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ANDRÉ FROSSARD

lλ sad
* be 1a ti6i?RA
e d ic io n e s C a r lo s L oh lé
E STE libro ha sido escrito para lo·
incrédulos que saben poco de la vida
cristiana y para los creyentes (si es
que los hay) que desconocen la vida
religiosa. Está constituido por una
serie de imágenes monásticas en que
el autor ha tratado, con frecuente
buen humor y fervor constante, de
reintegrar a cada una de las Grandes
Órdenes activas y contemplativas los
rasgos borrosos de su rostro autén­
tico y los colores de su paisaje espi­
ritual. Numerosas ilustraciones de
estilo moderno recuerdan las regoci­
jadas iluminaciones de otrora. En la
inmensa biblioteca católica, aunque
se piense lo contrarío, son rarísimas
las obras de conjunto sobre las órde­
nes Monásticas y no puede decirse
que la alegría sea su nota dominante.
La sal de la tierra es sin duda el
primer libro de este género que, sin
transigir un ápice en lo que atañe
a la recta doctrina, trasmite por su
tono optimista algún atisbo de esta
profunda alegría que constituye uno
de los caracteres más sorprendentes
del estado religioso.

DE NUESTRO CATALOGO

Pieter van der Meer de Walcheren


N ostalg ia d e D ios

H om bbes t Dios

La G r an A v e n t u r a

L a H oea de Dios

L a V ida O c u l t a

B e n it o d e N u r sia

EDICIONES CARLOS LOHLÉ


C a s illa ob C om bo 3097 — Bus n o s A ir e s
ANDRÉ FROSSARD

LA SAL
DE LA

TIERRA
Las grandes órdenes religiosas
Ilustraciones del autor

e d ic io n e s C arlos L oh lé
BUENOS AIRES
Versión del original francés:
“LE SEL DE LA TERRE”
p or D e l f í n L eocadio G arasa
Única versión castellana debidamente autorizada por Li-
París, y protegida en todos los
BRAXBiB A r t h í m e F a y a r d ,
países. Queda hecho el depósito que previene la ley n* 11.723.
~ E d ic io n e s C ardos L o h l é , Buenos Aires, 1958.
a un An g e l
I

EN ESTE SIGLO INCRÉDULO

e l d é d a l o fortificado del Mont Saint-Michel, una

E
n

señora turista vió un día a un religioso de santo Do­


mingo en traje de la época y exclamó escandalizada:
— ¿Cómo es posible que todavía haya gente así?
La confusión de la señora hubiera llegado a su colmo,
si alguien le hubiera revelado que el portador de ese traje
insólito, no contento con vestirse de sayal y raparse la
coronilla, se hallaba además vinculado a las edades pre­
téritas por un triple voto de pobreza, de obediencia y de
castidad, en flagrante contradicción con lo que se supone
del ideal moderno.
— ¡En nuestra época con esos votos!
Desde aquí oigo el suspiro de la señora desplomándose
bajo el ojo irónico de las Quimeras, mientras en el azul
san Miguel prosigue su combate inmóvil, posado en la
cúspide del campanario, como un pájaro de plata sobre
la osamenta de algún animal fabuloso arrojado a una
playa en la aurora de los tiempos históricos.

Ignoro si existen hoy muchas señoras que no puedan


soportar el ver a un monje en su decorado natural; pero
10 L a S a l de l a T ie r r a

si estamos lejos del arte gótico, estamos a una distancia


incalculable del espíritu medieval y cada día nos sepa­
ramos más. Tenemos juntamente el mayor respeto por las
catedrales y la mayor ignorancia de la fe que las ha eri­
gido, hasta el punto que ésta no suele ser para nosotros
nada més ni mejor que una especie de secreto profesio­
nal de los arquitectos del siglo xm:
— ¿Qué es la fe?
—La fe —dirá el primer venido— es lo que hacía sur­
gir las catedrales de la tierra y les permitía elevarse con
un mínimo de contrafuertes a alturas desconocidas de
los constructores galo-romanos.
La fe es la antigua receta de la bóveda sobre un cruce
de ojivas* abandonada después de la invención del ce­
mento. Ya no necesitamos de la fe para edificar.
— ¿Qué es el dogma?
—El dogma católico es un local disciplinario para inte­
ligencias vagabundas, una sombría casa de detención, don­
de, soportando las pequeñas humillaciones del registro y
del cerrojo, los espíritus encuentran cabizbajos la calma
y la seguridad de la detención. /
— ¿Y los artículos de la fe? |
—Los artículos de la fe son otros tantos límites impuei
tos a la razón humana, a la cual, con voz plena de ana\
tema, el dogma ha dicho de una vez por todas: “No irás
más allá.”
Las comparaciones de este pequeño catecismo ateo no
son del todo inexactas, con la salvedad de que son natu­
ralmente contrarias a la verdad. Nuestra condición en este
mundo se parece mucho a la del prisionero en su cala­
bozo; pero el dogma es la ventana y si la Iglesia puso
alguna vez sus manos en las paredes de nuestra prisión,
fué para abrir agujeros. El ateo no es el que perfora la
pared para mirar hacia afuera, sino el que la tapa con
la ingenua esperanza de olvidarse de su prisión y al mis­
mo tiempo del mundo exterior. La audacia del espíritu no
consiste en “ trasponer los límites del dogma1’, sino en
alcanzarlos. No es por sus audacias que la herejía incu­
rre en la condenación de la autoridad eclesiástica, sino
por sus timideces. Nunca se vió a un hereje superar el
dogma de la encamación, en cambio se han visto muchos
En e s te s ig lo in c r é d u lo 11

donde la Iglesia reconoce y proclama a un Dios hecho


hombre.
Al desconocer así la fe, mal podemos comprender a los
que en ella viven. La asociamos así a una cierta forma
de arte pretérito y esperamos encontrar bajo las bóvedas
sonoras de nuestras abadías a unos religiosos de piedra
y no a monjes de carne y hueso.

%
Sin embargo, los hay. Y no solamente a la sombra de
los conventos donde la invisible luz de la contemplación
mantiene sus almas atentas y silenciosas, sino en todas
las rutas, en todos los caminos, que a veces son los mon­
jes los primeros en trazarlos y los últimos en recorrerlos,
vestidos de blanco, de negro o de marrón, barbudos o
rasurados, calzados con la sandalia franciscana o el bor­
ceguí jesuíta, munidos del rosario o del crucifijo, en nin­
gún modo desorientados en el siglo de Einstein, viajan a
vapor o a petróleo, lo mismo que usted o yo, cruzan los
mares en avión y entretejen en tomo a la tierra, mien­
tras el viento bate sus capuchones y escapularios, una red
de monasterios, de escuelas, de hospitales y de institucio­
nes religiosas y sociales, una red sólida, apretada, cuyas
mallas rotas son reparadas de un día —o de un siglo—
para otro, y que hace de la Iglesia Católica Apostólica,
con asiento en Roma, el poder espiritual más grande de
todos los tiempos.
Desde los Agustinos Recoletos hasta los Misioneros de
la Sagrada Familia, la simple nomenclatura de las órde­
nes ocupa muchas páginas del Anuario Pontificio y se
dice que Monseñor el secretario de la Sagrada Congre­
gación de los religiosos, que gobierna a los trescientos mil
religiosos y a las ochocientas mil religiosas del universo
cristiano, es el único que conoce la lista completa al punto
de poder asegurar qué hábito corresponde al nombre de
“ Caraciolino” o de “Antonino de san Honnisdas” .
12 L a S a l d e l a T ie r r a

Cosa extraña y en verdad desconcertante para las da­


mas turistas: Si nos asomamos a las listas de Monseñor,
se advierte que el reclutamiento de sus ejércitos no sólo
no disminuye inexorablemente a medida que nos aleja­
mos de la Edad Media, sino que se mantiene firme a
través de la historia, como si la cantidad necesaria y su­
ficiente de “sal de la tierra” hubiese sido fijada de una
vez para siempre mediante un misteriosa decreto. La cur­
va estadística es oscilante, pero no se advierte ninguna
tendencia general a que decaiga. £1 ritmo de las funda­
ciones sigue igual, imperturbable, en medio de las guerras
y de las revoluciones. Así como una epidemia desarrolla
el espíritu de sacrificio, una ley justa parece compensar
el desorden de las costumbres o de las ideas con un re­
crudecimiento de vocaciones piadosas. Y mientras el con­
quistador, el político, el profeta social pretenden alterar
el equilibrio de las fuerzas y torcer la historia, hay allí
una mano invisible que, sin saberlo ellos, pone nueva­
mente las cosas en su lugar.
Claro está que ya no asistimos a las grandes cosechas
religiosas del medioevo; pero si la declinación de,las ór­
denes hubiera obedecido a las leyes que rigen común­
mente la caducidad de las instituciones perecederas, ya
hace mucho tiempo que no existiría ningún monje sobre
la tierra. En tal caso, la coalición de la Reforma y el
Renacimiento hubiese vencido, los focos de vida monás­
tica se hubiesen apagado uno tras otro, la Revolución
no hubiera tenido que combatir otras “supersticiones”
fuera de las suyas propias, y Napoleón no hubiese te­
nido ocasión de hacemos saber que él era hostil al re­
greso de los religiosos porque “la humillación monástica
destruía la virtud, la energía y el gobierno” (*) *. La
situación, sin asomos de candidatos al claustro, nos hu­
biese ahorrado este marcial aforismo que siguió de cerca
al atropello de Brumario en que se vió a los represen­
tantes de las virtudes cívicas saltar por las ventanas y
arrojarse a las arboledas de Saint-Cloud ante la apari­
ción de los bigotazos de la Guardia (tampoco estaba muy

* Las cifras entre paréntesis remiten a la lista de obras ci­


tadas que figura en la página 125.
En este s ig l o in c r é d u l o 13
lejos el recuerdo de los religiosos mártires del Terror).
Finalmente, el siglo xix, con la insignia del Materia­
lismo científico aliado con el Progreso, hubiera reinado
sin competidores sobre inteligencias y corazones. No su­
cedió nada de eso. Desde 1850 a 1900 se cuentan por lo
menos diecisiete nuevas grandes fundaciones. Cito: Mi­
siones Africanas, Sacerdotes del Santo Sacramento, Sa-
lesianos de san Juan Bosco, Padres Blancos, Sacerdotes
del Sagrado Corazón. . . La edad de oro del cienticismo
ateo habrá coincidido con un claro renacimiento reli­
gioso, que ha permanecido oscuro, por supuesto, para sus
propios contemporáneos.
Exactamente lo mismo pasa en nuestro arrogante si­
glo xx, nuestro siglo de la velocidad, de la televisión,
del radar y de la máquina de pensar, que parece excluir
toda posibilidad de recogimiento, toda forma de vida
interior; nuestra edad atómica ve —o mejor dicho no ve
porque los acontecimientos pasan demasiado velozmente
ante sus ojos para que pueda ver nada— un retoño de
monacato medieval que brota, crece y se hermosea en
los países más infatuados de progreso mecánico, por ejem­
plo, a diez pasos de las grandes concentraciones indus­
triales de Norteamérica, donde los trapenses contempla­
tivos del más puro estilo romano cobran un impulso
asombroso a pesar (jqué estoy diciendo!), bajo la presión
del materialismo circundante.
Después de esto, algunos mortales ambiciosos pueden
todavía imaginarse que ellos escriben la historia. Acep­
tando la hipótesis más favorable para ellos, sólo escriben
la mitad.
— ¡Basta, basta! Cualquiera diría, al escucharlo, que el
mundo se está “ enfrailando” sin darse cuenta.

¡Oh! Yo no me inclino al optimismo apostólico de esos


conquistadores cristianos de 1935, a quienes vimos luego
uno tras otro conquistados por la política; no pretendo
14 La S a l de la T ie r r a

que sea éste un siglo de fe comparable al de san Bernardo,


cuando el número de los llamados no da aún ningún
indicio sobre el número de los elegidos. Al fin de cuen­
tas, tal vez los'períodos de plétora religiosa no sean más
abundantes en santidades auténticas que los tiempos de
indigencia espiritual. Me basta con que sea un siglo como
los otros, con que él también sirva de prueba que, a tra­
vés de las vicisitudes del espíritu religioso, cada genera­
ción provee su contingente constante de portadores del
Evangelio, de apóstoles, de ermitaños o misioneros. Se pue­
de negarlos, ignorar todo acerca de ellos, de su vocación,
de su género de vida, de su testimonio. Pero existen, ya
no pertenecen al siglo xn, sino al nuestro y mientras cree­
mos que el tiempo de los monjes ha pasado, mientras mu­
chos de nosotros ubicamos naturalmente las verdades de
la fe en el casillero de los misterios y fábulas de la Edad
Media, todos los días hombres jóvenes, sanos de cuerpo
y de espíritu, llaman a la puerta de las casas de oración
y piden ese hábito que tanto sorprende a las señoras tu­
ristas del Mont Saint-Michel.
Porque el hombre de hoy no se apasiona siempre y
exclusivamente de mecánica, de mecánica industrial, de
mecánica social y de mecánica sexual.
Se da el caso que sienta el peso de su destino eterno,
que es también el peso de su corona.

Un viaje a través de las grandes órdenes monásticas


hace sentir más de una vez las frescas emociones de una
exploración. No es necesario cruzar los mares, ni siquiera
recorrer un elevado número de kilómetros: por lo general
basta con trasladarse de un claustro a otro para sentir la
impresión de haber cambiado de planeta. La distancia en­
tre el jesuíta y el franciscano es tan grande como la que
existe entre el marciano de las novelas de anticipación y
el soñador incorregible que vive en la luna. Difieren en
En e s te s ig lo in c r é d u lo 15
todo: en el carácter, en el pensamiento, en el rostro, en
el traje, en el estilo. En todos los climas, la humilde casa
franciscana parece retener un poco del alegre sol de Tos-
cana entre sus paredes de ladrillos rojos, mientras que el
caserón del jesuíta no ofrece uiás asidero a la imagina­
ción que un clasificador administrativo. Preparado para
la acción durante catorce años de formación intelectual
y moral, el jesuíta sale de su escuela con la fuerza y la
velocidad de un obús de marina: irá a estallar donde le
sea mandado, un obús no elige su objetivo.

Cuando uno abandona al jesuíta por el hermanito de


san Francisco de Asís es como si cambiara la escuela del
grabado a fuego por la mansión dorada de los ilumina­
dores. ¡Y qué maravillosa sorpresa para el viajero que sa­
borea — ¡oh!, con el borde de los labios y con la precau­
ción con que se prueba un plato exótico— la dulzura de
la paz benedictina y la nevada serenidad de la contempla­
16 L a S a l d e l a T ie r r a

ción cartujana! Junto a este mundo temporal que tiende


con todas sus fuerzas a la standardización de los ciudada­
nos, a quienes los institutos de “sondeos” ya empiezan
a contar por paquetes de cien mil, el universo religioso
es tan diverso que seria conveniente, al referirse a él,
hablar de mundos espirituales. Una frase corriente afirma
que “los caracteres se revelan en las grandes ocasiones” .
Los monjes son hombres que se colocan voluntariamente
ante las grandes ocasiones del silencio y del ayuno per­
petuos, de la soledad o del martirio: la riqueza y la di­
versidad de los caracteres nacidos de esas confrontaciones
heroicas excede cualquier inventario.
II

LAS ÓRDENES DE LA IGLESIA

i se p u d i e r a , sin excesivo humorismo, comparar a la


S Iglesia con una “república independiente”, presidida
por el Papa y gobernaba por el clero secular, podría en
tal caso decirse que las Órdenes religiosas ocupan en la
Iglesia Católica aproximadamente el lugar de los cuerpos
constituidos en el Estado. Unas representan el cuerpo
docente, otras la magistratura, los jesuítas el ejército, los
dominicos la universidad, las Órdenes puramente contem­
plativas desempeñarían un papel similar al de esos gran­
des establecimientos de crédito o al de esos bancos privi­
legiados llamados “ institutos de emisión” .
Por supuesto que la analogía es remota. Es necesario,
por lo menos, espiritualizar la comparación. La Trapa,
la Cartuja, el Carmelo se parecen a bancos en la medida
en que éstos, sin ejercer directamente ninguna actividad
comercial o industrial (nada se fabrica en un banco),
poseen un poder considerable sobre el organismo social.
La Trapa, la Cartuja, el Carmelo poseen análogo poder
sobre la economía espiritual de la Iglesia, sin participar
mayormente en su acción visible. La oración, el flujo
de la vida interior desempeñan aquí el papel que en otros
sectores corresponde al dinero.
Si la Compañía de Jesús es comparable a un ejército,
se debe a la disciplina ejemplar que sabe lograr de sus
miembros y sobre todo a su voto especial de obediencia
a la Santa Sede, que permite al Papa disponer de ella
a su arbitrio para la fundación de una universidad, el
18 L a S a l d e l a T ie r r a

envío de una misión, cualquier obra apostólica o carita­


tiva, como un general asigna un objetivo a sus tropas y
las hace maniobrar según las necesidades de la estrategia.
La Compañía, así como está dispuesta a ocupar cualquier
posición ante una orden de Roma, no está menos dis­
puesta a evacuarla a la primera contraorden, abando­
nando la obra emprendida o el terreno conquistado con
la misma simplicidad con que el soldado cambia de sec­
tor o de guarnición. Así en la tierra como en el cielo
constituye un hermoso ejemplo de esta obediencia de tipo
militar, en una situación, sin embargo, en que el rosa
y el negro están repartidos harto someramente. Conocido
es el tema de esta pieza de Fritz Hochwälder: un en­
viado del Vaticano, por razones políticas mal forradas
de teología, intima a los jesuítas a ceder a la rapacería
de los colonos crueles y groseros los territorios de Amé­
rica del Sur que ellos gobiernan con toda prudencia para
felicidad de los indígenas. ¿Hay que acatar la orden o
desobedecer al Papa y proseguir contra su voluntad una
experiencia exitosa cuya interrupción sumirá a las po­
blaciones en la desesperación? Un personaje de teatro
vacila durante tres horas ante esta terrible alternativa.
Un jesuíta verdadero se formula la pregunta después de
haber cerrado las valijas, mientras espera el barco.

Poniendo aparte al ejército jesuíta debido a su acata­


miento total a la Santa Sede, todas las Órdenes dependen
de Roma, lo mismo que la cristiandad entera; pero de
manera directa, pues el privilegio de “ exención” dispensa
a la mayoría del control del “ ordinario” , es decir de los
obispos. Sin embargo, a la sombra del Vaticano, los po­
deres de Monseñor el Secretario de la Sagrada Congre­
gación de los religiosos no son mucho más amplios que
los de un primer ministro. Los religiosos se gobiernan a
sí mismos según la carta que tienen de Roma desde hace
L as Ó r d e n e s d e l a I g l e s i a 19

diez años, o diez siglos y que hace de cada Orden una


especie de principado o de república confederada en el
seno de la Iglesia. Cada Orden tiene sus representantes en
el Vaticano, donde actúan un poco como embajadores.
Pero, junto a esta representación diplomática, suminis­
tran a la Santa Sede las dos terceras partes de los “con­
sultores1’ de las grandes Congregaciones pontificias y la
mayoría del personal docente de los colegios romanos. En
el aspecto político, el régimen imperante en los Estados
Unidos ofrecería una analogía aceptable: los Estados con­
federados con sus tradiciones, sus costumbres y sus leyes
propias, dependen, sin embargo, del poder central de
Washington y participan también ellos en el gobierno
de la Unión, sin perder por eso, dentro de los límites de
sus territorios, ninguna de sus prerrogativas particulares
en materia de derecho. Pero para que la comparación sea
más satisfactoria, sería menester que la forma de gobier­
no local difiera en los distintos Estados como varía en
cada Orden religiosa.

