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Todo afecta y es afectado por todo

Sumario:
— La conexión es una contradicción
— Un viaje de ida y vuelta
— La tabla de Mendeleiev
— Las hipótesis científicas
— El todo y sus partes
— Cambios cuantitativos y cambios cualitativos
Es muy frecuente identificar a la dialéctica de manera
exclusiva con una teoría de las contradicciones que,
indiscutiblemente, son una parte muy importante de la
dialéctica, pero no son toda la dialéctica. El núcleo de la
filosofía marxista consiste en reconocer que todo lo
existente no es sino materia en movimiento. Todas las
cosas y fenómenos del universo son modalidades
diversas de la materia que están en continua evolución y
cambio y, en expresión de Engels, cuando analizamos el
movimiento de la materia lo primero que encontramos
es la acción recíproca (1).
La materia es una e infinitamente diversa y no se puede aludir a la diversidad del mundo sin, al
mismo tiempo, poner de manifiesto su unidad que, según Engels, estriba en su materialidad (2). En
expresión de Lenin, el principio universal del desarrollo debe ser combinado, vinculado y unido al
principio universal de la unidad del mundo, de la naturaleza, del movimiento, de la materia, etc.
(3). La materia es una porque sus distintas partes componentes están en relación recíproca entre
ellas, de forma que no se puede concebir nada totalmente aislado o independiente: En la naturaleza
nada se produce aisladamente. Todo afecta y es afectado por todo (4). Los fenómenos estan
interrelacionados unos con otros y se influyen mutuamente. Incluso un cambio meramente
mecánico como el desplazamiento no es más que el cambio de lugar de un objeto con relación a los
demás. La materia inorgánica altera la orgánica, y a la inversa; los fenómenos de la naturaleza
condicionan los fenómenos sociales, y a la inversa; la situación social actúa sobre la conciencia de
las personas, y a la inversa; y así sucesivamente. Si concibiéramos las cosas de otra manera el
universo entero no formaría una unidad material sino un conglomerado disperso e inconexo de
objetos y fenómenos. Ortega y Gasset decía Yo soy yo y mi circunstancia, como si ambas cosas
estuvieran una junto a la otra sin influirse mutuamente, cuando las cirunstancias siempre influyen
sobre las personas y las personas sobre las circunstancias: Las circunstancias hacen al hombre en la
misma medida en que éste hace a las circunstancias, decían Marx y Engels (5). Por eso, tanto los
fenómenos naturales como los sociales se deben examinar siempre dentro del infinito haz de
condicionamientos que los determinan: Toda la naturaleza que nos es accesible forma un sistema,
una totalidad de cuerpos interrelacionados, dice Engels. Los objetos reaccionan unos sobre otros, y
precisamente esa reacción mutua constituye el movimiento (6) que hay que concebirlo en su sentido
más amplio como lo opuesto a la estabilidad, como cambio, desarrollo, evolución, crecimiento,
transformación y desplazamiento.
Así, la interacción entre las partículas subatómicas es la esencia misma de los fenómenos que
estudia la mecánica cuántica. Los neutrones y protones de los núcleos atómicos se convierten los
unos en los otros absorbiendo o emitiendo otras partículas más ligeras, como electrones o neutrinos.
En esas interacciones, calificadas de desintegraciones nucleares, el átomo cambia su naturaleza y,
por ejemplo, pasa de ser fósforo a convertirse en azufre.
El ejemplo de la mecánica cuántica es muy útil en este punto porque allí se estudia uno de los
objetos de la naturaleza que menos interacciona con su entorno, el neutrino, de manera que para
detectar estas partículas los físicos han tenido que introducirse en galerías subterráneas a cientos de
metros de profundidad, construyendo allí gigantescos despósitos. A pesar de que millones de ellos
están atravesando la tierra, apenas unos pocos inciden en esos depósitos porque, al no tener carga
eléctrica y con una masa muy pequeña, son capaces de traspasar cualquier obstáculo sin tropezar
con ningún átomo. Pero con paciencia alguno siempre cae en la trampa, prueba de que sí interactúan
con la naturaleza.
Además, si la materia es una, si no hay nada fuera de ella, significa que se mueve por su propio
impulso, que el movimiento es inherente a ella y no algo externo. No se puede hablar de
interacciones internas y externas porque todas son internas. Por eso la dialéctica considera el
movimiento como un automovimiento. Nadie como Spinoza expresó mejor la profundidad de esta
idea dialéctica cuando concibió la materia como causa de sí misma y como un proceso de cambio
permanente que se está haciendo, como actividad (natura naturans). Sin embargo, el concepto
físico de estabilidad nuclear parece opuesto tanto al movimiento como al automovimiento. Los
manuales suelen decir que aunque la mayor parte de los núcleos átomicos son inestables
(radiactivos), los ligeros son estables. En realidad no es así, ya que todos son inestables, si bien los
más pesados se desintegran más rápidamente, mientras que los ligeros pueden tardar millones de
años, lo que es uno de los problemas fundamentales para la preservación del medio ambiente.
Actualmente en física la máxima expresión del automovimiento es la ley de la conservación de la
energía, de manera que en las transiciones y cambios de estado, la energía y otras propiedades
fundamentales de los objetos se mantienen constantes. Las ciencias expresan muchos factores
constantes dentro del cambio. Así, en física está la constante de la gravitación universal, en
mecánica cuántica existe el número ђ que es la constante de acción de Plank, en termodinámica κ es
la constante de Boltzmann y en la teoría de la relatividad c es la velocidad de la luz. La matemática
también conoce una serie de números omnipresentes, como el e, que tiene una presencia
generalizada en los logaritmos, aunque el más conocido es π, que expresa la proporción entre la
longitud de la circunferencia y su diámetro. A este tipo de números se les llama constantes; no
cambian nunca, expresan la unidad material del mundo, la continuidad dentro de la discontinuidad.

