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La educación

cristiana :: ::
CARTA -ENCICLICA
DE

N. S. P. PÍO, XI

CON UN BREVE COMENTARIO


POR El.

R. P. RAMÓ N RUIZ A M A D O , S. J.

lMlr.illilMllli:|l!l|l llliiril

EDITORIAL LIBRERÍA RELIGIOSA


CALLE AVINO, 20 — BARCELONA
------------19 3 0 -------- —
IMPRIMI PO T EST
J o s & p iiu s M o n d ó
Vice-Praep. Prov. Ardí;.

NIHIL OBSTAT
El Censor
R vm o. L ic . M a rtín C a g ig ó s, P b ro .

IM PRIM ASE:
Barcelona, 16 de Abril 1930.
t JOSÉ, Obispo de Barcelona

Por mandato de su Excia. Urna.,


D r . F r a n c i s c o M .* O r t e g a d e l a L okena
Canciller Secretario
PROLOGO

Durante casi treinta años (desde 1900), en nuestra constante


labor pedagógica, en las múltiples ludias que hemos tenido que
sostener en pro de los que creíamos verdaderos principios y
doctrinas de educación; mil veces hemos deseado (y .algunas
expresado este deseo) que la Santa Sede derramase la luz de
su sagrado Magisterio sobre esta materia, romo la lia derra­
mado siempre sobre las que más lo han necesitado, por hallarse
obscurecidas por el error que nace de la mente o de las pa­
siones. · i
Por fin, cuando nuestra labor (y nuestra vida) tocan a su
término, se nos ha cumplido este deseo del modo más esplén­
dido, por la Encíclica de N. S. P. Pío XI “De la cristiana edu­
cación de la juventud”. Y nuestro gozo por la publicación de
estas Letras Apostólicas es tanto mayor, cuanto en ellas vemos
confirmada — sancionada por el sagrado Magisterio de la Igle­
sia — la misma doctrina que con tanto ardor hemos venido sos­
teniendo; en cuya defensa hemos librado tantos combates, y tal
vez en alguna ocasión, nos hemos dejado llevar del apasiona­
miento ; aunque nunca — ¡ gracias a Dios! — de intereses bas­
tardos ni siquiera egoístas; ni d© aquel “espíritu de corpora­
ción” que algunos nos han atribuido. En medio de nuestras
Imperfecciones y humanas flaquezas, hemos buscado sincera­
mente la verdad, y ésta resplandece ahora no sólo con la fuerza
racional de los argumentos, sino con la autoridad del mapistei'io
soberano que Dios ha dado a su Iglesia y singularmente al Su­
premo Jerarca de ella, y de un modo especial cuando habla
como Pastor y Maestro a toda la Iglesia universal; no sólo
cuando lo hace ex oathedra y con aquellas condiciones que ga­
6 Al lector

rantizan su infalibilidad, sino cuando enseña como Doctor de


los doctores y Maestro de los maestros.
Por eso al leer esta Carta encíclica, se nos ha escapado es­
pontáneamente aquella exclamación que brotó del alma del
anciano Simeón, al ver cumplidas, en el dulce abrazo de Jesús,
las esperanzas que le había inspirado el Espíritu Santo que le
animaba. ¡Ya puedo morirme! Ya puedo deponer las armas
con que he batallado treinta años; y reclinar la cabeza fatigada
por la lucha y la ancianidad! Ha hablado el Sucesor de Pedro.
R m ia loqmta, causa finita.
Esta es la gran ventaja que gozamos los católicos, aun en el
terreno puramente científico (y la Pedagogía, aunque ciencia,
está inmediatamente relacionada con la moral y la religión, ele­
mentos imprescindibles de la educación). Otros bracean y se
¿agitan en estos terrenos, sin dirección constante ni puntos fijos
de referencia; por donde su movimiento, en lugar de progreso,
viene a ser a veces circulación, o, como dice San Agustín: fjrani­
den paszm, sed extra viam; pasos largos, pero fuera de camino,
ora hacia adelante, ora hacia atrás.
Mas a los católicos el Magisterio de la Iglesia nos fija cier­
tos mojones, ciertos postes de dirección, que no embarazan nues­
tro movimiento, pero le marcan el rumbo que ha de seguir,
para que no nos acaezca lo que he oído a más de uno de los
que huyeron en la pasada guerra mundial: que al oabo de
penosísima carrera se habían hallado de nuevo en el punto de
que con terror pánico huían.
Este Magisterio de la Iglesia no suele preceder a los traba­
jos científicos. La Iglesia deja que, en las materias nuevas, sus
hijos se ejerciten buscando la verdad por medio de la razón y
la experiencia. Pero cuando estos trabajos han llegado a cier­
to punto en que hay peligro de confusión (y de las perniciosas
consecuencias prácticas o dogmáticas que de ella se seguirían),
la Iglesia recoge lo más acendrado de los resultados del trabajo
científico, y con su autoridad los fija, de manera que puedan
servir de punto de partida para nuevos esfuerzos y adelantos.
En tales enseñanzas la Iglesia no suele añadir a los resultados
obtenidos por la Ciencia; pero los sanciona, separando el grano
Al lector 7

de la paja; lo que se puede dar por conquistado, de lo que se


debe abandonar, por haberse demostrado suficientemente su
Inanidad o su peligro.
Esto hizo el inmortal Papa León X III con los estudios de
Sociología moderna, en su Encíclica R crm i novarum, y esto
acaba de hacer N. S. P. Pío XI, en la reciente Carta encíclica
sobre la educación cristiana de la juventud.
¡Gloria a Dios por ello! Gozo y satisfacción para los que
tenemos la dicha de militar bajo la egida de esta Institución
divina, que «nos dirige con maternal amor y nos endereza con
divina sabiduría.

Necesidad e índole de este comentario


Pero dirá alguno. Ya que el Papa se digna darnos sus ense­
ñanzas sobre tema tan debatido como la Educación cristiana
de la juventud, ¿qué necesidad o utilidad puede traernos el
Comentarlo que sobre ellas haga un escritor particular? ¿No
será su efecto subrayar las cosas que Interesan al comentarista,
dejando en la penumbra las que no le agradan: o lo que sería
peor: dar a las palabras del Papa un sentido, que, por lo menos,
no será el del Papa, sino el del autor del comentario?
Realmente, los más de los comentarios, aun los mejor inten­
cionados, suelen tener algo de esto. “Cada cosa es del color del
cristal con que se mira”. Y el comentarista nunca es nn cristal
tan diáfano e incoloro, que no varíe un tanto el matiz de las
luces que refracta.
Por eso nosotros no vamos a interpretar palabra alguna del
P ap a; vamos a limitarnos a llamar la atención sobre los puntos
de que trata, y poner ante los ojos de los que no lo conozcan
de antemano, él estado de la cuestión*, en las materias discuti­
das ; sin lo cual, difícilmente entenderá el lector, de raíz, el sen­
tido y alcance de las palabras del Sumo Pontífice.
Se trata de materias de palpitante actualidad; de problemas
vitales, que preocupan a todo hombre pensador, a todo padre de
familia que ha de educar a sus hijos, a todo político consciente
8 Al lector

que ha de dar soluciones prácticas a ellos. Se trata de cues­


tiones, muchas de ellas difíciles, sobre las que se han tenido
innumerables discusiones, escrito muchos libros y publicado casi
infinitos artículos periodísticos. Así que, quien se limite a
leer la Encíclica de X. S. Padre, por muy atenta y reverente­
mente que lo h aga; si no conoce de antemano las cuestiones que
se han agitado, el diferente sentido en que las han querido re­
solver las diversas escuelas; no será posible que penetre el al­
cance de las soluciones pontificias, ni siquiera obtenga de ellas
una cabal inteligencia.
A facilitar este resultado tan deseable, se endereza el pre­
sente trabajito. Nuestro Padre ha hablado; sus fieles hijos
desean comprender a fondo lo que nos dice. Para ello se re­
quiere que tengan alguna noticia del estafo de la cuestión· en
cada uno de los puntos que toca la Encíclica. Y como es moral­
mente imposible que la mayor parte de los fieles obtengan ese
conocimiento por sí mismos o por su estudio directo; nosotros,
que hace 30 años estamos tratando de estas materias en confe­
rencia» y discursos, en artículos y libro«; nos ofrecemos a ser­
vir de lazarillo al profano; no de intérprete al Maestro.
Nuestro Comentario es retrospectivo. Es un comentario que
mira hacia atrás: a lo que precedió a la lección que nos da
Roma; no. hacia adelante, con pretensión de enderezar o regir
la inteligencia de su sentido y las aplicaciones que de esta ense­
ñanza se deban hacer. Esto pertenecerá a los que, por Insti­
tución del Espíritu Santo forman la iglesia docente.
La Encíclica de que tratamos, constituye, a nuestro parecer,
una piedra imliaria en el desenvolvimiento de la Pedagogía
cristiana. A nosotros, pedagogos viejfts, nos toca sólo tomar
acta de lo que las soluciones de Roma han venido a terminar.
A los pedagogos que sienten todavía los alientos de la juventud
y los aceros del trabajo, pertenecerá tomar esta Encíclica como
punto de partida de los nuevos estudios y progresos de la Peda­
gogía cristiana: como los fogosos corredores ponen el pie iz­
quierdo en la línea que les señala el juez de campo, y adelan­
tan el pie derecho esperando la señal de lanzarse a una alen­
tada carrera.
Indice alfabético 9

¡ Corran en hora buena y progresen sin desvíos por los cami­


nos por donde nosotros, menos favorecidos por la fortuna, an­
duvimos a veces con vacilaciones, con temor de errar, y con
perenne anhelo de oír la voz de dirección y aliento» que, final­
mente, les da a ellos la palabra del P apa!

A d v e r t e n c i a . — Los puntos del comentario se refieren a los


lugares de la Encíclica, con cifras entre corchetes f].

ÍNDICE ALFABÉTICO
de ios principales puntos del comentario

Pág*.

[42] Ambiente de la educación........................................... 91


[26] Atletismo ....................................................................... 58
[45] Autoridad en la educación ........................................ 97
[57] Carácter verdadero....................................................... 124
[33] Castigos en la Educación........................................... 72
[51] Católicas (Escuelas) ................................................... 107
[40] Coeducación .................................................................. 80
[10] Cooperadores en la educación .................................... 24
[56] Cristo ideal de la educación .................................... 122
[ 5] Definición de la educación ........................................ 17
[ 5] Deontológica (Ciencia) ............................................... 19
[23] Derechos del Estado en la enseñanza ................. 50
[17] Educación física .......................................................... 34
[39] Educación sex u al......................................................... SI
[ 3] Educar ........................................................................... 14
[ 8] Eficacia de la educación ........................................... 23
[7 ] Elevación del hombre ............................................... 21
[43] Escuelas maternales ................................................... 94
[ 7] Estado actual del hombre (caído) ............................. 21
10 Indice alfabético

Págíf.

T13] Extensión de la autoridad de la Igl. en mater. ed. 20


[54] Filosofía sana .............................................................. 110
[ 6] Fin de la educación .................................................... 20
[41] Gimnasia calisténica .................................................... 89
[41] Gimnasia femenina (exhibiciones) .............................. 00
[38] Heterónoma (educ.) ...................................................... 70
[10] Hogar escolar ............................................................... 39
[53] Humanismo sa n o .........'.................................................. 113
[ 4] Ideal educativo ............................................................. 14
[18] Inspección de la Iglesia en las escuelas ................... 35
[31] Libertad de la cátedra ............................................... 07
[28] Libertad personal católica ......................................... 00
[37] Liga de Instrucción moral ......................................... 79
[49] Laica (escuela) ............................................................. 103
[34] Medios de la gracia en la educación....... .................. 74
[50] Mixta (escuela) ........................................................... 105
[12] Monopolio del Estado (Historia del) .......................... 20
r24] Monopolio del Estado ....................... ........................ 55
[49] Neutra (escuela) ........................................................... 104
[55] Sociedad (Educación para la) ................................. i. 119
[47] Subsidiarla (la escuela es) ........................................ 99
[52] Subvenciones o subsidios ............ ............................... 108
[32] Sujeto de la educ. (el hombre caído) ..................... 69
[14] Títulos acadómlcos ....................................................... 30
[59] Utilidad social de la educación católica .................. 129
[44] Violencia en la educación ............................................ 96
[58] Virtud y carácter........................................................... 127
PÍ O PAPA XI
VENERABLES HERMANOS

Y A MADOS HIJOS

SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA

Representando en la tierra a aquel Divino Maestro, que


sin dejar de abrazar en la inmensidad de su amor a todos
los hombres, aunque pecadores e indignos, mostró sin em­
bargo predilección y ternura especialísima [1] para con
los niños y se expresó con aquellas palabras tan conmove­
doras: “Dejad que vengan a mí los niños” (1), también
Nos hemos procurado en todas las ocasiones mostrar la
predilección verdaderamente paternal que les profesamos,
particularmente en los cuidados asiduos y oportunas en­
señanzas que se refieren a la educación cristiana de la
juventud.
Así, haciéndonos eco del Divino Maestro, hemos diri-

(1) Marc., X ? 14: Sin ite párvulos v n iirr ad me.

[1]. El amor a los niños, mas no el amor sensitivo ni me­


ramente natural, sino el amor sobrenatural, por Cristo, divino
Redentor y amador de los niños, ha de ser el principal propul­
sor de la obra educativa. Váase sobre esto nuestro opúsculo,
Amad a los Nifíos, 2.· ed.
A). Motivos! de la Encíclica

gido palabras saludables ya de aviso, ya de exhortación,


ya de dirección, a los jóvenes y a los educadores, y a los
padres y madres de familia, sobre varios puntos referen­
tes a la educación cristiana, con aquella solicitud que con­
viene al Padre común de todos los fieles, y con aquella
insistencia oportuna y aun importuna que el oficio pas­
toral requiere, inculcada por el Apóstol: “Insiste con
ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda pa­
ciencia y doctrina” (1), reclamada por nuestros tiempos,
en los cuales desgraciadamente se deplora una falta tan
grande de principios claros y sanos, aun en los problemas
más fundamentales.
Pero la misma condición general ya indicada de los
tiempos, el diverso modo con que hoy se plantea el pro­
blema escolar y pedagógico en los diferentes países, y el
consiguiente deseo manifestado a Nos con filial confian­
za por muchos de vosotros y de vuestros fieles, Venera­
bles Hermanos, y Nuestro afecto tan intenso, como diji­
mos, hacia la juventud; Nos mueven a volver más de
propósito sobre la misma materia, si no para tratarla con
toda su amplitud casi inagotable de teoría y de prácti­
ca [2], a lo menos para resumir sus principios supremos,

(1) II Tim., IV, 2 : Insta opportune, importune: arpue, obsecra,


inorepa fot ornni patientia et doctrina.

[2]. No pretende el Papa tratar aquí de la Pedagogía “en


toda su amplitud de teoría y de práctica”. No hay que buscar,
por ende, en esta Encíclica, un tratado sistemático de educación;
sino un conjunto de advertencias y direcciones, para orientar
en los puntos más importantes y debatidos, librando de error a
los que, como fieles hijos, atienden a las palabras del Papa.
Motivos de la Encíclica 13

poner con toda claridad sus principales conclusiones e


indicar sus aplicaciones prácticas.
Sea éste el recuerdo que de Nuestro jubileo sacerdotal,
con intención y afecto muy particular, dedicamos a los
amados jóvenes y recomendamos a cuantos tienen la mi­
sión y el deber de ocuparse de su educación.
A la verdad, nunca como en los tiempos presentes se
ha hablado tanto de educación; por esto se multiplican
los maestros de nuevas teorías pedagógicas, se inventan,
proponen y discuten métodos y medios, no sólo para faci­
litar, sino para crear una educación nueva de infalible
eficacia, capas de formar las nuevas generaciones para
la ansiada felicidad en la tierra.
Es que los hombres, creados por Dios a su imagen y
semejanza, y destinados para Dios, perfección infinita,
al advertir, hoy más que nunca en medio de la abundancia
del moderno progreso material, la insuficiencia de los bie­
nes terrenos para la verdadera felicidad de los individuos
y de los pueblos; sienten por lo mismo en sí más vivo el

En la Pedagogía, así hodegética como didáctica, hay multi­


tud de problemas puramente científicos o melódicos. Sobre
éstos no juzga el Romano Pontífice, dejándolos a la libre inves­
tigación, opinión y experimentación de los pedagogos. Pero
hay muchos puntos que dicen relación a la reUgión, a la moral,
a los intereses capitales del pueblo cristiano, encomendado por
Cristo a la solicitud de su,Iglesia. Y sobre ellos tiene el Papa
suprema autoridad y paternal solicitud, con que quiere evitar
nuestros descaminos, y hasta las discusiones que fácilmente
quiebran la harmonía que conviene reine entre todos los que
trabajan en la grande obra de la educación cristiana de la
juventud.
14 Motivos de la Encíclica

estímulo hacia una perfección más alta, arraigado en su


misma naturaleza racional por el Creador, y quieren
conseguirla principalmente con la educación. Sólo que
muchos de entre ellos, insistiendo casi con exceso en el
sentido etimológico [3] de la palabra, pretenden sacarla
de la misma naturaleza humana y realizarla con solas sus
fuerzas. Y en esto fácilmente yerran, ya que, en vez de
dirigir la mira a Dios, primer principio y último fin de
todo el universo, se repliegan y descansan en sí mismos,
apegándose exclusivamente a lo terreno y temporal; por
eso será continua e incesante su agitación, mientras no
dirijan su mirada y su trabajo a la única meta de la
perfección [4], a Dios, según la profunda sentencia de

[3]. Educar, etimológicamente viene de educare, sacar de


una materia la forma que la perfecciona; mas la educación
cristiana no puede salir toda, de la naturaleza humana, pues
comprende una gran parte sobrenatural. — Pero, además, en
toda educación hay una influencia positiva del educador sobre
el educando, especialmente en el orden de las ideas, las cuales
no hay que esperar que nazcan espontáneamente, sino hay que
despertarlas o comunicarlas al discípulo.
Pero sobre esto diremos en seguida más de propósito, donde
el Santo Padre se refiere a los modernos métodos vitalistas y
autonomistas.
[4]. Dos cuestiones se han debatido^ que se indican aquí
aunque no muy explícitamente, al hablar de meta de perfec­
ción, Dios. La primera es la de lu necesidad de ideal educativo
(meta de perfección). La segunda, la de que sea el ideal de la
educación Cristo, Hombre Dios.
Muchos sistemas modernos, o, por mejor decir, modernistas,
niegan que la educación pueda tener propiamente un ideal
(Causa exemplaris); más bien suponen o pretenden que su
Motivos de la Encíclica 15

S. Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro co­


razón está inquieto hasta que descanse en Ti” (1).
(1) Confess., I, 1: Feoisti nos, Domine, ad Te, et inquictum est
cor nostrum doñee requiesoat in Te.

única finalidad ha de ser excitar la vida, la cual hallará por sí


misma el camino del perfeccionamiento humano, como el agua
busca y halla su nivel, por la fuerza de la gravedad.
Así la Dra. María Montessori, al exponer los fundamentos
científicos de sus métodos, dice: “La vida es una diosa a quien
hay que rendir culto” (1). “El progreso viene de lo nuevo, que
no puede ser previsto” (2). “Estimular la vida, dejándola libre
de desenvolverse: he aquí la misión del educador” (3).
Otros modernistas proponen como meta de la educación la
personalidad, entendida de diversos modos. H. St. Chamberl-ain
la pone en la “singularidad” individual. Según él, la condición
del progreso es que sobresalga la Individualidad; y, por ende,
la educación se ha de preocupar primordialmente de dejar que
las singularidades de los educandos se desenvuelvan (4). El
Prof. Gurlltt (5) la pone en la “fuerza interna” con que la
índol.e de cada individuo se desenvuelve consecuente consigo
misma, prescindiendo totalmente de su relación con el criterio
moral.
Nietzsche y sus secuaces esperan, de esta evolución espon­
tánea de la vida humana bajo las leyes generales de la selec­
ción, la lucha y la herencia, que irá perfeccionando la actual es­
pecie humana para producir “algo nuevo”, no accidental o
efímero — como el genio —, sino substanclaimente diverso y
permanente, que será el superhombre ((I).
(1) El método de la Pedagogía científica, aplicado a la educación
de la in/aiH>ia, en las Case d ei. bambini, traducción de J. I'alau Veru,
pág. 110.
(2) l'bid., pég. 39.
(3) Ibid., pág. 118. Cf. nuestro opúsculo, Modernismo pedagógico,
p^g 29
(4) Hou&ton Stewnrt Chíunbcrlain, Fundamentos del Siglo XJX
(1899). Cf. nuestro Modernismo pedagógico, pág. 34. n. 43.
(5) La educación de la virilidad.
(0) Cf. nuestro Modernismo pedagógico, pég. 47.
1(5 B). Esencia, Importancia y excelencia

Es, pues, de suma importancia 110 errar en la educa­


ción, como no errar en la dirección hacia el fin último,
con el cual está íntima y necesariamente ligada toda la
obra de la educación. En efecto, puesto que la educa­
ción esencialmente consiste en la formación del hombre

Contra todos estos delirios, establece ahora el Papa, que la


educación tiene “la única tmieta de perfección, Dios”. Para la
educación racional y progresiva, ha de haber una causa ejem­
plar, un dechado, un ideal; un punto de referencia del movi­
miento, que nos asegure de que adelantamos y no retrocedemos.
Las ideas contrarias carecen de fundamento racional, y sus
sofismas son de fácil solución. No es verdad que el progreso
haya de venir de algo nuevo, que no pueda ser previsto (Mon-
tessori). Antes el progreso supone un término hacia el cual
se progresa, y que necesita ser previsto muy de antemano, para
que nos acerquemos a él, hasta alcanzarlo finalmente. Hay
progresos que proceden de una idea* nueva·, cuyo descubrimiento
constituye el progreso, o es condición previa de él. Así el pro­
greso- da la locomoción por el vapor o la electricidad supuso
el descubrimiento de las propiedades de uno y otra. Pero hay
progresos que consisten, no en descubrir una idea nueva, sino
en adquirir un bien que no se poseía. Y de éstos es la educa­
ción, cuya esencia es la “restauración de la ruina acarreada al
humano sér por el pecado original y los personales” (y heredi­
tarios), y cuyo ideal es Cristo, Hombre Dios, el cual, por su
encarnación y existencia mortal, nos puso ante los ojos en las
virtudes más perfectas, aqueUa perfección invisible de Dios, que
ya en la Ley Antigua se había propuesto como término a que
debía aspirar el perfeccionamiento humano.
tle la educación cristiana 17

tal cual debe ser [5] y como debe portarse en esta vida

[5]. Algunas de las definiciones celebradas de la educación,


pondrán de relieve la perfección de ésta que nos ofrece el Papa.
Según Platón, la educación es la recta formación que llevará
el alma del adolescente <a amar lo más que pueda cuanto, llega­
do a hombre cabal, le hará por necesidad perfecto en el género
de vida que haya abrazado (De Leg. I, I).
Según Aristóteles, la buena educación consiste en que se
nos acostumbre a poner nuestros agnados y desagrados en lo que
importa ponerlos (Etica ad Nicam., 1. II, c. 3).
Stuart Mili la define: “la formación que una generación da
de intento a las que le suceden, con el fin de hacerlas capaces
de conservar cuando menos, y aun elevar de nivel, si es posible,
el grado de cultura recibido” (DisserL and discuss.).
Pestalozzi forma un concepto vitallsta, considerando que,
como el árbol en la semilla, se contienen en el niño recién
nacido todas las facultades que han de desarrollarse durante
su vida.
Gioberti define la educación como la transformación de las
potencias en hábitos por medio de actos sucesivos (Introduc. al
estudio de la F'ilosof., 1. I, c. 2).
Raynerl dice que la educación es el arte con el que un hom­
bre de uutoridad induce a otro a transformar por medio de actos
sucesivos, sus potencias en hábitos ordenados a su fin.
Ausonlo Franchi la define: “el arte con que un adulto o per­
sona mayor conduce a un adolescente o menor a actuar habitual­
mente todas sus facultades espirituales, en orden al fin de la
vida humana” (Leedme* de Pedagogía, lee. III).
Dupanloup dice que educar es “cultivar, ejercitar, desarro­
llar, robustecer y aquilatar todas las facultades físicas, inte­
lectuales, morales y religiosas que constituyen en el niño la
naturaleza y la dignidad humanas: dar a estas facultades la
perfecta integridad, establecerlas en el pleno ejercicio de sus
energías y de sus operaciones (El niño).
COMENTARIO-ENCÍCLICA. — 2.
38 Esencia, Importancia y excelencia

terrena para conseguir el fin sublime para el cual fué

Según D. Andrés Manjón, educar al hombre es perfeccio­


narle según todo su sér, físico e intelectual, moral y religioso,
individual y social. — Educar es desarrollar en el hombre to­
das las facultades que Dios le ha dado, y desenvolverlas en
orden a los fines que él mismo le ha señalado, y conforme a
las leyes por él establecidas. — Educar es cultivar hombres o
ejercitar sus fuerzas, desarrollar sus facultades, afirmar sus
virtudes, rectificar sus errores y corregir sus faltas o pecados;
es orientar, es sanar almas y cuerpos, embellecer, adornar y
pulimentar individuos y sociedades.
“Educar (de educare) es sacar al hombre o llevarle, en cuan­
to sea posible, de la debilidad a la firmeza, de la endeblez a la
salud, de la ignorancia al saber, de la bajeza a la dignidad, de
la inercia a la actividad, de la acción irreflexiva a la acción
bien orientada, pensada y consciente; de la impotencia al po­
der, del yugo y esclavitud de pasiones y pecados, al dominio
de sí mismo; de la vida cuasi embrionaria y animal a la vida
racional y moral, humana y cristiana”. (“Hojas coeducadoras’1,
1006, pág. 33).
Entre los modernos la definición de la educación se inspira
en uno de tres criterios: o en el vitalista, que sólo atiende al
desarrollo de los gérmenes existentes en el niño (Pestalozzi);
o en el cultural, que mira a la transmisión de la cultura adqui­
rida, a la generación adolescente, que debe continuarla y ade­
lantarla (Stuart Mili, Paulsen, Willmann) ; o en el utilitarista,
que atiende a la adaptación del joven al medio ambiente en que
habrá de vivir y medrar (Spencer).
Todas estas definiciones prescinden demasiado del concepto
tclcológico, que indica la de Manjón y en que insiste el Papa,
atendiendo, no sólo al fin temporal de la presente vida, sino al
transcendental que le reserva la Inmortalidad de su alma; aun
prescindiendo de otras enseñanzas de nuestra santa religión
sobre la vida eterna del humano compuesto.
de la educación cristiana 19

creado [6]; es evidente que, como no puede existir edu­


cación verdadera que no esté totalmente ordenada al fin

La educación es formación — esto es: desenvolvimiento de


los gérmenes que en el niño existen (de sus facultades natura­
les, físicas, intelectuales y morales) conforme a un ideal hu­
mano, m oral; y además perfeccionamiento nacido de los ele­
mentos naturales y sobrenaturales: de la cultura y de la re­
velación.
Esta formación no se hace por sola, educción, sino también
por inoculación; pues aunque el hombre pudiera — en absoluto
— alcanzar por sí mismo todos los conocimientos naturales y
los hábitos asimismo naturales que en el orden natural le per­
feccionan; pero de hecho no los alcanzaría, o los lograría en
grado infinitamente menor, sin la obra, ed u ca tiva esto es: sin
la labor de sus padres, maestros y demás personas que influyen
en su educación, ora enseñándolo (ayudándole a alcanzar ideas),
ora disciplinándole, esto es: cohibiendo sus tendencias malas y
fomentando y alentando las buenas, para que éstas so desarro­
llen pujantes y aquéllas se atrofien en el mayor grado posible.
Y además, la educación cristiana, le inocula las verdades reve­
ladas, le dispone a recibir las virtudes infusas y le comunica los
medios de alcanzar la gracia-, o sea, la perfección! del orden
sobrenatural.
“Formación del hombre tal cual debe ser”. Con estas pala­
bras se indica el aspecto deo»it,ológico de la educación y la Pe­
dagogía; contra las tendencias modernistas que procuran in­
cluir la Peclagogía entre las ciencias de la naturaleza- (1).
Sin llegar al extremo de los heterodoxos positivistas y ma­
terialistas, no se puede desconocer que, aun pedagogos bien in­
tencionados, están dando una preponderancia un tanto excesiva
a los estudios físicos en materia de educación. Los estudios de
Antropometría, Psicología experi mental, Pedagogía exacta,

(1) Cf. la revista “La Educación Hispano-Americana", ailo 1912


(Octubre), “Situación de la Pedagogía en el sistema de las ciencias*'.
20 Esencia» importancia y excelencia

último, así, en el orden actual de la providencia [7], o

Educación física, Psicometría y Psicografía, etc., son sin duda


útiles, honestos y laudables, mientras se mantienen dentro de
sus lím ites; pero hay que evitar que lleguen a poner en olvido,
o por lo menos en segundo término, el aspecto deontalógico de
la Pedagogía*
No hay que atender sólo a lo que el hombre (niño, adoles­
cente) e¿, y a las potencialidades de su naturaleza Individual;
sino sobre todo hay que poner ante los ojos del educador, lo que
el hombre debe s¡er; esto e s : su perfección moral y sobrenatural,
únicas que le ordenan a sus últimos fines, natural y sobre­
natural.
[6]. Los pedagogos, al tratar del fin de la educación, se
suelen parar en los fines próximos, y conforme a ellos dividen
la educación: en cuanto se propone hacer al hombre Ifumo
moralmente, es E. moral; en cuanto pretende el desarrollo de
sus facultades intelectuales, es E. intelectual; en cuanto tiende
a obtener la perfección mayor del desarrollo físico, es E. física,
etc. (Cf. nuestra Enciclopedia*, pág. 298).
Pero la Educación cristiana, incluyendo todos esos fines
próximos, va más allá, y pone la mira definitivamente en el
fin último, el cual (en la presente providencia) es sobrenatural.
Por eso pone en primer término la E. religiosa; no sólo como
puede pretenderla el político o sociólogo, en cuanto la religión
es resorte de moralidad y orden social; sino atendiendo a los
medios sobrenaturales, únicos proporcionados para alcanzar el
fin sobrenatural.
La Educación cristiana es la única oomipleta y perfecta, y,
en cierto modo, la única vet'dadera. En efecto: una educación
física, vgr., que de tal manera atendiese a la fuerza, robustez
y belleza, que al propio tiempo violara los derechos de la mora­
lidad, no sería verdadera- educación, pues no formaría al hombre,
sino, cuando mucho, al bípedo iniplunw, la bestia humana de
miembros hercúleos o estéticos, monstruosamente unidos a un
ánimo viciado y embrutecido. Pero aunque se admitiese una
de la educación cristiana 21

sea: después que Dios se nos ha revelado en su Unigénito


Hijo, único “camino, verdad y vida”, no puede existir

educación neutra, fija sólo en lo físico, en lo intelectual, en lo


cívico, prescindiendo de lo moral y sobrenatural (cosa que en
la práctica no es posible), esa educación no sería completa ni
perfecta, pues no formaría todo el hombre, ni lo ordenaría para
su fin total, el cual no es sólo moral, sino también transcen­
dental y sobrenatural.
[7]. La Pedagogía suele prescindir de este dato, importan­
tísimo, no obstante, para la recta solución de los problemas
educativos.
Dios nuestro Señor, como Autor de la naturaleza humana,
pudo dejar al hombre en estado natural; y entonces la Pedago­
gía no habría de ocuparse más que en el estudio de sus fuerzas
naturales, de su educabilidad y de los medios naturales para
lograr su educación más perfecta. Pero el caso presente no es
éste.
Dios, por su infinita bondad, no dejó al hombre en su estado
natural, sino lo elevó a un estado sobrenatural; le concedió la
orada que le habilita ra ra merecer un fin sobrenatural. Y
al colocarle en este nuevo estado más alto, no le dejó opción
para volverse al de pura naturaleza. Por lo cual, el hombre no
puede elegir entre una ptirfección natural y una perfección sobre­
natural; sino ha de procurar ésta so pena de perder su último
fin, no sólo sobrenatural, sino también natural: la felicidad
ultraterrena de su alma, naturalmente inmortal.
Por ende, toda educación que prescinde de esto; toda Peda­
gogía que vuelve las espaldas a la Revelación y a los Medios
sobrenaturales, ha de perder su objeto total, que es perfeccionar
al alumno, para que obtenga su último fin : su felicidad.
Y aunque, dada la divina ordenación, es ocioso tratar de ello;
no dejaremos de indicar (para salir al encuentro de objeciones
impías), que Dios no hace injuria ai hombre, privándole de su
felicidad natural, en el caso de que él renuncie a la sobrenatu­
ral. Como el rey que eleva a un súbdito a la -noblezas no le
22 Esencia, importancia y excelencia

educación completa y perfecta, si la educación 110 es


cristiana.
En lo cual se hace patente la importancia suprema de
la educación cristiana, no sólo para los individuos, sino
también para las familias y toda la sociedad humana, ya
que la perfección de ésta no puede menos de resultar de
la perfección de los elementos que la componen. E igual­
mente, de los principios indicados resulta clara y mani­
fiesta la excelencia, que puede con verdad llamarse in­
superable, de la obra de la educación cristiana, por ser
la que atiende, en último término, a asegurar la conse­
cución del Bien Sumo, Dios, a las almas de los educan­
dos, y el máximo bienestar, posible en esta tierra, a la so­
ciedad humana. Y esto de la manera más eficaz que sea
realizable por parte del hombre, cooperando con Dios

hace injuria, aplicándole las leyes propias de la nobleza, a las


que por ventura escapa el villano que persevera en su villanía.
Es cierto, aun en el orden humano, que nobleza obliga^ y obliga
la riqueza, y todos los bienes y privilegios traen consigo una
responsabilidad, a la que está sometido el que abusa de ellos;
aunque no lo estaría, si tales bienes nunca se le hubieran otor­
gado.
Como quiera que esto sea, quede bien fijo, qué la educación
cristiana (y aun pudiéramos decir, generalmente, la educación
humana) en el presente orden de la Providencia (que no depen­
de de los Gobiernos ni de los Sistemas pedagógicos), no puede
prescindir del orden sobrenatural; por ende, de la Religión re­
velada y de los Medios de alcanzar la graclai sobrenatural. —
Lo contrario es mutilar, es decapitar al alumno so color de
educarle (1).

