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GON LICENCIA DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA.

LA 1ÁS JUSTIFICADA JUSTICIA.

dice Dios, dice suprem a ju s ­

Q
uljín
ticia; que si Oíos do fuese juS’-
ticia sum a, no sería j)ios. No pudiendo
concebir á Dios sino con ^1 carácter
de la más absoluta perfección, no po­
demos concebirle ¡claro está! sin .ese
atrib u lo de la justicia, q u e es el pri­
mero que aun en el hom bre exigimos
para tenerle por m edianam en te h o n ­
rado.
Sácase de esto que es imposible a t r i ­
bu irle á Dios cosa que no esté abto-
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latam en te en su verdadero peso y en


su más exacta medida; bastando que
se pruebe que uüa cosa es de Oíos, ó
la quiera Dios, ó la ha -dispuesto Dios,
para q u e por esto solo deba tenerse
por intachable y perfectam ente ju s ti­
ficada. Dios, en una palabla, es el
único que tiene en sí propio la j u s t i­
ficación de todos sus actos.
Sin em bargo, ¡increíble parece!
Dios, por lo qu e vemos, necesita ju s ­
tificarse. ¿Y ante q u ié a ? Ante su ruin
é infeliz criatura. Sí, necesita justifi­
carse, y es tan llano y amoroso, que
desciende á eso y se humilla á dar la
razón de sus fallos, á prodigar sobre
ellos toda sue rte de explicaciones.
Y es el hombre tan orgulloso y tan
pagado de su propia razón, que se
atreve, no diré ya á escucharlas y á
aceptarlas, sino áun á exigirlas y d is ­
cutirlas. Y llama y emplaza á la razón
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divina an te su arrogante trib u n a l, y
la in te rro g a in solentem ente sobre el
q u é y el por qué de sus etern as reso­
luciones, y controvierte de ellas lo
que p u e d e alcanzar con su raquítica
capacidad; y tal vez con audacia sum a,
qu e no es sino lo sumo de la ignoran­
cia, atré v ese á negar lo q u e no co m ­
prende, por la sola y grosera razón de
q u e no lo comprende; cuando esto d e ­
biera bastar para q u e se conociese á
sí propio infinitamente más pequeño
que lo que pretende com p render, y
se declarase en consecuencia incom­
p e te n te . T viene el apologista católico
y necesita joh caso absurdo! con sti­
tuirse abogado defensor de su Dios, é
inform ar en estrados á favor de su ine­
fable verdad y justicia, y perorar y
suplicar para que se le dé al Kn á su
divino cliente por bueno y por v e r d a ­
dero.
H enos aquí, pües, hoy á nosotros
ejerciendo esa honrosa pero tristísim a
ta re a de abogar por los fallos de n u e s ­
tro Señor ante el tribunal de los hom ­
bres, miserables criaturas suyas; h e ­
nos aquí ocupados en probarles y d e ­
m ostrarles que es justo el infierno y
q u e es justísim a la justicia de Dios
(repárese el pleonasmo) cuando c a sti­
ga con él.
Sí, señor, y para esto no repetiremos
los textos tantas veces aducidos de las
S agradas Escrituras que hablan de la
existencia de la otra vida, y de las p e ­
nas rese rva d as en ella á los crim inales
d e ésta, y de la eternidad de estas pe­
c a s, y de su inexorable rigor. No r e ­
petirem os estos textos, porque el res­
petable tribunal an te q u ie n informamos
podría decirnos que no debe creerse
á la parte interesada bajo la fe de su
sola palabra; y aunq ue esto no es m ás
q u e una majadería, p orque aquí la p a r­
te interesada es Dios y á Dios se le
d e b i crecr siem pre por su sola a u t o r i­
dad, todavía en este asunto querem os
g u ard a rle s todas las garantías de im ­
parcial neutralidad á nuestros q uisqui­
llosos contradictores.
Ea, pues; prescindamos de q u e Dios
haya dicho ó no que hay infierno y q u e
éste es e tern o : veamos ú nic am e nte si
hay ó no hay razones de otro orden
para p ro b ar que le debe haber.
Parécenos abso lutam ente que sí.
Prim ero, por la razón arrib a in d ic a ­
da de la justicia de Dios. Hay malvados
e a el mundo. No nos negará nadie U n
desconsoladora proposición. Y hay de
esos malvados quienes no sólo lo son,
sino qu e quieren serlo siem pre, y d e ­
sean y pro cu ran y logran como tales
vivir y morir. ¿Es justo que' les d é
Dios igual destino final que á los b u e­
nos? ¿Gs ja s lo qu e les quep a iguat
su e rte definitiva á Nerón, verdugo del
géne ro hum ano, que á san Vicente d e
Paúl, su ángel bienhechor? No, por
cierto. Cualquier juez de la tierra, á
no ser un picaro, fallaría qu e al uno
se le debe castigar y al otro recom pen­
sa r. Luego lo mismo ba de fallar el
Juez suprem o. ¿Lo falla acá en la tie­
r ra ? No, porque más bien acá los tr iu n ­
fos son para el malo, y los desprecios
p a ra el hom bre de bien. Luego ha de
h a b e r justicia en la eternidad. Luego
son ciertos los castigos de ella. Luego
d e b e hab e r infierno, tan cierto como
hay Dios.
S egundo, por analogía con lo q u e
acá abajo acontece. El pecado moital
es la m ayor injuria contra Dios, el aten*
lado más g rave contra sus derechos,
el delito de lesa m ajestad divina. Los
d elito sde lesa majestad se h a n castigado
siem pre en la tierra con la ú ltim a pena.
No escuchemos á los que nos digan
que esta última pena es injusta y que
la ley no puede m atar. El sentido nni-
versal del género humano tiene más
razón y más sólido fundamento q u e las
teorías, ó mejor tonterías, de cuatro
hum anitarios sufistas. La p e n a d e m u e r ­
te es un dogma del género humano, y
los que ía han combatido eu teoría
son los que en la práctica la han a p li­
cado con más cruel profusión. Ahora
bien..'El infierno no es más que la p e ­
na de m uerte de la otra vida. £1 des­
tino del alm a es etern am e n te vivir, la
pena capital para ella es perm a n ec er
etern am e n te muriendo. Espantosa j u s ­
ticia, única digna de un eterno Dios,
de uo crim en q u e eternam en te p erse­
vera en su malicia, y de un alma c r ia ­
da para la eternidad.
Tercero, por la nueva horrible g r a ­
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vedad q u e añade al a teo ta d o d el hom­


