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La lengua como instrumento de comunicación.

Capítulo 1 de La Expresión
Oral

Texto: La Expresión Oral


Coordinador: Santiago Alcoba
Editorial Ariel S.A.
Barcelona, España. 2000.

CAPÍTULO 1
LA LENGUA COMO INSTRUMENTO DE COMUNICACIÓN

por SUSANA LUQUE

Uno de los fines con los que el hombre utiliza la lengua es el de organizar y describir su
entorno y su pensamiento. El código lingüístico es el instrumento que nos permite conocer
el mundo que nos rodea e interpretarlo, para así poder desenvolvernos en él. Pero la lengua
también permite realizar una gran cantidad de actividades: manifestar opiniones, agradecer,
quejarse, saludar, ordenar, expresar sentimientos, afirmar, negar, etc.; es decir, es también
el instrumento que nos permite relacionarnos y comunicarnos. El intercambio lingüístico es
una actividad que tiene lugar entre dos partes participantes cuyo objetivo es que estas partes
se comuniquen, entendiendo comunicar en su sentido más amplio, incluyendo no sólo la
transmisión de hechos o conceptos, sino también la expresión de sentimientos, emociones,
o simplemente la intención de relacionarse socialmente. Y esa comunicación se produce
cuando una de las partes, el hablante, consigue transmitir lingüísticamente alguna de esas
informaciones a la otra parte, el oyente. Es precisamente la elaboración y transmisión de
información mediante la lengua lo que permite la interacción social, la comunicación
(Garrido Medina, 1994).

Cada vez que se usa la lengua se produce un acto comunicativo que debe entenderse como
un proceso cooperativo de interpretación de intenciones cuyo objetivo es un intercambio de
información (Tusón, 1997). Para que esa transmisión de información sea efectiva y el
hablante consiga comunicar sus significados e intenciones al oyente, en la realización de
todo acto comunicativo, los participantes ponen en funcionamiento dos tipos de
conocimientos: el conocimiento del código lingüístico —el conocimiento gramatical de la
lengua: la fonología, la morfología, la sintaxis, la semántica y el léxico— y el conocimiento
de los recursos que permiten usar ese código de manera efectiva en las distintas situaciones
comunicativas en las que pueden verse implicados los hablantes, de acuerdo con las normas
de su entorno sociocultural. Es decir, el conocimiento de todas aquellas convenciones que
permiten saber, por ejemplo, qué variedad lingüística es más apropiada en cada situación,
cuál es el momento, el lugar y los interlocutores adecuados para hablar de un determinado
asunto, o qué nivel de formalidad requiere una determinada situación. El grado de
conocimiento que tiene un hablante del funcionamiento del código lingüístico nos informa
de su competencia lingüística, y el grado de conocimiento de las convenciones que regulan
el uso de ese código nos informa de su competencia pragmática. La integración de ambos
tipos de conocimientos, gramaticales y pragmáticos constituye la competencia
comunicativa de los hablantes.
1. Uso comunicativo e informativo de la lengua

Si un acto comunicativo es un proceso de interpretación de intenciones cuyo objetivo es el


intercambio de información, la información que se transmite mediante la lengua debe
organizarse de acuerdo con los dos tipos de conocimientos antes mencionados, gramaticales
y pragmáticos, de manera que tanto quien produce un enunciado como quien lo recibe
puedan darle la misma interpretación. Por tanto, los enunciados lingüísticos se construyen
siempre con dos tipos de información: la información explícita y la información implícita.
La información explícita es aquella que se elabora a partir de los conocimientos
gramaticales: es el significado que se desprende de las palabras que forman el enunciado.
La información implícita es la que se construye a partir de los conocimientos pragmáticos,
es el significado adicional que permite al oyente interpretar adecuadamente las palabras del
hablante y que se obtiene de todas aquellas convenciones que se derivan tanto de las
circunstancias del entorno en que se produce el enunciado (lugar, tiempo, participantes,
etc.), como del bagaje sociocultural compartido por los interlocutores.

Para que la comunicación funcione, los interlocutores deben compartir, además del mismo
código lingüístico (información explícita o gramatical), la misma información implícita o
contextual. Un mismo enunciado, una determinada secuencia de palabras, puede
interpretarse de forma distinta y, por tanto, dar cuenta de realidades diferentes, dependiendo
de la información implícita o contextual sobre la que se construya el enunciado. Por
ejemplo, si se dice que María está en el hospital es posible que se interprete que María está
enferma o ha sufrido un accidente, pues ésas son las razones por las que la gente suele ir a
los hospitales; pero si los participantes en la comunicación saben que María tiene un
familiar enfermo, probablemente interpreten que ha ido a visitarle; o más aún, es posible
que María forme parte del personal del hospital, por lo que en ese caso los interlocutores
interpretarán que está trabajando.