(1) Cf. nuestro estudio El Naturalismo, en el apéndice a nuestro


libro ¡B e perdido la fe!, 3.» ed. 1928.
(le la educación cristiana 23

al perfeccionamiento de los individuos y de la sociedad,


en cuanto la educación imprime en los ánimos la primera,
la más potente y la más duradera dirección de la vida [8],
según la conocidísima sentencia del Sabio: “La senda
por la cual comenzó el joven a andar desde un principio,
esa misma seguirá también cuando viejo” (1). Por eso
decía con razón S. Juan Crisóstomo: “¿Qué cosa hay

(1) P r o v X X II, 0 : Adolescm s iuxta viom suam etiam cutn se-


nuerit non rccedct ah ea.

[8]. Kant llegó a decir: que el hombre es lo que de él


hace la educación. Claro está que la obra educativa está condi­
cionada y limitada por las cualidades naturales del educando,
y por la huella que han dejado en él los influjos familiares y
del medio ambiente, que constituyen su preeducación (1).
En la historia de los musUmes hay dos insignes ejemplos
de la casi omnipotencia» de la educación: el de los jenízaros y el
de los mamelucos. El despotismo musulmán pudo arrancar del
seno de sus familias a niños que crió en un ambiente y ejer­
cicio calculados, y obtuvo su completa transformación (2).
Con todo, & pesar de toda acción educativa, siempre queda
al hombre la libertad con que puede abusar de sus mejores
dotes; y, además, nunca llega a hacerse del todo inmune a las
influencias exteriores. Hay casos en que las más favorables
inclinaciones y la educación cristiana más esmerada, han ido
a naufragar en los bajíos de las malas lecturas o influencias
perniciosas. Véanse los notables ejemplos del General Dumou-
riez y de la que fué Mme. ‘Roland (3).

(1) Cf. nuestra Educación m oral, 2.» ed. pág. 4 siga.


(2) Véase sobre los jenízaros, la H istoria universal del Dr. Weiss,
rol. VII, pógs. 408*9; y sobre los mamelucos, la misma obra, rol. XX
(en preparación).
(3) Véanse en Weiss estas interesantes biografías.
24 C). División del asunto

mayor que dirigir las almas, que moldear las costumbres


de los jovencitos?” (1).
Pero no hay palabra que tanto nos revele la grandeza,
belleza y excelencia sobrenatural de la obra de la educa­
ción cristiana, como la sublime expresión de amor con
que Jesús Señor Nuestro, identificándose con los niños,
declara: “Cualquiera que acogiere a uno de estos niños
por amor mío, a mí me acoge” (2).
Así, pues, para no errar en esta obra de suma impor­
tancia y encaminarla del mejor modo que sea posible,
con la ayuda de la gracia divina, es menester tener una
idea clara y exacta de la educación cristiana en sus pun­
tos esenciales, a saber: a quién toca la misión de educar,
cuál es el sujeto de la educación, cuáles las circunstancias
necesarias del ambiente, y cuál es el fin y la forma pro­
pia de la educación cristiana, según el orden establecido
por Dios en la economía de su Providencia [9].
La educación es obra necesariamente social, no soli­
taria [10]. Ahora bien, tres son las sociedades necesa-

(1) Jffom. 60, In t\ 18 M atth .: Qttid matlus quqm animis moderari,


quam adolescent ulorum fingere mores t
(2) Marc., IX, 30: Qvdsquis unum ex huinsmadi puctis receperit
in nomine meo, me recipit.

[9]. Esta división es rigorosamente científica, o sea, ppr


las causa#, eficiente, sujetiva (material), coeficiente (circunstan­
cias del ambiente), final y formal. Ln misma adoptamos en
nuestra Educación moral (1908 y 1913).
[10]. Contradice el Papa a la utopía Roussoniana, que
pretende aislar al educando de su familia y de la sociedad, para
educarle como a priori. En primer lugar, esta forma de educa­
ción sería irrealizable, pues para cada alumno necesitaría un
A quién loca la educación 25

rias [11], distintas pero harmónicamente unidas por Dios,


en el seno de las cuales nace el hombre: dos sociedades
de orden natural, tales son la familia y la sociedad civil;
la tercera, la Iglesia, de orden sobrenatural. #Ante todo, la
familia, instituida inmediatamente por Dios para un fin
suyo propio, cual es la procreación y educación de la pro­
le, sociedad que por esto tiene prioridad de naturaleza
y consiguientemente cierta prioridad de derechos, res­
pecto de la sociedad civil. Sin embargo, la familia es
sociedad imperfecta, porque no tiene en sí todos los me­
dios para el propio perfeccionamiento; mientras la socie­
dad civil es sociedad perfecta, pues encierra en sí todos
los medios para el propio fin, que es el bien común tem­
poral; de donde se sigue que, bajo este respecto, o sea, en
orden al bien común, la sociedad civil tiene preeminencia

educador, una escuela y vario« colaboradores dedicados a la


obra educativa de uno solo. Sería una educación de principes,
aplicable a casos singularísimos, y, por ende, incapaz de refor­
mar la sociedad.
Pero, además, ese Preceptor consagrado a su “Emilio”, le
educaría siguiendo sus teorías, que probablemente serían de­
ficientes o del todo equivocadas; con lo que sacrificaría al ex­
perimento el alma y la vida del educando.
El Cristianismo, verdaderamente democrático, con su misión
de educar a todos los hijos de Dios, no puede admitir tales uto­
pías, y ha de reconocer el carácter social de la educación.
[11]. El moderno individualismo, que, por natural reacción,
nos está llevando al socialismo, prescinde demasiadamente del
carácter necesario de la familia, la Iglesia y el Estado (la na­
ción, la patria). Sobre esto, cf. nuestra Educación aotwh 2.·
ed., 1929, págs. 23 ss.
26 En particular

sobre la familia, que alcanza precisamente en aquélla su


conveniente perfección temporal.
La tercera sociedad, en la cual nace el hombre, por
medio del Bautismo, a la vida divina de la gracia, es la
Iglesia, sociedad de orden sobrenatural y universal, so­
ciedad perfecta, porque contiene todos los medios para
su fin, que es la salvación eterna de los hombres, y por
tanto suprema en su orden.
Por consiguiente, la educación que abarca a todo el
hombre, individual y socialmente, en el orden de la natu­
raleza y en el de la gracia, pertenece a estas tres socieda­
des necesarias [12], en una medida proporcional y corres-

[12]. El Papa »anja la controversia entablada por los


Estados modernos laico*, que en diferentes formas y con di­
versas ideologías, han pretendido monopolizar la educación de
la juventud. Puede servir de tipo de ellos, en la Antigüedad,
el Estado Espartano, cuya práctica teorizó Platón en su Repú­
blica, y cuyas máximas han remozado en mal hora los Estados
liberales modernos.
Históricamente, el Estado no ha reclamado la función edu­
cativa de la juventud, sino donde ha usurpado la dirección reli­
giosa de los pueblos. Tan grande es la unión entre la educación
y la religión. Así ocurrió en el Islamismo, donde el sucesor de
Mahoma, el Califa, era jefe espiritual y temporal del Islam;
y más cerca de nosotros, en el Protestantismo, donde Lutero,
para sostenerse, no halló otro medio que arrojar su iglesia evan­
gélica en brazos de los Príncipes temporales, proclamando el
principio despótico — cn)us regio ejus et religio. Así y todo,
aun aquellas iglesias protestantes esclavizadas a los Príncipes
territoriales, conservaron la educación como función de la Igle­
sia ha6ta reciente fecha.
ha Revolución francesa, atea, laica, usurpó la educación de
A). A la Iglesia, de un modo supereminente

pondiente a la coordinación de sus respectivos fines, según


el orden actual de la providencia establecido por Dios.
Y ante todo pertenece de un modo supereminente a
la Iglesia la educación, por dos títulos de orden sobre­
natural, exclusivamente concedidos a Ella por el mismo
Dios, y por esto absolutamente superiores a cualquier
otro título de orden natural.
El primero consiste en la expresa misión y autoridad
suprema del magisterio, que le dió su Divino Fundador:
“A mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la
tierra. Id, pues, e instruid a todas las naciones, bauti­
zándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espí­
ritu Santo: enseñándolas a observar todas las cosas que
yo os he mandado. Y estad ciertos que yo estaré siempre
con vosotros, hasta la consumación de los siglos” (1). Al
cual Magisterio confirió Cristo la infalibilidad junto con
el mandato de enseñar su doctrina; por tanto la Iglesia
“ha sido constituida por su Divino Autor columna y fun-

(1) Matth., XXVIII, 18-20: Data est m ihl omnlx patentan in cado
et in tenra, Euntes ergo dónete omnes gentes, baptizantes eos ín
nomine P atris, e t P itii, et Spiritus Sanctl: docentes eos servare tmmia
quuecumque mandavi vobis. E t eoce, ego vobisoum sitm ómnibus dicbus
naque ad oonsummationem 8/iieouli.

la juventud, ya remozando olvidadas fórmulas del Paganismo,


ya simplemente proscribiendo la Iglesia y a sus ministros, al
mismo tiempo que destruía .la educación. Sólo cuando, pasado
el furor revolucionario, se trató de restablecer las instituciones
educativas, el Estado liberal, hijo de aquella Revolución, pro­
mulgó los principios de la supremacía del Estado y de su au-
toridad educativa^ y excluyó o cercenó malamente los derechos
de la famiUa y la Iglesia.
2S B). Maternidad sobrenatural

¿Lamento de la verdad, para que enseñe a todos los hom­


bres la fe divina, y custodie íntegro e inviolable su depó­
sito a ella confiado, y dirija e informe a los hombres y
a sus asociaciones y acciones en honestidad de costumbres
e integridad de vida, según la norma de la doctrina re­
velada” (1).
El segundo título es la Maternidad sobrenatural, con
que la Iglesia, Esposa inmaculada de Cristo, engendra,
alimenta y educa las almas en la vida divina de la gra­
cia, con sus Sacramentos y su enseñanza. Con razón
pues afirma S. A gustín: “No tendrá a Dios por padre,
el que rehusare tener a la Iglesia por madre” (2).
Por tanto, en el objeto propio de su misión educativa,
es decir: “en la fe e institución de las costumbres, el mis­
mo Dios ha hecho a la Iglesia partícipe del divino magis­
terio, y, por beneficio divino, inmune de error; por lo
cual es maestra de los hombres, suprema y segurísima, y
en sí misma lleva arraigado el derecho inviolable a la
libertad de magisterio” (3). Así, por necesaria conse­
cuencia, la Iglesia es independiente de cualquiera potes­
tad terrena, tanto en el origen como en el ejercicio de su
misión educativa, no sólo respecto a su objeto propio,

(1) Pius IX, Ep. Quum twn Riñe, 14 luí. 1804: Columna et firma-
m enU m v erita tis a Divinó sno Aactore fu it constituía, u t omncs ho►
mines divina»t edoceat fidem, einsf/ue deposit u<m sibi traditum inte­
grum> inviolatumque oustodiat, ac homines corumque consort frt et
aotiones ad tnortim honeatatem vitaeque integritatem , Itixta revela toe
doctrinne normftm, dirignt et fingat.
(2) De ad c a t e c h X III: Non habebit Dcum patremf qui
Bcclesiam noluerit habere m<Urem.
(3) Ep. ene. Libet'tas, 20 Iun. 1888 : In fide utque in inftfiiutioñe
moruin divini magisterU EoolcsUtm feoit Dens ipse participem , cam-
demqu# divino eht# beneficio faMi nesoiam: quare mamutra mortalium
est maxima ac tutisslm a, in eaque inest non vloUibile ius ad miagistcrii
libertatem .
Maternidad sobrenatural 29

sino también respecto a los medios [13] necesarios y con­


venientes para cumplirla. Por esto, con relación a toda

[13]. Aunque el magisterio infalible de la Iglesia se refiere


solamente a las materias de Fe y de Moral, pero la dirección
cimtífica, sobre todo en la esfera de la educación, se extiende a
todas las disciplinas, porque todas ellas son o pueden ser me­
dios necesarios y conveniente* para cumplir su divina misión
docente. — Si pudiera haber sombra de duda acerca de esto, se
encargarían de disiparla los enemigos de la Iglesia católica,
los cuales procuran infiltrar sus errores y combatir la fe y la
doctrina de la Iglesia en todas las materias: en la Filosofía,
esparciendo el materialismo, el deterninismo, el panteísmo; en
la Geología, pretendiendo destruir con ella la doctrina de la
creación y la revelación Mosaica; en la Historia natural, in­
filtrando en sus enseñanzas las teorías darwinistas y trans-
formlstas que pretenden hacer al hijo de Dios descendiente del
simio; en la Historia, adulterando la verdad para presentar
a la Iglesia católica como tiránica, usurpadora de los derechos
de los reyes y de los pueblos; en la Filología, para transtornar
la inteligencia de la Sda. Escritura, etc., etc.
Dígase una sola disciplina en que los enemigos del Catoli­
cismo no hayan Inoculado su veneno, y concederemos que la
Iglesi<a nada tiene que ver con 1« enseñanza de esa disciplina.
Pero aun en cosas, al parecer más inocentes, ha de intervenir
la iglesia docente, para tutelar los’ derechos de sus hijos al
conocimiento de la verdad, y favorecer la unión de todos los fie­
les en una sola familia cristiana, por encima de las diferencias
raciales y nacionales; aunque respetando los justos derechos de
las naciones y las razas.
Sirva de ejemplo el estudie del latín y su uso como lenguaje
científico, que constituía un lazo de unión entre todos los pueblos
de la Iglesia latina, y era como el verbo, que expresaba la uni­
dad de la Iglesia occidental. El espíritu nacionalista, y, sobre
todo, el espíritu sectario, desterró primero el uso común del
30 Maternidad sobrenatural

otra disciplina y enseñanza humana, que en sí conside­


rada es patrimonio de todos, individuos y sociedades, la
Iglesia tiene derecho independiente de emplearla y prin­
cipalmente de juzgar en ella de cuanto pueda ser prove­
choso o contrario a la educación cristiana. Y esto, sea
porque la Iglesia, como sociedad perfecta, tiene derecho
independiente a los medios que emplea para su fin [14],

latín en la diplomadla, en la ciencia, en las relaciones Interna­


cionales, y acabó por suprimir su estudio, privando a la Huma­
nidad docta del idioma universal, que poseía, y que luego ha
pretendido en vano substituir por el volapuk, el esperanto, u
otros engendros tan ajenos del sentido práctico como del buen
gusto.
No hay duda que el principal resorte de la cruzada tácita
contra el latín nació del odio contra la Iglesia romana, que
siempre lo tuvo por su idioma oficial.
Véase, pues, cómo, aun en una materia tan indiferente de
suyo, la Iglesia ¿o puede renunciar a sus derechos sobre la edu­
cación y enseñanza de la juventud.
[14]. Contra este derecho de ¡a Iglesia pecan los Estados
modernos que pretenden exigir para toda enseñanza — por lo
menos aquéUa que se ordena a los hijos de la Iglesia que no
han de ser clérigos —, títulos académicos expedidos por el
Estado; como si la Iglesia no tuviera capacidad — independíente
del Estado — para otorgar tales títulos de aptitud y suficiencia.
Esto, no sólo es injurioso contra la independencia de la
Iglesia ante el Estado, sino, además, absurdo; pues la Iglesia
tiene propio magisterio y misión de enseñar; y el Estado carece
de ambas cosas.
El Estado puede, es verdad (como lo diremos más abajo con
el Papa), fijar cierta meta de cultura o saber, para sus fun­
cionarios o aun para los ciudadanos en general, sobre todo para
los que aspiran al ejercicio de determinados derechos civiles o
políticos. Pero el Estado no posee ninguna clase de mapiste-
Maternidad sobrenatural 31

sea porque toda enseñanza, lo mismo que toda acción hu­


mana, tiene necesaria conexión de dependencia del fin
último del hombre, y por tanto no puede sustraerse a
las normas de la ley divina, de la cual es custodio, intér­
prete y maestra infalible la Iglesia.

rio, ni siquiera científico; y, por ende, es ridículo abuso y tira­


nía, que pretenda reservarse el reconocimiento de la1capacidad
en los que han de ejercer la función docente o educativa.
Así se da el absurdo de que, Estados que — según su Cons­
titución —, tienen por religión oficial la católica* nieguen al
sacerdote católico, si no se sujeta de antemano a los exámenes
de la carrera de maestro, la capacidad legal para desempeñar
una escuela, aun en su grado elemental. No es menos absurdo
que no pueda enseñar latín o Filosofía quien la ha estudiado
y aprobado en los Seminarlos clericales, si no ha cursado esas
mismas materias en los Centros docentes del Estado.
¿Qué es eso sino desconocer, un Estado que se llama cató­
lico, la función docente de la Iglesia católica; y del Clero ca­
tólico, al cual subvenciona, no obstante, por deber de justicial y
ley fundamental?
Y este absurdo sube de punto para quien considera que, casi
todos los maestros má9 escogidos, proceden de los seminarios,
donde cursaron parte de la carrera eclesiástica (como acontece
en España), y otro tanto se puede decir de los más de los Ca­
tedráticos de latín, de Filosofía y materias semejantes, en la
Segunda enseñanza oficial.
No es, pues, que el Estado sea el criadero de la ciencia y la
pedagogía; sino que se arroga sobre la Iglesia, una superioridad
que en ninguna manera le compete, especialmente en materia de
enseñanza y educación.
Lo cual, sin duda, continuarán haciendo los Estados secta­
rios ; pero es de esperar que enmienden los gobernantes que se
precian de católicos, después de estas diáfanas enseñanzas del
Bomano rontífice.
32 Maternidad sobrenatural

Lo cual, con luminosas palabras, declara Pío X de


s. m.: “En cualquier cosa que haga el cristiano, aun en
el orden de las cosas terrenas, no le es lícito descuidar los
bienes sobrenaturales, antes al contrario, según los pre­
ceptos de la sabiduría cristiana debe dirigir todas las
cosas al bien supremo como a último fin: además todas
sus acciones, en cuanto son buenas o malas en orden a las
costumbres, o sea en cuanto están conformes o no con el
derecho natural y divino, están sometidas al juicio y ju­
risdicción de la Iglesia” (1).
Y es digno de notarse cuán bien ha sabido entender y
expresar esta doctrina católica fundamental un seglar,
tan admirable escritor cuanto profundo y concienzudo
pensador: “La Iglesia no dice que la moral pertenezca
puramente (en el sentido de exclusivamente) a; ella; sino
que pertenece a ella totalmente [15]. Jamás ha preten­
dido que, fuera de su seno, y sin su enseñanza, el hombre

(1) Ep. one. Ringulari quartani, 24 Sept. 1012: Qtiidquid homo


christitinu# agat, ctiam in ordine rerum tcn'cnarvm, non ci licet bona
negllgere quae sunt xuitra wnturwm. immo opnrtrl art ftummum bonnm,
tamqunm ad ultimnm fincm, ex cfu'lstinnae m pientiac prac^oripfit?
onmia ditig a t: omiies autem actirrncs eius, quatcnu* bohae fiut maUte
aunt in gcnore womm, id cut cum lure naturaJi et divino congnnrnt aut
discrepant, 4md id o et iurimdiotioni EoolenUie subximt.

[15]. En uno de nuestros libros (V'a?orr.s humano*, confer.


V, VI.) hemos demostrado que, fuera de la Iglesia católica, no
se profesa totalmente la moral cristiana ni siquiera en los pue­
blos que se educaron en el seno del Catolicismo, pero se han
separado luego de la Iglesia por el Protestantismo, el cisma o el
liberalismo. — Baste indicar como materias en que esta verdad
resplandece, el divorcio, el infanticidio quirúrgico, el iicoiiuiltu-
8iani8)no.
O). Extensión de los derechos de la Iglesia 33

no pueda conocer verdad alguna moral: antes bien ha


reprobado tal opinión más de una vez, porque ha apare­
cido en más de una forma. Dice por cierto, como ha
dicho y dirá siempre, que, por la institución recibida de
Jesucristo y por el Espíritu Santo que el Padre le envió
en su nombre, ella sola posee originaria e inamisiblemente
la verdad moral toda entera (amnem veritatem ), en la
cual todas las verdades particulares de la moral están
comprendidas, tanto las que el hombre puede alcanzar
con el simple medio de la razón, como las que forman
parte de la revelación, o se pueden deducir de ésta” (1).
Así, pues, con pleno derecho, la Iglesia promueve las
letras, las ciencias y las artes, en cuanto son necesarias
o útiles para la educación cristiana, y además para toda
su obra de la salvación de las almas, aun fundando y man­
teniendo escuelas e instituciones propias en toda discipli­
na y en todo grado de cultura (2.). Ni se ha de estimar
como ajena a su magisterio maternal la misma educación

[10] (1) A. Manzoni, Osnervasioni sulla Morale Cattolica, c. III.


(2) Codex luris Canonid, c. 1375.

[16]. A. Manzoni, cuyo testimonio alega el Papa, es el co­


nocido autor de l promesi sposl (n. en Milán en 1785, m. en 1873).
En su juventud íué liberal y se casó con una protestante, la
cual se convirtió luego que Manzoni volvió sinceramente a sus
creencias católicas (1810). Se le considera como jefe de la
escuela romántica italiana, a la manera que Víctor Hugo lo fué
de la francesa. — Sin duda lo alega el Papa, no sólo por el va­
lor de su libro, sino por ser autor simpático a los modernos
Italianos.
COMENTARIO-ENCÍCLICA» — 3.
34 Extensión de los derechos

física [17], como la llaman, precisamente porque tiene


ella razón de medio que puede ayudar o dañar a la edu­
cación cristiana.

L17j. Hasta hace algunos años se entendía bajo este nombre


solamente la educación o desarrollo del sistema muscular, con
atención, si acaso, al respiratorio y a las funciones fisiológicas
del organismo. Pero modernamente se ha ampliado ésta, de­
masiado angosta idea de la educación física, y se han señalado
sus íntimas conexiones con la educación moral y social.
El cuerpo humano no vive sino por el alma racional, ni ésta
es un puro espíritu “asistente”, sino “forma substanciar1 del
humano organismo. Por lo cual, lógicamente se extiende la
educación física a muchas cosas ajenas a la antigua “gimnasia”,
y por lo mismo no es posible que sea indiferente a la Iglesia,
a quien pertenece especialmente lai educación religiosa y moral,
pero en general, la educación de “todo” el hombre; pues todo él
ha sido redimido por Cristo y elevado a un estado sobrena­
tural.
Si la Iglesia extiende su solicitud a los cadáveres que fueron
morada· de un alma cristiana, y ha sostenido luchas empeñadas
por la posesión de los Cementerios, en que esos cuerpos espe­
ran la “resurrección de la carne” ¿cuánto menos se puede desen­
tender de la educación física, que no sólo influye en eso que
4ia de convertirse por la muerte en cadáver, sino en todo el hom­
bre orgánico, cuya parte material condiciona en muchos res­
pectos el ejercicio de las virtudes cristianas? ¿Qué mayor cor
nexión puede pensarse, que la que hay entre) el cuerpo y la
castidad, la penitencia, el trabajo; partes integrantes de la vi­
da cristiana?
Pero además de esa relación per se, hay otra que podemos
Uamar per accidem, pero no menos estrecha y real.
Como en la educación intelectual, so pretexto de la belleza
del estilo o el interés de la Historia, se han empleado libros que
mancillaban gravemente la pureza del alma (y por eso la Igle-
ile la Iglesia 35

Esta obra de la Iglesia en todo género deí cultura,


así como cede en inmenso provecho de las familias y las
naciones, que sin Cristo se pierden, como justamente ob­
serva S. Hilario: “¿Qué hay más peligroso para el mun­
do que no acoger a Cristo?” (1); así no trae el menor in­
conveniente a las ordenaciones civiles, porque la Iglesia
con su maternal prudencia no se opone a que sus escue­
las e instituciones educativas para los seglares se confor­
men en cada nación con las legítimas disposiciones de
la autoridad civil, y aun está en todo caso dispuesta a
ponerse de acuerdo con ésta, y a resolver amistosamente
las dificultades que pudieran surgir.
Además, es derecho inalienable de la Iglesia, y a la
vez deber [18] suyo indispensable, vigilar sobre toda la

(1) Cottinicntar. in- M atth., cap. 18: Quid mundo tam perica loeutin
qnam non recepisne Chriatunit

sla ha reclamado su Intervención); con ocasión (le la educación


física se ataca no raras veces a la modestia cristiana; así en los
gimnasios, como en los juegos atléticos, y, sobre todo, en las
exhibiciones; sobre las que habla más adelante el Papa, prohi*
biendo todas las de gimnasia femenina.
Por eso la Iglesia no se puede desentender de esta parte de
la educación, como ni de ninguna de las Oemás.
[18]. Este es el punto, tan debatido modernamente, de la
inspección de la Iglesia en las escuelas.
Hasta el siglo xvi fué esto una manera de dogma pedagógi­
co. Aun cuando se formaron escuelas no-clericales, ciuda­
danas, libres, nunca se concibió una escuela que no estuviera
sometida a la inspección de la Autoridad eclesiástica: del Obis­
po o Arcediano, etc.
El luteranismo, aunque sometió a los Príncipes la iglesia,
Extensión de los derechos

educación de sus hijos, los fieles, en cualquier institución,


pública o privada, no sólo en lo referente a la enseñanza
religiosa allí dada, sino también en toda otra disciplina
y disposición, en cuanto se refieran a la religión y mo­
ral (1).
Ni el ejercicio de este derecho podrá estimarse como
ingerencia indebida, sino como preciosa providencia ma­
ternal de la Iglesia, para preservar a sus hijos de los
graves peligros de todo veneno doctrinal y moral. Ade­
más esta vigilancia de la Iglesia, como no puede torear

(1) Cod. I. C.f cc. 1381, 1382.

y, por ende, la escuela; continuó ejerciendo la Inspección de


ésta por medio de sus pastores y sínodos, y es conocida la ac­
ción de Melanchthon en esta materia. Para vergüenza nuestra
hemos de reconocer que la inspección eclesiástica de Ins escue­
las duró más en los países protestantes (1) que en los católicos,
donde el Cesarismo, en el siglo xvm, y luego el liberalismo re­
volucionario, rebajó primero, y excluyó luego, la inspección
eclesiástica en las escuelas del Estado.
Pero cuando, tras las épocas de violencia, se vino a fórmulas
de harmonía, en los Concordatos, se afirmó de ordinario este de­
recho inalienable de la Iglesia. Así se hizo en el concordato
español de 1851, cuyo artículo 2 dice a sí:
“La instrucción en las universidades, colegios, seminarios
y escuelas públicas o privadas, de cualquier clase, será en
todo conforme a la doctrina de la misma religión católica; y
a este fin no se pondrá impedimento alguno a los obispos y de­
más prelados diocesanos encargados por su ministerio de velar

(1) En Prusla se conservó la Inspección eclesiástica cié las escuelas


hasta 1872 en que la suprimió el ministro A. Falk. — En Wurtenberg
el Estado inspeccionaba las escuelas por medio de eclesiásticos liasta
1009.
de la Iglesia 37

ningún inconveniente verdadero, tampoco puede dejar de


reportar eficaz auxilio al orden y bienestar de las fami­
lias y de la sociedad civil, teniendo lejos de la juventud
aquel veneno moral, que en esta edad inexperta y torna­
diza suele tener más fácil entrada y pasar más rápida-

sobre la pureza de la doctrina de la fe y de las costumbres, y


sobre la educación religiosa de la juventud, en el ejercicio de
este cargo, aun en las escuelas públicas” (1).
Pero este artículo del Concordato ha sido conculcado tan des­
caradamente como tantos otros. Sobre todo después que se
separó el Ministerio de Instrucción pública del de Fomento,
y se estableció en él una especial Dirección general de Primera
enseñanza, con designio manifiesto de poner toda ésta, y espe­
cialmente su inspección, en manos de la* “Institución Ubre de
enseñanza” ; esto e s : de los elementos más Izquierdistas de
ésta.
Es cierto que, en general, se ha respetado el derecho de los
párrocos de ir a las escuelas públicas, para explicar catecismo
o moral. Pero fuera de esto, no se les reconoce el que tienen
ellos y los Sres. Obispos, de velar, no sólo sobre la enseñanza
sino también sobre las eoatwmlirc*r, y sobre toda la educación de
la juventud.
En coso de que se quebranten los deberes que tiene el maestro
español, en esta parte, no se deja al Párroco otro recurso que
la delación del abuso a las autoridades académicas o guberna­
tivas; como podría delatarlo “el peatón de correos” : es frase de
un Ministro conservador, con ocasión de la algarada que le­
vantaron las izquierdas, por haber un párroco acudido a la

(1) Ln ley de 1857 (t.it. IV, art. 295) insistía en la ley concor­
dada : “Las autoridades civiles y académicas, cuidarán, bajo su más
estrecha responsabilidad-, do que, ni en los establecimientos públicos
de enseñanza, ni en los privados, se ponpa impedimento alguno a los
Kds. Obispos y demás Prelados diocesanos, encargados por su minis­
terio de velar sobre la pureza de la doctrina de la Fe y de las costum­
bres. y sobro la educación religiosa de la juventud, en el ejercicio
de este cargo”.
38 Extensión de los derechos

mente a la práctica. Ya que, sin la recta institución re­


ligiosa j moral — como sabiamente advierte León X III —r
“toda la cultura de las almas será malsana: los jóvenes
no habituados al respeto de Dios, no podrán soportar nor-

Superloridad delatando los abusos de un maestro. Mas claro es,


que el derecho de delatar abusos, común a todos los ciudadanos,
incluso el peatón de correos, no es el que el Concordato reserva
a los Obispos y demás Prelados diocesanos, de velar sobre la
fe y las costumbres, “aun en las escuelas públicas” (1).
Lo peor del caso es que se ha procurado inspirar a los maes­
tros la idea enteramente falsa, de que es humillante para, ellos,
la inspección del párroco. Seguramente lo es mucho más la
del inspector o inspectora, a veces joven sin ninguna experien­
cia de la enseñanza, salido de la Escuela Superior del Magiste­
rio. La vigilancia de la Iglesia es maternal, y no puede moles­
tar al fiel maestro, que le avise lo que tenga que avisarle el
Pastor de su alma, sin el carácter fiscal, coercitivo y odioso que
tiene muchas veces la Inspección del Estado.
Nosotros, sí, aconsejamos a los párrocos que amen mucho
las escuelas y traten con especial amor a los maestros; no pos­
poniendo los oficiales, a los religiosos o particulares, que tal
vez el mismo párroco ha llevado al pueblo, y tiene bajo su
especial protección. Todas las escuelas han de ser auxiliares de
la Iglesia y de la familia, y a todos los maestros hay que tratar
con el mismo Interés, pues son las personas que, después del
sacerdote, más Influencia tienen en el bien de la comunidad.

