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principio.

(Del lat. principĭum).

1. m. Primer instante del ser de algo.

2. m. Punto que se considera como primero en una extensión o en una cosa.

3. m. Base, origen, razón fundamental sobre la cual se procede discurriendo en cualquier


materia.

4. m. Causa, origen de algo.

5. m. Cada una de las primeras proposiciones o verdades fundamentales por donde se


empiezan a estudiar las ciencias o las artes.

6. m. Norma o idea fundamental que rige el pensamiento o la conducta. U. m. en pl.

valor.
(Del lat. valor, -ōris).

1. m. Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o


proporcionar bienestar o deleite.

2. m. Cualidad de las cosas, en virtud de la cual se da por poseerlas cierta suma de


dinero o equivalente.

3. m. Alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase.

10. m. Fil. Cualidad que poseen algunas realidades, consideradas bienes, por lo cual son
estimables. Los valores tienen polaridad en cuanto son positivos o negativos, y jerarquía en
cuanto son superiores o inferiores.

http://www.dimeloclaro.com/13-roksprocket-mosaic/45-valores-del-reino

Valores del Reino


Todas las enseñanzas de Jesús, de una forma u otra, giraban acerca de “El Reino de los Cielos”;
nadie repitió esa frase más que EL. Los valores y principios del reino fueron mencionados por Jesús,
primera y esencialmente allí en el sermón del monte, luego en sus parábolas; por esto las comenzaba
diciendo “El reino de los cielos es semejante a…” Los discípulos debían entender bien este “reino”,
ya que ellos serían los embajadores que llevarían este “Reino” hasta “el fin del mundo”. Los 12
apóstoles evidentemente entendieron el reino, y lo vivieron.
En nuestros días, lamentablemente la frase “El Reino” se usa con liberalidad y frecuentemente para
enseñar principios opuestos a aquellos que verdaderamente representan los principios y valores del
reino de Dios. No se trata de nada físico ni material sino de un gobierno espiritual, del lugar que
Jesús, el Rey de Reyes, ocupa en el corazón del hombre. Aunque este reino tendrá una forma
absoluta y física en el reino milenial de Cristo y por la eternidad, aquí y ahora es que entramos en ese
reino, cuando hacemos a Jesús no solo nuestro Salvador, sino también nuestro Señor, nuestro Rey.
Los Cristianos hoy debemos entender los principios y valores del reino de los cielos para vivirlos
aquí en la tierra. Muy lejos de los valores de este mundo que vemos y en el que vivimos, los
Cristianos tenemos que conocer a aplicar valores eternos y no temporales, espirituales y no
materiales, divinos y no carnales. La iglesia es el cuerpo de Cristo hoy, El tiene que ser “la cabeza” y
tener “la preeminencia en todo”. Conoce los principios y valores del reino, practícalos y llévalos a
otros.

http://www.desarrollocristiano.com/articulo.php?id=2179

Ventana a los valores del Reino


por Gerson Amat
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A la luz de la cruz y de la resurrección de Jesús se descubre una «nueva justicia», una nueva
manera de valorar la vida, una nueva manera de tener una «relación justa» con Dios, pero
también con los demás, con las cosas creadas y con nosotros mismos.

