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Engels y el cálculo infinitesimal

Otro de los grandes asuntos que el foro de Gazte Komunistak suscita es el de la


dialéctica porque, según nos dice un participante, las leyes de la dialéctica no son
universales, sólo se pueden aplicar a las sociedades, pero no a la naturaleza. Cuando un
meteorito cae a la tierra, ¿dónde está la dialéctica?, pregunta.

Con la dialéctica pasa lo mismo que con el burgués Jourdain al que se refería la obra de
Molière. Lo mismo que el burgués hablaba en prosa sin saberlo, todas las ciencias -sin
excepción- hablan dialéctica inconscientemente. No sólo las ciencias sociales y las
ciencias naturales, sino también la lógica formal, la matemática y la geometría.

Vamos a comprobarlo con una de las partes más importantes de la matemática: el


análisis.

A finales del siglo XVII Isaac Newton (1642-1727) y Gotfried Wilhem Leibniz (1646-1716)
aportaron a la ciencia una de sus herramientas más poderosas, el cálculo infinitesimal, que luego dio
lugar al análisis matemático, a las derivadas y las integrales. De la extraordinaria importancia de
este avance del saber, Engels dijo lo siguiente: De entre todos los progresos teóricos, no cabe duda
de que ninguno se encuentra a tan gran altura, como triunfo de la mente humana, como el
descubrimiento del cálculo infinitesimal en la última mitad del siglo XVII. Si existiese alguna
hazaña pura y exclusiva de la inteligencia humana, debemos encontrarla aquí (1).
Sin embargo, desde su mismo origen, el cálculo infinitesimal padeció un aluvión de dudas que aún
no ha remitido por sus supuestos débiles fundamentos científicos. El concepto mismo de
infinitesimal (cantidad divisible evanescente la llamaba Newton) constituía su punto más débil ya
que conducía resultados exactos por medios aparentemente inexactos y muy poco matemáticos, a
saber, despreciando valores muy pequeños pero en ningún caso iguales a cero.
Sin embargo, atraídos por la potencia del método, a partir del siglo XVIII los matemáticos se
lanzaron al empleo de la nueva herramienta, utilizando el análisis de una manera ciega, guiados por
la práctica. El enorme éxito obtenido para resolver un gran número de problemas, no estuvo
acompañado, contrariamente a la imagen de exactitud y rigor que transmite la matemática, por una
comprensión a prueba de críticas de lo que se hacía. Los matemáticos parecían convertirse en
tenderos generosos que despreciaban los céntimos para redondear los precios. El cálculo pareció
algo muy poco riguroso, una mera aproximación cuantitativa a la realidad, aunque de una utilidad
impecable. No se sabía muy bien por qué, pero funcionaba.
Leibniz era plenamente consciente de los problemas y de su incapacidad para resolverlos con un
mínimo rigor y, en una declaración muy poco habitual en él, confesaba: Las cosas infinitas lo más
que podemos hacer es conocerlas confusamente (2).
Una vez más la práctica superaba a la teoría, pero sólo porque los fundamentos de ésta no pueden
encontrarse más que en el materialismo dialéctico. Marx dedicó a este asunto sus Manuscritos
matemáticos, aún no publicados en castellano, y también Engels defendió la legitimidad científica
del cálculo frente a sus críticos. Puede decirse que aún hoy son los únicos porque para los
matemáticos la ciencia no puede fundamentarse en la filosofía, a la que desprecian. Y para ellos el
concepto de infinitesimal no es matemático sino filosófico de manera que prefieren dejar a su
ciencia sin ninguna clase de fundamento.

