Está en la página 1de 31

LAS CONCEPCIONES MILENARISTAS EN LA IGLESIA

BAJOIMPERIAL

Aurelio Pastori Ramos


30

PLAN PLAN

Orígenes del milenarismo cristiano. Primeros planteos milenaristas.

Orígenes del milenarismo cristiano. Primeros planteos milenaristas.


San Justino
San Justino.
San Ireneo
San Ireneo.
San Metodio de Olimpo
San Metodio de Olimpo.
Lactancio
Lactancio.

Amanera
A maneradede conclusión.
conclusión.

Bibliografía.
Bibliografía
Fuentes.
Fuentes.

----------o0o----------
30
Orígenes del milenarismo cristiano. Primeros planteos milenaristas. 1

La esperanza y el anuncio del “fin de los tiempos”—o de “estos” tiempos—y el


advenimiento de un reino mesiánico aparecen claramente manifestados en la tradición judaica en
general y en los libros proféticos del Antiguo Testamento en particular. La concepción hebrea de
la historia implica la creencia en el advenimiento de un orden nuevo, en el marco de una
concepción de la historia que se va haciendo progresivamente universalista: en ese orden nuevo,
todos los pueblos volverían “a formar una sola humanidad” 2; vale decir, que el judaísmo
sostiene la idea de un destino único para toda la humanidad.
El primer profeta del Antiguo Testamento que se extiende sobre esta idea es Isaías,
quien, basado en la idea de un monoteísmo universal originario, afirma el triunfo final de éste
“al final de los días”, junto con la paz para toda la humanidad, ya que considera que la guerra
entre pueblos es propia de idólatras: desaparecidos éstos, no existiría más aquélla. Pero Isaías va
más allá, y en el capítulo XI describe ese reino del final de los días con rasgos utópicos: cambio
en las leyes de la Naturaleza, sociedad sin injusticias; todo lo cual sería precedido por el castigo
purificador 3. Vemos que ya aquí están presentes varios de los elementos que configurarán más
tarde el milenarismo cristiano: resta pasar del Mesías-pueblo judío al Mesías-persona del
Cristianismo.
Asimismo, otra idea clave en la concepción cristiana—y, por supuesto, también en el
milenarismo cristiano—es el día del Juicio Final. El profeta Joel se refiere bastante
detalladamente a él, no obstante, para éste el Juicio recaería tan sólo sobre los pueblos idólatras
que han oprimido a Israel 4. Distinta es la descripción de Malaquías, y especialmente de
Sofonías: el Día del Juicio Universal llegará para todos los pueblos, incluido el pueblo elegido y
sus pecadores 5. También aparece esta idea universalista en Jeremías: al final de los días todos
los pueblos se convertirían al verdadero Dios 6. En todos estos profetas se puede apreciar la
concepción de un destino único para la humanidad. Algo diferente es la concepción de Ezequiel,
para quien el “tiempo nuevo” implicará la restauración del reino unificado de Israel y de la casa
de David 7.
La concepción universalista de la historia llega a su cumbre en el judaísmo con la
literatura apocalíptica, en el libro de Daniel. En éste se anuncia un reino de Dios que tendrá
lugar luego de cuatro reinos paganos que surgirán y desaparecerán sucesivamente 8. Este reino
será eterno y en él tendrá lugar la liberación del reino de Israel, así como el Juicio Final, en el
que todos los hombres serán juzgados por sus actos. Este libro representa un hito fundamental en
el proceso que analizado: si bien en la literatura profética hay menciones concernientes al futuro
y al final de los tiempos, es en la literatura apocalíptica donde se pueden hallar las menciones
más extensas, y, al mismo tiempo, más abarcadoras de un futuro que trasciende lo inmediato.
En suma, tanto en la literatura profética como en la apocalíptica del Antiguo Testamento
1
El presente estudio integró parcialmente el Trabajo de Pasaje de Curso de Filosofía de la
Historia del autor.
2
DUJOVNE, L., op. cit., pp. 45-46.
3
Ibidem, pp. 48-50.
4
Ibidem, pág. 52.
5
Ibidem, pág. 52.
6
Ibidem, pp. 53-55.
7
Ibidem, pp. 55-56.
8
Ibidem, pág. 56.
30
puede apreciarse una evolución de las ideas respecto al fin de los tiempos y al destino de la
Humanidad, que conducen directamente a las tesis milenaristas judías, judeocristianas y
cristianas, objeto de este estudio. Las causas de esta evolución deben buscarse en la propias
concepciones filosófico-históricas del judaísmo (ya mencionadas): las idea de una historia lineal,
rectilínea, con un comienzo—determinado en las propias Escrituras—implica lógicamente la
idea de un final, tan digno de escrutarse como el resto de la historia del pueblo elegido. Por otra
parte, la concepción generalmente optimista de la evolución histórica que impera en el Antiguo
Testamento—salvo en el Eclesiastés—conlleva la idea de un “progreso” histórico, de un cambio
hacia “mejor”: el fin de los días, pues, deberá necesariamente ser un momento venturoso, de
gloria para Dios y de dicha para los hombres, por más que al mismo tiempo implique el juicio de
los pecadores.
Consecuencia, según los eruditos en el tema, de la asimilación de ciertas concepciones
filosóficas griegas, la nueva corriente de pensamiento religioso y filosófico explicitada en el
libro de Daniel continuó su evolución en los libros apócrifos del judaísmo, pasando luego,
firmemente, al Nuevo Testamento 9. Es pues en esta vertiente filosófica, la de las literaturas
apocalípticas de los apócrifos judíos y del judeocristianismo que se encuentra el punto de
contacto, de influencia entre las concepciones milenaristas y mesiánicas judías con las cristianas:
es el origen del milenarismo cristiano.
En uno de los libros apócrifos judíos, el de Baruch, se distingue el reino mesiánico del
reino de gloria, en que vendrá el Dios justiciero; lo que constituye un antecedente de primer
orden para el milenarismo cristiano. No obstante, no aparece todavía una duración determinada
para ese reino del Mesías; según Baruch, el reino durará hasta que acabe la corrupción en el
mundo 10. En el Apocalipsis apócrifo de Ezra y en el Talmud aparece un período de cuatrocientos
años señalado para el reino mesiánico 11, pero ni en la literatura evangélica ni en la apostólica
aparece limitación concreta alguna. No obstante, sí aparece en el Apocalipsis de san Juan, “ese
extraño testimonio de la supervivencia del pensamiento judío en los cristianos de Asia”—al decir
de Focillon 12--: el reino mesiánico durará mil años, al cabo de los cuales aparecerá Satanás por
poco tiempo y será destruido; entonces tendrá lugar el Juicio Final.
Durante los primeros siglos de existencia tendrá lugar en el seno de la Iglesia una larga
pugna sobre el reino mesiánico: a la tendencia judía a considerarlo un reino de Dios terrenal,
concreto, se opondrá la fuerte influencia helénica, partidaria de conferirle un cariz más bien
místico al Apocalipsis de san Juan y a sus predicciones. Las diferencias entre las concepciones
judía y cristiana terminarán siendo considerables al consolidarse la doctrina cristiana al respecto.
Para el judaísmo, el Mesías anunciado por los profetas será un hombre de este mundo, que
establecerá un reino puramente terrenal, basado en victorias políticas y militares; que liberará, en
suma, a Israel. Para el cristianismo, el Mesías es el Hijo de Dios, el Redentor de los pecados; por
lo que su segunda venida será un regreso en gloria que marcará el final de los tiempos. De ahí
que el judaísmo distinga claramente entre el advenimiento del Mesías y el otro mundo: el reino
mesiánico es de este mundo. Por el contrario, el cristianismo, al identificar el segundo
advenimiento de Cristo con el final de los tiempos, no distingue entre el reino mesiánico y el
otro mundo: el reino mesiánico sobrevendrá cuando ambos mundos se confundan; será del otro
mundo, y no de éste 13.
9
Ibidem, pág. 59.
10
3,4,5.
11
FOCILLON, Henri: "El año mil". Madrid, Alianza, 1966 [1ª ed.: 1952], pp. 59-60.
12
Ibidem, pág. 60.
13
DUJOVNE, L., op. cit., pp. 171-173; también, DRAGUET, René: "Historia del dogma
católico". Buenos Aires, Desclée de Brouwer, 1949, pp. 131-132.
30 cristiana respecto al la tradición judaica es
Este proceso de consolidación de la doctrina
lento. Por esta razón, es durante los primeros siglos de existencia del cristianismo que las
concepciones milenaristas cristianas tienen su apogeo: o son esfuerzos por conciliar ambas
doctrinas—como en el caso del judeocristianismo—o se trata de autores cristianos más fuerte-
mente influidos por la tradición judaica que otros, puesto que se trataba de un punto debatido y
aún poco definido de la doctrina cristiana.
Sería imposible, como ya se dijo, analizar pormenorizadamente todos los autores y
corrientes, tanto ortodoxas como heterodoxas, que en el cristianismo sostienen concepciones más
o menos milenaristas. Nos limitaremos pues a analizar las más significativas por su importancia
doctrinal y sobre todo por su influencia, ya que unas influyeron sobre otras formando una suerte
de “concatenación”, tanto geográfica como cronológica.
El judeocristianismo fue, probablemente, el esfuerzo más grande que hizo el cristianismo
por atraerse a los judíos a su causa. También podría ser visto como una reacción antipaulina y
antihelénica por parte de los cristianos de origen judío, que pretenden no romper definitivamente
con el resto de su pueblo, conservando al cristianismo como una “variante” más de las muchas
que coexistían en el seno del judaísmo. Los historiadores de la Iglesia Católica dividen al
judeocristianismo en dos grupos bien definidos 14: el “ortodoxo”, y el “heterodoxo”. Los seguido-
res de la tendencia “ortodoxa”, llamados por san Jerónimo y san Epifanio “nazarenos”, se
mantendrán dentro de la ortodoxia de la Iglesia, pero continuando con todas las prácticas legales
del judaísmo, y aceptando un canon del Nuevo Testamento sumamente restringido: sin rechazar
san Pablo, no lo utilizaban; sí hacían uso de un “Evangelio según los Hebreos”, que parece haber
sido una derivación del Evangelio de san Mateo. La tendencia “heterodoxa” o intransigente del
judeocristianismo, proveniente sobre todo del fariseísmo, sostenía el mantenimiento de las
prácticas judaicas como dogma indispensable para la salvación, y conformó la herejía de los
“ebionitas”, que describe Eusebio de Cesárea 15. En el seno del judeocristianismo es que parecen
haberse formulado las primeras concepciones milenaristas cristianas: algo lógico, teniendo en
cuenta la fuerza de la esperanza judía en un Mesías redentor terreno.
Cayo de Roma y Clemente de Alejandría atribuyen la paternidad del milenarismo
cristiano a Cerinto; Eusebio a Papías de Hierápolis 16. Ateniéndonos a un orden cronológico, nos
referiremos en primer lugar a Cerinto.
Pocos datos sabemos acerca de Cerinto, y de su obra tan sólo citas indirectas. De origen
antioqueno, parece ser que fue discípulo de Simón de Gitton, “el Mago”, fundador del
gnosticismo judeocristiano. Las concepciones de Cerinto, en todo caso, son claramente
gnósticas: creía que Jesús era hijo de María, hombre verdadero y nada más, al que, al ser
bautizado, se le unió Cristo, fuerza de Dios por medio de cuya virtud realizó milagros; pero esta
fuerza le abandonó en la cruz. Aparentemente se dedicó a expandir sus doctrinas gnósticas en
Asia Menor, donde fue combatido por san Juan 17. Sobre el milenarismo de Cerinto, los únicos
14
Por ej., CAYRE, F., op. cit., pp. 95-96. En la realidad, dada la indefinición dogmática de esos
tiempos, esta diferenciación tan tajante debió ser mucho más sutil, existiendo gran número de
matices y variantes doctrinales.
15
EUSEBIO DE CESAREA: "Historia eclesiástica". Buenos Aires, Ed. Nova, 1950. Pág. 136.
16
CAYRE, F., op. cit., pág. 102. Aquí también correspondería matizar la afirmación; del
milenarismo judaico al milenarismo cristiano no media una gran distancia, y en los primeros
tiempos del cristianismo pasar de uno a otro debió ser un paso bastante pequeño; por ello no
creemos que pueda hablarse "stricto sensu" de un "creador" del milenarismo cristiano. Nos
atenemos no obstante a lo ya afirmado, en el sentido de analizar tan sólo las figuras más influyentes
de la concepción milenarista cristiana, en el entendido de que seguramente existieron otras muchas
contemporáneas, de cuyas obras no se ha conservado nada.
17
Ibidem, pág. 99; nota del traductor a Eusebio de Cesárea, op. cit., pág. 137.
datos que poseemos son los de la obra de Eusebio, 30 quien a su vez cita a Cayo de Roma y a
Dionisio de Alejandría. El reino milenario de Cristo en su segunda venida será terrenal, afirma
Cerinto, y en particular, de carácter sensual; según sus detractores esto no habría tenido otro
objetivo que el propagandístico. Afirma Cayo de Roma (en su obra “Disputatio”, citada por
Eusebio):
“Cerinto, por medio de algunas revelaciones escritas por él como por un gran apóstol,
nos endilga algunos prodigios como fingiendo que le han sido mostrados por los ángeles, afir-
mando que después de la resurrección había de existir el reino de Cristo en la tierra, y que
nuevamente los hombres que habitan en Jerusalén habían de estar sujetos a las ambiciones y
voluptuosidades corporales. Y añade ese enemigo de las divinas Escrituras que habría de
transcurrir un espacio de mil años en fiestas nupciales, para engañar más fácilmente a los
hombres ignorantes...” 18
En un tono similar se expresa Dionisio Alejandrino (en su obra “De promissionibus”, también
citada por Eusebio):
...”Fue opinión suya que el reino de Cristo había de ser terreno. Él ardía en la ambición
de tales cosas, como sometido a las voluptuosidades del cuerpo y aficionado a la carne; soñó
que el reino de Dios habría de consistir en esas cosas, en satisfacer la liviandad del vientre y de
las partes que están debajo del vientre; esto es, en la comida y en la bebida, en las nupcias, y
para ocultar tales voluptuosidades bajo un vocablo más honesto, en las fiestas, en los sacrificios
e inmolación de hostias...” 19
Como en el caso de la mayoría de los denominados “padres apostólicos”, poco se conoce
acerca de la vida y la obra de Papías, obispo de Hierápolis de Frigia; por si esto no fuera
suficiente, los escaso datos que se conservan no son muy claros y han dado lugar a interminables
discusiones de los críticos. Fue compañero y pariente de Policarpo de Esmirna; de este dato y
teniendo en cuenta que Policarpo sufrió el martirio en 155 a edad muy avanzada, se deduce que
Papías debió nacer en el último tercio del siglo I y que su actividad se desarrolló principalmente
en la primera mitad del siglo II 20. Sólo se sabe de una obra de su autoría: la “Explicación de las
sentencias del Señor”, en cinco libros, de la que no se conservan más que fragmentos. En un
fragmento del proemio de ésta, citado por Eusebio 21, Papías da a entender que fue discípulo del
“presbítero Juan”; la identidad de esta persona ha dado lugar a discusiones interminables, pero el
análisis exhaustivo del problema escapa a los objetivos de este estudio 22. Según la identidad
atribuida a dicho personaje, los críticos hacen morir a Papías hacia 120-130 o hacia 140-160 23.
Respecto a las concepciones milenaristas de Papías, los únicos datos que poseemos son los que
trasmite Eusebio:
...”Entre esas fábulas hay que contar no sé qué milenario de años que dice ha de venir
después de la resurrección de entre los muertos y que el reino de Cristo se ha de establecer
corporalmente en esta tierra nuestra...” 24
El hecho de ser Eusebio nuestra única fuente para conocer el milenarismo de Papías es
18
EUSEBIO DE CESAREA, op. cit., pp. 136-137.
19
Ibidem, pág. 137.
20
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 114.
21
EUSEBIO DE CESAREA, op. cit., cap. XXXIX, pp. 151-152.
22
Para algunos críticos, siguiendo a san Ireneo y a san Jerónimo, el "presbítero Juan" sería el
Apóstol Juan: ésta parece haber sido la opinión primera de Eusebio, de la que se retracta luego en su
"Historia eclesiástica" (op. cit., pág. 152). Para otros, siguiendo la opinión final de Eusebio −−de
donde, en definitiva, proviene todo lo que sabemos de Papías−− sería una persona distinta.
23
CAYRE, F., op. cit., pág. 75.
realmente de lamentar; a Eusebio no le preocupa 30 en absoluto el análisis de las concepciones de
Papías, y, de hecho, dedica a este autor unas pocas líneas. Tampoco parece estar muy seguro
sobre la fuente inspiradora de Papías en lo que concierne al milenarismo:
...”opinión que tuvo, a lo que creo, Papías por haber mal interpretado las explicaciones
de los Apóstoles y no haber visto el sentido de lo que ellos decían místicamente en ejemplos...” 25
Para Eusebio, pues, el milenarismo de Papías proviene directamente de su interpretación
del Apocalipsis de Juan. Este error de Papías no es en sí mismo importante para Eusebio; Papías
no es peligroso porque no se trata de una personalidad descollante, y su obra es de escasa calidad
teológica. El problema es que su prestigio es grande, porque se asienta en su antigüedad y en el
hecho de que se le atribuya el haber conocido a varios apóstoles. Por esta razón muchos autores
posteriores, --estos sí, de gran talla intelectual—han hecho suya la tesis de Papías, propagando el
error:
...”La verdad es que, a lo que puede conjeturarse de sus propios discursos, aparece
como hombre de inteligencia escasa. Sin embargo, él tuvo la culpa en la mayoría de los
hombres de la Iglesia que abrazaron su misma opinión después de él, pues se escudaban en la
antigüedad de aquel varón, como, en efecto, lo hace Ireneo, y si algún otro se manifestó con
ideas semejantes...” 26
Para concluir sobre Papías, puede decirse con Eusebio que la importancia de este autor—
al menos, en lo que concierne a nuestro objeto de estudio—radica más en su prestigio e influen-
cia sobre autores posteriores muy superiores a él, que en su propia obra. Constituye no obstante,
un hito destacable en el proceso de difusión de la tesis milenarista, la que a partir de Papías
cobrará bastante importancia durante un período bastante prolongado.
Otro estadio en la historia de la corriente milenarista lo constituye el movimiento
montanista, al principio tolerado y luego condenado por la jerarquía eclesiástica. Denominado al
principio “Nueva profecía”, se inicia hacia 170, cuando Montano, natural de Frigia, comienza,
poco después de su bautismo a anunciar en lenguaje profético a sus connacionales que es el
órgano y profeta del Espíritu santo, y que ahora, con una “tercera revelación”, va a conducir a la
cristiandad a la verdad completa 27. Al poco tiempo se unen a su prédica dos mujeres, Priscila y
Maximila, que comienzan también a profetizar 28. El entusiasmo por el nuevo movimiento crece
grandemente cuando Montano predica la inminente vuelta del Señor. Precisamente, el mensaje
escatológico constituye la característica más saliente del movimiento; la tesis milenarista que
incluye, cuyo origen se encuentra posiblemente en la influencia de las numerosas comunidades
judeo-cristianas de Asia Menor, anuncia la inminente “segunda venida” de Cristo, que vendrá a
establecer una Jerusalén celestial en la tierra, la cual durará mil años 29. Montano fija hasta el
24
EUSEBIO DE CESAREA, op. cit., III, 39. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres
apostólicos". Madrid, BAC, 1950, pág. 876. Nos parece mejor esta traducción del fragmento que la
de Ed. Nova (Buenos Aires, 1950, pág. 153). Otra traducción −−más libre−− es la de CAYRE, F.,
op. cit., pp. 74-75.
25
Ibidem.
26
Ibidem. Por esta razón Eusebio, como es lógico, se esfuerza por disminuir la autoridad de
Papías (RUIZ BUENO, Daniel: "Introducción a los fragmentos de Papías". En: RUIZ BUENO, D.,
ed.: "Padres apostólicos", op. cit., pág. 868).
27
JEDIN, H., dir., op. cit., t.I, pág. 304.
28
Desafortunadamente, no se conserva ninguna recopilación original de los oráculos montanistas,
y por consiguiente es necesario estudiar el fondo doctrinal del movimiento valiéndose tan sólo de
fragmentos y citas conservados en las obras de quienes lo combatieron.
29
TIXERONT, J., op. cit., pág. 101.
30 por Cristo en la llanura junto a la pequeña
lugar preciso de esa nueva Jerusalén: será levantada
ciudad de Pepuza, en Frigia . Según Jedin, el éxito arrollador que tuvo en sus comienzos el
30

