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Premio
nacional
de
crítica

2011


Desvaríos
a
partir
de
un
saqueo:


a
propósito
de
Asterisco
9

Erasmo
Spicker



Ensayo
breve



 

SECUENCIAS
 SINTÉTICAS.
 (S.P.)
En
su
viajar
con
velocidad
por
la
superficie
del

mundo
 buscando
 el
 perfil
 de
 una
 trayectoria
 a
 la
 que
 luego
 llama

experiencia,
 el
 bárbaro
 encuentra
 de
 vez
 en
 cuando
 estaciones
 intermedias

de
un
tipo
completamente
particular.
Yo
qué
sé,
Pulp
Fiction,
Disneylandia,

Mahler,
Ikea,
el
Louvre,
un
centro
comercial,
la
FNAC.
Más
que
estaciones

de
tránsito,
parecen
ser,
de
distintas
maneras,
la
sinopsis
de
otro
viaje:
una

condensación
de
puntos
radicalmente
ajenos
entre
sí,
pero
cuajados
en
una

única
trayectoria,
concebida
por
alguien
en
nuestro
lugar
y
que
nos
ha
sido

entregada
 por
 él.
 En
 este
 sentido,
 le
 ofrecen
 al
 bárbaro
 una
 oportunidad

valiosísima:
 multiplicar
 la
 cantidad
 de
 mundo
 coleccionable
 en
 su
 rápido

surfing.
 La
 ilusión
 es
 que
 si
 uno
 se
 detiene
 en
 esa
 estación,
 recorre
 en

realidad
 todas
 las
 líneas
 ferroviarias
 que
 llegan
 hasta
 allí.
 Si
 uno
 pasa
 por

Pulp
Fiction,
pasa
simultáneamente
por
una
hermosa
antología
iconográfica

del
cine:
de
la
misma
manera
que,
en
tres
horas
en
el
Louvre,
uno
se
lleva
a

casa
una
buena
dosis
de
historia
del
arte.
(…)



Todos
ellos
son
macroobjetos
anómalos:



yo
los
llamo
secuencias
sintéticas…




Los
Bárbaros,
Alessandro
Baricco





Mi
 primera
 percepción
 de
 Asterisco
 91
 fue
 la
 de
 superficialidad
 llevada
 a
 su
 límite.


Por
un
lado,
el
aplanamiento
(aplanchamiento)
de
todos
los
elementos:
obras,
registros
de


obras,
 documentos,
 versiones
 de
 documentos
 (facsimilares,
 microfilmadas,
 fotocopiadas),


comentarios,
 mapas
 conceptuales,
 artículos
 clásicos
 y
 artículos
 nuevos,
 propagandas


verdaderas
y
falsas;
todo
a
un
mismo
nivel,
en
un
mismo
plano,
sobre
un
mismo
papel
y
a


unas
mismas
tintas.
Y
por
otro,
la
falta
absoluta
de
profundidad:
ante
lo
que
se
plantea
como


un
 juego
 de
 revisiones
 de
 archivos
 de
 arte2,
 si
 bien
 un
 par
 de
 casos
 son
 elaborados
 y


presentados
desde
un
par
de
puntos
de
vista
distintos,
lo
que
prima
es
el
giro
ingenioso:
el


comentario
agudo,
pero
puntual,
mínimo.
Todo
ello
“crítico”,
pero
desde
una
concepción
ya


formuláica
y
casi
vacía
de
lo
crítico.


1
Sin
 embargo,
 revisando
 (re‐visitando)
 la
 revista
 en
 mi
 mente
 al
 manejar
 en
 carro


hacia
Tunja,
mientras
escuchaba
a
todo
volumen
Logo
de
Kevin
Johansen
e
IRM
de
Charlotte


Gainsbourg
 y
 Beck
 y
 me
 perdía
 entre
 el
 paisaje
 y
 la
 niebla,
 como
 en
 un
 ensueño,
 me
 iba


dando
 cuenta
 de
 cómo
 esa
 trama
 (o
 complot)
 como
 red
 de
 documentos3
 detrás
 de
 una


“histórica”
 exposición
 de
 arte
 abstracto
 norteamericano
 en
 Bogotá
 me
 invitaba
 a
 releer


