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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ

INTRODUCCIÓN

Recuerdo que tenía veinticinco años cuando llegué a casa del


trabajo por la noche, cosa rara, todavía vivía en el núcleo familiar
con mis padres y mi hermano, pero en esa ocasión no había nadie
en casa, así que prendí el televisor y anunciaron que transmitirían la
película “La Noche de los Muertes Vivientes” de George A. Rome-
ro. Yo nunca la había visto, pero sabía por diversas referencias que
era un “clásico” del cine de terror, así que me dispuse a verla.
¿Podría una película “vieja” y para colmo en blanco y negro
generarme miedo? ¿Podría haber algo más truculento, para un fan
de la revista Fangoria que había visto bastantes películas de horror
durante gran parte de su vida? Créanme que cuando la película
terminó yo clamaba por mi mamá. Tras esa noche me volví fan de
la saga de películas de Romero.
Debo reconocer que no soy muy afecto a los terrores “sobrena-
turales”, rara vez me da miedo alguna película de fantasmas o de
monstruos, de hecho, me aterrorizan más aquellas que hablan de
asesinos en serie o “slashers” como la versión original de “La Ma-
sacre de Texas”, puesto que son terrores más factibles (quien me
diga que no le daría miedo encontrarse con un tipo enorme portan-
do una máscara hecha con piel humana, un mandil batido en san-
gre y una sierra eléctrica está mintiendo); sin embargo, los muertos
vivientes, los zombis tienen un encanto en particular… No, no se
trata aquí del elemento sobrenatural, sino que los zombis reflejan
de una u otra manera uno de los terrores primigenios por excelen-

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cia: La Muerte misma (así, con mayúsculas, por que la Muerte, en
estos casos se convierte en un personaje en sí misma). No entraré
aquí en observaciones filosóficas o metafísicas acerca del temor a
la muerte por que la función primordial de esta obra es entretener, y
a fin de cuentas, superado o no, en algún momento de nuestra vida
hemos tenido que afrontar ese miedo a la Muerte misma.
Los cadáveres andando, putrefactos con su eterna sonrisa inex-
presiva reflejan ese temor, nos guste o no, mientras estamos vivos
la muerte nos parece algo desagradable y es por eso que en pelí-
culas como la del señor Romero resultan tan efectivos, por que el
miedo no deja de ser a fin de cuentas una sensación humana que
nos recuerda precisamente el valor de estar vivos.
Esta antología de cuentos tuvo un génesis más o menos curio-
so, originalmente fue un ejercicio de mero entretenimiento para
varios amigos del club ARKHAM al cual yo pertenecía, uno de
estos amigos, Carlos W. Trejo (no confundir con el cazafantasmas
mercachifle de lo sobrenatural), ya había realizado una antología
de relatos variados de género fantástico en un libro que se tituló
“Cenicero” que solo se distribuyó entre miembros del club, así que
a mi se me ocurrió realizar otra antología, pero que tuviera una
cohesión en cuanto a tema, y así surgió esta obra.
En ese tiempo (hará ya un poco más de dos años) empezába-
mos con nuestro proyecto de editorial virtual que era “Fi Comics”,
así que me desentendí un poco del libro para avocarme a otros
proyectos; en Fi, originalmente queríamos editar comics y la idea
de los libros sería para más adelante, sin embargo, los costes de
producción de una historieta nos lo hicieron prohibitivo hasta cier-
to punto y decidimos regresar con los libros. ¿Teníamos algo que
publicar? Entonces fue que esta antología “revivió” para andar de
nuevo, sólo que en esta ocasión no solo tendría cuentos de miem-
bros del club ARKHAM y se extendió a otros amigos (con excep-
ción de los cuentos de Ángel Zuare, Javier Gómez y Erick Tejeda
los demás cuentos son de miembros del club), claro que había
ciertos requisitos: Que fueran historias que principalmente ocurrie-
ran en México, que fueran cuentos narrados desde la perspectiva
del hombre “común” y que no describieran por qué los muertos
revivían, todo esto era para poder cohesionar las historias, ya que
empecé a visualizarla como una novela, que todos los cuentos

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ

pudieran ocurrir simultáneamente en diferentes lugares. Fue difícil,


ya que no todos respetaron estas reglas, pero a fin de cuentas su
inserción en la antología la determinó la calidad de los relatos fi-
nalmente (el hecho de que la mayoría de los autores somos amigos
y nos conocemos no fue una excusa para hacer algo “al ‘ai se va”,
de hecho, todos pasaron por una corrección de estilo y tuvimos
que desechar a dos relatos que no cumplían con los estándares de
calidad que requeríamos).
Con excepción de un par de escritores, la mayoría de los relatos
son de autores “ilustres desconocidos”, pero como ya mencioné,
cumplen con cierta calidad, con cierto rigor narrativo, los cuentos
que leerán a continuación son:

- Pánico Post Mortem de Javier Gómez. Este es un relato


muy íntimo y personal de mi buen amigo Javier, no cumplió
con el requisito de no explicar el “por qué” los muertos revivían
(de hecho, el título de su historia es precisamente eso), pero su
lacónica narrativa y su humor negro en el desenlace lo hicie-
ron un relato que sirve de antecedente a todos los demás.
- En Sobre la Noche de Ángel Zuare, el pandemónium
se destapa, basado en ciertos hechos “reales” ocurridos en
la Cineteca Nacional, anuncian que el fin del mundo ya ha
dado inicio y nada podrá detenerlo…
- El día después de Fernando Bonilla nos sumerge de lle-
no en el conflicto, rompiendo una de las reglas para participar
en la antología, sin embargo, en su narrativa hay tal lirismo y
belleza que no pudimos desecharlo, vamos, es gracias a este
cuento que esta antología encontró un título adecuado.
- En Huérfanos de Carlos W. Trejo presenciamos el re-
corrido de un camión escolar en donde el chofer hará lo
posible para que su preciado tesoro, unos huérfanos, lleguen
a salvo a su destino, pero en un mundo en donde los muertos
están resucitando, ¿realmente habrá un lugar seguro?
- Trayecto de Víctor Ángel (Vico) Vázquez es un emo-
cionante relato que narra, pues eso, un trayecto; los zombis
ya se han adueñado del mundo, pero eso no es obstáculo
para que podamos deambular por la ciudad, como lo hace
el protagonista de la historia.

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- Seguiremos Informando de Erick Tejeda nos presen-
ta toda una odisea de parte de un adolescente quien debe
atestiguar la descomposición literal de dos familias: la suya
y la de su novia.
- Vicente Cabrera nos platica Lo que el zombi me su-
surró al oído mientras unos sobrevivientes tratan de con-
seguir alimento, claro, antes de que los zombis se alimenten
primero con ellos
- Nash Gaarder nos narra el cuento más breve de la anto-
logía: Mientras todos duermen, un simpático relato que
es como un pequeño beso en la oscuridad, el autor me cuen-
ta que está basado también en algunos “hechos reales”.
- Pedro Banda no niega la cruz de su parroquia, emplean-
do un “florido” lenguaje coloquial en el divertidísimo ¡Viva
México Ca… Zombis! en donde la plaga zombi es ya
algo tan cotidiano que no faltará quien encuentre esta situa-
ción redituable. Ideal para cerrar esta antología, no lo lean
si son de temperamento sensible.

Y finalmente tenemos la pequeña novela seccionada entre los


relatos: Las aventuras de Robbie, que es mi relato (y en donde
finalmente tampoco respeté una de las reglas), quería contar una
historia desde la perspectiva de un zombi, si es buena o mala sólo
ustedes pueden decírmelo, espero les guste.
Pues los dejo con este ramillete de secas y muertas flores litera-
rias; léanlas, disfrútenlas y cultívenlas, ¿quién sabe?, a lo mejor les
placerá releerlas en el futuro y quizás logren revivirlas.

Ignacio A. Loranca
31 de Octubre del 2009

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ÍNDICE

Pánico Post Mortem. Por Juan Javier Gómez Sánchez 9

Las aventuras de Robbie, primera parte: Robbie se levanta.


Por Ignacio Loranca 21

Sobre la noche. Por Ángel Zuare 25

El día después. Por Fernando Bonilla Flores 33

Las aventuras de Robbie, segunda parte: Robbie busca algo de comer. 49

Huérfanos. Por Carlos W. Trejo 53

Las aventuras de Robbie, tercera parte: Robbie, ídolo de multitudes. 63

Trayecto. Por Víctor Ángel Vázquez 69

Las aventuras de Robbie, cuarta parte: Robbie sigue caminando. 81

Seguiremos informando. Por Erick Tejeda 85

Las aventuras de Robbie, quinta parte: Robbie y el perrito. 103

Lo que el zombi me susurró al oído. Por Vicente Cabrera 105

Mientras todos duermen. Por Nash Gaarder 117

Las aventuras de Robbie, sexta parte: Robbie y el bebé. 121

¡¡¡Viva México ca…. zombis!!! Por Pedro Banda 123

Las aventuras de Robbie, última parte: Robbie llega a su destino 135

Sobre los autores de esta antología... 137

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PÁNICO POST MORTEM

Por Juan Javier Gómez Sánchez

Ilustracion: Antonio Ontiveros

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Fue pasando la medianoche que la condición de Papá empezó
a empeorar de nuevo. Decidimos entonces llamar a la ambulancia
para internarlo. Era lo que había recomendado el especialista:
“No deje pasar ni un minuto, llévelo inmediatamente” dijo. Había
tenido una crisis antes y lo habían dado de alta a los pocos días.
No nos imaginábamos que esta segunda ocasión sería la definiti-
va. Llevábamos semanas cuidándolo a todas horas. Si la enferme-
ra no podía venir en la noche, nos turnábamos para atenderlo. Era
una rutina agotadora que parecía no tener fin.
Al subir a la ambulancia recordé que de niño no había nada
que me entusiasmara más que salir a dar una vuelta con mi padre.
No este tipo de vueltas. Me senté a su lado, estaba inconsciente
y parecía tranquilo; le habían puesto una mascarilla de oxígeno,
tomé una de sus manos, estaba muy fría. No me hacía ninguna
gracia la idea de pasar el resto de la noche en el Hospital; odio
los hospitales, los detesto, me marea el olor a desinfectante y
alcohol de sus pasillos, me desagrada el ir y venir de médicos y
enfermeras con sus batas blancas que los hacen parecer fantasmas
de una casa de los sustos de feria. A propósito ¿por qué blanco?,
¿Pureza? ¿Nunca se han puesto a pensar que una mancha de san-
gre o de cualquier otro fluido resulta mucho más espectacular, más
dramática sobre una superficie de este color? Ah, cómo olvidar
la presencia (o la cercanía) constante de instrumentos “curativos”
punzocortantes (especialmente jeringas), listos para pinchar, para
abrirse camino a través de la carne indefensa y finalmente toda
esa maquinaria pensada para prolongar la agonía de los que ya
están más allá de toda esperanza: pulmones artificiales, máquinas

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - PÁNICO POST MORTEM

de perfusión, diálisis peritoneal, etc. En las culturas que llamamos


“primitivas” la muerte no es más que una parte natural de la vida,
¿por qué no podemos verla nosotros así también? , y ¿qué pasara
si un día nos volvemos incapaces de morir, pero siempre depen-
dientes de esos mecanismos auxiliares?
Llegamos rápido, el Hospital no estaba muy lejos. Mi esposa se
había quedado en la casa con los niños.
-Te llamo si pasa algo – le dije al salir –.
Mientras instalaban a papá tuve que llenar las formas de ingreso.
La secretaria que me atendía era la misma de la vez anterior.
- ¿Pago en efectivo o con tarjeta?
La pregunta me resultó muy desagradable, me hizo sentir como
si estuviera en un supermercado, era como si no estuviera ingre-
sando a un paciente que sufría sino a un cliente, pero todo lo que
hice fue replicar
- Con Tarjeta, señorita.
Me dio el número de la habitación a la que lo habían llevado.
Recorrer esos pasillos blancos, iluminados y vacíos es muy duro
en la noche. Papá seguía inconsciente, me senté a su lado y lo
miré, lo miré, lo miré durante un largo rato; mi tiempo se dilató, se
extendió, quedé suspendido en un limbo personal de inquietud y
sufrimiento en el que me hacía mil y un preguntas. ¿Durante cuánto
tiempo tendría que estar internado ahora?, ¿Cuántos viajes habría
que hacer al Hospital de ahora en adelante?, ¿Cuándo podría por
fin descansar de todo esto, si no había alivio posible? Alguien me
había contado que tuvo que cuidar a su madre de esta manera du-
rante siete años. ¿Se podía acostumbrar uno a ese tipo de rutina?,
por supuesto que si. Pero ¿sería la mejor para el que sufría y para
el que tenía que presenciar ese sufrimiento?
Desperté de repente. Me había quedado dormido sin darme
cuenta; hasta me parecía haber roncado, pero no era yo, era
papá que respiraba agitado y con dificultad.
- Papá, ¿qué te pasa?, ¿te sientes mal?, ¿qué te duele?
Me levanté a medias para tocar el timbre y llamar a la enferme-
ra, pero él se incorporó violentamente en la cama y me agarró la
mano con fuerza; noté en sus ojos una expresión extraña, como
si fuera presa de una furia salvaje, tan sólo duró un instante, solté
un grito por el apretón y entonces su mirada se veló y se desplomó

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inerte sobre la cama. Así terminó todo. Consulté mi reloj: eran las
cinco de la mañana.
La enfermera y el médico en turno llegaron apresuradamente,
pero aún antes de que dieran su diagnóstico yo ya sabía que no
había nada por hacer. Salí al pasillo y telefoneé a la casa para
avisarle a Clara que Papá había fallecido. Me dijo que saldría
inmediatamente para reunirse conmigo tan pronto como hablara
con su hermana para que fuera a ocuparse de los niños. Unos
camilleros llegaron y desocuparon la cama con rapidez, en los
Hospitales la larga fila del sufrimiento humano no tiene fin, pronto
vendría alguien más a ocuparla.
Esperé a Clara en la cafetería, el doctor de guardia me había
recomendado que fuera a tomar algo pues como quiera que fuese
el certificado de defunción tardaría unos minutos en estar listo y yo
necesitaba reponer fuerzas. Agradecí la sugerencia. En realidad
no tenía mucha hambre, pero sabía que el cansancio y el desgaste
nervioso me estaban esperando a la vuelta de la esquina para
pasarme también la factura y sería mejor estar preparado. Pedí un
café, jugo y una ensalada de frutas.
- ¿Cómo estás? – Preguntó Clara al llegar, luego de darme un
beso rápido y tomar asiento frente a mí –.
- Cansado, deprimido, sorprendido, asustado… ¡todo fue tan rápido!
- ¿A dónde lo llevaron? Ya no está en el cuarto.
- Al depósito de cadáveres que está en el sótano. Tenemos que
pasar a recogerlo luego de que nos den el certificado… ¿No to-
mas algo tu también?
- No es mala idea.
Clara pidió lo mismo que yo.
- ¿Dijeron cuál fue la causa?
- Insuficiencia cardiaca, al parecer.
Continuamos comiendo en silencio, luego se me ocurrió pregun-
tarle si había traído la tarjeta para llamarle a los de la funeraria.
Hizo una mueca.
- No, la dejé sobre el buró que está junto a la cama.
- No hay problema, hablamos al rato a la casa para que tu
hermana nos dé el número.
Nos interrumpió una voz que salía de los altavoces y que lla-
maba con urgencia a todo el personal de seguridad para que

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - PÁNICO POST MORTEM

acudiera al sótano. Tres individuos con aspecto de matones que


ocupaban una de las mesas vecinas se levantaron y salieron aun-
que no le dimos mucha importancia al hecho. Yo estaba muy ocu-
pado tratando de asimilar lo que había pasado y Clara respetaba
mi silencio.
-¿No vas a querer nada más?
Ella negó con la cabeza. Subimos a buscar el certificado, que
ya estaba listo. Luego de que nos lo dieron subimos al ascensor
para dirigirnos al sótano. Estaba vacío. Recorrimos algunos pa-
sillos sin encontrar a nadie, finalmente dimos con la puerta del
depósito y la abrimos. Ni una persona. En un extremo, una ca-
milla volcada en el piso y una sábana, lo cual nos pareció algo
extraño; la contemplamos unos momentos perplejos sin saber qué
decir. La puerta se abrió de golpe y entró un médico alto de pelo
blanco y mandíbula cuadrada, tras sus lentes unos ojos fríos nos
miraron con severidad, lo seguían dos empleados de seguridad.
-¿Qué hacen ustedes aquí? – Luego, dirigiéndose a los emplea-
dos – ¿Quién los dejó pasar? No pueden estar aquí.
Expliqué que éramos familiares del paciente que ocupaba la habi-
tación 411 que había fallecido alrededor de las cinco de la mañana.
El médico me escuchó con rostro inexpresivo. Luego dijo tajante:
- Lo lamento, no pueden estar aquí. Hemos declarado en cua-
rentena esta zona – Y agregó uno de los guardias: “Lleve a los
señores a la salida de emergencia inmediatamente.”.
- Doctor – Empezó a decir Clara –, ¿podría explicarnos qué es
lo que…?
- En este momento no, más tarde nos comunicaremos con uste-
des para lo que sea necesario.
Llegó entonces un grito del pasillo:
- ¡Doctor, ya lo localizamos, venga pronto!
Salió rápidamente sin despedirse, el tipo de seguridad, un hom-
bretón enorme de espaldas anchas y cuadradas nos pidió que lo si-
guiéramos. Antes de salir, Clara se detuvo y preguntó una vez más:
- ¿Pero qué es lo que está pasando, por el amor de Dios?
- Mejor ni pregunte seño, replicó el sujeto con voz ronca, real-
mente no creo que le guste saberlo.
Y nos dio con la puerta en las narices.
Nuestra primera reacción fue volver al Hospital y exigir una

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explicación de lo que estaba ocurriendo, pero luego desechamos
la idea. Yo quería descansar un poco, darme un baño; había que
hablarle a los de la funeraria. Ya no teníamos ningún motivo para
apresurarnos. Papá ya no estaba con vida. O al menos eso era lo
que creíamos.
Me acosté luego de darme un baño caliente. Cuando desperté
ya estaba oscureciendo.
- Llamaron del Hospital, me dijo Clara, sentada en el borde de
nuestra cama matrimonial. Que ya podemos pasar por el cuerpo
de tu Papá a las once de la noche.
- ¿No te dijeron por qué a esa hora?
- La chica que habló me dijo que lo sentía, pero eran las instruc-
ciones que le había dado el director. Espero que ya allá nos den
una explicación.
Subimos al coche al cuarto para las once. Los de la funeraria
nos habían confirmado que se encontrarían con nosotros en el
Hospital para hacerse cargo del cuerpo.
- ¿Se te ocurre alguna idea de lo que puede haber pasado?
-No, ¿cómo saberlo?, quizás alguien dejó algún tipo de mues-
tras de virus expuestas, o hubo alguna contingencia sanitaria, no
tengo ni la más mínima idea – dije y me encogí de hombros – .
Al estacionar el coche vimos que ya estaba ahí la camioneta del
velatorio. El Director nos esperaba en el Sótano, nos dijeron en la
recepción y una vez más hicimos el camino. Resultó ser el mismo
sujeto que nos había hecho salir apresuradamente en la mañana.
El depósito estaba en orden ya. La camilla estaba de pié, sobre
ella había un cuerpo que estaba cubierto por una sábana.
-Buenas Noches. Antes que nada, permítanme que les ofrezca
una disculpa por lo ocurrido esta mañana, de no haberse presen-
tado ese imprevisto, le habríamos ahorrado la molestia de presen-
tarse aquí a esta hora. Desafortunadamente se nos presentó una
contingencia tipo PPM y nos vimos obligados a declarar la cuaren-
tena por un tiempo en este sector del Hospital. Ahora, ¿sería tan
amable de identificar al aquí presente como su familiar?
Nos acercamos a la camilla. Levantó un extremo de la sábana
que cubría el rostro del cadáver. Vi el rostro de Papá tal y como
había quedado en la madrugada, al momento de fallecer. “Es mi
Padre” dije.
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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - PÁNICO POST MORTEM

- Bien, ahora sea tan amable de firmar aquí.


Pero antes de que pudiera escribir nada, Clara de un ma-
notazo arrancó la sábana que cubría el cuerpo. Luego me dijo
que había sentido el impulso de hacerlo y que no supo por
qué, una intuición, la sospecha de que el Director nos estaba
ocultando algo.
Lanzó un grito.
Papá tenía los brazos cruzados sobre el pecho, pero el resto de
su cuerpo desmentía esa actitud de reposo. Tenía los dedos de las
manos ensangrentados y destrozados casi por entero. Por todas
partes tenía moretones y golpes oscuros. Lo peor, sin embargo, era
su abdomen, en el que sólo había un espantoso hueco negruzco
y amoratado, se le habían removido todas las vísceras dejando
tan sólo un vacío. Sentí que se me iba toda la sangre a los pies y
luego que fluía violentamente a mi cabeza. Clara le había dado la
espalda a esa horrible visión.
El Director levantó inmediatamente las manos, conciliador.
- Puedo explicarlo todo, si gusta acompañarme a mi oficina.
Los de la Funeraria se apresuraron a cubrir el cuerpo de nuevo
con la sábana. Yo respiraba con trabajo, presa a medias de la
incredulidad y la rabia. Pero pude controlarme lo suficiente como
para decir con voz ahogada:
“De acuerdo, pero más le vale que su explicación sea convincente.”
Al contrario de lo que creía, la oficina del Director estaba en el mismo
sótano. Cerró la puerta suavemente luego de que yo entrara y me miró
directamente a los ojos con una sangre fría que me dejó pasmado.
- Escuche todo lo que tengo que decirle antes de hacer cual-
quier comentario.
Asentí con dificultad mientras sentía la sangre retumbar en mi cabeza.
- Pertenezco a una generación que creció durante los años se-
senta del siglo pasado y como tal he sido muy influenciado por el
misticismo oriental, tan de moda durante esos años. Ya sabe, los
Beatles, el Maharishi Mahesh Yogui y todo eso. A diferencia de
algunos de mis colegas que dicen que han “superado” esa etapa,
yo sigo considerando que podemos aprender todavía mucho de
la experiencia y sabiduría de Oriente, desarrollada siglos antes
de que estuvieran sentadas siquiera las bases de nuestra cultura.
Antes de continuar necesito advertirle que lo que voy a exponerle
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no es más que una teoría y que muy bien podría estar equivocado,
pero creo que está en sus manos la oportunidad de prestarle un
servicio inmenso a la ciencia por el cual le estarán agradecidas las
generaciones venideras. Con el de su padre suman ya cinco los
casos que se han dado en este Hospital de lo que me he permitido
nombrar PPM, Pánico Post Mortem. Una condición en la que los
sujetos están clínicamente muertos, es decir privados de todo signo
vital, respiración, ondas cerebrales, actividad cardiaca, etc. Pero
en la que, como diría Galileo “sin embargo, se mueven” y no sólo
están dotados de movimiento, sino que atacan a cualquier cosa
con vida que encuentren a su paso.
No podía creer lo que estaba escuchando, el Director continuó
como si nada.
- ¿Conoce usted, por casualidad, el Libro de los Muertos Tibe-
tano, el llamado “Bardo Thodol”? Supongo que no. Debe conocer
tan sólo el egipcio, que es más popular porque tiene dibujitos.
En este texto antiquísimo los sabios tibetanos hablan de algo que
denominan “el estado intermedio”, en el que se entra inmedia-
tamente después de la muerte y que es previo a los estados de
“liberación” y “transferencia”. Es un estado de gran inestabilidad
y peligro. El “Thodol” habla de un sendero en el que hay que
encauzar la conciencia para evitar el miedo en ese estado, al
que llama “sendero de los buenos deseos que libra de los lazos
peligrosos”. Llegado el momento es preciso recitar lo siguiente:
“Oh, noble nacido, lo que se llama muerte ha llegado ahora. No
continúes atado a esta vida por el sentimiento y por debilidad.
Pues no tendrás poder suficiente para permanecer aquí. Sea cual
sea el miedo y el terror que puedan asaltarte no olvides lo que te
digo pues en ello se encierra el secreto vital del conocimiento”.
El libro habla de grandes peligros que pueden desatarse en el
caso de no tener éxito en evitar este miedo, aunque no habla es-
pecíficamente de ellos. Mi idea es que una de las consecuencias
de no poder controlar este miedo que experimentan algunos al
morir es que tratan con todas sus fuerzas de regresar, algo que a
fin de cuentas son incapaces de hacer. Sin embargo, la concen-
tración de energía que logran algunas personas es tan grande
que consiguen activar el centro energético principal del cuerpo,
algo así como si se tratara de un aparato a control remoto. Este

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - PÁNICO POST MORTEM

centro energético se localiza justo debajo del ombligo. No lo


olvide. Pero como a fin de cuentas su conciencia es incapaz de
reintegrarse la reacción consiguiente es de furia y rabia. Me mira
usted como si estuviera loco. Voy a mostrarle una grabación de
nuestras cámaras de seguridad, pero antes permítame hacerle
algunas preguntas. ¿Estaba usted junto a su Padre en el momento
en que falleció?
Asentí, tenía la boca seca y no podía articular palabra.
- ¿Considera usted que el diagnóstico de su fallecimiento se lle-
vó a cabo de manera correcta sin posibilidad de equivocación?
Asentí nuevamente.
- Bien, ahora, discúlpeme una vez más por lo que voy a mostrar-
le, pues sé de antemano que no le agradará.
Corrió la grabación en el monitor. Vi a papá levantarse brus-
camente de la camilla que habíamos visto tirada en el Depósito
de cadáveres. Vi su espeluznante deambular por los pasillos de-
siertos del sótano mientras emitía sonidos guturales. Luego lo vi
atacar de forma brutal a uno de los guardias de seguridad al que
tomó por sorpresa. Entré en estado de shock. Como cuando tene-
mos una experiencia tan intensa que no podemos creer que sea
real todo lo que está ocurriendo. Simplemente me parecía una
pesadilla. ¿Era posible que ese engendro contrahecho, babeante
y feroz fuera mi padre? La cinta continuó corriendo, vi como lo
cazaron, la lucha despiadada que se entabló cuando por fin
fue acorralado. El desgraciado del Director ni siquiera detuvo la
cinta al final cuando sus gorilas le arrancaron sin miramientos las
entrañas a Papá.
-Preste mucha atención a lo que voy a decirle ahora – Dijo
el doctor con voz fría una vez que hubo terminado aquel horror.
Apagó el monitor y continuó –, lamento muchísimo lo ocurrido,
en verdad. Pero está en sus manos el ayudarnos para que esto
no se repita. La única forma eficaz de detener a estos seres es
la evisceración completa. Es por esa razón que se encuentra así
el cuerpo de su Padre. No había otra alternativa para detener-
lo. Considero, como jefe directivo de este Hospital que por esto
usted tiene derecho a una compensación por daños y perjuicios,
tanto físicos como psicológicos o de cualquier otro tipo. Lo úl-
timo que desearíamos es que usted hiciera público todo esto y

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - PÁNICO POST MORTEM

nos demandara, es por esto que queremos llegar a un acuerdo


con usted. Un acuerdo que puede resultar muy provechoso para
ambas partes. Nosotros nos comprometemos a pagarle una can-
tidad razonable, de la cual se deducirán por supuesto las pérdi-
das materiales ocasionadas por su padre y usted por su parte se
compromete a guardar silencio sobre el asunto y a permitirnos
a conservar las vísceras de su progenitor para estudiarlas. Si
hay alguna forma de prevenir estos brotes, quizás ahí sea donde
podamos encontrar la respuesta. Tenga en cuenta que el día de
mañana, usted, su esposa o incluso alguno de sus hijos podrían
ser víctimas de esta condición. O puede haber un incremento en
el número de casos. No hay forma de saberlo. Si logramos en-
contrar una forma de prevenirlo, las ganancias para la ciencia y
la medicina serían enormes. Piénselo.
Sentí la transpiración corriendo por mi cara. Cuando por fin
pude articular palabra pregunté:
- ¿Cuánto tiempo tarda en manifestarse este estado, según us-
ted, luego de que la persona ha fallecido?
- Por la experiencia que tenemos, estimamos que ocurre entre
quince o veinte minutos luego de la muerte de la persona.
- ¿Qué hay del sistema de vigilancia interna de este Hospital?
¿Qué tal si en este momento algún paciente que haya muerto esté
a punto de verse afectado?
-Nuestro personal de seguridad está siendo capacitado para
hacer frente a esa situación. Los pasillos se monitorean continua-
mente, día y noche; la capacidad de respuesta es cada vez más
rápida y efectiva: localización, captura y evisceración.
Bajé la vista un momento, aspiré el aire profundamente, luego
miré al Doctor a los ojos.
- ¿De cuánto sería la cantidad que estaríamos hablando?
El Director sonrió indulgente.
Salí de la oficina sin estar seguro de haber tomado la decisión
correcta. Después de todo, en estos tiempos difíciles, en cualquier
tiempo, un dinero extra nunca está de más. Además, tenemos que
pensar en nuestros hijos, la escuela, la universidad, eso cuesta.
Clara me esperaba en el pasillo.
- ¿Qué te dijo? – Preguntó insistente –.
- Vámonos, luego te digo.

