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El polizón y el capitán

Un relato de no ficción
por Ricardo Robins

Foto de tapa: Alan Monzón.


Diseño de tapa: Ezequiel Clerici.
Fotos interior: Alan Monzón, Héctor Río (gentileza de La Capital), archivo de Rosario3.
Edición: Lalo Falcioni, Vanina Lorusso, Damián Schwarzstein y Sabrina Ferrarese.

“El polizón y el capitán” es una producción periodística de Ricardo Robins para Rosario3,
Televisión Litoral SA.

Mayo de 2022
I Parte

Capítulo uno. Zarpar


Hay que aguantar. Hay que aguantar. El mantra de Bernard Joseph cae como una gota de
agua sobre la frente. No hay metáfora cuando la lluvia se filtra por el techo de esa sala
oscura donde está la chimenea, en la parte más alta del buque. Ahora es de noche, la
primera noche, pero todo empezó a la madrugada.

Viajar como polizón hacia otros mundos surgió como una avalancha. Su vida debía
cambiar y rápido. Había dejado su casa de Tanzania a los 19 años y los meses que pasaron
nada salió como lo esperaba. No podía seguir viviendo en la calle. Bernard dijo vamos y
John, su compañero en las noches hostiles del viaducto, se sumó. Salieron sin más
equipaje que una manzana verde para cada uno, medio litro de agua y una bolsa con
glucosa en polvo para calmar el hambre. Cerca de las 3 de la madrugada, cuando
empezaron la fuga de África, ni siquiera sabían si lograrían colarse en algún barco.

La barrera inicial fue la pared del puerto. Bernard y John la saltaron y vieron a un gigante
de acero en uno de los muelles. Eligieron el área de embarque de los petroleros. La parte
donde se cargan las frutas tiene muchos controles y se cuidan de los invasores. La de
contenedores es muy peligrosa, no hay pasillos por donde esconderse y muchos jóvenes
que lo intentan terminan muertos o aplastados. Bernard apostó a un buque tanque, como
le dicen a los que transportan combustible.

Notó la bandera amarilla y la altura del mar sobre la línea de flotación. Dos señales de que
ya estaba cargado y listo para salir. Podían tener dos o tres días de espera pero no más que
eso. Él había aprendido esos pocos datos útiles en algunos trabajos aislados que hizo en el
puerto y sobre todo con las historias de polizones que contaban sus compañeros. Igual, no
había mucho más para pensar. Aprovecharon que no había guardias en el muelle y
corrieron.

Se metieron entre los hierros. Vieron las luces prendidas en la zona de camarotes pero no
había nadie en los pasillos. Subieron una escalera y después otra. Treparon hasta el piso
más alto de la popa. Vieron una puerta de una habitación algo alejada del resto. El último
rincón del viejo mundo, o el primero del nuevo.

Cuando entraron una máquina estaba encendida y latía de fondo. Fuuu. A un costado, la
chimenea. Un hueco les permitió meterse detrás del equipo de aire de un metro y medio de
alto que no paraba de sonar. Fuuuu. Apenas había lugar para sentarse en cuclillas. Rodillas
al pecho. Fuuuuu. Los ojos blancos flotando en esa habitación húmeda. Los cuerpos
tímidos y toscos. El metro ochenta y pico y los 85 kilos de Bernard como un ovillo, un
caracol temeroso. La adrenalina bajó.

Lo hicimos, pensó Bernard. Se lo dijo a John, también de Tanzania y un año menor que él.
Habló bajito, para no ser escuchado.

–Kitu Na Box.
Esperaron. Pura ansiedad. La cabeza no da órdenes en esos momentos. Es un mar revuelto
de emociones que en el fondo se reduce a directivas mínimas: no te muevas, no hables, no
hagas nada. Se piensa con las tripas. De pronto, la puerta se abrió y descubrieron que hay
distintas clases de frío. El del invierno africano que se cuela por debajo de la puerta, se
envuelve con el que baja del techo perforado y el del equipo de aire; y también está el frío
caliente que sube por el interior de la espalda y paraliza todo.

Alguien que ellos no llegaron a ver se asomó en la pieza pero no revisó en la parte de atrás,
entre la máquina y la chimenea. Se fue. Al rato, algo se movió. Todo se movió y el barco
zarpó. Los cálculos de Bernard no fallaron.

Una alegría tensa los inundó. No una felicidad; apenas una gracia. Un estado de alerta que
termina para que empiece otro nuevo, igual de desconocido.

La luz que asomaba desde el techo los fue dejando. Empezó a llover.

Hay que aguantar. Fuuuuuu. Hay que aguantar. Fuuuuuuu.

***

El capitán del RM Power, Florin Filip, da la orden de zarpar del puerto de Matadi, en la
República Democrática del Congo, este miércoles 3 de julio. Ya descargó las 19 mil
toneladas de arroz y completó las planillas. Antes de partir, encarga a su tripulación revisar
que no haya intrusos escondidos en el buque. La misión la toma el primer oficial Robert
Racovita. Los dos son de Constanza, la ciudad rumana que mira al mar Negro. El capitán
tiene 55 años y le lleva casi 20 a su segundo. Se conocen, ya trabajaron juntos.

El mediodía pasa. Racovita y el marinero de primera Vicente Siguan encuentran a dos


jóvenes en el castillo de proa. El puerto es un hormiguero de containers que suben y bajan
de otros barcos. Un oasis de actividad económica enclavado en un país condenado, pobre
entre los pobres del mundo. Ese contraste implica un alto riesgo de polizones para los
buques comerciales. Los marineros lo saben, los capitanes lo saben y los dueños de las
compañías lo saben.

Los habitantes del ex Congo belga tienen una esperanza de vida de 60 años, un Estado
débil y una economía saqueada. ¿Por qué no arriesgarse a huir de esa nación acribillada
por las guerras civiles, con 4,5 millones de desplazados?

La ciudad de Matadi fue fundada en 1879 por Henry Morton Stanley, un explorador
británico del África central. Stanley sirvió al rey Leopoldo II de Bélgica en la explotación
del Estado Libre del Congo. Un colega, Richard Burton, describió con precisión sus
aptitudes: "Dispara contra los negros como si fueran monos".

Los polizones que se esconden en los rincones más inhóspitos de los barcos con la ilusión
de sobrevivir a un largo viaje saben que hay nuevos Henry Morton Stanley allá afuera. Pero
igual lo intentan, de a miles. A Florin Filip le toca actuar como si nada de eso le importara.
Denuncia a los dos intrusos hallados en el castillo de proa ante la Policía local. Cuando van
a entregarlos, uno de los jóvenes empuja al agente de seguridad, salta desde la escalera de
estribor atada al muelle y se escapa.

Un inicio de viaje accidentado. Una mala señal. Como sea, ese ya no es un problema del
capitán del RM Power. El buque parte finalmente a las 15.47 con 21 tripulantes oficiales.
Deja atrás las colinas de piedra de Matadi y su bandera de las Islas Marshall flamea sobre
las aguas caudalosas del Congo, el imponente río que serpentea la selva de África Central
hasta morder el océano Atlántico.

***

Bernard deja de sentir los pies después de estar horas en cuclillas. No puede estirar las
piernas hacia adelante porque está el equipo de aire frío. El armatoste ruidoso compensa el
calor de la chimenea por donde suben, cada tanto, los vapores del monstruo de metal.
Todo se amontona en esa sala pequeña que tiene el piso mojado por la lluvia.

No durmió esa primera noche. No comió. No tiene hambre ni sueño. Podría estar muerto y
no se daría cuenta. Por la luz que se filtra del techo ahora cree que es de mañana. Saca la
botella de agua y apenas se moja los labios. La humedad en la boca le confirma que está,
que es. El dolor en las rodillas pasa a un primer plano. Intenta pararse y no sabe por dónde
empezar. Pone las palmas de sus manos de guerrero sobre el suelo húmedo. Siente sus
dedos como dos esponjas cargadas. Le molesta la cintura de un cuerpo que no parece el
suyo. Un leve vaivén del torso lo ayuda a girar y arrodillarse, primero, y a pararse, después.

Ya pasó un día. Bernard calcula que tienen que esperar seis más. El barco debe dejar atrás
una línea imaginaria, el último punto de comunicación con el continente africano:
Freetown, la capital de Sierra Leona. Cuando se alejen de esa ciudad sobre el Atlántico y el
buque ingrese en altamar, ya no habrá marcha atrás ni margen para devolverlos a tierra
firme.

¿Son siete días los que tienen que pasar, o seis; o son ocho? No lo sabe. No es una ciencia.
Solo tiene el eco de las narraciones de otros. Los relatos de sus amigos, Machine y Chili, y
el resto. Los que un día estaban y al otro ya no más. ¿Sabés dónde está tal? En Australia,
llamó a la familia para avisar. ¿Y aquel otro? Llegó a Japón. No, ese se fue al Reino Unido.
A Europa. Cada noticia que circulaba entre los suyos fue cimentando su propio escape. Irse
a esos lugares donde todo es mejor y más fácil y no hay que dormir sobre un cartón debajo
de un puente. Ni cuidarse de los pandilleros y los viejos borrachos que encienden la bronca
por nada.

Pero antes hay que saber un par de cosas. El barco a abordar tiene que estar cargado y listo
para salir porque te puede pasar lo de aquel cuento que dan ganas de reír y de llorar. Un
pibe se coló en un depósito de un barco y se quedó escondido. Esperó. Soportó el hambre y
la sed a cambio de un futuro de plata y comodidades. Al séptimo día salió a conquistar todo
eso. Se creyó cegado por el sol y, cuando entendió que los ojos no lo engañaban, ahí estaba.
En el mismo buque anclado al mismo puerto. El más inmóvil de los éxodos.

Bernard escuchó muchas historias, más o menos verdaderas, en la playa. Ahí se juntaban
los jóvenes que estaban de paso, los que trabajaban un día en el mercado y otro día en el
puerto, haciendo cargas o traslados. Changas para ganar el pan y, de paso, algo de
espionaje sobre los secretos del rubro para contar. El club de los polizones. Una fantasía
compartida que cambiaba de socios todo el tiempo. Una cofradía de anónimos. Nadie decía
su nombre completo, ni presentaba la biografía antes de sumarse. Los dramas de cada uno
quedaban atrás. Con un sobrenombre alcanzaba. Bernard era Baharia, que es barquero o
marinero en Suajili, el idioma de su Tanzania natal.

En esas changas consiguió la ropa que tiene puesta ahora, en lo más alto de la popa del
barco: un overol de trabajo de una pieza y con cierre al medio que se puso la madrugada
que salió. También los borcegos. Bernard agradece estar bien equipado pero el frío tiene
tiempo de sobra para dar la batalla. “Tengo que comer algo”, piensa. Saca la manzana
verde y la muerde sin hambre por primera vez. John hace lo mismo. No hay mucho para
decir y dicen poco. Al rato, muy al rato, quizás una hora o dos horas después, un segundo
mordisco. Masticar lento como si después de tragar se apagara el mundo. Oscurece. Se va
el segundo día.

***

Entre las vueltas del río Congo, que llevan al barco RM Power a veces por el sur de ese país
y otras por el norte de Angola, siempre entre verdes intensos y salvajes, el capitán Filip
pide una segunda búsqueda de polizones. Su tripulación cumple, entre las 16.30 y las 17.15:
sin novedades.

A las 18.23 y 50 kilómetros aguas abajo, llegan al fondeadero de Boma, la ciudad que nació
alrededor de un puerto para llevar esclavos negros a Europa en el siglo XI. Filip ordena
tirar el ancla porque ya es de noche, muy tarde para las maniobras de practicaje, que
permiten entrar y salir de la dársena con ayuda local. No es tarde, en cambio, para iniciar
un tercer registro de posibles intrusos. Allí van los marineros obligados a rastrillar el bulk
carrier de 190 metros de largo y 32,26 de ancho, con infinitos rincones en su interior. A las
21.45 de ese largo primer día de viaje, el primer oficial Robert Racovita informa al capitán
que no hay invasores.

Al mediodía del jueves 4 de julio, día dos, el buque se libra del abismal río y en la salida al
Atlántico se detiene en el práctico de Banana, una caprichosa extensión de tierra más
delgada que un cabo, como el filo de una espada. Pero el RM Power aún no está listo para
cruzar los mares.Tiene que subir 80 millas náuticas al norte (unos 130 kilómetros) y cargar
combustible en Pointe Noire, en la vecina República del Congo, ex Congo francés.

El viernes, a las 14, un aviso alimenta los temores de Filip. El tercer oficial Liviu Marian
Colgiu, joven rumano de 25 años, escucha voces mientras hace una ronda de cubierta. El
ruido nace de la entrada de popa de la bodega de carga número 3, hacia el centro del
buque. El marinero notifica al puente, el edificio donde están los altos mandos de la nave.
El propio capitán junto con el primer oficial Racovita y marineros filipinos de cubierta se
encargan de ver qué pasa. Escuchan golpes. Abren la escotilla de las bodegas y encuentran
a dos jóvenes africanos encerrados en esa celda penosa.

La noticia enciende la hoguera en el pecho de Filip. El rumano había ordenado revisar


hasta el último rincón de su barco varias veces y recién ahora, con el viaje avanzado,
encontraban a los intrusos. ¿Su tripulación era inútil o simplemente obviaba sus órdenes?
¿Le decían "sí capitán" para clavarle una sonrisa maliciosa en su espalda? ¿Qué clase de
hombres eran aquellos?

Filip asume el error como propio y anuncia lo ocurrido a la Compañía. Llama por el
teléfono satelital del barco a la Wem Line SA, en Atenas, Grecia, y pide instrucciones. Le
informan el protocolo en estos casos: debe disponer un camarote para los polizones y
atenderlos bien: darles agua, comida y atención médica. La Compañía notifica a la agencia
de seguro de protección e indemnización (P&I Club) y ésta instruye que registren a las dos
personas halladas: que determinen su identidad y el sitio dónde abordaron el buque.

La última orden de la Wem Line SA llega vía correo electrónico como una puñalada entre
las costillas: le recuerda al capitán que debe realizar una búsqueda exhaustiva para
desechar la presencia de más polizones a bordo, antes de salir al océano. Con el maltrato
entrelíneas de quien remarca lo evidente para iluminar la negligencia pasada, la
instrucción aclara que eso incluye "todas las zonas de difícil acceso y oscuras, en forma
personal y realizando el informe correspondiente".

Los dos jóvenes se habían infiltrado en el puerto de Matadi con credenciales de


trabajadores portuarios. Uno tenía documento: Nekebolo Nsuka, un congoleño de 26 años.
Su compañero solo dijo llamarse James y haber nacido en Ghana.

Durante dos horas y media, desde las 15 y hasta las 17.30, la tripulación sacude la nave con
una inspección furiosa pero sin encontrar a nadie más.

A las 19.25, comienza la carga de combustible en Pointe Noire. Al filo de la medianoche, el


RM Power vuelve hacia el práctico de Banana para bajar a los polizones. Los devuelven a la
República Democrática del Congo, país donde habían abordado.

Las olas del amanecer del sábado portan malas nuevas para el capitán. A las 8, le notifican
que tres nuevos intrusos fueron encontrados en la bodega de carga n° 1. Filip repite el
procedimiento: avisa a la Compañía y al seguro. ¿Cómo aparecían esas personas cuando ya
no las buscaban si es que alguna vez buscaron y si es que, acaso, alguien lo tomaba en serio
en ese buque, su buque?