Las fluxiones de Newton


El cálculo infinitesimal mide el movimiento de los fenómenos naturales, su ritmo y su cambio,
superando la concepción cualitativa heredada de Aristóteles. Hasta el siglo XVII las ciencias
relacionaban unas variables con otras, pero nunca se había concebido que el tiempo fuera en sí
mismo una variable que influía sobre otras variables y que, en consecuencia, los fenómenos
cambiaran con esa variable. Existen magnitudes que no dependen del tiempo, como por ejemplo, el
peso o la carga eléctrica, pero hay otras que dependen del tiempo, que cambian con el transcurso del
tiempo. El movimiento se podía medir cuantitativamente gracias al nuevo instrumento matemático:
El cálculo diferencial permite que las ciencias naturales representen por primera vez, en forma
matemática, procesos y no sólo estados, movimiento (3).
La matemática, escribió Engels, penetró entonces en el terreno de la dialéctica (4). Se impuso de
manera definitiva la noción de magnitud variable o, como la llamaba Newton, fluxión o flujo, que
las ciencias deben considerar de forma dinámica. Así por ejemplo, no tiene sentido hablar de
salarios ni de beneficios si no se concreta que los salarios son cantidades mensuales y los beneficios
son cantidades anuales. En cuanto los conceptos definen estados, son fluentes, y en cuanto cambian,
son fluxiones. Así, el capital, en cuanto estado, se descompone en sus dos partes integrantes: capital
constante y capital variable. Pero en cuanto flujo, el capital se divide en capital fijo y capital
circulante. En un año determinado, el capital depende del capital del año anterior más la plusvalía
acumulada. En el primer caso el capital se mide en unidades de valor, es un fluente, mientras que en
el segundo se mide en unidades de valor por unidad de tiempo, y es una fluxión.
Nuestro mundo está en perpetuo flujo. El capital describe una rotación en el que cambia de forma,
cambia cualitativamente y cambia también cuantitativamente, se incrementa con la plusvalía y
vuelve al punto de partida. El esfuerzo por comprender cuantitativamente este movimiento y
crecimiento da lugar a la creación del cálculo infinitesimal, la derivada y la integral.
Pero la potencia del cálculo infintesimal no sólo concierne al cambio en las magnitudes sino a la
velocidad con la que cambian, lo que la matemática denomina como derivada con relación al
tiempo, que a su vez es también variable y posee también sus fluxiones y así sucesivamente.
La imagen intuitiva más corriente que puede asociarse a la fluxión es la velocidad. La velocidad es
el cociente del espacio recorrido dividido por el tiempo invertido en recorrerlo. Si hemos tardado
una hora en recorrer 100 kilometros, la velocidad ha sido de 100 kilómetros por hora. Pero esto es
sólo una aproximación porque no aporta más que un promedio; para aproximaciones más cercanas e
incluso instantáneas, necesitamos intervalos más pequeños de tiempo y para el cálculo de las
velocidades instantáneas, es decir, de fluxiones, se exigen variaciones infinitesimales de los
fluentes. En términos matemáticos, la velocidad instantánea es la derivada del espacio respecto al
tiempo y la aceleración es la derivada segunda o derivada de la derivada.
De esta forma determinamos la relación entre los fluentes dada la relación entre las fluxiones. La
potencia del cálculo es tal que la operación inversa también es posible.

El sinequismo de Leibniz
Independientemente de Newton, Leibniz fue el otro creador del cálculo infinitesimal, que integra
dentro de una amplia y profunda concepción filosófica preñada de dialéctica.
El filósofo y científico alemán elaboró una teoría donde la noción de infinito desempeñaba un lugar
central. El infinitesimal es una foma de infinito que alude a lo infinitamente pequeño, pero sin
alcanzar nunca el cero. Ambos tipos de números (infinitos e infinitesimales) tienen la misma
propiedad fundamental, que los antiguos filósofos griegos (5) describían afirmando que eran como
esponjas absorbentes: lo finito se aniquila en presencia de lo infinito. Ante el infinito cualquier
número finito es como cero: si al infinito le quitamos uno de sus elementos, sigue siendo infinito, y
si le añadimos un elemento más, sigue siendo igual de infinito. Lo mismo le pasa al cero: cualquier
número finito multiplicado por cero es igual a cero, se anula. Una cantidad es infinitesimal respecto
a otra, no comparable con ella, cuando al sumarse a ella no logra aumentarla, ni disminuirla cuando
se les resta. Luego, podría decirse que es nula respecto a ella. Una playa no deja de serlo porque nos
llevemos un poco de arena pegada a los pies.
Pero a diferencia de Newton, en Leibniz los infinitesimales no son instantes de tiempo ni nada
físico sino algo mucho más general y dialéctico: la interrelación universal de los fenómenos donde
cualquier cambio en la naturaleza provoca reacciones en su entorno, de manera que incluso el más
insignificante de los cambios trae consecuencias. Todo cuerpo se resiente de todo lo que se haga en
el universo, afirma Leibniz (6). En un mundo denso en el que el vacío no existe, cualquier
movimiento provoca un efecto sobre los cuerpos por más distantes que se encuentren. Esto quiere
decir que lo infinitesimal no es algo despreciable, un resto insignificante, sino algo a tomar en
consideración.
También a diferencia de Newton, que era atomista, Leibniz es sinequista, es decir, que defiende la
infinita divisibilidad de la materia: todo continuo es divisible en partes que, a su vez, son siempre
divisibles. Considera esta cuestión como la dificultad fundamental de la filosofía, el famoso
laberinto de la composición del continuo (7), hasta el punto de que llega a hablar de una ley de
continuidad que se expresa en su principio: la materia nunca da saltos (8).
A diferencia de la física, dominada por el atomismo, el sinequismo está sólidamente implantado en
la matemática desde la época de Arquímedes (287-212 a.n.e.) iniciador del postulado de
continuidad. Después de los pitagóricos, en la matemática no ha habido verdadero atomismo; más
bien toda la matemática es un esfuerzo de siglos por comprender el continuo y trabajar con él.
El postulado de continuidad de Arquímedes, que se encontraba ya apuntado en Euclides (9),
establece la divisibilidad infinita de los entes matemáticos y puede formularse gráficamente
diciendo que una magnitud que evoluciona de un valor a otro, en su recorrido toma todos los
valores intermedios entre ambos. Es como si para cruzar un río siempre tuviéramos un puente que
nos evitara tener que saltar por el lecho de una piedra a otra.
Pero el sinequismo de Leibniz y de los matemáticos es erróneo; el postulado de Arquímedes es a la
vez un postulado de la continuidad y de la discontinuidad. Para cruzar los ríos matemáticos tenemos
puentes tanto como piedras pero, además, sucede que, en ocasiones, una orilla no tiene nada que ver
con la otra; el puente une extremos que no son homogéneos.

