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Ricardo Salvarrey Arana 2021

© Deletreo ediciones 2021

Primera edición
mayo 2021
ISBN: xxxxx

Ilustración de tapa: xxxxxx


Crónicas
de un corazón
en el mar
relatos
Ricardo Salvarrey Arana

Crónicas
de un corazón
en el mar
relatos
Prólogo

Crónicas sobre nuestra uruguayés

Un libro de relatos forman parte de la vida del escritor, de ella


alimenta sus prosas, ella es la excusa para la irrupción literaria.
Así es este libro. Los relatos son extraídos de la vida real
cotidiana, la expresión artística vive y subsiste gracias al amor que
se le pone a la letra escrita. Ricardo Salvarrey inaugura su
impronta con Crónicas de un corazón en el mar. Desarrolla a lo
largo y ancho de las historias escritas, las sensaciones de su
tiempo, con la contención necesaria para dejar establecido que
más que una apuesta literaria es una postura de vida.

Cada relato es una reflexión o un poner al día las cuestiones de


la nostalgia, como es el caso de Qué fresco que era mi valle, o
una historia cuasi intimista de un sueño con moscas como en El
moscón. Los personajes de Salvarrey son reconocibles desde la
perspectiva realista que es la elección del autor. Como en El
vendedor de muñecos o El gringo.

Lo que más se destaca de este conjunto de relatos es el


tratamiento de entresueños salpicado de trazo onírico-fantástico
que hacen que el lector se acerque al mundo narrativo de este libro
inaugural.
Siempre es auspicioso enfrentarse a una obra que se identifica
con nuestra idiosincrasia y si se quiere también funciona como
espejo de nuestra sociedad.

Walter Biurrun
"Paisito, paisito mío,
Corazoncito en el mar,
Verde y lejano paisito
Te juro: no puedo más."

Los Olimareños
Qué fresco era mi valle/11

El moscón/15

El vendedor de muñecos/19

El gringo/23

Final para un cuento fantástico para I. A. Ireland/27

El hombre de la sonrisa sospechosa/31

Empuje aquí/41

El hombre de la muerte insospechada/45

Cuento sobre ruedasen el ómnibus/49

La semilla de los sueños/53

El vapor de la esencia/57

Incendio en la compañía/59

Padre e hijo/61
QUÉ FRESCO QUE ERA MI VALLE

Qué fresco que era mi valle, relamido de estrellas, compungido


por las subterráneas esculturas pedestres y milenarias, pensó,
elucubrando incomparables artilugios de la memoria. Hasta la
casa se encontraba sempiterna en las oscuridades del monte cer-
cano erigido por manos naturales en las alturas de su única, in-
terminable e isleña montaña. Por eso el plenilunio septembrino
en el que dormitaba la planicie, y él en ella, solo era comparable
a las angosturas marítimas a donde escapaba su espíritu redoma-
do de arcillas y plagado de rumores ecuestres. Supo esconder en
las acuíferas y salitrosas orillas, sus más preciados recuerdos,
cuando no, en las más dulces del arroyo cercano, cuyos árboles
apalabraban en inocuo arrobo corazones no solapados en índigos
y voluminosos reencuentros familiares. Estos ocurrían al ir al
continente, déspota y perruno, terrenal y disparatado, como la
prole humana que lo creara desde sempiternas cavernas hasta las
horas del porvenir. La historia se deshacía en lúgubres libros
aquiescentes con el ánimo de los vencedores que la escribieran,
no sin los oscilantes sufrimientos de las pléyades humanas que
en ella sucumbieran, aniquilada en los librescos y, casi apóstro-
fes, lupanares de los turbios anaqueles. La historia todo lo devo-
raba, casi como heliogábalo omnívoro, tal cual la especie que la
originara. Parientes, íncubos y súcubos, adorados y aborrecidos a
la misma vez, casi ni se acercaban a su isleño territorio a salvo
de tétricas dominaciones de ejércitos de The Coca Cola Com-
pany, Rockefellers y Shaloms del oriente medio. Guerras impere-
cederas en Irak, Jordania, Cisjordania y los olvidados e
innombrables pueblos del África meridional con sus innúmeros
dioses y diosas que dejaron sus tierras escapando, para apalabrar
una América sublingual al sur del río Bravo (conocido en EE.UU.
como río Grande) hasta el extremo sur de la latina América en el
Islote Águila, de las Islas Diego Ramírez de Chile, no tenían ca-
bida en su territorio. Así, desde los sacros candomblés, hasta las
chamánicas culturas, derivaban inconclusamente por todos los
territorios americanos en su espiritualidad de latinismos infor-
mes. En una insidiosa expedición continental, supo conocer a la
que, a partir de aquel entonces, sería su compañera de vida, des-
de el más acá y hasta el insomne más allá. Irrefrenables deseos
tuvieron por parte de ambos la irresoluta relación iniciática a
placeres terrenales a un comienzo, que se continuaban en espiri-
tualidades milenarias e incandescentes donde las corporeidades
no pueden delinear, ni siquiera en las más cercanas aproxima-
ciones, las limitativas aseveraciones carnales. Omnívoro amoro-
so, se pertrechaba de revolucionarias súplicas al calor de su
amada, guardando para sí el rescoldo último de los amaneceres
en su compañía. Buscando réplicas al tiempo, diacronías sin de-
mora, sincronías sin esperas, así dejaba circular por su ser el
amor de su amada en insalvables cúspides de placer. Pero no su-
po tener salomónicas decisiones a la hora de los subvertidos pla-
ceres de las hegemónicas decisiones femeninas. Como si los
torrentosos e incólumes momentos fueran tan metafóricos como el
más intrínseco de los corazones. Así la prole pobló aquel territo-
rio, discurriendo amenidades sibaríticas de sus propias némesis.
Patriarca y matriarca serían entonces disquisiciones de la especie
generada por el culto idiomático de las sucesivas eñes propias
del léxico castellano, origen de dominaciones y revoluciones li-
bertarias en las propias mentalidades subjuntivas de las genera-
ciones que irrumpían las nuevas realidades. Los acentos y
subversiones idiomáticas quedarían entonces omniscientes en las
retinas bucólicas de las descendencias, las que recurrirían a sus
ascendientes, insuflados a las terrenales diéresis apocalípticas de
la simple y llana muerte provocada por la senil edad, apócope de
la vida. ¿Se puede ser joven eternamente?, pensaban los hijos de
aquella unión primigenia. El único elíxir vital que podemos de-
ducir, meditaban algunos, es aquel que conlleva a las ánimas a
unir sus corporeidades como expresión antediluviana, y sus ve-
leidades como sucedáneas implicancias cordiales. Así la especie
humana rehízo, de construyó, mercantilizó, capitalizó la vida y la
muerte del mundo que hoy nos queda.
EL MOSCÓN

Una noche el insomnio puede que actúe parcial o totalmente, lo


contrario no necesariamente significa un dormir plácido. Dos y
media de la mañana se despertó. Prendió la luz de la mesita, fue
al baño, volvió y se acostó nuevamente. Quedó contemplando la
luz amarilla (la bombita de luz estaba pintada de ese color) para
espantar a los mosquitos. En realidad, nunca pudo comprobar esa
idea, pues si no ponía la pastilla en el aparato vaporizador, se lo
comían igual y amanecía con ronchas y picazón. Hacía calor y
sintió un zumbido fuerte. Extrañamente no había mosquitos, que
en realidad es la hembra la que pica, el mosquito macho solo sir-
ve para fertilizarla. Al fijar la vista vio un moscón de inconmen-
surable tamaño que daba vueltas por toda la habitación hasta
posarse en la pantalla de la portátil. Revoloteó a continuación por
sobre su cabeza incansablemente hasta que casi lo espantó a ma-
notazos. Observando su derrotero, se detuvo a pensar cuánto vi-
viría un bicho de aquellos, quizás más que una mosca común.
Comenzó a sentirse molesto pues le trajo el recuerdo en el que
llevaba el cajón con su abuelo recién fallecido al nicho familiar
años atrás. Aquello era un enjambre de miles de moscas con sa-
bor a muerte y producto de los muertos. Sintió que el estómago
se le apretaba, el corazón le palpitaba, y el asco lo consumía. No
encontraba el matamoscas, por lo cual se decidió por una chan-
cleta, para matarlo definitivamente. Aquellos versos que Don
Antonio Machado le dedicara a estos bichitos, los definían muy
bien en cuanto a los lugares a que concurrían, pero no de la ha-
bilidad que tenían de escapar a los chancletazos de la muerte
que a esa altura estaban marcados por toda la pared, pero de los
cuales se seguía escapando con todo éxito. Pensó que como tenía
que pintar toda la casa unas marcas negras en las paredes no jo-
robarían tanto. Desistió por un momento en la encarnizada perse-
cución, con la respiración agitada y un notable mal humor. Hijas
de puta, se comieron a mi abuelo Julián y ahora me quieren co-
mer a mí, pensó. ¡No estoy muerto inmundicia!, gritó en el silen-
cio lúgubre de la noche. ¿Quién se iba a molestar si la casa más
próxima se encontraba a bastante distancia? Es la particularidad
de vivir solo. Intentó recostarse nuevamente y dormir. En eso es-
taba cuando el zumbido se hacía insoportable a sus oídos. Abrió
los ojos de golpe, con un extraño presentimiento y una sensación
de picazón fuerte en la punta de la nariz. El moscón estaba para-
do en ella y se rascaba las alas con ritmo intermitente. Se sintió
paralizado del asco, y ante el amago de golpe, el bicho se paró de
nuevo en la pantalla de la luz. Desde allí lo miraba atentamente.
El terror lo invadió cuando se dio cuenta que sus ojos registraban
miles de imágenes del mismo insecto, posado en la misma lám-
para. Quiso ahuyentarlo nuevamente y en lugar de sus manos y
brazos observó peludas patas. ¿Desde cuándo estaba ocurriendo
semejante mutación? No pudo calcularlo pues no tenía referen-
cias. Los insectos del orden de los dípteros no eran cosa a la que
tuviera afición y mucho menos pasar, inexplicablemente, a inte-
grar ese orden. De pronto se paró en sus nuevas seis patas. No
podía pensar, salvo seguir el juego de volar por toda la casa como
una mosca más, pero de gran tamaño. En eso sí podía pensar,
pues si se detenía como el moscón en la lámpara, esta no aguan-
taría su peso. La ventana estaba abierta y decidió probar suerte
en el pozo negro cuyo aroma lo atraía al expandirse con el calor.
No hay mal que por bien no venga… ¡qué placer poder volar!
Pensó en el asco del pozo negro, pero lo atraía. Comer mierda a
esta altura de mi vida… pero no… no me puedo detener. Hacia
allí se dirigía cuando sintió un ahogo profundo, no podía respirar.
Se debatía entre la vida y la muerte a ojos cerrados. No podía
aceptar morir siendo mosca luego de haber integrado durante
tanto tiempo la especie más poderosa que existe sobre el planeta
tierra. De pronto chocó con el piso. Recorrió con la vista lo cir-
cundante agarrándose el pecho en un ataque de desesperación.
Poco a poco fue recuperando el aire y lo sentía entrar en sus pul-
mones. Con la boca inmensamente abierta quería aspirar todo el
aire del mundo hasta que…algo entro en la cavidad y le produjo
nuevo ahogo y asco. El moscón que lo había seguido ahora estaba
atorado en su garganta. Tosió como si se acabara el mundo al
punto que logró expulsarlo. Abrió y cerró los ojos repetidas veces
y se dio cuenta que ya no veía miles de imágenes. Acercó sus
extremidades a la cara y observó detenidamente sus manos. In-
tentó incorporarse y cerca suyo estaba el cadáver de aquel atre-
vido moscón. Se dio cuenta de lo que había ocurrido, se
incorporó y fue raudo hacia el baño. Lo único que tenía disponi-
ble era el enjuague bucal. Después de profundas gárgaras, en las
que reprimió las ganas de vomitar, comenzó a tranquilizarse. La
madrugada le dijo que tenía que ir a trabajar. Pensó en aquello
de: me extraña araña que siendo mosca no me conozca. ¿Hubiera
preferido ser araña y no mosca aquella noche? Ideas locas, me-
ditó, al punto que no le preocupó el golpe a raíz de la caída de la
cama. Se bañó lo más rápido que pudo, no sin dejar de ingerir
agua, hacer gárgaras, y escupir con asco. Salió raudo hacia la pa-
rada donde la gente que, como él, se dirigía a sus ocupaciones, lo
miraba intrigada por la expresión de su cara. Una vez en el bus,
se durmió profundamente y sin sensación de peligro pues se ba-
jaba en la terminal y en el cubículo llamado ómnibus no había
como papar moscas. No recordó al despertar otra cosa que aquel
sueño tan vívido de una mosca, que, aunque grande, era una más
del montón.
EL VENDEDOR DE MUÑECOS

