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LA VERDAD DEL APRISMO 1 Víctor Raúl Haya de la Torre Primera reunión fraternal de

LA VERDAD DEL APRISMO 1

Víctor Raúl Haya de la Torre

LA VERDAD DEL APRISMO 1 Víctor Raúl Haya de la Torre Primera reunión fraternal de los

Primera reunión fraternal de los dirigentes apristas con Víctor Raúl Haya de la Torre en la sede del diario La Tribuna, en agosto de 1931. Están sentados: Luis Heysen, Carlos Manuel Cox, Haya de la Torre y el legendario Manuel «Cachorro» Seoane. De pie, entre Víctor Raúl y Seoane, está Manuel Arévalo. Apoyada en el brazo del sillón, junto a Seoane, está Magda Portal.

1 ALGUNAS VERDADES DE POLÍTICA GENERAL

El Aprismo ha introducido en su filosofía este principio general: «La política es relativista y su relatividad está determinada por el espacio histórico en que se desarrolla la vida de los pueblos –medio geográfico, raza, psicología–, y, por el tiempo histórico, que marca el grado de su evolución económica política y cultural, la etapa de su desarrollo material y espiritual».

1 El presente texto fue publicado como folleto por el Buró de Redactores de Cuadernos Apristas, durante la larga clandestinidad, en junio de 1940. Su finalidad era la formación de cuadros. Aunque el autor fue Haya de la Torre, el texto se refiere a él en tercera persona por tratarse de un documento oficial del PAP.

Este «espacio histórico» y este «tiempo histórico» son inseparables, como se explicará más adelante, y han sido llamados por Haya de la Torre espacio-tiempo histórico, en un solo término.

Así, podemos afirmar que la política es esencialmente relativista, que no tiene un valor absoluto para todas las latitudes y que estas diferencias de latitud (espacio) deben completarse con las diferencias de grado de progreso (tiempo) que marcan fisonomías diferentes para cada grupo de pueblos que se hallen en condiciones semejantes.

Esto explica cómo el nacionalismo de los pueblos de gran desarrollo industrial y poderío militar es un nacionalismo necesariamente imperialista. Mientras que el nacionalismo de los pueblos débiles y por ende conquistables tiene que ser antiimperialista.

El nacionalismo dominador de Japón, por ejemplo, que es país poderoso, industrializado y militarizado, es imperialista. Y el nacionalismo de China que es país débil, agrario y con un grado de evolución retrasado, es anti-imperialista.

De igual manera que el super-nacionalismo de los poderosos países nazi-fascistas tiene que ser agresivo y conquistador y el nacionalismo de un país como los de nuestro continente indoamericano tiene que ser defensivo y opuesto a toda conquista.

Así, el concepto nacionalismo queda, pues, relativizado de acuerdo con el “espacio-tiempo histórico” de cada pueblo o de cada conjunto de pueblos. Y según se trate de pueblos muy desarrollados y muy militarizados o de pueblos todavía retrasados y desarmados, el nacionalismo variará.

Esto mismo nos explica por qué una doctrina política no puede ser universalmente beneficiosa

a todos los pueblos, porque lo que conviene a un grupo de pueblos no conviene a otros. Así el

nazi-fascismo se explica en Alemania o en Italia, países blancos, europeos, super-poblados y francamente imperialistas. Pero no es lo mismo para Abisinia ni lo sería para ningún otro país débil, conquistable o de raza no blanca aria. Por eso el ciudadano de países como Italia o Alemania que es fascista, tiene una mentalidad de dominador y el que es fascista en los países débiles como el nuestro tiene una mentalidad de dominado.

Subrayemos este punto: el fascista alemán o italiano proclama el derecho de conquistar a todos los países débiles y a todos los pueblos de “razas inferiores”. Para ellos sólo hay una raza superior: la aria-blanca-europea. Ahora bien, imaginemos a un fascista criollo de cualquier país de Indoamérica, que es continente de pueblos militarmente débiles y por ende conquistables, de raza india o mestiza en gran proporción. ¿Cómo se justificará su fascismo?

Si un criollo, un mestizo o un indio es fascista en nuestros países no tiene sino una disyuntiva:

o es súbdito de los imperialistas racistas europeos, en cuyo caso es opuesto a la libertad de nuestros países, o es un agente o miembro de las “quintas columnas” en cuyo caso está al

servicio de algún nacionalismo imperialista y es un traidor a su Patria.

De igual manera podemos pensar de un comunista. El comunista ruso justifica su actitud y su ideología en la defensa de Rusia como potencia también conquistadora a su modo (recordemos Polonia, Finlandia y Lituania). Pero no la justifica el comunista de un país débil y conquistable, no industrializado. El fascismo ha sido soportado y apoyado por una mayoría, así como el nazismo en Alemania. Puede ser que el comunismo sea conveniente para Rusia. Pero en otro “espacio-tiempo histórico”, en otros países, de diferente raza, de otro grado de adelanto, de otras condiciones de vida y de otra realidad geográfica, tanto el fascismo como el comunismo devienen extraños, inadaptables.

Y

es que entre las grandes potencias industriales y militares de Europa se explican el fascismo

y

el comunismo que son –hegelianamente hablando– la tesis y antítesis de una oposición de

contrarios típicamente europea. Pero si pretendemos trasplantar el comunismo y el fascismo a

pueblos débiles de otras razas, de otro ritmo de vida, de otra latitud, clima y grado de

evolución –de otro “espacio-tiempo histórico”–, podemos repetir y hacer de corifeos de los actores del drama europeo pero con resultados contrarios a los que el comunismo y fascismo se proponen hacer en sus pueblos de origen. Mientras allá libertan, aquí conquistan; mientras allá convierten a sus países en grandes imperios, aquí cumplen sus ambiciones imperiales formando nuevas colonias.

Por eso, comunismo y fascismo, e imperialismo en general, implican violencia, poderío, prepotencia, ley del fuerte. Y el objeto de la fuerza es conquistar a los más débiles, arrebatarles su libertad y decir que los “libertan” como en el caso de Abisinia por Italia. Imaginemos a un etíope fascista y comprendamos su esclavitud. Traslademos el ejemplo a nuestros pueblos y convendremos que un fascista criollo, como un comunista criollo, sólo conspiran contra la libertad de nuestros pueblos en defensa de los imperialismos totalitarios de los que son vasallos.

Todo esto explica una verdad política fundamental que es necesario reconocer para comprender el sentido del Aprismo. La política es relativista y sólo adoptando este ángulo de observación de los problemas del mundo podrá llegarse a una explicación de la realidad nacional e indoamericana y del complejo panorama universal contemporáneo.