Modos
 de
 ver
 de
 Berger
 para
 volver
 a
 pensar
 la
 noción
 de
 “crítica”,
 y
 aquella
 serie
 de


correos
electrónicos4
entre
“artistas”,
a
la
manera
de
sección
de
chismes
de
la
negra
Fabiola,


me
 hacía
 pensar
 en
 la
 banalidad
 de
 todo
 esto
 y
 en
 el
 irresistible
 interés
 de
 lo
 banal;
 la


fantástica
entrevista5
con
trasfondo
místico
nueva
era
gótico
tropical
me
hacía
entender
la


importancia
para
una
entrevista
de
la
posición
de
quien
encara
las
preguntas6,
a
la
vez
que


esa
astuta
reseña
de
un
par
de
salones
de
arte7
 me
hacía
consciente
de
la
tradición
no
lineal


dentro
de
todo
lo
textual
y
me
hacía
consciente
de
cómo
la
“rebeldía”,
sintiéndose
original,


suele
 asumir
 formas
 parecidas
 en
 los
 distintos
 tiempos;
 mientras
 el
 par
 de
 postales8


inigualables
 en
 su
 lógica
 postal
 de
 representar
 el
 país
 y
 sus
 contradicciones
 me
 daban
 pie


para
elaborar
toda
una
teoría
y
lidiar
un
par
de
peleas,
aquel
guiño
caricaturesco9
me
llevaba


de
 vuelta
 a
 ese
 momento
 histórico
 de
 Esfera
 Pública10
 en
 el
 que
 arte
 y
 vida,
 verdad
 y


mentira,
se
mezclaron
de
la
manera
más
política
y
espectacular
posible;
y,
sobre
todo,
en
el


fondo,
no
dejaba
de
escuchar
ese
artículo
sabrosísimo
sobre
la
música
Raspa11,
que
me
había


fascinado
y
me
había
puesto
a
bailar
La
piragua
en
mi
escritorio
al
ritmo
champeta
que
me


dictaba
 Youtube,
 al
 tiempo
 que
 me
 daba
 claves
 para
 elaborar
 una
 conversación
 que
 había


tenido
hace
poco
en
Facebook
sobre
Calle
13;
eso
sí,
sin
conseguir
sacarme
el
mal
sabor
de


2
boca
que
me
había
dejado
su
coda
“teórica”12,
cuya
mamertez
producía
en
mí
una
reacción


casi
innata
de
una
violencia
que
todavía
no
consigo
controlar.


Links
 y
 más
 links.
 Un
 disparador
 tras
 otro.
 Sonreía
 yo
 al
 pensar
 en
 cada
 uno
 de
 los


apuntes
que
podría
hacer,
disfrutando
el
placer
de
cada
una
de
las
conexiones.


Me
di
cuenta
de
cómo
la
revista
constituye
una
oportunidad
única
para
pensar
sobre


buena
 parte
 de
 la
 práctica
 del
 arte
 contemporáneo
 colombiano.
 En
 particular,
 sobre
 aquel


que
sucede
en
Bogotá,
y
que
gira
alrededor
de
un
cierto
grupo
concreto
de
artistas
venidos


de
varias
ciudades
del
país
que,
desde
cierto
sector
de
la
academia,
de
la
discusión
pública
y


la
práctica
artística,
ha
pretendido
definir
(y
en
cierta
medida
lo
ha
conseguido)
lo
que
sea


“contemporáneo”
 y,
 por
 lo
 tanto,
 válido
 para
 la
 práctica
 artística
 local,
 sobre
 todo
 en
 su


proyección
internacional.



Entendí
 cómo,
 en
 gran
 medida,
 Asterisco
 9
 funciona
 como
 la
 exposición


comprehensiva
 de
 una
 generación
 de
 artistas
 que
 todavía
 no
 habían
 sido
 reunidos
 así
 de


bien
 en
 ningún
 espacio
 (quizás
 sí,
 en
 parte
 y
 a
 través
 de
 su
 duración
 en
 el
 tiempo,
 en
 El


Bodegón),
y
que
junto
a
documentos
que
referencian
sus
obsesiones
más
persistentes
(sus


fantasmas
 más
 difíciles
 de
 eliminar),
 configuran
 una
 curaduría
 muy
 contemporánea
 que,


envuelta
 en
 papel
 periódico13,
 viene
 también
 con
 fichas
 descriptivas,
 salas
 temáticas14
 y


visitas
guiadas15.


