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LA ECOLOGÍA Y LA CRISIS DE LA MODERNIDAD

LA ILUSTRACIÓN COMO IDEOLOGÍA DE LA MODERNIDAD Y SUS LÍMITES

En los tiempos que corren caben ya pocas dudas de que la Humanidad debe afrontar graves peligros
ecológicos. Sin embargo, se trata de hacernos creer que estos graves peligros son sólo un fruto perverso de
prácticas poco sofisticadas, de manera que una vez corregidas esas prácticas, la Humanidad no tendría que
sentir la amenaza que pesa sobre nuestros ecosistemas.
Por mi parte, pretendo demostrar aquí que esas amenazas ecológicas no son sino la consecuencia inevitable
del mundo que llamamos "moderno", de manera que solucionar esos problemas implica la necesidad de
superar la ideología de la Ilustración y los valores de la Modernidad. Algunas de las críticas que he recibido
cuando he expuesto este tema me hacen pensar que cuando hablamos de Ilustración y Modernidad, en
realidad no sabemos con gran precisión de qué estamos hablando. Por esta razón considero útil que nos
hagamos una reflexión sobre ambos conceptos.
Denominamos "Ilustración" a la ideología formada por síntesis a partir de una serie de intelectuales y filósofos,
en su mayoría del siglo XIX. Ninguno de estos autores que se van a citar elaboró por sí solo lo que llamamos
"ideología ilustrada" (y ni siquiera fue consciente de que existiera lo que hoy llamamos "Ilustración"), sino que
ésta es el fruto de una síntesis realizada posteriormente a ellos.

I.- LOS "MAESTROS PENSADORES"

La Ilustración es la obra de una infinidad de pensadores e intelectuales, pero para facilitar su comprensión nos
limitaremos a aquellos más destacables por su influencia posterior.
A) Newton y Descartes.
Isaac Newton y Renè Descartes suelen ser colocados en la base de todo pensamiento ilustrado. De entre la
ingente producción intelectual del primero destaca especialmente su Ley de la Gravitación Universal. La
importancia de esta "Ley" sobrepasa, con mucho los estrictos límites de la Historia de la Ciencia. Al afirmar que
el orden que existe en el Universo, en el Cosmos entero, no es fruto más que de una ley física, asestó un golpe
definitivo a la idea de Providencia Divina. Hasta entonces las distintas religiones habían subrayado que si el
universo era un Cosmos y no un Caos eso se debía a la constante acción de la Providencia Divina. Newton
echó por tierra esta visión "mágica". El que el hombre, tan sólo con el poder de su razón y con métodos
científicos, hubiera hecho tan sensacional descubrimiento estimuló a muchos otros pensadores a hacer lo
mismo pero en otros campos distintos, es decir, a descubrir las Leyes Generales de la historia; por citar
algunos ejemplos, Adam Smith ("El origen de la riqueza") buscó la causa de la riqueza de las naciones; Herder
("Ideas sobre la Filosofía de la Historia") trató de encontrar las leyes que regían la historia de los pueblos; Von
Clausewitz ("De la Guerra") trató de encontrar las razones que explicaban los conflictos armados; Darwin ("El
origen de las Especies") trató de explicar la evolución de las formas de vida sobre el planeta...
Descartes es el otro gran "maestro pensador". Su famoso "cogito ergo sum" (pienso, luego existo) supone una
auténtica revolución antropológica. Hasta ese momento el hombre se había concebido a sí mismo como una
creación divina. Descartes (que por otro lado era creyente en Dios) al hacer esta afirmación está realizando
una profunda subversión, ya que el hombre no se auto-concibe o auto-califica como hijo de Dios (o de los
dioses) sino que se auto-define fundamentalmente como ser racional. Su "humanidad" y su misma existencia
ya no son un don divino sino un resultado de su racionalidad. La Razón pasa además a ser la primera y
fundamental de las cualidades humanas. Y el "Racionalismo" va a ser uno de los calificativos claves que se
apliquen a la idea de "Modernidad".
A partir de Newton y Descartes se inicia lo que Weber llamó el "desencantamiento" del mundo. Los mitos y los
ritos, elementos claves en el mantenimiento y regeneración del Mundo Tradicional, empezaron a ser demolidos
uno tras otro.
B) Los teóricos políticos.
John Locke no es un simple teórico político; su obra es fundamental en otros muchos aspectos del
pensamiento humano, como la epistemología. Pero su influencia más perdurable es la de analista político. A
partir de la experiencia de la Revoluciones Inglesas y del orden político que surgió de ellas, Locke elabora una
nueva formulación de qué debe ser una sociedad política, cuáles deben ser sus fines y cuál su funcionamiento.
Resumida en una forma muy simple, Locke viene a afirmar que la Sociedad existe con el único fin de permitir
que sus individuos se enriquezcan y puedan disfrutar libremente de sus bienes; los hombres "entran en
sociedad para la preservación mutua de sus vidas, libertades y bienes, lo que llamó con el nombre general de
propiedad". Si el poder político contraviene esta ley básica, los ciudadanos tienen todo el derecho a derrocarlo.

