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Eva Anaya Martin -Traición

Serie: Hermanos del Castillo

Titulo: nº 1 de la serie, Traición

Género: Contemporáneo

Autor: Eva Anaya Martin

Protagonistas: Juan y Eva

Argumento:

Juan y Eva se amaban desde niños, todo era felicidad entre ellos…

Una sola noche, una pequeña discusión y sus vidas cambiarán para siempre.

Juan está furioso con Eva, como se atreve a dejarlo plantado en una fiesta. Comete el
error de ahogar sus penas en alcohol, y a la mañana siguiente lo lamentara para siempre,
una mujer desnuda esta a su lado… en su cama. Lo primero que pensó fue ocultárselo a
la mujer que amaba y que sabia no le perdonaría, pero sus esperanzas de que todo
quedara en un amargo secreto, que ni siquiera recordaba, se esfumaron cuando la dama
en cuestión le informó que esperaba un hijo suyo.

Les esperan días de dolor y sufrimiento, ¿podrá la fuerza de su amor, olvidar y perdonar
todo el daño causado?

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 1
Cayendo de rodillas al suelo, apoyé la cabeza en uno de los brazos del sofá, con
las manos cerradas en puños intentando contener el estallido de dolor que amenazaba
con partirme en dos. Fuera el temporal arreciaba, hoy es un día negro, pensé.

El hombre al que amaba se casaba con otra mujer. -¡Dios mío, como ha pasado
esto!, me repetía una y otra vez. Me quedé ahí, sin querer moverme siquiera, luchando
contra las lágrimas que llevaba días derramando. Sentía un dolor lacerante que me
desgarraba el alma. Así estuve desde que supe que Juan, el hombre que había amado
desde que era una niña se uniría a otra persona para toda la vida.

A lo lejos se oían las campanas de la ermita en la que se celebraría la boda. La


tormenta seguía descargando, como si entendiese su pena, yo también sentía ganas de
gritar mi dolor.

Dejé a mi mente vagar por los recuerdos, remontándose dos semanas atrás, justo
el momento en el que Juan vino a verme para darme la noticia.

Cuando abrí la puerta me arrojé a sus brazos como siempre hacia, el se puso
tenso y yo me aparté un poco para poder verle la cara, estaba muy pálido y más delgado.

-¿Qué pasa?, -le pregunté preocupada por su reacción y su aspecto, -¿porqué


tienes esa cara?, vamos entra -le dije tirando de su mano.

A regañadientes el entró y se dejó llevar hasta el sofá, el mismo en el que ahora


estaba encogida intentando sobrellevar mi pena.

-Tenemos que hablar, -me dijo tan bajito que casi no le oí, -se acercó, cogió mi
mano entre las suyas y se la llevo a los labios, -suspiró, no paraba de moverse de un
lado para el otro, se le veía agitado, nervioso, empecé a preocuparme, ¿qué le estaba
pasando?

-Mi amor, lo siento mucho... tengo que hacerlo, no puedo hacer otra cosa, -me
seguía diciendo, mientras me apretaba la mano, agachó la cabeza y se la llevó a la
frente, no entendía nada, sus frases eran incoherentes, ¿qué era lo que se veía obligado a
hacer?

-¿Que pasa cariño?, me estas asustando, -le dije.

-Amor, ¿recuerdas la noche de la gala benéfica?, en la que discutimos y yo…


bebí demasiado, tú te marchaste y me dejaste solo allí…

-Sí, pero, ¿Qué tiene eso que ver?

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-Esa noche, bebí mucho, no sabía lo que hacía, ni donde estaba, -seguía
repitiendo, una y otra vez, ¡sí!, ya sabía que se quedó bebiendo en aquella dichosa gala,
todos en el pueblo se habían encargado de ir diciendo que habían montado una escena y
que Juan estaba borracho, ¿pero a que venía ahora sacar ese tema?, -Julia... me ayudó a
llegar a casa, y cuando me desperté... cariño yo te amo, -me repetía, buscando mis ojos
con ansiedad, cogiendo mi cara entre sus manos y besándome en los labios.

Estaba desconcertada. -¿Que intentas decirme Juan?

Le vi tensarse, me soltó el rostro y se levantó, empezó a pasear por la habitación


pasándose las palmas por el pelo con nerviosismo, se volvió a mirar por la ventana,
suspiró de nuevo.

-¿Juan que pasa?,- le dije levantándome también. Me acerqué a él y le abracé por


la espalda, el se reclinó en mi pecho. Permanecimos así durante un rato, el queriendo
alargar el momento y yo intuyendo que nunca más lo abrazaría.

Por fin con un gemido entrecortado, se soltó de mis brazos y se dio la vuelta.

-Esa noche paso algo, cuando me desperté, por la mañana... Julia... estaba
desnuda en mi cama.

Yo sentí que la habitación daba vueltas, note como un agujero negro me tragaba,
caí al suelo desmayada.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 2

Poco a poco, fui abriendo los ojos. Habría estado dormida mucho tiempo, porque
la habitación se encontraba en penumbra y recordaba que Juan llego con la luz del día.

¡Juan!, de pronto todo se vino de golpe a mi mente, no podía ser, tenía que ser
una pesadilla, seguramente soñé que mi novio, el hombre al que amaba, me decía que se
había acostado con otra. No es cierto, -me dije, seguramente cuando me sacuda las
telarañas del sueño, veré que en realidad fue una pesadilla, y que nada de esto ha
pasado. Miré a mi lado y Juan, mi amor, mi todo, estaba sentado a mi lado, con la
cabeza echada en la cama, y sujetando mi mano. Ves, -me dije, ahí le tienes, ¿cómo un
hombre que vela tu sueño, va a ser capaz de engañarte así? Pero el recuerdo de esa
conversación parecía muy real. Suavemente deslicé mi mano de entre las suyas y
empecé a acariciar su pelo. Era el hombre más guapo que había visto nunca, estaba
enamorada de él desde que era una niña .Era el único que había conocido íntimamente,
y sabía que jamás podría entregarse a otro. Alto, de anchos hombros, pelo castaño, y
con los ojos del azul más claro que había visto nunca, era el sueño de toda mujer. Mis
caricias debieron despertarlo porqué empezó a moverse, y poco a poco fue levantando la
cabeza clavando su mirada en la mía.

-Amor, ¿estás bien?, has estado desmallada mucho tiempo, -me dijo, con gesto
de preocupación.

¿Desmayada?, entonces me había desvanecido, ¿Por qué?, mi cabeza me gritaba


la respuesta pero yo no quería creerlo, no podía creerlo.

-¿Me he desmayado?, -le pregunté, queriendo alargar el momento y desviar el


tema, porque sabía que cuando habláramos, todo habría terminado.

-Amor, recuerdas lo que hablamos, antes de que… te desmayaras, -me dijo,


bajando la mirada, y en ese ademan pude ver culpabilidad, vergüenza, y otras cosas que
no supe definir.

-¡No!, -grité incorporándome de golpe en la cama, la realidad cayó encima de mí


como una losa. –Dime que no es verdad, -le supliqué, -dime que no, Juan, le pedía
desesperada mientras las lágrimas inundaban mis ojos.

El intentó coger mis manos, pero yo ya no estaba para escuchar explicaciones.


Me levanté de un salto de la cama, y empecé a lanzarle cosas a través del cuarto, con la
vista nublada por el llanto.

-¿Por qué?, ¿Por qué?, -le voceaba enloquecida.

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Pude sentir el momento justo en que mi corazón se hizo añicos, cuando después
de lanzar por los aires todos los objetos que había a mi alcance, mientras que el
procuraba esquivarlos a la vez que intentaba sin éxito, sujetarme. Yo sabía que aquel
arranque era desproporcionado, pero no podía dejar de llorar de gritar, de moverme de
un lado para él otro como una demente, el pecho me dolía por la fuerza de los sollozos.

Cuando por fin exhausta caí derrotada al suelo, cuando ya solo me quedaban
fuerzas para acurrucarme en un rincón y llorar mi pena, me dio la estocada final.

-Eva, -bajó la cabeza, no sé si avergonzado, o porque sabía que iba a


destrozarme con lo que iba a decirme. –Está embarazada, vamos a… casarnos, -terminó
con esa bomba y salió de la habitación dejándome allí, destrozada, muerta por dentro.

Me arrastré a la cama y me quedé ahí, sin fuerzas para nada que no fuera, llorar
y llorar. Durante horas no hice otra cosa, además de esperar a que volviera y por algún
milagro me dijera que aquello era mentira, que mi vida no estaba acabada, que me
amaba tanto como el primer día y que todo iba a salir bien. Pero el no volvió.

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Capítulo 3
Encogida en la cama, con los ojos enrojecidos, fue como me encontró mi
hermana cuando volvió de trabajar. Debí de darle un gran susto, pues el teléfono sonó
toda la noche, seguramente era ella para avisarme que llegaría tarde o tal vez fuera Juan
qué le pesaba en la conciencia haberme dejado tirada sin más, pero yo no me moví del
sitio, provocando con ello, que Carmen viniera corriendo a casa pensando en que algo
malo me había pasado, o quizás alertada por ese sinvergüenza que hasta hacía menos de
un día era mi novio, mi hombre, el amor de mi vida.

Sin pronunciar palabra, no hizo falta, se quitó los zapatos, se acostó a mi lado y
me abrazó. Me mantuvo así pegada a su pecho, sin decir ni preguntarme nada, solo nos
quedamos en silencio. Ella siempre sabía lo que necesitaba, no en vano me había criado
desde que nuestros padres murieron.

No sé cuándo, pero entre las lágrimas, y las caricias que mi hermana me hacía en
el cabello y los suaves besos que me dio en la sien, me quedé dormida.

Cuando desperté ya estaba amaneciendo, y ella seguía ahí conmigo. Acerqué mi


cara a su pelo, y aspiré su aroma, me sentía a salvo estando a su lado, su olor me
recordaba a mi madre. Carmen había sacrificado mucho por mí, había dejado los
estudios y se puso a trabajar para que yo pudiera continuar los míos, y todavía a estas
alturas, sigue cuidando de mí, acudiendo en mi ayuda cada vez que la necesito y lo que
es más de valorar, sin necesidad de pedírselo.

Abrió los ojos, y pude ver como en ellos se reflejaba la preocupación y el amor
que sabía que me tenía. Me levanté antes de ponerme de nuevo a sollozar sin freno y
ella me siguió.

-Cariño, ahora si me vas a decir que te pasa, -me dijo, con ese tono maternal que
siempre usaba, y que casi me hizo echarme a llorar de nuevo para que volviera a
abrazarme y borrara todo el dolor que sentía. -Su pregunta probaba que Juan no la había
llamado para contarle lo que pasó, por mi parte nada me habría gustado más que
dejarme otra vez consolar por mi hermana, pero no podía seguir haciéndole eso, ella
tenía que vivir su vida, y yo debía solucionar mis problemas sola.

Me di la vuelta e intenté sonreír, aunque con los ojos hinchados, enrojecidos y


la ropa arrugada no mostraba muy buen aspecto, como para tranquilizar a nadie, mucho
menos a ella que tan bien me conocía.

-Estoy bien, -le dije intentando aparentar normalidad, aunque sabía que tenía
que contarle que había terminado con Juan, prefería aplazar esa conversación, como si
omitir los hechos fuera a hacerlos desaparecer, me reproché a mí misma, -no es nada, -le
dije en cambio, -se me pasará, -continué, sin dar más explicación.

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Pero ella no lo iba a dejar estar sin más, y me quedó claro cuando tiró de mí
hacía el baño.

-Ahora te vas a dar una ducha, mientras yo preparo algo para desayunar y
después hablaremos de lo que te tiene tan mal.

Me empujó dentro del baño y cerró la puerta después de poner un dedo en mi


boca para callar mi protesta. Solo era tres años mayor que yo, pero era una mujer muy
madura, no le quedo más remedio que madurar, cuando tuvo que ocupar el lugar de mis
padres.

No quise mirarme al espejo, ya sabía lo que vería en el, mi reflejo seria igual que
el estado de mi corazón, nefasto. Me quité la ropa, y me metí en la ducha. Apoyé la
cabeza en la pared y dejé que el agua cayera por mi cuerpo. Mientras estaba ahí, mi
mente voló a la tarde del día anterior. Con el alma hecha pedazos, recordé cada palabra
cada minuto y cada segundo que había pasado con él. Dios, ¿cómo pudo hacerme esto?,
-me preguntaba una y otra vez, como pudo ir a meterse con esa mujer en la cama. Sentí
como la rabia se apoderaba de mí, cerré los puños, y sin enjabonarme si quiera, cerré el
grifo, cogí una toalla y rápidamente me sequé. Me puse lo primero que encontré y sin
peinarme la maraña en que se había convertido mi pelo, corrí escaleras abajo hasta
llegar a la entrada. Paré un instante para coger fuerzas, e ignorando la llamada de mi
hermana, salí a la calle.

Llovía de nuevo, pero no me importó, corrí calle abajo como si mi vida fuera en
ello, y realmente así era, tenía que encontrarlo, tenía que decirle lo que pensaba de él.
Paré mi loca carrera justo en frente del parque en el que tantas veces habíamos paseado
cogidos de la mano, y las lágrimas volvieron a manar de mis ojos en tromba,
mezclándose con la lluvia.

De pronto me vi allí, en medio de la calle, debajo de un aguacero, con la ropa


empapada, y no supe que hacer, poco a poco me fui acercando al bosquecillo que
formaban el conjunto de arboles y me senté en uno de los bancos. No supe cuanto
tiempo pasó. Sentí que una mano me tocaba el hombro, levanté la mirada y allí estaba
él. El motivo de mi dolor, el objeto de mi amor, estaba delante de mí, tan mojado y
demacrado como yo.

Me ayudó a levantarme y los dos nos fundimos en un abrazo, la lluvia seguía


descendiendo sobre nosotros. No nos importó, permanecimos ciñéndonos el uno al otro.
Los dos sabíamos que sería la última vez, que no abrían más encuentros, ni mas besos,
ni caricias, nada, todo había terminado para nosotros.

-¿Por qué me hiciste esto?, -le pregunté, tratando de contener la nueva oleada de
llanto que se avecinaba, -¿Por qué?, si yo te amo, ¿Por qué?, si todo era maravilloso
entre nosotros, -continué, notando como cada vez me sentía mas y mas alterada,
mientras que el permanecía de pie delante de mí con la cabeza inclinada, -¿Por qué?, -le
grité enfurecida por tanta pasividad.

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Mis manos cobraron vida y empecé a golpearle el pecho, seguía vociferando, en


tanto el siguió impasible, soportando los impactos sin decir nada. Le golpeé e insulté
hasta que el cansancio pudo conmigo y me dejé caer contra su pecho agotada. Sentí
como me apretaba, como apoyaba su barbilla en mi cabeza, le oí suspirar, pero de su
boca no salió una sola palabra, ni un lo siento, ni un te amo a ti, ni un todo irá bien.

Una voz aguda y desagradable sonó detrás nuestro sobresaltándonos.


Suavemente me apartó, y se dio la vuelta para enfrentarse a la dueña de aquel chillido.

-Te dije que esperaras en el coche, -su tono era autoritario, ella puso un mohín
en sus labios demasiado pintados, negando con la cabeza, se acercó a él y le puso la
mano en el torso, donde hacia un momento mi cabeza había reposado, la imagen me
desgarró.

No pude soportarlo más y salí corriendo sin tomar ninguna dirección en


concreto, e ignorando por segunda vez la mención de mí nombre.

Los pulmones parecían querer estallarme, pero continué con la fuerza que me
daba el querer alejarme de aquella representación que me hizo pedazos. Una cosa era
saberlo y otra muy distinta fue verlos juntos. Un coche se detuvo a mi lado y la puerta
se abrió, no me hizo falta mirar quien era, me metí en él y la cerré con fuerza,
temblando de frio, mientras que mi hermana me pasaba una toalla. Pasamos por el
parque justo a tiempo para ver como Juan ayudaba a Julia a subir a su coche. Observé
como Carmen apretaba el volante y como ni corta ni perezosa, paró el suyo en medio de
la calle y se bajó. Se acercó al hombre al que amaba y sin mediar palabra le abofeteó,
dejando a la pareja de jotas estupefacta por ese arranque que no eran típicos de mi
hermana.

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Capítulo 4
Tres semanas habían pasado, y el dolor seguía siendo igual de intenso. Ahora
más, porque en este tiempo, estuve esperando un milagro que nunca llegó, que todo
fuera una falsa alarma, que Juan decidiera que no era necesario casarse para ser padre,
pero nada pasó, todo siguió adelante. Me lo gritaba el repiqué de esas campanas que
anunciaban la hora de el enlace, haciendo que mi corazón se rompiera en mil pedazos.
No quería salir, había dejado de ir a trabajar, solo quería quedarme en un rincón y lamer
mis heridas. No volví a verlo, el nunca más se presentó delante de mí, no sé si por
vergüenza, porque se sentía tan mal como yo, o simplemente porque no quería verme
mas. La que si me vino a ver fue mi suegra, todavía me costaba llamarla de otra manera.
La pobre mujer estaba muy apenada con todo esto, no podía ocultar el desagrado que le
producía lo sucedido. Según Carmen en el pueblo se comentaba que la señora discutió
con su hijo, y no ha vuelto a dirigirle la palabra desde entonces, si era cierto Juan debía
estar pasándolo mal, siempre estuvo muy unido a su madre, claro que la gente a veces
hablaba de cosas que no sabía. El único que estaba contento, radiante, fue la palabra
exacta que utilizó Carmen, era el padre del novio, que debía ver la ventaja que suponía
que dos familias poderosas se unieran, aunque el caso era el mismo, siempre podían ser
simples habladurías, por lo visto ni siquiera se encontraban en el pueblo, al parecer los
flamantes suegros de Julia, habían salido de vacaciones. Me acurruqué en una esquina
del sofá, e intenté dejar la mente en blanco, pero aquello era algo complicado, no podía
cerrarla a los recuerdos, se me llenaba de momentos fugaces, aquella vez que nos
bañamos desnudos en el lago a la luz de la luna, la ocasión en que hicimos el amor bajo
las estrellas, como me lanzaba a sus brazos cuando llegaba a buscarme, y como él me
alzaba y daba vueltas conmigo, todo estaba tan vivo en mi cabeza.

