7 – LA PRIMERA PERSONA

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¡Ay! – se quejó Jim – ¡Ten cuidado, niña! Hazlo con un poquito más de… – el pirata volvió a lanzar un quejido cuando Elly pasó nuevamente el algodón mojado en alcohol por su espalda, sin miramientos.

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¡No te quejes, que encima te estoy tratando! – le reprendió la niña – ¡Después de todo el daño que le has causado a John, no debería ni haberte dejado entrar en esta casa! – siguió.

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Sólo nos dimos un par de puñetazos – se defendió él. ¡John tiene la ceja hinchada por tu culpa! – le increpó ella. Sí, – asintió él – pero la peor parte me la he llevado yo. ¡Tu amiguito me ha partido el labio! ¡Y tengo un ardor en la espalda de mil demo…! – el algodón volvió a deslizarse por la herida y Jim soltó una maldición. John le sonreía desde la silla situada al lado de la cama – ¿Ves? – indicó señalando al librero, mientras evitaba soltar una lagrimilla de dolor – ¡Si encima el cabrón disfruta con esto! – se quejó. La niña se levantó de la cama y le dio una palmada en la herida, que le hizo soltar otro doloroso quejido.

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Eres un nenaza – dijo, mientras se acercaba a una estantería a por los vendajes. El pirata miró a la niña airado. Cuando Elly volvió con el material, John la agarró del brazo y se dignó a intervenir.

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Déjalo, Elly – dijo – Ya haré yo el resto – la niña lo miró inquisitiva, y el librero la sonrió – Quiero hablar con nuestro invitado a solas – terminó.

Elly dirigió una última mirada de cabreo a Jim, y finalmente dejó los vendajes encima de la cama, abandonando la habitación con un ligero portazo. John miró la escena sonriente, y luego volvió a sentarse en su silla. Observaba al pirata de una forma que este no sabía muy bien cómo interpretar. Jim alzó una ceja esperando una intervención por su parte, pero como esta parecía no llegar, decidió ser el primero en romper el hielo: ¿Entonces vas a…? – empezó. Sí – le cortó el librero con una sonrisa – Voy a unirme a tu tripulación – el hombre se incorporó y recogió los vendajes. Luego se sentó junto a él y empezó a vendarle desde el hombro hacia abajo – Aunque creo que no me has dicho nada de ella – dijo. Las vendas se deslizaban con suma delicadeza por su espalda – Levanta un momento el brazo – indicó el librero. Jim obedeció y soltó un suspiro. Mi tripulación, ¿eh? – dijo. Sí – siguió John – Has naufragado, ¿no? Supongo que no sabrás que ha sido de ella – inquirió. Jim lo miró pensativo. Tal vez su mirada reflejara el dolor que sentía al recordar aquello, porque la expresión del librero cambió al verle – ¿No me digas qué…? Sí – asintió Jim con una triste sonrisa – Soy todo lo que queda de ella. El último de los hombres de Mediabarba – al oír aquello, la expresión de John volvió a cambiar. Lo cogió de los hombros con fuerza. ¿¡Mediabarba!? – inquirió airado – ¿¡Tú formabas parte de aquella tripulación!? Pues… Sí, ¿por? – John frunció el ceño y le soltó con brusquedad, dejándole caer en la cama – Oye, ¿te pasa algo? – no le gustaba el matiz que estaba tomando aquello. El librero parecía bastante cabreado, y le dirigió una mirada airada.

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¡El padre de Elly formaba parte de aquella tripulación! – dijo. Seguía observándolo enfurecido – ¡Al igual que tú! – Jim lo miraba sin saber que decir – Creo que igual no debería unirme a ti después de todo – comentó John, apartando la mirada. El pirata frunció el ceño.

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Oye, ¿¡no crees que estás siendo demasiado injusto conmigo!? – inquirió – Aquello paso hace ocho años. ¡Yo embarqué hace ocho años! – puntualizó – Puede que haya pasado mucho tiempo desde entonces, pero no recuerdo haber hecho escala en esta isla en mi vida – dijo – ¡Así que aquello tuvo que suceder antes de que yo embarcara! – John le miró pensativo.

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Puede, – indicó el librero – ¡pero eso no quita que sirvieras junto a ese hombre! – Jim soltó un bufido de indignación.