Es raro lo que pasa, todo lo que vas a comprar hoy día es chino,
pensaba, mientras repasaba en su mente las sucesivas marchas
obreras reclamando trabajo y salario que había visto días ante-
riores. Paseaba por el centro con sus muñecos mostrándolos para
vender. Su favorito era uno militar que se arrastraba con la me-
tralleta, tal cual como en las películas. La gente lo quedaba mi-
rando por la novedad, aunque muchos parecían decir con
expresión infantil lo que harían con un destornillador y ese
muñeco. Era tan real, cual un soldado en la batalla, que se podía
creer que solo faltaba la balacera y las bombas a campo traviesa.
Aquella esquina, ese invierno, ese día, con diez grados bajo cero
de sensación térmica, acobardaba su carne y sus huesos. Las he-
ridas del tiempo ceñían su rostro de forma inequívoca, tanto que
se superponían, pareciendo simples y largas rugosidades. Con el
frío, la gente pasaba presurosa a buscar refugio de modo que,
cuando voceaba su mercadería, apenas torcían el rostro para mi-
rar. El clima poco le importó a un niño que, insistiendo sobrema-
nera a su padre, se acercó a la mesita del vendedor maravillado
con aquel muñeco. ¡Quiero verlo…quiero verlo!... gritaba el chi-
quilín con sus ojos llenos de deseo. El hombre, ilusionado con
una posible venta, comenzó una encendida diatriba acerca de las
cualidades del juguete. Fijesé señor, no solo se arrastra como en
un campo minado, también se pone en posición de tiro… ¡mirá
las granadas del cinto (esta vez al niño)! El hombre pensó fugaz-
mente en que ese día tendría suerte y llegaría a tener ganancia, o
mejor aún, capaz que hasta almorzar en “El Chivito de Oro”.
Llegar a su casa y poder dormir con el estómago conteniendo algo
más que aire o mate era algo que no le ocurría a menudo. El niño
consiguió lo que quería: ante tanta insistencia el padre accedió a
la compra, lo malo para el hombre fue que se puso a regatear. Se
mezclaba todo, los gritos de la criatura y el tire y afloje sobre el
precio entre comprador y vendedor. El viento arreciaba y quedó
solo en medio del mar de gente que corría a sus ocupaciones. Pa-
saba el tiempo y nadie se detenía frente a su mesita plegable con
la mercadería. Decidió levantar sus cosas y caminar. Paró a com-
prar una hamburguesa en un carrito y en un almacén un litro de
vino. Se refugió en una garita de policía, abandonada, para comer
y escanciar aquel líquido rojo, único parecido que tenía la bebida
con la sangre de los dioses. Una lluvia pertinaz, que congelaba
todo, lo hizo decidirse a volver a su casa. Hoy tomaría un ómni-
bus, decidió, tanteando en su bolsillo lo que quedaba de la magra
ganancia del día. El asentamiento donde residía lucía desierto.
Su rancho, de lata y cartón como el de todos los demás, no daba
ninguna sensación en su interior de dejarlo a cubierto de las in-
clemencias. El frío se colaba por innumerables rendijas, la magra
ventanita, apenas era atravesada por la luz, la estufa improvisada
en un ladrillo ticholo con un rulo, eran toda su defensa. Colgado
de la electricidad como todos en aquel lugar, a gatas daba para
tener una lamparita en el medio de la vivienda y ese calefactor
como de presidio. Sintió golpes en la puerta y una vocecita que
gritaba: ¡Muñeco, Muñeco, soy yo, ¡el Chapa! Un niño, que debía
tener unos siete años pero que aparentaba más, tanto así castiga-
ba la vida que llevaban, entró en la habitación. ¡¿Qué me trajo
Muñeco?!...preguntaba con insistencia. Hacía tiempo que, aun-
que no tenían lazos de parentesco, el veterano se había encariña-
do con ese gurí. Sacó un bombón que había comprado en el
ómnibus y se lo entregó. Le brillaban los ojitos, con fruición co-
menzó a sacar la envoltura y con placer se lo metió en la boca de
una vez. Te vas a atorar Chapa, le increpó cariñosamente mien-
tras este mascaba como podía. ¿Y qué hacés descalzo gurí de po-
rra, con este frío? ¿Tu madre no pudo ponerte los championes?
Vení, le dijo, tengo unos guardados como para vos, pero los dejás
acá, sino capaz que tu madre los vende. Le puso unos escarpines
y el calzado. Andá Chapa, tráeme un litro de vino sino este frío
me va a matar. Le dio el dinero al chiquilín que salió disparado al
almacén de mitad de cuadra. Mientras éste volvía el Muñeco se
acomodó en la cama con las viejas frazadas. Al llegar la bebida,
que era más química que producto de la uva, tomó un trago largo
para sacarse el chucho del cuerpo. Su mirada recorrió los rinco-
nes como buscando algo hasta posarse en la figura del Chapa. Te
juego una partida a las damas dijo el hombre que hacía poco le
había enseñado. Recordaba como lo había sorprendido la rapidez
del niño para aprender el juego y casi ganarle al maestro. Pensó
en qué desperdicio sería que una criatura tan inteligente termi-
nara como los otros del barrio, remontando un carrito de basura y
drogado. La madre ya había tenido problemas con la justicia por
no mandar a los niños a la escuela tal cual la obligaba la ley. El
Chapa demostraba aprender con facilidad y el viejo lo sabía pues
al salir del colegio se venía y ahí conversaban de cuánto había
aprendido ese día. Más de una vez el hombre le compraba mate-
riales para estudiar, pero se aseguraba que quedaran en su casa.
Los ojitos recorrían el tablero e hizo una jugada de comer triple.
El Viejo sorprendido le espetó: ¡Chapa, me estas ganando! Efec-
tivamente el niño venció al hombre en esa oportunidad. Este
pensó que, aunque fuera lo último que hiciera tenía que sacar a
ese chiquilín adelante para que no se pasara balconeando la vida
como el resto… como él mismo.
EL GRINGO

