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LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO,

LA PENA DE MUERTE
HISTÓRICA T VlLOftÓnCUCHTE OOISIDERADI.

ron ki.

LICENCIADO D. IARUEL PEREZ Y DE HOUHA.

MADRID:
1MP. DE L A E l F E H i l I Z A , Á CARGO PE D. A. PEREZ DÜWULL.
CaUe de VaJverde, núm. G, cu arto bajo.

1854.
LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.
A L A M E M O R IA
DEL

SEÑOR DON PEDRO P ER EZ MUÑOZ,


■ akqitvb r r t t - m tx i - O i L t X T O ,

CABALLERO COMENDADOR DE LA REAL ÓRPEfl AMERICA**


DE ISABEL LA CATÓLICA, ETC.

A tí debo la existencia; tm consejos forma­


ron mi coraion; con el ejemplo de tus virtudes
se engrandeció mi espíritu : acepta, pues, el
primer fruto de tu enseñanza, el pñmer ensayo
de mi pluma, el primer acento de mi corazon,
las primeras meditaciones de mi alma. Fuerzas
hé menester para no tropezar en la escabrosa
senda que hoy emprendo : inspíramelas, padre
mió; y , desde el fondo de la tumba, escucha
esta plegaria de tu hijo

a lb a u u e l.
LA SOCIEDAD Y EL PATIBULO,
á

LA PENA DE MUERTE
HlBTÓMOi T nLOaÓnOAKMTl M HD1UU.

nm oD U G CxoN .

L a ley universal á que obedecen los átomos


mas imperceptibles de la materia, esa ley que
prescribe reglas fijas á cuanto existe en la natu­
raleza, y en cuya virtud giran los mundos en el
espacio con un órden admirable, es la eterna ley
de Justicia y de Providencia, que resplandece
desde el trono del Omnipotente. Y en el órden
social, esta misma ley constante de Justicia es la
que marca también las relaciones que median
entre los hombres, la que les enseña sus deberes,
y la que autoriza ¿ la sociedad para que, desde
la sagrada cumbre del poder, distribuya mal por
mal ¿ los individuos que los quebrantan.
Imposible seria la existencia de la sociedad
si careciera de leyes fundamentales y orgánicas,
VIII r>THOD LOCION.

reguladoras de la conducta de los asociados y


conservadoras de la armonía general; supuesto
que, sin ellas, el necesario y violento choque de
las pasiones humanas haria que se derrumbasen
bien pronto las mas altas instituciones. Pero ni
los malos efectos de las pasiones humanas se po­
drían reprimir, ni las leyes civiles y orgánicas de
la sociedad tendrían probabilidad de subsisten­
cia , si no hubiera otras leyes mas robustas que
las dan garantía, si no estuvieran establecidas las
leyes de la justa espiacion, en una palabra, si no
existiera el derecho de las penas. De donde se
infiere que el derecho penal es anterior y primero
que todos los demás derechos sociales, supuesto
que él es la base donde los otros descansan, y la
égida1que los defiende y les asegura su estabili­
dad. Y, sin embargo, ¡cosa estraüa! ese dere­
cho primero é indispensable, el derecho penal,
que se ha venido practicando en todas las socie­
dades desde los tiempos mas remotos, no se ha
formulado, no se ha reducido ¿ ciencia basta una
época muy reciente.
La Grecia, cuna de la civilización de las an­
tiguas naciones, y de quien casi todos los pue­
blos heredaron inmortales escritos de legislación
civil, de doctrinas políticas, de filosofía, de mo­
ral , de bellas artes y de cuantos otros ramos com­
prende el saber humano; la Grecia, no obstan­
te, dejó en el olvido el estudio del derecho pe­
nal , sin cuidarse de la formacion de un código
ÍNTRQPUCCION- IX

donde se hallaran consignados los inmutables


principios de la razón y de la justicia con que el
poder social castiga ¿ los criminales.
Los ilimitados derechos que gozaban los ciu­
dadanos romanos sobre sus hijos y toda la pa­
rentela, lo mismo que sobre los esclavos, junta­
mente con las omnímodas prerogativas que se
abrogaron sobre las demas clases de la sociedad,
dieron lugar á que, por ser muy limitado fuera
de ellos el número de los hombres libres, no se
sintiera la necesidad de reducir á ciencia lá fa­
cultad de imponer castigos. Bastaron ^ pues , di­
versas leyes penales ¡para oiórioff y'determinados
casos, sin examinar con la debida detención si
eran siempre justas, ni si se basaban ó no sobre
los priQcipios equitativos de la moral.
Vinieron luego las doctrinas del cristianismo
á patentizar al mundo la dignidad del hombre,
sus derechos y sus magnificas preeminencias. En
una palabra, ostentábase desde luego el indivi­
dualismo, como un nuevo elemento que yampara
siempre debía entrar en combinación para for­
marla civilización de los Estados; mas este nuevo
elemento, desconocido en las antiguas socieda­
des donde imperaba el socialismo mas absoluto,
no pudo hacer sentir vivamente por entonces toda
su saludable influencia.
Pasados los continuos trastornos déla edad
media, y disipadas las tinieblas en que estuvie­
ron envueltos los ramos todos del saber huma-
x INTRODUCCION.

nor á los apasionados gritos de Reforma acu­


dieron presurosos los hombres ¿ las fuentes de
las ciencias, y encontraron encenagadas algunas,
y otras milagrosamente bien conservadas en lo
interior de los monasterios; pero de casi ninguna
manaba entonces un caudal de aguas mas abun­
dante que en siglos anteriores. Por consiguiente,
la sociedad tuvo que ajustarse á la jurispruden­
cia romana, admitiendo al mismo tiempo algu­
nas leyes penales de los bárbaros.
Aquel delirio que conmovió las sociedades en
el siglo xvi, y que hizo que se bambolearan los
mas altos monumentos levantados por la fe y por
el genio de los hombres, calmóse despues de
algún tiempo : mas esto fue solo en apariencia.
Oíanse efectivamente por el mundo vagos y es­
trenos rumores, que al cabo de otros dos siglos
estallaron de nuevo, con tan terrible esplosion,
que los monumentos de la civilización se trun­
caron , toda la máquina social retembló con vio­
lencia, y nuevos y funestos principios se susti­
tuyeron en lugar de los que habian sustentado
las santas creencias de las generaciones que ha­
bían precedido. Proclamóse ardientemente la in­
dependencia del individuo, inaugurándose el mal
llamado imperio de la razón, con menosprecio
del principio de autoridad; y á esta exagerada
exaltación del humano entendimiento se atribuyó
equivocadamente por algunos el empuje que re­
cibieron las ciencias por el camino de su perfec-
INTBODliCClON. XI

cion , y el liaberse elevado á la categoría de tales


ciertos hechos que, como las penas, se habían
practicado constantemente por todos los pueblos.
Aunque el célebre Montesquieu se hizo cargo
de la legislación universal, examinando con mas
ó menos acierto todos y cada uno de los princi­
pios fundamentales de las leyes políticas y civiles,
sin embargo, levantáronse casi al mismo tiempo
diversos escritores para analizar particularmente
algunos de los ramos de la legislación civil, con
especialidad las leyes criminales, cuyos princi­
pios se personificaron en Beccaria y Filangieri.
Nunca baila entone» 86 había fecho usa parti-
enlar clasificación de los delitos y de las penas;
porque nunca hasta entonces se había meditado
lo bastante para establecer reglas de justicia para
la imputación de los primeros y para la aplica­
ción de las segundas : jamás se había pregun­
tado ¿ la sociedad la razón por qué castigaba;
jamán se la había demandado tampoco que mar­
cara un limite ó las penas. El derecho de cas­
tigar no se negó por nadie, porque la justicia
de este derecho se encuentra grabada en la con­
ciencia de todos y cada uno de los hombres;
pero sí se negó la ilimitacion de este derecho, si
se negó el derecho de m atar, si se negó la le­
gitimidad de la pena de muerte. Esta negación
fue una consecuencia de las doctrinas que en
aquel tiempo andaban en boca de muchos que
se decian filósofos; y el árgano de estas doc-
xii iiNmobucciwi.

trinas, por lo que respecta al derecho penal,


fue et libro de Beccaria. Beccaria proclamó una
verdad, pero no supo defenderla. La verdad
escapada de la pluma de este escritor, fue una
chispa de luz que se perdió en la profundidad de
las tinieblas; porque los errores, cuando pugnan
entre sí, destrúyense mutuamente, y una vez
destruidos, permiten que por un m o m e n to se
vea la luz de la verdad, que bien pronto se vuelve
& oscurecer por las nubes que incesantemente se
levantan sobre el horizonte de la pobre razón
humana. Beccaria proclamó un principio de jus­
ticia ; pero aun habiéndolo proclamado, no supo
qn0iQiK.]ástó lo miado ¿qáa.Sü rpralam aba, su-
piiesto que lo vió al través de un' prisma, enga­
ñoso. Sostuvo que la pena de muerte es injusta:
mas para probar su injusticia, estableció una uto­
pia por base de todos sus argumentos. Efectiva­
mente, en su tratado De los delitos y de las
penas, dice que «no siendo las leyes mas que la
»suma de las porciones de la libertad individual,
»como ninguno ha querido jamás ceder á los de­
smas hombres el derecho sobre la existencia,
>resolta que la pena de muerte no está autori-
»zada por ningún derecho.» Escluye, pues, el
principio de justicia, único legitimo y verdadero,
y en su lugar sustituye el absurdo principio del
pacto social. Mas ¿qué valor han de lener los
argumentos que se pretendan fundar sobre tan
errónea base? Por eso no pudo ser Beccaria el
ESTHCTOtCClON.

mas temible adversario de los que defendieron y


aun defienden la legitimidad del derecho con
que la sociedad aplica la pena de muerte á cier­
tos criminales.
Otros escritores, siguiendo el camino comen­
zado por Beccaria, han levantado también la
voz, con mas ó menos convencimiento, contra
la pena de muerte : pero una gran parte de los
modernos publicistas han pretendido legitimarla
y justificarla, fundándose muy especialmente,
por una parte, en la práctica universal de los
pueblos, y, por otra, en una supuesta necesidad
de ponerla en ejecadoavpRra atemorizar y con-
tener A ciertos hombres dentro del círculo desús
deberes. Y prescindiendo ahora de lo fundado ó
infundado de estos y de otros varios argumentos
mas ó menos fuertes que se han alegado con el
mismo propósito, en cuyo exámen no es oca-
sion oportuna de entrar ; es lo cierto, por mas
que tamJbien es muy doloroso, que la pena de
muerte fie halla escrita en los Códigos. ¡San­
griento padrón, que debería arrancarse de las
sociedades que quieran merecer con justicia el
dictado de verdaderamente civilizadas!
La verdadera civilización no es ni puede ser
otra mas que la exacta observancia de las leyes
y máximas del Evangelio, aplicadas á las,insti­
tuciones de los pueblos. El Evangelio, que pre­
dicó la resignación y el arrepentimiento á los
criminales, inculcó al mismo tiempo á los pode­
\IV INTRODUCCION.

res del Estado la misericordia y la dalzura de las


penas. Este es un principio eterno T como lo son
todos los que se desprenden de las santas verda­
des del catolicismo ; y ese principio Tcon antela­
ción ¿ toda dase de indebidas consideraciones,
es el que la sociedad debe tener siempre presente
para la formacion del código de los castigos.
Por tanto, la pena de muerte, que, por su ca­
rácter de inhumanidad y por su espirita de ven­
ganza, se halla en oposidon con las leyes y
máximas del Evangelio, que es la única fuente
de la verdadera civilización, no puede ser consi­
derado. mas que como una ilegítima y absurda
« a . k docHdad y tras­
mitida hasta nosotros desde los t i t a p o » d e
te barbarie, como nos proponemos demos­
trarlo.
No desconocemos la magnitud de la empresa
que vamos á acometer, ni las dificultades de to­
dos géneros con que tropezaremos á cada paso:
bien sabemos que vamos á combatir contra la
creencia de todos los siglos y contra la opinión
de doctísimos escritores; pero nada de esto
puede arredrar á quien escribe alentado por las
convicciones mas profondas. Si por ventura no
logramos demostrar palpablemente la injusticia
de la pena capital y la ineficacia de los ar­
gumentos con que se pretende legitimarla, sirva
al menos este escrito de estimulo á los hombres
amantes de la verdadera Justicia, para tomar
INTB0 DDCC10N. XV

parte en la discusión amplia y razonada que de­


seamos suscitar sobre una materia tan intere­
sante, y cuyas funestas consecuencias recaen
sobre la parte mas desgraciada de la huma­
nidad.
CAPÍTULO PRIMERO.

Ideas generales sobre la sociedad.

1.
.-•'.i-*- ' > ^ -w.. - 1' k—I t ‘ *>■. *

tflCMBIMIUP PKI. S O flAr.lOYW,,

«Pasabov por fortuna los tiempos ep que era necesario


«empeñarse en demostrar que el hombre e s , ante todo, un
«ser eminentemente social y religioso: lo que antes daba
«lugar á cuestiones, hoy ni aun es objeto de duda; lo que
>anteB ira ana opioion controvertible, ba venido á conver­
tir s e én una verdad indemostrable, de puro demostrada.»
Asi se espresa un joven de sobresalientes dotes1, á quien
nos complacemos en recordar, porque estamos completa­
mente de acuerdo con su opinion sobre este punto.
El hombre nace de una sociedad, cual es el matrimo-

1 N u e stro a m igo «I S r. D . A n d ré s L asso d e la V e g a j «n el d is ­


cu rso que lia leído esle a ñ o de 1853 en la U n iv e rsid ad c e n tra l, en ti
acto de re c ib ir la in ve stid u ra d e D o ctor «n J n r u p n td e n c in , aceren
De las relar iones m íre (<¡ Iglaia y el Estado.
18 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

nio: vive durante su infancia en otra, que es la familia:


pendra despuesde algunos años en otra tercera mas exten­
sa, que es la nacional; y en ella continúa basta <¡ue, al
descender á la tumba, marcha en brazos de la raucrle á
confundirse cu la sociedad de los espíritus. Tan necesaria es
al hombre la sociedad enlodas las épocas de su vida, cuanio
que íbera de ella no podría subsistir. La debilidad de su
organización cuando nace, requiere indispensablemente los
cuidados de la sociedad conyugal y de la doméstica; y los
afectos de su corazon, en la pubertad, y las inclinaciones
de su alma, en la edad adulta, lo arrastran irremisible­
mente hacia el seno de los demás hombres.
Todos los animales desde que nacen se encuentran
adornados, á tó e n m a$ « a s perfeoumttiitt que otros, de
fes medios necesarios para andar en busca de su alimento,
para preservarse del rigor de las estaciones, y para defen­
derse de cuanto pudiera poner en peligro su existencia; y
en muy pocos años, y aun algunos en muy pocos dias, al­
canzan la perfección de sus medros y de todas sus fuerzas.
Pero no sucede así con el hombre. El niño recien nacido es
en estremo sensible y delicado; llora por la mas leve im­
presión desagradable; bu completa desnudez requiere in­
dispensablemente un abrigo que él por sí solo no puede
procurarse, y hállase, en fin, desprovisto de todoa los me­
dios deconservacion y de defensa. En el regazo de su ma­
dre pasa adormecido los primeros meses de su v id a ; y sin
sus estremados cuidados y los de su familia, seríale impo­
sible llegar á la época de sn infancia. Aun siendo ya infante
y capaz de nutrirse con toda clase de alimentos, necesario
es que se loa presenten aliñados y completos; porque no
c a p ít u l o i. 49

sabiendo ni pudiendo todavía procurárselos por sí mismo,


esta imposibilidad seria causa de que dejara de existir, Al
fijar sos inocentes ojos en el magnifico ilusorio panorama de
la juventud, acaso no siente ya las necesidades materiales
que indispensablemente requerían el auxilio y ol cuidado
de otras personas; pero on cambio rsperimenla nuevas é
indefinibles necesidades, simbolizadas en aquellos puros y
divinos afectos que desde el fondo de su corazon se trasmi­
ten por medios misteriosos hasta el corazon de sus padres,
cuyas amorosas entrañas se conmueven dulcemente. Al
mismo tiempo se despierta en su alma on vago deseo, una
dulce (ñatea* una inesplicable'aelaiieoUav que, convir­
tiéndose bien pronto u K Í n iB ifth i ritai*, mi ffpehrnrfil fin
en impÉrioa|¡ineHnacion hacia un objeto desconocido, que
casi adivina en su pensamiento, pero que no encuentra en
su imaginación : de este modo se manifiesta en el hombre
esa ley oculta y providencial que lo une á otro ser de dife­
rente sexo, para formar una nueva' sociedad, sin romper
los lazos que lo ligan con aquella otra de quien redbió la
vida. B e la sociedad 'conyugal resallan ntwvos vinculo* que
unen d hombre, nuevos motivos que lo estrechan con loe
demas individuos; porque entonces queda obligado á pro­
digar á sus hijos los miemos cuidados y desvelos que oon él
tuvieron en los dias de su infancia, y en adelante no puede
ya serle indiferente nada de cuanto ocurra en la sociedad
general, cuyas costumbres, cuyas doctrinas y cuyas insti­
tuciones influirán esencialmente en el porvenir y en la mala
ó buena suerte de su descendencia.
Estas indicaciones que acabamos de hacer, tan eviden­
tes que no dejan lugar á la mas>leve oontndicdon, nos
20 LA SOCIEDAD ^I EL PATIBITO.

muestran palpablemente que la sociabilidad, según tenemos


dicho, es tan natural 6 indispensable en el hombre, cuanto
que, sin los auxilios de la sociedad, no podría existir en nin­
guna época de la vida sin perder el carácter y la dignidad
que te os propia.
En corrobo ración de esto misino leñemos el leslimouio
de la historia del origen de los pueblos, que dos enseña la
miserable y precaria existencia de los salvajes, siempre
arrastrados por violentas pasiones, siempre victimas los
nnos de loe malos instintos de los otros t y siempre domi­
nados por el espirito d e furor y d e te n g a M a .A s i es que
lu e g o que sus necesidades y las miserias de su situación
los obligaron á con^tyiráe en s o c ie d a d , jamás se acorda-
rnñrte intentar gk^akete' el/ to K ^ itfH gqnfiri) de vida er­
rante que tuvieron en los primeros tiempos*. ..
«Lo que mejor prueba aun que estamos esencialmente
i destinados para la vida social, dice M. V irey, es que la
»naturaleza nos proporciona un lenguaje articulado, de
»que absolutamente carecen todos los animales.» Y en
efecto : ¿para qué nos sirve el lenguaje sino para espre-
sar nuestros sentimientos t nuestros deseos y nuestras ne­

1 Casi es lo mismo podríamos decir i loa filósofos de cierta e*-


pecje, d eso» qoe sostienen que el mejor j mas feliz estado del hom­
bre e i el que ellos IMnmtt alado de naturaleza. Petó la creencia en
semejante imposible ettado natural es un absurdo lan grande, que
los mismos que la sostienen por escrito la rechazan en su concien­
cia. Porque si efecLifamonte creyeran que la sum í felicidad del hom­
bre consiste en Tivir sin obedecer mns leyes que las de la naturalczn
animal, las leyes de los sentidos, ¿cómo es que ningnno ha lomado
la resolución de marcharse á los bosques para ser completamente
faln? ]Oh I ¡Cuántas desgracias no hubieran ahorrada £ la sociedad
si hicieran lomado relé partido!
CAPÍTULO I . 2 1

cesidades? Has ¿de qué nos serviría esta facultad de co­


municarnos con los demas hombres si viviéramos aislados?
¿A quién demandaríamos nuestro gústenlo, á qui¿n reve­
laríamos nuestros deseos, úi dónde tampoco deposilaría-
mos todas nuestras a Tereiones si no viviéramos en so­
ciedad? Sm Jos vínculos de la sangre, sin los impulsos del
corazon, y privados lotalmentc del trato social, la vida
seria insufrible, y mas que insufrible; imposible. «FJ
•hombre, ha dicho H. Ahrens, puede abrazar con su in-
•teligencia, su sentimiento y Buvoloalad, todas las rela­
cio n es que existen entreiíos hambres, y entre el hombre
»y el muodoentero. PnedeíflftÉeehifkíto d a.iv yeG cap iz
«desimpatia na&pecla ptoprapaBde
tCQjO|WluÍ0E y-sentir lít unión establecida entre todos los
•seros. Á causa de este carácter simpático, el hombre es
• un ser sociable ; y esta sociabilidad puede y debe apli-
•caree á todos los Cues racionales de la vida humana.»
El hombre» diremos por óJUrao, ha nacido con un fin su­
perior, y para akanaarlo tiene que sostener una continua
lucha entre M ’Goraaon, sus sentidos y Bu oonoientúai': ¿ata
lucha.BftipqdfiHener lugar en el estado de completo aúlft-
míento/dopde no encontraría motivos que lo indujeran á
lo malo ni lo separaran de lo bueno; luego le es indispon-
sabJe la sociedad para poder cumplir con el objeto de la
existencia que Dios le concede. Si no hubiera de vivir en
sociedad, inútiles por de mas le serian las facultades de*su
alma, y su razón y su libre albedrío ; y , en fin, j m w
vivir como los bculos* no le hubiera Dios enviados» ides­
tol lo de su divina inteligencia-, por cuyo medio *! hombre
levanta la frente descollando por encima.de toda la crea-
22 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

cion, y estendiendo el pensamiento hasta un dilatadísimo


horizonte.

II.

DE LA NATUHAIEZA Y ORÍOEN DE LA SOCIEDAD.

Varias son las opiniones que se han seguido acerca de


la naturaleza y origen de la sociedad; y de estas opinio­
nes se han formado otras tantas escuelas, entre las que
se cuentan como principales la histárioa, fondada por
Hugo y Savigny; la filosófica, á que pertenecieron la ma­
yor parte de los escritores del siglo x vn i; la racionalista,
«¡stftblecida^eqteÚ^Afalle p o r 4ür*use; y , por último, la
tMttógiea, dignamente representada f o r los condes de
Maistre y de fionald y otros respetabilísimos filósofas. Mas
no siendo compatible con la índole de este escrito el de­
tenernos á examinar cada una de estas diversas escuelas,
nos limitaremos á caponer las principales razones en que
nos fundamos para adherirnos i los partidarios de la úl­
tima, que atribuyen á la sociedad ua origen divino.
Hemos visto en los párrafos anteriores que el matri­
monio es la primera sociedad de donde nace él hombre,
y por cuyo medio se perpetúa; luego el matrimonio es la
base de la sociedad general. Si el matrimonio fuera solo
una unión carnal y pasajera, quedaría reducido ¿ un co­
mercio material de pasiones y de apetitos sensuales, en el
cual nos confundiríamos con los brutos; y para evitar esto,
Dios le imprimió un carácter de religión y de santidad que
lo Lace perpetuo é indisoluble, de cuyo carácter religioso
CAPÍTULO 1. 23

participa necesariamente toda la sociedad civil, que sobre


él descansa. Aunque nacido el hombre para la sociedad,
sin embargo, no podría conseguir este fin si no llevara
impresa en su misma naturaleza la idea del deber y de la
moral, á cuyo cumplimiento se ve obligado porla ley na­
tural, que es una directa manifestación de la voluntad
del Ser Supremo. Sin esta ley que se le ha comunicado al
hombre por medio de la primitiva revelación, grabada en
el fondo de su razón y de su conciencia, ni existirían ver­
daderos deberes ni derechos entre los miembros de la so­
ciedad , ni tampoco habría obligación moral propiamente
dicha, que ee leu q u e lig a & todos:lo» hombres c#o el
vinculo deltnnid^<iOgM)1ic«ia^<piejainátset)W>aegiriria
oon-loeeolorestiiTiulos del Ínteres común ó general, ni em­
pleando los violentos medios do la fuerza. Necesitase una
ley suprema, independiente de las vicisitudes y de las
opiniones de los pueblos, y que por ningún motivo pueda
nunca variarse; necesítase la creencia en ud Ser Divino,
autor y conservador de todas tas cosas; necesitase, en fin,
una Providencia que vele incesantemente por k e hombres,
y que ¡to mande el cumplimiento de sus deberes, amena­
zando con castigar á los malos, y ofreciendo recompensas
á los buenos: solo asi pueden los hombres aprender en su
propia conciencia lo que deben hacer y dejar de hacer, y
no de otro modo podrían distinguirse con certeza el bien y
el m al, lo justo y lo que no es justo, el vicio y la virtud,
la verdad y los errores.
«¿En qué se apoyaría la autoridad de los soberanos y
•de los magistrados, dice el abale Bergier, y por qué ra-
»zon seria un deber obedecerles, si antes de toda ley civil
¡¿4 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

»no existiera una ley natural, un decreto del Supremo Le-


ígihlador, que obliga á lodos los miembros del cuer|>o po­
lític o á respetar á lo? que Lacen sus reces en la sociedad,
■que manda á todo ciudadano prestar, por medio del r e -
i conocimiento, sus servicio* á los que le gobiernan por su
•bien, que le impone como un deber soportar las cargas
>do una sociedad cuyas ventajas percibe, y que establece
>de este modo entre los superiores 6 inferiores un comer-
icio mutuo de beneücios y de obligaciones?» No podemos,
n o, dejar de creer que Dios es quien, por su infinito amor
á la¿ criaturas, sanciona las buenas leyes que. estableces
los poderes humanos; quien manda á los hombres que
respeten y estén sumisos á las potestades de la tierra, que
deben ser justa» ,'lMKttiH' Batata^jcomo fieles imágenes
de la misma Providencia, y quien castiga tenrijien, la ilegi­
tima opresion que puedan ejercer los gobernantes*.y las
insurrecciones de los gobernados; porque proviniendo
da Dios todo p o d er, el que resiste a l poder legitimo,
resiste al mandato del mismo Dios <. Luego laa leyes
no solo ejercen su imperio en la conducta estertor y pú­
blica de lo» hombres, sino que también se entienden sus
cfuulos en cierto modo hasta el fuero de la conciencia,
porque se hallan revestidas de un carácter sagrado qüe
las imprime el mismo Dios.
La historia de todos los pueblos viene como en apoyo de
osla verdad, No pudieron los primitivos legisladores de las
naciones gobernar á los hombres ni reunirlos en sociedad
hasta que establecieron una religión y un culto, como base

1 Sin Pablo, '-[list. á los rom,, cap. xiir, vers, I y 'i.


CAPÍTULO I. 35

tic todas sus leyes y costumbres. Por oso dice M. IItime:


«Buscad un pueblo sin religión; y si por ventura le encon-
>traía, estad seguros de que no Be diferencia niuclio de
kiss bestias.» Ya antes había dicho Plutarco, t|ue mas
bien so conseguiría fundar una ciudad én el aire, que
encontrar en todo el m undo un E s ta d o político donde no
se reconozca ni se preste culto á ninguna divinidad. Y el
autor de la Historia del género humano se espresa en
estos términos : «Habiendo enseñado la espcriencia del
•corazón humano que unas leyes puramente civiles no
i podían obviar ni precaver las contravenciones secreta)»,
>kte legisladores conocieron la necesidad d e .¿ « ñ a fia rla s
»coiicienritflv.y.:aKed#eirtar jd£jn^ent)8u£L.aq*ei*e cayaa
•orinúinleft"nanos no podían contener. Entonces eslable*-
»cieron varias religiones, erigiendo en divinidades Zo-
»roastro á Oromazes, en Persia; Thaut á Mercurio ó Uer-
•mes, en Egipto; Minos á Júpiter, en Creta; Carondas á
•Saturro. entre los cartagineses; Licurgo á Apolo, para
»los lacedemonios; Dracon y Solon áM inerva, páralos
>atenienses; Numa á la ninfa Egería; Mahodia al ángel
■Gáteidj; Zamolxis á Vesta, entré los escitas; Zalenco,
» eitt*jlos lecrios, á Minerva; Platón á Júpiter y Apoto,
■para los magnesios, y así de otros muchísimos.» :
Tenemos, pues, conGrmada, hasta por la historia do
lodos los pueblos, urta verdad de la ma8 alta importancia^
cual es, que á la formación d&las leyes civiles ha pre-
ccdido indispensablemente el establccirftienlo de una re­
ligión y de un culto; porque sin este saludable freno que
sujeta las pasiones y doma los escesos de una libertad mal
entendida, no se han podido forzar, por decirlo asi, las
2(3 LA SOCIEDAD V EL PATÍBULO.

voluntades de loa hombres para que cumplan con sus


propio» deberes. Si la sociedad no tuviera un principio di­
vino , si careciera de un origen superior á lo» limites de
la razón humana, si detras del poder material de que está
revestida no hubiera un poder eslraordinario que impera
sobre las mas encambradas dominaciones de la tierra, y
si el hombre no estuviera intimamente persuadido de to­
das estas verdades, los poderes públicos serian menospre­
ciados, sus leyes impotentes, bus instituciones inelicaces,
y , en fin, basta la ini&ma existencia de la soeiedad seria
precaria y miserable, y pronto sucumbiría bajo el peso-de
la anarquía mas espantosa. Por consiguiente, todas las
leyes humanas están sujetas á una ley mas alta y que no
puede sufrir aáogtna d u » rtrr uritninrtnn. cual es la ley
natural, la tey moral; y éorao los hMÉhnetr*» n*tural-
nento sociables, primera y especialmente porque « a m u s
espirituales, la misma atracción oculta y misteriosa de
sus espíritus, que tienden á confundirse en el divino cen­
tro de su común origen, que es Dios, ha sido la principal
causa que los ha puesto en la precisión de reunirse en
sociedad. Luego la sociedad se deriva de la espiritualidad
de los hombres : si no fueran hombres, no se reunirían
en sociedad; si no fueran seres espirituales, no serian
hombres; y como el espirita inmortal que los anima es
un destello del espíritu del mismo Dios, resalta que la
sociedad humana tiene un origen divino.
c a p ít u l o j. 27

ni.

IDEA GENUAL DI LA JIBTKU .

De lo que acabamos de esponer se deduce qae la hu­


manidad entera como las naciones, las naciones como tos
pueblos, y es los como las familia*, son derivaciones del
individuo; y como el hombre individual fue hecho por el
mismo Dios á su imagen y semejanza, resulla que el
origen divino del hombre se esliendo i ta familia, y á los
pueblos, 7 á las raú w aliia d ee todas, y á la hatoanidad
« o t o * ; y o r ó el b o a ta e estáeq eleiiL la etehta le y de
j D s n ly de justicia que lleva grabada en su conciencia,
(«también evidente que sobre el derecho individual, y
sobre el familiar, y sobre el comunal, y sobre ei na­
cional, y sobre et de gentes, mas allá de lodos, y en una
altara adonde ninguno puede alcanzar, está escrito el de­
recho de la móral y de la verdadera justicia, el derecho
divino, en fin, de cuyos preceptos no deben separarse
jamás l u leyes de los hombres. Has á pesar de que la
idea fundamental de justicia se encuentra en h conciencia
de todos los hombres, y i pesar también de que por es­
pacio de muchos siglos se ha meditado con objeto de pro­
fundizar en su esencia para poder comprenderla con la
mayor precisión, sin embaído, a m no se ha definido, ni
acaso se la definirá nunca con toda exactitud.
En vano los mas eminentes filósofos de la antigüedad
han querido elevarse á los principios mas generales y
abstractos para descubrir la naturaleza y origen de la jos»
28 LA SOCIEDAD T E L PATIBI'LO.

liria. Unos, con Pilágoras, creyeron que la justicia consis­


tía en recompensar al hombre según sus méritos, teniendo
por base el principio de la armonía; y otros, con Platón,
juzgaron que erü el resultado de la confusión de los tres
principios de lo verdadero, de lo bueno y de lo bello. En
los modernos tiempos, PofTendorf, ampliando los principios
asentados por Hago Grotius, ha creído que la justicia es
una derivación del espíritu de sociabilidad del hombre:
opinión que. también ha sido admitida por W olf, auoque
robusteciéndola con oíros principios de metafísica; y , por
último, Kant califica de justo un hecho que, practicado
por lodos los hombres, no impide el ejercicio de la li­
bertad individual : doctrina que ha sido rebatida por va­
rios lilúaofrv-lo&cjAle&tt **»TtKji4idQ¡iWgp en dos siste-
m&tfi ítiyft
nia&iado. Basten, ípueB, estas solas iodic&ciOues para-cta-
firmar nuestro anterior aserto de que aun no se ha definido
la justicia» ni acaso se definirá nunca con toda exactitud.
l^a justicia está en Dios, es la voluntad de Dios, es el
mismo D ios; y los destellos de su justicia se reflejan en
Ja conciencia del hombre. Por eso Cuando el hombre lia
desconocido al verdadero Dios, ha carecido de la idea de
la verdadera justicia; y , por el contrario, á medida qae
la nocion de un Dios verdadero 6e ha ido desenvolviendo
en el entendimiento humano la idea de la verdadera ju s ­
ticia se ba ido manifestando también con mas claridad en
la condoncia de Io6 hombres.
Así vemos que todos los pueblos idólatras, para esta­
blecer una ley sobre los principios de justicia, consulta­
ban la toluniad de los dioses; y para observar una con­
CAPÍTULO I . 20

duela arreglada, la acomodaban á la que suponían que


observaban sus divinidades. Pero como estas divinidades
eran falsas, no pudieron tener sus adoradores mas que
ideas. Tabas de justicia; y romo las costumbres que atribuían
á los dioses eran supersticiosas, por eso también las cos­
tumbres de los gentiles fueron supersticiosas y absurdas.
La justicia es una emanación del Espíritu divino, es
un purísimo destello del Ser infinito, carece de formas, es
espiritual: no se puede apercibir por medio de los senti­
dos , y por eso es indefinible; pero se adivina, se com­
prende y se conoce cuando se penetra en el recóndito san­
tuario de nuestra alm a, donde la fe Teñera su misterioso
resplandor, con que se alambra la conciencia. Para que
los hombres tuvieran una regla á que ajustar sus prácticas
sociales y sobre que levantar los monumentos de las
leyes, Dios les reveló en el principio de los tiempos las
ideas constantes y eternas de la verdadera justicia; pero
bíenpronto se borraron del humano entendimiento cuando
se olvidóla revelación primitiva. Mas despnes que Jesu­
cristo vino ¿ redimirnos, despues que la verdadera justi­
cia fue segunda ver. revelada, y despues que loa Após­
toles predicaron por todo el mundo las santas doctrinas
que se encuentran consignadas en los Sagrados Libros, ya
tienen los hombres un guia seguro é infalible á que ate­
nerse para regalar sus acciones, una norma de que ser­
virse para la formación de las leyes, y un principio fijo é
inmutable sobre que levantar el grandioso monumento de
la civilización verdadera. La justicia, pues, es la voluntad
de Dios, y su mas pura manifestación son las sublimes
máximas del Evangelio.
CAPÍTULO II.

Del derecho de castigar.

I.

OnfGPN DE ESTE DEHECIIO.

Hemos visto que el hombre ha nacido para la sociedad,


en virtud de una ley de su propia naturaleza; de lal modo,
q u e, afinque «por medio de una abstracción de nuestro
«entendimiento, como dice el Sr. La aso de la Vega en su
«antes citado discurso, pudiéramos arrancarle las aiimpa­
rtías que lo nnen con el hombre, las facultades que ejer­
c i t a y desenvuelve en el comercio y trato de sus seme­
ja n te s , y los sentimientos, instintos y pasiones que le
•impulsan, le arrastran y le encadenan á la saciedad, to­
ldarla la sociabilidad seria una de sus leyes y una de sus
»condiciones de vida y de existencia, porque el hombre
»continuaría naciendo y perpetuándose en la sociedad; y
>no basta imaginar una teoria si loa hechos la desmienten,
»ni formular un sistema contradicho á la vei por la cspe-
»riencía y por la historiar»
:$2 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

Poro la asociación seria imposible si careciera de


le yos indispensables para su existencia; y vanas serian
también estas mismas leyes, <• inútiles para muchos indi­
viduos cuando se sintieran arrastrados por las pasiones y
por los malos instintos, si la sociedad no tuviera poder
para corregir y contener á tos malvados, amenazándoles
con la imposición de un mal proporcionado á sus crimi­
nales acciones, • •• '
El hombre debe cumplir en la vida un fin superior,
y este fin no puede alcanzarlo mas que con el desarrollo
de sus facultades intelectuales, con el comercio de sus
afecciones y sentimientos, y con la completa satisfacción
do sus necesidades físicas; porque es un compuesto de
alma, corazon y iMinqae el hombre tiene en
al mismo el poder de negar á este fin superior de la vida,
carece-de los m d io s para' conseguirto; y esfosfftwKu) no
los encuentra mas que en la sociedad, que lé facilita b s
ciencias, para que con su estudio cultive las facultades de
su alma; el trato con sus semejantes, para que goce con
el ensanche y satisfacción de sus sentimientos y afeccio­
nes; y toda clase de alimentos, para que nutra su cuerpo
y conserve la existencia.- En cambio de estos medios, de
estos auxilios, de estos bienes qué el hombre disfrutaren
saciedad, queda obligado á respetarla, y á obedecer todas
las léyes que le marcan los-deberes que tiene para con
los demás coasociados; porque estando Establecidas las
leyes con el objeto dé conservar la asociación y garantir
loa derechos individuales, el que atropella sus mandatos
comete un alentado contra el órden público , y al mismo
tiempo contra los derechos de los particulares, supuesto
CAPÍTULO II. 33

que la asociación general y cada uno de loa individuos


están ligados por io> vínculos del Ínteres común, y este
Ínteres común no (s mas que el cumplimiento de la su­
prema ley nalural y moral eu que se confunde la huma­
nidad entera.
Empero muchas veces sucede que un hombre, estimu­
lado por reprobado* apetitos ó por la fuerza de las pasiones,
causa daño á otro hombre, ora arrebatándole parle ó d
lodo de lo» bienes do su propiedad, ora produciéndole un
mal en su honor ó en su e&istencia, ó bien causándole cual­
quiera olra grave ofensa : para el que eslo hace, claro está
que no han tenido fuena ninguityi laajeyea quq.le marcaban
la regla de su conducto, ai laaq n p le aoiflnatabaflcou la
imposición d eán castigo necesario y proporcionado si fal­
laba al cumplimiento de sus deberes. Por consiguiente, si
esa p r e v ia amenaza de las leyes no se llevara á debido
efecto, la impunidad de uno ó de vario» delincuentes alen­
taría á cari lodos los demas individuos, y , olvidándose cada
uno de bus propios deberes, roto el freno de la m o ra l , se
multiplicarían ios mas horrorosos alentados t las. .pasiones
serianrla única regla de conducía, la asociación seria des­
h ech a com pletam ente, y de este modo quedarían sin-efecto
la ley moral y la ley de sociabilidad que Dios imprimió en
la naluraleza de todos y cada unode los hombres. Es, pues,
evidente que la misma necesidad de conservación, la
misma ley nalural, la misma ley de alta justicia qne el Ser
Supremo grabó en nuestras conciencias, es el sagrado fun­
damento del derecho qne tienen los poderes del Estado
para castigar á los qne delinquen. ■>
A pesar de lo robustos é indestructibles que son los
3
3i LA SOCIEDAD 1 E L PATÍBI'LO.

principios de justicia que acabamos de esponer, únicos que


Iofftliman ol derecho d<? castigar, sin embargo, han'sido
contradichos por varios filósofos, que intentaron sustituir
en su lugar oíros quiméricos principios qne les hizo soñar
su afan de innovarlo lodo, con menosprecio de las verda­
des eternas y absohilas, qne, ocultas en las entrañas de lo­
dos loe siglos <tesd& el principio de los tiempos, se mani­
festaron luego con una fuerza invencible cuando amaneció
la aurora del cristianismo.
En nombre de la filosofía se han proclamado los ma­
yores absurdos, los mas crasos errores, los mas anlifilo-
sóficos principios: en nombre de la filosofía se han profesado
mil utopias sociales : en nombre de la filosofía se ha prc-
dicado fr e u m d wij<tafc» |M ionn8 humanas y de ta ma­
teria sobre el espirite ; Y » > » 't i 6 a t e f t U n « i b r e de h
filosofía se ha negado la inmortalidad del a b a ^ ktaenesidad
de la fe y de la revelación, y i hasta la existencia del Ser
Supremo! No es, pue9, cstraiio que también cierta clase de
hombres que á si mismos se lian dado el titulo de filósofos,
hayan negado los principios de justicia, para sustituir en
su lugar nuevas teorías mas ó menos absurdas, y todas
insuficientes para legitimar el derecho de las penas, teorías
de que vamos á ocuparnos.

II.

TAE.&A& HOÚ 1 S SOBBE EL DERECHO DE CASTIGAS.

lino de los hechos mas constantes y universales que


nos enseña la historia del mundo, es el de la imposición de
c a p ít u l o h.

la» penas, en todos Ior pueblos, en (odas las edadesy bajo


todas las formas de gobierno; y ¡ea vista de la constancia
y universalidad dn este heché ,8tonpreacoplado parta
conciencia de lodos los hombres, y jaMáBCOnlradicha por
ningnho, proclamóse como legítimo en el-siglo r n n , cuando
los llamados reformadores demandaron á todo 1©que en­
tonces cxislia la razón de su existencia. Al examinarte
naturaleza del derecho de castigar, viose que está entera­
mente conforme con la naturaleza misma de la sociedad;
porque la sociedad y todos los legítimos derechos qne la son
peculiares, dimanan d d alto principio dé la jastícra, qne
eah ik y a a p rea » y B én en frg!il(6« iÍtiÚl i t < ^ l« > c » B a ^ .
MascoosiHWí iM H ir m íjiiiftii i i i i i n i r i c i i Tffi fítoit in
« ig a a d friB fty )n suprema ley de justicia por (jiip se rige,
fueron lógirns y iwnsecuenli'K negando también esle origen
drl derecho de castigar.
Entre los varios astenias que estonces se proclamaron
para autftniriaB en logar'del páttsipfo da jteücia, ¿vién­
tense o o a w |)*iD < ?|B il» ^ ^ fe,< l< ftn B á^ 4e tin le r ^ ó
da;la4lUMad^ el d d pacta^tidíaM í IWÉQu^'Wifeltttidos
pos iiÉ iiw l mhtnr y rerdM ttm lK isofo^'y’deflfltttMasya
d e to d b ín e n a por esta TaMnv sta «mbargov vtM oé'á
ocuparnos brevemente de cada uno de e lo s, porque do
es(« modo resallará mas y ñas la kg?tÜB¡riNtjlel princi­
pio de justicia, tmicosobre <p*e girt)4a)grsn máquina so­
cial, pitrque es «1 éuico oapazdafijar'los limites qaé no
debe traspasar la humanidad eni eus cnatmua^ e+olwíiones
por enmedio de los sig la s ; ■ . . i:.''!vyjniis!-
Uno d e los priucipilte in v o ca d o s « a ntanfe^ y a i s l a d o
por muchos escritores peralesptiearhlaikgitim idad d el d e -
3ü LA SOCIEDAD T EL PATÍBrLO.

rcclio de castigar, ha sido el principio de la defenta ; y


sobre él se ha formulado un sistema, reducido á decir
que, así como el individuo liene un derecho natural y le­
gitimo para defenderse del mal que le amenace y para
precaverse de las asechanzas y peligros á que se halle e s-
puesto, asi también la sociedad tiene derecho para defen­
der ¿ lodos y cada uno de sus miembros, cuyo derecho 6e
resuelve en (acuitad de castigar.
Pero la inexactitud de este raciocinio se demuestra con
solo considerar que, do habiendo derecho para defenderse
sino mientras dura el peligro que nos amenaza, no tendría
tampoco la sociedad derecho para defender á los indivi­
duos mas que cuando se vieran amenazados de algún mal:
y como la sociedad,notfoae a» p— da tener noticia del mal
que amenaza á los individuos hasta q n e e e iv a a e itt tunado
ó ha desaparecido, es claro que nunca podría teoér-ecteion
de ejercer el derecho de castigar. Un hombre, por ejem­
plo, se ve io&ullado y atropellado : en el momento del in­
sulto, liene derecho para defenderse; pasado ese mo­
mento, no hay lugar á la defensa t porque cesó el mal que
amenazaba. S i, pues, invocara los auxilios del poder so­
cial cuando su ofensor se hubiera fugado, la sociedad le
diría : Aquí está mi poder para defenderte; ¿ quién te
ofende? ¿Qué mal te amenaza? Y como al hacer esta pre­
gunta y a habría cesado la ofensa y el mal que amenazara
al individuo, el poder social se retiraría, esclamando : ¡Ya
es tarde 1 Y mientras esclamara de este modo, acaso el
mismo delincuente cometería nuevos delitos, mayores crí­
menes ; y estando consumados al llegar á noticia del po­
der social, este esclamaría de nuevo : ¡Ya ha cesado el
C4PÍTLX0 II. 37

m al; no hay lugar á la defensa; ya es tarde 1 Y siempre


llegaría tarde la protección dé la sociedad, y osla indis­
pensable tardanza importaría la constante impunidad da
lo» delincuentes, con menosprecio de la justicia, con grave
ofensa de la ley moral, y con perjuicio de los verdaderos
intereses de los ciudadanos.
Ademas, si se proclamara la defensa como único prin­
cipio para legitimar el derecho de imponer castigos, re­
sultaría que, como el defenderse es un derecho inaliena­
ble, y propio de lodos y cada uno de los hombres, porque
es una consecuencia de la ley natural de conservación, si
bien habría un derecho legitimo paria defenderse delagre-
sor; empero también el agresor, que no-por esoperderia
sus derechos na tu ralos, podría á su vez defenderse legiti­
ma monte del poder social que le amenazara con la imposi­
ción de un mal, tan grave como él reputaría el del cas-
ligo ; de suerte que con el principio del derecho de de­
fensa, lanío se legitimaria la pena como la impunidad de
los delincuentes. Supongamos que trn criminal, por ejem­
plo, arróbala para sí una alhaja de mucho precio, que
pertenecía á un hombre que la habia comprado con su
dinero, y logra evadirse después de consumado el robo,
llevándose consigo el objeto robado. En este caso, cesó el
m al: c<'só, por consiguiente, el derecho de la defensa, é
injusta é improcedente seria la que entonces usara el indi­
viduo ofendido ú la sociedad en su nombre. Pero «opon­
gamos que el poder público persiguiera todavía at cri­
minal, y que este se llegara á ver cercado de hombres ar­
mados que quisieran aprisionarle para que sofriera el mal
de un castigo : claro es que el criminal entonces so vería
3S LA SOCIEDAD Y EL rA T IB ll.n .

amenazado; y «orno te os propio ó inalienable el derecho


natural dé la defensa, ejercita ríalo contra sus perseguido­
res, y , echando mano do sus armas, mataría acaso al que
se hallara mas próximo. Ahora bien : ¿seria un crimen
esta muerte ? Según el principio de justicia , s í ; mas con­
forme al principio de la defensa, no, de ningún modo, por­
que fue prftcisa para salvar la existencia individual, que
probablemente^ hubiera perdido si so hubiera intentado
apelar ¿ la fuga : su causante se vió amenazado y acome­
tido : no hizo, pues, mas que defenderse. Y véase de
qu¿ modo un hecho de resistencia á la autoridad pública,
que califica y agrava el delito cometido, y que por sí solo
constituye un grave crimen, seria, como en el caso pro­
puesto! , u t beefcotlkstoy joiftr& d,derecho de castigar se
fundara esclusivam enteto A derticfco delhttffeÉra1 t ■
«¡Defensa! Y i contra quién? esclama el SrrPaéhBco.
a ¿Qué hombre, quó persona es el objeto de esa defensa?
•¿Contra qué individuo se dirige? ¿Contra el que delin-
squió, por .ventura? Pero ese ya no delinque : e se, sin
»cambiar la significación de las palabras, no puede ser ob-
»jeto de defensa. ¿ Contra el mismo por los actos futuro»?
a I’ero fáltanos la seguridad de que los cometerá nueva­
m ente. ¿Sabemos, acaso, que deba volver á delinqtfir? ; Y
>si es imposible que cometa otra vez aquel acto? ¿Contra
>otros hombres, por último, que puedan ser criminales?
j Menos todavía; porque claro está, por la significación
smisma de los términos, que la defensa no tiene aplicación
>á una vaga posibilidad; que si bien es un acto preven­
t i v o , necesitase la amenaza, la proximidad, la vista del
■mal, para que la defensa nazca y se levante coa derecho.
CAPITULO II. 39

■i aun es íalso, sobre lodo, que la pena recaiga en esos


«hombree que pueden delinquir ; Ja sociedad y la ley no
»penan sino al que delinquió : ai de otro modo procedieran,
«sublevarían contra ú Ja concienciada!género humano.»
Con estas y las breves consideraciones que antea espu­
simos , se manitiesla sobradamente lodo lo inexacto de ese
sistema, cuyas consecuencias serian la inmoralidad y el
absurdo, supuesto que autorizarían y legitimarían la guerra
entre los individuos, y entre estos y el poder social, con
grave desacato de la ley de alia justicia, que conserva la
armonía en lodo la creactop y preside el destino de la hu­
manidad,.: l:..u J . í t v. a; j
Otra de las teorías porj flrock» d e
los eSfcdlOtW -del pasíldo si^lu para ímiilai el derecho de
imponer uistifws, es lado la utilidad. Los partidarios de la
escuela utilitaria se dividieron en dos bandos, proclamando
unos el ínteres privado, y oíros el ínteres general; perú
lodos convinieron en sustituir la ley del .ínteres á la ley de
ju sticia: idodiróa por derlo. nmy conforme con aquella
otra que predicaba la enlrúmtfeüioa de la Materia soto* el
«epírHw, Y de las pasiones sobre todos los deberes 1
Lo erróneo, pernicioso, absurdo y contradictorio!do
esta teoría, osclusivainente materialista, ó incompatible
con loda idea de moral y de virtud, so evidencia conside­
rando que, si por un solo instante pudiera admitirse y
aplicarse á la sociedad, entonces nada habría malo.ai
bueno, nada úlü oí perjudicial, nada digno dfl_NSQm-
pensa ni de castigo. Loo se quejaría, por qjemplo, de
que le habían arrebatado una suma considerable de di-
uero, y pediría el castigo para el delincuente; pero el de-
4Ú LA S0 CIE1>A1> V KL PATÍiUILO.

lincuente quedaría impune con solo alegar la utilidad qne


le liabia reportado el mismo hurlo cometido. Giro se la­
mentaría de la porndia de un falso amigo que había man­
chado para siempre su honor; mas el pérfido amigo sal­
dría victorioso de semejante acusación con solo pretmlar
fil placer que le había proporcionado la deshonra del
hombre de bien á quien era deudor de una ciega con­
fianza 1De suerte que, lo que para uno seria perjudicial,
para otro se convertiría en muy escalente : lo que para
uno seria m alo, resultaría de la mayor utilidad para oír o;
y, por consiguiente, la virtud y los ■vicios no lo serián sino
de un modo relativo, y nunca habría delito ni ocasíon
para ejercer el derecho de castigar.
De aquí k 88gwria la mas «ooplela corrupción de las
ideas y dé las costumbres; la le y moral quedaría vilipen­
diada y en el olvido; la virtud desaparecería enteramente
de la sociedad, por su evidente inutilidad material, y el
ínteres arrastraría á los malos hasta esterminar á los
hombres de bien, que se harían insoportables por sus
continuas y severas reconvenciones. ¿Quién estilaría en­
tonces á los ciudadanos á darse en sacrificio por amor á
la patria? ¿Quién estimularía ¿ socorrer las necesidades
ajenas, sin recompensa y sin esperanza de ninguna Altura
utilidad? ¿De dónde se levantarían entonces los Arislides,
los Sócrates, los Régulos, los Brutos, ni, sobre todo, loa
Guzmanes, ni los grandes héroes que duermen el sueño
de la inmortalidad, ni tantos ejércitos de Santos mártires
que han derramado sa sangre, despreciando todos los te­
soros de la tierra, 6 inflamados únicamente con el fuego
de la virtud y del amor á la justicia? ¡ O h ! entonces el
CAPÍTULO II. i I

patriotismo, la caridad, la nobleza, el valor, la genero­


sidad, los deberes, lodos los mas elevados sentimientos
y todas las sublimes aspiraciones del genio se ahogarían
en el cieno del ínteres y del vil egoísmo; y como la uti­
lidad material no se encontraría mas que en la práctica de
los vicios, los vicios serian el símbolo de la tanmana jus­
ticia , y el rey de la* tinieblas usurparía de hecho el im­
perio que sobre los hombres solo compete al Divino Cria­
dor que domina sobre los allos cielos 1
Tal es el fin hasta donde llegaría la sociedad si acep­
tara en su ejecncion esa teoría qne han profesado ciertos
hombres, atascados por el riego y ardiente a i n >dé in­
ventar sigleña», v
El último que nos reí-la examinar es el del llamado
¡jado so cial , fruto de una imaginación fogosa, pero estra-
viaila. Enteramente desautorizado en el día este sistema,
poco tenemos que añadir para combatirlo, despnes de
asentar que el fundamento de ese soñado pació se ba
dicho que consistió en la cesión de los derechos indivi­
duales, hecha por el hombre salvaje en favor .de la aso­
ciación general. Vemos, pnes, desde Inego qne en esta
sola proposición, que es el resúmen de todo ese sistema,
se encierran dos absurdos capitales: primero, que seme­
jante estado salvaje no es ni ha sido nanea posible en el
hombre, como nos lo ensenan la razón y la historia,
porque es abiertamente contrario á su misma natnrafoza;
y segundo, que no solo no tuvo lugar la dicha-Cesión,
sino que mal pudo tampoco el hombre ceder, ni en lodo
ni en parle, sus derechos naturales, que son inalitnablet,
porque no corresponden en propiedad mas que al Sobe­
!.A SOCIEDAD V EL 1‘ATÍHLLO.

rano Criador. «¿ Cómo, esclama con energía ol Sr. Pa-


«eheco; c¿mo se ha de pretender que el hombre aislado
»de loe bosques, el hombre errante, abandonado, sin
•porvenir y sin deslino, sea el hombre primitivo, el ele-
»monto de la sociedad? No : ese hombre, que rarísimas
«veces se encuentra, no lleva en 6u fren le la unidad del
»género humano; ese hombre no lleva en su corazon el
sgermen ni el destino de los pueblos. Ese hombre es una
«rama desgajada del árbol, y echada sobre un arcual,
«donde se seca y perece. No es el hombre nalural, pues
sifué ni conserva, ni perpetúa, ni mejora su eapeate;- ni
tampoco el hombre primitivo, pues que eu él se des-
«cubre el decaimiento, on vez de advertirse la esperanza:
•quedó faer&dela yao j# r el progenitor
»de las sociedades: n o r m a s q a e o jiM n ^ * ^ < ^ a iic a d a
«y arrojada de la naturaleza, que se esUQguiráiO<ni|i|^a-
»mente, y que 110 dejará ninguna memoria de su tránsito.»
Va eu otro lugar hemos probado suficientemente <|ue
el hombre e* sociable por su naturaleza, porque fuera de
la sociedad, no puede nacer, ni vivir, ni multiplicarse ; y
a s í, repuliremos con el señor conde de Bonald, ipie «to-
»dos los pueblos, y hasta el mismo género homano, han
* nacido de una familia, pues que aun podrían volver á
«principiar por una familia ai esta quedara sola en el
«inundo. De uquí que en su infancia no tenían los pueblos
«mas nombre que d de una familia; y por eso se llama-
iban hijos de Heber, hijos do Moab, de Idom, I‘o -
«lasgi, etc. Decimos, pues, con la razón y con la historia,
•que el ser inteligente ha sido producido por otro ser in­
d ig e n t e . Que si es verdad que ignoramos el misterio de
CAWTl'LO H . <-3

*esta generación divina, no sabemos nada mas acerca de


»la generación humana, porque en el mundo, todo, in-
»cluso el hombre, es un misterio paraelhom bre.»
Si, pues, el hombre lia naoido de nAa Bociedad, si es
el fruto, el resaltado, el producto, la GODaecuanria de
una sociedad, ¿cómo el efecto ha de volverse1en caúsa,
cómo la consecuencia ha de tornarse en principio, ni
cómo el hombre ha de haber sido el creador de la so­
ciedad, si la sociedad estaba ya creada antes de que él
fuera hombre? Pero arin concediendo por un momento, si
es que por up niomento siquiera se puede conceder, que
el b o n b r rc T e ^ ífa w cíedaM /íeíijn* anorigra
qa ampie'fwetoWS « tB fta&ttveJa-ftftrde hlibrO'Tultaibd,
¿qufr to rrar Wndria cuando In voluntad se acabara? ¿En
virtud de qué tionen fuerza lodos los pactos sino en virtud
de una ley anterior que sujeta las voluntades? Y si el
consabido pacto se dice que fue originario, primitivo,
i dónde ésláfci le y to U rió r que obligara á su enmpti-
nriento?4fra ”¿ ^ 1«f'Ñ vfl ta b e r w te r io r á la so­
ciedad ,"titoirodedád ea la 4dfnnqbe'M nk^las laye» c i-
piies, que latriorfa dél pacto soratfvqne
tantos proáflitos alcanzó á fines del pattdo siglo»;'QÓ &
mas que un absurdo basado sobre otros absurdos,
Pero todavía queremos ir mas lejos. SdJwngHinos que,
sin necesidad de una ley anterior qne garantiese y diera
faen a de obligar al consabido pacto, hubiera sido cierta su
formación, y que lo hubieran obedecido voluntariamente los
primeros hombres. En este caso, ¿ á qué principios, á qué
leyes, á qué ideas, á qué conocimientos, f , CU fio, á qué re­
laciones se hubieran atenido Ida contrayentes para poder
44 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO,

caI ciliar y fijar el carácter y estension do sus mutuas presta­


ciones y la eficacia del compromiso que iban á celebrar? In­
dudablemente aquello» hombres, que no lenian mas ley que
la natural, se hubieran atenido á los preceptos de la ley
natural: aquellos hombres, que no sabían mas que lo que
se les había enseñado por medio de la revelación, se hu­
bieran conformado con las doctrinas reveladas; y , en fin,
aquellos hombree, que no conocían en el mundo mas auto­
ridad que ta de sus conciencias, hubieran escuchado las
voces de sus conciencias. Ahora bien : ¿quién es el autor
de las leyes naturales, quién el que reveló la verdad á los
primeros hombres, y quién el que imprimió las nociones
de justicia en sus conciencias? ¿Quién fu e , quién es sino
Dios? Luego ag» cuando la ¿oefedad-ae hubiera formado
por medio de un pacto, este pacto no poda» laudarse mas
que en la ley na toral, en la ley moral, en la le y de ju s­
ticia, en la ley divina; luego la sociedad, aun admitiendo
aquella imposible teoría, tuvo un origen divino, porque la
primera ley humana se fundó indispensablemente en una
ley divina que la diera fuerza y garantía; porque la razou
humana es un destello de la razón infinita; porque antes
de la criatura está el Criador; porque antes y despues del
hombre está el Dios Omnipotente, asentado sobre el trono
<le la eternidad.
CAPÍTULO H.

IIL

ESTENSION 1’ OBJETO DEL DEIIECBO DE G iS T lO A l.

El derecho de castigar no es un derecho absoluto,


^L.o relativo; luego precisamente debe tener sus límites.
El derecho de castigar está fondado en la razón y en la
justicia; luego debe tener un objeto racional y justo.
Ahora bien : ¿ cuáles son los limites del derecho de cas­
tigar , y cuál el objeto que la sociedad debe proponerse
cnando castiga? Lo» Umitas de e n d m d w w encuentran
en la materia 4 6 . UteiaritaBas p e n a » ,y e l o b jé te te la *
penaB se hatla escrilo en ol lin social del indiv iduo.
No pueden ser materia de las penas civiles nías que las
cosas que están conformes con la naturaleza de la socie­
dad c iv il; y como la sociedad civil es material y temporal,
las penas que ella imponga deben ser paramente materia­
les y temporales, porque lo espiritual y lo imperecedero
solo mbumbflB'al poder espiritual, que» penetrando en el
Rindo ile i» conciencia, advierte al alma lo que debe hacer
ó dejar de hacer para esponerse á sufrir una eternidad
de castigos. La sociedad puede privar al delincuentede los
bienes que ella le ofrece y de los derechos que ella le
concede; mas no puede privarle de los bienes que son de
un origen mas elevado, ni de los derechos que ella no ha
podido otorgarle, cuales son los derechos natuntlésj.dere­
chos de todo punto inalienables, porque su propiedad no
es del individuo ni de ningún poder de la tierra, sino es-
dusivamenle del Arbitro Supremo. Todo le mas que la so­
íti t.A SOCIKIMD V KL tUTÍBlLO.

ciedad puede hacer es impedir el ejercicio de cüor mismos


derechos, agravando ademas al individuo con la imposición
de un mal material; pero nunca atacar la personalidad
humana, porque la personalidad no es del hombre, sino el
hombre mismo.
En todos los delitos, para que sean tales en verdad,
lia de haber necesariamente unaintancíon y un objete: la
intención es hija de la libertad : eL objeto no se alcanza
sino por medios materiales; y entre la libertad y los me­
dios materiales, entre la intención y el objeto, entre el pen­
samiento y su realización, se encuentra la voluntad. Pero
¿acaso la voluntad es todo el individuo, ó por ventura la
personalidad se reduce á la voluntad ? l)i* ningún modo:
luego w « dtiwtóMto:LeoBfc»;litpersonalidad, que es
superior y mas nnrnlrnlr qnn fo líhnilnriiíl l|_itiQlwiilnf1 re­
unidas; y como la muerte destruye la períonatídad:4el
individuo, es palpable la improcedencia con que se aplica
la muerte como castigo. Sin embargo, puede castigarse ia
personalidad misma del hombre ; p ero do considerándola
como una simple unidad, sino como un compuesto de frac­
ciones de unidad; no como un Iodo, sino como un com­
puesto de partes de un todo; y , por consiguiente, el cas­
tigo no debe dirigirse A la unidad misma, sino á cada una
de sus fracciones; no al lodo, sino a cada una de sus
partes; no á la personalidad en su simplicidad ó en su
esencia, sino á cada uno de sus componentes ó elementos
constitutivos.
La personalidad del hombre ya hemos dicho que es
un compuesto de alma, corazon y sentidos: diríjase, pues,
el castigo ai alma, ni corazon y ú los sentidos; pero uo á
CAIMTIL0 II. 47

todosjunios, sino á cada uno de ellos separadamente. Do­


tada el alma de libertad y de voluntad, castí p é se la con
la privación del ejercido de su libertad, para que no pueda
mandar hacer lo que desee ó apetezca, y esta invencible
imposibilidad será su tormento: castigúese al corazón, se­
rra n d o al hombre de la sociedad y colocándolo lejos de
las personas de su afecto y cariño, y esta ausencia le des­
e rta rá su ansiedad, y esta ansiedad será su mayor pena;
y , en fio, castigúese á lo» sentidos con la imposición de
continuos trabajos, sin darle mas que el indispensable
descanso, y esta fatiga y este cansancio serán el mas grave
mal que puede sufrir: C atiigafo el a to a c o n ja imposibili­
dad de vwonm|ÉidoBlps>^ÉidaioB: de Bo'vohriaad'; cas­
tigado e lco rtfó n con el vacio do sus afecciones, y casti­
gado el cuerpo con la imposición del trabajo, resultará
castigada Ja personalidad ; y , sin embargo, no se habrá
impuesto ninguna pena que por si sola abrace directamente
la personalidad misma, porque la esencia de la personali­
dad comiste en e x itt ir , y la existencia ha qoedado en
s&lvo.Lee dolores del cuerpo, juntamente con las angus­
tia» -’dflbM raum, demandarán luego el ejórdcá* de la
vohuUtd para por este medio conseguir algún alivia del
mal que entrambos sufran; pero como la vohmlad no
podrá satisfacer laB exigencias del corazon y de los sen­
tidos, por bailarse penada á su vez por la falta de libertad,
resultará una revolverán general en la doble naturaleza
material y espiritual del individuo, y su cuerpo, « u ro su
espirito, quedarán oprimidos bajo el peso de-cionnespe­
sadumbres, de horribles angustias, do acerbísimos dolores
y de la mas grave pena, sin que á pesar de esto el poder
4R LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

social haya traspasado los límite» del derecho que le com­


pele para castigar á los delincuentes.
Por lo que respecta al objeto de este mismo derecho,
claro está <[ue no debe ser otro mas que la reforma del
criminal; porque el hombre que es malo por su propia
Indole, debe mejorarse con los auxilios de los demas
hombres, supuesto que la ley que le prescribe su posible
perfección es la que naluralmenle le impulsa y le arras­
tra hácia el seno de la sociedad. Si los hombres fueran
buenos por so naturaleza, jamás se hubiera sentido la
necesidad de establecer leyes civiles; y si no hubieran de
alcanzar su desarrollo y mejoramiento en la sociedad, las
leyes penales carecerían de objeto y serian injustas; luego
el principal objeto de tas loye» penales debe ser la re­
form ada los delincuentes. Pero. reformar
lo que ya no existe? Y si destruir no es refortnar, ¿con
qué justicia se destruye al individuo, en vez de refor­
marlo? Y si matándolo se le destruye, ¿cómo ha de haber
razón para matarlo ? ¿ Cómo se podrá entonces cumplir en
él esa lev providencial de su destino, que lo estrecha con
sus semejantes para que alcance su posible perfección?
Impedir al hombre que alcance su posible perfección, ¿ no
es anular completamente la ley de sociabilidad á que está
sujeto? Anular la precisa ley de sociabilidad, ¿ no es opo­
nerse i una ley natural del individuo? Oponerse á una lev
natural del individuo, ¿no es contradecir la volunlad del
Autor délas leyes naturales? Contradecir la voluntad del
Autor de las leyes naturales, ¿no es negar la autoridad
de Dios, la volunlad de D io s, la sabiduría de Dios y su
infinita justicia? Pues si hemos de creer en la existencia
CAPÍTILO II. 49

de un Dios omnipotente é infinito en sabiduría y en jus­


ticia, inmenso en sus inmensos atribuios, perfecto en
todas sus obras é infalible en todas sus le y e s, acatemos las
leyes divinas y las naturales que de ellas se derivan; res­
petemos profundamente la ley de asociación y de perfec­
tibilidad que está impresa en la naturaleza misma del
individuo, y confesemos, por último, la absoluta falta de
justicia de esa ley humana, que, al mandar quitar la vida
¡í ciertos delincuentes, obra en abierta oposicion con los
preceptos de las leyes naturales y morales que ha dictado
el mismo Dios, eterno manantial de la única verdadera
justicia. Por consiguiente, esa ley penal q u e, destruyendo
la personalidad del individuo, traspasa el objeto y se
escede de los precisos limites hasta donde no mas alcan­
zan las facultades de los poderes humanos, y que, impi­
diendo que el hombre cumpla la ley natural de su desar­
rollo , se opone á los infalibles designios de la volun­
tad del mismo Dios, no puede de ningún modo juslifi-
carse.
En vano se alega la universalidad con que la han eje­
cutado lodo» los pueblos de la tierra; porque las injusti­
cias no pueden legitimarse nunca por la volnntad de los
hombres, supuesto que no de los hombres dimana la jus­
ticia , sino de Dios solamente. En vano también se pretesta
una no probada necesidad de llevarla á cumplido efecto
para atemorizar á los hombres malos; porque aun cuando
alguna vez una injusticia pudiera ser considerada como
necesaria, con una necesidad relativa, jamás se justificaría
por la sola necesidad; porque las necesidades son del
mundo, y la justicia dimana del cielo; las necesidades
i
5iO LA SOCIEDAD T EL PATÍBrLO.

son momentáneas y uo siempre verdadera», y la justicia


os confitante, infalible y absoluta.
Todos estos y cuantos otros argumentos se adncen,
son inútiles, insuficientes é incapaces, como demostra­
remos en su lagar respectivo, para legitimar y mucho
menos justificar osa instilación contraria á la manifiesta
voluntad de Dios, qne no quiere que se castigue con la
muerte ni aun á los mayores criminales, sino que se les
deje, guarde y defienda la vida, para qne puedan ar­
repentirse, para que se conviertan, y para que en ellos se
cumpla un dia el triunfo del elemento del bien sobre el
elemento del m al, despnes de la continua lucha que se
sostiene durante toda la existencia entre los vicios y el
deber, e n tr e h ip u to iiM y ltía iflb , entre el crimen y la
virtud y entre los e rra o s y la verdad., «fBenunca se
borra completamente del fondo de la ccneieneia. ' t .
CAPÍTULO III.

Examen de la pena de muerte conforme á los


principios de la ciencia.

1.

CUALIDADES DE LAS UVEVIS FF.NAS.

La ciencia penal se funda en la razón y cu la justicia;


y como ni la justicia ni la razón admiten la pena de muer­
te , la pena de muerte no puede estar conforme con los
principios generales de la ciencia penal.
Sabido es que sin leyes fijas que sirvan de reglas de
conducta á los individuos * la sociedad no podría existir,
porque se destruiría precisamente con los horrares de la
anarquía, producida por el violento choque de las pasio­
nes humanas. Y como el fin principal á que las leyes de­
ben encaminarse es la perfección del individuo y el bien­
estar general, y como la esencia, origen y fundamento de
todas las buenas leyes consiste en la justicia moral , claro
es que se hace moralmcnte delincuente todo a l que desobe­
dece á una ley cualquiera, por cuanto que, al atropellar
Los mandatos de esa le y , obra también en oposicion con
!)2 LA SOCIEDAD T EL PATIBULO.

el principio moral donde tiene su fundamento. Mas aunque


el hombre, como s e r lib r e c inleligentA, es responsable de
sus propias acciones, sin embargo, no es posible en la
tierra formar juicio de todas e lla s , porque hay muchas
que corresponden á un órden superior, inaccesible á nues­
tra limitada inteligencia; y esta es la razón porqué la so­
ciedad se ha visto obligada á hacer distinciones y clasifica­
ciones de los hechos punibles, reservándose el castigar
solo aquellos con los cuales, no solamente se perturba el
órden general, si que también se infringen ciertos debe­
res , cuya infracción produce efectos dañosos que no es
posible r e p o n e r sin o p o r m e d io d e la sa n c ió n penal, y cuyo
valor se puede apreciar coa exactitud por la justicia hu­
mana.
Empero la suprema facultad que tienen los poderes del
Estado para castigar á los que delinquen, no se puede
ejercer de uoa manera amplia y absoluta, sino precisa­
mente b a jo c i e r t a s condiciones q u e en el terreno de la
ciencia se resuelven en cualidades ó requisitos que hagan
palpable la justicia legal de las penas. Entre estas cuali­
dades señalan los autores la person alidad , la igualdad,
la d ivisib ilid a d , la certeza, la analogía, la popula­
ridad , y exigen también qne sean conmenturabUs, repa­
rables, rem isibles, ejemplares, reform adoras, econó­
micas , supresoras del poder de dañ ar, instructivas y
tranquilizadoras.
Veamos, pues, si la pena de muerte reúne estas cua­
lidades ó circunstancias, conforme á la doctrina constante
de todos los criminalistas; porque siendo este uno de los
principales aspectos bajo que debemos considerarla, si por
C A l'ÍT llO III. í»3

ventura no reúne los caracteres indispensables de todas


las buenas penas, no seria menester aducir ninguna otra
mayor prueba de la ilegitimidad coa que se encuentra con­
signada en los códigos. Mas antes debemos demostrar que
no es una verdadera pona, propiamente dicha; porque
aunque vulgarmente .se llama asi á la muerte que se im­
pone á ciertos criminales en nombre de la sociedad, con
todo eso, la exactitud y precisión que debe haber en el
lenguaje científico repugnan que se la dé aquel nombre.

II.

b£ CÓMO LA PERA DE W &RTE TÍO ES UNA VERDADERA MINA.

La pena, en su acepción mas general y lata, es lodo


disgusto moral ó material que el individuo esperimenta,
bien como consecuencia inmediata de una causa fortuita,
ó bien como espiacion á que la sociedad le condena por
haber ejecutado un hedió malo y prohibido. Pueden ser
materia de las penas, no solamente los bienes peculiares
del individuo, sino también los derechos que disfruta; de
manera que la pena puede consistir, tanto en la impoáicion
de un mal como en la privación de un bien, supuesto
que de ambas causas resulta para el individuo el disgusto
físico y moral, que es lo que constituye la esencia del
castigo. Pero los electos de la mnerle, ¿qué valor penal
pueden tener para el que la sufre? Si la pena de muerte
consiste en la fricació n de la vida, porque esta es el
mayor de cuantos bienes disfruta el hombre sobre la
tierra, esa pena ¿sobre quién recae? Si la muerte sus­
54 LA SOCIEDAD I EU PATÍBULO-

pende todas las funciones vitales, deslierra toda sensibi­


lidad, ahuyenta lodos los apetito», aniquila todos loe de­
seos; en una palabra, si cun la muerte se ausenta el
espíritu que vivifica á la carac, y la carne sin la vivifi­
cación del espíritu no es hombre, ¿dónde está el indi­
viduo, dónde el hombre que debe sufrir la pena para
espiar el delito que cometiera?
Para que el criminal Bofra la privación de lodos los
bienes y goces que promete la tiemi, necesario es que los
tenga á la vista y al alcance de bus manos, pero de modo
que, no obstante, ni con sus manos pueda alcanzarlos, ni
tampoco se satisfaga con mirarlos simplemente. Entonces
sus deseos se avivarán hasta lo infinito, una sed cada vez
mas ardiente abrasará sos entrañas; y esta sed insaciable,
y esos deseos que nunca podrá «alófaoer t Beiáa«ntonces
su horrible tormento, su mayor castigo, su mas grave
p en a: sufrirá entonces un suplicio parecido al de Tán­
talo, que, esperunenlando una ardiente sed y hallán­
dose sumergido en un lago, sin embargo, no podia
humedecer sus labios en las aguas. Pero uu cuerpo inani­
mado, que nada siente t ni desea, ni apetece, ¿qué pena
puede esperimentar ? ¿Qué le importan á un cadáver ese
sol que brilla en mitad del cielo, ni esos astros que pue­
blan el firmamento, ni la hermosa tierra coa sus frutos,
ni la sociedad con todas sus riquezas y atractivos, ni nada,
nada, en fin, de cuanto hay en esa magnífica creación
que recrea nuestros sentidos y arrebata en sublimes esta­
sis nuestra alma?
Pondérese cuanto se quiera la congoja que puede
afligir á los sentenciados á muerte, desde que Ies notifican
CAPÍTULO III. 5 !)

la sentencia hasta que se la lleva á cumplido erecto. Pero


¿será por ventura esa aflicción la mayor pena que puede
esperimentar un hombre? Indudablemente no; porque
sin disputa ninguna ese disgusto m oral, esa pesadumbre
del espíritu del reo, vque cuenta por momentos el término
espirante de su vida, es inferior á oirás varias penas que
ocupan un grado secundario en la escala de los castigos.
Sabido es q u e, así como hay hombres que tienen la
serenidad que se necesita para poder sentir los formida­
bles combates que deben tener lugar interiormente en se­
mejante trance, así también bay otros q u e, por el con­
trario, se anonadan y se vuelven casi insensibles á con­
secuencia de la misma fuerza del dolor. EsIob últimos se
sobrecogen con solo la intimación del castigo que les
aguarda; su corazon se llena de angustia y de espanto;
sus sentidos se embotan casi completamente; su organi­
zación Tísica funciona con irregularidad; su razón se
ofusca; su inteligencia se re rodeada de ¡ncertidumbres
y de tinieblas, y un horrible vértigo se apodera de todo
su s e r : y cuando esto les sucede, son arrastrados mas
bien que conducidos hasta el pie del patíbulo, cual sim­
ples autómatas. En cuanto á los hombres fuertes de es­
píritu que son condenados á la última pena, si carecen de
sentimientos religiosos, entonces ni comprenden la inmor­
talidad de su alma, ni la existencia de otra vid a; y por
esta razón venum frecuentemente que miran con despre­
cio la muerte, y exhalan el último aliento con toda la
calma que es natural consecuencia de so embrutecimiento
y estupidez. Mas s i, por el contrario, los hombres sobre
quienes recae aquella sentencia alimentan en su alma la
56 LA SOCIEDAD I EL PATÍBILO.

Te religiosa, estos hombres contemplan la existencia que


van á perder como una sombra que p asa, como un sueño
que se desvanece; y seguros de que la vida es una breví­
sima peregrinación por esta mansión de miserias, de do­
lores y de llanto, al fin de la cual comienzan los tiempos
interminables de verdaderos goces para el espíritu, sien­
ten que 6U corazon se consuela y se fortalece, y ven acer­
carse la muerte sin esperimentar pavor ni desconfianza.
Por último, es innegable que en tal situación á ningún
criminal le abandona la esperanza de obtener un indulto A
de que se prorogará la hora del suplicio; porque la espe­
ranza es el único bien que gozamos en la tierra, el único
tesoro de que por iguales partes disfrutan lodos los hom­
bres; de tal mañera, qne, aun despees de perdido todo
cuanto poseemos en el mundo, todavía nos quédate espe­
ranza, que endulza nuestros sinsabores, nos anima en
nuestro desaliento, nos ayuda, nos sostiene y nos conduce
hasta el término de la vida por una senda risueña y agra­
dable.
Resulta, pues, que no consistiendo la pena de muerte
en las congojas que anteceden á su ejecución, sino en la
privación de la vida, es decir, en la muerte misma;
como el que no vive no p tn a , ee indudable que la muerte
no es pena para el que la sufre, porque loa efectos del no
existir son en el mundo la nada para el individuo que
perdió la existencia.
CAPÍTULO 1![. 57

10.