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¡Tenía once años cuando embarqué en ese barco! – estalló – ¡Y no lo hice por cuenta propia, créeme!

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Pero te quedaste con ellos – señaló John. Sí – admitió Jim – Al principio lo odiaba, pero con el tiempo me llegó a gustar esa vida.

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Entonces no tengo nada más que hablar contigo – dijo el librero, dándole la espalda.

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¡Escúchame! – Jim se levantó y le paró agarrándole del hombro. John se giró hacia él con lentitud – Por cualquier mal que os haya hecho mi tripulación a ti o a esa niña, te pido perdón – argumentó el pirata – ¡Te pido perdón en su nombre, ya que ahora ellos no pueden hacerlo!

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Ahora están muertos – dijo John, con un tono pausado, carente de emociones. Jim asintió con la cabeza.

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Cualquier rencor que tuvieras contra ellos, ya no vale de nada – dijo – Yo soy lo único que queda de esa tripulación – John bajó la cabeza pensativo – ¡Pero no te he pedido que te unas a mi como uno de los piratas de Mediabarba! – añadió apresuradamente el corsario. El librero alzó la cabeza y lo miró – Sino como uno de los piratas de Jim Golden – terminó sonriente. John le siguió mirando durante un largo rato y luego soltó una carcajada.

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¡Los piratas de “Una Oreja” Golden! – rió. Jim frunció el ceño – La verdad es que es un nombre bastante adecuado, ¿no te parece?

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Me lo parecerá si te unes a ellos – dijo él tajante. John volvió a soltar otra carcajada.

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Está bien, amigo naufragado – dijo sonriente – No te guardaré rencor por lo que tu banda hiciera en el pasado – se señaló los ojos con dos dedos y luego le señaló a él con ellos – Pero te estaré vigilando – dijo con total seriedad. Luego le sonrió y le dio la espalda – Ahora descansa, que no queda mucho para que anochezca – avanzó hasta la puerta. Una vez en la entrada, se volvió a girar hacia él – Mañana tenemos un barco que coger, capitán – terminó, poniendo énfasis en la última palabra. Jim sonrió y se despidió de él alzando la mano. El librero abandonó la estancia.

“El primero”, se atrevió a pensar el pirata por fin. Era un paso inicial importante. Tantos años queriendo formar su propia tripulación, y ahora que tenía la oportunidad, no sabía cómo reaccionar ante aquello. La pérdida de su capitán y el resto de sus camaradas piratas, con los que había compartido prácticamente la mitad de su vida, aún le era demasiado reciente. Pero sabía que no podía anclarse en el pasado y lamentarse por ello toda la vida. Tenía un objetivo que cumplir. Por Mediabarba, por los que en su día fueron sus nakamas, y por él mismo. Llegaría a Raftel.

Porque aquella no era sólo la ambición de su antiguo capitán, sino que también era la suya propia. “Siempre he querido hacer esto”, pensó. “Y ahora estoy en el camino para conseguirlo. ¡Ya es tarde para mirar atrás!”, se dijo con fuerza. La puerta de su habitación volvió a abrirse, y Elly entró en ella con un andar brusco, a grandes zancadas. Llevaba consigo una especie de infusión: ¡Toma! – dijo la niña mientras dejaba el vaso en la mesilla de noche, al lado de su cama – No te lo mereces, pero John insistía – le dio la espalda bruscamente – ¡Bébetelo mientras aún esté caliente! – Jim la miró divertido. ¡Elly! – dijo. La niña se paró justo en la puerta – Gracias – el pirata pudo ver como el color subía por las mejillas de la chiquilla. ¡Aún estoy enfadada contigo, tonto! – le increpó ella. Y se marchó dando un portazo. Jim sonrió, y bebió la infusión que le había traído. Luego se paró a pensar en aquella niña. Él también había crecido sin padres. Su madre había muerto al darle a luz, y no sabía nada de su padre. Había crecido arropado por el cariño de las gentes de Fuschia, sin saber si estaba vivo o muerto. Pero esa niña sí había tenido un padre. Un padre que había estado embarcado con él en el mismo barco. ¿Quién habría sido? ¿Habría tenido una buena relación con él? ¿O habría sido alguno de esos gusanos por los que el mismo Mediabarba sentía tanto asco? Jim decidió acostarse y recuperar fuerzas para lo que quiera que le esperase por la mañana, mientras aquel sentimiento de duda seguía rondándole por la cabeza. Aquella noche soñó con el día en que se convirtió en su propio capitán. El día en que la banda pirata de Mediabarba pasó a ser historia. Mientras el “Mechero del Infierno” se hundía, los cadáveres de los que habían sido sus nakamas descendían pesadamente hacia el