-Eva, -escuché como mi hermana me hablaba suavemente, -pero no quise


levantar la cabeza para mirarla, solo quería seguir allí echada, y que me dejara llorar mi
pena. -No puedes seguir así cariño, te vas a enfermar, mírate, estas demacrada, no
comes, no duermes, esto se tiene que acabar, -se cruzó de brazos delante de mí, y su
cara decidida me decía que no me iba a dejar seguir con mi duelo. –Vas a levantarte de
ahí y vendrás conmigo a la mesa a comer algo, -dijo aquello, quitándome el cojín al que
me aferraba y tirando de mí para que me pusiera de pie.

Me arrastró literalmente hasta la mesa, pues yo no tenía fuerzas para nada, y


colocó delante de mí un plato con bollos de canela, mis preferidos, y un vaso con zumo
de naranja.

-Vamos, tienes que alimentarte, no voy a dejar que te mates, -me dijo,
sentándose a mi lado, -he estado pensando, -siguió diciendo, -que quizá deberíamos
irnos de aquí, empezar de nuevo en otro sitio.

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-¡Que!, -aquella declaración me hizo salir de la bruma en la que me encontraba


de golpe, -yo no quiero irme Carmen, este es nuestro hogar, hemos vivido aquí toda la
vida… no quiero empezar de cero, no me parece bien ni para ti ni para mí, -a pesar de
todo, mi discurso sonó con menos convicción de la que quería mostrar, no era justo que
mi hermana tuviera que empezar de nuevo, ella que había luchado tanto por conseguir el
puesto del que disfrutaba ahora, como enfermera del pequeño hospital del pueblo, yo
sabía que para Carmen era todo un logro aquel trabajo, que quizá para otra persona seria
insignificante, pero mi hermana había trabajado de día y estudiado por las noches para
sacar su titulo de enfermería y se lo había ganado a pulso, no podía hacerle esto. –Por
otro lado la idea de cruzarme con Juan, feliz con su mujer y su hijo, me mataba.

-Si alguien tiene que irse soy yo, tú te quedaras y seguirás con tu vida, ya has
hecho bastante por mí, -le dije decidida a que ella no tuviera que alterar de nuevo su
vida por mí causa.

-Y crees, que yo sería feliz estando lejos de ti, -respondió con la mirada triste, -
tu eres la única familia que tengo, Eva, las dos iremos juntas a donde sea necesario,
buscaremos trabajo en la ciudad, o encontraremos un pueblo pequeño, tenemos buenas
referencias, no nos será difícil encontrar algo, -ella ya tenía el plan trazado, y yo no
podía permitir, que se sacrificara de nuevo por mí.

Fui a levantarme de la mesa dispuesta a zanjar la conversación. La habitación


empezó a dar vueltas, las piernas no me sostenían, se me nubló la vista, intentaba
enfocar a Carmen que me llamaba mientras hacía verdaderos esfuerzos por sujetarme.
Todo se volvió negro y sentí un fuerte golpe en la cabeza.

Cuando desperté estaba en mi habitación, en mi cama, me dolía todo. Me llevé la


mano a la frente y sentí una punzada de dolor.

-No te toques, -escuché que me decía una voz conocida, con cuidado giré la
cabeza en su dirección, y le vi quitándose unos guantes manchados de sangre, -he tenido
que darte unos puntos, -me dijo el jefe de mi hermana y uno de los médicos del pueblo.

-¿Qué me ha pasado?, -le pregunté con voz pastosa, el hombre suspiró, y vi


como sus hombros se hundían, se acercó a la cama y se sentó en una silla.

-Que te puedo decir Eva, me ha dicho Carmen que llevas días sin comer, ni
dormir, la debilidad que sientes es debido a esto, pero hay mas... te hemos puesto unos
puntos, el golpe en la cabeza te abrió una brecha de dos centímetros, no es nada serio, -
no sé porque, pero me pareció que estaba dando un rodeo, había algo que no me habían
dicho.

-Doctor, ¿puede decirme lo que tengo?, -le dije, tratando de aparentar una calma
que no sentía, si estaba enferma, dios no quería ni pensar en hacerle pasar a mi hermana
también por algo así.

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-Bueno, -volvió a hablar el médico, -abría que hacer más pruebas pero todo apunta, -lo
sabia tenía alguna enfermedad grave e iba a hacer sufrir a Carmen, -todo apunta a que
estas… embarazada.

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Capítulo 5

-¡Embarazada!, ¿estoy embarazada?, -pregunté incorporándome en la cama.

-Cálmate Eva, no queremos que te vuelvas a desmayar, Carmen acaba de llegar


del laboratorio, con las muestras que te he tomado, y no, antes de que lo preguntes, ella
todavía no sabe nada, -me dijo antes de que efectivamente pudiera preguntarle, -he
querido decírtelo primero a ti y que seas tú quien decida, que quieres hacer.

Ahora entendía porque me miraba con pena, sin duda estaba enterado de todo lo
que había pasado y se compadecía de mí, la novia abandonada y ahora embarazada. Me
llevé la mano al vientre aun plano, aquí está mi hijo, pensé, y el hijo de Juan. Dios mío
¿y que iba a hacer ahora?

-No tengo ni que decirte que cuentas con mi discreción, si decides no tenerlo, lo
arreglaré todo y si quieres seguir adelante con él embarazo, puedes contar con mi apoyo,
-sentenció sacando a relucir tanto su parte de médico, como la de amigo de la familia, y
quizá de algo más, a mí siempre me había dado la impresión de que había algo entre él y
mi hermana.

Me dirigí a él, esta vez no al doctor, si no al amigo.

-Mario, te agradezco todo lo que haces por nosotras, y si, me gustaría hablar a
mí con Carmen, y antes de que digas nada mas, -la decisión ya estaba tomada, iba a ser
madre, y tenía que tomar las riendas de mi vida y ser fuerte por mi y ahora también por
mi hijo, -si, voy a tener a este niño, -le dije, posando nuevamente la mano en mi vientre,
ya lo sentía parte de mi, ¿cómo podía pensar si quiera en no tenerlo?

-Me alegro, -declaró sonriendo, -ahora, voy a decir a Carmen que pase, y os
dejaré solas para que le des la noticia, -se inclinó y me dio un beso en la mejilla.

Era un buen hombre, ojala que mi hermana lo vea a tiempo. Mario salió a buscar
a Carmen y yo me quedé pensando en todo lo ocurrido en estos días.

Me sentía mejor, Juan me había abandonado, pero me dejó un regalo


maravilloso, sonreí mientras acariciaba el lugar en el que mi pequeño se formaba, mi
niño, el bebe de Juan. Si lo hubiera sabido antes el no se abría ido, las lágrimas
empezaron a llenar mis ojos de nuevo, me las limpié con rabia, no voy a llorar mas por
ti, le hablé directamente, como si lo tuviera delante, voy a olvidarte, Juan, aunque sea lo
último que haga, lo haré por mi hijo, por nuestro hijo.

La puerta se abrió dando paso a una preocupada Carmen, que se retorcía las
manos, gesto que hacia siempre que se sentía nerviosa. Se acercó a la cama, y se sentó a
mi lado cogiendo mi mano.

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-Me has dado un susto de muerte, -manifestó, tratando de sonreír.

-Lo siento, -no sabía cómo decirle, -Carmen… hay algo que tengo que tienes que
saber, -ella me acarició la mano que sujetaba entre las suyas, y como siempre me lo
facilitó todo.

-no tienes que decir nada, las dos juntas vamos a salir adelante, y cuidaremos a
ese bebe, -anunció, llevando ahora nuestras palmas a mi vientre, -¿Cómo lo has sabido?,
Mario me dijo…

-Cariño, soy enfermera veo los síntomas, y la cara que tenia Mario, era… muy
reveladora, -dijo sonriendo.

-Carmen ¿qué voy a hacer?, -le dije, sin poder reprimir las lagrimas, tenía miedo,
¿qué hará Juan cuándo lo sepa?, -estoy asustada, -reconocí, abrazándome a mí misma.

-Yo estoy aquí, va a ser duro, pero todo saldrá bien, haremos lo que tú quieras, si
prefieres que permanezcamos aquí, nos quedaremos, ni Juan, ni nadie nos va a sacar de
nuestro hogar, si tu no lo deseas, -siguió consolándome.

Unos ruidos nos llegaron desde el exterior haciendo que las dos nos
sobresaltáramos. Me levanté de la cama, reconocería esa voz que me llamaba a gritos
hasta en medio de una multitud. Me acerqué a la ventana, y lo que vi casi hizo que
volviera a desmayarme.

Juan, con la camisa desabrochada, el pelo alborotado y gritando mi nombre,


estaba en el jardín de casa, cayéndose de borracho.

-Ese hombre parece creer que bebiendo lo arregla todo, -refunfuño Carmen
detrás de mí.

Lo que sentí al verle así no podía contárselo a mi hermana, pensaría que estoy
loca por sentir pena por un hombre que me había dejado para casarse con otra y encima
embarazada, pensé de nuevo tocando mi vientre. Se le veía realmente infeliz, estaba
demacrado.

-Nunca lo vi en ese estado, -susurré mas hablando conmigo que con mi hermana,
que se disponía a bajar para decirle que se marchara.

-Carmen, -la llamé antes de que abandonara la habitación, -quiero salir hablaré
con él, deja que baje yo, -expresé suplicante.

Mi hermana me miró como había pensado, creyendo que estaba loca, pero como
siempre, comprendió y me dejó hacer a mí. Bajé las escaleras despacio, pensando en
cómo me sentiría cuando le tuviera frente a frente.

Salí a la calle y la impresión de verle de cerca, fue mayor de lo que había


esperado. Su estado era lamentable. Tenía la ropa sucia y arrugada, el pelo demasiado

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largo, ojeras y estaba más delgado. Las manos me quemaban de aguantar las ganas que
tenía de tirarme a sus brazos, deseaba abrazarlo, quería consolarlo, no me gustaba
encontrarlo de esa manera. El se giró y me vio.

Se acercó tambaleándose y cuando estuvo delante de mí, dejó escapar una


especie de gemido y cayó de rodillas al suelo.

Abrazándome por la cintura, puso su cara contra mí sin dejar de pedirme perdón.
Ya no pude soportar más las lágrimas que rodaban por mis mejillas, ni pude contener
mis manos, que le acariciaban el cabello como habían hecho tantas veces.

-Perdóname amor, -repetía una y otra vez, -lo siento tanto, no debí hacerlo, -
balbuceaba incoherencias, -no debí estar de acuerdo, -no entendía nada de lo que decía,
lo único que yo quería era que nos quedáramos así, fingiendo que nada había pasado,
que no acababa de casarse con otra.

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Capítulo 6

El tiempo se paró, solo estábamos nosotros en un lugar en el que no entraba


nadie más, allí no había esposas, ni hermanos, ni padres, solo él yo y nuestro amor.

No supe por cuanto rato estuvimos así, hasta que el ruido de un motor, provocó
que Juan levantara la cabeza que sin saberlo tenía apoyada en mi vientre, donde ya
crecía nuestro hijo.

El coche se detuvo en la acera, delante del jardín de mi casa, y de él se apearon


el padre y el hermano de Juan, Víctor. Mi ex suegro se dirigió a nosotros echando fuego
por los ojos, y Juan se apartó tambaleándose aún, no sé si por enfrentarse a él, por temor
a que nos vieran juntos, o porque todavía estaba borracho, mientras que su hermano se
acercaba con la cabeza baja.

El señor estaba muy enfadado, se paró delante de su hijo, y le sujetó por los
hombros, mientras le gritaba como un energúmeno.

-¿Qué demonios crees que estás haciendo?, -bramó, -dejando a tu esposa, en


mitad del banquete de tu boda.

Aquellas palabras provocaron una nueva herida en mi corazón. Víctor seguía


parado con la mirada en el suelo. Juan no dijo nada, solo se dejó guiar al coche.

Se metió en el asiento de atrás en cuanto su padre abrió la puerta y ni si quiera


volvió a mirar en mi dirección. Con otro estridente gritó, mi ex suegro llamo a su hijo
menor, que permanecía a mi lado sin moverse. Antes de seguir a su familia, y casi en
un susurro, manifestó.

-Yo nunca te abría dejado, por nadie, ni por nada, -y sin más se fue, dejándome
confundida con esa declaración y mas dolorida que nunca, porque sus palabras me
habían hecho ver lo que había olvidado por unos minutos, que Juan, mi amor, el hombre
de mi vida me había abandonado, y ahora le pertenecía a otra mujer, una con la cual,
pasaría los días y las noches, la que le daría hijos a los que amaría y protegería, mientras
que el nuestro…

Una familiar mano se posó en mi hombro, y me abandoné en los brazos que se


abrieron para mí, como siempre ahí estaba Carmen para consolarme. Me deje llevar por
ella al interior de la casa, mientras los sollozos desgarraban mi corazón, que ya estaba
sangrando.

¿Cómo había pasado todo esto?, me repetía una y otra vez, hace un mes yo era
feliz, tenía a mi lado al hombre más maravilloso del mundo, y ahora estoy sola,
destrozada y embarazada y Juan casado con otra mujer, dios ¿qué iba a hacer?, ¿cómo
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iba a soportar verle a diario?, ¿qué iba a hacer cuando el embarazo se hiciera evidente?,
un millón de preguntas asolaban mi mente.

-Carmen… quiero irme, -declaré secándome los ojos que apenas me dejaban ver,
-he tomado una decisión, y por favor, debes hacer lo que te voy a pedir.

Me miró con gesto preocupado y me ayudó a sentarme en el sofá, no estaba


enferma pero los días sin dormir, comiendo mal y tantas emociones fuertes, estaban
pasando factura y me sentía muy débil.

-Cuéntame lo que quieres hacer, -preguntó acomodándose a mi lado, -pero te


digo desde ya, qué iré contigo a donde quiera que vayas.

-Eres tan terca como yo, -le dije, tratando de sonreír.

Iba a ser difícil, pero no le permitiría que tuviera que sacrificar su carrera… y su
vida, porque estaba segura que su vida estaba aquí, y que ella tenía miedo de enfrentarse
a lo que sentía.

-He estado pensando, -continué intentando sonar segura, -en Myriam, ¿te
acuerdas de mí amiga del internado?, siempre me estaba diciendo que fuera a la ciudad
con ella. –Creo que esta vez aceptaré su oferta, -y antes de que digas nada, -atajé
poniendo la mano en su boca para acallar su protesta, -solo serán unos meses, hasta que
las cosas se tranquilicen, y tome una decisión... respecto a decirle a Juan lo del bebe.

Carmen pareció pensativa y después de un rato, en el que imagino que estaría


luchando consigo misma, debatiendo entre lo que le gustaría hacer, y lo que debía,
sonrió y me abrazó.

-Te voy a echar mucho de menos, -gimoteó con la voz entre cortada por la
emoción, -nunca nos habíamos separado, no sé qué haré sin ti, y prométeme que me
llamaras todos los días, y que te cuidaras, y… que volverás pronto, -terminó sin poder
contener un sollozo.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 7
Todo se solucionó rápido. Llamé a mi buena amiga Myriam, y le conté todo lo
que había pasado. Ella, aunque se mostró muy sorprendida, no preguntó nada mas, la
quería por eso, porque nunca hurgaba en tu vida, te dejaba contarle lo que tu quisieras,
no te exigía nada, al igual que Carmen, solo quería ayudarme. Estaba contenta, por
contar con gente así a mí alrededor. Así que cuando pasaran los quince días de sobre
aviso que marcaba la ley, me marcharía, y empezaría de nuevo. Myriam, me llamó de
nuevo un rato después de acabar nuestra conversación, anunciando que había hablado
con su jefe y que tenía un puesto de secretaria esperando por mí y que por supuesto, por
el alojamiento no me preocupase, pues el apartamento que tenía alquilado tenía varias
habitaciones y estaría encantada de compartirlo conmigo.

Así que ya solo me quedaba una semana de trabajo. Hacia una tarde agradable y
decidí nada más poner un pie en el exterior después de la larga jornada que caminaría
hasta casa, me vendría bien para despejarme de tanto papeleo. El sonido del teléfono
aun martillaba mi cabeza y es que la actividad en el pequeño ayuntamiento del pueblo,
era bastante grande. Me iba a dar pena dejar a tan buenos compañeros, pensaba mientras
caminaba por esas calles que me traían tantos recuerdos y de las que me tendría que
despedir pronto. Empecé a trabajar nada más terminar los estudios, quería poder ayudar
a Carmen con todos los gastos y que por fin pudiera pensar en ella y no siempre en los
demás. El alcalde era muy buen amigo de mi padre y no dudo en darme el puesto, eso
sí, primero unos días de prueba y si no funcionaba, prometió colocarme en otro
departamento. Me esforcé al máximo, quería que mi hermana se sintiera orgullosa y lo
conseguí, ahora iba a tener que renunciar a todo lo que había conseguido.

Estaba tan metida en mis pensamientos, que no me di cuenta que un vehículo se


detuvo a mi lado. No tuve que mirar para ver de quien se trataba era como si tuviera un
radar interno, que me avisaba de su presencia. Juan. La ventanilla se abrió y su voz me
llego desde el interior.

-Sube, -me soltó en tono seco.

Le ignoré y seguí caminando, ¿qué pensaba?, que podía aparecer cuando


quisiera y yo le obedecería sin rechistar. Aligeré el paso enfurecida mientras que el me
seguía. Cuando estuvo de nuevo a mi altura volvió a llamarme, esta vez su voz sonó
exasperada.

-Entra en el coche, si no quieres que te meta yo en brazos, -me espetó.

Levanté la barbilla indignada, ¿pero quién cree que es?, continué andando. El
coche se detuvo y mirando sobre mi hombro, vi que salía y se dirigía hacia mí. Me
dieron ganas de echarme a correr, pero no lo iba a hacer, me giré y le planté cara.

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Eva Anaya Martin -Traición

-¿Qué quieres?

-¿Qué que quiero?, -me respondió echando fuego por los ojos, -he oído que te
vas del pueblo y no lo voy a permitir.

-¿Con qué derecho?, vienes a decirme lo qué puedo o no puedo hacer, -le grité, -
tú ya no eres nada mío, ya no formas parte de mi vida.

Hizo una extraña mueca, como de dolor. No me importó, que pasaba con él mío,
con toda la angustia que llevaba días sufriendo, con todo lo que me había hecho, esto ya
era lo último que me esperaba, que tuviera el descaro de exigirme nada. La gente nos
miraba al pasar, y se volvían murmurando, en un rato todo el pueblo estaría enterado de
que estábamos discutiendo en medio de la calle, quizá debí haberle hecho caso y subir al
automóvil por lo menos nadie seria testigo de nuestra discusión.

