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Lección 2

23 de Noviembre de 2011

Intento precisar esta noción de lazo social, que dije que va más allá de la simple cercanía de los
cuerpos. Y, puesto que la última vez insistí en decir de qué manera el “Hay del Uno” objetaba el que
haya una relación entre los sexos, también quisiera mostrar que el lazo social se funda igualmente
sobre lo real, de lo contrario, no se comprendería que exista civilización que no sea un tipo de vínculo.
Me dirijo primero hacia Freud.

En Freud
¿Cómo concibió Freud el lazo social? Él no usó el término, pero se preguntó sobre lo que funda la
civilización. Los principales textos sobre este tema son: Tótem y tabú, que se prolonga en el Moisés y la
religión monoteísta, y Psicología de las masas y análisis del yo, que describe un lazo social específico.
¿Qué conservar del mito de Tótem y tabú después de pasar por la enseñanza de Lacan? Una fábula,
desde luego, pero que Freud toma como historia real, él no desiste sobre este punto. Lacan lo tomó
siempre en consideración, e incluso, al principio, lo sacó del apuro calificándolo de mito. El mito, en
efecto, es justamente un relato con carácter de fábula, pero cuya función es la de nombrar un real; un
imposible de formular. ¿Cuál en este caso? La de una pérdida original como condición primaria y
fundadora de todo vínculo, de toda sociedad. En el mito freudiano se trata de la pérdida del objeto de
goce absoluto que nombra el “todas las mujeres” del Padre primitivo, al que cada miembro de la horda
estaba supuesto a aspirar, y que se torna prohibido después de la muerte del Padre. Interdicto no más
por la fuerza del Padre capital de los orígenes, sino, en adelante, interdicto por la ley contractual a la
que se someten los hermanos. Vemos que esta ley, como la muerte metaforizada, hace pasar a lo
simbólico el obstáculo real que era el supuesto Padre primitivo de la historia, en opinión de Freud. Allí,
todavía, la relectura que hace Lacan lo saca del apuro reformulando más racionalmente lo real del
obstáculo: ningún perorata Outang1, como dice Lacan que se burla en El atolondradicho2; un

1
N. T.: aclaración extraída del artículo de Françoise Gorog, Le Medjnoun: "Aragón señalaba en Blanche ou l’oublie,
publicado en 1967, que la palabra orang-outan (orangután), viene del malayo orang que significa hombre. Yo añadiría que
el orang-outan, es propiamente un “hombre de los bosques”: del malayo orang, “hombre” y hutan, “bosque, jungla”. Es
divertido, entonces, ver que la etimología de la palabra que Lacan utiliza cuando habla del mito donde el Edipo se repite en
1
imposible, el del goce absoluto, el imposible de todas las mujeres. En el fondo, este mito indica que es
necesaria una primera pérdida para que la regulación de un lazo social sea posible; podemos decir que
es el mito de la génesis histórica del deseo. El Moisés y la religión monoteísta3 no dirá lo contrario.
Sólo retuve los dos textos que cité, pero hay otro anterior donde Freud trata de proponer una génesis
del deseo, aunque esta vez sobre el plano psicológico. Es el famoso pasaje del final de La
interpretación de los sueños4, donde plantea que el deseo, la libido entonces, se engendra a partir de la
pérdida de una experiencia de satisfacción originaria de la que sólo pueden quedar rasgos memoriales.
Es la entropía del goce la que funda el deseo. Y todavía hace falta que agregue otro texto, este de 1905,
los Tres ensayos de teoría sexual5 donde Freud muestra que la actividad pulsional misma, y no
solamente el deseo, supone la paradoja de lo que él nombra como objeto originariamente perdido.
Lacan, lo dije, no objetó esto, pero racionalizó esta pérdida en términos de efectos de lenguaje; siendo
el lenguaje, no sólo un instrumento de comunicación del que nosotros dispondríamos, sino un operador
que tiene efectos. Este efecto, Lacan al comienzo lo denominó con el término de falta, específicamente
falta en ser, simbolizado por el falo, como efecto inherente a lo simbólico. Pero como el deseo no es
solamente falta sino apetencia -término en el que ustedes encuentran la misma raíz que en apetito- él
construyó su objeto (a) como el resultado de un efecto del lenguaje sobre lo real, que nombra como
produciendo lo que denomina una sustracción; dice también una sustracción en el Informe sobre el
acto6; sustracción corporal que constituye el objeto a en el Prefacio a la edición inglesa de los
Escritos7 como el objeto “que falta”. Y en Posición del inconsciente8, sustituyó irónicamente el mito
del padre original por su mito de la laminilla: una pérdida de vida como principio de toda libido. Ahora
bien, sin ésta la cuestión del vínculo no se plantea; al respecto hay distinguir las nociones de libido y
goce. La libido siempre tiene un objeto como meta, la cual se manifiesta y resulta de eso que Lacan
llamó el “poder de la pura pérdida”9; por otra parte, es por eso que vemos analistas alarmarse cuando
creen por error, a decir verdad, que en nuestra civilización la falta, falta.
Aquí voy a referirme a un incidente sobre la historia del psicoanálisis. Esta noción de lazo ha sido
formulada en el psicoanálisis, al comienzo, en términos de relación de objeto y, en efecto, esta sólo se