La conexión es una contradicción


La acción de unos objetos sobre otros adopta la forma de una contradicción, de un choque recíproco
entre pares opuestos; junto a la acción está la reacción, existe la atracción pero también la repulsión,
la oxidación y la reducción. No obstante, la metafísica siempre ha tomado en consideración
únicamente las vinculaciones de tipo unilateral, en donde el elemento activo es considerado como
causa y el pasivo como efecto. En su mecánica, que llegó a convertirse en paradigma para todas las
demás ciencias, Newton habló de fuerzas activas y masas inertes sobre las que actúan aquellas. Eso
también es muy frecuente cuando las personas creen ser meros autómatas ejecutores de un destino
ciego o de unas condiciones (naturales o sociales) que son las que impelen su voluntad y no pueden
cambiar. Por el contrario, otras imaginan ser capaces de actuar con una libertad absoluta, sin estar
condicionadas por los múltiples factores externos a ellas mismas cuando todos somos plenamente
capaces de actuar sobre las circunstancias externas que nos rodean.
La contradicción no es una conexión externa, decía Lenin, sino una negación de sí mismo, una
transición, algo que se convierte en su contrario sin dejar de ser él mismo. La negación no se pone
enfrente de la afirmación, no es una mera simetría en la que sólo cambia el signo, sino que se opone
a ella y al mismo tiempo la contiene dentro de sí. Como dijo Lenin: Ni la negación vacía, ni la
negación inútil, ni la negación escéptica, la vacilación y la duda son características y substanciales
de la dialéctica -que, sin duda, contiene el elemento de negación y, además, como su elemento más
importante- no, sino negación, como un momento de la conexión, como un momento del desarrollo,
que retiene lo positivo, es decir, sin vacilaciones, sin eclecticismo alguno (7). La ya mencionada ley
de la conservación de la energía, que recibe variadas formulaciones en física, entre ellas la conocida
E=mc2, expresa esa unidad del cambio y la estabilidad. Pero aunque la ley de la conservación de la
energía es la más general en física, en las interacciones nucleares, es decir, en las colisiones entre
partículas subatómicas, también se conservan otra propiedades importantes, como el momento, el
espín o la carga, de manera que no se puede concebir la inestabilidad sin la estabilidad.
En la sociedad sucede lo mismo. Es muy impreciso afirmar que el socialismo es lo contrario del
capitalismo, porque el socialismo no consiste únicamente en la destrucción del capitalismo sino que
requiere la conservación de todo aquello que el capitalismo tiene de positivo y de avance de la
humanidad, del mismo modo que el marxismo criticó la ideología burguesa, al mismo tiempo que
incorporaba a su propio acervo todos aquellos avances verdaderamente científicos y los hacía suyos,
tales como la economía clásica inglesa, la dialéctica alemana y el socialismo utópico francés. En ese
proceso de asimilación se produce un desarrollo que requiere una fase de transición en la que,
simultáneamente, se destruye y se conserva. Dentro de esa fase -decía Lenin- la negación es el
punto de viraje (8), el momento de inflexión del movimiento.
Porque se trata justamente de eso: esas transformaciones o mutaciones de los objetos en sus
opuestos no son otra cosa que movimiento.
La negación no está fuera de la afirmación sino unida a ella; su conexión mutua hace de ambos una
unidad de forma que lo positivo está presente en lo negativo: De la afirmación a la negación, de la
negación a la ‘unidad’ con lo afirmado; sin esto la dialéctica se convierte en una negación vacía,
en un juego o en escepticismo (9).

Un viaje de ida y vuelta


Desde el punto de vista dialéctico, las cosas que están interrelacionadas siempre se condicionan
mutuamente; los efectos se convierten en causas y las causas en efectos. Al marxismo se le atribuye
en ocasiones el reconocimiento de la poderosa influencia de la economía sobre el pensamiento, lo
que es inexacto si no está complementado por el reconocimiento de la influencia inversa del
pensamiento sobre la economía. La diferencia entre una abeja y un arquitecto, decía Marx, es que el
insecto es uno mismo con su actividad, mientras que el arquitecto se separa de ella y antes de
construir un edificio dibuja un plano, de manera que ya tiene el edificio en la cabeza antes de echar
los primeros cimientos. Hasta el albañil redacta un presupuesto antes de ponerse manos a la obra.
En mecánica cuántica es frecuente aislar las interacciones como si se tratara de fenómenos que sólo
operan de manera unilateral mediante el uso de una flecha. Así para describir determinada
desintegración nuclear escriben:
neutrón → protón + electrón + antineutrino