Ni siquiera amanecía aun en ese helado día de invierno. La es-


carcha en el pasto crujía bajo sus alpargatas bigotudas. Se metió
de nuevo al galpón restregándose los ojos y la cara para despabi-
larse. Se dirigió al baño común de todos los peones y en la única
canilla que había se lavó la cara. El agua helada lo hizo crisparse
y resoplar, como su pingo, una yegua criolla acostumbrada tam-
bién al trabajo que lo esperaba para comenzar la jornada allá en
los pesebres de los caballos. Era alto, flaco, de apariencia des-
garbada pero fuerte y trabajador como el que más. El mote le
venía por su rebelde pelo rubio en remolinos, su tez blanca pero
quemada por los soles del trabajo y los ojos claros, tanto que per-
mitían ver su interior de buena gente. En el momento que se dis-
ponía a aprontar el mate apareció su compañero de pieza. El
Gringo se la tenía jurada por alcahuete del patrón. Él tenía vein-
ticuatro años y el lamebotas rondaba los treinta, cuestión que no
le impedía cada tanto ponerlo en su lugar. El Gringo era joven
pero curtido en las tareas más duras y en las largas jornadas de
peón rural. Cuando el amargo estuvo listo se sentó en un banqui-
to cerca de la enorme caldera que funcionaba unas veces si y
otras no. Ya le había dicho al patrón: “¿A usté le gusta bañarse
con agua fría? Arregle la caldera, no sea piojo. ¿No se da cuenta
que estamos todo el día entre la bosta e’las vacas?” Ese bautizo
corrió como reguero de pólvora por toda la zona y le quedó el
apodo. ¿Cómo no le iba a venir tal cual anillo al dedo si todo el
mundo sabía lo sanguijuela que era? No rompía un huevo por no
tirar la cáscara, como señala el dicho popular. Él era el único que
se atrevía en el tambo de seiscientas hectáreas a enfrentar al
dueño de todo aquello. Tas loco – le dijo el viejo Jeremías -, ¿có-
mo vas a hablarle al trompa así? Te puede echar al diablo. El otro
no demoró en contestar que era el dueño de campo y animales
pero que ellos no eran bichos para vivir como tales y tampoco era
dueño de ellos para tratarlos como bestias. Lenguas en los bolsi-
llos y calladitos al trabajo, no tenían respuesta. El empresario ru-
ral – así gustaba autoproclamarse – se hacía el sonso cada vez
que el Gringo lo increpaba. No lo echaba porque era su mejor
trabajador. Desde que ingresara había aumentado la producción
en trescientos litros de leche y como también sabía inseminar con
muy buen porcentaje de preñez, ello le valía no quedar sin traba-
jo. Claro, con tanta vaca en el predio era explicable tanta pari-
ción. Las terneras quedaban para la producción y los terneros
eran vendidos a muy bajo precio. De todas formas, siempre en-
gordaba el bolsillo del dueño. Y allí estaba en ese soliloquio de
pensamientos, amargueando, recordando las estancias en las que
había trabajado. En todas había sido inseminador y peón con ca-
ma y comida. El Piojo le daba lugar para dormir, pero comida no,
salía de su magro sueldo. Pensaba y pensaba que en la escuela le
habían enseñado que la esclavitud se había abolido en el año
1853 y tenía claro cómo se puede ser esclavo aunque se cobre un
salario. Menos mal que ahora existía legislación que cubría al
peón rural, pero en campaña todo el mundo sabe que si reclamás
las ocho horas y las condiciones de trabajo que provee la ley pro-
bablemente no vuelvas a conseguir otro sitio. Quería desespera-
damente irse de allí, los otros se aguantaban, o porque tenían
familia que mantener o porque simplemente su horizonte era ese.
El Gringo sabía que el capataz robaba al patrón, pero nunca lo
deschavó. Eso no iba con él, era demasiado derecho como para
ensuciarse por la inmunda plata, tan o más inmunda pensaba,
que la bosta en la que se veían sumergidos todos los días. Mien-
tras terminaba con el mate se iba poniendo las botas de goma y
abrigándose un poco más. Ese día salió derecho al tractor, se
trepó y lo hizo arrancar. En ese momento recordó el tabaco que
había dejado en el galpón. Quiso la desgracia que al bajarse res-
balara y cayera de costado sobre su brazo derecho. Sintió el dolor,
pero como de costumbre no le prestó atención. Cuando quiso
nuevamente subir a la máquina el malestar se hizo más agudo y
esbozó un ¡ay! El capataz, que estaba cerca, le dijo que no fuera
mañero que no era para tanto. Mirá que yo no soy de quejarme
dijo el aludido, me está doliendo en serio. De hecho, no podía ar-
ticular el brazo. Fueron donde el patrón y el Gringo explicó lo
que había pasado. Este, para cubrirse, lo mandó al Banco de Se-
guros con un papel que acreditaba que pertenecía a la empresa.
Le faltaba un día para cumplir los tres meses trabajando allí y
viendo a los ojos al Piojo le dio mala espina. Se desvistió y se
bañó como pudo para sacarse el fétido olor al que ya casi no le
prestaba atención de tanto rondar en las tareas entre las vacas. El
patrón le dio la plata para el ómnibus y a Montevideo se dirigió
con el brazo atado con un remedo de pañuelo. Su único consuelo
era no saber por cuanto tiempo no iría al trabajo y que estaría con
su madre en la Capital. Según la ley esos días correspondía que
se los pagaran. Como pudo acomodó sus cacharpas en un rincón
y se fue a tomar el transporte hacia la ciudad. En el camino se
durmió con la sensación de que le iban a hacer una mala jugada,
pero eso no impidió que descansara. Una vez en el sanatorio y
luego de una espera de dos horas lo atendió un médico. Amigo,
vamos a tener que enyesarlo, tiene fisurado el codo. Tendría para
un mes de inmovilidad del brazo. Cuando llegó a la casa, la
Mamma, como el gustaba llamarla, lo abrazó. Lo primero que le
dijo para que no se asustara fue que no era nada serio, en poco
tiempo estaría como nuevo con un poco de quietud y fisioterapia.
El patrón llamó por teléfono para saber de su estado y cuánto
tiempo tendría sin ir al campo. Preguntó además su dirección y el
Gringo se la dijo. A poco se dio cuenta que el otro lo iba a joder.
A los dos días llegó un telegrama que señalaba que estaba des-
pedido y que pasara a cobrar sus haberes. ¿Cómo te va a echar si
tuviste un accidente trabajando?, le preguntó su madre. Quedate
tranquila, me voy al Ministerio de Trabajo a ver que me dicen.
Una vez allí, el abogado que lo recibió hizo su análisis de lo que
él le contaba y sostuvo que un monto determinado era lo que
tenía para cobrar. Pensar que me rompí el alma trabajando, ¿usté
me dice que voy a cobrar eso? La cifra era poco menos que irri-
soria y se volvió a su casa sin saber qué hacer. Charlando con un
amigo llegaron a la conclusión de que había que consultar con un
abogado que supiera de derecho laboral. Consiguieron a dos que
trabajaban en sociedad, Bruno y Gabriel que resultaron ser du-
chos en esos temas. Luego de intensas reuniones con los aboga-
dos del Piojo obtuvieron una cantidad muy por debajo de lo que
pidieran para él, en primera instancia, pero mucho mayor que la
que le había señalado aquel abogado del Ministerio. Hoy día, el
Gringo sigue buscando desesperadamente trabajo. Le parece
mentira haber dado todo de sí y quedar de esa forma en la vía.
Pero mantiene la fe, mucha gente lo conoce como buen trabaja-
dor. Algún día los verdaderos dueños de la tierra, los que la rie-
gan con el sudor de su sangre, tomarán su parte y al decir de la
canción que los pobres coman pan y los ricos mierda.
FINAL PARA UN CUENTO FANTÁSTICO
PARA I.A. IRELAND

Conocí a I.A.Ireland a través de un mail en el cual se presentaba


como escritor. En él, dejaba en claro que enviaba un fragmento
de cuento fantástico al que darle un inicio y un final. Supuse que
esta persona había obtenido mi dirección de correo de la base de
datos de afiliados a la Asociación de Escritores de…Como com-
ponente de la misiva, incluía la imagen de una muchacha, refle-
jada en un espejo, en el cuerpo propio del mensaje. En el
corolario de este, transmitía su intención de dar una opinión so-
bre la respuesta. No quedaba claro si su contestación refiriera a
la calidad del texto que yo pudiera elaborar en base a los escasos
cuatro renglones que me remitiera. Tampoco quedaba claro el
destino que dicho desarrollo acarrearía. Lo siguiente que elu-
cubré fueron los motivos que lo impulsaban a calificar textos aje-
nos que abarcaran el suyo propio. No sé qué había en la imagen
de la muchacha frente al espejo que me llevaba a imaginar di-
versas situaciones posibles en las que el titular del mensaje
podía verse implicado. Pensé en algo más primitivo y era que no
sabía si Ireland era él o ella. ¿Por qué no elaborar algo y enviar-
lo?, se me ocurrió a continuación. Si le agradaban mis escritos
ello alimentaría mi ego y no sabía qué más, caso contrario, nos
desestimaríamos mutuamente sin siquiera saberlo. Dejé esta ta-
rea para más adelante y me dediqué a los restantes asuntos de mi
vida. No soy excesivamente metódico, pero tampoco dejo todo li-
brado al azar. Un buen día, leyendo el periódico, veo el anuncio
de una conferencia sobre técnicas literarias que brindaría el
señor IanAdmoniusIreland en la sala principal de un importante
hotel de la ciudad. Inmediatamente recordé aquel mail y vino a
mí una renovada curiosidad. Sin duda se trababa del mismo su-
jeto. Quise acudir y conocerlo, muñido de mi calidad de perio-
dista, como forma de acercarme. Era un individuo de mediana
altura, cabello castaño claro, ensortijado, parecido al de la mu-
chacha de la imagen que orlaba su fragmento en aquella misiva.
Pero lo que más me llamó la atención fue su mirada, sin dudas
muy parecida a la de ella en el espejo. Hicimos buenas migas
desde el principio. Era un hombre sencillo al que los conoci-
mientos del lenguaje y la escritura lo apasionaban. Quedamos en
un aparte charlando animadamente de estos temas por un rato.
Le hice mención del correo que había recibido y me confirmó
que era él quien lo había enviado. Decidí ir directo al grano. En
determinado momento mencioné el parecido entre la imagen de
la chica y la suya. El hizo referencia a un cuadro de su autoría.
Como si manejara un pesado secreto, me sugirió en voz baja que
podríamos charlar más tranquilos en el estar de su habitación.
Cuando llegamos al piso correspondiente quise inquirir el motivo
que provocaba la inflexión de tono preocupado en su voz. Venga
estimado amigo – me sugirió- y se lo contaré. Tomamos el ascen-
sor y nos dirigimos al séptimo piso del hotel. Nos detuvimos en el
número 717. En ese instante se escucharon ayees cuyas tonali-
dades denotaban una presencia femenina. Visiblemente alterado,
me pidió que tomara asiento en los sillones del pasillo y lo espe-
rara. Abrió la puerta de su habitación con la tarjeta del hotel. No
pude menos que prestar atención, pero mi prudencia y recato pu-
dieron más por cuanto me había dicho que lo aguardara, lo cual
motivó que tan solo intentara ver quién podía ser su interlocuto-
ra. Cuál no sería mi sorpresa al comparar a esa mujer con la ima-
gen transmitida por este señor en aquel desafío literario viendo
que la semejanza era harto comprobable. - ¡Que extraño! -dijo la
muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe. - ¡Dios mío!
-dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de
adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos! -A los dos no. A
uno solo -dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapa-
reció. Todo esto lo supe pues tenía el oído puesto y pude escu-
char la breve conversación más los comentarios de Ireland ni
bien quedó solo. Lo cierto es que yo no vi salir a nadie. Me creí
envuelto en una confabulación siniestra, pues no entendía que
ocurría. Por instantes me preocupaba que él pudiera pensar que
yo formaba parte de algo orquestado para dejarlo encerrado con
esa mujer. Por otro lado, no entendía como ella se había esfuma-
do. Golpeé la puerta y no recibí contestación alguna. Ya bastante
nervioso me dirigí al responsable del hotel, le conté la situación y
accedió a entrar. Una vez allí, encontramos al hombre tirado en el
piso, con una mueca horrible en su rostro que lo hacía irrecono-
cible respecto de quien poco rato antes brindara una conferencia
y estuviera departiendo conmigo. El gerente del establecimiento
lo revisó y comprobó que yacía sin vida. Inmediatamente acudió
la policía a su llamado. Entretanto me preguntaba qué había mo-
tivado semejante expresión de miedo en el rostro del reciente-
mente fallecido. Desde luego que por ser la última persona que lo
había visto con vida tuve que prestar declaración en el destaca-
mento policial. Pasaron los días y fui citado nuevamente por la
policía, pero esta vez vinieron a buscarme a mi casa. Cuando lle-
gamos me condujeron ante un inspector. Este me aclaró la situa-
ción: el muerto lo estaba por haber ingerido un poderoso veneno.
No era factible, dada la tecnología actual, determinar el tiempo
entre la ingesta y la muerte. Todo dependía de la fortaleza corpo-
ral que determinaba la resistencia al mismo. Le pregunté al Ins-
pector frontalmente que tenía yo que ver con todo eso. Señor,
usted estuvo lo suficiente con la víctima, lo que no queda claro
son sus motivos. Queda usted detenido y pasará a juez, de todas
maneras, no me voy a quedar solo con esto. Le prometo seguir
investigando. Y quedé en la cárcel sin más trámite. Pasaron unos
días y el Inspector vino a verme con unos papeles en la mano. Me
los dio a leer y vi que era el cuento que yo le había escrito a Ire-
land en respuesta a aquel mail primigenio estaba firmado por él,
integrando un libro que me mostró a continuación el Inspector. Se
lo hice saber, así como que tampoco entendía por qué estaba fir-
mado por I.A.Ireland. El Detective me recalcó sobremanera la
fama que poseía el fallecido como escritor. Por otro lado, las au-
toridades entendían que los celos podían ser una motivación muy
poderosa como para asesinarlo. No podía creer lo que estaba
ocurriendo. Enloquecí y me puse a gritar, tanto que los guar-
diacárceles me condujeron de nuevo a la celda 717. Por las no-
ches, solo celebro las que tienen luna y la observo por una
pequeña ventana con poderosas rejas. No estoy tan triste, la bella
muchacha a veces me acompaña y se pasea por mi celda con su
vestido de noche.
EL HOMBRE DE LA SONRISA SOSPECHOSA