la comedia del Père-Orang (el Padre-Hombre) de la perorata-Outang (du pérorant Outang; el padre orangután), era una
preocupación para Aragón, eco de los gustos de una generación”.
2
Lacan J. “EL atolondradicho”. Otros escritos (Buenos Aires: Paidós, 2012).
3
Freud S., “El Moisés y la religión monoteísta”. Obras completas, t. XXIII (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2001).
4
Freud S., “La interpretación de los sueños”. op. cit., t. IV.
5
Freud S., Tres ensayos para una teoría sexual”, op. cit. t. VII.
6
Lacan J. “El acto psicoanalítico”. Reseñas de enseñanza (Buenos Aires: Manantial, 1988).
7
Lacan J. “Prefacio a la edición inglesa de los Escritos”. Otros escritos, op. cit.
8
Lacan J. “Posición del inconsciente”. Escritos 2 (Buenos Aires: Siglo veintiuno editores, 2005).
9
Lacan J., “La significación del falo”. Escritos 2, op. cit., p. 671
2
plantea a ese nivel. El problema es que ese término de objeto es en sí mismo enredado, equívoco. ¿Es el
objeto de la pulsión, del deseo o del amor? El primero responde a una exigencia de goce, y el otro a una
demanda articulada, una demanda de ser. A este nivel es necesario distinguir el objeto originariamente
perdido de la pulsión que Freud postula a partir de los Tres ensayos de teoría sexual, lo dije, y la falta
constituyente del sujeto, producto de la simbolización. Si ustedes releen la Dirección de la cura10 y el
Seminario 1111, verán la insistencia de Lacan en decir que esas dos apetencias no armonizan. Lo dice
contra la afirmación corriente de la relación de objeto, Abraham a la cabeza, que postula que el objeto
parcial de la pulsión viene “naturalmente” a unirse al objeto de amor, a no hacer más que uno en eso
que él llamaba el objeto total, donde amor y goce se conjugarían en la oblatividad llamada genital.
Teoría meliflua, barata, que toda experiencia invalida, y que confunde a Eros, el dios negro, con el
cordero rizado del buen pastor. Lo que señala que, el retorno de las normas es siempre una amenaza en
el pensamiento analítico. Al comienzo de Aún12, Lacan persiste e incluso generaliza la tesis: el goce no
es signo del amor.
Paso ahora a Psicología de las masas y análisis del yo13, que no se vale del mito sino que construye la
estructura de los vínculos efectivos. Noten primero que como lo indica su título, el artículo plantea el
problema de unión entre lo que Freud llamaría la psicología individual y la psicología de las masas. Lo
que en sí, a solas, objeta el reproche que le es hecho tan a menudo, de sólo interesarse por el individuo
y de desconocer el factor social. El segundo comentario, Freud no lo hace sino después de haber puesto
en evidencia la dimensión de la repetición, alrededor de los años 1920. Ahora bien, son los hechos de la
repetición los que le inspiraron su hipótesis de una pulsión de muerte trabajando contra Eros; Eros que
según él, une, hace lazo. No es cualquier grupo el que Freud toma aquí como ejemplo, sino esas masas
muy organizadas, muy estructuradas y seculares que son la iglesia y el ejército. Veamos las cuestiones
a las que él intenta responder, hay varias. La primera es saber lo que asegura la cohesión de estos
conjuntos, dicho de otro modo, saber lo que hace allí vínculo, y un vínculo tan sólido de las masas que
tenga lugar a lo largo de los siglos. No se trata de la cohesión de la pareja, sino precisamente la de las
sociedades. Esta preocupación es patente en sus análisis de los fenómenos de pánico; no los de nuestro
tiempo, sino los que a veces surgían en las guerras de la época. Estas guerras, no lo olvidemos, a pesar
del giro que representó la guerra de 1914 en dirección a una mecanización sin precedente, se jugaban
todavía en el cuerpo a cuerpo y a la bayoneta, en cualquier caso para los soldados de infantería; dicho

