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B IB L IO T E C A
DE

з е в д в в .
IANDAL DE ü JOVEN M ESC ITE
ó

II l l i f M i ü l illil.
EDUCACION CRISTIANA Y SOCIAL
f- D E LA. M U J E R

ron

p . u j^ A U S T I N A jS A E Z D E ^ I e L G A R .

Con un Frólego-Oessnra
DEL

Rdo. Dr. D. José Ildefonso Gatelí .

2/ E D I C I O N .

BARCELONA.
L ib r e r ía d e JUAN Y ANTONIO BASTINOS, e d i t o r e s .
Boqniria 47, 8. Honorato 3, Ronda da S. intonio 9&.
1881.
INDICE.

Pag-
P rólogo-C ensura...................................................5
Dedico torio..............................................................11
I .—Deberes paro con los padres. . - 13
II.—Deberes paro con su esposo. . . 20
III.—Deberes pora con los hijos en la n inez. 27
IV .—Inclinaciones de la niñez ..............................37
V .—Sobre la m odestia...................................46
V I.—La soberbia............................................... 54
VII.—El trabajo...................................................64
VIII.—La e n v i d i a ................................................ 73
IX .—La ciencia doméstica. . . . 84

ADICION.

X . —La frivolidad. . . 95
X I.—La abnegación. . . . 102
PR Ó LO G O -C EN SU RA .

Excnio. é limo. Señor.

Para contener la corriente de inmoralidad,


que toma cada día más alarmantes proporcio­
nes, no queda otro recurso que volver á las an­
tiguas virtudes cristianas, cuya fecundidad ci­
vilizadora se deja sentir más despues de haber
tratado de prescindir de ellas las modernas so ­
ciedades. Si se quiere trabajar de veras en el
mejoramiento social, empiécese por el mejora­
miento de la familia, y las virtudes domésticas,
comprendidas y aplicadas como las comprende
y aplica el cristianismo, trascenderán á las vir­
tudes públicas.
En este concepto le incumbe á la mujer cató­
lica un papel importantísimo en la restauración
moral de nuestras sociedades.
La grande influencia de la mujer en los desti­
nos del porvenir constituye hoy un presentí-
miento general de cuantos se ocupan en estudiar
los difíciles problemas que tenemos hoy plan­
teados, y hé aquí porque dedican con tanta pre­
ferencia á la mujer sus trabajos los publicistas
de tan diversas escuelas.
Discurren exactamente sobre la mujer asi el
teólogo como el político, el escritor que vrve en
las elevadas regiones del ascetismo cristiano,
lo propio que el que está acostumbrado á resol­
ver las cuestiones prácticas de la economía, el
filósofo lo mismo que el poeta; y ora en el folle­
tín del periódico, ora en la producción científica;
ya en la ligera novela, ya en el libro sório, don­
de se desenvuelven los fecundos principios de
la religión y de la moral, todos pretenden llevar
su grano de arena á la obra de la restauración
moral de la mujer, que tanto ha de influir en la
restauración de las sociedades.
Pero sucede con harta frecuencia que al ocu­
parse de las mujeres, el sabio que reside en el
mundo de la metafísica se eleva á abstracciones
que son sublimes pero que no son prácticas;
mientras que el escritor de brillante imagina­
ción, en sus sueños de poeta, se forma de la
mujer un ideal tan bello como ficticio; la reviste
de los encantos de su fantasía, se prenda de esta
H 7H
rnujer imaginaria, tal como la ha concebido en
una hora de exaltación y á ella dedica sus ar­
moniosos y animados párrafos.
Producciones de tal naturaleza no cumplen el
fin moralizador á que ántes nos hemos referido:
no son libros para la mujer. Muchas de ellas no
los comprenden, otras aplauden su originalidad,
admiran la elevación de sus conceptos, la ame­
nidad y elegancia de su estilo, se entusiasman
unte los arranques de su encantadora poesía,
pero todo se reduce á una admiración sin resul­
tados; mientras que otras más impresionables,
arrastradas por aquella música., déjanse llevar
de una manera inconsciente en pos de aquel va­
go idealismo, y acaban por desesperarse de la
vida real, aislándose en las nebulosidades de un
romanticismo estéril, cuando no pernicioso. Ta­
les libros se escriben para U mujer génio, ninfa
ó ángel: para la mujer que disfruta ó que llora,
pero con unos goces ó unas lágrimas que no son
las de este pobre mundo, para la mujer que
siente y ama en fantásticas regiones de vaporo­
sa poesía. Esta mujer no es la hija de Eva tal
como nosotros la conocemos.
La mujer á la que deben consagrar sus des­
velos filósofos y moralistas es la mujer que vive
—< 8 fr­
ía vida práctica, que se levanta del velador para
ir á cuidar de sus tiernos hijos, que ostenta su
honor y su dignidad en la humilde prosa de los
detalles de la vida doméstica; es decir, la que
esta modelada en la M u jer Fuerte de los libros
santos.
Bajo este respecto no podemos ménos que
elogiar y recomendar el presente libro. Se dedi­
ca á las esposas, á las madres, y su autora tie­
ne en su favor el carácter de esposa y madre;
los consejos que dá, salidos de un corazon ma­
ternal se hallan apoyados en la propia experien­
cia, circunstancia muy atendible en trabajos de
esta clase.
Redactado el libro sin pretensiones, obede­
ciendo su ilustrada autora á los nobles impulsos
de un corazon que ama su íé y su deber, á la par
que so interesa por la moralización de su sexo;
rio se busquen en él alardes de ingenio y de ori­
ginalidad que quitarían á la obra su carácter
eminentemente práctico; encuéntrase en cambio
un cabal conocimiento de las cualidades del se­
xo para el que escribe, cuyas buenas aspiracio­
nes aprecia, lo mismo que corrige sus malos
instintos.
Cada capítulo, cada párrafo contiene una ex-
-<« 9 a—
calente enseñanza. La autora va derecha al co-
razon de la mujer cuyos derroteros conoce; bri­
llan en el libro observaciones atinadísimas que
llevan su encanto en su misma espontaneidad.
Los ejemplos que aduce no son leyendas de ca­
rácter dramático, que revelen en su autora el
propósito de captarse un aplauso por medio de
una admiración estéril, son hechos de la vida
real que deben su interés á su atractiva natura­
lidad.
Conocedora de la mujer de su tiempo, de sus
hábitos, de sus modas, de sus debilidades, la
Sra. Saez de Melgar aplica perfectamente el de­
do á la llaga, no transige con los caprichos ó
preocupaciones de nuestra sociedad, dice la ver­
dad toda entera, atendiendo sólo á cumplir con
un gran deber, obedeciendo á las inspiraciones
de su conciencia. En sus oportunas apreciacio­
nes, en sus acertados consejos no divaga; tiene
por fortuna una base sólida en que apoyarse; la
señora Saez es católica, el dogma católico cons­
tituye la luz de su alma, su moral la ha apren­
dido en las enseñanzas de la santa Iglesia, y en
el terreno que le corresponde, no olvida el sos­
tener y propagar los principios de nuestra reli­
gión; sabiendo como sabe que sólo dentro del
—« 10 »—
Catolicismo es donde la mujer comprende su
verdadera y sólida dignidad, donde debe inspi­
rarse para el fecundo desarrollo de sus facul­
tades intelectuales y morales, donde recibe la
enseñanza de sus sublimes deberes y de sus fe­
cundos destinos.
Tal es, Excmo. é limo. Sr , el juicio que me ha
merecido la obra que tengo el honor de some­
ter al superior de V. E. I . ; y no habiendo halla­
do en ella nada que no esté conforme al dogma
y á la moral católica, soy de parecer que puede
sin inconveniente autorizarse su publicación.
Besa el anillo paternal de V. E. I. y pide á
Dios que le tenga en su santa guarda, su humil­
de súbdito y capellan,

Jobó Ildefonso Ct&tell, Pbro.,


PAnnoco.

Gracia 2 de Setiembre de 1876.


Á MIS QUERIDAS HIJAS

MARIA DE LA GLORIA Y MARIA VIRGINIA.

Al dedicaros, hijas mías, este pequeño libro,


no hago sinó seguir una fórmula cariñosa, por­
que á decir verdad, todas mis obras os están
dedicadas, pues para vosotras escribo, por vos­
otras sigo la espinosa carrera de las letras; vos­
otras me inspiráis y si Dios puso el númen en
mi mente, el deber maternal guia mi pluma y
escuchando los tiernísimos ecos de mi corazon,
que es todo vuestro, no puedo crear ningún tipo
que no esté en armonía con el sentimiento que
me lo sugiere, no puedo expresar ningún con­
cepto que no lleve el sello de la religión, de la
moral cristiana, base imperecedera de todas las
virtudes y de todas las nobles cualidades.
Por razón natural habréis de sobrevivirme y
llegareis un dia á juzgar los escritos de vuestra
-< 12 * -
madre, ¡ayl ángeles de mi vida, yo quiero que
en aquel momento asomen á vuestros ojos lá­
grimas de gratitud y de ternura, comprendiendo
que no hay en las páginas que os lego ni una
sola mancha, ni un sólo pensamiento que os ha­
ga ruborizar. A h ! no quiera Dios que tengáis
nunca que avergonzaros de los escritos de vues­
tra madre. Si no tienen mis obras mérito litera­
rio, tendrán al ménos sana moral, porque me
guia el afan de que en la niñez os sirvan de
ejemplo y en el curso de vuestra vida encontréis
útiles y provechosas lecciones en las fábulas
que para vosotras escribo, lleno el corazon de
vuestro amor.
Para llegar á la cumbre de la felicidad no hay
más que dos sendas, la de la virtud y la del de­
ber; acatadlas siempre, hijas mias; virtud y de­
ber sean vuestra norma; no h ay, no puede ha­
ber remordimiento en el deber cumplido; no
h ay, no puede haber mancha en la virtud y á la
sombra de estas dos sendas preciosas se llega
al fin de la jornada, con el corazon satisfecho y
el alma gozosa y feliz.
No hay dicha más grande que el deber cum­
plido; cumplidle siempre, hijas m ias, como yo
cumpliré la tarea que me impongo de enseñaros
la virtud y el deber en todas mis obras.
Vuestra amantisima madre,
Faustina.
1 A H L I U JOVEN ADOLESCENTE.

I.

Beberes para con los padres.

(Honra á tus podres


y te honrarán tus hijos).

E s muy frecuente observar que en la


educación m oderna ha sustituido el a tre ­
vim iento y desenvoltura al respeto y c a ri­
ño que se deben á los autores de n u estro s
d ias.
Duélenos en e! alm a ver que m uchos
niños, pequeñuelos áun, tratan á su s p a­
dres de una m anera inconveniente, y nos
indigna m ucho m ás que por debilidad de
carácter ó por un cariño m al entendido,
—4 14 fr—
se toleran estos resabios tan perjudiciales
en las criatu ras, porque los hábitos que se
adquieren en la niñez tarde ó nunca se olvi­
dan . Se dice generalm ente, y es una ver­
dad, que el árbol que crece torcido nunca
su tronco endereza; y lo m ism o acontece
con los niños. G rábese en su s m entes in­
fantiles una idea, y la conservarán hasta la
vejez y será la corona de su vida.
P o r esta razón, en lu g ar de perm itírse­
les ciertas fam iliaridades y atrevim ientos
para con su s padres, es un deber .de estos
inspirarles lá sum isión y el m ás profundo
respeto, que herm anados con un santo y
dulce cariño, producen m ás tarde tan ópi-
m os y excelentes frutos.
La benevolencia y el am or que trib u ta­
m os á nuestros padres contiene u na se­
m illa preciosa, sem illa que fructifica en
nuestros hijos, pues con frecuencia e sta ­
m os viendo en los m uchos ejem plos que
el m undo nos ofrece, como los hijos si­
guen con los padres los m ism os procedi­
m ientos que estos han seguido con los
suyos.
M uchas veces he oido á mi noble y hon­
rado padre: « hija eres y m adre serás, lo
15 · -
que tú hagas, contigo harán.» S antas pa­
labras, que grabadas en m i alm a no se
han borrado jam ás. E s una verdad conso­
ladora y exacta; por eso recom endam os
los padres que inspiren á su s pequeñue-
los tan benéficas ideas, y no sólo recoge­
rán el fruto en el am or d e s ú s hijos, sinó
su s bendiciones cuando estos sean padres
y com prendan el inm enso bien que reci­
bieron con tan bellas doctrinas.
El se r buenos hijos lleva en sí la recom ­
pensa, recom pensa justa y espontánea
que el m undo no puede m énos de trib u tar,
concediendo su s alabanzas y su ad m ira­
ción á los que saben desem peñar tan
sagrados deberes con la bondad y resig ­
nación debidas.
Un ejemplo auténtico voy á citar, que
por lo bello no podrá m énos de se r grato
á n uestras lectoras.
Hace pocos dias asistim os á la boda de
un brigadier, am igo nuestro, recien veni­
do de Am érica. No conocíam os á la novia,
y nos m aravilló ver en ella, no una jóven
bella y elegante, sinó una respetable seño­
ra de cuarenta años, m uy m odesta y de
agradable figura nada m ás, si bien su s
16 te -