Nsimba Sakuba, de 26 años, Nzuzi Pierre, 24, y Motiamamca Nuyenda, de 26, habían
burlado los controles del buque también en el puerto de Matadi. Por orden del capitán los
dejan encerrados en el camarote de Suez. Los dos polizones encontrados el día anterior
están en otra habitación desocupada.

–Mantengan la calma, yo voy a informar de esto a las autoridades– le dice Filip a la


tripulación como si se hablase a sí mismo.

El buque llega al práctico de Banana pasadas las 11.30. No ingresa al puerto. Una
embarcación se acerca y, en movimiento, suben las autoridades para llevarse a los cinco
jóvenes denunciados.

El capitán se sienta a almorzar y espera un nuevo destino de sus superiores. Después,


anota en el libro de navegación que zarpará rumbo a la Argentina. Debe cruzar el océano
Atlántico, ingresar al Río de la Plata para luego subir por el Paraná y cargar maíz en el
puerto de Dreyfus de General Lagos, al sur de Rosario, principal polo cerealero de la
pampa húmeda y del mundo. Aún le esperan nuevas sorpresas en esta, la última misión de
su vida.
Capítulo dos. La confesión

Los pibes en el viaducto frente al puerto africano son pesados de noche. Sobre todo los más
viejos, los que cuidan su territorio; los jefecitos. Disputan por un lugar para dormir, por
comida. Reaccionan ante el mínimo gesto que leen como un desafío. Ya no esperan algo
mejor para ellos y con los años la vida se les hace cuesta arriba. Manotean como si
quisieran llevarse a alguien más a su abismo. Un día, Bernard quedó en el medio. La
confusión lo arrastró a una pelea. Le pegaron y él también pegó. Esquivó una olla de aceite
hirviendo. Se arrojó a la ira compartida y después de ganar el mano a mano vio que el otro,
el jefecito, le juraba venganza. Se dio cuenta que estaba perdido.

Ya no quería saber más nada de ese lugar. Se juró un escape. Lo suyo se resolvió a las
trompadas pero había visto apuñalados. Supo de riñas fatales, de cuerpos echados al
costado de la ruta. Ahí afuera, al margen de la ciudad, en Waterfront, no hay controles, ni
Policía, ni nadie a quien recurrir. Si encuentran un cadáver lo cargan y se lo llevan sin
preguntar.

“Basta, ya está, no voy a seguir esta vida acá porque me puede pasar algo peor”, sentenció
Bernard. No había dejado su casa, su mamá y sus cinco hermanos en Dar es Salam, sobre
el océano Índico, para eso. No había cruzado medio continente pagando a camioneros,
eludiendo controles de frontera y trabajando de lo que sea para morir bajo ese puente, un
no lugar, un container de nada.

Los días siguientes a la pelea anduvo apagado. Sentía que las horas que pasaban no eran
suyas. No pensaba en comer, no pensaba en tomar; solo un horizonte posible apareció en
la nebulosa: “Me tengo que ir de acá”. Y se fue.

“Hago lo que tengo que hacer y si no sale, chau, lo dejo en manos de dios”, se dijo. En el
puerto, primero, y en el barco, después, se movió sin dudas. En su mente, todo eso que
sucedía delante de sus ojos ya le había pasado.

Y en ese rincón de la popa del buque conquistado, en el silencio de esa habitación, llega la
segunda noche y Bernard no se duerme. Se desmaya. No sabe cuántas horas pasan hasta
que resucita. Se levanta alerta. Un polizón no concilia el sueño, no se va a dormir: cae
derrotado.

Durante el tercer día, se para porque las rodillas hierven de quietud. Al rato, cuando se
cansan los pies, se vuelve a sentar. Cada vez hablan menos con John. Las horas se reducen
a aguantar el frío. Muerde la misma manzana del día anterior y espera.

El día cuatro se termina la fruta. Ahora sí tiene hambre. Bernard saca la bolsita con
glucosa, inserta su dedo índice en ese polvo blanco milagroso y se lleva el dedo empanado a
la boca.

Fuuuuuuuu.

Ya no está seguro si están en el día seis o el siete. John se queja, no aguanta más el dolor en
la pierna. Le pide salir.

–Ebanae tutoke nje, miguu inauma sana.

La helada conquistó los huesos de John. La piel hinchada por el agua. Las articulaciones
duras de dolor. La angustia debajo del hambre y la sed. Bernard podría seguir escondido
unos días más en la chimenea. Su cuerpo es duro y aguanta. Pero está claro que su
compañero no.

–Ok poa, tutoke.

Van a salir a cubierta.

***

No hay nada más poderoso que el imprevisto. Nada puede lacerar más a un hombre
formado en la disciplina, alimentado de horarios y plazos, listo para obedecer y mandar,
obedecer y mandar, como una polea sin fin. Nadie está preparado para que un inesperado
quiebre sus planes, su visión del mundo. Mucho menos si ese mundo se reduce a cajas
grises con riquezas ajenas que hay que trasladar de un lugar a otro: bolsas de arroz,
tanques de petróleo, bodegas de dólares.

Y el imprevisto estalla a bordo del RM Power. Como el vapor de agua que se dispara en el
lomo de una ballena, la noche del domingo 7 de julio otro polizón surge desde el
espiráculo. Un joven sale agotado de la base de la grúa número 1, en la proa y a tres grúas
de distancia -unos 50 metros- del puesto del capitán Florin Filip, en la popa. Los marineros
de cubierta salen eyectados hacia los confines del barco, una vez más, pero ahora
empujados por el odio de saberse engañados.

El primer oficial Racovita distribuye las acciones entre los marineros filipinos: el
contramaestre Danilo Dumogho, de 39 años, y los tripulantes de cubierta Vicente Siguan,
el mayor de 41, Harvey Baladjay, 29, Stephen Namulen, 28, y Ryan Lagumbay, 25. Solo
falta Melvin Pelayre que duerme en su camarote. Debajo de la grúa, en el cuarto de la
hélice proal, el último espacio en el extremo delantero del buque, atrapan a otros tres
invasores.

El capitán no duda: ya es tarde para volver a tierra firme. No se le ocurre otra cosa. La
orden es un puño. Racovita y los marineros de cubierta reúnen a los polizones y los llevan
hacia la borda. Esta vez no hay protocolo ni comunicación a la Compañía. Florin Filip no
pasaría de nuevo por esa humillación. Como Stanley hace dos siglos, hace lo que tiene que
hacer para la corona. Los marineros atan de pies y manos con una cinta a los cuatro
jóvenes. Los llevan al límite de la borda, los golpean y los tiran al mar.

Mientras la furia toma el mando del RM Power, bien abajo, a 18 metros de profundidad en
la panza del cetáceo de acero, en el Bow Thruster, el hueco donde funciona la hélice que se
usa para virar el barco, y al que se llega después de bajar escaleras y atravesar corredores;
ahí, en el interior retorcido de ese cuarto imposible, queda un jirón de los sacrificados.
Esas botellas con orina, ese chaleco salvavidas, esos trozos de ropa, los restos de alimentos
y esas mierdas con olor a mierda, empiezan a ser, son ya, más importantes que cualquier
grito para la historia que sigue.
***

Tres días después de ordenar los cuatro asesinatos en su barco, el miércoles 10 de julio de
2013, el capitán Filip envía un mail a la Wem Lines SA. Seis marineros piden rescindir sus
contratos y regresar a sus países apenas arriben al puerto de Argentina.

Los motivos de la baja explicados en cartas manuscritas de los marineros con fecha del día
anterior navegan entre algún problema de salud personal y supuestos asuntos familiares
urgentes. Pero los seis tripulantes conforman, casualmente, todo el departamento de
cubierta del buque: el contramaestre, tres marineros de primera y dos de segunda.

Al gerente de operaciones de la empresa griega, Binios Stravos, le parece muy extraño.


Llama por teléfono al capitán del buque ese mismo día.

–No entiendo. ¿Por qué todos los marineros de cubierta quieren rescindir sus contratos de
forma abrupta?
–Es que ellos no se sienten muy bien, señor.
–Capitán, ¿qué está pasando en ese buque?

Filip le cuenta que después de salir del práctico de Banana, ya iniciado el viaje en altamar,
cuatro polizones más fueron encontrados. A la media hora, le dice a Stravos, dio la orden
de arrojarlos por la borda.

El capitán podría justificarse, mencionar los costos que le ahorró a la Compañía; podría
arrepentirse, escudarse en algún tipo de estrés; podría confesar la culpa que crece y que es
el peor enemigo del marinero. La culpa en el horizonte que se mezcla en el oleaje y susurra
en la soledad del camarote. La culpa como piedra gigante en la mochila del tiempo. Pero
antes de colgar el teléfono, suelta una sola línea:

–Tiramos la basura al mar.

***

La empresa griega Wem Lines SA informa de lo ocurrido a la Justicia de la República de las


Islas Marshall, país de bandera del buque. El administrador marítimo de esa isla sobre el
Pacífico, en Oceanía, renuncia a la jurisdicción sobre los hechos denunciados y notifica lo
ocurrido a las autoridades de Argentina (primer puerto de arribo del barco), de Rumania
(nacionalidad del capitán y del primer oficial) y de Filipinas (país de origen de los
marineros señalados).

El investigador oficial se limita a sugerir a la Compañía que suspenda a los acusados en sus
puestos hasta que se esclarezca su situación procesal. Pero, aclara, la República de las Islas
Marshall no investigará aquello. Ese conjunto de islas no es una nación que se caracterice
por tener instituciones fuertes. Su historia es una huella de lo más brutal del siglo XX.

El control de los 29 atolones y cinco islas que integran ese país al noreste de Australia fue
arrebatado por Estados Unidos a Japón en la segunda guerra mundial. Japón, a su vez, se
había apoderado de esa zona insular durante la primera gran guerra. Su territorio es como
un estornudo de rocas desiertas sobre el mar de Oceanía. Diez atolones están deshabitados
y sólo cuatro superan los dos mil pobladores.

En los 90’, Islas Marshall logró su independencia formal. Su economía está asociada a la
pesca aunque los millones que aporta Estados Unidos son aún el verdadero sostén de los
más de 50 mil marshaleses. La generosidad del imperio del norte tiene una razón:
compensa los 67 ensayos nucleares realizados hasta fines de los 50' (durante la guerra fría)
que dejaron en la zona niveles de radiación más altos que en Chernobyl y Fukushima.

Las devastadas Islas Marshall, bajo amenaza por el cambio climático que aumenta el nivel
del mar y las tormentas, es la república que más creció en cantidad de buques registrados
en el mundo. Las empresas de la actividad marítima aprovechan su escasa estructura de
control para anotar sus movimientos bajo esa bandera. Como un paraíso fiscal pero de la
economía que se mueve sobre los océanos. No es casual que las banderas de Panamá e Islas
Marshall flameen sobre los buques que más mercancías mueven, medido en toneladas,
sobre todo de los petroleros y graneleros.

Desde ese país inverosímil llega entonces la notificación del caso del RM Power a la
Justicia argentina el 22 de julio de 2013. El juez federal número 3 de Rosario, Carlos Vera
Barros, es informado de la denuncia y del nombre del principal acusado: el capitán Florin
Filip. Prefectura Naval Argentina se prepara para el arribo de la nave, la escena de un
cuádruple homicidio concretado en algún punto del Atlántico.

***
Bernard abre la puerta de la sala de máquinas en lo más alto del buque petrolero MT
Florida. No sabe qué le va a pasar. No hay forma de prepararse para enfrentar una posible
muerte. Simplemente tiene que salir y lo hace. Es de mediodía en este invierno del año
2001. El primero en verlos es el capitán porque están arriba de todo, en la zona del puente
de mando.

–¡Ey, ey, qué hacen ahí! ¡Ey, ey!

El capitán es un hombre de unos 50 años, un griego canoso de barba; un metro setenta y


pico, de camisa y pantalón. Llama a gritos a la tripulación mientras se acerca a Bernard y
John, dos espectros aparecidos en lo más alto de la popa que levantan las manos y
balbucean que son inocentes, que no son malos.

–¡¿Qué tienen ahí, qué tienen ahí?!

Los revisan y le sacan de los bolsillos la bolsa con lo que queda de glucosa.

–¿Qué es esto, tienen droga? –acusa el capitán.


–No, no es droga, es glucosa –le explica Bernard en inglés, el idioma de los buques, y le
hace una seña con un dedo que se lo lleva a la boca.

El capitán grita: ¿cómo puede ser que esta gente esté acá dentro del buque? Grita: ¿cómo
no los encontraron antes? Grita y mira con desconfianza a esos dos muchachotes sucios y
encorvados. Parece tranquilizarse de a poco cuando se da cuenta que ellos no le mienten.

–Nos escondimos acá porque queríamos irnos a otro lado –intenta explicar Bernard
aunque sabe que el capitán no tiene marcha atrás, que el barco no puede regresar a África.
–Estoy yendo ahora a Sudamérica. Van a tener que venir con nosotros. Llévenlos a una
habitación.

Descienden. Los bajan a un camarote, sobre el mismo edificio de la popa, la


superestructura. Después de la ducha que les saca el humo de la chimenea de la piel y el
frío de los huesos, los marineros les sirven un plato de comida: cerdo y algo de verdura.
Antes de volver a dormir en una cama, a reencontrarse, Bernard piensa: “¿Qué va a venir,
qué viene ahora?”.

***

Bernard y John están bañados. Bien dormidos sobre una cama. Comidos. Pero, todavía,
alertas. El polizón viaja sin saber a dónde, ni cómo, ni hasta cuándo. El mar no ayuda a los
foráneos de esa religión ondulante. A John se le pasa un poco el dolor y la molestia física.
Pero la rasgadura de su espíritu se empieza abrir por las noches. Tiene pesadillas en el
camarote. Llora con desesperación. Pasan los días en el océano. Hacen algunos trabajos o
pintan en el barco. Llegan a su primer puerto en Panamá. El capitán les explica que no
bajarán: subirán autoridades y ellos tendrán que esconderse.

Descienden. Los meten en uno de los depósitos del MT Florida; al fondo de todo. Los dejan
tres o cuatro días encerrados. Otra vez. Tienen una puerta para abrir pero están justo sobre
la altura del mar. Las olas chocan sobre la escotilla. El agua incansable de un lado, la
oscuridad del otro.

De Panamá siguen viaje hasta Brasil y luego hasta Montevideo, Uruguay. Cada vez que
pasan por un puerto la dinámica se repite. Los esconden en algún depósito de comida para
evitar a Migraciones y posibles inspecciones. Este es un barco tanque que no llega a tierra:
otros buques se le acercan, cargan o descargan y siguen. Ven las ciudades de lejos.

Bernard cree que el capitán no quiere pagar el impuesto para amarrar. Que no quiere
arriesgarse a que los descubran a ellos y hacerse responsable de los gastos de esos dos
polizones. Si el capitán fuera de verdad bueno los dejaría bajar y que la empresa, que es
millonaria, pague lo necesario. Pero eso no ocurre y la fragilidad de John se agrava.

–Tirame del barco, no quiero más esto, ya estoy cansado –le suplica John en uno de los
depósitos. Las pesadillas siguen con los ojos abiertos y gime entre llantos –Veo cosas, me
quiero matar.
–¿Qué cosas? Yo no veo nada.
–¡Tirame al mar, tirame!

Bernard no sabe cómo tranquilizarlo. Le dice que no hay nada, que cómo lo va tirar. El
sufrimiento de John se estira por horas.