montanismo se debió a la predisposición—motivada por las muchas calamidades que azotaban a


la comunidad cristiana—que existía en esa época en algunas regiones del Imperio a recibir un
mensaje tan inmediatamente escatológico como el montanista. Por otra parte, hasta aquí la
prédica montanista aparecía a los ojos de la Iglesia, como exagerada, pero no apartada de la
ortodoxia; un obispo sirio habría llegado hasta a salir de su ciudad hacia el desierto, para esperar
la—según Montano—inminente parusía 31. Pero el montanismo no se detiene aquí, y extrae de su
anuncio escatológico una serie de consecuencias prácticas para la vida del cristiano: ayunos
rigurosísimos como forma de purificarse, prohibición de huir del martirio, que significa
apostatar para esta corriente; prohibición absoluta de contraer matrimonio, pues implica atarse a
este mundo pecador. El montanismo tuvo gran auge en su fase inicial: ganó numerosos adeptos
en Frigia, Lidia, Galacia; pronto se extendió a Siria y Antioquía, haciéndose popular incluso en
Tracia. La actitud de los papas fue al comienzo de indiferencia—como el caso de Eleuterio—o
aún de aprobación, como el caso de Ceferino (199-217), quien envió cartas de paz a sus seguido-
res, expresión de la comunión eclesiástica 32.
La muerte de sus tres máximos representantes hacia 180 habría probablemente
significado el fin del movimiento, si un escritor católico occidental de inmensa talla intelectual
no hubiera tomado la antorcha y abrazado la causa montanista: Tertuliano de Cartago (160-240?)
33
. Hijo de n oficial romano y criado en el paganismo, recibió una esmerada educación legal que
se nota en sus escritos polémicos, convirtiéndose al cristianismo hacia 193-195. Luego de un
período de producción literaria ortodoxa, abraza la causa montanista en fecha no muy precisada
34
, que coincidiría con la condena del montanismo por parte de la jerarquía eclesiástica. No
obstante, sería un gran error considerar a Tertuliano un mero continuador del movimiento
iniciado con Montano; de hecho, puede decirse que este escritor toma del montanismo los
aspectos que le agradan—algunos--, modificándolos en ocasiones fuertemente, y desechando
otros, dándole al montanismo una fisonomía bastante diferente a la original. Tertuliano hace
particular énfasis en los postulados rigoristas del movimiento: obligación de los ayunos,
prohibición de las segundas nupcias, prohibición de huir de la persecución, oposición a la
validez total del sacramento de la penitencia. Otro aspecto del montanismo destacable en
Tertuliano es la apelación directa al Espíritu Santo en favor de sus concepciones, lo que le
permitía ignorar a la jerarquía eclesiástica.
Por lo que concierne a nuestro objeto concreto de estudio, precisamente se trata de uno de los
postulados del montanismo original que más es modificado por Tertuliano: este autor se aparta
de los datos más concretos de la profecía en lo tocante al descenso de la Jerusalén celestial, y
Pepuza no es mencionada en absoluto. Hay aquí patentizada una voluntad por desligar la
profecía de su vinculación con las personalidades de la primera fase, y sobre todo de su aspecto
localista, centrado en Asia Menor, para darle un carácter más universal. Es así que la concepción
escatológica del tertulianismo es mucho más vaga: el objetivo de la profecía es llevar a la
cristiandad, por obra del Espíritu Santo, a su edad madura. De hecho, Tertuliano no se refiere al
30
JEDIN, H., dir., op. cit., t.I, pág. 305.
31
HIPOLITO: "In Daniel", IV, 18-19. Cit. por JEDIN, H., dir., op. cit., t.I, pág. 305.
32
JEDIN, H., dir., op. cit., t.I, pág. 307.
33
Las obras montanistas de Tertuliano más importantes son: "De fuga in persecutione", "De
monogamia", "De ieiuno adversus psychicos", y "De pudicitia". Comentario sobre ellas:
TIXERONT, J., op. cit., pp. 140-155.
34
Para JEDIN (Ibidem, t.I, pág. 308), hacia 205-206; para J. TIXERONT (op. cit., pág. 141),
hacia 213.
30
milenio en ningún momento, y sus alusiones escatológicas dan la impresión de ser un argumento
de segundo orden para su rigorismo a ultranza. Luego de Tertuliano, el montanismo decaerá,
aunque subsistirán grupos aislados en Roma hasta entrado el siglo V, y en Oriente hasta
mediados del siglo IX.
La importancia del montanismo desde el punto de vista de nuestro objeto de estudio
radica fundamentalmente en que se trata del primer movimiento basado en un postulado
doctrinal milenarista que logra aceptación a nivel popular, ganando considerable número de
adeptos. Sería aventurado hablar de una influencia directa de la escatología montanista en
escritores eclesiásticos posteriores; no obstante, al condenar el movimiento montanista, se debió
hacer necesaria alusión al milenarismo, lo que habría, en cierta forma, contribuido a la difusión
de esta tesis. Por otra parte, sí se puede hablar de la existencia de una cierta influencia de las
tesis montanistas en movimientos cristianos heterodoxos posteriores; además, la considerable
propagación inicial que se constata en una corriente basada en esperanzas escatológicas como
ésta, anuncia la popularidad que a lo largo de toda la Edad Media tendrán anuncios escatológicos
similares 35.

