un hombre en ple­
na madurez, pero ya empezaban a pesarle los años.
XIX

A la mañana siguiente Juan empezó a trabajar des­


de muy temprano. La multitud era enorme y seguía au­
mentando. El acontecimiento del día anterior, aquella
luz que cayó sobre el Bautizado y sobre el que bauti­
zaba, y aquel trueno que sonó en el cielo azul y despe­
jado, habían hecho que aumentara aún más el respeto
y la admiración de la gente hacia Juan. La noticia se
divulgó rápidamente y los que se iban a marchar se
quedaban, los otros que ya habían partido volvían, es­
perando presenciar algún hecho insólito.
Jesús, el hijo de José de Nararet, se marc hó después
de haber sido bautizado. Con Él se fueron algunos dis­
cípulos de Juan que tenían que haber vuelto ya, pero
hasta el momento no habían regresado. El mismo Juan
les dio permiso para que se fueran, pero esperaba vol­
ver a verlos antes del amanecer. Consiguió superar un
instantáneo movimiento de decepción.
Seguía enseñando y bautizando. Decía: «Limpiad
vuestros corazones, enderezad los caminos y no come­
táis pecados...». Ya no decía: «Esperad a Aquel que nos
ha sido prometido», sino «Aquel que estábamos espe­
rando ya está entre nosotros».
—¿Dónde está? —preguntaban—. ¿Dónde lo en­
contraremos?
137
JAN DOBRACZYÑSKY

—Abrid vuestros ojos y lo veréis —respondió—.


Abrid vuestros oídos v escucharéis Sus palabras.
Al mediodía hizo un calor enorme y la gente iba
buscando la sombra. También Juan y sus discípulos
descansaron debajo de un árbol. En ese momento se
acercó a ellos Jesús con un grupo de galileos entre los
cuales Juan vio a aquellos discípulos suyos que el día
anterior habían seguido a Jesús.
—Mira —dijo uno de los que estaban sentados con
Juan—. Ahí llega Aquel a quien bautizaste.
—Fíjate —añadió Judas—, Andrés y Juan están con
El. Te han abandonado, ya no quieren estar con no­
sotros...
Juan se pasó una mano por el rostro, para mejor do­
minar los sentimientos de cansancio y de tristeza que
lo embargaban
—Así está bien. Así debe ser, porque El es el Corde­
ro de Dios.
—¿Qué significa eso, Juan? —le preguntaron—. Es
la segunda vez que Le llamas de esa manera.
—Él es Aquel que traerá la redención a Israel...
—No lo comprendemos.
—Lo comprenderéis cuando Él os lo diga.
—¿Y por qué Él no te sigue?
—Él es más grande que yo. Hasta ahora ni Le co­
nocía ni lo había visto nunca. Le bauticé porque así me
lo pidió y Él puede dar órdenes. Mientras lo bautizaba
vi al Espíritu Santo que en forma de paloma apareció
por encima de su cabeza. Hace mucho tiempo que me
dijeron: cuando veas al hombre sobre quien se mani­
fieste de manera visible el Espíritu, debes saber que
aquel hombre viene del Altísimo y que es Su Hijo. Y tú
tienes que ser Su testigo...
Mientras tanto el grupo de galileos se había aproxi­
mado.
—Paz contigo, hermano —dijo Jesús, dirigiéndose a
Juan.

138
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Paz contigo, Jesús —respondió, intentando de


nuevo arrodillarse; pero igual que el día anterior, Je­
sús no se lo permitió.
—No te pongas de rodillas —le dijo—. He venido
para darte las gracias por todo lo que has hecho por
mí. Muchos han trabajado, pero tú has trabajado más
que nadie.
—No digas eso. Yo he sido llamado...
—Mi Padre sabía todo sobre ti antes de llamarte.
Quiero despedirme de ti, me marcho a Galilea...
—¿No te quedas aquí? ¿No vas a enseñar a los que
están aquí reunidos?
—No. Mis caminos son distintos. Tengo que pedirte
una cosa, Juan. Estos —dijo señalando a los discípulos
que le habían seguido —quieren venirse conmigo. Dé­
jalos que lo hagan.
—Yo no te negaré nada.
—Déjame también a Felipe de Betsaida.
—Llévatelo.
—Andrés quiere llevar a su hermano Simón; déjalo
también, me será muy útil.
—Llévatelos todos, si quieres. ¡A mí también! —dijo
impulsivamente.
Pero Jesús negó con la cabeza.
—No, Juan, tú tienes que quedarte.
—¿No me dejas ser tu discípulo? Me gustaría tanto
estar contigo, obedecerte, oír tus palabras...
—No puede ser...
—¿Tengo que quedarme solo?
—Nunca estarás solo.
—Escúchame, por favor. He trabajado tanto...
—Ningún trabajo hecho para mi Padre será olvida­
do. Pero no me pidas algo que no se puede conceder.
Te necesitamos todavía... Luego nos encotraremos otra
vez...
—¿Cuándo?
—Lo sabrás cuando llegue el momento. Ahora tie-

139
JAN DOBRACZYÑSKY

lies que ser como una caña que ningún viento puede
romper. Esta es la misión del profeta.
—Yo no soy un profeta.
—Eres más que un profeta. Los profetas no vieron
nunca lo que anunciaban, pero tú sí lo has visto. Qué­
date. Un día comprenderás que es preciso. Nunca se­
rás olvidado. Porque tú eres el que cierras y abres...
Juan saludó con una profunda inclinación.
—Puesto que lo mandas, tengo que quedarme... Que
sea según tu voluntad.
—Gracias, amigo. Hoy te llamo así porque has com­
prendido... Paz contigo, Juan, hijo de Elias.
—¡Llévame a mí! —gritó de repente Judas, desta­
cándose del grupo de discípulos de Juan y agitando los
brazos— ¡Quiero irme contigo!
Jesús miró al pequeño comerciante de Carioth y en
su mirada había una sombra de tristeza.
—¿De verdad quieres seguirme? —le preguntó.
—Sí, Señor —Judas hablaba precipitadamente—.
Lo quiero mucho. Te voy a servir igual que he servido
a Juan. Estoy seguro de que te seré útil. Juan sabe que
yo conozco cómo tratar a la gente, mantener el orden,
reunir dinero, hacer compras. Siempre compro muy
barato. Los grandes mestros como Tú no pueden per­
der el tiempo resolviendo esas cuestiones secundarias.
¡Ya verás como te seré útil!
—¿Me lo dejarás? —preguntó Jesús a Juan.
—Quédate con él, si quieres. Efectivamente, sabe
hacer todo lo que acaba de decirte.
Jesús se quedó un momento pensativo y dijo:
—Que sea como tú quieres. Ven conmigo y sé mi
amigo —ofreció la mano a Judas—. Sabía que te iba a
encontrar.
—¿Lo sabías, Señor? —preguntó Judas extrañado.
—Lo sabía desde el principio. Te necesitaré. Paz
contigo, Juan. Nos veremos. Paz con todos; que mi Pa­
dre cuide siempre de vosotros.

140
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

Saludó a todos con la mano y se marchó con los


que habían decidido seguirle. Juan se quedó con un
grupo bastante numeroso de discípulos. Estos miraban
con enfado a los que se marchaban. A los oídos de Juan
llegaban sus murmullos de resentimiento. Pero Juan
no compartía con ellos su enfado. Se quedó triste, sin­
tiéndose muy viejo y cansado. Notó en su corazón el
peso de la soledad. Con él se habían quedado muchos,
pero algún día también ellos se marcharían... El mismo
les debería mandar que se fueran con Jesús. Allí tenían
su sitio, sí, el de ellos, pero no el de él. El tenía que que­
darse. Durante toda su vida había obedecido a aquella
llamada y no había sido capaz de decir que no. Pero se
daba cuenta de que ésta era la decisión más dura que
jamás había tomado.
Llamó a sus discípulos y les dijo:
—Vamos a continuar aquí para enseñar v bautizar.
Él se ha dido a Galilea, pero volverá, porque no puede
ser que el Enviado no visite la Ciudad Santa. Y enton­
ces nos marcharemos...
XX

Unos meses más tarde Juan y un pequeño grupo de


sus discípulos enseñaban y bautizaban cerca de Aenón
v de Salim.
Aquel vado se encontraba en la confluencia del Jor­
dán con el torrente Kerit, no lejos de la frontera con la
tetrarquía de Antipas. Por allí pasaba la ruta de los pe­
regrinos que iban de Galilea a Judea. Siguiendo la ori­
lla este del Jordán podían evitar el paso por Samaría,
cuyos habitantes estaban considerados impuros.
Aquí ya no era tanta la muchedumbre como en Be-
tabara; sólo llegaban los habitantes de Galilea y algu­
nos peregrinos de las provincias más lejanas.
—Jesús, el que llamaste Cordero de Dios, atrae a
todo el mundo —se quejaron los discípulos—. Ha vuel­
to a Judea y está ahora en Galilea.
—¿Qué sabéis de Él? —preguntó Juan—. ¿Qué es lo
que hace?
—Al principio bautizaba igual que tú, pero ahora
sólo enseña. La gente dice que hace milagros. ¿Quién
le ha dado ese poder? Sin embargo tú fuiste el prime­
ro que...
Juan se encogió de hombros. Les había explicado
muchas veces quién era Jesús, pero ellos se resistían a
admitir la superioridad del Nazareno.

143
JAN DOBRACZYNSKY

—Todos Le siguen. La gente se olvida de la necesi­


dad del bautismo y de la penitencia...
—¿No os he dicho muchas veces que yo no soy el
Mesías? —Juan volvió a explicárselo—. Yo sólo tenía
que anunciar. El padrino invita a la gente a la boda de
su amigo, pero no es él quien se casa. Una vez cumpli­
do su papel, se aparta y se alegra de la felicidad de los
recién casados. Yo también me alegro de que Aquel
que ha bajado del cielo me supere. El tiene que crecer
y yo tengo que disminuir. Es preciso que sea así. El ha
traído el testimonio del Altísimo y desdichados los que
no lo acepten. Quien cree en El, cree en el Altísimo.
¿Habéis comprendido?
Movieron sus cabezas afirmando, pero no estaba
seguro de haberlos convencido. Ellos le querían y sim­
plemente estaban celosos. Los entendía bien y en el
fondo de su corazón les estaba agradecido. No era ca­
paz de explicarles nada más, puesto que él mismo tam­
poco lo entendía todo. El fuego que cayó sobre él del
cielo mientras bautizaba a Jesús le hizo comprender
muchas cosas, sobre todo la grandeza y la autentici­
dad del Enviado. Le permitió vencer las debilidades hu­
manas, pero al mismo tiempo despertó en él una tre­
menda ansiedad. No me ha permitido que le siga, pen­
saba, sólo la muerte podrá liberarme de estas ansias.
Aquel bautismo había dividido su existencia en dos
partes. Algo había terminado y algo nuevo había co­
menzado. En Betabara había acabado su misión, pero
Jesús le había dicho que se le iba a exigir más.
Entretanto, él seguía impartiendo sus enseñanzas.
—Haced penitencia, limpiad vuestros corazones,
enderezad el camino de vuestra vida. Porque el Pro­
metido ya está aquí y pronto os llamará. Tenéis que es­
tar preparados para recibirle... Después de haber con­
fesado vuestros pecados y después de haber limpiado
con agua vuestros cuerpos, id a buscarle a El...