10
Lacan J. “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos 1 (México: Siglo veintiuno editores, 1972).
11
Lacan J. “Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” (Buenos Aires: Paidós, 1977).
12
Lacan J. “Seminario 20. Aún” (Barcelona: Paidós, 1981).
13
Freud S. “Psicologías de las masa y análisis del yo”. op. cit., t. XVIII.
3
de otro modo, guerras en las que uno se destripaba. El pánico le interesa en primer lugar, justamente
porque él manifiesta que la cohesión es tan potente que permitía hasta ahí, a cada uno, afrontar la
muerte, franquear la preocupación de la supervivencia sin tener en cuenta todo principio del placer; esta
cohesión se deshace en el pánico y es el sálvese quien pueda. El pánico es para él, entonces, la prueba
en sentido negativo del principio de cohesión que este hace fracasar.
Correlativamente, Freud se pregunta sobre esta condición del vínculo que es la obediencia. De hecho,
se cuestiona sobre la extraña docilidad, sobre esta aceptación sin condiciones que permitía llegar hasta
la muerte, y sobre mandato. Por cierto, en las Cruzadas el orden era doble: religioso y militar. Lo pongo
simplemente al paso porque eso se veía mejor en las guerras a la antigua usanza. Por cierto, se decía a
veces: nos envían a la carnicería. Hoy esta dimensión no ha desaparecido, pero sus vías son más
complejas. Señalo que ésta no llega hasta los extremos que conoció en otros tiempos, y que raramente
va hasta consentir con un orden de muerte. Aunque… habría que estudiar las excepciones; está el caso
de los atentados suicidas procedentes del fundamentalismo musulmán, además algunas sectas, como la
Secta del sol que condujo a un suicidio colectivo; de donde, la cuestión permanece. Sobre este punto es
útil y divertido comparar las masas religiosas y militares de las que habla Freud, y la horda primitiva tal
como él la imagina; ellas tienen casi la misma estructura: en ambos casos hay la excepción del jefe y la
tropa sumisa. ¿Cuál es la diferencia? Esta reside únicamente en el consentimiento de la tropa civilizada,
mientras que en la horda se supone que cada uno no consiente, sino que espera, contra todos, la ocasión
para apropiarse del goce. La pregunta de Freud radica pues, justamente sobre la servidumbre
voluntaria; finalmente él constata que solidaria con esta obediencia, hay un efecto enojoso, a saber, lo
que él nombra la inhibición del pensamiento, de la reflexión, la puesta en suspenso de esta racionalidad
que tenía tanto valor para él. ¿Cómo desaparece lo racional en esta configuración del vínculo en
beneficio de la emoción? Gran problema para nuestra cultura occidental donde se presume desarrollar
el pensamiento crítico. Lacan ironizó al respecto a propósito del nazismo, aparecido justamente en el
país de la… Crítica; sabemos el caso que Lacan hizo a Emmanuel Kant. ¿Diremos que ese pasado de
credulidad pertenece a tiempos pasados? En todo caso, no tan lejano como aquel de la guerra de 1914,
puesto que todos esos buenos filósofos franceses, pero no solamente franceses, que ninguna prueba
pudo confrontar durante décadas referente a lo que escondía la figura del Führer; la del pequeño padre
de los pueblos, o del gran timonero da a pensar, es necesario decirlo, que algo aquí sobrepasa la parte
de accidente y de contingencia que existe en la historia. Las preguntas de Freud sobre lo que asegura la
potencia de una cohesión de grupo hecha de sumisión y de credulidad, son muy vigentes, e incluso en
el psicoanálisis. En tercer lugar, Freud señala que la suspensión de la racionalidad va acompañada de