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Los hombres de la funeraria tomaron la delantera con la camilla,
nosotros los seguíamos a una prudente distancia. Clara me miraba
de vez en cuando con ojos interrogantes, pero ya tendría tiempo
para explicarle todo más tarde; probablemente no aprobaría lo
que había hecho, pero seguro que entendería mis motivos. No me
sentí libre de la atmósfera opresiva que para mí tenía ese lugar
hasta que salimos. El aire fresco de la noche me sentó muy bien.
Antes de subir al coche eché un último vistazo al edificio, se veía
tan tranquilo. ¿Quince a veinte minutos? Perfecto. Sólo espero que
el cabrón haya sentido suficiente miedo cuando lo maté.

20
LAS AVENTURAS DE ROBBIE
Primera parte: Robbie se levanta.

Por Ignacio Loranca

21
Roberto Acosta Gutierrez, conocido entre sus amigos y seres
queridos como “Robbie” era un tipo afortunado, era el prototipo
del American dream hecho realidad. Había estudiado mercado-
tecnia en una universidad privada de la ciudad de Guadalajara y
había entrado a trabajar a Great Ensamble Corps (GEC), una de
esas empresas transnacionales que manejaban diversos productos
en el mercado, desde artículos para el hogar hasta aceite para
automóviles. En tan solo seis meses logró multiplicar la venta de
aromatizantes para excusados cuando le ofrecieron la gerencia
del producto (el más bajo en ventas y que obviamente ningún otro
ejecutivo quería manejar), superando incluso la venta del papel
higiénico del “Elefantito”, todo esto gracias a una ingeniosa cam-
paña de publicidad que organizó con uno de sus amigos de la
infancia; tal vez vieron el anuncio, era ese del tipo simpático que
llegaba malhumorado a su casa, discutía brevemente con su espo-
sa y al entrar al baño salía cantando. Bobo, pero muy efectivo.
Por este éxito logró que lo invitaran a trabajar a las oficinas
matriz en Nueva York para que les enseñara a los jóvenes ejecuti-
vos su técnica mercadológica y de dirección, un año después era
el gerente de “Spring”, bebida gaseosa sabor limón que era el
producto número uno de GEC, detrás de dos refrescos de cola de
la competencia.
Roberto, Robbie, vivía en un penthouse en la avenida Madison,
y pese a ser mexicano rara vez percibió actitudes racistas, no era
lo que propiamente denominaban un “Chicano”, era parte de ese
multiculturalismo que impregnaba a la gran manzana y que sin
embargo, nunca olvidó a sus co-nacionales (siempre que podía

22
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LAS AVENTURAS DE ROBBIE I

hacía donativos para combatir la pobreza y apoyar a los niños de


la calle de México).
Dos años después de asumir la gerencia de Spring se casó con
Stella Stara, una hermosa modelo de pasarela y revistas, rubia
platinada de ojos verdes y nariz respingada cinco años más joven
que él, una belleza, casi una ninfeta.
Pues sí, Robbie era un sinónimo de éxito, con un futuro pro-
metedor, había quienes pronosticaban que pronto alcanzaría la
vicepresidencia de GEC y, ¿quién sabe?, tal vez la presidencia
en unos años.
Pero eso no iba a pasar, justamente al día siguiente que Stella
partió a Los Angeles para una sesión de fotografías fue que los
muertos se levantaron y empezaron a deambular por las calles de-
vorando a todos los vivos. Ante el descontrol, las autoridades tra-
taron de frenar lo que no sabían si era una epidemia o una maldi-
ción; como una primera medida para evitar que esto se propagara
los aeropuertos clausuraron los vuelos para ya nunca más volver a
abrirlos, los medios de comunicación fueron perdiendo sus señales
en menos de una semana (Internet tardó un poco más) y la metró-
poli se convirtió en una verdadera y literal ciudad fantasma.
Robbie se resguardó en su departamento los primeros días, ha-
bló por teléfono con Stella los primeros días hasta que los teléfonos
mismos dejaron de funcionar. Cinco días después Robbie decidió
ir al otro extremo de los Estados Unidos a buscar a su esposa.
No le costó trabajo encontrar una armería, a pesar de estar
ya saqueada logró encontrar una escopeta y varias decenas de
paquetes de balas debajo del mostrador, encontró una motocicleta
con las llaves puestas y a punta de escopeta logró salir de la ciu-
dad esquivando a los muertos que querían devorarlo.
Descubrió que viajar por carretera era relativamente seguro, al
principio encontró a mucha gente, pero cada vez ésta era menos,
automóviles abandonados a mitad de los caminos obstruían su
paso, pero en la motocicleta podía ir más rápido esquivándolos.
Se enteró muy pronto que disparándoles en la cabeza los muer-
tos quedaban completamente inertes y realmente se encontró con
pocos en su trayecto hasta Ohio. El verdadero peligro era cuando
se detenía en las gasolineras abandonadas o en las poblaciones
donde buscaba algo de comer. Su traje Armani era ya un asco y

23
su barba sin rasurar, aunada a los días sin baño casi lo hacían
confundirse con los cadáveres ambulantes, nadie creería que ha-
bía sido un alto ejecutivo.
Robbie no podía darse el lujo de llorar, eso significaría perder
tiempo y aceptar que Stella podría estar muerta.
Al llegar a Indiana, tras dos días de no descansar descubrió un
cobertizo en un henar en donde se dispuso a descansar. Durmió
bien esa noche y soñó que hacía el amor con su esposa.
Al despertar encontró un pozo y llenó una cubeta con agua
para darse un baño, se desnudó completamente cuando escuchó
pasos detrás de él, con pánico trató de correr hacia su escopeta
pensando que se trataba de muertos andantes. No fue así, de
haber sido muertos le hubiera dado tiempo perfecto de alcanzar
el arma y los hubiera rematado ya que estos eran muy lentos. No,
se trató de una patrulla de aldeanos que al verlo en esa facha lo
confundieron con un muerto y sin tratar de averiguar siquiera le
dispararon varias veces, tres balas en la rodilla izquierda, una en
el muslo derecho, dos en el pecho, una le rozó la cabeza y otra le
destrozó el lóbulo izquierdo de la oreja. Otra más se incrustó en
su plumón derecho.
Y ahí estuvo Robbie cerca de hora y media agonizando, no se
cuestionó lo injusto que era eso, había tenido una buena vida y an-
tes de que perdiera la conciencia para siempre, como último deseo
conjuró la imagen de Stella, su hermosa cabellera y sus ojos verdes
lo contemplaban; ya no lo sintió, pero una lágrima escurrió por su
mejilla derecha limpiando lo que el agua del baño negado ya no
le concedió. Sonrió, le hizo el amor a su esposa con la mente por
última vez y en un simulacro de orgasmo se apagó.
Tres horas después, Robbie se levantó.

24
SOBRE LA NOCHE

Por Ángel Zuare

Ilustración: Armando Hernández

25
El 30 de agosto del 20…, en las instalaciones de la Cineteca
Nacional y como parte de las actividades del festival “Macabro
20…”, se efectuó una proyección especial que culminó en una
revuelta, cobrando la vida de varias personas y severos daños
al inmueble. Las autoridades no han revelado los motivos detrás
del incidente y la exacta cantidad de muertos y heridos. Algunas
opiniones revelan...

En verdad no quería ir, pero Martín insistió tanto en que lo acom-


pañara: “Nos invitaron, Alejandra. Sería una grosería no ir”.
Así que decidí ir con él a la Cineteca (donde nunca había ido) a
ver una película de la que no sabía nada. Era parte de un festival
de cine de horror, del cual Martín conocía a sus organizadores y
por lo tanto había recibido invitaciones. “La Noche de los Muer-
tos Vivientes”. Había escuchado de esa película, tanto como una
persona oye hablar de Chernobyl sin saber ubicarlo en un mapa.
“La primera película sobre zombies”, según dice la cultura popu-
lar, “La mejor”, opinan unos, mientras otros se preguntan en voz
alta ¿Por qué no la han coloreado digitalmente? A mi no podría
interesarme menos.
Antes de entrar Martín me presentó a sus “amigos”, los organi-
zadores del festival. Siempre se refirió a mi como su hermana me-
nor, la que todavía no sabe que carrera estudiar. Yo sólo le dejaba
hablar. “Son personas importantes, Ale. Me pueden conectar muy
bien en el trabajo, así que no digas una tontería”.
Entonces, a través del vestíbulo, sentí la mirada de Mario. Voltee
a verlo y él me sonrió a través de su barba de varios días. Estaba re-

26
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SOBRE LA NOCHE

cargado en el muro junto a los baños y con las manos en los bolsillos
de la chamarra. Yo asentí con educación y esquive su mirada...

El festival “Macabro 20…” proyectó “La Noche de los Muertos


Vivientes” en su versión original, cortesía del archivo de la Cinete-
ca Nacional. Los mismos organizadores del festival comunicaron
a las autoridades de la Cineteca que, finalizando la proyección,
presentarían un evento especial.
Tal vez por eso nadie notó las actividades irregulares alrededor
del lugar...

No me senté con Martín (tiene la costumbre de dar sus impresio-


nes durante la película, como si fuera su deber compartirlas). Me
hice tonta comprando palomitas para que él se adelantara con sus
conocidos, sabiendo que no me guardaría un asiento.
La sala se llenó en su totalidad y el único lugar que encontré fue
en una de las últimas filas. Mario estaba en el asiento contiguo.
“¿Y tu hermanito?”, me preguntó cuando, sin más remedio, me
senté junto a él. “Allá abajo”, le respondí.
“Es toda una chinga estar con él, ¿verdad? No sé por qué dejas
que te trate así, desde la escuela lo hace”.
¿Cuántos años llevaba Mario en la preparatoria? ¿Qué nivel de
“fósil” tenía? Por su edad ya debería haberse graduado, sin embar-
go sólo era un hombretón que seguía en “estudiando y con quien
yo compartía algunas clases”, como hizo Martín en su momento.
“Es mi hermano mayor” le dije. “Eso no le quita lo pendejo”,
respondió y aproveché que las luces se apagaron para sonreír.

Testigos declararon haber visto a varias personas cruzar descuida-


damente la avenida México-Coyoacán, sobre la cual se ubica la Cine-
teca, justo frente al hospital de Traumatología de Coyoacán. Uno de
estos transeúntes fue embestido por un vehículo que se dio a la fuga. La
víctima, casi inmediatamente, se puso de pie y siguió caminando...

¿Qué si me impresionó la película? Sólo una parte. Estaba más


intrigada por el interés de Mario, por la atención con que miraba
la pantalla y por la forma en que calló a los que susurraban frente
a nosotros con una patada en el asiento de enfrente.

27
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SOBRE LA NOCHE

Yo sola me impresioné cuando los zombis empezaron a comer.


Siempre imaginé que el objetivo del zombi, como monstruo, era
comer cerebros o convertir a otras personas en zombis. Ver que en
realidad se trataba de algo tan primordial como saciar el hambre
me hizo sentir mal, asqueada de mi misma y mareada. Posible-
mente Mario se percató, porque, antes de darme cuenta, puso su
refresco en mis manos y me obligó a darle un sorbo. Me preguntó
si me sentía bien, pero no pude responderle porque escuchamos
el primer grito.
Algunas cabezas giraron en la oscuridad cuando surgieron otros
alaridos en distintas partes de la sala. Flashes de cámaras fotográ-
ficas y de teléfonos celulares empezaron a iluminar momentánea-
mente a las figuras que avanzaban lentamente en la oscuridad.
Me levanté de mi asiento junto con otras personas y traté de ver
en la oscuridad lo que estaba pasando abajo. Bajé las escaleras
hasta el pasillo a mitad de la sala, donde se había congregado
mucha gente con sus cámaras, iluminando la escena a intervalos.
Entonces escuché el grito tras de mí. Voltee a ver como una mujer
era atacada por un hombre que la derribaba al suelo. Entre la
oscuridad distinguí que el sujeto usaba un uniforme de enfermero.
La gente a nuestro alrededor comentaba que sólo era un “perfor-
mance”, un espectáculo, que eran sólo actores. Pero ella gritaba
con tanta fuerza...
Las cámaras tomaban fotos incesantemente, pero se detuvieron
cuando el enfermero mordió a la mujer en la mejilla y le arrancó un
trozo de carne, salpicando la sangre a nuestro alrededor.

El evento especial en cuestión era un “performance” realizado


por Zombie Studios (empresa de efectos especiales, animación y
maquillaje), creado especialmente para esta proyección. Siete ac-
tores se presentarían maquillados como zombies para interactuar
con los asistentes a la función. Aunque los siete actores se reporta-
ron para trabajar, hasta la fecha permanecen desaparecidos...

Las luces se encendieron y la gente gritó aún más al ver a aque-


llas personas atacando al público, sentado todavía en sus butacas
o que se habían acercado para tomarles fotos. Caían sobre ellos
con golpes torpes y mordidas. Sus ropas mostraban manchas fres-

29
cas de sangre y tierra, pero lo más impresionante eran sus miradas
desorbitadas y los pedazos sangrientos de carne que colgaban de
sus bocas. Entre los gritos empezó el pánico y la gente corrió des-
esperadamente de un lado a otro de la sala, buscando las salidas
de emergencia. Voltee a mi alrededor buscando a Martín o a Ma-
rio, pero me vi arrastrada entre la oleada de gente. Vi a Martín co-
rriendo hacia la entrada, grité su nombre e intenté moverme hacia
él, choqué contra una hilera de butacas y caí sobre ellas. Tal vez
me golpeé la cabeza, no sé, pero me costó trabajo levantarme.
Resbalé hasta el suelo y al girarme vi a esa cosa frente a mí.
Se sostenía tambaleante sobre sus pies. Su traje estaba raído
y desgastado por la oscura tierra que lo cubría. Su cabello de las
sienes caía hasta sus hombros y la piel de su rostro se había des-
compuesto, enmarcando la forma de su cráneo y sus ojos blancos
y acuosos. Abrió su boca emitiendo un gruñido estridente y se
lanzó sobre mí, dándome sólo tiempo de gritar.

Las autoridades de la Cineteca Nacional se percataron de la


situación cuando la gente empezó a salir atropelladamente de la
sala. Sin embargo no pudieron hacer nada para contener la turba.
Algunas personas cruzaron el estacionamiento para escapar por
la avenida Mayorazgo, justo frente al Panteón Xoco, cuyo portón
principal, por razones desconocidas, se encontraba abierto...

Mario apareció de repente, embistiendo a esta criatura por un


costado y cayendo con él sobre la siguiente hilera de butacas. Me
gritó que me pusiera de pie y corriera. Lo escuché gruñir furioso
y vi sus puños subir y bajar contra esa cosa. Yo apenas podía
respirar. “¡¡Corre, estúpida!! ¡¡Corre!!” gritó Mario con tal fuerza
que me puse de rodillas y me arrastré hacia la salida. No volteé a
ver lo que pasaba, solo alcancé la oscuridad del estacionamiento
mientras escuchaba los gritos y maldiciones de Mario, ahogados
por su propio esfuerzo y los alaridos de las criaturas, cada vez
más fuertes.
Regresé a casa de manera mecánica. No recuerdo si caminé o
tomé un taxi. Cuando llegué, mis padres estaban interrogando a
Martín sobre mi paradero. No respondí a sus preguntas, no recuer-
do haber hablado el resto de la noche.

30
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SOBRE LA NOCHE

Los reportes de las personas desaparecidas relacionadas con


este incidente se cuentan por decenas. Se manejaron oficialmente
teorías sobre intoxicación e histeria colectiva, responsabilizando a
organizadores del festival y trabajadores de la Cineteca. Durante
el resto de la noche se mantuvo un cerco policiaco alrededor de
la Cineteca, el Hospital de Traumatología y el Panteón Xoco, impi-
diendo el paso de los medios de comunicación. Sin embargo, di-
versos testigos declararon haber visto grandes columnas de humo
surgiendo de los tres lugares mencionados.

Al día siguiente, en la escuela, intenté localizar a Mario median-


te la gente que lo conocía. No lo habían visto en todo el día. Obtu-
ve su teléfono pero nadie contestó, por más intentos que hice.
“No sé por qué lo hizo” comentó Martín cuando me vio intentar
localizar a Mario por enésima vez. “Ya estaba fuera, con noso-
tros. Volteó a todos lados y me vio a mí, quien sabe por qué. De
repente regresó a la sala, sin motivo... Debió estar drogado para
hacer esa pendejada”
Lo golpee tan fuerte que cayó sobre la alfombra, sin terminar
de hablar...

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EL DÍA DESPUÉS

Por Fernando Bonilla Flores

Ilustracion: Evelin C. Merlos

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34
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - EL DÍA DESPUES

ARE WE THE LAST LIVING SOULS?


Gorillaz

- Dígame por favor, color de piel – le pregunto mientras inicio


la base de datos –.
- Morena clara – responde lentamente –.
- ¿Color de cabello?
- Castaño oscuro.
- Tipo de cabello, ¿Tipo de cabello?
- Rizado, lacio, quebrado.
- Lacio, largo – responde ahorrándome la pregunta sobre el
tamaño –.
- ¿Estatura aproximada?
- Híjole... 1.63 – dice dubitativo mientras yo selecciono el rango
de 1.60-1.64, ninguna de las características que me ha dado es
favorable, son las más comunes y abarcan el grueso de la base de
datos, no será fácil la localización del archivo –.
- ¿Peso aproximado?
- No se... tal vez unos 100 kilogramos.
- ¿Recuerda que era lo que vestía la ultima ocasión que la vio?
- No.
- ¿Nada?, ¿sabe si era ropa de oficina o ropa deportiva, algo
que no sea ropa común?
- Era ropa de calle – afirma –, pero no recuerdo que prendas
usaba.
- ¿Alguna cicatriz? ¿O alguna característica que sea distingui-
ble a simple vista?

35
- Tenía una cicatriz en el abdomen.
- No sirve – le aclaro –, los cadáveres no son desvestidos cuan-
do llegan aquí.
Sigo preguntando características como tamaño de boca, color
de ojos, edad y cosas así pero cada una de las respuestas que me
da el hombre frente a mi no logran que la base de datos disminuya
significativamente el numero de coincidencias encontradas, la hija
de este hombre tenia las características físicas de la mayor parte
de mujeres en el país y la edad de su padre parece afectar el re-
cuerdo exacto de algunos datos.
- 629 fotos Sr. Juan – le digo sin poder evitar una tono de des-
agrado en mi voz –.
- Son muchísimas señorita.
- Si no recuerda datos más exactos no puedo hacer nada.
- Tengo una foto –me dice apresuradamente mientras empieza
a buscar entre los bolsillos de su chamarra y me la muestra al en-
contrarla: se trata de una chica regordeta que sonríe y esta parada
frente a algún parque de la ciudad, físicamente es tal y como la
ha descrito.
- No la recuerdo Señor Juan, la mayoría de los cuerpos han
sufrido daños al ser recuperados por nosotros, muchos se ven muy
distintos a las fotos o a la última vez que ustedes los vieron.
- ¿Que me recomienda hacer señorita?
- La ropa nos ayuda mucho Señor Juan, trate de recordar que
era lo que ella vestía
- Ya traté de hacerlo, pero no puedo acordarme – El anciano
esta a punto de llorar frente a mi –. No sé que traía puesto el último
día que la vi, no lo recuerdo.
- Vea entonces las fotos Señor Juan, tal vez la distinga – inicio el
protocolo de siempre a quienes usan la base para reconocer cuer-
pos –. Solo recuerde que son fotos muy crudas, cuando sienta que
no puede seguir dígame y lo intentaremos más tarde, si reconoce a
algún conocido notifíqueme por favor, si cree reconocer a su hija,
aunque no este seguro hábleme y le mostraré más fotos del mismo
cuerpo, si encuentra a su hija, ya sea viva o reanimada, repórtelo
a esta unidad federal.
- Está bien – responde mientras pido a la computadora que
proyecte la primera fotografía: una chica cuyo cráneo esta partido

36
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - EL DÍA DESPUES

a la mitad y solo es reconocible una parte del rostro, la otra parte


esta carbonizada –, presione este botón para ver la siguiente y
este otro para regresar a la foto anterior.

WHEN THERE’S NO MORE ROOM IN HELL,


THE DEAD WILL WALK THE EARTH.
Dawn of the death

La primera ocasión que supe de la enfermedad fue mientras


estaba en mi auto camino a la universidad por la mañana, mi te-
léfono celular sonó, se trataba de mamá, me decía que algo malo
había pasado en Veracruz y en la parte oeste de Estados Unidos:
había alguna clase de bacteria que estaba provocando una en-
fermedad y quería que regresara inmediatamente a casa ¿Cómo
te enteraste? le pregunté y me respondió que estaban lanzado
comunicados urgentes en la televisión acerca de que la población
evitara salir a la calle si no había una razón urgente para hacerlo;
al parecer realmente nadie estaba seguro de lo que pasaba en el
país pero las agencias noticiosas gringas no dejaban de repetir
alertas y gobernación decidió que nuestra nación vecina debía de
tener buenas y fundamentadas razones (aunque no quería hacer-
las muy explicitas) acerca de cual era la emergencia en cuestión y
decidieron repetir la advertencia.
Un día antes en la red habían corrido algunos rumores acerca
de que debíamos comprar alimentos porque una especie de aten-
tado ocurriría en unas horas, ahora supongo que solo se trató de
una versión distorsionada de las primeras alarmas por la enferme-
dad, ya que la epidemia difícilmente pudo haber sido causada por
alguien. La cuestión es que no creí que el asunto tuviera tal grave-
dad como para cancelar todas mis actividades inmediatamente,
así que traté de calmar a mamá y continué mi camino, durante el
viaje aproveché para hablar con algunos otros compañeros de la
escuela, la opinión en general era la misma: regresar a casa lo
antes posible si ya estaban fuera o no salir ese día hasta que no se
aclarara que tipo de situación estaba ocurriendo.
Mientras conducía hacia la universidad vi algunos choques de
autos en las calles, algunos alcances menores y otros de mayor
gravedad, no había nada de extraño en ellos, no había reanima-

37
dos implicados, lo único que los distinguía mas allá de lo ordinario
era que en un trayecto de 30 minutos, había 5 o 6 choques, llegué
a la universidad solo para darme cuenta que al parecer yo era la
única persona que no tomaba en serio las advertencias, todos los
demás se estaban retirando rápidamente.
De pronto, Martha salió de entre la gente.
- ¿No has oído nada verdad? – Me preguntó sin más preámbulos –.
- ¿De la enfermedad? – le pregunté haciendo evidente que era
una incrédula estúpida, yo empezaba a sentirme nerviosa e inse-
gura por que todo el mundo actuaba de una forma contraria a lo
que había hecho en los últimos minutos; Martha me explicó que,
de acuerdo a lo que ella entendía, era un brote viral que se trans-
mitía por contacto físico. Martha había decidido quedarse en uno
de los edificios de investigación del campus hasta que la alarma
pasara, su familia estaba enterada y lo habían preferido para no
exponerla al viaje de regreso a casa, en ese momento mamá habló
nuevamente a mi teléfono celular y cuando le expliqué mi situación
y la de mi amiga me pidió que tratara de quedarme con ella.
- En la tele están diciendo que no debemos salir de nuestra
casa – me indicó asustada –, lo esta diciendo el secretario de
gobernación ahorita en la tele, es una epidemia Delia, piden que
te encierres hasta que ellos den nuevo aviso.

MY NAME IS ALICE. I WORKED FOR THE UMBRELLA CORPERATION,


THERE WAS AN ACCIDENT, THEN, EVERYBODY DIED. TROUBLE WAS...
THEY DIDN’T STAY DEAD.
Resident Evil: Apocalypse

En un día soleado de aquellos donde el aire es frió, hay un


reanimado a unos 30 metros mas allá de la reja donde estamos
Tebo y yo, al parecer su descomposición ya está entrando en un
fase avanzada, solo está parado en medio de la calle y parece
confundido, es un hombre de unos 60 años aproximadamente
que viste con un traje gris, mira hacia un lado y luego lentamente
hacia otro, produce algunos sonidos guturales pero no se mueve,
solo esta ahí.
- Según se calcula, el 40% de la población mundial murió durante
la epidemia – dice Tebo –, de ese 40% solo un 50% se debió directa-

38
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - EL DÍA DESPUES

mente a los reanimados; los demás, por circunstancias relacionadas a


ello: accidentes, asesinatos, psicosis colectiva etcétera, etcétera..
- Entonces, ¿sólo un 20% murió por los reanimados? – pregunto yo –.
- Si; ahora, del 60% restante una tercera parte han muerto desde
entonces por las guerras producidas por la reanimación, contras-
tando este año con el anterior, solo cuatro de cada diez habitantes
en el mundo aun vive.
Tebo y yo caminamos en el patio de lo que antes fue el museo
de la Comisión Federal de Electricidad, ahora es un punto de inci-
neración de cuerpos, pero antes de ello, ambos tenemos la tarea
de fotografiar cadáveres para su identificación por familiares que
aún les sobrevivan; es un trabajo poco digno, sucio y desagrada-
ble, es asqueroso tener que acercarse a tanta gente muerta, por-
que después de unos días el temor a los muertos desaparece, pero
el sentimiento de repugnancia hacia un cadáver no lo hace.
En el nuevo mundo en el que vivimos se dio un curioso fenóme-
no, solo las organizaciones con mejores defensas o mas agresivas
sobrevivieron a la epidemia de reanimados en una crisis donde
el caos lo invadió todo, muchos fueron los que se salvaron, pero
una vez que los reanimados empezaron a retroceder, solo aque-
llos que contaban con armas para contener a los vivos pudieron
abrirse paso en el nuevo panorama mundial; según las noticias
que recibimos, en la mayor parte del mundo existen gobiernos que
básicamente son solo la sombra del organismo vivo y ordenado
que fueron ayer y que mayoritariamente están respaldados o cons-
tituidos por la fuerzas armadas de cada nación.
- El mundo terminó Delia – dice Tebo mirando al reanimado que
aun permanece parado bajo el sol de medio día –, toda mi vida
se acabó, esto es solo una vida de porquería, una burla que me
está sucediendo.
A nuestro alrededor hay tal vez una centena de cuerpos, los fe-
derales los recolectan y los traen para acá, debemos fotografiarlos
y catalogar sus rasgos antes de que se quemen, somos lo que que-
da del gobierno mexicano, del anterior sistema de mando, mucha
gente en el Distrito Federal sabe de nosotros y se arriesgan a venir
hasta acá para tratar de alcanzar la certeza de si sus seres queri-
dos murieron, mantener la esperanza de que estén vivos o con el
temor de que caminen en las calles como reanimados.