QIE LA PESA 1»E MIERTE NO ES pCfSOttül.

Ya liemos visto que la llamada pena de muerte do es


verdaderamente una pena, porque los efectos del mal que
por medio de la muerte impone la sociedad, no los siente
ni puede sentirlos el hombre que la sufre. Veamos ahora
si esa institución penal que combatimos reúne 6 no las
cualidades y circunstancias que deben concurrir en todas
las buenas penas.
La primera de estas cualidades, según el órden por
que las hemos enumerado, es la personalidad ; y fácil­
mente nos convenceremos de que no se encuentra en la
pena de muerte.
La personalidad absoluta es una circunstancia que acaso
no se podrá encontrar en ningún castigo; porque aunque
el mal que la sociedad impone es cierto que en derechura
recae sobre el individuo que delinque, indirectamente re­
caen también sus efectos sobre los miembros de su familia,
por las íntimas relaciones que median entre ellos, 19 des­
tierro, por ejemplo, y el presidio, separan por mas ó
menos tiempo áun padre de entre sus hijos,, ó áun hijo
del lado de su b padreB; y esta separación, ademas del
sentimiento qne es natural, puede dar lugar también á
que se disminuyan sus intereses, no tanto por las costas
del proceso que están obligados á satisfacer, cuanto por­
que acaso no contaban mas que con el-producto del tra­
bajo de sus brazos para librar la subsistencia. Por con­
Ü8 LA SOCIEDAD Y EL IMTÍBILO.

siguiente, eslos males relativos que se derivan del mal


principal qne la sociedad impone, no hay modo de evitar­
los , porque son legítimas consecuencias de las leyes na­
turales que ligan á lo* individuos de una misma familia.
Pero ninguna pena ocasiona males secundarios de tanta
gravedad como los que necesariamente produce la de
muerta. Y , en efecto : los padres 6 los hijos de los casti­
gados con destierro ó presidio ea verdad qne sufren, pero
también es cierto que viven con la esperanza de reunirse
nuevamente despues de ciarlo tiempo, y esta esperanza
suaviza el disgusto que esperimentan por su separación,
al paso que con tu muerte se acaban todas las ideas con­
soladoras, piérdese loda esperanza, y solo queda la ter­
rible realidad de ana eterna. qi«M oaa..jA mayor parte de
las peo» «on también sobrado canroae* partí qjm la* la­
millas de los que las sufren queden demasiadoxebq&das
ante la opinion pública; mientras qne lá pena de muerte
infama, dejando una mancha constante, que en vano quer­
rían los parientes del reo borrar con las lágrimas de su
desgracia.
Claro es, con solo estas ligeras indicaciones, que loe
efectos accidentales que produce la pena capital son mu­
cho mas graves que los de las demas penas, y esto.bas­
tarla para hacer palpable su falla de personalidad; pero
ademas veremos que no es personal, porque recae di­
recta é inmedialamenle sobre dot distintas individualidades.
Es innegable, como ya en otro lugar dijimos, que la
sociedad, para castigar al individuo que delinque, puede
privarle de la libertad y de cuantos bienes le correspon­
dan peculiar y esclusivamente, sin que por esto ¿e esceda
Ca p ít u l o ij i. 59

del limitó de sus facultades, y sin que en es las privaciones


>c eche de menos la circunstancia de la personalidad;
pero dq sucede lo mismo cuando la sociedad mala al de­
lincuente.
La personalidad en el hombre es doble: material una,
y la otra espiritual; arabas, sin embargo, de tal modo
confundidas, q u e , fallando la primera, varia esencialmente
la existencia de la segunda. El alma es la parte sublime y
digna del hombre, por su inmortalidad y escelsas faculta­
des y por la divinidad de su origen; y el cuerpo constituye,
por el contrario, la miseria de la humanidad, por la hu­
mildad de su principio y por k» malea y dolencias á que
está sujeto : él espirito, pues, vivificando á la m alera, es
lo que constituye al hombre.
Ahora bien : si la sociedad quila á un individuo la vida
material, ¿no abraza juntamente bajo su fallo ia individua­
lidad de su espíritu, privándole de los bienes inmateriales,
qne ella no ha podido concederle, y que son los goces qne
disfruta el alma alumbrada por las laces celestiales que
Dios la envía? Luego si el espíritu tenia señalado por Dios
un tiempo fijo para habitar en intima unión con la carne,
el poder social que la destruye hace imposible su santo
consorcio; luego el poder social, en fin, al imponer la
pena de muerte, no castiga solo la personalidad material
del hombre, sino que, abrogándose el uso de ilimitadas
facultades que nanea pueden competirle, hace también, ea-
tensivo eu fallo á la personalidad espiritual del individuo.
Por último, debemos considerar que si unhomhre tallo
enteramente de educación y depravado desde su infancia,
por causas ajena» de su voluntad, se abandona á los ciegos
60 LA SOCIEDAD T EL PATÍRl'I.O.

impulsos de su viciada naturaleza hasta el oslremo de co­


meter un horrible crimen, ¿cuál es el efecto qne producirá
en ¿1 la pena de muerte? La destrucción de su cuerpo, es
verdad; piro á su cuerpo, que quizá solo fue un mero
instrumento de sus perversas intenciones, no se le hace mas
que adelantarle el plazo de una ley precisa de la natura­
leza, privándole acaso de algunos goces eventuales, pero
ahorrándole también de seguro muchísimos dolores y dis­
gustos inevitables en la tierra; y en cambio se corre el
peligro de que su espíritu, por la enormidad de sus peca­
dos y por su Talla de arrepentimiento, tal vez no llegue á
conseguir el perdón de un Dios, cuyos inmutables decretos
se cumplen por toda la eternidad.
Vemos, pues, qne la pena de muerte no es personal:
primero, porqué tafamlia del individuo á q o k K A la impone
sufre unos males tan graves como inmerecidos, y que no
se pueden reparar de ninguna m anera; y segundo, porque
dicha pena abraza juntamente la doble personalidad del
hombre.

IV.

LA FEKA DE MVKHTE NO ES igual.

Los efectos de una misma pena no pueden ser entera­


mente iguales, ni siquiera para dos individuos; porque
la educación, los hábitos, los bienes de fortuna, el carác­
ter, la edad, y ann la misma organización física * pro­
ducen enormes desigualdades entre ambos. Así, por ejem­
plo, una mulla arruina al pobre , y no hace mella en el
C A P ÍT l'L O III. Gl

capital del rico ; un presidio deshonra y aterra al que


siempre había sido virtuoso, mientras que apenas le cansa
impresión ninguna al que constantemente estuvo dado á los
vicios; el destierro de un artesano, padre de familias, lo
separa de entre sus hijos, que acaso por este motivo que­
dan sumidos en la miseria, al paso que el capitalista des­
terrado marcha con toda su familia á gastar en cualquiera
parte los productos de un capital con que siempre cuenta
de seguro : y en todo9 cuantos ejemplos se presenten,
nolaranse tamañas desigualdades, supuesto que intentar
que las penas hayan de ser iguales en sus efectos para to­
dos los individuos, pontee i todos hayan de afectar de un
mismo modo, produciéndoles iguales daños y padecimien­
tos, es una cosa imposible y que no hay razón ninguna
para sostener.
Pero esta desigualdad, casi indispensable en todas las
penas, es incomparablemente mayor en la capital, no solo
porque la muerte no es igual para todos los hombres, sino
también porque su desigualdad no admite ningún género
de compensación, mientras que la falta de igttaldad de
tas dem&ft penas puede hasta cierto punto suplirte ó re­
pararse.
Que la pena de muerto no es igual para todos los
hombres, se evidencia con solo considerar que unos * acos­
tumbrados á meditar sobre e lla , y familiarizados, por de­
cirlo a si, con sus horrores y estragos, la ven llegar sin
alterarse apenas; al paso que otros mas pusilánimes, mas
sensibles, ó á quienes punzan demasiado los remordimien­
tos de su conciencia, se inmutan y se horrorizan con solo
contemplarla un momento. Aun para hombres de un mismo
1)2 LA SOCIEDAD Y EL PATÍUI l.<l.

temple tampoco puede tener la muerte igual valor, por


muchas y diversa» circunstancias. Comparemos, por ejem­
plo, un hombre soltero, libre, sin familia, con otro casado
y padre de varios hijos : el primero sentirá indudable­
mente lener qne dejar de existir en lo mejor de sus años,
cuando aun las ilusiones de la juventud le hagan ver el
mundo como un delicioso panorama; pero á este senti­
miento individual y único en el hombre qne no tiene afec­
ciones en su corazon, agregarase para un padre de fami­
lias el dolor de abandonar á su desconsolada esposa y á
sus inocentes hijos, y el horrible temor de qne acaso en su
orfandad los acompañará la miseria, y en pos de la mise­
ria la deshonra. ¿Cómo, pues, la muerte ha de tener el
mismo valor para esloe detineuentea que por via de ejem­
plo hemos comparado ?
Indicamos antes que la desigualdad casi precisa en
todas las penas, puede repararse ó equilibrarse de cierto
modo. Asi vemos que una multa puede exigirse en mayor
cantidad al rico que al pobre, con relación á sus respec­
tivos capitales, para que uno y otro sufran proporcional­
mente el mismo daño : el presidio puede dilatarse y agra­
varse mas para el hombre avezado ¿ los delitos que para
el que solo una vez manchó con el crimen la limpia conducta
de sus anteriores años; y , por último, en casi lodas las
demás penas se pueden buscar remedios análogos para
equilibrar hasta cierto punió sus efectos. Pero ¿cómo re­
mediar la desigualdad de la pena de muerte ? ¿ Cómo hacer
que sea uno mismo el sentimiento que causa á un hombre
religioso y á otro de corazon empedernido, y una misma
la pesadumbre del hombre sin familia y la de aquel cuyo
CAP ¡ T I LO I I I . 63

trabajo era acaso el único recurso con que contaba para


sustentarse su numerosa descendencia? Ni ¿ cómo, en fin,
suponer que en semejante caso sufra un joven lo mismo
que un anciano, lo mismo el que apenas nada ha gozado y
que todo lo desea, que el otro cuyos deseos están apaga­
dos, y cuyos desengaños tal vez le bagan mirar el mundo
con desprecio?
Podemos, en fin, deducir que la pena de muerte es
muy desigual para todos los hombres, tanto porque es
diversa su sensibilidad y su manera de apreciar la vida,
cuanto porque hay una multitud de causa» que necesaria-
meóle agravan ó aminoran la pesadumbre que en tal
trance pueda acongojarle».

V.

LA PENI DE Ml'EBTE ES indíU íiblt.

La dimtibilidad de las penas consiste en la variedad


de parios , por cuyo medio pueden sus efectos ser de ma-
yor.ó menor duración é intensidad. Por ejemplo, e l pre­
sidio y el desherró duran mas Ó menos tiempo; la malla
consiste en mayor ó menor cantidad, y así de casi todas
las demás penas; pero la de muerte es un máximum qne
no admite graduación ninguna, porque entre existir y
dejar de existir media el abismo de la eternidad.
Objétase contra la indivisibilidad de la pena de muer­
te , diciendo que no obela, supuesto que soto se aplica al
que llega á la cúspide de la criminalidad. Pero ¿ cuál, pre­
guntaremos ; cuál es esa cúspide, cuál ese máximum déla
64 I>A SOCIEDAD V E l PATÍBULO.

delincuencia ? Nosotros vemos que en diversas épocas, lo


mismo que actualmente, la» leyes han señalado y señalan
la pena capital para el autor de un homicidio en el que no
concurra ninguna circunstancia atenuante. Y ¿ es este, por
ventura, el máximum de la criminalidad ? ¿ Acaso no es
posible que un asesino haya sido condenado á un presidio,
bien por haber obtenido un indulto ó por haber tenido ha­
bilidad para haber desviado de sobre sn cabeza la justa
severidad de los tribunales, y que despnes de haber cum­
plido sn condena, ó por haberse desertado aun antes de
cumplirla, haya reincidido una y otra vez en el mismo
crimen? ¿No es posible también el parricidio con circuns­
tancias agravantes? ¿No es asimismo posible la comision
de un alevoso asesinato en la persona de una débil mujer
ó de un respetable anciano, en higar sagrado, con des­
precio y profanación de la Divina Majestad, y con resis­
tencia á la autoridad pública? ¡Oh! Indudablemente, por
desgracia, tan posible es esto, cuanto que las crónicas
de nuestros periódicos vienen con harta frecuencia man­
chadas con la narración de tan espantosos crímenes. Y
bien : ¿hállanse por acaso en nn mismo grado de cri­
m in a lid a d $1 homicida simple, el asesino alevoso ó rein­
cidente y el bárbaro parricida? Y ¿no se concibe también
qne estos mismos delitos puedan ir acompañados de una
multitud de circunstancias horrorosas y agravantes que
esd ten la general ind ¡gnacion por su monstruosa enormidad ?
Pues entonces, ¿cuál es el máximum, cuál el último
grado de delincuencia al que se deba aplicar el máximum
de la penalidad? En los pocos ejemplos que liemos presen­
tado, puédese muy bien calcular que ese máximum de
6APÍTVL0 trr. (’»:')

criminalidad no se halla en el homicidio : ¿cómo, pues,


la ley lo castiga con el máximum de las penas? Mas grave
que el homicidio es el parricidio, y mas grave todavía el
delito del que mata á su padre juntamente con sos hijos,
y aun mucho mas lejos se concibe que pueda llegar el feroz
instinto de un hombre sanguinario y desalmado qne no crea
en Dios ni en el infierno! Monstruos semejantes, annque
raros, nos señala la historia : y si solo estos monstruos pue­
den cometer los mas atroces y espantosos crímenes, solo á
ellos, si acaso, se les debería aplicar la pena de muerle.
Esta pena, por consiguiente, es injusta cuando se aplica á
los homicidas, aseónos y parricidas, supuesto que se­
mejantes crímenes, aunque muy graves, son inferiores á
oíros varios, cuya enormidad casi verdaderamente puede
decirse que llena el máximum de la criminalidad, cuando
de tarde eu tarde se aparecen en el mundo como vomita­
dos por la desesperada rabia de los precitos.
CAPÍTULO IV.

Continúa la materia del anterior.

Habiendo probado suficientemente en los párrafos an­


teriores qne la pena capital no ea personal, ni igual , ni
divisible, vamos á demostrar qae tam pocom ué ninguna
de Las demás circunstancias que debea ooncorrir en las
buenas penas.

1.

LA PENA DE HUESTE NO ES C Í « T t a .

Algunos autores señalan la cortesa como una de las


cualidades de las penaB, si bien esta es una circunstancia
secundaria, y que casi puede decirse que va comprendida
en la naturaleza misma del castigo.
De <lo$ modos creemos que pna pena puede ser derla:
f,.S LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

]ir¡mcro, en cuanto que causa impresión en el ánimo del


delincuente ; y segundo, en cuanto que corresponde in­
faliblemente por haber perpetrado cierto delito. Entendida
del primer modo la certeza, es indudable qne se encuen­
tra en la pena de rauette, porque ciertamente algo sufre el
que pierde la vida ; pero absurdo seria que se impusiera
solo por esta causa, supuesto que.la certeza de los hechos
materiales es una cosa tan general y tan vaga, que nada
significa. Y si no, ¿qué se prueba con que sea cierto que
sufre el que muere en un patíbulo? ¿Porque sea cierto ha
de s e r ta m b ié n justo? Si justo fuera lodo lo que es cierto,
justos serian el robo y el asesinato y todos los crímenes,
porque todos son hechos ciertos. Vemos, pues, que la
pena de muerte es derla fiemo hecho material; pero nada
se prueba ni nada Be inflere de esta cualidad en favor de
su justicia.
Mas si la certeza se toma en el sentido de que á cierto
delito debe corresponder necesariamente una determinada
pena, c u l ó n res la de muerto do es c¿eria;poNfoO>sa te­
mor de equivocarnos podemos asegurar que eulre loa crí­
menes que se han cometido y se cometen diariamente,
bay muchos que se castigan con mas gravedad que otros,
aunque todos se hallen en un mismo grado de criminali­
dad. Asesinatos casi, con iguales circunstancias estamos
presenciando con bastante frecuencia, y no por eso vemos
que sus autores sean todos castigados con una misma
p en a, porque hay desgraciadamente mil circunstancias
que modifican ó eluden la severidad de los tribunales.
Consultemos, si no, el ánimo de un homicida, y veremos
que su conciencia le dice que tal vez será castigado con la
CAPÍTULO IV. f>9

pena de muerte, (pie es la señalada ]>or las leyes para


iomcjantes delitos; y , sin embargo, al mismo tiempo que
ol homicida leme que lo maten, ¿uo «apera también que
no lo-matarán? Luego si el criminal no tiene el intimo y
segara convencimiento que se necesita para que haya
verdadera certeza, claro es que esta cualidad no se en-
cuentra en la pena de muerte.

il.

LA PENA CAPITAL NO Bfl análoga.'


- . 11 ,■- t ;. l. l .

Otra ílaí^MWBtanqiaA.qné aiguno&antores Mfia-


lan.'copio conveniente en las pena», es la a n a l o y i a , que
consiste en la reciprocidad que debe haber entre la pena
y el delito; de mudo q u e , valiéndonos de un ejemplo ma­
terial, si el delito fuera un círculo, la pena debería ser
otro, y , sobrepuestos, los puntos de las circunferencias
de entrambos deberían coincidir exactamente y confun­
d ir*^ u í i .
. j Uniden comunmente los criminalistas la analogía en
moral y material, entendiendo por la primera la que sa­
tisface á la razón, y por la secunda la que especialmente
se dirige á los sentidos; pero ni la uua ni la olra se en­
cuentran en la pena capital.
Análoga moralmonte seria esta pena si ól estimulo
en cuya virtud obra un homicida, el medio d€ que se
vale y el fin que se propone con la coniision.del crimen,
fueran moralmcnte iguales á la causa púr que la sociedad
lo castiga, á los medios que para esto emplea y al ob-
70 la s o c ie d a d i el p a t íb u l o .

jeto que con ello se propone, Pero lejos de ser a sí, venios
que el estímulo que impulsa á un asesino es una bas­
tarda pasión de odio ó de venganza, al paao que la causa
por que la sociedad lo castiga no es otra que la obliga-
cÚNTde cumplir justicia : el medio de que el criminal se
vale para saciar su intento, es el asalto ó la traición en
parajes solitarios por lo coman, ó entre tinieblas, y el
que la sociedad emplea es la h orca, en presencia de todo
el mundo, y despues de haber seguido un proceso para la
averiguación y probanza del delito; y , finalmente, el ob­
jeto que aquel se propone al matar á un semejante suyo,
os el satisfacer un fiero instinto 6 una sanguinaria pasión,
mientras que el fin y objeto que la sociedad se propone
cuando le aplica eLeastigo, es la satisfacción de la justicia
y del t a t a m ártir y I r reparad * d e ^ o fe n s a hecha i
la vindicta pública. A b a n b ie n : ¿caben « ayeres des­
igualdades ni mas notables diferencias entre el origen,
medios y objeto que se proponen un homicida cuando
mata, y la sociedad cuando le castiga cou la muerte? Y
¿ dirase todavía que en esta pena no falta por completo la
analogía moral, que tanto encarecen algunos criminalistas?
La analogía material de las penas, esa que afecta
principalmente i los sentidos, la rechazan con bastante
frecuencia los autores, parque aparece en muchos casos
cruel y contraria á loa sentimientos naturales de humani­
dad y de justicia; y asi vemos abolidas las penas de tala­
drar la lengua al calumniador, cortar la mano derecha al
falsificador de instrumentos públicos, y otras semejantes.
Y , sin em bargo, muchos que rechazan la analogía mate­
rial para los demas castigos, parecen como empeñados en
CAPÍTULO IV . 7\
demostrar qu¡e exrnle y que es muy importante en la pqpa
capital.. .
Vano creemos, no obstante, todo est<B .empeño, so -
pueaft que basta comparar la muerte dadapor un asesino
y la impuesta por La sociedad, |>ara que desdo luego no­
temos su falta de analogía material. La sola cot^paración
entre loe instrumentos que se emplean en uno y otro caso
nos manifiestan una enorme desemejanza, porque no son
por cierto iguales un puñal y una horca. Pero prescin­
diendo de estas secundarias circunstancias, y fijándonos
tan s^o ea Jos postreros momentos de m agonizante, d i-
ip » . l°s 3u£íipii6jit06 del qae cs-
p i^ ^ j i j i l M ^ ^ d i i i ^ o . w u ^ t o qjMi wrisimMTecee
sft,f$9d#$9 la muerte instantánea, y tos del que exhala su
último aliento «obre «1 patíbulo : y dígasenos también si
los sublimes é inefables cousuelos que debo sentir el que
muaré alentado con las piadosas exhortaciones de nues­
tra. s ^ re lig iQ B ^ ;pu^do .eftp^rimeptarloe el que al tiempo
de jpftorir a<#s# qj.tyin oye la yo? del sacerdote, porque se
rowpre».d« la impertinente muebe-
Atgfcpfe, < ¡p » tai vez no ha concurrido m asque ¿profonar
los pQHlrffjQfi instantes de su agonía I

LA PENA DE MÍEME ftü £S populaT.

Tampoco es popular la institución penal que combati­


mos. Popular se llama la pena que lodos aprueban, qw>
nadie rechaza cü su conciencia, que no se opone á los
72 LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

seniimiertostf&la •erruchednmbre, y qne se halla entera­


mente conforme con la razón de todos lo» hombres. Y ¿su­
cede -esto,, por veniara, con la pena de inserte ? N o: muy
al;béiflfráWo, vednoá que él día de la ejecución de un rétí
es t u dia de lulo y bruteza para todo el pueblo : laa cam­
panas, que anuncian la’proxirnidad de su última hora, re-
suenan con ecos Mgtttfresen el corazon de todos los cris­
tianos.1 Véttlad ed qtí6, £i'tti elmbfflentOmisnao en qtfe xffl
httiítíh^ tirité1 ácKW'Cofr alibVfláÍB,;Bél'c0ttkilte la opinión
genettí casi todos estólrári coitfófiiftéS teñ (ffftideflfe dípíar
sn delfto con te pérdida de la existencia; empefó Cíftandoí
llega el instante en que debe ejecdtarse esa misma pena
que antes se deseara, un grito universal proclamará ar­
dientemente sta rperdOn: Y í e n q a é consiste tamaña vtoKa-
ohA'déMitt o p m k ít i 'CóiÉiahte «fog^franflo m potólo
f^ pi&iñvwa étarttaimi, M lla¡» J i p a t o * yf& ífltadd
por dninstinto dé venganza; y cuando mas tarde dama
pororó viva, es porqtie , calmadas las pasiones y sosega­
dos los ánimos, no presta oidos mas que á la voz de la
rato» qne resuena en su conciencia. ¡Y qué!:i¿8Btiefáii
sor las pasiones eoando mas exaltadas » feáltofl. deberán
ser los ímpetus de cólera y de vengatttt los qne ocnpeh
el sagrado logar de la justicia para dictar los castigos?
Pues si la justicia, la razón, los sentimientos de humani­
dad y la conciencia de los pueblos claman por que se per­
done la vida al criminal, en el momento mismo en qne va
á perderla, ¿cómo sostener que es popular la pena de
muerte?
CAPÍTULO IV'. 73

'1 IV:-1 /i. “i


•. v ■• :;.in p», • I.<¡
U PENA I>RHITT.BTE NO ESÍOflfflSfUiiraMtf.
1 '> ■■
i i.'ir'i im¡-> i
Son conmensurables las penas cuando, acomodándote
á tos diversos grado» de los delitos, dejan al delincuente
esperanza de que, si se detiene en cierto punto do la cri­
minalidad, sufrirá una pena proporcionada y menor que
si hubiera ascendido progresivamente por la escala del
crimen. Así, por ejemplo, tin ladrón á quien se impusiera
por el robo d ^ M k . peqnafia raotidati lt-firóna pena qoe
por el de xmá ñ ip a considerable, indudablemente robaría
l£«0gtthda*‘parque ademas de la ventaja en el lucro, tal
ve* esta suma le importaría so impunidad!
Falta, pues, esta circunstancia on la pena de muerte,
toda vez que lo mismo se aplica ál que ftseStna i un bon>-
bre ctrtflo di U vaicH ^ r M o o » ; iTristesre*-
fletóonéa m fd«fl»dftdW’dflii^árite^d» g >pta* ^ ^
d ftto ^ R ^ d frffiW ^ tfa lifte riitftC^ Ttehiadh’ifreoaeíncñ
(pf9 <ará‘ KB»dBadas á veces: to te Ja&tyerBanftrjtorAna
raíávtfldeatos individuos de una misma familia, tfunqu*
el ánimo del asesino rk» faera oras q u é m a te é m w so te ,
ó tal voz á ninguno ; y Cstotoosiste emqdtíy&abiendD de
sufrir la muerte lo miáno'si sadrific&'áima que á varias
pcrsímaB, descarga tamMeb s t» gotyes contra aquellas
que podrían’delatarlo^ f c ^ d&esteimodo evitar* ó*«oalido
menos, dilatar el ser presoi y «iftregaáO-dklMtoUranales.
Asi que, si s« tuvieran en m o n ta dstasifcec&eDtos ocur­
rencias y sirviera de causa atairaaiiteoáiquiera para la im-
74 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

|h ) m c ío q de la pena capital el haberse detenido voluntaria­


mente un delincuente en algunos grados bajo la cúspide de
ia criminalidad : en una palabra, si no se aplicara esa
pena al qne solo mató á un individuo, habiendo tenido
ocasion para matar á otros que luego lo delataron, enton­
ces el homicida no agostaría su puñal mas que contra el
Hamo de eu ira ó de su. Venganza, y dejaría ilesos á mu-
uhoa inocentes.

V.

la pena d e n o e r te e s irreparable.

... La üipecfocckm d e l Juwna» wMtpfljmieoto, la inse­


guridad y debilidad dé muestro? j n i ^ y ^ ^ i^ e B c ia
de los medios que ordinariamente se emplea^ ¡ ^ ^ d e s ­
cubrimiento de la« vendad de ciertos hechos, son otros
tantos motivos que patentizan la necesidad do que sean
reparables la» penas; «8 decir, que el daño por ellas pro­
ducido pueda resarcirse de tal modo, que se eslinga casi
completamente. Mas ¿cómo reparar las horrorosas conse­
cuencias de la pona capital? ¿Cótno restituir la vida ¿
uu cuerpo inanimado, ai cómo hacer que un cadáver
se levanta del fondo de4a tumba, arrancando asi á la
muerto sus mas escondidos secretos? ¿Cómo tornar en
alegría los llantos do la orfandad, ni cómo hacer dichosos
i los que, por echar de monos al hombre á quien llama­
ban su consuelo, su padre y bienhechor, ahora gimen en
brazos de la miseria? Ni ¿cómo, en fin, impedir que el
ardióte sol del infortunio no agoste las tiernas flores que
c a p ít u l o iy . 75

antes crecían put as y lozanas á la sombra del añoso árbol


que arrancaron do una vez loe recios huracanes que na­
cieron de los humanos errores? |Pobres niños! Antes
vivíais tranquilos y dichosos, porque vuestro inocente co­
razon y vuestra existencia tenían por escodo Ja existencia
y el corazón de vuestro padre; y ahora lloráis en vuestra
orfandad, sin saber, pobres niños, que no es la orfan­
dad vuestra mayor desgracia, sino el carecer de auTÍlios
en vuestro desamparo; porque ni lendreis un dulce abrigo
adonde acogeros, ni mas pan para vuestro alimento que el
que, bajo apariencias de mentida caridad, os dé’el orgullo
de algún poderoso magnate ; ai tendrei»/en'i»; pro4«eto-
res qne os ddiiqtaBniy oe instruyan eaito que tatito o¿ im­
portaría saber! No : ta sociedad no se cuida de nada de
o slo : creced como crecen los arbusto* en los desiertos
campos: desarrollaos como se desarrollan las plantas aban­
donadas : haceos hombres con solo los esfuerzos de la na­
turaleza! Y cuando seáis hombres, sin mas que porque
hayais llegado 6 tener la edad Competente;-taando os
hayas desarrollado con todos las defectoad* vuaabut lbiiu
ütaciofcanimal; cuando hayas crecido como plañtasíaban­
donadas, Henos de vicios y sin producir ningún fru to * * »
mas riego que el que mane de vuestros propios instintos,
y envenenados acaso con el contacto de ta hez de la hu­
manidad : entonces, |ohI entonces, cuidado con vuestra
conducta, cuidado con vuestras acciones j porque ai sais
delincuentes, si arrastrados por vuestra ignoranoifry o lis­
cados por un instinto ó por una pasión que nadie os en­
señó á refrenar, llegáis hasta el crimen, la sociedad se
creerá con derecho para poderos decir : jEn nombre de
76 LA SOCIEDAD V EL PATÍBULO.

I;i justicia, moriréis 11 Y morirais, 9¡; moriréis, como mu­


rió vuestro padre, con ignominia, sobre uo patíbulo; por­
que^ aunque hay ais sido malos por ignorancia de vuestra»
primera» obligaciones , la sociedad, que no se crcvó con
deber de educaros, se considerará entonces con derecho
basta para haceros dai1 muerte 1! ¡Ah sociedad! ¡cuánto no
le se podría reconvenir y:acusar de aquello mismo de que
lú; acusas I Pero hay un Dios qua premia á los que tú per­
sigu e cot),inju6licia; hay un Dio»; que vela por la inocen­
cia; hay un cielo que cutre nubes de glorias eternaJes En­
vuelvo á los desgraciados que sufren en el mundo, -Cuando
con Te y resignación saben sobrellevar sus desgracias t por­
que hay una verdad lau sublime como infalible, una án­
cora,para el;, infortunio,. jUgAyesperanza para el mayor
desconsuelo: y esU y e n M ^ ^to^iWSOTftw egtiL e«peranza,
es Id voz, div¡n&i q<*e! nftee8& <iejepetinw&: «í&gsp-acudos
»del mundo, venid, y gozareis la gloria y la diebá de la
»eternidad !1»
Registrando los archivos de los grandes procesos, se
encuentran á cada paso hechos lamentables y que llenan
el pecho de una sania indignación, porque no son alarmas
imaginarias, como dice un.célebre escritor; no sod alar­
mas imaginarias , sino hechos, por desgracia muy ciertos,
las que han ocurrido m udas veces de haber arrancado la
vida á un inocente, llevando el lulo y la desolaciob á luda
una familia desventurada, como sucedió en el Irislisinio y
conocido proceso de los Calas, y en el no nimios célebre
(to Sirven, y en el de La Barre, y oíros que se encuentran
en los fastos de la criminalidad, y aun muchos otrós que
habrán quedado sepultados para siempre en el silencio do
c .iP Í T ir . 0 iv . 77

las tirabas. De suerte que con la pena do muerte n o 'h a y

lugar á la observancia de aquella hermosa máxima d é la

ley de Partida, que dice: «Mas santa em as derecha cosa


»es quitar de la pena al culpado, que' castigar al m o-

»cente.» i: . ' -I-


; Y qué! ¿muía im p o r t a esta esposieion, n a d a v a lc < e s 1 c

peligro de imponer la muerte á la inocencia, dejando im ­

pone al verdadero criminal p ara que se more de la hu­

mana justicia, tan presuntuosa como impotente mnfcbas


veces para atinar con la v erd ad qne debe presidir á sn a

fallos? Por m uchos que sean los t e s t i g o s c o n t e s t e s ¡ y pre*-

s e n t í a l e s , ¿ n o p u d i e r o n f e q h i r a a r a í t d d o s 'c p é s r i x l f e p t e e r

sobre la vendad db mt'hecho cúaJqtiiera?' T r id tk ta b le a J é n te ;


porque en el homicidio, por ejemplo, pudo suceder que el
homicida no tuviera intención mas que de cansar una leve
herida al hombre objeto de su venganza ó de su cólera:
pero a l clavar la punta, del p u ñ a l, este h o m b re pndo hacer
u ti. m o v i m i e n t o i n v o l u n t a r i o i n d i n a d o d c n tf p o ttá e ia sn

agresor, de m odo é l'tn s a o seiiiktrciAHiAcaviporésla


c a s n á l i d a d a b a s t a d c o r a z » t i e l i n a t n m i t é W ¿ « t f o f r i d e otro

m o d fc n tf ^hubiera p e n e tra d o mas qne b a s té d n » |w f c n d i -

dad insignificante. Y como el leve m o v ú n ie n te id é M tó rtd o

pasó desapercibido para los lentigos, y cononfhiegvnren-


nientra (pie tie n e traspasadas I a s e n t r f l 5 a 9 > ; y l o s t e s tig o s

afirman que la¡ herida se la causó ta liittf iv id a o c o n tn iá l

herramienta* dase entero crédito ¿ loe testigos,’,«t/dicho


de e s t o s acnsa al s u p u tó lo homicida* sobre « l a m c a s a c io n

recae la-sentencia de muerte, y éslá penas establecida


solo para los. verdaderos asesinos ¡ se ajílica-«o este caso á
un inocente, que aparóte criminal en virtud de las decía-
78 LA SOCIEDAD Y KL P A T ÍB IL O .

raciones de unos testigos que, sin poderlo remediar, «*


equivocaron.
¿Merecerá mayor crédito la coníesion de los mismos
delincuentes? No; porque un sentioiienlo de generosidad
y de abnegación, la verdadera amistad, el amor verda­
dero ó cualquiera otra afeocion sublime y santa, de esas
que nacen del fondo del alma cuando aun el corazon no se
ha corrompido, suelen llevar la mentira á tos labios, de­
jando oculta la verdad, hasta que acódenles providen­
ciales vienen á revelarla, cuando y a el error cometido es
irreparable, cuando sobre los fallos de los hombres ha re­
caído todo el peso de la eternidad.
Dé aquí á lo que se reduce la eficacia de la confesion
y de^la dflfiBÁQto do ipii0^<le9|igo*» <pe son las dos
principie» pruebas que admíte la juñspm deiKit cham al;
bé aquí cómo estas pruebassoaftlaees en muebaaoriai»?
nes, y cómo es, por consiguiente, injusta la sentencia que
en semejantes casos ^ecae sobre individuos inocentes, á
quienes condenan engañosas apariencias.
Y cuando la sentencia que luego aparece injusta es la
de muerte, ¿cómo anularla, devolviendo la vida al que
dejó de existir 7 ¿Podrá quedar tranquila la conciencia del
juez que, aunque tarde, conoce el error con que mandó im­
ponerla pena? ¿Satis(árase acaso con disculparse con la
humana imperfección y con la limitación de los recursos
que estaban á su alcance? No; que estos son argumentos
especiosos que prueban demasiado, y por tanto nada
prueban; porque si siempre se alegara la precisa y cons­
tante limitación del entendimiento humano, entonces casi
nunca se podria decir que una acción humana es verdade-
CiPÍrno iv. 79

ramente justa. El descubrimiento de la verdad no se debe,


por lo general, á milagros, sino á causas que, aunque pro­
videnciales, se manifiestan por medios regulares y ordi­
narios. Hubiérasc, pues, esperado algún mas tiempo;
hubiérase no apresurado la ejecución de la sentencia, y
esas prodigiosas casualidades hubieran del mismo modo
arrancado la verdad de las entrañas del misterio, cuando
aun el mal de la pena no se hubiera llevado ¿ cumplido
efecto, cuando aun la pena fuera reparable.

Yt, ,.:u: : ir y ,

l a ñ a u i>b miBRTE es irremisible.

La remisióilidad de las penas es casi lo mismo que


su reparobilidad, pues solo se diferencian en que por
esta cualidad ae borran sus efecto* de uo modo mas com­
pleto qne1por la primera. Por ejemplo , una multa ee mas
reparable-queL a r "presidio, porque d e v u d to q w r M t su
im p ortew éloe réditos, casi ningún daño habrí espen-
maniato «I (pie (de condenado á pagarla; mas un prárid»
no es tan reparable, porque aun cuando se restituyala li­
bertad al que carecía de ella, sin embargo; no ae pueden
anular los padecimientos que le agobiaran durante el tiempo
qne arrastró las cadenas. El presidio, no obelante, esfw -
misible, supuesto que. esta cualidad consiste en poder in­
dultar de parte ó del resto de la pena que se h afa comen­
zado á padecer.
Demasiado evidente es la irrem sibilidad de la de
80 LA SOCIEDAD V EL PATÍBULO.

muerte para que Aengauios necesidad de detenernos» su


demostijttion.

vu.

la p e s a b b ju im te no e s ejemplar. ,

i Otra dé la» circunstancias que¡deben tener las buenas


penas es su ejtmplaridad, ' q u e s a reduce1al>aludal)lt
efecto que deben producir en los ánimos de los que pre­
sencian su ejecución, para que, atemorizándose, dejen de
practicar cualquier mal pensamiento que tuvieran ya con­
cebido.
Esta cualidad, ¡dicen j¡4g#£SB jflueJa bene Ja pena de
muerte; pero sin dada lo afirman por .espirita de sistema, ó
por no haber hecho, un» ligera (íebeetsaeioft ,soífrejeéte
punto* En efecto: acaso por la costumbre de ver ejecutar
frecuentemente la muerte sobre el cadalso, ó tal vez por la
impotencia de esla pena para domar lo* insurreccionados
corazones de muchos de los que concurren á presenciarla,
es lo cierto que al pie mismo del patíbulo se blasfema, se
maldice, y se cometen escesos, y escándalos y delitos mas
ó menos graves» .¿En qué, pues* consiste la ejemplaridad
dé.tan enormísima peost? ¿Cuáles son los saludables re­
sultados, que produce? ¿Influye por ventura en las cos­
tumbres, corrige los vicios, modifica los malos hábitos,
estirpa los errarte 6 robustece las buenas doctrinad? Pues
ai nada de oslo obra, ¿en qué consiste, repetimos, >áu
ejemplaridad? «La pena de muerte, dice Beccaria, apli­
c a d a á un criminal, no es para la mayor parte de los
c a p ít u l o iv . 8*

* hombres mas que ud espectáculo, ó un objeto de com-


«pasion ó de indignación. Estos .dos sentimientos llenan
>el ánimo de los espectadores mas que el saludable
«terrorque la ley pretende inspirarles; y asi como des-
»pues de concluida la escena final de un drama se retiran
•los espectadores cada uno á su vida ordinaria, del mismo
»modo, después de consumado el suplicio, el hombre
«violento ¿injusto vuelve á sus acostumbradas injusticias.»

VIU.

ij. m,Eareforma4<»^.

Aunque la reparación de los agravios que por la co­


misión de los delitos se producen contra el Órden general
y contra el individuo en particular, y el provenir idénticas
males con la severa amenaza de iguales ca&ligos son ob­
jetos de los mas priocgiales de tas pesas ; sin embargo,
deben estas procurar tpmbien con el mayor empego la cor­
rección del qi^e delinque y la reforma do sus defectuosos
hábitos. Aunque el mal es instintivo y natural en elhflpjbre,
no obstante, hállase dolado del libre albedrío, p^rapoíjer,
ó abandonarse ai Gognpleto desurden, ó elegir la:senda del
bien, que la sotie^ad debo enseñarle por ijuedlo de una
buena educación, y recordarle constantemente con la
presencia de buenos modelos que imitar. Por falta de
educación ó por no haber podido sobreponerse á un ciego
arrebato, suelen algunos hombres cometer los mayores
escesos; mas no es imposible que luego obre en ellos la
persuasión y el arrepentimiento, hasta llegar el caso de que
6
82 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

un gran criminal so convierta en hombre bueno y do ar­


reglada conducía, i Cuántos ejemplos de esta clase no se
hubieran repelido si se hubiera conservado la vida á mu­
chos de los que han espiado en el patíbulo los daiíos que
con su mala conducta ocasionaran á la sociedad!

IX.

U PENA DE MUERTE NO ES eCORámtCa.

Por economia en las penas entienden loa autores la


cualidad de que no sean mas severa^ que lo necesario para
conseguir el objeto que se proponen; y este objeto ya
hemos dicha que cenaste «n foodifS xw ft del delincuente
y «n la reparación de la ofensa hecha al étden moral.
Ahora bien: ¿no tiene la pena de muerte mas severidad
que la necesaria para satisracer á la justicia y á la vindicta
pública? ¡Y laclo como es demasiado severa, demasiada­
mente grave t Para obrar conforme á los bnenos principios
de la verdadera justicia, bastaría separar, por cierto
tiempo 6 para siempre, al malo de entre los buenos; y
educándolo, corrigiendo sur estravios y disipando su igno­
rancia con las lncesde las buenas doctrinas, casi induda­
blemente se alcanzaría bu regeneración, tornándolo eu
miembro útil á sí mismo y á sus semejantes.
CAPÍTULO IV.

X.

LA. TENA DE MUERTE NO ES

Instructiva tampoco es La pena capital, supuesto qne ni


en su ejecución aprenden los hombrea ninguna teoría de
moral, ni tiene la eficacia suficiente para modificar las ma­
las opiniones que cada cual tenga formadas, ni amedrenta,
por último, á nadie: no á los hombres buenos, porque esto»
con dificultad delinquen, y por tanto no necesitan de tan ter­
rible amenaza: no tempocoi t a hombres cuya ignorancia
los convierto encriminaies; porque eatos, ai alguna vez co­
nocen las leyes, pronto las olvidan; y en el mero hecho de
atropellarlas con sus crímenes, demuestran que no las te­
men. Por consiguiente, la pena de muerte, lejos de ser ins­
tructiva, es inmoral, como luego probaremos.

XI.

HOWOUA QUE LA PENA DE HUESTE SEA tra M ¡U ÍlÍia do ra.

Finalmente, señálase también como una cualidad de los


buenos castigos el que sean tranquil izadorw, y esta cir­
cunstancia es indudable que la tiene la pena de muerte,
porque á buen seguro que un cadáver haga mal á ninguna
persona. Pero ¿es por ventura necesario matar á un delin­
cuente para impedirle la facultad de causar daño á sus se­
mejantes? Doméñanselas fieras, ¿y no ha^de haber encier­
ros bailante seguros para los racionales ? i Cuánta pobreza
84 LA SOCIEDAD T EL PATÍBCLO.

de recursos seria necesario que hubiera en una sociedad que


no pudiera inutilizar á un criminal sino matándolo ! «¿Do
•dónde, csclnnia Jlcinlliam; de dónde puede venir el furor
•con que se ha prodigado ta pena de muerte? Esto es credo
«del resentimiento, que desde luego se inclina siempre al
«mayor rigor, y de una pereza de espíritu que hace hallar
»en la (te s ta r o n rápida de los delincuentes la gran ven-
*taja1¡le íop essar toas- en ellos! i La m uerte! i Siempre la
>ttmét1e t>BMoUo exige nim edteiooule ingenio, ni resia-
•tenciaá las-pasiones: basta abandonarse para llegar allá
«de una carrera! ¿'Dirase que la muerte es necesaria para
«quitar á un asesino el poder de reiterar sus delitos? Pero
■por In misma razón so debería dar la muerte á los fronéti-
6 toT átóttog, (teto scttatep u ed ela sociedad te-
podemosasegurarde eslo&ri¿penqué
ino'podtíaMoe aseguramos de los otrosí ¿Dirase 'que la
•muerte es la única pena que puede hacer vencer ciertas
•tentaciones de cometer un homicidio ? Pero estas tcnlacio-
«nesnopneden venir sino de enemistad ó de codicia; y
«estas dos pasiones, ¿no deben temer por su propia natura-
«leza la humillación, la cautividad y la indigencia mas que
«la muerte?»

xn.
LA rtN A V É MUERTE ES INCOMPATIBLE CON LOS PRINCIPIOS BE LA
CIENCIA PENAL.

Examinadas una por una todas las cualidades que los


criminafielas señalan como necesarias en las penas para
c a p It u l o IV . 85

que 6can legitimas, hornos visto que ni siquiera una de ellas


posee la pena capital. Probado queda que no es personal,
ni igual , ni divisible, ni cierta , ni análoga, ni popular;
ni es tampoco conmensurable, ni reparable, ni remitible,
ni ejemplar , ni reformadora, ni económica, ni importa
nada que sea tranquilizadora. Hemos asimismo demos­
trado que no es verdaderamente una pena, supuesto que los
males que con la muerte se pretenden ocasionar al individuo
que la sufre, son nulos para este, que en ol instan le mismo
de morir deja de padecer materialmente; y en cambio re­
sultan de su ejecución ana multitud de incalculables pade­
cimientos para bu inocente familia, á quien se produce una
verdadera pena, sobre quien recae el verdadero castigo,
sin haberlo de ningún modo merecido. Por tanto, la pona de
muerte, considerada en el terreno de la ciencia y dentro de
los limites de la razón y de la prudencia de los principios le­
gales, esá todas luces injusta. Y ¿no es esto ma» quo su­
ficiente para probar la justicia con que se la debe abolir?
¿No basta que la ciencia penal la rechace, sino que todavía,
por ana vieja y filial preocupación, hade continuar man­
chándolos códigos délas sociedades que tanto se jactan de
civilizadas?
CAPITULO V.

La pena de mnerte es inmoral.

I.

K0 UONNUL EN 9 0 APLICACION-

Clamjo examinamos las cualidades <|u<* deben concur­


rir en lab buenas penas, omilimos de propósito el ocupar­
nos de la principal de todas «lias, cual es la moralidad;
cuya omision cometimos con el objelo de tratar separada­
mente esta importante materia. «La moral, dice M. Orto-
alan , está en la ley y mas allá de la ley : va mas lejos
>todavía que ella ; pero en donde quiera que la ley esté,
>alli debo estar la moral, porque esta es la ley general,
>la ley suprema.» Luego si la pena de muerte es inmoral,
es también injusta, por hallarse en oposicion con esa ley
suprema y general, que es la cierna esencia de la verda­
dera justicia.
La filosofía del siglo x v m , al inaugurar la revolución
moral, material y política, que tan hondas variaciones pro­
dujo en muchas de las instituciones de la sociedad curo-
88 t i SOCIEDAD I EL PATÍBULO.

pea, proclamó la igualdad absoluta, como base de la re­


forma general qne se proponía llevar á cabo; y muchos
hombres en nuestro siglo han secundado ese mismo grito
de insurrección, predicando la igualdad y la libertad hu­
manas con tanta exageración, que nadie medianamente
juicioso puede apreciar sos teorías sino como irrealizables
utopias. ¡Tenían la libertad en los labios, y la esclavitud
en el corazon : predicaban la igualdad, para entronizarse
ellos solos sobre todo el mundo! La desigualdad, hija de
la misma naturaleza y de nuestra propia organización, es
tan indispensable en la sociedad, cuanto que, sin ella, no
podría existir ni un solo dia sin degenerar en una cons­
tante , bárbara y sangrienta lucha : la igualdad absoluta,
por consiguiente, es tan imposible, como lo es que el
hombre destruyalas eternas leyes de la creación.
Sin embaído* ea ttaa Verdad teem eatt que lodos los
hombres mu igttáte én el órden moral, por tfu&ttto' qve
han sido formados de una misma materia y están dolados
de nn mismo espíritu con iguales facultades. Como criatu­
ras racionales y libres, todos tenemos unos mismos debe­
res esenciales que cumplir, á todos se nos ba fijado una
misma regla inmutable de conducta, y todos estamos obli­
gados á dar estrecha cuenta de nuestras acciones. En este
sentido, la esencia moral del hombre es una misma en to­
dos los individuos, y en igual grado les alcanza la justicia
divina, relativamente hablando; es decir, que cada uno
será ju/gado conforme á sus obras y á sus facultades, y
correspondiente á ellas será su premio ó bu castigo. Sien­
do, pues, en este sentido, iguales ante Dios, debemos
serlo también ante la justicia humana, que, bien entendida.
c irim o v. 89

es una sublime emanación del mismo [Nos; y , por consi­


guiente, á lodos deben compreudef con relativa igualdad
ios falloadc los hombres, supuesto que, de otro modo, no
serian justos los castigos. Esta es acaso la única nivelación
posible en la tierra, la única legítima y verdadera qne lo­
dos debemos apetecer, y ante la cual deben humillarse
todas las distinciones, diferencias y privilegios que la sa­
ciedad otorga.
Pero í Be observa, por ventura, esa igualdad ante la
l«y, que tanto se proclama per boca de todos? Diariamente
se nos están ofreciendo multitud de ¿aso» qoe prueban lo
contrario; porque una* mal entendida amulad „ di Ínteres,
la aaririo¡oir y o tr a dijrersas eausasqntí no es necesario
e r a a e ra r, ejercen muchas veces sobre ciertos hombres
una influencia mucho mayor qne la idea del cumplimiento
de su deber, y mas poderosa que el juramento que pres­
taron de administrar con imparcialidad y rectitud la justi­
cia. ¡Coda doloroso es considerar cómo se suelen goxar en
su impunidad los deUncieotet ricos & bien relacionados,
mientra» que «1 pobre, q K á & n a la n e n m á a l, aake conde­
nado ¿ « ra s tra r por masó menos tiempo las pesadas cade­
nas de «n presidio! Y si esto remos que sucede con rfflffligmr
de mediana 6 escasa consideración, ¿qué no será con la
imposición de la pena de muerte?
Léase el ensangrentado registro qne contiene los nom­
bres de los que han muerto en el patíbulo por delitos co­
munes , y dígasenos cuántos do esos nombres son conocidos
en la sociedad, y cuántos pertenecen á personao<que hayan
ocupado un alto |>uesto entre los hombres : muy raro será,
si es que se encuentra alguno. No queremos decir con eslo
90 LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

quo los crímenes deban ser un frecuentes entre los hom­


bres de las primeras clases de la sociedad como entre los
que á duras penas pueden librar la subsistencia ; pero tam-
poco se puede negar que los auxilios de una buena educa­
ción , como la que aquellos deben tener r son algunas veces
impotentes para dominar la exaltación de las pasiones, y
q u e, por consiguiente, nadie está exento de cometer toda
clase de crímenes. Y ¿en qué consiste qne, si ojeamoBel
libro donde se hallan escritos los nombres de los grandes
criminales, tal vez no se encontrará el de ningono que haya
sido favorecido con los dones de la suerte? ¿Consistirá
acaso en que los individuos que gozan de riquezas y de to­
das las comodidades de la fortuna no cuentan en su nume­
roso guarismo ningunas unidades delincuentes, ningunas
personas qne hayan atropellado lodos loe ftaeroa, lodas las
leyes y todos sus deberes, trastornando el órden público
é insultando con escándalo á la moral? [No porcierto! Se­
mejante resultado, al parecer estraño, deja de serlo si se
considera que los bienes de fortuna que esos individuos dis­
frutan, la alta posicion que ocupan, las influencias de sus
amigos y parientes, con otras circunstancias, son tan pode­
rosas, que desvian á veces de sobre su cabeza la pena atroz
de qne se hicieran merecedores por sus grandes crímenes!
¡Bien puede el cobarde traidor deshonrar con una calum­
nia al inocente, que acaso recibirá aplausos por su bajeza,
y aun tal vez obtendrá honores y laureles con que ceñir
su infame frente! ¡Bien pueden también algunos, casiá
mansalva, meditar la muerte de un riv a l, de un enemigo,
ó de un hombre honrado que les sirva de estorbo para sa­
tisfacer una pasión brutal 1 ¡Con oro se encuentran de sobra
c a p ít u l o v . 91

puñales asesinos; y también con oro se consigue muchas


veces inclinar á cualquier lado la balanza de la humana jus­
ticia t i Tristes y amargas reflexiones, pero qne son exacto
aunque pálido reflejo de la verdad ; que tal es el humano
corazon, tal nuestra miseria ü
¿Y la morall ¿Dónde encontrarla, si tan injusta es la
desigualdad con que la sociedad castiga ? ¿ Por ventura las
riquezas y los influjos son pruebas evidentes de la inocen­
cia de los hombres? ¿ La alta posicion qne ocupen, será un
testimonio irrecusable de sufalta de criminalidad ? ¿ O es el
oro tan fuerte malla que no puedan traspasarla los agudos
d a n ta d e is tftmaM espiaron? Sociedad: t í que apelas ¿
la conciencia dtA género humano cuando con apasionados
gritos proclamas la justicia con que m alas, tú misma eres
contra quien se rebelan unánimes las conciencias de lodos
los hombres. Si el poderoso ha de alcanzar conmutación ó
indulto de la mas grave do todas las penas, y el patíbulo
solo se ha de regaf coa U sangte de los pobres, i sociedadl
no m áftsé tiibgtffib; 1JM aunqtlé k muerte que tá das fuera
justa , c tti tMA jUsto s a rin p trto d d s quedaran impunes
silfo Iftti do distribuir con igualdad tn tan tremenda jus­
ticia I!

n.

TiMBUW K S UOIOKAL KH 8U HBCDCION.

IMoralidad en la pena de muerte 1 N o; | sino inmora­


lidad y escándaloi ¿Quera» contemplarla ¿ la luz del me­
dio dia 1 S i : á la luz del medio d ü ha de ser precisamente;
92 LA SOCIEDAD Y E L PATIBITO-

porquo la pabliádad de las penas es una circtuisiaucia in­


dispensable, supuesto que solo asi se saüsfaco la vindicta
pública, y no de olra suerte se podría tener perfecto co-
noeimiento de la proporcional distribución del castigo cnlrc
los delincuentes. Id, pnes, vosotros, los que tengáis valor +
para presenciar tan horroroso espectáculo, y venid luego
á contamos lo <pe hayan virio vuestros ojos, y las. sensa­
ciones de vuesLra afana»
En el mismo sitio donde se perpetró- un homicidio
acaso sin ánimo de consumarlo, por un desgraciado á quien
ofuscó el mal pensamiento de vengarse por sn propia mano
de una grave ofensa que poco antes recibiera, ó guiado
tai vez de un instinto feroz y sanguinario que te fue como
imposible poder rqgrimá,, tgjfla acaJa dificultad que eu-
coatrnbe bb eflo; en ese m ia u s ^ ^ B a i ^ i f i ^ in«Hu>-
ria levántase ahora n a cadalso,. sobre cuya s ^ . je^va. á
derramar de nuevo sangre, ea nombre de la humana jas-
licia 1 Sobre ¿1 aparece desde luego una fatídica sombra,
en quien se lijan unánimemente los ojo* de toda la muche­
dumbre de curiosos que rodean el lugar de la escena. Y
; que sombra es esa de tanta poder, que á todos fascina,
que atrae la atención de todos, y con cuya funesta pre­
sencia hasta parece como qne se eclipsan las luces del
astro mas resplandeciente ? ¡No! Semejante sombra ó fan­
tasma, que horroriza y espanta, no es posible que haya ve­
nido á ejecutar justicia ; porque sus miradas son las de un
salvaje sediento de sangre, que mejor representa la fero­
cidad de los brutos que no la paz y amor de los raciona­
les. ] No! El digno ministro de la verdadera justicia es
aquel otro que, la ¡macea de Dios crucificado en la i»-
CAPÍTULO V. 93

quicrda, levanta la diestra para bendecir, en nombre de


ese miaño iBios infinito en misericordias, al criminal hu­
milde y arrepentido que, con llanto de sincera contrición,
eleva ft los cielos la plegaria de su conmovido espirita 1
{Pero la voz de Dios no so oye tanto on aquéllos;solem­
nes momentos como la voz de Ja sociedad: las leyes di­
vinas se postergan entonces á las leyes de los hombres; y
aunque Dios d ijo: no matarás, la sociedad dice : mata; y
aunque los cielos clam an: t perdón I la-tierra ru g e : ¡ven­
ganza 1 y los rugidos de la tierra ahogan loa clamores de
loscielosllJ
■YanieatiaBiiuiihoiiibre, Jteno'd» HÉkidy <dtaiesperan-
zas, eaiA agm úaÉ fo en presencia de todo un pueblo indi­
ferente iy frío, ¿no oís? A llí, al pie mismo del patíbulo;
allí, donde mas imponente y medroso se ostenta el poder de
los hombres; alli mismo, ¿no oís?'rumores, desórdenes,
confusion, maldiciones, blasfemias! [Ahí ¥ ¿es este el
espeetáculorqne ofceoaB m nombre ¿de'la joBtúsa, socie­
dad qne ^-ie Uaaaaa eatábea?. £&>itwtto: Jae ileosionee de
moral qa» «oefiafiiioto b qftÉutan deiteiM fbar* je a a ?
iS a + m t n iM sagrados timnos coa nqoe log a-jattMon
deben saludar &ia muerte cuando llega para arrebaiaries
un hermano, y la» preces qua deben entonaripor su eterno
reposo? Mata en hora buena, sociadad.;pero almeno» no
profanas la justicia, invocando «u sgnb»>nombre cuando
malas!
¿ Qué importan al mondo tas amargos y emoles tor­
mentos de un padre desolada, n i loe «rilóme flé-unai madre
llena de angustias y afliañonea, imite! teístas ayes de la
inocente orfandad, ni la constonaBioD-dc la amistad ver-
94 LA SOCIEDAD Y E L PATIBULO.

«ladera? ¡N ada, nada absolutamente 1 El mundo sé ríe del


llanto dé los infelices : el mundo se mofa cuando los des­
graciados mueren. ; Si fuera un poderoso el que muriera!
¡Oh! entonces seria otra cosa : entonces todo el mundo
andaría solícito, engañando y hasta queriéndose engañar
á sí mismo con mentidas apariencias de un falso Ínteres por
la salvación de su existencia! Entonces habría lágrimas
fingidas, y vanas protestas de sentimiento, y luto general,
y palabras de compasión, aunque todos los corazones per­
manecieran helados! Entonces hasta los defectos del que
hubiera muerto se tornarían en escalentes cualidades, y se
preconizarían sus virtudes, y se le honraría como á un mo­
delo del mas perfecto ciudadano! Y lodo esto, ¿ por qué?
Porque había sido poderoso, porque habia gozado de Iob
dones de la fortona t ¡ Acaso si hubiera ejercido la caridad
conlá estenson que sos facultades le permitieron, acaso
entonces no seria Dorado con tanto aparato como el que
luce en sus funerales porque invirtió los productos de sus
bienes en proporcionar distracciones y placeres á la li­
sonja, á la adulación, á la falsa amistad ti ¿ No es verdad,
mundo ? Pero al cabo tus fingidos sentimientos no pasan de
los labios : tos protestas, túllante, tus aparentes tristezas
no existen en tn corazon, sino en tn semblante; porque así
te propones seducir y alucinar á las gentes sencillas l Por
consiguiente, haces bien en no engañar mas que á los po­
derosos : los pobres no le creerían ; y como sabes que no
serías creído, por eso eres franco con los pobres! Que
mueran, -si, que mueran: ¿es verdad que nada te im­
porta? Mientras ellos mueren, acaso tú le entregas á una
bacanal: á las desesperadas lágrimas de la desgracia, tú
c a p ítu lo y. 93

contestos con escandalosos brindis en báquicos festines: el


fúnebre sifencio de la nneva tumba solo se interrnmpe con
el mudo llanto de los infelices huérfanos y con la algazara
de Ins lúbricas orgias!! Bien!! prosigue todavía; prosigue
apellidándote grande: s i, porque eres grande verdade­
ramente ; solo que lu única grandeza consiste en tus gran­
des imperfecciones; solo que lu mayor grandeza consiste
en lu miseria lü
CAPÍTULO VI.

Examen de diversos argumentos con qne ae


pretende defender la legitimidad y l a justicia
de la pena de muerte.

1.

JESUCRISTO NO JLSTIFICÓ LA PENA CAPITAL.

La pena de muerte es ¡am oral: la pena de muerte no


tiene ninguna de las cualidades que deben concurrir en las
buenas penas : la pena de muerte es contraria á los prin­
cipios fundamentales de la ciencia penal; y sin embargo
de todo esto, obstinados sus partidarios en defender su
justicia, aducen diversos argumentos de algún valor en
apariencia, pero completamente ineficaces en realidad, de
que nos iremos haciendo cargo.
Uno de los mas acérrimos defensores de esta pena, el
Sr. Pacheco, se eleva, queriendo demostrar su legitimi­
dad, hasta formular la siguiente observación: «Aun p u -
»diera hallarse, dice, en el cristianismo una mas alta
»consagración, una legitimación mas completa de la pena
>de muerte. Al lomarla sobre si por su voluntad el R e-
518 LA SOCIEDAD Y EL PATÍfllT.Ó.

idenlor del mundo, puede decirse que justificaba con un


•solemne testimonio la doctrina de que ella' sola es la es-
• piation conveniente á los grandes crímenes. ¡Ofreciéndose
>él en sacrificio para pagar los del género humano, ese
>fue el medio que escogió y que llevó á efecto en su
»inefable bondad!» Veamos ahora si esta observación es
exacta y tiene algún valor.
Ante todo debemos no olvidar que el proceso del Sal­
vador fue absolutamente injusto y arbitrario, lo mismo en
el fondo que en las formas, supuesto que careció de to­
dos los requisitos y fórmulas legales de que entonces se
revestían los procedimientos, y se fundó ademas en una
falsa acusación de sacrilegio, convertida luego eu delito
político y en crimen de, EqUfo. £1 ttedenlor de los hom­
bres predicaba una doctrina de p n ro a y de verdad, con­
traria c incompatible con las absurdas preocupaciones en
que estaban imbuidos los gentiles en materias de religión.
El espíritu de la doctrina evangélica había de penetrar en
el corazon de todos los hombres, los cuales abandonarían
luego el paganismo ; y como este era la religión pública
del Estado, acusóse á Jesús como revolucionario, como
perturbador del Arden público y como innovador en ma­
terias religiosas. Aun cuando no se le pudq probar nin­
guno de eslos delitos, segas consta de los escritores, tanto
sagrados como profanos, que hablan de su sagrada pasión
y muerte, sin embargo, considerase preciso el declarar é
Jesús convicto de los crímenes que se le imputaban, partí
poder así calmar los ánimos de la agitada muchedumbre,
qne gritaba : Crucifícalo, crucifícalo. Jesucristo, pues,
aunque inocente, fue declarado reo de grandes crímenes,
CAPÍTULO VI. Oí)

contra los cuales se hallaba establecida la peua üo muerto;


y aunque con una sola palabra pudo salvara y confundir
á los que le acusaban, porque lodo lo podía con su poder
infinito, no obstante, q u is o recibir ta muerte, no escogién­
dola, como supone el Sr. Pacheco, sino sometiéndose,
resignándose ¿ sufrirla, porque no de otro modo se habían
de cumplir los valíamos de los profetas.
Ademas de esto, ¿oran por ventura jusías y legítimas
todas las leyes, todas las instituciones que se hallaban
vigentes en el mundo cuando vino Jesús á redimirnos?
Absurdo y hasta una blasfemia seria el afirmarlo , porque
bien conocidas son-las erróneas doctrinas y las corrom­
pidas costumbre» que por entonces infectaban toda la
tierra, errores y corrupción que se reflejaban en la legis­
lación y en todas las prácticas sociales. Pues s í, á pesar de
ser tan absurdas ó ilegítimas casi todas las instituciones
vigentes en aquellos tiempos, coa todo eso Jesucristo no
derogó, ni anuló* ni .acusó directamente de «^justicia á
ninguna de ellas en tparUcidar, porque:no v¡flej¿4eslruir
las leyes establecidas, sino á someterse £
no á echar por tierra el «dllioío de la socíedadiróft», taino
i fundar «uta «ociedad religiosa independiente >de aquella,
¿cómo ha da podtr 4 tc¡rt« que al someterse 4:1a pena de
muerte justificó ow un solemne testimonio l&dootrina de
que ella sola es k<«ptaúan eonvenieote ¿lo s grufldeacri-
menes?
Nodcfeió Jesús laohar de injusta la misma üpftucion
de la pena capital, sino 4a .aplicación que.de etta iharón á
«u santísima persona : no debió probar -el esceso del cas­
tigo, sino la absoluta falta del delito; y con lodo e so , no
400 LA SOCIEDAD T EL PATÍBVLO.

reconvino á sttó activadores, sino que se resignó por su in­


finita misericordia á ofrecerse como victima pura é ino­
cente en holocausto á su santísimo Padre, porque asi se
debía cumplir un grande arcano, el mas alto misterio de
nuestra augusta religión : la redención del linaje humano.
Es, pues, inadmisible la observación hecha sobre este
punto por el criminalista español. Aun cuando fuera justa
la aplicación de la pena de muerte á los grandes crimina­
les, nunca podo haber justicia al imponérsela al Salvador
del mundo, al Cordero sin mancha, al Ser infinito en jus­
ticia. en pureza, en caridad, en mansedumbre y en todas
las virtudes como en lodas las mas escelsas perfecciones;
y , por consiguiente, para poder asegurar con algún fun­
damento que Jesucristo jinfí/fco con un solemne testimonio
la doctrina de que la pena de muerte es !la bola eapiacion
conveniente á los grandes crímenes, necesario seria caer
en el herético absurdo de sostener que Jesucristo fue me­
recedor de la muerte que recibió de manos de las ilusos
que levantaron sobre la sagrada cumbre del Calvario la di­
vina enseña del catolicismo.
Cierto es que Jesucristo padeció y murió por los delitos
y pecados de todos los hombres; pero su sagrada pasión y
muerte no fueron la pena , no faeron el eattigo de la hu­
manidad, sino, antes al contrario, el único medio por que
la humanidad podia alcanzar, como alcanzó, su perdón,
su salvación y la mas completa redención de todos sus
crímenes. De suerte que, como la muerte del Salvador no
fne una pena, sino nn sacrificio; no el mal que necesaria­
mente recae sobre el delito, sino el mal que voluntaria­
mente acepta, lo inocencia, no hay lugar á decir que Jesu-
C a p ítu lo v i . 401

cristo justificó cou su muerte la muerte que se impone á los


crimínales, porque entre la muerte necesaria é ignominiosa
del patíbulo, y la muerte voluntaria y gloriosa de la Cruz,
media la inmensa distancia que hay entre el hombre y Dios,
snlre la tierra y el alto firmamento.

II.

M LA INMORTALIDAD DE NUE6TBA AL9U NO SE DEDUCE

NINGUNA PRUEBA. EN FAVOR DE LA JUSTICIA. DE LA PENA

DE MUERTE.

«La doctrina de Jesucristo, continúa el Sr. Pacheco,


•confirmaba al mundo de una manera auténtica el dogma de
•la inmortalidad del alma, y contribuía también de este
•modo á despojar al suplicio de lo mas bárbaro y repug-
»nante que pudiera tener en otras creencias. Vacilaríamos
>anto lst pena de mnérte s estuviésemos persuadidos de
•que el hombre acaba c d n m v id a terrena y m aterial; al
•paso que nos encontramos mas Ubres ^ desembarazados
>para juzgarla cuando sabemos que este arando es úniea-
»mente un tránsito, por el qne todos somos viajeros, para
•llegar un poco mas antes ó un poeo mas despnea á nues-
>tra patria definitiva.»
Sentimos opinar de un modo diamefcralmenle opuesto al
de este célebre escritor. Juzga el Sr. Pacheco que sirve
de consuelo al corazon y de detmbarato á la inteligencia
el saber que el criminal que mnere en el patíbulo nace
en la eternidad en el momento mismo en que espira en el
mundo; pero cabalmente la consideracioQ de la inmortali­
102 LA SOCIEDAD T EL PATÍUVLO

dad de nuestra alma es lo que contribuye, do solo á qne


la pena de muerte nos llene de santo horror, sino también
á arraigar mas y mas la profunda convicción que abriga­
mos respecto de su absoluta falla de justicia. Si fuéramos
simplemente animales; si mas allá de la tumba no hubiera
una eternidad para nosotros; si con la corrupción de nues­
tro cuerpo material se acabara también nuestra espiritual
existencia, entonces no creeríamos injusta la pena capital:
entonces creeríamos que se debía malar al « m in o , como
se mala á un animal que tiace daño, como Be mala á un
reptil venenoso, como so matan las fieras de los bosques.
Pero malar á un hombre, enviando tal vez su alma á su­
frir nna eternidad de imponderables suplicios, por una
fitlla, fo t va f r i t o . {XK on crim e a q w la religión com­
padecí y qt» Dio* jttrdvaa, parétenod «1 atanor absurdo-,
la mayar preocupación, e l error mas lastimo» é n q m h u i
caído los hombrea, por no considerar qne el disponer del
eterno destino de las criaturas racionales es usurpar las
escelsas facultades que sola y esclusiv ámente corresponden
al divino Criador.
Argiiirásenm diciendo que no se pierde el alma del
que. muere en el cadalso, porque antes de morir recibe
todos los consuelos de nuestra sania religión. Piadosa­
mente hablando, asi debemos pensarlo en efecto, porque
Dios es infinito en misericordias, y ha perdonado y per­
dona i los mas grandes pecadores cuando invocan al
cielo de todo corazon. Pero ¿es posible que en el corto
espacio de tiempo que se ooncede á los sentenciados á
muerte para que se preparen á morir como buenos cris­
tianos , consigan instruirse completamente^conocer lodo
C iP ÍT IL O V I. 103

el mal que cometieron y todo elbien que dejaron de to*


cer, y comprender el inmenso tamaño de la eternidad que
se abre ante sus ojos? No creemos que Uflos bocobre» fal­
tos enteramente de educación, como lo están casi lodos
los que espiran en el patíbulo, puedan h a ce ra cargo du
la magnitud de sus deberes para con Dios, para consigo
miamos y para con bus semejantes, de que anteriormente
no tenían la menor idea, cuando ya sus sentidos y sus fa­
cultades intelectuales se bailen embotados por la práctica
de los vicios; ni creemos tampoco que un tan breves ins­
tantes puedan comprender la espiración de los principa­
les dogma* del ratoliciano, tan necesarios para satam e;
ni abarcar «I ivéhbo tiempo coa su oscura imagtnadanbí
misteriosas y escondidas relaciones que median entre el
delito, que se comete en un solo instante, y su espiacion,
qne dura toda una eternidad, y la admirable virtud de la
verdadera contrición, que eo un mooieeto cambia en eter­
nidad de débete 1« de tomuntoa que antes nos
aguardar*, t f j p » doctrines
que un hanb(».4* dlkfr «M tttilÉM l* V 'ü a ^ i a teda
dase dtí tomones y aobraaátoa-M pneáe apeona apoenger
eo un iat§» espacio de tiempo* puadft apmiderlas a ru n
breve pía») otro hombre de razón limitada y M oueáda,
y en los momentos mismos en que se agfca. suajma con
los Iwn'oree del mi» g an tes» combate entre el instinto
de la propia consérvame y fe idea de ni próxima agonía.
Por todas «atas oonsideracMBes, jozgam» muy peligroso el
suplicio de la muerte «yeoutsda aebre el cadalso.
Pero sapos gamos que «l ftwtaadado i marir se arre­
piente de sus pasados crim ene*y de toda su relajada con­
104 LA SOCIEDAD T EL PATÍMLO.

duela, porque Dios, que lodo lo puede, le loca en el co­


razon y quila de su alma la venda de los errores. Su­
pongamos que ese hombre ve claro en el fondo do. los pa­
sados tiempos, comprende el porvenir que le aguarda, y
Dora y pide perdón. Si su contrición es verdadera, y se
halla en efecto completamente regenerado, entonces, ¿á
qué matarlo? Si la sociedad impone la pena solo al que
considera verdadero criminal, y este criminal se ha con­
vertido en hombre bueno, porque la luz del Santo Espí­
ritu ha bajado á desterrar las sombras de ia ignorancia en
que eslaha envuelto, y por cuya cansa fue delincuente,
¿á qué malario? Si se le mala por temor de que vuelva á
hacer daño á sus semejantes, procede eñ rigor lógico la
muerte de todos los hombres, porque aun los mejores
están espuestoB fi cúmetelr todos lotf crímenes. Si se te
mala porque sedada de que so arrepentimiento sea sin­
cero, entonces la sociedad sabe que casi de seguro va ella
á ser la causa de la eterna perdición de su alma; y esta
sola consideración debe ser bastante para suspender la
consumación del suplicio. Y, por último, si ¿ pesar de estar
seguros de la verdadera contrición y enmienda del delin­
cuente , no obstante se cumple en él la sentencia capital,
para tranquilizar y satisfacer á los que deseen su afrentosa
muerte, en esle caso se procede con la mayor injusticia,
porque no so obra mas que con el exclusivo objeto de lle­
var á cabo una odiosa y cruel venganza. En hora buena
que se aparte de la sociedad, por cierto tiempo ó por
tiempo ilimitado, al criminal arrepentido, y que se le con­
dene á trabajar continuamente, ó á sufrir otra pena aná­
loga , para que satisfaga el mal que hizo con el mal que
CAPÍTULO VI. 105

sufra, y para evilar los motivos de alarma y de temores


entre loa demás individuos; pero no se le debe matar,
porque la ejecución de su muerte es contraria á la ley
cristiana y á los preceptos del Evangelio de caridad, que
nos recomienda el perdón de las injurias y la compasíon
para con nuestros enemigos, y en cuyo 9 santos principios
se encuentra basada la sublime máxima que nos manda
odiar al detiio, pero amar al delincuente.

IH.

LÁ nOU ME HESITE NO US JUBTA PORQUE LA K lglB IG IA


sel n o rm u o m íe de na in vio lable m cu r to s t

DETEtum ultos CASOS.

Prosigue el mismo criminalista defendiendo la legitimi­


dad de la pena capital, y con este objeto ataca el princi­
pio de la inviolabilidad de la existencia del individuo con
nn argumento qne ~reasume.6fi; estas, bravea .palabra*
«Desde qne ae reconoce derecho tteJfcdafnN tgi el.de
>la guerra, no puede monos de reconocerse tatnbm&jLde-
»recho de la justicia so cia l: uno y otro lo son, aunque no
»sean el mismo; y si el primero vence á la inviolabilidad
•del que asalta, no se concibe cómo el segando no haya
»de vencer á la inviolabilidad del qne delinque.»
Pero este raciocinio, como aparece á primera vista,
carece de fundamento sólido,, y no-se encuentra en su
base la exacta igualdad que seria necesaria para que tu­
viera algún valor efectivo; porque en 41 se confunde á la
sociedad con el individuo, equiparando sus deberes y fa­
IO (j LA SOCIEDAD Y E L PATÍBL'LO.

cultades, nivelando sus fuerzas y recursos, y suponiendo


uno mismo el daño que la una y el otro sufren en cir-
cunslaociaa que tampoco pueden ser iguales.
Existe indudablemente una razón imprescindible de
justicia, que autoriza al hombre para dar muerte al que
le asalta con ánimo de asesinarlo, de&pues de haber inten­
tado, sin fruto ninguno, cuantos medios le sugieran la re­
flexión y el buen juicio en la em barazos situación en que
se halle. La legitimidad de este derecho de propia defensa
se evidencia con solo considerar q u e , debiendo preferirse
las obligaciones que leñemos para con Dios y para con
nosotros mismos á las que tenemos para con nuestros se­
mejamos, faltaríamos, si no defendiéramos la vida, al pri­
mero de los deberes que tenemos p a n con Dios, olvidando
al mismo tiempo los qne tenemos para con nosotros mis­
mos, que se reducen á nuestra propia conservación y la
de todos los bienes qne disfrutamos en el mundo.
Legitimo es igualmente el derecho de la guerra , por­
que BigniGcando la sociedad, como c u e rp o c o le c tiv o , la
suma de los derechos y deberes de lodos los individuos,
el resistir á Ja fuerza con la fuerza, el rechazar á un ejér­
cito que acomete, no es mas que la multiplicación del de­
recho de la propia defensa, puesto en ejecución por el jefe
que representa á toda la sociedad.
Mas las razones y la necesidad imperiosa que legitiman
celos derechos, fallan cuando de esla manera se quiere de­
mostrar la legitimidad de la pena de muerte. En efecto, no
cabe comparación entre aquellos y el que la sociedad pueda
tener para malar á un delincuente; supuesto que el hom­
bre q u e, solitario en una estrecha ca lle , por ejemplo, se
c .v p í t l l o v i. 107

ve acometido enmedio de la oscuridad de la noche por tu


desalmado asesino, no tiene quizás mas arbitrio que darle
muerte para salvarse ; pero la sociedad cuenta con muchí­
simos recursos para inutilizar al delincuente sin privarle de
la vida. En ln lucha de dos hombres hay también igualdad
de fuerzas ; mas entre la sociedad entera y uno solo de sus
individuos no cabe lucha, porque por parte de este no
puede haber resistencia sin rayar en la mas loca temeri­
dad. El hombre, en fin , que se dejara asesinar, sufriría
el máximum de lodos los m ales; mientras que la socie­
dad , aunque levemente mutilada por la muerte de uno de
sus individuos, eoaUnta trtoqoilaea ett marcha onünaha,
una Tez aprisionado el infeliz que tuvo la desgracia de en­
derezar sus pasos por la senda del crímeu.
Vemos, pues, que ni los recursos con qne cuenta la
sociedad, ni el peligro en que se halla, ni el daño que ex­
perimenta con la perpetración de un asesínalo, son ni pue­
de» ser iguales al mal que sufre el mismo individuo ofen­
dido ,'ni ftl inminente rteaga que corre cuando es asaltado,
n i, por último , 6 loa escasos medios de que puede ampa­
r a r » ^ tan critica sitntcion; y , por tanto, dedúcese
claramente la inexactitud con que se compara ai individuo
con la sociedad, y la ineficacia del argumento que sobre
tan débiles bases se fonda para defender la legitimidad con
que el poder del Estado aplica la pena de muerte á los
grandes criminales.
108 LA SOCIEDAD I EL PATÍBULO.