Eli régimen benedictino, por ejemplo, es de esencia mo­


nárquica. El abad benedictino concentra todos los poderes
y reina, mientras vive, en su monasterio. Todas las aba­
días de san Benito constituyen pequeños principados in­
dependientes, unificados muy convencionalmente bajo el
cetro honorífico de un “abad-presidente” . Los dominicos,
por el contrario, son decididamente democráticos. Efec­
túan elecciones temporarias en todas las escalas y afirman
su semejanza con nuestro sistema hasta el punto de cam­
biar muy a menudo de gobierno, es decir de priores y
provinciales. Sin embargo, la democracia dominica dura
desde hace ocho siglos. El voto de perfección de los elec­
tores explica sin duda este fenómeno de longevidad.
El régimen de los cartujos es de estilo aristocrático. Eli
prior de la Cartuja es elegido con carácter vitalicio, como
La S a l de i .a T ier ra

Dominico Fianrisrano Capuchino Jesuíta

HABITOS RELIGIOSOS
L as ó r d e n e s d e l a I g l e s i a 21

el abad benedictino; pero a diferencia de é6te, que reina


por completo en su casa y no rinde cuentas a nadie de
su gobierno, el prior cartujo depende del “ capítulo gene­
rar*, asamblea anual y soberana de los priores de todos
los conventos pertenecientes a la Orden.
En cuanto a los jesuítas, su sentido de la autoridad se
traduce en la elección de tres “ candidatos” entre los cua­
les el papa elige al “ general” de la Orden, quien a su
vez nombra los distintos cargos.
Vemos así cómo el mundo religioso practica indistinta­
mente las grandes formas clásicas de gobierno que el
mundo político considera en general incompatibles. Y aun
se hallan combinadas en la mayoría de las Órdenes. El
abad-monarca benedictino es elegido mediante el sufra­
gio universal —a dos grados— y es tan prisionero de su
Regla como un rey de Inglaterra puede serlo de la tra­
dición británica, y si los dominicos pueden pasar por
“demócratas” es porque en ellos las funciones guberna­
mentales están limitadas en el tiempo. En la sociedad
religiosa, los principios democráticos, aristocráticos y mo­
nárquicos se mezclan, se entrecruzan y se entrechocan
hasta tal punto que resulta imposible discernir la parte
de cada uno en el notable equilibrio del edificio. De to­
dos modos, el principio de elección libre —y secreta— es
en todas partes la base del poder. Un cartujo vota lo
mismo que nosotros, si bien una campaña electoral pro­
voca menos bullicio en su convento que en nuestras ca­
lles. No se ven candidatos al priorato brindando por su
futuro mandato, por la sencilla razón que ninguno pre­
senta su candidatura. En vez de ser precedidas por seis
semanas de elocuencia, banquetes y jiras proselitistas, las
elecciones cartujanas se anuncian con tres días de ayuno
y de reforzado silencio. Esto significa la muerte de las
reuniones públicas. A fin de que no se perturbe el juicio
de los electores, so pretexto de aclararlo, queda prohibido
todo conciliábulo previo. Finalmente, el votante es invi­
tado por los estatutos de la comunidad a recordar lo si­
guiente: que “ entre dos posibles priores, uno de los cua­
les es más experto en las cosas temporales y el otro más
espiritual, debe elegirse a este último” (2).
Las costumbres monacales son contrarias a las nuestras
22 La S a l de la T ie r r a

en todo, o en casi todo. Y así cuando un Topazje> cual­


quiera sea el monto de sus coimas, puede morirse con la
seguridad de encontrar por lo menos un colega para cele­
brar la pureza de su desinterés, se cita en las cartujas este
modelo de oración fúnebre pronunciada ante los restos
de un oficial de la Orden: “ Habría sido un monje bas­
tante bueno, si hubiera sabido vencer cierto instinto de
la propiedad, deplorable en sí mismo y particularmente
vano en el género de vida que había elegido/' Nosotros
no tenemos la ambición de ser perfectos. También tene­
mos, sobre los cartujos, la ventaja de enterrar solamente
hombres de Plutarco.
III

LA CUESTION DE DINERO

p o s e e r las Órdenes su constitución y su gobierno, se

A
l

supone que tienen también sus finanzas propias, cuyo


ministro lleva generalmente el título de “procurador” .
El cargo, nada envidiado por cierto, nunca llega a ser
objeto de la menor competencia. No se ingresa al con­
vento para hacer resaltar su genio en materia de negocios.
Un excelente monje de la Trapa, a quien acababa de to­
car la responsabilidad de un alto cargo, después que
hubo escrito a sus amigos una carta pidiéndoles “ rogasen
por él”, cosa muy natural, les despachó con toda urgen­
cia una segunda carta anulando la primera para supli­
carles, después de reflexionar detenidamente, “ rogasen por
la Trapa”, más expuesta que él debido a su promoción.
Un monje verdadero se resigna a los honores deseando
que la prueba sea corta y recibe el anuncio de su relevo
como una gracia. Entre los jesuítas la “reducción de gra­
do” automática forma parte de la técnica de “temple” :
los oficiales de la Orden ingresan periódicamente en el
cargo (y no siempre logran salir de él).
Nunca ha sido posible determinar en cifras los recur­
sos de las órdenes, aunque esta interesante tarea haya
sido a menudo, y esperanzadamente, emprendida por los
financistas del Estado en aprietos de fin de mes.
Los benedictinos son considerados —colectivamente, se
entiende— como pingües hacendados, lo cual se explica
bastante bien por la estabilidad de sus casas, donde nin­
guna codicia amenaza dividir la herencia común. Son
24 L a S a l de l a T ie r r a

algo así como una familia en la que aún rige el derecho


de primogenitura.
Los trapenses poseen tierras, pero no más de las que
pueden cultivar ellos mismos. Una Trapa vive lo más
posible en “autarquía económica” : la abadía de Citeaux
produce hasta su corriente eléctrica con ayuda de una
represa en miniatura. Sus granjas modelos producirían
muy pronto una fortuna y si los trapenses no vigilaran
escrupulosamente la limitación de sus ganancias, la re­
gularidad de su trabajo, la simplicidad de su vida y fi­
nalmente su paciencia les asegurarían tales ventajas so­
bre cualquier clase de competencia que acabarían por rei­
nar en provincias enteras.
Los cartujos poseen también algunas propiedades si­
tuadas, como las de los trapenses, en los alrededores de
sus conventos. Como los primeros eligen sus moradas en
valles agrestes y los trapenses se instalan de preferencia
en medio de comarcas pantanosas que ellos se encargan
de volver maravillosamente fértiles, unos y otros consti­
tuyen sin dificultad enormes dominios en esos desiertos
que nadie piensa disputarles. Pero el gran recurso de los
cartujos es el famoso elixir, el célebre licor verdoso o
amarillento fabricado en la moderna destilería de Voiron,
cuyos millares de botellas por año llevan la serena divisa
de la Orden: “ Stat crux dum volvitur orbis” (la cruz
permanece, el mundo pasa), doble símbolo de permanen­
cia y de inestabilidad cuyo primer término experimen­
tan los padres y cuyo segundo término queda reservado
a los clientes.
En lo que respecta a las Órdenes cuyo género de vida
no depende de un rincón de tierra, sus medios de exis­
tencia son sumamente variados. Los jesuítas extraen sus
ingresos de ciertos establecimientos educacionales aristo­
cráticos, de las obras publicadas por la Compañía, de los
capitales que les llegan por vía de donaciones o de he­
rencias y que, administrados con la prudencia y discer­
nimiento que los jesuítas no sólo aplican a las cuestiones
teológicas, representan a fin de cuentas una fortuna in­
vertida por lo común en nuevas fundaciones.
Los franciscanos y dominicos, llamados “ mendicantes”
a causa de su regla primitiva, que les vedaba poseer nada,
L a c u e s t ió n de D in e r o 25

no se entregan precisamente a la mendicidad en la vía


pública; pero sus inciertas finanzas justifican aún hoy,
al menos en parte, el título de nobleza evangélica que la
Edad Media les había conferido. Sus fuentes de ingresos
son más o menos las mismas que las de los jesuítas; pero
se dice que aquéllos dependen en mayor grado de la ge­
nerosidad de sus donantes.

Excepción hecha de los mendicantes, ¿son las Órdenes


tan ricas como lo pretende la propaganda de sus adver­
sarios o se complacen en imaginar los regímenes de fi­
nanzas claudicantes? Puedo dar fe que las quiebras son
raras en su historia, más raras que los saqueos y las ex­
propiaciones. Es menester recordar que un monje es capaz
de soportar años de indigencia sin quejarse, el standard
de vida de un monje es sin duda uno de los más bajos del
mundo, y cuando un consejo de religiosos se decide a
redactar un pliego de reivindicaciones, por lo general es
para obtener autorización de hacer más riguroso el asce­
tismo de la regla. Un día se vió a una delegación de con­
templativos, de los cuales el más joven tendría ochenta
años, presentarse a las puertas del Vaticano para supli­
carle al Papa que desistiera de las dispensas de austeridad
que pensaba acordarles: decían que su avanzada edad mos­
traba a las claras la suavidad de su régimen. En tales
condiciones, la cuestión de dinero sólo se plantea en el
último extremo.
La mayor parte de las órdenes ha atravesado períodos
de esplendor; muchas han sido ricas hasta provocar el
escándalo, la cólera sorda de las personas ruines, o de
grandes santos como san Bernardo de Clairvaux que fus­
tigaba el lujo de los abades de Cluny con una violencia
polémica que aún asusta a sus biógrafos (conviene agre­
gar que nuestro piadosísimo y purísimo san Bernardo em­
pezaba por denunciar indicios de sibaritismo donde nos­
26 L a Sa l d e l a T ie r r a

otros sólo vemos penitencia y renunciamiento). Pero ya


no vivimos en esa época. El tiempo de los “ beneficios”
ha pasado, los abades ya no recaudan impuestos, ahora
nuestros religiosos viven pobremente. Ya no tenemos aba­
des de Cluny. Tampoco san Bernardos.
IV

EL TEST DE SAN BENITO

monástica nació, dicen los manuales, ha­


L
a t r a d ic ió n

cia el siglo m de esos “ ermitaños” o “anacoretas”


prendados de la soledad y “que renegaban hasta tal punto
de cualquier Compañía”, agregaba antiguamente un di­
vertido autor, “ que se refugiaban en los huecos de las
rocas tan pronto veían un lagarto” . La era de los mártires
había concluido, el fin de las persecuciones dejaba va­
cante al heroísmo; en una palabra, la vida cristiana em­
pezaba a perder su sabor.
Aparecieron entonces irnos hombres de poderosa per­
sonalidad que abandonaban las ciudades del Imperio don­
de la Iglesia deslizaba sus apacibles días de conformismo
social, se internaban en los desiertos del Medio Oriente y
daban al mundo la triple lección de recogimiento, de si­
lencio y de mortificación que desde entonces se repite sin
descanso en esas “ escuelas del servicio divino” llamadas
“ conventos” . Fué aquél el momento de esos inmensos Pa­
dres del Desierto que se yerguen a la entrada de los
templos cristianos como formidables columnas de oración.
Un ermitaño nunca estará solo mucho tiempo: la fama
le trae innumerables curiosos y la gracia algunos amigos.
Durante los treinta años que san Simeón Estilita vivió
encaramado en una columna de dieciocho metros de alto
(el dato está históricamente comprobado), miles de mi­
rones desfilaron a sus pies para contemplarlo cómo mor­
disqueaba su hoja de repollo semanal y establecía entre
el cielo y la tierra un record de penitencia que no ha
28 L a S a l d e la T i e r r a

sido ni de cerca superado. El próximo concurso de esti"


litas no será precisamente mañana.
Todos iban a ver “ al ermitaño” como van hoy los do­
mingos al Bourget a ver al “hombre-pájaro” y no me
sorprendería demasiado que se hubieran reservado loca­
lidades para asistir al vuelo místico del primero, así co­
mo en nuestros días se reservan para contemplar el ate­
rrizaje del segundo. Por otra parte, entre esas multitudes
admirativas, pero un tanto escandalizadas, circulaban (la
crónica ha conservado huellas de sus objeciones), el mis­
mo tipo de reflexiones que hoy suelen escucharse ante la
aparente inutilidad de esas “ performances” ascéticas que
privaban a la Iglesia de atletas de la fe cuyas fuerzas se
hubiesen empleado mejor en el mundo. Se hablaba —ya
entonces— de “ evasión” y de “huida al desierto”, expre­
sión poco halagadora que daría origen a la enojosa pala­
bra “ deserción” . Porque los turistas de la religión han con­
fundido siempre al desertor que huye el combate y al
eremita que, por el contrario, se lanza con tanto ímpetu
al asalto que llega a encontrarse completamente solo en
la no man’s land:
Un monje a quien se le decía que el mundo no gusta
de esos contemplativos que parecen desentenderse del pró­
jimo para acudir, ellos que son la “sal de la tierra”, a
salar las arenas del desierto, respondió sonriéndose:
“—Oh, ya sabe usted, no se cree fácilmente la sal de
la tierra y un día cualquiera advierte que el mundo le
encuentra un agradable gusto a azúcar. . . ”

Pero la vida eremítica con sus rudas disciplinas no sólo


despierta la curiosidad, también suscita vocaciones. La
marea de los domingos suele dejar, al retirarse, algunas
conchillas en la playa. . . Las chozas de esos ambiciosos
de santidad que son los anacoretas comienzan a brotar
como por encanto y el ex-solitario arrancado del nido se
ve un día, sin haberlo deseado, convertido en jefe de es­
E l T est de S a n B e n it o 29
cuela y jefe de comunidad. Cinco o seis ermitaños com­
parten su pitanza, rezan juntos algunas oraciones, levan­
tan una valla para alejar a los curiosos o para protegerse
de los animales salvajes o para señalar simbólicamente el
perímetro de su solar espiritual y henos aquí ante un
esbozo de monasterio que pronto sentirá la necesidad de
dictarse leyes —que llegarán a ser la Regla— y de hacer
que sus miembros suscriban ciertos compromisos irrevo­
cables, que más tarde se llamarán “ votos solemnes”. Se
pasará así de la “ vida eremítica” que sólo sobrevive par­
cialmente en los cartujos y en los carmelitas, a la “vida
cenobítica” , en lo sucesivo forma universal de la vida
religiosa.

Así es como ha comenzado todo. Fué menester que in­


terviniera la Iglesia para codificar un nuevo tipo de vida
cristiana que no producía más que santos. Mientras los
Padres del Desierto y sus émulos se alejaban heroica­
mente de los límites de la penitencia, los anacoretas de
no tan buena casta se deslizaban suavemente en una exis­
tencia perezosa, “sin otra ley —dice san Benito— que la
satisfacción de sus deseos, llamando santo lo que ellos
imaginaban o decidían y declarando ilícito lo que no les
agradaba” (8). Se convino entonces imponer leyes a los
aficionados a la vida cenobítica.
El más grande de los legisladores monásticos ha sido,
en el siglo vi, san Benito de Nursia, ex-ermitaño de las
grutas de Subiaco, asediado de discípulos (había tenido
que distribuirlos en doce comunidades) a quien la Igle­
sia proclama el “ Patriarca de los monjes de Occidente”
y cuya regla sigue siendo una obra maestra en su género.
Consiste en setenta artículos de notable concisión que
contienen una colección de instrucciones morales o prác­
ticas que se refieren a todos los aspectos del estado reli­
gioso y fijan en algunos renglones aparentemente eternos
30 L a S a l d e l a T ie r r a

la parte correspondiente a la oración, al trabajo y al


reposo en una existencia consagrada al servicio divino.
Estas breves páginas contienen un compendio de espiri­
tualidad, un código de gobierno monástico y una serie de
definiciones cristianas tan claras, tan perfectas, que han
suministrado a la mayoría de las grandes órdenes los
principios de su vida contemplativa.

Desde el siglo vi al xm todos los monjes de Oriente o


de Occidente han sido contemplativos. No se concebía que
la vida genuinamente religiosa pudiera tener otro carác­
ter fuera de la contemplación, la cual es una cosa muy
distinta a un dolce far mente mecido de ensoñaciones me­
tafísicas y soñolientos paternóster. La incompatibilidad
entre “ mundo” y cristianismo parecía entonces tan bien
establecida que la idea de abandonar el mundo para lle­
var una vida cristiana resultaba de lo má9 natural a los
espíritus verdaderamente religiosos. Alcanzar la salvación
en el “ siglo” era una empresa no imposible, por cierto,
pero de lo más aleatoria, contrariamente a la opinión
casi unánime de los cristianos modernos que se interesan
mucho menos de su salvación personal y mucho más de
la del vecino, a quien se empeñan en “recristianizar” con
toda clase de medios audaces, aunque sea menester “ des­
cristianizarse” ellos mismos. De todos modos, a lo largo
de los setenta y dos artículos de su Regla, san Benito no
se toma ni una sola vez la molestia de justificar un tipo
de vida cuyo valor, perfección y necesidad ningún fiel
serio osaría poner en duda.
Hoy día, ¡ay!, estamos plenamente seguros que las gen­
tes del siglo vi vivían en el error y nada es más arduo,
aquí abajo, que legitimar la vocación contemplativa. De
nada vale decir que esos monjes inmóviles y recluidos
han convertido al cristianismo a toda Europa, como lo
demuestra la historia. Mientras toda nuestra agitación
E l T est de S a n B e n it o 31
no le impide perder su fe a toda marcha, surge la incre­
dulidad ante este milagro de apostolado estático y se si­
gue considerando al convento de contemplativos como el
último refugio de la ociosidad, de la debilidad y del egoís­
mo. ¿Qué se le va a hacer? El mundo moderno no com­
prende que sea más difícil hacer un cristiano que un
radical socialista, no tiene la menor idea de la batalla
sangrienta que se ve obligado a librar consigo mismo día
tras día si es que pretende permanecer fiel al espíritu de
su cristianismo: el mundo moderno, para decirlo de una
vez, no ha leído los setenta y dos preceptos del capitulo IV
de la Regla de san Benito que suministran a las almas hen­
chidas de ideal los medios de realizar una carrera hono­
rable. Helos aquí en su deslumbradora simplicidad (8) :

1. En primer lugar, amar a Dios Nuestro Señor con


todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.
2. Luego, al prójimo como a sí mismo.
3. Luego, no matar.
4. No cometer adulterio.
5. No robar.
6. No codiciar.
7. No levantar falso testimonio.
8. Honrar a todos los hombres.
9. No hacer a los demás lo que no quisiéramos que nos
hagan a nosotros.
10. Renunciar a sí mismo.
11. Castigar el cuerpo.
12. No aficionarse a aquello que halaga los sentidos.
13. Amar el ayuno.
14. Aliviar a los pobres.
15. Vestir a los desnudos.
16. Visitar a los enfermos.
17. Sepultar a los muertos.
18. Socorrer a los que están en tentación.
19. Consolar a los afligidos.
20. Vivir ajeno a las costumbres del siglo.
21. No preferir nada al amor de Cristo.
22. No satisfacer su cólera.
23. No reservarse una hora para la venganza.
24. No conservar falsía en el corazón.
32 L a S a l de l a T ie r r a

25. No dar una paz engañosa.


26. No apartarse de la caridad.
27. No jurar por miedo al perjurio.
28. Decir la verdad con el corazón y con la boca.
29. No devolver mal por mal.
30. No cometer injusticias, pero soportar con paciencia
las que se cometan con nosotros.
31. Amar a sus enemigos.
32. No responder a la maldición con la maldición, sino
más bien con la bendición.
33. Padecer persecución por la justicia.
34. No ser soberbio.
35. Ni aficionado al vino.
36. Ni ansioso de sueño.
38. Ni perezoso.
39. Ni murmurador.
40. Ni detractor.
41. Poner la esperanza en Dios.
42. El bien que se descubre en uno, atribuirlo a Dios y
no a sí mismo.
43. En cuanto al mal, reconocerse siempre culpable e im­
putárselo.
44. Temer el día del juicio.
45. Tener horror al infierno.
46. Desear la vida eterna con todo el ardor de su alma.
47. Tener cada día la muerte presente ante los ojos.
48. Vigilar a toda hora sus actos.
49. Tener por cosa cierta que en todas partes Dios nos
está mirando.
50. Quebrantar contra Cristo los malos pensamientos que
acaecen en el corazón.
51. Y descubrirlos a un anciano versado en cosas espi­
rituales.
52. Preservar sus labios de toda palabra mala o perversa.
53. No complacerse en hablar mucho.
54. No proferir palabras vanas.
55. No complacerse en reír con demasiada frecuencia ni
a carcajadas.
56. Escuchar con agrado las lecturas santas.
57. Ocuparse con frecuencia en la oración.
58. Confesarse todos los días en la oración, con lágrimas,
E l T est d e S a n B e n it o 33
sus faltas pasadas y corregirse de ellas en lo futuro.
59. No realizar los deseos de la carne.
60. Odiar la voluntad propia. Obedecer en todo las en­
señanzas del abad, aun cuando éste, Dios no lo per­
mita, las desmienta con sus obras; recordar el pre­
cepto del Señor: haced lo que ellos dicen y guardaos
de imitar lo que hacen.
61. No intentar pasar por sabio antes de serlo.
62. Cumplir todos los días de la vida los preceptos de Dios.
63. Amar la castidad.
64. No odiar a nadie.
65. No tener celos y no ceder a la envidia.
66. No complacerse en la disputa.
67. Huir de los honores.
68. Reverenciar a los ancianos.
69. Amar a los más jóvenes.
70. Rogar por los enemigos en la caridad de Cristo.
71. Ponerse en paz, antes del anochecer, con aquellos de
quienes nos ha separado una desavenencia.
72. No desesperar jamás de la misericordia de Dios.
Tales son las setenta y dos consignas preliminares del
código de la santidad benedictina. En la moral corriente
establecida por el uso apenas si figuran una docena de
ellas.

¿Le agradan a usted los tests?


Señale con un punto rojo cada uno de los preceptos que
suele usted poner en práctica habitualmente.
Si, con sinceridad, totaliza usted un mínimun de cinco
puntos, podrá usted ser un excelente diputado del M. R. P.
Con veinte, es usted un cristiano buen consejero; con
treinta y seis, la moral corriente ya le resultará sólo un
mal recuerdo: es que empieza a actuar sin alardes en el
plano superior de la caridad. Pero si llega usted a los
setenta y dos puntos rojos, entonces san Benito, por toda
34 L a S a l d e l a T ie r r a

alabanza, le dirá simplemente que puede esperarse con­


vertirlo algún día en un hombre algo espiritual. Hay
que agregar a esta lista de prescripciones elementales
ocho horas diarias de oración en común o privada, ocho
horas de trabajo en el campo — lo mismo que los trapen-
ses—, en una biblioteca o en un taller —como los bene­
dictinos— y tendrá usted una idea de lo que se entiende
por “vida contemplativa” .
La ociosidad no dispone ni siquiera de una hora, la de­
bilidad ha debido procurarse otro refugio y el egoísmo
no se siente allí a gusto. Eso es lo menos que puede decirse.