–Vos estás re loco, cómo te voy a tirar yo, y qué va a decir la gente que sabe que salí con vos
si un día llego y me dicen: “Dónde está tu compañero”; qué les voy a decir yo: “Lo tiré”, “se
murió”. No. Aguantatela, aguantetela, no queda otra.

A la primera semana de encierro en la sala de máquinas del barco, le siguen tres meses de
navegación igual de duros.
Capítulo tres. Hombre al agua

Héctor Río/Gentileza La Capital

Antes de llegar al puerto de General Lagos, 30 kilómetros al sur del Gran Rosario, el
capitán Florin Filip y el primer oficial Robert Racovita invitan a los marineros a tomar un
whisky. No es habitual. Hablan de los polizones.

El 26 de julio de 2013 arriban al puerto privado de la cerealera Dreyfus. El juez Vera Barros
entiende que los crímenes cometidos en alta mar deben ser investigados en el país del
primer puerto de arribe, según jurisprudencia nacional. Prefectura toma el control del RM
Power e informa al capitán de la causa penal abierta por supuesto homicidio el 7 de julio
pasado.

El 28 de julio declaran 13 tripulantes ante el fiscal federal Mario Gambacorta. No son los
acusados. Son posibles testigos. Nadie aporta nada. Solo mencionan los siete polizones que
devolvieron a tierra firme en República Democrática del Congo pero no hablan de los
cuatro hallados en pleno viaje, en altamar.

Al día siguiente, la Agencia Marítima Hellas Mar SA, responsable del buque con bandera
de las Islas Marshall, mete presión. A través de un apoderado local, le pide al juez Vera
Barros que permita desembarcar a nueve tripulantes que pidieron volver a su país y que
libere la nave para seguir con sus operaciones de carga. Antes de despedirse, le recuerda al
magistrado: “A fin de evitar enormes perjuicios económicos y previendo que se pueda
producir un congestionamiento en el tráfico de buques reitero que sería de suma urgencia
permitir que el buque vuelva a operar normalmente”.

Un enviado de la República de las Islas Marshall se pone a disposición del juez rosarino.
Un hombre con un prolijo traje azul y una camisa blanca, más bien un representante
comercial que un cónsul. Se presenta en un perfecto español en el despacho del palacio de
los Tribunales Federales de bulevar Oroño. Le deja una tarjeta con sus datos: “Franco
Piccirillo. General Manager. South América”. Antes de irse, saca de un portafolio unos
folletines con los atributos de las islas, como si fuera una promoción turística. No se
volverán a ver.

El 30 de julio, Islas Marshall envía a la Prefectura argentina una nota con su “investigación
penal preliminar”. Aunque se había excusado de tomar el caso, ahora informa que
interrogó a los 21 tripulantes en privado, que todos negaron los hechos, que no existen
otras evidencias y concluye que “el supuesto incidente no ocurrió”. Los defensores oficiales
también reclaman: el juez no tiene competencia y debe liberar a los detenidos.

La causa parece naufragar a poco de iniciarse. Hasta que el jueves 1° de agosto el RM


Power se devora otra víctima.

− ¡Hombre al agua! –grita alguien.


− ¡Hombre al agua, hombre al agua! –repite la voz que ahora se escucha en todo el
barco por los parlantes.

Los marineros se asoman a cubierta. El contramaestre Danilo Dumogho, el jefe de la


tripulación de cubierta y uno de los acusados por el cuádruple crimen de los polizones,
bracea en el río marrón y pide ayuda. La correntada se lo lleva. El primer oficial Robert
Racovita, otro de los sospechosos, arroja un salvavidas pero cae lejos. Todo ocurre muy
rápido y nadie llega a bajar un bote salvavidas.
Avisan a Prefectura a las 17.30 y dos lanchas de guardacostas buscan al caído. No hay
rastros del contramaestre filipino. El subprefecto Julio Aquino sube al buque a investigar
lo ocurrido. Racovita le dice que Dumogho se cayó al agua. Pero nadie cuenta si fue un
accidente, se tiró o lo arrojaron al río desde la cubierta. Un tripulante se le acerca nervioso.

Es Iulian Berbec, segundo oficial, rumano, un escalón por debajo de Racovita en la cadena
de mando. Le hace dos señas con la mano: primero le muestra cuatro dedos y después hace
como una guillotina que cae sobre el cuello. El subprefecto Aquino lo aparta y lo lleva a un
camarote. Berbec lo abraza y le susurra al oído en inglés su secreto.

El agente federal le pide que lo escriba. Agarra un papel y una birome. Le da la nota y
Aquino la guarda en el bolsillo izquierdo de su campera:

“MASTER CH OFF AN ALL CREW DEPARTAMENT THEY KILL 4 PEOPLE AFTER 3


DAYS BUNKERING IN CONGO. THEY THINK BECAUSE I AM STUPID THEY TOLD ME
NOTHING. ALL CREW KNOW ABOUT 4 PEOPLE BUT NOWBODY SAY NOTHING
BECAUSE THEY ARE AFFRAID. ALL CREW PEOPLE KNOW ABOUT 3 PEOPLE THE
OLD CREW LIST. YOU MUST CHECK BECAUSE THEY GO HOME”.

El mensaje revela el asesinato de cuatro polizones tres días después de zarpar del Congo.
La misma confesión que el capitán pero añade una clave para entender qué ocurre en el
interior del RM Power: “Nadie dice nada porque tienen miedo”.

Prefectura pone una faja de clausura en el camarote de Dumogho. Adentro, sobre su


escritorio, queda la última lata de gaseosa naranja que tomó. En el armario su ropa y sobre
el sillón un rosario. El registro de ingresos al buque arroja un dato llamativo: un día antes
embarcó al RM Power el superintendente de la Compañía WEM Line SA, Dimitrios
Papadimitrou.

***

Al otro día, Berbec declara por segunda vez en los Tribunales Federales de Rosario. Se
rompe el pacto interno. El segundo oficial cuenta los detalles desde el inicio del viaje en
Matadi. Después de los primeros polizones hallados, “el primer oficial y capitán repetían
todo el tiempo que si encontraban más polizones seguramente los iban a arrojar por la
borda”. Asegura que el costo de repatriar a cada persona hallada era de 30 mil dólares.

El asistente de ingeniero en la sala de máquinas Marlon Estrope fue quien le contó sobre el
crimen en altamar. “Me dijo que habían encontrado cuatro polizones, tres días después de
salir para Argentina, el primer oficial y toda la tripulación de cubierta, los ataron y los
tiraron por la borda. Les pusieron cinta en la boca. Yo le pregunté si les habían cortado el
cuerpo para que sangraran porque los tiburones huelen sangre de dos millas. Me dijo que
no los cortaron”, relata Berbec.

“Hay muchos problemas de dinero con la compañía. No iban a pagar los salarios”, sigue.
Cree que ese fue el motivo de los homicidios. Dice que tiene miedo, que el capitán y el
primer oficial son de Costanza, su ciudad. No sabe qué ocurrió con el contramaestre
Dumogho ni cómo cayó al río Paraná pero todo fue “muy raro”. No quiere volver al barco.
“Cuatro hombres en el mar, uno acá, ya es mucho”, sentencia.
Más tarde, ese mismo 2 de agosto, Marlon Estrope niega todo en su declaración: “Nunca
hablé con él (por Berbec)”. Le preguntan entonces sobre el episodio del día anterior en el
puerto de General Lagos: “Terminé mis tareas, fui a lavar mis ropas y escuché a uno de los
marineros de primera clase diciendo «hombre al agua, hombre al agua». Salió toda la
tripulación y vi al contramaestre en el agua gritando «ayuda, ayuda». Después de cinco
minutos no lo vi más porque se hundió. No lo vi saltar”.

El fiscal federal pide un careo entre Berbec y Estrope que se hace el sábado 3 de agosto a
las 10.

***

Berbec: Ratifico mi declaración.

Estrope: Es un mentiroso. Yo le dije que no sabía nada. Que solo fueron siete polizones.
Capaz no escuchó bien.

Berbec: No te acordás que me contaste sobre las personas que fueron arrojadas por la
borda, que fue en el puente y que no diga nada: “Shhh”.

Estrope: No dice la verdad. Nosotros no somos amigos. Tengo miedo de ir a la cárcel


porque tengo familia en Filipinas.

Berbec: Esta es la única oportunidad de decir la verdad y escapar de este gran problema y
poder irte. Yo también tengo familia. Estos cuatro muchachos tenían una familia. La
familia del contramaestre perdió al contramaestre. Date una oportunidad.

Estrope: Tengo una niña pequeña.

Berbec: El fiscal te puede proteger.

Estrope: ¿Dónde dormís Berbec?

Berbec: En Prefectura. Mirame como un amigo no como un enemigo.

Estrope: Tengo miedo de los otros filipinos, me van a matar.

Berbec: Me pasa lo mismo que a vos. El capitán y el primer oficial viven en la misma
ciudad que yo. Hay mafia en todos lados.

Estrope: Tengo miedo de que cuando duerma me maten (hace una señal con la mano
como poniendo un cuchillo en la garganta).

***

En el careo, Estrope cambia su declaración y señala a los responsables del cuádruple


homicidio: el capitán Florin Filip, el primer oficial Robert Racovita, el contramaestre
Danilo Dumogho y los marineros de cubierta Vicente Siguan, Stephen Nalumen, Ryan
Lagumbay y Harvey Baladjay.

El fiscal Gambacorta insiste con el pedido para que el buque RM Power no deje el puerto ni
tampoco sus tripulantes. Prefectura advierte que, después de cargar, al día siguiente,
podrían zarpar. “No quiero dejar de lado la responsabilidad internacional que le puede
caber al Estado argentino si el hecho quedase impune o no resulta debidamente
investigado”, le pide el fiscal al juez.

Los seis acusados con vida van a indagatoria el 6 de agosto.

Al entrar a declarar a los Tribunales Federales de Rosario, Florin Filip atraviesa el portón
de calle Alvear, la parte trasera del viejo edificio que nació como mansión del comerciante
ilustre Eloy Palacios en 1890. Las puntas en forma de flecha del portón verde y el puesto de
guardia de los gendarmes le preanuncian que debe estar alerta. La tierra firme puede ser
tan hostil como el despiadado océano.

Se baja del vehículo oficial y camina por los adoquines de la callecita interna que mira
hacia el reverso del palacio de tres pisos, con tres ventanales cada uno, simétricos pero a su
vez distintos. El ingreso oficial está por el distinguido bulevar Oroño pero a él, como a
todos los imputados, no le corresponde. Lo llevan hacia la izquierda y cruza una especie de
túnel. Avanza diez pasos.

Sube seis escalones de mármol hacia una puerta de madera lateral. Ya en el interior gira
sobre otra escalinata breve y después de unos mosaicos marrones con flores descubre el
hall de la planta baja. Una luz amarilla cae lenta desde el techo con vitró y el hueco
octogonal interior le permite ver las barandas de los dos pisos superiores.

Lo hacen ingresar por una puerta derecha a la Secretaría del Juzgado Federal número 3.
Además del secretario Adolfo Villate, lo está esperando el juez Carlos Vera Barros. El lugar
es la mitad de grande que el despacho del magistrado pero lo suficiente para los dos
escritorios de madera antiguos que ostentan en dorado: “Poder Judicial de la Nación”. El
techo alto, la pinotea centenaria como un colchón en sus pies y la claridad que ingresa por
una ventana que da al patio.

Filip se sienta en una silla, junto al defensor Carlos Zurcher (su representante oficial, en
equipo con Federico Tschopp y el titular Osvaldo Gandolfo) y un traductor que el fiscal
Gambacorta y el secretario Villate se encargaron de conseguir con apoyo de la Embajada
rumana. Cada paso en esta causa inédita implica una gestión especial, un desafío a los
escasos recursos de los Tribunales.

Del otro lado del capitán, están el secretario Villate, sentado, y el juez, parado. A un
costado, en el segundo escritorio, el sumariante escribe todo lo que ocurre. Mientras se
produce la lectura formal de los derechos y el estado de la causa, nadie está ajeno al
extraño momento que viven en ese acto jurídico que suele ser, como todos, una pequeña
escenificación del inalcanzable concepto de justicia.

Al margen de los protagonistas, no hay quien pueda saber en profundidad lo que pasó,
todo lo que hicieron o dejaron de hacer las personas involucradas en un cuádruple
homicidio. Al menos en este edificio no existe una divinidad capaz de enviar al infierno o al
paraíso a los apuntados. Apenas hombres y mujeres que dentro de un sistema toman un
fragmento de eso llamado realidad, un pedazo de pasado que reconstruyen, siempre en
base a fragilidades y sutilezas, como una memoria difusa, y juegan su rol en la búsqueda de
solucionar conflictos.

Si hubiese dos partes, el juez resolvería en favor de una de ellas o buscaría un equilibrio.
Pero acá está el capitán Filip que niega no tanto haber cometido un delito sino la existencia
misma de la otra parte. Lo niega con su silencio atento y serio. El juez Vera Barros, que
viene y va en la sala, aprovecha para contemplar a ese marino de 55 años, un metro
ochenta, fornido, tez blanca, ojos marrones, poco pelo y mirada fría.
Flota en el aire la sensación de que el capitán del RM Power, con su habitual interacción en
puertos de América Latina, escucha con paciencia dos veces la misma imputación: la
primera en boca del secretario en castellano y la segunda del traductor rumano llegado de
Buenos Aires. Filip no declara y el juez Vera Barros lo recordará como alguien calculador,
un viejo lobo de mar. Al secretario Villate le quedará la sensación de que se trata de un
hombre dañado, compungido. El grupo de defensores oficiales ya lo conoce de otra manera
por sus entrevistas previas, sin la afectación de este trámite. Es, con ellos, una persona
medida pero que participa de la estrategia para salir de esa situación, aporta datos e ideas y
se muestra entero.

Ni en esa indagatoria, ni en las semanas posteriores, ninguna de las partes presentes


notará la fragilidad interior que está por implosionar en el cuerpo del capitán.

Más tarde, Robert Racovita y los otros acusados lo imitan. “No voy a declarar”, repiten.
Menos rígidos que los rumanos, los marineros filipinos se comportan de forma más
humilde, serviciales, asustados ante el despliegue de la solemnidad del Poder Judicial, con
la urgencia por dejar ese lugar extraño y volver rápido a sus casas.

***

El 7 de agosto se reanudan las declaraciones al resto de la tripulación. El rumano y tercer


oficial Liviu Colgiu aporta un dato más. Cuenta que en un cambio de turno Racovita le dijo
sobre los polizones: “Hemos encontrado a cuatro más y los hemos tirado al agua”. Y relata:
“Entonces yo me asusto. Al otro día, le digo: «Estás loco vos», y él me contesta que había
hecho un chiste. Robert no me llama por mi nombre, me dice nene, y me dijo: «Nene te lo
dije para que te asustes»”.

“Tuve mucho miedo cuando me enteré del primer hecho y peor aún cuando me enteré de
que otro se cayó al agua y se ahogó”, declara Colgiu. Cuando el fiscal le pregunta por la
desaparición del contramaestre responde: “No sé qué estaba haciendo Dumogho en ese
momento cuando cayó al agua, no sé si fue un accidente o si lo empujaron”.