4
un factor que le parece eminentemente positivo: la suspensión en los miembros de la masa del egoísmo
individual que postula como fundamental y que produce, en efecto, las luchas competitivas, las
hostilidades irreductibles que nosotros conocemos. Sabemos que no retrocedía ante la tesis de que el
hombre es un lobo para el hombre. Ahora bien, él también constata que en la masa, el lazo social tiene
no sólo un poder de contención notable, sino que éste consigue producir amistades, ayuda mutua y
solidaridad. Es, por lo demás, lo que nos muestran la mayoría de las películas de guerra. Y, Freud, se
pregunta sobre lo que puede realmente limitar así las fuerzas hostiles que engendran el narcisismo y el
egoísmo de las pulsiones. No es Freud, sino Lacan, quien formuló “Hay del Uno”, no el Uno que
unifica, sino, por el contrario, el Uno que desune; pero Freud percibió allí la dimensión perturbadora
para las sociedades y busca entonces ese Uno que unifica.
Paso ahora a la estructura de esta cohesión. Freud mismo habla de la “estructura libidinal de la masa”
en la cual, cito: “cada individuo aislado está ligado libidinalmente, por una parte, con el conductor
(Cristo, general en jefe), por otra parte, con los otros individuos de la masa”14. ¿Sobre qué se apoya
esta? Su respuesta es conocida, o debe serla: “Una masa primaria es una suma de individuos que han
puesto a un mismo y único objeto en el lugar de su ideal del yo y se están, en consecuencia, en su yo,
identificados los unos con los otros”15. Esta, según él, pone en juego dos términos: el gran I del ideal
del yo, que Lacan rebautizó I(A), porque el significante del ideal viene siempre del Otro; y lo que
Freud nombra el objeto, entiendan el objeto de la libido. En los términos de Lacan, diríamos el
significante amo (el ideal es uno de ellos) y el objeto a. La figura del jefe está constituida por su
coalescencia sobre una persona cualquiera, un objeto puesto en el lugar del ideal del yo, que genera
identificación y amor. Es por lo demás la estructura misma de la erotomanía; Freud nos describe una
erotomanía colectiva, cree reconocer en ese objeto idealizado la figura de lo que es el padre para el
niño. Y es esta identificación vertical de cada uno al jefe que, según él, condiciona la identificación
horizontal de cada uno de los yo ideales de los miembros de la masa, quienes desde ese momento se
reconocen hermanos en este amor compartido y, entonces, pueden amarse como hermanos, habiendo
cada uno renunciado a sus prerrogativas para compartir el amor del jefe. He aquí cómo los lobos se
vuelven casi…corderos, según Freud. El amor del Padre sería, pues, el resorte de la pacificación de las
malas pasiones por el amor; no cualquier amor, sino el amor entre los hombres, y digo los hombres, no
en el sentido genérico ya que, notablemente, Freud universaliza al masculino, las mujeres no están allí
de hecho. Él lo precisa: la diferencia de los sexos no tiene allí importancia, lo que es coherente con
todas las observaciones de Freud sobre la tendencia asocial de las mujeres que se suponen más reacias
14
Freud S., “Psicología de las masas y análisis del yo”. op. cit., p. 91
15
Ibid., p. 109-110
5
a las exigencias de la civilización. Y si queremos saber hasta dónde puede conducir este amor, al
menos según Lacan, hay que leer Observación sobre el informe de Daniel Lagache: allí resume la
estructura construida por Freud y agrega: “¿Habrá que recordar, para poder entender el alcance de la
cuestión, la figura del Führer y los fenómenos colectivos que han dado a este texto su alcance de
videncia en el corazón de la civilización?”16
Amplío la cuestión más allá de la iglesia y del ejército, ya que por lo demás, no son lo que éstas eran; el
mismo Freud lo hizo. Evoca la posibilidad de la masa, sin jefe, donde el Uno puesto como factor
común por los miembros de la masa es un rasgo ideal, no encarnado por: un jefe, la patria, la poesía, la
música, entre otros. Podemos, pues, cuestionar el Uno que da a una multitud su cohesión momentánea;
no es forzosamente el Uno del ideal encarnado, puede ser incluso el Uno de una afición o gusto
compartido, digamos, el Uno del síntoma. Pensemos, por ejemplo, en las grandes reuniones de la
música o del Gay pride (Orgullo gay), o incluso la de los Alcohólicos Anónimos. Pero, más actual, los
indignados que logran reunir en un momento dado el Uno de una protesta común desorganizada. Con la
