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SOBRE NACIONALISMOS

Algunas anotaciones respecto al programa de El Bosquejo sobre


nacionalismos

El pasado 13 de marzo de 2022 se emitió el programa de El Bosquejo,


en YouTube dedicado a “los nacionalismos” al cual fui invitado a
participar. Siempre he sido bastante reticente a este tipo de
programas porque, por su propia naturaleza, la posibilidad de
exposición, discusión y sobre todo, de aclaración de ideas y
conceptos, es muy limitado. En este caso hice una excepción
considerando la “materia” de la que trata, con la cual he estado
relacionado más de 40 años, desde un punto de vista práctico y
teórico, y cuya culminación ha sido la publicación del libro
Nacionalismo y Revolución. El Estado nación y el Paradigma de la
Revolución Integral. (Potlatch ediciones, 2020). Efectivamente, el
desarrollo de las exposiciones y debate en este episodio de El
Bosquejo dejó patentes las limitaciones señaladas, así, pues, en este
artículo intentaré puntualizar aquellas cuestiones que hubiera
querido dejar plasmadas de forma nítida respecto de mis posiciones
en una cuestión tan transcendental para la revolución como la
llamada “cuestión nacional”, y en todo caso, quedará como material
de consulta.

1º A modo de introducción. "¿Qué es el nacionalismo? Origen y


análisis histórico

En realidad, esta cuestión es tratada en profundidad en el Libro I, de


Nacionalismo y Revolución, titulado El nacionalismo, la filosofía
política del Estado moderno. En este apartado no solamente se
expone de forma positiva la tesis sobre el origen de la ideología
nacionalista en el marco del imaginario moderno, creado a partir del
siglo XVII, sino que se exponen las distintas definiciones y ensayos
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que en los últimos 40 años del siglo XX se han venido realizando por
intelectuales y teóricos del nacionalismo, sobre todo, de aquellos que
vienen haciendo un enfoque desde un nuevo paradigma, ajeno a las
clásicas y conocidas tesis liberales y marxistas.

La primera conclusión a la que llego me conduce a la crítica


“nacionalista” del fenómeno del nacionalismo (no se puede pedir a
un ciego que ayude a otro ciego a cruzar una calle). Ello significa que
debemos partir de un hecho, y es que no existe una “teoría general”
del nacionalismo, no la tiene el liberalismo, ni tan poco el marxismo.

La primera conclusión es que la “filosofía nacionalista” es una


construcción ideológica, proveniente de muchas fuentes filosóficas,
sobre todo, en su vertiente más moderna, a partir del siglo XIX, en
que las contribuciones de Herder y Hegel son decisivas en su
fundamentación, principalmente en sus componentes esenciales: el
emotivo filosófico subjetivista romántico de Herder, unido a la
Filosofía de la Historia de Hegel, y la culminación de ésta en el Estado
moderno. Por ello, el error más clásico es tratar de entender el
fenómeno ideológico del nacionalismo como “cosa en sí”, cuando no
es más que una “filosofía política”, la propia del Estado moderno, al
cual se encuentra indisolublemente unido. Es la revolución liberal la
que crea la ideología nacionalista, desde sus primeras revoluciones,
en especial, la francesa de 1789, o en su concepción “patriótica” en la
versión de la “Declaración de Independencia” americana de 1776,
cuyo contenido y característica dura hasta hoy día en los EE. UU. Por
ello, es esencial comprender la unidad que existe entre la cuestión
del Poder, la cuestión del Estado, y luego, como una consecuencia y
necesidad, la cuestión nacional, elemento clave del imaginario
moderno, primero liberal y luego “social”, en que la izquierda
proletarista la asume íntegramente, en especial el marxismo.

Tesis

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- El nacionalismo, como filosofía política (y religión política)
surge con el Estado nación moderno capitalista, a partir de las
revoluciones liberales, siglo XVII, p.e. y XVIII. La Revolución
Francesa de 1789 constituye el modelo emblemático, que se
termina de definir en el XIX, con las revoluciones europeas, en
especial, la alemana, proceso que culmina en los siglos XIX y
XX, con las revoluciones poscoloniales en todo el mundo.