Pero ya hemos expuesto que ese tipo de tranformaciones nucleares son verdaderas interacciones, y
que también existe la desintegración contraria a la anterior, en la forma:
protón → neutrón + positrón + neutrino

El concepto matemático de función (expresión abstracta y unilateral del determinismo en la


naturaleza) también adolece en ocasiones de ese punto de vista unilateral, mecánico y externo, en
donde, por un lado están las variables independientes y por el otro las dependientes o influidas por
las anteriores. Esto sólo puede ser válido como una aproximación, ya que no tiene en cuenta los
condicionamientos inversos ni las trasformaciones de los unos en los otros, de las variables
independientes en variables dependientes y de éstas en aquellas, de las causas en efectos y los
efectos en causas. Para establecer que y está condicionado por x, la matemática considera la
relación x→y mientras que la dialéctica, además de no reconocer variables independientes, la
considera como x↔y.
En torno a esas flechas el químico belga Ilya Prigogine trató de edificar en los años setenta del
pasado siglo toda una teoría filosófica universal acerca del tiempo y la historia sobre la base de →
más bien que de ↔ y que él denominó irreversibilidad. El materalismo dialéctico contradice
radicalmente la mayor parte de las hipótesis de Prigogine, si bien la interacción x↔y no significa
reversibilidad de los fenómenos, es decir, que el tiempo no fluye en las dos direcciones, como bien
dice Prigogine, porque las transiciones recíprocas y→x no significan un regreso hacia atrás en el
tiempo sino una continuación y, además, un salto cualitativo en el que, en realidad, no hay vuelta
hacia x sino la creación de un tercer objeto que es la superación tanto de x como de y.
Los vínculos mutuos entre los fenómenos son infinitamente numerosos y variados; pueden ser
internos y externos, necesarios y fortuitos, principales, secundarios, inmediatos y remotos. Por
ejemplo, existen vínculos directos de unos objetos sobre otros, pero también existen otros
indirectos, que se producen a través de fenómenos intermedios. No todos los condicionantes que
inciden sobre un objeto tienen la misma importancia o trascendencia, ni son de la misma naturaleza,
por lo que sus efectos también son diferentes. Pero en cualquier caso, esos vínculos y
condicionantes se rigen por leyes objetivas que expresan los lazos estables que existen entre ellas.
Ahora bien, las leyes no pueden incluir la totalidad de los lazos que operan entre los fenómenos,
sino sólo los más importantes y decisivos, y no se puede caer en el agnosticismo tratando de
equiparar todos los vínculos que inciden sobre un objeto con el pretexto de que hay que analizarlo
bajo todos los ángulos. Los agnósticos dicen que no podemos conocer la marcha de los fenómenos a
causa de las infinitas influencias que sobre ellos inciden. A ellos los árboles no les dejan ver el
bosque. Particularmente, los fenómenos sociales, donde concurre tal cúmulo de personas, de
comportamientos impredecibles, y tal cúmulo de factores culturales, religiosos, económicos, etc.,
parecen escapar a toda capacidad de análisis.
Sin embargo, el materialismo dialéctico, entre todo ese abigarrado universo de factores influyentes,
selecciona el más importante, lo que habitualmente se conoce como la contradicción principal. A
partir de él se determinan todos los demás condicionantes, que son secundarios. Así, el precio de
una mercancía está sometido a múltiples influjos, de la oferta y la demanda, el crédito, los
impuestos y otras numerosas circunstancias, a pesar de lo cual, se mueve siempre en torno a su
valor y al tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla.
Pero la dialéctica materialista no analiza las leyes concretas que explican el movimiento de cada
elemento concreto de la naturaleza, la sociedad o el pensamiento, ya que en cada una de ellas
operan leyes específicas. La dialéctica estudia las leyes más generales que son comunes a todas las
formas de movimiento, cualesquiera que sean. Como afirma Ai Siqi, es a la vez el microscopio y el
telescopio que nos ayudan a descubrir las relaciones complejas entre los objetos (10). Por eso está
íntimamente ligada a todas las ciencias, sin las cuales, no podría evolucionar.
Ese carácter general de la dialéctica ha conducido al error de creer que sus leyes, como las de la
lógica formal, son vacías y no aluden a realidades objetivas o externas de la materia sino que son
una especie de formas sin contenido alguno. Wittgenstein decía que eran tautologías, esto es, formas
diferentes de expresar lo mismo de maneras diversas. Es también muy común en la ideología
burguesa acusar a la dialéctica de puerilidad o de banalidad. Por ejemplo, acusan a la Dialéctica de
la naturaleza de Engels de hacer pasar obviedades como si fueran contradicciones, cambios
cualitativos o lucha de los opuestos. No comprenden que la dialéctica no sólo está en las
abstracciones científicas más profundas, sino también en fenómenos cotidianos y en operaciones
bien simples que realizamos, tanto los albañiles como los químicos, de forma rutinaria. Por eso
cuando multiplicamos dos números negativos obtenemos otro número positivo; por eso dos cargas
del mismo signo eléctrico se repelen mientras que se atraen si el signo es distinto. Por ejemplo, en
castellano decimos ‘no sé nada’ para confesar nuestra ignorancia, cuando si aplicamos una lógica
estricta, no saber nada equivale a saber algo, porque la expresión se dice también ‘Sólo sé que no sé
nada’ y el que sabe que no sabe nada ya sabe algo. Esta sucesión de dobles negaciones de un
enunciado para negar dicho enunciado también sucede con el inglés coloquial (‘This ain't no
computer’), y con el francés (‘Ceci n'est pas un ordinateur’). Esta misma vulgaridad se repite en
algunos tipos de radiaciones nucleares o en colisiones de partículas con antipartículas, en las que
algunas propiedades físicas, como las cargas eléctricas, cambian de signo o se neutralizan, y a la
inversa, partículas neutras se convierten en otras eléctricamente cargadas. Por eso en algunos textos
de física podemos leer a veces algunas leyes expuestas de manera inevitable e inconscientemente
dialéctica:
Después del descubrimiento del positrón ya no puede razonarse en la misma forma. Hay
que volver al ‘principio de conservación de la electricidad’ de Lippmann (1881): ‘No se
puede hacer aparecer o desaparecer una cantidad de electricidad cualquiera sin hacer
aparecer o desaparecer al mismo tiempo la cantidad igual y de signo contrario’ (11).