Como bien ilustra el ejemplo, el proceso lingüístico de interpretación se basa no sólo en el


significado literal, léxico-semántico, de los enunciados, sino también, y quizás en mayor
grado, en el significado pragmático de los mismos, en el significado que adquieren los
enunciados cuando se contextualizan en una determinada situación comunicativa y en un
entorno sociocultural determinado. La información implícita o contextual, de tipo
situacional, sociocultural e interpersonal, es la que permite restringir el conjunto de
opciones interpretativas que puede ofrecer un enunciado y la que conduce a los
interlocutores a elegir una interpretación o sentido y no otros.

En general, la opción interpretativa que se escoge es la adecuada para que se produzca la


comunicación, y el oyente interpreta los enunciados del hablante de acuerdo con la
intención y la finalidad con la que éste los produce. Ocurre así porque todo acto
comunicativo está regulado por el llamado Principio de Cooperación, formulado por Grice
(1975), que postula que los enunciados que emiten los participantes en un acto
comunicativo están siempre encaminados a que la comunicación sea efectiva. El hablante
produce aquellos enunciados que, de acuerdo con la situación concreta de comunicación y
el entorno sociocultural, considera que el oyente interpretará más fácilmente y más
adecuadamente a sus intenciones. Grice desarrolla este principio en cuatro máximas o
reglas, recogidas en Lomas (1993) según (1):

(1) Principio de Cooperación Comunicativa


a) Cantidad: Haga su contribución tan informativa como sea necesario para el objetivo del
intercambio comunicativo en el que se halla inmerso y no haga su contribución más
informativa de lo necesario.
b) Calidad: Trate de que su contribución sea verdadera. No diga lo que cree que es falso o
no diga algo de lo cual carece de pruebas adecuadas.
c) Relación: Trate de que sus contribuciones sean pertinentes.
d) Manera: Sea claro; evite la oscuridad y la ambigüedad en la expresión. Sea breve y
ordenado.

En Garrido Medina (1994) se propone un ejemplo que ilustra claramente cómo interviene el
Principio de Cooperación en la interpretación de los enunciados. En la puerta de una tienda
se coloca un cartel que dice ABIERTO LOS MARTES. Además de la información explícita
que ofrecen las palabras de este enunciado, el hablante se apoya también en la información
contextual de que en nuestra sociedad las tiendas normalmente abren todos los días de la
semana, excepto el domingo. Teniendo en cuenta ambos tipos de información, el cartel no
se ajustaría a la máxima de Cantidad, puesto que no sería informativo si sólo transmitiera el
hecho de que la tienda está abierta el martes. Pero según la máxima de Relación, el cartel
tiene que ser pertinente, es decir, tiene que decir algo relevante, algo nuevo acerca de los
días de apertura de la tienda, por lo que se interpretaría que la tienda está abierta sólo los
martes. Si la información implícita o contextual sobre la que se construye el enunciado del
cartel fuese otra, el Principio de Cooperación actuaría de modo distinto y la interpretación
sería diferente. Si la información implícita fuese que las tiendas abren todos los días de la
semana excepto el martes, el cartel se interpretaría como que la tienda abre también los
martes. Y en el caso de que el hablante considerase que sus interlocutores no tienen acceso
a una información contextual determinada porque no saben nada acerca de los días de
apertura de los comercios, explicitaría esa información en su enunciado, guiado por el
Principio de Cooperación, y posiblemente colocaría un cartel que dijese ABIERTO SÓLO
LOS MARTES o bien ABIERTO TAMBIÉN LOS MARTES.

Es el Principio de Cooperación el que regula los intercambios comunicativos y el que


permite relacionar la información explícita con una determinada información contextual de
manera que la interpretación de los enunciados sea la más adecuada al objetivo pretendido
por los interlocutores. Esto no quiere decir que al hablar nunca se miente, no se da
información insuficiente o excesiva e irrelevante, o no se es suficientemente claro. Pero
incluso en estos casos, los interlocutores intentan preservar el Principio de Cooperación y
conseguir entenderse, por lo que cuando les parece que alguien no cumple con el Principio,
no es cooperativo, y, por ejemplo, miente, es porque quiere decir algo más o algo distinto
de lo que realmente dice, y en su afán porque la comunicación sea efectiva realizan un
proceso de implicatura, que consiste en dar a los enunciados una interpretación que no
aparece en el significado literal de los mismos pero que es la adecuada al contexto
comunicativo en el que se producen.

Por ejemplo (Brown y Yule, 1993), en un grupo de estudiantes uno de ellos acaba de contar
un chiste y todos se ríen menos Juan, que lo hace después de un momento. Entonces, uno
de los estudiantes dice: Yo creo que Juan es rápido. Dada la información implícita, el
contexto de situación, en el que Juan ha sido lento en captar el chiste, el enunciado viola la
máxima de Calidad pues lo que dice explícitamente no es cierto. La incoherencia entre la
información explícita o gramatical y la información implícita o situacional hace que los
participantes den al enunciado un significado contrario al que tiene literalmente: Juan es
lento de reflejos, consiguiendo así un efecto irónico.