Estaba siempre con sus medias por sobre el bajo del pantalón
debido a que su medio de transporte era la bicicleta. Su aspecto
bonachón no condescendía con la expresión de su rostro. Uno no
entendía si su risa sonrisa permanente era una tomada de pelo al
transeúnte. Siempre se sentaba en el mismo escalón de un nego-
cio de repuestos para autos de forma que era imposible que quien
pasara por esa vereda no lo viera. Con sus canas y arrugas deno-
tando el paso del tiempo, pero con su risa silenciosa entre risa
sonrisa acuosa y el asombro de ver a quien pasaba. Quizás muni-
do de temporales de disputa en su juventud hoy optaba por reír
en silencio y con expresión socarrona. Parecía que sobraba al que
pasaba, fuera tiempo, persona o lugar. No crea usted que no su-
cede que los lugares pasen también, aunque uno esté quieto.
Nunca un punto de referencia es el mismo con el transcurrir de
los segundos, los minutos, las horas que hace que uno está allí.
Por el entorno pasan cosas que logran que el lugar cambie mien-
tras uno lo piensa como sitio, concurrido o con poca gente, con
perritos y sus dueños, con feriantes y sus gritos, con el bar de la
esquina rehuyendo copas mañaneras de algún alcohólico empe-
dernido, o un simple café con leche y bizcochos de desayuno. De
pronto cuando pasaba por frente a su cara, ambos nos miramos,
nos saludamos y le hice un comentario tonto sobre el estado del
tiempo. Una señora nos detuvo a pedirnos por favor que bajára-
mos a su gato. El animalito había saltado desde un balcón del se-
gundo piso del edificio sobre la casa de repuestos al plátano de la
vereda. Lo primero que hice fue preguntarme qué le habría hecho
esa mujer para que el animal tomara una decisión de ese tipo.
Los gatos no piensan, sobreviven como sea, sentenció el de la ri-
sa incomprendida. Entre lo que cualquiera piensa que no puede
pasar y lo que otros piensan que sí, está la cabeza de la persona
hacia el mundo, volvió a sentenciar. Todo con intervalos cortos de
tiempo. Era una máquina de sabiduría pensé yo. Largaba prendas
de su apero, así como así. Miré al gato encima del árbol, era más
feo que desayunar con coca diet. La señora no le iba en zaga. El
hombre, que era bajo de estatura y de complexión liviana me
preguntó si me animaba a hacerle pie para subir al árbol y bajar
tamaño gato. Lo miré y pensé que no sólo con su risa tomaba el
pelo, mire si a su edad iba a andar haciendo piruetas para trepar
a un árbol, y sobre todo bajar con ese animal que se había decla-
rado en rebeldía. El arañazo más chico iba a ser una zanja en su
rostro, más de las que ya tenía. El seguía riendo y diciéndome,
dale animate a hacerme pie que yo lo bajo. No sabía qué hacer, si
hacerle caso o mandarlo a paseo. Finalmente crucé mis manos y
las puse en posición para que subiera. Entre el esfuerzo mío y el
equilibrio de él no hacíamos equipo de circo ni a palos. Intentaba
agarrar el tronco del árbol para no perder asidero mientras yo
hacía fuerza intentando ayudar al objetivo. Logró finalmente asir
una rama y trepar con sus rodillas y pies. Resbalaba y sacudía
sus piernas como loco. Llegué a pensar que se iba a desgarrar
algún músculo. De pronto quedó inertemente colgado, pero sin
desprenderse de su risa. A esa altura parecía maldecir por no po-
der ascender. Intenté empujarlo impulsando sus viejos champio-
nes. El hacía fuerza y casi me tira a mí al suelo, menos mal que
era liviano. El gato estaba como loco, la mujer gritaba que iba a
llamar a los bomberos, los vecinos comenzaban a agolparse ti-
rando ideas que eran como pedradas en lugar de aportar para ba-
jar al gato. El hombre entretanto logró poner un pie en una
saliente del tronco. Una deformidad del árbol le daba apoyo por
lo que parecía caminar hacia arriba hasta quedar casi horizontal
con la rama de la que estaba asido. Aquello se complicaba más y
más cuando llegaron los bomberos, a los que según me enteré
después, había llamado otro vecino no la dueña del gato. Ahora
había que bajar a dos descompensados: el rebelde y grande gato
y el hombre de la risa sospechosa. Izaron escaleras, un ruidaje
bárbaro de sirenas y un despliegue enorme de soldados del fuego,
vecinos, y quién era capaz de evaluar que otros elementos in-
fluían en el panorama. Todo desplegado en el entorno de media
cuadra que ya iba creciendo hacia las esquinas. El hombre esta-
ba acalambrado cuando el bombero subido a la escalera intentó
tomarlo de la cintura. Él se negaba rotundamente aludiendo a
que él era quien se había comprometido a bajar al gato. Bueno, le
dijo el bombero, súbase a la escalera y descanse, luego baje us-
ted al gato. Dicho y hecho, así fue. Luego de unos minutos de
descanso nuestro amigo ascendió los peldaños de la heroicidad
arrimándose al felino. Este, que daba para pensar que podía po-
nerse bravo, ante la voz amistosa y melódica se dejó tocar y aga-
rrar. En eso, el hombre se dio cuenta que le costaba darse vuelta
en lo alto de la escalera. Intentó pasarle el enorme gato al bom-
bero que estiró los brazos para sostenerlo. La fiera en que se
había transformado le dejó surcado el rostro con dos tremendos
arañazos, aquellos que en primera instancia yo había pensado
que le tocarían al hombre de la risa sonrisa sospechosa. El bom-
bero se defendió como pudo, el hombre intentaba hablarle al gato
para tranquilizarlo, la gente gritaba y se condolía del bombero,
las fauces del gato asibilaban. Saltó sorpresivamente a la espalda
del hombre, asustado de tanto uniforme y casco tal vez. Quedó
prendido aquel bicho como garrapata de la campera de su salva-
dor, que, al ser tan gruesa, evitó que lo lastimara. El bombero
gritó enojado, baje usted a ese maldito sino lo como a las brasas y
otra que gato por liebre. La dueña gritó enojada por la momentá-
nea insania del combatiente ígneo tornado de salvador en poten-
cial asesino de su mascota. El de la risa no tuvo más remedio que
intentar sacarse la campera con el gato prendido. El bicho quedó
como un bebé recién nacido envuelto en la vieja prenda y en
brazos del héroe momentáneo. El bombero con el rostro ensan-
grentado y la carne dolida bajó y fue atendido en primeros auxi-
lios por sus colegas. Maldecía y repetía “nunca más a salvar un
gato jefe, llámeme para el incendio forestal más jorobado, pero no
para esto”. Mientras eso le pedía a su superior veía como el
hombre bajaba aplaudido por la dueña del animal y abucheado
por los bomberos. Sonaste fulano, esas marcas no se te borran así
nomás le dijo el jefe. Se agarró la tal bronca, de esas que tapan el
dolor físico e intelectual combinado con unas ganas de matar al
inhumano felino, valga la redundancia, que superaban en mucho
la solidaria tarea emprendida no hacía mucho. Parecía pensar
con bronca hacia sus compañeros que lo habían mandado a sal-
varlo, creyendo que lo hacían porque era nuevo en la fuerza y
debía pagar derecho de piso, según me comentó cuando me acer-
qué a verlo. Bajó por fin el hombre acompañado de los gritos
histéricos de la mujer que intentó abrazar el bulto que eran cam-
pera y gato. El hombre se lo negó. Dígame, señora, antes de aga-
rrar a su gato, qué le hizo para que saltara de la ventana al árbol.
Quién es usted para decirme nada, déjese de preguntas estúpidas
y deme mi gato. El, con su risa sonrisa le contestó calmadamente
que si el gato quería ir lo dejaba en el piso para que decidiera.
Hecho esto, y ante la llamada de la mujer, el gato se prendió de
la pierna del hombre. Los vecinos lo aplaudían, la histérica
señora comenzó a tener ideas similares a las del bombero y a
manifestarlas. De a poco comenzó nuevamente otro caos. El de la
mujer enfrentada al hombre y a su nueva mascota, la de los veci-
nos enojados por lo que le había pasado al bombero, la del bom-
bero increpando a su jefe y compañeros y yo como un idiota con
las manos mugrientas y dolidas de sostener a este viejo loco y ri-
sueño. Hablando de él, todos nos preguntábamos qué demonios
iba a pasar con el gato que se había aquerenciado en la pierna de
su nuevo protector. La mujer no cejaba en querer llevárselo, el
hombre le rebatía que el gato había decidido con quién quedarse
y eso estaba demostrado. Comenzó una discusión parecida a las
de las grandes estrellas de la pantalla que nadan en dólares y
cuando se separan se disputan las mascotas que van desde perri-
tos hasta bichos que valen miles de dólares y son inimaginables,
salvo por la fama y el dinero, que no era el caso obviamente. En
el fragor del entredicho la señora se puso violenta e intentó darle
un cachetazo al veterano. Única vez que no lo vi tan risueño, con
tan mala suerte para el hombre que el resultado fue un arañazo
sangrante en el rostro que ahora quedaba con una marca más. Ya
ahí los bomberos llamaron a sus colegas de la policía porque la
cuestión estaba yendo a mayores. El hombre desplegó una risota-
da un tanto diabólica y le espetó a la dama no tan dama un
gruñido feroz y una imprecación: usted se pasó de la raya y me
está dejando rayado igual que su gato al bombero. El jefe de los
anti-fuego alcanzó a meterse en el medio pues el hombre estaba a