39
Cada día que llegamos al patio del museo doy un vistazo rápi-
do a los cuerpos, tengo mi búsqueda personal, sé que mamá murió
e ignoro lo que haya sucedido con papá, pero deseo con toda mi
alma tener alguna certeza sobre Martha, sobre todo saber que es
lo que piensa de mi.
Cuando nos escondimos en la facultad, en el edificio de Cien-
cias, no tardamos mucho en empezar a darnos cuenta de que la
epidemia era una realidad que golpeaba al mundo; al principio
solo oíamos gritos y a mucha gente correr de un lado a otro, dis-
paros y más gritos, día y noche el caos se escuchaba a nuestro
alrededor, aquel edificio guardaba una pequeña cafetería que nos
permitió acumular alimentos y mal comer por cinco o seis días y
tener agua durante todo el tiempo que estuvimos escondidas, al
principio no salíamos de un solo cubículo en el cuarto piso y per-
manecíamos en silencio durante muchas horas, solo comunicándo-
nos por murmullos, temerosas de todo lo que se escuchaba fuera
del edificio, ni siquiera nos asomábamos a las ventanas para ver
lo que pasaba afuera, todos esos días conocí a mi amiga más de
lo que hice durante años y entendí su mundo mucho mejor de lo
que pude hacer antes.
Sólo después de tres o cuatro días nos aventuramos a asomar-
nos por las ventanas, primero con extrema precaución para evitar
que delatáramos nuestra presencia en aquel edificio que hasta ese
momento, aparentemente, había pasado inadvertido para todos
en el exterior
Cuando vimos el panorama fuera de nuestro escondite no nos
pareció extraordinario sino una consecuencia lógica de lo que es-
taba pasando, era el mismo mundo de cada día pero sin gente en
él, la universidad permanecía sin cambios, igual al primer día que
habíamos llegado a ella pero sin sus residentes habituales.
Solo cuando la comida se terminó decidimos tratar de buscar
alimentos en otro lugar, pero el miedo nos mantuvo recluidas y
hambrientas un tiempo más, después el ansia de buscar alimento
fue insoportable y acordamos bajar a otra cafetería a unos metros
fuera del edificio, nos armamos solo con algunos palos y tuvimos
tanta precaución de no ser notadas en nuestra incursión al exterior
que un pequeño viaje que normalmente tardaría tres minutos a ca-
minata normal demoró dos horas porque permanecíamos atentas

40
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - EL DÍA DESPUES

a que caminásemos sin peligro alguno y nos cerciorábamos de


que la aparente soledad del campus fuese real y total.
La segunda ocasión que regresamos a la cafetería por más ali-
mento fue la primera vez que vi a un reanimado: al principio creí
que era solo un moribundo, se trataba de un hombre que desde
fuera intentaba empujar la reja cerrada del estacionamiento univer-
sitario, tenia el cuerpo partido a la mitad y 2 metros de intestinos
se arrastraban detrás de él mientras se arrastraba solo ayudado
por sus brazos, su caja toráxica permanecía sangrante y con enor-
mes heridas que la cruzaban de un lado a otro, la energía de sus
brazos al impulsarse me hizo entender que su vitalidad no depen-
día de que su cuerpo estuviese o no en buen estado, comprendí
que no era algo natural lo que le había sucedido pero tampoco
entendía del todo lo que estaba sucediendo.
Martha y yo pasamos varios días sin mayor contacto humano,
suponíamos que la enfermedad cambió al mundo desde la ultima
vez que ambas habíamos llevado un día normal, imagino que fue
el hecho de ser compañeras en un ambiente hostil así como el tra-
bajar en conjunto para sobrevivir a lo que entonces ya suponíamos
había sido una epidemia de alcance mundial y la necesidad de
sentirse seguras lo que nos llevo una noche a discutir sobre que tal
vez no existiese un mañana y debíamos luchar por el hoy y disfru-
tarlo con la intensidad de quien no sabe que el próximo amanecer
será algo seguro, yo le agradecí todo lo que había hecho por mi
antes y después de la epidemia, lloré al pensar detenidamente en
lo que ahora vivíamos, lloré liberando toda la tensión de aquellos
días y Martha me abrazó para tratar de darme apoyo pero no lo
logró, sus lagrimas también salieron sin poderlas contener.
Esa misma noche hicimos el amor y antes de dormir hablamos
un poco de lo que haríamos para encontrar más alimentos al día
siguiente, esa fue la ultima ocasión que la vi.

EVERY DEAD BODY THAT IS NOT EXTERMINATED BECOMES ONE OF


THEM. IT GETS UP AND KILLS. THE PEOPLE IT KILLS GET UP AND KILL.
Dawn of the dead

Tebo quiere pelear contra los Tepiteños, está decidido a dar su


vida si es necesario por apoyar a los federales en su guerra contra

41
ellos, en nuestro pútrido presente, Tepito representa la segunda
fuerza nacional: La epidemia golpeó al país como una amenaza
letal; a pesar de lo que se creería, el gobierno conservó la cohe-
rencia interna necesaria para resurgir con pocos recursos y empe-
zará a reconstruir nuevamente el país con los restos de lo que los
reanimados habían dejado, en parte era algo lógico, los federales
tenían la infraestructura, las herramientas y armas para sobrevivir
como organización a un desastre.
Desde hace algún tiempo y con el endurecimiento de los grin-
gos en los estados del norte, muchas cabezas delictivas habían
emigrado secretamente al centro del país, ninguna residía en Te-
pito, pero todas se apoyaban en el barrio para continuar sus ope-
raciones por lo que el lugar adquirió una importancia estratégica
y se llenó de armas, provisiones, telecomunicaciones y de forma
invisible para el gobierno civil, adoptó una estructura paramilitar
para defender sus intereses; cuando la epidemia llegó, ellos tenían
la fuerza para repeler un ataque federal y la amenaza de los reani-
mados les pareció algo que podían fácilmente soportar, el barrio
pudo organizarse para defenderse y permanecer aislado del resto
del Distrito Federal para finalmente sobrevivir.
Cuando los restos del antiguo orden apenas se erguían sobre
lo derruido, Tepito llamaba la atención como punto de mando a
aquellos que ahora veían una oportunidad de reorganizar al mun-
do, las fuerzas sudamericanas de izquierda iniciaron la inyección
de recursos de todo tipo para invertir en un cambio de poderes en
nuestro país, los gringos por su parte apoyaron a los federales tan-
to como su nueva guerra interna se los permitía: EUA sufría ahora
porque había fuerzas que también buscaban un nuevo balance
interior. Tebo no comulgaba con los yanquis, pero le parecían
menos peligrosos que las fuerzas del otro hemisferio que a su vez
recibían recursos del narcotráfico.
- El mundo se acabó – dice Tebo mientras se levanta y mira al cielo –.
Si está tan seguro de ello no entiendo porque pretende luchar
por la mierda de nación que ha quedado, dudo que su melanco-
lía sea real, tampoco creo en sus convicciones políticas, aunque
él mismo no lo sepa, solo quiere darle un poco de importancia y
sentido a su vida, me mira con amor mientras sigue argumentando
y prende un cigarro, yo desvío la mirada.

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - EL DÍA DESPUES

THEY’RE COMING TO GET YOU, BARBARA!


Night of the Living Dead

Cuando los “cargadores” encuentran un cadáver lo sacuden un


poco desde una distancia segura, los zombis no son inteligentes,
si están en letargo reaccionarán, pero no pueden fingir estar muer-
tos, ello requiere de inteligencia y lo que sea que reanime a los
cadáveres no activa la parte inteligente del cerebro, solo la parte
funcional del sistema nervioso, lo mínimo para que el reanimado
camine y tenga algunas reacciones básicas.
Si el cadáver no se mueve lo voltean y le perforan la parte trase-
ra del cráneo con cualquier herramienta posible para asegurarse
de que han destruido el sistema nervioso, pero con el mejor cuida-
do para no deformar la cabeza del muerto, luego lo suben a una
camioneta y lo llevan con nosotros para fotografiarlo antes de que
sea incinerado.
Hoy a todo mundo se le incinera, no sabemos que reanimó a los
muertos pero hay quien cree que es algo que aún está activo en el
aire y que podría reactivar a quien muera, incluso por causas na-
turales, así que nadie tiene la certeza de ello, pero cuando alguien
muere, se le perfora la cabeza y se le quema, fotografiándolo
antes, por supuesto.
Cada ocasión que los “cargadores” llegan al museo, empiezan a
regar cuerpos poco a poco para nosotros, siempre imagino que al-
gún día Martha estará entre los cuerpos y me aterra esa posibilidad
porque significa que tuvo un final horrible, pero sobre todo, porque
me niega la posibilidad de hablar con ella de nuevo, necesito acla-
rar porque me abandonó después de aquella noche, el no saber sus
motivos para dejarme ha sido mi motivo para mantenerme horas y
horas pensando que significaron esos días encerradas y que signifi-
cado tengo yo para ella ¿Aun me recuerda? ¿Qué siente por mí?
Mientras veo a los cargadores hacer su trabajo acomodo mi
mascara filtrante para poder respirar en ese aire lleno de putre-
facción, Tebo voltea los cadáveres que caen con el rostro hacia el
suelo para que podamos ver su rostro, ambos hemos identificado
más de una ocasión a alguien conocido pero no a alguien que
tuviera un significado personal para nosotros, vivimos con ese te-

43
mor porque aunque la actividad de los reanimados ha disminuido,
los muertos en estos días están más vivos que nunca en nuestras
mentes, yo preparo la cámara y me acerco a los cuerpos, por mi
visión periférica alcanzo a distinguir a mi derecha, a lo lejos que
el reanimado que días anteriores vi inmóvil sigue ahí pero ahora
esta arrodillado, estoy segura que Tebo lo ha visto antes de que
yo lo hiciera, sé que los cargadores también lo han notado, todos
sabemos que no es un peligro, un cuerpo reanimado solo perma-
nece activo unos cuantos días, la descomposición orgánica nunca
se detiene aún en un zombi, poco a poco e independientemente
de aquello que volvió a los muertos a la vida, la entropía acaba
con todo.

“TRY TO SHOOT ‘EM IN THE HEAD!


Jill Valentine

Cuando Martha me abandonó salí a buscarla, nunca vi las con-


secuencias de la epidemia en su etapa más alta; en esas noches
cuando los muertos regresaron a caminar entre nosotros, escuché
los gritos, oí sus pasos, pero Martha y yo permanecimos escondi-
das durante varios días.
Al inicio el caos fue total según dicen, para todos nosotros fue
enloquecedor encontrarnos con aquella parodia de vida forzada,
el shock de ver a los muertos vivir de nuevo fue el más grande
destructor que se presentó en aquellos días y apenas empezamos
a comprender lo que ello significa.
Cuando el ejercito y las milicias civiles tuvieron el equipo y la
capacidad de organizar un contraataqué contra los zombis estos
ya habían menguado significativamente, las armas fueron usadas
entonces para tratar de reestablecer un orden, desde entonces y
hasta el día de hoy la lucha entre los buitres por definir quien de-
vora los restos de este destrozado mundo continua.
- Europa entera está muy dañada – dice Tebo –, es por la den-
sidad de población, mira a China, resurge rápidamente, esta ocu-
pada restaurándose de la epidemia, pronto se recuperará y se
volverá amenazadora, tiene la capacidad para hacerlo, el 20%
de su población superviviente es mayor a toda la población de el
resto de Asia.

44
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - EL DÍA DESPUES

Tebo toma su Ar99 y la aparta, sabe que no me gusta que un


arma esté tan cerca de mi, se prepara para salir hacia el centro
de la ciudad, el día es soleado pero no hay demasiado calor en
el ambiente, desde los niveles superiores del museo alcanzamos
a ver una parte significativa de la ciudad y como una novedad,
pero también como un recuerdo de la situación actual del mundo,
vemos los volcanes al fondo, casi he empezado a acostumbrarme
nuevamente a notarlos después de años de no hacerlo. Tebo abre
la boca para decir algo pero me observa y sabe que ya he adivi-
nado cual será la frase con la que terminara su pequeño discurso:
“El mundo se acabó”.

CÓDIGO PENAL HAITIANO:

ARTICULO 249. SERÁ CALIFICADO COMO INTENTO DE ASESINATO


EL EMPLEO CONTRA CUALQUIER PERSONA DE SUBSTANCIAS QUE,
SIN CAUSAR LA MUERTE, PRODUZCAN UN COMA LETÁRGICO MÁS O
MENOS PROLONGADO, SI LA PERSONA ES ENTERRADA, EL ACTO SE
CONSIDERARÁ ASESINATO, SIN IMPORTAR LO QUE SUCEDA DESPUÉS.
- Ley Haitiana

Desde el día de ayer fuimos notificados acerca de que los fede-


rales planeaban un ataque contra los Tepiteños en la tarde de hoy,
hace varios días que ningún bando ha disparado contra el otro,
pero los federales no esperaran esta vez, su nueva estrategia de
defensa consiste en atacar primero.
Hay más hombres que pasan debajo nuestro, por el patio del
museo y todos van armados, es un pequeño contingente de veinte
personas que se unirá a otro en la avenida Reforma y desde ahí
incursionarán hacia el barrio bravo, hay entre ellos unos pocos
gringos que han venido con armamento y han asesorado a los
federales acerca de las estrategias a seguir, Tebo toma ésto como
una confirmación de que los Estados Unidos siguen siendo la fuer-
za dominante del globo, “Si su guerra civil fuera algo para pre-
ocuparse, no nos estarían dando armamento, lo estarían usando
en su propio país”.

HELLOOO? IS ANYONE THERE?


Day of the living dead

45
Ayer durante la noche, muchas de las armas que los hombres
a mi alrededor ahora cargan fueron utilizadas, ayer un grupo de
tres reanimados fueron vistos a unos kilómetros de aquí y los nue-
vos contingentes de ataque salieron a cazarlos, dos horas después
regresaron con los cuerpos perforados, al menos quince o veinte
orificios en cada uno de ellos cuando todo mundo sabe que solo es
necesario un disparo en la cabeza para dejarlos nuevamente iner-
tes, todo el suceso solo fue un pretexto, cada día que paso en este
lugar y en esta situación esa idea aparece con más frecuencia, en
nuestro mundo actual, en el que algo, no sé exactamente que, revi-
vió a los muertos, la crisis que hoy vivimos, la guerra, las muertes y
nuestras roídas vidas están construidas alrededor de un pretexto.
El mundo anterior se terminó porque sus estructuras no sopor-
taron un golpe relativamente pequeño que le dio un grupo de ca-
dáveres, los enfrentamientos de hoy solo representan las mismas
ambiciones de ayer pero puestas en acción, las locuras que come-
timos durante y después de la crisis no tienen ninguna causa justi-
ficada ni mucho menos fueron causadas por muertos vivientes y mi
vida sin sentido, claro, antes y después de todo esto ha seguido
igual, la epidemia es un pretexto para tratar dar sentido a todo,
pero no fue la causa, solo un catalizador.
Desde hace tiempo este pensamiento ha rondado mi mente,
desde hace dos días empaqué varias de mis pertenencias, sólo lo
indispensable para poder viajar con un backpack y cobardemente
he estado demorando el momento para decirle a Tebo que estoy
harta de todo esto, que debo dejar de verlo porque lo nuestro es
solo un pretexto para olvidar a quien realmente ocupa mi mente,
pero esta tarde mientras lo veo prepararse para salir y mientras
otros hombres preparan algunos vehículos en el patio del museo
para movilizarse hacia el centro de la ciudad, sé que no tengo el
valor para decirle a la cara que todo se acabo.
- ¿Sabes? – Me dice mientras me abraza y me besa la frente –
La mejor forma de soportar mi miedo en este momento es pensar
en que solo se trata de un pequeño lapso de tiempo antes de volver
a estar contigo.
Yo miro su rostro tratando de memorizar sus rasgos, quiero con-
servar su imagen por mucho tiempo en mi mente porque en verdad
lo quiero, no en la misma forma que él lo hace conmigo, pero lo

46
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - EL DÍA DESPUES

quiero, él nota mi mirada insistente y se sonroja, mentalmente le


pido una disculpa por abandonarlo sin darle explicación alguna
y me doy cuenta de que voy en búsqueda de alguien que hizo lo
mismo conmigo, las conclusiones de ello empiezan a aflorar en mi
mente y las reprimo porque ya es demasiado tarde para arrepen-
tirse.
Una hora después Tebo y veinte hombres más salen del museo,
dos horas más tarde, cuando todo mundo ha regresado a su ac-
tividad normal, salgo entre la oscuridad del lugar sola con vagas
ideas de hacia donde dirigirme para llegar a quien busco, sólo he
caminado unos pocos pasos cuando me doy cuenta que el reani-
mado que hemos visto hace algunos días finalmente ha sucumbido
a la degradación de su cuerpo, sus ropas dan indicios de su vida
pasada, de toda una historia personal que ahora ha terminado y
de la cual ya se alimentan miles de organismos necrófagos que
aprovechan su caída para tomar fuerza, tal vez sólo sea mi mente
la que me hace ver una naciente coloración verde que reboza
vida alrededor del cadáver, los pastos y las plantas alrededor del
cuerpo sin embargo, son bellos inicios, las mismas cosas bonitas
que nacen en todo final desde que el mundo inició, cuando algo
más murió.

47
LAS AVENTURAS DE ROBBIE.
Segunda parte: Robbie busca algo de comer

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Aunque hacía un frío de los mil carajos y a pesar de que su
cuerpo desnudo estaba a la intemperie, Robbie no lo sentía, de he-
cho, no le importaba, solo sintió un hambre atroz, tan fuerte era su
apetito que dolía más allá de su estómago, le dolía el mero hecho
de existir y solo podía pensar en comer (si es que a ese instinto de
buscar alimento se le pudiera llamar pensar).
Robbie echó a andar hacia la carretera y avanzó buscando algo
que comer, caminó entre varios vehículos abandonados sin impor-
tarle un comino lo que eran, finalmente encontró un cadáver con las
vísceras abiertas, dorándose muy lentamente por el efecto del sol,
la descomposición lograría algo antes de que el sol las cociera.
Robbie se inclinó y empezó a comer las vísceras que asomaban,
otro cadáver ambulante pasó a su lado sin inmutarse siquiera; Rob-
bie escupió la comida, se percató que la carne muerta desde hacía
tiempo no era buena, sintió una nausea terrible que lo hizo vomitar
lo último que había comido cuando había estado vivo. El cadáver
que había pasado a su lado parecía burlarse de él con una sonri-
sa descarnada que mostraba una dentadura limpia (ciertamente en
vida había sido un hombre muy sano). Pero no se burlaba de él, no
le importaba de hecho, apenas había tenido conciencia de Robbie y
su sonrisa era simplemente el testimonio de su putrefacta condición.
Robbie lo siguió por instinto, debía buscar carne fresca, carne
viva, no podía pensar en otra cosa más.
Caminó detrás del cadáver por más de una hora, misma en la
que se les unieron otros diez cuerpos. Ya el sol se encontraba en su
cenit cuando la patrulla que lo había matado se acercó y empezó
a dispararles en la cabeza a sus nuevos compañeros.

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LAS AVENTURAS DE ROBBIE II

Robbie no sintió temor ni pánico, era tal su hambre que solo


quería devorar al que tuviera más cerca; la patrulla ya había elimi-
nado a tres cuando uno de los hombres vivos tropezó entre dos “le-
vantados” quienes empezaron a morderlo, Robbie quiso acercarse
pero otro de los francotiradores trató de acercarse a su compañero
para auxiliarlo, Robbie aprovechó y le lanzó una mordida al cue-
llo al segundo hombre, sus colmillos se clavaron en la yugular y
la sangre del hombre empezó a manar a borbotones, si Robbie
hubiese tenido más conciencia hubiera realizado una analogía
con una fuente.
El hombre ya no pudo defenderse, otro de sus compañeros re-
sucitados le sostuvo el brazo derecho y se lo mordió, los otros
francotiradores huyeron despavoridos.
Robbie se aferró al cuello y le arrancó un buen trozo, éste se
deslizó por su garganta tras masticarlo y llenó su estómago como
el mejor platillo que jamás en su vida anterior hubiese disfrutado
tanto. Después le arrancó la oreja y la devoró, cada bocado le
sabía mejor. El pobre hombre apenas podía gritar, solo emitió
unos chillidos por su boca mientras otros levantados se acercaban
a devorarlo. Robbie le arrancó el brazo izquierdo y se dispuso a
comerlo con fruición, los trozos de carne se deshacían jugosamen-
te en su boca, limpió con los dientes muy bien la mano y relamió
los huesos de los dedos.
En ese festín de carne y sangre, Robbie se sintió relativamente
satisfecho. Se quedó sentado a mitad de la carretera sostenien-
do los huesos del brazo y alcanzó a comerse los riñones que ha-
bían salido disparados de entre la masacre que sus compañeros
habían realizado.
Ya era de noche, pero no tenía sueño, el hambre no se le había
disipado del todo, aunque era ya bastante más tolerable; en eso,
escuchó el ruido de un auto que se acercaba a toda velocidad, los
lejanos faros se hacían cada vez más luminosos. En su nueva si-
tuación no sabía que ocurría, mas sus compañeros parecía que sí,
sabían que esos vehículos en movimiento generalmente venían re-
llenos de carne fresca. Tres de sus compañeros se pararon a mitad
de la carretera cuando el auto los golpeó violentamente si frenar,
Robbie estaba de lado y el auto lo golpeó también fracturándole el
fémur derecho y la muñeca y tres dedos del lado derecho también.

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El auto siguió su camino.
No le dolió, no sintió nada, solo que su andar se hizo más torpe aún.
Conforme el auto se alejaba sus compañeros empezaron a andar
tras él inútilmente, dos de sus compañeros, que el auto había arrolla-
do, se habían partido a la mitad y el torso de uno empezó a arras-
trase tras la luz que escapaba a más de cien kilómetros por hora.
Robbie observó la luz que se alejaba y que se tornaba amarilla,
entonces un resquicio de su vida pasada apareció en su mente,
el amarillo de la luz le hizo recordar el amarillo del pelo de una
mujer, de una hermosa mujer que lo llamaba: Robbie.
Robbie no entendía nada de esto, pero algo le decía que debía
continuar avanzando hacia donde el auto se había ido. Y satisfe-
cho por el momento, Robbie continuó su camino siguiendo la luz,
la imagen de esa mujer rubia que lo llamaba. Persiguiendo su
último resquicio de humanidad…

52
HUÉRFANOS

Por Carlos W. Trejo

Ilustración: Vicente Cabrera

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Están en todas partes. Cambio los canales y en todos aparecen.
En las noticias no dejan de anunciarlo. En sus ojos se dibuja la
incertidumbre. Es una epidemia, una plaga que se expande por
todos los rincones del país. Una enfermedad que avanza lenta
pero firmemente.
“Colores, muchos colores. Soy un arco iris. Voy a pintar el mun-
do de colores” fue lo último que dijo la Madre Superiora antes de
poner en sus labios una pistola y darse un tiro. Quedó ahí, tendida
en el suelo, con su hábito manchado de sangre, sus calcetas arru-
gadas y el cabello revuelto. Una muñeca con sus brazos delgados,
viejos, como un títere al que han cortado los hilos.
No pudimos hacer nada por ella. Escuché el disparo mientras
estaba en la cochera poniendo las rejas en las ventanas del ca-
mión. Los niños lloraron. No los dejaron verla. Quisimos sepultar-
la, pero ellos ya estaban por llegar. No había tiempo que perder.
Infectados.
Odio a los infectados.
Por suerte soy un hombre precavido.
Botes con gasolina, escopetas, municiones, la pistola de la Ma-
dre Superiora, un costal con granos de sal, un mazo y lo mejor de
todo: una sierra eléctrica. Me siento como un niño. Siempre supe
que este día iba a llegar.
En el televisor pasan imágenes de la ciudad cubierta de fuego,
de campos sembrados con muertos vivientes que caminan sin rum-
bo fijo. Miro que el tiempo pasa y los canales que transmiten son
cada vez menos. Las pocas noticias no cambian. Caos. Destruc-
ción. Tenemos que salir de aquí.

54
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - HUÉRFANOS

- ¿Cuál es el plan? – dice la Hermana María –.


- Ustedes se van en la Combi – digo –. Los niños se van en el camión
conmigo. Nos vemos en la casa de descanso, en Valle de Bravo.
- Que Dios nos proteja – dice –.
- Esta vez no creo que el Señor venga a ayudarnos, Hermana.
Afuera, el éxodo ha comenzado. La gente rompe vidrios, sacan
lo que pueden de las tiendas y casas, hasta los televisores. No lo
entiendo. Dentro de poco no habrá nada que ver; suben a los au-
tos atiborrados de comida y van en busca de un nuevo lugar para
saquear. En las calles hay un profundo olor a carne podrida.
“Con estos seres no funcionan los artículos religiosos, se reco-
mienda un arma que pueda desmembrarlos, pues de lo contrario
volverán a levantarse” aprendí mirando películas de terror. Aunque
me gusta más la parte divertida. “Son insensibles. Están muertos”.
Eso sí es interesante.
Le digo a Miguel que se acerque.
Miguel es el más grande de todos los niños, su carácter y mala
conducta lo hicieron perder todas sus oportunidades de adopción.
Caray, me recuerda tanto a mí… Le digo que venga, y cuando lo
tengo a un lado le doy la pistola de la Madre Superiora, le doy
un puño de balas y le digo que tenemos que proteger a los niños,
que sólo puedo confiar en él, que estamos a cargo de todo. Sonríe
cuando le pongo el arma en las manos.
Prendo la radio y escucho que las salidas principales de la ciu-
dad están paralizadas. Son tantas las personas queriendo salir
al mismo tiempo que, sin querer, nos han hecho la trampa. Autos
y más autos. Carne para infectados. Nos han vuelto carne para
infectados. También dicen que los primeros han sido vistos por
Azcapotzalco. Manejo a toda velocidad por las calles, evitando
avenidas y el periférico, todos quieren ir por allí, yo quiero salir
con los niños completos.
Aprieto con fuerza el volante, las manos me sudan, intento dar
vueltas por las calles estrechas pero no puedo evitar llevarme tro-
zos de las paredes. Las orillas del camión se aboyan, sacan chis-
pas, los niños gritan y se agarran de donde pueden, pero nada
puede hacer que me detenga. Maldita sea, el sudor apenas me
deja ver.
- ¿Hicimos algo malo, Gabriel? – dice Miguel –.