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Así pues, la Sociedad ya no debe fijarse ningún fin "trascendente" ni puede exigir a sus miembros "sacrificios"
que sean contrarios al bienestar individual.
En Francia, el ejemplo de las Revoluciones Inglesas y del peculiar sistema parlamentario que fue su fruto
también estimularon a muchos pensadores. Voltaire destaca más que por su aportación de nuevas ideas, por el
trabajo de crítica y deslegitimación del orden político existente: sus ácidos ataques a la nobleza y a la Iglesia,
así como al absolutismo, contribuyeron de forma decisiva a derrocar al Antiguo Régimen.
Jean Jacques Rousseau, por su parte, atacó la tradicional concepción teocrática del poder político (el poder
viene de Dios al Rey; como el poder de Dios es absoluto, el del Rey debe serlo también) y formuló la teoría del
Contrato Social. Desde su punto de vista, el hombre "en estado de naturaleza" es básicamente bueno, pero la
Sociedad entonces existente, donde la autoridad era de origen divino y establecía las leyes que le apetecía,
creaba injusticias, pobreza, etc., corrompiendo la bondad natural del hombre. Esto dejaría de ocurrir si la
soberanía existente en esa Sociedad estuviera en manos de sus individuos que, de esta manera, podrían
elaborar leyes o elegir políticas que no fueran contra su "bondad natural". La soberanía, así pues, debía estar
en el pueblo y los hombres debían agruparse gracias a un "Contrato Social". Recordemos que hasta ese
momento los Estados existentes solían ser fruto de conquistas, de herencias o matrimonios dinásticos, etc.
Thomas Hobbes llegó a las mismas conclusiones (el Estado debía basarse en un Contrato Social) pero por un
camino totalmente distinto. Para Hobbes, el hombre era intrínsecamente perverso ("el hombre es un lobo para
el hombre") y los seres humanos por naturaleza no pensaban sino en robar y expoliar a otros seres humanos.
Para evitar esta perpetua lucha, los hombres debían ceder parte de su autonomía a un Estado, que mediante
un poder dictatorial y un uso constante de la violencia, limitara nuestras perversas tendencias naturales. Pese a
su diferente origen (el optimismo antropológico de Rousseau, el pesimismo antropológico de Hobbes) y a su
distinto proyecto (una República asamblearia, en Rousseau, una Dictadura feroz, en Hobbes) en esencia, su
concepción del Estado, de la Sociedad, es la misma: surge por libre determinación, por expresa voluntad de los
individuos. Son los Individuos los que, de forma libre y voluntaria, crean la Sociedad, no la Sociedad la que
genera a los Individuos.
A un nivel de resultados prácticos esta idea del Contrato Social se traduce en que todo Estado moderno se ha
dotado de una Constitución, que no es otra cosa que la plasmación del Contrato Social concreto que rige esa
sociedad determinada.
Menor alcance tiene la teoría de Montesquieu. Este aristócrata, con el fin de limitar el poder absolutista de los
reyes y conseguir de esa manera que la nobleza recuperara sus parcelas de poder, sugirió que el Estado debía
organizarse en tres poderes, el Legislativo (Parlamento), el Ejecutivo (Gobierno y Administración) y el Judicial,
todos los cuales debían ser autónomos de forma que se limitaran mutuamente. Esta idea se ha incorporado a
la teoría política moderna y todos los Estados afirman, al menos en el plano teórico, estar compuestos por tres
Poderes distintos.
La teorización política de estos pensadores vino a poner fin a los tres pilares teóricos en que se basaba la
sociedad política tradicional:
a) La concepción holista (del griego "holos", totalidad) que afirmaba que el todo estaba por encima de sus
partes, de manera que la Sociedad era la que tenía derechos sobre sus individuos (y por tanto podía
imponerles "roles" sociales, normas de conducta, etc.)
b) La concepción organicista, que presentaba a las sociedades como un todo orgánico, dentro de los
cuales era inconcebible que unas partes se enfrentaran a otras (en un Cuerpo humano sus distintas partes
cumplen distintas funciones, unas más "nobles" -la cabeza, el corazón- y otras más "prosaicas" -el riñón, el
bazo-, pero ninguna parte del cuerpo se subleva contra la otra para protestar por su función; de la misma
manera en una Sociedad a unos les tocaba ser reyes, a otros nobles, a otros campesinos, pero no por ello
deben enfrentarse).
c) La concepción teocrática, en virtud de la cual el origen de toda soberanía era Dios, quien lo entregaba
a sus vicarios en la Tierra - los reyes- para que lo ejercieran sobre el pueblo.