rasg o s dem ostraban que en la juventud


habia poseído una sin g u lar belleza.
Hé aquí su historia.
Leonor, así llam arém os á la novia (pues
nos ha prohibido revelar su verdadero
nom bre), era hija de un coronel que m u­
rió en los cam pos de batalla durante la
gu erra civ il, defendiendo los derechos de
Doña Isabel II, dejando viuda á su esposa
en lo m ás florido de su edad, cuando ape­
nas contaba veinte años, y m adre de
Leonor, que tendría algunos m eses.
P asó m ucho tiempo, y la viuda se casó
con un empleado de poco sueldo, aten­
diendo m ás bien al am or que á la conve­
niencia.
P o r efecto de este m atrim onio, la pen­
sión pasó á Leonor como huérfana del
coronel, y siguió disfrutándola su m adre,
qne á la vuelta de algunos años se vió
rodeada de hijos y con pocos recursos,
pues su m arido enfermó y quedó cesante.
Desde este m om ento, Leonor, de m ujer
se convirtió en el ángel tutelar de la fami­
lia; con la pensión atendía á su s necesi­
dades, y con su solicitud y cariño á espar­
cir entre ellos la dicha y el bienestar.
—*8 17 f —
No hubo nunca criatu ra m ás am ante de
su m adre que Leonor, ni hija m ás respe­
tuosa, ni herm ana m ás tierna y leal.
E lla cuidaba de los pequeñuelos, ella
asistía á todos en su s enferm edades, ella
se hizo cargo de todos los quehaceres de
la casa, descansando á su m adre y con­
virtiéndose adem ás en m aestra de su s
herm anos, á quienes ensenaba los rudi­
m entos de prim era enseñanza y algunas
nociones de m úsica y de idiom a francés
que ella poseía.
Pero no consistió en esto solam ente la
virtud de Leonor, no se lim itaron su s
sacrificios á consagrar á su fam ilia su
existencia y su haber; les sacrificó áun
m ás esta noble m ujer, porque sacrificó en
a ra s del deber su corazon, su s afecciones
y su porvenir.
E ra virtuosa, jóven y bella, y fué am ada
con locura por un jóven capitan; no pudo
m énos de co rresp o n d erá, porque era uno
de esos hom bres tan sim páticos y distin­
guidos que no se pueden conocer sin
am arlos profundam ente. D urante algún
tiempo disfrutó las delicias de aquel am or
santo y puro, m as llegado el m om ento de
—< 18 —
realizar la unión, vió las lágrim as de su
m adre y de su s herm anos que, perdiendo
su pensión quedaban en el m ayor desam ­
paro, y se aterró pensando que el sueldo
de capitan que disfrutaba su futuro esposo
no seria bastante para atender á la su b ­
sistencia de una familia tan dilatada;
entonces, esclava de su deber y de su
fam ilia, renunció al m atrim onio, encerró
su am or en el fondo del alm a y se consa­
gró por entero á ser una buena hija.
El capitan, desesperado y loco de dolor,
se m archó á Am érica de donde veinte
años despues ha vuelto ya de brigadier,
soltero óun, porque en su larga carrera
no ha encontrado una m ujer de las em i­
nentes cualidades de Leonor, evidenciadas
en alto grado al sacrificar el porvenir en
a ra s de su am or filial.
Hoy esta noble m ujer ha recibido la
recom pensa, casándose con el hom bre á
quien adoró toda su vida; y siendo en su
distinguida posicion muy útil á d o s d e s ú s
herm anas, únicas que quedaban de su
num erosa familia.
No hace mucho la oimos decir: «sólo
siento haberm e casado tan tarde porqué
-* 1 9 * -
ya no es probable que Dios conceda á
nuestro m atrim onio fruto de bendición;
es el único pesar que tengo en la vida.
¡Ay! me seria muy grato tener una hija
que hiciese por mí lo que yo hice por mi
m adre.»
E s una verdad; quien siem bra coge, y
la semilla de la virtud y del am or filial
fructifica siem pre.
II.

Beberes para con su esposo.

(El yugo del matrimonio


es muy dulce cuando lo ha
formado el amor).

El giro de la libertad y despreocupación


que va tom ando n uestra sociedad actual,
im posibilitan y dificultan cada dia m ás el
m atrim onio.
La m oda, esa tirana del hogar y de la
ventura dom éstica, ha entrom etido tam ­
bién su varita m ágica en las íntim as cos­
tum bres de la fam ilia, empezando por
dividir el lecho nupcial.
Se casan dos am antes y no es extraño
ver como en vez de la unión del tálam o
nupcial se establece una división, casi
diríam os un divorcio, de m anera que las
-*í 21 *-
costum bres se individualizan, no puede
form arse una alm a de dos, no pueden se r
unos m ism os su s afectos y su s sentim ien­
tos.
El m arido empieza por vivir á su capri­
cho, á su libre albedrío, dejando á su
inexperta y jóven com pañera en la soledad,
entregada á la influencia de una im agi­
nación rom ancesca y apasionada, que la
finge en óptica ilusión su s sueños de niña,
los ardientes delirios de su adolescencia.
—«Mi esposo no m e am a, puesto que me
abandona por ir á divertirse con su s
am igos.»
Hé aquí la p rim era espina que se clava
en el corazon de la tím ida esposa, la pri­
m era nube que em paña el horizonte con­
yugal.
No hay nada que hiera m ás profunda­
mente el alm a de una jóven que el prim er
desengaño en am or. Apasionada y tierna
la m ujer por naturaleza, si se casa ena­
m orada, cifra en el am or de su esposo su
ventura toda; hace un m undo jde ese
am or, y en él encierra todas las delicias,
toda la felicidad de la vida; todo lo sa cri­
ficaría gustosa viviendo contenta en un
—«k n
desierto por disfru tar su dicha, de la que
se m uestra tan avara ; porque el prim er
desengaño la anonada, destroza su cora-
zon, aja su am or propio y m ata su alm a.
Evitem os, por Dios, esa prim era nube
que oscurece la dicha en el m atrim onio,
que amenaza tu rb a r la paz dom éstica y
que altera la arm onía conyugal.
L os hom bres no am an de la m ism a
m anera que n o s o tra s ; pero cuando se
hallan en este caso, deben por interés
propio m irar las consecuencias de su
desam or, que tienden á d e stru ir quizá
para siem pre la santa y recíproca con­
fianza de sus alm as.
Si falta la confianza, falta el am or, y
ya no hay unidad posible en el m atrim o­
nio. Em piezan por ocultarse su resenti­
miento, y esta reserva, en quienes debe
ser todo expansión y cariño, es la fuente
de las desavenencias futuras. Si la m ujer
es frívola, veleidosa, de quebradiza y frá­
gil virtud, ¿cuántos m ales, cuántas des­
gracias no echará sobre la frente de su
esposo y de su s hijos, abandonada á sí pro­
pia, y llevando herida el alm a por lo que
juzga el desam or de su esposo y que sólo
es una consecuencia n atu ral de las cos­
tum bres del siglo?
¡Ah! evitemos esa influencia perniciosa,
esas costum bres im pías; establézcanse la
virtud y el am or bajo sólidas bases, y há­
gase un templo del m atrim onio, un alta r
donde se rinda im perecedero culto á las
afecciones del alm a.
Si esto sucede en los m atrim onios por
am or, ¿qué será en tantos como se hacen
hoy por conveniencia ó por interés? B or­
rascas, borrascas continuas ofrecen tan
sólo esos lazos en sus vergonzosos anales;
escándalos perpetuos y escarm iento de
m uchos, que serian buenos esposos, y
que huyen de la coyunda como de un
infierno donde no hay dicha ni paz po­
sible.
Esto es lo que se consigue, desvirtuar
la fé del m atrim onio y hacer cada dia m ás
imposible esa santa alianza bendecida por
la Iglesia y sancionada por el cielo. Y
cuéntese que destruido el m atrim onio, la
fam ilia fenece, el hogar se pierde, y sin
familia y sin hogar no puede h allar la
criatura felicidad posible, porque esas dos
íntim as y puras afecciones del alm a entran
por mucho en la constitución de la uni­
versal arm onía, la paz y la alegría de es­
te m undo, donde todo es deleznable y
perecedero.
En el campo, en las aldeas se conserva
m ejor el m atrim onio que en las grandes
ciudades; allí se ve el carino inm aculado
y santo; la concordia y la unión; en las
grandes ciudades se vé el orgullo, la eter­
na desavenencia y la indisciplina.
L a indisciplina he dicho, y no m e re­
tracto, perm ítasem e llam ar así á esa m a­
nía de las m ujeres por querer abrogarse
los derechos del esposo: ellas se rebelan
contra la autoridad m arital y llenas de
orgullo la rechazan. «En un dia nos ca­
saron, iguales son m is derechos que los
tuyos,» suelen decir algunas en él colmo
de la insensatez. E rro r, necio e rrro r que
las precipita ciegas de cólera en la senda
de los desaciertos.
L a m ujer ha nacido para obedecer al
hom bre; no p ara-ser su esclava, .sinó su
c o m p a ñ e ra , su herm ana á la que debe
protección y toda clase de considera­
ciones.
¡Ah! no seré yo la que clame por la
25 »*-
em ancipación de la m ujer; no seré yo
quien apoye con mi plum a la indepen­
dencia del sexo, por la que abogan algu­
nas ilusas sonadoras sin fé y sin creen­
cias. El m atrim onio es el árbol sagrado
que nos cobija; bendito sea su am oroso
yugo, que nos dá la dicha; bendita sea la
autoridad m arital, que proteje y am para
nuestra débil naturaleza, nuestra inex­
perta juventud.
El som eterse al imperio del m arido no
degrada, no rebaja ni abate el orgullo ni
las atribuciones de la m ujer, ántes es una
gloria, áun en la sociedad m ás culta, que
hoy tiene tan relajadas su s costum bres.
«Honra á tu esposo y te h o n rarás tú
m ism a.»
E sto debe hacer toda m ujer que se es­
tim e en algo, toda la que vea en su decoro
y en su virtud el escudo que ha de pro te­
jerla contra las asechanzas del vicio, con­
tra las libertades del m undo.
E s verdad que hay hom bres débiles,
apocados, ineptos á veces y sin fuerzas
para llevar el timón de la casa; en este
caso ántes de zozobrar debe llevarlo la
m ujer, que se encuentra m ás dispuesta
—< 26 am­
para ello; pero guárdese de hacer alarde
de esto, que algunas juzgarán una ven­
taja, y que es seguram ente una desgracia.
P rocure ocultar á todo el m undo la inep­
titud de su esposo, porque al arro jar el
ridículo sobre su cabeza, lo arro jaría so­
bre sí m ism a y sobre la frente de su s
hijos.
Sólo el hom bre hace resp e tar á lom u-
jer, porque él tiene el deber, la fuerza y
el derecho para ello: acojám onos, pues,
á su im perio, imperio dulce y grato cuan­
do le forja el am or, cuando le sostiene la
unión de dos voluntades, la atracción de
dos alm as y el inm architable carino de
dos corazones que no envejecen para
am arse, porque la base de su am or es la
sum isión de la esposa, la protección leal
del m arido, la confianza recíproca, la v ir­
tud y la felicidad de am bos que, llenos
de fé y de respeto hácia el santo lazo
conyugal, llevan la cruz con resignación
y con am or, convirtiéndola en una cruz
de flores que les brinda con su s evangé­
licos perfum es el paraíso de la tierra.
III.

Deberes para con los hijos en la niñez.

(La mujer en el momento de


ser madre deja de pertenecerse
á sí misma.)