El pareció pensar lo mismo. Soltando un suspiro, me cogió por el brazo y me


guió al coche, esta vez me dejé llevar. Me ayudó a entrar, lo que trajo a mi mente el
amargo recuerdo de haberlo visto hacer lo mismo con Julia, también leyó eso en mi
mente, rozó mi mejilla en una suave caricia que yo le permití, para pedirme una
silenciosa disculpa, cerró la puerta y dio la vuelta al vehículo, para ponerse al volante.

-¿A dónde vamos?, -interrogué después de recorrer algunos metros.

-A un lugar en el que podamos, hablar, -me respondió, sin apartar la mirada de la


carretera.

-¡No!, no quiero ir allí, -exploté al percatarme de a donde me llevaba, no quería


volver al lago donde tantas veces habíamos paseado, donde tantas veces nos amamos,
no, aquel lugar me traía demasiados recuerdos.

El me ignoró y siguió conduciendo. Por su gesto de determinación, supe que era


inútil protestar, ya había decidido por mí, y nada le haría cambiar de idea. Cerré los ojos
cansada, física y emocionalmente. El embarazo, me hacia estar más exhausta de lo
normal y tenía mucho sueño. Sin darme cuenta me fui relajando, tanto que sin poder
evitarlo me quedé dormida.

En mi sueño, Juan me llevaba al lago, hablábamos, reíamos, me besaba, todo


estaba bien entre nosotros. Hasta que alguien me zarandeaba suavemente y pronunciaba
mi nombre, sacándome del maravilloso mundo en el que me encontraba, en el que nada
había pasado y el hombre al que amaba seguía a mi lado.

-Amor, ¿estás bien?, -exclamó con un deje de preocupación en la voz. –Nunca


antes te habías dormido en un trayecto tan corto, ¿estás enferma?, -continuó con su
interrogatorio, poniendo su mano en mi frente.

Como iba a decirle, que me dormía en cualquier sitio a causa del embarazo del
que él no sabía nada.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Juan, yo…

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 8

No me dio tiempo a hablar. Su cabeza bajó, y sus labios se posaron en los míos,
tomando mi boca en un beso abrasador. Mis manos se entrelazaron detrás de su nuca sin
pensarlo, olvidándome de todo, las de Juan pasaron de mis brazos a recorrer mi cuerpo.

Lo había dejado empezar algo que sabía que no iba a poder parar, haríamos el
amor en el lago, como muchas otras veces. Debería asquearme, pero como podía
rechazarlo si lo necesitaba más que respirar, y lo amaba con toda el alma.

Me ayudó a salir del coche, sin dejar de mirarme en todo momento, y


caminamos sin dejar de besarnos, directos al lugar al que íbamos cuando queríamos
estar solos. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra, no hacía falta, nuestras
manos, con sus caricias, nuestros labios, con besos, dirían todo lo que necesitábamos
saber… por el momento.

Llegamos a un pequeño recoveco, que quedaba oculto a las miradas indiscretas.


Habían nacido flores de todos los colores, y la hierba estaba verde y brillante a causa de
las recientes lluvias, hacía ya más de un mes que no veníamos, y todo estaba precioso,
idílico. Nos sentamos en el suelo con las manos entrelazadas. Juan bajo la cabeza y rozó
mis labios con los suyos, me empujó suavemente en los hombros y lentamente me
tumbó en el suelo.

-Te amo, -declaró sin apartar sus ojos de los míos.

-Yo también te amo, -respondí como siempre, sin dudar un segundo, ¿por qué
mentir en ese momento?, si era lo que sentía, si ese amor salía por cada poro de mi piel
cada vez que me hacia una simple caricia, con un solo roce de sus labios.

A esa declaración la siguió una lluvia de besos y arrumacos. Despacio y con


sumo cuidado como si desenvolviera un delicado regalo, fue abriendo los botones de la
blusa ligera que llevaba puesta al mismo tiempo que yo le ayudaba a quitarse la camisa.
En poco tiempo los dos estuvimos desnudos. Me quedé sin aliento al ver de nuevo su
cuerpo, al sentir su contacto con el mío. La sensación era tan maravillosa, que ni
siquiera la humedad de la hierba debajo de nosotros me importaba, después de tantas
semanas sin sentir el calor de su piel, nada más tenía importancia. Estaba más delgado,
pero seguía siendo fuerte. Pasé las manos por su pecho y le sentí estremecerse. El dejó
un reguero de caricias de fuego por mi cara, utilizando para ello su lengua, ese musculo
que hacía que me estremeciera de placer, siguió bajando por mi cuello y más abajo, se
detuvo en mis pechos, que ahora estaban más sensibles y más grandes a causa del
embarazo, esperaba que no notara ese detalle, puesto que aún no había decidido cuando

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Eva Anaya Martin -Traición

se lo diría. Después de atormentarme con sus labios, y con sus manos, se colocó sobre
mí, y con delicadeza me penetró.

-Mi amor, no sabes cuánto te necesito, -manifestó con voz ronca, -te he echado
tanto de menos, -susurró contra mí boca.

La sensación de sentirlo dentro era tal que lágrimas de felicidad rodaron por mis
mejillas. Juan las limpió con sus besos, diciéndome en todo momento lo mucho que me
había extrañado y cuanto me amaba, a lo que yo respondía con las mismas palabras y
agarrándome fuertemente a sus hombros.

Fue acelerando las embestidas, hasta llevarme a lo alto de un precipicio por el


que los dos seriamos lanzados, a un lugar en el que nada ni nadie, más que nosotros
importaba. Abrí los ojos y los clave en los suyos, que estaban vidriosos y oscurecidos
por la pasión que compartíamos.

Terminamos el uno en los brazos del otro, saciados y felices, ajenos al mundo
que nos rodeaba. Deseé que el momento fuera eterno, poder quedarme siempre
refugiada en aquel pecho duro que me cobijaba. Pero la realidad nos golpearía pronto, el
momento que habíamos compartido quedaría solo en nuestros recuerdos.

Fui la primera en reaccionar. Dios mío, que había hecho, me había acostado con
un hombre que ya no era mío, que le pertenecía a otra mujer.

Juan tenía los ojos cerrados y su mano descansaba ahora sobre mi vientre. Me
sentí desesperada, tenía que alejarme de él, si no lo hacía no podría negarle nada. Intenté
levantarme, soltarme de su agarre, el me apretó más a su cuerpo y con la voz soñolienta
me dijo.

-Quédate conmigo, amor no te vayas, sin ti no podré soportarlo, -aquella


declaración me enfureció.

De un tirón, me deshice de sus brazos y rápidamente cogí mi ropa


colocándomela con movimientos torpes.

-Que me estás diciendo Juan, ¿me estas pidiendo que sea tu amante, tu sucio
secreto?, -le solté sin mirarle a la cara si quiera.

El se incorporó de un salto y me sujetó por los hombros, clavando sus dedos en


mi tierna carne. Quise gritar de dolor, pero era más grande el que tenía en el alma que
el que aquellas garras me hacían en la piel y esa tortura no quería dejársela ver, si lo
hacía podría usarlo para conseguir de mi lo que quisiera.

-Lo que hay entre nosotros no es sucio, -bramó, -es hermoso, es lo más
maravilloso que pueden sentir dos personas.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Tú no eres un hombre libre, -respondí apartándome, -no puedes pedirme que me
quede contigo, no lo hagas por favor, -susurré con la voz rota conteniendo un sollozo en
el fondo de mi garganta.

Tenía que alejarme de allí, si me quedaba me convencería para que fuera su


amante y estaba a un paso de aceptar, de conformarme con cualquier migaja que
quisiera darme.

-Duermes con ella, Juan, -afirmé más que pregunté sabiendo que de su respuesta
dependería mi decisión, que sería lo que me daría las fuerzas para alejarme o para
lanzarme a sus brazos y no soltarme jamás.

El bajó la mirada y no respondió nada. Aquel silencio fue todo lo que necesité.

-¿Quién eres Juan?, no eres el hombre del que me enamoré, ¿crees que merezco
tan poco?, piensas que lo único a lo que puedo aspirar son cuatro momentos robados y
que luego me dejes para ir a la cama de tu esposa.

No supe cómo pero conseguí que mi voz sonara firme.

-Vuelve con tu mujer y olvídate de mí, esto no se volverá a repetir, espero no


llegar a verte nunca más.

Le oí soltar un gemido, una especie de quejido, me di la vuelta y eché a correr,


dejando atrás todo el amor y llevándome conmigo el dolor, el corazón roto y el recuerdo
de ese hombre que estaba segura sería el único amor que conocería, porque nunca
podría olvidarle.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 9

Los días que siguieron solo salí de casa para ir a trabajar, y para no toparme con
Juan, le pedí a Carmen que me recogiera a la salida del ayuntamiento. Me dio vergüenza
contarle el episodio del lago, sin duda mi hermana pensaría que no tengo dignidad.
Estaba deseando ahora más que nunca marcharme, poner distancia y olvidarme de Juan
para siempre. Pero lo que uno quiere y lo que los acontecimientos te obligan hacer son
dos cosas muy distintas.

Esa tarde estaba aún en el ayuntamiento, tenía mucho trabajo que hacer para que
mi sustituta encontrara todo en perfectas condiciones, así que llamé al hospital y le avisé
a Carmen que no fuese a buscarme, pues la tendría esperándome y no era justo para ella
después de un largo día de trabajo, tener que aguardarme en el coche. Estaba tan
inmersa en la tarea, que me olvidé salir a comer, tampoco había desayunado mucho, así
que a esas horas la debilidad que sentía me hizo levantarme del escritorio y dar por
terminada la jornada.

Al salir a la calle, aunque estábamos en primavera y ya el sol había desaparecido


el calor me pareció sofocante, un mareo me hizo tambalearme.

Pensé que estaba a punto de caerme en redondo por lo que decidí sentarme un
momento en uno de los bancos que había a las puertas del edificio. Me encontraba débil,
sin fuerzas, después de todo iba a tener que llamar a Carmen para que pasara a
recogerme, pensé furiosa conmigo misma por tener que seguir molestándola de esa
manera.

Esperé un poco a ver si me reponía, cerré los ojos y ya no supe cuanto tiempo
pasó, cuando los abrí casi había oscurecido y alguien me tocaba el hombro y me
llamaba por mi nombre.

Alcé la mirada a esa cara y por un momento la mente me jugó una mala pasada,
imaginé que era la del hombre que amaba, que nada había cambiado y que venía a
recogerme al trabajo como tantas otras veces, pero no era él, era su hermano Víctor, el
que me tocaba el hombro y me llamaba casi en un susurro como si estuviera
despertando a una niña.

-¿Estás bien?, -indagaba, su cara era tan parecida a la de Juan.

-Sí, estoy bien, -le respondí, intentando levantarme.

-No pareces estarlo, -me dijo, estudiando mis torpes movimientos y ayudándome
a levantarme.

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Eva Anaya Martin -Traición

Deseaba salir corriendo, no quería tener contacto con ninguno de los miembros
de su familia, pues todos me recordaban a Juan y no me apetecia que nada me lo
recordara.

-Sí, estoy bien, -le aseguré, -solo me senté un momento a esperar a Carmen, -
debe haberse olvidado de recogerme, -mentí.

-Deja, que te lleve a casa, -me pidió cogiéndome del brazo, lo que agradecí, pues
las piernas empezaban a no sostenerme y hasta me costaba enfocar las cosas.

-No estás nada bien, no te mantienes en pie, ¿Cuándo fue la última vez que
comiste?, -acusó con tono de reproche.

-Yo… -no pude decir nada más, me cogió en brazos y se dirigió conmigo hacia
el coche.

Todo fue tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de protestar, cuando me quise
dar cuenta ya estaba sentada en el asiento del acompañante y él rodeaba el vehículo
para subir al lado del conductor. Minutos después me recuperé de la impresión y por
fin pude hablar.

-¿Por qué has hecho eso?, -le reproché intentando parecer indignada aunque no
me salía, Víctor siempre fue un encanto y se me hacía imposible enfadarme con él.

-Estabas al borde del desmayo, no iba a dejarte tirada en la calle, lo menos que
puedo hacer es llevarte a casa.

Hicimos el camino en silencio, ninguno de los dos sabía que decir a pesar de que
siempre me llevé muy bien con él, la situación era incomoda. Al llegar a casa cuando
hubo parado el motor, me giré para darle las gracias y antes de que pudiera hablar
Víctor me cogió la mano y con una mirada extraña, que no le había visto antes me dijo.

-No te vayas, Eva, he oído que te marchas a la ciudad, quédate, yo…

-No puedo Víctor, -le respondí tirando para que soltara mi mano, por el brillo de
sus ojos, por el gesto de su cara, sabía lo que me iba a decir.

-Te he estado observando, se lo que te pasa, -declaró, -Eva, -siguió después de


una pausa, -se que estas embarazada y que es el motivo de tu marcha.

Aquello me dejó de una pieza, ¿cómo podía saberlo?, no se lo habíamos contado


a nadie, solo Mario lo sabía y era el hombre más discreto que había conocido.

-No sé de qué me hablas, -le dije con menos convicción de la que me abría
gustado mostrar.

-Si lo sabes y tranquila, no le diré nada a nadie, pero por favor escucha lo que te
tengo que decir.

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Eva Anaya Martin -Traición

El ambiente, empezaba a parecerme asfixiante, tenía que salir de allí. Las cosas
se me estaban yendo de las manos tendría que adelantar mi partida, no estaba preparada
para enfrentarme a Juan y no me creía ni por un momento que Víctor guardara silencio.

-Tengo que irme, -repetí, agarrándome a la manecilla de la puerta con tanta


fuerza que pensé que la arrancaría.

El solo asintió con la cabeza, salió y de nuevo dio la vuelta al coche para
ayudarme a salir, siempre el perfecto caballero, constantemente atento. Que distinto
abrían sido las cosas si me hubiera enamorado de él en lugar de su hermano, pero la
vida era así de complicada.

Me ayudó a salir del automóvil y me acompañó hasta la puerta de casa, antes de


que entrara volvió a detenerme, sujetándome esta vez por el brazo.

-Antes de que entres piensa en esto, -hizo una pausa antes de continuar, -yo sería
un buen padre para tu hijo, le querría como si fuera mío.

Y sin más se dio media vuelta y se alejo, dejándome más confundida que nunca.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 10

La semana transcurrió sin problemas, no volví a encontrarme con Juan ni con


nadie de su familia. Este era mi último día de trabajo y mis compañeros me
sorprendieron con una salida para despedirme, iríamos al pub del pueblo a tomar unas
copas. Yo por supuesto no podía beber por el embarazo, tendría que buscar alguna
escusa. Me levanté de mi escritorio cuando dieron las cinco, cogí mi bolso y fui al baño
a arreglarme un poco para salir.

Una vez allí me mire al espejo, me sentía sofocada. Tenía mechones sueltos del
improvisado recogido que todos los días me hacía a lo largo de la jornada, saqué el
palillo que lo sujetaba y decidí llevarlo suelto, como le gustaba a Juan, se me hacía
imposible no incluirlo en todos mis pensamientos, era muy difícil olvidar una relación
de tanto tiempo, un hombre que estaba segura sería el único para mí.

Era una mujer corriente, tenía los ojos oscuros, la nariz y la boca pequeñas, mi
piel era clara y mi estatura no superaba el metro sesenta. En cambio Julia era una mujer
despampanante, su cabello rubio le caía en suaves ondas hasta la cintura, era al menos
quince centímetros más alta que yo y su cuerpo era una sucesión de curvas perfectas,
mientras que el mío era pequeño por todas partes. Seguí estudiándome delante del
espejo, mis pechos ahora estaban algo más grandes, pero con eso y todo no podían
compararse con la talla cien que lucía Julia. Mi pelo era una maraña de rizos que me
costaba horrores dominar. En conjunto, todo en mi me hacía parecer una niña inocente,
mientras que ella poseía un aire de mujer sofisticada, que no podría perder ni aunque
quisiera.

Y que importa eso, me regañé a mí misma, olvídate de todos ellos no merecen


ni uno solo de tus pensamientos, intentaba darme ánimos pero sabía que era inútil,
nunca podría sacar a Juan de mi cabeza y lo que era peor, tampoco de mi corazón.

Llevaba unos vaqueros ajustados y una blusa sin mangas de color rojo, con
corte debajo del pecho y dos botones pequeños en el escote, una chaqueta negra
ajustada completaba el sencillo e informal conjunto. Me puse un poco de brillo en los
labios y un toque de sombra en los ojos, mi perfume, el favorito de Juan, otra vez estaba
el ahí, suspiré mientras recordaba que cada vez que me besaba hundía su cara en mi
cuello y me susurraba que mi olor a jazmines lo volvía loco.

Mis compañeros ya me esperaban cuando por fin salí del baño. Los iba a echar
mucho de menos. Se habían portado maravillosamente bien conmigo, antes y después
de que mi vida se viniera abajo, fueron discretos y no intentaron hurgar en mi herida,
solo me dejaron ver que estaban ahí para lo que necesitara. Mayte, mi compañera de
mesa, se acerco a mí, y me cogió del brazo.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Vamos, alegra esa cara, esto no es una despedida, es solo un hasta pronto, -me
dijo, con esa sonrisa que nunca la abandonaba.

-Lo sé, es solo que os echare mucho de menos a todos, -confesé volviéndome
para mirar al resto.

El pub estaba muy cerca, en realidad todo en el pequeño pueblo estaba


inmediato así que decidimos ir andando. El local estaba lleno, no en vano era el único
lugar de copas con el que contábamos.

Todos, jóvenes y mayores pasaban por allí una u otra noche de la semana, era
bastante acogedor. Una música suave que te permitía tomar tranquilamente una copa y
charlar sin tener que darle gritos a tu acompañante para hacerte oír, unos cómodos
sillones que hacían que el tiempo volara sin darte cuenta.

No quería recordar las veces que había estado allí con Juan, pero era imposible,
todo me hacía rememorarlo. Fueron tantas las veces que estuvimos juntos allí. Nos
sentamos en uno de los reservados, era el más cercano a la entrada desde allí podíamos
ver a todos los que accedían. Me pareció buena elección, había quedado allí con Carmen
y Mario y así les vería en cuanto llegaran.

El camarero se acercó a nuestra mesa y todos pidieron sus bebidas, cuando llego
mi turno no sabía todavía lo que tomar, como iba a hacer para explicar que en mi propia
reunión de despedida no quería beber alcohol. Ordené un simple refresco evitando las
miradas extrañadas que me lanzaron.

-No me digas que no vas a brindar con nosotros, -me dijo Cristian, el más joven
del grupo.

