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Vladimir Soloviev nació en Moscú el 16 de enero de 1853.

Su padre,
Serguei Soloviev, profesor y más tarde rector de la Universidad de
Moscú, se hizo célebre por su magna obra Historia de Rusia. Tras
publicar varias obras filosóficas, se enfrentó con las posturas nacio­
nalistas eslavófilas predominantes en su país. Desilusionado, Solo­
viev se convence de que el pecado de Rusia está en el cisma religio­
so que la alejó de la catolicidad y se consagra al acercamiento entre
las Iglesias. Se interesa por los eslavos católicos, defiende a los
polacos frente a la política de rusificación. El 13 de febrero de 1896
comulga de la mano de un sacerdote católico. Soloviev morirá a los
47 años de edad el 13 de julio del 1900.

«El nuevo señor de la Tierra era ante todo un compasivo


filántropo; así, su amor no se limitaba a los hombres, sino que
se extendía también a los animales. Era vegetariano y prohibió
la vivisección, sometiendo a los mataderos a una severa
normativa y animando a diversas sociedades protectoras de
animales. Más importante que todos estos detalles fue la
instauración en toda la humanidad de la igualdad fundamen­
tal, la igualdad de la saciedad universal. Esto sucedió durante
el segundo año de su reinado. La cuestión socioeconómica
fue de este modo definitivamente resuelta, pero si la saciedad
constituye ei primer interés de los hambrientos, los saciados
tienen necesidad también de otras cosas. Si los mismos
animales saciados no se limitan a dormir, sino que también
quieren jugar, mucho más los seres humanos, que post pa-
nem piden circenses»

(El Relato del Anticristo)


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OBRAS PUBLICADAS:

Antonio Amado
La Educación Cristiana

Vladimir Soloviev
Los tres Diálogos y el
Relato del Anticristo

EN PREPARACIÓN:

Antonio J. Gómez Mir


La Eucaristía

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Los Cristeros

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Los Tres Diálogos y
el Relato del Anticristo
por
Vladimir Soloviev

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Septiembre de 2015

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COLECCIÓN: «TEXTOS CLÁSICOS» № 1

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Vladimir Soloviev

Los Tres Diálogos y


el Relato del Anticristo

nmr
Biblioteca Episcopal de Barcelona

13030000034066

T E X T O S C L Á S I C O S
INDICE

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR....................... 9

PREFACIO DEL AUTOR.................................13

PRIMER DIÁLOGO................................... ..... 27

SEGUNDO DIÁLOGO.................................... 63

TERCER DIÁLOGO....................................... 113

EL RELATO DEL ANTICRISTO ................. 157


PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

Vladimir Soloviev

Vladimir Soloviev nació en Moscú el 16 de enero de 1853. Su


padre, Serguei Soloviev, profesor y más tarde rector de la Uni­
versidad de Moscú, se hizo célebre por su magna obra Historia
de Rusia, que alcanzó los treinta volúmenes. Por su rama pater­
na la familia abundaba en eclesiásticos, mientras que su ma­
dre, Poliksena Romanova, descendía de Grigori Skovorda (1722-
1794), singular filósofo errante. El joven Soloviev recibió una
cuidada educación histórica, literaria, filosófica y científica. Con
treces años pasó una crisis religiosa que le llevó a declararse
ateo y materialista y que pronto superaría. Frecuenta la Acade­
mia eclesiástica y se convierte en un profundo conocedor de la
Patrística griega y latina. En 1874 presenta su tesis sobre La cri­
sis de lafilosofía occidental, en gran parte inspirada en Komiakov,
en la que defiende que la filosofía europea ya había agotado su
ciclo, instalándose en un racionalismo estéril o en un positivis­
mo superficial.
En 1875 Soloviev empieza a dar clases de filosofía en la Univer­
sidad de Moscú. Ese mismo año se traslada a Inglaterra para
profundizar en sus estudios de filosofía oriental y medieval,
ocupándose principalmente de la filosofía gnóstica y cabalísti­
ca. Al retornar a Rusia, y tras publicar varias obras filosóficas,
se enfrentó con las posturas nacionalistas eslavófilas predomi­
nantes en su país. Desilusionado, Soloviev se convence de que
el pecado original de Rusia está en el cisma religioso que la
alejó de la catolicidad y se consagra al acercamiento entre las
10 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

Iglesias. Se interesa por los eslavos católicos, defiende a los


polacos frente a la política de rusificación y traba amistad con
el arzobispo de Zagreb, Mons. Josip Strossmayer. Compren­
diendo que los tiempos de la plena unión están todavía lejos, el
13 de febrero de 1896 comulga de la mano de un sacerdote ca­
tólico, también ruso, llamado Nikolai Tolstoi. Soloviev morirá
a los 47 años de edad el 13 de julio del 1900.

Los tres diálogos y el relato del Anticristo

El último y más célebre texto de Soloviev, cuyo título completo


es Los tres diálogos sobre la guerra, el progreso y el fin de la Historia
universal, con un breve relato sobre el Anticristo reúne una refuta­
ción radical y apasionada del progresismo tolstoiano con la
presentación de una escatología que rechaza toda inmanencia
del progreso u optimismo humanitario. Sus protagonistas son
todos rusos: un General, un Político, una Señora, un Príncipe y
un Filósofo llamado significativamente Señor Z., es decir, como
la última letra del alfabeto latino, indicando su propensión es-
catológica, y con el que Soloviev se identifica en gran medida.
El texto viene precedido de un Prefacio del propio Soloviev y
acaba con el Relato del Anticristo, atribuido a un monje llamado
Pansofij.
Cuando Soloviev escribió su obra Tolstoi se había convertido
en un pensador de gran influencia, no sólo en Rusia, sino en el
mundo entero. Su predicación de una «purificación» del cris­
tianismo y de la sociedad en clave progresista, gnóstica y mo­
ralista, fueron contestados tanto por Soloviev como por la Igle­
sia ortodoxa rusa, que lo excomulgó por su rechazo de la En­
carnación y de la Resurrección. El «cristianismo» de Tolstoi se
convierte en un conjunto de normas éticas, entre las que desta­
ca la de no oponerse al mal con la violencia, justamente el pun­
to de partida de los Tres diálogos. Las tesis de Tolstoi se le irán
haciendo cada vez más inaceptables a Soloviev, que tomará
conciencia de la necesidad de oponérsele, de combatirlo, sobre
todo cuando se presenta bajo el aspecto de un bien falsificado.
No hay duda de que, a los ojos de Soloviev, el cristianismo ar­
VLADIMIR SOLOVIEV 11

bitrario, mutilado e influyente de Tolstoi constituye un mal real.


El señor Z., al final del tercer diálogo, desenmascarará al Prínci­
pe, seguidor de Tolstoi, como secuaz del «dios de este mundo».
El Dios tolstoiano no es, pues, el Dios cristiano, sino la divini­
dad malvada de los gnósticos y de Marción.
Pero el texto va más allá de la refutación de Tolstoi, que difícil­
mente posee las características (omnicomprensivo, concilla en
sí todas las contradicciones) de la obra del Anticristo. La com­
prensión de la naturaleza del mal sito en la Historia y la expo­
sición del mensaje de la Sagrada Escritura acerca de los últi­
mos tiempos pasan a un primer plano. El relato del Anticristo es
esencialmente una elaboración narrativa de los datos escatoló-
gicos del Nuevo Testamento (el Apocalipsis, pero también
Marcos 13, Mateo 24, II Tesalonicenses 2 ,1Juan). El superhom­
bre-emperador y el mago-papa remiten a las dos Bestias del
Apocalipsis (la primera es una potencia política que blasfema
de Dios, se hace adorar y persigue a los verdaderos creyentes,
la segunda es una potencia religiosa que realiza prodigios má­
gicos y seduce a los hombres para hacerles adorar a la primera
Bestia), de donde es tomada también la gran apostasía de los
cristianos y la «mujer vestida de sol» entre otras.
El escenario de ficción escogido, que el propio Soloviev advier­
te que hay que separar del núcleo escritural, recoge el temor
que a finales del siglo XIX suscitaba en Rusia el auge de Japón
y la posibilidad de que este país se pusiera a la cabeza de un
Oriente «mongol», agresivo e invencible. La situación que nos
presenta antes del advenimiento del Anticristo es conflictiva:
luchas sociales y guerras planetarias, debilitamiento de la fe y
auge mágico-sincrético. La aparición del Anticristo significará
el final de las grandes guerras, dando paso a un escenario que
podríamos llamar con el tan manido término de «fin de la his­
toria». El superhombre unificaría la humanidad, instaurando
la «igualdad en la saciedad universal»; la sociedad de consu­
mo como fin de la historia humana e integrada en una radical
impostura religiosa.
El interés siempre vivo de esta obra nace de la clarividencia
con que Soloviev supo mostrar uno de los rostros del Anticris­
12 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

to en la época moderna; en un mundo secularizado en el que la


falsificación del bien y el olvido de Cristo se presentan bajo el
manto de la filantropía. Soloviev se centra en un aspecto de
esta falsificación aparentemente menos destructivo que el ideo-
lógico-totalitario que ha devastado el siglo XX. Su Anticristo
parece ajeno a las ideologías, al menos en sus formas partito-
cráticas, pero en realidad posee una ideología que podríamos
llamar postmoderna, en un mundo desacralizado, sin horizon­
tes trascendentes, no intenta imponer un sistema omnicompren-
sivo. Actúa en el vacío, entre la fragmentación religiosa y cul­
tural. Acepta y respeta incluso a la Iglesia, pero sin Cristo. Su
«utopía escatológica» es de signo iluminista, tecnocrático, gnós­
tico (el «hombre del futuro» es un capitalista, masón y progre­
sista). En este sentido, el Anticristo de Soloviev resulta hoy más
actual y amenazador, en el desierto postmoderno, que en el
pasado reciente. Actúa casi sin violencia, trayendo la paz, mos­
trando un rostro bello y luminoso, prometiendo a todos aque­
llo que desean. Paz, progreso, bienestar, pluralismo se revelan
seducciones diabólicas y mortíferas al separarnos de la Verdad.
Sólo unos pocos cristianos, fieles a Cristo, y el pueblo judío, del
que Soloviev reafirma su vocación mesiánica, se mantendrán
inmunes a dichas seducciones.

Jorge SOLEY CLIMENT


PREFACIO DEL AUTOR1

¿Qué es el mal? ¿Sólo un defecto de naturaleza, una imperfec­


ción que se desvanece al crecer el bien o, por el contrario, una
fuerza real que domina nuestro mundo mediante sus seduccio­
nes de forma que, para derrotarlo, es necesario tener un punto
de apoyo en otro orden del ser? Este problema vital solamente
puede ser examinado con claridad y resuelto dentro de un sis­
tema metafísico integral, A pesar de haber abordado ya esta
cuestión para aquellos que están predispuestos e inclinados a
la especulación2, comprendo, no obstante, en qué medida el
problema del mal es importante para todos los hombres. Hace
casi dos años un particular cambio de mi disposición psíquica
-sobre el que no es necesario extenderse aquí- suscitó con fuer­
za dentro de mí el deseo de mostrar de forma indiscutible y
universalmente accesible los aspectos principales del proble­
ma del mal, aquellos que deben interesar a cualquier hombre.
Durante mucho tiempo no conseguí encontrar una forma ajus­
tada a la realización de este proyecto. Finalmente, en la prima­
vera de 1899, mientras me encontraba en el extranjero, el asun­
to se encarriló y en el transcurso de unos pocos días acabé el
primer diálogo sobre esta cuestión. Después, ya en Rusia, es­
cribí los otros dos. Esta forma literaria de conversación ocasio­
nal y mundana se me presentó, por así decirlo, por sí misma,
como la expresión más sencilla de lo que quería decir. Una for-

1Este prefacio fue publicado en su forma original en el periódico Rossije con el título:
Del verdadero bien.
2 Un primer acercamiento a esta cuestión se encuentra en los tres capítulos iniciales de
mi Filosofía teórica. (N. del A.)
14 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

ma que ya de por sí demuestra que aquí no se deben buscar ni


investigaciones científico-filosóficas ni una predicación religio­
sa. El objetivo que me he propuesto es apologético y polémico:
he querido, en el límite de mis fuerzas, exponer los aspectos
vitales de la verdad cristiana ligados al problema del mal y so­
bre los que, sobre todo en los últimos tiempos, existe una gran
confusión.
Hace muchos años leí que había nacido una nueva religión en
alguna de nuestras regiones orientales. Esta religión consistía
en el hecho de que sus adeptos -llamados «creyentes en el agu­
jero» (vertidyrki) o «adoradores del agujero» (dyrotnoljai)- prac­
ticaban en un ángulo oscuro de la pared de la izba3 un agujero
de tamaño mediano sobre el que aplicaban los labios, repitien­
do con insistencia: «¡casa mía, agujero mío, sálvame!». Creo
que nunca antes el objeto de la veneración humana había al­
canzado un nivel tan extremo de simplificación. Pero si la divi­
nización de una común izba y de una simple fisura abierta en la
pared por manos humanas constituye un evidente error, hay
que decir, no obstante, que se trata de un error de alguna forma
verdadero: esos hombres, de hecho, habían perdido gravemente
la luz de la razón, pero no inducían a error, ya que llamaban a
la izba por su nombre y la fisura que practicaban en una de sus
paredes la llamaban, correctamente, agujero.
La religión de los «adoradores del agujero» ha experimentado,
no obstante, una rápida «evolución» y una profunda «transfor­
mación». En su nuevo aspecto conserva la pasada debilidad de
pensamiento religioso y la estrechez de intereses filosóficos, pero
ha perdido su primitiva veracidad: la izba recibe ahora el nom­
bre de «reino de Dios sobre la Tierra», el agujero ha empezado a
ser llamado «nuevo evangelio». Lo peor es que la sustancial
diferencia entre este falso evangelio y el auténtico -la misma
que existe entre una obertura practicada en una viga y un tron­
co vivo e íntegro- ha sido ocultada, por todos los medios, por
parte de los nuevos evangelistas.
No quiero con esto afirmar que existe una relación directa, his­
tórica y «genética», entre la secta de los «adoradores del aguje-
3 Casa tradicional rusa en el medio rural.
VLADIMIR SOLOVIEV 15

ro» y la predicación del falso reino de Dios y del falso evange­


lio. Por otra parte, esto no tiene importancia para lo que consti­
tuye mi modesto propósito: mostrar de manera evidente la iden­
tidad sustancial de las dos «doctrinas», a excepción de la dife­
rencia moral que ya he señalado. Una negatividad que consiste
en la completa negatividad e inconsistencia de ambas «con­
cepciones del mundo». Entre estos sectarios los «intelectuales»
no se llaman a sí mismos «adoradores del agujero» sino cristia­
nos, y llaman «evangelio» a su predicación4. Sin embargo el
cristianismo sin Cristo ni Evangelio (esto es, sin la buena nue­
va), sin el único bien que merece ser anunciado -en particular,
sin la real resurrección ni la plenitud de la vida eterna- no es,
en definitiva, más que un vacío, exactamente como un agujero
en la pared de una izbá campesina. Acerca de todo esto se po­
dría guardar silencio si sobre este agujero racionalista no fuera
enarbolado un falso estandarte cristiano que ha seducido y ex­
traviado a una multitud de «pequeños». Cuando uno se en­
cuentra ante personas que piensan o afirman que Cristo ha sido
superado, o bien que es un mito elaborado por el apóstol Pablo,
pero al mismo tiempo continúan definiéndose, tenazmente,
como «auténticos cristianos» y recubren con palabras evangé­
licas manipuladas ad hoc la predicación de su propio espacio
vacío, no se puede mostrar indiferencia o sumisión: frente a la
contaminación de la atmósfera moral por medio de una menti­
ra sistemática la conciencia social tiene el deber de exigir en
alta voz que el mal sea llamado por su verdadero nombre. El
verdadero fin de nuestra polémica no es pues confutar una falsa
religión, sino revelar un auténtico engaño.
Un engaño del todo injustificable. En lo que se refiere los obs­
táculos externos que impiden una total sinceridad sobre estos
temas, no es posible comparar mi situación (tres obras prohibi­
das por la censura eclesiástica) con la de quien ha publicado en
el extranjero una gran cantidad de libros, folletos y opúsculos.
El mantenimiento en nuestro país de limitaciones de la liber­
tad religiosa constituye una de mis mayores penas, ya que veo
4 Soloviev se refiere, aquí y en adelante, muy especialmente a la predicación religiosa
de Tolstoi,
16 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

y comprendo que todas estas restricciones externas son dañi­


nas no sólo para quien es víctima, sino sobre todo para la vida
del cristianismo en Rusia y, en consecuencia, para el pueblo
ruso y, en última instancia, para el propio gobierno ruso.
Sin embargo, ninguna condición externa puede impedir a una
persona de buena fe exponer hasta el fondo sus convicciones.
Si esto no es posible en la patria, lo hará en el extranjero, ¿y
quién más que los propagandistas del falso evangelio se sirven
de esta posibilidad en lo que refiere a la religión? No obstante,
para resolver el importante y fundamental problema de cómo
abstenerse de la insinceridad y de la mentira, no es necesario
irse al extranjero. En realidad, ningún censor ruso pretende que
sean declaradas convicciones de las que se carece, que se finja
creer en cosas en las que no se cree, que se ame o se respete lo
que en realidad se desprecia y se odia. Para comportarse en
conciencia frente a un conocido Personaje histórico y su obra, a
los predicadores del vacío se les exige en Rusia una sola cosa:
guardar silencio sobre Él, ignorarlo. En cambio, por alguna ex­
traña razón, en este caso estas personas no quieren utilizar ni
la posibilidad de callar en la patria ni la de hablar libremente
en el extranjero. Tanto aquí como allá prefieren asociarse exte-
riormente al Evangelio de Cristo y no quieren -ni directamente,
con una palabra decidida ni indirectamente, con un silencio elo­
cuente- mostrar de forma verdadera cuál es su posición efectiva
frente al fundador del cristianismo. Y eso que Él es para ellos
completamente extraño, no necesario, incluso dañino.
Desde este punto de vista lo que predican resulta per se com­
prensible, esperable y salvífico para todo hombre. Su «verdad»
se rige por sí misma y si cualquier célebre Personaje histórico
concuerda con ella, mejor para Él, pero esto no le confiere a sus
ojos ninguna autoridad superior, sobre todo cuando ese mis­
mo Personaje dice y hace tantas cosas que para ellos no son
más que «lisonjas» y «absurdos».
Y si a causa de la debilidad humana estas personas sienten la
ineludible necesidad de fundar sus convicciones no sólo sobre
su propia «razón», sino también sobre algún personaje históri­
co, ¿por qué no busca otro que se adapte mejor a sus creencias?
VLADIMIR SOLOVIEV 17

Además, existe y está disponible ya desde hace mucho tiempo


el fundador de una religión ampliamente difundida como es la
budista. Ha predicado realmente lo que estas personas consi­
deran como necesario: la no resistencia, la impasibilidad, la in­
acción, etc. Y ha sido también capaz de hacer que su religión
haya hecho una «brillante carrera»5 sin ningún martirio. Los li­
bros sagrados del budismo anunciaban verdaderamente el va­
cío y para hacerlo concordar plenamente con la nueva predica­
ción sólo se necesitaría la simplificación de algunos detalles.
Por el contrario, la Sagrada Escritura de los judíos y los cristia­
nos está completa e integralmente penetrada de un contenido
espiritual positivo que rechaza tanto el antiguo como el nuevo
vacío. Para unir esta predicación a los dichos de los evangelis­
tas y de los profetas hay que lacerar con todo tipo de falseda­
des el vínculo que une tales dichos con el libro completo y su
contexto inmediato, mientras que los sutras suministran abun­
dantemente doctrinas y leyendas conformes a la nueva predi­
cación y no hay absolutamente nada en el espíritu y en la sus­
tancia de estos libros que se le oponga. Sustituyendo en su doc­
trina al «rabino de Galilea» por el asceta de estirpe sakya, los
falsos cristianos de los que estamos hablando no perderían ab­
solutamente nada y ganarían algo que, al menos en mi opi­
nión, es extremadamente importante: la posibilidad de ser, in­
cluso en el error, de buena fe y relativamente coherentes. Pero
no quieren ni oír hablar de ello...
La inconsistencia doctrinal de la nueva «religión» y sus contra­
dicciones lógicas son demasiado evidentes, y respecto a ellas
no he necesitado hacer nada más que exponer (en el tercer diá­
logo) una breve pero completa lista de sus afirmaciones que se
anulan las unas a las otras de manera del todo evidente y que
sólo pueden atraer a personas incorregibles como mi Príncipe.
Sin embargo, si consiguiera abrir los ojos de alguien que esté
en el otro lado de la cuestión y revelara a un alma engañada
pero aún viva toda la falsedad moral de dicha doctrina com­
plejamente mortífera, el objetivo polémico de este pequeño li­

5 La expresión no es mía (N. del A.).


bro se habría alcanzado. Por otra parte estoy firmemente con­
vencido de que si una obra de enmascaramiento de la falsedad
es realmente llevada hasta el final, aunque en un primer mo­
mento no ejerza un influjo positivo sobre ninguno, constituye,
no obstante -más allá del cumplimiento subjetivo de un deber
moral por parte de quien habla-, una especie de medida sanita­
ria que purifica el espíritu de toda la sociedad, tanto en el pre­
sente como en el futuro.
La polémica de estos diálogos está ligada, en cualquier caso, al
fin positivo de presentar la cuestión de la lucha contra el mal y
del sentido de la Historia desde tres puntos de vista diferentes:
el primero, de carácter religioso-consuetudinario y pertenecien­
te al pasado, aparece sobre todo en el primer diálogo, a través
de las palabras del General; el segundo, que podríamos definir
como cultural-progresista y bastante fuerte en nuestro tiempo,
está expuesto y defendido por el Político principalmente en el
segundo diálogo; el tercer punto de vista, incondicionalmente
religioso y dirigido al futuro, debe todavía manifestar su signi­
ficado decisivo y está expuesto en el tercer diálogo en las consi­
deraciones del señor Z. y en el relato del padre Pansofij. Aun­
que mi punto de vista es seguramente este último, reconozco
también en los dos primeros una verdad relativa y puedo pues
referir con idéntica imparcialidad las afirmaciones y reflexio­
nes contrapuestas del Político y del General La verdad superior
e incondicionada no excluye ni rechaza las condiciones preli­
minares dé la propia manifestación, sino que las justifica, dán­
doles significado y dignidad. Si desde un cierto punto de vista
la Historia universal es el juicio universal de Dios -Die Weltges­
chichte ist das Weltgericht6- este juicio debe ser entendido como
un largo y complejo proceso de conflicto entre las fuerzas his­
tóricas del bien y las del mal. La solución definitiva de dicho
conflicto presupone necesariamente una viva lucha por la su­
pervivencia entre estas fuerzas, y aún más, su desarrollo inte­
rior y en consecuencia pacífico en un ambiente cultural común.
Es por esta razón por lo que ante la luz de la verdad suprema

6 «La Historia universal es el juicio universal»: la cita está sacada de Hegel.


tiene razón tanto el General como el Político y por lo que he
intentado, con absoluta sinceridad, ponerme de parte de am­
bos. Solamente es completamente injusto el principio mismo
del mal y de la mentira, no los diferentes métodos de lucha
contra él: la espada del soldado o la pluma del diplomático.
Estas armas deben ser juzgadas en sus circunstancias singula­
res, valorando en cada ocasión cuál sea la más eficaz y oportu­
na a la vista de la obtención del bien. Tanto el santo metropoli­
ta Alexis7, que intercedió pacíficamente por los príncipes rusos
presos en el Orda8, como el beato Sergio9, que bendijo las ar­
mas de Dimitri Donskoj10contra la misma Orda, eran servido­
res del bien, único pero multiforme.
Estos «diálogos» sobre el mal y sobre la lucha contra él en paz
o en guerra deben concluir necesariamente con una indicación
precisa sobre la última y extrema manifestación del mal en la
Historia, con una presentación de su breve triunfo y de su de­
rrota definitiva. En un primer momento traté este tema tam­
bién en forma de coloquio y con la misma intromisión del ele­
mento chistoso. Una crítica amigable me convenció de que una
exposición de este tipo habría sido inoportuna por partida do­
ble: en primer lugar, porque las discusiones y las pausas exigi­
das por un diálogo hubiesen obstaculizado el interés suscitado
por el relato. En segundo lugar, porque el tono cotidiano y so­
bre todo chistoso no se correspondía al carácter religioso del
tema. Dado que esta crítica me pareció del todo fundada, mo­
difiqué la redacción del tercer diálogo, introduciéndole la lec­
tura integral del Relato del Anticristo, extraído del manuscrito
de un monje difunto. Este relato (que ya había leído pública­
mente con anterioridad) ha suscitado en la sociedad y en los

7 Metropolita de la Iglesia Rusa entre 1354 y 1378, san Alexis consiguió aplacar la ira
del khan tártaro Berdibek, evitando que devastase el país.
8 El Orda (de Oro) era el estado fundado por los tártaros, con capital en Saraj, en el
curso inferior del Volga, que durante más de dps siglos (X1II-XV) dominó la tierra
rusa.
9 San Sergio de Radonez, figura cimera de la espiritualidad rusa.
10 Dimitri Donskoj, príncipe de Moscú, derrotó a los tártaros en la célebre batalla de
Kulikovo (1380), sin conseguir expulsar definitivamente el poder tártaro de Rusia
pero demostrando, por primera vez, su vulnerabilidad.
18 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

bro se habría alcanzado. Por otra parte estoy firmemente con­


vencido de que si una obra de enmascaramiento de la falsedad
es realmente llevada hasta el final, aunque en un primer mo­
mento no ejerza un influjo positivo sobre ninguno, constituye,
no obstante -más allá del cumplimiento subjetivo de un deber
moral por parte de quien habla-, una especie de medida sanita­
ria que purifica el espíritu de toda la sociedad, tanto en el pre­
sente como en el futuro.
La polémica de estos diálogos está ligada, en cualquier caso, al
fin positivo de presentar la cuestión de la lucha contra el mal y
del sentido de la Historia desde tres puntos de vista diferentes:
el primero, de carácter religioso-consuetudinario y pertenecien­
te al pasado, aparece sobre todo en el primer diálogo, a través
de las palabras del General; el segundo, que podríamos definir
como cultural-progresista y bastante fuerte en nuestro tiempo,
está expuesto y defendido por el Político principalmente en el
segundo diálogo; el tercer punto de vista, incondicionalmente
religioso y dirigido al futuro, debe todavía manifestar su signi­
ficado decisivo y está expuesto en el tercer diálogo en las consi­
deraciones del señor Z. y en el relato del padre Pansofij. Aun­
que mi punto de vista es seguramente este último, reconozco
también en los dos primeros una verdad relativa y puedo pues
referir con idéntica imparcialidad las afirmaciones y reflexio­
nes contrapuestas del Político y del General. La verdad superior
e incondicionada no excluye ni rechaza las condiciones preli­
minares dé la propia manifestación, sino que las justifica, dán­
doles significado y dignidad. Si desde un cierto punto de vista
la Historia universal es el juicio universal de Dios -Die Weltges­
chichte ist das Weltgericht6- este juicio debe ser entendido como
un largo y complejo proceso de conflicto entre las fuerzas his­
tóricas del bien y las del mal. La solución definitiva de dicho
conflicto presupone necesariamente una viva lucha por la su­
pervivencia entre estas fuerzas, y aún más, su desarrollo inte­
rior y en consecuencia pacífico en un ambiente cultural común.
Es por esta razón por lo que ante ía luz de la verdad suprema

6 «La Historia universal es el juicio universal»: la cita está sacada de Hegel.


VLADIMIR SOLOVIEV 19

tiene razón tanto el General como el Político y por lo que he


intentado, con absoluta sinceridad, ponerme de parte de am­
bos. Solamente es completamente injusto el principio mismo
del mal y de la mentira, no los diferentes métodos de lucha
contra él: la espada del soldado o la pluma del diplomático.
Estas armas deben ser juzgadas en sus circunstancias singula­
res, valorando en cada ocasión cuál sea la más eficaz y oportu­
na a la vista de la obtención del bien. Tanto el santo metropoli­
ta Alexis7, que intercedió pacíficamente por los príncipes rusos
presos en el Orda8, como el beato Sergio9, que bendijo las ar­
mas de Dimitri Donskoj10contra la misma Orda, eran servido­
res del bien, único pero multiforme.
Estos «diálogos» sobre el mal y sobre la lucha contra él en paz
o en guerra deben concluir necesariamente con una indicación
precisa sobre la última y extrema manifestación del mal en la
Historia, con una presentación de su breve triunfo y de su de­
rrota definitiva. En un primer momento traté este tema tam­
bién en forma de coloquio y con la misma intromisión del ele­
mento chistoso. Una crítica amigable me convenció de que una
exposición de este tipo habría sido inoportuna por partida do­
ble: en primer lugar, porque las discusiones y las pausas exigi­
das por un diálogo hubiesen obstaculizado el interés suscitado
por el relato. En segundo lugar, porque el tono cotidiano y so­
bre todo chistoso no se correspondía al carácter religioso del
tema. Dado que esta crítica me pareció del todo fundada, mo­
difiqué la redacción del tercer diálogo, introduciéndole la lec­
tura integral del Relato del Anticristo, extraído del manuscrito
de un monje difunto. Este relato (que ya había leído pública­
mente con anterioridad) ha suscitado en la sociedad y en los

7 Metropolita de la Iglesia Rusa entre 1354 y 1378, san Alexis consiguió aplacar la ira
del khan tártaro Berdibek, evitando que devastase el país.
8 El Orda (de Oro) era el estado fundado por los tártaros, con capital en Saraj, en el
curso inferior del Volga, que durante más de dos siglos (XIII-XV) dominó la tierra
rusa.
9 San Sergio de Radonez, figura cimera de la espiritualidad rusa.
10 Dimitri Donskoj, príncipe de Moscú, derrotó a los tártaros en la célebre batalla de
Kulikovo (1380), sin conseguir expulsar definitivamente el poder tártaro de Rusia
pero demostrando, por primera vez, su vulnerabilidad.
20 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

periódicos no poca perplejidad e interpretaciones, sobre todo a


causa de nuestro insuficiente conocimiento de cuanto la Sagra­
da Escritura y la tradición de la Iglesia afirman respecto del
Anticristo.
El significado interior del Anticristo, esto es, de un impostor
que se ha apropiado de la dignidad de Hijo de Dios no con una
«empresa espiritual», sino a través de una «rapiña»; su rela­
ción con un falso profeta-taumaturgo que seduce a los hom­
bres por medio de prodigios auténticos y mentiras al mismo
tiempo; el origen particularmente pecaminoso y oscuro del pro­
pio Anticristo que, gracias a una fuerza maligna, consigue la
condición exterior de monarca universal; el curso general y el
fin de su actividad, junto con algunos rasgos particulares que
le caracterizan tanto a él como a su falso profeta (por ejemplo,
«el fuego del cielo», el asesinato de dos testigos de Cristo y la
exposición de sus cuerpos en las calles de Jerusalén, etc.): pues
bien, todo esto se encuentra en la Palabra de Dios y en la tradi­
ción más antigua. Para unir estos sucesos y hacer coherente el
relato ha sido necesario añadir otros detalles, algunos funda­
dos sobre consideraciones históricas, otros sugeridos por la
imaginación. A los detalles de este último tipo (como los artifi­
cios del mago universal, a medio camino entre espiritismo e
ilusionismo, con voces subterráneas, fuego de artificios y otras
cosas de este tipo) no les he querido dar, naturalmente, ningún
significado serio y tengo derecho, creo, a esperar de mis «críti­
cos» un tratamiento análogo. En lo que respecta a la caracteri­
zación de las tres personas que encarnan las confesiones cris­
tianas en el concilio ecuménico, se trata de una cuestión esen­
cial, pero que sólo puede ser entendida y apreciada por quien
no es ajeno á la historia y a la vida de la Iglesia.
El carácter particular que la Revelación atribuye al falso profe­
ta y la finalidad que le es claramente propia -engañar a los hom­
bres para provecho del Anticristo-, obliga a atribuirle algún
artificio de tipo mágico o ilusionista. Se sabe con certeza que
dass sein Hauptwerk ein Feuertverk sein zvird11. Y en el Apocalipsis

11 En alemán en el original: su obra será un fuego de artificio.


VLADIMIR SOLOVIEV 21

se dice: «Realiza grandes prodigios, hasta el punto de hacer


bajar, a la vista de la gente, fuego del cielo a la tierra»12. No
podemos conocer antes del tiempo los procedimientos mági­
cos y mecánicos, pero no hay que dudar de que en los próxi­
mos dos o tres siglos la técnica habrá superado en mucho a la
actual; sin embargo, no tomaré en consideración lo que el pro­
greso hará posible a este malhechor. Algunos aspectos particu­
lares de mi relato son admisibles solamente como ejemplifica-
dones tangibles de posturas sustanciales y dignas de fe, y los
utilizo sólo con el fin de evitar esquemas desencarnados.
En lo que se refiere a mis consideraciones sobre el panmongo-
lismo y la invasión asiática de Europa, es necesario distinguir
su núcleo sustancial de sus detalles secundarios. No obstante,
también el punto central de dicha cuestión no tiene evidente­
mente la fiabilidad incondicionada que posee la futura mani­
festación y el destino del Anticristo y de su falso profeta. En la
historia de las relaciones mongolo-europeas no se ha extraído
nada de la Sagrada Escritura, aunque muchas de estas cosas
encuentran en ella un punto de apoyo. En conjunto, dicha his­
toria está constituida por consideraciones probables y funda­
das sobre datos reales. Personalmente, creo que esta probabili­
dad se aproxima notablemente a lo cierto. Esta posibilidad es
compartida por otras personas de importancia... Para hacer
coherente la narración ha sido necesario introducir estas consi­
deraciones sobre la futura amenaza mongola bajo circunstan­
cias concretas sobre las que, naturalmente, no insistiré y de las
que he intentado no abusar. Lo que me parecía importante era
definir de la manera más real posible el inminente y terrible
enfrentamiento entre dos mundos, mostrando así la absoluta
necesidad de la paz y de la auténtica amistad entre las nacio­
nes europeas.
Aunque considero imposible una extinción completa de la gue­
rra antes de la catástrofe definitiva, veo en el estrecho acerca­
miento y en la pacífica colaboración de todos los pueblos y es­
tados cristianos un camino no sólo posible, sino también nece­

12 Ap 13, 13.
22 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

sario y moralmente indispensable, a fin de que el mundo no


sea engullido por sus elementos inferiores.
Para evitar que el relato resultase demasiado largo y complica­
do he excluido del texto de los diálogos otra previsión a la que
dedicaré aquí un par de palabras. Creo que el éxito del pan-
mongolismo será favorecido por la feroz y extenuante lucha
que algunos estados europeos deberán sostener contra el des­
pertar del Islam en Asia occidental y en África septentrional y
central. En este despertar, representará un papel más grande
de lo que se cree la incesante actividad secreta político-religio-
sa de la Senussia13, una hermandad que tiene para el actual mo­
vimiento de los musulmanes la misma función de guía que en el
mundo budista es asumida por la hermandad tibetana de los
Chelan14 de Lhasa, con sus ramificaciones en la India, China y
Japón. A pesar de no tener aversión por el budismo, y aún me­
nos por el Islam, considero que son ya demasiados los que des­
vían su mirada de la realidad de los hechos, presente y futura15.
Las fuerzas históricas que reinan sobre la humanidad están
destinadas a encontrarse y mezclarse antes de que sobre esta
fiera que se automutila crezca una nueva cabeza, esto es, el
poder universal del Anticristo, el cual, el día de su manifesta­
ción definitiva «pronunciará palabras altas y sonantes» y re­
vestirá con el brillante velo del bien y de la justicia el misterio
de la absoluta iniquidad. Y esto, según las palabras de la Sagra­
da Escritura, a fin de inducir incluso a los elegidos, en cuanto
sea posible, a la gran apostasía. Mostrar, antes de que el tiempo
haya llegado, la máscara engañosa bajo la que se esconde el
13 La Senussia (Sanusiyya), hermandad musulmana fundada en 1837 por Muhammad
ibn Al i al-Sanusi y extendida por el África septentrional, tuvo un importante papel en
la resistencia a la ocupación francesa e italiana.
14 Esta hermandad, fundada a finales del siglo XIV porTson-k’a-pa y conocida como
los «gorros amarillos» o «iglesia amarilla», ha tenido una gran importancia en la his­
toria política y cultural del Tíbet.
15Aprovecho aquí la ocasión, ya que continúan atribuyéndome escritos hostiles con­
tra la fundadora del neobudismo, la difunta E. P. Blavatskaja, para declarar que nunca
nos encontramos, que nunca me he dedicado al estudio de su persona ni de los fenó­
menos que ha producido y que nunca he publicado nada sobre tales cuestiones. En lo
que se refiere a la Sociedad Teosófica y su doctrina se puede ver mi artículo en el
Diccionario de Vengerov y la recensión al libro de la Blavatskaja Keyfor the secret
doctrine publicada en la revista «Ruskoe Obozrenie» (N. del A.)
VLADIMIR SOLOVIEV 23

abismo del mal ha sido el intento supremo de mi escrito.


En conclusión, debo manifestar mi sincero reconocimiento a A.
P. Salomon, que ha corregido y mejorado mis conocimientos
sobre la topografía actual de Jerusalén, a N. A. Veljaminov, al
que debo el testimonio sobre la «escabechina» de los basi bozuk
(un episodio de 1877) y a M. M. Bibikov, que ha examinado
atentamente las palabras del General contenidas en el primer
diálogo, ayudándome a corregir algunos errores concernientes
al arte de la guerra.
Soy bastante consciente de que incluso en esta versión revisa­
da existen múltiples imperfecciones; igualmente presente está
la imagen, ya no lejana, de la pálida muerte, que me aconseja
no retrasar la publicación de este escrito a una época indeter­
minada e incierta. Si me es dado el tiempo para afrontar nue­
vos trabajos también los antiguos serán perfeccionados. O qui­
zás no. He señalado las indicaciones del inminente resultado
histórico de la lucha moral en términos suficientemente claros
y breves. Entrego ahora esta pequeña obra con el sentimiento
gratificante de haber cumplido un deber moral.

Domingo de Pascua 1900


LOS TRES DIÁLOGOS
Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

PERSONAJES

El General
El Político
El Príncipe
El Señor Z.
La Señora

Esta primavera, en el jardín de uno de los pueblos que, agolpa­


dos a los pies de los Alpes, se reflejan en la azul profundidad
del Mediterráneo, se encontraron casualmente cinco rusos: un
general, viejo combatiente; un «hombre de estado», que llama­
remos el Político, que había llegado a aquel lugar para reposar
de las fatigas prácticas y teóricas de los asuntos de gobierno;
un joven príncipe moralista y populista que había publicado
diversos opúsculos, con mayor o menor éxito/de temática éti­
ca y social; una señora de mediana edad, interesada en todas las
cosas humanas; y finalmente un personaje de edad y condición
social indefinida que llamaremos señor Z. Yo asistí a sus con­
versaciones sin intervenir en ellas; algunas de ellas me parecie­
26 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

ron interesantes y decidí ento&ces transcribirlas mientras esta­


ban todavía frescas en mi memoria. El primer diálogo, que
empezó en mi ausencia, giraba en torno a un artículo de perió­
dico o un opúsculo sobre la campaña literaria contra la guerra
y el servicio militar que la baronesa Suttner1y mister Stead2aca­
baban de lanzar inspirándose en el conde Tolstoi3. La Señora
había preguntado al Político qué es lo que pensaba acerca de
esa campaña y aquél le había contestado que la consideraba
bienintencionada y útil; el General empezó entonces a mofarse
malignamente de esos tres escritores, definiéndoles como las
auténticas columnas de la sabiduría estatal, constelaciones del
firmamento político y casi las tres ballenas de la tierra rusa4.
Llegados a este punto, el Político había observado que existen
también otros peces. Una observación que, quién sabe por qué
motivo, suscitó el entusiasmo del señor Z., el cual obligó a am­
bos contendientes a admitir que la ballena era un pez, para pre­
cisar la naturaleza de los peces, al afirmar que se trata de ani­
males pertenecientes en parte al ministerio de la marina y en
parte al departamento de comunicaciones acuáticas. Creo, por
otro lado, que se trató de vina invención del mismo señor Z. En
cualquier caso, no he conseguido reconstruir de manera com­
prensible el inicio de esta conversación y he preferido evitar el
reconstruirlo arbitrariamente según el ejemplo de Platón y de
sus imitadores. Mi transcripción se inicia pues con las palabras
del General gritando a sus interlocutores.

1 Bertha von Suttner (1843-1914), escritora pacifista austríaca. En 1905 obtuvo el


premio Nobel de la paz.
2 W. Th. Stead (1849-1912), periodista inglés conocido por sus campañas pacifistas.
3 Aleksei Konstantinovic Tolstoi (1817-1875), novelista, dramaturgo y poeta, fue una
figura de relieve en la escena literaria rusa de la segunda mitad del siglo XIX.
4 Referencia a la antigua leyenda según la cual la tierra rusa estaría sostenida sobre
tres ballenas.
VLADIMIR SOLOVIEV 27

PRIMER DIÁLOGO

Audiatur et -prima pars

EL GENERAL, con fuerte agitación, gesticulando, levantándose y


volviéndose después a sentar - ¡No, no, por favor! Dígame tan sólo
una cosa; ¿existe todavía el glorioso ejército ruso y cristiano?, ¿sí o
no?
EL POLÍTICO (Acomodado en una chaise-longue, habla con un
tono que recuerda al mismo tiempo a los ociosos de Epicúro5, un coro­
nel prusiano y Voltaire6) - ¿Si existe el ejército ruso? Es evidente
que existe, ¿o ha oído decir que haya sido desmantelado?
EL GENERAL - ¡Venga, no se haga el listo! Usted sabe perfecta­
mente que no estoy hablando de esto. Lo que pregunto es si ten­
go el derecho de considerar que, como en el pasado, nuestras
actuales fuerzas armadas son todavía un glorioso ejército cris­
tiano, o si este título ya no sirve y debe ser sustituido por otro.
EL POLÍTICO - Eh... ¡pero que extraña preocupación! En cual­
quier caso, no se ha dirigido a la persona indicada; pregunte
mejor al departamento de heráldica. Es allí donde se ocupan
de los títulos.
EL SEÑOR Z., hablando como si tuviera un secreto - El departa­
mento de heráldica responderá, sin embargo, que la ley no pro-

5 Epicuro (341-271 a.C.), filósofo griego que consideraba el placer como objeto de la
vida.
6 Voltaire (1694-1778), escritor francés ilustrado, enciclopedista y anticlerical.
28 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

hibe utilizar los viejos títulos. ¿No ha continuado el último prín­


cipe Lusignano, sin ningún impedimento, haciéndose llamar
rey de Chipre? Pero con toda certeza no ha gobernado sobre
Chipre; al contrario, su situación no le ha permitido ni tan si­
quiera beber vino de esa isla. ¿Y por qué ahora el actual ejército
rio debería continuar ostentando el título de cristiano?
EL GENERAL - ¡No se trata del título! ¿Blanco y negro son títu­
los?, ¿y dulce y amargo?, ¿también son títulos héroe y villano?
EL SEÑOR Z. - No estoy hablando por mí; me limito a tener
presente el punto de vista legal.
LA SEÑORA, dirigiéndose al Político - ¿Pero por qué tanta insis­
tencia sobre las palabras? El General seguramente entenderá
algo bien preciso con la expresión «ejército cristiano».
EL GENERAL - Se lo agradezco. He aquí lo que quería y quie­
ro decir. Desde que el mundo es mundo, y si no desde hace
bastante tiempo, todo militar -soldado o mariscal de campo,
poco importa- sabía y sentía servir a una causa buena e impor­
tante, una causa no solamente útil y necesaria, como pueden
serlo el expurgado de los pozos negros o el lavado de la ropa,
sino extraordinariamente buena, noble y respetable, a cuyo ser­
vicio se han puesto en todo tiempo los mejores hombres, los
guías de los pueblos, los héroes. Y esta nuestra causa ha sido
siempre santificada y exaltada en las iglesias y universalmente
glorificada. Pero resulta que, una buena mañana, descubrimos
que debemos olvidarnos de todo esto y repensarnos, a noso­
tros mismos y nuestro lugar en el mundo creado por Dios, de
manera completamente opuesta. La causa que servíamos or-
gullosamente ha sido declarada perversa y nociva; se afirma
además que es contraria a los mandamientos divinos y a los
sentimientos humanos, que constituye una desgracia contra la
que todos los pueblos deben unirse y que su definitiva desapa­
rición es sólo cuestión de tiempo.
EL PRÍNCIPE - ¿Quiere usted decir que no había oído antes
voces que condenaban la guerra y el servicio militar como resi­
duos del antiguo canibalismo?
VLADIMIR SOLOVIEV 29

EL GENERAL - ¿Y cómo habría podido no oírlas? ¡Las he oído


y las he leído en varias lenguas! Pero todas estas voces tenían
para nosotros -y perdóneme la sinceridad- el mismo valor que
un trueno entre las nubes: se le oye y, después, no se le recuer­
da más. Pero ahora la cuestión ha cambiado de aspecto y no es
posible continuar ignorándola. Y es por esto que me pregunto
cómo comportarme, que consideración debo tener de mí mis­
mo y como debo verme: yo, como cualquier otro militar, ¿soy
un hombre auténtico o, por el contrario, un monstruo de la
naturaleza? ¿Debo respetarme a mí mismo por el fatigoso ser­
vicio que presto a una causa buena e importante, o bien debo
contemplarme horrorizado, arrepentirme y pedir perdón a todo
civil por mi desalmada profesión?
EL POLÍTICO - Este planteamiento del problema es completa­
mente fantasioso porque, en realidad, nadie le pide nada de
particular. La clave está en que las actuales exigencias ya no re­
quieren personas como usted, sino diplomáticos y otros «civi­
les» que se interesan más bien poco de su «perversidad» o de su
«ser cristiano». Hoy, como en el pasado, su obligación es siem­
pre la misma: seguir sin objeción las órdenes de la autoridad.
EL GENERAL - Nó es tan fácil, precisamente porque no hay
interés por las cuestiones militares ni, por usar su expresión, ideas
completamente «fantasiosas». Usted ignora, evidentemente, que
la autoridad se basa en no esperar y no pedir sus órdenes.
EL POLÍTICO - ¿Qué intenta usted decir?
EL GENERAL - Imagínese, por ejemplo, que por voluntad de
la autoridad yo estuviera al cargo de una región militar entera.
Esto significaría que mi deber consiste en guiar en cualquier
circunstancia a mis tropas, manteniendo y reforzando en ellas
una determinada forma de pensar, actuando en una dirección
bien definida sobre sus voluntades, predisponiendo en cierto
sentido sus sentimientos, en una palabra, educándoles en el
sentido de su misión. Para conseguir este objetivo yo habré
dado a mis soldados, entre otras cosas, órdenes que llevan mi
firma y de las que soy personalmente responsable. Pues bien,
si me dirigiese a mis superiores para que me dijesen cuáles han
30 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

de ser esas órdenes o me indicasen las directrices generales, la


primera vez me considerarían como un «viejo imbécil», la se­
gunda me enviarían sencillamente al retiro. Esto significa que
soy yo mismo quien debe actuar sobre mis tropas de acuerdo a
un cierto espíritu que se supone que ha sido aprobado y esta­
blecido con anterioridad y de una vez por todas las autorida­
des; de aquí que preguntar sobre este tema sea considerado o
estúpido o arrogante. Pero es precisamente este «cierto espíri­
tu», que en sustancia es siempre el mismo, de Sargón y Asur-
banipal hasta Guillermo II, el que se pone en duda. Hasta ayer
yo sabía que debía sostener y reforzar en la tropa el espíritu
militar, esto es, la disposición de todo soldado a matar al ene­
migo o morir en sus manos. Para conseguir este fin resulta ab­
solutamente necesaria la convicción de que la guerra es uña
cosa santa. Pero si a esta convicción se priva de todo funda­
mento, la guerra pierde, para hablar en términos doctos, su
«sanción religiosa y moral».
EL POLÍTICO - Todo esto me parece terriblemente exagerado.
De hecho no ha habido ningún cambio así de radical, puesto
que en el pasado siempre se ha sabido que la guerra era un mal
y que con menos guerras se vive mejor. Por otra parte, sin em­
bargo, todas las personas serias han comprendido que este mal
existe y que no podía aún ser eliminado por completo. El dis­
curso, aquí, no busca la completa eliminación de la guerra, sino
sólo su limitación, de forma lenta y gradual, dentro de límites
más estrechos. Pero la concepción fundamental de la guerra se
mantiene como siempre: se trata de un mal inevitable, de una
desgracia aceptable únicamente en casos extremos.
EL GENERAL - ¿Eso es todo?
EL POLÍTICO - Eso es todo.
EL GENERAL, poniéndose en pie - ¿No ha dado nunca una ojea­
da al santoral?
EL POLÍTICO - ¿Al calendario7? Ciertamente, me he detenido