perspectiva del futuro, el problema que por otra parte Freud no se planteó, de cómo pasar de esas masas
efímeras a una posible institucionalización; y hoy aparecen voces que dicen que sería necesario que el
Uno de la protesta consiga encarnarse en un jefe que la porte.
En cuanto a la iglesia y el ejército, Freud dijo es el Uno del Ideal del yo. En el texto que acabo de
mencionar, Lacan dice “insignia”. Vale la pena leer ese texto porque parece resumir a Freud como lo
dije, pero, de hecho, modifica también las tesis: en efecto, Lacan le sustrae al líder justamente la
atribución del Ideal del yo que Freud le atribuía. Vean cómo habla de esto Lacan: “[…] un objeto
reducido a su realidad más estúpida -se está lejos del ideal-, pero puesto por un cierto número de
sujetos en una función de denominador común, que confirma lo que diremos de su función de insignia,
es capaz de precipitar la identificación del Yo Ideal hasta ese poder débil de malaventura que muestra
ser en su fondo”17. No queda, pues, más que el rasgo de insignia, en sí mismo indiferente, cualquier
rasgo de su realidad; por ejemplo, Lacan lo evoca por cierto: la correa en cuero sobre la espalda
regordeta de Hitler, también su bigote. Este rasgo de la insignia es, en el fondo, para el objeto de la
masa, el homólogo de los rasgos de perversión que funcionan para el objeto sexual. Lacan está lejos de
acreditar al líder con cualidades específicas, como lo indican los términos estúpido y débil que se
aplican en el final de la frase a Hitler, gran jefe carismático del siglo XX. Ustedes, sin duda, conocen
los debates sociológicos sobre lo que funda el poder del jefe, con la idea de que el leadership
(liderazgo) puede ser ya sea burocráticamente fundado, o más bien de orden carismático; Max Weber
16
Lacan J., “Observación sobre el informe de Daniel Lagache”. Escritos 2, op. cit., p. 657
17
Ibid.
6
contribuyó justamente allí. Lean los comentarios políticos y la prensa de hoy cundo habla por ejemplo,
en cuanto a Italia, del contraste entre Mario Monti el experto y Silvio Berlusconi más cerca del líder
massimo como lo fuera Fidel Castro, aunque con otra orientación política; ellos muestran que la
cuestión está siempre allí.
De Freud a Lacan, hay una gran diferencia de concepción sobre esta cuestión. Freud, parece, creía en el
gran hombre mucho más que Lacan. Conocemos sus reflexiones sobre la psicología del gran hombre,
del jefe, del héroe y su diferencia con el hombre del común, el hombre de la masa; nada de esto en
Lacan, quien no cree, o menos quizás, en los méritos propios del líder; llegado el caso hasta se burla, y
más esencialmente intentó reducir el espejismo del prestigio carismático y mantener en lo posible sólo
la función lógica del Uno de la excepción. Freud se interesaba más en las condiciones psicológicas y no
creía que quienquiera, el objeto más estúpido, pueda ser el hombre de la situación y hacer las veces de
jefe a merced de las circunstancias.
En la iglesia y en el ejército, las dos masas que Freud escogió, el jefe espiritual o militar es un jefe
instituido por procedimientos burocráticos precisos, y hay todo un aparato discursivo que le permite
presentarse como legitimado por una instancia superior. Es evidente para el jefe militar, pero es verdad
para el Papa mismo, quien es elegido por hombres, desde luego, pero no sin que Dios lo permita. Este
aparato no suprime la incidencia de las cualidades llamadas carismáticas, pero limita su alcance. Dicho
de otro modo, en nuestros términos, el jefe de estas instituciones no se autoriza de sí mismo. Vemos la
diferencia con las sectas: el gurú de la secta, del que uno se maravilla o no sobre sus capacidades de
seducir, de dirigir; poco importa, en el fondo lo que es seguro es que él no se autoriza más que de su
impudicia; la impudicia es el “Yo me ubico allí”, en un decir singular que nada funda excepto el
síntoma del enunciador; impudicia de su decir y de sus efectos, efectos de confianza, de admiración, de
intimidación, de miedo también. Podemos declinar, pero, en el fondo todos esos efectos se reducen a
uno solo: el amor que se le profesa y que, finalmente, es lo único a legitimarle, y que va acompañado
de la demanda de amor. Y como el amor del jefe no se comparte, eso produce a veces resultados
trágico-cómicos al estilo de aquellos que conocimos hasta sus extremos en la Asociación Mundial de
Psicoanálisis (AMP) y que eran más bien del estilo: Espejito, ¿dime quién es el más amado?, Dejo esto.