Una sociedad necesitada de valores


Hablar de «valores» se ha convertido en un tópico, casi en una moda. Se oye comentar, casi
en todos los ámbitos, que en nuestra sociedad se han perdido los valores, que la juventud ya
no posee valores, que se necesita que reforcemos los valores y, sobre todo, eduquemos en
valores. Hasta en las iglesias evangélicas se habla de valores. Incluso circula un material
para la educación en valores «cristianos» de adolescentes y jóvenes. Lo que está detrás de
estas expresiones es un sentimiento bastante generalizado de que se ha generado un
«deterioro moral» en la sociedad, y en relación con distintos aspectos de la vida.
La tarea se complica cuando tratamos de conciliar los criterios de todos los que afirman que
se han perdido los valores para discernir cuáles son los valores que verdaderamente
«valen». Esos «verdaderos valores» que se supone que valían antes y que ahora ya no valen.
Cuando llegamos a este punto unos piden justicia, otros libertad, igualdad y fraternidad;
otros orden público y seguridad… La lista podría extenderse tanto como la guía de teléfonos,
porque cada persona, o cada grupo, ostenta sus criterios acerca de lo que verdaderamente
vale para su vida. Entonces advertimos que no es que se hayan «perdido los valores», sino
que otros valores los han reemplazado. Lo que «antes» (¿hace quince años, antes de la
democracia, antes de la guerra…?) valía para las personas que en aquellos momentos
integraban la mayoría de la sociedad ahora ha dejado de valer para quienes ahora
pertenecen a la mayoría, que no son las mismas personas que «antes», ni siquiera sus hijos
o sus nietos. Y mientras se ha dejado de valorar lo que para muchos era valiosísimo, las
mayorías de hoy valoran otras cosas que antes resultaban impensables.
Ni siquiera los pensadores «de oficio» consiguen un acuerdo sobre qué son los valores, ni
sobre si existen o no valores como tales. Para unos los valores, que no dejan de ser ideas
abstractas (como la bondad, la justicia, la amistad, el esfuerzo), serían «realidades» que
están ahí, al alcance, y que sólo es asunto de aplicarlas a la vida. Para otros, en cambio, no
existen «realmente», de manera que sólo serían criterios totalmente subjetivos y, por tanto,
relativos. Lo único que queda más o menos claro es que los valores se relacionan con la
bondad o la maldad de los comportamientos humanos y son, por tanto, necesarios para la
vida, porque tienen el carácter de normas de conducta y funcionan como una especie de
«fundamento» de nuestras actitudes y comportamientos, de manera que marca una especie
de camino para la felicidad que da sentido a nuestra vida como seres humanos.
A la caza de los «valores evangélicos»
Ni siquiera los evangélicos nos escapamos de este tema de los valores. No podemos.
Moldean nuestra manera de hablar, y por lo tanto a de ver el mundo, la cultura en la que
hemos nacido y de la que formamos parte. Resulta normal, entonces, que nosotros,
hombres y mujeres de nuestra época, también utilicemos este mismo lenguaje.
Lo que ya no es tan normal es que a la hora de hablar de ese «reemplazo de valores» los
cristianos estemos de acuerdo con los que no lo son (digo, cristianos), porque considero que
tampoco alcanzaríamos un acuerdo en cuanto a los valores que verdaderamente «valen».
¿Ostentamos los mismos valores los cristianos y los no lo son? ¿Hemos coincidido alguna
vez en cuestión de valores? ¿Existen valores específicamente «cristianos» o «evangélicos»?
Y si es así, ¿cómo podemos saber cuáles son los valores del evangelio?
En este punto de la discusión podemos toparnos con un problema, pues existen dos
maneras (por lo menos) de leer los textos de los evangelios. De entrada podemos llevar a
cabo una lectura «moral»: leer los evangelios buscando directamente «qué tenemos que
hacer». Una lectura orientada al descubrimiento de todos los principios, normas, consejos,
frases escritas con el verbo en imperativo… Así encontraríamos un sinfín de exigencias que
tendríamos que satisfacer, se supone, para «ser buenos» y conseguir así «la felicidad»,
entendida, más o menos, como una vida tranquila, sana, apacible, «de buen rollo». En el
fondo, estas son algunas de las cosas que busca la gente. En este planteamiento se trataría
de seguir a Jesús de Nazaret como si fuera un maestro de moral, como alguien muy sabio
que nos habría dado una lista de enseñanzas que nos llevarían… ¡Al fracaso!
Porque las enseñanzas de Jesús lo llevaron, desde el punto de vista humano, es decir, desde
los valores de su época tanto como los de la nuestra, a la incomprensión de sus familiares, al
abandono y traición de sus amigos, al enfrentamiento con las autoridades religiosas y a la
condena de las autoridades civiles y militares. Las hermosas enseñanzas de Jesús lo llevaron
a la cruz. ¿Es eso lo que quiere la gente? ¿Lo que de verdad queremos para nosotros y para
nuestros hijos? ¿Una vida que lleve a la incomprensión y al fracaso, con el riesgo de acabar
igual de mal que Jesús? Es un absurdo, ¿verdad? Hacer una lectura «moral» de los
evangelios nos lleva al absurdo. ¿Quién puede creer que de verdad sean valores, como
señalan las Bienaventuranzas, la pobreza, la tristeza, la mansedumbre, el hambre y la sed