La transgresión de alguna máxima del Principio de Cooperación supone la transmisión,


generalmente consciente, de una información concreta, de un significado añadido al
significado literal o explícito del enunciado. En el ejemplo anterior, el hablante transgrede
conscientemente la máxima de Calidad (trate de que su contribución sea verdadera) para
conseguir, en este caso, la ironía, puesto que, en el contexto en que se produce, este
enunciado sólo puede interpretarse de manera irónica: en sentido contrario al de las
palabras literales.

El proceso comunicativo del uso de la lengua es un proceso de interpretación de intenciones


que se lleva a cabo poniendo en relación, siempre mediante el Principio de Cooperación, la
información explícita de los enunciados que se emiten —el significado léxico-semántico o
literal— con la información implícita o contextual que se deriva del entorno inmediato y
sociocultural en que esos enunciados se producen. Cuando en un intercambio lingüístico
falla la comunicación, y, por tanto, los participantes no consiguen entenderse, es porque no
comparten la misma información contextual: el hablante considera una información
contextual de la que no dispone el oyente, o bien distinta de la información contextual del
oyente.

2. La variedad lingüística

Todas las lenguas presentan variaciones, es decir, no todos los hablantes de una lengua la
usan del mismo modo. Las variaciones que se producen en el uso de la lengua dependen
básicamente de dos factores: del distinto origen o procedencia de los hablantes y de las
distintas situaciones comunicativas en las que éstos se ven inmersos. Las diferencias
lingüísticas que tienen que ver con el origen de los hablantes constituyen las variedades
dialectales o dialectos, y las que están motivadas por las distintas situaciones comunicativas
configuran las variedades funcionales o registros.

2.1. VARIEDADES DIALECTALES

Se suelen distinguir tres tipos fundamentales de variedades dialectales: las geográficas, las
generacionales o temporales, y las socioculturales, puesto que todos los hablantes de una
lengua proceden de una determinada zona geográfica, pertenecen a una determinada
generación o momento histórico y están integrados en un determinado grupo sociocultural.
Los hablantes con una misma procedencia comparten rasgos lingüísticos que son diferentes
de los hablantes procedentes de otro lugar, otro tiempo u otro grupo social.

Los rasgos lingüísticos propios de la zona geográfica en la que se aprende la lengua y


donde se suele usar constituyen el dialecto geográfico de cada hablante. Las diferencias
lingüísticas entre zonas geográficas son consecuencia del espacio físico entre comunidades
de hablantes, que impide la interacción social y permite el desarrollo de rasgos lingüísticos
distintos. Los distintos dialectos geográficos no son usos inferiores de la lengua sino que
cada uno de ellos tiene la misma importancia y la misma función en la zona en la que se
habla. Favorecer o desprestigiar un dialecto geográfico sobre otros responde a cuestiones o
divisiones políticas o sociales, pero no lingüísticas. Los medios de comunicación y la
educación generalizada han contribuido al desarrollo de una tolerancia de las variaciones
geográficas y a que se produzca una disminución de las diferencias más notables entre ellas
(Gregory y Carroll, 1978).

Además de proceder de una zona geográfica, los hablantes viven en un momento histórico
determinado y pertenecen a una generación determinada. Las lenguas cambian con el
tiempo: rasgos lingüísticos de uso general en una época no lo son en otra (compárese, por
ejemplo, la lengua de Cervantes con la de Galdós o García Márquez). También los
hablantes, como las lenguas, cambian con el tiempo y se desarrollan como personas, por lo
que el uso de la lengua de cada hablante cambia a medida que pasa el tiempo: no se habla
igual cuando se es niño que cuando se es joven o adulto. Los rasgos lingüísticos propios de
un momento histórico o de una generación permiten hablar de dialectos temporales o
generacionales. En toda comunidad lingüística conviven generaciones diferentes que
desarrollan unos rasgos lingüísticos propios, distintos a los de otras generaciones, puesto
que los miembros de una generación tienen más contacto entre ellos que con los miembros
de otras generaciones. El lenguaje de la gente joven en relación con el de sus mayores es
más rico y creativo, más arriesgado, pero menos marcado por la normativa, puesto que
incorpora fácilmente soluciones poco genuinas o tradicionales; las personas más adultas
suelen usar un lenguaje más estandarizado, próximo al de los medios de comunicación; y
en el lenguaje de los ancianos se aprecia frecuentemente el uso de un mayor número de
frases hechas y de palabras que a menudo son arcaísmos y que revelan la formación y la
visión del mundo que recibieron antaño (Cassany, 1994).

