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EL APRENDIZAJE EN TIEMPO DE GUERRA

C. S. Lewis

La universidad es una sociedad destinada a la búsqueda del saber. En su condición de


estudiantes, ustedes se preparan para llegar a ser lo que en la Edad Media se llamaba un
oficial, en calidad de filósofos, científicos, hombres de letras, críticos o historiadores. A
primera vista, es una actividad curiosa durante una gran guerra. ¿Qué sentido tiene
emprender semejante tarea con tan pocas probabilidades de completarla? Por otra parte,
aun cuando ni la muerte ni el servicio militar nos detengan, ¿cómo conservar el interés en
ocupaciones tan plácidas mientras la vida de nuestros amigos y las libertades de Europa
están en juego? ¿No es lo mismo que tocar la lira mientras arde Roma?
A mi modo de ver, no podemos dar respuesta a estas preguntas sin considerar antes otras
interrogantes que todo cristiano debe hacerse en tiempo de paz. En cuanto al hecho de tocar
música, para un cristiano, la situación de Nerón no es trágica porque él lo hiciera mientras
Roma se incendiaba, sino porque en ese momento estaba al borde del infierno. Les pido
disculpas por mi crudeza. Sé muy bien que en la actualidad a muchos cristianos más sabios y
mejores que yo no les gusta mencionar el cielo y el infierno, ni siquiera en el púlpito.
También sé que en el Nuevo Testamento casi todas las referencias al tema provienen de la
misma fuente, es decir, de Nuestro Señor, aun cuando algunas personas las atribuyen
equivocadamente a San Pablo. Estas grandes creencias son de origen divino y no podemos
descartarlas en la enseñanza de Cristo o de su Iglesia, donde nuestra presencia carece
absolutamente de sentido si no las aceptamos. En todo caso, si las adoptamos, debemos
mencionarlas, superando nuestra mojigatería espiritual.
En este sentido, al ingresar a la universidad, el cristiano enfrenta en todo momento una
interrogante en comparación con la cual las preguntas vinculadas con la guerra no tienen
mayor importancia. Él se preguntará si es razonable y psicológicamente posible que estas
criaturas en tránsito permanente al cielo o al infierno ocupen parte del escaso tiempo
concedido en este mundo en cosas comparativamente tan triviales como la literatura, el arte,
las matemáticas o la biología. Si resiste semejante cosa, la cultura humana está en
condiciones de sobrevivir ante cualquier eventualidad. El hecho de reconocer que a pesar de
existir estos problemas eternos podemos conservar nuestro interés en aprender, pero lo
perdemos a causa de una guerra europea, sería admitir que nuestros oídos no escuchan la
voz de la razón, pero están muy abiertos a la voz de nuestro nerviosismo y nuestras
emociones colectivas.
La mayoría de nosotros se encuentra en estas circunstancias, y por cierto yo también. Por
este motivo, me parece importante enfocar la calamidad actual en su verdadera perspectiva.
La guerra no crea en absoluto nuevas condiciones; simplemente agrava la situación
permanente del hombre, de tal manera que no podemos seguir ignorándola. La vida humana
siempre ha estado al borde del abismo y la cultura ha florecido en todo momento a la
sombra de una realidad infinitamente más importante. Si el hombre hubiera postergado la
búsqueda del conocimiento y la belleza en espera de seguridad, esa búsqueda nunca habría
tenido un comienzo. Nos equivocamos al comparar la guerra con la «vida normal».