(1) En esto ya se mostró deficiente la Ley ele Instruí*. Prtb., la


cual dice en el Art. 290: “Cuando un Prelado diocesano advierta que
en los libros de texto o en las explicaciones de los profesores se emiten
doctrinas perjudiciales a la buena educación religiosa de la juventud,
dará cuenta al Gobierno, quien instruirá el oportuno expediente, oyendo
al Real Consejo do Instrucción Pública, y consultando, si lo creyere
necesario, a otros Prelados y al Consejo Real.” Se limita, por ende,
el derecho del Prelado, a una delación para incoar un expediente, en
que no podrá ser juez sino parte. Y esto, claro ea que no satisface a los
derechos de la Iglesia.
de la Iglesia 39

ma alguna de honesto vivir, y sin ánimo para negar nada


a sus deseos, fácilmente se dejarán arrastrar a trastornar
los Estados” (1).
r En cuanto a la extensión de la misión educativa de la
Iglesia, ella comprende a todas las gentes, según el man­
dato de Cristo: “Enseñad a todas las gentes” (2); y no
hay potestad terrena que pueda ligítimamentc disputar
o impedir su derecho. Primeramente se extiende a todos
los fieles, de los cuales ella tiene solícito cuidado como
Madre ternísima. Por esta razón para ellos ha creado y
fomentado en todos los siglos una ingente muchedumbre
de escuelas e instituciones en todos los ramos del saber;
porque — como dijimos en ocasión reciente — “hasta en
aquel lejano tiempo medioeval, en el que eran tan nume­
rosos (alguno ha querido decir hasta excesivamente nu­
merosos) los monasterios, los conventos, las iglesias, las
colegiatas, los cabildos catedrales y no catedrales, junto
a cada una de estas instituciones había un hogar esco­
lar [19], un hogar de instrucción y educación cristiana.

(1) Ep. enc. NohiUseima Gallorum Gens., 8 Febr. 1884 : male mna
onrnis fu tu ra cut anlmonttn enritwra: insncti ad vereevndtlam Dei ado­
lescent es nulUntl· ferre potertm t Jioneste vivendi dittelplinam, ttuUqtie
cupiditatibus 'nihil unquam negate aw-si, ffloile ad miseendas civitates
pertrohentur. ___
(2) Matth., XXVIII, 10: Docete omnen gcntes.

[19]. El Estado lia creado escuelas de instrucción y cuarte­


les ; pero sólo la familia o la Iglesia es capaz de formar hogares.
Esta es la prerrogativa de la educación católica, que en vano
tratan de im itar ciertas instituciones sectarias, fundando resi­
dencias de estudiantes que, si no tienen mucho de cuartel, fá­
cilmente degeneran en casas de huéspedes de la peor especie;
40 Extensión de los derechos

Y a todo esto hay que añadir las Universidades todas,


Universidades esparcidas por todos los países y siempre
por iniciativa y bajo la vigilancia de la Santa Sede y de

pero nunca serán hogares, si no arde en el fondo de ellos el fue­


go de piedad y religiosidad.
Sabido* es que ése fué el primer carácter de*los colegios uni­
versitarios; el de hogares para estudiantes pobres, que acudían
a los centros de enseñanza superior. Y esos hogares fueron fun­
dados, o por eclesiásticos, o por personas pías que entregaban
sus bienes a la Iglesia como pim fundaciones* para que perpetua­
mente los empleara en esc»« fines pfos.
“Enseñar al que no sabe” se contó siempre entre las obras
que llevan al cristiano a la bienaventuranza, y se practicó por
la Iglesia con la mayor extensión y generosidad.
Y hay que subrayar aquí que la enseñanza y educación que
dió la Iglesia, fueron siempre gratuita#; no como la enseñanza
gratuita del Estado liberal, que gravita sobre los contribuyen­
tes; sino sufragada sólo por las oblaciones voluntarias de
los fieles.
Los obispos fundaron sus escuelas catedrales; los abades,
sus escuelas abaciales; los párrocos, escuelas parroquiales (1).
Y desde el siglo xvi comenzaron a abrazar esta obra de miseri­
cordia:í las Ordenes religiosas; y todos sus colegios fueron gra­
tu ito s , hasta que el Estado liberal las despojó por una iniquidad
escandalosa, de los bienes que sus píos fundadores habían des­
tinado a la sustentación de los religiosos, u fin de que se dedi­
caran gratuitammte a la enseñanza y educación de la juventud.
Ilay que recordarlo, porque, está demasiadamente olvidado:
los Colegios de los Jesuítas, de los Escolapios; las Escuelas
cristianas en sus diversas formas; fueron gratuitas, hasta que
se despojó a los Institutos religiosos de sus fundaciones, para
echar sobre el contribuyente la pesada carga del Presupuesto de

(1) Véase sobre cada una de estas escuelas, nuestra H isteria de


la Educación y de la Pedagogía, núms. 112 ss.
de la Iglesia 41

la Iglesia [20]. Aquel magnífico espectáculo que ahora


vemos mejor, porque está más cerca de nosotros y en con­
diciones más grandiosas, como lo permiten las condiciones
del siglo, fue el espectáculo de todos los tiempos; y los
que estudian y confrontan los hechos, quedan maravilla­
dos de cuánto supo hacer la Iglesia en este orden de cosas;
maravillados del modo con que la Iglesia logró correspon­
der a la misión que Dios le había confiado de educar a
las generaciones humanas en la vida cristiana, y alcanzar
tantos y tan magníficos frutos y resultados. Pero si
causa admiración el que la Iglesia haya sabido en todo
tiempo reunir alrededor de sí centenares, millares y mi­
llones de alumnos de su misión educadora; no es menor
la que deberá sobrecogernos, cuando reflexionemos sobre
lo que ha llegado a hacer no sólo en el campo de la edu­
cación, sino también en el de la instrucción verdadera y

Instrucción pública y obligar a los padres que quieran educar


sus hijos en esos hoyaren fundados por la Iglesia, a pagar las
pensiones de los colegios.
[20]. Sobre 1« historia de las Universidades, uno de los
títulos más gloriosos de la Iglesia católica, puede verse uno
exposición sucinta e interesante en la Historia Univerml de
Weiss, vol. VII, pág. 222 y sigs.
Es verdud que se clasifican las Universidades, según las au­
toridades de que recibieron sus privilegios; unas de los Papas,
otras de los Emperadores y reyes, y otras de ambas Potestades.
Pero, generalmente, los elementos de que se formaron, procedie­
ron de la Iglesia; pues aquellas instituciones, llenas de Inten­
sa vida, no se crcaro>ti con un decreto de la Gaceta, sino nacie­
ron y se desarrollaron en el suelo fecundo de la Cristiandad,
empapada del espíritu católico.
42 D). Harmonía de los derechos de la Iglesia

propiamente tal. Porque si tantos tesoros de cultura,


civilización y literatura han podido ser conservados, dé­
bese a la actitud de la Iglesia, que, aun en los tiempos
más remotos y bárbaros, ha sabido hacer brillar tanta luz
en el campo de las letras, de la filosofía, del arte y par­
ticularmente de la arquitectura” (1).
Tanto ha podido y sabido hacer la Iglesia, porque su
misión educativa se extiende aun a los no fieles, por ser
todos los hombres llamados a entrar en el Reino de Dios
y a conseguir la eterna salvación. Como en nuestros días,
en sus Misiones esparce a millares las escuelas en todas
las regiones y países aún no cristianos, desde las orillas
del Ganges hasta el río Amarillo y las grandes islas y
archipiélagos del Océano, desde el Continente negro
hasta la Tierra del Fuego y la helada Alaska, así en todos
los tiempos la Iglesia con sus Misioneros ha educado en
la vida cristiana y en la civilización a las diversas gentes
que ahora forman las naciones cristianas del mundo ci­
vilizado.
Con lo cual queda con evidencia asentado, cómo de
derecho, y aun de hecho, pertenece de manera superemi­
nente a la Iglesia la misión educativa, y cómo a ningún
entendimiento libre de prejuicios se le puede ocurrir
motivo alguno racional para disputar o impedir a la Igle­
sia una obra, de cuyos benéficos frutos goza ahora el
mundo.
Tanto más cuanto que con tal supereminencia de la
Iglesia no sólo no están en oposición, sino antes bien en

(1) Discurso a los alumnos del Colegio de Mondragón, 14 de


Mayo de 1929.
con los de la Familia y del Estado 43

perfecta harmonía, los derechos, ya de la familia, ya del


Estado, y aun los derechos de cada uno de los individuos
respecto a la justa libertad de la ciencia, de los métodos
científicos y de toda cultura profana en general. Puesto
que, para apuntar ya desde luego la razón fundamental
de tal harmonía, el orden sobrenatural, al cual pertenecen
los derechos de la Iglesia, no sólo no destruye ni merma
el orden natural, al cual pertenecen los otros derechos
mencionados, sino que lo eleva y perfecciona, y ambos
órdenes se prestan mutua ayuda y como complemento
respectivamente proporcionado a la naturaleza y digni­
dad de cada uno, precisamente porque uno y otro proce­
den de Dios, el cual no se puede contradecir: “Perfectas
son las obras de Dios, y rectos todos sus caminos” (1).
Lo mismo se verá más claramente, considerando, por
separado y más de cerca, la misión educativa de la fami­
lia y del Estado.

Primeramente, con la misión educativa de la Iglesia


concuerda admirablemente la misión educativa de la fa­
milia, porque ambas proceden de Dios, de tina manera
bien semejante. En efecto, a la familia, en el orden na­
tural, comunica Dios inmediatamente la fecundidad,
principio de vida y consiguientemente principio de edu­
cación para la vida, junto con la autoridad, principio
de orden.
Dice el Doctor Angélico,* con su acostumbrada nitidez
de pensamiento y precisión de estilo: “El padre camal

(1) DetU.t XXXII, 4 : Dei perfecta sunt opera, ct omnen viac eius
indicia.
44 A). A la familia» antes que al Estado

participa singularmente de la razón de principio, la que


de un modo universal se encuentra en Dios... El padre
es principio de la generación, educación, disciplina y de
todo cuanto se refiere al perfeccionamiento de la vi­
da” (1).
La familia, pues, tiene inmediatamente del Creador
la misión y, por tanto, el derecho de educar a la prole,
derecho inalienable por estar inseparablemente unido con
la estricta obligación, derecho anterior a cualquier dere­
cho de la sociedad civil y del Estado, y por lo mismo in­
violable por parte de toda potestad terrena.
Acerca de la inviolabilidad de este derecho, da la
razón el Angélico: “En efecto, el hijo naturalmente es
algo del padre...; así, pues, es de derecho natural que el
hijo, antes del uso de la razón, esté bajo el cuidado del
padre. Sería, pues, contra la justicia natural, que el niño
antes del uso de la razón fuese sustraído del cuidado de
los padres, o de alguna manera se dispusiese de él contra
la voluntad de los padres” (2). Y como la obligación del
cuidado de los padres continúa hasta que la prole esté
en condición de proveerse a sí misma, perdura también el
mismo inviolable derecho educativo de los padres. “Por­
que la naturaleza no pretende solamente la generación de
la prole, sino también su desarrollo y progreso hasta el
perfecto estado del hombre en cuanto es hombre, o sea el

(1) S. Th., 2-2, Q. CII. a. 1 : CaniaHs pater p a rtic u la r ity parti-


cipat rat ion ofii prtncipii f/n-ar umvcrsaUter invenitur in Deo... Pater est
principium ct f/encrationiH ct educationis ct disci ptinae, ct, omnium
quae ad perfectionem hinnaiuae vitae pertinent.
(2) S. Til.. 2-2, Q. X. a. 12: Filins enim •natnruliter est vtiquid
patrin...; ita de in-re nnturaU est qtwd fiHua, antequani hahcat umtm
rationis, sit sub cur)p> patris. Unde contra iu stitlfivi naturaleni esset,
si pu eran teqieam habeat w tim rationis, a cura parentum suhtrahatur,
vel de eo aliquid ord&net-wr inrirt® parentfbu*.
B). Derecho inviolable, pero no despótico

estado de virtud” (1) [21], dice el mismo Doctor ¿Angélico.


Por esto la sabiduría jurídica de la Iglesia se expresa
así en esta materia, con precisión y claridad comprensiva,
en el Código de Derecho Canónico en el can. 1113: “Los
padres están gravísimamente obligados a procurar con
todo su empeño la educación ya religiosa y moral, ya fí­
sica y civil, y a proveer asimismo al bien temporal de la
misma prole” (2).
En este punto es tan concorde el sentir común del gé­
nero humano, que se pondrían en abierta contradicción
con él cuantos se atreviesen a sostener que la prole, antes
que a la familia pertenece al Estado, y que el Estado
tiene sobre la educación absoluto derecho. Es además
insubsistente la razón, que los tales aducen, de que el
hombre nace ciudadano y de que por esto pertenece pri­
mariamente al Estado, sin atender a que, antes de ser
ciudadano, el hombre debe existir, y la existencia no la
recibe del Estado, sino de los padres; como sabiamente
declara León X III: “Los hijos son algo del padre, y
una como extensión de la persona paterna; y si queremos
hablar con exactitud, ellos no entran directamente, sino
por medio de la comunidad doméstica, en la que han sido

(1) Suppl. S. Th., 3. p. Q. 41, a. 1 : Non enfan m ten dit natura


soluvi getierationem. prolis, sed etiam traductioneni et promotionem
usqae ad perfectvm staUtm hominis in quantum hamo est, gui est
v ir tu tis status.
(2) CodL I. C., c. 1113: P atentes ffravissima obligativne tenentur
prolis educationem tum reOgiosam et moral&m, tum pltysicani et civitem
pro viribu# curandi, et etiam Temporali eorwm bono providen-di.

[21]. Sobre la educación como complemento de la generación


y la crianza, encomendadas a la familia, véase nuestra Edu­
cación- vioraly 2.· ed., Introduc. y cap. I.
40 Derecho Inviolable, pero no despótico

engendrados, a formar parte de la sociedad civil” (1).


Por lo tanto: “La patria potestad es de tal naturaleza,
que no puede ser ni suprimida ni absorbida por el Esta­
do, porque tiene un mismo y común principio con la vida
misma de los hombres” (2), afirma en la misma encíclica
León X III. De lo cual, sin embargo, no se sigue, que el
derecho educativo de los padres sea absoluto o despótico,
porque está inseparablemente subordinado al fin último
y a la ley natural y divina, como lo declara el mismo León
X III en otra memorable encíclica suya “de los principa­
les deberes de los ciudadanos cristianos”, donde expone así
en resumen el conjunto de los derechos y deberes de los
padres: “Por la naturaleza los padres tienen el derecho
a la formación de los hijos, con este deber· anejo, que la
educación y la instrucción del niño convenga con el fin
para el cual, por la bondad de Dios, han recibido la prole.
Deben, pues, los padres esforzarse y trabajar enérgicamen­
te por impedir en esta materia todo atentado, y asegurar
de manera absoluta que quede en ellos el poder de educar
como se debe cristianamente a sus hijos, y sobre todo de
apartarlos de las escuelas en que hay peligro de que be­
ban el fatal veneno de la impiedad” (3).

(1) Ep. ene. Rerum novanm^, 15 Mail 1891: F ilii su n t aliquid


patria, et velu t pftternae am pllfim tio qu-aedam personae, proprieque
loqui si volwm w, non ipsi per se, sed per oommunitatem, domestican!,
in qua geherati sunt, oivilem in&unt ao participant societatem .
(2) Ep. ene. íterum novantvi, 15 IV^ii 1891: P atria potestas est
duwnodi, u t nec extinguí, ñeque absoroeri a república possit, quia
idem et commune hahet cum ipsa hommum v ita principium.
(3) Ep. ene. &apienti-ae cJuistianae, 10 Ian. 1890: Natura paren-
tes habent itut suwm im titu en di, quos proorearint, hoc adhm eto officio,
ut ctim fine, cuius gratia sobolem. Dei beneficio susccpertrnt, ípsa
eduaatiio conveniat et doctrina puerili*. Igitur parentibus est nccessp·
riwm eniti et contendere, ut otrvncm in hoc genei'e propulsent iniuriam,
onminoque pervkicant ut aun» í» potestatc s it edaoere liberas, u ti par
est, more chHstiano, mawimeque prohibere scholis a quibus perir
culwm est ne matum veneniun imlHbaht im pietatis.
(.!). Reconocido por la Jurisprudencia civil 47

Obsérvese además que el deber educativo de la fami­


lia comprende no sólo la educación religiosa y moral, sino
también la física y civil (1), principalmente en cuanto
tienen relación con la religión y la moral.
Este incontrastable derecho de la familia ha sido va­
rias veces reconocido jurídicamente por naciones en que
hay cuidado de respetar el derecho natural en las dispo­
siciones civiles. Así, para citar un ejemplo, de los más
recientes, la Corte Suprema de la República Federal de
los Estados Unidos de la América del Norte, al resolver
una importantísima controversia, declaró “ que no com­
petía al Estado ninguna potestad general de establecer
un tipo uniforme de educación en la juventud, obligán­
dola a recibir la instrucción de las escuelas públicas sola­
mente”, y añadió la razón de derecho natural: “ E l niño
no es una mera criatura del Estado; quienes lo alimentan
y lo dirigen, tienen el derecho, junto con el alto deber,
de educarlo y prepararlo para el cumplimiento de sus
deberes” (2).
L a historia testifica, cómo, particularmente en los
tiempos modernos, ha’ habido y hay de parte del Estado
violación de los derechos conferidos por el Creador a la
familia, y al par demuestra espléndidamente cómo la
Iglesia los ha tutelado siempre y defendido; y la mejor
prueba de hecho está en la especial confianza que las fa-

(1) Cod. I. C., c. 1113.


(2) “The fundamental theory of liberty upon which all govern­
ments 'In this union repose excludes any general power of the State to
standardize its children by forcing them to accept instruction from
public teachers only. The child is not the mere creature of the
State; those who nurture him and direct his destiny have the right
coupled with the high duty, to recognize, and prepare him for addi­
tional duties". U. S. Supreme Court Decision in the Oregon School
Cases, June X, 1025.
48 b ). Am parado por la Iglesia

milias han puesto en las escuelas de la Iglesia, como es­


cribimos en Nuestra reciente carta al Card. Secretario
de Estado: “ La familia ha caído pronto en la cuenta de
que es así, y desde los primeros tiempos del Cristianismo
hasta nuestros días, padres y madres, aun poco o nada
creyentes, mandan y llevan por millones a sus propios
hijos a los institutos educativos fundados y dirigidos por
la Iglesia” (1).
Es que el instinto paterno, que viene de Dios, se orien­
ta confiadamente hacia la Iglesia, seguro de encontrar
en ella la tutela de los derechos de la familia, es decir, la
concordia que Dios ha puesto en el orden de las cosas.
L a Iglesia, en efecto, aunque, consciente como es de su
divina misión universal y de la obligación que todos los
hombres tienen de seguir la única religión verdadera, no
se cansa de reivindicar para sí el derecho y de recordar
a los padres el deber de hacer bautizar y educar cristia­
namente a los hijos de padres católicos; con todo, es tan
celosa de la inviolabilidad del derecho natural educativo
de la familia, que no consiente, a no ser con determinadas
condiciones y cautelas, en que se Bautice a los hijos de
los infieles, o se disponga como quiera de su educación,
contra la voluntad de sus padres, mientras los hijos no
puedan determinarse por sí abrazando libremente la
P e (2).
Tenemos, pues, como lo declaramos en Nuestro discur­
so ya citado, dos hechos de altísima importancia: “la
Iglesia que pone a disposición de las familias su oficio
de *maestra y educadora, y las familias que acuden pre-

(1) Carta al Card. Secretario de Estado, 30 de Mayo de 1929.


(2) Cod. I. C., c. 750, 8 2. S. Til.» 2, 2. p. X, a. 12.
A l Estado 49

surosas para aprovecharse de él y confían a la Iglesia


por centenares y millares a sus propios hijos [2 2 ]; y estos
dos hechos recuerdan y proclaman una gran verdad, im­
portantísima en el orden moral y social. A saber: que
la misión de la educación toca, ante todo y sobre todo,
en primer lugar a la Iglesia y a la Familia, y que les toca
por derecho natural y divino, y por tanto de manera in-
derogable, ineluctable, insubrogable” (1).

De este primado de la misión educativa de la Iglesia


y de la familia, así como resultan grandísimas ventajas,
según hemos visto, para toda la sociedad, así también
ningún daño puede seguirse a los verdaderos y propios

(1) Discurso a los alumnos del Colegio de Mondragón, 14 de


Mayo de 1929.

[22]. Este hecho es tan llamativo, que los enemigos de la


Iglesia y de las Ordenes religiosas, han pretendido explicarlo
por una supuesta coacción de lax concienciasy o por lo menos
seducción, ejercida, según ellos, en el tribunal de la penitencia.
Pero he aquí que modernamente han surgido las Congrega­
ciones de Hermanos legos dedicados a la enseñanza : Hermanos
de las Escuelas cristianas, Maristas, Salesianos, Religiosas de
tantas diferentes Congregaciones; todas ellas privadas del
confesonario y la predicación, y esos temidos medios de hacer
coacción sobre las conciencias; y las familias llevan a miles sus
hijos a esas escuelas religiosas, lo mismo que a las de los Religio­
sos que ejercitan la dirección de las almas, donde practican esa
coacción misteriosa.
No es la coacción moral, sino el natural atractivo que se­
ñala el Papa, lo que lleva a las familias a buscar en las Ins­
tituciones de la Iglesia el complemento natural de su acción
educativa.

CO&tENTARIO"ENCÍCLICA. — 4.
no A ). E n orden

derechos del Estado respecto a la educación de los ciu­


dadanos, conforme al orden por Dios establecido.
Estos derechos los ha comunicado a la sociedad civil
el mismo Autor de la naturaleza, no a título de paterni­
dad, como a la Iglesia y a la familia, pero sí por la auto-
ridád que le compete para promover el bien común tem­
poral, que no es otro su fin propio. Por consiguiente, la
educación no puede pertenecer a la sociedad civil del mis­
mo modo que pertenece a la Iglesia y a la familia, sino
de manera diversa, correspondiente a su fin propio.
Ahora bien: este fin, el bien común de orden temporal,
consiste en la paz y seguridad, de que las familias y cada
uno de los individuos puedan gozar en el ejercicio de sus
derechos, y a la vez en el mayor bienestar espiritual y
material que sea posible en la vida presente, mediante la
unión y la coordinación de la actividad de todos. Doble
es, pues, la función de la autoridad civil, que reside en el
Estado: proteger y promover [2 3 ]; y no, absorber a la
familia y al individuo, o suplantarlos.

[23]. En 1901, procurando precisar los derechos que el Es­


tado tiene y no tiene en la educación y enseñanza de la moce­
dad, decíamos que los derechos del Estado en esta materia
se reducían a la tutela y al fomento; a tutelar los derechos de
la familia y del individuo; y a fomentar, por los medios supe­
riores de que el Estado dispone, el medro y progreso de la edu­
cación en todos sus aspectos.
El Papa emplea ahora otras dos palabras de sentido muy
poco diferente: pertenece al Estado (para lograr el “bien común
de orden temporal” ) proteger el derecho de la familia a edu­
car a sus hijos, para asegurar en ellos la propagación, no sólo
de la “especie” , sino del sér moral, con las características pro-
ni bien común 51

Por lo tanto, en orden a la educación, es derecho, o


por mejor decir, deber del Estado proteger en sus leyes
el derecho anterior — que arriba dejamos descrito — de
la familia en la educación cristiana de la prole; y, por
consiguiente, respetar el derecho sobrenatural de la Igle­
sia sobre tal educación cristiana.
Igualmente toca al Estado proteger el mismo derecho
en la prole, cuando venga a faltar física o moralmente

pias de la misma fa m ilia ; lo cual no es más que la prolongación


y ampliación de la generación. Los padres (conscientes) en­
gendran hijos, no sólo para ver prolongarse en ellos su linaje,
sino su nobleza, su carácter moral y social; su religiosidad, su
honradez, su apellido con todo lo que le ilustra o hace acreedor
al respeto y estima. A esto tienen estricto derecho, como conse­
cuencia de la misma generación, y, por ende, el Estado tiene obli­
gación de proteger este derecho.
Pero, además, el mismo hijo, desde el momento que le ponen
en el mundo, tiene derecho a ser educado por su familia, según
las condiciones económicas, culturales e intelectuales de la
misma. Y si los padres no satisfacen a este derecho del hijo,
el Estado debe protegerle, sea obligando a los padres a cumplir
su deber, sea supliendo por las faltas de su incultura, negli­
gencia o delito.
Pero hay más. La familia es una sociedad natural imperfec­
ta·, y el Estado, que es la sociedad natural perfecta, posee me­
dios de que carece la primera, para promover el progreso de la
educación y de la cultura. Por consiguiente, debe ofrecer a
las familias esos medios, que están sobre el alcance de ellas;
y puede imponerles que sus hijos lleguen a cierta meta de edu­
cación intelectual, física y social: ya sea por preceptos direc­
tos, ya poniendo condiciones para el ejercicio de ciertos dere­
chos civiles o políticos. Así, vgr., puede exigir determinado ni­
vel de cultura, a los jóvenes que aspiren a redimir o aliviar el
52 B ). Dos funciones

la obra de los padres, por defecto, incapacidad o indig­


nidad, ya que el derecho educativo de ellos, como arriba
declaramos, no es absoluto o despótico, sino dependiente
de la ley natural y divina, y por tanto sometido a la auto­
ridad y juicio de la Iglesia, y también a la vigilancia y
tutela jurídica del Estado en orden al bien común; y
además la familia no es sociedad perfecta que tenga en
sí todos los medios necesarios para su perfeccionamiento.

servicio m ilitar; a los ciudadanos que aspiren al voto electoral


o a los cargos municipales, etc.
Además, puede el Estado fundar Escuelas especiales para
sus futuros funcionarios, Escuelas militares, navales, etc., res­
petando, no obstante, en ellas, los derechos de la familia y de la
Iglesia, a la educación religiosa y moral de los alumnos.
Pero el Estado no puede absorber el derecho de la familia,
anterior al suyo, aunque subordinado; ni menos el de la Ig le ­
sia, de orden superior, sobrenatural. El Estado que hace lo
contrario, no es católico, ni siquiera cristiano, ni racional.
En esta parte difícilmente puede haber colisión de derechos;
lo que suele haber es, abuso de fuerza por parte del Estado.
Pero si en alguna materia ocurren dudas sobre las mutuas
relaciones, la Iglesia nunca se ha negado a entrar en negociacio­
nes y llegar a ccmcordias, cuales se han establecido en los con­
cordatos y en otras menos solemnes transacciones, en casi to­
dos los Estados del mundo cristiano.
El Estado es el organismo jurídico de laj sociedad; y. como
tal, no Incluye en su concepto· la educación, ni la enseñanza, ni
la ciencia. Lo que hay, es: que generalmente se confunden el
Estado y el f/obierno; o sea: los hombres que rigen el Estado;
los cuales pueden tener mayor o menor capacidad científica y
pedagógica. Pero esto es accidental, y no pertenece al concepto
esencial del Estado, que, como tal, ni sabe ni puede educar ni
enseñar.
del Estado 53

En tal caso, por lo demás, excepcional, el Estado no su­


planta ya a la familia, sino suple el defecto y lo remedia
con medios idóneos, siempre en conformidad con los de-

Esto es hasta tal punto verdadero, que en los Estados li­


berales, los mismos hombres que arrebataron la enseñanza a la
familia y a la Iglesia, en nombre del Estado, luego han confe­
sado la ineptitud del organismo político para enseñar, y han
delegado la dirección de la enseñanza pública a agrupaciones
sectarias.
En España es notable el caso que pusimos de manifiesto en
nuestro folleto Los peligros de la. educación nacional en España*,
pues la “ Institución Ubre de enseñanza” , alegando que la ins­
tabilidad de los Gobiernos imposibilitaba una dirección seria de
la Instrucción pública, ha pretendido (y en parte logrado) que
el Gobierno la ponga en sus sectarias manos.
Es también muy digno de meditarse, que en Inglaterra, el
país de origen del parUtmmiarimno, Jos Parlamentos no se han
metido apenas en la Instrucción pública, la cual ha quedado con
suma libertad, encomendada a la familia, la Iglesia anglicana
y las Iniciativas privadas.
Item, en los Estados Unidos de América, donde la democracia
se ha aproximado más a la verdad, la educación y la enseñanza
lian gozado <le la mayor libertad, hasta nuestros días. Y cuando
las aspiraciones sectarias han pretendido llegar a imponer una
Escuela unitaria, se las ha cohibido con la1disposición de que
arriba hace mérito el Santo Padre.
Por consiguiente, ya es hora de que los católicos tomen la
posición congruente con sus creencias, en este terreno, donde
hasta ahora han dominado los prejuicios liberales y los mez­
quinos intereses de partido o clase.
“Es injusto e iUcito todo monopolio educativo o escolar, que
fuerce física o moralmente a las familias a acudir a las escue­
las del Estado, contra los deberes de la conciencia cristiana,
o aun contra sus legítimas preferencias.”
54 Dos funciones

rechos naturales de la prole y los derechos sobrenaturales


de la Iglesia.
Además, en general, es derecho y deber del Estado
proteger, según las normas de la recta razón y de la Fe,
la educación moral y religiosa de la juventud, remo­
viendo de ella las causas públicas a ella contrarias.
Principalmente pertenece al Estado, en orden al bien
común, promover de muchas maneras la misma educación
e instrucción de la juventud. Ante todo y directamente,
favoreciendo y ayudando a la iniciativa y acción de la
Iglesia y de las familias, cuya grande eficacia demues­
tran la historia y la experiencia. Luego, complemen­
tando esta obra, donde ella no alcanza o no basta, aun por
medio de escuelas e instituciones propias, porque el Esta­
do más que ningún otro está provisto de medios, puestos
a su disposición para las necesidades de todos, y es justo
que los emplee para provecho de aquellos mismos, de quie­
nes proceden (1).
Además el Estado puede exigir y por tanto procurar
que todos los ciudadanos tengan el conocimiento necesario
de sus deberes civiles y nacionales, y cierto grado de cul­
tura intelectual, moral y física, que el bien común, aten­
didas las condiciones de nuestros tiempos, verdadera­
mente exija.
Sin embargo, claro es que, en todos estos modos de
promover la educación y la instrucción pública y priva­
da, el Estado debe respetar los derechos nativos de la
Iglesia y de la familia a la educación cristiana, además
de observar la justicia distributiva. Por tanto, es injusto

(1) Discurso a los alumnos del Colegio de Mondragón, 14 de


Mayo de 1&29.
del Estado

e ilícito todo monopolio educativo o escolar, que fuerce


física o moralmente a las familias a acudir a las escuelas
del Estado contra los deberes de- la conciencia cristiana, o
aun contra sus legítimas preferencias [24].

