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LINGÜÍSTICA

tema tres:
la comunicación lingüística y el discurso

I: EL USO DE LA LENGUA EN LA COMUNICACIÓN. CONTEXTO Y


SITUACIONES DISCURSIVAS. CONTENIDOS EXPLÍCITOS. CONTENIDOS
IMPLÍCITOS. LA INTENCIÓN COMUNICATIVA.
Ya anticipábamos en el tema 1 que, además de una competencia gramatical, la facultad del
lenguaje plenamente funcional de cada sujeto incluye una competencia comunicativa, es decir,
conocimiento sobre cómo y cuándo usar con adecuación y eficacia los recursos verbales para
comunicarse y otros fines.

En efecto, como dijimos, las lenguas permiten producir unas herramientas muy poderosas para
la comunicación: los ENUNCIADOS. Podemos MANIFESTAR las palabras y los grupos de
palabras (estructuras de recursos verbales: frases u oraciones. Podríamos desarrollar sólo el
pensamiento, pero al querer cumplir con las intenciones informativas y comunicativas las
tenemos que manifestar mediante la energía acústica o escrita) y producir acontecimientos
verbales o enunciados, los instrumentos característicos de la comunicación lingüística.

Debéis reparar en que los enunciados son acontecimientos diseñados y producidos por un sujeto
agente, no por casualidad, y son públicos, de modo que pueden ser percibidos por otro(s)
sujeto(s) no como los pensamientos.

Ponen la conducta de la persona a la que se dirigen, el destinatario, bajo el control de la persona


que los produce, el emisor, al menos hasta que el primero, el destinatario, tras interpretarlos,
obtiene de ellos ciertos efectos cognitivos, en el mejor de los casos los previstos por el segundo,
el emisor.

El objetivo, por tanto, es que otros perciban lo mismo: se crean estructuras simbólicas y las
manifiestas para que entren por los sentidos (oído, vista) del receptor y lleguen a su cerebro. Allí
son una semilla, nunca llegan desarrollados sino abstractos, y el receptor debe expandirlos, es
decir, interpretarlos descodificando e infiriendo.

También se dijo ya que:

1 La comunicación lingüística es (solo) una de las formas de comunicación, no es la única ni la


que más vale, es, la forma de comunicación en que se usan ENUNCIADOS (esto es,
manifestaciones de recursos verbales).

2 La comunicación lingüística pocas veces es solo lingüística.

A menudo se trata de una forma de comunicación mixta: no solo ocurre que las manifestaciones
de recursos verbales están cargadas de índices paralingüísticos controlables (aunque pocas
veces controlados) sino que se suelen acompañar de gestos, miradas, posturas y posiciones que
también podemos controlar (aunque no siempre lo hacemos). Es decir, cuando nos
comunicamos lingüísticamente, además de las señales simbólicas verbales, podemos producir
controladamente señales no verbales icónicas e indéxicas, y las mismas señales lingüísticas
tienen una carga indéxica añadida (y a veces controlada). Así, transformamos parte de la
energía, que adquiere la condición de indicio (del que la produjo, siempre presente: si está feliz,
cansado, etc) y algunas veces de iconos (citas, menciones).

En la comunicación lingüística, pues, hay procesos simbólicos y procesos icónicos e


indéxicos. Incluso si nos fijamos solo en las señales propiamente lingüísticas (las expresiones
manifestadas) podemos atribuirles contenidos simbólicos, indéxicos e icónicos. Es indéxico el
contenido paralingüístico de las manifestaciones de las palabras o estructuras, es decir, el que
tienen los enunciados en la medida en que su materia fónica o gráfica presenta índices
de rasgos característicos o estados de quien los produce.

Es icónico parte del contenido de las estructuras propias de las menciones, de las reproducciones
de las palabras de otros (citas), de las expresiones hiperbólicas y metafóricas, y, en fin, parte del
contenido de las expresiones irónicas.

Es simbólico, por último, el significado propiamente dicho, el contenido de las palabras y de los
grupos de palabras o estructuras.

Pero veamos qué ocurre cuando un sujeto produce un enunciado.

1.