En el uso de la lengua se refleja la procedencia geográfica de los hablantes y el momento


histórico y la generación a la que pertenecen, pero también se refleja el grupo sociocultural
del que forman parte. En toda sociedad, la gente se organiza en distintos grupos, ya sea por
cuestiones de profesión, educación, situación económica, nacimiento, familia o religión, y
esa organización social se hace patente también en el uso de la lengua, puesto que los
hablantes hacen un uso diferente y variado de ella dependiendo del grupo social al que se
pertenezca. Los rasgos lingüísticos característicos de los diferentes grupos sociales
constituyen los dialectos sociales o socioculturales. Estas variedades socioculturales son
más difíciles de establecer que las geográficas o temporales, principalmente por dos
razones: porque existe movilidad social, es decir, los hablantes pueden moverse de un
grupo social a otro; y porque determinados rasgos lingüísticos se consideran socialmente
más prestigiosos y los hablantes, dependiendo de la situación comunicativa, pueden
cambiar los hábitos lingüísticos propios de su grupo por otros de mayor reconocimiento
social. No obstante, se puede constatar que las personas que tienen una actividad común
comparten características lingüísticas, principalmente léxicas, exclusivas del grupo y, en
algunos casos, difíciles de entender por personas ajenas al mismo. Piénsese, por ejemplo,
en el lenguaje que se desarrolla entre los informáticos (megas, navegar, chat, etc.), los
estudiantes (profe, mates, catear, etc.), o en el que usan ciertos grupos socialmente
marginales (estar en bola, talego, mono, chiva, conejo, etc.).

Los tres tipos de variación dialectal —geográfica, temporal y social— son características
bastante fijas en los hablantes, pero la experiencia lingüística y el conocimiento de los
distintos dialectos permiten que un hablante asuma los hábitos lingüísticos de otro lugar,
otro tiempo u otra generación, o de otro grupo social, por razones como el humor, el arte, la
actividad profesional, etc., e incluso pueden llegar a cambiar su variedad dialectal,
consciente o inconscientemente, por una readaptación en sus circunstancias personales
(cambios de residencia, cambios laborales, cambios sociales, gustos personales, etc.).

2.2. VARIEDADES FUNCIONALES o REGISTROS

Cada situación comunicativa requiere unos recursos lingüísticos propios, una selección
específica de palabras, expresiones y estructuras, puesto que las situaciones comunicativas
pueden ser muy variadas (conversar con un amigo, impartir una conferencia, escribir una
carta personal, intervenir en un programa de radio, etc.). Esos rasgos lingüísticos
específicos, léxicos y gramaticales, que el hablante asocia con una determinada situación
comunicativa constituyen lo que se denomina registros lingüísticos.

Las variaciones lingüísticas entre registros están determinadas por los cuatro factores que
constituyen toda situación comunicativa: el tema, aquello de que se habla o escribe; el canal
por el que transmitimos la información; la intención con la que nos comunicamos; y la
relación que se establece entre los interlocutores. La interrelación de estos factores en una
situación de uso concreta determinará la elección de unos determinados rasgos lingüísticos,
aquellos que se consideren más apropiados para la situación comunicativa en cuestión.

La intención con la que nos comunicamos determina el uso de la lengua, pues según el
propósito que se persiga con la comunicación (persuadir, ordenar, divertir, informar,
entablar relaciones, criticar, etcétera) se optará por unos rasgos lingüísticos determinados:
los que mejor sirvan a esa intención comunicativa.
El canal de transmisión, la realidad física concreta que hace de vehículo de la
comunicación, también condiciona el uso de la lengua. Los dos canales básicos de
transmisión lingüística son el canal oral y el canal escrito, y todos los otros medios por los
que podemos comunicarnos actualmente, como el teléfono, el fax, la televisión, Internet,
etc., aunque con características propias, se apoyan en el habla o en la escritura. La
comunicación oral y la escrita constituyen actividades diferentes que requieren recursos
lingüísticos distintos.

Otro factor que determina el uso de rasgos lingüísticos propios de una situación
comunicativa es el tema de que se habla o escribe. Tratar diferentes temas (deportes,
matemáticas, medicina, pesca, etc.) exige utilizar la lengua de modo diferente, y de hecho,
donde más se aprecian las diferencias lingüísticas al tratar distintos temas es en el léxico,
porque es el componente que asume la principal carga semántica referencial del texto. Para
hablar o escribir sobre temas generales se suelen utilizar palabras de uso común, pero
cuando se tratan temas más especializados se suele hacer un uso más preciso del léxico, con
mayor cantidad de palabras técnicas y cultismos. Pero el mismo tema puede tratarse con
diferentes grados de especialización, dependiendo de los interlocutores, del canal de
transmisión o del propósito comunicativo. Un médico en un congreso hablará de cefalalgia,
pero si en su casa le preguntan qué le pasa, posiblemente dirá que le duele la cabeza.