fondo marino, observándole. Pero lo miraban con unas caras que desconocía, todas idénticas. Un rostro varonil, extraño y a la vez familiar. El rostro de un padre. “¿Pero de quién?”, pensaba al ver aquello. “¿El padre de Elly? ¿O el mío?” *** La mañana del día siguiente, se despertó nada más oír los golpes de Elly en la puerta: Deberías bajar a desayunar ya – le indicó la niña, con su tono habitual de voz – El barco zarpa dentro de dos horas – Jim se desperezó sonriente. ¿Ya se te ha pasado el cabreo? – preguntó divertido. No – dijo la niña con una malévola sonrisa – Pero después de todo, gracias a tu ayuda, John finalmente se ha decidido a partir en busca de su sueño – lo miró ahora con una sonrisa sincera – Y además, no quiero que te lleves una mala imagen mía de recuerdo – el pirata sonrió. No me cabe duda de que eres una muchachita encantadora – dijo. Elly se sonrojó. Bueno, ¿¡vas a bajar a desayunar o no!? – preguntó avergonzada. Jim se levantó sonriente. Ya voy, ya voy – avanzó hasta la puerta y le revolvió el pelo a la niña, divertido. Nada más pasar por delante de ella, esta le dio un puntapié por detrás. Jim se volvió y la niña le sacó la lengua a modo de burla. Sonrió y bajó junto a Elly al piso de abajo, caminando en dirección a la cocina. John los esperaba ya allí, mientras freía unos huevos en la sartén. La mesa ya estaba dispuesta. Rebanadas de pan, con mantequilla y mermelada para untar, salchichas, beicon… Mientras Elly tomaba asiento, miró con curiosidad al primer hombre de su nueva tripulación pirata, y sonrió al verle vestido con un delantal:

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Tú sirves tanto para un roto como para un descosido, ¿eh? – inquirió divertido. El hombre le miró sonriente.

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De lo que se lee se aprende – dijo – Y yo he leído de todo – Jim sonrió de nuevo mientras el ahora ex-librero servía los huevos fritos en una fuente – Por cierto, ¿tú que bebes? – preguntó – ¿Café? ¿Leche sola? ¿Un zumito?

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Supongo que no tendrás ron – indicó. En esta casa no se bebe alcohol. Será una de las primeras cosas que te enseñe a hacer una vez zarpemos – dijo. John asintió con lentitud.

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Una vez zarpemos – repitió. Jim lo miró algo apenado. ¿Sigues teniendo tus dudas? – preguntó. Miró a la niña, que en aquel momento observaba a John, y luego volvió a mirar a este – Si no quieres venir conmigo, no te voy a obli…

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No – le cortó él. Y puso su mano en la cabeza de Elly, de forma afectuosa. La miró con una sonrisa triste – Es sólo que…

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… se hace duro – terminó Jim por él. El hombre le miró pensativo, y luego asintió, esbozando una leve sonrisa.

Desayunaron acompañados de un incómodo silencio, hasta que John decidió volver a hablar, cuando Jim iba ya por su quinta salchicha: Bueno, – le dijo – un capitán pirata sin más tripulación a parte de mí; sin barco, sin cartas de navegación y sin brújula – sonrió – ¿Cómo lo vamos a hacer? – Jim tragó lo que tenía en la boca antes de hablar, mientras cogía otra rebanada de pan y se disponía a untarla de mantequilla. Lo primero es salir de esta isla – explicó – Y de eso parece que ya te vas a encargar tú – dijo señalándole con el cuchillo.

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Sí, ya lo he arreglado todo con el capitán para que nos dejé embarcar – asintió – ¿Y qué haremos después? Has navegado con Mediabarba durante ocho años – señaló – Conocerás estas aguas, al menos.

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No todo lo bien que me gustaría, pero sí – dijo él con la boca llena. Pero no tienes cartas de navegación – comentó John. Creo haber encontrado un libro bastante interesante entre tu colección – empezó. Tragó lo que le quedaba de rebanada y se paró a hacer memoria – ¿“Islas del East Blue”, se llamaba?