IV.

REí TTACÍ o N DE OTROS VARIOS ARGUMENTOS QUE SB ADUCEN EN.

FAVOR D E LA PENA CAPITAL.

Entre algunos oíros argumentos que se suelen formu­


lar en favor de la legitimidad de la última pena, resalta,
por su frecuente repetición y por su bella apariencia, el
que se forma con la comparación siguiente: <EI cuerpo
•social es como el cuerpo humano; y así como-á este se le
•amputa un miembro corrompido para que la gangrena no
»se estienda á lodos los demas, asi también es legítimo cor-
>lar los miembros emponzoñado» del cuerpo social para
•evitar el general contagios
Todo el aparente valor de este argumento descansa en
la primera proposicion, y como esla es completamente
faka, lo son también sus consecuencias. El cuerpo social,
decimos nosotros, no es como el cuerpo humano. El cuerpo
humano es pura materia, formada del fango, y que en el
fango 66 sepulta cuando perece; mientras que el cuerpo
social es la congregación de hombres, que son seres espi­
ritualizados. Por consiguiente, no puede haber igualdad
entre un miembro humano, que es una pequeña porciou
de materia inanimada, y un miembro social, que es uu
ser racional, dotado de una alma imperecedera; y no ha­
biendo igualdad en los términos, la comparación es in­
exacta, 6 ¡legitima toda consecuencia que de ella se quiera
hacer derivar.
Pero aun suponiendo que esta comparación fuera
c a f ít il o VI. . 100

exacta, todavía con ella no se combatiría mas que un


fantasma, supuesto que nosotros estamos muy distantes de
intentar siquiera el abogar por la impunidad de los cri­
minales. Si fuéramos capaces de sostener que la sociedad
no liene derecho para castigar, ó que este derecho es in­
justo, y que, por consiguiente, no se debe imponer nin­
gún mal á los delincuentes, en bora buena que entonces
se nos arguyera presentándonos el eimil dei cuerpo bu-
mano, diciendo que, asi como ¿este se le cortan loa miem­
bros gangrenados, asi también se debe segregar á los cri­
minales, para que con su contacto no se inficione el resto
de la sociedad. Pero cuando, por el contrario, somos los
primeros en defender el altísimo principio de justicia de
donde se deriva el derecho que tiene la sociedad para
castigar severamente todos los crímenes, aunque opina­
mos que nunca con la pena capital, no puede haber ra­
zón ninguna para temer la corrupción de la sociedad en­
tera, ana vez eslraidos de sd seno los qne con hechos
pasibles traspasan loe limites del deber, de la moral y de
tas leyes. Porúltim o, sabido es que la am pataáoade un
miembro corrompido tiene por objeto la salvación ¿de J a
vida del individuo : por consiguiente, cuando: sa nos
pruebe que sin la muerte de los grandes criminales no se
puede conservar la existencia de la sociedad, entonces
será eiacla la comparación, siquiera en los efectos, y solo
entonces podrá tener algún valor ese argumento, que, se­
gún acabamos de demostrar, está basado sobre una pro­
posición inadmisible.
Muy parecido á este ea aquel otro que anda en boca de
todos, reducido á decir que el criminal es una planta ve­
110 L.V SOCIEDAD V El, PATÍIUI.O.

nenosa que se debe arrancar de entre las demás plantas.


Pero esto no es mas que una frase altisonante, vacía de
significado, y á la que creemos dar basante contestación
con una sola advertencia. Las plantas venenosas se crian
en los eriales, (ai los terrenos incultos y abandonados; y
Jas flores hennoaas y de suave fragancia nacen y se mul­
tiplican en los jardines bien cultivados, donde abunda el
oportuno riego de aguas saludable*. Airájiquese una planta
de hermosas flores, y trasplántese y abandónese en un ter­
reno inculto : bien pronto la veremos degenerar, basta
convertirse en una maJa yerba. Por el contrario, siém­
brese en un jardin bien cultivado una de aquellas plantas
dañosas, y observaremos que poco á poco, con el bene­
ficio y«0B«ldegD de dulces ag«as, se convertirá en yerba
boena. Pues bien si t a criaiiateB son-plantas veaeoasas,
loe hombros buenos n a las h erm o sasflo retee rutare
fragancia; y si la diferencia que hay entre las unas y las
otras proviene de la eficacia del eultivo de que aquellas
carecen y eo que estas abundan, cultívense las primeras y
se aumentará el número de las últimas: riégúense con
dulces aguas las malas yerbas, y se tornarán en yerbas
buenas : instruyase y edúquese á los criminales, y la so­
ciedad se enriquecerá coa u a multitud de hombres reotos
y juiciosos.
Está bastante admitida, y hállase apoyada también
por un escritor de esclarecida fama, una opinion sobre Ja
pena de muerte, que se reduce á estas solas palabras:
tAbolida la pena capital, procede la abolicion de lodo el
»sistema penitenciario.» Los que asi juzgan, los que esto
creen ó los que eslo dicen, deben manifestarnos los funda-
CAFÍTl'M> VI. I II

nientos de su juicio, de su creencia ó de su dicho, porque


asientan una proposicion afirmativa, cuya prueba no cor­
responde mas que á ellos solos : y sin embargo ilc qne
nada alegan en su apoyo, con todo eso pretenden elevar
la dicha proposicion nada menos que á la categoría de un
indisputable axioma.
Por nuestra parle, como no tenemos razones que com­
batir en e»le punto, nos limitaremos á negar semejante
proposicion como no probado y como improcedente. Todo
lo mas que resultaría de la abolicion de la pena capital
sería, on nuestra opinion, el haber de reformar el sistema
penitenciario. Si en la escala de los castigos, como en la
de los d e lito , ha de haber un máximum, y este máximum,
que hasta ahora se ha crcido que debía ser la pesa de
muerte, se sustituye, por ejemplo, con la cadena per­
petua, que es la pena inmediatamente inferior á la capital,
lo único que resultaría de esta sustitución es que la gra­
vedad de todas las penas ae rebajaría en un grado para
cada una respectivamente, suponiendo que hoy « rala la
verdadera proporción entre ella». Y ¿qué males veddrian
de esta sustitución? No alcanzamos cuáles pudieras ser.
Antes por e l contrario, creemos que desaparaoeritui en­
tonces una multitud de hechos punibles qne se han élevndo
á la categoría de delitos, sin deber acaso fignmr mas que
en la esfera de simples falta s: no se condenaría entonces
á un presidio por una considerable cantidad de tiempo al
qué burla una cosa, valor de cien reales: ni se exaspera­
rían los ánimos de muchísimos delincuentes, que» al volver
de la dilatada condena que han sufrido por leve» causas,
vienen mas corrompidos que cuando fueron, y con ánimos,
112 LA SOCIEDAD ¥ EL PATIBI IO.

no de detenerse en el primer grado de la escala criminal


si encuentran ocasion para delinquir, sino resueltos á
llevar á cabo sus malos instintos de envidia, de odio ó de
venganza, y todos los infames proyectos que concibieran
en aquellas casas que, debiendo ser de corrección, son
boy, por desgracia, escuelas de prostitución y de todos los
vicio» : y , por último, no sería entonces tan frecuente la
imposición de la cadena perpetua, que en tan repelidos
casos se aplica, conforme á nuestro c&digo vigente, de lo
cual resultan para la sociedad una multitud de males mo­
rales, coyas funestas consecuencias se pueden elevar hasta
un grado que no es ahora fácil calcular, juntamente con los
males materiales, que ya hoy se están esperimentando, de
no ser bastantes los lugares de corrección que existen
para contener la multitud de criminales que van allá con­
denados para mientras vivan, por delitos que no todos son
de la mas grave importancia.
Estas son, mientras no se nos demuestre lo contrario,
las únicas consecuencias, relativas al sistema penitencia­
rio, que resultarían de la abolicion de la pena capital; y
por cierto que esta6 consecuencias, lejos de ser temibles
y perjudiciales, son tan razonables y tan justas, que con­
tribuyen á avivar mas y mas la necesidad y el deseo que
esperimentaoios de ver borrada cuanto aules de nuestros
códigos penales aquella terrible institución.
CAPÍTULO VII.

Sobre La innecesidad de la pena de muerte.

I.

U MOTA DE NUEtlTE NO ES NECESARIA.

Vahos á hacemos cargo de un argumento que aduce


un célebre escritor, y que Be ha vulgarizado en boca de
lodos los que se proponen sostener la defensa de la pena
capital. El Sr. Rossi se espresa en estos términos: tün
>padre, dice, un marido, pneden en ciertos casos quitar
>la vida á un hombre para proteger la de so hijo, para
»salvar él honor de su mujer; y do solo pueden, Bino que
»el deber se lo ordena.— El deber impone á la sociedad
* el cargo de proteger el derecho, de mantener él órden.
i La justicia es el medio principal para conseguirlo, y la
>pena el medio de ejercer la justicia. Suponiendo que la
*pena de muerte tea necesaria para el cumplimiento de
>este deber, ¿cómo se afirmaque es ilegitima?»
Examinaremos una por nna las proposiciones que se
encadenan en este argumento, enya última consecuenrin,
H
LA SOCIEDAD Tt EL PATIBVLO.

como se v e , do descansa mas quo en nna suposición,


que no se prueba.
Dicese, en primer lugar, que un padre y un marido,
no solo pueden, sino qne deben, en ciertos casos, quitar
la vida á un hombre, para proteger al hijo ó para salvar
el honor de la mujer. De dos modos se puede interpretar
esta proposicion, que encierra un doble concepto; porque,
6 ese derecho de quitar la vida á un hombre en ciertos
casos es nna derivación del derecho de la propia de­
fensa, ó se le quiere hacer provenir del principio con que
comunmente se intentan legitimar los duelos. Considerada
en el primer sentido, estamos con Tormos con dicha propo­
sicion ; pero en el segundo, la rechazamos.
Si un padre ó un marido causan nna muerte por de­
fender á sú hijo ¿ á su mujer, despnes de haber empleado
inútilmente 1m medios de Ut p em a iien f cornejo, y
lodos los demas recursos que enseña la moral y que ins­
pira la recia razón, seguramente no habrán cometido por eso
ningún delito, sino, antes al contrario, habrán cumplido un
sagrado deber natural, que, por hacer relación á personas
con quienes se está ligado por los vínculos de la sangre,
del amor y de la religión, es sin duda el primero de cuan­
tos se comprenden en el catálogo de los que tenemos para
con nuosiros semejantes. Obligado un padre á cuidar de
su hijo y un marido á velar por su esposa, como por si
mismos, si al un# ó á la otra amenaza un peligro de
muerte, deber es de entrambos inutilizar al agente que
produce el peligro; y á este agente es un hombre, aun á
pesar de eso, si uno de los dos ha.de perecer sin remedio,
pompe no basten las persuasión» ni las amenazas para
C a p í t i ' l o v if . 4 lü

hacer que el agresor desista de su criminal propósito,


muera, supuesto que es preciso, y sálvese el inocente. El
ofensor no podrá imputar entonces su desgracia á nadie
mas que á si mismo, á su temerario,ilegitimo y fatal em­
peño; y , por el contrarío, si muriera el desvalido, con
la mayor justicia se culparía de su muerte al que, siendo
su defensor por la naturaleza , por la religión y por las
leyes, sin embargo, desoyó los preceptos de las leyes na­
turales, religiosas y civiles, y abandonó con inhumana y
ernel frialdad al inocente é indefenso que no pudo valerse
por sí mismo.
Esto pueden y deben hacerlo, sin dada, el padre por
un hijo y el marido por su mujer; pero como este derecho
de protección y de defensa no dura sino mientras dura el
peligro, cesando este no hay lugar tampoco á la defensa;
porque hacer un mal á quien, sin habernos causado daño
ninguno, desistió voluntariamente de su amenaza, seria
proceder de un modo enteramente contrario al que nos
enseñan los sanos principios de Ha moral y de la justicia.
Esle mismo derecho de protección es cierto que com­
pele á la sociedad para con los individuos; pero ya en
otra parte dijimos, y repetimos ahora, que el poder pú­
blico no puede ejercerlo despues de haber cesado el mal,
sino mientras este amamna al individuo. Por consiguiente,
del derecho de protección no se puede derivar el derecho
de castigar; porque s i, admitiendo esle principio, se cas­
tigara cuando, por la falta de peligro, foéra eslemporá-
nea la protección, entonces no se protegería verdadera­
mente, sino se cumplirá una venganza, y la venganza es
injusto.
HA LA SOCIEDAD Y EL PA TÍB I'LO .

Mas si el legítimo derecho que correspondo á un padre


para defender á su hijo y á un marido para salvar el ho­
nor de su mujer , se intentara hacer tan estensivo que,
aun después de la ofensa, se supusiera que debe ejerci­
tarlo , esto seria lo mismo que pretender legitimar el de­
recho del duela , que no puede ser un derecho propia­
mente dicho, ni e s , en efecto, mas que una absurda é in­
moral usurpación de las facultades eselusivas del poder de
las leyes, como luego demostraremos. Y si tan inmoral y
tan absurdo es este mal llamado derecho cuando lo ejerce
un individuo, ¿cuánto mas injusto y abominable no seria
si lo llevara á cabo el poder social en nombre de la justi­
cia? ¿Podría la sociedad, como suelen hacer los particu­
lares para quedar Impunes, pretestar la mala disculpa del
arrebato ú obcecación que la prodqjera el agravio inferido
á uno solo de sos coasociados? ¿Tan alto raya, por ven­
tura, el amor que la sociedad profesa al individuo? Y aun
cuando fuera creíble que la sociedad impusiera la pena de
muerte por amor al individuo ofendido, ¿podría nunca
dejarse llevar del impulso de las pasiones, con absoluto
olvido de las inflexibles reglas de conducta que la marcan
las leyes de la mas sana moral?
Según hemos visto poco1antea, el Sr. R osbí dice, y con
mucha razón, que la sociedad tiene un deber de proteger
el derecho y de mantener el órden ; pero no podemos con­
venir de un modo absoluto con este escritor cuando sos­
tiene que ol medio para cumplir aquel deber es la justi­
cia. Creemos que la justicia es y debe ser el fin de todas
las leyes sociales; porque la justicia debe ser la base y
la esencia de las leyes, y estas no deben proponerse otro
C iF IT lL O V | í. H 7

objeto mas que el cumplimiento de la justicia. Hagamos,


si no, una abstracción con el pensamiento, y supóngamete
que la sociedad consigue proteger et derecho y mantener
el órden. ¿Qué se entiende aqui por ó rd en, y qué por
derecho? ¿C uál es la base del derecho? ¿Cuál es la natu­
raleza del orden? ¿Puede haber verdadero derecho qne
no sea ju sto , ó es posible el órden sin la justicia? Luego
si protegiendo el derecho y manteniendo el órden no so
hace mas que cumplir justicia, claro está que la justicia
es el fin de los deberes de la sociedad; y , siendo el iin, no
puede ser solo el m edio , si bien es verdad que los me­
dios deben ser también justos, supuesto qne con elemen­
tos heterogéneos- no se puede formar un todo homogéneo
y compacto.
Despues de estas proposiciones que acabamos de ana-
li*ai\ asienta el célebre criminalista francés, como con­
secuencia, que suponiendo que la pena capital sea nece­
sario para que la sociedad cumpla con, el deber d e prote­
ger el derecho y de mantener el órden, no se puede
afirmar que es ilegitima. Vem os, pues, que este, escritor
hafie derivar la legitimidad de la pena de muerte de la
suposición de que sea necesaria. Por tanto, mientras esa
suposición no sea una demostración; mientras que no so
pruebe la necesidad de esa pena, no se puede sostener su
legitimidad. Pero aun cuando fuera necesaria, ¿solo por
esto había de ser legitima? Cualquiera conoce que no siem­
pre lo necesario es legitimo ; y si n o , supongamos, por
ejem plo, que enmedio de un despoblado nos sorprende un
salteador, amenazándonos con matamos si no le damos
todo el dinero que llevemos. ¿Será necesario hacer lo que
1 18 LA SOCIEDAD V E L PA T ÍM í LO.

nos exige? Nadie lo dudimi r porque hasla el mas mise­


rable avaro prefiere la vida á cuantos tesoros hay en el
mundo. Pero aunque necesario, ¿ por ventura es también
Itgilim ol A buen seguro que nadie lo afirme ; porque no
puede ser legitimo do hecho á que se nos obliga por me­
dio de la fuerza y de la violencia. Y ¿no se prueba con
este y otros mucbiaúnofl ejemplos que no siempre es le­
gitimo lo que es necesario? Puee asi también, aunque al­
guna ve* la pena de muerte se creyera necesaria, no por
eso seria legitima : no es legítimo sino lo que es justo:
cuando se pruebe que la pena de muerte es justa, solo
entonces se podrá sostener que es legitima.
El Sr. Pacheco apoya esle mismo argumento de mon-
sieur Rossi, con estas palabras : «Si la pena de muerte,
•d ic e , ea necesaria para h espiacna de alglnt crimen co­
m e t id o ; si la pena d e muerte es necesaria para el man-
ktenimiento del órden social y la seguridad d e un número
■considerable de ciudadanos, la pena de muerte es com-
»pletameule legítima, con cuanta legitimidad puede apete-
acerse en las obras humanas.»
Como se v e , estos no son mas qne simples supuestos
condicionales, que nos bastará negar mientras no se nos
demuestre su exactitud. Y ¿qn é pruebas se aducen con
tal objeto ? El Sr. Pacheco se refiere únicamente al testi­
monio de la conciencia, manifestando lo que le d ícta la
suya propia, recordando lo que han opinado lodos los
pueblos en las pasadas edades, y suponiendo que esta
misma es la opinion de las actuales generaciones.
Pero aun analizando estas tan decantadas pruebas del
testimonio de la conciencia, vemos que el mismo Sr. Pa-
c a p ít u l o v ü . 119

clieco confiesa que cuando una vez presenció la ejecución


de on reo condenado á muerte, te afectó extraordinario*
menta. «Esa agonía, dice, del hoittbre lleno de salud, es
»lo mas triste y desconsolador que puede ofrecerse á
«nuestras miradas y á nuestro pensamiento. Las layes de
•la naturaleza le reservaban una larga vida : la ley pro­
v id e n c ia l de nuestro común destino exigia de él perfec-
rcionamiento para si, Lieu y servicios para sus sewejan-
>tes. Y lié aquí que la fuerza pública se apodera de é l, y ,
«señalando una linea, le dice : Guando el sol llegue basta
• e lla , morirás. Este combate de la ley contra el hombre,
>eaia supresión por la autoridad de lo que la autoridad no
> p w te conceder*.estó hecho irreparable, despues del
»cuai no bay misericordia ni arrepentimiento posible,
■todo esto es terrible hasta el último grado
Y bien : ¿es posible una manifestación mas completa
de la injusticia y de la inmoralidad de la pena de mucrlc 7
¿Podríam os, ni aun los mismos que la combatimos, des­
cribir la ipbtunaiut «roeldad de esa pena mas exacta­
mente que como acaba de hacerlo, .un) tte mi* mas cé­
lebres'apologistas? ¿Q ué importa que luego se prelendb
confesar qne la razón y la conciencia la creen, co n o la
única suficiente para ciertos delitos? No : esto no puede
decirlo la conciencia. La conciencia fue la que habló pri­
mero* y quien luego babla es la imaginación. Aquel es
etsencillo lenguaje de la verdad, porque está inspirado
por e l corazon m ism o; esle otro es la espresion de la cien­
cia fría é insensible : entonces se manifestó francamente

1 Lecciones de direcho penal, lom» sogmdo, páginas J39 y 140.


IS O LA SOCIEDAD Y E L P A T Ín i'L O .

el hom bre; ahora escribe el severo filósofo : las prime­


ras palabras se escaparon sin trabajo y sin estudio; y las
últimas, que luego se añaden, acaso habrán sido corregidas
en el papel para mejor espresar la precisa fórmula de una
opinion sistemática!
En vano, pues, se pretende confesar la legitimidad de
]a pena de muerte : seguramente esta confesion no esh ija
de la conciencia, sino del arte, despues qne el hielo del arle
ha pasado á ocupar el lugar donde antes relucía el dulce
fuego de la conciencia. Y si eslo no es a si, dígasenos; ¿á
quién parece terrible, triste y desconsolador el espectáculo
de la ejecución de un reo? ¿Quién lo califica de este modo?
¿Quién puede ser sino la conciencia? El corazon siente,
pero no jm g a : el corazon se afecta, pero no raciocina:
solo la conciencia es quktt, « HtqrttrrtHlo t e sentimientos
del corazon y los resultados del raciocinio, juzga y folla.
Y si la conciencia califica el último suplicio do terrible,
triste, y de ¡o mas desconsolador que puede ofrecerse &
nuestras miradas y á nuestro pensamiento, ¿cómo al
mismo tiempo lo ha de creer justo? ¿Puede haber justicia
donde no hay humanidad? Y ¿puede haber humauidad
en un hecho que escita la compasion y el dolor, y que
luego'deja el ánimo lleno de lerror y de espantosas imá­
genes? Escúchese lo que dicte la conciencia en el momento
mismo de la ejecución de nn reo , en los supremos instan­
tes en q u e, teniendo á la vista las postreras y horrorosas
convulsiones de su agonía, podamos demandar las razones
y la justicia de semejante espectáculo : y en esos pavo­
rosos y solemnes instantes, ¿no se rebela nuestra concien­
cia contra tan monstruosa pena; no es la conciencia la que,
c a p ít u l o v i i . <21

por medio de un impulso natural é involuntario, manda á


los ojos que se aparteu de aquel suplicio, que llena de
horror y de sania indignación los corazones de lodos los
hombres?
Convéngase,, por lo tanto, en que la conciencia no
cree ni puede creer legitima ni justa la pena de muerte.
¿D irase, por vonlura, que esa repugnancia que sentimos
hácia ella es hija del miedo? No : que no hay la mas leve
causa que pueda amedrentarnos. ¿Dirase también que se­
mejante desagrado es el natural efecto que produce la
presencia de la muerte? Tam poco, snpuesto qne ese des­
agrado nunca es tán vehemente ni tan insoportable c u n d o
vemos morir naturalmente ¿ un hombre en su lecho or­
dinario. No son, pues, ni el m iedo, n ie l desagrado que
produce la vista do la muerte natural, las causas del horror
que siente el alma en presencia del patíbulo. Es una voz
secreta, eco fiel de una ley oculta de nuestro espíritu, la
que nos advierte la injusticia: de la pena capital; y la idea
de esta injustici&y l a 4errible realización d e está id e a , es
lo qae llena d e lato y de consternación á lodAeJwrCOva-
zones, haciendo que se rebelen todas la? conciencias, b u fa
las de aquellos que, en teoría, defienden tan terrible
institución.
En cuanto al argumento que se funda en la constancia
y generalidad con qae se ha ejecutado la última pena en
todos los pueblos y en todas las edades, ya loexam ina-
remos con bastante detenimiento, y probaremos «^insufi­
ciencia para legitimar aquella pena.
Y por lo que respecta á las generales creencias de los
tiempos presentes, ¿cómo hemos de creer sinceramente
122 I-A SOCIEDAD T E L PA T ÍB ILO .

que no han variado, cuando una multitud de delitos que


antes se castigaban con la muerto boy se castigan con
diversas penas inferiores, y cuando hasta liemos visto abo­
lida la capital, por mas ó menos tiempo, en algunoB paí­
ses de Europa? Adem as, si las creencias generales no
han va riad o , según se supone; si la opinion pública está
enteramente conforme en considerar justa la pena de
m uerte, y si nadie la desaprueba ni la rechaza en su con­
ciencia , ¿con qué objeto se la defiende tan acalorada­
mente? ¿No seria perder el tiempo y cansarse en yano el
empeñarse en justificar lo qne todos creen ju s to , y en
legitimar aquello de cuya legitimidad nadie duda? Es in­
disputable que la defensa prueba la existencia del ataque:
esto engendra la disoosioo, y la discusión es la prueba
mas evidente de que hay divergencia y contrariedad de
opiniones..
Lnego si la legitimidad d e la pena de muerte se pre­
tende fiuidar en su necesidad, y las únicas razones que
respecto de su necesidad s» lian aducido se refieren al
testimonio de la conciencia de cada individuo y á las
creencias de los tiempos pasados y de la época presente;
habiendo ya demostrado que la conciencia individual re­
chaza como injusta la pena capital; probando, como pro­
baremos con detención, la insuficiencia del argumento
histórico, y siendo evidente la variedad de las opiniones
sobre este punto en los tiempos actuales, faltan las pruebas
que en vano se adujeron para demostrar la necesidad de
la pena de muerte. Y como que su legitimidad se hacia
derivar de su necesidad, no habiéndose probado que es
necesaria, imposible es deducir que sea legítima, aun
CAPÍTULO VJJ, 123
suponiendo, sin concederlo nunca, por las razones qne
anles espusim os, que lo necesario, solo por ser necesa­
rio , fiiera también legítimo.
Basla aquí nos hemos limitado á refutar tas pruebas
que aduce el Sr. Pacheco en apoyo del argumento con
que corrobora la opinion de M. R o ss i: ramos á dem os­
trar ahora la insuficiencia de los supuestos mismos con que
entrambos arguyen.

11.

COCmHDÁGMKI M ¿A MISMA MXEUlk.

i Es necesaria la pena de muerte para el manteni­


miento del Arden social y para la seguridad de un consi­
derable número de individuos? ¿Es necesaria la pena de
muerte para la espiacion de algún gran crimen que se
haya cometido ? Repetímos q u e , aun cuando se creyera
necesaria, do seria legitima* sin mas qne por esta sola
razón; pm> todavía probaremos qne tampoco efe a e c e » -
ñ o aplicarla para alcanzar ninguno de aquellos objetos.:
¿Cómo se mantienen el orden social y la seguridad de
los individuos? Observando estrictamente cada uno sus
propios deberes. Y ¿cuándo se infringe aquel Arden, y
cuándo se ataca aquella seguridad? Cuando con menos­
precio d e la le y moral y de justicia fallan los individuos
á sus deberes peculiares. Ahora bien : la infracción de los
deberes es un resultado de la libertad natural; y como
sin libertad no se pnede obrar, es claro q u e, impidiendo
su ejercicio, se quita á los individuos la posibilidad de
1 íi LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

hacer m al, y , por consiguiente, la facultad de alterar el


órden público y de atacar á la seguridad de los particu­
lares. Pero ¿cuál es el medio de impedir el oso de la li­
bertad? ¿Es. necesario, por ventu ra, privar de la exis­
tencia al delineuente? De-ningún m odo: esto es un esceso;
esto ea traspasar los limites del poder humano; esto es
hollar hasta cierto punto los preceptos de la divina le y de
eterna justicia. ¿Acaso tienen libertad los esclavos, A
pueden hacer mal á la sociedad los que se hallan en una
reclusión, ó hay tampoco motivos para temer ningún
daño del presidiario mientras está sujeto en el presidio?
Luego si bastan la reclusión ó la servidumbre para hacer
imposible el uso de la libertad, y sin la libertad de ac­
ción loo se puede obrar e l m al d e que resultan la infrac­
ción del órdén 'público y to» atentado* contra h seguridad
d e los individuos, d a r o está que lá pena de m uerte, por
ser eacesiva, no es necesaria para alcanzar ninguno de
aquellos objetos.
¿Lo será acaso para espiar algún crimen cometido?
Menos todavía : lejos de espiarse con la muerte ningún
gran crimen, oreemos, por el contrario, que la muerte
hace imposible la espiacion. Matad si no á un bárbaro
asesino, matad á un p arricid a: ¿murió? pues y a no sien­
te : ¿y a no siente? pnes y a no puede su frir: y ai no puede
sufrir, ¿cómo ha de espiar el mal que causara? No haga­
mos cuenta de la sentencia que sobre su inmortal destino
haya podido r e c a e r, porque solo Dios juzga de los seres
inmortales, y acaso mientras el mundo cierra á un hom­
bre las puertas de la vid a, el Señor de la eterna justicia le
sferelos alcázares de la gloria : la espiacion que pueda
CAPÍTULO V il. 1 2 ¡)

tañer lugar en la otra vida es un arcano para el hombre:


la justicia Iraniana se estiende solo hasta el dintel de loá
sepulcros; pero allí £e inclina, de allí no pasa, y allí dobla
con reverencia la humilde frente para adorar el infinito
poder de la divina justicia, que á nadie ba otorgado la es-
celsa prerogaliva de pendrar en el misterioso y callado
seno de las tam bas!
Dícese también que la pena de muerte es lam as grave,
y que por eso se debe aplicar á los que mas gravemente
d elin qu en; pero tampoco estamos conformes con la su­
prema gravedad que Be atribuye á la pena de muerte.
Para poder apreciar con alguna exactitud la gravedad de
una pena es necesario tener eu cuenta, no solo su inten­
sidad, sino también su duración. Supongamos que la de
muerte sea la mas intensa \ pero ¿cuánto dura? Un solo
instante; luego no es la mas grave. Mas ¿por qué ha de
ser la mas intensa? O la intensidad se refiere al dolor ma­
terial ó al disgusto m o ra l: en el primer caso , ¿cómo hade
ser la muerte la p esa mas intensa, si la an g u ila * la fatiga
material qne produce es nna condidon precisa d e-la na­
turaleza, que lo mismo la padece el que espira eo t u pa­
tíbulo que el que muere de un mal ordinario? Y si esa
sensación cruel y fatigosa es una regla general que abraza
á lodos los seres animados, ¿cómo ha d e constituir el ma­
yor mal estraordinario? Y si las penas sociales no son
males ordinarios, ¿cómo la agonía de la m uerte, que es
un mal ordinario, ha de ser la mas grave de. todas las
penas sociales?
Esto en cuanto al mal m aterial; que por lo que res­
pecta al disgusto moral que puede producir la pona de
I2 fí La üo Oi e d a p f el p v t ib il o .

m uerte, dígasenos : ¿será muy grande el sentiiniento y


muy amargo el desconsuelo que esperimentará un hombre
qne, al morir, sabe de seguro q u e , si le perdonaran la vida,
habría de pasarla trabajando continuamente, sin mas que
el indispensable descanso, sin goces de ninguna especie,
sin mas lecho que la dura tierra, cargado su cuerpo con
pesados hierros, privado de su natural libertad, dester­
rado p a n siempre d e entre los hom bres, sin esperanza de
volver nunca, en ningún tiempo, á disfrutar del antiguo
dulce amor del hogar de sus padres, y temeroso también
de que por su causa padezcan hambre y desnudez su des­
graciada esposa y sus inocentes hijos, que dejó abandona'
dos en la mayor indigencia, y espuestos, si Dios no velara
por e l t a , á « m iree en hi m iseria, «n la deshonra, en la
p ratib id o n y en e l «rimen* ¡Horrible: martirio! | Horrible
existencia! V e n cambio d e la privación d e tamos borrarás,
en cambio del bien que de semejante privación resulta
para el hombre, ¿qué mal se le hace? ¡Darle muerte!
¿Pero esta m uerte, acaso, es mas dolorosa que la muerte
natural ? No : antes al contrario, la muerte natural puede
venir acompañada de agudísimos dolores y precedida de
una penoaa enfermedad y de una dilatada ago n ía; mien­
tras que la muerte que se recibe en el patíbulo ea instan­
tánea , es como un breve relámpago, y ni aun apenaB deja
tiempo para que el individuo esperimente ninguna sen­
sación desagradable, porque al cih a la r la postrimera ex­
clamación de dolor la voz se apaga y el alma vuela ¿ ta
eternidad! Y ¿esta muerte es la mas grave pena? ¿Una'
muerte que dura un boIo instante, y qne hace la gracia
de indultar de una perpetua y horrorosa servidumbre al
CAPÍTULO Vil. 427

que la padece, lia de ser el mayor castigo? ¡O h , nol


¡Cuánto, por el contrario; cuánto desearán es« castigo
muchos crim inales, para quienes, sin el libertinaje y sin
la vagancia, no liay placeres posibles en el mundoI Y si
por ventura el que espira en el patíbulo es un hambre do
pundonor, que solo una vez tuvo la desgracia de haber
sido v íctiraa de la ignorancia y de las pasiones que lo ar­
rastraron hasta el crim en, ¡oh! cuánto bendecirá ese hom­
bre una muerte que borra de su frente el sollo de la infa­
mia , y que le ofrece el segnro bien de no verse jamás con­
fundido entre los que siempre vivieron encenagados en la
orgia de los vicios y delitos l Y si es un hombre d e firmes
convicciones, ¡cuánto no ansiará desde el fondo de 6a alma,
regenerada con las luces del divino Evangelio, volar á la
región celestial de los espirilus, abandonando la miserable
estancia donde habitan los humanos!

IU .

LA BNOUODAft D t LOS M LTTM KO H O T U LA W U X S D ik i)K

LA m u DE IftEBTI.

Entre lodos Iob crímenes, innumerables por la diver­


sidad de las circunstancias de que pueden ir procedidos ó
acompañados en su ejecución, sobresalen algunos tan hor­
rorosos y que p a re cía tan inconcebibles, que llegan de
indignación y de espanto ¿ la m ayor parte de Iob hom­
bres. ¿Q ué hacer, esclaman; qué hacer con el hermano
que inhumana y cruelmente degüella á su inocente é in­
ofensivo hermano, que nmgan daño le hizo, que ningún
138 LA SOCIEDAD T EL PATÍDl LO.

mal pudo causarle ? ¿ Qué castigo merece el que hiere una


y otra.vez á un venerable anciano, cebándose y como re­
creándose en sus dolores y en su agonía? N i, en fin , ¿qué
pena es bastante para castigar al fiero parricida, mas brillo
que las mismas bestias, q u e , atropellando todas las leyes
de la religión, de la sociedad y de la naturaleza, aho­
gando los gritos de su corazon y sofocando los clamores de
su alm a, mata A su propio p adre, y hasta parece como
que goza; coh febril delirio al ver derramada la sangre
que le dió la v id a , é inanimado el mismo ser á quien es
deudor de la existencia? ¿Qué hacer con semejantes mons­
truos, deshonra y baldón de la especie humana? ¿Qué ha­
cer sino matarlos?
Tal es e l vulgar clamoreo que se levanta cuando, exal­
tados los ¿nimios y entristecidos ios c a m o n e s , se dejan los
hombres arrastrar por los.sentimientos de indignación y
de ira que se encienden dentro de bu s pechos con la pre­
sencia de esos horrorosos alentados de los grandes crimi­
nales. ¿Qué hacer sino matarlos? &e dice comunmente.
Pero reflexionando con la impasibilidad de la fría razón,
dígasenos : y ¿qué se adelanta con matarlos? Y luego,
¿por qué se les ha de m alar? ¿Acaso porque han sido
causa de acontecimientos eslraordinarios, ó porque con
sus escandalosas acciones han producido la alarma en él
órden público del Estado? Si esto se concediera, si esto
fuera ju sto , ¿qué hacer entonces, preguntaríamos nos­
otros, cuando, por ejemplo, se derrumba un edificio, se­
pultando bajo sus escombros á todos cuantos le habitaban?
¿Qué hacer cuando un rayo quema y destroza la pequeña
heredad de una pobre familia? ¿Qué hacer cuando una
c a i 'Í t l l o v il. 129

fuerte tempestad arrastra con violento empuje la nave y


la hace pedazos ron ira la dura roca? Dirase que estos son
fenómenos naturales y daños inevitables y precisos; pem
¿acaso el homicidio alevoso, y el parricidio, y oíros mons-
Iruosos crímenes son acontecimientos ordinarios? ¿Por que
sorprenden, por qué llenan do indignación, por qué hor­
rorizan sino porque cslán fuera del orden mas general de
las cosas? Y si las tempestades y los terremotos, que tan­
tos estragos producen sobre la tierra, son acontecimiento*
irremediables, ¿ h a y , por ventura, algún remedio para
anular el germen del m al, innato en el hombre por la pri­
mitiva cu lp a, que se trasmite de unos ájo tro s, y que ince­
santemente está trabajando por producir los funestos re­
sultados que con frecuencia llenan de luto á la sociedad?
Pero ¡ a h ¡C u á n infinitamente sabia es la Divina Pro­
videncia! Los terremotos se adormecen, y la naturaleza
queda en dulce caima : el fuego del rayo abrasa la mies
de los va lle s, y aua encendidas llamaradas se reflejan en
la hermosa nieve qne corona las empinadas créalas de la
vecina montaña Lias tempestades se sosiegan, y una suave
brisa refresca la tierra y arrulla la espuma de los mares!
¡O h ! ¡ Cuán admirable es la armonía que reina en toda la
creación! Y ¿solamente la humanidad había de ser víctima
de la anarquía y del desórden? ¡ Imposible l Verdad es
que en el seno de la humanidad se encuentra el gérmeu de
todos los crímenes; pero en el seno de la humanidad existe
asimismo la semilla de todas las virtudes : el hombro es
naturalmente indinado á lo m alo ; pero tiene el instinto
del bien : lo? infiernos le inspiran á veces las mas abomi­
nables acciones; pero los ciclos le mandan siempre la
9
130 1.4 s o c ie d a d t el p a t íb u l o .

práctica de las buenas obras : cierto es que I» lHimani-


dad produce los delincuentes; pero de la humanidad
nacen también los san io s: do entre los hombres salen los
asesinos; pero también los héroes y los mártires fueron
hombres!
¥ ¿seré justo desear la muerte del asesino, cuando la
misma c a v a que lo impelió h u ta la consumación del de­
lito esté obrando incesanlemerie dentro de nosotros, y
es posible qne un dia cegara nuestro entendimiento, y aun
nos arrastrara hasta la perpetración de un horrendo cri­
men ? ¡Nadie está libre del reato de la primitiva culpa!
\ o aborrezcamos, pues, el crim in al, que nunca deja
de ser nuestro hermano. Lejos de indignarnos contra el
qu e'd d iaq u e,a m éib e¿e(» m t n p 1 o d a y k , porque su cri­
men es su m ayor desgracia, y Jta tioBgrarfq.nidanm nues­
tra codpasion y nuestra n scrico rd ia . ¿N o reto al que mi­
lagrosamente acaba de salvarse de perecer bajo las ruinas
del edificio ca íd o , cómo se encamina con humilde Trente
hacia el templo del Señor, para darle gracias hasta por el
mal que acaba de sufrir, porque acaso de esle modo lo ha
librado de mayores males en la otra vida? ¿ No veis ni in­
feliz cuya pequeña fortuna quedó consumida por el fuego,
cómo marcha en peregrinación á bendecir á la Divina Pro­
videncia, que jam ás abandona á ninguna de sus criaturas?
¿No veis, en Un, al triste náufrago que se dirige á ponerse
bajo la augusta protección de la blanca E strella, señora
d élo s mares, elevando desde su corazon una fervorosa
plegaria al Señor Omnipotente qne se dignó amansar los
levantamientos del abismo? Pues así también, cuando un
crá n a a l causa daño á la sociedad, á so prójimo, y aun á
CAPÍTULO V II. 1 ¡I I

sí mismo, con la ojecucion de uno de esos hecbos abomi­


nables que trastornan la armonía de la moral y de la jus­
ticia, levantemos la vista y el corazon bácia los cielos,
*
oremos con fe, pidamos al Señor misericordia para el pe­
cador, y Dios se apiadará de ¿1 y de nosotros, y con los
a u x ilio s de su divina gracia se borrará de sobre la tierra
el mal causado por el delito. Pero ¿matar al delincuente?
¡Eso, nunca 1 En hora buena que espie todo el daño que
causó t para que la justicia humana se satisfaga; en hora
buena que sufra un castigo, para q n e, conociendo el error
de que fue victim a, y comprendiendo el bien que dejó de
obrar, y las fatales consecuencias del mal que h ito , llore V
se arrepienta. En hora buena, sí, que se le imponga una
pena g ra ve, justa y proporcionada; pero ¿la de muerte?
i Jamás!
C A P ÍT U L O V III.

D e l d u e lo .

I.

SD ORÍ G E * .

Creemos oportuno tratar, si bien ligeram ente, del due­


lo , por la analogía qne tiene con la materia principal de
que dos ocupam os; pero no lo consideraremos como uno
de los llamados ju i c i o ; de D ios, que lanío se generaliza-
roa en épocas en que la ignorancia, la superstición y el
fanatismo hicieron creer á los hombres que Dios hahia de
escuchar todas sus absurdas y temerarias peticiones,sino
como la costumbre de hacer derivar del resultado de un
combate personal la prueba del honor de los combatien­
tes. El duelo, en este sentido, no 6e remonta á una época
muy lejana : los conquistadores del romano imperio lo
importaron en Europa, y se desarrolló y se generalizó
luego, especialmente en la edad media y en los siglos pos*
teriores.
134 LA SOCIEDAD Y EL M T ÍM L O .

La historia de los antiguos tiempos no nos ofrece ni


siquiera un solo ejemplo de semejantes duelos, como rio
se quiera dar este nombre á los combates que algunas
veces tuvieron lugar para defender la patria ó para evi­
tar una batalla general. E s, por consiguiente, fuera de
toda duda q u e , bajo cale aspecto, los grandes hombres
de la antigüedad fueron muy pequeños comparados con
cierta clase de hombrea d k s w s f r » dias, q u e , raras veces
por convencimiento, y casi siempre sin meditar lo que
dicen, sostienen que, matando á los que nos causan una
ofensa, ó siendo muertos por ellos, se recupera el honor
perdido! Así es que ni I'ompeyo retó á C é s a r, ni á César
se le ocurrió siquiera desaliar á Catón, á pesar de las
graves injurias que habían recibido; ni tampoco Temís-
toclea, amenazado por tórib íad es, tuvo valor mas que
para d e c ir le : pega, pero escucha, j A h , si estos hombres
htfüergÉ sabido que llegarían tiempos en q a e r e t o puede
tom ar cobardes y sin honor! i Si se levantaran de sos tum­
ba» en la railad del siglo x ix , cuya civilización tanto se
enaltece y se proclama, quién sabe si preterirían volverse
al misterioso lecho desde donde oyen pregonar sus nom­
bres por todos loe ámbitos de la tierra, antes que respirar
la metalizada atmósfera qne rodea á esa tan decantada cul­
tora, cuasi-antítesk d é la civilización verdadera I
La opinion de loa qne han querido encontrar el origen
del duelo en las mismas Sagradas Escrituras, especial­
mente en un pasaje del capítulo x v a del Libro de los Re­
yes, en que se rofíere un diálogo entre Saúl y David, no
merece «pie se la refute seriamente, y malgastaríamos el
tiempo que empleáramos en tan i milites digresiones, cuyo
C A fÍT l'L ü V III. 135

resultado serta únicamente demostrar la poca detención


con que los sostenedores de semeja ule opinión lian con­
sultado los divinos Libros.
El duelo no se conoció, según ya liemos dicho, hasta
que el pueblo-rey fue subyugado por los bárbaros del
Norte, cu ya ley era la independencia, y cuya justicia la
hacían consistir en la fuerza. Y «ese espíritu de indepen­
d e n c ia , escribe el Sr. Pacheco, esa falla ó desconoci-
»miento de la autoridad pública, esa carencia de leyes
«generales, unido al espíritu religioso, toscamente reli­
de aquella edad; toda esa reunión de idas* y de
g io s o ,
■situaciones, que produjo mas de ana iosiiUicion. inas da
»nna costumbre, qae creó la nobleza moderna, qae dio
»nacim ientoála caballería, que asentó los principies del
i feudalismo; eso fue lo que abortó asimismo el duelo,
■planta acerba y venenosa enmedio de tantas otras de
■agrado ó do salud.» Kfectivamente, el espíritu caballe­
resco de la edad m edia, nacido de la exaltación de gene­
rosas pasiones y de m honor exagerado y mal entendido
algunas veces f (b e a n o de loe agentes q u e m a i 4 MÜnnk-
ron á lo» hombres para admitir et duelo, hasta '«¿trefilo
d e q u e , el que lo rehusaba, quedaba borrado, pdr A to
solo, del número de los buenos y cumplidos caballeros.
Tanlo so arraigaron estas ideas en la sociedad euro­
pea de aquel tiempo, que hasta los mismos códigos civiles,
como el de las Partidas, regulaban y marcaban las fór­
mulas y las solemnidades con que debían llevarse á cabo
los combates entre particulares; y tanlo se entendieron y
se identificaron luego estas mismas ideas con las costum­
bres y con el espíritu de independencia y de orgullo de
130 LA SOCIEDAD Y E l, PATÍUVLO.

aquellas edades, que cuando las leves comenzaron á pro­


hibir Los duelos, fueron casi inútiles sus mandatos, porque
apenas se observaban. Aragón y Castilla, Portugal, Ñá­
peles , Alemania y todos los demas países de la E u ro p
fueron teatros de repetidos combates, lo mismo de natu­
rales que de eslranjeros, Casi nadie ignorará la serie de
aventuras y de maravillosas hazañas que se sucedieron en
aquella época, y que, mas ó menos desfiguradas* se con­
servan todavía hasta en los mas vulgares romances é his­
torietas.
Pero pasaron aquellos tiempos de hidalguía y de he­
roísmo , de valor y de lealtad, en que la rudeza de los
hábitos, aunque modilicada por las corteses maneras de la
mas cordial galantería, y el inexacto conocimiento del
verdadero espíritu de k reUgúm,- coyas doctrinas se ha­
llaban adulteradas por las faiteas ideas de honor y d e jus­
ticia, hacían disculpable, hasta cierto ponto, la absurda
práctica de Jos singulares combates. Abatióse el orgullo y
la arrogancia de los nobles con el levantamiento de las
monarquías; amenguáronse los onuiímodos derechos de
los señores feudales con la promulgación de leves comu­
nes á lodos los súbditos de la Corona; y con el desarrollo
c influencia qne ejercieron las doctrinas religiosas, se
modiQcaron por entonces la preocupación y el fanatismo.
Habiéndose, pues, desvirtuado tan esencialmente Las cau­
sas originarias de los duelos, ¿cómo es que tanto se han
multiplicado en los modernos tiempos? No es muy difícil
atinar con la razón de este aparente fenómeno, preciso
resultado de la revolución del último siglo.
Cuando se consumó la decapitación de los nobles y de
C IN T IL O V II I. 137

fus sacerdotes, no porque pertenecían á una dase que de­


bía dejar de existir con la entronización de los principio»
llamados reformadores , sino porque el desenfreno y el li­
bertinaje autorizaron ;i los hombres de la ínfima plebe para
usurpar el puesto que con la muerte de aquellos quedaba
vacante , aparecieron una multitud de ricos-homes de
nueva especie, nobilizadns por el poder de la democracia,
sin mas religión que su egoísmo, .sin mas títulos que la
tuerca y el dinero, bien 6 mal adquirido, sin mas ley que
su capricho, y sin reconocer mas autoridad que la de su
insoportable y necio orgullo; y estos modernos personajes,
aparecidos sobre las olas d e la revolución, como sóbrelas
olas de los agitados mares aparece la escoria qne por largo
tiempo estuvo sepultada en las escondidas sinuosidades del
abismo, despreciaron las leyes divinas, porque negaron la
religión ; desobedecieron las leyes civiles, porque rechaza­
ron la justicia que contrariaba y condenaba sus torpes in­
clinaciones; y en nombre del progreso retrocedieron
nada menos que diez y ocho siglos, basta ponerse al nivel
de aquellos pueblos bárbaros que hacían consistir toda su
justicia en el principio de la fuerza. Pero esos hombres,
que tanto preconizaban sus ideas civilizadoras, tenían tam­
bién honor, ¿ pesar de que militaban bajo las mismas
banderas de los que habían llamado santidad al crimen y
D iosa una prostituta; eran asimismo caballeros, siquiera
por haber cometido la heroicidad de degollar á loa antiguos
hidalgos, y hasta á la misma familia de sus re y e s; y , como
caballeros, no podían aguardar á que los tribunales conde­
naran á quien les injuriase, sino que debian vengar ellos
mismos la audacia de sus ofensores!
438 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

Aunque el fuego do la revolución se apagó despuea de


algún tiempo, con lodo eso quedaron escombros y ceniz&s,
que son casi siempre el úuico frulo de lodas las revolucio-
u e s; y mientras sobre esos escombros no se levante de
uuevo el edificio social, haciendo desaparecer la ensan­
grentada huella que dejó en el mundo la asol adora tempestad
que suscitaron los humanos errores, continuarán rigiendo
muchas instituciones y muchas costumbres viciosas y ab­
surdas, entre las que se cuenta la del duelo. Es una opinion
muy admitida por cierta clase de hombres la de que solo
<M>n sangre se lavan las ofensas hechas al honor ; y aunque
el honor en nuestros dias se halla mas frecuentemente en
los labios que en el corazon y en la conducta, sin embargo,
como que se le oeeáriera casi gomo una precisa consecuencia
del dictado de 4átatU ru, y este^ictado-ha Uegadp á pros­
tituirse hasta el «átom o de que to^o a l mundo as le-apro­
pia (efecto sin dada de las doctrinas de igualdad absoluta,
que tantos prosélitos alcanzaron en épocas no muy lejanas},
es claro que lodo el mundo, cualesquiera que sean su con­
ducta y su procedencia, liene lanío honor como el que
mas! Por consiguiente, en nombro del honor tienen lodos
basta un deber do batirse con el florete ó con la pistola, y
un derecho para insultar á m ansalva, ó para darse por
ofeudidos siempre y cuando se les antoje; y cuidado con
lio admitir el reto, porque entonces, ¡olí! entonces todos
los hombres mas necios ó mas preocupados os llamarán
cobarde! Empero ¡no se necesita de un valor extraordi­
nario para despreciar, en nombre del verdadero honor, esas
risibles calificaciones y á sus aun mas risibles autores!
C A rim o v iii. m

II.

LUYES PROHIBITIVAS DE LOS DUELOS.

Tan grande fue1 la influencia que sobre la sociedad y so­


bre cada uno de sus individuos ejercieron las ideas sobre
la justicia y legitimidad del duelo , que hubo una época
en q u e , no solamente los leg o s, sino hasta los mismos
clérigos, solían algunas veces erigirse á si propios en cam­
peones y defensores de ciertas injurias y de ciertos de­
rechos ; y , por e a t a ia n ii, conociendo la Iglesia y el poder
temporal los fatales resallados que de aquí ge originaban,
dictaron mucha» enérgicas disposiciones con objeto do
nbolir los desafíos.
El Papa Cele simo III declaró irregulares, no solo á los
clérigos ([lie lomaban una parle activa y personal en loa
duelos, relando ó admitiendo el reto, sino también á los
que, aun ata combatir personalmente, eran cansa de la
muerte de sus adversarios, por haber enriado campeones
quoctanbatisranen sn nombre. También acostumbraban los
edesiásticoaprobar en algunas ocasiones, por medio ddl dtte~
lo, el derecho qne creían tener sobre los siervos; de las igle­
sias cuando estos querían entrar bajo el dominio de otros
señores; pero una bula de lnoceocio IV les prohibió abso­
lutamente semejante medio de prueba, ni por si mismos
ni valiéndose de otras personas, y desdo entonces quedó
abolido. Por último, para no referir, porque no es nece­
sario , otras mnchisimas disposiciones de la Iglesia relativas
;í los desafíos, supuesto que en los cáuones de casi todos
4 ¿O LA SOCIEDAD T EL IMTÍBULO.

los concilios se han consignado con más 6 menos rigor, re­


cordaremos solamente que el concilio de Trenlo los pros­
cribió también, fulminando escomunion contra lodos los
señores temporales que permitan un singular combate en­
tre cristianos dentro de las tierras de su propiedad, y
contra los padrinos, contra los espectadores, y contra to­
dos los que cod su consejo, ó de cualquier otro modo, lo­
men parte en los desafíos; y negando ademas la sepultara
eclesiástica á todos los que ameran en el campo del com­
bate , conforme ya lo habia dispuesto también el tercer
concilio de Valencia.
Xo menos severa es la legislación civil de Europa sobre
tola materia ; pues sabido es que en los Estados sardos y
eu Austria se castiga el d a d o con reclusión de quince y de
veinte añ o s, y en Inglaterra con h pena.de muerte. Por
lo que respecta á nuestras leyes patrias* bien conocida es
la de Toledo, qne decretaba la confiscación de todos los
bienes de los que retasen ó admitiesen reto, y que man­
daba castigar con la pena de muerte al relador si, con­
sumado el d esafío, liabia privado de la existencia á su
adversario. Los Reyes Católicos establecieron también la
pena de confiscación contra los d uelistas; y esla misma se
conGrmó en tiempos de Felipe V y de Fernando VI, quie­
nes mandaron que perdiesen todos sus bienes, honores,
fueros y privilegios, no solamenle los que desafiasen ó ad­
mitiesen el desafío, sino también los que de cualquier modo,
directo ó indireclo, tomasen parle en los d u elo s; y conde­
naron adema* á la pena de muerte á los q u e, aun sin ha­
ber formalizado el com bate, saliesen siquiera al campo con
ánimos de emprenderlo.
capítulo vrir. U4

Tales son las principales disposiciones que en diversos


tiempos y países vemos establecidas con objeto de abolir
los desafíos. Vamos ahora á considerarlos conforme á su
naturaleza, y conforme al carácter y tendencias de nues­
tra sociedad.

Ul

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL DUELO.

¿Pueden jam ás legitimarse los duelos, ni d ejar de ser


tranca un grave crimen? Imposible nos parece afirmar esta
proposicion, so pena de caer en un absurdo. La cansa g e ­
neral de los desaños es una ofensa, una injuria, un in­
sulto ; y ¿puede el hombre administrarse á si propio la
ju sticia, ni castigar con su mano al que le ofende, ni eri­
gir su voluntad, su capricho ó su razón, exaltada por el
calor de las pasiones, en único juez d e sus mismos hechos?
¿Puede tampoco d e s^ b e d tte rjte leye* divinas sin caer
en pecado g ra v e , 6 menospreciar las leye s civiles sin co­
meter h d delito ? Pues si el que usurpa laB facultades e s -
clusivas de la ju sticia, castigando con su propia mano á
quien juzga que le ha ofendido, se hace reo de crimen
religioso y de crimen social, ¿cómo se ban de poder legi­
timar nunca los d ad o s ?
Asi también creemos imposible que el doelo deje de
constituir por bí mismo un verdadero delito, aunque mas
ó menos g ra ve, según los casos; porque si herim os, por
ejem plo, nos hacemos reos de heridas; si roa laníos á nues­
tro enemigo, somos homicidas voluntarios, y si recibimos
U i LA SO C .lEflA J) Y EL P A T ÍB V L O -

la m uerte, somos suicidas. ¿Es posible que del duelo <l«?je


de resultar nunca uu mal ó un daño mas ó menos conside­
r a b le , contra uno solo ó contra ambos combatientes?
Luego el duelo es un crim en, que podrá disculparse ó
atenuarse, si se q u iere, hasta cierto punto r pero jamás
completamente. Y no solo es un crimen contra la religión.,
uu crimen contra la moral y un crimen conlra la sociedad,
sino que es también un absurdo ridiculo por su misma na­
turaleza.
¿Curtí es, si no. el objeto de los duelos? ¿No se dice
que lavar 3a injuria y dejar bien puesto el honor? Y ¿se
consigue, por ventura, bo rrarla injuria con la comisión
de un crim en, ui dejar en salvo el bonor haciendo cono­
cer á to d o ri mando «M tifatta d a qae antes arto tenían
noticia un£orto u ú n e ro Se pononas? ü tid¡efoíaa
el ofensor satetriunfante^ porque sos 'tóala* despiM&^c
habernos calumniado, ¿habrem os dejado (>i«n p u n to
nuestro honor ?
.N ohay, p u es, cosa mas ridicula que el duelo, lanío
por su naturaleza cuanto por sus absurdas consecuencias;
y debemos, por lo mismo, prescindir de esa funesta pre­
ocupación social, fijando nuestra atención en otras reglas
mas razonada» y segaras para conducir reclámenle a m e -
iras acciones. Supongamos, por ejem plo, que se nos le­
vanta una infame calumnia : en este c a s o , no debemos
hacer mas quer ó acudir á los tribunales, ó perdonar al ca­
lumniador, obedeciendo de este modo uno de los pre­
ceptos del divino Evangelio, y encomendar al tiempo que
patentice nuestra inocencia. Pero supongamos q u e, en
efecto, bay motivos para que digan cosan que nos ofeti-
c A P Ím o vm . H 3

den : un esle caso, cierto es que habrá obrado mal el que


nos denunciare; pero ¿no habremos procedido peor nos­
otros, qae dimoslngar á que nos denunciaran? No obrando
mal en secreto, nunca podremos temer la publicidad de
noestras obras. Es menester ser bueno, hasta por egoísmo.
El que se ama á si propio con un verdadero amor, no co­
mete con facilidad una mala a cció n , porque sabe que de
ella resultan los remordimientos de la conciencia y el pe­
ligro de ser luego delatado anle el tribunal de la opinion
pública; y , por el contrario, el que observa mata con­
ducta, el que no cumple con isas deberes religiosos ni con
las obligaciones qué tiene en sociedad, ese no se ama á sí
mismo, Bopue9to que no evita el daño que sobre si propio
hace recaer. Y el que no se ama á sí mismo, ¿cómo es po­
sible que ame á sus semejantes ?
Si el duelo fuera una legitima consecuencia del honor
bien entendido, jamás se daña el caso de ningún desafio,
porque el desafio es incompatible con el verdadero honor.
No puede h a b e r btinor sin virtud : lá virtud se quebranta
en el instante mismo en qne se infringen' lo s d e b c r e s reli-r
giosos y políticos; luego es imposible invocar el verdadero
honor como base y fundamento del duelo, supuesto que
precisamente, cuando menos, ano de los combatientes ha
manchado su propio honor, por haber quebrantado su*
deberes religiosos, lo mismo que los civiles, aun antee de
admitir el desafio? Si se nos echa en cara nna mala acción
que ciertamente hayamos cometido, ¿no es claro qne
somos delincuentes y que no ae nos puede llamar virtuosos,
porque liemos empañado nuestra honra? ¿Cóm o, pues,
iremos al nímbale en nombre del honor? Mas s i, |tor el
H i la s o c ik im u y k i. p it l u il u .

contrario, es una infame calumnia con lo que se nos


ofende, ¿do está claro, del mismo modo, que el calumnia-*
dor es un crim inal, que no es virtuoso y que no lia proce­
dido honradamente? ¿Cóm o, pues, a ce piará el duelo en
nombre del honor ? Y si indispensablemente uno de los dos
rivales se ha deshonrado y ha dejado de ser caballero [to­
mando esta palabra en su mas noble acepción, porque de
nada sirven los blasones si no se sabe ostentarlos con la
dignidad y virtud que es debido), ¿nodesaparece la igual­
dad, que tan indispensable lia sido siempre entre los con­
tendientes, para poderse batir sin Tallar á las leyes del
mismo fuero del honor? ¿Cómo se ha di* rebajar un hom­
bre de intachable conducta basta combalir con un calum­
niador vü y despreciable ? ¿Cómo 1» de mezclar el 'verda­
dero noble su sangre con la sangro d e los traidores, á
quienes,.por otea parte» la misóla sociedad anatematiza y
condena? Luego si solo se puede invocar el honor por
aquel que lo conserva, y , cuando menos, uno de los dos
que acuden al desafio lo tiene perdido de antemano,
claro está que se le profana cuando en su nombre se lleva
á cumplido efecto la pelea.
Dice un escritor, que «mientras la legislación castiga
>á los duelistas, la sociedad honra á los combatientes, y
•condena al deshonor y al menosprecio al hombre tímido
»ó sensato qu e, provocado á duelo, 110 lo acepta.* ¡Que
esto se escriba, y aun se crea todavia por algunos hom­
bres, á pesar de la ilustración de los tiempos que a le a r -
tamos! ¡Quedar deshonrado el hombre senxnto (pie no
acepta un duelo ! ¡ Llamar cobarde al que no se desafia!
¡Pues qué! ¿Por ventura debemos desobedecer la ley de
CAPÍTULO V I I I . U S

nuestra sania religión, que nos manda amar aun á nues­


tros misinos enemigos, y habremos de acatar esa pésima
doctrina, esa teoría absurda y anlievangélica que nos
poue en la precisión de malar á nuestros amigos? | Qué
monstruosidad! ; Y matarlos para probar que leñemos
valor, como si el valor consistiera en asesinar ó en suici­
darse!! «Los duelos, escribe i . J. Rousseau, el ú l­
t im o grado de brutalidad á que pueden llegar los horo-
>bres. El que va á batirse con la alegría en el corazon, no
»es, á mis ojos, mas que una bestia feroz que trata de des-
>pedazar á o tr a ; y ai queda algún vestigio d e sentimiento
»natural en su a lm a, compadezco menos, al que perece
«que al vencedor.» Y , en efecto : ¿es valor esa exalta­
ción febril que se pinta en los ojos, que contrae los sem­
blantes „ que hace palidecer el rostro de los q u e , como
fieras, se abalanzan, se destrozan, y quisieran beberse
unos á otros la sangre que brota de las heridas que se han
abierto? ¿Puede llamarse valor al furor c ie g o , al delirio
de la pasión, a l par&tianó! d e la - t o a r a , porque ciegos,
delirantes y locoa, f m tt qnei todo esto , son k » hombres
q u e, olvidándose de todos sos deberes, hollando la ley
d ivin a, prostituyendo su propia dignidad y escandalizando
k la sociedad en tera , van al combate con objeto de lavar
una injuria, y 6olo consiguen pregonar sus debilidades,
someter al dominio público sus antes reservados crímenes
ó defectos, enajenarse la mal adquirida reputación de que
nnios gozaran, y alcanzar, por último, como único induda­
ble resultado, ó una muerte criminal é ignominiosa, ó el
baldón y la infamia para todo el resto de sus dias? No : eso
no se llama valor, sino barbarie : eso no es ser hombres
10
U ti LA SOCIEDAD r EL PATÍBULO.

fuertes, sino miserables poseklos de un horrible y é r -


tigo!
El hombre de honor aborrece el duelo : el hombre de
verdadero valor, le desprecia. El honor v ir e d e n tro d e la
conciencia, y se prueba con la observancia de una in­
tachable conducía : y el bombre que de este modo sabe
guardar el tesoro de so. honra, desprecia las calumnias,
y , con frente noblemente levantada, pasea bu mirada tran­
quila por encima de esa multitud ruin y miserable, que cifra
lodos sus goces cu infamar á sus semejantes 1 El valor es
hijo de la virtud : el que obra bien, no conoce el miedo:
l‘I que no bace m a l, no teme la espiacion : y el hombre
que de este modo alienta nn corazon valeroso, se somete
á morir antes q u e m ancharan vida coa un crim en, y muere
con honor I Valor liene el que sabd enfrenar ma desar­
reglados deseos; el que no se d e ja llevar de* absurdaspre-
ocupaciones; el qne arrostra eon serena-frente lastempe»-
tndes de la existencia; el que sabe ser grande en el infor­
tunio y resistir los embates de la mala suerte; el qu e, con­
tento con su m iseria, bendice á Dios y liene aun menos
ambiciones que el mas opulento m agnale; porque, con­
vencido de la pequenez de su destino en el mundo, solo
aspira á merecer la grande recompensa de morir con la
dulce muerte de los buenos católicos! Los cobardes se
baten, y luego la sociedad misma se mofa de ellos, y la re­
ligión los anatemal¡¿a. Et hombre de honor y de valor no
se bate, porque ama y perdona á sus enem igos; pero lleno
de abnegación, de virtud y de heroísmo, sabe sacrificarse
por su Dios y por su patria ; y mientras la fama pregona
su esclarecido nombre por lodos los ámbitos de la ancha
CAPÍTULO V III. H 7

(¡erra, los ángeles ciñen también su frente ron la eterna!


corona d élo s justos’

IV.

ARGUMENTO CONTRA LA PENA DE MUERTE, DEDUCIDO DE L l


DOCTRINA MISMA DE LOS DEFENSORES DEL MIF.1,0.

Tan encarnada se halla en la sociedad la funesta pre­


ocupación de Los desafíos, qne hombres de bnen juicio y
de mucho talento, hombre# que escriben para instruir al
público sota» malcrías tan importan les oomolo es la cien­
cia de la legislación, no titubean en asegurar, con el Sr. Pa­
checo, que <k¡ recibimos una de. esas injurias que las le­
í-yes no enmiendan , y que el mundo tiene ordenado sr
«borren con la espada ú con la pistola, nosotros mismos
»nos arrojaremos á desafiar, y obligaremos á nuestros ad­
v e rs a r io s á que acepten el reto, y si se niegan á la lid
»los ilamaremos'cobardes y deshonrados, y les escupire-
• m o s á la a a n -e o u o á lo B hombres viles, indigno8.de nues-
» t ^ s o a i $ d a d , ,
¿ E se e le el tranquilo lenguaje de la razón, ó e s , por
el contrario*, él levantado modo de hablar de las pasiones?
¿Es esto para sustentado cofao teoría, ó e s , cuando mas,
para disculpado en la práctica? ¿Cuáles son esas injurias
qae el mando tiene ordenado que se borren con la pistola?
¿Acaso la pistola tiene virtud para borrar alguna injuria?
¿Consíguesecon el duelo otra cosa m asque manifestar un su-

1 Tomo primera, piR. 181.


US 1A SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

reso reservado, y hacer pública la que antes acaso era una


oculta difamación? Pero si hay alguna injuria que las leyes
no precaven, ¿no profesamos una religión que las prohíbe
y las castiga todas? ¿Pueden la rebelión y la fuerza por sí
solas erigir al individuo en árbitro legitimo y absoluto de sus
propias acciones? Disculparíamos al q u e, al oir un insul­
to , sellara los villanos labios oon una bofetada, porque el
hombre se exalta cuando le ofenden, sea con razón 6 sin
e lla ; pero ¿ cómo disculpar al temerario qne, á sangre fria,
y acaso contra su voluntad y contra su instinto, marcha á
cumplir una exigencia de esa funesta y bárbara preocupa­
ción, cuyo resultado tiene que ser sin remedio un grave
crimen ?
«La generación actu al, dice el mismo escritor, está
>presenciando, d esd esan acim fen to jo mismo que presen­
t a r o n las pasadas generaciones '.qne la opinion triunfa
»de la l e y ; que la ley es inútil y lidíenla', que es impo­
n ib le de todo punto practicarla ; que aun cuando se prac­
t ic a s e , no por ello habrían los duelos de estingnirse *.»
; Inútil y ridicula toda ley que prohíba los dnelos! | Ri­
diculo castigar al que proyecta y se decide matar á otro!
¡Disculpar esle criminal propósito porque le precediera
una ofensa!! Pero decir que es inútil la ley que cas­
tiga á los duelistas, ¿no es lo mismo que introducir la
anarquía en la legislación ? Defender el trinnfo dé la opi-
nion sobre la l e y , ¿no equivale á predicar la insurrección
de las pasiones contra lodos los preceptos legales que las
sean contrarios? Y , por último, si se dice que no se deba

* Tomo primer», pdfr. If¡4 .


CAPÍTULO V U I. 119

practicar esa ley , por la razón de que no por ello se han


deeslioguir los duelos, ¿á qu.é obedecer tampoco las leyes
que castigan el robo, el asesinato y lodos los crímenes,
supuesto que no porque se castiguen se han de estinguír
nunca de la sociedad?
Y los que así opinan acerca del duelo y acerca de las
leyes que los prohíben y castigan, sostienen la justicia de
la pena capital I Y ¿dirase todavía que no la defienden
por espíritu de sistema? Si el que mala á otro eu desafio
ka de tener disculpa» ¿por qué no ban de ser discul­
pados todos los demás asesinos? ¿Por ventura el asesino
hace otra cosa mas que veogarse.de una ofensa? Y ú las
ofendas son las causas que legitiman los desafíos, según
se pretende sostener, ¿por qué no kan de legitimar del
mismo modo los asesínalos? ¿Acaso no tienen los hombres
unas mismas pasiones y unos mismos derechos naturales?
Pues si se dice que el batirse en duelo es un derecho na­
tural, superior á todas las ridiculas leyes que se le opo­
nen , ¿ por 'qiifrdiasesiDar á un rival ó á no enemigo no
ha de ser tam bien u » derecho natural, irrevocable y so­
berano? r , 1 '
Consistiendo en la m ayor ó menor cantidad de bienes
de fortuna que posean los individuos la diferencia que la
sociedad ba establecido para disculpar á unos y para cas-
ligar á otros, claro es q u e, cuando los asesinos fueran ri­
co s, no habría ninguna diferencia entre ellos y los dnelis-
(as. Pero ¿ podrían enriquecerse prontamente los asesinos?
Gs indudable. Y ¿de qué modo? Robando. ] Rebar es un
crimen 1 se exclamará. ¡ El proyecto de matar es otro cri­
men! diremos nosotros. Y si se dice disculpable cuando
IS O LA SOCtEJIAD T EL PATÍBULO.

menos el propósito de m atar, ¿cómo no lo ha de ser tam­


bién et robo? ¿No es una misma la ley suprema que no»
dice no malarát, y la q o t nos manda no hurlar ? Pues
si el primero de estos dos preceptos ha de anularse por la
simple voluntad de ciertos hombres, ¿por qué razón otros
hombres no ban de prescindir también por s» voluntad del
segando, siempre y cuando lea acomode! Y si con el robo
podrían los asesinos adquirir una posicion igual á la de los
que, en nombre de on falso honor, creen necesario matar ¿
un amigo sn y o , ¿ cómo el asesinato no ha de ser conside­
rado como tal cuando se le llame duelo? Y si castigar el
duelo es una cosa hasta ridicula, ¿ con qué igualdad, con
qué proporcion, con qué justicia se ha de imponer nada
menos qae la pena capital 4 loe asesinos? Mas tal vez se
dirá que losas esinos, aooqne pueden, p er medio del robo,
ascender i la d a se de toe hombres que gastan florete y
pistola, sin em bargo, no lo hacen. ¿No lo baceta? P u m a i,
negando la ley divina, pueden robar impunemente ( por­
que la ley que castiga el robo, como impotente para es-
tirpar á los ladrones, es inútil y ridicula), y con lodo
eso no roban. ¿no debe alabarse su generosidad y su des­
interés? Y si los duelistas merecen una disculpa, que casi
siempre se resuelve en impunidad, ¿n o han de m erecer
hasta una ovacion los qu e, contentándose con matar como
matan los duelistas, se abstienen voluntariamente de co­
meter el crimen de hurto, que tanta utilidad y tantas ven­
tajas podria reportarles?
Supongamos que todavía se nos dijera que no es lo
uiismo una muerte causada en una pelea, frente ¡i frente,
y un asesinato cometido por la espalda. A esto contestaría-
G A PIU L O V III. _ \ I

m o s q u c , eu primer lu gar, nv eu lodo* lo s d a lla s w


pelea con lealtad, sino que es m uy frecuento aprovecharse
de los descuidos dei adversario, y herirle ó malario eu un
momento en que se le halle desprevenido. Pero ademas do
esto, cuando dos hombres se desafian, ¿cuál es la fórmula
general que emplean ? ¿> o dicen que uno de los do» eaU
de mas en la tierra, y quo es imposible la coexistencia do
entrambos, con otras absurdas frases por vi estilo? Piles
supongamos que dos hombres de humilde esfera se insultan
y bc injurian de palabra : pldense luego una satisfacción,
y se ofrecen la mas cumplida, cual es la de encomendar a
las navajas la causa de su honor (porque el honor es un
sentimiento nalural de todos los hombros, y lodos pueden
invocarlo cada vez que se les antoje, especialmente desde
q u e, predicada la absoluta igualdad por los maestros de la
civilización m oderna, todos son caballeros). Pero supon-
p in o s también que uno de los dos es menos diedro en el
manejo del a rm a ,.ó tiene menos espíritu, y , lemiendu
quedar en el la n ce, sin apetecerlo, aprovecha una ocasion
en que encuentra desprevenido á su riv a l, y le acomete
por la espalda. ¡ Eso es inicuo, esclamará la sociedad; ese
liombre es un cobarde traidor! En hora buena qne lo sea;
pero ¿ha obrado m al? Conforme al espíritu del duelo, es
claro que ha obrado b ie n ; porque si su bonoi* necesitaba
tangre con que lavar la injuria, y , ó su ofensor ó él es­
taban de mas en la tierra, no encontrándose con ánimo
para p elea r, acometió de cualquier modo, con tal de
conseguir su venganza y la reparación del agravio que se
le kabia inferido.
Si, pues, cuando Jesucristo condenó el homicidio 110
152 LA SOCIEDAD T EL PA T ÍB ILO .

distinguió que se causara en desafio ó á traición, ni con


navaja ó con florete, dígasenos con loda ingenuidad y
franqueza : ¿obra bien, ú ob ra mal; procede en justicia, ó
procede con la injusticia mas notoria la sociedad que im­
pone nada menos qne la pena de mnerte al qne mata á
otro con una navaja, al mismo tiempo qoe disculpa, deja
impone, y aun aplaude muchas veces al que asesina con
un florete? [Decida la conciencia universal! A su juicio
apelamos, llenos de loda confianza.
CAPITULO IX.

De los sacrificios.

I.

ESP08ICI0N DB m NUEVO AMUMENTO EN HVOB DE LA


TENA CAPITAL.

Hemos rebalido en los anteriores capíLulos los principa­


les argumentos que se aducen generalmente para defender
la legitimidad y jnsticia de la pena de m uerte, y solo
hemos omitido algunos que se fundan en el sistema del pacto
social, y que presenta Filangieri, pero tan débiles, que ni
aun siquiera ju g a m o s que merecen ios honores de la im­
pugnación. En cambio llega á nuestros oídos una~voz grave
y majestuosa, que Be levanta del fondo de una tumba que
aun no está cerrada completamente : y esa elocuente voz
que nos conmueve y nos Ueaa de sentimiento porque y a no
volveremos á oiría, arguye también en favor d é la pena de
m uerte; pero arguye con elevados raciocinios sobre una
profundísima m ateria, en los términos siguientes : * La
«sangre del hombre no puede ser expiatoria del pecado
«original, que es el pecado de la esp ecie, el pecado bu-
lo i LA SOCIEDAD V EL PATÍBULO.

.mano por escelencia ; puede ser y es, sin embargo , es­


c a l o n a de cierto» pecados individuales : de donde se
« sigue, no solo la legitimidad, sino también la necesidad
» y la conveniencia de la petia de muerte. La universalidad
>dc su institución atestigua la universalidad de la creencia
>dcl género humano en la eficacia purificante de la sangre
•derramada de cierto modo; y en su virtud expiatoria
•cuando de ese modo aa derrama. S in * tanguíne non fíi
* r e m it ió .y

Como sostenedores de la injusticia é ilegitimidad de la


pena de muerte, no debemos esquivar el combate en nin­
gún terreno adonde se nos cite, porque la fe que nos
alienta nos concederá en todas partes la victoria. Permí­
tasenos, p u es, una ligera digresión, siquiera en gracia
de la importante materia de que pasamos á ocupamos.
\

U.

C A IS A Y O R ÍG E N P E L O S S A C R I F I C IO S .