- El Estado moderno surge directamente del Estado Absoluto,


como necesidad de éste de incrementar su poder,
esencialmente el militar, conforme a la experiencia de guerra
permanente en la Europa bajomedieval entre los poderes
monárquicos. Esa experiencia de lucha permanente por el
poder de los Estados es desde donde se crean las condiciones
esenciales que hacen necesario plantearse el crecimiento del
Estado, y con ello, la condición de incrementar la
participación de las poblaciones en tales conflictos, y su
conformidad y apoyo (para integrar los ejércitos y financiar los
gastos en creciente aumento a partir de los impuestos, etc.).
Las guerras de poder por parte de las clases de la nobleza
europea constituían conflictos bélicos “privados”, con fuerzas
militares mercenarias o aportadas por el poder noble local,
conforme a deberes de vasallaje. La concentración del poder
monárquico en el Estado Absoluto puso en evidencia la
necesidad de dos cuestiones: mejorar la eficacia de los
ejércitos con la milicia profesional, y hacer de la guerra una
cuestión “general”, involucrando a las poblaciones, cuestión
que se expande con el advenimiento del Estado nación
moderno capitalista, cuyos ejemplos más patentes son la I y II
Guerras Mundiales en que las poblaciones fueros objetivos
militares (bombardeos sobre Londres, Dresde, Hiroshima y
Nagasaki, etc.)

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- Para alcanzar estos objetivos de incorporar a las poblaciones a
las estrategias de poder de los Estados, se requiere una
doctrina política basada en una especie de contrato social
(modelo Rousseau), a fin de convertir a los sujetos de los
pueblos y comunidades sometidos, a la condición política de
ciudadanos (sobre la base de la falacia derechos y deberes).
Esta es la base de la revolución liberal (Bill of rights,
declaración de derechos. etc.). Decían los revolucionarios
franceses: “Ya tenemos a Francia, ahora tenemos que hacer a
los franceses”. Con ello nos indican claramente que “la
nación” y sus integrantes, como “ciudadanos nacionales”, son
un invento, un imaginario, un relato, al que se le asocia toda
una narrativa “histórico-cultural” justificativa.

- La esencial de todo Estado: Solo comprendiendo


correctamente la cuestión del Estado, se puede entender la
esencia de la ideología nacionalista, como parte sustantiva de
la misma. Para ello, debemos recurrir a los fundamentos más
básicos del Estado, a la descomposición en sus partes
esenciales: Tal y como se recoge en cualquier manual de
Derecho Político, todo Estado se compone de tres elementos
esenciales: Poder-Población-Territorio. Es decir, que podemos
definir al Estado (y al moderno aún más), como: Aquel poder,
esencialmente militar, que se ejerce sobre una población
determinada (constituida por distintos pueblos y comunidades
humanas), circunscrita a un territorio concreto. Es decir, que
podemos sistematizar la idea literal en forma del relato
siguiente: un grupo de bandidos, por la vía de la fuerza,
somete a unas poblaciones asentadas en territorios concretos,
a las cuales explota de forma sistemática, y su tendencia
“natural” es a la expansión de dicho poder.
Por ello F. Engels definía al Estado, con acierto, como “la
violencia organizada”, y M. Weber como “la jaula de hierro”.
Lenin amplía esta definición: Por ser un órgano (el Estado) que
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beneficia a la minoría sólo puede mantener el sistema que les
favorece mediante la coerción, la fuerza. Esta fuerza se
emplea a través de destacamentos especiales de hombres
armados que disponen de cárceles y otros elementos (cuestión
que, posteriormente, el Estado soviético en manos de Stalin,
aplicó con mucha “eficacia”.
-
Por tanto, es esencial para el Estado nación moderno, dotarse
de una ideología justificativa: el nacionalismo. Ya no se
sostiene el poder en los Estados modernos por una “gracia
divina”, o una “fidelidad” a un “monarca concreto”, sino que
ha de existir una causa basada en una ficción: debe crearse
una idea de comunidad, la nación, que integre a una
población homogénea, una cultura, un idioma, una
educación…una economía, de tipo nacional... Se imagina, por
tanto, LA NACIÓN.
El discurso de todo nacionalismo (cívico o étnico), tanto si está
constituido como Estado nación, como si se encuentra en una
fase reivindicativa, sin Estado, es el mismo: la utilización de la
idea identitaria de la natio (del latín: nacido en…). Ambos
comparten, ficticiamente, un mismo argumento: el “origen”:
étnico, cultural, lingüístico, geográfico, etc., para reivindicar el
“derecho”… a un Estado propio. Es decir, que “libertad
nacional” es idéntico a Estado propio, no hay más.