[24]. La Iglesia dió origen a las instituciones de enseñanza


y educación, desde la escuela popular hasta la Universidad. Aun
cuando el Estado o la Ciudad quisieron fundar escuelas, hubie­
ron de tomar los maestros de las escuelas clericales. ¿De dón­
de ha procedido, pues, ese espíritu monopolizador, laicista (en
sentido lato), del Estado moderno, y su pretensión de acaparar
la enseñanza, como función propia suya?
En el fondo ha nacido del conato de formar el alma nacional
(como dicen) de un modo diferente y aun antitético de lo que
lo hace la Iglesia^ y exige el doble fin natural y sobrenatural
del hombre.
Por eso el Estado liberal proclama la libertad para* todo
menos para la enseñanza y educación de la juventud.
Los liberales ingenuos, emborrachados por el amor a la li­
bertad, la proclamaron también en la enseñanza; como lo hizo
Ruiz Zorrilla en la Revolución española de 1868. Pero presto
se percataron de que, en un sincero régimen de libertad, la Iglesia
sería dueña de las almas, que le pertenecen con mejor título
a ella que al Estado; y de ahí la omtradicción: que cuanto un
Estado ha sido más liberal, tanto ha negado más la libertad de
enseñanza y sostenido más furiosamente su imonopolio docente.
La Masonería comprendió presto que necesitaba apoderarse
de la escuela pública para lograr sus fines de descristianizar
ción; y por eso vemos el hecho, al parecer anómalo, de que en
ciertas Repúblicas, donde han alternado los gobiernos conser­
vadores y liberales, el Ministerio o Dirección de Instrucción
pública, ha estado constantemente en manos de liberales; y en
España, conservadores y liberales se comprometieron a dejar
la Dirección general de Primera enseñanza en manos de uno de
los más señalados miembros de la “ Institución Ubre de enseñan­
56 O ). Qué educación puede

Pero esto no quita que para la recta administración


de la cosa pública y para la defensa interna y externa
de la paz, cosas tan necesarias para el bien común y que
exigen especiales aptitudes y especial preparación, el Es­
tado se reserve la institución y dirección de escuelas pre­
paratorias para algunos de sus cargos y señaladamente

za’\ que lleva aquí la bandera de la laicización de la escuela.


Por eso ya es tiempo que oigamos la voz de la Iglesia, y,
por lo menos los católicos, tomemos posiciones definidas en
este problema.
Porque, en España (y acaso en otras naciones) ha acaecido
que, un gran número de católicos, por espíritu de cuerpo o por
otros prejuicios o Intereses, se han alistado en las filas de los
defensores del monopolio oficial; y su colaboración es cabal­
mente la que ha dado la victoria a la mdnoria exigua de los
laicistas.
La idea de que pertenece al 'Estado la facultad exclusiva
de enseñar? y dar validez nodal, a la· denda , ha lisonjeado
n los que ejercen el profesorado ofidal (entre los cuales, la gran
mayoría son católicos, en España). Y con esto ha venido a
acontecer, que los hijos de la¡ Iglesia pugnaran de hecho contra
los intereses de la Iglesia ; sin dudai disimulándose la verdadera
transcendencia de esta materia.
Hoy el Papa ha hablado ya demasiado claro para que pueda
continuar el equívoco, y esperamos que todos los profesores y
maestros católicos, tomarán decididamente posición en favor
de la libertad de enseñanza·, garantizada en España por el art.
12 de la Constitución, pero desvirtuada por la legislación or­
gánica, y, sobre todo, por la complicada red de los exámenes,
que aprisionan y paralizan toda libertad de movimientos.
El monopolio docente del Estado es contra razón y contra
derecho, como se ha demostrado mil veces. Nosotros lo hicimos
hace casi 30 años en un opúsculo sobre E l Derecho de enseñar,
y en un llbrito sobre La leyenda del Estado enseñante y en muí-
reservarse el Estado 57

para la milicia, con tal que tenga cuidado de no violar


los derechos de la Iglesia y de la familia en lo que a ellas
concierne. No es inútil repetir aquí en particular esta
advertencia, porque en nuestros tiempos (en los que se
va difundiendo un nacionalismo tan exagerado y falso
como enemigo de la verdadera paz y prosperidad) se
suele pasar más allá de los justos límites al ordenar mi­
litarmente la educación así llamada física de los jóvenes
(y a veces de las jóvenes, contra la naturaleza misma de
las cosas humanas), y aun con frecuencia usurpando más
de lo justo, en el día del Señor, el tiempo que debe dedi­
carse a los deberes religiosos y al santuario de la vida
familiar. No queremos, por lo demás, censurar lo que
puede haber de bueno en el espíritu de disciplina y de
legítimo arrojo [25] en tales métodos, sino solamente el

titud de artículos en periódicos y revistas: y luego lo han hecho


muy elocuentemente el R. P. Teodoro Rodríguez, O. S. A. y
otros muchos, en libros y revistas.
No se trata (hay que inculcarlo hasta la saciedad) de unn
concurrencia interesada entre la Enseñanza privada y la o ficia l;
se trata de los derechos sagrados de la Iglesia y de la familia,
la cual tiene derecho, no· sólo a cumplir sus deberes, sino a se­
guir sus preferencias en la educación de sus hijos.
Y el Estado, aunque puede fija r ciertos límites a que ha de
llegar el resultado de la enseñanza; no tiene derecho para obli­
gar a adquirir esos conocimientos o habilidades en sus escuelas;
ni menos a hacer imposible la vida de las que no son suyas,
exigiendo exámenes complicados y arbitrarios, imponiendo tex­
tos, etc.
[25]. No se puede desconocer que, en nuestros tiempos, en
que los perturbadores del orden social apelan descaradamente
a la amenaza y la violencia, es conveniente y necesario infun-
5S Qué educación puede

exceso, como por ejemplo, el espíritu de violencia, que


no hay que confundir con el espíritu de fortaleza ni con
el noble sentimiento del valor militar en defensa de la
patria y del orden público; como también la exaltación
del atletismo [26], que aun para la edad clásica pagana

dlr espíritu marcial aun a los jóvenes que se han de consagrar


a las profesiones pacificas. Aleccionados por una lamentable
experiencia, expusimos algunas ideas sobre esto en nuestro fo­
lleto Eduquemos para la lucha. (2/ ed. Barcelona). El Romano
Pontífice nos pone aquí ante los ojos el justo medio, distinguien­
do el espíritu de fortaleza, del espíritu de violencia, propio de
los salvajes y de ciertas parcialidades políticas.
[2G]. Atlileta se llamó en Grecia ai que obtenía un premio
(athlos) en los juegos gimnásticos. La afición a esos juegos fué
general en Grecia; pero en Roma se convirtieron en espectácu­
lo, y las personas que tomaban parte en ellos, quedaron reduci­
das a la condición de los histriones y gladiadores. Los tales
pasaban su vida en ejercicios encaminados a obtener la mayor
fuerza muscular posible; por donde en el lenguaje moderno se
ha venido a llamar atleta al hombre de grandes fuerzas y des­
arrollo muscular; y Gimnasia atlética, a la que se propone de
unai manera especial y casi exclusiva ese desarrollo.
Y si en la Antigüedad romana, el atleta fué considerado
como hombre de baja suerte, por el predominio de los músculos
sobre la inteligencia y la moralidad; en tiempos recientes se
ha venido a entender asimismo que, la Gimnasia atlética, por
lo menos cultivada con preferencia, conduce a cierto predominio
de la bestialidad sobre la humanidad (no digamos, sobre la es-
piritualidod). En Inglaterra, donde tuvo una época de floreci­
miento desmedido la Gimnasia atlética, el novelista Collins se
propuso demostrar ese inconveniente de ella en su célebre obra
Man and icife.
La Iglesia católica, que halló en su apogeo el atletismo in­
fame de los gladiadores, procuró evitarlo en la educación de
reservarse el Estado 59

señaló la degeneración y decadencia de la verdadera edu­


cación física.
En general, pues, no sólo para la juventud, sino para
todas las edades y condiciones, pertenece a la sociedad
civil y al Estado la educación, que puede llamarse, cí­
vica, la cual consiste en el arte de presentar públicamente
a los individuos asociados tales objetos de conocimiento
racional, de imaginación y de sensación, que inviten a
las voluntades hacia lo honesto y lo persuadan con una
necesidad moral, ya sea en la parte positiva que presenta
tales objetos, ya sea en la negativa que impide los con­
trarios (1). Esta educación cívica, tan amplia y múlti-

(1) P. L. Taparelli, Baggio tcor. di Diritto Naturale, n. 922: obra


tunca bastantemente [27] alabada y cuyo estudio se recomienda a los
Jóvenes universitarios (cfr. Nuestro discurso del 18 de Diciembre
do 1927).

sus hijos, y estigmatizó a los gladiadores como a los demás


histriones. Y hoy, cuando el atletismo renace en formas poco
menos bárbaras, no puede dejar de llamar la atención sobre
sus peligros, como sobre los de cierto militarismo a ultranza,
que acostumbra a los adolescentes, en la edad de suyo petu­
lante, a fiar con. exceso de la fuerza■ bruta, preparándolos a la
violencia, tan propia del estado salvaje como ajena de la eleva­
da civilización de nuestra época cristiana
Nuevos argumentos de lo que arriba dijimos [13]: que la
Iglesia no puede desentenderse de la inspección sobre la edu­
cación física, por más que no le pertenezca su fomento tan di­
rectamente como el de la educación intelectual y moral.
[27]. Pueden verse asimismo nuestras obras, La educación
cívicfi y El patriati&nio, donde se trata con especial atención
de la educación del sentimiento patriótico, en harmonía con la
religión y la moralidad.
GO D ). Relaciones entre

pie que comprende casi toda la obra del Estado en favor


del bien común, así como debe conformarse con las nor­
mas de la rectitud, así no puede contradecir a la doctrina
de la Iglesia, divinamente constituida Maestra de dichas
normas.
Cuanto hemos dicho hasta aquí acerca de la interven­
ción del Estado en orden a la educación, descansa sobre
el fundamento solidísimo e inmutable de la doctrina ca­
tólica de Civitiatum constitutione christiana, tan egregia­
mente expuesta por Nuestro Predecesor León X I I I , par­
ticularmente en las Encíclicas Immortale Bei y Sajrien-
tiae christianae, a saber: “ Dios ha dividido entre dos
potestades el gobierno del género humano [28], la eele-

[28]. Esta división del humano gobierno entre las dos Po­
testades igualmente soberanas es la gran salvaguardia, que de­
bemos a Jesucristo, de la libertad personal, la cual perece siem­
pre que se desconoce la soberanía de la Iglesia. Así ocurrió
en el Islamismo, que atribuye al sucesor de Mahoma toda la
potestad política y religiosa, y reduce a esclavos del Gran Se­
ñor a todos los muslimes. Así ocurrió en el Protestantismo
donde, especialmente Lutero, atribuyó a los Príncipes territo­
riales el gobierno supremo de las cosas eclesiásticas, estable­
ciendo el principio: que el señor de la tierra es asimismo señor de
la religión; de donde nació una intolerable tiranía, que se ejer­
ció en los Estados protestantes, y se teorizó especialmente en
Inglaterra, por Jacobo I. Y hi Revolución francesa, al deste­
rrar la autoridad de la Iglesia, ejerció asimismo, bajo el apa­
rente lema de libertad e igualdad, aquella terrible opresión
de las conciencias, que llevó a la guiUotina a los que se permi­
tían disentir de las ideas religiosas del Gobierno, ora fuese
éste ateo, ora decretase la existencia del Sér Supremo y la in­
mortalidad del alma.
la Iglesia y el Estado 61

siástica y la civil, poniendo a la una al frente de las co­


sas divinas, y a la otra al frente de las humanas. Ambas
supremas, cada una en su orden; la una y la otra tienen
límites fijos que las incluyen, inmediatamente determi­
nados por la naturaleza y por el fin de cada una; de
modo que viene a trazarse como una esfera dentro de la
cual se desenvuelve con exclusivo derecho la acción de
cada una. Pero, pues unos mismos súbditos están some­
tidos a uno y otro poder, y puede suceder que la misma
materia, aunque bajo aspectos diversos, caiga bajo la com­
petencia y criterio de cada uno de ellos, sin duda Dios
Providentísimo de quien ambos dimanan, debe haber se­
ñalado con recto orden a cada uno sus caminos. Los
poderes que existen, están por Dios ordenados” (1).
Ahora bien: la educación de la juventud es precisa­
mente una de esas cosas, que pertenecen a la Iglesia y
al Estado, “aunque de diversa manera”, como arriba
hemos expuesto. “ Debe pues — prosigue León X I I I —

(1) Ep. ene. Immortále JDei, 1 Nov. 1886: Deu* hiunani generis
procuratiohem Ínter йхшя potestafes partitus est, seilicet ecclcsiasUcam
ct Kdviletn, alteram quidem ^divinís, alteram himanie гсЬим рферояНапк
Utraquc est in mío genere martina: habet utraque certos, qiidbus con~
tineatur. términos, cosque sua euiusque natura canteaque proar.me de-
finitos: vtnde aliqitis velut\orbi« cirownscribitur, Ы f¡uo яна с иlasque
aotio iure proprio verse tur. Sed quien utriusque imperita»· est in
eosdem. cum nsиven iré possí t, ut re#\una atquó eadem qmimquam aliter.
atque aUter, sed tomen eadem res, ad ittriuaquc ius indkúumque per-
tincat., debet pixyvidentisswmw Deus, e qito eitnt ambae cvnstitntae,
utriusqvo itinera frecte atque ardine compostiisse. Quae autem sunt, a
Deo ordinata suht (Rom., X III, 1).

Al contrario; cuando el Estado fué realmente católico, el


súbdito oprimido tuvo siempre la apelación a la Autoridad de
la Iglesia, y las Papas fueron los grandes amparadores de los
débiles contra toda clase de opresión.
02 Relaciones entre

reinar entre las dos potestades una ordenada harmonía:


coordinación que no sin causa se compara a aquélla en
virtud de 1a. cual se juntan en el hombre el alma y el
cuerpo. Cuál y cuán grande sea esta coordinación, nadie
podrá juzgarlo sino reflexionando, como dijimos, sobre
la naturaleza de cada una de ellas, puesta la vista en la
excelencia y nobleza del fin ; pues ha sido próxima y
propiamente confiado a la una el fomentar el provecho
de las cosas mortales, y a la otra en cambio el procurar
los bienes celestiales y sempiternos. Así que, cuanto por
algún concepto hay de sagrado en las cosas humanas,
cuanto se refiere a la salud de las almas y al culto de
Dios, sea así por su misma naturaleza o como tal se consi­
dere en razón del fin a que tiende, todo ello cae bajo el
poder y las direcciones de la Iglesia: lo demás, que queda
en el orden civil y político, justo es que dependa de la
autoridad civil, habiendo Jesucristo mandado dar al
César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (1).
Quienquiera que rehusase admitir estos principios y
consiguientemente el aplicarlos a la educación, vendría
necesariamente a negar que Cristo ha fundado la Iglesia
para la salvación eterna de los hombres, y a sostener que
la sociedad civil y el Estado no están sujetos a Dios y a

(1 ) 35p. <?n<!. Im m o r ta le D H , 1 N o v . ХЯ85 : Ita n u e in te r v tr a m q u e


p ote sta tem quucdam in te r c e d e t п е с е т е est ord in a tn calif f ja t io : quae
qu id em oonixm ctioni won imrmerito c o m p a ra tu r. p e r quatn '(rninm et
rorp n s i n h o viin e oop u la n tu r. Q u a ils autcm e t qu a n ta ea- sit, a lite r
h id tcari n o n p o te s t, v Ы r e s p ic im d o , u ti d ix im n s. ad u triu sq u c watur
ra m , ha ben d a qu e ra t ion e ex ce llen tia e et n o h ilita tis causa r u m : cum
a lte ri p ro ¿rime ma+rimeque p ro p o situ m s it r e r u m m o rta liu m c u ra re
oom nw d n , a lte ri caelrstia ac e cm p itern n bona oom parnre. Q u id quid
iffitu r est in rebu s hu m a n is quoqtio mndo sa cru m , qtridquid ad salutcrn
animxn’um c u ltu m v e D e i p e r tin e t. siv e tale i llv d sit n u t urn sua, s iv e
ru rsu s ta le in tell if/at и r p r o p te r cnu snm ad quam rc fertu r, id cut оп т е
in p oten ta te a r b itiio q u e E c cle su te : cetet'a v e r o ♦ quae c iv ile et pnUtictim
f/enus e n m p le c titu r , rectu m est c fv ili a u c to rita ti esse suhiccta. cum
J c s m C h n s t u s iu s s e rit, q m e C a eea tis sin t, red d i C a csa ri, quae D e i, D eo .
la Iglesia y el Estado 03

su ley natural y divina. Lo cual es evidentemente impío,


contrario a la sana razón y, de un modo particular en
materia de educación, extremadamente pernicioso para la
recta formación de la juventud y seguramente ruinoso
para la misma sociedad civil y el verdadero bienestar de
la sociedad humana. A l contrario, de la aplicación de
estos principios no puede menos de provenir una utilidad
grandísima para la recta formación de los ciudadanos.
Los sucesos de todas las edades lo demuestran sobrada­
mente ; por eso, como Tertuliano, para los primeros tiem­
pos del Cristianismo, en su Apologético, así S. Agustín,
para los suyos, podía desafiar a todos los adversarios de
la Iglesia Católica — y nosotros, en nuestros tiempos,
podemos repetir con él — : “Por cierto los que dicen
que la doctrina de Cristo es enemiga del Estado, que
presenten un ejército tal como la doctrina de Cristo en­
seña que deben ser los soldados; que presenten tales súb­
ditos, tales maridos, tales cóúyuges, tales padres, tales
hijos, tales señores, tales siervos, tales reyes, tales jue­
ces, y finalmente tales contribuyentes y exactores del
fisco, cuales la doctrina cristiana manda que sean, y
atrévanse luego a llamarla nociva al Estado; más bien
no duden un instante en proclamarla, donde ella se ob­
serve, la gran salvación del Estado” (1).
Y tratándose de educación, viene aquí a propósito
hacer notar cuán bien ha expresado esta verdad católica,

(1) Ep. 188: Pi-Qinde qul doctrinam Christi adversam dicirnt ettttc
reipulilioae, dent exeroitum talem, q nales doctrina Christi es se milite*
itissit; d-ent tales provinciales, tales maritos , tales caniuges, tales pa-
rentcs, tales filios, tales éominoc. tales servas, tales repes, tales índices,
tales denique debitorum ipsius fisci redditores et exactores, quales esse
praecipit doctrina, christiaiw, et audeant eam úicere adversam esse
reiptiblieae; imo vero fio» dubitent eam confiteri nu&f/nam, si obtem'-
peretwr, salutem esse reipublicae.
64 E ). Necesidad y ventajas

confirmada por los hechos, en los tiempos más recientes,


en el período del Renacimiento, un escritor eclesiástico
muy benemérito de la educación cristiana, el piísimo y
docto Cardenal Silvio Antoniano, discípulo del admirable
educador S. Felipe de Neri, maestro y secretario para
las cartas latinas de S. Carlos Borromeo, a cuya instan­
cia y bajo cuya inspiración escribió el áureo tratado “ De
la educación cristiana de los hijos”, en que él así razona:
“ Cuanto el gobierno temporal más se harmoniza a sí
mismo con el espiritual, y más lo favorece y promueve,
tanto más concurre a la conservación de la república.
Porque mientras el jefe eclesiástico procura formar un
buen cristiano con su autoridad y medios espirituales,
conforme a su f i n ; al mismo tiempo procura por conse­
cuencia necesaria hacer un buen ciudadano, tal cual de­
be ser bajo el gobierno político. Ocurre así, porque en
la Santa Iglesia Católica Romana, ciudad de Dios, una
misma cosa es absolutamente el buen ciudadano y el hom­
bre honrado. Por esto, gravemente yerran los que se­
paran cosas tan unidas, y piensan poder tener buenos
ciudadanos con otras reglas, y por otras vías distintas
de las que contribuyen a formar el buen cristiano. Diga
y hable la prudencia humana cuanto le plazca, no es po­
sible que produzca verdadera paz, ni verdadera tranqui­
lidad temporal, nada de cuanto sea enemigo y se aparte
de la paz y eterna felicidad” (1).

[2 9 ] (1 ) DelVedncuz. c H jíí., 1U>. I , c. 43.

[29]. La obra del Cardenal Sylvio AntonianoT publicada en


Verona, 1583, ha sido traducida al castellano por el Dr. M. de
de la harmonía con la Iglesia 65

Como el Estado, tampoco la ciencia, el método cien­


tífico y la investigación científica tienen nada que temer
del pleno y perfecto mandato educativo de la Iglesia.
Los institutos católicos, sea cualquiera el grado a que
pertenezcan en la enseñanza y en la ciencia, 110 tienen
necesidad de apología. E l favor de que gozan, las ala­
banzas que reciben, las producciones científicas que pro­
mueven y multiplican, y más que nada los sujetos plena
y exquisitamente preparados que proporcionan a la ma­
gistratura, a las profesiones, a la enseñanza, a la vida en
todas sus manifestaciones, deponen más que suficiente­
mente en su favor (1).
Hechos que, por lo demás, no son sino una espléndida
confirmación de la doctrina católica, definida por el Con­
cilio Vaticano: “ L a fe y la razón no sólo no pueden jamás
contradecirse [30], sino que se prestan recíproca ayuda,

(1) Carta al Card. Secretario de Estado, 30 de Mayo de 1029.

San Román, y publicada por B. Herder, Frlburgo de Brisgo-


v ia : Educación cristiana de los hijos. — En Valladolid, Imprenta
de Cuesta, se imprimió en 1860 otra traducción, con el título de
La educaci&n de tu hijo (citada por D. R. Blanco, en su Biblio­
grafía pedagógica, t IV, pág. 210, ns. 2016 y 17).
[30]. El contrario error del Modernismo, que pretende que
la razón y la fe siguen caminos paralelos y jamás convergentes;
de suerte que pueda ser verdadero en la fe, lo que es falso en
la ciencia; además de ser absurdo, está plenamente reprobado
por la Iglesia y condenado por la sana razón, y ha sido rebatido
copiosamente en la impugnación de los errores modernistas.
La fe y la ciencia son hijas del mismo Dios, Verdad suprema,
autor sobrenatural de la fe y natural de la razón que llega a la
ciencia. Pretender que entre ellas puede haber contradicción,

COMENTARIO* ENCÍCLICA· — 6.
66 Necesidad y ventajas

porque la recta razón demuestra las bases de la fe, e ilu­


minada con la luz de ésta, cultiva la ciencia de las cosas
divinas; a su vez la fe libra y protege de los errores a la
razón y la enriquece con variados conocimientos. Tan
lejos está, pues, la Iglesia de oponerse al cultivo de las ar­
tes y de las disciplinas humanas, que de mil maneras lo
ayuda y lo promueve. Porque ni ignora ni desprecia las
ventajas que de ellas provienen para la vida de la huma­
nidad; antes bien confiesa que ellas, como vienen de Dios
Señor de las ciencias, así, rectamente tratadas, conducen
a Dios con la ayuda de su gracia. Y de ninguna inanera
prohíbe que semejantes disciplinas, cada una dentro de
su esfera, usen principios propios y propio método; pero,
una vez reconocida esta justa libertad, cuidadosamente
atiende a que, oponiéndose por ventura a la doctrina di­
vina, no caigan en errores, o traspasando sus propios lí­
mites, ocupen y perturben el campo de la fe ” (1).
Esta norma de la justa libertad científica es a la vez

(1) Conc. Vat., Sess. 3, cap. 4. Ñeque solum fides ct ratio inter
se di88idere nunquam possunt, sed opem quoque sibi imtivam fe n m t,
cum recta ratio fidei fundamenta demons tret eihtsque lumine illustrata
rerwm divinarum scíentiam cvcolat, fides vero rationcm al· eiToribus
liberet ac tueatur cam qu e multlpUci copnitionc ínstruat. Quapropter
tantum abe8t, ut Eoclc&Ui humanfirum artlum ct discipHnarum oultu-
rae obsistat, ut hanc -nmltia modis iuvet a tqve promoveat. N o n enim
commoda ab lis ad hominum vitam dima>nantta aut ignorat aut despi-
o i t ; fatetur i »vino, eas , quemadmodum a D eo scientiarum D o mi-no pro -
feetne sunt, i tu, si rite pertraetentur, ad Deum iuvante ehts Qratia
perdticere. N ec sane ípsa veta t . ne huiu^modi disciplina# in suo quae-
qtie ambitu propriis utantur pnneipiis et propria methodo ; sed iust/im
hano libertatem agnoscens, id sedufo anvet, ne dwinae doctrhuie re­
pugnando errores in se susoipiant , aut fines proprios trcmsgressac cu,
quae sunt fidei, occnipent et perturbent.

sería trasladar a la Inteligencia divina las confusiones y con­


tradicciones que hallamos tan frecuentemente en los adversa­
rios de la religión.
de la harmonía con la Iglesia 67

norma inviolable de la justa libertad didáctica o libertad


de enseñanza rectamente entendida; y debe ser observada
en cualquiera manifestación doctrinal a los otros y, con
obligación mucho más grave de justicia, en la enseñanza
dada a la juventud, ya porque respecto a ésta ningún
maestro público o privado tiene derecho educativo abso­
luto, sino participado; ya porque todo niño o joven cris­
tiano tiene estricto derecho a una enseñanza conforme a
la doctrina de la Iglesia, columna y fundamento de la
verdad, y le causaría grave injusticia quienquiera que
turbase su fe, abusando de la confianza de los jóvenes
para con los maestros y de su natural inexperiencia y
desordenada inclinación a una libertad absoluta, ilusoria
y falsa [31].

[31]. Queda aquí condenada y puesta en la picota la pre­


tendida libertad de la cátedra, que viene a ser verdadera Urania
de las conciencias juveniles. El catedrático no puede, por nin­
gún título, enseñar otra cosa que la verdad, que es el alimento
propio de las inteligencias; y jamás tiene derecho a enseñar
el error, que es el veneno de las mismas. — Y esto tiene valor
en la enseñanza mucho más todavía que en la investigación cien­
tífica. En ésta el investigador puede aventurarse por caminos
inciertos y hasta peligrosos; pues no expone otra cosa que
su tiempo y su trabajo, que quedarán perdidos, si al fin se
convence de haberse extraviado. Pero el que tiene profesión
de enseñar, o ejercita la enseñanza! con cualquiera título: sea
como padre de sus hijos o como maestro de los ajenos, y mucho
más si enseña por delegación de la Iglesia o del Estado; tiene
estricta obligación de dar a sus alumnos lo que puede nutrir
sus entendimientos y dirigir sus voluntades y sentimientos por
el camino del bien. — Aun a título de experimento es ilícito
enrayar con los jóvenes teorías o prácticas inseguras; pues los
GS Sujeto de la educación

Efectivamente, nunca hay que perder de vista que


el sujeto de la educación cristiana es el hombre todo en­
tero, espíritu unido al cuerpo en unidad de naturaleza,
con todas sus facultades, naturales y sobrenaturales, cual
nos lo hacen conocer la recta razón y la revelación: por

niños no son conejltos de Indias, en quienes, como in anima- ñli,


se puedan hacer tales ensayos.
Tratándose de los catedráticos oficiales, el Estado los ha
nombrado y los paga para que ejerzan una función educativa,
y claro está que no educa el error, sino la verdad. Como el
maestro de gimnasia no tiene derecho a ejercitar a los alumnos
en evoluciones que puedan torcer su espinazo, asi el maestro
de filosofía o de otra ciencia, no tiene derecho a enseñar a sus
discípulos teorías que han de constituir para ellos una joroba
intelectual.
El padre de familia que diera mala enseñanza a sus hijos,
pecaría gravísimamente y podría ser enjuiciado por la autori­
dad civil y eclesiástica. ¿Cuánto más no pecará el que prac*
tica la enseñanza de un modo oficial, por delegación de Ja misma
Autoridad social?
Y es muy de considerar que, en España, donde se han quebran­
tado tan abiertamente las disposiciones de su Ley fundamental;
las leyes concordadas con Rom a; la ley de Instrucción pública,
todavía no derogada, aunque ya en mil puntos anticuada; se
invoca constantemente una circular ministerial, que procuró
reivindicar para los catedráticos la impunidad por cualesquiera
desafueros doctrinales cometidos en el ejercicio de su elevado
ministerio! — Sólo eso bastaría para poner de manifiesto el
apasionamiento (si no es mala fe) con que en esta materia se
suele discurrir.
Ya, finalmente, los catedráticos que se honran con el título
de católicos, habrán de atenerse a la enseñanza del Papa que
reprueba semejante libertad abusiva. — Adviértanse bien sus
palabras: “con obligación mucho más grave de justicia en la
A ). Todo el hombre caído, pero redimido №

lo tanto, el hombre caído [32] de su estado originario,


pero redimido por Cristo y reintegrado en la condición

enseñanza dada a la juventud” . Los principios son estos dos:


que nadie tiene derecho educativo absoluto, sino participado de
Ja autoridad paternal, civil o eclesiástica; y “ todo niño o jo ­
ven cristiano tiene estricto derecho a una enseñanza conforme
a la doctrina de la Iglesia” .
[32]. Esta es la verdad fundamental de la Pedagogía cris­
tiana, y su olvido o contradicción es la base de la Pedagogía
modernista, en casi todas sus manifestaciones» disimuladas o
descaradas. t;
El oráculo de esta pedagogía modernista es la sentencia con
que comienza Rousseau su famoso Emilio: “Todo está bien al
salir de las manos del Criador” ; frase que tendría un sentido
verdadero, si se refiriera al primer origen de los seres; pero es
sofística y falsa en el sentido que le dan su autor y todos los
‘que le siguen.
Según ellos, en el niño que nace, nada hay reprensible ni
que, en su desarrollo normal, pueda conducirle a descarríos.
Según Rousseau (en lo que ya no le siguen todos los modernis­
tas), todo lo malo que en el niño se va manifestando, procede
de la sociedad en que vive: del mal ejemplo y de los prejuicio^
de sus padres y de las demás personas que le rodean, y de las
influencias sociales en que se desarrolla.
De ahí procede la Pedagogía autonomista■: dejad que el ni­
ño obedezca a los instintos de su naturaleza, y él se desenvolve­
rá como conviene y alcanzará su virilidad individual, a la ma­
nera que el roble se hace fuerte y hermoso, con sólo remover
los obstáculos que se pudieran oponer a su crecimiento y de­
jar que germine la fuerza vital que en la bellota originaria se
contiene.
Esa Pedagogía impera al educador que se abstenga de maw-
dar y prohibir; que deje hacer al niño lo que su humor o su
voluntad incipiente le inspiren en cada momento; condena toda
represión y castigo, y sólo permite el seudo-educador, qHie
70 Sujeto de la educación:

sobrenatural de hijo adoptivo de Dios, aunque no en los


privilegios preternaturales de la inmortalidad del cuer-

ofrezca al niño los objetos que puedan excitar sus sentidos, sus
apetitos, y darle lecciones objetivas, por donde vaya concibien­
do las ideas de moralidad e inmoralidad.
A l contrario, la pedagogía* cristiana· parte del dogma de la
caddcu original. E l hombre, creado recto por Dios nuestro Se­
ñor, pecó en el Paraíso, y perdió para sí y para sus descendien­
tes loe privilegios de la justicia. original, de los que era uno la
■natural subordinación de los sentidos y apetitos sensitivos a
la razón. En Adán inocente, el apetito sensitivo no se hubiera
movido hacia sus objetos propios, sin previa consulta de la In­
teligencia y voluntad racional. En el hombre caído, al contrario,
el apetito sensitivo se lanza hacia su propio objeto, aún antes
que la razón dictamine, y contra el dictamen de la razón.
De ahí nacen en el hombre actual (caído) aquellas raíces de
desorden y pecado que solemos llamar pecadas capitales: la
avaricia, la gula, la pereza, la envidia, la soberbia, más ade­
lante la lujuria; y la ira contra todos los obstáculos que se opo­
nen aj sus movimientos apetitivos. Estos movimientos se ad­
vierten aun en los pequeñuelos que no han llegado a la edad de
)a discreción, y, por tanto, no tienen propiamente malicia m oral;
como consta por la experiencia cotidiana.
La< redención* de Cristo, y la gracia santificante que por ella
recibimos en el bautismo, y las virtudes infusas que la acompa­
ñan; no corrigen este Inconveniente (que, por lo demás, se hu­
biera hallado en el hombre en estado de naturaleza, si Dios nun­
ca le hubiera elevado al estado sobrenatural). Sólo se pueden
contrarrestar gradualmente estos movimientos por las virtudes
adquiridas, las cuales son hábitos de la voluntad, que contrarres­
tan y aun previenen la explosión de aquellos movimientos sen­
sitivos contrarios a la recta razón.
Así el hábito de obedecer y sujetarse a la voluntad y manda­
miento de los padres y mayores, contrarresta los movimientos
todo el hombre caído, pero redimido 71

po y de la integridad y equilibrio de sus inclinaciones.