II.- LA INVOLUCIÓN DE LOS VALORES

La Ilustración se podría resumir en un proceso de "desencantamiento" del mundo y en una profunda


"transvaloración" o involución de valores.
Éste podría ser un esquema de esta involución tomando los siguientes parámetros:

SOCIEDAD SOCIEDAD
TRADICIONAL ILUSTRADA
Principal cualidad humana FE RAZÓN

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Fuente de conocimiento REVELACIÓN CIENCIA
Objeto de conocimiento PROVIDENCIA NATURALEZA
Idea social dominante TRADICIÓN PROGRESO
Aspiración suprema del hombre SALVACIÓN FELICIDAD
Forma de lograrla BIENESTAR
ESTADO DE GRACIA
(cuantificable: la pro-
(no cuantificable)
piedad de las cosas)

Estas antítesis se pueden resumir: frente a una sociedad, la tradicional, eminentemente religiosa, se forma una
sociedad, la ilustrada, concebida en torno a valores explícitamente economicistas.
En el ámbito de la teoría social política la involución vendría marcada por estas antítesis:

SOCIEDAD TRADICIONAL SOCIEDAD


ILUSTRADA
HOLISMO INDIVIDUALISMO
ORGANICISMO CONTRAACTUALISMO
TEOCRACIA DEMOCRACIA

III.- LA TEORÍA ECONÓMICA

Durante prácticamente toda la historia del ser humano es muy raro, por no decir imposible, encontrar grandes
pensadores que hayan dedicado su trabajo intelectual al análisis de los problemas económicos. La Teología y
la Filosofía ocupaban la cúspide del Saber y a estas dos actividades se consagraban los mejores cerebros.
Subordinado siempre al pensamiento teológico-filosófico y derivando de él, aparecía el pensamiento político. La
economía, como rama del pensamiento humano, brillaba por su ausencia.
Con la Ilustración aparece por vez primera el pensamiento económico como rama autónoma del saber. Con las
Monarquías Autoritarias del siglo XVI había aparecido el "Mercantilismo", una proto-teoría económica que
afirmaba, en esencia, que la riqueza de un país dependía de la cantidad de metales preciosos (o metales
monetizables) que poseyera, así como que las monarquías debían estimular la economía, lo cual era una forma
de aumentar a su vez el poder de los monarcas absolutos. Esta teoría defendía, por lo tanto, la intervención del
poder político en la vida económica.
Estas ideas hoy las vemos como absurdamente ingenuas. Un país como España, que llegó a disponer de las
mayores masas de metales preciosos monetizables en los siglos XVI y XVII acabó, si embargo, en la miseria
económica.
La primera crítica al "mercantilismo" la hiciera los "fisiócratas", primeros pensadores económicos auténticos. La
Fisiocracia puso todo su énfasis en la necesidad de potenciar la agricultura, a la que consideraba la única
fuente de riqueza. Pero los más importante es que los fisiócratas realizaron por vez primera un análisis
científico de la economía, formulando algunas leyes económicas básicas ("ley de los rendimientos
decrecientes" de Turgot). También es decisivo que el que formularan una crítica radical de la intervención del
Estado en la vida económica.
Esta idea es retomada por Adam Smith ("El origen de la riqueza"). Sus teorías, bien conocidas, no van a ser
tratadas aquí. Lo único que vale la pena subrayarse es que insiste machaconamente en que la intervención del
Estado no sólo no es buena, sino que es profundamente dañina. La economía se auto-regula, tiene sus leyes
propias, que pueden conocerse, pero no cambiarse. El corolario lógico de tal afirmación es contundente: los
hombres no pueden aspirar, por ejemplo, a corregir las injusticias que genere una determinada situación
económica (salvo que esta se deba a la intervención de la política -del Estado- en la economía), de la misma