Allí,
en
la
carretera…,
di
de
repente
en
la
memoria
con
el
manual
que
necesitaba
para


leer
Asterisco
9,
con
la
guía
para
darle
estructura
a
toda
esa
serie
de
conexiones.
Vino
a
mí


como
una
providencia
el
libro
que
había
leído
con
más
voracidad
y
emoción
en
los
últimos


3
tiempos:
 Los
 bárbaros,
 ensayo
 sobre
 la
 mutación,
 de
 Alessandro
 Baricco.
 Se
 me
 vino


encima,
de
repente,
la
contundencia
con
que
el
escritor
italiano
describía
este
mundo
nuevo,


esta
 tierra
 de
 hombre
 nuevos
 (los
 mutantes),
 este
 planeta
 (o
 más
 bien
 debería
 decir
 esta


red),
donde
el
valor
primordial
hace
tiempo
lo
ha
dejado
de
constituir
la
profundidad
(¿por


qué
no
emplear
todo
ese
tiempo,
toda
esa
inteligencia,
toda
esa
aplicación
para
viajar
por
la


superficie,
por
la
piel
del
mundo,
en
vez
de
condenarme
a
bajar
al
fondo?),
esta
arena
donde


los
críticos
han
convertido
en
obras
de
maestras
aquellos
vórtices
(secuencias
sintéticas)
en


los
que
la
ciudad
se
confunde
con
su
mapa.


Y
en
particular,
pensando
en
el
tema
de
Asterisco
9,
este
escenario
donde
el
pasado


no
es
más
que
“un
vertedero
de
ruinas”,
lugar
al
que
los
bárbaros
“van,
miran,
se
llevan
lo


que
les
resulta
útil
para
construirse
sus
casas”,
donde
en
contraste
con
una
civilización
para


la
que
el
pasado
solía
ser
un
“tesoro
sepultado”
al
que
“poseerlo”
significaba
“excavar
hasta


encontrarlo”,
el
pasado
resulta
más
bien
ser
lo
que,
del
pasado,
“sale
a
la
superficie
y
entra


en
la
red
con
esquirlas
del
presente”.



¡Qué
 equivocado
 estaba
 y
 qué
 soberbio
 y
 poco
 consecuente
 andaba
 yo
 buscando


profundidades!
Bárbaro
entre
los
bárbaros,
me
di
cuenta
de
que
en
Asterisco
9
nadaba
yo
a


gusto
 en
 mis
 aguas.
 Que
 para
 mí,
 honestamente,
 Asterisco
 era
 lo
 máximo.
 Que
 aquellos


bárbaros
editores
(porque
en
este
caso
todos:
los
artistas,
los
historiadores,
el
comité
de
la


revista…
absolutamente
todos
resultan
ser
editores)
trataban
los
archivos
del
modo
que
a
mí


me
gusta
y
considero
interesante:
como
signos
para
escribir
un
cierto
hipertexto
en
el
que


los
 textos
 funcionan
 como
 imagen
 y
 viceversa,
 como
 elementos
 para
 construir
 una
 ficción


4
iluminadora
y
apasionante,
como
deslices
para
hacer
un
chiste
que
me
hará
reír
solo,
como


claves
 para
 armar
 un
 plano
 omnicomprensivo,
 como
 ocasiones
 para
 tramar
 una
 venganza


tan
 sutil
 como
 inoperante,
 como
 disparadores
 para
 refinar
 esa
 discusión
 pendiente
 con


aquel,
o
como
excusa
para
comenzar
este
diálogo
con
usted.



Viéndolo
así,
qué
completa
y
qué
jugosa
resulta
Asterisco
9.
¡Qué
galaxia
tan
enorme


condensa!
 ¡Cuántas
 lecturas
 y
 recorridos
 propone!
Y
 yo,
 que
 excitado
 por
 tantos
 estímulos


soy
tentado
a
seguir
todos
los
caminos,
cierro
este
texto
aquí
para
seguir
dispersandome
por


allí.