Las ciencias están repletas de estas pequeñas tonterías que, sin embargo, en ocasiones, dan muchos
quebraderos de cabeza a sesudos pensadores cuya única preocupación es hacer difícil lo sencillo. La
lógica dialéctica y la formal abstraen las leyes más universales que se observan en todos los
fenómenos, tanto de la naturaleza como de la sociedad o del pensamiento, por lo que son comunes a
todas las ciencias. Sólo deberíamos añadir que las leyes de la dialéctica también están deducidas de
los fenómenos aparentemente más rutinarios y más vulgares de la vida. La tostadora de pan tiene
mucho que ver con la estructura del átomo.
No obstante, las ciencias no pueden profundizar en el conocimiento del universo sobre la base del
principio dialéctico de que todo afecta y es afectado por todo sino que necesitan separar ese todo en
sus distintos fragmentos, aislar cada uno de los fenómenos, buscar los lazos más intensos para
encontrar en unos la causa y en los otros el efecto.

La tabla de Mendeleiev
Quizá nada como la tabla de Mendeleiev, descubierta por este químico ruso hacia 1870, ilustra la
interrelación universal de todas las cosas, constituyendo una extraordinaria confirmación del núcleo
de la dialéctica que Marx y Engels habían establecido muy pocos años antes. La tabla es un reflejo
de la unidad material del mundo, de que todo en el mundo es materia en movimiento y de que esa
materia forma una unidad cuyas partes están íntimamente conectadas entre sí. En la tabla los
elementos químicos no aparecen aislados ni dispersos sino agrupados en función de una ley interna
que los identifica, los agrupa, los distingue a unos de otros y los transforma a los unos en los otros.
Con su tabla Mendeleiev estableció una de las leyes más importantes de todas las ciencias, un
verdadero paso de gigante entre todos los conocimientos humanos. Si en el siglo XVIII Linneo
clasificó todos los seres vivos, Mendeleiev hizo lo mismo con los muertos, con la materia
inorgánica, y no se puede descuidar que los seres vivos se componen de materia inorgánica (aunque
no se reducen a ésta).
Los químicos están tan habituados a trabajar con la tabla que la tienen memorizada y no reparan en
su verdadero significado, procediendo mecánicamente a su aplicación. Incluso algunos consideran
que se trata de un mera clasificación de todos los elementos químicos conocidos, poniendo un orden
en la naturaleza que ésta, por sí misma, no presenta. Según esta concepción idealista, la tabla es
algo que nosotros ponemos en el mundo, no algo que el mundo pone en nosotros.
Creen que la tabla introduce desde fuera (desde nuestras cabezas) algo dentro del caos de la
naturaleza para comprender su funcionamiento, sin que se pueda asegurar que el orden forma parte
de ella. Por el contrario, el materialismo sostiene que es la naturaleza la que desvela determinadas
regularidades (armonía la llamaba Mendeleiev), que la tabla refleja de una forma aproximada.
Prueba de ello es que no existe otra manera de ordenar los elementos químicos más que esa, y todas
las demás son variaciones y mejoras de ella. No existe otra manera precisamente porque dicha tabla
no es sólo una clasificación pedagógica para ordenar la enorme variedad de elementos químicos,
sino que expresa una ley interna de la naturaleza, una regularidad periódica entre todos ellos.
Aunque hoy se utiliza el número atómico en la ordenación, inicialmente fue el peso atómico de los
elementos el que se adoptó como criterio. Su base es la ley periódica, que establece que las
propiedades físicas y químicas de los elementos tienden a repetirse de forma sistemática conforme
aumenta el número atómico, formando ciclos.
La clasificación y ordenación de las cosas es uno de los más potentes métodos de investigación
científica porque permite tanto la comparación como el contraste, logra que unas cosas se agrupen
con otras por su similitud, en tanto se separen de otras por su diferencia. Permite, por tanto, aislar y
clasificar pero también relacionar mutuamente y observar las transiciones y las transformaciones
entre unos objetos y otros. Ocurre con los vertebrados y los invertebrados en biología y con el
potasio y el calcio en química. Separar para unir y unir para separar.
En la famosa tabla, los elementos químicos también aparecen agrupados formando colectivos que
tienen parecidas características físicas y químicas, lo cual, al mismo tiempo, las diferencia de otros
grupos. Por ejemplo, en la columna 18 de la tabla, la última tal como se expone actualmente,
aparecen los gases inertes (como el helio, el neón o el argón) llamados así porque su última capa
electrónica está saturada de electrones y, como le ocurre a los neutrinos, interaccionan con
dificultad con otros elementos. En la primera columna está el grupo de los metales alcalinos (litio,
sodio, potasio, entre otros) que, al contrario que los anteriores, tienen gran facilidad para
combinarse con otros elementos desprendiéndose del último electrón de su capa para cederlo al otro
elemento.