¡ Madre! santa palabra de dulcísim o em ­


beleso, de encantador significado. ¿Quién
al pronunciarla no siente enternecido el
corazon y húm edos los ojos? No hay una
sola persona para quien esta palabra no
sea un m anantial de placeres ó de rec u e r­
dos. De placeres si vive, si tiene junto 6
si á su m adre, de recuerdos dolorosos si
la ha perdido.
¿Y en qué consiste esta universal sim ­
patía? En la m isión santa, consoladora y
m agnánim a de la m adre.
L a m ujer que h a recibido de Dios eí
- 4 28 *»-
don de la m aternidad, deja de pertene-
cerse á sí m ism a, para pertenecer por
entero á su s hijos, para consagrarse en
cuerpo y alm a al pequeño rebaño que le
confia el Señor.
El prim er deber de una m adre es criar
j'i su s hijos, la prim era obligación que la
naturaleza la impone es lactarios por sí
m ism a; en ello gana su salud y su her­
m osura, porque el criar nc envejece, como
equivocadam ente creen algunas, sinó al
contrario, presta nuevos encantos á la
m ujer, preservándola quizá de graves
enferm edades.
Tam bién la costum bre, al invadir el
santo terreno del hogar dom éstico, ha se­
parado á las m adres de los hijos, como
h a separado al esposo de la esposa al
dividir el lecho nupcial.
Hoy no es de buen tono que las señoras
elegantes crien á su s pequeñuelos, y los
entregan á una robusta m ontañesa, á una
astu rian a cerril, ó á una selvática viz­
caína, cuanto m ás imbéciles sean, m ejor;
sólo se m ira que tenga buena y fresca
leche, lo dem ás es indiferente; esas m a­
d res m ad rastras que abandonan á su s hi-
-<* 29 3^-
jos, no se detienen en reflexionar que con
la leche se transm iten á :la c riatu ra las
enferm edades, los vicios de las nodrizas
y sus instintos buenos ó m alos.
No hace mucho tiempo que oí decir á
una señora reprendiendo á un hijo suyo:
¡Jesús! que criatu ra tan torpe, se parece á
su nodriza.
Y efectivamente, el niño habia sacado
la ineptitud de su ama de leche.
¿Y cuántos adquieren su s enferm eda­
des?
¿Cuántos sienten d esarro llarse en su
naturaleza vicios escrofulosos, herpéticos
ú otros m ucho peores?
P a ra evitar estos m ales, toda la que
am e a su s hijos debe lactarios por sí
m ism a, y al cum plir este deber sagrado
no podrá m énos de experim entar delicias
inefables, porque no hay placer m ás san­
to, m ás grande y m ás puro que el que
proporcionan las prim eras caricias, las
prim eras so n risas con que agradecen esos
ángeles de am or el alim ento que reciben.
L as que siguiendo el curso de la Socie­
dad actual se privan de tan inm ensa s a ­
tisfacción por tener libertad para a sistir
—* 30 »—
é los bailes y á las diversiones, no saben
lo que se hacen, y en su locura dejan la
verdad por la m entira.
L a m entira, digo, porque todos esos
goces que sólo satisfacen los sentidos,
son falsos, efím eros y deleznables; el ver­
dadero placer es el que tiene su raiz en
el olma, el que hace latir el corazon, el
que extrem ece todas su s fibras m ás deli­
cadas, haciendo asom ar á los ojos u-n
llanto de enternecim iento y de ventura.
E ste placer se siente á cada m om ento
on el hogar dom éstico; este placer le d is­
frutan las m ad res todas las horas del
dio. Recuerdo haber oido, no sé donde
ni cómo, que una m ujer acudió un dia al
tribunal de la penitencia, confesando ha­
ber arrojado al m ar á tres hijos que
habia tenido en el m om ento do darles
á luz.
E l sábio sacerdote, que com prendería
perfectam ente lo que debe se r una m a­
dre, le im puso la penitencia de que criase
por espacio de dos m eses al cuarto hijo
que debia d a r á luz.
Empezó esa m ujer por cum plirlo, con
la idea de que lo m ism o la daba a rro jar á
—4 31 )J°—
la criatura al nacer que sesenta dias d es-
pues, y de este modo tenia la absolución
de sus pecados. Em pero no contaba con
la naturaleza y con el adm irable instinto
de la m aternidad: llegó el dia señalado y
no se sintió con fuerzas para desprender
de su seno aquel ángel que la sonreía, y
que al extraer suavem ente el jugo de su s
e n trañ as la hacia experim entar una sen­
sación desconocida para ella; un placer
purísim o que no tenia igual con ninguno
de los placeres que hasta entonces habia
conocido.
Huyó aterrad a de la orilla del m ar, be­
sando á su hijo como una loca, y aquella
inocente criatura fué su ángel de salva­
ción; entró en el camino de la penitencia
purgando su s anteriores culpas y fné una
bueno m adre v una m ujer honrada, por
el influjo benéfico de la lactancia y de la
m aternidad.
¡Ah! ojalá que m uchas de esas m ujeres,
que jam ás han am am antado á sus hijos,
lo intentasen alguna vez: ojalá tuvieran
el capricho de experim entar por sí pro­
pias si es una verdad cnanto.llevo dicho;
bien pronto se convencerían de que nada
32 * -
valen los aplausos y las diversiones,
com paradas con el placer purísim o de
alim entar y dorm ir en su seno al ángel
de su am or.
Mis palabras y m is m áxim as son hijas
de la convicción m ás profunda; lo digo
por experiencia propia, no como m uchas
personas que hablan de la virtud sin co­
nocerla, hablan de la m aternidad sin ha­
ber tenido la dicha de ser m adres: ¿Que
puede entender del am or á su hijo la que
no le ha sentido latir en su s entrañas?
Aquí la experiencia es la razón: dése,
pues crédito á la experiencia y atiéndanse
su s razones.
L as m ujeres frívolas hablan de frivoli­
dades; las m adres deben hablar de su s
hijos.
D espues de cumplido este prim er deber
de la buena m adre, atiéndase con entera
conform idad al segundo, que es el ejem­
plo. Los niños im itan lo que ven, y en
sus alm as infantiles se graban profunda­
m ente las prim eras ideas que reciben.
P o r eso el ejemplo en las costum bres
y en las palabras^ es una necesidad en la
m adre de familia. P rocure siem pre que
—* 33 fr­
ía m oderación, la tem planza y la benig­
nidad sean la base de su carácter; por
ningún motivo debe dejarse a rre b a ta r por
la ira en presencia de su s hijos; esos m o­
vim ientos im prem editados en que sin re­
flexionar se expresa un deseo de venganza,
son fatales para los pequeñuelos, porque es
una m ala sem illa arrojada en su s alm as
inocentes, la que puede un dia dar per­
versos frutos. P rocúrese que no conozcan
en su niñez el odio, la envidia, el orgullo,
ni esas pasiones m ezquinas que suelen
form ar el carácter de las criatu ras cuan­
do son m al dirigidas ó tienen á la vista
un ejemplo pernicioso.
L a m adre, al darles el ejem plo de su ­
misión y respeto al m arido como jefe de
la casa, les enseña la obediencia y el re s­
peto á su s superiores, m anantial p u rísi­
mo del bien, que es la fuente de todas las
virtudes, porque el hijo hum ilde, obedi­
ente y respetuoso es blanda m asa donde
se im prim en con facilidad las saludables
m áxim as de la virtud, que apoyadas por
el ejemplo, son la base de sn dicha
futura.
Lo que tam bién debe evitarse con cui-
3
— 34 an­
dado en los pequeñuelos, es la vanidad y
el am or propio; jam ás una m adre debe
alentar en su s hijos esos alardes de o r­
gullo que tienden á convertirlos en reye­
zuelos. El despotism o con que m andan
á veces á su s criados es perjudicial, por­
que se hacen altaneros y recogen ódio y
anim adversión en vez de cariño y sim pa­
tía.
L a exagerada complacencia de algunas
m adres suele ser fatal para los niños, por­
que criándose con dem asiado m im o se
acostum bran desde pequeños á ver Satis­
fechos todos sus caprichos y no com pren­
den las contrariedades de la vida, sufrien­
do mucho m ás cuando empiezan á tocar
las consecuencias de su excesiva con­
fianza.
El quebrantar con dulzura, y al propio
(iempo con firmeza, los im pertinentes ca­
prichos de la niñez, es un bien para las
m adres y para los hijos, porque se los
acostum bra á la docilidad y á vencerse sin
irabajo ninguno en las m uchas a m arg u ras
de que se halla rodeada n u estra m ísera
existencia.
Las prim eras palabras que deben apren­
H i 35 fr—
der á pronunciar son el nom bre de Dios
y de la Virgen: las prim eras ideas la reli­
gión, el am or a Dios y al prójimo. E sto
corresponde á la m adre, que con el ejem ­
plo inculcará en su s ánim os la santa se­
milla que ha de hacerlos buenos cristianos,
buenos hijos y buenos padres de fam ilia.
Conozco una m adre que viendo á uno
de su s hijos atorm entando cruelm ente á
una pobre m endiga, le dijo:
—¿Por qué lastim as á esa niña?
—Porque es tonta, y aunque la castigo
no se defiende, contestó el niño con des­
caro.
Entonces la m adre cogió al niño y em ­
pezó á castigarle del m ism o modo que lo
hizo él con la niña, hasta que el dolor
obligó al chico á pro rru m p ir en lastim e­
ros gritos.
—¿Te duele? ¿No te gusta que te lastime?
le preguntó con dulzura la Señora.
—No m am á: no quiero que me hagas eso;
sufro m ucho.
—P u es bien, hijo mió, lo m ism o le suce­
de á esa pobre niña: no hagas tú nunca á
nadie lo que no quieras que te hagan á tí
m ism o.
—$ 36 38°—
Santa m áxim a, que debe hacerse apren­
der á todos los niños.
L a m aternidad es un sacerdocio, y la
m ujer en el m om ento de se r m adre, no se
pertenece á si m ism a, se debe á su s hijos,
porque ella es el árbol sagrado de la fa­
milia, que infunde la fé, la caridad y el
am or en el hogar dom éstico.
IV.

Inclinaciones de la niñez,

(Una madre debe desplegar


más que nunca los tesoros
de su celo y de su inteligen­
cia cuando sus hijos salen de
la inocente y risueña infancia»
para lanzurse en el golfo de
las pasiones humanas.)

La tierna niíiez, los prim eros años de


las ¡nocentes cria tu ra s, deben se r objeto
por parte de las m adres de un cuidado
incesante, m inucioso y extrem adam ente
prolijo; son los afanes del jardinero que
vela por la conservación de una planta
preciosa, y que una vez asegurada su
existencia, en disposición de d ar ricos fru ­
tos, debe redoblar su s atenciones á fin de
preservarla de la intem perie, de los h u ra ­
canes, y de los insectos que á sem ejanza
—t 38 »—
de los vicios que degradan á la criatura,
corroen las plantas, extrayendo y enve­
nenando su jugo.
La tierna m adre es el experto jardinero
que ha visto b rotar ó su lado el vastago
querido con que Dios en su infinita m ise­
ricordia se ha dignado dem ostrarla sus
beneficios y su inm ensa bondad. P lanta
preciosa de la vida, que en m uestra de
gratitud al Sér Suprem o que se la conce­
de, debe guiar por la senda del bien,
abriendo su s ojos á la luz de la razón y
de la cristiandad.
Nadie como la m adre puede inculcar en
el ánim o de su s hijos las ideas de m oral
y de religión, que son las bases de toda
felicidad en el m undo y en la vida eterna.
E l hom bre impío no puede se r feliz; el
hom bre religioso que alim enta en su alm a
la sagrada llam a de la fé y la creencia de
otro m undo m ejor, vive siem pre con la
esperanza de ver recom pensadas su s vir­
tudes y sobrelleva con resignación las
contrariedades de esta vida transitoria,
que es preciso atrav esar para llegar á la
vida eterna, cuya puerta es el sepulcro.
Inculquen las m adres esta ¡dea en el
-< 39 K -
tierno corazon de su s hijos y se rá el ori­
gen de su bienestar en la tierra, y á m e­
dida que vayan creciendo, procuren como
el buen jardinero, que aparta las malas-
yerbas de su s plantas preciosas, a rra n c ar
de su s corazones las sem illas de los vicios
y de las pasiones b astard as, que siem pre
asom an su asquerosa cabeza en la niñez,
y cuyos prim eros instintos es preciso d es­
tru ir ántes que se apoderen y tomen carta
de naturaleza en el ánim o de la inocente
c ria tu ra .
El instinto del mal es uno de los pri­
m eros que se observa en los niños; tien­
den á d e stru ir y hacer daño y gozan, vién­
dolo con placer, el mal que han hecho,
aplicando algún trem endo garrotazo sobre
cualquier indefenso anim alito, ú objeto de
valor. No sienten el dolor que causan, no
conocen la pérdida del m ueble precioso
que han roto, y sólo m iran que al hacer el
mal han tenido un m om ento de satisfac­
ción.
E s muy frecuente en las niñeras, y áun
en los m ism os padres, procurar á los ni­
ños esta horrible diversión, que empieza
por hacerles g rata la m aldad y sabrosa la
—°5x 40 i»-
venganzn. Pégale, pégale un palo á ese
tonlo que no quiere darte una flor, decía
no ha mucho tiempo un padre á su peque-
ñuelo.
E sto como se com prende, es d esp ertar
el deseo de vengarse en un corazon tan
tierno, que es blanda cera, donde se g ra ­
ban con indeleble m arca los instintos bue­
nos ó m alos que se im prim an en él y que
serán la norm a de su vida.
Desde que tienen uso de razón es pre­
ciso ir destruyendo las m alas sem illas si
se quiere que lleguen sanos á la juventud;
el árbol carcomido y viciado en su n atu ­
raleza no puede d ar buenos frutos; hága­
sele crecer derecho y robusto y será la
gloria del buen jardinero que supo culti­
varlo con tanto acierto.
L as faltas de respeto y sum isión para
con los m ayores no deben nunca to lerar­
se en los niños; la ancianidad es sag rad a
y m erece todas n u estras atenciones; ade­
m ás es preciso que la criatu ra tenga siem ­
pre respeto á la superioridad; acostúm ­
brese á la idea de que hay algo sobre ella;
en la juventud su s padres, en todo tiempo
D ios.
-* 41 ►-
. Hay m uchas personas que confunden el
respeto con el tem or, están satisfechos
con que su s hijos los tem an y no se atrevan
ni á resp irar en su presencia. E sto tam ­
bién es un m al, porque se hacen hipócri­
tas y aprenden á disfrazar su s sentim ien­
tos, ocultándoselos á su s padres y dando
en el extrem o opuesto que es la reserva,
cuando los hijos p ara con los padres de­
ben tener la expansión m ás p u ra, si quie­
ren estos apoderarse de su corazon para
conocer su s inclinaciones y d irigirlos por
el camino de la rectitud y de la bondad.
Respeto y confianza, esto es lo que las
m adres deben in sp irar á su s hijos desde
sus prim eros años; nunca un tem or ridí­
culo, nunca ese tem or exagerado que les
hace tem blar en su presencia; los padres
han de se r am igos cariñosos para con su s
hijos, nunca tiran o s que m anifiesten su
despotism o, haciéndose odiar en vez de
am ar y re sp e tar.
L a persona que es am ada verdadera­
mente, adquiere una gran influencia so­
bre aquel corazon que le rinde su s hom e­
najes, y no necesita de castigos, ni de
ridículo tem or para hacerse obedecer y pa­
ra im poner su ley.
- 4 42 * -
Inspire la m adre un carino profundo y
una confianza instintiva y sin lím ites á
su s pequeñuelos, y le bastará su influencia
para conseguir un resultado benéfico, do­
m inando las voluntades y conduciéndolos
blandam ente por el camino del bien y de
la virtud.
Los resultados de la prim era edad no
se conocen h asta que los hijos entran en
la juventud. A veces son cam orristas,
pendencieros, vengativos y m alvados, fru ­
tos perversos del árbol que creció torcido
y no se supo corregir á tiempo. Cuando ya
llegan á este extrem o, los vicios han echa­
do raíz en su corazon, form an la base de
su carácter, y la corrección es imposible
para los padres que no supieron enm en­
darlo á tiempo y que tienen que sufrir las
consecuencias de su im previsión, porque
un corazon indómito y rebelde sólo se h u ­
m illa ante los desengaños del m undo y
ante el peso de su conciencia, y esto suce­
de cuando van declinando en la carrera
de la vida, cuando han hecho la desgracia
de su s padres y la suya propia.
¡Que cariño tan mal entendido es el de
algunas m adres, que á trueque de no dis­
-< 43 *~
gustar á su s hijos les dejan salirse con
sus gustos, y no tienen valor para que­
brantar ni uno sólo de su s infantiles ca­
prichos!... E rro r torpe, e rro r que pagan
harto caro cuando ya el niño se ha hecho
voluntarioso y rebelde, y al pretender una
cosa imposible ó perjudicial, se ven obli­
gadas á negársela, sufriendo los efectos
de su anterior condescendencia, porque la
negativa hace tom ar al niño una coragina
que le produce un ataque cerebral, po­
niéndole á las puertas de la m uerte.
Remedio tardío; la m adre conoce su
falta y quiere poner correctivo por medio
de castigos d u ro s y hum illantes que ofen­
den el am or propio del adolescente, le
exasperan y producen en su alm a frutos
distintos de los que debiera esp erarse, que
son la ira, la cólera y la hum illación de
verse ultrajado por la persona que hasta
entónces se les m o strara tan débil y tan
com placiente.
Y no es este el sólo m al de no corregir
los defectos de las criatu ras en la niñez,
es áun peor la idea que adquieren de que
todo es benigno y risueño en la vida, pues­
to que ellos son tan m im ados, tan con­
—•i 44 ►—
sentidos y hallan satisfechos todos sus
caprichos. Crecen con la idea de una dicha
sin lím ites, y al prim er contratiem po, á
la prim era contrariedad que el m undo les
ofrece, su alma se anonada, no tiene va­
lor para resistirla y desfallecen, sin tien ­
do no tener fuerzas para sobrellevar un
mal, al que no están acostum brados, ni
su s padres con su perjudicial condescen­
dencia les han hecho com prender.
Mucho me detendré en las considera­
ciones sobre los hijos; los niños son mi
gloria, mi único afan y quiero inculcar en
el ánim o de las m adres las m áxim as que
observo con los mios. A dóptenlas por bien
suyo; son hijas de una experiencia dolo-
rosa, y nunca son m ás eficaces las leccio­
nes de m oral que en boca del hom bre que
nos dá la palabra con el ejemplo; nunca
m ás verdaderas las de obediencia filial
que en boca de una m adre que las apren­
de en el ejercicio de la educación de sus
propios hijos.
Hay m uchos tratados de educación e s­
critos por hom bres célebres, por escri­
toras distinguidas, que beben su s inspira­
ciones en los libros ó en la sociedad; pero
- * 45 fr-
muy pocos ó ninguno por m adres que be­
ben en la fuente de la m aternidad, que
hacen practicar su s lecciones por el ejem­
plo y por la experiencia que presta el verse
rodeadas de esos pequeños ángeles, que
bien dirigidos y educados constituyen pa­
ra una m adre una verdadera felicidad, que
mucho puede contribuir á endulzar las
am arguras de la vida.
V.