Pero también el test contrario es revelador. Se puede


señalar con puntos azules los mandamientos de san Benito
que la educación moderna, la moral corriente o la cos­
tumbre consideran pasados de moda, arbitrarios, absurdos
o imposibles.
La contra-prueba da resultados sorprendentes. El cris­
tiano moderado comprueba que la mitad de su cristia­
nismo ha pasado por ganancias y pérdidas y que en su
lugar se ha establecido paulatinamente una falsa religión
o más bien una especie de contra-religión espontánea cuyos
principios nadie ha definido nunca. Hace un momento,
ante su escaso caudal de puntos rojos, se asombraba de
caminar tan lejos de la perfección. Ante sus puntos azu­
les, advierte no sólo que la santidad está fuera de su al­
cance, sino que a decir verdad tampoco la desea.
V

SOLESMES REZA

se quiere dotar de energfa eléctrica a una re­


C
uando

gión, se empieza por construir una represa. Un con­


vento, con su clausura, es también una represa. Lo mismo
que el agua en un lago artificial, la vida exterior se
acumula tras sus murallones, los cuales sólo permiten
filtrar lo que de ella se necesita para alimentar una dis­
creta industria. La fuerza motriz que un convento recibe
del mundo, la transforma en plegaría y la devuelve en
luz espiritual.
Una central eléctrica se llama también “ estación” : la
electricidad camina rápidamente, pero no se fabrica mien­
tras corre. Tampoco la energía espiritual.
Así es cómo, junto al clero secular, los monjes “ civili­
zadores” de san Benito con sus innumerables “ estaciones”
contemplativas, cuyo génesis fué la ilustre abadía de Clu-
ny, han electrificado, quiero decir: cristianizado, a Eu­
ropa. Mal nos representamos hoy el poder de ese milagro.
Quien paga sus deudas se enriquece. Resultaría venta­
joso hacer cuentas de lo que debe nuestra vieja Europa
a sus monjes benedictinos, empezando por los bienes ma­
teriales, que son numerosos y variados. Montalembert, en
Les moines (POccident, cita el arte de aclimatar los fru­
tales delicados y de hacer productivos los granos, de criar
abejas y de fabricar cerveza con lúpulo, el descubrimiento
de la fecundación artificial de los peces y la creación de
las queserías de Parma. Se les reconoce el mérito de haber
sembrado de viñedos las colinas de Borgoña y el valle del
36 L a S a l d e l a T ie r r a

Rin; nuestros campesinos y nuestros ganaderos les deben


más de una receta. Una abadía medieval es “ una potencia
económica, un hogar de beneficencia, un organismo so­
cial . . . ” La liberalidad de los claustros era proverbial.
Cluny mantenía por año a diecisiete mil pobres. Cada
monasterio se comprometía, según sus recursos, a distri­
buciones regulares de socorros: “ Limosna todos los días;
limosna tres veces por semana; limosna a todos los que
pasen; limosna general los domingos; limosna a todos los
que pidan” (4).
A estos beneficios materiales, agrega la historia los bie­
nes más elevados de la enseñanza, de la justicia y de la
paz. Esto ya se sabe, porque se ha aprendido en la es­
cuela primaria elemental; pero sin duda estará olvidado
puesto que siempre se pregunta sobre la utilidad de los
monjes, como si el trabajo no ocupara en sus vidas tanto
lugar como la nuestra, como si el propio trabajo manual,
que la antigüedad consideraba servil, hubiera recibido
sus ejecutorias de Carlos Marx y no del taller de san José,
del oficio de san Pablo y de la regla de san Benito.
Es sabido también que ellos nos han trasmitido fiel­
mente las luces griegas y latinas, las que, al parecer, han
atravesado la Edad Media sin iluminar ninguna inteli­
gencia, y ellos ni sospechaban que nosotros les otorga­
ríamos un reconocimiento mayor por habernos conservado
las vulgaridades de Ovidio que por habernos enseñado el
cristianismo, cuyos hijos somos.
Los hijos son ingratos.

n
Cierto es que nuestra historia está escrita en forma ex­
traña, jbajo el patrocinio de ese “ menage & trois” que
forma con la Evolución y el Progreso! Al leerla, le pa­
rece a uno ver a los heroicos humanistas del Renacimiento
apoderándose de viva fuerza, con peligro de sus vidas,
del tesoro de las bellas letras paganas enterrado y defen­
SOLESMES REZA 37
dido furiosamente por el dragón del oscurantismo, cuando
en realidad no tuvieron más que agacharse a recoger las
cáscaras de Cicerón abandonadas en los descampados por
los bachilleres de las universidades medievales que iban
de pic-nic. Si la Edad Media hubiera sentido frente a los
textos antiguos ese miedo terrorífico que se le atribuye,
mal se explicaría que sus monjes se hubiesen deslomado
haciendo tantas copias. ¡No importa! Seguiremos conce­
diendo todos los honores del Descubrimiento a los retra­
sados exploradores del Renacimiento, ya que sus libros de
historia nos invitan a reverenciar su imagen aterida, su
nariz en punta y su gorro de dormir; pues esos audaces
campeones de las Luces no tenían muy buen aspecto y
no se sabe por qué sus espaldas eran tan redondas, si por
el abuso de las vigilancias estudiosas o por las reverencias
de antecámara. Y si no hay otro remedio que mostrar un
poco de gratitud a los monjes copistas, se les concederá
esa semi-gratitud burlona que suele reservarse para los
torpes que involuntariamente nos prestan algún servicio.

a
¿Qué quiere usted? Parecemos condenados a equivo­
camos en todo momento, a equivocamos sin cesar. Cree­
mos que los monjes duermen cuando velan, que no hacen
nada cuando trabajan; imaginamos que temen eso que
nosotros llamamos “la vida”, cuando en realidad sólo tie­
nen miedo a eso que ellos llaman “ la muerte” ; supone­
mos que el mundo los asusta, cuando verdaderamente
no los impresiona más que un borracho o un miembro
de la Liga anti-alcohólica.
Quizás no haya un punto de su existencia, de su vo­
cación, de su psicología, sobre el que nuestro juicio no
falle. Ya los vemos lúgubres, ya demasiado alegres, ca­
vando su tumba (según Chateaubriand) o de francachelas
(con Rabelais), actividades difícilmente conciliables que
nos fuerzan a representamos la población de los conven­
38 La S a l de la T ie r r a

tos bajo el aspecto paradojal de unos espectros tamba­


leantes, diciéndose unos a otros con tono fúnebre: “ ¡Her­
mano, tenemos que morir!”, mientras asoma una botella
bajo su brazo. ¡Poco nos importa incurrir en contradic­
ciones! No terminamos de ridiculizar la pereza de los
monjes, cuando rendimos homenaje a la minuciosidad de
alguna obra de paciencia, llamándola con toda naturali­
dad “un trabajo de benedictino” .
Individuos: groseros ávidos de liviandades, sepultureros
sentenciosos, pobres seres amedrentados por el brillo ra­
diante del mundo, he aquí lo que para muchos son los
monjes. Nunca los vemos cómo son realmente: virtuosos,
bien equilibrados, simples y generalmente sonrientes.

a
Gracias al cielo, nuestros errores no impiden que la
vida monástica, iniciada en el siglo vi por un tal Benito
de Nursia, tan mal conocido hoy en los diccionarios (que
lo hacen sacerdote cuando no lo era), prosiga sobre las
bases de una Regla inmutable, intacto monumento de
sabiduría, al cual las Revoluciones, los Renacimientos y
todos los motines del espíritu ni siquiera le han hecho
mella.
En sus veinte monasterios, los novecientos benedictinos
de la Congregación de Francia llevan la misma existen­
cia enclaustrada, pacífica y estudiosa de sus remotos her­
manos medievales, suministrando a la Iglesia teólogos, y
al mundo, que nada sabe de ellos, juristas, historiadores
y sabios paleógrafos. Sus bibliotecas figuran siempre en­
tre las más ricas; pero como son personas serias y de
experiencia, sus salas de lectura son de hormigón armado
guarnecidas de estanterías de hierro, de modo que resis­
tan lo mejor posible a las plagas naturales y al progre­
sismo militar, hasta el punto que, muy probablemente,
los eruditos del próximo Renacimiento recogerán una vez
más su miel en una colmena benedictina.
SOLESMES
40 L a S a l de l a T ie r r a

Allí velan, ayunan, guardan silencio y si la pujanza


prodigiosa de nuestras industrias alimenticias los dispensa
del papel de fonderos de camino que una vez tuvieron,
por lo menos persisten en aplicar el artículo cincuenta y
tres de su Regla en toda su exquisita caridad, el cual les
manda acoger al huésped no “como a un enviado del cie­
lo”, sino como a Cristo mismo, con celo y reverencia,
sobre todo si se trata de un pobre, nam divitum terror
ipse sibi exigit honorem9 dice san Benito, “el temor que
nos inspiran los ricos impulsa con exceso a reverenciar­
los” (*).

n
El centro de la vida benedictina es el oficio divino que
lleva al coro siete veces al día una fila de encapuchados
que se deslizan silenciosos de dos en dos sobre las baldo­
sas de la; iglesia, se inclinan ante el altar, luego, vol­
viéndose uno hacia el otro, se saludan profundamente
antes de ir a colocarse en su silla del coro como en una
caja.
El “ oficio divino” se compone de un cierto número de
salmos, antífonas, himnos y oraciones distribuidos en
“Horas” (maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vís­
peras, completas) que constituyen, junto con las ocho
horas consagradas al trabajo y las ocho horas abandona­
das al reposo, la obra principal de las “ tres-ocho” monás­
ticas, esta alabanza divina que es a la vez la alegría, la
función social y la razón de ser del monje.
En todos los tiempos, el ceremonial benedictino se ha
distinguido por su grandeza y su fausto. Antiguamente
el Opus Dei revestía en Cluny la majestad y el esplendor
de una coronación. La propia Iglesia ha tomado los prin­
cipales motivos de su liturgia de estos magníficos oficios
cantados que han cimentado la gloria de la Orden y que
otorgan a los benedictinos una reputación (maldito el
caso que ellos le hacen) de notables organizadores de
SOLESMES REZA 41
conciertos sagrados. Una o dos veces al año, los espíritus
selectos se dan cita en las abadías de san Benito, espe­
cialmente en Solesmes, para ejercer sobre el canto llano
del oficio gregoriano su misterioso poder de gozar de todo
sin amar nada. Si se quiere hacer buen papel en sociedad,
conviene haber oído a los recluidos de Solesmes cantar en
la noche de Navidad o la mañana de Pascua, como con­
viene también conservar en el oído la cuarta sinfonía de
Bela Bartok y en la retina la última pincelada de Picasso.
Los benedictinos, por supuesto, no son responsables de esta
veleidad. Cantan hoy como cantaban en el siglo x i i , no
para el oído de los “ connaisseurs”, sino para honrar una
presencia invisible y podría afirmarse en forma parado-
jal que si sus cantos son hermosos es porque no pueden
ser de otro modo.
La mediocridad no atraviesa los siglos; ningún asceta,
aunque esté sediento de penitencia, no podría cantar lo
mismo dos o tres veces por día durante cuarenta años, si
existiera la menor probabilidad de que su canto se con­
virtiera en “ latosa cantilena” . La belleza del canto gre­
goriano sobrevive a la repetición indefinida de los oficios
porque es impersonal; esta música vuela directamente del
alma, sin pasar por los instrumentos de la composición
y de la fabricación musicales, es una efusión, un home­
naje, una oración, no es un arte.
Solesmes reza, no da recitales.
VI

LA SONRISA DE LA TRAPA

u n a s o n r i s a recibe el hermano portero al viajero

C
on

que llega a Citeaux, y con una sonrisa el padre hos­


pedero lo acompaña hasta su cuarto, a través de los si­
lenciosos corredores del pabellón de los huéspedes.
Esa sonrisa indica bondadosa alegría. Además permite
ahorrar un considerable número de palabras. Reemplaza
así en el trapense con ventaja a las banalidades corrientes.
Al fin y al cabo, también el padre hospedero ha hecho
su voto de silencio y si sus funciones le conceden el de­
recho a hablar, no le contraría que esa sonrisa le per­
mita reservar algunas palabras para las grandes ocasiones.

i
Sonrisa y austeridad. Este contraste característico de la
Trapa comienza ya en los umbrales del monasterio y no
concluye probablemente sino en la morada de los elegidos
donde la sonrisa culmina en beatitud y la austeridad en
perfección. Las pesadas puertas de hierro de la clausura
—nada aligeradas por la inscripción en letras de metal
brillante O beata solitudo — O sola beatitudo— no se
abren, como la hosquedad de su aspecto lo haría suponer,
sobre las hileras de un cementerio, sino sobre las encan­
tadoras guirnaldas de un placentero jardín, flanqueado
de un arroyuelo. La Trapa está llena de estas sorpresas.
Sin embargo, no hay que fiarse en la amable pereza
44 L a S a l de l a T ie r r a

del arroyo: más allá del jardín, alimenta una represa,


mueve una turbina.
En Citeaux todo el mundo trabaja y si el parque no
sirve para nada, esto se debe a que está destinado a los
visitantes.

La Orden cisterciense, poderosa rama surgida en el si­


glo x i i del viejo tronco benedictino, debe su nombre de
“trapense” a un lugar denominado “ la Trapa”, cerca de
Mortagne, donde fuá fundada la primera abadía de es­
te tipo.
La palabra “trapa” evoca la idea de un piso que se abre
de pronto bajo los pies de un desdichado que queda pri­
sionero en una cueva. ¡Vayamos al Littré! “Trapa” viene
de “trapan” que en la jerga de Perche donde se encuentra
Mortagne significa “grado” , o también “cerro”, “ mon­
tículo” . La Trapa no es un pozo, es una elevación. No
sorprendería demasiado que la sombría reputación de la
Orden se fundara íntegramente en ese malentendido.

Los benedictinos se visten de negro, los trapenses de


blanco. En la Edad Media era el blanco el color sacer­
dotal. Los benedictinos, si bien son hoy todos sacerdotes,
han conservado sus vestiduras negras como recuerdo de
su fundador, que no había sido ordenado. Si merecen el
hermoso titulo de “contemplativos” en el sentido de que
su vida consagrada a la acción y a los trabajos intelec­
tuales, no se dirige a la acción inmediata, los trapenses
—y los cartujos— son los contemplativos por excelencia.
Siguen al pie de la letra la Regla de san Benito, dis­
L a s o n r is a d e l a T r a p a 45

tribuyen su tiempo entre el oficio, la lectura sagrada y


el trabajo manual, se ocupan en las cosechas y se mani­
fiestan así como “verdaderos monjes que viven del tra­
bajo de sus manos, lo mismo que nuestros padres y que
los apóstoles” (8). Jamás franquean las fronteras de su
dominio y lo menos posible los estrechos límites de la
“clausura” que abarca los edificios conventuales y algu­
nas hectáreas de jardín. Se levantan a las dos de la ma­
ñana, a la una y media los domingos y fiestas cuando
el oficio canónico es más largo. Cuando sale el primer
subterráneo, ya hace tres horas que los trapenses rezan
por el motorman que nada sabe de todo esto.
Entre ellos el silencio es regla absoluta. Un código
rudimentario de signos les permite explicarse en estilo
telegráfico (5). Así por ejemplo, se dice “ pan” juntando
los pulgares y los índices en forma de triángulo, “ com­
prendido” llevando rápidamente el revés de su mano a
los labios, “mujer” trazando alrededor de la frente la lí­
nea imaginaria de un velo o de una diadema; y se designa
el “ vino”, no sin cierto humorismo borgoñón, apoyando
el índice en, la punta de la nariz.
No sé por qué esta regla del silencio parece tan cruel,
sobre todo a las damas. Cuando en un salón cesa por un
instante el rumor de las conversaciones y ni siquiera se
escucha el choque de las cucharitas en las tazas de té,
se suele decir que “pasa un ángel” . . .
Nadie piensa en detenerlo.
Los trapenses no lo dejan escapar. Eso es todo.

El silencio de los monjes no es un castigo y no creo


que ellos lo incluyan entre sus más severas austeridades.
Me habían dicho que los religiosos a quienes su supe­
rior les acordaba imprudentemente el permiso de abrir la
boca, pasaban en seguida del mutismo a la incontinencia
verbal, con la violencia de una cascada de agua que bro­
46 L a S a l d e l a T ie r r a

tara de una compuerta entreabierta. No hay nada de eso.


Sea que los monjes se callen por disciplina, por prudencia
o por gusto, el hecho es que parecen desprenderse de mala
gana del don del silencio.
Se instala en ellos y alrededor de ellos como las aguas
de un hermoso lago, espejo apacible ofrecido a algún
rostro ardientemente esperado.
¿Cómo turbar su serenidad con un chapaleo intempes­
tivo de palabras?

i
De todos modos, ese mutismo absoluto no ensombrece
los caracteres.
Nos encontramos con un padre en la hospedería, en el
oratorio, en los campos: nos saluda sonriente. Sorprende­
mos a uno en el recodo de una alameda con su nariz
hundida en un libro; el ruido de nuestros pasos le hace
levantar la cabeza y con ella se eleva la amable aurora
de una sonrisa infantil.
Y cuando vemos a uno de ellos arrodillado ante la Vir­
gen María que reina sobre las flores del jardín, uno se
resiste al deseo de acercarse sigilosamente a levantarle
el capuchón al monje que está en oración. ¿Para qué?
Más que seguro sonríe.

*
Este “hermano” vestido de marrón (en Citeaux o en
otras partes los “hermanos” son los monjes que no han
recibido el sacerdocio) que acabo del ver hace un momen­
to en su taller es el antiguo carpintero de una aldea
vecina.
Un día vino a la abadía a reparar imas sillas y debió
La s o n r is a d e l a T ra p a 47
tomarle el gusto a la Trapa, si es que el silencio no le
habló suavemente al oído; en resumen, una vez arre­
glada 1a última silla, se sentó encima y desde entonces
ya no se fué de la casa.
Al pasar junto a él, he enriquecido naturalmente mi
colección de sonrisas con una especie rara, donde se leía
una profunda gratitud hacia algún benefactor misterioso
que busqué en vano con la mirada a mi alrededor.
La sonrisa es una institución trapense.
48 L a S a l de l a T ie r r a

EL DIA DE UN TRAPENSE (*)

2 horas. — Levantara, ves­ 2.05 horas. — Iglesia, oficio


tido: cogulla blanca. Días menor, luego gran oficio ca­
festivos, despertarse a la nónico hasta las 4 horas.
1.30 horas.

¡StÉÉS

p§p§¡!
4 horas. — Misa individual. 5.30 horas. — Sala del capí-
Tres cuartos de hora de tulo. Instrucciones y avisos
tiempo libre. del R. P. Abad.

* Según l’abbé Pierre Barón, Ct que sont les rttigiiux (J. de üigord).
La s o n ris a d e l a T ra p a 49

6 horas. — Regreso al dor­ 8 horas. — Gran misa so­


mitorio^ donde cada reli­ lemne diaria en presencia
gioso dispone de una espe­ de la comunidad entera.
cie de alcoba. Limpieza. Salmodia de "Sexta” .
Desayuno.

9 horas. — Salida para el 11.30 horas.— Comida en


campo (u otros diverso· tra­ común. Sopa, legumbres,
bajos). Vestido: traje blan­ fruta o mermelada. Un
co, escapulario negro. Los cuarto de vino, cerveza o
monjes "especializados* ’ ocu­ sidra. Nunca carne.
pan su puesto.
50 L a S a l d e l a T ie r r a

12.15 horas.— "Meridiana” . 13.15 horas.— Trabajo en


Hora de descamo. Siesta o el campo, en lo· talleres o
paseo por el jardín. en la granja. Material mo­
derno.

16.30 hora·. — Vísperas en 17.15 horas. — Colación:


la capilla. El monje "vuel· legumbres, queso. Desde el
ve al coro siete veces al 14 de sept a Pascua: 180 gr.
día” . de pan, fruta.
La s o n r is a d e l a T rapa 51

17.45 horas. — "Intervalo” : ...lectura en la biblioteca,


meditación en el claustro conferencia teológica, etc

18.30 horas. — Completas, es 19 horas. — Acostarse. Des-


la hora del "Salve Re- de Pascua al 14 de sept. a
gina” . las 20 horas.
VII

SAN BERNARDO

an B ern ard o, a quien la Trapa debe, ya que no su


S fundación, al menos la mejor parte de su espiritua­
lidad, es el prototipo del caballero francés. Posee todas
sus cualidades: la rectitud, la fidelidad, el desinterés y
también —dicho sea con todo respeto— los honorables
defectos, el más conocido de los.cuales es cierta impe­
tuosidad a sacar la espada de la vaina.
Su entrada en Citeaux en 1112 se semeja a la entrada
de un capitán en una plaza fuerte: llega al frente de
veinticinco jóvenes de la nobleza borgoñona a quienes su
palabra flamígera ha convertido, si es que puede decirse,
de pies a cabeza. Su elocuencia tiene el resplandor y el
filo de la espada. Con la simplicidad propia del genio
afirma que existen almas rectas y almas curvas. Unas
se encaminan sin vacilar hacia el bien soberano, las otras
se agotan describiendo círculos interminables en procura
de los bienes de este mundo: “ El que tiene una esposa
dotada de beldad, mirará a otra más hermosa con ojos y
corazón henchidos de pasión; el que lleva un traje va­
lioso deseará otro más valioso y cualquiera que posea
grandes riquezas siente envidia hacia otro más rico que
él. Vense hombres que poseen numerosas tierras y, sin
embargo, agregan diariamente nuevos campos a sus cam­
pos y alejan sin cesar sus límites impulsados por inago­
table codicia. Otros hay que habitan en viviendas dignas
de reyes o en vastos palacios y que, sin embargo, agre­
gan cada día nuevas casas a las antiguas... No hacen
54 L a S a l d e l a T ie r r a

más que edificar, destruir, cambiar los cuadrados en círcu­


los y los círculos en cuadrados. ¿Qué diremos de los
hombres colmados de honores? ¿Acaso no los vemos, con
su ambición insaciable, procurar con todas sus fuerzas
elevarse cada vez más alto?”
Nunca se colma el “ deseo de cosas que no podrían, no
digo hartar, sino sólo templar el apetito. . . Sucede así
que el espíritu vagabundo, al correr vanamente a través
de los diferentes y falaces placeres de este mundo, se
fatiga y no se sacia; todo lo que ha tragado este ham­
briento le parece poco en comparación con lo que le que­
da por devorar y no se ve menos atormentado por el deseo
de lo que le falta que por la satisfacción de lo que po­
see” (6). ¡Ah! ¡Si pudiera tenerlo todo! Sin duda al poseer
todo lo creado, correría por fin a su creador: “ Pero —dice
san Bernardo con cierta gracia— la brevedad de la vida,
la debilidad de las fuerzas humanas y el número de los
competidores hacen que esta posesión universal sea abso­
lutamente imposible”, y ninguna esperanza queda al al­
ma curva de salir de su propio laberinto, si no es por
arriba.
El propio san Bernardo es el mejor ejemplo de alma
recta que pueda soñarse, si se sueña con la andante caba­
llería. Su vida es una intrépida cabalgata sin rodeos, sin
volver la vista atrás, ni siquiera a los costados: es me­
nester que Abelardo se le ponga literalmente en su ca­
mino para que advierta su presencia. Entonces, de un
solo lanzazo, derriba en el polvo al brillante sofista, le
tiende la mano, lo levanta y prosigue su camino.
Hallándose enfermo (hubo que colocar un “vomito-
rium” debajo del pupitre de su silla coral) recorre heroi­
camente su camino sin concederse reposo alguno, como
im digno vasallo acude al llamado de su señor. De ca­
mino predica en Vézelay la segunda cruzada, dirige al
papa Eugenio III (uno de sus antiguos monjes) recomen­
daciones llenas de energía que se acercan a la pura y
simple reprimenda, libra unos encuentros a espada sin
resultado con la herejía albigense, dedica maravillosas
oraciones a la Dama de sus pensamientos, que reina so­
bre los ángeles, y canta, ésa es la palabra, setenta ser­
mones sobre el “Cantar de los Cantares” que dan a sus
San B ern ard o 55
compañeros de ruta un placer precursor del Paraíso, a
la Iglesia un hermoso monumento de teología mística y
a todo el mundo buenas razones para admirar lo que
puede realizar la fe en un corazón amante.

