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INFIERNO:

Una
ETERNIDAD
DE DOLOR
a la espera
INFIERNO:
Una
ETERNIDAD DE DOLOR
a la espera

-Dios ha bajado del Cielo


para decim os que hay infierno...
¡y nosotros no queremos creerlo!

-Cuando los corazones son de


piedra ni el temor de Dios
los ablanda.

por
n o t ic ia s CRISXIAMS
Portada: El diluvio, del libro Gotteswerte und Menschenwege, de Gebhart
Fugel y Peter Lippert.
«¿Por qué tenían que morir todos? Vivían todavía en
aquel últinu> arrecife la codicia. la envidia y el odio; vivía
íillí todavía la pereza y la lascivia de los glotones, crecía en
algún alma desesperada una salvaje rabia contra el destino
y algún puño se cerraba sobre la cruel marea y hacia el
implacable cielo. Crecían en las almas instintos salvajes, se
ahogaban el sentido y la bondad en la agitación del miedo.
Pues era una raza que se hundía cada vez más profun­
damente en la codicia y el placer. En la extensa multitud de
este pueblo la fe estaba muerta, los ideales extinguidos. Lo
que vivía en ellos, era vacío, burlón. Ya no eran espíritu, se
habían hecho carne. Por eso murieron.
Pero el principio estaba aquí. Allá lejos flotaba, sobre
las bramantes aguas, el arca, silenciosa y grave como un
féretro. En este arca descansaba la semilla de una nueva
humanidad, los elegidos del futuro. Por eso pendía sobre
ella una luz de esperanza».

2aEdición: Abril 2.000


3aEdición (corregida): Abril 2.002
INTRODUCCIÓN

« Desde siempre el problema del infierno ha turbado a los


grandes pensadores de la Iglesia. En verdad que los antiguos
concilios rechazaron la teoría de la llamada apocatástasis
final, según la cual el mundo sería regenerado después de la
destrucción, y toda criatura se salvaría; una teoría que indi­
rectamente abolía el infierno. Pero el problema permanece.
¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que
éste lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a
perennes tormentos? Y, sin embargo, las palabras de Cristo
son unívocas. En Mateo habla claramente de los que irán al
suplicio eterno (cfr. 25, 46). ¿Quienes serán éstos? La Igle­
sia nunca se ha pronunciado al respecto. Es un misterio ver­
daderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la con­
ciencia del hombre.» Juan Pablo II (Cruzando el Umbral de
la esperanza).

***

1. OBJETO

1. Un final

«El hombre en una cierta medida está perdido, se han


perdido también los predicadores, los catequistas, los edu­
cadores, porque han perdido el coraje de “amenazar con
el infierno ”.» Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la
esperanza).

«Ninguno de los que tienen ante sus ojos el infierno caerá


en él; y ninguno de los que lo desprecian escapará de él».
Con esta clara precisión de San Juan Crisóstomo, definimos
ya el contenido de este trabajo: poner ante los ojos del lector
la eternidad de la existencia del infierno.
Jesucristo en muchas ocasiones habló de esta realidad.
Concretamente en dos (la del Rico Epulón y la del Juicio final).
Si tan clara es la advertencia divina ¿por qué este trágico
pacto de silencio sobre el infierno? Los católicos no hablan
del infierno por no aparecer como intolerantes, soberbios y
no-caritativos, a la par que se ha extendido el criterio de que
nuestra salvación es inevitable. Luego ¿para qué hablar del
infierno, para qué convertirse?

2. ¿Hay alguien que quiera convertirse?

Muchos admiran la vida de Cristo concebido como un


hombre que llevó su ideal hasta la extenuación, hasta la muer­
te. Este Cristo idealista es el que gusta al mundo. Pero este
no es el Mesías, el Hijo de Dios que adoramos los católicos.
Este Cristo idealista no obliga a asumir actitudes comprome­
tidas. Por esto el quebrantamiento de los preceptos de Dios
está a la vista: desnudeces en las playas y en las calles, di­
vorcio, comipciones económicas, prácticas abortivas, blas­
femias, brujería en muchas partes, irreverencias, robos, te­
rrorismo, droga, pornografía autorizada, niños corrompidos,
etc. No son las caídas por fragilidad sino por una profunda
falta de fe. Precisamente por esto no se quiere cambiar de
vida, no se piensa en convertirse. Entonces, ¿por qué seguir
editando libros que hablan de Dios?
Porque estamos impelidos a explicar el gran amor de Dios
al hombre, por pecador que sea. Porque creemos en el mila­
gro y vivimos la esperanza. Por esto presentamos a Cristo
Crucificado, al Dios humillado y abatido por amor al hombre.
Este Crucificado, hundido en el dolor, es el gran misterio de
Dios, misterio en el modo como Dios -creador de toda la
belleza y felicidad- decidió redimir al hombre.
Una crucifixión real; no una teoría, un recuerdo, un bello
heroísmo. Un dolor que está en las antípodas de la comodidad y
del egoísmo que supura por nuestros poros. Un sufrimiento que
es la negativa a la teología del placer predicada por falsos teólo­
gos. Ese dolor que es la sabiduría auténtica, que nos permite
discernir las cosas de Dios, lo que no es dado a los camales,
tomadores de la «sabiduría de este mundo, de los jefes de este
mundo condenados a perecer» (1 Cor. 2).
En esta colección editorial hablamos de esta Cruz de Cris­
to, de su seguimiento, de la renuncia, de hacer el bien a costa
del propio sacrificio... en una palabra, de cómo convertirse,
de «volver del revés la vida». Algo heroico pero que está a
nuestro alcance con la gracia de Dios.
Y en este libro le hablaremos también del infierno, esta
eternidad de dolor. Aunque algún teólogo hable del «infierno
vacío», es una irrealidad. El hombre de hoy quisiera que el
placer, el hedonismo, pudiera ser traspasado a la otra vida.
Como niños mimados que patalean cuando no consiguen lo
que quieren, muchos hombres buscan hallar un falso maes­
tro que se preste a darles la seguridad de que el infierno no
existe, para seguir felices y engañados. Es sintomático que
los periódicos recojan gozosos las noticias de que el infierno
está vacío, cuando algún falso apóstol decide repartir frutos
de adormidera.

3. ¿Es válida aún la pastoral: «No hablar del Infierno»?

Constatemos antes que nada tres hechos que ponen de


manifiesto las preferencias del hombre actual y sus orígenes.
Primero: Recientemente la prensa publicaba, como un
nuevo avance de la medicina, que en el siglo XXI el dolor
desaparecería de los hospitales. Se crearán, decía, nuevas
unidades especiales, y nuevas terapias que harán más lleva­
dero el dolor. Los expertos sostienen que el 90 % de las
molestias de los enfermos se pueden evitar. Con mesurada
euforia el periodista comentaba las palabras de la Organiza­
ción Mundial de la Salud en el sentido de que el dolor va
camino de desaparecer de nuestras vidas.
En segundo lugar: hace unos años la obsesión de los go­
bernantes fue la creación del Estado del Bienestar. «Eleval­
la calidad de vida» era más que un lema, una obsesión. Y
aún hoy los políticos se aferran a las migajas de este soñado
Estado del Bienestar.
¿Avancemos hacia la tercera constatación: al hombre de
hoy le gusta que le hablen de amor. Hablar de amor esponja
el alma, la tranquiliza, la desinhibe...
Evitar en lo posible el dolor, luchar por el Estado del Bien­
estar, amar..., son cosas no sólo lícitas sino buenas. Pero no
podemos olvidar que ni todos los medios empleados en esta
búsqueda son siempre válidos, ni cualquier amor o pasión
son lo mejor para el ser humano. El progreso no ha logrado
suprimir las tentaciones.
Por eso aunque el hombre admite fácilmente la existen­
cia de Dios, le gusta, le atrae que este Dios sea misericordio­
so, paternal, condescendiente, en una palabra, un poco al estilo
de los dioses mitológicos que se apropiaban de los defectos y
debilidades de los hombres.
Un dios concebido así es compatible con nuestra ansia de
evitamos todo dolor, toda incomodidad. Y por supuesto es
incompatible con la idea del Infierno.
Concluyendo:
Al hombre le gusta creer y que se le hable de un dios
«humanado» condescendiente, todo amor, porque no le hace
cambiar ninguno de los esquemas de su vida. Al contrario,
hace al hombre más tolerante con el vicio.
Entonces cabría preguntarse ¿es válida aún la pastoral de
no hablar del infierno? Seguir hablando del amor de Dios,
como hoy se suele hacer, ¿no es añadir un nuevo colchón a
la comodidad -inercia- del hombre de hoy? ¿no ha llegado el
momento de hablar, oportuna e inoportunamente, del infier­
no, como lo vio santa Teresa?
Hoy día en que el hombre sólo anhela vivir sin dolor, morir
sin dolor, vale la pena hablarle del infierno como contrapunto
necesario... para que cambie de vida, de mentalidad. Cierta­
mente que nuestra naturaleza está hecha para el gozo. Por
esto será muy desgraciado el hombre que, por vivir alegre y
confiado aquí, acabe en un infierno de dolor eterno. Y cada uno
de nosotros, los cristianos que no hayamos hablado del infierno
podemos tener nuestra parte correspondiente de culpa.
Examinemos el santoral. Los santos no tenían miedo a
hablar del infierno pero temían caer en él.
Santa Teresa conocía el lugar que allí le estaba reservado.

4. ¿Qué hacer para que la idea de la existencia del


infierno se tome en serio?

Mientras se preparaba la recopilación de textos y citas de


este libro, a menudo uno se preguntaba: «¿Cómo puedo ha­
cer para que mi familia, amigos, el círculo más amplio posible
de hombres, se tomen en serio la eternidad de las penas, de
los dolores del infierno?».
La parábola del rico Epulón cuenta que, el rico no se
oponía a que Lázaro tomase las migajas destinadas a los pe­
rros... y sin embargo fue enérgicamente condenado. Hoy
hay perros, gatos, cerdos... mucho mejor tratados que los
hombres, o sea, vivimos en una sociedad que ha superado en
crueldad e indiferencia al rico Epulón. Y sin embargo para­
dójicamente, se muestra ofendida si alguien saca a relucir el
tema del infierno.
Mencionar el infierno y obtener que las personas se mo­
lesten es una misma cosa. Así, decir que el pecado conduce
al infierno es faltar a la caridad y caer en soberbia; como si
el aviso fuera deseo de que los hombres se condenen. A este
despropósito ha conducido la falsa teología del camino ancho
y cómodo de la salvación, de que todo hombre se salva. Se­
gún esta teología, dado que todos estamos ya salvados, la
razón para cumplir el mandato de Cristo de evangelizar, se
halla en ampliar el círculo de personas que agradezcan a
Dios el don de la salvación, porque jtodos estamos ya salva­
dos! Por tanto, no es preciso cambiar de vida o de religión.
Sólo conviene, es bueno, que sean muchos los hombres que
y

agradezcan a Dios el don de la salvación. Este sería el fin de


la evangelización.
Por el contrario la verdadera doctrina de la Iglesia es diá­
fana: «los que mueren con pecado personal grave van inme­
diatamente al infierno, sufriendo la carencia de la visión de
Dios y ios tormentos eternamente».
Ante el hombre que no quiere oír hablar de pecado, de
demonio ni de infierno ¿qué hacer para que cambie de men­
talidad y se tome en serio lo que después de su muerte será
ya irreversible?
La Editorial ha creído que será útil presentar la existencia
de las penas eternas del infierno bajo el aspecto filosófico,
teológico y testimonial, basado en el principio de la autoridad
de un gran filósofo (Balmes), de profundos teólogos y de
Santos. Empezando, por supuesto, con la máxima autoridad:
Jesucristo, Hijo de Dios.
Jaime Balmes demostrará que la existencia del infierno no
es un absurdo que repugna a la inteligencia aunque pueda cau­
sar cierto asco o náusea a la sensibilidad. El hombre suele ha­
cer dejación del deber de meditar sobre el tema de la muerte
para apoyarse en la endeblez de un sentimiento enfermizo; por
esto conviene entrar en esta materia de la mano de un filósofo
práctico y realista como fue Balmes que en su tercera Carta a
un Escéptico efectúa una sencilla demostración de la existen­
cia de la eternidad de las penas del infierno.
A continuación, y con la ayuda de la Revelación de Jesu­
cristo, algunos textos profundizarán en los sufrimientos del
infierno, su razón o necesidad, la causa por la que Dios no
perdona a los condenados y toda la certeza de esta realidad.
Por último hemos seleccionado vivencias de Santos que in­
tentan acercamos a la ídea de cómo es el infierno.
Meditemos sobre el infierno, y pidamos a Jesús y a la Santí­
sima Virgen que nos otorguen el don de la perseverancia final.
El desgraciado Aponti, en su pedagogía, no quería se habla­
ra nunca del infierno a los muchachos. Una vez exclamó: «Es­
tos tétricos pensamientos les hacen daño: son temores que no
les van bien para la educación». Así impedía el santo temor de
Dios. Esta pedagogía de no hablar de las postrimerías, muerte e
infierno, entristecía a san Juan Bosco, quien jamás dudó en ex­
poner a sus incontables discípulos la ventaja de meditar con
frecuencia sobre la muerte, el juicio de Dios y el infierno.

5. Cristo habla del infierno

«Es también semejante el reino de los cielos a una red ba­


rredera, que se echa en el mar y recoge peces de toda suerte, y
llena, la sacan sobre la playa y sentándose, recogen los peces
buenos en canastos, y los malos los tiran. Así será a la consu­
mación del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos
de los justos; y los arrojarán en el homo del fuego; allí habrá
llanto y crujir de dientes. ¿Habéis entendido todas estas cosas?
Sí, Señor, le respondieron». (Mat. 1347'51).

«Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino


finísimo y celebraba cada día espléndidos banquetes. Un hom­
bre pobre, de nombre Lázaro, estaba echado en su portal
cubierto de úlceras, y deseaba hartarse de lo que caía de la
mesa del rico; hasta los perros venían a lamerle las úlceras.
Sucedió, pues, que murió dicho mendigo y fue llevado por los
ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue
sepultado en el infierno. En el infierno en medio de los tor­
mentos, levantó sus ojos y vio a Abraham desde lo lejos y a
Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: Padre Abraham, ten
piedad de mí y envía a Lázaro para que, con la punta del
dedo mojada en agua, refresque mi lengua, porque estoy
atormentado en estas llamas. Dijo Abraham: Hijo, acuérdate
de que recibiste ya tus bienes en vida y Lázaro recibió ma­
les; y ahora éste es aquí consolado, y tú eres atormentado.
Además, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de
manera que los que quieran atravesar de aquí a vosotros no
pueden, ni tampoco pasar de ahí a nosotros.
Y dijo: Te ruego, padre, que siquiera les envíes a casa de
mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advier­
ta, a fin de que no vengan también ellos a este lugar de tor­
mento. Y dijo Abraham:
*
Tienen a Moisés y a los Profetas:
que los escuchen. El dijo: No, padre Abraham: pero si alguno
de los muertos fuese a ellos, harían penitencia.
Y le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco
se dejarán persuadir si un muerto resucita.» (Luc. 1619'31)·

«y a ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores; allí


habrá llanto y crujir de dientes». (Mat. 2530).

6. ¿Qué entendemos por infierno?

L. Bouyer formula así la noción de infierno:


«De la palabra latina infemus, que significa lugar de abajo,
este término ha pasado a designar la residencia de los demonios
y de las almas condenadas. La hoguera de la que habla Mateo
(13 4250), el fuego (188 y 2541), el estanque de fuego y azufre
del Apocalipsis (1920; 209y 15; 218) el lugar de los tomentos de
Lucas (1628), el tártaro de 2 Pedro (24), parecen designar todos
ellos la misma realidad. Contra ciertos teólogos, como Oríge­
nes, que parecen poner en duda el carácter definitivo de los
juicios de Dios, la fórmula de fe de Dámaso, el concilio IV de
Letrán. el concilio de Lyón, el concilio de Ti ento, tomando sim­
plemente los términos evangélicos, han afirmado la eternidad
tanto de la condenación como de la salvación, y el sínodo de
Constantinopla de 543, aprobado por el papa Virgilio, definió
más explícitamente el carácter perpetuo de la pena de los con­
denados. El concilio II de Lyón definió, además, que los que
mueren en estado de pecado mortal descienden a él inmediata­
mente. Por otra parte, los teólogos admiten casi unánimemente
que la pena del infierno no consiste sólo en el daño, sino en una
pena positiva, que designan metafóricamente las expresiones
del gusano y del fuego».

***

2. DE LA PLUMA DEL FILÓSOFO


JAIME BALMES(l)

1. Im portancia de la fidelidad y fiabilidad del mensaje

«Me ha hecho gracia el que usted abra la discusión religiosa


atacando el dogma de la eternidad de las penas. No esperaba
yo que acometiera usted tan pronto por este flanco, y vaya
dicho entre los dos, esta anomalía me ha dado a entender que
usted le ha cobrado al infierno un poquito de miedo. La cosa no
es para menos, y el negocio es grave, urgente; de aquí a pocos
años hemos de saber por experiencia propia lo que hay sobre
este particular, y dice usted muy bien que, “para los que se
engañan en esta materia, el chasco debe ser pesado en dema-
sia +.
* i

No tengo dificultad en abordar por este lado las cuestiones


religiosas; pero no puedo menos de observar que no es éste el
mejor método para dejarlas aclaradas cual conviene. Las doc­
trinas católicas forman un conjunto tan trabado y en que se nota

( I) Cartas a un escéptico en materia de religión - 3* carta. Bajo


esta forma epistolar el gran filósofo contesta a las dudas e
incrccncias de un supuesto agnóstico. Hemos suprimido algunos
incisos por contener ejemplos o expresiones hoy anacrónicas, o
por dar mayor viveza al texto.
tan recíproca dependencia, que 110 se puede desechar una sin
desecharlas todas, y, al contrario, admitidos ciertos puntos capi­
tales es imposible resistirse a la admisión de los demás. Sucede
muy a menudo que los impugnadores de esas doctrinas esco­
gen por blanco una de ellas tomándola en completo aislamiento
y amontonando las dificultades que de suyo presenta, atendida
la flaqueza del entendimiento del hombre. “Esto es inconcebi­
ble, exclaman; la religión que lo enseña no puede ser verdade­
ra”; como si los católicos dijésemos que los misterios de nuestra
religión están al alcance del hombre; como si no estuviéramos
asegurando continuamente que son muchas las verdades a cuya
altura no puede elevarse nuestra limitada comprensión. Al leer
y oír la relación de un fenómeno o suceso cualquiera, nos infor­
mamos, ante todo de la inteligencia y veracidad del narrador, y
en estando bien asegurados por este lado, por más extraña que
la cosa contada nos parezca, no nos tomamos la libertad de
desecharla. Antes que se hubiese dado la vuelta al mundo po­
cos eran los que comprendían cómo era posible que volviese
por Oriente la nave que había dado la vela para Occidente; pero
¿bastaba esto para resistirse a dar crédito a la narración de
Sebastián de Elcano cuando acababa de dar cima a la atrevida
empresa del infortunado Magallanes? Si levantándose del se­
pulcro uno de nuestros mayores oyera contar las maravillas de
la industria en los países civilizados ¿debería por ventura andar
mirando detalladamente la relación que se le hace de las funcio­
nes de esta o aquella máquina, de los agentes que la impulsan,
de los artefactos que produce y desechar enseguida lo que a él
le pareciese incomprensible? Por cierto que no; y procediendo
conforme a razón y a sana prudencia, lo que debiera hacer
sería, asegurarse de la veracidad de los testigos, examinar si era
posible que ellos hubiesen sido engañados o si podrían tener
algún interés en engañar, y cuando estuviese bien cierto de que
no mediaba ninguna de estas circunstancias, no podría, sin te­
meridad, rehusar al asenso a lo que se le refiriera, por más que
a él le fuera inconcebible y le pareciese que pasaba los límites
de la posibilidad.
De una manera semejante conviene proceder cuando se
trata de materias religiosas; lo que se debe examinar es, si
existe o no revelación, y si la Iglesia es o no depositaría de
las verdades reveladas; en teniendo asentadas estas dos ba­
ses, ¿qué importa que este o aquel dogma se muestren más o
menos plausibles, que la razón se halle más o menos humilla­
da, por no llegar a comprenderlos? ¿Existe la revelación?
¿Esta verdad es revelada? ¿Hay algún juez competente para
decidirlo? ¿Qué dice sobre el dogma en cuestión el indicado
juez? He aquí el orden lógico de las ideas, he aquí el orden
lógico de las cuestiones, he aquí la manera de ilustrarse so­
bre estas materias; lo demás es divagar, es exponerse a per­
der tiempo en disputas que a nada conducen.