San Justino

San Justino nace a comienzos del siglo II —hacia 100-110-- en la ciudad de Flavia-
Neápolis, la moderna Naplos; famosa población samaritana de nombre Siquem, destruida
durante el levantamiento de Bar Kocheba, reconstruida por Vespasiano y poblada por colonos
griegos y romanos 36. Las principales fuentes para el conocimiento de su vida son sus propias
obras, particularmente el “Diálogo con Trifón”, que se abre con la narración de su propia
conversión 37, relato un poco artificial en los detalles, pero considerado verídico en lo sustancial
38
. Según el mismo, san Justino, que crece en el seno de una familia pagana, de origen
probablemente latino, fue pues educado en el paganismo, y desde muy joven se sintió atraído por
la filosofía. Pasó así del estoicismo inicial al peripatetismo, y de éste al pitagorismo, para
convencerse más tarde de la superioridad del platonismo. Finalmente, en Cesárea de Palestina 39
conoce el cristianismo y rápidamente se convierte 40. Luego de su bautismo, san Justino—que
conserva su manto de filósofo—se consagra a la enseñanza de la nueva filosofía. Gran parte de
su vida de converso transcurre en Roma, donde, a semejanza de los filósofos—en el número de
los cuales siempre se consideró--, abre una escuela para la enseñanza de su doctrina. Allí en
Roma escribe las tres obras que se conservan hoy en día; también allí parece haberse enfrentado,
defendiendo el cristianismo, con el filósofo cínico Crescente, “amigo del ruido y la ostentación”
41
, que acusaba a los cristianos de ateísmo e impiedad. Aunque las actas de su martirio no lo
35
Cfr. infra, 2.8
36
TIXERONT, J., op. cit., pág. 45; CAYRE, F., op. cit., pág. 110; RAUSCHEN, Gerardo:
"Compendio de Patrología". Friburgo, Herder, 1909; CADIZ, L.M., op. cit., pág. 130; etc.
37
Caps. I-VIII.
38
La otra fuente fundamental son las actas de su martirio ("Acta SS. Justini et Sociorum"),
consideradas auténticas y compuestas hacia finales del siglo II.
39
Según CAYRE (op. cit., pág. 110); en Éfeso según TIXERONT (op. cit., pág. 46) y
RAUSCHEN (op. cit., pág. 48).
40
Según Tixeront, hacia 130 (TIXERONT, J., op. cit., pág. 46).
41
II Apología, cap. III.
mencionan, la mayoría de los autores coinciden 30en suponer que debió ser el propio Crescente
quien denunció a san Justino como cristiano y le hizo condenar a muerte hacia 165-166, junto
42

con otros seis cristianos.


Numerosas son las obras atribuidas a san Justino, de las cuales hoy en día tan sólo algunas son
consideradas auténticas; otras se las supone espurias, mientras que un tercer grupo es de
autenticidad dudosa 43. Eusebio de Cesárea 44 menciona las siguientes: dos apologías, un
“Discurso a los griegos”, una “Refutación contra los griegos”, un tratado “Sobre la monarquía
divina”, otro titulado “El salmista”, un tratado “Sobre el alma” y el “Diálogo con Trifón”. El
mismo Justino se refiere 45 a un “Tratado contra las herejías”, en el cual—según algunos autores
—tal vez se hallaba comprendido el escrito “Contra Marción” 46, citado por san Ireneo 47. De toda
esta producción—auténtica o dudosa—sólo se han conservado tres obras, en un único
manuscrito 48: las dos apologías 49 y el “Diálogo con Trifón”. La “Primera Apología”, como la
mayoría de los escritos apologéticos cristianos de la época destinados a los paganos, tiene forma
de discurso exhortatorio, y está dedicada al emperador Antonino Pío, a su hijo Marco Aurelio, a
Lucio Vero, al senado y al pueblo romano. Antonino Pío reinó desde 138 hasta 161, pero
algunas circunstancias de la obra hacen suponer que fue compuesto en Roma alrededor de 152.
La “Segunda Apología”, dedicada al senado y más breve que la primera, fue compuesta poco
después, antes de 155 50.
A diferencia de las dos apologías, el “Diálogo con Trifón” tiene como destinatario
evidente al pueblo judío 51; de ahí, según Cádiz, su forma dialogada 52. Se ha discutido mucho

42
Basados en las afirmaciones de Eusebio de Cesárea (op. cit., iv, 16).
43
Nos atendremos en nuestro análisis a las obras consideradas auténticas, y dentro de ellas,
naturalmente, a las vinculadas con nuestro tema. Sobre las obras espurias y perdidas, cfr.
RAUSCHEN, G., op. cit., pp. 48-49, y RUIZ BUENO, D.: "Padres apologistas griegos". Madrid,
BAC, 1954, pp. 161-162. Según TIXERONT, del conjunto de obras dudosas la que tiene más
posibilidades de ser auténtica es el tratado "De la resurrección" −−del que se conservan cuatro
fragmentos−−, que es atribuido a san Justino por Procopio de Gaza y san Juan Damasceno
(TIXERONT, J., op. cit., pp. 50-51).
44
EUSEBIO DE CESAREA, op. cit., iv, 18.
45
SAN JUSTINO: 1ª apología, xxvi, 8.
46
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 131.
47
SAN IRENEO: "Adversus haereses", iv, 63.
48
El "Codex Parisinus 450", de 1364. CADIZ, L.M., op. cit., pág. 130.
49
Un comentario exhaustivo de las mismas desde los puntos de vista filológico y literario, que no
es del caso dar aquí se encuentra en RUIZ BUENO, D., "Padres apologistas...", op. cit., pp. 162-
180.
50
Para algunos críticos, las dos apologías no serían más que una sola, siendo la segunda un mero
apéndice de la primera. Ibidem, pp. 176-180.
51
Sobre la autenticidad del "Diálogo con Trifón", cfr. FREPPEL, Mons.: "Saint Justin". Paris,
Retaux-Bray, 1885, pp. 460-463; sobre sus antecedentes literarios, cfr. RUIZ BUENO, D., "Padres
apologistas...", op. cit., pp. 281-284.
52
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 133.
30 en el diálogo; no obstante, la mayoría de los
sobre la autenticidad histórica de la escena descrita
autores están de acuerdo en admitir que básicamente el episodio sucedió, y que sobre éste san
Justino construyó el Diálogo con adiciones ficticias. La obra consiste en la discusión sobre el
cristianismo entre san Justino y un grupo de judíos, entre los que se encuentra Trifón 53, en la
ciudad de Éfeso. Según Tixeront, el episodio habría tenido lugar durante el levantamiento de
Bar-Kocheba (132-135), aunque el “Diálogo” en sí, posterior a la primera apología, dataría de
155-161, compuesto en lugar incierto 54. Inspirado claramente en los diálogos platónicos, la
conversación tiene la forma de un relato que el autor dedica a su amigo Marco Pompeyo, del
cual nada se sabe; la composición es bastante desordenada, y adolece de frecuentes y aburridas
repeticiones. Por lo que concierne a su estructura, la mayoría de los autores dividen el Diálogo
en una introducción y tres partes, en cada una de las cuales el autor desarrolla una idea principal.
En la introducción san Justino narra, bastante novelescamente su odisea por las diferentes
escuelas filosóficas, así como el episodio de su conversión (cap. ii-viii); en la primera parte
intenta probar, basándose en el Antiguo Testamento, que la ley mosaica debía ser derogada para
dejar su lugar a la nueva Ley instituida por Cristo, válida para todos los pueblos (cap. x-xlviii);
en la segunda parte intenta demostrar, basándose en los profetas, que para adorar a Jesucristo no
se debe renunciar a la fe en un Dios verdadero (cap. xlviii-cviii); en la tercera, por fin, intenta
probar que el pueblo cristiano es el legítimo heredero de todas las promesas del Antiguo
Testamento, que han dejado de ser pues exclusividad del pueblo de Israel (cap. cix-cxli) 55.
Por lo que respecta a las concepciones filosófico-teológicas de san Justino en general,
resulta sumamente difícil dar un panorama completo de su pensamiento por haberse perdido la
mayoría de sus obras 56. No obstante, en base a lo que se conserva y en términos muy generales,
puede decirse que, pese a su conversión, nunca dejó de ser un filósofo platónico: el concepto del
“Logos” tan importante en la filosofía griega, y que había sido adoptado por la vertiente
helenizante del judaísmo, es también introducido por Justino en el cristianismo, con diversas
modificaciones para hacerlo compatible con éste. De este esfuerzo asimilador deriva su
concepción de la gran trascendencia de Dios padre, así como un cierto subordinacionismo del
Hijo—a quien identifica con el “Logos”—con respecto al Padre 57. Precisamente, este esfuerzo
asimilador del concepto de “Logos” griego es un ejemplo de la, a nuestro juicio, característica
más saliente de la teología de Justino: su esfuerzo por concordar, por hacer extensible y
aceptable el cristianismo tanto a paganos como a judíos 58. Es en el contexto de este esfuerzo
proselitista y asimilador, en nuestra opinión, que debe ser situada y analizada su concepción
milenarista 59.
Es casi imposible afirmar con certeza el origen de la concepción milenarista de san Justino;
53
Los intentos de identificar a este judío Trifón con el rabino Tarfón, una de las figuras
intelectuales más brillantes del judaísmo de la época, son erróneos según Cayré. Cfr. CAYRE, F.,
op. cit., pág. 113. No obstante, muchos autores están por la afirmativa, siguiendo a Eusebio de
Cesárea. Cfr. EUSEBIO, op. cit., IV, 8, y RUIZ BUENO, D.: "Padres apologistas...", op. cit., pág.
286.
54
TIXERONT, J., op. cit., pág. 50.
55
CADIZ, L.M., op. cit., pp. 133-134.
56
JEDIN, H., Dir., op. cit., t.I, pág. 273.
57
CAYRE, F., op. cit., pp. 114-122.
58
..."Justino...dio nuevos medios a la campaña apologética y proselitista del cristianismo. Con
este filósofo cristiano...comienza la transformación del sencillo cristianismo primitivo en una
teología sabia y se echan los cimientos de las academias cristianas..." CADIZ, L.M., op. cit., pp.
130-131.
desde el punto de vista cronológico, pudo haber 30conocido a Papías, pero nada lo confirma; de
hecho, ningún crítico ha lanzado una hipótesis sobre el particular. Sí es probable que haya leído
o al menos oído hablar de éste, dada la fama del obispo de Frigia. No obstante, desde nuestro
punto de vista, los orígenes del milenarismo de Justino presentan más posibilidades de hallarse
en el esfuerzo asimilador de este filósofo platónico por adecuar la doctrina de la nueva religión
cristiana a las viejas concepciones filosóficas tanto griegas como judías; en el caso concreto del
milenarismo, a estas últimas. Así, el judío Trifón sospecha que la concepción milenarista
expresada por Justino no sea más que un argumento “ad hoc” para probarle la supuesta
concordancia del cristianismo con las concepciones judaicas del Antiguo Testamento:
...”¿Realmente confesáis vosotros que ha de reconstruirse la ciudad de Jerusalén y espe-
ráis que allí ha de reunirse vuestro pueblo y alegrarse con Cristo, con los patriarcas y profetas
y los santos de nuestro linaje y hasta los prosélitos anteriores a la venida de vuestro Cristo, o es
que viniste a parar a esa conclusión sólo por dar la impresión de que nos ganabas de todo
punto en la discusión?...” 60
Por lo poco que puede extraerse del escueto pasaje del “Diálogo con Trifón”, da la
impresión que Justino debió formar parte de una corriente o grupo en el seno de la naciente
Iglesia, que intentó impulsar esta concepción milenarista, posiblemente como forma de ganar
prosélitos en el judaísmo, haciendo concordar la creencia cristiana en Jesucristo con la esperanza
mesiánica judía de la restauración política de Israel 61:
...”Ya antes, pues, te he confesado que yo y otros muchos sentimos de esta manera, de
suerte que sabemos absolutamente que así ha de suceder...” 62
No obstante, esta opinión no es unánime, continúa Justino, puesto que hay muchos otros
cristianos que no creen en el milenio:
...”pero también te he indicado que hay muchos cristianos de la pura y piadosa senten-
cia, que no admiten esas ideas...” 63
“La pura y piadosa sentencia” de los que con él discrepan no es óbice, sin embargo, para
que Justino considere que los cristianos “de recto sentir en todo” son los que concuerdan con él:
...”Yo, por mi parte, y si hay algunos otros cristianos de recto sentir en todo, no sólo
admitimos la futura resurrección de la carne, sino también mil años en Jerusalén, reconstruida,
hermoseada y dilatada como lo prometen Ezequiel, Isaías y los otros profetas...” 64
Más adelante (cap. 81), san Justino se dedica a probar la verdad del milenio con citas de