Sobré la modestia.

(La modestia es uno de los


más bellos utrnctivosde la mu­
je r; virtud preciosa que deben
inspirar las madres á sus hijas.)

La vanidad, el descaro y la desenvol­


tura han invadido en alto grado nuestra
m oderna sociedad. Pocas, muy pocas son
las jóvenes que hoy ignoren las cualida­
des que poseen; envanécense con su her­
m osura, con sus encantos, y se m uestran
altivas y orgullosas, haciendo gala de sus
dones y ostentándolos como rica m ercan ­
cía en gran m ercado.
La ignorancia del propio m érito es el
origen de la m odestia y el m ás bello a tri­
buto de la m ujer.
La m adre que ame á sus hijas y desee
—* 47 *—
verlas felices, no debe hacerlas com pren­
der su herm osura, su s talentos, ni su s
cualidades especiales.
Este defecto, tiene, como todos, su raíz
en la infancia; desde muy pequeñitas se
enorgullece á las ñiflas; se las hace creer
que son bellas y se incomodan cuando se
las llama feas, siquiera sea en brom a.
Se las acostum bra á la lisonja, y cuan­
do escuchan la verdad les am arga; llegan
ú la juventud despojadas de esa aureola
brillante con que la verdadera m odestia
ciñe la frente de las ninas y con el atre­
vimiento que les presta su desenvoltura,
se lanzan á am orosos devaneos, olvidan­
do aquel antiguo adagio que «el buen p a ­
ño en el arca se vende» y con el descaro
en los ojos y el cinism o en el alm a m ani­
fiestan su deseo de casarse, el único anhelo
de su corazon, que es hallar un partido
ventajoso.
La juventud del sexo feo pulula en to r­
no de estas m ariposas de brillantes colo­
res, las conoce á prim era vista, porque
lee en el descaro de su s ojos, soy her­
m osa, y en el atrevim iento de su m irada,
me vendo á buen precio.
48 5*=—
Aquí entra la lucha; ellos se rien, las
siguen, las adulan, ponen en el cielo sus
gracias, su s inefables encantos. Se m ues­
tran apasionados, rendidos, m uertos de
am or. ¡Am antes de un dia! que liban el
jugo de la flor para deshojarla despues.
L as altivas bellezas que conocen el p re ­
cio de su herm osura, siem pre dicen: «yo
valgo m ucho más» y siguen im pávidas su
cam ino, lanzando sobre su s adoradores
desdeñosas m iradas que ellos reciben co­
mo o tras tantas .saetas, y heridos en su
am or propio no tarda el desprecio en aso­
m ar á su s labios.
¡Pobres m ujeres las que cifran su m éri­
to en la ficticia herm osura!... ¿Qué vale la
belleza com parada con las cualidades del
alma?
Oropel, falso oropel que deslum bra un
m om ento y en el fondo no es nada; no
tiene m ás valor que el de la prim era vis­
ta, agrada á los ojos, pero no habla á los
corazones.
E n cambio observad á la jóven verda­
deram ente m odesta que ha sido educada
por su noble y buena m adre.
¡Qué diferente conducta! ¡qué contraste!
—* <9 *—
el que forman la rosa y la violeta. A dm i­
rable com paración que la m ism a n a tu ra ­
leza nos presenta.
Lo herm osa niíla aprendió desde su ni­
ñez que la herm osura es hum o que des­
vanecen los huracanes de la vida, que no
tiene m ás valor que el que le presta el
gusto m ás ó m énos exagerado de los hom ­
bres, y como 110 cifra la felicidad en la
herm osura, no hace caso de ella y hasta
ignora la que posee.
Esto de por sí ya es un atractivo; no
conoce su s cualidades, v como no las
ostenta las deja b rillar con su propia luz,
con el verdadero encanto que les prestan
el pudor y la m odestia.
L as m adres deben cuidar, ante todo, que
sus hijas desde la niñez tengan una igno­
rancia completa de su propio m érito, que
se fijen en las cualidades del alm a como
las únicas que pueden d ar una dicha ver­
dadera, m irando como ficticio y tran si­
torio todo lo que halague solam ente los
sentidos.
Una nifia m odesta, piadosa v buena;
que con las lágrim as en los ojos practico
una buena obra de caridad, logra conmo-
4
-<* 50 *—
ver el alm a, hace asom ar el llanto y deja
en el corazon una ráfaga inextinguible de
sim patía y cariño. Se la am a por su vir­
tud, y el sentim iento que inspira es ver­
dadero, inm utable, eterno.
En cambio vem os ó una bellísima jó -
ven; es un portento de gracias, una belle­
za espléndida y soberana. ¡Qué herm osa
mujer! decim os. L a im presión que nos
causa es la adm iración, la so rp resa. Los
sentidos se alegran y hasta la razón suele
turbarse un m om ento; pero la herm osa
visión desaparece y sólo queda en nosotros
un recuerdo ligero de su beldad, que no
tarda en desvanecerse, porque no logró
penetrar en nuestra alm a; sólo halagó los
sentidos, y estos goces son falsos, no tie­
nen base im perecedera, como la tienen los
que proporciona la virtud.
Una niña descarada causa una repug­
nancia instintiva: una niña que baja los
ojos y se ruboriza al sentir sobre sí la
m irada de un hom bre es un encanto, por­
que dem uestra la inocencia de su alm a y
la ignorancia de su propio m érito. Desco­
noce los sentim ientos que inspira, y con
la turbación propia de su m odestia se re­
—< 51 fr—
coge en el velo de su pudoroso ru b o r, h u ­
yendo á la oscuridad, como la tím ida vio­
leta entre las verdes hojas que la cu­
bren.
Em pero de aquella oscuridad vuela á
sacarla el hom bre que ha sido herido por
sus fugitivos rayos.
No tiene en su retiro una expléndida cór­
te de adoradores; pero halla uno sólo que
la am a y la com prende. Conquista un co -
razon entusiasta que es todo suyo, vale
más su corazon sincero, que m illares de
pasajeros caprichos.
Aquel hom bre no la engaña, y se cons­
tituye en su apoyo, su defensor legítim o,
su único am igo; árbol que le presta som ­
bra en las tem pestades hum anas.
Las brillantes m ariposas de expléndi-
das galas hallaron m uchas sim patías en
su fugaz c a r r e r a ; pero no a rra s tra ro n
tras sí ningún corazon am ante, ningu­
na de esas afecciones grandes y p u ras
que inspira la verdadera virtud y la mo­
destia.
Les llega el otoño de la vida y entran
en el invierno de la vejez despojadas de
sus atractivos, con el corazon vacío por el
—* 52 *—
desengaño y el alm a herida por la soledad
y el abandono.
. S us gracias eran hum o que se desvane­
ció con el soplo del tiempo y envanecidas
con ellas no conservaron los encantos del
alm a, el cultivo de la buena yerba que
crece y fructifica siem pre, dando su s ricos
frutos en el invierno de la vida.
Form en las m adres el corazon de su s
hijas y habrán cum plido con su m isión en
la tierra; no basta d ar la vida, es necesa­
rio conservarla con la vigilancia y el cui-
' dado; es un deber sagrado d irigir á la tier­
na generación que está confiada á nuestra
experiencia y nuestro celo por el cam ino
de la rectitud, por el cam ino del bien.
La inocente c riatu ra que llega al m undo
con la alba pureza de los ángeles, no sabe
separar las espinas de las flores; no vé el
negro barro de los lodazales del m undo,
y deja m anchar su blanca vestidura, si la
m ujer á quien debe la vida no sabe guiarla
apartando los peligros de su paso, y en­
señándola á distinguir el oro verdadero
del falso, si su m ano experim entada no la
presta el necesario apoyo, presentando
ante los ojos de su inocencia el espejo de
53 ►—
la m odestia, que sin hacer alarde de su
mérito consigue a g ra d a r por su dulce per­
fume y obtiene la sim patía general y el
aplauso sincero de todos los corazones ge­
nerosos y sensibles, que siem pre buscan
el atractivo de la sencillez y de la escon­
dida m isteriosa virtud.
L as gracias que se ostentan, parece co­
mo que solicitan com pradores, y todo el
mundo tiene derecho á d udar si la m er­
cancía es falsa ó de origen sospechoso,
por que al m o strarse con tanto afan y con
tan poco recato, m anifiesta un deseo d es­
medido de se r adm irada y de poseer un
aprecio que ra ra vez se consigue con el
atrevim iento y la desenvoltura.
L a sencillez y la m odestia son los m ás
ricos dones que busca el hom bre en la
m ujer; el ruboroso pudor que á m anera
de celestial rocío baña su frente, es el
m ejor y el m ás bello adorno de las niñas,
eu aureola m ás brillante y la m ás rica jo ­
ya para la corona de su felicidad.
V I.

La Soberbia.

(La soberbia es un afun desor­


denado de sobreponerse á los
dem ás, una satisfacción intima
de las propias dotes con despre­
cio de Ihs ajenas.)