El tratamiento lingüístico del tema plantea la cuestión de los lenguajes especializados o


técnicos, en contraposición a los no técnicos o generales. Algunas actividades
especializadas de nuestra sociedad restringen tanto el lenguaje que utilizan que sólo es
totalmente comprensible para quienes conocen esa especialidad, como ocurre en el campo
de la economía, la medicina, la informática y otros ámbitos de la ciencia y la técnica. En
estas ramas técnicas destaca el uso de un léxico muy específico, exclusivo de su campo (por
ejemplo, molécula y neutrón en el lenguaje de la física; fonema y alófono en el lenguaje de
la lingüística), o bien términos comunes de la lengua general, pero con un significado
determinado, restringido mediante la copresencia constante de otros términos: por ejemplo,
en el lenguaje de la lingüística se coloca habitualmente la palabra voz con activa o pasiva y
la palabra modo con indicativo o subjuntivo, lo que distingue estos dos elementos de la voz
alta o baja, y de los modos que pueden ser buenos o malos en la lengua más general o
común (Gregory y Carroll, 1978).

La relación que se establece entre los participantes en un acto comunicativo también


supone la elección de unos rasgos lingüísticos que reflejen esa relación, puesto que no se
utiliza la lengua de la misma manera para decirle a un amigo que no podemos ir a una
reunión porque tenemos una cita con el médico, que si se necesita pedir permiso al jefe para
asistir a esa misma cita. La relación que haya entre los interlocutores en una situación
comunicativa concreta determinará el grado de formalidad o familiaridad de su discurso.
Cuanto mayor sea el grado de familiaridad entre los interlocutores, más frecuentes son los
rasgos lingüísticos que se consideran socialmente menos formales, y es menor la necesidad
de que la información esté verbalmente explícita. Cuantos más conocimientos compartan
dos personas, menos necesitan hablar de ello y por eso pueden evitar las referencias
directas a la situación comunicativa. Y cuanta menos familiaridad haya entre los
interlocutores, más frecuentes serán los rasgos lingüísticos formales, como indicadores de
cortesía o de respeto, y más necesario se hace que la información esté verbalmente
explícita. En estos casos se tiende a la corrección gramatical y a la amplitud de vocabulario,
frente a la menor propiedad gramatical y a los frecuentes recursos expresivos
(exclamaciones, aumentativos, diminutivos, elipsis, etc.) de las situaciones menos formales.

Las marcas lingüísticas de formalidad o familiaridad no tienen un valor absoluto, es decir,


no se puede trazar una frontera entre lo coloquial y lo formal, sino que constituyen una
escala de rasgos que pueden ir de lo más familiar o coloquial a lo más formal, puesto que el
valor de formalidad o informalidad que se le da a un rasgo lingüístico depende del uso
social que de él hagan los usuarios de la lengua. Si una palabra, un giro lingüístico o una
estructura gramatical se suele usar en situaciones comunicativas familiares o coloquiales,
generalmente queda marcado entre la comunidad de hablantes con ese valor y lo conserva
cuando se usa en otras situaciones distintas, más formales.

Por otro lado, el valor de formalidad o familiaridad que se asocia con un rasgo lingüístico
puede variar mucho a lo largo del tiempo. Gregory y Carroll (1978) presentan los cambios
sufridos en el valor de formalidad que se asocia con las formas tu y vous en francés con el
paso del tiempo, caso que puede aplicarse perfectamente al español. La elección entre el tú
y el usted (en singular) para dirigirse a alguien ha dependido, en español peninsular, de
distintos factores a lo largo de la historia. En una época, la forma usted indicaba una
posición social adquirida, independientemente del grado de familiaridad que hubiera en la
relación: los sirvientes se dirigían a sus señores con usted y éstos a los sirvientes con tú, y
los hijos llamaban a los padres de usted y éstos a los hijos de tú; quienes tenían posiciones
sociales equivalentes se llamaban de usted o de tú, según la clase a la que pertenecían. Así,
la elección de este rasgo de formalidad o familiaridad estaba determinada en esta época por
el grupo social al que se pertenecía, y este uso marcó el dialecto social. Posteriormente las
cosas cambiaron (lo que convirtió el uso anterior en una marca de dialecto temporal o
generacional) y el uso de tú pasó a ser un indicador de familiaridad y solidaridad, frente al
de usted, que indicaba formalidad y respeto: los hijos y los padres se llamaban de tú; entre
amigos y familiares se usaba el tú informal y el usted, más formal, se reservaba para el uso
con extraños. Pero de nuevo se dieron cambios, y actualmente la forma tú se suele utilizar
de forma general entre la gente de la misma generación, aunque los interlocutores sean
extraños o recién conocidos; la forma usted puede usarse —aunque cada vez menos— entre
los jóvenes para dirigirse a una persona mayor como señal de respeto, o entre la gente de la
generación de más edad porque lo usan con un valor que tenía en otro tiempo y que ellos
todavía conservan. Si usásemos de manera general la forma usted entre la gente de nuestra
generación o de generaciones próximas daría lugar a comentarios, sería chocante, o podría
interpretarse como irónico o burlesco, y posiblemente se consideraría como un rasgo
conservador y propio de otro tiempo.