59
Como ya dijimos, para el análisis de las concepciones milenaristas de estos autores nos
encontramos con una constante escasez y parquedad de las fuentes, lo que hace que muchos puntos
oscuros al respecto deban quedar forzosamente sin elucidar. Así, en el caso de san Justino, la única
fuente en que el autor trata el tema, que se ha conservado hasta nuestros días, es un breve pasaje del
"Diálogo con Trifón".
60
SAN JUSTINO: "Diálogo con Trifón", 80, 1. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres
apologistas griegos". Madrid, BAC, 1954, pp. 445-446.
61
Como afirma Ruiz Bueno, "el mismo esfuerzo exegético de san Justino prueba que no se trata
de una doctrina tradicional, sino de opinión de un grupo, siquiera él crea ser el más ortodoxo".
RUIZ BUENO, Daniel: "Introducción al "Diálogo con Trifón", pág. 296.
62
Ibidem, 80, 2, pág. 446. De este pasaje debe suponerse que Justino ya se refirió a sus
concepciones milenaristas en alguna parte anterior del Diálogo, hoy perdida. De todas formas, no
puede tenerse certeza absoluta de ello, dado el desorden de la obra.
63
Ibidem.
64
Ibidem, 80, 5, pág. 447.
las Escrituras; así, comienza con un largo pasaje30
de Isaías 65:
...”Porque habrá cielo nuevo y tierra nueva, y no se acordarán de los pasados ni les ven-
drán a la memoria, sino que hallarán en la tierra alegría y regocijo, que yo creo. Porque he
aquí que yo hago a Jerusalén regocijo y a mi pueblo alegría, y me regocijaré en Jerusalén y me
alegraré sobre mi pueblo. Y ya no se oirá en ella voz de llanto ni voz de grito. Y ya no nacerá
allí un prematuro, que vive días, ni viejo que no llene su tiempo, porque el joven será hijo de
cien años, y el pecados, cuando muera, será hijo de cien años, y será maldecido. Y construirán
casas y ellos las habitarán, y plantarán viñas y ellos comerán sus productos. No construirán y
otros habitarán, ni plantarán y otros comerán. Porque, según los días del árbol de la vida,
serán los días de mi pueblo: envejecerán las obras de sus trabajos. Mis escogidos no trabajarán
en vano ni engendrarán para maldición; porque son descendencia justa y bendecida por el
Señor y sus nietos están con ellos. Y sucederá que antes de gritar ya los habré oído; mientras
aún estén hablando diré: «¿Qué pasa?». Entonces pacerán juntos el lobo y el cordero; y el león,
como el buey, comerá paja, y la serpiente tierra, como pan. No dañarán ni destruirán nada en el
monte santo, dice el Señor...” 66
A partir de esta cita comienza su trabajosa exégesis en favor del milenio:
...”Lo que en estas palabras, pues, se dice—dije yo--: «Porque según los días del árbol de la
vida, serán los días de mi pueblo, envejecerán las obras de sus trabajos», entendemos que
significa misteriosamente los mil años. Porque como se dijo a Adán que el día que comiera del
árbol de la vida moriría, sabemos que no cumplió los mil años. Entendemos también que hace
también a nuestro propósito aquello de «Un día del Señor es como mil años»...” 67
Pero la prueba más sólida de su tesis es para Justino el texto del Apocalipsis de san Juan:
...”Además hubo entre nosotros un varón por nombre Juan, uno de los Apóstoles de
Cristo, el cual, en revelación que le fue hecha, profetizó que los que hubiesen creído en nuestro
Cristo, pasarán mil años en Jerusalén; y que después de esto vendría la resurrección
universal...” 68
Hasta aquí llega el breve alegato de Justino en favor del milenio; posteriormente se
pierde en disgresiones sobre diversos temas. Hasta aquí, también, alcanza nuestro análisis sobre
este autor; lo expuesto es todo lo que puede decirse con certeza sobre su concepción milenarista,
y continuar sería adentrarse en el terreno de la mera conjetura. Nada afirma este autor sobre el
tiempo que falta para el reino milenario, quizás debido a la oscuridad del texto del Apocalipsis
de Juan; ni se refiere a los signos que antecederán a esa segunda venida de Cristo. Tampoco
esboza una clasificación de la historia en edades basada en textos veterotestamentarios, como
ocurrirá en la Edad Media. Pese a su no muy notable calidad filosófica y teológica, su influencia
fue grande, puesto que en su escuela de religión en Roma tuvo numerosos discípulos, de entre
los cuales algunos resultaron notables figuras intelectuales, como san Ireneo de Lyon.

San Ireneo.

A diferencia de Justino, sobre Ireneo, figura cumbre de la literatura cristiana del siglo II,
se conservan basta0ntes datos. Nació en Esmirna hacia 137, cuando Policarpo era obispo de esa
65
RUIZ BUENO, Daniel: "Introducción al 'Diálogo con Trifón'". En: RUIZ BUENO, D., ed.:
"Padres apologistas...", op. cit., pág. 295.
66
Isaías 65, 17-25. SAN JUSTINO: "Diálogo con Trifón", 81, 1-2. En: RUIZ BUENO, D., ed.:
"Padres apologistas...", op. cit., pp. 447-448.
67
SAN JUSTINO: "Diálogo con Trifón", 81, 3. En: RUIZ BUENO, D., ed.: "Padres
apologistas...", op. cit., pág. 448.
68
Ibidem, 81, 4, pág. 448.
ciudad. Pasó su juventud junto a este último,30quien influyó decisivamente en su formación
teológica 69; algunos autores sostienen que fue también discípulo de Papías 70, si bien esto último
es muy dudoso. Se ignora cómo y cuándo abandonó Asia Menor; lo único que se conoce es que
en el año 177 --o 178-- se encuentra en Lyon, momento en que tiene lugar en la Galia la
persecución contra los cristianos organizada por Marco Aurelio 71, al mismo tiempo que el
montanismo gana adeptos en la Iglesia de Lyon. Potino, obispo de la ciudad, fue según Freppel
quien lo ordenó sacerdote, asociándolo incluso al gobierno de su diócesis 72. El problema
montanista hizo que la Iglesia de Lyon lo enviara como delegado cerca del papa Eleuterio, lo
que tuvo por resultado salvarlo de la persecución contra los cristianos que se desencadenó poco
después. El advenimiento de Cómodo al trono trajo una etapa de tranquilidad a la Iglesia de
Lyon, a cuya cabeza—en reemplazo de Potino, muerto en el martirio—se hallará Ireneo 73.
Parece ser que, como obispo, se consagró a la reconstrucción de su diócesis, duramente afectada
por la persecución anterior; también se esforzó por extender el cristianismo por el valle del
Ródano 74. Intervino también como conciliador en el conflicto por la fecha de celebración de la
Pascua, que enfrentó al Papa Víctor I (189-199) con el obispo Polícrates de Éfeso 75. Se ignora a
ciencia cierta cómo y cuándo murió, aunque la tradición sitúa este hecho hacia 202-203 76,
durante la persecución de Severo; el Martirologio romano celebra su fiesta el 28 de junio 77. Ni
Eusebio, ni Tertuliano, ni Hipólito lo mencionan 78; en cambio, Jerónimo se refiere a él como
mártir 79.
Se sabe que la producción de Ireneo fue muy amplia, pero infortunadamente sólo se han
conservado hasta nuestros días dos de sus obras: el “Desenmascaramiento y refutación de la falsa
gnosis”—conocido generalmente por su título latino abreviado: “Adversus haereses”--, y la
“Demostración de la predicación apostólica”. Esta última constituye una exposición simple,
destinada a un uso popular de la fe y su demostración; es en cierta forma una suma abreviada de
la doctrina católica, que en algunos puntos completa su otra obra conocida y de mucho mayor
envergadura, el “Adversus haereses” 80.
El tratado “Adversus haereses” (“Contra los herejes”), constituye al decir de Cádiz, “la
obra cumbre del siglo II entre los escritos antiheréticos” 81. Escrito en griego, la mayor parte del
69
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 167.
70
FREPPEL, M.: "Saint Irénée". Paris, Retaux Bray, s.f.e., pág. 184.
71
Ibidem; CAYRE, F., op. cit., pág. 135.
72
FREPPEL, M., "Saint Irénée", op. cit., pág. 184.
73
Ibidem, pág. 185.
74
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 168.
75
CAYRE, F., op. cit., pp. 137-138.
76
CAYRE, F., op. cit., pág. 138; RAUSCHEN, G., op. cit., pág. 68.
77
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 167.
78
Ibidem.
79
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 167.
80
CAYRE, F., op. cit., pp. 138-139; TIXERONT, J., op. cit., pág. 101.
81
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 170.
texto original se ha perdido, pero se conserva30 una traducción latina y algunos fragmentos de
versiones armenias y siríacas. Según la organización dada por el propio autor, la obra comprende
cinco libros, que iba enviando sucesivamente a su destinatario a medida que los iba redactando.
De algunos datos internos se deduce que Ireneo debió componer los tres primeros libros entre
180 y 189; por lo tocante a los dos últimos, se supone que fueron escritos en tiempos del papa
Víctor (189-198) 82. El autor escribió esta obra a pedido de un amigo, poco conocedor de las
herejías. Aparentemente, su plan original era más breve, pero poco a poco se fue
extendiendo. En la obra Ireneo demuestra conocer bien las herejías, en parte por algunos escritos
heréticos que pudo obtener y en parte por las discusiones que sostuvo con los valentinianos de la
región 83.
En el libro primero Ireneo expone las concepciones de las diversas sectas gnósticas,
desde Simón Mago hasta Marción, centrándose fundamentalmente en el valentinianismo; en el
segundo, refuta la gnosis herética valiéndose de la dialéctica y de la razón; en el tercero—la
parte más notable de la obra—vuelve a refutar la herejía valiéndose de la tradición apostólica; en
el cuarto hace lo mismo, pero echando mano de las palabras de Jesucristo y del Antiguo
Testamento; en el quinto trata el fin de los tiempos y el plan divino con respecto a la humanidad
84
.
Según Cádiz, “este tratado, bajo el punto de vista teológico, tiene una importancia capital
y un alcance que sobre pasa con mucho el asunto del gnosticismo” 85; tanto es así, que la
envergadura de su exposición doctrinal le ha valido de algunos autores el título de “padre de la
teología cristiana” 86. En lo que concierne al valor literario de esta obra, Ireneo demuestra un
buen conocimiento de los libros sagrados, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento; no
ignoraba la literatura griega, y conocía los poemas homéricos y las obras teatrales clásicas, a las
que alude a menudo; tampoco desconoce ni la filosofía, ni la civilización profana ni la mitología
87
.
Además de las dos obras citadas, conservadas en su integridad, poseemos asimismo
diversos fragmentos de otras obras de Ireneo: “Sobre la monarquía”, “Acerca de la «ogdoada»”,
“Sobre el cisma”, una carta al papa Víctor, “Acerca de la ciencia”, y diversos discursos 88.
Dado el objetivo de este trabajo, nos limitaremos a analizar la concepción milenarista de Ireneo,
expuesta en el libro V de “Adversus Haereses”; dejando de lado el resto de sus concepciones
teológicas, desarrolladas en los cuatro primeros libros de la obra 89. Es significativo que este libro
V, por lo polémico y controvertido de su contenido, sea considerado por los patrólogos como “la
parte más débil de su obra” 90.