manera que no pueden desafiar la ley de la gravedad. La economía no está al servicio del hombre, sino el
hombre es esclavo de la leyes económicas. Otro importante corolario es que la Economía se hace totalmente
autónoma, como actividad intelectual, del pensamiento político, del cual había sido inicialmente un apéndice.
Frente al esquema tradicional de la actividad intelectual, concentrada en la Teología/Filosofía y
secundariamente en su derivación, el pensamiento político, hoy nos hallamos en la situación opuesta: la
Economía es la actividad intelectual fundamental, la que rige los destinos de los demás; la Política no se ocupa
más que de problemas económicos (distribución de rentas, políticas de desarrollo económico, etc.) y el
pensamiento teológico ha desaparecido por completo o casi, mientras que la filosofía se ha degradado hasta
niveles increíbles o bien limitándose a aspectos parciales (teoría del conocimiento, lógica, etc.)
Las bases ideológicas de la Ilustración, tal y como fueron elaboradas por sus teóricos originales, resultan
sumamente endebles. Es ridículo, por ejemplo, pensar en un hombre "naturalmente bueno" corrompido por la
Sociedad como sostenía Rousseau, o en que el hombre "entra en sociedad" con un determinado fin, como
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creía Locke. Más absurda si cabe es la creencia en la "mano invisible" que dirigía la economía, según Smith. El
ser humano es y existe sólo porque vive en sociedad desde sus orígenes, ya que biológicamente es
absolutamente incapaz de sobrevivir aislado. Las sociedades humanas nunca se han creado por virtud de un
"contrato" artificial sino que son fruto de un pasado histórico determinado.
Pero a pesar de la endeblez teórica de los argumentos ilustrados, no cabe duda de que hoy vivimos en una
sociedad derivada de aquellas especulaciones teóricas. Vivimos, por ejemplo, en una sociedad absolutamente
INDIVIDUALISTA. Este Individualismo busca legitimarse con la pretensión de que es igualitarista, de que ha
puesto fin a las rigideces jerárquicas de las sociedades tradicionales holistas, basadas en las castas y
estamentos. Pero esta pretensión es falsa porque si bien la actual sociedad no es jerárquica en el sentido
tradicional, no ha logrado, en absoluto, borrar las desigualdades entre los hombres.
El individualismo ilustrado no puede refrendarse en la verdadera naturaleza humana y es fruto de un
RACIONALISMO especulativo.
Este racionalismo ilustrado se presenta como otra de las virtudes de la Ilustración. La Razón, se dice, ha
vencido a la idea primitiva de Dios. Dado que Dios era perfecto y era el Creador, su creación debía ser también
perfecta. De ahí la tendencia a no cambiar nada, a apegarse a la Tradición. Estas creencias han sido
destrozadas por el racionalismo, que ha demolido todo el entramado de mitos y ritos de las sociedades
tradicionales, ridiculizándolos. Ahora bien, ese "desencantamiento" del mundo le ha quitado a la sociedad toda
una supraestructura ideológica llena de carga afectiva y de códigos morales. El individuo tiende cada vez más
a sentirse desarraigado, privado de todo valor de referencia, aislado de sus mismos vecinos. La falta de una
"religión" (de Re-ligare, volver a unir) en el sentido tradicional está produciendo una serie de angustias
típicamente modernas en el hombre actual, a las que escapa con medios tales como la droga, las sectas, etc.
Además, en realidad lo que está surgiendo en el mundo moderno es una serie de "religiosidades laicas" del
más diverso tipo (el nacionalismo, el consumismo o -hasta hace poco- ideologías como el marxismo).