La soberbia es tina de las malas propie­


dades que más contribuyen á destruir en
los niños las buenas dotes; es un vicio
que nace en los corazones tiernos y crece
prodigiosamente como la mala yerba.
P ara destruir esa semilla infame es pre­
ciso cortarla de raíz, ó por mejor dicho no
debe dejársela brotar en el corazon de la
niñez. Casi todos los niños son soberbios
y altaneros; se encolerizan con frecuencia,
toman rabietas y no pueden sufrir las con-
—°0 55 ►—
trariedades, por que acostum brados á
hacer su gusto, quieren que todo se les
presente fácil y llano, y desean que los
extraños se sometan á su capricho. Estos
deseos y esta cólera infantil son los pri­
meros efectos de la soberbia, que asoma
su venenosa cabeza para enseñorearse des-
pues en el ánimo del adolescente y del
hombre formal, que no habiéndola adivi­
nado en un principio se deja avasallar por
ella.
Este cuidado, pues, debe ser uno de los
deberes más esenciales de la mujer ol en­
señar á sus hijos á dom inarse á sí mismos:
nadie mejor que una madre, con ese ins­
tinto sublime de que se halla dotada, pue­
de conocer \ cortar de raíz esa semilla
infame que dá tan malvados frutos, como
son la ingratitud, la envidia y el ódio, hijos
naturales de la soberbia.
Muy fácil es acostum brar á los niños á
la humildad, á la mansedumbre y á la
dulzura; de este modo se combate la so­
berbia haciéndoles contraer hábitos opues­
tos.
Veamos algunos ejemplos:
Un pequeñuelo que apénas ha dejado
-* 56
los andadores, se empeña en apoderarse
de un precioso juguete de China que vé
sobre una mesa.
—No puedes cogerle, hijo mió, que lo
romperás, y es de tu hermana, le dice su
madre.
—Yo lo quiero , contesta el niño con la
tenaz insistencia de la voluntad contra­
riada.
—¡Vaya, no puede ser! Déjalo y vénte,
dice la madre pugnando por arrancarle
de allí.
El niño, soberbio y enfurecido, se arroja
al suelo, patalea, se arranca los cabellos,
y grita de una manera espantosa.
—¡Jesús! ¡Qué genio tiene esta criatura!
No se le puede sufrir; ¡toma, toma el ju ­
góte! siquiera por no oírte daria yo toda la
casa, dice la madre, poniendo con torpe
complacencia el precioso juguete en manos
del niño, y satisfaciendo de ese modo su
empeño, que le dá derecho á ser otra vez
más exigente.
Instantáneamente se calma el furor del
soberbio pequeñuelo; pero como el con­
seguir su deseo le ha costado un disgusto,
toma ya el objeto con ira, y poco despues,
—<* 57 *>—
cuando se ha convencido de que está sa­
tisfecho su capricho, lo arroja al suelo,
destruyendo el juguete por completo y
mirando con risa burlona, los pedazos e s­
parcidos sobre el pavimento.
—¡Vés! ¡Qué lástima de juguete! dice
la madre; sino te le hubiera dado... la cul­
pa me la tengo yo; y ahora tendremos otro
disgusto con la niña cuando vea su jugue­
te roto.
Efectivamente, la niña llega, se encole­
riza contra su hermano, los dos se dis­
gustan, lloran y arm an un altercado que
los hace díscolos y pendencieros; poniendo
en conmocion á toda la familia, y dando
más alas al soberbio niño, á quien con­
templan todavía, por el temor de que se
ponga malo.
E stas prim eras complacencias son el
semillero de las discordias intestinas.
—Si no refrena V. los humos de ese ni­
ño les va á dar mucha guerra, dicen á la
madre.
—¡Bahl ¡si e stá n pequeño!... responde
ésta acariciándole, y como queriendo pro-
tejerle contra las antipatías que se ha
creado por su génio díscolo.
-<* 58 k -
Y esta madre estará muy satisfecha de
su conducta, y se figurará hacer á su hijo
un gran bien con su necio y mal enten­
dido cariño, sin comprender que su debi­
lidad, su falta de tacto, harán crecer la
soberbia en el corazon del niño, pero de
tal modo, que más tarde no pueda domi­
narla y le produzca sérios y muy graves
disgustos.
Siempre se escudan las madres con que
sus niños son pequeños, y no conocen
que cuanto más pequeños más fácil es in­
clinarlos á la bondad y á la paciencia.
No aconsejaría yo en el ejemplo anterior
la violencia y el castigo; todos los extre­
mos son malos, y este sería en extremo
perjudicial, porque el chocar hierro con
hierro no puedo producir ningún resul­
tado bueno; para estos casos está la
prudencia y el talento de la madre, que
sabe negar á su hijo el logro de un capri­
cho de una manera indirecta, empleando
medios suaves y persuasivos, aunque fir­
mes, para hacerle desistir de su propósi­
to, dándole precisamente lo contrario de
lo que desee, á fin de que se acostumbre
á no ver siempre logrado su gusto y á co­
—* 59 *—
nocer que domina la voluntad de otro so­
bre la suya.
Jam ás una madre debe ceder ante las
exigencias de sus niños; la inflexibilidad
de carácter debe ser una de las prim eras
cualidades; el conservar siempre su fir­
meza y su dignidad es un bien inmenso
que la dá prestigio y la hace respetar,
acostumbrándose los niños á no insistir
en las pretensiones cuando una vez les han
sido negadas.
Veamos otro ejemplo de soberbia y al­
tanería. Dos niños de diez á doce años
juegan á la pelota en la azotea de Iq casa
de uno de ellos.
Ambos han sido criados por sus ma­
dres con ese mimo y esa complacencia,
que hace brotar en los corazones tiernos
las malas semillas de la soberbia y la ira,
con todo su séquito de pasiones bastardas.
Empiezan por disputarse la posesion de
una pelota; los dos quieren tener derecho
á ella; riñen, se enfurecen, y llenos de có­
lera concluyen por golpearse, arrim ados
á la barandilla de la azotea. La soberbia
ciega generalmente, mucho más á los ni­
ños que ya son ciegos por sí, porque no
-< 60 * -
han abierto todavía sus ojos á la luz de
la razón; no saben lo que se hacen, y en
medio de la lucha, el mayor, que tiene
más fuerza, deja caer sin saber cómo, al
pequeño desde la azotea á la calle. Al
verle caer se aterra ante su propia obra,
huye á esconderse en un rincón de la casa
temeroso del castigo que le espera, hasta
que la Justicia y los padres de la víctima
entran a dar cuenta de lo ocurrido y en
averiguación del hecho, y le sacan del
escondite, turbada su débil razón por
aquel golpe funesto, y convertido en un
idiota que rie estúpidamente ante el cadá­
ver del niño que precipitó desde lo alto, y
á quien no reconoce.
¡Qué inmensa desgracia!... ¡Qué horri­
ble dolor no debe ser este para los padres
que no lian sabido refrenar en sus hijos
el espíritu de altanería, que les hace creer
superiores á todos, y que les acostum bra
á ensalzarse á sí propios en desprecio de
los demás, creyendo siempre que el me­
jor derecho es el suyo!..
Hé aquí las consecuencias de no ense­
ñarlos á dominarse: desgracias de esta
naturaleza hay muchas: mil ejemplos pu­
—«# 01 fr—
diéramos citar que se ofrecen diariamen­
te á nuestra vista. Empero por no hacer
interminable este artículo, vamos á con­
cluirle citando un hecho que presenciamos
hace algunos años.
Una señorita hermosa y elegante, pero
muy mal educada y pobre, encontró un
partido ventajosísimo, concertándose en
poco tiempo su casamiento con un opu­
lento capitalista, que, enamorado fuerte­
mente de su belleza, la creía un ángel, á
juzgar por la dulzura de su rostro.
El mismo dia en que iba á efectuarse la
boda, llegó el novio, preparado ya para la
ceremonia, los convidados esperaban en
el salon, todo estaba dispuesto, y la no­
via no parecía. Deseoso de inquirir la cau­
sa de aquella tardanza, entró el novio en
las habitaciones interiores y ni llegar al
tocador se encontró á la m adre de la no­
via desolada y llorando, que le dijo con
angustia:
—¡Ay! ¡Entre V. por Dios á ver si pue­
de V. calmar a esa criatura, que se ha
entregado á un acceso de furor horrible
por yo no sé que tontería.
El jóven entró, y vió que su futura re-
- * 02 ►—
ñio fuertenieiile y golpeaba sin considera­
ción á una pobre criada que había tenido
la torpeza de mancharla el vestido de
boda.
Las descompuestas frases de la novia y
su iracundo rostro, en el que se pintaba
la cólera, aterraron al jóven, que vió des­
vanecida en un momento toda la ilusión
que sentía por ella.
—Señorita, la dijo con calma, no es es­
ta ocasion oportuna de dar vuelo á esa
soberbia desenfrenada que debe albergar­
se en su pecho, cuando esperan los con­
vidados, y cuando está dispuesto el altar.
—¡Oh! esto es insoportable, y también
V. me acrim ina... ¡Pues no me caso! dijo
la jóven dejándose llevar de la ira, y cre­
yendo que el enamorado jóven se arrojaría
á sus piés para suplicarla; pero él, que
súbitamente habia cambiado de parecer,
contestó tomando el sombrero:
—Aplaudo, señorita, esa resolución,
porque no me sería grato dar á mis hijos
una madre que Ies llevara en dote la so­
berbia.
Diciendo esto, salió de la casa para no
volver más, dejando a toda la familia
—4, 63 *>—
atribulada y on el compromiso consiguien­
te á un caso tan raro como impensado.
La jóven perdió por su mala educación
y por no saber refrenar los ímpetus de su
mal carácter, un marido que hubiera he­
cho su felicidad, habiéndose divulgado la
aventura, que dificultó su enlace con otro;
nadie ha vuelto á pretenderla, y ó conse­
cuencia de esto se ha hecho su génio to­
davía más díscolo y ágrio que ántes era.
Su pobre m adre sufre los efectos de su
mal sistema, recogiendo los frutos enve­
nenados de la complacencia perjudicial
que se tiene con los hijos, y los no ménos
perniciosos de la soberbia, que transform a
las criaturas en víboras abominables,
cuando podrían ser ángeles de am or y de
bondad, y convierten en un infierno el
hogar doméstico, que hubiera podido ser
un paraíso.
vil.
El trabajo.

(El trabojo de In mujer es­


como el grano de trigo qur
recoge lo horm iga laborioso.) -

La ociosidad es la madre de lodos los


vicios; el trabajo es la fuente de la pros­
peridad. Todas las personas de corazou
recto y alma elevada comprenderán la irre­
futable verdad que encierran estas máximas
y no podrán ménos de acatarlas, haciendo
que sus hijos las acaten también, rindiendo
entusiasta culto al santo trabajo, que es
una de las virtudes más imperecederas.
Sobre todo el trabajo de la mujer, aun­
que parece pequeño y pocco productivo
comparado con el del hombre, es alta
mente benéfico en el hogar de la familia,
- 4 65 * -
porque la mujer trabajadora y laboriosa,
á semejanza de la hormiga, recoge grano
por grano hasta conseguir llenar el g ra­
nero á fuerza de perseverancia y asidui­
dad.
Es necesario acostum brar á las niñas
desde sus primeros años á estar siempre
ocupadas, preparándolas al trabajo según
su edad y según sus facultades. Las m u­
ñecas han de ser su ocupacion favorita,
pues empiezan por aprender con ellas el
mecanismo de una casa y las necesidades
de una familia.
Acostúmbreselas despues á emprender
labores útiles, de m anera que al term inar
su bordado ó una pieza de costura, en­
cuentren la ventaja de haberlo emprendido
y vuelvan con redoblado atan a comenzar
otro nuevo. Así am arán el trabajo, com­
prendiendo sus beneficios, y nadie puede
conseguir mejor esa victoria que la madre
sobre sus hijos. Ella con el ejemplo impo­
ne el precepto, procurando que jam ás la
vean sus niños en perjudicial ociosidad.
Una señora, por elevada que sea su
posicion, no debe desperdiciar el tiempo;
consagre sus horas á un trabajo útil y co-
5
medido, que si al pronto no le reporta be­
neficio, quién sabe si algún dia hallará la
recompensa de su abnegación! Deben
siempre cultivar con perseverancia cual­
quiera de sus inclinaciones que se mani­
fiesten hácia determinados trabajos; unas
m iran con predilección la música, otras
los idiomas, otras la pintura, otras gus­
tan de ocupaciones más mecánicas, pero
todas útiles y buenas, porque desarrollan
en la mujer el instinto de la conveniencia
y del bienestar, y es muy esencial que sé-
riamente hagan de aquella inclinación un
hábito constante, aprendiendo con perfecta
maestría aquello á que se dediquen por
afición ó por gusto, y sobre darles gran
prestigio, puede, si un dia la fortuna les
fuese contraria, servir para proporcionar­
se una subsistencia honrosa.
Nada cuesta el aprender un arte ó una
industria, mucho ménos cuando se hace
por gusto, y al aprenderle sólo se reciben
plácemes y felicitaciones.
Los padres no pueden asegurar á sus
hijos una fortuna por muchas riquezas
que posean, porque los bienes de la tierra
son perecederos, y torres bien altas he-
—* 67 no­
nios visto derrum barse como castillos de
naipes: pero pueden asegurarles una edu­
cación y una industria, que es la mejor
riqueza, las virtudes y el talento son la
mejor herencia. Dejen, pues, los padres á
los hijos talentos y virtudes, y les será
ménos penosa su orfandad.
Conozco dos señoritas que habiendo
ocupado una posicion brillante, quedaron
reducidas, no ha mucho , ó la mayor
miseria, por el fallecimiento de su padre,
que si bien no las dejó bienes de fortuna,
las dejó una educación tan distinguida,
que hoy por sí mism as atienden á las ne­
cesidades de su casa y á la manutención
de su anciana y enferma madre. La m a­
yor, excelente profesora de piano y de
canto, ha llegado á reunir tantas leccio­
nes, que apénas tiene tiempo para desem­
peñarlas, y la más pequeña, haciendo pre­
ciosas traduciones del inglés y del francés,
adquire no pequeñas sum as, que con el
orgullo de la virtud satisfecha, deposita
igualmente que su hermana en manos de
su anciana madre, que las abraza lloran­
do y bendice la sólida educación que las
dió y que hoy $s el único recurso con que
cuentan para sostenerse.
68 «—
Las que sólo quieren que sus hijas
aprendan las ocupaciones mecánicas de la
casa, no les dejan más patrimonio que el
de una criada, y si su desgracia hace que
lleguen á la miseria, es bien triste recurso
el tener que sujetarse á la servidumbre,
teniendo capacidad para otra cosa.
Por eso toda madre que quiera el bien
de sus hijas, debe, además de las labores
domésticas, hacerlas aprender según su
disposición un arte ó una ciencia, que al
enriquecer su entendimiento las haga su­
periores á los séres que la ignorancia ó
una fatal preocupación dejan en las tinie­
blas, sin más luz que la de su buen senti­
do, y que por desgracia están destinados
á formar parte de esa inmensa masa d e#
gentes que llamamos vulgo.
Cuanto más elevada sea su educación,
cuanto más se esclarezcan estas tinieblas,
más irá disminuyendo el numero de ese
vulgo ignorante; la ilustración se propaga,
y al elevarse la mujer á sí misma, ensan­
cha los horizontes de su mezquina condi­
ción, se engrandece y engrandece á sus
propios hijos.
Y no es que el trabajo haya de hacerla
—«· 69 fr—
independiente: el trabajo es una cadena
que la sujeta más y más al hogar de la
familia. Si se aficiona y encuentra recom­
pensados sus afanes, se la verá solícita y
cuidadosa ensanchando el círculo de sus
tareas, y agarrada á la cruz, que por edu­
cación y por hábito ha llegado á ser un
peso necesario en la balanza de su vida.
La que desde nina se acostumbra á es­
tar constantemente ocupada, detesta por
instinto la ociosidad, y sus pensamientos
siempre son dignos y decorosos, sus ideas
nobles, su corazon generoso y su conver­
sación sensata y agradable. No sucede lo
propio con la que se ha educado en la
ociosidad y la holgazanería; como nada
útil sabe hacer, como en nada se ocupa, y
el espíritu humano, y sobre todo el de la
mujer, necesita pasto y pasto abundante,
se acoge á la murmuración y á las diver­
siones, no hallándose nunca bien en su
casa y buscando fuera de ella el objeto
obligado que ha de servir para su entre­
tenimiento.
¿Qué puede esperarse de esa frivolidad
de costumbres? Nada bueno. Hé aquí por­
que es muy necesario acostum brar á la
-* 70 * -
m ujer desde su niñez á un trabajo útil y
agradable, trabajo de inmediatos resulta­
dos, que al hacerse grato á la persona que
lo toma por recreo, le sea conveniente
también si algún dia le tiene que rendir
sus beneficios.
Hace pocas noches vimos á una señora
anciana ocupada en hacer hilas.
¿Por qué trabaja V. tanto? la dijimos.
—E s ya en mí una costumbre el estar
ocupada, y como por mis achaques y mi
edad he perdido el gusto para otros tra­
bajos, me entretengo en hacer hilas y las
mando todos los meses al hospital y á las
casas de socorro, donde indudablemente
son bien recibidas.
La noble contestación de la anciana se­
ñora no pudo ménos de conmovernos,
mucho más, porque no sólo ganaban los
enfermos con su trabajo, sino la familia,
que imitaba su ejemplo, y se veía siempre
rodeada de sus hijas, de sus nietas y de
varias amigas que á su semejanza se ocu­
paban cada una en diferente labor.
El trabajo es una ley que nos dá la P ro­
videncia, y lo mismo el niño, la mujer y
el hombre, tienen que acatar esta ley por­
—<4E71 fr—
que es una necesidad el acatarla. Ella
constituye la duración de las familias, la
perpetuidad de las razas; dá la fuerza, la
propiedad y la salud. El ejercicio del cuer­
po y del espíritu es necesario; el primero
para regularizar las funciones físicas, el
segundo para levantar la inteligencia al
más alto grado de perfección, para des­
pertar los entendimientos que duermen ó
que permanecen embotados, hasta que un
trabajo constante acaba por desarrollarlos
en toda su plenitud.
La mujer que cultiva su espíritu y que
le enriquece con útiles y profundos cono­
cimientos, tiene mucho adelantado sobre
las demás, porque se sobrepone á la ig­
norancia y á las preocupaciones, y fuerte
con la conciencia de su deber y con el do­
minio que su inteligencia la concede, pue­
de alcanzar en los arcanos de la natura­
leza y bajo las inspiraciones de la Reli­
gión, la propia luz que necesite para
guiarse y para guiar á sus hijos por el
camino de la virtud y de la sana razón.
La ociosidad conduce á las tinieblas y
hace de las criaturas abyectos y m isera­
bles séres; el trabajo, constante, regulari-
72 la­
zado, metódico, las eleva, prestándoles
independencia, fortaleza y vigor.
Acatemos, pues, esa ley santa que obli­
gó al hombre á ganar el pan con el sudor
de su frente; Dios, al darnos un mundo y
una naturaleza espléndida y rica, nos dice:
«Trabaja, cultiva la tierra que te doy para
tu sustento y recreo.» Y la criatura obe­
dece á su Criador, prodigando los tesoros
de su inteligencia y de su celo en el vas­
to campo de la cultura y de la civiliza­
ción.
V III.