82
Una extensa discusión sobre el problema de la fecha de composición de la obra se encuentra en
FREPPEL, M., "Saint Irénée", op. cit., pág. 200.
83
Ibidem.
84
Ibidem; CAYRE, F., op. cit., pp. 139-140; FREPPEL, M., "Saint Irénée", op. cit., pp. 196-198.
85
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 170.
86
CAYRE, F., op. cit., pp. 140-141.
87
CADIZ, L.M., op. cit., pp. 171-172.
88
Sobre estas obras y lo que se conserva de ellas, cfr. CAYRE, F., op. cit., pág. 138, y
TIXERONT, J., op. cit., pp. 101-102.
89
Una síntesis de la teología ireneana se encuentra en CAYRE, F., op. cit., pp. 140-147.
90
Ibidem, pág. 147.
30 el más complejo y acabado, desde el punto
El milenarismo de Ireneo es, sin duda alguna,
de vista teológico, de todos los elaborados durante el período que analizamos; la razón de ello es
que este autor constituye una de las figuras cumbres de la teología cristiana de la época,
netamente superior a los restantes autores que analizamos y que analizaremos posteriormente.
Todos los autores coinciden en indicar el milenarismo de Papías como origen e
inspiración de las concepciones quiliastas de Ireneo; no obstante, no tener en cuenta el objetivo
fundamental de su obra sería situar fuera de contexto sus concepciones en este sentido. El
gnosticismo, del cual fue Ireneo irreconciliable adversario, sostenía entre sus postulados
principales la inexistencia de la resurrección de los muertos; para combatir esta idea, Ireneo
radicalizó su tesis sobre este aspecto, y no solamente sostuvo que los justos verán a Dios con sus
cuerpos glorificados, sino que afirmó asimismo que los elegidos, luego de la resurrección,
reinarán junto con Cristo en la tierra durante cierto tiempo. Este reino terrestre—Ireneo nada
dice sobre su duración—debe servir a los resucitados de preparación para la visión beatífica 91;
puesto que Ireneo sostuvo que las almas de los justos no gozan de ella antes de la resurrección;
esto es, antes del Juicio Final que señalará el término del reino milenario 92. Detrás de esta
concepción subyace lógicamente la idea de que el alma es pasible de una “maduración”, progre-
siva y necesaria, para llegar a ser capaz de soportar la visión del Altísimo 93; también puede
considerarse que su milenarismo es, en cierta medida, consecuencia de su particular doctrina
cristológica, conocida como la “recapitulación”, eje central de la teología ireneana: el hombre en
sí no es ni bueno ni malo, es libre, y a pecado libremente en Adán, su jefe. Jesucristo es el nuevo
Adán, que recapitula en sí la humanidad entera y la reconcilia con Dios 94.
Como es habitual en la mayoría de las obras de autores cristianos de esta época, Ireneo
pasa, muchas veces sin transición, de un tema a otro; así, se refiere al milenio 95 luego de haber
impugnado la exégesis alegórica de unos pasajes de Isaías; luego de afirmar su creencia en la
resurrección de los justos inmediatamente antes del milenio, caracteriza a éste:
...”Y cuando esto [la resurrección de los justos] haya tenido lugar, «Dios alejará los
hombres, y los que hayan sido dejados [”derelicti”] se multiplicarán sobre la tierra» [Isaías,
6,12]. «Construirán casas y ellos mismos las habitarán; plantarán viñas y ellos mismos las
comerán» [Isaías, 65,21]. Todas las profecías de este género se relacionan sin duda con la
resurrección de los justos, que tendrá lugar luego del advenimiento del Anticristo y del
aniquilamiento de las naciones sometidas a su autoridad: entonces los justos reinarán sobre la
tierra, creciendo con la visión del Señor; se acostumbrarán, gracias a Él, a contemplar la gloria
del Padre y, en ese reino, accederán al comercio de los santos ángeles, así como a la comunión y
a la unión con las realidades espirituales. Y todos aquellos que el Señor encontrase en su carne,
esperando su venida luego de haber subsistido la tribulación y de haber escapado a las manos
del Impío, son los que el profeta a dicho: «Y aquellos que hubiesen sido dejados se
91
IRENEO DE LYON: "Contre les Hérésies", livre V. Paris, Cerf, 1969. 32, 1, pp. 397-399.
92
FREPPEL, M., "Saint Irénée", op. cit., pág. 486.
93
CAYRE, F., op. cit., pp. 146-147.
94
Ésta es la tesis de CAYRE (Ibidem, pp. 143-144 y 147).
95
Ireneo desarrolla, antes de describir el reino milenario, una larga y tediosa demostración,
basada en las Escrituras, de la verdad de la resurrección de los muertos, que en cierta forma sería
asimismo una explicación de la certeza del milenio. No la analizamos aquí, por no tratarse de un
análisis del autor, sino tan sólo de la trascripción literal de largos párrafos del Antiguo Testamento,
del Apocalipsis de Juan, así como de alguna mención a Papías de Hierápolis. Como la tierra
prometida por Dios a Abraham nunca fue en realidad de su descendencia −−ya que continuó
sometida a dominadores extranjeros−− de ahí se deduce, afirma Ireneo, que el reino milenario será
el cumplimiento de las promesas de Dios en este sentido.
multiplicarán sobre la tierra» [Isaías, 6, 12, cit.30 más arriba]. Estos últimos son además todos
aquellos de entre los paganos que Dios preparará para ello para que, luego de haber sido
dejados, se multipliquen sobre la tierra, siendo gobernados por los santos, y sirvan a
Jerusalén...” 96
De este texto puede distinguirse, en primer lugar, dos clases de moradores del reino
milenario: los Justos de la “primera resurrección” y “los que fueron dejados”, los
“sobrevivientes” o “derelicti”. Esta división en dos clases de los habitantes del reino se inspira en
el Apocalipsis 97 y en la primera epístola de san Pablo a los Tesalonicenses 98. Ambos grupos
asistirán a la gloria divina, pero con características diversas, puesto que mientras los justos
resucitados serán asociados al Reino terrestre de Cristo, reinando a una con Él, los “sobrevi-
vientes” estarán gobernados por los Justos, cumpliendo una suerte de función subalterna 99.
Los Justos crecerán a la vista de Dios, acostumbrándose poco a poco a la visión
inmediata de su gloria. Aunque el tiempo transcurra, su organismo físico no evolucionará;
resucitarán adultos en cuerpo y alma y así continuarán. Además, serán admitidos al trato con los
ángeles; serán, con un cuerpo, lo mismo que los ángeles sin él, sin poseer, por tanto, ninguna
preocupación ni deseo de índole material, estando libres de las leyes de la materia 100.
El otro grupo de habitantes del reino milenario serán los “sobrevivientes”, es decir,
aquellos fieles a quienes la segunda parusía los sorprenderá en vida, tras la persecución
desencadenada por el Anticristo que precederá al Milenio. Asociados a los Justos en un plano
inferior a éstos, participarán del reino en un régimen diferente. Asistirán a la segunda venida del
Señor en su misma corporeidad imperfecta; a diferencia de los justos, no conocerán la muerte ni
la resurrección. Al contrario que éstos, los “sobrevivientes” se casarán y se multiplicarán; al
poseer un cuerpo no glorificado, sentirán necesidades materiales, deberán cultivar la tierra y
construir casas 101.
Podría decirse también que Ireneo distingue un tercer grupo de habitantes del Milenio; o,
si se quiere, un subgrupo dentro de los “derelicti”: se trata de cierto número de gentiles
creyentes, dignos de unirse en matrimonio con los “derelicti” anteriores, hebreos descendientes
de Abraham. Dios los ha “preparado”, para poblar la tierra del milenio con creyentes, venidos
tanto de Israel como de los gentiles, aunque todos hijos de Abraham por su fe 102. Ahora bien,
este tercer grupo de “preparados” (“praeparati”) ocuparían en el reino milenario una posición
aún inferior a la de los “derelicti”, a quienes servirían 103.

96
IRENEO DE LYON, op. cit., V, 35. Pp. 439-441.
97
..."Los restantes muertos no vivieron hasta terminados los mil años. Esta es la primera
resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; sobre ellos no
tendrá poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con El por
mil años..." (Apocalipsis, 20, 5-6).
98
..."pues el mismo Señor, a una orden, a la voz del arcángel, al sonido de la trompeta de Dios,
descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los vivos, los
que quedamos, junto con ellos seremos arrebatados en las nubes al encuentro del Señor en los
aires..." (1 Tesalonicenses, 4, 16-17).
99
ORBE, Antonio: "Antropología de san Ireneo". Madrid, Ed. Católica, 1969, pp. 966-967.
100
Ibidem, pág. 968.
101
Ibidem, pp. 973-974.
102
Ibidem, pp. 974-976.
103
Según se desprende de la frase: ..."siendo gobernados por los Justos, y sirviendo a
30 puede decirse entonces que Ireneo sostiene
Concluyendo sobre el milenarismo ireneano,
la existencia de un futuro reino terrestre milenario, poblado por tres grupos organizados jerár-
quicamente: 1º) los Justos redivivos, cogobernantes del reino junto con Cristo; 2º) los “derelicti”,
creyentes de linaje hebreo, sometidos a los primeros; y 3º) los “praeparati”, creyentes de origen
gentil que servirán a los segundos.

San Metodio de Olimpo.

Se ignora casi todo acerca de la vida de Metodio; al ser encarnizado adversario de


Orígenes y su sistema, Eusebio de Cesárea lo “castigó”, no mencionándolo en su “Historia
Eclesiástica” 104. Los pocos y más antiguos datos que sobre él conocemos provienen de san
Jerónimo, y por si fuera poco son considerados muy dudosos por los críticos. Sobre Metodio—al
que califica de “obispo y mártir”—afirma Jerónimo que fue obispo de Olimpia en Licia, y
posteriormente de Tiro, y que murió mártir en la persecución contra los cristianos organizada
por los emperadores Decio y Valeriano, en Calcis. Este último dato, en particular, es sumamente
dudoso; Metodio escribió una obra contra el pagano Porfirio, y a su vez, la obra anticristiana de
este último—motivo de la respuesta de Metodio—se considera compuesta hacia 270. Si esto es
así, Metodio no podría haber muerto durante la persecución de Decio y Valeriano, que terminó
hacia 259. Por otra parte, algunos críticos extraen de algunas expresiones de san Jerónimo que el
martirio de Metodio podría haber tenido lugar durante la persecución de Diocleciano (311-312),
o incluso durante la breve persecución de Licinio (320). Por si esto fuera poco, también es objeto
de discusión el lugar de su martirio, ya que se conocen cinco ciudades con el nombre de Calcis,
existentes en esa época 105. Como afirma con mucho sentido común H. Musurillo, “todo lo que
podría decirse es que el autor del “Banquete” era ciertamente un maestro cristiano, que fue
probablemente también obispo y mártir, que ejerció su actividad apostólica en algunos sitios de
Licia (como Olimpo, Patara y Termessus) durante la segunda mitad del siglo tercero. Sería
demasiado audaz ir más allá de este magro resultado” 106.
La obra literaria de Metodio parece haber sido bastante variada; de todas formas, gran
parte de ella se ha perdido. Algunas se han conservado en el original griego; otras, en antiguas
traducciones al eslavo.
“El Banquete” es la única obra conservada íntegramente en griego; las demás, o se
conservan—casi siempre fragmentariamente—en lengua eslava, o en fragmentos en ambas
lenguas. De estas últimas, las más importantes son el “Tratado del libre arbitrio” y el “Aglaofón”
o “Tratado sobre la resurrección del cuerpo”. El primero es importante como fuente para el
estudio de la antigua teoría ascética cristiana; en el “Aglaofón”, Metodio defiende contra los
origenistas la concepción tradicional del pecado original y de la naturaleza del cuerpo resucitado.
Las obras restantes de Metodio que se conservan son menos importantes; asimismo se conservan
fragmentos de otras muchas, y aún numerosos títulos de obras hoy perdidas en su totalidad. En
resumen, puede afirmarse que Metodio fue un escritor sumamente prolífico 107.
Por lo que concierne a su doctrina, casi todos sus escritos constituyen una reacción contra
Jerusalén..." (cfr. supra).
104
TIXERONT, J., op. cit., pág. 137; CAYRÉ, F., op. cit., pág. 273.; RAUSCHEN, G., op. cit.,
pág. 87.
105
MUSURILLO, Herbert: "Introduction au «Banquet» de Méthode d'Olympe", pp. 9-11. En:
METODIO DE OLIMPO: "Le Banquet". Paris, Cerf, 1963.
106
Ibidem, pág. 11.
107
Ibidem, pág. 12; TIXERONT, J., op. cit., pp. 137-139; CAYRE, F., op. cit., pp. 274-275.
Orígenes y su sistema, al que consideraba peligroso30 y en contradicción con la recta fe cristiana;
en esto radica, fundamentalmente, su importancia teológica. No obstante, Metodio no se opone
frontalmente al helenismo, como lo hicieron Tertuliano o Taciano, sino que intenta frecuen-
temente conciliar la fe cristiana con la cultura helénica, y emplea tanto la exégesis como la
dialéctica. En su oposición al origenismo, opone a las elucubraciones metafísicas de éste la
tradición de los apologistas del siglo II, particularmente en lo tocante al libre albedrío y al origen
del mal. Sus concepciones cristológicas se inspiran esencialmente en Ireneo de Lyon y en san
Pablo 108.
Por lo que respecta al aspecto literario de su obra, Metodio se sirve frecuentemente de la
literatura profana, inspirándose sobre todo en Platón. La influencia de este último es tal que
Metodio ha sido considerado “el más platónico de los escritores cristianos preaugustinianos”; no
obstante, su platonismo es más de forma que de fondo. Aunque sus diálogos—forma preferida
para la mayoría de sus obras—constituyen una clara imitación de los platónicos, esta imitación
es únicamente formal, no de contenido. El valor literario de su obra es desigual; en ocasiones se
eleva considerablemente, pero frecuentemente es afectado y repetitivo 109.
El “Banquete”, considerado por muchos la obra cumbre de Metodio, y como ya se dijo la
única conservada íntegramente en griego, está compuesto en forma de diálogo platónico; la
presentación, las comparaciones e imágenes están tomadas del “Fedón” y de otros. La obra es
pues, formalmente platónica, aunque no desde el punto de vista teológico. En lugar de hacer la
apología del amor, Metodio lo hace de la virginidad, perfección según él de la vida cristiana, y
forma de asemejarse lo más posible a Jesús. De todas formas, esta obra no podría catalogarse tan
sólo como una exhortación a la castidad; se trata en cierto sentido de un auténtico manual de
doctrina cristiana, una especie de “summula theologiae”, al decir de H. Musurillo 110.
La escena de la obra—el festín--, es situada por el autor a la sombra de un árbol
simbólico—el “Cordero casto”--, en un jardín que recuerda el paraíso terrenal: situado al
Oriente, a él se accede solamente por un camino escarpado. Del banquete toman parte diez
vírgenes, presididas por Areta, hija de la Filosofía. Las diez toman sucesivamente la palabra; sus
discursos son narrados a Euboliana—el autor—por su amiga Gregoria, quien a su vez es
informada por una de las diez vírgenes, Teopatra. El primer discurso es el de la virgen Marcela y
la siguen los de las demás: Teófila, Talia, Teopatra, Talusa, Agata, Priscilla, Tecla, Tusiana y
Domnina. Todas hacen elogio de la pureza virginal con diversas imágenes, ejemplos y frases de
las Escrituras; la mejor de todas resulta Tecla, a la cual Areta le da la palma. Luego se levantan
todas y la triunfante entona un himno a Cristo, coreado por las demás 111.
Por lo que respecta a las concepciones filosóficas de Metodio, éste presenta en términos
generales una visión escatológica de la historia del mundo tradicional en la historia del
pensamiento cristiano. En ella se distinguen tres niveles o etapas—heredadas por Metodio de
Ireneo y Orígenes--: “sombra”, “imagen” y “realidad”. El período de “sombra” corresponde a la
etapa de la Ley antigua, anterior a la venida de Cristo al mundo; el de “imagen” es la vida de la
Iglesia en la historia; la “realidad”, que no existe más que en Dios, será revelada en el fin de los
tiempos, comenzando con la marcha triunfal que será el Milenio.
A esta visión escatológica de la historia del mundo, se agrega en Metodio el análisis del
tiempo, hecho en términos de exégesis numérica; así, según éste, toda la escala de la historia
puede resumirse en el número ocho. El período de la “sombra”, habría durado cinco días; el
sexto día es el tiempo de la Iglesia del Nuevo Testamento; el séptimo será el tiempo del retorno
de Cristo sobre la tierra, comenzando con el Reino milenario; el octavo, por último, será el día
108
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 239.
109
Ibidem, pág. 239.
110
MUSURILLO, H., op. cit., pág. 13.
111
Ibidem, pp. 239-243.
30
en que el justo permanecerá para siempre en el Tabernáculo celeste.
Al séptimo día, en el gran Séptimo Milenio, los muertos resucitarán, afirma Metodio, y
Cristo volverá; no obstante, tan sólo aquellos que hayan recibido el sello de su sangre marcharán
con él hacia la Tierra Prometida, acompañados de coros de ángeles para celebrar el Milenio:
...”Salidos de allí, de las fronteras de Egipto, se pusieron en camino, arribaron a los
Tabernáculos, y volviendo a partir de allí arribaron finalmente a la Tierra Prometida: de la
misma forma será para nosotros. Yo también pues, me pongo en ruta a partir de aquí, salgo del
Egipto que es este camino, marcho primero hacia la resurrección, que es la verdadera fiesta de
los Tabernáculos, y allí, plantando mi tabernáculo repleto de los frutos de la virtud el primer
día de la fiesta de la Resurrección—el día del juicio—celebro con Cristo el Milenario del
Descanso, los Siete días como se dice, aquellos del sábado verdadero.
Luego, siguiendo de nuevo a Jesús en su pasaje hacia los cielos, vuelvo a ponerme en
ruta, como los Judíos de otrora tras la gloria de los Tabernáculos, hacia la Tierra Prometida,
hacia los cielos...” 112
...”Todo esto no es más que un soplo, sombras evanescentes que anuncian la
resurrección, la erección de nuestro tabernáculo luego de su finalización en la tierra: cuando lo
hayamos recobrado, inmortal, en el Séptimo Milenio, festejaremos la gran fiesta de la
verdadera erección de tabernáculos en la nueva creación que no conocerá más el dolor; los
frutos de la tierra habrán llegado al final de su última recolección; los humanos no se
dedicarán más al mundo, y no vendrá nadie más al mundo, y Dios descansará de sus trabajos
creadores.
Porque Dios, en seis días, ha puesto en su lugar el cielo y la tierra, y llevado a su
término la creación del universo, y «el séptimo día él descansó de los trabajos que había
cumplido, y bendijo el séptimo día y lo santificó» [Gen., 2, 1 y ss.]. He aquí por qué nos fue
encomendado, simbólicamente, de celebrar una fiesta para el Señor, al séptimo mes, al término
de la recolección de los frutos de la tierra, es decir cuando este mundo será cosechado en el
séptimo milenio, una vez que Dios haya conducido el universo a su verdadero término y se
regocijará en nosotros...” 113
Estos pasajes de Metodio relativos al Milenio, no son—como puede apreciarse rápi-
damente—muy claros; es por ello que las opiniones de los críticos han divergido en torno a si
habría de considerarse la concepción de Metodio como un milenarismo de tipo más espiritual
que material, o al contrario 114. El autor parecería afirmar que con posterioridad a la resurrección
de los muertos, habiendo sido restaurado en alguna forma el mundo material, habrá un largo
período de fiesta con Cristo en la Tierra Prometida. Luego, al final de este séptimo milenio, los
cuerpos de los justos cambiarán su apariencia corruptible por una forma incorruptible, similar a
la de los ángeles. El progreso de la historia que culmina con Cristo, segundo Adán, debe
acabarse con su venida final y el reino de Mil años.
Metodio nada afirma sobre la suerte de los pecadores en sus consideraciones sobre el fin
de los tiempos; al parecer consideraba que serían consumidos en el fuego destructor del mundo
al finalizar el sexto milenio. Tampoco afirma nada este autor sobre el pasaje del Reino milenario
al cielo, al final del séptimo milenio, ni sobre la suerte de la tierra con posterioridad a este
acontecimiento. Toda su concepción sobre el milenio se basa en la comparación simbólica entre
los siete días de la semana durante los cuales Dios creó al mundo según el Génesis, con las siete
edades del mundo, tomadas de Ireneo. Por otra parte, los conceptos de libertad humana—como
capacidad para optar entre el bien y el mal—y de castidad, ejes centrales de “El Banquete”,
deben ser considerados como parte integrante de su discurso apocalíptico, como afirma