7 Para referirse al calendario, el General utiliza el antiguo término eclesiástico svjcitcy,


que literalmente significa «los santos». Su más laico interlocutor responde con la
VLADIMIR SOLOVIEV 31

en alguna ocasión, sobre todo con ocasión de las onomásticas


de amigos y amigas.
EL GENERAL - ¿Y no ha se ha fijado en qué santos son recor­
dados?
EL POLÍTICO - Bueno, hay santos de muchos tipos.
EL GENERAL - Sí, pero, ¿cómo son definidos?
EL POLÍTICO - Me parece que también hay muchas definicio­
nes.
EL GENERAL - No tantas si se fija bien.
EL POLÍTICO - ¿Quiere usted insinuar que todos los santos
fueron guerreros?
EL GENERAL - No, todos no. Sólo la mitad.
EL POLÍTICO - ¡Otra exageración!
EL GENERAL - No se trata de hacer una estadística. Yo quiero
simplemente afirmar que todos los santos de la Iglesia nacio­
nal rusa pertenecen a dos únicas clases: o son monjes de diver­
so tipo, o son príncipes, lo que antiguamente equivalía a gue­
rreros. No tenemos santos de otro tipo, obviamente de sexo
masculino. O monjes o guerreros.
EL POLÍTICO - ¿No se olvida de los jurodivye8?
EL GENERAL - No, en absoluto. Los jurodivye son un tipo de
monjes irregulares y representan para el monacato un poco lo
que los cosacos representan para el ejército. Pero si entre los
santos rusos consigue encontrar un solo sacerdote secular9, un
palabra correspondiente pero de origen occidental, esto es, kalendcir.
8 Esta palabra, que literalmente significa algo cercano a «degenerado», indica una
forma radical y característica de la espiritualidad rusa. Los jurodivye practicaban un
ascetismo sobrehumano, que quebraba las convenciones sociales. Harapientos, oscu­
ros en el hablar, a menudo ostentosamente absurdos en su comportamiento, los juro­
divye expresaban una dramática contraposición entre la fe y el mundo. Entre ellos se
encuentran auténticos locos, auténticos estafadores y auténticos santos, como san
Basilio y santa Ksenija.
9 El original dice literalmente «sacerdote blanco». El clero ruso, como el de todas las
otras iglesias ortodoxas, se divide en «negro», es decir, monástico (de donde son
elegidos los obispos), y «blanco», esto es, secular (los sacerdotes que no tienen obli­
gación de guardar celibato)
32 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

comerciante, un escritor o cualquier otro tipo de empleado o


de pequeño burgués, o un campesino, en una palabra, un re­
presentante de cualquier otra profesión que no sea ni monje ni
guerrero, entonces tenga por seguro que el próximo domingo
me marcharé de Montecarlo.
EL POLÍTICO - Muchas gracias, pero le cedo voluntariamente
sus tesoros y la mitad de sus santos; e incluso todos, si así lo
desea. Pero le ruego que me explique qué significa esta obser­
vación. ¿Cree verdaderamente que sólo los monjes y los gue­
rreros pueden representar tin modelo moral?
EL GENERAL - No, no lo ha entendido. Yo mismo he conocido
personas de una elevadísima virtud entre los sacerdotes secu­
lares, los banqueros, empleados y campesinos. No es éste el
tema. Si he hablado de santos ha sido sólo para preguntar cómo
es posible que entre ellos, junto a los monjes, y preferidos a los
representantes de todas las profesiones civiles, hayan tantos
guerreros si es verdad, como usted afirma, que la guerra se ha
considerado siempre como un mal a duras penas soportado,
comparable al contrabando de alcohol o incluso peor. Está cla­
ro que los pueblos cristianos, en base a cuya mentalidad se ela­
boraban los calendarios eclesiales (y no sólo los rusos, sino más
o menos todos los demás), no sólo respetaban la condición mi­
litar, sino que además le tributaban honores particulares, hasta
el punto de considerar que, entre todas las profesiones secula­
res, sólo la de las armas era digna de educar en la santidad a
sus mejores representantes. Este modo de ver es pues incom­
patible con la actual campaña contra la guerra.
EL POLÍTICO - ¿He dicho que nada había cambiado? Induda­
blemente se observa un cierto cambio. En concreto, se está di­
solviendo la aureola religiosa que a los ojos de la multitud ro­
deaba a la guerra y a los militares. Pero esto sucede ya desde
hace tiempo, y sólo se han preocupado por ello quienes, como
el clero, se ocupaban de fabricar dicha aureola. Bien, hay que
desbrozar estos temas. Lo que no puede ser archivado se inter­
preta en sentido alegórico, el resto se silencia o se olvida.
EL PRÍNCIPE - Sí, esos oportunos retoques ya se han iniciado.
VLADIMIR SOLOVIEV 33

Gracias a mis publicaciones sigo nuestra literatura espiritual y


ya he tenido la satisfacción de leer en dos revistas que el cris­
tianismo condena incondicionalmente la guerra.
EL GENERAL - No es posible.
EL PRÍNCIPE - Yo mismo no creía lo que veían mis ojos. PLie-
do, de todas formas, demostrar lo que he dicho.
EL POLÍTICO, al General - ¡Aquí lo tiene! Pero, del resto, ¿quién
se preocupa? Ustedes los militares son personas prácticas y no
se ocupan en bellas palabras. ¿Se trata de orgullo profesional o
de vanidad? Repito, desde un punto de vista práctico, para
ustedes será todo como en el pasado. Si bien el sistema milita­
rista, que desde hace treinta años no consiente respirar a nadie,
debe también desaparecer; los ejércitos permanecerán, aunque
sea en dimensiones reducidas; y dado que serán admitidos, esto
es, reconocidos como necesarios, se les pedirá las mismas cua­
lidades bélicas de los tiempos pasados.
EL GENERAL - Ya, ¡cómo si fuera tan fácil sacarle leche a una
vaca muerta! Pero, ¿quién le dará las cualidades bélicas que
necesita si la primera cualidad, aquella de la que todas las de­
más nacen, consiste en la fuerza de ánimo que a su vez se apo­
ya en la fe en la santidad de la propia causa? Este sentimiento
será imposible una vez que la guerra haya sido reconocida como
un crimen, una ruina consentida sólo en casos extremos.
EL POLÍTICO - Pero nadie pide a los militares que admitan
esto. ¡Que se consideren los mejores hombres del mundo, para
nosotros no es ningún problema! El príncipe Lusignano puede
tranquilamente hacerse llamar rey de Chipre, basta con que no
venga a pedir dinero para comprar vino de aquella isla. Véan­
se a sus propios ojos como la sal de la tierra y el ornamento de
la humanidad, ¿quién se lo impide?
EL GENERAL - ¿A nuestros ojos, dice?, ¿pero es que estamos
hablando de la luna?, ¿y a los soldados los metemos en el vacío
de Torricelli10 para impedir que se vean afectados por influjos
10 Evangelista Torricelli (1508-1547), físico y matemático italiano, inventor del baró­
metro de mercurio.
34 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

externos? ¡Y todo esto con la leva universal, el servicio militar


reducido y los periódicos a precios baratos! No, la cuestión está
clarísima. Una vez que el servicio militar se ha convertido en
una obligación para todo el mundo, y que en toda la sociedad,
partiendo de los representantes del gobierno, como usted, por
ejemplo, se ha consolidado una nueva visión negativa de cara
a las cosas militares, tal visión será indudablemente absorbida
incluso por los propios militares. Si todos, empezando por la
autoridad, comienzan a ver el servicio militar como un mal
momentáneamente necesario, entonces las consecuencias serán
dos: en primer lugar, ya nadie más abrazará voluntariamente
la profesión de las armas para toda la vida, a no ser que no
tenga nada mejor que hacer; en segundo lugar, todos aquellos
que, sin ser voluntarios, deban soportar la vida militar tempo­
ralmente, lo harán con el mismo espíritu con el que los conde­
nados atados a la carreta llevan sus cadenas. ¡Y que no se me
venga ahora a hablar de virtudes militares o de espíritu bélico!
EL SEÑOR Z. - Yo siempre he estado convencido de que, des­
pués de la introducción del servicio militar universal, la supre­
sión de los ejércitos y, más tarde, también de los estados singu­
lares, será tan sólo una cuestión de tiempo, y ni siquiera dema­
siado lejana, dada la actual aceleración del ritmo de la historia.
EL GENERAL - Probablemente tenga usted razón.
EL PRÍNCIPE - También yo pienso que usted tiene toda la ra­
zón, aunque no había nunca considerado la cuestión bajo tal
enfoque. ¡En efecto, es una cosa magnífica! Piensen: el milita­
rismo genera como su expresión suprema el servicio militar
universal, pero de este modo determina la ruina, no sólo de sí
mismo, sino de todas las antiguas bases del ordenamiento mi­
litar. ¡Un verdadero milagro!
LA SEÑORA - ¡Qué bien! El Príncipe ha encontrado un motivo
de alegría. Hasta ahora ha tenido siempre un aspecto tan som­
brío... lo que a buen seguro no es propio de un «verdadero cris­
tiano».
EL PRÍNCIPE - Sí, es verdad que hay demasiadas cosas tristes
VLADIMIR SOLOVIEV 35

en torno a mí; la única alegría que me queda es el pensamiento


del inevitable triunfo de la razón a despecho de todo.
EL SEÑOR Z. - Es cierto que el militarismo en Europa y Rusia
se está devorando a sí mismo. Pero qué alegrías y qué triunfos
derivarán de este hecho, eso está todavía por ver.
EL PRÍNCIPE - ¿Cómo? ¿Pone usted en duda que la guerra
sea el mal incondicionado al extremo del que la humanidad debe
liberarse inmediata y absolutamente?, ¿pone usted en duda que
el aniquilamiento total e inmediato de este canibalismo sea en
todos los casos el triunfo de la razón y del bien?
EL SEÑOR Z. - Justamente. Estoy absolutamente convencido
de lo contrario.
EL PRÍNCIPE - ¿De qué exactamente?
EL SEÑOR Z. - Estoy convencido del hecho de que la guerra
no es un mal absoluto, ni la paz un bien absoluto o, para hablar
con mayor claridad, que es posible y existe una guerra buena,
así como una paz mala.
EL PRÍNCIPE - Ah, ahora veo la diferencia que existe entre su
opinión y la del General, según el cual la guerra es siempre
buena y la paz siempre mala.
EL GENERAL - Oh no, no es así de ningún modo. Comprendo
bien que la guerra puede ser a veces una cosa pésima, como
cuando uno es derrotado, como en Narva11y Austerlitz12, y del
mismo modo la paz puede ser óptima, como por ejemplo las
paces de Nystadt13 y de Küciíik-Qainargé14.
LA SEÑORA - Esto, me parece, no es más que una variación
de aquella famosa frase, no recuerdo si la pronunciaba un cafre
11 Ciudad de Estonia en la que Pedro el Grande cayó derrotado en 1700 a manos del
ejército sueco de Carlos XII.
12 Se refiere a la célebre «batalla de los tres emperadores» (1805), en la que Napoleón
derrotó al ejército ruso-austríaco de Alejandro I y Francisco I.
13 Con este tratado (1721) se dio fin a la larga guerra entre suecos y rusos. Rusia
obtuvo Livonia, Estonia y Carelia, tierras que le dieron acceso al Mar Báltico.
14 Esta paz (1774) garantizó a Rusia una serie de bases estratégicas en el Mar Negro y
una especie de protectorado sobre la población cristiana residente en el Imperio Oto­
mano.
36 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

o un hotentote, cuando le decía a un misionero: «conozco bien


la diferencia entre el bien y el mal. El bien es cuando soy yo el
que me llevo las mujeres y las vacas de los demás, el mal es
cuando se llevan las mías».
EL GENERAL - No olvide, sin embargo, que tanto su africano
como yo nos hemos hecho los chistosos, él casualmente, yo a
propósito. Pero querría escuchar cómo valoran las personas
inteligentes el problema de la guerra desde un punto de vista
moral.
EL POLÍTICO-A condición de que esas inteligencias no em­
badurnen de escolástica y de metafísica una cuestión tan clara
e históricamente determinada.
EL PRÍNCIPE - ¿Clara desde qué punto de vista?
EL POLÍTICO - El mío es el punto de vista común en Europa
que, por otra parte, está empezando a ser asimilado por las
personas cultas de otras partes del mundo.
EL PRÍNCIPE - El núcleo de este punto de vista está, de todas
formas, en reconocer cualquier cosa como relativa y en negar
que exista una diferencia absoluta entre lo justo y lo injusto,
entre el bien y el mal. ¿No es así?
EL SEÑOR Z. - Pido perdón, pero me parece que se trata de
una discusión inútil para nuestra cuestión. Yo, por ejemplo, re­
conozco sin sombra de duda la contraposición absoluta entre
el bien y el mal en el campo moral, pero al mismo tiempo com­
prendo claramente que esto no se adapta a la guerra y a la paz;
de ningún modo es posible presentar la guerra como un todo
oscuro ni la paz como perfecta claridad.
EL PRÍNCIPE - ¡Pero aquí existe una contradicción intrínseca!
Si aquello que es mal por sí mismo, por ejemplo el homicidio,
puede ser un bien en determinados casos (cuando por comodi­
dad lo llamamos guerra), ¿dónde acabará la diferencia absolu­
ta entre bien y mal?
EL SEÑOR Z. - Pues es sencillo. «Todo homicidio es un mal
absoluto; la guerra es un homicidio; luego la guerra es un mal
VLADIMIR SOLOVIEV 37

absoluto». Se trata de un silogismo de primera figura15, pero


usted ha olvidado que también las premisas, mayores y meno­
res, deben ser demostradas y que mientras no lo sean, su con­
clusión queda suspendida en el aire.
EL POLÍTICO - Ya había dicho que acabaríamos en la escolás­
tica.
LA SEÑORA - Pero exactamente, ¿de qué estamos discutiendo?
EL POLÍTICO - De expediciones16 mayores y menores.
EL SEÑOR Z. - Perdone. Volvamos a nuestra cuestión. ¿Usted
sostiene que matar, esto es, privar de la vida a alguien, es en
cualquier caso un mal absoluto?
EL PRÍNCIPE - Sin duda.
EL SEÑOR Z. - Y según usted, «ser matado» es un mal tam­
bién absoluto, ¿verdad?
EL PRÍNCIPE - Para un hotentote, seguro. Pero nosotros esta­
mos hablando del mal moral, y éste puede existir solamente en
las acciones personales de un ser dotado de razón y capaz tam­
bién de controlarla, mientras que no es así para lo que sucede
independientemente de su voluntad. Esto significa que «ser
matado» es como morir de cólera y no puede ser considerado
como un mal, mucho menos como un mal absoluto. Esto ya lo
enseñaban Sócrates y los estoicos.
EL SEÑOR Z. - Bien, no puedo responder por hombres tan
antiguos. De todas formas, su categoricidad en la valoración
moral del homicidio me parece un poco coja. Tengo la impre­
sión de que para usted el mal absoluto consiste en causar a los
otros algo que, de hecho, no se trata de un mal. Es usted muy
libre de pensar así, pero hay algo que no funciona en su razo­
namiento. Dejemos sin embargo aparte esta debilidad, para así
no caer nuevamente en la escolástica. Así pues, según usted,
en el caso del homicidio el mal consiste no en el hecho físico de
15Aristóteles considera silogismo de primera figura a aquel silogismo donde el térmi­
no medio es sujeto de la premisa mayor y atributo de la menor.
16En el texto original hay un intraducibie juego de palabras. El término posylkci signi­
fica tanto «premisas» como «expediciones».
38 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

suprimir la vida, sino en la razón moral de este hecho y, para


ser más precisos, en la voluntad malvada del homicida. ¿Es
así?
EL PRÍNCIPE - Sí, eso es. De hecho, sin una voluntad malvada
no se puede hablar de homicidio, sino de desgracia o impru­
dencia.
EL SEÑOR Z. - Esto está muy claro en el caso en el que la vo­
luntad de matar está del todo ausente, como por ejemplo en
una operación quirúrgica sin éxito. Pero es posible imaginar
una situación en la que la voluntad, si bien no desea directa­
mente privar a nadie de la vida, admite por anticipado esa ex­
trema necesidad. ¿También un homicidio de este tipo será para
usted un mal absoluto?
EL PRÍNCIPE - Sin duda, dado que la voluntad ha consentido
el homicidio.
EL SEÑOR Z. - ¿Pero no puede darse el caso de que la volun­
tad, a pesar de estar dispuesta al homicidio, no sea aún malvada
y que entonces el homicidio no pueda ser considerado un mal
absoluto ni siquiera desde el punto de vista subjetivo?
EL PRÍNCIPE - Esto me resulta del todo incomprensible... Ah!
quizás lo haya adivinado: usted se refiere al famoso caso de un
padre que en un lugar desierto ve a un criminal abalanzarse
sobre su inocente hija (que, para mayor efecto, diremos que es
jovencísima) para cometer sobre ella su abominable crimen.
Entonces, el desgraciado padre, ante la imposibilidad de de­
fender de otro modo a su hija, mata al agresor. ¡Este argumento
lo habrá escuchado mil veces!
EL SEÑOR Z. - Resulta interesante, de todos modos, que a pe­
sar de que se haya abusado del mismo, quienes piensan como
usted jamás han conseguido oponerle una sola réplica válida o
consistente.
EL PRÍNCIPE - ¿Pero a qué hay que replicar aquí?
EL SEÑOR Z. - ¡Pues a esto! De todas formas, si usted no desea
replicar, demuéstrenos al menos de manera sistemática y posi­
VLADIMIR SOLOVIEV 39

tiva que en todos los casos, sin ninguna excepción, incluyendo


también los casos de los que estamos hablando, no oponerse al
mal con la fuerza es incondicionadamente mejor que recurrir a
la violencia con el riesgo de matar a un individuo malvado y
nocivo.
EL PRÍNCIPE - ¿Pero qué demostración particular puede ser
aplicada solamente a un caso? Ya que una vez admitido que el
homicidio es siempre un mal en sentido moral, está claro que
continuará siéndolo en todos los casos.
LA SEÑORA - Este argumento me parece más bien pobre.
EL SEÑOR Z. - Es realmente im argumento muy débil, Prínci­
pe. Sobre el hecho de que, en general, no matar sea siempre mejor
que matar no se discute, todos estamos de acuerdo. Lo que se
pregunta es si la regla de no matar, de por sí universalmente
aceptada, es incondicionada y no admite en consecuencia ningu­
na excepción, en ningún caso singular ni en ninguna circuns­
tancia particular, o bien si admite aunque sólo sea una única
excepción y no es entonces incondicionada.
EL PRÍNCIPE - No, no puedo aceptar un planteamiento tan
formal de la cuestión. ¿A qué conduce? Admitamos que este
caso es excepcional y que lo estudiamos expresamente para la
discusión...
LA SEÑORA, con tono de reproche - ¡Ay, ay!
EL GENERAL, irónicamente - ¡Oh, Oh!
EL PRÍNCIPE, sin prestar atención a estos comentarios - Admita­
mos que en su caso arbitrario matar sea mejor que no matar -en
realidad yo no lo admito, pero supongamos que usted tenga
razón-, admitamos también que no se trate de un caso inventa­
do sino real, aunque, estará de acuerdo, raro y excepcional. Pero
nosotros estábamos hablando de la guerra, es decir, de un fe­
nómeno general y universal. ¿No querrá sostener que Napo­
león, Von Moltke17 y Skobelev18 se hayan encontrado jamás en
17 H.K.B. von Moltke (1800-1891), jefe del estado mayor prusiano en las guerras
contra Austria (1866) y Francia (1870).
18 Mikhail Skobelev (1843-1882), general ruso que conquistó Asia central.
40 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

unas condiciones parangonables a las de un padre obligado a


defender la inocencia de su hija de la violencia de un bruto?
LA SEÑORA - Ahora va mucho mejor. Bravo mon prince.
EL SEÑOR Z. - Efectivamente, ha esquivado muy hábilmente
una pregunta desagradable. Consiéntame, sin embargo, que
establezca una relación, tanto histórica como lógica, entre estos
dos fenómenos, un homicidio singular y la guerra. Volvamos
pues a nuestro ejemplo, pero cambiando todos aquellos deta­
lles que parecen reforzar el significado pero que en realidad lo
debilitan. En efecto, no hay necesidad ni del padre ni de la hija
menor, pues con su presencia la cuestión pierde su auténtico
sentido ético y, de la esfera de la conciencia racional y moral, se
pasa a la de los sentimientos morales naturales: el amor pater­
no impone de hecho a este padre el matar al criminal, sin que
haya lugar a la cuestión sobre si tenía derecho a realizar este
acto desde el punto de vista de los principios morales supre­
mos. En lugar del padre, pongamos a un moralista sin hijos
que se encuentra ante la escena de un ser débil e indefenso agre­
dido con violencia por un robusto criminal. ¿Según usted, mien­
tras la fiera feroz despedaza a su víctima, el moralista en cues­
tión debería cruzarse de brazos y predicar la virtud? ¿No cree
que este moralista sentirá dentro de sí el impulso moral de de­
tener a la fiera recurriendo a la fuerza, a pesar de la posibili­
dad, o la casi certeza, de matarla? ¿Y si, al contrario, consiente
que se cometa este crimen con el acompañamiento de sus be­
llas palabras, según usted, la conciencia no se lo reprochará
hasta hacerle sentir asco de sí mismo?
EL PRÍNCIPE - Tan sólo un moralista que no crea en la concre­
ción del orden moral y haya olvidado que Dios está en la justi­
cia y no en la fuerza podría, tal vez, albergar los sentimientos
de los que usted habla.
LA SEÑORA - También esto es muy bonito. Y bien, ¿qué res­
ponde ahora?
EL SEÑOR Z. - Respondo solamente esto: habría deseado que
tal respuesta fuese aún mejor, más directa, simple y relativa a
VLADIMIR SOLOVIEV 41

la pregunta. Quizás usted quería decir que un moralista que


cree efectivamente en la justicia divina no debería detener al
criminal con la fuerza, sino volverse hacia Dios para rogarle
que el crimen no se produzca: o por medio de un milagro mo­
ral, como la imprevista conversión del delincuente al camino
de la verdad, o bien por medio de un milagro físico, una impre­
vista parálisis o alguna cosa por el estilo...
LA SEÑORA - No hay necesidad de la parálisis, el malhechor
puede asustarse por cualquier cosa o distraerse de cualquier
forma abandonando su intento.
EL SEÑOR Z. - En cualquier caso, todo esto no cambia la cues­
tión, ya que el milagro no reside en el hecho en sí mismo -sea
una parálisis física o una fuerte emoción psíquica- sino en su
relación con la oración y su objeto moral. En todo caso, el mé­
todo propuesto por el Príncipe para impedir el mal lleva a im­
plorar un milagro con la oración.
EL PRÍNCIPE - ¿En qué sentido?... ¿Por qué desemboca en la
oración y en el milagro?
EL SEÑOR Z. - ¿Y en qué otra cosa si no?
EL PRÍNCIPE - Desde el momento en que yo creo que el mun­
do se halla gobernado por el principio, bueno y racional, de la
vida, creo al mismo tiempo que en el mundo puede únicamen­
te suceder aquello que concuerda con este principio, esto es,
con la propia voluntad divina.
EL SEÑOR Z. - Perdone, ¿cuántos años tiene?
EL PRÍNCIPE - ¿Qué significa esta pregunta?
EL SEÑOR Z. - Nada ofensivo, créame. ¿Digamos que treinta?
EL PRÍNCIPE - Algo más.
EL SEÑOR Z. - Entonces habrá usted visto, u oído, o leído en
los periódicos, que en este mundo suceden a menudo acciones
malvadas e inmorales.
EL PRÍNCIPE-¿Y pues?
EL SEÑOR Z. - ¿Y pues? Esto significa evidentemente que en
42 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

el mundo el «orden moral», la justicia y la voluntad divina no


son los únicos que se cumplen...
EL POLÍTICO - Oh, finalmente nos acercamos a la cuestión. Si
el mal existe, significa que los dioses no pueden o no quieren
impedirlo. En ambos casos los dioses, entendidos como fuer­
zas buenas y omnipotentes, no existen. Una afirmación anti­
gua, pero siempre verdadera.
LA SEÑORA - ¡Ah!, ¿pero qué está diciendo?
EL GENERAL - ¡A lo que hemos llegado! «Ponte a hacer de
filósofo y perderás la cabeza».
EL PRÍNCIPE - Se trata de una mala filosofía. ¡Cómo si la vo­
luntad divina estuviera ligada a nuestras representaciones del
bien y del mal!
EL SEÑOR Z. - La voluntad divina no está ligada a ninguna
representación, pero sí lo está, y estrechamente, al auténtico con­
cepto del bien. De otra manera, si la divinidad no distinguiese
el bien del mal, usted quedaría desmentido de forma definitiva.
EL PRÍNCIPE - ¿Por qué?
EL SEÑOR Z. - Porque si es cierto, como usted sostiene, que la
divinidad permanece indiferente ante un robusto criminal que,
bajo el influjo de una pasión bestial, masacra a un ser débil, no
puede ser concebido que esa misma divinidad sea contraria al
hecho de que uno de nosotros, movido por la compasión, mate
a ese criminal. A menos que no quiera sostener la tesis absurda
según la cual sólo el homicidio de un ser débil e inofensivo no
es un mal ante Dios, mientras sí es un mal el matar a la bestia
feroz y malvada.
EL PRÍNCIPE - Esta tesis le parece absurda sólo porque no
mira en la dirección correcta: desde un punto de vista moral no
importa quién muere, sino quién mata. Además, usted mismo
ha definido al criminal como una «bestia», esto es, un ser pri­
vado de razón y conciencia cuyos actos no pueden por consi­
guiente conceptuarse como mal moral.
LA SEÑORA - ¡Ay, ay! ¡Pero aquí no estamos hablando de una
VLADIMIR SOLOVIEV 43

bestia en su sentido literal! Sería como si yo le dijera a mi hija:


¡qué tonterías estás diciendo, ángel mío! y ella me contestase
reprochándome que los ángeles no pueden decir tonterías. Me
parece una discusión sin sentido.
EL PRÍNCIPE - Perdóneme, sé bien que el criminal ha sido
llamado «bestia» en sentido metafórico y que no tiene cola ni
garras; está claro, sin embargo, que su falta de razón y concien­
cia se entiende en sentido literal, ¡porque sólo un hombre pri­
vado de ellos puede cometer tales acciones!
EL SEÑOR Z. - ¡Aquí tenemos otro juego de palabras! Cierto,
un hombre que se comporta como un animal pierde la concien­
cia y la razón en cuanto cesa de escuchar la voz, pero que esa
voz no resuene dentro de sí, está aún por demostrarse. Y yo
continúo pensando que un hombre animalizado se distingue
de mí y de usted no por la falta de razón ni de conciencia, sino
únicamente por su decisión de actuar de otra manera, según
los caprichos de la bestia que hay en él. Una bestia que se en­
cuentra también dentro de nosotros, pero que tenemos casi
siempre encadenada, mientras que este hombre del que esta­
mos hablando la ha liberado y va a remolque de su cola; tam­
bién él, sin embargo, posee la cadena, y si quisiera, podría uti­
lizarla.
EL GENERAL - Así es. ¡Y si el Príncipe no está de acuerdo con
usted, golpéelo con sus mismas armas! De hecho, si el criminal
es sólo una bestia privada de razón y conciencia, matarlo es
como matar a un lobo o a un tigre que se abalanzan sobre un
hombre; cosa que la sociedad para la protección de los anima­
les todavía no ha prohibido.
EL PRÍNCIPE - Pero usted olvida que, cualquiera que sea la
condición de este hombre -atrofia completa de la razón y de la
conciencia, o bien, si ello es posible, inmoralidad consciente-
no es de él de quien estamos hablando, sino de usted mismo:
en usted, de hecho, la conciencia y la razón no están atrofiadas
y, en consecuencia, no puede infringir conscientemente sus
deberes, cualesquiera que éstos sean.
44 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL SEÑOR Z. - En ningún caso lo mataría si la razón y la con­


ciencia me lo impidieran incondicionadaimente. Pero imagine
que la razón y la conciencia me dicen algo completamente dis­
tinto y, creo yo, más sensato y consistente.
EL PRÍNCIPE - Expliqúese. Tengo curiosidad por lo que voy a
escuchar.
EL SEÑOR Z. - En primer lugar, la razón y la conciencia saben
contar al menos hasta tres...
EL GENERAL - ¿Cómo?
EL SEÑOR Z. - Y para decir toda la verdad, la razón y la con­
ciencia no me dirán «dos» cuando en realidad se trata de «tres».,.
EL GENERAL, con impaciencia - ¡Resumiendo!...
EL PRÍNCIPE - No entiendo nada.
EL SEÑOR Z. - Ahora me explico. Según usted la razón y la
conciencia me hablan solamente de mí mismo y del criminal, y
toda la cuestión se resuelve en el hecho de que no debo ni si­
quiera tocarlo con un dedo. Pero en realidad hay también una
tercera persona, la más importante, esto es, la víctima de la vio­
lencia bestial, que me pide ayuda. Su razonamiento olvida siem­
pre esta tercera persona, Príncipe, pero la conciencia también
me habla de ella; es más, sobre todo me habla de ella. Y en este
caso la voluntad divina quiere que yo salve a esta víctima; in­
tentando perdonar al malhechor, es cierto, pero es a la víctima
a quien debo ayudar siempre y en toda circunstancia. Si es po­
sible con la persuasión, en caso contrario con la fuerza. Final­
mente, si tengo las manos atadas -pero sólo ahora- podré recu­
rrir al medio extremo (extremo de lo alto), aquel medio que us­
ted ha indicado como el primero en el tiempo y después ha
abandonado, es decir, a la oración, aquel esfuerzo supremo de
la buena voluntad que, y lo creo firmemente, obra verdaderos
milagros cuando es necesario. Son las circunstancias internas y
externas las que me dicen qué tipo de ayuda debo prestar, pero
es absolutamente cierto que debo ayudar a la persona amena­
zada. He aquí lo que me dice mi conciencia.
VLADIMIR SOLOVIEV 45

EL GENERAL - Tocado y hundido, ¡viva!


EL PRÍNCIPE - No puedo hablar de una conciencia tan am­
plia. En este caso, mi conciencia habla de manera más simple y
definida: «no matarás», eso es todo. Por otra parte, no consigo
ver ningún progreso en nuestra contienda. Si admitiéramos nue­
vamente que en la particular situación a la que usted continúa
refiriéndose incluso la persona moralmente más desarrollada19
y sabia, movida por la compasión y la falta del tiempo necesa­
rio para valorar correctamente la cualidad moral de su acto,
podría verse empujada hasta el homicidio, ¿qué importancia
podría tener respecto a nuestra principal cuestión? ¿Quizás,
repito, Tamerlán, Alejandro Magno o lord Kitchener20mataban
y obligaban a matar para defender a los débiles de los asaltos
de los criminales?
EL SEÑOR Z. - El paralelismo entre Tamerlán y Alejandro Mag­
no no me parece un buen auspicio para nuestras consideracio­
nes históricas, pero dado que se trata de la segunda vez que
usted pasa impacientemente a este campo, me permitirá hacer
una referencia histórica que nos ayudará a enlazar la cuestión
de la defensa personal con la de la defensa estatal. El hecho
sucedió en Kiev, en el siglo XII. Los príncipes feudales, que ya
entonces habían escuchado evidentemente sus teorías sobre la
guerra, mantenían que era posible combatir solamente diez soi21,
y no deseaban emprender una campaña contra los polovcy22,
pues les desagradaba someter al pueblo a las desgracias de la
guerra. Entonces, el gran príncipe Vladimir Monomach23 les
habló con las siguientes palabras: «Tenéis piedad de los aldea­
nos, pero no pensáis que la próxima primavera los aldeanos
irán a trabajar a los campos».

19 El autor utiliza el término desarrollo para hacer un juego de palabras entre el desa­
rrollo en sentido moral y el desarrollo entendido como progresismo ilustrado.
20 Lord Herbert Kitchener (1850-1916), derrotó a las fuerzas mahdistas en Jartum y
guió al ejército inglés en la guerra contra los boer.
21 En francés en el original: en su casa.
22 Población nómada de origen turco que en aquel entonces estaba instalada en el
territorio de Rusia meridional.
23 Gran Príncipe de Kiev desde 1113 hasta 1125, fue una de las más significativas
figuras de la antigua Rusia.
46 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

LA SEÑORA - Se lo ruego, no use estas palabras24.


EL SEÑOR Z. - ¡Pero si es una expresión de las Crónicas25!
LA SEÑORA - Entonces no la repita tal cual, sino con sus pro­
pias palabras. Por otra parte me parece del todo absurdo. Us­
ted dice: «llegará la primavera» y uno espera que continúe «flo­
recerán las flores, cantarán los pájaros» y nos sale con estos «al­
deanos».
EL SEÑOR Z. - De acuerdo, como usted quiera. «Llegará la
primavera y los campesinos irán al campo con sus caballos,
para arar la tierra. Pero llegará el polovec, matará a un campesi­
no y se llevará su caballos; y después los polovcy volverán en .
gran número, masacrarán a todos los campesinos, capturarán
a las mujeres y a los niños, aniquilarán a los animales e incen­
diarán el pueblo. ¿Y no tenéis compasión de esta gente? Yo sí
me compadezco de ellos y por ello os llamo a marchar contra
los polovcy». Entonces, los príncipes, avergonzados, le obede­
cieron y bajo Vladimir Monomach la tierra rusa pudo respirar.
Más tarde volvieron a su pacifismo, evitando las guerras exter­
nas para gozar de la vida en sus casas. Y así Rusia se encontró
bajo el «yugo mongol»26 y los descendientes de estos príncipes
bajo el tratamiento que les reservó Iván IV27.
EL PRÍNCIPE - Sigo sin entenderle. Primero nos explica un
hecho que jamás nos ha sucedido a ninguno de nosotros ni nos
sucederá, luego hace referencia a un cierto Vladimir Monoma­
ch que tal vez ni siquiera haya existido y con el que no tenemos
nada que ver...

24 En el texto los campesinos son llamados con el término arcaico smerd (que aquí
traducimos como aldeanos, que posteriormente tomó un significado fuertemente des­
pectivo, semejante a “plebeyo” o “canalla**. De aquí la reacción de la Señora.
25 Se trata de los antiguos anales monásticos que han transmitido las vicisitudes de los
primeros siglos de Rusia.
26 Entre 1237 y 1240 Rusia cayó bajo el dominio de los mongoles de Gengis Khan,
cuyo ejército se nutría principalmente del pueblo turco de los tártaros. El periodo
siguiente de sumisión, que duró hasta 1480, fue extremadamente importante para la
evolución histórica del país y se le denomina como “yugo tártaro o mongol”.
27 Se trata del célebre Iván el Terrible (1530-1584), que llevó a cabo una feroz política
antinobiliaria para reforzar así su poder autocrático.
VLADIMIR SOLOVIEV 47

LA SEÑORA - Parlez pour vous, monsieur!28


EL SEÑOR Z. - Pero usted, Príncipe, ¿no es un descendiente
de Rjurik29?
EL PRÍNCIPE - Eso dicen, ¿pero no querrá que me ocupe de
Rjurik, Sineus y Truvor sólo por este motivo?
LA SEÑORA - En mi opinión, quien no conoce a sus propios
antepasados es como un niño que cree que ha sido encontrado
bajo una col.
EL PRÍNCIPE - ¿Y como lo harán para vivir aquellos que no
tienen antepasados?
EL SEÑOR Z. - Todos nosotros tenemos al menos dos grandes
antepasados, que nos han dejado para uso común sus detalla­
das e instructivas memorias: la historia patria y la historia uni­
versal.
EL PRÍNCIPE - Pero estas memorias no nos pueden decir de
ningún modo cómo debemos vivir y ser ahora. Admitamos tam­
bién que Vladimir Monomach haya existido realmente, y no
sólo en la imaginación de un Lavrentij o un Ipatij30; admitamos
que quizás fuera una persona excepcional y que tuviera verda­
dera compasión de los campesinos. En tal caso, habría hecho
bien en combatir a los polovcy, ya que en aquellos tiempos sal­
vajes la conciencia moral no se había elevado aún por encima
de la tosca comprensión bizantina del cristianismo y consentía
que se matase a fin de obtener un bien aparente. Pero nosotros
no podemos comportarnos así; de hecho, una vez comprendi­
do que el homicidio es un mal contrario a la voluntad de Dios,
prohibido por su mandato desde la antigüedad, no puede ya
ser consentido bajo ninguna forma o nombre, y no cesa de ser
un mal cuando, con el nombre de guerra, no muere ya sola­
28 En francés en el original: hable por usted, señor.
29 Según la antigua Crónica de los tiempos pasados, Rjurik -de origen escandinavo-
habría sido el primer príncipe de la tierra rusa. Sineus y Truvor, citados justo después,
habrían sido sus hermanos.
30 Probablemente se trata de una referencia a los más antiguos manuscritos que contie­
ne la Crónica de los tiempos pasados: el Lorenziano (en ruso Lavrent’evskij, del nombre
del copista Lavrentij) y el Ipaciano (en ruso ípat'evskijy del monasterio de San Ipatij)
48 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

mente un hombre, sino millares. Se trata, en primer lugar, de


una cuestión de nuestra conciencia personal.
EL GENERAL - Si se trata de la conciencia personal, permíta­
me añadir una cosa. En el ámbito moral, y también en los otros,
soy una persona absolutamente normal: ni negro ni blanco, sino
gris. No he demostrado nunca tener virtudes particulares ni
tampoco he cometido graves maldades. Por otra parte, aunque
miro a las buenas acciones que realizo, mi conciencia se pre­
gunta siempre si realmente las llevo a cabo buscando el bien o
solamente por debilidad de ánimo, costumbre o incluso vani­
dad. Pero esto importa poco. A lo largo de mi vida ha sucedido
un solo caso que no puedo considerar insignificante y en el
cual, con toda seguridad, no me movió ningún impulso dudo­
so sino únicamente la fuerza del bien que se había adueñado
de mí por completo. Sólo en aquel único episodio de mi vida
he experimentado una completa satisfacción moral y una es­
pecie de éxtasis, ya que en aquel momento actuaba sin ningún
tipo de reflexión o excitación. Y aquella buena acción ha per­
manecido hasta el día de hoy, y estoy seguro de que permane­
cerá hasta el fin de mis días, como mi recuerdo mejor y más
puro. Pues bien, señores, mi única acción verdaderamente bue­
na fue un homicidio, y no uno insignificante, ya que en aquella
ocasión maté en un cuarto de hora a más de un millar de hom­
bres...
LA SEÑORA - Quelles Magues! 31 Creía que estaba hablando en
serio.
EL GENERAL - He hablado completamente en serio y puedo
también aportar testigos. Es cierto que las que mataron a esos
hombres no fueron mis manos de pecador, sino la virtuosa y
benéfica metralla de seis puros e inmaculados cañones de acero.
LA SEÑORA - ¿Pero qué hay de bueno en esta acción?
EL GENERAL - Mire, yo no soy sólo un militar sino también,
como se dice ahora, un «militarista»; sin embargo no definiría
como una «buena acción» la simple masacre de un millar de
31 En francés en el original: ¡qué exageración!
VLADIMIR SOLOVIEV 49

civiles, sean éstos alemanes o húngaros, ingleses o turcos. Pero


el caso del que estoy hablando fue completamente particular y
me turba tanto que, aún hoy en día, no consigo explicarlo sin
conmoverme.
LA SEÑORA - ¡Siga, explíquelo sin hacerse de rogar!
EL GENERAL - He hablado de cañones, así pues podrían ha­
ber adivinado que me refería a la última guerra contra los tur­
cos32. Yo servía entonces en el ejército del Cáucaso y después
del tres de octubre...
LA SEÑORA - ¿Qué significa el «tres de octubre»?
EL GENERAL - Aquel día se libró una batalla en el altiplano
de Aladza, en la que por primera vez le rompimos los huesos
al «invencible» Ghazi Mukhtar pachá33... Después del tres de
octubre, por consiguiente, penetramos en aquellas regiones de
Asia. Yo formaba parte del flanco izquierdo y mandaba un ba­
tallón avanzado de reconocimiento. Tenía conmigo a los dra­
gones de Niznij Novgorod, tres centenares de cosacos del Ku-
ban y una batería de artillería a caballo. El país daba una triste
impresión; los montes eran bellos, es verdad, pero en los valles
se veían solamente pueblos incendiados y campos devastados.
Un día, era el veintidós de octubre, descendimos hasta un valle
donde, según nuestros planos, deberíamos haber encontrado
un pueblo armenio. En realidad no encontramos nada, aunque
sin duda había existido un pueblo, y hasta no hacía mucho tiem­
po: el humo se podía ver a muchas verstas34 de distancia. Orde­
né a mis hombres romper la formación ya que, según algunas
voces, existía la posibilidad de que nos tuviéramos que enfren­
tar con una importante unidad de caballería. Los cosacos esta­
ban en la vanguardia, yo cabalgaba con los dragones. En las

32 Se trata de la guerra ruso-turca de 1877, que terminó con una completa victoria del
Imperio zarista, después neutralizada por la intervención de las potencias europeas
que, con el tratado de Berlín (1878) obligaron a Rusia a rebajar sus pretensiones. El
episodio narrado por el General no se refiere al principal frente bélico, el balcánico,
sino al caucásico, en el que la intervención rusa estuvo ligada a la naciente «cuestión
armenia».
33 Caudillo turco que comandaba las tropas otomanas.
34 La versta es una antigua medida lineal rusa que equivale a 1.607 metros.
50 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

inmediaciones del pueblo el camino hacía una curva. Vi enton­


ces que mis cosacos, después de pasarla, se detenían, como
paralizados. Galopé con mi caballo hasta ellos. Antes aún de
ver nada, el olor de carne quemada me lo había ya dicho todo:
los basi bozuk35habían abandonado allí los restos de su carnice­
ría. Habían capturado un enorme convoy de fugitivos arme­
nios que no habían logrado ponerse a salvo. Habían prendido
fuego a los carros y los armenios, atados a ellos por los brazos,
por la cabeza, por la espalda o por la barriga, se habían asado
vivos lentamente. Vi mujeres con el vientre descuartizado y los
senos cortados. Pero no quiero explicar todos los detalles, ex­
cepto uno que siempre tengo en mente. Había una mujer tira­
da por tierra, con la espalda y el cuello atados al eje de un ca­
rro. No había sido quemada ni descuartizada; por su rostro
petrificado se comprendía que había muerto de terror. Ante ella
se erguía un largo palo clavado en el suelo, del que colgaba un
niño, con toda seguridad su hijo, desnudo, completamente car­
bonizado y al que habían arrancado los ojos. Junto a él había
una parrilla con los tizones usados.
En un primer momento quedé como traspasado por una an­
gustia mortal; actuaba como un autómata, como si ya no pu­
diera volver a contemplar la creación de Dios. Di orden de avan­
zar al trote y entramos en el pueblo incendiado. No quedaba
nada, todo había sido destruido. De repente, de un pozo seco,
salió una especia de espantapájaros, sucio y harapiento. Se tiró
a tierra, lamentándose en armenio. Hicimos que se levantara y
empezamos a hacerle preguntas. Era un muchacho inteligente,
llegado allí desde otro pueblo por su trabajo de comerciante.
Nos explicó que justo cuando los habitantes de aquel lugar se
disponían a huir cayó sobre ellos una multitud de basi bozuk;
cuarenta mil, nos dijo. Bueno, no había tenido tiempo de con­
tarlos. Se había escondido en el pozo, pero por los gritos com­
prendió lo que estaba sucediendo. Luego, oyó a los basi bozuk

35 Los basi bozuk eran tropas irregulares, mayoritariamente de etnia kurda, utilizadas
en la segunda mitad del siglo XIX por el gobierno otomano para realizar purgas en el
interior del imperio. Sus víctimas principales, como en el caso narrado por el General,
eran los armenios.
VLADIMIR SOLOVIEV 51

alejarse por otro camino. Seguramente, nos dijo, se dirigían hacia


su pueblo para volver a hacer lo que ya habían hecho allí. El
muchacho sollozaba y apretaba los puños.
Entonces fue como si recibiese una iluminación; el corazón se
liberó y el mundo creado por Dios volvió a sonreírme. Pregun­
té al armenio cuánto tiempo hacía que aquellos diablos habían
partido. Creía que hacía unas tres horas.
- ¿Y cuánto tiempo se necesita para ir a caballo hasta tu
pueblo?
- Algo más de cinco horas.
- En sólo dos horas no conseguiremos alcanzarles. ¡Ah,
Señor! ¿Y no hay un camino más corto?
- Sí, sí. -Respondió el muchacho. Yo me sobresalté por la
emoción-. Hay un camino que atraviesa las montañas. Se va
por allí y pocos lo conocen.
- ¿Se puede ir a caballo?
-Sí.
- ¿Y con los cañones?
- Es difícil, pero se puede intentar.
Ordené que le dieran un caballo al armenio y todo el ba­
tallón le seguimos por entre las montañas. Casi no recuerdo
cómo trepamos hasta aquellos lugares escarpados. Actuaba
mecánicamente, como poco antes, pero en el alma me sentía
ligero, tenía la impresión de volar. Y estaba absolutamente con­
vencido de mis acciones: sabía lo que debía hacer y estaba se­
guro de que estaba bien hecho.
Acabábamos de salir de la última garganta e íbamos a tomar el
camino principal cuando el armenio volvió hasta nosotros al
galope, agitando frenéticamente los brazos: "¡Ahí están, están
allí!". Hice volver a la patrulla más avanzada de mi formación
y apuntamos con los cañones: podían verse los jinetes en la
lejanía. Es cierto que no eran cuarenta mil hombres, pero sí tres
o cuatro mil, tal vez cinco mil. También aquellos hijos del dia­
blo vieron a nuestros cosacos y se volvieron contra nosotros.
Salimos de la garganta dejándolos en nuestro flanco izquierdo.
Una fuerte carga de fusilería se abatió sobre los cosacos. ¡Aque­
llos monstruos asiáticos nos hacían fuego con fusiles europeos!
52 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