La vida nunca ha sido normal. Si analizamos con mayor profundidad los períodos en
apariencia más tranquilos, como el siglo XIX, comprobaremos que están llenos de caos,
sobresaltos, dificultades y situaciones críticas. Nunca han faltado motivos razonables para
dejar de lado toda actividad puramente cultural mientras se evita un peligro inminente o se
corrige una injusticia grave. Sin embargo, desde hace mucho tiempo la humanidad ha
preferido hacer caso omiso de esos motivos, deseosa de encontrar el conocimiento y la
belleza en el presente, sin esperar un momento propicio que nunca llega. En el siglo de
Pericles, Atenas no sólo nos deja el Partenón, sino también el significativo legado de la
Oración Fúnebre. Los insectos han elegido otro camino: prefirieron el bienestar material y la
seguridad de la colmena, y aparentemente han tenido su recompensa. Los hombres son
distintos: plantean teoremas matemáticos en ciudades sitiadas, tienen discusiones
metafísicas en las celdas de los condenados, hacen bromas en el cadalso, conversan sobre el
poema más reciente mientras avanzan hacia los muros de Quebec y se peinan en las
Termopilas. No son extravagancias, así es nuestra naturaleza.
Ahora bien, somos criaturas caídas y por consiguiente el estado actual de nuestra naturaleza
no es necesariamente racional o adecuado. Debemos preguntarnos si las actividades
académicas realmente se justifican en un mundo como el nuestro y responder en todo
momento a esta pregunta: «¿Se puede ser tan frívolo y egoísta como para pensar en todo
menos en la salvación del alma humana?». Enseguida es preciso contestar lo siguiente: «¿Se
puede ser tan frívolo y egoísta como para pensar en todo menos en la guerra?». En parte,
tendremos la misma respuesta en ambos casos. La primera pregunta nos sugiere que
nuestra vida puede y debe ser exclusiva y manifiestamente religiosa; la segunda, que puede y
debe ser exclusivamente nacional. Ahora bien, la vida puede y debe ser por completo
religiosa, en un sentido que explicaré más adelante. No obstante, si se pretende sugerir que
en todas nuestras actividades debe existir un carácter sagrado» y opuesto a lo «secular», yo
tendría una sola respuesta para ambos contrincantes imaginarios: «Aun cuando debiera
ocurrir, lo que usted recomienda no sucederá». Antes de ser cristiano, tal vez no comprendía
muy bien que al convertirse las personas siguieran teniendo casi las mismas actividades en
la vida.
Existe la esperanza, con un nuevo espíritu, pero las cosas no cambian. Del mismo modo,
antes de participar en la guerra, yo creía que mi vida en las trincheras sería, en alguna forma
misteriosa, sólo bélica. Sin embargo, a medida que nos acercábamos al frente, todos
hablaban y pensaban cada vez menos en la causa de los aliados y en el progreso de la
campaña; y he comprobado con agrado que Tolstoi da cuenta de esta situación en el mejor
libro escrito sobre la guerra, y a su manera, lo mismo hace La Ilíada. Con la conversión y el
enrolamiento en el ejército no desaparece nuestra condición humana. Los cristianos y los
soldados siguen siendo hombres. La idea de la vida religiosa de un infiel y la imagen del
servicio activo de un civil son equivocadas. En ambos casos, aun cuando intentásemos
suspender la totalidad de nuestra actividad intelectual y estética, sólo lograríamos vivir en
un nivel cultural inferior. No abandonaremos por completo la lectura en la Iglesia ni en el
ejército. Si no leemos buenos libros, leeremos libros de mala calidad.
Si dejamos de pensar racionalmente, lo haremos en forma irracional. Si rechazamos las
satisfacciones estéticas, caeremos en las satisfacciones de la sensualidad. Por consiguiente,
las exigencias tienen un rasgo en común en nuestra religión y en la guerra: al someternos a
ellas, no desaparecerá en nosotros la vida puramente humana anterior a la nueva situación.
