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DIÁLOGO ENTRE LA TEOLOGÍA Y LA CULTURA

El descubrimiento del Nuevo Mundo1 ha sido –y sigue siendo- un tema muy


polémico. Las miradas unas veces se fijan en la sangre derramada de tantos
inocentes y en la incongruencia de una religión que reclamaba como suya la
soberanía de las almas y de las tierras. En otras ocasiones, la mirada es
puesta en la inhumana „cultura aborigen‟ que exterminaba personas en
atención a unos dioses que exigían sangre humana como pago por mantener
su „mundo‟ en orden. El asunto es mirar las fuerzas que entraron en concurso
en dicho acontecimiento para –siquiera- elaborar alguna comprensión más
justa.

La situación previa al descubrimiento del Nuevo Mundo era complicada en


Europa. Los árabes tenían secuestrado el mediterráneo, y con ello, la
prefiguración de una supuesta colectividad europea de raigambre cristiana así
como la venturosa actividad comercial -hasta ese momento- del Viejo Mundo.2

Esta situación engendra la inquietud de descubrir un camino más corto hacia


Oriente como respiro ante la asfixia árabe sobre la región. Inquietud, que
encontraba su fundamento en las especulaciones sobre la redondez de la tierra
y en la demostración de Marco Polo y de las experiencias escandinavas. Sin
duda era una inquietud alimentada por el deseo de conocer mejor el mundo y
arrebatarle al mito, de una vez para siempre, su hegemonía sobre el Atlántico.

Y además, como en una especie de analogía irónica, Europa no solo buscaba


liberarse de la amenaza ismaelita, sino de un sistema de creencias que no
ofrecía respuestas adecuadas a un „mundo‟ cuyo común denominador
comenzó a ser la transformación, la renovación, el descubrimiento y la creación
de nuevos códigos de conducta. El reto consistía en mantener la validez de la
fórmula cultural de una cristiandad unificada y triunfante; entre la incipiente
configuración de las nacionalidades europeas y la afirmación casi absoluta de
la potestad imperial y pontificia como garantes del bien común y germen
indiscutible de la ética social de aquella época.

Por otro lado, dentro de este variopinto escenario nace España como una
monarquía nacional, cuya identidad se fragua entre la lucha por la unidad
interna -fruto de una reconquista- y la primera definición de su aporte al
renacimiento. Una nación que se autodefinía bajo los ideales cristianos vividos
ardorosamente y un nacionalismo que rayaba en racismo.

En estas coordenadas, se podrían establecer las siguientes conjeturas:

El encuentro entre España y las naciones naturales del Nuevo Mundo se


estableció bajo „ideas sobre el mundo‟ diferentes y hasta contrarias. Pues se
sabe que el sistema de creencias sobre el que se monta la propia identidad,
configura la interpretación sobre sí mismo, es decir, la „idea‟ sobre el mundo.3
Una interpretación que a través de orientaciones éticas se consolida en modos
1
DUSSEL, Enrique. El encubrimiento del indio. pp. 22-23.
2
PATIÑO, José Uriel, Historia de la Iglesia en América Latina: una mirada histórica al proceso
evangelizador eclesial en el continente de la esperanza, San Pablo, Bogotá 2002, p. 37-40.
3
ORTEGA Y GASSET, J. Ideas y creencias. p. 18.
de actuar, en actitudes y búsqueda de objetivos. Es decir, se trata de un
encuentro de dos experiencias culturales históricamente determinadas, donde
ninguna de ellas posee per se alguna prerrogativa sobre la otra.

El mestizaje no fue sólo el producto de una relación biológica, sino que


engendró una cultura diferente a partir de galaxias de experiencias y
percepciones del mundo; que en efecto, sólo pudieron ser fusionadas a través
de los sujetos biológicamente engendrados y herederos de ambas
cosmovisiones.

Que a pesar de los argumentos, que por un lado, intentaban minimizar el valor
de los habitantes del Nuevo Mundo; y por otro lado, de los que envilecen las
acciones europeas, no se puede sino llegar a la conclusión que el encuentro
ofreció al mundo la clara constatación –hasta ese momento, poco clara- de la
invariabilidad humana en el pensar, hablar, creer, querer, etc. Principio de los
derechos fundamentales del Ser Humano. Así como de la presencia de valores
que ahora podremos denominar como transculturales.

Y la gran noticia, que la relatividad de las culturas supone que cada una de
ellas es importante y que ninguna tiene la exclusividad de una visión completa
y absoluta de la realidad. Y en este sentido, la interculturalidad surge de la
consciencia de la limitación de toda cultura que apunta a una fecundación
mutua.

En este sentido, podría decirse que el encuentro cultural entre el Nuevo y el


Viejo Mundo más allá de ser un recuento de los daños, resulta en el paradigma
original de “interculturalidad”4. Un paradigma esbozado por Francisco de Vitoria
y la escuela de Salamanca en un ejercicio original de interpretación de los
„signos de los tiempos‟ cuya culminación fueron los principios del derecho
internacional y el establecimiento de las culturas como „lugar teológico‟ por
excelencia.

4
PANIKKAR, Raimon. Decálogo: Cultura e Interculturalidad. Cuadernos Interculturales. p. 129-130.