112
METODIO DE OLIMPO: "Le Banquet", 9º disc., V, 254-255. Pág. 281.
113
Ibidem, 9º disc., I, 236-237, pp. 265-267.
114
MUSURILLO, H., op0. cit., pág. 22.
Musurillo 115. 30

Lactancio.

Por San Jerónimo se deduce que Lucius Caecilius Firmianus—Lactancio era un


sobrenombre—nació en Africa, en lugar y fecha que se ignoran con exactitud; lo más probable
es que haya nacido hacia el año 250 cerca de Cirta o de Másculo, en Numidia, de padres paganos
116
. Estudió retórica con Arnobio en Cirta, y a su vez fue profesor de esta asignatura; en esta
ocupación debió ser bastante bueno, puesto que hacia 292 fue llamado a enseñar en Nicomedia
en Bitinia, convertida por Diocleciano en residencia de la corte imperial. Como tuvo pocos discí-
pulos dedicóse a escribir para vivir; hacia 300 tuvo lugar su conversión al cristianismo. Aunque
permaneció en Nicomedia durante los primeros años de la persecución desencadenada por
Diocleciano y Galerio a partir de 303, cuando aquél abdicó se vio obligado a abandonar la
ciudad, en 305 o 306. Se supone que regresó luego de la publicación del edicto de tolerancia de
Galerio en 311. Pasó sus últimos años en la corte de Constantino, a donde fue llamado hacia 317
para ejercer como preceptor del hijo de éste Crispo. Supuestamente murió en Tréveris, en fecha
incierta 117.
Como afirma L.M. Cádiz, “aunque Lactancio no es un espíritu de primer orden, se le ha
calificado de Cicerón cristiano y ese el tipo acabado del retórico y del hombre de escuela.
Enamorado de los grandes modelos de la Antigüedad latina, especialmente de Cicerón, logró ser
un verdadero clásico, porque compuso con orden, con equilibrio, con armonía y con claridad, y
su lenguaje es todo lo puro que la materia y la época le permitieron” 118. Si se hace abstracción de
las obras anteriores a su conversión, así como de los dos libros de “Cartas a Demetrianus” que
no se conservan, puede decirse que de Lactancio se conocen cuatro obras apologéticas, una
histórica y probablemente un poema.
Además de su obra maestra, las “Instituciones divinas” 119, Lactancio compuso el pequeño
tratado “De opificio Dei”, especie de introducción a la obra anterior, escrito probablemente hacia
finales de 305. Éste fue complementado con el “Sobre la cólera divina” (escrito
aproximadamente hacia 310-311). El tratado “Sobre la muerte de los perseguidores” (314-320)
constituye una historia bastante exacta de las persecuciones que tuvieron lugar desde el
advenimiento de Diocleciano hasta el año 313. Se ha atribuido asimismo a Lactancio—sin
demasiada certeza—un pequeño poema “Sobre el ave Fénix”, que narra la leyenda de este ave
mitológica 120. A través de san Jerónimo se sabe de la existencia de otras obras de Lactancio, hoy
perdidas: “Symposium quod adolescentulus scripsit Africae”, “Itinerario desde Africa a
Nicomedia”, “El Gramático”, cuatro libros de cartas “A Probo”, dos libros de cartas “A Severo”
y otros dos “A Demetriano”, discípulo suyo 121.
Por lo que concierne a las “Instituciones divinas”, constituyen sin duda la obra maestra
de Lactancio. Se hallaba éste al parecer dominado por la idea de replicar a dos retóricos de
115
MUSURILLO, H., op. cit., pág. 29.
116
CAYRÉ, F., op. cit., pág. 260; CADIZ, L.M., op. cit., pág. 271.
117
CAYRÉ, F., op. cit., pág. 261.
118
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 271.
119
Cfr. infra.
120
TIXERONT, J., op. cit., pp. 164-166.
121
CADIZ, L.M., op. cit., pp. 272-275.
Bitinia—se supone que Porfirio y Hierocles—que 30 se burlaban con mucha habilidad de los
cristianos en sus escritos. Por ello, las “Instituciones” están destinadas a atraer a los hombres de
letras con la belleza y armonía de su estilo, de sus concepciones y de su método. Lactancio es el
primer apologista latino de su tiempo que busca ofrecer a los adversarios del cristianismo una
doctrina completa, una suerte de “summula theologiae” de la nueva religión: las “Instituciones”
son, al mismo tiempo, una metafísica, una historia de la religión, una moral y una filosofía.
Destinada a personas no creyentes, Lactancio descarta sistemáticamente los testimonios de las
Escrituras, que los paganos no reconocen; en su lugar invoca la autoridad de filósofos, histo-
riadores, poetas y oráculos 122.
Dividida en siete libros, el primero parece haber sido acabado en 307 y el conjunto de las
“Instituciones” en 311 123. En el libro primero prueba Lactancio la unidad de Dios y la falsedad
del politeísmo; en el segundo, establece la necesidad de una religión y prueba que los cultos
paganos no son verdadero culto a Dios; en el tercero prueba la mentira de la filosofía pagana y
sus contradicciones; en el cuarto, trata la unión de sabiduría y religión y desarrolla los artículos
fundamentales de la doctrina cristiana; el quinto, la justicia; el sexto, la moral cristiana. Por
último, el libro séptimo—que es el que concierne directamente a nuestro objeto de estudio—trata
la creación, la inmortalidad del alma y el fin de los tiempos. Posteriormente, a petición de un
amigo llamado Pentadio, Lactancio compuso un Epítome de las “Instituciones”, en el cual intro-
dujo algunas reformas para hacerla más directa y accesible 124.
Por lo que respecta a la calidad teológica y doctrinal de la obra de Lactancio, los críticos
coinciden en señalar unánimemente su mediocridad y sus errores. Al igual que su maestro
Arnobio, y quizás en su esfuerzo por hacer atractivo el cristianismo a los paganos, llega a casi
confundir cristianismo con deísmo 125. Puede decirse que en la práctica cifró su cristianismo en el
dogma de la Providencia divina, que constituye “idea central y madre de todos sus escritos” 126.
No obstante, su figura intelectual es lo suficientemente destacable como para figurar sin
discusiones entre el número de los apologistas.
Por lo que respecta al tema concreto de sus concepciones milenaristas—contenidas y
explicadas en el libro VII de las “Instituciones”--, Lactancio elabora una teoría quiliasta bastante
detallada, apoyándose—rasgo de hecho bastante original—no en las Sagradas Escrituras ni en
los escritos de otros autores cristianos, sino en hechos históricos y en oráculos sibilinos. La razón
de esta argumentación profana en favor del milenarismo se encuentra en el objetivo mismo de
las “Instituciones divinas”, obra como ya se dijo destinada a atraer al público pagano, para quien
las Escrituras cristianas no presentaban rasgos verosímiles.
De todos los autores estudiados, Lactancio es el que dedica sin duda alguna mayor
atención al problema del reino milenario. De hecho sus descripciones sobre el fin de los tiempos
--no muy originales, por cierto; basta con leer el Apocalipsis de Juan-- son las más ricas y
detalladas de los autores quiliastas de esta época, y hay que esperar a los siglos X y XI para
encontrar otros comparables en este sentido 127.
122
CADIZ, L.M., op. cit., pág. 272.
123
TIXERONT, J., op. cit., pág. 164.
124
Ibidem, pág. 273.
125
TIXERONT, J., op. cit., pág. 164.
126
Ibidem, pág. 272.
127
Piénsese por ejemplo en las descripciones de Raúl Glaber o Ekkehard de Aura, por citar
solamente algunos. Esta riqueza descriptiva --que es también la de Lactancio-- no se aprecia en
absoluto en los demás autores milenaristas estudiados.
30 son la base del milenarismo de Lactancio;
Podría decirse que los cálculos cronológicos
puesto que Dios creó al mundo en seis días, según las Escrituras, éste ha de perdurar por seis mil
años, puesto que, según la misma fuente, “mil años son para Dios un día”128. Para Lactancio, ya
casi ha trascurrido ese tiempo desde la creación.
Por otra parte, el final de los tiempos estará precedido por diversos acontecimientos
notables: la caída del Imperio Romano, el aumento de la impiedad humana, la progresiva
esterilidad de la superficie terrestre, y toda una serie de fenómenos meteorológicos
extraordinarios.
En lo que se refiere a la caída del Imperio por Lactancio anunciada, éste también aplica aquí
sus cálculos cronológicos. El Imperio romano está en la senectud y próximo a morir, puesto que,
como un ser humano, ha atravesado todas las etapas de la vida y en la que se encuentra es la última.
Apela aquí a una división en edades de la historia de Roma, que tiene como base los estadios de la
vida delhombre, y que erróneamente atribuye al filósofo Lucio Anneo Séneca. Según la misma, la
"infancia" habría correspondido al reinado de Rómulo, fundador de la ciudad; la niñez, al reinado
de los monarcas siguientes; la adolescencia, desde el advenimiento del último Tarquino hasta el
final de las guerras púnicas; la juventud, desde ese momento, hasta el período de las guerras civiles;
y desde allí, la senectud hasta el presente 129. Ahora bien, Lactancio va más allá de esta afirmación