punto de olvidarse que se dirigía a una mujer pues ella, además
del arañazo comenzó a insultarlo e intentar por la fuerza recupe-
rar su propiedad rebelde. El hombre por supuesto se lo impedía
anteponiendo su brazo derecho. Me parece que era zurdo pues
ese puño lo tenía firmemente cerrado y conteniéndose. Él no
quería golpear a una mujer por más que ésta lo mereciera muy
mucho. Un patrullero arribó a la zona de conflicto y bajaron una
dama policía y su compañero de tareas. Entre medio del griterío
al que se sumaban los vecinos y curiosos se interpusieron los re-
presentantes de la ley para frenar el desorden. Cuando se entera-
ron cuál era el motivo de la disputa intentaron saber cómo se
había llegado a tal situación, tal vez como manera de calmar los
ánimos y que los combatientes descargaran las energías negativas
y la cosa no pasara a mayores. No hubo caso, tenían que llevarlos
a la comisaría en el patrullero pues no había forma de arreglar
aquello. Lo difícil fue que el hombre no estaba dispuesto a aban-
donar al gato y la mujer a no quedarse sin su pertenencia. Como
condescendencia de los policías el gato también marchó en el
patrullero para la segunda seccional de la ciudad de Montevideo.
Yo tuve que ir porque el hombre, esta vez con una mueca de son-
risa me pidió que lo acompañara en el difícil trance. Una vez allí
continuaban las imprecaciones a la paciencia del hombre por
parte de la señora, cada vez más alterada. Tanto fue que el comi-
sario en persona salió de su despacho a ver qué ocurría. Difícil
fue para los dos agentes explicarle a su superior que además de,
a esta altura, una insana señora y un pobre tipo risueño, risa que
había recuperado y por la cual el jerarca pensó que le estaba to-
mando el pelo, que el motivo era un gato y el gato allí estaba, en
un destacamento policial. La cosa era imperdonable pues no se
permiten animales, solo los de dos patas y un cerebro, cuando
hay materia gris. El comisario se armó de paciencia, pero la
señora no, por lo que fue amenazada de permanecer en algún ca-
labozo si no cerraba por un momento su boca. Ante el redoble de
imprecaciones, esta vez hacia quien comandaba el despacho po-
licial, a la celda fue a dar. Ahora sí, me explica señor de qué se
ríe y que pasó. Comenzó el largo relato de los hechos, en princi-
pio balbuceados por el hombre que me pidió ayuda para aclarar a
lo que el comisario accedió. Como pude colaboré en contar el
desarrollo del episodio. El hombre lo único que acotó fue que no
permitiría que el pobre animalito cayera nuevamente en las ga-
rras de tamaña bruja, prueba de lo cual era el sangrante arañón.
Como complemento agregué que el de cuatro patas no quería sa-
ber nada con volver al lado de su antigua dueña y conté la prueba
sobre el amor que le había tomado el gato al risueño. Ahora
cuénteme de qué se ríe porque no lo entiendo, ¿usted sabe que
está en una comisaría y que yo soy el comisario? Es una falta de
respeto a la autoridad lo que usted hace. Mire comisario, dijo el
hombre conteniéndose, me río por no llorar. Y ahí largó a contar
la historia de su vida, pero el comisario lo paró. Se dio cuenta
que los cables en esa cabeza hacía rato que no andaban bien y
como tenía pinta de bueno y a él también le gustaban los anima-
les solo lo mandó un rato al calabozo. Yo me salvé porque no me
reía y parecía cuerdo. ¿Cuándo lo suelta comisario?, pregunté.
En ese momento se escuchaban insultos que venían del carcela-
rio. Acompañé a la autoridad para ver y estaban como perro y ga-
to verbales la mujer y el hombre. Un escándalo de aquellos. El
hombre se calló y la mujer siguió insultándolo. El comisario la
amenazó que pasaría varios días encerrada si no se calmaba. Al
final decidió pasarlos a los dos a juez. Ya que yo había hecho
veinte haría veintiuna y decidí permanecer y participar de esa
audiencia que para mí sería antológica. La autoridad policial ya
estaba aburrida del hombre y la mujer, yo tendría que hacerme
cargo del gato o iba a las gateras y no a correr carreras. Fui a mi
casa, me di un baño y le dejé el gato a mi mujer que le encantan
los bichos, no sin antes haberle explicado en qué líos andaba. A
las tres de la tarde fui al juzgado. Cuando vi entrar a los reos de
tan somera causa la mirada del hombre preguntaba por el animal.
Le hice señas de que estaba todo bien. Atentamente el actuario
comenzó a describir al juez los hechos por los cuales ambos esta-
ban en calidad de imputados por desorden público. El juez, un
hombre entrado en años y con sapiente rostro escuchó los des-
cargos del abogado de la defensa, que por supuesto era de oficio
en el caso del hombre de la risa exasperante y que resultó ser
yerno de la señora. Hecho este que me pareció motivaba el que
se dirigiera a su defendida y no le prestara atención al otro, más
bien parecía querer marcar los motivos de la disputa. Inespera-
damente quien tuviera la risa como escudo gritó que ella debía
explicar por qué el gato había hecho lo que había hecho. Otra vez
se armó gran discusión y de no estar separados por filas de ban-
cos, la mujer hubiera dejado otra marca en el rostro teatral de
quien yo a esta altura consideraba como un amigo al que se le
hace el favor de cuidar la mascota lealmente ganada. Súbitamen-
te, el juez que percibía que la señora no estaba en sus cabales
hacía mucho le pidió que hablara más calmadamente y explicara
porque estaba tan ofuscada. La mujer pareció conmoverse por tan
buena disposición y contó su vida de un tirón, la existencia con
su marido, su viudez y demás. Mire usted, dijo el hombre de la
risa sospechosa, yo también soy viudo y cuido coches porque me
quedé sin trabajo hace tiempo. Por raro que parezca, se pusieron
a conversar civilizadamente entre ellos olvidando los bancos de
por medio. Parecía aquello un enamoramiento escolar pasajero.
Después de todo el lío que habían armado recién ahora se en-
tendían. Ella admitió haber tratado mal al gato momentánea-
mente, por ello era por lo que este había saltado al árbol. El
admitió que se reía de todo porque no le encontraba sentido al
mundo, no porque quisiera tomarle el pelo a nadie. Ante tanta
amabilidad despertada por un juez, este manifestó que por qué
no se iba cada quien para su casa y dejaban todo como estaba.
Así continuaron los hechos: la bruja era bruja porque culpaba a
la vida de su viudez y no la soportaba, el risueño se reía real-
mente por no llorar extrañando a su fallecida esposa. Él se había
abandonado a cuidar coches tan solo, pese a ser técnico electri-
cista, especialista en el armado y eléctrica de ascensores y cha-
pista de autos, por su pérdida afectiva. De esto salieron
conversando ambos amablemente del juzgado ante la atónita mi-
rada del personal que rato antes los viera entrar separados y a
punto de matarse. Tasa tasa cada quien, para su casa, pero se se-
guían viendo en el barrio. Cuentan las malas lenguas que ahora
son pareja a punto de casarse. El de la risa se mudó al aparta-
mento de la señora pese a las críticas de su hija que creía desa-
parecida su futura herencia en manos de un pordiosero. Así se lo
hizo saber varias veces a su madre, sin que esta le prestara aten-
ción, incluso ante la embobada mirada del hombre de la risa que
ahora reía de contento. Las comadres del vecindario murmuraban
al verlos pasar, su yerno el abogado intentaba hacerse eco de las
exigencias de su mujer y le decía, cada vez que la acompañaba,
que este tipo por más que se riera solo era un buscavidas ato-
rrante. Las discusiones por estos motivos se terminaron cuando la
mujer, ahora con su gato y su nuevo compañero de vida, les dijo
que si no les gustaba no fueran más a su casa. Un buen día mi
mujer me entrega un sobre que ostentaba hermosa decoración y
decía que fulano y fulana nos invitaban a su casamiento. Pues sí,
y se realizó por todo lo alto en la iglesia de los conventuales bien
cerquita de donde vivían. Los comentarios de los vecinos del
edificio eran que se escuchaba música todo el día. Mi amigo,
ahora más cuerdo por el amor, cada vez que me encontraba en la
feria con su mujer, mientras ella compraba, me contaba como
bailaban sus buenos tangos y se habían hecho amigos de una ba-
rra de veteranos en una academia de baile a la que comenzaron a
concurrir. Sabés lo que pasa, que a ella le encanta bailar y yo
nunca supe. Ahora agarré la onda, siempre me gustó el tango y
nunca lo supe bailar. Me dicen los muchachos de la academia
que lo estoy bailando fenómeno. Ahora enseña electricidad y
chapa y pintura a gurises en una academia de oficios. Se gana
sus buenos mangos en el taller de un vecino, recomendado por el
dueño de la casa de repuestos de autos. Su otrora oponente es su
actual señora. La hija aprendió que no todo es dinero y se sumó
al grupo de bailarines de la academia de veteranos. Mi amigo que
no tenía a nadie en el mundo ahora tiene una familia y nietos
postizos. El barrio, ya no es malo y comenta. Resulta que al final
el hombre aprendió además de una forma de reír, una forma de
vivir y una forma de bailar. El hombre de la risa sospechosa
había abandonado su escalón a tiempo.
EMPUJE AQUÍ