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- No lo creo.
- Entonces ¿Por qué nos persiguen?
- No lo sé, pequeño. No lo sé.
Hay fuego por todas partes, autos con las llantas para arriba,
personas en grupo corriendo de un lado para otro, la policía in-
tentando poner orden. A lo lejos veo tanques y soldados con sus
cascos poniendo costales, todos llevan el arma apuntando hacia
enfrente, hacia un lugar que no puedo ver. La gente corre en sen-
tido contrario.
En la radio dicen que se expande rápido, recomiendan que no
nos acerquemos a las zonas infectadas, dicen que todo va a estar
bien, que no hay de qué preocuparse. Todos sabemos que eso no
es cierto.
- ¡Por allá, Gabriel! De ese lado no hay tantos carros.
Puedo ver las columnas de humo que se elevan por encima de
casas y edificios, como si una pandilla de tornados hubiera llega-
do a la ciudad. Anochece. El cielo es rojo y amarillo.
Al llegar a una calle tranquila, detengo el camión; me doy cuen-
ta que varios de los niños llevan la cabeza cubierta con cascos,
les pregunto por qué están vestidos así. “Para que no nos coman
el cerebro” contestan.
Les explico entonces que la única forma de matar a un infectado
es destruyendo su cabeza. Los infectados tienen poca inteligencia;
sólo la suficiente como para trabajar de mensajeros o jugar video-
juegos, digo. Ellos se ríen. También les digo que no me gustaría
que se acercaran mucho. Les digo que otra forma de eliminar a
un infectado es con granos de sal, pues cuando los tocan pueden
recordar que están muertos y regresan a su tumba. Le doy a cada
niño una bolsa con granos de sal.
- Recuerden: Por nada del mundo dejen que uno de ellos se
acerque a ustedes.
De nuevo pongo en marcha el camión y salimos rumbo a la ori-
lla de la ciudad. Recuerdo un camino no muy conocido, confío que
no haya tráfico ni gente que nos pueda detener, es una pequeña
ruta que atraviesa un terreno sin pavimento; confío que el camión
pueda pasarlo sin problema.
Por este rumbo la ciudad comienza a lucir desierta. Sólo veo
fuego, vidrios rotos, puertas derribadas y mucha basura; mucho

56
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - HUÉRFANOS

humo. Los disparos suenan a lo lejos, creo que eso es una buena
señal. Miguel viaja en el estribo con los ojos muy abiertos, veo
que respira con la boca abierta, que sujeta con fuerza la culata
de la pistola. Por el espejo retrovisor veo que el resto de los niños
también miran por las ventanas.
Es entonces cuando aparece el primero de los infectados delan-
te de nosotros. ¡Aprieto el acelerador y lo embisto con fuerza! Los
niños gritan asustados.
- ¡Tengan preparadas sus bolsas con sal! – les grito –. ¡Y tú,
Miguel, no quiero que separes tu dedo del gatillo! No me gustaría
que nos sorprendieran.
No sé de dónde han salido tantos, pero en un segundo tenemos
rodeado el camión. Los infectados están por todas partes. Yo sigo
avanzando, pero ya no puedo hacerlo con la velocidad que qui-
siera, tenemos que enfrentarlos.
Escucho que un vidrio se rompe y miro por el retrovisor que
algunos niños se han escondido bajo los asientos. Les grito que
deben echarles puñados de sal, que no dejen que ninguna de esas
cosas los toque por nada del mundo. Los niños comienzan a atacar
con sal a los infectados.
- Funciona – me gritan ellos –, ¡Funciona!
Le digo a Miguel que si alguna de esas cosas se quiere meter
por la puerta que no dude, que le meta una bala mero en medio de
los ojos. No hay forma más rápida de encargarse de ellos.
Los infectados gruñen y golpean los costados del camión. Estiran
las manos, quieren devorarnos. Los miro con sus ropas desaliña-
das, con sus ojos vacíos y su andar tambaleante. Siento pena por
ellos, pero no hay nada que pueda hacer para salvarlos. Nada
excepto convertir su cabeza en picadillo.
Uno de ellos logra romper el vidrio que está a mi mano dere-
cha. Se cuelga del marco de la ventanilla. Recuerdo que llevo una
escopeta cargada en los pies. La tomo, meto el cañón del arma en
su boca y jalo el gatillo. ¡Dios. No pensé que esto fuera a sentirse
tan bien! Disparo la siguiente carga a otro de los infectados que se
acerca y le pido a Miguel que me ayude a cargar la escopeta. Yo
sigo intentando sacarnos de aquí.
Escucho que en la parte trasera del camión otro vidrio se rom-
pe, los niños que están ahí gritan y se acurrucan, otros corren

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hacia delante. Le pido a Miguel que vaya atrás y nos cubra, que
tiene el permiso de disparar todo lo que quiera y escucho las
detonaciones, una tras otra, por el espejo retrovisor miro cómo
los infectados se van quedando atrás. El camino sembrado con
sus cuerpos.
Doy vuelta en una esquina y me salgo del camino. Entro en la
terracería que nos saca directamente a la carretera evitando los
retenes y lugares concurridos. Le disparo al último de los infectados
que va trepado delante del camión, los niños brincan, gritan hurras
y se abrazan. Dejamos atrás al resto.
- ¿Todos bien? – pregunto –.
- Creo que sí – contesta Miguel –. Todos completos.
Miro la ciudad brillando en medio de las explosiones y dispa-
ros. Manejo con rapidez, atrás queda el sonido de la guerra que
seguramente no vamos a ganar. El pequeño camino que hemos
tomado no está muy concurrido.
En la radio escucho que todo el centro de México ya es zona
desierta. Territorio de los muertos vivientes. Dicen que el mal se
expande más rápido de lo que los científicos predijeron en un prin-
cipio, también dicen que ya se está trabajando en encontrar una
solución para todo. Sé que es mentira, estaremos muertos antes de
que puedan encontrar una cura.
- Miguel, acércate.
El jovencito se sienta tras de mí. Su rostro bañado en sudor, su
cabello desaliñado, respira con dificultad, aún no se le pasa la
excitación. Le digo la verdad, que seguramente tendremos más
sorpresas antes de llegar a un lugar seguro.
No se habla de otra cosa en la radio. La epidemia ha llegado a
todo el país: Monterrey, Guadalajara, Veracruz, Tijuana. Ciudades
y pueblos han comenzado a presentar casos de infección, las auto-
ridades recomiendan mantenerse alejados de los focos de contami-
nación, dicen que es mejor acudir a uno de los cientos de refugios
que se han instalado, lo que no dicen es en dónde encontrarlos.
Sigo manejando a toda velocidad. La luna ilumina la noche.
Aprieto el acelerador y sujeto el volante con ambas manos, sin
separar la vista del camino, después de treinta minutos logro ver la
entrada a Valle de Bravo.
- Niños, despierten. Ya llegamos.

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - HUÉRFANOS

Los más pequeños se desperezan, restregándose los ojos, esti-


rando los brazos, los más grandes separan la cabeza de las ven-
tanas y bostezan. El único que ha permanecido despierto todo el
camino ha sido Miguel.
- Quiero que estén listos para cualquier cosa, tengan las bolsas
de sal y los palos a la mano. Miguel, ¿cuántas balas nos quedan?
- Para las escopetas no nos queda ninguna. Sólo para la pistola.
Escucho el sonido del motor y las ramas quebrándose bajo las
llantas del camión. Entramos lentamente por las rejas de la casa
de descanso. Los grillos cantan. Sólo una luz está encendida en la
casa. Junto a la puerta veo estacionada la combi de las monjas.
-Ya llegaron- dice Miguel-. Las Hermanas ya llegaron.
-Quiero que bajen con cuidado. En una sola fila. No quiero que
ninguno se separe del grupo ¿Entendido?
Los niños mueven la cabeza afirmando y abro las puertas del
camión. Salgo por delante con la sierra eléctrica en la mano de-
recha mirando para todas partes. Se me hace extraño que nadie
venga a recibirnos; hay demasiado silencio. Giro la cabeza y le
indico a los niños que callen, que permanezcan atentos, que se
tomen de las manos. El viento mueve con suavidad las hojas de los
árboles, la luna se refleja sobre una botella de vidrio tirada en el
pasto. Hay algo...
Un dolor en el cuello me trae de vuelta a la realidad. Es como si
alguien me estuviera mordiendo. Maldita sea.
¡BAMM!
- Siempre quise dispararle a una monja – dice Miguel. Sale
humo de la punta de su arma –.
El cuerpo infectado de una monja cae al suelo, seco, con un
hoyo en medio de la frente, su ropa hecha jirones, los ojos desor-
bitados, sus dedos retorcidos. La idea de que no es la única infec-
tada me golpea con fuerza la cabeza.
- ¡Corran, niños, vayan a un lugar seguro!.
Tiro de la cadena y enciendo la sierra eléctrica.
Se siente tan bien en las manos, vibrante, como un masaje al
ego. Escucho su ronroneo y le digo a Miguel que me cubra la es-
palda, que le dispare a cualquier cosa que mida más de metro y
medio y se mueva. Me dice que no hay problema.
Me llevo la mano al cuello y noto que me hace falta un trozo.

59
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - HUÉRFANOS

Las primeras dos monjas salen detrás de los arbustos. Preparo


la sierra y la hago rugir dos, tres veces, Miguel dispara y atina en
el hombro y en la pierna de una, a la tercera vez logra darle en la
cabeza. Yo me encargo de la otra, le corto un brazo y luego una
pierna. Cuando la tengo en el suelo, gruñendo como perro rabio-
so, le paso la sierra por el cuello. Dios. No pensé que esto fuera
tan bueno. Al terminar con ella me persigno y pido perdón. No sé
si esto sea pecado, una monja es una monja.
El resto de ellas sale de atrás de la casa caminando lentamente,
arrastrando los pies con los brazos caídos igual que un simio. Gru-
ñen. Nos miran fijamente. Avanzan hacia nosotros sin desviar el
rumbo. Al frente de ellas veo a la Hermana María; siento pena por
ella. Siempre me cayó bien. ¿Cómo pudo suceder todo esto?
Muevo la sierra por todos lados dejando que los trozos de car-
ne y huesos reboten en mi rostro. Veo sus extremidades volar, es-
cucho la sierra rugir, y la atravieso por el estómago y saco el arma
por su cabeza.
Miguel dispara una y otra vez con rabia. Nunca lo había visto
tan feliz, me recuerda tanto a mí… Los cuerpos de las monjas caen
uno tras de otro, las demás ni siquiera se inmutan, avanzan sin
importarles el daño, así que levanto la sierra y la muevo otra vez,
rebano a la primera que se acerca. Más pedazos de carne me brin-
can en la cara; de nuevo el olor a podrido me inunda la nariz.
En la parte de atrás escucho que los niños lloran.
- Miguel. Quiero que sepas que éste es el final del camino
para mí. Pronto voy a transformarme en una de esas cosas.
- Lo sé.
- Quiero que te encargues de los demás. ¿Recuerdas cómo ma-
nejar la Combi?
- Sí.
- Bien. Quiero que te subas a ella y los lleves a todos a un lugar
seguro. Prende la radio, escucha lo que digan. Ve a donde la ra-
dio diga que tienen que ir.
Me siento tan cansado.
Y digo:
“Seguramente ésta va a ser la noche más larga de tu vida, pero
no queda más remedio que afrontarla. Estas son las situaciones
que nos vuelven hombres, Miguel. Confío en ti.”

61
Veo que la pistola tiembla en sus manos. Los labios. No es más
que un niño. La luna brilla sobre nosotros, iluminando la casa, el
terreno y el lago más allá; el último de los infectados cae a mis
pies, la cabeza separada de su cuerpo.
- ¿Todos están bien? – digo –.
Los niños mueven la cabeza, asustados.
- Ahora suban, vamos – les señalo la Combi –. Miguel, seguro
que adentro están las llaves.
- ¿Qué vas a hacer? – dice Miguel antes de subir –.
- Cuidarles la espalda.
Miguel extiende la mano y me da el arma con que se mató la
Madre Superiora. Me da el resto de las balas. Me dice que es
para que me cuide. Luego enciende las luces y el motor, me mira
unos segundos y pone en marcha la camioneta. Veo al resto de los
niños despedirse moviendo sus manos, uno de ellos pregunta por-
qué no voy con ellos, pero no alcanzo a escuchar la respuesta.
Me llevo una mano al cuello, no había notado lo mucho que
esto duele. Camino hasta el roble al centro del jardín y me dejo
caer en la tierra, jadeando; la Madre Superiora tenía razón, se
ven muchos colores. Lo que nunca dijo es que esto doliera tanto.
Me pongo la pistola en los labios.
Lo último que veo antes de jalar el gatillo es a los niños desapa-
recer tras la colina a toda velocidad y a un montón de muertos vi-
vientes salir de los arbustos caminando en mi dirección, gruñendo
como perros heridos.
Miro la luna brillar sobre el lago y cierro los ojos.

62
LAS AVENTURAS DE ROBBIE
Tercera Parte: Robbie, ídolo de multitudes.

63
Ya el sol despuntaba en el horizonte cuando Robbie sintió ham-
bre una vez más, solo había pensado en la mujer de cabellera
rubia y nada más; así que con la sensación de hambre, a cada
paso que daba, se olvidaba de esa angelical imagen.
Caminó entre otros compañeros de obsesión e incluso pensó en
devorarse a uno de ellos pero recordó que días atrás había comi-
do carne vieja y le provocó un dolor terrible, comprendió que solo
podría comer carne fresca.
Continuó avanzando así hasta el medio día, no se percató de
cuando empezó a gemir del dolor que el hambre le ocasionaba;
el coro que él y de sus compañeros de infortunio iniciaron parecía
una loa al sol, más bien, una oración de petición que podía escu-
charse por toda la carretera.
Sólo les quedaba avanzar, avanzar y avanzar con la leve espe-
ranza de encontrar algo que comer.
Inesperadamente, un niño de unos diez años se atravesó en su
camino, Robbie se dirigió hacia él, pero sus demás compañeros se
interpusieron en su paso; el niño corría entre los cuerpos reanimados
gritando, como retándolos, incluso pasó al lado de Robbie más de
una vez; el pobre Robbie dio vuelta una y otra vez al igual que sus
compañeros, ninguno se daba cuenta que los estaba agrupando.
De inmediato, un jeep salió de entre los matorrales y un grupo de
tres hombres empezaron a dispararles en la cabeza rodeando al
grupo que el niño, que había fungido como carnada, había reuni-
do. El vehículo daba vueltas alrededor de Robbie y sus compañeros
en medio de una conmoción, Robbie solo veía como sus compañe-
ros caían a su lado como si fueran insectos recién fumigados.

64
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LAS AVENTURAS DE ROBBIE III

La masacre continuó hasta que solo quedaron Robbie y otros dos


zombis de pie, entonces los tres hombres descendieron del jeep y
los ataron como si se tratara de un manojo de cilantro. Después
subieron a la camioneta y el grupo de tres zombis, como si fueran
una sola unidad, caminaba detrás amarrada detrás del auto.
Robbie no podía pensar en nada más que en comer algo, sus com-
pañeros estaban igual que él y no se percataron que llegó la noche.
Ya estaba totalmente oscuro cuando llegaron a una pequeña
población que se encontraba rodeada por una reja, curiosamen-
te había mucha luz y ruido adentro. Los hombres y el niño de la
camioneta descendieron en la entrada y los recibieron unos guar-
dias, intercambiaron algunas palabras y pronto entraron todos. El
niño se separó del grupo y fue a avisarles a sus amigos del éxito
de la cacería.
Los tres hombres que iban al frente de la cacería condujeron a
Robbie y a sus compañeros por unas calles angostas que daban a
un parque abierto y totalmente iluminado al que le habían coloca-
do unas gradas alrededor, ahí en medio los soltaron, no sin antes
que otros seis hombres los ayudaran a contener a cada uno con
unas cuerdas alrededor del cuello que estaban en la punta de palo
como de escoba para poder manejarlos a distancia; amordazaron
a Robbie y lo vistieron con un traje de motociclista de color rojo,
a sus otros dos compañeros los vistieron de color amarillo y azul
respectivamente; de los tres, Robbie era el que menos descompo-
sición presentaba.
Después encadenaron a Robbie a un extremo del claro y en el
lado contrario a su compañero que habían vestido de azul. Poco
a poco la gente empezó a entrar al parque y a ocupar las gradas.
Robbie y su compañero, cada uno por su lado, trataron de acer-
carse a ellos para poder comer finalmente, pero las cadenas ape-
nas les permitían acercarse unos cinco metros antes de la gradas.
Unos niños bajaron y empezaron a molestar a Robbie arrojándole
basura, Robbie solo gemía tratando de atraparlos, pero estos eran
mucho más rápidos; poco después llegó un guardia que regañó a
los niños haciendo que regresaran a su lugar en las gradas.
“¡Dejen a los muertos en paz!” Espetó.
La gente reía y gritaba de emoción, todo este pandemónium au-
mentó cuando en la grada superior izquierda apareció un hombre

65
de brillante atuendo que hablaba a través de un micrófono, Robbie
no comprendía que ocurría, solo sabía que tenía mucha hambre y
que la comida estaba muy cerca.
De inmediato, colgada de una grúa, una muchacha rubia ves-
tida con un short de mezclilla y amarrada descendió a la mitad
del parque, quedando entre Robbie y su compañero, la muchacha
estaba atada por las manos y colgada totalmente indefensa, ella
gritaba con desesperación, Robbie se acercó hacia ella antes que
su ex-compañero, ahora rival de tan preciado trozo de carne, éste
último apenas y se percató de la muchacha al estar distraído con
la multitud que tenía a su lado.
Robbie se acercó a la muchacha y medio metro antes de alcan-
zarla la grúa la levantó, poco después se acercó su rival, la mu-
chacha estaba a un metro de alto de distancia de ellos, no dejaba
de gritar ni de dar patadas al aire, Robbie y su compañero solo se
miraron desconcertados.
La grúa descendió a la muchacha medio metro más y Robbie
y su rival empezaron a arañarla tratando de alcanzarla, ya que
la tenía casi fija la volvieron a levantar, el rival de Robbie seguía
lanzando zarpazos, mismos que le dieron a robbie en su cara, así
que este para defenderse empezó a arañarlo también.
Al darse cuenta que no estaba la muchacha entre ellos se detuvie-
ron, así que bajaron de nuevo a la muchacha para incitarlos a pe-
lear una vez más, la multitud enloquecía y las apuestas empezaron
a correr. Por segunda ocasión los zombis empezaron a golpearse
hasta que en una tercera ocasión ya no dejaron de atacarse.
El zombi azul estaba realmente desesperado, pero Robbie aún
más, así que empezó a morder primero a su rival, la lucha duró
unos quince minutos, los trajes se rasgaban y ensuciaban y el con-
ductor de la grúa descendió a la muchacha un par de veces más
para provocarles la ira.
Finalmente Robbie mordió el cuello de su enemigo hasta de-
bilitarlo y con sus manos pudo arrancarle la cabeza al debilitar
sus tendones.
La gente gritó animada y los que habían apostado contra Ro-
bbie se maldecían. La grúa descendió a la muchacha pero no
mucho, Robbie solo pudo sujetarle una pierna a la que mordió con
fruición, esa fue su recompensa, un bocado antes de la siguiente

66
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LAS AVENTURAS DE ROBBIE III

ronda, la muchacha gritó de manera terrible, el dolor fue insopor-


table, pero de nada le sirvió, ella estaba ahí solo para eso.
En eso sacaron al otro zombi, al que vistieron de amarillo y la
agonía para la pobre muchacha se repitió. La lucha entre ambos
zombis dio inicio, solo que Robbie llevaba la ventaja, comprendió
de alguna forma que si derrotaba a su rival al menos podría mor-
der de nuevo a la muchacha.
Esta pelea fue más breve, en el primer round Robbie derrotó a
su rival y finalmente de la grúa descendió la muchacha, Robbie
le mordió el cuello provocando que ella diera un último alarido.
Finalmente Robbie pudo saciar su hambre, se quedó a la mitad del
patio devorando a la muchacha mientras la gente a su alrededor
regresaba a sus casas después de tan “sana” diversión.
Pasaron varios días y cada noche Robbie peleaba por su co-
mida, pronto le dieron el mote de “El Rojo” y era el favorito de
las luchas nocturnas, sin embargo, aunque el mismo Robbie no lo
notara, empezaba a ponerse más rígido, los organizadores de las
peleas sabían que pronto dejaría de ser el predilecto…

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TRAYECTO

Por Víctor Ángel Vázquez

Ilustración: Evelin C. Merlos

69
México D.F., la ciudad más grande del mundo...

No había visto tanto caos desde el terremoto de 1985. Aquella


ocasión le tocó estar en la secundaria, la cual se derrumbó ante el
poder de la naturaleza y el desgaste de la construcción. Estando
en el patio de la escuela la confusión comenzó con el temblor, ins-
tintivamente todos se reunieron en el centro del patio, las ventanas
de los salones salieron volando en miles de fragmentos; el edificio
cambió de tamaño, como si un gigante se estuviera acurrucando
para tomar una siesta. Una gran nube de polvo, el aire expulsado
del interior de la construcción, silencio, confusión. La calma trajo la
imagen de una escuela colapsada, todos los alumnos confundidos
buscaron la forma de salir. Tras dos largas horas fueron rescata-
dos a través de un agujero en una pared que tuvo que abrirse de
emergencia. La vista del exterior fue aún más escalofriante y devas-
tadora. Nadie comprendía los alcances de lo sucedido...
Eran sus recuerdos, que regresaban ante la presente situación:
autos abiertos y abandonados en las calles, miles de objetos des-
parramados por el suelo, ventanas de negocios rotas para permitir
el vandalismo, vestigios de incendios... y montones de cuerpos sin
vida. No había gran diferencia con lo de 1985… Con la excep-
ción de que ahora los muertos se levantaban, actuando como si
nada hubiera pasado.
Descansaba en el monumento a la Revolución, el lugar esta-
ba tranquilo y no había indicio de los resucitados. Era oportuno
descansar antes de llegar a su objetivo en la Zona Rosa. Siempre
visitaba el monumento, le gustaba mucho aunque no pudiera expli-

70
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - TRAYECTO

carse por qué; solo le gustaba. En su mochila traía algo de beber


y comer, aprovechó el descanso para ello.
El cielo claro, ningún sonido quebrando el momento de tranqui-
lidad, pocas veces había encontrado tal situación; la ciudad, su
ritmo, locura que atraía a cientos...
Las campanadas le despertaron trayéndole de vuelta súbitamen-
te; el cansancio por el viaje y lo tranquilo del momento le hicieron
dormir... ¿unas horas? El sol se estaba ocultando.
El gemido hizo que olvidara el repicar de las campanas, venía
de una de las escalinatas. De pie en lo alto, un resucitado trataba
de bajar los escalones sin éxito, tambaleándose, pero sin caer.
Se incorporó lentamente, no sabia si iba por él o simplemente
seguía el sonido de las campanas. Comenzó a desatar las correas
que sujetaban el machete a su mochila. Ya lo había usado contra
ellos pero no dejaba de ser una experiencia indeseable. Solo lo
usaría de ser necesario, un golpe al cuello y podía sacarlos de
balance, otro más y caían para no regresar, o al menos eso era lo
que había aprendido: sin cabeza no se levantaban de nuevo.
Subió por la escalera opuesta sin dejar de voltear y comprobar
que el ente seguía lejos; no tenia miedo, solo era precaución. Al
llegar a lo alto de la escalinata dejo de mirar atrás...
... solo para encontrarse con varias docenas de los reanimados.
Comenzó a preocuparse. Sacó el machete y procuró no llamar la
atención de ningún ente. Las campanadas seguían el ritmo irregular,
no imaginaba quien podría llamar a reunión en ese momento...
Se maldijo por perder tiempo en descansar cuando casi llegaba
a la Zona Rosa, un estúpido error que trataría de enmendar rápi-
damente, la noche no tardaba en caer.
La salida más factible era hacia el Paseo de La Reforma, des-
pués buscar entre las calles paralelas, no había mas alternativa,
así que imaginó la ruta más viable. Oculto tras el pequeño muro de
la escalera esperaba la oportunidad para escabullirse sin ser visto,
los que alguna vez estuvieron muertos y regresaron no mostraban
gran inteligencia. La cantidad era el peligro.
La decisión fue rápida, salió corriendo machete en mano, derri-
bó a un grupo de tres, estos tropezaron entre sí lo cual fue conve-
niente, pero no esperó a ver que pasaba; ¡demonios! podían se-
guirlo. Fue necesario empujar a otros y separar dos o tres brazos

71
y abrir igual número de cabezas y torsos, no podía darse el lujo
de hacerlo bien, salir de ahí era necesario.
Ya no podía pasar inadvertido, ahora todo ente iría tras su perso-
na. Tomó la primera calle que estaba cerca, perdería mucho tiempo
buscando la mejor opción; solo miró el camino frente a sí, nada ex-
traordinario, solo una calle larga y llena de autos abiertos, lo mejor,
ninguno de los resucitados. Lo cruzaría a toda prisa, le pisaban los
talones, al parecer sabían cuando un ser vivo sano estaba cerca.
Brincó sobre algunos cofres de autos echando miradas fugaces para
ubicar cualquier obstáculo escuchando los sonidos en el ambiente,
cualquier detalle que denotara peligro, cualquier cosa...
Las campanas, ¡malditas campanas, repican por sobre todo...
Llegó tropezando a la Avenida Reforma, comenzaba la oscuri-
dad, el cielo rojizo por el atardecer; lo brusco del movimiento le
hizo soltar el machete cayendo unos metros delante. Al recogerlo
vio unos cuerpos sin vida demasiado descompuestos para ser de
los reanimados. Apestaban, algunos gusanos entraban y salían
por los huecos en la carne podrida, costras de sangre y pus seca
donde los resucitados habían mordido para saciar su hambre.
Gruñidos, pies arrastrándose, estaban por alcanzarlo... pero
ahora venían otros entes sobre la avenida Reforma, no solo aque-
llos que dejara atrás.
- ¡Con una chingada!...- exclamó al ver con más detalle la avenida.
A donde mirara, cualquier lugar, sin falta, había un resucitado.
Cientos caminando, dando tumbos, estirando los brazos, acercán-
dose, buscándole. Niños, adultos, jóvenes... resucitados, entes
vueltos a la vida por solo el infierno sabia que insano poder. Ros-
tros sin expresión alguna de la humanidad originaria; ojos de mi-
rada perdida, si aún conservaban los mismos. Pálida la piel, seca
al perder la fluidez de la sangre…
No dejaba de verlos, nunca se había encontrado con tal cantidad.
En la mano derecha colgaba el machete, un pedazo de metal afila-
do que le había ayudado a sobrevivir los últimos tiempos, pero en
este momento se sintió abatido, sin fuerzas, por más hábil, más veloz
que pudiera ser, ellos le superarían. Demasiados para vencer.
Las campanas, ese sonido era el que les atraía, buscó la iglesia;
no estaba cerca, no sobre la avenida. Vio una casa con una reja
alta. Una idea tomaba forma rápidamente.