-Lo siento, tengo el estomago un poco revuelto y no quiero tener que marcharme
precipitadamente, -comenté esperando que se conformaran con la explicación.

La conversación giró en torno al trabajo, los compañeros que no habían podido


venir y me mandaban mensajes de despedida, o como ellos decían de hasta pronto.
Hablamos del nuevo puesto que me esperaba. De pronto la conversación cesó y todos
miraron a la entrada y luego a mí.

Con su rubia y preciosa esposa del brazo, Juan entraba en ese momento. Me
quise morir, la escena hizo un nuevo agujero en mi ya destrozado corazón, me dieron
ganas de levantarme, echar a correr, y esconderme a llorar mi pena, pero ya había
llorado bastante y tenía que ser fuerte por mi hijo.

Juan me miró y por un momento pareció que iba a darse la vuelta y salir de allí,
pero su mujer le tiró del brazo y el agachó la cabeza para escuchar algo que ella le decía
al oído. Fuera lo que fuese lo que le dijo, le hizo sonreír, me dolió el alma al recordar
que ninguna de sus sonrisas sería para mí.

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Eva Anaya Martin -Traición

Se fueron a sentar y el cruce de miradas con mis compañeros se me hizo tan


insoportable que me levanté para ir al baño, necesitaba unos minutos a solas para
recomponerme.

Entré en uno de los cubículos y me senté en el retrete, no podía permitir que


nadie me encontrara de esa manera. Me quedé más tiempo del normal, no era bueno
permanecer allí, alguna de mis compañeras vendría a buscarme y cuando descubrieran
mi estado seria mucho pero. Salí, abrí el agua y metí las manos debajo del grifo,
pasándomelas luego por la nuca, necesitaba refrescarme un poco.

La puerta se abrió y la persona a la que menos quería ver, entró por ella. Me
miró igual que si fuera un mosquito insignificante y cerrándola de nuevo se apoyó en
ella, lo que me indicó que no me iba a dejar salir de allí sin decirme lo que fuera que
había venido a exponer, porque no me creía para nada que hubiera venido por
necesidad.

-Quería hablar contigo, -declaró haciendo uno de esos mohines que le dedicaba a
los hombres, -no había encontrado la ocasión de disculparme por todo lo que ha pasado.

-Yo no tengo nada que charlar contigo y ahora si me dejas pasar, -repondí dando
un paso al frente y esperando que ella se apartara.

-Juan me pidió que conversara contigo que intentara explicarte, ya sabía yo que
era inútil.

Aquel golpe me dejó sin palabras, dolorida, ¿Juan había tenido el descaro de
mandarla a hablar conmigo?, no me podía creer que fuera tan cruel.

-Dile a tu marido que deje de molestarme, que no quiero vuestras disculpas.

Hice el intento de salir, pero ella me sujetó del brazo.

-Quería decirte algo mas… ¿sabes?, no nos acostamos esa noche, aún no estoy
embarazada pero lo estaré pronto.

Sus palabras hicieron que mi sangre hirviera, ¿esa maldita mujer le había hecho
creer, que iban a tener un hijo?

La empujé para huir de allí, dispuesta a decirle a Juan que se había casado con
una arpía pero esa bruja me impidió de nuevo la salida.

-Antes de que hagas el ridículo te diré, -hizo una pausa, en la que se miró las
perfectas uñas, -antes de casarnos le confesé todo a Juan, no quería que nuestro
matrimonio comenzara con mentiras y quise darle la oportunidad de parar todo, pero
Juan no lo permitió, dijo que todo se haría como estaba planeado… ¿no es un encanto?

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 11

No podía creer en nada de lo que dijera esa mujer, no debía creerla y lo que era
mas no quería, pero entonces, ¿por qué parecía tan segura de sí misma?

Julia salió y yo me quedé allí sin saber qué hacer, no podía mover un solo
musculo aquello había sido algo que no esperaba. Una luz de esperanza se encendió en
mi corazón y si lo que me había dicho era verdad, si Julia no estaba embarazada. Estaba
segura de que Juan no estaba al tanto de aquello no se abría casado con ella, tenía que
decírselo.

Le anunciaría que yo sí que estaba embarazada de un hijo suyo, entonces todo


se arreglaría, tenía que ser así. Soñaba despierta mientras apoyaba la mano en mi
estomago, mi hijo no crecería sin su padre, debía decirle la clase de arpía con la que se
había casado. La puerta del baño volvió a abrirse y di un salto sobre saltada pensando en
que a Julia le habían quedado cosas que arrojarme a la cara esa mujer era una bruja y
Juan se merecía saber la verdad, lo amaba, e iba a luchar por él.

No era Julia, era mi hermana que me miraba preocupada.

-Eva, ¿qué te pasa?, ¿estás bien?, tus compañeros me han dicho que llevas
mucho rato en el baño, Mayte quería venir a buscarte.

-Estoy bien, -le conteste distraída pensando en el modo en que le diría a Juan la
clase de sinvergüenza con la que se había visto obligado a casarse, porque mi cerebro no
quería pensar que había sido de otra manera.

-He visto a… esa mujer salir de aquí, ¿ha estado molestándote?, si te ha hecho
algo soy capaz de…

-Sí, me ha dicho algo, pero no es nada malo al contrario, -anuncié sonriendo por
primera vez desde hacía días, -me ha dicho que lo engañó, Carmen le dijo que estaba
embarazada y era mentira ni siquiera se habían acostado.

-No quiero desesperanzarte, ¿pero qué tiene eso de bueno?, ya están casados y tú
has sufrido mucho, no te hagas ilusiones por algo que ella simplemente puede negar
haberte dicho, además… no creo que Juan sea tan tonto como para casarse con esa
mujer sin una sola prueba del embarazo.

Mi hermana no lo dijo, pero me miraba con lastima, seguramente pensaba que


tantos días de sufrimiento me habían afectado.

-Según ella, se lo confesó antes de que se casaran pero eso no puede ser, si fuera
así Juan no se abría casado con ella, -le dije llena de un anhelo que no podía disimular.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Cariño tranquilízate, tienes que tomarte esto con calma puede ser una treta de
ella para que te pongas en ridículo, o para… vete a saber lo que esa arpía tiene en
mente.

-Voy a hablar con Juan, se lo diré hoy mismo, -sentencié agarrando ya el pomo
de la puerta dispuesta a salir.

-Eva espera, recuerda lo mal que lo has pasado, acuérdate de tu bebe no puedes
ir de susto en susto tienes que cuidarte por él. –Piensa un poco las cosas antes de dar un
paso así.

De repente los acontecimientos se fueron sucediendo uno tras otro en mi cabeza.


El día de la boda, como Juan decía incoherencias, no debí hacerlo, en ese momento no
entendí, ahora las cosas empezaban a tomar forma y cuando Víctor me dijo que él no
me habría abandonado por nadie ni por nada y después Juan ni siquiera pudo responder
cuando le pregunté si dormía con ella, todo cayó encima de mí como una pesada losa,
mi hermana tenía razón, Juan no era ningún idiota para dejarse engañar así la imbécil
aquí era yo. Era a mí a la que habían engañado, menospreciado y humillado.

-Tengo que salir de aquí, -le dije aturdida por la evidencia de la que me acababa
de dar cuenta, por eso sale de copas con ella, por eso le sonríe, maldito hijo de puta,
realmente la única tonta en esta historia era yo, por confiar en un hombre que no se
había merecido ni uno solo de mis besos, pero le iba a hacer arrepentirse, iba a pagar
con creces el daño que me había hecho.

-Vamos tengo el coche fuera, te llevaré con Mario e iré a decirles a tus
compañeros que no te encuentras bien mientras él te acompaña fuera.

Guiada por mi hermana, pues mi cerebro no dejaba de repetirme todo lo que


había pasado por alto y mi cuerpo y mi corazón estaban muertos, llegamos hasta donde
estaba Mario que en cuanto nos vio acercarnos no necesitó palabras se acercó a nosotras
y sustituyó la mano con la que mi hermana me conducía por la suya mientras que ella se
alejó para cumplir con lo que me había prometido, disculparse con mis compañeros por
mi repentina marcha.

-Tranquila en un minuto estaremos fuera de aquí, -decía mientras se abría paso


entre la gente.

Uno de esos cuerpos que fuimos apartando en nuestro avance a la calle fue el de
Juan, que le detuvo y acercándose a mí levantó mi barbilla con un dedo.

-¿Estás bien?, no estás enferma verdad, -su tono parecía preocupado pero yo ya
no confiaba en el, lo odiaba e iba a demostrárselo.

-No es asunto tuyo, -le espeté, -vete a revisar a tu mujer y déjame en paz le dije
moviendo la cabeza bruscamente para apartarme del dedo que se había posado ahora en
mi mejilla.

30
Eva Anaya Martin -Traición

-Tú si eres asunto mío, -declaró con voz dura, -y siempre lo serás.

-Yo ya te saqué de mi vida, haz tú lo mismo, -le dije sintiendo una punzada en el
corazón al ver como su cara se contraía como si hubiera sufrido un golpe.

Mario intervino en ese momento.

-Solo ha sufrido una bajada de tensión nada importante, hay mucha gente hoy
aquí y se sintió un poco acalorada vamos a llevarla a casa.

Juan hizo un gesto con la cabeza agradeciendo a Mario la información, había


olvidado que eran amigos desde niños, tendría que hablar con él y hacerle prometer que
no le diría nada de mi embarazo hasta no estar segura de lo que iba a hacer.

-Tenemos que hablar, -me dijo acercándose a mi oído para que nadie pudiera
oírle.

-No tengo nada de qué hablar contigo, ya te lo he dicho varias veces, no vuelvas
a buscarme, -terminé también cerca de su cara para que solo él pudiera escucharme.

-Eso lo veremos, -me dijo tan terco como siempre y sujetando mi cara entre sus
manos bajó la cabeza y me dio un beso en los labios.

Por un momento quise dejarme ir, apoyarme en su pecho, enredar mis dedos en
su pelo, pero sus palabras volvieron a mi mente, e intenté apartarme al mismo tiempo
que él me agarraba por la cintura para profundizar la exploración que le hacía a mí boca.
Forcejeé para soltarme de él, no podía permitir esto si le dejaba besarme así pensaría
que podía jugar conmigo siempre que quisiera.

-Suéltame, le dije empujándole en el torso para apartarlo de mí.

El me sujetó más fuerte, entré en pánico al ver que Mario se había alejado, sin
duda se comunicaba muy bien con su amigo que le habría pedido que nos dejara a solas.
Volví a empujarle.

-Suéltame, -le repetí.

Una voz sonó detrás de nosotros.

-No has oído, ¿es que estás sordo?, te ha dicho que la sueltes, -dijo Víctor que
apareció de la nada.

Juan me soltó y yo aproveché para lanzarme a los brazos de mi ex cuñado.

-Sácame de aquí, por favor.

31
Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 12

Me aferré al brazo de mi ex cuñado, que me guiaba con delicadeza a la salida.


Las lágrimas que ya pensaba que había agotado, me cegaban y caían sin control por mis
mejillas. El descubrimiento que acababa de hacer me dejó una nueva herida que no creía
posible que sanara. Había pensado todo el tiempo que Juan se vio obligado a casarse
por el hijo que esperaba. Ella lo conocía muy bien sabía que él era un hombre de honor,
que no abandonaría a su hijo pero si no había ningún niño, si el ya sabía antes de casarse
que ese bebe no existía, ¿por qué se caso con esa mujer?, mi cabeza no dejaba de darle
vueltas a las palabras de Julia.

No quería que nuestro matrimonio empezara con mentiras, como un taladro esa
frase golpeaba en mi cerebro.

Llegamos al coche en silencio, como siempre Víctor se portó como un caballero


al rescate. Hicimos todo el trayecto sin que ninguno dijera una sola palabra. La
declaración que me hizo días antes también rondaba por mi cabeza, haciendo que me
sintiera incomoda de pronto al estar en su compañía, él conocía el dolor que yo sentía,
sabía que amaba a su hermano desde que era una niña, ¿Cómo podía imaginar si quiera
que yo pudiera casarme con el hermano del hombre al que adoraba?

La idea de vengarme de Juan aceptando la proposición de su hermano me


tentaba, pero sabía que no era justo, Víctor se merecía a una mujer que lo amara, era un
hombre maravilloso muy atractivo con un gran futuro como abogado, con una buena
posición aquí y en la ciudad cercana en la que había establecido su bufete. No podía
hacerle algo así a la larga terminaría odiándome, cuando viese que sus esfuerzos por
ganarse mi amor eran en vano, porque yo nunca dejaría de amar a Juan. A pesar de todo
el daño que me causó, de todo el dolor que sabia sentiría por mucho tiempo, nunca
habría otro para mi, solo tendría a mi hijo, pensé poniendo la mano sobre mi estomago
aún plano, gesto que a Víctor no le pasó desapercibido.

Aparcó al coche y como la última vez que me trajo a casa, se volvió a mirarme y
cogió mi mano entre las suyas.

-¿Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea?, eres una mujer
maravillosa, preciosa, inteligente y tan bella por dentro como por fuera… no puedo
entender como mi hermano se ha dejado arrastrar por todo esto. –Pero he estado
pensando y he llegado a la conclusión de que no es justo por mi parte aprovechar este
momento en el que estas sensible y dolida, por estar todo tan reciente.

-Gracias Víctor, es mejor así yo… nunca podría amarte como te mereces, -le dije
aliviada de que hubiera cambiado de opinión y no insistiera en una relación sin sentido.

32
Eva Anaya Martin -Traición

-No te equivoques, todavía quiero estar contigo, solo que prefiero esperar a que
sepas todo lo que se te ha ocultado.

-¿Qué quieres decir?, ¿qué es lo que se me ha ocultado?, estoy cansada de jugar


a las adivinanzas Víctor, si tienes algo que decirme, dímelo, aunque te advierto que
Julia ya me ha puesto en antecedentes, ya me ha informado de que Juan estaba enterado
de que no iba a tener un hijo… con ella, -le dije apretando el puño de la mano que me
quedaba libre por la rabia que me consumía.

¡Yo sí, iba a tener un hijo!, un bebe que nacería sin su padre porque el muy
canalla se había casado con otra, desechando a su madre cuando ya no le fue útil.

-Lo siento, pero eso son cosas que le corresponde a Juan decirte. –Y antes de que
digas nada, te diré que hable con él, le confesé mis sentimientos por ti, me pareció que
debía jugar limpio.

No me podía creer lo que acababa de oír. ¿Juan sabía que su hermano está
enamorado de mí?

-Estoy cansada, -le dije dejándome llevar por la ira que estaba empezando a
sentir, -cansada de tu hermano, de ti y de toda tu familia, -grité, -harta de tantas
mentiras, de tantos secretos, no quiero que te vuelvas a acercar a mí y díselo también a
tu hermano, ya que parece que os comunicáis muy bien, - Salí del coche con tanta
violencia que casi me caigo en la acera, antes de cerrar la puerta de un portazo, me volví
para gritarle algo que sabía que luego me arrepentiría de haber dicho, -y dile también
que si que va a ser padre, aunque jamás tendrá a su hijo.

Entré en la casa llena de rabia, subí a mi habitación. Mi maleta estaba a medio


hacer encima de la cama, cogí la ropa a puñados y la tiré dentro del armario. No iría a
ninguna parte. Ni Julia, con su lengua de víbora, ni Juan, ni nadie me haría irme de mi
hogar. Me quité la chaqueta y la tiré a una silla, me senté en la cama tratando de
calmarme. No le haría ningún bien al bebe que me alterara de ese modo y sin duda ellos
no merecían ni uno solo de mis desvelos.

Por la mañana iría a hablar con mi jefe, esperaba que pudiera devolverme mi
puesto, si no que me pusiera en cualquier otro no me importaba, incluso si tenía que
buscar un nuevo trabajo, ya estaba decidido me quedaría aquí, donde había crecido y
donde quería que mi hijo lo hiciera también. Tendría que prepararme para las
habladurías, ser fuerte por lo que se me vendría encima, pero no me importaba.
También tenía que llamar a Myriam, avisarla de que había cambiado de idea, esperaba
que no se enfadara y que comprendiera. Esperaba también que la decisión que había
tomado, fuera la acertada por el bien del niño, pero, ¿por qué no iba a serlo?, crecería en
un lugar tranquilo, siendo cuidado y protegido por su madre y por su tía, pues estaba
segura de que Carmen se alegraría de que me quedara y también de que adoraría a su
sobrino o sobrina.

33
Eva Anaya Martin -Traición

Me eché en la cama y cerré los ojos. Debía descansar, cuidarme por mi hijo,
pero lo único que veía era la cara de Juan, ¿Por qué con todo el daño que me había
hecho, en lo único que podía pensar era en el dolor que había visto cruzar por sus ojos
cuando le grité que le había sacado de mi vida?, que ya no era nada mío.

Porque le amas, me dijo una vocecita en mi cabeza y en el fondo de mi corazón


aun abrigaba la esperanza de que todo se arreglara, incluso después de nuestro
encuentro en el lago en el que con su silencio admitió que dormía con su esposa,
después de que lo único que me ofreciera fuera ser su amante, algo que él sabía que
sería una ofensa para mi, todavía tenía la esperanza de que viniera a buscarme y me
dijera que la había abandonado, que me quería y que nada le importaba más que yo,
porqué a pesar de tanto dolor no quería verle sufrir y la expresión que cruzó su rostro
por un momento me hizo pensar que así era.

Pero eso nunca iba a pasar y lo mejor sería que me hiciera a la idea de vivir sin
él, lo haría por mi hijo y por mí misma.

Todavía sentía en mis labios su sabor, podía evocar el calor que su cuerpo le
transmitió al mío. Como sus brazos me habían rodeado, como me apretó contra su
pecho y lo bien que me había sentido. Por un instante quise olvidarme de todo, dejarme
llevar por lo que sentía cada vez que me rozaba, pero la realidad siempre se imponía,
recordándome que el ahora se debía a otra mujer.

Intenté dormir, pero las imágenes de lo sucedido durante el día se sucedían y


algo que Víctor me había dicho y que había pasado por alto hasta el momento me hizo
levantarme de un salto.

-¿Qué era lo que Juan me tenía que contar?, ¿qué me había ocultado?, cuantas
sorpresas desagradables tendría todavía que capear.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 13

Todo salió como esperaba. Mi jefe estaba encantado de que finalmente no me


fuera, mi sustituta pasaría a otro departamento y yo seguiría haciendo el mismo trabajo.
Carmen también estaba feliz de que me quedara. A Juan no lo había vuelto a ver ni a
ningún otro miembro de su familia. Todo resultó fácil, menos mi conversación con
Myriam, que se quedó muy desilusionada y extrañamente nerviosa cuando le conté la
proposición que me había hecho Víctor. Aquello me resultó raro, pero ella enseguida
llevó la conversación a otros temas y no me pareció oportuno preguntarle porque había
tenido esa reacción. De manera que la única pega era que Myriam, ahora parecía estar
molesta conmigo y la verdad la entendía.