El sujeto que produce un enunciado habla (es decir, produce sonidos identificables como sonidos
lingüísticos. Secundariamente puede escribir). Hablar suele ser una conducta no casual (suele
porque en ciertas circustancias llegamos a manifestar cosas que no hemos decidido manifestar,
como cuando hablamos solos). Cuando efectivamente es una conducta no casual, hablar es una
conducta OSTENSIVA: constituye un índice (público) de intencionalidad comunicativa. Incluso
si te hablan en otra lengua, entiendes que el emisor tiene intención comunicativa. Si le respondes,
le aseguras como destinatario, aunque no te entienda. Es decir, si haces pretender tu intención,
si creas el circuito, lo conviertes en destinatario. La ostensibilidad es previa a que lo entiendas
o no.

Intención comunicativa, como ya sabemos, es la que tienen los actos (voluntarios, claro)
mediante los cuales mostramos querer que otro(s) advierta(n) y nos reconozca(n) una segunda
intención, la de que llegue(n) a concebir ciertos pensamientos, sentimientos o deseos. Intención
comunicativa es la intención de comunicar algo manifestando tu intención, es de segundo grado
pues es relativa a la intención informativa. Esta comunicación es como un “hazte cargo de que
hay algo que quiero decirte…”

Como decíamos, pues, los actos de alguien exhiben intención comunicativa cuando ese alguien
muestra con ellos querer que se advierta y se le reconozca que alberga una intención informativa.

La intención informativa, por lo demás, consiste en querer que otro(s) llegue(n) a concebir algo,
querer decir algo, querer que otros conciban lo que tú has concibido, sea verdadero o no. Esta
intención no se consigue por sí misma, se necesita de la intención comunicativa para realizarse.

Por lo tanto, puede haber intención informativa y no comunicativa (se piensa algo, se quiere que
otro piense lo mismo y puede no se intente que otro lo piense). La comunicativa lo que hace es
llamar la atención sobre la informativa, muestra la informativa abre un circuito para la
comunicación al dar a entender a otros que quiere comunicar algo.

Técnicamente, el que habla, al hablar, cumple la intención (comunicativa) de hacer mutuamente


manifiesta su intención (informativa) de que otro(s) llegue(n) a concebir ciertos pensamientos,
sentimientos o deseos.
Se dice que alguien hace algo mutuamente manifiesto cuando lo hace manifiesto para él y para
otro(s), pero de forma que a cada uno de los concernidos le conste que es manifiesto para todos.
Hay distintos grados de mutualidad (sólo uno sabe que el otro lo sabe, los dos lo saben pero no
saben que el otro lo sabe) pero sólo se habla de mutualidad manifiesta si todos saben que todos
lo saben. Esto es necesario para mantener una interacción comunicativa (si no, tal vez tu
interlocutor se vuelve diciendo “Ah, ¿me hablabas a mí?”), de debe dejar claro que “queremos
hablar”.

En resumen, al hablar ya «decimos» algo así:


«Quiero que mutuamente nos conste que hay algo que quiero que llegues / lleguéis a concebir
(o sea, que hay algo que quiero comunicarte/comunicaros)».Si no se da esta situación no hay
comunicación, aunque sí intención informativa (el ejemplo del reloj). Para que haya
comunicación, debe mostrarse la intención ostensivamente.

¿Y qué supone esto?


Pues nada más y nada menos que la creación del circuito de la comunicación. Este circuito no
preexiste a los sujetos, se crea uno nuevo para cada ocasión. El emisor hace ostensible su
intención informativa (intención comunicativa) y consigue que el otro se haga cargo de asumir
la condición de destinatario. Si no se dan estos pasos, no hay circuito.

Sí, el que habla, al hablar, reparte roles: no solo se convierte él en emisor sino que inviste a
otro(s) de la condición de destinatario(s). Además, resulta que también es el que pone el guión.

Podemos decir que el emisor muestra el rol del destinatario como “apetitoso”, pues hay un botín:
que este conciba lo que el emisor quiere. Sin embargo, ser destinatario conlleva una actividad
cognitiva, por lo que el emisor consigue que el receptor realice cierto trabajo cognitivo
ofreciéndole un “guión” (cómo, qué materiales debe utilizar, qué dirección). Para que lo cumpla,
se lo facilitas. El problema de los chapas es ese: que defraudan constantemente al receptor en
cuanto al botín.

2.