Kntre los malos sentimientos ó instintos que son pro­


pios del hombre, aparecen con bastante frecuencia algu­
nos dulces y generosos afectos nacidos de sn corazon,
cual raros destellos que recuerdan la sublimidad de su
origen y la escelencia de su naturaleza moral; y una de
esas dulces afecciones que enriquecen d corazon humano
es la gratitud que sentimos hacia aquella persona que nos
lia librado de padecer algún m al, ó el deseo que espert-
mentarnos de poder recompensar á aquella otra de quien
hemos recibido un beneficio. Para espresar eslos senli—
CAPÍTULO IX . I o ")

míenlos dos valemos de los medios que están a nuestro


alcance, sin qae sirva de obstáculo á nuestra manifesta­
ción el considerar que la persona á quien la dirigimos
abunde en aquello mismo que vamos á ofrecerla. A si, por
ejemplor un desgraciado q u e, hallándose en la imposi­
bilidad de trabajar para buscar so sustento, se v e socor­
rido por una mano caritativa, siente desde Juego en su
alma un deseo de que Dios colme de todos los bienes al
ijue le alivió en sus necesidades, y al mismo tiempo
¡inbela poseer alguna cosa con que brindar á su opulento
bienhechor; porque el valor de la ofrenda no consiste en
la materia misma que la constituya, sino en el puro sen­
timiento de gratitud que nos la dicta.
Ahora b ie n : ¿cuán grande no debe ser nuestro recono­
cimiento hacía el soberano C riad or, que con mano pró­
diga nos brinda el sustento necesario para la conservación
de nuestra existencia? Y esa regular y no interrumpida
sucesión de las estaciones; esa admirable vegetación de
la naturaleza; la presencia de ese magnífico astro, qne con
sus brillantes rayos difunde la animación y la afegria por
todas parles; esa inmensa bóveda azul, á través d e la
cnal penetra el alm a, ansiosa de adivinar la última re­
gión donde la Divinidad se asienta; ese hermoso firma­
mento, en cuyo seno se contienen muchos millares de mi­
llones de mundos, que aun permanecen velados para los
mortales con las sombras del m isterio; y , en fin, eso ma­
jestuoso espacio, en cu ya contemplación el alma se estada,
los sentidos como qne se adormecen, y , mudos de re­
ligioso respeto, doblamos la frente para adorar la escelíí-
lud del Todopoderoso: tantas y tan multiplicadas mnravi-
156 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

Has, tantos y tan admirables prodigios, ¿uo dos revelan en


alta ro í nuestra grandeza, y al mismo tiempo nuestra mi­
seria, nuestra necesaria dependencia y la nada de la cria­
tura, sí no fuera tan infinito en bondades el Supremo
Criador?
Pue6 cuando el alma se siente henchida de gratitud
hacia Dios, y el.corazon deshecho en deseos de darse
lodo entero á aquel de quito todo lo re c ib e , ¿no ha de ser
permitido al hombre ofrecer al Señor de aquello mi9mo
que ¿1 le concede para que disfrute sobre la tierra ? «Dios
»de nada necesita, dice el P. Scio, y nada puede recibir
«del hombre.» Y por eso esclamaba el santo Key : «Mi
«Dios eres tú , por cnanto no tienes necesidad de mis bie-
»nes*.> Peco no esprecisaaiente la materialidad de lo»
bienes lo que ae ofreq&y lo quesea agradable i los ojos de
Dios, como y a antes hemos dicho, sino él seflümieula de
gratitud que precede y acompaña á la misma ofrenda.
«Tuya es, Señor, la grandeza, y el poder, y la gloria, y
«la victoria, decia David : y á lí lu alabanza, porque todas
«las cosas q u e hay en el cielo y cu la tierra, luyas son:
«luyo, Señor, el rein o , y tú eres sobre lodos los principes.
«Tuyas Las riquezas y luya es la gloria : lú lu dominas
«lodo: en lu mano está la virtud y el p o d e r : en tu .mano
«la grandeza y el imperio de todas las cosas. Ahora,
«pues, Dios nuestro, á ti confesamos, y alabamos tu nom-
«bre esclarecido Estas últimas palabras, «á lí confe-
«samos y alabamos tu nombre esclarecido,» encierran y
contienen ellas solas loda la esencia y sustancia de las

1 Salina l a , vurs. 2 .
. ' Purjiljp., lib. i,c;ip. m i , vera, II, 12 y 13.
C A P ÍT U L O I I .

ofrendas : el confesar la grandeza de Dios y la miseria de


la humanidad, alabando su santo nombre y las bondades
de que por su infinita misericordia usa con las criaturas.

UI.

H A T E R IA PE LOS S A C B lF J C lO S .

Convencidos todos los pueblos de la necesaria depen­


dencia en que siempre se han encontrado respecto de un
Dios distribuidor de los males y bienes, se han apresu­
rado eo lodos tiempos á ofrecerle parte dé las mismas co­
sas que ellos han disfrutado, en señal de gratitud y reco­
nocimiento.
Mientras se conservó en el mundo la unidad religiosa,
la materia de las ofrendas estuvo en relación con el gé­
nero de vida de loa sacriticadores y con la naturaleza de
los bienes que poseían. Asi Temos que los pueblos agri­
cultores ofrecían al Señor los frutos de la tierra, que culti­
vaban ; los pastorea ó nómadas las crias de su ganado; .los
cazadores y pescadores lo que adquirian por medio d e la
caza y de la pesca; y, en fin , entre los pueblos que ae a li­
mentaban con la carne de los animales se establecieron
luego los sacrificios cruentos. Pero despues q u e, borra­
das las huellas de la primitiva revelación, casi en olvido
las doctrinas qne la tradición había enseñado „ y dominado
ol hombre por las pasiones, por los vicios y por las falsas
ideas de su ínteres, se levantó la asquerosa idolatría, ha­
ciendo desaparecer casi por completo la creencia en un
solo Dios verdadero, multiplicáronse también los sacrifi­
158 LA SOCIEDAD T EL PA TÍBl'LO.

cios, y se instituyeron al mismo tiempo los de victimas


humanas, los cuales se aumentaron considerablemente con
motivo de les crueles guerras de aquellos tiempos, en que
los vencedores mataban en sacriGcio á lo» vencidos, por­
que creían que estos, como enemigos su y o s , lo eran tam­
bién de sus dioses particulares.
Esla bárbara superstición se estendió luego entre los
suevos, escandinavos, noruegos, sármatas y demas ami­
gue* puébló» del Nürte ; etitte los fenicio*, Sirios, carta­
gineses y otras regiones del Africa ; generatix&ndose ade­
mas enlre los bretones, galos y germ anos, sin quo la
civilizarion y cultura de Grecia y de Koma fueran bas­
tante para impedir que lan absurda preocupación reinara
también entre los griegos y entre los romanos. Igual ¡tu-
pferstitntiD se «H M Érf ett t f 'P é r í y W « é i f c * , y aun en
el dia se obftnrrfttfe a ^ w i l e s g r t t l S i t o p b e b l o e d é Amé­
ric a , adonde todavía do ha llegado la predicación d el ca­
tolicismo. Por último, estas inmolaciones de victimas hu­
manas hasta llegaron ¡i regularse en cierto núm ero, repi­
tiéndose lodos los años en las festividades de ciertos y
señalados dias ; y asi rem os q u e, según afirman los his­
toriadores, se sacrificaban hombres en Salammb, en honor
de A grau lo ; en Egipto, en honor de Ju n o ; en Tenedoa y
Chio, en honor de Baco; y en Rodas, Lacedemonia y
Laodicea, respectivam ente, en honor de Saturno, Apolo
y Palas. ¡ De esle modo creían agradar á los dioses y te­
nerlos propicios para que accediesen á todo cuanto les su­
plicaban!
EmpeBadoe una gran parle de los herejes en encon­
trar taiM fio absurdo en las leyes del ppeblo judio, las
CA PÍTULO IX. i Sil

lian acusado repulirías veces de permisivas de los sacrifi­


cios de sangre humana; pero basta recorrer las páginas
de su admirable código para convencernos de la impos­
tura de lo» enemigos de I» religión católica, supuesto que
Moisés, lejos de autorizar tan abominable institución, por
el contrario, la prohíbe terminantemente con la mayor se­
veridad. A si, en el Deuleronomio se lee : «Cuando el Se-
f ñor Dios luyo hubiere esterminado delante de ti las gen-
ales, á las que entrarás para poseerías, y cuando las po-
»soy eres y habitares en bu (ierra, guárdate que no las
nm iles despues que á la entrada faeren destruidas, ni
«pregimlee por sos cerem onias, diciendo: De la manera
>que estas gente» adoraron á sus dioses, así también ado-
oraré yo. ¿Yo ¡o hagas a ti coa el Sefíor Dios tuyo. Por-
«que lodns las abominaciones, que el Sefíor aborrece,
"hicieron con sus dioses, ofreciéndoles los hijos ó hijas y
«quemándolos al fue"». Lo que te mando, eso solo es lo
*qun has de hacer con el Señor (es d ecir, respecto del
* cutio de Dio i , como advierte un santo padre), sin aña-
»<!ir ni quitar nada *.» El abate Bergier dice sobre esle
punió, que «es evidente que todas las demás leyes que
prohibiesen á los judíos inmolar sus hijos á los dioses de
>las naciones, y las acriminaciones de los profetas sobre
►esle punto, no condenan solamente las victimas humana*
■cuando son ofrecidas á las falsas divinidades, tino pura
®y simplemente porque es una abominación que el Señor
•detesta.» Y , en efecto, Jeremías, dirigiéndose en nombre
del Señor á los reyes de-Judá y á los moradores d e Jerusa'-

1 D o u tr r o n ., cn p . \ it , v o rs , 2 0 y 3 0 .
16 0 L 4 SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

le a , tes dijo que Dios (raería la aflicción sobre aquel lugar:


«Porque me abandonaron y enajenaron este lo g a r ; y sa-
>orificaron en él á dioses ajenos, que no conocieron dios,
»ni sus padres, ni los reyes de Ju dá; y llenaron este lu-
tgar de sangre d i inocentes. Y edificaron altos á los
• Baales, para quemar sus hijos en el fuego m kolo-
tcausto á los Baales : cosas que yo no mandé, ni habló,
>»i subieron á mi corazon *.»
¿Cómo, pues, prohibiendo terminantemente las leyes
de Moisés los sacrificios de víctima» hum anas, y siendo
tan manifiesto el disgusto que por ellos tomó el Señor;
cómo ha de haber razón para decir que también los judíos,
á imitación de los antiguos pueblos, admitieron y practi­
caron ¿ manera de sacrificio el derramamiento de sangre
humana?

IV.

SIGNIFICADO T VAI.0H DE LOS SACRIFICIOS.

Ya hemos visto que tos sacrificios han sido un hecho


universal y constante en todos los pueblos desde el origen
del mundo, y que aun en el dia se practican en aquellas
regiones adonde las verdaderas doctrinas de religión no
han podido llegar todavía. Los sacrificios significan una
necesidad universal de espiacion que se ba sentido en to­
das las partes de la tierra ; y esla necesidad de espiacion
que siempre han sentido los sectarios de cuantas religio-

1 J e r o m . , c a p . x i x , v r r s , 3 , I y í».
c a p ít u l o i x . 101

n t s ñus da á conocer la historia, es, sin dada ninguna, el


carácter común á todas ellas : lo qne prueba que M a s
ellas son degeneraciones ó alteraciones de una religión
universal y primitiva, supuesto q u e , no siendo los errores
mas que falsas interpretaciones de la ve rd a d , no puede
haber error sin que la verdad haya preexistido : y , por
consiguiente, menesteres (pie haya precedido al politeísmo
el teísm o, á la idolatría la adoracion de un Dios único, y
a las falsas doctrinas de religión una doctrina primitiva,
pura., verdadera y sania.
¿Con qué objeto sino con el de aplacar la ira de los
dioses han practicado lodos los pueblos los sacrificios? Has
¿por qué suponían airadas á las divinidades sino porque
(Ataban firmemente persuadidos de que el hombre las ha­
bía causado una grave ofensa? Y esla ofensa, cuyo origen
se pierde entre las nebulosas páginas de la antigua histo­
ria, ¿pudú, por ventura, ser otra mas que la que el pa­
dre de lodos los hombres causó con su desobediencia al
soberano Criador ? Véase, pues, cómo la práctica universal
ile los sacrificios viene ¿ demostrar, con una imponderable
Tuerza, la creencia en la culpa del primer hombre, d e qae
luego nos ocuparemos. ;O h admirable religión, cuyos di­
vinos misterios se patentizan y se perpetúan hasta por los
mismos medios que parece como que deberían concurrir
ádesvirtuarlos! Humanamente hablando, podríaselem er
que, surgiendo una multitud de falsas religiones del seno
de la religión verdadera, y levantándose de todas partes
los errores para envolvef en el olvido las verdades reve­
ladas; podríase lem er, decimos, que se eglinguiera por
completo el conocimiento de los dogmas enseñados |»or
102 LA SOCIEDAD I EL PATIBULO.

IHos en «1 principio de los siglos. Y , por el contrario, lejos


de haber sucedido de este modo, vemos que cada una de
las felsas religiones envuelve en si misma la sustancia de
la religión verdadera, entrañando al propio tiempo los
principales dogmas del cristianismo, si bien las formas
estertores de que los han revestido ban sido erróneas,
absurdas, y hasta ridiculas muchas veces. Prescindiendo,
pues, de estas formas estertores con qne las falsas reli­
giones han hecho profesion de sos principales dogmas,
vemos que en todas d ías hay un principio oomun, en to­
das ellas se descubre un mismo y alto misterio, aunque
mas ó menos oscurecido, cuyo principio y cuyo misterio
son el misterioso principio en que todas ellas se confunden
y de donde todas ellas se derivan. Este principio es la ver­
dad : ceta verdad es dcQ M úáfflño. .
A l dem un an ieblo de sangre huirán a , «obre todo,
han atribuido los idólatras y gentiles a n a wUnordinaria
virtud purificante y capaz de reconciliar á los cielos con
la tie rra ; pero no podemos c r c c r , con el señor marques de
Valdegamns, que «la universalidad de la creencia del
«genero hamano en la eficacia purificante de la sangre
pderramada de cierto modo, y en su virlud expiatoria
»cuando de ose modo se derrama.» atestigüe la creencia
de que esa misma sangre tiene virlud espialoria de los de­
litos sociales. Esa universal creencia en la eficacia puri­
ficante de la sangre bacía relación únicamente á la nece­
sidad , sentida por todo el género humano, de que una
víctima espiase un antiguo y grande pecado; y , por
tanto, el error de los idólatras y gentiles consistió solo en
creer que esta espiacion seria bastante si la Yiclima era
C A PÍT 1T 0 l \ . 103

el hombre, Pero por mas que muchos millares do hom­


bres, y hasta la humanidad co lera, si esto fuera posible,
hubieran derramado su sangre en espiacion de la primi­
tiva culpa, no por eso hubieran conseguido nunca lavarse
de la mancha original. El ofendido era un DioB infinito:
la colpa del hom bre, pues, en este sentido, fue infinita;
y como de partes finitas, aunque compongan una cifra la
mas numerosa que se pneda concebir, jamás se formará
lo infinito; como de lo creado no puede surgir ninguna
virtud igual ú la de lo increado, ni del átomo componerse
la inmensidad, resolta q a e , aun coa el derramamiento de
toda la sangre de todos los hombres, nunca « ehu biera re­
parado la ofensa hecha á Dios. Por consiguiente , razón
liene el célebre escritor á quien ahora poco non referimos,
cuando dice que «la sangre del hombre no puede ser es-
»piatoria del pecado original, que es el pecado dr ln rspe-
»cie, el pecado humano por escelencia.i Y por eso fue
necesario que un hombre de un valor infinito se ofreciera
como victima inocente en sacrificio pata l a redención del
linaje humano : este hombre d a infiMUrpraooo&o iKidB
ser mas que el mismo Dios, encarnado en lan pnrtateas
entrañas de una V irgen ; y por esta causa el Dns~B0m~
b r e , engendrado por el Espíritu-Santo, se dignó venir ál
mundo en la persona del Mesías anunciado por loe pro­
fetas, para ofrecorse gustoso en sacrificio v romo victima
expiatoria de t;i culpa original.
lili LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

V.

ABOLICION DE LOS SACRIFICIOS.

Conformes con U opnúoo del ilustre escritor con quien


noa las habernos en cuan lo dice que la sangre del hombre
no puede ser espiatoria del pecado original, no podemos
del mismo modo convenir con él cnando ros ti ene que
«puede ser y es, sin embargo, espiatoria de ciertos peca-
id o s individuales.» El mismo señor marques de Valdega-
mas parécenos que contradice su aserto cuando poco antes
acaba de e scrib ir: «El sacrificio dejó de ser simbólico para
> s e r re a l; y com oquiera qne en la intención divina do ed­
ita b a dar eficacia 7 r á t a d «¡no «1 sacrificio d el Redentor
«solamente, d e aquí fue qne lot taerificiot ¿am ano* eare-
»ciaron de virtud y de eficacia Indudablemente la falla
de eficacia y de virtud de los sacrificios humanos debe
entenderse en esle lugar, según la menle del escritor, solo
en cuanto que se aplicaban para la cspiacion de la culpa
original; porque, de lo conlrario, ¿cómo si estaban desti­
tuidos de toda eficacia y virtud , porque lal era la inten­
ción divina, según se dice, han de s e r , no obstantet ex­
piatorio» de ciertos pecados individuales? ¿Cómo es
posible que una misma cosa tenga simultáneamente una
virtud y la carencia de esa \irlud misma 7 ¿ Cómo es con­
cebible que exista aquello mismo cuya exisicnrin se niega?
Pero parécenos todavía que el aserio de tan ilustre

' Ensayo sobre el catoiicismn, el liberalismo >j el lociali.nnn,


páginas 3r>1 7 352.
c a p ít u l o ix . Itiii

escritor es erróneo. L)Ícese que la sangre-dd hombre en


espialoria de ciertos p ecad os: lo caal equivale ¡i suponer
que un rito estertor liene la virlud y eficacia necesaria»
para obtener de Dios el perdón de las culpas con que le
ofendemos; y esla es cabalmente la absurda preocupación
en que estuvieron imbuidos algunos pueblos del gentilismo
cuando creían que con ceremonias estertores y sin verda­
dera compunción quedaban satisfechos los dioses : fatal
erro r, que se encuentra inertemente condenado, tanto en
el Xuero como en el Antiguo Testamento,
Moisés estableció diversas penas, según la diversidad
de los delitos; pero nunca dijo que para purgar nn pecado
bastaba una ofrenda ó un sacrificio. Aunque es cierto que
en algunos casos, com o, por ejemplo, en el LeviÜco, se
dice, después de haber señalado la pena que correspon­
día al que había intentado adquirir alguna rosa con enga­
ño : «Y por el pecado ofrecerá uu carnero sin mancha
»del rebaño, y lo dará al sacerdote, según el juicio y
►medida del delito : el cual orará por él delante del Sé­
n io r, y se le perdonará por cada cosa que hizo pecan-
ido 1 :» sin embargo, esta ofrenda ó sacrificio por el pe­
cado tenía por objeto implorar la divina misericordia, des­
pués de haber satisfecho con la pena al ofendido y á la
humana justicia. De suerte que no era el pecado propia­
mente dicho, que es el que consiste en la ofensa hecha
directamente al Señor, el que se espiaba algunas veces
por medio de sacrificios; sino el pecado subsidiario que
siempre acompaña al crim en, es decir, la falta que se co­

1 L f v i i i c o , c a p . v i , w t b . <¡ y 7.
f < ¡0 LA SOCIEDAD V E L P A T ÍB IL O .

mete contra Dios, aunque la intención y el objeto uo sean


m asque de cometer un delito social. Y, por tanto, lot¡ sa­
crificios que algunas veces so exigían á ciertos delincuen­
tes, ademas de la pena que les correspondía, eran, por
decirlo a si, como el complemento de su castigo; supuesto
q u e , no aplicando mas que la pena social por la comision
de un hecho punible, q u ed ara impune hasta cierto punto
el culpable, si al mismo tiempo, por medio de una ofrenda
ó sacrificio, no daba un público testimonio de su arrepen­
timiento de haber ofendido al Señor. Por esla razón, se­
gún venios) en el sagrado libro antes citado, no se man­
daban sacrificios mas que por los pecados que se cometían
por ignorancia, y que solo eran conocidos despuesde he­
cho e l m al. ó por aquellas trasgresiones legales que no
hacen ealpaU e al tam bre ta riá después 4 e haber consu­
mado au mala acción. Por último, si aun necesitaran ser
confirmadas estas ideas que acabamos de em itir, bastarla-
nos recordar las palabras de David enaodo esclamó que no
con hoiocavitos, sino con un corason contrita y humi­
llado , se puede aplacar la ira del Señor. Quoniam si
voluisses sacrificium, dedisitm vtique : holocaustis noa
deleclaherit. Sacrificium Dao spiritus conlribulatu»:
cor cantrilum el Jmmilialum Deut non dnipicies 1.
Las palabras del Apóstol, que el ilustre marques cita
«ornoen apoyo de su opinion, lejos de servirle de prueba,
como intenta, vienen á corroborar con m ayor fuerza lodo
lo q u e dejamos espuesto. Efectivamente, es de advertir
que, cuando Sau Pablo dicc : «Y casi todas las cosas, se-

1 Salmo tío , vere. 18 y 19.


C A P Í m .0 ix . 467

»gun la l e y , se puriiican cotí sangre : y sin la efusión de


>saugre no hay remisión refiérese á la antigua ley,
según la cu a l, dice el P. Scio citando á Saulo Tom ás, d a
»remisión por medio de la efusión de la sangre era legal,
»y por ella conseguía el hombre librarse de las amenazas y
>de las pena» puestas por la l e y ; pero no $t libraba del
■trealo ni de la culpa delante de Dios .» S i , p u es, con­
forme á las leyes de los antiguos sagrados libros, no bai­
laba la efusión de la sangre para librarse de la culpa
delante de Dios, ¿cóm o, sin em bargo, «la sangre del
• bombre ha de ser espiatoria de ciertos pecador ¡ndividua-
»le»?» Infiérese de lo dicho q u e, contra la opinion del es­
critor á quien uos referim os, la sangre humana no era es­
piatoria de ningún pecado , supuesto que la justicia de
Dios no se aplaca mas que con un corazon humillado y
contrito, como consta de las leyes del Antiguo Testamento
y de las interpretaciones que la» ban dado los sanios Pa­
dres de la Iglesia. ..
Y ¿podrá stir Otra* por ventu ra, la doctrina de la
Nueva L ey?
Los sacrificios, como símbolos que eran de la muerte
del Mesías, quedaron abolidos completamente desde el
momento on que el Redentor universal fue sacriücado.
Asi lo tenia prediebo D a n iel: «Y despues de sesenta y dos
>semanas será muerto el Cristo : y estará la hotlia y el
* sacrificio *.» Y , en efecto , desde entonces quedó esta­
blecido para siempre el sacrificio místico y conmemora­
ndo de la divina Eucaristía, por cuyo medio se conti-

1 K|ii5l. i lus liub., cap. i i , vors, 2U.


5 C a [ i . n , V í r s . 2 (i y 2 7 .
4 ('>8 LA SOCIEDAD I EL PATIBULO.

nuará hasta la consumación de los siglos el sacrificio de


nuestro Redentor. «Porque con una sola ofrenda hizo
»perfectos para siempre á los quo ha santificado Cuyas
palabras esplica Santo Tom ás, diciendo que «por el sacri­
f i c i o (pie ofreció sobre la cru z, y del que se aplica el
■fruto á los suyos por medio de los sacramentos y d e las
• buenas obras, les ha preparado Jesucristo un manantial
»de gracias que los santifique, y que por el don de la
«perseverancia y de la gloria loa consagre y una á Dios
■por toda la elernidad.B
Todavía son mas espllcilos y terminantes o tro s luga­
res de la m ism a epístola, doD de se d ic e : «Porque s ip e -
*eamos nosotros volnnlar¡ámente despues que conocimos
»la verdad, no retía ya mat sacrificio por las pecados,
•sino mn esperanza terrible del juicio y el urdor de un
■friego celoso, que ha de devorar á km adversarios *.» Y
en otro lugar se espresa el mismo Apóstol en estos tér­
minos : «Dando mis leyes, las escribiré sobre los cora-
>zone3 de ellos y sobre su 9 entendimientos: y nunca
• ja m á s me acordaré de los pecados de ellos ni de las mal-
■dades de ellos. Pues tn donde hay remisión de estos ,
■no es ya menester ofrenda por el pecado z.» Estas úl­
timas palabras especialmente, contradicen de un modo
absoluto la opinion del célebre escritor á quien hemos
citado. Si Jesucristo con su sagrada muerte redimió al
mundo de todos sus pecados, y donde hay remisión no es
ya menester ofrenda por ellos, ¿cómo se quiere sostener

1 S a n P a l i l o , r j i i s t . ¡i lo s l i e h . , o a |). x , v e r á . I I .
J V e-re. 2 0 y -2 7 .
1 V i t s . 1 6 , 1 7 y I S.
c a p ít u lo ix . 109

que La sangre humana es espialoria de eierlos pecado»


individuales? Luego por mas quo es muy digno do consi­
deración todo lo que en oirás materias dice el ilustro mar­
ques, cuyas opiniones acatamos con respeto , sin embargo,
la que profesa sobro el punto que nos ocupa no tiene
loda la fuerza que seria necesaria; supuesto que, aun
cuando concediéramos que la sangre humana tuviera, quo
no la tiene ni la puede tener, virtud para lavar los peca­
dos individuales, todavía preguntaríamos : ¿es por ven­
tura un pecado lo que la Bociedad castiga con la pena de
muerte? ¿Corresponde acaso al poder civil conocer y
juzgar de tas acciones d e los hombres en el fuero de la
conciencia?
Parécenos muy probable que el ilustre marques fue
sobre este punto de la misma opinion que el célebre conde
de Maistre; solo q u e, por no haber espuesto su pensa­
miento con loda la claridad que deseáramos, aparece algo
oscuro á nuestra inteligencia, y esta oscuridad ha sido
causa de las dificultades que se nos han ocurrido. El se­
ñor de Maistre dice : «Todas las naciones han estado de
•acuerdo acerca de la eGcacia maravillosa del sacrificio
•voluntario de la inocencia, que se consagra ella misma á
• la Divinidad como una víctima espialoria. Siempre han
•c o n s id e ra d o los hombres como de valor inesplicable esta
•sumisión del ju sto , mediante la cual se entrega á los pa­
decim ientos; y por ello el grande Séneca, despues de
•haber pronunciado su famosa espresion : Ecce par Deo
tdignum ! F tr fo rlis eum mala fortuna composilns
• (añade) utique t i etprovocavii.»
Estamos enleranicnle conformen con osla doctrina, hija
170 LA SOCIEDAD V EL V A T ÍB IT O .

tic udo de los principales dogmas de nuestra santa reli­


gión ; porque creemos con fe pro Tunda que el sacrificio
voluntario de la inocencia y de la virtud, el derramamiento
da la sangre de loa santos mártires, que sufren y mueren
por su amor á Jesucristo, debe ser muy agradable á los
ojos del Señor. Pero lop qae mueren en el patíbulo, ¿son
por ventura.mártires? ¿Hay en ellos la inocencia, ni la vir­
tud, ni la santidad necesaria. Hi la heroica voluntad de
derramar su propia sangre eo holocausto y Como en sacri­
ficio espialorio de las culpas de oíros hombres? Pues si l o
concurren en ellos los requisitos indispensables para qae
su muerte sea un verdadero sacrificio, ¿ cómo su sangre
lia de ser espialoria de ciertos pecados individuales? ¥ no
«jecuto la muerte que se sufre e n e l patíbulo espialoria
dtíninguD p e (^ 9 ]¿ ifeiiÍD g « id elito ix id iv k h ]a l, ¿cóm o se
ha de deducir de^equi la legitimidad, ni ib necesidad, ni
la conveniencia de su aplicación 1
CAPÍTULO X.

Origen de la corrupción de la naturaleza


humana.

I.

PRUEBAS DE LA CAIDA DEL PSIMEK HOHH&E, TOMADAS BE LAS


SAGRADAS ESCRITURAS.

Con el objeto de tener un punto fijo de partida adonde


volver la visla durante la marcha que vamos á empren­
der por enmedio de la historia de la humanidad, para,
examinar la justicia 6 la sinrazón con' que en todos tiem­
pos se ha ejecutado la pena de muerte, creemos necesario
elevamos á osa grande altura, para poder contemplar
desde ella el vasto cuadro de crímenes y de miserias que
ofrecen los anales de la especie humana, é inquirir el
origen y causa esencial de los vicios y calamidades que
sin cesar vienen reproduciéndose desde el principio del
mando.
Indudablemente, ademas de las circunstancias espe-
cialísimai que deben tenerse presentes para la justa apli­
cación do las penas, necesario es también tomar en cuenta
la poderosa influencia de un agente superior que obra en
172 LA SOCIEDAD V EL PA TÍBU LO .

(ocios los hombros, cegando su entendimiento, ofuscando


su razón, y exaltando sus pasiones hasta ol estremo do
precipitarlo en la horrenda sima del crim en; supuesto que,
du otra suerte, no se podría apreciar con exactitud la ma­
yor ó menor criminalidad del individuo.
La simple enunciación de la palabra castigo supone
necesariamente la preexistencia del d e lito ; y los delitos
son las ideas del m al, pueslas-en ejecución.
Partiendo de este axioma, y observando cuán constante
lia sido, es y será en el mundo la existencia de los casti­
gos t podemos naturaliiicntc deducir que el hombre también
ha sido, es y será siempre propenso al n ia l; luego debo
existir en la naturaleza humana una causa permanente que
sugiere al individuo reprobadas intenciones y que lo in­
duce á practicarlas. Pero ¿dónde se encuentra la causa
originaria de todos los estravtos de la (romanidad, dónde
esa fnente perenne de bastardos é inhumanos crímenes '
Remontándonos de generación en generación y de unas en
otras edades, llegaremos basta la raiz primitiva del linaje
humano, y encontraremos el tronco de donde parlen todas
las ramas que con posterioridad, en el trascurso de los
tiempos, se han eslendido por laB distintas regiones del
globo. ¿No será, pues, en ese tronco, en esa raiz primi­
tiva , donde existe precisamente el manantial inagotable
de todos los vicios y el foco indestructible de todos los
males que afligen á la especie humana? Imposible es du­
darlo.
El hombre, rey de la creación, en comunicaciones
inuicdiaUis cou el Criador Soberano,F v« dolado de la cacel-
situd de un alma inmortal, estaba, no obstante, sujeto ú
CAPÍTULO X, 173

tlios, que lo había impuesto el riguroso precepto de qae


no locara al árbol vedado de la ciencia del bien y del mal.
Este árbol e r a , por decirlo asi, el símbolo de la Te del
primer hom bre, y en él se encerraba el inescrutable mis­
terio de la Omnipotente Sabiduría. Mas el hombre, sedu­
cido por la curiosidad de su m ujer, á quien la astucia de la
serpiente tenia alucinada; orgulloso también con la inteli­
gencia de que se hallaba dotado, y olvidándose de las órde­
nes terminantes de su Dios, desgarró con sacrilega osadía
el velo bajo que se ocultaban los infinitos arcanos de la Di­
vinidad. Creyó que de este modo llegaría á comprenderlo
tod o ; p ero, por el contrario, á l a manera que la brillan­
tez de un relámpago inesperado nos c ie g a , dejándonos en
mas profunda oscuridad despues de su desaparición, así
lambien los intensos resplandores de que está rodeado el
Irono del Escelso cegaron el espíritu del primer hombre,
sumergiendo su inteligencia en un a b is m ó le tin ieblas; y,
lejos de aprender la ciencia de la creación, solo consiguió
olvidar casi completamente lodo cnanto «1 Se&or se había
dignado enseñarle. Confundido entonces en bd miserable
pequenez, turbado su entendimiento, conmovida su alma
y en abierta insurrección las pasiones, el hombre vislum­
bró solo para en adelante una serie no interrumpida de
dolores, y , á su fin, la muerte. <Y á A dam dijo : Por
•cuanto oíste la vo %de lu m u jer, y comiste del árbol de
•q u e le había mandado qne no com ieras, maldita será la
»tierra en tu obra : con afanes comerás de ella todos los
•dias de lu v id a 1.»

1 <¡éneíis, cop. ni, w s . 17.


174 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

¿Q ué m ayor ni mas robusta prueba de la degradación


de la especie humana puede haber para I09 que son cató­
licos , ni qué autoridad comparable con la de las Sagradas
Escrituras? Sin embargo, la gran verdad que encierran
la s palabras del Génesis que acabamos de tra scrib ir, h á ­
llase también corroborada por las tradiciones d e lodos los
pueblos, y se confirma adema* cou solo que meditemos un
momento sobre los fenómenos qu eso observan eo ianatu­
raleza humana. cEI cristianismo, dice el Sr. Alzog, atribuye
»la pérdida de la inocencia al pecado del primer hombre.
•L a mayor partí', de las religiones antiguas han conser­
v a d o igualmente el recuerdo do aquella p rim era falla que
■debilitó en el hombre el sentimiento de la Divinidad,
«amenguó eo é l la inteligencia de las tradiciones del p a -
»raiso perdido, yoscoreciói « g fijos Abrillante luz de la
>rerélaci«D primitiva» . . . . . . . v
Vamos, pues* ¿ ocuparnos brevemente de las tradi­
ciones de loa pueblos acerca do la culpa del primer hom­
bre, y veremos luego lo que sobre esto mismo nos dicta
ia razón.

II.

TRADICIONES ACERCA DE LA CAIDA DEL PRIMER HOMBRE.

Aunque no hubiera ninguna otra prueba mas que la


admirable concordancia de toda» las antiguas memorias de
los pueblos sobre la culpa del primer hombre, no por eso
dejaría de ser esla una verdad inconcusa, que por nadie
puede ser puesta en iluda. «Abrid los libros del segundo
U P Í T I U ) X- I7Ü

«Zoroastro, dícenos Chateaubriand, Uh Diálogos de Pia­


r o n y los de Luciano, los Tratados morales de Plutarco,
»los fastos do los chinos, la Biblia de los hebreos, los
«eddas de tos escandinavos; consultad los negros de A Trica
»ú los sabios sacerdotes de la India, y vereis cómo lodos
•os refieren los delitos del dios del m al, y os pintan mny
acorto el tiempo de la felicidad del bombre, y muy largas
íJas calamidades que siguieron á la pérdida de su ino-
»cencía.»
Asi vem os, en efecto, que eu la religión de los persas,
que no era mas que una reforma que Zoroastro hizo de las
primitivas religiones de los pueblos bárbaros, et principio
dominante es la m o ra l; y esta m oral, según la opinion de
César Canlu, «representaba la oposicion de dos principios,
»como una lucha de que fue causa primera una caída, y
»á que pondrá término una redención.» En un distinguido
historiador leemos sobre esto mismo que Úrmuz, padre de
la creación, plantó en la tierra un árbol qne creció en
figura de hombre y mujer unidos, del cual brotaron Mes-
chías y Meschiana, de quienes desciende todo é t líu y e hu­
mano. Puros é inocentes viv iero n , según l a 1tracción,
hasta que Aristimanes, rival de Orm uz, los indujo i beber
leche de cabra y probar ciertos frutos contra la órden es­
presa que se les había d a d o ; y de esle modo se introdujo
ou la tierra la m uerte, dimanada del pecado del primer
hombre, ei cual será rescatado cuando se consume el
triunfo de! elemento del bien sobre el elemento del mal.
En cuanto á los clruscos, uno de los primeros pueblos
que habitaron la Italia, las historias refieren que admitían
un solo Dios, una revelación, y al hombre formado del
171» la sociedad x rx patíwilo.
fango, caído de un eslado mejor y destinado á lina vida
cierna.
$i consultamos los anales de la India observaremos
qu e, con la denominación de dos veces nacidos que dan Jos
indios á los braeminas, manifiestan el doble dogma de una
caida primitiva y de ana futura rehabilitación de la es­
pecie humana; siendo d e nolar, con un sabio escritor,
que en los libros de los indos ge habla de nn monstruo,
mitad mujer y mitad serpiente , q u e, según las mas an­
tigua» tradiciones, fue el causante de los inmensos males
que despues se repararon con la encarnación del Vichnú.
Los egipcios creían asimismo. no solo en la primitiva
degradación del hom bre, sino también en la eternidad
que le aguarda despue» de esta v id a ; y esta e s , sin duda,
la causa por. qué se esmeraban menos en la fabricación de
las casas que en la construcción de aquellas colosales pirá­
mides q n e , como las d e Nicépolis, Menfis, Tebas y otras,
levantaban para que sirvieran de sepulcros á los hom­
bros, quienes debían permanecer allí por innumerables
años bajo el cetro de Isis y de Osiris.
Los escandinavos simbolizan el principio del mal en la
figura de una gran serpiente , que infecta todo el mundo
con su ven en o ; y también los antiguos escitas decían i[uc
una mujer-serpiente era el tronco de toda su descendencia.
Lo mismo hallamos entre los m ogoles, y otro tanto nos
han patentizado los modernos descubrimientos relativos á
las tradiciones de Am érica. Por último, según las memo­
rias que se conservan en la China, el soberbio dragón
Tcbi-len fue el autor de una rebelión qne se suscitó de lu
carne contra D ios; y en muchas de sus leyendas se con­
c a p ít u l o x . 177

serva ademas el nombre de K u g-K u g, que significa autor


del mal, y encuéntranse larabieu unidas las palabras do
mujer y terpim te.
Inútil sería la larea de multiplicar estas eitaS, loda
vez que las autoridades nada sospechosa* de Juan de Muller
y Voltaire satisfacen cumplidamente las mayores dudas
que pudieran suscitarse sobre este punto. Dicenos el pri­
mero : «La historia nos enseña que los pueblos mas an­
sí iguos y los menos civilizados bajo otros respectos tenían,
»no obstante, ideas atinadas d e la Divinidad, del univer-
ís o , de la inmortalidad y hasta del curso d élo s astros, al
«paso que fechan de una época mucho mas reciente las
«artes que sirven para las comodidades de la v id a .i—
«Según las tradiciones, añade en otro lugar, vivió (el hom-
»bre) en una juventud eterna, hasta el momento en que
•nna curiosidad indiscreta le movió á dar oídos á sus
«deseos antes que á sus d eberes, á sacrificar su dicha á
«los halagos del d eleite, y á apropiarse el fuego sagrado
«con que el padre de los dioses y de los hombrea quería
«animarle é instruirle.»
En Voltaire leemos el siguiente pasaje : <La creencia
«sobre el pecado y la degeneración del hombre se en­
cu e n tra en todos los pueblos antiguos.!
Ahora bien : ¿es posible que una creencia encamada
en todos los pueblos desde su origen, y de la cual se ocupan
Homero, V irgilio , Cicerón y la mayor parle de los filó­
sofos é historiadores de la antigüedad, sea una quimera?
cTantos pueblos, escribe Augusto Nicolás, tan diferentes
«en sus circunstancias, tan dispersos, tan separados entre
»sí, 110 pueden hallarse de acuerdo sobre un hecho único
19
178 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

•sino en lanío que este hecho ocurrió realmente en la época


•d e l origen común á lodos ellos, produciendo una sensa­
c i ó n profunda en la misma fuente del género humano.»
No cabe, p u es, ninguna duda sobre la caída del primer
hombre, toda vez qu e, según la espre9ion de Chateau­
briand, «es imposible creer que una mentira absurda
«llegue á ser una tradición universal.»

ni.

PRUEBAS DEL PECADO O RIG IN A L, FUNDADAS EN EL RACIOCINIO.

Hay un Dios; y como Dios no puede ser Dios si no es


infinitamente bueno, infinitamente sabio ¿ infinitamente
justó, necesario es confesar que Dioaes infinito «bondad,
sabiduría y justicia.
El hombre fue criado á imágen y semejanza de Dios,
como lo atestiguan las Sanias Escrituras; el hombre, sin
embargo, es malo, ignorante é injusto por su naturaleza;
luego, ó las Sagradas Escrituras no dicen verd ad, ó el
hombre fue bueno, sabio y justo en su principio, como
fiel imágen de Dios, su Criador. Dudarde la veracidad de
las divinas Escrituras es imposible; luego el bombee fue
bueno en su principio; y como e l hombre es, ha sido y
será malo, en lodos los pueblos y en todas las ed ad es, pre­
ciso e s , so pena de negar á Dios, confesar la degradación
de la especie humana por la culpa del primer hombre.
Vemos, pues, de qué modo un sencillo raciocinio nos
convence de la existencia del pecado original, consignado
CAPÍTULO X . 170

en el gran libro del catolicismo, y cuya memoria nos han


trasmitido las tradiciones de lodos los pueblos.
SéanoB permitido trasladar aquí algunos pensamientos
de los muchos célebres e s c r i t o r e s que lian tratado de la
materia que nos ocupa.
El vizconde Alban de Villeneuve-Bargcmont se espresa
en estos términos r «Mucho mejor que las tradiciones uni­
v e r s a le s , presenta la naturaleza misma del hombre su
a grandeza primitiva y su caída. Ese sentimiento que le
«eleva tan alto y hasta el mismo D ios, y esas necesidades
•que le abalen hasta la mas innoble criatura; ese deseo
«de una perpetua felicidad que él concibe, y á la cual,
«sin em bargo, no puede llegar; la variedad y las miserias
>sin cuento que halla en su carrera; todo, en fin, ¿no es
»nn vivo testimonio de que el hombre, mezcla de gloria y
•de bajeza, de libertad y de esclavitud, de aliento minór­
ala! y de cieno, no ha podido salir asi de la* manos de un
a Criador perfecto en cada u n a de bus obras?»
El señor de Chateaubriand escribe lo sigaieote : «Por
a sola la inducción del razonamiento y de las probabilida-
»des de la analogía se cncnentra el pecado original, por
«cnanto el hombre, según le vem os, no es verosímilmente
«el bombre primitivo. El bombre contradice á la natura­
l e z a ; hállase desarreglado, cuando todoeslá en el mejor
«órden; es un compuesto d o b le, cuando lodo en ella es
>simple, misterioso, mudable é inesplicable; se halla visi­
b lem en te en el estado de nna cosa á quien b a trastornado
»un accidente; es un palacio arruinado y reedificado con
‘ sus propios escom bros: en él se ven partes sublimes y
•disformes, magnificas pilastras sin objeto, altos pórticos
180 [.A SOCIEDAD Y EL P A T ÍM iU ).

»y bajas bóvedas, fuertes luces y proñindas tinieblas; en


*una palabra, por (odas partes reina en ól la confusión y
«el desorden, en el santuario, ó en el corazon sobre lodo.»
Al mismo propósito dic« Augusto Nicolás : «El hombre
>llcva consigo este estraño fenómeno de grandeza y de mi-
>seria, de orgullo é impotencia, de esperanza y de en -
kgaño. Su inteligencia, su corazon, bus senlidM, tres lea­
m o s de confusion y de lucha entre la luz y las tinieblas,
«entre el bien y el m al, entre el placer y «I d o lo r; y siem-
»pre con la particularidad maravillosa de que hay declinn-
>cion fatal, propensión hacia el error, liácia el m al, hacia
»la miseria, y que nos hace subir penosamente y llenos
>de sudor por las senda» de la verd ad, de la justicia y de
>la felicidad.*
Para uo parecer demasiado difusos, copiaremos como
última cita «1 siguiente magnifico párrafo de nuestro gran
Balines: «No es dable concebir cómo sin una olida de que
«haya sufrido lodo el humano linaje, esle vive sobre la
»tierra tan colmado de infortunio. Al contrario; si nos
«atenemos á lo que enseña la augusta religión del Crucili-
«eado; si recordamos que el hombre no salió de las manos
■del Supremo Hacedor tal como ahora se encuentra , sino
«con la luz en el entendimiento, la rectitud en el corazon.
«inundada de gracias su alm a, colmado su cuerpo do bien-
»estar, rodeado de prosperidad y de ventura, con las pa­
ilo n e s sujetas á la voluntad, la voluntad sometida á la
«razón, y todo el hombre sujeto á D ios; si no olvidamos
«que el p e c a d o destruyó esla hermosa obra, y que, in­
d ign ad o el Señor contra su criatura, le dijo que moriría,
>que comería el pan con el sudor de su rostro y que la
CAPITULO X. 181

>tierra le produciría espinad y abrojos; si leñemos- p re -


»sente esa admirable historia donde se contiene la clave
• para descifrar el enigma del mundo, entonces natía de lu
tqu e venios nos asombra. En la serie de los aconteciroien-
n los aflictivos que se nos ofrezca, contemplamos la mano
»de Id Providencia conduciéndolo todo á sus altos designios,
»y no nos atrevemos á blasfemar contra los arcanos del
■Omnipotente.»
¿Qué mas podremos decir y a nosotros, deapues de
haber escuchado las elocuentes ro ces que acaban do moa-
ira rnos en el fondo mismo de la naturaleza hum ara-las
indelebles huellas del gran cataclismo que la sobrevino al
principio de los tiempos? Desde entonces se métela e l hielo
del avaro egoísmo con el dulce fuego de los mas Dobles
sentimientos del corazon humano ; desde entonces batallan
crudamente las pasiones contra la razón, los vicios contra
los d eberes, las falsas necesidades contra las inspiracio­
nes de la justicia, el escíndalo centra las leyes mas vene­
randas, la mentira, contra la verd ad, contra la luz las tinie­
blas ; desde entonces, en fin , sufre el hombre amarguras
y congojas, dolores y aflicciones, que solo acaban cuando
termina la existencia. Sentimientos y razón : he aquí lo
que es el hombre. Los sentimientos parece como que le
revelan la posibilidad de alcanzar una dicha qne presiente
y desea constantemente, y la razón le muestra también
muchas veces el camino de su mayor engrandecimiento;
pero ni la nna ni los otros hacen mas que alucinarle con
los falsos atractivos do una mentida realidad.
Radiattic de belleza y hermosura preséntase la ilusión
en nuestra uienle : prctlalc la fantasía todas las galas del
ti SOCIEDAD V EL PATÍBULO.

lipu ideal de sus ensueños : adórnala con las gracias y se­


ducciones de la imágen que adora en su delirio ; y tanto
se identifica esta sombra luminosa con nuestros sentimien­
to» , y lan conforme se baila cou las aspiraciooes de nues­
tro corazon, que, satisfecha la ansiedad que poco antes
experimentáramos, nada vislumbramos mas a llá , nada
mas parece que nos resta para, v e r cumplido aquel purí­
simo deseo que habría de colmarnos de imponderable feli­
cidad. Abracem os, em pero, ese raro.modelo que la ima­
ginación nos traza á su antojo : estrechemos contra el seno
la magnifica visión que se forja la nien le; y cuando creía­
mos que, arrebatados eo dulces estasis, hablamos de go­
zar cumplida nuestra mayor dicha t entonces ¡ a y ! entonces
solo tocamos el vacio; entonces es la horrible nada lo que
estrechamos entre nuestro» ftraxoal Desaparece el mágico
fantasm a, la dorad» ilusión ae huye rápida para siempre,
y en su lugar solo palpamos las negras sombras que ocul­
tan un abismo. Agotadas luego las fuerzas del corazon,
casi muerta la vulunUid, aniquilados por la ardiente fiebre
de las perdidas ilusiones, llenos de amargura y desenga­
ños, y cstinguida casi toda esperanza, dejámonos arrastrar
(¡orno uiiiquinalmenle hácia el cieno de los victos, para aho­
gar entre ellos las maldiciones que arranca de nuestros pe­
chos la soñada felicidad, que no. fue mas que una quimera.
A este ténnuMv conducen á veces al hombre sus senti­
mientos, sus mas puros afectos, sus dulcísimas aspiraciones!
Y si lan impotente es el corazon, ¿será, por ventura, mas
poderosa la inteligencia para levantar el grandioso templo,
en cuyas aras ansian los racionales rendir culto á ese má­
gico idolu que se llama felicidad ?
c a p it u l o x . 183

La inteligencia, riquísima dolé coa que plugo ai cielo


onaltecernos, lejos de prestarnos sus fuerte» alas para re­
montarnos á la sublime esfera desde donde debemos con*
templar á la naturaleza, no hace mas que despeñarnos en
proñindos precipicios, cuando no fijamos la viata en ai faro
inmoble que desde el alto firmamento alumbra la senda de
nuestro destino. El racionalismo es el caos cuando, olvi­
dándonos de la precisa limitación de nuestra inteligencia,
menospreciamos las verdades revela d a s; y por eso lo pri­
mo ro que la razón debe darnos á conocer es nuestra pro­
pia miseria, para que, despreciándonos á nosotros mismos,
no pensemos mas que en la perdurable existencia que está
reservada para el alma que se anida en nuestros pechos.
Mas los hombros han intentado muchas veces escalar los
gigantes monumentos levantados por la f e , hasta querer
penetrar con sacrilega osadía los arcanos de la Divina Om­
nipotencia ; y , traspasando en su frenesí los limites que
eternas b arreras nos tienen señalados, banse despeñado en
simas insondables, donde AnicamentA han encontrado la
inas densa oscuridad.
Sentimientos y razón : esto, volvemos á d e c ir , es el
hombre : estos son los dos elementos dignos que constitu­
yen al ser racional. Y cuando en el trascurso de los tiem­
pos no han podido los hombres realizar con ayuda de en­
trambos esa vaga idea, ese divino y misterioso génnen que
se oculta en nuestro ser; cuando en la sucesión de tantos
siglos no han descubierto las gentes el santuario donde la
verdad habita; cuando no han hecho mas que oscurecer la
(ierra con las sombras de innumerables errores y desva­
rios, sin que, á pesar de lodo, se haya eslinguido la remi­
184 LA SOCJEDAD V E L PATÍBULO.

niscencia, el instinto y el deseo de una felicidad cierta


que el corazon presiente y ta razón vislumbra, ¿no debe­
mos deducir qne ese vago presentimiento, esa luz miste­
riosa y lejana, qne tanto ansiamos alcanzar, es la antorcha
del bien que perdimos, ahora oculta entre las sombras del
pecado, y que nos alam brará otra vez cuando, despues
de que seamos redimidos de nuestras propias colp as, pe­
netremos en la celestial mansión donde los bienaventurados
gozan de una gloria inefable y sempiterna?
C A P ÍT U L O XI.

Resultados de la primitiva colpa.

1.

DEL LIBRE ALBEDRÍO.

Dios os infinitamente justo; luego no puede cometer


ninguna injusticia. Dios castigó al primer hombre; luego
el caBligo que le impuso fue absolutamente justo. Casti­
gólo porque infringü la ley que le prohibía tocar al árbol
de la ciencia del bien y del m al; y come no es punible
ningún acto que no se ejecute con entera libertad» dedú­
cese que el primer hombre fue completamente libfe para
desobedecer ó para haber cumplido los preceptos que el
Señor le impnso.
El libre albedrío del hombre no se destruyó por el
pecado; si bien podemos decir que se debilitó hasta cierto
punto, supuesto qne los malos efectos de la primitiva culpa
con que Be corrompió la naturaleza humana no dejan de
combatir continuamente contra las inspiraciones de la
razón y de la justicia, que el mismo Dios grabó en la con-
186 LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

ciencia de todos los hombres. Y así vemos que C aín, r íe -


lima de los fatales resaltados de la culpa de A d am , fue
lib re , sin em bargo, para haber obrado el b ie n , dejando
de dar muerte á su hermano. La bondad del Señor llegó
hasta el punto de decirle : «¿Por quó le has ensañado? Y
• ¿por qué ha decaido tu semblante? ¿No es cierto que si
•bien hicieres serás recompensado, y si m a l, estará
•luego á las puertas el pecado? mas «a apetito estará en tu
• mano, y tú te enseñorearás de él *.» Vemos, pues, por
estas palabras, que el Señor le advirtió anticipadamente
al fratricida que en su mano estaba, ó desviarse de la
senda del crim en, seguro de alcanzar luego en recom­
pensa el testimonio de su conciencia, ó llevar á cabo su
bárbaro propósito, despues de lo cnal encontraría irremi­
siblemente los remordimientos mas crueles. C aín , no obs­
tante, se d ejó b evar d e ü envidia qne locegab a contra sn
hermano rconsum ó su sanguinario intenta; y luego imia
hasta de si mismo, como si de este modo pudiera desha­
cerse del enorme peso que gravitaba sobre su corazon,
haciéndole horrible y desesperada la existencia1.
El hombre, pues, volvemos á d ecir, es libre para ha­
cer lo bueno ó para ejecutar lo m a lo : los efectos de la
primitiva culpa batallan dentro de su alma por borrar las
reglas innatas de justicia : las pasiones le acometen d e mil
distintos m odos; pero la gracia de Dios no le abandona un
guio instante, y el hombre esdneño de entregarse en brazos
del genio del mal ó de escuchar las divinas voces con que

* tíén eais ea|>. iv, veis. 6 y 7.


CAPITULO X I. <87

el Señor le recuerda continuamente las prácticas y las e s -


celencias de la virlud.
£1 libre albedrío es el inas bello privilegio del hombre.
Por él se eleva sobre tudas las obras de la creación, y des­
cuella por encima de loda la naturaleza, aproximándose
hacia la Divinidad : por el libre albedrío, juntamente con
la asistencia del Espíritu-Santo, puede el hombre, ejer­
ciendo la virlud , practicando obras de caridad y obede­
ciendo la lev divina, remontarse hasta la esfera donde
eternamente viven los bienaventurados; y aun conseguir
q u e , mientras los demás hombres adoran su nom bre.en la
tierra, invocándole como su intercesor y mediador para con
la misma Divinidad, los ángeles canten su gloria con me­
lodiosos hosannas en la región donde el espíritu goza de di­
chas interminables.
¿Qué importan los esfuerzos: de ese miserable filoso­
fismo, que tanto ha gritado al hombre, diciéndole: no eres
libre? ¿Qué importan esos apasionados y estériles clamo­
r e s , ni qué fuerza pueden tener para abogar el eco sobe­
rano de la conciencia, que nos repite sis c e s a r : Hfare eres,
supuesto que eres hombre? ¿Quiénes han dicho q n e a l hom­
bre es esclavo, sino aquellos que se han visto esclavizados
por las pasiones ? ¿Quiénes son los qne han sostenido que
el hombre no tiene libertad natural, sino aquellos qne han
puesto su libertad nalural bajo la servidumbre d e tos vicios?
Vosotros, mal llamados filósofos, que habéis negado la
bondad, la sabiduría, la justicia, todos los atributos infi­
nitos, y hasta la existencia de Dios; vosotros, y no mas
que vosotros, habéis podido negar la libertad natural del
hom bre, solo porque es obra de D ios! Si el hombre no
488 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

fuera libre, ¿cómo había de tener remordimientos? Los re­


mordimientos son las severas acusaciones del inexorable
tribunal de la conciencia, que nos condena porque obramos
de on modo, debiendo baber obrado de lal otro : y ¿cómo
nos acusaría si no fuénunoB dueños absolutos de nuestras
acciones? Ni ¿cómo nos mortificaría despues el arrepen­
timiento, si do fuera porque conocemos que tuvimos li­
bertad para dejar de bacer lo que no debimos nunca prac­
ticar?
Supongamos por un instante que el bombre no fuera
lib re, que careciera de su natural albedrío : en esle caso,
¿sobre qué base habría de descansar el órden moral de las
acciones humanas, ni cómo podrían sostenerse esas distin­
ciones entre lo bueno y lo m alo, entre lo justo y lo injusto,
entre lo criminal y lo inocente, entre lo punible y lo lauda­
ble , ni entre lo legal y la arbitrario? Entonces el lum bre
no obedecería mas que á un solo instinto, al apetito de los
sentidos, que es la ley de los brutos : entonces dejaría de
ser hombre, y ni Dios ni la sociedad podrían pedirle cuenta
de sus acciones. Convengamos, pues, no solo en que el
libre albedrío, cuya existencia se comprueba por el testi­
monio de la conciencia universal, porque es una verdad de
sentimiento, constituye uno de loa mas nobles atributos
esenciales del hombre, sino también en que esa libertad
natural de nuestra alma no ge destruyó por el pecado
original, aun cuando (os efectos de la primitiva culpa no
cesan de combatir contra nuestra razón, para encaminar­
nos por la ancha senda de los falsos apetitos, en cuyo ter­
mino se encuentra el abismo de la perdición «lerna.
CAPÍTULO X t. 489

II.

de las N K CESrrui>ES.

El hombre ha nacido con un fin superior, cual es el de


alcanzar su perfeccionamiento en la sociedad: de este per­
feccionamiento debe obtener, como consecuencias inme­
diatas, la felicidad ó bienestar en el mundo y la santi~
fícacion de su alma. Mas para perfeccionarse necesita
desarrollarse y conservar la existencia : para la conserva­
ción d e la existencia tiene precisión de valerse de ciertos
medios y y la carencia de estos medios es lo qne constituye
sus necesidades.
El hombre es un ser compuesto de una triple natura­
leza ; á saber : naturaleza material ó anim al, naturaleza
moral ó de sentimientos, y naturaleza intelectual y espiri­
tual. La naturaleza material del hombre tiene el mismo ca­
rácter que la de Iob irracionales, aunque son desemejantes
en la construcción y dependencia d e algunos Arganos cor­
porales : por la naturaleza que decimos moral A d e sen*
limienlos se diferencia de los brutos, supuesto que estos
carecen del inslinlo de sociabilidad, que lan natural é indis­
pensable es al hombre ; y , en fin, por su naturaleza inte­
lectual y espiritual se eleva hasta llegar á ser digno de
ocupar el trono desde donde está llamado á reinar sobre toda
la creación. Conforme á esta distinción de la naturaleza
hum ana, las necesidades del hombre son también materia­
les, morales, ó de sentimiento é intelectuales. A las mate­
riales corresponden la necesidad de alimentarse,, la de
190 LA SOCIEDAD T E L fA N B l'L O .

preservar el cuerpo del rigor de las estaciones r la de pro­


curarse un albergue donde dar descanso á los miembros,
y todas las demás que hacen relación al ejercicio de sus
sentidos y órganos corporales, por cuyo medio debe alcan­
zar los fines materiales que Dios le prescribió. A las mo­
rales pertenecen todas aquellas que no se pueden satisfa­
cer sino con el trato de los demás hom bres; y por esto
se llaman también con propiedad necesidades sociales,
porque son unas aspiraciones del corazon, cayos senti­
mientos necesitan espansiarse y satisfacerse con el comer­
cio y con la correspondencia de los de los demas indivi­
duos. Y , finalmente, las necesidades intelectuales del
hombre son las relativas al cultivo de su entendimiento y
al desarrollo de las facultades de su alma.
Las necesidades del hombre, sin em bargo, no se deben
considerar como tales an o en lanío que con ellas no se
aspira mas que á cumplir exactamente la ley cuyas reglas
están fijas en nneslra propia naturaleza, y de cuya infrac­
ción nos advierte una voz íntima de la conciencia. Cuando
traspasamos los límites de esa le y , nuestras inclinaciones,
como escesivas é injustificables, degeneran en vicios; y
así como con la satisfacción de las necesidades llenamos
el objeto de nuestro destino Bobre la tierra, que se reduce
á procurar nuestra conservación, nuestra reproducción y
nuestro perfeccionamiento, así también, cuando damos
pábulo ¿ nuestras ilegitimas inclinaciones, desobedecemos
la ley precisa de nuestra naturaleza m oral, y solo llega­
mos á alcanzar enfermedades y la muerte para nuestro
cuerpo, el malestar y un continuo disgusto para nuestro
corazon, y el error y la desgracia eterna p ara nuestra alma.
CAPÍTULO 1 1 . 191

l’or consiguiente, entre lo justo y lo injusto, entre lo ne­


cesario y lo vicioso no hay mas que una linca muy delga­
da , en la que están escritas las reglas de uuestro deber: el
que las desobedece, cae en un abism o: el que las observa
fielmente, vive con vida de santidad y de ju sticia ; y los
disgustos y pesares que material y moralmente sufre el
que no obra b ien , son mas que suficientes para qne nos
convenzamos del esmero con que es preciso que marche­
mos en derechura por la estrecha senda de nuestros de­
beres.

M.

DE LAS PASIONES.

El hombre, según acabamos de dem ostrar, es un com­


puesto de necesidades; sus necesidades engendran las in­
clinaciones, y d e estas nacen los deseos. Cuando lo que
algunas veces nos suele parecer ana necesidad, do e s real­
mente mas que un vicio , la inclinación que sentimos dege­
nera en pasión, con la cual estamos muy eapnestos á ar­
rastrarnos basta el crimen. Asi como las inclinaciones na­
turales son justas y legitimas cuando solo tienden á conseguir
los medios indispensables para poder realizar el Bu de
nuestro deslino, asi también cuando nos inclinamos ¿ ob­
jetos incompatibles con los preceptos de la ley natural, y
enya consecución turba la calma y armonía que reinan en
lodo el mecanismo de la triple naturaleza del hombre, lejos
de sentir placcr esperimeulamos dolor, padecimientos:
102 LA SOCIEDAD Y EL PA TÍBULO.

y esle es el origen etimológico que todos los autores atri­


buyen unánimemente á la voz pasión.
La misma distinción qne anles hicimos de las necesida­
des en m ateriales, morales ¿ intelectuales, podemos hacer
de las pasiones. Son pasiones materiales las bastardas in­
clinaciones que engendran las necesidades de la materia:
así, por ejemplo, la ham bre, que es una verdadera nece­
sidad m aterial, se convierte en pasión cuando degenera
en gola. Son pasiones morales las inclinaciones exagera­
das que se despiertan en la naturaleza moral del hombre;
lo que sucede, verbi gracia, con el orgullo, monstruoso
engendro del legitimo amor propio. Y , en lin , cuando las
inclinaciones de nuestra naturaleza espiritual é inteleclaal
traspasan los justos limites de la necesidad verdadera, se
convierten también en pasiones intelectuales, entre las que
se cuentan la manía del estadio, que es tina degeneración
de la necesidad de cultivar el entendimiento; el fanatismo
religioso, que es un esceso que se comete en el modo de
manifestar el amor á la religión, y otras del mismo género.
Mucho se han detenido la mayor parte de los escrito­
res y filósofos de todos tiempos en hacer una exacta enu­
meración y clasificación de laa pasiones; pero no estando
ninguno de ellos acorde sobre esle punto, qu e, por otra
parte, creemos de poca importancia, juzgamos lo mas con­
secuente, despues de lo que dejamos dicho, asentar que
las pasiones humanas pueden ser tantas cuantas son núes*
tras necesidades; porque cualquiera necesidad que se des­
virtúe ó exagere, se convierte en pasión.
Las pasiones tienden al aniquilamiento del individuo,
ora ejerciendo su temible influjo sobre la organización ma-
c a p ít it o sr. <93

tcrial, con grave deterioro de la parle moral é intelectual


del hombre, que de este modo llega casi hasta el embru­
tecimiento , ora gravitando sobre las facultades intelectua­
les de nuestra alma, atrayendo hacia este punto toda la
atención q u e p o r ig u a le s p a r l e s d e b e e l hombre distribuir
entre su triple naturaleza, y produciendo el aniquilamiento
y consunción de las fuerzas vitales de la organización ma­
terial. Alguuos ejemplos comprobarán Lo que acabamos de
decir.
La reproducción de los seres es una ley general de
toda la naturaleza; por consiguiente, la necesidad y la in­
clinación que sentimos hacia otro ser de diferente sexo,
con quien deseamos unirnos para conseguir aquel objeto,
son legitimas. Pero desde que el hombre se siente inclinado
á la repetición de los actos carnales, no ])or cumplir con
la ley de reproducción, sino solo por antojos livianos y
por caprichos injustificables, y a no le mueve la necesidad,
sino la pasión : y a entonces traspasa los límites del ver­
dadero uso de los sentidos, y , entregándose á la lujaría,
está espuesto á hacerse víctima asquerosa de Onán ó de
Sodoma, y ann á sumergirse en el hediondo fango de la
bestialidad.
Pero ¿ cuáles son los resultados de esta asquerosa pa­
sión? Prescindiendo de los tristes efectos materiales que de
ella se derivan necesariam ente; prescindiendo, si fuera
posible prescindir, de las agudas y prolongadas enferme­
dades que ocasiona, trayendo en pos de si una horrorosa
muerte casi segu ra, ¿ no llegan también bus estragos hasta
la naturaleza moral é intelectual del individuo? Ese hom­
bre flaco, de andar vacilante, labios pálidos, mirada lija
43
19* LA SOCIEDAD T EL PA TIBU LO .

y triste, amigo de ia soledad y do la pereza, ¿qué ge­


nerosos afectos puede alimentar dentro de su corazon, ni
qué elevados pensamientos, ni qué ideas grandes puedt»
hacer germinar dentro de la mustia frente, que lleva siem­
pre inclinada sobre el pecho? ¿Qué le falla para llegar al
embrutecimiento á ese hombre desmemoriado y de oscure­
cida inteligencia, cuya única vida se halla reconcentrada,
por decirlo a sí, en la satisfacción de nna viciosa exigencia
de su corrompida naturaleza animal?
«El libertino, embrutecido por sus inmundos placeres,
«escribe un filósofo, para nada sirve ; solo procura ener-
>vars<' y hacerse inútil á los demas. El hombre avasallado
»por los placeres de los sentidos, no conoce mas bienestar
■qne aquel que le degrada. Bajo cualquier punto d e vista
■que se considere el libertinaje, lodo nos prueba qae e s -
»Iravía el espirita, pervierte el c o r a s » , debiBta las fa-
»colindes del cu erp o , y con frecuencia conduce hasta el
•crim en.*
Pongamos otro ejemplo.
El amor, ese sentimiento grande, sublime y santo, que
es el alma de loda la creación, el lazo que une á los cielos
ron la tierra, la base y fundamento de la divina religión
del Crucificado : el am ar, que abrasó con incendios celes­
tiales á Magdalena, á Teresa de Jesús y á todos los már­
tires y confesores del catolicismo : esa misteriosa inspira­
ción, qne entristece con dulcísimas tristezas nuestra alma,
que arrebata el espirita en estasis imponderables, que ar­
ranca sabrosísimos éinesplicables gemidos á nuestro pecho,
que inunda nuestros ojos con lágrimas que vivifican y re­
animan todo nuestro ser : ese amor, en lin, que, elevando
C A rin u i x i , Í9 5

á las críaluraB hacia las regiones celestiales en alas de la


mas inefable esperanza, las lom a casi en ángeles purísi­
mos, que se sienten inundados en dolidas indecibles y ar­
robados con arrobamiento* <lo hf*;ililii<l , lio no también
en el mundo falsos intérpretes que ka desdoran, le rebajan,
le humillan, le degradan, y hasta le envilecen.
EJ hombre qne, apartando sus miradas del ciclo, no
lija los sentidos mas que en la tierra, ama con amor ter­
renal : el que, escudriñando las delicias qne la naturaleza
entraña, solo desea lo» placeres materiales, ama con el
impuro amor de les sentidos : el q u e, ambicionando los
goces y bienes de la fortuna, no piensa mas qne en ex­
plotar los tesoros de la sociedad para aislarse en el es­
trecho y miserable circulo de si mismo, sin cuidarse de
sus semejantes, ama con el sórdido amor del egoísmo y de
la ava ricia ; y , en fin, el qu e, olvidándose de. su inmortal
destino, de la noble misión con que fne enviado al muado,
y hasta de su propia dignidad, fija la torpe vista en un solo
objeto y no apetece n » que el logra d e 1a la q je r que.lo
fascinara u n ü falsa brillantez d e sos hechóos y atracti­
vos, aténdole indiferente el emplear cualquiera d a s e de
medios, por repugnantes, inmorales y absurdos que sean,
para lograr el fio que anhela, ese hombre ama también;
pero solo ama la Urania, la esclavitud, la degradante de­
pendencia del ser que lo encadena, y á enyos pies se ar­
rastra como victima lastimosa de su apasionada ofoscacion.
«La violacáon d e los sagrados compromiMs del m airi-
iinonio, dice ud célebre apologista del catolicismo; la in-
>troduccion del odió y de fas disensiones en las familias;
■el envilecimiento y degradación de la especie humana;
106 U SOCIEDAD Y EL PA TÍBULO.

>la carga para la sociedad de los desgraciados frutos del


■deaérden; c! desprecio de los deberes de la paternidad;
»lo8 furores de los celos y de la venganza; el lujo llevado
ȇ su colmo : tales son las plagas con que atormenta el
»placer á las naciones que queman incienso en sus altares.»
Otro juicioso moralista nos dice sobre esto mismo;
«La esperiencia continua de todo» los tiempos demuestra
»que no hay Urania maB odiosa que la de la mujer sobre
6el hombre qne se deja prendar d e sus encantos: solo
b puede querer lo que elta quiera. Es necesario qne se
«adapte á sus gustos, á sus aversiones, á sus enemista-
«des; que se sonada ciegamente á sus caprichos y ¿ sus
«furores. Es inconcebible con qué bajezas se envilece, y
>los escasos basta qae es capaz de dejarse arrastrar contra
»sus verdaderos sentimientos. Sacrificará á sus amigos
•m as queridos y mas útiles, á tiene -poder, y concederá,
■sin vacilar, la cabeza de los que mas quiere y aprecia.
»No hay necesidad de exagerar estos ragos para probar
■que no queda ningún resto de libertad en los que se en-
»ll egan á amores desordenados. Los mas fuertes pierden
■con ellos lodo su valor, y son imperiosamente dominados.
íL o s mas libres sienten el peso de sus cadenas : esta es
■una espresion que les es muy fam iliar,y, sin embargo,
■estos hombres, en los que no muere el amor á la libertad,
■basta se complacen en su esclavitud, la cantan, y se la-
»mentau de ella sin aborrecerla.»
Basten estos ejemplos para probar, como antes diji­
mos , que todas las pasiones tienden al envilecimiento y
degradación del hombre, oscureciendo las luces de su
razón natural, entorpeciendo el buen tiso de su libre albe-
CAPÍTULO XI. 497

ilrío, y ocultando bajo un denso velo las esclarecidas no­


ciones de justicia quo llera grabadas en la conciencia.

IV.

OTRA PRUEBA DE LA INJUSTICIA DE LA PENA CAPITAL.

Acabamos de ver en los párrafos que anteceden que


el hombre es por esencia dueño de sus acciones, y libre
para poder practicar lo bueno ó lo m alo; pero liemos visto
también q u e , como precisos resultados de la primitiva
culpa con que se corrompió toda la naturaleza humana,
el hombre ealá espuesto continuamente á ser victima de
los embales de las pasiones; y el que llega á ser esclavo
de sus desarreglados apetitos, do es dueño perfecto de su
libertad, por cuanto q u e, aunque esta no perece, ni se
estingue completamente, ni varia nunca en sustancia, por­
que es una cualidad esencial é inseparable de nuestra
alma, sin embargo, ae oscurece, pierde su esmalte y bri­
llantez, y no pnede obrar de un modo espontáneo,, franco
y espedito, finando la rodean las densas tinieblas del error.
«La verdadera libertad, dice el abate B ergier, cónsiíte en
»la facultad natural ó adquirida do contener los apetitos
»cn los limites de la necesidad. En esle sentido decían los
»estófeos qne el Babio era el único hombre verdadera-
>mente libre. Para manifestar á nn hombre dominado por
•una pasión tiránica, decían los antiguos como nosotros
»no puede contenerse, no es dueño de sí m ism o: si» tm -
•pot « /. Con razón se han llamado las pasiones enferrae-
•dadesdol alma.» Q uede, pues, sentado, que el que obra
408 LA SOCIEDAD Y EL PATIBULO.

movido por uua pasión vehemente, aunque no por esto


deja de ser dueño de su libre albedrío, sin embargo se
r e seducido, y como forzado, digámoslo asi, por la lira-
nía de loa apetitos desordenados. Ahora bien, detengá­
monos un momento á exam inar la naturaleza del verdadero
crimen.
Eslc se define : «La infracción intencional y libre de
m u deber social, de la que resulta necesariamente on mal
• material 4 y que ae halla penada por la ley.» Fallando
alguno de estos requisitos, no bay verdadero crimen; y
aun llegará á podérsele considerar como un hecho desgra­
ciado en sus consecuencias, pero inocente en su origen.
£1 primero de los elementos que indispensablemente
deben concurrir para que nna acción pueda ser calificada
decriniuL, w lattertadid^l «gente: «La libertad, es-
fteribe d Sr.Paebeco, ak cuya ompleta posarán no p r c -
»de mtetro entendimiento concebir e l delito; la libertad,
•coya falta deshace absolutamente toda idea de crimen.
»La libertad es una condicion indispensable, necesaria en
«el qn e, quebrantando sus d eberes, huella la ley y viola
•los derechos de sus semejante?. Solo cuando hay esa li­
b e rta d le condena la conciencia pública : suprimidla, y
»la humanidad le absolverá y do le acusará el remor-
»di miento.»
No admitimos nosotros, sin embargo, de un modo tan
absoluto esla última aserción del Sr. Pacheco, sin dis­
tinguir primero entre las causas ó morales ó malcríalos
que pueden coartar el ejercicio de la libertad Immana. El
hombre que obre m al, sin intención, porque á ello le
obligue una fuerza material invencible que destruya su li­
C A N T ELO X I . 499

bertad física, concedemos que no Icndrá remordimientos;


porque, habiendo obrado como una simple máquina, y no
habiendo sido mas que el mero instrumento con que se
produjo el m al, no puede esperimentar mas que un sen­
timiento , por haber sido el medio inocente ron que se cansó
lina desgracia. Mas aquel q u e , sin verse obligado por una
fuerza física, ejecute una mala acción, creemos que sufrirá
crueles remordimientos, aun cuando se hallara coartado
por una causa m oral; porque despues de la esplosion de
los desenfrenados apetitos, suceden el órden y la calma
en la naturaleza moral del individuo, que entra de nuevo
en la plena posesion de so libertad y en el goce de sus fa­
cultades intelectuales.
Hecha esta distinción respecto á si experimentara ó no
remordimientos el lum bre que obre sin enlera libertad, y
visto que no se librará de ellos mas que cuando la causa
que le impulse á ejecutar el hecho sea material é inven-
cib le , convenimos, sin em bargo, en qne no se puede en
justicia reputar como gravísimo defiücoenÉe a l q a e, cuando
perpetra un crim en, s e v e ofuscado por la cansa m a l . d e
las pasiones. T si n o , dígasenos con la mano puesta sobre
el corazon, sin escachar mas que la severa voz de la con­
ciencia : ¿será un criminal, en la verdadera y pura acep­
ción de esta palabra, aquel q u e, al clavar alevosamente el
puñal homicida, se halla exaltado por una pasión de odio,
d e venganza, de celos, de ira , de orgullo, de ambición,
de avaricia, ó cualquiera de tantas otras qne ciegan casi
completamente la pobre razón humana? ¿Podrá decirse
con justicia que el que por uno de esos móviles tan pode­
rosos se siente impulsado hasta llegar á dar muerte á ua
200 I.A SOCIEDAD Y LL PA T ÍW LO .

semejante suyo, tlcna cumplidamente el máximum de la


criminalidad? ¿No merecerá una jusía atenuación el delito
que con tales circunstancias y en virlud de tan enérgicos
motivos morales se consume? ¡Olí! Creemos firmemente
que nadie opinará lo contrario, á no ser que se desoiga el
testimonio íntimo y solemne de la conciencia!
Distamos mucho de reputar inocente é inmerecedor de
ningún castigo al que, aun mediante aquellas cansas, co­
meta un crim en ; porque seria casi una blasfemia suponer
que las pasiones, tan injustas cumo son por su origen y
por su propia índole, lienen virtud para justiOcar el delito:
esto seria casi lo mismo que pretender santificar los ape­
titos desarreglados y las prevaricaciones humanas. No:
aunque la fatal inspiración qne nos ofuscara hasta el es-
tremó de « rastrarn os hasta el alevoso homicidio fuera
momentáneamente superior á las fuerzas de nuestra razón
natural, y por esto mismo Beamoe dignos de disculpa, sin
em bargo, es lo cierto que obramos m al, sin dejar de poder
haber obrado bien. El crimen es un hecho material y
evidente : la justicia fue violada : el orden moral tras-
lomado : la sangre de nuestro prójimo derramada in­
humanamente : y asi como es imposible hacer desaparecer
la realidad del delito, así también seria un absurdo pre­
tender que no se le debe aplicar ningún castigo solo por­
que su autor fuera á su vez deplorable victima de la exalta­
ción de las pasiones. No : aunque arrastrado por Tuerzas
casi invencibles muchas vece»), es lo cierto, sin embargo,
que el hombre causa los mayores males á la sociedad y á
sus sem ejantes; y estos males debe espiarlos, no precisa­
mente para que los repare, supuesto que e9to es casi siem­
CAPÍTULO XI. 301

pre imposible, sino para qn e, satisfaciendo á la suprema


le y de justicia, mediante la cual reina la mas admirable y
perfecta armonía entre todas las partes de la naturaleza
creada, lo mismo en el órden físico que en el moral, entre
las causas y los efectos, entre los derechos y las obliga­
ciones, entre la virtud y la recompensa y entre el delito y
el castigo, aprenda y conozca que el que aspire á merecer
la felicidad en premio de sus acciones, menester os que sea
virtuoso; y que está muy lejos de poseer la virtud el que,
prestando atención á las falsas sugestiones de los vicios,
que tan dulcemente se dejan oír de nuestra corrompida na­
turaleza , llega á ser victima del pecado por no haber te­
nido el valor necesario para obedecer las esir echas reglas
de sus imprescindibles deberes, sobreponiéndose á las
exigencias impuras de la materia.
Empero las pasiones, volvemos á d ecir, debilitan,
enervan y triunfan, en ocasiones d ad as, de la energía de
la razón, de la fuerza de la voluntad del hombre. Por lo
tanto, el que comete uno de esos’criinenes q n e , especial­
mente por sus resultados, difunden el asom bro'y la cons­
ternación en la sociedad, no llena, con todo eso, d nubrt1*
fnufn verdadero del mal social, cuando para cometerlo
obedeció á la fuerza brutal y despótica de una pasión exal­
tada ; porque la exaltación de las pasiones impide el ejer­
cicio completo de la libertad natural; es como un velo qae
se coloca delante d e los ojo» de la razón, y que hace que
el individuo obre esclavizado por su tiránico yugo r y sa­
bido es q u e , sin verdader alibertad en el agente, no puede
concebirse el máximum del crim en, por mas grandes y
extraordinarias que sean sus consecuencias, y por mas
202 LA SOCIEDAD T EL PA TÍBULO .

alarmante y escandalosa que sea lu impresión que cause


en el Arden general del Estado.
Y b ie n : ¿es posible, es ni aun siquiera concebible
que ud hombre dolado de razón y de libre albedrío, un
hombre en cuya conciencia se encuentrau grabada# por la
mano de) mismo Dios las reglas infalibles de la justicia y de
los deberes morales, pueda llegar hasta el puntode herir con
uu anua alevosa en el corazon del mismo autor de sus dias,
á quien está ligado por las fuertísimos y dulces lazos de la
naturaleza, sin ser víctima de una de esas despóticas y ar­
dientes inspiraciones que se levantan de la mansión de los
réprobos? ¿Alcanza nuestra flaca razón á comprender la
posibilidad de que un hom bre, magnifica hechura del Dios
Omnipotente; un hom bre, nacido para reinar sobre (oda
la tierra, obrando la virtud, y para gozar luego de las de­
licias del paraíso celestial por tiempos interminables, quie­
r a , por sola su libre voluntad, sin ser un insensato ni nn
loco, sino en el completo ejercicio de su mas esclarecida
razón, despreciar loda una eternidad de indecibles place­
res, rebelándose y alzándose sobre el cscelso trono de su
mismo Soberano Dios y Criador, para sentir en cambio la
desesperada rabia de una condenación por Lodos siglos?
N o : en nombre de la humanidad, en nombre de Dios
mismo, digamos qu e eso es de todo punto imposible, a b -
Hurdo, monstruoso é inconcebible : no ha existido ni exis­
tirá nunca un liorubre sem ejante, porque entonces Dios no
seria el Dios Criador de la especie hum ana: si tan hediondo
ser pudiera surgir de los senos de lacreacioD, bajo la figura
aparente de un racional, con toda nuestra alma gritaría'
mos : no, etc no es un hombre : ese es un aborto de las
c a p ít u l o x j. 203

furias del infierno : ese es el genio del m al, que viene á


hacernos caer en la tentación de que reneguemos de nues­
tro Soberano Dios y Señor: y al ver la firmeza de nuestra Fe,
desvaneceríase cual fatídica visión, sepultándose de nuevo
para siempre en las inmensas concavidades del rugiente
abismo 1
Por consiguiente, siquiera por amor y honra de la es­
pecie humana, confesemos que es imposible la existencia
de un hombre q u e , en el pleno ejercicio de toda su liber­
tad natural y de sus facultades intelectuales, quiera come­
ter uno d e esos horrendos alentados qu e atraen sobre si
las justas iras de la tierra y de los cielos; y que el que
llega á perpetrar uno de esos espantosos delitos, es preci­
samente porque carece del cabal uso de sos sentidos, en­
capotados con las sombras de una pasión desenfrenada.
Ahora bien : la pena de muerto no es ju sta , según
confceion unánime de lodos sus mas ardientes apologistas,
sino cuando se aplica al que llega hasta el máximum de
la crim inalidad: esle mteíflwwtt no se llena, de hecho, mas
que cuando el hombre es impetuosamente arrastrado por la
violenta fuerza de las pasiones: las pasiones coartan y en­
torpecen la libertad, y sin entera libertad no hay verda­
dero crimen moral, en loda la eslension de su significado;
luego minea puede darse el máximum de la criminalidad;
luego nunca puede aplicarse con justicia el máximum de
los castigos; luego es injusta la pena de muerte.
204 LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

V-

NECESIDAD DE LA BUENA EDUCACION.— ILEGITIMIDAD DE LA


APLICACION BE LA PENA DE MUERTE.