2 LA POSICIÓN PÓLÍTICA DEL APRISMO

De acuerdo con este concepto relativista de la política, el Aprismo fundamenta su ideología en

la

latitud en que aparece. Vale decir en su “espacio-tiempo histórico”.

Y

esto significa que el relativismo de la política está determinado por la realidad geográfica y

social, por el grado de evolución económica, por la raza y la historia de cada colectividad, que todo esto implica el espacio-tiempo histórico.

Y esto significa también que una doctrina, una ideología una norma política y social no puede

ser trasplantada y copiada de un continente a otro, de una raza a otra de un pueblo como un índice dado de evolución cultural a otro que no lo haya alcanzado.

Porque al trasplantarse o exportarse una ideología o doctrina política de una latitud o “espacio- tiempo histórico” a otro, se modificará substancialmente, hasta el punto de resultar contradictoria y confusa.

Este relativismo de la política tiene sus ejemplos individuales en la Historia. Por ejemplo, Bolívar y San Martín oficiales del ejército real español que se sublevaron contra el rey para independizar al continente indoamericano, fueron declarados traidores en España y libertadores en nuestros pueblos. Washington fue el libertador de los Estados Unidos del Norte, desde el punto de vista yanqui, pero fue el traidor de Inglaterra, desde el punto de vista británico. En los tiempos más recientes, cuando Sandino se sublevó en Nicaragua contra el imperialismo yanqui, era aclamado como un héroe en los países indoamericanos mientras la prensa de los Estados Unidos y sus portavoces oficiales lo declaraban “bandido”.

Elevando estos casos individuales a su significado histórico social podremos, pues, afirmar que todo fenómeno político tiene un valor y un contenido que depende del punto de observación desde el que se le estudia y aprecia y del espacio-tiempo en que se realiza y acciona.

Sobre estas bases, el Aprismo ha insurgido en el perú teniendo en cuenta la realidad histórica de nuestro país y del continente Indoamericano del que forma parte; y teniendo en cuenta asimismo, que trasplantar cualquier doctrina política europea a nuestros países es contraproducente y confusionista. Por eso el aprismo ni es comunismo, ni es fascismo, ni es socialismo, ni acepta el concepto democrático sólo cuantitativamente, como en las grandes democracias imperialistas.

No es comunismo, porque esta doctrina europea, cuya concepción fue determinada por la realidad económica industrial de la Europa del siglo XIX, se basa en que, como consecuencia y

negación del industrialismo, la clase proletaria que éste forma se apodera del Estado y establece un orden social que entrega a la comunidad el beneficio total de la producción. Pero como el comunismo implica una previa etapa histórica industrial manufacturera a la que los países de Indoamérica como el Perú todavía no han llegado, es absurdo negar y destruir una organización económico-social que todavía no existe entre nosotros. El Perú, como todos los países de su categoría agrícola-minera, de economía incipiente, tiene una industria colonial, primitiva y predominantemente de materias primas.

No es fascismo, porque esta doctrina europea es, como negación del comunismo, su antítesis, y aunque totalitaria dictatorial y anti-democrática como el comunismo, su contenido difiere, aunque sus normas revolucionarias y violentas y su paganismo, anticapitalismo y exaltación del estado los acerquen mucho. Pero el fascismo se basa en la lucha de razas, en el blanquismo-ario, en el predominio étnico europeo mientras el Comunismo se basa en la lucha de clases. El comunismo implica el imperialismo de la clase proletaria europea; el fascismo es el imperialismo de la raza blanca europea. Ya lo hemos dicho: comunismo y fascismo son la tesis y antítesis de la dialéctica del Viejo Mundo cuyo proceso va seguramente a una síntesis. Pero, de todos modos comunismo y fascismo corresponden a una realidad social, económica y política que no es la nuestra.

No es socialismo, porque esta doctrina europea, es, como se sabe, una variante atenuada del comunismo. Su filosofía es la misma, su posición semejante. El socialismo difiere sólo en métodos del comunismo. La I y II Internacionales parten del mismo origen. Pero la II Internacional Socialista ha sido más pacifista y democrática y ha relegado, en sucesivos, compromisos a segundo término la teoría de la violencia y lucha de clases. Empero, el Socialismo Internacional es, típicamente, una ideología y un movimiento europeo y para la realidad de Europa que es la de los países grandemente industrializados de raza blanca y con clases proletarias socialmente definidas por el alto grado de desarrollo de la economía capitalista.

Repetiremos, una vez más, que nuestra economía, en todos los países de Indoamérica, es vasalla del gran capitalismo cuyas fuentes no están en nuestros países, por ende, economía colonial. Que nuestro industrialismo es incipiente y típico por nuestra realidad geográfica y que la importación de la doctrina socialista internacional europea a nuestros países sólo ha traído un socialismo verbal y formal, unilateral y desvirtuado, burocrático e intelectual pero sin arraigo profundo en la conciencia de nuestros pueblos que intuyen y sienten que sus problemas no son contemplados por doctrinas extranjeras capaces de enunciar generalizaciones pero sin acabar ni plantear soluciones.

No es democracia meramente cuantitativa, de número, liberal y clasista, de tipo británico o francés, porque también la democracia de Inglaterra y Francia –así como en EE.UU.–, es un sistema aplicable a los grandes imperios en donde se ha mantenido sobre la base de pueblos con un alto grado de civilización general y que cuentan con clases burguesas y pequeño- burguesas bien definidas y organizadas. El Aprismo es democrático pero con un criterio cualitativo económico y por eso, aceptando la gran inspiración libertaria de la democracia, preconiza una democracia funcional, económica y social, de tipo nuevo, y característicamente indoamericana ya que considera que el gran error histórico de los hombres de la Independencia fue pretender trasplantar sin discriminación una democracia francesa e inglesa puramente política a la realidad feudal de nuestros pueblos.

Justamente, del fracaso de la importación de la democracia burguesa europea a nuestros países extrae el Aprismo normas de experiencia para advertir que sería sumamente peligroso para ellos seguir imitando sistemas o ideologías europeas que, teóricamente, pueden ser fascinantes, pero que aplicadas a nuestra realidad resultan inadaptables.

III

EL APRISMO ES SU ESPACIO Y EN SU TIEMPO

EL Aprismo surge y actúa en su espacio (medio geográfico, étnico, psicológico), y en su tiempo (época, grado de evolución económica, momento de su desarrollo cultural y político).