2. Lo que enseña el dogma católico

Dice usted que “se le hace muy cuesta arriba el dar crédito
a lo que nos están diciendo los predicadores sobre las penas del
infierno, y que repetidas veces ha oído cosas que de puro horri­
bles rayaban en ridiculas”. No sabiendo a punto fijo cuáles son
los motivos de queja que tiene usted sobre el particular, me con­
tentaré con advertir que nada tiene que ver el dogma católico
con esta o aquella ocurrencia que haya podido venirle a un ora­
dor. Lo que enseña la Iglesia es, que los que mueren en mal
estado de conciencia, es decir, en pecado grave, sufren un
castigo que no tendrá fin. He aquí el dogma; lo demás que
puede decirse sobre el lugar de este castigo, sobre el grado y la
calidad de las penas, no es de fe: pertenece a aquellos puntos
sobre los que es lícito opinar en diferentes sentidos, sin apar­
tarse de la fe católica. Lo que sí sabemos, pues que la Escri­
tura lo dice expresamente, es que estas penas serán horroro­
sas; y bien, ¿para qué necesitamos saber lo demás? ¡Penas
terribles, y sin fin!... ¿No basta esta sola idea para dejamos
con escasa curiosidad sobre el resto de las cuestiones que
aquí se pueden ofrecer?
3. Misericordia y castigo

“¿Cómo es posible, dice usted, que un Dios infinitamente


misericordioso castigue con tanto rigor?” ¿Cómo es posible,
contestaré yo, que un Dios infinitamente justo no castigue
con tanto rigor, después de haber procurado llamarnos al ca­
mino de la salvación por los muchos medios que nos propor­
ciona durante el curso de nuestra vida? Cuando el hombre
ofende a Dios, la criatura ultraja al Criador, el ser finito al ser
infinito; esto reclama pues, un castigo en cierto modo infinito:
En el orden de la justicia humana es más o menos criminal el
atentado según es la clase y la categoría de la persona ofen­
dida. ¿Con qué horror no es mirado el hijo que maltrata a sus
padres? ¿Qué circunstancia más agravante que la de ofen­
der a una persona en el acto mismo en que nos está dispen­
sando un beneficio? Pues bien, apliqúense estas ideas;
adviértase que en la ofensa del hombre a Dios hay la rebe­
lión de la nada contra un Ser infinito, hay la ingratitud de un
hijo con el Padre, hay el desacato del súbdito contra su supre­
mo Soberano de cielo y tierra.
¿Por qué, pues, el Juez supremo no podrá castigar al cul­
pable con penas que duren para siempre? Y nótese bien, que
la justicia humana no se satisface con el arrepentí miento;
consumado el crimen lo sigue la pena, y no basta que el cri­
minal haya mudado de vida; Dios pide un corazón contrito y
humillado; no quiere la muerte del pecador, sino que se con­
vierta y viva, y no se descarga sobre el delincuente el golpe
fatal sin haberle puesto a la vista la vida y la muerte, sin
haberle dejado la elección, sin haberle ofrecido la mano con
cuya ayuda pudiera apartarse del borde del precipicio. ¿A
quién podrá culpar el hombre sino a sí mismo? ¿Qué tienen
de repugnante y de cruel esas ideas? Fácil es alucinar a los
incautos pronunciando enfáticamente los nombres de eter­
nidad de penas y de misericordia infinita', pero examíne­
se a fondo la materia, atiéndase a todas las circunstancias
que la rodean, y se verán desaparecer como el humo las
dificultades que a primera vista se habían ofrecido. El secre­
to de los sofismas más engañosos consiste en el artificio de
presentar los objetos no más que por un lado; de aproximar
de golpe dos ideas que si parecen contradictorias es porque
no se atiende a las intermedias que las enlazan y hermanan.
Es fácil observar que los autores más célebres entre los ene­
migos de la religión resuelven a menudo las cuestiones más
graves y complicadas, con una salida ingeniosa o una re­
flexión sentimental. Ya se ve, como todas las cosas presen­
tan tan diferentes aspectos no es difícil a un ingenio perspi­
caz coger dos puntos cuyo contraste hiera vivamente el áni­
mo de los lectores, y si a esto se añade algo que pueda inte­
resar el corazón no cuesta mucho trabajo dar al traste en el
ánimo de los incautos con el sistema de doctrinas más bien
cimentado.

4. El sentimentalismo

Ya que acabo de mentar el sentimentalismo no puedo pa­


sar por alto el abuso que se hace de este linaje de argumen­
tos dirigiéndose al corazón en muchos casos en que sólo se
debe hablar al entendimiento. Así, en el asunto que nos está
ocupando, ¿cómo resiste un corazón sensible al horrendo es­
pectáculo de un infeliz condenado a padecer para siempre?
Se ha dicho que los grandes pensamientos salen del corazón,
y en esto, como en todas las proposiciones demasiado gene­
rales, hay una parte de verdad y otra de falsedad, porque si
bien es indudable que en muchas cosas es el sentimiento un
excelente auxiliar para comprender a fondo ciertas verda­
des, también lo es que no debe nunca tomársele por principal
guía y que no se le ha de permitir jamás que llegue a dominar
los eternos principios de la razón. Los derechos y deberes de
los padres e hijos, de marido y mujer, y todas las relaciones
de familia, no se comprenderán quizá tan perfectamente si.
analizados a la sola luz de una filosofía disecante, no se escu­
chan al propio tiempo las inspiraciones del corazón, pero, en
cambio, también se transtomarán los sanos principios de la
moral y se introducirá el desorden en las familias si, prescin­
diendo de los severos dictámenes de la razón, sólo nos empeña­
mos en regimos por lo que nos sugiere la volubilidad de nuestros
afectos.
Mucho me engaño si no se encuentra aquí uno de los más
fecundos manantiales de los errores de nuestra época. Si
bien se observa, el espíritu humano está atravesando un pe­
ríodo que tiene por carácter distintivo el desarrollo simultá-
*

neo de todas las facultades. Estas pierden quizá bajo ciertos


aspectos, absorbiendo la una gran porción de las fuerzas y
energía que en otra situación corresponderían a las otras;
pero la que gana indudablemente es el sentimiento, no en la
parte que tiene de desprendimiento y elevación, sino en cuanto
es un placer, un goce del alma. Así notamos que no prevale­
ce en la literatura la imaginación, ni tampoco el discurso, sino
el sentimiento en sus más raros y extravagantes matices,
llamando en su auxilio la razón y la fantasía, no como amigos,
sino como dependientes. De donde resulta que la filosofía se
resiente también del mismo defecto y que de su tribunal rara
vez salen bien librados los austeros principios de la moral
eterna. Este sentimiento muelle se esfuerza en divinizar el goce,
busca una excusa a todas las acciones perversas, califica de
deslices los delitos, de faltas las caídas más ignominiosas, de
extravíos los crímenes, procura desterrar del mundo toda idea
severa, ahoga los remordimientos y ofrece al corazón humano
un solo ídolo, el placer; una sola regla, el egoísmo.

5. El error no destruye la realidad

La existencia del infierno no se aviene con tanta indul­


gencia; pero el error de los hombres no destruye la realidad
de las cosas; si el infierno existía en tiempo de nuestros pa­
dres, existe todavía en el nuestro, y en nada inmutan el hecho
ni la austeridad de los pensamientos de los antepasados ni la
indulgencia ni la molicie de los nuestros. Cuando el hombre
se separe de esta carne mortal se encontrará en presencia
del supremo Juez, y allí no llevará por defensor el mundo.
Estará solo, con su conciencia desplegada, patente a los ojos
de Aquel a cuya vista nada hay invisible, nada que pueda
ocultarse.
Estas reflexiones sobre la relación entre el carácter del
desarrollo del espíritu humano en este siglo y las ideas que
han cundido en contra de la eternidad de las penas son sus­
ceptibles de muchas aplicaciones a otras materias análogas.
El hombre ha creído poder cambiar y modificar las leyes
divinas del modo que lo hace con la legislación humana, y
como que se ha propuesto introducir en los fallos del sobera­
no Juez la misma suavidad que ha dado a los de los jueces
terrenos. Todo el sistema de legislación criminal tiende cla­
ramente a disminuir las penas, haciéndolas menos aflictivas,
despojándolas de todo lo que tienen de horroroso, y economi­
zando al hombre padecimientos tanto como es posible. Más
o menos, todos cuantos en esta época vivimos estamos afec­
tados de esta suavidad: todo cuanto trae consigo una idea
horrorosa o aflictiva es para nosotros insoportable, y se ne­
cesitan todos los esfuerzos de la filosofía y todos los conse­
jos de la prudencia para que se conserven en los códigos
criminales algunas penas rigurosas. Lejos de mí el oponerme
a esta corriente, y ojalá fuera hoy el día en que la sociedad
no hubiese menester para su buen orden y gobierno el hacer
derramar sangre ni lágrimas; pero quisiera también que no
se abusase de este exagerado sentimentalismo, que se nota­
se que no es todo filantropía lo que bajo este velo se oculta, y
que no se perdiese de vista que la humanidad bien entendida
es algo más noble y elevado que aquel sentimiento egoísta y
débil que no nos permite ver sufrir a los otros, porque nuestra
flaca organización nos hace partícipes de los sufrimientos
ajenos. Tal persona se desmaya a la vista de un desvalido, y
tiene las entrañas bastante duras para no alargarle una pe­
queña limosna. ¿Qué son en tal caso la sensibilidad y la hu­
manidad? La primera, un efecto de la organización; la se­
gunda, puro egoísmo.

6. La justicia exige el castigo

Pero no mira Dios las cosas con los ojos del hombre, ni
están sometidos sus inmutables decretos a los caprichos de
nuestra enfermiza razón, y no cabe mayor olvido de la idea
que debemos formarnos de un Ser eterno e infinito que el
empeñamos en que su voluntad se haya de acomodar a nues­
tros insensatos deseos. Tan acostumbrado está el presente
siglo a excusar el crimen, a interesarse por el criminal, que
se olvida de la compasión que con título sin duda más justo es
debida a la víctima, y de buena gana dejaría a ésta sin repa­
ración de ninguna clase, con el solo objeto de ahorrar a aquel
los sufrimientos que tiene merecidos. Táchese cuanto se quie­
ra de duro y cruel el dogma sobre la eternidad de las penas,
dígase que no puede concillarse con la misericordia divina
tan tremendo castigo; nosotros responderemos que tampoco
puede componerse con la divina Justicia ni con el buen orden
del Universo la falta de ese castigo; diremos que el mundo
estaría encomendado al acaso; que en gran parte de sus acon­
tecimientos se descubriera la más repugnante injusticia si no
hubiese un Dios terriblemente vengador, que está esperando
al culpable más allá del sepulcro, para pedirle cuenta de su
perversidad durante su peregrinación sobre la tierra.

7. La triunfante injusticia

Y qué, ¿no vemos a cada paso ufana y triunfante la injus­


ticia burlándose del huérfano abandonado, del desvalido en­
fermo, del pobre andrajoso y hambriento, de la desamparada
viuda, e insultando con su lujo y disipación la miseria y demás
calamidades de esas infelices víctimas de sus propelías y
despojos? ¿No contemplamos con horror padres sin entra­
ñas que con su conducta disipada llenan de angustia la fami­
lia de que Dios les ha hecho cabezas, llevando al sepulcro a
una consorte virtuosa, dejando a sus hijos en la miseria y no
transmitiéndoles otra herencia que el funesto recuerdo y los
dañosos resultados de una vida escandalosa? ¿No se en­
cuentran a veces hijos desnaturalizados que insultan cruel­
mente las canas de quien les diera el ser, que le abandonan
en el infortunio, que no le dirigen jamás una palabra de con­
suelo y que con su desarreglo y su insolente petulancia abre­
vian los días de una afligida ancianidad? ¿No se hallan infa­
mes seductores que, después de haber sorprendido el candor
y mancillado la inocencia, abandonan cruelmente a su vícti­
ma, entregándola a todos los horrores de la ignominia y de la
desesperación?(l) La ambición, la perfidia, la traición, el frau­
de, el adulterio, la maledicencia, la calumnia y otros vicios
que de tanta impunidad disfrutan en este mundo, donde tan
poco alcanza la acción de la justicia, donde son tantos los
medios de eludirla y de sobornarla, ¿no han de encontrar un
Dios vengador que les haga sentir todo el peso de su indigna­
ción? ¿No ha de haber en el cielo quien escuche los gemidos
de la inocencia cuando demanda venganza?

8. No es suficiente el castigo en esta vida

Que no es verdad, no, que el culpable experimente ya en


esta vida todo lo bastante para el castigo de sus faltas;
atorméntanle, sí, los remordimientos roedores, agréganse las
enferm edades que sus desarreglos le han acarreado,
abrú man le las desastrosas consecuencias de su perversa
conducta: pero tampoco le faltan medios para embotar algún
tanto el punzante estímulo de su conciencia; tampoco carece

(1) El lector podrá fácilmente sustituir alguna de las desgracias


que enumera el autor, por otras de triste actualidad.
de artificios para neutralizar los malos efectos de sus baca­
nales; tampoco escasea de recursos para salir airoso de los
malos pasos a que sus extravíos le conducen. Y además,
¿qué son estos padecimientos del malvado en comparación
de los que sufre también el justo? Las enfermedades le abru­
man, la pobreza le acosa, la maledicencia y la calumnia le
denigran, la injusticia le atropella, la persecución no le da
sosiego; las tribulaciones de espíritu se agregan también, y
semejante al divino Maestro, sufre en esta vida los tormen­
tos, las angustias, el oprobio de la cruz. Si su paciencia es
mucha, si acierta a resignarse como verdadero cristiano, hace
algún tanto más llevaderos sus padecimientos; pero no deja
por esto de sentirlos, y a menudo más duros de los que han
caído sobre el hombre manchado con cien crímenes. Sin las
penas y los premios de la otra vida, ¿dónde está la justicia?,
¿dónde la Providencia?, ¿dónde el estímulo para la virtud y el
freno para el vicio?

9. Por qué Dios prolonga las penas toda la eternidad.


Es lógico que no podamos comprender a Dios

Pregúntame usted, mi estimado amigo, si comprendo per­


fectamente cuál es el objeto que Dios se pueda proponer en
prolongar por toda la eternidad las penas de los condenados,
y adelántase a contestar a la razón que podría señalarse de
que así se satisface la divina Justicia y se aparta a los hom­
bres del camino del vicio, con el temor de tan horrendo cas­
tigo. Dice usted, por lo tocante al primer punto, “que jamás
ha podido concebir la razón de tanto rigor y que aun cuando
no deja de columbrar la relación que existe entre la eternidad
de la pena y la especie de infinidad de la ofensa por la cual se
impone, sin embargo le queda todavía alguna obscuridad que
no acierta a disipar”. Muy errado anda usted, mi apreciado
amigo, si se imagina que a todos los demás no les sucede lo
mismo, pues que sabido es que el entendimiento humano se
anubla tan luego como toca en los umbrales de lo infinito. De
mí sabré decir que tampoco concibo estas verdades con en­
tera claridad y que por más firme certeza que de ellas abri­
gue no puedo lisonjearme que se presenten a mi espíritu con
aquella evidencia que las pertenecientes a un orden finito y
puramente humano; pero, lejos de que me desanime esta niebla
que procede al propio tiempo de la debilidad de nuestros al­
cances y de la sublime naturaleza de los objetos, he conside­
rado repetidas veces que si por este motivo debiera negar mi
asenso no podría prestarles tampoco a muchas otras verda­
des de las que me sería imposible dudar, aunque a ello me
esforzara. Estoy seguro de la creación, no sólo por lo que me
enseña la religión revelada, sino también por lo que me dicta
la razón natural, y, no obstante, cuando medito sobre ella,
cuando quiero formarme una idea clara y distinta de aquel
acto sublime en que Dios dijo: Hágase la luz y la luz fue
hecha, siéntese mi entendimiento con cierta flaqueza que no
le permite comprender con toda perfección el tránsito del no
ser al ser. Estoy cierto, y usted conmigo, de la existencia de
Dios, de su infinidad, eternidad, inmensidad y demás atribu­
tos; pero, ¿nos es dado acaso formamos ideas bien claras de
lo que por estos nombres se expresa? Es bien seguro que
no; y lea usted todo cuanto han escrito sobre ello los teólogos
y filósofos más esclarecidos, y echará de ver que más o me­
nos adolecían del mismo achaque que nosotros.
No se trata de saber si nuestro entendimiento comprende
o no con toda claridad el dogma del infierno, sino de averi­
guar si en realidad este dogma es verdadero y si los funda­
mentos en que le apoyamos sus sostenedores tienen las se­
ñales características que pueden convencer de que realmen­
te ha sido revelado por Dios. ¿De qué nos serviría el com­
prenderlo más o menos claramente si tuviésemos el tremen­
do infortunio de haberle de sufrir?
10. Un dolor que tiene fin no disuade de hacer el mal

No estoy de acuerdo en que una pena de duración limita­


da pudiese ejercer sobre el ánimo de los hombres una impre­
sión equivalente y de idénticos resultados en cuanto al arre­
glo de la conducta. Pretende usted que, en estando acompa­
ñada la pena de mucha duración o de un tormento muy terri­
ble, bastaría para enfrenar las pasiones, poniéndose un límite
a los malos deseos, con cuya observación se da por el pie a
la razón que señalamos los cristianos de que la existencia del
infierno es una salvaguardia de la moral. Pero a mí me pare­
ce que usted no ha sondeado lo suficiente este asunto, y no
ha reparado en que si bien es verdad que la idea del tormento
nos espanta y aterra cuando se ha de sufrir en esta vida, nos
causa muy ligera impresión si se ha de reservar para la otra.
Dos pruebas daré de esto: una experimental, otra científica.
El dogma del purgatorio lleva ciertamente una idea terri­
ble. y así los libros de devoción, como los predicadores, están
pintando continuamente aquel lugar de expiación con los co­
lores más espantosos. Los fieles lo creen así, lo están oyen­
do sin cesar, oran por los parientes y amigos difuntos que
puedan estar detenidos en él; pero, hablando ingenuamente,
¿es mucho el miedo que se tiene al purgatorio? Por sí solo,
¿fuera un dique bastante robusto para oponerse al ímpetu de
las pasiones? Dígalo cada cual por experiencia propia; dí­
ganlo también por la ajena cuantos han tenido ocasión de
observarlo. Las penas que para aquel lugar se nos anuncian
son terribles, es verdad; su duración puede ser mucha, es
cierto; el alma no saldrá de allí hasta haber pagado el último
cuadrante, no tiene duda; pero aquella pena tendrá fin, esta­
mos seguros de que no puede durar para siempre, y, coloca­
dos en medio del riesgo de largos padecimientos en la otra
vida y de la necesidad de soportar leves molestias en la pre­
sente, repetidas veces preferimos aventurarnos a lo primero
para preservarnos de lo segundo.
11. Así es la naturaleza humana

Mientras vivimos en esta tierra se halla nuestro espíritu uni­


do al cuerpo, que nos transmite sin cesar las impresiones de
todo cuanto le rodea. Posee a la verdad nuestra alma algunas
facultades que, elevadas por naturaleza sobre todo lo corpóreo
y sensible, se rigen por otros principios, versan sobre más altos
objetos y habitan, por decirlo así, en una región que de suyo
nada tiene que ver con todo cuanto existe material y terreno.
Sin desconocer, empero, la dignidad de estas facultades ni la
altura de la región en que moran, menester es confesar que es
tal la influencia que sobre las mismas ejercen las otras de un
orden inferior, que a menudo las hacen descender de su eleva­
ción y, en vez de obedecerlas como a señoras las reducen a la
clase de esclavas. Aunque las cosas no lleguen a este extremo,
resulta al menos con demasiada frecuencia que las facultades
superiores están sin funcionar, como adormecidas; de suerte
que el entendimiento columbra apenas como en obscura lonta­
nanza las verdades que forman su más noble y principal objeto,
y la voluntad no se dirige tampoco al suyo sino con el mayor
descuido y flojedad. Hay un infierno que temer, un cielo que
esperar; pero todo esto está en la otra vida, se reserva para una
época más distante; son cosas que pertenecen a un orden ente­
ramente distinto, a un mundo nuevo, en el cual creemos firme­
mente, pero del que no recibimos impresiones directas, de mo­
mento; y así es que necesitamos hacer un esfuerzo de concen­
tración y reflexión para penetramos del inmenso interés que
para nosotros tienen y de que en su comparación es nada todo
cuanto nos rodea. Viene entretanto a herir nuestra imaginación,
a excitar nuestros sentimientos algún objeto de la tierra, ora
inspirándonos algún temor, ora halagándonos con algún placer;
el otro mundo desaparece a nuestros ojos, como objetos que
perdiéramos de vista en un remoto confín; el entendimiento vuelve
a caer en su entorpecimiento, la voluntad en su languidez, y si
uno y otro se excitan de nuevo es para contribuir al mayor desa­
rrollo de las otras facultades.
12. El placer de lo inmediato

El hombre se guía casi siempre por las impresiones de


momento, sacrifica lo venidero a lo presente, y cuando pesa
en la balanza de su juicio las ventajas y los inconvenientes
que una acción le puede acarrear, la distancia o la proximi­
dad de la realización de estos inconvenientes y ventajas es
una de las circunstancias más influyentes en su elección.
¿Cómo no ha de suceder esto en lo tocante a los negocios de
la otra vida, si se verifica lo mismo con respecto a los de la
presente? ¿No es infinito el número de los que sacrifican las
riquezas, el honor, la salud, la vida a un placer del momento?
Y eso ¿por qué? Porque el objeto que halaga está presente,
y los males distantes, y el hombre se hace la ilusión de evitar­
los, o bien se resigna a sufrirlos, como quien se arroja a un
precipicio con los ojos vendados.
De esto se infiere no ser verdad lo que usted afirma, que
bastase el temor de una pena muy duradera para que produjese
un mismo o semejante efecto que la eternidad del infierno. No
es verdad; antes al contrario, puede asegurarse que desde el
momento que se separase de la idea de las penas la de eterni­
dad perderían la mayor parte de su horror y quedarían reduci­
das a la misma línea del purgatorio. Si los castigos de la otra
vida han de producir un temor bastante para contenemos en
nuestras depravadas inclinaciones, han de tener un carácter for­
midable, espantoso, que su mero recuerdo, ofreciéndose de vez
en cuando a nuestro espíritu, le produzca un saludable estreme­
cimiento que dure aún en medio de la disipación y distracciones
de la vida, como el pavoroso sonido del sonoro metal que
retiembla largo rato después de recibido el golpe.