Sin embargo, los motivos son distintos en cada una de estas circunstancias. La guerra no
podrá absorber por entero nuestro interés, porque es un objeto finito y, como tal,
intrínsecamente inadecuado para captar toda la atención de un alma humana. Para evitar
malentendidos, debo hacer algunas distinciones. Considero muy justa nuestra causa, de
manera que en mi opinión es un deber participar en esta guerra. Todo deber es religioso y
por consiguiente nuestra obligación de cumplirlo es absoluta. Así, si un hombre está
ahogándose, debemos salvarlo, y tal vez, si vivimos en la costa y el mar es peligroso,
tendremos que aprender procedimientos de salvamento para estar en condiciones de
auxiliar a cualquier persona en la misma situación. Quizás en algún momento debamos
perder la propia vida procurando salvar a un ser humano. No obstante, si un individuo se
dedica a esta tarea concentrando toda su atención en ella, es decir, sin pensar en otra cosa ni
hablar de otro tema, exigiendo la suspensión de las demás actividades humanas hasta que
todas las personas hayan aprendido a nadar, estaríamos en presencia de un monomaniaco.
Por lo tanto, se justifica morir cumpliendo el deber de salvar a quienes se ahogan, pero no
tiene sentido vivir en función de esta obligación. Todas las exigencias políticas (entre ellas, el
servicio militar) tienen este carácter. Un hombre puede estar obligado a morir por su país;
pero nadie vive exclusivamente por la patria. Al entregarse sin reservas a los requerimientos
transitorios de una nación, un partido o una clase, una persona está dándole al César lo que
entre todas las cosas pertenece a Dios de manera más categórica: su propio ser.
Por un motivo muy distinto, la religión tampoco ocupa la vida por completo, en el sentido de
excluir todas nuestras actividades naturales; pero, sin duda, en cierto sentido está
necesariamente presente en la totalidad de la vida. No debemos sacrificar las exigencias
divinas en favor de requerimientos culturales, políticos o de cualquier otra naturaleza. Los
mandatos de Dios son infinitos e inexorables, podemos rechazarlos o aceptarlos en plenitud,
y no hay posiciones intermedias.
Con todo, es evidente que el cristianismo no excluye las actividades humanas normales. San
Pablo aconseja a las personas ocuparse de su trabajo y da por sentado que los cristianos
asisten a banquetes, no sólo a sus propias reuniones, sino también a las fiestas ofrecidas por
los paganos. Nuestro Señor está presente en una boda y convierte el agua en vino. El
conocimiento y las artes florecen bajo la égida de su Iglesia en las épocas más cristianas.
Todos ustedes conocen muy bien la solución de esta paradoja: «Todo cuanto comáis, bebáis
o hagáis, hacedlo para mayor gloria de Dios».
Todas nuestras actividades naturales serán dignas de aceptación, por humildes que sean, si
las ofrecemos a Dios; de lo contrario serán pecaminosas, aun cuando sean las tareas más
nobles. El cristianismo no sustituye la vida natural por otra forma de vida; es más bien una
nueva organización, que aprovecha los elementos naturales en beneficio de sus fines
sobrenaturales. Es indudable que ciertas situaciones exigen renunciar en parte o por
completo a nuestros objetivos puramente humanos. Es preferible perder un ojo y salvarse
que ser arrojado al infierno con ambos. Sin embargo, estas situaciones se producen en cierto
modo per accidens, porque algunas circunstancias especiales impiden realizar determinadas
actividades para mayor gloria de Dios. En esencia, la vida espiritual y los quehaceres
propiamente humanos no se oponen. De alguna manera, existe una analogía entre la
omnipresencia de la obediencia a Dios en la vida de los cristianos y la omnipresencia divina
en el espacio. Dios no llena el espacio como lo hace un cuerpo, ocupándolo con sus
componentes y excluyendo la presencia de otros objetos. Sin embargo, como señalan los
grandes teólogos, Él está en todas partes, está presente en todos los puntos del espacio.
Ahora podemos dar una respuesta si nos dicen que la cultura humana es una frivolidad
injustificable en criaturas con responsabilidades tan grandes como las nuestras. Estoy en
total desacuerdo con la idea de ciertos contemporáneos, que consideran las actividades
culturales en sí mismas espirituales y meritorias, como si los hombres de letras y los poetas
fueran intrínsecamente más agradables a Dios que los basureros y los lustrabotas. Tal vez
fue Matthew Arnold quien empleó por primera vez el término espiritual del idioma inglés en
el sentido del vocablo alemán geistlich, con lo cual dio origen a un error muy peligroso y
anticristiano.