La envidia.

(La envidia es un veneno


corrosivo que hace de la
criatura una víbora m alig­
na y despreciable.)

Este defecto}'cruel, que] se presenta en


los nifios ántes que ningún otro, es el que
más pronto corrompe los buenos instintos,
pervierte el corazon y marca su nefanda
huella en el rostro de la criatura.
Cuando veáis una fisonomía inexpresi­
va, sarcástica, unas mejillas prominentes
y angulosas, unos ojos de m irada recelo­
sa y viva, y de color por lo]general azula-
—4 74 fr—
do claro, allí está la envidia. Instantá­
neamente marca su sello poderoso en el
rostro de la persona cuyo corazon domi­
na. La envidia se revela siempre, como
el sol que áun velado entre nubes ceni­
cientas alumbra y manda ú la tierra su
benéfico rayo, así la envidia envia á los
mortales el rayo de su intemperancia y de
su ira, envuelto por lo general en el dar­
do venenoso de la calumnia. Se apodera
del corazon y reina en absoluto, seguida
por un séquito de pasiones ruines, mise­
rables y bastardas. Aleja con mano fuerte
todas las cualidades buenas y queda sola
cuando ha llegado al apogeo de su domi-
nio, para hacer del sér desdichado que la
posee un ente abyecto, ridiculo y despre­
ciable.
Sus impresiones son fatales, pues don­
de otros encuentran herm osura, ella vé
fealdad; donde otros hallan bondad, ella vé
hipocresía; á la modestia llama vanidad
calculada; al ingenio, destellos pasajeros
de una imaginación viva; ü la elegancia,
vanidoso alarde de orgullo; por último,
cuando todos se m uestran, ella se esconde;
cuando todos hablan, ella calla.
- * 75 *—
Tal es la envidia. Negro borron que
imprime la mano de Satanás en el inocen­
te corazon del niño.
Madres previsoras, madres amantes de
vuestros hijos, bienhechoras de la huma­
nidad, unios á mí, levantad la voz con la
mia, y acudamos á cortar en la niñez ese
perverso instinto; acudamos á borrar ese
sello de reprobación ántes que se marque,
éntes que adqunra preponderancia, ántes
que forme alianza con el orgullo y cegando
la inteligencia se apodere per completo del
alma, matando los buenos instintos y des­
truyendo la preciosa semilla de la bondad»
los ricos gérmenes del bien, de la inocen­
cia y del candor, que son el patrimonio
exclusivo de la niñez, ántes de sentir el
aguijón venenoso de la nefanda envidia.
Cuando un niño se ha hecho envidioso
le vemos huraño, macilento y triste; co­
dicia todo lo que no tiene, y siempre en­
cuentra en los demás alguna cosa que ad­
mirar, disgustándole cuantos objetos son
de su propiedad. Esta ansiedad continua
le hace estar en perpétua lucha con sus
propios instintos, y nunca puede ser feliz,
porque á medida que avanza en la carrera
—4 7G p—
de la vida, crecen los impulsos de su sa­
tánica predisposición; llega á ser una des­
gracia inmensa; se apodera de los sen­
tidos hasta destruir por completo los
gérmenes de la inteligencia y de la virtud.
Digo de la inteligencia porque el fatal an­
helo de codiciar todo lo ageno embota el
entendimiento, por brillante, por lumino­
so que sea. Ningún talento claro y despe­
jado puede sospechar ni remotamente que
haya en su misma clase ó profesion quien
le haga sombra, cada uno brilla con su luz
propia; cada uno tiene su distintivo, su ca­
rácter especial que le distingue de los de­
más, y todos caben en la humana esfera
sin que amengüe el valor de los unos, la
elevación de los otros.
Esto no pueden conocerlo los envidio­
sos; se creen oscurecidos, humillados,
cuando otros sobresalen en su presencia,
declarándoles i por este sólo motivo un
ódio mortal, y empleando para rebajar el
mérito ageno que los mortifica, el arm a in­
fame de la calumnia.
La mujer envidiosa no puede reprim ir la
viveza de su sentimiento y descubre su
flaco inmediatamente. Quisiera ser sola en
-* 77 fr­
eí mundo, y declara guerra á muerte á
toda la que valga m ás que ella, haciéndose
por este motivo tan odiosa y tan antipáti­
ca, que ni en su misma familia encuentra
afecto y simpatía.
Y en verdad que no debe haber criatu­
ras más desgraciadas en la tierra: ellas no
hallan instante completo de satisfacción, y
no pasa dia sin que sientan la mordedura
venenosa del áspid que las roe las entra­
ñas. La dicha agena las dá celos; el en­
grandecimiento de sus am igas las exaspe­
ra, y los elogios que oyen tributar á los
extraños las pone de un humor insoporta­
ble. Esta es su vida.
Para ejemplo de lo anteriormente ex­
puesto, vamos a presentar un tipo copiado
al azar de los muchos en que abunda la
sociedad.
Era una elegante señora, rica, bastante
bella y dotada de un talento nada común;
poseia una instrucción vasta y multitud de
conocimientos puramente de adorno, m er­
ced á los cuales conseguía brillar en los
salones de buen tono, siendo uno de sus
principales ornamentos. Hacia muy poco
tiempo que se hallaba en Madrid cuando
-* 78 fr­
ía conocí: vino ó la córte casada con un
hombre muy rico, que adoraba en ella y
sea por cariño ó por debilidad de carácter,
consentía en todos los impertinentes ca­
prichos de su envidiosa mitad.
Empezó mi buena señora por acudir á
las sociedades, Arolviendo á casa cada no­
che atacada de una convulsión nerviosa.
—¡Oh! esto es insoportable, decia, arro­
jando sus ricas galas con iracundo enojo:
¿Tú viste que insolente se presentó la
marquesa de C... desafiando á todas con
la luz de los infinitos brillantes de que iba
cubierto? Yo tuve que esconderme, pues
mi pobre aderezo de perlas al lado del su­
yo me oscurecía completamente, y á mí
no me gusta hacer un papel desairado. Te
aseguro que no volveré á su casa, y si
vuelvo será llevando datos ciertísimos de
su borrascosa vida, para hacerlos correr
y que sea el ludibrio de cuantos van allí
para ser insultados por su escandaloso
lujo.
—H arás mal, la contesta su pacientísi-
mo marido; la marquesa es una señora de
la primera aristocracia y debe presentarse
como quien es, m ientras que tú no posees
ni la décima parte de sus rentas, y no de­
bes por ningún concepto pretender igua­
larte á ella.
—Pero me humilla, y yo valgo más,
porque mi vida no está manchada como la
suya, y no lo sufriré: te prometo que la he
de poner en ridículo, dice la esposa, des­
trozándose con furia los cabellos y cor­
riendo á encerrarse en su cuarto para
meditar sobre su idea de desacreditar á la
marquesa.
Efectivamente; llega otro dia de recep­
ción, la invitan creyéndola una señora
digna y decorosa, y se presenta con el
veneno en el corazon y Ja ironía en los
labios. Empieza su plan de ataque, m or­
diendo sin piedad en su reputación á la
pobre marquesa, que se esfuerza en obse­
quiarla recibiéndola en su casa con la más
exquisita finura; pero llegan estos calum­
nias á sus oídos y dá órden para que ja ­
más se vuelva á recibir en sus salones á
aquella mujerzuela. Con este motivo le
quedan cerradas las puertas de la aristo­
cracia, porque la m arquesa cuenta á sus
amigas lo ocurrido, cunde la voz, y en
todas partes la rechazan, quedando sola
—<· 80 ►—
y aislada con la carcoma de su envidia.
En tal estado la toma con su marido,
creyendo que la desprecian porque no es
bastante rica para alternar con las seño­
ras, y el infeliz se esfuerza en vano por
convencerla de que ha sido la causa su mola
costumbre de no hablar bien de nadie; cos­
tumbre que no puede reprim ir, pues una
mala lengua es un torrente que se sale de
madre, y lo atropella todo, sin atender t'i
las consideraciones que deben guardarse
en sociedad.
Ella no lo conoce. La envidia, ya hemos
dicho que ciega el entendimiento más des­
pejado. En tal caso no la queda otro par­
tido á ella, que quiere brillar y lucir sus
encantos, que pretender la inviten en las
reuniones de la clase media, donde se pre­
senta queriendo sobreponerse á todas, y
como dispensando con su asistencia una
gran honra á la sociedad que la admite en
su seno; mas como la educación, el mérito
verdadero y la modestia son los que im­
peran en todas partes, eclipsando á los
riquezas y á la altanería, no tarda en ha­
llarse mortificada por la envidia, encon­
trando motivos de censura y empezando á
81
manejar á diestro y siniestro su lengua
de víbora, hasta que conociendo el mal
que la aqueja, es arrojada ignominiosa­
mente de los salones de la clase media,
como lo filé de la aristocracia.
En este último apuro pretende recibir
en su casa, y al efecto gasta fuertes sum as
arruinando á su pobre marido: con objeto
de dar á sus recepciones toda la esplendi­
dez necesaria. Invita á las señoras que ha
conocido en sociedad, pero acuden pocas,
porque ha perdido su prestigio y nadie la
guarda las consideraciones debidas á una
señora de su clase. De estas van deser­
tando paulatinamente así que la tratan, y
queda reducida su sociedad á hombres
solos.
—¡Oh! las mujeres son insoportables,
exclama; ¡quien pudiera ser hombre!
Así concluye por renegar de su sexo la
que en todas partes fué dejando el veneno
de su envidia, recibiendo en cambio el
desprecio y la antipatía general. Vive ais­
lada el resto de sus dias, sin considera­
ciones, sin aprecio, siendo el tormento de
sus familias, y causándose á sí propias la
desgracia, porque todo lo ven con los co­
—cft 84 i-—
lores del prisma que las envuelve, y en vez
de hallar risueños y puros placeres sólo
ven en torno suyo tétricos desengaños y
falsos amigos que huyen apenas preten­
den poner á prueba su amistad.
La vida del envidioso es un tormento,
porque no tiene enmienda; solamente con­
sigue con el tiempo disfrazar su maquia­
velismo, aprendiendo á herir mejor y con
dardo más seguro·
Hé aquí demostrados los efectos de esa
pasión bastarda, en un ejemplo, cuando
pudieran citarse mil; pero basta para que
las madres de familia comprendan toda
la importancia de su misión sobre la
tierra, basta y sobra para que las almas
sensatas y elevadas pretendan, con todas
las fuerzas de su alma, desarraigar en la
niñez esa mala semilla que ha de turbar
la paz de sus hijos, haciendo sobremane­
ra desgraciados á estos caros pedazos de
sus entrañas. Con un poco de atención en
los primeros años se corrijen este y otros
defectos, según llevo demostrado en los
anteriores capítulos. La religión es la ba­
se de la vida moral; la educación es la
base de la vida social. Inculqúense en la
—H 83
niñez ambos principios: háganse respetar
sus preceptos, y las madres habrán con­
seguido un gran triunfo sobre el génio
del mal, que se cierne en torno de nuestra
humana y flaca naturaleza.
IX.