13. El dogma del infierno como signo de intolerancia


como una fórmula en que se expresa el pensamiento de into­
lerancia que preside a las doctrinas y conducta de la Iglesia
católica. Permítame usted que transcriba sus propias pala­
bras, que de esta suerte no mediará el peligro de una mala
inteligencia: “Ya se ve: se quería sujetar el entendimiento y el
corazón del hombre ciñiéndolos con un aro de hierro; faltaba
en los humanos los medios de realizarlo, y ha sido preciso
hacer intervenir la justicia de Dios. ¿No se podría sospechar
que los ministros de la Religión católica, quizá más engaña­
dos que engañadores, han apelado al recurso común entre
los poetas de desenlazar una situación complicada llamando
en su auxilio a algún Dios, o hablando en términos literarios,
empleando la máquina? Mucho me engaño si en la pretendi­
da justicia de un Dios inexorable no se trasluce el sacerdote
católico con su terquedad inflexible”. Algo duro se muestra
usted, mi estimado amigo, en el pasaje que acabo de insertar,
y por más sorpresa que le hayan de causar mis palabras me
atrevo a decirle que lejos de encontrarle filosófico como acos­
tumbra, le hallo aquí primero inexacto, y después ligero en
demasía. Inexacto, porque supone que el dogma de la eterni­
dad de las penas pertenece exclusivamente a los católicos,
cuando le profesan también los protestantes; ligero, porque
ha pretendido convertir en expresión del pensamiento domi­
nante en el cristianismo un hecho creído generalmente por el
linaje humano.
¿Cómo ha podido olvidar que siglos antes de aparecer el
cristianismo estaba la creencia del infierno generalmente ex­
tendida y arraigada?
No es fácil decir a punto fijo la variedad de horrores del
infierno, pero lo cierto es que así cristianos como gentiles
han convenido en mostrárnoslo con espantosos colores. Virgilio
no era ni fraile, ni predicador, ni cristiano, ni escaseaba de buen
gusto, y, sin embargo, difícil es reunir más horrores de los que
nos presenta, no sólo en el infierno, sino ya en el camino U).

(1) Ver La Eneida libro 6.


Conclusión

Como quiera, dentro de medio siglo, la cuestión del infierno


estará prácticamente resuelta para los dos; ruego al cielo que lo
sea felizmente para ambos; pero si usted tiene la temeridad de
aventurarse a lo que pueda suceder, me quedaré llorando su
funesta ceguera, suplicando al Señor se digne iluminarle antes
no llegue el día de la ira, en que a la presencia del Juez supremo
velarán su faz los ángeles tutelares, no sabiendo qué alegar en
descargo de usted para libertarle de la tremenda sentencia.»

***

3. LOS DEFENSORES DE LA FE

1. Bertrand L. Conway

Enlazando con el filósofo Balmes, un célebre apologista


Bertrand L. Conway entra de lleno en el tema de la Revela­
ción. Contesta a estas preguntas que tan a menudo se hacen
los católicos.

«¿Están obligados los católicos a creer en un de­


monio personal? ¿Por qué creó Dios al demonio? Si
Dios es bueno y la misma bondad, ¿por qué no destru­
ye al demonio?

Dice así el cuarto Concilio de Letrán: “El diablo y otros


demonios fueron criados buenos por Dios, pero ellos se hi­
cieron malos por su culpa”. El diablo no es otro que aquel
espíritu angélico, Lucifer (Is. 16l2), que, lleno de malicia y de
soberbia, se rebeló contra su Hacedor, y fue por Él condena­
do al infierno con toda la multitud de ángeles que sedujo (Luc.
1018; Judas. I6 ; 2 Pedr. 24; Apoc. 1279). Las Escrituras dicen
de él que tentó a nuestros primeros padres (Gén. 3‘), a Da­
vid (1 Paral. 2 11), a nuestro Señor en el desierto (Mat 410),
a Judas (Luc. 123) y finalmente tienta a todo el género huma­
no (Luc. 2231; Juan. S44; 1 Pedro. 58). Si Dios hubiera sido
forzado a cambiar su plan divino por la conducta de una de
sus criaturas, por ejemplo, destruyendo al demonio, estaría
por el mero hecho sometido a la voluntad de una criatura, y
su acción, por lo tanto, dependería de la acción de una criatu­
ra; es decir, que entonces Dios no seria Dios. No cabe duda
que el poder que tiene Satanás y los espíritus malignos para
tentamos, es grande, como confiesa el Apóstol (Ef. 6 lM2);
pero, “fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre
vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sa­
car provecho para que podáis sosteneros” (1 Cor. 1013).

Pero otros se preguntan:


¿Puede la razón sola probar que existe un infierno
eterno? ¿No es cierto que la palabra judía “sheol” sig­
nifica la tumba? ¿Por qué creen los católicos que hay
un infierno eterno?

La razón por sí sola, no puede probar que el infierno es


eterno; lo que sí puede probar es que la eternidad del infierno
no envuelve contradicción alguna. Si sabemos que hay un
castigo eterno, es porque Dios nos lo reveló. Ahora bien, si
Dios lo reveló, la Iglesia católica no fue la que inventó que
los que mueren en pecado mortal se condenan para siempre.
Las definiciones, pues, de la Iglesia en este punto, no son
más que una aceptación de la revelación divina (Trento, sess.
XLV, can 5). Es cierto que la palabra hebrea sheol en el
Antiguo Testamento significa, en general, la sepultura, o tam­
bién la otra vida, sea buena o mala. A veces significa esto
mismo aun en el Nuevo Testamento (Hech. 227; Apoc. 20°).
Los judíos, en un principio tenían una idea muy vaga acerca
de la otra vida, aunque Dios tomó a su cargo protegerlos
contra los errores paganos entonces en boga, como el
panteísmo, el dualismo y la metempsicosis. Creían, sí, en la
otra vida, pero estaban demasiado apegados a ésta, siempre
solícitos por el bienestar personal y por el engrandecimiento
de su país. En los libros del Pentateuco, Josué, los Jueces y
los Reyes no se hace distinción clara entre la suerte que
correrán en la otra vida los buenos y los malos. Job es el
primero que nos habla del premio que espera al justo en la
otra vida, de donde se puede colegir que al malvado le espe­
rará pena y castigo (Job. 14, 1689). Nos hablan de un Juicio
universal y divino los Salmos (48, 72, 91, 95 y 109), el
Eclesiastés (11,12), los Proverbios (10,11,14,24) y los pro­
fetas Joel (3l 2I) y Sofonías (1,3); con lo cual indican que los
reos serán castigados en la otra vida. Pero los que mencio­
nan ya expresamente el castigo eterno que les espera a los
malos son los profetas Isaías (76), Ezequiel (32) y Daniel
(12). El Nuevo Testamento no puede ser más explícito en
este punto. San Juan Bautista ponía ante los ojos de sus oyen­
tes el fuego del infierno para moverles a hacer penitencia
por sus pecados (Mat. 31012; Juan. 336). Jesucristo, al invitar
a los hombres a que le siguiesen y creyesen en su Evangelio,
les avisaba que mirasen por su salvación; pues si morían en
sus pecados, se condenarían para siempre. Así, por ejemplo,
les avisaba que se guardasen de pecar contra el Espíritu Santo
(Mat.1232) y que no escandalizasen (188); que fuesen carita­
tivos con sus hermanos (532) y que viviesen castamente. Los
que desobedeciesen estos mandatos, se condenarían para
siempre. A los que hacen la voluntad del Padre celestial les
espera el Reino de los cielos; a los inicuos y perversos les
espera el castigo del infierno (Mat.721'23). Muchas de las
parábolas del Señor terminan con la condenación de los ma­
los al infierno; por ejemplo, la parábola del trigo y la cizaña, la
de la red de pescar, la de las fiestas nupciales, la de las vírge­
nes prudentes y las vírgenes necias, la de los talentos (Mat.
1324 3o:47oo. 22114; 25 M3; 1430), la del rico Epulón y Lázaro,
la de la gran cena (Luc. 161831; 14‘624). En la descripción
que hizo Jesucristo del Juicio final pintó con vivos colores la
separación de los malos y de los buenos. A los malos les dirá:
“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno” (Mat. 254‘). Al­
gunos han creído que el Evangelio de San Juan contradice lo
que Cristo había dicho sobre este punto en los Sinópticos. Nada
más falso. En el cuarto Evangelio se pinta el destino futuro del
hombre con la misma alternativa: vida eterna, perdición eterna
(Juan. 33 15 l6; 1225’48·50). Los apóstoles no se cansan de repe­
tir la misma doctrina del Maestro. San Pedro dice que los
profetas falsos y los maestros mentirosos perecerán y serán
atormentados en el infierno como los ángeles rebeldes (2
Pedro. 2 1,4 9>,2). San Judas habla de los impíos y de los que
niegan a Jesucristo, los cuales a imitación de los ángeles ma­
los y de las ciudades nefandas Sodoma y Gomorra. sufrirán
el castigo del fuego eterno y serán arrojados en las tinieblas
eternas (Judas. 4, 6, 7, 8, 12). San Pablo consuela a los
Tesalonicenses con la promesa del gozo venidero y del pre­
mio que les espera por su fe y su paciencia; y de sus persegui­
dores dice que serán desterrados del Señor para siempre, priva­
dos eternamente de su gloria, y reos de tribulación y castigo
eterno para su destrucción (2 Tes. 16"9). Los malvados no po­
seerán el Reino de los cielos (1 Cor. 6 9‘i0; Gal. 519-21; Ef. 55).
Según los Universalistas, la palabra griega aionios no signi­
fica eterno, sino un período de duración muy larga (Mat 2446)
Merece notarse que esa misma palabra griega es la que se
usa para “vida eterna” y “castigo eterno”. Como se ha opi­
nado que el premio de los buenos no tendrá fin, no hay moti­
vo para suponer que el castigo de los malos lo tendrá. Desde
luego, si Jesucristo quiso decimos que el castigo de ios malos
ha de ser eterno, no lo pudo haber dicho con palabras más
claras y expresivas. Y al contrario, si quiso decimos que no
será eterno, no pudo haber escogido palabras más a propósi­
to para engañar a sus seguidores generación tras genera­
ción. Es cierto que algunos Padres, como San Gregorio de
Nisa (395), y probablemente San Gregorio Nacianceno (330-
390), negaron la eternidad del infierno, engañados por Oríge-
lies (185-255), que creyó en la apokatástasis o “restaura­
ción de todas las cosas”. Pero no hay que olvidar que Oríge­
nes fue condenado el año 543 en un sínodo de Constantinopla,
y más tarde fue de nuevo condenado oficialmente en el quin­
to Concilio Ecuménico, que tuvo lugar en Constantinopla el
año 553. Dejadas a un lado estas excepciones, la regla fue
que todos los Padres y escritores primitivos defendieron uná­
nimemente con la Escritura la eternidad del infierno. San Ig­
nacio de Antioquía (98-117) escribió que “los maestros fal­
sos que coiTompen la fe, serán privados del Reino de los
cielos e irán al fuego inextinguible” (Ef. 162). San Justino
mártir (165) declara que si, por una suposición, no hubiese
infierno, “o no existía Dios, o, si existía, no se cuidaba de los
hombres, o la virtud y el vicio eran cuentos de hadas” (Apol
II, 9). Tertuliano (160-240), refutando a Marción, dice que
hay un infierno y que tiene que haberle para que los hombres
teman y practiquen la virtud. San Basilio (331-79) habla en
muchos pasajes del castigo eterno del infierno e insiste en la
pena de daño y en la pena de sentido. “Los pecadores -dice-
pretenden dudar de su existencia para seguir así pecando
impunemente; pero nos certificaron de su existencia Jesu­
cristo y los Apóstoles” {De Sancto Spíritu, XVI).
San Juan Crisóstomo (344-407), además de condenar el
universalismo de Orígenes, respondió valientemente a las
objeciones de los herejes y paganos contra la eternidad del
castigo. Nadie en todo el Oriente habló con tanta claridad
sobre este punto como él, ni insistió tanto como él en sus
sermones y homilías a la sociedad corrompida de Antioquía
y Constantinopla. Basta leer algunas de sus homilías para
convencerse de esta verdad.
San Agustín (354-430) prueba la doctrina del infierno por
la Escritura y por la razón, y responde sapientísimamente a
las dificultades que estaban en boga en su tiempo.
También prueba la existencia del infierno el convencimien­
to universal de todo el género humano que siempre ha creído
y cree que los malos serán justamente castigados en la otra
vida. Si quitamos el infierno, nos vemos obligados a tener
que admitir una serie infinita de absurdos. El principal de
ellos sería éste: que el hombre podría blasfemar a su antojo y
odiar a Dios con la certidumbre de que Dios estaba obligado
a perdonarle. Dios, en tal caso, seria impotente para hacerse
obedecer y respetar por estas criaturas miserables que sacó de
la nada.»

2. Paul Bernard

Paul Bernard en el Diccionario Apologético argumenta


la necesidad de una sanción netamente impuesta por la divi­
na Justicia.
«La razón no encuentra dificultad alguna en reconocer el
carácter estrictamente sancional, expiatorio, de la suerte im­
puesta por Dios al pecador impenitente. ¿No es esto, acaso,
una simple consecuencia de su crimen? Desde el momento
en que hay un pecado grave y una obstinación en el mal, se
impone una reparación en relación con la gravedad misma
del pecado. Porque, si la vida humana tiene un valor moral, si
nuestras acciones están en conexión íntima con nuestro fin
último, con la adquisición del soberano bien, solamente las
que sean buenas serán aptas para alcanzar este bien supre­
mo. Las otras, las que se vuelven contra él, no pueden pre­
tender gozarle bajo ningún título; llevan por sí mismas al tér­
mino lógico de su libre tendencia, a la exclusión del fin último,
del principio mismo de la felicidad; y llevan en sí mismas,
directamente, la sanción de su malicia. Con ello, el orden
violado se repara; la libertad humana sostiene el peso de su
crimen, y esto es de estricta justicia. Sería eternamente con­
trario a la naturaleza misma del orden que el mal fuera, en
cualquier proporción que fuese el principio del bien.
Si se mira el problema por su lado divino, la misma con­
clusión se impone. Si la responsabilidad del hombre está com­
prometida de una manera puramente ilusoria, sin la sanción
adecuada que castiga al transgresor, desaparece práctica­
mente, la idea misma de ley. Una ley privada de sanción está
privada de eficacia; desaparece de un golpe el principio mis­
mo de la obligación moral. La voluntad divina no se impone,
y no tiene ningún título para imponerse a la voluntad humana,
de la cual no puede tener razón. Esto significa la indepen­
dencia moral para la criatura, hecha esencialmente depen­
diente; es el derecho al pecado y la negación formal de la
soberanía de Dios. Y precisamente a esta conclusión llegan
de manera explícita los humanitaristas, rechazando toda idea
de justicia distributiva y no aceptando más que la noción de
justicia contractual. El contrato supone la autonomía de los
contratantes y pone igualdad de derechos y deberes. Dios se
convierte por ello en nuestro deudor, y el hombre se hace igual
a Él. Es la subversión de todas las relaciones que ligan lo finito
con lo infinito.
Vanamente los adversarios de la condenación se esfuer­
zan en demostrar que el carácter de la justicia vindicativa es
esencialmente defectuoso y vituperable, puesto que es inmo­
ral entregarse al placer de la venganza y devolver el mal por
mal. Esto es hacerse una idea muy inexacta de la conducta
de Dios con relación al pecador y de la santidad de su justi­
cia. De hecho es el pecador mismo, con su plena libertad, el
que se priva de su fin, el que rehúsa la soberana felicidad y la
desprecia; él mismo es el artífice de su desgracia. Los bene­
ficios de Dios, los llamamientos a la conversión, las gracias
de todas clases, no cesan de rodearle durante su vida y de
provocar su retomo al bien; hasta el último momento ha re­
husado el favor ofrecido. ¿A quién incumbe la responsabili­
dad de las consecuencias? A él solo. La santidad de Dios es
incomunicable a la malicia del hombre. Dios no sería Dios si
el mal tuviera derechos sobre El, si el pecador no fuera pri­
vado de un bien del que se hace indigno. En esto mismo se
manifiestan la soberanía de Dios, su justicia y su santidad. El
castigo no tiene en modo alguno por finalidad el gozo bárbaro
de la venganza, el mal devuelto en mal, sino retornar por la
fuerza al pecador rebelde al estado de esencial dependencia
con relación a Dios, restablecer el derecho del Creador so­
bre su criatura. De esta forma se llega al mismo resultado
que el humanitarismo se propone obtener por la simple justi­
cia contractual: “Restablecer entre las personas las verda­
deras nociones del derecho” (A. Fouilée). Y así los argu­
mentos de los contrarios se vuelven directamente contra ellos,
y es imposible negar, en nombre de la justicia, la legitimidad
de la existencia del infierno sin negar la razón misma.
He aquí por qué, históricamente, el dogma del infierno se
encuentra en la base de todas las religiones, y -como notaba
ya Séneca- este argumento es de gran peso para cualquiera
que quiera tomarse la molestia de reflexionar un poco.»

3. El Padre Lacordaire

Comprendida ya la causa de la existencia de las penas


del infierno, y ante su gravedad, la cuestión o pregunta inme­
diata es por qué Dios, todo bondad, no acaba perdonando a
los condenados. El R Lacordaire lo razona así:
«Si fuera únicamente la justicia la que hubiese abierto el
abismo, aún tendría remedio; pero es también el amor, el pri­
mer amor, quien lo ha hecho: he ahí lo que suprime toda espe­
ranza. Cuando uno es condenado por la justicia, puede recurrir
al amor; pero cuando es condenado por el amor, ¿a quién recu­
rrirá? Tal es la suerte de los condenados. El amor que ha dado
por ellos toda su sangre, este mismo amor es el que los maldice.
¡Cómo! ¿Habría venido un Dios aquí abajo por nosotros, habría
tomado nuestra naturaleza, hablado nuestra lengua, estrechado
nuestra mano, curado nuestras heridas, resucitado nuestros
muertos; se habría un Dios entregado por nosotros a las injurias
de la traición, se habría dejado atar a una columna, despedazar
con azotes, coronar de espinas; habría, en fin, muerto por noso­
tros en una cruz, para que después de todo esto podamos pen­
sar que nos es lícito blasfemar y reír, y caminar, sin temor algu­
no, a desposamos con todas las abominaciones? ¡Oh no! Des­
engañémonos. El amor no es un juego. No se es amado impu­
nemente por un Dios, no se es impunemente amado hasta la
muerte de cruz. No es la justicia la que carece de misericordia;
es el amor quien condena al pecador. El amor -lo hemos expe­
rimentado demasiado- es la vida o la muerte; y, si se trata del
amor de Dios, es la vida eterna o la eterna muerte.»

4. Un autor contemporáneo explica así la existencia y


eternidad de las penas del infíerno(1):

«Primero hay que mirar lo que dice la Sagrada Escritura


sobre el infierno, ya que si no nos fiamos de la Biblia sería
poco útil hablar. Los datos del evangelio son los que han servi­
do al magisterio de la Iglesia para las realidades de fe. El
infierno es una de estas realidades. La constante predica­
ción de la Iglesia referente a los condenados que sufren la
privación de Dios es saludable aunque alguno discrepe. Que
ella predique que el infierno es el mundo de los que no se
salvan nos es necesario. Al mismo tiempo nos es revelado
por el mismo Señor Jesucristo. Los misterios revelados tie­
nen su lógica a partir de la Santíssima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo y de la encarnación de Cristo en las entrañas
de la Virgen María, que manifiesta la plenitud del amor de
Dios. El misterio cristiano de salvación y de amor lleva apa­
rejada la revelación del Infierno por los que rechazan
sistemáticamente el bien y hacen opción consciente por el
mal: orgullo-autosuficiencia-egoísmo... El pecado verdadero
-en el sentido pleno del término- es la ruptura definitiva del
diálogo con Dios; la falta completa de amor; el rechazo total
del encuentro personal con Dios; la sorda resistencia a Cris­
to y al Espíritu: es el pecado que el evangelio llama “pecado
contra el Espíritu Santo”.

(1) Jordi Roig en texto inédito.