Berbec (el primero en reconocer el crimen en el juzgado) amplía su declaración. Identifica


al marinero filipino que le confesó a Estrope su participación. “Se llama Vicente Siguan.
Estrope me dijo mientras compartíamos habitación que Florin Filip le habría dado la
orden de atarlos de pies y mano y ponerle cinta en la boca y que Siguan, por propia
iniciativa, agarró una maza y los golpeó en la nuca para desmayarlos. Filip dio la orden de
tirarlos al mar y lo hicieron dos marineros y dos timoneles: Siguan, Nalumen, Lagumbay y
Baladjay. Melvin Pelayre (el quinto marinero de cubierta) estaba durmiendo en el
momento que ocurrió el hecho. Estrope me contó que los cuatro que tiraron a los polizones
se consideran inocentes por haber cumplido órdenes del comandante”.

El rumano y segundo oficial asegura que unos días antes de llegar a Argentina, Filip y
Racovita citaron a la tripulación, brindaron con whisky y escuchó al primer oficial que le
decía a los marineros filipinos de cubierta: “Los polizones son muy tarados, no saben con
qué tripulación se pueden encontrar”.

También sospecha de lo ocurrido con Dumogho: “El contramaestre tenía una altura de
1,60. La baranda de popa puede tener 1,20. No tendría como caerse apoyado por su altura.
Para mi hay dos variantes. O se tiró para suicidarse o la segunda conclusión”. Le
repreguntan por esa “segunda conclusión” y solo dice que “no es normal” esa caída.
“Estrope se la pasa llorando y diciendo que quiere llevar el cadáver de Dumogho a su casa”,
agrega.

El 8 de agosto declara Mejía Magbuhos, limpiador de máquinas. Dice no saber nada. Pero
como Estrope había dicho que todo el personal de la sala de máquinas conocía la existencia
del asesinato de los polizones van a un careo. Ahora Estrope cambia de rol y es quien debe
inducir a su compañero a que modifique su declaración. Pero Magbuhos no cede aunque se
pisa: “De lo que sucedió, no sé nada”.

Estrope agrega algo más: no solo Siguan le reveló el cuádruple homicidio. También el
contramaestre desaparecido en las aguas del Paraná se lo había contado: “Cumplieron la
orden porque tenían miedo. Lo escuché de Vicente Siguan. También de Danilo (Dumogho).
Después de lo que hicieron el contramaestre estaba llorando”.

***

El 9 de agosto de 2013 el jefe de Prefectura de Arroyo Seco, Gabriel Luciani, notifica al juez
que a las 20.45 el RM Power abandonó el puerto cargado con 39 mil toneladas de maíz con
destino a Argelia.

La nota de dos párrafos informa además que "se continúa con las operaciones de búsqueda
de la persona desaparecida al caer a las aguas el pasado 1° de agosto, Sr. Danilo Dumogho".

***

–Acá se bajan. Esto es Argentina –les informa a Bernard y a John el capitán griego del MT
Florida. El puerto de General Lagos es la última parada antes de volver a Irak a cargar
petróleo.

Los dos jóvenes de Tanzania saben que están en un país sudamericano, que tiene una
economía basada en cereales y, por supuesto, conocen a Diego Armando Maradona. Con
esos insumos dejan atrás el buque que les permitió cruzar el Atlántico. Antes de irse, el
griego les da dos indicaciones. Uno: deben escapar de noche sin ser vistos por los guardias
para que nadie lo culpe a él de meterlos al país de forma ilegal. Y dos: les da un material
especial para no ser detectados. Les ata bolsas de residuos en la cabeza para taparlos y
ocultar su color de piel. A esa estrategia le suma otras bolsas con basura para que lleven en
las manos y simulen una acción de limpieza.

El plan resulta increíblemente exitoso y nadie detiene a esos dos ninjas africanos que
saltan el alambrado del puerto y se lanzan hacia la madrugada de una pampa desconocida.

Amanece y caminan sin rumbo entre los campos de soja. No lo saben pero van hacia el
oeste. Cuando ven las luces del peaje sobre la autopista Rosario Buenos Aires la inercia se
desconecta. Paran. ¿Y si la Policía los detiene, así, sin documentos? ¿Y si eso que están
haciendo es un delito? ¿Cómo serán penados los delitos en este país?

Giran y avanzan en otra dirección. Recorren caminos de tierra, atraviesan campos


sembrados. Es de mañana cuando ven unas casas, primero, y un kiosco, después. Entran al
negocio. Johny renguea, sigue con la pierna hinchada y sus dolores. Habla Bernard.

− Coca Cola. How match a Coca Cola?

La kiosquera demora en entender. No tanto el pedido sino la escena que irrumpe en su


vida como una película dominguera de televisión. La imagen de Bernard: la nariz ancha y
armónica con los labios, la frente que estira hacia arriba la cabeza orgullosa, el pelo corto
negro, el trapecio que baja hacia unos brazos anchos; esa figura lejana ya sin las bolsas de
consorcio para camuflarse pero con zapatillas, jean y remera sucia que le pide una coca y le
estira un billete de diez dólares. La piba saca de la heladera una botella de litro y se la da.
Agarra el billete estadounidense y le devuelve nueve pesos. Bernard no entiende la cuenta y
le pregunta en un inglés que ella capta pero no habla. Hasta que la kiosquera le revela algo
asombroso.

− One dólar, un peso.

Salen a la vereda y se sientan a tomar la gaseosa. El sol calienta un poco. Mientras


disfrutan de un primer bocado de libertad desde que partieron de sus tierras, Bernard
piensa en la transacción de recién y se entusiasma: “¡Un dólar vale un peso! ¡Maravilloso,
qué país lindo!”. Es agosto de 2001.

***

Mirar al sol les permite saber cuando empieza el día y cuando termina. Ese reloj a cielo
abierto los acompañó los tres meses de viaje en el buque por altamar. Es un calendario de
24 horas que no detalla qué día es. Andar sin tiempo, sin destino, ni documentos puede ser
un buen estribillo pero los dos amigos añoran certezas. Alguna, al menos. A la tarde, el
cielo se cierra: va a llover. Bernard y John se cruzan a un hombre que trabaja en una
ladrillera de Pueblo Alvear. Se le acercan.

– Ey, ¿qué quieren ustedes?

Ellos no lo entienden y el señor tampoco. Al rato Bernard junta la palma de sus manos
como si fuese una almohada, las apoya sobre su cachete e inclina un poco la cabeza.
Francisco Sanabria, así se llama el otro, los deja dormir en la casilla del campo, un ranchito
precario que usa de depósito. No hay camas. La lluvia y el frío, como una condena
implacable, los conquista una noche más.

Sanabria pide ayuda. "Sacate el problema de encima, llevalos con tu camioneta y largalos
por ahí", le dice el comisario. Algo similar le repite el intendente. Él, testigo de Jehová,
decide alojarlos en su casa. Antes, avisa a los medios. Al rato llegan los delegados de
Migraciones. Les preguntan sus nombres y datos del viaje. Ellos les hablan de su larga
travesía.

–¿Cómo se llama el barco?


–MT Florida.

Se producen movimientos en la comisaría. Llaman al puerto de General Lagos. Tarde: el


buque zarpó hace un rato.
Capítulo cuatro. Matar en el mar, morir en el aire

Además de las confesiones, declaraciones y careos, la causa judicial contra el capitán Florin
Filip y los otros marineros del RM Power sumó una prueba física en los allanamientos
realizados en el barco el 26 de julio de 2013, apenas arribado al puerto de Dreyfus en
General Lagos.

En la panza del temible bulk carrier fabricado en China, 18 metros bajo la cubierta, en el
Bow Thruster, quedaron rastros humanos. Ninguno de los otros lugares donde fueron
hallados los polizones que se notificaron y devolvieron con vida los primeros días de viaje
tenían conexión con ese espacio. Pero en ese hueco donde funciona la hélice que se usa
para doblar el barco, levantaron aquellos restos de comida, pedazos de ropa, botellas con
orina y la mierda ya sin olor. Unos rastros gastados de humanidad que implicaban una
presencia anterior pero que ni para sacar un ADN servían.

¿Qué hubiese hecho de todas formas el juez con esa eventual información genética, con
quién la compararía, a los familiares de quiénes acudiría? ¿Dónde queda el banco de datos
genéticos de los fantasmas sin identidad; de los “migrantes desaparecidos”, como las
clasifica la Organización Internacional de las Migraciones (OIM)?

La Justicia federal argentina se volvió a topar ante el desafío de crímenes sin cuerpo, de
pactos de silencio y de la obediencia debida como autodefensa exculpatoria de los
ejecutores. Aunque con otro tipo de violaciones a los derechos humanos, eso ya ocurrió con
los casos por el terrorismo de Estado de la última dictadura cívico militar.

Lo claro es que el juez Vera Barros usó ese hallazgo como un indicio claro de que hubo más
personas en ese barco y “escondidas por un prolongado período de tiempo”. La evidencia
formó parte del procesamiento para el capitán, el primer oficial y los cuatro marineros del
16 de agosto de 2013.

En ese texto, el titular del Juzgado Federal Nº 3 de Rosario incluyó entre las pruebas: el
reporte preliminar del Administrador Marítimo del RM Power (el primero en notificar la
confesión de Filip que había “tirado la basura al mar”). También el coincidente pedido de
baja de los marineros identificados como partícipes del hecho. Sumó la declaración de
Berbec, que forzó a su vez a Estrope a reconocer que Siguan, uno de los involucrados, le
había contado todo. Vera Barros incluso mencionó que Racovita le reveló a Colgiu que a los
polizones “los hemos tirado al agua”, aunque después dijo que fue un “chiste”.

El juez defendió la jurisdicción argentina sobre el caso y afirmó que los acusados “actuaron
con dolo requerido” y con su accionar “no se puede esperar otro resultado que la muerte”.
Los procesó con prisión preventiva por “homicidio calificado por alevosía e intervención de
dos o más personas”.

***

Filip no declaró ante la Justicia federal pero sí lo hizo por escrito ante el “investigador
especializado en siniestros e incidentes en el mar” de la República de las Islas Marshall.
Fue el 29 de julio, antes de que el contramaestre Danilo Dumogho cayera al agua, el
rumano Berbec le entregara la nota en inglés al prefecto Aquino y eso impulsara aún más el
caso en los tribunales de Rosario.

Sin saber todo lo que ocurriría durante esos días posteriores, el capitán escribe: “A los fines
de identificarme, soy hombre caucásico, de 55 años. Nací el 8 de abril de 1958 en
Constanza, Rumania. Mi domicilio permanente es Constanta Bratianu 106, donde mi
esposa vive actualmente. Soy marino mercante, capitán del buque RM Power. Esta
declaración se refiere al presunto incidente a bordo”.

En el texto, Filip vuelve al 3 de julio de 2013 cuando zarpó del puerto de Matadi, en el
Congo. Detalla paso a paso las operaciones en las horas y días siguientes hasta que el
jueves 6 de julio a la noche, asegura, un hecho lo cambió todo.

"Luego de la cena –cuenta en su nota–, la tripulación de cubierta se dirigió a mi camarote a


decirme que no querían seguir trabajando como si fueran limpiadores de baños. Debo
mencionar que luego de irnos del puerto de Matadi, el buque estaba muy sucio, había
excremento y orina por todos lados: sobre la cubierta principal, entre las tapas de escotilla,
en las bodegas, espacios vacíos, grúas, etcétera. Estos tripulantes también me mencionaron
que yo los obligaba a buscar polizones en cada sitio escondido del buque, lo cual era de
mucho riesgo para sus vidas dado que los polizones son peligrosos y están armados con
cuchillos. Yo estaba nervioso y les dije que prepararan su pedido de repatriación o, de lo
contrario, lo haría yo mismo lo cual sería peor”.

"Yo estaba decepcionado de la tripulación –sigue– y no había otra cosa que hacer más que
enviarlos a sus casas en el próximo puerto. Además, es sabido que la Compañía estaba
atravesando un muy mal momento, no contaba con el dinero suficiente ni para pagar a la
tripulación en tiempo. Durante la conversación con el Sr. Stravos (por la comunicación
telefónica con el gerente de operaciones de la empresa griega), me indicó que la tripulación
debía pagar sus pasajes de avión y los de sus relevos”.

"Para mí era imposible seguir con una tripulación que no obedeciera mis órdenes. Y para
obligar a la Compañía a hacer algo, inventé una historia sobre los polizones (considerando
los sucesos previos). Y en ese momento pensé que si yo decía que la tripulación había
encontrado algunos polizones y que los tiramos al agua, finalmente la Compañía aprobaría
el cambio de tripulación sin problemas. También dije que yo mismo podría pagar los
pasajes de avión si no existiera otra solución; pero de ninguna manera podría seguir
trabajando con esta tripulación. Luego, existió la segunda llamada en la que dije más o
menos lo mismo. Ambas comunicaciones fueron desde mi camarote y no desde el puente.
No puedo repetir exactamente lo que dije en aquel momento porque lo hice directamente y
sin plantearlo con anterioridad. Yo estaba loco por culpa de la tripulación y porque la
Compañía no quería ayudarme a enviarlos a sus casas”.

Filip dice que creyó que su relato “había sido un éxito” pero como nadie más le preguntó
“nunca pude contar la verdadera historia a nadie”. “Esta es una declaración breve que
puedo ampliar”, aclara aunque días más tarde, el 6 de agosto, cuando es citado por la
Justicia argentina y ante las nuevas evidencias, prefiere callar en esa sala de la planta baja
del viejo palacio de los Tribunales Federales de Rosario.
***

El capitán primero fue trasladado a una sede de Prefectura en Victoria, Entre Ríos.
Después lo llevaron preso al pabellón de extranjeros de la cárcel de Ezeiza.

Desde ese lugar, el 13 de noviembre de 2013, recibió una buena noticia. La Sala A de la
Cámara Federal de Rosario dictaminó que el juez Vera Barros no tenía competencia para
actuar y que se debían remitir las actuaciones a las Islas Marshall o a los países de
nacionalidad de los acusados.

Los jueces, superiores de Vera Barros, argumentaron que se investigaban hechos ocurridos
en altamar, en un buque con bandera de otro país y con procesados de nacionalidad
rumana y filipina. Sin embargo, no declararon nulo lo actuado (“la investigación puede ser
relevante”, dice el fallo) e incluso advirtieron el riesgo de que “se desmembrara
irrazonablemente el proceso” .

La causa empezó a ser una molestia en Argentina y el principal imputado pidió volver a su
país. La mujer de Filip y un hijo viajaron para pagar la fianza y llevaron el comprobante del
depósito del Banco Nación al juzgado de Vera Barros en Rosario. En enero de 2014,
Rumania aceptó iniciar un procedimiento: no reclamó la extradición ni la detención sino
una citación para abril.

Eso alcanzó como paso formal y la Defensoría (ya con intervención desde Buenos Aires)
logró la libertad del capitán Filip y el resto de los acusados. Pero el defensor subrogante
Osvaldo Gandolfo agregó un dato que la familia les avisó de urgencia y tomó a todos por
sorpresa: Filip sufría una “enfermedad terminal” con “pronóstico nada halagüeño”.

Antes de emprender el regreso, el 4 de febrero, el capitán ingresó al Servicio de


Emergencias por "dolor abdominal y dorsolumbalgia". La historia clínica del paciente cita
estudios realizados en enero por "hallazgo de tumor de colón y carcinomatosis peritoneal".
Lo operaron y le sacaron parte del colón. Pero el cáncer ya se había expandido demasiado.