De su espacio tiene en cuenta que aparece en el continente Indoamericano, en un país como el Perú cuyos problemas raciales, económicos, educacionales, de producción y de comunicación están por resolver en gran parte. Tiene en cuenta además –para lo que se refiere a su política internacional– que el Perú, como parte de Indoamérica, está ubicado geográficamente formando parte del Nuevo Mundo que se divide en dos sectores desde el punto político: los 48 Estados Unidos del Norte y los 20 Estados Desunidos del Sur. Esta proximidad a la gran nación norteamericana, poderosa, super-industrializada y, por ende, colosalmente rica, determina a los países como el nuestro una actitud política internacional que es necesario esclarecer.

De su tiempo, el Aprismo tiene en cuenta que el “tiempo histórico” es también relativo. No es el tiempo cronológico ni el tiempo biológico. Es un tiempo cuyos lapsos van marcando las etapas de la evolución, el grado de desarrollo y de cultura. Así el “tiempo histórico” de los Estados Unidos no es nuestro tiempo en el Perú aunque ambos vivamos cronológicamente en 1940. Los Estados Unidos, como los países europeos han avanzado en grado de civilización y de cultura hasta alcanzar un plano de desarrollo extraordinario que está lejos del nuestro. Esa lejanía o distancia en la cultura y desarrollo entre un pueblo y otro es “tiempo histórico”, que es relativo pero que es necesario tener en cuenta al estudiar la evolución de cada pueblo o cada grupo de pueblos. Por ejemplo: los países de Indoamérica viven todos en un mismo “tiempo histórico”, en un grado análogo de cultura, de evolución, de avance civilizador. Pero ese “tiempo histórico” de los pueblos indoamericanos es diferente del avanzado de los Estados Unidos o Europa. Claro está que ese “tiempo histórico” puede ser semejante al de otros pueblos del mundo y aun al de algunos pueblos menos avanzados de Europa, –como Nueva Zelandia en Oceanía, Egipto en África y algún país balcánico en Europa–. Pero esa semejanza de “tiempo histórico” está modificada por la desemejanza de “espacio” a que nos hemos referido más arriba (ubicación geográfica, raza psicología, etc.) y por eso que al considerar diferencias de “tiempo” hay que considerar también, como inseparables las diferencias de “espacio” en un concepto único y nuevo, relativista y fundamental para la filosofía del Aprismo, que Haya de la Torre llamó “espacio-tiempo histórico”.

Ahora bien, el Perú como parte de un continente formado por veinte pueblos que completan el “espacio-tiempo histórico de Indoamérica”, tiene en el Aprismo la genuina interpretación política propia, sin trasplantes europeos, sin importaciones doctrinarias extranjeras, sin calcos ni remedos.

Y afrontando su verdadera realidad, el Aprismo plantea estos conceptos esenciales:

En el orden internacional: el Aprismo considera que el Perú, como todos los demás pueblos de Indoamérica en su calidad de vecinos geográficos de la poderosa nación norteamericana, deben sistematizar sus relaciones con ella, oponiéndose a todo imperialismo que rompa el equilibrio y la convivencia que debe existir entre los EE.UU. y los países indoamericanos y asegurando la soberanía y progreso de éstos por su unión; tal como Bolívar lo enunció y como fue también ideal de todos los demás libertadores de nuestro continente.

Esta actitud antiimperialista del Aprismo no es –como algunas mentes vasallas parecen entenderlo–, ni una actitud hostil contra el pueblo norteamericano ni un propósito de intolerante rechazo a una convivencia internacional con él. El antiimperialismo es la forma más constructiva del nacionalismo de los pueblos de economía incipiente; es la actitud nacional que salvaguarda la soberanía e independencia de los pueblos débiles y que procura encontrar nuevas formas de convivencia y equilibrio con los pueblos más fuertes de los cuales requieren técnica, capitales, cultura y experiencia, pero no yugo. La actitud del Aprismo es antiimperialista, contra cualquier imperialismo, americano europeo o asiático, pero no es

xenófobo, ni jingoísta, ni adverso a la formación de un vigoroso y bien equilibrado sistema de relaciones económicas y culturales entre el Perú, los países de Indoamérica y los Estados Unidos u otras naciones poderosas del orbe.

Y como el Aprismo descubre e interpreta nuestra realidad histórica, sabe que nuestros veinte países indoamericanos aislados y divididos sólo subsisten porque los Estados Unidos garantizan su existencia y soberanía. Pero esta situación semicolonial y subalterna no puede prolongarse indefinidamente porque si los EE.UU. perdieran su poder o cambiaran su política democrática de “buenos vecinos” por otra fascista y conquistadora, ¿qué sería de nosotros? Basta pensar en que ninguno de nuestros países aislados podrá convertirse súbitamente en una gran potencia capaz de enfrentarse con ventaja a los imperialismos del mundo. Y basta pensar, una

y dos veces, que nuestra independencia está condicionada, cada día más, por la tutela

norteamericana, para comprender con cuánta visión propugna el Aprismo la unión de los pueblos de Indoamérica. Esta unión anfictiónica o federal, no sacrifica la fisonomía nacional de cada país, ni sus intereses, ni su libertad, ni su sentido de patria. Es como una alianza defensiva permanente, política, económica y militar para hacer fuertes, por la coordinación intercontinental, a cada uno de nuestros Estados que, separadamente, son indefensos o tienen que vivir sujetos a la protección de los Estados Unidos del Norte.

En el orden nacional: El Aprismo, como hemos de ampliarlo más adelante, preconiza el nacionalismo económico, la sistematización y control de la economía extranjera en nuestros

países, el bienestar material y espiritual de los trabajadores, el cooperativismo, la educación,

la elevación de la productividad del país, la libertad religiosa y política, la organización del

Estado sobre la base de la democracia funcional y la elevación del espíritu nacional.

IV

PROGRAMA MÁXIMO Y PROGRAMA MÍNIMO

Todos los partidos políticos modernos, sea cual fuere su tendencia, tienen un programa máximo y otro mínimo. Una aspiración superior o meta ideal, y un plan de acción inmediata de radio más limitado.

En realidad, todos los movimientos históricos bien dirigidos plantean su programa o enuncian aspiración bajo este doble aspecto. El programa máximo de Bolívar –la unión Indoamericana– no se cumplió. Su programa máximo emancipador, sí tuvo realización. El nazi-fascismo europeo intenta con la guerra actual cristalizar su anhelo máximo, con Hitler, que aspira a dominar a Europa y al mundo por mil años, y el Japón que está tratando de realizar un programa internacional mínimo en la conquista de China, ha enunciado su aspiración suprema

en aquella sentencia de Yosuke Matsuoka: “La misión del Japón es dirigir al mundo espiritual e

intelectualmente

el Japón será la cuna del nuevo Mesías” (tomado del libro Inside Asia de J.