(es decir, la búsqueda apasionada) de la justicia, la misericordia, la rectitud de conciencia, el
compromiso por la paz, la persecución, los insultos o la calumnia? ¿Quién puede creer que
todo eso nos puede hacer felices? ¡Todo eso es humanamente absurdo!
Pero existe otra manera de leer los evangelios. Yo la llamo «teológica»: se trata de ubicarnos
desde la perspectiva de Dios, que al principio del ministerio de Jesús proclama: «Este es mi
Hijo amado en quien me complazco» (Mt 3,17). Consiste en no fijarnos, de entrada, en todas
y cada una de las enseñanzas morales concretas de Jesús, sino en la persona misma de
Jesús. Consiste en prestar atención al mensaje global de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y
ya está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en la buena noticia» (Mc 1.17). Se trata de
aceptar la buena noticia anunciada por Jesús y de seguirlo como el (mi/nuestro) Señor,
como el que viene de parte de Dios para traernos un gran regalo. Es decir, se trata de
creer/confiar en Jesús. No es aceptar unas verdades morales más o menos sabias que se
deben seguir, sino creer en Jesús, Aquél que muere y resucita. Aquél que pasa por la cruz,
por la muerte, por el fracaso, por el absurdo, hacia la vida exaltada en Dios, su Padre.
¿Tiene «valor» la cruz?
Los cristianos no vivimos a partir de una enseñanza moral, ni siquiera la de Jesús, sino de la
proclamación de los discípulos y discípulas la mañana de Pentecostés: «A este, que es Jesús,
Dios lo ha resucitado, y todos nosotros somos testigos de ello. El poder de Dios lo ha
exaltado y él, habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, lo ha repartido en
abundancia, como estáis viendo y oyendo» (Hch 2.32–33). Los cristianos partimos de lo que
es menos valorado por los seres humanos: la muerte humillante, maldita e infame en una
cruz. Este instrumento de tortura de los poderosos de este mundo se convierte para
nosotros en un valor, en el valor más valioso y sublime porque por ella podemos contemplar
el inmenso amor de Dios por sus criaturas. «El lenguaje de la cruz es, ciertamente, un
absurdo para los que van por sendas de perdición; mas para nosotros, los que estamos en
camino de salvación, es poder de Dios […] Por eso Dios ha decidido salvar a los creyentes a
través de un mensaje que parece absurdo. Porque mientras los judíos piden milagros y los
griegos buscan sabiduría, nosotros anunciamos a Cristo crucificado que para los judíos es
una piedra en la que tropiezan, y para los paganos es cosa de locos. Pero para los que Dios
ha elegido, sean judíos o griegos, ese Cristo es poder y sabiduría de Dios» (1Co 1.18.21b–24).
La muerte y la resurrección de Jesucristo invierten todos los valores humanos. Porque lo
que parecía el gran fracaso de Jesús se manifiesta como su gran victoria, como la victoria de
Dios sobre los poderes de este mundo. Ambas nos anuncian que lo que tiene «valor» no es
el éxito de los que se salieron con la suya al matar a Jesús. Tampoco tiene «valor» el poder
económico o político de los grandes sacerdotes de Jerusalén, ni siquiera el poder religioso
de los escribas y fariseos. Lo que de verdad tiene «valor» para los seres humanos es el amor
de Dios que se ha manifestado en la resurrección de su Hijo, y que le ha dado la razón, que
ha declarado como verdadera su actuación y su enseñanza.
Lo que ciertamente vale para Jesús, y lo que en verdad vale para los hombres y las mujeres
era y es Dios. Dios mismo. Y también, los hombres, los hombres y mujeres de carne y hueso,
porque cada uno de ellos y ellas son imagen de Dios. Y también, los discípulos y discípulas,
claro, los que lo acompañaron en su ministerio. Pero también, los enfermos y los poseídos
por espíritus malos, a los que sanó, y los publicanos, y los pecadores, y las prostitutas, a los
que acogió en su comunidad. También. los enemigos que lo ejecutaron, por quienes pidió
perdón al Padre desde la cruz. Para Jesús lo que de verdad tiene valor es Dios, y aquellos a
quienes Dios ama.
Lo que tiene valor para Jesús es el reinado de Dios, es decir, su proyecto para los seres
humanos: que seamos felices en comunión con él, y que sólo se realiza cuando lo dejamos a
él, a Dios mismo, en el centro de nuestras vidas. Ese era el secreto de Jesús, y ese es el gran
valor que Jesús nos propone en la médula del Sermón del Monte: «Vosotros, antes que
nada, buscad el reino de Dios y su dikaiosine (= «todo lo que lleva consigo», «el hacer lo que
es justo delante de Dios»), y Dios os dará, además, todas estas cosas» (Mt 6,33). Jesús
entregó su vida precisamente por poner en primer lugar el reinado de Dios y todo lo
relacionado con él, hasta las últimas consecuencias. Y como garantía del «valor» de su
elección y su decisión, de que este es el auténtico camino, el Padre lo exaltó.
El acontecimiento de la Pascua de Jesús cambió la vida de sus discípulos. A partir de ese
momento, con la fuerza y la iluminación del Espíritu Santo, su vida estuvo verdaderamente
centrada en servir y anunciar a Dios y a su Reino, definitivamente manifestado en Cristo. A
partir de ese momento, por la fe, por la confianza en el Dios que había resucitado a Jesús, la