144
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

Y ia gente, después de haberse bautizado, se iba en


busca de Jesús. Disminuyó también el grupo de sus dis­
cípulos. Algunos de ellos se marchaban por ia noche,
como si lo que hacían les diera vergüenza.
Mientras, Jesús estaba recorriendo la Galilea. Juan
se encontraba a menudo con gente que había visto a
Jesús el día anterior, por eso sabía todo lo que hacía el
Narareno. Le hablaron del largo sermón que pronun­
ció en la colina sobre el lago de Nazaret, de los mila­
gros que había hecho en la ciudad de Cafamaúm a la
que llamó Su ciudad... Los que lo contaban estaban lle­
nos de admiración y él, escuchándolos, tenía que supe­
rar la amargura de estar tan cerca de todo aquello y
tan lejos a la vez.
Entre la gente que venía a ver a Juan había tam­
bién cortesanos del palacio de Antipas y algunos de
ellos pedían ser bautizados. Se enteró por ellos de lo
que había ocurrido en la corte y que había provocado
indignación en toda la tetrarquía e incluso en toda Pa­
lestina: Antipas tema una joven y bella esposa, Glafira,
hija del rey nabateo Aretas, pero no se ocupaba de ella.
En la corte se llevaba una vida disoluta. Recientemen­
te, Antipas había conocido a la mujer de su hermano
Filipo, Herodías, hija de otro hermano suyo, Aristóbu:
lo, y se enamoró de ella. Herodías se dejó llevar al pa­
lacio de Antipas. Allí, empezó a actuar como si fuera la
legítima esposa, metiéndose en todos los asuntos, ma­
nejando a Antipas según su capricho y mostrando un
absoluto desdén por Glafira. La joven reina se sintió
muy afectada, pues siempre había procurado ser bue­
na esposa y actuar según la ley. Pero Antipas no sólo
dejaba que Herodías la ofendiese, sino que incluso
cuando Glafira esperaba un hijo la obligó a deshacer­
se de él, porque él quería tener un hijo con Herodías.
El Altísimo, en señal de su descontento, hizo que aque­
lla mujer corrompida fuera estéril...
145
JAN OOHRAC 7.YNSKY

El palacio de Seforis era un verdadero foco de


corrupción. Juan estaba convencido de que muchos
pecados que confesaba la gente en el momento del
bautismo eran resultado de la influencia de la corte.
Los mismos que se indignaban con la conducta de An­
tipas le imitaban. El linaje de Antipater era un linaje
maldito. El daño causado por su crueldad y su concu­
piscencia era incalculable. Hcrodes el Grande había
muerto hacía va más de treinta años, pero el recuerdo
de sus crímenes seguía vivo en la memoria de la gen­
te. Uno de los últimos crímenes que cometió fue la ma­
tanza de niños descendientes de David en el pueblo de
Belén. Hcrodes dio aquella orden porque unos miste­
riosos viajeros procedentes del país de los Partos le di­
jeron que entre los niños recién nacidos en Belén se en­
contraba el futuro rey de los judíos. También mandó
matar a los niños de los pueblos cercanos. Una escua­
dra de soldados llegó a Ain-Karin. Isabel consiguió es­
conder a Juan, pero dos niños de su aldea murieron de
forma cruel. «Sin embargo no encontraron a aquel a
quien buscaban —le contó a Juan su madre—. Segu­
ramente el Altísimo avisó a sus padres. Desaparecieron
sin dejar ninguna noticia de su paredero. Pero lo cier­
to es que siguen con vida... Quizá están en Egipto. En
el futuro tendrás que buscar a ese Hijo que tiene la
misma edad que tú. Tendrás que encontrarlo».
Ahora ya lo había encontrado. Decía la gente que
Jesús no había nacido en Galilea, sino en Belén y que
descendía del linaje de David. Decían también que de
pequeño vivió en Egipto... Todos estos hechos coinci­
dían de manera insólita... Jesús le había llamado her­
mano. Pero Juan no se había atrevido a preguntarle
por Su infancia ni por Su ascendencia. Creyó que no
era oportuno... Pero, en fin, ¿qué importaba eso? Lo im­
portante era la confirmación que recibió sobre la iden­
tidad del Bautizado.

146
y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

La cantidad de gente que acudía a él en Aenón dis­


minuía cada vez más. Les decía a todos después de ha­
berlos bautizado: Seguidle a Él. Y se marchaban. Tam­
bién iban disminuyendo sus discípulos...
Por otro lado, crecía el descontento popular con la
forma de gobernar de Antipas. Aquel rey degenerado
era un mal gobernante. Su corte estaba corrompida y
los funcionarios reales vejaban a la población exigien­
do implacablemente la paga de los cada vez más ele­
vados impuestos. Decían que Antipas estaba vendien­
do todo el país a los Romanos para poder gastarse el
dinero en las fiestas y diversiones. Se podía permitir
todo eso porque Agripa, el hermano de Herodías, era
íntimo amigo del hijo de Germánico, supuesto futuro
emperador.
Juan pensó: la gente debe saber dónde nace el mal.
Debe saber que ni siquiera los reyes pueden actuar
contra las leyes del Señor. Si a todo el mundo le exijo
que abandonen el pecado y que hagan penitencia, mi
obligación es estigmatizar los pecados de aquellos que
no piensan hacer penitencia. Incluidos los reyes.
Un día les dijo a sus discípulos:
—No vamos a bautizar más. Jesús está enseñando
en Galilea y todos Le deben seguir. Ya no somos nece­
sarios aquí. Mañana abandonaremos Aenón...
Lo miraron sorprendidos.
—¿A dónde vamos a ir? —le preguntaron.
—Vamos a Seforis. He oído decir que a las puertas
de palacio se reúnen las multitudes gritando contra el
rey. Vamos a reunimos con ellos. El rey tiene que com ­
prender que sus pecados provocarán el castigo del
Señor.
Callaron asustados. Veían que Juan no se confor­
maba con tener en contra a los fariseos y a los sacer­
dotes. Quería también desafiar a Antipas.
—Sería capaz de matarnos a todos —dijo uno de los
discípulos con la voz temblorosa.

147
JAN DOBRACZYÑSKY

—Si lo preferís así, vo iré solo y vosotros os reunís


con Jesús.
Se miraron unos a otros y luego dijeron:
—No te abandonaremos.
—Eres nuestro maestro.
—No nos iremos.
Juan se sintió conmovido, pero no dio muestras de
ello. Solamente dijo:
—Haced lo que queráis. Yo me voy mañana a
Seforis.
Se miraron otra vez y uno de los más fieles dijo:
—Iremos contigo aunque tengamos que morir.
Aquella noche le despertó la conocida voz, riéndo­
se burlona.
—¿Qué, vas a la guerra contra Antipas? [Je, je, je! ¿Y
qué piensas conseguir? ¿Acaso piensas que Él va a cam­
biar Su decisión? Él te ha rechazado... Ha despreciado
todo lo que llevas hecho por Él. Se llevó a tus discípu­
los y tu gloria. Te exprimió como a un limón y se ha
bebido el zumo... Ahora te manda a enfrentarte con ese
hijo de chacal...
—Nadie me manda hacerlo.
—Tienes razón. Sí, tienes razón. Él no te manda a
Seforis; lo único que ha hecho es cortarte todos los ca­
minos. Te dejó en el vacío. Y tú quieres saltar al vacío,
quieres morir...
—¡No!
—No te engañes a ti mismo. Si no buscases la muer­
te no le prestarías atención a ese inmundo Herodes.
Juan apretó los labios. Sabía que no debería conti­
nuar esa discusión. Tenía que callarse.
—¡Vete! ¡Mátate! —grito la voz y luego, durante un
rato, oyó su risa parecida al gañido de una hiena.
XXI

En el castillo pasaba algo raro. Desde arriba llega­


ban a su mazmorra sonidos confusos. Primero parecía
como si llegase un grupo de jinetes: se oía el chirriar
de la puerta, el ruido que hacían ios cascos de los ca­
ballos al pasar por el patio, el chapoteo del agua en el
pilón. De pronto el ruido se convirtió en tumulto y pa­
recía que allí arriba había empezado una lucha. La lu­
cha que no debió de durar mucho, ya que el ruido de
las armas, los gritos y los gemidos terminaron prontc.
La victoria fue fácil y rápida. Ahora sólo se oían los ge­
midos de los vencidos suplicando que les perdonaran
la vida, el abrir y cerrar de las puertas, los pasos de la
gente. Nadie en el castillo dormía ni descansaba. Los
caballos también estaban inquietos: relinchaban y se
movían mucho. Las llamadas de los guardias sonaban
de manera diferente a como Juan estaba acostumbra­
do a oírlas.
No le trajeron comida a la hora de costumbre. Lo
consideró como la consecuencia de los recientes acon­
tecimientos. Hasta el día siguiente no vino nadie a abrir
la puerta de la cárcel.
El hombre que entró no era el simple criado que so­
lía traerle el pan a diario, sino el carcelero en persona,

149
JAN DOBRACZYÑSKY

llamado Artabán. Era un tipo de baja estatura, ligera­


mente jorobado y con un solo ojo, la cuenca del otro
ojo la tenía tapada con un parche negro. Solía tratar a
los presos con crueldad. Juan recordaba cómo le ha­
bía dado puntapiés y golpes con un palo después de
sus entrevistas con Antipas y Herodías. En aquellas
ocasiones, tenía el rostro desfigurado por la ira, pero
ahora se reflejaba en él un miedo mortal. Entre sus ma­
nos temblorosas sujetaba una pequeña lámpara.
—De prisa, ven rápido —dijo Artabán con la voz en­
trecortada—. Date prisa, ella quiere verte.
—¿De quién estás hablando?
—¿No lo sabes? Ha llegado la reina... Ha ocurrido
algo terrible... Todos podemos perder la vida. Ven rá­
pido a verla. No sé por qué te quiere ver... No le digas
que te tratamos mal... Yo nunca he querido hacerte
daño...
Condujo a Juan arriba, y allí le entregó el vestido
limpio que le solían poner cuando iba a ver al rey, y
ayudó a Juan a quitarse los andrajos.
—¡De prisa, de prisa! No sé lo que querrá... Pero re­
cuerda: yo no he sido enemigo tuyo... Si alguna vez te
he causado molestias ha sido porque me lo ordenaron...
Sacó a Juan fuera, al patio. Le dejó descansar un
breve momento junto al pozo para que sus ojos se
acostumbraran a la luz del día. Había como unos diez
caballos atados allí y entre ellos se movían hombres ar­
mados. Parecían nabateos. Estaban vigilando a los es­
clavos que sacaban paquetes del palacio y los carga­
ban sobre las muías.
—¿Qué tal? ¿Puedes ver ya? —le preguntó Artabán
impaciente—. Vamos rápido. No la hagamos esperar.
Entraron ambos en el palacio. En el pasillo había se­
ñales del reciente combate. Ya habían quitado los ca­
dáveres, pero quedaban trozos de armas rotas y salpi­
caduras de sangre en las paredes y en el suelo.