El Vaticano II en el documento Gaudium et spes -n° 13- dice:
“Asimismo, el hombre creado por Dios en estado de jus­
ticia, en el mismo principio de la historia abusó de su libertad,
por instigación del Maligno, se levantó contra Dios deseando
llegar a su final al margen de Dios. Ellos conocían a Dios,
pero no le glorificaron como a Dios, sino que se les entene­
breció su corazón y dieron culto a la creatura en lugar del
Creador”. Es tal como lo dice san Pablo a los Romanos ( l21'25).
La idolatría nos encamina al infierno.
Cristo reveló con toda su fuerza el “contramisterio” del
rechazo del amor. Es horroroso pensar a dónde nos puede
llevar la libertad mal usada.
Para empezar, hemos de pensar que la palabra misterio tie­
ne aquí un significado profundísimo. El “misterio” no es ningún
“problema”. El problema puede tener solución humana; el mis­
terio, en cambio, no se me revela por un simple esfuerzo de
matemáticas. Dice B. Pascal, filósofo y gran matemático -ya
desde los 15 años-, que así como las cosas que no conozco, no
las puedo amar, con el misterio va al revés: “si no lo amo, no lo
podré conocer”. Pensemos, pues, que Dios nos concederá amar
si se lo pedimos; y esto es la auténtica felicidad.
Jesús, el Señor, presenta o revela el infierno como privación
definitiva de la comunión de vida con Dios, con diferentes pará­
bolas. Una de ella es la de los “expulsados del banquete”
(Mat.2541; 2213; 2530); también como “estado de eterno dolor”
(Mat. 812; Le. 162325); o “relacionado con Satanás y sus ánge­
les” (Mat. 2541'46); o “contrapuesto a la felicidad y a la comu­
nión con Dios” (Mat. 2541'46). El infierno es el resultado del
pecado constante y no reparado o sin intención de hacerlo; por
ejemplo: contra la caridad con los hermanos; contra la compa­
sión; contra la honestidad, la fidelidad, la credulidad, etc.
La pereza, por parte de un cristiano, de no hacer el es­
fuerzo de escuchar o leer y meditar el Evangelio de Jesucris­
to puede ser un mal principio que, a través de especulaciones
y opiniones mal fundamentadas, nos lleva a la indiferencia y
al error, e incluso a la negación y la blasfemia. Hay que ha­
cer el esfuerzo y pedir paciencia cuando alguien que nos
quiere bien, y habla desde el amor, nos dice cosas que nos
cansan. Pensemos que los Profetas auténticos del antiguo
Israel, que nunca fueron traidores a Dios, se distinguían por
decir la verdad y proclamar las cosas que la gente no quería
oír. El querer escuchar depende de nosotros. No queramos
ser indiferentes a los consejos proféticos. Nos va en ello la
liberación; tengamos presente que “la indiferencia es el más
bajo grado de libertad”.
Así, pues, la Biblia nos avisa del peligro de llegar a la
máxima infelicidad del hombre, con expresiones como “fue­
go eterno” (Mat. 1818; 2541; Marc. 942); “homo” (Apoc. 9 1*2);
“gehenna” (Mat. 2333;1028; 189), que son dichas teniendo en
cuenta que para el hombre el sufrimiento más horrible era el
fuego material y con esta imagen quería expresar la situa­
ción terriblemente desoladora del hombre que quiere pres­
cindir del amor y queda definitivamente alejado de Dios, la
única felicidad y el único reposo, como dice san Agustín.
Aquella es una forma que intenta grabar, a través de un te­
mor saludable, en la mente humana, que el egoísmo es aque­
llo que identifica al “hombre petrificado” en el dinamismo del
mal y en su condición de pensar nada más que en él mismo.
Esto queda reflejado en el pensamiento nihilista de cierto fi­
lósofo francés: “el infierno son los otros”. jQué diferencia
del mandamiento de Jesús!: “Perdona siempre”, el único que
puede alejar de toda clase de infierno. Solamente desde Dios
son posibles las interrelaciones humanas.

Tal como explica Jean Guitón: “todo hombre que no mue­


re en Cristo, muere en su propia imagen. Ya no puede alterar
la marca de él mismo que se fue formando por medio de
todos los instantes de su vida en la substancia eterna”.
Hay un tiempo para volver atrás de los malos caminos; apro­
vechémoslo. Podríamos decir que el mal uso de la libertad es
trágico. El que quiere ir al infierno es alguien que ha pronunciado
un NO tan decisivo que ya ni quiere pronunciar un Sí liberador.
La misma Escritura habla, también, del fuego que purifi­
ca y del fuego del amor. El fuego que purifica es la decisión
de amar, que es sufrimiento con esperanza. Amar ante con­
diciones casi imposibles como cuando Francisco de Asís sentía
cómo el hermano Rufino, sin amor, le decía: “Haces todo
esto porque eres un vanidoso”. Francisco, en cambio rezaba
por él y lo amaba. Rufino finalmente le pidió perdón.
En relación con nuestra vida espiritual, según los evange­
lios, el infierno no es únicamente una realidad escatológica
-futura- sino que es viva y presente en cada pecado grave,
hasta el punto de que si uno muere sin arrepentirse se conde­
na automáticamente. El pensamiento del infierno y su medi­
tación no es, por tanto, una distorsión del misterio cristiano
de salvación ni una evocación de verdades exóticas o pasa­
das de moda, sino algo saludable puesto a nuestra considera­
ción por el amor infinito de Dios.
La inclinación al mal sólo la podremos vencer si no nos
separamos de nuestro Padre Creador.
No obstante el primer lugar o la reflexión primaria de la
reflexión cristiana ha de ser Dios, Cristo, la revelación de su
amor que nos salva. El miedo al infierno, peligro real y nada
imaginario, nos puede ayudar mucho en nuestra debilidad,
pero es principalmente el amor a Dios, con la ayuda constan­
te, aquello que más✓
nos puede alejar del mal, tal como decía
santa Teresa de Avila, tener a Dios presente: “Entre puche­
ros anda el Senyor”.
Si los maestros espirituales en determinados períodos de
la Historia parecía que insitían “exageradamente” en el tema,
era a causa de su interés por el orden humano, o la humani­
zación que va ligada a la divinización. El mismo G .Chesterton
decía con su natural gracia: “Algunos dicen que no hay in­
fierno, pero gracias a que hay, la gente no va allf \
Para que veamos cómo Jesucristo temía nuestra perdi­
ción, bastaría recordar que no orientó el TEMOR del cristia­
no hacia la vida corporal, sino hacia el infierno: "No tengáis
miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden
matar el alma; tened más bien de los que pueden perder el
alma y el cuerpo en la gehenna (infierno) (Mat. 1028).
Podríamos recordar lo que dice san Agustín para ver que no
podemos dejar de esforzamos, rezando con amor: “Aquel que
te ha creado sin ti, no puede salvarte sin ti”; y también “Nadie
tiene asegurada la salvación, pero si rezamos nos salvaremos”.
Para san Agustín, rezar quiere decir “entregar nuestro tiempo”;
“ponemos en disposición de...”; “damos gratuitamente...”.
No es de extrañar, pues, que el temor al infierno esté
inevitablemente presente en la trama de los sentimientos ge-
nuinos del cristiano que, con fina conciencia, es natural que
tenga miedo de no haber amado lo suficiente. Y es utilizado
por los grandes maestros de espiritualidad, desde los padres
del desierto como Casiano, y otros como san Benito, san
Ignacio, santa Teresa de Jesús, etc... Este temor, sin embar­
go, ha de nacer del amor. Ha de fluir de nuestras conviccio­
nes interiores; ha de ser un temor libre de elementos egoístas
y serviles. Según santa Teresa de Jesús (Moradas), en las
últimas etapas de la vida mística, el dolor de los pecados
crece, “se aviva”, no en proporción del número, sino del amor
con que ahora se recuerdan; igualmente, el temor que nace
de los pecados no es por el infierno y sus penas, sino que
recae sobre el peligro de perder nuevamente a Dios.
Tres ejemplos de amor a Dios de gente que sólo se ha
movido gracias al mismo dinamismo:
Dice santa Teresa del Niño Jesús: “Pensé que El (Jesús)
no podía recibir jamás un acto de amor del infierno; entonces
le dije que, para complacerle habría consentido verme hundi­
da en el infierno, para que El fuese amado por siempre en un
lugar de blasfemia...” (Manunscritos).
Santa Teresa de Jesús: “Aquí me parece viene bien, como
a vuestra merced se dijo, dejarse del todo en los brazos de
Dios: si quiere llevarla al cielo, vaya; si al infierno, no tiene
pena, como vaya con su Bien”. (Vida 172).
Y san Pablo: “Hasta desaría ser anatema, ser separado
de Cristo en el bien de mis hermanos” (Rom.93).
Es una muestra del gran amor a Dios, y se veían con coraje,
gracias a Él, de soportarlo todo. Pensemos continuamente que
Jesucristo dio la vida por nosotros. Somos su mejor tesoro.
Hacer opcipn por el amor de Cristo quiere decir, pues, re­
nunciar

al infierno. Ofrecerle nuestra vida, pidiendo disfrutar
con El, la Virgen María y los Santos, de la plenitud de la Trini­
dad. Con la firme esperanza de que en el cielo habrá la recon­
ciliación de todo. Todo será transparente; ya no habrá obstácu­
los a la revelación de Dios; todas las cosas reflejarán como un
espejo el rostro afable y misericordioso de Dios Padre. Como
dice san Pablo: “Dios será todo en todos” (Cor.1528).»

***

4. SUFRIMIENTOS DEL INFIERNO

1. Pena de daño

Razonada ya la existencia del infierno y de su eternidad,


llega el momento de hablar de los tormentos que sufren los
condenados. Empecemos con la más terrible: la pena de daño.
Fieles a transcribir de autores seguros, recogemos del P. Royo
Marín un texto de Ortalan:
«La pena de daño es incomparablemente la más terrible de
todas las penas del infierno. Ante ella, el tormento mismo del
fuego eterno, por muy atroz que sea, no significa casi nada.
Esta pena sobrepasa infinitamente todo lo que la inteligencia es
capaz de concebir acá en la tierra y todo lo que el lenguaje
humano puede expresar. No se puede medir, dice san Bernar­
do. más que por la infinitud misma de Dios, de la que ella es la
privación: “Y, por consiguiente, es proporcinada a la grandeza
misma de Dios”. Ya hacía mucho tiempo que los antiguos Pa­
dres habían hablado del mismo modo entre ellos San Agustín.
El suplicio de la pena de daño es tanto más insoportable
cuanto los malditos conocen mejor cuán grande y cautivador
es el bien que han perdido. De este pensamiento, del que
ellos no se pueden apartar y que les obsesiona, se enciende
en ellos un deseo inmenso, jamás satisfecho, de la eterna
beatitud. Pero esta infinita belleza de Dios, que les atrae por
sus encantos, hace por su pureza sin mancha, resaltar más y
más su vergonzosa fealdad moral. Conscientes de este con­
traste que les aplasta, son para consigo mismos un espectá­
culo tan repugnante, que preferirían sufrir todos los tormen­
tos del infierno antes que comparecer en ese horrible estado
en presencia de Dios, infinitamente santo, y en compañía de
los elegidos, a quienes odian, no obstante, con odio inextin­
guible.
Se ven, pues, obligados, a despecho de las tendencias más
irresistibles de su ser,

a huir de Dios, soberano bien, a pesar
de que solamente El podría satisfacer su sed insaciable de
felicidad. Y este Dios para el cual se sienten hechos, esta
belleza suprema que les atrae y les repele el mismo tiempo,
este objeto de su amor perdido para siempre, se ven obliga­
dos, en los transportes de una rabia infernal, a detestarle,
blasfemarle y maldecirle. Es el tormento de un corazón
apasionado de amor y corroído por el odio del ser a
quien adora, porque, como dice Santo Tomás, los condena­
dos no sufrirían tanto por la pena de daño si no amasen a
Dios de alguna manera. Esta pena es, pues, el sufrimiento
atroz del amor contrariado, despreciado, transformado
en furia y constantemente en el paroxismo de la rabia y
de la desesperación.
Los condenados sufren, pues, como una especie de des­
garramiento del alma misma, atraída en diversos sentidos a
la vez por fuerzas opuestas e igualmente poderosas. Es como
un descuartizamiento espiritual, tortura mucho más espanto­
sa que la que experimentarían si su cuerpo fuera despelleja­
do vivo o cortado en pedazos; porque en la medida en que las
facultades del alma son superiores a las de cuerpo, en esa
misma proporción es más doloroso el desgarramiento pro­
fundo por el cual el alma es separada de sí misma al estar
separada de Dios, que debería ser el alma de su alma y la
vida de su vida. Por eso dice profundamente Santo Tomás:
"Duele tanto más alguna cosa dolorosa cuanto más sensibles
somos al dolor. Por lo que las lesiones que se sufren en los
lugares mayormente sensibles, son las que causan más do­
lor. Y como toda la sensibilidad del cuerpo la recibe del alma,
si se causa algo que lesione la misma alma, es forzoso que
sea aflictivo en grado máximo. Y por eso es preciso que la
pena de daño, exceda toda pena, aun la más grande, que se
puede sufrir en esta vida. De este desgarramiento interior
del alma entera nace un dolor tan intenso, que ningún suplicio
de la tierra puede damos la menor idea de él.
Para inflipgir al pecador el más formidable tormento que
puede existir, Dios no tiene que hacer otra cosa sino retirarse
completamente de él. Así como le ha dicho al justo: Yo mis­
mo seré tu recompensa, que será inmensa, puesto que nada
más grande ni mejor que yo (Gen. 151), así le ha dicho al
réprobo: Yo mismo seré tu suplicio, y lo seré alejándome de
ti, porque no hay nada más terrible, en los tesoros de mi có­
lera, que esta completa separación de mí mismo. Entonces,
según la enérgica expresión de San Agustín, se abre en el
alma reprobada un abismo sin fondo de tinieblas y de lamen­
tables miserias; vida horrenda, que la atormenta mucho más
que el hambre devoradora (Sal. 5815,6); vida angustiosa, que
eternamente la mata sin hacerla morir; porque Dios ha he­
cho al alma humana tan inconmensurablemente grande, que
para rellenar su capacidad infinita y para satisfacer su ilimi-
tado deseo de/ felicidad se requiere nada menos que a El
,
mismo. Sin El no queda en el alma más que la capacidad
infinita de sufrir. Es el despojo total, el aislamiento infinito...
El lenguaje humano es tan impotente para decir lo que es
el infierno como para pintar la felicidad del cielo. El ojo del
hombre no ha visto, ni su oído escuchado, ni su corazón pue­
de llegar a comprender la felicidad que Dios tiene preparada
para los que le aman y los suplicios para los que le ofenden.
El infierno nos es tan desconocido como el cielo.»

2. Pena de sentido

Respecto a la pena de sentido será bueno consignar el


texto de A. Michael que explica a fondo la cuestión del fue­
go del infierno:
«Uno de los órganos por los que se manifiesta la ense­
ñanza del magisterio ordinario de la Iglesia es precisamente
el consentimiento moralmente unánime de los Padres o de
los teólogos sobre un punto doctrinal relacionado con el edi­
ficio de la fe cristiana. En la cuestión de la realidad del fuego
del infierno -por oposición al fuego metafórico-, el magisterio
ordinario de la Iglesia ha sido certísimamente afirmado a tra­
vés de los Padres y de los teólogos, que se han pronunciado
en favor de la realidad. Aunque no haya ninguna decisión
doctrinal de la Iglesia sobre este punto, no se puede, pues,
decir que la cuestión permanece libre por no haber sido re­
suelta oficialmente. La solución oficial ha sido dada por los
teólogos mismos: no aceptar esa solución es ir contra las
enseñanzas de Pío IX (Denz. 1683-1684).
Que hubo progreso, particularmente en los doce primeros
siglos de la Iglesia, no se puede negar. Más aún: al afirmar esa
evolución no tenemos inconveniente en reconocer que tal
Padre o tal teólogo ha podido hablar en otro tiempo
inexactamente. Con la creencia en la realidad del fuego del
infierno ocurre lo mismo que con otras verdades que no fue­
ron explicitadas sino poco a poco; a medida que se afirma
más claramente la doctrina de los teólogos, desaparece para
el fiel la licitud de opinar en sentido contrario. El magisterio
ordinario de la Iglesia, manifestado por la unanimidad moral de
los teólogos, es suficiente para dar a la opinión de ayer la certe­
za que la impone hoy a todos como una verdad indudable.
¿Cuál es, pues, el grado de certeza de la tesis tradicional?
Recordemos en primer lugar que no hablamos aquí sino de la
realidad del fuego del infierno, no de su materialidad
La realidad del fuego del infierno no se nos impone como
dogma de fe. No es que no se pueda encontrar, sin embargo,
en el depósito de la Revelación un fundamento suficiente
para establecer el origen divino de esta verdad; pero, aunque
revelada por Dios, la doctrina del fuego real no ha sido -al
menos todavía- suficientemente propuesta como tal por el
magisterio de la Iglesia, y, por lo mismo, no se nos impone
como verdad de fe divina y católica, cuya negación constitui­
ría un pecado de herejía.
Los mismos teólogos nos dan el grado de certeza de la
tesis que defienden. Lo menos que se puede decir es que
sería temerario negarla. La realidad del fuego del infierno
es, pues, al menos, una verdad común en la Iglesia. Otros
llegan a decir que es teológicamente cierta y aun próxima
a la fe. A nuestro parecer, si se separa la cuestión de la
realidad de la otra sobre la materialidad, esta última califi­
cación no es exagerada, dado que la doctrina de la realidad
del fuego infernal se apoya sobre afirmaciones de la Sagra­
da Escritura donde parece claramente supuesta. Una defini­
ción solemne podría convertirla en dogma; es, pues, en el
estado actual de la teología, una verdad definible.»

3. Breves reflexiones ascéticas

a) Geramb, monje trapense.


Como el objetivo de este libro, y de toda la colección, no
es otro que el de mover la voluntad a través de la verdad
diáfanamente presentada a la inteligencia, bueno será que un
monje nos haga unas reflexiones que alcancen el corazón:
«¿Cuánto duran los placeres, puesto que la misma vida
dura tan poco? “El placer, dice san Agustín, huye con rápido
vuelo; lo que permanece, es el remordimiento que se agarra
a nosotros como el buitre a su presa.” El tiempo de los place­
res pasa como un caballo que corre desbocado, como el pá­
jaro que vuela, “como la nave que hiende los mares”, dice la
Escritura: el de los suplicios empieza para nunca acabar...
Pero ¡qué decimos del placer! El malvado rico olvidó muy
pronto que había sido dichoso. Fue menester que Abraham
se lo recordase. ¿En qué consiste una dicha de la cual ni aun
la idea queda grabada en la memoria de aquel que de ella
gozó abundantemente? -Sólo con la balanza de la muerte
deben pesarse los bienes y los males de esta vida, y de la
eternidad sola debemos tomar consejos para arreglar sabia­
mente nuestro modo de proceder.
Quitad el infierno, y el mundo presente vendrá a serlo. En
efecto, ¿cuál fue en Francia el reinado de la impiedad? El pue­
blo, que da a cada cosa su verdadero nombre, lo llamó el reina­
do del terror. Era cosa muy aflictiva ver cada día los cadalsos
continuamente teñidos de una sangre pura y virtuosa...
“Filósofo, ha dicho un autor moderno, tú que admites la
inmortalidad del alma y niegas la eternidad de las penas,
multiplica los siglos por los siglos, y si te atreves dinos des­
pués de cuánto tiempo de expiación, Robespierre, que murió
con el solo pesar de haber dejado vivir cuatrocientas mil ca­
bezas inocentes, gozará de la misma dicha que la virtuosa
Isabel, que al morir perdonó a sus verdugos...”
Perteneciendo el dogma del infierno a todas las religio­
nes, habiéndose persuadido de él todas las naciones por efecto
de una tradición siempre respetada, conforme a las nociones
de la justicia divina, y las que hallan los hombres en su propio
corazón, no es de admirar que ese mismo dogma entre en la
enseñanza de la religión cristiana. Ese dogma no es tan sólo
propio del Evangelio: ¿Cómo, pues, puede reprochársele? Fue
generalmente recibido antes que Jesucristo bajase a la tie­
rra. Dios ha querido que ese gran terror acompañase siem­
pre al hombre. ¿Cuál es, pues, el dogma propio del Evange­
lio, el dogma que pertenece exclusivamente al Evangelio? Es
el de un Dios que nos rescata, de un Dios que nos justifica,
de un Dios que nos salva, el dogma consolador de un Dios
bajado del cielo para romper las puertas de bronce del infier­
no: portas aereas confegit. Lo mismo sucedía con el infier­
no de los paganos que con sus templos; en ellos se erigieron
altares a dioses que merecían el cadalso, y los héroes glorio­
samente colocados en el Elíseo debieron con más justicia ser
precipitados al Tártaro. En el cristianismo no hay ningún cri­
men irremisible, y mientras vivamos en este mundo, nos está
siempre abierto el seno de la divina misericordia.»

b) La Hermana muerte, de Desiderio Costa.