vida de los discípulos estuvo centrada en Dios.
Una nueva comprensión de los «valores evangélicos»
Y a partir de la Pascua, por el Espíritu Santo que recibieron, los discípulos adquieren una
nueva comprensión de las enseñanzas de Jesús. A partir de la Pascua, por la iluminación del
Espíritu, los discípulos descubren el auténtico «valor» de los «valores» propuestos por
Jesús, y que son considerados como «antivalores» por quienes no han descubierto todavía
el amor de Dios.
A la luz de la cruz y de la resurrección de Jesús se descubre una «nueva justicia», una nueva
manera de tener una «relación justa» con Dios, pero también con los demás, con las cosas
creadas y con nosotros mismos. «Si vosotros no cumplís la voluntad de Dios mejor que los
maestros de la ley y que los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5.20). No se
trata de cumplir unas normas, sino de vivir de acuerdo con las demandas de Dios para
nosotros, lo cual es lo mejor para nosotros. No basta con no matar, no cometer adulterio,
repudiar a la mujer legalmente, no jurar en falso o no pasarse de la ley del talión. Ni siquiera
basta con amar a quienes nos aman. Jesús pide la perfección, la excelencia: «Vosotros tenéis
que ser perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5.48). La versión de Lucas
nos aclara cuál es esa perfección: «Sed compasivos, como también vuestro Padre es
compasivo» (Lc 6.36). Esa es la perfección de Dios: su amor que regala el sol y la lluvia a
justos e injustos; su amor que nos amó cuando todavía éramos pecadores.
El «valor» máximo es el mismo Dios. El amor de Dios. El amor con el que Dios nos ha
inundado el corazón al darnos el Espíritu Santo (Ro 5.5). El amor de Dios que nos capacita
para vivir como vivió el mismo Jesús, y que es lo más absurdo a los ojos de los seres
humanos: amar a los enemigos. «Dios nos ha dado la mayor prueba de su amor haciendo
morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores» (Ro 5.8). Ese amor es el que nos
transforma y nos hace hijos de Dios, capaces, como su Hijo, de amar a nuestros enemigos y
orar por los que nos persigan (Mt 5.44).
Esa es una justicia que supera la ley. Repasemos el Sermón del Monte: Una manera de
hacer el bien sin que los demás nos alaben, de orar sin pasar públicamente por piadosos, de
arrepentirse de corazón sin poner cara de penitente. Es una manera de vivir acumulando
«letras del tesoro» de Dios, adquiriendo «valores garantizados», «acciones» y
«obligaciones» que sólo cotizan en la bolsa del Reino, desprendiéndonos de todo con
generosidad, movidos por la gratitud a Aquél que nos ha dado gratis lo que más valor tiene:
una vida nueva, una vida de calidad, que ni la muerte puede destruir. Una vida que vale más
que la comida de los mejores chefs de moda, y más que la ropa de las supermodelos. Una
vida liberada del miedo al futuro, porque sabe que en el futuro está Dios esperándonos, a la
vez que nos sujeta ahora de la mano para que no caigamos. Una vida liberada para poder
amar, sin miedo a la pobreza, a la tristeza, a la violencia... Una vida sin miedo. Dios, en este
mundo, no nos libera del dolor y de la muerte. Nos libera del miedo al dolor y a la muerte, el
miedo que nos impide amar como él y ser felices como él.
Una vida construida sobre Dios mismo
Cuando descubrimos en Jesucristo el valor del amor de Dios, que supera todas nuestras
expectativas, nos damos cuenta (de nuevo sigo las Bienaventuranzas) de cómo Dios ha
abierto su Reino a los pobres, de cómo consuela a los tristes, de cómo los mansos reciben el
cumplimiento de las promesas, de cómo Dios colma toda hambre y sed de justicia, de cómo
su misericordia nos convierte en misericordiosos, de cómo los que miran con la conciencia
limpia se les da la capacidad de ver a Dios (precisamente en los «otros»: en los pobres,
hambrientos, desnudos, encarcelados… en los prójimos… en los que Jesús quiere ser
servido), y de cómo los que construyen puentes para la paz entre las personas, los grupos y
las naciones se convierten en hijos de Dios. Y entonces adquieren sentido, y «valor», la
incomprensión, la persecución, el insulto, la calumnia e incluso la muerte; por la muerte y la
resurrección de Jesucristo.
¿Existen «valores» cristianos? ¿Cuáles son los «valores» evangélicos? Es importante
saberlo, porque donde cada uno tiene sus «riquezas», sus «valores», allí enfocamos el
corazón. ¿Cuáles son de verdad nuestras riquezas? ¿A qué le damos verdaderamente valor
en nuestras vidas? ¿Qué es lo que está detrás de nuestras actitudes y mueve verdaderamente
nuestras acciones? Cada uno tiene que contestarse a sí mismo estas preguntas.
Jesús nos muestra el valor central: Dios, el Dios de Jesús. El único que merece ser amado
con todo nuestro ser. Jesús nos lo ha dado a conocer. Él lo llamaba «Abba», «papaíto». En
el supermercado de la vida podemos escoger los valores que queramos. Jesús nos invita a
«invertir» acertadamente, a buscar el mejor «terreno» sobre el que construiremos nuestra
vida: la roca. Y la Roca, en la Biblia, es Dios.
Termino con las mismas palabras de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y ya está cerca el
reino de Dios. Convertíos y creed en la buena noticia». (Mc 1.15).
¡Amén!