El destacado papel que la fuerza de su genio lo llevaba


a desempeñar en la sociedad de su tiempo, no ejercía nin­
gún atractivo sobre su alma. Su recta voluntad se había
desprendido sin reservas de esta “tierra de desemejanzas”
( regio dissimilitudinis) este mundo en que el hombre des­
figurado por el mal ya no es la imagen de su creador,
para entrar por el camino más corto en el “Reino de la
semejanza” donde el alma, al recobrar los rasgos de su
perdida dignidad, puede por fin unirse a su Señor, por­
que san Bernardo fuá ante todo un corazón enamorado y
por eso la vida oculta del convento gozaba de todas sus
preferencias. Volvía a encontrar allí para su felicidad el
silencio y las mortificaciones y se adivina que al volver
de sus campañas habrá redoblado sus austeridades para
recuperar el tiempo perdido. Aún hoy la mística cister-
dense conserva rasgos de este ímpetu recuperador. La
Trapa hace hincapié en la penitencia, como si juzgara
que se halla en atraso de ascetismo con respecto a algún
gigantesco programa de restricciones. Es que ha apren­
dido de su brillante caballero que “ la medida de amar
a Dios es amarlo sin medida” : nada le parece tan temi­
ble como ser sorprendido en flagrante falta de genero­
sidad. Con esta consigna que responde a todo, ha heredado
de san Bernardo la simplicidad de costumbres, el fervor
mariano, un estilo de vida bastante militar, una cierta
desconfianza hacia las manifestaciones gratuitas del arte
y del pensamiento puramente especulativo, el gusto por
el combate espiritual, el hábito de librar la batalla tem­
prano, y una especie de osadía en el desprendimiento
que es quizás uno de los secretos de su alegría.
VIH

VOCACIONES TRAPENSES

e n t r a d a en la vida religiosa requiere tres disposi­


L
a
ciones principales: la “ inclinación”, la “ aptitud” y
la “ vocación” . La “ inclinación” se relaciona con la dis­
posición natural que puede tenerse para tal género de
vida reclusa o misional, la “ aptitud” se mide según las
fuerzas, el equilibrio y la sociabilidad del candidato. En
cuanto a la “ vocación”, ya su nombre indica que ella
no depende del sujeto.
Pero a estas tres condiciones previas, que a los teólo­
gos les bastan, la opinión pública las substituye con la
pena de amor, que ocupa el lugar de la aptitud, el des­
agrado de la vida, que corresponde a la inclinación, y la
turbación interior a base de angustia metafísica, estra­
gado sucedáneo de la vocación. Los reveses de fortuna son
también un buen elemento de conversión, aunque a los
ojos del mundo el religioso ideal sería el amante enga­
ñado que intenta sepultar su neurastenia entre los des­
pojos de su razón. Cuando algún joven manifiesta su in­
tención de hacerse monje, se achaca a algún cruel fracaso
sentimental una decisión que la tierna edad del desdi­
chado no permite atribuir a reveses de fortuna o a des­
agrado de vivir. “Cherchez la femme”, se aconseja. Si
la mujer brilla por su ausencia, se insiste en la “ angus­
tia metafísica” y si la angustia metafísica se aviene xgal
con el semblante por lo general alegre y apacible del
convertido, entonces, encogiéndose de hombros y abriendo
las manos, se dice que “él ha sido tocado por la gracia” ,
58 La S a l de la T ie r r a

con el mismo tono con que un jefe de estación ferroviaria,


asediado de reclamaciones, invocaría a la fatalidad. Esta
última expresión es una de las mas elevadas fórmulas de
cortesía con que un hombre de bien se despide de sí mis­
mo. Conozco algunas personas que si asistieran por una
casualidad a la aventura de san Pablo en el camino de
Damasco y vieran al perseguidor deslumbrado rodar en
el polvo a los pies del perseguido, se hubieran dicho sim­
plemente: “ ¡Vaya! Otro más que ha sido tocado por la
gracia” y, sosegados por este atinado empleo de la fór­
mula mágica, seguirían su camino sin meterse a averi­
guar de dónde viene esta gracia que arroja de sus cabal­
gaduras a unos y deja que otros envejezcan sobre la
montura.

Se da a veces el caso de un enamorado traicionado que


se precipita en el convento como quien se arroja al agua
o a otra clase de bebida. Célebre es la historia de aquel
joven escapado de las Confesiones de un hijo del siglo
que un día se anunció al superior de un monasterio con
el siguiente telegrama: “Todo ha terminado. Llego ma­
ñana. Reserve celda.” Pero la pena de amor no hace al
monje. En semejantes casos, el frío contacto con la celda
pronto hace recuperar la mente y la mente recobrada de­
clara que, sin lugar a dudas, no era ése el lugar adecuado.

El “ disgusto de la vida” nunca ha dado a nadie el gusto


del cielo y sin embargo por ese gusto se reconoce la au­
tenticidad de una vocación. Se sobreentiende que el cielo
V o c a c io n e s T r a p e n s e s 59
a que me refiero aquí no es el que nos propone el cine­
matógrafo en sus catastróficas representaciones de un
“ más allct* inhabitable y hasta insalubre, donde melan­
cólicas legiones de elegidos, extenuados de cánticos, exhi­
ben la sonrisa forzada de los vagabundos ahitos de com­
pota arrinconados por el Ejército de Salvación en un
domingo que nunca termina. No es posible imaginar que
im empíreo como ése pueda ser el autor de esas conver­
siones fulminantes que pueblan las Órdenes contempla­
tivas, en particular la Trapa, cita de almas simples arre­
batadas de golpe por el cielo vislumbrado. Numerosas
vocaciones trapenses se declaran inopinadamente y lo más
sorprendente en ellas es la rapidez de su victoria. No
parecen encontrar resistencia, ni objeciones. El encuentro
es inmediato, sin apariencias de deliberación interior, tan
instantáneo como la metamorfosis de san Pablo que se
convierte de perseguidor en apóstol en el lapso de una
caída de caballo. No siempre es asi, pero esto sucede lo
bastante a menudo como para que nuestros psicólogos,
desorientados por la gracia, renuncien a comprender y
ni siquiera traten de informarse.

Muchos caminos llevan a la Trapa, pero el más corto


debe ser el militar: el ejército cuenta con una sólida guar­
nición en Citeaux. La integran varios oficiales.
El más antiguo en grado ha sentido que sus botas y
sus galones ya no le pertenecían una noche de Navidad
en que, después de una de esas alegres veladas en algún
cabaret de bien ganada mala fama, se fué con sus cama-
radas a cantar el ritual, el obligatorio Medianoche cris­
tianos que hace bajar los manjares de las comilonas navi­
deñas tanto civiles como militares.
Y allí, bajo el bramido simultáneo de los grandes órga­
nos y de las alegres celebraciones de Noche Buena, por
una de esas misteriosas operaciones que en un instante
60 La S a l de la T ie r r a

realizan en un alma más cambios de los que puede ima­


ginarse un psicólogo durante toda su vida, el ejército
perdió un oficial de gran porvenir y la Trapa se enri­
queció con un monje que pronto llegaría a abad. No
hace mucho obtuvo de sus hermanos en religión el per­
miso de quitarse el báculo y la mitra (el abad de Citeaux
está revestido de la dignidad episcopal) para reincorpo­
rarse a las filas.
En Citeaux los generales ansian terminar como solda­
dos rasos.

La Trapa es una Orden donde suele ingresarse en fami­


lia. No es extraño que una mañana los hijos tropiecen
con papá en la alameda del claustro, mientras que a
tres kilómetros de allí mamá tome el velo de las trapenses.
Pueden citarse muchas familias encapuchadas en su
totalidad, desde el abuelo al menor. Habrá que creer que
en ciertos casos la pena de amor es hereditaria.

No recuerdo si fué un trapense o un cartujo. Tampoco


recuerdo quién me contó la historia. Pero eso no importa
demasiado. ¿Terminó la aventura en Citeaux o en la Gran
Cartuja? Lo cierto es que comenzó en los alrededores de
un salón de baile, el Moulin de la Galettc, una noche de
carnaval. Un muchacho encantador con ganas de bailar
ambulaba entre las máscaras de terciopelo y las narices
postizas. . . Vano seria preguntarse sobre sus condiciones
interiores. La situación parece excluir en bloque la pena
de amor, la angustia metafísica y el disgusto de la vida,
V o c a c io n e s T r a p e n s e s 61
los cuales no invitan al vals. ¿Cuál es el estado de alma
de un muchacho que siente un hormigueo en las piernas?
La crónica debe confesar su ignorancia. Flotaba en el
aire un grato olor a pasteles y a limonada, las máscaras
remolineaban a la luz de los faroles, un muchacho se
encaminaba al baile con paso rápido. . .
Fué entonces cuando una señorita muy sonriente, ocu­
pada en el arreglo de su belleza, lo divisó en el espejito
de su polvera. Movida por no sé qué fantástica inspira­
ción, se dirigió bruscamente a él con el cisne en la mano:
— ¡Recuerda —díjole la muy descarada aventándole una
nube de polvo en las narices de ese rostro, demasiado se-
rio sin duda para la hora y el lugar—, recuerda que eres
polvo y en polvo te convertirás!
La gracia va a buscar sus elegidos a cualquier parte,
hasta en el Moulin de la Galette en las noches de car­
naval. Sin embargo, no es frecuente que surja de una
polvera. Aquella niña traviesa nunca supo el efecto de
.sus palabras ridiculamente sentenciosas. Vió que el des­
conocido, tan amablemente empolvado gracias a su es­
mero personal, daba media vuelta y desaparecía en la
noche. ¿Cómo podía ella adivinar que la ligera polva­
reda de su cisne acababa de enviar para siempre a un
convento a aquel muchacho con ganas de bailar?

Muchos padres, en lo demás excelentes, tienen la im­


presión de perder a su hijo en el preciso momento en
que éste se encuentra. A veces es mejor confesar deudas
de juego o relaciones con seis amantes que una vocación
trapense.
Cuando el joven Roberto, dibujante de una revista pica­
resca, participó a los suyos su decisión de ingresar en
Citeaux, un grito de horror se levantó en la familia. Se
esgrimieron, una tras otra, las hipótesis habituales, que
resultaron falsas. Luego se habló de “crisis de misticis­
62 L a S a l d e l a T ie r r a

mo”, enfermedad juvenil muy conocida por su tendencia


a curarse sola, siempre que nadie se meta a tratarla;
luego se habló de “ Huida ante la Vida”, así con mayús­
cula, retirada fatal de un bohemio incapaz de abrirse
camino y más dispuesto a levantarse todas las mañanas
a las dos a rezar el oficio que a las ocho para ir a su
oficina. La vocación es y seguirá siendo un misterio para
el mundo, cuya hostilidad con respecto a las formas su­
periores de la vida religiosa no ha disminuido desde aque­
llos lejanos tiempos en que santo Tomás de Aquino es­
cribía páginas y páginas para disuadir a las familias
cristianas de poner obstáculos en la salvación de sus hijos.
El joven Roberto se enfadó bastante de que se sospe­
chara que él convertía en un fin lo que creía, en el des­
lumbramiento de su conversión, un milagroso volver a
empezar. Poco le importaba que se menospreciara su ca­
rácter; pero no quería, por el honor de la Trapa y de la
verdad, que su decisión pareciera la miserable derrota de
un espíritu débil ansioso de un refugio. Recogió sus aho­
rros y se fué a Marruecos con un compañero suyo. Los
dos amigos compraron un terreno, edificaron, roturaron
la tierra, hicieron de albañiles, aradores, leñadores, lle­
varon la dura existencia de los colonos pobres y no esca­
timaron fuerzas. De modo que andando el tiempo, al cabo
de dos años de trabajo tenaz, se vislumbró ima buena
cosecha. Una tarde ambos compañeros subieron a un mon­
tículo desde donde se divisaba su dominio en toda su
extensión y se felicitaron por el éxito obtenido. Para uno
eso significaba el comienzo de la fortuna, para el otro
el derecho de renunciar a ella.
Ya había dado pruebas que la Trapa no era la última
caída de un infeliz borroneador de dibujos galantes ra­
yanos con la indecencia. Entonces el joven Roberto legó
a su socio la parte suya de los bienes en común, tomó
un avión y volvió a cruzar el mar. Esos dos años de vida
colonial y el éxito de su empresa no habían modificado
en nada su resolución.
Llegado a Dijon, juzgó oportuno “ enterrar su vida de
soltero” y como no era hombre de hacer las cosas a me­
dias, la enterró con todas las de la ley. Antes de que
desapareciera de él el dibujante, pedía el vaso de ron del
V o c a c io n e s T r a p e n s e s 63
condenado a muerte. Le acordó esta suprema satisfac­
ción y algunas otras que no figuran en el ceremonial
corriente de las ejecuciones capitales. A la mañana si­
guiente, llamaba a la puerta de Citeaux, mientras fu­
maba su último cigarrillo.
Hace de esto más de veinte años. Hoy el joven Ro-
bedto encanece en los bordes de su tonsura y, ¿qué que­
réis que os diga?, sonríe, como es de suponer. La Trapa
cuyo simple nombre evoca terroríficas imágenes de muer­
te, nunca me ha mostrado más que el rostro de un niño
puro propio de la gracia.
IX

LOS CARTUJOS

m á s pintoresco de los dos senderos que llevan a la


E
l
Gran Cartuja es el que sale de Saint-Laurent-du-Pont,
a cierta distancia de Chambéry, y siguiendo el curso del
Guiers-Mort, penetra entre dos murallas tapizadas de ha­
yas, de alerces, de pinos, cuya última hilera se eleva en
el cielo a prodigiosa altura, como las agujas y los cam­
panarios de una sombría catedral.
“No existe en el mundo —ha dicho Stendhal— valle
tan hermoso como éste” *.
No es un valle, es un tajo hecho en la roca con una
espada. En este desfiladero, lleno con la nota grave del
torrente, la luz del sol se disgrega en mil reflejos que
penden de la copa de los árboles, de las aristas de las
rocas, o chisporrotean en finas gotitas sobre los follajes
mecidos por el viento. Poco a poco el sendero se separa
del torrente hasta dominarlo, se hunde en el bosque,
vuelve a la luz y de trecho en trecho se detiene brus­
camente al pie de un peñasco. El viajero se cree enton­
ces que ha caído en el fondo de un enorme pozo. Al
levantar su cabeza, divisa el cielo como un pedazo de
tela azul que flotara al tope de un mástil. Las laderas
a pique de ambos lados se han estrechado en torno a él,
han entrelazado las ramas de sus árboles y no ofrecen
ni siquiera la esperanza de una salida. Uno apresura ins-

* Citado por Antoine Baton, Le couvent de la Grande Chrar-


trense (Éditions Buscoz).
66 L a S a l d e l a T ie r r a

tintivamente el paso y el camino entrega su secreto: es


que se cuela por debajo de la roca, se desliza en un tú­
nel oculto, más allá del cual se abren nuevo9 pozos, nue­
vas franjas luminosas que se van ensanchando paula­
tinamente hasta llegar a las amplias ondulaciones del
Desierto de la Gran Cartuja donde finalmente aparece
el convento, silenciosa ciudad junto a las nieves.

Para contemplar el monasterio en todo su esplendor, es


menester proseguir su camino en la montaña durante al­
gunos minutos. Pronto llega uno a descubrirlo, entre los
negros troncos de los abetos, enclavada al sesgo sobre la
ladera de una colina, dominada por las cumbres res­
plandecientes de los Alpes. La inclinación del terreno la
brinda por entero a la vista con sus treinta y seis celdas
cuadradas alineadas en tomo al claustro, con sus calles,
sus campanarios, su muro circundante erizado de torre­
cillas en punta. Vémosla así desplegarse por entero como
los castillos sin perspectiva de los viejos libros de Horas.

Es un cuadro inolvidable. Stendhal y Chateaubriand le


han dedicado páginas magnificas.
Por el contrario, Lamartine apenas si le consagra tres
líneas de Meditación poética. Es cierto que el poeta-pre-
sidente conservaba en su retina la visión encantadora de
su compañera de viaje sorprendida por la tempestad y
refugiada en la cavidad de una roca “ desciñendo sus ca­
bellos al viento para secarlos” . Agréguese a esto un arco
iris que en ese momento vino a incrustarse en el cuadro
Los C artu jo s 67

y se comprenderá la dirección que tomaría el éxtasis del


poeta en esa ocasión. La Cartuja no es lugar adecuado
para los poetas enamorados.

Los cartujos miran alto y dilatado. La llanura de los


labradores trapenses y los solares campesinos de los be­
nedictinos no les resultan. Ellos necesitan la montaña,
sus cimas y sus vértigos. Sus conventos son inmensos.
Cada solitario dispone de un alojamiento de cuatro habi­
taciones y su pequeño jardín. El claustro que circunda a
esas casitas alcanza a veces las dimensiones de un bu­
levar: el de la Gran Cartuja mide doscientos quince me­
tros de largo. Construido sobre un terreno desigual, sigue
a mitad de camino una acentuada pendiente, de modo
que no se le ve el fin. Parece hundirse en la montaña o
perderse en un abismo invisible. No existe un espectáculo
más extraño que un hábito de monje flotando a lo largo
de este túnel luminoso y desapareciendo a lo lejos, poco
a poco, como la vela blanca de un navio en el horizonte.

Los propios cartujos están al nivel de sus edificios.


Nunca he visto cartujos bajos. No quiero con eso decir
que se los elige metro en mano, como a los guardias de
Buckingham. Pero todos los que he encontrado eran de
elevada estatura, muy delgados, ligeramente encorvados,
de ese estilo llamado familiarmente “poroto verde” . Su
esbeltez se explica naturalmente por un régimen alimen­
ticio que no favorece por cierto la obesidad. La elevada
estatura ya no es tan comprensible. No me atrevería a
afirmar que esta vocación excepcional nunca baja de un
68 L a S a l d e l a T ie r r a

metro setenta y cinco. Quizás yo los he visto altos de la


misma manera como he visto sus ojos azules. . . En efecto,
durante mi primera estada en una Cartuja, observé con
sorpresa e interés una buena proporción de ojos azules
entre mis huéspedes. En realidad, no era así, podría aquí
atribuirse a una ilusión óptica.
Esos ojos que a mí me parecían azules eran simple­
mente ojos puros y de una limpidez tan extraña que yo,
sin darme cuenta, les ponía un poco del color del cielo.

De san Bruno, fundador de la Gran Cartuja, madre de


todos los conventos de la Orden, se sabe, en realidad, muy
poco. Nació en Colonia “ alrededor del año 1030” y vino
muy joven a Francia (sus contemporáneos lo llamaban
en realidad “ Bruno Gallicano” y el sobrenombre es aquí
algo más que una etiqueta de viaje, es casi una “natu­
ralización” ). Su conversión dataría de la muerte de Dio­
cres, digno cristiano según rumores, un poquillo ma­
logrado por su vanidad literaria (tenía debilidad por los
pequeños poetas latinos) y que sin embargo se dice que
se irguió tres veces en su ataúd para anunciar a los es­
pantados circunstantes su citación, su juicio y su conde­
nación por el tribunal divino. Los hagiógrafos, los pintores
y los escultores han tomado este episodio como pretexto
para presentarnos a san Bruno en retratos lúgubres, seña­
lados por la obsesión del juicio supremo, carentes de op­
timismo, sellados con un cráneo simbólico, atributo dis­
tintivo del cual el santo no se separa nunca, lo mismo
que una dama de su cartera, y que lo condena a repre­
sentar indefinidamente la escena de Hamlet y el sepul­
turero. No tenemos ninguna razón para suponer a san
Bruno obsesionado por la imagen material de la muerte.
Lo que puede afirmarse con seguridad es su gusto pol­
la oscuridad. San Bernardo es simple, de una sola pieza,
luminoso como una iglesia romana; san Bruno está lleno
de sombra y de misterio como una iglesia gótica. Uno se
Los C a rtu jo s 69
imagina a san Bernardo bajo la blanca armadura de su
Orden, adelantándose a cara descubierta en la claridad
de la mañana: en cambio, apenas si se distinguen los
rasgos de un rostro bajo el capuchón de san Bruno. Se
diría que ha pasado por su tiempo con la mirada gacha,
sin trabar con el mundo la fugitiva atadura de una mi­
rada. Siendo profesor de teología en Reims, se aleja dis­
cretamente el día en que se habla de nombrarlo obispo
y se oculta en la soledad de Séche-Fontaine, al sur de
Bar-sur-Seine. A punto de ser descubierto, huye nueva­
mente, decidido esta vez a potier los Alpes entre él y la
popularidad. Se detiene en Grenoble, pregunta con ur­
gencia la dirección de un buen desierto al santo obispo
de la ciudad y éste le ofrece en arrendamiento la mag­
nífica desolación de la Gran Cartuja, un lugar perdido
en el caos de los Alpes del Delfinado, donde, con seis
compañeros franceses, funda sin percatarse de ello y pen­
sando humildemente en otra cosa la más angelical de las
Ordenes contemplativas.
De primer intento, y siempre como si no se lo propu­
siera, establece el plan perfecto, el modelo definitivo de
todas las “ cartujas” que se sucederán en el tiempo: una
hilera de celdas individuales (para empezar serán unas
cabañas construidas a expensas del buen obispo de Gre­
noble) imidas entre sí por una galería cubierta que con­
duce a la capilla. Por eso es que aquí se dan combinadas
de manera inédita la vida eremítica de los Padres del
Desierto y la vida en comunidad codificada por san Be­
nito. Una vez realizado esto, san Bruno va a morir del
otro lado de los Alpes, después de haber rechazado nue­
vamente un nuevo arzobispado por una gruta de Calabria.