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Eso es una mera recopilación de las historias, anécdotas y costumbres de las islas del East Blue – comentó el otro – No nos sirve para navegar – Jim meditó unos instantes.

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Es igual, – dijo – tanto las cartas como la brújula podemos comprarlas en cualquier tienda especializada en navegación.

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¿Con qué dinero? – inquirió John. El tuyo, por supuesto – respondió él – Alguna que otra cosa tendrás ahorrada, digo yo – el ex-librero suspiró cansado.

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Menuda cara que tienes – se quejó – Está bien. Eso también corre de mi cuenta – dijo – ¿Y qué me dices del barco?

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Hay un astillero muy bueno en una isla situada a pocas leguas de Mirrorball – explicó – Conozco al capataz. Era un buen amigo de mi capitán. Bueno, – se paró – más o menos.

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Más o menos – repitió John con sorna – Pues como no te regale el barco, ya me dirás tú cómo vamos a pagarle.

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Ya se nos ocurrirá algo – dijo sacudiéndose de hombros sin darle importancia, y le dio un sorbo a su taza de café. John se cubrió la cara con la mano derecha, agotado.

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¿Y qué me dices de la tripulación? – inquirió – Dos hombres no pueden pilotar solos una nave.

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Ya encontraremos a alguien – el pirata cogió una manzana del frutero y le dio un mordisco – Todo hombre o mujer de confianza que quiera navegar libre será bienvenido en mi tripulación – dijo mientras masticaba. John se volvió a cubrir la cara con cansancio.

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Está claro que tú no vales para hacer planes – comentó – ¿Piensas que cualquier pardillo que encontremos se va a unir a ti? – inquirió – ¿Así, por las buenas? – Jim terminó la manzana, tragó lo que tenía en la boca y le señaló con lo que quedaba de la fruta.

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Tú te has unido a mí, ¿no? – dijo divertido. John lo miró sin saber que decir durante un rato, y luego se echó a reír. Jim rió también. Un fuerte golpe en la mesa los interrumpió. Elly les miraba con inquina.

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¿Pasa algo, Elly? – inquirió John extrañado. Me parece muy bien que intiméis de esta manera – dijo – Pero como sigáis aquí perdiendo el tiempo, ¡vais a perder el barco! – John miró su reloj de bolsillo.

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¡Mierda! – exclamó – ¡El barco zarpa en menos de una hora! – informó – ¡Será mejor que nos vayamos yendo! – dijo mirando a Jim. El pirata asintió.

Recogieron sus cosas apresuradamente y salieron escopetados de la casa de John, en dirección al puerto. ***

Jim podía sentir el olor del mar llamándole. Instándole a partir en pos de aventuras. El puerto de Chottohitobito era grande, aunque modesto. La mayoría de las embarcaciones que allí había ancladas no pasaban de meras cocas o botes de abastecimiento. De ahí que el barco que los iba a llevar destacara entre el resto: Una urca – comentó Jim al ver la embarcación. Se giró a John mientras caminaban hacia ella – ¿No es un barco usado para el transporte de mercancías? – lo miró inquisitivo – ¿Acaso pretendes que viajemos de paquetes? – John le sonrió. Tranquilo – dijo – Como ya dije, es un barco de pasajeros. Antiguamente, servía para abastecer de armas al Ejército Revolucionario. ¿Al Ejército Revolucionario? – se sorprendió. Jim había oído multitud de historias sobre él. Hacía varias décadas de aquello. Cuando un contingente inmenso de soldados, liderados por un solo hombre, irrumpieron en Mariejoa, la Tierra Sagrada, con el objetivo de acabar con el Gobierno Mundial, e instaurar un nuevo gobierno. Pero la revolución fue sojuzgada. Los revolucionarios, aniquilados. Y el Gobierno prohibió bajo penas de prisión volver a hablar de aquello. De hecho, si no fuera porque Dong Duiken, el cuentacuentos de Fuschia, se iba demasiado de la lengua de vez en cuando, Jim no sabría nada acerca del asunto: ¿Entonces el capitán del barco es un antiguo revolucionario? – preguntó en voz baja. No – dijo John, negando con la cabeza – Compró ese barco hace doce años. ¿A quién? – el ex-librero meditó un instante.

