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¿Cuánto dinero necesitas para cambiar tu vida?

Nakamura es alguien normal. No tiene la más pequeña chispa de ser algo especial. La gente
lo ve y pasa como si fuera cualquier sujeto. Si lo colocáramos con maniquís no resaltaría en
lo absoluto. Nakata no tiene un talento especial que lo ayude a resaltar. Nakamura no tiene
amigos porque es plano y neutro, no quiere eso, pero tampoco aquello. Podría apostar que
encontraría el punto medio de entre saltar del risco y no saltar.

La normalidad de Nakamura se debe en gran parte a su hermano. Nakamura siempre estuvo


a la sombra de él. Falta decir que en todo era relegado, en atletismo, en la escuela y con las
chicas. Su hermano era perfecto, nada se le escapaba. Sus padres pretendían decir que no
tenían a Nakamura. En el colegio eran contadas las personas que sabían que Nakamura era
el hermano del chico más popular de todo el distrito de Nakano. Incrédulos decían —¿tú?,
hermano de él, no es verdad.

Nakamura sabia muy en el fondo todo lo que ocultaba su hermano. Nakamura veía la doble
cara cuando le felicitaban o cuando hacia una maldad a otro compañero y él era el artífice
oculto. Su hermano disfrutaba el sufrimiento ajeno, él se sentía en un pedestal en el cielo,
donde no puede ser tocado, por más que Nakamura trataba de hacer ver a las personas lo
que sucedía con él, más le tachaban de loco o simplemente, le hacían ver su lugar con el
aire, nadie le prestaba atención. Incluso llegando a incomodar a los maestros, para saciar
esa sensación de desesperación, nada más le decían que lo tendrían en mente. Hasta que un
día lo acepto, se dejo llevar y solo existía.

Con el paso del tiempo Nakamura fue alejándose de todos y de todo, en el estado en que se
encontraba Nakamura no sería difícil, el bien pudo haber pagado un boleto al extranjero y
nadie le echaría de menos. Poco a poco hizo su vida, entro a una universidad donde estudio
una carrera que no estaba entre las más populares, pero tampoco entre las desconocidas. Al
final acabo en puesto de en un puesto administrativo y trabajando largas jornadas con u
sueldo que no era del otro mundo, pero menos una miseria. Tenia un departamento con
vista a Ginza, veía a los más adinerados de la ciudad, podríamos decir que, de todo el país,
pasar y regresar, divertirte en casinos, salir con modelos de revistas famosas, beber botellas
de la más alta calidad, llegar en coches de loa más altos materiales y diseñados por los mas
altos artistas italianos. Todo en lo que parecía ser una nueva Sodoma y Gomorra. Cuando
Nakamura regresaba del trabajo no prendía las luces, las luces del distrito de Ginza eran
suficiente parta el, atractivas y relajantes. Le recordaban al árbol de navidad, las épocas de
felicidad de Nakamura, a pesar de saber que estaba solo, la navidad le traía consigo una paz
y alegría que ni su hermano le podía arrebatar. Todas las noches antes de ir a la cama, veía
el distrito y se echaba a dormir. Lo mismo durante todos los días, levantarse, trabajar, ver
las luces y dormir. Todo bien en su vida, era uno más y a la vez uno menos, o eso creía.

Nakamura en el fondo quería hacer algo sorprendente, lo que fuera. Toda su vida, su
existencia le hacían desear algo sobresaliente, aunque sea una sola vez. Hasta que la
oportunidad surgió y paso. Fue cuestión de tiempo para que Nakamura `pusiera manos a la
obra su plan. La culminación de la normalidad de Nakamura, la verdad esa no se le podía
quitar ni mucho menos ocultar era ya parte de Nakamura.

La idea que traía Nakamura en su cabeza no la podía aterrizar el solo. Necesito de más
manos. Los cito en un lugar especifico y las llevo a su departamento, las cito a cada una en
lapsos de media hora, tiempo suficiente para llevar a las personas a su departamento y
regresar a por el siguiente. Faltaba uno solo. Nakamura no se le veía cansado de ir y venir
en los viajes, tenía la emoción a flor de piel que tamborileaba en sus pies con los dedos.
Cuando llego la última persona Nakamura y él se vieron las caras y se miraron un
momento.

Un hombre de gruesos lentes y una barba tupida estaba parado aun lado de Nakamura.
Vestía unos pantalones cafés oscuros y una camisa grande caqui remangado hasta el codo y
mostrando sus plumas en el bolsillo del pecho.

—Tu eres Nakamura, ¿Cierto?

—Y tu debes ser Watanabe, ¿no?

Los dos asienten, Nakamura se levanta de la banca y se encamina.

—sígueme y no hables.
Los dos caminaron por un rato en el residencial, veían las casas, que se repetían en un
patrón de tres chicas y una grande. Pasaron en un parque de juegos de niños y en frente
estaba una casa grande, color café. Nakamura se dirigía a la puerta, saco las llaves y abrió
la puerta. Se salto el genkan sin quitarse los zapatos. Watanabe por el contrario ya se había
descalzado los zapatos. Nakamura lo detuvo.

—No hace falta.

Watanabe asiente y se vuelve a calzar los zapatos.

La casa consta de un corredor que al lado tiene su sala, del otro extremo de la casa se haya
la cocina y las escaleras del segundo piso. Había tres habitaciones y un baño.

Las personas que había traído estaban sentadas en la sala, nadie decía nada, todos tenían su
parte de sala para mirar. Tres chicos y una chica. Nakamura les indico que se pasaran al
comedor, un chico se adelanta y le abre la silla a la chica, todo un caballero. La chica nubla
su vista y se sienta al otro extremo. Watanabe se sentó en la silla de que iba a ser de la
chica. Junto a el un sujeto de traje negro y camisa negra desabrochada hasta el pecho veía la
pizarra de Nakamura con la cabeza apoyada entre las manos. Al otro lado un chico que solo
veía a la mesa. Grandes orejas y no dejaba de frotarse las manos en los vaqueros. El ruido
que hacia la chica de pelo corto al mascar chicle era lo único que sonaba en esa habitación,
hasta que el chico caballero digo algo.

—dijiste que seriamos siete, y yo solo veo seis.

—El otro me dijo que llegaría tarde que empezáramos sin él, ya le he dicho como llegar.

El chico no dijo nada, solo se limitó a asentir.

—Bueno ya tenemos claro el objetivo principal, vamos a robar el hanajubu.

Los chicos de la mesa se vieron unos a otros y el sujeto de traje negro que lidera la mesa
desde el extremo opuesto a Nakamura dijo.

—porque el hanajubu, y no el banco nacional, del hanajubu sacarías un par de millones,


pero no miles como en el otro.
—Tienes razón —dice Nakamura sacudiendo su dedo con euforia—, pero hay algo más ahí
dentro que solo dinero.

—y que puede valer más que unas fichas de blackjack y unos centavos del traga perras—
dice la chica.

—Diamantes.

Todos se petrificaron, su atención se centró a Nakamura.

—Si, diamantes. Tantos que podrías llenar este cuarto hasta el techo.

—Y como nos aseguramos que no mentira —dijo la chica.

—Si es verdad —dijeron los chicos.

Se escucha que alguien abre la puerta y pasa a la sala. Un hombre mayor como de unos
sesenta, cansado y de traje gris con corbata negra entra a la sala.

—Él tiene la respuesta que buscaban.

—¿Él? —dijeron al verlo.

—Si, él. Hideo porque no te presentas.

Hideo asintió.

—Como ya lo dijo el señor, yo soy Hideo Tamura. Trabajo como jefe de seguridad del
casino Hanajubu.

—Vaya —dijeron todos los chicos.

—Pero eso no contesta a mi pregunta —dice la chica.

—Es verdad —dicen los críos.

—Yo los he visto con mis ojos, los he palmado, que más necesitas.

—Quiero que me expliques de donde sacaron todos esos diamantes.


—aquí es donde entro yo —dice Nakamura pegando fotos en la pizarra—, pero antes unas
clases de astrofísica y historia para entender todo esto. A millones de años en nuestra
galaxia se haya un planeta llamado 55 Cranqui E.

Nadie hacia ruido, más que el chicle de la chica.

—Y se plantea que esta formado principalmente por diamantes y pues resulta ser que quien
no quiere un planeta lleno de diamante, porque claro un solo fragmento de este mismo sería
suficiente como para ser reyes el resto de sus vidas.

Todos asienten.

—Pues resultar ser que un meteorito impacto con ese planeta y fragmentos de ese planeta,
de casualidad de que cayeran aquí en la tierra.

—pero como lo sacaron —dice el sujeto de la camisa negra.

—Fácil —dice Hideo tomando el lugar de Nakamura—, en la segunda guerra mundial el


ejército nazi encontró estos restos del planeta y en grandes cantidades, la guerra solo fue un
pretexto para poder quedarse con los diamantes.

Todos asintieron.

—Pero como es que esos diamantes llegaron hasta japón.

—También es muy sencillo —dice Nakamura tomando de nuevo su lugar—. Es gracias a


este nombre, Jinju Shizumu, el era parte del ejercito nazi encargado por los japoneses para
asuntos oficiales, y extra oficiales era un alto mando sobra decir. El antes de que acabara la
guerra, justo cuando recluyeron a Hitler a su bunker el recibe ordenes directas para ocultar
los diamantes entonces lo hace, envía los diamantes a japón, estos llegan hasta la isla de
hokkaido y son puesta en la montaña en contenedores de tres por tres metros. Ni un solo
diamante se perdió y la familia de shizumu vivió feliz y llena de comodidades después de la
guerra.

—Con el paso del tiempo y con la necesidad de esconder los diamantes del publico crearon
el casino Hanajubu para resguardarlos.

—El casino en si mismo es una bóveda de diamantes mas que casino.


Todos se veían entre ellos y el pizarrón. Fue el líder de camisa negra quien hablo.

—Bueno todo muy bien, pero para que nos necesitas.

—Esa es la pregunta, no Hideo —dijo Nakamura.

—Si exacto.

—Bueno ustedes saben en que son buenos porque no me dicen su nombre y en que son
especialistas antes de seguir con el plan.

—Yo empiezo para acabar con este teatrito. Hola me llamo Kishimoto, pero me pueden
llamar Kishimoto. Soy experta en materiales explosivos y sus derivados. Asi que si te pasas
te explotare mi puño en tu cara. Gracias.

—Bueno yo soy takeda y soy una ex yakusa retirado —dijo takeda mostrando su mano, le
faltaba un dedo.

—Yo soy yoshida —dijo el chico caballeroso—, y mi profesión es tomar prestadas las
cosas caras de las personas. Por cierto aquí están sus billeteras —dijo al momento de
dejarlas caer en la mesa.

Todos abrieron sus ojos, y empezaron a revisar y tomar sus carteras.

—Porque haces esa bobada niño —dijo Hideo.

—Es que takeda mostro su acto de magia y no tenia un dedo, y kishimoto puede explotar
sus puños en nuestras caras, tenia que sorprender de alguna manera no.

No dijo nada Hideo.

—Bien yo no voy a hacer algo sorprendente por el momento. Soy Komatsu y mi profesión
es ser hacker.

—Gracias Komatsu —dice Nakamura y todos voltearon a ver a Watanabe.

—Hhhola mimi nombre es, es Watanabe y, y, y soy un profesor de matemaricas.

Todos veían fijamente a Watanabe.

—Y…eso es todo —dice kishimoto cruzda de brazos.


—Watanabe no es bueno con la gente —dice Nakamura—, denle tiempo y compresión,
pero dejen que le ayude un poco. El es el mejor jugador de poker que ha habido. El tiene
prohibido la entrada a todos los casinos que hay en el mundo, y eso que no ha estado en las
vegas y todo esto a la edad de 15 años.

Todos cambiaron la forma de ver a Watanabe.

—Bueno todo muy bonito, pero en si que vamos a hacer.

——Bueno aquí entro yo —dice Hideo—, si queremos que esta operación funcione
debemos al menos tener cinco cosas indispensables: uno, equipo de excavación; dos,
transporte; tres, ruta de escape; cuatro, los cojones más grandes del mundo; cinco, mucha
suerte.

—Suena a que vamos a morir, ¿cierto? —dijo kishimoto.

—Solo si no sigues el plan.

—Todo es muy sencillo, es como decían por ahí. Entras, tomas y te vas.

—Pero nunca es así —dice yoshida.

—En eso tienes razón yoshida—dijo Nakamura.

—los problemas que nos pueden detener son de la estructura del lugar —dijo Hideo
sacando los planos— primero todo el csino esta repleto de cámaras y sensores. Son tres
plantas con un nivel subterráneo donde guardan los diamantes.

—pero los vamos a burlar porque tu eres el jefe de seguridad, cierto.

—No, no puedo usar mis privilegios para hacerlos entrar o apoyar desde dentro.

—Ya veo —dice takeda.

—No pueden entrar ahí asi por asi porque es virtualmente imposible.

—Ya ha habido tres intentos de robar el casino. Los primeros, tomaron el dinero y los
detuvieron en la puerta, su problema fue el tiempo que les tomo entrar, tomar y salir; los
segundos, entraron por la puerta con equipo pesado y de gran calibre, ellos hicieron una
masacre, el problema fue que no contaban con que les darían una respuesta de igual
magnitud, esos están bajo tierra.

—y los últimos hicieron un túnel hacia el subsuelo pero cuando llegaron encontraron con
nueve cajas negras del tamaño de una habitación, sobra decir que no había dinero, taparon
el hoyo y se largaron.

—y como sabe eso de los últimos —dijo kishimoto.

—sencillo, yo era uno de ellos.

Nadie dijo nada.

—Wow.

—Entonces…que haríamos nosotros.

—como dijo Nakamura, es muy sencillo el plan solo es entrar y salir.

—van a entrar por el túnel que cavo Hideo ya hace as de 25 años. Iremos kishimoto,
yoshida y yo. Las nueve cajas son de hormigon combinado con acero resistente a
explosivos, kishimoto va a abrir las cajas con sus métodos y yoshida y yo vamos a prepar
los rieles para ir sacando los diamantes.

—ya entiendo —dijo kishimoto.

—Komatsu hará de nuestro hacker anulando cámaras y los sensores. Asi nos quitara un
peso de encima.

—déjenmelo a mi —dijo Komatsu.

—Takeda nos puede conseguir además de equipo, una mano extra con el transporte y ojos
en la espalda —dijo Hideo.

—mis hombres están a tu servicio mi señor —dijo takeda.

—y yo que voy a hacer —dijo Watanabe— no veo en que parte de ese plan encajo.

—bueno en la más importante, tu eres el cebo.

—¿el cebo?
—Si, el cebo. Vas a entrar a jugar unas partidas de poker y vas a distraer a la seguridad.
Para cuando salgamos no nos sigan.

—ya veo, no lo hare.


—Todos miran a Watanabe. Y el se encoje de hombros como si le fueran a soltar un
tortazo.

—¿qué?

—pensé que haría cualquier otra cosa, pero no jugar poker y luego entregarme asi como asi.

—pero lo más que te pueden hacer es correrte a patadas —dijo Hideo.

—y mis valores que, el poker me saco y me puso en esta, ya no mñas Hideo, ya no más.

Se levanta Watanabe y se retira.

—vaya chico —dijo yoshida.

—es un poco sensible, ocupa desesperadamente el dinero y no quiere saber nada del poker
otravez.

—todos necesitamos el dinero.

—lo sé.

Después del numerito de Watanabe, todos se ponen de acuerdo y se verán otro día.
Mientras nakmura arregla la casa, hideo corre tras Watanabe. Wtanabe no corrio muy lejos,
se quedo en el espacio de juegos para niños. Se columpiaba y veía como sus zapatos hacían
caminos sobre las piedras.

—Watanabe

—¿Fui claro, no?

—algo, si, pero te necesitan, sin ti ellos jamás tendrán lo que también tu necesitas.

—Todos hacemos trabajos que nos guste o no, pero que nos da una recompensa que te
cagas.

—Lo sé, pero el problema no es el poker.

—ah, no. Entonces que es.


—El miedo a volver a caer de donde Sali.

—Bueno no estarás solo.

—eso dices, pero el que va a estar en las mesas solo voy a ser yo.

—Lo sé, cremé yo voy a estar ahí, vigilándote, como jefe de seguridad, tengo que ser
minucioso, voy a estar sobre ti, alargando el tiempo para que vayan a por ti. ¿crees que yo
te llevaría a la cárcel? pues no, solo te saco del casino y te doy una advertencia no crees.

—Bueno suena más confortable.

—Entonces estas dentro.

—Creo que sí, creo que sí.

—Bueno los chicos se verán el miércoles para comern en el un restaurante de Takeda. No


lleges tarde.

—Esta bien hideo —dijo Watanabe viendo a hideo alejarse.

El miércoles llego, todos se hallaban en un restaurante propiedad de takeda. Ya era de


noche, el olor a carne freir y los caldos de ramen con especias, se anteponían al de las
colonias de los hombres. En la mesa Komatsu y yoshida comían todo lo que les ponían en
frente. Llevaba ya cinco platos de misoshiru. Los demás comían a su ritmo. Kishimoto
apenas comió bocado. Al igual que Watanabe, solo corrio los fideos y dejo lo demás.
Takeda, Hideo y Nakamura ya irían por la mitad.

—esto esta muy rico —dijeron yoshida y Komatsu con la boca llena.

—Que bueno que les guste chicos —dice takeda—. Como pueden ver estos son mis
territorios. Todos los locales saben que son, asi que si necesitan algo no duden en pedirlo.

Todos asintieron.

—por cierto ya compre el edificio que me pediste Hideo —dijo takeda sacando un folder
1 Borrador
Me casé con la primera chica que me dijo que le gustaba, ella sería la
única chica en mi vida. No era bueno con las mujeres, para nada, pésimo sería
un adjetivo propio para mi caso particular. Siendo sinceros, tampoco me fue
fácil ser novio de mi esposa, ella y yo somos de mundos totalmente diferentes.
En donde a mí me gusta lo picante, a ella lo dulce y, por si fuera poco, el dulce
me causa malestar. No puedo quejarme de vivir así, sería más difícil que no
estuviera a mi lado, estaría solo. Todo lo que había pasado, por ella y con ella,
se encontraban en un fino cabello, mientras, yo me balanceaba en él cargando
sobre mi espalda cada uno de los problemas que teníamos.
Se me hacía horrible vivir el resto de mi mediocre vida con este
problema, así que, esté año para mejorar nuestra relación decidimos ir a un
viaje de reconciliación a Japón. Solos y sin impedimentos para mejorar las
cosas. Pensándolo bien, no sé por qué Japón era el lugar ideal para aumentar
nuestros lazos de matrimonio; necesitaba estar con ella y convivir para
destruir el muro de problemas entre nosotros. Lo haría con un gran mazo y de
un solo golpe.
Cuando le comenté del viaje ella dijo “Es una buena idea, serán unas
estupendas vacaciones”. Jamás creí que aceptara tan rápido, eso solo podía
indicar una cosa: estaba haciendo lo correcto. Volamos en temporada baja, era
lo más cómodo. A ninguno de los dos nos gustan mucho las multitudes, eso
era algo que compartíamos en común. ¡Vaya!, no me había dado cuenta de
eso. Tanto tiempo juntos y apenas me voy percatando. Debieron ser los
momentos más agradables de mi vida, las demás cosas carecían de
importancia para mí; así se debe de sentir la gente que tienen mucho en
común, estar feliz todo el tiempo.
Todo el viaje fue maravilloso, la llegada a Nara con sus venados
persiguiéndonos por comida, acabe odiándolos; la visita a los bares de Osaka,
buscar por la calle mientras todo temblaba para llegar al hotel, es un milagro
que un terremoto no apareciera de repente; comer en el Shinkansen, las
bebidas no tambaleaban o movían, era como estar en tierra firme; la vuelta por
Hiroshima y Nagasaki, ver bailar el fuego eterno en la antorcha de la paz al
ritmo orquestado por el viento, era esperanzador. De ahora en adelante nada
en nuestro viaje podía salir mal. Aprendí muchas cosas de ella y ella de mí.
Sólo nos faltaba un lugar por visitar, el bosque de Aokigahara. Cómo elegimos
ese lugar para visitar, no lo sé. Sólo quedaba disfrutar, y eso haríamos,
disfrutar.
Llegamos en la mañana, justo después del desayuno. Un guía nos
recibió y nos dio, además de la bienvenida, lo primordial que teníamos que
saber de este bosque. También nos advirtió que una persona nos estaría
siguiendo durante todo el viaje. Los motivos no nos quedaron muy claros,
pero no nos rehusamos. Nos llevaron a nuestra cabaña, dentro podías oír el
pisar de las personas de alrededor o incluso nuestra respiración. A la brevedad
nos dijeron donde podíamos poner nuestras maletas y nos asignaron un
guardia forestal, él dormiría con nosotros. Tampoco nos rehusamos.
Todo estaba sereno, nada mal para estar un rato desconectados de todo
el ruido del exterior. La atmosfera del lugar era densa y abrumadora. Como si
algo estuviera encima de tus hombros y te estuviera haciendo voltear a todas
direcciones a cada instante.
Mi esposa de vez en cuando y si podía le hacía al guía una pregunta del
tipo: ¿Dónde se han perdido más personas? ¿Tienen una cifra exacta de
desaparecidos? Podía ver la mirada del guía, se sentía incómodo por esas
preguntas, a mí también me hacían sentir incómodo. No le dije nada a mi
esposa porque siempre supe de su curiosidad, pero ese día en especial era más
curiosa de lo normal.
Caminamos un rato por las zonas permitidas dentro del bosque y luego
pasamos a comer algo en el campamento. Debo decir que, para ser un lugar en
donde pasan muchas cosas extrañas hay mucha gente custodiando este lugar.
Comimos sin decir una palabra, nada fuera de lo acostumbrado en casa.
Los guías dejaron de prestarnos atención al ver nuestro comportamiento
natural y tranquilo, empezamos a ir por los caminos más alejados. No era una
falta de ellos, tenían muy bien rodeada la zona, nadie podría salir sin que al
menos tres personas nos vieran, solo caminar tres pasos ya te encuentras a
alguien haciendo determinada tarea. Y a lo lejos alguien nos podía ver, nada
se les escaparía de las manos. Estaban alertas y por lo tanto tranquilos.
Mientras caminamos mi esposa no dejaba de ver al bosque era como si
algo estuviera llamándola. Hablábamos de algo y al instante volteaba como si
alguien la llamara dentro del bosque. No le di importancia, inclusive llegué a
creer oír aquel ruido. Todo era normal hasta que ella pregunto algo, no le
estaba prestando demasiada atención.
—Amor, ¿qué crees que haya más allá de la línea de seguridad? —dice
viendo me a los ojos.
No supe bien que contestar, sólo le dije.
—Más árboles quizá.
Al instante su expresión cambia, pareciera como si yo hubiera hecho
una atrocidad imperdonable.
—¿Qué paso? —dije sin pensármelo dos veces.
—Nada —dice ella.
Ella se dirigió a la cabaña, entró y cerró la puerta de un portazo. Yo por
el contrario sabía que, por experiencia, tenía que dejarla sola, si trataba de
componer las cosas al instante las empeoraría. Sólo me dedique a contemplar
el lienzo del cielo, blanco como las rugosas nubes junto a él, listo para ser
pintado por dios. Aquella tarde empezó a tornarse grisáceo, no es la mejor
pintura del creador, pero verlo me traía paz a pesar de estar en conflicto.
Cayó la noche, yo estaba fumando un cigarrillo fuera de la cabaña.
Podía ver a mi esposa en la cama, el guardia estaba leyendo un libro junto a
mi litera. La oscuridad era inmensa, no podía ver nada sino era alumbrado por
la luz de las cabañas. El comportamiento de mi esposa no dejaba de darme
vueltas por la cabeza, parecía como si estuviera en un juego mecánico que
daba vueltas y entre más pensaba en ella, más me mareaba. Ella me
preocupaba. Terminé mi cigarrillo y me fui a dormir.
A la mañana siguiente me desperté, estábamos solos, el guardia y yo. Mi
esposa no la veía, aterrado, sólo podía pensar en la peor de las circunstancias.
No se presentó señal alguna para ayudar a tranquilizarme. Salí con el pijama
puesto y mis botas a buscarla. No había ningún guardia a la vista. Pase por
varios puestos y secciones del campamento, pero no la encontraba.
Algo me hizo parar, volteé hacia el bosque y en ese preciso momento
me percaté de todo. Alguien me llamaba dentro del bosque, tal vez era ella,
sólo había una forma de averiguarlo. Corrí impulsado por una fuerza nunca
antes experimentada por mí. Seguido de un escalofrío al entrar al bosque. Mi
corazón latía a toda máquina. Al cruzar los primeros cien metros de bosque,
esa sensación desapareció.
Mientras corría guiado por su voz, llegó a mi mente algo abrumador
para mí. Había bajado la guardia. Me confié demasiado y no me di cuenta de
lo que estaba pasando. Atravesé el bosque, saltando, esquivando todo tipo de
árboles topándose en mi camino. Por mi cabeza sólo pasaba la idea de no
perder a mi esposa.
***
Noticia de último momento: hombre logra burlar la seguridad y se cuela
en el bosque de Aokigahara. Los informes aclaran que no tenía intenciones
suicidas, pero todo apunta a ser un aparente suicidio. Su esposa desconsolada
por su repentina desaparición pidió apoyo a las autoridades locales para
encontrar a su esposo. Se encontraban de vacaciones y las autoridades ya
empezaron a dar los primeros rondines por los alrededores para tratar de dar
con él. Hasta el momento no reportan nada nuevo. Los mantendremos
informados.
—¡Cariño, ven! —dijo el anciano, tomando el control remoto y
subiendo el volumen al televisor—. Clara volvió a aparecer en las noticias.
—¡Oh, mi niña!, cuando aprenderá a tomar las cosas enserio, esta es la
sexta relación que pierde por andar de vacaciones.
El cuarto de lavado

Ya hacía tres meses había dejado formar una montaña de ropa. No puse un solo pie sobre el
cuarto de lavado en esos tres meses. Talvez no haya salido de mí cuarto en esos tres meses.
Cada que veía la montaña de ropa, me daba curiosidad, tenía demasiada ropa que ponerme.
Podía acostarme sobre la ropa, incluso enterrarme vivo sobre tanta ropa. Mi familia no me
molesto durante esos tres meses, hasta que entró mi madre y me pidió que hacer algo al
respecto.

El cuarto de lavado era apenas suficientemente grande para almacenar tres lavadoras
naranjas, del mismo color chillón de mí Walkman. Tendíamos la ropa y secábamos en el
patio, tardaría otros tres mese en acabar toda la ropa acumulada. Entro al cuarto de lavado,
coloco una gran cesta encima de las lavadoras en marcha, les coloco suavizante y jabón
líquido. Las tres lavadoras hicieron el bip de inicio, ese sonido que no oía desde hace tres
meses, el ruido del agua llenado la lavadora, el motor esforzándose por mover toda esa
ropa, eran nostálgicos para mí.

Las tres lavadoras tenían incluido un temporizador que marcaba el tiempo restante en lavar
la ropa, cada una tardaría cuarenta minutos. Seguí así cerca de cinco cargas más, me sentía
bien ver como bajaba la montaña poco a poco. Cuando llevaba ya cinco cargas no te algo
en la pared, la pared estaba hecha de tablas de madera, puestas una al lado de la otra en
forma vertical. Hacia sentir como si viviera en una cabaña de Hawái, en la pared había un
cuadro colgado, un cuadro en blanco y negro. Era una foto de un hombre cargando aun
bebe, el hombre era mi padre, y el nene soy yo. La tomaron el día que mi papá trajo las
lavadoras. Las mismas que estoy utilizando.

Si mal no recuerdo mi padre abrió un negocio de lavandería, cuando apenas se levantaban


económicamente. El negocio prospero también que en cuestión de meses compro nuevas
lavadoras para el negocio. Claro que no se deshizo de estas, las trajo a casa y las usamos,
incluso las llegamos a compartir con el vecino.

Le he fallado a mi padre, no he lavado mi ropa durante tres meses, lo que mi papá hizo
durante toda su vida, yo lo deje de hacer durante tres meses. Creo que olvide desde hacia
tiempo que él murió. Por supuesto, hace esos mismos tres meses que murió, le extraño
tanto.

El maniquí

—Bájate del auto —dijo Bill.

Bajé del auto, azoté la puerta del coche y caminó hacia la banqueta. Bill le dio marcha a su coche,
perdiéndose en el horizonte. Yo me quedo hipnotizada por el escaparate de ropa. En el aparador
había cuatro maniquís, sus vestidos eran de la colección otoño-invierno. Entro a la tienda y no veo
a ningún encargado, manoseo los vestidos, incluidos los de los maniquís. El precio no es alto, pero
no me llama el modelito. Salgo de la tienda y me dirijo a la máquina expendedora fuera de la
tienda. Compró una coca cola, mientras la bebo contemplo toda la calle. Un pastizal que llega
hasta donde termina la vista. Los últimos rayos de luz iluminaban el pastizal, el pasto se había
amalgamado en tonos verdes y negros.

Camino con mi lata en mano hasta toparme con un cartel neón de una cafetería. Entro en el
establecimiento, estaba casi desierto, a no ser por esas dos personas que de seguro estarían solas,
al igual que yo. Tomó asiento, la mesera se acerca con la carta y me la entrega.

—Buenos días, no digo, perdón, noches. Ya son noches —dijo poniendo su mano en la frente para
reiniciar sus pensamientos— ¿Qué va a ordenar?

—Un café —dije, no sabía si pedir algo más—. Nada más, gracias.

—Tenemos pay del día, ¿no gustas un poco?

—Uhm… no gracias, estoy bien —dije.

—Segura —dijo la mesera molestando un poco.

—Si, de verdad, estoy segura.

—Bueno —dice levantando la carta y retirándose.

La cafetería era de la época de los 80’s, los asientos eran rojos pero el tiempo los habían hecho
vino —ojalá se sintieran más cómodos con el tiempo— igual que el ridículo suéter del señor en las
mesas del fondo, leía el periódico. El encabezado decía “Otro día más sin noticias”. No me
preocupaba que no pasara nada especial, eso era mi día a día. En la otra esquina un muchacho
sentado que no dejaba de mirar por el cristal como buscando a alguien, su nerviosismo hacia que
temblara su pierna con rapidez de arriba abajo que tiro su café de la mesa, el señor del periódico
no se inmuto. la mesera solo puso la mirada en blanco y lamentándose por otra taza menos,
limpio el desastre mientras el chico no decía otra cosa más que perdón. Después del numerito la
mesera llegó con mi café y una rebanada de pay.

—Ten linda —dijo depositando las cosas sobre la mesa.

—No pedí pay

—La casa invita, linda. Disfrútalo —dijo guiñándome el ojo.

Sólo bebí el café, no tenía antojo de pay a pesar de ser gratis. Viendo por los cristales de la
cafetería veo venir a Bill con un ramo de flores por la calle buscándome. “Ay, cuando aprenderá
que no quiero, no quiero verlo más”. Me ve por el cristal de la cafetería, su cara pasa de estar
preocupada a aliviada. Me levanto de mi asiento dejo un billete grande y me retiro, cuando salgo
un bombardeo de disculpas y suplicas me deja la mente en blanco.

—¡Cállate Bill!

Bill cerró la boca al instante.

—Eres un idiota Bill y, sí crees que volveré a tus brazos estas muy equivocado.

—Amor, amorcito, mi vida, solo escucha un segundo ¿sí?

— ¡No! Ve con tus maniquís para que te escuchen.

—No entendiste a lo que me refería.

— ¡Ah!, ¿Sí? Y a qué te refieres cuando le dices a una chica “Quisiera que fueras como un maniquí,
para satisfacer lo que yo busco de ti”

Bill se queda callado, baja el ramo de flores. Sentía las miradas de toda la cafetería sobre mí, a
pesar de ser solo cuatro personas.

—Jamás me vuelvas a buscar Bill —digo sacándome el anillo del dedo y arrogándoselo en la cara.

Bill trata de atrapar el anillo y se le cae en una alcantarilla de la banqueta. Mientras él lo trataba
de recuperar volteé la mirada a hacia el pastizal y caminé lejos de él. En mi camino encuentro una
tienda de ropa para hombres.