Quedan, pues, en la naturaleza humana los efectos del

espontáneos de la soberbia y rebeldíai; el hábito de la abstinen­


cia reprime el de la gula } el de la castidad, los asomos de la
lu ju ria; la mansedumbre cohibe los ímpetus de la ira.
Colocados en este terreno, que es el verdadero, el cristiano,
el dogmático; pudiéramos definir la educación como la restau­
ración del hombre al estado más próximo al que tuvo en la jus­
ticia original; ya que las virtudes, cuando logran su más alta
perfección, le acercan a aquel dominio perfecto del apetito sen­
sitivo, que hubiera tenido en aquel dichoso estado en que puso
Dios a nuestros primeros padres.
Sólo que la educación cristiana lleva ahora cuesta arriba, a lo
que entonces nos hubiera venido cuesta abajo.
Este concepto verdadero de la educación hwnuma destierra ei
mtelectwlismo que ha imperado en muchas escuelas pedagógi­
cas, y no poco reina todavía actualmente.
No bastan ideas, por muy claras que sean, para regir la con­
ducta humana, y menos para la formación educativa del niño
y del hombre; pues la sola idea no constituye la virtud, y sin
ésta: sin el hábito muy firme y arraigado, los movimientos
del apetito sensitivo, sobre todo los arrebatos pasionales, arras­
tran la voluntad y aun previenen el juicio de la razón.
Ojalá que fuera necesaria una prolija1demostración de esta
verdad. El hombre de razón conoce la torpeza de la lujuria,
la tremenda injusticia del adulterio; y a pesar de esto, si deja
formarse en su corazón una pasión de amor sensitivo, salta
por encima de todas sus persuasiones y ha de lamentar con el
poeta pagano: Video meliora proboque, deteriora sequor!
Es, pues , muy deficiente la pedagogía de Herbart, que ima­
gina formar el carácter moral, con sólo modificar y cristalizar,
por decirlo así, la masa de los conceptos. Las ideas dirigen,
pero los apetitos mueven; y donde no hay motor, de poco sirve
la dirección; poco vale el timón, si no hay velas, ni remos.
72 Sujeto de la educación

pecado original, particularmente la debilidad de la volun­


tad y las tendencias desordenadas.
“Pegada está la necedad al corazón del muchacho,
mas la vara del castigo [33] la arrojará fuera” (1). Es

(1) P ro v., X X II, 15 : Stultitía colligota est in corñe p v e r i : et virga


disoiphnac fugabit eam.

Este fué el grande error de toda una época (s. x vin y parte
del x i x ) ; el filosofismo, laj ilustración, que pensaba fundar la
felicidad del género humano con sólo difundir la vmtrucoián.
Todavía influyen lamentablemente aquellas ideas; aquellas
tendencias intetectualistas en el resbaladizo terreno de la lla­
mada educación sexual, donde creen muchos que la temprana ins­
trucción sobre los objetos naturales y los peligros morales, es
capaz de inmunizar al niño y al adolescente, contra los ímpetus
de la más furiosa de las pasiones... Pero de esto trataremos
más adelante.
Lo que importa dejar bien asentado aquí es, que la educación
consiste en la formación de esos hábitos intelectuales y morales,
que son las ciencias y las virtudes; únicas, éstas, que pueden
refrenar y dirigir los movimientos apetitivos y pasionales, para
someterlos a las normas de la razón y hacerlos andar por sus
rieles.
En nuestras esferas oficiales se ha declamado hasta la sa­
ciedad sobre que es menester educar más y no contentarse con
Instruir. La necesidad se conoce; pero no se halla el medio o el
irwdo. Mas la Pedagogía cristiana los ha hallado y practicado
desde muy antiguo; y la esterilidad educativa de esas Institu­
ciones (regentadas en gran parte por católicos) nace de haber
separado la Enseñanza oficial, de la tutela y colaboración de
la Iglesia.
[33]. Ya era hora de que la autoridad doctrinal de la Igle­
sia pusiera coto a tantas sandeces como en esta materia ha
dicho la Pedagogía modernista. Las raíces de su error pueden
eer muy diversas.
todo el hombre caído, pero redimido 73

pues menester corregir las inclinaciones desordenadas,


fomentar y ordenar las buenas, desde la más tierna in­
fancia, y sobre todo hay que iluminar el entendimiento y
fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales

La Pedagogía attiqiwmista no admite nada que se parezca


a coacción, y menos a pena. La Pedagogía vitalicia no concibe
que en el desarrollo infantil pueda haber algo pvmihle. Para la
Pedagogía Kantiana, el temor al castigo es un móvil esencial­
mente torpe e inmoral, y, por ende, se ha de desterrar absolu­
tamente de la educación.
En realidad, el castigo pedagógico no es una vindicta- social,
como lo es la pena impuesta a los criminales adultos. Aun a
los jóvenes delincuentes, lai Criminalogía moderna, más pre­
tende reeducarlos que ejercer sobre ellos la vindicta. Pero una
cosa es la diferencia, entre el castigo pedagógico y el jurídico,
y otra la supresión del primero, y la de su contrario el premio.
Y al usar la frase “castigo pedagógico” , no pretendernos ha­
blar de lo que designan malamente como tal los secuaces de
Rousseau; los cuales no admiten más castigo que la “ natural
consecuencia del acto desordenado” . Vgr., castigo “pedagó­
gico” del que se da de cabeza contra la pared, es, según ellos,
el chichón consiguiente a la cabezada. Pero la educación ha de
prevenir los yerros, cuanto más sus naturales perniciosas con­
secuencias.
Los principios en esta materia son: 1.° que el castigo peda­
gógico tiene mera finalidad educativa; es a saber: la represión
de una tendencia mala del educando, que se manifiesta en el
acto punible.
2.° que se han de evitar en él todas las circunstancias que,
al reprimir una tendencia mala, destruyen otras buenas. Vgr.,
el que disminuyan el pundonor. Por eso, cuando se trata de
acciones deshonrosas, hay que dar, de ordinario, un castigo
secreto; para que la revelación de la acción torpe no menoscabe
la buena fama, y consiguientemente, la vergüenza del castigado.
74 Sujeto de la educación

y los medios de la gracia [34], sin la cual no es posible


dominar las perversas inclinaciones y alcanzar la debida
perfección educativa de la Iglesia, perfecta y completa-

3.° se ha de evitar que el uso de los castigos aleje al alumno


del educador o disminuya la confianza o el amor entre ellos.
Por eso es excelente práctica, la del perdón o reconciliación que
ha de seguir al castigo.
4.° se ha de evitar que el abuso de los castigos engendre en
los educandos espíritu de temor servil.
5.° sobre todo hay que evitar que pueda haber en el castigo
apariencia de injusticia, que deje amargado al castigado. Por
eso nunca se ha de castigar la falta de aprovechamiento (a
menudo inculpable), sino la de aplicación.
6.° el castigo ha de tener valor de “ anticipación de las malas
consecuencias de la conducta desordenada” ; y hay que llevar al
ánimo de los educandos esta finalidad; para que agradezcan
el castigo, por más que les duela.
7.° el castigo corporal se ha de usar para contrarrestar el
atractivo del placer que induce a ciertas faltas escolares. Vgr.,
la reclusión, sea pena de las escapatorias; el aumento de tra­
bajo escolar (pensum), de la pereza o desaplicación.
Sobre otras condiciones de los castigos pedagógicos, y la gra­
dación de ellos, véase nuestra Educación nwral, 2.* ed., págs.
545 ss.
Por lo demás, los pedagogos cristianos podemos seguir los
usos de las buenas escuelas antiguas, dejando que la dura expe­
riencia de la vida sirva de castigo “pedagógico" a maestros y
discípulos disidentes.
[34]. Para comprender la eficacia de la gracia sobrenatural
en la educación, hay que partir del concepto de la gracia habi­
tual y actual. La gracia habitual, aunque sobrenatural!za los
actos del que la posee, no le da facilidad para ejercitarlos, por
sí misma, sino sólo en cuanto atrae gracias actuales. Estas,
Naturalism o pedagógico 75

mente dotada por Cristo de la doctrina divina y de los


Sacramentos, medios eficaces de la gracia.
Por lo mismo, es falso todo naturalismo pedagógico,
que de cualquier modo excluya o aminore la formación
sobrenatural cristiana en la institución de la juventud;
y es erróneo todo método de educación que se funde, en

según los teólogos, son ilustraciones del entendimiento* y mo­


ciones de la voluntad al bien.
Todos tenemos experiencia interna de que a veces nos ilu­
minan luces súbitas que nos hacen percibir repentinamente
con gran claridad, cosas que nunca habíamos entendido o ¡lólo
habíamos percibido obscuramente. Y asimismo, que a veces
Impele nuestra voluntad un movimiento interno, que nos enupu-
ja y casi fuerza a hacer cosas que de ordinario nos cuestan o
repugnan.
Estas luces y mociones pueden ser naturales. P ero ' la Teo­
logía cristiana nos ensefía que las hay de índole sobrenatural;
y éstas son las que llamamos gradas actuales.
Cuán importantes sean esas luces y mociones al bien, es cosa
evidente, y sólo falta saber cómo podemos procurarlas a nuestro
educando, para ilustrar íntimamente su entendimiento y mover
suave y poderosamente su voluntad. Mas esto en el orden na­
tural no es hacedero. Esas luces y mociones espontáneas, ape­
nas se pueden producir, sino hay que esperarlas como se espera
la lluvia del cielo o la aparición de un cometa cuya órbita no
se conoce.
El poeta, el artista, el Inventor, saben muy bien que la ins­
piración es un don gratuito del cielo.
Pero en el orden sobrenatural* no es así. La Iglesia pof-ee,
como patrimonio que le ha dado su divino Fundador, la vida
sacramental, que es el criadero de esas Ilustraciones y mociones
sobrenaturales. De ahí la Importancia Inmensa que tienen, en
la educación cristiana, los medios de alcanzar la, gracia: la
oración, los actos del culto divino, y sobre todo la frecuente
70 B ). Falsedad y daños del

todo o en parte, sobre la negación u olvido del pecado


original y de la Gracia y por tanto sobre las fuerzas solas
de la naturaleza humana. Tales son generalmente esos

recepción de los sacramentos de la penitencia y la Eucaristía,


que son las fuentes más copiosas de la gracia habitual y los
mineros y como criaderos de las abundantes gracias actuales.
Nos queremos ceñir a estas ligeras indicaciones, porque si
entráramos en explicaciones, nos llevarían a extendernos más
de lo que consienten los límites que hemos impuesto a este
breve comentario.
Los educadores cristianos hemos experimentado siempre el
grande auxilio que presta a la educación de los niños y adoles­
centes, la vida sacramental; pero sobre todo se ha palpado
esto, después que los decretos de la santa memoria del Papa
Pío X, condujeron a la juventud escolar a la Comunión fre­
cuente y diaria. ¡Qué aumentos de docilidad, de pureza, de
aplicación, de rectitud de intención, de elevación de miras, no
ha resultado de esta frecuentación de la Eucaristía, donde se
une íntimamente el que comulga, con el Autor de la gracia!
La confesión., con sus cinco elementos constitutivos: examen
de conciencia, dolor de los yerros pasados, confesión de ellos,
propósito firme de enmendarlos y penitencia voluntariamente
aceptada y ejecutada; aun naturalmente sería la más sublime
Invención pedagógica que puede señalarse en toda la historia
de la Pedagogía. Pero además es fuente de gracias, habitual
y actuales, que elevan a una reglón de luz, de pureza, de firme­
za de carácter, con que no se pueden comparar los efectos de
ningún procedimiento pedagógico antiguo ni moderno.
Para no decir nada de la ventaja inmensa de dirección, que
apenas puede darse ni recibirse en otro fuero alguno; como en
éste, donde — como Platón soñó y lo tuvo por utopía — el
delincuente se delata, y siente la culpa como daño suyo, y pide
la pena como medicina de él; y la abraza afectuosamente
como tal.
N aturalism o pedagógico 77

sistemas actuales de nombre diverso, que apelan a una


pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño y que

Y ¿qué no podríamos decir de la oración, que actúa la presen^


cia de Dios; de la asistencia al Sacrificio del Amor, que nos
dispone a todos los sacrificios necesarios para vencer las pasio­
nes y resistencias de la caída naturaleza; del culto en común,
que forma un ambiente de santidad y elevación sobrehumana? .
Véase lo que dejamos dicho, en nuestra Mwnd0 logía< sobre
la naturaleza de la Iglesia y de la congregación de los jóvenes
para el bien; y las fuerzas que de ella se recrecen a cada uno
de los asociados.
Y o hice mi práctica pedagógica en un paralelo donde las
pasiones son vehementes, y con una edad que está en el mayor
peligro de sucumbir a ellas; y puedo asegurar que con la devo­
ción a la Virgen Inmaculada logré más éxitos educativos que
con el tira y afloja de alabanzas y reprensiones, de cara seria
y risueña, de premios y castigos.
Todavía alcanzará mayores triunfos el maestro cristiano que
acierte a hacer sentir el Amor de los amores; la devoción ínti­
ma al Corazón de Jesús, que es la devoción al Amor divino que
se nos entrega y comunica con la mayor dulzura y eficacia.
La devoción al Angel de la Guarda; del celestial compañero,
custodio y guía de nuestra vida, ha sido para muchos maestros
cristianos fuente de incomparable eficacia pedagógica.
Y otro tanto se puede decir de las devociones a San Luis
Gonzaga, a San Estanislao de Kostka y otros santos especial­
mente amables a los niños y aptos para ser sus modelos. Por­
que los Santos no son para el cristiano, solamente héroes de la
virtud que nos atraen con su elevación — como puede atraer
un héroe mundano — , sino son, además, objetos de amor, de
íntima amistad, que nos mueve mucho más eficazmente a que­
rer ser como ellos; según aquella profunda sentencia de San
Agustín: que el amor o halla semejantes o los hace; y tal vez:
supone la semejanza y la consuma.
78 Falsedad y daños del

disminuyen o aun suprimen la autoridad y la obra del


educador [35], atribuyendo al niño una preeminencia
exclusiva de iniciativa y una actividad independiente
de toda ley superior natural y divina, en la obra de su
educación.
Mas si, con alguno de esos términos, se quisiese indi­
car, bien que impropiamente, la necesidad de la coopera­
ción activa [36], a cada paso más consciente, del alumno
a su educación; si se pretendiese apartar de ésta el des­
potismo y la violencia (diversa, por cierto, de la justa co­
rrección), esta idea sería verdadera; pero no habría en
ella nada nuevo, que no hubiese la Iglesia enseñado y la
educación cristiana tradicional ejercitado en la práctica,
a semejanza del modo que el mismo Dios guarda respecto
de las criaturas, a las que E l llama a la cooperación ac­
tiva, según la naturaleza propia de cada u n a ; ya que su

[35]. Compárese toda esta cláusula del Papa, con lo que


dijimos en 1914 sobre el método de la Dra. Muría Montessori,
en “La Educación Hispano-Americana” , Enero, púg. 1 sigs.
[36]. Sobre esto publicamos una serie de artículos en “La
Educación llispano-Americana” , procurando inculcar esta ver­
dad : que sólo es educativo (intrínsecamente) lo que es v ita l;
ya que la educación consiste en una serie de hábitos adquiridos
por la repetición de actos propios del educando: vítale#. (Véase
la citada revista, año 1917, págs. 1, 33, 81 y 129). Pero el que
los actos educativos hayan de ser vitales, no abona las ideas
y conclusiones de los vitalistas. En el automóvil, el motpr son
las explosiones de la gasolina; pero el guia· ha de ser otro, que
maneja el volante. Y si éste faltara, las explosiones de la
gasolina no servirían sino para empujar al choque o al pre­
cipicio.
Naturalism o pedagógico 79

Sabiduría “ abarca fuertemente de un cabo a otro todas


las cosas, y las ordena todas con suavidad” (1).
Pero, desgraciadamente, con el significado obvio de
los términos y con los hechos mismos, intentan no pocos
sustraer la educación de toda dependencia de la ley divi­
na. Así que en nuestros días se da el caso, a la verdad bien
extraño, de educadores y filósofos que se afanan por des­
cubrir un código moral universal de educación [37], co­
mo si no existiese ni el Decálogo, ni la ley evangélica, y
ni siquiera la ley natural, esculpida por Dios en el cora­
zón del hombre, promulgada por la recta razón y codifi­
cada, con revelación positiva, por el mismo Dios en el
Decálogo. Asimismo, tales innovadores suelen denomi­
nar, como por desprecio, a la educación cristiana “heteró-
noma” [38], “pasiva”, “ anticuada”, porque se funda en
la autoridad divina y en su santa ley.

(1) Sap., V III, 1 : A ttín g it a fin e uagite ad finem fortiter, et d i«-


ponit omnta siuwiter.

[37]. Una de las tentativas más famosas que se han hecho


en este sentido, es la de la Moral ¡nstruction Icagxie, cuyo Sylla-
bus pusimos y criticamos en nuestra Educación moral, 2.· ed.,
págs. 281 y sigs. (N.° 228), a donde remitimos ai curioso lector.
[38]. Jletcróncma se dice en contraposición con autónoma-,
que es la divisa de la Educación modernista, la cual pretende
(como arriba queda indicado) que el educando lo ha de sacar
todo de s í: de su propia naturaleza y espontaneidad- No es éste
lugar de rebatir despacio estos errores de filosofía moral.
Baste indicar que la autpnomUi', que se dice razonablemente de
una sociedad (que no recibe leyes de otra), es absurda tratán­
dose del individuo; pues la ley que me doy a mí mismo, yo misr
mo me la puedo derogar siempre que me venga a cuento (Ejus
80 C ). Educación sexual

Miserablemente se engañan éstos en su pretensión de


libertar, como ellos dicen, al niño, mientras lo hacen más
bien esclavo de su ciego orgullo y de sus desordenadas
pasiones, porque éstas, por consecuencia lógica de aquellos
falsos sistemas, vienen a quedar justificadas como legí­
timas exigencias de la naturaleza que a sí misma se llama
autónoma.
Pero mucho peor es la pretensión falsa, irreverente y
peligrosa, además de vana, de querer someter a investi­
gaciones, experimentos y juicios de orden natural y pro­
fano, los hechos de orden sobrenatural tocantes a la edu­
cación, como, por ejemplo, la vocación sacerdotal o religio­
sa y en general las arcanas operaciones de la Gracia, que,
aun elevando las fuerzas naturales, con todo, las sobre­
puja infinitamente y no puede en manera alguna some­
terse a las leyes físicas, porque “ el Espíritu sopla donde
quiere” (1).
En extremo grado peligroso es además ese naturalis-

(1) lo., III, 8: Spiritus ubi vult spirat.

est tollere cujus est condere legeru) ; par lo cual no es tal ley
(norma o bligatoria) .
Del justo perfecto, se puede decir con sentido (como lo dice
el Apóstol), que él mismo es ley de sí mismo; en cuanto tiene
la Ley divina perfectamente incorporada en su voluntad; pero
así y todo no es autónomo; pues esta ley que se ha incorporado,
no procede de su naturaleza, sino de la perfecta caridad que
en él vive.
Pero todo esto, que es absurdo tratándose del varón desarro­
llado, es absurdísimo cuando se trata del niño, lleno de las In­
consciencias y debilidades de la edad imperfecta.
Educación sexual 81

mo, que, en nuestros tiempos, invade el campo de la edu­


cación en materia delicadísima, cual es la de la honestidad
de las costumbres. Está muy difundido el error de los
que con pretensión peligrosa y con feo nombre promueven
la llamada educación sexual [39], estimando falsamente

[39], En ninguna otra de las cuestiones pedagógicas dis­


putadas, deseábamos ‘ tanto como en ésta una resolución de la
Sta. Sede; ya que, aun entre los católicos, había lamentable
discrepancia.
La mal llamada educación sexual procede de los Filantro-
pinistas, discípulos alemanes de Rousseau (Basedow, etc.), los
cuales, dominados por un Intelectualismo» falaz, creyeron in­
munizar a la juventud contra los peligros de la lujuria, con
la instrucción en materias sexuales.
Los naturalistas extremados han llegado a suponer que el
pudor es un sentimiento artificial, engendro de una torcida civi­
lización ; y que de él se originan los apetitos perversos en mate­
ria de lujuria; y sin él, el apetito sexual se encarrilaría esponr
táneamente por los rieles de la honestidad natural. Esos quie­
ren, por ende, que se suprima en la educación todo cuanto puede
producir el pudor; que se hable a los niños de las cosas sexua­
les, como de las flores y las manzanas.
Sin llegar a tal extremo, otros modernos han supuesto que
los peligros de la lujuria nacían, para los adolescentes, de la
curiosidad que en ellos excita el mismo secreto y recato con
que los mayores envuelven a sus ojos los misterios de la vida
sexual; y asimismo han propugnado la necesidad de una ins­
trucción científica, en común, en las escuelas; revistiéndola
unos de formas pulcras, y otros de grosera claridad. Y como
la curiosidad no se acalla enteramente sino llegando al extremo
del conocimiento, por la ewpcriancifí, hay quien no ha dudado
en aconsejar que se acallara la curiosidad de los adolescentes
en materia sexual, haciendo que experimentaran todo lo que en
ella hay.

COMENTA RIO* ENCÍCLICA. — 6.


82 Educación sexual

que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros


de la concupiscencia, con medios puramente naturales,
cual es una temeraria iniciación e instrucción preventiva
para todos indistintamente, y hasta públicamente y,
lo que es aún peor, exponiéndolos prematuramente a las

No dista mucho el consejo que da a los jóvenes el Dr. Ra­


món y Cajal, en un libro desatinado en que se metió en peda­
gogías, ajenas a la especialidad en que fué tan insigne. A los
jóvenes a quienes los pensamientos lujuriosos estorban en el
estudio, les persuade “ saciarse de mujer, para despreocuparse
de mujer” (1). ¡Apaga la luz y vámonos!
Dejando a un lado esas monstruosidades, tan ajenas del
Catolicismo como de la decencia; los libros de Sylvano Stall,
publicados en versión castellana desde 1907, pusieron sobre el
tapete la cuestión de s i : “en circunstancias* peligrosas, para
evitar al joven o niño cristiano, la revelación seductora —
hecha por malos compañeros — de las cosas sexuales que feliz­
mente ignoraba; — sería lícito, conveniente o aun -obligatorio,
dar a los tales una Instrucción honesta, parca y acompañada de
reflexiones religiosas y moralizadoras” .
Nosotros creimos deber contestar afirmativa\m0nic (alec­
cionados por la experiencia) y así lo hicimos en el liltimo capí­
tulo de la edición primera de nuestra Educación moral (1908).
Pero esta nuestra intervención suscitó una polémica entre los
católicos.
Muchos se decidían por “la práctica tradicional” de los pa­
dres; es a saber: por la no intervención- con que la mayoría de
los padres, meciéndose en una bienaventurada confianza en la
inocencia de sus hijos, se limitan a velar por los peligros ex­
teriores que pueden amenazar a su castidad.
En este sentido se decidieron varios Prelados (de los muchos

(1) Reglas y consejos sobre investigación biológica: Cf. nuestro


folleto El derecho a equivocarse.
Educación sexual 83

ocasiones para acostumbrarlos, según dicen ellos, y como


curtir su espíritu contra aquellos peligros.
Yerran estos tales gravemente al no querer reconocer
la nativa fragilidad de la naturaleza humana y la ley, de
que habla el Apóstol, contraria a la ley de la mente (1),

(1) Rom., VII, 23.

consultados por nosotros) y en Roma el Emmo. Cardenal Vives


y el P. Bucceronl, S. I. En la Universidad Gregoriana hizo
éste defender una tesis sobre esto, en acto solemne que presidió
dicho Purpurado (1).
En cambio, en España, un catedrático católico, el Sr. D. Ge­
naro González Carreño, publicó un propio libro, La educación
sexual, Madrid, 1910, en que se propuso demostrar que la
Iglesia católica, en su doctrina, en su liturgia y por sus SS.
Padres, había siempre tratado de las cosas sexuales paladina­
mente con todos los fieles. Y por tanto mi tesis de que esto se
debía hacer raras veces y con grandes cautelas, debía ser en­
teramente desechada. El libro iba principalmente enderezado
contra mí, que en 1908, para especificar más las soluciones de
la Educación moral, había publicado aparte el libro de La-
educación de la castidad; a los confesores, educadores y padres
de familia.
Ahora el Romano Pontífice llama claramente “ error” el de
los que promueven la llamada educación sexual. Tiene por
“aún peor” exponer a los niños a los peligros, para “ curtir su
espíritu” . Pero desecha implícitamente la opinión rigorista
(llamémosla así) de los que excluyen toda hipótesis en que pueda
ser útil, necesaria o provechosa, una instrucción preventiva,
cual nosotros la defendimos.
“ SI (dice) atendidas todas las circunstancias, se hace nece-

(1) Defendió la tesis el Rdo. D. Armando Bazin, do la Congrega­


ción «de Presbíteros de Sta. María de Tintrhebray. y puedo verse en
“L a Educación Hispano-Americana”, 1912, págs. 141 ss.
84 Educación sexual

y al desconocer aun la experiencia misma de los hechos,


los cuales nos demuestran que, singularmente en los jó­
venes, las culpas contra las buenas costumbres son efecto
no tanto de la ignorancia intelectual cuanto principalmen­
te de la voluntad débil, expuesta a las ocasiones y no sos­
tenida por los medios de la Gracia.

saria alguna instrucción Individual en tiempo oportuno” . Lue­


go el Papa admite la hipótesis, y, por cierto, remite el asunto
a los mismos a quienes nosotros lo remitíamos: en primer téi>
mino a los padres; y sólo por falta de éstos (por su Ignorancia,
rudeza, etc.), a los confesores o educadores. Y aun en este
caso recomienda todas las cautelas posibles.
En lo cual nosotros fuimos tan allá, que muchos nos censu­
raron de indecisión (como si en tan delicada materia se pu­
diera proceder a rompe y rasga!), y hasta nuestro Hermano de
religión, el P. Castillón, S. I. en la Revista “ Études” (1) nos
juzgf» excesivamente reservados, por temor (según cree) no
tanto del Santo Oficio, cuanto del público para quien escribimos.
Pero, además, hay que atender mucho en esta resbaladiza
materia a “los medios de la gracia” , sin cuyo auxilio los más
solícitos medios naturales no alcanzarán su anhelado objeto. —
Por eso hemos elogiado reiteradamente el método del V. P.
A. M.· Claret, el cual, en su precioso opúsculo Bálsamo efi­
caz (2), reúne por modo un tanto bizarro, la Instrucción nece­
saria con la devoción a la Virgen de los Dolores. — Y ya que
citamos a autor tan esclarecido, no dejaremos de observar que
sintió muy bien y temió (más aún que nosotros) la arraigada
preocupación del vulgo de las familias en esta materia; en tér­
minos que no se atrevió a poner su nombre, sino solas sus
iniciales, en las ediciones de su opúsculo que se hicieron antes
que nosotros llamáramos la atención sobre él.

(1) N. del 20 de Junio de 1909.


(2) Editorial Librería Religiosa, Aviñó, 20. — Barcelona.
Educación sexual 85

En este delicadísimo asunto, si, atendidas todas las


circunstancias, se hace necesaria alguna instruccióri indi­
vidual, en tiempo oportuno, dada por quien ha recibido
de Dios la misión educativa y la gracia de estado, hay
que observar todas las cautelas, sabidísimas en la educa-

Ahora, después de la luminosa enseñanza del Papa, la mate­


ria (sin dejar de ser dificilísima en la práctica) queda entera­
mente clara.
1.° Hay que conservar todo el tiempo que se pueda la
santa ignorancia de la edad Infantil sobre todo este orden de
cosas.
2.° Cuando se llegue a juzgar que es necesaria alguna ins­
trucción preventiva, para evitar el gravísimo riesgo de la se­
ducción, la instrucción se ha de dar en particular, dosificada;
sobre lo único indispensable para restañar la curiosidad malsa­
na y evitar el peligro.
3.° Esta instrucción individual la han de dar, en tlempa
oportuno, “quien ha recibido de Dios la misión educativa y la
gracia de estado” , es a saber; los padres, o en su defecto (físico
o moral) el director de la conciencia u otra persona grave que
haga en esto las veces de los padres (maestro, médico cris-
Hamo).
4.° No se debe descender a particularidades, ni descripcio­
nes fisiológicas, ni menos a la descripción de los vicios con­
trarios a la castidad. Siempre atendiendo a las circunstan­
cias del educando.
Por eso, aun el opúsculo del V. P. Claret, no conviene darlo
sino a los niños que están tocados del vicio solitario o en pró­
ximo peligro de é l ; lo cual difícilmente puede juzgar sino es el
confesor (que suele ser quien da ese “Bálsamo” a los penitentes
jóvenes). Y lo mismo hemos de decir del medio que aconseja
el Sr. Manjón: de llevar al joven a una sala de enfermedades
venéreas de un hospital.
Sobre toda esta materia podemos remitirnos (con más con-
80 D ). Coeducación

ción cristiana tradicional, que el citado Antoniano sufi­


cientemente describe, cuando dice:
“ Es tal y tanta nuestra miseria y la inclinación al
pecado, que muchas veces de las mismas cosas que se di­
cen para remedio de los pecados, se toma ocasión e incita­
mento para el mismo pecado. Importa, pues, sumamente,
que el buen padre, mientras hable con su hijo de materia
tan lúbrica, cstó muy sobre aviso, y no descienda a parti­
cularidades y a los diversos modos con que esta hidra
infernal envenena tan gran parte del mundo, a fin de que
no suceda que en vez de apagar este fuego, lo excite y
lo reavive imprudentemente en el pecho sencillo y tierno
del niño. Generalmente hablando, mientras dura la ni­
ñez, bastará usar los remedios que con un mismo influjo
fomentan la virtud de la castidad y cierran la entrada al
vicio” (1).
Igualmente erróneo y pernicioso a la educación cris­
tiana es el método llamado de la “ coeducación” [40], tam­

il) Silvio Antoniano, DelVeducaziotie cristiana dei figliuoli, 11b.