El racionalismo ilustrado perdió muy pronto su carga ética y moral propia (tal y como aparecía formulada, por
ejemplo, en Kant) y ha dado lugar a una mera "racionalidad instrumental" que es incapaz de dar satisfacción a
las demandas "espirituales" o "anímicas" que el hombre irremediablemente se plantea. Además, todo lo que es
creado por la Razón puede ser destruido por la Razón, de manera que el hombre moderno parece condenado
a verse privado de todo marco de valores trascendente.
Del racionalismo instrumental han derivado el EMPIRISMO y el UTILITARISMO del pensamiento moderno. El
empirismo se ha impuesto como método científico y está en la base del tremendo salto que han experimentado
las Ciencias en el mundo moderno. Pero el empirismo ha llevado al descrédito a todo intento de construir una
gran teoría que diera una significación global al mundo, al hombre y a la existencia, pretensión ésta motejada
de "metafísica" y, por tanto, automáticamente descartada. El empirismo ha conducido a la hiper-especialización
de los científicos, cada uno de los cuales se ciñe a un área tremendamente restringida y limitada de actividad.
Cada vez resulta más evidente que en el mundo actual hay tanta abundancia de conocimientos (específicos)
como falta de Sabiduría (global). No existe "la Ciencia", sino "las ciencias". Ahora bien, estos científicos
hiperespecializados han cometidos aberraciones innumerables, fruto del desconocimiento de todo lo que no es
su área estricta de actividad. Pensemos por ejemplo en los científicos que desarrollaron la energía atómica, sin
llegar a comprender sus terribles peligros ecológicos. O en el químico que desarrolla nuevos productos de
síntesis química sin poder jamás calcular cómo afectaran a los seres vivos.
En realidad, el Sabio, el Científico, ha dado paso al Técnico, al tipo humano que aprovecha los continuos
descubrimientos científicos para aplicarlos a la fabricación de productos concretos. Es el utilitarismo, tan
característico de la modernidad. Sólo lo inmediatamente útil es deseable. Los efectos de esta idea son
evidentes. A nivel cultural, por ejemplo conduce a una desvalorización de todo el pasado, de las raíces
históricas, todo lo cual queda reducido a un simple folklorismo ornamental. Y de ahí a la negación del derecho
a la diferencia cultural no hay más que un paso: ¿qué utilidad tiene el apego a viejos hábitos, a viejas formas
de vida, a periclitadas tradiciones? Se ha hablado mucho de que la modernidad es ecocida, pero no menos
verdad es que también es etnocida.
El olvido del pasado corre parejo a una falta de preocupación por el futuro, salvo el inmediato de nuestra propia
existencia. En realidad sólo el presente ocupa el interés del hombre moderno. Quizás sea esa la razón que
explique que al hombre actual no le moleste estar llevando a cabo una tarea de destrucción ecológica de
escala inimaginable y difícilmente -por no decir imposible- reversible. Y no es de extrañar, ya que entre las
consecuencias últimas del empirismo y el utilitarismo está el hedonismo, la búsqueda de la felicidad inmediata
para el hombre. En todo caso a eso es a lo que conduce la negación de toda Idea Trascendente. La
desacralización de la Naturaleza (la idea de la divinidad de la naturaleza está presente en todas las religiones
no monoteístas) ha sido sin la menor duda el primer paso hacia su destrucción sistemática. Y los graves
problemas de degradación ecológica de nuestro planeta (que serán mayores a medida que nuevas regiones
del mundo se incorporen a nuestro "modo de vida occidental") no son sino una consecuencia irremediable del