•Toda la vida d«L hom bre, dice un moderno escritor,


•e s una lucha entre e l deseo y la obligación; lacha te m ­
ib le y dolorosa, cuando el deseo no tiene ni respeta mas
•barrera que la coaccion de la l e y ; fácil, suave y hasta
•grata y satisfactoria, cuando el convencimiento y el há­
b i t o nos familiarizan con la obligación, y llegamos á con-
•siderarla como una defensa contra los males á que nues-
jtros propios estravios pueden conducirnos. Y ¿quién osa
•entrar en esta peligrosa arena, quién osa arrastrar esos
•du ros ¿ incesantes conflictos sin haberse preparado al
•ejercicio de las armas que en ellos ha de manejar?»
Efectivamente, el hom bre, según antes hemos de­
mostrado , llega á no ser dueño de sus propias acciones, y
aun á perder el completo ejercicio de su razón nalural,
cuando el desenfreno de una violenta pasión oscurece en su
alma las nociones de justicia que lleva grabadas en la con­
ciencia. De aquí se sigue la imprescindible necesidad de
poner freno á los apetitos desordenados, desde el instante
mismo en que comienza á aguijonearnos el deseo; desde
el momento en que sentimos ique se despierta en nuestro
corazon la tendencia hácia el mal, para que, ahogándolo
en su nacimiento, evitemos los horrorosos estragos que
produciría 011 nuestra naturaleza cuando llegara á tomar
su mayor incremento. Necesario es, pues, que el hombre
CAPÍTULO XI, 205

aprenda á corregir sus falsos apetitos y ó enderezar toda?


bus inclinaciones p o r la eslrccba senda de los d eberes; y
para esto es indispensable que le eduquen y le enseñen la
ruta que debe seguir durante su peregrinación por el
mundo.
¿Qué seria del hombre s i , desde los primeros dias de
su infancia, cuando aun su corazon está puro é inocente,
cuando todavía en su alma duermen las pasiones, no se
inculcaran en bu naluraleza moral las id eas, los hábitos y
la práctica verdadera de la virtud? ¿Qué seria de él si,
antes de penetrar en el seno de la sociedad, no hubiera
aprendido á perdonar el odio y las injusticias de los demás
hombres, á mirar con calma y con indiferencia las crueles
alternativas de la fortuna, á reprimir los naturales ímpe­
tus de ambición 6 de orgullo, á sufrir con paciencia las
enfermedades y la miseria, á no dejarse seducir por los
falsos halagos de la prosperidad, á no quitar nunca su es­
peranza del Dios de las eternas justicias, y á no amar en
todas las cosas y en todo» loa accidentes d e la vida mas
que la soberana voluntad del Altísim o, cuyos inescruta­
bles designios debemos adorar con la fe mas profimda?
El hombre que en los albores de la vida no recibe en su
alma el santo rocío de una buena educación religiosa,
jamás obrará el bien sino como por acaso, como por ins­
tinto, sin amarlo ni comprenderlo; y c a á siempre estará
espirato á ser victima de las indómitas pasiones, que fre­
cuentemente lo arrastrarán hasta el crimen. Por el con­
trario, nunca enflaquecerá completamente el espíritu de
aquel cuyo corazon se amamantó con las sanas y saluda­
bles doctrinas de la moral y de la religión; porque si al-
200 LA SOCIEDAD V EL PATÍBULO.

guita vez* durante el curso de la existencia, se eslravía en


el escabroso sendero de los vicios, luego qne siente el
dolor de sus puDzantea abrojos y apura el cáliz de la va ­
ciedad y desengaños de todas las cosas de este mundo,
vuelve en s í, interrógase, y , encerrándose en el santuario
de los recuerdos dn su edad inocente, oye una voz tre­
menda, la voz de la conciencia que te g rita, y q u e, advir­
tiéndole el peligro que le rodea, lo conduce en alas de la
dulce esperanza hasta la feliz tranquilidad de sns primeros
días, y luego se arrepiente, Hora con Danto de verdadera
contrición y alcanza la salvación eterna!
La buena educación, la educación moral y religiosa
de los individuos e s , por consiguiente, la primera y mas
sagrada ¿ imprescindible obligación de los poderes del Es­
tado. Si los gobiernos no cumplieran eon este sanio deber:
s i, olvidándose de fomentar las buenas doctrinas en el
corazon de la infancia y dé la juventu d , solo atendieran
al ensanche de los conocimientos intelectuales y al mejo­
ramiento material de las cosas con que se deleitan los sen­
tidos, ¿coa qué titulas se presentarían ante el severo tri­
bunal de la conciencia del género humano, demandando
á cada uno de los individuos el exacto cumplimiento de
sus deberes peculiares? Y si el poder social, que está lla­
mado á administrar de cierto modo en la tierra la justicia
de los mismos cielos, no coadyuvara con sos auxilios á la
obra de la religión, para impedir, con la enseñanza prác­
tica de los deberes morales, los peligros y el desenfreno de
loe vicios, ¿con qué razón castigaría luego los crímenes,
que son hijos de las mismas estraviadas inclinaciones de
la especie humana?
c a i> íim o -xi. 207
Pregón to rm o s , para que cada cnal nos conteste lo
que le dicte su conciencia : ¿no liene una disculpa el hom­
bre q u e , abandonado desde el nacer á sus instintos y á
sus oíalas inclinaciones, sin oir una voz experimentada
que le advierta los escollos que debe evitar y que le di­
rija por el camino de la perfección, y careciendo de toda
idea respecto á los deberes que tiene para con sus seme­
jantes, se deja arrastrar por una viólenla pasión á que no
sabe poner freno, y se despeña luego en el precipicio de
los crímenes? ¿ Pretenderase acaso que un hombre que
carezca completamente de educación, que haya pasado
la mejor apoca d e la vida mezclado con seres degradados
y envilecidos, oyendo blasfemar á cada instante de un
Dios, cuya existencia tal vez ignora; de un cielo y de
una alm a, cuya naturaleza inmortal no comprende, y sin
haber oido nunca hablar de moralidad ni de virtud, ob­
serve una conducta tan escelente y sea tan responsable
de todos sus actos como otros hombres á quienes una
buena educación y la continuidad de los buenos ejemplos
hayan dado fr e n a s mas que suficientes para enfrenar las
pasiones, y conocimientos superabundante» para poder
obrar el bien, separándose de la senda de las prevarica­
ciones, con completo dominio sobre sí mismo en el cum­
plido ejercicio de su libertad natural? t Oh I no cabe en la
razón humana tan monstruosa desigualdad en la imputa­
ción de las acciones, porque no puede una mala semilla
producir buenos finios, ni el vicio engendrar sino viciosas
inclinaciones; y no puede tampoco el mal que germina
dentro de nosotros conducirnos mas que á la consuma­
ción de los mas horribles atentados. Pues bien : reflexJo-
208 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

Demos sobre la existencia de los grandes criminales, y


veremos qne, engendrados acaso por el crimen, nacidos
en la desgracia, amamantados á los pechos de la miseria,
criados en la escuela de la prostitución y víctimas luego
de lodos los vicios, no han oído apenas hablar de Dios ni
de su santa le y , ni han sabido nunca que tenían deberes
muy sagrados que cum plir; y a sí, olvidados, abandona­
dos y desconocidos, la sociedad qoizás no ba tenido noti­
cia de ellos hasta que se han hecho célebres por la co­
misión de los mas atroces delitos. Y ¿será justo que estos
hom bres, víctimas de sus pasiones v de su abandono y de
su ignorancia, espíen en el patíbulo los males que han
causado, y cuya gravedad no pueden ellos mismos cal­
cular? ¿Podra la sociedad hasta justificarse de no haber
cuidado d e so educacMQ y de sus hábiloB, y no ha de
encostrar siquiera una. disculpa con que ahorrarles la
muerte ignominiosa del cadalso?
CAPITULO XII.

De la pena de muerte en la h is to r ia .

I.

«POTENCIA DE LOS ESFUERZOS DE LA RAZON HUMANA.

El pecado del primer hombre, cuya verdad hemos


visto consignada en las Sagradas Escrituras, corroborada
por la admirable concordancia de las tradiciones de todos
los pueblos, y confirmada con la observación de l u fenó­
menos que se reproducen sin cesar en )a naturaleza hu­
mana, Toe y es la causa perenne de donde se derivan,
como legitimas y necesarias consecuencias, la m uerte, los
padecimientos, las guerras, las calamidades, la insurrec­
ción de la carne y la exaltación de la» pasiones y de los
vicios, que laníos y tan crueles estragos han producido y
producirán constantemente sobre toda la tierra.
El hombre quedó, sin embargo» como y a hemos di­
cho T en posesión de los recursos necesarios para hacerse
otra vez d ip o de m erecer sus perdidos privilegios, y con
basta oles facultades para conquistarse su antigua felicidad;
U
210 LA SOCIEDAD T El. PATÍBULO.

supuesto que Dios le co n ced ió la lib e rta d de su albedrío, y


sembró ademas en el fondo de su corazon el gérmen de la
moral y de la virtud, únicas reglas á que debe atenerse
estrictamente para poder soportar con ventaja la lucha,
que nunca cesa, entre I03 instintos del mal y las inspira­
ciones del deber. Asi q a e , solo cuando el hombre se ha
entregado por completo á la satisfacción de sus mas bru­
tales apetitos, dejándose llevar de los ciegos Impetus de su
desordenada naturaleza, con absoluto olvido de las leyes
de la m oral, v haciendo mal uso de su libre albedrío,
solo cntonccs Im podido ofrecer al mundo esos asquerosos
cuadros de corrupción que nos presentan las antiguas so­
ciedades.
«Todas las tradiciones antiguas, dice M. Cousin, re­
m o n tan á una edad en que el hombre, a l salir d e las m a­
gnos de Dios, recibe de estoüunaditlam aaietedas las luces
• y todas tas verdades , m uy luego oscurecidas y oorrofljpí-
■das por el tiempo y por la ciencia incompleta de los hom-
»bres.» Y , en efecto : cuando sobre la cuna del linaje hu­
mano brillaba con loda su intensidad el sol de la justicia
en un cielo purísimo y trasparente; cuando aun resonaban
los ecos de la primera revelación en los oidos de la huma­
nidad , hallábanse demasiado arraigadas en su corazon la¿
divinas verdades para que pudieran desvirtuarlas los er­
rores que surgieran de vez en cuando de alguna cabeza
rebelde ó enferma. Pero luego que los hombres comenza­
ron á prescindir d e las doctrinas que la tradición les mos­
traba como verdadera*, y quisieron penetrar hasta el fondo
de los augustos miBlerios que veneran nuestras almas en
el santuario levantado por la fe cristiana , entonces fueron
C A PÍTII.O X II. 211

condensándose poco á poco los vapores del sensualismo,


la horrible dada llegó á lomar colosales proporciones, y
del uno y de la otra surgieron las estravagantes utopias,
los monstruosos delirios, los eslravíos filosóficos, y , por
último, la asquerosa idolatría, en cuyo inmundo cieno se
abogaron todas las esperanzas de descubrir en la (ierra la
luz de la verdad.
' La historia de los pueblos antiguos, hasta la aparición
de nuestro Redentor divino, nos manifiesta ostensiblemente
Ja progresiva degradación dé la especie humana, por ha­
berse abandonado á las solas fuerais de la rasen t nanos-
preeiandé les auxilio* de la Divinidad. Asi vw ttM qoe A s a ,
<i recia y Rom a, tres nombres que representan por sí «oíos
otras tantas sociedades, que marchando durante muchos
siglos por la senda do los adelantos, debieron haber lle­
gado al uias alto punto de perfección, si efectivamente la
humana inteligencia fuera capaz por si sola de convertir en
realidad el dorado sueño de letaM ad pobre la tierra.
Pero lejuH de e s lo , v e n e s qwe lo* imperios A«ft ca y e­
ron derrumbados á impulsos de A lejan dro; ltís impende
de Alejandro se desplomaron á su v e z , heridos por la es­
pada política de los romanos; estos convocaron luego por
todas partes á la conquista del m undo: y cuando los lími­
tes del romano imperio 9e estendieroa hasta los últimos
confínes del mundo conocido, ¿no se v¡6 toda la tierra
innnrJmdji con los mas abominables krinheAes?
Por mas que se haya dado el noasbre do r a io n etoriía
á las leyes de algunos pueblos, especialmente á las del
romano, con todo eso no merecftfl ni han podido merecer
esta honrosa calificación sino algunas de aquellas dispo-
212 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

siciones legales cnyos efectos no se estendian fuera del


circulo material, aquellas que regulaban ciertos punios en
el órden c iv il; mas no las leyes penales, cuya ciencia des­
conocieron los pueblos mas adelantados de la antigüedad;
no las leyes penales, cuya única legítima base es la moral,
moral incompatible con los absurdos principios qae fueron
el alma de aquellas sociedades. No pudieron elevarse á
magnificas y segaras concepciones en alas de la sola razón
aqnellós hombres que, guiad o sp ofla falsa luz de la razón,
no hicieron mas que sumergirse en tos mas detestables
errores : no fue posible que dictaran leyes de justicia
aquellos miamos que llenaron el mundo de injusticias y de
nefandas prevaricaciones.
Basten estas ligeras ideas para prevenir el argumento
«|ue en favor d e la pena de muerte aducen algunos, fun­
dándose en la universalidad con tp » en todo» lo» pueblos
üo ba practicado; universalidad que prolijamente vamos á
dejar consignada, para examinar luego el valor que pue­
dan tener las consecuencias que de ella se pretendan de­
ducir.

II.

LEGISLACION PENAL DE MOISES.

Examinando las leyes criminales que la historia ó la»


tradiciones nos enseñan como peculiares de los primeros
pueblos que habitaron la tierra despues del diluvio, trope­
zamos desde luego con el código «pie Moisés escribió para
los hebreos. Diversas eran las penas que esle legislador
C A ríniL o x n . 213

estableció, según que eran también diverso» los hechos


que eutoucus se calilicaban de punible»; pero habiendo de
concretarnos á la de muerte, enumeraremos solameule los
diversos modos según los cuales se la llevaba á cum­
plido efeclo, y entre los i|uc se contaban el de la sierra,
el del fuego, etc.
Que el suplicio de l¡i sierra su usaba en el pueblo
hebreo, nos lo demuestra el Libro de los liryes, donde
se cuenta quo David, despues de haber si Liado y tomado
la capital de los ammónilas, hizo corlar en pedazos, por
medio de sierros, los cuerpos de sus habitantes, mandán­
dolos arrojar luego en hornos de ladrillos.
En varios libros de las Sagradas Escrituras se orde­
naba asimismo que se castigara con el suplicio del fuego
al incestuoso, al adúltero, al robador sacrilego, á las
ciudades que se hicieran idólatras, y á la hija del sacerdote
de la que se supiera que se había entregado ¡i la fornica­
ción ; si bien Moisés en esle último punto no hizo mas que
confirmar una le y qae desde muy antiguo se venia obser­
vando enlre los hebreos. Este castigo del fuego ae acos­
tumbró aplicar de diversos m o d o s: unas veces echando
plomo derretido por la boca del delincuente; otras 'ar­
rojándole á una hoguera, ó bien metiéndolo en una caldera
de agua hirviendo.
El suplicio Uaátado de la horca no traía la mayor
parte de las veces otro carácter que el de ser infamante,
supuesto que consistía en colocar en ella por todo el dia
el cadáver del delincuente á quien se había quitado antes
la vida de alguna otra m anera; pero hubo casos, no obs­
tante, eu que la misma horca fue el verdadero modo de
2 ti LA SOCIEDAD T E L P A T ÍB ÍT o '.

m atar, como puede verse en el antes citado Libro de ios


Reyes. Aplicábase comunmente este castigo á los blasfe­
mos y á los que se hacían idólatras; siendo digno de no­
tarse qne el madero que servia de instrumento para
quitar la vida al delincuente se enterraba juntamente con
su cuerpo, á bastante distancia del lugar de la ejecución.
Acostumbróse también algunas veces cubrir con piedras
el cad áver, como sucedió con el de A baalo n ; el origen de
cuya costumbre fue la crtencia en que estaban imbuido»
los judíos de que la tierra y las piedras pesaban mucho
sobre los cuerpos de los m alvados, y e r a , por el contra­
rio , muy ligera para los virtuosos. Y de esta superstición
trae su origen la frecuente fórmula de «séale la tierra leve,»
que también osaron loe romanos, como puede verse en
Marcial y en Ovidio, y qne se b* venido trasmitiendo hasta
ser bastante frecuente aun en nuestros días.
Algunos escritores hacen mención del suplicio de la
sofocado » , q u e, dicen, usaban los hebreos en todos los
casos en qu<‘ la ley no Ojalja la manera cómo se había de
dar la muerte, por considerarlo el menos afrentoso, y con­
sistía en oprimir la garganta del reo con un fuerte lienzo,
hasta hacerlo espirar, despues de enterrarlo en un sucio
muladar hasta las rodillas.
Otro de los modos de que se valian los hebreos para
aplicar la (tena (te muerte consistía en la lapidación: cas­
tigo practicado desde muy antiguo, y q u e, según algunos
escritores, quisieron imponer los judíos al mismo Moisés
en cierta ocasion en que contra él se rebelaron. En el Dm~
leronomio y en algunos otros sagrados libros se refieren
varios casos en que tuvo lugar la ejecución de este suplí-
CAPÍTULO XII. 21o

cío, uno de los oías iufamanle» entre lo» judio», y que se


ifliponía, en general, por ludo» los delitos contra la reli­
gión, especialmente por el incesto, el adulterio, la viola­
ción del sábado, la blasfemia y el abandono del verdadero
culto l .
Usábase también enlre los judíos lu decapitación por
inedio de un cuchillo ó hacha, como 6e bizo con San Juau
Bautista, por mandato de U erodes, y contó ejecutaron con
los hijos de Acháb por órden de Jehú, cuando fue procla­
mado rey de los israelitas.
Para so estendernos demasiado en la enumeración de
los diversos atedio» de qae se valieron los hebreos para
dar muerte á los criminales condenados á ella, recordare­
mos, por último, el medio que empleaban de atarlos á los
pies de los animales para que estos los hicieran pedazos;
el de arrojar á los reos enlre espinas, donde los sepultaban
bajo montones de p ied ras; el de precipitarlos desde la al­
tara de alguna roca 6 t o r r e , y el de hacer pasar por en­
cima de sascu erp D S cam » con pesadas ruedas de hierro.
Con la remita q u e biabam os de hacer de los principa?
les gaptíews que se aplicaban enlre los hebreosf efté todas

4 Tonta i r a la ostensión que se did á este castigo t que en el ca­


pitulo j u i del Exodo, vers. 2 $ , so dice ; «.Si un buey acorneare &
»un hom bre 6 á uno. m q jar, y m u rie re n , será apedreada : y no se
n c o a e rá n eos c arn e s, m u el dueño del buey s e r i inocente.» Y el
v e » , ¡U) aüade ¡ «Pero «i el buey fuero acarqw tlor desde ayer y a n ­
ules de ayer, y hubieren requerido de ello á su dueño, y no le hubiere
» e n a r r a d o ;'y m atara hom bre 4 m u je r : no solo el buey seré a p e ­
d r e a d o , tin o q u e m a l a r i a 4 b u dueño.» Esle y otros pasajes de los
sagrarios libros nos d m i en ten d er cuánto no seria el desurden ile
aquel pueblo, para qui«n Múis¿s se vió en la dura necesidad de dictar
lau rigurosas disposiciones penales.
2 1<) LA SOCIEDAD T EL PA TIBULO.

luces evidente la prodigalidad con que solían imponer la


última de las penas. Mas por no escedernos del plan que
nos hemos propuesto, nos reservamos para otro lugar el
examinar, con la eslension que creamos necesaria, la juris­
prudencia criminal establecida por Moisés; y , entre tanto,
proseguiremos nuestra noticia histórica con la relación de
las penas capitales que asaron diversos pueblos de la an­
tigüedad.

III.

PENAS CAPITALKS DE LOS EGIPCIOS, PERSAS , CHINOS,

GRIEGOS T ROMANOS,

El trifannal superior d e justicia d e loe egipcios formá­


base d e treinta sacerdotes, elegidos porM onfis, Tebas y
Heliópolis, qne eran las capitales d e las tres partes eu qne
se hallaba dividido el Egipto. El código egipciaco M compo­
nía de ocho libros de T b a u t, y en él se encontraba consig­
nada la pena de muerte contra el homicidio, aun cuando
se cometiera en la persona de un esclavo ; siendo muy de
notar qu e, no solo se consideraba homicida al que ocasio­
naba la muerte á un individuo, sino también al que, pu-
diendo salvar á un hombre de algún peligro, dejaba de
hacerlo. Castigábase asimismo con la, muerte al que vivia
en la ociosidad , por cuya razón todos estaban obligados á
dar estrecha cuenta de la manera cómo se buscaban la
vida. La pena de m uerte, sin em bargo, se abolió, según
aDmian algunos historiadores, en tiempo de Sabacon, el
cual mandó construir para los grandes criminales una ciu­
capítulo xii. 217
d ad , llamada de los malhechores. Debemos también ob­
servar que, conforme á la legislación de este p u eb lo , el
padre que mataba á un bijo era condenado ¿ tener abra­
zado bu cadáver por espacio de tres (lias; lo cu al indica
que entre los egipcios tío tenían los padres el derecho de
vida y ir uerte sobre sus hijos.
Los persas, como albinos otro* pueblos de la antigüe­
d ad , enaltecían los sentimientos naturales hasta el punto
de no creer posible el parricidio; y esla es la razón por
qué ninguna de sus leyes prevenía tan atroz delito. Mas,
por otra p arle, daban pruebas de la m ayor crueldad y
dureza de corazon, supuesto qne ciertos reos eran con­
denados ¿ ser encerrados en troncos de árboles, dejándo­
les fuera la cabeza, las manos y los pies, que les untaban
con miel para que las abejas los devorasen. ; Monstruosas
pero casi necesarias aberraciones y anomalías de aquellas
sociedades, que caminaban envueltas entre las tinieblas de
su inmoralidad ¿ ignorancia I
Un célebre escritor nos dice qne se podría definir exac­
tamente la ley criminal d e los chinos diciendo que es no
buen sistema de policía, acompañado de hermosas predi­
caciones morales, supuesto que de lo que menos se ocupa
es de encaminar la libertad individual en provecho del
bien público. Y , en efecto , si consultamos las leyes pe­
nales de este pueblo, de suyo tan original, veremos que
castigaban con pena de m uerte, y con la ignominia de ser
hecho pedazos, al sacrilego, al parricida y al traidor;
mientras que el padre que mataba á su hijo no tenia mas
castigo que la pena del bambú, y el simple homicidio se
espiaba bastantemente con dinero!
SI 8 LA SOClEDAfi r £L PATÍBULO.

Entre las primeras noticias qne hallamos en las his­


torias de los antiguos tiempos de la G recia, Be encuentran
las leyes de Minos, legislador de Creía ; pero su código no
se ha trasmitido á la posteridad, de suerte que nada se
sabe á punto fijo de lo que en él se dispondría, y sí solo
aseguran algunos escritores que lo poco que se ha podido
recoger de las leyes de Creta tiene nna notable semejanza
con lo qne Moisés prescribió al pueblo hebreo. Siguiendo,
pues, las huellas de la tradición, observamos que todavía
en los tiempos heróicos las controversias se decidían según
las costumbres recibidas; porque las leyes escritas, según
aGrnia el Si\ Denina, eran muy pocas, y no las habia en
todos los pueblos. Así que, aun cuando nada sabemos á
punto fijo, sin em bargo, es creíble que el homicidio se
castigaba la mayor parte d e las veces con et destierro, si
bien este, mejor qne como castigo, se ie podía considerar
como un couse jo que se daba al delincuente para que
huyera de la venganza de las personas allegadas al di­
funto. Acostumbrábase también, poruña rara singularidad
de aquellos tiem pos, buscar algún personaje de cierta
dignidad que se prestara á espiar el delito con ciertas fór­
m ulas, cual si él fuera el verdadero crim inal, despues de
cuya ceremonia se consideraba el crimen bastantemente
vindicado.
Con mucha mayor pena que al homicida se castigaba
entonces al seductor de la mujer de o tro , lo mismo que á
la adú ltera, para cayos delitos acaso los primeros griegos
adoptarían las leyes de Moisés.
Andando los tiempos, llegamos por fin á la época de
Dracon, en cuyo sangriento código se llevó la barbaridad
c a p ít u l o x ii. 219

basta el eslremo de castigar todos los delitos con la pena


de m uerte, porque ningún agravio se consideró tan leve
que dejara de merecer aquel atroz castigo. La misma pena
ae aplicaba también á los que mataban un buey de labor;
á los violadores, si no se casaban ; á los adúlteros, á no
ser que el ofendido pretiriera vender á su esposa ; ¿ los
magistrados (Arcbontes) sorprendidos eu estado de em­
briaguez, y á otros varios criminales'.
Todas estas penas, en que resalíala ferocidad que era
general en lodos los pueblos antiguos, so suavizaron no­
tablemente en los tiempos de Solon, apelando á los sen­
timientos del bonor y al temor á la infamia. Y así vamos
q u e, revestido Solon de una plena autoridad para reformar
el Estado con el establecimiento de las leyes que creyera
mas oportunas, abolió desde luego todas las de Dracon, és-
ceplo las relativas á los homicidios, con lo cual se disipa­
ron los temores é inquietudes que sobresaltaban ú los hom­
bres buenos ; y , por último t exigió on solemne juramento
á los magistrados {.Temostetos)* de q a e en cien años se
mantendrían fim o» é invariables sos le y e s, sin qne esto
fuera «baléenlo para que se decretasen otras nuevas, s is e
estimaban necesarias.
En cuanto á los romanos, mucho tendríamos que os-
lenderoos si quisiéramos esplicar detalladamente las varias
modificaciones que se introdujeron eu su legislación cri­
minal, tanto con relación á los trámites que debían obser­
varse para la aplicación de los castigos, cuanto con res­
pecto á la cualidad y número de las penas establecidas en
los distintos períodos de su historia. Mas como eslo no con­
duce esencialmente á nuestro objeto, nos limitaremos ¿ dar
S20 LA SOCIEDAD V E L PATÍBULO.

una sencilla idea de las graves penas que oslaban señala­


das para los principales delitos.
El primero y mas grave de todos cuantos podía come­
ter un romano era el de lesa majestad. Castigábase con
la pena de m uerte, conforme á la disposición de una ley
de las Doce Tablas, si bien casi puede d ecirse, siguiendo
la opinion de Dionisio Haticarnaso, que el mismo Bómulo
publicó la primera le y contra ese crim en, supuesto que
autorizó á cualquiera del pueblo para que matara á Jos
traidores. Con la misma pena se castigaba el crimen lla­
mado de perduelion , que era semejante al de leia ma­
jestad , y consistía i;n formar reuniones clandestinas con
el objeto de atentar contra el orden del Estado. Tales fue­
ron las disposiciones penales de las leyes Gabinia, Julia
d* ifa j estáte, dada por Julio C ésar, J u lia , dada por
A ugusto, y algunas otras. ..
Con respecto al adulterio, Augusto parece que fue el
primero que publicó una l e y , por la que se permitía que
el padre matara con su propia mano á lodo el que sor­
prendiera yaciendo con su h ija , cualquiera que fuese su
dignidad y condicion. Hanse suscitado, sin em bargo, di­
versas opiniones con respecto á la pena que las leyes se­
ñalaban en los antiguas liempos contra el adúltero; soste­
niéndose por la mayor parte, con Brissonio, que era la de
relegación perpetua, si bien algunos, siguiendo el dicta­
men de Triboniano, han creído que era la de muerte.
Pero es innegable que posteriormente, continuando en el
sistema de rigor con que varios emperadores, y entre
ellos Macríno y Aureliano, procuraron restringir la perpe­
tración, lan general entonces, de este delito; es indudable,
c a p íti lo m i. 22 í
decimos, que se castigó con la pena capital, según dispo­
siciones de Constantino Magno y do Justiniano.
Bien sabida os la pena que en Roma tenían los parri­
cid as, no solo en los tiempos de Hámulo, en qne se daba
el nombre de parricidio al homicidio sim ple, sino también
en la época de las Doce Tablas y en la de la promulga­
ción de la ley Pompeya. May parecida á la pena de los
parricidas era la que por la ley Cornelia se imponía á los
xicarios.
Todas oslas leyes debieron sufrir luego algunas, modi­
ficaciones de mayor ¿ menor importancia con las vicisitu­
des de los tiempo», supuesto que vedaos q u e, dorante la
época de los Em peradores, por ejem plo, cuando el homi­
cidio lo cometía algún magistrado, se le condenaba con la
deportación: si el criminal no tenia tan alta dignidad, pero
era, no obstante, persona distinguida, perdia la cabeza;
y , en Pin, los individuos de humilde esfera eran condena­
dos á servir de pasto á los animales feroces, ó bien eran
ahorcados, desde qne Constantino mandó qne Be sustitu­
yera la horca en1 lo g a r del snplicio en cruz que antes se
solía ejecutar.
Vemos, pues, cuán frecuente fue enlre los romanos y
entre todos los pueblos de la antigüedad la imposición de
la pena de muerte; y con la misma generalidad se ha ve­
nido aplicando en las sociedades posteriores á la época de
la predicación del cristianismo.
LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

IV.

O I LAS SOCIEDADES MODERNAS, CON ESPECIALIDAD EN LA


ESPAÑOLA.

Cuando se obró «1 tdorabte misterio de nuestra sania


redención, prodújose ana revolocien general en todo el
mundo : las mas viejas instilaciones de los antignos pue­
blos cayeron derrumbadas, para que sobre bob escombros
se levantaran nuevos monumentos con los materiales de
una doctrina espiritual y sania : reorganizo.se la familia
bajo una nueva forma; y , en fin, el hombre pudo reco­
brar la alia dignidad que había perdido desde que se bor­
raron eo el mundo las huellas d e -la revelado» primitiva.
Mas ¿p esa r de tan hondo* y esenciales reform as, como
si no foera bástante qne lodo un Dios, Infinito en miseri­
cordias, se hiciera carne voluntariamente para dar su
vida por precio de la salvación del genero humano, y
como si con su sacrosanta muerte no hubiera purgado al
mundo de (odos sus crímenes y pecados, y enseiiádole las
doctrinas de amor y caridad para con todos los hombres,
todavía el hecho de la pena de muerte continuó practicán­
dose por las nuevas gentes, habiendo llegado hasta nos-
oíros al través de lantas edades, cual si fuera una institu­
ción inviolable por su legitimidad y justicial
Efectivamente, remontándonos á la ¿poca de la des­
trucción del romano imperio, vemos que los bárbaros
oriundos de la antigua (¡ermania, que habían acudido para
coadyuvar al desmoronamiento del trono de los Césares,
CAPÍTULO xu. 223

tenían sus le y e s , si bien no escritas, empero trasmitidas


de unas á oirás generaciones por La tradición oral. Re-
UDÍaDse en concilios ó junías para juzgar de las causas cri­
minales que se formaban sobre delitos públicos, entre los
cuales se contaban los de cobardía, traición y deserción,
cuyo castigo era la pena de muerte. Pero ademas de las
penas que el poder judicial estaba autorizado para distri­
bu ir, quedaban también sujetos los delincuentes á las
venganzas de los particulares que se crciun ofendidos; y
asi, el que h ería, mataba ó injuriaba á o tro , era conside­
rado como enemigo de los parientes del ofendido, los
cuales se ensañaban contra el ofensor, á no ser qne este
les facilitara algún dinero, como especie de indemdila­
ción, en cuyo caso nadadobia temer.
Mas estas costumbres y leyes de los primitivos godos
se modificaron luego notablemente, como necesario re­
soltado de la división que se estableció enlre ellos en godos
orientales ú occidentales, ó sea en ostrogodos y visigodos;
nombre qu e variaba según qne loe unos se posesionaron
de la Italia á la órden de Teodorico, vencedor d eO d o acro ,
ó según que fijaron los otros su residencia hácia la parte
septentrional de España y en el Mediodía de FraBcia.
Compiláronse despues todas las costumbres y reglas
de justicia de los godos en el código de Eurico, por el
cual se restringió la aplicación de la pena de m uerte, man­
dándose que no se impusiera mas que por delitos de
traición.
Ensanchados luego los limites del reino godo con la
agregación del territorio de los suevos, las leyes del có­
digo de Eurico aparecieron imperfectas y erróneas ó ab­
SÜ4 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

surdas; p o rc a y a razón, despues deeslablecida la corle


en Toledcr, Leovigildo comenzó á enmendar la legislación,
procurando llenar el vacío que en ella se encontraba. Sus
sucesores, A ecaredo, Sisenando, y especialmente Chin-
dasvinto, Reces vinto y E g ica, llevaron á feliz remato la
formación de un código general, con el título de Liber
Judieum ó Fuero-Juzgo, cu y as principales fuentes fueron
las leyes rom anas, los cánones de loe concilios de Toledo
y las costumbre» de los germanos : código que ha sido
juzgado de diversos modos por muchos escritores naciona­
les y extranjeros, aunque siempre favorablemente, porque
sin duda fue un paso muy notable que se. dió por la senda
de los adelantos de la legislación.
Mas severas las leyes del Fuero-Juzgo que las de los
primitivo» germanos i acaso por la influencia del elemento
romano < que entró por m uchoen la formacion de aquel có­
digo, hicieron ostensiva la pena de muerte ¿ los homici­
das ; aunque con tantas precauciones, restricciones y re­
quisitos , que era muy difícil que sp llevara á cabo seme­
jante castigo.
Inútiles babiande se r, por lo dem as, cuantos esfuer­
zos se intentaran por entonces para consolidar la legislación
española ; porque escrito estaba en el misterioso libro de
la Providencia que las desventuras, vicios y escándalos
de la corte de D. Rodrigo barrenarían y echarían por tierra
el robusto imperio que levantaran los Ataúlfos, Leovigil-
dos y Recaredos ; y q u e, así como los godos fueron envia­
dos para dominar sobre el mayor pueblo de cuantos han
habitado la tierra, así lambien debían ellos ser dominados
á su vez por los hijos del Profeta. Acabóse la monarquía
CAPÍTULO X l l . 225

god a, y el Fuero-Juzgo perdió casi (oda su fuerza, para


que, al inaugurarse el sangriento y heroico drama de
ocho siglos, fueran apareciendo poco á poco los fueros mu­
nicipales.
Con respecto á las disposiciones penales que estos con­
tenían , díccnos el Sr. Martínez Marina : «El reo de homi­
c id io alevoso debía sufrir pena capital por ley de algunos
«fueros, y por otros pena pecuniaria; y en el caso que bu-
»yese de los términos de la municipalidad, se reputaba por
•traidor y quedaba sujeto á la confiscación, pero con las li-
imitaciones del fuer» legionense.» Así lo vemos efectiva­
mente dispuesto en los de Caslroverde y Vdlavicencio, y
especialmente en el de Sanabria, aunque por esle úllimo
se indultaba al homicida de la conliscacion.
Consolidada, por último, la monarquía española sobre
la ruina del feudalismo, publicóse por el sabio rey Alfonso
el código de las Partidas, entre cuyas prescripciones pe­
nales vemos comprendida la de muerte : pena que, casi
hasta en los pormenores de su ejecución, fue aceptada por
todas las legislaciones criminales europeas, y q u e , con
mayor ó menor amplitud, siempre ha venido aplicándose
hasta nuestros dias.
Tenemos, pues, un hecho general en todo el mnndo,
cual es la muerte aplicada como castigo de ciertos delitos,
liemos visto cuán constante ha sido su establecimiento en
todas las legislaciones de los pueblos, desde la mosáica
hasta la de nuestros dias : no se dirá, pues, que desvir­
tuamos la base sobre que sus defensores fundan uno de los
mas deslumbrantes argumentos en favor de su legitimidad;
ante?, al contrario, lo hemos presentado con su mayor
15
226 LA SOCIEDAD Y E L PA TÍBULO .

Tuerza. ¿Es posible, se dico, que Moisés, el inspirado de


Dios, y los legisladores de los antiguos pudrios como los
de las modernas sociedades t lo mismo los paganos que los
hijos del catolicismo, se hayan equivocado al estar todos
conformes eu la justicia de la aplicación de h pena capital?
¡Magnifico argumento 1 Empero analicémosle detenidamen­
te , desnudos de preocupaciones y de lodo espíritu «stemá-
tioo, sm taner en cuenta mas qn e las inspiraciones d e la
recta raum y de la eterna justicia, y nos convence remos
de su ineficacia para probar la legitimidad d e esa bárbara
institución, qne es uno de los mayores borrones de la ci­
vilización verdadera.
CAPITULO XIII.

De la ilegitimidad de la pena de muerte en


la historia.

I.

OBSERVACION PRELIMINÁB.

En loa capítulos anteriores hemos demostrado que la


pena de muerte es ¡legitima en la eafei? de la ciencia
penal, «apuesto que eardee d e l u cualidades qne los cri­
minalistas eligen eu todas ellas para que sean buenas y
legitim as, y hemos combatido asimismo los principales ar­
gumentos qne se suelen oponer en su favor. Pero aunque
vencidos en todos estos terrenos sus partidarios, todavía
exclaman que la legitimidad de la pena de muerte se fonda
en la universalidad con que la han aplicado todas las so­
ciedades , y arguyen de este podo : desde el principio del
mundo todos los pueblos, en todos tiempos y cualquiera
que haya sido su grado de callara y civilización, han os­
lado conformes en creer justa la pena de muerte : ¿ cómo,
pues, ha de ser ilegitima? Deslumbra á primera vista, re-
328 r,A SOCIEDAD Y KL P A T ÍB IL O .

petimos, semejante modo de argum entar; pero es indu­


dable que no por eso convence ni satisface á la razón.
La simple universalidad de un hecho cualquiera no
prueba su legitimidad ni su justicia ; de otro m odo, mu­
chos hechos reprobados por la sana razón serian legíti­
mos, supuesto que ban ¿ido generales y constantes en todo
el mundo. A si, por ejemplo, la institución del tormento
como medio para descubrir la ve ftia d d e un faecbo cual­
quiera, estuvo en uso en algunas sociedades de la antigüe­
dad , especialmente entre los rom anos, que lo aplicaban <t
los esclavos, y fue admitida ademas por todos los pueblo*
de quienes descienden las nuevas nacionalidades de Eu­
ropa. Esa monstruosa institución ha atravesado muchísimos
siglos, 7 aun algunos que se ban llamado de civilización y
de cultura. El tormento se aplicaba e n lo s reinados de Cár-
los 1 y de Isabel d e Inglaterra, lo mismo que en la ¿poca
de Luís XTV. Y , entre nosotros, del P W tn lu z g o s e trasmi­
tió á los municipales y al código de las Partidas, estuvo
vigente hasta en los tiempos de Carlos 111, y cuando, á
fines del pasado siglo, se vió atacado por la pluma de don
Alonso A cevedo, no falló quien saliera en su defensa;
siendo tal la fuerza que la costumbre prestaba á esta odiosa
institución, que continuó en vigor hasta que el año 4817
fue abolida por D. Fernando V il. Y ¿no podríamos decir
que era legitima, supuesto que habia sido tan antigua? Mas
¿qué importó la antigüedad que contaba en la historia de
la legislación europea, si semejante institución era absurda
y contraria á lo que dictan la recta razón y los instintos de
justicia comunes á loda la humanidad ?
La esclavitud fue otra de las instituciones fundamenta­
C a p í t u l o xui. 229

les de los pueblos que se sucedieron desde los primitivos


tiempos hasta la venida de Jesucristo ; tanto, que sin ella
no comprendían siquiera la posibilidad de la existencia de
las sociedades. A pesar de la influencia de las doctrinas
católicas, la esclavitud continuó siendo admitida por lodos
los pueblos hasta los tiempos de la edad m edia; y aun en
nuestros días r sin embargo de que ha sido combatida y
anatematizada por las sociedades q u e , para fundar los ci­
mientos de su civilización, han proclamado los principios
de la religión verdadera, todavía vemos que el sello de la
servidumbre lo llevan grabado en la frente un considerable
número de individuos. S i , pues, la institución de los escla­
vos cuenta de existencia casi tantos siglos como el mnndo,
y no solo data desde los primitivos tiempos, sino que todos
los pueblos la han admitido como nna institución que creían
buena y nada opuesta á los principios de justicia que ellos
profesaban, ¿no podríamos decir que la esclavitud es legí.
tima? T , sin embargo, lejoade ¿er legitima, ¿no es, por el
contrario, m fr 3ft6Mfda, bárbara y
monstruosa LLUegoitodá prfiB bffétrrá fiftor lá tinftersa-
lidad y constancia con qne la han admitido todos los jn ié-
blos en todas Jas edades; luego lo universal, solo p o rse r
universal, no ea legítim o; luego aunque la pena de muerte
haya sido aplicada umversalmente, en todas ¿pocas y en
todas las sociedades, sin em bargo, esto no obsta para que
sea iAjnsta é ilegítima. «La historiada la humanidad, dice
«Beccaria., es un ¡u n e n » mar de errores, donde los hom­
b r e a se sumergen frecuentemente, y solo á grandes dis-
»tandas sobresalen entre aquellos un corto número de ver*
jdades mal conocidas.»
230 LA SOCIEDAD Y EL PA TÍBULO.

Aceptamos, pues, en toda so estenaion el argumento


d e la universalidad en que fundan la legitimidad de la
pena de muerte sus partidarios; y para demostrar cuánta
es su importancia ó su insignificancia en los términos en que
nos sea posible demostrarlo, nos remontaremos á los pri­
meros tiempos del mundo, elevándonos hasta| la época d d
paraíso; y desde esta altura comenzaremos á descender,
recorriendo brevemente diversos periodos de la historia,
basta llegar á nuestros dias.

11.

¿POCA M L PA1AI50.

En uno de los capitakade este escrito nos hemos ocu­


pado de la colpa origina], cuya existencia probamos con
argumentos de razón, confirmados por la tradición de todos
los pueblos y por los fenómenos que continuamente se ob­
servan en la naturaleza humana. Y tales y tan prontos fue­
ron los resultados de esa culpa, trasmitida á todos los hom­
bres hasta la consumación de los siglos, qu e, desde el ins­
tante mismo en qae la cometió «I primer bombre, rebelóse
la carnc contra e l espíritu, asi como el espíritu se había re­
belado contra D ios; y puesto el hombre en completo des-
órden, con tinieblas en el entendimiento y con incerlidum-
bre en la voluntad; sintiendo tristeza en el espíritu, amar­
gura en el corazon y llanto en los o jo s; condenado 4u
cuerpo á padecer dolores, enfermedades, y al fin la muerte,
y combatidos por las pasiones sus instintos de razón y de
CAPÍTULO X Ü J. 231

justicia, coraenzose á turbar desde luego la paz en la lie n *


con la perpetración de los mas horrendos crímenes.
A on no se habían desvanecido los perfumes de las
flores del Edeu quo embalsamaban el aire con su fragan­
cia ; aun retumbaban por los ámbitos de la ancha esfera
las amenazas que profirió uu Dios airado «m ira la serpien­
te, la mujer y el hombre en el paraíso ; aun no poblaba
la tierra mas que una sola fam ilia; aun tal vez la muerte
no había aparecido en el mundo, que acababa de surgir
de la eterna fuente de Imlt vida, y , sin em bargo, ya las
pasiones se enseñoreaban sobre k inteligencia del hom­
bre , y a e l espirita del mal emponzoñaba, sti coraaon y lo
ofoseaba h u ía el estreno de hacer q u e, desoyendo las
voces de su propia naturaleza, cometiera uno de los crí­
menes mas horrorosos é inhumanos de cuantos lian aman­
cillado á nuestra especie en todo el trascurso de los tiem­
pos. £ste crimen fue e l derramamiento de la sangre del
inocente Abel.
Eran C a in y A beL t a b n d v d n w y p t t t o r á otn); «y
•ambos ofrecían á D ios, aquel de los frutos de k t ie m ,
» y su henum o.de los primogénitos de su ganado. Y miró
íe l Señor á A bel j ¿ sus presentes; mas á Caín y á su s.
»presentes no miró: y ensañóse Caín en gran m anera, y de-
ita y o su semblante.» Fueron gratas al Señor las ofrendas
de A b e l, y no laB de sn hermano; porque, oomo-diceSan
P a b la : «Por fe ofreció Abel á Dios mayor sacrificio que
»Cain, por la que alcanzó testimonio de que ere justo r
»dando Dios testimonio á sns don es; y é l, eslaado muer-
íto , aun hablaba por ella 1.» Siendo, pues, las ofrendas
1 liptst. á los hol),, cap. s i , vers. J.
232 LA SOCIEDAD V E L PA TIBULO,

de Abel inspiradas por su Te, y , por lo mismo, mas cuan­


tiosas y selectas que las de Caín, eran también mas agra­
dables que las de este á los ojos del Señor, que por esta
razón las aceptaba; pero Cain, lejos de conocer su yerro
y enmendarse para agradar á Dios, furioso y lleno de
envidia contra su hermano : «Salgamos fuera, le dijo. Y
•como estuviesen en el campo, levantóse Caín contra su
■hermano A b el, y le mató.»
Hé aquí el monstruoso alentado qne figura el primero
en la crónica universal de la humanidad. Mas ¿q u é pena
impuso Dios al primer fratricida ?
Cuando este oyó la voz del Señor, que lo maldecía y
condenaba á andar fugitivo y vagabundo sobre la tierra,
dijo al Señor : «Mi iniquidad ea muy grande para merecer
• e l perdón. Hé aqnl/m e echas hoy d e la faz de la tierra,
>porlo qne todo el qne m e hallare, m e matará.— Y dljole
>el S e ñ o r: íto será asi ; untes b ien , todo el que matare á
»Cain, siete veces será castigado. Y puso el Señor á Cain
»una señal, para que uo lo matase todo el que lo ha-
>liase.»
Tal es la sencilla narración que del primer delito co­
metido en el mundo despnes del pecado de Adán nos hace
el Génesis *. Esta señal de que habla el sagrado libro,
fue, según el sentir de la mayor parte de los Padres de la
Iglesia, «un temblor univérsal eu lodos sus miembros, y
iu n aire atroz, sañudo y furioso en su semblante, que
«mostraba los remordimientos que despedazaban sus en­
tr a ñ a s , y que ponían en claro el estado triste en que

1 C ap. iv , vers. 13, 14 y 15.


capítulo xnr. S33

»sc bailaba.» Pero ¿cuál otra m asque su condenación á


andar vagabundo y fugitivo por la tierra fu e , repeli­
mos, la pona con que castigó Dios al fratricida? Así opina
el P. Scio cuando dice que «esa condenación denota los
•efectos de la justicia divina sobre C ain, el cu al, lodo
»trémulo, triste y confuso, andaba errando por toda la
•tie rra; y agitado de los remordimieutos de su con cien -
i d a , que le atormentaba en todas partes sin c e s a r, no le
•dejaban un punto de reposo, poniéndole siempre á la
•vísta la enormidad de su pecado.» ¥ , en efecto : ¿qué
otra mayor pena puede esperimentar el desgraciado que
comete un delito? ¿Qué castigo hay en el mundo compara­
ble con los punzantes remordimientos de la severa é
inexorable conciencia? ¿Dónde amargura mayor que la
del llanto que derrama el criminal cuando, despues de
medilar sobre su delito, se apodera de su alma el arrepen­
timiento? Ni, en Fui, ¿de qué manera se podrían hacer
esperimentar á un delincuente gemaciones mas crueles que
lasqu e esperimeotacuando, calmadas sns pasiones y apa­
gada la efervescencia d e ras brutales instintos, conoce,
aunque tarde * e l yerro que cometiera en un momento de
delirio, yerro que no le es ya posible enmendar de modo
ninguno? ¡Pobres hombres, que tenemos el poder de ha­
cer lo malo, y no noa es dado luego deshacerlo, aun prac­
ticando ol bien! ¡Mas pobres todavía, por cuanto que, aun
haciendo el bien durante muchos años, todas nuestras
buenas obras pierden casi por completo su eficacia si
obramos el mal siquiera un solo justante 1
«Maldito serás sobre la tierra, que abrió su boca y
•recibió la sangre de lu hermano, de tu mano. Cuando la
234 LA SOCIEDAD T E L PATIBULO.

«labrares, no le dará sos fru to s: -vagabundo y fugitivo


* serás sobre la tierra 1.» ¡ Horrible condenación! Sin em­
ba rgo , confesamos que no es bastante para castigar en la
sociedad á los grandes delincuentes; supuesto que, aun
cuando los remordimientos de la conciencia punzaran á
muchos criminales, con solo esto no se lograría la tranqui­
lidad de los demás hombres, que dudarían ¿ cada paso
de la sincera enmienda del que una vez delinquió grave­
m ente, y , por tanto, vrñrian Heno» de recelos y de in­
quietud. Separe, pues, en hora buena la sociedad á loe
malos de cutre los buenos, é inutilícelos para que no
puedan reincidir en sus punibles acciones. Pero entre
esto y matarlos media un abism o: obrando del primer
modo, la sociedad procedería en justicia : obrando del
segundo, usurpa el oso de o ío s derechos que jamás lo»
cielos han otorgado á la tierra.
/ Todo e l pt« im hallare, n e matará! esclamaba
lodo trémulo el primer fratricida. «Pero no será asi, d í-
>jole el S e ñ o r: antes bien , todo el que matare á Cain,
*tiete veces será castigado.» ¿Cóm o, pues, ha de ser
legítima la muerte que impone la sociedad á los Caines
que salen de su seno? Y debe no olvidarse que Cain,
ademas del fratricidio, cometió también una ofensa gra­
vísima y directa é la Divina Majestad, cuando, pregun­
tándole el Señor : «¿En dónde está tu hermano Abel ?> él
le respondió : «No lo sé : ¿soy yo acaso guarda de mi
■hermano?» «Dios, lleno de misericordia, esclama sobre
»cstc punto un santo padre de la Iglesia, convida á peni-

* G énesis.
Capítulo u n . 335
• tencia á Caín, y le da motivo para qne, reconocido de su
«pecado, le pida perdón; pero ¿1 añade el colmo ¿ s o ini—
iqu idad, respondiendo al Señor con altivez y grosería, y
«pretendiendo encubrir su maldad.»
Pues b ie n : si no pueden compararse, sin proferir la
mas horrible blasfemia , los cielos con la tierra y la esceí-
silud del Criador con la miserable pequenez de la cria­
tu ra , y si todo un Dios, infinito en ju sticia, condena solo
á que sufra los remordimientos de su conciencia al envi­
lecido fratricida q u e , en vez de humillarse y pedir perdón
por su cu lp a, se mnestra altanero y orgulloso en presen­
cia de bu mismo Criador, ^podrá llamarse legitima y justa
la pena de muerte que la sociedad humana impone al que
una vez se olvida de ciertos deberes que le son peculiares?
iPues quél ¿Es, por ventura, la majestad de la sociedad
mas alta qne la de D ios, y la ofensa que se la hace ma­
yor y mas grave que la que se infiere al mismo divino
Autor de la naturaleza? ¡A h , que el orgullo ciega eu este
punto á loa hombree 1 Matan por vengarse : llaman ju s­
ticia á la v é n g a n la : la te a g a m a es un pecado; y ¡pobres
hombres ios que no conocen que, legitimando la muerte
que ellos d an, legitiman y justifican el pecado!

111.

XN CL GÉNESIS.

Encuéntrase en este sagrado libro un pasaje que,


mal interpretado, podria traerse como prueba de la legi­
timidad de la pena de muerte. Dicho pasaje es como
S3G L ¿ SOCIEDAD f EL PATÍBULO,

sigue : «Todo el qae derramare sangre humana, será der­


ra m a d a su sangre : porque á imagen de Dios es hecho
»el hombre.» «En eslas últimas palabras, dice el P. Scio,
»se eDcuenlra la razón fundamental de la prohibición del
»homicidio : el bombre es una viva imágen de Dios, inte-
•ligenle, libre, espiritual, y destinado por sn inefable pro-
evidencia para tener parte en la felicidad de que goza el
>mismo Dios.» Y por las primeras palabras en que se
d ic e : «Todo el qne derramare sangre humana, será der-
>ramada su sangre,» asegura un sanio {ad re de la Iglesia
quo «pone el Señor la espada en la mano de los princi-
» p esy de los magistrados, y les comunica su autoridad
»para que repriman todas las injusticias y violencias que
•pueden turbar la sociedad civil.»
Estamos conformes con gue de esle sagrado pasaje se
deduzca la legitimidad del .derecho qne á la sociedad com­
pete para castigar ¿ ta s q u e delinquen; pero creemos qne
de ningún modo se puede derivar como consecuencia la
justicia de la pena de muerte. Eslas palabras de la Biblia
serian hasta absurda» si se las considerara literalmente,
y necesario es no olvidar que encierran un pensamiento
profundo y de vastísimas consecuencias. Las palabras de
«lodo el que derramare sangre humana, será derramada
»su sangre,» tanto se refieren al asesino como á la misma
sociedad que lo casliga con la m u erte; porque si aquel
derrama la de su víctima, la sociedad produce también el
derramamiento de la del que sufre el último suplicio.
Cuando Dios dice que «será derramada la sangre del que
»matare á otro,» no maní Gesta por qué medios ha de tener
cumplido efecto tan formidable sentencia; ni si tal vez el
CAPÍTULO XIII. 237

homicida perderá La vida por un accidente imprevisto y


providencial, ó quizás ¿ manos de otro asesino, que ven­
gue de este modo la muerte causada por el primero. Y ,
lejos de autorizar Dios á la sociedad para que ordene y
haga ejecutar la efusión de la sangre de los criminales,
acaso por no haber comprendido toda la estension de la
disposición del Señ or, ha corrido y corre en abundancia
la sangre de toda la sociedad cuando, en guerra los pue­
blos unos contra oíros, piensan que la derrota del enemigo
lavará su propia deshonra, 6 asegurará ¿ legitimará los de­
rechos que juzgan les corresponden. Cuando los pueblos
luchan, creen qn e luchan por sus intereses é'por sú honor;
pero ¿quién sabe si existe nna causa mas alia á que en­
tonces obedecen aun sin conocerla? ¿Quién sabe si la san­
gre que liño los campos de batalla es una justa espiacion
de la que la sociedad hace derramar sobre el patíbulo?
No cabe otra interpretación de las palabras que hemos
citado del Géiwrit; porque, de otro m odo, aparecerían
contradictorias de las que el Sé&or dirigió á Cain. Si hu­
biera sido la voluntad de Dios legitimar la pena de nraerte
cuando dijo : «Todo el qne derramare sangre humana,
>será derramada su sangre,» ¿no lo hubiera hecho desde
luego que el primer fratricida esclamaba, lleno de temor y
sobresalto : «Todo el que me hallare, me matará?* Si el
fratricidio debiera castigarse con la m uerte, ¿no hubiera
Dios realizado y justificado los temores de C ain, contes­
tándole qn e, en efecto, recibiría la muerte en pena de su
delito? Y , lejos de disponerlo de este modo, ¿no vemos,
por el contrario, que le contestó: «No será a s í : autos
» bien. lodo el que matare á C ain , liete veces será casli-
23£ LA SOCIEDAD Y EL PA TIBULO.

>gado ,1 es decir, será castigado coa mucho mayor rigor


y severidad? Luego Dios, do solo no aprueba, no solo no
autoriza á ta sociedad para la imposición de la pena de
m uerte, sino que prohíbe severa y espresamente que se la
aplique ai fratricida; luego la pena de muerte que la socie­
dad ha establecido es contraría de toda contradicción á las
leyes divinas, á las leyes que directa é inmediatamente
comunicó Dios á los hom bres, leyes qne son inmutables y
eternas como su divino A n lo r, y cuyo espirita y prescrip­
ciones no se pueden de manera ninguna adulterar, so pena
de declararse en abierta desobediencia y oposicion con la
voluntad y justicia de los cielos.
CAPITULO XIV.

Consideraciones sobre la pena de muerte en


las antiguas sociedades.

I.

PUEBLO HEBREO.

Al continuar el análisis de la pena capital en la historia,


creemos casi forzoso detenemos primeramente á examinar
la legislación p e n i del pueblo hebreo, «de cuyo seno,
ícomo ha didM» m jérea de talento, surge na filósofo qne
■eolia loa cimientos déla moral, qne proclama el (teísmo
«absoluto, hiriendo de muerte ai panibeiamo brahmlnico,
•y siembra las primeras semilla» del individualismo, des-
•virtuando el principio absorbente de las sociedades asiá-
>ticas: un legislador qne constituye la familia y la pro-
>piedad sobre bases mas natnrales, anatematiza la eada-
»vitad y coloca la primera piedra del derecho de las gentes;
•un historiador que disipa las tinieblas de los tiempos pa-
«sados : un profeta que rasga el velode los tiempos futuros:
•un vate, en On, que levanta su voz en cánticos llenos de
¿40 LA SOCIEDAD V EL PATIBULO.

* vigor y armonía hasta el trono de Jehová. ¥ el gran filó-


»8ofo, el sabio legislador, el historiador profundo, el pocla
•inspirado y el cantor sublime son un solo hombre: Moisés,
• figura giganl« que marcha á la cabeza del género liuma-
»no por las inmensidades de Jos siglos, como la columna
»de fuego marchaba al frente del pueblo de Israel por las
■soledades del desierto '1.»
T si Moisés, el historiador r no de.un pueblo, sino de
los padres de lodos los pueblos, como le llama Augusio
Nicolás; el biógrafo del hom bre, el analista de la natura­
leza , el cronista de los hechos de Dios, que, mas allá de
las historias mas antiguas, mas allá de llerodolo y de
Homero, mas allá de los anales egipcios, fenicios y asirios,
mas allá, en fin, de los tiempos fabulosos, enmedio de la
noche y del silencio que cubren las primeras generacio­
nes, alli, como un gran taro suspendido sobre e l abismo
de loe tiempos, ser eleva solitario eu su majestuosa an­
tigüedad : si Moisés, repetimos, fue el legislador del pne­
blo escogido d d Señor, el autor do unas leyesque estuvie­
ron en observancia por espacio de mtl y quinientos años,
y entre las cuales se contaban las que mandaban imponer
la pena capital en ciertos casos, ¿cóm o, se d irá , ha de
ser injusta esla pena, que fue inspirada por el mismo
D io s?
Este argumento pierde su aparente fuerza con solo
considerar que la ley de Moisés uo era la ley de perfec -

1 Discurso Sobre la filosofía dclderctho entre /<w antiguos, pro­


nunciado ni niio 1832 cu la Universidad ccrlral por nuestro amigo
el Sr. D. Francisco da P. Escudero j Poroso , en el acia do recibir
la investidura do doctor en jurisprudencia.
c a p ít u l o x iv . 244

cton , sino la de preparación; y para conocer su verda­


dero valor compárese con todas las demas legislaciones
de los antiguos tiempos; compárense las verdades que en­
seña con los crasos errores que so profesaban en lo» de­
más pueblos; y despues de recorrer lodos los anales de
todas las naciones, es seguro que en ninguna otra parle
se nos moslrará un monumento de leyes formadas con
tanta previsiou y sabiduría. En calo consiste el eslraordi-
nario mérito de la legislación mosáica. Por otra parle,
¿no eran las leyes de Moisés l is mas conformes con el g e ­
nio y con las necesidades del pueblo hebreo , y las mas
convenienteBal g ra d o d e su civilización y dem ás circuns­
tancias qu e era necesario tener ea cuenta en aquellos
tiempos? Pues en esto consiste su ju sticia ; porque las le­
yes son relativas á la posición de los pueblos, y no deben
juzgarse absolutamente sobre un principio general. Con­
sultemos, pues, las páginas de la Historia Sagrada, y
desde luego nos coavenceremofl d e la posicion escepcional
y e s tr a o r d to ^ r q iw ^ c a iiib r e lip u e b lo -h a b iw o n tr t loa
demás pueblos* 'por ta sublime jfiéion q a e e e ta b a Untado
á ¡fe tta p tifo -i!.: . ........
Sabido es que , después de la regeneración del mando
por medio del diluvio* las nuevas gentes que se «atendie­
ron por diversaB regiones de la tierra hacían profesión
del ¡dogma de la trnidad d e Dios. Asi nos lo atestiguan los
sagrado» libro», y k> corroboran lo» antiguos poetas, his­
toriadores'y filósofos; enlre ellos Plutarco, Herodolo y
Porfirio, ademas de las tradiciones de Jos egipcios, chinos,
caldeos, fenicios y p ersas, á las cuales podemos agregar
las de los galos, germanos y demas pueblos del Norte, que

242 LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

no prologaron el politeísmo hasta que se mezclaron con


los romanos, según afirman Tácito y oíros escritores do
aquel106 tiempos. Por consiguiente, la idolatría fiic mnv
posterior á la creencia en un solo Dios, y no la primera
idea que tuvieron los hombrea acerca da la Divinidad,
como falsamente sostienen algunos incrédulos. La idola­
tría fue engendrada ponlaBipamnes ien el Beño de los er­
rores, cuando, conáudido y TÍciatfc «I conocimiento do
la existencia f ¡atributos de umDfcw, jci*eyoee que, siendo
único, no podría atender á todas las necesidades hu m an a
tan perfectamente como si fuera m últiple, y tan absurda
creencia fue la causa de qde loe hombres deificaran todo.'!
los objetos qne deseaban,.ambicionaban ó codiciaban, y
hasta los mismos vicios y crímenes luego que- su natura -
leta i m r a l s e p r o t f it n y & c a s i ^
«Elcrlmendeiidobtito <misi»tia',w*w>d»c© Sao Pn-
>blo, en q u e , ttóbiendo to n o c ü o é Dios, n a le.g lo rifica -
»ron *.* Y asi vemos que revestían á loa Idolos con los
atributos exclusivos de la Providencia, insultaban al ver­
dadero Dios, suponiéndole incapaz de poder hacer ciertas
cosas que, según sus falsas creencias, alcanzaban de Ion
nuevos diosea, y , representando á los Idolos por medio do
imágenes obscenas ¿ indecentes, cuyo co ito .consistía, en
las mas escandalosas y absurdas ceremonias, acompaña­
das del derramamiento de sangre humana, de la embria­
guez, de la prostitución y otros nefandos crímenes, pro­
ducíase la general corrupción de la moral y de las
costumbres.

■' * E p k i. ¡i tos r o m ., c«p. i, 2 1.


CAPÍTULO XIV. 34.3
Ahora bien : si Moisés fue enviado con el nhjclo de
hacer que se conservara el verdadero conocimiento de un
solo Dios infinito y omnipotente, siquiera en una pequeña
parle de la tiorra, donde tan generales erftn las prevarica­
ciones y las iniquidades, ¿cóm o, sino por medios fuertes
y rigurosos, se hubiera podido defender y guardar el sa~
grado depósito de la fe nuevamente revelada por el Señor?
Ya en otro lugar hemos enumerado las principales
penas establecidas por Moisés contra lo» adúlteros e inces­
tuosos, contra las ciudades que se hicieran idólatras, y,
en general, para todas los delitos contra la religión. «La
«cue&twB^ pue^, se reduce, como dice el abate Bergier,
»á saber ai Dios podía prohibir severamente la idolatría,
• establecer en una nación particular una legislación por
»la que este crimen se calificase crimen de Estado, y
»unir su protección particular sobre esta nación al cum-
•pUmiento de las leyes civiles y religiosas. Si se niega
•este derecto i J§Divinidad» se sienta el principio de
»quefto«i» f« i^ ^ 4 ^ wtigw en e*te nuwdo ita-
«gimcrimán ^ningún e ra r refeultrio, se ataca i 1a Pto-
» vidornia y se cae en el ateísmo.»
Innumerables pruebas d e la divinidad de la doctrina
revelada en el Monte Sinaí, proclamada y venerada por
los jueces y por los r e y e s , tenían los judíos, en vista del
g lo rio s o martirio d e JStóawtr y d e los siete herm anos, y
despM i d e haber asimismo presenciado el milagro de los
niños qoerntieron Ofeash d elhorno deBabUonia, y el sánto
valor de lo elh ca b eo s. Y c u a n d o ,i pesar d e tan eálraor-
diñarlos prodigios y d e tan irrecusables manifestaciones
de la voluntad del Señor, todavía la menospreciaban con
i H M SOCIKDAD T EL PATÍBULO.

sobrada frecuencia y se adherían á los idólatras, como


sucedió en Egipto» según nos lo enseña Ezequiel; en el
desierto, como nos lo refiere Moisés m ism o; en tiempo do
los R eyes, corto lo prueban las amenazas de los profetas,
y en tiempo de Josué, y en la época de los Jueces, y en
la Caldea, y despues de la cautividad de Babilonia, ¿u o
basta todo esto para probar la insuficiencia de la predica­
ción y de las amonestaciones para conservar poras en aquel
pueblo las doctrinas enseñadas por el mismo Dios? «En
«vano se lea prohibió, dice M. Pastoret, el que imitasen á
■los ammonitas, adoradores de Moioch : en yano se am e-
m aza á los hebreos, que, prostituyéndose sacrilegamente,
•ofrecían sus propios hijos ¿ este dios feroz y sanguinario,
icón que serian arrojados d e Israel y castigados por Dios
•cuando no llegase á los hombres la noticia de su delito;
>no por eso dejan de consagrar aquellas victimas infelices,
•p ara que fueran consumidas en el seno de aquel Idolo
«abrasador, al son de instrumentos y de atambores que so-
»naban para sofocar con su estruendo los espantosos gri­
llo s de aquellos infelices : en vano, en fin, se les prohíbe
•e l insensato culto que daban loa moabitas á Chamos, los
•filisteos á Bebebutb, los fenicio» ¿ Baal, y otras muchas
«naciones á Beel-Phegor; no por eso adoptan con menos
•ansia estos impúdicos errores.» Siendo, p u es, las ame­
nazas y ios medios de persuasión de todo punto ineficaces
para evitar el contagio entre los judios, pueblo inconstante
por su n a tu r a le z a , y á quien seducía continuamente el
ejemplo de las naciones con quienes se liallaba en contac­
to, ¿ no debió valerse Moisés de medidas duras y coerciti­
vas para darles á entender cuán ábsurdo, infame y per­
c ip Iiclo xiv. 245
judicial era el coito de loa falsos dioses? Si no hubiera cas­
tigado lan severamente Los delitos religiosos, ¿no hubiera
manifestado en cierto modo indiferencia por la religión, y
no se hubiera creído también que casi toleraba todas las
abominaciones y todos los crímenes ?
Por olra parle, las leyes penales de Moisés no se esta­
blecieron para todos los pueblos idólatras, .sino únicamente
para el pueblo ju d io , á quien el Señor liabia ofrecido su
divina protección, con tal de que observara fielmente su
santa l e y ; y como que del olvido de la le y de Dios hu­
biera resultado la completa ineficacia de todas las leyes po­
líticas y civiles que Moisés dictó para loe h ebreos, porque
todas rilas reconocían por base la ley religiosa, regido como
estaba aquel pueblo por un gobierno teocrático, y esta ley
religiosa no se hubiera conservado sin la pena de muerte
con que se castigaba á sus infractores, claro está que di­
cha pena fue la salvación de la doctrina religiosa, y hasta
de la misma socie&d.» qne» .sin e lla , se hubiera mezclado
y confundido. con las dem ás. sociedades id ó la tra . Dios,
como dice no célebre expositor, gobernó é loe hebreos rela­
tivamente á las circunstancias. Dioles una ley conveniente
á un pueblo aislad o; una ley severa, pero que propendía
á humanizarlos; una ley m uy minuciosa, donde los casos
se hallaban previstos, porque en una sociedad naciente no
hay luces suficientes para aplicar principios generales á los
diferentes casos particulares; uua le y , en fin, que daba
mucho valor al ealerier, porque el hombre estúpido quiere
ser movido por los sentidos.
No bastando, pu es, al pueblo hebreo en su estupidez
é ignorancia ni las lecciones de la tradición, ni los consejos
24Ü LA SOCIEDAD T EL PATLUULO.

d e b a ancianos, ni la autoridad de Iob ministros de la re­


ligión, viose Moisés precisado á adoptar otros medios roa-
leriates, como el d é la pena de m uerte, para hacerles co­
nocer 6us deberes y mantenerlos en la observancia de la
religión verdadera. Dudar de la justicia de esta pena, en
aquellas circunstancias y por delitos religiosos, seria dudar
de la justicia de Dios, que castigó co a la muerte á loa pre­
varicadores y apóstatas, asi como én otros tiempos, para
castigar loa crímenes de los primeros hombres, destruyó la
raza bamana por medio del diluvio universal , haciéndola
luego renacer de Noé y su familia, únicos que, por sus
virtudes, se salvaron del gran cataclismo. Pero esa ley
penal, justa con una altísima justicia tan solo para el pue­
blo hebreo, abobo se, y nunca, mas debió ejecutarse, desde
que Aquel que habló «on los patriarcas de las gentes, y
que luego inspiróá Moisés, eavió en la plenitud de loe tiem­
pos á su Unigénito para que promulgara la le y 'd e g ra d a,
de verdad y d e perfección; el Evangelio de paz y de ca­
ridad, uno de cuyos artículos, del modo mas absoluto y
con amenaza^ de condenación eterna al desobediente, pre­
ceptuó á todo el mundo : no matarás.

If.

EG IPC IO S, C U IN O S, PRESAS F. INDIOS.

Acabamos de examinar la legislación penal de los he­


breos , entre los cuales se hallaba establecida la pena ca­
pital, por altísimas razones de religión y de Estado, en
atención á las estraordinarías circunstancias que caracterí-
c a i 'Í t l i . u x iv . 247

zaban la situación escupcioual de aquel pueblo, único de­


positario entonces de las verdaderas doctrinas reveladas
por el S eñ o r; doctrinas q u e , sin la aplicación de dicha
pena á los que no la* observaban, se ludieran olvidado
completamente por parle de los ju d ío s. pueblo indócil por
su naturaleza, y propenso á la idolatría por Los continuados
ejemplos que de sus absurdas prácticas le ofrecían los de-
maa pueblo» limítrofes. Ni ae diga que también se aplicaba
algunas veces la puna de muerto por delitos comunes, co­
mo, verbi g ra cia , por el homicidio.; supuesto que el homi­
cidio no tanto se cousideraba cümodekito civil,¡cuanto como
una coBtnm neion á la le y religiosa por la que espresa-
menfa.se: prohibía matar a l prójimo.
Si consultamos ahora la historia de los egipcios, cliinos,
persas, indio» y demás pueblos de la antigüedad, pronto
nos convenceremos de Los absurdos y d élas bárbaras pre­
ocupaciones en que se hallaban imbuidos, y do la completa
falta de moral y da verdadera justicia qne su notaba en to­
das sus prineipafa8.inrtiinciMfri8w Dasooaociendo' la eiislen-
cia del veudadanoiiDiafl, carecían prwwamrttoi deideas
enaclas acere* de las relacione» del hombre a » Ut sociedad
y de sus mutuos deberes. La sociedad absorbía por com­
pleto la existencia del in dividuo, y no era ni podía ser
la justicia, sino «1 instinto de fiereza y de venganza, el
principio sobre que procuraban legitimar sus leyes pe­
tates,.
Lfts coalumbres d é lo» egipcios llegaron ¿ un alto grado
de corrapcion, por mas que algún escritor apasionado suyo
sostenga lo contrario; y ari rem os que no solo se bailaba
establecida entre ellos la servidumbre doméstica, sino taun
2A 8 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

bien la poligamia, el concubinato y el bárbaro uso de Iob


eunucos. Ni podia suceder de otra manera en un pueblo
que tributaba coito á los animales mas inmundos, que en
la Gesta de sn bney Apis cometía públicamente toda clase
de escesos y las mas torpes obscenidades; un pueblo para
quien las mas serias peregrinaciones religiosas Be tornaban
en escandalosas orgiaB, y cuyas m ujeres, en fin, despues de
cometer las mayores impudicicias én las fiestas de B abasta
y de Canopa, lomaban fuertes dósb de cierto estimulante
para marchar furiosas á prostituirse en presencia de todo
un pueblo en el cantón de M endes!
Por lo que respecta ¿ los chinos, á pesar de la moral
predicada por Confucio y por sus discípulos, moral insípida
y sin motivo ni principio fijo y conocido; á p esar, repe­
tim os, de ésa moral y de todas.las estériles apologías qne
de la misma se han h echo, es lo cierto qne entre ellos se
hallaba autorizada la poligamia; los padres teman derecho
para matar á sus mujeres y á sus hijos y para esponerlos
á la pública prostitución; y , finalmente, no solo tenían los
señores facultad para disponer de la vida de sus eunucos
y esclavos, sino qae estos eran también las victimas que
se inmolaban en los funerales d e los em peradores: costum­
bre» que, en su mayor parte, se observan todavía en aquel
dilatado imperio. Añade Monlesquieu, cuya autoridad so­
bre este punto es irrecusable, que en la China se ha ob­
servado constantemente una serie de injurias hechas á la
naturaleza humana con aria, es d ecir, ó sangre f r i a ; y
acaso esta es la causa de donde han provenido tantas re­
voluciones como han tenido lugar en aquel pueblo. Por eso
se ha visto castigar cou la pena de muerte una insignifi-
CArÍTULO x i v . £49

cante mentira, una leve inadvertencia; y también por eso


se eslermina toda la familia del culpable, castigando á sus
parientes hasta el noveno grado.
En cuanto á los persas, sus costumbres y sus doctri­
nas eran, por lo general, semejantes á las de los demás
pueblos con quienes se hallaban en contacto; pues si bien
la moral de Zoroastro contiene algunos saludables consejos
y prudentes máximas, empero abraza al mismo tiempo
muchos preceptos absurdos y basta ridiculos, com o, por
ejemplo, el reputar culpables en un mismo grado al que
violenta un bombrtf y al que hiere í un animal ó se apro­
xima é un cadáver.
Por último, en lo relativo á los indios, diremos con el
Sr. Escudero, en su autea citado discurso : «Toda la cien­
c i a y todo el derecho indostánicos pueden reasumirse en
ie l dogma del pantheismo : pantheismo religioso y filosó­
f i c o , que absorbe á Dios en la naturalea : pantheismo so-
>cíal y político, que absorbe al hombre en la sociedad; y
»8obre esta doWe baBe ae le v a ita él despotismo teocráti-
»co.» La moral de ios indios ae halla reoopiladú en ocho
capítulos, y en ellos se ven mezclados, con los preceptos
de la le y natural, algunos mandatos absurdog, tales como
la prohibición de matar á las Geras, á los iasectos, y aun á
los animales dañinos; y esta confosion en la moral ha pro­
ducido un efecto tan perjudicial en las costum bres, que un
respetable viajero no titubea en asegurar que <no hay
»en el mundo un pueblo mas corrompido, mas malvado
m i mas supersticioso que el de los indios, sin esceptuar la
■generalidad de los bramiaes.» El libro de Zend-Aresla
nos demuestra evidentemente que eu la India, donde no
250 I.A SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

Be encontraban hospitales para los hombrea, había algunos


liara lo» anim ales, y se mantornan por devocion los mas
asquerosos insectos, como pulgas, moscas y chinches 1 Allí
se profesaba el concubinato, y se llevaba la poligamia
basta el mayor esceso, como entre les mahometanos; y en
cuanto á las costumbres, fácil es concebir cuál seria el
grado de su corrupción , hallándose, como se hallaba, eu
observancia el infame e tilo delLingam . Las leye» gu ard a­
ban relación coa las doctrinas religiosas y con las costum­
bres. Desconocíanse en ellas los grandes principios del de­
recho natural y de la m oral, y basta se establecieron
algunas que ofendían al decoro público; siendo especial­
mente las relativas al bello sexo aon mas crueles que las de
los mismos salvajes.
Pues b ie n : estos-pueblto, qtóvcareeien d od e loda idea
exacta acerca de laDfciaidftd;, s e bnloilWbsuk i t a p i e s
de los Idolos para rendirles cota) cofi las mas impúdicas y
escandalosas ceremonias; estos pueblos, q u e , por desco­
nocer completamente los altos principios de la verdadera
justicia, fundaban sus leyes penales en los principios do la
venganza y de la fuerza brutal, estos pueblos usaban tam­
bién la pena de muerte. Y qué, ¿será esto, por vebtura,
bastante para fundar un argumento en favor de su legiti­
midad? ¿Será posible qu e aquellas gentes, cu y a bárbara
civilizaciou no puede admitirse por ningún hombre de me­
diano criterio; cuyas costumbres llegaron á tal grado de
corrupción, que parece cosa fabulosa; cu ya religión era
un continuado insulto á la religión verdadera, y cuyas
instituciones, por lo general, eran ó bárbaras 6 absurdas;
será posible, repetimos, que aquellos pueblos que en casi
CAPÍTULO TtIV. 251

lodo erraron, acortaran únicamente al poner en ejecución


la pena capital?