NOTAS

1
La
revista
Asterisco
surge
en
1998
como
un
proyecto
de
estudiantes
de
la
Universidad
de
los
Andes
y,

con
el
tiempo,
se
consolida
como
la
revista
impresa
del
medio
artístico
más
reconocida
en
el
contexto


nacional.
A
la
vez
revista
y
proyecto
artístico,
al
igual
que
muchos
de
sus
análogos
internacionales,
ha


conseguido
sobrevivir
de
becas
e
invitaciones
a
bienales
o
similares.
Sus
primeros
números


“artesanales”
enfatizaban
su
carácter
material,
bajo
la
premisa
de
convocar
a
los
colaboradores
a
enviar


cada
uno
tantas
copias
de
sus
“obras”
u
“hojas”
como
revistas
resultarían
al
final.
Con
temas
específicos


y
comités
curatoriales,
se
dedicaron
al
error
(A2,
1999),
al
artificio
(A3,
2000),
a
las
instrucciones
para


provocar
(A4,
2000)
y
a
lo
análogo
(A5,
2001).
Con
A6
dedicada
a
la
segunda
mano
(que
tiene
muchas


pistas
de
diálogo
con
este
número
dedicado
al
archivo)
surge
una
nueva
etapa
de
revistas
diagramadas
e


impresas,
que
incluye
A7
(Streets
of
deseo
/
Calles
del
desire)
y
A8
(infrarojo).
Del
comité
original:


Richard
Calle,
Nicolás
Consuegra,
Diego
Mendoza,
Mónica
Páez,
Fernando
Pertúz,
Javier
Ruiz
y
Bárbara


Santos,
quedan
hoy
Nicolás
Consuegra
y
Mónica
Páez,
junto
con
Margarita
García,
Luisa
Ungar
y
Jorge


Sarmiento.



5
2
Si
bien
la
editorial
promete
“una
serie
de
revisiones”,
se
cuida
bien
de
señalar
que
si
un
“archivo
se

presenta
como
un
sistema
coherente
que
ejerce
un
efecto
de
verdad
sobre
el
pasado,
Asterisco
no


pretende
producir
un
archivo,
(…)
sino
que
pone
en
relación
indagaciones
críticas
sobre
archivos,
y
una


mediación
entre
documentos,
propuestas
y
registros”.
Por
lo
tanto
los
términos
claves
habrán
de
ser
los


de
“puesta
en
relación”
y
“mediación”.
Sin
pretender,
en
ningún
caso,
la
búsqueda
de
ningún
tipo
de


verdad.


3
“Color,
un
inventario
para
un
discusión
que
no
tuvo
lugar”,
de
Bernardo
Ortiz,
resulta
ser
el
artículo

que
de
manera
más
juiciosa
parece
seguir
la
estrategia
propuesta
de
“revisión”,
al
recoger
distintas


reacciones
a
la
exposición
Color,
que
tuvo
lugar
en
el
Planetario
en
1975,
y
darles
estructura
con


pequeños
comentarios
y
un
mapa
de
la
situación.
Si
bien
los
artículos
de
Marta
Traba
y
de
Clemencia


Lucena
traen
carne
sustanciosa,
las
lecturas
de
Ortiz
son
apenas
aperitivos.
Eso
sí,
plantea
muy
bien
el


contraste
entre
la
lectura
de
las
obras
de
arte
como
viles
objetos
(Lucena)
y
aquella
que
los
presenta


como
íconos
mistificados
(Traba);
eso
sí,
sin
sugerir
cómo
dar
con
un
punto
medio
realmente


interesante.
Debemos
agradecer
también
todas
las
pistas
para
una
lectura
del
proyecto
total
de
A9
que


en
sí
mismas
serían
la
base
de
todo
otro
artículo.
Su
juego
con
las
comillas
y
la
ausencia
de
las
mismas
se


queda
en
gesto
sin
fuerza
a
la
vez
que
su
utilización
de
las
citas
en
inglés
de
Benjamin
nos
remiten,
en
la


lengua
universal
de
los
bárbaros,
nuestra
lengua,
a
quien
parecería
ser
el
profeta
de
esta
nueva
era.