Los maniquís de hombres son perfectos. Los maniquís de hombre y mujer son la pareja perfecta
jamás se harían daño o se lastimarían. Hechas el uno para el otro, lástima que ellos no lo sepan.
Bill quería a un maniquí de pareja con mi figura, lo que no sabe es que sólo los maniquís pueden
estar con los maniquís, esto, no funciona porque él no es un maniquí para amar un maniquí y yo
amé a un amante de maniquís.
El valor del amor

La variedad que existe de mujeres es impresionante. A veces me lo planteo muy a menudo. Las
chicas que conocí, o que al menos se me acercaron o me acerque, eran diferentes hasta el punto
que me costaba adaptarme a ese cambio de personalidades. Me refugiaba en mis pensamientos
sobre ellas, creyendo que algún día caería del cielo una mujer con las características que yo
deseaba. Como si tirara de la palanca del tragaperras y en el primer intento sacara los tres sietes. Y
seguía tirando hasta que saliera ese siete, siete, siete. Posiblemente alguna vez saliera esa
denominación pero se me pudo haber escapado, no estaría seguro. Solo seguía, y seguiré tirando
de la palanca.

Me cuesta entenderlas. Unas quieren a un hombre que tenga características que desvirtúan a
muchos de los hombres que no tenemos nada especial o al menos no descubrimos aun, y no
estarán con un hombre que no cumpla al pie de la letra las características que ellas pidieron.
Entiendo que todos nosotros, hablando de la humanidad, somos seres diferentes. Y que no
podemos cambiar a alguien para nuestro placer, y viceversa. Por que ellas pueden darse ese lujo
de seleccionar entre todos nosotros al que mas quieran y nosotros nos quedamos con lo que se
pueda. Aparte si un hombre elige a una mujer sobre las demás, tomando en cuenta que el hombre
elige lo que más le gusta, y el hombre promedio elige la belleza sobre un poco mas de las cosas
que son más virtuosas, lo toman como un ser egoísta y clasista. Lo que orilla a las mujeres a
replantear los estándares de belleza, e inclusive a tomar el lesbianismo como ruta viable para todo
este embrollo. Lo que quiero transmitir del más recóndito de mis pensamientos seria, que tan
difícil es tratar a un chico que sí esta en un rango intermedio de lo que seria aceptable para una
mujer, la mujer no lo trata. Sin importan lo que pueda aportar a la relación. Me explico, si un chico
que no hace nada malo, es bueno, tiene un futuro prometedor, es dedicado, o en pocas palabras
no va a ser un don nadie pero tampoco un ídolo. Por que no tratan con él, y solo digo tratar,
porque en la actualidad ya ni a eso se llega, a tratarlo. Las mujeres ven a los hombres con
prejuicios, “que si dijo”, “que si hizo”. Pero la verdad es que la mente humana y las costumbres
forjaron ese pensamiento. Lo digo por que el hombre solo busca compañía de alguien mas que no
sea su género. Pero por que solo unos cuantos de nosotros son los que tienen el privilegio de
gozar esa compañía. Y lo peor de todo es que no conformes con eso, lastiman a las mujeres que
les dan esa compañía. Por que esta problemática no es un punto de interés. Solo las mujeres
saben lo que esta bien y lo que esta mal. Pero que pasaría si metiera un poco de mi cuchara en el
asunto. Lo que me lleva a recordad la tarde del 26 de agosto, el año lo omitiré por ciertos motivos.
Me encontraba en mi oficina cuando una mujer bellísima se introduce con un vestido escotado,
carmín como el color de sus gruesos labios. Y ella empieza la conversación.

— Señor Harvey, he venido lo más pronto posible a su comunicado.

— Y se lo agradezco señorita Bridget —dije, yo quería llegar al grano de asunto así


que sin mas ni mas le dije— el motivo de mi comunicado es el de darle a usted una
propuesta.

— ¿Qué propuesta señor Harvey? —Pregunta, acomodándose en el asiento para oír


mejor mi propuesta.

— La de comprar algo que usted posee y que es de mi interés—dije con las manos
cruzadas debajo de mi barbilla haciendo un triangulo equilátero.

— Y qué poseo yo señor Harvey que le pueda interesar—Vuelve a preguntar.

— Antes de que te diga qué es, contéstame una pregunta.

— Qué pregunta es señor Harvey

— Si una persona X te dijera que te daría todo lo que tú quisieras a cambio de tu amor,
qué le dirías.

— Podría ser más especifico señor Harvey —Me dice con una mirada de no entender
nada.

— Si un sujeto llegara y le dijera “Usted ya no tiene que preocuparse por el dinero o


por minorías, yo me encaro de eso” pero a cambio usted me tiene que estar a mi
lado por siempre.

— Depende el sujeto con el que estaría por siempre a su lado.

— Bueno Supongamos que no es malo, ni es espectacular.

— Pues…es complicando señor Harvey—Dice tratando de ignora mi mira fija en ella


— Pero lo que no entiendo es qué tiene que ver con comprar algo que yo poseo.

— Es muy simple Bridget, Te quiero comprar como el sujeto X te compraría.


— ¡Como se atreve señor Harvey, es usted un indecente! —Exclama la señorita
Bridget

— Permítame explicarle…—no termine de explicar cuando la señorita Bridget se


levanta enojada.

— No, como cree usted eso, pensé que era alguien serio y comprometido. Pero al
perecer me equivoque.

— Espere…—dije mientras me abalanzo a tomar la mano de la señorita Bridget.

Cuando la tomo del brazo nuestras miradas se cruzaron y se quedaron quietas por un buen
momento. Hasta que reaccione y dije.

— Señorita Bridget escuche mi propuesta, y ya usted es libre de salir de esta oficina


pero antes escuche algo que le pueda cambiar la vida por completo.

La señorita Bridget se volvió a sentar y al instante le solté el brazo, que piel mas suave tenia, no
podía darme el lujo de perder esta oportunidad que tría entre manos.

— Escuche, reconsidere que una persona de una en un millón le proponen esto, usted
es afortunada de que le pase esto.

— No entiendo que tiene de fortuna el comprarme.

— Sólo quiero que usted este a mi lado por el resto de mi vida y yo me encargaré de
que usted sólo sea feliz.

— Y cómo puede usted resolver eso, porque no solo es cuestión de dinero, sabe.

— Sencillo, por que como plante soy un buen hombre, que quiere lo que nunca tuvo,
amor. Solo pido eso. Daría mi fortuna entera por amor. Y como puede ver lo estoy
haciendo, aparte del dinero, le daré amor incondicional y los mejores momentos,
usted nada mas se dedicará a vivir la vida en su mas grande esplendor.

— Le repito señor Harvey que no es una decisión fácil, es complicado. Porque juegan
varios papeles aparte del amor y el dinero.

— Olvide eso señorita Bridget —Exclame de repente, tratando de que no se me escape


— Solo seremos usted y yo. Nadie tiene por que interferir. Viviremos como reyes y
solo seremos felices, no tenemos por que pelear o por que sufrir. solo di que si y
date una oportunidad única en la vida. Estoy solo en este manglar de disfrute y
diversión, solo quiero estar acompaño de una mujer que me satisfaga, como tú.

Bridget se queda pensante, al fin la lograría convencer. Me voltea ver, la mirada que me suelta
está llena de concupiscencia que me atrae a ella. Lo estoy logrando al fin no estaría más solo aquí
en el monte Olimpo, al fin encontré a mi Hera.

— Esta bien, acepto —dice Bridget

Estoy atónico, no se que decir, ella se me acerca y me da un beso apasionado. Dios santo estoy
gozando al fin de lo que muchos hombres tienen, al fin lo tengo todo. Después de ese beso me
dirijo junto con Bridget a un lugar mas tranquilo a pasar el rato.

Al salir del ese lugar mas tranquilo me separo de Bridget para resolver el asunto de quien dirigirá
la empresa mientras no estoy, ella se dirige a mi departamento donde la esperaría para ver que es
lo siguiente en nuestra nueva vida juntos. Al fin era un campeón lo tenia ya todo resuelto. Al llegar
a mi oficina mando llamar a mi ejecutivo en Jefe, no lo conocía mas que por correo electrónico,
pero sabia que el era el indicado para manejar las riendas de esta empresa mientras yo vivía la
vida que siempre quise. Espere unos 10 minutos a que llegara, cuando entro me dio una gran
sorpresa. Era una chica. Pero al verla de bien, era mucho más hermosa que Bridget, no podía ser
posible, tanto tiempo en esta empresa y no la había visto. Cabello castaño, pecas como si ella
tuviera un firmamento en esa piel mas clara que la leche. Una silueta envidiable y bien formada,
que incitaba al pecado por el. Los antojos que llevaba eran la cereza en el pastel, las chicas de
lentes siempre me llamaron la atención. Cuando menos lo espero ella empieza la conversación.

— Si señor Harvey, para que me necesita.


— Tengo una propuesta que no vas rechazar.
El viejo sillón

El sillón estaba incomodó. No me preguntes como es que una persona de mi edad vaya a un
lugar donde ni los fantasmas se paran. El simple hecho de estar ahí me hacía sentir vivo. No
sé cómo explicártelo, pero uno necesita de esa sensación, de esa adrenalina, estoy tan viejo
que ya no sé ni lo que digo, me suceden tantas cosas, que apenas puedo enfocarme en una
sola. Por lo general en mi aburrida rutina salgo a dar un paseo. Recorriendo las calles
encontré una casa abandonada, algo me movió a entrar. Caminé por los pasillos hasta
toparme con el sillón, me senté. El simple hecho de estar en ese sillón me hacía
preguntarme quién estaba en el mismo lugar en el que yo estoy sentado. O si lo que no
puedo ver por el rabillo del ojo dejaría de molestar con su presencia.
En el origen de los tiempos no sólo existía Dios, él compartía el universo
que conocemos con otras deidades, el que esas deidades fueran o no más fuertes
o poderosas que Dios, es otra cosa. Lo que nos apañe a nosotros es el origen de
esta historia. Dios compartía aventuras gloriosas con las otras deidades, todas
dignas de contar, tales como la caza del ciervo junto con Odín, o la vez que Dios
de un susto despierta a Visnú, pero de entre todas esas historias hay una que
sobresale de los límites de todos esos dioses.
Un día, en algún momento que solo ellos saben cuándo ocurrió, se suscitó
un incidente que separaría para siempre la convivencia de estos dioses. Ese día
del que hablo todos tenían aventuras sin igual, Dios, pensativo, se encontraba solo
en algún rincón del universo, Visnú dormía entre algún cosmos no muy lejos de
Odín y Zeus que median fuerza por diversión, Ra jugaba a una guerra de miradas
con un dios que no conocemos del todo bien, bueno realmente ese dios no
seguiría siendo dios por mucho. El dios del que hablo podíamos identificarlo por
sus cualidades, la guerra y la victoria. Él no buscaba más que esas dos cosas,
siempre se encontraba en una riña con alguno de los dioses, siempre buscando la
victoria.
Todos están entretenidos en algo menos Dios, él pensaba, para él ya todo
se volvía monótono, tenían una aventura que al fin de cuentas no les cuesta un
esfuerzo superior, o peor aún ser molestado por el dios ya saben cuál. Un maldito
circulo vicioso como decía él. Pero un buen día pensó de más e hizo algo que lo
sacaría de la monotonía. Primero se alejó lo más que pudo de todos ellos, en
algún rincón poco concurrido del universo. Luego dio forma a ese espacio, lo
suficiente mente cómodo para lo que haría. Entrelazo sus dedos y los estiro
unidos, Chasqueó los dedos, creando una galaxia, blanca como la leche, él se
sumergió en su galaxia, la recorrió de cabo a rabo, buscando el lugar perfecto
para hacer lo que tenía en mente. De la nada una de las fuerzas que rodean el
universo se le apareció de sorpresa, era la madre naturaleza. Venía mirando lo
que hacia dios, de vez en cuando se ocultaba detrás de una estrella o planeta
para no ser vista por Dios. Ella parecía ver a Dios dejarse llevar por las espirales
de esta galaxia cuando sintió a alguien detrás de ella, era Dios.
—Qué te trae por aquí Madre Naturaleza —dijo Dios volando con los brazos
cruzados en la espalda.
—¡Nada! —espeto Madre Naturaleza.
—Nada —dijo Dios instigando a Madre Naturaleza a revelar sus verdaderos
motivos.
—Bueno, Note que usaste demasiada fuerza universal para crear esto —
dijo Madre Naturaleza mientras trataba de no caer en la mirada de Dios—, asique
vine a ver que sucedía.
—Pues como puedes ver cree esta galaxia para hacer algo que tengo en
mente.
—Y qué es eso que tienes en mente.
—Ya lo veras —dijo Dios tomando al momento el brazo de Madre
Naturaleza.
Los dos volaron por toda la galaxia, Dios tenía la mirada puesta en el
horizonte que recorre, como los grandes aventureros que afrontan de cara la gran
aventura. Madre Naturaleza contempla aquella escena, mientras trataba de no
caer del agarre de dios, el asombro que sentía no le permitía ver que de un
momento a otro ese agarre se rompería. De repente Dios frena de golpe, haciendo
que Madre Naturaleza choque contra su pecho, Dios le ayuda a incorporarse y la
rodea con una mano su cintura y la otra apunta hacia un punto en la galaxia,
explica mientras contemplan la galaxia

.
—Quiero hacer un lugar donde pueda hacer nuevos amigos y tener nuevas
aventuras.
—No te son suficientes los que ya tienes.
—Que va, ellos ya se hicieron aburridos, no sé cómo es que pueden vivir
haciendo lo mismo una y otra vez, además de no hacer algo fuera de lo común.
—Qué te hace pensar que no van acabar encontrando este lugar.
—Están tan ocupados con sus asuntos que ni siquiera les importara si cree
una nueva galaxia o no, además de que tiene muchas más de donde escoger.
Dios al instante chasquea los dedos y creo una esfera, una esfera que bien
podría caber en la mano de cualquiera, igual a las del árbol de navidad. Dios y la
madre naturaleza contemplan la esfera, era café y rugosa, después de haberle
visto hasta el más mínimo detalle, dios le sopla a la esfera haciéndola flotar, la
esfera poco a poco se hizo más grade, alcanzando un tamaño que opacaba a las
estrellas enanas pero palidecía ante grandes soles. Dios toma de la mano a la
madre naturaleza y la lleva hacia la esfera. al llegar el suelo estaba lleno de tierra,
sin vida, como un cementerio.
—Aquí es donde hare mi lugar de descanso.
—¿Descanso?, ¿de que descansaras?
—De los demás, ya no puedo estar mucho tiempo con ellos. Necesito estar
a solas de vez en cuando.
—Pero este lugar no se ve acogedor.
—Por eso mismo tú me ayudaras a crear este Edén.
—¿Yo? —dice Madre naturaleza tratando de no ver a los ojos de Dios.
—Si, tu me ayudaras a crear mi lugar de relajación.
Y los se pusieron manos a la obra, madre naturaleza toco la áspera esfera y
empezó a brotar vida en aquel lugar. Arboles, plantas, vegetación y un césped
donde recostarse. Dios por su lado le dio forma a la esfera. Lo lleno de espacios
donde madre naturaleza lleno de agua, saco de la tierra grandes formaciones de
roca que luego madre naturaleza lleno de nieve y vegetación. Siguieron así con
toda la creación de dios, dios creaba y formaba y el espíritu decorativo y lleno de
vida de madre naturaleza lo detallaba.
Tardaron 7 días en terminar toda la idea de dios. Cuando por fin vieron
acabada su creación descansaron, disfrutaron de todo lo que habían hecho.

Los demás dioses después de terminar de perder el tiempo en sus


banalidades, se preguntaron donde estaba dios. Al principio no le dieron mucha
importancia, pero al ver que salía con bastante frecuencia empezaron a
sospechar. Ra fue el primero en ir tras de el, lo siguió durante un rato hasta
toparse con lo que había hecho. Al ver a dios entrar en su mundo el también le
siguió. Cuando vio toda la inmensidad del lugar se dio cuanta porque se escapaba
con regularidad. Cuando Ra volvió del trance del lugar perdió a dios de su vista,
dios ahora se hallaba detrás de el espiándole, Ra volteaba a todas direcciones en
busca de su amigo, pero era inútil puesto que la velocidad de dios le permitía
posicionarse detrás de su vista, hasta que se canso de verle sufrir.
—Ra, que haces aquí.
Ra suelta un grito con los ojos bien abiertos.
— no, no, tu que haces aquí si puedo saberlo.
—Nada
—Esto te parece nada, porque no nos dijiste nada.
—Por que me quería alejar de ustedes aunque sea por un momento, pero
creo que eso ya no se va a poder.
—Aburrido, créeme no eres el único —dijo Ra contemplando todo el paisaje
—. Puedo guardar el secreto si me dejas venir de vez en cuando a pasar el rato.
—Bueno, pero tendrás que compartir el secreto con ella —dijo dios
señalando a un árbol a lo lejos.
—Con madre naturaleza, ella que hace aquí —dice Ra afilando su visión,
viendo a lo lejos saludar a madre naturaleza—.
—Ella fue la primera en encontrar este lugar.
—Por mi esta bien, pero el que este aquí es algo me trae mis dudas, espero
no sea lo que creo.
—De que hablas Ra
—No te hagas el no sabes, si aquel se entera la va armar grande y no
quiero estar ahí cuando suceda.
—Tienes mi promesa de que solo disfrutamos la paz de este lugar, tu solo
siéntate y disfruta de todo esto.
Ra se quedo mirando a dios un rato largo, después acento y se recostó
sobre el césped. Dios se fue volando hacia donde estaba madre naturaleza, se
sentó n la misma rama donde estaba ella, ella seguía mirando donde estaba
recostado Ra.
—Y…
—Que…
—Y que fue lo que dijo.
—Que va a guardar el secreto.
—Y de lo otro.
—Que otro…
—Lo de nosotros, no me digas que no le dijiste que estamos juntos.
—Ah de eso, si el esta consiente de todo esto.
—Como ya sabia,
—No, no te adelantes, el ya esta al tanto, yo le dije y me dijo que el como si
ni supiera del tema.
—Ya veo, quieres ir a las cascadas.
Dios solo acepto y se fueron los dos juntos.

No tardo para que los demás dioses se dieran cuenta de la desaparición de


Ra y Dios, uno a uno fue cayendo en la intriga de acompañarles a donde se
escondían, y cada uno cayó en los encantos de dios y su paraíso, nadie decía
nada y podía disfrutar de todo eso. Zeus y Odín fueron los más descuidados al
punto de descuidar su partida a ese lugar, parecía que tenían que gritar a los
cuatro vientos que ya iban y que ya venían. El dios que nadie quería empezó a
sentirse solo y excluido, Visnú solo dormía por lo que a el no le importaba un bledo
donde estuvieran los demás, pero un día el dios decidió seguir a Zeus y a Odín a
donde quiera que fueran.
Los siguió hasta el paraíso, los vio entrar a un bosque, camino
zigzagueando entre los arboles para que no lo detectaran, cuando llegado el
momento vio a todos los dios en una reunión en medio de ese bosque. Estaban en
el agüero del bosque, donde no había ningún árbol plantado y serbia de traga luz
para el bosque, seria como una coronilla de calvicie en el cabello.
Vio a todos los dioses ver a Ra contar una historia, todos reían, pero lo que
molesto a nuestro dios no fue que se vieran a sus espaldas, fue ver a dios estar
junto a madre naturaleza, dios la rodaba con su brazo y ella se recargaba en su
pecho.
—¡DIOS! —dijo el dios envolviéndose en llamas y dejando todo a su paso
hecho cenizas—. Eres un cabron traidor, te dije que no te acercaras y mira como
te encuentro.
Todos miraban a Lu, nadie se metía con el. Madre naturaleza estaban
asustada, no dejaba de ver lo imponente que era el enfado de Lu, ni dios dijo
nada.
—¡Contesta! —volvió a gritar Lu.
Dios decide encararlo, pone detrás de el a madre naturaleza para
defenderla, su mirada hacia Lu solo indicaba una cosa, lucha.
—Que quieres que te diga Lu.
—Oh vamos no te hagas el digno, tu rompiste nuestro trato —dice Lu,
acercándose a dios, señalando con el dedo al pecho de dios.
—Nuestro, o tu trato, yo no recuerdo haber dicho que si.
—No me vengas con eso, sabias que eras el único que tenia una
oportunidad, y los demás que… —dice Lu mirando a los demás dioses, que
apartaban su vista para no toparse con la de el.
—Lu, las cosas no son como tu quieres, para este teatrito ya…
—Que las cosas son como yo quiero…Ja, deja me decirte una cosa, por
que aquí nadie te lo va a decir por que no tienen el valor para decírtelo, las cosas
son siempre como tu quieres.
—Eso jamás, verdad—dice dios volteando a ver a los demás dioses, los
cuales tampoco le dieron la razón a dios.
—Vez, he aquí la cruda realidad, por una vez en tu existencia puedes bajar
de tu nube o salir de este paraíso.
Dios apretó el puño, miro a Lu con el ceño fruncido, como conteniendo su
ira.
—Vamos, admítelo, no te aburriste de estar con nosotros, te aburriste de no
tener el control de nosotros.
Dios le suelta repentina mente un golpe a Lu que lo manda volar al otro
extremo del bosque.
—Wuuufff!, a eso me refería, sácalo todo.
Dios se acerca el rápidamente y le suelta una serie golpes, Lu los esquiva
sin dificultad, retando a dios a seguir.
—Que pasa eso es todo lo que tienes, Bueno mi turno —dice Lu, Soltándole
una patada en el abdomen mándalo a volar al otro extremo del bosque.
Dios se reincorpora pero cuando alza la vista Lu ya esta a su lado.
—Sabes, ya tenia ganas de tener este enfrentamiento, no me puedo
esperar a acabar con tigo.
—No te sigo haciendo esperar y ven.
—Con gusto.
Lu le suelta un golpe de volea a Dios y este lo esquiva, aprovechando para
asestarle varios golpes en las costillas. Lu no se inmuta, el no se agobia de dolor,
solo esta siendo zarandeado como un muñeco de trapo que muerde un perro.
Cuando Dios se cansa de asestarle todo un mar de puños Lu dice:
—Creí que esto seria mas emocionante, solo te limitas.
Lu lanza un jab al aire, al par de soltar el jab un estruendo se escucha a lo
lejos, desde el rango de su puño arrasa con toda la vegetación posible y manda a
volar a dios con ella.
—No, detente Lu —die madre naturaleza viendo como su creación es
arrancada de raíz.
Lu se hacia de oídos sordos ante las ordenes de madre naturaleza. Al
contrario, sus palabras avivaban mas la llama que en Lu se hallaba, pacería
pedirle que siguiera. No dejo ni incorporarse a dios, asestándole uno tras otro, con
disfrute y a su tiempo, puñetazos, no atacaba a un lugar en concreto, donde
cayeran era e hicieran daño le bastaba a Lu. Una sonrisa malévola se dibujaba en
su rostro. Los ojos desprendían un goce de disfrute, no parpadeo para nada. Y la
sonrisa cada vez se hacia mas grande dejando entre ver sus dientes afilados
como colmillos, brillosos como las cadenas de una sierra. Dios no pudo ni soltarle
un solo golpe, parecía que Lu lo tenia a su merced, hasta que un golpe cargado de
mucha ira mando, a la par de que hizo sangrar a dios, volar varios acres lejos de
donde estaban ellos.
Al ver esta barbarie de golpe los demás dioses decidieron hacerle frente a
Lu.
—Detente Lu
—esto ya es un exceso
Lo tomaron de los brazos, Odín y Zeus. Ra le gritaba en su cara que
reaccionara. Lu solo veía en dirección a donde salió volando dios, quería más.
Cuando los gritos de Ra fueron molesto para el, lo volteo a ver. Su mirada congelo
a Ra. Ra no supo que hacer después de captar su atención, apenas y podía creer
que funciono su estrategia improvisada. Lu sin ver más repuesta de Ra, se
sacudió sin dificultad alguna a Zeus y Odín, como si de sabanas se trataran, los
mando volar. A Ra le toco la parte mas fea, Lu le pego con un solo dedo,
mandándolo cerca de madre naturaleza. Dios a lo lejos se reincorporaba y al ver
que de su cabeza frotaba sangre se irrito más con Lu. A lo lejos ve llegar a Lu. Los
dos se quedaron quietos uno enfrente del otro, el espacio era ideal para pelear
nadie los limitaría o detendría. No cruzaron ni una palabra. Al contrario se dijeron
todo con la mirada, sus miradas decían esto tiene que acabar de una vez, maldito.
Quietos, inmóviles como estatuas, el más mínimo movimiento seria la señal de
inicio de su pelea. Los dos mueven su ojos al ver el caer de una hoja, y cuando
esta toca el suelo, los dos se abalanzan uno sobre del otro. Dios esquivo todo los
ataques de Lu, Lu solo soltaba golpes donde la imagen de dios se podía ver, hasta
que dios aprovecho el momento oportuno para asestarle un golpe en las costillas a
Lu, doblándolo, haciéndolo escupir sangre, No tardo para aprovechar la
oportunidad y no dejar que Lu diera un solo golpe mas. Lu ya no fue capaz de
volver esquivar los golpes de dios, sentía su cuerpo cada vez mas pesado,
además de que no podía ver de donde lo golpeaba exactamente, la velocidad de
dios era increíble.
Lu desesperado empezó a sacar llamas de su cuerpo, como si de una
bomba se tratase, y cuñado exploto dios se detuvo, envuelto en las llamas de Lu.
A la par que sacaba las llamas Lu gritaba para contener la flama que de el salía.
De pronto seso el fuego y dios salió de el intacto, Lu tenía la respiración alterada,
había gastado mucha fuerza en detener el ataque de dios.
—Detente ya Lu —dice Dios mirando las cenizas a su alrededor.
Lu jadeando, se limpia con el brazo la sangre que se su labio brota.
—Y que, tu sales ganando aunque yo te di pelea, lo que me pasara a mi no
será nada bueno, pero lo que te pase a ti no será nada malo.
—Lu no es por eso.
—¡entonces por que es!
—Porque estas lastimando a nuestros amigos y a la persona que amas…
Lu se quedo pensando, algo en su mirada había cambiado, ahora se le veía
más tranquila y reflexivo. Lu voltio a ver hacia atrás, solo observo, como todo el
paraíso de dios estaba hecho pedazos, las cenizas dejaban ver las brazas, los
arboles rotos por mitas, dejando ver sus entrañas. Las montañas atravesase, con
un hoyo en su estomago y largas columnas de humo que salían de donde Lu se
había enfadado. Lo que más devasto la vista de Lu fue ver a madre naturaleza
llorar con un ramo de flores marchitando se en sus manos. Volvió la vista hacia
dios y le digo:
—Esto lo hicimos nosotros.
—No Lu, lo hiciste tu, solo tu.
—Todo yo, por que no al menos a sumes parte de esto, por que yo tengo
que ser el malo.
—No eres el malo.
—No me vengas con ese discurso ahora —dice Lu dejando caer lagrimas
en sus mejillas—. Por que todo lo que hago no les parece, y pero aun por que
tengo que destruirlo todo.
Lu empieza a liberar toda su fuerza, llamas lo envuelven y dios no se queda
atrás, desprende una luz de su cuerpo, la fuerza de los dos empieza a hacer que
la tierra se sacuda y empiece a agrietarse. Todos los dioses ven lo que esta
ocurriendo contemplado su poderío.

3
—Si ellos llegaran a cruzar todo su poder, no solo este lugar correría riesgo,
si no todos nosotros —dijo Ra contemplando aquella luz llegaba a sus parpados.
Madre naturaleza tendida en el piso escucho las palabras de Ra, secándose las
lagrimas con el ante brazo ella corre hacia donde esta el conflicto.
¡Deténganse!, ¡Deténganse!, ¡Deténganse! Eran los gritos que se oían a lo
lejos de madre naturaleza. Pero eran opacados por el desprendimiento de energía
de Dios y de Lu. La luz que desprendía aquellos dos se había extinguido, los
estaban listos para dar su golpe final. Los dos se alejan lo mas que pueden, su
miras estaban puestas uno sobre el otro. En sus pupilas solo estaba el reflejo de
un paraíso destruido y delante de todo eso, su mayor rival. Los gritos de madre
naturaleza eran inútiles, pues ellos dos estaban tan metidos en su conflicto que ni
las cenizas que volaban los distraían. El momento había llegado, los dos
emprendieron carrera, soltaron un grito liberando todo su poder un solo golpe,
ambos estaban dispuestos a matar.
Cuando sus puños están a punto de cruzarse madre naturaleza se
interpone en ellos. Los dos salen del trance al ver que madre naturaleza estaba
recibiendo todo el impacto, los dos tratan de retirar su puño, pero ya era muy
tarde, la energía solo los absorbía. Madre naturaleza empezó a gritar, era un grito
que asunto a Lu y a Dios, los dos se ordenaban que parar, pero ninguno podía.
—Que haz hecho —le reprime uno al otro.
—Detén esto, maldito.
El poder empieza a hacerse grande, los dos estaban sudando y frunciendo
el seño de tanto jalar el ataque para que no sufriera madre naturaleza hasta que
oyen una voz.
—No siguán, es inútil.
—No, no pares Lu —dijo dios clavando sus pies y jalando todavía más.
—Déjalo Dios, ya déjalo, que no oíste, para —dijo Lu que ya había perdido
toda esperanza de seguir intentando.
—No…—Dios rompe en lagrimas, alza la vista y ve a madre naturaleza
obsérvalo luchar con toda su fuerza.
—Detente…—dijo madre naturaleza tranquila, al ver esto dios le entro una
aura de paz y se detuvo—, no pueden detenerlo, lo único que podemos hacer es
que yo reciba todo el impacto.
—¡No! —dijeron al unisonó Dios y Lu.
—Por favor, solo háganlo, ya hicieron bastante con todo esto, es lo mejor
para todos.
Dios y Lu cruzaron miradas, su mirar fue ahora de desesperación y
angustia, esas ganas de matarse habían desaparecido. Lu fue el primero en tomar
conciencia y prosiguió con su ataque. Dios vio por última vez a madre naturaleza
que se veía uno al otro.
—Te amo —dijo madre naturaleza, mientras derramaba lágrimas que el
viento se llevaba.
—Te encontrare, lo prometo.
—Se que lo harás, te estaré esperando —dijo madre naturaleza mientras
alzaba la vista para dejar de ver a dios, cerro sus ojos.
Los dos continuaron con su ataque, hasta chocar los puños. Una gran
explosión los manda lejos a los dos. Una gran luz blanca ilumina todo el lugar.
Cuando la luz desaparece, toda la destrucción del lugar desaparece, y es cubierto
por vegetación y lindos arboles. Y en el lugar de impacto se encontraba un gran
árbol.
Lo otros dioses buscan a dios, el estaba dentro de un mar, Odín entra por el
y lo saca. No tardo en recobrar la conciencia.
—Dónde ésta Lu —dijo jadeando, tratando de ponerse de pie.
—No lo sabemos, pero sea mejor que te olvides de hacerle lo que esta
pensando.
—Cállate, el mato a madre naturaleza.
—No, fueron los dos.
Dios solo se quedo callado. Caminaron para buscar a Lu, el estaba en la
falda de una montaña. Lu estaba recostado, abrazando un cubo. Zeus lo sacude
para despertarlo. El se levanta rápido y se dirige al gran árbol.
—A donde rayos crees que vas.
—Voy a traer de vuelta a madre naturaleza.
—Y como vas a hacer eso.
—Con esto —dijo Lu enseñando el cubo.
Dios salió de detrás de los demás dioses.
—Dame ese cubo.
—No —dijo Lu, alejando el cubo de dios con rapidez de sus manos.
—Dámelo —dios intenta pelear por el cubo, a como de lugar.
—No se vuelvan a pelar —se interpone diciendo Ra— vamos a escuchar lo
que tiene que decir Lu.
—Gracias Ra —dice Lu abrazando el cubo—, justo antes de impactar
nuestros puños, sacrifique gran parte poder para resguardar la esencia de madre
naturaleza aquí.
—Que… entonces tu energía contuvo a madre naturaleza.
—No lo sé, me siento algo extraño pero no perdamos tiempo, hay que llevar
esto para rescatar a madre naturaleza
Dios se vuelve a abalanzar sobre Lu.
—No tú ya hiciste suficiente, ahora me toca corregir todo esto.
Los dos empiezan a forcejear por el cubo, dios se lo quita a Lu con facilidad.
—Espera, eso no es justo, yo no tengo la misma fuerza que tu.
—Eso no importa, no quiero que vulvas a meterte en esto, es por el bien de
todos.
—y a donde voy a ir, con Visnú, recuerda que ya no tengo fuerza.
—Eso debiste pensar antes de hacer esto.
Dios toma del hombro a Lu y se entierra en el suelo, hasta llegar al nucleo
de la creación de dios. Dios alza el brazo y le da forma a este lugar, creando una
prisión, todos lo conocemos como infierno.
—Ahora tu vivirás aquí, donde no molestes a nadie.
—Oye eso no es justo, yo solo quiero que todo vuelva a como antes.
—Cállate Lu, tu fuiste el que causo todo esto, de no ser por ti ahora
estaríamos…
—Dilo, como estaríamos.
—Estaríamos mejor…Si te quedas aquí ya no volverás a lastimarnos, haz
eso por ella.
Lu no dijo nada, miraba a dios con la mirada cansada del mismo cuento,
reflexiono las palabras de dios, y soltó una carcajada.
—Bien, vete… yo solo traeré a madre naturaleza de vuelta.
Dios no dijo nada, abrazo el cubo y empezó su ascenso a la superficie,
sellando el agujero por donde entro.
Lu camino sin rumbo alguno, solo camino hasta toparse con un sendero que
conducía a un castillo. Un castillo cubierto de nubes negras.
Escribo esto porque me es difícil expresar lo que siento en palabras. Lo escrito aquí es lo que
siento todos los días de mi vida, a cada paso que doy, a cada palabra que digo estando a tu lado.
Todos los días se pasan rápido y es algo que no puedo cambiar. Siempre hablas acerca de atesorar,
aprovechar y compartir el “ahora”, porque más adelante uno no sabe con lo que se pueda
encontrar. Y te diré que tienes razón, pero también hay que darnos un momento para estar
agradecidos.