150
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

Artabán respiraba jadeante y aterrado, temblándo-


le todo el cuerpo. Llegaron hasta la puerta del mismo
salón donde en su día fue recibido por Antipas. Dos
hombres armados les abrieron el paso y les dejaron
entrar.
Allí, en el mismo trono donde Juan vio sentada a
Herodías, ahora estaba sentada otra mujer. Enseguida
se dio cuenta de quién era, aunque nunca antes la ha­
bía visto.
Era joven y bella aunque no tanto como la sobrina
de Herodes. Tenía los típicos rasgos árabes: espesas ce­
jas negras sobre grandes y oscuros ojos, labios gruesos
y dilatadas ventanillas de la nariz. Unos pendientes en
forma de aro iluminaban con su brillo las morenas me­
jillas. No llevaba vestido de reina y aparte de los pen­
dientes no lucía joya alguna. Vestía atuendo de hom­
bre: ancho pantalón, en la cintura el puñal curvo cuyo
mango estaba adornado con piedras azules, una corta
chupa sin mangas y en la cabeza un turbante negro. Es­
taba sentada en el trono con las piernas cruzadas y las
manos apoyadas en las rodillas. En una mesita delante
de ella había un plato con dátiles. De vez en cuanto to­
maba una fruta y después de masticarla lentamente,
escupía el hueso en el suelo.
—¿Eres tú el profeta Juan? —preguntó cuando se
puso delante de ella. Inclinándose contempló con cu­
riosidad la enorme estatura del prisionero.
—Sí, lo soy.
—Nunca te había visto —le dijo, y seguía mirándo­
le—. Escúchame, profeta: ¿es verdad que el rey te ha­
bía encerrado en la mazmorra porque le reprochabas
la relación que mantiene con esa desvergonzada?
—Así ha sido. Le dije que no tenía derecho a tomar
la mujer de su hermano.
Ella se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo
del trono y cruzando las manos sobre el pecho. Pre­
guntó:
—¿Sabes quién soy?
151
JAN DOBRACZYNSKY

—Me lo figuro —respondió él— Eres la reina Gla­


fira.
—Sí, soy la mujer del rey Antipas. Mejor dicho, fui
su mujer, porque he decidido abandonarlo y me vuel­
vo con mi padre. Antipas me ha ofendido. Vive con la
mujer de su hermano v la trata como a una reina. La
deja que se siente a su lado, en el trono, le acompaña
en sus viajes v exige que se la respete. ¡No aguanto más!
¡No voy a hacer la competencia a una concubina! ¡Mi
padre vengará esta afrenta y yo no perdonaré nunca
a xAntipas!
Se interrumpió y tomó un dátil, chupándose los de­
dos cubiertos de jugo pegajoso.
—He ocupado el palacio —prosiguió—. He ordena­
do degollar a los que no querían rendirse. En un pri­
mer momento se me había ocurrido ofrecer Maque-
ronte a mi padre, que se pondría muy contento al po­
seer esta fortaleza. Pero no tengo bastante gente con­
migo y Antipas me persigue. Sólo me llevaré los teso­
ros del castillo y me marcharé inmediatamente. Tú
eres libre. Me has defendido y por lo tanto quiero re­
compensarte. Ven conmigo al reino de mi padre. Allí
serás respetado como te mereces y recibirás muchos
valiosos regalos.
—¿A dónde quieres llevarme?
—A Petra. Mi padre se mostrará generoso contigo.
Juan movió la cabeza con un gesto negativo.
—Gracias, reina. Ya que me dejas en libertad, per­
míteme que vaya donde yo quiera.
—¿Por qué no quieres venir conmigo?
—En el reino de tu padre no se venera al Altísimo,
y yo soy Su servidor.
La reina apoyó su barbilla en la mano y se quedó
mirando al vacío. En su rostro, la expresión de enfado
se tornó en una cierta melancolía.
—Yo también Le quería servir... —dijo.
—He oído decir algo de eso.
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—¡Pero ese animal no estaba de acuerdo ni con eso!


—exclmó enfadada—. He pedido al Altísimo que le
haga pedazos, que muriese viviendo, igual que su pa­
dre. Pero no me ha escuchado.
—Él no quiere escuchar esa clase de oraciones —le
dijo Juan.
—¿Que no quiere? ¿Cómo es posible que no lo quie­
ra? Tiene que saber cómo es Antipas. ¡Un cruel, un co­
barde y un perverso! ¡Es capaz de todo y se le debería
abandonar en un hormiguero! —gritó apasionadamen­
te.
—Le he llamado la atención sobre todo eso muchas
veces. Sus pecados pesan sobre el reino entero y son
como un veneno que intoxica todo a su alrededor. Pero
pese a ello sigue siendo un ser humano...
Glafira se encogió de hombros.
—No te comprendo. Se debería matar a los hom­
bres que son como él. ¡Clavarles en la estaca! Los hom­
bres como Antipas no deberían seguir viviendo —gol­
peó enérgicamente la empuñadura de su daga—.
Cuántas veces he tenido ganas de clavar este puñal en
su vientre. Lo habría hecho si no hubiese estado tan
sola. Había muy poca gente en Seforis con quienes po­
der contar. ¡Hasta esos doctores vuestros estaban de
parte de Herodías, les parecía mejor que yo!
—Pero contigo, reina, está el Altísimo —dijo Juan—.
Él sabe que le quieres servir.
Bajó la cabeza, pero por debajo del turbante siguió
mirando a Juan.
—No me ha ayudado —dijo—. No me fío de Él.
—No tienes razón. Ten confianza en Él y El no te
abandonará...
—Me lo dices precisamente tú, a quien Él también
ha abandonado, a pesar de que eres su profeta. Has de­
fendido Sus leyes, has amonestado al pecador y Él ha
permitido que Antipas te encerrase en una mazmorra.
153
JAN DOBRACZYÑSKY

Sé también que Herodías está exigiendo tu muerte. El


habría ya ordenado que te mataran, pero te tiene mie­
do. ¡Es un asqueroso cobarde! ¿Por qué Él lo tolera?
—No corresponde al hombre preguntar por qué Él
actúa de una manera o de otra. Los profetas no sólo
vivieron y trabajaron para Él, sino también murieron
por Él.
—¿Qué valor tiene un león muerto?
—Asi piensa el hombre. El Altísimo tiene Su propio
criterio.
—Si mueres, ya no podrás hablar en Su nombre.
—Él siempre puede encontrar a otros que hablen.
—¿Acaso deseas la muerte?
—Sólo deseo que se cumpla su voluntad.
—Me resulta difícil comprenderte. Pero haz lo que
quieras. Huye de aquí antes de que lleguen los solda­
dos del rey. ¡Abandona inmediatamente Maqueronte!
Cruzando la montaña, en un par de horas alcanzarás
el Mar Muerto. Allí seguro encontrarás un escondite.
Luego, a la otra orilla, ya está la Judea romana y allí
Antipas no te podrá hacer nada. El gobernador roma­
no es enemigo suyo y, aunque no sea más que por el
odio que le tiene, te protegería. Podrás seguir siendo la
voz del Altísimo y pedir a la gente que vivan conforme
a las Leyes del Señor. ¿Oiré yo tal vez esa voz...? —aña­
dió—. ¿Volveré entonces hacia Él?
De pronto entró un hombre en el salón y dijo algo
en árabe. Después de haberlo escuchado, Glafira se le­
vantó rápidamente del trono. Le dijo a Juan:
—Todo está listo para que nos marchemos. Mis
mensajeros han vuelto trayendo la noticia del avance
de las tropas del rey. No tengo suficientes fuerzas para
librarle una batalla. Tengo que marcharme, y tú ponte
a salvo, abandona Maqueronte en el acto. Paz contigo,
profeta. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí. Si un

154
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

día necesitaras alguna ayuda, puedes estar seguro de


que yo y mi padre te la prestaremos.
—Paz contigo, reina. Que el Altísimo te proteja y tú
vuelve hacia Él.
Poco después los nabateos de Glafira abandonaron
la fortaleza. Ella iba al frente de todos: montada a ca­
ballo como un hombre, en la espalda llevaba el arco y
la aljaba con las flechas. Detrás de los caballos iban las
muías con toda la carga.
Empezaron a bajar la cuesta siguiendo el camino y
encontraron a Juan que andaba apoyándose en un bas­
tón. Glafira le preguntó:
—¿Has cambiado de opinión? ¿Vienes conmigo?
—No, no iré. Salud, reina.
—Salud también a ti.
Se alejaron. Juan caminaba solo. Por fin era libre.

XXII

Juan andaba lentamente y con dificultad. La prisión


había debilitado sus fuerzas. Apenas se había alejado
un poco y ya le faltaba el aliento. El aire fresco lo em­
briagaba y se sintió mareado.
Al llegar a la llanura, el camino se dividía en tres di­
recciones. Los nabateos se fueron hacia el sur. Los sol­
dados de Antipas podían llegar por el norte. Un sende­
ro estrecho entre las rocas conducía hacia el oeste y,
siguiéndolo, se podía alcanzar la orilla del Mar Muerto.
Antes de tomar ese sendero, Juan se sentó para des­
cansar. Por fin pudo tenderse encima de la suave hier­
ba y respirar el aire perfumado, lleno de la fragancia
de los tulipanes silvestres. Se oía el zumbido de los in­
sectos. En el cielo navegaban las nubes blancas y el sol
calentaba su cuerpo aterido. A pesar del cansancio no­
taba cómo renacían sus fuerzas. Su cuerpo fatigado re­
cobraba la vida y con ella despertaban sus ansias y sus
añoranzas.
Volver al vado junto a Betabara —pensó—, sentir­
se de nuevo rodeado por sus discípulos y por la multi­
tud que esperaba sus palabras; ser para ellos el profe­
ta del Señor... Pero de pronto se preguntó: ¿Qué les di­
ría ahora? Su misión había sido cumplida. Jesús está

157
JAN DOBRACZYÑSKY

en Galilea, enseña, cura, resucita a la gente. De vez en


cuando aparece en Judea v entonces discute con los
fariseos...
¡Deseaba tanto estar junto a Él! Estaba dispuesto a
ofrecerle todo, su vida entera... Sin embargo Él no lo
quería...
No, no iré a buscarle. De pronto llegó hasta él un so­
plo de viento trayendo un repugnante olor del lago cer­
cano. ¡No, no insistiré! Antes de irse tras él, las multitu­
des me seguían a mí: Me preguntaban si yo era el
Mesías.
El olor nauseabundo que venía del Mar Muerto era
ahora más fuerte.
Por supuesto, serviré al Altísimo. Trabajaré para su
gloria. Volveré a Betabara. Volveré a llamar a la peni­
tencia y al rechazo del pecado. Volveré a bautizar...
Sintió un repentino estremecimiento. Se incorporó
y rechazó aquellos pensamientos que parecían traídos
por el viento desde las aguas lejanas que escondían en
su fondo las sumergidas ciudades malditas. ¿Pero en
qué estoy pensando? Se enfadó consigo mismo. ¿Para
qué voy a volver al vado? ¿Para llamar a la penitencia?
¡No es momento de penitencia cuando el Cordero de
Dios está entre nosotros, cuando ha llegado el Prome­
tido! ¿Qué sentido tiene ahora mi bautizo? ¿Qué pasa­
ría si nadie viniese a verme al vado?
Se inclinó hacia delante, cogiéndose la frente con
las manos. Seguía mareado y el aire parecía resonar
con el tintineo de miles de campanillas.
Se sintió terriblemente solo. Recordó el encuentro
con aquella matrona romana que vino a verle una se­
gunda vez, después del bautizo de Jesús, cuando ya ha­
bía decidido marchar de Aenón. Parecía muy triste y
abatida.
—¿No tienes nada nuevo que decirme, profeta? —le
preguntó.
Juan movió la cabeza con gesto afirmativo.