«Si consideramos las disposiciones fundamentales de las
almas pecadores, podemos dividirlas en tres categorías. Ante
todo, están las que no temen cometer el pecado mortal, co­
nociendo bien que es un manifiesto delito a los ojos de Dios;
ellas prefieren su propia satisfacción a la obediencia debida
al Señor. Si las invitamos a descubrirnos cuál es el motivo
predominante de su conducta, se verán obligadas a respon­
dernos que ponen su placer personal sobre la voluntad divi­
na, despreciando al Señor al no privarse de un placer que
Dios prohíbe.
En segundo lugar vienen los pecadores que se obstinan
en hacer a Dios responsable de todos los males que sufren.
¡Cuántas veces hemos tenido que presenciar el espectáculo
de ver a no pocas madres y esposas que niegan a Dios su
amor, porque su hijo o su marido murió en la guerra! Si les
preguntáis el porqué de su conducta, recibiréis una respuesta
recrudecida con las más dolorosas blasfemias.
Finalmente, la malicia humana va más lejos todavía. No
faltan pecadores que, no satisfechos con vivir aquí prescin­
diendo en absoluto de Dios, de blasfemar contra su impeca­
ble Sabiduría, reniegan de su amor, de su misericordia, de su
paternal ternura, y no temen manifestar en su conducta un
verdadero odio a Dios. Este odio tan inverosímil como inicuo
y necio, es el hecho de aquellos padres que se abstienen de
bautizar a sus hijos, les prohíben hacer la primera comunión,
no les dan una educación religiosa, los escandalizan con su
conducta culpable y, en cierto modo, impiden a Dios tomar
posesión del alma de esas pobres criaturillas, que El les ha
confiado para que más tarde se las devuelvan adornadas con
todas las virtudes cristianas. Este odio es el pecado de aque­
llos que con su ejemplo, por palabras, escritos y obras se
dedican a pervertir la sociedad en que viven. Es también el
pecado de los que, puestos en cargos públicos, se empeñan
en sustraer su país de la influencia de Dios, y quieren borrar
su nombre de la escuela, de la familia, de la sociedad, de la
conciencia, de todos cuantos están sometidos a su autoridad.
Se enfurecen contra Dios, valiéndose de todos los medios
que están a su alcance. Cuando estos desgraciados compa­
rezcan ante Dios en esas disposiciones, la obsesión del odio
se habrá apoderado de ellos. No podrán menos de reconocer
que Dios es amor; pero ellos han combatido este amor vo­
luntaria y hostilmente, y entonces serán incapaces de amar.
Su alma se ha convertido en odio, desprecio, blasfemia, y los
infelices tendrán el castigo querido y merecido por ellos.
Sin duda, hay una diferencia notable entre cada una de
estas diversas disposiciones o categorías. Mas también los
sufrimientos del infierno serán diferentes y proporcionados
al pecado. Aquellos variarán en su intensidad, aunque todos
ellos serán eternos.
Ante un castigo tan terrible y tan irreparable, ¿no es una
cosa infinitamente sabia esforzarse mucho en evitarlo? ¿Nc
es esto, en realidad, lo más urgente de todo? ¿Por qué nc
volver en seguida a la gracia y amistad con Dios? Una buem
confesión al Ministro de Dios, un arrepentimiento sincero; h<
ahí todo lo que se exige de nosotros. Además, ¿no ha puest<
Dios a nuestra disposición en la Santa Eucaristía el Pan ce
lestial que vivifica las almas, y hace circular en ellas, con 1
gracia, la fuerza necesaria para vencer la concupiscencia
para guardar las reglas de su santa ley?
Sí, el negocio esencial, el único, es el de vivir como pai
morir bien, ser virtuosos para salvarse, amar de todo corazc
al Señor para contemplar un día su adorable rostro. Todo
demás no es más que un vano espejismo, un velo engañador
tendido sobre el abismo.
“¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si des­
pués pierde su alma?”- “Buscad ante todo el reino de Dios y
su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura.”»

c) ¿Y si realmente existiera?
«- Un viejo capitán moribundo rehusaba recibir al sacer­
dote y los Sacramentos. La Hermana enfermera, a quien él
había pedido de beber, dolorida de su obstinación, le ofreció
la taza diciendo:
-Beba, beba señor capitán; beba cuanto guste ahora, por­
que dentro de poco irá al infierno, y durante toda la eternidad
estará pidiendo una gota de agua y no la recibirá.
-Le he dicho cien veces, Hermana, que el infierno no exis­
te. Es una fábula.
-Sí, sí, me lo ha dicho. ¿Pero lo ha probado?... El enfermo,
se revolvía en el lecho y murmuraba para sí: -La verdad es que
no lo he probado... Después de algunos instantes exclamó:
-Dios es demasiado bueno; sí, es demasiado bueno para
arrojar a los hombres al infierno.
-Oiga, señor mío, Dios no castiga porque es bueno, sino
porque es justo. El sentido común nos dice que Dios no pue­
de tratar de la misma manera a aquellos que lo desprecian y
desobedecen, que a los que le son siervos fieles, y a los que
son negligentes en su servicio.
-Por lo demás, añadió la Hermana, usted verá muy pron­
to si hay infierno o no hay infierno.
Guardó silencio la Hermana y siguió rezando. Después
de algunas horas de reflexión el capitán mandó llamar a un
sacerdote. Decía para sus adentros:
-Es necesario tomar el partido más seguro. No es prudencia
¡i a ver: una vez que se ha ido, ya no se puede volver atrás.»

d) Si vamos al infierno, / paciencia!


«Santamente, el 21 de enero de 1859, moría el joven Miguel
Magone. De él se cuenta el hecho siguiente: Un día estaba
entretenido con otros compañeros, discurriendo sobre las penas
del infierno, cuando uno de ellos, en plan de chanza dijo: “procu­
raremos no ir allí pero si vamos, ¡paciencia!”.
Miguel, entonces, fingió no haber entendido, y sin ser no­
tado, se apartó del c o i t o , recogió unas brozas y, volviendo a
la tertulia, encendió una pajuela diestramente y la aplicó en­
cendida a la mano del compañero que había dicho aquel cra­
so disparate.
La cosa salió bien: el compañero no se acordó del chiste
hasta sentir quemársele los dedos. Entonces sacudióse el fuego
gritando: “¿Qué pasa? ¿Qué haces, Miguel? ¿Estás loco?...”
-No estoy loco -respondió éste-. He querido sólo poner a
prueba tu heroica paciencia. Si te sientes con ánimo de po­
der soportar las penas del infierno por toda la eternidad no
debe inquietarte la llamita de una paja tan pequeña y de corta
duración. Los compañeros comprendieron la lección. Ojalá
fuera comprendida por todos aquellos que aunque hayan per­
dido la fe, por no querer renunciar a sus pasiones, bromean
sobre el infierno o casi se resignan neciamente a caer en él.»

4. ¿Infierno vacío?

Infierno sí, pero vacío, argumenta la falsa teología. Y


que no puede negar su existencia, por lo menos intentan de
mostrar que nadie se condena. ¿Hay certeza de la condena
ción de alguien? De nuevo el P. Royo Marín aporta un texl
esclarecedor de Mons. De Segur que contesta:
«No hay certeza; es un secreto de Dios.
Algunos envían a todo el mundo al infierno, como otr
remiten a todos al cielo. Imagínanse los primeros ser juste
y los segundos se creen caritativos. Unos y otros se eng
ñan, y su primer error está en querer juzgar de cosas que
es dado al hombre conocer en este mundo.
Al ver morir mal a alguno, débese temblar sin duda y
disimularse la horrible probabilidad de una reprobación eter­
na. En París, algunos años ha, una desgraciada madre, al
saber la repentina muerte de su hijo en espantosas circuns­
tancias, permaneció dos días de rodillas, arrastrándose por el
suelo, dando gritos de desesperación y repitiendo sin cesar:
“¡Hijo mío! ¡Pobre hijo mío!... ¡En el fuego!... ¡Quemarse
eternamente!”. Era cosa horrible verlo y oírlo.
Y, sin embargo, por probable, por cierta que pueda pare­
cer la pérdida eterna de alguno, queda siempre en impene­
trable misterio lo que pasa entre el alma y Dios en el momen­
to supremo, del cual no hay que desesperar. ¿Quién dirá lo
que pasa en el fondo de las almas, aun las más culpables, en
aquel instante único en que el Dios de bondad, que ha criado
por amor a todos los hombres, que los ha redimido con su
sangre y que quiere la salvación de todos, hace necesaria­
mente para salvar a cada uno de ellos su último esfuerzo de
gracia y de misericordia? ¡Necesita la voluntad tan poco tiem­
po para volverse hacia su Dios!
Por esto la Iglesia no tolera que se pronuncie como cierta
la condenación de quien quiera que sea, porque sería usurpar
el lugar de Dios. A excepción de Judas y algunos otros, cuya
reprobación está más o menos explícitamente revelada por
Dios mismo en la Sagrada Escritura, no es absolutamente
cierta la condenación de nadie.
La Santa Sede nos ha dado, no hace mucho tiempo, una
curiosa prueba de esto con ocasión del proceso de beatifica­
ción de un gran siervo de Dios, el P. Palotta, que vivió y
murió en Roma en olor de admirable santidad, bajo el pontifi­
cado del Gregorio XVI. Un día el santo sacerdote acompa­
ñaba al suplicio a un asesino del peor género, que rehusaba
obstinadamente arrepentirse, se mofaba de Dios y blasfe­
maba hasta en el cadalso. El P. Palotta había agotado todos
los medios de conversión: estaba en el tablado al lado de
aquel miserable; bañado de lágrimas el rostro, se había echa­
do a sus pies, suplicándole que aceptase el perdón de sus
crímenes, mostrándole el anchuroso abismo en que iba a caer.
A todo esto, el monstruo había respondido con un insulto y
una blasfemia, y en su cabeza acababa de caer el golpe de la
fatal cuchilla. En la exaltación de su fe, de su dolor e indigna­
ción, y también para que aquel horrible escándalo se trocase
para la muchedumbre de los asistentes en saludable lección,
el piadoso eclesiástico se levanta, coge por los cabellos la
ensangrentada cabeza del ajusticiado y, presentándola a la
multitud: “¡Mirad!, exclamó con voz atronadora; ¡mirad! bien;
¡heos aquí la cara de un condenado!”
Se comprende perfectamente este rasgo de fe, en cierto
sentido muy admirable; dícese, empero, que bastó para re­
tardar el proceso de la beatificación del venerable P. Palotta;
hasta tal punto la Iglesia es madre de misericordia, y tanto es
lo que espera, aun contra toda esperanza, cuando se trata de
la salvación eterna de un alma.
Esta idea puede dejar alguna esperanza y llevar algún
consuelo a los verdaderos cristianos ante muchas muertes
espantosas, repentinas e imprevistas, al parecer positivamente
malas. A juzgar tan sólo por las apariencias, aquellas pobres
almas están evidentemente perdidas. ¡Hacía tantos años que
aquel anciano vivía apartado de los sacramentos, se burlaba
de la religión, hacía alarde de su incredulidad! ¡Aquel pobre
joven, muerto sin poder confesarse, se portaba tan mal y
eran tan deplorables sus costumbres! ¡Aquel hombre, aque­
lla mujer, han sido sorprendidos por la muerte en tan mala
ocasión, y parece tan cierto que no han tenido tiempo de
volver sobre sí! No importa: nosotros no debemos, no pode­
mos decir de una manera absoluta que estén condenados: sin
dejar de atender los derechos de la santidad y de la justicia
de Dios, no perdamos nunca de vista los de su misericordia».
La Iglesia, en efecto, no ha declarado jamás oficialmente
la condenación de nadie, ni siquiera la de Judas, a pesar de
que las expresiones del Evangelio son tan claras que apenas
dejan lugar a la menor duda: Más le valiera no haber naci­
do (Mat. 2624); Y ninguno se ha perdido sino el que era
hijo de perdición (Juan. 1712). Esta reserva de la Iglesia es
tanto más significativa cuanto ha declarado muchas veces,
por el contrario, que tal o cual persona está en el cielo. Cuan­
do el papa canoniza a un santo, declara con su autoridad
infalible que ese santo forma parte del coro de los bien­
aventurados. Jamás ha declarado de ningún hereje o peca­
dor que forme parte de la ciudad de los réprobos.
Hay en la vida del santo Cura de Ars un hecho muy sig­
nificativo a este respecto. Sabido es que el santo Cura goza­
ba en grado extraordinario del carisma de la intuición profética.
Este instinto profético se extendía a las cosas del otro mun­
do: sabía lo que ocurriría en él como si lo tuviera delante de sí
y ante sus propios ojos. Muchas veces se le interrogó sobre
la suerte eterna de tal o cual persona fallecida hacía poco o
mucho tiempo. Siempre sus respuestas fueron optimistas,
excepto en una sola ocasión. He aquí cómo refiere el caso
su historiador, Trochu:
«Solamente se cita un caso en el cual el Cura de Ars
pareció temer por la suerte eterna de un difunto. Si en este
sentido hizo otras confidencias, acerca de ellas se habrá guar­
dado secreto. “Una persona recién llegada de París o de sus
alrededores -refiere Hipólito Pagés- le preguntó dónde esta­
ba el alma de uno de sus parientes recientemente fallecido.
Recibió esta respuesta, sin comentario alguno: ‘No quiso
confesarse a la hora de la muerte’. Desgraciadamente, era
muy cierto: el moribundo había rechazado al sacerdote. El
Cura de Ars no podía saberlo de antemano.”»
Nótese lo sabio y discreto de la respuesta. Da muy clara­
mente a entender que ese desgraciado se condenó para siem­
pre por haber rechazado hasta el último momento el perdón
de Dios; pero no pronuncia la fórmula «se ha condenado». El
santo Cura sabía muy bien que la Iglesia nunca ha dicho
semejante cosa absolutamente de nadie y no tenía por qué
decirla él. Es el instinto soberano de los santos, que les man-
liene siempre dentro de la más exquisita prudencia y de la
más irreprochable discreción.
De esta incertidumbre con relación a la condenación de
una determinada persona, por terribles que hayan sido las
circunstancias de su muerte, se sigue una consecuencia muy
consoladora para los que pasen por el dolor y la amargura de
haber perdido a un ser querido en circunstancias inquietan­
tes. Y es que pueden y deben rogar por ellos, a pesar de
todas las apariencias. Mientras no conste con certeza la con­
denación de alguien, se puede y se debe pedir por él. Nadie
puede saber lo que ha podido ocurrir entre esa alma y Dios
en el momento mismo de morir.

* * *

5. TESTIMONIOS DE LOS SANTOS

1. San Juan Bosco

El testimonio de los Santos con sus visiones nos dan noticia


de cómo es el infierno. Empezamos con San Juan Bosco que
nos da estas impresionantes secuencias de uno de sus tantos
sueños que no eran más que exactísimas profecías o visiones:
El guía le señaló una vid.
-Ven y observa, lee: ¿qué hay escrito en los granos de uva?
Don Bosco se acercó y vio que todos los granos tenían
escrito el nombre de uno de los alumnos y el de su culpa.
«Entre tan múltiples imputaciones recuerdo con horror
las siguientes: -Soberbio -Infiel a sus promesas -Inconti­
nente -H ipócrita -D escuidado en todos sus deberes
-Calum niador -V engativo -D esp ia d a d o -S acrilego
-Despreciador de la autoridad de los superiores -Piedra
de escándalo -Seguidor de falsas doctrinas. Vi el nombre
de aquellos cuyo Dios es el vientre; de otros a los cuales la
ciencia hincha', de los que buscan lo suyo, no lo de Jesu­
cristo ; de los que critican al reglamento y a los superiores.
Vi también los nombres de ciertos desgraciados que estuvie­
ron o que están actualmente con nosotros; y un gran número
de nombres nuevos para mí, o sea, los que, con el tiempo,
estarán con nosotros.
Dirigí la mirada a mi alrededor, pero aquella región era
tan grande que no se distinguían los confines de la misma.
Era un verdadero desierto. No se veía alma viviente. Ni una
planta, ni un riachuelo; la yerba seca y amarillenta ofrecía un
aspecto de tristeza. No sabía dónde me encontraba, ni qué
iba a hacer.
Tomamos un camino, hermoso, ancho, espacioso, y bien
pavimentado. {El camino de los pecadores está bien enlo­
sado, pero a su término está la fosa del sheol. Ecles. 2110).
A un lado y otro de las orillas del foso flanqueaban dos mag­
níficos setos verdes, cubiertos de lindas flores. En especial
despuntaban las rosas, entre las hojas, por todas partes. Aquel
camino, a primera vista, parecía llano y cómodo y yo me
eché a andar por él sin sospechar nada. Pero después de
caminar un trecho, me di cuenta de que insensiblemente se
iba haciendo cuesta abajo, y aunque la marcha no parecía
precipitada, yo corría con tanta facilidad que me parecía ser
llevado por el aire. Incluso noté que avanzaba, casi sin mo­
ver los pies. Nuestra carrera era, pues, veloz. Vi que por el
mismo sendero me seguían todos los jóvenes del Oratorio,
con numerosísimos compañeros a los que yo jamás había
visto. Pronto me encontré en medio de ellos. Mientras los
observaba vi de repente que, ora uno ora otro, caían al suelo
y eran arrastrados por una fuerza invisible hacia una horrible
pendiente, que se veía aún en lontananza, y que luego los
metía de cabeza en un homo.
-¿Qué es lo que hace caer a estos muchachos?, pregunté
al guía.
-Acércate un poco más, me respondió.
Me acerqué y pude comprobar que los jóvenes pasaban
entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban a ras del
suelo y otros a la altura de la cabeza: estos lazos no se veían.
Por tanto, muchos de los jóvenes, al andar, quedaban presos
por ellos, sin darse cuenta del peligro; en el momento de caer
daban un salto y después rodaban por el suelo con las pier­
nas en alto y, cuando se levantaban, corrían precipitadamen­
te hacia el abismo. Unos quedaban presos por la cabeza,
otros por el cuello, quién por las manos, quién por un brazo,
éste por una pierna, aquél por la cintura, e inmediatamente
eran lanzados abajo.
Los lazos colocados en el suelo parecían de estopa, ape­
nas visibles, semejantes a los hilos de una tela de araña, y al
parecer, inofensivos. Y con todo, pude observar que los jó­
venes presos en ellos, caían a tierra.
Yo estaba atónito, y me dijo el guía:
-¿Sabes qué es esto?
-Un poco de estopa, respondí.
-Te diría que no es nada, añadió; no es más que el respe­
to humano.
Examiné con atención los lazos y vi que cada uno llevaba
escrito su propio título: el lazo de la soberbia, de la desobe­
diencia, de la envidia, del sexto mandamiento , del hurto,
de la gula, de la pereza, de la ira , etc. Hecho esto, me eché
un poco hacia atrás para ver cuál de aquellos lazos era el que
causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude
comprobar que eran los de la deshonestidad, la desobedien­
cia y la soberbia. A este último iban atados otros dos. Des­
pués de esto vi otros lazos que causaban grandes estragos,
pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto de
observación, vi a muchos jóvenes que corrían a mayor velo­
cidad que los demás.
Y pregunté:
-¿Por qué esta diferencia?
-Porque son arrastrados por los lazos del respeto huma­
no, me fue respondido.
Mirando aún con mayor atención vi que entre los lazos
había esparcidos muchos cuchillos que, manejados por una
mano providencial, cortaban o rompían los hilos. El cuchillo
más grande procedía contra el lazo de la soberbia y simboli­
zaba la meditación. Otro cuchillo, también muy grande, pero
no tanto como el primero, significaba la lectura espiritual bien
hecha. Había además dos espadas. Una de ellas indicaba la
devoción al Santísimo Sacramento, especialmente mediante
la comunión frecuente; otra, la devoción a la Virgen. Había
también un martillo: la confesión, y había otros cuchillos sím­
bolos de las varías devociones a san José, a san Luis, etc.
Muchos rompían con estas armas los lazos al quedar pren­
didos o se defendían para no caer en ellos.
En efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre los lazos de
manera que nunca quedaban presos; pasaban antes de que el
lazo estuviese tendido y, si lo hacían cuando éste estaba ya pre­
parado, sabían sortearlo de forma que les caía sobre los hom­
bros, o sobre las espaldas, o en otro lado, sin lograr atraparlos.
Cuando el guía se dio cuenta de que lo había observado
todo, me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero,
a medida que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada
vez más raras, y empezaban a aparecer punzantes espinas.
Luego, por mucho que me fijé, no se descubría ni una rosa, y
en el último tramo, el seto se había tomado completamente
espinoso, quemado por el sol y desprovisto de hojas: después
de los matorrales ralos y secos, partían ramas que se tendían
por el suelo, impedían el paso y lo sembraban de espinas de
tal forma que difícilmente se podía caminar. Habíamos llega­
do a una hondonada, cuyos ribazos ocultaban las regiones
vecinas, y el camino que descendía cada vez más se hacía
espantoso, poco fírme y lleno de baches, de salientes, de gui­
jarros y de cantos rodados.
Había perdido ya de vista a todos mis jóvenes, muchísi­
mos de los cuales habían logrado salir de aquella senda en­
gañosa y tomaban otros senderos.
El camino se hacía cada vez más horriblemente abrupto,
de forma que apenas si podía permanecer de pie.
V he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba
en un oscuro valle, apareció ante nuestros ojos un edificio
inmenso que tenía una puerta altísima y cenada. Llegamos
al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una
espesa humareda, de color verdoso, surcada por el brillo de
sanguinolentas llamas, se elevaba sobre aquellos murallones.
Levanté mis ojos a aquellas murallas: eran más altas que una
montaña.
Don Bosco preguntó al guía:
-¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto?
-Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta, me respon­
dió; por la inscripción sabrás donde estamos.
Miré y leí sobre la puerta de bronce: Aquí no hay redención.
Me di cuenta de que estábamos ante las puertas del in­
fierno.
Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos
encontramos nuevamente al pie del camino pendiente que
habíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en pri­
mer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás y con el
rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me
retirara, diciendo:
-¡Observa!
Tembloroso, alcé los ojos hacia arriba y, á una gran distan­
cia, vi que por aquel camino en declive, bajaba uno a toda velo­
cidad. Conforme se iba acercando intenté identificarlo y final­
mente pude reconocer en él a uno de mis jóvenes. Llevaba los
cabellos desgreñados, en parte erizados sobre la cabeza y en
parte echados hacia atrás por efecto del viento, y los brazos
tendidos hacia adelante, en actitud de quien nada para salvarse
del naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba conti
nuamente con los guijarros salientes del camino y aquellas pie
dras servían para darle mayor impulso en la carrera.
Corramos, detengámosle, ayudémosle, gritaba yo tendiend
las manos hacia él.
Y el guía replicaba:
-No; déjalo.
-¿Y por qué no puedo detenerlo?
-¿No sabes lo tremenda que es la venganza de Dio
¿Crees que podrías detener a uno que huye de la ira encen­
dida del Señor?
Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y
mirando con los ojos encendidos si la ira de Dios le seguía
siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino,
como si no hubiese encontrado en su huida más solución que
ir a dar contra la puerta de bronce.
-¿Y por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?,
pregunté yo.
-Porque la ira de Dios traspasa todas las puertas del in­
fierno y va a atormentarle aun en medio del fuego.
En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un
ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella
se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos,
diez, ciento, y mil más impulsadas por el choque del joven,
que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible, ve­
locísimo.
Todas aquellas puertas de bronce, que estaban una en­
frente de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abier­
tas por un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como una
boca de un homo, y mientras el joven se precipitaba en aque­
lla vorágine pude observar que de ella se alzaban numerosos
globos de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la
misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé
la libreta para apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz,
pero el guía me agarró del brazo y me dijo:
-Detente y observa de nuevo.
Lo hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar preci­
pitadamente por la misma senda a otros tres jóvenes de nues­
tras casas que en forma de peñascos rodaban rapidísimamente
uno tras otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de es­
panto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la primera
puerta. En aquel instante conocí a los tres. La puerta se abrió
y, después de ella, las otras mil; los jóvenes fueron empuja­
dos por aquel larguísimo corredor, se oyó un prolongado rui­
do infernal que se alejaba cada vez más, aquellos desapare­
cieron y las puertas se cerraron. Muchos otros cayeron des­
pués de éstos de cuando en cuando... Vi precipitarse allí a un
pobrecillo, impulsado por los empujones de un malvado com­
pañero. Otros caían solos, algunos acompañados; unos aga­
rrados del brazo, otros separados, pero próximos. Todos lle­
vaban escrito en la frente el propio pecado. Yo los llamaba
afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero ellos no
me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse y al
cerrarse se hacía un silencio de muerte.
Mientras tanto, un nuevo grupo de jóvenes se precipitaba
en el abismo y las puertas permanecieron abiertas durante
un instante.
-Entra tú también, me dijo el guía.
Me eché atrás horrorizado. Estaba impaciente por regre­
sar al Oratorio, para avisar a los jóvenes y detenerlos a fin de
que no se perdiera ninguno más. Pero el guía me volvió a
insistir.
-Ven, que aprenderás más de una cosa. Penetramos en
un estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad
dei rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con
la luz velada una inscripción amenazadora. Cuando termina­
mos de recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico pa­
tio, al fondo del cual se veía una portezuela fea, gruesa, la
peor que había visto jamás y encima de la cual se leía esta
inscripción: Los impíos irán al fuego eterno. Los muros
estaban cubiertos de inscripciones en todo su perímetro. Pedí
permiso a mi guía para leerlas y me contestó:
-Haz como te plazca.
Entonces miré por todas partes. En un sitio vi escrito:
Pondré fuego en su carne para que ardan para siempre.
Serán atormentados día y noche p o r los siglos de los
siglos. -Y en otro lugar: Aquí todos los males por los si­
glos de los siglos. En otros: Aquí no hay ningún orden,
sino que impera un horror sempiterno. El humo de sus
tormentos sube eternamente. No hay paz, para los im­
píos. Clamor y rechinar de dientes.
Mientras iba alrededor de los muros leyendo aquellas ins­
cripciones, el guía que se había quedado en el centro del
patio, se acercó y me dijo:
-Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compa­
ñero que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón que
le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola; hemos
pasado la línea.
Apareció ante mis ojos una especie de inmensa caverna,
que se perdía en las profundidades excavadas en las entra­
ñas de los montes, todas llenas de fuego, pero no como el
que vemos en la tierra con sus llamas en movimiento, sino de
una forma tal que todo lo dejaba incandescente y blanco a
causa de la elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimen­
to, hierros, piedras, madera, carbón, todo estaba blanco y
brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calor millares y milla­
res de veces al fuego de la tierra, sin consumir ni reducir a
cenizas nada de cuanto tocaba. No puedo describir esta ca­
verna en toda su espantosa realidad. Preparado está desde
hace tiempo un Tófet, también para Mélek un foso pro­
fundo y ancho; hay paja y madera en abundancia. El
aliento de Yahvéh, cual torrente de azufre lo enciende
(Isaías. 3033).
Mientras miraba atónito todo aquello, llegó por un pasaje,
con gran violencia, un joven que, como si no se diera cuenta
de nada, lanzó un grito agudísimo, como quien está para caer
en un lago de bronce hecho líquido y se precipitó en el medio,
se tornó blanco como toda la caverna y quedó inmóvil, mien­
tras por un momento resonaba el eco de su voz moribunda.
Horrorizado contemplé un instante a aquel joven y me
pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos.
-Pero ¿éste no es uno de mis jóvenes?, pregunté al guía;
¿no es fulano?
-Sí, sí, me respondió.
Apenas si había vuelto de nuevo la mirada, cuando otro
joven, con furor desesperado y a grandísima velocidad, co-
*

