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El aguafiestas

Por Maximiliano Crespi

Hay dos maneras opuestas de leer a Fogwill: uno, como


“bueno de los malos”, esto es, como un picaresco liberal que es-
cribía siempre provocando (desde posiciones reaccionarias, ac-
tuando como una suerte de avivador de cínicos), en plena con-
ciencia de que la gran masa de “compradores de libros” pertenece
a esa formación ideológica progresista que Piglia definió como
“mafaldismo”; dos, como “malo de los buenos”, como un escritor
de izquierdas cuyas intervenciones públicas buscaban todo el
tiempo desarticular el buenismo, la ingenuidad, la complacencia y
el colaboracionismo en que se pierde el pensamiento crítico cuan-
do se abandona en manos de una progresía aburguesada. Cabe se-
ñalar que fue el propio Fogwill quien se encargó durante años de
alimentar los infinitos matices de esa disyuntiva propiciando la
ambigüedad y la confusión desde la pose del provocador jocoso.
La hilarante autodefinición de “marxista de la derecha liberal”,
con que Silvia Schwarzböck hace bizarros malabares en el prólo-
go de Estados alterados, no es más que un ejemplo notable de ese
plan de desidentificación y burla a los fichajes: Fogwill es el in-
clasificable que se quiere como tal y adopta la el lugar del enemi-
go público para chicanearlos a todos, pero sin dejar de reconocer-
se —al menos parcialmente— en cada uno. Enseñanza crucial en
tiempos de una “transición democrática” que se mercadea como
“giro cultural” y se efectiviza como “desarme intelectual”: todo
estado es (o será eventualmente) alterado “desde adentro”.
Con esa performance de transformista esquivo (que le permi-
tía distanciarse de los panchos y de los bondadosos, pero también
de los miserables, los canallas, los botonazos que él mismo había
sido), Fogwill no sólo apuntaba a desarticular la captura reduc-
cionista del lugar de enunciación para empujar al centro de la es-
cena los argumentos y las proposiciones en juego. Como un sabio
retórico, se disponía además a completar, en el orden de la praxis,
por medio de la chicana y del sarcasmo, lo que en el centro de su
poética busca reproducir la ironía: un efecto de incomodidad con
las condiciones extorsivas sobre las que se dispone la discusión.
El sarcasmo y la ironía son las figuras retóricas de la expresión de
una disconformidad y la marca de un contexto en que ese incon-
formismo no puede ser llevado más que por la vía de la alusión y
en el rol de un personaje que oscilaba entre el semblante del bu-
fón y el del filósofo cínico. Esa manifestación alusiva confirmaba
a un tiempo convicción e incertidumbre: era la carta de un desilu-
sionado del presente y el anuncio de un resquebrajamiento de ese
estado de cosas.
Pero en las páginas de Estados alterados (que, aunque escri-
tas en 2000 para El porteño, no se habían publicado completas
hasta este rescate de Blatt & Ríos), como en la extraordinaria en-
trevista que en 1997 le había dado a El Ojo Mocho, la figura retó-
rica (en que sólo leerá pasajes aquel que haya comprado “el sapo
de las esferas y las especificidades”) es sin duda la metáfora, en-
tendida —desde el Nietzsche de Verdad y mentira en sentido ex-
tramoral— como un marco de enunciación que alimenta poliva-
lencias y ambigüedades por su propia historicidad. Porque lo que
Fogwill llama “literatura” es en efecto la literatura en su dimen-
sión institucional, pero también la contingencia de lo que está an-
tes y después de ella en “estados alterados”. Esto es: toda esa den-
sa masa de discursos que en una sociedad circula tanto en lo dicho
por los derrotados como en lo callado por los triunfadores.
Como en los relatos de Mis muertos punk y Pájaros de la ca-
beza (en estos días reeditados por Alfaguara), Fogwill lee y se lee
en la filigrana de ese proceso de “transición” que naturaliza la de-
rrota a cambio de conceder a los derrotados el derecho a la narra-
ción. Con una precisión implacable, hace pasar por la metáfora de
la literatura la ironía y el sarcasmo para poner en escena de len-
guaje las miserias del derrotismo, para verduguear a los ilusos,
para exponer su plan de disidencia y repudio del colaboracionis-
mo; pero también para alimentar cierto goce desesperado en la
sobreproducción de su propia imagen de comediante infeliz en esa
escena en que representaba, con tenacidad sacrificial y una astucia
de zorro viejo, el desgraciado lugar del aguafiestas —figura en el
tapiz que emerge especialmente de la lectura de Los libros de la
guerra. Con humor agridulce repasa “los temas y problemas que
lo obsesionaron”; pero no para darse con ellos un lugar especial,
sino para reconocerlos como señuelos en los que se auscultaban
(invisibilizadas) relaciones de fuerza, pulsiones oscuras y fantas-
mas aciagos que no dejaban de activarse y alterarse en los lengua-
jes con que se contaba la historia. Una demostración más de que
detrás de todo ironista se esconde siempre un melancólico.

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