Las primeras revoluciones promotoras del Estado nación


moderno, por estar basadas en “derechos y libertades” frente
al absolutismo, dieron lugar a los grandes Estados nación
cívico-liberales: Holanda, Inglaterra, América, Francia. (XVII-
XVIII). Posteriormente, los Estados nación que surgen desde el
siglo XIX deben buscar más argumentos identitarios, y así
surgen los modelos de Estados nación étnicos: Alemania,
Europa del Este, y resto de Europa. En Latinoamérica, se
constituyen los Estados nación modernos, de base cívica, por
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una clase dominante criolla, a partir del genocidio de los
indígenas acometido por los colonialistas españoles y
portugueses en siglos anteriores, según el modelo
experimentado en las islas Canarias en el siglo XV.

En el siglo XX, conocemos la expansión de innumerables


Estados nación modernos, en Asia, Medio Oriente y África, la
inmensa mayoría fallidos. La razón es bien sencilla, los
modelos de Estado nación surgen en Europa por razones
históricas, pero en los territorios colonizado por los europeos,
se establecieron como creaciones neocoloniales conforme a
las posesiones concretas de cada potencia colonial europea,
con lo cual, el caos fue aún mayor que el provocado en
Europa puesto que las comunidades y pueblos sometidos a un
mismo poder estatal estaban incluso en estadios civilizatorios
diferentes, no solamente étnicos, generando conflictos entre
comunidades y genocidios en todo el siglo XX.

En el Estado español, una cultura dominante, la propia del


Estado Absoluto que viene desde la centralización del poder
con los Reyes Católicos en 1492, definida como
“españolismo”, de base castellanizante, se impone al resto de
culturas de cada ámbito territorial dominado, se impone con
ello una idea de “España”, como identidad cultural,
sometiendo a las comunidades con identidades específicas
que existían en las localidades de la Península, sobre todo en
Euskal Herria, Galiza, Catalunya, compartiendo además parte
de tales comunidades con la opresión del Estado francés y
portugués.

Gracias a esta idea de nación, el nacionalismo, como ideología


del Estado, pudo incorporar a toda la población en el proyecto
estatal.

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2 "¿Qué es el Derecho de autodeterminación?"

Surge políticamente con la doctrina W. Wilson, con su adaptación de


la tesis liberal de Kant sobre la autodeterminación del individuo, pero
aplicada a los pueblos (en realidad, orientada a la constitución de
Estados nación) en la forma conocida del derecho de
autodeterminación de naciones o pueblos, de la que el leninismo hizo
bandera.

En 1918, unos meses antes del fin de la I Guerra Mundial, el


presidente estadounidense Woodrow Wilson propuso una serie de
medidas que debían ilustrar no solo la gestión del final del conflicto,
sino, idealmente, las relaciones internacionales entre Estados a partir
de entonces. En sus famosos “14 Puntos”, Wilson no solo creó el
germen de la posterior Sociedad de Naciones, y lo que luego sería la
ONU; sino que también avanzó lo que posteriormente se
desarrollaría como el principio de autodeterminación de los pueblos,
naciones, Estados, entendido como el derecho de algunos pueblos o
naciones (en realidad Estados) particularmente los pertenecientes al
antiguo imperio austrohúngaro a fin de constituir Estados
independientes. Esa consigna obedecía a la política imperialista de
los EE. UU. del momento, de ampliar su influencia en el mundo, y de
apropiarse de las neocolonias ante el declive de las metrópolis
imperiales europeas, sobre todo de la Inglaterra colonial, y meter
baza en el imperio austrohúngaro, en fase de descomposición. Es la
transición entre el colonialismo del siglo XIX al neocolonialismo del
XX.