Por otra parte, ya sabemos que producir un enunciado no solo supone producir sonidos
reconocibles como sonidos lingüísticos sino los sonidos que corresponden a la realización de los
significantes de la estructura lingüística utilizada, normalmente compleja. Y como señal que es,
y lingüística además, a la estructura en cuestión le corresponderá un significado. Ese significado
es el significado lingüístico.

Pero, ojo, mucho ojo, que EL SIGNIFICADO LINGÜÍSTICO NO ES YA ESE «ALGO»


QUE EL EMISOR NOS QUIERE COMUNICAR; es solo el contenido que el emisor ha decidido
proporcionarnos como la mejor materia prima, abstracta, para la tarea de interpretación que
pretende que realicemos, una tarea que nos permitirá reconstruir ese «algo» que nos quiere
comunicar. Deberá elaborar esa materia prima, y debe conocer el código para poder descifrarla
(puede querer ser destinatario pero no poder llegar a ella. En tal caso, puede decir “no entiendo”
y rendirse o cambiar el camino de la materia prima lingüística. Si el destinatario quiere y puede,
la ofrecerá por otra vía: gestos, señales, etc. Con esto queremos decir que para crear un circuito
comunicativo no hace falta que los participantes hablen la misma lengua, pero sí para activarlo.
Se puede dar cuenta, sin entender, que él es el destinatario) y debe interpretarla.

Es decir, el sujeto que produce un enunciado crea al hacerlo el circuito de la comunicación [se
convierte en emisor, nos convierte en destinatario(s), sitúa espaciotemporalmente el intercambio
y, sobre todo, hace mutuamente manifiesto que existe algo que quiere comunicar, que es lo que
en definitiva nos convence de que merece la pena aceptar el rol, costoso, de destinatario y actuar
en consecuencia], y lo hace de modo que, si conocemos la lengua que utiliza, nos proporciona al
menos un ESQUEMA DE CONTENIDO, una materia prima que descodificaremos, un punto de
partida, algo con lo que empezar a realizar la tarea de interpretar que normalmente nos
conducirá a reconstruir su intención informativa, es decir, a inferir ese «algo» que nos quiere
comunicar, el botín.

Recordad lo que ya se dijo en 1.II:

El significado propiamente dicho, el contenido de las palabras y de los grupos de palabras o


estructuras manifestadas en los enunciados, es efectivamente simbólico… pero el contenido de
los enunciados no se reduce al significado de las expresiones que se manifiestan en ellos.

El contenido de los enunciados es algo más complejo. Comprender los enunciados es algo más
que saber qué significan las expresiones que se manifiestan en ellos. Es decir, no es lo mismo
los signos lingüísticos que el mensaje que se quiere transmitir. La materia prima que tenemos se
debe “cocinar” para convertirla en contenido informativo, se elabora al interpretarla.

Lo que ahora se acaba de añadir es:

a) que comprender los enunciados es reconstruir la intención informativa de quien los produce,
reconstruir ese «algo» que nos quiere comunicar, no es solamente descodificar pues las palabras
son sólo instrumentos, sabes lo que significan pero no qué quiere decir el emisor con ellas y
b) que el significado de las expresiones no es más que un esquema, el nivel de contenido del que
partimos en esa tarea de reconstrucción. A veces hay un bloqueo debido a esto y preguntamos
qué quiere decir el emisor con esas palabras. De todos modos, los recursos verbales que
tenemos de punto de partida son estables para descodificarlos, no como los gestos o miradas.

Podemos decir, pues, que la comunicación lingüística es un caso más de comunicación, un proceso
en el que un sujeto que se encuentra en un estado intencional complejo [por una parte, piensa,
siente, desea… «algo»; por otra, quiere que otro u otros lleguen a pensar, sentir o desear ese «algo»
(intención informativa); por otra, en fin, quiere que conste y se le reconozca que quiere que otro
u otros lleguen a… (intención comunicativa)] despliega una conducta ostensiva mediante la que
hace mutuamente manifiesto (consigue que conste) que quiere comunicar «algo».

O sea, hace mutuamente manifiesta su intención informativa. De ese modo crea una situación en
la que a) él se convierte en emisor al tiempo que hace que otro(s) quede(n) convertido (s) en
destinatario(s), y b) proporciona la materia prima para empezar a reconstruir ese «algo» que
piensa, siente o desea.