128
...”Ergo quoniam sex diebus cuncta Dei opera perfecta sunt, per saecula sex, id est annorum
sex millia, manere hoc statu mundum necesse est. Dies enim magnus Dei mille annorum circulo
terminatur, sicut indicat propheta qui dicit: Ante oculos tuos, Domine, mille anni tanquam dies
unus. Et sicut Deus sex illos dies in tantis rebus frabricandis laboravit: ita et religio, et veritas in
his sex milibus annorum laboret necesse est, malitia praevalente ac dominante. Et rursus, quoniam
perfectis operibus requievit die septimo, eumque benedixit, necesse est, ut in fine sexti millesimi
anni malitia omnis aboleatur e terra, et regnet per annos mille justitia; sitque tranquillitas, et
requies a laboribus, quos mundus jamdiu perfert. Verum quatenus id eveniat, ordine suo explicabo.
Saepe diximus, minora et exigua magnorum figuras et praemonstrationes esse; ut hunc diem
nostrum, qui ortu solis occasuque finitur, diei magni speciem gerere, quem circuitus annorum mille
determinat. Eodem modo etiam figuratio terreni hominis coelestis populi
praeferebat in posterum fictionem. Nam sicut perfectis omnibus, quae in usum hominis molitus est
Deus, ipsum hominem sexto die ultimum fecit, eumque induxit in hunc mundum, tanquam in domum
jam diligenter instructam: ita nunc sexto die magno verus homo verbo Dei fingitur; id est, sanctus
populus doctrina et praeceptis Dei ad justitiam figuratur. Et sicut tun mortalis, atque imperfectus e
terra fictus est, ut mille annis in hoc mundo viveret: ita nunc ex hoc terrestri saeculo perfectus
homo fingitur; ut vivificatus a Deo, in hoc eodem mundo per annos mille dominetur...”
(LACTANCIO: "Divinarum institutionum". PL, VI, cc. 782-784; Cfr. asimismo RAUSCHEN, G.,
op. cit., pp. 107-108).
129
..."Non inscite Seneca Romanae urbis tempora distribuit in aetates. Primam enim dixit
infantiam sub rege Romulo fuisse, a quo et genita, et quasi educata sit Roma; deinde pueritiam sub
caeteris regibus, a quibus et aucta sit, et disciplinis pluribus instituisque formata: at vero Tarquinio
regnante, cum jam quasi adulta esse coepisset, servitium non tulisse, et rejecto superbae
dominationis jugo, maluisse legibus obtemperare quam regibus; cumque esset adolescentia ejuis
fine Punici belli terminata, tum denique confirmatis viribus coepisse juvenescere. Sublata enim
Carthagine, quae tamdiu aemula imperii fuit, manus suas in totum orbem terra marique porrexit;
donec regibus cunctis et nationibus Imperio subjugatis, cum jam bellorum materia deficieret,
viribus suis male uteretur, quibus se ipsa confecit. Haec fuit prima ejus senectus, cum bellis
lacerata civilibus, atque intestino malo pressa, rursus ad regimen singularis imperii recidit, quasi
ad alteram infantiam revoluta. Amissa enim libertate, quam Bruto duce et auctore defenderat, ita
consenuit, tanquam sustentare se ipsa non valeret, nisi adminiculo regentium niteretur. Quod si
haec ita sunt, quid restat, nisi ut sequatur interitus senectutem?..." (LACTANCIO, op. cit., cc. 788-
789).
30
de la senectud de Roma, algo que además ese frecuente apreciar en los autores paganos del período
--qué no decir de los cristianos--; basado en las apreciaciones de otros autores (que por lo demás no
cita con sus nombres) llega a la conclusión que para la caída del Imperio --y por consiguiente, para
el final de los tiempos-- no falta más de doscientos años 130.
El autor no se limita a la ubicación cronológica de la caída del Imperio, sino que brinda
otros datos acerca de cómo se producirá; surgirá un gran poder en Oriente, afirma Lactancio, que
desde allí hará sucumbir a Roma 131.
En lo que respecta al aumento de la impiedad del hombre, que según Lactancio se
constatará en las cercanías del advenimiento del reino milenario, pone como ejemplo principal a
Egipto 132, que por otra parte ya en el Antiguo Testamento aparece como lugar lleno de
supersticiones e iniquidades.
La esterilidad progresiva que se abatirá sobre la superficie terrestre es asimismo descrita en
crudos términos: plantas que mueren antes de dar fruto, ríos por los que en lugar de agua correrá
sangre, etc. 133
Por último, el final de los tiempos estará marcado por toda una serie de fenómenos
meteorológicos anormales; demás está decir que muchos de ellos están básicamente extraídos del
Apocalipsis de Juan, aunque con los aditamentos retóricos de Lactancio: eclipses solares
permanentes, cambios en el aspecto y órbita de la Luna, acortamiento de los años, meses y días, etc.
134
.
130
..."Jam superius ostendi, completis annorum sex millibus mutationem istam fieri oportere, et
jam propinquare summum illum conclusionis extremae diem. De signis quae praedicta sunt a
prophetis, licet noscere; praedixerunt enim signa, quibus consummatio temporum, et expectanda sit
nobis in singulos dies, et timenda. Quando tamen compleatur haec summa, docent ii qui de
temporibus scripserunt, colligentes ea ex litteris sanctis et ex variis historiis, quantus sit numerus
annorum ab exordio mundi qui licet varient, et aliquantum numeri eorum summa dissentiat, omnis
tamen expectatio non amplius quam ducentorum videtur annorum..." (Ibidem, c. 812).
131
..."Cujus vastitatis et confusionis haec erit causa, quod Romanum nomen, quo nunc regitur
orbis tolletur de terra, et imperium in Asiam revertetur, ac rursus Oriens dominabitur, atque
Occidens serviet. Nec mirum cuiquam debet videri, si regnum tanta mole fundatum, ac tandiu per
tot et tales viros auctum, tantis denique opibus confirmatum, aliquando tamen corruet. Nihil est
enim humanis viribus laboratum, quod non humanis aeque viribus destrui possit, quoniam mortalia
sunt opera mortalium. Sic et alia prius regna, cum diutius floruissent, nihilominus tamen
occiderunt. Nam et Aegyptios, et Persas, et Graecos, et Assyrios proditum est regimen habuisse
terrarum; quibus omnibus destructis, ad Romanos quoque rerum summa pervenit. Qui quanto
caeteris omnibus regnis magnitudine antestant, tanto majore decident lapsu, quia plus habent
ponderis ad ruinam, quae sunt caeteris altiora..." (Ibidem, cc. 787-788).
132
..."Omnis enim terra tumltuabitur: frement ubique bella: omnes gentes in armis erunt, et se
invicem oppugnabunt. Civitates inter se finitimae praeliabuntur; et prima omnium Aegyptus
stultarum superstitionum luet poenas, et sanguine velut flumine operietur. Tunc peragrabit gladius
orbem, metens omnia, et tanquam messem cuncta prosternens..." (Ibidem, cc. 786-787).
133
..."Aer enim vitiabitur, et corruptus ac pestilens fiet, modo importunis imbribus, modo inutili
siccitate, nunc frigoribus, nunc aestibus nimiis; nec terra homini dabit fructum: non seges
quidquam, non arbor, non vitis feret. Sed cum in flore spem maximam dederint, in fruge decipient.
Fontes quoque cum fluminibus arescent, ut ne potus quidem suppetat; et aquae in sanguinem aut
amaritudinem mutabuntur. Propter haec deficient et in terra quadrupedes, et in aere volucres, et in
mari pisces..." (Ibidem, c. 791).
134
..."Prodigia quoque in coelo mirabilia mentes hominum maximo terrore confundent, et crines
cometarum, et solis tenebrae, et color lunae, et cadentium siderum lapsus. Nec tamen haec usitato
Pero antes de la segunda venida de Cristo,30se producirá la intervención del Anticristo en el
mundo. Este perseguirá a justos y pidadosos, devastará el mundo con guerras y calamidades,
atrayendo gran número de gente tras de sí, por medio de falsas promesas, engaños y supuestos
milagros 135. Para poner fin a las iniquidades del Anticristo se producirá el retorno de Cristo, que
derrotará a aquél. Tendrá lugar en ese momento, afirma Lactancio, una primera resurrección de los
muertos y un primer juicio universal, luego de los cuales quedaría instalado --obviamente, por mil
años, correspondientes al séptimo día de la creación en el que Dios descansó-- el reino milenario 136
Allí vivirán pacíficamente todos los justos, bajo el reinado directo de Cristo, disipadas las
calamidades y terminadas las guerras 137.
Culminado el reino milenario, el Demonio lograría liberarse, planteando nueva batalla y poniendo

modo fient: sed existent subito et ignota et invisa oculis astra; sol in perpetuum fuscabitur, ut vix
inter noctem diemque discernatur. Luna jam non tribus deficiet horis: sed perpetuo sanguine
obfusa, meatus extraordinarios peraget, ut non sit homini promptum, aut siderum cursus, aut
rationem temporum agnoscere: fiet enim vel aestas in hyeme, vel hyems in aestate. Tun annus
breviabitur, et mensis minuetur, et dies in angustum coarctabitur. Stellae vero creberrimae cadent,
ut coelum omne caecum sine ullis luminibus appareat. Montes quoque altissimi decident, et planis
aequabuntur: mare innavigabile constituetur..." (Ibidem, cc. 795-796).
135
Ibidem, cap. XVII.
136
"Oppresso igitur orbe terrae, cum ad destruendam immensarum virium tyrannidem humanae
opes defecerint, siguidem capto mundo cum magnis latronum exercitibus incubabit, divino auxilio
tanta illa calamitas indigebit. Commotus igitur Deus et periculo ancipiti, et miseranda
comploratione justorum, mittet protinus liberatorem. Tun aperietur coelum medium intempesta et
tenebrosa nocte, ut in orbe toto lumen descendentis Dei tanquam fulgur appareat [...] Haec est nox,
quae a nobis propter adventum regis ac Dei nostri pervigilio celebratur: cujus noctis duplex est
ratio, quod in ea et vitam tum recepit, cum passus est, et postea regnum orbis terrae recepturus est.
Hic est enim liberator, et judex, et ultor, et rex, et Deus quem nos Christum vocamus, qui
priusquam descendat, hoc signum dabit. Cadet repente gladius e coelo, ut sciant justi ducem
sanctae militiae descensurum: et descendet comitantibus angelis in medium terrae; et antecedet
cum flamma inextinguibilis; et virtus angelorum tradet in manus justorum multitudinem illam, quae
montem circumsederit, et concideturk ab hora tertia usque ad vesperum, et fluet sanguis more
torrentis; deletisque omnibus copiis, impius solus effugiet, et peribit ab eo virtus sua.
Hic est autem, qui appellatur Antichristus: sed scipsum Christum mentietur, et contra
verum dimicabit, et victus effugiet, et bellum saepe renovabit, et saepe vincetur; donec quarto
praelio confectis omnibus impiis debellatus, et captus, tandem scelerum suorum luat poenas. Sed et
caeteri principes, ac tyranni, qui contrivertun orbem, simul cum eo vincti adducentur ad regem, et
increpabit etos, et coarguet; et exprobrabit hic facinora ipsorum, et damnabit eos, ac meritis
crucatibus tradet. Six extincta malitia, et impietate compressa, requiescet orbis, qui per tot saecula
subjectus errori ac sceleri nefandam pertulit servitutem..." (Ibidem, cc. 796-798).
137
..."Tum qui erunt in corporibus vivi, non morietur: sed per eosdem mille annos inifinitam
multitudinem generabunt; et erit soboles eorum sancta, et Deo cara. Qui autem ab inferis
suscitabuntur, ii praeerunt viventibus velut judices. Gentes vero non extinguetur omnino: sed
quaedam relinquentur in victoriam Dei, ut triumphentur a justis, ac subjugentur perpetuae
servituti. Sub idem tempus etiam princepts daemonum, qui est machinator omnium malorum,
catenis vincietur; et erit in custodia mille annis coelestis imperii, quo justitia in orbe regnabit, ne
quod malum adversus populum Dei moliatur. Post cujus adventum congregabuntur justi ex omni
terra; peractoque judicio, civitas sancta constituetur in medio terrae, in qua ipse conditor Deus
cum justis dominantibus commoretur [...] Tunc auferentur a mundo tenebrae illae, quibus
offunditur atque obcaecatur coelum; et luna claritudinem solis accipiet, nec minuetur ulterius. Sol
sitio a Jerusalén 138; entonces intervendría Dios30nuevamente, aniquilándolo definitivamente. A
continuación tendría lugar una segunda resurrección de los muertos y un segundo juicio universal
139
.
Lactancio, apartándose de la ortodoxia doctrinal de la Iglesia, sostiene la existencia de dos
resurrecciones de los muertos y dos juicios universales: uno al comenzar el reino milenario, luego
de la primera derrota del Anticristo, y otro al final de aquél, luego de la aniquilación postrera de
éste.
Luego del segundo juicio universal arriba descrito, el hombre viviría para siempre en un
mundo glorificado, con una corporeidad superior, siguiendo aquí Lactancio las concepciones
generales del Cristianismo 140.
En conclusión, puede decirse que la concepción milenarista de Lactancio es destacable,
tanto por la precisión y minuciosidad de sus predicciones, como por lo extenso de sus textos
quiliastas; pero aún más por la originalidad de las autoridades citadas, la mayoría de ellas
oráculos sibilinos genuinamente paganos. Este autor llegó a poseer cierta fama como retórico
cristiano, llegando a ser comparado, entre los latinos, con san Juan Crisóstomo entre los griegos.
No obstante, debido a su mediocridad teológica, su milenarismo no llegó a tener la influencia
posterior que tuvieron concepciones similares sustentadas por teólogos prestigiosos como san
Justino y san Ireneo.

