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HORA SANTA POR LA PAZ

PROCESIÓN
Reunida la asamblea, se entona un canto mientras el sacerdote o el diácono, revestido de
capa pluvial y acompañado por unos ministros asistentes, entra al presbiterio. Toda la
asamblea se arrodilla mientras el celebrante se pone el velo humeral y camina hacia el
Sagrario. Luego, trae el Santísimo Sacramento, lo pone en la custodia y lo expone sobre
el altar.
El celebrante se arrodilla delante del altar e inciensa el Santísimo Sacramento. Cuando
se termina la canción de entrada, se hace un momento de oración en silencio.

ORACIÓN INICIAL
Después el celebrante se va a su sede y desde allí hace la Oración Inicial, usando uno de
los siguientes formularios:
(Misal Romano, Misa por la Paz y la Justicia)
Concédenos, Señor,
el espíritu de tu amor,
a fin de que, alimentados con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
fomentemos entre todos los hombres
la paz que él mismo nos dejó.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

o bien:
(Misal Romano, Misa en Tiempo de Guerra o de Desorden)
Tú que nos has alimentado
con el único pan que conforta el corazón del hombre,
concédenos, Señor,
superar felizmente los horrores de la guerra,
para vivir según tu ley, en la justicia y en la fraternidad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Todos: Amén.
Se hace un momento de silencio. Sigue la liturgia de la Palabra.
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura:
Santiago 3, 13-18
Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia.
Lectura de la carta del apóstol Santiago
Hermanos míos, ¿Hay alguno entre ustedes con sabiduría y experiencia? Si es así, que
lo demuestre con su buena conducta y con la amabilidad propia de la sabiduría. Pero si
ustedes tienen el corazón amargado por envidias y rivalidades, dejen de presumir y
engañar a costa de la verdad.
Esa no es la sabiduría que viene de lo alto; ésa es terrenal, irracional, diabólica; pues
donde hay envidias y rivalidades, ahí hay desorden y toda clase de obras malas.
Pero los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo. Además, son
amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos,
son imparciales y sinceros. Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia.
Palabra de Dios.
Todos: Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial:
Salmo 121
R. Escucha, Señor, las súplicas de tus siervos y dales tu paz.
¡Qué alegría cuando me dijeron:
"Vamos a la casa del Señor"!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.
R. Escucha, Señor, las súplicas de tus siervos y dales tu paz.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor.
Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

R. Escucha, Señor, las súplicas de tus siervos y dales tu paz.


Desead la paz a Jerusalén:
“Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios”.
R. Escucha, Señor, las súplicas de tus siervos y dales tu paz.
Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: “La paz contigo”.
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.
R. Escucha, Señor, las súplicas de tus siervos y dales tu paz.
Oración en silencio.
Aclamación Antes del Evangelio:
Juan 14, 27
R. Aleluya, aleluya.
La paz les dejo, mi paz les doy,
dice el Señor.
R. Aleluya.

Evangelio:
Juan 14, 23-29
La paz les dejo, mi paz les doy.
+ Lectura del santo Evangelio según san Juan
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi
Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama
no cumplirá mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que
me envió.
Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu
Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les
recordará todo cuanto yo les he dicho.
La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni
se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se
alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora,
antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”.
Palabra del Señor.
Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía
Luego, el sacerdote o diácono dice la homilía seguido por un periodo de oración en
silencio.
Plegaria Universal
Puesto de pie, el sacerdote o diácono invita al pueblo a rezar:
Celebrante: Dios es Padre de todas las personas y quiere que todos se congreguen en
una sola familia libre de toda división y distensión. Confiando en su providencia,
ponemos nuestra oración por la paz delante de Él y suplicamos:
Todos: Señor, escucha nuestra oración.
El diácono u otro ministro: Por todos los cristianos y todas las personas de buena
voluntad, para que nunca pierdan la esperanza en la posibilidad de la paz, roguemos al
Señor:
Todos: Señor, escucha nuestra oración.
El diácono u otro ministro: Por todos los gobernantes, para que puedan escuchar y
responder a las peticiones de los ciudadanos por la paz y la justicia, roguemos al Señor:
Todos: Señor, escucha nuestra oración.
El diácono u otro ministro: Por los jóvenes de todas las partes del mundo, para que
puedan crecer en valores, buscando la paz que Dios ofrece al mundo, roguemos al
Señor:
Todos: Señor, escucha nuestra oración.
El diácono u otro ministro: Por aquellos que realizan su servicio militar, para que el
Señor los guíe y los proteja, roguemos al Señor:
Todos: Señor, escucha nuestra oración.
El diácono u otro ministro: Por todos los que han muerto, especialmente por aquellos
que han muerto en la guerra, para que el Señor los acepte dentro de su presencia
amorosa, roguemos al Señor:
Todos: Señor, escucha nuestra oración.
Se hace un momento de oración en silencio.