Aquí y allá algunos cosacos caían de sus sillas de montar. El


más veterano de entre los capitanes de compañía vino hasta mí
al galope y me dijo:
- Dé la orden de atacar, excelencia, si no, antes de que los
cañones estén en posición, estos malditos nos mataran como
conejos. Podemos dispersarlos con nuestras propias fuerzas.
- Tenga un poco de paciencia, querido amigo. Es verdad,
podríamos dispersarlos, ¿pero qué conseguiríamos? Dios me
ordena que los exterminemos, no que lós dispersemos.
Di la orden a los capitanes de dos compañías de avanzar en
orden abierto, respondiendo al fuego de esos diablos para des­
pués, tras haber entablado combate con ellos, replegarse hacia
los cañones. Dejé una compañía para ocultar los cañones y dis­
puse a los dragones de Niznij Novgorod a la izquierda de las
baterías. Me estremecía por la impaciencia. El niño carboniza­
do y con los ojos arrancados estaba en todo momento frente a
mí, y mis cosacos continuaban cayendo. ¡Dios mío!
LA SEÑORA - ¿Y cómo acabó?
EL GENERAL - ¡De la mejor de las maneras! Después de haber
sostenido un intercambio de fusilería, los cosacos empezaron a
retirarse lanzando sonoros gritos. Excitados, aquellos seres dia­
bólicos se lanzaron a perseguirles, sin más dilación, dirigién­
dose en masa hacia nosotros. Los cosacos galoparon en grupo
cerca de doscientas sazenas36, después se dispersaron en todas
las direcciones como pájaros asustados. La hora de la voluntad
de Dios había llegado. ¡Compañía, dispersión! Las tropas de
cobertura se dividieron entonces en dos partes, una a la izquier­
da, otra a la derecha. Todo estaba listo. Pedí su bendición al
Señor y ordené a las baterías hacer fuego.
Y Dios nos bendijo y fue nuestro guía. En toda mi vida no ha­
bía jamás oído tal griterío diabólico. Antes de que se pudieran
reponer ya tenían encima otra descarga de metralla. La horda
al completo giró las riendas; la tercera descarga los alcanzó
mientras se daban a la fuga. El pánico fue total, como cuando
se lanzan cerillas encendidas en un hormiguero. Chocaban por
36 La sazena es una antigua medida lineal rusa, equivalente a 2,134 metros.
VLADIMIR SOLOVIEV 53

todas partes, golpeándose los unos con los otros. Entonces no­
sotros, con los cosacos y los dragones, nos lanzamos sobre su
flanco izquierdo. Los que se habían librado de la metralla caye­
ron bajo nuestras armas. Pocos consiguieron escapar. Algunos
lanzaron el fusil, bajaron del caballo y pidieron que se les res­
petara la vida. Bueno, yo no di ninguna orden al respecto, pero
mis hombres comprendieron bien que no se podía perdonar la
vida. Los cosacos y dragones mataron hasta el último.
Y pensar que si, tras la segunda descarga a quemarropa, estos
diablos sin cerebro, en vez de huir, se hubieran lanzado sobre
los cañones, no hubiéramos tenido salvación porque no hubie­
ra habido tiempo de disparar de nuevo.
Bueno, ¡Dios nos ayudó! Todo había acabado y mi alma res­
plandecía de alegría, como en la Pascua del Señor. Recogimos
a nuestros caídos: treinta soldados habían entregado su alma a
Dios. Les pusimos uno al lado del otro en un lugar plano y les
cerramos los ojos. En la tercera compañía había un viejo sub­
oficial, un tal Odarcenko, hombre religiosísimo y de gran capa­
cidad. En Inglaterra habría llegado a primer ministro y sin
embargo acabó en Siberia al oponerse a las autoridades por la
clausura de un monasterio de cismáticos37 y en la destrucción
de la tumba de uno de sus venerados stárets38. Lo hice llamar y
le dije: «Odarcenko, ya lo sabes, estamos en guerra y no tene­
mos un sacerdote para cantar los himnos por nuestros caídos.
¡Hazlo tú!». Obviamente no podría haberle dado una satisfac­
ción mayor. «Lo haré lo mejor que pueda, excelencia». Aquel
hombretón estaba radiante. Encontramos también cantantes
para el coro y todo se hizo de la mejor de las maneras. No se
pudo dar la absolución sacerdotal, pero no era necesaria: los
caídos habían sido ya absueltos por las palabras de Cristo so­
bre aquellos que dan la vida por sus amigos. Así es como re­
37 Por cismáticos (raskoVniki) o ‘'viejos creyentes” (starovery) se conoce a los des­
cendientes de quienes, en la segunda mitad del siglo XVII, rechazaron las innovacio­
nes litúrgicas introducidas por el patriarca Nikón, sufriendo una incesante persecu­
ción por parte de la jerarquía eclesiástica ortodoxa y del gobierno.
38 El término stárets significa literalmente “anciano”, pero en la tradición espiritual
rusa designa a un monje que, tras una larga vida de ascesis y oración, llega a ser
considerado como un guía espiritual.
54 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

cuerdo aquel funeral. Era un día otoñal, nuboso, pero poco antes
de la puesta de sol las nubes se abrieron y, mientras abajo, en la
garganta, oscurecía, en lo alto, el cielo se iluminaba, como si las
constelaciones brillaran todas a la vez. En mi alma había toda­
vía un sentimiento de fiesta. Tenía una serenidad y una ligere­
za indescriptibles, como si hubiera sido purificado de toda
mancha y librado de todo peso terreno. Un estado de ánimo
paradisíaco: percibía a Dios y nada más. Y cuando Odarcenko
empezó a nombrar a los soldados caídos en el campo de bata­
lla por la fe, el zar y la patria, supe que no se trataba de retórica
ni de aquellos «títulos» de los que se hablaba anteriormente.
Comprendí que existe verdaderamente un ejército cristiano y
que la guerra ha sido, es y será siempre, hasta el fin del mundo,
algo grande, puro y santo...
EL PRÍNCIPE, después de unos instantes de silencio - ¿Y cuándo
hizo sepultar a sus soldados en ese luminoso estado de ánimo,
no se acordó también de los enemigos que había matado en tan
grande cantidad?
EL GENERAL - Gracias a Dios conseguimos alejarnos antes de
que el hedor de aquella carroña nos los recordara.
LA SEÑORA - Eso, ahora lo ha estropeado todo. ¿Pero cómo
es posible comportarse así?
EL GENERAL, dirigiéndose al Príncipe - ¿Y qué debería haber
hecho, según usted? ¿Dar cristiana sepultura a esos chacales
que no eran ni cristianos ni musulmanes, sino algo que sólo el
diablo sabe39? Además, si hubiera cometido la locura de orde­
nar que fueran sepultados con la misma ceremonia fúnebre que
mis cosacos, ahora me acusarían de prevaricación religiosa. ¿Y
por qué aprovechar su muerte para someter a ritos toscos y
pseudocristianos a aquellos que durante toda su vida habían
rezado al fuego y adorado al diablo? No, yo tenía otra preocu­
pación. Llamé a los capitanes de mis compañías y les di la or­
39 El General hace referencia probablemente a los yezidos, los llamados “adoradores
del diablo”, una población de raza y lengua kurda cuya religión funde elementos zo-
roástricos, cristianos, islámicos y que podían formar parte de los basi bozuk, pero no
de forma mayoritaria.
VLADIMIR SOLOVIEV 55

den de prohibir a los hombres acercarse a los cadáveres de aque­


llos diablos. Me había percatado de que los cosacos se estaban
impacientando por el deseo de llenarse los bolsillos según sus
costumbres. ¡Y quién sabe que tipo de pestilencia podría haber
extendido aquella carroña! Mejor evitar ese peligro.
EL PRÍNCIPE - ¿Lo he entendido bien? ¿Usted temía que los
cosacos despojasen los cadáveres de los basi boztik y así intro­
dujeran algún contagio entre sus tropas?
EL GENERAL - Así es, mi temor era precisamente éste.
EL PRÍNCIPE - Vaya bonito ejército cristiano.
EL GENERAL - ¿Los cosacos? ¡Pero si son auténticos bandi­
dos! Siempre lo han sido...
EL PRÍNCIPE - ¿Pero es que acaso estoy soñando?
EL GENERAL - También yo tengo la impresión de que algo no
funciona, pero no consigo comprender qué es exactamente lo
que me está diciendo.
EL POLÍTICO - Creo que el Príncipe está sorprendido por el
hecho de que sus ideales y casi santos cosacos se han revelado
de repente, según sus propias palabras, como unos verdaderos
bandidos.
EL PRÍNCIPE - Exacto. Me pregunto cómo es posible que la
guerra pueda ser una «cosa grande, honesta y santa» cuando
usted mismo nos demuestra que se trata únicamente del en­
cuentro de unos bandidos con otros.
EL GENERAL - ¡Ah!, ahora lo entiendo. «La lucha de unos ban­
didos con otros». La clave, sin embargo, está en que aquellos
otros eran bien diferentes. A menos que no quiera poner en el
mismo plano un robo ocasional con el quemar vivo a un niñito
ante los ojos de su madre. Yo sólo le puedo decir que aquel día
mi conciencia era tan pura que todavía hoy lamento con toda
mi alma no haber muerto después de haber ordenado la última
descarga. Y no tengo la más mínima duda de que, si hubiera
muerto entonces, habría llegado directamente a la presencia
56 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

del Altísimo con mis treinta cosacos caídos, y todos juntos ha­
bríamos tomado asiento en el paraíso junto al buen ladrón evan­
gélico. No en vano el Evangelio le pone allí.
EL PRÍNCIPE - Cierto, pero el Evangelio no dice que al buen
ladrón sólo se le puedan acercar nuestros correligionarios y
compatriotas, y no los hombres de todos los pueblos y de todas
las religiones.
EL GENERAL - ¿Pero por qué me atribuye cosas que no he
dicho jamás? ¿Cuándo he hecho yo distinciones de nacionali­
dad o de religión? ¿Y los armenios, eran tal vez mis paisanos y
correligionarios? ¿Es qué me pregunté por la raza o la fe a la
que pertenecían aquellas gentes diabólicas a quienes derroté a
golpes de metralla?
EL PRÍNCIPE - Pero usted continúa olvidando que esa misma
gente diabólica estaba compuesta de hombres, que en el hom­
bre el bien coexiste con el mal, y que todo bandido, cosaco o
basi bozuk, puede revelarse como un buen ladrón evangélico.
EL GENERAL - ¡Bravo por quien lo entienda! Hace un mo­
mento ha dicho que el hombre malvado es como una bestia
irresponsable y ahora, según usted, ¡incluso un basi bozuk que
quema a un niño puede revelarse como un buen ladrón evan­
gélico! Y todo esto con el único fin de no tocar el mal con la
mano. Para mí no tiene importancia que en el hombre exista
tanto el principio del bien como el principio del mal, sino sólo
cuál de los dos prevalece. Con el zumo de la vid se puede hacer
tanto vino como vinagre, pero yo quiero saber exactamente cuál
es el contenido de la botella: ¿vino o vinagre? Porque si le ofrezco
a alguien una botella de vinagre con el pretexto de que está
hecho con el mismo material que el vino, el único resultado de
esta genial idea será algún estómago oxidado. Todos los hom­
bres son hermanos. Magnífico, esto me llena de alegría. ¿Pero y
después? También los hermanos son de diversos tipos, ¿o bien
cree que no se debe distinguir entre Caín y Abel? Y precisa­
mente porque no soy indiferente a mis hermanos, si mi herma­
no Caín agrediera a Abel en mi presencia, le daría una bofeta­
da tal que se le quitarían las ganas de intentarlo otra vez. Usted
VLADIMIR SOLOVIEV 57

xne acusa de olvidar la hermandad entre los hombres, pero es


justo lo contrario: intervengo precisamente porque la recuer­
do, de otra manera pasaría de largo tranquilamente.
EL PRÍNCIPE - ¿Para usted no hay más alternativa: o pasar de
largo o dar un bofetón?
EL GENERAL - En este tipo de casos la mayoría de las veces
no existe una tercera solución. Usted había propuesto rezar a
Dios para que con la intervención de Su mano derecha devol­
viese instantáneamente a todos los hijos del diablo a la razón,
pero después me parece que ha renunciado. Por mi parte, pienso
que ese medio es siempre bueno, pero no puede sustituir nues­
tra acción. Las personas deben bendecir la mesa antes de co­
mer, pero después mastican ellas solas, con sus propias mandí­
bulas. Y no fue sin rezar que di órdenes a mi artillería a caballo.
EL PRÍNCIPE - Pero ésa es una oración sacrilega. Es necesario
no sólo rezar a Dios, sino actuar según Dios.
EL GENERAL ¿Y...?
EL PRÍNCIPE - Quien está de veras penetrado por el auténtico
espíritu evangélico encuentra en sí mismo, cuando es necesa­
rio, la capacidad de actuar -con las palabras, con los gestos y
con todo su comportamiento- sobre el hermano desgraciado
que, en su oscurecimiento, se propone cometer un homicidio o
cualquier otro delito; y sabe producir en él una impresión de
una profundidad tal que le hace comprender inmediatamente
su error y abandonar el falso camino por el que caminaba.
EL GENERAL - ¡Santos del cielo! Y según usted, ¿yo habría
debido dirigirme con palabras y gestos conmovedores a los basi
bozuk que habían quemado al niño?
EL SEÑOR Z. - Dada la lejanía y la recíproca incomprensión
lingüística, las palabras habrían estado algo fuera de lugar, me
temo. Y por lo que respecta a los gestos capaces de producir
una impresión turbadora, en ciertas circunstancias nada vale
más que una descarga de metralla.
LA SEÑORA - En efecto, ¿en qué lengua y con qué argumentos
58 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

el General podría haberse hecho comprender por los basi bozuk?


EL PRÍNCIPE - No trataba de decir que el General podría ha­
berse comportado de manera evangélica con los basi bozuk. He
dicho simplemente que una persona penetrada de auténtico
espíritu evangélico encontraría la posibilidad, tanto en este caso
como en cualquier otro, de despertar en las almas oscurecidas
aquel bien que se esconde en todo ser humano.
EL SEÑOR Z. - ¿Está realmente convencido?
EL PRÍNCIPE - No tengo la más mínima duda.
EL SEÑOR Z. - Y, dígame, según usted Cristo estaba suficiente­
mente lleno de auténtico espíritu evangélico, ¿o no?
EL PRÍNCIPE - ¿Qué tipo de pregunta es ésta?
EL SEÑOR Z. - Quería tan sólo que me explicase por qué Cris­
to no actuó con la fuerza del espíritu evangélico para despertar
el bien oculto en las almas de Judas, Herodes, de los sumos
sacerdotes judíos y, finalmente, de aquel mal ladrón del que se
olvidaba hace un momento cuando hablaba de su compañero
bueno. Desde un punto de vista positivamente cristiano este pro­
blema no se plantea, pero para resolverlo debe usted sacrificar
o bien su costumbre de referirse a Cristo y al Evangelio como a
la suprema autoridad o bien a su optimismo moral. Porque en
este caso, el tercer camino que propone tomar -negar el mismo
hecho evangélico como una invención o una interpretación «cle­
rical»- es del todo inviable. De hecho, por mucho que usted
intente disfrazar o mutilar el texto de los cuatro evangelios para
conseguir su fin, no se puede negar -y para nuestra cuestión se
trata de un aspecto fundamental- que Cristo fue cruelmente
perseguido y finalmente ajusticiado por sus enemigos. Que se
haya mantenido moralmente por encima de todo esto, sin opo­
nerse y perdonando a sus perseguidores, es comprensible tan­
to desde mi punto de vista como desde el suyo. Pero ¿por qué
razón, perdonando a sus enemigos, no liberó (para usar sus
propias palabras) sus almas de la terrible oscuridad en la que
se encontraban? ¿Por qué no derrotó su maldad con la fuerza
de su mansedumbre? ¿Por qué no despertó el bien que dormía
VLADIMIR SOLOVIEV 59

en ellos, iluminándoles y regenerándolos espiritualmente? En


una palabra, ¿por qué no actuó sobre Judas, Herodes y los su­
mos sacerdotes judíos como actuó sobre el buen ladrón? Sólo
hay dos posibilidades: o no podía o no quería. En ambos casos,
desde su punto de vista, se debe admitir que Cristo no estaba
suficientemente penetrado de auténtico espíritu evangélico; y ya
que, si no me equivoco, se habla del Evangelio de Cristo y no
de otro, resulta que a su juicio Él no estaba suficientemente pe­
netrado del espíritu de Cristo. Le presento mis más sinceros
cumplidos.
EL PRÍNCIPE - Bueno, no quiero competir con usted en este
juego de indirectas verbales, como no lo he hecho antes con el
General a propósito de sus espadas «cristianas»...

En ese momento el Príncipe se levantó, deseoso evidentemente de de­


cir algo fuerte, para aterrorizar al adversario sin escaramuzas, de un
solo golpe; justo entonces el reloj dio las siete.
LA SEÑORA - Es hora de cenar. Por otra parte no se puede
poner fin en un santiamén a una discusión como ésta. Y des­
pués de la cena tenemos nuestra partida de vintA0. Pero mañana
reanudaremos nuestra discusión.

Dirigiéndose al Político

¿No está de acuerdo?


EL POLÍTICO - ¿Sobre la continuación de esta discusión? Para
ser franco, me he alegrado mucho de que haya acabado, pues
empezaba a tener ya el aspecto desagradable de las guerras de
religión. Una cosa del todo pasada de moda. Y yo tengo en mi
vida muchas otras cosas a las que dedicar tiempo y atención.
LA SEÑORA - Continúe, no finja. Usted debe participar. Claro
que sí. ¡De otra manera se dirá que hemos hablado en presen­
cia de un auténtico y misterioso Mefistófeles!
EL POLÍTICO - De acuerdo, mañana hablaré también yo, pero

40 Juego de naipes de origen francés.


60 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

con la condición de que no se hable tanto de religión. No pre­


tendo que no se hable en absoluto -me parece que sería imposi­
ble-, pero al menos, por el amor de Dios, ¡qué se hable un poco
menos!
LA SEÑORA - En este caso su «por el amor de Dios» suena
verdaderamente gracioso.
EL SEÑOR Z., dirigiéndose al Político - Por otra parte hay un
modo infalible para hablar poco de religión: basta con que us­
ted hable lo más posible.
EL POLÍTICO - ¡Prometido! Aunque escuchar resulta más agra­
dable que hablar, sobre todo en esta profusión de fragancias; a
pesar de ello, para salvar a nuestra pequeña compañía de una
guerra civil que podría tener efectos desastrosos sobre el vint,
estoy dispuesto a sacrificarme durante un par de horas.
LA SEÑORA - ¡Magnífico! Y pasado mañana terminaremos la
disputa sobre el Evangelio. El Príncipe tendrá así tiempo de pre­
parar una réplica invencible. Pero debe de participar también
usted. Es necesario estudiar un poco las cuestiones espirituales.
EL POLÍTICO - ¿También pasado mañana? ¡No, eso no! Mi
espíritu de sacrificio no llega tan lejos. Además, pasado maña­
na debo ir a Niza.
LA SEÑORA - ¿A Niza? ¡Qué ingenua diplomacia! Pero es in­
útil; su código secreto ha sido descifrado desde hace tiempo y
todos sabemos que cuando dice que debe irse a Niza quiere
decir ir a divertirse a Montecarlo. Paciencia. Querrá decir que
pasado mañana nos reuniremos sin usted. Húndase bien en la
materia y no tema convertirse en un espíritu. ¡Vaya pues a Mon­
tecarlo y que la Providencia le remunere según sus méritos!
EL POLÍTICO - En cualquier caso, mis méritos no dependen
de la Providencia, sino sólo de la ejecución de algunos actos
indispensables. La fortuna y un poco de cálculo, esto sí, son tan
necesarios en la roulette como en la vida.
LA SEÑORA - Me despido, nos veremos aquí mañana.
SEGUNDO DIÁLOGO

Audiatur et altera pars

El día siguiente, antes de la cena, nos reunimos a la hora esta­


blecida. Nos sentamos en torno a una mesita de té, a la sombra
de las palmeras. Faltaba sólo el Príncipe, que se hizo esperar un
poco. No siendo un apasionado de las cartas, esa misma noche
transcribí este segundo diálogo, exceptuando los comentarios
iniciales. En aquella ocasión el Político habló mucho y lo hizo
exponiendo de modo complejo y articulado sus frases, hasta el
punto que transcribirlas con precisión literal resultó imposible.
He reflejado un número suficiente de sus afirmaciones origina­
les, buscando conservar el tono general, pero en muchos casos
he podido exponer con mis palabras únicamente la sustancia
de su discurso.
EL POLÍTICO - Vengo notando desde hace mucho tiempo un
hecho singular: las personas que poseen algún tipo de moral
elevada no poseen jamás la cortesía, esto es, aquella sencilla
virtud que, en mi opinión, es la única realmente indispensable.
Debemos pues dar gracias al Creador por el hecho de que las
personas obsesionadas por la idea de una moral superior sean
tan pocas. Y digo de la idea porque no he encontrado nunca
personas que verdaderamente apliquen esta moral y no tengo
ninguna razón para creer que existan.
LA SEÑORA - No aporta usted nada nuevo; sin embargo, es
cierto lo que ha dicho acerca de la cortesía. ¿Por qué, antes de
64 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

que llegue le sujet en question, no nos demuestra que la cortesía


es la única virtud realmente indispensable? Así, a título de prue­
ba, como hacen los músicos que afinan sus instrumentos antes
del inicio del concierto.
EL POLÍTICO - Sí, pero en estos casos solamente resuenan so­
nidos separados. Y entonces la conversación sería monótona,
puesto que no creo que nadie querrá sostener una opinión di­
ferente; al menos hasta la llegada del Príncipe. Además, hoy
sería del todo descortés hablar de cortesía en su presencia.
LA SEÑORA - Es cierto, ¿pero por qué no expone su argumen­
tación?
EL POLÍTICO - Estarán todos ustedes de acuerdo, supongo,
en que se puede vivir óptimamente en una sociedad en la qüe
no haya ni un hombre casto, ni un hombre desinteresado, ni un
hombre abnegado. Yo, al menos, me he encontrado siempre
bien en tales compañías.
LA SEÑORA - En Montecarlo, por ejemplo.
EL POLÍTICO - En Montecarlo como en cualquier otro lugar.
No existe ningún lugar en el que se sienta la necesidad de tener
junto a uno a un representante de la virtud elevada, pero prue­
ben a vivir en compañía de personas entre las que no haya ni
tan siquiera una con cortesía.
EL GENERAL - No sé a qué campaña41 se refiere, pero sí sé que
en la de Chiva42, o en la turca, habría sido difícil salir airoso
solamente con la virtud de la cortesía.
EL POLÍTICO - Tampoco para los exploradores del África cen­
tral la cortesía es la principal virtud. Esto es obvio, yo me refie­
ro a la vida normal y cotidiana de una sociedad humana civili­
zada. Aquí no hay necesidad de ninguna virtud superior y tam­
poco del llamado cristianismo.
Dirigiéndose al señor Z.
¿Por qué menea la cabeza?
41 Evidente juego de palabras entre kompcinijci (compañía) y kcimpcinija (campaña),
que se pronuncian casi igual en ruso.
42 Se refiere a la conquista del khanato centroasiático de Chiva, en 1873.
VLADIMIR SOLOVIEV 65

EL SEÑOR Z. - Me acabo de acordar de un triste suceso del


que me informaron hace tan sólo unos pocos días.
LA SEÑORA - ¿De qué se trata?
EL SEÑOR Z. - Mi amigo N. murió de improviso.
EL GENERAL - ¿El famoso novelista?
EL SEÑOR Z. - Justamente.
EL POLÍTICO - Los periódicos, de todos modos, han hablado
de su muerte de manera algo oscura.
EL SEÑOR Z. - Sí, tiene razón, de manera oscura.
LA SEÑORA - ¿Pero cómo es que se ha acordado de su amigo
justo ahora? ¿Es qué murió a causa de la falta de educación de
alguien?
EL SEÑOR Z. - Al contrario. Murió a causa de su excesiva cor-
tesía.
EL GENERAL - Evidentemente tampoco conseguimos poner­
nos de acuerdo sobre este tema.
LA SEÑORA - Explíquenoslo, si es posible.
EL SEÑOR Z. - Bueno, no hay nada que esconder. También mi
amigo consideraba la cortesía, si no la única virtud, al menos el
primer e indispensable peldaño de la moral social y se sentía
obligado a respetar sus exigencias de la manera más rígida
posible. Entre otras cosas, se obligaba a leer todas las cartas
que recibía, incluso las de desconocidos, y también todos los
libros y opúsculos que le enviaban con la esperanza de una
recensión; respondía a todas las cartas y escribía todas las re­
censiones que le pedían. Buscaba satisfacer todas las peticio­
nes de aytida que le llegaban y pasaba el día entero inmerso en
multitud de cuestiones, mientras que podía reservar a su vida
personal tan sólo la noche. Además, aceptaba todas las invita­
ciones y recibía a todos aquellos que se presentaban en su casa.
Mientras mi amigo era joven y podía tolerar las bebidas fuer­
tes, esta vida forzada que la cortesía le había impuesto le afli­
gía, pero no se convertía en tragedia: el vino alegraba su cora­
66 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

zón y le salvaba de la desesperación. Ya estuvo a punto de sui­


cidarse, pero entonces descubrió la botella, sacando de ella la
fuerza para llevar sus cadenas con más desenvoltura. Su salud,
sin embargo, era débil, y a los cuarenta y cinco años se vio obli­
gado a renunciar a las bebidas fuertes. Estando sobrio, esta exis­
tencia empezó a parecerle un infierno y hace poco me informa­
ron de que se había quitado la vida.
LA SEÑORA - ¿Cómo, únicamente a causa de la cortesía? De­
bía de estar sencillamente loco.
EL SEÑOR Z. - Había perdido sin duda el equilibrio psíquico,
pero me parece que la palabra «sencillamente» es la menos in­
dicada en este caso.
EL GENERAL - Sí, también yo he visto casos de locura en los
que, al examinarlos de cerca, existe verdaderamente el peligro
de perder la razón. No se trata en verdad de cosas sencillas.
EL POLÍTICO - En cualquier caso, está claro que este asunto
tiene poco que ver con la cortesía. Del mismo modo que el tro­
no de España no es responsable de la locura del consejero titu­
lar Popriscin43, tampoco la cortesía lo es de la de su amigo.
EL SEÑOR Z. - En efecto, yo no quiero condenar la cortesía,
sino solamente el hecho de que sea elevada a regla absoluta.
EL POLÍTICO - Una regla absoluta, como cualquier otro abso­
luto, es tan sólo una invención de personas privadas de buen
sentido y realismo. Yo no acepto reglas absolutas, sino sola­
mente reglas necesarias. Sé bien, por ejemplo, que si no observo
la regla de la limpieza seré repugnante a los otros y a mí mis­
mo. Y dado que no deseo suscitar sensaciones desagradables,
observo escrupulosamente la regla de lavarme cada día, cam­
biarme de camisa, etcétera. Y no porque haya sido así estable­
cido por otros o por mí mismo, o constituya algo sagrado cuya
violación constituiría un pecado, sino simplemente porque la
infracción de esta norma resultaría ipsofacto materialmente in­
cómoda. A la cortesía en general se le puede aplicar todo lo que
se ha dicho sobre la limpieza en particular. Para mí, como para
43 Personaje gogoliano que en su locura cree ser el rey de España.
VLADIMIR SOLOVIEV 67

cualquier otro, es bastante más fácil respetar que infringir las


reglas de la cortesía, y de hecho las respeto. Su amigo tenía
todo el derecho a pensar que la cortesía le requería dar res­
puesta a todas las peticiones y cartas, sin tener en cuenta el
provecho y la comodidad; llegados a este punto, sin embargo,
ya no se trata de cortesía, sino de una forma de ascetismo.
EL SEÑOR Z. - Una escrupulosidad excesivamente desarrolla­
da se transformó en manía y le condujo a la ruina.
LA SEÑORA - ¡Pero es terrible que un hombre se arruine por
semejante absurdidad! ¿Y usted no consiguió hacerle entrar en
razón?
EL SEÑOR Z. - Lo intenté con todas mis fuerzas y con la ayuda
de un fuerte aliado, un peregrino proveniente del monte Athos44,
una personalidad muy notable, casi un jurodivye*5. Mi amigo le
respetaba mucho y le pedía también consejo en las cuestiones
espirituales, de modo que comprendió rápidamente cuál era la
raíz del mal. Conozco bien a este peregrino e incluso he estado
a veces presente en las conversaciones que ambos tenían. Cuan­
do mi amigo empezaba a exponerle sus dudas de carácter mo­
ral -si había tenido razón en cierto caso o si se había equivoca­
do en otro- Varsonofij le interrumpía bruscamente, diciendo:
«¡Oh, basta ya con tus pecados! ¡No son más que tonterías! Es­
cucha bien: peca quinientas treinta y nueve veces al día, pero
luego arrepiéntete, porque todos pueden pecar y luego arre­
pentirse, pero tú pecas continuamente y no te arrepientes nun­
ca. De hecho, si pecar es malo, peor es recordar siempre los
propios pecados, porque significa que uno está lleno de rencor,
y esto noi es bueno. Y sobre todo, no hay nada peor que ser
rencoroso y tener siempre en mente los propios pecados. Es
mucho mejor que te acuerdes del mal que te han hecho los de­
más, porque al menos te servirá en el futuro para estar atento a
ese tipo de personas; pero el mal que has cometido olvídalo y
haz como si no hubiera sucedido nunca. Existe un solo pecado
mortal, el desconsuelo; es del desconsuelo dé donde nace la
44 República monástica situada en la costa nororiental griega.
45 Cfr. la nota 8.
68 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

desesperación, y la desesperación no es ya un pecado, sino la


misma muerte del espíritu. Y además, ¿cuáles son tus peca­
dos?, ¿la embriaguez y cosas por el estilo? Una persona razo­
nable bebe lo que puede soportar y no se emborracha, pero el
estúpido bebe hasta agotar incluso el agua de la fuente y esto
significa que la culpa no es del vino, sino de la estupidez hu­
mana. Otros, en su locura, arden en vodka, y no sólo interior­
mente; yo mismo he visto a algunos ponerse negros y recubrir­
se de llamas. Pero llegados a este punto, si el fuego del alcohol
se ha apoderado de ti, no se puede continuar hablando de pe­
cado. En relación a las varias infracciones del séptimo manda­
miento te daré un consejo en conciencia: juzgar es difícil, pero
alabar es imposible. ¡No, no te lo recomiendo! Cierto, se trata
de un placer agudísimo, sobre esto hay poco que decir, pero al
final la cosa cansa y abrevia la vida. Si no me crees, escucha lo
que dice un reconocido médico alemán». Varsonofij cogía en­
tonces de la estantería un libro de aspecto anticuado y empeza­
ba a hojearlo. «Mira, basta ya con el título: Macrobiótica, de Hu-
feland46. Lee aquí, en la página 176...». Y empezaba a leer con
voz sosegada la página en la que el autor alemán recomienda
con gran celo no desperdiciar la energía vital. «¿Ves? ¿Y por
tanto, por qué una persona inteligente debería echarse a per­
der de ese modo? Cuando uno es joven y desconsiderado estas
cosas le parecen quién sabe qué, pero luego uno se olvida de
ellas y se tiene mayor respeto a sí mismo. ¿Qué ganas, enton­
ces, recordando el pasado y pensando: "maldito, querría ser
otro, he echado a perder mi inocencia, perdiendo la pureza del
cuerpo y del alma"? Créeme, hacer esto es una verdadera estu­
pidez, significa convertirse en un títere en manos del diablo. A
él lo que le gusta es que tu alma no vaya ni adelante ni atrás,
sino que continúe dando vueltas alrededor del fango. Escucha
pues mi consejo: en cuanto el diablo empiece a tentarte con el
arrepentimiento, escupe a un lado y haz como si no fuera nada,
diciendo: ¡son muy graves todos mis pecados, son verdadera­
mente graves! Haz esto y ya verás como el diablo te deja en
46 Cristoph Wilhelm Hufeland (1762-1836), profesor de patología en la universidad
de Berlín y autor de numerosos y, en su tiempo, famosos tratados de medicina.
VLADIMIR SOLOVIEV 69

paz... Te lo digo por experiencia personal. ¿Y qué otras culpas


puedes haber cometido? Tal vez hayas robado. No es, al fin y al
cabo, una gran desgracia: hoy lo hacen todos. Luego no pien­
ses en estas tonterías, sino que estáte atento únicamente a evi­
tar el desconsuelo. Y cuando vuelvan a tu mente tus pecados -
¿en qué ocasión he ofendido a alguien? o cosas por el estilo-
entonces, sal de casa y vete al teatro, o visita a cualquier amigo
alegre, o lee algo divertido. Pero si aún quieres una regla, esto
es lo que te puedo decir: sé firme en la fe, y no por temor de los
pecados, sino porque es muy agradable para un hombre inteli­
gente vivir con Dios. Y vivir sin Dios es verdaderamente horri­
ble. Penetra a fondo la palabra de Dios, porque si la lees con
discernimiento, cada una de sus frases serán para ti como un
rublo que te habrán regalado. Y reza con sentimiento una o dos
veces al día; estoy seguro de que nunca te olvidas de lavarte,
pues la oración sincera es el mejor jabón que existe para el alma.
Para la salud del estómago y de otras visceras haz ayuno; to­
dos los médicos dicen que va bien después de los cuarenta años.
No pienses en los asuntos de los demás, no te ocupes de cues­
tiones de beneficiencia si te dedicas a otras cosas, pero a los
pobres que te encuentres, dales sin llevar la cuenta de lo que
das, y haz así también con las iglesias y monasterios; estos te­
soros los tienes ya en el cielo. Compórtate así y tendrás salud
de alma y cuerpo. Una cosa más: no hables con los beatorros,
que se insinúan en el alma de los otros porque la suya está va­
cía». Estos discursos producían una influencia positiva sobre
mi amigo, pero no conseguían vencer del todo las angustiosas
sensaciones que lo asaltaban. Tanto más cuanto que en los últi­
mos tiempos se veía raras veces con Varsonofij.
EL POLÍTICO - Aunque a su manera, este peregrino suyo vie­
ne a decir aproximadamente lo que yo sostengo.
LA SEÑORA - ¡Tanto mejor! ¡Pero es realmente un moralista
sorprendente! Peca y sobre todo no te arrepientas, me gusta
mucho.
EL GENERAL - Creo que no hablaría así a todo al mundo. Con
un homicida o con un disoluto utilizaría a buen seguro otro
70 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

tono.
EL SEÑOR Z. - Sin duda. En cuanto se encuentra ante la hipo­
condría moral, de repente, se convierte en un filósofo casi fata­
lista. Por ejemplo, entusiasmó a una culta e inteligente viejecita
que, siendo de fe rusa, había recibido una educación extranje­
ra. Habiendo oído hablar mucho de Varsonofij, quería presen­
tarse ante él como ante un directeur de conscience, pero no tuvo
el tiempo de alargarse sobre sus problemas espirituales. Varso­
nofij la interrumpió diciendo: «¿Pero por qué das tanta impor­
tancia a estas tonterías? ¿De qué sirve? Yo que soy un simple
campesino me aburro al escucharte, ¿y piensas que le puede
interesar a Dios? Y además, no hay por qué hablar tanto: tú
eres vieja, débil y ya no puedes mejorar». Me lo contó riendo,
pero con lágrimas en los ojos; incluso había intentado contes­
tarle, pero había sido definitivamente derrotada por un relato
extraído de la vida de los antiguos eremitas; un relato que Var­
sonofij había recordado a menudo también a mi amigo. Es real­
mente un bello relato, pero creo que no tendré tiempo de con­
tarlo ahora.
LA SEÑORA - Cuéntenoslo en cuatro palabras.
EL SEÑOR Z. - Lo intentaré. Dos anacoretas se habían estable­
cido en el desierto de Nitria47para buscar la salvación. Sus gru­
tas eran vecinas, pero ellos no se hablaban nunca; alguna vez
leían juntos los salmos. Transcurrieron así muchos años y su
gloria empezó a difundirse por todo Egipto y en los países cir­
cundantes. En una ocasión, sin embargo, el diablo consiguió
introducir en sus almas el mismo propósito, contaminándolas
a ambas. Sin decirse nada, los dos eremitas se dedicaron a fa­
bricar cestas y esteras trenzando ramas y hojas de palmera.
Luego se dirigieron juntos a Alejandría. Allí vendieron sus ar­
tesanías y durante tres días y tres noches se mezclaron con bo­
rrachos y prostitutas. Después volvieron a su desierto. Uno de
ellos empezó a sollozar y a atormentarse.
- ¡Estoy perdido, maldito por siempre! Después de esta
47 Se trata del actual Wadi Natrun, una región desértica de Egipto, entre Alejandría y
El Cairo y la frontera libia.
VLADIMIR SOLOVIEV 71

bestialidad y esta suciedad no podré volver a rezar a Dios. He


desperdiciado sin fruto todos mis ayunos, todas mis vigilias,
todas mis oraciones, ¡en un solo instante lo he echado todo a
perder irremediablemente!
El otro monje caminaba junto a él y cantaba los salmos con voz
radiante.
- ¿Pero qué te sucede, es que te has vuelto loco?
- ¿Por qué?
- ¿Cómo es posible que no te lamentes?
- ¿Por qué debería lamentarme?
- ¿Y Alejandría?
- ¿Qué pasa con Alejandría? Sea loado el Altísimo que
protege esta famosa y piadosa ciudad.
- ¿Pero qué hicimos en Alejandría?
- Sabemos perfectamente lo que hicimos en Alejandría:
vendimos nuestras cestas, fuimos a venerar a San Marcos, a
visitar otras iglesias; después nos encaminamos al palacio del
devoto gobernador de la ciudad y finalmente conversamos con
doña Leonila, que admira tanto a los monjes.
- ¿Y no pasamos la noche en un burdel?
- ¡Dios nos guarde! Pasamos la tarde y la noche en el pa­
lacio del patriarca.
- ¡Santos mártires! Ha perdido la razón...¿y el vino, dón­
de lo bebimos?
- Tomamos vino en el refectorio del patriarca, con oca­
sión de la fiesta de la Presentación en el templo de la Santísima
Madre de Dios.
- ¡Desgraciado! ¿Y a quién besamos, por no hablar de
cosas peores?
- Con un beso santo honramos el momento de la despe­
dida del padre de los padres, el beatísimo arzobispo de la gran
ciudad de Alejandría y de todo el Egipto, de Libia y de la Pen-
tápolis y juez universal, Timoteo, y con él a todos los padres y
hermanos de su clero elegido por Dios.
- ¿Pero me estás tomando el pelo? ¿O es que, después de
las infamias de los días pasados, el demonio se ha apoderado
de ti? ¡Tú besaste a obscenas prostitutas, desgraciado!
72 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

- No sé de quién se ha apoderado el demonio: si de mí,


que me alegro de los dones de Dios y de la benevolencia mani­
festada por los jerarcas de su Iglesia y alabo al Creador y a toda
su obra, o si de ti que montas en cólera y llamas burdel a la casa
de nuestro beatísimo padre y le insultas, a él y a su clero devo­
to de Dios, como si se tratasen de prostitutas.
- Tú eres un hereje, un hijo de Arrio48, en tu boca resuena
la abominación de Apolinar49.
El eremita que se afligía de su caída se lanzó entonces sobre su
compañero y comenzó a pegarle violentamente. Después, en
silencio, ambos volvieron a sus cuevas. Uno se atormentó toda
la noche, haciendo resonar por todo el desierto sus gemidos y
lamentos, arrancándose los cabellos, tirándose por tierra y gol­
peándose la cabeza; el otro, por el contrario, cantó los salmos
sereno y alegre. A la mañana siguiente el monje penitente pen­
só lo siguiente: «gracias a una ascesis de muchos años había
conseguido una gracia particular del Espíritu Santo que ya
empezaba a manifestarse con signos y milagros; pero ahora me
he abandonado a la carne y he pecado contra el Espíritu Santo,
y esto, según la palabra de Dios, no puede ser perdonado ni en
esta vida ni en la futura. He echado las perlas de la pureza ce­
lestial a los cerdos de mi mente, esto es, a los diablos, que las
han pisoteado y ahora se han vuelto contra mí para despeda­
zarme. Pero si, pase lo que pase, estoy perdido, ¿para qué que­
darme en el desierto?». Entonces se marchó a Alejandría, don­
de llevó una vida disoluta. Finalmente, un día que necesitaba
dinero, robó y mató a un rico mercader junto con otros disolu­
tos de su calaña. El crimen fue descubierto y él, procesado y
condenado ,a la pena capital, murió sin confesarse. Mientras
tanto, su antiguo compañero, que había continuado llevando
una vida ascética, consiguió un alto grado de santidad y alcan­
zó la celebridad por sus grandes milagros. Una palabra suya
bastaba para que mujeres estériles desde hacía mucho tiempo

48 Arrio (circa 2 8 0 -3 3 6 ), sacerdote de Alejandría, negador de la divinidad de Cristo,


fue condenado por el concilio de Nicea en el año 325.
49 Apolinar, obispo de Laodicea (336-392), se separó de la Iglesia al negar la naturale­
za humana de Cristo, en contraposición al arrianismo.
VLADIMIR SOLOVIEV 73

concibieran y dieran a luz hijos. Y cuando murió, fue como si


su cuerpo macilento y reseco refloreciera de belleza y juven­
tud, iluminándose y llenando el aire de un aroma perfumado.
Tras su muerte, sobre sus milagrosas reliquias, se erigió un
monasterio; y su nombre llegó de Alejandría a Bizancio, y de
aquí a los calendarios eclesiásticos de Kiev y Moscú. «Esto sig­
nifica», añadía Varsonofij, «que tenemos razón al decir que nin­
gún pecado es una verdadera desgracia, excepto el del descon­
suelo. Aquellos dos eremitas habían pecado juntos, pero sólo
pereció aquél que se había abandonado al desconsuelo».
EL GENERAL - ¿Ven? Hasta los monjes necesitan un espíritu
lleno de coraje y ahora, por el contrario, se quiere desalentar a
los militares.
EL SEÑOR Z. - Esto significa que nos hemos alejado de la cues­
tión de la cortesía pero hemos vuelto a los aledaños de la cues­
tión principal.
LA SEÑORA - A propósito, está llegando el Príncipe. ¡Salve!
En su ausencia hemos hablado de la cortesía.
EL PRÍNCIPE - Le ruego que me excuse, pero no me ha sido
posible venir antes. He recibido una gran cantidad de cartas de
varios tipos; después se las enseñaré.
LA SEÑORA - De acuerdo. Yo, por mi parte, le explicaré una
interesantísima historia de argumento sacro sobre dos monjes
que ha sido explicada en su ausencia. Ahora, sin embargo, la
palabra espera a nuestro misterioso pero fiel frecuentador de
Montecarlo. Siga, explíquenos lo que quiere decir sobre la gue­
rra después de la conversación de ayer.
EL POLÍTICO - De la conversación de ayer he retenido sobre
todo la referencia a Vladimir Monomach y el relato de guerra
del General. Partiré de aquí para desarrollar posteriormente
mis argumentos. Creo que es imposible negar que Vladimir
Monomach hizo bien atacando a los polovcy y el General masa­
crando a los basi bozuk.
LA SEÑORA - ¿Así que está usted de acuerdo con el General?
74 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL POLÍTICO - Estoy de acuerdo con el hecho de que tanto


Vladimir Monomach como el General actuaron como era opor­
tuno en aquellas particulares circunstancias. Pero de ello no se si­
gue que la valoración de esas situaciones en sí mismas avalen la
justificación y la perpetuación de la guerra y del militarismo.
EL PRÍNCIPE - Eso es justamente lo que yo digo.
LA SEÑORA - ¿Quiere entonces decir que está usted de acuer­
do con el Príncipe?
EL POLÍTICO - Si me permite explicar mi posición respecto
de este asunto verá con quién estoy de acuerdo y sobre qué
cosas. Mi posición es simplemente el resultado lógico de una
realidad indiscutible y de los datos que la historia nos aporta.
¿Podemos aún discutir el significado histórico de la guerra como
instrumento principal, si no único, de construcción y refuerzo
del estado? Indíquenme un solo estado que no haya sido crea­
do y reforzado por medio de la guerra.
LA SEÑORA - ¿Y América del Norte?
EL POLÍTICO - Le agradezco este inmejorable ejemplo. De he­
cho yo hablo de la creación del estado, mientras que América
del Norte, como colonia europea, fue creada no con la guerra
sino a través de la navegación marítima, al igual que todas las
otras colonias; pero en cuanto esta colonia deseó convertirse en
un estado hubo de afrontar también una guerra de muchos años
para conquistar su independencia.
EL PRÍNCIPE - Del hecho, indiscutible, de que en la base del
estado esté la guerra, usted concluye evidentemente que la
guerra es algo importante; yo, por el contrario, saco la conclu­
sión de que es el estado lo que es poco importante, obviamente
desde el punto de vista de quien ha rechazado rendirse ante la
violencia.
EL POLÍTICO - ¿Pero quién quiere rendirse ante la violencia?
¿Y con qué fin? No obstante, antes de afirmar que el estado no
tiene importancia, ¿por qué no intenta organizar una convi­
vencia humana sólida fuera de las formas coercitivas del esta­
do? O bien rechace todo aquello que se funda en él. Si no, hasta
VLADIMIR SOLOVIEV 75

el momento, el estado y todo lo que nosotros, usted incluido, le


debemos, continúa siendo un hecho de primera magnitud y
sus ataques no son más que palabras inconsistentes. Así pues,
repito, el gran significado histórico de la guerra como instru­
mento principal dé la construcción del estado es indiscutible;
al mismo tiempo me pregunto: ¿esta gran empresa de la edifi­
cación estatal, no debería ser considerada como concluida en
sus formas actuales? Es verdad, algunos aspectos particulares
pueden ser modificados, pero ya no hay necesidad de un me­
dio heroico como la guerra. En la antigüedad y en el medievo,
cuando el mundo de la cultura europea no era más que una
isla en un océano de tribus más o menos salvajes, el ordena­
miento bélico se imponía de cara a la propia supervivencia.
Entonces era necesario mantenerse en disposición de rechazar
las hordas provenientes de quién sabe dónde con la intención
de pisotear los tiernos brotes de la civilización. Pero actualmente
deben ser llamados islas solamente los elementos no europeos,
mientras que la cultura europea se ha convertido en un océano
que rodea estas islas. Nuestros estudiosos, nuestros aventure­
ros y nuestros misioneros han recorrido todo el globo terrá­
queo sin encontrar ninguna amenaza real para el mundo de la
cultura. Los salvajes fueron masacrados con gran éxito y se ex­
tinguieron, mientras que los bárbaros belicosos como los tur­
cos y los japoneses se han civilizado y han perdido su espíritu
guerrero. Además, la unificación de las naciones europeas en
una comunidad de vida cultural...
LA SEÑORA, a media voz - Montecarlo...
EL POLÍTICO - ... en una comunidad de vida cultural se ha
reforzado de tal modo que un conflicto entre estas naciones
tendría indudablemente un carácter de guerra civil y sería im­
perdonable desde cualquier punto de vista considerando la
posibilidad de resolución pacífica de las disputas internacio­
nales. Resolver hoy en día tales cuestiones con la guerra sería
tan absurdo como llegar a Marsella desde San Petersburgo con
un barco de vela o con una troica50; y esto a pesar de que estoy
completamente convencido de que «blanquea la vela solitaria»51
76 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

o «se arroja la troica osada»52 son cosas mucho más poéticas


que el silbato de un barco de vapor o que la frase en voiture,
messieursl Del mismo modo, estoy dispuesto a reconocer la su­
perioridad de la estética de los «yelmos de acero» o de los «re­
gimientos que avanzan ondeando sus estandartes» respecto de
las carteras de los diplomáticos y las mesas con manteles de los
congresos de paz; sin embargo, para plantear de manera seria
una cuestión tan vital como ésta, debemos evidentemente de­
jar a un lado la valoración estética de una belleza que, por otra
parte, no pertenece de hecho a la guerra real -la cual, les asegu­
ro, no tiene propiamente nada de bello- sino sólo a su reflejo en
la fantasía de un poeta o de un artista. Y como ya empezamos
todos a entender que, no obstante su interés para la poesía y el
arte -las cuales podrán contentarse con las guerras pasadas-, la
guerra ya no es necesaria ni ventajosa, puesto que se trata de
un medio demasiado caro y arriesgado para obtener los mis­
mos fines que se pueden conseguir de manera más económica
y segura, esto significa que el periodo histórico de la guerra ha
terminado. Obviamente hablo en grand53. No se puede ni pensar
en un desarme en breve, pero estoy firmemente convencido de
que ni nosotros ni nuestros hijos veremos grandes y auténticas
guerras, mientras que nuestros nietos tendrán noticia de las
pequeñas guerras libradas en algún lugar de Asia o África so­
lamente a través de los libros de Historia.
He aquí mi respuesta respecto de Vladimir Monomach. Cuan­
do fue necesario salvaguardar el futuro del apenas naciente
estado ruso de la amenaza de los polovcy y después de los tárta­
ros, entonces la guerra fue lo más necesario e importante. Lo
mismo puede decirse de la época de Pedro el Grande54, cuando
fue necesario asegurar el futuro de Rusia como potencia euro­