Por lo demás habían sido días tranquilos, solo había una cosa que me preocupa y
era saber si Víctor le había contado a Juan sobre el embarazo. Sabía que él se enteraría
tarde o temprano, pero preferiría que fuera más adelante, cuando estuviera preparada
para responder al ataque que seguro, Julia lanzaría contra ella, sobre todo si era cierto
que la mujer no estaba iba a tener ningún bebe, se pondría furiosa cuando supiera que
finalmente Juan sí que iba a tener un hijo y que no sería ella quien se lo diera. Mayte
entró en ese momento al despacho y me hizo dejar mis problemas a un lado para
intentar parecer centrada en mi trabajo, no quería que mi jefe se arrepintiera de
haberme dado la oportunidad de volver.

-Hola, -saludó con su enorme sonrisa como siempre, -no sabes lo feliz que estoy
de que te hayas quedado, me alegro mucho de que no te hayas dejado vencer por esa…
bruja, estoy segura de que todo se arreglara entre ustedes, hacían una estupenda pareja,
es una pena que los hombres sean tan… imbéciles.

-Pues sí Mayte, -le respondí medio en broma, pues ella era una de las pocas
afortunadas con un marido estupendo, -los hombres son…

-Eva, he oído algo que no se… si decirte, quizá sea solo un chisme, ya sabes
cómo es la gente en un pueblo pequeño como este, adorable, pero se dejan llevar
demasiado por las habladurías, -se puso tan seria que me asustó.

-¿Qué pasa?, -dios mío, no quería ni pensar en qué ocurriría si su embarazo se


hubiera descubierto antes de que ella misma pudiera hablar con Juan.

-Bueno tarde o temprano, te enteraras así que ahí va, dicen que Julia no está
embarazada, que fue una treta para atrapar a Juan, -terminó la frase mirándome con una
mezcla de lastima por mí, indignación por lo que supuestamente había acontecido y
vergüenza por dar crédito a lo que la gente murmuraba.

35
Eva Anaya Martin -Traición

-No te preocupes Mayte, he oído todo lo que se rumorea, -me callé intentando
decidir si decirle que conocía los rumores de la mano de la mismísima Julia, decidí
enseguida que, porque no decirle, eran amigas desde hacía un tiempo y era una buena
mujer sabía que podía confiar en ella, -sé lo que se comenta… la propia Julia me lo dijo,
la noche de mi despedida en el pub, -comenté, bajando la sombría mirada que sabía que
tenía, al recordar todo lo que paso esa noche.

-Lo sé, Carmen me comentó el disgusto que tuviste con esa arpía, discúlpame,
pero Juan se merece lo que le está pasando, ha hecho meritos para todo lo que se dice de
él, aunque en el fondo a mi me da mucha pena de todo lo que se le viene encima.

-¿Qué se dice de él?, -aquello me descolocó, no había escuchado que nadie


reprochara a Juan abiertamente por lo que había pasado.

- Cariño, yo no quiero ser como una de esas personas que no tienen nada que
hacer más que repetir todos los chismorreos que se cuentan, pero lo que escuché esta
mañana me dejó helada.

-Mayte, me estas poniendo nerviosa, ¿qué es lo que has escuchado?, -empezaba


a exasperarme.

-Bueno, no solo se comenta… mi marido vio a Julia ayer por la mañana antes
del amanecer, ¿sabes que el sale a correr?, pues como te iba diciendo, Julia salía de una
casa que no era la suya y un tipo la despedía en la entrada con un beso, que según mi
marido no era precisamente como se despide a un amigo.

Me esperaba cualquier cosa de esa mujer, pero no me podía creer que Juan
consintiera algo así, porque en el pueblo un comentario de ese tipo estaba segura que ya
había llegado a sus oídos, ¿entonces porque seguía con ella?

-Y no te he dicho lo más importante, que por otro lado era lo que venía a decirte,
me da mucha rabia todo lo que os ha pasado, creo que Juan se ha dejado manipular
tanto por la bruja esa, como por su familia.

-Mayte tengo mucho trabajo, lo siento, pero no me apetece hablar de Juan, -me
arrepentí en cuanto pronuncie las palabras, por la cara que puso la pobre que pensaba
que aquello me hacia bien, cuando en realidad cada vez que escuchaba nombrar a la
pareja en cuestión sentía como mi herida sangraba un poco más, -lo siento, pero no me
apetece nada, saber qué vida llevan, ni lo que se dice de ellos.

-Sí, ya sé, pero es que lo que te tengo que decir te dejara tan fría como me ha
dejado a mí cuando lo he escuchado y te puedo asegurar que la persona que me lo ha
comentado no es un chismoso del pueblo, he prometido que no te diría quien me lo ha
dicho, pero creo que no me va a quedar más remedio, no ha sido una de esas mujeres
ociosas la que me lo ha contado, si no nuestro jefe, que se ha cansado de verte sufrir y
me ha pedido que venga a hablar contigo, ya sabes, es mejor de mujer a mujer.

36
Eva Anaya Martin -Traición

¿Mi jefe mandaba a su secretaria a contarme cosas sobre el matrimonio de


Juan?, aquello era surrealista. Sabía que el hombre me tenia cariño, que fue muy amigo
de mis padres, pero de ahí a que hiciera algo como aquello.

-Eva, ese matrimonio es un fraude, ni siquiera viven en la misma casa, no han


pasado una sola noche bajo el mismo techo.

Eso no era para nada lo que había esperado, las palabras de Mayte me dejaron
como ella me había dicho, como si me hubieran escarchado, no por la sorpresa que ella
pensaba que me había llevado por la noticia de que ni siquiera vivían juntos, si no
porque Juan admitió cuando estuvimos en el lago que dormía con su mujer, ¿entonces
qué estaba pasando?, ¿era el él que mentía?, y porque me hacía daño con falsedades
como esa.

Mi corazón salto ante la posibilidad de que todo fuera un malentendido, que las
cosas se arreglaran y la razón me advertía que no había equivocación alguna, que el
hombre al que amaba y en el que confié ciegamente, se había casado con otra mujer, me
había abandonado y me había hecho daño a posta, si no con la admisión de que
efectivamente, hacia vida de pareja con su mujer, al menos si con su silencio ante mi
pregunta, ¿con que fin?, eso era lo que averiguaría en este mismo momento, pensé
levantándome de la mesa y dirigiéndome a la puerta.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 14

Salí decidida a aclarar todo aquel lio inmediatamente, pero de camino al


despacho de Juan que quedaba a un paseo del ayuntamiento, mil dudas me asaltaron,
¿qué clase de mujer era?, que después de todo lo que había pasado iba a rebajarme a
buscarlo para pedirle cuentas por asuntos relacionados con su matrimonio. ¿Es que no
tienes orgullo?, -me gritaba mi cabeza, pero mi corazón, me decía que luchara por el
hombre que amaba, por el padre de mi hijo. Iba a hacer aquello aunque luego me
arrepintiera al recibir respuestas que no me gustarán. La oficina de Juan, estaba a solo
unas calles de mi trabajo, también él era abogado como su hermano, solo que decidió
establecerse aquí, decidimos, -me dije, que criaríamos aquí a nuestros hijos, pensé con
amargura. Y le había ido muy bien, en poco tiempo se había hecho con una buena
cartera de clientes, llevaba los asuntos de todos los establecimientos del pueblo, no en
vano era un magnifico letrado, además de ser el único que residía en la localidad. Su
secretaria era una mujer mayor pero muy eficiente además de ser muy amable y querida
por todos los habitantes del lugar. Yo le tenía mucho cariño.

Entré en el pequeño edificio y pude ver como la mirada de la mujer se iluminaba


al verme, se levantó de su mesa y salió a mi encuentro, dándome un cálido abrazo y
susurrando en mi oído.

-No sabes cuánto siento lo que ha pasado y lo enfadada que estoy con ese
hombre, -señaló por encima de su hombro a la puerta del gabinete, donde se encontraba
Juan.

-Lo sé y te agradezco tu apoyo, -comenté devolviéndole el abrazo, apreciaba de


verdad a esta buena mujer, -he venido a hablar con él, ¿esta?

-Sí y de un humor de perros desde que pasó todo esto, de hecho, -me confió
bajando mas la voz, -ese hombre lleva días durmiendo aquí, si sigue así se va a
enfermar, le he dicho mil veces que se vaya a casa de sus padres, pero ni caso.

Así que era verdad, no estaba haciendo vida matrimonial con su mujer, ¿Por qué
todas aquellas mentiras? Sentí tal ataque de ira que sin una palabra más dejé a la pobre
señora perpleja por mi arranque e irrumpí en el despacho sin llamar a la puerta, sin
pensar si quiera en que podía estar ocupado. Tuve suerte, estaba solo, miraba por la
ventana o más bien contemplaba sin ver. Estaba más delgado, podía notarlo hasta
estando de espaldas, lo había observado tantas veces, sabía exactamente como le
quedaban cada uno de sus trajes muchos de ellos los habíamos comprado juntos y este
en concreto estaba segura lo eligió para él y le quedaba demasiado ancho, no como
antes cuando todo le había ajustado a la perfección y parecía un dios griego con

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Eva Anaya Martin -Traición

cualquier cosa encima y sin nada también. Me perdí en esos recuerdos y no me di


cuenta de que él se dio la vuelta y me pilló en pleno escrutinio.

-Eva, -pronuncio mi nombre en un susurro apenas audible, como si hablara


consigo mismo.

-Necesito hablar contigo, -le dije cuando por fin volví a encontrar mi voz.

-Bien, -asintió después de un rato en el que lo único que hizo fue mirarme
asombrado, parecía que había pensado que se trataba de un sueño, o de una pesadilla, -
quieres sentarte, tomar algo, -ofreció y yo negué con la cabeza al tiempo que me
sentaba.

-No quiero tomar nada, lo que quiero son respuestas.

-Lo sé, y también se que no te gustarán, -bajó la cabeza tratando de calmarse,


como siempre hacía conocía cada uno de sus gestos, podía predecir todas sus
reacciones, la única que no pude prever fue la que tuvo el día que todo mi mundo se
derrumbó, cuando por una simple discusión bebió hasta la inconsciencia cayendo en las
garras de esa arpía.

-De eso estoy segura, pero como ya estoy cansada de tantas patrañas, quiero de
una vez dejar las cosas claras, porque después soy yo la que te las aclarará a ti. –Para
empezar quiero saber, ¿Por qué si sabias que no estaba embarazada, por dios que ni
siquiera os acostasteis, seguiste adelante con la boda?, ¿y porque me dijiste que dormías
con ella, cuando me acaba de decir tu secretaria que llevas días pasando la noche aquí?,
-las palabras salían atropelladas de mi boca.

-Todo eso te lo iba a contar en el lago, pero… ya sabes lo que pasó, luego saliste
corriendo y no quisiste escucharme.

-¡Tu admitiste que te acostabas con ella!, cuando acababas de estar conmigo, -le
grité levantándome de un salto, el se levantó también y gritó casi tanto como yo.

-¡Yo no admití nada!, no puedo admitir algo que nunca pasó, pero tú no quisiste
escucharme, ¿tengo que recordarte que corriste tanto, que hasta te dejaste los zapatos?,
me espetó, con los ojos empañados por la ira que sabia estaba intentando contener.

-Como querías que me quedara a escuchar, por dios, mi novio, el hombre con el
que pensaba envejecer, el hombre que amaba más que a nada, me había dejado para
casarse con otra, ¿me habrías escuchado tu Juan?- el no dijo nada, solo agachó la cabeza
y respiró hondo, se estaba exasperando y todavía no me había dicho ni uno solo de sus
motivos.

-No, probablemente no te abría escuchado y te hubiera mandado al infierno y sé


que tienes todos los motivos para odiarme, pero por favor amor, créeme que te amo, eso
nunca va a cambiar y dame la oportunidad de explicarme y de borrar todo el dolor que
te he causado.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Te escucho, -le dije después de un pausa y de volver a sentarme intentando


tranquilizarme.

Después de lo que me parecieron horas, aunque probablemente no abrían pasado


ni unos minutos, por fin empezó a hablar.

-Mi padre cometió un desfalco, -me dijo por fin y yo me quedé igual que antes
porque que tenia eso que ver, -si, ya sé que estas pensando, también te conozco bien
cariño, -sonrió, pero sus ojos estaban tristes, sentí deseos de abrazarle, de consolarle, -el
padre de Julia lo averiguó, no sé cómo ni cuándo, pero descubrió el mal manejo que mi
padre había llevado en sus cuentas y si detenía la boda, si les hacía pasar por el
escándalo que después del que se acababa de montar por cómo se dieron las cosas,
seguro seria aun mas grande que él anterior, lo denunciaría. -Si aceptaba fingir que
éramos un matrimonio normal durante unos meses se olvidaría de todo, aceptando la
dimisión de mi padre o haciendo pasar su despido por una jubilación anticipada.

Volví a levantarme de un golpe cuando la comprensión me alcanzó.

-Me estás diciendo que me has hecho pasar por todo esto, que he sentido como
el corazón se me rompía en mil pedazos, que me he pasado días llorando, he estado a
punto de dejar mi pueblo, mi hogar, a mi hermana, para que tu padre no cumpliera el
merecido castigo por ser el sin vergüenza que es, -empecé a gritar paseándome por el
despacho fuera de control, mientras que Juan intentaba hacer que me sentara de nuevo.

-Cálmate amor, te va a dar algo, -entonces recordé a mi hijo y respiré hondo para
tratar de serenarme.

Aunque las lagrimas corrían por mis mejillas y mi respiración todavía era
agitada, me sentía más sosegada para seguir escuchando lo que le quedara por decir.

-Bueno, sigo esperando, -le dije cuando por fin mi corazón empezó a latir a un
ritmo más o menos normal.

-Tienes razón, mi padre es un hijo de puta que merecía ir a la cárcel, pero mi


madre no merece la vergüenza, la pena de ver a su marido señalado como un
delincuente, los chismorreos de la gente la hubieran matado y además… es mi padre,
¿qué podía hacer?, pero te juro, que nunca me he acostado con Julia que jamás hemos
dormido si quiera en la misma cama, solo acordamos hacer el paripé durante un par de
meses y después pedir el divorcio.

-Entonces, ¿Por qué esa mujer me dijo que estabais intentando tener un hijo?, -
apunté levantándome de nuevo, ya no podía más.

-Cariño no sé porque te dijo eso, pero lo aclararé con ella y la hare saber que
entre nosotros nunca abra nada, te juro que nunca la he tocado, esa es la verdad -
intentaba acercarse a mí pero yo no paraba de moverme por toda la habitación.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Lo único que hay aquí de verdad, es que has hecho lo posible porque tu padre
no fuera a la cárcel, porque tu madre no sufriera, e incluso has aparentado ser el marido
ideal para proteger a esa alimaña con la que te has casado, has pensado en todos Juan,
en todos menos en mi, -gire sobre mis talones y salí de allí, ignorando las llamadas que
me hacía.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 15

No había salido del edificio, cuando le sentí detrás de mí y antes de que pudiera
echar a correr de nuevo ya me tenia sujeta por el brazo y me daba la vuelta para
ponerme frente a él.

-No quiero seguir hablando, ya he tenido suficiente por hoy, -manifesté antes de
que él pudiera decir nada, necesitaba marcharme de allí para estar sola y reflexionar
sobre todo lo que acababa de saber, pero parecía que Juan no había dicho todo lo que
quería.

-No hemos terminado, quedan muchas cosas por decir, -me miraba como si
quisiera tragarme, no sé si por la cólera que se veía aun claramente marcada en sus ojos,
o por el deseo que a los dos nos arrastraba cada vez que estábamos el uno cerca del otro.

Tiró de mí, suave pero firme y los dos entramos en la salita que utilizaba como
comedor. La habitación estaba como siempre. Todo muy limpio y ordenado, sin duda
María se ocupaba de aquello. Había ido tantas veces a comer allí con Juan, cuando
estaba tan ocupado que ni siquiera tenía tiempo de almorzar, me presentaba para verlo
con uno de mis guisos, eso me trajo tantos recuerdos que estuve a punto de echarme a
llorar de nuevo. Fueron tantos los momentos vividos con él, ¿Cómo iba a poder
olvidarlo?, si él había sido toda mi vida y ahora tendría algo que me lo recordaría
siempre.

No había pensado en eso, aun no sabía qué hacer respecto al bebe, tendría que
decírselo, pero de momento quería esperar a que las cosas se hubieran aclarado entre
nosotros. –Pero que quieres aclarar, -me dije, todo está claro ya y sea como sea, la
realidad es que es un hombre casado.

-No te iras de aquí hasta que escuches todo lo que te tengo que decir, tienes que
creerme cariño, yo nunca me he acostado con ella, ni he deseado hacerlo, te lo juro, -me
repetía acercándose a mí, cada paso que el daba en mi dirección yo lo daba para
apartarme de él, podía ver en su rostro cual era su intención y sabia que no tenía la
fortaleza para rechazarlo, -nunca hemos dormido en la misma habitación, ni siquiera en
la misma cama, después de la boda, cuando fui a verte, mi padre y Víctor me llevaron a
casa, allí pasé aquella noche, se lo puedes preguntar a mi madre, sabes que ella te adora,
y no te mentiría, -su mirada se ensombreció al hablar de ella, -y las siguientes las he
pasado aquí, en el despacho, solo hemos salido alguna que otra vez por el pueblo, fue la
condición que puso ese… para no denunciar a mi padre, que hiciéramos algo de vida

42
Eva Anaya Martin -Traición

social, para que la gente viera que éramos un matrimonio normal, pero yo no sabía que
estarías en el pub aquella noche.

Lo que me dijo tenía sentido, si creía en lo que le había contado Mayte, que no
tenia porque estar mintiendo y además también estaba María, en la que confiaba
ciegamente, pero no por eso me iba a dejar arrastrar por lo que me pedía mi cuerpo que
era ni más ni menos que aceptara lo que me quisiera dar.

Debía reconocer que en cuanto le ponía una mano encima la consumía el anhelo
que sentía por él, eso nunca cambiaria, lo deseaba igual que el primer día y estaba
segura que el también a ella, pero no cedería tenía que ser fuerte.