Las hipótesis científicas


El filósofo mexicano Eli de Gortari ha llamado transducción a esta forma de inferencia científica,
exponiendo las siete formas distintas que presenta, si bien advierte que las conclusiones obtenidas
por este medio son hipótesis que requieren la posterior comprobación experimental (12).
Cuando hacia 1870 Mendeleiev elaboró su tabla sólo conocía unos 60 elementos químicos, aunque
observó que se producían vacíos dentro de ella, lo que le llevó a pronosticar la existencia de otros
diez elementos aún desconocidos, poniéndolos nombre antes de que fueran descubiertos y
alcanzando a predecir algunas de sus características. Luego se comprobó experimentalmente que
efectivamente tales elementos existían en la naturaleza. Por ejemplo, aunque no existía ningún
elemento conocido hasta entonces con una masa atómica entre la del calcio y la del titanio,
Mendeleiev le dejó un sitio vacante en su sistema periódico. Este lugar fue asignado al escandio,
descubierto nueve años después, que tiene unas propiedades que justifican su posición intermedia
en esa secuencia.
Esto es algo verdaderamente extraordinario, preñado de importantes conclusiones dialécticas.
Demuestra que la tabla de Mendeleiev no es un esquema subjetivo que los científicos introducen
dentro de la realidad para ordenarla de una determinada forma, sino que no cabe otra forma de
relación entre los elementos químicos más que esa, porque es una relación interna y objetiva entre
ellos.
Que Mendeleiev pudiera describir con gran exactitud las propiedades de un elemento químico del
que nadie sabía su existencia, pone en graves apuros todas las tesis de los idealistas, los positivistas
y los materalistas vulgares. ¿Cómo hablar de algo que no se conoce, de lo que nunca se ha tenido
ninguna experiencia empírica? Los neopositivistas contemporáneos sostienen que no existen más
que nuestras percepciones, pero jamás nadie tuvo ninguna percepción del escandio hasta 1879, de
modo que ¿cómo fue posible entonces que Mendeleiv calculara su peso atómico y demás
propiedades diez años antes? Si averiguamos la existencia de un elemento químico antes de
cualquier percepción sensorial, significa que ahí fuera existe un mundo que es anterior e
independiente de nuestros sentidos. Significa también que no existe, como pretendía Kant, ninguna
cosa en sí que no podamos llegar a conocer; evidentemente hay cosas que no conocemos pero no
hay nada que no podamos llegar a conocer.
También los materialistas vulgares, tan imbuidos como están de la noción de que para que haya un
reflejo tiene que haber un modelo previo, yerran con este fenómeno. Además del reflejo que
estamos habituados a concebir, especie de objeto que se coloca delante de un espejo, el pensamiento
es capaz de elaborar lo que podríamos calificar como reflejos indirectos y que un filósofo soviético
calificó de anticipado (13) en donde a través de lo conocido intuimos la existencia de lo
desconocido, y no solamente su existencia sino también sus características y propiedades. Todo ello
antes de la práctica y de la experimentación científica. Así, el mencionado neutrino nació como
hipótesis en 1930 pero no se pudo observar hasta 1956 y lo mismo ha sucedido con muchas otras
partículas subatómicas.
Naturalmente las hipótesis permiten el vuelo libre del pensamiento, que puede crear literatura de
ciencia-ficción encadenando una fantasía tras otra, cada cual más absurda, como el big-bang. Para
el aterrizaje está la práctica, la experimentación y la observación científicas, único criterio que
permite separar el grano de la paja.
El materialismo vulgar concibe el reflejo como un espejo que tenemos en la cabeza que repite la
realidad presente ante nuestros ojos como si de una fotocopiadora se tratara. Pero en las ferias se
colocan espejos cóncavos en los que nuestra imagen aparece grotescamente desfigurada. Lo mismo
que una foto, una caricatura también refleja la realidad. Existen, pues, muchas maneras de reflejarla,
ninguna de las cuales es exacta porque, decía Lenin, se puede ser materialista profesando variadas
opiniones en la cuestión sobre el criterio de la exactitud de las imágnes que nos proporcionan los
sentidos (14).