O sea, para empezar a reconstruir su intención informativa.

En definitiva, la comunicación lingüística es también cosa de intenciones.

Un sujeto que alberga una doble intención cumple una de ellas (la comunicativa) haciendo
mutuamente manifiesta la otra (la informativa), de un modo tal (produciendo un enunciado) que
otro u otros queden abocados a realizar aplicadamente la tarea de reconstruir esta última (ahora, a
partir de un mero esquema de contenido: el significado lingüístico de las expresiones utilizadas).

Quizá se entienda ahora mejor por qué en el tema 2, al hablar de las propiedades del lenguaje,
dimos tanta importancia a la capacidad cognitiva subyacente de representarse la mente de los otros
(a ser capaces de una teoría de la mente). Al reconstruir la intención informativa, conseguimos
elaborar una representación mental de la mente del emisor. Se reconstruyen intenciones, se
representa la mente ajena. La comunicación no sería posible sin la capacidad que tenemos de
elaborar representaciones de representaciones, llamada capacidad metarrepresentacional, que
apenas tienen (si la tienen) los primates superiores.

Esta capacidad no es solo de segundo grado (representar lo representado). Al representar algo, se


está en un estado intencional. Al reconstruir esa representación, estamos en un segundo grado.
Pero podemos representar hasta un sexto grado (“Pensé que dijiste que María comentó que Juan
creía que Lucía dijo que Sar corroboró que Fir existía”).

Pero, ¿sabemos cómo se realiza esa tarea de reconstruir la intención informativa del emisor a partir
de ese mero esquema de contenido que es el significado de las expresiones utilizadas en el
enunciado?

Recordad otra vez el tema 1.

Comprender un enunciado requiere, sí, pero no se reduce a saber qué significan las expresiones
que se manifiestan en él, es decir, descodificas los recursos verbales, sino que también requiere
determinar a qué se refiere el emisor al usar esas expresiones, que no es lo mismo que saber qué
significa. Determinamos a qué entidad(es), a qué momento(s), a qué lugar(es), o sea, cuál es la
situación a que se alude (suele haber cobertura variable: “aquí” puede significar aula, universidad,
campus, Oviedo, Asturias, España…) y con qué «actitud». La actitud, o fuerza elocutiva, varía
según las personas, se utilizan las mismas palabras pero con distinta fuerza. Por ejemplo,
cualquiera puede perdonar, prometer, jurar, exclamar o preguntar, pero sólo un cura puede casar
y sólo un juez condenar.

En fin, se trata de determinar qué nos está diciendo el emisor al usar esas palabras en ese momento
y en ese lugar concretos (es decir, al producir un enunciado con ellas) y con qué «actitud» o
«fuerza» nos lo está diciendo. Estamos identificando referentes (¿Es tarde ahora?) y actitudes
(¿Describes, informas o te quejas?). Esta primera tarea de de tipo explícito.

Y requiere también determinar qué nos quiere decir el emisor, cuál es en última instancia su
intención (su intención última o informativa). Puede ocurrir que el emisor solo quiera decir lo que
dice, pero puede ocurrir y ocurre a menudo que, al usar las expresiones que usa y decir lo que
dice, quiera decir otra cosa. Esta es la segunda tarea, de contenido implícito.

Y también del tema 1.

Comprender un enunciado, pues, requiere recorrer todo un trayecto interpretativo, cubrir varias
etapas.

La meta del proceso interpretativo de los enunciados no es el significado de las expresiones


manifestadas (esto es apenas la salida), ni siquiera determinar a qué se refiere el emisor al
manifestarlas; la meta del proceso interpretativo de los enunciados es reconstruir las intenciones
últimas del emisor: llegar a concebir lo que el emisor quería que llegáramos a concebir, ese «algo»
que él había concebido antes, su intención informativa.

Pues bien, podemos decir ahora que en ese trayecto de varias etapas cuya meta es reconstruir la
intención informativa del emisor no solo descodificamos sino que DESCODIFICAMOS y, sobre
todo, INFERIMOS.