-No me voy a convertir en tu amante, si es lo que tienes en mente, -sentencié


cuando topé con la pared, -no me humilles pidiéndomelo.

-Cariño, yo nunca he querido herirte, mucho menos humillarte, esa nunca ha


sido mi intención, yo iba a contarte todo esto, cuando Julia me dijo que no pasó nada
aquella noche, me sentí aliviado, iba a ir a buscarte para decirte que todo fue un invento
de ella, iba a suplicarte que me perdonaras, pero luego apareció su padre y… todo se
complicó.

-¿Cuándo lo supiste?, -no hizo falta que le dijera mas, sabía a qué me refería.

-Julia me lo dijo la noche antes de la boda, estuve bebiendo dos días enteros, no
aceptaba perderte y cuando vino a verme y me dijo que aquella noche solo me ayudó a
llegar a la cama y que hizo todo aquello para fastidiar a su padre con el escándalo que se
montaría te juro que quise estrangularla, después… ya sabes lo que pasó, ese hombre se
presento diciendo que si no acudía a la iglesia denunciaría a mi padre por desfalco, fui a
verle le pedí explicaciones, no me podía creer que aquello estuviera pasando de verdad,
discutimos durante toda la noche, y… llegamos a la única conclusión posible, lo siento
amor, mi intención fue contártelo ese mismo día y después rezar para que me
perdonaras, -se le veía demacrado había perdido mucho peso y estaba ojeroso, no
soportaba verle así, el impulso de lanzarme a sus brazos y consolarlo era muy grande.

Sin darme cuenta otra vez estaba llorando, debía ser el embarazo que me ponía
aun más sensible, había derramado mas lágrimas en unas semanas que en toda mi vida,
Juan alzó la mano y siguió el recorrido de una de esas perlas liquidas por mi mejilla.

-No me gusta verte llorar, -su expresión mostraba tal angustia que me dolía el
alma por verlo así, ¿por qué las mujeres éramos tan tontas?, no dejaba de preguntarme.

Me aparté para alejarme de su toque y limpie las molestas gotas de un manotazo,


empezaba a flaquear y no podía permitírmelo, si le dejaba acercarse no podría
rechazarlo, no tendría la voluntad necesaria. Odiaba reconocerlo, pero así era, era una
mujer débil, enamorada hasta tal punto que haría cualquier cosa que me pidiera, pero
ahora tenía que pensar por otra persona y de ahí sacaría las fuerzas necesarias para hacer
lo correcto.

43
Eva Anaya Martin -Traición

-Me voy, tengo que volver al trabajo, -me dirigí a la puerta y antes de llegar el ya
estaba bloqueándola, -Juan, no me hagas las cosas más difíciles, -suspiré.

-Por favor, -apoyó su frente en la mía y me rodeó con sus brazos, mi cuerpo se
pegó al suyo como si de imanes se tratara, me sentí atraída sin remedio al calor que
emanaba de él.

Tenía que hacer algo antes de que fuera demasiado tarde, busqué en mi mente
algo que decirle para apartarlo de mi y de pronto recordé algo que me había olvidado
sacar a colación, decidí que era el momento justo para hacerlo.

-¿Sabías que Víctor está enamorado de mi?, -surtió el efecto que había deseado,
pero cuando me soltó me quedé vacía, sola y abandonada, sin el calor que me había
estado envolviendo hasta hacía un momento, incluso sentí frio.

-Eso crees, -me dijo haciendo una mueca que pretendía hacer pasar por una
sonrisa pero que no lo consiguió, -lo que mi hermano siente por ti no es amor, -continuó
apretando los puños a los costados, -lo único que quiere es joderme y escúchame bien,
no quiero que vuelvas a verlo el no sabe nada de nosotros, no conoce cuáles son los
motivos, si lo supiera…, -ahora sus manos me sujetaban por los hombros y su mirada se
clavaba en la mía llena de ira, agachó la cabeza y tomó mis labios, arroyándome con un
beso que me hizo olvidarme hasta de donde estaba.

-No te olvides nunca de que eres mía, -me repetía mientras mordisqueaba mi
mandíbula en el camino hacia el lóbulo de mi oreja, volviéndome loca y haciendo que
me sintiera tan débil que tuve que sujetarme a su cuello para no caerme, -dilo, quiero
escuchártelo decir, -en ese momento estaba tan consumida por el deseo que tenia de él,
que le diría cualquier cosa.

-Soy tuya, -acepté con la voz ronca y echando la cabeza hacia atrás, para
facilitarle el acceso a mi cuello.

-Y yo tuyo, amor, - dijo contra mi piel acalorada.

Un golpecito en la puerta nos sorprendió. Juan se giró sin soltarme, para


enfrentar a quién fuera que se atrevió a interrumpirnos. María sabía que cuando íbamos
a la salita, él no quería interrupciones, pero ninguno de los dos esperaba a la persona
que estaba en la entrada.

-Hola cariño, -ronroneó la arpía de Julia, -¿estás ocupado?

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 16

-Deja la pose Julia, Eva ya sabe toda la verdad, ya no tienes que fingir, -Juan le
habló duramente, -no tendré secretos con ella nunca más.

Quería salir de allí, la situación no podía ser más embarazosa, la vergüenza y la


rabia me invadían por completo, no contra Juan, ni siquiera contra Julia, puesto que si
creía en lo que Juan me acababa de contar, no había nada entre ellos y mi corazón
quería creerlo, la rabia que sentía iba dirigida contra mí misma. Me odiaba por ser tan
débil, por haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. No quería ni pensar en lo que
habría pasado si ella no hubiera llegado. Se abría entregado a él, como siempre, sin
reservas en cuerpo y alma.

-Bien, ya estaba cansada de tanto teatro, no me interpretes mal querido, me ha


encantado hacer el papel de tu mujercita, -hasta su voz sonaba sexy, ¿es que esa bruja
no tenía ningún defecto?, -¿y tu Juan, estas enterado de todo?, -¿de qué estaba
hablando?, ¿qué sería lo que tendría preparado ahora?, -me preguntaba.

-De que tengo que estar enterado, -pregunto Juan frunciendo el ceño y
mirándome no sé si para ver mi reacción, o para ver si yo sabía de que estaba hablando
Julia.

Me agaché para coger mi bolso que había dejado abandonado en la mesita baja
delante del sofá dispuesta a irme de allí, si la otra mujer tenía ganas de jugar no lo haría
con ella, no iba a perder ni un minuto de su tiempo escuchando sus mentiras.

-De lo que si estoy enterado, es de que fuiste a molestar a mi mujer la otra noche
en el pub y te advierto, ¡ella es mi mujer!, la única a la que amo y amaré toda mi vida,
quítate de la cabeza cualquier idea de que este absurdo tramite al que llamamos
matrimonio vaya a pasar a ser algo más.

Julia estaba furiosa, me lanzó una mirada cargada de odio.

-No querido, se ve que no estás enterado de todo, pues tu preciosa muñequita te


guarda algún secreto, ¿no es cierto cariño?, -miró en mi dirección al pronunciar la
última palabra, que sonó cargada de desdén.

Yo empecé a temblar, a que se refería, ¿sería posible que estuviera al tanto de mi


embarazo?, no quería que Juan se enterara de esa manera, necesitaba tiempo para pensar
en qué hacer y desde luego, ser yo misma la que le diera la noticia, no una mujer
vengativa que lo único que buscaba era hacer daño.

-¿Sabes?, ahora que todo está claro y que no hay que fingir, te diré que tengo
una… estrecha relación con cierto medico, -todo empezó a darme vueltas, no podía ser
45
Eva Anaya Martin -Traición

verdad, Mario no me habría traicionado hablándole precisamente a ella de mi


embarazo, -sí, es lo que estas pensando, -soltó una carcajada que me hizo recordar a una
hiena, sin duda a esta mujer lo único que la movía era causar perjuicio, -no te puedes ni
imaginar lo que se le puede sacar a un hombre… en la cama, -ronroneó y sentí asco de
ella, de Mario. Y yo que pensaba que entre él y mi hermana había algo, habíamos
confiado en él y nos lo pagaba de esta manera, estaba cansada de todo y de todos, de
estar en medio de tantas mentiras, de tantos secretos.

Juan notó mi desconcierto y se encaró con la mujer.

-Di lo que tengas que decir y márchate, -ella me miró y lo que vi en sus ojos me
produjo miedo, un pánico que quizá era injustificado, pero algo me decía que la temiera,
que esa bruja era capaz de cualquier cosa.

Se acercó a Juan balanceando las caderas, contoneándose.

-Espera, -antes de que hablara me interpuse entre los dos, -déjame hablar con él,
por favor, -rogarle a esa mujer hizo que mis entrañas ardieran pero era el único modo.

-Has tenido mucho tiempo para hacerlo, debiste pensarlo antes de guardar tu
pequeño secretito, -dijo bajando su mirada a mi vientre.

-Querido, -su voz casi un susurro, puso una mano en su pecho y la otra en el de
Juan, -de corazón te digo que me hubiera gustado que no te enteraras de este modo pero
lo que planean… ella, -le dijo lanzándome otra mirada de desprecio, -y ese hermano
tuyo es…

-No quiero escucharte mas, esta vez no vas a lograr enredarme, -terminó Juan
apartándose de ella, -ya una vez te colaste en mi vida destrozándola, no voy a
permitírtelo mas.

-Pero cariño, si yo lo único que quiero decirte es que… vas a ser padre, -la
habitación empezó a darme vueltas, no estaba segura de si mis piernas me sostendrían,
pero tenía que salir de allí antes de derrumbarme con pasos temblorosos me dirigí a la
puerta.

-Amor, no la escuches, no es cierto ya te lo he dicho, -gritó Juan sujetándome


por el brazo.

Le miré asombrada, ¿era posible que él no hubiera entendido a que se refería


Julia?

-Querido, pero si la que te va a dar un hijo es tu adorada Eva, tu y yo sabemos


que yo no estoy embarazada, -puso uno de esos mohines que usaba para coquetear y sin
más se dio la vuelta para salir, no sin antes dejar caer otra de sus venenosas frases.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Me daba mucha pena lo que estaban tramando, por eso quise avisarte, tu
mujercita y tu hermano no pensaban decirte nada sobre el bebe, tenían planeado casarse
y hacer pasar al niño por hijo de los dos.

La oscuridad se cernió sobre mí y yo no luché contra ella, cerré los ojos y me


dejé llevar por ella, prefería mil veces eso a aguantar la mirada de hielo que Juan me
dirigió.

Alguien pronunciaba mi nombre, pero yo no conseguía salir de la bruma que me


envolvía, intentaba abrir los parpados pero no podía me pesaban demasiado, sentía
como si mi cuerpo flotara en el mar, realmente no quería despertar de aquel sueño,
prefería estar allí que volver a encarar la realidad. Haciendo un último esfuerzo los abrí
lentamente y pude ver que Juan estaba inclinado sobre mí mientras yo estaba tumbada
en el sofá, sus iris me miraban preocupados.

-Cariño, ¿estás bien?, -me preguntaba ansioso, -¿qué tienes?, sientes dolor en
alguna parte, -continuaba haciéndome preguntas.

-Estoy bien, -le dije intentando incorporarme, ha sido solo… un mareo, ya estoy
acostumbrada.

-¿Acostumbrada?, como vas a estar habituada a desmayarte, yo nunca te he visto


así, has estado mucho rato inconsciente.

-Juan yo…

-¿Qué me quieres decir?, -se incorporó haciendo que tuviera que mirarlo hacia
arriba, no me sentía cómoda así, -me estás diciendo que por una vez Julia decía la
verdad, tú no harías algo así, ¿verdad?, no me ocultarías a mi hijo.

-Es cierto, estoy embarazada.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 17

La gélida mirada que me dirigió me llenó de ira, ¿pero que se creía?, ¿qué
después de todo lo que él me había hecho, tenía derecho a juzgarme?, no se lo iba a
permitir. Me levanté, no sin cierta dificultad. Sentía las piernas débiles, pero tenía que
salir de allí no permitiría que Juan me volviera a acorralar.

-No te iras de aquí sin que aclaremos esto, no puedo creerme que me hayas
ocultado que estas embarazada, -me acusó, su voz sonó tan fría como lo estaban sus
ojos.

-¿Y que querías que hiciera?, correr a buscar al hombre que dos semanas antes
me había abandonado para casarse con otra, además cuando lo supe ya estabas casado, -
le dije poniendo énfasis en la última palabra y viendo como su rostro se contraía por el
golpe recibido.

-¿Pensabas de verdad aceptar a mi hermano?, -parecía tan abatido que nuevamente me


dieron ganas de abrazarlo para consolarlo.

-Por lo menos el estaba ahí, -le dije en cambio con toda la intención de herirlo, estaba
cansada de ser siempre la víctima, -y me ofreció su ayuda, me dijo que estaba
enamorado de mi.

-¿Y le creíste?, -bramó, -¿creíste de verdad que te ofrecía su ayuda por amor?

Empezaba a dolerme la cabeza, eran demasiados descubrimientos para un solo


día, aunque si hacia memoria tenía que reconocer que Víctor, en ningún momento me
dijo que me amaba, solo se prestó a ser el padre de mi hijo y me comentó lo estupenda
mujer que le parecía y que él nunca habría dejado que nadie se interpusiera entre los
dos, ¿quizá mal interpreté sus palabras?, puede que él lo único que quería era echar una
mano a la mujer que sería la madre de su sobrino.

-Juan… estoy cansada, ya está bien por hoy me voy a casa, -intenté salir, pero él
aún tenía algo que decir y me bloqueó el paso.

-Recuerda una cosa, -clavó sus dedos en mis hombros y me colocó frente a él,
acercando su cara a la mía, -no voy a permitir que mi hermano se vuelva a acercar a ti,
no olvides que el hijo que llevas dentro es mío, al igual que tu, -dicho esto bajó su boca
a la mía y me besó, un beso posesivo lleno de promesas, de advertencias y de muchas
otras cosas que no supe y no quise definir en ese momento, prefiriendo dejarme llevar
de nuevo por la fuerza de mi deseo por Juan.

Cuando al fin nos separamos y pude recuperar algo de cordura, fui yo la que le
lancé un aviso.
48
Eva Anaya Martin -Traición

-Tú perdiste tus derechos el día que te casaste con otra mujer, recuerda eso, -y
poniendo la mano en mi vientre continué, -este hijo es solo mío y si insistes en
acosarme, atosigarme con preguntas y juzgándome cuando eres el menos indicado, me
iré de aquí y no podrás verlo ni de lejos.

Eva salió, y el no hizo más intentos por detenerla, respiró aliviada al sentir el
aire fresco en su rostro acalorado. Se sintió más tranquila por haber salido ilesa de este
combate. Caminó satisfecha por haber logrado no sucumbir a los intentos de seducción
de Juan, no esperaba tener un encuentro aun más desagradable.

Solo había recorrido algunos metros en dirección a su casa, al trabajo no


volvería, ya era demasiado tarde. Esperaba que su jefe la perdonara por haberlo dejado
todo y salir corriendo en busca de respuestas.

Una mano se posó en su hombro haciéndola dar un salto, segura de que se


trataba de Juan, que no estaba dispuesto a quedarse sin decir la última palabra en todo.
Eso no había cambiado, seguía siendo cabezota y dominante, por muy abatido que lo
hubiera visto. La sorpresa fue mayúscula, cuando al darme la vuelta, a quien vi ante mí,
no fue a Juan, si no a su padre y si el hijo me pareció apocado, no sabría decir el estado
en que se encontraba ese hombre. Alrededor de sus ojos había unas grandes sombras
como si no hubiera dormido en días, estaba muy delgado, casi demacrado, el hombre
fuerte y autoritario que yo había conocido, no estaba, había desaparecido. Aun así,
decidió que no se ablandaría.

-¿Qué quiere?, viene otra vez para decirme que deje a su hijo en paz, quiere
recordarme que es un hombre casado, todo eso lo sé.

-Lo siento, -me respondió mirando al suelo, -no debí haberte dicho eso, estaba…
muy nervioso.

-No sería mejor explicación que se sentía culpable por lo que acababa de obligar
a su hijo hacer.

-Tienes razón, por eso quiero contarte mis motivos, necesito tu ayuda y también
que sepas por que Juan hizo todo esto.

-Eso no tiene que decírmelo, su hijo ya me lo dijo, lo hizo para salvarle el


pellejo y evitar que fuera a la cárcel, -le arrojé las palabras a la cara y me arrepentí al
instante por el dolor que vi en sus ojos.

-Por favor, necesito contarte algunas cosas y no pueden ser aquí en medio de la
calle, deja que te lleve a casa y hablamos, además estas pálida, se te ve cansada, -me
dijo mientras me sostenía suavemente por el codo y tenía razón, las piernas empezaban
a temblarme, había sido un día demasiado largo y lleno de revelaciones, -deja al menos
que haga esto por la madre de mi nieto, si, se que vas a tener un hijo, -me dijo cuando
en mi rostro se formo la pregunta, -Víctor me lo dijo.

49
Eva Anaya Martin -Traición

Me guió hasta su coche, ¿qué pasaba con los hombres de esta familia?, siempre
estaban dispuestos a hacer de caballeros andantes, al mismo tiempo que te destrozaban
con sus acciones, me dije cuando me di cuenta que este episodio me era muy familiar,
que ya se había producido en demasiadas ocasiones, que me encontraran extenuada por
la fuerza de las emociones vividas y tuvieran que llevarme a mi casa.

-Diga lo que tenga que decir, porque cuando baje de este coche, no quiero volver
a verle, -le dije con hostilidad.

-Se que estas muy dolida pero hay cosas que no sabes… los motivos por los que
Juan, tuvo que aceptar ese…matrimonio.

-Eso ya lo sé, usted metió la pata y no quiso asumir sus errores, -le acusé sin
poder creerme que tuviera la cara dura de interceder ahora por su hijo, después de lo que
lo había abocado a hacer.

-Yo hubiera ido a la cárcel con tal de evitar ese sufrimiento a mi hijo, pero… hay
otros motivos que no conoces y son de los que te quiero hablar…y pedirte un favor.

¿Un favor?, aquello le causó tal indignación que estuvo a punto de abofetearlo,
¿cómo era posible ser tan cínico?, ¿Cómo después de haber destrozado su vida, tenía el
descaro de venir a pedirme ayuda?

-Es usted un sinvergüenza y no, no voy a hacerle ningún favor, hágale usted uno
a su hijo y declare su culpa.

-Lo siento Eva, pero eso no puedo hacerlo y no por miedo a la cárcel, -me dijo
deteniendo el coche delante de mi casa, si no por no dañar a…otra persona que no se lo
merece y a la que no le queda mucho tiempo.