***

El juez intentó evitar que el caso saliera de sus manos por considerarlo un delito contra la
comunidad internacional, por ser una grave violación a los derechos humanos. Consideró
ese proceso uno de los dos más importantes de su carrera (el otro fue meter preso al ex jefe
de la Policía de Santa Fe por narcotráfico, Hugo Tognoli).

Vera Barros perdió la pulseada jurídica pero no pudo soltar la causa del todo. Cuando la
rutina le daba un descanso, visitaba las páginas web de los diarios de Rumania en busca de
noticias del capitán.

Hasta que la novedad llegó vía Interpol al juzgado de Rosario. Florin Filip murió en pleno
vuelo de regreso a Rumania. Rodeado de su biblioteca de madera repleta de libros y su
colección de colectivos miniatura, el juez con 30 años de experiencia en tribunales
federales no podía creer lo que escuchaba.

Matar en el mar para morir en el aire suena a condena bíblica. En derecho existe algo para
traducir eso: el concepto de “pena natural”. Se aplica cuando el autor de un delito sufre un
perjuicio que puede ser tomado como una eventual sentencia.

***

El periodista Hernán Lascano siguió la secuencia para el diario La Capital desde el inicio.
Después de unos meses sin avances, en abril de 2014, preguntó en los Tribunales federales
por el estado del caso de los polizones que lo conmovió.

Ante la revelación, fue a la redacción y escribió el título para la tapa del domingo 20: “El
impensado final de un capitán rumano”. La crónica explica que en la primera audiencia
por el trámite que se abrió en los Tribunales de Constanza, número 23/P/2014, “sólo
estará (el primer oficial Robert) Racovita ya que Florin (Filip) murió en vuelo”.

“El 19 de febrero –informa la nota– se dejó sin efecto la prohibición para que los seis
miembros de la tripulación salieran del país y tres días después los dos comandantes
rumanos del RM Power partieron hacia Londres en un vuelo que tenía como destino final
Bucarest. Pero Filip murió antes del aterrizaje en la capital británica”.

Y agrega: “Los cuatro filipinos procesados también pudieron dejar el país. Son Stephen
Libo-On Nalumen, Harvey Poquidta Baladjay, Vicente Eclepsi Siguan y Ryan Comanda
Lagumbay. Desde Filipinas nunca se reclamó legitimidad para intervenir en el proceso
judicial, Argentina perdió contacto con ellos y difícilmente alguien les recrimine el hecho
por el cual en Rosario resultaron procesados por homicidio alevoso”.

Ocho años después, Lascano aún recuerda el impacto de aquel día. “Me caí de culo cuando
me enteré. Fue uno de los casos más estremecedores que me tocó cubrir. Por la crueldad y
por lo vívido de los testimonios, porque los marineros estaban atormentados por haber
sido testigos de semejante asunto. Si Michel Foucault habla del suplicio del silencio
impuesto, acá fueron los silencios del suplicio”.

***

Todos esos meses, la causa 838/2013 por la desaparición del marinero filipino Danilo
Dumogho en el kilómetro 395,5 del Paraná sumó 178 fojas pero ninguna evidencia de
homicidio.

El expediente fue y vino de la Justicia provincial y la federal. El cuerpo no fue hallado, no


hubo imputados ni querellantes y la jueza Delia Paleari (a cargo de Instrucción 8°) archivó
las actuaciones el 25 de noviembre de 2014. El destino de esas hojas escritas, croquis
hechos a mano y fotos es la destrucción.

***

La verdad jurídica no concluyó nada tampoco sobre los polizones y el capitán. Aunque
Rosario perdió su competencia, la investigación no se anuló. El contenido de los
procesamientos al capitán y los marineros quedaron, de alguna manera, vigentes. No son
una condena sino un paso previo: existía para el juez la suficiente sospecha para hacer un
juicio. Pero el juicio nunca se concretó.

“Fue un caso terrible. Es atroz la frase: «Tiramos la basura al mar», con la idea de que tan
fácilmente se puede descartar a una persona”, define el por entonces secretario del juzgado
número 3, Adolfo Villate, quien desde 2016 es fiscal de la Unidad Especial de delitos de
lesa humanidad.

Villate trabajó en el caso los primeros meses, hasta septiembre de 2013, pero recuerda las
dificultades para avanzar con una investigación en donde todo era nuevo y difícil, por la
ausencia de antecedentes.

Para el hoy fiscal de los juicios contra represores de la última dictadura, los homicidios
investigados en aquel buque no podrían ser considerados de lesa humanidad porque no
hubo, o al menos no fue probado, un plan sistemático y reiterado. Sí pudo haberse
considerado “una grave violación de los derechos humanos” y era correcto que el juez
sostuviera que el Estado argentino debía seguir investigando porque se trataba de un
agravio a toda la comunidad internacional.

–¿Cuál es la característica que diferencia a un hecho de “grave violación a los derechos


humanos” de uno de “lesa humanidad”?

–Las violaciones de los derechos humanos, en general, son cometidas por agentes del
Estado (policías, por ejemplo). Generan una responsabilidad internacional del Estado
nacional, con competencia federal y son imprescriptibles, como los de lesa humanidad. Por
ejemplo el caso de Walter Bulacio (detenido tras un recital de Los Redonditos de Ricota y
asesinado en 1991) fue una grave violación a los derechos humanos, no un delito de lesa
humanidad. Entonces, cuando son delitos individuales que no responden a un plan
sistemático y clandestino de un Estado, son graves violaciones. En este caso, hubiera dicho
que fueron esto segundo. En definitiva, la diferencia es técnica pero tienen casi la misma
significación: ambos son imprescriptibles porque hay responsabilidad de los Estados. El
problema acá es ¿de qué Estado?

-¿Qué debería ocurrir en el sistema judicial cuando un crimen no termina juzgado por
nadie?

–Son casos muy complejos. Si bien este fue el único que vi en mi vida, me imagino que
debe haber otros parecidos y debe pasar más o menos lo mismo. Es muy raro que haya una
pelea por quedarse por la competencia. Lo que se busca en general es que la asuma alguien
que no sea uno. Habla bien del juez no haber mirado para otro lado. En este caso, la
complejidad era mayor porque había ciudadanos de distintas nacionalidades, el barco con
bandera de las Islas Marshall, el delito se había convertido en alta mar, no se sabía bien en
dónde. Hay tal fragmentación de la competencia que podría ser que el hecho se juzgara en
cualquiera o varias de ellas. Recuerdo que nos parecía que era vergonzosa esta situación.
Islas Marshall es un Estado creado para este tipo de situaciones, una bandera que no se
responsabiliza por lo que hacen en los buques con su bandera.

–Es como un paraíso fiscal del comercio marítimo.

–Lo que ocurre de fondo es que el derecho regula situaciones pero no regula todas. Es
imposible que una norma jurídica abarque toda la realidad. Muchas veces hay hechos que
no pueden ser juzgados porque ingresan en una especie de limbo jurídico y hay muchas
competencias concurrentes pero nadie tiene demasiado interés en conservarla.

***
El polizón elude las fronteras legales de los Estados al hacerse invisible, se camufla en un
barco como una mercancía clandestina, un parásito de otras cargas que sí tienen valor de
intercambio. El riesgo de eludir las violencias de los límites (que no dejan salir o entrar) es
caer en una mayor. ¿Dónde fue el asesinato? ¿A quiénes se mató? El mar surge como un
espacio pre político, un pasaje entre países, un ningún lado.

Como explica la socióloga Estela Schindel en su ensayo "Frontera y violencia" (UNR


Editora), esa suspensión de la ciudadanía puede durar los segundos de un trámite en la
aduana o largas semanas y meses en el caso de un polizón. Una persona que pasa a ser
nadie en el ancho umbral del océano, esa jungla líquida. Y los Estados se valen de agentes
no humanos, de la naturaleza como arma (mares, montañas, desiertos), para dejar morir.
No matan sino por una presunta omisión, empujan a los migrantes a escenarios de total
crueldad e impunidad (en Europa de forma masiva). La eliminación de esos cuerpos es tan
clandestino como su escondite. Lo anómalo es que un caso así llegue a la superficie de un
juzgado.

Pero como, justamente, esos crímenes no dejan rastros ni registros, la sociedad no


reacciona. Se admite que hay “seres superfluos” destinados a “vertederos para los desechos
humanos”, como define Zygmunt Bauman. Tirar la basura al mar. Si el impacto de la
sangre y la carne no emerge y se muestra, ese pacto de convivencia se mantiene.

***

En términos oficiales, lo narrado hasta acá, como todo lo que amasa realidad, no sería todo
lo que ocurrió sino lo que algunos dicen (y muchos creen) que ocurrió. Pero la historia no
se construye solo con lo verificado por los actores del Poder Judicial. Los crímenes en alta
mar contra polizones existieron y existen. Aún en la Defensoría de Rosario, que por su rol
institucional trabajó en la inocencia de los acusados, conservan el recorte plastificado de
La Capital del 20 de abril de 2014. Del otro lado de la crónica sobre el desenlace de la
causa, en el reverso de la hoja del diario, un título reconoce: “Tirar polizones al mar, algo
que parece más común de lo que se cree”.

La nota cuenta que diez años antes la Justicia de España se topó con un caso similar. Un
capitán coreano ordenó abandonar en el mar a cuatro polizones sobre una balsa de
madera. Habían salido de Senegal y llegaron a La Coruña. Uno de los marineros declaró
que había visto a los polizones pidiendo ayuda por última vez “con el agua al cuello”. La
jueza a cargo determinó que no tenía jurisdicción sobre un crimen que involucraba a
extranjeros cometido en alta mar. Los cuerpos nunca se encontraron.

“El Comité Marítimo Internacional con sede en Bruselas advierte sobre la reiteración de
estos casos que tropiezan con la ausencia de una ley internacional indiscutible que
contemple estos delitos, particularmente atroces, lo que revierte en impunidad”, agrega el
texto.

Los antecedentes tienen mucho más que 10 o 20 años. En noviembre de 1781, 142 esclavos
africanos fueron arrojados por la borda del buque negrero británico Zong. Luke
Collingwood, capitán del navío que iba de Ghana a Jamaica, tomó la decisión cuando se
quedaba sin agua potable. Empezó con 54 mujeres y niños, porque tenían menor valor
comercial, y luego siguió con los hombres.

Como la “carga” estaba asegurada, los dueños del barco iniciaron un reclamo formal al
seguro para que pagara por esas personas esclavas perdidas. El conflicto comercial tuvo
que ser zanjado por el viceministro de Justicia de la Corona Británica, John Lee. Su
decisión hizo historia.

–Los negros son cosas, como cualquier propiedad. Tirar un negro al mar es lo mismo que
tirar un caballo.

La masacre de Zong generó una reacción en la comunidad inglesa que derivó en la lucha
contra la esclavitud, primero, y, más tarde, en el surgimiento del movimiento universal de
derechos humanos.

Dos siglos después, el caso del capitán rumano y los polizones se hundió en la marea de las
historias sin resolver. Como si uno y otro extremo, los que mataron y los que murieron,
fuesen piezas sacrificables para que la maquinaria de la eficiencia no se detenga.
II Parte

Capítulo cinco. Berni

Faltan quince minutos para las 10 de un viernes caliente en el verano de la pandemia


rosarina. El centro de la ciudad es una incógnita. No hay pistas sobre si esas nubes
crecerán hasta la lluvia o si el sol ganará la pulseada y tendremos un mediodía pesado. Los
mosquitos que desde el día anterior parecieron caer del cielo como una lluvia de sapos
hambrientos apuestan a lo segundo. Se juegan la vida en eso. Bernard, que acá, en la calle,
su lugar de trabajo desde hace 20 años, es Bernardo o Berni, abre el candado de la reja de
un estacionamiento de calle Entre Ríos al 800. Sube una rampa de cemento y entre los
autos que reposan busca su carrito de venta ambulante con toda la mercadería.

Dentro de esa jaula cubierta de una lona azul hay desde sombreros a mochilas y de relojes
a mantas. Antes de la bajada, se para delante y de frente a ese cubo con ruedas. Sostiene el
peso con los brazos desplegados mientras da unos pasos lentos hacia atrás. Desanda la
rampa. Después, lo arrastra con un solo brazo. Decir que ese hombre de 41 años tiene
fuerza es una obviedad. Tiene algo más: es directo al hablar.

–Tengo fuerza –me dice mientras yo pruebo hacer lo mismo con los dos brazos estirados e
inexpertos.

Sigue por la vereda hasta la esquina de la peatonal Córdoba. Cruza, saluda a Luis, del
puesto que vende muñecos y juegos para chicos, y acomoda el carro frente a la farmacia
Embón, sobre Entre Ríos. Desata los nudos de la lona y despliega las alas de la estructura
que él mismo diseñó y que un amigo herrero construyó. Tiene dos metros de largo y de
alto, y uno veinte de ancho; una mesada, un doble depósito debajo y dos rejas que se abren
hacia los laterales. A eso le suma dos percheros de pie con tres niveles. Los relojes, pulseras
y billeteras están sobre la mesa principal, en el centro del puesto. Sobre los lados acomoda,
uno por uno cada mañana, sombreros, gorros tipo piluso, mochilas, riñoneras y mantas.
Los colores hoy hacen juego con su camisa escocesa blanca, azul y roja mangas cortas, una
bermuda ocre, zapatillas negras como el barbijo y un reloj de pulsera grande y plateado.

Bernardo es paciente y prolijo. También observador.

–No pongas las marcas que me van a venir a buscar –me pide cuando ve que anoto todo y
suelta su risa corta con carraspera de patán.

Es nuestro tercer encuentro. Los dos anteriores fueron entrevistas en su casa. La idea de
hoy es ver cómo trabaja y hacerle algunas preguntas. Recién ahora entiende lo que estamos
haciendo y le gusta. Fantasea con una película.

En la primera charla, hablamos de su viaje como polizón desde que abordó el barco. Pero
el período anterior, desde que salió de Tanzania hasta llegar a Ciudad del Cabo, Sudáfrica,
lo resumió como "un viaje de mochilero". Apenas recordó que le pagaba a camioneros para
pasar de ciudad en ciudad, que la pasó mal, y no mucho más. Ahora, más confiado, cuenta
que estuvo en un campo de refugiados y se escapó cruzando un río custodiado por
militares y cocodrilos.
Bernardo salió con 19 años de su ciudad Dar es Salam, sobre el océano Índico y la más
poblada del país. Partió en colectivo hacia Mbeya, cerca de la frontera con Malawi. Catorce
horas hacia el oeste para tomar un segundo micro que cruzó ese pequeño país sin salida al
mar. Su documento le servía para ese territorio fronterizo pero no para su siguiente
destino: Mozambique. En un tercer trayecto debía atravesar la ex colonia portuguesa hacia
el sur, rumbo a Maputo, la capital y puerta de embarque hacia Sudáfrica, el destino de los
migrantes de África Oriental.

Pero mucho antes, en un punto de trasbordo, sobre el puente Sabora Machel en la


provincia de Tete, la Policía hizo bajar a todos los pasajeros del colectivo. Veinte años
después, Bernardo actúa la escena en la peatonal Córdoba de Rosario. Pone cara de
"milico": seria y dura; se para firme y mira con desconfianza. Jura que con solo mirar los
ojos a los pasajeros esos policías se daban cuenta quién era extranjero sin papeles. "Vi que
me miraba y cuando bajé me agarraron. No sé cómo pero ellos saben. «Este es
tanzaniano». Me sacaron la poca plata que tenía y me mandaron a un campo de
refugiados", dice.