50 Carro tradicional ruso tirado por tres caballos.


51 Verso de una poesía de Lermontov (1814-1841), poeta ruso conocido como el «poe­
ta del Cáucaso».
52 Famosa canción popular rusa.
53 En francés en el originaren general.
54 Pedro el Grande (1672-1725), zar de Rusia que emprendió la tarea de «occidentali-
zar» el país: prohibición de las barbas, imposición del vestido occidental, desarrollo del
sistema fiscal, sometimiento de la Iglesia ortodoxa y fundación de San Petersburgo.
VLADIMIR SOLOVIEV 77

pea. Sin embargo, a partir de entonces, el significado de la gue­


rra ha sido cada vez más discutido y actualmente, como acabo
de decir, el periodo histórico de la guerra ha terminado, tanto
en Rusia como en el resto del mundo. Lo que acabo de decir
respecto de nuestra patria es aplicable también -cierto, mutatis
mutandis- a los otros países europeos. En una época la guerra
fue en todo lugar el medio principal y necesario para proteger
y reforzar la existencia nacional y estatal; este objetivo ya ha
sido alcanzado y la guerra pierde así su importancia.
Dicho entre paréntesis, me sorprende que algunos filósofos tra­
ten del sentido de la guerra sin relacionarlo con las épocas. ¿Tiene
sentido la guerra? C'est selon55. Ayer, tal vez, tenía un sentido
universal; hoy tan sólo en algunos lugares de África o Asia cen­
tral, donde viven aún salvajes, pero mañana no lo tendrá en
ningún lugar. Es significativo que, paralelamente a su signifi­
cado práctico, la guerra pierde incluso su tradicional aureola
mística. Se observa incluso en un pueblo completamente atra­
sado como el nuestro. Juzguen ustedes mismos: el otro día el
General nos indicó triunfalmente cómo nuestros santos eran
todos o monjes o guerreros. Pero yo me pregunto: ¿a qué época
histórica se refiere toda esta belicosa santidad o, si se prefiere,
santa belicosidad? ¿No se refiere justamente a esa época en la
que la guerra era verdaderamente algo absolutamente indis­
pensable, salvífico y, si ustedes quieren, santo? Nuestros san­
tos guerreros eran todos príncipes de la época kieviana o mon­
gola, mientras que los generales no son recordados para nada.
¿Qué significa esto? Tomemos a dos célebres guerreros, con si­
milares derechos personales a la santidad; pues bien, uno ha
sido canonizado, el otro no. ¿Por qué motivo? ¿Por qué, me
pregunto, Aleksandr Nevskij56 que derrotó a los alemanes y a
los suecos en el siglo XIII es santo, mientras que Aleksandr
Suvorov57, que derrotó a los turcos y a los franceses en el siglo
55 En francés en el original: según sea.
56 Aleksandr Nevskij (1 2 2 0 -1263), príncipe de Novgorod, derrotó a los suecos y a los
caballeros teutónicos, sometiendo al mismo tiempo a los tártaros.
57 Aleksandr Suvorov (1 7 2 9 -1800), uno de los más famosos generales rusos, venció a
los turcos y fue el artífice de una brillante campaña contra el ejército revolucionario
francés.
78 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

XVIII no lo es? No hay nada que objetar a la santidad de Suvo-


rov: era sinceramente devoto, cantaba en la iglesia a pleno pul­
món, llevaba una vida irreprensible y no tenía ni siquiera aman­
tes; y su comportamiento frente a los jurodivye constituye no
tanto un obstáculo como un argumento más para su canoniza­
ción. La clave está en que Aleksandr Nevskij combatía por el
futuro político y nacional de su patria que, ya deshecha en
Oriente, difícilmente habría podido sobrevivir a una nueva
derrota en Occidente. El sentido instintivo del pueblo compren­
dió la importancia vital de la situación y otorgó a este príncipe
la más alta recompensa que pudiera imaginar, introduciéndolo
en el santoral. La empresa de Suvorov, por el contrario, aunque
fue infinitamente más significativa en sentido militar -sobre
todo su travesía de los Alpes, digna de Aníbal- no respondía a
ninguna necesidad urgente: no le tocó salvar a Rusia y, por lo
tanto, sólo llegó a convertirse en una celebridad militar.
LA SEÑORA - ¿Y por qué razón los combatientes de 1812, que
sí salvaron a Rusia de Napoleón, no han sido canonizados?
EL POLÍTICO - ¡Bah!, decir que para Rusia Napoleón repre­
sentó una amenaza mortal no es más que el fruto de nuestra
retórica nacional. Napoleón no nos habría engullido ni se dis­
ponía a hacerlo. El hecho de que finalmente hayamos conse­
guido derrotarlo demuestra bien a las claras nuestra fuerza
popular y estatal y ha acrecentado nuestro sentimiento nacio­
nal; sin embargo, ¡no puedo admitir en absoluto que la guerra
de 1812 viniese dictada por una necesidad imperiosa! Se po­
día, sin ninguna duda, haber alcanzado un acuerdo con Napo­
león, pero se prefirió derrotarlo, aunque esto comportara un
riesgo muy elevado. El duelo salió bien y el éxito de la guerra
fue extremadamente lisonjero para nuestro orgullo nacional,
pero es difícil considerar como positivas sus consecuencias. Si
dos forzudos empiezan a golpearse a diestro y siniestro y uno
de ellos, al final, vence sobre el otro, sin daño para la salud de
ambos, podré llegar a ovacionar al vencedor, pero la necesidad
de esta manifestación de vigor no me resultará nada clara. La
gloria y la gesta heroica realizada por nuestro pueblo en 1812
VLADIMIR SOLOVIEV 79

formarán siempre parte del patrimonio nacional, independien­


temente de cuáles hayan sido las razones de esa guerra.
Y viva aún del 1812
la santa historia.
Para la poesía es algo magnífico: ¡«la santa historia»! Pero yo
me fijo en lo que ha nacido de esos hechos y veo por un lado al
archimandrita Fotij, Magnickij y Arakceev58y por el otro la con­
jura decembrista59 y, en somme, treinta años de aquel régimen
de militarismo que nos ha llevado al desastre de Sebastopol60.
LA SEÑORA - ¿Y Pushkin?
EL POLÍTICO - ¿Pushkin?...¿qué tiene que ver con todo esto
Pushkin?
LA SEÑORA - He leído recientemente en los periódicos que la
poesía nacional de Pushkin nace de la gloria militar de 1812.
EL SEÑOR Z. - No sin la peculiar intervención de la artillería,
como se ve por el apellido del poeta61.
EL POLÍTICO - Sí, tal vez sea cierto. Pero querría continuar
con mi discurso. En los últimos tiempos está cada vez más cla­
ro que nuestras guerras son del todo inútiles y carentes de sen­
tido. La guerra de Crimea es muy apreciada entre nosotros
porque se piensa que su final desafortunado determinó la libe­
ración de los campesinos y las otras reformas de Alejandro II62.
Tampoco en este caso las consecuencias positivas de una gue­
rra desafortunada pueden constituir un argumento en favor
de la propia guerra. Si, tirándome por un balcón sin razón al­
guna, me dislocase una mano y esta dislocación me impidiera
durante un tiempo firmar un contrato desastroso, podría estar

58 El archimandrita Fotij, Mikhail Magnickij y Aleksei Arakceev fueron los consejeros


del zar Alejandro I, artífices de la reacción conservadora posterior a la paz de Viena.
59 Se trata de la célebre revuelta de diciembre de 1825 de un grupo de jóvenes oficiales
para obtener un régimen constitucional y que acabó en un completo fracaso.
60 La caída de Sebastopol (1855) obligó a Rusia a poner fin a la desastrosa guerra de
Crimea.
61 En ruso puska significa cañón.
62 Alejandro II sucedió a Nicolás I en 1855 y ha pasado a la historia como el zar
«libertador». Fue asesinado por revolucionarios en 1881.
80 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

contento de este accidente, pero no tendría sentido afirmar que,


en general, es oportuno tirarse por los balcones en vez de usar
las escaleras. Si mi cabeza funciona bien no tengo ninguna ne­
cesidad de dislocarme una mano para evitar una firma desas­
trosa: es el mismo raciocinio el que me impide dar saltos absur­
dos y firmas absurdas. Pienso que las reformas de Alejandro II
habrían tenido lugar incluso sin la guerra, y quizás se hubieran
realizado de forma más sólida y articulada. No obstante, no
intentaré demostrar esta afirmación para no alejarme de nues­
tro tema. En cualquier caso es imposible valorar los hechos
políticos en base a sus consecuencias indirectas e impredeci-
bles; la misma guerra de Crimea, o mejor dicho su inicio, es
decir, el ataque de nuestro ejército en el Danubio en 1853, no
tiene ninguna justificación racional. No puedo llamar racional
a una política que hoy salva a Turquía del sultán egipcio Meh-
met Alí63 -impidiendo así el desdoblamiento del mundo mu­
sulmán en torno a dos centros, Estambul y El Cairo, que por
cierto, no hubiera sido ninguna desgracia para nosotros- y des­
pués intenta abatir a esa misma Turquía, salvada y reforzada
gracias a nuestra intervención precedente, con el riesgo de pro­
vocar una coalición europea en nuestra contra. Esto no es políti­
ca, sino una forma de quijotismo. Y no puedo definir de otra
manera, que no se enfade el General, nuestra última guerra64.
LA SEÑORA - ¿Y los basi bozuk en Armenia? ¿No había apro­
bado la acción del General al exterminarlos?
EL POLÍTICO - ¡Perdóneme! Yo afirmo que actualmente la gue­
rra se ha convertido en inútil. Pues bien, el relato del General es
una excelente demostración. Comprendo sin dificultad que,
encontrándose por razones de servicio en una guerra y estan­
do en contacto con tropas irregulares turcas responsables de
atrocidades frente a la población civil, cualquier persona...

mirando fijamente al Príncipe

63 Se refiere a la intervención rusa en 1833 para sostener al imperio otomano contra el


gobernador de Egipto, Mehmet (Muhamad) Alí.
64 La guerra contra Turquía en 1877.
VLADIMIR SOLOVIEV 81

... libre de «principios absolutos» preconcebidos habría debi­


do, por sentimiento o por obligación, exterminarles sin piedad,
como hizo el General, y sin pensar de ninguna manera en su
regeneración moral, como por el contrario afirma el Príncipe.
Pero yo me pregunto en primer lugar quién ha causado en rea­
lidad estos horrores y qué se ha obtenido con la intervención
militar. A la primera cuestión solamente puedo responder en
conciencia indicando la política agresiva y desconsiderada que,
suscitando las pasiones y las pretensiones de los raya65 cristia­
nos, ha irritado profundamente a los turcos. Estos últimos em­
pezaron a masacrar a los búlgaros sólo después de que Bulga­
ria se hubiera llenado de comités revolucionarios y los turcos
temieran la intervención extranjera y la disolución de su esta­
do. Y lo mismo ha sucedido en Armenia. A la segunda pregun­
ta, esto es, qué se ha derivado de esta intervención, la respues­
ta me la dan los acontecimientos más recientes; y es una res­
puesta absolutamente clara. Juzguen ustedes mismos: en 1877
nuestro General extermina varios miles de basi bozuk salvando
de este modo, tal vez, a varios centenares de armenios; en 1895,
sin embargo, en esos mismos lugares los mismos basi bozuk ma­
sacraron a la población armenia, y no a cientos, sino a miles o
incluso a decenas de miles de personas. Si queremos creer a los
corresponsales -yo, personalmente, no lo aconsejo- las víctimas
serían casi medio millón. Seguramente exageran, sin embargo
esta masacre de armenios ha sido mucho peor que la sucedida
en el pasado decenio contra los búlgaros. He aquí el resultado
de nuestra guerra patriótica y filantrópica.
EL GENERAL - ¡Bravo por quién le entienda! Primero es res­
ponsable la política equivocada, después la guerra patriótica.
Da la impresión de que el príncipe Gorcakov y el señor Girs
fueran militares o que Disraeli y Bismarck fueran patriotas ru­
sos y filántropos66.

65 Súbditos cristianos del imperio otomano.


66 Gorcakov y Girs guiaron la diplomacia rusa en los tiempos de la guerra con Turquía
de 1877. Disraeli y Bismarck, que entonces eran respectivamente primer ministro
inglés y canciller alemán, consiguieron minimizar los efectos de la victoria rusa, es­
pecialmente en los Balcanes.
82 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL POLÍTICO - ¿De verdad no están claras mis indicaciones?


Me estoy refiriendo a un ligamen absolutamente indiscutible -
y no abstracto o ideal, sino completamente real y pragmático-
entre la guerra de 1877 (que fue la consecuencia de nuestra equi­
vocada política) y las recientes masacres de cristianos en Ar­
menia. Usted quizás sepa, y si no será útil que lo conozca, que
después de 1877 y el tratado de San Esteban67, Turquía com­
prendió qué tipo de futuro le estaba reservado en Europa y
decidió entonces salvaguardar su propia existencia al menos
en Asia. En primer lugar se aseguró en el congreso de Berlín68
el apoyo inglés pero, ateniéndose oportunamente a la máxima
«confía en Inglaterra, pero mantente en guardia», el gobierno
turco emprendió en Armenia el reclutamiento y el refuerzo de
sus tropas irregulares, es decir, aquellos «diablos» con los cua­
les topó el General. Esta política se reveló clarividente, pues
aproximadamente quince años después de que Disraeli hubie­
ra garantizado a Turquía sus posesiones asiáticas a cambio de
la isla de Chipre, la política inglesa siguió nuevos intereses y se
transformó en antiturca y filoarmenia; en Armenia aparecieron
entonces agitadores ingleses, como antes habían aparecido es­
lavófilos en Bulgaria. Y es en este momento cuando los «dia­
blos» del General salieron a la luz, como se dice, los hombres
justos en el momento justo, y devoraron de manera poco escru­
pulosa la porción más grande de carne cristiana que nunca haya'
habido entre unos dientes.
EL GENERAL - Es horrible escuchar estas cosas. En cualquier
caso, tenga un poco de temor de Dios y dígame: ¿de qué es
culpable la guerra en este caso? Si en 1877 los hombres de go­
bierno se hubieran limitado a concluir su trabajo tan bien como
el nuestro, los militares, no hubiese habido ni siquiera la som­
bra de un refuerzo o de un reclutamiento de tropas irregulares
en Armenia, y en consecuencia tampoco hubiera habida nin­
guna masacre.
67 El tratado de San Esteban sancionó el fin de la guerra entre Turquía y Rusia en un
sentido muy favorable para Rusia que, además de las conquistas territoriales en Besa-
rabia y el Cáucaso, obtuvo la constitución de un fuerte Estado búlgaro.
68 El congreso de Berlín (1878) redimensionó el triunfo ruso en la guerra de 1877.
VLADIMIR SOLOVIEV 83

EL POLÍTICO - ¿Usted pretende la destrucción completa del


imperio turco?
EL GENERAL - ¡Sí! Y eso a pesar de que amo y respeto sincera­
mente a los turcos, un pueblo magnífico, sobre todo si lo com­
paramos a todos esos «etíopes»69 variopintos; y sin embargo
sostengo que hace ya tiempo que ha llegado el momento de
poner fin a la existencia del imperio turco.
EL POLÍTICO - No tendría nada que objetar si, en su lugar, los
etíopes de quienes habla estuvieran preparados para crear un
imperio propio en vez de pelearse continuamente. ¡No! El go­
bierno turco es necesario para ellos del mismo modo que la pre­
sencia de soldados turcos en Jerusalén es necesaria para la paz y
el bienestar de las distintas confesiones cristianas de aquel lugar.
LA SEÑORA - Ya me esperaba que quisiera adjudicar para
siempre a los turcos el Sepulcro del Señor.
EL POLÍTICO - ¿Usted piensa que esto depende de mi ateís­
mo, de mi indiferencia? ¡Es justo lo contrario! Yo apoyo que los
turcos permanezcan en Jerusalén sólo a causa de aquella pe­
queña pero inextinguible chispa de sentimiento religioso que
me queda de la infancia. Sé bien, de hecho, que en el preciso
momento en el que los soldados turcos abandonasen Jerusa­
lén, los cristianos de la ciudad empezarían inmediatamente a
cortase el cuello después de haber destruido todas las santas
reliquias. Y si mis impresiones y conclusiones le parecen sos­
pechosas, pregunte a los peregrinos de quienes sí se fía, o me­
jor aún, vaya usted misma a verlo.
LA SEÑORA - ¿Ir a Jerusalén? ¡Oh, no! Quién sabe lo que po­
dría ver... No, tengo miedo, ¡tengo mucho miedo!
EL POLÍTICO - ¿Ve?
LA SEÑORA - ¡Es curioso! Usted no está de acuerdo con el
General, pero ambos exaltan a los turcos.
EL POLÍTICO - Es probable que el General los respete como a

69 Aquí y a continuación se entiende por «etíopes» a los pueblos cristianos que vivían
en el imperio otomano.
84 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

fieros soldados; personalmente yo veo en ellos a los custodios


de la paz y del orden en Oriente.
LA SEÑORA - ¡Una bonita paz y un bonito orden cuando, de
un día para otro, masacran a decenas de miles de personas!
Prefiero cualquier tipo de desorden.
EL POLÍTICO - Como le he dicho hace poco, las masacres fue­
ron determinadas por una agitación revolucionaria. ¿Por qué
pedirles a los turcos un alto grado de mansedumbre y miseri­
cordia cristiana que no se les exigen a ninguna otra nación, ni
siquiera cristiana? Dígame un solo país en el que una revuelta
armada haya sido reprimida sin recurrir a medidas crueles e
injustas. Tengamos presentes varias cosas: en primer lugar, los
instigadores de las matanzas no fueron los turcos, quienes, por.
otra parte, apenas tomaron parte en ellas, sino que fueron lle­
vadas a cabo, en su mayor parte, por «diablos» de los del Ge­
neral; en fin, también yo estoy de acuerdo sobre el hecho de
que en esta ocasión, dando carta blanca a esos «diablos», el go­
bierno turco ha exagerado, como también exageró entre noso­
tros Iván IV cuando hizo ahogar a diez mil pacíficos ciudada­
nos de Novgorod70, o los comisarios de la Convención francesa
con sus noyades y fusillades71, o los ingleses en la India en la re­
presión de la revuelta de 1857. Y no obstante, no hay duda de
que en el caso de tener la posibilidad, los «etíopes» de nuestra
misma raza y fe, como los llama el General, se abandonarían a
matanzas mucho mayores que las cometidas por los turcos.
EL GENERAL - ¡Pero si yo nunca he pensado en poner a los
etíopes en el lugar de los turcos! Lo que quiero es que Rusia
tome Constantinopla y Jerusalén y que, en el lugar del imperio
turco, instituya un gobernador militar como los de Samarcan­
da y Aschabad; y que los turcos, una vez depuestas las armas,
sean tratados de la mejor de las maneras posibles, tanto en lo
que atañe a la religión como en todo lo demás.

70 Iván IV, el Terrible, para consolidar su poder autocrático, realizó una feroz política
de represión de la nobleza y de las ciudades libres, especialmente sobre Novgorod.
71 Ahogamientos y fusilamientos, métodos empleados por la República Francesa en la
represión de los movimientos contrarrevolucionarios.
VLADIMIR SOLOVIEV 85

EL POLÍTICO - Bueno, espero que no esté hablando seriamen­


te, en caso contrario estaré obligado a dudar de su... patriotis­
mo; de hecho, si iniciásemos una guerra con unos objetivos tan
radicales provocaríamos nuevamente una coalición europea en
contra nuestra en la que participarían incluso nuestros etíopes,
liberados o aspirantes a la liberación. Éstos comprenden bien
que bajo la dominación rusa no será muy fácil manifestar aque­
llo que los búlgaros llaman «la propia fisonomía nacional». Y
en vez de destruir el imperio turco seremos nosotros los que
sufriremos una nueva y mayor derrota que la de Sebastopol.
No, aunque habitualmente nos empeñamos en malas políticas,
estoy convencido de que no llegaremos a la locura de una nue­
va guerra con Turquía; y si lo hiciésemos, todo patriota debería
decir con desesperación: quem Deus vult iperdere, prius demen­
ta?2.
LA SEÑORA - ¿Y qué significa eso?
EL POLÍTICO - Significa que Dios quita la razón a quien quie­
re perder.
LA SEÑORA - Bueno, la historia no se hace según este tipo de
razón; usted, presumiblemente, no está sólo con Turquía, sino
también con Austria.
EL POLÍTICO - No es necesario que me alargue sobre esta cues­
tión, puesto que personas más competentes que yo -por ejem­
plo los líderes nacionales de Bohemia- afirman desde hace
mucho tiempo que «si Austria no existiera, habría que inven­
tarla». La reciente disputa en el parlamento de Viena constitu­
ye una óptima ilustración de este aforismo y también una pre­
figuración en miniatura de lo que ocurriría en esos países si se
hundiera el imperio de los Habsburgo.
LA SEÑORA - ¿Y qué piensa usted de la alianza franco-rusa73?
Tengo la impresión de que no habla de ella a propósito.
EL POLÍTICO - No querría adentrarme en los detalles de una

72 En latín en el original: a quien Dios quiere perder primero le enloquece.


73Alianza estipulada en 1892, a pesar de la oposición de los ambientes conservadores
rusos, con el fin de acabar con el aislamiento diplomático de Rusia.
86 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

cuestión tan difícil. En general pienso que el acercamiento a


una nación rica y desarrollada como Francia sólo puede ser
ventajoso para nosotros; por otra parte, esta alianza tiene un
carácter pacífico y de seguridad. Así, al menos, es entendida en
las altas esferas donde se ha discutido y firmado.
ÉL SEÑOR Z. - La cuestión de las ventajas morales y cultura­
les derivadas del acercamiento de dos naciones es compleja y,
me parece, algo oscura. ¿Pero no cree que, desde un punto de
vista específicamente político, el habernos adherido a uno de
los dos bloques contrapuestos del continente europeo nos ha
hecho perder nuestra libre y ventajosa condición de jueces im­
parciales y árbitros? Adhiriéndonos a una de las dos partes y
equilibrando de este modo las fuerzas, ¿no hemos determina­
do tal vez la posibilidad de un enfrentamiento armado? Fran­
cia, de hecho, no podía enfrentarse sola a la Triple Alianza74,
pero puede hacerlo ahora con la ayuda de Rusia.
EL POLÍTICO - Lo que usted dice sería totalmente exacto si
alguien tuviera realmente voluntad de desencadenar una gue­
rra europea, pero puedo garantizarle que nadie tiene la más
mínima intención. Y en cualquier caso, es mucho más fácil para
Rusia mantener a Francia en el camino de la paz que para Fran­
cia arrastrar a nuestro país por el camino de una guerra que
sería sustancialmente inoportuna para ambos. Lo más tranqui­
lizante es, de todos modos, el hecho de que las naciones mo­
dernas no sólo no quieren ya hacer la guerra, sino que además
están suavizándola. Tomemos como ejemplo el último conflic­
to, la guerra hispano-americana75. ¿Qué tipo de guerra ha sido,
lo sabe usted? Una guerra de títeres, se lo digo yo, una guerra
de Petruska Uksukov76. «Después de un prolongado y violento
combate el enemigo se ha retirado, dejando sobre el campo de
batalla un muerto y dos heridos. Por nuestra parte no hemos
de lamentar ninguna baja». O bien: «Toda la flota enemiga se

74Acuerdo de carácter defensivo firmado en 1882 entre Alemania, Austria e Italia.


75 Se refiere a la guerra de 1898, en la que España perdió Cuba y las Filipinas y que
significó el fin de los últimos vestigios del imperio español, en lo que vino a llamarse
el «desastre de 1898».
76 Personaje del teatro ruso de marionetas.
VLADIMIR SOLOVIEV 87

ha rendido sin condiciones a nuestro acorazado Money enough


después de haber ofrecido una tenaz resistencia. No hay que
lamentar bajas en ninguna de las dos partes». Y toda la guerra
así. Francamente, me sorprende que bien pocos se hayan aper­
cibido del nuevo carácter de la guerra, de su casi total ausencia
de derramamiento de sangre. Y sin embargo esta transforma­
ción ha sucedido ante nuestros ojos; ¿quién ha olvidado los
boletines de 1870 y de 187777?
EL GENERAL - Espere antes de maravillarse tanto; ¡deje que
se enfrenten dos verdaderas naciones militares y ya verá que
boletines!
EL POLÍTICO - No lo creo. No ha pasado mucho tiempo des­
de que España era una potencia militar de primer orden. El
pasado no vuelve, gracias a Dios. Se puede decir que, así como
en el cuerpo se atrofian los órganos inútiles, así sucede tam­
bién en la humanidad: convirtiéndose en inútiles, también las
virtudes militares desaparecen. Y si reapareciesen, me sorpren­
dería tanto como si de repente a los murciélagos les salieran
ojos de águila o si a los hombres les volviera a crecer la cola.
LA SEÑORA - ¿Y por qué hace un momento alababa a los sol­
dados turcos?
EL POLÍTICO - Los alababa como guardianes del orden en el
interior del estado. En este sentido, las fuerzas armadas o, como
se dice, «la mano militar» -manus milüaris- serán indispensa­
bles durante mucho tiempo a la humanidad, pero esto no im­
pide que la belicosidad de las naciones, entendida como pro­
pensión y actitud hacia las guerras internacionales, deba nece­
sariamente desaparecer; y así está desapareciendo ya ante nues­
tros ojos, asumiendo el aspecto incruento, aunque no del todo
pacífico, de las disputas parlamentarias. Pero ya que, con toda
verosimilitud, la inclinación a estos desórdenes persistirá mien­
tras existan diversos partidos y opiniones, el estado continuará
necesitando de una manus militaris con el fin específico de fre­

77 Se refiere a la quinta y sexta guerra ruso-turca causadas por las disputas balcánicas
en tiempos del zar Alejandro II.
88 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

nar a estos últimos; y así continuará cuando la guerra entre las


naciones no sea más que un recuerdo histórico remoto.
EL GENERAL - Usted compara la policía con el coxis que per­
siste en el hombre. Muy divertido, ¿pero no cree que ha ido
demasiado deprisa al comparar a los militares con los vestigios
de la cola? El hecho de que esta o aquella nación esté en deca­
dencia y combata mal significa, según usted, que en todo el
mundo las virtudes militares se han extinguido. Debo admitir,
no obstante, que incluso el soldado ruso puede estar algo es­
tropeado por ciertas «disposiciones» y «sistemas».
LA SEÑORA, dirigiéndose al Político - Y todavía no nos ha ex­
plicado de qué manera pueden resolverse sin guerra algunas
situaciones históricas, por ejemplo la cuestión de Oriente. Aún
siendo todo lo malos que quieran los pueblos cristianos de
Oriente, en el caso de que decidieran liberarse por sí solos y los
turcos empezaran a masacrarlos, ¿deberíamos quedarnos con
los brazos cruzados? Admitamos que sus críticas precedentes
a la guerra están del todo justificadas, querría preguntarle -
como el Príncipe, aunque en otro sentido- ¿qué deberíamos
hacer si esas matanzas volvieran a empezar?
EL POLÍTICO - En primer lugar, hasta que esas matanzas no
se verifiquen, debemos abandonar nuestra errónea política y
apostar por otra, quizás de aspecto alemán, pero eficaz: no de­
rrotar a los turcos, no gritar como borrachos que queremos ele­
var cruces sobre las mezquitas, sino intentar civilizar pacífica y
amigablemente a Turquía, por su interés y por el nuestro pro­
pio. Depende esencialmente de nosotros que los turcos com­
prendan cuanto antes que despedazar a la población del pro­
pio país es algo no sólo malo, sino sobre todo inútil y dañoso.
EL SEÑOR Z. - Bien, en lo que se refiere a la civilización ligada
a las concesiones ferroviarias y a todo tipo de empresas comer­
ciales e industriales, los alemanes nos han precedido78; compe­
tir con ellos en este terreno es una operación desesperada.
78 Estas palabras, escritas en octubre de 1899, fueron confirmadas pocos meses des­
pués por la convención turco-alemana para los asuntos de Asia Menor y el ferrocarril
de Bagdad (N. del A.)
VLADIMIR SOLOVIEV 89

EL POLÍTICO - ¿Y por qué deberíamos competir con ellos? Si


alguien hiciera en mi lugar un trabajo pesado, yo estaría bien
contento e iría a agradecérselo. Si, por el contrario, me irritase
con él porque ha hecho algo que yo hubiera querido hacer, en
este caso no me estaría comportando como una persona de bien,
pues del mismo modo no es digno de una nación como Rusia
hacer como el perro que duerme del hortelano que ni come ni
deja comer a los demás. Si otros consiguen concluir mejor y
más rápidamente que nosotros un buen asunto de interés co­
mún, ¡mucho mejor! ¿Por qué otro motivo hemos combatido
contra Turquía si no es por salvaguardar los derechos huma­
nos de sus súbditos cristianos? ¿Y si los alemanes tuvieran
mayor fortuna y alcanzaran este resultado, pero con métodos
pacíficos, civilizando Turquía? No hay duda de que si en 1895
los alemanes hubieran estado tan sólidamente asentados en
Turquía como lo estaban los ingleses en Egipto, las matanzas
contra los armenios no hubieran ocurrido.
LA SEÑORA - ¿Esto significa que, según usted, deberíamos
renunciar a Turquía solamente para que los alemanes se la co­
man mejor?
EL POLÍTICO - No, no es eso. Creo que la política alemana es
sabia porque no se propone comer esos alimentos indigestos;
su fin es más sutil: introducir a Turquía en el ámbito de las
naciones civilizadas, ayudar a los turcos a educarse y a llegar a
ser capaces de gobernar con justicia y humanidad a aquellos
pueblos que, por su recíproca hostilidad, no están en situación
de vigilar pacíficamente sus propios asuntos.
LA SEÑORA - ¡Todo esto son cuentos chinos! ¿Cómo es posi­
ble entregar para siempre un pueblo cristiano a los turcos? Tam­
bién a mí me gustan los turcos por muchas cosas, pero se trata
a fin de cuentas de bárbaros cuya última palabra será siempre
la violencia. Y la civilización europea no les afecta para nada.
EL POLÍTICO - Esto mismo se podría decir de la Rusia de Pe­
dro el Grande y también de tiempos mucho más cercanos a
nosotros. Siempre nos acordamos de las «atrocidades turcas»,
90 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

¿pero cuánto hace que atrocidades de este tipo eran cometidas


por Rusia y por otros países? «Los desgraciados cristianos gi­
men bajo el yugo musulmán» ¿Y todos aquellos que gimen bajo
nuestro yugo de crueles terratenientes, sean cristianos o mu­
sulmanes? ¿Y los soldados gimiendo bajo el yugo de la leva?
La respuesta a estos lamentos de los cristianos rusos ha sido la
abolición de los siervos de la gleba y del castigo físico, no la
destrucción del imperio ruso. ¿Y por qué ahora a los lamentos
de los búlgaros y armenios hay que responder necesariamente
con la destrucción del estado desde el que dichos lamentos son
lanzados?
LA SEÑORA - Porque no es posible poner en el mismo plano,
la existencia en un estado cristiano, y en consecuencia fácil­
mente reformable, con la opresión de un pueblo cristiano por
parte de uno no cristiano.
EL POLÍTICO - La imposibilidad de reformar Turquía no es
más que un prejuicio hostil que los alemanes han empezado a
destruir ante nuestros propios ojos, exactamente del mismo
modo como contribuyeron a hacerlo respecto de la innata bar­
barie del pueblo ruso. En lo que respecta a sus «cristianos» y
«no cristianos», creo que a los ojos de las víctimas de cualquier
atrocidad la question manque d'intérét79. Si alguien me despelleja
estoy seguro de que no le preguntaré: «¿y usted, egregio señor,
a qué confesión religiosa pertenece?». Y no me consolará para
nada si resulta que la persona que me está masacrando no es
solamente odiosa y amenazadora, sino también inconcebible­
mente deshonesto en su calidad de cristiano ante su propio Dios,
cuyos mandamientos infringe. Y, hablando objetivamente, ¿no
resulta suficientemente claro que el cristianismo de Iván IV, de
la Saltycicha80 y de Arakceev81 no constituye ningún mérito,
sino al contrario, un abismo de inmoralidad que en las otras
religiones parece imposible? Ayer el General nos explicó las
atrocidades de los salvajes kurdos, recordándonos que se tra-
79 En francés en el original: la cuestión carece de interés.
80 Apodo de Darija Saltykova, una terrateniente del siglo XVIII, tristemente célebre
por la crueldad con que trataba a sus campesinos.
81 Cfr. la nota 58.
VLADIMIR SOLOVIEV 91

taba de adoradores del diablo82. No hay duda de que quemar a


fuego lento a alguien -un niño, por supuesto, pero también un
adulto- es una acción malvada, diabólica si queremos. Es sabi­
do, sin embargo, que también a Iván IV le gustaba quemar a la
gente a fuego lento y que incluso reavivaba las brasas con su
propio bastón. Y no se trataba ciertamente de un salvaje ni de
un adorador del demonio, sino de un hombre de mente des­
pierta y de una cultura bastante vasta para su tiempo. Y ade­
más era un teólogo de intachable ortodoxia. Y si no queremos
retroceder tanto en la historia, ¿eran el búlgaro Stambulov83 y
el serbio Milán84 turcos o representantes de los llamados pue­
blos cristianos? Y entonces, ¿qué es este «cristianismo» del que
usted habla si no una palabra vacía y que no ofrece ninguna
garantía?
LA SEÑORA - ¡Juicios así encajarían bien en boca del Príncipe!
EL POLÍTICO - Cuando, la verdad es así de evidente, no me
importa compartir mi opinión no sólo con nuestro estimadísi­
mo Príncipe, sino incluso con el asno de Balaam85.
EL SEÑOR Z. - No obstante, no creo que su excelencia se haya
dignado benévolamente a asumir el papel de protagonista en
el diálogo para hablar del cristianismo o de los animales bíbli­
cos. Resuena todavía en mis oídos el grito profundo del corazón
que lanzó ayer: «¡por el amor de Dios, un poco menos de reli­
gión!». No sé si tal vez querrá volver al objeto de nuestra con­
versación para explicarme un punto que me quedó oscuro. He
aquí de lo que se trata: si, como usted ha dicho, no debemos
destruir el imperio turco, sino «civilizarlo»; y si, por otra parte,
como ha admitido con conocimiento de causa, los alemanes
han empezado ya a ocuparse del progreso material de Turquía
bastante mejor de lo que lo podríamos hacer nosotros, ¿en qué
consiste exactamente la tarea de la política rusa en la cuestión
de Oriente?
82 Cfr. la nota 39.
83 Stefan Stambulov (1 8 5 4 -1895), político búlgaro que gobernó durante un decenio de
manera despótica. Murió en un atentado.
84 Milán Obrenovic (1 8 5 4 -1 901), rey de Serbia.
85 Cfr. Nm 24.
92 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL POLÍTICO - ¿Qué en qué consiste? Absolutamente en nada,


me parece claro. Sobre todo si por tarea particular de la política
rusa se entiende una dirección asumida y sostenida aislada­
mente por parte de nuestro país, en contraste con las tenden­
cias de todas las demás naciones europeas. Por otra parte le
puedo decir que no ha existido jamás tal política particular.
Hemos dado más bien bandazos en esa dirección, primero en
los años 50 y después en los años 70; pero esos tristes banda­
zos, que son justamente la causa de lo que yo llamo nuestra
mala política, llevan inmediatamente consigo una némesis de
fracaso más o menos grave. Hablando en general, la política
rusa en Oriente no puede ser considerada como autónoma a
aislada. Desde el siglo XVI hasta, quizás, el XVIII, su misión
fue defender, junto con Austria y Polonia, el mundo civilizado
de los asaltos, entonces peligrosos, de los turcos. Y ya que en
esta obra defensiva Rusia debía actuar, aunque fuera sin una
alianza formal, junto a polacos, imperiales y venecianos, está
claro que se trataba de una política común y no particular. Tam­
bién en el siglo XIX, y mucho más en el venidero siglo XX, este
carácter general permanecerá inmutable, aunque necesariamen­
te hayan de cambiar tanto el fin como los medios. Ahora ya no
hay que salvar a Europa de la barbarie turca, sino europeizar a
los propios turcos. El fin anterior implicaba los medios de la
gtierra, el futuro, los medios de la paz. Pero la tarea en sí mis­
ma, tanto en el primer caso como en el segundo, es común a
toda Europa: así como en el pasado las naciones europeas eran
solidarias en los intereses de la defensa militar, así hoy son so­
lidarias en los intereses de la difusión de la civilización.
EL GENERAL - Y sin embargo la antigua solidaridad militar
no impidió a Richelieu y a Luis XIV aliarse con Turquía contra
los Habsburgo.
EL POLÍTICO - Sí, pero esta mala política exterior de los Bor-
bones, junto con la insensatez de su política interior, recibió a
su debido tiempo su merecido castigo por parte de la Historia.
LA SEÑORA - ¿Y lo llama Historia? Antes se hablaba de régicide.
VLADIMIR SOLOVIEV 93

EL SEÑOR Z. - Digamos que fue una fea historia.


EL POLÍTICO, dirigiéndose a la Señora - Aquí no se trata de pa­
labras, sino del hecho de que todo error político tiene sus con­
secuencias . Y quien quiera es libre de ver en este hecho un sig­
nificado místico. En lo que a mí respecta hay bien poco de mís­
tico. Es como si, por ejemplo, a mi edad, en vez de comer yo­
gur, me atracase de champagne como un jovencito: enfermaría
con toda seguridad.
LA SEÑORA - Debe admitir sin embargo que, a la longue, esta
política suya del yogur resulta un poco fastidiosa.
EL POLÍTICO, ofendido - Si usted no me interrumpiera cons­
tantemente ya hace tiempo que habría acabado mi disertación
y cedido la palabra a otro interlocutor más interesante.
LA SEÑORA - Siga, no se ofenda, sólo quería bromear. Al con­
trario, usted me parece verdaderamente brillante... para su edad
y su posición.
EL POLÍTICO - Estaba diciendo que hoy somos solidarios con
el resto de Europa en la obra de civilizar a Turquía y que no
tenemos, ni debemos tener, una política particular. Hay que
añadir además que, a causa de nuestro relativo atraso en el
ámbito social, industrial y comercial, la participación de Rusia
en esta obra de civilización no puede ser, por el momento, sig­
nificativa. Por otra parte, no se pufede olvidar el lugar elevadí-
simo que nuestro país ha conquistado en la esfera militar. Un
lugar que no hemos conseguido gratis, sino gracias a nuestros
méritos. Y así como este prestigio militar no ha sido obtenido
con palabras grandilocuentes, sino con batallas y campañas
concretas, del mismo modo debemos merecer un significado
cultural por medio de obras y éxitos efectivos en los diversos
ámbitos de la paz. Si los turcos han cedido a nuestra superiori­
dad militar, también en lo que se refiere a la civilización cede­
rán a quien sea más fuerte en este campo. Entonces, ¿qué debe­
mos hacer? Ya va siendo difícil encontrar entre nosotros a per­
sonas tan idiotas que sean capaces de oponer una imaginaria
cruz sobre Santa Sofía a las reales capacidades laborales de los
94 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

alemanes.
EL GENERAL - Justamente, ése es el punto clave: hacer que la
cruz no sea sólo imaginaria.
EL POLÍTICO - Pero, ¿quién materializará esa cruz? Mientras
usted no encuentre el médium idóneo, lo único que nos pide
nuestro orgullo nacional, y siempre en los límites razonables
dentro de los que este sentimiento es admisible, es redoblar
nuestros esfuerzos para alcanzar a las otras naciones en todos
los campos en los que se han distanciado, concentrando la fuer­
za dispersa en los varios comités eslavos y en otras estupideces
del mismo género. Además, si en Turquía somos actualmente
impotentes, podemos por el contrario jugar un excepcional
papel civilizador en Asia central y en el Extremo Oriente, es.
decir, en regiones hacia las que la historia está desplazando su
centro de gravedad. Por su posición geográfica y por otra serie
de razones Rusia puede hacer aquí más que cualquier otra na­
ción, excepto, obviamente, Inglaterra. Esto significa que la ta­
rea de nuestro país en este campo consiste en un constante y
sincero acuerdo con los ingleses a fin de que nuestra colabora­
ción civilizadora con ellos no degenere en una hostilidad sin
sentido y en una indigna competencia.
EL SEÑOR Z. - Desgraciadamente, tanto entre los hombres
como entre los pueblos, esta degeneración acaba siempre por
suceder, de manera fatal.
EL POLÍTICO - Sí, sucede. Por otra parte, sin embargo, no co­
nozco en la vida de los hombres ni en la de los pueblos un solo
caso en el que una relación de colaboración convertida en hos­
til y llena de envidia haga más fuerte, rico y afortunado. Esta
experiencia universal y sin excepción es observada por las per­
sonas inteligentes, y yo espero que también por un pueblo sen­
sato como el ruso. Enfrentarse con un inglés en el Extremo
Oriente sería el colmo de la locura, aunque sólo sea porque no
está bien que los familiares se peleen en presencia de extraños.
¿O acaso cree usted que los rusos estamos más cerca de los chi­
nos que de nuestros compatriotas Shakespeare y Byron?
VLADIMIR SOLOVIEV 95

EL SEÑOR Z. - Bueno, es una pregunta difícil.


EL POLÍTICO - Entonces dejémosla de lado, al menos por aho­
ra. Pero ponga atención en lo que voy a decir. Si se acepta mi
punto de vista hay que admitir que, actualmente, la política
rusa debe tener solamente dos fines: en primer lugar, el mante­
nimiento de la paz en Europa, puesto que en el actual grado de
desarrollo histórico todo conflicto europeo sería una insensata
y criminal guerra civil; en segundo lugar, el influjo cultural so­
bre los pueblos bárbaros que se encuentran en nuestra esfera
de influencia. Ambos fines, además de su intrínseca dignidad,
se sostienen maravillosamente el uno al otro, condicionando
recíprocamente su existencia. Está claro que trabajando con­
cienzudamente por el progreso cultural de los estados bárba­
ros (en lo que está interesado también el resto de Europa) hace­
mos más estrechos los vínculos de solidaridad que nos ligan a
las otras naciones europeas, mientras que la consolidación de
esta unidad europea refuerza a su vez nuestro influjo sobre los
pueblos bárbaros, extirpando en ellos la idea de ofrecer resis­
tencia. ¿Cree usted que en Asia encontraríamos obstáculos si el
hombre amarillo supiese que detrás de Rusia está Europa? Y si,
por el contrario, viese que Europa no está con Rusia, sino con­
tra ella, ¿no empezaría a considerar la posibilidad de una agre­
sión armada sobre nuestra frontera? Y en este caso deberíamos
defendernos en dos frentes que se extienden por diez mil vers-
tas. No creo en el espantapájaros de una invasión mongola pre­
cisamente porque rechazo la posibilidad de una guerra euro­
pea; no obstante, si por un absurdo estallase una guerra euro­
pea, en ese caso sí deberíamos realmente temer a los mongoles.
EL GENERAL - Usted piensa que una guerra europea y una
invasión mongola son del todo inverosímiles, pero por mi par­
te no consigo creer en su «solidaridad de las naciones euro­
peas» y en la inminente «paz universal». Ni es natural ni es
verosímil. No sin motivo, en Navidad, en las iglesias se canta
«paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad». Esto signi­
fica que en la Tierra tendremos paz sólo cuando entre los hom­
bres se difunda la buena voluntad. ¿Y dónde está esa buena
96 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

voluntad?, ¿la ha visto alguna vez? A decir verdad, usted y yo


manifestamos una auténtica buena voluntad únicamente res­
pecto del principado de Monaco, al que no declararemos nun­
ca la guerra. Pero antes de considerar como a uno de los nues­
tros a los alemanes o a los ingleses y creer íntimamente que su
bien es también nuestro bien y que su satisfacción es también
la nuestra... bueno, eso ya es otra cuestión; me parece muy pro­
bable que dicho tipo de «solidaridad», como usted la llama,
con las naciones europeas no se conseguirá nunca.
EL POLÍTICO - ¿Pero cómo puede decir que esa solidaridad
no se alcanzará jamás, cuando ya existe en la naturaleza de las
cosas? Somos solidarios con los europeos por la sencilla razón
de que nosotros mismos somos europeos. Esto es unfait accom-
pli86 desde el siglo XVIII, y ni la tosquedad de las masas popu­
lares rusas ni las quimeras de los eslavófilos87 pueden evitarlo.
EL GENERAL - ¿Pero usted cree en serio que los europeos son
solidarios entre ellos, por ejemplo, los franceses con los alema­
nes, o los ingleses con los unos y los otros? ¡He escuchado que
ni siquiera los suecos son ya solidarios con los noruegos!
EL POLÍTICO - Parece una argumentación sólida... Lástima
que toda su fuerza esté sobre una base frágil: el desinterés por
la concreta situación histórica. Y yo le pregunto: ¿era solidaria
Novgorod con Moscú en los tiempos de Iván III88e Iván IV? Sin
embargo, no querrá negar que actualmente los gobernadores
de Moscú y Novgorod son solidarios por el bien común del
estado.
EL GENERAL - No, yo sólo quiero decir esto: antes de decla­
rarnos europeos, esperemos al menos el momento en el que las
naciones europeas estén tan sólidamente unidas entre sí como
86 En francés en el original: hecho consumado.
87 La concepción eslavófila, formulada en torno a la mitad del siglo X IX por algunos
pensadores rusos (entre quienes destacan Komiakov y Kireevski) contraponía al ra­
cionalismo ilustrado europeo el ideal de una Rusia ortodoxa y comunitaria.
88 Iván III (1462 -1 5 0 5 ) llevó a buen término la secular obra de reunificación de la
tierra rusa en torno a Moscú, derrotando y absorbiendo a las ciudades rivales de No­
vgorod y Tver y liberando definitivamente el país de la sumisión a los tártaros. Su
matrimonio (1 4 8 2 ) con Zoé, nieta del último emperador bizantino, sancionó simbóli­
camente la trcinslatió imperii de Constantinopla a Moscú.
VLADIMIR SOLOVIEV 97

lo están las regiones del estado ruso. Antes de esto no vale la


pena sacrificarse y mostrarse solidarios con los europeos mien­
tras éstos se dedican a pelearse entre sí.
EL POLÍTICO - Pelearse, ¡qué exageración! Esté tranquilo, no
deberá sacrificarse por Suiza o por Noruega, ni tan siquiera
por Francia o Alemania, porque está bastante claro que no se
llegará a una guerra entre ellas. La clave está en que en Rusia
tomamos a Francia por un insignificante grupo de aventureros
que deberían acabar en prisión, desde donde continuarían
manifestando su nacionalismo y predicando la guerra contra
Alemania.
LA SEÑORA - Sería muy bonito si todo el odio entre las nacio­
nes pudiera ser encarcelado, pero creo que se equivoca.
EL POLÍTICO - Bien, es verdad que he hablado cum grano sa­
lís®\ Aparentemente Europa no se ha fusionado aún en un solo
conjunto, pero querría retomar mi analogía histórica. Entre
nosotros, por ejemplo, existía aún en el siglo XVI el separatis­
mo de las regiones, pero estaba ya cercana su extinción, mien­
tras que la unidad estatal ya no constituía un sueño, sino qtie
se manifestaba concretamente en formas bien definidas. De la
misma manera, en la Europa actual, aunque el antagonismo
nacional continúa existiendo, sobre todo entre las masas y los
políticos incultos, es incapaz de una acción efectiva y mucho
menos aún de desencadenar una guerra europea. En lo que se
refiere a la buena voluntad de la que ha hablado el General,
puedo decir que observo poca, no solamente entre los pueblos,
sino también en el interior mismo de las naciones singulares e
incluso en las propias familias. Y cuando existe, no se da con
mucha intensidad. ¿Pero qué se deriva de esto? Estoy comple­
tamente seguro de que no constituye una buena razón para
provocar guerras civiles y fratricidas. Y lo mismo vale para las
relaciones internacionales. Franceses y alemanes son muy li­
bres de no amarse, con tal de que no se peleen entre ellos. Y
creo que esto último no sucederá.