El pecado original de la matemática


El cambio de las variables se puede calcular mediante una función que las relaciona. Si y=f(x), una
variación de la variable x, que notamos como Δx, produce otra variación de y que notamos como
Δy. Si esas variaciones son muy pequeñas, se llaman diferenciales (infinitesimales o infinitésimos)
y se anotan respectivamente como dx y dy. Si la variable independiente x cambia de x0 a x1 y la
variable dependiente y cambia de y0 a y1, los diferenciales son las diferencias respectivas de ambos
valores; por tanto, restando:
dx = x1 – x0
dy = y1 – y0
Para calcular la derivada de una función cualquiera, por ejemplo la curva parabólica y = x2,
podemos considerar que una variación infinitesimal dx produce una variación también infinitesimal
dy: y+dy = (x+dx)2 = x2+2xdx+d2x; al restar (diferenciar) esta expresión de la ecuación original
desaparece y de un lado y x2 del otro por ser iguales y, en consecuencia: dy= 2xdx+d2x. Entonces
llegaba la ficción: Newton y Leibniz despreciaban el sumando infinitesimal d2x porque estimaban
que era cero y, por tanto, quedaba: dy= 2x dx. Luego, dividiendo ambos lados de la ecuación por dx
obtenían la derivada: dy/dx = 2x.
Esta simple operación matemática pone de manifiesto la concurrencia de tres contradicciones
simultáneas:
el tratamiento de las líneas curvas como si fueran líneas rectas (10). La derivada 2x ya no es una
parábola sino una recta cuya pendiente es constante, lo que significa que en el intervalo
infinitesimal no varía aunque varíen x e y. Esa recta es la tangente a la curva en el punto de partida
y representa lo que variaría la posición en un intervalo si lo hiciera uniformemente, es decir, con
una rapidez constante. Por tanto, no era más que el cálculo de un aumento medio.
la consideración como igual de lo que es desigual. La aproximación se expresa mediante una
ecuación contradictoria: x+dx=x que sólo es posible si dx es cero. Pero dx no es cero sino algo
infinitesimal, es decir, que es casi cero pero nunca exactamente igual a cero. Sin embargo, este
pequeño error se despreciaba afirmando al mismo tiempo que x varía y que esa variación es cero.
Los infinitesimales son a la vez el ser y la nada. Decía Engels que son la negación de las
magnitudes variables, una relación cuantitativa sin cantidad (11).
la descomposición del movimiento continuo en movimientos discontinuos, sucesivos, producidos a
trozos, como por impulsos. Como el error cometido al realizar la estimación es menor cuanto menor
sea el intervalo Δx se puede mejorar la aproximación de Δy dividiendo el intervalo Δx en
subintervalos y suponiendo que la pendiente de la recta 2x varía de un intervalo a otro pero se
mantiene constante dentro de cada uno de ellos. Cuantas más subdivisiones se realicen del intervalo
las estimaciones totales se acercarán cada vez con más precisión al valor real. De ese modo se
alcanza lo continuo a través de lo discreto, de manera que el sinequismo de Leibniz no se podría
entender sin el atomismo de Newton.
Todo eso abrió la caja de los truenos, como escribió Engels: Con la introducción de la magnitudes
variables y la ampliación de su variabilidad hasta lo infinitamente pequeño y lo infinitamente
grande, la matemática, tan rigurosa en general en sus costumbres, ha cometido su pecado original;
ha comido la manzana del conocimiento, la cual le ha abierto la vía de los éxitos más gigantescos,
pero también de sus errores. Se perdió para siempre el virginal estado de validez absoluta, de la
inapelable demostración de todo lo matemático; empezó el reino de la controversias, y hemos
llegado ahora a una situación en la cual la mayoría de la gente diferencia e integra no porque
entienda lo que hace sino por mera fe porque el resultado ha sido hasta ahora siempre correcto
(12).
En efecto, la fe penetraba en la matemática, que hasta el siglo XVII había concebido lo exacto de
una manera estática e inmutable, como válido de una vez y para siempre. ¿Cómo conciliar la
exactitud con la magnitud variable? Si una magnitud cambia, ¿cómo puede resultar exacta al mismo
tiempo?