Parece que es posible asociar unos rasgos lingüísticos concretos con determinadas
situaciones comunicativas. Esto es cierto en parte. Cuanto más típica o estereotipada sea
una situación comunicativa, más restringida será la gama de opciones lingüísticas que se
pueden elegir y, por tanto, será más fácil definir el registro adecuado a esa situación. Por
ejemplo, el protocolo de los círculos diplomáticos es una situación muy estereotipada
donde las opciones en el uso de la lengua están muy restringidas, muy marcadas, y, por
tanto, es relativamente fácil definir el registro lingüístico asociado a esta situación. Pero
hay situaciones comunicativas en las que es posible el uso de una gama de opciones
lingüísticas más amplia. Una conferencia, por ejemplo, es una situación que permite el uso
de distintas opciones lingüísticas, dependiendo del tema o de la relación entre los
interlocutores, por lo que es más difícil definir el registro propio de esa situación
comunicativa, aunque siempre habrá rasgos lingüísticos recurrentes en ella (Gregory y
Carroll, 1978). En el esquema 1, a modo de síntesis, se ofrece el mapa conceptual de una
situación comunicativa

Esquema 1
Por todo lo señalado hasta ahora, podemos concluir que cualquier texto o discurso presenta un
registro determinado, que puede ser más o menos predecible según sea la situación comunicativa
que refleja. Los rasgos lingüísticos que seleccionamos para configurar el registro resultan de la
interrelación de los cuatro factores señalados de variación situacional o funcional que delimitan
toda situación comunicativa: el tema, el canal, el propósito comunicativo y la relación social entre
los interlocutores. Sin embargo, generalmente suele predominar una variable situacional sobre las
otras a la hora de configurar el registro lingüístico. Un mismo tema y una misma intención
comunicativa pueden reflejarse en distintos grados de formalidad o familiaridad según la relación
que exista entre los interlocutores. Por ejemplo, una conferencia se suele considerar una pieza
lingüística de registro formal; pero según el público que tenga puede hacerse de forma
espontánea, con un estilo improvisado y otros rasgos lingüísticos propios del discurso informal.
Otras veces, es la intención comunicativa la que determina la elección de rasgos lingüísticos, pues
ante un mismo tema, canal e interlocutores, se escogen aquellos rasgos lingüísticos que mejor
sirven al propósito comunicativo perseguido. Un anuncio publicitario intenta generalmente
persuadir o convencer, y es esa intención la que define su estructura y las opciones lingüísticas
que en él aparecen, teniendo en cuenta, al mismo tiempo, a quién se dirige el anuncio
(interlocutores), de qué trata (tema) y por qué canal se transmite.

El registro refleja la situación comunicativa en la que se produce un texto, pero también


manifiesta indirectamente los conocimientos y la experiencia del hablante. Es conveniente que los
hablantes conozcan los criterios y normas sociales que determinan qué variedad lingüística o
registro es más adecuado para cada situación comunicativa, y al mismo tiempo, también conviene
controlar diversos registros lingüísticos y tener capacidad para cambiar de uno a otro según la
situación. Además, el cambio y el desarrollo de la sociedad (avances en la ciencia, la técnica,
nuevos deportes, etc.) determinan la aparición de nuevas situaciones comunicativas y,
consecuentemente, de nuevos registros, por lo que a medida que los hablantes entran en
contacto con nuevas situaciones comunicativas necesitan ampliar su repertorio lingüístico, su
gama de registros, para acomodarlo a esas nuevas situaciones. Si no se emplea el registro
adecuado en cada situación comunicativa, posiblemente consigamos comunicarnos, pero también
es posible que se nos considere torpes, maleducados o risibles.

Los rasgos lingüísticos que configuran las variantes funcionales o registros también dependen de
las variedades dialectales, puesto que la selección de rasgos lingüísticos adecuados a una situación
comunicativa se hace siempre entre aquellos rasgos que están disponibles para el hablante según
su dialecto geográfico, temporal o generacional, y sociocultural. Esta relación entre variantes
funcionales y variantes dialectales se aprecia, por ejemplo, en la elección de las marcas lingüísticas
de formalidad o informalidad de un texto. Estas marcas dependen básicamente de la relación que
se establezca entre los interlocutores, pero también están condicionadas por el dialecto
geográfico, pues según la zona geográfica, una palabra puede sentirse como más o menos
coloquial. Cassany (1995) señala que en el español de América la forma liviano es más coloquial
que ligero, y la forma prieto es más coloquial que oscuro o negro, al contrario de lo que ocurre en
el español peninsular.
2.3. DIALECTO INDIVIDUAL o IDIOLECTO

Todos los textos o discursos se enmarcan en una variedad dialectal y se configuran en un registro
lingüístico. Pero además, la individualidad de cada hablante también se refleja en la lengua. En
general, todos los hablantes pueden reconocer en ellos mismos o en otros hablantes expresiones
preferidas, giros sintácticos particulares o pronunciaciones personales: es la manifestación de la
singularidad en el uso de la lengua por parte de cada individuo. El conjunto de los rasgos
lingüísticos específicos de cada hablante constituye su dialecto individual o idiolecto.