¿El reverso de la masa?


Paso ahora al reverso de la masa. Cual quiera sea la diferencia entre las masas, según si están
institucionalizadas o no, con o sin jefe, el Uno que homogeniza, que unifica opera allí. Huelga decir
que esta estructura es el reverso exacto del Discurso analítico; en éste, no es el Uno el que unifica,

7
homogeniza, no son las identificaciones, ni la del ideal del Otro, ni las del Yo ideal las que ordenan el
vínculo, es lo contrario; el vínculo analítico pone en juego y apunta a la diferencia, al Uno de la
singularidad.
Creo necesario recordarlo, desde el comienzo, que hay varios tipos de vínculos; es lo que Lacan afirmó
hablando de los Discursos allí donde Freud habló de la civilización; varios tipos, cada cual con un
agente diferente. En cuanto al Discurso del amo que estructura la masa freudiana, es el Uno que
identifica el que preside a todas las identificaciones horizontales o verticales. En cuanto al Discurso
analítico, lejos de fundarse sobre las identificaciones, éste las interroga a todas; más exactamente,
cuestiona lo que las funda. Es así como este Discurso revela lo que el discurso común esconde, a saber
que, de hecho, las identificaciones realmente jamás comandan, pues ellas mismas son comandadas.
Cito: “las identificaciones se determinan allí por el deseo […]”18. Dicho de otro modo, las
identificaciones no son más que agentes aparentes, que el psicoanálisis, cito: “somete a la cuestión del
plus de gozar”19 o a la causa del deseo. Es lo que la escritura del Discurso analítico hace visible:

a $

S1

Escribí en 1998 un texto titulado ¿Qué es lo que comanda?, para decir justamente que lo que comanda
no eran las identificaciones, que ellas sólo son un resultado. Ese texto había desaparecido, ya que tuvo
el honor en ese 1998, de una censura por parte de la ECF (Escuela de la Causa Freudiana) que detuvo
la Revista donde iba a ser publicado, in extremis; pero él no se perdió ya que retomé su contenido en
Lo que decía Lacan de las mujeres20. No hay identificación, cualquiera sea ella, que no pase por un
significante, desde luego, pero no es en todo discurso que el significante está en el lugar de agente;
existen diferentes tipos de identificaciones, pero me detengo antes en una dificultad que concierne
especialmente al psicoanálisis.
Hasta aquí hablé de la masa para tomar mi punto de partida, a la vez del Freud más lejano y de las
cuestiones de actualidad más próximas, aunque recuerdo que Freud insiste en decir que esta estructura

18
Lacan J., “Del Trieb de Freud y del deseo del psicoanalista”. Escritos 2, op. cit., p. 832
19
Ibid.
20
Soler C., “Lo que decía Lacan de las mujeres” (Medellín: Editorial No toda, 2004).