" ia y se precipitaba en la misma caverna. Este pertenecía


también al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Lanzó
un grito lastimero y su voz se confundió con el último eco del
grito del que había caído antes. Después de éste llegaron
otros con la misma precipitación y su número fue en aumen­
to: todos lanzaban el mismo grito y quedaban inmóviles, in­
candescentes, como los que les habían precedido.
Como aumentaba mi espanto, pregunté al guía:
-¿Pero éstos, al correr con tanta velocidad, no se dan
cuenta de que vienen a parar aquí?
-¡Oh! Sí saben que van al fuego; fueron avisados mil ve­
ces; pero siguen corriendo voluntariamente, por no detestar
el pecado y no quererlo abandonar, por despreciar y recha­
zar la misericordia de Dios que incesantemente los llama a
penitencia; y, por tanto, la justicia divina, provocada por ellos,
los empuja, les insta, los persigue y no pueden parar hasta
llegar a este lugar.
-¡Oh, qué terrible debe ser la desesperación de estos desgra­
ciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!, exclamé.
-¿Quieres conocer la íntima agitación y el frenesí de sus
almas? Pues acércate un poco más, me dijo el guía.
Di unos pasos adelante hacia la ventana y vi que muchos
de aquellos desdichados se propinaban mutuamente tremen­
dos golpes, causándose terribles heridas, y se mordían como
perros rabiosos; otros se arañaban el rostro, se destrozaban
las manos, se arrancaban las carnes y las arrojaban con des­
pecho por el aire. En aquel momento toda la cobertura de
aquella cueva se había trocado como de cristal a través del
cual se divisaba un trozo de cielo y las figuras luminosas de
los compañeros que se habían salvado para siempre.
Y aquellos condenados rechinaban los dientes con envi­
dia feroz, y respiraban afanosamente, porque en vida habían
hecho a los justos blanco de sus burlas. El pecador verá y
se irritará; dentellará y se deshará.
Pregunté al guía:
-Dime, ¿por qué no oigo ni una voz?
-Acércate más, me gritó.
Me aproximé al cristal de la ventana y oí cómo unos gri­
taban y lloraban entre horribles contorsiones; otros blasfe­
maban e imprecaban a los santos. Era un tumulto de voces y
gritos estridentes y confusos, por lo que pregunté a mi amigo:
-¿Qué es lo que dicen? ¿Qué es lo que gritan?
Y él añadió:
-Al recordar la suerte de sus buenos compañeros se ven
obligados a confesar: ¡Insensatos de nosotros! Teníamos
su vida por locura y sin honor su fin, y he aquí que fue­
ron contados entre los hijos de Dios y su suerte está en­
tre los santos. Luego nos desviamos del camino de la
verdad.
Estos son los cánticos lúgubres que resonarán aquí por
toda la eternidad. Pero son gritos inútiles, esfuerzos inútiles,
llantos inútiles. ¡Todo dolor caerá sobre ellos! Aquí no cuen­
ta el tiempo, aquí sólo impera la eternidad.
Mientras lleno de horror contemplaba el estado de muchos
de mis jóvenes, de pronto floreció una idea en mi mente.
-¿Cómo es posible, dije, que los que se encuentran aquí
estén todos condenados? Esos jóvenes estaban aún vivos en
el Oratorio ayer por la noche.
Y el guía me contestó:
-Todos los que ves aquí, están muertos a la gracia de
Dios y si ahora los sorprendiera la muerte y continuasen
obrando como al presente, se condenarían. Pero no perda­
mos tiempo: prosigamos adelante.
Y me alejó de aquel lugar por un corredor que descendía
a un profundo subterráneo conduciéndome a otro aún más
bajo, en cuya entrada se leían estas palabras: Su gusano no
muere y el fuego no se apaga... Meterá el Señor omnipo­
tente fuego y gusanos en sus carnes, y llorarán penando
eternamente (Judit. 16 2I)· Aquí se veían los atroces remor­
dimientos de los que fueron educados en nuestras casas.
El recuerdo de todos y cada uno de los pecados no perdo­
nados y de la justa condenación; de haber tenido mil medios,
y aun extraordinarios, para convertirse al Señor, para perse­
verar en el bien, para ganarse el Paraíso. El recuerdo de
tantas gracias prometidas, ofrecidas y hechas por María San­
tísima y no correspondidas. ¡El haberse podido salvar a cos­
ta de un pequeño sacrificio y, en cambio, estar condenado
para siempre! ¡Recordar tantos buenos propósitos hechos y
no mantenidos! ¡Ah! De buenas intenciones ineficaces está
lleno el infierno, dice el proverbio.
Y allí volví a contemplar a todos los jóvenes del Oratorio
que había visto poco antes en el homo, algunos de los cuales
me están escuchando ahora, otros que estuvieron aquí con
nosotros y otros muchos que yo no conocía. Me adelanté y
observé que todos estaban cubiertos de gusanos y asquero­
sos insectos que se devoraban y consumían el corazón, los
ojos, las manos, las piernas, los brazos, todo, y tan lastimo­
samente que no hay palabras para explicarlo. Permanecían
inmóviles, expuestos a toda suerte de molestias, sin poderse
librar de ellas en modo alguno. Yo avancé un poco más y me
acerqué para que me viesen, con la esperanza de poderles
hablar y de que me dijesen algo, pero ninguno me dirigía la
palabra ni me miraba. Pregunté entonces al guía la causa de
esto y me respondió que en el otro mundo no hay libertad
para los condenados; cada uno soporta el castigo que Dios le
impone sin variación alguna y no puede ser de otra manera.
Y añadió:
-Ven adentro y observa la bondad y la omnipotencia de Dios,
que amorosamente pone en juego mil medios para inducir a
penitencia a tus jóvenes y salvarlos de la muerte eterna.
Y tomándome de la mano me introdujo en la caverna.
Apenas puse el pie en ella me encontré de improviso trans­
portado a una sala magnífica con puertas de cristal. Sobre
éstas, a regular distancia, pendían unos largos velos que cu­
brían otros tantos huecos que comunicaban con la caverna.
El guía me señaló uno de aquellos velos sobre el cual se
veía escrito: Sexto Mandamiento y exclamó:
-La falta contra este Mandamiento: he aquí la causa de la
ruina eterna de tantos muchachos.
-Pero ¿no se han confesado?
-Se han confesado, pero las culpas contra la bella virtud
las han confesado mal o las han callado a propósito. Por
ejemplo: uno que cometió cuatro o cinco pecados de esta
clase, dijo que sólo había faltado dos o tres veces. Hay algu­
nos que cometieron un pecado impuro pero en la niñez y
sintieron vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal y no
lo dijeron todo. Otros no tuvieron dolor y el propósito. Algu­
nos incluso, en lugar de hacer el examen, estudiaron la ma­
nera de engañar al confesor. Y el que muere con tal resolu­
ción lo único que consigue es contarse en el número de los
réprobos para toda la eternidad. Solamente los que, arrepen­
tidos de corazón, mueren con la esperanza de la eterna sal­
vación, serán eternamente felices. ¿Quieres ver ahora por
qué te ha conducido hasta aquí la misericordia de Dios?
Levantó el velo y vi un grupo de jóvenes del Oratorio a
todos los cuales conocía, condenados por esta culpa. Entre
ellos había algunos que ahora, en apariencia, observan buena
conducta.
-Al menos ahora, le supliqué, ¿me dejarás escribir los nom­
bres de esos jóvenes para poder avisarles en particular?
No hace falta, me respondió.
-Entonces, ¿qué les debo decir?
-Predica en todas partes contra la inmodestia. Basta avi­
sarles de una manera general y no olvides que, aunque lo
hicieras particularmente, te harían mil promesas, pero no siem­
pre sinceramente. Para conseguir un propósito decidido se
necesita la gracia de Dios, la cual no faltará nunca a tus
jóvenes si ellos se la piden. Dios es tan bueno que manifiesta
especialmente su poder en compadecer y en perdonar. Ora­
ción y sacrificio, pues, por tu parte. Y los jóvenes, que escu­
chen tus amonestaciones, que pregunten a su conciencia y
ella les sugerirá lo que deben hacer.
Y volviéndose hacia otra parte, levantó otro gran velo
sobre el cual estaba escrito: Los que quieren hacerse ri­
tos, caen en la tentación y en el lazo del demonio.
Lo leí y dije:
-Esto no interesa a mis jóvenes, porque son pobres, como
yo; nosotros no somos ricos ni buscamos las riquezas. ¡Ni
siquiera nos pasan por la imaginación!
Al correr el velo vi al fondo cierto número de jóvenes,
todos conocidos, que sufrían como los primeros que contem­
plé, y el guía, señalándolos, me respondió:
-Sí, también interesa esta inscripción a tus muchachos.
-Explícame entonces el significado del término ricos.
Y siguió él diciendo:
-Por ejemplo, algunos de tus jóvenes tienen el corazón
apegado a un objeto material, de forma que este afecto des­
ordenado los aparta del amor a Dios, faltando por tanto, a la
piedad y a la mansedumbre. No sólo se puede pervertir el
corazón con el uso de las riquezas, sino también con el deseo
de las mismas, tanto más si este deseo va contra la justicia.
Tus jóvenes son pobres; pero has de saber que la gula y el
ocio son malos consejeros. Hay algunos que en el propio
pueblo se hicieron culpables de hurtos considerables y, a pe­
sar de que pueden hacerlo, no piensan en restituir. Hay quien
piensa abrir la despensa con ganzúas; y quien intenta pene­
trar en las dependencias del Prefecto o del Ecónomo; quien
registra los baúles de los compañeros para apoderarse de
comestibles, dinero u otros objetos; quien hace acopio de cua­
dernos y de libros para su uso...
Me dijo el nombre de éstos y de otros más, y continuó:
-Algunos se encuentran aquí por haberse apropiado pren­
das de vestir, ropa blanca, cubrecamas y capas que pertene­
cían al Oratorio, para enviarlas a sus casas. Algunos, por
algún otro daño grave, ocasionado voluntariamente y no re­
parado. Otros, por no haber restituido los objetos y cosas que
les habían prestado, y alguno por haber retenido dinero que
se le había confiado para que lo entregase al Superior.
Y concluyó diciendo.
-Y puesto que te fueron indicados estos tales, avísales,
diles que desechen los deseos inútiles y nocivos; que sean
obedientes a la ley de Dios y celosos del propio honor; de
otra forma la codicia los llevará a mayores excesos, que les
sumergirán en el dolor, la muerte y la perdición.
Yo no me explicaba cómo por ciertas cosas, a las que
nuestros jóvenes daban tan poca importancia, tuviesen apa­
rejados castigos tan terribles. Pero el amigo interrumpió mis
reflexiones, diciéndome:
-Recuerda lo que se te dijo cuando contemplabas aque­
llos racimos de la vid echados a perder.
Y levantó otro velo que ocultaba a muchos de otros de
nuestros jóvenes, a los que conocí inmediatamente y que es­
tán en el Oratorio.
Sobre aquel velo estaba escrito: Raíz de todos los males.
E inmediatamente me preguntó:
-¿Sabes qué significa esto? ¿Cuál es el pecado designado
en esta inscripción?
-Me parece que debe ser la soberbia.
-No, me respondió.
-Pues yo siempre he oído decir que la soberbia es la raíz
de todos los pecados.
-Sí; en general se dice que es la soberbia; pero en particular,
¿sabes qué fue lo que hizo caer a Adán y Eva en el primer
pecado, por el que fueron arrojados del Paraíso terrenal?
-La desobediencia.
-Cierto, la desobediencia es la raíz de todos los males.
-¿Qué debo decir a mis jóvenes sobre esto?
-Presta atención. Esos jóvenes que ves aquí, son los des­
obedientes que se están preparando un fin tan lastimoso. Esos
tales y esos cuales que tú crees se han ido a descansar y, en
cambio, de noche se bajan a pasear por el patio, sin preocu­
parse de las prohibiciones del reglamento, van a lugares pe­
ligrosos, suben por los andamios de las obras en construc­
ción poniendo en peligro incluso la propia vida. Algunos, pese
a las normas de los reglamentos, van a la iglesia, pero no
están en ella como deben; en vez de rezar, están pensando
en otras cosas y se entretienen en fabricar castillos en el
aire; otros estorban a los demás. Hay quienes sólo se pre­
ocupan de apoyarse y buscar una posición cómoda para po­
der dormir durante el tiempo de las funciones sagradas; otros,
tú crees que van a la iglesia y en cambio, no aparecen por
ella. ¡Ay del que descuida la oración! ¡El que no reza se
condena! Hay aquí algunos que, en vez de cantar las divinas
alabanzas y el oficio de la Virgen María, se entretienen en
leer libros nada piadosos y otros, cosa verdaderamente ver­
gonzosa, hasta leen libros prohibidos.
Y siguió enumerando otras faltas contra el reglamento,
origen de graves desórdenes.
Cuando hubo terminado, le miré conmovido a la cara; él
clavó sus ojos en mí y yo le dije:
-¿Puedo referir todas estas cosas a mis muchachos?
-Sí, puedes decirles cuanto recuerdes.
-¿Y qué consejo he de darles para que no les sucedan tan
grandes desgracias?
-Debes insistir en que la obediencia a Dios, a la Iglesia, a
los padres y a los superiores, aún en las cosas pequeñas, los
salvará.
-¿Y qué más?
-Les dirás que eviten el ocio, que fue el origen del pecado
de David; incúlcales que estén siempre ocupados, pues así el
demonio no tendrá tiempo para tentarlos. -Ahora que has
visto los tormentos de los demás, es necesario que pruebes
un poco lo que se sufre en el infierno.
-¡No, no!, grité horrorizado.
Él insistía y yo me negaba siempre.
-No temas, me dijo; prueba solamente, toca este muro.
Me faltaba valor para hacerlo y quería alejarme, pero él
me detuvo insistiendo:
-A pesar de todo es necesario que lo pruebes.
Y, aferrándome resueltamente por un brazo, me acercó
al muro mientras decía:
-Tócalo una vez al menos, para que puedas decir que
estuviste visitando las murallas de los suplicios eternos y para
que puedas comprender cuán terrible será la última, si así es
la primera. ¿Ves esa muralla?
Me fijé atentamente y pude comprobar que aquel muro
era de espesor colosal. El guía prosiguió:
-Es el milésimo primero antes de llegar adonde está el
verdadero fuego del infierno. Mil muros más lo rodean. Cada
uno tiene mil medidas de espesor y de distancia del uno al
otro, y cada medida es de mil millas; éste está a un millón de
millas del verdadero fuego del infierno y por eso apenas es
un mínimo principio del infierno mismo. Me agarró la mano y
me hizo golpear sobre la piedra... Sentí una quemadura tan
intensa y dolorosa que, saltando hacia atrás y lanzando un
grito agudísimo me desperté.»
Añade el Santo: «Al hacerse de día pude comprobar que
mi mano, en realidad estaba hinchada». Se le cambió la piel
de la mano derecha.
Al final de su vida, san Juan Bosco vio de nuevo las pe­
nas del Infierno. Así lo relata:
- Vi primeramente una masa informe. De ella salían los
gritos de dolor. Pude oír estas palabras: «Muchos alardean
en la tierra, pero arderán en el fuego». Vi personas indes­
criptiblemente deformes.
Don Bosco conocía a aquellos infelices. Su terror era cada
vez más opresor. Preguntó en alta voz:
-¿No será posible poner remedio o aliviar tanta desventu­
ra? ¿Todos estos horrores y estos castigos están preparados
para nosotros?¿Qué debo hacer yo?
-Sí, hay remedio; sólo un remedio. Apresurarse a pagar
las propias deudas con oración incesante y con la frecuente
comunión.
En el curso del relato, un temblor agitaba todos los miem­
bros del Santo, su respiración era afanosa y sus ojos derra­
maban abundantes lágrimas.
2. Santa Teresa de Jesús