-¡Que!, -¿qué quería decir?, que persona podía ser más importante que la
felicidad de su hijo y el nieto que estaba en camino.

-Mi mujer se está muriendo, -respondió a la silenciosa pregunta que le había


hecho, dejándome sin habla no por primera vez en este día.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 18

Caminamos en silencio por el corto sendero que conducía a la puerta de mi casa.


Entramos y le conduje al salón. La tensión se podía cortar con un cuchillo, la noticia
que me acababa de dar me dejó helada, no paraba de pensar en esa pobre mujer que
siempre me acogió con los brazos abiertos, ¿por qué ocurrían estas cosas?, no era justo.
Antes de sentarnos le ofrecí algo de beber, el hombre parecía a punto del colapso. Lo
rechazó y simplemente se sentó, indicándome que yo hiciera, lo mismo, ¿Qué se creía?,
yo estaba en mi casa. Intentaba controlarme y no olvidar que estaba roto por el dolor,
pero me enervaba que no perdiera su arrogancia ni en los peores momentos,
definitivamente todos los hombres de esta familia eran iguales.

Mi ex suegro se aclaró la garganta y empezó a hablar.

-Se que te hemos hecho mucho daño y no sé lo que tengas pensado hacer, pero
me gustaría pedirte dos cosas, una que por favor no correspondas a las locuras de
Víctor, el no sabe que su madre esta tan enferma y destrozarías la relación de dos
hermanos por otro matrimonio sin amor, porque tu jamás le corresponderás y el…ya
estuvo enamorado y no creo que lo vuelva a estar. –Lo siento, no quiero meterme en tus
decisiones, solo trato de evitar que los tres os arrepintáis de algo que es un absurdo, -yo
seguía muda, desde luego que este hombre era descarado, ¿qué le importaba a él lo que
yo hiciera?, -lo segundo que me gustaría pedirte… es que vayas a ver a mi mujer, que le
cuentes lo del niño, ella se pondrá feliz y… si la convences de que Juan y tu vais a
volver a estar juntos, lo sé, lo sé, no tengo ningún derecho a pedirte nada después de
todo lo que he hecho pero por favor déjame contarte mis motivos, -me dijo levantando
la mano para que le dejara terminar, pero yo no me podía quedar callada un solo minuto
más.

-Sus razones ya las sé, robó ese dinero e hizo que su hijo pagara por ello, -cada
vez que pensaba en el motivo por el que todos nos habíamos metido en este lío mi
sangre hervía de tal modo que no podía contenerme.

-Lo que quiero contarte es… para que robé ese dinero, -me indicó con la mirada
que le dejase explicarme, me lo imploró más bien. –Cuando Mario nos dijo… lo grave
que era la enfermedad, me quise morir. Mi mujer no podía estar en los últimos días de
su vida. Buscamos otras opiniones, seguimos todos las instrucciones, hicimos todos los
tratamientos que pudimos encontrar, por eso tantos viajes, al principio Melissa no quiso
que los chicos lo supieran y nos íbamos fuera cada vez que tenía que seguir un nuevo
método, pero todo aquello era caro y no estaba funcionando. Ya habíamos tirado la
toalla cuando me enteré de un nuevo fármaco, estaba en fase experimental pero haría lo

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Eva Anaya Martin -Traición

que fuera por ella, ¿no lo harías tú por mi hijo?, -me dijo suplicante, pidiéndome que
entendiera.

-El viaje y la estancia en la clínica eran muy costosos, si Melissa hubiera sabido
de donde saqué el dinero para pagarlo hubiera preferido dejarse morir. Tuve que
hacerlo, no había otra forma, -en sus ojos podía ver todo el dolor vivido, en ese
momento comprendí.

Este hombre arrogante y orgulloso, que siempre había sido honesto no podía
haberlo hecho sin un buen motivo, por fin entendí todo, mi ex suegro robó ese dinero
para salvar la vida de su mujer. Aunque esa no era escusa para obligar a su hijo a
casarse con esa arpía y tampoco a arrancármelo de los brazos el día en que vino a
contarme todo después de aquella maldita boda.

-Sé lo que estas pensando, que no debí dejar que Juan pagara, ¿pero cómo iba a
dejar me mi mujer, a la que adoro, tuviera que pasar por ver a su marido en la cárcel los
últimos días de su vida?, le rogué al padre de Julia que esperara, que yo mismo me
entregaría cuando todo hubiera terminado, pero… se negó, por eso tuve que venir a
buscar a Juan aquel día, amenazó con traer a la policía allí mismo, haría que me
detuvieran antes de que pudiera respirar, si no lo llevaba de vuelta. Créeme que me
dolió en el alma todo lo que tuviste que pasar, pero entiéndeme, son sus últimos días…

La vida era injusta, creí que no habría justificación alguna para que me hubieran
hecho pasar por toda aquella pesadilla. Ahora en lo único que podía pensar era en
buscar a Juan y abrazarlo hasta borrar todo la angustia que sabía que estaba sintiendo,
en lugar de eso, me acerqué al hombre al que un día vi como a un padre y lo estreché en
mis brazos, haciéndole saber sin necesidad de palabras que contaba con mi apoyo.

Estaba segura de que era la primera vez que lloraba, abría estado aparentando
fortaleza para no derrumbarse delante de su familia. Lloró, mientras entre sollozos de
los que para nada se avergonzaba, me contaba que todo lo que había hecho no sirvió de
nada, que el tratamiento no funcionó, pero que lo hubiera hecho mil veces solo por
poder ver la sonrisa de su mujer un minuto más. Me pidió perdón, me rogó que fuera a
visitar a su mujer que le diera la última alegría de su vida contándole que iba a tener un
nieto y que todo se había arreglado entre nosotros.

-Lo haré, iré a verla mañana mismo, -le aseguré mientras secaba mis propias
lágrimas.

-No sabes cuánto te lo agradezco, -respondió poniéndose en pie listo para


marcharse, ya no quedaba nada más que decir, pero yo sí necesitaba decirle algo.

-Antes de que se marche quiero decirle que… no le guardo ningún rencor, estoy
segura de que de haber estado en su situación hubiera hecho lo mismo y también que
estoy aquí para lo que necesité y que espero que su nieto le ayude a mitigar algo del
dolor que se que está sintiendo.

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Eva Anaya Martin -Traición

El hombre se acercó a mí y besó mi frente, como cuando me consoló por la


muerte de mis padres. Había olvidado todos aquellos momentos en los que estuvo
presente y en los que lo vi como al padre al que perdí.

-Ya lo hace, ese bebe será lo único bueno en esta historia, eso y el gran amor que
se que se tienen tu y mi hijo

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 19

Mucho tiempo después de que mi ex suegro se hubiera ido, yo seguía sentada en


el mismo sitio. Los acontecimientos vividos me habían dejado agotada, física y
emocionalmente. La vida era injusta, no dejaba de pensar en esa gran mujer, que me
trató siempre como a una hija, y que ahora…

Escuché como la llave de Carmen entraba en la cerradura, dios, el momento que


más había temido se presentaba ahora, ¿Cómo iba a decirle que Mario nos había
traicionado? Mi hermana, a pesar de lo unidas que estábamos era muy reservada para
ese tipo de cosas, nunca me habló de la relación que tenia con su jefe ni siquiera estaba
segura de que la hubiera. Solo deduje que por las miradas que se lanzaban el uno al otro,
que había algo entre ellos. Y ahora que hacer, ¿contarle lo que dijo Julia? y si se trataba
de otra de sus tretas y hacía daño a mi hermana sin necesidad alguna de ello, ¿pero que
otro médico en el pueblo sabia sobre mi embarazo?, maldita fuera Julia por meterse en
nuestras vidas y destruirlas. Ahora a ella también le tocaría enfrentarse al dolor de ser
traicionada.

Carmen entró en el salón con una gran sonrisa. -Oh dios, -pensé, como hago
ahora para echarle el jarro de agua fría que tengo que vaciarle encima, cavilé todas las
posibilidades que tenia, ¿callarme y esperar hasta hablar con Mario?, ¿simplemente no
decir nada?, ¿cómo iba a hacer eso?, a mi me habría gustado que mi hermana me lo
contara de haber sabido algo como esto.

-Hola preciosa, -canturreó, sentándose a mi lado, y palmeando mi rodilla, -


¿Cómo te encuentras?, ¿y porque tan pronto en casa?, cuando llegaste.

Yo seguía muda, las palabras no querían salir de mi boca. Necesitaba aparentar


normalidad. Primero indagaría en los sentimientos de mi hermana, intentaría preguntarle
sutilmente por la relación que tenía con Mario…

Antes de que pudiera hacer una sola pregunta ella me sorprendió dándome la
noticia que menos esperaba en este momento y que fue lo único que necesité para
decidirme, debía contarle lo que sabía y que ella decidiera que quería hacer. Estaría a su
lado fuera cual fuera su decisión y si era necesario, las dos enfrentaríamos a Mario,
porque también a mi me había herido con su deslealtad, primero hacia mi hermana, que
era maravillosa con todos y no merecía ser engañada y luego para con su profesión
como médico, que se supone no debe airear los asuntos de sus pacientes.

-Tengo una cita, -comentó ilusionada y me sentí fatal por tener que arrebatarle
esa felicidad que mostraba su rostro.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Carmen, tengo algo que decirte, -empecé titubeante, es sobre…

En el momento en el que empecé a hablar unas espantosas nauseas subieron por


mi garganta, obligándome a salir corriendo con una mano en mi boca para conseguir
llegar hasta el baño. Salvada por la campana, -me dije, cuando al fin vacié el estomago
en el retrete bajo la atenta mirada de mi hermana que me pasaba ahora una toalla
mojada para que me secara la cara sudorosa. Me ayudó a incorporarme con todo el
cariño del mundo y yo tenía que estropear su cita y seguramente romperle el corazón
con la noticia que me sentía obligada a darle.

Una vez acomodada en la cama donde mi hermana había insistido que reposara,
le pedí que se sentara a mi lado. Ella me miro extrañada, pero hizo lo que le pedí.

-Te escuchó, -me dijo sin perder la sonrisa.

-Aparte de Mario, ¿hay algún otro médico en el hospital que supiera de mi


embarazo?, -preferí empezar investigando antes de aventurarme en algo en lo que podía
estar equivocada.

-Claro que no, solo Mario y yo. Cuando te mando hacer esos análisis, no
pusimos tu nombre en la petición los lleve yo misma y la chica encargada del
laboratorio es de toda confianza, nadie más lo sabe, ¿Por qué lo preguntas?, -me dijo
frunciendo el ceño.

-Víctor lo supo y ahora también lo sabe Juan, -abrió mucho los ojos y me
pregunto:

-¿Se lo has dicho por fin?, ¿Qué paso, como tomó la noticia?, espero que
después de todo lo que ha pasado no te reprochara el silencio.

-No, no se lo he dicho yo y si, se lo tomo bastante mal y si, también me


recriminó que no se lo contara antes, pero ese no es el punto, el asunto es por quien
supo Juan de mi embarazo.

Me incorporé y cogí su mano.

-Carmen, fue Julia quien se lo dijo, delante de mí… y ella dice que, -tome aire
para pasar a la peor parte, -cierto medico del pueblo se lo contó mientras estaban…

Mi hermana se levantó de un salto y antes de que pudiera continuar, salió


corriendo de la habitación. Dios mío, debí haberme callado, no tenía que haberle
contado nada. Fui a buscarla. Estaba en su habitación y ni siquiera había cerrado la
puerta, miraba sin ver por la ventana. Por la expresión de sus ojos, estos debían de estar
en otro lugar pensando sin duda en lo que acababa de soltarle, -me golpeé mentalmente,
que bruta eres Eva, -me dije, ¿no podías haber suavizado algo la noticia?

-Mario no puede haberme hecho esto, -dijo sin volverse a mirarme, no lo


necesitaba, su voz sonaba rota por las lágrimas que seguro estaba intentando contener.

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Eva Anaya Martin -Traición

Ella siempre hacia ese tipo de cosas, aparentaba ser dura, fría, pero yo sabía que estaba
sufriendo.

-Yo también lo pienso, no te preocupes hablaremos con él, seguro que hay una
explicación para todo esto. Julia miente probablemente tenga algún contacto en el
hospital al que le haya sacado la información, -le dije acariciando su espalda, tratando
de devolverle el consuelo que ella siempre me había brindado a mí. Entonces ella hizo
algo que no me esperaba, se giró y se echó en mis brazos llorando.

Era la primera vez que mi hermana mayor, que siempre había estado al pie del
cañón, cuidando de mi, pendiente de que no me faltara nada, siempre intentando
protegerme no solo físicamente, si no emocionalmente, dando ejemplo de fortaleza, se
derrumbaba. Ahora me tocaba a mí velar por ella.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 20

EL timbre de la puerta sonó, pero Carmen no quiso que abriera. Después de


repiquetear un buen rato, Mario se cansó y se marchó. Diez minutos más tarde, fue el
teléfono el que no dejó de llamar nuestra atención con idénticos resultados, después de
unos cuantos tonos el contestador saltó y la voz grave del médico resonó en toda la
habitación haciendo que las lágrimas de mi hermana volvieran a aparecer.

-Carmen, ¿dónde estás?, estoy empezando a preocuparme, por favor llámame


cuando escuches este mensaje… ha surgido algo y tengo que salir de viaje, -siguió tras
una pequeña pausa, -espero que sean solo un par de días, tres a lo sumo, comunícate
conmigo, no me gustaría irme sin saber que pasó, ¿porqué no estabas en casa?
habíamos quedado, -después de otro receso en el que imaginé estaría intentando
decidir cómo se despedía continuó diciendo, -un beso, cuídate, nos veremos a mi
regreso… y hablaremos.

Cuando el mensaje hubo acabado, mi hermana se paró delante del aparato, pulsó
el botón de rebobinado y volvió a escucharlo. Después de la tercera vez, me acerqué a
ella y se lo quité de las manos lo que provocó un nuevo episodio de llantos. La
acompañé a su cuarto y la ayudé a meterse en la cama, me quedé con ella hasta que
entre sollozos y silenciosos lamentos se durmió.

La noche fue larga, en todo momento esperé que mi hermana despertara de


madrugada y todo volviera a empezar, pero al encontrarnos por la mañana para el
desayuno, ella parecía haber vuelto a esa concha en la que se ocultaba siempre, así que
no quise sacar de nuevo el tema y lo dejé estar. Pensaba ir a ver a la madre de Juan y
quería estar fuerte emocionalmente para lo que me esperaba y si empezaba a indagar en
todo el tema de Mario, me vendría abajo al ver como Carmen intentaba ocultar su pena,
y no sería de gran ayuda para esa pobre mujer.

La casa estaba bastante cerca de la nuestra así que en menos de diez minutos
estuve ante la puerta. Llamé y esperé a que quien abriera no fuera Juan, no me apetecía
otro enfrentamiento con él en ese momento. Casi instantáneamente, como si me
hubieran estado esperando detrás de ella, la puerta se abrió y Víctor apareció.

-Gracias por venir, -fue la única frase que me dijo, antes de invitarme a pasar
con un gesto y guiarme a la habitación en la que se encontraba su madre, sin duda ya
sabía que Melissa…

Me había preparado para aquel momento, pero de nada sirvió. Lo que encontré
allí me destrozó, la vida era injusta y lo demostraba en la mujer que había sido y que
ahora solo era una sombra desdibujada de lo que fue mi suegra.

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Eva Anaya Martin -Traición

La señora se encontraba postrada en una cama de hospital, rodeada de aparatos y


llena de tubos, vías y cosas que jamás pasaron por mi cabeza encontrarme allí, pero aún
así nada mas verme entrar me dedicó una débil sonrisa y sus ojos se iluminaron, soltó la
mano que su marido sentado a la cabecera de su cama estrechaba entre las suyas y la
levantó hacia mí para que me aproximara. ¿Cómo era posible que se hubiera deteriorado
tanto y en tan poco tiempo?, una vez más maldije al destino por ser tan cruel mientras
que me acercaba intentando poner mi mejor cara.

Mi suegro, así lo consideraría siempre, me cedió su lugar. Antes de sentarme me


incliné sobre la enferma y la besé en la frente. Su piel estaba fría, lo que provocó un
escalofrío por todo mi cuerpo, la mujer estaba a las puertas de la muerte y ahora sí
comprendía porque este hombre hizo todo lo que hizo, yo, estaba segura ahora, hubiera
hecho lo mismo.

-¿Es cierto que voy a ser abuela?, -preguntó con los ojos centelleantes y llenos
de expectación.

-Sí, -le contesté tratando de contener el llanto al que tenia desesperadas ganas de
darle rienda suelta, no era justo, -me decía una y otra vez, ¡no!, ¡no!, ¡no!, pero
desgraciadamente la vida tomaba sus propios caminos y a los demás solo nos quedaba
acatarlos y superarlos lo mejor que pudiéramos.

Una mano familiar se posó en mi hombro y el calor de su cuerpo inclinándose


sobre mí ni siquiera me sobresaltó. Sabia quien era antes incluso de que sus labios
rozaran mi sien y posaran un suave beso en ese lugar, al tiempo que sus dedos me daban
un delicado apretón, tratando de darme la fuerza que Juan sabía estaba perdiendo por
segundos. Se lo agradecí llevando mi mano al lugar en el que sus dedos me sujetaban
tiernamente y colocándola allí. La mujer de la cama nos miro embelesada y sonrió.

Todo es un teatro para su madre, -me dije, no te hagas tontas ilusiones nada se
ha arreglado, solo trata de aparentar normalidad para que la señora postrada en el lecho
se lleve la alegría de saber que todo se arregló, pero sigue siendo un hombre casado con
otra mujer.

Después de contarle todo lo relacionado con el bebe y de contestar a todas las


preguntas que el maltrecho estado en el que se encontraba le permitió hacerme y con la
promesa de que volvería al día siguiente, agotada por los acontecimientos vividos me
despedí de todos los presentes, que eran solo los hijos y el marido de la mujer y me
dispuse a marcharme.

Juan salió detrás de mí y antes de que pudiera alcanzar la puerta de la calle me


cogió del brazo y con un tono de voz que me hizo temblar me giró para mirarme a los
ojos y me dijo:

-Tenemos que hablar.

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Eva Anaya Martin -Traición

-Ahora no, por favor, necesito irme a casa, no me siento bien, -le contesté
pensando que no era para nada una mentira, ya que empezaba a notar como unas
molestas punzadas se instalaban en mi cabeza, pero él insistió.