Siempre estoy aprendiendo de ti, directa o indirectamente. Todas tus enseñanzas las llevo en mi
forma de pensar y en mis acciones. Tú maravilloso ser me empapa de alegría y paz. Eres la persona
que más amo, aprecio y adoro en este mundo, a pesar de tener ciertas diferencias. Haz logrado
tanto por ti como por mí, por eso quiero agradecer ese esfuerzo que nos das, sincero y de corazón.
Simplemente no puedo creer que tenga una mamá de lo más maravillosa.

Siempre estas y estarás presente en lo que hago y en lo que hare. Gracias, no es suficiente para
expresar todo lo que a ti te debo, es más, creo que ni con todo lo que pueda hacer por ti me es
suficiente para igualar lo que tú me das. Tu amor incondicional no tiene precio, es lo que más
atesoro en mi corazón.

A veces puede ser difícil tratar conmigo o entender lo que en mi mente pasa, pero a pesar de todo
eso, incluidos mis defectos, mis aciertos y mis fallos, tú me sigues queriendo. Y eso te hace la
persona más bondadosa que conozco. Eres hija de una persona igual de maravillosa, motivo por el
cual es de mucho orgullo. Y que tú misma reflejas día a día. Lo que en mi hace quiera reflejar lo
mismo día a día, ser igual de maravilloso con los que amo.

“Gracias” es una palabra que en todos los idiomas se escucha y ni con todos los idiomas del
mundo puedo acabar de darte las gracias. Gracias por ser mi mamá, primero que todo; Gracias por
Amarme, no sé si me lo merezca; Gracias por ser tú, no cambies nunca; Gracias por tu apoyo
incondicional, siempre contare con tu apoyo.

Quisiera inventar una palabra para agradecer todo lo que haces por mí, porque un gracias no llega
a lo realmente agradecido que estoy. Y hasta que no encuentre como darte mis gracias por todo,
siempre estaré ahí para ti, siempre seré la persona en donde puedas apoyarte en las malas,
siempre estarás en mis pensamientos y sobre todas las cosas, siempre seré tu príncipe azul.
Huevos, por favor

Apartado en la cocina el sous chef es regañado por el chef.

—Te pedí un omelette de batata, no esta porquería.

—Pero chef…

—Nada de chef, o señor, vuelve a hacerlo, y esta vez que no sepa a tierra.

Todos en la cocina ríen, inclusive el lavaplatos.

—Tal parece que el sous chef jamás cocino un huevo en su vida.

—Cállate Richardson —dijo el sous chef a pesar de que era verdad lo que decían.

El sous chef se dirijo a la estación de la estufa, saco un sartén de las gavetas de debajo de la
gran isla, tomo huevos, esencias, un bol y mantequilla.

Puso la flama alta, aplasto la flama con el sartén y degolló la mantequilla encima del sartén
y la dejo caer en el mismo.

Él estaba en su propio mundo, mientras los demás se movían o articulaban sus ordenes
diarias, el sólo hacia un omelette.

El chef supervisaba las salsas y de cuando en cuando hacia un platillo. Calentaban el pan,
las sopas y el risotto, mientras el sous chef veía derretir la mantequilla rompió tres huevos y
los dejo resbalar en el bol de metal.

Abrieron el horno y esparció en cuestión de momentos el olor a pan recién horneado, toda
la cocina hizo bullicio.

—Eso, no hay pan como el de nosotros.

El sous chef, los acompaño mientras batía los huevos como fuera una batidora.

El chef se acerco y olfateo el pan que deja un olor a tostado y acerco su oído, el pan
dejando escapar una armoniosa sinfonía del crujir del pan uniforme y semejante al crujir de
los icebergs.

—Esta perfecto, ¡es hora!


El sous chef al oír que el pan estaba listo se apresuró todavía más. Cuando el huevo estaba
revuelto y con una fina capa de esta lo vierte en el sartén.

Enseguida empezó a freírse y formar una capa, él corrió por batatas y las deposito en la
mesa, tomo el sartén y le dio vueltas al huevo que se venia cocinando al instante en el
sartén. Toma las batatas y las coloca con destreza dobla el omelette. Lo sirve en el plato, le
azota una pizca de sal y le coloca una hoja de albaca, suelta un suspiro.

—Listo chef.

—Perfecto, ten ponle unas rodajas de pan y llévala al mesero, el sous chef puso las rodajas
como indico el chef y lo entrego.

—Sabes porque te pedí que lo repitieras

—No…

—Bueno algún día lo sabrás y ese día talvez dirijas este restaurant.

El chef se retira, el sous chef ve irse su omelette, llevado en la charola del camarero y
entregado a el comensal.
1
—Buenas, con el padre Jotaro —dijo a la recepcionista que estaba hablando por teléfono.
—Un segundo, se encuentra en reunión con el padre John, en un segundo le atiende.
—Gracias, estaré por aquí.
Toma su sombrero del escritorio de la secretaria, se lo pone y mira el lobby del padre
Jotaro.
En la sala de espera los sillones cuadrados hacían juego con la mesa de enfrente del
escritorio de la chica, no era un lugar amplio, pero todo estaba bien acomodado que daría
esa impresión. Él toma asiento. Su mirada recorre el cuarto hasta toparse con un cuadro
detrás de ella.
El cuadro es de un tamaño considerable, se necesitarían dos personas para moverlo. No era
una pintura famosa, o al menos no recordó en ese momento al artista, lo cual no era
importante para él, se limitaba a observar la pintura, que era más que una representación del
cielo, el purgatorio y el infierno. En el cielo se hallaban pintados querubines escondiéndose
detrás de las nubes, personas con una expresión fría y como sin vida, todas formaban una
aglomeración. Y de entre todas ellas un ser representado como un viejo de barbas largas y
blancas. Su mirada llena de amor y ternura hacia los que lo rodean.
Baja un poco más la vista hasta toparse con el infierno, en el estaban dibujados seres con
extremidades peculiares, un hombre con pies de cabra cuerpo de hombre fornido y
marcado, brazos de dragón y una cabeza que, si bien tenía rasgos de humano, los cuernos
que en ella había no parecía de este mundo. La criatura de cuernos de espiral estaba a un
lado de un trono, del lado izquierdo para ser concretos, del lado derecho se hallaba a un
caballero de armadura negra, con detalles al rojo vivo, una llama que ardía en su interior.
Todos rodeados de criaturas del más alto nivel en cuanto a pesadillas se refiere. Una
criatura que comía a un hombre, tanto por la boca como por sus partes. Humanos siendo
maltratados por demonios de colores rojo, verde o blancos. Una que otra cabeza en algún
tridente de uno de esos demonios. Todos dentro de una criatura amorfa que, si le diéramos
una forma sería la de un saco inmenso, los humanos y demonios a punto de ser molidos por
sus dientes que asemejan al cierre de una bolsa. Y en medio de todos ellos, una persona
sentada en el trono, una persona hermosa y fornida. Sentado de una manera que su pierna
izquierda ocultara su sexo y sus brazos su rostro que dejaban escapar su mirada, una mirada
de venganza y rencor.
El purgatorio era el más simple de todos, un lugar del color de la lana, y en todo el lugar
que abarca una larga fila de personas desnudas que ocultaba aquello que en vida les
causaba tanto placer. Aquella fila los conducía a un arcángel, el posaba un pie sobre el
tronco partido y en una mano su espada y en la otra una cabeza de ojos blancos y largos
caireles. La expresión del arcángel era sombría, como si no le afectara en lo mínimo estar
ahí, su mirada penetraba más allá del chico que veía el cuadro.
—Flinch, Flinch, ¡Flinch! —dijo el padre Jotaro.
—Padre Jotaro —dijo Flinch, recuperándose del trance de la mirada del arcángel, para nada
agradable—. Lo estaba esperando.
—muchacho, ven vamos a comer que yo invito.
Los dos salieron de la oficina y caminaron por los pasillos del vaticano, pasaron por varios
lugares. Al salir recorrieron la plaza de san pedro. Las palomas revoleteaban en cima de las
personas. El padre Jotaro llevo a Flinch a comer a su lugar favorito de pizza, en Enzos.
Estaba algo retirado pero el padre Jotaro no perdía una sola oportunidad de ir a ahí.
Al entrar golpean la campanilla que esta sobre la puerta, al instante una camarera los
atiende, vestía muy provocativa, no dejaba nada a la imaginación, su minifalda café y su
blusa resaltaban, ya de por sí, sus grandes atributos.
—una mesa para dos, gloria —dice el padre Jotaro.
Flinch se quita el sombrero y le da vueltas como si anduviera conduciendo.
—Dónde puedo poner mi sombrero.
—permítame —dice gloria acercando con una mano el perchero y en la otra sosteniendo la
charola con una jarra de agua y dos vasos—. ¿Lo de siempre padre Jotaro?
—si gloria, pero esta vez que le espolvoreé un poco más de orégano.
Gloria asintió.
—bien, de qué querías hablar muchacho.
—al fin lo conseguí.
—sabía que lo lograrías —dice el padre Jotaro sirviendo el agua— brindemos.
El padre Jotaro le acerca el vaso a Flinch y brindan los dos.
—lástima que no sea vino.
Flinch solo mira al padre Jotaro.
—bueno no te quedes ahí mirando, cuéntame cómo paso.
—es difícil de explicar padre, no logro darle un sentido coherente, al menos para mí, de lo
que paso.
—bueno hijo, nos pasa a todos la primera vez.
—en serio
—no hijo, como crees, todos tienen pruebas diferentes. Ja, ja, ja.
Flinch tuvo que voltear a otro lado por la incómoda risa del padre Jotaro, vio hacia la cama
y vio a gloria alistando unas canastas de pan y a Enzo amasar la pieza.
—la verdad es que Sali tan rápido de mi reunión con el padre John, cuando dijeron que me
esperabas.
—pude esperar hasta que terminara.
—lo sé, pero, no todos salen con vida del ritual de iniciación.
—como
—es simple niño, si hacías algo mal o fallabas, lo más probable es que murieras.
—que, y porque no me lo dijiste.
—creí mencionarlo, oh espera, no, no eras tú, ja, ja, ja.
Flinch volteo de nueva cuenta a ver a la ventana y ver la calle sola, todos estarían
trabajando. Un gato mojado pasa por enfrente del local, Flinch divaga en si llovería.
—Bueno muchacho, dime qué fue lo viste en ese cuarto.
—después de conseguir lo qué, me pido me encerré en un cuarto que alquilé.
—sin ventanas, claro?
—sí, sin ventanas y de piso de madera.
—donde pusiste el reloj?
—con fraude de mí.
—la habitación era igual de oscura como la noche?
—claro, no podía ver ni mis manos.
—y la iluminación!
—use la vela que me pidió
—correcto y luego?
—me quite la camisa y entre solamente en pantalones, sin zapatos, nada más en pantalones.
Las primeras tres horas que estuve allí, fueron las más tranquilas, solo puse mi mente en
blanco.
—y la cuarta hora.
—la puerta se cerró y se colocó el seguro por si sola.
—y a la quinta hora?
—empecé a sudar como si estuviera en un morro, pero era por la ansiedad de estar
encerrado, a veces volteaba detrás mío, sentía como algo, o alguien, estaban a mis espaldas.
—y las seis?
—de la nada empezaron a surgir ruidos, pero no eran de la caja o de fuera de la casa, eran
de…
—no sabes verdad
—no, solo que cada cierto tiempo volvían y más fuertes.
—y cuando llegaste a las siete horas de estar ahí?
—de tanta presión me desmaye
—que, te desmayaste en una prueba, me sorprende que sigas vivo.
—pero era más como un sueño que un desmayo, porque vi como toda mi vida pasaba ante
mis ojos, pero solo los buenos recuerdos, incluso vi cosas que no logro explicar.
—y a la siguiente hora?
—me desperté y sentía una comodidad enorme, como si estuviera sedado.
—y luego?
—dieron las nueve en el reloj y como si me inyectaron adrenalina, me dio un subidón de
energía, que no podía saciar en ese espacio reducido.
—de la nada tratando de concentrarme en mi impulso, unos gritos de una niña y de un
hombre, trate de salir a ayudarnos. La puerta estaba cerrada y yo muy alterado.
—y los gritos saciaron hasta la siguiente hora.
—y llegaron las diez.
—la vela se apagó, creo que, de ir de aquí para allá la apague, era por la adrenalina, que no
pensé que la apagaría. Me la pase a oscuras.
—y no viste el reloj?
—no, pero si sentí que paso una hora.
—serían las doce?
—Si, pero algo…
—algo que?
—la vela se encendió por si sola.
—como?
—si la vela se prendió sin usar un fosforo.
—vaya
—y la siguiente hora el subidón desapareció y me desmaye.
—otra vez
—Si, pero lo que vi en mi inconsciente fue desagradable, todo lo malo que sufrí lo llegué a
ver.
—y te desesperarte
—y llore, jamás había visto tanto en un solo momento. Fue terrible.
—puedo imaginarlo chico —dice el padre Jotaro dándole unas palmaditas a Flinch.
—Pero la siguiente hora, fue extraña, una voz empezó a hablarme.
—Alguien dirás?
—no, no le veía a pesar de tener la vela, solo le escuchaba y hablamos.
—y de que hablaron?
—me dijo “pregúntame lo que sea y yo te responderé”, Al principio creí que era un juego
de niños, pero cuando la charla se torno más profunda me preocupe.
—Porqué, ¿qué te dijo?
—Le pregunte, qué hacia yo en este mundo: el respondió que estoy aquí para mantener la
balanza. No entendí muy bien, pero para estoy aquí.
—Ya veo.
—El me dio los porqués de mi vida pasada, presente y futura, y es más de lo mismo. Nadie
sabe porque estoy aquí, sólo existo.
—Ya veo.
—El reloj marco las cuatro y otra voz empezó a resonar en la habitación, y lo único que
decía era “Con que ahí estas, sigue con lo que te ordene”. La verdad una hora de eso me
llevo a querer pensar en salir a patadas del lugar.
—Y la siguiente hora.
—Lo vi a usted.
—Cómo que me viste?
—Usted estaba ahí, no sé como decirlo, pero me dijo cosas muy fuertes, incluso algo
molesto, por ejemplo, ¿Por qué nos hicimos amigos? Y yo no sabía que responder.
El padre Jotaro se quedo callado y dejo a Flinch proseguir.
—Y la siguiente hora…
—Qué pasó.
—Nada, estuvo tranquila.
—Bueno y la siguiente.
—Hable conmigo mismo, pero del futuro, según él. Y me decía cosas que no entendía.
—Por ejemplo.
—“Busca a Midoriya”, una y otra vez me decía que era de vital importancia hacerlo.
—No conozco a alguien con ese nombre.
—Lo sé, yo tampoco.
—Y luego
—Me lastime
—Como?
—Me rasgue el pecho con las uñas, algo contralaba mis acciones y trataba de detenerlo.
Una hora tratando de matarme, acabe exhausto.
—Y la siguiente hora.
—Una música orquestal toco y el aura se inundó de una melodía clásica, seguido de cantos
gregorianos y no sé cómo, pero mis heridas sanaron.
—Y después.
—La luz de la vela cambio de color y…
—y que
—Y empecé a cantar. Según yo me escuche bien, pero la verdad no sabía bien lo que
cantaba, algo me pedía cantar.
—Y luego paso no?
—Si, una fuerza descomunal me levanto y me arrogo al piso y me presiono, no pude
levantar un solo dedo del piso. Del techo surgió un par de nubes que se abrían a un lugar
hermoso y un ser…
—Un ser...?
—no sé como describirlo, pero era hermoso y cálido, daba paz.
—y qué paso?
—Tuvimos una charla, le dije que quería entrar y medio la aprobación, comento que hace
mucho no ve a alguien hacer este ritual.
—Lo sé, no todos los que lo hacen viven para contarlo. Déjame ver tu insignia.
Flinch le mostro el interior de su brazo, un triangulo negro con el árbol de la vida dentro es
el símbolo de los exorcistas.
—Bienvenido ya eres uno de nosotros.
La pizza llego y gloria les dejo una botella de vino. Comieron y se despidieron de Enzo.
Caminaron durante un rato y el padre Jotaro le dio a Flinch un sobre con documentos
importantes.
—Ten hijo, como parte de tu primera misión, necesito que vallas a América, nuestra
congregación necesita que canalices las energías de esa parte del mundo. Ultima mente se
han disparado muchas alarmas de actividad sobre natural por allá, vote por ti para que te
dieran ese encargo estas listo para afrontar el verdadero reto te aguarda.
—Gracias, padre.
—Oh y una cosa más, llegaras como agente encubierto de FBI, ya acordamos tu ingreso y
todo. Busca a mi sobrina rebeca y cuídala por favor.
—Claro padre, la cuidare como usted hizo conmigo.
—Bueno hijo esto es el adiós.
—Nos vemos.
Flinch y el padre Jotaro se abrazaron.
Flinch tomo su maleta y dio la vuelta en dirección a la calle alzando la mano para detener
un taxi. Él ya tendría que ir al aeropuerto.
1

Una embarcación se hallaba en medio del océano indico cuando se toparon con un
náufrago. Capitán —gritaban todos en cubierta—, tenemos un náufrago. Una tormenta
acompañaba a esos marinos que buscaban cómo subir el bote del náufrago. La noche no les
facilito la tarea, veían hasta donde las luces del Cats don't fly alcanzaban a alumbrar. El mar
sacudía el bote y a los marinos, ellos trataban de meter el hilo en la hendidura de una aguja,
en este caso sería la de un bote. Un marino salió con una soga y se lanzó hacia el bote. Se
llamaba Julius, era el maestre de la tripulación. Las luces del Cats don´t fly lo siguieron, se
zambulló y salió a flote. Nado hasta el bote, trepo y enredo la cuerda a los pequeños arneses
del bote. Julius en el bote lanza la cuerda hacia el barco y Thomas el navegante del barco la
atrapa. Thomas titubeando un poco amarra la cuerda a la grúa del barco. El barco era de
pesca de cangrejos. Thomas acciona la grúa para elevar el bote, mientras se elevan el mar
los sacudía con tal fuerza que Julius se tuvo que recostar en el bote con el náufrago. El
viento soplo en dirección contraria a la del movimiento de las olas, ocasionando que el bote
chocara contra el barco. Julius toma al naufrago, lo carga en sus hombros y mientras se
balancean en lo más alto de la grúa decide saltar. Una ola de tamaño de una casa de dos
pisos se abalanza sobre el barco, empapa toda la cubierta, que ya se encontraba resbalosa
por la tormenta. Neptuno se había ensanchado en contra de estos marineros. De repente las
luces de la cabina de mando alumbran el puente, se escucha como se abre la compuerta de
la cabina al girar el manubrio que tiene como picaporte. ¡Capitán! —gritaban los marinos.
Todos los marinos se reunieron alrededor de Julius y del náufrago. Mientras observaban al
naufrago envuelto en telas sucias, como si fuera una momia, los demás ayudaban a Julius a
reincorporase. El sonido de las pisadas al bajar la escalera de metal era lo único que oían
los marinos. El capitán bajo las escaleras, mientras prendía un cigarrillo. El capitán tenía
una gorra blanca con detalles dorados de anclas y hojas de olivo. Un saco Azul marino que
colgaba de sus hombros. Se acercó a los marinos y les hizo un ademan para que se
apartaran. Julius escupió toda el agua que se había tragado. El náufrago no reaccionaba. Un
marino junto sus puños, los alzo y los dejo caer sobre el pecho de aquel hombre. Al instante
el hombre escupió toda el agua que había ingerido. Todos respiraban un aire de tranquilidad
ahora que todo se había calmado. Inclusive cuando las olas se calmaron, la tormenta seguía,
pero las olas se habían calmado. Le trajeron una sábana térmica a Julius y al náufrago.
—Bien hecho Julius, sabía que no me fallarías —dice el capitán mientras exhala el
humo del cigarrillo—. Ahora levanten a este pobre sujeto y llévenlo adentro.
—¡Sí, capitán! —dijeron dos marinos sin chistar. Acto seguido lo levantaron y le
llevaron adentro.
Adentro del barco, se hallaba las recamaras de los marinos. Las recamaras de los
marinos eran un espacio con cuatro literas, había tres espacios para los marinos. Luego se
encontraba al lado de las recamaras el baño, no era grande, pero si lo suficiente para
compartir todos los marinos. La cámara de máquinas estaba hasta la orilla del barco.
Alejado de todas las recamaras y cocina del barco. En medio del barco se hallaba la cocina.
Llevaron al náufrago a bañar con agua caliente, Julius fue a la cocina por un café. El
capitán bajo después de que avisaran que el náufrago estaba en óptimas condiciones.
—Señor, el náufrago está en la cocina con Julius —dice un marino.
—Bien, bajare de inmediato, te puedes retirar —dijo el capitán sacando otro
cigarrillo de su saco.
A lo lejos del cristal de la cabina de mando un par de nubes se alumbraron por un
relámpago, de un momento a otro pasaron de grises y oscuras a blancas y moradas. El
capitán contemplaba este paisaje, mientras le daba una calada al cigarrillo. La lluvia le traía
paz al capitán, pero las tormentas con relámpagos como ese, intimidantes y poderosos, le
hacían saber que era un simple mortal.
El capitán bajo a la cocina, mientras caminaba oía a lo lejos el alboroto de los
marinos. Camino por un pasillo oscuro, lo tenían siempre a oscuras para economizar la
energía. Lo alumbraba la luz de la cocina, que de vez en cuando se atravesaba una sombra
en la poca luz que se dejaba ver. Entra en la cocina y todo se volvió un cementerio. Ni un
alma dijo nada ni hizo nada. Ve a Julius y al náufrago comer una sopa de cangrejo. Tomo
asiento enfrente de ellos. Richard el cocinero del barco le acerco un vaso con agua al
capitán. El capitán asiente para dar las gracias a Richard.
—De dónde vienes —dice el capitán serio.
El náufrago sólo se quedaba viendo al capitán.
— ¿Puedes hablar español? —dice el capitán, acerca un poco el oído haciendo
como que no entendía, girando su mano esperando una respuesta del náufrago.
—Vengo de Sudáfrica.
—Ah, y venias en una embarcación, ¿no? —dice el capitán.
—Sí, pero…
— ¿Qué pasa?, ¿Naufragaron? —dice el capitán sarcásticamente—. Déjame
adivinar, ¿Piratas Somalíes?
—No es eso —dice el náufrago, se puso serio, tenía que decir lo que pasaba con
firmeza—. Me embarque hace un par de meses y mi tripulación naufragó en una isla en
medio del mar índico.
—Y tú fuiste el único que salió —dice el capitán cruzándose de brazos.
—Lo que pasa es que esa isla guarda algo extraño.
—No me vengas con esos cuentos —dice el capitán des entrelazando sus brazos—.
No existen tales cosas como islas malditas.
—Es que no es una isla maldita —dice el náufrago tratando de enmendar sus
palabras.
—Entonces, ¿qué es? —dice el capitán poniendo los brazos sobre la mesa.
—Mire señor…
—Nick, dime Nick por favor —dice el capitán.
—Nick, yo salí del puerto de Durban. Aproximadamente hace tres meses —dijo el
náufrago moviendo a un lado sus platos de sopa—. La misión de la expedición no era clara,
pensamos que sería trasportar víveres a las islas de los magnates. Pero más alejado de eso
no podía ser. Una noche de tormenta cuando nos encontrábamos en estas aguas, nuestro
barco se hundió.
—Cuanto tiempo pasaste en el mar —dice Julius volteando a verlo.
—No permanecí en el mar por mucho tiempo.
—En ese caso, ¿a dónde fuiste a parar? —dice el capitán con mucha intriga.
—A una pequeña isla.
— ¿La isla maldita no es así?
—No esta maldita —dice el náufrago harto, suspira para explicar lo que nadie
entendería—. La isla está llena de mujeres.
—Ja, Ja, Ja —se carcajearon todos los marinos, excepto Julius y el capitán.
El capitán alzó su mano para callar a los marinos.
—Y, ¿qué más hay en esa isla?
—Tiene que verlo con sus propios ojos —dice el náufrago con una sonrisa en la
boca.
—No podemos desviar el curso, por muy tentador que parezca, pero solo nos
quedan provisiones para un par de meses —dice el capitán—. ¿No es así Zack?
—Si es verdad.
—No necesita provisiones, en la isla tendrá todo lo que necesita para vivir.
— ¿Cómo?, entonces ¿por qué no sigues en la isla? –dijo Julius.
Todos se dijeron entre sí que era cierto, cómo un hombre que llega una isla de
mujeres y aparte tiene cubiertas todas sus necesidades básicas, permaneció en la isla.
—Te seré sincero, en esa isla habitan las mujeres más hermosas que jamás haya
visto —dijo el náufrago convincente mente—. Ni una, escucha bien, ni una se resistía a un
hombre. Por muy feo que fuera o malo. Ellas siempre te trataban como si fueras un dios.
—Vaya que gran sueño —dijo Thomas—. No lo creen chicos.
—Si —dijeron todos atentos a lo que el náufrago decía.
—La mejor parte —dijo el náufrago como si estuviera reservando algo para el final
—. Todas ellas estaban dispuestas a copular contigo.
— ¡Que! —dijeron todos los marineros, como celebrando lo que acababan de oír.
Julius y el capitán se miraron extrañados. Sabían que algo no andaba bien, era muy
perfecto para ser real. Además, este hombre estuvo en el mar quien sabe cuánto tiempo.
Puede ser que se haya vuelto loco y haber visto alucinaciones. Lo peor de todo es que ahora
todos le creían, estarían dispuestos a ir a la isla, aunque la vida les costara.
—Bien, y donde esta esa isla —dijo el capitán.
— ¿Quién es su navegante?
—Yo —dijo Thomas.
—Tráeme un mapa de la zona —dijo el náufrago, de inmediato recordó algo y se lo
dijo a Thomas—. Espera chico, ¿aún estamos en el mar índico verdad?
Thomas asintió y fue por un mapa. Los chicos estaban emocionados, se veía que
estaban ansiosos por ir a la isla. Julius y el capitán transmitían entre si ese lenguaje de
hombres que no necesita palabras. Julius le decía al capitán que era una mala idea, pero el
capitán le decía que no podían hacer nada ellos dos contra toda una tripulación enfebrecida
por las locuras de este hombre. Thomas regresa con los mapas que le había pedido aquel
hombre.
—Por cierto ¿cuál es tu nombre? —dice el capitán.
—Ernest, señor, Ernest Russell
—Bien Ernest, espero que esa isla sea verdadera, de lo contrario te dejaremos caer
en un lugar de tiburones.
—Por supuesto señor—dijo Ernest, voltio a ver los mapas y con un dedo señalo
donde tenían que ir.
Thomas se quedó observando, me volteo a ver con una mira de preocupación.
— ¿Qué pasa Thomas?
—Es zona de peligro, no es recomendable explorar.
—Veo que no es fácil llegar, me entra más intriga acerca de cómo llegaste a esa isla.
—Señor se lo digo enserio. Mi embarcación tenía dirección a este punto.
—Bien déjame consultarlo con Julius y Thomas, te parece —dice el capitán
levantándose de su lugar.
Ernest solo se limitó a asentir y seguir comiendo. El capitán les hace un ademan a
Julius y a Thomas para irse, todos los marineros empezaron a alborotarse por la decisión
del capitán. El capitán les alzo la mano y grito.
—Tranquilos, decidiremos sólo si es tal vez, y solo tal vez buena opción ir.
Recuerden que llevamos el tanque lleno de cangrejos. Y de ahí va la paga de todos.
Todos se calmaron y dejaron al capitán ir con Thomas y Julius.
Regresaron a la cabina de mando, El capitán se quitó el saco y lo coloco encima del
tablero de mando. Saco un cigarrillo y lo encendió. Thomas se sentó a un lado de él y
esperaron a Julius. Julius entro y no tardó en dar su opinión.
—Es una mala idea —dijo Julius rápidamente.
El capitán y Thomas ni es inmutaron solo se quedaban viendo a Julius.
—Puede ser —dijo Thomas—. Pero no perdemos nada con ir.
—No sabemos qué tan loco este ese sujeto, estuvo en el mar mucho tiempo solo.
Cualquier hombre se habría vuelto loco.
— ¡Julius maldita sea! —dice Thomas—, donde está tu espíritu de aventuras.
Navegaremos a una isla que de seguro es el dueño banal de todo hombre.
—Tú mismo lo dijiste es peligrosa.
—Existe una posibilidad de cruzar sin sufrir daño.
— ¿Cómo que sin sufrí? —dice Julius alterado—. ¿Qué es lo que podemos sufrir?
—Que en un mal movimiento el barco se hunda, pero solo va a pasar si una
tormenta o una ola de cinco metros choca contra la popa.
—Thomas —dice el capitán—, dile la verdad.
—Está bien —dice Thomas—, esto en un peor escenario. El verdadero problema es
que esas aguas son turbias, las ráfagas de vientos son igual que las de un tifón, lo que hace
que sea más probable que suceda.
Julius con una cara de asombro, se llevó las manos a la frente, tratando de amenizar
lo que acababa de oír. Julius no daba crédito a lo que oía.
— ¿Thomas, aun sabiendo eso quieres ir? —dice el capitán.
—Claro, quien no querría ir a un lugar así.
—Yo —dice Julius.
—Tranquilo viejo, que no te emocionan las mujeres.
—No es eso —dice Julius con más tranquilidad—. Es que yo ya tengo a alguien.
—Ah, eso explica muchas cosas —dice Thomas.
—No quiero ir, ni por mi paga o el doble.
—Iremos Julius —dice el capitán—. Cuando me hice marino jure que tendría
aventuras por todo el mundo, que equivocado estaba, solo me la vivía pescando y
ahorrando para ser capitán de mi nave. Aun así, nunca tuve aventuras, sólo seguía pescando
a pesar de ser capitán de mi propia nave.
—Capitán… —dice Julius cuando es interrumpido por el capitán.
—Tu chica no sabrá que fuimos a un lugar como ese, si en tierra nunca oímos hablar
de esa isla, que te hace creer que ella la escuche.
Julius estaba dubitativo, Thomas y el capitán solo se veían, habían convencido a
Julius de ir.
—Está bien, iremos. Pero quiero la ganancia de cincuenta por ciento de la pesca.
—Mira que cuando lleguemos se te va a olvidar el dinero.
Julius se retira, el capitán le pide a Thomas que Cambie el curso. Thomas se dirigió
con Wilhelm a dar las nuevas coordenadas. El capitán salió a la cubierta y la lluvia seguía,
era una lluvia débil, apenas podía sentirla. El capitán tiro la colilla de cigarro y se encendió
otro. George estaba haciendo la primera guardia, saludo al capitán y siguió con su rondín.
El capitán estaba cubierto de las luces amarillas del Cats don´t fly. Estaba nublado por lo
que la luz de la luna no les iluminaba en esta oscuridad. El capitán miraba el cielo negro. Se
quedó así un largo rato. Dijo unas palabras antes de retirarse.
—Espera un poco más Nicole.