Gunther). Stalin, y su Internacional Roja, aspira también a la dominación política y social del planeta y Mussolini sueña con el ideal ecuménico de los césares. Los imperialistas ingleses han llegado a forjar un imperio en cuyas tierras jamás se pone el sol. Y hasta los falangistas españoles proclaman como programa máximo el de reconquistar su imperio en Africa y América.

Generalmente, los programas máximos de inspiración imperialista son más vastos y audaces que los programas máximos de anhelo emancipador y antiimperialista. Todos los planes políticos máximos de los imperialismos europeos y del Japón tienden a dominar a los continentes de economía incipiente como Africa, Asia, Oceanía e Indoamérica. Las Internacionales Roja y Negra, comunista y fascista, tienen esa tendencia. Y con otras tácticas y desde otros aspectos, también el Japón; Inglaterra parece satisfecha de su máximo programa colonial que ahora tiene que salvaguardar. Estados Unidos, cuyo imperialismo es más de tipo económico, ha adoptado en los últimos años una definida política liberal y pacifista que ha inspirado nueva confianza a los pueblos débiles que más cerca estamos de su imperio.

El Aprismo, limitado a su “espacio-tiempo histórico” tiene un programa máximo que comprende puntos de política internacionales y nacionales ya expuestos más arriba.

Esos puntos adquieren ahora especial actualidad porque los imperialismos totalitarios amenazan la soberanía continental de las Américas y porque al defenderla conjuntamente con los Estados Unidos –país fuerte– hay que establecer algunas garantías de acción interamericana que no permitan la inmolación de la independencia de los pueblos indoamericanos.

En ese sentido, el programa máximo del Aprismo sostiene la acción conjunta de los pueblos indoamericanos contra todo imperialismo económico y político, sea cual fuere.

Para realizarlo mejor, el programa máximo propugna la unión bolivariana de los pueblos indoamericanos.

Para afirmar la defensa económica de las naciones indoamericanas amenazadas por los imperialismos, el programa máximo aprista propugna la progresiva nacionalización de las fuentes de riqueza.

Y para garantizar la buena relación entre los Estados indoamericanos y los Estados Unidos del

Norte el Aprismo preconiza la interamericanización del Canal de Panamá, que si todos debemos defenderlo; todos debemos poseerlo, bajo un control semejante al de Canal de Suez.

Este último punto que parecía inexplicable a muchas mentes vasallas, adquiere ahora una trascendencia extraordinaria. La defensa del Canal de Panamá es fundamental para los Estados Unidos del Norte. Esa defensa no puede hacerse sin el concurso de los países indoamericanos, especialmente de los más próximos. ¿Por qué, pues, si la defensa del Canal debe ser interamericana no lo es su posesión?

El dominio en común del canal de Panamá sería una garantía de convivencia entre el vecino poderoso y los veinte estados indefensos. Sería “la prenda” de una política interamericana no imperialista y daría una nueva fisonomía al sistema de relaciones entre ambas Américas.

Porque, hay que entenderlo y que repetirlo, el antiimperialismo aprista, –como fue enunciado por Haya de la Torre desde la iniciación del movimiento en su libro central El Antiimperialismo y el Apra–, no es antiyanquismo. Busca una forma de convivencia entre Indoamérica y los EE.UU. y considera que más conviene a la nación norteamericana un vecino organizado y federado en una sólida potencia continental, que veinte estados pequeños y débiles que poco pueden aportar aisladamente para su defensa en un caso como el actual en que peligra la soberanía del Continente.

Pero el programa máximo del Aprismo concilia una constructiva convivencia interamericana con el mantenimiento de la soberanía de nuestros estados, su independencia y libertad nacional.

Y siendo la política “ciencia y arte de posibilidades” el Aprismo mantiene su programa máximo

como un derrotero o rumbo de ideología y de acción, como una meta ideal que para realzarse supone una serie de etapas previas.

V

FUNDAMENTOS ECONÓMICOS Y SOCIALES DEL APRISMO

Para explicarse mejor lo anteriormente expuesto, vale sintetizar los fundamentos económicos y sociales del Aprismo.

Económicamente, el Aprismo es nacionalista, antiimperialista, cooperativista y preconiza un progresivo capitalismo de Estado y un vigoroso intervencionismo de éste en beneficio de la colectividad.

El Aprismo no se opone al capital extranjero. Antes bien, cree que es necesario para el desarrollo industrial de países poco desarrollados como el Perú y los demás de Indoamérica pero considera que el capital extranjero debe formar parte de un plan de economía nacional y que el Estado debe tratar y ubicar el capital extranjero en la explotación de la riqueza que sea más importante para la economía del país.

El Aprismo económicamente no es ni comunista ni socialista porque mantiene el principio de la propiedad privada; no es fascista porque es contrario al principio de la corporación ya que sostiene el régimen de la cooperativa.

Dentro del régimen social cooperativista del Aprismo, se incorpora el sistema de las comunidades incaicas que prevalecen en el Perú como poderoso rastro económico social del Imperio. El Aprismo que establecerá un vasto sistema social combinado de cooperativas de producción y consumo con la más amplia protección del estado, llevará esta organización económica a la agricultura y minería y dará así moderna tecnificación y productividad a todas las comunidades indígenas. El sistema social cooperativo aprista abarcará todos los campos económicos a fin de impulsar la economía nacional que hoy tiene un ritmo lento frente a la economía extranjera radicada en nuestro país cuyo ritmo es mucho más acelerado. En esta diferencia de ritmos o velocidades de las dos economías que actúan en nuestro suelo –la nacional propiamente dicha y la extranjera que financia el capitalismo de los grandes países industriales– señala el Aprismo el desequilibrio de la vida económica-social del país. Equilibrarlos, “sintonizarlos”, es base el programa económico del Aprismo.

Socialmente, el Aprismo no es partido de una sola clase sino de tres clases oprimidas en frente único: la vasta clase trabajadora del campo, la clase obrera industrial de la ciudad y centro febriles y la clase media que incorpora desde el artesano hasta el pequeño comerciante o propietario industrial urbano y agrícola profesionales y empleados.

En esto se diferencia también el Aprismo del comunismo y del socialismo por que no es partido “de clase proletaria” sino de clases productoras, amenazadas por los grandes monopolios del capitalismo imperialista. También se diferencia el Aprismo del llamado “Frente Popular“, que organizó el comunismo internacional en 1935-36 porque el Frente Popular fue una alianza o frente único de diferentes partidos con fin exclusivamente político, y el aprismo es la Alianza Popular o Frente Unico de clases dentro de un solo Partido, con un programa social y económico común y una disciplina educadora y vigorosa.