- DESCODIFICAMOS para acceder al significado de las expresiones manifestadas en el


enunciado.
- INFERIMOS para determinar a qué se refiere el emisor con las expresiones que utiliza, para
determinar con qué actitud lo hace y, en fin, para determinar qué nos quiere decir en última
instancia.
Descodificar e inferir son operaciones que no se deben confundir.

- DESCODIFICAR es una operación para la que movilizamos nuestro conocimiento del código
y solo nuestro conocimiento del código. Es una operación que se dispara y se ejecuta
automáticamente, y en la cual no intervienen más datos que los de nuestra competencia
lingüística. Es un automatismo cognitivo.

- INFERIR es razonar, aunque no tomamos muchas decisiones sino que tratamos de combinar
datos como premisas y sacar de ello conclusiones para averiguar los referentes, actitudes y
significado último. El tipo de inferencias que realizamos en la interpretación de enunciados
son a veces deductivas pero más a menudo obedecen a una lógica distinta. En esa lógica es
muy importante el grado de accesibilidad de los datos movilizados, pues tendemos a movilizar
y combinar los datos de nuestra memoria más accesibles en el momento: los más recientes,
los relativos a la situación en que nos encontramos o al tema del que se trata en el enunciado.
Y es muy importante también el grado de probabilidad de las conclusiones, pues tendemos a
aceptar como buenas las que nos parecen más probables de las que se siguen de los datos más
accesibles. Es decir, si alguien dice “En la habitación de Yen aún hay luz”, inferimos que ella
está despierta. Sin embargo, si dedujésemos, podrías llegar a otras conclusiones lógicas: que
tiene miedo a los Malecfi y deja la luz encendida, que se ha ido con Fir, etc. Esta inferencia
se basa en la experiencia, la lógica interpretativa del enunciado no es demostrativa. Se utiliza
en todas las etapas, tiene algo de automatismo pero no todo

Por supuesto, queda pendiente la cuestión de cómo se logra realizar casi siempre con éxito la tarea
de reconstruir inferencialmente la intención informativa del emisor.

No podremos tratar los detalles de la cuestión en este curso, pero sí podemos señalar que hay
varias propuestas de principios reguladores de las fases inferenciales de la tarea interpretativa,
todas ellas basadas en la condición racional de los sujetos participantes en las interacciones
comunicativas en general y en las interacciones comunicativas lingüísticas en particular. Se dice
que nos dejamos llevar por la teoría de la relevancia (TR), pues el principio de relevancia nos
indica el camino al éxito. Descartamos las rutas menos relevantes, considerando relevantes
aquellas fáciles y que prometen buenos resultados. Esta elección depende de la situación en la que
estamos.

Lo que sí podemos hacer es introducir rápidamente una distinción que es muy fácil de captar
intuitivamente. Se trata de la distinción entre el contenido explícito y el contenido implícito de los
enunciados. Bruscamente y sin afinar.

Es explícito el contenido de los enunciados que se corresponde con lo que dice el que los produce:
cuál es la referencia correspondiente al contenido de las expresiones que utiliza, con qué actitud
se referiere a lo que se refiere. Determinar este contenido es la fase inferencial de la primera etapa
de la tarea de interpretación, una etapa cuya fase anterior es la descodificación; de hecho, en esta
fase inferencial partimos de lo obtenido tras descodificar. El contenido lingüístico puede ser el
mismo pero variar la referencia (mismas palabras dicho por distinto emisor y momento lo cambian
todo, por eso es importante el contenido referencial). Este proceso se llama proceso inferencial
primario, o proceso pragmático primario. Podemos llamar al contenido elaborado tras esta fase
inferencial contenido referencial, proposicional o explicatura.

Contenido explícito de Me estoy mojando: “el sujeto A [el que habla] AFIRMA que se encuentra
en el estado descrito en el momento t1 [cuando habla]”.

Es implícito el contenido de los enunciados que se corresponde con lo que quiere decir el que los
produce: qué quiere que entendamos en última instancia. Determinar este contenido es la etapa
final, enteramente inferencial, de la tarea de interpretación. Se trata casi siempre de un contenido
de tipo también proposicional, pero suele llamarse implicatura.
Contenido implícito de Me estoy mojando: por ejemplo, “el sujeto A [el que habla] QUIERE que
lo dejen pasar al interior de la casa ante la que se encuentra en el momento t1 [cuando habla]”.