4
Wilson
Días
recoge
los
correos
de
ida
y
vuelta
con
el
colectivo
inglés
Jump
Shit
Rat
[Rata
de

alcantarilla]
donde
los
ingenuos
artistas
colombianos
se
quejan
del
complot
de
sus
colegas
ingleses
que,


aprovechándose
de
la
Bienal
de
Liverpool,
hacinaron
en
la
obrera
capital
británica
a
los
jóvenes
(y
no


tan
jóvenes)
talentos
criollos.
Y
nos
deja
ver
cómo
éstos,
en
su
infinita
nobleza,
no
sólo
prestaron
y


montaron
sus
obras
sino
que
también
barrieron
y
adecuaron
el
espacio.
Tragicómica.



6
5
Maria
Isabel
Rueda
entrevista
a
Álvaro
Barrios
a
partir
de
sus
relaciones
con
lo
sobrenatural,
dando

así
un
punto
de
entrada
inédito
a
la
obra
del
artista
barranquillero
y
brindándonos
elementos


sustanciosos
para
entender
que
el
arte
puede
ir
y
venir
de
muchos
otros
sitios
distintos
al
hueco
sin


fondo
de
la
crítica
institucional.


6
Funcionando
como
lección
a
otra
entrevista
presente
en
la
revista,
una
larguísima
conversación

central
con
caracter
de
carta
editorial
(ya
que
intervienen
los
editores
de
la
revista),
ya
que
ésta
al


intentar
dar
cuenta
de
todos
los
elementos
de
la
revista,
lleva
al
límite
del
absurdo
la
sensación
de
estar


siendo
enfrentado
a
una
colección
infinita
de
links
más
que
a
una
serie
de
reflexiones
que
den
cuerpo
al


ya
abultado
archivo
de
todo
lo
imaginable.



7
Versión
faccimilar
de
“Salón
Atenas
vs.
Salón
nacional”
(1981),

donde
José
Hernán
Aguilar
reseñaba

ese
par
de
exposiciones
y
utilizaba
la
estrategia
formal
de
la
que
yo
me
“apropio”
en
este
artículo
de


usar
las
notas
para
describir
las
obras
expuestas.



8
Dos
postales
de
Ricardo
León
con
imágenes
de
hogares
de
ricos
colombianos.
En
una,
una
limpia
y

clara
habitación
blanca
adornada
con
un
bodegón
playero
de
Ana
Mercedes
Hoyos.
En
la
otra,
una


abarrotada
casa
moderna
con
tunjos,
cuadros
y
esculturas
coloniales,
donde
La
violencia
de
Obregón


funciona
como
imagen
de
cabecera.
Para
mí,
obra
maestra
de
la
revista,
aquí
se
reúnen
todas
las


contradicciones
que
ahogan
a
los
artistas
actuales
y
su
crítica
visión
del
destino
del
arte
local
(en


particular
de
la
pintura
moderna).
Allí
donde
la
visión
simultánea
de
las
dos
obras
en
sus
respectivos


contextos
dispara
una
visión
desmoralizante
del
destino
“decorativo”
de
la
pintura,
la
incapacidad
de


ver
las
diferencias
entre
los
dos
casos
puede
explicar
mucha
de
la
miopía
para
valorar
lo
mejor
del
arte


colombiano
del
pasado
reciente.
(Entre
la
multitud
de
“obras”
que
“revisan”
“archivos”,
a
pesar
de
andar


detrás
del
mismo
“mensaje”
y
con
el
mismo
“espíritu”
“crítico”,
las
postales
sobresalen
con
distancia.)



7
9
Farándula
de
charlatanes
es
un
intento
de
Lucas
Ospina
de
dar
nueva
vida
a
otro
de
los
grabados
de

Goya,
al
ponerlo
en
relación
con
las
fotos
de
farándula
de
la
inauguración
de
la
exposición
de
Goya
en
la


Fundación
Gilberto
Alzate
Avendaño
(con
Alcalde
y
demás
personalidades),
de
dónde
fue
robado
el


grabado
Tristes
presentimientos
de
lo
que
ha
de
acontecer
que,
luego
del
famoso
comunicado
del
S‐11


(texto‐caricatura‐collage
enviado
a
Esfera
Pública
atribuyéndose
el
robo),
derivó
en
polémica
y
caso


judicial
(al
ser
tomado
por
un
verdadero
comunicado).
Si
bien
de
la
conexión
resulta
una
divertida


caricatura,
nos
lleva
a
preguntarnos
hasta
cuándo
Lucas
Ospina
seguirá
regurgitando
su
malestar
y


repisando
el
mismo
tema.
De
todos
modos,
agradecemos
que
haga
parte
de
este
mapa
del
arte
actual
ya


que
en
todo
retrato
medianamente
decente
del
mismo
su
comunicado
del
S‐11
debe
estar.