LECTURA:
Sollicitudo Rei Socialis, núm. 48
Papa Juan Pablo II
Se puede leer un ministro.
La Iglesia sabe bien que ninguna realización temporal se identifica con el Reino de Dios,
pero que todas ellas no hacen más que reflejar y en cierto modo anticipar la gloria de
ese Reino, que esperamos al final de la historia, cuando el Señor vuelva. Pero la espera
no podrá ser nunca una excusa para desentenderse de los hombres en su situación
personal concreta y en su vida social, nacional e internacional, en la medida en que ésta
—sobre todo ahora— condiciona a aquélla. Aunque imperfecto y provisional, nada de
lo que se puede y debe realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina
en un momento dado de la historia, para hacer « más humana » la vida de los hombres,
se habrá perdido ni habrá sido vano. Esto enseña el Concilio Vaticano II en un texto
luminoso de la Constitución pastoral Gaudium et spes: « Pues los bienes de la dignidad
humana, la unión fraterna y la libertad, en una palabra, todos los frutos excelentes de la
naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el
Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, limpios de
toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino
eterno y universal ...; reino que está ya misteriosamente presente en nuestra tierra ».
El Reino de Dios se hace, pues, presente ahora, sobre todo en la celebración del
Sacramento de la Eucaristía, que es el Sacrificio del Señor. En esta celebración los frutos
de la tierra y del trabajo humano —el pan y el vino— son transformados misteriosa,
aunque real y substancialmente, por obra del Espíritu Santo y de las palabras del
ministro, en el Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María, por el
cual el Reino del Padre se ha hecho presente en medio de nosotros.
Los bienes de este mundo y la obra de nuestras manos —el pan y el vino— sirven para
la venida del Reino definitivo, ya que el Señor, mediante su Espíritu, los asume en sí
mismo para ofrecerse al Padre y ofrecernos a nosotros con él en la renovación de su
único sacrificio, que anticipa el Reino de Dios y anuncia su venida final.
Así el Señor, mediante la Eucaristía, sacramento y sacrificio, nos une consigo y nos une
entre nosotros con un vínculo más perfecto que toda unión natural; y unidos nos envía
al mundo entero para dar testimonio, con la fe y con las obras, del amor de Dios,
preparando la venida de su Reino y anticipándolo en las sombras del tiempo presente.
Quienes participamos de la Eucaristía estamos llamados a descubrir, mediante este
Sacramento, el sentido profundo de nuestra acción en el mundo en favor del desarrollo
y de la paz; y a recibir de él las energías para empeñarnos en ello cada vez más
generosamente, a ejemplo de Cristo que en este Sacramento da la vida por sus amigos
(cf. Jn15, 13). Como la de Cristo y en cuanto unida a ella, nuestra entrega personal no
será inútil sino ciertamente fecunda.
Se hace un momento de oración en silencio. A continuación, el celebrante dice las
Letanías de Paz.

LETANÍAS DE PAZ
Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.


R. Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.


R. Señor, ten piedad.

Que Dios vuelva hacia ti su rostro y te de la paz. (Núm. 6, 26)


R. Señor, danos tu paz.

El Señor dará a su pueblo bendiciones de paz. (Sal 29, 11)


R. Señor, danos tu paz.

Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y ponte a perseguirla. (Sal 34, 15)
R. Señor, danos tu paz.
Quiero escuchar lo que dice el Señor, pues Dios habla de paz. (Sal 85, 9)
R. Señor, danos tu paz.

La Gracia y la Verdad se han encontrado, la Justicia y la Paz se han abrazado. (Sal 85,
11)
R. Señor, danos tu paz.

Mi alma halló muy larga su permanencia entre aquellos que detestan la paz. (Sal 120,
6)
R. Señor, danos tu paz.

Estoy por la paz, pero apenas de eso hablo, ellos no piensan más que en guerra. (Sal
120, 7)

R. Señor, danos tu paz.

Por mis hermanos y mis amigos quiero decir: “¡La paz este contigo!” (Sal 122, 8)
R. Señor, danos tu paz.