158
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Sí. Es una gran noticia. Aquel cuya venida fue


anunciada ya está aquí.
—¿Que ha llegado? —exclamó la m ujer con ale­
gría— ¿El que nos tenía que explicar y enseñar todo?
¿Dónde está? ¡Tengo que verle!
—Estaba aquí, pero se fue a Galilea.
—¿Y no volverá?
—Volverá seguro.
—¿Podré verle y preguntarle?
—Claro que sí.
—¿Quién me avisará de que Él está aquí?
—Todo el mundo hablará de ello.
—Es maravilloso... Tengo que verle. Dime, ¿qué es
lo que ha traído?
—Te lo dirá Él mismo.
Ella no dijo nada más, pero al marcharse pareció
que se iba muy consolada. No era la primera vez que
sus palabras despertaban las esperanza en alguien.
Sólo a él mismo le era tan difícil alcanzarla.
Se levantó y despacio, apoyándose en el bastón, se
echó a andar por el sendero. Él tufo del lago era cada
vez más intenso, dominando sobre los otros olores.
También iba desapareciendo el color verde de la hier­
ba y de las hojas, que parecían cubiertas de cenizas.
Unos pasos más adelante y desaparecieron por com ­
pleto. Entre las piedras sólo había trozos de ramas sé-
cas, que semejaban huesos. Sabía que, nada más pasar
un par de colinas, tendría delante el espejo del lago, in­
móvil, como si fuera de metal fundido. Allí estaría a sal­
vo. En el caso de que lo persiguieran, podría esconder­
se entre las piedras o en las grutas y las cuevas.
De repente oyó unos pasos que se acercaban rápi­
dos. Alguien estaba corriendo. Juan se paró y empuñó
el bastón de tal manera que pudiese servirle de arma.
Enseguida reconoció al hombre que le perseguía.
Era Artabán, el jorobado. Corría encogido, con la ca­
beza inclinada; parecía una gigantesca bola rodando.

159
JAN DOBRACZYÑSKY

Llegó hasta Juan y se detuvo. Se puso de rodillas y


levantó sus brazos, suplicante.
—!Oh, señor...! exclamó jadeante—. Quería alcan­
zarte... Corría... Te has marchado. Y yo... Yo...
—Levántate, cálmate —le dijo Juan—. Cuéntame
qué te pasa.
Pero el carcelero seguía de rodillas. Poco a poco su
respiración se tranquilizó.
—Te has marchado... El rey está a punto de llegar...
Ya están allí los soldados.... Trajeron sus palabras... El
rey amenaza a todos... Todos los que le traicionaron
van a morir. Oh, señor.... Cuando se dé cuenta de que
no estás... Entonces pensará que le he sido infiel... Voy
a morir yo y mis hijos... Mis hijos...
Juan entendió lo que había pasado. Antipas estaba
persiguiendo a Glafira y sospechaba que la habían ayu­
dado a huir. Había tomado la decisión de castigar a los
culpables. Si el rey se enteraba de que Juan se había
ido, Artabán estaría amenazado de muerte.
—Los soldados ya están allí —gimió el carcelero—.
Me dejaron venir a buscarte, pero dijeron que no vol­
viera si ti. Si no vuelvo cogerán a mis hijos por los pies
y estrellarán sus cabezas contra la pared... Mis hijos,
mis hijos... —empezó a lamentarse.
—Levántate —le dijo—. ¡Levántate! —le repitió
apremiante, puesto que Artabán no se levantaba sino
que se agarraba a sus pies.
—No me levantaré —gemía—. No. Antes mátame.
Eres fuerte y grande. Me da igual: tú o ellos...
Juan apretó los labios. El olor del lago le irritaba el
olfato, el viento salado le secaba la piel y le llenaba la
boca de sabor a ceniza. Unos centenares de pasos más
y ya estaría en la orilla del lago. Sería libre.
—Mis hijos... —sollozaba el jorobado—. Tengo cua­
tro hijos. Y mis hijas... El rey mandará que las descuar­
ticen y antes las entregará a sus soldados...
Juan apoyó la mano en su brazo.

160
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Levántate —dijo esta vez con suavidad—. Volve­


ré contigo.
Artabán se puso de pie inmediatamente. En sus ojos
espantados se veía reflejada la incredulidad.
—¿Estás de acuerdo con volver? ¿De veras? ¿No es­
tarás bromenado?
—No. Vámonos.
Emprendieron el regreso. Artabán cojeaba a su
lado. El olor del lago disminuía, y cada vez se notaba
más el perfume de la hierba y de las flores.
—Puedes estar seguro —decía Artabán, tartamu­
deando de emoción— de que te demostraré mi agra­
decimiento. Siempre seré bueno contigo, te llevaré la
comida puntualmente y será sustanciosa, y tendrás
nuevos y limpios vestidos. Quizá cuando el rey se en­
tere de que has vuelto te dejará en libertad.
Juan permanecía en silencio. Al llegar al cruce de
caminos empezaron a subir hacia la fortaleza. Ambos
cansados, avanzaban despacio, parándose a menudo
para recobrar aliento.
El sol rojo se ponía detrás del lago cuando llegaron
a la puerta del castillo. Unos cuantos soldados que es­
taban allí miraron a Juan con gran asombro. Une de
ellos le preguntó.
—¿Te has dejado convencer por este canalla?
—Tendrías que haberle dado una buena paliza
—dijo otro.
—¿Por qué has vuelto? Te vas a pudrir en la maz­
morra y este canalla volverá a presumir de su poder.
No les respondió. Sin decir palabra atravesó el por­
tón y se dejó llevar a la mazmorra. La pesada puerta
se cerró a sus espaldas. Ahora se daba cuenta de lo pes­
tilente y lúgubre que era aquella cárcel. Se sentó can­
sado en la paja podrida y apovó la cabeza en sus ma­
nos. Sin embargo tenía la extraña sensación de no ha­
ber vuelto a la prisión, sino a su casa.

161
xxm

Desde arriba le llegaron a Juan los chillidos, los ge­


midos, los gritos de los maltratados, los suspiros aho­
gados de los que agonizaban. En el patio estaban eje­
cutando a todo sospechoso de haber prestado ayuda a
Glafira. El mismo rey inventaba los atroces castigos:
decapitaban a los hombres quitándoles primero manos
y piernas, cortaban sus cuerpos con una sierra. A las
mujeres les aplicaban unos suplicios aún mas crueles.
Suspicaz igual que su padre, Antipas quería de este
modo prevenir cualquier intento de traición, bastante
probable en aquel lugar, frontera del reino.
Las ejecuciones duraban toda la mañana. Por la
tarte la puerta de la mazmorra se abrió y en ella apa­
reció Artabán. Ya no era el hombre asustado y deses­
perado. Llevaba un vestido nuevo, una cadena colga­
da al cuello, la barba teñida con henné y el rostro lle­
no de satisfacción.
Se dirigió a Juan con amabilidad.
—Ven profeta, el rey quiere hablar contigo. Es be­
névolo. Le dije que no te habías escapado. Lo tendrá
en cuenta seguramente y a lo mejor te deja en libertad.
Lo condujo al patio. Olía a sangre y había charcos
de color rojo oscuro. En los sitios donde llegaba el sol
sólo quedaban manchas de color de herrumbre.

163
JAN DOBRACZYNSKY

En un sombreado rincón habían extendido una


gran alfombra. A su lado, unos beduinos agachados en
el suelo tocaban tambores y flautas. La melodía era sal­
vaje, con ritmo que variaba de continuo: unas veces rá­
pido, arrebatador como el viento impetuoso del desier­
to, otras veces prolongado como aullido de chacal en
noche de luna.
Siguiendo el ritmo, una niña bailaba sobre la alfom­
bra. Los gestos de sus brazos y piernas parecían con­
tar una historia; una historia de sentimientos, unas ve­
ces nostágica, otras apasionada. ¿Cómo había llegado
a conocer esa niña lo que expresaban sus gestos? En­
tre las manos tenía un pequeño tambor. Al terminar la
parte rápida de su danza se quedaba inmóvil y golpea­
ba el tamborcillo con la palma de la mano. Era como
la culminación, se caía al suelo y se quedaba un rato
relajada y sin moverse. Luego empezaba de nuevo con
movimientos lentos como si fuese una fiera que se des­
perezaba para volver a la caza.
Unos cuantos hombres, cortesanos y soldados, for­
maron semicírculo mirando aquel baile. Pero la niña
no les hacía caso. Se veía que bailaba para ella sola. Su
baile era improvisado y a veces con un gesto indicaba
a los músicos que modificaran el ritmo de la música.
Bailaba con las cejas fruncidas, los labios entreabier­
tos y los ojos entornados. Una redecilla cubierta de per­
las recogía su pelo. De vez en cuando los largos colla­
res de perlas la tapaban la cara como delgadas serpien­
tes. Bajo estos adornos su carita de niña parecía aún
más pequeña.
Parecía no ver los charcos de sangre ni notar el olor
del aire en aquel patio. Sin embargo los pequeños de­
dos de los pies, con las uñas pintadas de color púrpu­
ra, daban la impresión de estar manchados de sangre.
Juan se acercó hacia la alfombra. Artabán no se lo
impidió y le dijo en voz baja:

164
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Es Salomé, la hija de Herodías. Mira qué bien bai­


la. Nadie se lo ha enseñado, ella sola inventa sus dan­
zas. Al rey le gustan mucho. Quiere a Salomé como si
fuera su propia hija. Cuando está triste la llama para
que baile delante de él. Este baile lo está preparando
para el cumpleaños del rey...
En aquel momento Salomé se encontraba ju sta­
mente delante de Juan. Estaba dando vueltas vertigi­
nosamente. Su menudo cuerpo giraba y al mismo tiem ­
po se encorvaba como una serpiente. Sus menudas ro­
dillas se golpeaban una contra otra y los dedos de las
manos se estiraban para de pronto aflojarse con gesto
lánguido. De pronto abrió los ojos y al ver a Juan se de­
tuvo en seco. Su cara de niña se convirtió en el rostro
de una mujer malvada. Los ojos, medio cubiertos por
la cortina de perlas, se llenaron de cólera. Tiró el tam-
borcillo contra el suelo y corrió hacia Juan.
—¡Vete de aquí! —gritó; su boca estaba torcida por
el odio? ¡No quiero que mires! ¡Fuera! ¡Fuera!
—Me voy —respondió él con calma.
—¡Fuera! ¡Vete! —aullaba; alargó las manos y sus
dedos parecían las garras de un ave de rapiña—. ¡No
quiero que mires! ¡Lleváoslo! ¡Ordenaré que os maten,
si no os lo lleváis inmediatamente!
Los beduinos dejaron de tocar. Artabán apartó pre­
cipitadamente a Juan.
—Es una mala suerte que te haya visto —dijo preo­
cupado—. Seguramente se quejará y el rey hará todo
lo que ella le pida. Y Herodías también. ¡Mala suerte!
Apártate de su vista. ¿Por qué te habrás acercado? ¿Por
qué has hecho que se enfade?
—Yo sé por qué... —dijo Juan, pero sus palabras no
•han dirigidas al carcelero, sino a sí mismo.
Hacía mucho tiempo, cuando vivía en el valle, iba
un día por el bosque buscando nueces. De pronto oyó
•isas y voces alegres. Se paró y miró a través de las ra-

165
JAN DOBRACZYÑSKY

mas, enseguida se escondió para no asustar a las per­


sonas que había visto.
En el calvero se encontraba una joven mujer con
tres niños. El más pequeño estaba aprendiendo a an­
dar. Su madre y los hermanos mayores formaron un
círculo y el pequeño corría de uno a otro riéndose y
casi cayendo en los brazos que le esperaban. Todos
reían a carcajadas.
No podía apartar la vista de aquella escena. ¡Cuán­
tas ganas tenía de salir de su escondite y participar en
aquel juego! Pero sabía que su aparición los habría
asustado.
La madre estaba de espaldas y no veía su cara. De
frente tenía a una niña que representaba unos ocho
años y era la mayor de los tres hermanos. Cuando mo­
mentos antes vio a Salomé, se acordó de aquella niña,
tan distinta de esta Salomé. Tenía la cara de una ver­
dadera niña, llena de sincera alegría y en su compor­
tamiento se percibía ya el despertar del instinto mater­
no. Esperaba solícita al pequeño y se inclinaba hacia él
con gesto cariñoso cuando éste perdía el equilibrio. Le
abrazaba tiernamente, diciéndole palabras de afecto, y
él le echaba los brazos al cuello.
Juan observaba aquello encantado. En su vida no
había habido niños. No tenía hermanos y luego, renun­
ciando al matrimonio, renunció también a los hijos. Lo
había hecho antes de comprender la importancia de
los hijos en la vida del hombre. Lo comprendió más tar­
de, después de años de vida solitaria. Comprendió que
echaba de menos el amor a un hijo tal vez más que el
amor a una mujer. Se dio cuenta de que un niño es la
cosa más maravillosa del mundo... De pronto, la mujer
dio media vuelta y bajo la toca propia de una mujer ca­
sada vio el rostro tan conocido.
¡Eran los hijos de ella! La niña que estaba enfrente
y que cuidaba con tanto cariño a su hermanito... era
su I/ija. Se parecía a la Efa de años atrás...