La mañana siguiente del barco, los chicos reacomodaron las jaulas de cangrejos. El
capitán seguía dormido. Erick y Daniel eran los encargados del cuarto de máquinas. Con el
cambio de curso Wilhelm no pego el ojo en toda la noche. Erick hizo la guardia de las
máquinas, Daniel le suplió apenas el gallo cantara. Todo seguía su curso nada cambio todos
seguían en su trabajo. Richard cocinaba el almuerzo. Thomas y Ernest hablaban en el
puente, contaban sus historias del mar. Julius se encargaba de que todos cumplieran con su
encargo. Él había despertado a Daniel. Los demás ayudaron a mover las Jaulas. Cuando
dieron por terminado el trabajo, fueron a la cocina a almorzar. En la cocina había júbilo y
risas, los marinos estaban motivados, no como aquella desastrosa pesca hacía dos años
atrás. El capitán se levantó y vistió, fue directo a la cocina y al entrar todos se calmaron. El
cementerio ya conocido había vuelto. Richard le acerco su parte del almuerzo, un par de
huevos con tocino y un café. Ernest interrumpió el silencio.
—Bueno días capitán
El capitán no respondió al saludo, saco su cajetilla del bolsillo y la coloco en la
mesa. Tomo los cubiertos y empezó a comer. El almuerzo siguió así hasta que el capitán se
levantó y dio las gracias por la comida.
— ¿Por qué siempre se calman cuando llega el capitán? —dijo Ernest.
—Nadie sabe, desde que lo conocemos siempre ha sido así —dice Richard
poniéndole sal a un guiso en la estufa—. Incluso nosotros aprendimos de las tripulaciones
pasadas que, cada vez que el capitán se acerca nos callamos.
—Vaya sujeto, debería de soltarse un poco más.
Nadie le dio la razón a Ernest, solo seguían comiendo y empezaron con el alboroto
otra vez.

El capitán caminaba en el puente cuando llega Finn para la segunda guardia del
medio día. El cielo seguía nublado, un viento nevado que penetraba tus huesos. El capitán
saco del bolsillo su cajetilla, pero no estaba la había olvidado en la cocina. Finn ve que no
tenía cigarrillos y se le acercó y le ofreció uno.
—Tenga capitán —dijo Finn mientras meneaba la cajetilla.
El capitán tomo dos cigarrillos, encendió uno y el otro se lo guardo.
—Gracias Finn, te los repondré cuando encuentre mi cajetilla.
—No se preocupe, tengo más. Si alguna vez se queda sin cigarrillos venga conmigo
¿vale?
—Me parece bien.
El capitán se dirigió al centro de mando, se sentó en su silla y se puso a leer. Leía El
castillo de Franz Kafka, era la tercera vez que le leía el libro. Se pasó la tarde y todos
pasaban el tiempo jugado cartas, dados o en sus pasatiempos. Julius le gustaba contar con
Zack infinitas veces las provisiones que tenían, aunque supieran ya el número exacto.
Inclusive ideaban formas de que rindieran más las raciones o formas de que Richard no
desperdiciara la comida. Thomas de vez en cuando iba a ver Wilhelm para tomar nota del
curso o hacer correcciones por las corrientes o por la marea. Ellos tenían que disfrutar este
tiempo de calma debido a una intuición del capitán. De vez en cuando la lectura del capitán
era interrumpida por el mismo, se mantenía en la misma posición para leer en su silla,
sosteniendo el libro frente su cara, solo movía los ojos para ver por cristal de la cabina una
nube a los lejos, casi nadie, quizás nadie la vería, pero el capitán sí, él podía ver que una
tormenta se avecinaba.

Pasaron tres semanas cuando Thomas confirmo al capitán que estaban en las aguas
turbias. Thomas también confirmo que estaban en medio del mar índico. Ese mismo día la
tormenta que el capitán había visto se desato encima del barco. Las gotas caían vertiginosas
sobre el barco parecía que tarde o temprano lo hundirían. Los chicos se refugiaban en sus
camarotes. El capitán estaba en la cabina de mando encerrado, ahora los únicos que
mantenían el barco a flote eran el capitán, Wilhelm y Erick que ya había cambiado de
turno. Neptuno desataba toda su ira contra ellos. El capitán no paraba de moverse en la
cabina, constantes eran las llamadas a Wilhelm para confirmar la estabilidad. De Erick no
sabían nada, sólo tenían que confiar en él. La tormenta iba en aumento de potencia, cada
vez más fuerte se agitaba el barco, el capitán era el único que veía el espectáculo, inclusive
había visto un par de Truenos caer casi al lado del él. De repente alguien toca la puerta del
centro de mando. El capitán se asustó al oír que tocaban. Se levantó y abrió la puerta. Era
Thomas.
—Capitán, tenemos que dar la vuelta.
— ¿Qué?, ¿Por qué? —dice el capitán dejando entrar a Thomas.
—No vamos a poder resistir, las olas nos pueden voltear.
—No dijiste que había una ruta segura.
—Señor, esta es la ruta segura y no vamos a poder cruzarla.
— ¡Demonios! —dice el capitán golpeando el panel de control.
De repente un silencio apaciguo el ruido de la tormenta, los dos se percataron de
que algo no estaba bien. Vieron por el cristal de la cabina como la proa se levantaba y los
marineros se desliaron por la cabina. Una ola monstruosa hundió el barco. Thomas choco
contra la pared de la cabina quedando inconsciente. El capitán veía como la cabina poco a
poco se llenaba de agua, trataba de despertar a Thomas, le daba golpes con la mano abierta.
No funcionaba. El capitán corrió a su silla y aun lado de la silla y justo en la ventana de la
cabina, debajo se hallaba una pequeña caja fuerte. La abrió, dentro se hallaba un fajo de
billetes, una vieja pipa, una foto en blanco y negro y una libreta. Tomo la libreta y la
fotografía. Corrió a hacia Thomas que estaba a una nariz de cubrirse de agua. Lo levanta y
con todas sus fuerzas lo recarga en la silla. El capitán abre la compuerta de la cabina y no
tardo para que el agua llenara la cabina. El capitán toma a Thomas y se dirige afuera. Llego
el momento donde el agua cubrió las piernas del capitán. El capitán sale de la cabina y ve
una oscuridad que le da vértigo. Ve a su hermoso Cats don´t fly hundirse. El capitán nadaba
agarrando a Thomas. Nadaba a la superficie, nadaba cargando un peso extra. Por más que
braceaba no sentía que llegara a la superficie, el capitán sentía que la superficie se alejaba.
Esa parte del mar esa iluminada por los truenos. Sería lo último que vería el capitán, la
profundidad del océano iluminada por la luz de los truenos.

3
El capitán despierta en una isla de blanca arena. Al levantarse le temblaban las
piernas. Tardo un rato en levantarse, Cuando estuvo de pie apenas y podía mantener el
equilibrio. A lo lejos veía un cuerpo parecía ser el de Thomas. Camino a paso lento hacia
Thomas. Antes de llegar a Thomas ve que se acercan personas a caballo a Thomas.
— ¡Thomas! —gritaba el capitán, pero le era trabajoso debido a que tenía la
garganta seca.
Cuando se dio cuenta volteo y observo una silueta que era oscurecida por la luz de
la antorcha, la silueta estaba montando un caballo. Sabía que también venían por él.
— ¿Quién eres? —dice el capitán.
—Agárrenlo, también nos lo llevamos —dice el jinete, con una voz muy femenina.
—Esperen, no queremos hacerles nada. Solo dejen ver a mi amigo.
Cuando se le acercaron a sostenerle, se dio cuenta que eran dos mujeres. Las
mujeres vestían prendas de cuero, falda estilo romana y un pectoral de cuero. Eran delgadas
con una figura deportiva. Las dos eran más pequeñas que el capitán. Cuando se le acercaron
el capitán se resistió, pero la fuerza de esas chicas era mayor a la de él, sometiéndolo contra
la arena. Los ataron con una soga y lo subieron al caballo. El a lo lejos veía como se
llevaban a Thomas también.
La isla está llena de vegetación, que cubre dos montañas. La orilla de la isla está
conformada por arena y unas cuantas palmeras. En el centro de la isla se encuentra una
aldea, que tiene construcciones de piedra. El grupo de chicas a caballo, llevaba a Thomas y
al capitán hacia la ciudadela. De camino a la ciudadela el capitán hacía preguntas que no
respondían las mujeres que lo llevaban.
— ¿A dónde vamos?, ¿Quiénes son ustedes?, ¿Qué hacen en esta isla?
—Cállate —dijo la mujer rubia.
—Eso es lo único que vas a responder —dijo el capitán— Al menos dime como esta
mi amigo.
—Tu amigo está en una situación crítica.
— ¡Qué! —dijo el capitán.
—El necesita que lo llevemos a la ciudadela lo antes posible —dijo la mujer rubia—
El capitán se tranquilizó, siguieron andando durante un rato. Pararon a beber agua y
a dejar al capitán hacer sus necesidades. Mientras orinaba nadie le veía. El capitán sabía
que era un momento para escapar. Una vez terminado corrió entra la espesa vegetación,
sentía que las había perdido cuando escucho el relinchar del caballo y vio como la mujer
rubia le perseguía, el no paro de correr, la mujer sin bajarse el caballo tomo de la cintura al
capitán y lo subió a caballo.
—No creas que escaparas tan fácil. Para empezar, yo conozco toda la isla —dijo la
chica con un tono de advertencia—. Si tratas de escapar yo te encontrare.
El capitán solo se quedó callado. La chica sacudió las riendas del caballo y
cabalgaron para alcanzar al grupo. Cuando llegaron a cierto punto bajaron del caballo, y la
mujer le dijo al capitán.
—De aquí en adelante no puedo pasar con el caballo, estas chicas te acompañaran.
Dos chicas se acercaron al capitán, ellas portaban lo parecía ser lanzas. El capitán no
dejaba de ver el filo de esas lanzas.
—Nos volveremos a ver, no lo dudes forastero.
Las chicas de la lanza tomaron del brazo al capitán para acarrearlo hacia la ciudad.
Caminaron por un sendero de tierra que a sus alrededores tenían arboles inmensos y
antorchas cada 5 metros. En cierta parte del sendero había una colina, subieron hasta la
cima y cuando llegaron podían ver todo el paisaje de la ciudad.
La ciudad era engañosa para la vista, parecía pequeña de lejos, pero al acercarte veía
que era más grande de lo que podías creer. La pequeña ciudad, porque eso era una ciudad,
está orientada en forma de circulo. En el centro se hallaba un edificio grande como si un
castillo estuviera ahí, cuatro torres estaban esparcidas en toda la circunferencia de la
ciudad. Edificios de lo más variado tenía la ciudad, de un piso, de dos, y todos de piedra,
esa piedra que si la frotas con tu mano llegaría un momento de tanto frotar que la piedra se
hiciera polvo. Te sentías en una ciudad antigua. El aire que corría estaba impregnado con
una fragancia especial, un aroma a flores. La ciudad estaba repleta de antorchas, lo que
hacía un efecto impresionante entre la ciudad y el cielo. La oscuridad y la luz de la
ciudadela amalgaman cuando veías al cielo. El suelo era chocolate en polvo, sentías como
se te metía en los zapatos. Escuchabas a lo lejos chicas tocar el un instrumento que no
sabría decir cuál es, pero si decir que era de cuerda, el suave sonido era percibido hasta el
más mínimo rincón de la ciudadela. No era molesto, más bien tranquilizador. La ciudadela
estaba habitada por más chicas, todas eran hermosas, no importaba donde voltearas todas
eran hermosas. Las chicas de la ciudadela tenían una vestimenta diferente a la de las chicas
que llevaron al capitán. Estas vestían telas de colores como el rosa, azul, violeta y verde.
Eran telas de varias piezas, pero no dejaban de transmitir su sensualidad con todo eso
encima. Las chicas no dejaban de ver al capitán, sus miradas transmitían deseo. El capitán
tenía la cabeza abajo no soportaba que lo vieran en esas condiciones.
Llevaron al capitán hacia el edifico central. El edifico central tenía grandes puertas
de madera, con ornamenta de metal en negro. Las chicas se detuvieron enfrente, una de
ellas hizo un ademan y se abrieron las puertas. Lo curioso es que esas puertas no hicieron
ruido, al contrario, el único radio que escucho fue cuando se cerraron. Entraron y
caminaron al centro del inmueble, era igual de grande que la capilla Sixtina. El suelo estaba
cubierto de una alfombra con patrones en color caqui. Sillas y gradas eran lo que tenían ese
gran salón. Las antorchas alumbraban d un color ámbar el lugar. Se podía notar un poco el
olor a humedad oculto por el olor a flores. En frente de donde pusieron de rodillas al
capitán, un trono dorado, con decorados hasta el más mínimo detalle, cubierto con lo que
parecía ser tercio pelo color vino. Se escucha como una puerta se abre, seguida de una serie
de pasos de tacón que hacían eco en todo el lugar, una mujer del mismo alto de un básquet
bolista, con vestido negro que le quedaba algo largo, venia trapeando todo lo que dejaba
atrás, no me sorprendería ver algún animal ahí. Su piel era igual a la leche, si estabas lo
suficientemente cerca verías sus venas. Su cabello pelirrojo lacio, lo tenía suelto, parecía
tener fuego en lugar de cabello. Sus ojos cafés no voltearon a ver al capitán en ningún
instante. Se sentó y le paso la mirada de pies a cabeza al capitán. El capitán estaba
mugriento, lleno de arena y su ropa estaba hecho un desastre, debido a que se estuvo todo el
día en el sol y mojado, se había achicharrado.
— ¿Quién eres forastero? —dijo la dama del vestido negro.
—Yo soy Nick Farell —dice el capitán.
—Bien Nick, sabes dónde estás, o que hace aquí.
—Sí, sí sé dónde estoy y qué hago aquí —dijo el capitán.
— ¿No le tiene miedo a la muerte señor Farell?
—No para nada.
La mujer de negro solo veía al capitán, su cara tenía decepción por no poder sacarle
lo que ella quería de la boca.
—Nick, ¿sabe usted donde está su tripulación?
—No
—Ellos están sanos y salvos en esta isla, inclusive lo esperan en uno de mis
banquetes.
—Ellos no importan, ¿Cómo está Thomas?
—Se refiere al otro chico que lo encontramos con usted.
—Si, a ese.
—Él está en observación, al perecer tomo demasiada agua del mar. Pero se pondrá
bien.
El capitán al oír eso se tira al piso aliviado, como si todos sus pendientes fueran
resueltos.
—Ustedes son nuestros invitados —dijo la mujer de negro— llévenlo a la suite, él
se quedará aquí —dijo levantándose para ir a otro asunto—. Háganle lo mismo que le
hicieron a su tripulación.
Las chicas levantaron al capitán y lo llevaron a la misma puerta de la que salió la
mujer de negro. Pasaron por un largo pasillo medio obscuro, debido a que solo tenía una
antorcha en medio. Salieron a otra habitación y se encontraban en la parte trasera del salón,
la cual tenía dos escaleras que llevaban al segundo piso. El capitán ya podía moverse por sí
solo. Lo llevaron a un cuarto donde había una tina de madera. Lo arrojaron al cuarto con la
tina y le dejaron solo. El capitán no se movió de ahí no sabía si volverían o no. De pronto
entra una de las chicas de la ciudadela, cargando un balde lleno de agua. Pero no fue la
única en entrar. Llegaron más chicas al lugar y empezaron desnudar al capitán. Todo esto
mientras soltaba un par de risillas coquetas. Lo metieron en la tina de madera y empezaron
a arrojarle los baldes de agua. El agua estaba a la temperatura correcta. Ni muy caliente, ni
muy fría. El capitán estaba con los brazos estirados mientras le frotaban las hermosas
chicas. Le enjuagaron y lo cubrieron con tollas largas. Lo sacaron de la habitación, las
chicas paseaban a la momia hasta la suite donde descansaría.
—Todo lo que necesitas esta debajo de la cama cariño.
—Gracias —dijo el capitán.
—-Cuando acabes baja a cenar —dijo la chica con una sonrisita coqueta.
El capitán se vistió y bajo para ir a cenar. Una chica de cabello lacio y negro lo llevo
hasta donde estaba su tripulación. Estaban en una terraza del edificio central. La terraza
estaba llena de plantas colgando, justo en el centro se hallaba una mesa con comida, un
pollo dorado, vino por montones, frutas y pan eran lo que adornaban la mesa. Se escuchaba
un júbilo y carcajadas, el capitán se tranquilizaba más al saber que era su tripulación.
Cuando entra todos lo ven y se callan. Esa noche la dama de negro los acompaña, estaba en
uno de los extremos de la mesa quedando de frente al capitán y donde podía ver a todos los
demás chicos. Ella ve extrañada a los chicos del capitán, pensaba que se pondrían más
felices cuando lo vieran. El capitán se quedó un instante contemplando el momento, y
prosiguió a sentarse en el otro extremo de la mesa, justo enfrente de la dama de negro. Una
chica le sirve su copa de vino y otra le acerca una servilleta. El capitán ve los cubiertos y
eran de plata.
—Veo que no están contentos de que su capitán este aquí —dice la mujer de negro
sosteniendo su copa de vino para darle un sorbo.
—Claro que lo estamos —dijo Zack— Sólo que no lo entendería.
—Entender qué —dijo la mujer de negro, se había recogido el cabello con una cola
de caballo.
—Es que…es complicado —dijo Erick cuando fue interrumpido por el capitán.
—Deja lo Erick, yo le explico —dijo el capitán tranquilizando a los chicos— vera…
—esperando a que le diera su nombre la mujer de negro.
—Margaret, pero todos me dicen “Big Mom”.
—Oh, ya veo —dijo el capitán—. Vera Big Mom estos preciados caballeros tienen
la costumbre de guardar silencio y respeto cuando su capitán entra a una habitación.
—Oh, Perdonara mi intromisión.
—No tiene porque —dice el capitán levantando su copa—. Brindemos por nuestra
anfitriona, por ser tan hospitalaria y atenta.
Esto volvió a encender a los chicos y alzaron sus copas y gritaban “Por la
anfitriona” y bebían hasta acabarse el vino de la copa. La mujer de negro acepto el brindis y
solo dio un sorbo a su copa. La noche prosiguió con risas y anécdotas del capitán que los
marinos jamás habían escuchado. Todos se partían de la risa. Todos los chicos estaban
excepto Ernest. El capitán pregunto por él.
— ¿Dónde está Ernest? —dijo el capitán moviendo la cabeza para buscarlo.
—Sigue en la playa —dijo la mujer de negro llevando un bocado de pollo a la boca.
— ¿Por qué?
—Mis centinelas apenas lo encontraron, además Ernest ya es un viejo invitado.
—Ya veo —dijo el capitán.
Terminaron de cenar y todos los chicos se fueron. El capitán y la mujer de negro los
despidieron en la entrada, el capitán se acordó lo que le dijo Finn y le pido una cajetilla y
Finn se la dio. El capitán se dirigió a su suite después de darle las buenas noches a la mujer
de negro.
En su habitación se fumó dos cigarrillos en la ventana, la suite tenía una cama
inmensa llena de cojines, cuando el capitán llego después de bañarse estaba llena de velas,
pero el capitán las apago porque le gusta más el cuarto a oscuras. El veía el cielo, la
habitación estaba en lo más alto del edificio, a él no le molestaban las luces de la ciudadela.
Desde su ventana vio cómo su tripulación iba en compañía de mujeres hermosas. Tiro la
colilla y se fue a dormir.
Durante la noche no se oía nada, ni siquiera un grillo o mosco. El capitán no podía
dormir, se pasaba moviéndose en la cama. Cuando empezó a escuchar pisadas de alguien
descalzo. Escucho que su puerta se abrió, cuando la extraña figura salió de entre la puerta
vio quien era. Era la dama de negro. Él se hizo el dormido, ella se metió entre su cama. El
capitán sentía su respiración. De pronto el capitán siente una mano entrar entre sus
pantalones acariciándole el pene. Rápidamente genera una erección en el capitán. El
silencio se rompe.
—Haz me tuya —dice la mujer de negro.
El capitán toma a la mujer de negro entre sus brazos y la besa. Los dos empiezan a
desnudarse, el capitán le ayuda a quitarse su camisón. Y ve su cuerpo fusionarse con la luna
haciendo lo brillar. El capitán besa sus hermosos pezones blancos. Ella trata de controla su
gemido. El capitán acaricia todo el cuerpo de la chica. La chica le quita la camisa al capitán
y los pantalones. El capitán la acuesta en la cama boca arriba, sus miradas se cruzan, se
besan, la chica asió el pene del capitán. El capitán penetra a la chica. Se quedó así un rato,
para acostumbrar a la chica a su pene, y cuando vio el momento empezó a moverse. La
respiración de los dos era igual a la de un par de toros salvajes. Ella gemía sin dejar de ver
al capitán. El capitán pasa su brazo por la espalda de la chica y él la alza, quedando ella
encima. La besa, ella pone sus manos sobre el rostro de capitán. El capitán seguía
moviendo su pene. Ella empezó a decir que se venía. El capitán no paro después del
anuncio de la chica. Ella empezó a gemir más fuerte y se deja car en brazos del capitán. El
capitán la recuesta. Él se acuesta a su lado besándola y acariciándola. El capitán ve cómo se
duerme y el también cae en el sueño de aquella noche de luz luna.

4
Los rayos de sol iluminaban el cuarto del capitán, él se encontraba en un sueño
profundo. Los rayos de sol le pegaron directo en la cara, frunció el ceño y se tapó con una
cobija. Él ya estaba despierto, se gira para buscar a la mujer de negro. No estaba. Se levanta
y se viste. Sale del cuarto y junto a la puerta esta una chica esperando con una bandeja.
—Buenos días señor Farrell —dice la chica acercándole la bandeja llena de jugos y
frutas.
—¿Sabe dónde ésta la señorita Margaret?
—Lo está esperando en el comedor de la terraza, su tripulación también se
encuentra ahí señor.
—Ya veo, gracias —dice el capitán tomando un vaso de jugo de naranja de la
bandeja y retirándose hacia el comedor.
Mientras camina por el pasillo repleto de cuadros de paisajes varios, desde playas
hasta los himalayas, con una técnica de puntillismo muy marcada. Sabía que estaba cerca,
oía las carcajadas de los muchachos. Cuando entro en el comedor los chicos se calmaron,
como ya es costumbre. Margaret se levanta de su asiento con una gran sonrisa, se acerca
hacia el capitán para abrazarlo entre sus brazos y dice.
—Nick, Buenos días, amor.
Todos los marinos al oír semejante cosa se detuvieron todavía más, Zack escupió su
bebida y los demás voltearon a ver al capitán con los ojos bien abiertos. El capitán y
Margaret se dan un pequeño beso, y se sientan los dos en el extremo de la mesa. El capitán
sintió la mirada de toda su tripulación y voltea a verlos. Todos apartan la mirada.
—Como están chicos, descansaron bien —dice el capitán mientras Margaret no
dejaba de soltarle el brazo.
—Bien —dijeron todos a la vez.
—Hoy nos espera un día arduo, tenemos que descubrir que paso con el barco y
planear nuestro siguiente movimiento —dice el capitán mientras se lleva un pedazo de pan
a la boca—, por cierto, querida, ¿cómo esta Thomas?
—Él se encuentra mejor, me informan que despertó esta mañana, ahora mismo le
estando dando de desayunar.
—Otra cosa a remarcar, dónde está Julius.
Margaret soltó el brazo del capitán y lo miró fijamente.
—Ese bastardo no pondrá un sólo pie en esta isla.
—¿Cómo?, ¿qué paso con él?
—Él ha estado tratando mal a mis niñas, la última vez golpeo a una. Es una actitud
que no tolerare. Y por si fuera poco ha estado tratando de escapar de la isla desde que llego.
Mis centinelas ya hasta hacen apuestas de que tan lejos puede llegar ese maldito.
—Oye cálmate, quieres.
—Cómo quieres que me calme Nick, uno le da la mano y el escupe en la cara.
—Tranquila Julius puede ser a veces algo…
—¡Qué Nick!
—Algo impredecible.
—Ah, ahora lo defiendes, si eso es lo que quieres bien.
Margaret se levanta y se va del comedor. Toda la terraza se había vuelto incomoda,
hasta las guardias se veían incomodas después de presencia tal numerito.
—¿Dónde tienen a Julius?
—La última vez decidieron que lo pondrían en un calabozo.
—y lo han visto.
—No dejan ni que toquemos el tema.
—Bueno pónganme al corriente de las cosas.
—Vera capitán, todo esto es difícil de explicar —dice Wilhelm—. Cuando nos
volteamos, todos salimos del barco, nadamos hasta la superficie.
—Y saben cómo llegue a la orilla de la playa.
—La verdad capitán, nadie sabe cómo llego aquí.
—Solo sabemos que Julius fue el primero en llegar esta isla.
—Y todos vieron a Margaret como yo.
—La verdad es que usted fue el único con audiencia personal.
—Los demás llegamos, y nos recibió Rebeca.
—¿Quién es rebeca?
—Rebeca es la encargada de las productoras de la ciudadela.
—Pensé que era Margaret
—La isla ésta dividida en tres grupos que hacen que todo funcione.
—Las centinelas, Las productoras y los frutos.
—¿Los frutos?
—Así se les dice a las chicas de la ciudadela.
—Y qué hace cada grupo.
—Las centinelas son las encargadas de resguardar la isla. Ellas están bien
entrenadas y están dotadas de habilidades sobre humanas. Le diré que George mientras
corría de ellas una lo alcanzó en un parpadeo de ojos y con un solo brazo lo alzo.
—Las productoras son las encargadas de todo lo que tiene que ver con mantener los
productos y bienes de primera necesidad. Ellas traen el agua que bebemos y los alimentos
que consumimos. Además de construir y hacer más eficiente la ciudadela.
—Y los frutos que función tienen.
—No sabemos que función principal tienen. Ellas viven en la ciudad, consumen lo
que las productoras dan, y son cuidadas por las centinelas, todas ellas están al servicio de
Big Mom.
—Ellas también satisfacen nuestra lujuria.
—Ya veo, señores. Entonces Ernest tenía razón.
—Si ese hijo de puta tenía razón. Lo único falto es que estuviera aquí.
—Capitán, usted se enredó con Margaret.
El capitán miraba fijamente a su tripulación.
—Eso no importa señores.
—Capitán, charlando con las chicas de la ciudadela dicen que han llegado infinidad
de hombres por diversos motivos y ninguno se ha enredado con Big Mom. Usted es el
primero.
El capitán no dijo nada.
—Iremos a pasar para que vea la isla con más claridad.
—No —dijo el capitán interrumpiendo todo lo que le dijeran—. Necesitamos no
llamar la atención. No sabemos a lo que nos enfrentamos y mucho menos como enfrentarlo.
Estamos en la posición que todo hombre envidiaría. Pero necesito que me den tiempo para
idear un plan. Además, Thomas no se ha recuperado del todo. y tengo que acercarme a
Julius lo más discretamente posible.
—Usted es el capitán, usted manda.
—Eso haremos, el capitán levanto su copa y los demás la chocaron con él.
El capitán se levantó y se dirigió a su cuarto, iba por un cigarrillo. Cuando entro vio
en su cama a Margaret desnuda. El capitán entro y cerró la puerta. No salió hasta tarde.

Cuando la noche cayo la isla volvía deslumbrar con sus antorchar. El color ámbar
volvía a caer sobre todos los rincones que se imaginan. El capitán había dejado a Margaret
en sus aposentos. El dio una vaga excusa para que lo dejaran salir a caminar. Mientras
caminaba estaba atento a todo lo que le rodeaba. Los edificios que se asemejan a
construcciones barrocas, el suelo que era arena dura, de la que dejaba un rastro de huellas.
La ciudadela estaba vacía ni un alma se veía a la lejanía. Ni asomándose por las ventas de
las casas ni de las esquinas. El capitán aprovecho para fumar, cuando una centinela se le
acerco por detrás, no la había percibido venir.
—No puede fumar señor, le molestaría que lo apagara —dijo la centinela.
—No para nada señorita —dijo el capitán tirando el cigarrillo y pisándolo—una
cosa más señorita, sabe dónde está el calabozo.
La centinela apunto su dedo hacia una de las montañas de la isla.
—Sigua en esa dirección, el calabozo ésta fuera de la ciudadela, justo a la mitad de
la ciudadela y la montaña más cercana a la ciudadela.
—Gracias —dijo Nick emprendiendo de nuevo la marcha.
Camino hasta llegar al límite de la ciudadela, las torres de vigía alumbraban partes
de la selva mística de la isla. El capitán se adentra en la selva, ningún centinela lo ve entrar.
Camina un par de metros, a lo lejos veía una luz tenue, el solo seguía en dirección de la luz.
Sonidos extraños acompañaban al capitán. Crujir de ramas, el sonido de las ramas por las
que pasa. Un frio del demonio le había llegado hasta las mejillas al capitán, al contrario de
la ciudadela que estaba caliente ese calor que ruborizaba al capitán. Cuando la luz se hacía
más intensa, el capitán podía notar una construcción en medio de la selva. Era un edificio
en forma de Cilindro, como el de una pajilla, tenía escalones en la entrada, ni una ventana,
todo era de ladrillos perfectamente colocados uno encima del otro. Un par de antorchas
están en la fachada del lugar, alumbran el grisáceo color del lugar. Una puerta de acero era
la única forma de entrar a ese lugar. Hasta arriba había un tejado en forma de sombreo
japones. Solitaria ni un alma se paraba en estos rumbos. El capitán salió de entre la espesa
selva, dirigiéndose a la entrada del calabozo. Se dirigió a la puerta y trato de abrirla. No
podía estaba cerrada, una persona grito.
—¡Aléjense!
—¿Julius eres tú?
—Capitán, oh, me alegra oírlo.
—A mi igual Julius, como es que acabaste aquí.
—Me encerraron aquí contra mi voluntad.
—Julius sólo vive en la isla. Dame tiempo para averiguar cómo salir de aquí.
—No, no saldré a ese lugar.
—Pero por qué Julius, dame un por qué.
—Capitán, yo le soy fiel a mi chica. El problema no es estar afuera, y con vivir. El
problema es ellas no entienden que no quiero nada con ellas.
—Por eso golpeaste a una chica.
—No la golpeé —dijo Julius cansado de repetir eso—. Ese día ella se me acerco
después de cenar, yo le dije que el problema no era ella, pero me hizo caso omiso. Siguió
insistiendo y la única manera de alejarme era saliendo de la habitación. Cuando quise salir
ella me sujeto del brazo. Yo desesperado lo levante para zafarme de ella. Ella salió volando,
se golpeó con el suelo. Empezó a berrear y yo no sabía qué hacer. De repente golpearon a la
puerta, yo sólo fui a ayudar a la chica. De una patada volaron la puerta, eran centinelas. Me
tomaron de los brazos y me llevaron hasta aquí. Lo pero fue que me golpearon toda la
noche.
—No abogó nadie por ti.
—Nadie les creyó, fui directamente al calabozo por órdenes de Big Mom —dijo
Julius—. No te enredes con ella Nick, ella no es lo que parece ser.
El capitán sólo se quedó callado.
—Nick…
—Sí, Julius, seguiré tu consejo.
—Me alegro, busca la forma de salir, este lugar te consume poco a poco, puedo
sentirlo. Algo no está bien en este lugar. Algo no cuadra.
El capitán volteo a ver a sus espaldas, la chica que le prometió volver a verlo estaba
ahí.
—Nos volvemos a encontrar.
El capitán corre y la chica se abalanza. El capitán se trata de zafar y la chica aprieta
más sus brazos.
—Suelta me no escapare lo prometo —dijo el capitán mientras contraía la cara de
dolor.
La chica lo soltó, el capitán recuperaba su respiración a grandes bocanadas de aire.
—Que hace aquí y a estas horas solo.
—Vengo a ver a mi amigo. Tengo permitido verlo.
—Bueno, me sorprende que no murieras atravesando la jungla. Es la razón por la
cual no dejan salir a nadie que no sea centinela a la selva.
—cómo sabias que estaba aquí, no había ni un alma a la redonda.
—Es algo que solo sentimos las centinelas, la selva es nuestro entorno, nacimos y
nos criamos en ella.
—Entonces también vives en ella.
—Claro, el campamento está a unos metros de aquí justo entre las dos montañas —
dijo la centinela.
—Por cierto, cuál es tu nombre.
—Mi nombre es Luci.
—Bueno Luci es hora de irme, fue un placer —dijo el capitán retirándose a paso
lento.
—A donde piensas ir. Te llevare a la ciudadela por la mañana, el campamento es
más seguro ahora.
—Bueno.
Los dos caminaron entre la maleza. Ninguno dijo una sola palabra. Nick volvió a
ver las luces de un campamento en las copas de los árboles. Los árboles tenían casas con
una puerta para entra y otra para salir, tenían forma de huevo de pascua. Todas se
conectaban por una red de puentes. Había también antorchas por doquier, pero la luz que
transmitían era verdosa. El bosque transmitía esa luz. En algunas conexiones de árboles
había plataformas donde colocaban fogatas. Las centinelas se paseaban entre los puentes y
rodeaban el panal donde dormían. Los caballos se encontraban en un establo perfectamente
alineados. Nick subió con Lucí a los árboles, les habían pasado una escalera.
— ¿Por qué no tienen su campamento en el suelo?
—Nos evitaríamos todo peligro de allá abajo.
—Ya veo —dice el capitán mirando hacia abajo, era una distancia considerable.
Caminaron por unos cuatro panales más, se detuvieron en una plataforma y se
pusieron junto al fuego. Varias centinelas veían a Nick, no le despegaban el ojo ni por un
instante.
—Nick no te sientas intimidado por ellas. Ellas sólo velan por la seguridad de este
lugar. Claro está que, harán lo necesario si intentas algo estúpido.
El capitán sólo miraba el fuego, las brasas saltando y formando un remolino que
desaparecía en la noche.
— ¿Nick qué haces aquí?
—No lo sé, tú me trajiste aquí.
—No idiota, me refiero a esta isla.
—Bueno, no estoy seguro. Confié en una persona que me conto de este lugar y no
dudamos en venir.
Lucí no dijo nada, todo seguía con una atmosfera tranquila, algo incomoda por las
miradas.
—Nunca has pensado en salir de aquí.
—Por qué lo haría Nick, tengo todo lo que necesito aquí —dijo Lucí abanicando su
brazo hacia todo el lugar—. Tengo compañeras, tengo el respeto de todas, soy la líder de
las centinelas, me gusta estar aquí.
—Pero nunca, nunca te imaginas que hay más allá de ese inmenso mar.
—No.
—uhm, será mejor ir a dormir, Margaret estar furiosa mañana.
Lucí guio a Nick hasta donde se quedaría esta noche. Era un panal un poco alejado
de la luz verde, no tenía cama, en su lugar había una hamaca. Nick no pudo pegar bien el
ojo en toda la noche. No podía dejar de pensar en Julius y la isla. Ernest dijo la verdad, pero
valdría la pena el sacrificio que hicieron para llegar aquí, como para irse. Nick solo pensó y
pensó hasta olvidarse de todo y dormir.