10
Presente
en
su
ausencia,
llama
la
atención
que
no
se
revise
aquí
ninguno
de
los
debates
de
Esfera

Pública,
portal
de
Internet
abierto
a
todo
tipo
de
contribuciones
relativas
al
arte
contemporáneo


colombiano
y
mundial,
que
en
ciertos
casos
polémicos
ha
despertado
animadísimas
discusiones
sobre


temas
especialmente
sensibles
para
los
artistas
locales.
En
papel,
Asterisco
resulta
ser
un
punto
de


comparación
muy
interesante
con
Esfera
Pública
para
pensar
la
relación
entre
los
formatos,
los
medios
y


las
estrategias
editoriales,
y
cómo
estos
se
relacionan
con
los
contenidos.



11
La
larga
crónica
de
Fernando
Uhía
sobre
el
desarrollo
de
la
música
Raspa
en
Colombia,
a
partir
de

las
aventuras
de
Discos
Fuentes,
fue
para
mí
el
momento
pico
de
lectura
de
la
revista
y
agradecí


enormemente
que
el
comité
editorial
dejara
pasar
un
texto
así
de
largo
y
sustancioso.
Narrada
con
gusto


y
humor,
y
sobre
todo
con
un
saber
contar,
hila
muy
finamente
las
vidas
y
obras
de
los
personajes:
desde


Antonio
Fuentes
y
Buitraguito,
hasta
Fruko
y
los
Golden
Boys.
Muy
agudo
a
las
conexiones
entre
los


distintos
factores,
en
particular
las
fusiones
de
distintos
géneros
musicales
y
las
diferentes
relaciones


con
el
mercado
y
con
los
públicos,
Uhía
elabora
la
reconstrucción
minuciosa
de
un
género
que


constituye
un
capítulo
fundamental
de
la
historia
nacional.
Nada
sobra,
e
incluso
uno
pensaría
que
hay


mucho
que
falta
y
que
de
aquí
podría
salir
un
libro
(o
proyecto
web)
que
desarrolle
un
poco
más
las


8
conexiones
con
algunos
de
los
márgenes
apenas
mencionados
(los
bailes,
los
cambios
tecnológicos,
las


nuevas
necesidades
e
intereses
de
los
públicos).
No
sólo
es
genial
la
narración,
sino
las
maneras
cómo


consigue
siempre
evitar
ser
meramente
descriptivo
para
hacer
ver
cómo
lo
que
allí
señala
son


evidencias
de
fenómenos
generales
y
globales.
Y
consigue
que
su
ensayo
sea
también
una
reflexión


sobre
las
múltiples
dimensiones
de
la
música
y
y
las
maneras
cómo
allí
se
elaboran
nociones
como
lo


“nacional”
e
“internacional”
y
nos
descubre
un
cosmopolitismo
de
ciertos
personajes
de
nuestro
pasado


que
no
estamos
acostumbrados
a
reconocer.



12
En
mi
historia
personal,
sólo
ante
la
película
Pump
of
the
volume
(curiosamente
también
sobre

música
y
resistencia)
experimenté
una
sensación
parecida:
la
de
estar
ante
un
desarrollo
magistral


destrozado
por
un
final
perverso
(no
deja
de
ser
una
de
mis
películas
favoritas,
así
como
la
primera


parte
del
artículo
sigue
siendo
mi
favorito
de
la
revista).
Sobre
todo
en
la
medida
en
que,
en
ambos


casos,
se
trata
de
finales
que
pretenden
dar
cuenta,
de
una
manera
torpe,
y
reduciendo
a
unas