Un ejemplo. Sea el siguiente enunciado:

Adela y Miguel se casaron y tuvieron tres hijos

Seguramente estamos de acuerdo en que el contenido explícito de este enunciado puede y todavía
suele ser algo así:

“[Una mujer que el D ha identificado,] Adela, y [un hombre que el D ha identificado,] Miguel,
[primero] se casaron [el uno con el otro] [en algún momento tB anterior a tE] y [luego, después
de tB] tuvieron [antes de tE] [no más de] tres hijos [juntos]”.

D es destinatario, tB tiempo de la boda, tE tiempo de la enunciación. El contenido entre corchetes


es explícito, pero lo hemos inferido como lo más probable, suponemos que si no fuera así el emisor
especificaría, no lo hemos conseguido solamente descodificando los recursos lingüísticos. Puede
ser incorrecto porque las palabras pueden no significar exactamente esto.

Lo que hemos hecho, por tanto, ha sido identificar referentes (contenido referencial, como “un
hombre que el D ha identificado”), enriquecer (contenido enriquecido como “el uno con el otro”)
y desambiguar.

Este es la llamada forma preposicional. Se necesitan datos de la memoria, sobre el referente y la


situación. Al conjugar los datos de contenido con los de la situación podemos inferir, siendo esta
la primera tarea racional. Con estos datos concretamos el contenido descodificado.

Esta forma preposicional es una configuración de contenido que es susceptible de ser evaluado
veritativamente (decidir si es verdadero o falso) ya que se destacan elementos que están
identificados (en la etapa anterior eran simplemente identificables). Esta forma varía según el
universo de discurso (en la anterior, que es simplemente el contenido de código, no varía).

Es ya informativo y lo estudia la PRAGMÁTICA como un contenido resultante de una operación


inferencial al configurar datos explícitos e implícitos, de contenido y situación.

Pero el caso es que lo codificado, lo que se obtiene al descodificar, no pasa de ser algo así:

“CASARSE, un individuo identificable llamado Adela y otro individuo identificable llamado


Miguel, antes del momento en que se habla, y TENER, un individuo identificable llamado Adela
y otro individuo identificable llamado Miguel, al menos tres hijos antes del momento en que se
habla”.

Este es la llamada forma lógica (paráfrasis, implicación). Es un automatismo, información


abstracta y esquemática sin valor informativo. De analizar esto se encarga la SEMÁNTICA.

“Utilizar las papeleras”: (contenido de código), apelación al destinatario para que tenga una determinada
conducta en relación a las papeleras / ‘ustedes destinatarios usen las papeleras’. (interpretación, contenido
explícito) utilizar las papeleras, cuando tengan algo de lo que deshacerse – por eso la mayoría de las veces
lo descodificamos, interpretamos, pero no actuamos en consecuencia debido a esa interpretación;
(contenido implícito) es difícil darle uno.

Ejemplo de Claudia Bianchi (2009: X-XI), adaptado. Simplemente se identifican sujetos y tiempo.
Para establecer el contenido explícito el destinatario, tras descodificar, (primer texto):
• ha tenido que identificar a los sujetos llamados Adela y Miguel,
• ha optado por interpretar que se casaron el uno con el otro y no cada uno por su lado,
• ha decidido situar la boda antes que los nacimientos,
• ha identificado el momento en que se produce el enunciado,
• ha situado la llegada de los hijos antes de ese mismo momento y después de la boda,
• ha decidido entender que los hijos fueron tres y no más, y
• ha decidido entender que Adela y Miguel tuvieron los hijos juntos.
¿Que cómo lo ha hecho?
Desde luego, NO utilizando solo su conocimiento del español.

Ha identificado a los sujetos a partir de sus conocimientos de quién es quién en el universo del
discurso (conocimiento extralingüístico). Ha situado temporalmente los hechos a partir de su
conocimiento del momento en que se produce el enunciado. En cuanto a lo demás, simplemente
se ha decantado por lo que le parece más probable, lo más relevante. El receptor debe desarrollar
el mensaje, interpretarlo y concretarlo decidiendo con qué datos de la situación.