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hedonismo de una sociedad individualista y economicista como la nuestra, donde sólo importa el YO y sus
PROPIEDADES, una sociedad regida por el INDIVIDUALISMO POSESIVO.
La Ilustración ha difundido la idea de que era la felicidad terrenal el fin que el hombre debía perseguir. Y que
esta felicidad era cuantificable: la Propiedad de cuantas más cosas, mejor. No es de extrañar que casi todos
los pensadores políticos y económicos de la Ilustración, desde Locke a Smith, sacralizaran la idea de
Propiedad. En virtud de esta afirmación se ha llegado a la situación actual en la que sólo la posesión de cosas,
de bienes, es importante. La Naturaleza ha perdido toda cualidad salvo la de ser nuestra proveedora. Todo lo
que existe en la naturaleza puede y debe ser transformado en bienes y servicios para nuestro disfrute. No
importa destruir selvas ecuatoriales para fabricar papel para nuestras revistas, ni alterar delicados equilibrios
ecológicos para hacer pasar nuestras carreteras, ni consumir cantidades monstruosas de energía -que
contamina el aire y el agua en su proceso de producción- para que puedan funcionar las máquinas de video-
juegos...YO y el disfrute de MIS COSAS son el único criterio.
Igualmente grave es el hecho de que esta sociedad puramente economicista genera en su seno las más
graves tensiones. Los más desfavorecidos, aquellos que no pueden poseer todas las innumerables "Cosas"
que se fabrican, se rebelan contra el hecho de verse privados de ellas. En otras épocas de la historia la
violencia social se explicaba en un contexto de pobreza extrema, de necesidad de supervivencia. Hoy en día,
sin embargo, pese a que en Occidente todos vivimos en una época de abundancia sin límites, con más cosas
de las que jamás nadie hubiera soñado poseer tan sólo un siglo atrás, las tensiones no sólo no han
desaparecido, sino que aumentan. De hecho, la misma sociedad fomenta la Agresividad como un valor
supremo entre sus cuadros dirigentes (la famosa figura del "ejecutivo agresivo" sería un ejemplo) y en todo
caso no puede evitar que ésta estalle en sus capas inferiores, ya que nadie quiere quedarse sin nada de las
cosas (bienes o servicios) que la Sociedad Moderna ofrece. El agresivo "broker" financiero y el vulgar navajero
de una gran ciudad son producto de la misma patología, la que impulsa al hombre a no sentirse jamás
satisfecho con lo que ya posee, a convertirse en un acumulador/devorador de cosas, a conseguir el MÁXIMO
BENEFICIO en el MÍNIMO PLAZO.
La idea de PROGRESO es otra de las grandes auto-justificaciones del mundo moderno. Si en otras épocas se
imponían a los hombres y a las sociedades sacrificios en nombre "de Dios", de "la Fe", de "la Patria", hoy se
exigen en nombre del progreso. Si desaparecen las pequeñas comunidades rurales es en nombre del
"Progreso". Si se inauguran peligrosas centrales nucleares es también "en nombre del Progreso". De la misma
manera, si antes se daba gracias a Dios por las bendiciones recibidas, hoy nos felicitamos por "los logros del
Progreso": las modernas técnicas de la Medicina, las comodidades de los coches, etc.
Pero la idea del Progreso es, en sí misma, un absurdo, que se enfrenta a las leyes científicas básicas, como las
de la termodinámica. Por otra parte, cada vez se extiende más la conciencia de que si podemos hablar de un
cierto progreso "científico", "técnico" o "en el confort de la vida", si la menor duda es imposible hablar de
progreso moral, de progreso ético, de progreso humano en definitiva. La percepción colectiva de sucesos como
el de Hiroshima, el sistema de campos de concentración del stalinismo (el "Archipiélago Gulag") o del III Reich,
las matanzas masivas de civiles de las guerras contemporáneas o las grandes mortandades por hambre y
enfermedades en el mundo actual que, sin embargo, está pletórico de alimentos, medicinas y medios técnicos
para evitar tales mortandades catastróficas, nos aseguran que el hombre actual no es moralmente superior al