166
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

Uno de sus discípulos le había contado que Jesús


amaba sobre todo a los niños. Incluso cuando estaba
muy cansado no rechazaba a ningún niño que se acer­
cara a Él. Los mayores se creen lo más importante,
pensó Juan; creen que únicamente sus asuntos tienen
interés, y los problemas de los niños son insignifican­
tes y no hay que prestarles atención. Sin embargo los
mayores ocultan tantas cosas... quizás inconsciente­
mente. El niño es todo franqueza y sencillez, porque
tiene confianza y fe. ¡Maldito el que engañe a un niño!
Jesús dijo algo parecido. Dijo que a una persona que
enseñase algo malo a un niño se le debería colgar una
piedra al cuello y tirarle al agua.
Juan se marchó deprisa por entre los arbustos. Ya
no podía oír las voces y las risas de los niños. Caminó
con decisión. Vio claramente que lo que había recha­
zado una vez estaba rechazado para siempre.
Aquella niña barílarina que un momento antes le
había mirado con odio estaba en peligro. La maldad
que vio en ella le horrorizó y le llenó de tristeza, pero
al mismo tiempo despertó en él un fuerte deseo de
salvarla.
XXIV

Artabán le condujo hacia el ya conocido salón del


palacio. En el mismo trono donde el día anterior había
visto a Glafira hoy estaba sentado Antipas.
El rey miró a Juan largamente sin decir nada. Con
su gesto acostumbrado se mesaba la barba en la cual
se podían apreciar algunas canas. Por lo visto, con la
premura de perseguir a su mujer, no había tenido tiem­
po de ponerse en manos de los criados que le cuida­
ban el pelo y la barba. Los ojos de Antipas parecían
buscar algo en el rostro de Juan.
Por fin dijo:
—El carcelero te elogia. Dice que no has huido a pe­
sar de que ella te había ofrecido la libertad.
Juan advirtió que Artabán no había contado nada
sobre su huida y la siguiente persecución. No respon­
dió nada.
Antipas continuó:
—Te has portado bien. Eres mi prisionero y sólo yo
puedo dejarte en libertad. Te lo repito otra vez: no quie­
ro que estés en prisión y estoy dispuesto a liberarte. Ya
lias visto que no tenías razón. Ella me abandonó y ha
dejado de ser mi mujer.
—No, no ha dejado de serlo —dijo.
—¿Otra vez vuelves a lo mismo? —se quejó Anti-

169
JAN DOBRACZYÑSKY

pas—. Creía que te habrías vuelto más sensato. Y yo


que había decidido soltarte... Quería recompensarte...
Si prometes dejarme en paz, podrás quedarte en Gali­
lea... No tengo nada contra ti ni contra tus enseñanzas
que no gustan en absoluto a los fariseos. Ellos dicen
que estás endemoniado. Pero los fariseos... No me caen
bien. Serían incluso capaces de volverse contra mí. Sin
embargo Herodías está con ellos y yo no se lo puedo
prohibir. Además, la instingan. Si prometieses...
—Tú haces todo lo que ella quiere —cortó Juan con
dureza.
—¡No es verdad! —se indignó el rey—. Yo soy rey y
mis órdenes siempre deben cumplirse. Quiero recom­
pensarte porque no has huido. Te dejaré libre... Te con­
vendría volver a enseñar a la gente. Ahora en Galilea
ha aparecido otro profeta y por lo que dicen es un sim­
ple am-ha ares que hace milagros... Tú nunca has que­
rido hacer milagros, aunque te lo pedí...
—Yo no sé hacer milagros.
—¿No sabes? Dicen que Aquel dio de comer a mi­
les de gente con un solo trozo de pan. Eso sí que fue
un milagro valioso. Yo me conformaría con algo me­
nos espectacular...
—Los milagros los hace el Altísimo y no el hombre.
—¿Entonces por qué Aquel es capaz de hacerlos?
Te aseguro que es un simple am-ha ares. Dicen que es
hijo del naggar José. Y estoy seguro de que si tú qui­
sieras podrías hacer un milagro. Luego te dejaría mar­
char. ¿De acuerdo, profeta?
—El Altísimo no va a hacer ningún milagro para mí.
—Sí lo haría, sí se lo pidieras... Y dejaré que te vayas.
—¡Manda a Herodías con su marido!
—¡Calla! ¡Te prohíbo hablar de eso!
—No son palabras mías, es el Altísimo que habla por
mí.
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—¡No es verdad! ¿Cómo lo sabes si, según dices, no


eres profeta ni sabes hacer milagros?
—¡Lo sé. Lo dice el Altísimo por mi boca.
—¿Intentas amenazarme?
—Quiero amonestarte, mejor dicho, es el Altísimo
quien lo hace.
—¡No creo ninguna de tus palabras!
—No necesito que me creas a mí. La Ley del Altísi­
mo está escrita en los libros que tú puedes leer.
—Pero yo soy rey. Las leyes comunes son para la
gente común. Díselo al Altísimo, explícaselo...
—Á1 Altísimo no hay que explicarle nada. El lo ve
todo.
Antipas golpeó con el puño el brazo del trono. La ra­
bia le impedía pronunciar ni una palabra. Sus dientes
rechinaban y parecía que se iba a ahogar. Por fin, re­
cobró el habla.
—¡Estúpido! ¡Perro! ¡Debes estar endemoniado de
verdad! Es la última vez que trato contigo. ¿Así respon­
des a mi buena voluntad? ¡Perro! ¡Cuántas veces me
han pedido los fariseos que te mate! Yo no les he he­
cho caso. ¡Volverás a la mazmorra! ¡Te pudrirás en ella!
¡No saldrás nunca de allí! Aquel otro es quien va a triun­
far. Se llevó tus discípulos, la muchedumbre... Si yo te
dejara libre todos volverían a ti. Pero ahora le van a se­
guir a Él...
—Es preciso que Le sigan.
—Te has vuelto loco de veras. Si te encierro ahora,
te podrás considerar ya como muerto. ¿Me oyes?
No respondió.
—¿Por qué no dices nada? —aulló Antipas enfure­
cido y con espuma en los labios.
Pero Juan permaneció callado. Entonces el rey,
dando unas palmadas, llamó a la guardia.
—Conducirlo ante la reina —ordenó.
XXV

En una habitación contigua se encontraba Hero­


días sentada en un sofá, estrechando entre sus brazos
a Salomé. Al ver a Juan, la niña escondió su rostro y
sin mirarle gritó:
—¡Que se vaya de aquí! ¡Lleváoslo! ¡Fuera!
—Se m archará enseguida —dijo su madre acari­
ciándole la espalda—. No le tengas miedo...
Se dirigió a Juan diciéndole con severidad:
—Has asustado a mi hija.
El negó con la cabeza.
—Yo no la he asustado; tiene miedo de lo que esta­
ba haciendo.
—¿De qué estás hablando?
—Tú lo sabes... estaba bailando como tú le has
enseñado...
—¿Te has vuelto loco?
—No es suficiente que te hagas daño a ti misma,
sino que también quieres envenenar a la niña.
—¡Cállate! ¡Si no te callas haré que te arranquen la
lengua!
—Nada de lo que hagas podrá ocultar el mal.
—¡Te repito que te calles! Soy tu reina. Tienes que
obedecerme.
—Tú no eres reina de este país.
JAN DOBRACZYNSKY

—¡Ya verás quién soy yo! —Herodías arqueó con


desprecio sus bellos labios—. ¿Creías que me ibas a
vencer? ¿Que el rey te liberaría porque no te has
escapado?
—Esperaba que lo entenderíais los dos, el rey y tú.
—Entonces eres un estúpido. Un estúpido, terco
como un burro.
—Soy terco porque el Altísimo tiene mucha pa­
ciencia.
—¡Deja de hablar continuamente de tu Dios! ¡Ya es­
toy harta! Hay muchos dioses y yo no pienso obedecer
a las exigencias de cada uno de ellos. No temo a los dio­
ses, no pueden hacerme nada. Antipas sí, teme... ¡Pero
yo no! ¿Te enteras? ¡Mantendré mi amor aunque tenga
que matar por ello!
—¿Llamas amor a la sensualidad?
—¿Qué sabes tú de eso? El amor mueve al mundo.
¿Conoces la historia de Cleopatra?
—¿Y tú, sabes lo que le pasó a Jezabel? Terminarás
como ella.
—¡Ya lo veremos! Pero tú no lo verás. Has sido un
estúpido por no haberte escapado. ¡Habría sido mejor
para ti que hubieras reventado durante tu huida, por­
que yo no te perdonaré!
Se inclinó hacia él y, apretando los dientes, dijo:
—¡No te perdonaré! ¡Juro que no te escaparás! No
me quedaré tranquila mientras vivas. Encontraré al­
gún medio. Esta —señaló a su hija—, ésta tampoco te
perdonará.
—A ella déjala... —dijo Juan.
—¿También quieres meterte en los asuntos de mi
hija? Será inútil. Mi hija me seguirá en todo. Será rei­
na y encarcelará y matará a los falsos profetas como
tú.
—Gritar no te servirá de nada.
—¡Fuera con él! —aulló.