IIL

URECIA T H Ú JU .

Para concluir el examen de la ilegitimidad d e la pena de


muerte entre los pueblos de la antigüedad, vamos á lyar-
noe en loa de Greda y Roma, cuya cnüaacioa fue casi
una misma luego que los romanos aceptaron por compelo
las doctrinas de sus predecesores. Ocupándonos con la
posible brevedad de la religión y de la moral de aquellos
pueblos, y de la inQuencía que esta moral ejerció sobre
sus costumbres y sobre sus le y e s , deduciremos q u e, tanto
i»us le y e s, como sus costumbres, como su moral y su re­
ligión, descansaban generalmente en el error, de donde
oo pudieron derivarse, por lo regular, mas que Jttsag y a b ­
surdas consecuencias. ■

■ ; i-
La G recia, lo mismo que todos los pueblos aajtiguos,
oo conocía ni adoraba en los primitivos tiempos m asque á
un solo D io s; pero á medida que se fueron eslendiendo
por todo el mundo las utopias y las falsas teorías que in­
ventaron los hombres acerca de la Divinidad, aumentáronse
también los absurdos y la corrupción, hasta que la religión
llegó ¿ degenerar en idolatría.
Desde la fundación de R om a, según la opinion de al­
gunos, fue la religión de loa romanos la misma que la du
los griegos; pero aun cuando convengamos con los que
Í5 2 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

defienden que aquellos tuvieron en sn principio dioses mas


sensatos y respetables, y no tan repugnantes como I09 de
la Grecia, es lo cierto que con el trascurso del tiempo los
griegos importaron al pueblo romano sos artes, sus cien­
cias y hasta sus costumbres, y con ellas su religión, sus
falsos dioses y todas sus abominaciones. Pndiendo cada po­
blación, lo mismo que cada individuo particular, forjarse
á sn antojo uno ó muchos dioses, á quienes atribuían los
vicios mas detestables, encomendándolas las mas viles ocu­
paciones y tributándoles un abominable cu lto , puede
cualquiera formarse una exacta idea de lo degradante y
odiosa que hicieron su religión.
Cuánta é ra la influencia que esta religión ejercía sobre
la m oral, se concibe con sok> considerar q u e , siendo tos
falsos dioses representado dob d e las pasiones y de los crí­
menes, ofcndiasdes gravemente detestando los crímenes y
las pasiones y amando la pnreza y la virtud. Por esta ra­
zón se veían frecuentemente los templos Henos de envene­
nadores, asesinos, ladrones, adúlteros y prostitutas, que
pedían la impunidad de sus crímenes. Y , como dice muy
oportunamente el abate Bergier, «¿podían los dioses des-
feaprobar en sos adoradores una conducta que ellos mia-
»naos observaban? ¿Se podía agradar con la castidad á
«Vénus, diosa de la incontinencia, y que inspiraba el amor
«impúdico; con la probidad á Laverno y á Mercurio, pro­
te cto re s de los ladrones y rateros; con la humanidad á
«Marte, dios de la guerra y de la venganza, y con la so-
«briedad á B aco , dios del vino y abogado de los glotones?»
Con respecto al culto que se tributaba á estos falsos dioses,
pueden consultarse las obras de los santos padres, que
capítulo xiv. 283

continuamente lo condenaban en sus controversias con los


paganos. Baste para nuestro objeto recordar las libaciones
y los sacrificios, no solo de animales, sino también de san­
gre humana, que les ofrecían ; y los cómbales de los gla­
diadores, las bacanales, los juegos del circo, los espec­
táculos del teatro, los misterios de la buena diota, loe
juegos florales, y otras varias fiestas y ceremonias que es­
taban sancionadas por el uso y hasta por las mismas leyes
de Grecia y Roma, y se calculará desde luego el grado de
abyección y de envilecimiento á qne llegaron aquellos pue­
blos por haberse olvidado d e la s u n ta s doctrinas reveladas.
Las costumbres y las leyes correspondían necesaria­
mente á los absurdos que se profesaban en materias de re­
ligión y de m oral, qn e, como es bien sabido, son el alma
de la buena organización de los Estados. En Atenas se en­
contraba un pueblo bárbaro y cruel con sus enemigos, es-
cesivamente desenfrenado y lúbrico, y basta ingrato é
injusto con sus a liad o s: un pueblo donde estaba permitida
la monstruosa unión d e;k» hermano», y donde las mujeres
y los hijos eran aeras degradados y envilecidos. Si fijamos
la aleación en Esparta, observaremos cuán desconocidos
eran los vínculos del matrimonio, de la amistad y de la
fam ilia, por la casi comunidad de m ujeres y de hijos: allí
la patria lo poseía todo, pero nada prom eta en cambio:
reclamábalo todo, y nada ofrecía. ] Y eso qne sus mas cé­
lebres legisladores, como Minos, Solon y L icurgo, se jac­
taban d e haber dictado unas leyes que los mismos dioses
les habían inspirado 1 Pero esas le y e s, como observó Pla­
tón, eran mas apropósilo para formar hombres esforzados
que para bacer justos á loe ciudadanos. Los niños que na­
254 LA SOCIEDAD Y EL FATÍRUr.O.

cían con una constitución débil 6 defectuosa, eran desp^y*


óados en el precipicio que llamaban del T aijeto; y á los
qne carecían de defectos fíeteos los azotaban basta Hacer­
les sangre anle el altar de Diana, sin permitirles que exha­
laran la menor queja por el dolor qne esperimentaban,
obligándolo» despues á luchar unos contra otros con el ma­
yor encarnizamiento.
Empero reflexionemos sobre la civilización de lo» últi­
mos tiempos de Roma.
Necesilarianae runcho» volúmenes para enum erar, si­
quiera sucintamente, las execrables monstruosidades, los
hediondos crímenes y los abominables escándalos que su
sucedieron sin interrupción y cada vez en mayor escala
durante el imperio rom ano, especialmente cuando mar­
chaba ya bácia s u decadencia ratea. Conten tarémonos,
y ,

p u es, con hicer na ligerísimo é imperfecto bosquejo de las


costumbres y civilización de aqud pueblo, pues aeí cum­
ple á nuestro objeto, y remitamos á la historia universal y
á otros escritos particulares á los que no se hallen entera­
dos á fondo del estado de corrupción de aquella sociedad.
Algunos talentos superiores lograban á veces descubrir,
á través de las densa» tinieblas que envolvíanlas inteligen­
cias de aquello» homhres, la existencia indispensable de
un Ser único ¿ inmaterial, centro de lodo órden moral y
aulor de cuanto existe en la creación; pero fuera de esas
raras excepciones, la sociedad rom ana, por lo general, ca­
recía absolutamente de ideas exactas acerca de la Divini­
dad. Por eso vemos la multitud de dioses que se forjaron á
su antojo, bajo las formas mas asquerosas, y con cuyo
culto deificaban al mismo tiempo las pasiones y los instin-
c a p ítu lo x iv . 255

(os del mas vergonzoso materialismo, elevando altare» al in­


cesto , á la lujuria, á la embriaguez, al adulterio y á lodos
los vicios que engendra una naturaleza prostitu id a : de (odo
lo cual sod evidentes ejemplos los llamados misterios de
Adonis, de Flora y de Cibeles, que se celebraban en los
templos de Baco y de Venus.
In escritor que ba consagrado una obra esdusivamente
á este período de la historia del pueblo romano, Gibbon,
nos asegura que la sodomía se hallaba quizá» mas genera­
lizada que la afición á las mujeres durante los quince pri­
meros emperadores, i escepdon de Claudio, qne vivía en
el incesto. Y aquel monstruoso crimen contra naturaleia,
qne tan repugnante es ano á las mismas fieras, censlitnia,
sin embargo, las delicias de los mas severos filósofos y de
ios mas distinguidos escritores; supuesto que, no solo prestó
inspiración á las liras de Horacio, de Tibnlo y de Virgilio,
sino que hasta el mismo Cicerón buscó también el deleite
en tamaña monstruosidad 1 ¥ era que loe espiritas habían
desceudide hasta un grado d e embrutecimiento imposible
de definir; 7 era q u e, según la vaSente espreóon d a un
escritor francés, «la organización sensual d d tam b re había
«adquirido tan vasta capacidad como la de la inteligencia,
• porque la inteligencia se había trasladado enteramente á
•lo s sentidos.» Basta tal punto 6C babian extinguido para
aquellos hombres las prescripciones del sentido m oral, que
diariamente, como afirma un historiador, «se veian sue-
•gcaren txegán d o sei sus yernos y envenenando á sus hi­
je a s , 7 parientes qne, para deshacerse de sus cohere­
d e r o s , lee daban muerte ó los sujetaban á una condena;
•siendo también muy comunes los amores incestuosos, y
256 LA SOCIEDAD V EL PATÍBULO.

«mas frecuentes acaso las prevaricaciones de los magistra-


■dos y la infidelidad de los jueces.»
Otra de las incitaciones fundamentales d e aquella so­
ciedad era la esclavitud, cuyo enorme y u g o , según el
cálculo de un distinguido escritor, pesaba sobre mas de las
dos terceras parles de los hombres, y la olra tercera parle
se serria de ellos para fomentar su sensualidad y sus vicios.
El derecho de vida y muerte sobre los esclavos era lan
omnímodo, que sin el menor motivo, y solo por un ca ­
pricho, les mandaban dar muerte muchas veces sus amos,
como nos lo patentiza la historia con innumerables ejem­
plos. Citaremos el de un ciudadano, llamado Pollion, que
gustaba de criar ciertos anim ales, á los cuales alimentaba
con ia carne d e sus escla vo s; y el de aquel FLaminio, que
hizo quitar la vida á un siervo s u y o , con el solo objeto de
ofrecer este espectáculo á un amigo que nunca había visto
morir á un hombre I Pero escusado es proseguir la dolorosa
tarea de enumerar ejemplos de esta clase, eupuesto que
(ales debían ser naturalmente las consecuencias del axioma
que, según M. Troplong, acostumbraba proferir el célebre
Catón : «Nuestros esclavos, decía, son enemigos nues~
»lros.»
Bastante conocido es el A rte de amar , de O vidiof para
que tengamos necesidad de recordar que la significación
de la palabra amor era desconocida, y en su lugar se ha­
bía sustituido la de lib ertin aje , y por eso era un vulgar
adagio : «Sin Ceres y sin Baco ¿e enfria Venus.» Preciso
era, pues, que las mujeres perdieran toda moralidad, todo
rubor y toda virlud con semejantes máximas y doctrinas;
y , en efecto, en cambio de una Octavia y de una Cor­
c a f Itl 'l o XIV. 257

nelia, no» recuerda la historia los nombres do una Ser­


villa, unaM ucia, una Tulliona, una S a x ia, y lanías oirás
i[ue seria enojoso referir. Por eso ora tan fácil y lan fre­
cuente el divorcio, que muchas veces tenia lugar solo
por el mas leve capricho ó disgusto, como sucedió con
Sempronio, Cicerón, Publio, Uruto, Augusto, César y
oíros innum erables; de suerte que muchas mujeres,
como es bien sabido, no contaban los anos por los
cónsules, sino por el número de maridos que habían
tenido.
\ ¡ se crea que estas son exageraciones de la historia
sobre anos hechos que tuvieron lugar en remólas edades,
supuesto que aun existen las leyes Zta ambitu, Cineia,
Vocania, S e x tin ia , Julia el Pnpia poptea y otras mu­
chas, prohibiendo unas los manejos, castigando o l m la
venalidad de los oradores, ora amenazando á los que alen­
tasen contra el pudor de alguna persona lib re, o ra , en tin,
estimulando de mil modos á los hombres á contraer ma­
trimonio.
Elementos grandes de corrupción para los dudadanoe
romanos eran también los suntuosos banquetea ó festines
con que acostumbraban obsequiar á su» amigos por cual­
quier leve protesto, dándoles el nombre propio de cenas.
De estas había muchas clases, como cena vialicia, advento-
ría, libre, tr iu n fa l , fúnebre, y otras v a r ia s , en las que
desplegaban nn lujo y boato casi fabulosos.
Por último, para no e&tandernos demasiado en una ma­
teria tan vasta por su naturaleza, fijaremos la atención en
aquellos anchísimos anfiteatros, adonde concurría todo el
pueblo para gozar el espectáculo de ver luchar los hombres
258 U SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

con las lierari 1 ; espectáculos tan conformes eou aquella


estúpida hock'dad, quo los mismos que iban marchando a
un .suplicio cierto saludaban con la mayor serenidad y
sangre Iría á los Césares con es-la»estoicas palabras: Ave,
C a sa r : morituri te salutantl Los muertos te contaban
tuudias veces basto por millares ; y mientras mas crecido
era su uúmero, tanto raas ofrecían á algunos poetas, como

1 Semejantes á. Mtos espectáculos son los que ofrecen nuestras


corridas de tdroa, qdeáflbeWan'probibirso can la mayor severidad»
supuesto quo dí aun se comprendo la razón de su existencia. La
luclm del hombre con oí bruto caracterizaba perfectamente aquella
sociedad pagann, donde se desconocía casi por completo ln dignidad
liuinana, porque se bailaban barradas los ideas del verdadero Dios;
pero en nuestros dias, que Unto se proolinran la csceJcocia y los
altes a tr ib u ta del ser racional; en nuestros días t decim os, ca un
iuijlwnlÓEÉble a iÉ m á s n ib Ift oó«tambre dé «M aluchas, que alionan
Jos tm ti'd a ta -f é h tia ile a ta * 'to c a n x o a * é e s tie m in los mas santos
^linjMilan Ja r^rtinj^inn y ]a caridad y fomentan, los mas
brutales apetitos, opa metHHCuu de la moral y de los santos dogma*
de una reOgioo qúe es Voda amor y dulzura. Esos animales, que tod:i
su vida están prestando importantísimos servicios á la agricultor*,
y que despues de muertos sirven de alimento al hombro, Ten*'
líos ligados hasta el es tremo do herir y matar á otros no menos úlllfí
para el cultivo de los campos 7 para la* comodidades sociales. V
mientras unos v otros derraman toda su sao g re, basta caer exánimes
y moribundos,-loa racionales gozan con febril delirio, y manifiestan
íu gozo con horribles ¿ares jad as y blasfemias que hieren vivamente
los castos oídos de los inocentes oíaos que se encuentran entre |os
reportadores. Y ebrios de tan brutal y estúpida alegría, j exaltados
ó la vista de tanta sangro derram ada, marchan luego ciertos hombres
A consumar la fiesta en báquicos festines, para dormir despues el
sueño de la orgia. Y mientras ta n to , acaso la esposa fiel vela espe­
rando en vano la vuelta dol esposo; ti la madre solícita quiere inútil­
mente cerrar los párpados en ausencia del b ijo ; ó hijos, esposa y
raadru ven amanecer la aurora de un dia en que Lal vez carecerán
de sustento, porque el espectáculo de la víspera les llevó todos los
ahorros de sus afanosas economías! ¿Cudl os uiitnnec^ la r;«OP que
pueda legitimar tan odiosos ¿ inhumanos espectáculos?
CAPÍTULO XIV. 2 ¡ t ‘J

Plinio el jo v e n , tisunlo de alabanza á los em peradora!


¥ cuando tales eran la religión, la moral y las costum­
bres de aquellos do# grandes pueblos, que marchaban al
frente de la civilización de los antiguos tiempos, ¿qué
autoridad ui qué respeto nos pueden merecer sus leyes
penales? ¿Era posible, por ventura, la existencia de los
delitos, que *00 la» infracciones del deber y de la moral,
en aquellas sociedades donde la moral era desconocida, y
donde los deberes eran sinónimos de vicios, supuesto que
deber e r a , y hasta religioso, practicar las impurezas que
so atribuían á los dioses para no caer en su desagrado?
¿Oué importancia podía tener un asesinato enlre aquellos
hombres, para quienes millares do asesinatos constituían
las fiestas de los anfiteatros, y que ademas estaban legal-
niente autorizados, tanto para privar de la existencia á
sus hijos como para malar por un simple capricho á sus
esclavos? Siendo la pena un mal que la sociedad impone
á los delincuentes para infundir el miedo y el terror á los
demas individuos, ¿ cómo había de ser legitim a pena la
muerte á que en ciertos y determinados casos condenaban
las leyes romanas, 9¡ la muerte casi se podía considerar
como un bien , loda vez qne ofrecía motivos de regocijo
y de recreo á aquellos hombres bárbaros y sanguinarios?
V , por últim o, ¿qué valor ni qué legitimidad podemos
conceder á esa tremenda pena, qae lanío podían aplicar
los particulares á su antojo como los tribunales cuando
sacrilegamente invocaban el santo nombre de la justicia?
Para legitimar, p u e s, la pena d e m uerte, fundándose
•in que estuvo en oso entre los romanos, entre los "riegos
y entre Indos los pueblos de la antigüedad, menester seria.
260 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

ó cometer el absurdo de aprobar los errores religiosos y


filosóficos qne profesaron, juntamente con la corrupción
de sus costumbres, 6 llevar el espíritu de sistema basta el
exagerado punto de sostener que unos pueblos que des­
conocían al verdadero Dios, y que, por carecer de bue­
nas ideas de moral y de justicia, trataban á los racionales
con nna dureza é inhumanidad qne nosotros no usamos
con los mismos brutos, fu eron, sin em bargo, justos, m o­
rales y hasta religioso» al adm itir.la institución de la pena
capital.
CAPITULO XV.
De la pena de muerte en las sociedades pos­
teriores á la venida de Jesucristo.

f.

ArAHlCION DEL CHIS1TANISM 0.

«Cubierta d e bellas apariencias la sociedad romana,


»y herida en bu corazon cou enfermedad de m uerte, oíre-
ícia La ¡m igan d e la corrupción mas asquerosa, velada
•con el brillante ropaje de la ostoulacion y de la oputen-
»cia. La moral sin basa, las costumbres aín pudor, sin
•freno las pasiones, las leyes sin sanción, la religión sin
• Dios, flotaban las ideas á merced de las preocupaciones
»del fanatismo religioso y de las cavilaciones filosóficas.»
Asi se espresa nuestro célebre Balines.
Y , en efecto, el cáncer cuyas raicea minaban las en­
trañas de aquel pueblo gigante en apariencia, pero de­
forme y corrompido, no le permitía y a vivir por mucho
tiempo. Aquel colosal im perio, que, regido por la moral
del ínteres, avanzó en brazos del sensualismo hasta llegar
í(iá LA SllC IE lU l) t El. PATÍBLLO ,

á las infamias de un Nerón y de una M essalina, no podúi


subsistir. minado como se hallaba en sus cimientos por
lodos tos vicios. Tiempo era ya de que se cumplieran los
estraordinarios acontecimientos anunciados por los profe­
tas y confirmados por los o rácu los: llegado era el mo­
mento en que debía realizarse la interpretación dada por
Daniel al sueno en que se le representó á Nabucodonosor
la misteriosa estatua compuesta de diversas materias y
metales; y , envuelta entre las misteriosas sombras del
porvenir, adelantábase la gran crisis por que habia de
pasar la humanidad.
Todos los esfuerzo* de aquellos célebres talentos que,
como un Sócrates, un Aristóteles, un Platón, un Cicerón
y un Séneca, levantaban la voz para advertir á los hom­
bres los escollos de ía senda por donde marchaban aban­
donados , eran impotentes para sostener el enorme peso
de la desdichada especie humana, qu e, con absoluto olvido
de las tradiciones y de la moral, y entregada al torpe
sensualismo, se desplomaba al fin en el abismo de la ido-
lutria. Pero en el fondo de esc abismo se encontraba nn
Dios infinito en misericordias, q u e, olvidando los eslravias
de la humanidad y perdonándola lodos sus pecados, la
aguardaba con entrambos brazos abiertos, para .estre­
charla en un abrazo de inmenso amor, sellado con el der­
ramamiento de su divina sangre , precio infinito de nues­
tra santa redención.
Por encima de la estéril ülosofia de Calón, de Marco
Aurelio y de Epiciclo, levantóse en majestuoso vuelo la
filosofía católica, proclamando el esplritualismo y la her
mandad universal, fundada sobre los santos principios de
CAPÍTULO XV. 2 tt¡ l

verdadera caridad, de moral, do abnegación y de sucrí-


lic iu .y sobro las eternas leyes que recomiendan á Los
hombres el que esléu siempre unido» por lo» dulces viucu-
los.d e una afección común; que 6e miren con una ter­
nura fraternal y como miembros d e un solo cuerpo; que
amen á su prójimo como á sí mismo»; que no vuelvan
daño por dañ o, sino, afile* al coulrario, que amen á sus
enemigos y «e ayuden mutuamente con los auxilios de
una sincera caridad, y Laníos oíros sublimes preceptos
que se contienen eu las Sagradas Escriturad. De modo que,
valiéndonos d e la eípw sÉ ond a ?M. Tfoplong, «mientras
•qu e la O k au íkartiü lih ba e n t e alias regwadii in*elecUia-
»les1 los rudim entosde la perfecefon humana, el cristia-
m ism o llevaba ¿ las naciones los principios completamente
«desarrollados y su inmediata aplicación á todas las
■clases de la sociedad.» Porque el cristianismo, como
dice M. Consín, «no es solo el complemento y la perfec­
c ió n de la le y d a Mo®ésirr'i ¿Bísala'sabiduría hetoráicu
iconlenlda en tod wiMeeMnútha, lefH M ^ equflaa.c«aarón
*det (>ienter/eOTtyma|^ifl«faife9áÉ^ » d n rtlii¿^s.kWnttfr-
■guos sistámai’de m oni y de filosofía; sep frad ré >dema
•errores y ligados á principios toas e le v * d o * y maseotn-
ipletos : e s el punto de unión de toda» las verdades par­
ietales del m o n d o 'o rien ta l-y d el m und* tócddcnlai, qne
«van á wmfondirBe-«fr w ia Yerdad inas pifra* mas bri-
•llante* mas vasta f e a U l t i m ó progreso por
«medio del cual la humanidadtai atawwado la posesión
»de les (Mnéifios de la verdadera' tirM a e ío n universal.»
El príncípw eonslitulivo de li organización do las so­
ciedades paganaB consistía cnel dereclm de I» f u m n , Ir-
ítii LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

gitimado por las leyes. Así vemos que los esclavos care­
cían absolutamente de personalidad, y eran considerados
como cosas respecto de sos se ñ o re s: otro tanto sucedía
con las mujeres y con tos hijos respecto de sus maridos y
padres; y esta misma era la relación que mediaba enlre
Jos individuos y la sociedad eu gen eral, que absorbía com­
pletamente sn existencia. «Aquella divinidad que llam a-
ib a n p atria, dice Angosto Nicolás, no permitía á sus
•hijos respirar amo por d ía ; inspirábales todos sus odios,
•todas sus pasiones y preocupaciones: su poder consistía
•en el aniquilamiento personal de todos ellos, y su libertad
•en la servidumbre de todos.» Y , efectivamente, los mis­
mos ídolos eran cómplices de la tiranía de la sociedad, de
lal m anera, qne para que se identificasen, se amalgama­
sen y se confundiesen mas y mas los poderes temporal y
espiritual, los mismos soberanos temporales disfrutaban
todos los honores y consideraciones que se tributaban á
los dioses, hasta que apareció la augusta religión, lien»
de amor, de humanidad, de mansedumbre y de todas las
virtudes» predicando las Legítimas prerogativas del hom­
bre , derivadas del exacto cumplimiento de todos sus de­
beres; proclamando las eternas verdades y los inmutables
principios de la única verdadera civilización, é inculcando
la equidad en todas las instituciones, La moral en las cos­
tumbres, la justicia en las leyes civiles, y la jufiticia,;un-
lamente con el amor, como advierte el señor conde de
M aistre, en las leyes penales.
Pero ¿dónde ni en qué tiempo» se ban aplicado en loda
su eslunsion á la sociedad estos divinos preceptos del ca­
tolicismo ? ¿Dónde ni en que tiempos han prestado oidoí
capítclo xv. 265

los hombres á las sanias verdades de nuestra augusta reli­


gión, con absoluto olvido do bastarda» preocupaciones y de
las falsa» doctrinas del error? Antiguos absurdos ban pre­
valecido sobre las inspiraciones de la razón mas pura y
verdadera ; porque los hombre.-; que no han titubeado en
negar repelidas veces con sacrilegio la divina autoridad de
la Iglesia, legítima conservadora de la religión del Crucifi­
cado ; esos hombres q u e, levantando espantosas revolucio­
n es, llevando el luto y la consternación por los pueblos, y
destruyendo los venerandos monumentos depositarios de la
fe y de las Bantas creencias de nuestros m ayores, han te­
nido sobrado atrevimiento p ara profanar los mas altos prin­
cipios de ju stic ia , esos mismos ban carecido del pobre va­
lor que se necesita para demostrar la ninguna autoridad de
ciertos falsos principios que nos ha trasmitido la historia,
desde los tiempos del paganismo. La fuerza y la venganza
fueron el principio fundamental de las leyes penales de las
sociedades p agan as: la fa e n a y la venganza privada legi­
timaron las leyes penales de los pueblos bárbaros qne coad­
yuvaron al desmoronamiento del romano imperio : la ven­
ganza pública fue el principio dominante en las sociedades
de la edad media y de los siglos que la subsiguieron : la
vindicta pública e9 todavía enlre nosotros el principio que
invocan los representantes de la ley cuando piden el cas­
tigo de los delincuentes!
LA SOCIEDAD Y EL IMlÍHIJLÜ.

II.

P l'E B U M DK LA £D A D M KD IA .

Dos eran los elementos que componían el iiu|*erio ru­


ina uo : el religioso y el político; y así como el primero ha­
bía de ser d esm id o por la moral del cristianismo, asi lam-
b icn , para echar por tierra el segundo» era necesaria la
irrupción de un pueblo nuevo. «Los discípulos dfl Jesucristo,
>que prepararon á la sociedad un camino de salud interior,
» facilitáronle otro en lo estertor; fueron á buscur á lo lejos
• á lo s herederos del mundo romano para desarmarlos. 11a-
»liábate este mundo demasiado corrompido, demasiado
«lleno de vicio s, d a crueldades»d e injusticias, demasiado
«eúcaatado con aus.falw » diases y cdn sus espectáculos,
•p ara que pudiera el cristianismo regenerarle en on lodo.
»Una religión nueva necesitaba pueblos n u evos; era pre-
• tiso á la inocencia del Evangelio la inocencia de los liom -
* bros rústicos : á una fe rencilla, corazones sencillos como
«esta fe *.»
V , en efecto : á una invisible señal de los cielos vo­
laron presurosos una muchedumbre de pueblos descono­
cidos, que acudieron al llamamiento general en repre­
sentación de las futuras generaciones*; y , desbordándose
por Occidente, derrumbaron el solio de los C ésares, con-
virtiendo en escombros el temido imperio de los romanos.
Pero ¿de dónde vinieron tan innumerables gentes? ¡No se

1 Clialeuulirinitil.
capítulo xr. 267

supo. ¿Cuáles fueron sus verdaderos nom bresf Ignorose


casi por completo. ¿Quién fue ul jefe que los cucuminó á
lan asombrosa victoria? Fne un míale río. Pues si Uta pro­
digiosa fue su aparición y tan cumplido su triunfo, ¿no
deberemos creer que el guia invisible que los condnjo al
Capitolio para destruir el romano imperio fue aquel mismo
que al propio tiempo envió á su Unigénito para que sellara
con su divina sangre la augusta religión que babia de
aniquilar para siempre la idolatría del pueblo rey ?
Ademas de los innumerables vicios y causas de cor­
rupción que entrañaba la sociedad romana, adolecía también
de otros defecto» esenciales, y que bou muchas veces in -
Iwrenteeá los imperios dilatados. Cuando los ejércitos de
Roma penetraron en las sociedades que se hallaban es­
tablecidas al lado acá de los A lp es, donde plantaron su
estandarte triunfal, no por la superioridad de su valor,
pero si como resultado de su mas perfecta disciplina, tala­
ron muchas regiones de la Europa, cuyos habitantes fueron
reducidos en gran número ¿ la é d b t ft u d ; qnedandoAde-
raas los campos teBidoe con la « n g re d eto rtfn e-p erecie-
ron en las batallas. Al nuevo órdeú social qu e ^ U b te cie rw
los romanos con la introducción de su idioirtay muchas de
sus artes y ciencias, sucedió bien pronto el disgusto ge­
neral de k» pueblos subyugados* que veían al frente de
su gobierno hombres sedientos d e riquetas, para cuyo logro
no titubeaban en valerse de los medito iflfts arbitrarios.
Enerváronse, pues, los ánimos, comenzaron las emigra­
ciones , y los que no pudieron emigrar se prostituyeron
considerablemente. Asi que, la constitución rom ana, tan
gastada y defectuosa, bubiérase destruido por sí misma
268 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

al cabo de algún tiempo si la irrupción de los pueblos


salidos de los bosques de la Germania y de las vastas re­
giones del Noroeste del Asia y del Norte de Europa no
hubiera acelerado su ru in a, como para vindicar á la hu­
manidad de tantos ultrajes, calamidades y vejaciones como
había sufrido. En lugar d e la jurisprudencia, de la polí­
tica, de las ciencias y de las artes de los rom anos, se sus­
tituyeron nnevas le y e s , nuevas costum bres, diversos idio­
mas y aun distintos trajes, por loo godos en España, por
los francos en las Galias, por los lombardos e a Italia y
por los sajones en In glaterra; y de la división y reparti­
miento que se hizo de los terrenos conquistados surgió una
nueva forma de gobierno, bajo el nombre de feudalismo.
Mas aquellos pueblos bárbaros y de grosera civiliza­
ción hacían descansar todo su sistema penal eu un prin­
cipio absurdo, cual era el d e la venganza p rivada, que
podian e jercer, no solo el mismo ofendido, uno todos los
individuos de su familia. El principio de la vengan za, quo
era una pasión nacida del fiero instinto de aquellos pue­
blos, trasmitíase de unosá otros individuos, manteniéndose
encendida la guerra enlre los miembros de la familia del
ofendido y los de la del ofensor, basta que los primeros
llegaban á obtener una satisfacción tan cumplida como de­
seaban ; de suerte que en aquella época los conquistadores
de los romanos desconocieron totalmente los principios fun­
damentales sobre que descansa el derecho de castigar, loda
vez que ellos se abrogaban el derecho de imponer el mal,
constitutivo de la p en a , cuya aplicación solo compele á los
poderes públicos del Eslado.
Andando el tiempo, y comenzando el lujo á producir
CAPÍTULO XV. 261)

9U9 Talales estragos entre aquellas sencillas gen tes, cuyos


hábitos 6e fueron corrompiendo insensiblemente, por ha­
llarse en contacto can los romanos, inlrodújose la inmoral
costumbre de rescatarse de la pena por cierto precio : cos­
tumbre que poco á poco fue lomando el carácter de regla
g en eral, hasta llegar á convertirse en ley escrila. Los
únicos delitos que se castigaban con la pena de muerte por
el jefe de aquellos pueblos eran los de traición, deserción
y cobardía ; lo cnal estaba muy conforme con el espíritu
orgulloso y guerrero que les dominaba. Todos los demás
se componían con dinero, desde las mas leves ofensas hasta
los crímenes mas horrorosos. La autoridad pública inter­
vino despues en estas composiciones particulares, compro­
metiéndose á proteger al ofensor contra las asechanzas del
ofendido, que ya había recibido la indemnización de la
ofensa ; pero bajo la condicion de que habia de pagar el
precio de aquella protección ó garantía de su seguridad,
que llevaba el nombre propio de Fredtm .
Firmes aquellos hombres en la creencia dé que ellos
solos, en virtud de su propia y esclusiva autoridad, de­
bían castigar todas las ofensas y todos los delitos qne con­
tra ellas se cometieran, sin poder persuadirse nunca de
que el derecho de castigar correspondía entonces, como
ahora, á la autoridad pública, no tuvieron ocasion de aper­
cibirse del error que sobre este punto profesaban mien­
tras vivieron diseminados en pequeñas tribus. Mas luego
qne por medio de las armas conquistaron grandes territo­
rios y formaron poblaciones de consideración , siendo to­
davía incompatible con su orgullo y natural independencia
el poner la decisión de sus contiendas en manos de magis-
¿70 LA SOCIEDAD \ E L PATÍBULO.

irados impotentes, tuvieron lugar las guerras |iei-sonales,


en las que loa jefes ó baroncí peleaban al frente de sus
deudos y súbditos para vengar una ofensa personal, cual
si batallaran por una cansa de general interés; y estas
guerras privadas llegaron á ser tan frecuentes, que hubo
necesidad de d2r leyes especiales que las reglamentaran,
leyes que entraron luego á formar parte de la jurispru­
dencia ordinaria.
Tan grandes y funestos oran los males que estas guer­
ras privadas ocasionaban á la sociedad, que varios prín­
cip es, y entre ellos Carlo-Magno, San Luis y Felipe el
Hermoso, promulgaron diversas leves con objeto de e s tir -
p arlas; objeto que no consiguieron, y por cuya razón turo
la Iglesia necesidad de anatematizar severam ente, por me­
dio de loa cánones d e sus concilios, á loe qne ejercieran
un derecho ten ctatoario a l espíritu del Evangelio. «Fue
•preciso, confiesa R obertson, apelar 6 la retipon para d-
ivilizar en c ie rto modo las costumbres.»
Consecuencias del carácter particular de aquella so­
ciedad , siempre en lucha consigo misma, y siempre vic­
tima de fatales sacudimientos y de bastardas ambiciones,
fueron el olvido de las ciencias y de las artes, el menos­
precio del cultivo de la inteligencia y el abandono de lo*
dos los ramos del humano saber. Perdida la tradición de
los pasados adelantos, olvidadas las antiguas leyes que
regían en el pais, y atestadas las crónicas de pueriles ab­
surdo*, estableciéronse costumbres caprichosas, que llega­
ron á convertirse en reglas de gobierno para los pueblos.
Las instituciones religiosa^ también degeneraron' frecuen­
temente en groseras supersticiones; y así vemos que los
c a p ít u l o xv. 271

magníficos rasgos de generosidad y de hidalguía qne se


descubren por enlre la nebulosa historia de aquellas eda­
des , se bailan mezclados muchas veces con los mas crueles
arrebatos de venganza y do perfidia.
Los principales medios que se usaban entonces para
probar justicia eran las apelaciones al cielo , el sumergir
los brazos en agna hirviendo, el empuñar pedazos de hierro
cándenle, ó caminar con los pies descalzos sobre barras
del mismo melal hecho a scu a s, y oirás varias pruebas na­
cidas de la ignorancia y grosera superstición de aquellos
pueblos. Pero todas estas pruebas cayeron en desuso, que­
dando reservadas solo p a ra los individuos de inferior al­
curnia , cuando I» del dud o jud icial, hijo del espirita p e r ­
rero y de los sentimientos de honor mal entendido y valor
caballeresco de la época, prevaleció y se estendió por to­
das las parles de la Europa; hasta ul punto do que los in­
dividuos que por su sexo, por su avanzada ó corta edad, ó
por cualquiera otra causa legitima no podían lavar perso­
nalmente las ofensas recibidas, encontraban sobradamente,
bien en sus deudos ó allegados, ó bien enianaamigos, d e­
cididos campeones que salían á su defensa. Con Ion inhuma­
na al par que generosa costumbre, bien pronto se borraron
casi por completo todas las ideas de verdadera justicia, re­
putándose la instrucción, la rectitud y la integridad de los
jueces como cualidades inferiores ¿ la ínerza.muscular y á
la destreza en los combates. Eu osla ¿p o ca , p u e s , como
oportunamente advierte M. Orlolan, casi en los procedí-
>míenlos como en la penalidad s e nota el mismo vacío:
«falta de pena pública, talla de jurisdicción pública : la
• pena es la venganza, y el juez Dios.»
272 la s o c ie d a d t el p a t íb u l o .

Despertóse por aquel tiempo la afición al estudio del


derecho canónico, que fue una de las causas que mas con­
tribuyeron á los adelantos de la jurisprudencia civil y cri­
minal de la edad m edia, por la notable influencia que
ejercía en los tribunales eclesiásticos, únicos depositarios
de las escasas lace» y conocimientos que entonces se con­
servaban. El vizconde Robertson conviene en que los
eclesiásticos «formaron uu código d e leyes adaptadas á los
•grandes principios de equidad, y q u e , dirigiéndose por
•reglas constantes y conocidas, fijaron los usos de sus
•tribunales, é introdujeron en sus juicios la concordia y la
•unidad.» Y despues añade q u e , «observando los pueblos
•la sabiduría y la equidad de las sentencias que los tri­
b u n a le s eclesiásticos pronunciaban, empezaron áconocer
* cuánto necesitaban abandonar las jurisdicciones militares
•d e los barones, ó procurar, cuando m enos, su reforma.»
El descubrimiento de las Pandectas también contribuyó
mucho á la perfección de la jurisprudencia, porque esti­
mulo al estudio de las leyes romanas, menospreciadas
por casi lodos los pueblos invasores, porque estaban en
contradicción con las ideas y costumbres que ellos profe­
saban.
.Mas de repente uu rumor estraño y prodigioso espar­
cióse por toda la E uropa, relativo al cumplimiento de los
mil años de que se habla en el Apocalipsis, al fin de los
cuales se creía que había de suceder la destrucción del
mundo. KsLa creencia produjo una gran fermentación en
todos los ánimos; los pueblos se consternaron y alarmóse
toda la cristiandad, qu e, á la voz de Pedro el Ermitaño,
se levantó poderosa para conquistar la Tierra-Santa,
CAPÍTULO T V . 273

donde, según Ins creencia’» generales, había de juzgar


Diosá todas las naciones.
El noble entusiasmo y ta religiosa exaltación de lo»
caballeros cruzados les facilitó la conquista de la Siria y
Palestina, una gran parle del Asia Menor y algunos otros
lugares, donde enarbolaron el estandarte de la fe cristiana;
pero diversas causas, y enlre ellas la considerable distan­
cia que separaba estas regiones del centro de la Europa,
dieron lugar á que se emancipasen del yugo de los ven­
cedores. L is Cruzadas fueron, sin em bargo, «una obra
•maestra de política, como las llama Salm ea, que aseguró
■la independencia de la Europa, adquirió para los p u e-
•blos cristianos una decidida preponderancia sobre los
•musulmanes, fortificó y agrandó el espíritu militar de las
•naciones europeas, les comunicó un sentimiento de fra­
tern id ad que hizo de ellas un solo pueblo, desenvolvió
>en muchos sentidos el espíritu humano, contribuyó á me­
jo r a r el estado de loa vasallos, preparó la entera ruina
•del feudalism o, creó la marina y fomentó el comercio y
•la industria, dando de esta suerte nn poderoso impulso
■para adelantar por diferentes senderos en la carrera d e la
•civilización.»
Por aquellos tiempos nació también la institución de
los caballeros, que hacían profesión de socorrer á los des­
graciados, y de proteger á la» mujeres, á los eclesiásticos,
á los huérfanos y á todos los débiles contra las violencia»
de los poderosos. «Quizás á esta instilación singular y , al
•parecer, tan poco útil al género humano, dice el hiaUi-
•riador de Carlos V, se debe en gran parte el refinamiento
»de la galantería, la delicadeza del pundonor, v aquella
18 ’
274- I I SOCIEDAD T E l. P A T im T O .

generosidad ifuu se mezcla con los horrores de la guerra.»


V ¿quién , sino la augusta religión del Crucificado, pudo
ser capaz de inspirar estos dulces sentimientos, qne cam­
biaron en galiuiteria la rudeza del antiguo guerrero y mo-
dilicarun lo* fieros instintos de los primitivos tiem pos, ni
i|iiiún, mas que el cristianismo . pudo bacer qne se levan­
taran 6i|adlas huHimefablett gestes q u e , al Iravesdu.de­
sierto» países q u e so c o o o c i « , y « « d e s p r e c io de las es­
taciones v de los mas riguroso» ebm as, marcharon llenas
de sanio entusiasmo á recibir una m u irle etei cierta, para
resallar vi Santo Sepulcro del Redentor de lodos lo» hom­
bres? Pero ¿<|ué empresas verdaderamente gigantes se lian
acometido, ni qué sucesos grandiosos ae han llevado á ca­
bo, ni qn¿ instituciones magnifica* y duraderas ex ¡sien ni
ha» existida en «1 mundo ca tó lw o q tie a o t a y a n sido ins­
piradas fr ó e l & p ú p t t i 't e l f i r a t ) ^ ■• ■

III.

LE G ISLA C IO N C M Jm U L D E ES P A Ñ A DURASTE ESTE PE R ÍO W >

DK LA M ST O M A .

Destruida lu dominación romana en España por la>


conquistas de loe vándalos, suevos y alanos, y despuea
por los gudos, á la orden de Ataúlfo, establecióse en la
Península una nueva forma de gobierno con la» leyes y
costumbres importadas por los bárbaros, entre quienes se
observaba el dorecbo do ca sia s, que consistía en poder
regirse cada uno por las leyes propias dr.l país de su des­
cendencia. Pero, no contento'Alarieo con que su .o súbditos
CAPITULO XV. 27&

españoles se gobernasen por leves distintas, encomendó


al conde Goyarico la fo rn icio 11 de un código general y
uniforme, que luego .se publicó con el nombre de Brevia­
rio de Aninno, el cual se componía de varios libros del
Código de Teodorico, de las .Novelas de Toodosio, Marcia­
no, Mayoriano, Valcntiniano y S e v e ro , de las Institucio­
nes de C a y o , de las Sentencias de Paulo, y de algunos
títulos de los códigos Gregoriano y Ilermogeniano. Mas
como al mismo tiempo se hallaba vigente el código Llamad»
de Tolosa, promulgado en el reinado de Eurico, sintióse la
necesidad de uniformar la legislación, lo cual se consiguió
con la publicación del Fuero-Juzgo, debido á los esfuerzos
de Chindasvinto, Recesvinto, Ervigio y E gica, y arreglado
conforme á las costumbres germánicas, lfy e s romanas y
cánones de algunos concilios dr> Toledo.
Diversamente ha sido juzgado oslo código por varios
escritores, entre ellos Montcsquinu, que lo califica hasta
ríe absurdo en algunas de sus l e y e s ; Gibbon, que le pro­
diga bastantes elogios, y Sémpere, que t o encuentra en
sur disposiciones el optimismo qne laft atribnyea M . F e r r
rand y el Sr. Martínez Marina. A pesar de tan encontra­
dos pareceres, considerando las azarosas circunstancias de
aquella ép o ca, y teniendo en cuenta los legislaciones-an­
teriores y las coetáneas dé los demás pueblos, bien puede
gloriarse la España de haber sido la primera que presentó
un modelo de la unidad, tan indispenable en la buena
legislación. Encuéntrense sancionados en este código al­
gunos principios ilegítimos, injustos y absurdos, tales como
las composiciones de los delitos por medio de .dinero, la
bárbara institución del tormento, y otras varias que esta­
áte LA SOCIEDAD V EL PATÍBULO.

ban conform a con las rudas costumbres y con el espíritu


dominante de aquella sociedad; pero, sin em bargo, nótase
desde luego la influencia que comenzaban á ejercer ciertas
doctrinas que se aplicaron á las leyes, gracias á la parle
que en su formación lomó el clero , único depositario en­
tonces de la mayor ilustración.
Pero no tardó mucho en desaparecer el pueblo para
quien se había formado el Fuero-Juzgo, Los vicio» de "Wi-
tiza y de D. Rodrigo, la violación de Ftorinda, las trai­
ciones de D. Oppas y de D. Julián : todos estos aconteci­
mientos, ó verdaderos, ó en parle fabulosos, qne nos re­
fiere la historia, juntamente con la debilidad del régimen
social de aquella época y la afeminación con que sin duda
se contagiaron los vencedores de los rom anos, acaso por
el continao roce que con ellos tenían, fueron causa de su
impotencia para resistir la terrible irrupción de loe sarra­
cenos á principios del octavo siglo. Establecidos los ára­
bes en la Península, con su religión, sos costumbres y
sus le y e s , no volvió el Fuero-Juzgo á tener fuerza de obli­
gar en [larte ninguna, á escupcion de las montañas de A s­
turias y V iz c a y a , hasta que se reconstruyó la España
cuando el victorioso estandarte de Castilla Ireraoló sobre las
torres de la Alhambra.
Durante I09 ochocientos años que duró aquella beróica
lucha enlre la Cruz y la Media Luna, los reyes dieron di­
versas leyes para los pueblos y ciudades que iban recon­
quistando, de cuyas leyes se formaron cuadernos con el
tílulo de Fueros municipales, de que vamos á ocuparnos.
«La historia de los suplicios autorizados por las leyes
■de las varia* naciones y sociedades políticas del «ni-
CAPÍTULO X V . 277

«verso presenta un cuadro verdaderamente horroroso,


«dice el Sr. Martínez M arina; y la humanidad se eslre-
>mece al considerar tanta irregularidad en los procedi-
>míenlos criminales, tanta crueldad en las penas, y la
»ninguna proporeion de estas con los delitos. Acaso la
>constitución criminal del código gótico es la mas humana
>y equitativa entre todas las que se adoptaron en Kuropa
»después de la decadencia del imperio romano; y lo se-
>r¡a igualmente la de nuestros fueros municipales si no
«hubieran añadido á aquella algunas penas desconocidas
»en lo antiguo, y las qne tomaron de los godo» : circurts-
ítancias qne las hacen crueles y sanguinarias.»
Razón tiene el Sr. Martínez Marina, porque aunque no
abnnda mucho la institución de la pena de muerte en las
antiguas leyes de Castilla, sin embargo, cuando se apli­
caba, iba su ejecución acompañada de las mas horrorosas
circunstancias. Así vemos quo ciertos reos eran condena­
dos, por ley del Tuero de C uenca, á ser despenados desde
cierta altura, á imitación quizás d e aqnelia disposición de
las Doce T ab las, por la que el perjuro y el felsarío eran
arrojados desde la roca Tarpeya. Por el fuero de Toledo
se mandaba apedrear á los homicidas; por e l de Baeza se
les condenaba á ser devorados por el fu ego ; el fuero de
Cáceres ordenaba que todo aquel que no pudiera pagar la
multa de diez m aravedís, en castigo de haber quemado
algún monte ó cam po, fuera atado de pies y manos y ar­
rojado á las llamas. Según las leyes del fuero de Cuenca,
trasladadas luego á los de Sepúlveda, Baeza y Plasencia,
el homicida debia ser enterrado vivo debajo del cuerpo de
su victim a; y , según las disposiciones del de Cáceres, toda
27H I.A SUCIEDAD T EL PAlÍBLLU.

el que de uocbe hurlaba uvas debía ata- ahorcado. Pret>


rindiendo de otras muchas leyes absurdas, ridiculas y
crueles, basten las indicadas para formarse una idea del
espíritu que dominaba á los legisladores españoles durante
la edad m edia, y para convencerse de la absoluta falla de
ju n c ia que se ñola eu (odas sus instituciones penales.
Es muy digno d e advertirse que loda la crueldad do
semejantes castigos era muchas veces casi del lodo apa­
rente , supuesto que la mayor parte d e los fueros munici­
pales autorizaron la absurda costum bre, tan general en
todos los pueblos oriundos del Norte, de admitir la com~
posiciou ó indemnización de las penas mediante cierto
precio. Entre oirás disposiciones sobre esta m ateria, es
muy notable la del fuero do León, qne conmutaba la pena
del homicida por el pago do una quilla pecuniaria, que
debía satisfacerse dentro del noveno d ía , contado desde
el de la perpetración del delito; con la estraña circuns­
tancia de q u e, si durante esos nueve dias lograba el cri­
minal evadirse délas pesquisas que se hacian en su busca,
al décimo no estaba ya obligado al pago de la m u lla, ni
se le imponía ningún castigo, ni d eb ía, en fin, temer ya
otra cosa mas que la venganza privada de los parientes de
la úi'liiua. Generalizóse esta legislación en Castilla, y así
vemos <pie los fueros de M iranda, Logroño, Santander
y otros i ni |mnian l;i multa de quinientos sueldos como
pena del homicida; y aun algunos, como el de Alcalá y
el de Saliagun, no estimaban el homicidio mas que en el
valor de cien sueldos.
De ¡semejaole legislación crim inal, tan iumoral como
absurda, y tan injusta como impotente para contener á lo*
ca pu llo xv . 2 7 ‘J

malvados dentro de los límites de sus deberes, derivá­


ronse una multitud de malos y de crímenes que llevaron
por todas parles la consternación y el horror, especial­
mente va aquella época de turbulencias, eo que las esccsi-
vas prelusiones de los grandes .sofocaban las justas ame­
nazas de la Corona, y eu que las desavenencias onlre dos
principes cristianos y de un misnio nombre pusieron mas
de una vec á la España en peligro de arruinarse comple­
tamente. Multiplicáronse Jas violencias, las injusticias. tos
robos. Jos asesinatos, jetudos loa mas. atrapes crímenes,
hasta el punto t parocieDdo insuficiente la escesi va
dnrasaude las ley fea d e lo e fueros ■municipales, víéttnse
Atoa» IX y algenos de um sucesores en la triste neco-
sidad de inventar muctius y mas crueles suplicios para
atemorizar á los delincuentes. Tal fue lu situación de la
suciedad española por los siglos si, mi y siguientes.

|V . - > :■

LKG1SL\CI0N CRIMINAL EUROPEA DESDE LA, Eq^tyEDIA


IIASIA MKS1HQS I*US-

Cu los párrafos anteriores liemos dado una Ugerisima


idea del espíritu dominante en la legislación penal de Eu­
ropa durante la edad media; y pasando en silencio nota-
büUimos sucesos de la liislotia, que poco importan para
nuestro especial objelo, lijarémonos ahora en la época en
que sobre las fracciones del feudalismo se levantó la unidad
monárquica, apoyada cu la unidad religiosa, combatiendo
280 LA SOCIEDAD r EL P A T ÍB U L O .

contra los sarracenos en España 1, contra los calvinistas y


protestantes en Alemania, contra los hugonotes en Fran­
cia, y contra los judíos y gitanos en toda Europa.
Dos distintos elementos entraron por entonces á cons­
tituir la legislación penal europea : uno común á todas las
naciones, y otro particular de cada ana de d ías. El elemento
peculiar de cada pueblo para la formación d e ana leyes
consistía en España en el código de Ghindasvinto y de
Egica, el del rey Sabio y el de Cárlos Y y su h ijo : en Fran­
cia se basaba únicamente sobre sos edictos y ordenanzas,
supuesto que se carecía de un código penal en este país:
en Alemania se componía del código de Cárlos V, cuya pro­
mulgación fue motivada por las guerras de la Heforma y
de los aldeanos, y por la multitud de crímenes de toda*
clases que en aquel país se sucedieras , en. Inglaterra se
encontraba en sus llamados estatutos; y , por último , en
Italia en sus diferentes ley es, tales como los bandos ge­
nerales del romano Pontífice, y en los varios códigos de
cada una de sus provincias ó grandes ducados. Mas á pesar

' No hemos creído necesario ocuparnos con especialidad ite l¡r do­
m inación sarracen a, porque, a an cuando b asta nuestros dias se c o n ­
servan m onum entos que atestiguan la influencia que ejercieran so ­
bra las le tra s , sobre las artes y aun sobre í.ia costum bres españolas,
siu em bargo, son m uy distintos los elem entos quo Liaa m itrado ú
form ar lu civilización (lulos tiempos posteriores ¡i la apoca de la ru ­
co aquista. Lo irrupción de los arríennos podemos considerarla como
un horroroso aluvión que inundó nuestro su e lo , arrollando cu su
violento enipojo todos cuantos obstáculos se le op u siero n ; liasta
q u e , al tropezar cou el m uro do C av ad o u g j, eoincnzarun ú retiraran
poco á poco las aguas, dejando por lin libres y onjuLos unos cam ­
po s, que am anecieron sem brados de los r Iorí osos cadáveres de k*
héroes de Castilla.
CAPÍTULO XV. 281

du ser lan distintas la» legislaciones penales de los países


europeos, en todas ellas dominaba un misnio principio ge­
neral, un elemento común que entraba en su constítncion;
y este elemento esencial se formaba de la jurisprudencia y
de los derechos romano y canónico.
El principio intrínseco, general y común á toda la le­
gislación europea, desde la edad medía hasta iines del si­
glo x v in .lu e e l de la venganza pública; el principio ostrín-
seco lo constituía el te rro r, revestido de distintas furnias.
Que la venganza pública era el principio dominante en
la legislación criminal europea en aquella época, s* demues­
tra con solo examinar los escritos de los mas célebres cri~
minalifllas y filósofos contemporáneos, entre ellos Montes-
quíeu y Pastoret, y los mismos testos de las leyes, como
son, entre otras, las primeras de los títulos i y xxxi de la
sétima Partida.
Las formas de la mauifeslacion de este principio varia­
ban en las distintas naciones; pero lodas llevaban impreso
el sello del terror. Por eso vemos qne en Alemania estaba
en uso el mismo suplicio qne en Roma se aplicaba al par­
ricida , y ademas se quitaba La vida á fuerza de estacazos
á la mujer infanticida. En Inglaterra y en Italia se arras­
traba el cuerpo del sentenciado á muerte por entre zarzas
y malezas, se le arrancaban las entrañas, vivo todavía,
para arrojarlas al fuego, y despues se le dividía en cuar­
tos. En España se le alaba á la cola de un caballo por do­
mar , se Le atenaceaba y se inyectaba su cuerpo de líquidos
inflamados, como aceite hirviendo ó plomo derretido. Es­
tos y otros suplidos, cuya sola relación horroriza, eran
los que se practicaban cu aquellos tiempo».
28á LA SOCIEDAD T E L I'A T IB lL O .

Aplicábanse tam bién, según la entidad de los delitos^


otras ponas m asó menos graves, pero revestidas del mis­
mo carácter de inhumanidad y de venganza, como eran
la de la m arca, la de confiscación, la de mutilación y otrns
varias que por fortuna han desaparecido en nuestros dias;
tudas las cuales ¡bao precedidas del tormento, fiera y ab­
surda institución, cuya arta idea espanta y aterro.
«La venganza, dice M.;OrtotaB,.se encontraba hasta en
»el derecho canónico; ea esa religión, qae es toda di1mi—
»trico rd ia y perdón. El promotor ó ministerio público
•del tribunal eclesiástico llevaba el nombre de VÍndex
»pni>lÍMsrel¡!/ionis, publica disciplina vindtx ei asser-
ftor. ¡ Como si las dos palabras religión y venganza uo
«bramaran de hallan» juntas l> Y en* otra parte añade:
< U venganza privada fu* el principi» bárbaro : Ja ven-
>ganza pública es del siglo t n n . Esta es .lndo e l camino
•q u e ha becho- lí aun en nuestros dias anda con sobrada
■frecuencia en boca de lodos : en la del ministerio pú-
• blioj que persigue ó acrimina, en la del abobado que de-
»lieude, en la del periodista que reliere ó examina, en la
•del jurisconsulto que escribe. ¡Tanta dificultad hay uii
• desarraigar un hábito que ha tomado origen de un an­
tig u o principio, aunque inicuo é inadmisible!»
Dasten las ideas generales que acabamos de espouer
respecto al espíritu característico de la legislación criminal
de esta época. Tantos absurdos, tamaños e n e re s , tan
grande crueldad deben desaparecer, y ya lian sufrido
bastante modificación, lo mismo eu la ejecución que en la
teoría de las leyes penales. Verilicose una gran reacción
á Unes del pasado siglo; ¡tero guardémonos de proseguir
CAPÍTULO X V . 283

lu senda que trazaron .sus autores. Uobbes, Espinosa,


Rousseau, Didorot, d’Alcmbort, llclvecio : ^funestos nom­
bres de aciaga influencia! Predicando proyectos de refor­
m a, intentaron llevar á cabo la destrucción de la mayor
parte de las instituciones sociales : bajo pretcslo de desar­
raigar abusos, ochaban por tierra los principios mas san­
ios : haciendo alarde de filantrópicos proyectos encamina­
dos al engrandecimiento de la sociedad, á la reconquista
do los derechos q u e , decían, se habían usurpado al hom­
bre , y al establecimiento de la fraternidad universal, pro­
poníanse, como único y principal objeto, la completa
anarquía; estableciendo en religión la tolerancia y el
deísm o, en política la negación de todo principio d e au­
toridad , en ciencias sociales la absurda teoría do la com­
pleta igualdad y del pacto entre los hombres, y en punios
de moral las leyes de la naturaleza animal, las pasiones
y todos los apetitos desenfrenados : y , por ultimo, pres­
cindiendo de toda idea de deber ú obligados, enaltecían
desmesuradamente la libertad y los llamados derechos' del
hombre, para que de este modo su corazon quedara heeho
esclavo del vicio. Guardémonos, pues, de admitir las teo­
rías, ni las doctrinas, ni los preceptos de aquellos enemi­
gos del catolicismo; y aquí, corno en todas partes, deje­
mos consignado que no puedo haber justicia ni verdadera
civilización mientras que todas las teorías, todas las leyes,
todas las doctrinas y todas las instituciones sociales no se
funden estrictamente sobre el verdadero espirito del Evan­
gelio ; y que lo que primeramente se debe inculcar al hom­
bre os la idea del esad o cumplimiento de todos sus debí;'
í e s , jiorquc sin el exacto cumplimiento de lodos los debe-
284 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

res no hay ni puede haber derechos para el hom bre, ni


paz ni felicidad para su corazon, ni verdadera libertad para
su espíritu.
Deduzcamos ahora la consecuencia de cuanto llevamos
dicho en estos dos capítulos.

V.

INEFICACIA BE LA UNIVERSALIDAD DE LA PENA SE MUERTE


PARA PROBAR SU LEGITIMIDAD*.

Cuando comenzamos el exámen de la pena de muerte


en la historia, dijimos que la simple universalidad de un
hedió cualquiera no prueba 8o legitimidad, ni tampoco su
justicia; y ahora podamos comprobar este aserto con el
hecho de esa misma pena de m uerte, hecho que, aunque
universal, sin embargo es ilegitimo é injusto.
El carácter de una inslilucion cualquiera está precisa­
mente conforme con el del principio sobre que se funda;
porque es imposible que los efectos sean de distinta natura­
leza que la causa que los produce, ó que de un principio
falso se deriven consecuencias verdaderas, ó de lo injusto
lo justo, ó de lo absurdo lo legitimo. Ahora bien : ¿cuál
ha sido el principio sobre que han hecho descansar la ins­
titución de la peDa de muerte las distintas sociedades que
la han admitido? ¿No ha sido en todas partes este princi­
pio, ó absurdo, ó bárbaro, ó ilegitimo?
No debemos lomar en consideración al pueblo hebreo,
donde, por hallarse establecido un gobierno teocrático, se
CAPÍTULO X V , 285

castigaban con pena de muerte los delitos religiosos. Cuando


hablamos de las leyes <lo Moisés, vimos que fue indispen­
sable la pena de muerle para los hebreos ; porque sin ella
se hubieran abandonado por completo al infame culto de
la idolatría, y la verdadera religión se bubiera estinguido
para siempre de sobre la tierra. Esiinguida la verdadera
religión de sobre la (ierra, necesario hubiera sido un se­
gundo diluvio y una tercera revelación : un segundo di­
luvio era ya imposible desde que el Señor puso en el cielo
la eterna señal que recuerda su infalible promesa de que
las cataratas del abismo no se desencadenarán nunca jamás
para inundar loda la tierra; y una tercera revelación, si
bien hubiera sido conforme con la bondad det Señor y con
su ilimitado amor a la s criaturas, acaso bubiera sido in­
compatible con su infinita justicia y con el rigor con que
merecía ser tratada la humana especie, tan ingrata como
rebelde á las santas leyes promulgadas y escritas por el
mismo Dios. No debia, pues, haber un segundo diluvio ni
una tercera revelación; y , no obsta otó, las mismas abomi­
naciones de la primera edad del mundo Be reprodujeron
en los tiempos de Moisés. Con tan repetidas abominacíoiies
ibase estínguiendo casi por completo la luz de la verdad
nuevamente revelada en el Monte S inal: para la conser­
vación de la verdad religiosa fue de absoluta necesidad la
inslilucion de la pena de m uerte; luego esta pena, esta­
blecida para el pueblo hebreo, importó nada menos que la
salvación del linaje humano.
Escepluando, volvemos á decir, al pueblo hebreo, por­
que se M iaba en circunstancias extraordinarias, y que
nunca pueden compararse con las de ninguna oirá sociedad,
2R ü la s o c i f i >a.d Y el p a t íb l u o .

recordamos el principio de donde se derivo la inmutación


de la pena capital en los demás pueblos.
Entre los egipcios, chinos, persas, indios y demas que
vivieron en los antiguos tiempos, la idolatría absorbía á la
sociedad, así como esla absorbía al individuo : pantheismo
religioso y pantheismo politice. En Grecia y en Roma la
moral era el deleite, los deberes erto las práctica» del
vicio, la religión era la idolatría, la patria nn ídolo, y en
aras de este ídolo se sacrificaba al individuo. Dominaba,
pues, ln fa en a de la superstición en materias religiosas,
y el derecho del mas inerte en las doctrinas 6 instituciones
sociales. Por consiguiente, Koma, Grecia, l¡) India, el
Kgiplo y todos los demás pueblos de la antigüedad desco­
nocieron la verdadera justicia ; porque la justicia verda­
dera es una emanación de Dios, y etíes le desconocieron
hasta el punto de qoe en la portada d ¿ n ü templo de Ate­
nas escribieron t Ignatía : al Dios detaónotido.
Vino luego Jesucristo, y predicó al mundo las v er­
daderas doctrinas de justicia. Inculcó la equidad y la
moral como bases de (odas las instituciones sociales, y la
dulzura y el amor en las penas. Pero estas santas doctri­
na* no se han aplicado todavía á la sociedad ni á las leyes
del modo perfecto y absoluto que corresponde; y así
vemos que el principio dominante en las sociedades de los
prim eros siglos de la e ra cristiana fue la venganza p ri­
vada, que continuó dom inando, hasta que últimamente se
la sustituyó con la venganza pública, que aun subsiste en
los códigos de Europa.
Ahora bien : ¿ cómo ha de ser justa y legitima la pena
de m uerte, aunque lu hayan usado lodos los pneblos en
CAPÍTULO XV. 287

Inda* «ladea, si ninguno de ellos ha fondado osla ins­


tilación sobre los principios de verdadera justicia? Y si
no, súmense el principio panlheista, mas el socialista, mas
(>1 de la fuerza, mas el de la venganza privada, mas el de
la venganza pública, mas el del terror. La suma de todos
estos principios, ¿nos dará acaso por resultado el principio
de lu justicia? La cifra compuesta de todas estas nnidades,
,,ik>será siempre el absurdo, aunque revestido de esta ó
de aquella forma?
Pero no busquemos la justicia eu el mundo , que la
tierra está llena de iniquidades. La justicia tiene su asiento
allá en los cielo», y desde allí difunde sos laminoso» ra­
yos para esclarecer la inteligencia de los hombres: El
hombre, sin la inspiración divina y sin la revelación, hu­
biera permanecido siempre en la noche de los errores:
acatemos, pues, y adoremos la santa ley de Dios, única
norma á que deben sujetarse las levos humanas. Dios
mandó no malar ; y lo mandó del modo mas absoluto, V
no puso condiciones ni «acepciones de ningnm d a s e .ü s ta
prohibición, tanto comprende al individuo oáro se
tiende á loda la sociedad , porque en el mismb grado:están
obligados la sociedad y los individuos á obedecer al Señor.
fio matar es un precepto del Decálogo : si la inteligencia
liumana no alcanza á comprender la razón de esta disposi­
ción, satisfágase con considerar qne Dio» lo dijo ; y no
quiera sabor mas. que esto sobra, porque tenemos nn de­
ber de adorar las inescrutables providencias del Altísimo;
que alli donde acaban los limites dé la raxon hum ana, allí
comienza la fe con que el alma se fortalece y se consuela,
hiesqué» ¿habremos de oponer la autoridad de los
288 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

hombres á la autoridad del mismo Dios? ¿Será justa la


pena de muerto porque toda» las raciones la hayan apli­
cado, á pesar de hallarse en abierta oposicion con el espi­
rita y con la letra del Evangelio? No queramos imitar á
loo desgraciados pueblos que se hallaban sumergidos en los
errores del gentilismo. ¿Por ventara, deberán servirnos de
modelo sus ley es, sos doctrinas y sus costumbres? Guar­
démonos también de seguir la huella de las sociedades mo­
dernas, cuyo principio fundamental constituyente era el de
la fuerza y el de la venganza, porque ann no habia tras­
currido el tiempo necesario para que los dogmas del cato­
licismo hubieran podido ejercer sobre ellas toda su benéfica
influencia.
£1 mundo ha estado cubierto de maleteas y de abrojos,
por donde no se podía caminar n n tropezar á cada paso,
hiriéndose y vertiendo abundante sangre de las heridas.
Pero ya el divino roclo del cristianismo ha dulcificado la
tierra : donde antes brotaban espinas, nacerán flores de
esquisita fragancia : donde se abrían barrancos profundísi­
mos, lucirán magníficos valles, matizados de verdor y de
herniosos colores. Va fuimos regenerados: los antiguos
malos hábitos deberán desaparecer del todo muy en breve;
y á los instintos de fiereza y de venganza sucederán bien
pronto los sentimientos de am or, de compasion y de hu­
manidad. ¿No se inunda de gozo el corazón de un católico
cuando perdona una ofensa ó cuando olvida una calum­
nia? Y ¿podrá compararse nunca este gozo dulcc, tran­
quilo , indefinible, con la brutal satisfacción que esperi-
nicnta el que cumple un deseo de venganza? No ; que des-
pues de satisfecha la venganza quedan en el alma los
c a p ít u l o xv. 289

remordimientos, acompañados de un amargo p e sa r, n<*


nunca jam ás se potingue; a) paso q n e , perdonando. pa­
rece Cómo que se ensancha el espíritu, el alma como que
se dilata, y el corazon siente un iuespli cable bienestar,
que mas y mas se aumenta á medida que corren los dias.
Porque, perdonando, se obedece la ley de Dios, se cum­
ple el primero de lodos los deberes; y ese dulce placer,
esa gozosa satisfacción que se esperim enta, es una parle
del premio q u e , desde el momento mismo en que se hace
una buena obra, concede Dios á los que son humildes y
verdaderos creyentes.
La compasion, el am or, la caridad, el perdón : esta
es la primera de todas las leyes católicas -. esta es la esen­
cia <le nuestra augusta religión. Ved que el mismo Jesu­
cristo nos dio en su sagrada pasión el mas palpable testi­
monio del modo cómo és su divina volunlad que obedezca­
mos su santa l e y : ved que, escupido, insultado, abofeteado,
escarnecido, hecho un rey dé borlas, y , en fin, enclavado
de pies y manos y coronado de espinas, en el postrer
instante de su agonia, estenuado con mil fatigas y su­
dando sangre, levantó los ojos hácia el cielo, y desde el
fondo del corazon subieron á sus amorosos labios estas san­
tísimas palabras : «Padre mió, perdónalos, porque no sn-
»ben lo que se hacen.» Grabemos, pues, en el corazon y
en la memoria estas sublimes palabras : perdonemos
cuando nos ofendan; amemos cuando nos aborrezcan; ha­
gamos lodo el bien posible á quien nos desee lodo mal;
oremos por nuestros enemigos, y , en fin, tengamos com­
pasion de los que delinquen, y caridad para con todos,
que todas son nuestros hermanos. Asi cumpliremos la ley
I!)
290 LA SOCIEDAD 1 EL PATIBULO.

de Dios; así obraremos como buenos católicos, y desapa­


recerán de enlre nosotros esos crueles suplicios, que nos
recuerdan el de la Cruz, donde espiró el Dios de la ino­
cencia y de la jualicia por su infioiio amor á los pe­
cadores.
CAPÍTULO XVI.

De la sociedad en lo* tiempos modernos.

•••• .■ : • ■ M ..•■•t-i'f! r • • . ,r- .. ■

■ j i ■■ i ! ;■ ■ :• !•• • >! « ¡ T U *

EN LOS TRES i LTlMOS SltiLOK.

Ya que i grande» rasgos hemos bosquejado el carác­


ter distintivo de La gran familia de te» tam b res en dielin-
tas épocas de la historia, par&deflM ktfatf.ttegantreeiM e
haberlo conseguido, la iM » f i c í t tj t ó ^ '« g * * e n t ó í|U«j
fundado en la universalidad de su aplicación .,'' «fecbA los
partidarios de la última pena éto favor de su kgitnifidad,
pa rócenos conduceute consignar algnnaa idees generales
acerca de la sociedad en los tiempos «federo», para de­
ducir luego las consecuencias qne juguem os mas opor­
tuna*. - ! •
Consolidadas las d ^ a r q r f á s m l ^ p á , ségun dijimos
en otro lugar, y robustecidas ei¡ lo pdlllico con la unidad
del poder, y en k) moral con la profoáoti ^ e unas mismas
doctrinas religiosas, necesitábase, no obstante, fomentar
esas mismas doctrinas de moral y dé política, paro qne se
■¿i)i I.A f-OT.IF.IUO T E L PATÍBULO.

perpetuara el urden establecido en aquellas sociedades que


la fuerza tle las anuas acababa de levan lar sobre los des­
trozos del feudalismo.
Kan pasado ya trescientos años desde aquella famosa
é p o c a , una de las mas grandes para el mundo, y sin duda
Ea mas gloriosa para nuestra España. Al través de las som­
bras que nos separan de aquello» tiempos, aun se desta­
can iM 'nwjtetaosas tigaras del Danto, del Petrarca y de
Boccacio, de León X , de Jimenez de Cisneros, de. Gon­
zalo de Córdova, de Isabel y F ernando, de Camoens, de
('o p é n )ic o y Ticho-Brahé, de Guttemberg, Colon, Tomás
.Moro y tantos otros grandes genios que abortaron enton­
ces para ceñir la diadema de la inmortalidad ; porque
aquella fue la época de celebérrimos guerreros, de subli­
mes talentos, de brillante poesía y de innumerables pm li-
gtoa.M as al lado, de esosigiganles,- engendrados en el seno
<le la *fe de los católicos, levantáronse la rabien por desgra­
cia Montaigne y Rabelais, con algunos otros temibles atle­
tas del mas grosero escepticismo.
Cesado había por aquel tiempo la lucha ¿ mano arma­
da ; pero una mas cruel guerra amenazaba al órden públi­
co , porque é ra la guerra de las Inteligencias, .enardecidas
con las idea&de abaolut^inde pendencia que proclamaba la
Reform a; é incendiados los ánimos, los rugidosde la tem­
pestad retumbaban sordamente hasta en el fondo de ios
corazones. Desde entonces la Europa lucha con un princi­
pio disolvente, que.se levantó amenazándola con los hor­
rores de la d e s tru c c ió n v coa ét lia venido batallando sin
cesar, herida unas veces, oUas hiriendo, pero sin poder
desembarazarse nunca completamente de su enemigo, que,
CAPÍTULO X V I. 293

cuandu se siente próximo á ser vencido, desaparee»1 bajo


nuevas forma!;, que lo hacen aun niatj temible. Ese prin­
cipio destructor, que lia agitado los pueblo* y cOuuiyvidi»
las naciones liasla sus cimientos, es la negación del princi­
pio de autoridad ; y , como derivación suya necesaria, la
impiedad se lia levantado contra la religión, la razón ba
combalido contra la fe t las pasiones se han insurreccionado
contra el espíritu, y el individualismo se lia alzado, y aun
todavía se alza amenazante cónica tuda la sociedad.
El germen de esta revotaciofl^que ba estremecido eu
sus bases el mondo,,de. ,las ideas* aa.Obcüurnó en Jas ex­
traviadas jmaginaeiODes d e ,U'jelaf y ^ J u a n .d a ,H u ^ ;á
quienes arrastró, sin duda uni desmesurado orgullo f , una
ciega ambición por hacerse célebres en 1%historia; y 'autt^
que fueron anatematizados por la Iglesia y condenados á la
Loguera por el poder temporal, sin embargo, las semillan
que sembraron en corazones incautos ts ignorantes se des­
arrollaron en los calamitosos tiempos ,de Lulero, Aecolaw-
padio, Melanclhon*. Calvin^*. íw in g l» .y^4ma9ii6^iM|e$:
de las doctriiias difiolvdfttós. ( f r la.épocaj^v.qu^cl, & $ -
ritu humano se hallaba en la mayor fe ro ie n la d g ^ y v d e s-
pertando de su antiguo letargo la Europa,, apresurábase á
humedecer sus labios en las rúenles do U cíon&ia. ¿¡9 ao<-
ligiiedad profana ofieda abundantes obro» noeatrps, y los
Santos Padres sus iomortalus escrijos» que,, pasando de
manos del clero á las de. la nobleza, llegaban hft$ta;las del
pueblo, ávido también dBconocer las creaciones d e <ialm -
mana inteligencia. Mus ora muy fácil alucinar entouecs á
los que aun se bailaban envueltos :entre las sombras de la
ignorancia, li&lagiLndo sus pasiones y fomentando las iiu-
2 !H LA SOCIEDAD Y E l. PATÍBULO.

puras exigencias de sa desordenada naturaleza. Hor es la


raion fue tan estraordinario el partido de Lulero, que,
predicando abiertamente como un deber la insurrección
contra la autoridad de la Iglesia romana, no rcconocia le­
gitimidad ninguna en ias leyes del Evangelio , que conde­
n a d , suponiéndolo adulterado con prácticas farisaicas,
centrarías á la verdadera doctrina del qne murió en el
Calvario.
La IBoaofodeisigio m n fue hija de la misma Refor­
ma. Deapnes'de t e grandes bétnpos de Lnis XIV vino la
R eg en ta con sus düapidMMfeesj 'inrtioraMdados y escán­
dalos, y á poco llegó Luis XV con el lupanar y la orgia.
A los lúbricos placeres de las cenas del Regente se suce­
dieron las cenas de la impiedad,- en las que se aplaudían
Jai fetadfeMiiB''nra|¡gBas y chistosas, prodigándose burlas
á Bhis&r á'lefr P n fe ta r y á IrB íb b a entre los trastornos
del Via*. La: t a r a t u r a 'l » impregné tedadeestos mismos
héteo s y sentimientos; y kw libró* y opúsculos de Juan
Lecterc; de itaülct, de d’Argens y tantos otros que pu­
lulaban por toda» partes, inundaron la Francia. Las cos­
tumbres, por consiguiente; se viciarobhasta el punto de
se r mtty Jtoejento «nribiár'.¡de' mujeres y; d e amantes,
valiéndose de efata los nombras! para obtener lucrativos
empleos , ¿«luciéndolas yfeadéoddatf poner en juego sus
riqu«aB y pn herm osura; y fasm ujeres, por sa parte,
solo codiciaban oro, para adornarse y poder escoger mejor
entre sus galane» ¡ Ni podia suceder otra cosá en aquella
época de envilecimiento, en qne los abates Cotón, Grecourl,
De Puro y Prevót escribían madrigales amorosos ó poesías
picantes y obscenas; época de las novelas dé ,Mad. ü ra -
CAPÍTULO X V I. 295

ligny y de Crebillon, hijo; época, en lio, de las Carias


persas y de la Doncella de Voltairel Por último, de la
división de la Inglaterra en don bandos religiosos surgió
un tercero de incredulidad é irreligión, y aparecieron Skl-
ney, Uanington, Locfce, Toland y oíros muchos, que, como
Hume, se lanzaron hasta negar absolutamente la inmor­
talidad.
Preciso era que esas doctrinas, que la mal llamada filo­
sofía habia predicado por el mundo, ae infiltraran en ol co»
razón de una gran parle de los hombres, incendiando sos
«atendimientos, sofocando loa gritos de sa conciencia, y
produciendo un completo trastorno, en bu organizaacn
moral. Y, en efecto ; la terrible revolución que estalló al
fin, y dorante la cual los racionales, ofuscados por nn vér­
tigo irresistible que se apoderó de sus espíritus, so hicieron
aun mas crueles que las mismas fieras; esa revoluciou,
una de las mas espantosas que conocerán los .siglos, fue el
monstruo que dosóeulosaooB antes eqgeadraron los infiér­
aos en las p rn titu d a s éntralas d e 1? hum aádnd, para
tpie, al abortar al n u d o , ahogando todas t a sentimientos
del corazon y sofocando todos los redos inaüntoB^dft b
naturaleza, sepultara entre escombros las mas- a n g u la r
instituciones, regara la tierra con torrentes de sangreino-
cenle, degollara á los sacerdotes y á los reyes; borrara
el nombre de Dios, profanara sus templos», derribara sus
altares, y sobre sus ruinas, en Qnr erigiera un templo á
la Baaon, divinizándola en la persona da ana asquerosa
prostituía!
3Cuán niagnítica y enán dolurosa al misino tiempo es
e^ta lección que la moderna historia lego á les venideros si-
9!f(l la sociedad t el patírvlo .

glosl ¡Ohl ¡Y con qué sublime elocuencia liablan los hechos


en favor de las verdades de las Sagradas Escrituras! ¿Qué
importa que los huracanes del abismo se desencadenen lo­
dos juntos en furioso tropel contra la Luí de la verdad? ¿Qué
importan los levantamientos de la impiedad ni los rugidos
del infierno? Los huracanes se sosiegan, los levantamien­
tos se acallan, los infiernos se cansan de rugir en vano, y
el faro de la verdad continúa inmoble en el alto firma­
mento^ derramando sos resplandores por toda la faz de la
ancha tierra; porque la verdad es Dios « q u e reina desde
antes de todos los siglos, y continuará reinando hasta des­
pués de la eternidad!