Muchas veces estamos distraídos, eso es común, pero de tanto


pasar por una misma puerta de vidrio, deberíamos ya saber, o
presuponer, para qué lado abre. Los empleados pegaron innume-
rables carteles en ese vidrio con la incontrastable leyenda: “EM-
PUJE AQUÍ” o “TIRE”, a ambos lados. Pues no hubo caso, la
mayoría quería abrir para el lado que no era. Quienes trabajaban
a pocos pasos de esa zona (podría decirse de “conflicto mental”),
observaban las distintas formas de circular y enfrentarse a ella.
Había para todos los gustos, personas que leían y abrían correc-
tamente, personas que empujaban mirando para otro lado hasta
que se daban cuenta en qué sentido tenían que tirar o empujar de
la manija y personas que, aun mirando, tironeaban o empujaban
inversamente proporcional a lo que los carteles indicaban. Estas
últimas eran las más interesantes. Se detenían a mirar para todos
lados, sobremanera el punto inferior o superior de la puerta de
cristal a ver por qué no se abría, menos a los carteles. Dio para
pensar en los diferentes significados que puede tener el término
“manija”. En Argentina y Uruguay puede referir al poder que
tiene y ejercita alguien debido a su situación social, profesional o
jerárquica. También a la influencia que alguien intenta ejercer
sobre otra persona para incitarla a pensar o a actuar de cierta
manera. No se sabe qué fue lo que pasó, si alguien habría ejer-
cido alguna de las dos situaciones sobre un muchacho, muy cre-
cidito él, que tironeó de la manija con tal fuerza que se quedó
con el trozo de vidrio en la mano y miles de fragmentos disemi-
nados por todo el hall de entrada. El susto fue mayúsculo para
todo el mundo, la cristalina explosión no dejó sujeto humano en
el entorno que no corriera a ver qué había ocurrido. Algún idiota
llegó a gritar que aquello parecía una bomba, a lo que se vieron
muchos rostros con ganas de salir desesperadamente hacia la ca-
lle, tal vez porque cualquier excusa es buena para no trabajar y
cobrar el sueldo igual. Como fuera, ese impulso ya tenía mayor
sencillez pues no había impedimento físico para ir a la vereda. Se
formó una ronda alrededor del joven y los desechos de lo que
otrora fuera una puerta, por definirla de alguna manera. La única
cabeza que sobresalía era la del autor de la tropelía inconsciente
(no sabían si un psicoanalista lo titularía así). El joven medía
más de dos metros y miraba a todos con cara de “yo no fui” y
menuda expresión de miedo al verse rodeado, no se sabía si se
pensaba atacado por la muchedumbre. Una chica le acariciaba la
espalda y le preguntaba reiterativamente si estaba bien. No que-
daba claro si quería darle respiración boca a boca y no llegaba
por la altura del sujeto en cuestión o simplemente lo animaba
para que no se sintiera tan mal por tamaña brutalidad. Imagina-
ron que tal vez fuera jugador de basquetbol, siempre se piensa
eso cuando se ve gente tan alta, y lo acontecido fuera producto de
la vehemencia impelida por su fuerza para el deporte, sin medida
y aplicada en los hechos. El personal de la guardia trataba de
hacer espacio en derredor del alto personaje, que no se movía y
seguía sosteniendo el trozo de cristal, rémora de una entrada y
una salida que había desaparecido. Es feo no tener más límites
de un adentro y un afuera, pues así habían quedado frente al pú-
blico externo e interno (si aplicamos teoría comunicacional re-
ciente). A fin de cuentas, esa puerta de cristal era un medio que
había que trasponer para comunicarse con la entidad y viceversa.
El implicado en la desaparición del pasaje del interior al exterior
y viceversa era un empleado de un correo privado que venía a
traer encomiendas. Reaccionó sobre su situación y procedió a
entregar los paquetes y huir desesperadamente de allí. La gente
procedió a asolearse en la vereda ya que el hermoso día incitaba
a ello. Algunos fumaban y charlaban, otros simplemente re-
currían a las aplicaciones del lenguaje en sostenidas conversa-
ciones sobre sus bebés o el fútbol, dependiendo de las
adecuaciones familiares a su sexo respectivo. Había una gordita
que los tenía a todos los varones boquiabiertos, pues no suponían
que supiera tanto más que ellos sobre deportes, en este caso el
balompié. La gente de mantenimiento edilicio se acercó, realizó
un cerco alrededor de los vidrios en añicos intentando pensar
una solución antes que llegaran los jerarcas. Dicho cerco no in-
volucró a nadie, pues los pocos que andaban en la vuelta ya se
dirigían a tomar sol con el resto. La guardia del edificio ya no tu-
vo a quien impeler a desalojar la zona problemática. Por todos
lados el comentario era generalizado: ¡qué explosión! Un tipo que
venía pasando en ese momento y dijo ser policía, a raíz de los
comentarios, se dirigió a los empleados de seguridad para averi-
guar los detalles. Pero dijeron que esto fue provocado por una
bomba, sostenía el policía con su identificación en la mano. Ex-
plicación va y viene, los de seguridad le dejaron en claro que no
había ninguna bomba. No le quedó muy especificado al agente de
la ley lo de que un orangután había hecho estallar la puerta, así
que se fue sin más trámite. Los responsables de la institución
utilizaron el dinero de una caja chica para reponer la puerta de
vidrio faltante. Una entidad que se precie no puede estar sin un
adentro y un afuera. Hay que dividir para reinar, ley básica in-
ventada mucho antes de que surgiera el capitalismo. Vaya uno a
saber que avatares acarrearía la prolongación de tal situación en
el tiempo. Ante la rápida imposición de una nueva puerta, regre-
saron mansamente a sus puestos de trabajo, claro que la anécdota
dio para charlar varios días. No era para menos: ¡que susto que
nos dimos!, se repetían cada vez que trasponían el grueso, pero
comprobadamente, delicado vidrio.
EL HOMBRE DE LA MUERTE INSOSPECHADA

Los días se sucedían, grises y encapotados, o soleados e incan-


descentes. Él, de todas formas, pasaba en su bicicleta pedalean-
do con sórdida lentitud. No tenía otra manera de comunicar que
estaba vivo. Cuidaba de noche la barraca de la zona, ese era su
trabajo. De un lado el mar, del otro sus sueños que no respondían
a nada conocido. Si tuviera un dedal para zurcir lo que pensaba
en cada instante quizás la aguja no diera con el plano de la reali-
dad. Daba miedo su soledad. El comentario de alguna vecina era
que si paraba de andar en su bicicleta capaz que no se levantaría
más y caería muerto quien sabe dónde. No se podía calcular su
edad, aunque el paso de los años se hiciera notar en su rostro.
Era un hombre alto y fornido, con la tristeza en los ojos enfocada
en el sendero, al punto que los levantaba solo para saludar a la
gente que conocía de muchos años en la zona, sino no te prestaba
atención y se mantenía en su senda, dale que dale a los pedales.
Las arrugas del destino denotaban en su cara las huellas del ca-
mino. No se sabía si alguna vez tuvo mujer o parientes pues a su
casa, al borde de la ruta, no llegaba nadie. No tenía ni perro que
le ladrara, cosa rara en los desolados días invernales del balnea-
rio. Estaba claro que un cuzco era una boca para alimentar y sus
mínimos ingresos no se lo permitían. Cuando hacía el surtido en
el almacén, todos veían las magras cosas que llevaba, por su-
puesto los alimentos no perecederos eran de lo primero. Una no-
che de tormenta estaba calentando el agua para tomarse un té.
Conocía tan a fondo todos los ruidos, aún en medio de truenos,
relámpagos, viento y lluvia arremolinada con fuerza indescripti-
ble en aquella casucha en el medio del terreno de la barraca, que
aquello no le pareció común. Se plantó el poncho campero que
hacía más de cuarenta años le acompañaba y salió. En una de las
esquinas del predio lindero vio sombras en torno a un ventanal
con rejas. Esa casa era una de las tantas que se ocupaban solo en
temporada veraniega. No le incumbía, pensó, pues no tenía nada
que ver con su tarea, pero creyó que sería bueno que alguien le
debiera, aunque solo fuera correr unos ladrones de su propiedad.
Y así intentó hacerlo lanzando unos gritos destemplados para ver
si los amigos de lo ajeno cesaban en sus trabajos. Manoteó su
cintura buscando el .38 del especial que cargaba desde su ju-
ventud, herencia de su padre, y al que nunca había tenido que
darle uso. Por ese motivo pintaba con esmalte de uñas los fulmi-
nantes de las balas para sacarles la humedad, cosa que el tiro no
fallara. Quizás el único aroma femenino que sintiera durante mu-
cho tiempo, como femenina es la muerte que contiene el estanco
de pólvora y plomo. Mándense mudar o les tiro, gritó ya con el
revólver en la mano. Si vos tirás nosotros también, le contestaron.
Y el viejo que no tenía nada que perder más que su ignota exis-
tencia fue y tiró. La respuesta no se hizo esperar y a poco sintió
un ardor muy fuerte en una pierna. Las sombras de la noche sa-
lieron corriendo y una de ellas parecía arrastrada por las otras, lo
que le hizo pensar que él también había dado en el blanco. El
viejo, herido, se ató la pierna con el cinturón para detener la he-
morragia, maldiciendo aquella soledad congelada en la que,
además de estar solo, se encontraba tirado en la arena y con un
balazo en el cuerpo. Su desesperación era motivada, principal-
mente, porque pensó en cómo haría ahora para poder proveerse
de alimentos y en cómo saldría de ese trance si no tenía a nadie
en este mundo. Ta bueno, se dijo, capaz que en el otro mundo se
la pasa mejor. El temporal arreciaba y decidió arrastrarse hasta la
puerta del ranchito de costaneros de pino y chapas. Una vez allí
la tenue luz de una única lamparilla le mostró que, a pesar del
dolor, el tiro de los malvivientes había entrado y salido limpia-
mente. Se apoyó en una silla y en la pierna sana y logró asir un
par de varejones de eucalipto, a modo de muletas. La arena que
se le había metido en la herida lo hizo maldecir nuevamente. Co-
mo pudo llegó al local principal de la barraca donde el barraque-
ro y sus vendedores atendían a los clientes todos los días. Desde
allí pudo llamar a la policía y al dueño de todo aquello. Al poco
rato llegaron los agentes del orden y luego el patrón. Con tanta
sirena, apareció algún vecino que otro, y dio la casualidad de que
a esa hora tardía llegaran también los dueños de la casa que
habían intentado robar. A poco llegó el socorro médico y allá
marchó el hombre en ambulancia hacia una policlínica de salud
pública cercana. Luego de las primeras atenciones para curarlo
pasó a una sala común. Le sobrevinieron análisis y placas y can-
tidad de atenciones de parte de los enfermeros a las cuales no
estaba acostumbrado. Con el pasar de las horas le trajeron ali-
mento. Pensó que había valido la pena jugársela, aunque solo
fuera para probar tan buena sopa. Sorpresa se llevó cuando al
otro día una de las enfermeras le dijo que había gente esperando
para verlo. ¿A mí?... preguntó incrédulo como si aquello no fuera
posible. Si usted no quiere visitas no hay problema, le dijo ama-
blemente la mujer. Al viejo le atacó la curiosidad por ver quien
quería estar con él y le contestó que pasaran. Bueno, pero va a
tener que ser en tandas, usted tiene que recuperarse. El viejo
quedó con los ojos como dos huevos duros cuando vio acercarse a
una pareja con cuatro gurises. Eran los dueños de la casa que
querían agradecerle lo que había hecho. La señora llevaba la voz
cantante y como estaba un poco nerviosa su verborragia se des-
plegó. El hombre, mudo por tanta palabra junta, pudo entender
que los vecinos se habían reunido y discutido lo ocurrido. Al pa-
recer, habían encarado al dueño de la barraca pues pensaban que
no podía ser, en principio, que le pagara tal miseria como salario.
El barraquero no era sonso y ante tanta insistencia aseguró que le
mejoraría el ingreso. Pero la cosa no quedó allí, los vecinos tam-
bién querían darle trabajo al hombre, así que el barraquero tuvo
que resignarse a que además de recorrer el inmenso terreno de su
propiedad, también visitara en su bicicleta las casas de los veci-
nos. La propuesta, si decidía aceptarla, era que entre todos le
pagarían un salario decoroso y figuraría legalmente con todos los
aportes correspondientes, tanto de la barraca como de la asocia-
ción de vecinos. Con el correr de los días la herida sanó y la mis-
ma pareja lo fue a buscar al policlínico para llevarlo a su casa.
Mayúscula fue su sorpresa al llegar pues se había congregado
mucha gente en la entrada. Todos querían saber qué necesitaba y
qué podían hacer por él. El aprecio de tanta gente, al principio,
lo abrumó un poco, pero al tiempo le tomó el gusto. Hasta cuando
pasa por la placita responde al saludo de la gurisada. Ya no le es
posible hacer distingo entre vecinos conocidos o por conocer. El
hombre ahora anda en su bicicleta con la cabeza levantada y una
sonrisa en la mirada.
CUENTO SOBRE RUEDAS EN EL OMNIBUS