89 En latín en el original: con un poco de humor, con salero.


98 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL SEÑOR Z. - Es probable, pero aunque consideremos a Eu­


ropa como un único conjunto, esto no significa que los rusos
sean europeos. Usted sabe bien que entre nosotros existe y se
ha difundido bastante durante los últimos dos decenios la idea
de que Europa, es decir, el conjunto de pueblos romano-ger­
mánicos, no comprende a Rusia en tanto que ésta última cons­
tituye un tipo histórico y cultural autónomo, greco-eslavo90.
EL POLÍTICO - He oído hablar de esta variante del eslavofilis-
mo e incluso he discutido con algunos de sus partidarios. He
observado sin embargo, y esto, a mi juicio, cierra la cuestión,
que todos estos señores que impugnan la idea de Europa y
nuestro europeísmo no consiguen mantenerse sobre el terreno
de nuestra especificidad greco-eslava, sino que se lanzan de
cabeza a profesar y a predicar todo tipo de chinismos, budis­
mos, tibetismos o asiatismos indo-mongoles. En ellos la extra-
ñeza hacia Europa es directamente proporcional a la sugestión
de Asia. ¿Qué quiere decir esto? Admitamos también que tie­
nen razón al considerar el europeísmo como un gravísimo error.
Pero entonces, ¿por qué habríamos de caer en el asiatismo, esto
es, en el error opuesto? Y su núcleo greco-eslavo, me pregunto,
¿dónde ha ido a parar?, ¿eh?, ¿dónde ha ido a parar? A pesar
de todo, según ellos, todo provendría de allí. Si expulsas la na­
turaleza por la puerta, volverá a entrar por la ventana. Y la na­
turaleza significa en este caso que no existe ningún tipo histó-
rico-cultural greco-eslavo, sino que ha existido, existe y existi­
rá Rusia, gran periferia de Europa en dirección a Asia. Dada
esta posición periférica, nuestra patria se resiente con bastante
más intensidad que los otros países europeos del influjo del
elemento asiático, y es en esto donde reside nuestra especifici­
dad. También Bizancio fue original, no por nada propio, sino
por la presencia en ella de elementos asiáticos. Y esto ha sido
90 Referencia a las ideas de Nikolai Danilevski y Constantin Leontiev, que rechazaban
la concepción del progreso histórico lineal y culminante en la civilización europea,
contraponiéndole una visión morfológica según la cual la historia humana se articula
en una serie de tipos históricos-culturales autónomos y sujetos a las leyes del devenir
orgánico. Desde esta óptica, Rusia constituiría un tipo autónomo, greco-eslavo o neo-
bizantino. Oswald Spengler utilizará esta tipología en su obra La decadencia de Occi­
dente.
VLADIMIR SOLOVIEV 99

así desde el principio, pero sobre todo desde los tiempos del
khan Baty91. El elemento asiático ha entrado en la naturaleza de
los rusos, convirtiéndose en una especie de segunda alma. Los
alemanes lo dirían así:
Zwei Seelen wohnenf achí In ihrer Brust
Die eine will sich von der andern trennen92.

Separarse del todo de esta segunda alma es imposible y ni si­


quiera es necesario, ya que en el fondo también le debemos
cosas; pero para no salir heridos, como diría el General, de este
conflicto, ha de prevalecer y dominar sólo una de estas dos al­
mas, por supuesto la más fuerte intelectualmente, la más adap­
tada a posteriores progresos y la más rica en potencialidad in­
terior. Es lo que ocurrió ya en tiempos de Pedro el Grande. No
obstante, con posterioridad, nuestra imborrable afinidad espi­
ritual con Asia, a pesar de haber sido definitivamente aplasta­
da, ha inducido a algunas mentes a sueños insensatos y quime­
ras sobre una cuestión histórica ya resuelta de una vez por to­
das. He aquí el eslavofilismo, la teoría del tipo histórico-cultu-
ral autónomo y todo lo demás. Pero la verdad es que nosotros,
los rusos, somos irrevocablemente europeos, aunque con un
sedimento asiático en el fondo del alma. Me parece que esta
afirmación queda demostrada también por la gramática. ¿Qué
es la palabra «ruso» desde el punto de vista de la gramática?
Un adjetivo. ¿Y a qué sustantivo se refiere este adjetivo?
LA SEÑORA - Al sustantivo «hombre», creo yo. Hombre ruso,
hombres rusos.
EL POLÍTICO - No, es demasiado vasto y genérico. También
los papúes y los esquimales son hombres, pero no estoy de
acuerdo en considerar como propio un sustantivo que compar­
to con los papúes y los esquimales.
LA SEÑORA - No obstante hay muchas cosas comunes a to-

91 Nieto de Gengis Khan, sometió Rusia entre 1237 y 1240, dand(^pbi<5 al ÍÍá^j|<|^
«yugo tártaro o mongol». Cfr. la nota 26. F& /
92 En alemán en el original: dos almas habitan, ¡ah! en su pechtpjjfy la ynh q u i ^ '
separarse de la otra. \
100 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

dos los hombres: el amor, por ejemplo.


EL POLÍTICO - No, esto es aún más vasto: ¿cómo puedo reco­
nocer como mi sustancia específica el amor cuando sé que es
común también a otros animales y a toda criatura?
EL SEÑOR Z. - Sí, la cuestión es compleja. Yo soy una persona
como cualquier otra y me siento más solidario con las palomas
blancas93y azules que con el moro Otelo, del que se dice que es
un hombre.
EL GENERAL - Bueno, a cierta edad todo hombre sensato se
siente solidario con las palomas blancas.
LA SEÑORA - ¿Pero qué está diciendo?
EL GENERAL - Este calembour94no va con usted, es cosa mía y
de su excelencia.
EL POLÍTICO - Dejémoslo estar/por favor. Treve de plaisante-
ríes95. No estamos en el escenario del teatro Mikhailovski96. Lo
que quiero decir es que el sustantivo que se refiere al adjetivo
«ruso» es «europeo». Nosotros somos «europeos rusos», de la
misma manera que hay europeos ingleses, franceses y alema­
nes. Y si me siento europeo, ¿no es acaso absurdo intentar de­
mostrarme que soy eslavo-ruso o greco-eslavo? Soy europeo
tan inconfundiblemente como soy ruso. Puedo, e incluso debo,
tener compasión hacia todos los hombres, como también hacia
todos los animales (santo es el hombre que trata bien a los ani­
males), pero no estoy obligado a sentirme solidario y afín con
cualquier chino o zulú. Esto me resulta posible sólo con las
naciones y los hombres que han creado y conservado aquellos
mismos tesoros de suprema cultura de los que me nutro espiri­
tualmente y que me procuran los placeres más elevados. Ha
sido, necesario, antes de nada, que estas naciones elegidas se
formaran, reforzándose y prevaleciendo sobre los elementos
inferiores. Ha sido necesaria también la guerra, que entonces
93 Las «palomas blancas» era el nombre de los miembros de una secta herética rusa,
de aquí el juego de palabras.
94 En francés en el original: juego de palabras.
95 En francés en el original: basta de tonterías.
96 Teatro francés de San Petersburgo.
VLADIMIR SOLOVIEV 101

era una cosa santa. Pero ahora estás naciones se encuentran


bien asentadas, fuertes y no tienen nada que temer a no ser las
discordias internas. Ha empezado una época de paz y de pací­
fica difusión de la cultura europea por todas partes. Todos de­
bemos convertirnos en europeos. «Europeo» debe coincidir con
«hombre» y el concepto de mundo cultural europeo con el de
humanidad. He aquí el sentido de la historia. Al principio esta­
ban sólo los europeos griegos, después también los romanos,
luego todos los otros occidentales y, en Oriente, los rusos. Y al
otro lado del océano ya están los europeos americanos y han
de aparecer también los europeos turcos, persas, hindúes, ja­
poneses y tal vez incluso chinos. El concepto de «europeo» tie­
ne un contenido bien definido, pero una dimensión siempre
creciente. Noten la diferencia: todo hombre es un hombre como
todos los otros. Por tanto, si como nuestro sustantivo reconoce­
mos este concepto abstracto, estamos obligados a admitir una
indistinción igualitaria y a estimar la nación de Newton y
Shakespeare no más que la de los papúes. Pero esto sería ab­
surdo y ruinoso al mismo tiempo. Pero si, por el contrario, mi
sustantivo no es el hombre en general, ni tampoco un espacio
vacío con dos piernas, sino el hombre como portador de cultu­
ra, es decir, el europeo, entonces ya no se puede hablar de esa
absurda igualdad. El concepto de «europeo», o su equivalente
de «cultura», constituye una referencia válida para medir la
calidad relativa y el valor de los individuos, de las naciones y
de las razas. Una política sensata debe tener en cuenta estas
diferencias de valoración. De otra manera pondríamos en el
mismo plano a la relativamente civilizada Austria y a los casi
salvajes montenegrinos, y nos encontraríamos complicados en
esas absurdas y peligrosas aventuras por las cuales suspiran
los últimos mohicanos de nuestro eslavofilismo. II y a européen et
européen97. También después del advenimiento del día, ya anun­
ciado y, espero, próximo, en el que Europa, esto es, el mundo
de la cultura, coincidirá con el conjunto de la totalidad de la
población terrestre, en el interior de la humanidad unificada y
pacificada permanecerán todas aquellas gradaciones y matices
97 En francés en el original: hay europeos y europeos.
102 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

de valor cultural que son, al mismo tiempo, naturales y refor­


zadas por la historia/gradaciones y matices que deben definir
nuestras distintas relaciones con los diversos pueblos. Y en el
omnicomprensivo y triunfante reino de la alta cultura sucede­
rá como en el reino de los cielos: habrá una gloria para el sol,
una gloria para la luna y cada estrella tendrá su propia gloria.
¿No es esto lo que dice el catecismo? Pues bien, ahora que este
fin está cerca pero que todavía no se ha alcanzado es necesario
preservarse en mayor medida aún de los errores de la igualdad
indiscriminada. En los periódicos han empezado a escribir so­
bre los roces entre Inglaterra y el Transvaal98: parece ser que
estos africanos amenazan con declarar la guerra a Inglaterra.
Ya me imagino cuántos escritores y políticos, aquí, entre noso­
tros, y en todo el continente, escribirán contra Inglaterra y to­
marán partido a favor de esos pobres africanos oprimidos. Se­
ría como si Fédor Fédorovic Martens99, persona digna, conoci­
da, respetabilísima e instruida, que se dedica a sus negocios,
fuera agredido por un joven y sucio dependiente, el cual le
amenazase diciendo: «este negocio es mío y tú no tienes nada
que hacer aquí; si no te vas te voy a cortar el cuello», pasando
acto seguido de las palabras a los hechos. Se podría deplorar
que al pobre Fédor Fédorovic le haya ocurrido algo tan absur­
do, pero ya que un hecho así ha sucedido, yo sólo podré sentir
una satisfacción moral si mi estimado amigo empezase a pe­
garle puñetazos a ese pendenciero y si después lo llevase a la
policía para que lo encerrasen en un reformatorio. Por el con­
trario, imaginemos que varios señores, dignamente vestidos,
empezasen a aprobar y a incitar al muchachuelo, gritando:
«¡Bien hecho! ¡Este joven tiene la valentía de enfrentarse a un
hombre más fuerte que él!». ¡Qué absurdo! ¡Si al menos esos
africanos tuvieran el buen sentido de declararse afines por la
sangre a los holandeses! Holanda es una verdadera y digna
nación, culturalmente ilustrada; pero no, se consideran una
nación propia y quieren crear su patria africana. ¡Qué canallas!

98 Provincia de la República Sudafricana.


99 Fédor Fédorovic Martens (1845-1909), profesor de Derecho internacional y publi­
cista ruso.
VLADIMIR SOLOVIEV 103

LA SEÑORA - Por favor, contrólese con los insultos y explí-


queme qué es esto del Transvaal y quién lo habita,
EL SEÑOR Z. - Lo habitan una mezcla de europeos y negros:
no son ni blancos ni negros, sino brunos100.
LA SEÑORA - Me parece que ya volvemos a estar con sus cal·
embours.
EL POLÍTICO - Y ni siquiera de gran nivel.
EL SEÑOR Z. - Tales brunos, tales calembours101. Por otra parte,
si el color bruno no le gusta, en Sudáfrica está también la repú­
blica de Orange.
EL POLÍTICO - Hablando seriamente, estos boers serán segu­
ramente europeos, pero malos europeos que, alejándose de su
gloriosa metrópoli, han perdido en gran medida su antigua ci­
vilización. Además, rodeados como están de salvajes, también
ellos se han asilvestrado y endurecido. De modo que ponerlos
en el mismo nivel que los ingleses o desear su éxito en la lucha
contra Inglaterra, bueno, cela ría pas de nom!102
LA SEÑORA - Sin embargo sus europeos simpatizaron con los
montañeses del Cáucaso cuando combatían contra nosotros en
defensa de su propia independencia. Y Rusia es, sin lugar a
dudas, más civilizada que los habitantes del Cáucaso.
EL POLÍTICO - Para no alargarme sobre las razones de esta
simpatía de Europa por los salvajes del Cáucaso, diré solamen­
te que debemos asimilar las orientaciones generales del pensa­
miento europeo, no las ocasionales tonterías de este o aquel
otro europeo. No, en lo que a mí se refiere, deploro con toda el
alma que Inglaterra se vea obligada, como parece, a recurrir a
la guerra, un medio superado y condenado por la razón histó­
rica, para someter a esos arrogantes bárbaros. Pero si la guerra
resultara inevitable a causa del espíritu salvaje de estos zulúes,

100 Juego de palabras entre buryj (rubios) y bury (boers), palabras qué en ruso son casi
idénticas fonéticamente.
101 Otro juego de palabras: en ruso «brunos» y «calembours» suenan respectivamente
bury y calembury.
102 En francés en el original: esto no tiene nombre.
104 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

esto es, de los boers, pues bien, no podré hacer otra cosa que
desear su conclusión con una completa sumisión de los pen­
dencieros africanos; y que no se hable más de su independen­
cia. De hecho, su éxito, no imposible si consideramos la extre­
ma lejanía de esos territorios, representaría el triunfo de la bar­
barie sobre la cultura, y para mí, como ruso y como europeo,
sería un día de doloroso luto nacional.
EL SEÑOR Z., lentamente al General - Qué bien hablan estos
dignatarios; igual que aquel francés que decía: ce sabré d'honneur
est le plus beau jour de ma vie103.
LA SEÑORA, al Político - No, no estoy de acuerdo. Si tenemos
simpatía por Guillermo Teil, ¿por qué no deberíamos tener sim­
patía por estos transboers?
EL POLÍTICO - Esto sólo podría suceder en el caso de que
fuese creada su propia leyenda nacional, inspirando a artistas
como Schiller104 y Rossini105, o bien si hubieran producido un
Jean-Jacques Rousseau106 u otros escritores y estudiosos.
LA SEÑORA - Todo esto, no obstante, ha venido después. En
un principio también los suizos eran simples pastores... Pero
dejemos aparte a los suizos. Dígame: ¿los americanos se distin­
guían tal vez por su cultura cuando se rebelaron contra los in­
gleses? En absoluto. No eran brunos, sino de piel roja y deso-
lladores, como nos cuenta Mayne Reid107. Sin embargo Lafa-
yette108tenía simpatía por ellos, y tenía razón. Por ejemplo, ahora
han conseguido reunir en Chicago a todas las religiones del
mundo y organizar una gran muestra con ellas. No se había
visto jamás nada parecido. En París han querido hacer lo mis-
103 En francés en el original: este sable de honor es el más bello día de mi vida.
104 Federico Schiller (1 7 5 9 -1805), poeta romántico alemán.
105 Giacomo Rossini (1 7 9 2 -1868), compositor italiano especialmente conocido por
sus óperas.
106 Jean-Jacques Rousseau (1712-1738), filósofo, pedagogo y escritor suizo, autor del
famoso Contrato social.
107 Novelista inglés (1 8 13-1883), que vivió durante largo tiempo en América y escri­
bió novelas de aventuras.
108 Lafayette (1 7 5 7 -1 8 3 4 ), marqués, general y político francés que combatió en las
colonias inglesas de América del Norte junto a los sublevados, siendo nombrado ge­
neral del ejército por el Congreso norteamericano.
VLADIMIR SOLOVIEV 105

mo con motivo de la próxima exposición, pero no ha habido


nada que hacer. El único en empeñarse en este intento fue el
abate Charbonnel109, una persona muy simpática que incluso
me ha escrito varias cartas. Sin embargo, todas las confesiones
han rechazado la invitación. El gran rabino ha declarado: «para
la religión tenemos la Biblia y con una muestra no sabemos
qué hacer». Por su desesperación, el pobre Charbonnel ha re­
negado de Cristo, declarando a los diarios que había arrojado
la túnica y que respetaba mucho a Renán110. Y ha acabado mal,
así me han escrito: ha tomado mujer o se ha dado a la bebida,
no recuerdo bien. También nuestro Nepljuev ha intentando con
mucha convicción hacer algo parecido, pero se ha desilusiona­
do de todas las confesiones. Me ha escrito diciéndome que pone
todas sus esperanzas únicamente en la humanidad entera. ¡Qué
idealista! ¿Cómo se puede exponer a la humanidad entera en
París? No es más que una fantasía. Y sin embargo los america­
nos lo han conseguido. Todas las confesiones han enviado a
personalidades espirituales y un obispo católico, elegido presi­
dente, ha recitado el Padre Nuestro en inglés. Y los budistas y
los sacerdotes chinos idólatras han respondido respetuosamen­
te: «Oh, yes! AU right, sir! Nosotros no queremos nada malo,
pedimos solamente que vuestros misioneros estén lo más lejos
posible. Y esto porque vuestra religión nos parece extraordina­
riamente buena para vosotros, y no es culpa nuestra si no ob­
serváis vuestros mandamientos; pero para nosotros, nuestra
religión es la mejor de todas». Y la cosa concluyó de la mejor de
las maneras, sin peleas, entre la maravilla general. Así es como
han evolucionado los americanos. Y, quién sabe, también tal
vez estos africanos llegarán a ser como ellos.
EL POLÍTICO - Cierto, todo es posible. De cualquier Gavro-

109 Charbonnel, nacido en 1863, sacerdote, literato y periodista francés que apoyó las
tesis del catolicismo liberal y colaboró en el intento de reunir un Congreso universal
de las religiones. Acabó secularizado, casado y realizando conferencias anticlerica­
les.
110 Ernesto Renán (18 2 3 -1 8 92), escritor francés positivista que profesaba una fe utó-
pico-idealista en la ciencia como sustituto de la religión y autor de una célebre Vida de
Jesús .
106 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

che111 puede nacer un gran estudioso. Pero mientras tanto, por


su propio bien, lo mejor es machacarlo a deberes...
LA SEÑORA - ¡Qué expresiones! Décididément vous vous enea-
naillez112. ¡Y todo por culpa de Montecarlo! Qui est que vous fré-
quentez la has? Lesfamilles des croupiers sans doutem. Pero es asunto
suyo. Sólo querría rogarle que ponga un límite a su sabiduría
política o no conseguiremos cenar. Hace ya un buen rato que
deberíamos haber acabado.
EL POLÍTICO - Querría no obstante resumir y unir el fin del
discurso con su inicio.
LA SEÑORA - ¡No le creo! Usted solo no lo conseguirá jamás.
Es necesario que le ayude a explicar sus ideas. Usted quiere
decir, en esencia, que los tiempos han cambiado: primero eran
Dios y la guerra, mientras que ahora, en su lugar están la cultu­
ra y la paz. ¿Es así?
EL POLÍTICO - Más o menos.
LA SEÑORA - Magnífico. Yo no sé qué es Dios ni soy capaz de
explicarlo, pero lo siento. Pero eso que usted llama cultura no
suscita en mí ninguna sensación. ¿Por qué no intenta explicar­
me en dos palabras de qué se trata?
EL POLÍTICO - De qué está hecha la cultura y qué contiene, lo
sabe usted perfectamente: cultura son todos los tesoros del pen­
samiento y del genio creados por las mejores mentes de todos
los pueblos.
LA SEÑORA - Pero yo no veo unidad, sino más bien deformi­
dad. Voltaire y Bossuet114, la Virgen y Nana115, Alfred de Mus-

111 Protagonista de la obra homónima de Víctor Hugo cuya vida transcurre en las
barricadas de la Francia revolucionaria y que es utilizado en el habla popular con el
significado de pilluelo o golfo.
1.2 En francés en el original: decididamente, usted está volviéndose malvado.
1.3 En francés en el original: ¿A quién frecuenta allá abajo? A las familias de los
croupiers, sin duda.
114 Bossuet (1 6 2 7 -1 7 0 4 ), obispo de Meaux, famoso orador, escritor y filósofo católi­
co.
1,5 Protagonista de la novela homónima de Zola.
VLADIMIR SOLOVIEV 107

set116 y Filarete117. ¿Cómo es posible hacer de cada hierba un


ramo y sustituir a Dios con esas hierbas?
EL POLÍTICO - Quiero únicamente decir que no tenemos ra­
zón para preocuparnos por lo que se refiere a la cultura como
patrimonio histórico: ha sido creada y existe, gracias a Dios. Se
puede esperar que nazcan nuevos Shakespeare y nuevos
Newton, pero esto no depende de nosotros y no presenta nin­
gún interés práctico. En la cultura, no obstante, existe también
un aspecto práctico o, si se quiere, moral, y es aquello que en la
vida privada se llama cortesía o educación. Para una mirada
superficial este aspecto podrá parecer de poca importancia, pero
posee un significado extraordinario justamente porque sólo él
puede ser universalmente necesario. No se puede pretender
de nadie el genio o una virtud sublime o un intelecto superior,
pero es posible, y deberíamos pretender de todos, la educa­
ción, es decir, aquel mínimo de razonabilidad y moralidad gra­
cias a las cuales los hombres pueden vivir humanamente. Ob­
viamente la cortesía no es toda la cultura, pero constituye el
fundamento necesario de cualquier vida civilizada, de la mis­
ma manera que el saber leer y escribir no agotan la educación
intelectual pero constituyen su fundamento insustituible. La
cortesía es cultura a l'usage de tout le mondem. No es pues extra­
ñó que de las relaciones privadas entre las personas de una
misma clase se difunda también a las relaciones sociales entre
las distintas clases y, finalmente, hasta en las relaciones inter­
nacionales. ¿Recuerdan? Cuando éramos niños era lícito a las
personas de nuestra clase mostrarse descorteses con el popula­
cho; hoy, por el contrario, la educación ha sobrepasado esta
convención social y está a punto de superar incluso las barre­
ras existentes entre naciones.
LA SEÑORA - Sea breve, se lo ruego. Usted quiere afirmar,
116Alfred de Musset (18 1 0 -1857), literato y poeta francés que frecuentó los ambientes
románticos de la mano de Víctor Hugo.
117 No está claro si se trata de Filarete, patriarca (1613-1633) de Moscú y padre del zar
Miguel, primer soberano de la dinastía Romanov, o bien de Filarete Drozdov (1782-
1867), metropolitano de Moscú y figura dominante de la vida eclesial rusa del siglo
X IX .
118 En francés en el original: al alcance de todos.
108 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

evidentemente, que una política de paz entre los estados se co­


rresponde con la cortesía entre los hombres.
EL POLÍTICO - Justamente. No por nada en francés la palabra
politesse y politique119son tan parecidas. Vea como esto no nece­
sita sentimientos particulares, ni siquiera aquella buena volun­
tad a la que ha hecho referencia el General. El hecho de que yo
no agreda a un individuo ni le muerda en la cabeza no significa
que yo esté animado por la buena voluntad. Al contrario, pue­
do alimentar hacia él sentimientos de la mayor hostilidad, pero
entre personas civilizadas produce desagrado una riña de este
tipo. Por otra parte, y esto es muy importante, comprendo que
de un comportamiento violento no podrá salir nada bueno,
mientras que si me controlo y me comporto cortésmente con
esa persona no perderé nada, al contrario, ganaré mucho. Del
mismo modo, por muy grandes que sean las antipatías nacio­
nales entre dos pueblos, a un cierto nivel de cultura no se llega­
rá nunca a las voies de fait120, esto es, a la guerra. Y esto por dos
razones. En primer lugar porque el mismo procedimiento de la
guerra, no como viene presentada en la poesía y en los cuadros
sino como es en realidad -cadáveres, heridas malolientes, mul­
titudes humanas aglomeradas en la suciedad, interrupción del
curso normal de la existencia, destrucción de los edificios y de
las instituciones útiles, de los puentes, de los trenes, de los telé­
grafos· todo este desbarajuste repugna por completo a un pue­
blo civilizado, del mismo modo que a mí y a todos ustedes les
repugnan los ojos salidos de las órbitas, los pómulos secciona­
dos y las narices cortadas. En segundo lugar, porque alcanza­
do un cierto grado de desarrollo intelectual, el pueblo compren­
de las ventajas de vivir respetando a las otras naciones y cuán
desastroso es pelearse con ellas. También aquí, es cierto, existe
una gradación; un puñetazo es más civilizado que un mordis­
co, un bastonazo más civilizado que un puñetazo, un bofetón
simbólico aún más. Del mismo modo, la guerra puede ejecu­
tarse de manera más o menos salvaje. Las guerras europeas del
siglo XIX se han parecido más a un duelo formalmente decla-
119 En francés en el original: educación y política.
120 En francés en el original: situaciones de hecho.
VLADIMIR SOLOVIEV 109

rado entre dos personas bien educadas que a una reyerta de


capataces borrachos, pero también esto no es más que un mo­
mento de transición. Dense cuenta de que en las naciones avan­
zadas el duelo está desapareciendo. Mientras la atrasada Rusia
llora a sus dos mejores poetas, caídos en duelo121, en la más
civilizada Francia el duelo hace ya tiempo que se ha transfor­
mado en un sacrificio incruento, en una tradición muerta.
Quand'on est mort c'est qu'on ríest plus en vie122, habría dicho el
señor de La Palisse. Y sin ninguna duda ustedes y yo veremos
que, igual que la guerra, el duelo será sepultado definitivamente
en los archivos de la historia. En estos casos el compromiso no
puede durar por mucho tiempo. La verdadera civilización re­
clama que todo tipo de enfrentamiento entre hombres y nacio­
nes sea eliminado por completo. En todos los casos una políti­
ca de paz es la medida y el síntoma del progreso cultural. He
aquí el motivo por el que, a pesar de mi sincero deseo de resul­
tar agradable a nuestro respetabilísimo General, confirmo que
la agitación literaria contra la guerra me parece un fenómeno
del todo reconfortante; un fenómeno que no sólo anticipa, sino
que también facilita la solución definitiva de una cuestión bas­
tante madura. A pesar de toda su extrañeza y agitación, esta
propaganda es importante porque subraya en la conciencia
social el camino maestro del progreso histórico. La solución
pacífica, esto es, cortés y ventajosa para todos, de los conflictos
y de los problemas internacionales constituye la norma inque­
brantable de una sabia política de la humanidad civilizada.
¿Cómo?
Dirigiéndose al señor Z.
¿Quiere decir algo?
EL SEÑOR Z. - Solamente que su afirmación según la cual una
política de paz es un síntoma de progreso me ha recordado
aquel personaje de Turguéniev123que en Humo124 dice: «¡el pro­

121 Aleksandr Pushkin y Mikhail Lermontov.


122 En francés en el original: cuando uno ha muerto es que ya no vive más.
123 Turguéniev (1 8 1 8 -1 8 8 3 ), escritor ruso que destacó por sus novelas cortas.
124 Obra publicada en 1867.
110 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

greso es un síntoma!». ¿Se podría entonces decir que la política


de paz es el síntoma de un síntoma?
EL POLÍTICO - Sí, ciertamente. ¿Y qué? Por supuesto, todo es
relativo.
EL SEÑOR Z. - Querría decir solamente que si la política de
paz no es más que la sombra de una sombra, ¡no vale la pena
hablar tanto de ella! Ni de ella ni de todo este oscuro progreso.
¿No es mucho mejor, por el contrario, decirle claramente a la
humanidad lo que el padre Varsofij le decía a aquella devota
señora: «es usted vieja y débil, y no mejorará»?
LA SEÑORA - Bueno, creo que ya es tarde para hablar de esto.
Dirigiéndose al Político
¿Ve? Al final su politique-politesse se ha vuelto contra usted.
EL POLÍTICO - ¿Qué quiere decir?
LA SEÑORA - Que mañana no podrá ir a Montecarlo o, par
euphemisme, a Niza.
EL POLÍTICO - ¿Y por qué no?
LA SEÑORA - Porque estos señores querrán responderle y us­
ted ha hablado con tal prolixité que no disponen ya de tiempo
para hacerlo. Su réplica debe pues ser aplazada a mañana. ¿Y
usted no querrá estar en Montecarlo, dedicado a placeres más
o menos prohibidos en compañía de croupiers y similares, mien­
tras aquí personas civilizadas replican su tesis? Sería el colmo
de la descortesía y ¿dónde acabaría entonces su «mínimo de
necesaria moralidad»?
EL POLÍTICO - Bueno, si las cosas están así, puedo retrasar un
día mi viaje a Niza. Tengo curiosidad de escuchar lo que se
pueda objetar a mis axiomas.
LA SEÑORA - Muy bien. Pero ahora, creo yo, estaremos todos
terriblemente hambrientos y seguramente, si no fuera por nues­
tra «civilización», haría ya rato que nos habríamos precipitado
al comedor.
EL POLÍTICO - II me semble du reste que la culture et l'art culinai-
VLADIMIR SOLOVIEV 111

re se marient tres bien ensemble125.


LA SEÑORA - No quiero ni escucharle.
En este momento seguimos todos a la dueña de la casa hacia la
mesa, intercambiando comentarios agudos.

125 En francés en el original: me parece, por otra parte, que la cultura y el arte culinario
forman buena pareja.
TERCER DIÁLOGO

Audiatur et tertia pars

Esta vez, por deseo común, nos reunimos en el jardín antes de


la hora establecida para no vernos obligados a apresurar el fi­
nal de la conversación. Estábamos todos, quién sabe por qué
motivo, en un estado de ánimo más serio que el del día ante­
rior.
EL POLÍTICO, dirigiéndose al señor Z. - Ayer me pareció que
usted quería replicar o hacer algunas observaciones sobre lo
que dije.
EL SEÑOR Z. - Sí, su observación según la cual la política de
paz es un síntoma de progreso me recordó las palabras de un
personaje de la novela turguenieviana Humo: «el progreso es
un síntoma». No sé que quería decir exactamente con esa ex­
presión el personaje de Turguéniev, no obstante, el sentido in­
mediato de tales palabras es absolutamente correcto. El pro­
greso es verdaderamente un síntoma.
EL POLÍTICO - ¿De qué?
EL SEÑOR Z. - Es un placer conversar con personas inteligen­
tes. Mi intención era llevar la discusión justo hasta aquí. Pienso
que el progreso, o mejor dicho, el progreso visible y acelerado,
es siempre un síntoma del fin.
EL POLÍTICO - Esto es perfectamente verdadero si hablamos,
por ejemplo, de una parálisis progresiva. Pero, ¿por qué razón
114 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

el progreso de la cultura o de la civilización debe necesaria­


mente ser un síntoma del fin?
EL SEÑOR Z. - Es justamente así, aunque este proceso no es
tan evidente como en el caso de una parálisis.
EL POLÍTICO - Usted está convencido, eso está claro. Pero no
acabo de entender ni siquiera de qué es de lo que está usted
convencido. Me siento sin embargo incitado por sus alabanzas
a volver a hacer aquella sencilla pregunta que le ha parecido
inteligente. Usted dice: «síntoma del fin». Y yo le pregunto: ¿fin
de qué?
EL SEÑOR Z. - El fin de aquello sobre lo que se vertebra nues­
tra discusión. Hemos discutido sobre la historia de la humani­
dad, sobre aquel «proceso» histórico que ha empezado a mo:
verse indudablemente a ritmo acelerado y que, estoy conven­
cido, se avecina a su epílogo.
LA SEÑORA - C'est lafin du monde, ríest ce pas? Muy interesante.
EL GENERAL - Bueno, finalmente hemos llegado a lo más im­
portante.
EL PRÍNCIPE - ¿Por supuesto, no pretenderá hablar del Anti­
cristo?
EL SEÑOR Z. - Justamente, en este tema tiene reservado el pri­
mer lugar.
EL PRÍNCIPE, a la Señora - Le ruego que me excuse. Tengo
muchas cosas urgentes que hacer y, no obstante mi deseo de
escuchar estas interesantísimas exposiciones, me veo obligado
a abandonarles.
LA SEÑORA - ¿Cómo? ¿Y nuestro vint?
EL POLÍTICO - Ya había dicho yo desde el principio que suce­
dería una desgracia. Cuando está por medio la religión uno
nunca sabe cómo puede acabar la cosa. Tantum religio potnit
suadere malorum126.

126 En latín en el original: un poco de religión puede persuadir del mal, Lucrecio, De
rerum natura, 1 , 111.
VLADIMIR SOLOVIEV 115

EL PRÍNCIPE - No sucederá ninguna desgracia. Haré todo lo


posible para volver a las nueve, pero ahora debo marcharme
sin excusa.
LA SEÑORA - ¿Pero por qué esta prisa de improviso? ¿Por
qué razón no me había dicho nada antes de esos asuntos tan
importantes? ¡No le creo! Admita que el Anticristo le ha provo­
cado un gran miedo.
EL PRÍNCIPE - Ayer escuché durante tanto rato que la cortesía
es la más importante entre las virtudes que decidí mentir en su
nombre. Lo he hecho mal, lo reconozco, y digo sinceramente
que, a pesar de que tengo verdaderamente muchos asuntos
importantes, si abandono esta conversación es sobre todo por­
que considero inadmisible derrochar mi tiempo hablando de
cuestiones que pueden tener sentido sólo para los papúes.
EL POLÍTICO - Y con esto usted ha expiado también el grave
pecado de excesiva cortesía.
LA SEÑORA - ¿Pero por qué irritarse? Si somos estúpidos, ilu­
mínenos. Yo no me enfado, aunque me haya comparado con
los papúes; por otra parte, también los papúes pueden tener
ideas justas y Dios concede la sabiduría a los sencillos127. No
obstante, si a usted le resulta difícil escuchar una exposición
sobre el Anticristo, intentemos encontrar otra solución. Vaya a
ocuparse de sus asuntos, pero vuelva aquí al final de la conver­
sación, después del Anticristo.
EL PRÍNCIPE - De acuerdo, volveré.
EL GENERAL, riendo, cuando el Príncipe se ha alejado ya bastante
de los contertulios - Sabe bien el gato quién se ha comido la carne.
LA SEÑORA - ¿Usted cree de veras que nuestro Príncipe es el
Anticristo?
EL GENERAL - Bueno, él no, no personalmente al menos. Pero
su línea es justo ésa. Ya en las cartas de san Juan está escrito:
«tened cuidado, hijitos, que llegará el Anticristo, y ahora hay
muchos Anticristos»128. Pues bien, entre todos esos Anticristos...
127 Cfr. Mt 13.
128 Cfr. l J n 4 y 2 Jn 7.
116 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

LA SEÑORA - Sí, pero entre tantos uno puede encontrarse de


forma involuntaria. Dios no le pedirá cuentas de nada porque
ha perdido el juicio. Sabe bien que no ha inventado nada nue­
vo, pero le gusta llevar un uniforme a la moda, una distinción,
es como pasar de la infantería a la guardia. Para un general no
tiene ninguna importancia, pero no es así para un oficialillo.
EL POLÍTICO - ¡Qué sutil psicóloga! Y sin embargo no consi­
go comprender por qué se ha molestado tanto por el Anticris­
to. Yo, por ejemplo, no creo en nada místico, pero no por ello
me irrito, al contrario, muestro interés desde un punto de vista
universalmente humano. De hecho, sé bien que para muchos
se trata de algo serio y esto significa que expresa un aspecto
importante de la naturaleza humana; un aspecto que quizás se
ha atrofiado en mí, pero que aún conserva desde mi punto de
vista un interés objetivo. Tampoco para la pintura estoy bien
dotado; no sé dibujar, ni siquiera una línea o un círculo, y no
distingo un cuadro bien pintado de uno insignificante. No obs­
tante, me intereso de la cuestiones relacionadas con la pintura
por razones generales de cultura y de estética.
LA SEÑORA - No se puede uno irritar por algo tan inocuo;
también usted, sin embargo, odia la religión y hace un momen­
to ha lanzado una invectiva latina.
EL POLÍTICO - Bueno, ¡no se trataba de una invectiva! Yo,
como mi amado Lucrecio, repruebo a la religión sus altares en­
sangrentados y los gritos de sus víctimas humanas. Un eco de
esta crueldad sanguinaria se ha escuchado en las afirmaciones
oscuras e intolerables del interlocutor que nos ha dejado. No
obstante, las ideas religiosas me interesan en cuanto tales, tam­
bién la del Anticristo. Desgraciadamente he llegado a leer so­
bre este tema sólo un libro de Renán, pero se funda exclusiva­
mente sobre la erudición y lo reconduce todo a Nerón. Pero
esto no basta, porque la idea del Anticristo existía entre los ju­
díos mucho antes de Nerón, a causa del rey Antíoco Epifanes,
y continúa existiendo todavía hoy, entre nuestros cismáticos129

129 Cfr. la nota 37.


VLADIMIR SOLOVIEV 117

por ejemplo. En todo esto hay evidentemente un pensamiento


común.
EL GENERAL - Sí, es buenísimo que su excelencia se dedique
a estas consideraciones en su tiempo libre; nuestro pobre Prín­
cipe, por el contrario, está inmerso de tal manera en su predi­
cación evangélica que no tiene ni siquiera un instante para pen­
sar un poco en Cristo y en el Anticristo. Por ejemplo, para el
vint no le quedan más que tres horas al día. Pero en su honor
hay que decir que es un hombre sin falsedad.
LA SEÑORA - No, no debemos ser tan severos con él. Las per­
sonas así son desequilibradas, es cierto, pero también infelices
y no conocen la alegría, la satisfacción, la serenidad, a pesar de
que en algún punto de la Sagrada Escritura se dice que el cris­
tianismo es alegría en el Espíritu Santo.
EL GENERAL - En efecto, es una situación bastante grave: es­
tar privados del Espíritu de Cristo y presentarse como los cris­
tianos más auténticos.
EL SEÑOR Z. - Ya, considerarse los cristianos por excelencia,
cuando no se posee justo aquello que constituye la excelencia
del cristianismo.
EL GENERAL - Me parece que esta triste situación es típica del
Anticristo; una situación que en las personas más inteligentes
y sensibles se agrava por el conocimiento de que, al final, una
línea torcida no se puede enderezar.
EL SEÑOR Z. - En cualquier caso es indudable que el anticris­
tianismo -el cual en la concepción bíblica, tanto del Antiguo
como del Nuevo Testamento, indica el último acto de la trage­
dia histórica- no será una simple ausencia de fe, ni una negación
del cristianismo, ni siquiera el materialismo o algo por el estilo.
Se trata de una impostura religiosa en la que se apoderarán del
nombre de Cristo todas las fuerzas humanas que por obra y sus­
tancia se oponen directamente a Cristo y a su Espíritu.
EL GENERAL - ¡Si el diablo jugase al descubierto ya no sería el
diablo!
118 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL POLÍTICO - Temo que todos los cristianos puedan resultar


impostores y, según sus palabras, Anticristos. Exceptuando tal
vez a las masas populares ignorantes, si aún existen en el mun­
do cristiano, y de algún aislado original como usted. En todo
caso será necesario considerar «Anticristos» a aquellas perso­
nas que, tanto aquí, en Francia, como entre nosotros, se dedi­
can a hacer del cristianismo su ocupación específica y asumen
el nombre de «cristianos» como una especie de monopolio y
privilegio. Estas personas pertenecen actualmente a una de las
dos categorías que son, espero, igualmente ajenas al Espíritu
de Cristo. Por un lado tenemos a los desolladores sin remilgos,
prontos a refundar la Inquisición y a volver a empezar las ma­
sacres religiosas; por ejemplo, aquellos «devotos» abates y aque­
llos «fieros» oficiales «católicos» que recientemente han mostra­
do sus mejores sentimientos en la glorificación de un malhechor
cogido in fraganti130. Por otro lado tenemos a los nuevos apósto­
les del ayuno y del celibato, que han descubierto la virtud y la
conciencia como si fueran una nueva América, perdiendo así la
sinceridad interior y el buen sentido. Los primeros suscitan una
náusea mortal, los segundos solamente aburren.
EL GENERAL - Sí, en el pasado el cristianismo era incompren­
sible para algunos y odioso para otros, pero sólo ahora se ha
conseguido presentarlo como repugnante o mortalmente abu­
rrido. Imagino que el diablo está muy satisfecho de estos éxi­
tos. ¡Oh, Señor!
LA SEÑORA - ¿Así que también en esto está la huella del An­
ticristo, según usted?
EL SEÑOR Z. - No. Aquí tenemos sólo algunas alusiones a su
ser, pero él mismo está aún por venir.
LA SEÑORA - Explíqueme entonces, cuanto más sencillo me­
jor, de qué se trata.

130 El Político se refiere a la suscripción en memoria del «suicida» Henri, en la que un


oficial francés declaró esperar una nueva Noche de san Bartolomé, mientras un abad
afirmó soñar con el día en que serán ejecutados todos los hugonotes y masones. Estas
declaraciones, y otras del mismo tenor, fueron publicadas en el periódico «Libre Pa­
role» (N. del A.)
VLADIMIR SOLOVIEV 119

EL SEÑOR Z. - No puedo garantizarle que sea claro. Es raro


encontrar la auténtica simplicidad, y no hay nada peor que la
falsa y artificiosa. Un conocido mío, ya muerto, gustaba repetir
este viejo refrán: «demasiada simplicidad es falsedad».
LA SEÑORA - Bueno, también esto es bastante claro.
EL GENERAL - Probablemente esta expresión tiene el mismo
significado que el proverbio popular que dice: «cierta simplici­
dad es peor que el robo».
EL SEÑOR Z. -A sí es.
LA SEÑORA - Ahora lo entiendo también yo.
EL SEÑOR Z. - Lástima que los proverbios no sirvan para ex­
plicar al Anticristo.
LA SEÑORA - Explíquenoslo entonces como crea oportuno.
EL SEÑOR Z. - Antes que nada, dígame: ¿reconoce la existen­
cia y la fuerza del mal en el mundo?
LA SEÑORA - Desgraciadamente, me veo obligada a recono­
cerla. Por otra parte basta la muerte para convencerme: un mal
del que no se puede huir. Creo que «la muerte es el último ene­
migo a batir», pero hasta que no sea derrotada, está claro que el
mal no es solamente fuerte, sino que lo es más que el bien.
EL SEÑOR Z., dirigiéndose al General - ¿Y usted qué piensa?
EL GENERAL - No cerré los ojos ni ante las balas ni ante las
granadas y tampoco lo haré ante cuestiones más sutiles. El mal
existe realmente, de la misma manera que existe el bien. Existe
Dios y también existe el diablo, al menos mientras Dios lo tolere.
EL POLÍTICO - Por ahora no responderé nada. Mi pensamiento
no alcanza a la raíz de este problema y ya expliqué ayer lo que
puedo decir sobre dicha cuestión. Sin embargo, tengo curiosi­
dad por conocer otro punto de vista. El modo de pensar del
Príncipe me resulta perfectamente comprensible, o mejor, com­
prendo que allí no hay ningún pensamiento verdadero y pro­
pio sino solamente una desnuda pretensión qui n'a ni rime ni
raisonm . Un punto de vista positivamente religioso será segu-
131 En francés en el original: sin rima ni razón.
120 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

ramente más profundo y por eso más interesante para mí. Ade­
más, tal punto de vista me ha llegado tan sólo en su forma ins­
titucionalizada, y ésta no me satisface. Me encantará pues es­
cuchar finalmente no la retórica bienintencionada, sino una
palabra humana y natural.
EL SEÑOR Z. - Entre todas las estrellas que iluminan el hori­
zonte intelectual del hombre dedicado a nuestros libros sagra­
dos, la más luminosa e inolvidable es aquella que resplandece
en estas palabras evangélicas: «¿Pensáis que he venido a traer
paz a la Tierra? Os digo que no, sino división»132. Cristo ha ve­
nido a traer la verdad a la Tierra y ésta, como también el bien,
antes que nada divide.
LA SEÑORA - Esto ha de explicarse. ¿Por qué entonces Cristo
es llamado príncipe de la paz y por qué ha dicho que los pacífi­
cos serán llamados «hijos de Dios»133?
EL SEÑOR Z. - ¿Me permite que intente conciliar entre sí estos
textos que se contradicen?
LA SEÑORA - Por supuesto.
EL SEÑOR Z. - Fíjese entonces que estos textos sólo pueden
ser concillados distinguiendo entre el mundo bueno o auténti­
co y el mundo malo o falso. Y esta distinción ya la hizo Aquel
que trajo la auténtica paz y la buena hostilidad: «La paz os dejo,
mi paz os doy; no como el mundo la da yo os la doy»134. Esto
significa que existe una paz buena, la paz de Cristo, fundada
sobre aquella división entre bueno y malo, entre verdadero y
falso que Él mismo ha traído a la Tierra; y hay otra paz, la paz
del mundo, fundada por el contrario sobre la confusión, es de­
cir, sobre la unión exterior de aquello que está interiormente en
conflicto.
LA SEÑORA - ¿Y cuál es la diferencia entre la paz buena y la
mala?
EL SEÑOR Z. - Más o menos aquella de la que hablaba el otro
132 Le 12, 51.
133 Cfr. Mt 5.
134 J 14, 27
VLADIMIR SOLOVIEV 121

día el General, cuando explicaba que, por ejemplo, es buena la


paz de Nystadt o de Küciük-Qainargé135. Esa broma esconde
un pensamiento muy importante. Tanto en la lucha espiritual
como en la política, una paz es buena solamente cuando consi­
gue alcanzar el fin de la guerra.
LA SEÑORA - ¿Pero por qué debe ocurrir esta guerra definitiva
entre el bien y el mal? ¿Qué necesidad hay de que luchen siem­
pre entre ellos? ¿Es realmente posible este enfrentamiento corps
a corps? En la guerra convencional, cuando una de las dos partes
empieza a reforzarse, también la otra, el enemigo, hace lo mis­
mo: el conflicto debe entonces resolverse con auténticos comba­
tes, con cañones y bayonetas. Pero en la lucha entre el bien y el
mal no hay nada de todo esto y cuando la parte buena se refuer­
za, la otra, la mala, se debilita, y no se llega nunca a un enfrenta­
miento verdadero, si no es en sentido metafórico. Esto significa
que es necesario solamente esforzarse a fin de que haya más bien
entre los hombres; sólo así podrá disminuir también el mal.
EL SEÑOR Z. - ¿Luego usted piensa que es suficiente que los
hombres buenos se conviertan en aún más buenos para hacer
que los malvados depongan su maldad y se conviertan tam­
bién en buenos?
LA SEÑORA - Creo que sí.
EL SEÑOR Z. - Dígame entonces, ¿conoce algún caso en el que
la bondad del hombre bueno haya vuelto bueno al malo o haya,
al menos, disminuido su maldad?
LA SEÑORA - No, a decir verdad no he visto nunca un caso
así y ni siquiera he oído hablar... Espere, lo que acaba de decir
se parece al argumento que usó hace tres días en su discusión
con el Príncipe: que ni siquiera Jesucristo, con toda su bondad,
pudo hacer nada por el alma de Judas Iscariote y del mal la­
drón. Y a esto el Príncipe aún no ha respondido. No lo olvide
para cuando vuelva.
EL SEÑOR Z. - Bueno, no creo que el Príncipe sea el Anticristo,
pero no estoy muy convencido de que vaya a volver y menos
135 Cfr. las notas 13 y 14.
122 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

aún de su capacidad teológica. Por lo tanto, con el fin de que


nuestra conversación no se vea gravada por este problema sin
resolver, intentaré exponer ahora la réplica que el Príncipe ha­
bría debido hacerme desde su punto de vista. «¿Por qué Jesucris­
to no ha regenerado con su bondad las almas de Judas y sus
compañeros?». Simplemente porque los tiempos eran dema­
siado oscuros y muy pocas personas se encontraban al nivel de
desarrollo moral en el que la fuerza interior de la verdad pue­
de ser percibida. Judas y sus compañeros estaban demasiado
«poco desarrollados». Y el mismo Cristo dijo a sus discípulos:
«Quien cree en mí hará las obras que yo hago y las hará mayo­
res que éstas»136. Esto significa que, en el elevado nivel de desa­
rrollo moral alcanzado actualmente por la humanidad, los au­
ténticos discípulos de Cristo pueden, en virtud de su manse­
dumbre y no resistencia al mal, realizar prodigios morales más
grandes que los que eran posibles hace dieciocho siglos...
EL GENERAL - Perdone un momento, por favor. Al fin y al
cabo, ¿si pueden realmente hacer milagros, por qué no los ha­
cen? ¿Los ha visto usted, tal vez, estos nuevos milagros? Des­
pués de «dieciocho siglos de desarrollo moral de la conciencia
cristiana» nuestro Príncipe no consigue iluminar de ningún
modo mi alma oscura: míreme, continúo siendo el mismo caní­
bal que era antes de hablar con él, y continúo, como antes, aman­
do sobre cualquier otra cosa -aparte de a Dios y a Rusia- la
guerra y particularmente la artillería. Y eso a pesar de que he
tenido la oportunidad de encontrarme no sólo con el Príncipe,
sino también con muchos otros representantes de esa doctrina
de la no resistencia al mal, y de mayor categoría a la suya.
EL SEÑOR Z. - Bueno, ¿pero por qué llevar la cuestión a un
plano tan personal? ¿Qué esperaba de mí? Yo me he limitado a
exponer, a favor de un adversario ausente, un texto evangélico
que él había olvidado, y además
Que esto sea una razón o no,
no respondo de un sueño de otro.