Tres siglos antes, otra gran santa, Teresa de Jesús, había


descrito así el infierno en su autobiografía:
«Me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me pare­
cía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor
que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado,
y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espa­
cio; mas aunque yo viviese muchos años, me parece imposi­
ble olvidárseme. Parecíame la entrada a manera de un calle­
jón muy largo y estrecho, a manera de homo muy bajo y
oscuro y angosto. El suelo me pareció como lodo sucio y de
pestilencial olor.
Sentí un fuego en el alma que yo no puedo entender cómo
poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan
incomportables, que con haberlos pasado en esta vida
gravísimos, y, según dicen los médicos, los mayores que se
pueden acá pasar, no es todo nada en comparación de lo que
allí sentí y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar.
Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma,
un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sentible
y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé
cómo encarecerlo. Porque decir que es un estarse siempre
arrancando el alma, es poco; porque aun parece que otro os
acaba la vida, mas aquí el alma misma es la que se despeda­
za. El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego
interior y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tor­
mentos y dolores. No veía yo quién me los daba, mas sentíame
quemar y desmenuzar, a lo que me parece, y digo que aquel
fuego y desesperación interior es lo peor.
Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar
consuelo no hay que sentarse ni echarse, ni hay lugar, aun­
que me pusieron en éste como agujero hecho en la pared; no
hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo
puede ser esto, que, con no haber luz, lo que a la vista ha de
dar pena todo se ve. Yo no sé cómo fue, mas bien entendí ser
gran merced y que quiso el Señor que yo viese por vista de
ojos de dónde me había librado su misericordia. Porque no es
nada oírlo decir, ni haber yo otras veces pensado en diferen­
tes tormentos, ni que los demonios atenazan, ni otros diferen­
tes tormentos que he leído, no es nada con esta pena, porque
es otra cosa. En fin, como de dibujo a la verdad, y el quemar­
se acá es muy poco en comparación de este fuego de allá.
Cuando yo considero que, aunque era tan malísima, traía
algún cuidado de servir a Dios y, en fin, pasaba grandes en­
fermedades y con mucha paciencia, que me la daba el Se­
ñor; no era inclinada a murmurar, ni a decir mal de nadie, ni
me parece podía querer mal a nadie, ni era codiciosa, ni en­
vidia jamás me acuerdo tener de manera que fuese ofensa
grave del Señor y otras algunas cosas, que, aunque era tan
ruin, traía temor de Dios lo más continuo; y veo adonde me
tenían ya los demonios aposentada, y es verdad que, según
mis culpas, aun me parece merecía más castigo. Mas, con
todo, digo que era terrible tormento, y que es peligrosa cosa
contentamos, ni traer sosiego ni contento el alma que anda
cayendo a cada paso en pecado mortal; sino que, por amor
de Dios, nos quitemos de las ocasiones, que el Señor nos
ayudará como ha hecho a mí. Plegue a Su Majestad que no
me deje de su mano para que yo tome a caer, que ya tengo
visto adonde he de ir a parar.»

3. San Bernardo

En el siglo XII san Bernardo escribía al Conde de Tolosa:


«Los hombres mueren diariamente en pecado, las almas hu­
manas comparecen precipitadamente por todas partes enjuicio
ante el espantoso tribunal de Cristo sin reconciliarse por la
penitencia ni fortificarse con el Santo Viático».
Y en su célebre tratado De Consideratione dirigido al
lJapa Eugenio, su discípulo, se pregunta: «¿Qué es Dios?».
Responde: «El castigo de los perversos y también la gloria de
los humildes. Pues Él es la regla viva e inteligente de la equi­
dad, inflexible e inevitable porque alcanza a todas partes, a la
cual no se puede oponer ninguna maldad sin ser confundida.
¿Y cómo no ha de ser inevitable que toda cosa hinchada y
toda cosa falseada se estrelle contra esta regla y quede he­
cha pedazos? ¡Pero ay de aquel que se alce en el camino de
esta Rectitud que no puede doblegarse ni rendirse, porque es
también Fortaleza! ¿Qué puede ser tan opuesto, tan contra­
rio a la voluntad pervertida como estar siempre esforzándo­
se, siempre luchando contra la Voluntad Divina y siempre en
vano? ¡Ay de estas voluntades rebeldes, pues el único fruto
de sus esfuerzos es el dolor de su oposición! ¿Qué mayor
miseria que estar deseando siempre lo que no será nunca?
¿Qué destino puede ser más horrible que el de una voluntad
sujeta a una necesidad tan grande de amar y de odiar que ya
no puedo amar ni odiar nada sino de un modo perverso o con
tanta desventura como malicia? Eternamente le será negado
lo que ambiciona y eternamente tendrá que soportar lo que
odia... ¿Quién es la causa de todo esto? Nuestro justiciero
Señor y Dios quien “con los perversos se m ostrará
perverso”(Sal. 17 27). No puede haber concordia alguna en­
tre la voluntad perversa y la Voluntad que es completamente
justa, las dos tienen que estar siempre en discordia. Sin em­
bargo, sólo una de ellas puede sufrir daño y sería blasfemo
suponer que ha de ser la Voluntad de Dios. De aquí que se
dijera a Saúl: “Es duro para ti dar coces contra el aguijón”
(Hech. 95), duro, fíjaos, no para el aguijón, sino para el que
da coces contra él.
Dios es igualmente el castigo de los impuros. Pues Dios
es luz, y ¿qué cosa es tan inadecuada como la luz para las
almas impuras y degradadas? Por consiguiente está escrito:
Todo el que hace el mal odia la luz” (Juan. 330). Pero pre­
gunto: ¿No pueden ellos esconderse de sus rayos? No, eso
es imposible. Pues la luz brilla en todas partes aunque no
para todos. Brilla en las tinieblas y las tinieblas no la contie­
nen (Juan. Is). La luz contempla las tinieblas, porque para
ella brillar es ver; pero no es contemplada por las tinieblas,
puesto que las tinieblas no la contienen. Por tanto los impu­
ros son vistos para que puedan ser confundidos, pero no pue­
den ver para que no sean consolados. ¡Oh, en qué horrible
posición se encuentran los réprobos, eternamente enfrentados,
como así lo estarán, con el poderoso torrente de la justicia in­
flexible, eternamente expuestos a la luz de la Verdad desnuda!
¿No es evidente que tienen que estar eternamente aplastados,
eternamente confundidos? De aquí que leamos en el profeta:
'Trae sobre ellos el día de la aflicción y con una doble destruc­
ción destruyelos, oh, Dios nuestro Señor' (Jer. 1718).»

4. Santa Verónica Juliani

A principios del s. XVIII santa Verónica Juliani, la viden­


te capuchina estigmatizada y gran penitente, describía la pri­
vación de Dios como pena suprema:
«He estado toda la noche combatiendo. Sobre todo me
han atormentado aquellas dudas sobre si estoy engañada y
de que todo mi vivir sea pura invención del demonio. ¡Oh
Dios, cómo me hace sufrir todo esto!
Antes de Maitines he tenido aquel padecer de eternidad
por espacio de dos horas. No podía recurrir a Dios, porque
me parecía estar no en lugar de piedad, sino de justicia.
Esta pérdida de Dios es una pena tan atroz, que no se
puede explicar; lleva consigo todas las penas. En ese estado,
a pesar de estar sufriendo tantas formas de padecimientos,
nada suponen; todo se siente al vivo, pero ese conocimiento
de tener que estar por toda la eternidad sin Dios supera to­
dos los sufrimientos, todos los tormentos; y parece que todo
cuanto se puede ponderar del infierno se reduce y se encie­
rra en esta pena de la pérdida del Sumo Bien.
¡Oh Dios! Yo no puedo explicarme bien sobre este punto,
pero querría que todos lo entendieran de verdad, sobre todo
los pecadores, para que cambiaran de vida y no se expusie­
ran a perder a Dios por toda la eternidad. ¡Oh Jesús mío!
Haced Vos que esto sea comprendido, porque yo con la plu­
ma no puedo decir palabra. ¡Oh, aquí sí que se tiembla y se
está con temor! Y, después de todo, son temblores y temores
que de nada sirven si no es para hacernos entender lo que es
un alma sin Dios. Ella sola parece ser el mismo infierno.
¡Oh! Pensad lo que son las penas atrocísimas de ese in­
fierno. No se pueden comprender, no se pueden describir.
Por decirlo con una sola palabra: para comprender su atroci­
dad basta decir que aquellas pobres almas están privadas de
Dios. Con sólo decir esto se puede tener idea de lo que es
esa pena que encierra en sí todas las penas infernales. ¡Oh
Dios, qué angustia, qué tormentos tan atroces experimento
yo en ese trance! No me extiendo más, porque sólo el ir
escribiéndolo de esta forma me hace temblar de tal modo
que no puedo tener la pluma en la mano. ¡Dios sea alabado!
Todo es poco por su amor.»

5. San Antonio Ma Claret

La segunda mitad del siglo XIX fue dolorosísima para la


Iglesia, pero Dios llenó la tierra de grandes Santos. Nombra­
remos sólo dos que vienen a nuestro caso. Uno de ellos fue
san Antonio Ma Claret que en su autobiografía nos proyecta
la visión del infierno.
«Las primeras ideas de que tengo memoria son que cuando
tenía algunos cinco años, estando en la cama, en lugar de
dormir, yo siempre he sido muy poco dormilón, pensaba en la
eternidad, pensaba, siempre, siempre, siempre; yo me figu­
raba unas distancias enormes, a éstas añadía otras y otras, y,
al ver que no alcanzaba al fin, me estremecía y pensaba: los
que tendrán la desgracia de ir a la eternidad de penas, ¿ja­
más acabarán el penar, siempre tendrán que sufrir? ¡Sí,
siempre, siempre tendrán que penar!
Esto me daba mucha lástima, porque yo, naturalmente,
soy muy compasivo. Y esta idea de la eternidad de penas
quedó en mí tan grabada, que ya sea por lo tierno que empe­
zó en mí o ya sea por las muchas veces que pensaba en ella,
lo cierto es que es lo que más tengo presente. Esta misma
idea es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y
me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los peca­
dores, en el pulpito, en el confesonario, por medio de libros,
estampas, hojas volantes, conversaciones familiares, etc.
La razón es que, como yo, según he dicho, soy de cora­
zón tan tierno y compasivo que no puedo ver una desgracia,
una miseria que no la socorra, me quitaré él pan de la boca
para dar al pobrecito y aun me abstendré de ponérmelo en la
boca para tenerlo y darlo cuando me lo pidan, y me da escrú­
pulo el gastar para mí recordando que hay necesidades que
remediar; pues bien, si estas miserias corporales y momen­
táneas me afectan tanto, se deja comprender lo que produci­
rá en mi corazón el pensar en las penas eternas del infierno,
no para mí, sino para los demás que voluntariamente viven
en pecado mortal.
Yo me digo muchas veces: Es de fe que hay cielo para los
buenos e infierno para los malos; es de fe que las penas del
infierno son eternas; es de fe que basta un solo pecado mor­
tal para hacer condenar un alma, por razón de malicia infinita
que tiene el pecado mortal, por haber ofendido a un Dios
infinito. Sentados esos principios certísimos, al ver la facili­
dad con que se peca, con la misma con que se bebe un vaso
de agua como por risa y por diversión; al ver la multitud que
están continuamente en pecado mortal y que van caminando
a la muerte y al infierno, no puedo tener reposo.
Ni sé comprender cómo los otros sacerdotes que creen
en estas mismas verdades que yo creo y todos debemos creer,
no predican ni exhortan para preservar a las gentes de caer
en los infiernos.
Y aun admiro cómo los seglares, hombres y mujeres que
tienen fe, no gritan y me digo: Si ahora se pegara fuego a una
casa y, por ser de noche, los habitantes de una misma casa y
los demás de la población están dormidos y no ven el peligro,
el primero que lo advirtiese, ¿no gritaría, no correría por las
calles gritando: ¡Fuego, fuego! en tal casa? Pues ¿por qué no
han de gritar fuego del infierno para despertar a tantos que
están aletargados en el sueño del pecado, que cuando se
despertarán se hallarán ardiendo en llamas del fuego eterno?
Esa idea de la eternidad desgraciada que empezó en mí
desde los cinco años con muchísima viveza y que siempre
más la he tenido muy presente, y que, Dios mediante, no se
me olvidará jamás, es el resorte y aguijón de mi celo para la
salvación de las almas.
A este estímulo, con el tiempo se añadió otro que después
explicaré, y es el pensar que el pecado no sólo hace conde­
nar a mi prójimo, sino que principalmente es una injuria a
Dios, que es mi Padre. ¡Ah!, esta idea me parte el corazón
de pena y me hace correr como... Y me digo: Si un pecado
es de una malicia infinita, el impedir un pecado es impedir
una injuria infinita a mi Dios, a mi buen Padre.
Si un hijo tuviese un padre muy bueno y viese que, sin
más ni más, le maltratan, ¿no le defendería? Si viese que a
este buen padre inocente le llevan al suplicio ¿no haría todos
los esfuerzos posibles para librarle, si pudiese? Pues ¿qué
debo hacer yo para el honor de mi Padre, que es así tan
fácilmente ofendido e, inocente, llevado al calvario para ser
de nuevo crucificado por el pecador, como dice San Pablo?
¿El callar no sería un crimen? ¿El no hacer todos los esfuer­
zos posibles no seria...? ¡Ay Dios mío! ¡Ay Padre mío! Dadme
el que pueda impedir todos los pecados, a lo menos uno, aun­
que de mí hagan trizas.
Igualmente me obliga a predicar sin parar el ver la multi­
tud de almas que caen en los infiernos, pues que es de fe que
todos los que mueren en pecado mortal se condenan. ¡Ay!
Cada día se mueren ochenta mil personas (según cálculo
aproximado), ¡y cuántas se morirán en pecado y cuántas se
condenarán! Pues que tal es la muerte según ha sido la vida.
Y como veo la manera con que viven las gentes, muchísi­
mas de asiento y habitualmente en pecado mortal, no pasa
un día que no aumenten el número de sus delitos. Cometen la
iniquidad con la facilidad con que beben un vaso de agua,
como por juguete y por risa obran la iniquidad. Estos desgra­
ciados, por sus propios pies, marchan a los infiernos como
ciegos, según el Profeta Sofonías: Caminaron como ciegos
porque pecaron contra el Señor.
Si vosotros vierais a un ciego que va a caer en un pozo, en
un precipicio, ¿no le advertiríais? He aquí lo que yo hago y que
en conciencia debo hacer: advertir a los pecadores y hacerles
ver el precipicio del infierno al que van a caer. ¡Ay de mí si no lo
hiciera, que me tendría por reo de su condenación!
Quizás me diréis que me insultarán, que los deje, que no
me meta con ellos. ¡Ay, no, hermanos míos! No les puedo
abandonar; son mis queridos hermanos. Decidme: Si voso­
tros tuvierais un hermano muy querido enfermo, y que por
razón de la enfermedad estuviera en delirio, y en la fuerza de
la fiebre os insultara, os dijera todas las perrerías del mundo,
¿le abandonaríais?
Estoy seguro de que no. Por lo mismo, le tendríais más
lástima y haríais todo lo posible para su salud. Este es el caso
en que me hallo con los pecadores. Los pobrecitos están
como delirantes. Por lo mismo, son más dignos de compa­
sión, no los puedo abandonar, sino trabajar por ellos para que
se salven y rogar a Dios por ellos, diciendo con Jesucristo:
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen ni lo
que dicen.
Cuando vosotros veis a un reo que va al suplicio, os da
compasión. Si le pudierais librar, ¡cuánto no haríais! ¡Ay, her­
manos míos! Cuando yo veo a uno que está en pecado mor­
tal, veo a uno que cada paso que va dando, al suplicio del
infierno se va acercando; y yo que veo al reo en tan infeliz
estado, conozco el medio de librarle, que es el que se con­
vierta a Dios, que le pida perdón y que haga una buena con­
fesión. ¡Ay de mí si no lo hiciera!
Quizá me diréis que el pecador no piensa en infierno, ni
siquiera cree en infiernos. Tanto peor. Y que ¿por ventura
pensáis que por esto dejará de condenarse? No por cierto;
antes bien es una señal más clara de su fatal condenación,
como dice el Evangelio: "El que no crea será condenado '.
Y, como dice Bossuet, esta verdad es independiente de su
creencia; aunque no crea en el infierno, no dejará por esto de
ir, si tiene la desgracia de morir en pecado mortal, aunque no
crea ni piense en el infierno.
Os digo con franqueza que yo, al ver a los pecadores, no
tengo reposo, no puedo aquietarme, no tengo consuelo, mi
corazón se me va tras ellos, y para que vosotros entendáis
algún tanto lo que me pasa, me valdré de esta semejanza. Si
una madre muy tierna y cariñosa viera a un hijo suyo que se
cae por una ventana muy alta o se cae en una hoguera, ¿no
correría, no gritaría: hijo mío, hijo mío, mira que te caes?
¿No le agarraría y tiraría por detrás si le pudiera alcanzar?
¡Ay, hermanos míos! Debéis saber que más poderosa y va­
liente es la gracia que la naturaleza. Pues si una madre, por
el amor natural que tiene a su hijo, corre, grita y agarra a su
hijo y le tira y le aparta del precipicio: he aquí, pues, lo que
hace en mí la gracia.
La caridad me urge, me impele, me hace correr de una
población a otra, me obliga a gritar: ¡Hijo mío, pecador,
mira que te vas a caer en los infiernos! ¡Alto, no pases
más adelante! Ay, cuantas veces pido a Dios lo que pedía
santa Catalina de Siena: Dadme, Señor, el ponerme por puer­
tas del infierno y poder detener a cuantos van a entrar
allá y decir a cada uno: ¿Adonde vas infeliz? ¡Atrás,
anda, haz una buena confesión y salva tu alma y no ven­
gas aquí a perderte por toda la eternidad!
Otro de los motivos que me impelen en predicar y confe­
sar es el deseo que tengo de hacer felices a mis prójimos.
¡Oh, qué gozo tan grande es el dar salud al enfermo, libertad
al preso, consuelo al afligido y hacer feliz al desgraciado!
Pues todo esto y mucho más se hace con procurar a mis
prójimos la gloria del cielo. Es preservarle de todos los males
y procurarle y hacer que disfrute de todos los bienes, y por
toda la eternidad. Ahora no lo entienden los mortales, pero,
cuando estarán en la gloria, entonces conocerán el bien tan
grande que se les ha procurado y han felizmente conseguido.
Entonces cantarán las eternas misericordias del Señor y las
personas misericordiosas serán por ellos bendecidas.»

6. San Ju an M aría Vianney

Otro gran santo del siglo XIX fue el Cura de Ars que dejó
escrito esto precisamente sobre el infierno.
«No poder amar nunca a Dios en el infierno. ¡Qué des­
gracia!
Si un condenado pudiese decir una sola vez: “Dios mío, os
amo”, ya no habría más infierno para él... Pero, ¡ay de esta
pobre alma! Ha perdido el poder de amar que recibió y del
cual no ha sabido aprovecharse. Su corazón se ha secado
como la uva después de haber sido prensada. Ya no hay
felicidad para este alma, no hay paz, porque no hay amor. El
infierno hunde sus raíces en la bondad de Dios. Los conde­
nados dirán: ¡Ah! Si al menos Dios no nos hubiera amado
tanto, sufriríamos menos! ¡El infierno sería soportable!... Pero
haber sido amados tanto! ¡Qué dolor!
Si ellos pudieran tener la esperanza de que podrían una
sola vez rezar durante un minuto, esperarían este minuto con
tal impaciencia que suavizaría sus tormentos.
Si los pobres condenados tuviesen el tiempo que nosotros
perdemos, ¡qué buen uso harían! Si tuviesen sólo media hora,
esta media hora invalidaría el infierno.
Ya no hay felicidad en este alma, ya no hay paz, porque
ya no hay amor. *

El infierno donde será tan duro haber sido separado de El...