174
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

Salomé, que ya había descubierto su cara, miró a


Juan con odio y le escupió.
Herodías se dirigió a Artabán:
—Vuelve a meterlo en el calabozo. Tienes que ha­
cerle sentir lo que significa ofenderme a mí. Tienes que
hacerle la vida imposible. ¡Si no cumples bien mis ór­
denes te vas a acordar de mí!
Nada más salir de la sala recibió un fuerte golpe en
la cabeza y cayó al suelo desmayado. No tuvo tiempo
de volver en sí; siguieron golpeándole, Artabán gritaba
y daba patadas, ayudado por los soldados. A duras pe­
nas consiguió levantarse, salió al patio y volvió a caer
sobre una mancha de sangre. Continuaron dándole pa­
los y pisoteándolo. La frente le sangraba y la sangre le
caía en los ojos. No podía andar; arrastrándolo, lo arro­
jaron escaleras abajo. Cayó al fondo del calabozo y per­
dió el conocimiénto.
Era ya de noche cuando abrió los ojos. Por la cla­
raboya entraba la luz de la luna formando en el suelo
un círculo verde azulado. La sangre seca le pegaba los
párpados; tenía los labios rotos, quemados por la fie­
bre. No tenía fuerzas para levantarse. Se arrastró has­
ta el recipiente de piedra donde caía el agua y bebió
con ansia.
Le parecía que el único deseo que tenía en aquel
momento era el de morir. ¡Poder cerrar los ojos y no
volver a abrirlos jamás! Musitaba: «Llévame, Señor, lí­
brame de mis enemigos, quítame la vida...». Le parecía
demasiado peso para poder seguir aguantando. Todo
le había fallado: sus enemigos eran poderosos, sus am i­
gos le habían abandonado... Aquel, cuya venida había
anunciado, se había alejado... No le quedaban fuerzas...
El salivazo de la niña le escocía en la cara como una
quemadura... «Morir —pensó—. Por todo lo que he he­
cho, Señor, déjame morir...».
JAN DOBRACZYÑSKY

Algo aleteó en el aire. Le pareció percibir en el res­


plandor de la luna como una mariposa gigante. Aque­
lla luz verde plateada se iluminó formando una colum­
na brillante. Alguien se inclinó sobre él. Sintió como si
unas manos le tomaran la cabeza. Y una voz dijo en
un susurro:
—Recoge tus fuerzas. Tienes todavía camino por
delante.
Volvió a desmayarse.
XXVI

Pasaron los días.


Al día siguiente de las sangrientas ejecuciones, el
rey y su séquito se marcharon. Fue entonces cuando
Artabán bajó al calabozo y se espantó al encontrar a
Juan sin conocimiento. Herodías le había mandado, an­
tes de irse, que fuese severo con Juan, pero que le con­
servara la vida. «No permitiré que m uera demasiado
pronto —advirtió al carcelero, amenazándole con el
dedo—. Te hago responsable. Tiene que vivir hasta que
yo decida su destino...».
Curaron, pues, las heridas de Juan y Artabán orde­
nó a un sirviente que le cuidase y le atendiese varias
veces al día. El mismo le visitaba todas las mañanas.
Por fin Juan recuperó los sentidos. Estaba muy dé­
bil todavía y se pasaba los días enteros mirando al va­
cío. Intentaba rezar pero no podía encontrar las pala­
bras adecuadas. El Altísimo debía de estar muy cerca,
sin embargo él no era capaz de dirigirle una sola pala­
bra. No podía pedir ni la vida ni la muerte. Quienquie­
ra que fuese el que le advirtió que aún tenía un largo
camino por delante, Juan estaba seguro de que ésa era
la voluntad del Señor y la aceptó. Repetía: «Haz con­
migo lo que tú quieras, lo aceptaré todo...».
JAN DOBRACZYÑSKY

Arriba, en el patio, los guardias hacían el relevo.


Cuando el sol brillaba, sus rayos formaban un círculo
caliente en el suelo, como siempre. Pero a menudo el
sol no salía en todo el día, y en el calabozo hacía un
frío húmedo. El agua, al caer en el piloncillo de piedra,
hacía un ruido monótono. Entraba un sirviente, mira­
ba un rato a Juan, a veces le preguntaba algo. Pero éste
no le respondía. Dejaba un trozo de pan junto a su ca­
mastro y se marchaba. Pasaban las horas. Luego venía
la noche. Detrás de los muros un búho ululaba sus la­
mentos. Juan vacía con los ojos abiertos. No podía
dormir.
De repente, un día, le llamaron desde arriba.
—¡Juan! ¡Juan, hijo de Zacarías! ¿Sigues vivo? ¡Con­
testa!
La voz retumbaba dentro del calabozo. Se levantó
con dificultad de la yacija y con las piernas tembloro­
sas se acercó hacia el sitio donde le podían ver desde
la reja.
—¿Quién me llama?
—Soy yo, Judas.
—¿Judas?
—Sí. Soy tu antiguo discípulo, Judas de Carioth. ¿No
te acuerdas ya de mí?
—No he olvidado a nadie. Me acuerdo bien de ti. Te
marchaste para seguir a Jesús...
—Exacto. Tú mismo me dijiste que debía seguirle.
Repetías: «id con El. El es el Esposo y yo soy sólo el pa­
drino...». Eso decías.
—Tienes razón, eso era lo que yo decía.
—Pues yo seguí a Jesús...
—¿Y ahora le has abandonado?
—No, no le he abandonado, sigo siendo discípulo
suyo. Él nos ha enviado entre las gentes, para hablar­
les de sus enseñanzas. Él quiere tener cada vez más
gente con Él... No nos dejó llevar nada, sólo un bastón.

178
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

Tenemos que entrar en las ciudades y en los pueblos


y si no nos quieren escuchar, tenemos que m archar­
nos y sacudir el polvo de nuestros pies...
—¿Por qué estás aquí?
—He salido junto con Felipe. El habla muy bien, es
muy elocuente. Lo he dejado solo un par de días y me
he acercado aquí para verte. Yo nunca te he olvidado...
—Has hecho mal. Si Él dijo que teníais que estar los
dos juntos...
—Pero yo sabía que tú estarías solo...
—Así es. Pero Él te ha enviado a la gente y no a es­
tar conmigo.
—Es solamente un momento. Pensé que te agrada­
ría saber lo que Él hace...
—Ya que estás aquí, cuéntame.
—Tus discípulos estaban con Él...
—Lo sé.
—Después, cuando se marcharon Él se puso a ha­
blar muy bien de ti. También ahora, que han empeza­
do a m urm urar contra Él...
—¿Murmuran contra Él?
—Eso pasa. Él ha dicho que el pueblo es voluble,
obstinado y que siempre está descontento. Dice que
son como niños caprichosos. Sus palabras fueron: vino
Juan, que ayunaba, no bebía vino, llamaba a la peni­
tencia, y afirmaban de él que estaba endemoniado. A
mí, porque como, bebo y entro en las casas de mis am i­
gos, me llaman glotón y borracho...
- —¿Le llaman así?
—Sí. Tiene miles de seguidores, pero también tiene
enemigos. ¿Sabes que en su pueblo natal le quisieron
matar?
—¿Te refieres a Nazaret?
—Sí. Llegó allí para enseñar. Le escucharon con in­
terés, pero cuando les dijo que no tenían fe y que por
eso Él no curaría a ninguno de ellos, se indignaron. Se

179
JAN DOBRACZYNSKY

le echaron encima y se lo llevaron para arrojarlo por


un precipicio...
—¿Cómo se salvó?
—No lo sé muy bien... Les miró de una manera tan
especial que ellos retrocedieron.
—¿Quién creéis que es El?
—Hay muy diversas opiniones... Es, desde luego, un
hombre prodigioso... Extraordinario... Si El quisiera, es­
toy seguro de que podría dirigir toda la nación. Si lo
quisiera... O bien si alguien Le obligase a ello... Te voy
a contar lo que pasó en una ocasión. Estábamos nave­
gando hacia la otra orilla del lago. El parecía cansado,
se acostó en la popa de la barca y se durmió. De pron­
to se desencadenó una tempestad. Fue muy violenta,
se hizo completamente de noche, el agua saltaba por
encima del mástil, el viento aullaba, las olas entraban
por encima de la borda. En mi vida había visto cosa pa­
recida. No conozco el mar, ni sé nadar y estaba seguro
de que nos íbamos a hundir. También Pedro y los de­
más pescadores se asustaron y despertaron a Jesús que
seguía dormido... Gritaron: «¡Sálvanos, que vamos a
morir!». El abrió los ojos, se levantó como asombrado,
sin comprender por qué Le despertaban. «¿De qué te­
néis miedo?», les preguntó, como si no viese el agua en­
trando en la barca y las olas que podían volcarla en
cualquier momento. «¿Dónde está vuestra fe?». Pero al
ver que no paraban de gritar y temblar de miedo, se di­
rigió al mar y le dijo: «¡Cálmate!». ¿Y sabes qué pasó?
La tempestad se calmó de golpe, como cuando se re­
tira del fuego un puchero con agua hirviendo...
—¿Eso no os ha hecho comprender quién es El?
—Todos saben que es Alguien extraordinario. El
mismo nos preguntó una vez qué pensábamos de El.
Hubo diferentes respuestas. Decían que El era un pro­
feta, Elias. Pero Pedro gritó:
—¿Quién es Pedro?
—Tú le conoces bien. Es Simón de Cafarnaúm, her-
y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

manos de Andrés. Fue entonces cuando Jesús le llamó


Pedro. Pues bien, Pedro gritó que Él era el Mesías, el
Hijo del Altísimo. El Maestro le dijo que por haber acer­
tado en su respuesta, en adelante se llamaría Pedro,
que quiere decir roca. Y sobre esa roca Él iba a cons­
truir su reino.
—¿Entonces Pedro fue el único que comprendió al
Mesías? Se adelantó a todos...
—No sé lo que quieres decir con eso... Lo cierto es
que después de haberle dado un nombre nuevo, el
Maestro regañó a Pedro y le llamó tentador. Porque Él
dijo que le apresarían, le maltratarían y luego le m ata­
rían. Pedro se indignó, diciendo que eso no podía ser,
que eso no sucedería, que Él no podía decir aquello,
que el Mesías no podía morir...
—Yo le llamé Cordero de Dios... —dijo Juan en voz
baja.
—Recuerdo que le llamaste así. Creí que querías de­
cir que era tan amable y tan inocente como un cor-
derito.
—¿Y sabes lo que pasa con los corderitos cuando
se va a celebrar la Pascua?
—¿Cómo puedes decir eso? Él es grande y podero­
so, hace milagros. Te digo que si fuese consciente de
su propia fuerza... Él es el Mesías, pero parece como si
Él mismo no lo creyese... ¡Hay que persuadirle de que
emplee todo Su poder para vencer!
Juan no dijo nada. Se sintió muy cansado de estar
de pie con la cabeza levantada. El cuello se le adorm e­
ció, necesitaba sentarse. Volvió a su camastro. Había
cosas que aún no acababa de entender. Pero ya empe­
zaba a ver como una luz pequeña en el fondo de un lar­
go túnel oscuro. Desde hacía mucho tiempo presentía
que la palabra Mesías no tenía el mismo significado
que se la solía dar. Al ver a Jesús dijo «Cordero de Dios»
sin saber exactamente por qué ni lo que significaban