136 J 14, 12.


VLADIMIR SOLOVIEV 123

LA SEÑORA - También yo quiero defender a nuestro pobre


Príncipe. Si hubiese querido mostrarse inteligente debería ha­
ber contestado de esta forma al General: «yo y las personas que
pensamos como yo que usted ha encontrado nos considera­
mos auténticos discípulos de Cristo no porque hayamos conse­
guido una gran fuerza, sino sólo por la dirección de nuestros
pensamientos y de nuestras acciones. Pero sin duda alguna hay
en algún lugar, o pronto habrán, cristianos más perfectos que
nosotros que conseguirán abatir el velo que le ciega».
EL SEÑOR Z. - Una respuesta de este tipo sería muy conve­
niente, puesto que se refiere a una instancia desconocida por
nosotros. Pero sería también una respuesta poco seria. Podría
decir, por ejemplo (o al menos debería decir): «no podemos
hacer nada más grande que lo que Cristo hizo, ni tampoco nada
más pequeño que se acerque a sus obras». ¿Qué puede deducir
una lógica sensata de esta admisión?
EL GENERAL - Solamente que las palabras de Cristo: «Las
obras que yo he hecho también vosotros las haréis y aún mayo­
res» no se dirigían a estas personas, sino a otras, muy distintas
de ellos.
LA SEÑORA - Sin embargo, es posible imaginar que al final
habrá un hombre que predicará las enseñanzas de Cristo sobre
el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas y recibirá del
mismo Cristo la fuerza de transformar en buenas las almas
malas por medio de su mansedumbre.
EL SEÑOR Z. - No hace mucho tiempo que se ha hecho un
intento de este tipo. Pues bien, no sólo no ha tenido ningún
éxito, sino que ha provocado un efecto contrario al que se po­
día imaginar. Había un hombre cuya mansedumbre no cono­
cía confines y que no sólo perdonaba todas las ofensas, sino
que respondía a cada nuevo ataque con nuevas y más grandes
muestras de agradecimiento. ¿Creen tal vez que consiguió de
este modo conmover el alma de su enemigo, regenerándolo
moralmente? Qué va, sólo consiguió hacer más cruel el cora­
zón del malhechor y ser misteriosamente asesinado.
124 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

LA SEÑORA - ¿Pero qué dice? ¿Quién es ese hombre y dónde


y cuándo ha vivido?
EL SEÑOR Z - Vivió en San Petersburgo, no hace mucho tiem­
po. Creía que le conocía. Se trata del chambelán Delarue.
LA SEÑORA - No le he oído nombrar nunca, y eso que conoz­
co San Petersburgo como la palma de mi mano.
EL POLÍTICO - Tampoco yo le recuerdo. ¿Y cuál fue la historia
de ese chambelán?
EL SEÑOR Z - Ha sido magníficamente narrada en una poesía
inédita de Aleksei Tolstoi.
LA SEÑORA - ¿Inédita? Entonces se trata seguramente de una
farsa. ¿Por qué hablar de algo así mientras tratamos temas tan
serios?
EL SEÑOR Z - Le aseguro que, a pesar de tener el aspecto for­
mal de una farsa, se trata de una obra de contenido no sólo
muy serio, sino también real y verídico. En cualquier caso, la
relación concreta que en la vida humana existe entre el bien y
el mal está plasmada en estos versos divertidos bastante mejor
de cuánto podría hacerlo yo con mi prosa más seria. Y no tengo
la más mínima duda de que cuando los héroes de novelas co­
nocidas en el mundo entero por haber excavado en profundi­
dad, seria y magistralmente, el suelo de la psicología humana
no sean ya más que un recuerdo literario de bibliófilo, esta far­
sa, que ha tocado la profundidad subterránea de la cuestión
moral de manera divertida y ferozmente caricaturesca, conser­
vará todavía toda su verdad artística y filosófica.
LA SEÑORA - No creo en sus paradojas. Usted está dominado
por su espíritu de contradicción y se divierte llevando siempre
la contraria a la opinión general.
EL SEÑOR Z - Lo haría con toda seguridad, si realmente exis­
tiera. En cualquier caso, contaré la historia del chambelán De­
larue, que usted no conoce y yo, por el contrario, me sé de me­
moria.
El puñal clavó el asesino
VLADIMIR SOLOVIEV 125

en el pecho de Delarue
y éste, quitándose el sombrero, le dijo con respeto:
«muchas gracias».
Entonces, en el lado izquierdo, el malhechor
le clavó el horrendo puñal.
Y dijo Delarue: «Su puñal
es verdaderamente bello».
El malhechor, entonces
en el lado derecho lo hiere.
Y Delarue le amenazó,
pero sólo con una sonrisa astuta.
Y todo el cuerpo el malhechor
lo cosió a puñaladas.
Y Delarue: «Se lo ruego, venga a las tres
por una taza de té».
Y el malhechor cayó de rodillas,
derramando lágrimas y temblando como una hoja.
Delarue: «¡Levántese, por el amor de Dios!
El pavimento está un poco sucio».
Y con el corazón conmovido
a sus pies sollozaba el malhechor.
Y dijo Delarue, alargando los brazos:
«¡Y ahora esto! ¿Pero es posible
llorar tan fuerte
por una nadería?
Le conseguiré una pensión, querido amigo,
sí ¡una buena pensión!
Y sobre las espaldas un san Estanislao137,
como ejemplo para todos.
Que para aconsejar a la autoridad
tengo todo el derecho: ¡soy chambelán!
¿Quiere como esposa a mi hija Dunja?
Para ayudarla
le daré cien mil rublos
a su nombre en el banco.

137 Condecoración de la Rusia zarista.


126 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

Y ahora tome mi retrato como recuerdo


en señal de amistad.
No he podido hacerlo enmarcar,
se lo ruego, ¡tómelo tal cual está!».
Pero entonces, el rostro del malhechor
se transformó en feroz y más amargo que la hiel.
El bien por el mal
el corazón aquí no perdona.
Un espíritu elevado turba a los mediocres
y la luz es terrible para las tinieblas.
El retrato aún se puede perdonar,
¡pero la pensión no!
y el malhechor fue invadido
por el veneno de la envidia hasta el punto que
apenas había recibido sobre su espalda
el san Estanislao, de pronto,
agarra -con desesperada maldad-
con su mano el puñal.
y, acercándose cauto a Delarue
¡en la espalda le golpeó!
Y éste cayó a tierra, ¡sin poder ya
-por los atroces dolores- sentarse en su poltrona!
Mientras tanto, a Dunja el malhechor
quita el honor,
huyendo luego a Tambov, donde se convirtió en un
gobernador
bastante querido.
Y después en Moscú, llegó a senador
por todos respetado.
Finalmente miembro del Consejo
en un tiempo tan breve...
Y qué ejemplo para todos nosotros,
¡qué lección!

LA SEÑORA - ¡Qué farsa más graciosa, no me lo esperaba!


EL POLÍTICO - Verdaderamente excelente. «A su nombre en
el banco», magnífico. «¡Pero la pensión no!» y «Huyendo luego
VLADIMIR SOLOVIEV 127

a Tambov!», ¡son deux vrais coups de maitrel138


EL SEÑOR Z. - Les ruego, no obstante, que se fijen en la vera­
cidad de esta farsa. Delarue no poseía aquella «virtud pura»
que no se encuentra nunca en la naturaleza. Era un hombre
vivo con sus debilidades, la vanidad («soy chambelán») y la
avaricia (tiene cien mil rublos ahorrados); su fantástica invul-
nerabilidad al puñal del malhechor es sólo un símbolo eviden­
te de una ilimitada bondad de ánimo que lo hace invulnerable
e insensible a cualquier tipo de ofensa. Es algo que a veces ocu­
rre, aunque raramente. Delarue, en cualquier caso, no es una
encarnación de la virtud, sino un hombre naturalmente bueno
en el que la bondad del corazón ha derrotado las cualidades
negativas y las ha rechazado hasta la superficie de su alma,
donde aparecen bajo la forma de debilidades inofensivas. El
propio «malhechor» no es un extracto ambulante del vicio, sino
una mezcla, bastante común, de cualidades positivas y negati­
vas. En él, sin embargo, el mal de la envidia se ha instalado en
lo más profundo de su alma y ha rechazado el bien hacia su,
por así decirlo, epiderme, donde ha asumido el aspecto de una
sensibilidad vivaz pero superficial. Cuando Delarue responde
con educadas palabras a una serie de crueles ofensas y le ofre­
ce incluso el té, la sensibilidad de la epidermis moral del mal­
hechor es golpeada fuertemente por esas manifestaciones de
buena educación y manifiesta un teatral arrepentimiento. Pero
cuando la cortesía del chambelán se convierte en participación
sincera de un hombre auténticamente bueno, que devuelve el
mal causado por su enemigo no sólo con palabras o gestos edu­
cados, sino buscando intervenir en la propia existencia del
malhechor, presto a compartir con él sus bienes, a procurarle
una actividad e incluso a prepararle la felicidad familiar, en­
tonces esa bondad efectiva penetra en los estratos morales más
bajos del malhechor, evidenciando su interior insuficiencia
moral y, tocando finalmente el núcleo mismo de su alma, des­
pierta a la bestia de su envidia. En realidad el malhechor no
envidia la bondad de Delarue porque también él puede ser

138 En francés en el original: dos verdaderos golpes maestros.


128 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

bueno (¿no lo había ya demostrado cuando «sollozaba... con el


corazón conmovido»?) No, él envidia justamente esa ilimitada
bondad, para él inalcanzable, y su sencilla seriedad:

El retrato aún se puede perdonar,


¡pero la pensión no!

Todo esto es muy verdadero. ¿No sucede así en la vida real? La


humedad de la lluvia hace crecer tanto las fuerzas benéficas de
las hierbas curativas como el veneno de las venenosas. Del mis­
mo modo, una obra auténticamente buena aumenta el bien en
el bien y el mal en el mal. Y entonces, yo me pregunto, ¿debe­
mos abandonarnos siempre y sin ningún discernimiento a nues­
tros buenos sentimientos? ¿Tenemos el derecho a hacerlo? ¿Po­
demos alabar a los padres que riegan cuidadosamente las hier­
bas venenosas en el jardín donde pasean sus hijos? ¿Y qué es lo
que ha provocado la desgracia de Dunja?
EL GENERAL - ¡Eso es! ¡Si Delarue hubiese cogido por la nuca
a ese malhechor y lo hubiese echado de su casa no hubiera su­
cedido absolutamente nada!
EL SEÑOR Z. - En efecto, es posible admitir que tuviera el de­
recho de sacrificarse a sí mismo a su bondad, de convertirse en
Lin mártir de la bondad como antiguamente existían mártires
de la fe. ¿Pero, qué hacemos con Dunja, que es joven y necia y
no puede ni desea demostrar nada? ¿No deberíamos tener com­
pasión de ella?
EL POLÍTICO - Cierto, pero a mí me disgusta aún más que,
por lo que parece, nuestro Anticristo nos haya abandonado y
haya huido, también él, a Tambov.
EL SEÑOR Z. - ¡Le alcanzaremos, excelencia, le alcanzaremos!
Ayer nos explicó cómo el sentido de la historia consistía en el
hecho de que la humanidad natural -constituida inicialmente
por una multitud de pueblos más o menos salvajes, extraños
los unos a los otros, que en parte no se conocían y en parte eran
recíprocamente hostiles- han desarrollado lentamente en su
interior una parte mejor y más culta: se trata del mundo civili­
VLADIMIR SOLOVIEV 129

zado o europeo que crece gradualmente y se extiende hasta


que, un día, englobará en este movimiento histórico a todos los
otros pueblos, fundiéndoles finalmente en un conjunto inter­
nacional pacífico y solidario. La instauración de una paz eter­
na internacional, ésta es su fórmula.. ¿Me equivoco?
EL POLÍTICO - Sí, y esta fórmula, en su presente o no lejana
realización, encierra en sí éxitos culturales mucho más sustan­
ciales de lo que pueda parecer. Piense tan sólo en cuánto mal
deberá necesariamente atrofiarse y en cuántas cosas buenas
potencialmente ocultas en la naturaleza podrán salir a la luz y
difundirse. Cuántas fuerzas serán liberadas para ocupaciones
productivas, cómo florecerán las ciencias y las artes, la indus­
tria y el comercio...
EL SEÑOR Z. - Perdóneme. ¿Entre los inminentes éxitos de la
cultura incluye usted también la supresión de la enfermedad y
de la muerte?
EL POLÍTICO - Sí, al menos hasta cierto punto, se entiende...
Ya actualmente se ha hecho mucho respecto de las condiciones
sanitarias, la higiene, los antisépticos, la organoterapia...
EL SEÑOR Z. - ¿Pero estos indudables y positivos progresos
no han sido quizás equilibrados por otra parte por un induda­
ble aumento de los fenómenos de degeneración neuropática y
psicopática que acompañan el desarrollo de la civilización?
EL POLÍTICO - ¿Y cómo podríamos medir estos fenómenos?
EL SEÑOR Z. - En cualquier caso es indudable que si crece el
más, también crece el menos y el resultado final se acerca al cero.
Por otra parte, en lo que se refiere a la muerte, parece que nada
más que cero es lo que se ha obtenido por el progreso de la
civilización.
EL POLÍTICO - Pero el progreso de la civilización no se pro­
pone como fin la supresión de la muerte.
EL SEÑOR Z. -Ya sé que no se lo propone, y es precisamente
por esto por lo que no se le puede exaltar demasiado. En reali­
dad, si supiera con certeza que yo mismo y todo lo que quiero
130 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

debemos perecer por siempre, ¿qué importancia tendría para mí


que los diversos pueblos combatan entre ellos o que vivan en
paz, que sean civilizados o salvajes, educados o maleducados?
EL POLÍTICO - Cierto, desde un punto de vista egoísta la cues­
tión no tiene ninguna importancia.
EL SEÑOR Z. - ¿Por qué solamente desde un punto de vista
egoísta? Desde cualquier punto de vista, perdóneme. La muer­
te iguala todo y ante ella el egoísmo y el altruismo son igual­
mente insensatos.
EL POLÍTICO - Admitamos quesea así; sin embargo, la insen­
satez del egoísmo no nos impide ser egoístas, exactamente igual
que el altruismo existe, dentro de ciertos límites, también sin
ningún fundamento racional; y en todo esto las considerado^
nes sobre la muerte no tienen ninguna importancia. Yo sé que
mis hijos y mis nietos morirán, pero esto no me impide dedi­
carme a su bienestar, como si fuese eterno. El punto clave es
que yo me dedico a ellos antes que nada porque los amo y de­
dicarles mi vida es para mí un motivo de satisfacción... «Lo
hago porque me gusta». C'est simple comme bonjour.
LA SEÑORA - Eso es verdad mientras todo va bien, cuando
está ausente el pensamiento de la muerte. Pero también a los
hijos y a los nietos les suceden desgracias. ¿Y qué satisfacción y
placer tenemos entonces? Es como cuando vas a coger nenúfa­
res en un pantano: en cuanto los coges, te hundes.
EL SEÑOR Z. - Ya, y más que de nuestros hijos y nietos debe­
mos preocuparnos, quand mime, de si nuestras preocupaciones
pueden realmente procurarles un bien efectivo y definitivo. Uno
se ocupa de ellos no por ningún fin, sino porque se les ama
vivamente, mientras que, por el contrario, no se puede tener
un amor de este tipo por una todavía inexistente humanidad
del futuro. Y entonces surge con todos sus derechos la cuestión
racional de un sentido definitivo o de un fin de nuestra activi­
dad. Y si en última instancia tal cuestión se resuelve con la
muerte y si el resultado final del progreso y de su civilización
es, de todos modos, la muerte de todos y cada uno, está claro
VLADIMIR SOLOVIEV 131

entonces que toda esa actividad cultural y progresiva no con­


duce a nada, no tiene objeto ni sentido.

En este momento, el señor Z. se interrumpe y


todos giran la cabeza hacia la verja chirriante,
quedándose estupefactos durante unos instantes.
El Príncipe había entrado en el jardín y se estaba
acercando a pasos desiguales.

LA SEÑORA - ¡Ah! Aún no hemos empezado a hablar del An­


ticristo.
EL PRÍNCIPE - No importa. He reflexionado y me parece que
he manifestado equivocadamente un sentimiento negativo fren­
te a los errores de mi prójimo sin haber escuchado sus explica­
ciones.
LA SEÑORA, con tono de triunfo, se dirige al General - ¡Ve usted!
/¿Y ahora qué piensa?
EL GENERAL, con sequedad - Nada.
EL SEÑOR Z., al Príncipe - Ha llegado usted justamente en el
imomento más oportuno. Nos estamos preguntand o si vale la
\pena esforzarse por el progreso cuando sabemos que su fin es
í^iempre y en todo caso la muerte, tanto para el salvaje como
para el más culto europeo del futuro. ¿Qué responde a esto su
doctrina?
EL PRÍNCIPE - La auténtica enseñanza cristiana no admite tal
planteamiento del problema. La solución evangélica de dicha
cuestión se expresa con particular claridad en la parábola de
los viñadores139. Éstos habían imaginado que el campo al que
habían sido enviados para trabajar la viña de su señor era pro­
piedad de ellos y que todo lo que se encontraba allí era para
ellos y que su única obligación era vivir alegremente en aquel
lugar, olvidando a su señor y matando a quienquiera que fuese
a recordarles sus obligaciones. Exactamente igual que los viña­
dores, también hoy casi todos los hombres viven en la absurda
139 C fr.M t 2 1 , 32-46.
132 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

convicción de ser dueños de su existencia y de haberla recibido


para su exclusivo provecho. Pero esto es evidentemente absur­
do. En realidad, si hemos sido invitados aquí es por voluntad
de alguien y por alguna razón concreta. Nosotros, por el con­
trario, hemos decidido ser como los hongos: hemos nacido y
vivimos solamente para nuestro deleite; pero está claro que esto
es malo, del mismo modo que es malo que el obrero no observe
la voluntad de su señor. Y la voluntad del señor se encuentra
en las enseñanzas de Cristo. Si los hombres pusieran en prácti­
ca estas enseñanzas, sobre la Tierra se instauraría el Reino de
Dios y todos obtendrían el máximo bien que puede ser alcan­
zado. Y esto es todo. «Buscad el Reino de Dios y la justicia y el
resto se os darán por añadidura»140. Nosotros, en cambio, bus­
camos la añadidura y de esta manera no solamente nó instau­
ramos el Reino de Dios, sino que lo destruimos con nuestros
Estados, ejércitos, tribunales, universidades y fábricas.
EL GENERAL, aparte - La máquina se ha puesto en marcha.
EL POLÍTICO, al Príncipe - ¿Ha acabado?
EL PRÍNCIPE-Sí.
EL POLÍTICO - Debo decir que su solución al problema me
parece sencillamente incomprensible. Usted hace consideracio­
nes, busca demostrar y explicar algo, convencernos, pero mien­
tras tanto pronuncia toda una serie de afirmaciones arbitrarias
y no relacionadas entre sí. Usted, por ejemplo, dice: si hemos
sido enviados aquí ha sido por voluntad de alguien y por algu­
na razón. Ésta es, me parece, su idea principal; ¿pero qué signi­
fica? ¿cómo sabe que hemos sido enviados por alguien y por
alguna precisa razón? Que nosotros vivimos sobre la Tierra es
sencillamente cierto, pero que nuestra existencia sea una espe­
cie de misión diplomática está aún por demostrar. Por ejem­
plo, cuando siendo joven fui embajador, mi condición de tal
me resultaba indudable: en primer lugar porque poseía docu­
mentos indiscutibles, además porque había tenido una audien­
cia con el difunto emperador Aleksandr Nikolaevic141, recibien-
M0 Mt 6, 33 y Le 12, 31.
141 Alejandro II.
VLADIMIR SOLOVIEV 133

do sus instrucciones, y finalmente porque cada cuatro meses


recibía diez mil rublos de oro. Pues bien, si en vez de todo esto
se me hubiera acercado por la calle un desconocido declarando
que yo era un embajador enviado a algún lugar y por alguna
razón, me habría limitado a girarme para ir a buscar a un poli­
cía que me defendiera de ese maníaco, capaz tal vez de atentar
incluso contra mi vida. Y en lo que se refiere al caso del que
estamos hablando, ¿qué tipo de embajador es usted, si no po­
see documentos indiscutibles de su supuesto señor, no ha teni­
do jamás audiencia con él y no recibe ningún sueldo? Además,
no sólo se inscribe usted, sino a todos, bien en el grupo de los
embajadores, bien en el grupo de los obreros. ¿Pero según qué
ley y en base a qué? Me parece que la suya no es más que una
improvisación retórica, tres mal inspireé d'ailleursu2.
LA SEÑORA - Siga, no se haga el sueco. Usted ha entendido
perfectamente que el Príncipe no deseaba atacar su increduli­
dad, sino solamente exponer la común idea cristiana de que
todos dependemos de Dios y debemos servirle.
EL POLÍTICO - Bueno, un servicio sin recompensa yo no lo
acabo de entender; además, si resulta que la única recompensa
es la muerte, je présente mes compliments.
LA SEÑORA - Pero esto no cambia nada: también usted mori­
rá y nadie le pedirá su opinión.
EL POLÍTICO - Pero es justamente el hecho de que «no cam­
bia nada» lo que demuestra que la vida no es un servicio; y si
no se pide mi opinión en mi muerte, del mismo modo que en
mi nacimiento, entonces prefiero ver tanto en la vida como en
la muerte lo que son realmente, esto es, una necesidad de la
naturaleza, sin tener que recurrir a ningún imaginario señor.
Mi conclusión es ésta: vive, mientras estés vivo, e intenta ha­
cerlo de la manera mejor y más sabia posible. Y la condición de
una vida buena y sabia es la existencia de una civilización pací­
fica. Supongo, por otra parte, que también desde el punto de
vista de la enseñanza cristiana, la falsa solución avanzada por

142 En francés en el original: muy mal inspirado por otra parte.


134 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

el Príncipe no resiste la crítica. Pero de esto es mejor que ha­


blen personas más competentes que yo.
EL GENERAL - ¿Pero qué solución? Aquí no tenemos ni la so­
lución ni el planteamiento del problema, sino sólo una acroba­
cia verbal. Es como si sobre un mapa cercase con mis batallo­
nes ficticios una fortaleza enemiga también ficticia y me imagi­
nase que la conquistaba. Es más o menos aquello que dice una
famosa canción soldadesca:
¿Cómo fue que el día cuatro
nos acordamos
de conquistar esos montes?
Cabalgaron condes y príncipes,
dibujaron los topógrafos
sobre folios muy grandes.
Todo listo sobre el mapa,
pero olvidaron los despeñaderos
que hay que atravesar.
Ya se sabe como acabó todo:
sobre las alturas de Fedjucha
de los regimientos que partieron
sólo dos compañías llegaron.

EL PRÍNCIPE - ¡No lo entiendo! ¿Es esto todo lo que puede


oponerse a lo que he dicho antes?
EL GENERAL - De todo lo que ha dicho, lo más incomprensi­
ble me parece aquello de los hongos, que según usted vivirían
sólo para su propio deleite. Personalmente he pensado siem­
pre que los hongos viven para deleite de quienes aman comér­
selos con smetanam y en los pasteles. Pero si su Reino de Dios
sobre la Tierra deja intacta la muerte, entonces también los hom­
bres vivirán de mala gana, igual que los hongos, y no los alegres
que usted ha inventado, sino los reales, que acaban en la barriga.
En este Reino de Dios sobre la Tierra, de hecho, también los hom­
bres están destinados a ser devorados por la muerte.
LA SEÑORA - El Príncipe no ha dicho esto.
143 Pan ácido, muy usado en la cocina rusa.
VLADIMIR SOLOVIEV 135

EL GENERAL - No ha dicho ni esto ni lo otro. ¿Por qué calla


sobre el punto más importante?
EL SEÑOR Z. - Antes de afrontar este problema querría saber
de dónde ha tomado el Príncipe la parábola a través de la cual
Ha expuesto su pensamiento. ¿O se trata de una composición
personal suya?
EL PRÍNCIPE - ¿Cómo una composición mía? Está toda ex­
traída del Evangelio.
E l SEÑOR Z. - ¿Por qué dice esto? En ninguno de los cuatro
evangelistas se encuentra una parábola así.
LA SEÑORA - ¡Qué Dios sea con usted! ¿Pero por qué quiere
confundir al Príncipe? En el Evangelio está, sin ninguna duda,
la parábola de los viñadores.
EL SEÑOR Z. - Hay algo parecido en la trama exterior, pero
muy diferente en su contenido y significado.
LA SEÑORA - ¿Pero qué dice? Déjelo, por favor. A mí me pare­
ce que la parábola es justamente así y usted lo único que quiere
es buscarle tres pies al gato. No creo nada de lo que dice.
EL SEÑOR Z. - No es necesario que crea lo que digo; tengo
aquí el librito en cuestión.
Diciendo esto extrae de su gabán un
Nuevo Testamento de pequeño formato
y empieza a hojearlo.

La parábola de los viñadores se encuentra en tres evangelistas:


Mateo, Marcos y Lucas, sin diferencias particulares entre los
distintos textos. Será pues suficiente leer solamente uno; el más
rico en detalles es el de Lucas, que la explica en el capítulo veinte,
donde se expone la última y conclusiva predicación de Cristo
al pueblo. El drama llega al final y narra (al final del capítulo
diecinueve y ál inicio del veinte) cómo los adversarios de Cris­
to -el partido de los sumos sacerdotes y de los escribas- lleva­
ron a cabo contra él un ataque directo y decisivo pidiéndole
que mostrase ante todo el pueblo la legitimidad de su obra y
136 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

dijese según qué derecho y con qué poder actuaba. Pero, si me


permiten, es mejor que lo lea.
Lee
«Enseñaba cada día en el Templo; pero los príncipes de los sa­
cerdotes y los escribas, así como los jefes del pueblo, buscaban
perderle, pero no sabían qué hacer, pues todo el pueblo le escu­
chaba ensimismado. Aconteció uno de aquellos días que, mien­
tras enseñaba y evangelizaba al pueblo en el Templo, se pre­
sentaron los príncipes de los sacerdotes y los escribas con los
ancianos, y le dirigieron la palabra, diciendo: Dinos, ¿con qué
poder haces estas cosas o quién te ha dado ese poder? El les respon­
dió: También yo os haré una pregunta. Decidme pues, el bautismo de
Juan ¿procedía del cielo o de los hombres? Pero ellos razonaban
entre sí: Si decimos que del cielo, nos dirá: "¿por qué no le creisteis?''
Y si decimos que de los hombres todo el pueblo nos apedreará, porque
están convencidos de que Juan era un profeta. Y respondieron que
no sabían de dónde era. Jesús, entonces, les dijo: Tampoco yo os
digo con qué poder hago estas cosas»144.
LA SEÑORA - ¿Por qué nos ha leído este pasaje? Que Cristo
no respondía a quienes le molestaban está bien, pero ¿qué tie­
ne que ver con la parábola de los viñadores?
EL SEÑOR Z. - Espere un poco, se lo ruego, todo esto tiene un
sentido. Y se equivoca al decir que Cristo no respondió. Les
respondió no una, sino dos veces, y de forma del todo precisa:
primero haciendo referencia a un testigo tal de su mandato que
los interrogadores no pudieran refutarlo, luego demostrando
que ellos mismos no tenían ningún poder ni autoridad sobre
El, pues actuaban solamente por temor al pueblo, adecuándo­
se a la opinión de la multitud para salvar su propia vida. El
verdadero poder, por el contrario, no sigue a los demás, sino
que hace seguir. Temiendo al pueblo y obedeciéndole, esas per­
sonas demostraban haber depuesto el poder en favor del pue­
blo. Y es al pueblo a quien Cristo se dirige para acusar ahí a sus
adversarios. Como verá, todo el contenido de la parábola evan­

144 Me 1 1 ,2 7 -3 3 .
VLADIMIR SOLOVIEV 137

gélica de los viñadores está en esta acusación a los indignos


guías nacionales del pueblo hebreo por su oposición al Mesías.
Lee
«Tras esto empezó a proponer al pueblo la siguiente parábola:
Un hombre plantó una viña, la arrendó a unos colonos y se ausentó
por mucho tiempo. En su debido momento envió un criado a los viña­
dores para que le dieran parte del fruto de la viña. Pero los colonos,
después de golpearle le despidieron con las manos vacías. Volvió a
enviarles otro criado, pero ellos, después de haberle azotado y ultraja­
do, lo despidieron también sin nada. Todavía les envío un tercero,
pero ellos le hirieron y le echaron fuera. Dijo entonces el dueño de la
viña: "¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado, quizás a él lo respeta­
rán". Pero los colonos al verlo comentaron entre ellos: "Este es el
heredero-, matémosle, para que sea nuestra la heredad", Y echándole
fuera de la viña, lo mataron. ¿Qué hará pues con ellos el dueño de la
viña? Vendrá y exterminará a esos colonos, y dará la viña a otros. Al
oír esto, dijeron: ¡De ningún modo! Pero fijando en ellos su mi­
rada dijo: ¿Pues qué significa lo que está escrito: "La piedra que
rechazaron los constructores, ésta se ha convertido en piedra angu­
lar"? Todo lo que caiga sobre esa piedra se estrellará, y a aquél sobre
quien ella caiga, lo aplastará. Los escribas y los príncipes de los
sacerdotes intentaron echarle mano en ese mismo momento,
pero temieron al pueblo, pues comprendieron que la parábola
la había dicho por ellos»145. Le pregunto entonces: ¿a qué se
refiere la parábola de los viñadores?
EL PRÍNCIPE - No comprendo el significado de su réplica. Los
sumos sacerdotes y los escribas judíos se ofendieron porque
eran, y lo sabían, el modelo de los malvados de los que habla la
parábola.
EL SEÑOR Z. - ¿Pero de qué eran acusados en esencia?
EL PRÍNCIPE - De no haber observado la verdadera doctrina.
EL POLÍTICO - Está claro: esos gandules vivían sólo para su
propia felicidad, como los hongos, fumando tabaco, bebiendo
vodka, comiendo carne y al mismo tiempo ofreciéndola a su
145 Me, 12, 1-12.
138 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

mismo Dios. Y eso no es todo: se casaban, presidían los tribu­


nales y participaban en las guerras.
LA SEÑORA - ¿Le parece bonito bromear de este modo a su
edad y en su posición? No le escuche, Príncipe. Intentemos
hablar en serio. Dígame, ¿no es verdad que en la parábola evan­
gélica los viñadores mueren porque habían matado al hijo y
heredero del dueño? Y esto es, para el Evangelio, lo principal.
¿Por qué lo omite?
EL PRÍNCIPE - Lo omito pórque se refiere a la suerte personal
de Cristo, la cual tiene ciertamente su importancia y su interés,
pero no es esencial respecto*de lo único verdaderamente nece­
sario.
LA SEÑORA - ¿Es decir...?
EL PRÍNCIPE - Es decir, la observancia de las enseñanzas evan­
gélicas, a través de las que se consigue el Reino de Dios y su
justicia.
LA SEÑORA - Un momento, por favor. Estoy un poco confu­
sa. ¿De qué se trata?... Ah, sí.
dirigiéndose al señor Z.
Usted que tiene el Evangelio a mano, dígame: ¿de qué se habla
en este capítulo después de la parábola de los viñadores?
EL SEÑOR Z., hojeando el librito - Se habla de dar al César lo
que es del César, después se habla de la resurrección de los
muertos: los muertos resucitarán porque Dios no es un Dios de
muertos, sino de vivos; así se demuestra que Jesús no es sólo
Hijo de David sino también Hijo de Dios. Finalmente, en los
dos últimos versículos, se critica la hipocresía y la vanidad de
los escribas.
LA SEÑORA - Vea, Príncipe, también esto es enseñanza evan­
gélica: reconocer la legitimidad del Estado en los asuntos de
este mundo, creer en la resurrección de los muertos y en el he­
cho de que Cristo no es un simple hombre, sino el Hijo de Dios.
EL PRÍNCIPE - ¿Pero es posible extraer conclusiones en base a
un solo capítulo, escrito quién sabe dónde y por quién?
VLADIMIR SOLOVIEV 139

LA SEÑORA - ¡Claro que no! Sé bien, sin necesidad de pedir


explicaciones, que no en un solo capítulo, sino en muchos pun­
tos de los cuatro evangelios se habla tanto de la resurrección
como de la divinidad* de Cristo, sobre todo en San Juan. Lo
leemos hasta en los funerales.
EL SEÑOR Z. - Y en lo que se refiere a cuándo y por quién han
sido escritos, no se trata de algo desconocido; la crítica libre
alemana ha reconocido ya que los cuatro evangelios son de ori­
gen apostólico y se remontan al siglo I.
EL POLÍTICO - Sí, en la decimotercera edición de la Vie de
Jesús146he visto una especie de retractación respecto del cuarto
evangelio.
EL SEÑOR Z. - Ya, no se puede uno quedar detrás de los pro­
pios maestros. Pero el peor problema para usted, Príncipe, no
es qué cosa sean nuestros cuatro evangelios y quién y cuándo
haypn sido escritos; no, la cuestión es que otro evangelio, más
comprensible y más conforme a su «doctrina», desgraciadamen­
te no existe.
EL GENERAL - ¿Cómo que no existe? ¿Y el quinto evangelio?
¿Aquel en el que no se habla de Cristo, sino sólo de su doctrina
respecto de la carne y el servicio militar?
LA SEÑORA - ¿También se mete usted? Déjelo ya. Sepa que
cuanto más usted y el consejero de estado ataquen al Príncipe,
tanto más le defenderé. Estoy convencida, Príncipe, de que us­
ted quiere tomar el cristianismo por su lado mejor. Cierto, su
evangelio no es el nuestro, pero igual que hace tiempo se escri­
bían libros como L'ésprit de M. de Montesquieu o L'ésprit de Féne-
Ion, así usted y sus maestros se proponen escribir L'ésprit de
l'Évangile. Es un pecado que ninguno de ustedes haya escrito
un libro que se habría podido titular El espíritu del cristianismo
según fulanito de tal. Usted necesita un catecismo para impedir
que personas simples como nosotros se pierdan con todas es­
tas variaciones. Ahora oímos decir que lo más importante es el
Sermón de la montaña, pero justo después nos dicen que antes
146 Se trata de la célebre obra de Ernesto Renán, cfr. nota 110.
140 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

que nada hay que trabajar la tierra con el sudor de la frente


(esto, en realidad, no se encuentra en el Evangelio, sino en el
Génesis, allí donde se dice también: «parirás con dolor»; pero
esto no es un mandamiento, sino sólo un triste destino); unas
veces nos dicen que hay que darlo todo a los pobres, otras que
no es necesario hacerlo, porque el dinero es un mal y no se
puede hacer nada malo a nadie, sino solamente a uno mismo y
a su propia familia; después dicen: no se debe hacer nada, sola­
mente pensar; y otros dicen: la vocación de la mujer es traer al
mundo el mayor número posible de hijos, y de repente algún
otro afirma justamente lo contrario; luego sostienen que no se
debe comer carne (es el primer grado, dicen, pero nadie sabe
por qué es justamente el primero), después es el turno del vo­
dka y del tabaco, después de los fritos; luego le llega el turno al
servicio militar que, dicen, es el peor de los males y el cristiano
debe rechazarlo absolutamente; aquel que es descartado para
la leva se convierte en un santo. Tal vez diga alguna tontería,
pero no es culpa mía, porque no consigo aclararme en medio
de todo esto.
EL PRÍNCIPE - También yo creo que sería necesario un breve
resumen de la verdadera doctrina; de hecho, al parecer, se está
preparando algo por el estilo.
LA SEÑORA - Bueno, mientras lo preparan, dígame en dos
palabras: ¿cuál es, según usted, la sustancia del Evangelio?
EL PRÍNCIPE - Se trata, evidentemente, del gran principio de
la no resistencia al mal.
EL POLÍTICO - ¿Y dónde entra aquí el tabaco?
EL PRÍNCIPE - ¿Qué tabaco?
EL POLÍTICO - ¡Ah, Dios mío! ¡También yo querría saber la
relación entre el principio de la no resistencia al mal y la pre­
tensión de hacer abstenerse del tabaco, del vino, de la carne y
de los asuntos amorosos!
EL PRÍNCIPE - La relación me parece clara: estos hábitos vi­
ciosos estupidizan al hombre, sofocando en él las exigencias
del intelecto y de la conciencia. He aquí por qué los soldados
VLADIMIR SOLOVIEV 141

son habitualmente enviados a combatir borrachos.


EL SEÑOR Z. - Sobre todo en las guerras desafortunadas. Pero
esto no tiene importancia. Justifique o no las exigencias ascéti­
cas, el principio de la no resistencia al mal es importante per se.
Usted cree que en cuanto cesemos de oponernos al mal con la
fuerza, el mal desaparecerá inmediatamente. Esto significa que
el mal existe solamente a causa de nuestra oposición o de las
medidas que tomamos contra él, pero que no posee fuerza pro­
pia. En sustancia, según usted, el mal no existe por sí mismo,
sino sólo como consecuencia de nuestra errada opinión en base
a la cual suponemos que existe y que es necesario actuar de
acuerdo a esta convicción. ¿Es así?
EL PRÍNCIPE - Sí, cierto, es así.
EL SEÑOR Z. - Pero si el mal no existe, ¿cómo explicar la sor­
prendente derrota de la obra de Cristo en la historia? Desde su
punto de vista, de hedió, esta obra ha fracasado porque final­
mente no ha conseguido nada, o mejor, de ella se ha derivado
más mal que bien. \
EL PRÍNCIPE - ¿Y porgué?
EL SEÑOR Z. - ¡Qué pregunta tan extraña! En cualquier caso, si
esto no le resulta claro, será mejor proceder con orden. Usted
cree que Cristo predicó el verdadero bien más claramente, efi­
cazmente y convincentemente que cualquier otro, ¿no es cierto?
EL PRÍNCIPE - Sí.
EL SEÑOR Z. - Y el verdadero bien consiste en no resistir con
la fuerza al mal, esto es, a un mal imaginario, en cuanto el mal
no existe.
EL PRÍNCIPE - Exacto.
EL SEÑOR Z. - Cristo no sólo predicó, sino que al final puso en
práctica la exigencia de este bien, sometiéndose sin oposición a
una pena tormentosa. Cristo, según usted, murió sin resucitar
después. Muy bien. Siguiendo su ejemplo, muchos de sus se­
guidores han sufrido la misma pena. ¿Y todo esto, según us­
ted, para qué ha servido?
142 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL PRÍNCIPE - ¿Quiere usted decir quizás que los ángeles han


puesto coronas luminosas sobre estos mártires, conduciéndo­
les después a los jardines del paraíso como recompensa por su
actuación?
EL SEÑOR Z. - No, ¿por qué hablar de este modo? Ciertamen­
te, yo, como usted, espero, deseo para nuestro prójimo, tanto
para los muertos como para los vivos, lo mejor y más placente­
ro. Pero aquí no se trata de nuestros deseos, sino de lo que a su
juicio se ha derivado efectivamente de la predicación y de la
empresa de Cristo y de sus seguidores.
EL PRÍNCIPE - ¿Para quién? ¿Para sí mismo?
EL SEÑOR Z. - Bueno, en lo que se refiere a él se sabe bien que
se derivó una muerte tormentosa, que afrontó, sin embargo,
voluntariamente, con heroísmo moral y no para recibir como
premio coronas luminosas, sino para manifestar el verdadero
bien a los demás, a la humanidad entera. Y ahora yo le pregun­
to: ¿qué bienes ha aportado a los demás el martirio de estas
personas, a la humanidad en conjunto? Según la vieja expre­
sión, la sangre de los mártires ha sido la semilla de la Iglesia147.
Esto es indudablemente cierto, pero según usted la Iglesia ha
representado la traición y la ruina del auténtico cristianismo, el
cual, finalmente, ha sido olvidado por la humanidad hasta el
punto de que, después de dieciocho siglos, ha habido que re­
construirlo completamente, y además sin ninguna garantía de
éxito, esto es, sin ninguna esperanza.
EL PRÍNCIPE - ¿Por qué sin esperanza?
EL SEÑOR Z. - Usted no negará que Cristo y la primera gene­
ración de cristianos habían puesto toda su alma en esta obra y
sacrificado su vida por ella; pues bien, si todo esto no ha dado
resultado, ¿sobre qué se puede fundar la esperanza de un éxi­
to, en su opinión? De toda esta obra sólo hay una cosa induda­
ble y constante, idéntica para quien la ha iniciado y para quien
la ha deformado, para quien la ha destruido y para quien quie­
147 Referencia a la conocida frase acuñada por el apologeta cristiano Tertuliano (circá
160- 220).
VLADIMIR SOLOVIEV 143

re reconstruirla: todos, según usted, han muerto en el pasado,


mueren en el presente y morirán en el futuro; y de la obra del
bien y de la predicación de la verdad no se ha derivado nada si
no es la muerte, ni parece que se vaya a derivar algo diferente
hoy o mañana. ¿Y esto qué significa sino que el mal, que no
existe, triunfa siempre, mientras el bien sale derrotado y queda
anulado?
LA SEÑORA - Pero también los malvados mueren...
EL SEÑOR Z. - Cierto, sólo que mientras que la fuerza del mal
es reforzada por el reino de la muerte, la del bien es debilitada.
En efecto, el mal es claramente más fuerte que el bien, pero si
esta situación es aceptada como la única realidad, entonces es
necesario considerar el mundo como un producto del princi­
pio del mal. Pero en qué modo, manteniéndose exclusivamen­
te sobre el terreno evidente de la realidad actual y en conse­
cuencia reconociendo el manifiesto predominio del mal sobre
el bien, se puede afirmar que el mal no existe y que, en conse­
cuencia, no es necesario combatirlo; esto mi razón no consigue
entenderlo en absoluto y espero por eüo una aclaración por
parte del Príncipe.
EL POLÍTICO - Muéstrenos primero cómo, según usted, es
posible superar esta dificultad.
EL SEÑOR Z. - Es bastante sencillo. En realidad el mal existey
no se manifiesta solamente en la simple ausencia de bien, sino
también en la concreta y victoriosa oposición de las cualidade^
inferiores a las superiores en todos los planos del ser. Existe el
mal individual: la parte inferior del hombre, con todas sus pa­
siones animales, se opone a las tendencias mejores del alma y
en la enorme mayoría de los hombres consigue derrotarlas. Está
después el mal social: la muchedumbre humana, individual­
mente entregada al mal, combate y derrota los esfuerzos salví-
ficos operados por un pequeño número de personas. Existe tam­
bién, obviamente, el mal físico del hombre: cuando los elemen­
tos inferiores de su cuerpo materia^se oponen a la fuerza vital
y luminosa que le armonizan en la forma magnífica del orga­
nismo y la destruyen, aniquilando de esta forma la base real de
144 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

toda realidad superior. Este mal extremo es llamado muerte. Y si


debemos considerar definitiva e incondicionada la victoria de
este mal físico extremo, entonces es imposible considerar como
realmente significativas las ficticias victorias que el bien obtie­
ne en la esfera moral, individual o social. Imaginemos que un
hombre dedicado al bien, Sócrates por ejemplo, consiguiera
derrotar no sólo a sus enemigos internos, esto es, las pasiones
malvadas, sino también a sus enemigos sociales, reformando
así la politeia griega; pues bien, ¿cuál sería la ventaja de esa efí­
mera y superficial victoria sobre el mal cuando éste último triun­
fa definitivamente en el estrato más profundo del ser, en el
mismo fundamento de la vida? Tanto al reformador como al
reformado les tocará un mismo fin: la muerte. ¿Según qué lógi­
ca sería posible estimar en alto grado las victorias morales que
el bien reportó en Sócrates sobre los microbios morales de sus
pasiones malvadas y sobre los microbios morales de las plazas
atenienses, si los verdaderos vencedores fueran en realidad los
malvados y mezquinos microbios de la disolución física? Si
fuera verdaderamente así, ninguna retórica moral podría con­
testar la desesperación y el pesimismo más radical.
EL POLÍTICO - Esto ya lo hemos oído. ¿Pero sobre qué se quiere
fundar para oponerse a la desesperación?
EL SEÑOR Z. - Nuestro sostén es sólo uno: la resurrección real.
Sabemos que la lucha entre el bien y el mal no se desarrolla
sólo en el alma y en la sociedad, sino también a mayor profun­
didad, en el mundo físico. Sabemos que ya ha habido una vic­
toria del principio bueno de la vida a través de la resurrección
personal y esperamos el futuro triunfo de la resurrección uni­
versal. De este modo, también la existencia del mal tiene un
sentido y una explicación definitiva, en cuanto que sirve a una
victoria mayor, reforzando el bien y llevando a su plena reali­
zación: si la muerte es más fuerte que la vida mortal, la resu­
rrección a la vida eterna es más que fuerte que ambas. El Reino
de Dios es el reino del triunfo de la vida a través de la resurrec­
ción: he aquí pues el bien concreto, realizado y definitivo en el
que se reencuentra toda la potencia de la obra de Cristo y se
VLADIMIR SOLOVIEV 145

revela su amor real hacia nosotros y el nuestro hacia Él. Todo lo


demás es mudable y pasajero. Sin la fe en la aventura de la
resurrección de Uno y sin la espera de la futura resurrección de
todos, podemos charlar sobre un futuro Reino de Dios, pero en
realidad todo se reduce al reino de la muerte.
EL PRÍNCIPE - ¿En qué sentido? ¡t
EL SEÑOR Z. - ¿Por qué no se limita usted a reconocer aquello
que todos reconocemos, esto es, el hecho de la muerte, que los
hombres han muerto, mueren y morirán? No, usted reconduce
este hecho a una ley incondicionada que no conoce ni siquiera
una excepción; ¿y cómo no llamar «reino de la muerte» a un
mundo en el que ésta es una ley incondicionada y eterna? ¿Y
qué es su Reino de Dios sobre la Tierra si no un arbitrario y
vano eufemismo para el reino de la muerte?
EL POLÍTICO - También yo pienso que es vano, pues no se
puede sustituir una grandeza conocida por una desconocida.
Nadie ha visto nunca a Dios y nadie sabe qué puede ser su
Reino; pero todos nosotros vemos la muerte de los hombres y
de los animales y sabemos bien que es la ley suprema de este
mundo y que nadie puede huir de ella. ¿Y por qué deberíamos
poner una x en el lugar de esta y? De esta forma lo único que se
consigue es crear confusión y se induce a los «pequeñbs» a ten­
tación. \
EL PRÍNCIPE - No consigo entender de qué se está hablando.
La muerte es, ciertamente, un fenómeno interesante, que se
puede también llamar ley, es decir, regla constante e inevitable
para todos los seres de la Tierra; se puede también decir que
esta ley es incondicionada, puesto que hasta ahora no se ha
constatado ninguna excepción reseñable, pero ¿qué importan­
cia sustancial y vital puede tener todo esto para las auténticas
enseñanzas cristianas que nos dicen sólo una cosa: lo que de­
bemos hacer y lo que no debemos hacer aquí y ahora? Está claro
que la voz de la conciencia puede referirse solamente a aquello
que podemos hacer o no hacer; por tanto, la conciencia no sólo
no dice nada respecto de la muerte, sino que ni siquiera podría
hacerlo. No obstante su enorme importancia para los sentimien­
146 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

tos y los deseos de nuestra vida, la muerte no depende de nues­


tra voluntad y así pues no puede tener ninguna significación
moral para nosotros. Desde este punto de vista -y es el único
realmente significativo- la muerte es un hecho impersonal como,
por ejemplo, el mal tiempo. El hecho de que yo reconozca la
existencia periódica e inevitable del mal tiempo y lo sufra en
mayor o menor medida no me obliga a decir «Reino del mal
tiempo» en vez de Reino de Dios.
EL SEÑOR Z. - Claro que no; en primer lugar porque el mal
tiempo domina tan sólo en San Petersburgo y nosotros, que
hemos venido al Mediterráneo, nos reímos de su reino; en se­
gundo lugar, porque su comparación resulta inadecuada ya que,
incluso con mal tiempo, es posible alabar a Dios y sentirse es
su Reino, mientras que los muertos -como dice la Escritura- no
alaban a Dios. Además, como ha señalado también su excelen­
cia, este triste mundo es más oportuno llamarlo reino de la
muerte antes que Reino de Dios.
LA SEÑORA - ¡Qué aburrimiento, todas estas definiciones! Pero
la cuestión no se reduce solamente a esto. Príncipe, ¿por qué
no nos dice que son exactamente el Reino de Dios y su justicia?
EL PRÍNCIPE - Por estas expresiones entiendo una condición
en la que los hombres actúan solamente según una conciencia
pura y observan de este modo la voluntad de Dios que les pres­
cribe solamente el bien.
EL SEÑOR Z. - Y no obstante, según usted, la voz de la con­
ciencia nos habla indefectiblemente sólo del cumplimiento de
nuestro deber aquí y ahora.
EL PRÍNCIPE - Se entiende que sí.
EL SEÑOR Z. - ¿Y su conciencia calla del todo respecto a aque­
llo que no habría debido hacer pero que en cambio hizo en la
infancia, por ejemplo, en los enfrentamientos con personas que
ya están muertas desde hace tiempo?
EL PRÍNCIPE - En este caso, el sentido de tales reminiscencias
consiste en no hacerme realizar ahora acciones parecidas a las
de entonces.
VLADIMIR SOLOVIEV 147