Un cartujo sale de su celda tres veces al día: de noche


para el oficio, que dura aproximadamente tres horas y
media, de mañana para la misa, por la tarde para las
vísperas. Pasa el resto de su tiempo en la soledad total
70 L a Sal de la T ie r r a

del preso incomunicado. Su vivienda se compone de cua­


tro piezas que dan a un jardín de unos pocos metros
cuadrados rodeado de pared, la pared del convento, la
pared de la celda vecina y la pared del claustro flan­
queado de un paseo. En el primer piso, la habitación lla­
mada del “Ave María” por el nombre de la oración que
el monje reza cada vez que entra a este recinto consa­
grado a la Virgen María, y el “ cubiculun” o “living
room” que comprende un minúsculo oratorio, una alcoba
con un lecho de tablas provisto de un colchón de crin y
sábanas de paño, una estufa, una mesa, una silla. En
las paredes sólo un crucifijo, a veces adornado, lo mismo
que la estatuilla de la Virgen María, con flores recogi­

EL ENCIERRO DEL CARTUJO


Arriba, la habitación "Ave María” , el cuarto de trabajo, y el ’'Cubicujum”
o liüing’ room del solitario.
Abajo, el depósito de leña y el taller; a la izquierda, el corredor paralelo al
claustro, sobre el cual se abre la puerta y la ventanilla de la celda.
Los C ar tu jo s 71

das en los aledaños del monasterio durante el paseo se­


manal. En el primer piso hay también un aposento pe­
queño, de la misma amplitud del oratorio, que hace las
veces de cuarto de trabajo. En la planta baja, un depó­
sito de leña y un taller donde el cartujo cumple dos o
tres horas diarias de un trabajo manual considerado como
simple diversión. Unos tornean barrotes de sillas, otros
tallan estatuitas, algunos se contentan con cortar leña.
Un padre de la Valsainte que tenía el sueño pesado fa­
bricaba toda clase de despertadores, entre ellos uno muy
eficaz que ponía en movimiento una tabla del espesor de
un misal que a la hora señalada caía sobre los pies del
dormilón. Se cuenta que ese padre tan letárgico pronun­
ció a la hora de su muerte estas palabras llenas de espe­
ranza: “ Por fin voy a despertar” . . . El jardín queda li­
brado a la iniciativa del locatario. A veces es un jardín
de recreo, o una huerta, un cuadro de pasto sin cultivar
o un montón de guijarros, según las dotes, la edad y el
humor del jardinero.

La jomada de un cartujo no tiene ni principio ni fin.


Se levanta a las seis, pero ya se ha levantado antes de
medianoche para el oficio que lo ha demorado en la capi­
lla hasta las dos de la mañana. Se acuesta a las seis de
la tarde, pero sólo por cuatro horas. Este descanso en
dos tiempos, completamente vestido en una cama nada
mullida, se parece al sueño incómodo que el viajero des­
cabeza entre tren y tren en un banco de sala de espera.
A eso de las diez, un “hermano” de las cocinas alcanza
a través de la ventanilla de la celda un plato con la
línica comida del día: pescado (nunca carne), legum­
bres, compotas de color variado, agradables a la vista y
monótonas al gusto, todo en abundancia, pero de mediana
calidad, pues los cartujos no hacen ningún esfuerzo visi­
ble para ganarse el premio en un concurso gastronómico.
72 La S a l de la T ie r r a

Una vez despachado el almuerzo, no queda otro reme­


dio que ayunar como un angelito durante veinticuatro
horas, excepción hecha de los cinco minutos que se nece­
sitan para devorar el mendrugo y la fruta de la “cola*
ción” , que se suprime durante el ayuno monástico, una
cuaresma de dimensiones verdaderamente cartujas que se
extiende desde el 14 de septiembre a Pascua.
Cuando el prisionero necesita algo, un libro por ejem­
plo, coloca una nota sobre la tabla de su ventanilla y
allí encontrará poco después la obra pedida. Sus comu­
nicaciones con el exterior se limitan a esos intercambios
silenciosos. Sucede así que un cartujo pasa una semana
o más sin cruzar palabra con alma viviente. Porque los
cartujos no se entienden por signos como los trapenses.
Tienen el derecho de hablar en casos de absoluta nece­
sidad. Pero ¿con quién?

La grandeza y el extraño encanto de esta soledad pro­


vocan en muchos espíritus eso que un cartujo llamó una
vez “la tentación de la isla desierta” . ¿Quién no ha so­
ñado alguna vez con huir del mundo hacia la graciosa
soledad de un islote del Pacífico, de preferencia apar­
tado de la ruta de los ciclones y bien abastecido de víve­
res? ¿Quién no se imaginó sobriamente vestido con; hojas,
holgazaneando a la sombra de los bananeros en flor, es­
tirando al mediodía la mano lánguida hacia un almuerzo
que pende de los árboles, el árbol del pan, el árbol de la
manteca, el árbol de la vajilla o calabacero, lejos de los
hombres libres como los pájaros del cielo, al fin solo?.
La Cartuja decepciona cruelmente a los Robinsones vo­
luntarios. No es precisamente una isla donde se puede “ro-
binsonear” a gusto. Verdad es que el cartujo vive solo
todo o casi todo el día. Sin embargo, no es libre de orga­
nizar su existencia como le plazca. Allí está la campana
del convento, vigilante, puntual, que indica el despertar,
Los C artu jo s 73

el trabajo, el descanso, el oficio, los maitines laudes, la


misa, vísperas, completas, las pequeñas horas canónicas
y simplemente la hora, la media y aun los cuartos. Todo
el claustro obedece en silencio a esa voz pura que parece
resonar sobre una ciudad muerta. ¿Alguien está cavando
su jardín o componiendo uno de esos profundos tratados
de oración mística con los cuales, según se asegura, los
cartujos encienden fuego en el invierno? Al primer lla­
mado de nona o de vísperas, hay que dejar la pala o la
pluma, meterse en el oratorio de la celda o acudir apre­
suradamente a la capilla. Fuera del tiempo dedicado al
sueño, también tronchado por el oficio nocturno, la jor­
nada de un cartujo se halla literalmente despedazada por
cien obligaciones diversas, precisas, que lo hacen ir del
oratorio al jardín, del taller a la capilla y del paseo a ja
cama, sin que pueda dedicarse con continuidad a otra
cosa que no sea la obediencia. La celda lo ha separado
del mundo, la campana lo separa de sí mismo.
¡Pobre Robinson! Rara vez resiste más de cuarenta y

UNA CARTUJA
Las celdas se distribuyen alrededor del claustro, el cual termina en la capilla.
La muralla exterior protege al convento contra los aludes
74 La S a l de la T ie r r a

ocho horas a la campana de la Cartuja. Encerrado en una


celda que le pareció espaciosa el primer día, más pequeña
el segundo, buscaba la independencia y encuentra la dis­
ciplina. A las diez, su frugal almuerzo lo ocupará diez
minutos. Tomará un libro, ¿pero para qué leer un buen
libro del cual nunca se hablará con nadie, un libro que
ni siquiera puede ayudar a soñar? La monótona serie de
los días venideros le parece infinita (el régimen cartujo
conserva, no son raros los octogenarios en la casa) y su
“yo”, ese “ yo” que afuera parecía tanto menos exigente
cuando no se le negaba nada, toma de pronto proporcio­
nes gigantescas; está allí, junto a la puerta como un Vier­
nes enorme que no acepta su día de descanso y que se
impacienta. . . Robinson convoca entonces la vanguardia
y la retaguardia de sus más altivos pensamientos. . . Ape­
nas si ve venir dos o tres lugares comunes gastados. . .
Durante todo ese tiempo la celda continúa estrechándose.
El Viernes golpea con el pie, suena la campana. |Ya esto
es demasiado! Robinson, ya vencido, pide el horario de
ómnibus.

La Cartuja es el más austero de todos los conventos.


Se admité* oficialmente que un religioso puede abando­
nar siempre su orden por la de san Bruno, pues de ese
modo no hace más que elegir un género de vida más
elevado.
Según la Iglesia, la práctica de la Regla de los cartujos
exige por sí misma el ejercicio de la virtud “ heroica” ,
dicho en otros términos: el cartujo que se limita mate­
rialmente la Regla hasta su muerte es ipso facto cano-
nizable, sin que se requiera otra forma de proceso. Pero
los cartujos beatificados son raros. San Bruno ha legado
a su Orden su afición a perder contornos, a pasar inad­
vertidos. Al ingresar, antes de recibir el hábito blanco
de su nuevo estado, el novicio se reviste la cogulla negra,
Los C artu jo s 75

símbolo del luto que lleva por el hombre que fué. Desde
ese día empieza a desaparecer. Llevará otro nombre;
será Dom Juan Bautista, Dom Rafael; si escribe y sus
obras parecen dignas de ser publicadas, no las firmará.
La etiqueta del célebre licor es uno de los raros impresos
honrados con la firma de los cartujos; aquí se trataba de
una necesidad jurídica. En los cementerios de la Orden
las cruces no llevan ningún nombre. Así como existe una
multitud de dominicos ilustres, así como los trapenses no
han podido ocultamos a san Bernardo y al abad de Raneé,
únicamente los especialistas de la mística o los cristianos
curiosos de espiritualidad (que también los hay) conocen
a Donisio el Cartujo o a Dom Inocencio Le Masson, dos
glorias de la Orden junto con san Bruno, a quienes todos
ignoran, hasta sus biógrafos. El anonimato se agrega a
los muros de la celda y del silencio como una clausura
suplementaria.
Pero este aniquilamiento sólo constituye el aspecto ne­
gativo, y para el mundo bastante deprimente, de una
resurrección en la luz que convierte poco a poco a la
criatura débil y miserable que somos en un hermano
—desterrado— de los ángeles.

¡Cuánta poesía en estas vidas que han soltado amarras!


Sólo conocemos el cielo bajo la forma enigmática de los
misterios de la fe y! para un ser de carne y hueso salirse
del mundo y entrar en la pura región de los espíritus es
una empresa tan ardua, exultante y peligrosa como la
aventura de Cristóbal Colón al zarpar rumbo a una tie­
rra invisible y probable. . . También él estaba sostenido
por la fe y por la razón y es fácil suponer que más de
una vez se habrá preguntado, ante este exasperante hori­
zonte eternamente líquido, si las estrellas no mentirían,
si su fe no lo engañaba, si la razón era realmente un
buen instrumento de navegación.
76 L a S a l d e l a T ie r r a

£1 cartujo, separado de nuestras costas y lanzado a las


aguas guiado sólo por la gracia de Dios, experimenta el
temor y la esperanza del héroe ejemplar.de la Santa
María. Luego del entusiasmo de la partida, sucede la
experiencia en alta mar, esta interminable travesía a ve­
las desplegadas en medio de un círculo de océano cuyo
centro no puede abandonarse, y la razón que aconsejaba
partir ya no se atreve siquiera a aconsejar perseverancia.
Se dice que hacia los cuarenta años (pongamos el cua­
dragésimo día de navegación) el navegador solitario de
la vida espiritual empieza a dudar que las Indias Occi­
dentales aparezcan un día en su catalejo. Sus sacrifi­
cios le parecen vanos, jamás verá sus frutos, ese prójimo
que él desea salvar lo ignora, lo desprecia, o lo odia. . .
Pero esto es sólo una tormenta que pasa. En medio de
la noche que lo envuelve, el héroe sigue su camino de
estrella en estrella: él sabe que hay otro mundo además
de éste.
Él es la vanguardia de la cristiandad.
X

UMBRATILEM

o es e l caso d e g lo r i a m o s c o n estas cosa s, y a lo sé,


¡y sin embargo!. . . Si todas nuestras jactancias no
estuviesen movilizadas en otras partes, quizás nos com­
placería recordar que la mayoría de las órdenes religio­
sas ha nacido en Francia, o que en todo caso las dos
grandes órdenes contemplativas son esencialmente fran­
cesas. Si la palabra resulta sospechosa de nacionalismo
precoz, puede decirse que han nacido en cierto territorio
situado al oeste del Rin y al norte de los Pirineos. Du­
rante varios siglos, Francia, quiero decir el territorio
mencionado, ha suministrado la mayor parte de sus efec­
tivos a los conventos de san Bernardo y de san Bruno.
Todavía hoy los franceses, esos espíritus “frívolos” y “ver­
sátiles”, se remontan fácilmente hacia las Cartujas o se
vuelcan gustosos en las Trapas. Ni por asomos se les
ocurre pensar que la vida contemplativa es un género de
existencia arcaica, vinculado a un tipo de civilización ya
sepultado junto con la Escolástica, la Mesa Redonda y
el amor cortés, en el naufragio del mundo medieval.

El visitante de una Trapa no ve ante sus ojos una so­


ciedad de otra época, sino una sociedad fuera del tiempo.
L a S a l d e l a T ie r r a

El colectivismo trapense está bastante adelantado con res­


pecto al “ kolkhose” *: en lugar de fomentar la perni­
ciosa ilusión que “ todo pertenece a todos”, se funda sobre
el principio socialista que “nada pertenece a nadie” . El
cartujo no ha pasado de moda, porque nunca estuvo de
moda. Su soledad es propia de todas las almas prendadas
de lo absoluto; un gran hombre está siempre solo y un
cartujo es siempre un gran hombre, deslumbrado por otra
gloria distinta de la suya propia. (Conozco uno que en
el mundo hubiera recibido todas las coronas destinadas
al genio literario.) En cuanto a la “ ineficiencia” de una
vida puramente espiritual, no se aspira a nada original
al decir que si Carlos Marx hubiera sido un hombre de
acción, el marxismo no existiría. La revolución más gran­
de de los tiempos modernos nació hacia 1847 de las oscu­
ras meditaciones de un barbudo genial, en el fondo de
un comcdor londinense decorado al estilo de la pequeña
burguesía.
Incontables son los discípulos del “manifiesto comunis­
ta” . En lo que respecta a su número, nada encuentro
que pueda oponérsele, fuera de la multitud impresio­
nante de los convertidos por la Historia de un alma,
escrita en el fondo de un convento parecido a una fá­
brica de botones a presión por santa Teresa de Lisieux,
ociosa del Carmelo y patrona de las Misiones. Nos re­
sulta difícil creer en la potencia inmaterial del espíritu,
cuando ella no actúa delante de nuestros ojos sobre el
ladrillo o el hierro social· Sin embargo, la Iglesia —y
bien conoce un poco su poder— ha proclamado siempre
la primacía de 1a vida contemplativa y que ninguna ac­
tividad puede competir en intensidad con la que ejercen
la carmelita o el cartujo en el orden espiritual, no obs­
tante ser el que corresponde a la vida cristiana. La bula
Umbratilem da fe de ello:
“Todos los que hacen profesión de llevar una vida de
soledad”, dice el texto de Pío XI, “lejos del bullicio y

* La palabra es una abreviatura de kolektivinoye khizcaistvo


y designa las cooperativas de campesinos que tienen autonomía.
En Rusia se llama asi a las granjas colectivas (cfr.: Hutchr-
■isoif's, Twentieth Century Encyclopaedia. (N. del T.)
U m b r a t il e m 79

de las locuras del mundo, no sólo con el propósito de


emplear toda su fuerza espiritual en la contemplación
de los divinos misterios y de las verdades eternas; sino
también para borrar y expiar sus propias culpas y sobre
todo las del prójimo mediante las mortificaciones del
alma y del cuerpo voluntariamente determinadas y pres­
critas por la Regla; éstos han elegido, como María de
Bethania, la mejor parte. Si el Señor llama a ello, no hay
otra condición ni género de vida que pueda proponerse
como más perfecto a la elección y a la ambición de los
hombres. . . El deber de esos solitarios y su principal ocu­
pación consiste en ofrecerse y consagrarse a Dios en vir­
tud de su función por así decir oficial, como víctimas
y hostias propiciatorias, para su salvación y la del pró­
jimo. He aquí por qué, desde la época más remota, este
género de vida tan perfecto ha sido cimentado y propa­
gado en la Iglesia, donde es útil y provechoso, más de
lo que se creería, para toda la sociedad cristiana. . . Por
otra parte.. . los que cumplen asiduamente el oficio de
la oración y de la penitencia, mucho más (multo plus)
aún que los que cultivan con su trabajo el campo del
Señor, contribuyen al progreso de la Iglesia y a la sal­
vación del género humano, porque si aquéllos no hicie­
ran bajar del cielo la abundancia de las gracias divinas
para irrigar este campo, los obreros evangélicos sólo ob­
tendrían de su trabajo frutos raquíticos” .
Verdaderamente las órdenes contemplativas son el co­
razón viviente de la Iglesia. Y ese corazón no late para
si mismo: el prójimo ocupa un lugar de privilegio en la
economía espiritual del contemplativo. Por cierto que ese
amadísimo prójimo no recibe muchos mensajes de sus
desconocidos amigos de la Trapa o de la Cartuja; pero
¿quién se atrevería a poner en duda la profundidad y la
sinceridad de una amistad que abandona todos sus bie­
80 La S al de la T ie r r a

nes y sólo exige a cambio el permiso de ofrendar tam­


bién su vida?
¿Es necesario justificar las vocaciones contemplativas?
¡Ya se encarga de eso el mundo moderno! Nos fabrica
una civilización insoportable, enemiga de lo sobrenatu­
ral, enojada con lo sagrado, fría como una máquina, es­
túpida como un sistema y tan resuelta a estrangular una
libertad por día que llama a gritos esta forma radical de
la objeción de conciencia que constituye el ingreso a una
orden religiosa. La puntillosa tiranía de santa Eficiencia,
que ejerce su poder sobre las cabezas y los brazos, aun­
que no sobre los corazones, da poco a poco al hombre
contemporáneo un rostro de picaporte de puerta, redondo
y liso como la porcelana y que sólo se anima a, una velo­
cidad de mil kilómetros por hora por efecto de una cierta
distorsión de los cartílagos y un vigoroso tirón de los
zigomáticos. La facies del aviador a toda velocidad evoca
la máscara del trágico antiguo, con un realismo conmo­
vedor que nada debe a la inspiración y todo al viento.
Mientras los espíritus embrutecidos se arrastran por el
suelo con prudente lentitud, los cuerpos se mueven en
el espacio con la velocidad del viento. Entre unos y otros
se ha producido una completa permutación de atributos.
Puede decirse que con ayuda de los accidentes mecánicos,
los cuerpos llegan a destino mucho antes que los espí­
ritus. Estas “técnicas” que tanto nos enorgullecen for­
man una asociación para volvemos no precisamente al
estado de naturaleza, donde aún quedan algunas preca­
rias libertades posibles, sino al estado de materia, lo bas­
tante consciente como para alinearse por sí misma, ma­
niobrar en el trabajo y recorrer los placeres.
Frente a esta vasta empresa de “ despersonalización” , el
propósito de fidelidad a la luz que formula el contem­
plativo, suena como una negación. Pronto comprendere­
mos la utilidad de esos recluidos inmóviles y de rodillas,
con sus rostros vueltos hacia una presencia inefable, cuan­
do sintamos la necesidad de contemplar un rostro de
hombre en este mundo desfigurado.
XI

LA LLAMA DEL CARMELO

l C a r m e lo es una lámpara oriental en que arde una


E llama española. La tradición indica como su lugar
de origen las cuestas del monte Carmelo, en el límite
entre Samaría y Galilea, montaña sagrada del pueblo
judío, horadada de profundas cavernas, antiguamente re­
cubierta de bosques, en todo tiempo refugio natural de
anacoretas y observatorio del profeta Elias. Fuá allí, bajo
la enseñanza del inmortal anunciador, donde esta Orden
compuesta adquirió los dos grandes principios de su anti­
gua vocación eremítica: la soledad y el recogimiento, la
lámpara y el aceite de la vida contemplativa.
Pero desde la época de sus primeras armas espiritua­
les, los carmelitas, alejados de su santo retiro para ex­
pandirse por Europa, han cambiado de uniforme, de ca­
rácter y de empleo. El talego y la piel de oveja del
anacoreta han sido reemplazados por una vestidura ma­
rrón y un manto blanco, menos salvajes a los ojos de los
hombres de las ciudades. Por un decreto pontificio de
Gregorio IX, en 1227, los ermitaños fueron convertidos
en mendigos y los contemplativos en predicadores: Los
antecitados Padres del Desierto incorporados a la infan­
tería apostólica pierden la hermosa independencia del
“maquis”, en tanto que la lámpara carmelita pierde su
aceite en el choque de las reformas, de las adaptaciones
y de las revisiones, hasta el punto que ya quedaba en
apariencia poco líquido en el recipiente forjado con amor
en las alturas, cuando hace cuatro siglos dos españoles
82 La S a l de la T ie r r a

encendieron ese fuego que aún resplandece.