II.

BN Li ¿ÍOCA PRESENTE.

Los roncos bramidos de las tempestades no retumban


bíuo durante muy pocas horas; pero su eco aun resuena
por mucho mas tiempo en los oidos de los tristes náufra­
gos , de cuya memoria no puede borrarse el peligro que
amenazó su existencia, y ante cuyos ojos se abrió el te­
nebroso abismo, como para sepultar en sus entrañas la
nave en que conducían toda su fortuna. Las revoluciones
son como las tempestades; y aunque estallan y pasan con
la velocidad del h uracan, también como el huracan dejan
yertos los lugares donde asientan sus temibles y asolado-
ras [llantas: al estupor qne producen su* estrepitosos ru­
gidos , sucede el lúgubre silencio de las tumbas : donde
antes florecía usa vegetación frondosa y risueña, no queda
c a p ít u l o x v i. 297

díwpucs de su tránsito mas que un campo de soledad, un


triste valle sembrado de cadáveres, mudos despojos de la
v id a, elocuentes trofeos d é la m uerte!
La gran revolución del último siglo pasó, como pasan
las erupciones de los volcanes; pero asi como estos con­
servan en sus profundos senos el fuego que los mantiene,
ann despues do haber vomitado abrasadora lav a, asi tam­
bién, á pesar de los nefandos crímenes que vomitó la tre­
menda revolución, aun lleva ia sociedad en su seno el
ponzoñoso germen que á lan escandalosas prevaricaciones
condujo á la humanidad. También ei pueblo español sintió
una inerte.sacudida, ocasionada por et monstnu*quev na­
cido hé y a tres-siglos, aun hace retemblar con frecuen­
cia las Fibras mas recónditas del género hum ano, dentro
de cuyo corazon se alberga, y cuya razón pretende sedu­
cir, manifestándose continuamente bajo las distintas for­
mas que roas pueden halagar á la flaqueza humana. Tam­
bién la católica España crió á sus pechos hijos bastardos
q u e , despreciando al sustento con q u ela carí&osa madre
pretendía nutrirlos para qne adquirieran, lafortaleza del
espirita, fueron á buscar en enemigas tierras el'alhnento
que fomentó sus pasiones, desvirtuando las fuerzas de sn
alma. Gustaron el manjar de los reprobos; poro al fin,
como venido de estrañas manos, este manjar no fue muy
abundante, y quizás por eso no produjo mas que réprobos
enanos. Católicos se llamaban los que Be inficionaron con
las doctrinas de la iniquidad; pero todo el poder de estas
doctrinas no fue bastante para borrar completamente de
los pechos españoles el sello del catolicismo. Por esta ra­
zón, los españoles que apostataron al abrazar el partido de
998 LA SOCIRDAI* Y EL PATIBULO.

ia impiedad, no fueron sino unos apóstalas pigmeos en sus


obras; y por la misma razón loa que en España parodia­
ron la revolución de loa franceses; los que, á imitación
suya, llevaron el cuchillo á la garganta de religiosos már­
tires y la lea del incendio hasta los altares del Señor, fue­
ron pequeños ha9la ea el crimen, sin poder aspirar al
lltulo de genios del m al, cuya infausta gloria solo pregonan
epu furiosos alaridos k» que moran en el abismo.
En Francia b u fo fliqukfrt g r a a d m bastante en los es-
tra viadas corazones plata proclamar c o n re p e tk k » gritos
el ñn que la revolución se proponía, cual era el estermi-
nio del órden social, el aniquilamiento de las razas privi­
legiadas y la proscripción del catolicismo; pero en España
fueron hasta cobardes los perversos, traidores y fementi­
dos, odandocon estentóreas vocea predicaban no mas que
la reforma d el régimeaiKpie n d B n e s existta» siendo así
que lo qne deseabameift eb compléta minav Do reformaron,
no; empero destruyeron.
Reformar no es otra cosa que oponer firmísimas bar­
reras para impedir el progreso de los vicios , quo suelen
oscurecer á veces el brillo de las instituciones; porque las
instituciones fueron la vida dé los que ya do existen; por­
que las instituciones sou el riquísimo producto del tálenlo,
de las vigilias, de la aabiduria de hombres verdadera­
mente grandes, que solo aspiraron á labrar su inmortali­
dad eu la gloria y preponderancia de los pueblo*. Y si
para echar por tierra esos gigantes monumentos, levanta­
dos ]Kjr la fe de los pasados siglos, creados |>or la necesi­
dad y [Hit- la justicia, sancionados por la autoridad de nues­
tros mayores, fundidos en el crisol de las naciones, y cuyas
CAPÍTULO X V I. 990

raices se pierden un la inmensidad de los tiempos : si para


remover las resjtelables cenizo* de las edades que no»
precedieron fueran disculpa bastante las necesidades fic­
ticias de las pasiones, ó las injustificables exigencias de la
reyol lición, acaso los siglos M uros, las gentes que pululan
allá en el porvenir alzarian entonces de concierto uu ter­
rible anatema, que, elevándose basta los mismos cielos, se
desplomaría inexorable, condenando nuestra memoria. X
bajo pretexto de reform a, ¿qué se hizo de las instituciones
monacales, de ese árbol magnifico, cuya historia y cuya»
raices están intimamente enlazadas con lás raicea y con la
historia de la época mas gloriosa de nuestra,España? Ar­
ráncasele de una vez sin piedad, porque la révdaoion es
loca é im prudente, y su gloria es la ru in a , y sobre escom­
bros y sangre erige un trono á la ambición y al egoUmo!
La revolución que tuvo lugar en España patentizó al
mundo las dos causas principales que minan y corroen ac­
tualmente las entrañas deila sociedad; ¿ s a b e r : la irreli-
v
gion y el materialismo, k eep atóea' y idogüelktde loe're­
ligiosos nd se debe considerar tolo eorao un simpLa alenlado
¡í sus personas, no : desprestigiando á la ssa n ta a e q m a m -
dades, achacando á sus instituciones los vicios qué ífueran
««elusivamente peculiares de algunos individuos, se echó
por tierra el principio de la autoridad religiosa, así como
se habia ya protestado contra la unidad del^podur do las
monarquías, y se pretendió hacer ver á los hombres qne
el respeto á las autoridades eclesiástica* legítimamente
constituidas es una vana preocupación, que debe des­
echarse en nombro de la ratón ilustrada. Del mismo
modo, despojando, según la célebre y nada sospechosa
300 LA SOCIEDAD T E L PATÍBl'LO .

espresion de uno de nuestros hombres de Eslavo, á los


monasterios de todos los bienes que legalmenlc liabian
adquirido para su sustento, y con los cuales subvenían á
las calamidades públicas en tiempos de hambre y de
guerra, conteniendo esa venenosa lepra del pauperismo,
qae tanto va cundiendo hasta en países donde antes ape­
nas era conocido, y arrebatando lambien á las iglesias
aun aquellos objetos que estaban consagrados al culto del
Dios que se ad o rtd ttén tfa&valtares, para fomentar con
ellos la avaricia y la ambición de unos poco» insensatos,
diose un público y solemne testimonio de la sed de rique­
zas y bienes materiales que devora los corazones de una
gran parte de los pueblos.
Pasaron, volvemos á decir, aquellos estruendosos aten­
tados; pero las cauBas que los produjeron subsisten enlre
nosotros todarfa* yi nos amenazan con lamentables canse-
cnencias. Apaciguóse la tempestad? pereaiuv ee oyfeo m u-
gir sordamente los elementos que una vez puaó én com-
bustion el autor de lodos los males.
Emendarnos si no la vista en nuestro d e rre d o r, y en
lodas partes veremos eundir la impiedad, el libertinaje,
la irreligión y la horrible duda. Unos blasfeman como
energúmenos, otros niegan como insensatos, aquí se des­
cubre el hielo abrasador del indiferentismo, mas allá la
hipocresía bajo la máscara del convencimiento. V es por­
que Talla la fe en los corazones, y no hay fe desde que
en aciagos dias 9e predicó la libertad de exámen y la in­
dependencia del espíritu. Muy pocos son los qne se some­
ten belmente y con entera conlianza á la divina autoridad
déla Iglesia y de sus legítimos pastores; muchos los que.
CAPÍTULO X V I . 301

Ñamándose despreocupados, llevan su preocuparían y su


necio orgullo hasta el punto d e considerarse superiores
quizás á lodo el género humano. Y do conocen que, al
mismo tiempo que niegan la autoridad, obedecen » sus
preceptos; solo que desobedecen á la autoridad legitima
para someterse á la d e los intruso?, que á sí propios se lla­
maron padres y salvadores de las modernas sociedades.
De suerte que, negándose á quien los llama con amor pura
enderezarlos por la senda de su verdadera felicidad, se
entregan esclmivámenle á quien cou falaces astucias los
seduce para precipitarlos en «1 camino d é la desgracia; y,
meugprecúuido el suave yugo de los preceptos del Evan­
gelio, que rechazan, en nombre de una libertad mal en­
tendida , hácense esclavos perpetuos de los vicios.
Como consecuencia de lodo esto, el racionalismo, el
sensualismo y el materialismo mas vergonzoso usurpan el
puesto de la moral y de la filosofía cristiana, y las pasiones
son las reglas de conducta de muchos hombres que abor­
recen de muerte todo lo que sea respeto, deber ú obedien­
cia. Rotos, pues, los mas sagrados Tinentos y menospre­
ciadas las .«antas leyes de la naturaleza moral, los falsos
apetitos se enseñorean del hom bre; los padres dan á sus
hijos toda clase de escandalosos ejemplos, mientras que los
hijos casi desconocen la autoridad de sus padres; todo el
mundo hace ostentoso alarde de su honor, ^ acaso nunca
esta palabra ha sido tan mentida como en nuestros d ia s; la
violacion de la fe conyugal se ba hecho lan frecuente, que
no ofende los sentimientos de la multitud, dispuesta á
aplaudir casi siempre, 6, cuando menos, á admitir romo
cosa corriente los alenlados contra el pudor ; la buena fe
302 LA SOCIEDAD Y E L PATÍBULO.

casi se ha estinguido ; en otros tiempo» la palabra ríe un


hombre tenia por sí sola mas valor que las más solemne*
escritoras, y hoy apenas bastan las mayores solemnidades
y fórmula* de la» escrituras para hacer efectiva la palabra
de los hom bres; el escepticismo, la duda y el asqueroso
cinismo crecen en formas colosales, y maldiciones horribles
y espantosas blasfemias son los himnos que, con sobrada
frecuencia, el ¡nocente, lo mismo que el perverso, en­
tonan á loe cielos! ¿€uál ha sido entonces «I producto de
la revolución, dé esa revolución estéril é impotente? La
mejora material de los pueblos : oso únicamente es todo
lo mas que en parle se la puede conceder. Concedámosla,
s í, hasta cierto punto, esos adelantos materiales en qne
casi como por instinto se progresa, sin otro objetó que dis­
traer loe sentidos, para q u e e l ilu ta no tenga lugar de re-
n Bxiouarni d e aperabin© del vacio ¿pie, siguiendo la
marcha actual, la'Ofirece el A v e n ir t
CAPITULO XVII.

Consideraciones «obre los progresos de la


sociedad.

I.

INAUGURACION DEL AMO ESCOLASTICO DE 1853 Á 1854 EN

LA UJilVEHSIDAD DE HADBID.

Algunos dirán (al vez que hay exageración en lo que


acabamos de manifestar eu el capitulo anterior; pero cree­
mos que nadie lo pensará asi en el fondo de su conciencia,
porque la deamoralkacíonque corroe ¿ nuestra sociedad
es una verdad práctica qae se toca, se palpa, y como tal
la han reconocido y confosado aun los órganos mismos de
las doctrinas llamadas liberales.
Sin em bargo, bace pocos dias que se levantó una voz
caracterizada para defender lo contrario ; bace pocos dias
que en la Universidad de Madrid, en presencia de su res­
petable claustro, delante de la mayor parte de las notabi­
lidades de la co rte, y con asistencia de e n juventud de
quien tanto bay que esperar para el porvenir, supuesto
que ella está llamada naturalmente á regir la patria desde
los mas altos puestos de la magistratura gubernamental.
:iO £ LA .SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

judicial y administrativa, se sostuvo por uno de los doctor


maestros déla instrucción pública, que testamos en el buen
>camino; que nuestra sociedad presente, en su estado
»actu al, con sus instituciones y sus creencias, con sus lui-
»bitos y sus costumbres, coa su literatura y sus arles, con
•sus prácticas y sus tendencias, con lodas sus ventajas y
»todos sus inconvenientes, y hasta con sus temeridades,
«es mil veces preferible a f e i t ó Social de Europa en cual-
»quiera de los periodos de la historia moderna qne se pne-
Bdan designar.»
Esto se ha sostenido con calor y con denuedo, en pre­
sencia, volvemos á decir, de la juventud española. Má­
sela dicho que estamos en el buen camino; de suerte que,
si de esto llegaran á persuadirse los jóvenes que hoy fre­
cuentan las aulas, cuando ascendieran á la alta esfera de
gobernadoras de-tat p ab ú 4 no, hariafc probablemente mas
que empujar con nuevo y m ayen impaiso á la sociedad por
á camino en que hoy so encuentra, supuesto que se les
dice que es el bueno. Y si al fin de ese camino tropezara
Con un escollo tai vez insuperable ; si la senda que hoy re­
corre tan ufana no la condujera por desgracia mas que
á su perdición, ¿quiénes serían enioiices los causantes,
quiénes, los culpables de la com pletam ina del órden so­
cial? Mucho contribuirían á eüo, sin duda, los jóvenes que,
al ocupar uri día los altos puestos del Estado, obraran sin
reflexionar antes con detención ; pero aun mucho mayor
seria la responsabilidad de los q u e , autorizados por la no­
ble investidura del profesorado, que supone mucha ciencia
y no poca esperiencia <;n ios que lo ejercen, predican á la
inesperla y ardiente juveotud : «La civilización moderna,
c a p ít u l o x v ii. 305

• conquistando á ¡a barbarie representada por esos hun-


• nos y vándalos que, con la máscara de la hipocresía y
»vistiendo el traje moderno, están, ó espesando las ii-
nnieilas de la ignorancia, ó propagando los desvarios
,
• del error os ha puesto en el buen camino :» seguid,
pues, la senda que os dejamos señalada : marchad por
ella eo derechura, con fe y con valor, que al fin encon­
trareis la gloria y la inmortalidad de vuestros nombren
que pregonarán henchidos de júbilo y de agradecimiento
los futuros pueblos, que os serán deudores de su completa
felicidad y preponderancia!
Pues bien : si esos lan apasionadamente llamados des­
varios del error de la barbarie, entraña rao, por fortuna,
el germen eficai de la verdadera civilización : si las doc­
trinas de esos hunnos y vándalos que visten el traje mo­
derno, lejos de espesar las tinieblas de la ignorancia,
como eu Cono Un sentencioso se afirm a, no hicieran, por
el contrario, sino evitar que las linieblas.de la ignorancia
se espesen con la propagación de las mwwm teorías so­
ciales : en una palabra, si esa escuela á quien el catedrá­
tico de la Universidad de Madrid califica de hipócrita 6
por demas candorosa, fuera acaso la única, ó , cuando
menos, la que con el mas completo desinleres y con el
mayor conveucimiento trabaja y trabajará siempre por que
la sociedad no pierda de una yez el derrotero de su bien
entendida perfección, de que tanto pugnan por desviarla
furiosos vendábales y velocísimas corrientes : si desaten­
diendo la juventud, como se halla en peligro de desaten­
der, Jas continuas advertencias y los sanos y prudentes
consejos de esa escuela á quien lan agriamente oye cali-
20
3UG LA SOCIEDAD » EL f ATI BULO.

ficar, no siguiera mas que las máximas y doctrinas de al­


gunos hom bres, de algunas alia» capacidades que boy la
dirigen y la enseñan, y luego las doctrinas y la* máximas
de esto» maestros del siglo aparecieran erróneas y aun
absurdas. cuando ya no fuera tiempo de destruir los ma­
los efectos que sus absurdos y sus errores hubieran pro­
ducido en la sociedad T ¿qué remedio supremo quedaría
entonces para salvar el órdea del Estado? ¿ Con cuánta
sobra de justicia y con qué palabras tas amargas no se
podría reconvenir entonces á los ciegos defensores de los
modernos tiempos, mas ciegos aun cuando acusan de bár­
baros á los que, en cierloS<asos, y amando ciertas insti­
tuciones en que con toda seguridad liarían el verdadero
engrandecimiento de la patria, vuelven con pesar los tris­
tes ojos á tiempos que pasaron? j Pues qué! ¿basta quo
una institución no sea de esto siglo para que tampoco sea
buena? Y ¿basta asimismo qne mnchkimos hombres muy
respetables, que una escuela numerosísima, cuya dignidad
y cuyo honor jamás se han empañado, sostenga la nece­
sidad ó la conveniencia de algunas santas y venerandas
instituciones de otros siglos, para que por esto solo se la
llame bárbara y amiga fanática de las errores?
Este es el mayor demérito que tiene, á nuestros ojos,
el discurso que se ha pronunciado en la Universidad de
Madrid en el solemne acto de la apertura del año acadé­
mico de \ 853 á 1884. En ¿1 se defiende, repetimos, el es­
tado presente de la sociedad; pero mas bien que su de­
fensa se hace su panegírico, su completa apología; su­
puesto que el respetable doctor que lo leyó no ha encon­
trado mas que alabanzas para ella, tanto al examinarla eu
c a p ít u l o x v rr. 307

rl órden material, como en el intelectual, como on el


moral, sin haber tropezado, ni por casualidad, coa ningún
vicio, con ningún defecto digno de severa crítica ó de
v itu p e r io . Cierto e s que en e s e discurso s e d ic e que nues­
tra sociedad presente tiene ventajas, y con ellas sus tn-
e o n c fn te flte í y hasta sus temeridades; p e r o e l d o c to r que,
desde lo alto de la cáted ra, se dirigía á un claustro de
doctores; el bombre ilustrado á quien escuchaba un audi­
torio lan numeroso como lleno de ilustración ; y , en fin,
el catedrático que, bajo las bóvedas del augusto templo de
las ciencias, Ae supone que hablaba conimparcialidad, para
instruir, sin proponerse cautivar la atención de sus n y e t-
les con un lenguaje apasionado, sino con la razonada cs-
posicion de las doctrinas que juzgara mas aceptables, de­
bió haber designado los inconvenientes y las temeridades
de nuestra actual socicdad, para que se pudiera juzgar
comparándolas con sus tan preconizadas ventajas. | Pero es
que acaso se temió bacér semejable parangón, no Aura
que á los ojos de todo el mondo saltara la \nfsrioridad
de las ventajas al lado de la magnitud de las temeridades
é inconvenientes de nuestra presente sociedad!
La prensa liberal emitió ya su juicio sobre esta no­
table producción del catedrático de filosofía de la Univer­
sidad central; ó , mejor dicho, no la ha juzgado^ sino la
ha aplaudido. Para j u g a r bien es preciso com parar, y
para esto es necesario ?«r con ojos imparebdes; mas la
prensa de ciertos matices no sabe s e r1 casi nunca im­
parcial , porque casi nunca examina las cosas como es de­
bido. Si son contrarias á sus deseos ó á sus opiniones,
condénalas sin mas que por esta razón ; y sin otro motivo
308 LA SOCIEDAD T EL PATLBILO.

también, las prodiga encarecidos elogios cuapdo son con­


formes. con el « p irita y tendencias de las apasionadas doc­
trinas quo profosa. Jamás la verdad ha de oslar fuera de
esta escuela : jam ás tampoco ha de estar dentro de esla
escuela el error.
Sin embargo, ese discuno ha sido juzgado, con el
buen criterio y con la sensatez que le caracterizan, por el
periódico La Etparaa m , y con esto y a ha perdido parte
de la Alerta con que pudieran influir en el ánimo de cier­
tas personas las doctrinas qne en ¿I se sustentan. ¿A qué,
p ues, combatirlo también nosotros? |Oh! no : aunque nos
sobra fe para entrar en competencia con el catedrático de
lógica de Madrid eo el campo de las convicciones, no te­
nemos, sin em bargo, la presunción d e atrevernos á medir
nQestras'armaB coa las de t u respetable advereario en el
terreno de la d e a d a ; y aun cuando así no ftaera, tampoco
seria nuestro ánimo combatir su diieu no , porque por
ningún título nos corresponde. Mas como para defender
nuestras doctriuas tenemos que hacernos cargo de las que
laB son contrarias, y estas se sustentan con tanto talento
y con tanta habilidad por una persona tan caracterizada en
el escrito que lan oportunamente acaba de llegar á nues­
tras m anos, vamos á impugnar las doctrinas que en él se
defienden, haciendo completa abstracción de la persona, á
quien respetamos, porque debemos respetar á todo el que
habla ó escribe de buena fe, aunque sus palabras 6 sus
e sc rito s contengan algunos errores.
CAPÍTULO X V II. 309

11.

raoaaE S O s de l a s o c ie d a d en e l ó r d e n Material.

Si la verdadera civilización consistiera solo en el pro­


greso de la sociedad en el órden material de las cosas,
indudablemente la sociedad aclual marcharía por el buen
camino de la civilización; pero como esta es superior y
mas escelente que la cultora estertor de los, pueblos, es
claro que, á pesar de los adelanto» m aten alee que se en­
cuentren en nuestros días, podemos.estar futra del buen
camino sí al mismo , tiempo no procuramos nuestra per­
fección moral.
La sociedad de nuestros dias adelanta visiblemente en
el órden material en aquellas cosas que conciernen á los
goces de los sentidos. Esto nadie lo niega ni puede negar­
lo, 60 pena de negar la evidencia misma. «El hombre, es-
* cribe La Esperanto, h a^scudriñadolanaturaleza y ha
>descifrado una multitud de misterios cayo secreto desco-
>nocieron las edades p asadas: ha observado las combina*
•clonesquímicas de la m ateria, las ha promovido y ensa-
•y ad o , y ha obtenido productos de incalculable utilidad.
■El bombre ha llegado á nn grado de esplendor: verdade-
»ramente fabuloso en todos los ramos de la fabricación y
»de la industria; y el Palacio de c r i s t a l - un testimonio
«demasiado fehaciente para que haya un solo individuo
»de la espede humana capaz de negar los adelantos que
>la sociedad fabril, comercial é industrial hace todos los
•dias, asi como los beneficios que la humanidad entera
310 LA SOCIEDAJ» 1 BL PA TÍB IX O .

■ recoge de esos mismos progresos. En resu m en : el iioni-


»bre marcha rápidamente ¿ la perfección material. Apo-
•dérase, no solo deJ espacio y del liempo por medio de la
»electricidad; del vapor y del a ir e , sino también de la
» fuerza b ru ta, y hasta de su propia fuerza - el hombre de
»hoy puede recorrer distancias i orne osas en pequeños es-
>pactos de tiempo; no h ay {tara él latitudes, ni estacionen,
> ni obstáculos: las nacim os han perdido sus fronteras, y
» el m ar sn b ra v u ra s .
Basten, pues, estas lineas, que hemos entresacado del
primer articulo que el citado periódico ha dedicado al e x i­
men del consabido discurso, para que nadie dude de la
razón con que todos confesamos que la sociedad, en la
época presente, marcha hácia su perfección material.
P e r a ^ a a s o par tirio « > lo h a de se r nuestro siglo superior
A «ualquiera otroique no» sefafe la historia? Omitiendo
ahora o cu p ara» 'd e a ta ta m e n te por t n ad elan ta de las
artes y m anifacturas se ha de juzgar del engrandecimiento
y verdadera civilización de las naciones, y limitándonos
solo á comparar bajo este aspecto á la sociedad de nues­
tros días con las sociedades de siglos que pasaron, dígase­
nos en primer lu g a r ¿ s o n de nuestros dias, de nuestros
dias actuales , esos descubrimientos que tanto nos asom­
bran, esas magnificas creaciones del genio que labra por­
tentos y maravillas con ayuda de las artes? No por cierto.
La historia nos enseña que los verdaderos descubrimientos
datan de épocas mas ó menos lejanas, distantes, sin embar­
go, de nuestro siglo, en q ue, salvas algunas raras excep­
ciones, apenas ha hecho mas que perfeccionar aquello
mismo quu poseyeron nuestros abuelos. La cultura rao-
C A PÍT ITO X V II. 31 I

derna 30lo ha refinado, por decirio asi, variando on mul­


titud de especies, las rosas que afectan á los senlidos; pero
no las cosas que, absorbiéndonos en su contemplación,
elevan el alma á magníficas concepciones, sino las que ale­
targan al hombre en el placer, para qne en él solo cifre
loda su felicidad.
Pero si aun en el órden mismo material de las cosas
queremos hacer comparaciones, retrocedamos, no ya hasta
los hvnnot y vándalos , sino hasta mucho mas anlcs de
eslos tiempos de b arb arie; y allá en épocas que en nebu­
losas páginas nos descifra la antigua historia, veremos le­
vantarse con grave majestad el templo de Salomon, latí
Pirámides de Egipto, el Coloso de Rodas T «on otras mil
maravillas, cuya formación por el hombre y coya existen­
cia apenas se comprenden en esle mismo siglo, llamado de
los portentos del ingenio. Viniendo despues á tiempos no
tan remotos, admiremos llenos de asombro el San Pedro de
Aoraa, el Nuevo Capitolio, el castillo de Santo Angelo , y
multitud de atrevidos puentes y de imperecederos acue­
ductos q ue, desafiando ¿ la fuerza destructora del tiempo,
nos atestiguan la altura hasta dónde se elevaron en el ór-
den material aqnellos pueblos, de cayo tránsito por el
mundo apenas resta ya otra cosa que las ruinas de su an­
tigua grandeza. Llegando, en fin, á la edad ifieda, edad
de hierro, de ignorancia y de b arbarie, también en ella
vemos edificados gigantes monumentos, que honrarían mu­
cho al siglo xix si en ¿1 se levantaran. Esas magnificas ca­
tedrales, esos suntuosos alcázares donde moran los reyes,
esas inespugnables fortalezas, y tantos otros elocuentes tes­
timonios del genio artístico, que hoy cautivan la atención
312 LA SOCIEDAD T E L PATÍBCLO.

de cuantos los visitan, seguramente que no se deben á los


progresos de nuestros dias, sino á la ínctcíh'sacion de
nuestros antecesores.
Mucho nos jactamos de n u e s tro s adelantos; v c o n to d o
eso, ¿podremos presentar en nuestro siglo, en la escul­
tu ra , una escuela tan grandiosa como la de Fidias, Alca-
menes y Policlelo, ó tan bella como la de P m ite le s y sus
discípulos? Y si de Grecia pasamos á Boma, ¿no queda­
rán oscurecidas las mejore» obras de nuestros ingenios,
comparadas con las magnificas creaciones de Gbiberti y
Donalello, ó con las graciosas concepciones de Cellini y Va­
lerio Bclli? En pintura, ¿hacemos otra cosa mas que a d ­
mirar atónitos y con respeto las atrevidas composiciones de
Massaccio y de Giotto, ó los inmortales lienzos de Yelaz-
q u e t, d e Rafael, del Correggio, de fru ta rá n y de Muri-
llo? ¿Sabemos, acaso, mas qud mal copiar las obras maes­
tras de todas las artes que se encuentran reunidas, para
eterna Cuna de las edades que las produjeron, en el Qui-
rinal y en el Vaticano?
No nos dejemos, pues, llevar de nuestro orgullo basta
el punto de creernos superiores en los adelantos materia­
les á todos lee siglos, á todos Iob pueblos de que nos
habla la historia; que si nosotros sabemos hacer ferro-car-
riles, los antiguos levantaron muchísimos grandiosos mo­
numentos, que harán imperecedera su memoria. Y no los
pongamos tampoco en parangón con nosotros, no sea que
acaso nuestra lan ponderada civilización so rebaje muy
mucho al observar que las riquezas monumentales que
nos legaron los pasados siglos, al mismo tiempo que ates­
tiguan el progreso y la noble cultura que alcanzaron en el
CAPÍTULO XVII. 313

órden material de las cosas, elevan también el pensa­


miento á una .altísima región, donde se goza de un dulcí­
simo é indecible bienestar; mientras que casi todos los
adelantos materiales de nuestros d ías, envolviéndonos en
las nubes de humo que despiden, atufan nuestros sentidos
y esclavizan y sofocan las mas sublimes aspiraciones del
hombre dentro de la impura cárcel de la materia. En otros
tiempos, el alma era la soberana de los sentidos; en nues­
tra época, los sentidos usurpan casi completamente los
dominios en que debiera reinar como señora absoluta
nuestra alma : pasaron aquellos siglos de barbarie en
qne hasta las mismas cosas materiales elevaban el espíritu
á los cielos; y hemos llegado á una edad llamada de cul­
tura, en que todo conspira á hundir en el fango las mas
santas aspiraciones del espíritu.

111 .

EN EL ÓRDEN intelectual.

La sociedad presente progresa también en el órden


intelectual: esta es otra proposicion que nadie contradice.
«El hom bre, dice La Esperanto, no contento con haber
•domado el rayo destructor y haberle hecho inofensivo,
■utiliza la materia flúida qne le engendra para atender á
•las necesidades de la v id a, y le convierte en digno men-
»¿ajero de sus ideas. El hombre ha elevado sns ojos inves­
tigad o res á la bóveda celeste, ha pasado noches sin lin
«estudiando esos otros mundos que el dedo del Altísimo
•tiene suspendidos sobre nuestras cabezas, y los ha me-
3 U LA SO flE D A B T E L PATÍBULO.

>dido, y los ha pesado, y lea ha adivinado su itinerario.—


» De frente con las ciencias que dejamos ligerameule iudi-
■cadas, marchan otras de Unía y algunas de mas utilidad
•au n . La ciencia de cu rar, lan interesante al hombre, ha
¿adelantado de una manera altamente beneficiosa; y, para
«comprenderlo de una vez, nos bastará tener en cuenta
»que en nuestros dias se ha llegado ¿ suprimir el dolor
■tísico,que antes precipitaba en la tamba millares de exis­
te n c ia s en flor. Las grandes y difíciles operaciones qui-
•rúrg icas, qne en oíros tiempos quebrantaban en un
* cu arlo de hora una constitución de veinte años, hoy se
■practican sin ninguna impresión dolorosa, gracias á la
■benéfica aplicación del éter y del cloroformo. No há mu-
■cho todavía, un robusto mancebo espiraba víctima de la
>impresión que le causaba la sierra del facultativo sobre
»el fémur, por ejemplo : hoy duerme tranquilo mientras se
■hace la o p erad o n , y al despertar nada ha perdido mas
■que la causa de sus dolencias.»
De estos preciosos párrafos se colige lo que antes ase-
guramos, esto es, que la sociedad progresa en el orden
intelectual; pero no por eso hemos de decir que sus pro­
gresos son tan asombrosos que eclipsan la memoria de
otras edades. Y si no, ¿ pu eden, por ventura, compararse
nuestros modernos oradores con un Cicerón ó cou un Re­
mósten es, cuando las oraciones que estos y otros coetáneos
suyos pronunciaron son las que 9e leen y se estudian hoy
como modelos de elocuencia? ¿Puede la filosofía de estos
tiempos presentar nombres tan esclarecidos como los de
Aristóteles, Séneca, Platón y Sócrates? Verdad es que cou
ellos compiten y rivalizan, y aun de cierto modo les so-
CAPÍTULO IV U . 345

brepujau inflnilamente, los LeibniU, los Bossuet, los Bal-


mes y oíros muchos varones célebres; pero estos, aunque
nacidos en épocas mas ó menos próximas á la nuestra,
son anacronismos y verdaderas antítesis de la civilización
m oderna, supuesto q u e , por sus principios y doctrinas,
pertenecen á la escuela hipócrita, enemiga del órden
político existente, á esa escuela de hunnos y vándalos
que cuenla en su seno á un San Agustín, á un San Geró­
nimo, ¿ u n San Isidoro, ¿ un Santo Tomás, «lernas lum­
breras ante quienes se eclipsan esos pigmeos engendrados
en las nuevas doctrinas de la época 1 En literatura, ¿dónde
están esos poetas celebérrimos, cuyos nombres puedan
figurar dignamente al lado délo s Homeros, Virgilios, Ho­
racios y Ovidios, que vivieron en remotísimas edades, ó
poetas y humanistas que continúen la gloriosa galería de
Cervantes, Alarcon, Quevedo, Morelo, Lope, Calderón,
Fr. Luis de León, Fr. Luis de Granada, Tirso y tantos
otros, cuyas producciones, justamente envidiada* de los
pslranjeros, hoy se estudian y se procuran im ilar, á posar
de que datan desde la época inmediata á los siglos de la
barbarie y de la mas crasa ignorancia? ¡ Por cierto que al­
canzará eterno renombre la poesía lírica del siglo x t x , sal­
vas algunaB honrosas escepcioues M En legislación, ¿en qué

1 Enlre estas honrosa» escepctones del siglo n i figura, á no du­


darlo, eji un lugar preferente, el nombra del Sr. D. lu á n Mari a Ca­
pitán : hombre bien conocido y respetado, aunque «caso no lauto
como merecen la vasta erudición y el escelenle criterio qne se ocul­
tan bajo la religiosa modestia de tan virtuoso y ejemplar sacerdote.
Autor de mochas composiciones célebres del género d is ic o , no lia
alcanzado, sin em bargo, todo el Lauro á que por ellas ea acreedor;
pero esto no es estriñ o , supuesto que raras veces se premia al ver-
314 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

consisten eso» lan decantados progresos del siglo, siendo


asi qne aun boy mismo nos rigen muchas leyes de Jnsli-
niano, leyes del siglo v , consignadas en ese gran código
q n e, para gloría de E spaña, escribió un rey nacido en los
tiempos de la ignorancia, y á quien llaman Sabio las ge-

dadero mérito cuando están de por medio la ambición , el favor y


la intriga. P red iad o por Us vichitádes tfe la fortqna, desde li9M
muchos años ( á lasim probas Ureas de la e u ta ñ a n n de las humani­
dades, o penas ha tenido tiempo para dedicarse, cnanto fuera menes­
t e r , i sus estadios particulares; mas d pesar de sa avanzada edad,
aun podría prestar eminentes servicios i las letras españolas. Itrato
seria que, en atención á sus méritos especiales, le asignara el g o ­
bierno la pensión que por jubilación la correspondiera, para que,
asegurado de este modo su porvenir, pudiera desembarazadamente
llevar i cabo loa trabajos que tiene comenzados, Con los cuales se
aumentarían las abras oUiieas g u e , heredadas de otros siglos, cons­
tituyen el orgullo y la gloria de la ÚteratuAi espaflola.
; Ya que otra Cosa; M {nado , atadíe lid io , al m enos, dejar
aquí consignados las p a n a sen turnemos que m e inspiran Jos escolan­
tes prendas de tan bueno y cari Soso am igo, mi respetado y queri­
do maestro.

Tlaco pocas semanas que se escribieron las lineas anteriores: hoy


estamos á i ¡i de marta de 1884. Entre ambas fechas media ia
eternidad : O. Juan María Capitan ya no existe: el día 7 de este
mes entregó su espíritu en manos cM Criador.
Ya es tarde para que el mundo re apresure á recompensar los
altos méritos de tan virtuoso sacerdote: el mundo no sabe casi
nunca premiar á la virlud verdadera : .10(0 en el cielo encuentra
esta su merecido galardón : por eso D. Ju an María Capitan eslora
gozando en el cirio de tina felicidad sempiterna i inmarcesible.
Venid, pues, los que amais las r¡lorias de nuestra patria, y derra­
mad flores sobre la tumba del poeta : venid, y cantad las desgra­
cias del esclarecido humanista y la gloria del justo : venid, mis
amados condiscípulos, y lloremos junios á la memoria de nuestro
sabio maestro, >j roguernos i Dios por el eterno descanso de
jrv alrna.
capítu lo x v ii, 3 )7

iteraciones civilitadns , un obstante lanía* conquistas


como alcanzan, según se dice, sobre la barbariel
Vemos, pues, que aunque en el órden intelectual la
sociedad ha progresado en algunos ramo», sin embargo,
sus progresos no merecen lan extraordinarios encomios;
porque los nombres de Cuvier, Licbig y Arago, por ejem­
plo, acaso no hubieran sido lan célebres como son los de
Buflbn, Lavoisier y Plolomeo, si en la época en que estos
nacieron hubieran nacido aquellos, los cuales han encon­
trado vencidas las primeras y mayores dificultades, siu
haber hecho apenas mas que perfeccionar en esle siglo los
inventos de otras edades. Y en cambio, la importantísima
ciencia de la buena y Baña filosofía, las humanidades y
otros ramos del saber humano, no solo no han adelanta­
do, sino qne acaso no hay muchos hombres capaces de
comprender perfectamente los adelantos que tuvieron en
la ¿poca de nuestros predecesores.
Reconozcamos, por consiguiente, qne aunque la so­
ciedad adelanta visiblemente en el órden material é intelec­
tual, no por eso debemos decir qne estos adelantos son
universales, esto es, comprensivos de todas las artes y
de todas las ciencias; supuesto qne muchas ciencias y no
pocas artes se hallan hoy á la misma altura en que se encon­
traron hace machos siglos, y aun algunas ocupan un puesto
inferior al que alcanzaron en ciertos pueblos de que tene­
mos noticia. Verdad es que en estos últimos tiempos se ha
progresado en algunos ramos, especialmente en las ma­
nufacturas y en la m aquinaria, impulsadas estraord ¡nana­
mente con la aplicación del vapor; mas esto no prueba
otra cosa sino que cada época, cada siglo tiene sus guslos
318 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

y sus tendencias particulares, que constituyen el carácter


y la fisonomía con que luego ae les distingue en el campo
de la historia.
El progreso es ana ley común á todos los seres y á to­
das tas cosas perfectibles; y la naturaleza entera obedece
á esa ley establecida por el mismo Dios, y qne no deja de
obrar continuamente ana efectos, conspirando á alcanzar
el fin que tiene señalado. Por tanto, no h ay razón para ha­
cer esos desmesurados elogios de los adelantos materiales
é intelectuales de nuestros dias, q u e, mas bien que ó los
esfueno9 de los hombres, son debidos á la acción del
tiempo, á esa ley misteriosa q u e , desenvolviendo sin cesar
las relaciones mas ocultas de lodos los seres de la creación,
es causa de que alcancen la perfección siempre limitada
qne es compatible con sa pasajera eiisteacia.
CAPITULO XVIII.

Del estado moral de nuestra sociedad.

I.

NUESTRA SOCIEDAD PUMENTE NO MARCHA POR EL &U«» COlttillQ


DE LA VERDADERA CIVILIZACION.

Aunque por las observaciones que dejamos hecha» en


los últimos párrafo* se prueba que oí las arles, ni mucho
menos las ciencias, han llegado en nuestros dias i esa
sublime altura en que intentan colocarlas dertoa hombres,
sin embargo, supongamos que, tanlo en el órden materia]
como en el intelectual, hubiéramos alcanzado la mayor
perfección : ¿diríase por esto solo que estamos en el buen
camino de la civilización? N o : que son muy mezquinos
lodos los adelantos de las ciencias y de las artes para
ofrecer por si solos al hombre su bienestar en la tierra,
que consiste principalmente en su perfeccionamiento moral.
«El hombre, escribe un célebre economista, no ha nacido
»solamenle para satisfacer y multiplicar sus necesidades
>físicas. Su destino terreno ob el proveer á estas neces­
idades por el trabajo; pero sobre todo el alimentar su
320 LA SOCIEDAD Y E L PATÍBULO,

jalm a y adquirir las riquezas eternas. Estas riquezas son


•las luces morales, las virtudes, las buenas obras, por
»cuyo medio puede el hombre endulzar poderosamente
»el rigor de su misión en la tierra, porque ellas conducen
»al bienestar, á la comodidad y á la dicha de los individuo*
»y de la sociedad.» .
Aunque el hombre es un ser m aterial, encuéntrase,
no obstante, enriquecido con la poeesion de un espíritu,
destello inmortal del mismo Dios; y , por consiguiente,
está dotado de una doble uaturaleza, animal y espiritual,
conforme á cada una de las cuales tiene respectivamente
necesidades físicas y espirituales que satisfacer, como ya
en otro lugar hemos examinado con alguna detención.
Tanto en el órden material como en el espiritual, debe el
hombre procurar su perfección, su bienestar y su felicidad
posibles ; pero ai. la vida terrenal no es propiamente vida,
sino una espiacion transitoria, al mismo tiempo que la vida
espiritual es interminable, ¿no deberemos procurar no
desmerecer la recompensa de los goces de la eternidad,
aun cuando tengamos que renunciar á las ilusorias delicias
de la vida del mundo? Mas no se crea por esto que la ver­
dadera civilización rechaza los goces materiales, ni el buen
uso de los bienes de fortuna, no ; la verdadera civiliza­
ción permite el buen empleo de las riquezas, y basta el lujo
moderado : lo que no puede permitir es el abuso de esos
bienes materiales, que tan fácilmente pueden causar la com­
pleta corrupción del hombre.
La razón de que nos dotó el Altísimo, esa luz brillante
que, elevando nuestro pensamiento á las mas sublimes me­
ditaciones, nos coloca en una altura adonde jamás puede
CAPÍTULO XV III. 321

llegar ningún olro sor de cuantos existen en la creación; la


luz de la razón, decimos, es la qne, apoyada eu la fe y
robustecida con la revelación, debe enseñarnos á estimar
las cosas malcríales en su verdadero v alor, tales como son
en s i , como fugaces ilusiones, en cuyo fondo solo se en­
cuentra la amargura del desengaño, que h ice desgraciado
y triste nuestro deslino sobre la tierra. Recordaremos
acerca de esto mismo el magnífico y profundo pensamiento
que encierran las siguientes palabras del Sr. Donoso Cor­
tés : «Todohombre, dice, eann ser doliente, y todo lo qne
»no es dolor le es estrafio; si pone los ojos en lo pasado,
«siente pesar al verlo desvanecido; si los pone e n l o p r e -
»sente, sieille congoja, porque lo pasado fue mejor ; si los
«pone en lo vertid ero, siente turbación, porque lo venidero
»lodo es misterios y sombras. Por poco que considere, ad­
v ie r te que lo pasado, lo presente y lo venidero es todo,
»y que el todo no es nada : lo pasado ya pasó, lo pre­
s e n te va pasando, lo venidero tro es.» Pues b ie n : si ni
en el pasado, ni en el p re M o tó ;n i ¡en dlporvetin- v e el
hombre sobre la tierra mes que deleites y Weírnsmaterial e«
q u e , por mas qne se perfeccionen, nunca podrán ni variar
de naturaleza y sustancia, ni llenar ese vacío grande, in­
menso, que el hombre siente dentro de si m ismo, claro
es que debemos remontar á mayor altura nuestras mira­
das, fijándonos en ese ma» allá que empieza én la lumba,
y aspirando solo á ser felices en esa Interminable serie de
siglos que se sucederán despnes de nuestra mansión en el
mundo. Bueno que trabajemos en hacer progresar las a r­
tes, la industria y todas las ciencias, porque en este tra­
bajo encontraremos solaz y distracción, y en los progreso?
21
'i± ¿ LA SOCIEDAD t EL PATÍBULO.

que baga la sociedad podremos bascar la rabie □ inexplica­


bles dulzuras que mitigarán los males y desvanecerán ¿
veces las tristezas de la vida. Pero debemos, sobro lodo,,
tenor lijo el pensamiento en nuestro destino inm ortal, on
la eternidad de la vida futura, para que, recordando siem­
pre uueslros deberes m orales, no nos dejemos dominar
por las pasiones, oí por los falsos apetitos, ni por las su­
gestiones de la carne y de la concupiscencia ; sino que
aprendamos á hacernos acreedores á la recompensa de los
cielos, siendo justos, caritativos, dóciles, benévolos, y,
en una palabra, buenos cristianos. Tal es el fin del legi­
timo progreso : tal el camino de la verdadera civilización.
«El bombre perfecto, la sociedad perfecla se encontrarían
•necesariam ente, dice un célebre escritor, en una sociedad
•d e verdaderos cristianos.»
Y ¿es este, por ventura, el carácter distintivo, os
esta la marcha de nuestra sociedad presente ? N o, por
desgracia. En nuestro?, (lias no se piensa mas que en la
producción continua de nuevos objetos materiales y en fli-
cilitar goces antes desconocidos, sin considerar que de este
modo no se bace mas que multiplicar las necesidades
animales, detras de las que vienen precisamente el abuso
de las riquezas, el egoísmo, la estincion de todos los sen­
timientos puros y generosos, y la corrupción del individuo
y de laW -iedad. En nuestros tiempos, desoyendo la voz
amorosa con que el cristianismo nos advierte cuál es la
senda que debemos seguir para alcanzar la civilización
bien entendida, no hacemos m asque adherirnos cada din
con mayor fuerza al sensualismo, secta asquerosa que.
proclamada desde los tiempos de Epicuro, reproducida
Ca p ít u l o X V III. 323

por llobbes, y defendida por Helvecio, Mandeville, Tous-


sait y otros filósofos materialistas, se estendió por Ingla­
terra y Francia, y amenaza corromper Las entrañas de
toda la Europa, del mundo entero. Según las doctrinas de
esa secta, el hombre no es mas que un ser puramente ani­
mal , que solo debe procurar satisfacer á toda costa los
apetitos materiales, supuesto que los goces y deleites de
los sentidos constituyen su mayor y exclusiva felicidad.
¡Y estas son, por desgracia, las doctrinas, y estas las
prácticas, y los adelantos, y la lan decantada eiñtaaoion
de la sociedad de nuestros diast ] No se piensa mas que en
los placeres sensuales, en el deleite, en la concupiscencia
y en la satisfacción de todas la» inmundas pasiones de la
corrompida naturaleza! O ro , oro : este es el Meto de la
mayor parte de los hom bres; este es el constante objeto de
lodos sus deseos; esto lo que procuran alcanzar á toda
costa, aunque para ello hayan de emplear los medios mas
reprobados; porque con «I stHisItofePttdW'MV deseos,
lodos sus caprichost lodos sus Vicios; porqWlMff til oros®
creerán autorizados para quebraniar impunemente loe mas
sagrados deberes, para romper los vínculos mas santos y
para profanar las mas caras afecciones; y , en fln, porque
con oro están seguros de llegar también á ocupar una po­
sición brillante en ese mundo que, sin otra ni m as razón,
les tendrá envidia, los aplaudirá, y Ikasla se humillará á
sus pies.
Fijos, pues, los ojos exclusivamente en loe deleites y
bienes materiales, y no pensando el hombre mas que en
adquirir medios con que satisfacer las exigencia» de los
sentidos, olvidase completamente (le su destino inmortal, y
3^4 LA SOCIEDAD V E L PATÍBULO.

repula como una preocupación la idea do los deberes mo­


rales ; ó considera como insufrible la voz de la religión,
q u e , no deseando mas que proporcionarle la felicidad ver­
dadera, le eDseña á enfrenar y á dominar esas necesi­
dades física*, que el materialismo lanío trabaja por multi­
plicar y reproducir. «La generación actual, dice el antes
«citado periódico, tan maravillosamente adelantada, tan
»inteligente, tan activa, es en el sentimiento pagana; peor
»aun, materialista. La sociedad actual no cree en Braha-
»ma, di en Ormutz, ni en Osiris, ni en Júpiter, ni en Jc-
•hovah, ni en J esús : no cree en nada : apenas siente:
■calcula, y nada mas. Su templo es la Bolsa; su Dios el
■Becerro de o ro ; su dogma cada vno para s i ; su liturgia
rtil refinamiento de la intriga; su libro de oraciones una
♦cotkadon ; su fe de bautismo una póliza, un real nom-
•bram iento, ó el acta de un.colegio electoral. Esta es, en
•compendio, la religión de nuestros dias.»
Y , efectivamente : desdo que la tan decantada civili­
zación moderna, so pretesto de corregir abusos q u e, auu
cuando los hubiera, no podía ser de su incumbencia el
atajarlos, y desde q u e, predicando reformas, profanó los
templos, derribó los altares, despojándolos de todas sus
riquezas, y persiguió de muerte á los ministros del Señor,
ya desde entonces la religión divina ha perdido para mu­
chos hombres el prestigio que antes tuviera, ya no se la
respeta, ya no se la obedece, ya se la mira con desden y
cou mofa, ya no se cumplen sus preceptos. «Aunque siem-
»pre baya habido impíos, escribe el señor conde de Mais-
> tre , jamás había habido, antes del siglo x v m , y ea el
•seno del cristianismo, una insurrección contra D io s y
CAPÍTULO XVIII. 32n

»menos se había visto jamás una conjuración sacrilega de


> lodos los tálenlos contra su A utor; y esto es lo que hemos
«visto en nuestros días.» Desgraciadamente es muy ex acia
y verdadera esla reflexión de tan célebre escritor. No bastó
escarnecer á la Esposa inmaculada de Jesucristo, rasgando
sus vestiduras; arrebatándola las primicias que en otro:)
tiempos la ofreciera la fe de los buenos católicos; convir-
liendo en albergue de cuadrúpedos las sanias casas donde
otras veces se la tributaba culto ferviente con piadosa de­
voción ; entonando himnos obscenos dentro de los templos,
bajo cuyas majestuosas bóvedas resonaban én mejores
épocas las grandiosas armonías de los sagrados cánticos,
mientras el humo del incienso subia ante el ara sacro­
santa; y , en fin, labrando teatros en los mismos edificios
donde antea moraban los sacerdotes de Jesucristo, para
representar en ellos composiciones asquerosas y sacrile­
gas, cuadros repugnantes y hediondos, en que aparecen
como santificadas las pasiones y loa vicios mas inmundos.
No : nobastaron, no bastan todavía ta&i&candalosuB pro­
fanaciones , tan crueles insultos, tan mandilas prevarica­
ciones. La despreocupada ilustración de nuestros días aun
no estaba satisfecha : necesitaba, apellidándose católica,
rebelarse contra los dogmas ortodoxos de nuestra santa
religión ; demandar á la Iglesia los lítalos d e sumisión di­
vina; negar á los venerables obisposlas* faculladea que,
como legítimos sucesores de los Apóstoles-, tienen conce­
didas por el mismo Dios, y calificar sus doctrinas y sus
pastorales de craiísimamente errónedi! Y esto es lo que
ha sucedido, y esto es lo que sucede también en nuestros
dias, sin quelos autores de tan escandalosas protestas con-
320 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

ira la autoridad y doctrina de la Iglesia quieran todavía


confesarse protestantes; sino que persisten en apellidarse
católicos, acaso para mejor seducir á los incautos, y para
poder producir mas hondas heridas en el seno del catoli­
cismo. ¡ Tales son los adelantos de la malhadada é impro­
piamente dicha civilización de nuestros tiempos 1 ¡ Y esta
es la civilización que el catedrático de la Universidad de
Madrid llama fiel eipresion del cristianismo y de la sana
filosofía !¡
S i, pues, nuestra sociedad presente, á escepcion d-
* individuos que tienen la dicha de permanecer fieles y
sumisos á la verdadera Iglesia, es, en general, materia­
lista, irreligiosa, indiferente y alea; si el lugar que debe­
ría ocupar la ley moral en el corazon de los hombres se
halla invadido por el estimulo del sórdido ínteres y del
egoísmo, y ai la verdadera civilización consiste en las aspi­
raciones de la sociedad á conseguir sn perfeccionamiento
m oral, al mismo tiempo y aun antes que el material y el
intelectual, ¿cómo se puede aseg u rar, ni mucho menos
defender, que estamos en el buen camino de la civilización,
y que la sociedad presente, con todos sus inconvenientes
y temeridades, es mil veces preferible al eslado social de
Europa en cualquiera de los periodos de la historia mo­
derna que se puedan designar?
Para esto se acude al vano efugio de asegurar que to­
dos los cargos que hacemos á nuestro estado social pre­
sente son calumniosos é inconsideradamente abultados!
Pero ¿cómo han de ser calumniosos esos cargos, fundados
en la historia, en los hechos materiales y prácticos qne
lodos vemos y sentimos, y que han confesado y confiesan
CAPÍTULO W l l l . 327

diariam ente, acaso sin quererlo y sin pensarlo, hasta los


órganos mismos de las doctrinas liberales? ¿Cómo han
de ser abollados esos hechos que proclaman á una voz
todos los hombres; de recto juicio, que reconocen íntima­
mente basta los libertinos cuando sienten el bastió y el
cansancio de los placeres y ik> las orgias, y de que la con­
ciencia universal acusa con severas y profundas voces á
tas (corlas y costumbres materialistas de nuestra época?
No : por mas que algunos hombres de tálenlo, y sin duda
con la mas buena fe, nos prediquen que marchamos por
la senda del catolicismo, el catolicismo, levantándose con
majestuosa dignidad de los pechos de todos los verdaderos
creyentes, se ostenta lleno de santa indignación, y atemoriza
y confunde con el severo ademan de sn noble semblante á
los ilusos que tan mal lo comprenden, y á los hijos rebeldes
que le niegan la mas completa obediencia. «Hay hombres,
• dice el Sr. de Chateaubriand, que se creerían humillados
»s¡ se les demostrara qne tienen alma, que mas allá de esla
»vida encontrarán o tra, y creerían carecer de firmeza, de
i fuerza y de genio si no se elevasen sobre la pusílanimí-
»dad de nuestros padres : así adoptan la nada, ó , si se
•quiere, la duda, como un hecho desagradable tal vez,
■pero como una verdad innegable. ¡ Admírese la ceguedad
»dc nuestro orgullo!}
No, repetiremos una y mil veces : no estamos en el
buen camino, supuesto que nos hemos desviado de la
senda de la religión católica, despuca de haber vomitado
sobre ella las mayores calumnias, las mas graves ofensas,
los mas atroces dicterios : ofensas, calumnias y dicterios
quo el mundo no perdonaría nunca, que castigaría rigu-
328 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBl'LO.

rosísimamente cualquiera secta, cualquiera falsa religión;


pero que olvida y perdona la religión de caridad, la reli­
gión del que, por amor á Lodos los hombres, nos dejó teñido
con su divina sangre el signo de la Cruz, para que en la
Cruz adoremos el profundo é incomprensible misterio de
la redención de la especie hum ana, y aprendamos á amar
de lodo corazon aun á nuestros mayores enemigos, porque
son nuestros hermanos.

II.

I)EI, LIJO Y BEL PAUPERISMO.

A. pesar de las incontestables razones y verdades que


dejamos consignadas respecto al mal estado moral de
nuestra sociedad presente, se concluye en el discurso á
que mas de una vez nos hemos referido, «proclamando en
>alia voz, para gloria y consuelo de nuestra edad, que el
*progreso moral de las sociedades europeas camina de
jconcierto con el progreso material y científico.»
Respetamos, volvemos á decir, la opinion del doctor
español que ba escrito estas lineas, aunque no podemos de
manera ninguna estar conformes con él sobre esle punto.
La calma y tranquilidad que esperimenlará en su corazon
y en su conciencia al ver tan risueña, tan dichosa y lan
cumplidamente civilizada y perfecta la sociedad actual de
Europa, son cosa3 dignas seguramente de envidiarse; mas
para tener nosotros esa tranquilidad y satisfacción de es­
píritu necesitaríamos no ver lo que salta á nuestros ojos,
no oir lo que llega á núes Iros oídos, y no saber lo que el
c a p ít u l o x v iii. 329

mundo diariamente nos enseña. Quizás estaremos equivo­


cados; quizás lo que se présenla á nuestra vista no sea
mas que un fantasma; acaso lo que biere nuestros oídos
sea el eco de una voz doliente que escuchamos aletarga­
dos con el sueño; tal vez lo que creemos que el mundo nos
enseña no sea olra cosa que un delirio vano de la acalo­
rada fantasía. Pero fantasma, sueño ó delirio, es lo cierto
que nos acongoja con inmensa pesadumbre, haciéndonos
augurar mal del porvenir de la humanidad; y como aman­
tes sinceros y desinteresados de la hum anidad, creemos
cumplir un deber de conciencia esponiendo nuestras pro­
fundas y leales convicciones, mientras tanto qne ese deli­
rio ó pesadilla que oprime nuestro pecho no se desvanezca
completamente, dejando que brille pura y radiante á los
ojos de todo el mundo la luz de la verdad.
Dicese que» «siendo incuestionable que el rostro es el
»cristal que refleja el estado interior dei espíritu, nada tiene
»que temer la civilización contemporánea, por cuanto su
«galanura y la lozanía de so aspecto físico ciertamente que
9no son ni pueden ser señales de depravación moral.» i El
discurrir de este modo si que creemos qne es hacerse
ilusiones 1 Desde luego nos parece mala en este ca60 la
comparación entre la sociedad y el individuo; porque este
manifiesta al punto en su semblante el pesar que le abruma
por cualquiera dolencia de su cuerpo, y no aparece alegre
y risueño mas que cnando su cuerpo goza do cabal salud,
teniendo al mismo tiempo el corazon satisfecho y el alma
exenta de remordimientos; y , por consiguiente, si la so­
ciedad se dice que presenta un semblante contento y pla­
centero , necesario es confesar que, si es como el individuo,
330 LA SOCIEDAD Y E L rA TÍB l'LO .

no puede sufrir al m ism o tiempo niDguu dolor, ninguna


pesadumbre moral. Y bien : ¿es esto posible? ¿No se con­
fiesa que sobre ella pesa «el triple censo irredimible de la
«locura, el suicidio y la criminalidad?» Pues si sobre la
especie humana gravita el peso irredimible de estas iros
calamidades qne la afligen continuamente, ¿ c¿mo ha do
presentar, sin embargo, un rostro animado y rebosando
alegría? Luego ó no es cierto que el semblante de la so­
ciedad aparece tan brillante como se dice, ó en el aspecto
físico no siempre se conoce el estado moral de la hu­
manidad , y en este caso es inexacta la comparación que
se hace sobre osle punto entre la socicdad y el indi­
viduo.
Cierto es que la presente sociedad europea se óslenla
rica y galana, llena de lozanía y de esplendor; mas des­
nudémosla del traje de seda y oro con que se atavia, y
veremos qne loa cótoréá qne lacen en su semblante son
fingidos, qne la animación qne brilla en sus ojos es arti­
ficial, y q ue, seco su corazon con el hálito ardiente de la
duda y del cinismo, no es en realidad mas que un cadáver
galvanizado. Profundicemos con el escalpelo del examen
racional en ese cuerpo social, que tanta salud rebosa en
apariencia, y encontraremos en sus entrañas las úlceras
que lo corroen y le atormentan incesanlemenlc con tormen­
tos de muerte. Bajo ese fausto que so desplega en nues­
tros dias por ciertos hombres que abundan en riquezas,
descubriremos el hambre y la miseria de las clases mas
numerosas : detras de esa falsa cordialidad y galantería
en el lengnaje y en las costumbres de la época, encontra­
remos la ponzoña de la vil traición y la crápula de lodos
c a p ít u l o x v iii. 331

los vicios; y aunque tanto se invocau la legalidad y lajus-


licia, veremos por todas partes la injusticia y el crimen.
Careciendo la sociedad del freno de la religión, con­
fundidas todas las categorías, y no existiendo realmente
mas dignidad que la de la riqueza, porque con la riqueza
se alcanzan todas las dignidades, la impaciencia, la co­
dicia y la ambición se apoderan de la mayor parle de los
hombres, quienes, arrastrados por sus ilimitados deseos,
y no encontrándose nunca satisfechos con su condicion
social, aspiran decididamente á elevarse á la cumbre de
los placeres, que envidian á quien los disfruta. Observando
que el mundo raras veces venera al virtuoso, ni respeta
al que es verdaderamente sabio, mientras que rinde aca­
tamiento y adula y lisonjea al que solo tiene mucho di­
nero, ciertos hombres, desoyendo las voces de la con­
ciencia , se olvidan de sus mas sagrados deberes y se dejan
llevar de lo que llaman la marcha de los tiempos ó espíritu
del siglo; y , colocándose, si pueden, á la cabeza del
tumulto de las ambiciones, metan Segar basta la cúspide
de la grandeza y del poder en alas d e su orgullo y osadía.
Difundida la instrucción entre todos Ira hombre» sin
haberlos educado primero en los principios religiosos, y
abiertas todas las carreras para todas las clases de la so­
ciedad, sin exigir en los individuos ninguna circunstancia
especial que los haga dignos de optar á los altos puestos
del Estado, vemos frecuentemente que algunos en cuya
carrera se han desgastado sus padres, tal vez con perjuicio
de sus otros hijos, luego que llegan á poseer un título en
cualquiera facultad, y aun siu esto, se ruborizan de haber
sido engendrados por un menestral; y aun no faltan quienes
332 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

hasta niegan que son hijos de aquel é quien siempre lla­


maron padre 1 Porque, apoderándose de sus corazones el
orgullo, ven deshonor allí donde no bay mas que hu­
mildad ; porque no creen que en la humildad ni en I» po­
breza puedan vivir los hombres que quieran ser respetados
en el mundo 1 Engriense despues consigo mismos; créense
desde Inego como si fueran una» altas capacidades; y,
alucinados por su amor propio, juzgándose como si indis­
pensablemente estuvieran llamados á ocupar todas las
dignidades, todos los empleos y todas tas categorías, sin
mas títulos que su audacia y su destreza, arrójanse á
esas luchas sordas, á esas batallas que, preparadas con
sorpresas y con emboscadas de todas clases, pueden ser­
virles para alcanzar los mas altos puestos de la fortuna.
Condoliéndose aparentemente de los males qne trabajan á
la sociedad, y alucinando á los pueblos Con las pomposas
ofertas de libertad, igualdad, civilización, moralidad y
justicia, enardecen los corazones de los ilusos, é incendian
los ánimos de la multitud, que incauta los conduce en sus
brazos hasla los primeros puoslos, derribando de ellos á

los que acaso dignamente tos ocupaban. Y cuando por


medio de la intriga y el fraude llegan á la altura del poder,
reiteran sus promesas de labrar la felicidad de todos los
hombres, alimentando sus esperanzas; pero mientras la
sociedad espera en vano que lleguen los dias de su en­
grandecimiento , lo* que podrían fomentar su verdadera
civilización solo atienden á enriquecerse á si propios con
oro y condecoraciones. Y cuando los pueblos llegan á des­
engañarse y á convencerse de q u e , lejos de trabajar por
su felicidad aquellos hombres ingratos (pie tanto se la pro-
c a p ít u l o xvm. 333
ludieron cuando aspiraban al poder, no hacen mas que
contribuir á multiplicar sus males y á labrar su ruina,
apresúrense á arrojarlos de los altos destinos en que, no
siempre la opinion pública, sino los partidos, los colocaron.
Mas las destituciones, por ignominiosas que sean, importan
bien poco á los q u e , previendo la altura de su caida, pre­
pararon de antemano un mullido lecho que los reciba co­
ronados de brillantes laureles. El mundo los seguirá respe­
tando todavía; y aunque los hombres Integros, virtuosos y
de verdadero honor los anatematizarán en su conciencia,
¿qué importan los anatemas de la conciencia ni las severas
criticas del honor y de la virtud en una época en que la
virtud solo habita en la oscuridad y eu el silencio, y en que
la voz de la conciencia se desatiende como inoportuna é in­
soportable? ¡Así se han improvisado muchísimos capitales;
así se han usurpado á la caridad y á la religión muchísi­
mas riquezas, que hoy disfrutan la irreligión y el orgullo!
«Cuando la astucia y la habilidad vienen á secundar la
> codicia, dice un respetable periodista, vieije el desequili­
b r i o de la fortuna pública, aglomerándose en una sola
>mano la riqueza de millones de familias que quedan su-
>midas en la miseria. Esto es lo que tiene que suceder
>cuando no hay freno que contenga las pasiones; cuando,
•p ara ser estimado en el mundo, basta ser rico; cuando,
•para calcular el mérito de un hombre, solo se pregunta
•cuánto tiene; cuando, en fin, no hay medios de adquirir
•reprobados, cuando todos son lícitos con tal de quesean
• eficaces.»
Es muy amarga, pero no menos cierta, la verdad de
estas reflexiones. Como qae en nuestros dias se respeta y
334 LA SOCIEDAD V E L PATÍBULO.

se atiende lauto á los que sobresalen en la socicdad por su


fausto y riqueza, lodos quieren sur ricos y ostentar des­
lumbrante fausto, porque todos aspiran á que se les alienda
y respete. De aqui ese desmesurado lujo en todas las clases
de la sociedad ; de aquí ese insaciable alan por cubrir las
apariencias, aun cuando en realidad solo existan la escasez
y la miseria, solapadas bajo los monstruosos empréstitos
con que se alimenta la usura. Nadie quiere ser menos que
otro; y para realzarse y alcanzar los favores y aplausos
del mundo, no se cree tan preciso atender al exacto cum­
plimiento de los deberes y á la práctica de la virtud, cuanto
á figurar en la lista de los que poseen cuantiosos bienes
de fortuna. Así lo reconocen todos los hombres, y todos
saben que se engañan i si mismos engañando á los demas;
pero i cuán pocos son los qne tienen, Valor para sobrepo­
nerse á esas funestas preocupaciones del mundo, buscando
la dicha y la felicidad solo en hacer buenas obras, con­
tentándose y dando mil gracias á Dios por los cortos bienes
que les concede!
Hay en nuestros dias una nueva clase de pobres mas
desgraciados que tos que carecen de las comodidades de la
vida; y son esos hombres q u e, ambicionando sin cesar
mayores riquezas á medida que son mas rico#, nunca se
sacian ni satisfacen, ni nnnea dejan de padecer los tor­
mentos con que la avaricia los maltrata. ¡ Cuán rico es el
pobre virtuoso, y cuán pobre el rico avariento! ¥ como es
tan rara la virtud y tan general la avaricia, por eso son
tan numerosos ios pobres y lan escasos los v erdaderos ri­
cos : por eso hay tantos desgraciados y tan pocos que sean
dichosos!
CAPÍTULO XVIII. 335

Dicese que «el pobre de nuestros dias rara vez pide


■ ya un mendrugo de p an, porque no lo necesita, y hasta
i desdeña las desperdicios de la mesa del pudiente.» Esta
aserción es inexacta. Uay desgraciadamente una clase in­
numerable que desdeñará tal vez los pedazo» de pan y los
desperdicios de la mesa de los pudientes; pero no porque
no los necesite, sino porque, llena de orgullo, tiene á me­
nos el pedir una limosna. En otros tiempos, cuando se ne­
gaba un socorro á quien lo demandaba por Dios y por su
necesidad, respondía religiosa y humildemente: ¡Dios nos
perdon e! Pero desde que vieron perseguida la religión di­
vina, desde que llegó á sos oidos ta voz de la impiedad
que niega la existencia de Dios, y desde que se predicó
la igualdad absoluta y la comunidad de bienes , desde en­
tonces variaron también la conducta y los sentimientos de
los mendigos; desde entonces se encolerizan y hasta blas­
feman muchas veces cuando se les niega una limosna. Por­
que creen que el socorrerlos es una obligación civil de to­
dos los hom bres, y porque, no pudiendo ya estar conten­
tos ni resignados con su triste suerte, se consideran con
derecho á la propiedad de los bienes que otro9 disfrutan;
y no se insurreccionan en vez de aparecer hum ildes, y no
nos roban en lugar de demandarnos un socorro, no porque
estén convencidos de su deber de sobrellevar con paciencia
su mala suerte, sino porque temen el castigo y el rigor ma­
terial de las leyes.
Cierto es que han desaparecido de nuestras calles una
multitud de infelices andrajosos y desnudos que implora­
ban nuestra caridad : la cultura moderna no los consiento,
porque importunaban al rico, porque interrumpían con sus
33G LA SOCTCDAb T EL PATÍBCLO.

sollozos las alegrías de los pudientes, y porque con sn


presencia acibaraban nuestros mas dulces placeres. Ya se
les va colocando en lugares de asilo, donde permanezcan
al cuidado de las pocas personas que se encargan de su ad­
ministración; pero olvidados del mundo, á quien no po­
drán molestar. Y el mundo aplaude esta medida; porque,
amortiguados los divinos sentimientos de caridad y compa­
sión qae nos inspira nuestra religión augusta, no queremos
ver esos individuos, coya presencia nos repugna, por el
doloroso contraste que forman con la vanidad y con el
tujo y opulencia que tanlo empeño tenemos en ostentar!
Pues ¿acaso es la caridad verdadera, la caridad bien
entendida, la que ha abierto en nuestros dias esas casas,
creadas por la Iglesia hace muchos siglos para refugio de
los pobres? ¿Es el deseo de procurarles su bienestar po­
sible sobre la tierra el único'móvil qae nos impulsa á reco­
gerlos? Permítasenos que lo dudemos. Esos infelices an­
cianos , imposibilitados de buscarse el suficiente alimento
y abrigo con solo su trabajo, prestan utilidad y la sociedad
cuando se les precisa á entrar en los lugares de asilo ; y
aunque la socicdad les procura su bienestar, no se olvida del
ínteres material que ella también reporta del trabajo á que
leí obliga, ni del ínteres moral qne también disfruta, ahor­
rándose la presencia desgarradora de la miseria. Verdad es
que á la sombra de la limosna se ocultaba un considerable
número de vagos; verdad es que con la mendicidad se daba
lugar á algunos abusos. Pero no son, por cierto, los pechos
cristianos los que deben rebosar una limosna á quien la de­
manda por amor de Dios ; que si es triste la suerte de los
verdaderos mendigos, aun mas lamentable es la de los que.
CAPÍTULO XVI11. 337

sin necesitarlo verdaderamente, se rebajan basta engañar­


nos con las lágrima» de una fingida miseria! £1 verdadero
católico debe tener siempre la mesa dispuesta para sentar
en sn derredor á los que imploren su caridad; porque en la
persona del pobre debemos considerar á aquel Séñor que,
con los brazos abiertos, nos espera en la Cruz, para lle­
varnos á gozar de los manjares celestiales!
¿Qué felicidad se proporciona dando un pedazo de pan
á un desdichado anciano, si al mismo tiempo se le priva
de las caricias de so amada familia? Pues ¿acaso toda la
dicha se cifra eu este mondo en el alimento del coerpo?
¡Mae querrían algunos no vivir, si han de estár condenados
á habitar lejos de los que son su única alegría, su único
consuelo, su única delicia en esla v id a ! Por mucho abrigo
que se les proporcione, ¿cómo podrá nunca igualarse al
dulce calor que espenmentarian en brazos de los hijos de
sus entraña»? No se crea, n o , que los mendigos han des­
aparecido de ia sociedad .: si ya do transitan con tanta
frecuencia por las calles, es porquewvwi eaéstrechas ha­
bitaciones , donde la miseria mas espantosa ios aflige; Esos
mismos que no podían avergonzarse de pedir con btanitde
resignación una limosna á sus hermanos los cristianos,
cuando conservaban su libertad natural y podian luego
dormirse sosegados al amparo de personas queridas que
velaban su sueño con amor, prefieren qoe la desnudez y
la miseria'abrevien los dias de su amarga existencia, des­
cansando en la dura tierra y comiendo un pedazo dé pan
mojado en lágrimas, pero entre los suyos, antes que gozar
de un lecho cómodo y de alimentos mas nutritivos en una
casa dftnde no vean en torno suyo mas que rostros severos
338 L a SOCIEDAD T E L PATÍPl'r.O.

y desconocidos. ¡ No es caridad alimentar el cuerpo del


pobre, afligiendo su corazon 7 su espíritu con la separa­
ción de las personas mas amadas de su alma 1 El hambre
se puede soportaran d ía ; mas 1ay t que ni un solo ins­
tante se puede vivir sin el amor y las caricias de un
hijo!
Por mas ilusiones qne queramos hacernos, no es po­
sible negar que «1 pauperismo crece todos los días. No nos
Jijemos para observarlo, tanlo en nuestra España, país
agrícola, y donde la naturaleza es pródiga hasta para
ocurrir á las mas pequeñas necesidades, cuanto mi Esco­
cia , en Irlanda y en otros países, donde, á medida que la
civilización progresa, se multiplica también la miseria
enlre las clases manufactureras. Separemos la vista de
nuestro privilegiado suelo, donde la miseria no puede cau­
sar los horrorosos estragos que en otras partes produce, á
pesar do la desmoralización general de nuestra sociedad;
porque en España, volvemos á decir, no puede tomar for­
mas muy estraordinarias esa epidemia llamada pauperis­
mo, que mina y corroe las entrañas de oíros pueblos, flo­
recientes en apariencia. Y , sin em bargo, entre nosotros
mismos, 1cuántos cuadros horribles y desgarradores nos
presenta esa clase desdichada t ¿Cómo ocurrir con los so­
corros legales á ciertas necesidades que solo puede conso­
lar y satisfacer la caridad verdaderamente cristiana? ¿Quién
sino un corazon generoso, quién sino un sacerdote de Je­
sucristo puede enjugar tantas lágrimas, estirpar tantos vi­
cios, precaver tantos crímenes y evitar tantas desgracias,
cuya!; noticias vienen diariamente á llenar de angustia
nuestros- pechos? Ya es la torpe m adre, que Yende á su
c a p ít u l o xrn r. 339

propia hija por el precio vil del deshonor; ya es la hija,


que voluntariamente ge entrega al asqueroso seductor,
para obtener de este modo un miserable recurso con que
aliviar las necesidades de nn padre anciano; y a , en fin,
el hijo desventurado que, por medio del robo y de la vio­
lencia , atiende al socorro de su hambrienta familia. Y
¿quién, repetiremos una y mil veces; quién es el que
puede remediar oportunamente esa hambre, esa desnudez,
esa miseria de una triste familia que vive en el completo
olvido y desamparo de los hombres, sino el representante
en la tierra del que es Padre de todos los pobres, con­
suelo del infortunio y dulce esperanza de todos los desgra­
ciados? ¿Quién, sino el sacerdote cristiano, puede acudir
con tiempo á evitar la deshonra y el envilecimiento de una
infeliz criatura, ó á precaver los mas horrorosos crímenes,
no tanto ron un socorro material que satisfaga la exigencia
del momento, cuanto con los inefables socorros espiritua­
les de nuestra santa M tigfea, fuente eterna de lodos los
bienes, manantial inagotable de todos loé consuelos y de
todas las esperanzas? i Ah! ¡Pero el sacerdote apenas
puede boy mas que llorar con los qne lloran, participando
de sus mismas desgracias! El sacerdote cristiano fue la pri­
mera victima y la mas codiciada de la impía rerolucion
que hemos presenciado. Al sacerdote se le despojó de sus
bienes, y ya no puede socorrer todas las necesidades: al
sacerdote se le vilipendié y se le ultrajó con sacrilegos ul­
trajes , y ya no tiene lodo el ascendiente qne debería tener
sobre los corazones católicos 1 Hé ahí al sacerdote de nues­
tros días : vestido con un viejo traje, no puede hacer otra
cosa mas que estender sus temblorosas manos sobre los
340 LA SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

qae tienen hambre, y , con los ojos inundados de lágrimas,


dirigir una amorosa mirada á los cieloa, para que los cía­
los envíen el perdón que regenere á los hombres de duro
corazon, y el maná saludable que satisfaga á los ham­
brientos!
CAPITULO XIX.