Descartemos esta idea en forma definitiva. La obra de un Beethoven y el trabajo de una
empleada doméstica pueden ser igualmente espirituales en la medida en que se ofrecen a
Dios, y se realizan con humildad «para el Señor». Como es obvio, esto no significa que cada
uno de nosotros se dedicará indistintamente a barrer o a componer sinfonías. Un topo debe
cavar para mayor gloria de Dios y un gallo debe cantar. Somos miembros diferenciados de
un cuerpo y cada uno tiene su propia vocación. Con frecuencia, la educación, el talento y las
circunstancias son adecuados indicadores de la vocación de un individuo. Si nuestros padres
nos han enviado a Oxford y el país nos permite permanecer en la universidad, el hecho a
primera vista es prueba suficiente de que probablemente la mejor manera de vivir para
mayor gloria de Dios en el presente es dedicándonos al conocimiento. No quiero decir, por
cierto, que debamos esforzarnos por llegar a conclusiones edificantes mediante nuestras
indagaciones intelectuales. En ese caso, como dice Bacon, estaríamos ofreciendo el sacrificio
impuro de una mentira al autor de la verdad. Me refiero a la búsqueda del conocimiento y de
la belleza como un fin en sí mismo sin excluir el hecho de llevarla a cabo por amor a Dios. En
la mente humana existe apetito de estas cosas, y Dios no crea un apetito en vano. Por
consiguiente, podemos buscar el conocimiento y la belleza en sí mismos con la certeza de
que es una forma de acercarnos a la visión de Dios o de ayudar de manera indirecta a otras
personas en esta tarea.
En la misma medida que el apetito, la humildad nos anima a concentrarnos con sencillez en
el conocimiento o en la belleza, sin preocuparnos demasiado de la importancia que tiene
nuestro trabajo para llegar a la visión de Dios. Tal vez nosotros mismos no estemos
destinados a comprender esa importancia, sino que, en el futuro, individuos superiores
descubrirán el significado espiritual de lo que hemos desentrañado sometiéndonos ciega y
humildemente a nuestra vocación. Éste es el argumento teleológico, de acuerdo con el cual la
existencia de un impulso y una facultad demuestra en sí misma que estos dos elementos
cumplen una función en el esquema divino, argumento utilizado por Tomás de Aquino para
probar que sin la Caída también habría existido la sexualidad. En el ámbito de la cultura, la
experiencia confirma la solidez de este planteamiento. La vida intelectual no es el único
camino para llegar a Dios ni el más seguro, pero existe y tal vez es el nuestro.
Pero, por cierto, será nuestro camino sólo en la medida en que el impulso sea puro y
desinteresado. Ahí reside la gran dificultad. Como dice el autor de la Theologia Germanica,
podemos llegar a amar el conocimiento —nuestro conocimiento— más que el objeto
conocido, sin deleitarnos en el ejercicio de nuestro talento, sino en el hecho de poseerlo o
poder ser fuente de buena reputación. Con el éxito, este peligro es cada vez mayor en la vida
académica. Si llega a ser irresistible, es preciso abandonar la tarea. Ha llegado el momento de
arrancarse el ojo derecho.