II, c. 88.

fianza después de las enseñanzas de Roma) a nuestro libro La


educación de la oa^stidad, publicado en cuatro ediciones espar
ñolas y dos italianas, y honrado con la aprobación y elogio de
muchos Prelados. Las decisiones romanas no han hecho más
que confirmarnos en todo lo que en él profesamos.
[40]. Coeducación. El origen de esta forma de educación
y enseñanza, que viene finalmente a desaprobar el Papa, no
fué sectario; aunque lo ha sido su desenvolvimiento. Los colo­
nos europeos diseminados en las vastas comarcas de los Esta­
dos Unidos de América, para educar a sus hijos y darles la
instrucción necesaria, hubieron de fundar escuelas; y en la im-
Coeducación 87

bien fundado, según muchos, en el naturalismo negador


del pecado original, y además, según todos los sostenedo­
res de este método, en una deplorable confusión de ideas
que trueca la legítima sociedad humana en una promis­
cuidad e igualdad niveladora. E l Creador ha ordenado

posibilidad de establecerlas dobles, para los dos sexos, reunie­


ron. éstos en una sola escuela. — Esta misma causa ha produ­
cido los mismos efectos en las aldeas de España, demasiado
poco populosas para alimentar dos escuelas separadas para los
dos sexos. Esta coeducación tiene tanto menor peligro, cuanto
reúne niños de menor edad, y labradorcillos o montañeses, en
quienes las pasiones se suelen desarrollar más tarde que en los
moradores de las ciudades. Por la misma razón, nadie ha
protestado contra la coeducación en las escuelas de párvulos.
Pero lo que en los Estados Unidos era un hecho, hijo de la
necesidad, se ha erigido en sistema, acariciado por los yankees
como cosa 8u¿yat e imitado en Europa por varias tendencias
sectarias, que tienen rara habilidad para apoderarse de cuanto
puede coadyuvar a sus intenciones antirreligiosas y antimo­
rales.
En España ha sido fautriz de la coeducación la “ Institución
libre de enseñanza” , con su adalid D. Francisco Giner de los
Ríos, del cual dice el Sr. Altamira en los apuntes biográficos
que sobre él publicó, que gustó siempre de rodearse (en la
escuela) de los dos sexos. Así se ha introducido en España la
coeducación en la Escuela Superior del Magisterio; y luego,
de hecho, en los Institutos de Segunda Enseñanza, a los que
se admiten sin distinción niños y niñas — precisamente en esa
edad adolescente y más peligrosa que señala el Papa. Aunque
tenemos la satisfacción de decir que el Profesorado ha procu­
rado en varias partes evitar los inconvenientes de esa promis­
cuidad, ora señalando horas diferentes para las clases de niños
y niñas (Barcelona), o por lo menos cuidando de su separación
88 Coeducación

y dispuesto la convivencia perfecta de los sexos solamente


en la unidad del matrimonio, y gradualmente separada
en la familia y en la sociedad. Además, no hay en la
naturaleza misma, que los hace diversos en el orga­
nismo, en las inclinaciones y en las aptitudes, ningún

decente en las aulas. Así y todo, es ésta una situación que


urge remediar, pues aunque los alumnos estén separados y
vigilados en las clases, no lo están en los corredores y claustros
donde esperan las clases, y generalmente, se produce una con­
fusión poco favorable para el pudor de las alumnas y la casti­
dad de los alumnos, que están en la edad más expuesta a los
peligros que produce, con la inexperiencia de la vida, el des­
pertar de las pasiones nuevas.
Por eso se ha escrito mucho en estos últimos años sobre la
coeducación, defendiéndola muy generalmente los sectarios y
liberales, e impugnándola concordes todos los catóUcos que
saben dónde tienen la mano derecha. Hemos de citar con espe­
cial elogio el libro del Dr. Blanc y Benet, La escuela, mixta,
ensayo critico sobre la, coeducación de los sexos, 2.· ed., Barce­
lona, 1914.
Nosotros hemos impugnado asiduamente la coeducación, en
la revista “ La Educación Hispano-Americana” , y hemos re­
unido los principales argumentos contra ella en nuestro libro
sobre La edueación femenina (2.a ed., Barcelona, 1923), Parte
tercera.
La coeducación, que comenzó en América por motivos de
orden práctico, ha sido combatida no sólo por razones morales,
sino también científicas. La Ciencia del niño demuestra que la
línea de desen volvimiento físico y psíquico de los sexos no corre
paralelamente, sino con ritmos diversos; por consiguiente, su
educación no debe ser igual, ni, por ende, común. Amén de las
razones sociales, que exigen diferenciación en las finalidades
educativas de uno y otro sexo, si el femenino ha de producir
Ejercicios gimnásticos 89

motivo para que pueda o deba haber promiscuidad y mu­


cho menos igualdad de formación para ambos sexos.
Estos, conforme a los admirables designios del Creador,
están destinados a completarse recíprocamente en la fa ­
milia y en la sociedad, precisamente por su diversidad,
la cual por ló mismo debe mantenerse y fomentarse en la
formación educativa, con la necesaria distinción y corres­
pondiente separación, proporcionada a las varias edades
y circunstancias. Principios que han de ser aplicados
a su tiempo y lugar, según las normas de la prudencia
cristiana, en todas las escuelas, particularmente en el
período más delicado y decisivo de la formación, cual es
el de la adolescencia; y en los ejercicios gimnásticos y de
deporte, con particular atención a la modestia cristiana
en la juventud femenina, de la que gravemente desdice
cualquiera exhibición y publicidad [41].

madre# y el masculino varones (no como quiera animales ma­


chos), para los cuales nada es tan oprobioso y pernicioso como
la afeminación.
Es de esperar que la luminosa doctrina del Romano Pontífice
moverá eficazmente a los legisladores que se precian de cató­
licos, y mientras esto viene, a los profesores que lo son, para
evitar los Inconvenientes de las manifestaciones coedueadora&
que se hallan entre nosotros.
141]. Cuando el Papa emplea palabras tan graves y gene­
rales, es que hay un peligro grande, por las modernas tenden­
cias de la gimnasia femenina, que ya no se propone solamente
aumentar la salud y la fuerza, sino expresamente “cultivar la
belleza” (por eso la llaman Calisthéníca — de belleza y fu erza );
y claro está que no se trata sólo ni principalmente de la belleza
del rostro, de la delicadeza de las manos, de la pequefiez de los
pies o delgadez del talle, sino de todas las curvas y turgencias
90 Ejercicios gimnásticos

Recordando las tremendas palabras del Divino Maes­


tro: “ ¡A y del mundo por razón de los escándalos!” (1),
estimulamos vivamente vuestra solicitud y vigilancia,
Venerables Hermanos, sobre estos perniciosísimos erro-

(1) Matth., X V III, 7: Yae mundo p, scandalis!

del cuerpo femenino, que malamente exhiben las modas actua­


les, y peor “ cultivan” los modernos gimnasios calisthénícos.
El “ culto del cuerpo” , de su salud, de su belleza sensual, es
una consecuencia del Naturalismo neo-pagano, que está remo­
zando las exhibiciones y juegos del Paganismo, olvidados du­
rante los cristianos siglos.
La belleza es y será siempre la cualidad más estimada de
las mujeres, porque es como un indicio de la salud y un señuelo
del amor. Pero de esto a proponerse como fruto de la educación
femenina, siquiera sea en su parte física, el cultivo de una be­
lleza puramente exterior y sensitiva, va mucha distancia, y
al recorrerla se empuja a la mujer por el camino de su ruina
moral.
Por eso el Romano Pontífice llama justamente la atención
«obre la gimnasia de las niñas, y prohíbe como “gravemente”
reprensible “cualquiera exhibición” en actos de tal gimnasia a
que sea admitido el público, aunque no sea más que las fami­
lias de las alumnas.
La complacencia de las jóvenes, en mostrar sus formas, con
las flexiones, actitudes y evoluciones de esa gimnasia, es de lo
más contrario que puede imaginarse, al pudor, recato y modes­
tia propios de la virgen cristiana... y aun de la pagana.
El Cristianismo no nos manda, como el sensual Islam, en­
volver a la mujer en ampUos vestidos y velar su semblante;
sino permítele mostrar modestamente las gracias que le ha dado
el cielo. Pero le prohíbe ostentar con flexiones y actitudes
gimnásticas, las bellezas reservadas, si acaso, para el tálamo
conyugal.
Ambiente de la educación 91

res, que con sobrada difusión van extendiéndose entre


el pueblo cristiano con inmenso daño de la juventud.

Para obtener una educación perfecta, es de suma im­


portancia velar por que las condiciones de todo lo que ro­
dea al educando, durante el período de su formación, es
decir: el conjunto de todas las circunstancias que suele
denominarse “ ambiente” [4 2 ]; corresponda bien al fin
que se pretende.

Y nótese que el Papa, al proscribir tales exhibiciones, que


los directores de gimnasios suelen promover con finalidad de
reclamo profesional, no se concreta a aquéllas en que las alum-
nas se presentan con excesivas desnudeces, o trajes indecoro­
sos; sino extiende su prohibición a “cualesquiera exhibición y
publicidad” , y estas palabras, claro es que no se refieren sólo
a una publicidad propia de los espectáculos donde entra quien­
quiera paga la entrada; sino a lo que se llama de ordinario
“ actos públicos” en los colegios y establecimientos educativos;
esto es: aquéllos a que se invita a las familias, amigos y bien­
hechores o protectores del establecimiento.
[42]. El ambiente de la educación, en la familia, lo consti­
tuyen muchos elementos, sobre los cuales vamos a llamar la
atención.
1.° La haMtacián familiar, cuya disposición es importante
para la educación de los niños. Véase si está adornada por el
Crucifijo y las imágenes del Sdo. Corazón, de la Virgen Santí­
sima, de San José y otros santos, que impriman temprano estas
pías impresiones en el alma del niño; o si lo está con imágenes
profanas, acaso indecorosas u obscenas. Y para los niños no
es de tanta importancia el mérito artístico como el objeto re­
presentado; y por ende, no hay mérito artístico que excuse, en
la habitación familiar, las imágenes obscenas.
2.° Los dmi&sticos, tes sirvientes: la nodriza, la niñera, los
92 A ). L a fam ilia cristiana

E l primer ambiente natural y necesario de la educa­


ción es la familia, destinada precisamente para esto por
el Creador. De modo que, regularmente, la educación
más eficaz y duradera es la que se recibe en la familia
cristiana bien ordenada y disciplinada, tanto más eficaz,

demás criados, cuya conversación, cuya moralidad, es de grande


importancia para hacer del hogar un medio saludable o dele­
téreo.
3.° Las visitas, especialmente de personas que entran en la
intimidad familiar. Hay familias cristianas que no reparan
en que un amigo incrédulo o inmoral frecuente su casa, y por
ventura se atraiga la simpatía de los niños, sobre quienes ejerce
luego influencia lo que dice y hace.
4.° La librería ; los periódicos ilustrados, las revistas, i Cuán­
tos adolescentes han hallado el principio de su perversión en la
librería de papá o mamá; acaso en un limero de novelas olvi­
dado en un desván!
Se cuida, con razón, de que los niños se críen en una habi­
tación soleada y de aire puro. No se atienda menos a excluir
de su habitación los miasmas de la inmoralidad, y de hacer
entrar en ella los efluvios de la religión, aún antes de la edad
en que pueden recibir sus enseñanzas.
Los niños son como espejos, que se empañan con cualquier
háUto, y reflejan con extraordinaria sensibilidad las cosas que
los rodean. Son una cera blanda, que recibe cualquiera impre­
sión, y luego la conserva tenazmente.
Pero las impresiones más hondas y duraderas son las que
los niños reciben de los ejemplos y máximas de sus padres.
La autoridad incomparable de los padres, y el amor que los
niños les tienen y en ellos reconocen, son los dos resortes más
poderosos de la educación (buena o m a la ); lo que hace que todo
cuanto procede de los padres, tenga para los hijos un valor In­
menso. — Así se conservaron en la Humanidad, antes del uso
de la escritura y de la existencia de las escuelas, las tradlcio-
L a fam ilia cristiana 93

cuanto resplandezca en ella más claro y constante el buen


ejemplo de los padres, sobre todo, y de los demás miem­
bros de la familia.
No es Nuestra intención querer tratar aquí de propó­
sito, aun tocando sólo los puntos principales, de la edu­
cación doméstica, tan amplia es la materia, acerca de la
cual, por lo demás, no faltan tratados especiales, antiguos
y modernos, de autores de sana doctrina católica, entre
los que merece especial mención el ya citado áureo libro
de Antoniano “ De la educación cristiana de los hijos”,
que S. Carlos Borromeo hacía leer públicamente a los pa­
dres reunidos en la Iglesia.
Queremos, con todo, llamar de manera especial vuestra
atención, Venerables Hermanos y amados Hijos, sobre
el deplorable decaimiento actual de la educación familiar.
A los oficios y profesiones de la vida temporal y terrena,
ciertamente de menor importancia, preceden largos es­
tudios y cuidadosa preparación, mientras que para el
oficio y deber fundamental de la educación de los hijos
están hoy poco o nada preparados muchos de los padres,
demasiado metidos en los cuidados temporales. A debi­
litar el influjo del ambiente familiar contribuye hoy
el hecho de que, casi en todas partes, se tiende a alejar

nes, las máximas, la historia familiar y nacional, transmitién­


dose de padres a hijos, merced a esa eficacia particular, que
hace casi imborrables las enseñanzas recibidas de los padres.
Por eso nunca se inculcará bastante a los padres cristianos
su responsabilidad y la necesidad de que se preparen con todas
sus fuerzas, para el desempeño de la más transcendental de sus
incumbencias. (Véase nuestra Educación moral).
94 L a fam ilia cristiana

cada vez más de la familia a los niños desde sus más tier­
nos años [43], con varios pretextos, ora económicos, de
la industria o del comercio, ora políticos; y hay país don­
de se arranca a los niños del seno de la familia, para for­
marlos (o, para decirlo con más verdad, para deformarlos

[43]. Es éste un daño que apenas se puede evitar del todo


en la compleja sociedad moderna; y la misma Iglesia, ya que
no pueda suprimir las instituciones que apartan a los niños
pequefiitos del gremio materno, procura por lo menos empapar­
las de la piedad de su espíritu maternal. Pero bueno es tener
ante los ojos lo que aquí nos inculca el P apa: que esta separa­
ción es un mal, y han de considerarse como medicina· y no como
progreso, las instituciones que se ordenan a substituir a la
familia y sobre todo a la madre, en la educación de los años
infantiles.
Tales son las Cansas c u n a establecidas para recoger y cui­
dar los pequeñuelos cuyas madres han de abandonar el hogar
familiar, para atender al trabajo con que ganan su sustento
en fábricas y talleres; las Escuelas maternales, como s© suelen
llamur en Francia las de parvulitos; las Case dtf bambmi, de
Italia, y otras con diversas denominaciones, donde se reciben
los niños desde los tres años.
El mal vwtwr, en tales Institutos, es que Imiten lo más de
cerca que sea posible, la educación maternal; que no carguen a
los parvulitos de demasiados ejercicios, sino los dejen vegetar,
cuanto se pueda, al aire libre; que no exciten su precocidad,
harto frecuente en nuestros climas meridionales, y de grande
inconveniente para su ulterior formación.
Sobre todo, es menester que estén lo más saturadas que se
pueda, del espíritu de cristiana piedad, que es lo que más se
acerca al influjo maternal.
En España el R. Decreto de 17 de Marzo de 1S82 estableció
que acudirían a las Escuelas de párvulos los niños y niñas de
los 3 a los 7 años; y puso tales escuelas a cargo de una maestra;
L a fam ilia cristiana 95

y depravarlos) en asociaciones y escuelas sin Dios, en la


irreligiosidad y en el odio, según las teorías socialistas
extremas, renovándose una verdadera y más horrenda
matanza de niños inocentes.
Conjuramos, pues, por las entrañas de Jesucristo, a
los Pastores de almas, que empleen toda clase de medios,
en las instrucciones y catcquesis, de palabra y por escri­
tos profusamente divulgados, a fin de recordar a los pa­
dres cristianos sus gravísimos deberes, y no tanto teóri­
ca o genéricamente, cuanto prácticamente y en particu­
lar, cada uno de sus deberes en materia de educación re-

pero también hay maestros de párvulos. En realidad, la edu­


cación de párvulos se ha de considerar como función imaternal,
y en primer lugar de la madre o familia propia; y el enviar a
los niños a la escuela, antes de ios 6 ó 7 años, se ha de mirar
como mal menor, sólo en los casos en que, de no ir a la escuela,
quedarían abandonados en el arroyo o desatendidos en casa.
Rousseau dijo (entre otras muchas necedades) que el carác­
ter del futuro hombre, queda ya definitivamente determinado
en el niño a los 6 años; y acaso ha nacido de ahí el prurito de
ciertos pedagogos modernos, de apoderarse del niño desde que
puede valerse sin el continuo auxilio de su madre o niñera.
No hay que desconocer la importancia transcendental de
las primeras Impresiones y de la educación que se recibe en los
años que preceden a la edad de la discreción. Pero no hay es­
cuela ninguna comparable, para esta edad, a la familia cristia­
na presidida, en esta parte, por una buena madre. Por lo cual,
ningún reclamo de estupendas invenciones pedagógicas, debe
mover a las familias a desprenderse de la educación de sus
parvulitos. Por lo demás, la experiencia y la Historia (expe­
riencia de los siglos) demuestran copiosamente que después de
los 6 y aún después de los 16 años, han cambiado muchísimas
personas la dirección de su vida moral e intelectual.
96 L a fam ilia cristiana

ligiosa, moral y civil de los hijos y de los métodos más


convenientes para realizarla eficazmente, además del
ejemplo de su vida. A semejantes instrucciones prácti­
cas no se desdeñó de bajar el Apóstol de las gentes, en
sus epístolas, particularmente en la dirigida a los Efesios,
donde, entre otros, da este consejo: “Padres, no irritéis
a vuestros hijos” [44] (1 ); lo cual es efecto no tanto de
la excesiva severidad, cuanto principalmente de la impa­
ciencia, de la ignorancia de los medios más aptos para la
corrección fructuosa, y aun de la relajación hoy día de­
masiado común de la disciplina familiar, en medio de la

(1) Eph., VI, 4: Paires, nolite ad iracitndiam pt^vocarc filios


vestros.

[44]. La Historia ilustra con muchos lamentables ejemplos


el funesto efecto que ha producido en algunos niños la opreslóp
sufrida en los tiernos años o en la adolescencia, por la violen­
cia despótica de sus padres o educadores.
Hemos señalado en otros lugares los casos clásicos de Ju­
liano el Apóstata, criado con el miedo de los que habían destrui­
do a su fam ilia; de Lutero, cuya niñez pasó bajo la opresión de
un padre feroz y violento; y de Erasmo, cuyo carácter se agrió
asimismo por la opresión sufrida en la niñez.
Hay otros dos ejemplos insignes en Federico I I de Prtisla
(uno de los hombres más perversos de un siglo perverso), cria­
do por su padre, “el Rey Sargento” , con un rigor cuya narra­
ción subleva; y el de Mirabeau, índole muy bien dotada, pero
que se extravió asimismo por la disciplina férrea de su padre,
el cual le mostró siempre la mayor desconfianza en la enmien­
da, que su hijo proponía muchas veces sinceramente; con lo
cual acabó por extraviarse del todo. Véanse las Interesantes
monografías que dedica a estos personajes el Dr. J. Bta. Welss
en su grandiosa Historia Universal.
L a fam ilia cristianá 07

cual crecen en los jóvenes las pasiones indómitas.* Atien­


dan pues los padres, y con eljos todos los educadores, a
usar rectamente de la autoridad [45] que Dios les ha da­
do y de quien son con toda propiedad vicarios, no para
su propio provecho, sino para la recta institución de los

[43]. La autoridad en la educación. Esta enseñanza del


Papa va directamente contra el modernismo pedagógico que
sostiene una educación autommiHtay conformándose más o me­
nos enteramente con la máxima de Rousseau, que el educador
ha de abstenerse de mandar y ¡rrohibir, dejando al niño hallar
por su propia experiencia lo conveniente e vnconveniente.
Al contrario, toda la educación cristiana se funda en la
autoridad. Los padres se presentan al niño cristiano como de­
legados de la aaitoridad divina, aneja a la divina paternidad.
Según Herlmrt, esta autoridad innata de los padres, es precisa­
mente lo que constituye la excelencia y eficacia de la educación
paternal; y Pestalozzl había desarrollado por modo senrimental
este argumento en uno de sus más famosos pasajes (1).
La autoridad, según su misma etimología, pertenece al que
da o aumenta el sér (auc-toritas ab aug-endo); de suerte que,
en este sentido, pertenece en primer lugar a Dios, primera cau­
sa de nuestro ser; y en segundo lugar a nuestros padres, causa
inmediata de él.
La raíz de las ideas morales, en el niño, es la dependencia
que siente, respecto de sus padres, de quienes recibe el remedio
de todas sus indigencias. De esta dependencia que siente res­
pecto de sus padres, pasa a su tiempo, a la dependencia respec­
to de Dios, Padre celestial; y más adelante, a la dependencia de
la patria y sociedad civil.
Los funestos vicios del indiiñditulixmo y la rebeldía> que
principalmente afligen a nuestros contemporáneos, tienen su
único remedio en esta temprana conciencia de la autoridad y

(1) Véase en nuestra Educación religiosa, pAgs. 80 t>s.

COMENTARIO-ENCÍCLICA. — 7.
98 B ). L a Iglesia y sus obras educativas

hijos en el santo y filial “ temor de Dios, principio de la


sabiduría”, en el cual solamente se apoya con solidez el
respeto a la autoridad, sin la cual no puede subsistir ni
orden, ni tranquilidad, ni bienestar alguno en la familia
y en la sociedad.
A la debilidad de las fuerzas de la naturaleza huma­
na decaída, ha provisto la divina bondad con los abundan­
tes auxilios de su Gracia y los múltiples medios de que
está enriquecida la Iglesia, la gran familia de Cristo, que
es por lo mismo el ambiente educativo más estrecha y har-
moniosamente unido con el de la familia cristiana.
Este ambiente educativo de la Iglesia no comprende
solamente sus Sacramentos, medios divinamente eficaces
de la gracia, y sus ritos, todos de manera maravillosa
educativos, ni sólo el recinto material del templo cristia­
no, asimismo admirablemente educativo en el lenguaje

dependencia, que en ninguna parte se infunden tan suave y


eficazmente como en la educación de la familia cristiana, don­
de la autoridad natural de los padres se halla nimbada por el
reflejo de la Autoridad de Dios, de quien el padre es la más
natural imagen (1 ).’
El niño, criado en esta atmósfera de autoridad paternal, fá­
cilmente sentirá luego la paternidad de la patria, y los Indiso­
lubles deberes que a ella le ligan. Y de la patria pasará fácil­
mente al Estado, que no es sino su organismo jurídico, y a to­
dos los que tienen autoridad recibida de é l ; maestros públicos,
funcionarlos, etc.

(1) Cf. nuestra Educ&ción moral 2.» ed., núm. 56 (pág. 82) y núm.
236 (pAg. 300) ; y Educación social, 2.» ed. Art. I I I y IV. Puede verse
animismo L a autoridad en la familia y en la escuela, por Fr. Kleffer
S. M. — 1918.
C ). L a Escuela 90

d é la liturgia y del arte [4 6 ]; sino también la gran .abun­


dancia y variedad de escuelas, asociaciones y toda clase
de instituciones dedicadas a formar a la juventud en la
piedad religiosa junto con el estudio de la literatura y
de las ciencias, y con la misma recreación y cultura fí­
sica. En esta inagotable fecundidad de obras educativas,
es tan admirable, al mismo tiempo que insuperable, la
maternal providencia de la Iglesia, como admirable ee
la harmonía aates indicada, que ella sabe mantener con
la fr.milia cristiana, hasta el punto de que se puede con
verdad decir que la Iglesia y la familia constituyen un
solo templo de educación cristiana.
Por ser menester que las nuevas generaciones sean ins­
truidas en las artes y disciplinas, con que se aventaja y
prospera la sociedad civil, y siendo para este trabajo,
por sí sola, insuficiente la familia; nació la institución
social de la escuela, ya en un principio, nótese bien, por
iniciativa de la familia y de la Iglesia, mucho tiempo an­
tes que por obra del Estado. De suerte que la escuela,
considerada aun en sus orígenes históricos, es por su na­
turaleza institución subsidiaria y complementaria de la
familia y de la Iglesia [4 7 ]; y así, por lógica necesidad
moral, debe no solamente no contradecir, sino positiva-

[46]. Sobre esto ha escrito un docto libro ei Sr. Obispo


de Tarazona, limo. Sr. Dr. D. Isidro Goiná: El ml-or educati­
vo de la Liturgia católica, Barcelona, 1918.
[47]. Este concepto, que la historia de la enseñanza pone
ante los ojos, se ha querido desvirtuar, no tanto teórica, como
prácticamente, en los modernos Estados liberales.
El Estado liberal se ha arrogado la función docente y educa-
100 La Escuela

mente harmonizarse con los otros dos ambientes en la uni­


dad moral la más perfecta que sea posible, hasta poder
constituir, junto con la familia y la Iglesia, un solo san­
tuario, consagrado a la educación cristiana, bajo pena de
faltar a su cometido, y de trocarse en obra de destrucción.

tiv a ; y como es incapaz de ejercerla por sí, la lia delegado en


su escuela* oficial, la cual se ha considerado desligada de la fa ­
milia y de la Iglesia, como procedente de un Organismo político,
superior a la familia, e igualmente soberano que la Iglesia, se­
gún los catóUcos; superior también a la Iglesia misma, según
todos los acatólicos.
De ahí ha nacido esa posición tan poco pedagógica y educa­
tiva, del maestro funcionario del Estado, dotado de umi auto­
ridad que no es precisamente la científica o pedagógica, sino
juridical (como procedente del Estado, que es organismo jurí­
dico) ; y enteramente Independiente de la familia, y — donde
el Estado no es católico — , no menos de la Iglesia.
Así se ha venido a las monstruosidades de obligar a la fa-
mlüa a llevar a sus hijos a una escuela que los eduque con ideas
religiosas y morales contrarias a las de sus padres; o que,
por lo menos, prescinda enteramente de éstas, y no menos de
las enseñanzas y prescripciones de la Iglesia.
Estas enormidades nacen del olvido de la doctrina que ahora
repite el Romano Pontífice: que la Escuela es institución sub­
sidiaria. Si la familia se bastara para la educación y enseñan­
za de sus hijos, holgaría la escuela. Esta no tiene otra razón
de ser, que la deficiencia de la familia. Y aunque el Estado
pueda Instituir escuelas, proveer al remedio de esa deficiencia —
si ya no está remediada por las iniciativas colectivas de las
mismas familias; que crean instituciones escolares— , la Escue­
la oficial nunca puede olvidar este origen suyo, nl desentenderse
de los deseos legítimos de los padres de familia en la educación
encolar de sus hijos.
En los Estados Unidos de América, donde las relaciones
L a Escuela 101

Esto lo ha reconocido manifiestamente aun un hombre


seglar, tan celebrado por sus escritos pedagógicos (no del

sociales se han desenvuelto con la libre espontaneidad que les


ofrecían sus instituciones políticas; la escuela pública nació
de la acción mancomunada de las familias, y ha permanecido
hasta nuestros días bajo su inmediata tutela. — Pero en Euro­
pa, el Estado centralista, antes bajo el régimen de las monar­
quías absolutas, y ahora bajo el de Gobiernos liberales no menos
despóticos, nos hemos forjado la ilusión falaz de que la edu­
cación vendría de arriba como la autoridad; y que irradiaría
del centro a la periferia; siendo así que la vida palpita en las
células vivientes, que en el organismo social son las familias:
no las oficinas del Estado.
Y las ideas se han extraviado de manera, en esta materia,
que, aunque el centralismo ceda, y otorgue vida más autónoma
a ios municipios, no por eso se recobra la conciencia de la au­
toridad familiar sobre las escuelas; y con frecuencia, en lugar
de un «déspota del ministerio, surgen mil déspotas de monterllla.
Por eso es menester Inculcar un día y otro día esta ense­
ñanza que hoy formula el Papa con su autoridad incomparable:
que la Escuela es institución subsidiaria, y por tanto, nunca
se ha de emancipar de la familia (y menos de la Iglesia), hasta
el punto de prescindir de los justos anhelas de los padres, en
lo tocante a la educación de sus hijos; y de las prescripciones
que sobre ella da la Iglesia, ora directamente a los maestras,
ora a las mismas familias cuya acción educativa ha de secun­
dar la escuela.
Hace muchos años tratamos de inculcar esto a las maestras
cristianas en el librlto que les dedicamos para orientarlas en
su vida espiritual y profesional; poniéndoles ante los ojos, que
reciben su misión de los padres, de la patria y de la Iglesia;
además de la que puede darles el Estado (1).

(1) La maestra cristiana, 2.» edv Herder.