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - TRAYECTO

Un ente, vestido con el típico traje de charro, un mariachi con


trozos de una guitarra colgando de sus hombros casi le pesca de
un brazo; un torpe machetazo le alejó pero reinició el ataque, un
líquido pardo brotaba del mal corte en el torso, abría y cerraba
la boca gruñendo, mostrando una lengua oscura, seca, tanto que
al rozar los labios partidos parecían dos hojas de lija frotándose
entre sí; le alcanzó el cuello con el filo de su arma sin separar la
cabeza por completo del torso. Se detuvo, los brazos buscaron en
el aire antes de caer, dejando un charco espeso, maloliente.
Otros venían cerca rodeándole; la casa de la reja alta, si llega-
ra hasta allá... golpeó a un niño en la cabeza partiendo el cráneo
en dos, los sesos se esparcieron al retirar el machete salpicándolo;
el asco no le impidió golpear a otros con igual furia. No podría
mantenerse así por mucho tiempo. Se acercaba a la casa pero no
tan rápido como quisiera, no podía correr, había muchos reanima-
dos entre él y su objetivo.
Asestaba golpes casi sin calcular donde se encontraba el ene-
migo, el mango del machete estaba resbaloso. Ahora golpeaba a
uno a la vez que empujaba, ya en el suelo pateaba la cabeza tan
fuerte como podía; los huesos tronaban y cedían ante sus botas.
Gritaba furioso, a cada golpe, a cada corte, soltando carcajadas
al lograr vencer a uno más.
Unos vidrios cayeron a pedazos, un edificio de oficinas; los
resucitados dentro habían encontrado una forma de salir. Se arro-
jaban a la calle ansiosos por la carne fresca, el hambre, el ansia
por satisfacerse era mayor que cualquier otro motivo. Muchos al
caer ya no se levantaban, sus frágiles cráneos dejaban expuesta
su inmundicia al encontrar la acera. Algunos lograban salir sin
daño aparente y se sumaban al resto. Otras ventanas eran rotas,
más resucitados de los cuales escapar.
Se estaba cansando, demasiados para vencer, un poco más y
llegaría a la casa. Una mujer con un vestido desgarrado era muy
ágil, tal vez tenia poco de haber regresado de entre los caídos
porque la había empujado varias veces y volvía a levantarse, le
cortó una mano y aún así estiraba el brazo. Al tratar de arrancarle
el brazo de un solo golpe el machete se atoró en el hombre de la
mujer. Ella se retorció y casi pierde su arma.
El pánico se apoderó de él, su corazón dejó de latir un segundo;

73
un resucitado le estaba sujetando por la mochila en su espalda.
Sintió algo corriendo por su cuerpo, dio una muy profunda inha-
lación, el terror, la conciencia de su cercano fin hizo que desde lo
más profundo de sí surgiera un alarido como nunca creyó podría
emitir su garganta.
Tomó con ambas manos el machete y arrastró a la resucitada
hasta derribarla separando el brazo a medias pero logro librar
el metal. Giró sacando de balance a quien lo sujetaba y logró
sacarle la cabeza de un solo tajo. No se detuvo, había otros que
estaban cerca, también logró despacharlos. Sangre coagulada le
salpicaba, sesos también, no le importaba mientras no lo mordie-
ran, evitaría que se acercaran más.
Los cuerpos caídos entorpecían al resto, lo cual aprovechó para
correr hacia la casa de reja alta. Se abrió paso rápidamente, no
sin antes dejar desmembrados a algunos entes.
Por fin llegó al frente de la casa, la reja realmente era alta pero
permitiría el ascenso. Solo tenia que escalar. Se aseguró que del
otro lado en el patio no hubiera nadie que pudiera sorprender-
lo; aparentemente nada de que preocuparse. Los resucitados se
acercaban otra vez, así que ya no dudó y comenzó a trepar. Ha-
bía una gran enredadera del otro lado, en su tiempo había sido
tratada con cuidado, ahora solo era un recuerdo marchito que se
desmoronaba conforme ascendía.
Sintió que le aferraban por el tobillo, no por mucho, su ventaja,
el grueso cuero de las botas; de cualquier forma bajó un poco
para partirle la nariz con el tacón a su agresor.
Tuvo que cortar los delgados alambres en la parte superior,
esos por donde la energía corría a modo de seguridad; en estos
días la electricidad no servia en muchos lados. Bajó para llegar al
patio, los resucitados buscaban entre las rejas sin alcanzarlo. Ver
los brazos entre las ramas secas de la enredadera le provocó an-
siedad, estaba relativamente a salvo, se había alejado del peligro
a la vez que quedaba atrapado.
El patio era grande con un jardín que lo cubría todo, ahora
también seco. La campana ya no tañía, ¿por qué?. Ninguna
señal de los dueños. La puerta de entrada estaba cerrada, las
ventanas cubiertas por cortinas no permitían la vista interior.
Quebró el vidrio de una y abrió el seguro. Entró sin problemas,

74
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - TRAYECTO

la casa olía a encierro y nada más. La noche llegó, la oscuridad


llenó todo; se guiaba con el oído, no quería sorpresas. Encontró
la cocina y comenzó a buscar algo con que iluminarse en su
búsqueda. Rebuscó todos los cajones, abrió anaqueles y estan-
tes hasta encontrar velas y cerillos. Pronto la casa se iluminaba
tenuemente, sonrió al pensar que en otro tiempo esta situación
seria muy romántica.
En un estante encontró comida: pastas y harinas, atunes y sar-
dinas, sopas enlatadas y galletas. Todo en perfecto estado, hacia
mucho que no disfrutaba de una comida caliente. Comprobó que
la estufa aún funcionaba, el gas provenía de algún tanque esta-
cionario. Seleccionó una sopa de verduras, luego comería algo
de sardina con galletas saladas. No seria un festín, pero tendría
fuerza suficiente para buscar salir de esa situación.
Cuando abrió el refrigerador tuvo que aguantar la respiración,
la comida se había descompuesto a falta de energía que la man-
tuviera fresca. Todo era comida perecedera, a excepción de unas
botellas de agua, y algo que le dio cierta alegría: seis latas de
Coca Cola. Él liquido estaba tibio, no le importó, llenó una olla
con agua y dentro coloco las latas, las botellas de agua las guardó
en su mochila, serian buenas al continuar su camino.
Tras una cena decente pensó en la forma de salir de ahí, por
el momento estaba a salvo pero no podría permanecer así por
mucho, su cordura se vería afectada... además debía llegar a la
Zona Rosa.
Siguió buscando por el resto de la casa, podría haber alguna
arma, cualquier cosa que usar para librarse de los resucitados.
En la parte trasera de la casa estaba una cochera con dos autos
dentro. No era buena idea usar algún vehículo, la cantidad de
resucitados y de autos varados impedirían el libre paso de uno
más. Mejor idea era sacar la gasolina de los tanques y preparar
unos cócteles molotov; los arrojaría entre los resucitados y crearía
confusión entre ellos; entre lo poco humano que conservaban en
sus seres estaba el miedo, con fuego podría lograrlo.
Necesitaba botellas, unos pedazos de trapo, un encendedor o
cerillos, nada que en la casa no encontrara. Vació varias botellas,
una pena desechar el vino que contenían, otras eran de leche, lo
importante era que se quebraran fácilmente.

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No se sentía tranquilo en ese lugar, la casa estaba rodeada,
ya eran demasiados resucitados. El ventanal de la recamara prin-
cipal tenia amplia vista de la calle, veía la avenida repleta de
seres, chocaban unos con otros, torpes, rozándose, era un espec-
táculo que le recordó viejos tiempos, cuando la gente protestaba,
reuniéndose...
La presión en el tobillo le tomó por sorpresa, un jalón y perdió
el equilibrio, cayó sobre su costado izquierdo, pataleó, buscaba
zafarse. Una mano le aferraba desde las sombras, no veía a quien
pertenecía, pateó sin mirar a que sin éxito. Otra mano le alcanzó
jalándole por las valencianas de su pantalón, intentó levantarse,
no podía; arrastrándose hacia vio a una anciana con quien fuerte-
mente forcejeaba.
Era poca la iluminación que entraba por la ventana, la luna no
era llena pero algo ayudaba, su luz le dejó ver un rostro arrugado,
la boca abriéndose para dejar escapar sonidos asquerosos y gutu-
rales, sus ojos cubiertos de una tela lechosa le miraban fijamente,
como si ello le ayudara a controlarlo; demasiado fuerte para al-
guien de esa edad.
El machete en su mochila estaba en el piso inferior. Trató de za-
farse agitando los pies, la anciana no lo soltó. El pánico le impedía
pensar claramente, la espalda contra el piso, nada que pudiera
usar como arma. Sintió la pared tras de sí, se apoyó en ella y
librando una pierna logró empujar a la anciana alejándola. Junto
a la cama vio una silla de ruedas, eso explicaba que la mujer se
arrastrara y la fuerza en sus brazos. No esperó a que lo siguiera,
tampoco quiso eliminarla, solo salió de la recámara, arrastró unos
muebles con los que bloqueo la puerta, eso seria suficiente.
No quería más sorpresas, saldría de la casa lo más pronto posi-
ble. Había visto que el techo de la casa estaba cerca de la cornisa
de otro edificio, intentaría llegar a ella desplazándose hacia las
calles paralelas a la avenida Reforma.
La mejor forma de alcanzar la cornisa sería trepar desde la par-
te externa de la casa por la fachada. Sacó su mochila y la maleta
donde metió las botellas con gasolina, las subiría con unos cordo-
nes de las cortinas que ató a modo de cuerdas. Le resultó sencillo
el trepar, tenia cierta experiencia. Comprobó que la cornisa sopor-
taría su peso, luego subió con cuidado sus pertenencias.

76
La cornisa conectaba con un balcón, era un edificio de depar-
tamentos. Las cortinas estaban corridas, nada podía ver en el inte-
rior. Estaba atento a cualquier detalle, había aprendido la lección
de mala forma. Pasó por dos balcones más y la vista no mejoraba,
había demasiados resucitados aún.
Sacó una de las botellas, encendió el trapo húmedo y la arrojó
a la multitud, golpeó a uno en plena cabeza, el vidrio se quebró,
las llamas se esparcieron rápidamente. Los resucitados chillaban
por el fuego que les quemaba, caían al piso y hacían que otros
cayeran también propagando las llamas.
Arrojó otras botellas produciendo efectos parecidos, la calle se
llenó de un olor a carne quemada y otras impurezas; no impor-
taba, solo quería distraerlos para lograr su escape. La noche se
iluminaba y el silencio desaparecía por los alaridos de los que re-
gresaron de la muerte. Los que no fueron alcanzados por el fuego
se alejaron, evitarían el fuego por temor.
Él ultimo balcón quedaba sobre el toldo de un local, en esta par-
te era menor la cantidad de resucitados, aun así arrojó las ultimas
botellas para abrirse paso. El fuego cumplió su cometido.
Saltó al toldo y de ahí se deslizó suavemente a la acera. Sacó
el machete dispuesto a cualquier cosa con tal de escapar; eran me-
nos que los que estaban atrás, en la avenida Reforma, pero debía
cuidarse. Caminaba, casi corría, entre los resucitados, asustados
por el fuego, no se le acercaban, solo empujó a unos cuantos cuan-
do le estorbaban para avanzar. El resto del camino hacia la Zona
Rosa no presentó problema alguno.
Tenían retenes para asegurar que no serian invadidos por los
resucitados, usaban autos y muebles amontonados de tal forma
que ninguno podría pasar y de intentarlo lo eliminarían rápida-
mente. Un vigilante le permitió el acceso, sólo cuidaba que los
resucitados no pasaran; portaba una escopeta, un arma eficiente
hasta que se terminaran las balas. Por eso prefería el machete,
sólo al cansarse perdería y antes de que eso pasara habría encon-
trado otra salida.
- Te esperábamos hace horas - comentó el guardia.
- Unos... amigos me entretuvieron - aclaró con una sonrisa - te-
nían una fiesta y querían que me quedara a comer, pero no acep-
té, el menú nada tenia que me apeteciera.

78
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - TRAYECTO

- Esperemos que no quieran traer la fiesta hasta acá.


- No lo creo, los dejé apagando las velitas del pastel. La fiesta
no era gran cosa, por eso me fui.
- Ok. Los muchachos te esperan.
Habían cerrado varias calles de la zona hotelera, así podían
dar refugio a muchos con ciertas comodidades. Un plan que con-
templaba un futuro mejor... él solo quería descansar.
Dos jóvenes le recibieron cuando dio vuelta en la calle Ambe-
res, le abrazaron felices, él se mostró tranquilo, no gustaba de ser
tan expresivo.
- ¡Es bueno ver que llegas completo! – observo uno los chicos. -
Te esperábamos hace rato.
- Pensamos que algo... te paso. - agregó el otro.
- Solo un pequeño inconveniente, pero logre salir de el. - Lo dijo
como si nada, quitándole importancia a lo ocurrido. - Traje la infor-
mación necesaria, todo está dentro del disco duro que me dieron
en Ecatepec – sacó una caja metálica que entregó a uno de los
muchachos. - Además en el camino encontré esto - saco dos latas
de Coca Cola. - Podríamos hacer un pequeño brindis.
- ¡Coca!, hace mucho que no tomaba una.
- Cuidado, pueden estar un poco agitadas.
- Será mejor pasar, necesitas descansar y nosotros revisar el disco.
Entraron a un gran patio, una privada junto a un gran hotel.
Mucho tiempo desde la ultima vez qué estuvo ahí. Departamentos
antiguos con techos altos, fríos en invierno, cálidos en verano. Mas
tarde visitaría las azoteas, ahí donde aprendió tantas cosas...
Durmió hasta el mediodía siguiente, demasiadas emociones,
pero no podía quedarse ahí por mucho tiempo más. Afilaba el
machete que tan útil resultara ser, una idea le rondaba la cabeza,
no podía dejarla de lado.
¿De donde provenía el sonido de la campana? ¿Quién esta-
ría llamando?
Tomó su mochila, empuñó de nuevo el machete; ahora también
se hizo de un grueso tubo como de un metro. Esta vez estaba más
preparado, sabía donde estaban los resucitados.
- ¿Saldrás? – pregunto uno de los muchachos -.
- Si, hay pendientes que atender. Y no pueden esperar.
El chico solo lo miró, no lo detendría. Él sabia que hacía y por qué.

79
- Cuiden el fuerte, si todo sale bien no regresaré solo; y si sale
mal... tampoco.
Eso no le gustó mucho al chico pero ya no pudo decir más. Se
alejaba entre las calles vacías con rumbo a la Avenida Reforma.
El machete brilló por el sol; después de todo, era un bello día.

80
LAS AVENTURAS DE ROBBIE
Cuarta Parte: Robbie sigue caminando.

81
Nadie Supo que pasó exactamente, pero mientras Robbie pe-
leaba por comerse a un niño gordito que los hombres “civilizados”
había colgado de la grúa, una de las bardas que rodeaban a la
pequeña población se rompió y una enorme multitud de levanta-
dos se metió provocando un pandemónium.
Robbie no notó siquiera que entre el pánico su cadena se había
roto, él solo se quedó mirando hacia lo alto, esperando que el
suculento niño gordito descendiera mientras el pobre crío gritaba
con pánico meciéndose en lo alto; su rival, otro zombi vestido de
azul (y menos descompuesto que Robbie a esas alturas) también se
quedó contemplando hacia lo alto.
Pasaron las horas y todo alrededor de ellos era ya una sucur-
sal del infierno de Dante, los muertos se comían los trozos de los
vivos hasta dejarlos en los huesos mientras Robbie y su rival solo
miraban hacia lo alto esperando inútilmente a que el niño (que no
paraba de gritar desesperado) descendiera.
Robbie dio un par de pasos más y descubrió que era libre, pero
el hambre era tan inmensa que no se percató de ello y caminó por
puro instinto, entre los restos y demás zombis que comían se encon-
tró un brazo con todo y mano de mujer con muchos anillos y con
eso pudo satisfacer su hambre. Escupió dos anillos (uno de oro con
una esmeralda engarzada y el otro de diamante), regresó debajo
de la grúa y continuó esperando a que el niño bajara.
Pasaron así varios días, los demás levantados de la zona ya se
habían ido y no quedaba ningún vivo, salvo el niño gordito, que
colgado, ya no gritaba siquiera. Cuando el hambre era insopor-
table, Robbie caminaba por los alrededores buscando algo que

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LAS AVENTURAS DE ROBBIE IV

comer y regresaba debajo de la grúa, su “rival” seguía encadena-


do, obviamente mucho más desesperado por el hambre, pero solo
podía dar vueltas alrededor inútilmente.
Cinco días después, el niño dejó de gritar finalmente y de ba-
lancearse desde lo alto y un par de días después Robbie percibió
un olor a putrefacción que venía desde arriba comprendiendo que
la carne del niño ya no era buena, así que continuó su camino.
Pasó al lado de su rival quien también se empezaba a resignarse a
no comerse al niño. Si Robbie no tuviese tanta hambre se hubiese
compadecido de él.
Una vez que Robbie se alejó del perímetro del parque, el cuer-
po del niño empezó a balancearse de nuevo…

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Por Erick Tejeda

Ilustración: Mario Romero San Miguel

85
La primera vez que vi una de esas cosas fue hace dos días cuan-
do iba a mi casa luego de la Universidad, las puertas del vagón
del metro en la estación Hidalgo se empezaron a cerrar cuando vi
a ese zombi caer de las escaleras, un par de personas se inclina-
ron para ayudarle a ponerse en pie, pero sin más, ese monstruo se
abalanzó contra el primero que le tendió la mano mordiéndola con
saña; un niño de la calle pensé, de esos que viven en las coladeras
de la Alameda Central; fue lo poco que alcancé a ver antes de que
el tren comenzara a moverse. No le di importancia al suceso, des-
pués de todo la estación Hidalgo es muy conflictiva y más en horas
pico; llegué a mi casa y no hice ningún comentario al respecto, mi
mamá estaba por servir la comida y presté más atención al aroma
de su guiso que aquello que presencie en el metro.
Solemos comer en el comedor de la cocina con la tele encen-
dida, mi mamá tenia puesto el noticiero de la tarde, pero mi her-
mano de quince años y yo decidimos mejor ver una peli en otro
canal, después de todo sabíamos que siempre dicen lo mismo: que
si el gobierno no hizo tal cosa, que si asesinaron a fulanito, que los
chismes del espectáculo y los goles de la semana; ahora pienso (si
es que puedo por el miedo que siento ahora) que de estar informa-
dos ahora estaría en otra situación.
Al cabo de unas horas escuchamos gritos en la casa de a lado,
mi mamá me mandó a ver que sucedía ya que nuestros vecinos
eran personas mayores y su alboroto nos asustó, pensamos que
tal vez el señor Rodríguez estaba sufriendo otro infarto; toqué la
puerta muchas veces pero sólo seguía escuchando los gritos de
su esposa, la ambulancia que seguramente pidió mi mamá llegó

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SEGUIREMOS INFORMANDO

enseguida pero tampoco respondieron al llamado de los paramé-


dicos, una patrulla de la policía local no tardó en llegar, así que
mi presencia allí ya no era necesaria, ya saben, no me gusta invo-
lucrarme en cosas que considero ajenas a mí.
Estaba haciendo un reporte de una lectura que tenía que entregar
al día siguiente, mi papá llegó a la casa como siempre entre las seis
treinta y las siete de la noche, él sufre de hipocondría, esa enferme-
dad psicológica que hace pensar al paciente que tiene todas las en-
fermedades del mundo, por eso no me extrañaron sus gritos cuando
entró a la casa, al contrario de mi mamá y mi hermano que vieron
con angustia el brazo de papá ensangrentado que después yo co-
rroboré para unirme al miedo colectivo, comenzó a contar las cosas
que vio cuando salió de la oficina, hablaba de gente enloquecida
que corría por las calles, de cómo se atacaban entre ellos y se arran-
caban pedazos de carne a mordidas, de los automóviles que tuvo
que esquivar y de cómo una señora a la que quería ayudar lo atacó;
ninguno de nosotros sabe primeros auxilios, pero pudimos limpiar y
“curar” la herida de mi padre que mostraba marcas de dientes.
La programación regular de los canales de T.V. se suspendió
debido a los sucesos, la recomendación era: Cierre bien y no sal-
ga de su casa, no deje entrar a desconocidos. También dijeron
– aunque no era novedad – que las líneas de emergencia de la
policía y cruz roja estaban saturadas, que las salas de emergencia
de los hospitales estaban atiborradas de gente en espera de ser
atendida por mordeduras – volteé a ver a mi papá que se había
quedado dormido en el sillón –. Hablaban de una especie de virus
desconocido que estaba en el ambiente y en la saliva de algunos
pacientes, lo describían como la rabia; una llamada a ese noti-
ciero del representante cristiano de la colonia Roma entró al aire,
dijo que los pecados del hombre se habían hecho microscópicos
transformándose en esa enfermedad en esos momentos difíciles
que estábamos viviendo, por supuesto que me cagué de la risa.
El teléfono sonó tres veces antes de que mi hermana levantara la
bocina, era mi tío Julián que estaba en los Ángeles California, pidió
que le comunicaran con su hermana al instante; mamá tomó la lla-
mada y con la voz entrecortada le dijo a su hermano que lo amaba
y que mis abuelos hubieran estado muy orgullosos de él; no quise
preguntar, sabía que no volvería a ver al tío Julián Saavedra.

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- Seguimos transmitiendo – decían en la tele y mostraban imáge-
nes de CNN en Estados Unidos, de los tanques y aviones bombar-
deando ciudades, de gente muerta y de muertos vivientes –.
Un boletín especial fue recibido por la conductora: “El Depar-
tamento de Defensa recomienda que no salga de su casa, y si por
alguna razón se enfrenta con alguien que padezca este virus gol-
peé, destruya o separe su cabeza del resto del cuerpo, repetimos,
destruya la cabeza.”
La simple idea era estúpida, ¿quién en su sano juicio dice en
las noticias que prácticamente mates a alguien? (lo que no sabía
era que ya estaban muertos). En ese instante mi papá abrió los
ojos y se levantó abruptamente del sillón, mi mamá le comentó
que estaba muy pálido y él contestó con un gruñido que nos des-
concertó a todos, la mirada de mi padre era vacía y trataba de
reconocer el lugar volteando a ambos lados, mi mamá se acercó a
él extendiéndole un vaso con Coca Cola, la mirada de él se centró
en mamá, inclino un poco su cabeza como si quisiera reconocerla,
ella le sonrió y al instante la sujeto violentamente por los brazos y
le mordió el cuello, un poco de la sangre me salpicó la cara, mi
hermano comenzó a gritar y a llorar mientras aterrorizados veía-
mos como mi papá seguía mordiendo el cuerpo de la mujer que
me dio la vida.
Subimos las escaleras corriendo, mi hermano tropezó a la mitad
del camino, el miedo le había paralizado las piernas, yo también
estaba aterrorizado, me hice de un poco de fuerza para poderlo
levantar y casi a rastras logramos entrar en mi cuarto, por la ven-
tana grité a los vecinos de enfrente, la familia Reyes, que nos ayu-
daran, pero estaban muy ocupados cargando su camioneta Quest
Nissan con maletas y bolsas del súper, la hija mayor de ellos me
miró con angustia, su padre le dijo: “No te distraigas, tenemos que
irnos ya”, los golpes en la puerta de mi cuarto eran insistentes y
por desgracia las puertas de mi casa no eran de una madera muy
sólida; mi hermano me gritaba: “!Está entrando, está entrando!”.
De nuevo me dirigí a los vecinos cuando escuché como tronaba la
débil madera, al voltear vi como mi hermano se agazapaba ha-
ciendo las cosas más sencillas al monstruo que antes llamé papá,
antes de saltar por la ventana alcancé a escuchar los dientes des-
truyendo el cráneo de Chucho mi hermano menor.

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SEGUIREMOS INFORMANDO

Sentí en el hombro izquierdo y espalda el impacto contra el


suelo, sólo escuchaba vacío y murmullos, no distinguía nada, sólo
sombras, murmullos y la sensación de gente a mi alrededor y des-
pués oscuridad.
Cuando abrí los ojos estaba sentado en el asiento trasero de la
camioneta de la familia Reyes
- ¿Cómo te sientes? – Me preguntó Hilda la hija mayor (diez y
nueve años igual que yo) –.
Le contesté con trabajo que mi hombro me dolía mucho y aún
sentía que no podía respirar bien, inmediatamente el señor Re-
yes se percató que desperté y asustado preguntó si presentaba
síntomas similares a los que describieron en las noticias, Hilda le
contestó un poco brusca que estaba sano; por la ventana pude dis-
tinguir que era de noche, estábamos en el periférico con dirección
al norte como era de esperarse (y como todas las veces) aquella
avenida estaba a vuelta de rueda, al volante venia el señor Reyes,
de copiloto su esposa la señora Alfonsina, en el asiento de atrás
del conductor el hijo menor Gustavo, a su derecha su hermana
Karla y hasta atrás Hilda y yo.
Pregunté si había noticias en el radio, la respuesta brusca del
jefe de familia me hizo saber que habían suspendido las transmi-
siones que sólo daban reportes cada media hora.
- Lo último que dijeron fue que el ejército se iba a hacer cargo.
La familia comenzó a hablar de ir a casa de los papás de Al-
fonsina para resguardarnos; mientras avanzábamos a paso de
tortuga por el periférico en mi cabeza se repetían las imágenes
que había presenciado, sin más comencé a llorar escondiendo mi
cara entre mi hombro y el vidrio de la ventana, por el retrovisor el
señor Reyes se percató de mi llanto y encendió la radio, el nuevo
reporte indicaba zonas de resguardo para los sobrevivientes, se
indicaron direcciones de estos lugares y la colonia en Satélite a
donde íbamos era una de ellas, Hilda me miró conmovida y puso
su mano sobre la mía.
Cuando llegamos al retén los militares nos detuvieron con pre-
guntas: ¿Cuántos vienen?, ¿A que calle va?, ¿Alguien viene he-
rido?, ¿Fue por mordedura?; la milicia detenía hasta tres autos
antes de dejarlos pasar, Hilda y yo vimos como hicieron bajar a
los que venían detrás de nosotros una señora mostró una herida en

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una pierna, el resto de la familia Reyes se volteó a ver el suceso;
de pronto comenzaron a discutir con ella, con su marido (supuse)
y tres soldados, uno de éstos desenfundó su pistola y al instante
disparó volándole los sesos a la señora, el señor Reyes (deshuma-
nizado, el cabrón) solamente hizo un gesto ante la detonación y
siguió de frente.
Hilda me ayudó a salir del vehículo mientras todos bajaban el
equipaje y provisiones, en aquella colonia de gente rica parecía
que nada había sucedido, daba la impresión de que todos los
que veníamos llegando estábamos por celebrar la pinche navidad
o algo así, los abuelos de aquella casa enorme nos abrieron las
puertas con cierta preocupación pero aún sonrientes, la señora
Dolores, abuela de mis vecinos me barrió con la mirada
- ¿Y éste quién es?
Hilda, que aún me ayudaba a mantenerme en pie alzó su voz
con enojo:
- Es Raúl, mi vecino, y a sufrido mucho abuela – me hubiera
matado mi papá a mí –.
Me recostaron en la cama de una recamara para huéspedes,
la señora Alfonsina me subió algo de comer pero aún tenía mucho
asco, estando conmigo se disculpó por la forma en que me habían
tratado, me dijo que eran tiempos difíciles y todo mundo esta asus-
tado, el mentón le comenzó a temblar y le vino el llanto, me dejó
la comida en el buró a un costado de la cama y cerró por fuera.
Minutos más tarde Hilda entró
- ¿No haz comido? – se quedó inmóvil en la entrada mientras
nos mirábamos – …perdón, no sé que decir, me siento mal por
todo esto – tardó en pensar su siguiente oración cuando su padre
la apartó de la entrada, me lanzó una mirada de disculpa y cerró
la puerta –.
El calor de la luz solar me hizo abrir los ojos, me levanté de la
cama y me dispuse a salir de la habitación, escuchaba ruido en
la cocina, pensé que podría ser Hilda y bajé las escaleras hasta
la estancia, caminé por el pasillo para llegar a la cocina y hablé
bajito, no quería darle más molestias a mis vecinos.
- ¿Hilda, estás ahí? – seguía escuchando cosas, parecía que es-
taban lavando trastes ya que el agua de la llave estaba corriendo,
la puerta estaba abierta y antes de entrar me asomé, no quería

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SEGUIREMOS INFORMANDO

encontrarme con la doña (ojete) Dolores, metí un poco más el dor-


so para tener una visión más amplia del lugar, vi la puerta que da
al jardín de atrás abierta, recorrí la mirada y sobre la mesa había
algo de desorden, cuando fije mi vista en el lavabo un soldado de
los del retén estaba de espaldas a mí.
- Hola, buenos días – saludé – ¿está todo bien?
El militar volteó bruscamente, era el mismo que disparó contra
aquella señora, su boca estaba manchada de sangre y sus ojos
eran iguales a los de mi padre cuando atacó a mamá, comenzó a
caminar lento hacia mí, levantó sus brazos y noté que le faltaba la
mano derecha, gemía y gruñía al mismo tiempo, por fin reaccioné
y corrí hacia la escalera tomé un segundo aire y grité con todas mis
fuerzas: ¡Hay uno aquí, se metió uno en la cocina!-, de inmediato
el abuelo don Federico y el señor Reyes bajaron las escaleras, el
papá de Hilda traía un bate de béisbol, el abuelo me apartó y el
señor Reyes arremetió contra la cabeza del soldado, los sonidos
secos de los golpes hacían eco en la estancia, arriba casi todos
estaban viendo la dramática escena, luego de un último batazo la
cabeza del soldado asesino se abrió como fruta fresca y los sesos
volaron esparciéndose finalmente en el piso.
-Ya está – dijo mi vecino –.
Arriba se tardaron en ver que Gustavo, el hijo menor de mis
vecinos no estaba presente, Alfonsina y Dolores se apresuraron a
la recamara donde pasó la noche y ésta estaba abierta de par en
par, al entrar descubrieron sobre la cama a otro soldado terminan-
do de comerse los intestinos del chavo, de inmediato las señoras
comenzaron a gritar aterrorizadas, el monstruo las volteó a ver y
trató de alcanzarlas pero ellas cerraron la puerta.
-¡Mató a Gustavo, mató a mi hijo! – gritaba Alfonsina mientras
su marido abría la puerta preparando el bate –.
Hilda y Karla se abrazaban a su madre llorando y gritando, el
señor Reyes entró de golpe a la recamara y con los ojos llenos de
lágrimas rompió el bate en la cabeza del zombi, éste voló rebo-
tando en la pared mientras que los sesos del zombie salpicaban
todo alrededor..
Dejaron de lamentarse y sacamos los cuerpos de los zombis al
patio de enfrente para quemarlos, escuchamos afuera como el caos
había llegado a esa colonia “nice”; antes de prenderles fuego a los

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militares recuperamos del cinturón de uno de ellos una pistola tipo
escuadra y dos cargadores, subí la mirada hacía la ventana princi-
pal y vi a Hilda, Karla, Alfonsina y Dolores ver con terror la caída
de la colonia que nos daba esperanza y protección. En seguida
aseguramos todas las puertas y Don Federico activó las alarmas y
cámaras de seguridad (a güevo, eran ricos), mi vecino se acercó a
mí con otra actitud.
- Perdóname Raúl, si no nos hubieras alertado… aunque fue
tarde para mi Gustavo – y lloró –.
Mientras asegurábamos la casa y revisábamos con cautela en la
parte de arriba, Hilda se hacía la fuerte y daba ánimos a su madre
para sacar el cuerpo de su hermano menor, entraron juntas a la
recamara, vieron sangre salpicada en la pared y cabecera, en la
cama batida de sangre yacía el cuerpo de Gustavo partido en dos,
Alfonsina pidió a Hilda que lo tomara de los brazos mientras ella
sujetaría lo que quedó del torso pero al intentar moverlo la señora
no resistió más y se lamentó de nuevo, tenían que sacar y enterrar
el cuerpo lo antes posible, Hilda propuso cambiar de lugares, su
mamá asintió y se dispusieron a mover los restos a otra sabana
extendida ahí mismo para manipularlo fácilmente; Alfonsina seguía
impactada tanto que no pudo con la difícil tarea y soltó los brazos
del cuerpo provocando que también su hija lo soltara, se miraron un
momento y se hicieron de fuerza moral para levantarlo de nuevo.
- ¡Ah se esta moviendo! – gritó alarmada Alfonsina mientras el
muerto viviente se retorcía y movía los brazos –.
Todos corrimos al lugar, Karla y su abuela no pudieron soportar
la nauseabunda imagen y se echaron atrás, el señor Reyes abrazó
a su esposa e Hilda se agazapó en un rincón cerca del closet mirán-
dome con lagrimas en su rostro; Don Federico, suegro de mi vecino
sacó la pistola que llevaba el soldado y con un tiro certero a la
frente acabó con el sufrimiento de su nieto (seguramente y por todo
lo que les seguiré contando, el abuelo de mis vecinos fue militar).
Don Federico, un señor como de setenta y algo, fuerte aún y de
voz firme sugirió sacar las armas que guardaba en su closet
- No voy a permitir que a alguien más se lo cargue la chinga-
da – dijo –.
La idea era nuestra única oportunidad de mantenernos vivos
y resistir.