La perplejidad
Nadie entendió lo que significaban aquellas cantidades divisibles evanescentes. Berkeley afirmó en
1734 que si podemos alcanzar una solución exacta por medio de razonamientos erróneos, entonces
lo mismo cabe decir de la fe, que puede lograr también conocimientos verídicos por vías místicas.
Si el cálculo diferencial vale, también vale la teología. Un artículo suyo llevaba el siguiente título:
El analista, o discurso dirigido a un matemático infiel, donde se examina si los objetos, principios
e inferencias del análisis moderno estan formulados de manera más clara, o deducidos de manera
más evidente, que los misterios religiosos y los asuntos de la fe. En él comentaba Berkeley: ¿Qué
son las fluxiones? Las velocidades de incrementos evanescentes. Y ¿qué son estos mismos
incrementos evanescentes? Ellos no son ni cantidades finitas, ni cantidades infinitamente pequeñas,
ni nada. ¿No las podríamos llamar fantasmas de cantidades que han desaparecido? En sus
Principios del conocimiento humano, el obispo, una de cuyas preocupaciones fue siempre la
matemática, ya había atacado los profundos misterios envueltos en los números así como su infinita
divisibilidad (13). El obispo sostenía que una extensión finita no puede contener un infinito número
de partes. Esa es una curiosa paradoja que repugna el sentido común, decía. No se puede multiplicar
un infinitésimo por ninguna cantidad de la que resulte un número finito; ni siquiera el infinito
multiplicado por un infinitésimo arroja un resultado finito. No existen infinitésimos de infinitésimos
de infinitésimos, así como tampoco infinidad de infinidades ni ninguna cantidad menor que el
mínimo sensible.
Las discusiones siguieron. En la serie de artículos de la Enciclopedia que consagró al cálculo,
D'Alembert estableció una diferencia muy precisa entre Leibniz y Newton, oponiendo el supuesto
embrollo filosófico de uno (Leibniz) a la claridad científica del otro (Newton). Según D'Alembert,
el británico no ha tomado jamás el cálculo diferencial como el cálculo de cantidades infinitamente
pequeñas, sino como el método de las primeras y últimas proporciones, es decir, el método de
encontrar los límites de las relaciones, comprendiendo que la teoría de los límites es la verdadera
base del cálculo diferencial. Por el contrario, criticó a Leibniz porque se puede prescindir muy
cómodamente de toda esa metafísica del infinito en el cálculo diferencial.
Con el fin expreso de sustituir la noción de infinitesimal, Lagrange convocó un concurso de
matemáticos en 1784 en la Academia de Berlín. Pero, ante la falta de respuestas satisfactorias,
publicó su propia solución, tratando de apartar al cálculo de los infinitesimales y de colocar la
noción de derivada en un lugar preeminente. Se proponía vaciar de significado físico a los
diferenciales, evitando identificarlos con los infinitesimales y sacándolos para siempre de la
matemática. El título completo de su obra lo decía todo acerca de su propósito: Teoría de las
funciones analíticas que contienen los principios del cálculo diferencial depurados de toda
consideración de los infinitamente pequeños o evanescentes, de límites o de fluxiones y reducidos
al análisis algebraico de cantidades finitas. En lugar de hablar de dx y dy había que hablar de
dy/dx. El concepto de diferencial dx es confuso; el de derivada dy/dx es transparente.
El éxito de la tesis de Lagrange ha separado a la matemática de sus aplicaciones prácticas en otras
ciencias. Así se refleja en la distinta consideración que tienen de los infinitesimales: en la
matemática no desempeñan ninguna función, mientras en todas las demás ciencias constituyen
conceptos decisivos. La matemática ha renunciado a dar significado al concepto de infinitesimal;
para ella sólo la derivada y la integral tienen importancia. Por el contrario, las demás ciencias –con
otros nombres- siguen aludiendo a los infinitesimales.
Evidentemente, como reconoció Berkeley, Lagrange sólo había sorteado formalmente el problema
para evitar contradicciones, ya que al final es preciso volver a la idea de los incrementos
evanescentes. En el momento de las aplicaciones físicas, como se refleja en su Mecánica analítica,
Lagrange recuperaba el uso de los infinitesimales. Volvía al punto de partida.
Aún en la actualidad la matemática sigue dando rodeos, como los de Lagrange, para eludir los
infinitesimales, y la filosofía burguesa se ha tomado en serio ese esfuerzo quimérico. Por ejemplo,
en España en el prólogo al Anti-Dühring que escribió en 1964, Manuel Sacristán critica la
interpretación del cálculo infinitesimal que Engels realizó cien años antes en aquella obra, por una
perniciosa infuencia de Hegel, porque la noción de infinitésimo es absurda y la de fluxión vaga e
imprecisa. Afortunadamente, dice Sacristán, hoy las viejas antinomias del cálculo inifinitesimal
están superadas por la matemática, que considera las variables como simples signos. A diferencia de
Berkeley, Sacristán no llegó a obispo: no entendió el cálculo pero tampoco a Engels.