En eso consiste, a mi modo de ver, la naturaleza esencial de la vida del conocimiento; pero en
este ámbito también existen valores indirectos de especial importancia en nuestros días. Si
todo el mundo fuera cristiano, tal vez todos los seres humanos podrían carecer de
educación; pero en las condiciones actuales, necesariamente existirá vida cultural fuera de la
Iglesia, independientemente de la presencia o ausencia de un quehacer cultural en el interior
de esta institución. En este momento, el hecho de ser ignorantes, es decir, de no estar en
condiciones de enfrentarnos con los enemigos en su propio terreno, significaría abandonar
las armas y traicionar a nuestros hermanos sin instrucción, que por debajo de Dios sólo
cuentan con nosotros para defenderse contra los ataques intelectuales de los paganos. Aun
cuando no se justifique por otros motivos, una filosofía bien inspirada es indispensable para
dar respuesta a la filosofía del mal. El intelecto frío no sólo debe actuar contra el intelecto
frío del extremo opuesto, sino también contra las turbias formas del misticismo pagano, que
desconocen por completo la vida intelectual. Es posible que la mayoría de nosotros necesite
un conocimiento profundo del pasado, no porque en él se encuentren elementos mágicos,
sino porque no estamos en condiciones de estudiar el futuro y necesitamos defendernos en
el presente. De este modo, tendremos conciencia de que los supuestos básicos han sido muy
diferentes en las distintas épocas y casi todas las ideas consideradas verdaderas por las
personas incultas son sólo modas pasajeras. Si un hombre ha vivido en diferentes lugares,
probablemente no se dejará engañar por los errores locales de su aldea natal. Del mismo
modo, el académico ha conocido muchas épocas y en cierto modo está inmunizado contra la
gran catarata de insensateces que brota de la prensa y de los micrófonos de su época.
Por consiguiente, la vida del conocimiento es un deber para algunas personas y en este
momento es, al parecer, la obligación de todos ustedes. A primera vista podría estimarse
cómica la discrepancia entre la profundidad de estos temas y la tarea inmediata de un
estudiante, en el terreno de las leyes anglosajonas o de las fórmulas químicas, por ejemplo.
Sin embargo, en toda vocación nos esperan experiencias similares. En la juventud, un
sacerdote se ocupa del coro y un subalterno se hace cargo de contar tarros de mermelada.
Son situaciones convenientes, porque permiten descartar a los individuos vanidosos y
superficiales y conservar a las personas dotadas de humildad y reciedumbre. Este tipo de
dificultades no merece especial conmiseración, pero el problema específico impuesto a cada
uno de ustedes por la guerra es diferente. En este sentido, repito lo que he dicho en distintas
formas desde el comienzo de esta charla: no se dejen llevar por el nerviosismo y las
emociones hasta el punto de considerar su propio predicamento más anormal de lo que es
en realidad.
Tal vez es útil mencionar tres ejercicios mentales adecuados como defensa contra los tres
enemigos con que la guerra enfrenta al académico. El primer enemigo es la excitación, la
tendencia a pensar en la guerra y a preocuparnos de ella en vez de hacerlo en nuestro
trabajo. La mejor defensa consiste en reconocer que en este aspecto, como en todas las
cosas, la guerra sólo ha robustecido un viejo enemigo, pero no ha creado un nuevo
adversario. Siempre existen numerosos rivales en nuestro trabajo. Con frecuencia nos
enamoramos, tenemos altercados, buscamos empleo o tememos perderlo, nos enfermamos y
nos restablecemos y nos ocupamos de asuntos de orden público. Si lo permitimos, en todo
momento las distracciones nos impedirán dedicarnos al trabajo. Las personas llevan a cabo
grandes tareas cuando tienen un gran deseo de conocimiento y lo buscan a pesar de
enfrentar condiciones desfavorables. Las condiciones favorables nunca están presentes. Sin
duda, en algunos momentos la presión de la excitación es muy grande y se requeriría un
control sobrehumano para resistirla. Esos momentos se presentan en épocas de guerra y en
tiempos de paz. Debemos enfrentarlos de la mejor manera posible.