Lenin y Stalin copian esta fórmula wilsoniana, defendida por toda la


izquierda posteriormente…no solamente por los partidos marxistas,
sino los mismos nacionalistas anticolonialistas de todas las
tendencias.
Dice Lenin: “El derecho de autodeterminación de las naciones
significa exclusivamente el derecho a la independencia en el sentido
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político, a la libre separación política de la nación opresora.
Concretamente, esta reivindicación de la democracia política significa
la plena libertad de agitación en pro de la separación, y de que ésta
sea decidida por medio de un referéndum de la nación que desea
separarse”. (Obras Completas, t. XXII, p. 158). Lo que no dice Lenin es
que esta “separación” implica la constitución de un Estado propio e
independiente, un Estado al fin. Por ello, es la consigna preferida de
todo el nacionalismo radical.
Pero, ¿y que es la nación? Nos lo aclara Stalin.
Dice Stalin:
“[La] nación es una comunidad humana estable, históricamente
formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de
territorio, de vida económica y de psicología, manifestada esta en la
comunidad de cultura”.

El problema surge, no en la definición de Stalin, sino en su aplicación


por los Estados, en que NACIÓN, es un IMAGINARIO, pues no se dan
jamás en las reivindicaciones nacionalistas sin Estado las condiciones
de “comunidad humana estable”, ni “históricamente formada”, ni
“unidad de idioma”, ni “cultura” y o “psicología común”. Lo que
existe en todas las reivindicaciones nacionalistas de un Estado propio
es una población circunscrita a un territorio a la que se impone ese
imaginario mediante las tradiciones inventadas. Un ejemplo reciente
lo tenemos en el Estado de Ucrania, donde existe un territorio
multiétnico y multicultural, al cual se le adjudica un Estado, en el
siglo XX, mediante determinadas conveniencias de las élites
dominantes de mayoría ucraniana con el Estado soviético, primero y
ruso, después, pero sometido a la presión dominante del
imperialismo occidental. Históricamente, la condición de la existencia
de una “nación” étnica y culturalmente pura, con los requisitos
establecidos por Stalin, simplemente no existe. Y aunque existiera,
jamás su liberación implicaría constituirse en Estado, en aparato de
poder coercitivo.

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Insistir en que la cuestión más grave es que se asocia a tal entidad
una alternativa “democrática”, la autodeterminación, cuya condición
de existencia es la constitución de un aparato de poder coercitivo: El
Estado. Ese es precisamente el “talón de Aquiles” de todo
nacionalismo, su condición de ser, su fin, la constitución de un Estado
propio; de tal forma que toda la estrategia del nacionalismo
reivindicativo no significa más que la pretensión de las élites
dominantes de poseer un Estado, esto es, un aparato de poder desde
donde oprimir y explotar a sus propias comunidades y pueblos
abarcados territorialmente.

3. "Los nacionalismos en la Península ibérica, desde su origen hasta


el presente"

Este apartado, esencialmente, se explica en el Libro II del texto


Nacionalismo y Revolución antes citado, titulado Hispania, Estado y
Nación.

En realidad, comprender lo esencial del nacionalismo en el ámbito


del Estado español es más una cuestión de análisis histórico concreto
que de teoría política. Por ello, comprender de forma objetiva la
composición de las comunidades y pueblos incorporados al actual
Estado español requeriría entender la historia en un amplio periodo
de tiempo. Básicamente deberíamos remontarnos a los movimientos
migratorios de los pueblos originarios de la Península Ibérica desde el
siglo X a.n.e. en sus procesos de asentamiento en los territorios del
actual Estado español, y parte de Francia y Portugal. Finaliza esa
primera etapa en el siglo XIV d.n.e., en el momento en que se
constituye una unidad política en la Península sobre la base del poder
de la monarquía de los Reyes Católicos. Es el Estado que en ese
momento se instituye, el que dará lugar, en su desarrollo, al modelo
concreto de Estado nación que caracteriza al “español” del siglo XIX y
XX.