Así, el Aprismo tiene una organización vertical sindical que es opuesta también a la organización sindical horizontal y corporacionista del fascismo y al horizontalismo cuantitativo de la democracia clásica. El Aprismo organiza sus fuerzas sociales por ramas económicas y de acuerdo con lo que ellas aportan a la economía nacional (producción, circulación, distribución y consumo de la riqueza). Dentro de este plan de organización vertical sindical, cada actividad de trabajo manual o intelectual busca su especialización y su máxima tecnificación, se educa, perfecciona y reivindica en ellas y aporta así, desde su plano, una cooperación integral de la vida del Estado.

Parte del Aprismo, desde el punto de vista social, del principio de que todas las funciones del trabajo humano productivo son igualmente importantes para la coordinación social de la vida del Estado. Así, el trabajador en ropa es necesario porque si no existiera andaríamos desnudos; si no hubiera trabajadores de la baja policía las ciudades y pueblos estarían sucios; el peluquero, el lavandero, el mecánico, el obrero de fábrica, el campesino, el jornalero agrícola, el trabajador de barco o de puerto son indispensable a la vida social porque si no existieran, actividades importantes de la vida individual o social quedarían paralizadas. Esto se nota temporal y parcialmente cuando un gremio cualquiera se declara en huelga. Y este es el sentido económico de lucha de las huelgas: la necesidad de una actividad dada cuya

paralización afecta a la vida social. Ahora bien, en el orden del trabajo intelectual es igualmente indispensable a la vida, el médico, el dentista, el enfermero, el servidor el Estado, el maestro, el economista, el científico, el artista, el ingeniero, el arquitecto, el químico, el jurista, el agrónomo, el técnico industrial comercial, etc. Sus actividades son necesarias, vale decir que su trabajo obedece a una necesidad social.

Pero si reflexionamos, es tan necesario a la vida social un trabajo manual como uno intelectual aunque éste requiera mayor preparación y capacidad que aquél. Y hay casos de trabajos puramente manuales en su origen que con el progreso de la cultura han ido tecnificándose y dignificándose. Ejemplo el dentista que en su origen fue el barbero sacamuelas o el empírico inculto. Por la técnica, por la ciencia y por la especialización universitaria la odontología ha devenido dignificada. Y si reparamos en el origen de la mayor parte de los trabajos profesionales hallaremos que, más en unos casos que en otros, han tenido un análogo proceso de evolución del empirismo primitivo al tecnicismo refinado. Los mismos obreros calificados de alta industria –siderurgia, química, electricidad, de locomotoras, de armas, aviones y automóviles– han ido elevando su rango cultural y científico a un nivel que no requieren los trabajadores de industrias incipientes.

Sobre este principio, el Aprismo, desde el punto de vista social, preconiza la dignificación de todos los trabajos productivos, por la preparación cultural, técnica especializada del trabajador. Y, por ende, su reivindicación económica, su participación en la vida del Estado como un ciudadano que trabaja, o sea que aporta y concurre a la economía nacional y al progreso colectivo con un grado de contribución que debe estimarse y retribuirse en justicia.

VI

FUNDAMENTO POLÍTICO DEL APRISMO, DEMOCRACIA FUNCIONAL Y ESTADO APRISTA

Dando a cada trabajo su rango y a cada trabajador su dignidad, –por la educación técnica, por el mejoramiento económico, por la cultura general y especializada– el ciudadano forma parte de una democracia no sólo porque llega a los 21 años sino porque coadyuva a la vida económica y social del Estado. En otras palabras su participación en la democracia no es meramente cuantitativa sino cualitativa, no es de exclusivo tipo político o cívico sino simultáneamente social económico y funcional.

Pero como no es individualista el sentido de la democracia funcional, sino colectivista, cooperativo y sindical, el trabajador se organiza, de acuerdo son su función económica en sus sindicatos u organismos gremiales que adquieren una eminente dirección educativa, que preparan cultural y técnicamente a sus miembros y que, en este aspecto son secundados por una vasta organización educacional del Estado, que debe destruir todas las vallas económicas que se oponen a la máxima capacitación general y especial de todos los ciudadanos.

Así, la democracia funcional, –basada en dos principios apristas esenciales: la dignificación de todos los trabajos por el mejoramiento material y la cultura del trabajador, y su participación en la vida del Estado por la función que desempeña–, establece las normas del Estado aprista que, en su enunciación general y primaria fue llamado por Haya de la Torre Estado Antiimperialista en su ya citado libro El Antiimperialismo y el Apra (1928).

El Estado aprista, nacionalista o antiimperialista es la expresión o el organismo de educación, de defensa y de gobierno de las tres clases sociales mayoritarias que el Aprismo organiza, vale decir, de la Nación. El Estado Aprista dejará de ser el Estado feudal, instrumento de las clases terratenientes o gamonales que rige desde la Independencia, convertido más tarde en instrumento total o parcial de los imperialismos económicos extranjeros. El Estado Aprista que no será ya de tipo retrógrado y extranjerizante, deviene Estado nacional, social y económicamente representativo de las clases que forman la mayoría de la Nación.

El Estado Aprista no es un Estado “de clase” como el Estado burgués-democrático europeo clásico o demo-liberal socializante; como el Estado “de clase” proletaria, también europeo, del totalitarismo comunista, o como su pariente el Estado “ídolo” del totalitarismo fascista.

El Estado Aprista, democrático pero funcional, es un Estado de mayorías, de las tres clases que son fundamento social de la economía de un país, indoamericano como el Perú, incipientemente desarrollado, que tiene en su seno un fuerte y predominante capitalismo extranjero y que debe organizar su vida política a base de un nacionalismo anti-imperialista guardador de su independencia frente a cualquier amenaza de colonización económica.

Al mismo tiempo es un Estado-educador, un Estado-escuela, un Estado-docente y reivindicador que supera la etapa del Estado-patriarca gobernado como un latifundio, o la del Estado-militar gobernado como un cuartel. El Estado Aprista alcanza una categoría superior y magistral de entidad directora y educadora, técnicamente organizada y vigorosamente asentada en la conciencia nacional –por su autoridad moral, por su sentido social, por su respeto a la libertad religiosa y política y por su alta solvencia espiritual.

Se ha afirmado por algunos adversarios del Aprismo y aun por críticos más o menos serenos, que el Estado Aprista implica una resurrección del Estado imperial del Perú incásico y que el movimiento todo tiene una inspiración indigenista y anti-blanco. Pero esta afirmación es infundada. Si bien el Aprismo preconiza la incorporación del indígena, heredero de la raza que formó el gran imperio peruano de los incas a la civilización y culturas modernas, y toma como base de su cooperativismo agrícola la comunidad incásica aún vigente, esto no quiere decir que sea un movimiento racial indigenista. Es verdad sí, como lo afirma Catharine Parr en su libro South America Primer (New York, 1939), que el Aprismo es la única esperanza de segura reivindicación espiritual y material para la raza indígena que formó parte del imperio, pero esto no quiere decir que sea un intento de imposible resurrección.