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No suele hablar mucho de ello – comentó – Aunque creo que en cierta ocasión, en una de las pocas veces que coincidí con él en la taberna del pueblo, mencionó que se lo compró a una mujer – dijo – Una misteriosa mujer de ojos castaños, muy claros. Casi le parecían azules.

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¿Una antigua revolucionaria? – preguntó. Quién sabe – dijo sacudiéndose de hombros. De todas formas, un barco con tantos años en su haber – miró la embarcación inseguro – A ver si vamos a irnos a pique… – John rió para sí.

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Es un buen barco, tranquilo – Jim asintió sin estar muy seguro de ello.

Siguieron avanzando en silencio hasta llegar a la parte del puerto en la que estaba anclada la nave. El capitán daba órdenes a sus hombres desde el embarcadero. John se adelantó para saludar: ¡Ysack! – el capitán se volvió hacia él. Era un hombre calvo y obeso, entrado en los cincuenta. Una espesa barba le cubría el rostro. El hombre se acercó hacia John sonriente. ¡John! – saludó – Llegas muy justo, muchacho – informó – Partiremos en menos de veinte minutos – luego miró a Jim – ¿Y este quién es? Ya te dije que vendría acompañado – comentó John – Es Jim Golden – Jim saludó con la cabeza – Un… … pirata – terminó Jim por él. El capitán lo miró con el ceño fruncido. John se inclinó hacia el pirata. Iba a decir amigo – le susurró al oído. No tengo porque ocultar lo que soy – replicó Jim. Así que un pirata, ¿eh? – comentó Ysack. Miró a John de forma inquisitiva – Extrañas compañías frecuentas ahora, chico – el ex-librero sonrió.

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¿He de comentar a quién pertenecía ese barco que tienes ahí anclado antes de ser tuyo? – señaló. El capitán lo miró con seriedad y luego se echó a reír.

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Vale, vale – rió – Júntate con quién te dé la gana – luego miró a Jim y le tendió la mano – Es un placer conocerte, Jim Golden.

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Lo mismo digo – el pirata le estrechó la mano, y sintió como Ysack apretaba más de la cuenta. El hombre le sonreía, pero sus ojos no parecían decir lo mismo. “Con que un placer, ¿eh?”, pensó con cierto sarcasmo.

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Será mejor que vayáis subiendo a bordo – dijo el capitán después. Enseguida – asintió John – Primero tengo que despedirme de alguien – dijo bajando la mirada hacia Elly. El capitán la miró también, y luego asintió con lentitud. Volvió al lugar que le correspondía, dando órdenes entre sus hombres.

El ex-librero se arrodilló ante la niña, y apoyó las manos en sus hombros: Bueno, Elly – empezó. Déjate de tonterías y vete ya – dijo la niña mirando hacia otro lado. Elly – repitió mientras la sostenía de la barbilla para mirarla a los ojos. La niña lo miró y sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Se lanzó hacia él, abrazándole entre llantos – Elly – repitió John, sonriente, abrazándola también con afecto. Jim sonrió al ver la escena. Luego miró hacia delante, y se sorprendió al ver la multitud de gente que se acercaba. El ex-librero también lo vio – ¿Qué hacéis vosotros aquí? Prácticamente la totalidad de los lugareños del pueblo había venido a despedirlos: Venimos a darte las gracias – contestó el que parecía ser el alcalde del pueblo – Y también a decirte que no te preocupes. ¿Qué no me preocupe? – se extrañó John, mientras apartaba a Elly de sí.

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Respecto a ella – señaló el alcalde – Hemos sido unos egoístas – empezó – Dimos a uno de los nuestros de lado, y dejamos al que por aquel entonces no era más que un joven de buen corazón, lidiar con todo – le miró avergonzado – Espero que puedas perdonarnos.

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No son vuestras disculpas lo que necesito – replicó John mientras se ponía en pie.

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Lo sabemos – asintió el alcalde – Durante años, has protegido este pueblo, sin pedir nada a cambio – dijo – Estamos en deuda contigo.

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No lo hice por vosotros – señaló el ex-librero. Miró a Elly y luego de nuevo a los lugareños – Lo hice por ella.