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Hitos de este periodo son: La romanización de la Península Ibérica, a
partir de las guerras del imperialismo romano contra las
comunidades y pueblos ya asentados en la Península, que no se
reducían solamente a los conocidos pueblos celtas, astures,
cántabros, vascones, celtibéricos o lusitanos, según los historiadores
clásicos, en realidad habían más de 40 familias lingüísticas en la
Península, indicativo de la existencia de decenas de pueblos
diferenciados. El dominio romano deja sobre todo una herencia
jurídica que será determinante para el ejercicio del poder de las élites
mandantes del futuro.

Posteriormente, dos acontecimientos serán de relevancia particular


en la composición futura de las comunidades y pueblos: Uno, La
impronta visigoda y el mundo resultante en la Península Ibérica en
cuanto a la distribución del poder. El otro, la invasión musulmana del
711, y los cambios poblacionales y territoriales que ello provoca.

Sin embargo, el proceso más complejo, por su larga duración y


cambios cualitativos y cuantitativos en cuanto a la distribución
poblacional en el ámbito territorial de la Península fue, sin duda, el
proceso de Reconquista/Repoblación/Cristianización de las
comunidades de la Península Ibérica (En realidad, esta es una
terminología iniciada en el siglo XIX, puesto que con anterioridad se
la había denominado como “restauración de los reinos antiguos”). Un
periodo de tiempo tan amplio, de 780 años, desde el 711 hasta 1492,
en que son vencidos los musulmanes, en realidad es indicativo de
que se han debido necesariamente producir profundos cambios
poblacionales que trastocaron en buena medida la configuración
heredada de la Hispania visigótica. Movimientos poblacionales
continuados, desde el norte hacia el sur, no solamente como
consecuencia de las campañas militares, sino por el criterio político
de fomentar la repoblación con la finalidad de asentar unas
comunidades humanas capaces de ir cercando el dominio musulmán,
manteniendo un nivel de población permanente en los territorios
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conquistados necesarios para su defensa, al menos, hasta los
territorios de la llamada extremo-Duero, que daría el nombre a
Extremadura. Sabemos que este proceso fue un hito importante en el
desarrollo de la época alto medieval, de la experiencia concreta de
comunidades regidas por el concejo abierto, como formas de
gobierno local, milicias concejiles, del comunal, y de los pactos
otorgados entre el poder monárquico y los pueblos repobladores en
forma de fueros.

Una tercera fase de este proceso de constitución del actual Estado


nación moderno español fue sin duda la subyugación de los pueblos
ibéricos, con la derrota del modelo de organización política
comunalista en el proceso de desarrollo del Estado, que culmina en el
siglo XIV con la consolidación de un poder estatal centralizado a nivel
del Estado. La circunstancia o hecho histórico de que las élites
fundamentales detentadoras del poder del Estado fueran de origen
castellano (Isabel de Castilla), producen el fundamento de la base
ideológica españolista-castellanizante identitaria del Estado, ya desde
el siglo XIV, cuestión que no hace sino profundizarse en las luchas y
conflictos con las élites de otros territorios como Aragón, Catalunya,
Navarra, etc. , hasta el mismo siglo XIX en que, la revolución liberal
adopta claramente la ideología nacionalista españolista heredada de
la propia monarquía absoluta. La revolución liberal que se inicia en el
siglo XIX, como toda política propia del Estado moderno en ciernes,
“inventa” la nación española, y una “cultura española”, de base
castellanizante, en una torticera tergiversación de la verdadera
cultura popular y concejil de origen castellana, mostrando a las
poblaciones rurales como “atrasadas”, y a las personalidades de sus
integrantes como “brutos e ignorantes”, proceso que ya venía de
muy atrás, desde el Barroco (segunda mitad del siglo XVI hasta la
primera mitad del siglo XVIII, como explica brillantemente José
Antonio Maravall en La cultura del Barroco. Análisis de una
estructura histórica).

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El siglo XIX es el siglo de la invención de “España”, y de su ideología
nacionalista de base españolista-castellanizante, como arquitectura
ideológica clave en el pretendido resurgimiento de un Estado nación
español capitalista moderno. Hay dos ensayos que explican
históricamente este hecho, como acontecimiento histórico
incontrovertible: La novela de España (Javier Varela), y La invención
de España (Henry Kamen), entre otros.