EL SEÑOR Z, - No es exactamente así, pero no vale la pena


discutirlo ahora. Quiero tan sólo recordarle otro límite más evi­
dente de la conciencia. Ya desde hace mucho tiempo los mora­
listas comparan la voz de la conciencia con el genio, o demo­
nio, que acompañaba a Sócrates disuadiéndolo de las acciones
inoportunas, sin jamás darle, por el contrario, indicaciones po­
sitivas sobre lo que debiera hacer: lo mismo puede decirse de
la conciencia.
EL PRÍNCIPE - ¿Y por qué? ¿No me sugiere la conciencia ayu­
dar a mi prójimo en ciertos casos de necesidad o de peligro?
EL SEÑOR Z. - Da gusto escuchar estas cosas de usted, pero si
examina con atención los casos en cuestión verá que también el
papel de la conciencia es puramente negativo: la conciencia le
pide de hecho solamente no permanecer inactivo o indiferente
ante la necesidad del prójimo, pero no le dice de qué modo
debe usted actuar.
EL PRÍNCIPE - Cierto, porque esto depende de las circunstan­
cias, de mi situación y del prójimo a quien quiero ayudar.
EL SEÑOR Z. - Evidentemente, pero en estos casos la valora­
ción de esas circunstancias y situaciones dependen del intelec­
to, no de la conciencia.
EL PRÍNCIPE - ¿Pero cómo se puede separar el intelecto de la
conciencia? \
EL SEÑOR Z. - No es necesario separarlos, pero sí distinguir­
los, y esto justamente porque en la realidad sucede que no sólo
el intelecto se distingue de la conciencia, sino que se le contra­
pone. Si fueran una sola cosa, ¿cómo podría el intelecto poner­
se al servicio de acciones no sólo ajenas a la moral, sino del
todo inmorales? No obstante sucede con frecuencia. Se puede
ayudar a alguien en base a los cálculos del intelecto pero en
contra de la conciencia, por ejemplo, si me prodigo frente a una
persona necesitada con el único fin de transformarla en cóm­
plice indispensable de un fraude o de cualquier otra empresa
criminal.
148 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL PRÍNCIPE - Sí, esto es elemental. ¿Pero qué concluye de


aquí?
EL SEÑOR Z. - Concluyo que si la voz de la conciencia, a pesar
de su significado como factor de atención y reproche, no sumi-
nistra indicaciones prácticas y positivas a nuestra actividad, si
nuestra buena voluntad tiene necesidad de la intervención del
intelecto, que es un servidor engañoso, pues es capaz y está
dispuesto a servir indiferentemente a dos señores, el bien y el
mal, todo esto significa que para hacer la voluntad de Dios y
conseguir su Reino además de la conciencia y del intelecto es
preciso algo más.
EL PRÍNCIPE-¿Qué?
EL SEÑOR Z. - En pocas palabras, lo que puede llamarse inspi­
ración del bien, es decir, la acción directa y positiva del principio
del bien en nosotros y sobre nosotros. En presencia de esta in­
fluencia de lo alto tanto el intelecto como la conciencia se con­
vierten en colaboradores del bien. Al mismo tiempo la moral,
en vez de un discutible «buen comportamiento», se convierte
en una vida concreta en el mismo bien, un crecimiento orgáni­
co y un perfeccionamiento del hombre completo, interior y ex-
teriormente, tanto de la persona como de la sociedad, del pue­
blo singular como de la humanidad en su conjunto. Así es rea­
lizada la unidad viviente del pasado que espera la resurrección
y del futuro en el eterno presente del Reino de Dios, que está
siempre sobre la Tierra, pero en una nueva Tierra, amorosa­
mente unida a un cielo nuevo148.
EL PRÍNCIPE - No tengo nada en contra de estas metáforas
poéticas, pero querría saber por qué supone que en las perso­
nas que hacen la voluntad de Dios siguiendo sus mandamien­
tos evangélicos está ausente lo que usted llama «inspiración
del bien».
EL SEÑOR Z. - Sobre todo porque su actividad carece de los
signos de esta inspiración, es decir, aquel impulso de amor li­
bre e ilimitado que el Espíritu de Dios da sin medida; pero tam­

148 Cfr. 2 P 3, 13.


VLADIMIR SOLOVIEV 149

bién porque no veo en ellos la serenidad alegre y cordial de


quienes poseen estos dones, aunque sea de forma limitada;
además, y sobre todo, supongo que en este tipo de personas
está ausente la inspiración religiosa porque no reconocen su ne­
cesidad. Si el bien se agota en observar una «regla», ¿qué espacio
queda para la inspiración? Una vez dada, una regla es igual y
définitiva siempre y en todos los casos. Quien estableció esta
regla está muerto desde hace mucho tiempo y según usted no ha
resucitado y no posee pues ningún tipo de existencia viva y per­
sonal. Esto significa que a sus ojos el bien primordial e incondi-
cionado no es el Padre de la luz y del espíritu, que puede direc­
tamente respirar en nosotros e iluminarnos, sino una especie de
patrón calculador que después de haberle contratado para tra­
bajar su viña como arrendatario, vive en algún lugar del extran­
jero y le envía emisarios para exigirle lo que le debe.
EL PRÍNCIPE - ¡Cómo si esta imagen la hubiésemos inventa­
do según nuestro propio arbitrio!
EL SEÑOR Z. - No, vuestra arbitrariedad consiste en ver en
ella la norma suprema de la relación entre el hombre\v la divi­
nidad, en remover del texto evangélico lo más importante, esto
es, la indicación del hijo y heredero, en quien vive la auténtica
norma de la relación divino-humano. Para usted existe sola­
mente el patrón, las obligaciones hacia él y su voluntad, pero
yo quiero decirle todavía una cosa más: veo que su patrón se
limita a imponerle obligaciones y a pretender que usted siga
su voluntad, pero no he visto aún -y querría que me lo demos­
trase- que se trata del verdadero y no de un impostor.
EL PRÍNCIPE - ¡Oh, lo que faltaba! Pero mi conciencia y mi
intelecto me dicen claramente que las pretensiones de mi pa­
trón expresan solamente el bien más puro.
EL SEÑOR Z. - Perdóneme, pero no estoy hablando de esto.
No pongo en duda que su patrón le pide que haga el bien, ¿pero
se deriva de esto que también él es bueno?
EL PRÍNCIPE - Pero, ¿por qué me plantea esta cuestión?
EL SEÑOR Z. - Es extraño que me lo pregunte. He pensado
150 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

siempre que los hombres demuestran tener buenas cualidades


en base a aquello que hacen, no a aquello que piden a los otros
que hagan. Si el razonamiento no le resulta claro, recurriré a un
ejemplo elocuente extraído de la historia. En una famosa carta,
el zar de Moscú Iván IV pidió al príncipe Andrei Kurbskij149 el
máximo grado de bien y el supremo heroísmo moral, preten­
diendo que renunciara a oponerse al mal y que se entregase
mansamente y por amor a la verdad a una muerte entre tor­
mentos. Esta voluntad de su «patrón» era buena en aquello que
le pedía al otro, pero esto no demuestra que quien pretendía tal
bien fuera bueno. De hecho está claro que, si bien el martirio
causado por amor a la verdad es el máximo bien moral, esto no
dice nada a favor de Iván IV, que por otra parte no era ningún
mártir sino más bien un perseguidor.
EL PRÍNCIPE - ¿Qué quiere decir con esto?
EL SEÑOR Z. - Solamente que hasta que usted no me demues­
tre las buenas cualidades de su patrón, y no en las indicaciones
dirigidas a sus obreros, sino en sus obras personales, yo segui­
ré convencido de que este su patrón lejano, que pretende el
bien de los otros sin hacer nada de su parte, que impone obli­
gaciones pero no demuestra amor, que no se manifiesta nunca
y vive desconocido en algún lugar del extranjero no es otro que
el dios de este mundo.
EL GENERAL - ¡He aquí al maldito desconocido!
LA SEÑORA - ¡Ah, no diga esto! Es terrible. ¡Que la fuerza de
la cruz esté con nosotros!
Se santigua.
EL PRÍNCIPE - Era de prever que llegaríamos a algo de este
estilo.
EL SEÑOR Z· - Estoy seguro, Príncipe, de que sólo un error
sincero le hace confundir al verdadero Dios por un impostor.
Además, su principal atenuante es precisamente la habilidad del
149 El príncipe Andrei Kurbskij (1528-1583) fue consejero y general de Iván IV. Caído
en desgracia, se puso al servicio de Polonia contra su antiguo geñor, con el que man­
tuvo una correspondencia que se convirtió en célebre.
VLADIMIR SOLOVIEV 151

impostor; también yo he tenido algunas dificultades para com­


prender este asunto, pero ahora no tengo ninguna duda y us­
ted comprenderá con qué sentimiento debo mirar algo que con­
sidero una máscara engañosa y tentadora del mal...
LA SEÑORA - Siga, esto es inofensivo.
EL PRÍNCIPE - Le aseguro que no me siento ofendido para
nada. En realidad estamos tratando acerca de una cuestión ge­
neral; me parece extraño, sin embargo, que mi interlocutor con­
sidere que tales cuestiones se refieren únicamente a mí y no
también a él mismo. Usted pretende que yo le muestre las bue­
nas obras de mi patrón como testimonio de que él es el princi­
pio del bien y no del mal. ¿Por qué no me muestra una buena
obra de su patrón que no pueda decirse también del mío?
EL SEÑOR Z. - Esta obra, sobre la que se basa todo lo demás,
ya se la he mostrado.
EL PRÍNCIPE - ¿Y cuál es, si se puede saber?
EL SEÑOR Z. - La victoria real sobre el mal a través de la resu­
rrección real. Es solamente por medio de la resurrección como
se revela el auténtico Reino de Dios el cual, sin ella, no es más
que reino de la muerte, del pecado y de su creador, el diablo.
La resurrección, real y no metafórica, éste es el documento que
testifica la autenticidad de Dios. ------ ______
EL PRÍNCIPE - Cierto, ¡si a usted la gusta creer en esa mitolo­
gía! ¡Yo, sin embargo, no pido creencias personales, sino he­
chos que puedan ser demostrados!
EL SEÑOR Z. - ¡Calma, Príncipe, calma! Ambos provenimos
de la misma fe, o mitología si prefiere/sólo que yo la sigo cohe­
rentemente hasta el final, mientras que usted se detiene al ini­
cio del camino, de manera ilógica y arbitraria. Veamos, ¿reco­
noce usted la fuerza del bien y su futuro triunfo sobre la faz de
la Tierra?
EL PRÍNCIPE - Sí.
EL SEÑOR Z. - Y esta convicción suya, ¿qué es?, ¿un hecho o
una fe?
152 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL PRÍNCIPE - Lina fe razonable.


EL SEÑOR Z. - De acuerdo. La razón, como nos han enseñado
en el seminario, pretende entre otras cosas no admitir nada que
no esté suficientemente fundado. Ahora le ruego que me expli­
que sobre qué base lógica puede usted, después de haber reco­
nocido la fuerza del bien para corregir y perfeccionar al hom­
bre y a la humanidad, afirmar que ese mismo bien es impoten­
te frente a la muerte.
EL PRÍNCIPE - Creo que usted debería primero explicarme
por qué atribuye al bien una fuerza que supera los confines de
la esfera moral.
EL SEÑOR Z. - Y se lo voy a explicar. Desde el momento en
que creo en el bien y en su fuerza específica, en el mismo con­
cepto de esta fuerza buena se afirma su supremacía sustancial
e incondicionada; por lo tanto, puedo reconocer lógicamente di­
cha fuerza como ilimitada y nada me impide creer en la verdad
de una resurrección testimoniada históricamente. Por otra par­
te, si usted hubiese dicho claramente desde el principio que no
tenía nada que ver con la fe cristiana y que la consideraba sola­
mente una mitología, no habría tenido razón alguna para ma­
nifestar respecto de su pensamiento la hostilidad que no he
conseguido esconder. De hecho, el error no es impostura y
mostrarse hostil hacia personas que cometen solamente erro­
res de razonamiento revela una mente limitada, una fe débil y
un corazón mezquino. Todo verdadero creyente, sobre todo si
es ajeno a tales defectos, debe tener una actitud sincera ante el
adversario de la verdad religiosa, siempre que éste se mani­
fieste de modo correcto y, en una palabra, sincero. Las personas
de este tipo son hoy en día cada vez más raras, y no me resulta
sencillo explicar con qué satisfacción me opongo a un auténti­
co enemigo del cristianismo. Diré que estoy casi dispuesto a
ver en cualquiera de ellos a un futuro apóstol Pablo, mientras
que de tantos otros fieles del cristianismo sospecho, aunque
sea involuntariamente, que se revelarán como unos Judas. Pero
usted, Príncipe, ha hablado de forma tan sincera que ya no
puedo considerarle como uno de tantos Judas, grandes y pe­
VLADIMIR SOLOVIEV 153

queños, de nuestros tiempos; al contrario, preveo ya que voy a


tener frente a usted la misma actitud benévola que me inspiran
otros ateos o paganos convencidos.
EL POLÍTICO - Bueno, ahora que ha sido perfectamente acla­
rado que ni los ateos, ni los paganos, ni los «verdaderos cristia­
nos» como nuestro Príncipe son el Anticristo, ha llegado el mo­
mento de que nos haga el retrato de este último.
EL SEÑOR Z. - ¡Llegamos por fin a donde quería! Dígame,
¿está tal vez satisfecho de alguna entre las múltiples represen­
taciones de Cristo, quizás salida de la mano de algún pintor
genial? Yo no conozco ni siquiera una realmente satisfactoria.
Supongo que esto es imposible pues Cristo es la encarnación
individual, única en su género y en consecuencia diferente de
cualquier otra, de su sustancia, el bien. Evidentemente el genio
del artista es insuficiente para representarlo. Esto, sin embar­
go, también puede decirse del Anticristo, encarnación indivi­
dual del mal, única por perfección y comprensividad. Es impo­
sible hacerle un retrato. En la literatura eclesial encontramos
tan sólo su pasaporte, con sus signos generales y particulares...
LA SEÑORA - ¡No hay necesidad de hacerle un retrato, Dios
nos guarde! Explíquenos más bien cuál es la esencia de su obra
y si su venida es inminente.
EL SEÑOR Z. - Bueno, puedo satisfacerla m ^ d e lo que se
imagina. Hace algunos años que un compañero mío de estu­
dios, que se había hecho monje, antes de morir me depqon ma­
nuscrito que apreciaba mucho pero que no había querido o
podido publicar. Se titulaba: Breve relato del Anticristo. Sea una
invención fantástica o, si queremos, una imaginaria prefigura­
ción histórica, este escrito refleja en mi opinión todo lo que la
Sagrada Escritura, la Tradición de la Iglesia y el buen sentido
pueden decir de verosímil sobre esta cuestión.
EL POLÍTICO - ¿No será esta obra de aquel Varsanofij del que
ya nos ha hablado?
EL SEÑOR Z. - No, el autor de este escrito tenía un nombre
aún más singular: Pansofij.
154 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

EL POLITICO - ¿Pan Sofij? ¿Era tal vez polaco150?


EL SEÑOR Z. - Para nada. Era ruso e hijo de un sacerdote. Si
me lo permiten, saldré un momento de la habitación e iré a
buscar este manuscrito para leerlo. No es muy largo.
LA SEÑORA - Vaya, pero tenga cuidado y no se pierda.
Mientras el señor Z. va a buscar el manuscrito, el
grupo se pone en pie y empieza a pasear por el jardín.
EL POLÍTICO - No sé de qué se trata, tal vez es la vejez que me
nubla la vista, sin embargo está sucediendo algo en la natura­
leza. He observado que en ninguna estación o lugar se dan ya
aquellos días del todo límpidos y transparentes que en un tiem­
po se observaban en todos los climas. Fíjense en hoy, por ejem­
plo: no hay una nube, estamos bastante lejos del mar, sin em­
bargo el aire no es completamente límpido; es como si algo su­
til e impalpable estuviera suspendido. ¿También usted lo ha
notado, General?
EL GENERAL - Es algo que vengo observando desde hace años.
LA SEÑORA - Yo también he empezado a darme cuenta desde
el año pasado, y no sólo en el aire, sino también en el alma. Tam­
bién aquí ha dejado de existir la «completa limpidez» de la que
ha hablado, sustituida por una especie de angustia y el presenti­
miento de que debe suceder algo malo. Estoy convencida de que
también usted, Príncipe, tendrá la misma impresión.
EL PRÍNCIPE - No, yo no he observado nada de particular: el
aire me parece el de siempre.
EL GENERAL - Usted es demasiado joven para notar la dife­
rencia, no puede comparar. Pero para quien recuerda los años
50, esto es más que evidente.
EL PRÍNCIPE - Yo creo que era cierta la primera suposición: se
trata simplemente de un debilitamiento de la vista.
EL POLÍTICO - Estamos envejeciendo, es verdad; pero tam­
poco la Tierra rejuvenece y se siente una especie de recíproca
150 En polaco pan significa “señor”.
VLADIMIR SOLOVIEV 155

extenuación.
EL GENERAL - O quizás es el diablo que tapa la luz divina con
su cola. Quién sabe, ¡tal vez esto sea también un signo del An­
ticristo!
LA SEÑORA, señalando al señor Z. que se acerca - Bueno, ahora
sabremos algo de todo esto.

Todos vuelven a su sitio y el señor Z. empieza a


leer el manuscrito que ha traído consigo.
EL RELATO DEL ANTICRISTO

¡Panmongolismo! Una palabra selvática


pero que me acaricia los oídos,
como si estuviera llena del presagio
de un gran destino divino...151.

LA SEÑORA - ¿De dónde ha sacado esta cita?


EL SEÑOR Z. - Creo que ha sido compuesta por el ictismo au­
tor de este relato.
LA SEÑORA - Siga, lea.
EL SEÑOR Z., empieza a leer - El siglo XX después de Cristo fue
la época de las últimas grandes guerras, de las discordias intes­
tinas y de las revueltas revolucionarias. La más grande de las
guerras internacionales tuvo como causa remota el éxito en Ja­
pón, hacia finales del siglo XIX de un movimiento intelectual
llamado panmongolismo. Gracias a su espíritu de imitación los
japoneses no sólo se habían adueñado con gran rapidez de las
formas materiales de la civilización europea, sino que habían
absorbido también algunas ideas de orden inferior. Al conocer
a través de los periódicos y de los manuales de historia la exis­
tencia en Occidente del panhelenismo, el pangermanismo, el
paneslavismo, el panislamismo, etc., decidieron proclamar la
gran idea del panmongolismo, es decir, de la unificación bajo
su propia dirección de todos los pueblos de Asia oriental. Y
151 Estos versos están extraídos de una célebre poesía que Soloviev escribió con oca­
sión de la guerra chino-japonesa de 1894.
158 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

todo con el fin de llevar a cabo la guerra decisiva contra los


extranjeros, esto es, contra los europeos. Aprovechando que al
inicio del siglo XX Europa estaba empeñada en la última y de­
cisiva lucha contra el mundo musulmán, los japoneses pasaron
a la ejecución de su gran plan ocupando en primer lugar Corea
y luego Pequín donde, con la ayuda del partido progresista
chino, destronaron a la antigua dinastía manchú y la sustituye­
ron por una japonesa. Esta jugada les reconcilió rápidamente
con los conservadores chinos, quienes comprendieron que en­
tre dos extraños es mejor acercarse al más parecido y escoger el
mal menor. En cualquier caso, la independencia estatal de Chi­
na no podía mantenerse por más tiempo y era inevitable some­
terse, o bien a los europeos o bien a los japoneses. No obstante,
era evidente que el dominio japonés destruía las formas exte­
riores de la estatalidad china que, por otra parte, se habían re­
velado ya como del todo inadecuadas, pero no atacaba los prin­
cipios interiores de la vida nacional. Por el contrario, la victoria
de las potencias europeas, que por razones políticas apoyaban
a los misioneros cristianos, habría resultado extremadamente
peligrosa para los más profundos fundamentos espirituales de
China. El antiguo odio nacional de los chinos hacia los japone­
ses había nacido cuando ni unos ni otros conocían a los euro­
peos, frente a quienes esta hostilidad entre dos naciones afines
se convertía en una cuestión interna y perdía significado. Los
europeos eran completamente extraños y enemigos; su dominio
no habría podido lisonjear en modo alguno el orgullo de la es­
tirpe china, mientras que en manos de Japón los chinos podían
ver el dulce cebo del panmongolismo, que a sus ojos justificaba
también la triste necesidad de una europeización externa. Los
japoneses repetían insistentemente: «Intentad entender, testa­
rudos hermanos, que nosotros utilizamos las armas de los pe­
rros occidentales no porque las amemos, sino solamente para
poderles derrotar con sus mismas armas. Si os unís a nosotros
y aceptáis nuestra guía, entonces no sólo expulsaremos en poco
tiempo a los diablos blancos de nuestra Asia, sino que también
conquistaremos sus países y estableceremos el verdadero Im­
perio del Centro sobre todo el mundo. Vuestro orgullo nacional
VLADIMIR SOLOVIEV 159

y vuestro desprecio frente a los europeos son justos, pero erráis


al nutrir estos sentimientos solamente con sueños y no con ac­
ciones racionales. Nosotros os hemos precedido, pero ahora
debemos indicaros el camino del interés común. Observad vo­
sotros mismos qué resultados ha dado vuestra política presun­
tuosa y recelosa hacia nosotros, que somos vuestros hermanos
naturales y vuestros defensores: Rusia e Inglaterra, Alemania
y Francia han estado a punto de dividirse vuestro país sin deja­
ros ni siquiera un pedazo: creíais ser tigres y os habéis mostra­
do débiles como la cola de una serpiente». Los chinos juiciosos
consideraron que este razonamiento estaba fundado y la di­
nastía japonesa pudo de este modo consolidarse. Su primera
preocupación fue naturalmente la creación de una flota y de
un ejército poderosos. La mayor parte del ejército japonés fue
entonces trasladado a China, donde constituyó los cuadros de
un nuevo e inmenso ejército. Los oficiales japoneses hablaban
chino y como instructores tuvieron mucho más éxito del que
habían tenido los europeos. Las ingentes poblaciones de China
y de Manchuria, de Mongolia y del Tíbet suministraron un
material bélico idóneo. Ya el primer bogdykhan152 de la dinastía
japonesa pudo probar el poderío del renovado ejército chino
expulsando a los franceses de Tonquín y de Siam y a los ingle­
ses pe Birmania. El Imperio del Centro se adueñó así de toda
Indochina. Su heredero, chino por parte de madre, que reunía
en sí la astucia y la elasticidad de los chinos con la energía de
los japoneses, reunió en el Turquestán chino un ejército de cua­
tro millones de soldados. Y mientras el Tsunglijamen153comuni­
caba confidencialmente al embajador ruso que este ejército ha­
bía sido movilizado para conquistar la India, el bogdykhan in­
vadió nuestra Asia central y después de haber animado a la
población a la sublevación, atravesó rápidamente los Urales y
sometió con sus tropas toda la Rusia central y oriental. Unida­
des rusas movilizadas a toda prisa se organizaron en Polonia y
Lituania, en Kiev y en la Volinia, en San Petersburgo y en Fin­
landia. No obstante, a causa de la ausencia de un plan de gue­
152 Titulo atribuido por los mongoles al emperador chino.
,53 Ministro chino encargado de las relaciones con los extranjeros.
160 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

rra preestablecido y de la enorme superioridad numérica del


enemigo, el valor militar de las tropas rusas les sirvió única­
mente para morir con honor. La rapidez de la invasión no per­
mitió la necesaria concentración de las fuerzas y las unidades
aisladas fueron destruidas una tras otra en combates violentí­
simos y desesperados. Los mongoles pagaron estos triunfos a
un alto precio, pero pudieron sustituir con facilidad sus pérdi­
das gracias al control de todas las vías ferroviarias asiáticas.
Mientras tanto, un ejército ruso de doscientos mil hombres, ais­
lado desde hacía tiempo en los confines de Manchuria, realizó
un desafortunado intento de invadir la bien defendida China.
Dejando una parte de sus fuerzas en Rusia para impedir la cons­
titución de nuevos ejércitos y para reprimir las cada vez más
numerosas bandas de partisanos, el bogdykhan traspasó con tres
ejércitos las fronteras de Alemania. Aquí, por el contrario, ha­
bían tenido tiempo de prepararse y uno de los ejércitos mon­
goles fue completamente destruido. Sin embargo, justo en esos
momentos, en Francia alcanzó el poder el partido revanchista
y los alemanes se encontraron con un millón de bayonetas a
sus espaldas. Atrapado entre la espada y la pared, el ejército
alemán se vio obligado a aceptar las condiciones de rendición
propuestas por el bogdykhan. Ebrios de alegría, los franceses
fraternizaron con los alemanes y penetraron en toda Alemania,
perdiendo velozmente cualquier tipo de disciplina militar. El
bogdykhan ordenó entonces la exterminación de esos aliados
inútiles y su orden fue ejecutada con la conocida meticulosi­
dad china. En París estalló una insurrección de trabajadores
sans patrie y la capital de la civilización occidental abrió con
alegría sus puertas al señor de Oriente. Después de haber satis­
fecho su curiosidad, el bogdykhan se dirigió a la ciudad maríti­
ma de Boulogne donde, con la protección de una flota llegada
del océano Pacífico, se dedicó al alistamiento de naves para
transportar a sus tropas hasta Gran Bretaña. Pero necesitaba
dinero y los ingleses compraron su libertad con un millardo de
libras esterlinas. En el transcurso de un año todos los estados
europeos reconocieron su dependencia feudal del bogdykhan,
el cual, después de haber dejado en Europa un ejército de ocu­
VLADIMIR SOLOVIEV 161

pación, retornó a Oriente y emprendió expediciones navales


contra América y Australia. El nuevo yugo mongol en Europa
duró medio siglo, una época caracterizada interiormente por
un proceso de fusión general y de profunda integración de las
ideas orientales con las occidentales que vino a repetir en grand
el antiguo sincretismo alejandrino. En la esfera práctica de la
vida se observaban tres fenómenos fundamentales: un flujo
masivo hacia Europa de trabajadores chinos y japoneses, lo que
determinó la agudización de la cuestión socioeconómica; la
puesta en práctica por parte de las clases dirigentes de una se­
rie de paliativos para aliviar dicha cuestión; la difusión a nivel
internacional de organizaciones secretas que preparaban un
vasio complot paneuropeo con el fin de derrocar a los mongo­
les y restablecer la independencia europea. Este gigantesco com­
plot] en el que participaron también los gobiernos locales de
las naciones europeas -en la medida de sus posibilidades, dado
el estrecho control de los gobernadores mongoles- fue prepa­
rado magníficamente y se ejecutó finalmente con pleno éxito.
En el momento preestablecido se inició la masacre de las guar­
niciones mongolas, mientras que todos los trabajadores asiáti­
cos murieron o fueron expulsados. Los cuadros secretos de los
ejércitos europeos tomaron en todas partes la iniciativa y se
realizó una movilización general en base a planes meticulosa­
mente preparados. El nuevo bogdykhan, nieto del gran conquis­
tador, se apresuró a partir, penetrando en Rusia, pero su gigan­
tesco ejército fue derrotado por el ejército paneuropeo. Sus res­
tos dispersos retornaron a las profundidades de Asia y Europa
fue nuevamente libre. Si la semisecular sujeción a los bárbaros
asiáticos había sido provocada por el hecho de que los estados
europeos pensaban solamente en sus intereses nacionales, la
gran y gloriosa liberación fue conseguida por el contrario gra­
cias a la organización internacional y unitaria de toda la pobla­
ción europea. La consecuencia natural de este hecho evidente
fue que el antiguo y tradicional orden de las naciones indivi­
duales perdió significado mientras desaparecían casi por todas
partes las últimas reliquias de las antiguas instituciones mo­
nárquicas. La Europa del siglo XXI fue una unión de estados
162 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

más o menos democráticos: la Unión de Estados Europeos. Los


éxitos de su civilización material, a pesar del freno que supuso
la invasión mongola y la lucha de liberación, se reanudaron
con ritmo acelerado. Al mismo tiempo, sin embargo, los pro­
blemas de la conciencia interior, las grandes cuestiones de la
vida, de la muerte, del destino definitivo del hombre y de la
humanidad, vueltas aún más oscuras por una enorme canti­
dad de nuevos estudios y descubrimientos fisiológicos y psi­
cológicos, permanecieron sin respuesta, exactamente como en
el pasado. Se obtuvo solamente un resultado importante, pero
puramente negativo: el hundimiento definitivo del materialis­
mo teórico. La concepción del mundo como un sistema de áto­
mos en movimiento y de la vida como el resultado de la acu­
mulación mecánica de la materia no dejó ya satisfecho ni si­
quiera a un solo intelectual. La humanidad superó de una vez
por todas ese estadio de la infancia filosófica. Pero por otro lado
apareció claro que también la capacidad infantil de una fe in­
genua e irreflexiva fue casi extirpada. Conceptos como los de
un Dios que habría creado de la nada y otros del· mismo tenor
dejaron de enseñarse en las escuelas elementales. Se elaboró
una especie de nivel común y por debajo de esas concepciones
no podía descender ningún dogmatismo. Y mientras la enor­
me mayoría de los intelectuales continuaron siendo no creyen­
tes, los pocos creyentes debían necesariamente convertirse en
intelectuales, según la indicación del apóstol: «sed niños en el
corazón, pero no en la mente»154.
Entre los pocos creyentes espiritualistas de la época despunta­
ba un hombre muy notable -algunos lo definían como un su­
perhombre- que estaba lejos tanto de la infancia del intelecto
como de la del corazón. Era todavía joven, pero gracias a su
extraordinaria genialidad, con sólo treinta y tres años gozaba
ya de una vasta fama como pensador, escritor y filántropo. Sen­
tía dentro de sí una gran fuerza espiritual y era un convencido
espiritualista; su inteligencia vivaz le mostraba siempre las ver­
dades en las que debía creer: el bien, Dios, el Mesías. Creía en

1541 Cor 1 4 ,2 0 .
VLADIMIR SOLOVIEV 163

todo esto, pero al mismo tiempo sólo se amaba a sí mismo. Creía


en Dios, pero, de forma involuntaria e inadvertida, en la pro­
fundidad de su alma se prefería a sí mismo. Creía en el bien,
pero el ojo de la Eternidad que todo lo ve sabía que este hom­
bre se inclinaría ante el poder del mal apenas éste se hubiese
adueñado de él, y no con el engaño de los sentimientos y de
las bajas pasiones, ni siquiera con la tentación suprema del po­
der, sino halagando su desmesurado amor propio. Por otra
parte, este amor propio no era ni un instinto descontrolado ni
una loca pretensión. Además de haber dado pruebas de poseer
extraordinarias dotes de genialidad, belleza y nobleza, había
demostrado tener una templanza y un desinterés que justifica­
ban plenamente su enorme orgullo de gran espiritualista, asce­
ta y filántropo. Algunos le echaban en cara el estar tan rica­
mente dotado de dones divinos, pero él veía en esto la señal
evidente del favor exclusivo del cielo hacia él y se consideraba
el segundo después de Dios, un hijo suyo absolutamente úni­
co, en una palabra, reconocía en sí mismo las prerrogativas del
mismo Cristo. Esta conciencia de su elevada dignidad se mani­
festaba no obstante no como una deuda moral frente a Dios y
el mundo, sino como un derecho y una superioridad frente a
los demás y sobre todo frente a Cristo. En sus inicios no mos­
traba hostilidad hacia Jesús. Le reconocía su significado y dig­
nidad de Mesías, pero con toda sinceridad veía solamente en él
a su más augusto predecesor: para aquella mente obcecada por
el amor propio la empresa moral de Cristo y su absoluta unici­
dad resultaban del todo incomprensibles. Razonaba de este
modo: «Cristo vino antes que yo, pero aquel que en el tiempo
viene después es anterior por naturaleza. Yo he llegado en se­
gundo lugar, al fin de la historia, precisamente porque soy el
salvador perfecto, definitivo. Aquel Cristo era simplemente mi
precursor. Su misión fue la de preparar mi venida». Y según
estos pensamientos, el gran hombre del siglo XXI empezó a
aplicarse a sí mismo todo aquello que en el Evangelio está es­
crito en referencia a la segunda venida, explicando este suceso
no como la segunda venida de Cristo, sino como la sustitución
del Cristo precursor por el Cristo definitivo, es decir, por sí
164 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

mismo.
El «hombre del futuro» no se presentaba todavía con este ros­
tro bien definido y original. En relación a Cristo se veía como
otro Mahoma, es decir, un hombre justo que no puede áer acu­
sado de mala intención.
Justificaba la orgullosa preferencia de sí mismo sobre Cristo en
base a este razonamiento: «Cristo, que ha predicado y realiza­
do en su vida el bien, ha sido el reformador de la humanidad,
mientras que yo estoy llamado a ser el bienhechor de esta huma­
nidad en parte enmendada, en parte incorregible. Yo daré a
todos los hombres aquello que necesitan. Cristo fue un mora­
lista que dividió a los hombres según el bien y el mal, pero yo
los uniré con beneficios que son necesarios tanto para los bue­
nos como para los malos. Yo seré el verdadero representante
de aquel Dios que hace resplandecer el sol sobre los buenos y
los malos, que hace caer la lluvia sobre los justos y los injustos.
Cristo ha traído la espada, yo en cambio traeré la paz. Él ame­
nazó al mundo con el terrible juicio universal, yo, por el con­
trario, seré el último juez, y mi juicio no será sólo de justicia,
sino también de clemencia. Habrá justicia en mi juicio, pero
una justicia distributiva, no retributiva. Distinguiré entre to­
dos, pero a cada uno le daré aquello que necesite».
Con esta magnífica actitud esperaba una clara llamada divina
que le incitara a iniciar la obra de la nueva salvación de la hu­
manidad, un testimonio evidente y extraordinario que lo de­
clarase hijo mayor y amado primogénito de Dios. Esperaba, y
en esta espera se nutría de la conciencia de sus dones y de sus
virtudes sobrehumanas porque, como se ha dicho, era un hom­
bre de absoluta moralidad y genio extraordinario.
Este justo lleno de orgullo esperaba una sanción suprema para
iniciar su obra de salvación de la humanidad, pero era una es­
pera sin éxito. Fue entonces cuando en su mente empezó a co­
brar forma un pensamiento que lo penetró con un escalofrío
hasta la médula: «¿Y si...? ¿Y si no fuese yo, sino el otro, el gali-
leo...? ¿Y si él no fuese solamente mi precursor, sino el verda­
dero, el primero y el último? Entonces él debería estar vivo...
VLADIMIR SOLOVIEV 165

¿Pero dónde? ¿Y si viniera a mí, ahora, de repente?... ¿Qué le


diría? ¿Debería inclinarme ante él como el último necio cristia­
no, como un vulgar campesino ruso que balbucea insensata­
mente: Señor Jesucristo, ten piedad de mí pecador155 o prosternar­
me como una mujerzuela polaca? ¿Yo, un genio luminoso, el
superhombre? ¡No, nunca!». Y desde entonces, en lugar del frío
respeto racional hacia Dios y hacia Cristo que había albergado
anteriormente, nació y creció en su corazón primero una espe­
cie de temor, luego una envidia abrasadora que oprime y con­
trae todo su ser; finalmente un odio impetuoso se adueñó de
su alma. «¡Yo, yo, no Él! No está entre los vivos y no lo estará
nunca. ¡No resucitó! ¡no resucitó! ¡no resucitó! Se pudrió, se
pudrió en el sepulcro como la última...». Y con espuma en la
boca salió de su casa dando saltos convulsivos, dejó el jardín a
sus espaldas y adentrándose en la noche profunda y oscura se
encaminó hacia un sendero pedregoso... La ira se aplacó, susti­
tuida por una desesperación árida y pesada como las rocas que
le rodeaban, oscura como la noche. Se detiene en el borde de
un precipicio y oye en la lejanía el fragor de un torrente que
corre allá abajo entre las rocas. Una angustia intolerable le opri­
me el corazón. «¿Invocarlo? ¿Preguntarle qué hacer?». Y en la
oscuridad se le aparece un rostro dulce y triste. «Él tiene com­
pasión de mí... ¡No, nunca! ¡No resucitó! ¡no resucitó!». Y se
arroja en el abismo. Pero algo, elástico como una columna de
agua, le mantiene en el aire y se siente sacudido por una des­
carga eléctrica, en ese momento una fuerza arcana le empuja
hacia lo profundo. Por un instante pierde el conocimiento y
cuando se despierta se encuentra de rodillas a unos pasos del
precipicio. Ante él se yergue una figura mal tallada en una au­
reola nebulosa y fluorescente; dos ojos le atraviesan el alma
con un resplandor sutil e insoportable...
Ve aquellos dos ojos penetrantes y oye -no sabe si dentro o fue­
ra de sí- una voz extraña, sorda, apagada pero perfectamente

155 Se trata de la llamada Oración de Jesús , muy difundida en el Oriente cristiano y en


particular en Rusia. Es también la “oración incesante” cuya búsqueda emprendió el
protagonista del Relato de un peregrino ruso, texto fundamental de la espiritualidad
rusa bien conocido por parte de Soloviev.
166 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

audible al mismo tiempo, metálica y del todo sin alma, como la


de un fonógrafo. Y esta voz le habla: «Hijo mío amado, tienes
todo mi afecto. ¿Por qué no has recurrido a mí? ¿Por qué has
honrado a aquel otro, el malvado, y a su padre? Para ti yo soy
dios y padre. Y ese otro, aquel miserable crucificado, es tan aje­
no a ti como a mí. Yo no tengo otro hijo sino tú. Tú eres mi
unigénito, igual a mí. Yo te amo y no pretendo nada de ti. Por
eso eres tan bello, grande y poderoso. Actúa en tu nombre, y no
en el mío. Yo no tengo envidia de ti. Te amo y no te pido nada a
cambio. Aquel que tú creías que era Dios exigió a su Hijo la
obediencia más ilimitada, hasta la muerte de cruz, y no le soco­
rrió en la cruz. No te exijo nada pero te ayudaré por amor, por
tu mérito, por tu excelencia, por el amor puro y desinteresado
que tengo por ti. Recibe mi espíritu. Mi espíritu que te ha en­
gendrado en la belleza, ahora te engendra en la fuerza». A estas
palabras del desconocido los labios del superhombre se cerra­
ron involuntariamente, dos ojos penetrantes se acercaron su ros­
tro y experimentó la sensación de que un objeto punzante y he­
lado penetraba en su interior y llenaba todo su ser. Y de repente
se sintió extraordinariamente fuerte, dinámico, ligero y entusias­
ta. En ese mismo instante la figura luminosa y los ojos penetran­
tes desaparecieron, algo elevó al superhombre del suelo y lo trans­
portó hasta su jardín, justo ante la puerta de su casa.
El día después no sólo los visitantes del gran hombre, sino tam­
bién sus seguidores quedaron sorprendidos por su aspecto
particular, casi inspirado. Y aún más sorprendidos habrían es­
tado si hubieran podido ver con que rapidez y facilidad sobre­
natural, encerrado en su estudio, escribía la célebre obra titula­
da El camino abierto hacia la paz y la prosperidad universal.
Los libros anteriores del superhombre y sus actividades socia­
les habían tenido muchos críticos severos, pero se trataban so­
bre todo de personas religiosas y, en consecuencia, privadas de
cualquier autoridad. En realidad estamos hablando de los tiem­
pos del Anticristo y por ello fueron poco escuchados quienes
evidenciaron en todos los escritos y discursos del «hombre del
futuro» un amor propio extraordinariamente intenso y auto-
VLADIMIR SOLOVIEV 167

complaciente, carente de auténtica simplicidad, rectitud y sin­


ceridad.
Pero con esta nueva obra logró cautivar incluso a algunos de
sus antiguos críticos y adversarios. Este libro, escrito después
de la aventura del precipicio, manifiesta una fuerza y un genio
desconocidos hasta ese momento. Hay algo de omnicompren-
sivo, que concilia en sí todas las contradicciones. Un noble res­
peto por los antiguos símbolos y las tradiciones se funde con
un vasto y audaz radicalismo en las cuestiones sociopolíticas,
una ilimitada libertad de pensamiento con la más profunda
comprensión de todo aquello que es místico, un individualis­
mo absoluto con una dedicación ardiente al bien común, el idea­
lismo más elevado en los principios con la precisión y la vitali­
dad en la solución de las cuestiones prácticas. Y todo esto uni­
do a una genial habilidad que permite a cualquier pensador o
a cualquier hombre de acción entender y aceptar todo el con­
junto desde su propio y particular punto de vista, sin sacrificar
nada de la verdad en sí misma, sin tener que pasar por encima de
su propio yo, sin renunciar en la práctica en lo más mínimo a sus
exclusivismos, sin tener que corregir ni las propias opiniones
ni las propias aspiraciones, sin tener que colmar posibles lagu­
nas. Este libro excepcional fue rápidamente traducido a las len­
guas de todas las naciones desarrolladas y también a algunas
de las atrasadas. En todos los lugares del mundo los periódicos
se llenaron de publicidad editorial de este nuevo libro y de las
alabanzas que los críticos le dedicaban. Ediciones económicas
con el retrato del autor se vendieron por millones de ejempla­
res y todo el mundo civilizado -en aquella época lo era casi
todo el globo terráqueo- glorificó a este hombre grande, único,
incomparable. Nadie replicó a este libro que fue considerado
por todo el mundo como la revelación de la verdad integral. El
pasado era reconocido con tan gran y absoluta justicia, el pre­
sente era valorado tan imparcialmente en todos sus aspectos, y
el mejor futuro concebible era presentado de fo,rma tan concre­
ta, evidente y tangible que todos decían: «Esto es justamente lo
que necesitábamos: un ideal y no una utopía, un proyecto y no
una quimera». Y el prodigioso escritor no solamente cautivó a
168 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

todos, sino que gustó a todos, de forma que se cumplieron las


palabras de Cristo: «He venido en nombre de mi Padre y no
me habéis acogido, otro vendrá en su propio nombre y le acoge­
réis». De hecho, para ser acogido hay que ser agradable156.
A decir verdad, algunas personas honestas, a pesar de alabar
con entusiasmo este libro, se preguntaban por qué el nombre
de Cristo no aparecía ni siquiera una vez, pero otros cristianos
respondieron: «¡Gracias a Dios! En los siglos pasados las cosas
sagradas fueron tan desgastadas por parte de todo tipo de ce­
ladores sin vocación que hoy en día un escritor profundamen­
te religioso debe ser, como mínimo, prudente. Además, si el
contenido del libro está impregnado del espíritu auténticamente
cristiano del amor activo y del bien universal, ¿qué más que­
réis?». Y así acababa la discusión.
Poco después de la publicación del Camino abierto, que había
transformado a su autor en la persona más popular de todos
los tiempos, debía celebrarse en Berlín la Asamblea Constitu­
yente Internacional de la Unión de Estados Europeos. Esta
unión, creada después de la larga serie de guerras internas y
externas relacionadas con la liberación del yugo mongol y que
había modificado profundamente el mapa del continente, es­
taba amenazada por la lucha no ya entre las naciones, sino en­
tre los diversos partidos políticos y sociales. Los dirigentes eu­
ropeos, todos pertenecientes a las poderosas confraternidades
masónicas, eran conscientes de la falta de un poder ejecutivo
común. La Unión Europea, creada con tantos esfuerzos, podía
disolverse de un momento a otro. En el Consejo de la Unión o
Comité Universal (Comité permanente universal) no se había con­
seguido la unanimidad ya que los masones verdaderos, aque­
llos enteramente consagrados a la causa, no habían consegui­
do apodeíarse de todos los escaños. Los miembros indepen­
dientes del Comité realizaban acuerdos separados lo que cons­
tituía una nueva amenaza de guerra. Entonces los «consagra­
dos» decidieron concentrar un fuerte poder ejecutivo en las

156 En el texto ruso hay un juego de palabras entre prynjcityj (acogido) y prijatnyj
(agradable).
VLADIMIR SOLOVIEV 169

manos de una única persona dotada del poder necesario. El


principal candidato era precisamente el «hombre del futuro»,
miembro secreto de la orden y única personalidad de fama
universal. Por otra parte, por su profesión de experto en balís­
tica y por su condición de rico capitalista, tenía relaciones de
amistad con los círculos financieros y militares del mundo en­
tero. En otros tiempos menos ilustrados podría haberle perju­
dicado su origen, que se presentaba borroso e incierto. Su ma­
dre, de hecho, era un mujer de costumbres disolutas bien cono­
cida en ambos hemisferios y no pocas personas tenían idénti­
cos motivos para considerarlo como hijo suyo. Esta circunstan­
cia no podía obviamente tener ningún tipo de importancia en
un siglo tan avanzado que era también el último. El «hombre
del futuro» fue pues elegido de forma casi unánime como pre­
sidente vitalicio de los Estados Unidos de Europa. Y cuando,
apareciendo en la tribuna con todo el esplendor de su belleza
sobrehumana, expuso con fuerza juvenil y elocuencia inflama­
da su programa universal, el Comité, en un arrebato de entu­
siasmo, decidió otorgarle el honor supremo sin necesidad de
votación: el título de emperador romano. El congreso terminó
con la exultación general y el gran elegido hizo publicar un
manifiesto que empezaba así: «¡Pueblos de la Tierra! ¡Os doy
mi paz!» y terminaba con estas palabras: «¡Pueblos de la Tie­
rra! ¡Las promesas se han cumplido! Se ha inaugurado la paz
universal y eterna; cualquier intento de infringirla encontrará
una oposición insuperable porque ahora existe en la Tierra un
poder central más fuerte que todos los otros poderes, tomados
singularmente o en conjunto. Y este poder preponderante e in­
superable me pertenece a mí, que he sido elegido plenipoten­
ciario de Europa y emperador de todas sus fuerzas. El derecho
internacional posee finalmente aquella sanción de la que había
carecido hasta ahora. De ahora en adelante ninguna potencia
osará decir "guerra" cuando yo digo "paz". ¡Pueblos del Mun­
do, la paz es vuestra!». Este manifiesto produjo el efecto desea­
do. En todos los lugares de Europa, pero sobre todo en Améri­
ca, se formaron partidos imperiales que obligaron a los dife­
rentes estados a unirse, con diversas condiciones, a los Estados
170 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