La individualidad lingüística es consecuencia de la interrelación de distintos factores: de los rasgos


dialectales (geográficos, sociales y generacionales) de cada hablante; de la variedad de registros
que conoce y que es capaz de usar; y, finalmente, de sus circunstancias personales (entorno
familiar, cambios de residencia, influencias culturales, etc.) y sus preferencias particulares (en
estructuras gramaticales, en vocabulario, etc.).

La experiencia lingüística acumulada como hablantes nos permite saber qué rasgos dialectales y
qué marcas lingüísticas (registro) son más adecuados en cada situación comunicativa, pero
elegiremos siempre aquellas expresiones habituales en nosotros que sean compatibles con la
situación comunicativa en que nos encontremos. Por ejemplo, generalmente los hablantes tienen
capacidad para acomodar su discurso en distintos puntos de la escala de formalidad según la
situación comunicativa, pero seleccionan las marcas de formalidad de acuerdo con sus variantes
dialectales y, sobre todo, de acuerdo con sus rasgos lingüísticos individuales.

El idiolecto es muy difícil de describir porque va cambiando a medida que el hablante evoluciona o
se desarrolla, tanto en lo personal como en lo social. De alguna manera, las preferencias
lingüísticas son un reflejo de las distintas actividades que un hablante desarrolla a lo largo de su
vida, de los valores que va adquiriendo, de los cambios en la ideología, de las distintas
experiencias personales, y de los cambios sociales en los que se ve inmerso. El estilo personal de
usar la lengua cambia con la persona, y se usan distintos estilos en diversas etapas de la vida, pero
todos ellos son siempre reflejo de la individualidad de cada uno.

3. Uniformidad y diversidad lingüísticas

Las lenguas están siempre cambiando para adaptarse al entorno en que se usan, y el resultado de
esa adaptabilidad de la lengua a las necesidades de su uso es la diversidad, la variedad lingüística.
Actualmente, la lengua española es un conjunto de variedades lingüísticas diferenciadas por el
territorio geográfico, por el estrato social, o por la generación de edad; e igualmente presenta
distintos registros definidos por el tipo de situación comunicativa y por el ámbito de la actividad en
que se usa la lengua. Así, puede decirse que una lengua es la suma de todos sus dialectos y que
cada dialecto es una forma particular de usar la lengua.
Esta diversidad lingüística puede verse como un problema si nos acercamos a ella con prejuicios
lingüísticos que menosprecian o favorecen unas variedades sobre otras. Pero estos prejuicios son
ajenos a la lengua, pues no hay ningún criterio lingüístico que otorgue a una determinada manera
de hablar más validez que a otra: no hay pronunciaciones, expresiones o estructuras mejores o
peores, en todo caso hay variantes más o menos adecuadas a las diferentes situaciones
comunicativas. La variedad lingüística es perfectamente lícita y natural, y no constituye en sí
misma un problema, al contrario, puede ser muy provechosa si no se utilizan las diferencias
únicamente como marcas de segregación personal o social. La diversidad es buena en tanto “que
permite que los hablantes mejoren su conocimiento de la realidad en que viven y se comuniquen
mejor en ella” (Garrido Medina, 1994: 17).
Pero no se debe olvidar que una de las funciones principales de la lengua es servir como
instrumento de comunicación y permitir el intercambio de información entre todos sus hablantes.
Si ésta es la finalidad con la que se usa la lengua, dentro de la variedad se hace necesaria una
cierta uniformidad que permita el intercambio comunicativo entre todos los hablantes de la
comunidad lingüística. Y de esta necesidad de entendimiento surge lo que se conoce como
variedad estándar de una lengua.

La variedad estándar es la variedad de comunicación interdialectal, y su función es facilitar al


máximo la comunicación entre los distintos hablantes de una lengua. El estándar es el uso más
uniforme de la lengua, el común, el que permite el entendimiento entre todos los que hablan la
misma lengua. Por eso esta variedad debe entenderse como algo flexible y representativo de todo
el ámbito de la comunidad lingüística, que puede incluir todos aquellos matices dialectales que no
impidan la comprensión. Así como la diferencia en el ritmo o en la cualidad de la voz no impiden el
entendimiento entre los interlocutores, determinadas pronunciaciones, rasgos morfológicos u
opciones léxicas muy conocidas no son obstáculo, tampoco, para la comunicación interdialectal.