Es decir, ha INFERIDO que, teniendo en cuenta esto, eso y lo de más allá, el contenido explícito
es el que es en cuanto a identidades y momentos, y el más probable en cuanto a lo demás. Las
palabras apenas variarán dentro de 100 años, pero tal vez no infiramos lo mismo.

Es decir, a todo enunciado, aparte del significado de las expresiones de que consta (o contenido
de código o representación semántica [abstracta] o forma lógica), que es un contenido que se
descodifica, que se obtiene movilizando SOLO nuestros conocimientos sobre palabras y cómo
juntarlas, le corresponden unas explicaturas (o contenido explícito entendiéndose por explícito
el desarrollo del contenido del código, “poner carne al esqueleto del código”) y unas
implicaturas (o contenido implícito entiendiéndose “lo que se quiere decir”, se va más allá de
desarrollar el código, digamos que “se pone ropa al cuerpo del código y las explicaturas”.
Siempre existe, aunque sea trivial, por ejemplo: “mira qué bien les fue”), que son contenidos
que se infieren, que se elaboran interpretativamente, movilizando ADEMÁS conocimientos
sobre la situación y lo que que en ella es esperable (expectativas de temas, conductas, objetos,
participantes, acciones…), sobre nuestro interlocutor y nuestra relación con él, y un etcétera
complejo y muy difícil de caracterizar.

Por lo tanto, para hablar, para participar como es debido en una interacción comunicativa
lingüística (comprender enunciados y ser un destinatario cabal) no basta solo con conocer la
lengua para descodificar, es imprescindible saber
-en qué lugar se está,
-en qué momento se está,
-con quién se está,
-cuál es la situación,
-qué es esperable en esa situación,
-cuál es nuestra relación con el interlocutor y, en su caso,
-cuál es el tema de que que se viene hablando,
-qué contenidos se han comunicado hasta ese momento,

entre otras muchas cosas. Si nos econtramos un papel en el que ponga “mañana nos vemos
donde siempre” no podremos saber que Fir y Yen han quedado junto al fuego ayer.

“Nos” y “mañana” son deícticos, no puedes saber por la falta de contexto dónde está “donde
siempre”. No llegas a comprender, solo a descodificar .

Todos los hablantes saben esto, aunque no sean lingüistas. Pueden decir “sé lo que me estás
diciendo, pero, ¿qué quiere decir con eso?”. Esta frase ya demuestra distintas etapas.

La razón: comunicarse lingüísticamente no es solo un ejercicio de pericia lingüística sino un


ejercicio de pericia racional (intencional) relativo a estados intencionales, los del emisor, que
son objeto de reconocimiento (su intención comunicativa) y reconstrucción (su intención
informativa), pero también los del destinatario, pues el emisor los tiene muy en cuenta al decidir
qué codifica y qué no y los modifica (al convertirlo en destinatario, primero, y luego como
consecuencia de que haya alcanzado la meta de la comprensión. El emisor da unos caminos
lingüísticos: si son artificiosos pero el sentido no mola, aburre. El camino lleva a la intención
informativa).

O sea, los que hablan lo hacen en un estado cognitivo, es decir, tienen en la cabeza al hablar
una serie de datos con más presencia y más accesibles (los relativos a la situación, al interlocutor,
al tema, a las cosas, personas y situaciones ligadas al tema, etcétera), y es precisamente a esos
datos más accesibles a los que primero se recurre para realizar las operaciones interpretativas
de tipo inferencial que siguen a la descodificación y permiten elaborar los contenidos llamados
EXPLICATURAS e IMPLICATURAS.

El estado cognitivo determina el grado de formalidad, el registro, etc. No es lo mismo ir a la


peluquería a las seis de la tarde que a una entrevista de trabajo a las doce del mediodía.

Algunos lingüistas afirman que en las situaciones más rutinarias hay guiones, es decir,
estructuras cognitivas dinámicas que reparten roles, respuestas, lo que se dirá, y que nos coloca
en un estado cognitivo. Para otros hay marcos, estructuras cognitivas estáticas. Ni en los guiones
ni en los marcos hace falta fijarse en los detalles pues manejamos unos patrones estáticos o
dinámicos, pero patrones al fin y al cabo.

II. LA CONCATENACIÓN DE ENUNCIADOS. CONVERSACIÓN.


DISCURSO. TEXTOS.
Podemos llamar discurso a la producción de enunciados tal y como suele ser normal que ocurra:
después y antes de la producción de otros enunciados.