En el principio fue la práctica


El concepto de infinitesimal nace de la práctica y sólo se entiende dentro de ella. No es posible
definir a priori los infinitesimales sin definir las operaciones de cálculo de las que forman parte,
porque, como el número y cualquier otra magnitud, un infinitesimal es una comparación, una
relación entre variables: el concepto de magnitud es relativo, decía Leibniz (14). Son esas relaciones
las que definen los infinitesimales, y no a la inversa: la diferenciación define la diferencial. Los
diferenciales no son nada fuera de la operación que les da origen, y eso mismo impide que se las
trate como cantidades determinadas. Querer partir de los elementos es olvidar que los verdaderos
elementos del cálculo son las relaciones: Buscamos las cantidades allí donde necesitaríamos
determinar las relaciones, dirá Leibniz.
Los infinitésimos son especies nuevas de magnitudes engendradas por nuevas especies de
operaciones. Como escribió Leibniz: El nuevo análisis de los infinitos no trata ni de las figuras, ni
de los números, sino de las magnitudes en general [...] Muestra un algoritmo nuevo, es decir una
nueva manera de sumar, de restar, de multiplicar, de dividir, de extraer, incluso a cantidades
incomparables, es decir a aquellas que son infinitamente grandes, o infinitamente pequeñas en
comparación con las demás. La operación x + dx = x no es, pues, ni incorrecta ni inexacta.
Los diferenciales son infinitamente más pequeños que las magnitudes que se diferencian y, en
consecuencia, hay que considerarlas como incomparables entre sí. No se puede operar con ellas
como se opera con magnitudes finitas. Sólo existe error si suponemos que los diferenciales dx son
comparables a x. Con lo infinitamente pequeño sucede lo mismo que con lo infinitamente grande:
respecto a dx la variable x es infinita. No hay ninguna diferencia entre la ecuación ∞ + 1 = ∞ y su
equivalente infinitesimal: x + dx = x. Los infinitesimales también son una esponja aniquiladora, no
añaden ni quitan nada de una cantidad. Tanto se puede decir que dx es un infintesimal respecto a x
como que x es infinita respecto a dx.
Todo esto conduce a una tesis diferente al sinequismo que Leibniz quería defender: la continuidad
no significa homogeneidad, de manera que sí se producen saltos, sí existe la discontinuidad. Como
dirá irónicamente Engels: No hay saltos en la naturaleza precisamente porque la naturaleza está
compuesta por entero de saltos (15). Cuando el postulado de continuidad de Arquímedes alude a
dos valores extremos que se pueden recorrer a través de todos los puntos intermedios, tales valores
extremos deben ser comparables, de manera que se pueda establecer, por ejemplo, una media entre
ambos, una proporción. Entre el 2 y el 3 está el número intermedio 2'5. Pero sólo si se pueden
comparar podremos hablar de magnitudes arquimedeanas, homogéneas. No obstante, hay otras
magnitudes que son incomparables, que nada añaden a aquellas otras a las que se unen: dx no añade
nada a x. Del mismo modo, un punto no añade nada a una recta; no se prolonga una recta
añadiéndole un punto más.