181
JAN DOBRACZYÑSK.Y

esas palabras. Creía que se las habría traído a la cabe­


za el balido de miles de animales que morían sacrifica­
dos en el Templo... Pero todavía no había llegado a la
plena comprensión: la sangre de los animales se derra­
maba abundantemente, pero eso no servía para repa­
rar nada... Ahora, aquel anuncio de Su muerte... Todo
empezaba a coincidir. Cuando todos estaban esperan­
do a un caudillo triunfador, él ya veía la amenaza de
muerte sobre la cabeza de Aquel a quien había llama­
do Cordero de Dios... Desde el primer momento, la ale­
gría que le produjo Su llegada se había mezclado con
un sentimiento de peligro. Tal vez por esa razón había
sentido un extraño deseo de protegerle a El... ¿Y tal vez
por la misma razón El no había querido consérvale a
Su lado? Los dos, siendo niños, salvaron sus vidas por
milagro... ¿Acaso ahora les esperaba la muerte, que les
causarían las mismas gentes?
—¡Juan, dónde estás! ¡No te veo! —gritó Judas.
Se levantó y volvió al lugar donde podía ser visto.
Dijo:
—Vuelve a la tarea que te ha confiado Jesús. Sírve­
le y no Le decepciones. ¡No olvides lo que te digo! Ten
confianza en Él. Ten fe en todo lo que Él dice. Tú y to­
dos los demás. Díselo a ellos. Tenéis que confiar en Él
igual que los hijos confían en sus padres.
Agarrado a la reja, Judas seguía protestando:
—Ya me voy. Pero no será verdad que Él va a mo­
rir. Él lo dice, pero el Mesías no puede morir. ¡Él ven­
cerá, ya lo verás! Escucha, te voy a contar algo más. Él
dio de comer a miles de gentes con tan sólo unos pe­
dazos de pan. Todos querían proclamarle rey, pero Él
nos mandó alejarnos y se escondió en algún sitio. ¡No
cree en sí mismo! Pero Él lo puede todo. Aquella mis­
ma noche... Estábamos navegando a través del lago, tal
como nos lo había mandado. Soplaba un viento fuerte
formando unas largas olas blancas. De pronto vimos

182
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

que Él nos venía siguiendo. Estaba andando con natu­


ralidad, como si pisara tierra firme. Parecía pensativo.
Se podría decir que no se daba cuenta de que estaba
andando encima del agua. ¿Te lo puedes impaginar?
Sin embargo, yo lo vi igual que te veo a ti ahora. Em ­
pezamos a gritar, asustados. Creíamos que era un fan­
tasma. Se acercó a nosotros. Estaba de pie en el mar.
Le dijo a Pedro que él también podía hacer lo mismo.
Pedro saltó fuera de la barca y en los primeros m o­
mentos estuvo andando, pero de repente se puso a gri­
tar y se hundió. Por poco se ahoga, pero Él lo tomó de
la mano y le salvó... ¿Es posible que alguien que sabe
andar sobre el agua pueda ser encarcelado, torturado
y matado? Creo que Él lo dice sólo para ponernos a
prueba. ¿Tal vez no está seguro de sí mismo. ¿Hará fal­
ta obligarle...?
Juan se quedó callado. Es verdad —pensó—. Al­
guien así no puede ser maltratado y acabar siendo
muerto. A no ser que Él mismo lo quiera... ¡Qué difícil
es comprenderlo! ¿Serán capaces de entender que Él
quiere entregarse por ellos? ¿Por ese reino que, según
dijo, va a construir sobre los hombros de Pedro?
xxvn

Esta vez no tuvo que esperar mucho tiempo.


Una tarde, un grupo de jinetes entró en el Patio.
Pudo oír algunas voces. Alguien dijo:
—El rey ha ordenado que os deis prisa.
Alguien más preguntó:
—¿Van a dar una fiesta en el palacio?
Se oyó una orden tajante:
—¡Dile a Artabán que todo tiene que estar listo para
la madrugada!
Juan estaba seguro de que se referían a él. En la
cárcel no había ningún otro preso, así es que si llama­
ban al carcelero sería para que se ocupase de él.
Llegó la noche, pero con ella no vino el sueño. Tum­
bado, estaba mirando la claraboya que destacaba en
la oscuridad. Se oía a los caballos masticar el grano ha­
ciendo resonar sus cadenas.
Le vinieron a la memoria unas palabras extrañas
que pronunció Jesús y que le había referido uno de los
discípulos que vinieron a verle: «Entre los nacidos de
mujer no ha habido nadie más grande que Juan. Pero
el más pequeño del Reino de Dios es más grande que
él...».
Entonces, cuando oyó estas palabras no les hizo
mucho caso; tampoco las entendió y las olvidó pronto.

185
JAN DOBRACZYÑSKY

Ahora le vinieron a la cabeza y las sintió como un do­


loroso pinchazo. ¿Significarían que Él no lo quería en
Su Reino? ¿Acaso todo lo que había hecho durante su
vida no había sido suficiente para merecer un premio
como aquél? ¿Acaso todo había sido rechazado y per­
dido? ¿Éstaría realmente poseído por el demonio?
Como traídas por el fuerte viento, le inundaron
oleadas de desesperación. Parecía como si una mano
le cogiera por la garganta dejándoles sin aliento. Ha­
ciendo acopio de las fuerzas que le quedaban, se repe­
tía de prisa, como si fuesen palabras mágicas: «¡Confía,
confía, confía!». Así intentaba aturdirse para ahogar los
pensamientos que le asaltaban persistentemente. No
era capaz de luchar contra ellos, sólo podía sofocarlos.
La noche transcurría lentamente. El sueño no acu­
día.
Por fin clareó el marco de la claraboya. Empezaba
el día. Se percibían movimientos en el patio. Andaban
por allí, charlaban, abrevaban los caballos.
Rechinó la cerradura de la puerta. Entró un siervo
con una antorcha encendida y detrás, Artabán.
Se acercó a Juan y le llamó.
—¡Levántate!
—¿Qué quieres?
—¡No preguntes! ¡Levántate! Ahora mismo te vas a
marchar.
—¿A dónde tengo que marcharme?
—Ya te lo dirán.
Lo sacaron fuera, al patio. El aire era fresco y en el
cielo brillaban todavía algunas estrellas. Notó un súbi­
to temblor en todo su cuerpo. Los caballos estaban pre­
parados para el viaje. Junto a ellos esperaban los mer­
cenarios extranjeros con sus melenas rubias asomán­
doles por debajo de los cascos. Artabán estaba hablan­
do con el jefe de ellos. Juan no podía oírles. Cuando ter­
minaron, el carcelero se dirigió a Juan:
—El ordena que te montes en el caballo.

186
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—¡No puedo montar! No he montado nunca a


caballo.
—Pues ahora tienes que montar. El rey les ha m an­
dado que se dieran prisa. Sin caballo no llegarías a
tiempo.
—¿Dices que tengo que ir a ver al rey?
—¿Por qué preguntas? Has recibido una orden y tie­
nes que obedecer.
De pronto Artabán cambió de tono. Sin dar más gri­
tos habló en voz baja y rápido:
—Creía que lo adivinarías. Te llevan al rey. No sé lo
que te espera allí. El rey celebra su cumpleaños, por lo
tanto puede que se muestre benévolo contigo. No me
guardes rencor. Yo no deseaba hacer daño. La reina
me ordenó que te diera golpes; yo, por mí, no lo habría
hecho. Te estoy agradecido por aquello... Has salvado
a mis hijos... No te resistas. Monta a caballo como te
han dicho, si no, te llevarán atado.
Sin protestar, Juan montó sobre el caballo y em­
prendieron el camino. Cuando cruzaban la puerta, el
sol saliente iluminó las cumbres de las montañas de­
trás del Mar Muerto. Por encima del obscuro bloque
de rocas apareció un luminoso encaje rosa dorado.
Allá, más lejos, estaba la Judea, Ain-Karin, Betabara...
Miró atrás hacia el castillo; Maqueronte tenía un as­
pecto espléndido en la cima de la montaña: sobre sus
murallas se deslizaban las primeras luces del am a­
necer.
Al alcanzar el camino recto, los caballos se pusie­
ron al galope. No acostumbrado a montar a caballo,
Juan difícilmente aguantaba el viaje. Sus rodillas san­
graban y cuando los caballos se pusieron de nuevo al
paso, sentía como si le hubieran dado una paliza. Pero
los soldados no le hacían caso. Le dijeron algo a voces,
que él no entendió y espolearon los caballos.
Cuando por fin se detuvieron para pasar la noche,
Juan apenas pudo apearse. Después de cabalgar el día

187
JAN DOBRACZYÑSKY

entero le dolía todo el cuerpo v le costó mucho dar


unos pasos para acercarse al fuego que habían prepa­
rado los soldados. Se reían de él mirando cómo anda­
ba encogido y cojeando. Junto al fuego cayó al suelo,
mareado.
Uno de ellos, el jefe que hablaba algo de hebreo, se
inclinó sobre Juan para preguntarle cómo estaba. Pa­
recía hablar con cierta compasión. Le dio un poco de
agua v Juan bebió ávidamente, pero rechazó el pan y
la carne que le ofreció.
—Gracias —le dijo al soldado—. No voy a comer...
—Tienes que comer. Hace falta que te recuperes
para poder seguir el viaje.
Comió un trozo de pan, pero no quiso carne.
—He hecho voto de no comer carne.
El soldado se encogió de hombros.
—¡Qué importancia tienen los votos! Vas a morir
pronto. Disfruta por lo menos de una buena comida...
Pero él no la aceptó. Tomó el pan y bebió el agua.
A pesar de que tantas veces había deseado la muerte
y que ahora al abandonar el castillo también tuvo el
presentimiento de que iba a morir, a pesar de todo, las
palabras del soldado le aceleraron el pulso. Intentaba
sobreponerse, pero no podía pensar en otra cosa. Ya ni
sentía el cansancio del viaje. Había ofrecido su vida
muchas veces, pero ahora, al ver la muerte tan cerca­
na, se asustó. Y al mismo tiempo se enfadó consigo mis­
mo por el miedo que sentía y porque a pesar de todo
se agarraba tanto a la vida.
El sol se ponía detrás de las montañas y se hizo de
noche de repente. Los soldados se acostaron junto a
Juan dejando a uno de ellos de guardia. Este se quedó
sentado junto al fuego, añadiendo leña y canturrean­
do. Pero no había bastante leña y la brasa no calenta­
ba lo suficiente. Aunque le dieron una manta para ta­
parse, Juan tiritaba. No podía coger el sueño.