Se dirigió como siempre a la terminal de buses para tomar el que


todos los días lo acercaba a su hogar. Espero, pensaba, que el
viaje sea tranquilo. No era para menos, un vecino suyo había for-
mado parte del sonado accidente en el cual un reventón de cu-
bierta había provocado unos meses de hospital a varios pasajeros,
entre los cuales se encontraba el gordo Eduardo. Pobre, lo tengo
que ir a visitar a la casa, meditaba mientras sacaba pasaje en la
ventanilla. Ese día no consiguió asiento, así que le tocaban dos
horas de viajar parado. Aunque el bus era un directo, colectaba
gente en algunas paradas céntricas y otras no tanto. A poco se
llenó, al punto que aquello parecía un camión de ganado. Una
chiquilina de dieciséis o diecisiete años, entorpecía el paso del
resto, parada al lado del chofer. Una muchacha le increpó la po-
sición que ocupaba. Quizás un poco desubicada la mujer en la
forma en que se lo dijo, tal vez pensando en que como era una
gurisa, no le iba a responder. Pues la respuesta no se hizo espe-
rar: ¿qué decís vos vieja pelotuda? Ahh, dijo la muchacha, le
arrancaría los auriculares, en referencia a los que la chiquilina
tenía encasquetados. ¿Qué es lo que me vas a arrancar pelotuda?
Algunos del bus comenzaron a reclamarle a la jovencita que tu-
viera más respeto. ¿Respeto de qué si yo no me meto con nadie?,
argumentó ésta a modo de defensa. La multitud de pensamientos
se le agolpó en la cabeza pues la situación, si bien era un tanto
violenta, las antipatías las tenía repartidas entre ambas conten-
dientes. Por qué no se podrá viajar tranquilo, se decía, a la vez
que recapacitaba que aquello era un muy pequeño lugar de con-
vivencia móvil. La convivencia no es fácil, se acordó que una no-
via una vez le dijo, pero de todas maneras no son fáciles de dige-
rir los conflictos en el bus. Pensaba que no podía ser que se
tomaran ambas mujeres a golpes de puño, pero la más joven apa-
rentaba estar dispuesta a todo. La otra refunfuñaba: Jaa, si yo soy
vieja ella no nació todavía. Iban y venían las increpaciones y la
mayoría del bus se estaba poniendo de parte de la mujer. Al
hombre se le ocurrió meter la cuchara porque sentía como que
iban a linchar a la gurisa. En realidad, fue nada más que una
sensación, pero le pareció tan grande la soledad de la chiquilina
que decidió meterse. A fin de cuentas, pensó, ¿dónde vamos a
parar si reventamos a los jóvenes? Entendió que ella tenía más
problemas de los que aparentaba, por lo pronto, la respuesta vio-
lenta y fuera de lugar no parecía responder a una cabecita en su
lugar. Che, botija… ¿Por qué te ponés así?, le preguntó. Lo único
que faltaba era que un borracho destemplado desde el fondo co-
menzara a insultar al chofer. Este levantó presión y paró el bus
dispuesto a encarar a quien profería las increpaciones: ¿cómo
dijiste? Acto seguido, abandonó su lugar y se dirigía a quién lo
había ofendido. A esa altura varias personas reaccionaron y al-
guien gritó: dejalo, no le des pelota que está mamado, arrancá si-
no no llegamos más. Y dirigiéndose al borracho varios lo
frenaron: calláte la boca y dejá de molestar. Este refunfuñando
metió violín en bolsa. Todo estaba volviendo a la normalidad, en
el ínterin el hombre había quedado expectante mirando a la guri-
sa esperando su respuesta. Esta, bajando un poco las revolucio-
nes, argumentó: no pasa nada señor. A él le pareció que se le
despuntaba una lágrima y no se equivocaba. ¡Guacha de mierda!,
dijo entre dientes la mujer, ahora viene a llorar, ¿por qué no lo
pensó antes? ¡Señora!, gritó el hombre, ¿para qué sigue provo-
cando? A esa altura esa persona se dirigió a la puerta trasera pa-
ra descender. ¡Menos mal!, exclamó el con alivio. Sintió que
alguien lo pisaba con fuerza. Al rato, sintió codazos en las costi-
llas. Se dio media vuelta y se encontró con una mujer que, en lu-
gar de pedirle que se corriera, tomaba esas actitudes. Al rato es
increpado: Viejito, a ver si te corrés. ¿A dónde querés que me
corra?¿no ves que no hay espacio? Pero no ves que venís ocu-
pando todo el pasillo, le dijo ella. ¿Y vos no ves que es de mejor
educación pedir las cosas en lugar de pisotear a los demás?,
¿dónde aprendiste educación, en la Sorbona? ¿Y eso qué es?, le
dijo la mujer. El la quedó mirando, pensando que la ordinariez
respondía a múltiples factores y no precisamente porque la dama
en cuestión no supiera qué cosa era ese lugar. En fin, meditó,
locos hay en todos lados, pero no los tenía registrados tan agresi-
vos. La gurisa se bajó, la loca se bajó también y el siguió hasta el
destino que quedaba a una cuadra y media de su casa. Como se
verá, no resulta tan sencillo viajar en ómnibus.
LA SEMILLA DE LOS SUEÑOS

Se sentía mareado y no entendía lo que su acompañante le decía.


Le sirvieron la merienda y, dado que tenía hambre, acabó rápido
con ella. Su sobrina debía retirarse por lo que lo dejó a los cui-
dados de la enfermera. Comenzó a reconocer el espacio circun-
dante y le vino a la mente aquella casona que había visitado una
vez, hacía ya mucho tiempo, pues los vidrios y la mampostería
tenían similitud con ese interior que veía. Pensó que era una lo-
cura que hubiera pasado tanto tiempo como para estar en un asilo
de ancianos. Pidió un espejo a la enfermera a lo que ella se negó
argumentando que podía romperse el vidrio y lastimarse él. No-
taba sus miembros con la inseguridad propia de una persona de
mayor edad. Comenzó a sofocarse al intentar incorporarse en la
cama, de lo cual lo hizo desistir quien se suponía estaba a su
cuidado. Lo contuvo tan solo para darle un par de comprimidos y
un vaso de agua con la indicación de que los ingiriera. Pensó rá-
pidamente en negarse, pero no lo hizo, simplemente tuvo la pre-
caución de guardarlos en su mejilla bebiendo el agua tan solo.
Una vez que su cuidadora se alejó a otras tareas tiró las pastillas
en una vasija al lado de su cama y comenzó a observar las partes
de su cuerpo para las que no necesitaba en qué reflejarse. Su piel
y sus articulaciones le indicaban el paso del tiempo el cual se
negaba a creer pese a las pruebas inobjetables de su aspecto.
Creyó volverse loco y decidió investigar qué era lo que le había
ocurrido para estar en esa situación. Decidió esperar a que ano-
checiera simulando dormir para no ser molestado. Cuando las
primeras sombras comenzaron a rodearlo todo y la tenue luz arti-
ficial primó, cuando la última ronda lo encontró dormido como al
resto, recién ahí dio señales de vida. Intentó erguirse en la cama
y lo consiguió no sin trabajo. Se echó hacia delante, tocó su rostro
y se asustó, las marcas en él no mentían. Peor aun cuando se res-
tregó desde su cara hasta su nuca. En ella sintió la presencia de
una doble hilera de orificios con metal en ellos. Intentó levantar-
se consiguiéndolo a duras penas, caminó lentamente a través del
pasillo formado por sinnúmero de camas. El recinto era enorme,
miró por la ventana y vio aproximarse una tormenta. Por suerte
para él no se había alejado mucho de su cama pues sintió ruidos
detrás de la enorme puerta a lo lejos. Llegó a su lecho y fingió
nuevamente estar dormido. Las mujeres de túnica se acercaban
en hilera con carritos portando muchos frutos de araucarias, tal
cual aquel que recogiera una vez hacía no tanto, según su frágil
memoria. Por el rabillo del ojo, por lo menos conservaba buena
vista, alcanzó a ver cómo le tocaba el turno a él. La enfermera le-
vantó su cabeza y retiró la almohada. Colocó en lugar de ella un
soporte con la piña, le acomodó de manera que él sintió cuando
las púas se insertaban en los orificios de su nuca y cabeza. Sintió
ruido de cables pegando contra la cama. De esa forma quedó co-
nectado a una semilla y no sabía qué más. En ese momento per-
dió conciencia de sí y se sintió transportado por el aire, volaba
de una manera increíble por entre las nubes sintiendo de manera
muy real su humedad. Veía los edificios desde la altura incon-
mensurable que vivía en su espíritu acercándose cada vez más a
las hormigas humanas de las calles mirándolas suspendido en el
aire e intentando decirles que se sumaran a él. Algo en ese mo-
mento luchaba en su interior por averiguar qué ocurría. Despertó
con esa idea que le molestaba profundamente, por un lado, el no
querer despertar, por el otro la necesidad de hacerlo para averi-
guar qué pasaba. Cayó del profundo sueño teñido de una absoluta
realidad y abrió los ojos. Se irguió como mejor pudo y tocó su nu-
ca. Sintió la semilla vegetal adherida en esos orificios que le
habían mortificado tanto. Se la quitó, giró, vio todo el cableado
que partía de un único agujero en el polo norte del producto de la
planta hacia la pared y de ahí hacia el techo. No se sacó los sen-
sores que tenía en la mano derecha pues como era zurdo realiza-
ba todo con esa mano. Ello le valió el no ser descubierto por la
alarma de los medidores del ritmo cardíaco. Se preguntó en ese
momento qué prefería, si volver a la cruda realidad de la con-
ciencia o viajar por los cielos en sus sueños que no eran más que
otra realidad diferente. ¿Cuál de las dos realidades prefería?, esa
era la gran disyuntiva. Tomó de la mesa que estaba a su costado
dos pastillas de una caja, similares a las que había simulado in-
gerir, se dispuso a dormir y voló, voló por los aires.
EL VAPOR DE LA ESENCIA