bre con ira Dios, el carácter que tiene
éste d e Redentor suyo, además del de
Criador. No se concibe un Dios m u ­
riendo en cruz para salvar al h o m b re,
si no ba de ser para salvarle de tina
perdición eterna. Sólo este objeto me-
recía en cierta manera que para lograr­
lo se dejase m a tar en un cadalso un
Hombre-Dios, Pero al mismo tiempo
no se concibe para el que desprecíe la
Sangre y m uerte de ese Dios un casti­
go digno de su infamia, si no es el de
dejarle abandonado y sujeto á la m is­
ma etern a perdición de la que aquel
mismo Dios le quiso con su m uerte li­
brar. Medítese bien esta conversión de
términos. Porque la su e rte del hom bre
perdido es la condenación eterna, se
co m prende q u e descendiese Dios del
cielo á morir como un criminal para
librarlo de ella. Así la eternidad del in-
fiemo da en algún modo razón plausi­
ble de la incomprensible generosidad
de Dios. Mas porque Diosbadescendido
del cielo al Calvario para librar al h o m ­
bre de sil etern a desventura, claro se
ve qu e merece doblemente el hom bre
esta etern a desventura, si rehúsa a p r o ­
vecharse de la Redención que de ella
le ofrece con su Sangre el Hijo de Dios.
Cuarto, por la suma facilidad con
q u e ba querido Dios pudiésemos evitar
este.infierno. Lo cual hace que así co ­
mo no se condenan más que los q u e
de su propia voluntad se quieren c o n ­
denar, asi m erezcan, y muy m uc ho ,
ser etern am e n te condenados los q u e
pudiendo á tan poca costa evitarlo, no
lo quisieron evitar.
Eo efecto. Los medios de salud y
vida espiritual se los ha dado Dios al
hom bre tan abundantes y de tan fácil
adquisición como los de su vida mate-
— lo ­
ria! y te rrena . Ved lo que acontece en
el orden físico. El aire, que es el p r i ­
m e r e lem e n ta de vida, lo ha puesto
Dios tan al alcance de todo el mundo,
q u e basta abrir la boca para qu e lo
poséa cada cual. Hay q u e oponerle
cierta resistencia para que no se nos
e n t r e ; necesitamos ce rra r calculada­
m e n te los labios para no respirar. El
pan, la carne, las legumbres, el agua,
el vino, es decir, las m aterias más
usuales de alimentación, son ta m bié n
las de producción más fácil, las de
cultivo menos especial, las que más
á mano se en c u en tra el hombre en to­
dos los países. De suerte que con ley
am orosísima ha dispuesto la Provi­
dencia q u e lo de mero regalo fuese
por lo com ún escaso y costoso ; lo de
in dispensable necesidad, ab u n d a n te y
com ún. Que, pues, la prim era ne c e ­
sidad del hom bre sobre la tierra es
— 11 —