El centro era una ex escuela sencilla que hacía de cárcel para indocumentados. Había unas
20 personas en las distintas salas que daban a un patio. Sin cama y con una comida que era
mejor evitar, cuando había. Una familia de Somalía que estaba atrapada ahí lo ayudó. Ellos
le daban dinero a la Policía para conseguir comida y la compartían con él. Bernardo
diferencia: los migrantes de Somalía escapaban a la guerra civil y viajaban en familia con
dinero, para abrir algún comercio en Sudáfrica. Los de Tanzania huían pobres de la
pobreza y sin proyectos. Fue detenido un lunes y el domingo siguiente le aclararon que no
podrían sostenerlo mucho tiempo. Le mostraron por dónde habían escapado otras
personas de ese predio enrejado y custodiado: un pozo tapado que pasaba por debajo del
alambrado y daba al río Zambeze. De noche, podía pasar sin ser visto ni escuchado y cruzar
el río a toda velocidad.

–Sí, largo era, como de acá a calle Rioja –señala Bernardo desde la peatonal Córdoba
hacia la esquina, a unos cien metros, y sigue– El pozo estaba tapado pero poco, para que
no lo vean. Yo saco el barro y paso del otro lado, por abajo de la reja, donde estaba el río.
Nadé junto a la reja, bien pegado. Más allá estaban cocodrilos y los milicos que miraban
todo.

–¿Pero vos veías a los cocodrilos?


–No porque era de noche pero de día venían hasta la reja. Mucha gente murió en ese
campo. Yo sabía eso por la familia de Somalía que hacía mucho estaba ahí.

–Hola, ¿anteojos vendes? –interrumpe una mujer rubia de pelo ondulado.


–Anteojo nada. Tené que ir a Sarmiento, entre Córdoba y Santa Fe –le responde Bernardo
y me explica que los puestos ambulantes tienen prohibido vender anteojos hace unos años
por quejas de las ópticas y que si venden pueden recibir una multa y hasta perder el
permiso provisorio que les renueva la Municipalidad cada año.

Habla en un español completo y entendible, con jerga callejera (desde "chamuyo" a "milico
hijo de puta"). Le cuesta la erre, se come las eses (bien rosarino) y algunas palabras que se
le escapan las busca en inglés. El idioma de Tanzania es Suajili pero los pibes de allá
hablan una mezcla. Por ejemplo, no dicen "Habari gani" como saludarían en un pueblo o
en los países vecinos que también se habla el idioma. Les suena antiguo. Ellos mezclan
palabras en inglés. Preguntan: "Mambo vip?" (¿cómo andás?) y el otro responde: "Mambo
poa" (todo bien). Usan el "ok" o prefieren "box" en lugar de caja. "Kitu Na Box” es cosa en
la caja; una especie de “lo hicimos”.

En la primera hora de trabajo en su puesto de venta, Bernardo no para de hacer cosas.


Ahora repasa cada una de las piezas sobre la mesada con un elemento improvisado. Son las
plumas de un plumero que se le rompió y que ató con un hilo. Todo tiene que estar "limpio,
impecable" porque en la calle hay mucho polvo. Parece un chamán del microcentro.

–¡Qué hacés Berni! –lo saluda un colega de Senegal que pasa caminando sin detenerse
hacia su esquina.
–Chau Papi.

Del otro lado del río Zambezes, mojado y vivo, Bernardo siguió su peregrinación desde
Tanzania a Sudáfrica. Se quedó sin plata y debió empezar de nuevo. Caminó toda la noche
por una selva donde las serpientes eran una amenaza latente. Al otro día, al amanecer,
salió a un puesto de ruta donde paraban camioneros en busca de comida, alcohol y
mujeres.

Agotado, con sed y hambre, estuvo horas sentado sin saber cómo seguir. Una mujer le tuvo
lástima y lo ayudó.

–¿Y vos qué hacés acá?


–Soy de Tanzania. Quiero ir a Maputo. No comí nada.

Bernardo no la menciona como una prostituta o trabajadora sexual; recuerda que ella
estaba con "su amante" y que lo vio a él mientras estaban "transando". Le dio un plato de
carne y cuando el chofer que estaba con ella salió hacia Maputo le pidió que lo llevara.

–Vamos, pero vos vas atrás porque no tenés documentos.

Se acomodó en el acoplado, en un hueco entre la lona superior y la carga de maíz.


–¿Quiere probar alguno, señora?
–¿Cuánto salen?
–Ese 400, es de acero, acero.
–Otro día paso.
–Cuando quiera señora.

Bernard aprendió a leer a los clientes. Hay algo en el tono de la voz, en la forma que tocan
la mercancía que le indica si van a comprar, si necesitan algo de "chispa" para hacerlo (una
palabra o una rebaja), o si no hay nada que él pueda hacer; van a mirar para irse sin llevar
nada.

El viaje a Maputo fue largo, casi un día, y el conductor lo dejó en un mercado de


productores. Estaba solo. Imitó a los demás. Cuando llegaba un camión se acercaba y si
hacía falta gente lo llamaban. Descargaba y le daban unas monedas. Después de dos días,
conoció a unos pibes y se fue al centro de la ciudad con ellos. Había una zona con gente de
Tanzania y encontró a un amigo de Dar es Salam: Iumanne.

–¿Estos a cuánto están? –pregunta una de las tres mujeres de 40 y pico que se prueban
sombreros, divertidas.
–Estos mil y estos 450.

La más decidida agarra uno tipo piluso de color negro. Bernardo saca un espejo de mano y
se lo ofrece.

–Ese te combina –dice el vendedor y aparece la "chispa".


–¿Hay más grande? ¿El talle 58 es el máximo?
–Es el más común.
–Te dijo cabezona –chicanea una de las amigas.
–No, no, eso lo dijiste vos, yo dije que era el común.

Entre risas, la mujer paga 450 pesos y se lleva el gorro en una bolsa. Bernardo guarda la
plata en una billetera que simula ser un billete de 500 euros. Son las 10.30. Todavía no
agotó el preciso despliegue de las lonas con flores, camellos y elefantes pero cierra la
primera venta.

En el centro de Maputo, sobre el océano Índico, frente al sur de la isla de Madagascar,


compartió comida y pensión con Iumanne y otros amigos. Planificaron cómo cruzar la
frontera hacia Sudáfrica y llegar a Johanesburgo. Partieron cuatro en un tren. Sabían que
antes de llegar tenían que saltar porque viajaban sin papeles.

"El tren empieza a tocar bocina y a frenar –explica y señala con su brazo en alto–. Es como
si vamos a la estación Rosario Norte y apenas cruzamos Presidente Roca hay que saltar,
antes, porque allá hay muchos controles".

Los cuatro se lanzaron al campo, sin caminos ni mapas, y con miedo: "Es un lugar terrible,
terrible. Hay mucho bandido en esa frontera, guerrillero, quedaron ahí después de guerra
en Mozambique, y se suben a los trenes y roban todo, todo, o secuestran persona; también
cobran por cruzar gente". Caminaron y caminaron. Se encontraron con un señor muy
amable que vivía en un rancho humilde de paja y barro. Los trató muy bien. Muy educado.
Los invitó a comer a su casa. Hablaba un poco portugués, un poco suajili y un poco inglés.
Parecía un hombre de mundo. Charlaron todo el día.

"A la noche nos dimos cuenta que era el jefe de la mafia, de los bandidos. Le dimos la plata
que teníamos y unas zapatillas. A la madrugada, como a las 4, nos llevó a un lugar. Fuimos
cinco o seis cuadras, como de acá a 9 de Julio, así, no se veía nada pero había un bar, sin
luz, apenas unas velitas, solo entre ellos se conocían. Y este tipo se fue y nos dejó con otro
hombre. Había otra gente para cruzar la frontera, de Zimbawe y de Malawi", sigue
Bernardo, ahora muy concentrado, como si hace mucho no pensara en aquello.

Atravesaron rejas rotas y fueron por un camino que ya estaba trazado, entre campos de
naranja y caña. Las minas explosivas sembradas en el largo conflicto de 1977 a 1992
todavía eran un riesgo en 2001 y recién en 2015 Mozambique declaró su territorio libre de
esa amenaza bajo tierra, que prolongó el pánico de la guerra por décadas. Se detuvieron en
un punto: "Vino otro tipo corriendo. Rápido. Así: pa, pa, paa. Se fue y al rato volvió con
una, una, cómo se llama, trafic chica. Nos subimos los doce o quince que éramos y fuimos
como de acá a San Nicolás. El auto paró y el tipo dice: «Acá es Sudáfrica. Andá». Los otros
que tenían plata siguieron en la trafic porque faltaba hasta Johanesburgo pero a nosotros
nos dejaron tirados ahí".

–Among us, el impostor –ofrece Luis en el puesto de muñequitos y legos para chicos, a
cinco metros hacia la esquina y sobre la peatonal.

Suena la radio de fondo y los golpes de un comercio de ropa a la vuelta, por Córdoba, que
se está ampliando: el dueño alquiló el local desocupado de al lado. Una rareza entre la
malaria económica del posmacrismo y la pandemia.

Hace un rato pasó un hombre de unos 60 años que tiene un negocio en la otra cuadra y le
comentó a Bernardo, con tono cómplice, sobre esos ruidos.

–¿A cuánto crees que paga ese alquiler?


–¿200 mil?
–250, más los empleados, los servicios; ¿cuánto tenés que vender? Hay mucha plata ahí.

Lo primero que encontraron Bernardo y sus amigos en la zona rural de Sudáfrica fue un
campo de pomelos de 20 hectáreas en medio de la cosecha. El dueño era un sudafricano
blanco. Aclara que alguien era "blanco" por primera vez desde su relato. Se levantaban a
las 6 y recogían pomelos hasta las 17, sin descanso. Las espinas de la planta lastimaban las
manos. Colectaban los frutos, uno por uno, y los ponían en una bolsa. No les permitían
detenerse y los controlaban. Les pagaron poco y nada. "Trabajo esclavo, eso fue horrible",
recuerda, enojado.

Al segundo día en ese campo aparecieron las personas que iban a ser llevadas a
Johanesburgo en la trafic. Sin zapatillas, sin ropa, sin dinero y golpeados. "Estaban todos
sucios, eran otros. «Tienen suerte», nos dijeron. Nosotros zafamos porque le caímos bien
al tipo, al jefe de la mafia. O porque pensó: «Tanzanianos no tienen plata, solo van a
probar suerte»".

La semana de cosecha le dejó 150 rand en el bolsillo y el cuerpo flaco y agotado. Como en
Johanesburgo hay muchos controles los cuatro amigos decidieron separarse. Bernardo
siguió con Iumanne. El viaje en un camión de frutas, dentro del acoplado cerrado, les salió
100 rand a cada uno. Le quedaron otros 50 para comer en la ciudad más poblada del país,
que fue un asentamiento minero de oro en el siglo XIX. En zulú, Johanesburgo es Egoli,
"lugar de oro".

Los relojes que vende Bernardo en la peatonal van de los más chicos coloridos hasta los
grandes de malla metálica o negros. Ya no vende cosas de oro como cuando empezó. En
2002, tenía una bandejita con anillos de oro 14 y 18. A medida que el peso se fue
devaluando en aquellos meses que siguieron al quiebre de la convertibilidad, el oro se hizo
cada vez más caro. Viajaba a Buenos Aires con Stephen, el primer africano que conoció en
Rosario y que ya tenía un paragüitas. Conseguían su mercadería en calle Libertador.

La Fundación para Migrantes y Refugiados "Sin Fronteras" lo ayudó con subsidios para
comida y alojamiento (vía Acnur) y también con un microcrédito para comprar bijouterie
en ese primer año. Después, entre 2003 y 2004, debieron bajar la calidad y empezaron a
comprar enchapado pero los clientes se quejaban.

–Eh, esto no sirve para nada –les decían. Cambiaron y ampliaron el rubro.

Bernardo hizo su propio camino. A veces John lo ayudaba en el puesto de Entre Ríos y
Córdoba. En Rosario eran “medio hermanos” por lado paterno. Eso le dijo Bernardo a las
autoridades porque John no hablaba. No se trata de engañar o mentir, un tema siempre
vidrioso en el relato de los desplazados, sino de sobrevivir.

Cuando Berni se abrió un local de ropa propio, en 2006 (le cuestan las fechas exactas), le
dejó el control de esa esquina estratégica a su amigo de Tanzania. En 2009, por otra crisis,
volvió a la calle y John se fue a Brasil. Ocho años después de la experiencia en el buque
petrolero que cruzó el Atlántico y llegó a General Lagos, los dos se separaron.

***

Johanesburgo es una ciudad muy violenta. "Estás hablando así y pum mataron a uno al
lado. Muchos matones, mucho tiro. Mucho tiempo de guerra y todo el mundo anda
armado", resume a 20 años de su paso por esa ciudad. Estuvo un mes y no le gustó. El viaje
siguió hasta Ciudad del Cabo, donde encontró a John y conoció a otros jóvenes de
Tanzania. En Johanesburgo la mayoría es zulú, "negros así como yo", pero en Ciudad del
Cabo están los africans, "mestizos, como los brasileros". "En el centro hay mucho control
pero en los barrios hay pandillla, mucha pandilla, hablan todos así", dice y mueve las
manos como un rapero.

Bernardo acomoda los relojes en el centro de la mesa, en hilera y uno encima del otro:
pone la correa debajo de la cara del de atrás. Si falta uno se da cuenta enseguida porque
queda un hueco en esa cadena. Lo hace para detectar robos. El mes pasado un pibito le
manoteó uno. Él solo vio un movimiento de la mano pero confirmó el hurto cuando
advirtió la irregularidad en su mesada y salió a correrlo. Lo atrapó antes de llegar a la
esquina y le gritó: "Dame el reloj". "No, no, no tengo nada...", le respondió el chico que fue
interrumpido por una cachetada. La mano negra y pesada cayó sobre su nuca y le hizo
cambiar el relato: "Tomá, tomá, tomá". Bernardo recuperó el reloj y le avisó: "No lo hagas
nunca más".

Al revivir el episodio se pone serio y algo de furia se cuela en los ojos. Los gestos rígidos, el
cuerpo firme. "Son pibitos, rateritos, ahora cuando pasa me saluda: «Ey, amigo, vos sos
amigo, perdoname»". No ocurre todo el tiempo pero pasa. Por eso, nunca puede relajarse
del todo en el puesto. "Sí, estoy siempre alerta", confirma.

La primera pelea en Ciudad de Cabo fue junto a John y otros amigos en un baño público.
"Un baño público, gratis, cerca de un shopping y la montaña. Sudáfrica es lindo, todo
limpio, con duchas calientes. John se estaba bañando y vino un grupo de africans",
introduce de a poco. Le gusta su rol de narrador, ahora.

–Eh, salí vos que me toca a mi.


–No, yo llegué primero.
–¿Qué dijiste?

Bernardo saca una mano entre el perchero con los sombreros y el lateral donde cuelgan los
bolsos. Pum, pa, pam. Hamaca el cuerpo y saca otra piña cortita. Se ríe. Me dice que ellos
eran seis y los otros ocho, más o menos. Les ganaron: "Nosotros más fuertes, ellos no
saben pelear. Después de todo lo que pasamos, ¿qué, le voy a tener miedo a una piña?".

–Ey, tío, ¿cuánto sale el sombrero? –pregunta un taxista desde el auto.


–Mil.