La ciencia doméstica.

(La economía es la ciencia do­


m éstica que, en m anos de la mu.
je r laborioso, m ultiplica el haber
de las familias; el órden su mejor
auxiliar; el lujo el refinamiento
del gusto y de lo supérfluo en su
m ás alto grado.)

El trabajo, la economía y el órden, hé


aquí tres agentes preciosos para la pros­
peridad de las familias; tres virtudes do­
mésticas que entronizadas en el hogar por
la mujer laboriosa, no tardan en su rtir
sus admirables efectos, produciendo ópi-
mos frutos: son tres elementos que pueden
sacar una casa á seguro puerto.
Trabajo, econom ía, estos deben ser los
lemas de la familia, el lema del hogar, la
-« 85 * -

bandera sacrosanta que debiera ser enar-


bolada por todas las m adres.
Atiéndase á lo necesario, deséchese lo
supérfluo y nivélense los gastos con los
ingresos, quitando de la mente la ridicula
vanidad que hace querer siempre igualar­
nos á nuestros superiores.
Ese afan de sobrepujar al que vemos
delante es la ruina de las fortunas más
altas; entra en lucha el am or propio; llega
tras él la vanidad mezquina, que ciega la
razón y aparece en su consecuencia el es­
candaloso lujo, que arrastra á las criatu­
ras, á las familias y á las naciones á un
tenebroso abismo.
¿Por qué un humilde criado se ha de
vestir como su sefior? ¿Por qué un propie­
tario medianamente acomodado ha de que­
rer igualarse ti un opulento marqués?
Las hijas de un menestral, las de un
pobre empleado y las de una duquesa, se
confunden en un paseo sin poderlas distin­
guir, por la igualdad de sus trajes. Y las
prim eras se presentan con mucho orgullo,
satisfechas de que á costa de un sacrificio,
quizá enorme, han conseguido satisfacer
por un momento la sed de lujo que devo­
ra su alma.
—«f 86 i»—
Y esta sed es hidrópica; esta sed no se
calma jam ás, crece cada dia y se hace de
minuto en minuto más exigente, más im­
periosa, extendiéndose en derredor como si
fuera un contagio pernicioso. Y en efecto
es así, devora caudales, devora el pan del
inocente, destruye el reposo d é la anciana
y mancilla la honra de las familias.
¿Y qué hacer? dicen algunos, con las ne­
cesidades del siglo; ¿quién se opone á es­
te torrente? La moral, la conveniencia y
el buen sentido debieran oponerse, con-
trarestando á ese funesto ídolo que poco á
poco va entronizándose, consiguiendo aca­
so ser muy pronto absoluto, el único rey
del universo.
El lujo, la moda, ídolos falsos que ha
divinizado la vanidad en las costum bres
modernas. Una señora no puede presen­
tarse modestamente vestida al lado de
otra que ostente un rico traje: ¡qué hum i­
llación! diría la primera, sintiendo la lla­
marada del orgullo que enciende su rostro^
sin ocurrírsele pensar que nadie critica á
la modestia, y todos motejan el infundado
lujo que se lleva sin tener para ello. Cada
persona, sin salirse de su esfera, debe
- 4 87
arreglarse á su posicion, y no ha de aver­
gonzarse de llevar lana cuando sus recu r­
sos no la permitan gastar seda, que nadie
por esto dejará de apreciarla si es digna
de aprecio: si merece la estimación, se la
estimará sin reparar en su modesto ata­
vío.
Algo más desagradable es el alarde de
orgullo que conduce á la ruina y al des­
crédito; más desprecio merece la necia va­
nidad que funda su mérito en un blasón ó
en un pedazo de terciopelo.
Aunque en todas partes se va propagan­
do este fatal contagio, en la córte se ven
con más exageración los efectos deplora­
bles del lujo.
No es nuevo ver un asqueroso girón cu-
bierto con un encaje: las apariencias lo son
todo: atiéndese á la superficie y se descui­
da el fondo: como si esa superficie no des­
apareciese casi siempre dejando ver la
fealdad que cubre. Entonces el ridículo
más completo cae sobre los falsos orope­
les, anonadando á la pobre criatura vícti­
ma de las fatales costumbres del siglo.
Combato el lujo porque me duele su des-
órden , porque comprendo su desvarío,
—4 88
áuii abrigando el temor de que mi voz y
mis reflexiones se pierdan como un grano
de arena en el inmenso Océano. El mal
es ya demasiado grande, demasiado gene­
ral para ponerle remedio; es una especie
de fiebre que alcanza al grande y al peque­
ño, al fuerte y al débil; sin embargo no
serán del todo inútiles mis esfuerzos, si
consigo que las madres de familia, á las
que van dirigidos estos párrafos, atiendan
mis reflexiones y me ayuden á destruir en
la naciente generación ese afan de sobre­
salir, de distinguirse por las cosas fútiles
y superficiales; ese orgullo sin base que se
funda únicamente en las apariencias, en
el prisma engañoso de una ficción ilu­
soria.
Infundan en sus pequeñuelos la creencia
de su verdadera posicion, y háganles con­
traer hábitos conformes con el estado de
su fortuna. De otra manera se acostumbran
á vivir en una esfera más ancha de la que
las facultades permiten, y llega un dia en
que la necesidad hace descender del terre­
no propio, y entonces aquella esfera pare­
ce mezquina, y 110 hallándose á gusto se
apela á toda clase de medios, por repro-
89 li­
bados que sean, para realizar torpes aspi­
raciones.
La madre experimentada y diestra en la
ciencia de saber vivir, debe ántes de en­
tregar su hija al yugo del himeneo, ense­
narle prácticamente á conocer las reglas
necesarias en el gobierno de una casa.
Escuchemos los consejos de una señora
á su hija recien casada.
Son las doce de la mañana, la joven
duerme todavía; el esposa ha salido.
—Hija mia, dice la madre penetrando
en la alcoba nupcial, el ama de casa debe
levantarse la primera, si quiere conservar
el ordenen la suya. Cuando la cabezafalta,
el desarreglo es inmediato.
—Pero mamá, si mi esposo me dice que
no me levante porque hace frió... dice la
joven saltando de la cama.
—Durante la luna de miel, los hombres
ven con gusto que sus esposas permanez­
can en la ociosidad y la pereza, porque no
conocen todavía la necesidad de un orden
regulador que establezca en la familia la
conveniencia y el bienestar. Si tú te acos­
tumbras á dormir miéntras debías dar ó r­
denes y vigilar á tus criados, llegará un
—< 90 ►—
día en que tu marido deplore el descuido
que ocasiona el desórden consiguiente en
una casa donde duerme la cabeza princi­
pal; entónces se hará visible su disgusto
y sufrirás una reconvención, que puedes
evitar anticipándote á cumplir con los de­
beres que el matrimonio te impone. Le­
vántate, pues, y ven conmigo.
Es ley obedecer al superior; la nueva
ama de casa se levanta y sigue á su m a­
dre.
Entran en el tocador.
Los arm arios están abiertos, las ropas
esparcidos por los muebles y cubiertas de
polvo, las alhjas fuera de los estuches y
caidas algunas por el suelo, otras en el
tocador entre las pomadas y los jabones
que las manchan y ennegrecen.
—¿Ves que desarreglo, dice la madre; tu
doncella en lugar de entrar temprano á
colocar cada cosa en su sitio, está en con­
versación con el ayuda de cámara, y ni
uno ni otro cumplen con su deber, por
que saben que nadie les vigila ni les marca
su deber.
En medio de este desórden, cuando to­
do está tirado por el suelo, es muy fácil
—« 91 —
que se pierda hoy una joya, y mañana otra,
ó bien se llene de manchas un rico vestido,
y sumando en fin de año el valor de estas
pérdidas, ascenderá á una cantidad enor­
me, que faltará mañana en el capital de
tus hijos.
—Es verdad, mamá, no lo habia previsto,
dice la joven. En adelante cuidaré de co­
locar yo misma cada cosa en su lugar, se­
gún mi doncella me las vaya presentando
limpias y arregladas.
—Esa es la primera obligación; luego
marcar las relativas á ca'da criado, no
consintiendo jam ás en que alteren las ho­
ras y el método que les designes á su ca­
pricho ó por conveniencia propia. Debes
tratar á todos con dulzura, pero con ver­
dadera dignidad; un carácter firme que no
transijo con la falta de cumplimiento en
sus inferiores, inspira respeto y consigue
con poco esfuerzo una obediencia cum­
plida.
Desde el tocador pasan á las demás de­
pendencias de la casa, hallando en todas
igual abandono: el comedor se ha conver­
tido en cuartel general de los criados, que
allí forman tertulia, tomando por asalto
-41 92 fr­
íos aparadores y los arm arios, que ofre­
cen á su voracidad ricas viandas, exqui­
sitos dulces, pastas y botellas en abun­
dancia.
—Pronto estará todo en órden, mamá;
descuida, dijo entonces la hija; esto me
servirá de lección.
En efecto, la recien casada empieza, bajo
la dirección de su madre, por aprender el
arte de saber vivir, el manejo de la casa
y los medios de economizar tiempo y dine­
ro, regularizando los trabajos, y señalan­
do á cada ocupacion horas fijas y exactas.
Lleva una cuenta minuciosa y regulariza­
da de todos los gastos de la casa, procu­
rando siempre tener por mayor los artícu­
los de primera necesidad; en fin de cada
mes hace un balanco de cuentas, y exa­
mina los gastos que han sido infructuosos
para evitarlos en el siguiente: destierra
todo lo supérfluo y conserva únicamente lo
necesario, esmerándose en renovar las ro­
pas y adornos, variándoles las formas pa­
ra que duren más tiempo. Así, de los fon­
dos que el marido le entrega para gastos
de tocador, conserva algunos ahorros que
utiliza admirablemente en situaciones apu-
—< 93 ►

radas, que tarde ó temprano siempre se
dejan sentir en las familias por elevadas
que sean.
No se limitan los consejos de la m adre
á la ciencia doméstica; también enseña ó
la inexperta jóven el modo de conducirse
en sociedad, que se reduce á un estudio
profundo de finura y cortesanía. Es nece­
sario tratar á las personas según su cate­
goría y su carácter, teniendo un fondo ina­
gotable de indulgencia para con los demás
y una severa rigidez para con nosotros
mismos. Todos tenemos debilidades y
preocupaciones; unas y otras están ocultas
á nuestra vista, porque nadie conoce sus
defectos; de aquí proviene el que nos am ar­
gue la verdad, el que nos hiera la fran­
queza de un amigo que nos echa en ro s­
tro cualquiera impertinencia que nos he­
mos permitido. En estos casos es necesa­
ria la tolerancia y la bondad: debemos
transigir con las debilidades de los otros
para que transijan con las nuestras.
Los ancianos y los sacerdotes merecen
toda nuestra atención, toda nuestra vene­
ración; los niños nuestro tierno afecto; los
pobres nuestra caridad, donativos adecua­
dos á nuestras facultades.
—s 94 *>-
Jam ás una señora de buenos sentimien­
tos’ debe despertar la envidia en sus ami­
gas ó conocidas: procure captarse el cariño
de todas siendo atenta con ellas, procu­
rando siempre complacerlas, prestándolas
el apoyo y protección que necesiten.
En una palabra, la mujer para ser res­
petada y estimada, debe ser en sociedad
amable, atenta y respetuosa; para con su
familia, complaciente, cariñosa y buena.
E l cumplimiento de su deber será la nor­
ma de su conducta, y si consigue á las
virtudes del alma unir los frutos de la in­
teligencia, será una m ujer perfecta, amada
y admirada generalmente por propios y
extraños.

FIN.
ADICION.

x.

La frivolidad.