Tiempo para amar y tiempo para odiar; tiempo para la guerra y tiempo para la
paz. (Eclo 3, 8)
R. Señor, danos tu paz.

Oh Dios, dígnate darnos la paz, pues, sólo Tú llevas a feliz término lo que hacemos
nosotros. (Is 26, 12)
R. Señor, danos tu paz.

La obra de la Justicia será la Paz y los frutos de la Justicia serán tranquilidad y


seguridad para siempre. (Is 32, 17)
R. Señor, danos tu paz.

Pero tú, Belén, cuyo origen se pierde en el pasado. Él mismo será su paz. (Mi 5, 1. 4)
R. Señor, danos tu paz.

Gloria a Dios en lo más alto del Cielo y en la tierra paz a los hombres. (Lc 2, 14)
R. Señor, danos tu paz.

El Señor dijo: Al entrar en cualquier casa, bendíganla antes diciendo: “La paz sea en
esta casa.” (Lc 10, 5)
R. Señor, danos tu paz.

El Señor dice: “Les dejo la paz, les doy mi paz.” (Jn 14, 27)
R. Señor, danos tu paz.
El Señor dice: “La paz que yo les doy no es como la que da el mundo.
Que no haya en ustedes angustia ni miedo.” (Jn 14, 27)
R. Señor, danos tu paz.

El Señor dice: “Les he hablado de estas cosas para que tengan paz en mi.” (Jn 16, 33)
R. Señor, danos tu paz.

Y Jesús dijo a sus discípulos:


“¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también.” (Jn
20, 21)
R. Señor, danos tu paz.

El fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad,
bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo. (Gál 5, 22-23)
R. Señor, danos tu paz.

Así la paz de Cristo reinará en sus corazones, pues para esto fueron llamados y
reunidos. (Col 3, 15)
R. Señor, danos tu paz.

PADRENUESTRO
El celebrante dice o canta:

Oremos juntos como Cristo nos enseñó:


Todos: Padre nuestro…

Terminada la letanía, todos dicen a una voz:


Señor Jesús, Príncipe de la paz, manso y humilde de corazón. A ti elevamos nuestro
ruego en estos tiempos de violencia, en los que tantos millones de seres humanos
sufren los estragos de la falta de respeto por los más elementales derechos humanos
Solo tu Señor puedes transformar nuestros corazones de piedra en corazones
misericordiosos y compasivos, creadores de paz y concordia. Te lo pedimos, Señor,
con la confianza de que seremos escuchados. Amén.
Oremos.
Después de una pausa, el celebrante prosigue diciendo:
Señor, Dios nuestro,
enséñanos a vivir en nuestros corazones
el misterio de la Pascua de tu Hijo,
por el cual, Tú redimiste al mundo.
Cuida amorosamente los regalos de gracia
que por tu amor hemos recibido
y llévalos a su culminación
en la gloria del cielo.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Todos: Amén.

BENDICIÓN DEL SANTÍSIMO


Después del Padrenuestro, el celebrante se arrodilla enfrente del altar, delante del
Santísimo Sacramento. Mientras se arrodilla se entona el canto Tantum Ergo (o
cualquier otro himno Eucarístico apropiado) mientras se inciensa el Santísimo
Sacramento. Cuando se termina el himno, el celebrante se pone de pie y canta o dice:

Una vez dicha la oración, el celebrante toma el velo humeral, hace genuflexión, toma la
custodia y, sin decir nada, traza la señal de la cruz con la custodia.

RESERVA DEL SANTÍSIMO


Después se saca el Santísimo Sacramento de la custodia y se reserva en el
sagrario. Reservado el Santísimo, el celebrante dice las Alabanzas al Santísimo
Sacramento, que a la vez son repetidas por la asamblea.
Bendito sea Dios.
Bendito sea su santo nombre.
Bendito sea Jesucristo, Dios y verdadero hombre.
Bendito sea el nombre de Jesús.
Bendito sea su sacratísimo Corazón.
Bendita sea su preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.
Bendita sea su santa e inmaculada concepción.
Bendita sea su gloriosa asunción.
Bendito sea el nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su castísimo esposo.
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.
Dichas las Alabanzas al Santísimo Sacramento, se entona un canto o himno. Terminado
el canto o himno, el celebrante y los ministros asistentes, mirando al altar, inclinan la
cabeza y se retiran.

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