de pasadas épocas históricas. La degradación del nivel cultural y estético en la época actual de "cultura de
masas" nos hablan de que no sólo no habido progreso ético, sino tampoco estético o cultural.
Sólo el progreso en el "confort" parece legitimar la modernidad. Pero cabe imaginar que nadie se atreverá a
afirmar que una vida confortable debe ser la máxima aspiración del género humano.
El INDIVIDUALISMO POSESIVO, genuina ideología del Mundo Moderno, ha conducido a la "cosificación" de la
naturaleza y, con ello, ha iniciado una brutal pendiente hacia la destrucción ideológica irreversible. La
RACIONALIDAD INSTRUMENTAL de la Ciencia Moderna ha mejorado en muchos aspectos la vida cotidiana
del hombre, pero también lo ha colocado frente a peligros apocalípticos como un holocausto nuclear.
Frente a estos problemas generados por la ideología ilustrada (el ecocidio y el etnocidio) se nos ofrecen
soluciones consistentes en "más de lo mismo". Los problemas generados por la sociedad tecnológica (la
variada gama de peligros ecológicos que nos acechan, por ejemplo) se solucionarán, dicen, "con más y mejor
tecnología". Y es que vivimos en una sociedad auténticamente "tecnópata" donde se cree que todo pueda tener
una solución "tecnológica". Si las industrias contaminan, eso se solucionará con más filtros, nuevos sistemas
de control, etc. En un alarde de optimismo típicamente moderno, Francis Fukuyama escribía que los problemas
creados por la tecnología se solucionarían con más y mejor tecnología. Pero sin embargo, la estupidez
formulada por Fukuyama es creída, a pies juntillas, por la gran mayoría de la gente.
Esta idea supone olvidar que el preocupante nivel de degradación ecológica ha sido causado por una parte
mínima de sus habitantes (los del "Mundo Occidental": EE.UU., Europa Occidental y Japón). Y que nadie podrá
convencer a los demás habitantes del planeta para que no traten de alcanzar nuestro "nivel de vida" mientras
nosotros sigamos instalados en él. Hoy en día el consumo en energía y materias primas de un "occidental" es
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como mínimo veinte veces superior al de un "tercermundista". Si en el futuro esos "tercermundistas" (cuatro de
cada cinco habitantes actuales del mundo) logran adquirir nuestro nivel de vida resulta difícilmente imaginable
que la ecología de nuestro planeta pueda soportar nuestra actividad depredadora.
Las sociedades occidentales modernas, hijas de la Ilustración, de sus criterios políticos y económicos
"racionales", están conduciendo en realidad al mundo a un callejón sin salida. El problema arranca de
considerar al hombre como un ser ajeno a toda idea trascendente y a la sociedad como una agregación de
individuos que sólo deben buscar su interés personal. El DESARROLLO, su máxima justificación, es un mito
destructor. Porque, ¿qué es lo que se entiende por desarrollo? Este no es otra cosa que el modelo que
proclama la industrialización y el consumo de masas como valores universales y universalizables. Pero la
misma extensión de este modelo ha fracasado. Tras muchas décadas de promover "políticas de desarrollo"
hemos llegado a un mundo donde (según los criterios occidentales) se considera desarrollado sólo a uno de
cada cinco habitantes del planeta. Y esto en realidad es inevitable porque el subdesarrollo de la mayoría es
condición indispensable para el desarrollo de una minoría. Sin las materias primas, energía y mano de obra
baratos de los "subdesarrollados", el nivel de vida de los "desarrollados" sería imposible de alcanzar ni de
mantener. Hay que decirlo con toda la claridad necesaria: el nivel de vida de los "occidentales" depende de la
explotación de los demás pueblos del planeta y de la destrucción de la naturaleza.
El modelo de "progreso" y "desarrollo" de Occidente (América del Norte, Europa y Japón) hunde sus raíces en
los progresos iniciados en Europa siglos atrás. El substrato ideológico, político y económico que permitió la
Ilustración y la Revolución Industrial no es exportable a otras partes del mundo, donde los valores sociales y
