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DEVOCIONARIO MERCEDARIO

LA BEATA MARIANA DE JESÚS,


PRECURSORA DE LOS JUEVES EUCARÍSTICOS
Santa extraordinariamente eucarística.

Desde su infancia oyó diariamente la Misa y desde que quedó inhábil para los quehaceres
domésticos, todas las que se decían en la Merced de Madrid, sita en lo que hoy es Plaza de Tirso de
Molina; en la iglesia de San Pablo de los dominicos en Valladolid, los años que allí estuvo la corte
(1603-1606), a quien su padre tenía que seguir como peletero de la Casa Real, y después hasta su
muerte, 1624, en la Iglesia de Santa Bárbara de los padres
mercedarios en Madrid, 1606-1624.

Fue admitida a la primera comunión no cumplidos los ocho años,


edad muy temprana para aquel siglo en que Felipe II hizo su primera
comunión a los catorce años. Comulgó después frecuentemente y,
en el resto de su vida, a diario desde los treinta y tres años; antes de
que el venerable P. Juan Falconi sentase magistralmente la doctrina
de la comunión diaria, ahora canonizada por el Santo Pío X en el
decreto “Sacrosanta Synodus”, y él y los de su escuela introdujesen
la costumbre del pueblo piadoso de Madrid.

Su adoración del Santísimo Sacramento fue continua, el tiempo que


las iglesias estaban abiertas; de día y de noche en los dos últimos
años de su vida, 1622-1624, los de su vivienda en una tribuna de la
Iglesia de Santa Bárbara. Su ansia en la veneración “tan fervorosa, que cruzando los dedos de las
manos unos con otros, los apretaba de manera que habían hecho impresión y señal, como si fueran
encajes dispuestos con artificio”; su actitud siempre absorta y enajenada, frecuentemente estática
y a veces maravillosamente resplandeciente, “no de otro modos que si su rostro fuese terso espejo
en que la luz del sol estuviese reverberando, pero con la diferencia que esta luz era más sutil”. Este
tema lo puso en cuadros y sus estampas se divulgaron en Roma en las fiestas de beatificación, el
pintor Jornaldi y lo grabó Fadoni.

Como San Pablo dijo de las vírgenes que eran santas en el cuerpo y en el espíritu, podemos
nosotros decir que la Beata Mariana de Jesús fue eucarística en el alma y en el cuerpo; en el alma
por una atención constante, conciencia viva y experiencia íntima de la Eucaristía, y su cuerpo,
“como compañero tan cercano” del alma, vióse adornado de una honestidad “cual –dice ella- no
podré explicar”, insensible a la fatiga, a veces resplandeciente y partícipe de la suavidad y unción
interior”. “Una vez –escribe su confesor- estando acabada de comulgar en las gradas del altar,
sintióse luego tan fervorosa y recogida interiormente, que no se podía apartar del altar, y
juntamente el cuerpo tan encendido, que se pudo decir muy bien: Cor meum et caro mea
exultaverint in Deum vivum”.
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La Beata Marian de Jesús y la Eucaristía Sacramento.

La Eucaristía en su constitución, sacrificio y en su acción sacramento, por sacrificio acción


estrictamente sacrificadora, que hace el hombre que comulga, sacrificio también, íntimamente
unido como miembro de un mismo cuerpo, con el sacrificio de Jesucristo.

Jesucristo dejó por la muerte de ser Cabeza de la humanidad prevaricadora para resucitar Cabeza
de la humanidad redimida, santificada y glorificada; así deja el hombre por la comunión de ser
terreno y animal para levantarse de ser terreno y animal para levantarse de la mesa eucarística
hombre celestial y espiritual.

La muerte separando el cuerpo del alma, deja todos los miembros y sentido corporales muertos; la
acción sacrificadora de la Eucaristía matando la propia voluntad deja sin vida todas las afecciones
humanas que se insertan en ella y de ella se nutren, y al hombre déjalo libre de sí mismo para ser
sacratísimo o totalmente de Jesucristo; informado, vivificado y movido por el Espíritu de Dios,
viniendo a ser otro Cristo, o más propiamente viniendo a ser viviente en sí mismo.