102 L a E scuela:

todo laudables, porque están tocados de liberalismo), el


cual profirió esta sentencia: “L a escuela, si no es templo,
es guarida” [48], y aun esta otra: “ Cuando la educación

Y nadife piense que esto descantilla la dignidad, ahora tan


vanamente cacareada, del 'magisterio. No hay, para el hombre,
más alta dignidad que servir a Dios, a quien servir es reinar;
y el maestro sólo puede elevarse a un modo de sacerdocio, por
esa misión de la Iglesia , que le pone, en cierto modo, en la línea
de sus ministros, al encomendarle la educación cristiana de los
fíeles; ni le rebaja la misión de la familia, como no rebaja,
sino autoriza al abogado, la delegación que de sus derechos le
hace el cliente, para que los represente en juicio y los defienda.
Se declama mucho sobre la esterilidad educativa* de la ense­
ñanza oficial; los mismos catedráticos la han deplorado en to­
dos los tonos; pero no se ha caído hasta ahora en la cuenta,
del origen de esa esterilidad, que procede precisamente de la
disociación en que la enseñanza del Estado se halla, respecto de
la familia y de la Iglesia. * c
La lámpara que se ceba desde arriba, no produce el aceite,
sino lo consume. Pero el olivo que hunde sus raíces en la tie­
rra fecunda, no consume el aceite, sino lo produce. Así la escue­
la ; si echa sus raíces en el suelo natural de la educación que
es la familia, natural y sobrenatural, tendrá prendas de fecun­
didad; pero si se considera a sí misma, si procede, como ins­
titución burocrática, sólo producirá lo que la Burocracia pro­
duce; expedientes y títulos papiráceos.
[48]. No sólo es estéril la escuela disociada de la religión
y la familia, sino se hace corruptora, por aquello de que “quien
junta al pueblo, le corrompe” . La reunión de muchos hijos de
Adán, constituye un peligro para su moralidad, si no se le pre­
viene con un antiséptico proporcionado.
Esto es tanto más verdadero, cuanto se trata de personas
menos cultas y moral mente educadas. La congregación de la
gfcnte popular, fácilmente degenera en populacho (que es cosa
neutra, laica 103

literaria, social, doméstica y religiosa no van todas de


acuerdo, el hombre es infeliz, impotente” (1).
De aquí precisamente se sigue, que es contraria a los
principios fundamentales de la educación la escuela lla­
mada neutra o laica [49], de la que está excluida la reli­
gión. Tal escuela, adejnás, no es prácticamente posible,

(1) Nlc. Tommaseo, P c w ic r l sulVefatcazúme, Parte I t 3f 6.

muy diversa de pueblo). Y la junta de muchos niños que no está


aseptlzada por la religión, degenera facilíslmamente en escuela
de corrupción.
Y esto acontece más, cuanto es mayor la unión de esa junta.
Por eso el inteiyiada sin religiosidad, es mucho más peligro­
so que la escuela de externos, privada del antiséptico de la re­
ligión. Lo único que allí puede mantener alguna forma de
orden es la severidad militarista. Pero ésta no engendra una
educación moral apta para los niños y adolescentes; sino, cuan­
do mucho, evita los desórdenes más groseros de la convivencia
de muchos.
[49]. Son éstas denominaciones del todo modernas, y en su
sentido moderno se han de entender.
Laica· Ciega) se podría llamar la escuela cuyos maestros no
son clérigos, sino legos. Pero no es este el sentido que tiene hoy
la Escuela laica·. Esta equivale actualmente a escuela atea,
antirreligiosa; en la que está prohibida la enseñanza de la re­
ligión; pero no está prohibida la enseñanza del ateísmo, ni la
impugnación de todas y cada una de lffs religiones.
En algunas Repúblicas se ha llegado en esta parte a excesos
que serían cómicos, si no fueran lamentabilísimos y dignos de
lágrimas. En Francia, para excluir de la enseñanza aun el nom­
bre de Dios, se llegó a reformar hasta la gramática, substitu­
yendo el ejemplo de oración de verbo substantivo: Dios es gran­
de; por esta otra; París es grande!
En alguna República americana de nuestro idioma, se lia
104 L a E scu ela:

porque de hecho viene a hacerse irreligiosa. No es menes­


ter repetir cuanto acerca de este asunto han declarado
Nuestros Predecesores, señaladamente Pío I X y León
X III, en cuyos tiempos particularmente comenzó a embra­
vecerse el laicismo en la escuela pública. Nos renovamos

llegado a procesar a los maestros por haber pronunciado el nom­


bre de Dios en la escuela.
Naturalmente, en tales escuelas no se prohibía la enseñanza
del materialismo, ni la historia calumniosa de las Instituciones
cristianas. I | [' !^¡
La escuela que se llama neutra, pretende alejarse de esa crude­
za de la Irreligión y prescindir simplemente de la religión en
la enseñanza y vida de la escuela.
Pero esto es prácticamente imposiblei La idea de Dios como
principió! primero y fm último, como legislador y definitivo
sancionadpr de las humanas acciones, se impone de manera, que,
volverle la espalda, prescindir de ella, es negarla, por lo menos
Implícitamente.
Y esto acaecería aunque la enseñanza se mantuviera en un
terreno puramente abstracto y filosófico. Pero hay que ense­
ñar la Historia, la Geografía humana, la Literatura; y en ellas
no es posible hablar del Cristianismo y de sus impugnadores;
del Catolicismo y de las herejías, sin formular un juicio sobre
ellos. ¿Cómo se van a leer los Clásicos castellanos a los niños
y adolescentes, sin tratar de Dios y de la Religión cristiana, que
empapa todas las obras literarias? Si fuera posible que un
adolescente llegara a lfl lectura de esas obras, con entera ig­
norancia de la religión, sería tanto mayor su curiosidad, y las
preguntas que dirigiría a cada paso al maestro sobre lo que
dicen los autores, le forzarían a pronunciarse en pro o en con­
tra del Catolicismo: a impugnarlo, o presentarlo como una fá­
bula, o enseñar honradamente el contenido de esa religión, que
tan inútilmente se trata de rehuir.
Por eso, de hecho, no existe ni existirá jamás la escuela
laica, mixta 105

y confirmamos sus declaraciones (1), y al mismo tiem­


po las prescripciones de los Sagrados Cánones en que la
asistencia a las escuelas acatólicas, neutras o mixtas [50],
es decir, las abiertas indiferentemente a católicos y a
acatólicos sin distinción, está prohibida a los niños cató-

(1) Pius IX, Ep. Quum non sine, 14 Iul. 1864. — Syllabus, Prop.
48. — Leo X H I, alloc. 8 ummi Pontificatus, 20 Aug. 1880, Ep. enc.
Nobllis&ima, 8 Febr. 1884, Ep. enc. Quod multum. 22 Aug. 1886, En.
Officio sanoti68imo, 22 Dec. 1887, Ep. enc. Caritatis , 19 Mart. 189s,
etc. (cfr. Cod. I. C. cum Fontium Annot, c. 1374).

neutra ; la que se llama tal, será atea, laica en su peor sentido,


generalmente sectaria y maldita.
Sobre la cual no queremos decir más, porque ya hemos es­
crito harto. Cf. nuestro folleto: La escuela, neutra, peste speial;
y nuestros libros de la Educación religiosa y la Educación moral.
[50]. Esta mixtura tiene varios sentidos. Muchas veces se
llama mixta la escuela que reúne a los niños de uno y otro sexo.
Pero de ésta trata él Papa con la rúbrica de coeducación·.
Aquí entiende por mixta, la escuela que reúne alumnos de
dos o más confesiones religiosas. En Suiza, vgr., acuden a las
mismas escuelas los católicos, protestantes (calvinistas, lute­
ranos, etc.) y judíos.
Esta escuela, unas veces es neutra : esto es, omite ente­
ramente la enseñanza de la religión, aunque no aquellas nocio­
nes religiosas que se ofrecen en otras disciplinas y que son co­
munes a todas las confesiones o sectas de los alumnos (Dios,
la creación, la sanción del pecado, e t c ); otras veces tiene ense­
ñanza religiosa separada para cada una de las confesiones.
Así en muchas escuelas de Alemania, a ía hora de religión van
los católicos a oír su párroco, los protestantes su pastor y los
judíos su rabino.' El grande inconveniente de esta escuela es,
que impide que la religión empape toda la enseñanza, o por lo
menos se relacione con toda ella ; como se desea en las escuelas
católicas. Förster, que enseñó moral en tales escuelas, lamen-
106 L a E scu ela:

licos, y sólo puede tolerarse, únicamente a juicio del


Ordinario, en determinadas circunstancias de lugar y
tiempo y con especiales cautelas (1). Y no puede ni si­
quiera admitirse para los católicos la escuela mixta (peor,
si es única obligatoria para todos), en la cual aun pro­
veyéndoseles aparte de la instrucción religiosa, reciben la
enseñanza restante de maestros no católicos junto con los
alumnos acatólicos.
Y a que, no basta el solo hecho de que en ella se dé
instrucción religiosa (frecuentemente con excesiva parsi­
monia), para que una escuela resulte conforme a los de­
rechos de la Iglesia y de la familia cristiana y digna de

(1) Cod, I. C.. c» 1374.

la los inconvenientes de esta separación entre la religión y la


doctrina moral (1).
Por eso la Iglesia, sólo en determinadas circunstancias, per­
mite la escuela mixta, como el matrimonio mixto; pues una
y otro dan por resultado el indifcrenti^mv, separando la religión
de la vida de la familia y de la escuela; y relegándola a la ca­
lidad de asigmtura teórica.
Por eso los católicos de países donde el Estado tiene sus
escuelas mixtas, hacen los mayores sacrificios para mantener un
sistema de escuelas católicas para sus h ijos; y hasta los protes­
tantes procuran otro tanto para los suyos.
Tal sucede en los Estados Unidos, donde se ha formado un
admirable sistema de 15scuelas parroquiales, cuyo estudio pue­
de ser de grande utilidad para nosotros en las aciagas circuns­
tancias que, parte ya se han producido, parte nos amenazan en
no lejano porvenir... si Dios no lo remedia.

(1) En su magistral obra Jugendtehre.


católica 107

ser frecuentada por alumnos católicos. Para ello es


necesario que toda la enseñanza y toda la organización
de la escuela: maestros, programas y libros, en cada dis­
ciplina, estén imbuidos de espíritu cristiano bajo la direc­
ción y vigilancia materna de la Iglesia, de suerte que la
religión sea verdaderamente fundamento y corona de toda
la instrucción, en todos los grados, no sólo en el elemental,
sino también en el medio y superior [51]. “ Es necesario
— para emplear las palabras de León X I I I — que no

[51]. Esta enseñanza del Papa era muy necesaria para en­
focar el problema de la enseñanza religiosa, tan mal enfocado
en España.
Aquí parece que todo el punto consiste en que se ponga o
quite de la Segunda Enseñanza la Asignatura (diaria o alterna)
de religión; se baga obligatoria o se la reduzca a clase de ador­
no. Sobre esto se libra la batalla, y los* partidos de la derecha
se creen haber “ batido el record” de la ortodoxia con poner esa
clase. Pero no es eso lo que se requiere y basta para que
la enseñanza sea católica. El Papa nos lo dice con mucha elo­
cuencia.
La Iglesia y la familia cristiana tienen derecho a que toda
la enseñanza esté imbuida de espíritu cristiano, en todos gms
grados; para que no ocurra (lo que por desgracia acontece entre
nosotros), que hombres de carrera y hasta de notable eminencia
científica-, se hallen en materin de religión a la altura de los
niños de la doctrina.
De ahí nace también que catóUcos prácticos, de no escasa
cultura y tal vez de muchos conocimientos, amalgaman en su
mente el Catolicismo que profesan, con ideas políticas, cien­
tíficas, sociales, enteramente contrarias a la doctrina católi­
ca, como el deterninismo, el transformismo, el socialismo más
o menos paliado. Es que su formación intelectual no ha Ido
pareja con su instrucción religiosa.
108 La E scu ela:

sólo en horas determinadas se enseñe a los jóvenes la


religión, sino que toda la formación restante exhale fra ­
gancia de piedad cristiana. Que si esto falta, si este há­
lito sagrado no penetra y no calienta las almas de maes­
tros y discípulos, bien poca utilidad podrá sacarse de cual­
quiera doctrina; frecuentemente se seguirán más bien da­
ños no leves” (1).
Y no se diga que es imposible al Estado, en una na­
ción dividida en varias creencias, proveer a la instrucción
pública, si no es con la escuela neutra o con la escuela
mixta, debiendo el Estado más racionalmente y pudiendo
hasta más fácilmente proveer al caso, dejando libre y fa ­
voreciendo con justos subsidios [52] la iniciativa y la obra

(X) Ep. ene. Militatitis EccleaUie, 1 Aug. 1897: Necease est non
modo certis lioiHs doeeri iuvenes religión cm, sed reliquam institutio-
nem omnem christlanm pietatis sensus redoleré. Id H desit, si saccr M e
halitus non doctorum ánimos nc discentium pervadat foveatque , exiguae
capientur eco qualibet doctrina u iilita tes; dumna saepe oonsequentar
haud exigua.

[52]. Aunque no sea óstu, materia doctrinal, no por eso de­


ja de ser autorizadísima la voz del Papa, que recomienda este
sistema de los subsidios o subvenciones a las instituciones naci­
das de privada Iniciativa, como el más equitativo y conveniente
para harmonizar la función docente de la familia y la Iglesia,
con la acción tutelar y auxiliadora del Estado.
En las países anglosajones se ha seguido muy de ordinario
este sistema. El Estado no ha creado allí la Instrucción pú­
blica, sino ha fotnltevitado las producciones nacidas de la inicia­
tiva privada, y con esto ha obtenido dos resultados: el engrana­
je de los impulsos de arriba abajo y de alxajo arriba, y la eco­
nomía de dinero.
Al contrario, en los países latinos, el Estado moderno (li­
beral) ha pretendido crear desde la Gaceta, cerrando los ojos
católica iuó

de la Iglesia y de las familias. Que esto sea factible,


con gozo de las familias y con provecho de la instrucción
y de la paz y tranquilidad públicas, lo demuestra el hecho
de naciones divididas en varias confesiones religiosas,
en las cuales el plan escolar corresponde al derecho edu­
cativo de las familias, no sólo en cuanto a la enseñanza

a las realidades sociales. ¿Se necesita una Segunda enseñanza?


Pues no lia indagado si existía ya antes una serie de Colegios
de este grado, vgr., los de las Escuelas Pías (que nunca han te­
nido interrupción); sino ha trazado un sistema de Institutos
provinciales, cuyo nombre ha variado, sin mudarse la esencia
de instituciones puramente oficiales.
Luego han venido la pléyade de Colegios de Segunda ense­
ñanza de los Jesuítas, Hermanos de las Escuelas cristianas,
Maristas, Agustinos, etc., etc., y el Estado terne que terne en
su obstinada ignorancia* de la realidad; y cuando hay tantas
otras urgentes necesidades que reclaman sus fuerzas, ha esta­
do derramando el Presupuesto para nuevos Institutos Generales
y Técnicos; no sólo no ayudando a las in icia tiv a privadas,
sino mirando como rivales de su acción docente esas laudables
instituciones, nacidas al calor de la Iglesia y alimentadas por
el favor de las familias que pagan sus gastos.
0 Como si, porque un industrial levanta una fábrica de hilados
o tejidos, el Estado se creyera en el caso de levantar frente
a ella otra, que, con cargo al Presupuesto fabricara artículos
semejantes para contyetir con los de producción particular.
En estas materias el Estado subvcvwipna a los particulares;
así subvenciona las empresas de ferrocarriles, en lugar de crear
otras líneas paralelas a las de dichas empresas, para hacerles
la competencia (lo cual sería una aberración); así ha estado
subvencionando las Compañías navieras, aunque podía haber
establecido líneas de buques correos del Estado. Pero este sis­
tema racimal y económico, que se sigue en todo lo demás, se
abandona en materia de enseñanza, donde precisamente la fa-
iiü La Escuela católica

total — particularmente con la escuela enteramente cató­


lica para los católicos — sino también en cuanto a la jus­
ticia distributiva, con el subsidio pecuniario por parte
del Estado, a cada una de las escuelas escogidas poi; las
familias.
En otros países de religión mixta se hace de otra ma­
nera, con no ligera carga de los católicos, que, bajo el
auspicio y guía del Episcopado y con el empeño incesante
del Clero secular y regular, sostienen totalmente a sus
expensas la escuela católica para sus hijos, cual su gra­
vísima obligación de conciencia la requiere, y *con ge­

mina y la Iglesia tienen una misión propia y harmónica con la


del Estado.
La prosperidad de la enseñanza en las naciones que siguen
este sistema, y los apuros y deficiencias de la nuestra, efecto
del sistema contrario, deberían abrir finalmente los ojos de los
creadores de la Gaceta, y ya que hemos imitado tantas cosas
malas del Extranjero, deberíamos Imitar estas buenas.
Inglaterra subvenciona en la India toda institución docen­
te que llena ciertos requisitos — no arbitrarlos, sino que ase­
guren su eficiencia pedagógica y científica — , y aquel Gobierno
protestante no repara en extender esta subvención a Colegioá
regentados por Jesuítas españoles. En cambio, el Gobierno es­
pañol mira con recelo los Colegios católicos de la Península y
no sólo les niega toda subvención, sino los sujeta a una pesada
contribución industrial; y quiera Dios que no los reprima di-
rectiamente como se ha hecho en tiempos pasados en nombre de
la libertad.
En España, el Gobierno católico sólo subvenciona (por lo me­
nos de un modo generoso) las fundaciones procedentes, direc­
ta o indirectamente, de la “ Institución libre de enseñanza” . Esas
son las únicas de que no recela, aunque tal vez sean las únicas
de que tiene motivos graves de recelar.
Acción católica para la escuela 111

nerosidad y constancia laudable perseveran en el propó­


sito de asegurar enteramente, como ellos a manera de
santo y seña lo proclaman, “la educación católica, para to­
da la juventud católica, en las escuelas católicas”. Lo
cual, aunque 510 esté subvencionado por el erario público,
según de por sí lo exige la justicia distributiva, no puede
ser impedido por la potestad civil, que tiene conciencia
de los derechos de la familia y de las condiciones indis­
pensables de la libertad legítima.
Y donde aun esta libertad elemental se halla impedi­
da o de diversas maneras dificultada, los católicos no tra­
bajarán nunca lo bastante aun a precio de grandes sacri­
ficios, en sostener y defender sus escuelas y en procurar
que se establezcan leyes escolares justas.
Todo cuanto hacen los fieles promoviendo y defendien­
do la escuela católica para sus hijos, es obra genuinainen-
te religiosa, y por lo mismo tarea principalísima de la
“ Acción Católica” ; por lo cual son particularmente ama­
das de Nuestro corazón paterno y dignas de gran ala­
banza todas las asociaciones especiales, que en varias na­
ciones trabajan con tanto celo en obra tan necesaria.
Así que, al procurar la escuela católica para sus hi­
jos, sea proclamado bien alto y de todos sea bien entendi­
do y reconocido, los Católicos de cualquier nación del
mundo no hacen obra política de partido, sino obra reli­
giosa indispensable a su conciencia; y no pretenden ya
separar a sus hijos del cuerpo ni del espíritu nacional,
sino antes bien educarlos en él del modo más perfecto y
más conducente a la prosperidad de la nación, puesto
que el buen católico precisamente en virtud de la doctri­
na católica, es por lo mismo el mejor ciudadano, amante
Estudios clásicos

de su patria y lealmente sometido a la autoridad civil


constituida, en cualquier forma legítima de Gobierno,
ye En esta escuela, en harmonía con la Iglesia y con la
familia cristiana, no sucederá que en las varias enseñan­
zas se contradiga, con evidente daño de la educación,
a lo que los alumnos aprenden en la instrucción religio­
sa; y si hay necesidad de hacerles conocer, por escru­
pulosa responsabilidad de magisterio, las obras erróneas
para refutarlas,· esto se hará con tal preparación y con tal
antídoto de sana doctrina, que 1a. formación cristiana de
la juventud no reciba de ello daño, antes provecho.
Asimismo, en esta escuela, el estudio de la lengua pa­
tria y de la literatura clásica jamás será con menoscabo
de la santidad de las costumbres; ya que el maestro cris­
tiano seguirá el ejemplo de las abejas, las cuales toman la
parte más pura de las flores y dejan lo demás, como ense­
ña S. Basilio en su homilía a los jóvenes acerca de la lec­
tura de los clásicos (1). Esta necesaria cautela — suge­
rida por el mismo pagano Quintiliano (2) — no impide de
ninguna manera que el maestro cristiano tome y aprove­
che cuanto de verdaderamente bueno, en las disciplinas y
métodos, ofrecen nuestros tiempos, acordándose de lo que
dice el Apóstol: “Examinad, sí, todas las cosas, y ate­
neos a lo bueno” (3). Por esto, al tomar lo nuevo, él
se guardará de abandonar fácilmente lo antiguo, que la
experiencia de varios siglos ha comprobado ser bueno y
eficaz, señaladamente en los estudios de latinidad, que en
nuestros días estamos viendo cómo sin cesar decaen, pre-

(1) P . G., t. 31, 570.


(2) Inst. Or., I, 8.
(3) 1 Thess., V, 21: Omnxa probate; qiutd bonum est tenete.
El sano Humanismo 113

cisamente por el injustificado abandono de los métodos,


tan fructuosamente empleados por el sano humanis-
mo [53], que tanto floreció sobre todo en las escuelas de

[53]. Los estudios, no sólo especiales, sino propedéuticas


y educativos, han seguido varias fases, que generalmente la
Iglesia no ha creada; pero ha beneficiado, aprovechando lo
mejor que ha producido cada etapa de la civilización.
La juventud griega se educó con Homero y los demás poetas
que dieron voz al espíritu nacional. Los romanos se educaron
con el estudio de los «autores griegos para aprender la elocuen­
cia que debía enaltecer su jurisprudencia indígena.
La Edad Media vivió de los Compendios y enciclopedias que,
en la decadencia del mundo romano, compusieron varios gran­
des escritores, como San Agustín, Boecio y Cassiodoro. Hasta
que mitigado el hierro de los siglos de lucha violenta, vino el
Renacmnicnto, y con él, el Humanismo, que, si por una parte
condujo a un neopaganismo en la literatura y las artes, por otra,
con auxilio de la Iglesia católica, renovó los buenos estudios
con el conocimiento más directo y cuidadoso de los graneles es­
critores de la Antigüedad, debidamente expurgados de inmun­
dicias paganas.
Este es el “sano Humanismo” de que habla nuestro Santo
Padre, y que la Iglesia, no sólo ayudó a formar, sino ha ayuda­
do a conservar; no ciertamente por amor a los autores paganos,
sino por codicia de los frutos de educación intelectual que de su
estudio se pueden sacar (1).
Varias corrientes se han levantado contra este Humanismo
sano, además del neopaganismo de los sexcentistas.
1.· La nacionalista, que se inició en Francia en tiempo de
Francisco I y culminó en su Colegio de Francia, donde se co­
menzó n hacer vehículo de la enseñanza el francés, en lugar del
latín, que habían adoptado como lengua científica los humanis-

(1) Véase lo que copiosamente hemos tratado «obre ento en nues­


tra Educación intelectual.

COMBNTABIO- ENCÍCLICA. — 8.
114 Los estudios clásicos

la Iglesia. Estas nobles tradiciones reclaman que la


juventud confiada a las escuelas católicas sea, sí, instruí-

tas, mejorando el latín bárbaro de los escolásticos medioevales.


Esta corriente se despertó más tarde en otras naciones, y se
ha recrudecido en el siglo xrx, haciendo indispensable a todo
hombre de alta cultura el conocimiento del francés, el alemán,
el Inglés, y hasta el ruso; cuyo estudio se hubiera impuesto sin
duda por la importancia de sus producciones, si las derrotas y
luego la anarquía de Rusia, no hubieran interrumpido aquel
rápido ascenso.
Pero aparte de esa inmensa mole de trabajo que impone hoy
n los sabios el estudio y uso (laborioso) de tantas lenguas vi­
vas ; se han perdido los frutos de formación intelectual que apor­
taba el estudio y el cultivo del latín, y la facilidad del comercio
intelectual en todo el mundo civilizado, que coincide con el mun­
do cristiano (1).
2.» El gaumiftmo o la escuela del abate Gaume, que preten­
dió que el estudio de los clásicos había sido el ver roiigeur de la
civilización cristiana, y abogó porque se desterrase de los cole­
gios católicos el estudio de los clásicos griegos y romanos, y
se substituyese por el de los Santos Padres de ambas lenguas.
Esta corriente, que se extendió bastante en Francia, en Es­
paña y América latina, contribuyó no poco a rebajar los estu­
dios humanísticos que pueden comprenderse en ese “sano Huma­
nismo” de nuevo recomendado por el Papa.
3.· La tendencia mal llamada filológica, que desvía el estu­
dio de los clásicos de su dirección humanística, para conducir­
los a la lingüística o a la que llaman los alemanes realista.
En lugar de atender, en el estudio de las lenguas clásicas, a
su interés humanístico, se mete en análisis lingüísticos, o busca
en los autores, no ya la elegancia o belleza de la forma, sino
las noticias que nos ofrecen de la vida antigua; materia sin du-

(1) Cf. nnestra H istoria <fe la Civilización, t. II,


E l sano Humanismo 115

da en las letras y en las ciencias plenamente según las


exigencias de nuestros tiempos, pero a la vez solida y

da muy interesante, pero no tan propia del período de la edu­


cación.
4.a La tendencia realista o científica, que pone en segundo
o tercer término la formación humanística de los autores clá­
sicos, para conceder atención preponderante ta las Matemáticas
y ciencias físicas y naturales; limitando los estudios lingüísticos
a las lenguas modernas, con exclusión del griego o del latín o
de ios dos (1).
En Alemania, cuyas direcciones pedagógicas predominaron
muy generalmente antes de la guerra, se llegó a la formación
de tres clases de Bachillerato de nuev¿ años: el clásico (con
griego y latín; pero de tendencia filológica, más que humanís­
tica) ; el realista (con latín y francés, sin griego), y el de la
Oberrealschule (sin griego ni latín ; con francés e inglés y predo­
minio de las ciencias).
En Francia e Italia no se abandonó del todo el sistema huma­
nístico (gracias a la influencia de los Colegios franceses); y
después de la guerra ha habido indicios de reacción humanística.
En España y en las Repúblicas americanas, se ha hecho una
mixtura de lenguas y ciencias, incolora, insfpida, aunque no
siempre inodora; pues ha olido muchas veces a sectarismo pe­
netrante.
Esta es una de las principales causas de la instabilidad de
los planes de enseñanza (que se hacen de ordinario variando
las dosis, pero sin tomar una dirección resuelta) y el bajo ni­
vel de nuestros estudios; pues con tan débil e inconsistente
base, la Universidad apenas puede elevar un edificio sólido de
especial ización.
Ojalá que la indicación del Papa sea eficaz para remediar tan
gran daño.

(1) Véanse estos diferentes sistemas en nuestra EducacWn inte­


lectual, 2.· ed.
116 Sana filosofía

profundamente, de manera especial en la sana filoso­


fía [54], lejos de la farragosa superficialidad de aquéllos
que “hubieran tal vez encontrado lo necesario, si no hu-

[54]. El efecto educativo de un buen curso humanista, ha­


llaría su complemento en un curso de Filosofía sane; no sólo
ortodoxa, sino sólida; no de esas músicas filosóficas, aptas para
adormecer o agitar los ánimos; sino de una filosofía arquitectó­
nica«, cual es la de Sto. Tomás de Aquino.
Hoy día alcanzan extensión enorme las ciencias, y su divi­
sión en multitud de ramas exige la temprana especia libación.
Pero esta especialización engendra inmensos daños, si no 1a
precede una cvtnentación racional, que sólo puede ofrecer esa
filosofía que deseamos con el Padre Santo.
Esa filosofía ha de dar al futuro sabio el conocimiento pre­
vio de Dios, del Hombre y del Mundo; y le ha de mostrar el
nexo de las varias ciencias, en el estudio de una de las cuales,
y mejor, de una rama de una de ellas, ha de pasar luego la vida.
Por no hacerse así. hallamos tantos sabios especialistas que
desatinan por todo lo alto en cuanto salen del estrecho campo de
su especialidad. Y ¿quién tiene tal continencia intelectual,
que nunca caiga en la tentación de salir de él ?
Además, esa base común, haría posible el mutuo comercio
científico entre los especialistas; que ahora se han de tratar,
si acaso, como hombres que hablan cada uno un idioma diver­
so, sin tener un vocabulario común que les sirva de dragomán.
La Filosofía escolástica, tomística, en un par de años,
después de las Humanidades, que podrían contraerse a tres;
ofrecería ese sólido cimiento, y sobre él se elevaría la construc­
ción científica sin tantas idas y venidas, sin tanto movimiento
de ardilla, que le hace perder el tiempo, las fuerzas y el defini­
tivo progreso.
Fuera de lo que se ganaría en la moralidad, la humanidad, y
la felicidad de los sabios! Que sin duda es lo que más mueve
al Papa.
Buenos maestros 117

biesen buscado lo superfluo” (1). Por lo cual, todo maes­


tro cristiano debe tener presente cuanto dice León X I I I
en compendiosa sentencia: con mayor empeño convie­
ne esforzarse en que no sólo se aplique un método de ense­
ñanza apto y sólido, sino más aún en que la enseñanza
misma de las letras y de las ciencias florezca en todo
conforme a la fe católica, y sobre todo la de la filosofía,
de la cual en gran parte depende la recta dirección de
las demás ciencias” (2).
Las buenas escuelas son finito, no tanto de las buenas
ordenaciones, cuanto principalmente de los buenos maes­
tros, que, egregiamente preparados e instruidos, cada
uno en la disciplina que debe enseñar, y adornados de las
cualidades intelectuales y morales que su importantísi­
mo oficio reclama, ardan en puro y divino amor de los
jóvenes a ellos confiados, precisamente porque aman a
Jesucristo y su Iglesia, de quien aquéllos son hijos predi­
lectos, y por lo mismo buscan con todo empeño el verdade-i
ro bien de las familias y de su patria. Por esto, Nos lle­
na el alma de consolación y de gratitud hacia la Bondad
Divina, el ver cómo juntamente con religiosos y religiosas
dedicados a la enseñanza, un tan gran número de maes­
tros y maestras excelentes — aun unidos a veces en con­
gregaciones y asociaciones especiales para cultivar mucho
mejor su espíritu, las cuales por esto son de alabar y pro­
mover como nobilísimos y potentes auxiliares de la “Ac-

(1) Seneca, Epist. 45: Jnvenissmt forsitan necensarto niel ct


superfina quaesiissent.
(2) Leo X III, Ep. ene, P m om ta bili , 21 Apr. 1879... alacnus atl-
niteruíum est, ut non aolum apta ©a solida in stitu tion ^ methodus, sed
mantone institutio ipsa catholicae fidei omrrtno conformis in litteris et
1
discipUnis rtgeat, praesertim autem to philosoplUa, ex qua recta alia-
rm v scientiarum ratio magna e® parte dependet.
118 D ). E l mundo

ción católica” — trabajan con desinterés, celo y constan­


cia, en la que S. Gregorio Nacianceno llama “ arte de las
artes y ciencia de las ciencias” (1) de regir y formar a
la juventud. Y con todo, también a ellos se aplica el di­
cho del Divino Maestro: “L a mies es verdaderamente
mucha; mas los obreros pocos” (2). Supliquemos pues
al Señor de la mies que mande aún muchos más de tales
operarios de la educación cristiana, cuya formación deben
tener muy en el corazón los Pastores de las almas y los
supremos moderadores de 1as Ordenes Religiosas.
Es también necesario dirigir y vigilar la educación
del joven, “blando como cera para doblegarse al vicio” (3),
en cualquier otro ambiente en que venga a encontrarse
apartándolo de las malas ocasiones y procurándole la opor­
tunidad de las buenas, en las recreaciones y reuniones,
ya que “ las malas conversaciones corrompen las buenas
costumbres” (4).
Sólo que, en nuestros tiempos, hay que tener una vi­
gilancia más general y cuidadosa, cuanto más han aumen­
tado las ocasiones de naufragio moral y religioso que la
juventud inexperta encuentra, particularmente en los
libros impíos o licenciosos, muchos de ellos diabólicamente
difundidos a vil precio, en los espectáculos del “cinema­
tógrafo”, y ahora aun en las audiciones “ radiofónicas”,
que multiplican y facilitan, por decirlo así, toda clase de
lecturas, como el cinematógrafo toda clase de espectácu­
los. Estos medios potentísimos de divulgación, que pue­
den servir, si van regidos por sanos principios, de grande

(1) O ratlo II, P. <?., t. 35, 4 2 6 : ars artium et soicntia sedentiarum.


(2) M atth., IX , 3 7 : Mesáis quidrem multa, opera/ri antem pmei.
(3) H orat., A rt poet., v. 1 0 3 : cereus in t’ifium flecti.
(4) I Cor., XV, 3 3 : conrwmpunt mores bonos oolloquia muía.
y sus peligros 110

utilidad para la instrucción y educación, se subordinan


desgraciadamente muchas veces al incentivo de las malas
pasiones y a la avidez de la ganancia. S. Agustín se la­
mentaba al ver la pasión que arrastraba aun a los cris­
tianos de su tiempo a los espectáculos del circo, y cuenta
con viveza dramática la perversión, felizmente pasajera,
de su alumno y amigo Alipio (1). (Cuántos extravíos
juveniles, a causa de los espectáculos de hoy día, sin con­
tar las malvadas lecturas, tienen que llorar ahora los
padres y educadores!
Por esto hay que alabar y promover todas las obras
educativas, que, con espíritu sinceramente cristiano de
celo por las almas de los jóvenes, atienden, con oportunos
libros y publicaciones periódicas, a dar a conocer, parti­
cularmente a los padres y a los educadores, los peligros
morales y religiosos, con frecuencia fraudulentamente in­
sinuados, en libros y espectáculos, y se industrian para
difundir las buenas lecturas y promover espectáculos ver­
daderamente educativos, creando aun con grandes sacri­
ficios teatros y cinematógrafos, en los cuales la virtud no
sólo no tenga nada que perder, antes mucho que ganar.
De esta necesaria vigilancia nadie deduzca sin embar­
go, que la juventud tenga que estar segregada de la so­
ciedad [55], en la que debe vivir y salvar su alma, sino

(1) C o n f VI, 8.

[55]. Acaso es éste el mayor defecto de algunos estableci­


mientos religiosos de educación. Los religiosos de uno y otro
sexo, que los dirigen, han caído a veces en una lamentable con­
fusión, entre el retiramiento propio del religioso que para siem-
120 E l mundo

que hoy, más que nunca, debe estar armada y fortalecida


cristianamente contra las seducciones y los errores del
mundo, el cual, como advierte una sentencia divina, es
todo “ concupiscencia de la carne, concupiscencia de los
ojos y soberbia de la vida” (1 ); de manera que, como

(1) I /o., II, 10: concupisoentia cam is, om cupiscentUi ocu lom m
et superito vit/ic.

pre lia renunciado al mundo por los votos m&ná$Uco8y y el


que se ha de procurar a la adolescencia en los años de su
formación.
En esta parte hemos conocido extremosidades verdaderamente
ridiculas y no menos lamentables. En algunos libros de lectu­
ra, para los comedores de tales colegios de niños, se ha llegar
do si borrar angustiosamente todas las palabras que pudieran
sugerir siquiera en las mentes juveniles la imagen del otro sexo.
Es sí, digna de toda insistencia» la precaución que se ha de
tener, para evitar las imágenes obscenasf, que sugieren las lec­
turas, aun de obras clásicas; y para eso deben expurgarse (1).
Pero hay que educar a los jóvenes que no aspiran al monacato,
para vivir en sociedad; y cierta excesiva segregación sólo sir­
ve para criar en ellos una manera de hiperestesia que los hace
luego tanto más accesibles a las tentaciones a que se verán
expuestos en cuanto salgan del Colegio.
Nunca inculcaremos bastante a los directores de Pensionados
la solicitud por lo que han de hacer sus alumnos, luego que
hayan salido del invernadero en que se los cría ; pues su respon­
sabilidad no termina el día en que los despiden del Colegio,
llenos de buenos propósitos; sino se extiende a toda la conduc­
ta de su vida ulterior, en cuanto será resultado de la educación
recibida; y sin duda ninguna, piedra de toque de ella.