ú
De estos dos incendiarios de idéntico ardor, la Iglesia
ha hecho dos Doctores de la vida espiritual y sólo puede
reprochárseles una cosa: el que hayan sido ambos tan
buenos maestros y tan buenos escritores que una multi­
tud de críticos ha creído comprenderlos lo suficiente co­
mo para poder explicarlos. San Juan de la Cruz y santa
Teresa de Ávila han brindado tema desde hace tres siglos
para innumerables tesis y contratesis de psicología. Las
más ambiciosas entre ellas tratan con perfecta sangre
fría del “problema de la experiencia mística”, como si
hubiera una probabilidad de resolver el problema sin
intentar la experiencia. Pueden comentarse con utilidad
las obras de san Juan de la Cruz, puede emplearse mu­
cho talento en pintar al autor, aunque en este punto
muchos pintores corren el riesgo de equivocar los colo­
res, como le pasó a Huysmans que veía “ un ser terrible,
sangrante y con sus ojos secos” a quien la historia nos
lo muestra como un dulce perseguido. Pero es tan im­
posible hablar atinadamente de “la experiencia mística”
sin haberla vivido, como hablar de la “ experiencia de la
muerte” antes de haber resucitado por lo menos una o
dos veces. Por lo demás, estas dos experiencias se parecen
en más de un punto y si san Juan de la Cruz ha descrito
una de ellas, es para evitar que uno se extravíe por sus
sendas, no para iluminar a quienes se niegan a partir.
Un místico de su calidad es un hombre que despide
llamas y ante este espectáculo asombroso el crítico igní­
fugo sólo aspira a redoblar el amianto.
“Vamos a veri —dice para sí calzándose sus gafas ahu­
madas— ¿cómo ha podido este desdichado abrasarse de
tal manera? ¿Habrá permanecido mucho tiempo al sol?
Los espejos de su espíritu, actuando de lentes, habrán
encendido eso que los místicos llaman *el hombre viejo’
INTERPRETACIÓN DE UN DIBUJO DE SAN JUAN DE LA CRUZ

A la izquiercb, el "camino del espíritu imperfecto" en busca de lo«


"bienes del cielo” . A la derecha, el "camino del espíritu extraviado’ *
en busca de jos "bienes de la Tierra” . En el medio el sendero abrupto
do la perfección, que condoce por el rechazo simultáneo de los bieno*
do uno y otro camino (que no llevan a ninguna parte) a la cumbre
de la Santa Montaña "mona in quo beneplacitum” .
84 L a S a l d e l a T ie r r a

y que debe suponerse hecho de madera reseca?”


La única respuesta valedera que puede esperar el crí­
tico es aquella que lo hará arder.
Esto es la “ experiencia” .
La doctrina de san Juan de la Cruz es el camino abrup­
to del despojo total, una variante ofensiva de la táctica
de la “tierra arrasada” aplicada al combate espiritual.
El camino les pareció demasiado corto y la táctica ex­
cesivamente costosa a los religiosos “mitigados” de la
época (se llamaban “mitigados” los monjes dispensados
de ciertas observancias y que se habían confeccionado una
Regla de un confort muy relativo) y jamás un santo fué
más abrumado con penas disciplinarias y fatigado con
penitencias injustificadas como lo fué el padre Juan de
la Cruz por sus hermanastros de Orden. Se trataba de
hacerlo callar, o mejor dicho, de apagarlo; pero se calcu­
ló mal. Los místicos alimentan su fuego con todo lo que
se les viene a las manos y las persecuciones hacen una
llama más viva que todo lo demás. Por lo demás, mien­
tras los mitigados del Carmelo creían sofocar el incendio,
éste causaba estragos en los conventos de la rama feme­
nina de la Orden, en la persona resplandeciente de santa
Teresa de Ávila.

San Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila son dos


almas de la misma raza, de esas que no saben de tran­
sacciones ni compromisos, y sólo respiran libremente en
lo absoluto. Los dos siguen el mismo camino espiritual,
uno en la noche, la otra a pleno día. Lo que el pri­
mero expresa en la Subida al monte Carmelo en imáge­
nes nocturnas de una profundidad y limpidez admirables,
la segunda lo describe en su Castillo interior con un to-
rrente de comparaciones luminosas en que chisporrotean
diamantes, rubíes, estrellas y soles. El contraste persiste
hasta en los destinos terrenales de estos dos “ mellizos
La lla m a d e l C a r m e lo 85

de santidad” . Santa Teresa libra y gana veinte batallas


por la reforma del Carmelo, funda una serie impresio­
nante de comunidades y muere en 1582 en medio de sus
“ hijas”, ya gloriosa, ya cumplida su obra, con la certi­
dumbre de no haber luchado en vano. Diez años más
tarde, san Juan de la Cruz expira a manos de uno de sus
perseguidores, después de una vida barrida por todas las
ráfagas del sufrimiento moral y físico, enviado de los
que no lo comprenden a los que lo comprenden dema­
siado bien, admirado de los mejores, pero en una espan­
tosa soledad.
Sin embargo, no profirió la menor queja y cuando se
entera de su próximo fin, brota de sus labios un versículo
del salmo CXXII: “Laetatus sum ... Me he alegrado cuan­
do me dijeron: ¡vamos a la casa del Señor!”
Con estas dos antorchas vivientes en su antigua casa,
el Carmelo se habría librado a duras penas de incendiarse.
En realidad, a partir de santa Teresa y de san Juan de
la Cruz data la Orden de los carmelitas “ descalzos” , tal
como hoy la conocemos, regida por una Regla y una
fórmula de vida religiosa comparables a los dominicos,
es decir que reúne estrechamente la contemplación del
cartujo y la acción del jesuíta. Lo mismo que los domi­
nicos, los carmelitas son predicadores, profesores, misio­
neros, en tanto que sus hermanas, las carmelitas, llevan
la existencia recluida a perpetuidad propia de los con­
templativos puros. Pero ante todo son los herederos, los
discípulos y los exégetas calificados de sus dos grandes
Doctores místicos.
“ Santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz”, escribe
el padre Bruno, director de Études Carmélitaines, “se han
revelado como los maestros de la psicología religiosa.
¿Quién podrá discutir su primacía en ese sentido? Tie­
nen, como no lo ha tenido nadie, el sentido práctico de
la vida eterna y, en función de ella, de la vida humana.
Son los Doctores a quienes todos se dirigen en la Iglesia
católica y aun fuera de esta Iglesia cuando se quiere
pasar del conocimiento especulativo al conocimiento prác­
tico o experimental de las cosas divinas” (7).
Ésta será, pues, la misión particular de los carmelitas:
alimentar en nosotro9 ese fuego místico al cual santa Te­
86 La S a l de la T ie r r a

resa de Lisieux acaba de agregar su llama tan pura. Los


Études Carmélitaines, que agrupan en tomo al padre Bru­
no todo lo importante del pensamiento católico, se encar­
gan de mantener en el plano intelectual el prestigio de
la Escuela espiritual de la Orden y de impedir que los
aficionados se precipiten a través de la mística como en
un fabuloso Parque de Diversiones donde se pagara vein­
te francos por una Subida al Carmelo y una vuelta por
el Castillo interior. No es pequeña tarea el explicar a los
ignorantes que el ardor espiritual no es la combustión
moral siniestra que ellos imaginan, y a los sabios que
ella tiene efectivamente la propiedad de quemar. Y no
es poca dificultad el hacer adivinar a unos que se asus­
tan y a otros que se tranquilizan demasiado pronto re­
gistrando la ceniza de los libros, que este fuego es real­
mente un fuego de alegría.
XII

LOS ALMUERZOS DOMINICOS

Losces de invitarme
de París me han hecho el honor dos ve­
d o m in ic o s

a almorzar a sus casas de la Gla-


ciére y del faubourg de Saint-Honoré.
El convento de la Glaciére es una antigua casa de sa­
lud cuyos pabellones vetustos sirven de marco a un patio
cubierto de árboles polvorientos. El conjunto es pobre,
cual corresponde a una Orden mendicante, y recuerda
menos a un hospital que el grupo escolar desafectado.
En las paredes de los largos corredores que pasan por las
celdas, los oratorios y las salas comunes, uno espera en­
contrar esos garabatos de escolares, bonetes de burros,
inscripciones lapidarias, muñecos filiformes y caras de
luna que agregan un poco de fantasía a los prolijos frisos
pintados que decoran nuestras escuelas primarias.
Pero los dominicos de la Glaciére son gente juiciosa.
Escriben en todas partes, menos en las paredes. Su mo­
rada sin arte no ofrece otro recreo a la vista que las
extravagancias de algunos vitrales modernos, grandes be­
bedores de luz y de un tipo adecuado sin duda en.la
actualidad para la defensa pasiva.
88 L a S a l d e l a T ie r r a

Un ceremonial inmutable preside los almuerzos domi­


nicos. A eso de las doce y media, llamados por la cam­
pana, los Reverendos Padres se colocan en fila doble a
la entrada del refectorio. Después de un rápido benedi-
cite9 los últimos entran primero y los primeros últimos
en la sala de las mesas largas y estrechas, donde cada
uno tiene su puesto señalado por un cubierto de hierro
batido y un cuarto de bebida que puede ser vino, cer­
veza o sidra, según el lugar. En París se bebe vino. Con
el capuchón echado sobre los ojos, los padres se sientan
de un solo lado de la mesa, de espaldas a la pared o a la
ventana, como los personajes de la Cena, y mastican en
el más riguroso silencio la frugal comida de los conven­
tos y de los colegios.
Honrado en forma especial, como en todos los conven­
tos, el invitado se sienta a la derecha del superior, dueño
de casa mudo, pero lleno de atenciones. Entre los be­
nedictinos, el abad —que tiene jerarquía do obispo— lle­
va la cortesía hasta el extremo de lavar él mismo las
manos de su huésped antes de entrar al refectorio.
Los dominicos, más modernos, un poco menos dulces,
preferirían lavaros la cabeza.

Recorren la mesa novicios vestidos de blanco, servido­


res alertas y silenciosos que van y vienen del comedor
a la cocina en un revoloteo de sayales de amplios plie­
gues, con la llama triangular del capuz cayendo sobre
sus hombros como dos alas juntas y replegadas. . . Vigi­
lan que no falte nada a los comensales, a quienes les
está vedado pedir algo para sí mismos.
Pero la regla de caridad quiere que ellos tengan el
derecho de reclamar para el prójimo. Así se cuenta la
historia de aquel monje que encontró una alimaña des­
agradable en su sopa y llamando con un gesto al ser­
vidor para decirle con tono de caritativa urgencia que
fuese reparada esta injusticia:
LOS ALMUERZOS DOMINICOS 89
— A m i v e c in o n o le h a n d a d o — d ijo .

Si bien la mayoría de ellos tiene opiniones muy avan­


zadas, los dominicos no han adoptado todavía la con­
cepción tradicional del banquete republicano. Sus comi­
das terminan sin discursos, pero no sin palabras.
Por encima del leve entrechocar de los cubiertos se
levanta la voz del lector de turno, instalado en un púl-
pito y leyendo alguna obra instructiva, a la manera des­
esperante de un alumno elemental que recitara su lección
de francés. Son lecturas sin puntuación, donde el final
de las frases queda suspendido en el aire, como esperando
un punto que nunca llega.
De cuando en cuando el padre corrector deja su cu­
chara y agita una campanilla. El lector de turno se
interrumpe de pronto en medio de una palabra.
—Usted pronuncia mal —dice el padre corrector con
excelente pronunciación—. ¡Articule bien las sílabas!
El lector confuso y ruborizado articula tan bien las si­
labas que descompone las palabras como los movimientos
de “ ¡Armas al hombro!”
No se comprendía mucho de su salmodia sobre el Ró­
dano, su caudal, sus afluentes y su navegabilidad. Des­
pués de la corrección, ya no se comprende nada.
“ El Saona-des-em-bo-ca-en-el-Ró-da-no-en-la-Mu-la-tié-re.
”Cer-ca-de-Ly-on.”
Las frases descalabradas caen una tras otra desde el
pulpito en medio de la indiferencia general. La cam­
panilla, satisfecha, permanece silenciosa.
Después del almuerzo, la tertulia. Se llama así la me­
dia hora escasa de conversación que se conceden los do­
minicos después de comer, mientras toman café en la
biblioteca.
90 La S a l de la T ie r r a

Conservo un recuerdo confuso de la “ tertulia” del con­


vento de la Glaciére. El padre Régamey, gran inquisidor
del arte sacro, hablaba de escultura con pasión. Con un
álbum en la mano, probaba con imágenes que nada so
parece tanto a los calvarios del siglo xn como ciertas
obras modernas.

Los picapedreros del siglo x i i no sabían que estaban


haciendo escultura del siglo xx; pero les hubiera encan­
tado enterarse.
LOS ALMUERZOS DOMINICOS 91

El convento del faubourg Saint-Honoré tiene mayor


elegancia que el de la Glaciére. Sus mármoles, sus hie­
rros forjados, su claustro diseñado por un arquitecto de

renombre, su hermosa vista sobre un gran jardín (que


por lo demás no le pertenece) todo esto, dice un domi­
nico de las misiones obreras, podría ser “ una excelente
clínica de maternidad” .
Por el momento es un lugar de reunión, que cuenta,
como todos los conventos de la Orden, de una pensión
familiar, un cuartel general y la Pequeña Cartuja. Por­
que la originalidad de los religiosos de santo Domingo
consiste en llevar a la vez una vida “activa” y “ contem­
plativa”, combinando las disciplinas conventuales y todas
las libertades de la acción. Los dominicos desempeñan
todos los oficios. Son predicadores, profesores, obreros, pe­
riodistas o físicos. Pero la noche los reintegra en prin­
cipio a las casas de su Orden, donde la vida de oración
retoma sus derechos. Según una fórmula que ellos sue­
len emplear de buena gana para definir su vocación, la
acción deriva de “la plenitud de la contemplación” . Du­
rante todo el día, esa plenitud de recogimiento se ex­
pande en mil empresas apostólicas de una infinita va­
riedad, sobre las que los Superiores sólo ejercen un derecho
limitado de vigilancia.
Los hijos de santo Domingo, contemplativos compro­
metidos, “ cartujos del mundo” , son ciertamente los reli­
giosos más libres de la tierra.
He dicho “los religiosos” . Podría haber dicho también
“los hombres” . No por nada ellos han elegido la liber­
tad, la verdadera libertad, la que es coronada por el re­
nunciamiento.
En el faubourg Saint-Honoré no ha tardado en surgir
la polémica. Los dominicos adornan hablar de política y
no les disgusta un buen combate entre pareceres opuestos.
92 La S a l de la T ie r r a

Una vez servido el café, el desdichado cronista que venía


a preguntar a los demás pasa a ser objeto del interrogato­

rio. Cinco o seis teólogos, armados de referencias hasta


los dientes, lo rodean y lanzan sobre el pobre menguado
esas miradas brillantes donde el hereje veía antiguamente
llamear la primera chispa de su hoguera.
Porque los dominicos han desempeñado, hace mucho
tiempo, un papel nada despreciable en la santa Inquisi­
ción. Sus invitados son, por lo general, los únicos que
se acuerdan de esto.

—Después de todo —me dijo un obeso reverendo ha­


ciendo girar su cuchara en la taza como si fuera un
cucharón en una cacerola de plomo fundido—, nosotros
los dominicos no tenemos miedo a las revoluciones.
En efecto, la Orden de santo Domingo nació allá por
el año 1210 en plena herejía albigense. Su misma fór­
mula (unos monjes lanzados al siglo, predicadores y
mendicantes) era, en aquella época, poderosamente revo­
lucionaria. Estos accidentados comienzos en medio del
resplandor de la guerra civil permiten a los dominicos
considerar sin turbarse nuestras convulsiones políticas y
el furor del incendio comunista.
Pero los tiempos han cambiado. Antiguamente, se que­
maba a los herejes. Hoy, se juega con el fuego.
Cuando salen, los dominicos se echan una capa y una
capucha negras encima de su hábito blanco. Blanco vien­
tre, negras alas, los dominicos se visten de golondrinas
para anunciamos la primavera.
LOS ALMUERZOS DOMINICOS 93
Pero no todos con la misma voz, ni en el mismo len­
guaje. No se parecen entre sí más que en sus vestiduras.

En todo lo demás difieren: aunque exista quizás un “ do­


minico-idear’, no existe un “ dominico-tipo”, y para ha­
cerse una idea de esta Orden tan extremadamente rica
en personalidades habría que trabar relación con cada
uno de sus miembros. Tal predicador figura en la cate­
goría de los grandes espiritualistas de Francia por su
equilibrio, su fineza, su mirada clara y su austeridad
mientras que tal cosmólogo brillante realiza en la estela
de las ciencias modernas impresionantes torneos de acua­
plano. Tal técnico se aplica a resolver los problemas eco­
nómicos del universo de mañana o de pasado mañana,
tal erudito busca en los institutos un corresponsal que
pueda contestarle en el dialecto mesopotámico del si­
glo xi antes de nuestra era. Son los dominicos quienes
han inaugurado, a partir de 1941, la era de los “curas-
obreros” , hoy llamados “ sacerdotes de las misiones obre­
ras” al enviar como delegado ante los portuarios de
Marsella a un joven y ardoroso religioso. En el faubourg
Saint-Honoré, en la rué de la Glaciére y en todas partes,
el apacible teólogo marcha junto al apóstol de choque, y
vano sería preguntarse cuál de los dos imprimirá al fin
de cuentas su carácter a toda la Orden, por la sencilla
razón que un dominico es por definición un contem­
plativo y un hombre de acción. De la predominancia pa­
sajera de una u otra de estas dos tendencias no puede
inferirse nada, sólo que anuncia una próxima concilia­
ción. Algunos historiadores laicos, que distinguen tres
“ estados” sucesivos en la historia de la vida religiosa,
creen estar en condiciones de anunciar que la vida reli­
giosa pronto se desprenderá definitivamente de sus últi­
mos lazos conventuales. Primeramente, dicen, hubo un
estado contemplativo”, en que el monje recluido vivía
94 L a S a l de l a T ie r r a

separado del mundo; luego vino la época de las órdenes


mendicantes, en que el religioso compartía su vida entre
el mundo y el convento; y por fin la edad moderna, ini­
ciada por los jesuítas que rompen con la tradición con­
ventual para entrar de lleno en la acción. Bueno. ¿Y
después? Aquí la imaginación de los historiadores tiene
vía libre, sin ningún éxito, para lanzarse en busca de
un monje inédito. ¿No será el monje atómico? ¿El monje
sin votos ni tonsura, pero con mujer e hijos, monje lau­
reado con el premio Cognacq? Al remontarse, los sen­
deros de los historiadores no son muy claros, el futuro
se les escapa y los deja detenidos en medio de la evolu­
ción. En realidad, la tesis es engañadora y los diferentes
estados que ella considera sucesivos coexisten sin su per­
miso. Las Órdenes mendicantes no han suplantado a las
órdenes contemplativas y los jesuítas 110 han hecho des­
aparecer a los dominicos. La vida religiosa “ a través de
las edades1’, como se dice en las escuelas, se enriquece
de vocaciones nuevas, sin perder ninguna de sus antiguas
vocaciones. Su historia no se escribe como la de la bom­
barda y la del cañón.
xin
LA ESCUELA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

a O rden de santo Domingo es un poco la intelligent-


L sia de la Iglesia. Pertenecientes a la élite intelectual,
los dominicos tienen el saber, la rapidez y la curiosidad
mental, y también la inquietud de las ideas, una ten­
dencia habitual a ejercer la crítica y a no precipitar el
juicio, disposiciones todas que hacen de ellos, en el do­
minio del pensamiento, los religiosos más emprendedores
de la Iglesia.
Son incontables los libros que publican por año, las
revistas, los diarios que dirigen, animan o inspiran y que
abarcan desde la docta Vie Spirituelle a la audaz Quin-
mirve pasando por la Vie intellectuelle, la Vie catholique,
Fétes et Scusons, las obras de las Éditions du Cerf> etc----
Esas publicaciones en conjunto llegan sin duda a varios
millones de lectores (La Vie catholique: 650.000 ejem­
plares; uno de los últimos números de Fétes et Scdsons:
350.000). Esta abundante producción impresa, donde la
“sal de la tierra” es distribuida al por menor, se distin­
gue menos por la unidad de doctrina que por un cierto
estado de espíritu común que corresponde aproximada­
mente en política a la izquierda demócrata-cristiana. En
el plano espiritual, la posición es menos clara. En los
puestos avanzados del pensamiento cristiano la situación,
como dicen los militares, es “flúida” . Formados por los
notables maestros del Saulchoir (en Francia), de Fribourg
(en Suiza) o del Colegio Angélico de Roma, en el curso
de seis o siete años de estudio en que nada se escatima
96 L a S a l d e l a T ie r r a

para familiarizarlos con todas las disciplinas modernas,


los dominicos son todos excelentes teólogos. Pero, desde
hace años, la teología dominica está heroicamente hun­
dida hasta el bonete (para servicio nuestro) en el fárrago
del pensamiento contemporáneo y el inventario se pro-
longa.
Mientras se espera que ella reaparezca blandiendo al­
guna verdad que justifique esta larga operación, el maes­
tro de los maestros, el regulador de los espíritus sigue
siendo, para los mil dominicos de Francia y los ocho mil
dominicos del mundo, el teólogo más grande de la Orden,
el mejor amigo de la razón, el ángel de la escuela: santo
Tomás de Aquino.