Continuación del anterior.

1.

DEL LIBERTES’AJE.

«El cargo qae se hace á la civilización contemporánea


•respecto de la prostitución y el libertinaje, apenas merece
«rebatirse:* La serenidad y frescura coa que *e asienta
esta proposicion, casi nos dejan atónitos y cotno en sus­
penso , 9¡u atrevernos á distinguir si esto se dice formal ó
irónicamente. Mas no puede quedarnos ninguna dada de
que se afirma en tono solemne ( ¡ y desde la co rte!) que
no bay prostitución ni libertinaje en nuestra sociedad, siendo
así que esle es púr desgracia el carácter distintivo de la
¿poca! Dirijamos, si no, la vista en torno nuestro, y ve­
remos por todas partes la mas completa relajación de cos­
tumbres y la licencia llevada ¿ nn alto ponto, lo mismo
enlre los niños qne entre los ancianos, eu tas aldeas y en
las ciudades populosas. Todos se admiran de la estraordi-
342 r.A SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

naria precocidad de la generación que esla naciendo;


porque, como vulgarmente se d ice, los niños nacen hoy
con los ojos abiertos.
Los que vieron la luz del dia á principios de esle si­
glo; los que, cuando apenas comenzaban á tener uso de
razón, oyeron predicar por todas parle» las teorías mas di­
solventes, las doctrinas mas irreligiosas y las utopias mas
absurdas; aquellos que ae inficionaron con la ponzoña de
mil elocuentes escritos t en que se aseguraba que la reli-
gion era nna preocupación, y sus ministros ó fanáticos ó
em busteros; aquellos, en fin, que se dejaron seducir por
los falsos halagos de la nueva escuela que proclamaba la
libertad individual mas absoluta, tanto para c re e ré dejar
de creer cuanlo para obrar y sentir, echando por tierra
lodo principio de autoridad y de respeto, y rompiendo los
vínculos mas sagrados que ligan á los individuos entre st
eo la augusta instilación de ht familia, base indispensable
y santa sobre que descansa todo el edificio social, se estra­
garon insensiblemente, hasta el punto de no pensar mas
que en satisfacer sus desordenados apetitos, dejando que
en su corazon se marchitasen las mas dulces afecciones y
los mas nobles sentimientos. Desde entonces dejó de ser
indispensable para muchos la obligación de hacerse res­
petar de sus hijos y de educarlos en las máximas religio­
sas , encaminándolos por la senda de la moral y de la v ir-
tud : y este gran vacio, esta falla de buena educación y
de respeto á sus padres, que se nota eo casi lodos los niños
'en nuestros d ias, es uno de los mayores males que minan
sordamente los cimientos del fritado.
La cultura moderna rechaza que los hijos den traía-
c a p ítu lo x ix . 343

miento á sus padres, de suerte que casi los iguala com­


pletamente ; y esto, que parece una costumbre insignifi­
cante, es causa, uo solo de que los hijos estén espuestos
á desobedecer fácilmente á aquellos en quienes no están
acostumbrados á reconocer ninguna autoridad , sino de
que, en ocasiones dadas, lleguen hasta creerse superiores
á >09 que le dieron la existencia. Solamente la fuerza
podrá obligarlos entonces ¿ cumplir con sus deberes; y ,
desvirtuándose el amor filial, es fácil que se entable una
lucha horrible y funesta en el seno mismo de la familia. ¥
estos niños crecerán, llegarán á ser hom bres: y si no su­
pieron respetar á sus p ad res, ¿cómo podrán acom odara
á estar sujetos á las autoridades constituidas en mas alia
gerarquía cuando desempeñeu un cargo público? No será
difícil que entonces se rebelen contra sus superiores, pro­
duciendo el trastorno y el escándalo en el órden general;
y á su vez los pueblos, en vista de tan mal ejemplo, no
tardarán en sublevarse coaita los gobiernos legítimamente
constituido», dáddtoe por descontentos siempre y cuando
les acomode, ó instigados por los ambieioeos qne cod ta ita
habilidad saben seducirlos para entronizarse lnego sobre
sos ruinas.
En nuestros dias estamos viendo á toda* horas y por
todas partes niños de corta edád profiriendo horribles
blasfemias que estremecen, y cometiendo las acciones mas
obscenas é indecentes. Lejos de reñírseles por ello, se les
disimula, y aun se les aplaude muchas veces, disculpán­
dolos porque do saben lo que dicen ni lo qne h ac en , por­
que obran sin malicia; pero no se considera que, habituán­
dose á taleB prácticas, será muy difícil, si no imposible,
344 LA SOCIEDAD Y E L PATÍBULO.

hacer que las olviden luego que lleguen á la «dad de]


raciocinio. Nadie negará que las cosas que parecen mas
insignificantes, el menor gesto, cualquiera palabra, lodo
se graba profundamente en nuestra memoria durante la
primera época de la vida ; y lo que entonces se aprende
no se olvida jam ás; y lo que se hace primero inocente­
mente, por imitación, y tal vez sin comprenderlo, se re­
pite luego como por curiosidad y por instinto, hasta que
al cabo llega á aclimatarse en nosotros como una costum­
bre de que no podemos prescindir. De este modo se en­
gendran, crecen y se desarrollan los vicios de nuestra na­
turaleza.
Nada tan frecuente como ver una inGnidad de criaturas
á quienes sus padres casi abandonan para que gocen y se
distraigan con entera libertad en la época mas critica d e
la vida, en esa edad en qne el menor accidente ó la causa
toad insignificante pueden despertar de su letargo á las pa­
siones quo aun permanecen adormecidas. Los perniciosos
ejemplos de las malas compañías deciden muchas vecen
del carácter, de la suerte y del porvenir entero de algunos
hombres. Acaso no son mas que palabras sin sentido las
que profieren muchos niños al hablar de cosas que han
oído sin comprenderlas, cuando, como resultado de la li­
bertad que se les concede, encuentran ocasion para en­
terarse de lo que ignoraban y para practicar lo que ya
saben ; y engreídos con los atractivos y con el deleite que
encuentran en lo (pie antes para ellos era un misterio,
vuelven á saborearlo una y otra vez, hasta que, cuando
llegan á ta edad madura de la reflexión, se encuentran ya
sin fuerza* para resalir ¡i lo que se lia hecho en ellos un»
CAPÍTULO XIX.. 345

costumbre casi invencible que los esclaviza perpetuamen­


te. Aman entonces aquello mismo que aborrecen, y no
saben levantarse del inmundo cieno de los vicios sino
cuando las mas horribles y dolorosas enfermedades los
toman en aas brazos para depositarlos en el fondo del
ataúd.
Indignación y lástima al mismo tiempo causan esa muí*
litud de jóvenes que, en la flor de la edad, cuando tan
apreciable9 aparecerían si fueran modestos y juiciosos,
hacen alarde de haber disfrutado de todos los placeres, y
de ser ya hombres gastados por las pasiones y por los
vicios. ¿Es posible enderezar entonces ans corazones por
la senda de la virtud? ¿Qué obras buenas podrán ya prac­
ticar en beneficio de sus semejantes? Cansados de lodos
los goces materiales, endurecido su corazon y aniquiladas
las fuerzas de su entendimiento, no saben ni pneden ha­
cer otra cosa mas que arrastrarse por el cieno de la pros­
titución, buscando nuevos placeres en Jas nuevas formas
y circunstancias de que los revisten y ; aboflfffflñaa. I
cuando el hastio mas completo se apodera de eBoB; cuando
ninguna clase de vicios conmueve ni escita sus deseos;
cuando llegan casi á la insensibilidad material, embotados
como se hallan todos sus sentidos, entonces el instinto del
mal moral se reanima eu sus espíritus, y se abandonan á
otra serie de mas graves iniquidades, cuyos fatales resol­
tados se eslienden á toda la sociedad. Imposibilitados ya
de amar y de apetecer los goces sensuales, y no respi­
rando mas que odio en todas sus acciones y hasta en sus
pensamientos, buscan el deleite en hacer á los demas el
daño que con sus imprudencias se causaron á sí mismos,
34G LA SOCIEDAD 1 EL PATÍBULO.

y solo encuentran una. especie de gozo infernal en disfamar


á sus semejantes. Para seres lan corrompidos la virtud es
hipocresía, el honor una mentira, y los mas puros senti­
mientos faltas apariencias con que se engalanan los mas
asquerosos apetitos. ¡Desgraciada de la mujer inocente
que por un momento siquiera presta oídos á sus viles ga­
lanteos y á sus mentidas protestas 1 ¡ Desgraciada de la que
no sabe que lo» mismos labias que la prodigan seductoras
Lisonjas vomitarán luego las mas atroces calumnias y los
mas crueles dietarios, que empañarán, acaso para siempre,
su limpia y esclarecida conducta!
Este es el fruto que han producido y producirán en
mas abundancia, si no se pone un pronto y eficaz reme­
dio, esas licenciosas novelas, inmundas producciones de la
literatura de esto siglo, q u e a n d a s en manos de todo* los
jóvenes, corrompiendo sos corazones vkgenes ¿ inocentes.
pretenden algunos que bd lectura es conveniente y útil,
porque dicen que instruyen al mismo tiempo que recrean;
mas los que así hablan sonr ó necios ó perversos, según que
tengau buena 6 mala fe. No es posible que nadie de me­
diana reflexión apruebe que los jóvenes, llenos de curio­
sidad y de inesperiencia, se empapen en la lectura de esos
ponzoñosos libros, en que comunmente se pintan triunfan­
tes el vicio y el cinismo mas vergonzoso; ó en los que, si
alguna vez se mira á la virtud coronada con los laureles
del triunfo, es mediante unas circunstancias y unas situa­
ciones tan peligrosas, que en la práctica bañan completa-
mente imposible el triunfo de la virtud. No creemos, vol­
vemos á d ec ir, que nadie medianamente juicioso, aun­
que sea bastante despreocupado, pueda aprobar que todo
capítulo iix . 347
el mundo lea semejantes producciones, cuyos funestos y
necesarios resallados se eslán locando ya en gran parte
en ese desarrollo de la concupiscencia y del libertinaje, en
esos frecuentes divorcios, en esa escandalosa facilidad con
qne se quebranta la fe conyugal, y , sobre todo, en la im­
pasibilidad con que lodo el mundo escucha los mas grose­
ros alentados contra el pudor, sin duda porque son muy
conformes con el espíritu de indiferentismo religioso y de
sensualismo qne distinguen desgraciadamente al siglo en
que vivimos.

II.

DE L a CREKTN4LIDÍ.D.

Harto nos hemos detenido en consignar algunas obser­


vaciones acerca del mal estado moral de nuestra sociedad;
materia de 9nyo desagradable, y que nos distraería muy
mucho del asunto principal de este libro fei hubiéramos de
tratarla con la esteraron quela corresponde. Vamos, pues,
á concluir nuestras reflexiones haciendo notar muy bre­
vemente los rápidos progresos de la criminalidad, como
consecuencia necesaria de lodos los vicios morales d e que
adolece la mal entendida civilización de la época.
El hombre, según y a en otro lagar e tic a m o s deteni­
damente , esperimenta ana continua lucha entre el instinto
del bien y la idea del mal, triste resaltado de la primitiva
culpa con que se corrompió su naturaleza; y , por consi­
guiente, tanlo puede practicar la virtud corno perpetrar
los mas horrorosos crímenes r según q u e , usando de su
348 LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

libre albedrío, obedezca exactamente la ley moral que


lleva grabada en su conciencia, ó se deje seducir por los
falsos atractivos de los vicios. Asi es qne en todos tiempos
ha habido y habrá hombres virtuosos, como en todas épo­
cas ha habido y habrá también seres corrompidos que co­
metan los mas atroces delitos; pero el número de aquellos
será mayor en una sociedad bien organizada, donde se-ve­
neren profundamente los principios de la autoridad religiosa
y de la autoridad civil, robustecidos con la buena educa­
ción moral y con leyes sabias y prudentes; mientras que
los crímenes serán mas numerosos y mas graves cuando
no se respete el dogma religioso ni el principio de autori­
d ad , y cuando la multitud no reconozca ningún freno que
contenga sus desordenadas pasiones y sus injustos deseos.
Ahora bien : ¿tendremos necesidad de repetir nuestras
anteriores observación» acerca d e la folla de religiosidad
de la época que atravesamos, acerca de la gran desmora­
lización de nuestra sociedad, de su falta de respeto á todo
lo mas santo, del culto idólatra que se rinde ú los intere­
ses materiales, y de la indiferencia con qne frecuentemente
se miran triunfantes los vicios y perseguida ú olvidada la
virlud? Y estas causas que hemos reseñado ligeramente,
¿ cómo no han de producir sus precisos resultados? ¿Cómo
no ha de multiplicarse el número de los criminales, cuando
la mayor parle de los hombres carecen de los medios que
una buena educación moral les proporcionaría, para saber
enfrenar sus ilegítimos apetitos; cuando han visto profa­
nados los templos donde acostumbraban entrar con el ma­
yor respeto y con la veneración mas profunda; cuando
han oído escarnecer y vilipendiar impunemente los miste­
CAPÍTULO XIX. 349

rios y doctrinas de [a santa religión que sus padrea les en­


señaron; cuando lian presenciado el entronizamiento y la
libre predicación y observancia de las doctrinas mas cor­
rosivas y disolventes, con la& que se ban hecho pedazos
los sagrados vínculos de la familia y de la sociedad , y
cuando por todas parles, y hasta en las personas que, por
su elevada caLegoría y posicion social, debieran dar bue­
nos ejemplos, han visto y están viendo continuamente la
prostitución, el libertinaje, los abusos de confianza, la im­
provisación de colosales fortuna» por los medios mas
reprobados , y toda clase de iniquidades y de escán­
dalo»?
Estas causas han producido sus naturales efectoB, y la
criminalidad ha hecho y continúa haciendo los mas funes­
tos y alarmantes progresos. Asi lo siente, lo cree y lo pro­
clama la conciencia universal, y á prevenir que semejante
calamidad adquiera las mas colosales proporciones deben
dirigirse todos los esfuerzos de loe hombree sensatos y que
amen cordialmente el bien de la humanidad.
No (altan, sin embargo, algunos que, llevados a n
duda de una exagerada inclinación hácia la cultora y ade­
lantos materiales de nuestra época, se alucinan con los re­
lumbrones de su aspecto estertor; y , sin fuerzas ó sin vo­
luntad para sondear sus entrañas, juzgan de ,sn estado
moral por las engañosas apariencias de so situación física.
«Esos atentados, dice un apologista entusiasta de nuestra
«sociedad, que la prensa periódica se entretiene en con­
s ig n a r uno por uno, y q u e , mas qne por su número,
» abultan por lo minucioso de bub relatos, asi como esas
•estadísticas judiciales que anualmente se publican, solo
H 50 lA SOCIEDAD T S I PATÍBULO-

• estremecen porque levantan el apósito de una llaga que


•nunca había sido sondeada, qne nadie siquiera podía ni
«usaba poner francamente al descubierto, como la ban
«puesto eu nuestros dias loe gobiernos de los países cultos.
• Infinitamente mas nos estremeceríamos si fuera posible
• presentar la estadística criminal de cualquier periodo de
• los siglos últimos : entonces cotejaríamos, lomando en
•cu én tala mayor poblacion actual, y entonces veríamos
•cuán mal parados Baldrian dei cotejo aquellos bvm os
» tiempos de ignorancia y de m iseria, de falta de comu-
• nicaciones y de vigor 'administrativo* en que no se co-
• nocía la policia preventiva , y en que los criminales
■luchaban á brazo partido con la justicia.»
Esta opinion, ai está m anifestada, como no podemos
dudarlo, con sinceridad y de buena fe , merece que se la
respete; mas no por eso dejaremos de lamentarnos d e q u e
de semejantes doctrinas puede resaltar fácilmente la mayor
animosidad y valentía que desplegarían ciertos hombres,
alucinados al oír lan apasionado elogio de ios dichotisimos
tiempos que atravesamos. Pero por fortuna son muy pocos
los que hablan de este modo, convencidos como están,
hasta loe miamna partidarios del liberalismo, de que la
falla de moralidad de nuestras costumbres y de nuestras
creencias aumenta progresivamente la cifra de los graves
alentados contra las mas santas instituciones sociales y
contra los mas sagrados derechos de la familia y del in­
dividuo.
A los que aducen aquel argumento, fundado en la falta
de estadística, como para probar qne la criminalidad no
ha hecho progresos en nuestros d ias, «es verdad, les di-
c a p ít u l o m . 354

• reinos con un autorizado escritor 1; es verdad que no te­


memos estadística que nos pueda informar exactamente
»del estado de la criminalidad; pero todo lo mas que pro­
b a r á eso es que no se pueden alegar datos nimiamente
«escrupulosos, matemáticamente exactos sobre esle punto;
»mas la fulla de estadística, que no pasa de ser un argu-
»meuto negativo, si no prueba el aumento de los delitos,
>tampoco prueba su disminución. Muy buena guia seria
m n a completa estadística criminal para sacarnos de este
•y otros ap u ro s; pero sin ella opinamos que se puede for-
»mar un juicio m uy aproximado del eelado de la sociedad.
>Qué, ¿qo sirve de nada lo que vemos, lo que escucha-
»mos, lo que lodo el mundo siente y conoceT Es verdad,
•repetimos, que no tenemos estadística; pero en su lugar
• está patente el sentimiento general de los pueblos. No
>apelemos á la prensa de todos matices, de lodos los par­
tid o s , que continuamente llena sus columnas con la rela­
c i ó n de crímenes horribles, y que dam a con frecuencia
•p o r que M ponga colo á tastos escesos; no «petemos á
•ella, y trasladémonos ácualquier territorio, y compáre­
nnos los crímenes qne se cometen con lo que lodos los dias
>oimos á nuestros padres que sucedía en otros liempos:
• comparemos la sencillez de nuestros antepasados con la
•actual predisposición para delinquir; comparemos el hor-
•ro r que, por regla general, producía el delito con la ro-
>diferencia que boy produce, y véngasenos luego á p re -

1 El Sr. Dr. D. Venturo C a m io b o , d irecto r d e la ro rú U de le­


gislación q u e , con el título de La L e y , se publica en Sevilla , y nnn
ilc los m aestros quo nos dirigieron en épocas do que guardam os una
(ira la m em oria.
352 la s o c ie d a d t el p a t íb u l o .

«dicar sobre la moralidad de la época relativamente á


■otras que han pasado.»
Mas no son estas las únicas razones con qué ge des­
truye por completo la opinion de los q u e , fundados en la
falla de estadística, aseguran que la criminalidad no se lia
aumentado. Otra prueba robustísima de lo contrario tene­
mos con solo examinar la naturaleza, la índole de los de­
litos de otras épocas, y compararlos con los crímenes do
nuestros d ia s ; sobre lo cual nos bastará recordar las si­
guientes juiciosas y oportunas reflexiones de un respetable
periódico de jurisprudencia1, que meses pasados se ocnpó
de la materia que estamos tratando. cEl estado de la cri—
■minalidad de nn pais, dice, bajo el aspecto de la esla-
»dística, se aprecia ciertamente por el número de los de­
lito s cometidos; pero respecto d e la moral y del órden
•público no se aprecia ni puede apreciarse sino por la ea-
>(idad de los crímenes. El aumento de cien robos d e leñas,
«maderas ó frutas, influye en los guarismos de la estadís-
«lica mucho mas que el de un robo en sagrado ; pero un
«solo crimen de esta especie es de una trascendencia in-
»mensamente mayor para la moral y para la sociedad que
•lodo aquel primer guarismo. Mil heridas causadas en riña
«entre personas eslrañas, son on aumento mucho mas po-
•sitivo y real para la estadística que diez parricidios; y,
•sin embargo, el solo nombre de on delito de esla especie
•alarma y conmueve mucho mas á la sociedad entera que
•aquel inmenso número de hechos criminales. Ahora bien:
«si examinamos bajo este punto de vista el cuadro que nos

1 El Faro Nacional, en sil núm. 171.


'CAPÍTULO X I X . 353

»ha ofrecido la criminalidad en España en el año anterior,


«¿cómo es posible dejar de estremecerse á vista de la in-
»mensa facilidad y de la extraordinaria frecuencia con que
■se ban cometido los mas atroces y execrables delitos?»
Y , reseñando los que mas escándalo y alarma han produ­
cido en la sociedad en el mío anierior, concluye el citado
periódico con esta reflexión : «Cuando, en fin, ba resul-
■tado, de solas las noticias publicadas por los periódicos,
■que durante los meses de julio, agosto y setiembre del
•año anterior se cometieron setenta y cinco asesinatos, al-
»gunos de ellos coa las mas horribles circunstancias agra­
d a n te s , ¿cómo no hemos de pensar y de decir que la cri-
animalidad se aumenta y progresa entre nosotros de una
■manera estraordinaria?»
Estamos, pues, convencidos con sobrada razón, por
desgracia, de que la criminalidad se aumenta en una pro­
gresión tan considerable, que en vano se pretende hacer­
nos creer lo contrario. En hora buena q n e , por falla de
ustadíaiica, na podamos comparar el número de los delitos
que se cometieran en oirás ¿pocas coa ios qne boy se co­
meten ; pero necesario es estar muy apasionado para no
ver la funesta calidad, la perversa índole de loe crímenes
que diariamente estamos presenciando, síntoma infalible
de la depravación general de la sociedad. No indignan tanto
los resultados miamos del delito, cuanto la desvergüenza,
la desfachatez y el escandaloso cinismo con que se come­
ten. «En todos tiempos ha habido crímenes, escribe el
>Sr. de Chateaubriand; pero no se cometían á sangre fría
«como ahora se cometen, á causa de la pérdida del senti­
m ien to religioso. Ya los crímenes no repugnan; ya p a-
23
354 J-a s o c ie d a d y kl p a t íb u l o .

•recen una consecuencia de ta marcha del tiempo; y si en


>otras épocas se les juzgó de una manera diferente , es
•porque, segun osamos afirmarlo, no estibamos entonces
* lan avanzados en el conocimiento del hombre. Actual­
m ente se lee analiza, Be Ies prueba en el crisol t á fin de
•ver la utilidad qne de ellos se puede sacar, asi como los
•químicos, que encuentren ingredientes útiles en los m u-
•ladares. La corrupción del alma, mucho mas destructora
•que la de los sentidos, es aceptada como resaltado nece-
»sario, y no es ya peculiar de ciertos individuoe p e r m ­
isos , sino que ha pasado at dominio público.»

III.

OOKSEflDHHjtA M HAS «HNTMIONBS FBECBDBNTB6.

¿Marcha la sociedad actual por el buen camino de la


verdadera civilización ? lié aquí la cuestión que el cate­
drático de la Universidad de Madrid se propuso analizar, y
resolvió afirmativa mente; hé aquí la cuestión que nos­
otros , en viste de las abundantísimas razones que dejamos
espueslas, no podemos resolver sino en sentido negativo.
No estamos, no, en los tiempos en qne las mas indig­
nas abominaciones trajeron el memorable castigo sobre las
ciudades nefandas; distamos mucho, por fortuna, de ren­
dir culto á Isis y Astarlé, á Vónus y á Príapo, y á las de­
mas inmundas divinidades que yacen sepultadas bajo las
ruinas de los templos del paganismo; y , en fin, no es tam­
poco nuestra edad como aquella que cobijaron las tinie­
c a p Lt u i o m . iiítí

blas de los siglos medios. Una observación harem os, sin


embargo. Imposible! e¿ comparar logiliroaoiGQle nuestro
siglo con ninguno de Los que dejamos pilpdos, porque para
que la comparación fuera buena seria necesario que la*
circunstancias de toda* la* época» y de todos los pueblo?
fueran exactamente iguales. Y, sin embargo, ¿por qué los
apologistas de la moderna civilización la com pran con la
de los siglos medios y con la de Los tiempos del paganismo,
para deducir de esta comparación la escelencia de la época
que atravesamos? ¿Por qué, supuesto que lo hacen espon­
tánea y libremente, no eligen otro período de la historia,
sino que se fijan únicamente en las ciudades nefandas y
en los pueblos idólatras? Sin duda porque la desmoraliza­
ción de nuestros dias, cuando menos en sus prácticas y en
sus resultados, solo con la de aquellos desventurados pue­
blos tiene puntos de semejanza!
No estam os, volvemos á decir, en la peor época de
cuantas nos habla la historia : no hemos llegado á la gran
perversión moral que distinguió á otros pueblos, y , al
mismo tiempo, disfrutamos de ciertos bienes materiales y
de muchos adelantos que ellos no conocieron. Pero uo es
esta la cuestión : lo que se discute es si estamos en el
bueno ó en el mal camino; si, continuando por la senda en
que nos encontramos, alcanzaremos el bien y la perfec­
ción , ó nos precipitaremos en el abismo del mal y de las
prevaricaciones. Y estamos firmemente persuadidos de
que, para asegurar que nos encontramos en el buen ca­
mino, menester sería, despues de cuanto dejamos dicho,
probar qne el bien nace del m al, que los vicios engendran
la virtud, y que la luz es hija de las tinieblas: solo enlun-
366 LA SOCIEDAD 1 EL PATÍBULO.

ces nos cabria la dolce esperanza de que el mal, los vi­


cios y las tinieblas de nuestros tiempos habrían de produ­
cir el b ien , las virtudes y la verdadera ilustración, que
harían grandes y dichosos á los siglos que aun duermen
allá en la misteriosa noche del porvenir.
CAPITULO XX.
Necesidad de un nuevo rumbo en la marcha
general de la sociedad.

1.

DE LA OPORTUNIDAD DE ESTA OBIU.

Y b ien , se nos argüirá tal vez : si la sociedad actua


se halla tan desmoralizada; si loa deseos de adquirir bie­
nes materiales han ahogado Loe sentimientos mas puros del
corazón hum ano; si la criminalidad progresa tan rápida­
mente; si la mayor parte de los hombres se han olvidado
de sus deberes, y cuando dejan de obrar mal lo hacen
solo por temor al castigo; si un desasosiego continuo y un
malestar general se han apoderado de la sociedad entera;
si nadie vive tranquilo, porque todos temen, ó por su
honra, ó por su vida, ó por su fortuna, ¿es esla la oca-
sion de tratar de probar la ilegitimidad y la injusticia de la
pena de m uerte? i Es tiempo de proclamar la abolicion de
esa terrible institución penal, que ha atravesado todos los
siglos y que ha sobrevivido á lodos los pueblos? ¿ No se
alentarían, no tomarían nuevos y mayores brios los cri-
3j 8 la so c ie d a d y el p a t íb u l o .

mínales cuando supieran que no se les había de dar


muerte, por mas grave» y escandalosos qne fueran los de-
lilos que consumaran ? ¿No so multiplicarían entonces los
asesínalos alevosos y los inhumanos parricidios? Borrar del
código esc tremendo castigo, ¿no seria lo mismo que qui­
tar tos diques que contienen <1 furioso océano de lá« mas
sangrientas pasiones, cüyas embravecidas olas se encres­
parían basta el cielo, amenazando sepultar en el seno del
abismo á la sociedad entera?
Reconocemos francamente loda la fuerza de estas re­
flexiones, todo el valor de estos argumentos; pero deten­
gámonos á examinarlos con calma y á la luz de la severa
razón, y veremos cómo pierden entonces gran parte de su
aparente eficacia.
Cierto es que el hombre se abstiene algunas veces de
cometer ados reph>baáosb ¿orqaé teñe «I castigo que se­
ría consiguiente; pero ¿ei solo este temor la tsusa qne
contiene á los individuos dentro de los limites de sus de­
beres? ¿Es solamente la fuerza material la quo puede,
amenazando con la imposición de graves males, hacer que
el hombre no lleve á cumplido efecto cualqmer funesto
propósito qae hubiera concebido? Afirmar esto seria des­
conocer la naturaleza hum ana, despojándola de sos mas
esclarecidos atributos.
La fuerza material será (al vez un freno que contenga
á los hombres embrutecidos é ignorantes; mas el que se
encuentra en posesion de sus facultades intelectuales; el
que ama y comprende la excelencia de su naturaleza moral;
el que sabe arreglar su conducta á las inspiraciones de la
conciencia; el que distingue claramente el bien y el mal,
CAPÍTILO XX. 350

y se baila convencido del eterno porvenir de delicias con


que será recompensado el bueno, y de la inlerroiuable
serie de tormentos que sufrirá el perverso : en -uua pala­
bra , el hombre religioso mira casi con indiferencia el
rigor y las amenazas de la fuerza m aterial, porque vive
sometido á otra fuerza superior, que oprime, pero que no
embaraza; que obliga, pero que nos deja en completa li­
bertad , y que es mas dulce y mas amable cuando con
mayor rigor parece que se opoDe á nuestro» ilegítimos de­
seos. Suponer, pues, qne el hombre es bueno solamente
por miedo al castigo m aterial, seria rebajarlo basta la es­
fera de k » irracionales; seria destituirlo de las afecciones
del corazon y de los escolaos atribuios de su alma. Verdad
es que algunos llegan á degradarse lastimosamente, come­
tiendo las mas viles acciones; mas no por eso dejan de ser
hombres, no por eso pierden su noble carácter de seres
racionales, porque aun pueden reliabiliLarse y regenerarse
con las saludables jg u ra j dfli iüiwtianiwio, que lavan y
pwifioaajdBjaBMfcyanfe aulpas^iufiiBlqia huyBiWeyjMre-
pentída. . •'.-•t
Estamos conforme», se nos d irá, con esla doctnoa:
convenimos en que un hombre educado en las máximas
religiosas mo necesita casi nunca de las amenazas de las
leyes penales, porque obra el bien por convencimiento,
amándolo y comprendiéndolo. No es, pues, para ellos
para quienes se ha escrito al frente de los códigos la for­
midable amenaza de la m uerte, sino para lira hombres
embrutecidos; páralos q ue, careciendo de lodo conoci­
miento de las doctrinas morales y religiosas, marchan por
la senda de loe vicios hasta llegar á cometer los mas hor­
360 LA SOCIEDAD Y E L PATÍBULO.

rorosos crímenes. Para esta d ase de hombres, oprobio y


baldón de su especie, para ellos solamente se ha estable­
cido aquella sangrienta p e n a ; porque, de olro modo, la
sociedad no podría vivir tranquila, ni estaría nunca segura
de verse convertida á cada instante en teatro de las nías
funestas iniquidades.
Para contestar á esta deslumbrante observación, ne­
cesario es no olvidarnos de la predestinación al mal que
pesa sobre algunos hombres. Como consecuencia de la re­
belión que se suscitó de parle de la carne contra Dios, es­
tamos condenados á sufrir loda clase de enfermedades en
el cuerpo, y á sostener los mas formidables combates en
el espirito. El genio del mal no dejará ni un momento de
incitarnos á cometer las mas reprobadas acciones, y con­
seguirá seducir á muchos qne no sabrán sobreponerse á
las instigaciones de los rió o s. Pues ¿cómo, dicen los im­
píos; cómo» si Dios es infinitamente sabio y bueno, cómo,
sabiendo qne ciertos hombres han de ser víctimas de la
corrupción de su naturaleza, no los dirige precisamente
por la senda de la virtud para (juc lodos sean buenos? Los
qne así hablan no consideran que el hombre es natural­
mente lib re; que Dios le ha señalado dos distintos rumbos
para que pueda llegar ó al bien ó al m al, y que dejó á su
albedrío el elegir entre am bos; y, por consiguiente, si Dios
hiciera que todos los hombres fueran buenos, en esle caso
obedecerían á una causa necesaria y no serian libres. Hay,
pues, hombres predestinados á practicar el mal, porque
libremente se apartarán del camino de la virtud , y estos
predestinados se encuentran naturalmenlc enlre lo» gran­
des criminales. Y ¿qué importará á los criminales predes­
CAPÍTULO X X . 361

tinados lodo el rigor de las penas de la sociedad ? ¿ Cómo bao


de lemer las amenazas de los hombre» los que no escuchan
las amenazas del Señor? ¿Cómo han de ser buenos, sola­
mente por conserrar la vida del cuerpo, los que no dejan
de ser malos aun sabiendo que van á perderla vida gloriosa
del espirito? ¿Cómo podrá la proximidad de la muerte
temporal obrar los efectos que no consiga producir la idea
terrible de la muerte eterna?
La misma esperiencia nos enseña que la institución de
la pena capital no liene esa influencia que algunos la su­
ponen sobre et ánimo de los delincuentes; porque con ella,
y á pesar de ella, los crímenes se aminoran ó se multi­
plican , según qne se perfecciona ó se empeora el estado
moral de las sociedades. Mientras subsistan las causas que
producen los grandes delitos t estos irán en aumento, lo
mismo aplicando qne aboliendo la pena de muerte ; porque
esta pena solo puede recaer sobre los resallados, pero no
ataca el origen de loa malessodales. Observemos, si no, lo
«fue sucede en nuestros dias. Las leyes amenazan y aplican
la muerte al asesino aleve : si esta amenaza y esta aplica­
ción de la ley inspiraran en realidad el miedo, el temor ó
el horror que se dice causan á ciertos hombres, es claro
que los crímenes de aquella especie se disminuirían con­
siderablemente ; y , lejos de suceder así, ¿novemos, por
el contrario, que se multiplican de un modo estraordinario
y alarmante? Esto consiste en que, habiéndose proclamado
con funesta exageración los derechos naturales d d hombre,
sin haber procurado inculcarle primero la idea de sus im­
prescindibles d eb eres, y habiéndose llegado hasta el de­
lirio de pretender echar por tierra las desigualdades so-
362 u soct o p a d t EL p a tíb u lo .

cíales, arrancando al mismo tiempo del corazon humano


el sentimiento religioso y basta las mas nobles afecciones
naturales, muchos se han contaminado con estas doctri­
nas, y , encerrando todas sos aspiraciones dentro de los es­
trechos limites del egoísmo, ahogando los gritos de ta con­
ciencia y sofocando he continuos clamores de ta misma
naturaleza, solo atienden á cumplir cualquier deseo, solo
procuran satisfacer cualquier apetito; y cifrando toda su
felicidad en la satisfacción de los apetitos sensuales y de
los impuros deseos, cuando para satisfacerlos creen nece­
sario un crimen, en el crimen hallan su momentánea fe­
licidad.
Háganse, pues, desaparecer, en cuanto sea posible,
tas cautot que producen los delitas graves, y dejarán
estoe de m u ltiplicara, aun cuando se aboliera 1» pena de
muerte. Por el contrario: dejem os lom ar incremento á los
males de que se derivan los m ayares orfanenes, y vere­
mos cómo se multiplican progresivamente los mas escan­
dalosos alentados, ¿ pesar de que subsista en todo sii vi­
gor aquella terrible institución penal.

II.

REMEDIOS M A TER IA LES,

Habiendo indicado en los párrafos anteriores las prin­


cipales cansas que producen el desarrollo de la criminali­
dad en nuestros dias, parécenos conducente manifestar en
.breves palabras los remedios que, á nuestro entender, se
deben aplicar prontamente para impedir los ilimitados pro­
CAPÍTULO XX. <W3

gresos de aquella calamidad social. Estos remedios creemos


que 6e pueden considerar bajo el doble aspecto de morales
y materiales; y , por lanío, nos ocuparemos de estos para
luego Ira lar de aquellos, aunque para hacerlo cumplida­
mente se necesitarán muchísimas páginas, y esto es in­
compatible cod el carácter especial de esta obra.
Uno de los remedios materiales qne, sin duda con mu­
chas probabilidades de buen resultado, se deben aplicar
al mal de la criminalidad que pesa sobre nuestra socie­
dad, es el corregir la vagancia en que viven muchos hom­
bres en casi todas las poblaciones, sin que «adíe les obli­
gue, ó á trabajar, ó á patentizar de qué medk» se valen
para librar la subsistencia, y sin que las autoridades ve­
len continuaroenle sobre su conducía. Esos hombree que,
sin bienes de 6U propiedad, sin industria conocida y sin
trabajar nunca, visten y se alimentan, necesario es que
empleen algunos medios misteriosos para tener siempre
cubiertas sus principales atenciones; y.ttfcw medios mfe-
leráM t nopuedefa ser mas nfafri et-engaña, <6*1 juego, ó
la estafa, ó el hurto de mayor 6 menor icftatifad. V toen:
el que pasa la vida hurtando ó estabulo, el que se ejer­
cita solo en jugar ó en engañar ¿ los incantos, ¿cómo po­
drá acostumbrarse á sobrellevar el trabajo para subsistir,
el día en que carezca de aquellos reprobados recursos? Y
el qne llega á carecer basta de esos 'ilegítimos medios para
subsistir, sin poderse acomodar á abrazar una vida labo-
' r á n , despues de la vida holgazana y aventurera en que
liá pasado sus mejores años, ¿de qué cosa no será capaz,
y cuán espuesto no estará á cometer los mas atroces deli­
tos ? Tales son las consecuencias qne, como cualquiera co­
364 LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

noce, se desprenden del hecho de la vagancia, tan gene­


ralizada eo nuestros d ia s , y que con lanía indiferencia so
mira por los gobiernos que se llaman ilustrados, y á cuyo
cargo se hallan la suerte y prosperidad de los pueblos.
Otro de los vicios, escesivamenle generalizado por
desgracia, y que contribuye muy mucho á la multiplica­
ción de los mayores delitos, ea la embriaguez. Continua­
mente estamos presenciando que una multitud de hom­
bres qne se pasan las semanas y los meses enteros traba­
jando, $e dirigen inmediatamente á las tabernas para
emplear en vino los ahorros de su trabajo, dejando al
descubierto las primeras necesidades de su familia. Esloes
causa, no solo de qne el pauperismo crezca en vez de ami­
norarse, sino de que, exaltándose los hombres con aquella
bebida, traben disputas por los motivos mas insignificantes,
apelando despues á la suerte de las n£vajas, para dirimir
sus contiendas con la perpetración de graves heridas ó de
atroces asesinatos.
Necesario es, pues, castigar con alguna severidad ¡i
los que se escedan en beber de aquel y otros licores, é
imponer gruesas mullas á los q u e, por suministrarlos en
mucha cantidad á los que pretenden beberlo en el acto,
son causantes de su embriaguez y de los desórdenes que
la son consiguientes. Y necesario es también, y r sobre ne­
cesario, urgentísimo, hacer que se obedezcan las leyes
que prohiben la fabricación y espendicion de ciertas na­
vajas, leyes que con el mayor escándalo se hallan ea com­
pleta inobservancia. (Es una cosa, dice á este propósito
*E t Faro Nacional; es una cosa que no se justifica ni se
•comprende sino por el abandono con que se miran en-
capítulo xx. 365

>lre nosotros las cosas de mas importancia y trascendencia,


• que existan en España fábricas de instrumentos hoiuici-
id a s , propias tan solo para armar el brazo del asesino ó
«inspirarle el arrojo necesario para cometer el crimen;
>que estas armas se espendan y se usen públicamente
«contra los preceptos de la le y , y que apenas haya en el
•suelo español un solo individuo que no posea uno de e&os
i instrumentos, cuyo solo aspecto infunde la terrorífica
■idea de la muerte. Examínense, en efecto, esas navajas
•con que se cometen hoy casi todos los asesinatos, y se
•v erá que su disposición, su figura, sus aguzadas puntas,
>sus letreros, sus muelles y la construcción de sus mangos
»parece que ban tenido por objeto bacer de ellas verda­
d e r o s puñales en vez de instrumentos para los usos co-
> muñes de la vida. Esta es una verdad incontestable; lo
•e s asimismo que semejantes navajas no son necesarias
•p a ra el uso común; lo es, que con ellas se cometen á
>cada paso horribles asesinatos; y lodo el mondo conoce
>y comprende fácilmente qae uno de esos aguzados y t« r-
>ribles instrumentos, colocado en la mano del qae abriga
•contra otro un grave y profundo resentimiento, le predis-
>pone é incita fuertemente á cometer el delito. Con la
>misma facilidad se concibe q u e , despojado el que pro­
v e c t a la ejecución de un crimen del arma con que po-
•dia cometerlo, arrancada de sus manos la navaja fatal
t é indispensablemente necesaria en todos nuestros dramas
•sangrientos, quedaría frustrado en los mas de los casos
•el proyecto crim inal; pero ignoramos por qué cansa l;i
•ley no quiere adoptar enlre nosotros esta medida eficaz y
•salvadora.»
366 t>A SOCIEDAD T EL PATÍBULO.

Prohíbase, pues, volvemos á decir; prohíbase rigurosa


y severamente la fabricación y espendicion de estos fatales
instrumentos, necesarios tan solo para el crimen; castigúese
gravemente al que contravenga ¿ esta disposición; re­
cójanse los que se hallen de venia ó en poder de los par­
ticulares ; y cuando hayan desaparecido del uso común de
los hom bres, veremos cómo se disminuye considerable­
mente el número de los homicidios, aunque no se aminoren
en tanto grado las heridas leves y de escasa.trascendencia.
Tales son algunos de los principales remedios materia­
les, cuya aplicación creemos indispensable, si se b& de
procurar la disminución de la criminalidad, que tanto
alarma y aflige á nuestra sociedad presente. Aunque el
tratar de esta materia oon la abtensión que merece es
propia de una obra: especial'* sin embargo, eúnplew »
hacer siquiera algunas indicaciones, tanto en el órdeo
material de las cosas cuanto en el moral de la sociadad,
de que vamos á ocuparnos.

III.

VEMBIHOS HOkALES.

E b tan triste la coodkion hum ana, que nadie está


exento de cometer delitos de mayor ó menor gravedad,
inclinándose á los vicios con absoluto olvido de sus debe­
res. Hay adem as, según antes hemos dicho, hombres que
están predestinados al m al; pero debemos saber que oo
hay nadie predestinado á condenarse. Aun despues de
haber delinquido puede ol hombre alcanzar la perfección
CAPÍTULO XX. 367

social y su salvación eterna. Para esto liene la sociedad


tribunales de justicia, asi corno la iglesia liene también el
tribunal de la Penitencia : una y otra castigan, y cuando
el castigo se ha llevado á efecto, entrambas perdonan;
solo que la sociedad, para conceder su perdón, necesita
primero hacer B ufrir materialmente al criminal, mientras
que la religión perdona con solo que el penitente haga
verdadero propósito de enmendarse. La sociedad casi
nunca se satisface sino con la sangre de los crim inales: la
religión liene bastante con una lágrima del pecador. ¡No
hay, volvemos á decir, hombres predestinado» ¿ conde­
narse : los alcázares del cielo están abiertos lo mismo para
el que es en el mundo modelo de virtudes, que para Los
que con llanto de verdadera contrición lloran sus pasados
estravios. Dios es el padre de lodos los hombres; Jesu­
cristo el Redentor de lodos los pecadores : á lodos asiste
con su divina gracia, y todos debemos participar de las
sempiternas delicias d e su: amor infinito ; mas ¡ay! que
acaso los ¿Humes errores punten eer< canea da ique mu­
chos no disfrutan de los bienes de la eternidad!.Por no ser
corregido radicalmente el que una vez tropeaó «n el cri­
men ; por no enseñarle á aborrecer lo mismo que un mo­
mento le sedujera, y á amar la práctica de la Yirlud,
puede quedar cu el peligro de reincidir eo bus eslravio?
y de llegar basta la cúspide de la criminalidad; y si ha­
llándose en tan funesta altura se le cortan imprudente ó
apasionadamente los vuelos con que aun podria remontar
su alma hasta la región del sincero arrepentimiento, en­
tonces, ¿qué otro fin le aguarda mas que el de despeñarse
en el profundo abismo?
368 LA SOCIEDAD V E L PATÍBULO.

Do aquí se deduce uno de lo» remedios m orales, cuya


pronta aplicación juzgamos muy necesaria para que se
aminoren los grandes atentados. Raras veces se observa
que el que clava el puñal en el corazón de un semejante
suyo no haya manchado antes su conducta con la perpe­
tración de olro delito mas ó menos insignificante. Pues bien:
si al que, por ejemplo, hurla una cosa de poco valor, se
le castigara severa y ejemplarmente, persuadiéndolo y
convenciéndole al mismo tiempo de la maldad de su ac­
ción , hasta que él mismo conociera que no debió come­
terla, y que en adelante debe abstenerse hasta de pensar
en reincidir, porque, si bien el pensamiento do se puede
castigar en la sociedad, rupruébalo, sin embargo, y lo
castiga con crueles remordimientos la conciencia, y lo juzga
cou severidad y le impone castigos la religión en el fuero
interno : el crim inal, diremos otra vez, que despues de
sufrir el castigo que la sooiedad impone ¿ los autores do
hurtos de poca entidad, se convenciera de que había pro­
cedido injustamente, y llegara de este modo hasta ¿ abor­
recer su propio delito, ¿seria fácil que volviera á come­
ter en ninguna época de su vida ningún otro mayor aten­
tado contra la hacienda de los demas hombres? O si el
autor de una herida leve fuera auxiliado con las luces de
la moral evangélica, y sintiera levantarse del fondo de su
alma un dolor profundo por haber quebrantado la ley de
amor con que están ligados todos los hombres, ¿no seria
muy difícil que por ningún motivo osara empuñar de nuevo
el arma homicida?
Los castigos deben aplicarse, no tanto |>ara satisfacer
á la sociedad ofendida, para reparar ol orden público al-
ca pítu lo xx. 3fií)

lirado y para atemorizar á los tierna» hombres, cuanto


para corregir y procurar la enmienda del delincuente.
Mas no sucede esto, por desgracia, entre nosotros. Todos
los dias estamos presenciando los funestos resultados que
ocasionan al mismo que delinque, y ¡i la sociedad en ge­
neral, esas penas, que deberían producir la tranquilidad del
Estado y la enmienda de los criminales. Continuamente
vemos m archar á presidio, por mas ó menos tiempo, al­
gunos jóvenes, que acaso no tanto con dañada intención
cuanto como resultado de su abandono en una éppca en
que es tanta la ligereza y la irreflexión al obrar, han co­
metido un hurto de poca importancia, ó causado una he­
rida de casi ninguna trascendencia. M castigarlos, se pro*
ponen las leyes de justicia, no 90I0 impedir la alarma que
sería consiguiente si permanecieran mezclados con los de­
más hom bres, sino, con especialidad, que se arrepientan
y que se corrijan. Y ¿se consigue, por ventura, alguno de
estos objetos 7 Desgraciadamente lo contrario.
La esperieoáa constante nos enseña qne el jóren que
vuelve despues de baber sufrido su condena, viene aun
mas corrompido que antes de ser condenado : lo que en­
tonces hizo tal vez en un rapto de cólera ó de furor, lo
cometerá luego con premeditación y á sangre fr ía : el que
no era quizás mas que un atolondrado ó irreflexivo, será
despues un verdadero criminal. De suerte que las leyes
que lo castigaron con el objeto de tranquilizar á la socie­
dad y de que él mismo se enm endara, no han conseguido
mas qne apartarlo por un poco de tiempo de entre los de­
mas hom bres; tiempo suficiente, sin embargo, para que
se haya pervertido acaso para siempre, y para que mas
24
;17U LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

que onnca deba alarmarse y temerle loda la sociedad. Y


bien, preguntaremos ahora : si on ja re n , por ejemplo,
hirió á o tro , quizás contra »u propósito; si por haber
causado esla herida se le castiga con un presidio; si en
vez de corregirse y perfeccionarse en el presidio no bace
m as que contaminarse y corromperse con el contado y con
las doctrinas de otros grandes criminales que aili se en­
cuentren ; y si por efecto de todas estas circunstancias, in­
dependiente» de 6U voluntad, llega á emponzoñarse su co­
razon y á alimentar las mas violentas y desordenadas pa­
siones, que al fin le inducen basta la consumación de un
asesinato, ¿será justo que sufra entonces la pena capital?
¿Quién fue la causa de sa mayor perversión? ¿Quién po­
drá hacerle responsable de loa errores en que lo imbuye­
ron y de los siniestros propósitos que I» hicieron concebir ?
¿Hubiera llegado basta el último grado de la perversidad
ai no lo hubieran hecho marchar á esa escuela de Iob vi­
cios , conocida vulgarmente por el titulo de lugares de cor*
reccion?
Dedúcese de lo dicho que es necesario castigar é
instruir al mismo tiempo á los autores de ciertos delitos,
insignificantes en apariencia, para que se aparten de la
senda del mal y se dirijan por el buen camino, porque de
este modo se evitará que sean tan frecuentes esos escan­
dalosos crím enes, que llevan por todas partes la conster­
nación y el espanto. Mas esto no se conseguirá mientras
no bb establezca una jurisprudencia criminal preventiva
completa; mientras nuestro sistema penitenciario no se re­
forme radicalm ente; mientras en las cárceles no haya la
indispensable separación, según las cualidades y circons-
CAPÍTULO X \ . 371

laudas de los re o s ; mientras en los presidios y lugares de


corrección no dejen de eslar confundidos los grandes cri­
minales con los autores de delitos leves; y , sobre todo,
mientras por todas partes no se difundan la bnena educa'
cion y la enseñanza de los principales deberes del cris­
tiano. De poco servirán la esclavitud y los trabajos conti­
nuos, si al mismo tiempo no se procura iluminar los enten­
dimientos de los qne padecen aquellos castigos, (lonseguirase
tenerlos sujetos é impedir qne mientras lanío no hagan
daño á sus semejantes, por hallarse imposibilitados mate­
rialmente para e llo ; pero es necesario considerar que con
el esceso de los trabajos corporales so halla el hombre es*
puesto al embrutecimiento, y á que se arraiguen mas y mas
cada día en su corazon y en su alma los sentimientos y los
deseos mas inicuos y reprobados.
Necesario» indispensable y urgente es, hoy mas que
nunca, difundir por todas las clases de la sociedad, ¿ in­
culcar en el coraxou f ó jo* nfito especialmente, loa prin-
cipios MüdfortÉtaléfc de 1& ftl^iétfctttóllCi.tffttoí&fío es
prevenir con tierúpo los funestos resaltados de lM malos
instintos y de las perversas inclinaciones de nuestra natu­
raleza corrompida, sembrando en las almas vírgenes y
tiernas las semillas que producirán on día el bien de los
individuos y la felicidad de la sociedad en general. Nece­
sario es, en fin, propagar la buena y saludable instruc­
ción : no esa que hoy se acostumbra, y que se reduce A
imbuir en los entendimientos las nociones generales de
todas las ciencias humanas, haciendo que los hombres ha­
blen de lodo sin saber de nada con profundidad, y qne
busquen la dicha y la perfección en un mundo de que
372 LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO.

están muy lejos ta perfección y la dicha; sino alimentando


y nutriendo los corazones con el vigoroso y saludable jugo
de las máximas del catolicismo, sin cuya previa diligencia
la razón está espuesla á extraviarse y á perderse en los
oscuros caminos, qué no bastarán nunca i iluminar por si
tolos lodos los esfuerzos de ios hombres. Los grandes talen­
tos de la antigüedad sabían todas las cosas de este mundo;
y, sin embargo. Lo ignoraban lodo, porque todo preten­
dían encontrarlo en esle mundo, que es la triste imágen de
la nada. Mas desde que el astro esplendente del Evange­
lio alumbró todo el universo, no es menester mucho para
sabir lo que siempre ignoraron los mas sabios de los an­
tiguos tiempos. El sencillo libro del caleci&mo encierra
todas las verdades; los libros mas bien compuestos de la
antigüedad no contenían mas que lodos los errores : estos
enseñaban á buscar la felicidad en la tierra» y aquel nos
enseña á buscarla en el cielo : la felicidad d e la tierra es
fugaz é ilusoria; mas la felicidad que se goza en el cielo
es verdadera é interminable. LI que esto sabe, lo sabe lodo:
el que lo ignora, por mucbo que aprenda de las demás
cosas, nada sabrá Dunca.
Concluiremos, pues, repiliendo que, cuando la educa­
ción religiosa se haya difundido entre todos los hombres;
cuando las pasiones tengan un freno y las ambiciones un
límile; cuando los pueblos se hayan moralizado y apren­
dido á amar la obediencia á las autoridades legitimas;
cuando no se proclamen los derecbus sin haber cumplido
antes exactamente lodos los deberes; y , en una palabra,
cuando el sentimiento religioso se haya desarrollado en
toda la sociedad, compuesta de verdaderos cristianos, per-
CAPÍTULO X X . 373

feclo» con la perfección que sea pósible , entonces los crí­


menes se disminuirán considerablemente , los graves
atentados contra la existencia de los individuos serán muy
[joco frecuentes. Y si, abolida la pena de muerte, tuvié­
ramos noticia de nn fiero parricidio ó de un asesinato hor­
roroso, no loa atribuyamos, no, ú la falta de aquella ter­
rible institución penal; sino reflexionemos sobre la miseria
y corrupción de nuestra naturaleza, y nos convenceremos
con dolor de que esos aterradores crímenes que de larde
en tarde vendrán á turbar nuestras alegrías, son entera­
mente inevitables, como consecuencias necesarias d é la
tragedia sangrienta que comenzó en el Paraíso, y que no
terminará hasta que deje de baber hombres en el mondo.
CONCLUSION

L¿ poca estenaion de este escrito dos escusa de babor


de reasumir las principales razones ea que hemos fundado
nuestra opinioD acerca de esa terrible institución penal, que,
considerada en el terreno científico, apenas liene ninguna
de las cualidades que deben concurrir en los buenos cas­
tigos , y eu cuya defensa no sabemos que se aleguen mas
que argumeQfc*, inefcaeeatftdo», ó porque son negati­
vos, 6 jw iq M tu te cett de te rohu n te m eettiife> lia» por
un» lo» henos id a enajnmando, f uno pdr un» también
creemos haberlos dejado todos refaladas.
No es posible, din embargo, que llegue nuestra pre­
sunción hasta el alto punto de imaginarnos, ni siquiera
por un solo instante r que liemos de convencer á cuantos
lean esk; libro : sobradamente recompensados y satisfe­
chos nos encontraríamos ti al menos hiciéramos vacilar á
algunos de los que acaso juzgan preferible deber aacrilicar
sus sentimientos y bacer enmudecer la vos intima y mis­
teriosa de su conciencia, creyeudo qne, de otro modo,
faltarán al respeto que se m erece, sin distinción, todo lo
□7 0 LA SACIEDAD f EL PATÍBULO.

que está sancionado por la práctica de los siglos. Nuestro


único objeto ha sido llamar seriamente la atención de to­
do? los hombres pensadores sobre una materia que es lan
interesante á la desdichada humanidad; y harto valor he­
mos necesitado quizás para esponer nuestras leales y pro­
fundas convicciones acerca de esa tremenda pena, que
lienc en su favor el voto de muchísimos hombres respeta­
bles por su ciencia y por sus talentos, y que se halla en­
carnada en todas las sociedades y en todos los pueblos de
que nos habla la historia.
Respetando profundamente las venerandas instituciones
que resplandecen lionas de augusta majestad enmedio del
silencio de las antiguas edades, nos prosternamos ante las
cenizas de los pueblos qne ya pasaron, bendecimos con
toda la efusión de nuestra alma las tumbas de nuestros
predecesores, y envidiamos las glorias que supieron con­
quistar para honra de cuantos nos llamamos verdaderos
lujos suyos. Pero al mismo tiempo tenemos en cuenta que
la perfección social marcha con pasos vacilantes y muy
lentos; porque la sociedad no será perfecta hasta que, des-
pues de muchos siglos de combates, despues de sucumbir
unas veces como aparentemente derrotada y de levantarse
otras como triunfante, llegara, en fin, á hacer desapa­
recer todos los errores y á entrar en completa posesion de
todas las verdades, cuya única fuente es el catolicismo.
Por eso no todas las instituciones sociales, no todas las
leyes son ni han sido justas con una justicia absoluta, sino
con relación al carácter y circunstancias de ciertas épocas
y de ciertos pueblos. Por eso cuando en mas de una oca-
sion dijo Moisés que no lodos los preceptos que Dios babia
CONCLUSION. 377

dado á los hebreos eran buenos, no quería dar á entender


que fuesen malos para aquel pueblo, sino que no serian
lan convenientes para otros hombres mas dóciles y menos
inconstantes', y por eso también Solo a anunció, como es
muy sabido, que no decretábalas mejores leyes, sino las
mas apropósito para el genio y grado de cultura en que se
encontraba el pueblo de Atenas. Porque, como dice un cé­
lebre escritor, «hay pueblos que necesitan malas leyes, y
«estas no son defectuosas sino respecto de mejores na­
cio n es : la adecuada concordia de las leyes con la ín-
>do)e de un pueblo, es lo que las constituye realmente
sutiles.»
Creemos, pues, que la institución de la pena de muer­
te , aunque juzgamos que nunca se puede ni se ha podido
legitimar como teoría, fue legitima, sin em bargo, bajo
cierto aspecto en la práctica, por ser muy conforme su es­
píritu con el espíritu dominante en aquellas épocas en que
la sociedad absorbía completamente al individuo, y en que
el principio de la fa e n a y de la vulencía, A el de la ven­
ganza pública i privada, ocupaban el puesto qne solo cor­
responde dignamente al santo principio de justicia. Este
único verdadero principio se manifestó á los hombres en
los preceptos del Evangelio, que es la ley de perfección,
promulgada por el mismo Dios para bien de la humanidad;
y como el espíritu del cristianismo es todo am or, caridad
y perdón; y como en la institución de la pena de muerte
encontramos nosotros un espíritu funesto de odio, de
crueldad y de venganza, esla es la razón por qué com­
batimos la institución de aquella pena T que, si bien fuera
propia del carácter y circunstancias de los antiguos pue­
378 LA SOCIEDAD V B L PATÍBULO,

blos, creemos que ea incompatible coa el carácter y na­


turaleza de los pueblos verdaderamente católicos. Mas por
esta misma razón queremos que el catolicismo no sea un
simple Ululo coa que se honran las naciones, sino que
estas, como los individuos, observen todas las virtudes
que e» indispensable practicar p a n gloriarse con justicia
con el lítalo de católicos. Y por esa razón, en fio, repeti­
remos ana y mil veces, coa toda la vehemencia de nuestros
sinceros deseos, que es necesario y urgentísimo desviar á
la sociedad presente de la errada senda por donde mar­
cha , y dirigirla por el buen camino de que cada vez mas
lavan alejando esos adelantos materiales y científicos, que,
no pudiendo, por mas qne se esfuercen y perfeccionen,
elevar el pensamiento á los cielos, acabarían por sepultar
completan ente á la humanidad e a el eaas del materialismo
otas vergonzose.
Mas ¿cómo ae reformarán las costumbres, cómo ee
remediarán los vicios, cómo se cortarán los abusos y cómo
se eslirparán los errores que están minando sin cesar los
cimientos sobre que descansa todo el edificio de la actual
civilización ? Para esto es necesario que los gobernantes
no atiendan tanto á su propio engrandecimiento cuanto á
engrandecer á los pueblos que están bajo su obediencia;
para esto es indispensable que callen las bastarda» aspira­
ciones y no haya mas que una aspiración noble y santa:
la de hacer dichosa á la humanidad, con cuanta dicha sea
compatible con su pasajero destino sobre la tierra ; para
esto, en fin, es menester que los altos puestos del Estado
los ocupen hombres desinteresados y leales, que sepan y
deseen cumplir su importantísima misión, cifrando loda su
CONCLUSION. 379

glurta en conquistarse el amor de sus ¡subordinados.


No bastar ¡a, sin embargo, que las riendas del Estado
las manejasen los hombres mas dignos, mas llenos de fe y
de buena voluntad, y dotados de energía y decisión á loda
p ru e b a; porque todas estas cscelentes y no comunes cua­
lidades de las personas quedarían reducidas á la esteri­
lidad y á la impotencia, como resultado de los vicioa y de­
fectos esenciales y orgánicos de las instituciones. No basta
que se obedezca exactamente la le y ; antes por el con­
trario , cuando ta ley es muy defectuosa, su e ia d a obser­
vancia produce males incalculable».
Y bien : ¿cuál es la causa principal y grande en que
se contienen casi todas las demás que han producido las
calamidades sociales que hoy lamentamos? La causa de
todas las presentes calamidades es la revolución material,
poliüca y religiosa que tiene puesto en conmocion al mundo
entero desde hace tres siglos; y si el mundo ha de reco­
brar su antigua calm a, necesario ea destruir loa últimos
balnariea y apagar lúe AMhdob fuegos conque la farohidon
nos amenaza. Proclamóse ardientemente la libertad natu­
r a l , y los apasionados de la libertad natural se hicieron
esclavos de la licencia y del libertinaje, que conduce á
todos los vicios : proclamóse la libertad política, y los que
marcharon en busca de la libertad política tropezaron
desde luego con la mas espantosa anarquía y con el com­
pleto desorden de la sociedad: proclamóse también la li­
bertad religiosa, y en el fondo de esta libertad religiosa no
encontraron los ilusos mas que la negación de todo prin­
cipio religioso, y fueren á parar hasta el pantheisroo, ó
hicieron profesión del paganismo mas grosero. Necesario
340 U SOCIEDAD T EL PATÍBULO-

es, por consiguiente, destruir esa revolución, que conduce


al libertinaje, á la anarquía y á la im piedad; y como ahora
se halla oculta y solapada mañosamente detrás del doble
fantasma del filosofismo, que condoce hasta la negación de
Dios, y del parlamentarismo, que reduce casi á Ea nada el
principio de autoridad, menester es que los qne abrigamos
la profunda convicción de que la monarquía católica es la
forma que, mejor que todas las mas deslumbrante» uto­
pias sociales, puede conducir á la humanidad por el camino
de su verdadera perfección, nos esforcemos en combatir el
filosofismo, enemigo implacable de la religión católica, y
en proclamar la necesidad de una variación completa en el
órden político existente, por medio de la cual desaparezca
esa forma del parlamentarismo, que, protegiendo y fo­
mentando las mas ilegitimas ambiciones, deja frustradas
las ambiciones legitimas de los que Bolo aspiran ¿ gobernar
bien para felicidad de la patria.
Opinamos con el celebérrimo D'Agucsseau, que los go­
biernos mistos son los menos perfectos de todos; porque
«es un error común en política , dice este sabio escritor,
•considerar á los hombres como han de ser, y no según son
«realmente. Los legisladores que fundaron el sistema de
• un gobierno en el equilibrio de muchos poderes que par­
ticip an de la autoridad suprema, han cometido esta falta,
•suponiendo que los vario* cuerpos que poseerían esta
»parte de la soberanía se dirigirían únicamente por las
unirás del bien público, cuando en la práctica lo hacen
•principalmente por el ínteres particular, d élo que resulta
•un doble origen de división y discordia. Eu primer lugar,
•cada poder participe procurará naturalmente cstenderse
C o p iC L tS lO N . -1 8 1

»en perjuicio de olro; y ademas. Jos individuos de cada


«cuerpo se esforzarán para aumentar su prestigio, á fio do
■dominar á los de su clase. Todos se estarán, pues, ob-
»servando, no tanlo para impedir los abusos como para
«evitar la elevación de los demás, frustrando los proyec-
• tos mas útiles si temen que los particulares ó las otras
«clases del Estado puedan aumentar so reputación. La ri~
«validad de las corporaciones y de los grandes les inspi-
«rará el odio para destruirse mutuamente, en vez del celo
»á Favor del bien público; la fuerza del gobierno, que
«consiste principalmente en la reunión del poder, se debi­
l i ta r á á proporción; y las disensiones, los abusos y las
«intrigas promoverán también mas conmociones y dis-
* turbios.»
La verdad y exactitud de estas reflexiones se demues­
tran palpablemente con la esperiencia de todos los dias.
¿Qué beneficios, si no, ha reportado España de aquella
forma de gobierno, durante los.largos años que lleva ya
de observancia? jQ oé buenas leyes, qaé instilaciones con*
venientes, qué verdaderas mejoras .morales y aun materia­
les, ni qué adelantos importantes ha recibido eo tan largo
período de tiempo? Y, en cambio, ¿cuántas violentas exac­
ciones, cuántos niales, cuántas calamidades y cuántos dis­
gustos de loda clase no ha tenido que sufrir?
Mientras las Cámaras se entretienen semanas y meses
«Meros en dilucidar cuestiones puramente personales, los
pueblos se lamentan del olvido en que yacen las cuestiones
mas interesantes y urgentes; mientras los representantes
de la nación se ocupan en combatir, con razón ó sin ella,
á lodos los ministerios, la sociedad espera en vano las me­
382 LA SOCIEDAD T E L PATÍBULO.

joras morales y materiales que Lanío necesita; y , eu fin,


los q ue, mas ó menos solícitos, mas ó menos espontánea­
mente, acuden á las urnas para emitir su voto en favor de
tal ó cual persona, de quien esperan una protección deci­
dida y una incansable defensa de sus derechos é intereses
particulares, llegan al cabo á desengañarse de qne solo
emitieron su sufragio para enviar al Congreso un ambicioso,
que, con mas ó menos suerte y talento, casi no aspira
mas que á alcanzar uno de los primeros puestos del Estado.
Para Uegar á ellos han sido suficientes en mochas ocasio­
nes la osadía y la astucia. Asi nos lo enseña laesperiencia
y nos Lo refiere ta historia; y esa esperiencia y esa misma
historia son también las que nos reiteren y enseñan la mul­
titud de escándalos y desafueros que ha producido y con­
tinuará produciendo mientras sobróla, por los vicios que
son inherentes á su propia organización, ese parlamenta­
rismo, á coya sombra se han alimentado y nutrido las mas
funestas ambiciones. ¿Qué grandes proyectos útiles y be­
neficiosos al pais, ni qué interesantes mejoras han de plan­
tear, aunque tengan la mejor voluutad de hacerlo, unos
hombrea que apenas tienen el tiempo necesario para defen­
derse de los rudos ataques de las apasionadas oposiciones,
que tanto ansian su derrota para ocupar los destinos que
de sus resultas queden vacantes; unos hombres, en fin,
que, por mas que observen una conducta noble y desin­
teresada, no pueden apenas contar con seguridad con sub­
sistir ni un solo dia en el ministerio?
El parlamentarismo ha perdido completamente el pres­
tigio, que pudo haber conservado algún poco mas de tiem­
po si ciertos hom bres, ansiosos de satisfacer su egoísmo.
CONCLUSION. 383

su vanidad ó su orgullo, no se hubieran apresurado impru­


dentemente á ponernos de realce los defectos esenciales de
qqe adolece. Apenas habrá quien espere de buena fe los
verdaderos progresos de nuestra sociedad, siguiendo la
misma marcha que llevamos hace ya algunos años; todos
conocen que es necesario un cambio radical. un régimen
nuevo , que no sea tan accesible á las pasiones, y á quien
todo el mundo respete. Para llegar á alcanzarlo se pre­
sentan únicamente dos caminos, porque el estado de desa­
sosiego y de disgusto de la sociedad actual no puede pro-
ducir mas que uno de dos resultados : ó la revolución,
mas ó menos próxim a, seguida de la anarquía con todas
sus violencias é injusticias, ó la pacifica sustitución del an­
tiguo órden político. Solamente la monarquía pura puede
salvar á los pueblos del precipicio adonde se encaminan,
seducidos por deslumbrantes utopias y por sueños irreali­
zables, y enderezarlos por la única senda que conduce á la
perfección Bocial compatible con la corrupción y miseria
de la naturaleza humana : solamente la monarquía católica
puede elevar á nuestra abatida España hasta aquella su­
blime y gloriosa altura en que supo ostentarse como reina
de todas las naciones y señora de entrambos mundos.

FIN.
INDICE

PállUM.

D EBiem RH ........................................................................... .... v


INTRODUCCION..................................................................... , VIL
CipfnLo ranfEno.— Ideas generales robre Ib sociedad.. . . 17
I. Sociabilidad del aer racional....................................Id.
K. De la naturaleza y origen de la sociedad. . . . . . 22
m. Idea general deja jn tie ia .-................................... ....17
CapItou) II,—Del derecho de castigar................................ .... 34
I. Origen de este derecho.............................................Id.
II. Falsa» teorías sobre él deréebo de CMtig»r. . . . 3*
ITL Estensión y objeto dd derecho de castigar. . . . 43
Cárttm.0 m .—Exíman d e k pena de muerte, conforme á
los prindptos de li deuda................................. .... VI
I. Coaüdaóesde las Imanas penes..................................td.
IL D e éSmo k pena de timarte no ea ana verdader»_
pana. . ......................................................... .... B3
m. Qoelaj>ena de muerta no esperaonot.................... ..... 57
rv. La pena de muerte no es ig u a l....................... .. ..... 60
V. La pena de muerte es indivisible.................................83
írntiGB.
Capítulo IV.—Continúa la materia del a n te rio r................. 87
I. La pena de muerta no es cierta.............., . . . . Id.
IT. La pena capital no es análoga. .............................. 66
IIL La pena de muerte no es popuiar........................ 71
IV. La pena de muerte no ea eormemurabte. . . . 73
V. La pena de muerte es irreparable........................ 74
Vi. La pena da muerte ea feTfvJtyWa.................... 79
VII. La pena de muerte no «a ejem plar...................... 80
VU!. La peng de muerte no es reform adora............... 81
IX. La pena de muerte no es económica.................... AS
X. La pena de muerte no ea tnitrucHoa.................. 83
XI. No importa que la pena de muerte sea tra n q iá ii-
sodúra.............................................................. .. Id.
XII. La pena de muerte es ¡acorapallble con los prin­
cipios de la ciencia penal..................................... . 84
Capítulo V.—La pena de muerte es inmoral........................ 87
L Es ¡amoral cu su aplicación..................................... Id.
U. También es inmoral en an ejecución.................. 91
Capítulo VI.—Eximen de dlvereos argumentos con que.^
se pretende ¿ofender la lneilimidul y la jugiflta
de la pena de muerte............................................ 97
I. Jesucristo no justificó la pena capital.................... Id.
II. De la imnortaJidad do nuestra alma no Se deduce
ninguna prueba en lavor de la justicia de k pena
de muerte............................................................... 10 1
III. La pena da muerte no es justa, porque la enstoa-
cía del individuo deje de ser inviolable en áertos
j determinados casos............................................ IOS
IV. Refutación de otros vanos argumentos que se
aducen en favor de'Ia pena capital..................... 108
C/lpítulo Vil.—Sobre La innece&idad de la pena de muerte. 113
]. La pena de muerte no es necesaria.......................... Id.
U. Continuación de la misma m ateria......................... 123
III. La enormidad de los delitos no prueba la necesidad
de l.i pena de muerte............................................ 127
ÍN D ICE. III

Capítulo VIII.—Del duelo....................................................... <33


I. Su origen. . . ..................................................... ... Id.
II. Leyes prohibiti ras de Jos duelos................. .................139
III- Algunas reflexione* sobre el duelo, . . . . . . . . 141
IV. Argumento contra la pena de muerte, deducido de
Ib doctrina misma de los defensores del duelo. . 147
Capitulo IX,—De los sacrificios ...(53
I. Esposicion de un nuevo argumento eu favor de Ib
pen* capital...............................................................Id.
U. Causa y origen de los sacriflcíos.............................. ... 134
III. Malaria de lo» sacrificios................... ..........................1S7
IV. Significado y valor de los sacrificios............. ... ......... 160
V. Abolición de los sacrificios....................................... ...IG4
Capítulo X.—Origen de lo corrupción de la naturaleza hu­
mana. ...171
|. Prueba* de la cajda del primer hombre, tomadas
de las Sagradas Escrituras................................... ... id.
II. Tradiciones acerca de la caida del primer hom­
bre. ...................................................................... ... 174
III. Pruebas del pecado original, fundadas en el racio­
cinio. »■•"•» . . . . . .
Capítulo XI.—Resaltados de I* primilinculpa.. . . . . . 165
I. De) libre albedrío. . . . . . . . . . . . . . . . Id.
II. De tas necesidades............................ .. .....................189
III. De i*s pasiones. ...................................................Iftl
IV. Otra prueba de la itqasticú de h pena capital.. . 107
V. Necesidad de la hnenaodoqacioni—•Ufgittmirtitd de
hiapüctáoDde la pwa.de muerte.. ................. 204
Capítulo M .—Da la pena de muerte er la historia. . . ... 200
. I. . bnpoteocáfede las «sitieríos de Ib m a n humana. . Id.
II. ,, IrfgWuipQ penal da Moisés. ................................212
OI. Penas «apilaléa de Iraiqgipcioa^ p en as, chinos,
. griegos y romanos............................................. 214
IV.. En. las sociedades modernas, coa eipcriilidid en
la española..................... . ....................................... 222
Capitulo XIII. —De la ilegitimidad de k pona de muerte en
la historia............................................................... 227
I: Obserracion preliminar.................................. Id.
II. Epoca del paraíso......................................................2)0
DI. En el Génesis. ..........................................................835
Capítulo XIV.—Consideraciones sobre la penada muerte en
las antiguas sociedades.........................................230
I. Pueblo hebreo........................................................... Id.
II. Egipcios, chicos, p e r w ¿ indios. . .................... 246
m . Grecia y Roma........................................ .................... 251
Capítulo XV.—De la pena de muerte en las sociedades pos­
teriora i la venida de Jaoaristo......................... 261
I. Aparición del cristianismo....................................... Id.
II. Pueblos de la edad media..................................... ... 266
DI. Legislación criminal de España dorante este pe­
riodo de U historia. , .........................................27+
IV. Legislación criminal europea desde la edad media
hasta nuestros d i a s ................................... 279
V. Inaflcada de la universalidad de la pesa de r o e rte
para probar sn legitimidad.................. ... . . . . 'i M
CatItdlo XVI.—De la sociedad en los tiempos modernos.. . 291
I. En loa tres últimos sig lo s....................................... Id.
II. En la época presente............................................... 294
Capítulo XVII.—Consideraciones sobre los progresos de la
sociedad.................................................................. 303
I.
Inauguración del año escolástico de 18S3 á 18M en
la Universidad de Madrid..................................... Id.
II, Progresos de la sociedad en el frden motena l. . . 309
III. En el órden in telectu a l.......................................... 313
CatItdlo XVIII.—Del eslado moral de nuestra sociedad. . . 319
I. Nuestra sociedad presente no marcha por el bien
comino de la verdadera civilización.................... Id.
II. Del lujo y del pauperismo......................................... 328
Capítulo XIX.—Continuación del anterior............................. 341
l Del libertinaje............................................................ Id-
r índice.

D. Da la criminalidad............, , ..................................347
ID. Consecuencia de lu observaciones precedentes.. . 364
C a p ítu lo XX.—Necesidad de u n nuev o rumbo en la marcha
general de la sociedad........................................... 357
I. De la oportunidad de esta obra................................ Id.
U. Remedios materiales................................................ 362
m . Remedios morales................................................... 366
CopcLinum................................................................................ 375
LA SOCIEDAD Y EL PATÍBULO,
r,

LA PENA DE MUERTE
HISTÓRICA T n b d f l Ó n t U D I T E 001BIDEEAD1.

POR Kl.

UCEiCIADO D. lAHUEL PEREZ r DE HOLIIA.

MADRID:
1XP. DE L A E I F E R A 1 K A , Á CARGO PE D. A. PEREZ DUW ULL.
Calle de Vaiverde, núm. G, cuarto bajo.

1854.

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