https://espanol.answers.yahoo.com/question/index?qid=20080102091652AAe8ftL

¿Cuáles son exactamente los valores del Reino de Dios?


Es una cuestión de la teología: Se habla mucho de valores hoy dia. Los cristianos hablan de valores
religiosos o cristianos o de valores del Reino de Dios. Esto último tiene una estrecha relación con el
Evangelio de Jesucristo. Sucede que algunos dicen que las bienaventuranzas son la valores del reino
y otros afirman que son la justicia, el amor, etc. ¿Pero concretamente cuáles son?

RESPUESTA
VIDA, VERDAD, JUSTICIA, PAZ, GRACIA Y AMOR.

en estos valores se basa el reino de dios a instaurar en la tierra

RESPUESTA
los valores del reino, son todos aquellos revelados por Cristo en su vida, valores como la
misericordia, el respeto, el perdón, la reconciliación, la fidelidad, la paciencia, la vida eterna, pero el
mayor de ellos, el amor.

RESPUESTA
1. LA SOLIDARIDAD Hechos 2:44,45.
El estudiante no es una isla que se forma y supera solo, se forma y se supera en la colectividad, el apoyo que
se presten en el grupo los hará mejores profesionales y con un sentido más humano de su misión para con la
sociedad. En la vida universitaria siendo solidario con otros y otras estudiantes podemos evangelizar y
compartir los principios del Reino. Con esta actitud es más probable que otros estudiantes conozcan al Dios
que decimos tener en nuestras vidas.

LA EXCELENCIA ACADEMICA 1 Timoteo 4:12.


Esta debe ser entendida por el esfuerzo que los estudiantes deben hacer no solo por tener las notas mas
altas, sino por lograr el aprendizaje responsable del conocimiento profesional que requerirán para servir bien
a la sociedad y a la patria. La excelencia académica tiene un mayor brillo si se logra con humildad en un
espíritu de compañerismo. Un creyente que tiene una visión correcta de cómo obtener una excelencia
académica y para que le servirá la misma, con seguridad podrá evangelizar a otros estudiantes con el
ejemplo de responsabilidad.