Hoy el “tomismo” se nos presenta como el monumento


más imponente del pensamiento medieval y el propio san­
to Tomás como teólogo-río, el stakhanovista * del dog­
ma, el gigante de la pluma, cuya formidable produc­
ción aplasta con su masa prodigiosa los míseros opúscu­
los en que los filósofos actuales aprisionan sus diferentes
abejorros. Se le atribuyen varios centenares de volúmenes,
todos de un peso respetable, sin contar los opúsculos, fo­
lletos despreciables del espesor de un Bottin y que llevan
todos el sello de su inteligencia soberana, serena, donde
la más modesta verdad, aunque estuviera vestida de ha­
rapos y accidentalmente mancillada de errores, halla aco­
gida fraternal y una incomparable hospitalidad intelectual.
En su obra doctrinaria todo lo sacrifica santo Tomás a
la claridad y a la precisión. Las doscientas “ cuestiones*’
de la Suma teológica, subdivididas en “ artículos”, desfi­
lan en el orden inmutable de las “ objeciones” , “ solu­

* Alude aquí el autor a Alexei Stakhanovic, el obrero ruso


que en 1931 puso en práctica un sistema intensivo de producción,
basado en la división del trabajo y en recompensas para los
superadores de récords en las industrias. (N. del T.)
L a e s c u e la de S a n to T om ás d e A q u in o 97

ciones” y “ respuestas” , sin cambios de paso ni escapadas


líricas. Esto se debe a que el Doctor Angélico se dirige
aquí a los que se inician, a quienes trata de instruir
punto por punto, sin ignorar una dificultad, ni eludir
una pregunta, siguiendo la disciplina exacta de un mé­
todo simple, directo, cuya lealtad fundamental no ha
hallado imitadores entre los fabricantes de sistemas.
Pero cuando se le permite a santo Tomás dar libre
curso a su genio creador, cuando el papa le pide com­
ponga para la Iglesia el “oficio del Santo Sacramento” ,
entonces su canto será tan hermoso que san Buenaven­
tura, requerido para escribir sobre el mismo tema, rom­
perá lentamente su propio texto ante la asamblea de car­
denales reunidos para dictaminar sobre ambas obras.

Si el teólogo pasa por ser árido, el hombre era todo


dulzura y humildad. Sus condiscípulos de la Universidad
de París, poco sensibles a esas virtudes carentes de pres­
tigio, lo apodaron “ el buey mudo” , a causa de su corpu­
lencia (padecía de una obesidad excesiva debido a alguna
enfermedad) y de su placidez: en los cuarenta y nueve
años de su vida se le vió dos veces montar en cólera,
contra una cortesana enviada por su familia para apar­
tarlo de su vocación, y veinte años más tarde y por una
razón estrictamente metafísica, contra el sofista David
de Dinant. Chesterton, el más delicioso de sus biógrafos,
cuenta que uno de sus compañeros, sintiendo piedad por
este alumno aparentemente “lerdo” , se puso a explicarle
por las noches las lecciones del día, sin que “ el buey
mudo” mostrara la menor señal de inteligencia. Santo
Tomás escuchaba humildemente la benévola repetición
y no decía palabra, hasta el día en que el preceptor, des-
animado, debió confesar su perplejidad ante cierto punto
de doctrina especialmente difícil. Vióse entonces que el
alumno sugería tímidamente a su estupefacto maestro una
98 L a Sal de la T ie r r a

explicación luminosa, la cual dió al “ buey mudo” a par­


tir de entonces el derecho de rumiar en paz, en medio
de un respetuoso silencio.
Éste es un buen principio del método tomista: escu­
char la lección, antes de darla. Santo Tomás escucha y
se calla. No es por eso que se distingue menos de sus
adversarios.

Este genio poderoso, que en menos de quince años (de


1260 a 1274) iba a escribir tantos tratados como para
alimentar generaciones de comentaristas, estaba dotado
de una fuerza de abstracción que a veces lo exponía a
las bromas de sus cofrades jóvenes. Un día oyó a un
religioso que lo llamaba a grandes voces “ ¡Hermano To­
más! |Hermano Tomás! ¡Mire: im buey que vuela!” El
santo distraído o abstraído se acercó maquinalmente a la
ventana. Y mientras el otro se desternillaba de risa, dijo
santo Tomás: “ Prefiero creer que un buey puede volar
y no que un religioso puede mentir.”
Los jóvenes con ganas de bromear no ganan nada ha­
ciendo descender a los teólogos del tercer grado de abs­
tracción para divertirse a sus expensas.

A pesar de su obesidad, seria tarea más fácil resumir


a Santo Tomás que resumir el tomismo. Para Bergson,
la filosofía de Aristóteles y de santo Tomás de Aquino
era “la filosofía natural del espíritu humano” , homenaje
que es considerado como una condena por aquellos filó­
sofos que se las arreglan para filosofar sin espíritu. Para
los historiadores, el tomismo es una estimable catedral«
L a e s c u e l a d e S a n t o T o m á s de A q u in o 99

y para los profesores de filosofía, una especie de Monte


Pío del sentido común. Algunos espíritus corteses dirán
que el tomismo es el más importante de los manuales
de saber-vivir, el que enseña a reconocer y a saludar la
verdad en el mundo.
Pero para los autores de “ digestos”, santo Tomás es
sobre todo el inventor de las “ cinco pruebas de la exis­
tencia de Dios”, obligatorias para las inteligencias me­
dievales, pero no para las inteligencias modernas que no
soportan, como ya sabemos, ninguna clase de obligación.
Estas “ cinco pruebas” son cinco caminos lógicos que se
vinculan al texto de san Pablo: “El poder y las perfec­
ciones invisibles de Dios se hacen visibles a la inteligen­
cia por medio de sus obras.”
Junto con san Pablo, santo Tomás pensaba que la razón
humana, sin ayuda de la fe, puede afirmar la existencia
de Dios partiendo de las cosas de la naturaleza. Su demos­
tración se basa sobre la convicción profunda, antes co­
mún a los pensadores de todas las escuelas, que la natu­
raleza tiene efectivamente algo que decir a la inteligen­
cia, opinión hoy rebatida por un gran número de inte­
ligencias que hablan ellas solas. Siempre que la razón
consienta en no negarse a sí misma, cosa cada vez más
difícil de obtener, los “ cinco caminos” de santo Tomás
siguen siendo perfectamente demostrativos, “resisten a cual­
quier crítica” (8) y si su lenguaje escolástico parece diri­
girse a los filósofos, los demás pueden llegar al mismo
resultado en su propio lenguaje, pues el texto de san
Pablo está al alcance de todo el mundo y no se refiere
sólo al conocimiento científico, sino “ al conocimiento na­
tural de la existencia de Dios, escribe Jacques Maritain,
a que conduce la razón natural de todo hombre, sea o
no filósofo” (8).
No es necesario ser filósofo para contemplar el orden
del mundo, pensar que esta armonía supone una inteli­
gencia directriz y encontrarse por allí con espíritus tan
dispares como Voltaire, Emmanuel Kant y Alberto Eins-
tein al cabo de la quinta vía abierta por santo Tomás.
A decir verdad, si alguna vez la razón ha sido capaz de
probar algo, esto ha sido la existencia de Dios. He aquí
lo que más se le reprocha, desde flancos diferentes.
100 L a S a l d e l a T ie r r a

Santo Tomás ofrece el rarísimo espectáculo de “ un pen­


sador con buena salud” . En él, ¡oh milagro!, la razón ra­
zona, el corazón desea, el ojo ve, el oído oye y los pies
sirven para caminar y no para rascarse la oreja.

Su inteligencia no le parece engañadora, por naturaleza


y asi le evita esas feroces medidas policiales que se le
infligen a la desdichada, incapaz de proclamar su iden­
tidad sin que una docena de polizontes se le eche enci­
ma para arrancarle la confesión de una posible mentira.
Los sentidos trasmiten fielmente sus mensajes, y aunque
haya entre ellos algunos dudosos o incompletos, no se
cree obligado a tratar todas las mañanas al cartero de
imbécil y arrancarle el correo de las manos. No está ata­
cado de esa extraña enfermedad del entendimiento que
incita al pensador moderno a eternizarse ante el espejo
repitiendo: “pienso. . . pienso. . . pienso. . . ” con la espe­
ranza siempre defraudada de oír a su propia imagen gri­
tarle un día con acento triunfal: “ ¡Luego existes!” Santo
Tomás prefiere mirar por la ventana, aunque los bueyes
ya no vuelen, y entablar con la naturaleza el confiado
diálogo que corresponde a los hijos de un mismo padre.
Este poder de conversar con las cosas nos ha sido qui­
tado, o lo hemos perdido, lo mismo que vamos perdiendo
el modo y hasta el placer de comprendernos entre nosotros.
El pensamiento de santo Tomás no conoce ningún ene­
migo natural en la» tierra ni en el cielo, su mirada es
siempre amistosa, porque siempre existe en todo ser un
grado suficiente de verdad como para ganarse la amistad
de una inteligencia en paz consigo misma. El lector de
la Suma teológica se asombra de ver tantos autores pa­
ganos que arriman su piedra al edificio y colaboran pós-
tumamente en la obra maestra de la teología medieval.
Aristóteles repensado por el Doctor Angélico habla en
cristiano como nadie y nunca se termina de admirar el
cuadro en que aparece el filósofo pagano más profundo
L a e s c u e l a d e S a n t o T o m á s d e A q u in o 101

ayudando a la misa oficiada por el más grande teólogo


católico (los dominicos actuales no se disgustarían si
Carlos Marx les prestara el mismo servicio). Santo To­
más ha encontrado algunos de sus principios en un grie­
go; pero lo mismo hubiera ido a buscarlos debajo de las
pirámides o detrás de la muralla de la China. Cualquier
palabra que sonara a verdadera invitaba a su espíritu a
viajar, porque bien sabía él que el más pequeño trozo de
verdad estrujado con mano firme la libera toda íntegra:
este manto inconsútil está tejido de una sola vez.

Un día invitado a la mesa de san Luis, salió de pronto


de su mutismo y ante el estupor de los comensales es­
pantados por esta violación de la etiqueta, golpeó pesa­
damente con su puño en medio de la vajilla real; mien­
tras gritaba:
— (Esto ajustará las cuentas a los Maniqueos!
Santo Tomás de Aquino proseguía sus pensamientos has­
ta delante de la nariz de los reyes, se elevaba en el aire
sin poner mayor atención o tomaba con simplicidad sus
referencias diecisiete siglos atrás, como quien se da vuelta
a recoger un libro de su biblioteca. Nunca se preocupó de
su posición en el mundo, en el espacio o en el tiempo.
Ya no tenemos ese hermoso sentido de la eternidad: sólo
tenemos el sentido de la historia, ídolo optimista que se
traga a sus fascinados fieles. Esperemos que los hijos de
santo Domingo den el puñetazo sobre la mesa que nos
despierte a la Verdad. Porque ella es, y no la historia,
la que hace al dominico.
XIV

PROCESO DEL JESUITA

n 1610, los señores del Parlamento de París se eri­


E gieron en tribunal supernumerario de la santa In­
quisición y decretaron que la Compañía de Jesús era una
Orden “detestable y diabólica, corruptora de la juventud
y enemiga del rey y del Estado” . Cuando estos teólogos
del Parlamento la fulminaban con este anatema, la Com­
pañía de Jesús tenía setenta años de edad y su carácter
satánico aún escapaba a la vigilancia de la Iglesia.
Pero otras condenas iban a seguir (para iluminarla).
La de D’Alembert, en un artículo de la Enciclopedia
que comienza con un panegírico (“ninguna sociedad re­
ligiosa sin excepción puede gloriarse con tan grande nú­
mero de hombres célebres en las ciencias y en las artes” )
y termina como una requisitoria: “ No existe delito que
esta casta de hombres no haya cometido. Puedo agregar
que no existe doctrina perversa que no haya enseñada”
A este olor a azufre descubierto por el Parlamento de
París se mezcla un olor a crimen. Michelet en sus lec­
ciones del Collége de France, concluye el retrato acusador.
“ La mecánica de los jesuítas ha sido activa y poderosa.
Pero no ha realizado nada viviente. {Ni un solo hom­
bre en trescientos años! ¿Cuál es la naturaleza del jesuí­
ta? Ninguna. Se presta a todo; es una máquina. ¡No!
¡Vosotros no pertenecéis al pasado! No. ¡Vosotros no per­
tenecéis al presente! No. Pero por el aspecto lo parecéis.
¡Si se insiste, si se quiere que seáis algo, afirmaré que
sois una vieja máquina de guerra, un brulote de Fe­
lipe II!”
104 La S a l de la T ie r r a

El hilo de la demostración estó un poco enredado, pero


el veredicto es clarisimo: estos “hombres célebres en las
ciencias y en las artes” (D’Alembert), cubiertos de crí­
menes (científicos y aun artísticos), corruptores de la
juventud (Parlamento de París) no son hombres (Mi­
chelet) sino a lo más los vestigios de la Armada Inven­
cible; no pertenecen ni al pasado ni al presente. iQue
sean tachados de la especie!
Felizmente hay circunstancias atenuantes como la si­
guiente:
“ Durante los siete años que he vivido con los jesuítas
¿qué es lo que he visto en ellos? La vida más laboriosa,
la más frugal, todas las horas ocupadas entre los cui­
dados que nos prodigaban y los ejercicios de su austera
profesión. Doy fe de esto en nombre de miles de alum­
nos y en el mío propio. Ni uno solo podría desmentirme” *.
Este certificado de buena vida y costumbres complica
mucho el caso y su firma basta para cerrar el proceso:
es la firma de Frangois Marie Arouet, también llamado
Voltaire.

Para el común de los mortales a quienes la educación


de los jesuítas no ha corrompido, como a la desdichada
juventud de 1610, ni henchido de gratitud como a Vol-
taire, el jesuíta y su Compañía constituyen un triple mis­
terio de ambición de poder y de humildad, retratado de una
vez para siempre por Alejandro Dumas en el Vizconde
de Bragelorme con los rasgos del caballero Aramis, mos­
quetero de convento, abate de alcoba y general de la
Compañía de Jesús. Genio de la intriga, investido de po­
deres exorbitantes, este general de los jesuítas visto por
Alejandro Dumas muestra un marcado gusto por el com­

• Citas extraídas de la obra del padre Donoobur: La Com-


pagrúe de Jésus (Art Catholique).
P ro ceso del Je s u ít a 105

plot y el disfraz, en especial por los harapos del mendigo,


que en ocasiones hacen resaltar el brillo de su poder. Va
por el mundo sin domicilio fijo, anudando los hilos se­
cretos de su política, único en reconocerse en el labe­
rinto de sus maquinaciones, y llevando como signos de
su dignidad un anillo cuya piedra misteriosa provoca es­
pantosos estragos. No bien el afiliado percibe el brillo
de la terrible joya, se sorprende y se siente acometido de
violento temblor, su pupila se dilata, sus cabellos se eri­
zan, la vida se retira poco a poco de sus miembros hela­
dos, palidece, se pone rígido perinde ac cctdaver y termina
por parecerse al jesuíta de Michelet: no pertenece al pa­
sado ni al presente, ya no es un hombre, no es más que
un bloque macizo de obediencia congelada. Donde pasa
el general, el soldado muere.

Compruebo con tristeza que los novelistas no son más


serios que los historiadores. Y tampoco los pensadores nos
traen la luz: las dieciocho Provinciales brillan por su
estilo, no por su buena fe y dan a los jesuítas una lec­
ción de jesuitismo como nunca la Compañía dió a nadie.
Сод todo derecho Joseph de Maistre llamaba a esta obra
maestra de polémica: “ las dieciocho mentiras del señor
Pascal” .
Como todas las empresas que sobrepasan de algún modo
la medida humana, la Compañía de Jesús inspira por
igual la aversión y el entusiasmo. Sobreexcita la imagina­
ción y desconcierta el juicio. Nadie cree en sus presuntos
delitos, sobre cuya naturaleza sus detractores callan, pero
su verdadero rostro, su acción, sus procedimientos siguen
siendo tan enigmáticos. Uno se pregunta: ¿es una es­
cuela de misioneros como los demás, una simple congre­
gación religiosa, un ejército secreto, un instrumento de
dominación universal forjado en la sombra por el papa­
do, un partido político? ¿Qué se propone? ¿Sojuzgar a
106 L a S a l d e l a T ie r r a

los espíritus, recuperar el poder temporal de la Iglesia?


¿Qué resortes la mueven? ¿La ambición, el fanatismo?
¿Cuál es su verdadero jefe: el papa a quien la une un
voto especial de obediencia o su general, lo bastante po­
deroso para tener dentro y fuera de la Iglesia, su política
personal? La Compañía tiene su secreto. Los moralistas,
que no siempre se creen obligados a justificar sus sen­
tencias, y los novelistas, que tienen casi tanta imagina­
ción como los historiadores, todavía no se han dado cuenta
que el secreto de la Compañía de Jesús flameaba en su
insignia.

Esta Compañía que suele representarse como una es­


pecie de policía del dominio espiritual, tiene la origina­
lidad de haber sido fundada en 1539 por un escapado
de la Inquisición.
Nacido en 1491 en la provincia española de Guipúzcoa,
don Iñigo de Onaz y Loyola fué a los quince años paje
en la corte de Castilla y a los veinte mercenario a sueldo
del rey de Navarra. Pueden atribuirse al joven soldado
todas las locuras, las aventuras y los placeres propios ^de
su edad y de su estado. Tenía treinta años cuando en
el sitio de Pamplona una bala lanzada por la artillería
de Francisco I le rompió una pierna, brindándole así seis
meses de reposo propicio a la meditación que terminaron
con el oficial e inauguraron ruidosamente al santo.
La conversión de san Ignacio data de este episodio mar­
cial. El valor militar convertido en heroísmo apostólico,
el soldado transformado en misionero se puso inconti­
nenti a predicar en las esquinas. Para nosotros el cam­
biar de oficina es un acontecimiento extraordinario, pero
los santos cambian de vida con gran facilidad. Precisa­
mente éste cambió en forma demasiado súbita. La Inqui­
sición se inmiscuyó —varias veces— y reprochó al pre­
dicador improvisado el enseñar la caridad sin haber apren­
dido la teología. (A propósito de esto, llama la atención
FORMACIÓN DEL JESUITA

Filosofía y ciencias (3 año;*). "Regencia” (3 años apro­


Vida religiosa. ximadamente). Vida activa,
primeras lecciones.

"Escolasticado” de Teología "Tercer año” (nueva pro­


(4 años). Regreso a la vida bación de algunos meses).
religiosa. Ordenación (des­ Votos solemnes — pucstv
pués del tercer año). activo. Duración media de
la formación: 14 a 15 años.
108 L a S a l d e l a T ie r r a

semejante indulgencia: la Inquisición española no incu­


rrió nunca en la debilidad de multiplicar inútilmente sus
avisos.) Pero en san Ignacio no se trataba de un simple
cambio de vida. A los treinta y cinco años se puso a estu­
diar y aprendió la gramática. A los treinta y ocho, aco­
metió la teología. En el ínterin abandonó España donde
la Inquisición se presentaba con demasiada frecuencia,
y se fuá a Francia cuyo cielo estaba más libre de exco­
muniones. Sacerdote por fin a los cuarenta y cinco años,
discurre, para poner raya a los progresos del protestan­
tismo, el proyecto de una institución de tipo militar, rí­
gidamente jerarquizada, lo más alejada posible del ideal
democrático y cuyos miembros, si bien ligados por los
votos de obediencia, de pobreza y castidad, estarían libres
de observancias monásticas, preparados a todas las formas
de la acción, constantemente disponibles y listos a ejecu­
tar de inmediato cualquier misión que el Soberano Pon­
tífice quisiera confiarles. Tal es la fórmula práctica del
jesuíta.

En París, san Ignacio compartía su cuartucho del Ba­


rrio Latino con otros dos estudiantes, Pedro Fabro y don
Francisco de Jaso. Parece que este último fué el más di­
fícil de convertir, pero una vez lanzado ya no se lo podrá
contener, llegará de un tirón hasta el Japón y este mu­
chacho que no quería entrar en las Órdenes, entrará en
la historia con el nombre de san Francisco Javier. Ni
que decirse tiene que el tercer ocupante del zaquizamí
compartía la santidad general, de modo que los historia­
dores anti-clericales pueden agregar a la lista de repro­
ches que endilgan a la Compañía de Jesús el agravio de
haberse adjudicado tres santos fundadores en vez de uno,
prueba irrebatible de su cauteloso arrivismo.
Los estatutos de san Ignacio son aprobados en 1540 por
el papa, pero los tres compañeros apenas si han tenido
tiempo de enrolar algunos reclutas, cuando ya dan que
P r o ceso d e l J e s u ít a 109
hablar en toda Europa. En España, Melchor Cano acu­
mula truenos; en Francia, la Universidad de París en­
grasa sus tramperas. Desde sus comienzos, la carrera de
la Compañía se anuncia muy movida, pero el movimiento
no contraría a los jesuítas, sino que favorece su impulso.
En 1556, a la muerte de san Ignacio, son mil, en 1574,
cuatro mil, en 1616 trece mil (treinta y siete “ provin­
cias”, cuatrocientas casas). Hoy, después de persecucio­
nes, supresiones y expulsiones, son tres mil en Francia,
treinta mil en el mundo. Se los ha visto, tal como lo re­
quiere el espíritu de su Institución, desempeñar todos los
empleos. En la notable obra ya citada, el padre Don-
coeur entreabre el registro de los oficios de su Orden y
nunca salió un desfile tan abigarrado de casa tan severa.
Maestros, los jesuítas cuentan con alumnos de la talla
del cardenal Fleury, Bérulle, M. Olier, Balzac, Descartes,
Corneille, Montesquieu, Moliere, Rousseau, Joseph de
Maistre, Louvois y Colbert, Condé, Foch, Lyautey. Mi­
sioneros, cruzan los océanos, atraviesan las Indias, pasan
el Himalaya, penetran en la China, surcan el Japón, de­
jando aquí un jesuíta-brahmán con hábito amarillo, más
brahmán que el mismo brahmán, allí un jesuíta-yogui
superando a los yoguis en ascetismo, en otra parte un
jesuíta-jefe de protocolo aleccionando sobre etiqueta ja­
ponesa a los familiares del emperador del Japón; más
lejos, jesuítas-encantadores de serpientes y según el lugar,
la ocasión, y la necesidad, geógrafos, relojeros, físicos, as­
trónomos, médicos, arquitectos. Un jesuíta descubre el
Mississipi y remonta el Missouri hasta los lagos, un je­
suíta inventa la linterna mágica y el tubo acústico, un
jesuíta nos trae de las Filipinas la quinina y la vainilla,
un jesuíta nos enseña a fabricar porcelana y a protegemos
la cabeza con un paraguas. Y ¿quién ha ocupado durante
más tiempo el cargo de Presidente del “Tribunal Impe­
rial de Matemáticas” de la China? Un jesuíta.
Los jesuítas han sido, son y serán todo lo que su misión
les imponga. Pero son, y mejor que nadie, decapitados,
desollados, quemados, crucificados, masacrados al por ma­
yor y torturados al por menor. La Orden comparece ante
el divertido tribunal de los historiadores encabezando una
magnífica columna de mártires. Uno se presenta con dos
110 L a S a l de l a T ie r r a

tizones llameantes en los ojos, el otro con la garganta


abierta, un tercero, maltratado por los iroqueses, tiene las
manos cortadas, la lengua quemada, arrancado el cora­
zón; bien se ha dicho: la ambición de esta gente no co­
noce limites. Casi mil pueden servir de testigos en ma­
nera desalentadora para la polémica, y los catálogos de
los ajusticiados continúan abiertos, pues los jesuítas, que
desempeñan todos los oficios y llevan todas las vestidu­
ras, también se visten gustosamente la túnica sangrienta
del mártir.