Por la mañana Lucí entro a despertar a Nick. Fueron a caballo como lo hicieron la
primera vez que llevaron a Nick a la ciudadela. No tardaron nada en llegar, el caballo
parecía tener alas. Nick se despido de Lucí. Lucí le propuso que cada vez que necesitara un
respiro de la ciudadela podía ira al campamento. Nick asintió y se retiró. Camino entre la
ciudadela llena de mujeres, parecía un mercado, llevando y trayendo cajas y jarrones. La
luz del sol derretía todo lo que tocara. Las casas habían desmontado sus carpas, y dando
sombra hasta en la calle. Nick sentía que era la única sombra que vería en la ciudadela. A lo
lejos ve a una chica con lentes, todas las chicas se le acercaban como esperando órdenes.
Ella las atendía lo más rápido posible. Nick se acercó, la chica al instante de verlo dijo.
—Capitán, es un placer verlo. Al fin nos conocemos —dijo la chica de lentes
estirando su mano hacia el capitán.
—Mucho gusto…supongo —dijo el capitán estrechando su mano con la de la chica.
—Mi nombre es Rebeca, mucho gusto.
—Oh, ya veo —dijo el capitán— y que es toda esta algarabía.
—Es el festejo de la diosa de la luna.
— ¿Diosa de la luna?
—Déjeme que le explicó capitán —dijo rebeca tomando al capitán del brazo para
caminar—. Año con año celebramos por estas fechas a nuestros dioses. La diosa de la luna
es la que nos protege de todo mal del exterior.
— ¿Cómo? —dijo el capitán con intriga—. Entonces nosotros somos privilegiados
de estará aquí.
—Exactamente, por eso ustedes que lograron llegar son bien recibidos. No es que
aceptemos a cualquier extranjero, más bien es como una bendición que ustedes lleguen
aquí.
—Sufrimos de una aparatosa tormenta en el mar antes de llegar aquí. Pudo haber
sido cualquier cosa.
—La diosa nos protegía. Ustedes demostraron ser lo suficientemente fuertes para
entrar.
—Entonces ha habido más personas aquí
—Por supuesto capitán, ha habido por generaciones. Yo por ejemplo es la tercera
vez que veo extranjeros aquí.
—Y te agrada la idea de que estemos aquí.
—Capitán yo solo me encargo de las productoras. Mi trabajo consiste en ver por los
avances de la ciudadela y de la isla. No tengo porque enrollarme con extranjeros. Mejor
pregúnteselo a los que sí lo están.
Siguieron caminando hasta llegar al castillo, rebeca hizo un ademan a una de las
sirvientas para que recibirán a Nick. Se despidieron y Rebeca le dijo a Nick que le vería
más al rato en la celebración.
Las puertas se abrieron, salió Margaret en busca de Nick. Se abalanzo al cuello de
Nick y lo abrazo como si no lo quisiera soltar.
—¿Dónde estabas?
—Fui a pasear y me encontró Lucí.
—Nunca vuelvas a darme un susto así —dijo Margaret sin dejar de verle a los ojos
—. Ven, entra, te tengo preparado un traje fenomenal para la velada de esta noche.
Margaret tomo de la mano al capitán y lo condujo hacia el castillo. En el salón
principal había un cumulo de gente que preparaba alimentos o remendaba telas. El bullicio
de las chicas rebota hasta el techo y generaba una especie de eco débil. Todas las chicas
estaban en lo suyo hasta que llego Margaret con el capitán.
—Quiero que le midan el traje a Nick.
Al instante el grupo de chicas que remendaba las telas dejo de hacer lo que hacían.
Tomaron de un baúl unas telas blancas, más bien eran prendas. Una chica tomó las medidas
de Nick. Nick se empezó a quitar las prendas de vestir hasta quedar desnudo. Le pasaron las
telas blancas y se fue poniendo de una en una. Las chicas contemplaban el cuerpo de Nick,
si bien no era escultural. No estaba nada mal en cuanto a forma. Margaret rápidamente se
percató de algo en el cuerpo de Nick. Una cicatriz en la espalda baja. Margaret intrigada se
acerca Nick y empieza a tocar la cicatriz de Nick. La rosa con sumo cuidado. Nick se asusta
un poco.
—Tranquilo cariño, qué te sucedió.
—Nada, es mejor no preguntar, el traje está algo angosto.
—No hay problema con el traje, el problema es que no me digas que te sucedió.
—Ah, ésta bien —dijo el capitán enojado—. Cuando era un grumete de los grandes
barcos pesqueros era el encargado de las jaulas, yo las abría y las apilaba. Un día una
tormenta nos alcanzó, no vi por accidente una jaula y se fue de lleno contra mí. Quede mal
herido y el resto del viaje la pase en cama, con una calentura del infierno.
Margaret sólo veía con unos ojos de preocupación la historia de Nick. Con las
manos en el pecho y la cabeza algo inclinada. Ella no parecía estar escuchando la historia.
—Pobrecito, ojalá hubiera estado ahí para socórrete.
—No te preocupes, eso paso hace años.
Margaret despertó de su trance y se volvió para las demás chicas.
—Bien niñas, tenemos que acabar el traje de Nick antes del anochecer —dijo
Margaret moviendo la mano como si apresurara a la gente—. Ya comiste Nick.
—No, pero…
—No te preocupes vamos con los demás, te están esperando.
—Esperando, pensé que ya habrían comido.
—Para nada, ellos no comerán sin ti.
Caminaron hasta la terraza donde comían todos. El cielo azul se sentía igual al mar
que se veía a lo lejos. Parecía que veías dos mares a la vez. A lo lejos se escuchó los gritos
de los marineros, una revuelta entre Wilhelm y Finn. Thomas ya estaba con ellos, se
encontraba atrás de George que lo protegía con su cuerpo. Los demás veían a Wilhelm y a
Finn pelear. El capitán entra, todos hasta Wilhelm y Finn, se tranquilizaron. Antes de que el
capitán pudiera decir algo, Margaret se adelantó.
—Que está pasando aquí —dijo furiosa y con el ceño fruncido hasta dejar ver su
cara roja de la furia—. No permitiré ese comportamiento en la isla caballeros. Si quieren
arreglar sus diferencias dialóguenlo. No tienen por qué ser animales —tomo aire para decir
la sentencia final de su regaño—. Sí vuelvo a verlos pelear, tendré que pedirles que se
vayan de esta isla, o acabaran como su compañero Julius.
Todos estaban absortos, nadie decía nada. Nadie se atrevía a decirle que todo esto
paso por que Finn tiro ceniza de cigarro en los huevos fríos de Wilhelm, claro está que sólo
era una advertencia, pero nadie dijo nada. Hasta el capitán tuvo miedo de decir algo.
—Querida, creo que entendieron bien el mensaje —dijo Nick tocando el brazo de
Margaret para que se hiciera a un lado.
—No me toques Nick, habla con tus amiguitos, y diles que tienen que estar en
compostura.
De pronto una chica entro en la azotea y le dio a Margaret un recado. Después de oír
el recado Margaret pidió disculpas y se retiró. El capitán se sienta en el extremo de la mesa,
saca un cigarrillo y lo enciende.
—Siéntense chicos.
Todos se sentaron sin chistar o remilgar.
—Díganme que voy a hacer con ustedes.
—No capitán vera, es que Finn, vera cuando Wilhelm —dijo Zack sin poder
articular una sola oración, debería ser por el miedo que sentía.
—Déjalo Zack, entiendo perfectamente que no puedo dejarlos un solo minuto a
solas sin que se maten.
—Pero capitán…
—Déjenlo, por el motivo que sea déjenlo, no podemos hacer estos numeritos si
queremos salir —dijo el capitán tirando su cigarrillo—. Me alegra verte con vida Thomas.
—Igual a mi capitán.
—Bienvenido al sueño de todo hombre.
—La verdad ya me estoy arrepintiendo.
—Lo sé
—Como se van arrepentir de estar aquí, están locos o que —dijo Zack.
—A ti te gusta estar aquí —dijo Thomas.
—Claro, tengo todo lo que no tuve en casa y en el mar. Chicas y comida.
—Ha sabido algo de cómo salir capitán —dijo Wilhelm.
—La verdad es que no mucho, cada que encuentro algo me es más desalentador,
pero encontré a Julius.
—Enserio, donde —dijo Erick.
—Lo tienen lejos de la ciudadela, solo.
—Se encuentra bien
—Julius está bien, pero necesitamos sacarlo de ahí cuanto antes. El problema es que
no quiere convivir con la isla.
—Es un hombre de firmes convicciones, nada lo va a romper —dijo Wilhelm.
—Lo sé, pero no sabemos cuánto más pueda resistir —dijo el capitán soltando un
suspiro de cansancio—. Necesito que busquen formas de salir y vean más la isla de
diferentes puntos. Algo preocupante es la necesidad de un barco. Ese debería de ser nuestra
más grande prioridad.
—Si capitán —dijeron solo unos.
—Y los demás, que no están de acuerdo.
—La verdad no capitán, como dije antes a mí me gusta estar aquí y no pienso irme.
Pero ustedes me han dado mucho y pienso ayudarles, pero yo me quedo —dijo Erick.
—Alguien más que apoye a Erick.
—Yo —dijo George.
—Yo también —dijo Daniel.
—Y yo —dijo Zack.
—Tu Zack, pero por qué
—No puedo dejar a mi hermano solo.
—Ya veo, bien señores entonces se queda así. Thomas ven conmigo.
Thomas y el capitán se levantaron y se fueron. Caminaron por los pasillos del
castillo hasta encontrar una habitación para conversar. La habitación era un estudio, con un
escritorio. Estanterías por las cuatro paredes, una ventana que daba luz a ese lugar. Y un
sofá en medio de la habitación.
—Siéntate Thomas —dijo el capitán sentándose en el escritorio y Thomas en el
sofá.
—Dime que información tienes que decir.
—Nada, capitán, lo de siempre, desperté y no sabía que pasaba. Me encuentran
deambulando solo y me dicen que sucede, me dan un baño y me dan alimento. Y en la
noche… bueno ya sabe usted.
—Si, ya sé.
—Capitán, lo poco que he visto de la isla, me da una mala espina, he podido
cerciorarme que no escaparemos con facilidad.
—Lo sé Thomas
—Estamos jodidos.
—Capitán no ha pensado en quedarse aquí, no es una mala vida. En especial usted
que tiene algo con margarte. Es envidiable.
—Thomas tengo algo que confesarte.
Thomas se queda observando al capitán, el descruzo sus piernas, se puso en las
orillas del sofá y dijo:
—Que pasa capitán
—Veras, yo estuve aquí antes.
—Que, como que ha estado aquí antes, explíqueme.
—Veras, cuando fui grumete del barco de pesca más grande de toda la costa este,
navegábamos dejando provisiones a los puertos o faros. Un día oímos acerca de un cabrón
que sabía dónde estaba el sueño de todo hombre. Mi capitán de ese entonces y yo fuimos a
buscarlo por curiosidad. Él siempre se quedaba en una taberna, la taberna de Sally. Bebía
hasta donde su cuerpo le dejaba. Nadie le creía, contaba y contaba acerca de una isla con
mujeres, todos dudaban de por qué no seguía ahí. Le pedimos que nos guiara hasta la isla,
el accedió, y pasamos por lo mismo que pasamos para llegar aquí. La tormenta es algo que
no podemos evitar. Al parecer es algo que protege la isla. Cuando de milagro llegamos aquí
nos recibieron con bombo y platillo no podía creer lo que mis ojos veían. Todos estábamos
fascinados. Jamás volveríamos. Eso hasta que paso algo que me cambio por dentro.
—Que paso capitán.
—Lo que sucedió fue que, me enamore.
—De quien, sigue con vida.
—No sé si sigua en la isla, le dije que escapáramos juntos, no tuvo el valor para irse
—dijo el capitán, soltó un suspiro—. Vengo con la esperanza de encontrarla otra vez.
—Entonces sabia de todo esto y no nos dijo nada.
—Tú me creerías si te lo hubiera dicho, tu habrías puesto un pie en el barco para
venir a la isla a pesar de las consecuencias de venir.
Thomas permaneció callado, observando los estantes, su orgullo no le dejaría ver al
capitán.
—Eso creí —dijo el capitán sacando un cigarrillo—. Si te quieres quedar, quédate
eres libre de hacer lo que quieras. Yo vine por una razón, encontrare a la persona que más
amo y me iré con ella quiera o no.
—Y si no está con vida, y si se fue ya hace mucho.
—Lo dudo Thomas, cuando sientes esto que yo siento puedes sentir donde ésta, oír
su respiración y su risita.
—Capitán, lo seguiré, necesitara más ayuda de la que cree.
—Y otra cosa Thomas, ellas harán lo imposible para que no nos larguemos.
—A qué se refiere.
—Salir de aquí me consto esta cicatriz —dijo el capitán mostrando su cicatriz—.
Las centinelas no dejar que escapemos, eso es lo que nos impide salir de aquí.
Thomas y el capitán salen de la habitación. Se dirigen cada uno a sus dormitorios.
El capitán toma un baño de tina. Se vuelve a vestir. Cuando sale de su recamara se dirige al
balcón donde comían. Le sirven algo de comer después de la revuelta. Saca un cigarrillo y
ve el cielo. Dirige su mirada a la costa y después ve las montañas. Enciende su cigarrillo, le
da una calada y después exhala el humo.

6
Thomas salió del castillo y camino por las calles de la ciudadela. No paraba de ver
como las chicas adornaban la ciudad con luces, detalles en blanco que deban colgar de un
hilo. En la ciudadela había lugares importantes. El castillo, la plaza de la ciudadela y el
edifico de las productoras. La plaza estaba justo en el centro de la ciudad. La plaza es
donde la celebración tenía más fuerza. Justo en el centro tenían colgada una luna que
habían hecho las productoras. Tenían mesas y sillas para comer juntos en la noche. El suelo
estaba cubierto de pétalos de rosa. Desprendían un olor como el de las chicas. Thomas
camino hasta toparse en la plaza con Rebeca.
—Que haces por aquí
—Estoy recorriendo la ciudadela para acostumbrarme.
—Deja te doy el tour de lujo —dijo rebeca tomando del brazo a Thomas.
—Mira Thomas esta ciudadela alberga a más de cinco mil chicas.
—Todas o solo la ciudadela.
—Solo la ciudadela.
—Las centinelas son de un aproximado de tres mil, mil en cada extremo de la isla.
—Y tu grupo.
—Somos otras tres mil. Nosotras estamos al otro lado de la isla.
—No vives aquí.
—No, solo vengo cuando Margaret lo necesita —dijo Rebeca saludando a una
productora.
—Entonces eres indispensable para que la isla funcione.
—Algo así —dijo rebeca.
—Oye Thomas, te gusta estar aquí.
—Algo así
—Eres un payaso.
Los dos se rieron, se detuvo Thomas, deteniendo a rebeca.
—Aquí hay payasos.
—No, por que
—Entonces como sabes que es un payaso.
Rebeca solo miro a Thomas.
—En mi zona de trabajo tengo muchas cosas del exterior libros y revistas. Cuando
era una niña veía a los extranjeros venir y contar historias. Train consigo cosas de fuera. Yo
con el tiempo las fui coleccionando. De ahí he aprendido algo del exterior y baso mis
construcciones o cosas que ocupamos de las cosas del exterior.
—Tienes ganas de salir algún día.
—Si, Thomas quiero irme de esta isla, desde ya hace mucho he estado construyendo
un bote para salir de aquí y explorar el mundo.
Rebeca jala a Thomas hasta una casa. Abre la puerta y entran.
—Qué haces rebeca.
—Sígueme Thomas.
Suben las escaleras hasta el segundo piso. Abren una puerta y entran al dormitorio.
Rebeca besa a Thomas. Los dos se unen en un solo beso largo y apasionado. Rebeca
empieza a quitarle la ropa a Thomas. Thomas le quita la ropa a rebeca. Thomas alza a
rebeca y la deja caer en la cama. Rebeca se acomoda y Thomas se le monta encima. Rebeca
asió el pene de Thomas, y una vez colocado él lo mete. Rebeca gime, Thomas no se
detiene. Rebeca mira a Thomas. Thomas mira hacia el techo, tenía los ojos cerrados fuerte
mente. Rebeca le pide a Thomas que cambien de posición. Thomas se coloca debajo de
ella y ella empieza a montarlo. Rebeca se sentía más cómoda en esa posición. Thomas
tomas sus pezones y empieza a jugar con ellos. Rebeca no dejaba de moverse. Thomas
empieza a venirse. Ella lo hace más rápido. Thomas se viene. Rebeca se deja caer en
Thomas. Se quedan así un rato. Rebeca se incorpora y dice:
—Ahora esto nos une Thomas —dijo Rebeca—, prométeme que saldremos los dos
de esta isla.
—Te lo prometo.

7
El capitán se vistió con el traje que Margaret le había preparado. Era un traje blanco,
algo ajustado de las piernas. El capitán se paseaba por los pasillos del castillo presumiendo
su traje. El inconveniente de vivir en una isla de mujeres era no tener zapatos para hombre.
El capitán solo usaba sus botas. Las botas opacaban un poco al traje. Margaret al ver esto
pidió que le arreglaran las botas. Las dejaron como nuevas con un brillo que cegaba. Podría
decirse que volvieron a hacer las botas. El capitán ahora si estaría listo para el festival. El
espero con su tripulación a Margaret. Se encontraban en la plaza de la ciudadela. La noche
no se sentía debido a la iluminación de la ciudadela. Todos estaban de un lado para otro
festejando. La tripulación pasaba el rato en la mesa. Una melodía armoniosa acompañaba el
festejo. Detalles se dejaban ver por toda la ciudad. Lunas colgando del domo de la
ciudadela. Las chicas bailaban en medio de la plaza dejando ver su sensualidad. El capitán
no dejaba de dar vueltas a su cajetilla, puesto que detrás de el a lo lejos, una centinela lo
vigilaba. Wilhelm conto su historia de su gato tuerto y su loro cojo. Todos reían a
carcajadas de su historia. Las puertas del castillo se abrieron y Margaret Salió. Tenía un
hermoso vestido blanco, con detalles en forma de curvas francesas y brillos. Su cabello
estaba recogido y una pinza lo sostenía. Su piel lechosa no necesitaba maquillaje para lucir
hermosa. Dos chicas le arrojaban pétalos por donde pasaba. El olor a rosas era imponente
en el lugar. Todos vieron a Margaret dirigirse a la mesa de los invitados. Se sentó en el
extremo de la mesa, quedando justa enfrente del capitán. Todos se levantaron, Margaret
hizo un ademan para pedir que se sentara. Tenía dibujada una sonrisa que solo el capitán
podía ver.
—Como la están pasando chicos.
—De maravilla —dijo Wilhelm.
Margaret soltó una risita ocultándola con su mano. Todos empezaron a comer el
rico cerdo que habían cocinado. Además de las frutas que lo acompañaban. El mantel
blanco tenía manchas de vino, a más de uno se le derramo un poco el vino de su copa llena.
La platica no dejo de ser acerca de la festividad de la luna, todos estaban interesados por la
historia. Thomas y el capitán aprovecharon para charlar.
—Bien Thomas que tienes que decirme.
—Tengo el bote.
El capitán miro incrédulo a Thomas.
—Tienes un bote en esta isla. Como lo conseguiste.
—Rebeca
—Ah, rebeca tiene uno.
—Algo así. Ella sabe qué hay en el exterior. Tiene ganas de irse de la isla. Ella lleva
tiempo construyendo un barco. Y me dijo que saliéramos los dos.
—Bueno Thomas y dónde está el barco.
—Lo tiene resguardado en la zona de las productoras.
—Al otro lado de la isla. Estás loco, no pasaremos del campamento de las
centinelas.
—Es el único bote que conozco que esté en la isla.
—No queda de otra. Solo falta buscar como sacar a Julius y encontrar a Nicole.
—Nicole. Así se llama la chica que amas.
De pronto Margaret tomá del brazo a Nick y lo saca a bailar. En medio de la pista la
lampara hace destellar las lentejuelas del traje Margaret. Daban vueltas al ritmo de la
banda. Rebeca se acercó a Thomas y obligándolo lo sacá a bailar. Así empezaron todas las
chicas a sacar a cada uno de la tripulación para acompañar al capitán con la danza. Todos
fingían disfrutar, ya que por dentro estaban presionados por salir. El capitán fingía estar
contento con el enamoramiento de Margaret, pero por dentro estaban enamorado de otra.
Cada giro veía a Nicole en esa cabaña, cada que chocaban sus cuerpos sentía la piel
desnuda de Nicole, cada beso de esquimal que Margaret le daba era uno de Nicole. Cuando
la música paró algunos dejaron la pista y siguieron la fiesta sobre las mesas.
—Oye, te notó distraído, ¿te pasá algo?
—No, ha de ser el sueño, no me dejan dormir por las noches, ¿sabes?
—Ah, no, y quién podrá ser ese que no te deja dormir.
—Esa más bien.
—Ah, sí. Eres un niño travieso, talvez hoy tampoco duermas bien.
—Y cómo estás tan segura.
—Bueno, porque hay fiesta, ¿no?
—Es verdad, esto no acaba pronto.
—No. Ven vamos a bailar otra canción.

Toda la ciudad dormía. Nick se despertó por los rayos de luz que atravesaban su
ventana. Margaret estaba a su lado roncando. Se levanta y salió del cuarto directo al baño.
En el baño se topó con Thomas.
—Buenos días, chico. Cómo amaneciste, campeón.
—A qué te refieres con campeón.
—Vamos, no dejabas dormir por andar con Rebeca.
—No era yo.
—Aja sí, todo el mundo lo sabe, hasta Margaret.
—Rayos, voy a tener que hablar con Rebeca al respecto.
—Dejala, está emocionada, nunca había tenido una pareja y quiere hablarlo todo
con todas.
—¿De verdad?
—Seguro, vamos, te lo digo por algo, soy el capitán recuerdas.
—Aja sí, y el capitán cómo va con el plan.
—Tengo algo, sí. Veme en media hora abajo en la ciudadela.
—Está bien.
Nick salé del baño. Camina por el pasillo hasta llegar a su cuarto. Margaret ya no
estaba. Se viste y sale del cuarto hacia la ciudadela. Afuera encuentra Thomas viendo el
gran domo que cubría la ciudadela. Era como ver el cielo, no podías medir su inmensidad
estando debajo de él. Nick le dice a Thomas que lo siga y él lo sigue.
—Bueno, que tienes hasta el momento.
—Primero, dejame explicarte un poco como es que estuve la primera vez aquí.
—Es verdad —dice Thomas—, cómo es que llegaste a la isla ates que todos.
—Tendría más o menos la misma edad que tienes ahora. Yo viajaba en el Essex de
Bertrand Russell.
—¿¡Tú eras el topógrafo de Bertrand Russell!?
—Yo era grumete y me encargaba de las jaulas, pero eso no me alejaba de ser
alguien cercano al capitán, él solía pasar el rato con nosotros, jugábamos cartas o
tomábamos hasta que el tabaco nos picará la lengua.
—Pero, ¿cómo llegaste a la isla?
—Una noche, justo cuando llegamos a puerto, nos dirigimos a la taberna de Sally,
un lugar muy concurrido por marinero y por nosotros, era ya una costumbre dejar todo listo
y tomar unos tragos con los camaradas que no querían ver a sus esposas. En la mesa nunca
se sentaba el capitán con nosotros. Él pedía una mesa para sí sólo. Ahí vertía mapas,
papeles, hogazas de pan, tarros y tarros de cerveza. Hasta que un día se nos acerco y nos
dijo, yo los puedo llevar a la isla prometida. Todos estábamos a tonitos, nadie le dijo nada.
Él seguía y seguía diciéndonos su plan metodológico para llegar a la isla y lo que
encontraríamos en ella, cuando termino todos cuchicheaban que el capitán había
enloquecido, yo por el contrario estaba más expectante que cualquier otra persona. La
intriga me comía y mi cerveza no se acababa. Él sólo se limito a vernos, cara por cara, y se
retiro diciendo, no, ustedes no quieren eso. No volvió a llamar a la tripulación. Fui a
buscarlo hasta su casa en el centro de la ciudad. Cuando me abrió, su mirada era la de un
maestro orgulloso, me invitó a pasar. Estaba preparándose para salir a pescar con él, yo
acepté. Fuimos en su camioneta hasta el puerto para ir por un poco de cebo y de ahí
partimos al lago. Pasamos por una carretera que estaba surcando el lago justo por su orilla,
limitándolo, cuando llegamos a la parte donde se entra al lago me pidió que yo condujese la
lancha y lo llevara hasta el mero centro que es donde había más peces. Ponle el cebo a tu
anzuelo, me dijo pasándome una cubeta de desperdicio. Yo lo coloqué en la punta de mi
anzuelo y lo lancé lo más lejos posible. Buen tiro, me dijo, el truco es la paciencia, sin ella
no lograríamos nada. Después de decir eso pasamos unas cinco o seis horas sin que picara
un pez. Yo lo veía tan cercano leyendo sus novelitas que me arrepentí de no llevarme una
cuando pude. Mi caña empezó a tirar, él se colocó de nuevo junto a mí y me dijo, con
suavidad niño, que lo que más ocupamos es no zangolotearlo. Yo fui poco a poco
recogiendo mi sedal y sentía cada vez más pesada la caña. Russell de vez en cuando jalaba
conmigo y decía, joder, tío este es uno enorme. De pronto Russell lo vio acercarse a la
superficie, se veía borroso y él dijo, ¡Tira, muchacho, tira!, jale con todas mis fuerzas la
caña hacía el bote y el pez salió volando. El pez caé dentro del bote y Russell lo tomá. Bien
hecho, chico, es un gran día, vamos a comer pescado. Yo no me lo creía. Entonces la caña
de Russell también picó un pez. Se movió hasta el otro extremo y con más rapidez y
experiencia que yo sacó su pez. Los dos celebrábamos. Avienta tu anzuelo otra vez, chico.
Lanzamos los anzuelos lo más lejos que pudimos, no tardaron ni cinco minutos en volver a
picar fue un día grandioso, sacamos uno tras otro, se habían dejado venir sabroso. Llego un
momento en donde yo ya no podía sacar más, el bote no podía cargar más, pero Russell
pudo haber seguido todo el día.
Cuando me vio dijo, hasta aquí, chico, vamos a casa a hacer un banquete de
pescado. Yo respondí asintiendo. Nos largamos a su cabaña.
De camino a su cabaña pasamos por las curvas que delimitaban el lago. Vimos a la
lejanía un accidente, un camión que transportaba peces se había volcado y con el toda su
mercancía. La gente del lugar nos dejó seguir nuestro camino, nadie hizo preguntas, nadie
vio nada, nadie dijo nada, es más nadie supo del accidente porque no salió ni en los
periódicos.
Mientras nos alejábamos no dijimos nada, hasta que yo empecé a carcajearme y los
dos nos partimos de la risa. Esa noche hubo todas las variantes de pescado que uno pueda
imaginar, frito, en caldo, al mojo de ajo, a la diabla, no, no, no hubo de todo. Tuvimos que
invitar a los vecinos para terminarnos todo el banquete.
Fue un buen día la verdad yo cada vez que podía me acercaba para poder hablar
sobre cuando zarparíamos, pero él me decía que luego hablaríamos de eso. Hasta que llego
un momento donde toda la fiesta estaba más tranquila, la gente reía, comía, bailaba y el me
dijo, voy a ir a la isla de la que te hable, por eso no voy a armar una tripulación esta
temporada, pero puedo ver en tu mirada algo especial y me he estado preguntado si
invitarte o no, tú qué dices, vienes o te quedas.
—Obvio dijiste que sí de inmediato.
—No, le dije que no, cuando fui con ellos fue el mismo día que zarparon, me
levante con una sensación que no puedo explicar, corrí por toda la ciudad hasta llegar al
puerto, cuando vi el Essex en el puerto me sentí aliviado. Russell estaba pasando lista de
todo y cuando me vio dijo, llegas tarde, sube, no tenemos todo el día. Cuando me instale en
mi camarote la demás tripulación estaba levantando las anclas. Platicando con ellos,
después de zarpar dijeron que estaban por decisión propia. El capitán les había dicho acerca
de la isla a la que pensaba llegar, ellos se interesaron al primer instante que mencionó a las
mujeres. Todos trabajaban como si fueran a pagarles un millón de dólares por cada día de
trabajo. Adelantaban órdenes del capitán y tenían todo bajo control. Se puede decir que yo
iba en calidad de turista, fui de poca ayuda.
Cuando pasamos el atlántico ocurrió la tormenta. ¡Esa maldita! No pasa un día sin
que me dé escalofríos al ver nubes negras en el cielo. Esa tormenta la he vivido tres veces y
ninguna pierde el tono de ser iracunda.
—Llegaste a la isla y te recibieron como ahora.
—No, mi capitán fue bien recibido.
—Y tú.
—Como a ti. En ese momento Luci, Rebeca y Margaret no existían. La Big Mom
era diferente, Margaret es pelirroja, en esos tiempos la Big Mom era rubia, creo que se
llamaba Elizabeth, pero no me hagas caso, en esa época cogí como loco. No conocía a las
centinelas como las conozco ahora. A la única que conocía era…
—Nicole.
—Sí, ella tenía el puesto que ahora tiene Rebeca…
—Era la líder de las obreras.
—Sí, el problema es saber si sigue aquí.
—Pero si lograste salir una vez porque no te la llevaste.
—Lo intenté. Sólo que ella no estaba lista para salir. Te hubieras quedado hasta que
estuviera lista.
—Ese fue mi error, cuando hallé cómo salir de aquí, todas las centinelas nos
buscaron, en secreto había hecho una balsa de maderas, cuando ella vio el mar frente a sus
ojos se echó para atrás.
—¿Le tuvo miedo?
—No, tuvo más miedo a lo que nos esperaba una vez llegáramos a casa. Ella me
dijo que había tiempo para que yo zarpase y fuera a casa a hacer mi vida con cualquiera que
no fuera ella. Yo le dije que era ella o con nadie. Se puso de rodillas y me rogó que zarpase,
ella aún no estaba lista para salir de su hogar. La besé por úlima vez y salte hacia el mar
con mi balsa improvisada para la noche la maldita tormenta hizo acto de presencia. Cómo
sobreviví: no lo sé. Yo creo que murió el niño que vino a esta isla en ese tiempo. Pasron
dos o tres semanas para que un carguero me recogiera. Cuando me subieron y me dieron
auxilios lo único que pensaba era en volver por ella. Nunca supe algo de mis compañeros.
Ahora tengo cuarenta, cuando eso paso yo tenía veinte años. No sé porque no están mis
amigos aquí y no me quiero enterar, así que ahora tienes una encomienda bastante
importante.
—¿Cuál?
—Conseguir información de Nicole con Rebeca y demás cosas que puedas
averiguar.
—¿Cómo voy a hacer eso?
—Cómo qué cómo: así como la enamoraste, hablándole y…
—Ella fue la de la iniciativa, ella me enamoro a mí.
—Estamos jodidos.
—No me digas, Genio, exactamente que ibas a hacer, dejármelo todo a mí.
—Te iba a echar la mano, iba a convocar una fiesta en el castillo distrayendo a la
mayoría para que tú y rebeca puedan estar a solas.
—Si haces eso…
—Tendrías todo un día para conseguir información.
—Bueno, después de todo no suena tan descabellado, pero que no Rebeca querría ir
para que todos nos vean.
—Tú encargate de que eso no pase, dile que quieres estar a solas con ella y yo me
encargo de decirle a sus amigos y demás gente que querían estar a solas. Que eso es normal
en parejas tan jóvenes.
—Bueno, así va a ser.
—Entonces vamos a comer y de pasó les plantó la idea de una fiesta.
Todos comieron, bebieron y rieron. El capitán estaba más elocuente que de
costumbre. Planteo la idea de la fiesta con una naturalidad que se propuso realizarla al
siguiente día, Todos estaban extasiados, menos Tomás. Él tenía que realizar un trabajo
periodístico, recolectar información para saber la verdad y, quizás, esa verdad no la quería
saber, pero tenía que saberla para su bien.