La admirable igualdad de ánimo de la Beata Mariana de Jesús –reflejada en su cara, aun de cadáver,
que parece se está abriendo al gozo que siempre dura-, es el efecto pleno de la Eucaristía
sacramento. En este artículo del proceso de la vida y milagros coinciden los testigos genéricamente
en que esta admirable constancia de ánimo, calificada de eximia, se fundaba en que vivía
desapropiada totalmente de sí misma y puesta toda en Dios. De todos los testigos que leí el que
mejor lo expresó fue Fray Marcos de San Lorenzo, al decir que procedía esta perpetua constancia
de que “tan descarnada y desprendida su alma de sí misma, vivía radicada y afirmada en sólo Dios”.

Llevó al lienzo el año 1625, primero después de su muerte, Vicente Carducci, pintando al Niño Jesús
como brotando y creciendo del corazón flamante de la Beata; doctrinalmente en forma sensible, es
el pensamiento de San Pablo de la formación de Jesucristo en el corazón de los fieles hasta que
resalte Cristo hasta en el mismo cuerpo moral, e históricamente es una anécdota de una sierva de
Dios con la Beata; veía en el pecho de Mariana como encajado “un hermosísimo Niño Jesús y al
despedirse sin decirle lo que veía, le dijo: Guárdame, hermana, muy bien este Niño”. La Beata
Mariana “mirándose ella a sí misma, vio por muy alto y maravilloso modo como que estaba bañada
y entrañada en “el mismo Dios y Dios en ella sin saberse jamás explicar”.

La Beata Mariana y el Sagrario.

Estar siempre con el que está siempre con nosotros fue su creciente ansia y casi heroica realidad,
sobre todo en los últimos años de su vida. “Su vida –escribe el cardenal Trejo y Paniagua- era
estarse allí (en la Iglesia de Santa Bárbara) retirada, pasando todo el día o casi todo el día delante
del Santísimo Sacramento; que era todo su ejercicio estar en presencia de Dios con viva fe de su
asistencia en las especies sacramentales”. Preguntada por el Cardenal “qué le pasaba en la oración
en tan largos tiempos, nunca me quiso decir más de que para la merced que Dios le hacía en
admitirla en su presencia, era poco el tiempo del mundo”.
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Hay en la adoración eucarística, como en toda oración,


equivalencia de diálogo entre el alama y Dios: el alma pide,
Dios da; el alma le busca, Dios se encuentra; el alama llama,
Dios le abre. Esta equivalencia se convierte a veces en
formal diálogo, hojéense las vidas de los Santos. De la Beata
Mariana de Jesús, sólo voy a dar algunos casos, contados por
ella misma y uno por su confesor.

“Salía un día de la capilla de Nuestra Señora del Remedio (de


la Merced, de Madrid), algo amarga mi alma…, que parece
no iba tan sazonada y enternecida como otras veces, decíale
al Santísimo Sacramento: “Ea Señor mío y Rey mío, que para
mí no hay puerta cerrada”. Respondió el Señor a mi alma:
“En cuanto me la tuvieres abierta”. En lo cual me halló
enseñada en el cuidado y solicitud que quiere nuestro Señor
que tengamos aun de cosas muy pequeñas, aunque su
Majestad es amigo de agrio y dulce”.

“Estando ya para recibir el Santísimo Sacramento y dándome su Majestad a conocer qué casa tan
pobre era mi alma, con afecto le decía: Señor mío, mucho más limpio y hermosísimo es ese sagrario
en que estáis. Respondió su Majestad a mi alma: no me ama.”

Importunada salió de la iglesia a ver cierto espectáculo y volviendo se enterneció tanto su alma en
ver la Iglesia sola y sin gente y que no hubiera nadie que hiciese presencia al Santísimo Sacramento,
y comenzó a decir jaculatorias, oraciones muy tiernas y devotas, entre las cual le dijo: ¿Cómo estáis
solo, Señor mío? Y al punto le respondió interiormente. Te estoy esperando.”

La Beata Mariana de Jesús y los Jueves Eucarísticos.

Ansiosa de una eterna fiesta eucarística, ideó la semanal de hacer Jueves Santo y de Corpus todos
los jueves del año.

Adornábase el altar, como el monumento con las mejores galas, multitud de velas y flores;
vertíanse aguas destiladas y en pebeteros quemábanse perfumes; celebráse la misa solemne con
los ornamentos de las grandes solemnidades y quedaba expuesto todo el día el Santísimo
Sacramento. Ambiente el de la Iglesia de Jueves Santo; olor a cera, incienso y flores; pasos quedos
en los adoradores que entraban y salían; alegría serena y reconcentrada en los rostros; vagar de
toda humana ocupación y dedicación exclusiva a la adoración eucarística.