8
de la masa en la que, I y a, se conjugan es aquella de la hipnosis que lleva, en efecto, al extremo la
sumisión ciega, pero que esta es también la del amor, que igual lleva a la sumisión y a la credulidad
hasta el “abandono de sí”, como dice Freud. De las masas a estos dos pares, entonces la misma
estructura, que vale tanto para la multitud como para el hipnotizado, y para un sujeto que… ama,
eventualmente transferencialmente. De allí surge inmediatamente el problema de la función de la
transferencia en el vínculo analítico; la cuestión es simple: ¿un psicoanálisis es una masa de dos, como
lo dice Freud de la hipnosis? Es una pregunta correlativa siempre presente: ¿los reagrupamientos de
psicoanalistas son masas freudianas entre varios? Masa de dos, esto querría decir que el analista está en
el lugar del Uno que identifica (identifiant). Así, el Uno que identifica no comanda todos los vínculos y
entonces es posible el psicoanálisis, o bien él comanda todos los vínculos y en este caso el
psicoanálisis, entonces, no es más que una reeducación para adaptar el sujeto a la tropa. Esta cuestión
es lo que está en juego en todo el debate histórico de Lacan con la IPA (Asociación Internacional de
Psicoanálisis) sobre el problema de los finales de la cura, y de su crítica tan virulenta de un final por
identificación al analista. ¿Es la finalidad de un análisis la de reforzar las identificaciones de los Yo
ideales que los síntomas comprometían, la de restaurar la autonomía y la capacidad de dominio de los
sujetos, objetivo -creo yo- de todas las psicoterapias y la demanda de todos los sufrientes? O bien, ¿es
la de analizar los síntomas revelando que estos vienen del inconsciente, dicho de otro modo, la de
construir la división del sujeto, lo que tiene un alcance de subversión que va más allá de cada individuo
hasta el estatuto de los hablantes? Acerca de esta opción, Lacan está del mismo lado que Freud; es más
más freudiano que los susodichos freudianos de la IPA. Y si Freud se interesó en las identificaciones de
los yo ideales en la masa, no fue por hacer de ello el modelo del análisis; ese trata más bien del contra-
ejemplo. Ahora bien, todos aquellos que se dicen lacanianos concordarían con ello, sin duda, ya que
con el tiempo esta orientación se impuso ampliamente en el psicoanálisis. ¿Quién osaría hoy preconizar
abiertamente la identificación al analista? Nadie, por supuesto, pero las declaraciones no aseguran para
nada en cuanto a la práctica efectiva, hasta en los mismos lacanianos. Además, en el momento de
nuestra cultura, creemos mucho menos en las virtudes del Uno que unifica; se reivindica más bien el
Uno de la diferencia, lo que no prueba, por lo demás, que uno lo quiera verdaderamente.
Que la agrupación de analistas, sus asociaciones, puedan estar estructuradas como la masa freudiana
clásica, con su organización piramidal, lo sabíamos por la IPA que es, de hecho, una especie de
Federación de diversas Asociaciones, que están estructuradas como las masas; ellas son más
burocráticas que carismáticas. Sabemos ahora, por el ejemplo de la AMP (Asociación Mundial de
Psicoanálisis) que esa puede ser la elección de los denominados lacanianos; incluido a propósito del

9
pase tuvimos desafortunadamente el testimonio de ello. Para aquellos que no estuvieron al corriente de
esta historia, puedo recomendarles la lectura de El psicoanálisis frente al pensamiento único21. La
AMP es una variante de la IPA, en la cual los estratos burocráticos de la organización, que también
existen, están todos respaldados y bajo control del jefe carismático, que una parte de los miembros
exalta las virtudes en coro y ruidosamente. Los fenómenos de identificación no son allí menos visibles,
y hasta el estilo, siempre un poco hipomaníaco, que prevalece allí. Entonces, no es sorprendente que el
amor, so pretexto del amor por Lacan, se haya vuelto la palabra amo; está ahora en todas las bocas
convocada, invocada, pero sobre todo prescrita bajo pena de proscripción, como el resorte último del
pensamiento justo. Digo, la AMP, pero existen otros grupos lacanianos, menos poderosos, sin duda,
pero que no obstante están construidos sobre ese modelo. Además, incluso cuando la organización de
las actividades del grupo no es piramidal, como lo anunciaba hace un momento, por ejemplo, la noción
de carteles constituyentes, y como fue el caso para los foros, en todos los casos, en el grupo, el juego de
las identificaciones domina. El grupo, en sí mismo, está dado a la sumisión conformista y a la
credulidad; sobre este punto no hay que dejarse engañar por las protestas de independencia y de
pensamiento crítico que oímos por todas partes. Son fanfarronadas, es el grupo el que también las
genera y es a título, según mi parecer, de la denegación. Además, es por eso que Lacan decía a los
indignados de mayo del 68: “Ustedes quieren un amo”. Es crucial saber lo que el psicoanálisis puede
hacer con respecto a esto. Los dejo con esta cuestión.

21
Soler C. y otros. “El psicoanálisis frente al pensamiento único” (Buenos Aires: JVE ediciones, 2000).
10

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