Unidos de Europa, bajo la autoridad suprema del emperador


romano. Permanecieron independientes solamente algunas tri­
bus y potencias en Asia y África. Entonces, el emperador, con
un pequeño pero selecto ejército (compuesto por regimientos
rusos, alemanes, polacos, húngaros y turcos) llevó a cabo un
«desfile» militar desde el Extremo Oriente hasta Marruecos, y
sin gran derramamiento de sangre sometió a los últimos recal­
citrantes. En todos los estados de los dos hemisferios puso en­
tonces gobernadores fieles, escogidos entre los magnates loca­
les educados a la europea. Derrotada y deslumbrada, la pobla­
ción de todos los países paganos le reconocieron como divini­
dad suprema. En un solo año fundó la monarquía universal, en
el sentido más completo y auténtico del término. Los gérme­
nes de la guerra fueron extirpados de raíz. La Liga Universal
de la Paz se reunió por última vez y, después de haber dirigido
un panegírico al gran fundador de la paz, se autodisolvió pues
ya no tenía razón de existir. En el segundo año de su reinado el
emperador romano y universal hizo publicar un nuevo mani­
fiesto: «¡Pueblos de la Tierra! Os prometí la paz y os la he dado.
Pero la paz sólo es buena para quienes viven con bienestar y no
da alegría a quien vive en la miseria. Venid pues a mí, todos los
que sufrís hambre y frío, y yo os saciaré y os calentaré». Y se­
guidamente anunció la simple y completa reforma social que
ya había trazado en su célebre libro y que había merecido el
favor de todas las mentes sensatas y nobles. Ahora, gracias a la
concentración en sus manos de las finanzas universales y de
colosales propiedades inmobiliarias, pudo realizar esta refor­
ma según el deseo de los pobres y sin descontentar gravemen­
te a los ricos, y todos empezaron a recibir según su capacidad.
El nuevo señor de la Tierra era ante todo un compasivo filán­
tropo; así, su amor no se limitaba a los hombres, sino que se
extendía también a los animales. Era vegetariano y prohibió la
vivisección, sometiendo a los mataderos a una severa normati­
va y animando a diversas sociedades protectoras de animales.
Más importante que todos estos detalles fue la instauración en
toda la humanidad de la igualdad fundamental, la igualdad de
la saciedad universal. Esto sucedió durante el segundo año de su
VLADIMIR SOLOVIEV 171

reinado. La cuestión socioeconómica fue de este modo definiti­


vamente resuelta, pero si la saciedad constituye el primer inte­
rés de los hambrientos, los saciados tienen necesidad también
de otras cosas. Si los mismos animales saciados no se limitan a
dormir, sino que también quieren jugar, mucho más los seres
humanos, que post panem piden circenses.
El emperador-superhombre comprendía muy bien lo que le
sucedía a la multitud a él sometida. En ese momento se presen­
tó ante él, en Roma, un gran taumaturgo, proveniente del Ex­
tremo Oriente y rodeado de un aura de extrañas aventuras y
relatos fabulosos. Según ciertos rumores difundidos entre los
neobudistas, este personaje sería de origen divino, engendra­
do por el dios del sol Surya157y una ninfa fluvial.
Este taumaturgo, de nombre Apolonio, un individuo sin duda
genial, mitad asiático y mitad europeo, obispo católico in parti-
bus infidelium158, reunía en sí de manera extraordinaria el domi­
nio de las últimas conclusiones de la ciencia occidental y de
sus aplicaciones técnicas con el conocimiento y la plena pose­
sión de cuando de sólido y significativo existe en la tradición
mística de Oriente. Los resultados de tal fusión fueron sorpren­
dentes. Apolonio logró, entre otras cosas, desarrollar una téc­
nica de control de la electricidad atmosférica a medio camino
entre ciencia y magia, de forma que el pueblo lo consideraba
capaz de hacer descenderfuego del cielo. A pesar de que impresio­
naba la imaginación de la multitud con diversos e inauditos
prodigios, no abusaba de su poder para fines particulares. Así
pues, este personaje se presentó ante el gran emperador, pos­
trándose ante él y llamándole verdadero hijo de Dios, decla­
rando haber encontrado en los libros secretos de Oriente profe­
cías claras sobre él, el emperador, último salvador y juez, y
poniendo sus artes a su servicio. Fascinado por este personaje,
el emperador lo acogió como un don celestial y después de
haberle concedido los títulos más solemnes ya no se separó de
él. De esta forma, los pueblos de la Tierra, colmados de los be­

157 Divinidad védica honrada como custodia del sol.


158 En latín en el original: en territorio de los infieles.
172 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

neficios de su señor, además de la paz y la saciedad universal,


recibieron también la posibilidad de deleitarse con signos y
prodigios extraordinariamente variados e inesperados. Y así
concluyó el tercer año del reinado del superhombre.
Tras la feliz resolución de la cuestión política y social, le llegó al
turno a la religiosa. Fue el mismo emperador quien la suscitó,
sobre todo en relación al cristianismo. Ésta era la situación del
cristianismo en aquel tiempo: a pesar de la fuerte disminución
numérica -sobre la faz de la Tierra no quedaban más de cua­
renta y cinco millones de cristianos-, el cristianismo se había
purificado y reforzado, ganando en calidad lo que había perdi­
do en cantidad. Entre los cristianos ya no existían personas para
las que el cristianismo no tuviera ante todo un valor espiritual.
La composición numérica de las diferentes confesiones había
disminuido aproximadamente del mismo modo, así que entre
ellas se había conservado la misma proporción del pasado. En
lo que se refiere a los sentimientos recíprocos, la antigua hosti­
lidad no había desaparecido del todo, pero había perdido su
antigua aspereza. El papado había sido expulsado de Roma
hacía ya algún tiempo y después de largas peregrinaciones
había encontrado refugio en San Petersburgo, con la condición
de abstenerse de realizar proselitismo en todo el país. Estando
en Rusia, el papado se había simplificado considerablemente.
Sin modificar de manera sustancial la estructura de sus cole­
gios y oficinas, había dado un carácter más espiritual a sus ac­
tividades y reducido al mismo tiempo el fausto de su ritual y
de sus ceremonias. Muchas costumbres extrañas y singulares,
aunque no habían sido formalmente abolidas, cayeron en des­
uso. En todos los otros países, sobre todo en América del Nor­
te, el cristianismo contaba todavía con muchas personas de fuer­
te voluntad, energía insuperable y posición independiente; con
fuerza aún mayor que en el pasado, reforzaban la unidad de la
Iglesia católica y conservaban su carácter internacional y cos­
mopolita. En lo que respecta al protestantismo, cuyo centro
continuaba siendo Alemania (sobre todo después del paso de
una parte notable de la Iglesia anglicana al catolicismo), se ha­
bía desembarazado de sus negativas tendencias extremistas,
VLADIMIR SOLOVIEV 173

cuyos seguidores habían pasado abiertamente a la indiferencia


y a la incredulidad. En la Iglesia evangélica habían permaneci­
do solamente las personas sinceramente creyentes, guiadas por
hombres que unían una vasta doctrina, una profunda religiosi­
dad y una siempre más intensa aspiración a recrear la imagen
del cristianismo primitivo. La Iglesia ortodoxa rusa, después
de que los sucesos políticos cambiasen su posición oficial, ha­
bía perdido muchos millones de miembros nominales e hipó­
critas, pero había podido alegrarse de la unión con la mejor
parte de los «viejos creyentes»159e incluso de muchos seguido­
res de sectas que estaban animados por un espíritu religioso
positivo. Esta Iglesia renovada, a pesar de no aumentar en nú­
mero, desarrollaba sus fuerzas espirituales luchando de modo
particular contra las sectas extremistas, no carentes de elemen­
tos demoníacos y satánicos, que se habían multiplicado en el
pueblo y en la sociedad160.
En los primeros dos años del nuevo régimen todos los cristia­
nos, todavía amedrentados y cansados debido a las numerosas
guerras y revoluciones anteriores, tuvieron ante el nuevo sobe­
rano y ante sus reformas pacíficas una actitud de apoyo y sim­
patía. El tercer año, sin embargo, con la aparición del gran mago,
muchos de ellos -ortodoxos, católicos y evangélicos- empeza­
ron a demostrar serias aprensiones y antipatías. Los textos apos­
tólicos y evangélicos que hablaban del príncipe de este mundo
y del Anticristo empezaron a ser leídos con mayor atención y
comentados vivazmente. Ciertos indicios permitieron al em­
perador presentir la cercanía de la tormenta y decidió aclarar
cuanto antes la cuestión. Al inicio de su cuarto año de reinado
hizo publicar un manifiesto dirigido a todos sus fieles cristia­
nos, sin distinción de confesión, invitándoles a elegir o desig­
nar representantes para un nuevo concilio ecuménico que de­
bería desarrollarse bajo su presidencia. Mientras tanto, la resi­
dencia imperial fue trasladada desde Roma a Jerusalén. Pales­

159 Cfr. la nota 37.


160 Soloviev hace referencia al florecimiento en la Rusia de su tiempo de tendencias
esotérico-orgiásticas presentes tanto en el mundo multiforme de las sectas populares
como en algunos sectores de la cultura más refinada.
174 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

tina era en aquella época una región autónoma habitada y go­


bernada principalmente por hebreos. Ciudad franca, Jerusalén
se convirtió en la sede del emperador. Los lugares santos cris­
tianos permanecieron intactos, pero sobre el enorme espacio
de Haram-es-Sharif, que se extendía desde Birqet-Israin y el
actual cuartel por una parte, hasta la mezquita de Al-Aqsa y la
«caballeriza de Salomón» por el otro, fue construido un enor­
me edificio que incluía, además de dos antiguas y pequeñas
mezquitas, un vasto «templo imperial» destinado a la unifica­
ción de todos los cultos y dos soberbios palacios reservados al
emperador, con bibliotecas, museos y locales destinados a los
experimentos del mago. En este edificio, mitad templo y mitad
palacio, el día catorce de septiembre debía inaugurarse el con­
cilio ecuménico. Puesto que la confesión evangélica no posee
clero en el verdadero sentido de este término, las jerarquías
católica y ortodoxa decidieron, para conferir una cierta homo­
geneidad a los representantes de todos los componentes del
cristianismo y según deseo del emperador, permitir la partici­
pación en el concilio de algunos laicos destacados por su pie­
dad y fidelidad a los intereses de la Iglesia. Pero una vez admi­
tidos los laicos, no se podía excluir tampoco al bajo clero, secu­
lar o regular. De esta manera el número total de los participan­
tes en el concilio superó las tres mil personas, mientras que
medio millón de peregrinos cristianos inundó Jerusalén y toda
Palestina. Entre los miembros del concilio se distinguían por
encima del resto tres personas.
La primera, el papa Pedro II, presidía con todo derecho la re­
presentación católica del concilio. Su predecesor había muerto
de camino al concilio y un cónclave, reunido en Damasco, ha­
bía elegido por unanimidad al cardenal Simone Barionini161,
que tomó el nombre de Pedro II. Proveniente de una familia
pobre de la región de Nápoles, el nuevo Papa se había hecho
famoso como predicador carmelitano y por haber prestado
grandes servicios en la lucha contra las sectas satánicas que,

161 El nombre de este segundo y último Pedro se relaciona con el del primero, Simón
hijo de Juan (Bar Ion significa hijo de Juan, de donde se deriva Barionini).
VLADIMIR SOLOVIEV 175

difundidas en San Petersburgo y sus alrededores, habían ex­


traviado no sólo a muchos ortodoxos sino también a algunos
católicos. Nombrado arzobispo de Moghilev y posteriormente
creado cardenal, aparecía como predestinado a la tiara. Era un
hombre de cerca de cincuenta años, robusto, de mediana esta­
tura, con la nariz ganchuda y cejas tupidas. Apasionado e im­
petuoso, hablaba con fogosidad, acompañándose con gestos,
arrastrando más que persuadiendo a quienes le escuchaban. El
nuevo Papa mostraba desconfianza y antipatía hacia el amo
del mundo, sobre todo después de que su predecesor, mientras
se dirigía al concilio, hubiera cedido a las presiones del empe­
rador, creando cardenal al canciller imperial y gran mago uni­
versal, es decir, al exótico obispo Apolonio, que Pedro II consi­
deraba como católico dudoso e indudable impostor.
El jefe efectivo, aunque no oficial, de los ortodoxos era el stárets
Juan, muy conocido entre el pueblo ruso. A pesar de ser oficial­
mente un «obispo emérito», no residía en ningún monasterio,
sino que vagabundeaba continuamente de un lugar a otro,
acompañado de varias leyendas. Algunos afirmaban que se tra­
taba de Fédor Kuzmic resucitado, es decir, del emperador Ale­
jandro I162, muerto tres siglos antes. Otros iban más allá, afir­
mando que era el auténtico stárets Juan, esto es, el apóstol Juan
que no había muerto y que se manifestaba nuevamente en los
últimos tiempos. Él, por su parte, no hablaba nunca de sí mis­
mo ni de su juventud. Era un hombre anciano pero aún robus­
to, con el pelo canoso y una barba que tiraba a un color amari­
llento e incluso verde, de alta estatura, las mejillas ligeramente
rosadas, los ojos vivaces y brillantes, la expresión de la voz y
del rostro dulce y siempre vestía un sayal blanco y una capa.
El jefe de la delegación evangélica en el concilio era un erudito
teólogo alemán, el profesor Ernst Pauli163, un viejecito pequeño

162 Cuando el emperador Alejandro I, conocido por su piedad, murió en circunstancias


relativamente dudosas en 1825, entre el pueblo ruso se extendió el rumor de que en
realidad había querido abandonar la vida de la corte para dedicarse a la vida religiosa.
Algunos quisieron verlo en la figura de Fédor Kuzmic, un eremita muerto en 1864 en
Tomsk.
163 En alusión a San Pablo.
176 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

y enjuto, con frente amplia, la nariz puntiaguda y el mentón


cuidadosamente afeitado. Sus ojos se distinguían por su mira­
da al mismo tiempo intensa y apacible. Cada cierto rato se fro­
taba las manos, meneaba la cabeza, frunciendo las cejas de for­
ma horrible y alargaba los labios hacia adelante; mientras tan­
to pronunciaba con voz cavernosa palabras entrecortadas: ¡so!
¡nun! ¡ja! ¡so also! Llevaba un traje de ceremonias: corbata blan­
ca y largo redigote de pastor con algunos adornos.
La apertura del concilio fue imponente. Sobre dos tercios del
inmenso templo dedicado «a la unidad de todos los cultos» se
habían dispuesto escaños y otros tipos de asientos para los
miembros del concilio, mientras que el otro tercio estaba ocu­
pado por un gran palco donde, además del trono del empera­
dor y otro más bajo destinado al mago, cardenal y canciller
imperial, habían más atrás otros asientos reservados a minis­
tros, dignatarios de la corte y secretarios de estado. A los lados
se veían filas de sillas aún más largas cuyo destino era desco­
nocido. En la tribuna habían también varias orquestas, mien­
tras que en la plaza vecina se encontraban dos regimientos de
la guardia y una batería para las salvas de honor. Los miem­
bros del concilio ya habían celebrado sus servicios litúrgicos
en sus propias iglesias y la apertura del concilio debía ser com­
pletamente laica. Cuando el emperador entró con el mago y su
séquito y la orquesta empezó a tocar la Marcha de la humanidad
unida, que servía de himno imperial internacional, todos los
miembros del concilio se pusieron en pie y agitando sus som­
breros gritaron tres veces con alta voz: ¡Viva! ¡Hurra! ¡Hoch!. El
emperador, en pie junto al trono, elevó su brazo con majestuo­
sa benevolencia y habló con voz sonora y agradable: «¡Cristia­
nos de todas las confesiones! ¡Amados súbditos y hermanos!
Desde el inicio de mi reinado, que el Altísimo ha bendecido
con hechos tan prodigiosos y gloriosos, no he tenido nunca
motivo para estar insatisfecho de vosotros; habéis cumplido
siempre vuestro deber según vuestra fe y vuestra conciencia.
Pero esto no basta. El amor sincero que siento por vosotros,
amados hermanos, desea ser correspondido. Quiero que, no
por sentido del deber, sino por un amor que surja del corazón,
VLADIMIR SOLOVIEV 177

me reconozcáis como vuestro auténtico guía en todas las obras


emprendidas por el bien de la humanidad. Así pues, además
de todo lo que hago por todos los hombres, quiero manifesta­
ros mi favor particular. Cristianos, ¿de qué modo puedo hace­
ros felices? ¿Qué puedo daros, no como súbditos, sino como
hermanos y correligionarios? Cristianos, decidme que consi­
deráis de mayor valor en el cristianismo, para que así pueda
dirigir mis esfuerzos en esa dirección». Aquí se detuvo y espe­
ró. Pasaron unos momentos de un murmullo sofocado. Los
miembros del concilio cuchicheaban entre sí. Gesticulando con
energía el papa Pedro explicaba algo a quienes le rodeaban. El
profesor Pauli movía la cabeza y movía los labios con insisten­
cia, El stárets Juan, inclinándose ante un obispo oriental y un
capuchino, les sugería algo en voz baja. Después de haber es­
perado algunos minutos, el emperador se dirigió de nuevo al
concilio con el mismo tono de voz cuidadosamente adoptado
anteriormente, pero en el que esta vez resonaba una leve nota
irónica: «Queridos cristianos, comprendo cuán difícil os resul­
ta darme una respuesta directa y quiero ayudaros también en
esto. Puesto que desde tiempos inmemoriales estáis divididos
en confesiones y partidos tal vez no exista nada que os atraiga
a todos. Pero si no podéis poneros de acuerdo entre vosotros,
espero poder conciliar a todas las partes manifestando a todos
el mismo amor y la misma voluntad de satisfacer la auténtica
aspiración de cada uno. Queridos cristianos, yo sé que para
muchos de vosotros, y no precisamente los últimos, lo más apre­
ciado en el cristianismo es la autoridad espiritual que da a sus
legítimos representantes, y no para sus propias ventajas perso­
nales, sino para el bien general, pues sobre esta autoridad se
funda el justo orden espiritual y la disciplina moral indispen­
sables para todos. ¡Queridos hermanos católicos! ¡Cómo com­
prendo vuestra idea y cómo quisiera apoyar mi poder sobre la
autoridad de vuestro guía espiritual! Y a fin de que no penséis
que esto son palabras halagadoras o vanas, he aquí lo que de­
claramos solemnemente según nuestra voluntad autocrática:
el obispo supremo de todos los católicos, el papa romano, es
desde ahora restablecido en su sede de Roma con todos sus
178 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

antiguos derechos y prerrogativas inherentes a esta dignidad y


a esta cátedra, y que un día fueron otorgados por nuestros pre­
decesores, empezando por el emperador Constantino el Gran­
de. Para ello, hermanos católicos, quiero sólo que en lo más
íntimo de vuestro corazón me reconozcáis como vuestro único
defensor y protector. Aquellos que en conciencia y sintiéndolo
me reconozcan como tal, que vengan a sentarse junto a mí». E
indicó los lugares vacíos sobre el palco. Entonces, pronuncian­
do exclamaciones de alegría -¡Gratias agimus! ¡Domine! ¡Salvum
fac magnum imperatorem!16*- casi todos los príncipes de la Igle­
sia católica, cardenales y obispos, la mayor parte de los fieles
laicos y más de la mitad de los monjes se dirigieron hacia el
palco y, después de inclinarse profundamente ante el empera­
dor, tomaron lugar en los asientos destinados para ellos. Pero
más abajo, en medio de la asamblea, derecho e inmóvil como
una estatua de mármol, permanecía en su lugar el papa Pedro
II. Todos los que antes se habían sentado a su alrededor se en­
contraban ahora en el palco. Entonces, los monjes y los laicos
que habían permanecido en su sitio, se dirigieron hacia él, ro­
deándolo como un sólido anillo. Entre ellos se escuchaba un
murmullo contenido: «Non prevalebunt, non prevalebunt portae
inferí»165.
Después de haber mirado con sorpresa al papa inmóvil, el em­
perador hizo resonar de nuevo su voz: «¡Amados hermanos!
Sé que entre vosotros hay algunos para quienes lo más precio­
so del cristianismo es su santa tradición, los símbolos, los cantos
y las oraciones de la antigüedad, los iconos y el rito litúrgico. Y
en realidad, ¿qué puede ser más estimado que esto para un
alma religiosa? Sabed pues, amados hermanos, que hoy he fir­
mado el estatuto y otorgado los fondos de un museo universal
de arqueología cristiana; se creará en nuestra gloriosa ciudad
imperial de Constantinopla con el fin de recoger, estudiar y
conservar todos los monumentos de la antigüedad eclesiásti­
ca, en particular los de la Iglesia oriental. Os ruego, pues, que
164 En latín en el original: ¡Te damos gracias! ¡Oh Señor, salva a este gran emperador!
165 En latín en el original: no prevalecerán, no prevalecerán las puertas del infierno
(Mt. 16, 18).
VLADIMIR SOLOVIEV 179

elijáis mañana mismo de entre vosotros una comisión que va­


lore conmigo las medidas a tomar para acercar, todo lo que sea
posible, la vida actual, con sus costumbres y hábitos, a las tra­
diciones y a las enseñanzas de la santa Iglesia ortodoxa. ¡Her­
manos ortodoxos! Quien desee de corazón ésta mi voluntad, y
me pueda aceptar como su verdadero señor y guía, que venga
conmigo». Y la mayor parte de los prelados de la Iglesia orien­
tal y septentrional, la mitad de los antiguos «viejos creyentes»
y más de la mitad de los sacerdotes, de los monjes y de los
seglares ortodoxos se dirigieron hacia el palco con exclamacio­
nes de alegría, mirando de reojo a los católicos que ya estaban
sentados con aire de superioridad en aquel lugar. Pero el stárets
Juan no se movió y suspiró profundamente. Y una vez que la
multitud de su alrededor se hubo marchado, abandonó su sitio
y fue a sentarse cerca del papa Pedro II y su grupo, y le siguie­
ron los otros ortodoxos que no habían subido al palco.
Entonces, el emperador habló de nuevo: «Sé bien, amados cris­
tianos, que también entre vosotros hay quienes aprecian más
que ninguna otra cosa el convencimiento personal en la ver­
dad y la libre interpretación de la Escritura. No es necesario
que me extienda en explicar cuál es mi opinión al respecto.
Vosotros, por otra parte, sabréis quizás que en mi primera ju­
ventud compuse una gran obra de crítica bíblica, una obra que
fue famosa en aquel entonces y que puso así las bases de mi
notoriedad. Probablemente en recuerdo de este trabajo, en es­
tos días me ha llegado de la universidad de Tubinga la petición
de aceptar el doctorado honoris causa en Teología. He ordenado
responder que aceptaré con gusto y con reconocimiento. Y hoy
mismo, junto con el museo de arqueología, he constituido un
instituto mundial para el libre estudio de la Sagrada Escritura
desde todos los puntos de vista y en todas las direcciones, ade­
más del estudio de todas las ciencias auxiliares, con un presu­
puesto anual de un millón y medio de marcos. Aquellos de
vosotros que deseen de corazón aceptar las disposiciones de
mi alma y que con sentimiento puro puedan reconocerme como
su jefe soberano están invitados a sentarse junto al nuevo doc­
toren Teología». Y las bonitas palabras del gran hombre se alar­
180 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

garon levemente con una extraña sonrisa. Más de la mitad de


los sabios teólogos se encaminó hacia el palco, aunque con al­
guna duda. Todos dirigieron la mirada hacia el profesor Pauli,
que parecía clavado en su sitio y que bajaba la cabeza, enco­
giéndose y poniéndose derecho de nuevo. Los sabios teólogos
que habían subido al palco se quedaron confundidos; uno de
ellos agitó el brazo y saltó del palco hasta la escalera, y cojean­
do un poco llegó hasta el profesor Pauli y la minoría que había
permanecido junto a él. Pauli levantó la cabeza, se levantó con
un movimiento un poco indeciso y acompañado por sus corre­
ligionarios que no habían cedido pasó junto a los asientos va­
cíos y fue a sentarse al lado de los grupos del stárets Juan y del
papa Pedro.
La gran mayoría del concilio, incluida casi toda la jerarquía de
Oriente y Occidente, estaba en el palco. En la parte de abajo
habían permanecido solamente tres grupos de personas, que
se habían acercado los unos a los otros y que se apretaban en
torno al stárets Juan, el papa Pedro y el profesor Pauli.
El emperador se volvió hacia ellos con un tono de tristeza: «¿Qué
puedo hacer todavía por vosotros, hombres extraños? ¿Qué
queréis de mí? Yo no lo sé, pero decídmelo vosotros mismos,
cristianos abandonados por la mayor parte de vuestros herma­
nos y jefes y condenados por el sentimiento popular. Decidme,
¿qué es lo que más apreciáis en vuestro cristianismo?». Enton­
ces, el stárets Juan se puso en pie y respondió con dulzura:
«¡Gran soberano! Lo que más apreciamos en el cristianismo es
el mismo Cristo. Él mismo y todo lo que de Él proviene, pues
sabemos que en Él habita corporalmente la plenitud de la Divi­
nidad. También de ti, oh soberano, estamos dispuestos a reci­
bir todo bien pero sólo si podemos reconocer en tu mano gene­
rosa la santa mano de Cristo. Nos has preguntado qué podías
hacer por nosotros. He aquí una respuesta precisa: aquí y aho­
ra, confiesa ante nosotros a Jesucristo Hijo de Dios, que se en­
carnó, resucitó y de nuevo vendrá. Confiésalo y nosotros te
acogeremos con amor como verdadero precursor de su segun­
da y gloriosa venida». Calló y clavó la mirada en el rostro del
VLADIMIR SOLOVIEV 181

emperador, en el que estaba sucediendo algo tremendo. En su


alma se había desencadenado una tormenta infernal parecida
a la que había experimentado aquella noche fatal. Había perdi­
do por completo el equilibrio interior y sus pensamientos se
concentraron en el intento de no perder también su dominio
exterior para no manifestarse antes de tiempo. Hacía esfuerzos
sobrehumanos para no abalanzarse con un grito salvaje sobre
el hombre que le había hablado, para no ceder al deseo de des­
pedazarlo con los dientes. De improviso oyó la voz que tan
bien conocía: «Calla y no tengas miedo de nada». Calló, pero
su rostro mortalmente pálido se convulsionaba mientras sus
ojos arrojaban centellas. Durante el discurso del stárets Juan, el
gran mago, que estaba sentado envuelto en una amplia capa
de tres colores que escondía la púrpura cardenalicia, había rea­
lizado bajo ella manipulaciones misteriosas mientras sus ojos
chispeaban y sus labios se movían. A través de las ventanas
abiertas del templo se veía acercarse una enorme nube negra, y
de repente todo se oscureció. El stárets Juan, que no apartaba
sus ojos estupefactos y asustados del rostro del emperador que
se había quedado mudo, se sobresaltó y girándose exclamó con
voz sofocada: «¡Hijitos, es el Anticristo!». En aquel momento
resonó en el templo un trueno ensordecedor y al mismo tiem­
po se vio un enorme resplandor circular que envolvió al stárets.
Durante unos instantes todos permanecieron como paraliza­
dos y cuando los aturdidos cristianos volvieron en sí, el stárets
Juan yacía muerto en el suelo.
Pálido pero tranquilo, el emperador se dirigió al concilio di­
ciendo: «Habéis contemplado el juicio de Dios. Yo no deseaba
la muerte de nadie, pero mi padre celestial ha vengado a su
hijo predilecto. La cuestión está resuelta. ¿Quién osará contra­
riar al Altísimo? Secretarios, escribid: el concilio ecuménico de
todos los cristianos, después de que el fuego descendiera del
cielo y abatiera al desconsiderado adversario de la grandeza
divina, reconoce unánimemente al soberano emperador de
Roma y de toda la Tierra como su guía y supremo señor». De
repente una palabra fuerte y clara resonó en el templo: «Con-
tradicitur». El papa Pedro II se había levantado, con el rostro
182 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

enrojecido y temblando de rabia, había alzado su báculo pasto­


ral en dirección al emperador: «Nuestro único Señor es Jesu­
cristo, Hijo de Dios vivo. Lo que eres tú, ya lo has oído. ¡Aléjate
de nosotros, Caín fraticida! ¡Vade retro, vaso del diablo! ¡Con el
poder de Cristo yo, siervo de los siervos de Dios, te expulso
para siempre del recinto de Dios y te devuelvo, perro asquero­
so, a tu padre, Satanás! ¡Anatema, anatema, anatema!». Mien­
tras hablaba, el gran mago se agitaba inquieto bajo su capa: un
trueno resonó más fuerte que el último anatema, y el último
papa cayó exánime.
«Así mueren a mano de mi padre todos mis enemigos», dijo el
emperador. «\Pereant, pereant!»166, gritaron llenos de temor los
príncipes de la Iglesia. Después el emperador se volvió y, apo­
yándose en el hombro del gran mago, salió lentamente por la
puerta que estaba junto al palco, acompañado de sus seguido­
res. En el templo quedaron los dos cadáveres y un pequeño
grupo de cristianos medio muertos de miedo. El único que no
había perdido la sangre fría era el profesor Pauli. El terror ge­
neral parecía tensar todas las fuerzas de su espíritu. También
su aspecto exterior había cambiado y había adquirido un porte
majestuoso e inspirado. Con paso decidido se dirigió al palco
y, sentándose en uno de los asientos dejados libres por los se­
cretarios de estado, empezó a escribir algo. Finalmente se le­
vantó y leyó con voz estentórea: «A gloria de nuestro único
Salvador, Jesucristo. El concilio ecuménico de las Iglesias de
Dios, reunido en Jerusalén, después de que nuestro beatísimo
hermano Juan, representante de la cristiandad oriental, haya
desenmascarado al gran impostor y enemigo de Dios, mostran­
do que él es el auténtico Anticristo profetizado por la palabra
de Dios, y después de que nuestro beatísimo padre Pedro, re­
presentante de la cristiandad occidental, lo haya excomulgado
para siempre según las leyes y la justicia de la Iglesia de Dios,
hoy, ante los cuerpos de estos dos mártires de la verdad y testi­
monios de Cristo, resuelve: romper toda relación con el exco­
mulgado y su despreciable chusma, retirarse al desierto y es­
166 En latín en el original: ¡Perezcan, perezcan!
VLADIMIR SOLOVIEV 183

perar la inminente venida de nuestro Señor, Jesucristo». La ani­


mación se adueñó de los presentes, que hicieron resonar con
fuerza sus voces: «¡Adveniat! ¡Adveniam cito! ¡Komm, Herr Jesús,
komm! ¡Ven, Señor Jesús!»167.
El profesor Pauli añadió entonces un post scriptum y lo leyó:
«Aprobando unánimemente este primero y último acto del úl­
timo concilio ecuménico, firmamos con nuestros nombres». E
hizo un gesto de invitación a la asamblea. Todos se apresura­
ron a dirigirse hacia el palco y a firmar. Al acabar, el profesor
firmó con grandes letras góticas: «Duorum defunctorum testium
locum tenens Ernst Pauli»16*. «Ahora partamos con nuestra arca
del último Testamento», dijo indicando a los dos difuntos. Los
cuerpos fueron levantados y puestos sobre unas andas. Lenta­
mente, elevando himnos en alemán, latín y eslavo eclesiástico,
los cristianos se dirigieron hacia la puerta de Haram-es-Sharif.
Allí el cortejo fue detenido por un secretario de estado enviado
por el emperador, acompañado de un oficial y de un pelotón
de la guardia.
Los soldados formaron delante de la puerta y el secretario de
estado, subiéndose a un podio, leyó en voz alta: «Orden de su
majestad divina. Para instruir al pueblo cristiano y ponerlo en
guardia contra hombres malintencionados que fomentan dis­
cordias y escándalos hemos juzgado oportuno disponer que
los cuerpos de los dos sediciosos sean expuestos públicamente
en la calle de los cristianos (Haret-en-Nazara), cerca de la puer­
ta principal del templo de esta religión, llamado del Santo Se­
pulcro o Resurrección, para que todos puedan convencerse de
la realidad de sus muertes. A sus obstinados seguidores, que
rechazan malignamente cualquier beneficio de nuestra parte
cerrando los ojos ante las manifestaciones de la misma divini­
dad, gracias a nuestra misericordia y a nuestra intercesión ante
el Padre celestial se les perdona la pena de muerte mediante el
fuego del cielo. Y pese a que han merecido dicha pena, quedan
en total libertad con la única prohibición, en vistas al bien co­

167 En latín en el original: j Venga! ¡Venga pronto! ¡Ven, Señor Jesús, ven!
168 En latín en el original: por testigo de los dos difuntos se tiene Ernst Pauli.
184 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

mún, de vivir en las ciudades y lugares poblados para que así


no puedan seducir con sus perversidades a las gentes sencillas
e ingenuas». En cuanto acabó de leer, ocho soldados, siguien­
do las instrucciones de un oficial, se acercaron a las andas en
las que yacían los cuerpos.
«Que se cumpla lo que ha sido escrito», dijo el profesor Pauli, y
los cristianos que llevaban las andas las entregaron sin ofrecer
la más mínima resistencia a los soldados, que se alejaron por la
puerta del nordeste. Los cristianos, saliendo también por la
misma puerta, se dirigieron rápidamente hacia Jericó, pasando
cerca del Monte de los Olivos y finalmente se detuvieron en las
colinas desiertas cercanas a Jericó. El día siguiente por la ma­
ñana llegaron a Jerusalén peregrinos cristianos.... Después de
la comida, todos los miembros del concilio fueron convocados
en la inmensa sala del trono, donde se suponía que estaba el
trono de Salomón, y el emperador, dirigiéndose a los represen­
tantes de la jerarquía católica, explico que el bien de la Iglesia
exigía que se procediese a la inmediata elección de un digno
sucesor del apóstol Pedro y que las presentes circunstancias la
elección debía realizarse siguiendo un procedimiento sumario.
La presencia del emperador, guía y representante de todo el
mundo cristiano, compensaba con abundancia la omisión de
las formalidades rituales.
El emperador, en nombre de todos los cristianos, proponía que
el Sacro Colegio eligiera a su querido amigo y hermano Apolo­
nio para que de este modo la estrecha relación que existía entre
ambos hiciera duradera e indisoluble la unión entre la Iglesia y
el Estado en orden al bien común. El Sacro Colegio se retiró a
una cámara particular para celebrar el cónclave y después de
hora y media salió con el nuevo Papa Apolonio. Mientras se
procedía a la elección, el emperador trataba de persuadir con
palabras llenas de dulzura, sabiduría y elocuencia a los repre­
sentantes de los ortodoxos y de los evangélicos para que pusie­
ran fin a las viejas disensiones con vistas a una nueva época
histórica del cristianismo y afirmaba que él se haría garante de
que Apolonio aboliría para siempre los abusos históricos del
VLADIMIR SOLOVIEV 185

poder papal. Convencidos por sus palabras, los representantes


de la ortodoxia y del protestantismo redactaron un acta de unión
de las Iglesias y cuando apareció Apolonio en la sala acompa­
ñado por los cardenales en medio de los gritos de júbilo de
toda la asamblea, un obispo griego y un pastor evangélico le
presentaron el documento. Accipio et approbo et laetificatur cor
meum169, dijo Apolonio estampando su firma. «Yo soy al mismo
tiempo verdadero ortodoxo, verdadero evangélico y también
verdadero católico», añadió intercambiando un amistoso abra­
zo con el griego y con el alemán. Después se acercó al empera­
dor, quien le abrazó y le tuvo largo tiempo entre los brazos. En
aquel momento, pequeños puntos luminosos comenzaron a
revolotear en todas las direcciones en el palacio y en el templo,
que se agrandaron y se convirtieron en sombras luminosas de
seres extraños. Flores nunca vistas sobre la Tierra caían desde
lo alto, llenando el aire de un perfume arcano. Llegaban tam­
bién desde lo alto deliciosas sonidos de instrumentos musica­
les hasta entonces desconocidos, mientras voces angélicas de
invisibles cantores glorificaban a los nuevos soberanos del cie­
lo y de la Tierra. Mientras tanto, un espantoso ruido subterrá­
neo resonaba en la parte nordeste del palacio central, debajo
del kubbet-el-aruach, es decir, debajo de la cúpula de las almas,
donde según la tradición musulmana se encontraba la entrada
del infierno. Cuando los presentes, por indicación del empera­
dor, se acercaron a aquella parte, oyeron claramente innumera­
bles voces agudas y penetrantes, en parte infantiles y en parte
diabólicas, que exclamaban: «La hora ha llegado, liberadnos,
¡oh salvadores!, ¡oh salvadores!». Pero cuando Apolonio, apo­
yándose sobre la roca, gritó tres veces unas palabras en una
lengua desconocida, las voces callaron y el ruido cesó. Mien­
tras tanto, una multitud, que provenía de todas partes, había
rodeado Haram-es-Sharif. Al caer la noche hizo su aparición el
emperador acompañado del nuevo papa en la escalinata orien­
tal, provocando una oleada de entusiasmo. El emperador salu­
dó amablemente en todas las direcciones y Apolonio puso de­
lante de los cardenales secretarios unos cestos grandes y lanza-
169 En latín en el original: acepto y apruebo y se alegra mi corazón.
186 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

ba por el aire sin cesar magníficas cadenas romanas y cohetes


que se encendían al sonido de sus manos y se transformaban
en perlas fluorescentes y en luminosos arcos iris. Cuando todo
esto caía a tierra se convertía en innumerables hojas de papel
de varios colores que contenían las indulgencias plenarias sin
condiciones para todos los pecados pasados, presentes y futu­
ros. El regocijo popular superó todo límite. En realidad algu­
nos afirmaban haber visto con sus propios ojos cómo aquellas
hojas de indulgencias se transformaban en sapos y serpientes
nauseabundas. Sin embargo, la gran mayoría de los presentes
se extasiaban y la fiesta popular duró algunos días. Durante
este tiempo el nuevo papa-taumaturgo realizó prodigios tan
sorprendentes e increíbles que sería imposible narrarlos.
En las alturas desiertas de Jericó los cristianos se dedicaban al
ayuno y a la oración. El cuarto día, al atardecer, el profesor Pauli
y nueve compañeros entraron en Jerusalén montados en asnos
y tirando de una carreta. Por calles secundarias, cerca de Ha-
ram-es-Sharif, desembocaron en Haret-en-Nazara y llegaron a
la entrada del templo de la Resurrección donde yacían los cuer­
pos del papa Pedro II y del stárets Juan. A esa hora las calles
estaban desiertas pues toda la ciudad se encontraba en Haram-
es-Sharif. Los soldados dormían profundamente. Los recién lle­
gados notaron que los cuerpos no habían sido afectados por el
proceso de descomposición y que no estaban rígidos ni duros.
Los colocaron en unos féretros, los envolvieron con lienzos que
habían traído consigo y recorriendo las mismas calles de antes
regresaron a donde estaban sus hermanos. Apenas posaron las
andas en el suelo, el espíritu de vida entró de nuevo en los dos
muertos que empezaron a moverse intentando librarse de los
lienzos. Todos les ayudaron con gritos de alegría y enseguida
los dos resucitados se pusieron en pie, sanos y salvos. El resu­
citado stárets Juan les dijo: «Hijitos míos, veis que no nos he­
mos separado; escuchad lo que os voy a decir: ha llegado la
hora de que se cumpla la última oración de Cristo por sus após­
toles; que sean uno como Él y el Padre son uno. Y por esta uni­
dad en Cristo, hijitos míos, veneramos a nuestro queridísimo
hermano Pedro. Se le ha de conceder finalmente el apacentar a
VLADIMIR SOLOVIEV 187

las ovejas de Cristo. ¡Sí, precisamente así, hermano!». Y abrazó


a Pedro. En ese momento se acercó el profesor Pauli: «Tu est
Petrus», dijo dirigiéndose al Papa, «jetzt ist es ja gründlich erwie-
ser und ausser jedem Zweifel gesetzt»170. Estrechó su mano fuerte­
mente mientras daba la mano izquierda al stárets Juan dicién-
dole: «So also, Väterchen, nun sind wir ja gründlich erwieser und
ausser jedem Zweifel gesetst»171. De esta forma se realizó la unión
de las Iglesias en el corazón de una noche oscura en un alto
solitario. Pero la oscuridad de la noche fue rasgada de repente
por un resplandor y en el cielo apareció una gran señal: una mujer
vestida con el sol y la luna a sus pies, y el la cabeza una corona de doce
estrellas172. La aparición se quedó quieta durante unos instan­
tes, luego se dirigió lentamente hacia el Sur. El papa Pedro alzó
el báculo pastoral y exclamó: «¡Ésta es nuestra enseña! ¡Sigá­
mosla!». Y se dirigió hacia la aparición acompañado de los dos
venerables ancianos y de toda la multitud de cristianos, hacia
el monte de Dios, el Sinaí...
Aquí el lector se detiene
LA SEÑORA - ¿Por qué no continúa?
EL SEÑOR Z. - El manuscrito acaba así. El padre Pansofij no
consiguió acabar su relato. Estaba ya bastante enfermo cuando
me contó lo que pensaba escribir «en cuanto se hubiese cura­
do». Pero no se curó y el final de su relato fue sepultado junto
con él en el monasterio de San Daniel,
LA SEÑORA - Pero usted se acordará de lo que le dijo; cuénte-
noslo pues.
EL SEÑOR Z. - Me acuerdo sólo a grandes trazos. Después de
que los guías espirituales y los representantes de los cristianos
se internaran en el desierto árabe, donde se les unieron multi­
tudes de cristianos fieles a la verdad provenientes de todo el
mundo, el nuevo papa pudo corromper fácilmente con sus ex­
traordinarios prodigios a todos los demás cristianos, que en su
superficialidad no habían creído en la llegada del Anticristo.
170 En alemán en el original: ahora está probado y fuera de toda duda.
171 En alemán en el original: y así, Padre, ahora somos verdaderamente uno en Cristo.
172 Ap 12, 1.
188 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

Declaró que con el poder de sus llaves había abierto las puertas
que separaban el mundo terreno del de ultratumba, y efectiva­
mente, la comunicación entre vivos y muertos, e incluso entre
hombres y demonios se convirtió en habitual; se desarrollaron
también formas nuevas e inauditas de orgías místicas y de de-
monolatría. Pero justo cuando el emperador empezaba a creer­
se seguro en el campo religioso tras haberse declarado única y
verdadera encarnación de la suprema divinidad universal, si­
guiendo las apremiantes insinuaciones de la misteriosa voz del
«padre», una nueva desgracia se abatió sobre él, precisamente
por donde nadie lo esperaba: los judíos se rebelaron. Esta na­
ción, que había llegado a los treinta millones, no era del todo
ajena a la preparación y a la consolidación de los éxitos univer­
sales del superhombre. Cuando el emperador se trasladó a Je­
rusalén hizo correr la voz en los círculos judíos de que su obje­
tivo principal era instaurar el dominio universal de Israel so­
bre todo el mundo. Los judíos, entonces, le reconocieron como
Mesías y su fidelidad no tuvo límites. Pero de repente los ju­
díos se sublevaron furiosos y clamando venganza. Es probable
que el padre Pansofij haya presentado de manera demasiado
simple y realista este cambio que ya está profetizado en la Es­
critura y en la Tradición. El caso es que los judíos, que conside­
raban al emperador un israelita puro y perfecto, descubrieron
casualmente que ni siquiera estaba circuncidado. Ese mismo
día Jerusalén se sublevó y al día siguiente lo hizo toda Palesti­
na. La devoción ardiente e ilimitada en el salvador de Israel, el
Mesías largamente anunciado, se transformó en un odio igual­
mente ardiente e ilimitado hacia el astuto impostor. La totali­
dad del mundo hebreo se sublevó como un solo hombre y sus
enemigos descubrieron con sorpresa que el alma profunda de
Israel no vive de los cálculos ni de las pasiones de Mamón, sino
de la fuerza de un sentimiento sincero, de la esperanza y el
deseo de su milenaria fe mesiánica. El emperador, que no espe­
raba semejante estallido, perdió el control de sí mismo y decre­
tó un edicto que condenaba a muerte a todos los rebeldes ju­
díos y cristianos. Miles de personas que no tuvieron tiempo de
armarse fueron masacrados sin piedad. Pero en seguida un ejér­
VLADIMIR SOLOVIEV 189

cito compuesto por un millón de judíos se adueñó de Jerusalén


y obligó al Anticristo a encerrarse en Haram-es-Sharif. Sólo dis­
ponía de una parte de la guardia, incapaz de dominar a la masa
de sus enemigos. Sin embargo, con la ayuda de las artes mági­
cas de su papa, el emperador consiguió atravesar las filas de
los sitiadores y se refugió en Siria, poniéndose al frente de un
inmenso ejército de paganos de diversas nacionalidades. Los
judíos fueron a su encuentro con escasas posibilidades de vic­
toria. Pero en cuanto las vanguardias de ambos ejércitos entra­
ron en contacto se produjo un terremoto de inaudita violencia:
en el fondo del Mar Muerto, cerca del cual se encontraban las
tropas imperiales, se abrió el cráter de un enorme volcán y to­
rrentes de lava reunidos en un único lago llameante se traga­
ron al emperador, a su inmenso ejército y a su inseparable papa
Apolonio, a quien toda su magia de nada le sirvió. Mientras
tanto los judíos habían huido hacia Jerusalén, llenos de angus­
tia y de miedo, invocando la salvación al Dios de Israel. Cuan­
do apareció la Ciudad Santa ante sus ojos, un gran relámpago
rasgó el cielo de Oriente a Occidente y vieron a Cristo venir a
su encuentro con vestiduras reales y con las llagas de los clavos
en las palmas de sus manos. En ese mismo momento apareció
en el monte Sinaí una multitud de cristianos guiados por Pe­
dro, Juan y Pablo, y de todas partes llegaban otras multitudes
triunfantes: eran los judíos y los cristianos que el Anticristo había
martirizado y que, resucitados, iban a reinar con Cristo por miles
de años.
Así quería el padre Pansofij acabar su relato, cuyo objeto no era
la catástrofe universal de la Creación, sino el fin de nuestro pro­
ceso histórico: la aparición, el triunfo y la destrucción final del
Anticristo.
EL POLÍTICO - ¿Y usted piensa que este final está tan cercano?
EL SEÑOR Z. - Bien, todavía habrá mucha palabrería y mucha
vanidad en el escenario, pero el drama ya ha sido escrito hasta
el final hace mucho tiempo y ni los actores ni los espectadores
pueden modificarlo.
LA SEÑORA - ¿Pero cuál es el sentido último de este drama?
190 LOS TRES DIÁLOGOS Y EL RELATO DEL ANTICRISTO

No entiendo por qué su Anticristo, que en el fondo no es malo


sino bueno, odia tanto a Dios.
EL SEÑOR Z. - El sentido de todo esto es precisamente que en
el fondo no es bueno. El Anticristo no se explica sólo con prover­
bios, dije antes. Pues bien, ahora puedo retractarme de estas
palabras, porque en realidad puede ser explicado con un solo y
extraordinariamente sencillo proverbio: «no es oro todo lo que
reluce». El resplandor de un bien falseado alumbra un poco,
pero no posee ninguna auténtica fuerza.
EL GENERAL - Fíjese, no obstante, sobre qué acontecimientos
se baja el telón de este drama histórico: ¡una guerra! ¡Un en­
frentamiento entre dos ejércitos! Al final de nuestro coloquio
hemos vuelto al punto de partida. ¿Qué le parece, Príncipe?...
¡Santo cielo!, pero ¿dónde está el Príncipe?
EL POLÍTICO - ¿No se ha dado cuenta? Huyó furtivamente
en el momento patético cuando el stárets Juan ponía al Anti­
cristo contra la pared. Entonces no quise interrumpir la lectura
y después me olvidé del asunto.
EL GENERAL - Dios mío, ha huido. Ha huido por segunda
vez. Consiguió dominarse, pero no ha podido soportarlo. ¡Dios
mío!

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