explicaciones
simples,
clichés
y
burdas,
todo
lo
que
a
punta
de
matices
se
había
hecho
ver
en
una


narración
formidablemente
compleja.
La
analogía
que
Uhía
pretende
hacer
entre
su
reconstrucción
de
la


música
Raspa
y
las
teorías
de
Marta
Traba
sobre
la
“resistencia”
hace
aguas
por
todas
partes.
Y
allí


donde
había
sido
tremendamente
lúcido
al
narrar
cómo
el
mercado
y
la
globalización
fueron
parte


fundamental
de
la
configuración
de
una
música,
una
cultura
y
un
negocio,
se
vuelve
mamerto
y
ciego
al


denunciarlos
como
absolutamente
malignos
para
la
música
de
hoy.
Incapaz
de
ver
la
complejidad
de
lo


actual,
como
un
viejito,
le
parecen
horrorosas
todas
las
mezclas
que
tienen
lugar
ahora
y
toda
la


brillantez
que
tenía
para
narrar
el
pasado
la
pierde
a
la
hora
de
entender
el
presente.


13
El
Espectador,
19‐01‐74:
El
Criminal
Asalto
a
la
Quinta
de
Bolívar,
Orden
del
Día:
Recuperar
la

Espada
del
Libertador,
Estado
de
Alerta
por
el
“M‐19”,
“La
Anapo”
Desautoriza
al
grupo
M‐19.
¿Por
qué
los


editores
habrán
escogido
ese
evento
en
particular
para
enmarcar
una
revista
sobre
archivo
y
sobre
las


lecturas
del
archivo?
Parecieran
querer
subrayar
desde
un
comienzo
la
intención
de
una
lectura


9
politizada
de
la
relación
entre
arte
y
archivo:
el
robo
de
la
espada
de
Bolívar
reúne
varios
de
los
fetiches


de
la
crítica
contemporánea:
museos,
estado,
mistificación
de
los
objetos,
identidad
nacional,
espectáculo


mediático,
rebeldía
simbólica,
construcción
de
lo
real.
La
noticia,
además,
recuerda
el
caso
del
Goya,
ya


que
el
comunicado
que
Lucas
Ospina
urdió
entonces,
mencionado
dos
notas
atrás,
fue
un
collage
a
partir


del
que
el
M‐19
elaboró
aquel
19
de
enero
para
confesar
su
criminal
asalto.
No
debemos
olvidar
que
la


revista
fue
patrocinada
por
un
premio
distrital
(Distrito
encabezado
por
Samuel
Moreno,
el
heredero


directo
de
“La
Anapo”)
y
que
es
administrado
por
Fundación
Gilberto
Alzate
Avendaño
(lugar
donde
fue


realizado
el
robo
y
que
era
críticada
en
el
comunicado
de
Ospina).
Así
que
todo
esto
le
da
además
el


infaltable
toque
de
crítica
institucional,
teniendo
en
cuenta,
sobre
todo,
que
la
revista
viene
“envuelta”,


“empaquetada”
por
semejante
prenda
noticiosa.


14
Ficciones
de
archivo,
Archivo
desclasificado,
Rehacer
el
hecho,
son
los
títulos
de
las
secciones
que

articulan
cada
uno
de
los
tres
ejemplares
en
los
que
viene
diagramada
la
revista
y
que
muy
hábil
y


sintéticamente
plantean
los
modos
en
que
los
artistas
contemporáneos
asumen
el
trabajo
de
archivo.


15
Los
artículos
de
la
revista
se
presentan
a
modo
de
grafo
donde
los
temas
de
las
conexiones
que
los

unen,
hacen
un
muy
buen
mapa
(de
tags)
de
los
intereses
de
la
revista
como
un
todo
y
del
mundo


(¿país?
¿contexto?
¿generación?
¿parche?)
que
representa:
colecciones
de
museo,
una
mirada


retrospectiva,
extracción,
instituciones
en
decadencia,
edición
y
censura,
culturization,
vandalismo
y


censura,
decade
of
decadence,
el
papel
aguanta
todo,
el
ogro
filantrópico,
farándula
de
charlatanes,


agarrando
pueblo,
archivo
personal,
seguridad
democrática
y
exotismo
de
lo
rural,
Colombia
es
pasión.


10

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