2. LA CONDUCTA PERSONAL RESPONSABLE. Eclesiastés 11:9 y 10, 12:1.


Aunque la Universidad y cualquier otro centro de estudios superiores son lugares donde los estudiantes viven
experiencias felices al lado de muchos compañeros y amigos, no es este el fin primordial de la Universidad.
Su fin primordial es el de ser un espacio de formación profesional. La universidad no debe ser vista como un
centro de diversiones pasionales e irresponsables, o como otros llamarían un HOLLIWOO donde ir a
exhibirse. Los padres de familia hacen un gran esfuerzo al mandar a sus hijos a la universidad y esperan que
ellos aprovechen correctamente su tiempo formándose responsablemente. Los estudiantes cristianos que
sepan hacer de su conducta personal una acción responsable en la universidad, estarán logrando dar un
buen testimonio cristiano. Esto no quiere decir que los cristianos no puedan divertirse, lo que decimos es que
deben saber como hacerlo.

3. LA HONESTIDAD Romanos 13:13 y 14., Lucas 3:10-14.


A sí como la corrupción es el peor de todos los antivalores, porque propicia los mismos, la honestidad es el
valor más importante porque es el valor del que fácilmente se alimentan y nutren los otros valores. El
estudiante cristiano debe aprender en el contexto estudiantil a llamar las cosas por su nombre, lo malo es
malo y hay que denunciarlo como tal. Hacer el bien al costo que sea necesario es el deber ineludible, si es
que queremos evangelizar y compartir las buenas nuevas del Reino de Dios con los demás estudiantes y
maestros. La honestidad no hay que pretender ponerla en practica con cosas o pruebas grandes como
rechazar un soborno de una suma grande o negarnos a recibir un titulo fraudulento, el cristiano debe
comenzar por proponerse no chepear en los exámenes, no comprar exámenes ya resueltos, etc.

De igual manera todos estos valores deben promoverse y ser enseñados con métodos atractivos,
convincentes y prácticos para los jóvenes.

CARACTERÍSTICAS DE LOS METODOS QUE SE UTILIZARAN PARA COMPARTIR LOS PRINCIPIOS Y


VALORES

DEBEN SER:

1. PRACTICOS
Cualquiera de los métodos o técnicas que utilicemos para transmitir los valores antes mencionados serán
útiles para los jóvenes si estos son prácticos, y decimos que algo es practico cuando es de fácil
implementación, por ejemplo: grupos de trabajo, reflexión-acción.

2. CLAROS
Decimos que un método o técnica educativa es clara, cuando la misma es de fácil manejo y comprensión por
los estudiantes, no se necesita muchos conocimientos técnicos para manejarla ni ser un genio para poder
entenderla en su aplicación. Por ejemplo: el dialogo, la discusión de temas, las exposiciones, etc.

3. VIVENCIALES
Los métodos y técnicas para compartir los valores cristianos con otros estudiantes serán mucho más
efectivos si son vivénciales, entendemos por vivénciales todas aquellas acciones ejemplares de actuación
que los lideres muestran a los demás en la cotidianidad de la vida estudiantil, por ejemplo: el estar dispuesto
a darle tiempo a otros estudiantes para ayudarles en el repaso de un tema que estos no entienden, el
compartir tiempos de comida, el prestar copias o libros de texto a otros cuando es correcto hacerlo, etc.

4. DIVERTIDOS
El o los jóvenes por naturaleza y normalidad, son alegres y poseen gran energía física, por lo tanto cualquier
forma de trabajo que el grupo cristiano pretenda adoptar para compartirles el evangelio debe ser alegre,
dinámico, deseoso de ser practicado. Por ejemplo: los deportes, las reuniones sociales o refrigerios, los
paseos, los retiros, la proyección de películas, etc.

5. CON RIGOR CIENTÍFICO


No debemos olvidar que estamos con estudiantes universitarios, quienes están conociendo el mundo a través
de las diferentes ciencias del saber humanos, por ende convencerles de que la propuesta del evangelio tiene
sustento científico es importante. Métodos como conferencias, seminarios, talleres, son indispensables para
alcanzar a los no cristianos y para fortalecer la fe de los creyentes.

La vida estudiantil debe ser un testimonio integral de evangelización, el o la estudiante universitaria no es que
tiene dos tareas separadas en la universidad; estudiar por un lado y evangelizar por otro, ambas en realidad
son una sola y simultanea, son acciones simbióticas ya que el que las realiza es una misma y sola persona.

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