El todo y sus partes


El gigantesco interés científico de la tabla de Mendeleiev consiste en que, como ya sabían los
griegos, todas las sustancias de la naturaleza se componen de elementos simples estrechamente
relacionados entre sí, que se presentan siguiendo una pauta estable. Eso demuestra que toda la
naturaleza tiene un vínculo íntimo a través de sus elementos componentes.
Hemos destacado antes la importancia del todo y, a la vez, también hemos advertido de que, no
obstante, la ciencia no puede evolucionar con ideas tan abstractas como ese todo y esa influencia de
todo sobre todo, así que debe proceder a fragmentar la realidad para estudiarla de manera separada,
por partes.
Karl Popper criticó a los que, como nosotros los marxistas, tenemos la pretensión de elaborar una
cosmovisión, una visión general del mundo en todas sus diversas facetas, porque eso mismo nos
convierte en totalitarios. Él proponía un pensamiento fragmentario, idea hoy muy de moda según la
cual tendríamos que abandonar nuestras pretensiones y volvernos más modestos, dejar de
esforzarnos por comprender todas las infinitas conexiones de todos los fenómenos entre sí.
Pero ellos en realidad tampoco renuncian ni a explicar el todo ni a explicarlo todo. Les sucede como
a Hume, quien decía que no era posible dar una definición de causa, reniega de ella, para
inmediatamente después exponer dos definiciones distintas. Lo que verdaderamente propone la
ideología burguesa actual es explicar el todo por cada una de sus partes, llegar a lo complejo a partir
de lo simple, aunque entienden el todo como una suma mecánica de cada una de sus partes, suma
que es posible -según ellos- precisamente porque esas partes son homogéneas. Como las
homeomerías de Anaxágoras, esos elementos simples y primarios se toman como la esencia, el
núcleo constitutivo de toda la realidad. Tras descomponer la materia en sus elementos integrantes, el
pensamiento fragmentario pretende agrupar las piezas diversas por simple agregación mecánica.
Como decía Engels, estamos tentados a concluir que los átomos últimos a los que hemos llegado
tras el análisis son idénticos, que sólo cambia su composición cuantitativa: Si todas las diferencias
y cambios de calidad se reducen a diferencias y cambios cuantitativos, al desplazamiento
mecánico, entonces es inevitable que lleguemos a la proposición de que toda la materia está
compuesta de partículas menores idénticas, y que todas las diferencias cualitativas de los
elementos químicos de la materia son provocadas por diferencias cuantitativas en la cantidad y el
agrupamiento espacial de esas partículas menores, para formar los átomos (15).
En lógica y matemática, la teoría de conjuntos procede de esa manera, como si las cosas se metieran
dentro de un cajón, que a su vez está dentro de un armario, a su vez dentro de una habitación, dentro
de una vivienda y así sucesivamente.
Por reacción frente a esas erróneas concepciones mecanicistas, existe una vieja teoría llamada
holismo, según la cual las partes no se pueden entender si no se entiende el todo en el que están
enmarcadas y que ese todo es algo más que el mero agregado de sus partes constituyentes.
La dialéctica materialista también pone en relación al todo con la partes como una unidad de
contrarios. Nosotros sostenemos que la reducción de los cambios a puros cambios cuantitativos es
una forma de mecanicismo que olvida la continuidad y la discontinuidad de la materia, que descuida
que la relación entre la cantidad y la calidad es recíproca, de manera que una se convierte en la otra,
y a la inversa. La relación entre el todo y las partes fue estudiada y resuelta por Fichte y Hegel en su
época, demostrando que es, entre otras cosas, superficial e insuficiente porque cuando se divide en
partes el todo deja de serlo. Llega a decir Hegel que es una relación falsa, lo cual no quiere decir
-matizaba él- que no exista ese tipo de relación. Los miembros del cuerpo humano lo son en tanto
forman parte de él, mientras que por sí mismos sólo son trozos de un cadáver. El cuerpo humano no
es la suma mecánica de los brazos, los ojos, el hígado y demás partes anatómicas. Lo mismo ocurre
con la ciencia, donde las partes no se pueden tomar por separado como si tuvieran vida propia: las
partes no están aisladas entre sí ni están separadas del todo del cual han salido (16).
Por tanto, las ciencias pierden su alcance explicativo si pretenden hablar acerca de todo, pero
tampoco avanzarían nunca si no lo tuvieran en cuenta. Por eso Engels escribió aquella frase tan
incomprendida según la cual la dialéctica materialista no necesita filosofía alguna que esté por
encima de las demás ciencias. Desde el momento en que se presenta a cada ciencia la exigencia de
ponerse en claro acerca de su posición en la conexión total de la cosas y del conocimiento de las
cosas, se hace precisamente superflua toda ciencia de la conexión total. De toda la anterior
filosofía -concluía Engels- no subsiste al final con independencia más que la doctrina del
pensamiento y de sus leyes, la lógica formal y la dialéctica. Todo lo demás queda absorbido por
ciencia positiva de la naturaleza y de la historia (17). Esto -y no otra cosa- es lo que volvió a repitir
luego en otra obra: Sólo cuando las ciencias naturales e históricas hayan quedado imbuidas de la
dialéctica, toda la basura filosófica -que no sea la teoría pura del pensamiento- resultará superflua
y desaparecerá en las ciencias positivas (18).