éticos son muy distintos. Además, el despegue de Occidente, su Industrialización, se realizó gracias a una
ACUMULACIÓN PRIMITIVA DE CAPITALES que en gran medida fue producida por el colonialismo
occidental. Difícilmente pueden los actuales países subdesarrollados pasar por esta fase colonialista o
imperialista en un mundo donde no quedan espacios por conquistar o explotar. Además, los ecosistemas no
soportarían la expansión a nivel mundial del modelo ecodepredador de la civilización occidental y si los países
subdesarrollados tuvieran empeño en este proceso de "modernización" no es difícil imaginar que el planeta
entraría en un acelerado proceso de destrucción que podría calificarse de suicidio ecológico.
La "Modernidad" y el "Progreso" hacen pegar también un alto precio a sus hipotéticos beneficiarios, a pesar de
que muchos de ellos crean vivir en el mejor bienestar. La vida cotidiana de los habitantes de los países
desarrollados no parece un ejemplo de armonía o equilibrio. La "calidad de vida" brilla por su ausencia en las
ciudades saturadas de tráfico, al borde de la asfixia por la contaminación imperante, donde las relaciones
humanas son cada vez más difíciles, etc. Además, incluso en Occidente se ha acabado aceptando que el
hecho de que una tercera parte de su población viva en situación de "marginalidad" es inevitable.
Se mide el grado de desarrollo por medio de índices mezquinos (renta per cápita, consumo de energía, etc.) sin
tener presente jamás ni la destrucción ecológica que comportan ni los efectos sobre las personas. La reducción
de toda la problemática a argumentaciones económicas olvida otros valores que son decisivo para la vida de
las personas y los pueblos.
Desde la "ilustrada" mentalidad occidental se considera que el hambre y la miseria de los "subdesarrollados" se
deben a catástrofes naturales o a su empecinamiento en mantenerse fieles a tradiciones milenarias. En
realidad, esta miseria y este hambre, convertidas en crónicas en grandes partes del planeta, son sobre todo
fruto de la desestructuración de ancestrales modos de vida comunitarios, realizado bajo el "impacto de
Occidente". Esta desestructuración, que ha roto la lógica interna que regía las sociedades premodernas no-
occidentales, ha sido impuesta por la fuerza (el imperialismo occidental clásico) o conseguido por la persuasión
y la seducción, y se ha concretado en la expropiación de las mejores tierras para dedicarlas a monocultivos
(que se exportan a bajos precios a Occidente), en la destrucción de métodos artesanales de producción en
beneficio de la producción industrial en masa, en la difusión de la mentalidad consumista...
El Occidente actual, fruto quizás inesperado pero desde luego desarrollo lógico de la ideología ilustrada,
apasionado por el Desarrollo, ha producido efectos que posiblemente no fueran los deseados por los mentores
de la Ilustración, pero que son consecuencias de sus premisas; éstos son: el ecocidio de la naturaleza, el
genocidio de los pueblos, el etnocidio de las culturas, el economicidio de otros sistemas de producción y
consumo. El tipo humano (el "homo economicus") y el modelo social del Occidente Moderno e Ilustrado no es
el mejor y en realidad es altamente nocivo para la especie humana.
La ideología ilustrada o "moderna" está en la base de nuestro actual modo de vida (sistemas políticos
demoliberales, estructura industrial-capitalista, etc.) Pero hay que empezar a tener el valor de decir que esa
ideología plantea la grave amenaza de la destrucción de la vida en el planeta, de la destrucción de su
diversidad cultural, etc. La Historia no permite los procesos de "marcha atrás". Sería absurdo, además de inútil,
pretender volver a las sociedades premodernas, con sus valores y modos de vida. Nadie añora la vida en
chamizos de aldeas, en comunidades analfabetas. Pero es urgente, vitalmente urgente, que se vaya forjando
una nueva ideología, que supere el pensamiento ilustrado-"moderno", ya que éste lleva en su seno la amenaza
de la destrucción de la vida y de las culturas.

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