Desde el punto de vista étnico, la concepción del Aprismo da a nuestros pueblos su verdadera categoría mestiza. En nuestra cultura, en nuestra organización social, se funden las razas autóctonas con las que llegaron y llegan de fuera al continente indoamericano. En el Perú, imperial –y no imperialista– predominaron sólidas virtudes sociales y durante cinco siglos sobreviven organizaciones celulares de la vida colectiva, como la comunidad, cuya existencia e importancia no es posible desconocer. Haya de la Torre en su libro Normas Apristas explica el significado indoamericano del Perú imperial, ya como centro del Tahuantinsuyo, ya como núcleo del virreinato español, ya como campo de culminación de la epopeya de la independencia que en Bolívar fue “sueño imperial de libertad”. Y de esas tres etapas de la historia indoamericana es síntesis de experiencia y de interpretación la filosofía política y social del Aprismo.

El Estado Aprista será, así, la expresión de un movimiento nuevo y libertador que incorpora en su organización a todos los valores permanentes étnicos, sociales, económicos y espirituales que forjaron nuestra historia y que son base para la acción fecunda del futuro.

VII

ALGO SOBRE EL PLAN DE ACCIÓN INMEDIATA DEL APRISMO

En el orden nacional, el programa mínimo o “Plan de Acción inmediata” del Aprismo fue acordado por el primer Congreso del Partido Aprista Peruano reunido en Lima de agosto a setiembre de 1931.

El Plan de Acción Inmediata o Programa de Gobierno del Aprismo es el primer enunciado político coordinado y orgánico que se haya conocido en el Perú y el primero discutido y acordado en el Congreso de un Partido que, sobre las bases sociales de la democracia

funcional aprista, estuvo organizado no sólo teniendo en cuenta las inscripciones por circunscripción geográfica sino por función de trabajo manual e intelectual.

Debido a la violencia de la oposición entre el Aprismo y las fuerzas reaccionarias coligadas en la más intensa lucha política peruana de lo que va corrido este siglo, muchas gentes que se declararon adversarias del Aprismo, por seguir a otros, no conocieron ni conocen el programa del Partido. Este hecho, que resultaría increíble en cualquier país culto, se ha producido en el Perú. Persona importante, intelectual y políticamente, confesó hace poco a un dirigente del Aprismo que “no había leído el programa o plan de acción inmediata”. Y pudo afirmarle que esa era la situación de muchos individuos que cayeron envueltos en la campaña del “miedo al Apra” y no se atrevieron a estudiar y discriminar por sí mismos.

Por eso, remitimos al lector de este folleto a la lectura del Plan de Acción Inmediata del Partido y destacamos aquí algunos puntos importantes.

Punto fundamental del Programa de Gobierno Aprista, –que hasta ahora mantiene su vigencia– es la reunión de un Congreso Económico en el que participen todas las fuerzas vivas del país:

capital y trabajo, industria, comercio, agricultura y minería, grandes y pequeñas, nacionales y extranjeras.

La idea de este Congreso Económico explicada por Haya de la Torre en su primer Discurso- Programa de Gobierno (Plaza de Toros de Lima, 23 de agosto de 1931), fue de nuevo expuesta en su primer Manifiesto a la Nación de febrero de 1932. Y desde entonces se ha insistido en ella muchas veces.

El Congreso Económico –párrafo inicial del Programa de Gobierno o Plan inmediato del Partido Aprista Peruano– recobra en estos momentos de crisis una gran trascendencia. En efecto, la difícil situación mundial, que repercute seriamente en nuestros países impone la organización de la economía nacional bajo un plan técnico y como resultado de una investigación certera de nuestra realidad y posibilidades.

Para conseguirlo, es indispensable coordinar todas las fuerzas vivas del país, conocer a fondo nuestra estadística económica y orientar nuestra producción y circulación de la riqueza sobre bases lógicas y de efectivo beneficio nacional.

El aprismo sostiene que en ese Congreso Económico debe tomar parte la economía extranjera establecida en nuestro país. Y esta importante invocación está plenamente justificada por el hecho de que, –ya lo hemos visto anteriormente–, en los países de economía semi-colonial como el Perú hay dos ritmos económicos: el propiamente nacional, primitivo, autóctono, generalmente agrícola y de pequeña industria, sujeto a un ritmo lento, y la parte de la economía industrial que mueven los grandes capitales foráneos invertidos en nuestro suelo – industrias extractivas, agricultura tecnificada, finanzas, manufacturas menores, etc.–, que tienen un ritmo acelerado.

Tanto en su Discurso-Programa de agosto de 1931 como en su Manifiesto a la Nación de 1932, Haya de la Torre explica claramente esta “doble velocidad, económica”, este ritmo doble, de nuestra economía, típica de países poco desarrollados, en los que influye un poderoso capital extranjero.

De acuerdo con esta tesis el Aprismo sostiene que mientras no se coordinen y equilibren esas dos velocidades económicas, un país como el Perú puede ser como un automóvil imaginario cuyas dos ruedas de un lado marchan a 80 kilómetros, mientras las otras dos sólo dieran una velocidad de 20 kilómetros. El resultado sería que el lado que desarrolla mayor velocidad arrastraría a las otras dos ruedas y, si ese auto pudiera marchar, lo haría sobre un solo lado. Y esto es lo que ocurre con nuestro doble ritmo económico nacional: mientras el lado de nuestra economía, que controlan los capitales extranjeros, avanza velozmente el lado nuestro, el de la agricultura primitiva lenta, el de la minería, pequeña industria y pequeño comercio peruanos avanzan retrasadamente. Por eso el “carro del Estado” descansa más en la economía

dependiente del extranjero, en sus impuestos, en su ayuda financiera, en su influencia, y mantiene relegada a la economía nacional propiamente dicha.

Coordinar, equilibrar, “sintonizar” estos dos ritmos es obra necesaria para que nuestro país se emancipe económicamente y dé impulso a su propia vida de producción. Para conseguirlo, el capital extranjero debe incorporarse en cierto modo a la vida nacional a través de una intervención técnica y de una cooperación más eficaz, el Congreso Económico le señalaría una tarea importantísima y así el Perú podría sumar todas sus fuerzas vivas dentro de un eficiente plan de progreso.