Al minuto, un hombre de unos 50 años, poco pelo canoso, de chomba rosa y bolsita
amarilla se le acerca por atrás y le susurra algo al oído. Parece un viejo espía ruso.

–A San Martín y Córdoba tené que ir –responde seco Bernardo y lo mira irse con
desconfianza. El ex KGB lo confundió con uno de los arbolitos que venden dólares de
forma ilegal. El mercado que le dicen blue para no decirle negro.

Los africans se fueron al barrio de atrás del baño y volvieron con 20 o 30. Quizás estaban
armados. Sin dejar de moverse, entusiasmado, Berni cuenta que ellos se escaparon a
tiempo. Después de eso no hubo más peleas en el baño. "Quedó el respeto, cada uno
esperaba su lugar para la ducha", cierra.

A dos semanas de haber llegado a Ciudad del Cabo, se hizo un lugar entre los tanzanos.
Paraba debajo del viaducto en Waterfront, el extremo sudeste de África, zona de avenidas,
centros comerciales y puertos. Aunque los pibes de Dar es Salam (su ciudad) estaban todos
juntos, se armaban subgrupos que respondían a los barrios o zonas de origen. "Es como
venir de Buenos Aires y hay unos de Palermo, otros de Once, otros de Caballito", compara.
Él era el único de Mwenge, un barrio bajo a siete kilómetros de la playa.

Una noche fría de mayo tomaba vodka debajo del puente, antes de tirarse en su pedazo de
cartón y con su overol cerrado como abrigo. Estaba demasiado suelto para ser un novato y
a los más viejos eso no le gustaba. En general, los recién llegados se quedaban callados y
quietos a un costado. Él no. Agarraba la botella Smirnoff y hablaba con sus amigos. Se
reían. "¿Este canchero quién es?", dice Bernardo que pensaron los guapos. Uno de ellos, un
hombre de unos 30 años que le decían Dosho (algo así como rollo de plata en el bolsillo),
líder de Tandika, del sur de Dar es Salam, quiso marcar la zona. Le dijo algo al pasar, él
respondió y la ira que latía en el aire se condensó.

–Pendejo de mierda –le gritó Dosho, agarró la olla con aceite para cocinar que ardía sobre
el fuego compartido en el piso y se lo tiró hacia la cara.

Bernardo reaccionó veloz. Lo cuenta ahora y se agacha de manera que el aceite pasa de
largo y derrama sobre la mesada, a la altura de las billeteras de cuero y las que imitan un
billete de cien dólares, al lado de los relojes. Y se impulsa hacia adelante con los brazos
abiertos sobre el fantasma de Dosho. "Me tiré y le dí, pa, pa, pa", relata y explica que los
amigos del otro se habrán dado cuenta que él tenía más fuerza porque los separaron.

–Te voy a encontrar un día durmiendo y te voy a matar.

No fue una amenaza. Fue un aviso. "Esta no es tu vida, te tenés que ir de acá", fue lo que se
dijo y una semana después, en junio de 2001 y con 21 años, se fugaba en el barco con
Johny.
Capítulo seis. Los nuevos refugiados
Bernardo Joseph está enojado. Es de noche y después de un largo día de trabajo discute
con Florencia Reybet, su mujer, en el comedor de la casa de calle Córdoba al 2500, donde
además funciona la Asociación Civil de Tanzania en Rosario. Jameike, un joven nigeriano
que llegó al país hace unas semanas como polizón y habla poco y nada, los mira en silencio
desde el sillón.

Bernardo y Florencia discuten sobre el problema que se desató casi en paralelo al arribo de
Jameike. Dos chicos de Sierra Leona que tienen 17 años fueron mandados a una institución
provincial de Alvear por ser menores de edad. Pero ahí la están pasando muy mal.

Es extraño pero se dieron tres arribos de jóvenes polizones con pocas horas de diferencia
entre el 18 y el 19 de febrero de este 2022. Berni, como referente de los migrantes africanos
en la ciudad, junto a Flor, que gestiona lo que define como una "casa de familia afro", se
hacen cargo de ellos.

La ausencia del Estado en este tema no es total. Existe la Dirección Nacional de


Migraciones que recibe la petición formal de las personas que piden ser refugiadas, porque
su vida o su seguridad están en riesgo. Mientras se define esa situación, esa oficina otorga
una "residencia precaria".

En el caso de los adolescentes de Sierra Leona también actúa la Secretaría de los Derechos
de la Niñez, Adolescencia y Familia de Santa Fe. Pero no hay programas ni planes de
contención y alojamiento para quienes ingresan al país de forma irregular y piden ayuda.

Jameike, que ahora está sentado firme ante el televisor y mira sin ver, es una evidencia de
esas carencias de redes oficiales. Tiene 25 años y lo bajaron de un barco el sábado 19 de
febrero pasado en Puerto General San Martín. “Fue abandono de persona", aclara
Bernardo. Se quedó una primera noche escondido ahí y al otro día salió en busca de
comida. Unos chicos avisaron a la comisaría de San Lorenzo, donde durmió el domingo 20.
Recién el lunes, personal de Migraciones le hizo la entrevista legal pero no había donde
llevar al joven nigeriano.

Mohamed Baldé es en San Lorenzo un referente como lo son en Rosario Berni (el más
antiguo de los polizones en la ciudad) o Stephen Amoakohene, Steve, que es de Ghana y
está desde 1999. Mohamed también hizo el viaje en 2001. Escapó de la guerra en Liberia.
Fue encontrado desnutrido en un barco junto a un amigo, que no sobrevivió. Hace años es
camillero en un centro de salud. Las autoridades lo llamaron para que cuidara a Jameike.

Unos días más tarde, Mohamed visitó a Bernardo en su puesto de vendedor de la peatonal
y le presentó al recién llegado. Le dijo que él no podía hacerse cargo de Jameike porque
tenía que trabajar. Así, el joven nigeriano terminó como un quinto integrante de la familia
Joseph en la casa de Córdoba al 2500. Flaco y alto, se levanta del sillón. Es prolijo como un
monaguillo, le cuelga un rosario de la muñeca derecha. Responde a las preguntas con
pocas palabras en inglés y unos ojos bien abiertos.

Florencia se suma y aclara cosas que Jameike no dice. Morocha, de pelo lacio, extrovertida
y frontal, con una voz afónica y risa contagiosa, a ella no le cuesta ser solidaria, cocinar
para muchos, organizar y concretar actividades pero Jameike no responde. Faltó a sus
clases de español y en la casa no colabora. Además de buscar una solución para él, ahora
hablan con Bernard sobre los dos chicos de Sierra Leona que hace semanas padecen en el
centro para menores Colonia Astengo de Alvear.

Se llaman Alpha y Sallieu. Llegaron en un barco el 18 de febrero a Puerto San Martín y


desde entonces conviven con otros adolescentes con problemas de adicciones o en conflicto
con la ley penal. Desde allá cuentan que reciben amenazas, les pegan y les dicen que si se
quejan los van a deportar.

Es de noche y Bernardo, con el torso desnudo y una toalla cruzada al hombro porque
estaba haciendo gimnasia arriba de la casa, describe la situación y se le inyectan los ojos de
furia. Cree que tienen que hacer algo. Se lo plantea a su mujer. Hace un rato, habló con
Alpha y Sallieu.

–Les dije que ellos se tienen que defender si les pegan, que nadie los va expulsar del país,
eso es mentira y los otros pibes se aprovechan. Les pegan porque son negros.

Flor piensa posibles formas de resolver los dos conflictos paralelos. A ella le molesta el
doble estándar que existe con la promocionada "visa humanitaria" para refugiados de
Ucrania, tras la invasión de Rusia.

–¡Dicen que van a recibir a diez mil ucranianos y no pueden hacerse cargo de tres
polizones que vienen cada tanto!

***

Mucho antes de esa discusión en el comedor del macrocentro, en la lejana primavera de


2009, Flor y Berni se conocieron. Era un domingo de septiembre cuando él ofrecía lentes
en la playa de La Florida, en la zona norte. Había cerrado su puesto de ropa urbana en el
centro (con su marca “West Gang”) y volvía obligado a la venta ambulante. Flor tomaba sol
con amigas cuando escuchó que Berni hablaba con Isack, su compañero, en otro idioma y
pensó que él no la entendería.

–¡No, negro, qué bueno que estás! Me voy a casar con este negro chicas.

–Ah mirá, qué casualidad, yo también me enamoré –la sorprendió él en un castellano


crudo pero claro.

Flor quedó muda y se recompuso. Le dijo que tenía 20. Él le mintió y se sacó tres años: 26.
Le pidió el número de teléfono pero ella quiso estirar un poco más la situación. No era
momento de aplicaciones ni de Whatsapp y el celular era algo personal. Pensó que la
semana siguiente se lo daría. Pero no se hablaron. Después llegaron las lluvias de octubre y
ella creyó que había perdido su oportunidad.

–Me gusta de verdad chicas –insistía Flor en el local de ropa de Entre Ríos y Córdoba
donde trabajaba todos los días doce horas–. Como me perdí al negro de la Florida.

–Basta Florencia, son todos iguales, buscate otro.

–No, no son iguales.

En eso estaba cuando un mediodía, un martes 17 de noviembre de 2009, mientras doblaba


pantalones, vio por la vidriera a ese muchachote que montaba un puesto de venta de
bijouterie bien enfrente. Berni estaba con John, un chico recién llegado desde Nigeria. Flor
aprovechó que se iba una compañera de trabajo y le mandó su número de teléfono escrito
en un papel.
–Lleváselo porque esta vez no me lo voy a perder. Es el de remera gris.

Pero justo Berni se fue y su amiga le dio el mensaje a John, que tenía una remera gris pero
más oscura. “¡No, no, no, ese no es, el que se está yendo!”, lamentó ella del otro lado de la
vidriera. Al rato, le llegó un mensaje de texto a su teléfono. Era del chico que hacía apenas
dos meses estaba en Argentina.

–Hola mi nombre es John pero me podés decir Juan si querés.

Flor aclaró el malentendido con el Don Juan equivocado y ese mismo día a la noche habló
por teléfono con Berni. Quedaron en encontrarse para cenar el jueves en Rioja y San
Martín. Ella llegó diez minutos antes y lo vio en la esquina. Esa imagen extraña, ese otro
desconocido, le pareció por primera vez peligroso. “¿Y si es un extranjero que se aprovecha
de las mujeres, si está en la trata?”, pensó. El imaginario del foráneo como una amenaza
que suele replicarse en los medios se le instaló en el cuerpo. Lo espío un rato y cuando se
estaba yendo cambió de opinión. Confió en lo que sentía y fue a su encuentro. Cuando él le
dio la mano para cruzar la calle un calor le asaltó la nuca. No sabía si era emoción o miedo
hasta que un rato más tarde, en Bola Ocho, después de pedir una Pepsi ella y una cerveza
él, le dio el primer beso.

Desde entonces, los 19 de noviembre festejan su aniversario. Se fueron a vivir juntos


rápido. Antes del año de novios ella quedó embarazada. Berni no llegó a contarle a su
madre en Tanzania, Adiventina Mimo, que sería abuela porque murió unas semanas antes.
La niña nació por cesárea la madrugada del 20 de enero de 2011. Berni casi se desmaya al
asomarse por la ventana de la operación. Lo hizo porque tenía miedo que le robaran a su
hija. No llegó a perder el conocimiento. Lo salvó el llanto de la recién nacida. El llanto de
Adiventina Joseph. Lograr que le aceptaran ese nombre en el Registro Civil fue todo un
desafío. Uno más entre tantos.

Dos años después llegó Cristopher. Ahora tienen 42 y 33 años y una familia afroargentina
con dos hijos de 11 y 9 que tratan de ayudar a los que, como Berni, llegan a un nuevo
continente sin ninguna red de contención. Todos los días, con sus desayunos generosos,
sus rutinas prolijas y estrictas, su inagotable energía, construyen eso que los académicos
llaman “interculturalidad”.

***

Sallieu plancha una camisa sobre la mesa del comedor mientras Florencia y Bernardo lo
miran. El chico de 17 años que llegó escondido en un barco a Puerto General San Martín
está más tranquilo que hace una semana, cuando estaba en un hogar hostil de Alvear. Salió
el 31 de enero de Freetown, capital de Sierra Leona, y tras 20 días de viaje en un buque
cerealero arribó al Gran Rosario sin tener idea de dónde estaba.

En el cuarto día como polizón conoció a Alpha, que ahora mira el resumen de noticias del
canal TN en el sillón donde hace una semana estaba Jameike. Con el apoyo de la
Fundación Sin Fronteras y el Programa sobre Migrantes de la Municipalidad, llevaron al
joven nigeriano de 25 años a una pensión del centro, donde residen también varios
senegaleses en la ciudad. Alpha, que como Salliu tiene 17 y es de Freetown, trata de
entender de qué se tratan esas armas que ve en la tele. El graph informa de un secuestro de
un arsenal en un operativo en Buenos Aires pero él no lee español aún.

Como son menores de edad, la provincia los derivó en un primer momento al centro
Colonia Astengo. La estadía no fue fácil ahí. La noche en que Bernardo les dijo que se
defendieran si eran atacados, ellos dos lo hicieron. Hubo una batalla de madrugada en el
hogar para menores. Cabezas cortadas, manos marcadas. Y a los cuatro días, el viernes 11
de marzo de 2022, Flor y Berni fueron a buscar en un auto a Sallieu y Alpha para sacarlos
de ahí. Pudieron hacerlo gracias a una rápida reacción de la directora de Niñez provincial,
Patricia Virgilio, cuando le advirtieron de la tensión existente. Aunque ese apoyo
institucional inicial después se diluyó.

–Felices –alcanza a decir Sallieu entre las primeras palabras aprendidas del castellano
mientras plancha.

Alpha se acerca a la mesa y cuenta algo de la difícil travesía que vivieron en conjunto. Él
partió sin nada, escondido en la grúa 2 del barco. Al tercer día no aguantó más la sed y el
hambre y salió a la cubierta. Un día después, Sallieu, que sí había llevado un poco de agua
y galletitas, dejó el escondite en el depósito 4.

Los dos aseguran que se fueron de su país porque hay muchos problemas económicos,
pobreza, corrupción y violencia. Aclaran que la guerra civil terminó en 2002 pero que aún
los 18 grupos étnicos no conviven de forma pacífica. El presidente que asume, por ejemplo,
suele ocupar el poder con todos dirigentes de su tribu y relega a las otras.

Alpha es cristiano y de la etnia limba, mientras que Sallieu es musulmán y temne. Llegaron
el viernes pasado a esta casa de Córdoba al 2500 y todo cambió para ellos. En esta primera
semana de estadía, Florencia los llevó a clases de idioma, a tocar tambores en el Ensamble,
a comprar ropa e incluso lanzó una colecta de zapatillas. Fue casi una cruzada: usan talles
44 y 45. Pero los rosarinos respondieron. Una amiga de Flor les donó la camisa que Sallieu
plancha esta mañana.

Mientras juegan con Queen, la caniche de la casa, se sacan fotos y se hacen chistes:

–Portense bien que los mandamos de nuevo al Astengo –dice Flor mientras mira a la
cámara de Rosario3.
–¡No Astengo no, mami! –gritan ellos. Le dicen “mami”.
Alpha ya fue a rezar a la catedral. Algo similar hizo Bernard cuando llegó a Rosario en
2001. Él también es creyente y católico, al punto que Adiventina y Cristopher (e incluso
Florencia) participaron del pesebre oficial en la última Navidad (mientras él preparaba el
asado familiar).