Uno de los defectos que más desconcep­


túan á la m ujeres sin duda alguna la frivo­
lidad; vamos á ocuparnos ligeramente de
esta mala cualidad, más bien de carácter
quede sentimiento, tan extendida en nues­
tra sociedad, y que ataca por lo general á
las mujeres que han recibido una educa­
ción ligera y superficial.
Según el diccionario, lo frívolo es una
«cosa de poca monta, lo inútil, lo insustan-
7
- 4 96 A—
c ia l,» y hé aquí en lo que se convierten
las que por desgracia están sometidas al
imperio de esa ley, que desde los primeros
tiempos ha dominado á la mujer, siendo
la causa primordial de que no se la conceda
todo el respeto, toda la consideración y
el aprecio á que se hace acreedora por
otras excelentes cualidades que no puede
negarla el hombre.
Si en la infancia se corrigieran estos
defectos de carácter, y las madres estuvie­
ran educadas verdaderamente para m a­
dres, mucho se evitaría ese ridículo, esa
especie dem arca infamante que pesa sobre
la mujer, y cuyas consecuencias suelen
ser terribles en la vida, porque, acostum­
brado el hombre á no ver en el sér débil
sino un instrumento, un objeto á veces de
placer ó de lujo, ó deesa necesidad mecá­
nica y minuciosa del hogar doméstico, no
piensa jam ás en consultarla sobre nego­
cios sérios, se tiene su juicio por ligero,
por insustancial, y aunque á veces emita
un parecer digno y razonado, no se la cree,
siguiendo el hombre mucho mejor los
consejos de un amigo cualquiera que los
de la mujer que con él comparte el peso
97 * -
de los disgustos y las alegrías de la vida.
Y bien considerado , casi tienen razón;
porque si detenidamente examinamos la
sociedad, muy pocas son las mujeres que
se libran del contagio de esa plaga funes­
ta, que así á las clases populares como á
las aristocráticas, ataca con insana furia,
siendo la clase media la mejor librada en
ese padrón de ignominia, sin que por eso
dejemos de consignar que en todas las
clases existen honrosas excepciones que
me complazco en reconocer, tributándolas
mi respeto y mi aprecio donde quiera que
las hallo.
La clase pobre carece de facultades
pecuniarias para adquirir una buena edu­
cación, y vive entregada á esos defectos
orgánicos, difíciles de corregir en el dia,
que la convierten en víctima de todas las
arbitrariedades á que dá lugar su sen­
sible ignorancia; y la claso alta, á quien
sobran recursos para procurarse esa só­
lida y necesaria instrucción, que aparta­
ría de sí los dictados de «ligeras, insustan­
ciales y necias,» no se cuida de ello:
romo vé asegurado su porvenir con las
riquezas m ateriales que posee, por más
—« 98 fr­
eíue éstas sean perecederas, y eternas las
intelectuales, se juzga ú cubierto de todo
y se la vé con dolor entregada á esa la­
mentable frivolidad que constituye general­
mente la base de su carácter.
Señoras hay de altísima posicion que
sólo se cuidan de cambiar de traje cuatro
ó seis veces al dia; que pasan su tiempo
en el tocador, en los paseos, en los teatros,
en las reuniones, sin comprender, sin pa­
rarse á reflexionar siquiera, que hay en
la vida algo más útil á qué atender, algo
más serio de qué cuidar.
E sas señoras, que en nada piensan sino
en los colores que sientan mejor á su ros­
tro y en las joyas que han de lucir en ln
Opera para eclipsar á fulanitaó menganita,
debieran dedicar algunas horas á lecturas
provechosas, reflexionando en el espíritu
del siglo que impele hácia esa ley universal
del progreso, y hácia al perfeccionamiento
d éla humanidad.
Es doloroso, es triste escuchar de conti­
nuo en boca de los hombres, cuando una
mujer quiere hablarles de algo sério: «¿Qué
entiendes tú de eso?» El amor propio, los
sentimientos de dignidad, de rectitud y de
—&99 * -
juicio que pueda tener una mujer que no
sea frivola se sublevan ante semejante
aserto tan generosamente prodigado.
Esa sola cualidad aleja al marido de la
esposa, le saca del hogar doméstico, don­
de, pasada la luna de miel, no encuentra
ya encantos bastante poderosos para dete­
nerle. Si su mujer no le puede comprender,
si no sabe una palabra de historia, ni de
geografía, ni de literatura, ni de nada sério
on fin· si sólo puede ocuparse de frivolida­
des y de chismografía, que odia por lo ge­
neral el hombre, ¿cómo quiere retenerle á
su lado? Hoy, que el sentimiento domina
á la materia, cuando las riquezas intelec­
tuales entran en la vía luminosa del pro­
greso y se sobreponen á las materiales,
necesita doblemente la mujer encanto y
perfecciones para sostener su reinado en
el campo del hogar y en el de la sociedad.
Igualmente siendo madre, si no tiene
nociones de ninguna ciencia, ni aun la
esencial para conocer el corazon humano,
no puede estudiar el carácter de sus hijos
ni conocer sus facultades, y no puede, por
lo tanto, ser consultada sobre la carrera
que han de seguir. En este caso, el m ari­
-4 100 i—
do obro á su capricho como jefe absoluto,
sin cuidarse pura nada de saberla opinion
de su compañera.
Este es un mal muy grave, muy difícil
de cortar, porque tiene hondos raíces en
la frívola sociedad actual, pero del que por
su inmensa trascendencia deben ocuparse
las señoras de todas las clases, en parti­
cular las de la alta, porque pueden prestar
un gran servicio á las demás y á sí mismas
con su iniciativa siempre poderosa y con
su gran influencia.
La clase media, que no descansa en el
desahogo que da la posicion y el bienestar,
se cuida más de los riquezas intelectuales
y morales, con la idea quizá de adquirir
las materiales en dia más 6 ménos lejano,
aspiración muy digna de aplauso que no
me propongo combatir, sino fomentar con
todas mis fuerzos, acercándose más á nues­
tro ideal.
Deploro con verdadera sinceridad el
desarrollo funesto de la vanidad, el de las
constantes necesidades del lujo, de la
coquetería, de lo inútil, de 1q frívolo en fin,
y quisiera ver establecido por la mujer de
todas las clases el reinado de lo serio, el
s 101 * -
de la instrucción, el del bien general, el
de la caridad que tiene por base el alma,
el de las riquezas del pensamiento, pan
divino que hiciese ángeles de las mujeres
y no «cosas de poca monta,» como se de­
signa á todas las que por desgracia rinden
culto al ídolo de lo indefinido, de lo fútil,
á esa cualidad denigrante que las priva de
las consideraciones, del respeto, del cari­
no á veces, del hijo y del esposo, a ese
defecto que por lo general cunde como
la mala yerba, á la diosa «Frivolidad.»
X I.

La abnegación.

La abnegación es la antítesis del egoisno.


El egoísmo es cualidad del hombre; la
abnegación lo es esencialmente de la mujer.
Consiste la abnegación en el sacrificio
continuo de sí mismos, y esto lo practican
las mujeres á todas horas del dia y en to­
dos los estados de su vida.
El corazon femenino es un manantial
inagotable de amor. Cuando una mujer
ama de veras, ama desinteresadamente,
nunca por cálculo, nunca por satisfacer
una ruin pasión.
Jam ás una mujer es indiferente á los
sentimientos ajenos, y en esto consiste su
bondad.
Su abnegación no tiene límites; es un
-4 103 i—
rocío bendito que fecunda su corazon, y se
advierte esta noble cualidad lo mismo en
la encopetada señora, que en la mujer del
pueblo.
Hay en esa clase humilde algunas muje­
res que son m altratadas físicamente por
sus maridos, y si algún extraño interviene
en la querella conyugal, y dolido de la
víctima, increpa con dureza al marido por
su mala acción, olvida al punto la mujer
su dolor y su resentimiento para salir á la
defensa de su tirano.
Esto lo vemos frecuentemente, y es uno
de los más grandes rasgos de abnegación
que aparecen expontáneos en esas pobres
mujeres que obran sólo por instinto, deján­
dose llevar de sus impulsos naturales.
En todos los actos de la vida de la mujer
se ven rasgos de abnegación; elía no tiene
nunca voluntad propia; de niña sacrifica
sus gustos á las rarezas ó á los caprichos
de sus padres, de casada los sacrifica á
su marido y al amor de sus hijos.
La energía, la voluntad perseverante y
firme, no es patrimonio de la mujer, lo es
la abnegación, y siempre ofrece el ejemplo
del bien ajeno ántes que el propio.
-«* 104 * -
No se adquiere esta .cualidad magná­
nima, ni se aprende, ni se imita por
consecuencia del ejemplo, es innata en el
sexo femenino. Se vé en la cuna dos
pequeñuelos, niño y niña, y m iéntras éste
rabia y patalea dando m uestras de un
genio díscolo y egoísta desde la primera
edad, aquella sonríe demostrando con angé­
lica mansedumbre su apacible condicion,
sin inquietarse porque atiendan ántes que
á ella al pequeíiuelo, ya voluntarioso y
despótico desde la cuna.
Más tarde, en sus juegos infantiles, se
las vé siempre ceder y someterse á la
voluntad de sus hermanos, defendiéndolos
si son acusados, y ocultando sus defectos
y sus faltas áun á riesgo de ser castigadas
á causa suya, por evitar que ellos lo sean.
Esta es la regla general; hay excepciones
lamentables, pero son raras, y hay ninas
también contaminadas por malas pasiones,
por la envidia, por la soberbia, y por otras
que es preciso combatir desde la primera
edad; pero lo frecuente, lo natural, es la
abnegación, la bondad, el sacrificio de sí
mismas en las niñas que siguen el movi­
miento de su corazon.
- 4 105 &—
Más tarde, cuando llega la adolescencia,
cuando empieza á sonreirías el destello
luminoso de la primera juventud, se de­
sarrolla más extensamente esa cualidad
preciosa de la mujer.
En la primavera de la vida todo aparece
risueño á nuestros ojos; el cielo tiene
siempre colores explendentes, esmeraldas
los campos y suaves brisas los espacios;
el m ar gime melancólicamente, no ruge,
ni los atronadores ruidos de la tempestad
existen para nosotras.
La tierra es de color de rosa, porque
nos sonríe la felicidad.
En esta edad los sentimientos de la
mujer son purísim os, celestiales, todo
am or, todo sacrificio, todo arm onías y
soñados deleites.
La esperanza, esa diosa de nuestra vida,
nos inunda con su expléndida luz, tiende
sobre la adolescente su manto de esm e­
raldas, y le dice: ama, el cetro del mundo
es tu y o . Y la inocente ama á todo cuanto
la rodea, y el amor es la abnegación.
Antes de que se hayan desvanecido los
sueños de la adolescencia, la mujer es
esposa, es madre, y aquí se desarrolla por
- · 106
completo ese tesoro infinito del corazon
femenino.
Aquí toma cuerpo, se hace palpable, po­
deroso, irresistible. Empieza por formar
la base del carácter material y acaba por
hacerla m ártir del deber, víctima resigna­
da y dichosa de la tiranía del marido y de
las exigencias de los hijos, que incons­
cientemente las más veces, imponen á las
madres sacrificios dolorosos. Antes de
darlos á luz ya soportan crueles angustias
con infinito placer por amor á ellos; por
el temor de molestarlos se privan de há­
bitos y de costumbres que han tenido toda
la vida, se abstienen de los placeres y ha­
cen continuamente el sacrificio de sus
gustos por aquel tierno ser que no cono­
cen todavía.
En el corazon de las madres es donde
se vé desarrollada en toda su plenitud esa
sublime cualidad que nos dá idea de lo
bello, de lo bueno, de lo angélico, de lo
santo.
A los que tienen formada de la mujer
mala opinion, ó los que la juzgan dura­
mente, quizá porque han tenido la des­
gracia de encontrar en su camino alguna
- 4 107 * -
excepción, les exhortamos á que estudien
este sentimiento que se abriga en el cora-
zon femenino, áun en aquellas mujeres
dotadas de los ruines defectos de la envi­
dia, de la frivolidad, de la soberbia.
También hasta estas se extiende el bené­
fico influjo de la abnegación, dando á sus
odiosos caractéres los pocos rayos de luz
que las ilumina por intervalos, formando
el claro oscuro de su enmarañado fondo.
Las malas pasiones cuando están muy
arraigadas prevalecen y toman una pre­
ponderancia grande en la naturaleza débil
de la mujer, pero ántes han luchado con
las buenas; soSire todo con la abnegación,
con la bondad, que como hemos dicho ya,
no se inspira, ni se aprende, nace con la
criatura, está encarnada en el espíritu de
la madre, que transmite desde luego á las
hijas de su amor.
Nada hay más doloroso para la mujer
que la pérdida de su juventud; cuando vé
term inar su reinado es el mayor motivo
de aflicción que puede sentir; los homena­
jes desaparecen, las sonrisas de felicidad
se convierten en decepciones, ya el mundo
no es de color de roso; enlutados crespo­
—# 1 0 8 S--—

nes velan el cielo azul de su dicha, y em­


piezan á sentir las tempestades del hor­
rendo mar de la vida que en torno nuestro
se agitan, y sin embargo, miéntras las
envidiosas y frívolas luchan y se rebelan
contra esta ley natural, las madres con la
sonrisa en los labios, llenas de bondad,
de abnegación, entregan sin pesar á sus
hijas el cetro de ese reinado efímero, el
poderoso atractivo de su bella juventud,
de la primavera deliciosa de su vida, y
débil barquilla sin vela ni timón, se reti­
ran á la playa , dejando de tomar una
parte activa en los placeres y resignándose
á vivir en la sombra. Dejan gustosas que
su espléndida luz ilumine á sus hijas,
coronando con los rayos de su amor el
horizonte de su ventura.
En ellas se vé reproducida, despues en
los nietecillos, y esta es la gloria más
grande, la más inmensa dicha para el co­
razon de la mujer, de la mujer buena, de
la que lleva en sí el gérmen misterioso de
las virtudes sublimes, de la que ha cono­
cido el mundo por su lado bello, y sin
manchar la blanca vestidura d su inocen­
cia en el lodo de las pasiones, ha recor-
->? 1 0 0 l· -

rído la senda espinosa de la vida con pié


llrme y sereno paso, llegando al puerto
apoyada siempre en su bondad, en su
abnegación, que la hari dado por riquísimo
fruto el amor de sus hijos, el respeto del
esposo, la admiración de los extraños y
la paz del justo en sus postreros dias, ce­
ñida su frente con la aureola sublime que
presta al alma al desprenderse de su
humana cárcel la sacrosanta pureza de
una conciencia inmaculada.

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