—¿Cómo que no vamos a ir a la fiesta? —dijo Rebeca soltando de la mano a


Tomás.
—Sí…digo, ¡no! —dijo Tomás mirando cualquier lugar donde encontrar las
palabras correctas—. Quiero pasar tiempo de calidad contigo.
—¿Justo el día de la fiesta?
—Exacto, que mejor momento que ahora.
—Pero…
—¿Acaso me quieres dejar ir solo?
—¿Qué estás tramando, Tomás?
—Nada, si quieres ve, pero yo no voy a ir. Si lo que quieres es ir para darle envidia
a tus amigos ve. Pero si realmente les quieres dar celos vamos por ahí haciendo algo de lo
que puedan hablar.
—Pero casi toda la isla va a ir.
—Mejor aún, toda la isla para nosotros dos.
—No me conoces Tomás, tienes que hacerlo mejor para convencerme.
—Bueno,
1

Una embarcación se hallaba en medio del océano índico cuando se encontraron con un
náufrago. ¡Capitán! —gritaban todos en cubierta—, ¡tenemos un náufrago! Una tormenta
acompañaba a esos marinos que buscaban cómo subir el bote del náufrago. La noche no les
facilito la tarea, veían hasta donde las luces del Cats Don´t Fly alcanzaban a alumbrar. El
mar sacudía el bote y a los marinos, ellos trataban de meter el hilo en la hendidura de una
aguja, en este caso sería la de un bote. Un marino salió con una soga y se lanzó hacia el
bote. Se llamaba Julius, era el maestre de la tripulación. Las luces del Cats don´t fly lo
siguieron, se zambulló y salió a flote. Nado hasta el bote, trepo y enredo la cuerda a los
pequeños arneses del bote. Julius en el bote lanza la cuerda hacia el barco y Thomas el
navegante del barco la atrapa. Thomas titubeando un poco amarra la cuerda a la grúa del
barco. El barco era de pesca de cangrejos. Thomas acciona la grúa para elevar el bote,
mientras se elevan el mar los sacudía con tal fuerza que Julius se tuvo que recostar en el
bote con el náufrago. El viento soplo en dirección contraria a la del movimiento de las olas,
ocasionando que el bote chocara contra el barco. Julius toma al naufrago, lo carga en sus
hombros y mientras se balancean en lo más alto de la grúa decide saltar. Una ola de tamaño
de una casa de dos pisos se abalanza sobre el barco, empapa toda la cubierta, que ya se
encontraba resbalosa por la tormenta. Neptuno se había ensanchado en contra de estos
marineros. De repente las luces de la cabina de mando alumbran el puente, se escucha
como se abre la compuerta de la cabina al girar el manubrio que tiene como picaporte.
¡Capitán! —gritaban los marinos cuadrándose ante él—. Todos los marinos se reunieron
alrededor de Julius y del náufrago. Mientras observaban al naufrago envuelto en telas
sucias, como si fuera una momia, los demás ayudaban a Julius a reincorporase. El sonido de
las pisadas al bajar la escalera de metal era lo único que oían los marinos. El capitán bajo
las escaleras, mientras prendía un cigarrillo. El capitán tenía una gorra blanca con detalles
dorados de anclas y hojas de olivo. Un saco Azul marino que colgaba de sus hombros. Se
acercó a los marinos y les hizo un ademan para que se apartaran. Julius escupió toda el agua
que se había tragado. El náufrago no reaccionaba. Un marino junto sus puños, los alzo y los
dejo caer sobre el pecho de aquel hombre. Al instante el hombre escupió toda el agua que
había ingerido. Todos respiraban un aire de tranquilidad ahora que todo se había calmado.
Inclusive las olas se calmaron, la tormenta seguía, pero las olas se habían calmado. Le
trajeron una sábana térmica a Julius y al náufrago.
—Bien hecho Julius, sabía que no me fallarías —dice el capitán mientras exhala el
humo del cigarrillo—. Ahora levanten a este pobre sujeto y llévenlo adentro.
— ¡Si capitán! —dijeron dos marinos sin chistar. Acto seguido lo levantaron y le
llevaron adentro.
Adentro del barco, se hallaba las recamaras de los marinos. Las recamaras de los
marinos eran un espacio con cuatro literas, había tres espacios para los marinos. Luego se
encontraba al lado de las recamaras el baño, no era grande, pero si lo suficiente para
compartir todos los marinos. La cámara de máquinas estaba hasta la orilla del barco.
Alejado de todas las recamaras y cocina del barco. En medio del barco se hallaba la cocina.
Llevaron al náufrago a bañar con agua caliente, Julius fue a la cocina por un café. El
capitán bajo después de que avisaran que el náufrago estaba en óptimas condiciones.
—Señor, el náufrago está en la cocina con Julius —dice un marino.
—Bien, bajare de inmediato, te puedes retirar —dijo el capitán sacando otro
cigarrillo de su saco.
A lo lejos del cristal de la cabina de mando un par de nubes se alumbraron por un
relámpago, de un momento a otro pasaron de grises y oscuras a blancas y moradas. El
capitán contemplaba este paisaje, mientras le daba una calada al cigarrillo. La lluvia le traía
paz al capitán, pero las tormentas con relámpagos como ese, intimidantes y poderosos, le
hacían saber que era un simple mortal.
El capitán bajo a la cocina, mientras caminaba oía a lo lejos el alboroto de los
marinos. Camino por un pasillo oscuro, lo tenían siempre a oscuras para economizar la
energía. Lo alumbraba la luz de la cocina, que de vez en cuando se atravesaba una sombra
en la poca luz que se dejaba ver. Entra en la cocina y todo se volvió un cementerio. Ni un
alma dijo nada ni hizo nada. Ve a Julius y al náufrago comer una sopa de cangrejo. Tomo
asiento enfrente de ellos. Richard el cocinero del barco le acerco un vaso con agua al
capitán. El capitán asiente para dar las gracias a Richard.
—De dónde vienes —dice el capitán serio.
El náufrago sólo se quedaba viendo al capitán.
— ¿Puedes hablar español? —dice el capitán, acerca un poco el oído haciendo
como que no entendía, girando su mano esperando una respuesta del náufrago.
—Vengo de Sudáfrica.
—Ah, y venias en una embarcación, ¿no? —dice el capitán.
—Sí, pero…
— ¿Qué pasa?, ¿Naufragaron? —dice el capitán sarcásticamente—. Déjame
adivinar, ¿Piratas Somalíes?
—No es eso —dice el náufrago, se puso serio, tenía que decir lo que pasaba con
firmeza—. Me embarque hace un par de meses y mi tripulación naufragó en una isla en
medio del mar índico.
—Y tú fuiste el único que salió —dice el capitán cruzándose de brazos.
—Lo que pasa es que esa isla guarda algo extraño.
—No me vengas con esos cuentos —dice el capitán des entrelazando sus brazos—.
No existen tales cosas como islas malditas.
—Es que no es una isla maldita —dice el náufrago tratando de enmendar sus
palabras.
—Entonces, ¿qué es? —dice el capitán poniendo los brazos sobre la mesa.
—Mire señor…
—Nick, dime Nick por favor —dice el capitán.
—Nick, yo salí del puerto de Durban. Aproximadamente hace tres meses —dijo el
náufrago moviendo a un lado su plato de sopa—. La misión de la expedición no era clara,
pensamos que sería trasportar víveres a las islas de los magnates. Pero más alejado de eso
no podía ser. Una noche de tormenta cuando nos encontrábamos en estas aguas, nuestro
barco se hundió.
—Cuanto tiempo pasaste en el mar —dice Julius volteando a verlo.
—No permanecí en el mar por mucho tiempo.
—En ese caso, ¿a dónde fuiste a parar? —dice el capitán con mucha intriga.
—A una pequeña isla.
— ¿La isla maldita no es así?
—No esta maldita —dice el náufrago harto, suspira para explicar lo que nadie
entendería—. La isla está llena de mujeres.
—Ja, Ja, Ja —se carcajearon todos los marinos, excepto Julius y el capitán.
El capitán alzó su mano para callar a los marinos.
—Y, ¿qué más hay en esa isla?
—Tiene que verlo con sus propios ojos —dice el náufrago con una sonrisa en la
boca.
—No podemos desviar el curso, por muy tentador que parezca, solo nos quedan
provisiones para un par de meses —dice el capitán—. ¿No es así Zack?
—Sí, es verdad.
—No necesita provisiones, en la isla tendrá todo lo que necesita para vivir.
— ¿Cómo?, entonces ¿por qué no sigues en la isla? –dijo Julius.
Todos se dijeron entre sí que era cierto, cómo un hombre que llega una isla de
mujeres y aparte tiene cubiertas todas sus necesidades básicas, no permaneció en la isla.
—Te seré sincero, en esa isla habitan las mujeres más hermosas que jamás haya
visto —dijo el náufrago—. Ni una, escucha bien, ni una se resistía a un hombre. Por muy
feo que fuera o malo. Ellas siempre te trataban como si fueras un dios.
—Vaya que gran sueño —dijo Thomas—. No lo creen chicos.
—Si —dijeron todos atentos a lo que el náufrago decía.
—La mejor parte —dijo el náufrago como si estuviera reservando algo para el final
—. Todas ellas estaban dispuestas a copular contigo.
— ¡Que! —dijeron todos los marineros, como celebrando lo que acababan de oír.
Julius y el capitán se miraron extrañados. Sabían que algo no andaba bien, era muy
perfecto para ser real. Además, este hombre estuvo en el mar quien sabe cuánto tiempo.
Puede ser que se haya vuelto loco y haber visto alucinaciones. Lo peor de todo es que ahora
todos le creían, estarían dispuestos a ir a la isla, aunque la vida les costara.
—Bien, y donde esta esa isla —dijo el capitán.
— ¿Quién es su navegante?
—Yo —dijo Thomas.
—Tráeme un mapa de la zona —dijo el náufrago, de inmediato recordó algo y se lo
dijo a Thomas—. Espera chico, ¿aún estamos en el mar índico verdad?
Thomas asintió y fue por un mapa. Los chicos estaban emocionados, se veía que
estaban ansiosos por ir a la isla. Julius y el capitán transmitían entre si ese lenguaje de
hombres que no necesita palabras. Julius le decía al capitán que era una mala idea, pero el
capitán le decía que no podían hacer nada ellos dos contra toda una tripulación enfebrecida
por las locuras de este hombre. Thomas regresa con los mapas que le había pedido aquel
hombre.
—Por cierto ¿cuál es tu nombre? —dice el capitán.
—Ernest, señor, Ernest Russell
—Bien Ernest, espero que esa isla sea verdadera, de lo contrario te dejaremos caer
en un lugar de tiburones.
—Por supuesto señor—dijo Ernest, voltio a ver los mapas y con un dedo señalo
donde tenían que ir.
Thomas se quedó observando, me volteo a ver con una mira de preocupación.
— ¿Qué pasa Thomas?
—Es zona de peligro, no es recomendable explorar.
—Veo que no es fácil llegar, me entra más intriga acerca de cómo llegaste a esa isla.
—Señor se lo digo enserio. Mi embarcación tenía dirección a este punto.
—Bien déjame consultarlo con Julius y Thomas, te parece —dice el capitán
levantándose de su lugar.
Ernest solo se limitó a asentir y seguir comiendo. El capitán les hace un ademan a
Julius y a Thomas para irse, todos los marineros empezaron a alborotarse por la decisión
del capitán. El capitán les alzo la mano y grito.
—Tranquilos, decidiremos sólo si es tal vez, y solo tal vez buena opción ir.
Recuerden que llevamos el tanque lleno de cangrejos. Y de ahí va la paga de todos.
Todos se calmaron y dejaron al capitán ir con Thomas y Julius.
Regresaron a la cabina de mando, El capitán se quitó el saco y lo coloco encima del
tablero de mando. Saco un cigarrillo y lo encendió. Thomas se sentó a un lado de él y
esperaron a Julius. Julius entro y no tardó en dar su opinión.
—Es una mala idea —dijo Julius rápidamente.
El capitán y Thomas ni se inmutaron, sólo se quedaban viendo a Julius.
—Puede ser —dijo Thomas—, pero no perdemos nada con ir.
—No sabemos qué tan loco esté ese sujeto, estuvo en el mar mucho tiempo solo.
Cualquier hombre se habría vuelto loco.
— ¡Julius maldita sea! —dice Thomas—, dónde está tu espíritu de aventuras.
Navegaremos a una isla que de seguro es el sueño banal de todo hombre.
—Tú mismo lo dijiste es peligrosa.
—Existe una posibilidad de cruzar sin sufrir daño.
— ¿Cómo que sin sufrí? —dice Julius alterado—. ¿Qué es lo que podemos sufrir?
—Que en un mal movimiento el barco se hunda, pero solo va a pasar si una
tormenta o una ola de cinco metros choca contra la popa.
—Thomas —dice el capitán—, dile la verdad.
—Está bien —dice Thomas—, esto en un peor escenario. El verdadero problema es
que esas aguas son turbias, las ráfagas de vientos son igual que las de un tifón, lo que hace
que sea más probable que suceda.
Julius con una cara de asombro, se llevó las manos a la frente, tratando de amenizar
lo que acababa de oír. Julius no daba crédito a lo que oía.
— ¿Thomas, aun sabiendo eso quieres ir? —dice el capitán.
—Claro, quién no querría ir a un lugar así.
—Yo —dice Julius.
—Tranquilo viejo, que no te emocionan las mujeres.
—No es eso —dice Julius con más tranquilidad—. Es que yo ya tengo a alguien.
—Ah, eso explica muchas cosas —dice Thomas.
—No quiero ir, ni por mi paga o el doble.
—Iremos Julius —dice el capitán—. Cuando me hice marino jure que tendría
aventuras por todo el mundo, que equivocado estaba, solo me la vivía pescando y
ahorrando para ser capitán de mi nave. Aun así, nunca tuve aventuras, sólo seguía pescando
a pesar de ser capitán de mi propia nave.
—Capitán… —dice Julius cuando es interrumpido por el capitán.
—Tu chica no sabrá que fuimos a un lugar como ese, si en tierra nunca oímos hablar
de esa isla, que te hace creer que ella la escuche.
Julius estaba dubitativo, Thomas y el capitán solo se veían, habían convencido a
Julius de ir.
—Está bien, iremos. Pero quiero la ganancia de cincuenta por ciento de la pesca.
—Mira que cuando lleguemos se te va a olvidar el dinero.
Julius se retira, el capitán le pide a Thomas que Cambie el curso. Thomas se dirigió
con Wilhelm a dar las nuevas coordenadas. El capitán salió a la cubierta y la lluvia seguía,
era una lluvia débil, apenas podía sentirla. El capitán tiro la colilla de cigarro y se encendió
otro. George estaba haciendo la primera guardia, saludo al capitán y siguió con su rondín.
El capitán estaba cubierto de las luces amarillas del Cats don´t fly. Estaba nublado por lo
que la luz de la luna no les iluminaba en esta oscuridad. El capitán miraba el cielo negro. Se
quedó así un largo rato. Musito al aire unas palabras para él.
—Espera un poco más Nicole.

La mañana siguiente del barco, los chicos reacomodaron las jaulas de cangrejos. El
capitán seguía dormido. Erick y Daniel eran los encargados del cuarto de máquinas. Con el
cambio de curso Wilhelm no pego el ojo en toda la noche. Erick hizo la guardia de las
máquinas, Daniel le suplió apenas el gallo cantara. Todo seguía su curso nada cambio todos
seguían en su trabajo. Richard cocinaba el almuerzo. Thomas y Ernest hablaban en el
puente, contaban sus historias del mar. Julius se encargaba de que todos cumplieran con su
encargo. Él había despertado a Daniel. Los demás ayudaron a mover las Jaulas. Cuando
dieron por terminado el trabajo, fueron a la cocina a almorzar. En la cocina había júbilo y
risas, los marinos estaban motivados, no como aquella desastrosa pesca hacía dos años
atrás. El capitán se levantó y vistió, fue directo a la cocina y al entrar todos se calmaron. El
cementerio ya conocido había vuelto. Richard le acerco su parte del almuerzo, un par de
huevos con tocino y un café. Ernest interrumpió el silencio.
—Bueno días capitán
El capitán no respondió al saludo, saco su cajetilla del bolsillo y la coloco en la
mesa. Tomo los cubiertos y empezó a comer. El almuerzo siguió así hasta que el capitán se
levantó y dio las gracias por la comida.
— ¿Por qué siempre se calman cuando llega el capitán? —dijo Ernest.
—Nadie sabe, desde que lo conocemos siempre ha sido así —dice Richard
poniéndole sal a un guiso en la estufa—. Incluso nosotros aprendimos de las tripulaciones
pasadas que cada vez que el capitán se acerca nos callamos.
—Vaya sujeto, debería de soltarse un poco más.
Nadie le dio la razón a Ernest, solo seguían comiendo y empezaron con el alboroto
otra vez.

El capitán caminaba en el puente cuando llega Finn para la segunda guardia del
medio día. El cielo seguía nublado, un viento nevado que penetraba tus huesos. El capitán
saco del bolsillo su cajetilla, pero no estaba la había olvidado en la cocina. Finn ve que no
tenía cigarrillos y se le acercó y le ofreció uno.
—Tenga capitán —dijo Finn mientras meneaba la cajetilla.
El capitán tomo dos cigarrillos, encendió uno y el otro se lo guardo.
—Gracias Finn, te los repondré cuando encuentre mi cajetilla.
—No se preocupe, tengo más. Si alguna vez se queda sin cigarrillos venga conmigo
¿vale?
—Me parece bien.
El capitán se dirigió al centro de mando, se sentó en su silla y se puso a leer. Leía El
castillo de Franz Kafka, era la tercera vez que le leía el libro. Se pasó la tarde y todos
pasaban el tiempo jugado cartas, dados o en sus pasatiempos. Julius le gustaba contar con
Zack infinitas veces las provisiones que tenían aunque supieran ya el número exacto.
Inclusive ideaban formas de que rindieran más las raciones o formas de que Richard no
desperdiciara la comida. Thomas de vez en cuando iba a ver Wilhelm para tomar nota del
curso o hacer correcciones por las corrientes o por la marea. Ellos tenían que disfrutar este
tiempo de calma debido a una intuición del capitán. De vez en cuando la lectura del capitán
era interrumpida por el mismo, se mantenía en la misma posición para leer en su silla,
sosteniendo el libro frente su cara, solo movía los ojos para ver por cristal de la cabina una
nube a los lejos, casi nadie, quizás nadie la vería, pero el capitán si, él podía ver que una
tormenta se avecinaba.
Pasaron tres semanas cuando Thomas confirmo al capitán que estaban en las aguas
turbias. Thomas también confirmo que estaban en medio del mar índico. Ese mismo día la
tormenta que el capitán había visto se desato encima del barco. Las gotas caían vertiginosas
sobre el barco parecía que tarde o temprano lo hundirían. Los chicos se refugiaban en sus
camarotes. El capitán estaba en la cabina de mando encerrado, ahora los únicos que
mantenían el barco a flote eran el capitán, Wilhelm y Erick que ya había cambiado de
turno. Neptuno desataba toda su ira contra ellos. El capitán no paraba de moverse en la
cabina, constantes eran las llamadas a Wilhelm para confirmar la estabilidad. De Erick no
sabían nada, sólo tenían que confiar en él. La tormenta iba en aumento de potencia, cada
vez más fuerte se agitaba el barco, el capitán era el único que veía el espectáculo, inclusive
había visto un par de Truenos caer casi al lado del él. De repente alguien toca la puerta del
centro de mando. El capitán se asustó al oír que tocaban. Se levantó y abrió la puerta. Era
Thomas.
—Capitán, tenemos que dar la vuelta.
— ¿Qué?, ¿Por qué? —dice el capitán dejando entrar a Thomas.
—No vamos a poder resistir, las olas nos pueden voltear.
—No dijiste que había una ruta segura.
—Señor, esta es la ruta segura y no vamos a poder cruzarla.
— ¡Demonios! —dice el capitán golpeando el panel de control.
De repente un silencio apaciguo el ruido de las tormenta, los dos se percataron de
que algo no estaba bien. Vieron por el cristal de la cabina como la proa se levantaba y los
marineros se desliaron por la cabina. Una ola monstruosa hundió el barco. Thomas choco
contra la pared de la cabina quedando inconsciente. El capitán veía como la cabina poco a
poco se llenaba de agua, trataba de despertar a Thomas, le daba golpes con la mano abierta.
No funcionaba. El capitán corrió a su silla y aun lado de la silla y justo en la ventana de la
cabina, debajo se hallaba una pequeña caja fuerte. La abrió, dentro se hallaba un fajo de
billetes, una vieja pipa, una foto en blanco y negro y una libreta. Tomo la libreta y la
fotografía. Corrió a hacia Thomas que estaba a un nariz de cubrirse de agua. Lo levanta y
con todas sus fuerzas lo recarga en la silla. El capitán abre la compuerta de la cabina y no
tardo para que el agua llenara la cabina. El capitán toma a Thomas y se dirige afuera. Llego
el momento donde el agua cubrió las piernas del capitán. El capitán sale de la cabina y ve
una oscuridad que le da vértigo. Ve a su hermoso Cats don´t fly hundirse. El capitán nadaba
agarrando a Thomas. Nadaba a la superficie, nadaba cargando un peso extra. Por más que
braceaba no sentía que llegara a la superficie, el capitán sentía que la superficie se alejaba.
Esa parte del mar esa iluminada por los truenos. Sería lo último que vería el capitán, la
profundidad del océano iluminada por la luz de los truenos.


El capitán despierta en una isla de blanca arena. Al levantarse le temblaban las
piernas. Tardo un rato en levantarse, Cuando estuvo de pie apenas y podía mantener el
equilibrio. A lo lejos veía un cuerpo. Parecía ser el de Thomas. Camino a paso lento hacia
Thomas. Antes de llegar a Thomas ve que se acercan personas a caballo a Thomas.
— ¡Thomas! —gritaba el capitán, pero le era trabajoso debido a que tenía la
garganta seca.
Cuando se dio cuenta volteo y observo una silueta que era oscurecida por la luz de
la antorcha, la silueta estaba montando un caballo. Sabía que también venían por él.
— ¿Quién eres? —dice el capitán.
—Agárrenlo, también nos lo llevamos —dice el jinete, con una voz muy femenina.
—Esperen, no queremos hacerles nada. Solo dejen ver a mi amigo.
Cuando se le acercaron a sostenerle, se dio cuenta que eran dos mujeres. Las
mujeres vestían prendas de cuero, falda estilo romana y un pectoral de cuero. Eran delgadas
con una figura deportiva. Las dos eran más pequeñas que el capitán. Cuando se le acercaron
el capitán se resistió, pero la fuerza de esas chicas era mayor a la de él, sometiéndolo contra
la arena. Los ataron con una soga y lo subieron al caballo. El a lo lejos veía como se
llevaban a Thomas también.
La isla está llena de vegetación, que cubre dos montañas. La orilla de la isla está
conformada por arena y unas cuantas palmeras. En el centro de la isla se encuentra una
aldea, que tiene construcciones de piedra. El grupo de chicas a caballo, llevaba a Thomas y
al capitán hacia la ciudadela. De camino a la ciudadela el capitán hacía preguntas que no
respondían las mujeres que lo llevaban.
— ¿A dónde vamos?, ¿Quiénes son ustedes?, ¿Qué hacen en esta isla?
—Cállate —dijo la mujer rubia.
—Eso es lo único que vas a responder —dijo el capitán— Al menos dime como esta
mi amigo.
—Tu amigo está en una situación crítica.
— ¡Qué! —dijo el capitán.
—El necesita que lo llevemos a la ciudadela lo antes posible —dijo la mujer rubia—
El capitán se tranquilizó, siguieron andando durante un rato. Pararon a beber agua y
a dejar al capitán hacer sus necesidades. Mientras orinaba nadie le veía. El capitán sabía
que era un momento para escapar. Una vez terminado corrió entra la espesa vegetación,
sentía que las había perdido cuando escucho el relinchar del caballo y vio como la mujer
rubia le perseguía, el no paro de correr, la mujer sin bajarse el caballo tomo de la cintura al
capitán y lo subió a caballo.
—No creas que escaparas tan fácil. Para empezar yo conozco toda la isla —dijo la
chica con un tono de advertencia—. Si tratas de escapar yo te encontrare.
El capitán solo se quedó callado. La chica sacudió las riendas del caballo y
cabalgaron para alcanzar al grupo. Cuando llegaron a cierto punto bajaron del caballo, y la
mujer le dijo al capitán.
—De aquí en adelante no puedo pasar con el caballo, estas chicas te acompañaran.
Dos chicas se acercaron al capitán, ellas portaban lo parecía ser lanzas. El capitán no
dejaba de ver el filo de esas lanzas.
—Nos volveremos a ver, no lo dudes forastero.
Las chicas de la lanza tomaron del brazo al capitán para acarrearlo hacia la ciudad.
Caminaron por un sendero de tierra que a sus alrededores tenían arboles inmensos y
antorchas cada 5 metros. En cierta parte del sendero había una colina, subieron hasta la
cimas, y cuando llegaron podían ver todo el paisaje de la ciudad.
La ciudad era engañosa para la vista, parecía pequeña de lejos pero al acercarte veía
que era más grande de lo que podías creer. La pequeña ciudad, porque eso era una ciudad,
esta orientada en forma de circulo. En el centro se hallaba un edificio grande como si un
castillo estuviera ahí, cuatro torres estaban esparcidas en toda la circunferencia de la
ciudad. Edificios de lo más variado tenía la ciudad, de un piso, de dos, y todos de piedra,
esa piedra que si la frotas con tu mano llegaría un momento de tanto frotar que la piedra se
hiciera polvo. Te sentías en una ciudad antigua. El aire que corría estaba impregnado con
una fragancia especial, un aroma a flores. La ciudad estaba repleta de antorchas, lo que
hacía un efecto impresionante entre la ciudad y el cielo. La oscuridad y la luz de la
ciudadela amalgaman cuando veías al cielo. El suelo era chocolate en polvo, sentías como
se te metía en los zapatos. Escuchabas a lo lejos chicas tocar el un instrumento que no
sabría decir cuál es, pero si decir que era de cuerda, el suave sonido era percibido hasta el
más mínimo rincón de la ciudadela. No era molesto, más bien tranquilizador. La ciudadela
estaba habitada por más chicas, todas eran hermosas, no importaba donde voltearas todas
eran hermosas. Las chicas de la ciudadela tenían una vestimenta diferente a la de las chicas
que llevaron al capitán. Estas vestían telas de colores como el rosa, azul, violeta y verde.
Eran telas de varias piezas, pero no dejaban de transmitir su sensualidad con todo eso
encima. Las chicas no dejaban de ver al capitán, sus miradas transmitían deseo. El capitán
tenía la cabeza abajo no soportaba que lo vieran en esas condiciones.
Llevaron al capitán hacia el edifico central. El edifico central tenía grandes puertas
de madera, con ornamenta de metal en negro. Las chicas se detuvieron enfrente, una de
ellas hizo un ademan y se abrieron las puertas. Lo curioso es que esas puertas no hicieron
ruido, al contrario el único radio que escucho fue cuando se cerraron. Entraron y caminaron
al centro del inmueble, era igual de grande que la capilla Sixtina. El suelo estaba cubierto
de una alfombra con patrones en color caqui. Sillas y gradas eran lo que tenían ese gran
salón. Las antorchas alumbraban d un color ámbar el lugar. Se podía notar un poco el olor a
humedad oculto por el olor a flores. En frente de donde pusieron de rodillas al capitán, un
trono dorado, con decorados hasta el más mínimo detalle, cubierto con lo que parecía ser
tercio pelo color vino. Se escucha como una puerta se abre, seguida de una serie de pasos
de tacón que hacían eco en todo el lugar, una mujer del mismo alto de un básquet bolista,
con vestido negro que le quedaba algo largo, venia trapeando todo lo que dejaba atrás, no
me sorprendería ver algún animal ahí. Su piel era igual a la leche, si estabas lo
suficientemente cerca verías sus venas. Su cabello pelirrojo lacio, lo tenía suelto, parecía
tener fuego en lugar de cabello. Sus ojos cafés no voltearon a ver al capitán en ningún
instante. Se sentó y le paso la mirada de pies a cabeza al capitán. El capitán estaba
mugriento, lleno de arena y su ropa estaba hecho un desastre, debido a que se estuvo todo el
día en el sol y mojado, se había achicharrado.
— ¿Quién eres forastero? —dijo la dama del vestido negro.
—Yo soy Nick Farell —dice el capitán.
—Bien Nick, sabes dónde estás, o que hace aquí.
—Sí, sí sé dónde estoy y qué hago aquí —dijo el capitán.
— ¿No le tiene miedo a la muerte señor Farell?
—No para nada.
La mujer de negro solo veía al capitán, su cara tenía decepción por no poder sacarle
lo que ella quería de la boca.
—Nick, ¿sabe usted donde está su tripulación?
—No
—Ellos están sanos y salvos en esta isla, inclusive lo esperan en uno de mis
banquetes.
—Ellos no importan, ¿Cómo está Thomas?
—Se refiere al otro chico que lo encontramos con usted.
—Si, a ese.
—Él está en observación, al perecer tomo demasiada agua del mar. Pero se pondrá
bien.
El capitán al oír eso se tira al piso aliviado, como si todos sus pendientes fueran
resueltos.
—Ustedes son nuestros invitados —dijo la mujer de negro— llévenlo a la suite, él
se quedara aquí —dijo levantándose para ir a otro asunto—. Háganle lo mismo que les
hicieron a su tripulación.
Las chicas levantaron al capitán y lo llevaron a la misma puerta de la que salió la
mujer de negro. Pasaron por un largo pasillo medio obscuro, debido a que solo tenía una
antorcha en medio. Salieron a otra habitación y se encontraban en la parte trasera del salón,
la cual tenía dos escaleras que llevaban al segundo piso. El capitán ya podía moverse por sí
solo. Lo llevaron a un cuarto donde había una tina de madera. Lo arrojaron al cuarto con la
tina y le dejaron solo. El capitán no se movió de ahí no sabía si volverían o no. De pronto
entra una de las chicas de la ciudadela, cargando un balde lleno de agua. Pero no fue la
única en entrar. Llegaron más chicas al lugar y empezaron desnudar al capitán. Todo esto
mientras soltaba un par de risillas coquetas. Lo metieron en la tina de madera y empezaron
a arrojarle los baldes de agua. El agua estaba a la temperatura correcta. Ni muy caliente, ni
muy fría. El capitán estaba con los brazos estirados mientras le frotaban las hermosas
chicas. Le enjuagaron y lo cubrieron con tollas largas. Lo sacaron de la habitación, las
chicas paseaban a la momia hasta la suite donde descansaría.
—Todo lo que necesitas esta debajo de la cama cariño.
—Gracias —dijo el capitán.
—-Cuando acabes baja a cenar —dijo la chica con una sonrisita coqueta.
El capitán se vistió y bajo para ir a cenar. Una chica de cabello lacio y negro lo llevo
hasta donde estaba su tripulación. Estaban en una terraza del edificio central. La terraza
estaba llena de plantas colgando, justo en el centro se hallaba una mesa con comida, un
pollo dorado, vino por montones, frutas y pan eran lo que adornaban la mesa. Se escuchaba
un júbilo y carcajadas, el capitán se tranquilizaba más al saber que era su tripulación.
Cuando entra todos lo ven y se callan. Esa noche la dama de negro los acompaña, estaba en
uno de los extremos de la mesa quedando de frente al capitán y donde podía ver a todos los
demás chicos. Ella ve extrañada a los chicos del capitán, pensaba que se pondrían más
felices cuando lo vieran. El capitán se quedó un instante contemplando el momento, y
prosiguió a sentarse en el otro extremo de la mesa, justo enfrente de la dama de negro. Una
chica le sirve su copa de vino y otra le acerca una servilleta. El capitán ve los cubiertos y
eran de plata.
—Veo que no están contentos de que su capitán este aquí —dice la mujer de negro
sosteniendo su copa de vino para darle un sorbo.
—Claro que lo estamos —dijo Zack— Sólo que no lo entendería.
—Entender qué —dijo la mujer de negro, se había recogido el cabello con una cola
de caballo.
—Es que…es complicado —dijo Erick cuando fue interrumpido por el capitán.
—Deja lo Erick, yo le explico —dijo el capitán tranquilizando a los chicos— vera…
—esperando a que le diera su nombre la mujer de negro.
—Margaret, pero todos me dicen “Big Mom”.
—Oh, ya veo —dijo el capitán—. Vera Big Mom estos preciados caballeros tienen
la costumbre de guardar silencio y respeto cuando su capitán entra a una habitación.
—Oh, Perdonara mi intromisión.
—No tiene porque —dice el capitán levantando su copa—. Brindemos por nuestra
anfitriona, por ser tan hospitalaria y atenta.
Esto volvió a encender a los chicos y alzaron sus copas y gritaban “Por la
anfitriona” y bebían hasta acabarse el vino de la copa. La mujer de negro acepto el brindis y
solo dio un sorbo a su copa. La noche prosiguió con risas y anécdotas del capitán que los
marinos jamás habían escuchado. Todos se partían de la risa. Todos los chicos estaban
excepto Ernest. El capitán pregunto por él.
— ¿Dónde está Ernest? —dijo el capitán moviendo la cabeza para buscarlo.
—Sigue en la playa —dijo la mujer de negro llevando un bocado de pollo a la boca.
— ¿Por qué?
—Mis centinelas apenas lo encontraron, además Ernest ya es un viejo invitado.
—Ya veo —dijo el capitán.
Terminaron de cenar y todos los chicos se fueron. El capitán y la mujer de negro los
despidieron en la entrada, el capitán se acordó lo que le dijo Finn y le pido una cajetilla y
Finn se la dio. El capitán se dirigió a su suite después de darle las buenas noches a la mujer
de negro.
En su habitación se fumó dos cigarrillos en la ventana, la suite tenía una cama
inmensa llena de cojines, cuando el capitán llego después de bañarse estaba llena de velas
pero el capitán las apago porque le gusta más el cuarto a oscuras. El veía el cielo, la
habitación estaba en lo más alto del edificio, a él no le molestaban las luces de la ciudadela.
Desde su ventana vio cómo su tripulación iba acompañados de mujeres hermosas. Tiro la
colilla y se fue a dormir.
Durante la noche no se oía nada, ni siquiera un grillo o mosco. El capitán no podía
dormir, se pasaba moviéndose en la cama. Cuando empezó a escuchar pisadas de alguien
descalzo. Escucho que su puerta se abrió, cuando la extraña figura salió de entre la puerta
vio quien era. Era la dama de negro. Él se hizo el dormido, ella se metió entre su cama. El
capitán sentía su respiración. De pronto el capitán siente una mano entrar entre sus
pantalones acariciándole el pene. Rápidamente genera una erección en el capitán. El
silencio se rompe.
—Haz me tuya —dice la mujer de negro.
El capitán toma a la mujer de negro entre sus brazo y la besa. Los dos empiezan a
desnudarse, el capitán le ayuda a quitarse su camisón. Y ve su cuerpo fusionarse con la luna
haciendo lo brillar. El capitán besa sus hermosos pezones blancos. Ella trata de controla su
gemido. El capitán acaricia todo el cuerpo de la chica. La chica le quita la camisa al capitán
y los pantalones. El capitán la acuesta en la cama boca arriba, sus miradas se cruzan, se
besan, la chica asió el pene del capitán. El capitán penetra a la chica. Se quedó así un rato,
para acostumbrar a la chica a su pene, y cuando vio el momento empezó a moverse. La
respiración de los dos eran igual a la de un par de toros salvajes. Ella gemía sin dejar de ver
al capitán. El capitán pasa su brazo por la espalda de la chica y él la alza, quedando ella
encima. La besa, ella pone sus manos sobre el rostro de capitán. El capitán seguía
moviendo su pene. Ella empezó a decir que se venía. El capitán no paro después del
anuncio de la chica. Ella empezó a gemir más fuerte y se deja car en brazos del capitán. El
capitán la recuesta. Él se acuesta a su lado besándola y acariciándola. El capitán ve cómo se
duerme y el también cae en el sueño de aquella noche de luz luna.