Las formas típicas del discurso serán, pues, la conversación y el texto.

La conversación es la forma dialógica del discurso, y en ella participan dos o más sujetos que se
turnan en la producción de enunciados: cada uno produce el suyo teniendo en cuenta sobre todo
los inmediatamente anteriores de los otros participantes.

Los textos son formas monológicas del discurso, y resultan de la concatenación de enunciados
en un proceso casi siempre planificado que está bajo el control de un único sujeto (a veces,
colectivo).

La forma conversacional del discurso puede ser más o menos formal, según los turnos de los
participantes estén regulados de algún modo (turnos de palabras rígidos que los participantes
aceptan) o se improvisen (regulación más laxa, con improvisación e interrupciones). Existen
muchos recursos para hacerse con un turno conversacional, dilatarlo, anunciar su cesión, cederlo
de hecho, interpolar un turno breve, solapar un turno con otro en curso, etcétera, tales como la
entonación, el volumen de voz, expresiones concretas (muletillas para dilatar).

En todo caso, lo importante es que la sucesión de turnos conversacionales normalmente se pliega


al principio de coherencia conversacional (si no se pliegan pueden ser penalizados): cada turno
es una contribución al propósito conversacional vigente o introduce convencionalmente un
nuevo propósito, de modo que solo son consideradas como extemporáneas las intervenciones
que no se dejan reducir a la condición de “continuativas” o “cambios de tema”. Es decir,
tendemos a interpretar como continuaciones o cambios de tema las intervenciones de nuestro(s)
interlocutor(es) antes de asumir que son extemporáneas y deben interpretarse como tales. Si
dicen algo raro, lo intentamos reducir a una coherencia extraña de continuidad o cambio de tema.

Las formas textuales del discurso pueden ser también improvisadas (clase) o más o menos
planificadas (conferencia). En todo caso, tienden a presentar regularidades que les confieren una
u otra de varias configuraciones previsibles. De ahí que se puedan establecer tipologías textuales
y adscribir cada texto a un tipo u otro: notas, listas, recetas, textos publicitarios, instrucciones,
leyes, formularios, noticias, reportajes, columnas periodísticas, artículos, ensayos, conferencias,
textos teatrales, cuentos, novelas, poemas, etcétera. En las novelas se suelen dar varias.

Es frecuente que al establecer una tipología y caracterizar un texto se tengan en cuenta factores
como el objetivo general y la forma dominante.

Así, teniendo en cuenta su objetivo, cabe distinguir textos que buscan entretener, informar,
persuadir, ordenar algo, prescribir (normas), facilitar acciones, etcétera.

Teniendo en cuenta su forma dominante cabe distinguir textos regulativos (normas, leyes,
decretos), indicativos de acciones para un alcanzar un objetivo (recetas de cocina, libros y
manuales de instrucciones), publicitarios, argumentativos (ensayos, artículos de opinión),
explicativos (artículos científicos, libros de texto, manuales, enciclopedias, diccionarios),
descriptivos (enciclopedias, descripciones teatrales, descripciones literarias, reportajes
periodísticos), narrativos, poéticos, etcétera.

Con estas dos formas se sacan las tipologías textuales.

En todo caso, lo más importante de los textos es su coherencia, el hecho de que todos los
enunciados concatenados se orienten directa o indirectamente al objetivo general del texto, de
modo que quede asegurada su unidad. Es decir, que no haya “vías muertas”, todas deben
contribuir al objetivo final. Ya decía Chejov que si había una pistola en la primera página debía
ser disparada antes de la última. Si no, sería un texto ineficaz, aburrido y complicado.

Los recursos que en un texto muestran de forma específica la coherencia textual se suelen llamar
recursos o mecanismos de cohesión: se trata de patrones de desarrollo temático (todos los textos
tienen uno determinado); formas de recuperación de información; cadenas léxicas de variación,
repetición y especificación (se deben conocer para evitar repeticiones ineficaces); marcadores
discursivos (reformuladotes como es decir y en definitiva; estructuradores como por otra parte
y a propósito; operadores como claro, en realidad, de hecho o por ejemplo; conectores como
además, por tanto o en cambio), etcétera.

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