Continuidad y discontinuidad
Por tanto, el postulado de Arquímedes, que los matemáticos califican de continuidad, lo que hace es
introducir la discontinuidad y los saltos en la matemática. Descubre que entre unas magnitudes y
otras no sólo hay diferencias cuantitativas sino también cualitativas de manera que, precisamente a
causa de ello, no se pueden poner en relación. El cero y el infinito, tomados como magnitudes, están
entre las no arquimedeanas. Cuando una magnitud no se puede comparar con otra se dice que es
infinita o, lo que es equivalente, infinitamente grande o infinitamente pequeña en relación con ella.
Por ejemplo, no podemos hallar la media aritmética entre una magnitud finita cualquiera y el
infinito, y entonces decimos que es infinita, que es otra manera de decir que no son homogéneas.
Los números son relaciones entre las cosas y no las cosas mismas y, para que pueda haber números,
las cosas antes se tienen que poder relacionar. No se pueden sumar zapatos y cebollas. En su obra
De la esfera y del cilindro, Arquímedes lo expresó con un cuidado exquisito que no siempre se ha
leido bien: Entre líneas desiguales, superficies desiguales y sólidos desiguales, la parte en la que la
más grande sobrepasa a la más pequeña, sumada a sí misma es capaz de de sobrepasar cualquier
magnitud dada entre las que son comparables entre sí. Este último inciso es la clave: las
magnitudes deben ser comparables y los infinitesimales son magnitudes incomparables con respecto
a las finitas.
300 años antes de nuestra época, Arquímedes ya estaba expresando una aplicación específica de la
ley dialéctica de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos: una
magnitud que, aunque próxima, no es nula, llega a anularse a partir de un determinado momento.
Este postulado es también una aplicación de salto de lo continuo a lo discreto, que requiere, como
dice Leibniz, cierta consideración del infinito y el infinito sigue dando vértigo a los matemáticos (y
a todos los científicos en general). Sólo Engels supo apreciarlo. Es el único que defiende el uso de
infinitesimales sin ninguna clase de complejos, porque –afirma- la diferencia entre una cantidad
cualquiera y un infinitésimo no es sólo cuantitativa sino cualitativa. Lo infinitamente grande no sólo
es diferente de lo infinitamente pequeño sino que entre ambos hay una oposición cualitativa
infranqueable. Entre cantidades tan dispares desaparece toda relación racional, toda comparación y
se vuelven cuantitativamente incomensurables. Los infinitesimales –añade Engels- no son
cantidades imaginarias sino que existen en la naturaleza. Para ello se apoya en el carácter relativo
de las magnitudes. Por ejemplo, las distancias del sistema solar son infinitesimales en comparación
con los años-luz en que se miden las distancias galácticas, y lo mismo cabe decir de unas masas
terrestres en comparación con las de las grandes estrellas del universo, de manera que lo que parece
misterioso e inexplicable en el caso de la diferencial, en la abstracción matemática, aquí parece
tan corriente como si fuese evidente, por lo que se puede afirmar que la naturaleza opera con
diferenciales (16).
Notas:
(1) Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.212
(2) Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, Madrid, 1977, pg.51
(3) Engels, Dialéctica de la naturaleza, cit., pg.216
(4) Anti-Dühring, México, 2ª Edición, 1968, pgs.112-113 y 125
(5) Aristóteles, Metafísica, Madrid, 1985, pg.87
(6) Monadología, 61
(7) Discurso de metafísica, 10
(8) Nuevos ensayos, cit., pg.49
(9) Elementos de Geometría, Libro V, Definición 4
(10) Engels, Anti-Dühring, cit., pg.111
(11) Anti-Dühring, cit., pgs.127-128
(12) Anti-Dühring, cit., pgs.76-77
(13) Principios del conocimiento humano, Barcelona, 1999, pgs.93 y stes.
(14) Discurso de metafísica, 12
(15) Dialéctica de la naturaleza, cit., pg.215
(16) Dialéctica de la naturaleza, cit., pgs.206 y 213