Se despertó recordando sueños que lo habían tenido inquieto to-


da la noche. El fin de la diaria estadía en la cama lo puso el telé-
fono de manera impertinente. Tambaleándose entre las cosas
desperdigadas de la reunión con amigos de aquella noche atendió
refunfuñando. Era su exnovia intentando entrar de nuevo en su
vida. La despachó como pudo. Lo que no lo abandonaba era una
sensación de nauseas producto de la ingesta del día anterior.
Quizás - pensó - eran debido a eso las pesadillas. Las imágenes
le venían como en torbellino y no podía menos que espantarse.
Estas comenzaban como una película en la que era protagonista.
Se encontraba en su casa y escuchó de pronto un ruido a truenos.
La luz de los rayos que rebotaban por todos lados. Salió a la calle
y observó un gran hoyo en el pavimento junto a muchas personas
asustadas. De pronto la tierra comenzó a resquebrajarse haciendo
que todos se echaran hacia atrás. Emergió en ese momento un
enorme aparato tomando por sorpresa a los circundantes. Sintió
que algo con enormes pinzas lo elevaba del suelo y lo colocaba
en el interior de ese aparato del infierno, sentándolo abrupta-
mente en una silla a la cual se vio amarrado. Inmediatamente un
brazo con una jeringa en el extremo le inyectaba en las venas un
líquido verde. El dolor en todo el cuerpo no se hizo esperar. De-
sesperado intentó liberarse, pero el metal de las abrazaderas se lo
impedía. Los seres que le rodeaban parecidos a lagartos no
emitían sonido alguno, pero en su cabeza repercutían las pala-
bras que aludían a un diálogo entre ellos: ¿tiene el tipo genético
indicado?, escuchó. Parece que este humano si responde a la
transformación. Los tonos de voz eran increíblemente reales pese
a que no les veía mover la boca, o las fauces para ser más exacto.
Las ligaduras metálicas lo soltaron, pero inmediatamente un bra-
zo mecánico lo tomo por la cintura y lo sentó nuevamente en una
silla donde se encontró preso otra vez. Otro brazo mecánico le
inyectó un líquido, esta vez de color oscuro. El dolor en el cuerpo
había cesado. Sintió presión en su abdomen, luego en su espalda
y piernas y por último en sus brazos y manos. Esta vez también
estaba apresado por el cuello, pero esto no evitó que mirara la
punta de su nariz que paulatinamente desaparecía. Apenas pudo
distinguir las escamas que le salían. Al tacto sintió la sensación
de la dureza de sus manos al tocar la palma con sus dedos.
Cuando se vio reflejado en las paredes de metal el horror fue
mayúsculo. Se estaba transformando en uno de esos lagartos telé-
patas de los que había estado rodeado momentos antes. Recor-
dando este episodio en el ensueño le interrumpió nuevamente la
duermevela el teléfono con su insistente timbre. Era su amigo
Gabriel para decirle que estaba en el bar de enfrente y que no
quería subir pues venía con otra persona y una propuesta de tra-
bajo. Se preguntó qué sería más horroroso, si tener dos trabajos o
ser un lagarto. Se vistió como pudo sin que lo abandonaran las
náuseas. Una vez frente a su amigo y al extraño, quienes lo mira-
ron sorprendidos por su cara de susto, tuvo que responder a las
miradas de interrogación. No se preocupen, es que comí algo que
me cayó mal anoche. Bueno le dijo Gabriel, lo mejor para eso es
un té con limón. La taza con el líquido color ámbar no tardó en
llegar. Todavía se miraba los brazos y manos temiendo ser un la-
garto más en el universo. Al beberlo contemplando a los otros a
través del vapor de la infusión discurrió que una taza de té ca-
liente en medio del invierno calma hasta los sueños más locos y
los estómagos más sensibles.
INCENDIO EN LA COMPAÑÍA

Hacía poco había ingresado a la plantilla de trabajadores. A sus


veinte años había estado en múltiples empleos. La dictadura más
dura que había conocido el país hacía que los patrones emplea-
ran gente sin ningún tipo de garantía laboral. Arquímedes cono-
ció la industria de la construcción, la del cuero, lavaplatos en
bares, lavavajilla y baterías de cocina en cantinas de comidas,
cadete en agencia de viajes trabajando en negro, peón de empre-
sa de remates, empleado en una tienda y, por último, funcionario
en el Ministerio de … Allí las condiciones mejoraron, aunque
fueran todos contratados por un año, renovable según le cayera la
persona al director de la unidad. Ese día se despertó más tem-
prano de lo usual para ir a clase al Hospital de Clínicas. Su ma-
dre le alcanzó un café con leche, que se tomó rápidamente, y la
vianda para el almuerzo. Tenía calculados los tiempos para ir en
su bicicleta al estudio y al trabajo. Al llegar a este último vio que
el ambiente era pesado, sus compañeros con rostros sombríos
apenas contestaron los buenos días. A poco se enteró que habían
sumariado a una compañera, Rosario, por tener la letra “C”, lo
que implicaba, más o menos, ser un paria social con probable
destino hacia la cárcel. Al igual que a su madre, exfuncionaria a
causa de sus ideas, así castigaba el gobierno de facto a quienes
pensaban diferente. Un compañero tenía sintonizado en la radio
el informativo del mediodía. Se enteran en ese instante del in-
cendio en la Compañía del Gas y de las enormes proporciones
que alcanzaba. Vivía a escasas tres cuadras del epicentro, por lo
que, pensando en su madre y su hermano menor, salió corriendo
sin dar más explicaciones. A la altura de Cuareim e Isla de Flo-
res había un cordón policial que lo frenó. Pidió por favor para
pasar pues temía por su familia, pero la negativa fue rotunda,
acompañada por un culatazo en su estómago que lo hizo retroce-
der. Dolorido, intentó rodear por otro lugar, cosa que logró para
llegar a su casa. Desde el terraplén del edificio vio las llamas que
superaban la altura del gasómetro por varios metros. Sintió que lo
tomaban del brazo, era su madre, la abrazó. Estoy bien hijo, pero
murió uno de los empleados de la compañía, acaba de darlo el
informativo. Al otro día se enteró por los muchachos del barrio,
muchos de los cuales trabajaban allí, cómo habían sido las cosas.
Al parecer un manómetro en mal estado y una chispa de la insta-
lación eléctrica fueron el inicio del incendio. Los bomberos tira-
ban agua, pero ésta se evaporaba. Los trabajadores les indicaban
que debían tirar arena para sofocar el foco ígneo. La muerte del
compañero había sido al comienzo, cuando intentó ahogar el ini-
cio del fuego y la explosión no le dio tiempo, llevándoselo de este
mundo. Los días fueron pasando, pero la tristeza en el barrio no
daba lugar al olvido. Igualmente, el tiempo vence todo, aún las
condiciones más duras. Hoy, ya médico, Arquímedes se pregun-
taba cómo era posible tanta insensibilidad frente a la vida huma-
na. ¿Cuántos trabajadores habían pagado con su vida en los
cadalsos de la dictadura, ya derrotada por la lucha de la gente?
Pero también, ¿cuántos trabajadores habían pagado con su vida,
y seguían pagando, por condiciones de trabajo completamente
inseguras? ¿Algún día esos episodios, que en forma cotidiana e
insensible se sucedían, tendrían final? Sintió que un atisbo de
respuesta se acercaba sobre sus piecitos; lo vio en la mirada cla-
ra y profunda de sus hijas.
PADRE E HIJO

Eran una familia común y corriente de clase media cuyos ingre-


sos les daban para vivir cómodamente sin que les sobrara mucho.
El y ella habían tenido un solo hijo que llegó a este mundo luego
de varios intentos fallidos. Ella, debido a un problema físico, no
podría tener más hijos, por lo tanto, en aquel niño recaían todos
los cuidados. El y ella gustaban de acampar a la orilla de algún
río o arroyo en los veranos. Con mucho esfuerzo se habían com-
prado un camioncito que transformaron en casa rodante y con el
cual les era posible veranear en cualquier parte. Vivían en una
casa en un barrio de las afueras de la capital. Era una casa de
altos con un hermoso balcón hacia la calle al que se accedía tan-
to por el dormitorio del hijo, como por el living y por el dormito-
rio del matrimonio. En los campamentos veraniegos llevaban de
todo en el camioncito, pero los víveres perecederos los propor-
cionaba él como buen aficionado a la caza y a las armas de fuego.

Con el correr del tiempo el niño fue creciendo, así como crecía
la complicidad entre padre e hijo acerca de los conocimientos
que le transmitía el progenitor sobre las armas que poseía. El
chiquilín se transformó en adolescente y en su cumpleaños el
padre le regaló una carabina. La madre manifestó su desacuerdo,
pero él se tomaba muy en serio su papel de jefe de hogar y la hizo
callar. Ese verano el chiquilín probó aquel regalo con algún éxito
que otro y el orgullo de su padre. A la vuelta de aquel campa-
mento se encontraron con la policía en la puerta de su casa y la
vecina de la casa de abajo que les explicó que llamó a los agen-
tes del orden porque había escuchado ruidos en la casa de ellos.
Al entrar comprobaron que faltaban algunas cosas y que reinaba
el desorden. Los ladrones habían entrado por el balcón llevándo-
se los objetos de valor. Con el correr del tiempo él quería olvidar
lo ocurrido pero los informativos repetían hechos delictivos hasta
el cansancio, que como aquel que les había sucedido, ocurrían
en todo el país. El padre decidió que el joven debía estar prote-
gido y le aconsejó que guardara el arma en un lugar que tuviera
fácil acceso en su dormitorio. Una noche dormían plácidamente
cuando ella escuchó ruidos en el balcón donde había algunos ca-
charros viejos arrinconados además de estar la cuerda de tender
la ropa a secar. Ella despertó a su esposo el cual le aconsejó que
no prendiera la luz de la mesita. Quería sorprender a tiros a los
supuestos ladrones para su escarmiento. Al salir al balcón vio
una sombra a la que disparó al tiempo que el disparo era respon-
dido con otro. Se escuchó casi al mismo momento un maullido
feroz de un gato asustado y ella quedó como único testigo en la
enorme oscuridad de la noche.
Impreso en
Montevideo ­ Uruguay
en
mayo de 2021

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