(1) Así lo inculca el Papa en la misma Encíclica» al tratar de la

{mreza de la escuela católica: “El estudio de la lengua patria y de


a literatura clásica, jamás será con menoscabo de la santidad de las
costumbres", etc.
y sus peligros 121

decía Tertuliano de los primeros fieles, sean cual deben


ser los verdaderos cristianos de todos los tiempos “com­
posesores del mundo, no del error” (1).
Con esta sentencia de Tertuliano liemos venido a tocar
lo que Nos hemos propuesto tratar en último término,

(1) D e Jdolototria, 14: compossessores mundi, non erroriv.

Por eso hay que irlos -acostumbrando al uso de su libertad


(como conviene enseñarles prácticamente, el uso del dinero);
y hay que ir templando la atmósfera del Colegio, de modo que
al salir a la exterior, no cojan una pulmonía espiritual.
Los espectáculost que forman uno de los peligros del mundo,
no les sean tan extraños, que carezcan de criterio para discer­
nirlos, o sean arrastrados del apetito furioso de la novedad,
para lanzarse a ellos más apasionadamente.
Esto no carece de dificultades; pero precisamente por eso
hay que plantearlas y resolverlas a tiempo.
El cine, que es hoy uno de los más poderosos agentes de des­
moralización, es muy difícil de sanear. Pues las películas, que
se preparan con enormes dispendios, se hacen para el gran pú­
blico, generalmente corrompido o de muy baja moralidad. Por
eso cuesta mucho hallarlas decentes (aun recortando pasajes
lúbricos), que no sean del todo sosas. Las cómicas que no son
indecorosas, son las mejores. Pero además se pueden utilizar
películas descriptivas de países, industrias, etc.
La cosa está llena de dificultad; ha habido en esta materia
fracasos grandes y muy dispendiosos; lo cual aconseja mucha
prudencia; pero en ninguna manera se ha de cejar; pues el
cine se ha hecho uno de los majes inevitables de la sociedad
presente.
El teatro no tiene tantas dificultades. Sabido es cuánto pro­
vecho se sacó de él en los antiguos Colegios de los Jesuítas
(véase sobre esto Janssen, La* Cultura. alemana antes y después
de Latero). También es conocido el ensayo hecho por Mme.
122 Fin y forma

aunque de grandísima importancia, como que es la ver­


dadera sustancia de la educación cristiana, cual se des­
prende de su fin propio, en cuya consideración brilla
mucho más clara, como en pleno mediodía, la superemi­
nente misión educativa de la Iglesia.
Fin propio e inmediato de la educación cristiana es
cooperar con la gracia divina, a formar al verdadero y
perfecto cristiano; es decir: al mismo Cristo [56], en los

•de Maintenon en St. Cyr, que dió origen a la "Esther” y “ Atha-


lía” de Hacine. — Además, en la sociedad no es difícil hallar
Compañías que representan con gusto piezas decentes, si se les
asegura un público que guste de ellas. El riquísimo Teatro es­
pañol, el mismo Shakespeare y otros autores de primer orden,
ofrecen copioso repertorio. Por lo cual, no es aquí tan difícil
la elección como en el cine.
En general, los Pensionados han de tener muy presente
aquella distinción Herbartiana entre Ed umciópi, régimen y dis­
ciplina ; y ia necesidad de que vayan cesando gradualmente,
primero el régimen exterior; luego la disciplina, que se debe
ir suavizando hasta que sea substituida por los mismos hábitos
del alumno (1).
Por no haberlo hecho así, los alumnos de ciertos estableci­
mientos han llamado luego la atención, por sus desórdenes en
la Universidad y en la vida mundana. Lo cual se evita además,
por las Congregaciones y otras obras postescolares.
[56]. El Modernismo pedagógico (de que ya antes hablamos)
no sólo ha negado que la educación se haya de proponer un fin
ideal; sino expresamente ha impugnado este ideal cristiano,
pretendiendo sustituirlo con otro naturalista, pagano.
“ Ya es hora (llega a decir Gurlitt en su Educación de la* vi­
rilidad) de que nos enseñen la doctrina de un dios de los sanos,
de los alegres, de los valientes, de los arrogantes; de que nos

(1) Véase nuestra Educación m ora l


de la educación cristiana 123

regenerados con el Bautismo, según la viva expresión del


Apóstol: “Hijitos míos, por quienes segunda vez padezco
dolores de parto hasta formal' a Cristo en vosotros” (1).

(1) Gal., I V , 19: F iU oli met, quos iterwm pßrt tirio, doñee form et ur
Christus in vohíts.

muestren una iglesia donde los osados alcancen su mayor ele­


vación y fuerza” . {Loe. c it , pág. 129).
Lo mismo pedía David F. Strauss, cuando rechazaba el Cru­
cifijo, divinización — dice — y apoteosis del sufrimiento. “La
Humanidad actual, llena de alegría de la vida y de la acción,
no puede ya continuar reconociendo en un símbolo de esa natu­
raleza, la expresión de su conciencia religiosa” (La antigua fe
y lai nueva , 1914).
Pero no es Cristo, ni siquiera el Crucifijo, la “ canonización de
la enfermedad y de la tristeza” ; es más bien la condenación
de la alegría bestial y de la salud del cuerpo a expensas del al­
ma. Cristo crucificado es imagen de la naturaleza humana
tal como la había puesto el ciego seguimiento de los apetitos
sensuales y egoístas, que proclama de nuevo la moderna “ Edu­
cación de la personalidad” . A l contrario; el símbolo de la Edu­
cación moderna en sentido cristiano es Cristo resucitado, y glo­
rioso. Que es lo que dice San Pablo: Fué entregado (a la muerte)
por nuestros pecados; resucitó para nuestra justificación (Rom.
IV. 25).
La cruz, infamante y dolorosa, nos pone ante los ojos lo que
obran en nosotros las pasiones desordenadas; la imagen de
Cristo resucitado, nos propone el ideal a donde hemos de ten­
der por medio de la sujeción de los apetitos animales a la nor­
ma de la razón y de la ley de Dios.
Cristo es ese Dios de los sanos — que apetece vagamente
G urlitt; — pero de los sanos con salud total; no los sanos de
cuerpo y enfermos o muertos de alma. Es el Dios de los alegres,
pero no de los alegres con alegría loca y efímera, de embriaguez
sensitiva; sino con alegría serena y duradera, nacida de la
124 A ). Form ar al

Y a que el verdadero cristiano debe vivir vida sobrenatu­


ral en Cristo: “ Cristo que es vuestra vida” (1), y mani­
festarla en todas sus operaciones: u'para que la vida de
Jesús se manifieste asimismo en nuestra carne mortal” (2).
Por esto precisamente la educación cristiana com­
prende todo el ámbito de la vida humana, sensible y espi­
ritual, intelectual y moral, individual, doméstica y social,
no para menoscabarla en manera alguna, sino para ele­
varla, regularla y perfeccionarla según los ejemplos y
la doctrina de Cristo,
De suerte que el verdadero cristiano, fruto de la edu­
cación cristiana, es el hombre sobrenatural, que piensa,
juzga y obra constante y coherentemente, según la recta
razón iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos
y de la doctrina de Cristo: o, por decirlo con el lenguaje
ahora en uso, el verdadero y cumplido hombre de carác­
ter [57]. Pues no constituye cualquiera coherencia y te-

(1) OoL, III, 4 : Christtw, vita vesira.


(2) I I Cor., IV, 11: ut et vita lesu m nnifestetur in carne noatra
mortaU.

hamnonía del hombre sensitivo con el hombre racional; de los


valientes, que sujetan sus pasiones indómitas con el freno de
la razón, en vez de dejarse sujetar por ellas como con un ronzal
y cabestro, propios de brutos animales.
Y en la Iglesia católica, los osados son precisamente los que
alcanzan mayor elevación y fuerza; como claramente lo dijo
Cristo: “El Reino de Dios se gana por fuerza, y los esforzados
son los que lo arrebatan” . (Cf. nuestro Modernismo pedagógica).
[57]. Esta fórmula, adoptada generalmente por la Pedago­
gía moderna, acaso para dejar a un lado el nombre de la “ vir­
tud” , puede dar lugar a malas inteligencias; por lo cual con­
viene proponer claramente el estado de la cuestión.
verdadero cristiano. 125

nacidad de conducta, según principios subjetivos, el ver-

Los pedagogos modernos más razonables convienen en que


el carácter es, no cualquiera manera de prominencia de la in­
dividualidad, sino la que procede de una fuerza central que
dirige toda la actividad y la unifica, dando a su conjunto cierta
forma constante y determinada.
Por ahí viene a concordar el carácter, con lo que los estoi­
cos tomaron como “género” en la definición de la “ virtud” :
la voluntad constante y perpetua ( constans et perpetua. voUm*
ta s ) ; sólo que en la “ virtud” estoica se añadía la “ diferencia” ;
vgr. en la definición de la justicia : “ smim cuique tribumdi” —
la voluntad constante y perpetua de dar a cada cual lo suyo.
Pero de esa noción del carácter, que los pedagogos suelen
proponer como objetivo de la educación moral, se origina la
duda: ¿es lo mismo hombre de carácter, que hombre de virtu d;
que cristiano perfecto?
A esto contesta el Papa afirmativamente, si se trata de una
virtud perfecta y completa. De esta suerte, en los Santos que
la Iglesia nos propone por dechados de perfección cristiana,
resplandece el carácter, y por cierto con prodigiosa y muy her­
mosa variedad.
En estos tipos de perfección cristiana, se ve la verdadera
“ fuerza central” y constante unidad, propia del carácter, y
esta unidad constante es lo que forma el distintivo de los di­
ferentes santos, por más que en todos ellos se reúnen todas las
virtudes teologales y morales. Hay santos que ofrecen un ti­
po de “ humildad” , como San Francisco de Asís: otros se dis­
tinguen por el “ celo” , como Sto. Domingo y San Ignacio de Lo-
yola. No porque éstos no posean perfecta humildad, como San
Francisco tuvo ardiente celo de la gloria de Dios y salvación
de las almas; sino porque parece el eje de la actividad, en unos
una virtud y en otros otra.
Al contrario, cuanto un hombre más se aparta de la perfec­
ción cristiana, tanto más difícil es que se halle en él una ver­
dadera “ unidad constante de la acción total” . Cierto es que
126 Form ar al

dadero carácter, sino solamente la constancia en seguir

la Historia nos muestra hombres de carácter, sin cristianas


virtudes; pero si los examinamos de cerca, a pesar de la fuerza,
de la prominencia, de sus individualidades, les falta en muchas
cosas la constante “unidad” de la impulsión y la acción. Tal i>er-
sonaje es “ heroico” en la guerra, pero flaco a tiempos en la sen­
sualidad ; y seguramente, cuando se deja vencer de ésta, pierde la
“constante unidad” de su heroísmo. Alejandro Magno comete bar­
baridades en la embriaguez; César olvida sus planes ambiciosos,
entretenido por Cleopatra; Napoleón se deja Uevar una que
otra vez de la cólera y la venganza, con perjuicio de sus planes
políticos.
Sólo el Santo, en cuanto tal, obedece siempre al impulso
céntrico de su carácter, y el “cristiano perfecto” obra regido
por la fuerza central y uniforme de la caridad de Dios y del
prójimo, que llama el Apóstol, “ vínculo de perfección” . El Ca­
tecismo que aprendimos en la niñez, después de enumerar los
preceptos del Decálogo, que abarcan todos los deberes para con
Dios y con los hombres, decía: “ Estos mandamientos se encie­
rran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo
como a nosotros mismos” . No cabe más simplicidad de la direc­
ción moral, ni más fuerza que la del amor, que abraza el apetito
racional y la pasión más eficaz del ánimo. Y así no hay hé­
roes de más constante y elevado carácter que los héroes cristi-a-
hos.
Con todo, no quiero dejar de observar aquí que, la “ virtud”
cristiana, no en su perfección ideal, sino entre las humanas
miserias, a veces no logra la excelencia que los pedagogos pi­
den al carácter, aunque baste para la “ salvación del alma” tal
cual nos la propone el Cristianismo, acomodándose a nuestra
debilidad.
Hay personas extraordinariamente tímidas; otras escrupulo­
sas y confusas en su manera de pensar y obrar. Las tales,
si son buenos cristianos, sin duda alcanzarán la necesaria vir­
tud ; y no obstante, no serán personas de “ carácter” en el sen-
verdadero cristiano 127

los principios eternos de la justicia [58], como lo reco­


noce hasta el poeta pagano, cuando alaba, inseparablemen­
te, “ al hombre justo y constante en su propósito” (1 ); y,
por otra parte, no puede existir completa justicia, sino
dando a Dios lo que se debe a Dios, como lo hace el verda­
dero cristiano.

(1) Horat., Od. 1. H I, od. 3, v. 1 : Im tum . et tenacem prwposiU


virum .

tldo que hablan de él los pedagogos. Su acción carecerá (incul­


pablemente) de esa unidad central constante; por más que no
les falte, en medio de sus flaquezas, la constancia de la inten­
ción de servir a Dios y salvar su alma, evitando el pecado. Pero
tales imperfecciones, naturales, efecto de la Idiosincrasia, ni se
pueden nunca achacar a la religiosidad, ni es fácil que las ven­
za una educación moral natural, a pesar de todos los esfuerzos
de una ilustrada Pedagogía.
Como dijeron, aleccionados por la experiencia, los antiguos:
“ No de todo leño cabe hacer un Mercurio” .
Con todo eso: de todo tarugo humano, se puede hacer un
cristiano que cumpla aquí sus deberes substanciales, y mediante
esto salve su alma (1).
[58]. En el hombre nunca se puede extinguir del todo la
racionalidad. Por tanto, mientras quede en su alma una cen­
tella de esta luz, no es posible que deje de protestar de vez en
cuando, contra una conducta que se aparta de la ley de la, raz&n,
que es, en último resultado, la ley moral. Por tanto, al menos
en tales casos, el hombre se ha de sentir arrastrado por dos
leyes opuestas, en sentidos diversos: por la ley de la razón,
hacia la moralidad, y por la ley de los miembros, a lo· Inmoral.
Y esto habrá de quebrantar la unidad central del carácter, re­
clamada por los pedagogos.

(1) Sobre la formación del carácter, cf. nuestra Educación moral


y los artículos que a esto dedicamos en Educación Hispano-Awe-
ricana" en 1911.
128 B ). Que es también el más noble

Tal meta y término de la educación cristiana parece


a los profanos como una abstracción, o más bien como
cosa irrealizable sin arrancar o menoscabar las facultades
naturales y sin renunciar a las obras de la vida terre­
na, por tanto, ajena a la vida social y a la prosperi­
dad temporal, contraria a todo progreso en las letras, en
las ciencias, en las artes y en toda otra obra de civilización.
A semejante objeción, movida por la ignorancia y el pre­
juicio de los paganos, aun eruditos, de otro tiempo — re­
petida desgraciadamente con más frecuencia e insistencia
en los tiempos modernos — había ya respondido Tertulia­
no : “No vivimos fuera de este mundo. Bien nos acorda­
mos de que debemos agradecimiento a Dios Señor Crea­
dor ; no rechazamos fruto alguno de sus obras; solamente
nos refrenamos, para no usar de ellas desmesurada o
viciosamente. Así que no habitamos en este mundo sin
foro, sin mercado, sin baños, casas, tiendas, cuadras, sin
vuestras ferias y demás tráfico. También nosotros nave­
gamos y militamos con vosotros, cultivamos los campos
y negociamos, y por esto trocamos nuestros trabajos y
ponemos a vuestra disposición nuestras obras. Cómo po­
damos pareceros inútiles para vuestros negocios, con los
cuales y de los cuales vivimos, francamente no lo veo” (1).
Por tanto, el verdadero cristiano, lejos de renunciar a las
obras de la vida terrena o amenguar sus facultades na-

(1) Apol., 42: Non stimus exulcs vitae. 3fr minimt/s gratiam nos
debere D eo Dom ino C rea tori; nullum fructum o p e rm i eitts lepudUtm us;
plane tempercvviuff, no altrtt nwdum nut perperam utamur. Jtaque
non siric foro, n on sine macello, non sine balncia. tube m is, officinia,
stabutia , ntmdinin vestrix, caetensquc 'oommerciis cohabitant us in hoc
saecttto. Navigam u* et nos vobiscum ct m Hit a tans, ct rustiam m r, et
ineroamur3 pi'oinde miscemus artes, operas nostras pubHcamus ufnd
vcstro. Quomodo infructuosi videaniur negotiis vcstris, cum quibuH
et de quibus v i v ^ u s , non scio.
y más provechoso ciudadano 129

turales, más bien las desarrolla y perfecciona coordinán­


dolas con la vida sobrenatural, hasta el punto de ennoble­
cer la misma vida natural y de procurarla un auxilio
más eficaz, no sólo de orden espiritual y eterno, sino
también material y temporal [59].
Lo dicho se ve claro en toda la historia del Cristianis­
mo y de sus instituciones, que se identifica con la histo­
ria de la verdadera civilización y del genuino progreso
hasta nuestros días; y particularmente en los Santos, de
que es fecundísima la Iglesia y solamente ella, los cuales
han alcanzado, en grado perfectísimo, la meta de la edu­
cación cristiana, y han ennoblecido y aprovechado a la
sociedad civil en todo género de bienes. Efectivamente,
los Santos han sido, son y serán siempre los más grandes
bienhechores de la sociedad humana, como también los
más perfectos modelos en toda clase y profesión, en todo
estado y condición de vida, desde el campesino sencillo
y rústico hasta el hombre de ciencias y letras, desde el

[59]. El Catolicismo, al propio tiempo que ha llevado a su


grado más alto la espiritualidad y la santidad, ha evitado las
exageraciones de la herejía y el falso misticismo, que en algu­
nas de sus manifestaciones ha inutilizado al cristiano para las
actividades de la vida civil, para la ciencia y el arte. Así el
Calvinismo vedó en Ginebra (tiranizada por Calvino) todas las
lícitas recreaciones; así, generalmente, el Protestantismo ico­
noclasta ha sido enemigo del arte. Y los Jansenistas, los más
solapados de todos los herejes, se opusieron al teatro más ho­
nesto y al cultivo de la poesía, como se puede ver en las bio­
grafías de Pascal y Hacine. Cf. Weiss. Hist. Unto. vol. X I.
Al contrario, el Catolicismo ha hecho florecer todas las ar­
tes y ha comunicado alientos y trazado directivas a todas las
ciencias.

COMENTARIO-ENCÍCLICA. — 0.
130 C ). Jesús, maestro y modelo de educación

humilde artesano hasta el que capitanea ejércitos, desde el


oscuro padre de familia hasta el monarca que gobierna
pueblos y naciones, desde las sencillas niñas y mujeres del
hogar doméstico hasta las reinas y emperatrices. Y ¿qué
decir de la inmensa labor, aun en pro del bienestar tempo­
ral, de los misioneros evangélicos, que junto con la luz de
la Fe han llevado y llevan a los pueblos bárbaros los bienes
de la civilización; de los fundadores de múltiples obras de
caridad y asistencia social, y de la interminable falange
de santos educadores y santas educadoras, que han perpe­
tuado y multiplicado su propia obra en sus fecundas
instituciones de educación cristiana para bien de las fa ­
milias y con inestimable beneficio de las naciones?
Estos son los frutos, del todo benéficos, de la educación
cristiana, precisamente a causa de la vida y virtud sobre­
natural en Cristo, que ella desarrolla y forma en el hom­
bre ; ya que Cristo Nuestro Señor, Maestro Divino, es tam­
bién fuente y dador de tal vida y virtud, y a la vez mode­
lo universal y accesible, con su ejemplo, a todas las con­
diciones de la vida humana, particularmente a la juven­
tud, en el período de su vida escondida, laboriosa, obe­
diente, adornada de todas las virtudes individuales, do­
mésticas y sociales, delante de Dios y delante de los hom­
bres.
Todo el cúmulo de los tesoros educativos de infinito
valor, que hasta ahora hemos venido, apenas y en parte,
indicando, es de tal modo propio de la Iglesia, que cons­
tituye su misma sustancia, siendo ella el Cuerpo místico
de Cristo, la Esposa inmaculada de Cristo, v por esto mis­
mo Madre fecundísima y Educadora soberana y perfecta.
Por eso el grande y genial S. Agustín — de cuya dichosa
Conclusión 131

muerte vamos a celebrar el décimoquinto centenario —


prorrumpía, lleno de santo afecto para con tal Madre,
en estos acentos: “ Oh Iglesia Católica, verdaderísima M a­
dre de los Cristianos, con razón no solamente predicas que
hay que honrar purísima y castísimamente al mismo Dios,
cuya posesión es dichosísima vida, sino que también ha­
ces de tal manera tuyo el amor y la caridad del prójimo,
que en ti hallamos toda medicina potentemente eficaz
para los muchos males que, por causa de los pecados,
aquejan a las almas. Tú adiestras y amaestras pueril­
mente a los niños, con fortaleza a los jóvenes, con delica­
deza a los ancianos, conforme a la edad de cada uno, en
su cuerpo y en su espíritu. Tú con una, estoy por decir,
libre servidumbre sometes los hijos a sus padres, y pones
a los padres delante de los hijos con dominio de piedad.
Tú con vínculo de religión, más fuerte y más estrecho que
el de la sangre, unes a hermanos con hermanos... Tú no
•sólo con vínculo de sociedad, sino también de una cierta
fraternidad, ligas a ciudadanos con ciudadanos, a nacio­
nes con naciones, en una palabra a todos los hombres,
con el recuerdo de los primeros padres. A los reyes en­
señas a mirar por los pueblos; a los pueblos amonestas que
obedezcan a los reyes. Enseñas con diligencia a quién se
debe honor, a quién afecto, a quién respeto, a quién temor,
a quién consuelo, a quién amonestación, a quién exhorta­
ción, a quién corrección, a quién reprensión, a quién cas­
tigo; mostrando cómo no se debe todo a todos, pero sí
a todos la caridad, a ninguno la ofensa” (1).

(1) D e moribus Eccletiae catlioUeae, lib. I, c. 30: M érito Ecdeaia


catholica M a ter christiaiwrum· veris sima, non solum ipsum D eu m , cuius
adeptio vita est beati&Bvma, jmrissime atque castissimc colendum prae-
<Uoa8j sed etlam prowimi dilcctionem atque oharitatem ita compleoteria,
132 Conclusión

Levantemos al cielo, oh Venerables Hermanos y ama­


dos hijos, los corazones y manos suplicantes, “ al Pastor
y Obispo de nuestras almas” (1), al Rey Divino “ que da
leyes a los gobernantes”, para que E l con su virtud om­
nipotente haga de modo que estos sabrosos frutos de la
educación cristiana se recojan y multipliquen “en todo
el mundo” con provecho siempre creciente de los indivi­
duos y de las naciones.
Como prenda de estas gracias celestiales, con afecto
paterno, a Vosotros, oh Venerables Hermanos, a Vuestro
Clero y a vuestro pueblo damos la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 31 de D i­


ciembre de 1929, año octavo de Nuestro Pontificado.

P IO P A P A X I

ut variorum morbo rum, quibus pro peceatis suia animae acgrotunt,


omnis apud te medicina praepolteat. Tu pueriliter pueros, fortiter
iuvenc8, quiete senes prout enfasque non corpons tanlum. sed et animi
actas est, exerces ao doces. Tu. panm tibus filio8 libem qU4idani ser­
v a n te 8ubiungi8, parentes fiUis pia dominatione praeponis. Tu fra -
tribus fratres religionis vinculo firm iore fttque arctiare quam sanguinis
neotÍ8... Tu cives civibus, gentes gentibus, et prorsits homines prianoi'wn
parentum recordatione, non societate tantum, sed quaéam etiam frtu·
tem ita te ooniungis. Doces Reges prospicere populis; monea populo8 se
m bd ere Regibu-s. Quibus honor debeatur, quibu# affeotus* quibus reve-
rentia, quibus tfanor, quibus consolatio, qnibus admon4tio, quibus oohor-
tatio, quibus disciplinaf quXbus obiurgatio, quibus suppliolum , sedulo do -
cea; ostendens quemadmod/um et non ómnibus omnfci, et ómnibus cha-
r i t a e t nulli debeatur M u r ía .
(1) Cfr. I Petr ., II, 2 5 : ad Pastorent et Episcopum anitnai'um ve-
etrarwn.
OBRAS PEDAGÓGICAS
DEL

Rdo. P. Ramón Ruiz Amado, S. J.

A). CURSO DE PEDAGOGÍA

p I. La educación moral.
Un tomo en 8.° con V I I I y 574 págs. ; en rústica, 4 po­
seías, en tela, 6 ptas.

II. L a educación intelectual.


Un tomo en 8.° mayor de 2 volúmenes* de 418 y 314 págs.;
en rústica, 10 ptas., en tela, 12 ptas.

III. L a educación religiosa.


Un tomo en 8.° de 438 p á gs.; en rústica, 4 ptas., en
tela, 0 ptas.

IV. Historia de la Educación y de la Pedagogía.


Un tomo en 8.° mayor de 344 p á gs.; encartonado, 5 ptas.

V. Didáctica general.
U n tomo en 8.° mayor de 314 págs. ; en tela, 5 ptas.

VI. Sinopsis de Pedagogía.


Folleto de 40 págs.; en rústica, 0*50 ptas.

VII. Plan de un curso de Pedagogía.


Folleto de 48 págs. ; en rústica 0*50 ptas.

VIII. Enciclopedia manual de P edagogía y Ciencias


auxiliares.
Un tomo en 4.® 23 X 15 <de 820 págs.; en tela, 20 ptas.
B). CURSILLOS ESPECIALES

i. Educación de la castidad (cuarta edición)


Un tomo en 8.° de 17G págs.; .en rústica, 1’50 ptas.,
en tela, 3 ptajs.

II. Educación femenina.


Un tomo en 8.° de 230 p á gs.; en rústica, 2 ptas., en
tela, 4 ptas.

III. Educación cívica.


Un tomo en 8.° de 208 págs.; en rústica. 2 ptas., en
tela, 4 ptas.

IV. Educación social.


Un tomo en 8.° maíyor de 152 págs. ; en rústica, 2 ptas.,
en tela, 4 ptas.

V. Edncaoión para educadores.


Folleto en 4.° de 56 p á gs.; en rústica, 1 pta.

VI. P ed agogía Jesuítica.


Folleto en 8.° de 114 págs.; en rústica, 1’50 ptas.

VII. E l Modernismo pedagógico.


Folleto en 8." de 90 p á gs.; en rústica, 1*50 ptas.

VIII. L a educación en sus relaciones con la familia, la


patria y la Iglesia.
Un folleto en 8.° de 56 págs.; en rústica, 0'80 ptas.

C). LIBROS PARA EL EDUCANDO

I. El secreto del éxito.


Un tomo en 8.° de 328 págs. y 18 dibujos; en rústica, 3
pesetas, encartonado, 4 ptas.

II. El secreto de la felicidad.


Un tomo en 8.° de 196 págs.; encartonado, 2*50 ptas.

III. Antes que te ca se s...!


Un tomo en 8.° de 108 págs.; en rústica, 1’50 ptas., en
cartoné, 2’25 ptas.

IV. Frivolidad y responsabilidad.


Un tomo en 8.° de 128 p á gs.; en rústica, 1’50 ptas., en­
cartonado, 2 ptas.
V. L a mujer fuerte.
Un tomo en 8.° de 128 págs.; en rústica, 1’50 ptas., en­
cartonado, 2 ptas.
VI. La virtud y la felicidad.
Un tomo en 8.° de 132 págs.; en rústica, 1*50 ptas., en
tela, 2’50 ptas.

V il. Mundología.
Un tomo en 8.° de 158 págs.; en rústica, 2 ptas., en
tela, 3 ptas.

VIII. Amor virginal en la familia religiosa.


Folleto en 8.° «le 04 pAgs. ; en rústica, 0*80 ptas.

IX. El Cielo.
Folleto en 8.° de 80 págs.; en rústica, 0’80 ptas.

X. Nuestra alegría.
Un tomo de 180 pAgs.; en rústica, 1 pta., en tela,
1’50 ptas.

XI. Nuestra Patria.


Un tomo en 4.° de 270 pAgs.; en rústica, 3’50 ptas., en­
cartonado, 4*50 ptas.

XII. Catecismo patriótico.


Folleto de 48 pAgs.; en rústica, 0’20 ptas.

XIII. Catecismo de los pobres.


Folleto en 8.° de 32 págs.; en rústica, 0’25 ptas.

XIV. Catecismo de los ricos.


Folleto en 8.° de 32 págs.; en rústica, 0T25 ptas.

XV. El patriotismo.
Un tomo en 8.° de 220 págs.; en rústica, 2 ptas., en
tela, 3’50 ptas.

TRADUCCIONES

I. Pedagogía experimental, de E. Meumann.


Un tomo en 4." de 392 pAgs.; en rústica, 8 ptas., en
tela, 10 ptas.

II. P ed ago gía racional, de Paulsen.


Un tomo en 4.° de 388 págs.; en rústica. 8 ptas., en
tela, 10. ptas.
FOLLETOS PEDAGOGICOS
I. Amad a los niños.
Folleto en 8.° de 40 págs.; 0’50 ptas.
II. Eduquemos para la lucha.
Folleto en 8.° de 48 p á gs.; 0’50 ptas.
III. Los peligros de la Educación nacional.
Folleto en 8.° de 76 págs.; 1 pta.
IV. La Iglesia y la libertad de enseñanza. (agotado)
Folleto en 4.° de 136 págs. ; 1’50 ptas.
V. Derecho de enseñar.
Folleto en 8.° de 80 págs.; 0'50 ptas.
VI. La Pedagogía entre las Bellas artes, (agotado)
VII. La enseñanza colegiada y la educación nacional.
Folleto en 4.° de 16 págs.; 0’50 ptas.
V III. Escuelas católicas y maestros católicos.
Folleto en 8.° de 16 págs.; OTiO ptas.
IX. Educación eucaristlca.
F o lle to en 4 .° do I>2 pá g s. ; 0*50 ptas.
X. Pedagogía de la libertad (agotado).
XI. Comunión de los niños inocentes.
F o lle to en 1(>.° de (50 pá g s. ; 0*25 p tas.
XII. Leyenda del Estado enseñante (agotado).
XIII. La reforma de la segunda enseñanza.
Folleto en 4.° de 32 págs.; 0'50 ptas.
XIV. Los dos bachilleratos.
Folleto en S.° de 98 págs.; 0T40 ptas.
XV. La escuela laica, peste social.
Folleto en 4.° de 16 págs.; 0'30 ptas.
XVI. La educación moral y el Internado. (agotado)
Folleto en 4.° de 16 p á gs.; 0’30 ptas.
XVII. El Magisterio y el problema social.
Folleto en 4.» de 16 págs.; 0’30 ptas.
X VIII. La educación en triunfo.
Folleto en 4.° de 16 págs.; 0?30 ptas.
XIX. El derecho a equivocarse.
Folleto en 4.° de 10 págs. ; 0’30 ptas.
XX. Ultima palabra de la pedagogía alemana (agotado).
XXL ¿Patriotismo o extranjerismo?
Folleto en 4.° de 16 págs.; 0*30 ptas.
XXII. El Directorio y la Segunda enseñanza.
Folleto en 4.° de 16 págs.; 0’30 ptas.
X X III. Los amigos y enemigos del Profesorado oficial.
Folleto en 4.° de 16 págs.; 0’30 ptas.
XXIV. La Junta de Ampliación de estudio y sus Instituciones.
Folleto en 4.° de 16 pá gs.; 0’30 ptas.

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