-Ya estoy harto de esperar, debemos aclarar muchas cosas, -esta vez bajó el tono
de su voz, sin duda para no perturbar a su madre en el estado en que se encontraba.

Mientras yo negaba con la cabeza, Víctor apareció detrás de nosotros y se encaró


con su hermano.

-Déjala en paz, no ves que no se tiene en pie, -susurró, mientras que Juan
apretaba los dientes y cerraba las manos en puños tratando de controlarse para no
golpearle.

-Eres tú el que sobra aquí, de modo que vete por dónde has venido y déjame a
mi solucionar mis asuntos con mi mujer, -recalcó las últimas palabras para dejar claro
que no estaba dispuesto a dejar que su hermano se metiera en su terreno, -hazte un favor
a ti mismo y márchate a buscar a esa mujer por la que suspiras y vagas como un alma
en pena por las noches y no te inmiscuyas en asuntos ajenos.

¡Mujer por la que suspira!, ¿Quién era esa mujer?, era la segunda vez que
escuchaba que Víctor estaba enamorado de otra mujer, ¿entonces por qué se ofreció
para ser el padre de mi hijo? aunque nunca pensé aceptarlo, me dolían tantas mentiras,
¿cuántos engaños y secretos me quedaban por descubrir?, -me preguntaba mientras que
dejaba a los dos hombres discutiendo y me escabullía por la puerta sin ser vista.

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Eva Anaya Martin -Traición

Capítulo 21

Después de mi primera visita a la madre de Juan, seguí yendo cada día


procurando no encontrarme con él. Acudía siempre a las horas en las que sabía que su
hijo no estaría presente. Con quien sí que me encontré fue con Víctor, apareció una
tarde mientras yo leía sentada en a la cabecera de la enferma. Me sentí observada y al
levantar la cabeza ahí estaba el, apoyado en el marco de la puerta, contemplándonos sin
ver. Tenía la mirada perdida, seguramente en los recuerdos de esa misteriosa mujer de la
que estaba enamorado. Era tan parecido a Juan que el corazón me dio un vuelco al
advertir su presencia. Su pelo era del mismo color que el de su hermano, de constitución
casi idéntica podrían pasar fácilmente por gemelos, solo que Víctor era dos años mayor
que Juan y en sus ojos… no estaba segura de lo que veía pero aparte de la tristeza que
todos teníamos por cómo se estaban acelerando los síntomas de la enfermedad de su
madre, se apreciaba en él una pena más profunda más antigua. Unos minutos después,
reaccionó y avergonzado por haber sido descubierto en ese momento en el que se
permitió, seguramente, echar la vista atrás hacía algún recuerdo doloroso, me saludó
con la cabeza y dándose media vuelta salió de la habitación.

Yo seguí recitándole a Melissa que yacía en la cama con los ojos cerrados, cada
vez estaba más débil, -pensé con rabia que el final estaba cerca. Era tal la impotencia de
ver a esa mujer que hacía solo unos meses estaba llena de vitalidad, de alegría, siempre
con una sonrisa, dispuesta a ayudar a todos, no era justo, ¿Por qué ese castigo tan
inmerecido para una persona, que lo dio todo por sus hijos y su marido?, se desvivió por
ellos y ahora ni siquiera podrá conocer a su nieto.

Los días fueron pasando. Había establecido una rutina, cada tarde después del
trabajo me pasaba por la casa de los futuros abuelos de mi hijo y relevaba a mi abatido
ex suegro, que aunque se negaba en redondo a apartarse de su mujer un solo minuto, se
dejaba guiar por uno de sus hijos, que lo obligaban a que aprovechara el tiempo que yo
pasara con la enferma para que pudiera descansar un rato. Ya no me importaba coincidir
con Juan. No volvimos a hablar de nosotros, el ambiente era de desolación y no era
momento de discusiones, ni de reproches. Era tiempo de permanecer unidos e intentar
que las últimas horas de esa mujer fueran en la medida de lo posible, tranquilos y
felices.

Julia, jamás apareció por allí, ni ella ni ningún otro miembro de su familia de
hecho ella no se encontraba en el pueblo. Sospechosamente su ausencia coincidió con la
de Mario, para consternación de mi hermana. Supe por Víctor, que el mismo estaba
tramitando la nulidad del matrimonio de Juan, me contó que su hermano se lo pidió el
mismo día que les dejé discutiendo en la entrada de su casa. Al parecer los dos habrían
hablado y aclarado todos los malentendidos, eso me alegraba, estaba segura de que

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Eva Anaya Martin -Traición

Víctor nunca tuvo la intención de entrometerse, ahora me daba cuenta de que en


realidad el solo me ofreció su ayuda por amor hacia el sobrino que estaba en camino y
por el cariño que seguramente al igual que yo a él, me tenía simplemente porque nos
conocíamos desde niños.

Esa noche me metí en la cama temprano. Había pasado la tarde en casa de Juan,
su madre se encontraba ya muy mal, en las últimas horas de su vida. Algunos familiares
de la ciudad habían venido para acompañar a la familia en estos momentos tan difíciles.
El cansancio acumulado en esos días empezó a pasarme factura y Juan me obligó a
marcharme a casa a descansar, el mismo me trajo en su coche. Durante el trayecto no
hablamos, los dos sabíamos que no era la ocasión apropiada. El corto recorrido se
desarrolló en medio de un tenso silencio. Me incorporé en las almohadas y posé mi
mano en el pequeño bulto que era ahora mi estomago, las semanas habían pasado y el
embarazo ya era visible. Seguramente la gente del pueblo ya empezaba a murmurar, -
suspiré, no me importaba, ese no era el tiempo de preocuparse por el que dirán.

Un golpecito en el cristal de mi ventana, hizo que girara la cabeza bruscamente,


tanto que un mareo me nublo la vista, eso o las lágrimas que acudieron a mis ojos al
recordar cuando al principio de mi relación con Juan, el venia a buscarme por las noches
y lanzaba piedrecitas contra mi ventana para que bajara al porche de la entrada donde
nos sentábamos a mirar las estrellas y hablábamos en susurros para no despertar a
Carmen.

La nostalgia le ganó al cansancio y me levanté para asomarme. Aunque estaba


segura de que había sido el viento el causante de ese tintineó, mi corazón latía deprisa
mientras retiraba la cortina para mirar al exterior y terminó por dar un gran vuelco,
cuando al fijar mi mirada en la oscuridad pude claramente distinguir su silueta en la
negrura de la noche.

Estaba sentado en los escalones con los hombros hundidos y sujetándose la


cabeza entre las rodillas. Hasta en la penumbra se le notaba abatido, dios mío, el
momento tan temido había llegado. Cogí la bata de los pies de la cama y olvidándome
de que estaba descalza bajé rápidamente al piso de abajo. Me agarré al pomo de la
puerta e hice varias respiraciones antes de abrirla, tenía que calmarme, el me necesitaba
fuerte, precisaba mi consuelo, no era ocasión para venirme abajo. Salí a la calle, el frio
de las losas me provocó un escalofrío, pero lo ignoré y caminé despacio hasta donde se
encontraba. Coloqué suavemente mi mano en su hombro y lo apreté, para hacerle saber
que estaba aquí, que estaría a su lado para cuando estuviera preparado para hablar.

Me senté un escalón por encima del suyo, y acaricié su pelo en silencio.


Permanecimos así por largo rato, no supe cuanto, no me importaba, estaría allí el tiempo
que fuera necesario. Al cabo de lo que pudo ser una hora, o quizá más, Juan se giró y
alcancé a ver en sus ojos la desolación que sentía. Estaban brillantes por las lágrimas
contenidas, el muy tonto seguro que seguía pensando que los hombres no lloraban. Nos
miramos durante otro minuto, hasta que ese hombre duro, orgulloso, terco y arrogante,

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Eva Anaya Martin -Traición

se rompió como una hoja y abrazado a mi cintura y con la cabeza apoyada en mi regazo,
lloró.

-Se ha ido, ya no está Eva, no volveré a verla, -me decía entre sollozos, mientras
que yo solo pasaba mi mano por su espalda tratando de confortarlo en la medida de lo
posible.

Cuando se hubo desahogado, levantó la cabeza y volvió a clavar sus pupilas en


las mías, levantó su mano para acariciar mi mejilla y con los hilos de su llanto aún
corriendo por sus sienes me pidió, me suplicó.

-Abrázame, por favor no me dejes tu también, -su voz sonaba ronca, rota por la
emoción. No tuvo que repetírmelo dos veces yo también estaba deseando hacerlo, le
acogí en mis brazos mientras él me apretaba con los suyos al tiempo que me pedía una y
otra vez perdón.

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Eva Anaya Martin -Traición

Epílogo

Había pasado un mes desde el funeral. Todo fue tan triste, mi suegro estaba
destrozado, no existía consuelo para él. Víctor no dejaba que nadie se le acercara, se
encerró en ese caparazón que hasta ahora no me había dado cuenta que lo cubría. Juan
no se soltó de mi mano en ningún momento, como si temiera que al separarse aunque
solo se tratara de un milímetro fuera a desaparecer también. Todo se dispuso como
Melissa dejó estipulado, no quería nada ostentoso, su deseo era que esparciéramos sus
cenizas en el lago, a donde tantas veces, al igual que Juan y yo misma habíamos hecho,
había ido a pasear con su marido cuando eran novios y más tarde llevó a sus hijos,
enseñándoles a amar ese lugar. Así que al acabar la emotiva misa, en la que el párroco
del pueblo enumero las muchas virtudes de la señora que acababa de irse, para dolor de
esos tres hombres que la adoraban y de todos los habitantes del pueblo que también
amaban y respetaban a esa mujer tan noble, nos dirigimos todos como si de una
procesión se tratara a esparcir las cenizas en el sitio marcado. Carmen nos acompañó,
pendiente en todo momento de que no me cansara demasiado, pues mi embarazo ya
había llegado al quinto mes por aquella fecha, el sexto en el presente. Mario no volvió,
ni siquiera para el funeral de la madre de su amigo y paciente a la que había estado
atendiendo hasta casi el final de sus días. Al parecer el hospital recibió una llamada
suya, pidiendo una excedencia de un año, por problemas personales. No quise
preguntarle a mi hermana si volvió a ponerse en contacto con ella.

Sorprendentemente, el juez concedió la nulidad del matrimonio de Juan con


Julia, en un tiempo record. Esta última tampoco apareció mas por el pueblo, su abogado
afirmó tener poderes de su cliente para rubricar cualquier documento al respecto. Al
parecer todo se resolvió con la máxima celeridad, gracias a que el juez era amigo de
Víctor y este le pidió como un favor personal que acelerara los tramites debido a mi
estado. Además y para felicidad nuestra el cura olvidó enviar los papeles y la iglesia
nunca llegó a tener conocimiento del enlace y por su puesto porque los esponsales
nunca se consumaron y se entregaron las pruebas de todo ello, que no fueron otras que
las declaraciones de mi suegro y cuñado que declararon que su hijo y hermano, jamás
faltó a dormir en su casa una sola noche, lo cual no era del todo cierto, pues Juan estuvo
quedándose en los últimos días en el sofá de su despacho, secreto que guardó
celosamente María, la secretaria de mi ahora marido.

Carmen recibió una propuesta para especializarse en enfermería pediátrica en


una de las mejores escuelas de la ciudad y a fuerza de mucho porfiar con ella en que
estaría perfectamente, ya que mi suegro insistió en que Juan y yo viviéramos en su casa,
que era demasiado grande como para que tuviéramos intimidad y alegando que la risa
de su nieto le ayudaría a mitigar la tristeza en la que estaba sumido después de la muerte
de su mujer, solo entonces mi hermana por fin accedió a aprovechar aquella

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Eva Anaya Martin -Traición

oportunidad. El padre de Julia, por fin se ablandó y le pidió perdón tanto a Juan como a
su padre por todo lo que había pasado, aduciendo a que si él hubiera estado en el lugar
de ese hombre cuya esposa estaba al borde de la muerte habría hecho lo mismo, de
modo que todo quedó arreglado. Víctor iba y venía desde la ciudad donde tenía
establecido su bufete y se pasaba las largas noches trabajando en su despacho, de hecho
no hacía otra cosa que estar encerrado entre esas cuatro paredes.

Llegó el día en que celebramos una pequeña ceremonia donde unimos nuestras
vidas, esperábamos que para siempre. El enlace fue sencillo, solo la familia y algunos
amigos allegados nos acompañaron, apenas hacía un mes de la muerte de Melissa y a
ninguno de nosotros nos apetecía una algarabía, ya la haríamos en el bautizo del
pequeño, de momento lo único que deseábamos era por fin formalizar nuestra situación,
y no volver a separarnos nunca el uno del otro.

De manera que aquí estaba, acostada en la cama de la habitación, en nuestra ala


de la gran casa de mi suegro, que porfió con nosotros para que nos mudáramos cuanto
antes, aduciendo que lo que necesitaban esas tristes paredes eran las carreras y juegos de
unos cuantos niños, viendo como en ese momento mi apuesto marido se quitaba la ropa,
haciendo que un deseo incontenible se apoderara de mi.

Con una burlona mirada, pues él sabía lo que me provocaba, se acercó a la cama
y se tumbó a mí lado. No sabía si era debido al embarazo o si siempre había sido así, lo
cierto era que cada vez que se me acercaba, aunque fuese con un simple roce, me
consumían las ansias que sentía por él, las mismas que Juan tenía de mí. Eso era lo que
me susurraba cada vez que yacíamos saciados el uno en los brazos del otro.

Me cogió por el trasero y con una facilidad que me fascinaba, debido a que ya
mi tripa estaba bastante abultada y mi peso aumentó considerablemente, me colocó
sobre su cintura, poniendo una mano en mi nuca para acercar mis labios a los suyos,
devorándome con un beso ardiente que nos dejó a los dos con la respiración agitada.

-Esto sobra amor, -dijo subiéndome el camisón por los muslos y hasta la cintura
con tanta lentitud que me dieron ganas de gritar.

Yo no tenía nada que quitarle, se había deshecho de todo ya, así que le ayudé a
sacarme la molesta prenda desesperada por sentir su piel contra la mía.

Al fin pude tumbarme sobre él, notando como el bello de su pecho hacía
cosquillas en mis hipersensibles pezones. Le acaricié a mi antojo, Juan se dejó hacer,
me dio el placer de recorrer su cuerpo con mis manos y mi boca. Al fin se cansó de estar
pasivo y para mí regocijo, me agarró de nuevo por las caderas, como si fuera de cristal y
tuviera miedo de romperme, me dio la vuelta y se situó encima de mí. Era su turno para
volverme loca y lo consiguió. No pude evitar los gemidos que escapaban de mi
garganta, me llevó a la cima del éxtasis una y otra vez, hasta que al fin, posicionó su
miembro erecto en el centro de mi cuerpo penetrándome tan despacio, que casi le
supliqué que acelerara sus movimientos. No hizo falta el me conocía bien, sabia cuando

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Eva Anaya Martin -Traición

apresurar las embestidas, donde y como tenía que acariciar mi cuerpo, que se
encontraba rendido sin fuerzas para nada que no fuera sentir sus dedos presionando en
el pequeño capullo que palpitaba por él, para él, sus labios recorriendo una y otra vez,
desde mi cuello hasta mis hombros, succionando mis pechos, su enorme erección
abriéndose paso en los sedosos pliegues de mi centro de placer. Los dos alcanzamos la
cumbre al mismo tiempo, el se aseguraba siempre de que así fuera, de arrastrarme con él
al abismo por el que yo saltaba más que gustosa.

Después me tomó en sus brazos y me meció suavemente hasta que me quedé


dormida, arrullada por el sonido de su voz, que me decía una y otra vez, lo feliz que
estaba de tenerme en su vida, lo mucho que me amaba y que me lo demostraría durante
el resto de sus días, a lo que yo respondí con la voz soñolienta.

-Te amo, - fue lo único que alcancé a decirle antes de que el sueño me alcanzara.

Juan estaba en una nube, por fin tenía en su cama, en su casa y en su vida a la
mujer que amaba y al hijo que albergaba en su vientre. La observó dormir, el embarazo
la mantenía más cansada que de costumbre, pero siempre le quedaban fuerzas para
deleitarse en las noches de placer que se daban el uno al otro, aunque después caía en un
agotamiento que no conseguía sacudirse en horas. Sonrió. Era tan preciosa, aun seguía
sin poder creer que finalmente todo se había arreglado entre ellos, todo lo que habían
vivido le parecía ahora una pesadilla de la cual por fin habían despertado. Lo único que
ensombrecía su felicidad, era que su madre no pudo conocer a su nieto y por supuesto lo
abatidos que veía a su padre y a su hermano, aunque este último arrastraba esa apatía
desde hacía ya algunos años y era el que más le preocupaba de los dos hombres.

Antes de apagar la luz, se inclinó de nuevo sobre su mujer y le besó en la sien.

-Te amo, -le dijo, aunque sabía que ella no lo escuchaba, no le importaba, no se
cansaría de dar las gracias al cielo por haberle devuelto al único amor de su vida.

Víctor, hizo tintinear el hielo de la copa que tenia entre las manos y se retrepó en
el asiento de cuero poniendo los pies sobre el escritorio. Mi hermano tiene razón, -
pensó, soy un alma en pena. Suspiró. Ya era hora de desterrar a los viejos demonios,
hora de olvidar a aquella ingrata mujer que me destrozó. Dejó vagar sus pensamientos,
dibujando en su mente el rostro de aquella chica a la que un día le entregó su corazón
para que ella lo pisoteara y se lo lanzara a la cara, acompañado de amargas palabras que
resonaban en su cabeza desde entonces. Maldita fuera, no lograba arrancarla de su alma,
la tenia grabada ahí, como el tatuaje que llevaba en el pecho con la inicial de su nombre.
Se lo hizo con tanta ilusión, pensando en que nunca amaría a otra y así había sido, hasta
ahora, -me dije, soltando el vaso tan bruscamente que el licor que contenía se derramó
sobre la superficie llena de papeles. Abrí el cajón en el que albergaba celosamente la
única foto que me quedé antes de destruir cada uno de los recuerdos que tenia de ella y

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Eva Anaya Martin -Traición

mirándola fijamente, me hice la firme promesa de arrancar de mi cabeza a esa mujer que
un día se dio el lujo de rechazarme tan cruelmente.

No puedes seguir así Víctor, -seguí hablando conmigo mismo mientras devolvía
el retrato a su lugar y lo encerraba con llave, igual de cerrado que mi corazón, -no
puedes dejarte morir por un desengaño.

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