La participación de los extranjeros en este aspecto de la vida nacional está justificada, ya, por su capacidad legal para intervenir en las municipalidades y en los directorios de instituciones nacionales económicas de la importancia del Banco Central de Reserva. El extranjero debe cooperar a la vida nacional y el Aprismo lo propugna. No aceptamos imperialismos, “minorías”, ni “quintas columnas” pero sí aporte de cultura, de técnica, de métodos superiores y de iniciativas eficaces dentro de la acción total de la vida peruana.

Este proyecto del Congreso Económico, –párrafo inicial del Programa Aprista– está vinculado a otros principios que ese programa incorpora: reconocimiento del derecho de propiedad, del ahorro, de la importancia del capital extranjero, creación de nuevos bancos nacionales y organización del cooperativismo, mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida para el pueblo, medidas todas que alejan al Aprismo de cualquiera tendencia comunista. Como se sabe, esta acusación sin fundamento, nos hicieron los conservadores reaccionarios en 1931.

VIII

PUNTOS DEL PROGRAMA APRISTA “PIRATEADOS” POR BENAVIDES

Características de nuestros políticos plutocráticos ha sido siempre la inmoralidad. Nunca tuvieron una idea política clara, ni concibieron una doctrina precisa y elevada. Su concepto de la política fue mercantilista y fariseísta y su único propósito fue perseguir, aplastar y “pulverizar” a todo aquel que se opusiera a sus turbios propósitos de hegemonía y usufructo de la riqueza del Perú.

El Programa de Gobierno o Plan de Acción Inmediata del Aprismo, trajo al Perú el primer sentido político principista de este siglo; trajo una juventud capaz, sacrificada, valerosa hasta el heroísmo y honrada hasta la inmolación. Por eso el pueblo peruano abrazó sin vacilaciones la causa del Aprismo, como causa de civilidad, de cultura, de justicia social y de auténtica renovación.

Pero la reacción “civilista” y plutocrática, enriquecida con la política y responsable de tantas desgracias nacionales, –la misma que combatió a Piérola y cerró el paso a González Prada–, coligó todas las fuerzas de la reacción y de la ignorancia para oponerse al advenimiento del Partido del Pueblo y la Juventud al Frente Único de los Trabajadores Manuales e Intelectuales. Sin leer su programa siquiera, sin conocer una sola de las ideas apristas, guiados únicamente por la propaganda mendaz de la prensa ultra conservadora, todo el sector más inculto y menos honesto de nuestra población, –minoría absoluta– se enfrentó contra el Aprismo con el oro y con el hierro. A nuestras ideas se respondió con matanzas; a nuestras protestas con persecuciones y torturas; con calumnias y demagogia. Así, cundió entre los más tontos y los más incultos “el miedo al Apra” como única arma reaccionaria. Y así, después de la tiranía militar de Sánchez Cerro, vino la tiranía militar de Benavides, que superó a todas las demás en inmoralidad y en barbarie, en cobarde crueldad y en descarado latrocinio.

Esto no obstó, sin embargó para que Benavides –que declaró ”internacional” al Aprismo por propiciar el ideal bolivariano de Unidad Continental que hoy se actualiza– “pirateara” muchas ideas del Programa de Gobierno o Plan de Acción Inmediata del Aprismo.

Hombre sin programa y sin ideas propias, hombre de instinto y aventura, Benavides en política es como el jugador de mala ley. Si no tiene juego, hace trampa, piratea y mata, pero gana… Así, después de condenar al Aprismo por “internacionalizante y subversivo” tomó de nuestro Programa todo lo que creyó más fascinante y demagógico: la creación del Ministerio de Educación, la creación del Ministerio de Trabajo, la creación del Seguro Social, el Plan de Caminos, la construcción de casas para obreros, el impulso al deporte, la irrigación de las pampas de La Joya, el Censo General de la República y otras “obras” de la tiranía de Benavides están enunciadas en el Programa Aprista de 1931. Empero, todas ellas están mal realizadas, por incompletas y porque sólo tomó de ellas lo unilateral e impresionante, lo burocrático y demagógico.

Y es que el Plan de Acción Inmediata del Aprismo, como su nombre lo indica, es un Plan. Vale decir, que todas sus partes integran un todo y que su realización implica concordancia de factores y graduación de etapas.

Así por ejemplo: el Ministerio de Educación no debe ser sólo una innovación burocrática, sino

el resultado y coronación de un vasto movimiento técnico y renovador de la educación pública

que ha de abarcar a todo nuestro país, con más de un millón y medio de niños de edad escolar que no reciben instrucción y un porcentaje aproximado de 80% de analfabetismo. Benavides, sin embargo, se contentó con crear el Ministerio, nombrar un Ministro y muchos empleados en

Lima, mientras clausuraba el Instituto Pedagógico, hostilizaba a los maestros capaces y hacía

el magisterio una fuente de recursos burocráticos y de pago de favores políticos. Lo mismo

puede decirse del Ministerio de Trabajo y del Seguro Social que no creó su institución

complementaria: el salario y el sueldo mínimos. Porque si el seguro es garantía del porvenir, el salario y el sueldo mínimos son garantía del presente. En el Plan de Caminos, que pertenece a

la acción económica de la “circulación de la riqueza”, se olvidó que antes o simultáneamente

debe emprenderse la obra de formación de fuentes de “producción de la riqueza”. El Aprismo consideraba como acción paralela y armónica la creación de centros de producción (irrigación,

industrialización, elevación de la productividad de las provincias) con los medios de circulación (caminos, comunicaciones ferroviarias, aéreas, etc.). En el programa de casas para obreros y abaratamiento de la vivienda para todas las clases pobres, sólo se hizo obra demagógica, parcial y precaria. El Aprismo tiene un vasto plan cooperativo que abarcará a Lima y provincias

y que dará vivienda gratuita o muy barata a millares de necesitados de ella: obreros,

campesinos, empleados. En la irrigación de las pampas de La Joya, el plan del Aprismo era vastísimo y no circunscrito y defectuoso como el realizado. Y en el Censo General de la República, no realizado hasta 1940, el Aprismo situó la etapa inicial de su vasto plan de acción económico y social que debía basarse, –según lo enuncia el Programa de 1931–, en una excelente organización de la estadística y en una sólida investigación de nuestra realidad económica.

La tiranía de Benavides –caracterizada por la anarquía financiera y económica más extensa– hizo algunas obras para impresionar. Obras que –como lo ha demostrado en Lima el terremoto del 24 de mayo último– eran la precaria y engañosa decoración de un régimen que se llamó “constructivo” porque había “pirateado” y realizado mal algunas de las muchas iniciativas del Plan de Acción Inmediata o Programa de Gobierno Aprista de 1931.