La relación entre variedad estándar y variedades dialectales no debe establecerse en términos de


prestigio de la una sobre las otras, sino en términos de adecuación comunicativa. Los hablantes
usan el estándar, la variedad más común, en aquellas situaciones comunicativas que así lo
requieren porque sea necesario hacerse entender por el mayor número de interlocutores; pero
pueden mantener su variedad dialectal siempre que la situación comunicativa no lo requiera, en
aquellas actividades o ámbitos de comunicación en que saben que sus particularidades no
entorpecerán el buen entendimiento.

Si se entiende la cuestión de la variedad y la uniformidad lingüísticas en términos de adecuación


comunicativa y no de prestigio, la corrección lingüística también debe entenderse en este sentido,
como adecuación a las distintas situaciones de uso de la lengua, y no debe valorarse en términos
de soluciones u opciones de mayor validez o prestigio social, sino en términos de adecuación, de
utilidad comunicativa, entendiendo lo correcto como la más adecuado y conforme a cada tipo
concreto de comunicación.

Por otro lado, no se debe identificar la variedad estándar con la “norma”. Es evidente que hay una
norma general de corrección lingüística que emana de la propia estructura de la lengua, pero, así
como la lengua cambia con el tiempo, esta norma también puede verse modificada por la realidad
de uso. La variedad estándar es, como se ha señalado, la variedad más frecuente y común, y como
es siempre lo más común y general lo que tiende a imponerse en el uso, en ocasiones éste se
impone a la norma y hace que ésta varíe.

4. Glosario

Competencia comunicativa. Conjunto de procesos y conocimientos gramaticales y no


gramaticales o pragmáticos que el hablante debe poner en juego para producir y comprender
enunciados lingüísticos adecuados a cada situación de uso.
Competencia lingüística. Conjunto de principios y reglas lingüísticas que permiten a los hablantes
de una lengua producir y entender un número infinito de enunciados de su lengua.
Competencia pragmática. Conjunto de conocimientos no gramaticales que tiene el hablante de
una lengua y que le permiten usarla adecuadamente en las distintas situaciones de comunicación.
Contexto. Información no explícita y necesaria para la interpretación de los enunciados. Aquí se ha
usado, tanto en el sentido de contexto situacional, aquella información que se deriva
directamente del entorno inmediato en el que se produce un enunciado (el tiempo, el lugar, los
interlocutores, la intención, etc.), como en el sentido de contexto sociocultural, aquella
información derivada del conjunto de conocimientos y convenciones socioculturales que se
supone compartido por los participantes en un acto comunicativo (creencias, valores, opiniones,
etc.).
Registro. Conjunto de rasgos lingüísticos asociados a un texto que se obtiene de la elección, entre
las distintas posibilidades disponibles para el hablante (según sus variedades dialectales y sus
preferencias individuales), de unas marcas lingüísticas que tienen una correlación directa con los
factores determinantes de la situación comunicativa: el canal, el tema, la intención y los
interlocutores.
Texto, enunciado, discurso. Se han usado estos tres términos como sinónimos, entendiéndolos
como cualquier manifestación de la lengua en una situación concreta de uso, por lo que un texto,
un enunciado o un discurso puede estar compuesto por un sola palabra, o ser una conferencia
completa o un libro entero.

5. Lecturas recomendadas

Alcoba, S. (coord.); Castelló, A.; Caño, A. del y Luque, S. (1999): La oralización, Barcelona, Ariel.

Este manual complementa lo dicho aquí cuando se refiere a la lengua oral de la comunicación para
señalar las condiciones discursivas, sintácticas y léxicas específicas de un texto de los medios
orales, y para indicar e ilustrar la transformación de un texto de fuente escrita para su transmisión
en un medio oral. Las páginas dedicadas al gesto y la postura como fuentes de comunicación
paralela y simultánea de la oral y a las condiciones de uso del léxico también son muy
recomendables.

Garrido Medina, J. (1994): Idioma e información. La lengua española de la comunicación, Madrid,


Síntesis.

Presenta un estudio general de la lengua española desde el punto de vista comunicativo, y analiza
cómo funciona la lengua en la comunicación oral y en la escrita, así como en los medios de
comunicación.

Gregory, M. y Carroll, S. (1978): Lenguaje y situación. Variedades del lenguaje y sus contextos
sociales, México, Fondo de Cultura Económica, 1986.

Sus autores ofrecen un análisis detallado de la variedad lingüística, tanto desde el punto de vista
dialectal (geográfico, temporal, social e individual) como desde el punto de vista de la situación
comunicativa: canal, tema, interlocutores e intención comunicativa.