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SEGUIREMOS INFORMANDO

- Hasta que vengan por nosotros – terminó Reyes –.


Sin más, don Federico se hizo de un rifle de uso exclusivo del
ejercito, le dio a su yerno una escopeta y un revolver, a su nieta
Hilda un revolver más pequeño (¡hagg no mames, le dieron a ella
una fusca y a mí que soy el machín de está relación que se quiere
dar nada!, y es que su abuelo seguramente le enseñó a disparar).
En la tele no dijeron nada nuevo, resguárdense, pronto llegará
la ayuda, denles en la cabeza, aísle a los infectados y su clá-
sico seguiremos informando. La puerta del zaguán sonaba con
golpes insistentes y gritos de ayuda, don Federico pidió a su yerno
que le acompañara a ver quién podría ser, su esposa le rogaba
que no salieran que no se comprometieran, pero Federico era un
testarudo, Reyes buscaba la aprobación de su esposa pero esta
descansaba en el reposet del cuarto donde estábamos, yo subí
con Hilda a la habitación principal para ver desde la ventana y
como monitores de seguridad, advertir del peligro a aquellos dos,
no lográbamos ver quien era y en el monitor de las cámaras de
seguridad que dan a la calle sólo se percibía una mujer pero las
sombras tapaban su rostro, Federico y Reyes abrieron con cautela
el zaguán y dejaron entrar a una chica con uniforme de sirvienta,
vimos como dispararon algunas veces hacia la calle y volvieron
a cerrar y asegurar aquel zaguán, Hilda y yo nos miramos a los
ojos, a pesar de lo que estaba pasando estábamos más tranquilos
y lo afirmamos con un tierno beso.
- Es Lupita, la sirvienta de los vecinos ¿cómo estas hija? ¿Qué le
paso a mi amiga Susana? – preguntó Dolores –.
La “chacha”, toda espantada, relató como unos zombies entra-
ron a la casa por la parte de atrás: “…mataron a todos, menos a mí,
apenas pude escapar y venir a tocarles”; terminaba de hablar la sir-
vienta cuando la señora Alfonsina se levantó del reposet y se lanzó
sobre Karla que estaba cerca, al instante le dio una fuerte mordida
en la cara, el ojo izquierdo de la chica salió volando con un montón
de sangre mientras gritaba horrorizada, todos estábamos viendo
pero ninguno reaccionaba hasta que Lupita saco del cinturón de Re-
yes la pistola y disparó un par de veces, las balas sin una dirección
fija se impactaron en el pecho de Karla y el brazo de Alfonsina.
-¡No, que haces pendeja! – gritó desesperado Reyes al ver que
el cuerpo de su hija Karla caía de bulto –.

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Lupita se justificó explicando que igual paso en la casa de sus
patrones, pero Reyes estaba enloquecido, apunto la escopeta y
disparó a la sirvienta a quema ropa, el cuerpo de ésta fue a dar
hasta el muro del final de la estancia.
Alfonsina era un zombi debió haberla mordido Gustavo cuando
trataron de moverlo, a paso lento se acercaba hacia nosotros, les
imploré que le disparan pero nadie se atrevía.
-¡Es mi esposa no puedo hacerlo! – dijo Reyes –.
La victima más próxima era doña Dolores, su hija convertida
en monstruo estaba aún más cerca, Dolores sólo movía la cabeza
negando y susurrando: “No hija, no, no por favor…”.
Federico su esposo se dispuso a ir por ella pero su intento fue en
vano, Alfonsina tomo a su madre y acometió en el rostro de ella,
los lamentos de Dolores estremecieron a todos obligándonos a per-
manecer inmóviles, tenía la imagen de mi hermano en la cabeza y
luego reaccioné y arrebaté el arma a Hilda, di dos pasos al frente
y la disparé un poco más arriba de la oreja de Alfonsina.
Don Federico me miró con frialdad, sacó de su cintura la pis-
tola que le quitaron al soldado y me apuntó, me quedé paraliza-
do mientras soltaba el revolver de Hilda y veía como Dolores se
aproximaba a su marido sangrando de su cara debido a que le
arrancaron el labio inferior; no podía hablar, aquel hombre estaba
furioso conmigo por haber matado a su hija, Hilda trataba de dar
consuelo a su padre, Dolores sufría y la mirada de todos apunta-
ba a mí; sentía que me culpaban de todo, que de no haber sido
por mí ningún familiar suyo habría muerto y ahí estaba la mirada
dispuesta de Federico que finalmente jaló el gatillo; sentí un roce
calido pasar cerca de mi cara y por instinto me hizo voltear atrás
para ver la bala que era para mí en la frente de Karla, su trans-
formación fue rápida debido a que murió de inmediato cuando la
sirvienta disparó.
Estaba oscureciendo cuando atendimos la herida en el rostro de
Dolores, sabíamos que en cualquier momento se iba a transformar
y era peligrosa para nosotros, los zombies de afuera comenzaron
a golpear el zaguán, Hilda, asustada, le gritó a su papá que había
matado a Lupita.
- ¡Asesino! – le dijo –.
Él trató de justificarse diciendo que reaccionó con ira después

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SEGUIREMOS INFORMANDO

de ver que su hija Karla recibió el disparo en el pecho, ella jamás


se lo perdonó. Después de sacar y quemar a los muertos en el jar-
dín trasero encendimos la televisión, la señal se había perdido y
estática era lo único que se veía.
- Nadie va a venir por nosotros, los únicos que nos van a en-
contrar con vida son esos muertos vivientes – les dije pero ninguno
quería creer en mis palabras, sólo Hilda me apoyó e hizo la su-
gerencia de salir de la casa, que tendríamos una posibilidad de
pasar el cerco de zombies con la Hummer del abuelo, su papá y
su abuelo dijeron que era mala idea, que no habría ninguna posi-
bilidad de sobrevivir allá afuera –.
Las cosas ya estaban muy tensas entre nosotros, no podíamos
estar de acuerdo en algo y fue cuando escuchamos aquel helicóp-
tero y al altoparlante:
“¡Sobrevivientes, en una hora serán rescatados, vayan a la zona
de seguridad ubicada en el Sumesa de la zona comercial!”
¿Qué más necesitaban escuchar? aquel informe era la respues-
ta, pero el señor Reyes y su suegro Federico seguían reacios a
abandonar la casa. Desde la ventana principal y en el monitor de
seguridad pudimos ver que la calle estaba infestada de zombis
(supongo que algunos de ellos tienen buen oído y escuchaban
que estábamos dentro), de los cuales un aproximado de quince o
veinte golpeteaban el zaguán, por aquel monitor la señora Dolores
pudo ver rostros familiares y con trabajo trató de hablar.
- ¡Dios santo, ahí están Sandrita y Pepe mis vecinos, que ho-
rror, que horror! – después hizo una pausa en llanto y se dirigió a
nosotros –. Tienen que irse, yo seré la comida que esos perversos
buscan aquí dentro para que ustedes se puedan ir.
Federico enloqueció luego de escuchar eso, negaba con insis-
tencia en movimientos de cabeza
– No, no lo voy a permitir – y comenzó a llorar –.
Dolores que comenzaba a palidecer lo abrazó con fuerza y con
dificultad le dijo:
“Viejito… sabes que soy peligrosa para el resto de ustedes,
quiero sacrificarme por ti, siempre he abusado de tu bondad y te
hice pagar muchas deudas innecesarias por caprichos ramplones,
te amo Federico”.
Federico la besó en la frente y de inmediato sacó las llaves

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del Hummer del cajón de su buró, Hilda y su papá se abrazaban
conmovidos, en la cara de mi vecino se notaba esa envidia ha-
cía su suegro, después de todo, él ya no pudo despedirse de su
esposa Alfonsina.
De inmediato cargamos algunos alimentos, agua y municiones
para las armas, la zona de seguridad que mencionó el helicóptero
estaba a un par de kilómetros pero queríamos ser precavidos, su-
bimos a la camioneta Hummer de Federico y desde afuera Dolores
dijo, a manera de despedida, las últimas palabras de amor a su
familia; después de sacudir la mano y enviar besos activó con el
control remoto la puerta del zaguán, ésta comenzó a abrirse y al-
gunos monstruos cayeron al piso, nosotros permanecimos ocultos
y en silencio para no atraer zombies, cuando el zaguán se abrió
por completo una treintena de esos monstruos entraron al patio al
mismo tiempo que don Federico encendía el motor. Los faros de
la camioneta iluminaron a los zombies que comenzaron a rodear
a Dolores y yo di un último vistazo por la ventana del auto, ella
me hizo un ademán de despedida y de inmediato comenzaron a
comérsela (al final se reivindicó conmigo la vieja), trozos de carne
ensangrentada eran arrancados por los dientes de los zombies,
Dolores dejó de gritar luego de algunos segundos en que comen-
zaran a atacarla, de haber visto más sería descriptivo pero Federi-
co pisó el acelerador y arrancamos.
Antes de salir por el zaguán Federico destrozó algunos zom-
bies arrollándolos, una cabeza voló y quedó posada en el cofre
de su Hummer gris, activó los limpia parabrisas pero la cabeza
que aún parpadeaba y gemía permaneció allí; en el camino el
abuelo de Hilda siguió llevándose monstruos (debo confesar que
ese instante me pareció divertido, digo, uno no siempre ve a
un abuelito matando o “rematando” gente mientras maneja, eso
sólo es de caricaturas y en ese momento me sentía en una), era
tal su ira que no advirtió los coches varados de enfrente; Reyes,
que iba como copiloto le pidió a su suegro que se concentrara,
cuando lo hizo fue demasiado tarde, nos impactamos con un
BMW, la llanta del lado de Federico golpeo la cajuela del auto-
móvil, el impacto fue tan fuerte que provocó que nos volcáramos;
no sé bien cuantos vuelcos dimos, tampoco sé cuanto me tarde en
abrir los ojos pero cuando lo hice todo estaba de cabeza, hice

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SEGUIREMOS INFORMANDO

reaccionar a Hilda que venía junto a mí y ella a su vez movió a


su padre, el abuelo abrió su puerta y salió a gatas con el rifle en
la mano.
- ¡Apúrense a salir, esos cabrones vienen por nosotros!
Hilda llamaba a su padre aún más desesperada, pero éste no
respondía, gritaba con desesperación mientras sacudía el hombro
de su progenitor, le detuve la mano y la saqué de la camioneta,
con una rápida mirada le dí a entender que ya era demasiado
tarde, ya estaba muerto.
Don Federico comenzó a disparar su rifle.
- ¡Se están acercando, tenemos que correr! – algunos mons-
truos caían con miembros destrozados luego de recibir las balas
del abuelo de Hilda, pero eran tantos que otros comenzaron a
acercarse; comenzamos a correr (ellos no son muy rápidos, afor-
tunadamente), estábamos a algunas cuadras lejos de la zona de
seguridad, la oscuridad del ambiente nos impedía ver con clari-
dad, así que sólo se detonaban las armas si teníamos algún zombi
frente a nosotros, yo no sé usar armas de fuego así que sólo me
aseguraba de disparar si había uno realmente cerca de mí, usaba
el arma con la que libere a Alfonsina de su sufrimiento. Las balas
del arma de Federico se habían terminado, se deshizo de su rifle
y sacó la pistola escuadra al mismo tiempo que se detuvo; don
Federico, mencioné antes, era un señor fuerte pero ya no tenía la
condición de antes, se notaba sofocado.
- ¡Adelántense hijos, los alcanzaré allá!
Hilda y yo nos quedamos mirando, ella trató de convencer a
su abuelo de permanecer juntos, pero Federico se negaba, Hilda
sabía que teníamos que seguir adelante, estábamos ya muy cerca
de la zona de seguridad militar.
Dejamos atrás al abuelo, ocasionalmente volteábamos para
asegurarnos de que seguía caminando de tras de nosotros, pero
nuestra carrera era más rápida que el trote del anciano y metros
adelante lo perdimos la vista. En la oscuridad de la noche distin-
guimos a una zombi caminando frente a nosotros, Hilda, insegura,
apuntó su arma, el monstruo estaba a poco menos de cinco me-
tros, tenía aspecto de una señora gorda de unos cuarenta años, le
faltaba todo un brazo desde el hombro, mi “novia” estaba a punto
de dispararle, pero la detuve antes de que la accionara.

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- Si nos escuchan saldrán más de donde ésta salió, mejor la
rodeamos – me hizo caso y dimos vuelta en esa esquina –.
Frente a nosotros estaba la tierra prometida: Sumesa, estaba
rodeado por una reja de alambre y en el estacionamiento había
vehículos militares, soldados armados que resguardaban el lugar
y tres ambulancias, detrás de la reja zombies queriendo entrar,
pero los militares, a manera de juego, disparaban a los monstruos
una vez que estuvieran al alcance de sus armas, realmente era una
forma muy estúpida de gastar balas, seguramente los zombies de
la calle donde vivieron los papás de Alfonsina venían en camino
luego de escuchar el alboroto. Y era cierto, algunos muertos vivien-
tes nos empezaron a cerrar el paso a Hilda y a mí, yo me chingué
a tres e Hilda a dos cuando se nos acabaron las balas, pero no
fueron suficientes para lograr abrir un hueco por donde escapar de
ellos, se estaban aproximando por todos los frentes, en un breve
instante ya estábamos siendo rodeados, los ojos brillosos de estas
cosas muertas se apoderaron de nuestra lucidez y entramos en pá-
nico, a nuestro alrededor sólo veíamos rostros descarnados, brazos
y piernas mutilados, entrañas que se asomaban por los vientres de
estos seres, gemidos terroríficos y olor a podredumbre.
- Hasta aquí llegamos – me dijo Hilda mientras me abrazaba
con fuerza –.
- ¡Tírense al suelo! – nos gritaron y no tardamos en obedecer –.
De inmediato, múltiples disparos de ametralladora se escucha-
ron mientras los zombies caían cerca de nosotros, cuando levan-
tamos la vista un convoy militar nos invitaba a subir al vehículo,
corrimos hacía ellos, abordamos el jeep y salimos de ahí.
- Tenemos que regresar por mi abuelo – les pidió Hilda, pero
ellos negaron argumentando que era peligroso y que posiblemente
el señor ya estaba muerto –.
Hilda echo una mirada atrás en busca de su abuelo pero estaba
muy oscuro para reconocer a alguien vivo de alguien muerto. La
reja se abrió para nosotros, bajamos del jeep y de inmediato nos
llevaron a la parte trasera de la tienda, ahí había un sanatorio im-
provisado, como los que hay en las películas de guerra en los cam-
pos de batalla, nos revisaron las heridas que teníamos provocadas
cuando la Hummer se volcó, checaron y nos cuestionaron hasta el
cansancio que no tuviéramos mordeduras o rasguños de zombies;

98
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - SEGUIREMOS INFORMANDO

nos curaron, nos dieron de beber y nos ofrecieron comida pero


ninguno de los dos tenía apetito.
En este sanatorio había unas veinte personas, se tenía la creen-
cia de que allá afuera hubiera más, pero las esperanzas de que lle-
garan eran pocas. Intenté dormir un rato (parece que sólo lo logré
por cinco minutos) antes de que el helicóptero viniera por nosotros,
faltaban quince minutos para eso; abrí los ojos y me percaté de la
ausencia de Hilda, me levanté y recorrí con la vista el lugar, sólo
los médicos y las mismas personas estaban ahí, pregunté a un
doctor si le había visto pero no me dio razón, salí hacia la parte
de atrás de la tienda, algunos soldados hacían guardia para que
no saqueáramos los alimentos que había allí, quise asomarme por
la parte de enfrente que fue por donde llegamos pero un sardo me
impidió salir, le pregunté por Hilda pero tampoco sabía de ella. La
preocupación me empezó a llenar la cabeza de locuras, mientras
regresaba al sanatorio improvisado veía en mi mente la cara de
Hilda (la chica que siempre me ha gustado) transformada en una
zombi, veía imágenes de sus labios hechos mierda como los de su
abuela, con la frente mostrándome algo de su cerebro, la piel ver-
de y las costillas salidas; por fin llegué hasta aquella zona medica
y ya más lucido noté una puerta trasera, pregunte a un médico si
podía salir y me contestó afirmativamente, abrí la puerta y un sol-
dado me miró, salí y al fondo dos militares se paseaban vigilando
por la reja de atrás y un poco más al frente de ellos Hilda estaba
fumándose un cigarro.
Me acerqué a ella y me invitó a fumar.
- ¿Tu crees que esto se acabé algún día?
No sabía que contestarle, tomé su cigarro, le di una bocanada
y mientras liberé el humo le dije: “Lo importante es que seguimos
vivos, y debemos permanecer así”.
Su mirada se distrajo más allá de la reja, avanzó un poco que-
dando su rostro pegado a la reja y comenzó a gritar:
- ¡Abuelo, aquí estoy, que bueno que llegaste!
Don Federico se aproximó a nosotros mientras Hilda le se-
guía diciendo:
– Les diré que te dejen entrar abuelo.
Federico estaba frente a su nieta y como anteriormente había-
mos visto le mordió la cara. De inmediato les grité a los guardias

99
que había monstruos queriendo entrar por atrás, los soldados pre-
pararon sus armas y destruyeron el cuerpo de don Federico a tiros,
mientras yo llevaba a Hilda a dentro.
- ¡Doctor, doctor está herida!
El médico se acercó angustiado.
- ¿Qué le pasó?
- ¡La acaban de morder, allá afuera llegó su abuelo y la mordió,
tiene que salvarla! – le rogué –.
El Doctor pidió a un guardia que me sacaran y que de inmedia-
to evacuaran el lugar. Un par de soldados ayudaron a pasar a la
gente al lado de la tienda en donde se resguardan los alimentos,
yo forcejeaba con el soldado que quería sacarme a la fuerza hasta
que una enfermera llegó y me puso una inyección, el liquido co-
menzó a hacer efecto al poco tiempo que me lo introdujeron y con
la vista nublada veía como amarraron a Hilda a uno de los catres
para luego fusilarla.
Cuando recuperé el sentido estaba aquí, recostado en está
cama de este hospital… Y es todo lo que recuerdo antes de que
llegaran con esa cámara.
- Interesante historia la que nos haz relatado Raúl, lamento mucho
las perdidas que sufriste, pero ahora estas bien, todo estará bien.
El conductor se voltea hacia la cámara y dice:
“Está fue la entrevista exclusiva con uno de los sobrevivientes
de ciudad Satélite, dentro de media hora daremos otro reporte
informativo, no pierda las esperanzas, no importa en donde esté,
usted, como Raúl, pronto será rescatado, nosotros seguiremos in-
formando”.

-Y… ¡Corte! – dice el flor manager que organiza a la gente para


que recojan el equipo de grabación –.
El conductor que entrevistó a Raúl se acerca a él le extiende la
mano y se despide diciéndole:
- Gracias a está entrevista que accediste a darnos mucha gente
que logra vernos no perderá la esperanza.
- Si pero ¿cuánto tardaran en solucionarlo todo? ¿Ya hay una
cura para este virus?
- Eres todo un reportero investigador, eh… hijo… sólo podemos
seguir sobreviviendo, los muertos vivientes empiezan a ceder terreno.

100
- ¿De verdad?
- Si Raúl, se sabe que en los Estados Unidos los zombies han sido
casi exterminados, bueno hijo te dejo, tenemos que seguir trabajando.
Finalmente la gente del canal de noticias se fue, Raúl cierra
los ojos y se empieza a quedar dormido, en su mente repasa los
últimos momentos que pasó con Hilda combinados con los deseos
reprimidos que existen en los sueños, estas imágenes están llenas
de amor, caricias y palabras de aliento ente los dos jóvenes. Él
sueña que la besa y mientras despegan en el helicóptero junto con
las otras personas el escenario cambia y ya no van volando en la
nave militar sino que están sentados en la sala de la casa de Raúl
viendo una película cómica, el papá de Raúl entra a su casa con
el portafolio en la mano y saluda sonriente a toda la familia inclu-
yendo a Hilda que toma a Raúl de la mano; el señor se sienta en
el sillón individual mientras su esposa le ofrece un vaso con Coca
Cola; de pronto, el escenario se torna oscuro y ve a su padre levan-
tarse violentamente transformado en zombi, su madre, hermano e
Hilda le gruñen transformados en zombies y se van contra él.
Asustado abre los ojos, se levanta de la cama, camina hasta la
ventana y abre la cortina, al fondo ha caído otra noche sobre la
ciudad, hay poca iluminación; a lo lejos se ven llamas y humo de
algunos lugares que se están incendiando, helicópteros y aviones
sobrevuelan todo el lugar, la cara de Raúl muestra el trauma de un
joven que vivió de milagro a la barbarie de los zombis, es el trau-
ma de un chico que tuvo que madurar rápido y tomar decisiones
que le ayudarían a sobrevivir, su mirada se pierde en ese horizon-
te lleno de incertidumbre hacia el futuro, ¿qué planes puede hacer
ahora si ya no queda nada?
Una enfermera entra a su cuarto
- ¿Me va a poner mi suero? – pregunta el joven, pero la en-
fermera de piel verdosa y con el cuello y cara destrozados sólo
responde con un gruñido…

102
LAS AVENTURAS DE ROBBIE
Quinta Parte: Robbie y el perrito.

103
Saliendo de la población, Robbie vio a un hombre que corría
despavorido hacia él; Robbie extendió sus manos para tratar de
sujetarlo, pero el tipo trató de esquivarlo, resbaló y cayó al suelo
golpeándose la cabeza, el golpe fue tan duro que empezó a con-
vulsionarse, Robbie se acercó al cuello y empezó a masticar, el
pobre tipo murió al poco tiempo y Robbie se dio un festín.
Un perrito mestizo se acercó temeroso a Robbie atraído por el
olor de la carne fresca, Robbie estaba ya satisfecho en ese momen-
to y no le importó que el perro empezara a comer también, las
vísceras le cayeron bastante bien al cánido, y más que el pobre
animal no había comido en días.
Una vez satisfecho, Robbie se levantó y miró de nuevo la puesta
de sol recordando una vez más a esa hermosa mujer, así que con-
tinuó su camino, el perrito empezó a seguirlo y mientras se sintiera
satisfecho, a Robbie le agradaba su compañía.
Así anduvieron deambulando por varios días, más de una vez
se integró a algún grupo de zombis que perseguían a grupos de
personas “frescas” y de esa manera podía comer, el fiel can no lo
dejaba solo ni por un instante.
Tras varias semanas de deambular y tres días sin comer, Robbie
sentía un hambre cada vez más intensa, el dolor era insoportable
y empezó a gemir una vez más de manera inconsciente, si sus la-
grimales funcionasen habría derramado más de una lágrima.
Robbie gemía y el perrito empezó a aullar también. Robbie
se percató una vez más de su compañía y desesperado sujetó al
chucho por el cuello y se lo quebró. Desesperado, Robbie se sentó
en el suelo a mitad de la carretera y empezó a comérselo, la carne
jugosa y la sangre de su compañero le escurrían por los dientes,
ya que sus labios prácticamente ya no existían.
Los trozos de carne descendieron hacia su estómago satisfacién-
dolo, estuvo así tres horas devorándose a su compañero de viaje
hasta que se sintió satisfecho. Se levantó de entre los restos san-
guinolentos del can que se confundían con el rojo de su vestimenta
de cuando había sido “El Rojo” y continuó su camino. No llevaba
siquiera cinco pasos dados cuando sintió otro vacio, otro enorme
vacio, solo que ése, por mucho que comiera, no podría llenarlo
con nada más.