IX

LAS IDEAS SUBSISTENTES DEL PROGRAMA APRISTA

Haya de la Torre, jefe y fundador del Aprismo, dijo durante su campaña electoral de 1931, como candidato a la presidencia de la república, estas palabras de anticipación: “El mejor aliado del Aprismo es el tiempo; porque con el correr de los años, quienes ahora nos combaten ciegamente, tendrán que reconocer su error y tendrán que aceptar como salvadores los grandes ideales de nuestro gran movimiento”.

El Aprismo ha sido combatido durante nueve años consecutivos. Dos tiranías militares poderosas por sus fuerzas materiales, lo han perseguido en forma sangrienta. Más de seis mil de sus afiliados han caído bajo las balas de la represión reaccionaria y muchos de sus líderes han sido ejecutados, han muerto en las prisiones, o han soportado largos años de encarcelamiento y destierro. Todo el materialismo de las cliques conservadores más extremistas, de la plutocracia, del “civilismo feudal”, se alió para exterminar al gran movimiento de la juventud y del pueblo peruano llamándolo “internacionalizante”, porque sostiene el ideal bolivariano de la unidad y defensa común continental, y acusándolo ya de “comunista”, ya de “fascista” porque sustenta principios renovadores de justicia social, de educación, de cultura, de disciplina, de moralización, y de auténtico nacionalismo.

Pero como “el tiempo ha sido nuestro aliado”, las ideas que el Aprismo lanzó en su programa de 1924 y reafirmó, al fundarse el Partido Aprista Peruano en 1931, están a pie. Nada mejor, nada constructivo, nada salvador ha hecho en estos años la reacción que combatió al Aprismo. Una tiranía tras otra, un error después de otro error, han conducido al país a una tremenda crisis moral y mental, económica, social y política.

Empero, los ideales americanistas del Aprismo son ya imperativos de vida. Hoy, ante la prepotencia del imperialismo totalitario europeo, todos los pueblos del continente ven que el Aprismo tuvo razón al preconizar como derrotero interamericano de su programa, la unión defensiva de nuestros países.

Al Aprismo se le atacó porque en sus demostraciones agitaba siempre en torno de la bandera peruana, las banderas de los pueblos hermanos de Indoamérica. Por eso, se nos llamó, con miopía lamentable, “internacionalizantes”. Pero hoy, las ideas de la época están marcando un camino a los pueblos de este hemisferio: o se unen o perecen.

Y en el orden económico y social, las ideas del Aprismo siguen vigentes: la necesidad de un

Congreso Económico para afrontar la crisis en que se debate el país: el establecimiento del crédito de trabajo enunciado en el Manifiesto de Haya de la Torre de 1932; el cooperativismo; la irrigación; la ayuda a los productores y comerciantes nacionales a los artesanos e industriales; la cuestión de la competencia e infiltración japonesa; la necesidad de un vasto movimiento de educación que redima del analfabetismo a todos los peruanos y que dé a sus juventudes educación gratuita y preparación suficiente para todas las actividades de la vida

económica y social; la descentralización administrativa y el impulso a la vida de las provincias hoy vasallas de Lima; la tecnificación y aumento de nuestras fuerzas militares, navales y aéreas para que cumpla el Perú con su aporte de cooperación a la defensa de la soberanía nacional y continental; la solución de nuestro gran problema indígena por la ación educacional

y económica, por la escuela, el cooperativismo y la higiene social; el efectivo mejoramiento

material y espiritual de los obreros, artesanos y empleados; la creación de un Ministerio de Industrias y Comercio; por el cuidado de la salud pública, por la vivienda higiénica, la alimentación nutritiva, barata y sana, por la medicina preventiva, por la ficha dental obligatoria; por la campaña organizada contra las enfermedades que destruyen nuestras energías productoras del capital humano como el paludismo, la tuberculosis, las venéreas, etc.; la elevación espiritual de nuestras masas por el bienestar, por la cultura, por la difusión del arte, por la dignificación general de la vida; el resurgimiento de un Perú vigoroso, limpio, austero, optimista y culto por obra de sus nuevas generaciones disciplinadas y responsables.

Todas esas ideas del Aprismo están vigentes. Todas ellas forman la bandera doctrinaria, el blasón ideológico del gran movimiento renovador del Perú que ha sido perseguido y brutalizado por una reacción que nada hizo, por una plutocracia que continúa manteniendo al país en el mismo estado de inercia de toda la época republicana. Confiados en el progreso “automático”, en la “buena suerte”, en que “aquí no pasa nada”, dejan hacer a nuestros gobiernos y el país progresa sólo porque es rico y porque el mundo evoluciona.

Sin embargo, vivimos una época de grandes transformaciones, de insólitos cambios, de marchas aceleradas. Los acontecimientos de Europa están indicando que los pueblos entran en un crisol de selección. La política internacional tiende a resolverse por acciones continentales.

Los pueblos tratan de unirse y cooperar dentro de grandes grupos. Y el continente indoamericano es el más señalado por la tradición, por la raza, por la historia, por la ubicación geográfica, por su riqueza y por los intereses vitales para hacerse fuerte dentro de una vasta coordinación anfictiónica o federal que asegure su soberanía y garantice a sus habitantes que no han de caer bajo ningún vasallaje colonial.

Para conseguirlo, cada uno de los países de este continente debe hacerse digno de su categoría de pueblo libre, por el buen gobierno, por el sentido civilizador de su política, por el esfuerzo viril y organizado de sus masas. Si queremos seguir siendo un pueblo libre de imperialismos y coloniajes debemos unirnos nacionalmente, en un gran esfuerzo común, y unirnos continentalmente para la gran empresa de defender nuestra soberanía total. Y para conseguirlo, hay que realizar un vasto programa constructivo interno. Hay que renovar y hay que movilizar todas las fuerzas creadoras del país. Hay que estimular y dirigir a nuestro pueblo, a nuestras juventudes hacia su destino y hay que hacernos dignos del título y rango de colectividad civilizada que tiene derecho a vivir entre las que son verdaderamente libres. Ese es el gran ideal del Aprismo. Hacer un Perú grande, digno de su destino nacional e indoamericano. Hacer un Perú fuerte, iniciando una política salvadora que no nos lleve a los mismos errores del pasado, a las claudicaciones y a las derrotas, al entreguismo y a la oligarquía, a la incultura y al vasallaje.

Una Patria erigida sobre ideales permanentes de justicia social, de cultura, de libertad, de cooperación continental, de progreso, es el ideal Aprista.

¡Ideal libertador, heredero del de los Incas y del de Bolívar; ideal de un Perú nuevo, que si hubiera comenzado a cumplir hace nueve años, habría marcado otro rumbo, más seguro sin duda, al hoy incierto camino de la república!