La receta adecuada del jesuíta hay que buscarla en los


Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, libro fun­
damental de la Compañía, prodigioso tratado de mística
en frío, que arrastra al alma a un ciclo de meditaciones
metódicas, minuciosas, donde todo se halla previsto, in­
cluso la manera de adecuar la respiración y la oración.
Es una espiritualidad seca, geométrica y aun contable:
el discípulo es invitado a anotar cuidadosamente sus fal­
tas en un carnet apropiado, donde marcará tantos puntos
como veces haf cedido a sus faltas particulares durante la
mañana y lo mismo a la noche después de un segundo
examen. Y así todos los días de la semana. Naturalmente
las líneas de puntos van acortándose desde el lunes al
domingo “ pues, dice san Ignacio, con la tranquila segu­
ridad de una voluntad de hierro, es justo que el número
de faltas disminuya cada día” . Para san Ignacio, la línea
recta es el camino más corto de la perfección, y la inte­
ligencia del bien no supone solamente la voluntad, sino
también los medios de hacerlo. El fin está definido de
una vez por todas en diez lineas “principio y fundamen­
to” de los Ejercicios: “ Eli hombre es criado para alabar,
hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y me­
diante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la
haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que
P ro ceso d e l J e s u ít a 111

le ayuden en la prosecución del fin para que es criado.


De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas,
quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse
dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es me­
nester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en
todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre
albedrío, y no le está prohibido; en tal manera que no
queramos de nuestra parte más salud que enfermedad,
riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que
corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente
deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin
que somos criados.”

Me parece que el proceso ha terminado. Este programa


de desapropiamiento sistemático arregla la cuestión. Es
imposible practicar los Ejercicios de san Ignacio durante
los catorce años que dura la formación de un jesuíta sin
abrigar en el corazón una pasión más fuerte que cual­
quier pasión humana; es imposible que tal renunciamien­
to se deba a los pobres motivos que se le atribuyen y los
objetivos que no esperamos lograr aquí abajo ya son su­
perados en el instante en que estas voluntades seducidas
por un bien superior a todos los bienes emprenden un
vuelo rectilíneo con la fuerza y la rapidez de un tiro de
ballesta. Michelet tiene ganas de reír. La mística jesuíta
hace hombres, y de un temple excepcional. El mundo
puede odiarlos, pero no puede vencerlos sino cuando ellos
quieren dejarse derribar en su terreno; puede echarlos,
ya hace tiempo ellos se han expulsado de la propia per­
sona; puede tentarlos, por supuesto, pero ¿con qué? Si
aparece un marxista, perderá su dialéctica: hace tres si­
glos que la han inventado. Si por casualidad aparece un
iroqués, puede arrojarlos al fuego: sólo conseguirá de
ellos una bendición, porque no tienen otra cosa que dar.
XV

EL MILAGRO DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

S i jesuíta nos desagradanosporque


e l c o n te m p la tiv oirrita porque contempla, si el
actúa, existe felizmente
en la historia de las Órdenes religiosas un personaje pu­
rísimo que ha obtenido la gracia de suscitar el homenaje
unánime de los creyentes y de los incrédulos, una espe­
cie de anarquista adorado por. los bien pensantes, un santo
caro a los anti-clericales, un gran místico sin misterio
aparente que goza del aplauso general, que predica como
un dominico, que canta como un benedictino, que reza
como un trapense, que contempla como un cartujo, que
se arroja al fuego como un jesuíta. Ante él, la hostilidad
depone las armas, la reserva desaparece, la objeción se
disgrega como hielo al sol; la fantasía más desordenada
en la acción ya no asusta a los prudentes, la improvisa­
ción parece razonable a los sabios y la penitencia natu­
ral a los ateos. Dirige discursos a los pájaros, mientras
sus compañeros se ocupan de evangelizar a los peces;
mendiga su pan a dos pasos de la opulencia paterna;
pide hospitalidad deseando que le cierren la puerta en
las narices y que lo arrojen a la nieve: llama a esto “la
alegría perfecta” y todos están de acuerdo con él. Los bió­
grafos muestran con elocuencia que ha reconciliado al
Hombre y la Naturaleza, pero ha realizado una hazaña
más difícil al reconciliar al mendigo con la gendarmería,
al puritano con la poesía, al burgués con la mendicidad
—al pobre con la Pobreza— y no ha llegado a la cum«
bre de su genio descubriéndose una Hermana en la per­
sona límpida del Agua, sino guiando al inquilino del
114 La S a l de la T ie r r a

tercero a descubrirse un Hermano en la persona opaca


del vecino de piso.
Tales son algunos de los milagros que nos invitan a
terminar nuestro viaje religioso en san Francisco de Asís.

Su vida es el Evangelio vivido “ a la letra, sin glosa” .


La expresión es de él y resume a la vez su doctrina, su
obra, sus aventuras y su persona. A menudo se lo ha com­
parado con su Maestro, pero se parece mucho más al mis­
mo Evangelio.
A partir de aquel día de 1209 en que abandona la con­
fortable casa paterna para poner en práctica su fórmula
actúa como se enseña, sus actos se convertirán en pará­
bolas, y empieza a brindar a sus compatriotas deslum­
brados el espectáculo asombroso de una Buena Nueva en
libertad. Se va descalzo, vestido miserablemente, a pre­
dicar en las plazas públicas y, dejando aparte la maravi­
llosa frescura de su genio lírico, no son sus discursos los
que reúnen en torno suyo cinco mil discípulos en menos
de diez años, sino la música infinitamente extraña y
agradable al oído de un ser en perfecto acuerdo con su
modelo y que al vibrar deja oír el sonido pleno y armo­
nioso de la Verdad. Como todos los místicos —esos “poe­
tas” , esos “ soñadores”— han descubierto una Belleza sin
parangón, un ser infinitamente más real y más concreto
que esos candidatos al polvo que solemos llamar “reali­
dades concretas” . Y san Francisco ama. “Ama tanto, es­
cribe Stanislas Fumet, que ya no sabe si ha conservado
una naturaleza que le sea propia. De todos modos, tam­
poco desea poseerla. Si tiene alguna, es en su calidad de
mendigo, es porque la mendiga. Y porque puede mendi­
gar la naturaleza — ¡loco!— mendiga toda la naturaleza.
Mendiga el pan de toda la naturaleza a nuestro Padre.
Mendiga su naturaleza de todos y de todo a la Natura­
leza primera, a la naturaleza de Dios, que es incomuni-
E l m ila g r o d e S a n F r a n c is c o d e A s ís 115

SAN FRANCISCO
El beso al leproso. — San Damián de A*ís, punto de partida de la
"Gran Aventura franciscana".— El primer convento de san Francisco:
una troje de Rivo-Torto. — El sermón a los pájaros. — San Francisco
persuade al lobo de Gubbio a que renuncie al bandidaje. — Los
Estigma«.
116 L a S a l de l a T ie r r a

cable. . . Y Dios, en la consumación de la santidad del


Poverello. . . inscribirá en las carnes de Francisco las se­
ñales de nuestra redención” (°). San Francisco de Asís
muere en 1226, dos años después de haber recibido los
Estigmas, último capítulo del Libro que había vivido,
sufrimiento y alegría unidos, mezclados, casi indistintos,
como en el Texto sagrado del que es la patética y ex­
quisita versión medieval.

Con sus cuarenta y cinco mil religiosos y sus dos millo­


nes de “Terciarios” (simples fieles unidos a la Orden por
una regla de vida que no supone voto alguno, entre los
que se contaron san Luis, santa Isabel, reina de Hungría,
Cristóbal Colón, Rafael, Miguel Angel, Volta, Galvani,
Ozanam. . . ) la Orden franciscana es la más poderosa en
efectivos de la Iglesia Católica. Hoy es, sin duda, bastante
diferente de las pequeñas comunidades al aire libre fun­
dadas por su santo patrono. San Francisco, que no era
sacerdote, pensaba que sus compañeros serían siempre lo
bastante sabios como para practicar el famoso “a la letra,
sin glosa” . La Iglesia les ha conferido el sacerdocio, to­
dos son teólogos. Él los quería pobres hasta el punto de
no poseer nada, ni por sí mismos, ni a título colectivo,
a fin de que fuesen libres “como los pájaros del cielo” ;
los pájaros han sido puestos en fila, se los ha obligado a
entrar en monasterios. Su vida fué una larga, incesante
y extraordinaria improvisación: la de sus hijos ha sido
regulada por la prudencia de Roma. Condenados por la
infalible espontaneidad de su maestro a mostrar un per­
petuo genio inventivo en el orden de la caridad, la. pru­
dencia de la Iglesia los invita a cultivar las fioretti de
las colinas libres de Umbría en la austeridad del claustro.
Pero san Francisco los quería también “hermanos me­
nores”, es decir los más pequeños, los más humildes de los
religiosos, y en esto no hubo prudencia que modificara
El m ila g r o d e San F ra n c is c o de A sís 117

su voto. La dulzura y la humildad siguen siendo, des­


pués de tantos siglos, los dos rasgos característicos de la
vocación franciscana. Maestros, predicadores o misione­
ros (allí están sus principales actividades, junto con
—gran honor— la custodia de los Santos Lugares); su
piedad conserva siempre el acento de una tierna canción.
Hoy nuestro cristianismo constructor habla todos los idio­
mas de la política, de la estadística, del progreso, de las
ciencias y de la historia, es algo admirable, bien se ve
que se halla dotado, el mundo moderno no puede pedir
un alumno mejor, más prudente, más atento, y aun más
agradecido. Pero nuestro cristianismo ya no canta, ni ha­
ce versos — ¡mala señal!—; ha olvidado un poco ese len­
guaje que es el suyo y que los hermanitos de san Fran­
cisco de Asís conocen mejor que nadie, el lenguaje del
corazón, de la pasión y del destierro.
XVI

CONCLUSIÓN

tiene su historia en la historia de la Igle­


C
ada O r d e n
sia, en la historia del mundo, en la historia de las
ideas, y es menr^er que todas estas historias marchen
juntas al mismo \ j .so, en la misma dirección, aun cuando
muchos cristianos se crean obligados a correr desalada­
mente tras el siglo con la esperanza de recristianizarlo
en su carrera. Para escribir la vida de las órdenes, no al­
canzaría una vida de historiador.
Cada Orden honra a un fundador particular y si con­
sagramos pilas de volúmenes a los actores efímeros de la
guerra y de la política, no tendremos bastante tinta ni
papel para referimos a hombres como san Benito, que ha
atravesado impasible catorce siglos de historia con su Re­
gla bajo el brazo, o a san Ignacio de Loyola, cuya per­
sonalidad fue tan fuerte que después de cuatrocientos años
todo jesuíta se le parece como jamás un hijo se pareció
a su padre. Y ¿quién podrá decir lo que debemos a san
Bernardo? Los santos de España o de Italia son bien es­
pañoles o bien italianos y uno reconoce en ellos los rasgos
de su pueblo, el genio de su nación, los colores de su país.
España era una tierra árida cuando Juan de la Cruz des­
cubrió la senda mística del desprendimiento total, las co­
linas de Umbría ya eran ese amable jardín donde el
arte cuajaría como un fruto, cuando Francisco Bemar-
done se puso a cantar a su hermano el Arbol y a su her­
mana el Agua.
España puede enorgullecerse ante la historia de haber
producido a Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola, Domingo
12 0 L a S a l d e l a T ie r r a

de Guzmán, tres piezas de puro acero toledano salidas de


su suelo y forjadas con su fuego; Italia puede gloriarse
de haber nutrido a san Antonio de Padua, teólogo volu­
ble, dulce a los pececillos, o a santa Catalina de Siena,
réplica femenina y espiritual del condottiere. Pero cuan­
do admiramos en san Bernardo —lo mismo que en san
Luis— esta armonía entre lo divino y lo humano en un
alma recta, nos vemos obligados a ver que aquí y no en
otra parte está el origen del claro genio francés.

Cada Orden tiene su vocación, su misión, sus obras.


He elegido siete Órdenes entre las más típicas; pero hay
otras setenta y dos según el Anuario Pontificio sin contar
las congregaciones de mujeres, y he debido pasar por alto
grandes familias espirituales, antiguas como los Premons-
tratenses, modernas como los Hermanitos de Charles de
Foucauld. Todos difieren en algún aspecto, a menudo en
todo. Los Padres Blancos no pronuncian votos, en tanto
que los trapenses sólo hacen esto. Nunca las Órdenes
activas han estado tan mezcladas con el mundo, nunca
las Órdenes contemplativas han parecido más alejadas de
él. Mientras ciertas iniciativas religiosas en el plano so­
cial sugieren la palabra “revolución”, otras, en el domi­
nio espiritual, recuerdan la tradición más remota. Unos
se aventuran hasta las fronteras del marxismo, otros re­
troceden hasta san Jerónimo. Este doble movimiento de
dilatación y de contracción, de apostolado y de vida ere­
mítica, de expansión misional y de estrechamiento doc­
trinario es el ritmo constante de la Iglesia desde su fun­
dación. También es el movimiento del corazón.
Cada Orden tiene su carácter y sus leyes. A esta altura
se me puede formular un reproche: he visto a todos estos
monjes sin defectos, he supuesto a todas estas comuni­
dades religiosas fieles a su ideal.
. Hay malos monjes, pero un monje malo no soporta
C o n c l u s ió n 121

mucho tiempo la vida monástica. Sin una vocación muy


fuerte, es imposible vivir seis meses en un convento de
contemplativos (por ejemplo). En medio de la soledad y

el silencio de una cartuja, los sentimientos mezquinos


mueren de hambre o devoran a su dueño en muy poco
tiempo. Por cierto, la naturaleza humana es terriblemente
vivaz, ingeniosa, hábil para recrear en todas partes las
condiciones de su bienestar, hasta en el fondo de una pri­
sión, de una trinchera, o del agujero producido por un
obús. Se parece a esas plantas de largas y flexibles raí­
ces que se deslizan entre las piedras y parecen adivinar
la tierra a través de los guijarros. Con ciertas aptitudes
particulares a la vida vegetativa, el ermitaño, en lugar
de volverse hacia el ángel, puede dirigirse al pepino.
Pero la vida de un pepino de claustro tiene tan poca
relación con la idea que se tiene del confort que este
fracaso puede aún parecer un éxito. Para muchos de nos­
otros, un religioso es un hombre que, mediante tres votos
correspondientes a tres consejos del Evangelio, evidente­
mente caídos en desuso, ha resuelto un problema que sus
semejantes no han tenido siquiera el tiempo de plan­
tearse, un hombre que ha resuelto el problema de sus
fines últimos en medio de personas que tratan de resol­
ver el de sus fines de mes. Olvidamos que esos tres votos
agregados a los compromisos del sacerdote, suponen una
generosidad de alma excepcional, cuyo brillo rara vez se
desvanece por completo.
Las comunidades religiosas no son sociedades perfectas.
Todas o casi todas han pasado en el curso de su larga
existencia por fases de relajamiento moral que más de
una vez han servido de excusa a los nuestros. Pero, si
las sociedades de religiosos no son perfectas, al menos
difieren de las otras en que el deseo de perfección es su
verdadera razón de ser y la única explicación plausible
de sus renacimientos y de su supervivencia. Todas mués-
122 L a S a l d e l a T ie r r a

tran una tendencia natural hada el bien. Si así no fuera,


si permanecieran inferiores a su ideal, con su régimen de
clausura y los estrechos límites humanos que se impo­
nen, se convertirían en auténticos círculos del infierno
(no digo que eso no haya sucedido nunca, pienso sólo
que esos desfallecimientos no carecen de cronistas). Es po­
sible que se encuentre en ellas sin dificultad más de uno
de nuestros defectos. Pero, en la ignorancia en que esta­
mos acerca de sus costumbres, es més urgente conocer en
qué se distinguen del mundo que saber en qué se le pa­
recen. Por esa misma razón, he dejado de lado a los mon­
jes fracasados. Para formarse una opinión justa sobre la
Politecnia, es mejor interrogar a quienes han pasado su
examen con éxito, que a los candidatos aplazados.

Cada Orden tiene su arte, su estilo, sus escritores y


sus poetas. Además de que esas riquezas son mucho más
conocidas que las otras, no he juzgado necesario agravar,
insistiendo sobre esto, el sentimiento ya demasiado ex­
pandido que el arte es la única justificación posible de
la actividad espiritual.

Finalmente, cada Orden tiene su ritmo propio. La in­


movilidad del contemplativo es impresionante. ¿Acaso es
real? ¿No será la aparente fijeza de esos astros más cer­
canos que otros de su centro de gravedad? Porque todos
los planetas del universo religioso giran alrededor del
mismo sol, a distancias desiguales, con mayor o menor
rapidez. Desde el lado en que habitualmente los obser­
vamos, sólo vemos su faz sombría, la del renunciamiento,
C o n c l u s ió n 123
de la abnegación, de la muerte. No vemos el lado ex­
puesto a la luz, el lado del día y de la vida. He dado
algunas imágenes, mariposas, maderas esculpidas, conchi­
llas traídas de paises lejanos. . . Pero al término de este
viaje, el lector habrá visto, así lo espero, que ni siquiera
he entrado en materia. .. Porque, del misterioso poder
que mueve este universo, enrola y disciplina las almas
—y los músculos— de veinte años; del extraño poder que
se ejerce sobre ciertoó hombres y les hace hallar la bon­
dad de llevar en el ayuno y el silencio, entre cuatro pa­
redes, una existencia recluida de rehén a perpetuidad;
de la secreta presencia que llena la celda del cartujo,
hasta el punto que puede decirse sin paradoja que el car­
tujo es un hombre que huye de los demás para estar me­
nos solo; de la alegría desconocida por la cual tantos
corazones renuncian a todas las alegrías; de la invisible
belleza que seduce para siempre al alma contemplativa;
de este misterio, de este poder, de esta belleza, no he di­
cho nada, ¡y sin embargo, de eso se trataba precisamente!
OBRAS CITADAS

1. Henry M a r c -B o n n e t , Histoire des Ordres religieux (Presses


Universitaires).
2. Emile B a u m a n n , Les Chartreux (Grasset).
3. Dom Augustin Sa v a t o n , La Régle de saint Benoit (Abbaye
de Saint-Paul de Wisques).
4. Mgr. Jean de H e m p tin e , VOrdre de scant Benoit (Édition
de Maredsous).
<-*

Guy C h a s t e l, La Trappe (Grasset).


Saint B e r n a r d , Traité de Vamour de Dieu, traducción fran­
Ci

cesa de H. M. Delsart (Desclée de Brouwer).


7. R. P. B r u n o de J esu s-M a ris, La Vie Carmélitaine (Desclée
de Brouwer).
8. Jacques M a r i t a i n , Approches de Dieu (Alsatia).
9. Stanislas F u m e t , Mikael (Éditions du Cerf).
In d i c e

p Ao .

I. En este siglo incrédulo . . . . . . . . 9


II. Las órdenes de la Iglesia..................................
III. La cuestión de dinero............................................ 23
IV. El test de san Benito............................................ 27
V. Solesmes reza .................................................35
VI. La sonrisa de la Trapa....................................... 43
VII. San Bernardo......................................................53
VIII. Vocaciones trapenses............................................ 57
IX. Los Cartujos......................................................65
X. Um bralilem ......................................................77
XI. La llama del Carmelo . ........................ 81
XII. Los almuerzos dominicos....................................... 87
XIII. La escuela de santo Tomás de Aquino . . . . 95
XIV. Proceso del Jesuíta............................................ 103
XV. El milagro de san Francisco de Asís....................113
XVI. Conclusión.......................................................... 119
SE TERMINÓ DE IMPRIMIR EL DÍA
VEINTISEIS DE MATO DE M IL NOVE­
CIENTOS CINCUENTA Y OCHO EN
LOS TALLERES ORÁTICOS DIDOT,
S. R. L ., LUGA 2223 - BUENOS AIRES

PRINTED IN AROENTINE
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E l P a d re P e c q u b t
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Cuarta edición

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QUE NO SABÍA INGLES

Daniel Pezeril
A lm a A r d ie n t e e n v ie ja A rm a du ra
Prólogo de Bruce Marshall

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Quinta edición

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A. Den Doolaard
La Posada d e l a H e rra d u ra

C. S. Lewis
E l G ra n D iv o r c io

Luigi Santucci
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