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Aunque fuera así, – siguió el alcalde – no dejamos de estar en deuda por ello. ¿Y qué queréis? – inquirió. Que partas sin preocupaciones – el alcalde dio un paso al frente – Nosotros cuidaremos de la niña en tu ausencia.

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¿Vosotros? Sí – asintió una anciana. Déjalo en nuestras manos – señaló un hombre joven. No te fallaremos – comentó otro hombre más anciano. ¿Que no me fallaréis? – inquirió John con sarcasmo. Luego rió para sí. El alcalde lo miraba con seriedad – Haced lo que queráis – dijo – Pero sí os pediría que pidieseis al cuartel de la Marina que doblara sus tropas, y que dejara alguna patrulla en el puerto.

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Lo haremos – asintió el alcalde. John asintió satisfecho. Luego volvió a agacharse ante Elly, y la habló en voz baja, para que los lugareños no le oyeran.

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Elly, – la niña lo miraba, intentando contener sus lágrimas – ¿crees que podrás cuidar de esta pandilla de descerebrados? – dijo entre sonrisas. Elly volvió a sollozar y luego se limpió las lágrimas, avergonzada.

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Déjalo en mis manos – dijo, atreviéndose a esbozar una sonrisa. Tendrás que ocuparte de la librería en mi ausencia – siguió John – Te acuerdas de cómo organizábamos los libros, ¿verdad? – inquirió – La etiqueta negra para la sección de historia y la etiqueta blanca para…

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… la sección de aventuras – terminó ella por él. Vaya con el librero – comentó Jim – Parece que ya sentías la llamada del Jolly Roger desde hace mucho.

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El negro y el blanco siempre han sido mis colores preferidos – dijo el otro con una sonrisa mientras se levantaba – Son los colores por los que se rige el mundo – explicó – No tiene nada que ver con la bandera pirata.

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El negro y el blanco – repitió Jim – Yo creo que el color que rige el mundo es el gris.

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¿Una bandera pirata de color gris? – inquirió John – Eso sí que me gustaría verlo.

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¿Quién ha dicho que estuviera hablando de nuestra bandera? – comentó Jim entre risas. Su compañero sonrió.

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Primero necesitamos un barco – dijo – Ya pensaremos más tarde en nuestra enseña.

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¡Eh, vosotros dos! – se giraron al oír la llamada del capitán Ysack – ¡Más vale que embarquéis ya si no queréis quedaros en tierra!

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¡Ya vamos! – respondió John. Miró de nuevo a Elly – Te voy a echar de menos.

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Pues yo a ti no – dijo la niña cruzándose de brazos y poniendo una mueca enfurruñada. John sonrió. Le revolvió el pelo, y caminó hacia la pasarela del barco. Jim le dirigió una sonrisa a Elly, y luego siguió a su compañero.

Empezaron a subir la pasarela de madera. El pirata se fijó en que cada paso que daba John, era cada vez más lento e inseguro. “Quizás le esté apartando del lugar al que pertenece”, dudó por unos instantes: ¡¡¡JOOOOOOOHN!!! – la voz de Elly les llegó con total claridad. Ambos se giraron. La niña los saludaba desde el embarcadero – ¡¡¡PROMÉTEME QUE NO VOLVERÁS HASTA HABER CUMPLIDO TU SUEÑO!!! – gritó – ¡¡¡PERO PROMÉTEME QUE VOLVERÁS!!! – John la miró sin saber que decir, y luego dio unos pasos hacia delante. ¡¡¡ES UNA PROMESA!!! – gritó. Jim pudo fijarse en la sonrisa de Elly.

“Ella es el lugar al que pertenece”, comprendió entonces, mientras terminaban de subir a bordo. El barco recogió el ancla, desplegó las velas y zarpó. Elly siguió su partida corriendo a través del embarcadero. Jim vio a su compañero mientras se despedía una última vez, asomado por la cubierta. Luego miró a la inmensidad del océano, que se abría ante ellos. “Pero aún no tiene el derecho de quedarse en él”, pensó. “Para conocer cuál es tu lugar en el mundo, primero tienes que conocer el mundo”. Era algo que Mediabarba siempre decía: Mi lugar en el mundo – se dijo en voz alta. El sol brillaba alto en el cielo. Una brisa marina que venía de levante le despejó las dudas – Raftel…
“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans

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