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Perdonar a mis enemigos.

Mateo 5, 38-48
20 de Febrero de 2011.

Como cada domingo quiero compartir, mi reflexión personal, con los


internautas de buena voluntad, el largo discurso que Jesús dirige a sus
discípulos.
Son muy diversos los temas que trata en el. Pero que si intentamos llevarlos a
la práctica harán que nuestra vida sea un vivir el amor a Dios por medio de
nuestro prójimo.
Cada día Jesús me pide más, no me exige, me invita a que haga lo que me
dice, para ir consiguiendo poco a poco la perfección. Objetivo difícil de
conseguir, pues el apego a lo material hacen que me plantee, en muchos
casos, hasta el seguirle.
Hoy son tres cuestiones que me deja caer ahí, como si nada fueren.

La superación de la actitud de venganza. Por mi condición humana, y


como tal con la inclinación lógica, al pecado, es para mí casi una utopía,
pensar que tengo que perdonar a todos los que me han hecho mal; a mi mente
llegan continuamente los deseos de venganza, de devolver el mal que me han
causado a lo largo de mi vida, a quien me lo ha originado, pero un voz en mi
interior me grita y me hace recordar, que también yo he hecho mal, y aquel a
quien he ofendido ha sido capaz de dar su vida para que yo tenga vida en Él.

El amor a los enemigos. La utopía llega más lejos. Aunque realmente


entiendo que sobrellevaría mejor los contratiempos, si mi amor llegase al
extremo de poder hacer lo que Jesús me dice: Perdona a tu enemigo hasta
dar la vida por él si fuese necesario. Esto es superior a mis fuerzas, pero esa
es la cuestión, sólo nada puedo, Jesús está a mi lado para que el perdón deje
de ser utopía en mi.

¡¡Cuánto me gustaría tener los sentimientos de perdón como Kim Phuc!!

Kim Phuc es Vietnamita, tiene hoy 38 años y vive en la actualidad en Canadá


con su esposo e hijos. Su cuerpo quedó marcado para siempre con los
estigmas visibles e invisibles del napalm, ha perdonado a los que se los
infligieron. En un acto conmemorativo de la guerra del Viet Nam celebrado en
Washington dijo a los ex combatientes presentes que, “si un día me encontrase
cara a cara con el piloto que lanzó la bomba, le diría: “Ya que no se puede
cambiar la historia, tratemos de hacer cuanto podamos por promover la
paz”. Dicho y hecho: Kim Phuc tuvo el gesto de abrazar a John Plummer, uno
de los asistentes al acto que intervino en la coordinación del bombardeo de
Trang Bang. Desearía transmitirles lo que he aprendido a valorar: He vivido la
guerra y sé cuán inapreciable es la paz. He sufrido mi dolor y sé lo que vale el
amor cuando uno desea curarse. He experimentado odio y sé cuál es la fuerza
del perdón. Hoy, como estoy en vida y vivo sin odio ni ánimo de venganza,
puedo decir a los que causaron mi sufrimiento: “¡Os doy mi perdón!” No hay
otro medio para preservar la paz y poder hablar de tolerancia y no violencia.
Solamente cuando encontré la fe en Dios y en mí misma, se atenuó el dolor de
las llagas de mi corazón, fui dejando que el sentimiento de perdón creciera en
mi corazón hasta que empezó a embargarme una inmensa paz interior. Esto
no ocurrió de la noche a la mañana, porque no hay nada más difícil que
llegar a amar a sus enemigos.1

Las heridas van quedando en mi mente y en mi corazón y condicionan


tremendamente mi vida espiritual. Amor significa mucho más que perdonar y
que olvidar.
El amor a los enemigos debe ser en mi la señal de identidad de ser y obrar
como cristiano “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en
el amor que se tengan los unos a los otros». (Juan 13, 35).

Los primeros cristianos tenían como base fundamental para la vida espiritual: la
humildad profunda y el amor a los enemigos, al igual que los Padres del
desierto que recordaban una y otra vez a sus discípulos que, para avanzar y
crecer, se necesitan dos actitudes: saber dar gracias y perdonar de corazón a
los demás.

Puedo perdonar y amar porque Él, el Señor, lo ha hecho antes con migo.

La perfección. Por último me invita a ser perfecto: “Por lo tanto, sean


perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo. (Mateo 5, 48). Al
escuchar estas palabras quedo desalentado, dado que llegar a la perfección
de Dios es práctica y teóricamente imposible... Entonces ¿cómo debo
entender la frase? Que para acercarme lo más posible a la perfección, mi
disposición interior debe estar orientada a ella, que nunca debo bajar la
guardia, que debo estar alerta y con los brazos en alto suplicando a Dios me
dé las fuerzas necesarias para poder seguir adelante y poder afirmar: “… ya
no vivo yo, sino que Cristo vive en mí…” (Gálatas 2, 20)

Cuentan que un niño entró en un taller de escultura y se quedó admirado de un


gigantesco bloque de piedra. Dos meses más tarde, aquel bloque había
desaparecido. En su lugar encontró una hermosa estatua ecuestre. Y el niño,
admirado, preguntó al artista: ¿Cómo sabías que dentro de aquel bloque de
granito había un caballo?

En esto consiste la perfección en pulir el gran bloque de granito que tengo


dentro de mí corazón y que de él, salga la imagen de Cristo, que siendo
perfecto, murió por mi imperfección.

1
Fuente Consultada: Portal de la UNESCO

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