3
Los rayos de sol iluminaban el cuarto del capitán, él se encontraba en un sueño
profundo. Los rayos de sol le pegaron directo en la cara, frunció el ceño y se tapo con una
cobija. Él ya estaba despierto, se gira para buscar a la mujer de negro. No estaba. Se levanta
y se viste. Sale del cuarto y junto a la puerta esta una chica esperando con una bandeja.
—Buenos días señor Farrell —dice la chica acercándole la bandeja
Manuel Federico Arroyo Martinez
  
Índice
Prologo..........................................................................2
1. Una Mañana Inesperada............................................4
2. Pesadillas Del Pasado..............................................12
3. Un Viejo Amigo......................................................20
4. Sinfonía Explosiva..................................................27
5. Tras Las Rejas.........................................................33
6. Un Mal Día..............................................................39
7. Un Pasado Oculto....................................................45
8. Una Guerrilla Improvisada......................................51
9. Un Encuentro Explosivo..........................................57
10. Una Mala Decisión................................................63
11. Sucesos Inesperados..............................................69
12. Cementerio de Recuerdos......................................75
13. La Última Oportunidad..........................................81
14. Una Visita al Medico.............................................86
15. World Trade Center...............................................90
16. Donde Comenzó Todo...........................................93
17. Sin Salida..............................................................98
18. Una Medida Desesperada....................................101
19. La Batalla Final...................................................104
20. Un Tiro Certero...................................................107
21. El Fin...................................................................110
Epilogo......................................................................112
Prologo

En una casa en el condado de Bronx en New York vive una persona peculiar
Alfred es su nombre, si la gente que lo conoce hablara un poco de él dirían
que, es la persona que vería los detalles de costura de un botón, no habla
mucho sobre el mismo prefieren hablar de la otra persona, sería capaz de
acertar al blanco de una distancia sorprendente como si una mosca fuera el
blanco, es obstinado, él podría actuar al momento, analizando la situación en
el desarrollo del suceso ,eso es lo que dirían todos sobre Alfred, pero si
hablamos un poco más a fondo sobre él, es que, cometió actos, que nadie
creería, que fuera capaz de perpetrar. En este punto nos preguntamos ¿a qué se
dedica Alfred? él es detective de nivel 4 en la N.Y.P.D (New York Pólice
Deparment) aquí es donde comienza la travesía de Alfred por apaciguar su
pasado que atormenta su presente.
Sólo tenemos una historia. Todas las novelas, la poesía entera, están
edificadas sobre la lucha interminable entre el bien y el mal que tiene
lugar en nuestro interior.

«El Rostro Verde»,


Gustav Meyrink
1. Una Mañana Inesperada

La pesadez del desvelo no dejaba que Alfred pudiera detener la danza del
despertador en la mesita de noche. El sol atravesaba las cortinas del
dormitorio, cegando a Alfred en su viaje al baño. Un hedor a humo de tabaco
se desprendía de su cuerpo mientras se duchaba, se afeitó después de un largo
tiempo dejándose crecer la barba, se cepillo los dientes, se puso un traje café y
una corbata roja con rayas azules. Tomó rápido un café junto con un pan
tostado untado de mermelada y tomando apurado las llaves de su Mustang del
69 se dirigió a su oficina.
De camino a su trabajo empezó a llover, lo que no le facilito llegar a tiempo,
al llegar paso a la oficina de su amigo Spencer.
Spencer es el mejor amigo de Alfred, la amistad de ellos se dio cuando
Spencer era el único que hablaba con Alfred, mientras que los investigadores
del departamento no le dirigían la palabra a Alfred por envidia al ser tan bueno
con los casos difíciles. Todos los lunes desayunaban juntos en el restaurante
de al lado de la oficina de detectives.
Spencer estaba haciendo llamadas para facilitar la extradición de un criminal
al país, era de un caso que tenía en manos ya hacía varios meses.
—Hola, ¿cómo estás? —dice Alfred.
— Bien, te veo más tarde, ando algo ocupado—dice Spencer mientas jugaba
con el cable del teléfono.
—Bueno te veo para almorzar—dice Alfred.
—Me parece bien—dice Spencer.
Alfred se encamino a su oficina. La oficina de Alfred era un océano de
documentos y expedientes de casos ya resueltos o en curso. Estaba atrasado
con los informes de dichos casos, de entre todo el mar de papeles apenas había
un hueco donde Alfred trabajaba. Cuelga su saco en los ganchos que están al
lado de la puerta, toma de uno de cajones de su escritorio un expediente, era
del caso de Mery Lu Ane. Tenía que terminar el informe del caso, que resolvió
meses atrás, empieza a teclear en el computador cuando de pronto suena el
teléfono, Alfred contesta.
— ¿Quién habla? —dice Alfred.
— Soy yo, Stottlemyre —dice una voz grave.
El hombre de voz grave era su comandante, él es chapado a la antigua, pero
cuando se trata del trabajo él era completamente diferente, podía ser la
persona más actualizada, eso lo ayudo a llegar a ese puesto. Cualquiera que no
tuviera su carácter no podría soportar el duro trabajo de soportar a Alfred. Su
cara no se movía ante el mejor chiste. Poseía una firme anatomía de soldado
que el viento no doblaba, y sin decoros por elegir entre negro y blanco, ese era
el comandante Stottlemyre.
— ¿Qué pasa comandante? —dice Alfred.
— Necesito que vengas donde estoy yo, una escena del crimen hace que nos
tiremos de las greñas —dice el comandante Stottlemyre.
— Ahora que comandante —dice Alfred en un tono burlón—, otro homicidio
de primer grado en la iglesia u otro suicidio en pleno día en una cafetería.
— Nada de eso. Creemos que está relacionado con un antiguo caso —dice el
comandante Stottlemyre—. Hubo un asesinato en una casa en las afueras de
Queens, encontramos el cuerpo descompuesto y nauseabundo, la gente se
quejaba del mal olor y tuvimos que investigar…
Alfred interrumpe.
—Bueno, y que es lo peculiar.
—Creemos que fue Rob —dice el comandante Stottlemyre.
Alfred se levanta de la silla tirándola y exaltado grito.
— ¡Imposible! Rob está en prisión, lo deje ahí tras las rejas para pudrirse por
todo lo que hizo.
—Lo sé —dice el comandante Stottlemyre —, pero hace días nos llegó un
informe de la prisión estatal sobre una fugá, pero ninguno de los perfiles
concordaba con él.
—Entonces, ¿qué les hace pensar que fue él? —dice Alfred agitado.
—Hay un mensaje en la pared —dice el comandante Stottlemyre—, va
dirigido hacia ti.
—Voy para allá, no muevan nada —dice Alfred colgando el teléfono.
Toma su saco, pasa a la oficina de Spencer para avisarle que se cancelaría su
almuerzo. Spencer entendió la situación y le dijo que no había problema. De
camino a Queens saco una cajetilla de cigarros, toma uno y se lo coloca entre
los labios mientras busca en su bolsillo su encendedor, enciende el cigarrillo y
le da unas caladas. Cuando llega a la casa del asesinato, lo primero que nota es
la casa llena de policías y forenses. Sale del auto camina hacia la casa
mientras saca su identificación, la muestra para que lo dejen pasar, entra a la
casa y ve al comandante en la sala, pero antes de dirigirse a él, se pasea viendo
la escena del crimen. Ve una estancia arreglada, sin nada fuera de su lugar, la
sala bien alineada, los marcos que adornan la pared son fotos antiguas, sin
polvo, con una mesita enfrente de los sillones con los controles del televisor
alineados en vertical, los sillones tenían los cojines bien colocados, las paredes
limpias de retratos o algún adorno. En el piso no veía ningún signo de polvo o
basurilla que resaltara a la vista. Los puntos peligros de muebles o mesas sin
ningún rayón o marca de desgaste. El comedor estaba reluciente, con las sillas
alineadas como cadetes militares, paralelas unas de otras. El mueble de la
vajilla estaba lleno de cubiertos, cada uno en su lugar boca arriba. Los platos
puestos uno sobre otro ocultando sus grabados de pavo real. Las copas
espejeadas reflejaban al comedor como si espejos de seguridad de centro
comercial se trataran. La cocina mantenía guardadas sus provisiones y la
despensa en su lugar, ningún paquete abierto o caducado, el fregadero de los
trastes seco y limpio. El bote de basura estaba vacío, pero con una nueva bolsa
de basura puesta. Alfred deambulando por la casa bien arreglada se encuentra
con una habitación sin muebles ni decoraciones, vacía de todo lo que uno se
imagina. En la misma habitación Alfred se topa con dos oficiales, les pregunta
qué han encontrado y uno comenta.
—Era una mujer de 30 años —dice el oficial— su nombre es Elizabeth Roth,
es secretaria en el New York Times, algo que nos llamó la atención es que no
tiene signos o muestras de lucha por defensa propia, haremos unas pruebas
toxicológicas para encontrar más pistas.
—Gracias —dice Alfred—. Avísenme si encuentran algo más.
—Por supuesto —dice el oficial.
Alfred sigue caminando en la primera planta del inmueble hasta llegar a la
sala donde nota el mensaje en la pared y el cadáver de la chica. Se podía leer
en la pared “Alfred he vuelto. Atte. Rob”, escrito con sangre aún fresca que
escurría de la pared, simulando pequeñas venas, cuando vio el mensaje le
dieron escalofríos, como si hubiera visto una persona muerta volver a la vida,
el comandante se le acerca y dice.
— ¿Qué crees que haya sucedido?
—De todo esto algo no me cuadra —dice Alfred—. ¿Por qué matar a alguien
que no tiene valor alguno?, tanto monetario como de importancia social y si
fuera por placer, porque no hay signos de que la mataran con violencia o goce
de sadismo.
—Para eso estas aquí—dice el comandante Stottlemyre que mientras
bailoteaba su nariz, olfateaba con gran astucia—. Fumaste, ¿verdad?, deberías
dejarlo, creeme cuando te digo que más oficiales mueren por el alquitrán en
los pulmones que victimas por estos locos.
Alfred sin importarle en lo más mínimo el consejo del comandante miro
alrededor de la sala y noto que no había lo que en muchas casas es frecuente
ver o que por lo menos las personas ponen en sus hogares, cosas personales.
—Pareciera ser que el asesino tenía la llave de la casa.
—Estás diciendo que el asesino conocía a la víctima.
—No, sólo digo que, él tenía acceso a la casa —dice Alfred—. Tengo una
teoría de lo que pudo haber pasado, pero no estaré seguro hasta no ver los
estudios toxicológicos.
—¿Crees que sea Rob?
—Creo que… —dice Alfred pensando— Talvez pudiera ser Rob o un matón
enviado por él, pero como dije, no estaré seguro hasta no ver los estudios
toxicológicos.
—Te avisare cuando los estudios lleguen.
Alfred sale de la casa. La multitud de oficiales en el jardín delantero y los que
acordonan el área le parecen exagerados para una sola escena del crimen. Los
oficiales detienen sus actividades para miran a Alfred caminar sobre el camino
de losas de piedra del jardín, deteniéndose en medio para fumarse un
cigarrillo. Le da unas caladas y se larga a su coche, los oficiales continúan sus
labores.
2. Pesadillas Del Pasado

Rob era un criminal cualquiera, hasta que perpetro actos que se consideraron a
nivel de un terrorista, él era el principal objetivo de la policía y demás
agencias de investigación, Alfred se había obsesionado con el caso aunque
Alfred no tomo el caso de inmediato sino hasta la muerte de su esposa, la cual
Rob había asesinado a sangre fría.
Alfred fue el único detective que logro detener a Rob pero aun precio muy
grande, la agencia de policía y demás agencias de investigación no apoyaron a
Alfred en el caso por los métodos que el proponía, por lo que Alfred llego
hasta el borde del abismo, cometió actos con grandes consecuencias que un
detective en su sano juicio no haría, desde escabullirse en lugares que parecían
el mismo infierno, aventajarse acosté de vidas valiosas para cumplir su
objetivo, él estaba en una cuerda floja, un error y no contaría con que su vida
fuera a terminar. Alfred había caído en la locura total no era capaz de ver que
era el bien y que era el mal pero eso basto para que al fin atrapara a Rob.
Alfred no actuó por el bien de la cuidad, él había actuado por venganza lo cual
casi le cuesta la vida.
Antes del golpe final de Rob, Alfred siguió a Rob hasta un Cementerio, ahí
fue donde el atrapo a Rob, pero lo que Alfred no sabía era que Rob iba a ver la
tumba de su madre por lo cual era vulnerable en esos momentos. Rob como
todo criminal opuso resistencia, el enfrento a Alfred, era una pelea de vida o
muerte, la ira de Alfred no tenía que dominarlo por lo que pidió refuerzos. Él
sabía que si nadie lo detenía el mismo mataría a Rob sin pensarlo dos veces,
en el cementerio Alfred dudo de jalar el gatillo para acabar con Rob, pero el
comandante detendría a Alfred a tiempo, logrando capturar vivo a Rob.
A Rob le dieron una cadena perpetua por cada una de sus víctimas, en el
jurado Alfred testifico contra Rob, al finalizar la corte Rob le susurro a Alfred
en el oído.
—Nos volveremos a ver, detective
De pronto Alfred se levantó de la cama, sudando como si estuviera en pleno
maratón, asustado mirando a todos lados, se levantó corriendo a la cocina,
abrió uno de los gabinetes y saco una botella de whisky, la bebió como si
fuera la última del mundo y no la quiera compartir.
En la mañana Alfred salió a correr como acostumbra los martes, ese martes le
sentaría bien para despejar la mente. Llego a su casa para ducharse e irse a su
oficina a terminar ese mar de papeles. Como es costumbre Alfred pasa a ver a
Spencer y sin más Spencer lo lleva a almorzar a su cafetería favorita, en la
cafetería ellos pedían lo que acostumbran panqueques y huevos estrellados
con tocino, el desayuno americano por así decirlo.
Alfred le cuanta a Spencer del caso de ayer, mientras Spencer tenia bocado le
dice a Alfred.
—Ten cuidado, de ser Rob te pediré que no lleves al límite el caso.
—Pero que diablos dices—dice Alfred indignado.
—Solo digo que te controles al llevar el caso—dice Spencer antes llevarse el
vaso de café a la boca.
—Mira lo voy a atrapar—dice Alfred seriamente— nada me detendrá en
especial por lo que le sucedió a Sally.
—Alfred ten mucho cuidado—dice Spencer como si fuera un sermón que
siempre repite—el comandante te conoce bien y te podría dejar fuera del caso.
—Eso no me importo antes.
—Casi te quitan la placa y expulsan del departamento.
—Spencer ¡por favor!—dice Alfred cerrando los ojos poniendo su puño sobre
la frente suspirando para decir la siguiente oración—hare pagar a Rob por lo
que ha hecho y nada ni nadie podrá detenerme.
Alfred se levanta de la mesa deja su parte del dinero y sale del
establecimiento, al salir enciende otro cigarrillo y sube a su auto para ir a la
oficina, mientras Alfred estaba atascado en un inmenso tráfico, suena celular,
era el comandante.
—Alfred llegaron los resultados toxicológicos.
En ese momento el tráfico avanza y Alfred no tiene otra más que conducir
hablando.
—Voy para allá, espere.
—No será necesario.
— ¿Qué?, ¿qué dice?, ¿porqué?
—Por que los estudios no revelaron nada.
— ¿Qué?, pero eso es imposible.
—Puede ser imposible—dice el comandante Stottlemyre—pero te alegrara
saber que hay más pistas.
En ese momento Alfred busca donde estacionar de golpe y aparca el auto en
plena avenida.
— ¿Que han encontrado?
—Tal parece que hacía tres días que ella no iba a trabajar, además sabemos de
buena fuente que mantenía una relación con alguien, según sus compañeros de
trabajo, el sujeto es Wilson Clark trabaja en un estudio fotográfico.
—Iré a investigar a su estudio, deme la dirección.
—No será necesario.
— ¿Que?
—Lo hayamos muerto en su estudio con múltiples heridas de objetos pulsos
cortantes, entraron a la fuerza a su estudio y suponemos que dejaron un
mensaje para ti con la sangre de las victima, el mensaje es un pasaje de la
biblia.
— ¿Que pasaje es?
—Jeremías 33:3.
En ese momento Alfred saca de su guantera un biblia y busca el pasaje.
—Clama a mí y yo te enseñare cosas grandes y ocultas que tu no conoces—
dice Alfred citando el pasaje.
—Eso, ¿qué tiene que ver con Rob?
—Quiere que me acerque a él para que vea lo que es capaz de hacer y solo así
sabré cómo detenerlo.
— ¿Qué tonterías dices?, y si fuera verdad no te lo permitiría—dice el
comandante Stottlemyre alzando la voz—Alfred no comentas estupideces.
—Lo siento comandante es la única manera de detener a Rob.
Alfred cuelga, rápidamente se dirigió a su casa, de camino Alfred sentía
presión por saber que todo era verdad y solo se preguntaba porque atacaría
Rob, en estos momentos pero todas sus preguntas tendrían respuesta cuando
atrapara a Rob, al llegar a su casa corre a su cocina y vuelve a tomar la botella
de whisky de la mañana, mientras se desliza para dejarse caer en el suelo,
Alfred tendría que atrapar Rob sin duda alguna.
3. Un Viejo Amigo

Alfred toma una ducha para despejar su mente, se pone su traje negro con
corbata negra, eran las 12:00 horas, Alfred toma su gabardina y su arma, el
buscaría a Rob por sí solo, Alfred salió de la casa y tomo un cigarrillo el cual
era el último de la cajetilla.
Alfred empezaría un viaje del cual posiblemente no regresaría, así que miro su
casa por ultima vez, el sube a su auto y conduce hasta un lugar con una fama
que es bien conocido por los investigadores y oficiales de policía, era un bar
donde encontraría a un sujeto llamado; bueno no sabían bien su nombre, solo
le decían T-Bone.
Él era un ex criminal que ahora se dedicaba a vender información a policías e
investigadores, él era dueño de la taberna “La Copa Parlante” conocida por
todos los criminales de la cuidad, los cuales venían de lejos para tomar un
trago de vez en cuando. Alfred y T-Bone eran amigos de hace tiempo, ellos
resolvieron el caso de Staten Island.
Alfred entro a la taberna, se dirigió a la barra. Vio al bar tender y le dice.
—Buenas, necesito hablar con el dueño.
—Deme un momento.
—Dígale que lo busca Alfred.
El bar tender entra en una puerta que dice solo personal autorizado, Alfred
voltea a ver alrededor de la taberna, lo normal de la gente de un día martes,
nada peculiar en los comensales. Uno que otro maleante pero solo estaban en
un desayuno como toda la gente en la ciudad de new york. Alfred inspecciona
que hay en la barra y ve una caja negra, la abre, al abrirla nota que hay
cilindros cafés, eran puros, él toma unos cuantos y en ese momento sale de la
puerta de solo personal autorizado T-Bone.
—Alfred viejo amigo, ¿qué te trae por aquí?—dice T-Bone mientras abraza a
Alfred.
—T-Bone, veo que va bien el negocio—dice Alfred—necesito hablar contigo
en privado.
—Por supuesto, ven conmigo.
Los dos se dirigen a su oficina en un pasillo obscuro alumbrado por pequeños
focos verdes en el piso, Alfred entra a la oficina de T-Bone y toma asiento. La
oficina era minimalista, lo que más resaltaba era un cuadro detrás de la silla de
T-Bone, estaba pintado al óleo, una persona en llamas, un cuadro algo inusual.
Alfred le dice a T-Bone
—Busco información, tú sabes, ¿qué hay de nuevo en las calles?
—Bueno vienes al lugar indicado, te sirvo algo de beber—dice T-Bone
mientras saca una botella de whisky del escritorio.
—Si, por favor y no seas tacaño.
—Ja, Ja, Ja—dice T-Bone con una risa falsa—tu sabes que no.
—Bueno—dice T-Bone—se rumorea que los Gianfranco tiran desechos
tóxicos en el alcantarillado cerca de Manhattan, y que los Shao feng venden
armas defectuosas a un grupo desconocido de extremistas y…
Alfred pega un grito.
— ¡Ese tipo de información, no!
—Entonces, ¿qué quieres saber maldito?—dice T-Bone mientras saca un arma
y la apunta a Alfred.
—Rumores sobre tu sabes—dice Alfred mientras se termina de toma del vaso
de whisky.
— ¿Rumores de que?
—Sobre, Rob—dice Alfred mientras se sirve más whisky.
—Rob—dice T-Bone con nostalgia—no había escuchado ese nombre en años.
—Pues te diré que estoy fuera del caso por motivos que pues ya conoces—
dice Alfred mientras le da vuelta al líquido con la muñeca y bebe un sorbo.
— ¿Te volviste loco, eh?
—Un poco si—dice Alfred mientras bebe otro sorbo.
—No tengo información sobre Rob, pero tengo algo parecido, un día escuche
hablar a un par de matones sobre su nuevo jefe, decían que estaba loco, según
ellos él se creía un dios. Decía que el cambiaría al mundo para bien.
—Y no dijeron donde trabajaban o algo por el estilo.
—Si, en los barrios bajos de Manhattan tenían sus instalaciones.
—Gracias por la información—dice Alfred mientras termina su trago.
—Déjame advertirte que tengas mucho cuidado de ser Rob viene peor que el
que el enfrentaste en el pasado.
Alfred asiente con la cabeza y se retira, al salir del establecimiento saca un
puro, lo enciende y se dirige a Manhattan. Saca su teléfono y le marca a
Spencer mientras conduce.
—Spencer—dice Alfred—tengo información sobre las instalaciones de Rob
me dirijo hacia allá.
—Alfred tengo malas noticias—dice Spencer—el comandante puso una
recompensa a tu cabeza.
Alfred frena bruscamente, impactado por la noticia.
—Por qué lo hizo—dice Alfred desconcertado.
—Porque eres inestable Alfred—dice Spencer—en especial en este caso,
además Rob volvió a atacar.
— ¿Ahora que sucedió?
—Múltiples asesinatos, siete para ser exactos.
— ¿Que más han descubierto?
—Todos fueron asesinados de la misma forma, una puñalada en la frente—
dice Spencer—también dejaron mensajes en cada víctima. No tenían sentido,
hasta que nuestros descifradores le dieron un sentido al mensaje.
—Léeme el mensaje.
—Donde lo deje, ah, aquí está, dice…—dice Spencer sacando de su bolsillo el
papel—Demonios infestando la tierra, Inquietudes de almas pecadoras,
Orquesta tocando la canción del fin, Sabiendo que un ángel los salvara.
—Es un acrónimo—dice Alfred.
—Es un que—dice Spencer.
—Demonios, Inquietudes, Orquesta, Sabiendo. Forman la palabra “DIOS”—
dice Alfred—fui a ver a T-Bone, el escucho que gente trabaja para un loco que
se cree dios. Todo encaja Spencer.
—Bueno y eso a donde nos lleva.
—La orquesta nacional—dice Alfred mientras arranca el coche de nuevo—
tocaran en la noche en el Hamilton. Me dirigiré a Manhattan. Dile al
comandante que asegure la zona. Los veré allá.
—Espera, Alfred.
—Adiós. Spencer.
4. Sinfonía Explosiva

Alfred condujo hasta los barrios bajos de Manhattan, el busco por todo el
lugar hasta que en su camino se topó con camiones desembarcando
cargamento en un comercio que parecía abandonado. Alfred se queda a ver
ese sospechoso cargamento, cuando de uno de los camiones ve que una figura
sospechosa baja del mismo, era Rob. Alfred siente un escalofrío pasar por su
espalda como si un fantasma se hubiera aparecido frente a él.
Alfred con calma entra en acción, sale del auto, camina sigilosamente hacia
los camiones. Antes de llegar acaban de bajar los cargamentos y todo el
personal entra al comercio. Alfred intenta ver por las ventanas pero está vacío.
Con determinación Alfred entra al comercio. El lugar está vacío no lo podía
creer, era un comercio como muchos otros con almanaques, caja de pago y
pasillos, pero hace una búsqueda exhaustiva y descubre que hay una bodega
debajo del comercio, lo que hayo fueron oficinas de planeación, en ellas
estaban los antiguos planes que estarían tramando como los asesinatos, eran
cuatro oficinas algo pequeñas en las mesas hay maquetas de los lugares donde
cometieron asesinatos y pintar rones llenos de planos e instrucciones de los
crímenes.
Todo era tranquilo mientras Alfred observa los planes de Rob cuando de la
nada escucha un portazo, busco por toda la bodega y se encontró con una
trampilla que se encontraba debajo de una mesa, él logra abrir la trampilla e
ingresa en ella al bajar nota que hay un túnel bien iluminado cuando de pronto
una fuerte explosión se escucha, al momento Alfred cierra la trampilla y corre
por el túnel. El suelo tiembla por la explosión, mientras que corría Alfred el
reía.
Ahora sabía que llevaba el cargamento de los camiones eran explosivos. Pensó
que pondrían los explosivos en la orquesta tomo su teléfono para tatar de
llamar a Spencer, no habían señal acelero para ganar tiempo. Llego a un punto
donde había una escalera, el sube y sale por una alcantarilla. Que tramaría Rob
pensaba Alfred, explotar el teatro o matar a toda esa gente. El salió directo al
teatro cuando de la nada algo lo agarra por la espalda a Alfred.
—Spencer —dice Alfred notando que era Spencer.
—Alfred, que bueno que eres tú—dice Spencer agitado—por qué demonios
saliste del alcantarillado, que no estabas en Manhattan.
—Había un túnel que me trajo hasta acá—dice Alfred —vía Rob y está
planeando estallar el Hamilton.
—Harán estallar el Hamilton.
—Sí, así que necesito que desalojes el edifico.
—Si.
—Yo entrare a ver si encuentro a Rob.
Alfred corre hacia la puerta trasera del Hamilton y entra, ve a un sujeto
sospechoso con una sudadera extraña lo persigue, el sospechoso también corre
alejando se de Alfred pasa por bambalinas, vestidores y camerinos. Hasta
llegar al escenario, estaban tocando y el sospechoso entra en escena.
—Alto —grita Alfred que también entra en escena.
Alfred saca su arma, apuntándole al sospechoso. El sospechoso se arranca la
sudadera y descubre una bomba todo el público sale despavorido del teatro.
—Alto no te muevas—dice Alfred.
—Esto es lo que él quería.
En ese momento la policía entra y el comandante vio a Alfred apuntando al
sospechoso.
—Alfred deja que nosotros nos encarguemos—dice el comandante
Stottlemyre.
—Por qué haces esto—dice Alfred.
—El me pidió que te dijera algo porque —dice el sospechoso— él sabe todos
tus movimientos, él está a un paso delante de ti.
La policía avanza hacia el sospechoso, el sospechoso saca el detonador.
—Si se acercan accionare el botón y moriremos todos.
—Alfred aléjate de ahí no queremos bajas—dice el comandante Stottlemyre.
—Lo siento comandante estoy fuera del caso.
—Carajo, Alfred, trato de protegerte.
—Protegerme de que.
—De ti mismo.
En ese momento Alfred dice.
—Que tienes que decir.
—Primero mis condolecías—dice el sospechoso con respeto—segundo que
gusto regresar y por último el tomara un camión a las 12:00 pm a yuta, que
visitara a un vieja amiga en su tumba bajo llave.
—No tiene sentido.
—El aposto que dirías eso, me dijo que si lo decías te dijera “Que tarde o
temprano lo entenderías” —dice el sospechoso mientras alza la mano.
—Espera no —dice Alfred abalanzándose a el.
Una explosión saca volando a Alfred por el teatro los policías también son
arrogadas lejos del sospechoso. Alfred se levantó aturdido corre dirigiéndose a
la salida la cual por sorpresa estaba libre, se dirigió a un taxi el sube cuando
una fuerza lo saca fuera del taxi, era el comandante.
5. Tras Las Rejas

—Alfred no te puedo dejar ir—dice el comandante Stottlemyre.