La configuración definitiva del Estado nación moderno español se


refleja en los diferentes procesos constituyentes desarrollados en los
siglos XIX y XX, desde aquellos que se han dado con textos
constitucionales de contenidos liberales, hasta los de tipo
conservador, igual de derechas o de izquierdas. Ningún texto
constitucional, hasta su culminación con la Constitución del 78,
pactada ésta entre las fuerzas políticas neofranquistas y la izquierda
del PCE-PSOE, ha dejado de contener el componente nacionalista
españolista como ideología política del Estado.

En realidad, la única “oposición” a la definición españolista del


nacionalismo del Estado nación español ha venido desde otra
ideología nacionalista: el nacionalismo sin Estado. En la Transición y
post- Transición, los MLN de Euskal Herria, Catalunya y Galiza y en un
sentido diferenciado Canarias, fueron la única oposición real al
proyecto renovador del Estado nación español, pero lógicamente
desde paradigmas estatistas y nacionalistas propios del nacionalismo
radical según el modelo poscolonial (El proceso de la independencia
de Argelia como emblema).

En el momento presente, a partir del procés de Catalunya, nuevas


élites nacionalistas de clase media-alta, a la vista del fracaso histórico
del nacionalismo radical, liquidados de sus últimos restos con la
“firma de la paz” por ETA en 2011, se disputan la dirección del
proceso y plantean un reto al Estado, reto que, salvo que se den

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condiciones históricas muy complejas, tendrá el mismo resultado
frustrado que el proceso radical anterior.

4. "¿Existe una alternativa revolucionaria?"

En una situación histórica como la presente, solamente puede haber


una auténtica perspectiva para la liberación de las comunidades y
pueblos de la opresión del Estado nación moderno español: la
revolucionaria de transformación integral que ha de establecer una
estrategia de liberación real para todas las comunidades y pueblos
oprimidos incorporados a la fuerza y explotados por el Estado
español, estrategia basada en el derecho a su libre determinación, a
autoconstruirse libremente, sin ninguna interferencia alguna,
respecto de su vida comunalista, su cultura, su autogobierno de
democracia directa y economía comunal.

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1) El ESBOZO DE PROGRAMA, criterios:

El derecho a la libre determinación es el derecho de todas las


comunidades y pueblos, autoconstruidos y autoconscientes, a
determinar sus destinos, sin que nadie (ni Estado, ni otra comunidad)
tenga la potestad de inmiscuirse en la vida de cada comunidad, ni
atentar contra su cultura, sus hábitos y costumbres, a poner trabas a
su idioma, o a restringir sus derechos individuales y civiles. Los
vínculos entre comunidades, en beneficio de la fraternidad,
convivencialidad, moralidad, condiciones de vida y equilibrio del
medio ambiente natural, se establecen bajo el principio del beneficio
mutuo, con respeto escrupuloso de la soberanía de cada comunidad,
en todo momento.

2) IMPLICACIONES ESTRATÉGICAS Y TÁCTICAS:

Primero. - La libre determinación de las comunidades y los pueblos


oprimidos por los Estados nación modernos capitalistas o por
Estados-multinacionales federales o confederales, no podrá
alcanzarse de la mano de las instituciones de poder de los Estados o
de instancias de carácter internacional, apadrinados por éstas, y a
través de instrumentos democraticistas como el derecho de
autodeterminación, apadrinado por la ONU y el imperialismo.

Segundo. – La historia del siglo XX ha demostrado sobradamente que


no podrá conseguirse una verdadera libre determinación de
comunidades y pueblos oprimidos a través de hipotéticos procesos
«democráticos» estatistas, provenientes de las instituciones
representativas de los Estados, ni mediante ejercicios democraticistas
por medio de referéndums, a través de hipotéticos o reales procesos
armados de liberación nacional propugnados por el nacionalismo, o
la izquierda, igualmente nacionalista, cuya finalidad es la constitución
de un Estado.