Sallieu, que es musulmán, tuvo que esperar un poco más pero irá mañana a orar por
primera vez a una mezquita en la ciudad.
***

Ya es abril, un mes después de alojar en su casa a Alpha y Sallieu, y Bernardo y Florencia


no logran asistencia económica ni del gobierno nacional, ni del provincial, ni del
municipal. Ellos sustentan el techo y la comida de los chicos de Sierra Leona con sus
ingresos. Mientras Berni trabaja en la peatonal, Flor gestiona sin éxito.

Con la voluntad de ayudar no alcanza, o alcanza por un tiempo. Para eso existen las
estructuras estatales, con presupuestos y funcionarios. La provincia, a través de la
Secretaría de Niñez, había ofrecido subsidios para acompañar los gastos diarios pero no se
concretaron. Solo donaron dos colchones, resume ella. Una mañana fueron asistentes
sociales a su casa y les ofrecieron firmar un contrato en donde ellos debían asumirse como
“familia acogedora” de los adolescentes.

El Estado se corría de su rol pero les exigía a la pareja “atender las necesidades
psico-físicas y materiales” y garantizar “el cumplimiento de todos sus derechos”; caso
contrario la dirección provincial “podría iniciar acciones legales”. No aceptaron. Pasaron
los días y toda la situación se tensó. Empezaron las diferencias también en la casa con los
chicos.

Después de muchas promesas incumplidas, Berni exige a las autoridades locales de Niñez
que consigan un nuevo lugar de alojamiento para los adolescentes. Es muy claro en una
cosa: no pueden volver a la Colonia Astengo de Alvear. Como las reuniones se posponen y
suspenden, les da un ultimátum: el lunes 25 de abril. Ese día va a las oficinas de la cortada
Ricardone al 1300.

–Sí, estamos haciendo todo lo posible para conseguir un espacio para los chicos.
–No, yo no me muevo de acá hasta que encuentren un lugar. ¿Cómo puede ser que
nosotros nos hagamos cargo durante casi dos meses y la provincia no puede alojar a dos
chicos?

Berni se planta en la oficina. Hay movimientos y llamadas. Le dicen que tienen una
solución.

–Los vamos a llevar a la Colonia Astengo.


–¿Qué? No, ahí no pueden ir, ya dijeron que ahí no quieren volver.

En ese momento de hartazgo Berni se detiene a ver las carpetas apiladas en las oficinas. El
mobiliario de una burocracia exasperante. Imagina la suerte de los expedientes que
quedaron abajo de todo. Mira también los folletos y afiches. “Tienen plata para todo esto
pero no para las personas que lo necesitan”, piensa.

–Bueno, si nadie nos va a dar una respuesta, mañana aviso a los canales 3 y 5 y nos
venimos para acá.

Al rato suena el teléfono en la oficina. Aparece la solución. 50 días después de su arribo, a


los dos adolescentes africanos les harán un lugar en una pensión del centro de Rosario.

***

Al recordar la tediosa secuencia de negociaciones, Berni dice que el Estado "es lento
como… como un coso" y desde la pared lo mira la figura de un elefante. Entre los adornos
también hay una silueta de una jirafa y de un león. Y a un costado del comedor, un mapa
de África con los países pintados con los colores de sus banderas.

Tanzania está del lado oriental y es verde por su agricultura, amarillo por sus minerales,
negro, “bueno, porque somos negros”, explica Berni, y “el azul es por el mal”, agrega y, a
pesar de la media vida que ya tiene en Rosario, no puede evitar que la erre se diluya en ele
y las dos palabras se fundan en una sola.

Berni nunca pensó en regresar pero ahora sí le gustaría que su familia conozca su tierra y
estar con sus cinco hermanos y sobrinos. De su padre fallecido heredó el nombre y su
parecido físico. Quiere que sus hijos prueben, por ejemplo, la “kibawa chacuku”, unas
alitas de pollo con salsa, que le hacía su hermana cuando era chico. Él se acordó de ella
cuando cocinaba para la Fiesta de las Colectividades de 2021, que se hicieron en modo
delivery por la pandemia, y ofrecieron ese plato típico, entre otros.

El cierre del año pasado llegó con un gran logro para la Asociación de Tanzania. El 9 de
diciembre festejaron el Día de la Independencia y pudieron izar por primera vez la bandera
de forma oficial en el Monumento. Berni encabezó el acto junto a compatriotas que
llegaron de Buenos Aires y Córdoba. “Nunca habíamos cantado nuestro himno con otros
fuera de nuestro país”, explicaron Teodora Tarimo, Witness Brown y Emmanuel Kimario.

Adiventina, la hija de Berni y Flor, también se emocionó. Sus lágrimas, a su vez, quebraron
a su mamá y después a su tía y de pronto estaban las tres rosarinas cantando el himno en
suajili y llorando.

–Sé que es muy importante para mi papá y que con mi mamá lucharon mucho por este
momento –interpretó la niña.

Despúes, en la recorrida oficial por el Monumento (que tiene forma de barco) el guía local
les habló a los tanzanos de cómo la historia argentina ocultó el rol de los negros en las
batallas de la Independencia. Les informó que al soldado Juan Cabral, que le salvó la vida
al general José San Martín, se lo pintó como blanco pero era hijo de un africano y esclavo.

Berni asintió con la cabeza. Después me contó que él sintió la incomodidad de la mirada de
los rosarinos sobre todo los primeros años, cuando había muy pocos africanos: “La gente
cuando nos veía se asustaba, nos veía como algo raro”.

***

Antes de convertirse en alojamiento para polizones recién llegados, la Asociación Civil de


Tanzania creada en 2016 por Bernardo y Florencia coordinó la entrega de bolsones de
comida durante la pandemia de coronavirus. También organizó encuentros para crear una
Cooperativa de Trabajo Africana. Lograron el apoyo de la Organización Internacional para
las Migraciones (OIM). La Municipalidad se comprometió a darles talleres de oficio en
2021.

El objetivo, resume Bernard, era salir de la precariedad de la venta ambulante para


conseguir empleos formales con obra social y estabilidad. Pero los talleres nunca se
concretaron y el grupo de trabajadores interesados se fue diluyendo. En su "Agenda de
Desarrollo Sostenible 2030", la OIM señala a la migración como "un poderoso agente
impulsor" para las sociedades pero advierte que "si no cuenta con una gobernanza
adecuada, también eso podrá tener un impacto negativo sobre el desarrollo".

En este caso, un universo de entre 40 y 50 personas de origen africano, que en su mayoría


viven de la venta ambulante en Rosario, se quedaron sin esa herramienta. Casi la mitad de
ellos llegaron como polizones en barco. Berni y Flor repasan de memoria: Isack de Liberia;
Abdulai, Gassim y Saidú de Guinea, John y Christian de Nigeria; Musah de Mali; Desire de
Camerún; Francois de Costa de Marfi; Christian de Ghana y Michael que es camerunés.
También está Cámara, un joven al que ayudaron en pandemia por problemas de salud
mental y abandono, y David, de Guinea, que va y viene porque tiene una hija en la ciudad.
Es conocido como “Black Doh”, el rapero que protagonizó el muy buen documental “El
gran Río”, con la dirección de Rubén Plataneo y la producción de Virginia Giacosa.

Ese audiovisual que visibilizó el fenómeno es de 2012. Pasó una década. Los chicos como
Alpha y Sallieu siguen llegando y la carencia de una estructura, de un programa mínimo
del Estado que los reciba, se mantiene. Incluso se agravó porque ya no existe el subsidio
directo de la Acnur hacia las personas.

Al grupo rosarino se le suman, por ejemplo, Mohamed de San Lorenzo y un joven de


Nigeria que consiguió un trabajo formal en una empresa de Carcarañá.

Tatiana Cabañas es asesora legal y técnica de la Asociación de Tanzania y otros grupos de


migrantes. Ella aclara que en realidad esa cantidad (40) corresponde a africanos negros.
“Hay africanos blancos, que vinieron de Egipto o de Marruecos, que se mueven en otros
circuitos”, aclara y amplía a entre 50 y 100 personas en la región o que residen de forma
temporal.

Leandro Zaccari, titular de la Fundación Migrantes y Refugiados Sin Fronteras, informa en


primer lugar que “los tres chicos llegados este año son peticionante de refugio”. “En estos
años desde la Fundación hemos trabajado con alrededor de 70 u 80 polizones africanos.
No todos se quedaron en Rosario, aproximadamente un 30%, unas 20 o 30 personas,
siguen en contacto con nosotros”, señala.

En sus trabajos sobre “los migrantes africanos subsaharianos en la ciudad de Rosario”,


María de los Ángeles Gattari, licenciada en Antropología por la Universidad Nacional de
Rosario (UNR) y becaria del Conicet, coincide: si bien no es posible precisar con exactitud
el número, a partir del trabajo de campo realizado estima que 50 migrantes residen en la
ciudad. Cita como antecedente el último censo nacional de población de 2010. En
Argentina residían 2.738 migrantes africanos y en el departamento Rosario había 49.

Al igual que a nivel nacional, Senegal es el país de procedencia con mayor número de
migrantes. La gran mayoría son hombres. “Sólo he conocido a dos mujeres, una de origen
senegalés, que reside en la ciudad con sus hermanos y otra joven ghanesa que viajó sola y
que actualmente se encuentra en Buenos Aires”, escribió Gattari en un informe de 2021.
Unos diez migrantes, agrega, formaron familia en la ciudad, entre ellos Berni y Steve.

Existen cuatro agrupaciones: la Asociación Africana de Rosario (es la primera, surgió para
participar de la feria de las Colectividades en 2013 con entre 20 y 30 integrantes y después
hubo diferencias internas y escisiones); la Asociación Senegalesa (desde 2017, unos 15
miembros), la Unión de Países de África del Oeste y la Asociación Civil de Tanzania.

La falta de programas y de atención estatal coordinada sobre esa nueva población tiene un
doble motivo. Por un lado, como reconoce el coordinador del Programa de Migraciones de
Rosario, Ruben Chababo, Argentina está atravesada por demandas sociales, con una
pobreza que supera el 50% de los chicos y adolescentes. La ciudad, dentro de ese escenario,
ofrece una buena cobertura de salud pública y redes solidarias locales que buscan que
nadie se quede en la calle sin asistencia. El segundo punto es que los jóvenes africanos
llegados como polizones son pocos. Constituyen, en todo caso, excepciones.

Chababo desarrolla junto a la UNR un programa que pueda articular las áreas ya existentes
y darle organicidad al trabajo. Que ante una urgencia, exista un protocolo sencillo para
poner en marcha los recursos disponibles.

El director de la delegación local de Migraciones, Matías Fernández, explicó la legislación


actual pero no dio datos actualizados para este trabajo porque se trata de “información
sensible”. El último informe de la Comisión Nacional para los Refugiados (Conare) señala
que en los últimos cinco años (2017-2021), hubo 11.507 solicitudes de refugio en
Argentina. Personas “perseguidas por motivos de raza, religión, nacionalidad” que "han
huido porque su vida, seguridad o libertad se encontraban amenazadas por violencia
generalizada, conflictos armados o violaciones masivas de derechos humanos".

En la oficina de Rosario apenas se iniciaron 41 de todos esos trámites (no llega ni al 1%). La
Conare otorgó 868 estatus de refugiados. Solo figuran dos personas de Ghana y tres de
Nigeria, entre las nacionalidades africanas.

Además, un documento de la Acnur de diciembre de 2021 reconoce en Argentina 4.075


refugiados y 11.082 solicitantes de asilo. No hay nacionalidades africanas entre los diez
principales orígenes de los refugiados y entre los solicitantes de asilo aparece segundo
Senegal y más abajo Ghana.

Ante una consulta de Rosario3, desde la Oficina Regional para el Sur de América Latina
de la Acnur confirmaron que no existe más información sobre jóvenes africanos que
ingresan al país de forma irregular.

La palabra “polizones” no aparece en esos informes. Como si nunca hubieran llegado. Pero
ahí están, hace más de 20 años, creando una nueva ciudad.

***

Las historias de la calle suelen ser ninguneadas por el registro oficial. El Estado nacional
sabe que 2.378 barcos transoceánicos utilizaron la vía navegable del Paraná entre
septiembre de 2021 y marzo de 2022, con un pico de 397 ese último mes. Sabe que el 64%
fueron buques graneleros, el 17% de tipo contenedor y otro 12%, tanque. Y que pagaron por
trasladar mercaderías por esa “autopista líquida” 110,34 millones de dólares, solo en ese
semestre.
Pero el mismo Estado desconoce cuántos humanos, considerados clandestinos, llegaron en
esas moles de acero que surcan el humedal y se bajaron en los 20 puertos del Gran
Rosario. Se impone la dinámica que expulsa los sobrantes. Pero hay otras capas debajo de
esa realidad. Otro flujo de tiempo, una suerte de memoria que conecta pasado, presente y
futuro.

Como si los esclavos del Zong arrojados al mar en 1700; los llegados en barcos que fueron
enviados a las guerras argentinas en los 1800; los invisibilizados por la historia blanca en
los 1900 (como bien cuenta la serie santafesina “Negros”); y los cuerpos que en los 2000
fueron desechados del RM Power o los empujados a la informalidad de la calle de Rosario;
como si todos ellos formaran parte de un mismo largo viaje. Un flujo que vuelve a empezar
y a recrear su futuro.

Cuando Bernardo arribó en 2001 a estas tierras no había una casa afrorrosarina para
alojarlo como sí tuvieron, aunque sea de forma temporal, Alpha y Sallieu. Esa construcción
es nueva.

La última charla, antes de cerrar este trabajo y después de leer el texto, sólo objetó una
cosa. No le gustó que haya puesto que el plumerito que usa para limpiar su puesto de venta
de la peatonal estaba atado de forma precaria con un hilo. Flor aprovechó y le reprochó
que se comprara uno nuevo. Más tarde, Berni me mandó un mensaje de audio por
Whatsapp: dijo que le gustaría aclarar un concepto.

"El otro día estaba leyendo un informe sobre los extranjeros que vienen a Rosario. Decía
que los chinos se dedican a los supermercados, los paraguayos a la construcción y nosotros
los africanos a ser vendedores ambulantes. Pero la razón de estar en la calle es que a la
mayoría de los refugiados no le dan una oportunidad, un curso de oficio o un trabajo
digno. Y como no tienen algo para hacer, los que ya hace mucho tiempo estamos acá les
enseñamos a nuestros compañeros para que por lo menos puedan vender en la calle para
sobrevivir", dice.

"Por eso los africanos estamos trabajando en la calle. Y queremos que los chicos nuevos
que vinieron puedan ir a estudiar y a la facultad y tengan un oficio, y no estar como
nosotros. Sería bueno que la gente sepa porque pasa esto, no es porque nos gusta estar
vendiendo en la calle", agrega. Para ese horizonte también trabaja él y su familia.

* Este proyecto periodístico fue seleccionado y formó parte del taller "Cobertura de la migración
y su vínculo con el desarrollo sostenible", de la Fundación Gabo y la Organización Internacional
para las Migraciones (OIM).

** Agradecimientos:
A Berni, Flor y la familia de la Asociación Civil de Tanzania en Rosario.
Al Juzgado Federal nº 3 de Rosario. Al Archivo de Tribunales Provinciales.
A Vani, compañera y primera editora. A Melville.
A todos los entrevistados, consultados y amigos que leyeron borradores.
A los compañeros y las compañeras de Rosario3.

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