104
LO QUE EL ZOMBI
ME SUSURRÓ AL OÍDO

Por Vicente Cabrera

Ilustración: Arturo Anaya

105
Lo último que hice fue soltarle todas las balas de mi cargador
antes de desmayarme.
Creí que moría. Y eso hubiera sido lo mejor. Aunque hoy en día
no sé si morir sea bueno o malo. Sólo hay que echar un ojo alre-
dedor para entenderme. ¿No es así… Claudio? ¿Me dijiste que tu
nombre es Claudio, verdad? No puede ser… disculparás esta cara
burlona, pero me parece una ironía tu nombre al ver que tienes esa
pierna casi destrozada. Claudio. El que cojea. Eso es lo que signi-
fica tu nombre. ¿Lo sabias? Apostaría mi meñique a que si. Todos
buscan lo que quiere decir su nombre cuando son niños…
¡Oh, vamos viejo! ¡No te vayas! Sólo me pareció jodidamente
chistoso. No te encabrones, ¿Qué no ves que estoy sangrando el
maldito Mar Rojo aquí? Si, eso es, siéntate a mi lado mientras
llega tu escuadrón de rescate; esperemos que no tarden mucho en
reconocer el área. O que se topen con más de ellos. Aunque eso
no se sabe, nosotros pensamos que este lugar estaría desierto.
¿Quién iba a decir que una escuela estaría repleta de zombis?
Pobre Alex, bromeó con eso justo antes de morir. Él estudiaba en
este lugar antes de que “los muertos caminaran de nuevo sobre la
tierra”, como señalaba el periódico. Dijo que siempre le parecía
cagado como se desplazaban los que estudiaban a las siete de
la mañana. Un caminar lento, arrastrando los pies y balbuceando
algunas palabras mientras se dirigían a sus clases. Mientras él los
veía desde el pasillo superior del edificio donde tomaba clase.
Alex estaba justo en ese mismo lugar mientras buscaba desde lo
alto donde protegernos. Veía hacia nosotros, nunca notó al par
de sarnosos que salieron de un salón y lo atacaron por la espalda;
lo arrastraron prácticamente al interior. Por sus gritos supimos
que había más de dos con él. Devorándolo. Arrancando su carne
de los huesos mientras se retorcía, disparaba y suplicaba al Todo-
poderoso por su vida.
No se tú, pero para mi eso también fue una ironía.
Bueno, como tus amigos van a tardar un poco más en regresar,
y eso si regresan, te contare desde el principio:
Nosotros pertenecemos, o pertenecíamos, a un grupo de re-
fugiados del Metro Aquiles Serdán. Ya sabes, se nos ocurrió ta-
piar las salidas y aprovechar que es una estación muy profunda.
Recuerdo que de niño decía que si alguna vez había un ataque

106
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LO QUE EL ZOMBI ME SUSURRÓ AL OÍDO

nuclear, ¡esas pinches estaciones de la línea naranja sería mi


refugio atómico!
Quien iba a decir que servirían lo mismo para mantener a los
zombis a raya.
En fin, éramos apenas un grupo de diecisiete “Sobrevivientes”.
Como nos gustaba llamarnos. Así era como nos decía el viejo
Rigo, un mugroso indigente que acostumbraba dormitar afuera de
la estación y que por suerte estaba ahí dentro el día que decidimos
enclaustrarnos en el lugar. Y si un vagabundo de setenta y tantos
años, adicto a la mona como Rigoberto, te dice “Sobreviviente”,
pues tú te la crees. Ese cabrón murió antes de que cumpliéramos
dos semanas bajo tierra. Hay quienes creen que se peló de viejo.
Yo digo que la falta de activo es lo que acabo con él.
Como sea, al buen Rigo ya se lo comen los gusanos. Bueno,
en realidad no. Tuvimos que quemar su cuerpo para no tener que
soportar la peste de la descomposición y esas cosas… pero ya me
estoy desviando del tema.
El día de hoy fue el día número treinta y tres de nuestro encie-
rro. Y como imaginarás, la comida se nos terminó. De hecho, ya
teníamos dos días sin comer, pudo habernos rendido la comida
unas semanas más, pero encontramos sobrevivientes en el túnel
de Camarones. Eran once “Sobrevivientes” más, aunque éstos no
lo eran tanto, los muy listos no contemplaron almacenar comida
y después llegaron más sujetos de otras estaciones. En el último
conteo éramos cuarenta y nueve.
En los últimos tres días la mejor idea que surgió fue salir a la su-
perficie e ir a una tienda departamental que estaba a unas calles.
Era más fácil si caminábamos por el túnel hasta la estación Rosario
y de ahí salir a la tienda. Pero si hacíamos eso, nos arriesgábamos
mucho por las unidades habitacionales que hay por ese lado y las
pequeñas callejuelas que las forman. Lo mejor era salir de nuestra
estación y transitar sobre la avenida Parque Vía hasta nuestro ob-
jetivo. Además, nadie se apareció por ese lado del túnel, lo que
nos daba mayor desconfianza. Sabíamos que afuera de nuestra
estación no había ningún peligro; monitoreábamos a esos hijos
de la chingada todo el tiempo. La primera semana escuchábamos
como iban arrastrando sus pies y los quejidos de sus marchitas
bocas; esos lamentos que podrías jurar que dicen algo… algo que

107
entiendes del mismo modo que le entiendes al tipo más borracho
de la fiesta. ¿También lo has pensado verdad? ¿Crees que hay
palabras en esos quejidos? Bien, pues yo sé lo que dicen…
Hubo un momento en que teníamos a un grupo numeroso de
ellos sobre nosotros, hasta pensamos que de alguna forma sabían
que estábamos ahí y buscaban el modo de entrar por nosotros.
Fueron momentos muy angustiosos, podíamos escucharlos clara-
mente por los respiraderos, a veces hasta parecía que estaban
adentro, con nosotros. Por eso nadie quería estar cerca de los
túneles, pero nunca se abalanzaron sobre las puertas. Eso nos
tranquilizó. A los pocos días se iban esfumando, no sabíamos que
los alejaba, quizás la falta de alimento. Lo que sí sabíamos era
que mucha gente abandonaba la ciudad, eso estaba claro cuando
aun estábamos refugiados en mi edificio, pero eso tú lo sabes y no
tiene caso recordártelo.
Total, se decidió mandar a un grupo para conseguir la comida
y explorar la zona para el día de hoy. Fue un sorteo, nadie quería
abandonar la seguridad del nido. Bola de maricas. Solo dos nos
ofrecimos voluntariamente. Aparte de mí, un tipo al que apodamos
El Perro, un moreno malencarado, con tantas cicatrices como tatua-
jes, que llegó con uno de los grupos de los túneles y que juraba,
tenía tan buen olfato, que sabia cuando estaban cerca los zombis.
No se si el Perro lo hizo por valiente y ser un buen samaritano o
porque al igual que yo, quería que esta madre terminara rápido y
estar en primera fila cuando eso sucediera.
El resto del equipo lo formaron Ezequiel, un don que afilaba
cuchillos afuera de mi edificio, Dani, una edecán que trabajó en la
tienda departamental a donde nos dirigíamos, Guillén, un fresón
de Satélite que sólo Dios sabe como llegó con nosotros; Judith, una
lesbiana de enormes tetas y redondo trasero que vivía en uno de
los departamentos de mi piso y Alex, un chavito del que ya te di un
adelanto. Me dio un gozo cuando los nombres de cada uno de esos
cobardes fueron apareciendo en el sorteo. Pero fue un placer mayor
cuando el nombre del putito sateluco apareció en el papel.
Ese sorteo se hizo anoche. Teníamos pensado salir cuando los
rayos del Sol estuvieran a su máximo. Si, ríete. Sé que fue un pen-
samiento pendejo e infantil, porque de niños creemos que los mons-
truos solo salen de noche o en lugares oscuros. Como si fuéramos

108
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LO QUE EL ZOMBI ME SUSURRÓ AL OÍDO

a rifarnos contra vampiros u hombres lobo. Y te aseguro que a más


de uno se le cayeron los calzones cuando salimos y vimos el cielo
cubierto por nubes negras, mientras un aguacero caía sobre nues-
tras cabezas. Ya no había marcha atrás y con la lluvia salpicando
en nuestra cara, avanzamos.
Después de desearnos “buena suerte” el resto de la gente cerró
las puertas tan rápido que parecían automáticas. En total silencio
caminamos dos cuadras sobre la avenida Aquiles Serdán, parte
del plan era no usar ningún vehículo, para evitar atraer su aten-
ción. Lo mejor seria tomar alguno del estacionamiento para traer
los víveres. Las calles estaban desiertas, no había nadie, ni vivos ni
muertos, ni no muertos. Después de cruzar la avenida Sauces, los
nervios disminuyeron, Dani dijo algo así como: “Pinche lluviecita,
nada más a nosotros se nos ocurre andar así… hasta los pinches
zombis se cubren de ella.” Reímos, quizás por compromiso, pero
la risa fue una liberación hasta que el Perro le preguntó:
- ¿Y no has pensado que a lo mejor el cielo está llorando por
nuestro destino? – Nadie volvió a decir nada durante los siguien-
tes quince o veinte minutos –.
Cuando llegamos a la calzada Puente de Guerra, don Eze,
como le decían a Ezequiel las vecinas, se paró en seco y de inme-
diato se le tensaron los dedos y los nudillos sobre el mango de las
dos hachas carniceras de once pulgadas que jamás regresarían a
manos de su dueño. Ni los dos cuchillos degolladores, el cuchillo
jamonero y la hoja quesera a dos manos que seguramente eran
parte del mismo juego y que ahora se encontraban repartidos en-
tre nosotros. Todos reaccionamos de la misma forma detrás de él.
Dani y Alex traían cada uno un machete, cortesía de la gente de
Camarones. El Perro corrió automáticamente el guardamano desli-
zable para cortar cartucho de la escopeta que dijo haber tomado
de una patrulla antes de conocernos al igual que las dos pistolas
calibre 45 a las que Judith y yo quitamos el seguro. Guillén solo
abrió por completo sus enormes tijeras de jardinería.
Eran dos de ellos atacando a otro de los suyos. Increíble. Aun
en la sociedad zombi tenían sus diferencias. Era eso o su hambre
era tal que empezaban a comerse entre si. A ese infeliz le faltaba
un brazo, se podía ver desde nuestra posición el hueso astillado
justo por encima de donde debió estar su codo, con algunos jirones

109
de carne putrefacta. Traía desgarrada la piel de su abdomen por
donde colgaban sus intestinos. Pese a su estado, se movía rápido
para forcejear hasta que uno alcanzó a meter la mano en su vientre
y tiró de él; enseguida hubo gran parte de sus órganos regados
a media calle y el agua de la lluvia que la cubría se tiñó de rojo.
Mientras seguía el forcejeo, el otro se tiró al suelo para degustar un
pequeño pedazo de carne negra. Fue entonces que don Eze corrió
hacia ellos, seguido por el Perro. Sólo fue necesario un golpe de
tajo con el hacha para decapitar al que se encontraba tragando
en el suelo. El Perro, aprovechando que estaban desprevenidos,
golpeó a los otros dos con la culata de la escopeta tan fuerte que
los derribó. Uno de ellos comenzó a dar manotazos en el aire, pero
dejó de hacerlo cuando su cráneo fue machacado a culatazos. El
otro zombi que se revolcaba en sus propios intestinos ni se inmutó,
pues devoraba su misma carne sin importarle nada más. Fue una
imagen grotesca, este monstruo que se comía así mismo jamás notó
que una de las hachas de don Eze caía sobre su cuello. Todo fue
tan rápido que un segundo después habíamos dejado atrás esa
calle y con ella la lluvia.
Unas cuantas calles más adelante, Alex giró hacia nosotros y
con una sonrisa maliciosa dijo: “Ya estamos cerca. Esa que esta
ahí era mi escuela, una calle más y habremos llegado.”
Y así fue, aunque su escuela me había dado escalofrió me sentí
más tranquilo cuando la pasamos. Así que les pedí que pasáramos
agachados por completo por el costado de los autos. Nadie se
negó, yo iba al final del grupo y delante de mí estaban Judith y sus
hermosas-bien-redondeadas-nalgas. Era imposible no verlas, esta-
ba agradecido por la vista. No fue difícil notar que tenia sangre
en su pantalón; no sé en que momento se habría manchado con
la sangre de aquel tipo, nunca la vi pasar sobre el charco sangui-
nolento. De hecho, nunca se acercó a los cuerpos. Su rostro aver-
gonzado me confirmo esto cuando le dije que estaba manchada,
solo se quito la sudadera y se cubrió con ella sin decir nada; no se
me había ocurrido que la sangre podría ser suya. Justo tenia que
brotarle “Carrie” en este día.
Finalmente lo conseguimos. Llegamos al estacionamiento de la
tienda y había sido más fácil de lo que habíamos creído, aunque
estábamos agotados nos sentíamos muy bien. Ya solo quedaba

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CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LO QUE EL ZOMBI ME SUSURRÓ AL OÍDO

entrar, tomar alimentos, líquidos y regresar en un auto, cualquier


auto. ¿Que mas daba si oían el motor rugir? No nos darían alcan-
ce. El claxon del mismo auto ayudaría para que los camaradas en
la estación salieran a nuestro encuentro, quedamos que esa seria
la señal. Aunque funcionaran los teléfonos celulares, las llamadas
no entrarían a esa profundidad. Por fortuna, si había unos cuantos
automóviles, elegimos una pick-up de carga. El Perro se dirigió a
revisar que la maquina funcionara ¿Ya te mencione que el Perro
era todo un estuche de monerías el cabrón? Era como un jodido
MacGyver región cuatro. Me arrojó la escopeta para que mantu-
viera guardia en lo que él trabajaba mientras los demás entraban
a la tienda para surtirse.
No me parecieron ni diez segundos transcurridos cuando se
escucharon tiros y gritos dentro del almacén. Antes de que pudié-
ramos entrar ellos ya estaban afuera acompañados por los otros
ellos. Guillén traía un carrito de supermercado con algunas latas
y bolsas de frituras en su interior, encimas de estas se encontraba
Dani, llorando y quejándose mientras tomaba su pierna izquierda
con un rictus de dolor, unos cuantos pasos más atrás Alex ayudaba
a correr al viejo Ezequiel y detrás de ellos estaba Judith. La última
imagen que tuve de ella fue verla en el suelo siendo inmovilizada
por esas cosas, todos se abalanzaron sobre ella. Un par la toma-
ron de las piernas y jalonearon buscando su entrepierna, sólo uno
pudo hundir su carcomido rostro luego de arrancarle el pantalón y
practicarle lo que parecía un mortal cunnilingus. Fue entonces que
entendí que era su menstruación la causante de que todos la ata-
caran, era como la carnada fresca que es olfateada por tiburones.
Otro zombi mordió directamente uno de sus senos, pude ver como
la rosada piel de su pecho se teñía de rojo y empapaba los jirones
de lo que solía ser una camiseta estampada con la leyenda “Soy
la vieja de la que tu mamá siempre te advirtió”. No se si fue por la
locura del momento, pero juraría que alcancé a ver una expresión
orgásmica en su cara antes de que la cubrieran por completo, sus
gritos ahogados sonaban más como gemidos, parecía la escena
de una porno con zombis. Diría que el Perro, que estaba a mi
lado, también pensó lo mismo, pude notarlo cuando nuestras mi-
radas se encontraron al girar para correr hacia los demás. Ya no
había nada que pudiéramos hacer por ella.

111
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LO QUE EL ZOMBI ME SUSURRÓ AL OÍDO

Cruzamos la calle girando de vez en vez para dispararle a los


que teníamos más cerca. Regresamos sobre la avenida y de pronto
nuestro grupo había desaparecido frente a la escuela. Guillen apa-
reció en la entrada y nos gritó algo. Me valió madres lo que dijo, mi
instinto solo me dictó que entrara ahí. En cuanto los tres cruzamos la
reja, don Eze y Alex cerraron el portón y corrieron las trabas.
Mientras recuperaba el aliento, recuerdo que pensé: “Pobre chi-
ca, estas jodida. Con ese pie roto no llegará muy lejos”, mientras
veía que Dani seguía sobre el carrito llorando y sujetándose el
pie para amarrarse lo que parecía un torniquete con la camisa de
Alex. Las lágrimas y nuestra desesperación crecían conforme esas
cosas se iban multiplicando allá afuera. Decidimos avanzar para
ver si encontrábamos alguna otra puerta por donde salir. No tenia
caso esperar frente a ellos, era un hecho que nada los movería de
ese lugar. Ese hijo de puta de Alex nos dio falsas esperanzas al
ocultarnos que aquella era la única salida, pues el estacionamiento
daba a la misma avenida. Cuando murió, nos dejó justo a la mitad
de la escuela. Sus gritos y disparos alertaron a los demás zombis
que estaban “anidando” desde antes que llegáramos.
A partir de ese momento casi todo se torna confuso. De todos
lados comenzaron a salir y nosotros no teníamos ni puta idea
de hacia donde correr. Como te habrás dado cuenta ya, esta
escuela es en su mayoría una zona al aire libre con árboles y
jardineras. Si huíamos de un grupo, otro nos veía al doblar la
esquina de los edificios.
En realidad no eran muchos, no me detuve a contarlos, pero a
simple vista eran un numero inferior comparados con la cantidad
que dejamos del otro lado de la reja. Eliminábamos solo a los que
nos topábamos de frente y a uno que otro que estaba por darnos
alcance. El Perro hacia que la escopeta escupiera fuego todo el
tiempo y a una velocidad tal que jamás vi cuando la recargaba.
Don Eze iba con los brazos extendidos sujetando en ambas manos
la hoja quesera y decapitaba todo lo que se pusiera al frente. De-
trás de mi escuchaba el sonido de las tijeras de Guillén: rechinido,
se abrían, rechinido, cerraban. Rechinido, se abrían, rechinido,
cerraban. Rechinido, se abrieron… pero ya no cerraron. No vol-
teé. No quise hacerlo y verlo en un charco de su propia sangre
mientras era devorado. El tipo me caía mal, pero se había ganado

113
mi respeto. Además, no creí que esa imagen fuera algo que ten-
dría que ver Dani. ¿Ya te mencione que era yo quien traía a Dani
recargada sobre mi hombro, mientras con un brazo rodeaba su
cintura y con el otro apuntaba la calibre 45? Aunque iba cons-
ciente, parecía que en cualquier momento entraría en shock, cada
paso que dábamos temblaba y se ponía más y más pálida. Ya no
tenia caso seguirla cargando, pensé en dejarla ahí y correr lo mas
aprisa sin traer ese peso muerto.
Antes de decidirme, escuché gritar al viejo Ezequiel, quien de
alguna forma traía una cabeza sin cuerpo pegada a su brazo
derecho. Sacudió el brazo y un chorro negro comenzó a mojar su
camisa. Con la otra mano tomó la cabeza por el cabello y tiró de
ella para desprenderla. Tiras de piel iban de su carne a la boca
de esa cosa, antes de arrancarla por completo, fue derribado por
un par de zombis. Aún en el suelo, tomó fuerzas no se de donde
y sacó un enorme cuchillo de su bota con el cual dio batalla a
sus atacantes quienes cayeron decapitados. Pudo eliminarlos, pero
antes de ponerse de pie, varios más le cayeron encima. El viejo
siguió repartiendo golpes y estocadas hasta el final. Esto ocurrió a
unos cuantos metros delante de mí, y creo que sacó fortaleza para
que Dani y yo pudiéramos seguir avanzando.
- ¡Apresúrate! – me gritó el Perro. Estaba parado frente a una
reja. No era una salida, pero si un edificio bardeado dentro de la
misma escuela. Por la seguridad, era obvio que eran laboratorios.
En cuanto llegué a su lado dio dos tiros, soltó la escopeta y
ofreció sus manos como apoyo. Yo recargue a Dani en la pared y
escalé el muro con ayuda del Perro. Desde arriba comencé a dis-
parar, hasta que el Perro me ofreció el cuerpo casi inerte de Dani.
La tomé de sus brazos y jalé hacia arriba mientras el Perro volvía
a dar escopetazos. Como una respuesta, a lo lejos se escucharon
varios tiros, perdí el equilibrio y caí hacia atrás junto con Dani.
Fue un duro golpe, pero fue más doloroso escuchar la escopeta del
Perro echando tiros mientras se alejaba de la pared hasta que de
pronto dejó de escucharse. Tampoco escuché ningún grito.
Dani comenzó a retorcerse violentamente y murmuraba algo
que no entendía. Me arrastre para atenderla, pues temía que con
la caída se hubiera roto algo más. La tomé en mis brazos y empe-
zó a quejarse. Abrió los ojos y tenia una mirada indiferente. Como

114
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - LO QUE EL ZOMBI ME SUSURRÓ AL OÍDO

si no me reconociera. Mientras le decía que todo estaría bien, la


abrace; su respiración se había convertido en un jadeo que eriza-
ba mi cuello y fue entonces que pude distinguir lo que ella susu-
rraba a mi oído: “Dolor”. Ese jadeo era una palabra deformada
por el sentir de su propio significado. Se retorció una última vez y
clavó sus dientes en mi trapecio, desgarrándolo cuando la aparté
de un empujón, la maldita se había convertido en uno de ellos. Se
puso de pie y salto hacia mí, la suela de mi zapato recibió un beso
suyo y la envió de regreso. Tome la pistola que estaba en el suelo
y le vacié todas las balas del cargador; me levanté y lo primero
que noté fue un moretón supurante en su pie, no lo tenía roto como
supuse, tenía una herida profunda de la cual brotaba pus. Fue
entonces que perdí el conocimiento, mi hombro ardía como si me
hubieran puesto un carbón al rojo vivo.
Y ahora estamos aquí, solo nosotros dos esperando a que el
resto de los soldados regresen de limpiar el perímetro.
No me veas así, hombre.
Quita esa cara.
Mejor dime cuanto crees que tardarán en volver, porque franca-
mente, me estoy muriendo de hambre…

115
MIENTRAS TODOS DUERMEN

Por Nash Gaarder

Ilustracion: Javier Gómez

117
No hay nada más terrible que, tras un día de agotador trabajo,
lo despierten a uno a las tres de la mañana de forma inesperada y
además por una pendejada. En casa vivo con mi hermano mayor,
Edgard, de dieciocho años, mi mamá y nuestro perro Spot quien
duerme a los pies de Edgard, y es que nuestro “lindo perrito” quiso
ir al baño algunas horas antes de lo acostumbrado y mi hermano
le abrió la puerta de atrás de la cocina y la dejó abierta, de veras
hay que ser…
Pues como a eso de las tres de la mañana, les decía, se levantó
mi mamá por un vaso con agua y lanzó un terrible alarido que
hizo que me levantara de golpe (y mi hermano, en la cama de al
lado, bien jetón, no entiendo como pudo despertarlo el perro pero
no los gritos de terror de mamá).
En fin, pues lo que pasa es que un zombi se metió a la casa,
¡puta madre, que pinche susto!, lo bueno es que los culeros son
más lentos que nada. El cabrón ya llevaba bastante tiempo muerto,
apestaba bien ojete y ya ni piel tenía, estaba totalmente gris, los
dientes le asomaban en una eterna sonrisa macabra y apenas si
tenía algo de pelo.
La ventaja es que cojeaba el muy puto, así que tomé el bate de
metal de mi hermano ¡Y que me lo agarro a chingadazos en la jeta
y en la cabeza, vaya que aguantaba el culero!, trató de agarrarme
más de una vez, pero Spot lo mordió de un pie por atrás y lo jaló, se
cayó al piso y ahí terminé de machacarlo, lo dejé hecho mierda.
Después tuve que sacarlo a la entrada de la casa para que se lo
llevara el de la basura mañana temprano, ¡y yo en chones, carajo!
Cerré bien la cocina, le di un beso a mi mamá en la mejilla
mientras se preparaba un té de Tila para los nervios, me fui a acos-
tar y ya que empezaba a conciliar el sueño que mi mamá pega
otro grito, ahí vamos de nuevo…
“¡Una cucaracha salió de la alacena!” Gritó desesperada.
¡Puta madre, me cae que mañana me reporto enfermo al trabajo!

118
LAS AVENTURAS DE ROBBIE
Sexta Parte: Robbie y el bebé.

121
Un anuncio espectacular de refresco de limón “Spring” (con
su respectivo logo de empresas GEC) con la imagen de un niño
“ñoño” trataba de convencer a los transeúntes que recorrían la ca-
rretera a los Ángeles que era la mejor bebida para el camino, de-
bajo de éste, un automóvil había chocado matando a un matrimo-
nio joven. Él murió en el acto cuando una barra del mismo anuncio
espectacular le había atravesado la cabeza pasándole por el ojo
izquierdo, impidiendo así que resucitara y ella quedó prensada;
tardó un poco en morir, pero menos en “levantarse”, estaba entre
su asiento y el frente del auto, había perdido su brazo derecho y
el izquierdo había formado parte de un amasijo de metal, ya tenía
más de tres horas de haber “resucitado” y con desesperación y
hambre trataba inútilmente de zafarse de su estado.
Milagrosamente, a tres metros del accidente, el bebé de la pa-
reja lloraba desconsolado, sin comprender que ocurría, apenas y
tenía cuatro meses y medio y quería el pezón de su mamá, pero
nadie parecía hacerle caso.
Robbie acababa de comer, había encontrado a un motociclista
agonizando entre los restos de su moto a unos metros antes del auto
(él mismo había provocado el accidente y al igual que la mujer, se
fusionó con su vehículo), Robbie se lo comió y continuó andando.
En eso, Robbie se encontró al bebé y como estaba satisfecho en
ese momento recordó a su perrito, el bebé le inspiró mucha ternura
y lo levantó entre sus brazos; el pelo de la criatura era rubio, como
el de la mujer que veía siempre que terminaba de comer y que le
impulsaba a caminar hacia el oeste.
El bebé empezó a llorar ante el putrefacto olor de Robbie, pero
éste seguía deambulando como el zombi que era, con la mirada
perdida en el horizonte.
Pasaron varias horas, el bebé no dejaba de llorar mientras el
recuerdo de la mujer de la rubia cabellera se desvanecía poco a
poco, al igual que el sol se ocultaba en el horizonte. Finalmente la
noche se apropió de la carretera y Robbie tuvo hambre una vez
más, sintió al suave bebé entre sus manos y lo levantó para darle
un jugoso mordisco…

122
¡¡¡VIVA MÉXICO CA…. ZOMBIS!!!