188
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—Has conseguido lo que querías —aquella voz co­


nocida le habló en la oscuridad—. ¿De qué te ha servi­
do? Les has estado enojando obstinadamente, no los
has cambiado y no cambiarán nunca. Y tú vas a m o­
rir. Vas a morir no por una gran causa, sino por un
asunto ridículo. ¿Entiendes? Ridículo. Te habías imagi­
nado que convertirías a unos depravados, que conse­
guirías que obedecieran a las leyes sagradas... ¡Qué in­
sensatez! Incluso un sicario muere más dignamente...
—A mi bisabuelo también le mataron —m urm uró
Juan.
—Pero a él le mataron junto al altar —la voz pare­
cía contenta porque la respuesta de Juan le permitía
seguir hablando; su parloteo no tenía fin—. El fue pro­
feta y sacerdote. Y tú... ¿quién eres? No te has hecho
sacerdote, en el Templo te rechazaron. No has dejado
que te llamen profeta. Has perdido todo lo que tenías.
¡Absolutamente todo! Y hasta El ha dicho que en Su
Reino todos son más grandes que tú...
—¿Estás seguro de que lo dijo así?
Apretó los labios. Cualquier cosa que hubiera res­
pondido no habría servido más que para envalentonar
a la voz.
—Tu muerte se parecerá a un suicidio —la voz no
paraba de hablar—. Es un terrible pecado. Quien se sui­
cida cae en nuestras manos. Pero tú va estás en nues­
tro poder. Los fariseos tienen razón cuando dicen que
estás endemoniado.
Se oyó muy cerca el aullido de un chacal, que pa­
reció un llanto de dolor.
—Supongo que estás convencido de que nosotros
no existamos ya —seguía el susurro de la voz—. ¿Crees
que El nos ha eliminado? ¿Que nos ha vencido? ¿Que
nos convertimos en cerdos y perecimos? Es cierto, Él
nos persigue y nos expulsa. Tenemos que vivir a escon­
didas. Pero viviremos así y nos quedaremos. Esperare-

189
JAN DOBRACZYÑSKY

mos que llegue nuestra hora. Serán los tiempos de


grandes desilusiones y de grandes pruebas. Tanto va­
mos a cambiar que nadie nos reconocerá. Nos intro­
duciremos en Su Reino y nos llamaremos mesías... El
que tú anunciaste perderá. Le vamos a engañar. Una
vez más destruiremos Su obra...
Juan no pudo aguantarse y replicó:
—Os equivocáis. El no perderá.
—Sí perderá —la voz rebosaba de alegría—. Entra­
remos en su casa. Todo lo suyo se perderá. Todo será
inútil.
—¡No! —gritó Juan.
* o

Pero no habló más. Sólo pensó: Yo puedo ser pri­


vado de todo, perderlo todo, porque todo me ha sido
dado. Pero El no perderá nada. El tentador se equivo­
ca. No conoce a fondo toda la verdad y yo tampoco...
¡Pero estoy seguro de que este Reino nunca será ven­
cido! ¡Nunca!
De repente lo vio todo con absoluta claridad. Otra
vez recordó lo que le contaron sus discípulos. Un día
dijeron a la Madre de Jesús que su hijo se había vuelto
loco y que tenía que salvarle. Ella acudió corriendo,
pero había tanta gente a Su alrededor que no pudo
acercársele. Alguien llamó a Jesús: «Maestro, aquí está
Tu Madre y te llama». El respondió: «Mi Madre son to­
dos aquellos que escuchan mi palabra y cumplen la vo­
luntad de mi Padre».
¿Acaso con estas palabras rechazaba a Su Madre?
Imposible. La amaba tanto... Simplemente quiso decir
que todos, Ella incluida, tenían que seguirle... Aunque
dijera que Él fue mi hermano, también dijo que yo era
el más pequeño de los más pequeños del Reino... Sí,
seré pequeño hasta que no Le siga... ¿Cuándo le se­
guiré?
La voz se calló. Por lo visto ya había dicho todo lo
que quería. Llegó el sueño. Juan se despertó cuando

190
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

los soldados ya se habían levantado. El cielo sobre las


montañas se vestía de tonos dorados.
Tenía el cuerpo rígido y dolorido, apenas si pudo le­
vantarse. Mirando hacia el sol que estaba saliendo,
rezó: «Que sea santificado y alabado Tu nombre, Se­
ñor, que has creado el mundo según Tu voluntad. Que
reines sobre la vida y sobre toda la casa de israel aho­
ra y por todos los siglos...».
No pudo subir por sí mismo al caballo y los solda­
dos tuvieron que colocarlo de cualquier manera. Se su­
jetaba a las crines para no caerse con las sacudidas del
galope. Los soldados arreaban los caballos sin hacerle
ningún caso. Lo más que hacían era darle un empujón
cuando estaba a punto de caerse.
Al atardecer, a pesar de su enorme cansancio, re­
conoció el lugar donde estaban. Cruzaron el Jordán y
se detuvieron no lejos de Aenón. Cerca del pueblo ga-
lileo de Naím hicieron un alto. Detrás del pueblo se le­
vantaba el monte Tabor, todo cubierto de bosque, pa­
recido a un gran montón de heno. Descansando echa­
do en el suelo junto al fuego, Juan recordó que fue pre­
cisamente allí donde tuvo lugar el milagro del niño re­
sucitado. Al entrar en el pueblo, Jesús encontró un cor­
tejo fúnebre. Llevaban sobre unas andas un cuerpo en­
vuelto en lienzos; la madre viuda iba detrás llorando y
mesándose los cabellos. Jesús, inesperadamente, les
hizo una seña para que parasen... Fue un gesto tan in­
sólito que los discípulos se sorprendieron: Él, que de
costumbre hablaba de lo más importante y trascen­
dental para todo el mundo, también supo interesarse
por un solo hombre. Aquella madre no Le pidió nada,
ni siquiera le había visto, no sabía que junto a ella es­
taba un hombre que hacía grandes milagros. Seguía
llorando desesperadamente, como llora aquel que va
no tiene ninguna razón de vivir. Él dio una voz: «¡Le­
vántate!», v de pronto se movió el cuerpo debajo del su­
dario.

191
JAN DOBRACZYÑSKY

Juan pensaba: Él está tan cerca, podría encontrar­


le, verle... Dijo que nos encontraríamos... ¿Será eso po­
sible? Hay que confiar en Su palabra...
El tentador no le molestó aquella noche. Pero no
pudo dormir, aunque tampoco hizo ningún esfuerzo
por coger el sueño. Es la última noche, pensó. En el cie­
lo salieron enjambres de estrellas. Las laderas cubier­
tas de árboles y arbustos exhalaban un intenso perfu­
me, los campos olían a miel. La noche era muy cálida.
Bajo aquel techo estrellado, en medio de la oscuridad
verde de la vegetación blanqueaban las casas del pue­
blo. En una de ellas vivía el niño resucitado.
Él le devolvió la vida para consolar a su madre. Pero
no había venido solamente para resucitar a los muer­
tos. Aquello sólo fue una señal... ¿Qué señal? ¿Señal de
Su poder? Judas tenía razón: Él lo puede todo. Tam­
bién es verdad que no quiere emplear todo Su poder.
Pero no es porque no sabe que lo tiene o porque no se
atreve a hacerlo. Para Él lo más importante es un ges­
to de caridad. Por hacer ese gesto es capaz de dejar
todo Su poder. Es capaz de devolver la vida a un hom­
bre; pero también es capaz de dar su propia vida por
un hombre...
Al mediodía del día siguiente vio a lo lejos las mu­
rallas de Seforis.
xxvrn

El palacio estaba lleno de estrépito, de gente y de


música. Desde días atrás se estaba celebrando la fiesta
del cumpleaños de Antipas. Cuando llegaron al patio
del palacio Juan se deslizó del caballo y cayó al suelo.
Le parecía que tenía el cuerpo roto en pedazos, y no po­
día tenerse en pie, a pesar de los gritos y de las pata­
das que le propinaban. Por fin, dos esclavos le cogie­
ron por debajo de los brazos y lo arrastraron hacia la
cárcel.
El carcelero ordenó encerrarle en un cuaito oscu­
ro, con un solo ventanuco enrejado. Lo ataron a una
cadena fijada en la pared. Cuando sus ojos se acostum­
braron a la oscuridad, pudo percibir a su lado un tron­
co grande que olía a sangre vieja. Ahora ya sabía cómo
iba a morir.
A través de los muros le llegaba el sonido de la m ú­
sica, cantos, vocerío. Acostado sobre un puñado de
paja podrida escuchaba. Todo él palpitaba de dolor y
no le era fácil concentrarse para rezar.
—¡Oh Señor!, haz que mis sufrimientos y mi m uer­
te contribuyan a Tu gloría. Tú has dado la vida y tú la
puedes quitar, ella Te pertenece. Bendito seas por Tu
bondad. Perdóname si no he cumplido todo lo que es-

193
JAN DOBRACZYÑSKY

perabas de mí. Acógeme benignamente, no como un


juez severo que pide cuentas de todo, sino como aquel
padre de tu parábola, que perdona. Acepta mi dolor
por todos los que me han mostrado su cariño y su com­
pasión, por quienes confiaron en mí y a quienes he de­
fraudado, por todos los que he ofendido con mi cóle­
ra, por aquellos a quienes traté con dureza... Por los
que me odian, por los que me matan... Por todos los
niños...
Habían llegado a Seforis al mediodía y ahora ya es­
taba atardeciendo. El ruido en el palacio aumentó, la
música sonaba más estridente y las voces parecían más
salvajes. Por el ventanuco entraba una luz multicolor:
el palacio debía estar iluminado por centenares de an­
torchas y lámparas.
Se estremeció al oír pasos y el chirrido del pestillo
de la puerta. Fue la última reacción de su cuerpo. En­
seguida se tranquilizó. Entraron unos hombres con an­
torchas, el carcelero, el verdugo con una larga espada,
y un cortesano que llevaba una gran bandeja de plata.
—¡Levántate! —le gritó el carcelero.
Pero el prisionero no podía moverse. Hizo en vano
ímprobos esfuerzos; se volvía a caer. El carcelero hizo
una seña a dos de los siervos, los cuales arrastraron a
Juan hasta el tronco. Empezaron a gritarle y a darle sa­
cudidas tirándole de la ropa, pero cuando levantó la ca­
beza y los miró, se callaron de golpe. En sus ojos aso­
mó el miedo y ni con gritos ni con brutalidades podían
disimularlo. También el carcelero y el verdugo estaban
asustados. Juan seguía siendo célebre entre el pueblo
de Galilea. Aunque él no se daba cuenta de ello y creía
que le habían olvidado, que había sido eclipsado por
Aquel cuya venida anunció. Sin embargo, si El era el
sol, su resplandor no apagaba las estrellas, sino que les
aumentaba el brillo.
El carcelero recogió los cabellos de Juan para apar­
tarlos de la nuca. Dijo con voz temblorosa:

194
Y EL RAYO CAYÓ POR TERCERA VEZ

—No me guardes rencor. Es orden del rey. Yo sólo


cumplo su voluntad-
Tranquilo, reposó su cabeza en el tronco. Oyó al
verdugo jadear y levantar la espada...
Luego estalló un trueno y se hizo una luz inmensa;
la misma que se encenció en aquel momento antes de
nacer Juan; la misma de aquel otro momento del b au­
tizo de Jesús junto al Jordán. Esta fue la tercera vez.
El torrente de luz iluminó su alma hasta lo más pro­
fundo y quemó toda la miseria humana. Y saltó un
chorro de sangre brillante como si fuera de oro puro...
El siervo colocó delante de la muchacha la bandeja
sobre la cual estaba la cabeza, que parecía viva,
chorreando aún sangre. Ella tomó la bandeja y salió
apresuradamente en busca de su madre.
Se hizo un gran silencio en la sala donde se estaba
celebrando la fiesta. Los invitados dejaron sus copas e
interrumpieron sus charlas. Paró la música. Los sir­
vientes se quedaron inmóviles. Todos fijaron sus ojos
en el siervo que se acercó a Salomé con la bandeja.
Acostumbrados a ver la muerte, sin embargo se estre­
mecieron aterrados ante aquella cabeza sangrante.
—¡Tómala, madre! —gritó la niña, al mismo tiempo
que depositaban la fuente delante de Herodías—. ¡Tó­
mala! ¡Yo no la quiero! ¡No la quiero! No quiero nada...
—de repente rompió a llorar—. ¡No! ¡Quiero m archar­
me lejos de aquí, lejos de ti... lejos de todos estos!
El rostro de Herodías palideció, sus ojos negros se
clavaron en los ojos semiabiertos de Juan, como si no
pudiera apartar de ellos su mirada. Al cabo de un lar­
go rato miró a Antipas. El rey, asustado, volvió la ca­
beza. Entonces Herodías comprendió que lo que ella
creía que debería haberlos unido los había destrozado.
¿De qué serviría ahora no haberle abandonado y se­
guirle a un país lejano? El recuerdo de esta bandeja
quedaría vivo para siempre en los sueños de todas sus
noches...

195

También podría gustarte