El segundo enemigo es la frustración, la sensación de no tener tiempo para terminar las
cosas. Parecería más bien académico y teórico decir que nadie tiene tiempo para terminar
las cosas y que, aunque viva muchos años, el hombre no dejará de ser un principiante en
cualquier rama del conocimiento. Sin embargo, les sorprendería a ustedes saber que desde
muy temprana edad comenzamos a darnos cuenta de la escasez de nuestros propios
recursos y en la mitad de la vida, en muchas circunstancias, debemos decir «No hay tiempo
para eso», «Es demasiado tarde» o «No es para mí». En todo caso, la Naturaleza misma
impide comprender esta experiencia en la juventud. Con una actitud más cristiana, en
cualquier etapa de la vida pondremos el porvenir en manos de Dios. Por cierto, el futuro
siempre estará en sus manos, más allá de nuestra decisión. En ningún momento, en períodos
de guerra o paz, debemos postergar nuestra virtud o nuestra felicidad para el futuro. El
hombre es más feliz en el trabajo cuando enfoca sus planes a largo plazo con cierta liviandad
y se ocupa de vivir cada momento «para el Señor». Se nos aconseja pedir sólo el pan nuestro
de cada día. El presente es el único momento en el cual puede realizarse una tarea o
recibirse la gracia.
El tercer enemigo es el temor. La guerra nos amenaza con la muerte y el dolor. Ningún
hombre —y sobre todo ningún cristiano que recuerde Getsemaní— pretenderá llegar a un
estado de indiferencia estoica frente a estos hechos; pero podemos defendernos contra las
ilusiones de la imaginación. Pensamos en las calles de Varsovia y comparamos sus muertos
con una abstracción llamada Vida. Sin embargo, para ninguno de nosotros existe una
alternativa de vida o muerte, sino de un tipo de fallecimiento, provocado por una bala de
ametralladora en este momento o por un cáncer dentro de cuarenta años. ¿Qué efecto
produce la guerra en la muerte? Por cierto, no cambia su frecuencia: el cien por ciento de
nosotros muere y ese porcentaje no puede aumentar. Anticipa el final de algunos individuos,
pero probablemente no es esta circunstancia el motivo de nuestro temor. Es evidente que,
cuando llega el momento, la cantidad de años vividos es indiferente. ¿Aumenta este número
las probabilidades de morir con dolor? Lo dudo. Por lo general, la llamada muerte natural es
precedida por el sufrimiento. En cambio, el campo de batalla es uno de los pocos lugares
donde tenemos probabilidades razonables de morir sin dolor alguno. ¿Disminuyen en él
nuestras posibilidades de morir en paz con Dios? No puedo creerlo. Si en el servicio activo el
hombre no se prepara para la muerte, ¿en qué sucesión concebible de circunstancias lo
haría?
Ahora bien, la guerra tiene un efecto en la muerte: nos obliga a recordarla. El único motivo
por el cual no nos preocupamos del cáncer a los sesenta años o de la parálisis a los setenta y
cinco es porque los olvidamos. Con la guerra, la muerte adquiere un carácter real para
nosotros, y en el pasado esta circunstancia habría sido considerada una bendición por la
mayor parte de los cristianos, porque ellos estimaban conveniente tener conciencia en todo
momento de nuestra condición mortal. En mi opinión, tenían razón. Toda nuestra vida
animal y todos los esquemas de felicidad en este mundo están destinados en definitiva a
producir frustración. En épocas normales, sólo el hombre sabio comprende esta
circunstancia; en este momento —todos lo sabemos— hasta el más estúpido de nosotros.
Visualizamos inequívocamente el tipo de universo donde hemos vivido y en el cual debemos
actuar. Si hemos tenido esperanzas insensatas y poco cristianas en la cultura humana, éstas
se han desvanecido. Si creíamos posible el paraíso en la tierra y esperábamos convertir este
mundo de peregrinaje en una ciudad capaz de satisfacer de manera permanente el alma
humana, ahora estamos desilusionados. Si pensábamos, en cambio, que para algunos
espíritus y en ciertos momentos la vida del conocimiento, en humilde ofrenda al Creador,
constituía, en su pequeño camino, una de las formas de enfocar la realidad y la belleza de
Dios, que esperamos disfrutar en lo sucesivo, sin duda podemos seguir pensando de esa
manera.

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