Cambios cuantitativos y cambios cualitativos


La materia no es el todo del que los elementos químicos sean partes sino una abstracción filosófica
derivada de lo que los distintos objetos que componen el mundo tienen en común, de su
movimiento y de su cambio. En física es muy común confundir la materia con la masa, el todo con
la manifestación de una de las propiedades de los objetos físicos. Por ejemplo, hablan de la
transformación de la materia (y no de la masa) en energía, como si ésta fuera inmaterial. Hay
partículas elementales, como el fotón, que carecen de masa, pese a tratarse de objetos
indudablemente materiales. También hablan de materia y antimateria, como si ésta fuera lo
contrario de la anterior. Otra expresión desafortunda de la física es aludir a la estructura de la
materia para referirse a la estructura de los átomos. La materia es la realidad exterior y anterior a
nuestras percepciones sensoriales, una generalización que resume los aspectos comunes a todos los
objetos de la naturaleza que, a la vez, no puede identificarse ni reducirse a ninguno de ellos. Todos
los cipreses son árboles pero no todos los árboles son cipreses. El hombre no es sólo un
conglomerado de células y la sociedad no es sólo una suma de hombres. Aunque toda la materia se
compone de átomos no es sólo átomos; la explicación del movimiento de la materia orgánica, por
ejemplo, no se puede reducir a átomos y mucho menos la vida, que se rige por sus propias leyes, las
de la biología.
Entre esos diversos objetos no solamente hay diferencias cuantitativas sino también saltos
cualitativos, que no solamente existen entre los objetos inertes y los seres vivos, sino que entre los
objetos inertes también se observan diferencias cualitativas entre las cosas orgánicas y las
inorgánicas. Finalmente, lo que la tabla de Mendeleiev demuestra es que también hay saltos
cualitativos entre los propios elementos químicos que la componen y que, por tanto, la materia es la
unidad dialéctica de lo continuo y lo discontinuo. Hoy la tabla sólo tiene unos cien elementos
químicos, pero se conocen más 300.000 especies vegetales distintas y más de un millón de seres
vivos porque los saltos cualitativos significan un aumento de la complejidad que no se puede
constreñir a sus elementos constituyentes.
Para comprobarlo, partimos del inicio de la tabla, donde está el hidrógeno que, por sus
peculiaridades, Mendeleiev excluyó de ella. El hidrógeno tiene el átomo más simple, con un
electrón girando en torno al núcleo. Si le añadimos un electrón en la órbita, debemos modificar a la
vez el núcleo para mantener el equilibrio eléctrico, introduciendo un protón más y dos neutrones.
Provocamos así un salto cualitativo y lo convertimos en helio. Esto sigifica que los elementos
próximos de la tabla tienen un enorme parecido en su estructura interna pero son cualitativamente
distintos. Entre el hidrógeno y el helio sólo hay un electrón, dos neutrones y un protón de
diferencia. Sin embargo, el peso del átomo aumenta al añadir un protón y dos neutrones más al
núcleo. Así comprobamos que el aumento del peso atómico, el cambio cuantitativo que se produce
al añadir esas tres partículas al núcleo de un átomo, provoca un cambio cualitativo sustancial de
manera que el elemento químico deja de ser el que es y se convierte en otro distinto.
En 1913 Niels Bohr describió muy imprecisamente el átomo como si fuera una especie de sistema
solar, donde los planetas giran en torno al sol. También en el átomo los electrones giran en torno al
núcleo formando órbitas que son como las capas de una cebolla. El núcleo y los electrones
desempeñan funciones diversas: mientras los electrones explican las interacciones externas del
átomo con otros átomos, las reacciones químicas y los fenómenos eléctricos, el núcleo es el
componente principal que explica fenómenos físicos de otra naturaleza, internos, como la
radiactividad. Las capas externas de electrones reciben nombres: K es la primera capa en torno al
núcleo, L la segunda, M la tercera, N la cuarta, y así sucesivamente. El número de capas varía de un
elemento a otro y el número de electrones en cada capa también. Los elementos que forman la
primera fila de la tabla, el hidrógeno y el helio, sólo tienen una órbita, en el primer caso con un solo
electrón y el segundo con dos.
En la seguda fila, los elementos tienen dos capas y dos electrones en la primera de ellas, mientras
que varía el número de los de la segunda entre 1 y 8: el litio tiene un electrón en su segunda capa y
el neón ocho. Así se puede seguir con todas las demás filas: la fila tres tiene tres capas de
electrones, la cuarta cuatro, etc. En una órbita n el número de electrones será 2n2. Esto confirma que
los factores cuantitativos, el número de órbitas y el número de electrones en cada una de ellas,
ocasiona cambios o saltos cualitativos.
Si ahora pasamos a estudiar los elementos por columnas, deducimos idéntica conclusión. Podemos
analizar la estructura orbital de la primera columna, donde tras el hidrógeno están los metales
alcalinos y observamos que la distribución de sus electrones en las sucesivas órbitas es la siguiente:

órbita L M N O P Q R Z
hidrógeno 1 - - - - - - 1
litio 2 1 - - - - - 3
sodio 2 8 1 - - - - 11
potasio 2 8 8 1 - - - 19
rubidio 2 8 18 8 1 - - 37
cesio 2 8 18 18 8 1 - 55
francio 2 8 18 32 18 8 1 87
La última columna Z es la suma total de electrones, que si el átomo es neutro, es la misma que el
número de protones del núcleo y se denomina número atómico, que es el que determina su posición
en la tabla.
Todos esos elementos, salvo el hidrógeno, forman un grupo homogéneo de elementos, caracterizado
porque en su última órbita sólo tienen un electrón.
A medida que la tabla avanza, los átomos son cada vez más pesados y más complejos, tienen más
órbitas y más electrones distribuidos dentro de ellas. Para compensar la carga eléctrica creciente de
los electrones, también debe haber más protones en el núcleo. Como todos esos protones tienen la
misma carga eléctrica, aumenta la fuerza de repulsión entre ellos, que necesitan tener más neutrones
para mantener la cohesión interna entre ellos. Hasta el calcio casi todos los átomos de la tabla tienen
el mismo número de protones que de neutrones en el núcleo, pero a partir de ahí el número de
neutrones supera al de protones y los átomos se hacen muy pesados y muy grandes, de manera que
el bismuto, que tiene 126 neutrones, carece de estabilidad nuclear. En los elementos siguientes, la
repulsión interna entre los protones supera a la cohesión, y en todos los elementos se produce la
desintegración de sus núcleos.
En las propiedades de los elementos químicos de la tabla aparece, pues, la continuidad de unos
elementos con otros unida a la discontinuidad y los saltos entre ellos.
No podemos finalizar esta exposición sin glosar la figura de Dimitri Mendeleiev quien, como
escribió J.D. Bernal, fue el Copérnico del sistema atómico (19). Su gigantesca proeza científica,
construyendo para la química moderna la tabla periódica, fue posible porque él fue un opositor
contumaz al positivismo, entonces tan en boga en toda Europa. No es casualidad que fuese ruso y
que estuviera tan notoriamente influenciado por Chernichevski y las corrientes filosóficas
avanzadas de mediados del siglo XIX en aquel país. En contraste con la ramplonería positivista del
momento, nada menos que en sus famosos Principios de Química se atrevió a decir que, además de
los datos y la experiencia práctica, el tema principal de su obra estaba constituido por los principios
filosóficos de nuestra ciencia. A diferencia de los hipócritas, en sus obras científicas no dudó en
exponer abiertamente lo que calificaba como una cierta concepción del mundo porque las ciencias
ni pueden ni deben expulsar de su seno a los teóricos y a los doctrinarios. En fin, Mendeleiev no
sólo no separa la ciencia de la filosofía sino que acertadamente escribió: Las generalizaciones, las
doctrinas, las hipótesis y las teorías son el alma de las ciencias (20).
H He
Li Be B C N O F Ne
Na Mg Al Si P S Cl Ar
K Ca Sc Ti V Cr Mn Fe Co Ni Cu Zn Ga Ge As Se Br Kr
Rb Sr Y Zr Nb Mo Tc Ru Rh Pd Ag Cd In Sn Sb Te I Xe
Cs Ba La Hf Ta W Re Os Ir Pt Au Hg Tl Pb Bi Po At Rn
Fr Ra Ac Rf Db Sg Bh Hs Mt Uun Uuu Uub Uut Uuq Uup Uuh Uus Uuo
Ce Pr Nd Pm Sm Eu Gd Tb Dy Ho Er Tm Yb Lu
Th Pa U Np Pu Am Cm Bk Cf Es Fm Md No Lr
metales alcalinos (grupo 1) artificiales (periodo 7)
metales alcalinotérreos (grupo 2) lantánidos
metales de transición actínidos
otros metales gases nobles (grupo 18)
no metales semimetales
semiconductores líquidos
Notas:
(1) Dialéctica de la Naturaleza, Madrid, 1978, pg.185.
(2) «Cuadernos filosóficos», en Obras Completas, tomo 29, pg.228.
(3) Anti-Dühring, México, 1968, pg.30.
(4) Dialéctica de la Naturaleza, pg.144.
(5) La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(6) Dialéctica de la Naturaleza, pg.63.
(7) «Cuadernos filosóficos», pgs.204-205.
(8) «Cuadernos filosóficos», pg.207.
(9) Lenin: «Cuadernos filosóficos», pg.205.
(10) Matérialisme dialectique et matérialisme historique, París, 1980, pg.104.
(11) Geneviève Darmois: Materia, electricidad y energía, Buenos Aires, 1962, pg.96.
(12) Introducción a la lógica dialéctica, México, 5ª Edición, 1974, pg.244.
(13) D.Gorski: «Carácter anticipado del reflejo de la realidad a nivel del conocimiento humano», en
Problemas actuales de la dialéctica marxista, Moscú, 1974, pg.207.
(14) Materialismo y Empiriocriticismo, § 2, 2.
(15) Dialéctica de la naturaleza, pg.202.
(16) Lógica, Barcelona, 2002, tomo II, pgs.43 y stes.
(17) Anti-Dühring, pg.11.
(18) Dialéctica de la naturaleza, pg.169.
(19) La ciencia en la historia, México, 3ª Edición, 1979, pg.547.
(20) «Tercera carta sobre las fábricas», en Obras Completas, tomo 50, 1886, pg.177.