A manera de conclusión.

A partir del siglo IV, el milenarismo cristiano decae rápidamente. A medida que el
cristianismo se consolida teológicamente con un cuerpo doctrinal fuerte, claramente definido e
independiente—tarea llevada a cabo por figuras como san Jerónimo y san Agustín--, rompe con
las ataduras que lo ligaban al judaísmo. El reino milenario terrenal, elemento fundamental del
esfuerzo sincrético del judeocristianismo, cae en descrédito, y san Agustín sepulta en la “Ciudad
autem septies tanto, quam nunc est, clarior fiet. Terra vero aperiet foecunditatem suam, et
uberrimas fruges sua sponte generabit: rupes montium melle sudabunt, per rivos vina decurrent: et
flumina lacte inundabunt. Mundus denique ipse gaudebit; et omnis rerum natura laetabitur, erepta
et liberata dominio mali, et impietatis, et sceleris, et erroris. Non bestiae per hoc tempus sanguine
alentur, non aves praeda: sed quieta et placida erunt omnia. Leones et vituli ad praesepe simul
stabunt: lupus ovem non rapiet, canis nos venabitur, accipitres et aquilae non nocebunt: infans cum
serpentibus ludet..." (Ibidem, cc. 808-810).
138
..."cum mille anni regni, hoc est septem millia coeperint terminari, solvetur denuo, et custodia
emissus exibit; atque omnes gentes, quae tunc erunt sub ditione justorum, concitabit, ut inferant
bellum sanctae civitati; et colligetur ex omni orbe terrae innumerabilis populus nationum, et
obsidebit, et circumdabit civitatem..." (Ibidem, c. 813).
139
..."Tunc veniet novissima ira Dei super gentes, et debellabit eas usque ad unum: ac primum
concutiet terram quam validissime et a motu ejus scindentur montes Syriae; et subsident colles in
abruptum; et muri omnium civitatum concident, et statuet Deus solem triduo ne occidat; et
inflammabit eum; et descendet aestus nimius, et adustio magna supra perduelles et impios populos,
et imbres sulfuris, et grandines lapidum, et guttae ignis; et liquescent spiritus eorum in calore, et
corpora conterentur in grandine, et ipsi se invicem gladio ferient; et replebuntur montes
cadaveribus, et campi operientur ossibus. Populus autem Dei tribus illis diebus sub concavis terrae
occultabitur; donec ira Dei adversus gentes, et extremum judicium terminetur..." (Ibidem, cc. 813-
814).
140
..."Cum vero completi fuerint mille anni, renovabitur mundus a Deo, et coelum complicabitur,
et terra mutabitur; et transformabit Deus homines in similitudinem angelorum...", etc. (Ibidem, c.
814).
de Dios” sus chances de ser incluido dentro de30la ortodoxia. Aunque no es condenada formal-
mente, de aquí en más, durante toda la Edad Media y en adelante, la creencia en el reino
milenario quedará relegada al ámbito de la superstición o al de la herejía.
Sobre las pocas figuras de la teología cristiana que en el siglo IV manifiestan
concepciones milenaristas, llueven las críticas y refutaciones, prueba tangible de que para el
milenarismo cristiano ya ha sonado su hora. Así por ejemplo sucede con Apolinar de Laodicea,
sobre cuyo milenarismo casi nada se sabe 141: es refutado por san Basilio 142, por san Gregorio
Nacianceno 143, por san Epifanio 144 y por Teodoreto 145. Lo mismo sucede con Julio Hilarión, que
elabora una defensa del reino milenario en su “Libellus XVIII” 146, y al que refuta san Jerónimo
147
.
No se encuentra dentro de los objetivos de este estudio desarrollar la filosofía de la
historia de san Agustín, tema sobre el que se han escrito incontables obras, y cuya amplitud y
complejidad demandaría por sí muchos estudios monográficos; por otra parte, y como
afirmamos al comienzo, nuestro objeto de estudio es, precisamente, la Iglesia preaugustiniana.
Con todo, resulta insoslayable mencionarlo, como hito fundamental en la evolución posterior de
las concepciones milenaristas. Agustín distingue dos tipos de milenaristas: los “carnales”,
sostenedores de un reino milenario futuro al estilo del de Cerinto, y los “espirituales”, creyentes
en un reino terrenal con características más abstractas y elevadas 148. El propio Agustín confiesa
haber sustentado durante cierto tiempo las tesis de los “espirituales” 149. Pero el obispo de Hipona
desarrolla una exégesis alegórica del Apocalipsis de san Juan que se transformará rápidamente,
dado el prestigio de su autor, en la interpretación oficial de la Iglesia católica de esa extraña
obra, quizás la más fuertemente influida por el judaísmo de todas las que componen el canon
neotestamentario. Con ello, Agustín provoca la decadencia y el desprestigio definitivos de las
tesis quiliastas católicas, privándolas de su más firme sustento, el Apocalipsis. El conjunto
mismo, monumental, de la obra augustiniana es causa de la decadencia del milenarismo; el
Cristianismo termina por consolidar su propia teología, amalgamando filosofía con religión, y
apartándose definitivamente del judaísmo, por lo que todo esfuerzo sincrético judeocristiano
pierde importancia y razón de ser.
Puede decirse pues, como afirma J. Sily 150 que a partir de san Jerónimo y san Agustín la
teología oficial de la Iglesia rechaza el milenarismo. Esta tendencia se acentuará cada vez más, y
Santo Tomás lo condenará calificándolo de herejía 151. La decadencia del milenarismo como
doctrina teológica ortodoxa, con todo, no significará su desaparición; durante la Edad Media—

141
CAYRE, F., op. cit., pp. 436-440.
142
Epístola 263, iv. PG, XXXII, c. 979.
143
Epístola 102, xxxvii. PG, CXCVIII, cc. 127-129.
144
EPIFANIO DE SALAMINA: "Adversus haereses", III, 36 y ss. PG, XLII, cc. 695 y ss.
145
TEODORETO DE CIRO: "Haereses fabulorum", iii, 6. PG, 83, c. 407.
146
JULIUS HILARIANUS: "Libellus XVIII". PL, XIII, c. 1105.
147
SAN JERONIMO: "In Isaiam", ix. PL XXIV, c. 350, y XVIII, c. 627.
148
SAN AGUSTIN: "La Ciudad de Dios", XX, 7. Madrid, BAC, 1958, pp. 1454-1456.
149
Ibidem, pág. 1456.
150
SILY, J.: "El milenarismo". Separata de la revista "Estudios", Nº 356. Buenos Aires, s.d.e.,
1941, pág. 124.
especialmente hasta finales del siglo XI—las 30 creencias quiliastas gozarán de una cierta
popularidad; aunque la verdadera importancia y extensión de la creencia en el reino milenario ha
sido y es objeto de ardua polémica entre los historiadores. El problema, de todas formas, se
encuentra más allá de los objetivos del presente estudio.

----------o0o----------

151
SANTO TOMAS DE AQUINO: "Summa Teológica", 3, q 77, a 1 ad 4. Cit. por SILY, J., op.
cit., pág. 138.
Bibliografía. 30

BARDY, Gustave: La Théologie de L'Église de Saint Clément de Rome à Saint Irénée. Paris, Les
Ed. du Cerf, 1945.

La Théologie de L'Église de Saint Irénée au concile de Nicée. Paris, Les Ed. du Cerf, 1947.

BARNES, T.D.: The new Empires of Diocletien and Constantine. London, 1982.

BREISACH, Ernst: Historiography: ancient, medieval and modern. Chicago-London, The Univ. of
Chicago Press, 1983.

BURCKHARDT, J.: Del paganismo al cristianismo. México, FCE, 1950.

BURY, J.B.: History of the later Roman Empire. New York, Dover Publications, 1958 (2 vv.).

CADIZ, Luis M. de: Historia de la literatura patrística. Buenos Aires, Ed. Nova, 1954.

CARR, Edward H.: ¿Qué es la historia? Barcelona, Seix-Barral, 1973.

CAYRÉ, Fulbert: Précis de patrologie. Paris, Desclée et Cie., 1927.

COHN, N.: En búsqueda del milenio.

CHASTAGNOL, A.: Le Bas Empire. Paris, 1982.

COCHRANE, C.: Cristianismo y cultura clásica. México, FCE, 1992.

DENZINGER, Enrique: El Magisterio de la Iglesia. Barcelona, Herder, 1963.

DHONDT, Jan: La Alta Edad Media. México, Siglo XXI, 1986.

DRAGUET, René: Historia del dogma católico. Buenos Aires, Desclée de Brouwer, 1949.

DRAY, William: Filosofía de la Historia. México, UTEHA, 1965.

DUJOVNE, León: La Filosofía de la Historia en la Antigüedad y en la Edad Media. Buenos Aires,


Galatea-Nueva Visión, 1959.

FOCILLON, Henri: El año mil. Madrid, Alianza Editorial, 1963.

FREPPEL, Charles E.: Saint Irénée. Paris, Retaux Bray, 1886.

Saint Justin. Paris, Retaux-Bray, 1885.

GUIGNEBERT, Ch.: Le monde juif vers le temps de Jésus. Paris, Éd. Albin Michel, 1950.

JAMES, E.O.: Los dioses del mundo antiguo. Madrid, Guadarrama, 1962.

JEDIN, Hubert, Dir.: Manual de Historia de la Iglesia, t. I. Barcelona, Herder, 1970.


30 1966.
KAHLER, Erich: ¿Qué es la Historia?. México, FCE,

LLORCA, B., S.I. - GARCIA VILLOSLADA, R., S.I. - MONTALBAN, F.J., S.I.: Historia de
la Iglesia Católica, t.I. Madrid, B.A.C., 1958.

LOT, Ferdinand: La fin du monde antique et le debut du Moyen Age. Paris, Éd. Albin Michel,
1951.

MARROU, H.I.: Décadence romaine ou Antiquité tardive. Paris, 1977.

MAZZARINO, S.: El fin del mundo antiguo. México, UTEHA, 1961.

MUSURILLO, Herbert, S.J.: Introduction à «Le Banquet». En: METODIO DE OLIMPO: "Le
Banquet". Paris, Cerf, 1963, pp. 9-38.

OCHAGAVIA, Juan: Visibile Patris Filius. Roma, Institutum Orientalium Studiorum, 1964.

ORBE, Antonio: Antropología de San Ireneo. Madrid. Ed. Católica, 1969.

Introducción a la teología de los siglos II y III. Salamanca, Ed. Sígueme, 1988.

Teología de San Ireneo. Madrid, Ed. Católica (BAC), 1985-87 (2 tt.).

PIGANIOL, A.: L’Empire chrétien. Paris, 1972.

QUASTEN, Johannes: Patrología, t.I. Madrid, BAC, 1978.

RAUSCHEN, Gerardo: Compendio de patrología. Friburgo de Brisgovia, Herder, 1909.

REMONDON, R.: La crisis del Imperio Romano. Barcelona, Labor, 1967.

RUIZ BUENO, Daniel: Introducción al "Diálogo con Trifón. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.:
"Padres apologistas griegos". Madrid, BAC, 1954, pp. 281-299.

Introducción a las Apologías de San Justino. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres
apolo gistas griegos". Madrid, BAC, 1954, pp. 155-181.

Introducción a los fragmentos de Papías. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres
apostólicos". Madrid, BAC, 1950, pp. 863-869.

Introducción a los padres apologistas. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres apologistas
griegos". Madrid, BAC, 1954, pp. 3-101.

Introducción a los Padres apostólicos. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres apostólicos".
Madrid, BAC, 1950, pp. 3-25.

SANZ, Víctor: La historiografía en sus textos. Caracas, Fondo Ed. de Humanidades y Ed., 1985.

SCHNEIDER, Hermann: Filosofía de la Historia. Barcelona, Labor, s.f.

SILY, J.: El milenarismo. Separata de la revista "Estudios", Nº356. Buenos Aires, 1941.
TIXERONT, J.: Précis de patrologie. Paris, Victor30Lecoffre, 1920.

WALBANK, F.W.: La pavorosa revolución. Madrid, Alianza, 1986.

Fuentes.

AGUSTIN DE HIPONA: La ciudad de Dios. Madrid, BAC, 1958.

EUSEBIO DE CESAREA: Historia eclesiástica. Buenos Aires, Nova, 1950.

IRENEO DE LYON: Contre les Héresies, livre V. Paris, Cerf, 1969.

JUSTINO: Apología I. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres apologistas griegos". Madrid,
BAC, 1954, pp. 182-260.

Apología II. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres apologistas griegos". Madrid, BAC,
1954, pp. 261-278.

Diálogo con Trifón. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres apologistas griegos". Madrid,
BAC, 1954, pp. 300-548.

LACTANCIO: Divinarum institutionum. PL, VI, cc. 111-822.

METODIO DE OLIMPO: Le Banquet. Paris, Cerf, 1963.

PAPIAS DE HIERAPOLIS: Fragmentos de Papías. En: RUIZ BUENO, Daniel, ed.: "Padres
apostólicos". Madrid, BAC, 1950, pp. 871-884.

SAGRADA BIBLIA. Versión española de E.Nácar y A.Colunga. Madrid, BAC, 1961.

----------o0o----------