Pido al buen Dios que me haga sufrir cuanto quiera, pero
que, al menos, me conceda la gracia de no ser condenado.»
«No hay necesidad de probar el infierno.
Los malos cristianos son desgraciados como las piedras y
lo serán por toda la eternidad.
Ningún reprobado ama a ningún otro reprobado, el her­
mano odia a su hermano, el hijo a su padre, la madre a su
hijo; y este odio universal se concentra sobre Dios; he aquí lo
que es el infierno.»
Estaba continuamente persuadido de la terrible justicia de
Dios. Por esto en una ocasión pronunció las siguientes palabras:
«¡Malditos de Dios!... ¡Malditos de Dios! ¡Oh qué horri­
ble desgracia! ¿Comprendéis hijos míos? ¡¡¡malditos de Dios
!!! ¡Malditos de Dios, el cual no sabe sino bendecir!, ¡maldi­
tos de Dios, el cual es todo amor, malditos de Dios, que es la
misma bondad! ¡malditos sin remisión! ¡malditos para siem­
pre ! ¡¡¡malditos de Dios!!!»
Durante un cuarto de hora, no pudo decir nada más.
«Ellos se condenan a maldecir por toda la eternidad.
El infierno arroja sus maldiciones sobre la tierra, como la
válvula de vapor arroja humo.»
«¡Ay si los condenados pudiesen venir a Ars, sacarían
mejor provecho que todos vosotros!», tuvo que confesar el
demonio en un poseso en Ars.

7. Las videntes de Fátima

Y ya en este siglo XX, la Virgen María en su tercera


aparición el día 13 de julio de 1917, muestra a las tres viden­
tes de Fátima el infierno. Así lo relata Lucía:
«Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las ma­
nos como los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar
en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en
este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas
transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que
fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas
mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo ha­
cia todos lados, semejante a la caída de pavesas en grandes
incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos
de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estre­
mecer de pavor. (Debía ser a la vista de eso que di un “ay”
que dicen haber oído.) Los demonios se distinguían por sus
formas horribles y asquerosas de animales espantosos y des­
conocidos, pero transparentes como negros tizones de bra­
sa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a
Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:
-“Habéis visto el infierno, donde van las almas de los po­
bres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el
mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo
que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz”.
Jacinta, a partir de entonces, no tuvo otro pensamiento que
el de convertir pecadores y preservar las almas del infierno.
Ofrecía a Dios continuos sacrificios. Vivía apasionada por el
ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio
del infierno, cuya pavorosa visión tanto le impresionó.
Alguna vez preguntaba a Lucía: “¿Por qué es que Nues­
tra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo vie­
sen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella
Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás
cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si
yo pudiera mostrarles el infierno!”
De Jacinta son estas reflexiones:
“Los pecados que llevan más almas al infierno son los de
la carne.
Han de venir unas modas que han de ofender mucho a
Nuestro Señor.
Las personas que sirven a Dios no deben andar con la moda.
Los pecados del mundo son muy grandes.
Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo
para cambiar de vida. Los hombres se pierden porque no pien­
san en la muerte de Nuestro Señor ni hacen penitencia”.»
6. CONCLUSIÓN

Una meditación a modo de conclusión y propósito

Pone san Ignacio como meditación en la primera semana de


los Ejercicios Espirituales la del infierno, con el fin de que, al
contemplar los sufrimientos atroces de los condenados, «si del
amor del Señor eterno me olvidase, por mis faltas, a lo menos el
temor de las penas me ayude para no venir en pecado».
A modo de cierre, sería provechoso meditar el texto que
el jesuíta P. Antonino Oraa, sitúa para conmover al alma, y
decidirla a cambiar de vida:
«Sabemos relativamente poco de la naturaleza de los es­
píritus, y por eso acertamos mal a comprender sus goces y
sus penas. Que el alma puede sufrir, sufrir mucho, más que
el cuerpo, cosa es clara; si el cuerpo sufre es porque del
alma recibe la sensibilidad, la capacidad de sufrir. ¿Qué su­
fre en el infierno? Tres palabras pueden compendiarlo, si­
quiera nosotros no podamos perfectamente comprenderlas.

Ij Tristeza. El gusano roedor que les atormenta no


muere. ( Marc. 9 43). Remordimiento, torcedor continuo que
les produce horrible tristeza. ¿Qué es la tristeza? Un afecto
indefinible que trueca las mayores dulzuras en amargura, las
más halagüeñas esperanzas en desaliento, la dicha en pesar,
la tranquilidad en desasosiego. Losa de plomo que oprime el
corazón y entenebrece el alma y hace tediosa la vida, es lo
contrario de la alegría e incompatible con ella.
¿De qué se origina? Nace en nosotros de una de tres
causas:
1) Del recuerdo de un bien perdido: la salud, la fortuna,
un amigo, una madre... Se van llevándonos pedazos de alma,
destrozando nuestra vida, y al pie del lecho de muerte de un
ser querido, al que nos sentíamos unidos más que la hiedra al
tronco que la sostiene, nos parece que todo ha acabado para
nosotros: que la luz es sombra, que las flores han perdido sus
colores y su aroma, lo dulce se ha trocado en amargo; el
mundo es un desierto; la vida, una carga insoportable...
2) Nace otras veces la tristeza de la presión de un mal
presente, un dolor que nos atenaza, una deshonra que nos
abate, una persecución que nos agita... y no nos deja sosegar
ni hallar en nada paz y sosiego.
3) Otras, por fin, se debe al temor de algún mal futuro;
aparece, por ejemplo, en nuestro cuerpo una manchita que
puede ser, o se nos antoja, prenuncio de un cáncer... Nos van
llegando noticias pesimistas y vemos que se avecinan suce­
sos terribles, en los que vamos a peligrar... Empiezan a enre­
darse los negocios y prevemos una quiebra, la ruina total de
nuestra hacienda... ¡Cómo nos conturba el ánimo la visión de
ese fantasma misterioso que nos acecha y avanza oculto en
la sombra de un porvenir ignoto...Y nos roba el sueño, el
apetito, la tranquilidad, y nos pone febriles y nos hace vivir
una vida que no es vida!

Pues apliquemos estas consideraciones al alma del con­


denado y ponderemos el efecto que en ella han de producir.
a) ¡El pasado! ¡Todo lo ha perdido! ¡Imposible recobrar­
lo, y le hubiera sido tan fácil evitarlo! ¡Se agolparán a la men­
te del condenado las gracias recibidas en su vida, desde la
inestimable del bautismo hasta la última, que ya en el lecho
de la muerte y en el estertor de la agonía le fue dada; recor­
dará lo fácil que con ellas le hubiera sido recobrar la amistad
de Dios y evitar el tormento horrible que padece; recordará
los ejercicios espirituales, si hubiera respondido al llamamiento
dulcísimo del perdón que en ellos sintió y hubiera hecho una
buena confesión, cosa tan fácil! Por necedad lo dejó para
más tarde. ¡Dolor será, sin duda, vivísimo para el condenado
el recuerdo de haberse perdido por una nonada, mientras tan
fácil le hubiera sido hacerse eternamente feliz!
b) ¡El presente! Sobre él gravan los males todos, sin ex­
perimentar bien alguno, ni alivio el más pequeño, ni descanso
o cambio de postura o remisión la más liviana. Por mucho
que exageremos quedaremos siempre coitos.
c) ¡El futuro! Lo ve clarísimo y al mismo tiempo espantoso.
Avanzan hacia él en escuadrón cerrado los males más acerbos,
sin que tenga posibilidad de detenerlos, de rehuirlos... ¡Sufrir!...,
¡sin alivio!, ¡sin fin! "Pero todo esto es el comienzo de los
dolores" (Mat. 248). Mil veces más horrenda es:

II) La desesperación

"Buscan la muerte y no la hallan" (Apocalipsis, 96).

a) Aquí, en la vida, Dios misericordiosamente ha puesto


en el fondo del cáliz del más acerbo dolor una gota de miel:
es la esperanza. Reserva dulcísima que conforta y alienta y
hace llevadero, al menos, lo que sin ella sería intolerable. Y
ha de ser la más cruel enfermedad, la más bochornosa des­
honra, la más negra ingratitud, la más difícil situación, y mien­
tras la esperanza no desaparece, se mira confiado al hori­
zonte, y allá, en lontananza, luce un tenue albor que se espe­
ra ha de llegar a la aurora clara y a día espléndido de luz y
ventura. Y aun en el trance más apurado, cuando en lo hu­
mano ya no hay remedio posible, confortan el ánimo cristia­
no dos pensamientos que fundan la esperanza más alentado­
ra: sé que puedo transformar las penas de aquí abajo en mérito
de eterna gloria; no sufro sin fruto ni provecho, y sé, además
que todo sufrimiento terreno tiene un término certísimo: ¡la
muerte! Puedo con mi sufrimiento ganar el cielo y trocar en
bien infinito lo que me parece mal insufrible. Y cuando falta
la esperanza y se apodera del hombre la desesperación, el
dolor se exacerba hasta el paroxismo y viene... ¡el suicidio!
b) En cambio, en el fondo del cáliz de dolor que ha de
apurar el condenado, como extracto de toda amargura está
la desesperación. Nace y crece y se perpetúa a merced del
exceso de padecer y por la continuidad no interrumpida, que
nada calma, ni nadie puede calmar, ni ofrece el más mínimo
destello de futuro alivio. A impulsos de esa desesperación, y
como la planta de su raíz, brota en el alma réproba el ansia
vivísima de darse la muerte. Quisieran acabar de una vez,
pero: “Buscan la muerte y no la e n c u e n tr a n Buscarán
la muerte y no la encontrarán. Y no pudiendo dársela a sí
mismos, se volverán a cuantos les rodean para pedírsela. El
hijo al padre, condescendiente en demasía; la hija a la madre,
prevaricadora; el amigo a la amiga, lazo de perdición; el cóm­
plice a su cómplice... Se volverán a su Dios, y entre horren­
das blasfemias le pedirán que acabe con ellos, mas en vano,
porque el Señor, por medio de la voz de su conciencia, les
repetirá lo que un día dijo a Caín: “Quien mate a Caín recibi­
rá castigo siete veces doblado. Y puso Dios a Caín una
señal para que nadie de cuantos lo toparan le matase ”.
(Gen. 415). Así a los condenados la señal de inmortalidad.
Con acierto grande puso Dante, en la Divina Comedia, a
la entrada del infierno, aquella inscripción: “Dejad toda espe­
ranza los que aquí entráis”. Se pierde en el infierno la espe­
ranza, y lo que es aún más terrible: la caridad; allí ni se espe­
ra, ni se ama. ¡Todo es desesperación y odio!

III) La agonía

a) Ansia de ver a Dios jamás satisfecha. Tormento el


más horrible. Pena de daño, de la que se atreve a escribir
san Agustín: “Es tan grande cuan grande es el mismo Dios”.
Por mucho que la ponderemos, siempre quedaremos muy
lejos de comprenderla. Criados para Dios, para la felicidad,
es en nosotros el ansia de gozar irrefrenable: por eso todos
buscamos la dicha. Como aquí Dios se nos esconde, y no le
vemos sino abstractivamente y como entre nubes, reflejado
en el espejo de las criaturas, y, en cambio, los encantos cria­
dos los vemos intuitivamente, engañados neciamente nos lan­
zamos a apagar en ellos nuestra sed de gozar.
h) Cuando luzca el día de la eternidad, a su luz veremos a
Dios tal como es, y las hermosuras y perfecciones criadas se
apagarán, como las luces al salir el sol; y cesando la impre­
sión de las criaturas, se enfocará toda la energía del alma
hacia Dios, y rotos los hilos que a las hermosuras criadas le
atan, recobrarán sus alas libres todo su impulso de ascensión
hacia la Belleza increada; y se lanzará con ansia infinita a
satisfacer su necesidad de amar y de gozar y de ser feliz. Y
entonces oirá él: “/ apáñate maldito!”, y se verá rechazado
por Dios por toda la eternidad: ¡Qué cosa más horrible que
estar siempre queriendo lo que nunca se ha de lograr y re­
chazando lo que siempre se ha de tener! (San Bernardo).
Eternamente sediento, viendo fluir a flor de labio un raudal
de puras y frescas aguas sin que le sea permitido ni siquiera
humedecer sus labios. Algo vislumbraron de ello los gentiles
y lo materializaron en el suplicio de Tántalo.
c) ¿Qué sentiría una madre a la que arrancasen de los bra­
zos a su hijuelo queridísimo, si lo oyera llamar angustioso y ten­
der a ella los brazos en demanda de auxilio porque le atormen­
taban? Si, detenida con violencia, no pudiera vencerla, moriría
de pena al no poder volar en socorro de su hijito.
¿Qué sentiría un náufrago a punto de ahogarse si al ver
una lancha y tender a aferrarse a ella para no morir viese
que a bordo su mayor enemigo esgrimía furioso un hacha
afiladísima para cortarle a cercén la mano que tendía a la
borda? Algo de eso sentirá el condenado al querer, con el
anhelo de quien se siente morir, tender a la vida, que es Dios,
y verse de El rechazado.
Si amáramos como los Santos amaban, podríamos ras­
trear lo que es este suplicio. Recreábase con sus hijas, a lo
divino, santa Teresa de Jesús, y ardiendo en amor cantaba
aquella coplilla del "vivo sin vivir en mí, y tan alta gloria espe­
ro, que muero porque no muero", cuando sintió tales anhelos
de unirse a Cristo, que la pena de ver que tal unión se le
difería, la hizo caer desfallecida en brazos de sus hijas. ¡Y
estuvo varios días a punto de muerte! ¿Qué será el sentir
tales ansias y verse rechazado?
IV) La eternidad del infierno

Esto es lo más horrible: sin ella todo lo demás sería lleva­


dero; con ella, el más ligero dolor se hace insufrible.
a) ¿Qué es? Cosa fácil de definir: “duración sin térmi­
no”, imposible de comprender. Dijo Cesáreo que es la eterni­
dad un día que carece de tarde, porque nunca verá puesto el
sol de su claridad; para los condenados, mejor pudiera decir­
se que es una noche que carece de aurora, sin que nunca les
amanezca el sol. Suelen, para hacernos vislumbrar algo de
su grandeza, traerse algunas consideraciones. Si un pajarito
trasladara cada año una gota de las aguas del océano, ¿cuándo
agotaría los mares? Horroriza pensarlo y se pierde uno al
intentar calcularlo. Pues entonces la eternidad se estaría tan
entera como ahora.
b) Pero ¿es eterno, el infierno? Sí, que clara y reitera­
damente lo dice el Señor: al fuego eterno (Mat. 2541); y la
razón misma lo persuade. Sin ella, siendo el alma inmortal, al
cabo de algún tiempo, dice san Jerónimo, no hay diferencia
entre la virgen y la cortesana. Todos, justos, impíos, serán
iguales: Judas y Pedro, Nerón y Vicente de Paúl... Todos
lograrán idéntica dicha; cosa absurda y que repugna a la jus­
ticia de Dios. Además, la sanción del pecado debe ser tal,
que Dios aparezca dueño absoluto. Ahora bien: si el infierno
no fuera eterno, Dios no sería soberano Señor; sus órdenes
podrían ser impunemente violadas; sus amenazas, burladas;
toda su ley despreciada, y El mismo, ultrajado a mansalva.
En efecto, el pecador impenitente podría desafiar a Dios;
más aún, obligarle a ceder y a abrirle el cielo; pues que, pa­
sado el tiempo más o menos largo de pena, tendría que cesar
de atormentarle. ¡Ni vale decir que podría Dios aniquilar al
pecador! El aniquilamiento no es una pena absoluta, pues
que algunos lo desean y lo piden. En fin, esta necesidad de
aniquilar al pecador obstinado sería para Dios una verdadera
derrota. Y pudiera añadirse otra razón: la sanción del pecado
debe durar cuanto dure la falta, y como después de la muerte
la falta es inexpiable, pues no hay ya gracia de conversión,
síguese que no hay arrepentimiento posible. El pecador ha
rechazado voluntariamente a Dios, su fin último, y se ha cons­
tituido a sí mismo su fin. En adelante no puede cambiar, está
ineludiblemente fijo al término que ha elegido, es decir, a sí
mismo; pero esa elección, que lleva a la pérdida de Dios, es
propiamente el infierno eterno.
c) ¡Infierno eterno! Si lo pensáramos: Es el gran pensa­
miento capaz de estremecer a cualquiera, y eficaz para en­
tonarlo en la lucha; a los dieciocho años de edad emprendió
el joven Martiniano la vida solitaria; llevaba veinticinco en
ella, cuando un día de tormenta sintió que llamaban a la puer­
ta de su mísera chozuela. Abrió; un pobre mendigo pedíale
permiso para entrar a calentarse al amor de la lumbre; entró,
y poco después, arrojando sus andrajos, presentósele
provocadora una desdichada joven. Martiniano a la vista del
peligro, tiembla, pero en su corazón vive el recuerdo de la
eternidad del infierno, y movido por él se acerca al fuego,
descalza uno de sus pies de la pobre sandalia que lo defiende
y mételo entre las brasas. Un acerbísimo dolor le hace exha­
lar un grito de angustia, y en alta voz clama: ¡Ay, Martiniano!,
no puedes sufrir un instante el fuego de la tierra, ¿podrás
sufrir una eternidad el del infierno? La tentación fue vencida,
y la desdichada pecadora, conmovida profundamente, rom­
pió a llorar, convirtiéndose e hizo terrible penitencia.
Con razón escribiera San Crisóstomo: "Ninguno de los que
tienen ante sus ojos el infierno caerá en él; y ninguno de los que
lo desprecian escapará de él." ¡Cómo nos contendría en el cum­
plimiento de nuestro deber! ¡Cómo nos esforzaría al sacrificio!
¡Cómo nos empujaría al ejercicio del bien y del apostolado! San
Agustín, predicando a su pueblo, le decía: "Me estremece el
fuego eterno, tiemblo de temor, os daría seguridad si la tuviese
para mí. En verdad que quien a tan grande trueno no se despier­
ta, no está dormido, sino muerto..."
Coloquio. Pidamos al Señor nos enclave con su santo
temor. Démosle gracias, pues tantas veces nos ha librado del
infierno merecido. Si lograra salir uno de los condenados y
se le concedieran unos años de vida, ¿cómo los emplearía?
¿Cómo viviría? Pues ¿es menor gracia no habernos echado
en él cuando lo merecíamos? Pensémoslo y veamos lo que
debemos hacer. Prometamos huir de las ocasiones que antes
nos hicieron pecar. [Juremos no más pecar!
Jesús está en la cruz por librarme: “No sea en vano
tanto trabajo. ¡No me condenes!”»

* * *

Que toda la tierra sea,


con la Virgen María,
gloria de Dios.
INDICE GENERAL

IN T R O D U C C IÓ N ...........................................................5

1.OBJETO
1. Un fin a l........................................................................... 5
2. ¿Hay alguien que quiera convertirse?..........................6
3. ¿Es válida aún la pastoral ¿"No hablar
del Infierno"?.................................................................7
4. ¿Qué hacer para que la idea de la existencia
del infierno se tome en serio?....................................... 9
5. Parábolas del Juicio final y del Rico Epulón
y el pobre Lázaro.......................................................... 11
6. ¿Qué entendemos por infierno?................................... 12

2. DE LA PLUMA DEL FILÓSOFO JAIME BALMES


1. Importancia de la fidelidad y fiabilidad
del mensaje....................................................................13
2. Lo que enseña el dogma católico................................ 15
3. Misericordia y castigo.................................................. 16
4. El sentimentalismo....................................................... 17
5. El error no destruye la realidad................................... 18
6. La justicia exige el castigo............................................20
7. La triunfante injusticia................................................. 20
8. No es suficiente el castigo en esta vida........ ............ 22
9. Por qué Dios prolonga las penas toda la
eternidad. Es lógico que no podamos
comprender a Dios....................................................... 22
10. Un dolor que tiene fin no disuade de hacer el mal.....24
11. Así es la naturaleza hum ana..................................... 25
12. El placer de lo inmediato............................................26
13. El dogma del infierno como signo de
intolerancia.................................................................26
Conclusión.......................................................................... 28
3. LOS DEFENSORES DE LA FE
1. Bertrand L. Conway..................................................... 28
2. Paul Bernard..................................................................33
3. El Padre Lacordaire...................................................... 35
4. Un autor contemporáneo explica así la existencia
y eternidad de las penas del infierno........................... 36

4. SUFRIMIENTOS DEL INFIERNO


1. Pena de d añ o .................................................................41
2. Pena de sentido..............................................................44
3. Breves reflexiones ascéticas......................................... 45
4. ¿Infierno vacío?.............................................................50

5. TESTIMONIOS DE LOS SANTOS


1. San Juan B osco............................................................. 54
2. Santa Teresa de Jesú s.................................................. 70
3. San Bernardo................................................................. 71
4. Santa Verónica Juliani....................................................73
5. San Antonio M* Claret.................................................. 74
6. San Juan María Vianney............................................... 79
7. Las videntes de Fátim a................................................. 80

6. CONCLUSIÓN
Una meditación a modo de conclusión y propósito..........82
NOTICIAS CRISTIANAS es una iniciativa editorial creada para ofre­
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asociación y está formada por laicos católicos conscientes de que el amor
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-Dios Abatido. N.C. católico. A. Macaya.
-Im muerte de cada día. N.C.
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-A prueba de santos. A. Saudreau. en catalán:
-Doctrina social de la Iglesia. A. M*.
Oriol. - Estimem l'Església. R. Masnou.
-Amemos a la Iglesia. R. Masnou. -Preveres per al tercer mil lenm.
-Jesucristo visto por un cantero. A. Puig i Tárrech.
P. Pujol Albancll. - Familia i vida. A. M*. Oriol
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