Por Pedro Banda

Ilustración: Rafael Ángeles

123
Siempre que me encontraba a mi compadre Filemón nos ponía-
mos una borrachera como cuando teníamos dieciocho años, pero
con el paso del tiempo, tanto él como yo ya no aguantábamos mu-
cho; poco a poco las épocas de parrandas se fueron haciendo más
distantes, ya no tan seguidas como antes, podríamos decir que era
por la edad o porque nos volvíamos más responsables; para ser
francos, no fue esa la razón por la que disminuimos nuestra bebe-
recua, sino que como el D. F. se fue a la chingada, pos como que
las ganas de celebrar también. Ya saben a que me refiero, desde
el día en que los malditos zombis empezaron a aparecer en la
ciudad todo se fue al demonio, aunque al principio no fue una mo-
lestia tan grande, ya que nunca creí que los zombis arreglarían el
trafico del periférico, las horas pico ya no existían ya que más de
la mitad de la población se volvió zombie, al ver con la facilidad
con la que nos movíamos en el D.F nadie se quejó por la presencia
de “Ellos”, ya que por ser tan lentos los podíamos esquivar de ma-
nera rápida, y luego con la idea que tuvieron en Tepito de vender
sexo servidoras zombis… ¡no, pos terminamos amándolos, mejor
dicha amándolas! Claro, cortándoles las manos y poniéndoles un
bozal – digo, por eso de las mordidas –, podríamos tener a las
viejas mas buenas que uno se imaginaba, desde luego, con su res-
pectivo varo para conseguir a la que querías, incluso se creó una
ley de trafico de zombis para evitar que de pronto secuestraran a
las viejotas para morderlas por un zombi para que después te la
vendieran y después… ¡a coger se a dicho!; dándole con ganas,
ya que como legalmente estaban muertas el único delito que come-
tías era la explotación de cadáveres y ese es un delito menor por
lo que se convertía en un deleite. Y a estas alturas del partido no
le importaba ya a nadie.
Después, cuando fueron demasiados se tuvo la grandiosa idea
– claro de un diputado no se si del PRD o del PRI o que chingados
importa eso – de meterlos a todos en Chapultepec, como estaba
cercado y de por si a la gente ya le daba miedo entrar al bosque,
pos que se clausura y a meter a los canijos “mordelones” ahí.
¡Que lastima, como extraño el remar y el viaje en globo!, en fin,
cada vez que una pasaba por afuera de Chapultepec los veíamos
deambulando de aquí por allá.
Para poderlos recolectar y llevarlos a todos se creó una nueva

124
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - ¡¡¡VIVA MÉXICO CA... ZOMBIES!!!

fuente de trabajo – A güevo, plan con maña – pa’ que no digan


que no se piensa en los “probes” y luego no salgan con que no se
crean nuevas fuentes de empleo.
¡Hasta con los zombis hacemos negocio!, pero bueno, con la
venta de sexy servidoras zombis también comenzó la venta de
zombis guardianes, te comprabas tu mordelón para cuidar tu casa,
lo mantenías amarrado junto a la puerta de tu casa para proteger
y evitar que se clavaran ladrones; funcionó durante un rato ya que
hasta la delincuencia disminuyó, claro, también por que la mayo-
ría de los ladrones se volvieron “mordelones”, pero en fin…
Un día cuando salí a trabajar me extrañó no ver a mi sabrosísi-
ma vecina que salía a correr todas las mañanas, al principio no le
puse atención ya que pensé que había decidido no seguir corrien-
do con el miedo de encontrarse un “mordelón”, ¿quien la culpa-
ría?, un día casi me cago cuando me la encontré en Tepito como
la nueva “modelo” de sexy servidora, no pude aguantarme y que
me la compro, me salió cariñosa la canija, pero valió la pena ya
que siempre había tenido ganas de cogérmela, pero la mamona
se creía la ultima chela del desierto, y no la culpaba, la móndriga
poseía un cuerpazo logrado a base de ejercicio, dietas y no se
que más pendejadas que daban resultado ya que había que verla
cuando salía a correr a pesar de tener unas tetotas enormes y bien
sabrosas, se mantenían firmes, la gravedad no había hecho mella
en ellas; ya estando en mi casa con mi nueva adquisición, todas
mis perversiones y fantasías sexuales las saqué durante las próxi-
mas horas ¡a que días de gloria vivíamos!, estaba tan contento que
ni me enteré que el Loret de Mola ya no salía a dar las noticias en
la tele, era el ultimo locutor conocido que salía en la TV.
Tampoco me enteré de que solamente el canal 2 de Televisa
seguía trasmitiendo, claro que en su gran mayoría sólo películas
viejas y una que otra noticia de que se perdía comunicación con
Guadalajara y Cuernavaca, últimas ciudades con las que todavía
se tenia contacto.
A mi lo que me importaba era seguir “echándome” a mi nuevo
juguete sexual, tanto que una vez terminé hasta irritado de… bue-
no, ya saben de donde.
Por lo que decidí darle un descanso al cuerpo y a “bigboy” por
lo que me fui a dar un paseo por la ciudad, fui a Tepis a ver que

125
cosa nueva me encontraba, como no había nada nuevo de ahí fui
a la Alameda Central de la que ya casi no quedan árboles por-
que hace unos meses se quemaron para detener a unas cuantas
“Marías-zombi” que se juntaron de pronto ahí, tal vez recordando
de forma inconsciente que los domingos tenían que ir a “gatear”
con sus albañiles y soldados.
Al estar ahí me acordé de mi nueva compañera, ¡nombre! a
pesar de ser una zombi aún mantenía su cuerpazo firme y toda-
vía olía a su crema de noche, yo creo que no tenia mucho que la
“mordieron” por que su piel se conservaba tibia, digo, no caliente
como un ser vivo sino como todos los muertos vivientes con tempe-
ratura media, nunca entendí bien porque pasaba eso; al principio,
cuando comenzaron a aparecer hubo varios científicos queriendo
explicar su origen y como llegaron al D.F. incluso hubo uno que
harta risa me dio ya que presentó su “Teoría de la propagación
del zombi”, me acuerdo bien porque fue una enorme idiotez su
explicación, ya ni me acuerdo de su teoría pero el titulo nunca se
me olvidó, tenía que ver desde con extraterrestres pasando hasta
por la ira de Dios y no se que tanta mafufada más.
De veras que los mexicanos si que nos adaptábamos a todo,
aún teniendo zombis, ya que el otro día vi una manifestación de
mordelones sobre la avenida Juárez; no imagino por que un zombi
haría una manifestación ¿que pedirían, más sesos y carne?, incluso
vi algunos de ellos deambulando por el Ángel de la Independencia
como si celebraran el triunfo del Tri, equipo de fútbol que tenia ya
mas de tres años que no existía, bueno ninguno en realidad.
Sobre las paredes los grafitos también habían cambiado, ya
no veías imágenes de el Che, bueno no exactamente, ya que lo
que si vi es uno que decía “¡¡¡Viva Zapata zombie!!!”. ¡Cabrones
mexicanos, no cambiamos de verdad!, aún en estos días el humor
negro seguía saliéndonos.
Cuando empezó a caer la tarde me regresé a mi casa ya que te-
nia que pasar a la “Comer” para comprar el mandado; la Comer es-
taba vacía invariablemente en estos días, compré lo de siempre, todo
enlatado, ya que el servicio de luz era muy pero muy defectuoso,
había días en que la luz se cortaba y no teníamos electricidad por lo
que la comida enlatada tenia que ser la obligada para que aguante
hasta que se restablecía el servicio; de regreso de las compras que

126
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - ¡¡¡VIVA MÉXICO CA... ZOMBIES!!!

me encuentro con mi compadre Filemón y como estaba ya oscure-


ciendo lo vi entre sombras y pensé que venia bien “pedo” ya que se
tambaleaba al caminar, parecía un trompo, y me recordó la canción
de “Se agacha y se va de lado, querido amigoooo….”, entonces que
le grito para saludarlo y reclamarle por ponérsela sin mi, que gacho
es ya que ahora tendré que chupar solo, y eso sí que es triste.
¡Casi me chinga!, ya que demasiado tarde me percaté de que
ya era otro de los “mordelones”, lo aventé y que se me rompen las
bolsas del mandado, tuve que dejar algunas cosas ya que Filemón
se estaba levantando de nuevo, ¡que coraje me dio por que ahora
tenia la mitad del mandado y me había gastado toda mi quince-
na!, ahora si que me había chingado mi compadre.
Llegué tan encabronado y frustrado a mi casa que me desquité
con mi muñeca, primero que la amarro a la cama como siempre,
después le arranque la playera que le puse de los pumas, sus tetas
se movieron de derecha a izquierda, retadoras, como queriendo
pelear, cosa que me puso más cachondo y pos me puse a darle
por todos los orificios que tenia; ¡nombre! su vagina si que estaba
apretada y había que usar un lubricante ya que en su “estado”
no lubricaban, pero también en medio de la pasión y la rabia le
acomodé una chinga que hasta me cansé de los brazos, después
me dio más coraje ya que le había destrozado la cara y no estaba
tan bonita como al principio, digo, yo sabia que iba a empezar a
descomponerse, pero esperaba aprovecharla lo más posible antes
de que pasara eso. Así que no tuve más remedio que pegarle un
tiro y tirarla, cuando fui al contenedor para echarla me cayó el
veinte de que mi zombi guardián no me había gruñido ni se había
quejado, estaba todo muy callado y pensé que se había escapado
por lo que me puse en guardia y lo busqué para acabar también
con él, ¡me llevaba la chingada, dos perdidas en un sola día!,
bueno en realidad fueron tres junto con la comida que mi “compa”
me hizo perder.
De pronto me encontré a mi guardián muerto, bueno, ya lo
estaba pero me refiero a que alguien le había volado los sesos,
entonces fue cuando me di cuenta que me habían robado, ¡a que
la chingada! Solo faltaba esto, me quedé sin lana, casi sin comida,
ahora sin vieja y sin mi compadre, ya no tenia con quien chupar,
¡esto no se podía poner peor!

127
Pero se puso, ya que al otro día me despidieron, ¡de veras que no
lo entiendo! ¿Cómo era posible que me corrieren diciendo que había
recorte de personal?, ¿Cómo podían despedirme los hijos de su…
Pero ni modo, no quedaba más que buscar otra chamba, pero
antes me fui a chingar el tequila que guardaba para celebrar con
mi compadre Filemón por la adquisición de mi vecina, pero como
ya no tenía a ninguno de los dos, pos me la tuve que echar solo.
Al otro día fui a ver donde encontraba trabajo y con la falta de
gente el encontrar otra chamba no fue difícil, sobre todo si no te
da asco o miedo recoger los restos de cadáveres para enterrarlos
y con ello tratar de evitar la peste a muerte que hay en varias calles
de la ciudad como la de Moneda y Corregidora que se han con-
vertido en tiraderos de cadáveres por lo que hay que limpiarlos y
llevarlos a los contenedores para incinerarlos, cosa muy común en
estos días ya que algunos los utilizan para calentar algunas casas
de la gente que tienen bajos presupuestos y que no pueden pagar
por gas para calentar los alimentos o para iluminar las calles cuan-
do se pierde el suministro de energía.
Como imaginaran, hay ocasiones en que te encuentras a un
“mordelón” todavía activo y si te pescaba un mordisco te chinga-
bas, por lo que en estos empleos siempre necesitaban personal,
pero también era una labor que realizabas solo un tiempo, digo,
para no estártela jugando en lo que encontrabas uno mejor y esta-
ble, estos si que eran trabajos temporales.
A las dos semanas de estar de recolector encontré un trabajo
dentro de una empresa de fabricación de armas, cosa que se
imaginaran se siguen vendiendo mucho, así que adiós a los
malditos montones de cadáveres y hola a los ingresos altos; y
créanme no les exagero, que en la época de vacas flacas que
al parecer estábamos pasando, con un mes de trabajar en la
fabrica de armas tenia el dinero suficiente para comprarme otra
“muñeca”, aunque no creo encontrarme otra como la que tenia;
en fin, a ver que me encontraba en mi centro de distribución
favorito en Tepis.
Como tenia tiempo que no venia a comprar nada me friquié
al ver que ya no había tantos puestos como antes, que de por si
ya eran pocos… Ver las calles tan vacías cuando antes era casi
imposible pasar caminando por aquí, ahora tenias todo el espacio

128
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - ¡¡¡VIVA MÉXICO CA... ZOMBIES!!!

del mundo ya que lo que antes formaba Tepito, calles y manzanas


enteras, nada más quedaba una calle con puestos de música, ar-
mas y la favorita de todos, la de sexy muñecas, a esta me dirigí de
inmediato, y aún me encontré algunas muy buenas piezas, sobre
todo una palidita tetona de ojos azules que debió haber vivido por
las lomas, o Satélite, zonas que ahora están muertas en más de un
sentido, no lo dudé y que me la compro.
El tiempo se me hacia eterno para llegar a mi casa y probar mi
nueva muñeca, cosa que hice en cuanto llegué a mi casa, ¡nombre
que cosa más exquisita, la vieja estaba bien buena, su piel todavía
olía a crema fina y el pelo a rosas!, me la cogí como tres veces esa
noche hasta que me volvió a arder, después la amarré a la cama
y por supuesto nunca le quité el bozal; sus muñones estaban san-
grando por lo que tuve que cauterizarla, al quedar todo manchado
de sangre tuve que darme un baño.
Pero es un pequeño precio que se paga por tener sexo seguro,
ya que como están muertas los virus y las infecciones no se gene-
ran, ni tampoco las puedes embarazar ya que su organismo no
trabaja igual, no sé bien como explicarlo, pero mi vendedor favo-
rito en Tepis me lo explicó, pero como me sonó tan “jalado” que ni
le tomé atención, además solo creí que quería convencerme para
comprarla, cosa que no le costo mucho tiempo.
Esta nueva amante se encontraba un poco mas delgada que mi
vecina, pero su piel pálida y sus tetas si que me “inspiraban”, así
que un día fui a la escuela secundaria que se encuentra a tres calles
de mi casa a buscarme un uniforme de colegiala, ¿y que creen?,
que me encuentro uno tirado en medio del patio de la escuela, es
que al igual que muchas otras escuelas y edificios se encontraba
abandonada, así que no fue difícil entrar y salir con mi prenda, se
encontraba algo mugrosa, pero nada que una buena lavada no
pudiera arreglar, quería ver como le quedaba a mi palidita, sólo
tuve que esperar, ya que tenia que ir a trabajar.
Como a eso de las siete de la noche salí del trabajo, mis nue-
vos compañeros querían que nos fuéramos a echar una “chelas”
y como ya tenía rato que no tenia compañía para chupar pos que
me les pego.
Ya estando en la cantina pedimos cada uno nuestra caguama
y las botanas no se hicieron esperar, la plática no fue un tributo a

129
la sabiduría sino una típica platica de hombres, ya saben, cosas
como ¿cuántas viejas tienes?, ¿y con cuántas te has acostado?,
¿cuánto aguantas chupando? y de lo que tus hijos han logrado,
cosa que me excluía ya que yo era el único que no tenia hijos,
bueno, ni siquiera estaba casado y todos mis nuevos compañeros
ya lo estaban; su compañía me hizo sentir tan bien y los chistes
misóginos fueron geniales, a tal grado de confianza me sentí que
estuve a punto de contarles sobre mi palidita, pero antes de decir
una palabra uno de ellos comentó que vio a una persona compran-
do una de las sexy zombis y comenzaron los comentarios todos en
contra de la compra de éstas, por lo que me reservé el comentario
acerca de mi pálida.
Las horas pasaron y las visitas al baño también, cuando terminó
la reunión cada uno se fue a su casa y a mi casi se me olvida en la
cantina el uniforme que conseguí hacía unas horas ya que la tenia
guardada en mi mochila y ésta la dejé debajo de la mesa donde
estábamos chupando. Me regresé corriendo y la encontré a tiempo
antes de que el mesero se la llevara, ¡que susto me metí yo solo,
ya que la creía perdida!
Cuando llegue a mi casa me recibieron los quejidos de mi pá-
lida, ya que sus dientes eran mas agudos que los de la vecina y
rompieron el bozal que le puse para que no hiciera ruido, cuando
estaba quitándole los restos del anterior tocaron a mi puerta, cuan-
do me asomé por la perilla me di cuenta que era mi otra vecina,
la vieja señora Rodríguez, una viuda metiche, que como su marido
fue miembro del ejercito, ella se creía la cuidadora de todo el
barrio y además era la más chismosa de toda la cuadra, seguro
escuchó los lamentos y venia a ver que pasaba, el problema era
que si se daba cuenta que tenia una sexy zombi no tardaría en
comunicarlo a la PGR y entonces me chingarían, ¡no quería que
me la quitaran y me multaran, no tenia dinero para eso, así que
tuve que actuar rápido!
Primero le cubrí la boca de nuevo y fui a atender a la señora
Rodríguez, como supuse, escuchó los ruidos y quería saber que pa-
saba, le conté que un gato se metió a mi casa y se quedó atorado
en la reja de la ventana y el pobre animal estaba medio muerto
y medio destajado, cosa que le produjo mucho asco y se fue, así
pude por fin quedarme a solas de nuevo.

130
Después de comer un poco y darme un baño fui con mi prenda
a la lavadora y después a la secadora para poder usarla con mi
niña-mujer zombi, la falda le quedó bien pero la blusa un poco
apretada de los senos ya que no esta diseñada para cubrir pechos
tan desarrollados, los botones le quedaron a presión, cosa que me
éxito mucho, no le quité la falda, sólo se la subí y como no le puse
ropa interior el fetiche me puso como nazi frente a Hitler, o sea bien
firme; con un suave movimiento la blusa se le abrió dejando ver sus
pechos y con la falda enredada en su cintura fue como si me cogie-
ra a una colegiala con un cuerpo de una vieja de veinticinco años,
esto me éxito mucho y nada más le puse lubricante a su vagina
comencé a cogérmela; estaba tan excitado y con los gemidos apa-
gados que hacia por el hecho de tener hambre y no poder comer le
daba el efecto de que gemía por placer que me provocó un orgas-
mo de manera muy rápido pero dándome unos minutos de descan-
so pude continuar, esa noche me la cogí como cuatro veces.
Al otro día las piernas me dolían, necesitaba descansar ya que
además con sus quejidos no me dejó dormir, pero ni modo, había
que trabajar; el día se me hizo eterno, y cuando por fin salí del
trabajo lo único que quería era irme a dormir. Y fue lo que hice.
Así continuaron los días hasta que empezó a descomponerse y
a oler mal mi palidita, tenia que remplazarla; fui por mi pistola y le
volé los sesos, después fui a tirarla al callejón de la esquina.
Con los demás muertos que había por la calle tanto tirados
como caminando nadie se percató de otro más. Después de que
la deje me daba comezón entre los testículos, pensé que me había
irritado por tanto sexo que había tenido, así que me di un descan-
so para adquirir una nueva muñeca, pasaron los días y vi como el
D.F. poco a poco se estaba vaciando cada vez más, y más zombis
aparecían en la calle.
Después de tres semanas de no tener sexo ya estaba listo para
comprar a otra de mis compañeras, así que me fui a Tepito; cuan-
do llegué me percaté que había una redada, como unos sesenta o
cien polis sitiaban la calle que quedaba de vendedores de Tepito,
algunos llevaban arrestados a los que me vendieron a mis dos mu-
ñecas y otros estaban disparándoles a las sexy zombis que estaba
amarradas en el piso y en los tubos de las puestos que estaban ya
soldados firmemente en el piso.

132
CUANDO ALGO MÁS MURIÓ - ¡¡¡VIVA MÉXICO CA... ZOMBIES!!!

Al ver eso me fui retirando con paso tranquilo, si no también


me levantaría la Panel, me fui caminando unas cuantas calles pen-
sando en donde compraría otra, estaba pensando en eso cuando
unos tipos me cerraron el paso y uno de ellos sacó un cuchillo y
otro una pistola, ¡diablos, que me atracan!, me quitaron el dine-
ro que traía y como no era mucho la verdad no quise que me lo
quitaran; entre jalones me llevaron a un callejón, ahí me dieron
una golpiza y uno de ellos me dio un navajazo diciendo que me
chingara, después se fueron corriendo dejándome tirado en medio
del callejón desangrándome, poco a poco traté de levantarme y
fui a buscar a los polis que estaban levantando a los vendedores
de Tepito, pero no pude llegar ya que detrás de mi un quejido me
hizo voltear, tenia detrás a tres mordelones que sabrá de donde
diablos salieron, lo más seguro es que se habían sentido atraídos
por mi sangre, no pude caminar más rápido y los malditos mor-
delones me alcanzaron, uno de ello me pegó una mordida en el
brazo y otro estaba apunto de morderme el cuello cuando escuché
disparos y los sesos del zombi que estaba por morderme me batie-
ron la cara y el otro que me mordió la mano también cayó por los
tiros que venían detrás, al soltarme me desplomé y esperé a ver a
los policías que me salvaron pero cuando estaba tirado rodé y vi
a dos persona vestidas de civiles paradas junto a mi, los vi borro-
samente, les pedí que me ayudaran, sentí que me iba a desmayar,
lo último que escuché fueron sus palabras:
- ¿Como ves compadre? a éste ya se lo chingaron.
- No pos si, ¿qué, lo rematamos antes de que se convierta en
un “mordelón”?
- No seas pendejo trae el machete de la camioneta y un lazo.
- ¿Y eso pa’ que?
- ¿Que no sabes cuanto pagan los putitos por tener un cabrón
para coger?

133
LAS AVENTURAS DE ROBBIE
Última Parte: Robbie llega a su destino

135
La ciudad de los Ángeles estaba amurallada, ningún “Levanta-
do” podía entrar en ella, los zombis se agolpaban al muro que la
rodeaba tratando inútilmente de comer por asalto.
Robbie llegó poco después de haberse comido al bebé, así que
no tenía hambre en ese momento, deambuló por los alrededores
mirando el sol, su piel ya era totalmente gris, sin labios, cojeaba
y una mano era prácticamente inservible, su peste era realmente
nauseabunda, pero eso a él no le importaba, miró al sol que se
ocultaba lentamente y continuó siguiéndolo, como había hecho
desde siempre, viendo en su dorado destello a la mujer que una
vez amó en vida.
Sin proponérselo se alejó de los demás zombis, deambuló por
unos suburbios abandonados. El pasto de afuera de cada casa
estaba seco ya en unas casas y en otras era maleza en que otras
criaturas habían reclamado como su hogar. Robbie era una man-
cha roja en medio del pavimento, un blanco fácil si algún francoti-
rador hubiese estado ahí para dispararle.
El sol estaba ya apunto de ocultarse cuando escuchó una voz
detrás de él.
“¿Robbie?”
Y volteó lo más rápido que pudo y ahí estaba ella, Stella lo
miró con ojos llorosos, apenas y si podía distinguir el rostro de su
esposo por las lágrimas y por primera vez Robbie hizo algo que no
había hecho desde que se había levantado, empezó a recordar y
a murmurar, a pesar de la falta de labios: ¿Stella?
Ella, catatónica, lo abrazó; salía de la ciudad con una patrulla
todos los días buscando sobrevivientes y aunque le habían dicho
que nunca estuviera sola, en esa ocasión se desprendió del grupo
de búsqueda, no le importó, era su hombre que finalmente regresa-
ba, Robbie la abrazó y ella clavó su rostro en su pecho, solo unos
segundos después Stella se empezó a percatar del aroma de su
marido y finalmente lo miró al rostro llena de terror.
Pero Robbie tuvo hambre una vez más…

FIN

136
SOBRE LOS AUTORES
DE ESTA ANTOLOGÍA...

137
ARTURO ANAYA (NIÑO RUFFIAN)

Mexicano, nacido en chilangolandia en 1980. Diseñador gráfico


egresado de la UAM Azcapotzalco, dibujante de historietas desde
que cursaba la secundaria; profesional desde 1998. Ha publicado
en Shibalba Press (Tinieblas), Dibuj-Arte, Fi Estudio (Primos), UFO
Comics, Grupo Editorial Vid (Power Rangers), además de hacer
ilustración para otros varios proyectos.

RAFAEL ÁNGELES (DAFTRAM)

Proveniente de las tierras bravas de Atizapunk, Rafita es un dise-


ñador e ilustrador que trata de emular el estilo nipón en su trabajo,
además de ser todo un fanático del Street Art y un cinéfilo empe-
dernido. Pero también tiene un lado oscuro como todo ser humano:
Sin necesidad de alcohol, tiene un ávido gusto por el baile guapa-
choso en las fiestas...
See you in the space, Cowboy!

PEDRO BANDA CONTRERAS

Bibliotecario. Escritor incomprensible. De fácil palabra. Y corazón


tormentoso.

FERNANDO BONILLA FLORES

Si Fernando hubiese contenido la respiración desde que entrego este


relato hasta que publicaran esta antología, ya sería un zombi más.
Amante de la cultura chatarra y la fantasía, Fernando pierde su tiem-
po de vida entre la escultura amateur y navegar en la red, interca-
lando ratos al anime, a escribir y a conocer más de arte y ciencia.
Si les gusta su relato, Fernando nos entregara en 30 días su secuela
que en 2018 será publicada.

138
VICENTE CABRERA

Creció leyendo todo material fantástico que cayera entre sus ma-
nos e imitando los dibujos que veía en las historietas, motor que
lo impulso a estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica. Desde
que vio El retorno del Jedi a los 7 años, quedo fascinado con la
experiencia cinematográfica y desde entonces procura pasar cada
fin de semana sentado en una butaca. Miembro fundador del club
Arkham y editor de la revista Fantasci. Para él, la fuente de la eter-
na juventud sería mucho más rica si el vital elixir fuera vodka.

NASH GAARDER

Hijo de padre Noruego y madre Mexicana (aún no se decide a


qué lugar del mundo pertenece), empezó a escribir desde tempra-
na edad como medio de catarsis ante la temprana muerte de su pa-
dre en un terrible accidente automovilístico (su papá atropelló a un
chivo y lo apedrearon los pastores dueños del animal, en serio).
Ha publicado en Repeticiones gráficas y Editoposter, actualmente
es asesor editorial en Fi Estudios (en donde no le gusta dar entre-
vistas) y dice que no le crean la mitad de lo que dice.

JUAN JAVIER GÓMEZ SÁNCHEZ

Juan (Sí, de todos modos Juan se llama) Javier Gómez Sánchez


(16 de agosto de 1964, si cumple años el mismo día que Madon-
na) es monero de día y egiptólogo de noche, ha trabajado en el
medio de la animación desde 1985 (uuuuhhhh); ha participado
como guía en exposiciones temporales del Museo Nacional de
Antropología e Historia; está realizando sus pininos como escritor
(aunque ha escrito diversos artículos para prestigiosas publicacio-
nes como Revista de Revistas y Amigo Maestro) y espera con el
tiempo seguir escribiendo y hacerlo cada vez mejor, en esta su
ecléctica existencia.

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ARMANDO HERNÁNDEZ ESCOBAR

Diseñador de la Comunicación Gráfica por la Universidad Autóno-


ma Metropolitana, desarrolló gusto por la ilustración desde corta
edad; sus principales aficiones son el cine, el anime, los comics,
las artes marciales y la literatura.
Desde 1997 labora en el área de Diseño en el nivel de Educación
Preescolar, trabajo que le permitió pagar sus estudios, a partici-
pado en proyectos con un par de editoriales como ilustrador inde-
pendiente; considera que su objetivo es llegar a ser un excelente
ilustrador.

IGNACIO LORANCA

Oriundo de la ciudad de México, orgulloso Chintololo; debe mu-


chos de sus traumas existenciales a la temprana lectura de histo-
rietas del Hombre araña, Superman y Ricky Ricón.
Escritor desde hace ya más de diez años con estudios de filosofía
por la UAM, ha publicado en diversas editoriales como Editoposter,
Repeticiones Gráficas y Ejea, es autor del desaguisado de Acade-
mia Stellar (novela por entregas que se publica actualmente) y del
libro virtual: La Muerte Chiquita junto con Alberto Hinojosa.
Actualmente dirige la editorial virtual Fi Estudios y no se arrepiente
de nada.

EVELIN C. MERLOS (MIRLONIGER)

Egresada de la UAM - Azcapotzalco.


Ilustra aquí y a cuyá e intenta ganarse la vida.

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JUAN ANTONIO ONTIVEROS

Juan Antonio Ontiveros es dibujante autodidacta, músico de cora-


zón y publicista por necesidad. Ha trabajado para Lowe, Grey de
México, Oveja Negra Comunicaciones, Publicidad Augusto Elías,
Ejea, Los hijos de su madre, Televisa y varios etcéteras. Actualmen-
te colabora en Fi Estudios y pasa largo tiempo viendo tele entre
sus proyectos.

MARIO ALEJANDRO ROMERO SAN MIGUEL

Diseñador gráfico e ilustrador egresado de la UAM Azcapotzalco


(si, otro más), es gran seguidor de comics, anime, manga y el cine.
Ha participado en proyectos de ilustración para Scribe, KMC y
Pochteca. Actualmente trabaja en un despacho de diseño y en sus
ratos libres se dedica a ilustrar.

ERICK TEJEDA

Erick Tejeda, nació en la ruidosa y caótica Ciudad de México un 9


de octubre de 1979, a la temprana edad de cinco años ya daba
indicios de ser “freak”, su gusto por las caricaturas definió el curso
de su vida que hasta ahora predica con orgullo – recuerdo que
cursando mi tercero o cuarto año de primaria un compañerito me
pidió que le diera la alineación de mi equipo de futbol…yo contes-
té: Luke Skywalker, Spider-man, Superman, Iron Man y Batman –.
Erick se graduó de la Escuela de Periodismo Carlos Septién en el
año de 2001, pero el muy divo no ejerce, le gusta más eso de salir
en comerciales y el pobre aún sueña con estelarizar una película
de super héroes… (je je je, ¡iluso!)

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CARLOS WILFREDO TREJO

Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma


de México. Sus trabajos literarios comenzaron a ser publicados en revistas
de la universidad tales como Laberinto y Tinta y Letras. Desde entonces sus
trabajos han aparecido en publicaciones como Fantasci (de la editorial Fi
Estudios) y en páginas electrónicas como www.letralia.com
Estudió un diplomado en la Escuela Dinámica de Escritores que di-
rige Mario Bellatin. Ha tomado clases con personalidades literarias
tales como Jorge Volpi, Margo Glantz, Alvaro Enrigues, Juan Villo-
ro, Mónica Lavin y Edmée Pardo, entre otras.
De sus trabajos: Varios de sus relatos han sido publicados en una an-
tología llamada Al Diablo Adentro, de la editorial Disculpe Las Moles-
tias. Se encuentra escribiendo una novela que lleva por nombre Nieve
y próximamente aparecerá una antología de sus cuentos que llevará
por nombre Pequeñas Lecciones de Vuelo y Otros Relatos.

VÍCTOR ÁNGEL VÁZQUEZ

Degustador del género fantástico en general, inicia su vida de cinéfilo


aun antes de nacer, pues un día antes de ello sus padres asistían a una
sesión maratónica de Permanencia Voluntaria.
Comunicólogo por profesión y escultor en papel como acto de conciencia
creativa; tiene cierta predilección por el tema de los Zombis del cual siendo
niño tenía un sueño recurrente donde estos eran principales personajes.

ÁNGEL ZUARE

Nacido en 1978, ha obtenido reconocimientos literarios por parte de Te-


levisión UNAM y el Colegio de Ciencias y Humanidades. Su labor como
periodista inició en la publicación Revista de Revistas y actualmente es co-
laborador para varias publicaciones, físicas y virtuales. Ha publicado un
libro de cuentos para Editorial Selector (Cuentos de Castillos Para Niños)
y una novela de ciencia ficción (Retorno) para Ediciones SM.

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