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Tercero. - La libre determinación de las comunidades y pueblos
oprimidos será parte del proceso de Transformación Integral o
Revolución Integral, de nuevo tipo. Esta justa reivindicación forma
parte del Programa Estratégico de ese proceso de Transformación
Integral, y ha de plantearse de forma conjunta e integrada en el total
de transformaciones revolucionarias a efectuar.

Cuarto. - El proceso de libre determinación de comunidades y


pueblos será parte de la revolución política necesaria, pero también
parte sustancial de las transformaciones a realizar en la conciencia,
en la construcción política de un sujeto capaz de sostener una
sociedad convivencial, igualitaria, defensora de los valores propios de
una moral de esfuerzo y servicio orientada hacia el bien común, con
respeto de las culturas, con libertad de conciencia, libertad política y
civil para todos y todas. Dentro de esta esencial transformación
política, debe contemplarse, como requisito liberador del ser
humano, la eliminación del trabajo asalariado y servil de cualquier
forma, con la incorporación -en condiciones de igualdad- de la mujer
a las tareas centrales de la sociedad, y sin discriminación alguna, en
razón a la etnia, sexo o cualquier otra orientación personal o social
que deberá quedar en el ámbito estricto del conjunto de libertades
políticas y civiles.

Quinto. – Un pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser


libre….La libre determinación de las comunidades y pueblos
oprimidos por los Estados-nación modernos capitalistas, por su
propia esencia, respetará las identidades de los distintos pueblos y de
las comunidades con los cuales se relaciona. La forma de relación
entre los diferentes pueblos y comunidades entre sí será igualitaria,
alcanzándose entre éstos aquellos acuerdos de convivencia,
cooperación y colaboración que las comunidades estimen oportunos
para el beneficio de sus respectivos pueblos, que podrán revestir
determinadas formas confederadas que superen las actuales
fronteras políticas entre Estados-nación modernos capitalistas.
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Sexto. - Las diferencias religiosas, étnicas o civiles no podrán
constituir elementos de diferenciación en el seno de los integrantes
de las comunidades, puesto que la democracia omnisoberana
implicará la más completa libertad de conciencia, civil y de libre
expresión de las ideas para todos sus miembros. Las comunidades
«sin historia», artificiosamente surgidas a partir de la creación y
expansión del Estado nación moderno imperialista (como las grandes
ciudades y áreas metropolitanas), deberán considerar, como base de
las relaciones de identidad, los elementos culturales comunes que les
van definiendo, con respeto escrupuloso de la libertad de conciencia
y de los derechos civiles de todos los integrantes de cada comunidad
concreta.

Séptimo.- Los procesos de desarrollo estratégico específicos de la


libre determinación de comunidades y pueblos, deberán tener en
cuenta las circunstancias históricas, las costumbres y las experiencias
de cada pueblo y/o comunidad a la hora de establecer los
mecanismos imprescindibles de determinación de objetivos,
acumulación de fuerzas, etc., a fin de destruir al enemigo principal, el
Estado nación moderno capitalista, mediante aquellos sistemas de
democracia directa que les sean propios, incluyendo necesariamente
la previsión de la autodefensa de las comunidades con aquellas
milicias populares que en cada caso se constituyan.

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Octavo. - En nuestra época histórica, el nuevo paradigma en el
ámbito de la táctica deberá tener como objetivo final la consecución
de un tipo de sociedad convivencial humana basada en los principios
de la auténtica libertad (de conciencia, personal, civil y política),
democracia directa, autosostenibilidad, apoyo mutuo y la fraternidad
universal. Debe, por tanto, apoyar, crear y fomentar los procesos de
autoorganización directa de las comunidades y pueblos, donde
quiera y como quiera que éstas se encuentren y mediante el uso
creativo de todos los mecanismos políticos que permitan la
acumulación de fuerzas en la perspectiva estratégica.

Noveno. – El fin de la solidaridad y la fraternidad inter-popular: La


defensa de la identidad cultural de comunidades y pueblos no ha de
servir para dividir o enfrentar a sus integrantes, ni a estas con otras
comunidades, sino para complementar y enriquecer su natural
variedad, partiendo de la necesidad de comprender que las “raíces”
identitarias son inseparables de las propias del cuerpo y el alma, y,
por tanto, de la esencia concreta humana.
KL

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