Alma de la fiesta, la Beata Mariana de Jesús, en su sitio de siempre, montaba su guardia eucarística,
con las mejores galas de su espíritu; lámpara siempre encendida; infatigable inmóvil como estatua,
radiante y encendida la cara, porque de solo hablarle del Santísimo le salían al rostro ciertas luces
tan grandes que “le hermoseaban maravillosamente”, siempre agradable en los jueves, como lo
dejó testimoniado su criada en los procesos, daba muy especiales muestras de paz, de amor y
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suavidad. Muerta ella, andando los años, vino a decaer esta fiesta, que a su ejemplo y también en
su memoria debió ser perpetua, y los superiores la suprimieron.

Las vísperas, al toque del Avemaría, todo era afanes de Miércoles Santo en la Iglesia de Santa
Bárbara. La Beata Mariana, mayordoma de la fiesta, daba la cera, las flores, los perfumes y adornos.
Por testigos consta que las flores fueron frecuentemente y, según parece, habitualmente
milagrosas, porque “siempre sacaba flores de su jardín, aunque no fuese tiempo que las hubiese,
que todo estaba abrasado con la fuerza y rigor del hielo”. Hay un hecho, semejante lo hay en los
procesos, relatado por el P. Presentación. Un miércoles por la tarde reparó la Beata Mariana que en
la cerradura del Sagrario había una hermosa mosqueta, que por ser la primera la había enviado el
jardinero presentado a su ama y ésta, a la iglesia de Santa Bárbara: “Ángel mío, pide licencia a mi
Señor y dámela”, dijo la Beata al corista Fray Agustín, ayudante del sacristán. Con ella en la mano
empezó a loar a Dios que la había criado, y al volverla al religioso, le dijo: “Mucho se ha descuidado
nuestra mosquilla –una mosqueta que tenía en el jardín-; yo la reñiré para que se enmiende”.
Marchóse a su casa y encaminose derechamente al jardín y el corista Fray Agustín que la seguí para
que le diese las cosas de los jueves, desde la casa asistió al capítulo de culpas que la Beata Mariana
hizo a la pobre mosquilla: “¿No se afrenta, hermana, de que otras le ganen por la mano en servir a
Nuestro Señor y Criador? ¿Qué razón hay para que las extrañas y que están en el siglo lleven flores
para el adorno de Nuestro Dios y que estando vos en su casa habéis de ser la última en servirle?
Mire que se ha de enmendar de hoy más y no ha de ser negligente como yo”. A la mañana
siguiente, bien de madrugada, el escapulario lleno de
flores, se las dio al sacristán, diciéndole: “Ya, ángel
mío, se ha enmendado nuestra mosquilla y ha dado
esas rosas para el adorno del altar”.

11 de abril de 1624, Jueves Eucarístico, semana de la


Pascua de Resurrección. Se había cantado en el
introito de la Misa de aquel día: “Y alabaron a una la
mano vencedora de Dios, aleluya, aleluya”. Esta
mano que tantas veces había tocado el alma y el
Espíritu de la Beata Mariana, dejándole en un ocasión
señalado su cuerpo de esta mano… la tocó este día
mortalmente, “y sintió un repentino y agudo dolor de
costado”.

Cayó víctima eucarística en día y celebración


eucarística bajo la mano vencedora de Dios, porque
esto es la víctima, como hermosamente lo dijo
Ovidio, “quae sub manu victrice cadir, la que cae al
golpe de la mano vencedora.
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En brazos fue llevada de la Iglesia su vivienda, en una de las tribunas y a su lecho, altar de su
inmolación. Las grandes avenidas de gozo y júbilos interiores no la engañaron, fueron pregustos de
la ya inminente felicidad eterna.

Amaneció el jueves siguiente, 18 de abril, Jueves Eucarístico y expuesto, no el Santísimo, sino sobre
un tablado en el presbiterio el cuerpo de la víctima eucarística: no macilento, sino claro y natural, a
ratos radiantes; su carne tratable, sus articulaciones flexibles; todo él suavísimamente oloroso, en
que la muerte por tantos siglos no puede acabar su obra, sino consumiéndose “como ofrenda y
hostia en olor suavísimo a Dios”.

Fray Juan Gilabert Castro. Publicado en origen en “Obra Mercedaria” Nº. 30. Abril-Junio de 1952.

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