vivir, así era regular q u e lo más ex­


pedito fuesen para él los medios más
indispensables para la vida.
Así pasa en la vida espiritual, c o j o
térm ino es la salvación eterna. Los
medios para ella los ha puesto Dios
tan á mano del hombre, que, sobre
todo desde Jesucristo acá, sólo con
obstinada resistencia suya puede el
cristiano no aprovecharse de ellos. Al
presentarse en el mundo la v erdad
evangélica acompañóla su Autor de
ta n tas maravillas que bastasen á h a ­
cer abrir todos los ojos, á d o q u e r e r
cada cual tenerlos voluntariam ente
cerrados. Establecida y acreditada la
Religión, cesaron los prodigios e x tra ­
ordinarios de sus prim eros siglos, pero
nos q ueda la historia manifiesta de
ellos, y el hecho á todas luces prodi­
gioso de su crecim iento y conserva­
ción, y los repetidos milagros de los
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Santos en todos los siglos, y la d o in ­


te rrum pida predicación.
fisto eD cnanto á la facilidad del co­
nocimiento. Que en cuanto á la faci­
lidad de la práctica, no es menor ni
Oleaos reconocida.
Por más que repugne á la ingénita
malicia del hombre el yugo de ía d i ­
vina ley, se halla éste auxiliado para
llevarlo con tales ayudas de costa que
llega á serle, en frase feliz del S a lv a ­
dor, yugo suave y carga ligera. E n ­
c u é n t r a l o duro y enojoso tan sólo los
q u e do lo quieren ensay a r: quien una
vez se resolvió á lomarlo sobre sí no
tarda en convencerse d e q n e se puede
vivir muy holgadamente con él. Ahí
están los mil y mil que se han d is tin ­
guido por su santidad en el cam po
sie m pre fecundo del Catolicismo, ad e­
más de los millones de millones q ue
sin haber sobresalido para m e re c e r
— lá ­
ser vistos de lejos ea ia historia, so q
d o obstante buenos cristianos y prueban

á cada paso esta verdad. Ue suerte


qu e la vida cristiana es fácil, como
q u e en sum a no es más que la vida
h onrad a , santificada con el sello de la
Religión.
Pero ¿el hombre cae por su fragili­
dad y sé encharca y encenaga en el
lodazal del mundo? ¡Ah! que ea este
punto es donde iuás brilla la amorosa
y próvida generosidad de nuestro bueu
Dios! La Redención no fué sólo deuda
pagada una vez; sigue siendo baño
saludable y restaurador para cuantos
hasta la consumación de los siglos lo
necesiten. El retorno á Dios es opera­
ción q u e se consigue con sólo una lla­
m ada cualquiera á su Corazón Divino.
La mano que nos convida á reconci­
liación y paz está siempre extendida,
y sólo anhela se agarre á ella con au-
— 14 —

sía el que quiera dejar de pecar. El


suavísimo sacram ento de la Confesión
es una como oficina de indultos, á la
cual basta sólo presentarse á cualquier
hora, declarar sentidam ente la culpa
y asegurar íealoaeute la enm ienda p a ­
r a qu ed a r benévolamente despachado.
¥ si por desdichado caso no posible
la Confesión material á pesar del f e r ­
viente deseo, quiere la Bondad divina
q u e baste este ferviente deseo para
lograr el perdón. De suerte que todos
los muros de bronce y de hierro q ue
se p aran al hom bre de su Dios, tal
vez después de cincuenta, sesenta ú
ochenta años de una vida toda em plea­
da en g u errea r contra El, estos muros
q u e debieran parecer incontrastables
á la fuerza más poderosa, ceden y se
allanan en un solo minuto, en un solo
segundo, por un solo suspiro del cora­
zón de un moribundo, que de veras
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lo dirija, al dar ya la postrer boqueada,


al Corazón amoroso de Dios. Este no
le da por desahuciado de su m is e r i­
cordia sino cuando absolutam ente h a
dejado de tener la criatura el ultimo
hálito de vida para acudir á ella.
A lo cual si se añaden las a d v e r te n ­
cias continuas que á ios oídos del p e -
- cador hace sonar la divina justicia an·
tes de aplicarle el lleno de su rigor; el
infierno toda la vida am enazando con
sus torm entos, ei cual es con eso de
tan infinita misericordia, como el cielo
toda la vida halagando con inefables
esperanzas; los ejemplos de ía m u e r ­
te que á todas horas presenciamos;
los desengaños de la edad; la voz
secreta de la conciencia que nun ca
falta, cuando á posta no se la obliga
á eum educer; ¿quién negará que al
h om b re más duro no se le esté de
continuo avisando y precaviendo de lo
q u e á la postre por su culpa ie lia de*
acontecer?
Dígasenos, después de eso, si no se
va cada uno de los condenados aí i n ­
fierno con sus propios piés; y si m
resu lta después de todo p e r f e c ta m e n te ’
justificada la inexorable justicia d e ,
Dios, tanto por lo menos como su in ­
agotable bondad, tanto por lo menos
como sd incansable paciencia.
Q ue e ra lo q u e nos proponíamos
dem ostrar.

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