—No—dice Alfred—no entiende tengo que detener a Rob.
—Lo harás pero desde de una celda vigilada—dice el comandante Stottlemyre
—llévenselo.
—No, no entiende, comete un error—dice Alfred mientras forcejea contra los
guardias.
—Si algo pasa te avisaremos.
Se dirige en una camioneta que los llevara a la comisaria en el trayecto Alfred
pensó que era el fin, ahora todo estaría perdido, Rob triunfaría, todo es
incierto.
En la comisaria lo llevaron directo a una sala de interrogatorio, en la sala entra
un oficial y le pide a Alfred que le de toda la información que sabe. Alfred se
niega rotundamente, el oficial se desespera y empiezan a discutir antes de que
las cosas se descontrolaran se abre la puerta y entra Spencer, el oficial se
retira.
—Alfred si no vas a cooperar no causes problemas—dice Spencer cansado de
tantos problemas.
—Spencer sácame de aquí tengo que detener a Rob—dice Alfred desesperado.
—Hablando de Rob volvió a atacar.
—Me estas escuchando—dice Alfred como si le estuvieran jugando una
broma.
—Alfred Rob ataco la taberna de T-Bone, él está muerto—dice Spencer
gritando.
Alfred poco a poco se sienta con unas ganas de salir aunque la vida le costara
sin importar que pasara, esa impotencia lo detiene de hacer una locura.
—Rob está haciendo un gran revuelo en los medios de comunicación, el
mundo piensa que es una terrorista más—dice Spencer tomando aliento para
las siguientes malas noticias— piensan que están seguros porque el ataca
desde el fondo de la cueva de los lobos.
—No son capases de ver—dice Alfred altivo y orgulloso—los está
humillando, eso es lo que él quiere.
—También fue robado un cargamento muy grande de explosivos y según sus
ataques no ha usas ni un cuarto de ese cargamento.
—Entonces yo que hago aquí esperando, mientras él está afuera—dice Alfred
desesperado por salir.
—Nos serás de ayuda para predecir sus movimientos.
—No los apoyare—dice Alfred rápido como niño pequeño.
—Sabía que dirías eso, te mandaremos a las celda de la sección 2-B para que
estas a salvo.
—Spencer no—dice Alfred mientras se levanta.
Entran oficiales, Alfred no opone resistencia es como si se hubiera rendido. En
la celda no dejaba de moverse, pensaba y pensaba pero nada de utilidad hasta
que recordó y rápidamente grita a todo pulmón.
—Una llamada, una llamada, tengo derecho a una llamada.
Un guardia se acercó le entrego un teléfono y le pidió que fuera rápido, el
marco y espero.
—Spencer.
—Alfred eres tú, como lograste llamarte—dice Spencer sorprendido.
—Eso no importa es urgente ocupo que me saques, no sabes lo que Rob hará.
—Si lo hago, me acusaran de ayudar a un prisionero.
—Spencer no hay tiempo la ciudad está en juego—dice Alfred como si ya
fuera una costumbre decir lo mismo.
—Alfred ya tengo que irme.
—No Spencer, no.
Spencer cuelga, Alfred trata de llamar otra vez pero el guardia saca una barra
eléctrica y la pone en el pecho de Alfred, Alfred cae al suelo y se retuerce de
dolor. Una voz suena en la mente de Alfred diciendo.
—Alfred, Alfred, Alfred.
Alfred se despertó asustado vio a Spencer.
—Levántate—dice Spencer mientras ayuda a Alfred.
—Que pasa—dice Alfred confundido.
—Toma esta mochila, sal de aquí lo más rápido que puedas—dice Spencer
volteando a ver a todos lados—toma las llaves de tu coche.
—Que estaba en…—dice Alfred antes de ser interrumpido por Spencer.
—Sí, nos llegaban múltiples llamadas de que un coche le pertenecía al sujeto
de la recompensa.
—Por qué haces esto ahora y no cuando te lo pedí—dice Alfred extrañado.
—Tenías razón no serán capaces de descifrar a Rob.
—Me voy antes de que sea tarde.
—Toma es un teléfono internacional.
—Si ocupas algo llama, Rob hizo una masacre en varios monumentos
concurridos.
—Eso acabara pronto.
—Vete rápido.
Alfred corre al estacionamiento su coche está ahí y condujo por el centro
buscando un hotel, su casa ya no era segura, al llegar al hotel se ducho y
descanso para recuperar energías.
6. Un Mal Día

El día de la boda de Alfred y Sally, fue según ella un día maravilloso, Alfred
se sentía como un hombre con mucha suerte, al fin encontró a la mujer de sus
sueños, sin en cambio no todo es color de rosas cuando Rob apareció. Alfred
se mantuvo fuera de servicio durante un año después de resolver el caso, en
ese tiempo Alfred se dedicaba a beber e intoxicarse con lo que lo ayudara a
olvidar su dolor, no le ayudo mucho.
Él se ahogaba en su propia desesperación. Alfred despertó sudando de en la
cama del hotel, seca su frente llena de sudor mientras ve la hora de su reloj,
eran las 09:00 am, él se levanta apurado tenía una cita que atender. En el
camino al auto repasa el mensaje del sospechoso del teatro, tal vez poseería
algo oculto. “el tomara un camión a las 12:00 pm a yuta, el visitara a una vieja
amiga en su tumba bajo llave” sin nada que encontrar Alfred se apresura. Sube
al coche y saca de su bolsillo la cajetilla de cigarros, no hay, el hace un
ruidillo de molestia, de la guantera saca una petaca y bebe de ella, algo con
que pueda tranquilizarse en lo que reponía la cajetilla, el saca su arma para
prepararla nota que el martillo está roto por la explosión y estaba por ahora
inservible, revisa mochila de Spencer en busca de algo de utilidad pero solo
hallo: varas antidisturbios, teaser eléctrico y granadas de conmoción, equipo
anti disturbios de nada le servía lo que le dio Spencer, lo cual lo lleva a hacer
una parada rápida para alistarse y tomar suministros.
Paso a una licorería donde compro alcohol y cigarrillos. Paso a una armería
conocida por él, John el dueño era su amigo de la infancia, los veranos de su
niñez jugaban beisbol en el vecindario, Alfred solía decirles los buenos
tiempos. Cuando entro a la armería una inesperada cálida bienvenida lo acogió
—Alfred camarada, hacía tiempo que pasas por aquí—dice John—que se te
ofrece.
—Equipo del bueno.
—Bueno has venido al lugar correcto—dice John mientras pasa al mostrador
—que vas a llevar.
—Tú sabes, lo que llevo cuando voy de casería—dice Alfred—estoy cazando
a alguien.
—Vas a matar al presidente—dice John.
—Si—dice Alfred fríamente.
Los dos se soltaron en carcajadas asustando a los demás clientes.
—Nunca cambias, eh.
—No.
Alfred espero a que llevaran el equipo al auto, John se le acerca con una caja y
dice.
—Esto es para ti, era un obsequio que no había podido darte.
Alfred abre la caja, es una Desert Eagle, la toma y la enfunda dentro de su
saco.
—Gracias por apoyar me, cuanto te debo.
—Nada, yo sé por qué haces esto, es una buena causa.
Alfred abraza a John, se despide de él, al salir del local Alfred ve entrar a un
sujeto sospechoso al local de John, Alfred sale corriendo a detenerlo pero era
muy tarde, él ya había activado la bomba. Una fuerte explosión mando a volar
a Alfred en el capo de su coche.
Alfred se levantó de golpe, aturdido con los oídos zumbándoles subió al
coche, condujo hasta la estación de autobuses. En el camino Alfred maldecía a
Rob por lo que hacía. Se detuvo en la estación de autobuses y se dirigió a ver
si encontraba algo. Había poca gente, Alfred reviso su reloj eran las la 01:00
pm.
—Carajo, llegue tarde.
De la nada una chica se le acerco a Alfred y le habla.
—Tú eres Alfred—dice algo insegura.
—Quien eres y que ocupas—dice Alfred apurado.
—Soy Alice, Rob me mando para darte esto.
De su bolso saco una caja pequeña, se la entregó a Alfred, que desconcertado
dijo.
—Por qué te envía.
—Porque, soy su hija—dice Alice tímidamente.
—Que —dice Alfred impresionado—jamás creí que Rob.
—Bueno—dice Alice interrumpiendo a Alfred— fue antes de que lo
atraparan.
—No, te…—dice Alfred— bueno, tu sabes lo que ha hecho.
—Sí pero en el fondo es mi padre—dice Alice dándose media vuelta—suerte
Alfred.
Alfred desconcertado abre la caja había una llave con un numero B-13, volteo
y en la estación se hallaban unos casilleros, busco el casillero con el número
de la llave, al abrirlo había una caja con fotografías, cartas y un sobre que
decía ”Para Alfred” invadido por la curiosidad Alfred toma la caja y de la
nada se escucha una fuerte explosión, el corrió al auto abrazando la caja para
que no la perdiera, mientras corría vio el autobús de yuta en llamas, él había
vuelto a fracasar, subió al coche y condujo hacia el hotel para revisar la caja
con tranquilidad.
7. Un Pasado Oculto

En el hotel Alfred bebió, un poco de ese alcohol que compro y unos cigarrillos
mientras inspeccionaba la caja llenas de fotos y cartas, para su sorpresa, eran
de Sally su esposa. Fueron tomas cuando ellos dos eran novios. Sally era de
Francia. Conoció a Alfred cuando hizo un intercambio estudiantil. Alfred se
enamoró tanto de ella que perderla era como si la felicidad se le escapara a su
vida.
Alfred entendió bien su deber, o al menos lo que para él era lo correcto,
atrapar a Rob a toda costa.
Alfred abrió el sobre que contenía su nombre, leyó la carta.
“Alfred viejo amigo, espero que hayas tenido un momento grato con estos
recuerdos de Sally. Pero no olvides tu cita con el doctor huesos. Pronto te hará
una visita”
Alfred al leer el nombre del doctor huesos pensó que se habría equivocado, le
decían el doctor huesos porque torturaba a sus víctimas rompiéndole los
huesos también se decían rumores sobre que podía romper todos tus huesos de
un puñetazo según oficiales quedabas como gelatina en el piso o que había
creado un elixir que sanaba los hueso en instantes, El doctor huesos murió en
una persecución, Alfred había confirmado en la morgue que era él.
Alfred se levantó de la cama frotándose los ojos de tanto pensar. De repente el
teléfono de Alfred sonó y contesto.
—Que pasa Spencer.
—Rob atraco un banco creando una escaramuza en pleno día—dice Spencer—
hubo muchas muertes y las cámaras del banco captaron algo sorprendente.
—Que vieron.
—El doctor huesos los ayudo a atracar el banco.
En ese momento Alfred sintió un escalofrió al escuchar la noticia.
—También dejaron un mensaje para ti dice “hay lugares con mucha
población, tenemos que derrocar a la gente mal habida”
—El barrio chino—dice Alfred apresurado tomando sus cosas—piensan
derrotar a los Shao feng.
—Iremos para allá.
—No, dame una hora antes de pedir los refuerzos.
—Está bien—dice Spencer—pero no los detendré más.
—Adiós.
Alfred salió del hotel y condujo al barrio chino. En el camino al barrio chino
Alfred recordó cuando atrapo al doctor huesos, él lo capturo en medio de una
instalación a las afueras de chicago, el doctor huesos dejo a Alfred con unas
costillas rotas pero anteponiéndose al dolor Alfred logro detener sus
atrocidades.
Alfred llego al barrio chino, la calle está vacía lo que a Alfred lo sorprendió.
Se dirigió al despacho de Shao feng toco en la entrada de un local, sale un
matón de Shao feng preguntado a Alfred.
—Que se te ofrece.
—Tengo una propuesta para el señor Shao feng.
El matón abre la puerta y deja pasar a Alfred, Alfred camino por un pasillo
hasta que el matón le abre una puerta y le hace un ademan para que pase. Al
entrar ve al señor Shao feng con dos guardias. El señor feng les pidió que se
retiraran al momento que Alfred se sienta.
—Señor feng—dice Alfred—vengo a proponerle que hagamos una tregua para
atrapar a Rob, el ha estado matando a los jefes criminales de toda la ciudad y
usted es el ultimo.
—Que tan seguro estas de esto hijo.
—No tengo duda alguna señor debemos detenerlo.
—Bien, mis hombres pueden hacer una emboscada cuando llegue—dice el
señor feng haciendo un ademan con la maño para mandar a sus matones que
reaccionaron de inmediato—mientras, usted escuche algo que le puede
interesar.
—Que me puede interesar señor feng.
—Rob él es padre de mi nieta Alice.
—Que—dice Alfred levándose de la silla asombrando—como es eso posible.
—Bueno su madre conoció a Rob antes de que empezara a asesinar. Lo que
hizo que empezara a asesinar, fue que él vio como atacaron sin piedad a mi
hija, el no pudo en el momento actuar eso le afecto mucho, yo tome cartas en
el asunto, pero mi hija no estaba de acuerdo más sin en cambio Rob si, él
estaba lleno de venganza por lo que le hicieron. Yo no creí que fuera Rob el
que dijera tan semejantes palabras, pero el mato a quien agredió a mi hija, yo
estaba agradecido pero ello lo vio como un malvado. Ella se fue a nuestro país
natal pero murió al dar a luz a Alice, Rob cayó en una depresión lo cual
conllevo a una locura fatal.
—Eso lo explica todo.
—Yo le di el poder para hacer sus crímenes jamás creí de lo fuera a ser capaz.
—No se preocupe lo atrapare y todo volverá a ser como antes.
— ¡No! —grito Shao feng—tienes que matarlo es la única forma de acabar
con todo esto, también te quiero pedir que cuides de Alice y la envíes a
nuestro país natal.
El señor feng le entrego una tarjeta con una dirección.
—Hay la vas de mandar, cuento con que cumplirás tu misión.
—Cuente con ello señor.
En ese momento se escuchan disparan, un matón entra y dice.
—Es Rob y trae un camión blindado.
8. Una Guerrilla Improvisada

Alfred sale de la oficina, saca su arma cuando un matón lo detiene.


—Posible con Mejor toma esta—dice el matón mientras le da un arma más
grande.
Alfred toma la arma y corrió a la entrada, lo primero que ve es una pequeña
zona de guerra, el tomo cobertura en una auto, ve a las milicias de Rob
disparar a las personas de feng, caían una por una. El sale del coche
disparando lo más cerca posible, acabando con el que se le cruzara. La zona de
guerra era una cuadra completa, de un extremo de la calle Alfred ve llegar el
camión blindado, Alfred corre hacia el otro extremo, de la cual ve salir al
doctor huesos, Alfred no lo piensa dos veces, se en carrera hacia el blindado
que comenzó a disparar de su torreta, haciendo picadillo a quien se le pusiera
en frente. Alfred saco una granada de su saco, el corrió a un lado del blindado,
le quita el seguro a la granada, la coloca en una de sus ruedas y corre a
protegerse.
Una gran explosión sacudió a Alfred que se encontraba detrás de un coche, se
incorpora de golpe, comienza a disparar cuando de la nada salen más hombres
del señor feng, uno se le acerca.
—Vete de aquí—dice el matón—nosotros te cubrimos.
—No los voy a dejar aquí.
—Son órdenes del señor feng.
Alfred hace un sonido de molestia y corre directo a su coche sube, conduce
hacia el hotel, marca a Spencer para pedir refuerzos. De la nada un coche lo
enviste. Lo perseguían Alfred hacer movimientos bruscos se mete entre los
carros para perderlos, pero no logra mucho. Toma una ruta alternativa
zigzagueando por todas las calles pero no era suficiente, el otro carro empezó
a disparar. Alfred también empezó a dispárales pero no logro mucho.

Alfred saca una granada de su bolsillo la tira hacia el parabrisas del auto,
acelera para no salir volando también. Escucha un gran estruendo pensó que
todo ya habría acabado. Cuando de la calle del lado sale un auto a todo lo que
daba sacando Alfred de la calle. Alfred sale del coche aturdido, ve que un
matón se le acerca, apunta su arma hacia el.
—Atrás.
—Rob no te quiere muerte—dice el matón de Rob—quiere que veas como
cambiamos al mundo.
—Oh ya déjenme en paz.
El matón suelta una mueca de risa.
—Rob te pondrá a prueba para ver si no has perdido el toque—dice el matón
—dice siempre lo has engañado y le ganaste con trucos a este inocente.
—Que dices.
—Lo entenderás en su momento.
El matón 1saca un arma y se pega un tiro en la cabeza. Alfred sube al coche
para regresar al hotel. En el camino no dejaba de darle vueltas las palabras
dichas por el matón. En la habitación mientras estaba recostado se levanta con
la respuesta en su mente y todas las palabras tenían sentido. Alfred había
conseguido información de un soplón que era matón de Rob. Alfred lo había
engañado al soplón para que le diera información que le serviría para dar con
el golpe final de Rob. El soplón se llamaba Rick era un criminal bobo y no
muy valiente por eso era soplón. El soplón que vendió a Rob.
Alfred llama a Spencer.
—Alfred que necesitas—dice Spencer algo molesto—estoy algo ocupado
hubo un tiroteo en el barrio chino, un blindo destruido y por si fuera poco
Shao Feng muerto.
—Bueno escucha tengo una pista.
—Que has encontrado.
—Recuerdas a Rick.
—Si lo recuerdo lo enceramos en la prisión donde teníamos a el jefe de lo
Gianfranco.
—Ocupo acceso a la prisión para hablar con el.
—Bueno te veré allá—dice Spencer—iré solo.
—De acuerdo no tardes—dice Alfred colgando el teléfono.
Alfred salió corriendo del hotel, conduciendo a la prisión para ver qué
información tenia Rick que le pudiera ayudar.
Él pensaba que todo podría ser una trampa mortal asique no se esperanzo
mucho de lo que pudiera obtener.
Al llegar ve a Spencer y un guardia de la prisión.
—Él es el guardia de la celda de Rick—dice Spencer—él nos dejara entrar.
—Bueno pues—dice Alfred energético—que esperamos.
—Solo hay un problema.
—Cual—dice Alfred asustado.
—Rick esta armado con un chaleco con explosivos.
9. Un Encuentro Explosivo

—Cómo es posible que tenga un chaleco explosivo.


—Un guardia le dio el chaleco—dice Spencer—y órdenes de que no hablara
con nadie que no fueras tú.
Alfred inseguro, dudaba si entrar o no.
—Tengo que entrar—dice Alfred—es la única manera de detener a Rob.
—Antes de entrar escucha las indicaciones del guardia.
El guardia se pone enfrente de Alfred y le explica.
—Tienes que mantenerte en calma en todo momento, si no lo haces el interno
se alterara y hará explotar las instalaciones.
—Está bien—dice Alfred mientras se pone un chaleco anti motines.
—Se breve no lo atiborres de preguntas difíciles de contestar por que se
hartara y ya sabes.
—Si eso ya lo sé no me digas como hacer mi trabajo—dice Alfred urgido por
entrar mientras se pone un micrófono.
El guardia suspira y habla.
—Tienes un arma.
—Si—dice Alfred enseñando la arma.
—Pues úsala con cuidado—dice el guardia.
Caminaron hacia la celda de Rick. El camino parecía interminable, en el
camino Spencer le avisa a Alfred que ya evacuaron. Alfred ya había bebido de
su petaca cuatro veces. Llegaron a la celda de Rick, había dos guardias
vigilando, uno de ellos toca a la celda para avisar a Rick que Alfred había
llegado. Alfred entra a la celda y se sienta en una de las literas.
—Cómo has estado Alfred—dice Rick tímidamente—ha pasado tiempo desde
que nos vimos por última vez.
—Si han pasa muchos años.
—Bueno Rob me vino a ver—dice Rick—me dijo que te diera instrucciones
precisas de lo que tienes que hacer.
—Yo no sigo instrucciones, dime que te dijo.
—Eso es lo que tú crees—dice Rick fríamente—pero en fin primero tomaras
esta maleta e iras a Times Square, segundo te pondrás lo que hay dentro y
dirás que el fin del mundo se acerca. Por último tomaras tu arma y disparas al
primer cabron que se te acerque.
—Porque yo—dice Alfred cansado—por qué no una persona normal.
—Por eso mismo—dice Rick—por que una persona normal no lo haría. Mi
familia corre riesgo Rob prometió tenerlos a salvo si yo hacía esto.
—Hacer que—dice Alfred burlonamente— darme órdenes.
— No, destruir la prisión.
Alfred no creía lo que había acabado de escuchar.
—El chaleco si es de verdad—dice Rick con tono de tristeza—me dijo que
tiene a un vigilante que cuando tu salgas el activara el chaleco.
—Por qué no traigo a un escuadrón que la quite.
—Tiene un chip que…
Rick con lágrimas en los ojos dice.
—No hay manera de que yo salga con vida, vete y acaba con ese maldito, no
hace nada más que joder nuestras vidas.
—Lo hare— dice Alfred con determinación.
—Vete antes de que decidan estallar el chaleco.
Alfred se levantó tomo la maleta, salió corriendo con un guardia que lo dirigía
a la salida. Alfred fue el último en salir mientras corrían en el pasillo se
escuchó una fuerte explosión de otra área y seguido de demás explosiones
Alfred sale de la prisión y se dirige a su auto ignorando a Spencer, condujo
directo a madison squad Garden, se preguntó qué era lo que tramaba Rob
también que habría dentro de la maleta y peor aún si hubiera un objeto que
acabara con su vida pero no todo estaba perdido esto a un empezaba. No la
abrió durante todo el camino hacia madison squad Garden.
Alfred se coloco 3 cuadras antes para prevenir arruinar al coche, por si
necesitaba escapar no le fuera complicado. Camino lleno de miedo
dirigiéndose a la mitad de la calle. Al llegar a la mitad de la calle bebió de su
petaca abriendo la maleta lo primero que ve es un chaleco con explosivos
pegados a un chaleco. Un escalofrió le pasa al ver el chaleco. También
encontró un arma y un megáfono para hablar con multitudes. Él estaba atónito,
pensó en no ponérselo pero sabía que un secuaz de Rob lo habría visto, así que
no había marcha atrás.
Adentro de la maleta se encontraba una nota Alfred curiosamente la toma y la
lee. “Quítate la ropa. Te estoy viendo”. Alfred pensó que era una broma de
Rob. Temiendo a las represalias de no hacerlo lo hizo sin dudar, encendió el
megáfono, saca el arma de la bolsa y empieza a gritar.
— ¡Se acerca el fin del mundo!
No tardo la multitud en correr y dejar a Alfred solo en la calle con los pocos
policías que se encontraban, los policías apuntaron sus armas hacia Alfred
pidiéndole que se tumbara al piso.
Alfred también apunto su arma hacia ellos, hablado por el megáfono.
— ¡Tiren las armas si quieren vivir!
Al momento el policía la tira, a Alfred solo le paso por a la cabeza las
siguientes palabras “Esto va a terminar muy mal”
10. Una Mala Decisión

Alfred Temblaba de frio. Lo que podía pasar era sin duda alguna malo. Los
policías solo rodeaban a Alfred para que no escapara, los policías le gritan.
— ¡Que tratas de hacer!
Alfred sin más, dice la orden de Rob.
—El me pidió que hiciera todo esto porque el fin se acerca.
De pronto varias patrullas llegan, de una de ellas baja el comandante, enojado
Alfred dice.
—Carajo.
—Modera el lenguaje estas en televisión nacional.
—Rob me pidió que hiciera todo esto. — Dice Alfred — Si uno de ustedes se
acerca le pegare un tiro.
—Entiendo. — Dice el comandante — Cuando te dije que quería protegerte
era porque no quería que este tipo de cosas pasaran.
—Bueno, ja, ja, ja. — Dice Alfred riendo— Pues paso, ahora aléjese.
—Alfred no tiene que ser así.
—No entiende si no hago esto van a explotarlo todo.
—De igual modo no tenemos alternativa, tenemos que desactivar el chaleco.
— Dice el comandante Stottlemyre — El tipo de explosivos que Rob robo
tiene un rango de 25 calles. Esos explosivos son experimentales.
—No tiene sentido. — Dice Alfred extrañado — He estado en varias
explosiones y no he muerto.
— Por qué el cargamento que robo Rob solo tiene cuatro de esos.
—Y creen que este es uno.
—No lo creemos, es uno. — Dice el comandante Stottlemyre —Además ya
uso uno de los cuatro.
— En donde lo uso.
—En la fábrica de billetes falsos de los Shao feng, a las afueras de chicago.
—Bueno es explica muchas cosas.
—Alfred tienes que entregarte o déjanos sacarte de las calles para no lastimar
a nadie.
—No—dice Alfred firmemente—Nos están viendo, si se acercan no sé lo que
vaya a pasar
En el momento un cronometro se activa
—Alfred déjanos desactivar la bomba
—No, no entiende—dice Alfred que gritando de pronto. — Rob puede tener
un plan oculto y… ¡ahhhhh sal ya maldito, de donde quiera que estés!
—Piensas que no nos importa lo que Rob haga.
—No, solo digo que deberían de tener cuidado—dice Alfred—aléjense para
cumplir las órdenes de Rob.
—Sabes…—dice el comandante cansado—El gobernador está sobre de mi
porque mi mejor detective se ha vuelto loco haciendo desastres por toda la
ciudad solo porque cree que esto lo llevara hacia el criminal más buscado del
mundo.
—Bueno, cuando lo dice así suena peor de lo que parece.
El comandante desesperado dice.
—Adelante con el equipo antiexplosivos.
—No se acerquen—dice Alfred mientras saca su arma.
En ese momento se acercaron dos personas del equipo antiexplosivos,
cargando un portafolio.
—Nos vamos a acercar comandante.
—Ni en sueños aléjense.
—Alfred cállate y coopera.
De pronto uno de ellos se acerca caminado, temblando Alfred vuelve a insistir
mientras les apunta. Alfred pensó que al dispararle al hombre no le haría
mucho daño, así que apunto al comandante.
—Dígale que no se acerque.
El comandante sin titubear dice.
—No cometas un error de ese tamaño Alfred.
Alfred vio que se acercaban más rápido.
—Con un carajo dígale que se aleje a la cuenta de tres.
—Alfred déjanos controlar la situación.
— ¡Tres!
Sin parpadear Alfred jala del gatillo, un fuerte estruendo sacude a todo los
oficiales. Alfred levanta la vista, el comandante se guía de pie como si nada le
hubiera pasado. Alfred miro al piso, estaba lleno de confeti. Alfred no sabía
que estaba pasando. De pronto un monitor de los edificios salió Rob a cámara.
—Bien hecho detective Alfred—dice Rob—nos ha demostrado lo obediente
que es. Ahora en cuanto al chaleco, no son explosivos, solo son bloques de
arcilla.
Alfred en su mente maldecía a Rob.
—Con los explosivos experimentales tenemos planes en donde emplearlos
mejor—dice Rob—ahora mismo están siendo colocados. Le diré la locación
de los explosivos por el tan bonito acto de comedia que hicieron. La primera
carga está en el banco nacional, la segunda en la estatua de la libertad, la
tercera en la biblioteca del congreso. Me despido Alfred.
En ese momento un temblor empieza a sacudir la calle de madison. Las
alcantarillas salieron volando Alfred al momento tomo sus cosas corrió hacia
su auto y conduce al hotel. Alfred había vuelto a fracasar. Pensó que Rob tenía
planes diferentes, la cabeza le daba vueltas.

11. Sucesos Inesperados

Alfred sentado en la cama del hotel, con las manos apoyadas entre sus rodillas
mientras dejaba reposar su cabeza en ella. Se preguntaba donde seria el ataque
de Rob, era algo impreciso donde podría un lunático atacar era como jugar a la
gallina ciega no sabias de donde te atacarían a menos de que dedujeras de
donde estaba el sujeto para darte una idea. Pero el caso es que aquí no se sabía
donde estaba el otro sujeto. De la nada suena el teléfono de Alfred, era
Spencer.
—Alfred, ¿qué vas a hacer?, ¿a dónde iras?
—No lo se, Rob pudo habernos jugado una mentira—dice Alfred seguro de lo
que sabia—decir eso para distraernos, para atacar otro lugar, no lo se todo es
muy confuso.
—Pues tienes que decidirte—dice Spencer en forma de regaño—si Rob vuelve
a atacar no sabemos cuanta gente muera.
—Lo se—dice Alfred—podemos separarnos, tú ve a un lugar mencionado y
yo iré a otro.
—Pero solo somos dos—dice Spencer—necesitamos a alguien mas para
abarcar todos los lugares
—Puedes mandar al comandante al tercer lugar.
—Entiendo—dice Spencer retomando esperanza en Alfred—debemos actuar
ya, tú iras a la biblioteca.
—Si, nos vemos.
Alfred salió corriendo del hotel hacia la biblioteca, al llegar a la bibliotea
Alfred nota que la policía había acordonado el área, despejaron a toda la gente
para no causar un caos. Alfred ingreso a la biblioteca engañando al guardia de
la entrada, cuando entro se percato de que todo estaba muy calmado hasta que
un disparo irumpio la paz del lugar, provenían del sótano. Alfred corriendo
con un poco de nerviosismo de lo que se encontraría allí, dispuesto entro al
sótano. Al bajar noto que había un oficial muerto al igual que su compañero,
Alfred pensó que aquí pondrían los explosivos, continuo por el pasillo, al dar
vuelta en el final del pasillo vio a un par de secuaces de Rob colocando
explosivos en la pared, Alfred conmocionado y sin pensarlo dos veces saco su
arma, preguntándoles.
— ¿Qué hacen aquí?
—Ah, eres tu—dice un matón— te estábamos esperando.
—Esperándome—dice Alfred desconcertado.
—Si, Rob nos mando con indicaciones.
— ¿Cuáles indicaciones?
—Primera este no será el único lugar que atacara.
— ¿Que?
— Atacaremos los tres—dice el matón—segunda los muertos no cuentan
cuentos que me contaba mi madre al dormir en su regazo, por ultima si
encuentras la pista te estaremos esperando en esta dirección.
Al momento el matón voltea a ver a su compañero y dice.
—Ya acabaste.
—Si.
Al instante los dos sacan una arma, Alfred se pone a la defensiva y le apunta
con la suya pero inesperadamente los matones se pegan un tiro en la cabeza,
Alfred sin titubiar corre a ver cuanto tiempo le queda la bomba, el mira el
cronometro y dice 8 min, Alfred corre con paso algo torpes debido a los
cuerpos que ahí se encuentran, mientras corre en la entrada le dice al guardia
que huya, Alfred al salir le marca a Spencer para avisar de su situación.
—Spencer.
—Alfred.
—Sal de edificio Rob atacara lo tres lugares.
—Ya lo sabemos—dice Spencer en un tono de reproche— ya detono nuestro
explosivo.
De la nada un gran estruendo hace sacudir el suelo, Alfred voltea a ver la
biblioteca, llena de fuego se derrumba poco a poco.
—El mío también—responde Alfred —Y el comandante.
—Esta en el hospital.
— ¿Que?
—No es de gravedad pero fue lo suficiente para enviar al comandante al
hospital.
— ¿Tienes pistas?
—Si.
—Voy a tener que ir al cementerio
— ¿Porqué?
—Porque tal parece que profanaron una tumba para enterrar una pista.
—Sabes algo más.
—Es la madre de Rob.
— ¿Estas seguro?
—No lo sabré hasta no verlo.
—No puedo creer que la locuara de Rob haya legado tan lejos como para
profanar la tumba de su madre.
—Bienvenido a mi mundo.
— ¿Donde la encontraras?
—En el cementerio donde atrape a Rob.
—Bueno—dice Alfred para cortar la conversación— tengo que darme prisa,
Adiós Spencer.

12. Cementerio de Recuerdos

Alfred se dirigió al cementerio donde atrapo a Rob hace ya mucho tiempo, el


pensó en que se podía encontrar desde la tumba vacía como que estuviera
llega de cuerpos humanos, la imaginación de Rob no tenia limites, al llegar
fue con el vigilante del cementerio, el vigilante se llamaba Charles era un
viejo que había pasado por muchos años que ya nada le sorprendía.
Alfred se acerco a la caseta de charles y le dijo.
—Hola Charles.
—Alfred—dijo charles con un gran suspiro—que mis ojos se salgan si no eres
un tú, ¿cuánto tiempo?
—Mucho para ser exactos.
—Y dime, ¿qué te trae por aquí?
—Una pista.
—La última vez que viniste también fue por una pista y pues pasaron muchas
cosas—dice charles augurando algo—entre ellas atrapaste a Rob, recuerdo
cuando Rob vino esa tarde algo me decía que ese día algo cambiaria.
Recuerdo haberte visto venir, al salir llamaste por teléfono a alguien acto
seguido sacaste tu arma y corriste hacia rob. Pelearon a muerte yo pensé en
llamar a la policía pero cuando vi que ya habían llegado fui a apoyarlos.
Cuando me acerque a verte parecías un hombre totalmente diferente al que
entro parecías haberte liberado de algún mal que te acogía.
—Charles—dice Alfred interrumpiendo a Charles—no estoy aquí para
charlar, tengo el tiempo medido.
—Eh—dice charles saliendo de sus recuerdos—entonces ¿qué te trae por
aquí?
—Rob salió de prisión y una pista me condujo hasta aquí.
—Bien pues, ¿en que te puedo ayudar?
—Tenemos que profanar una tumba.
Charles se quedo atónito de lo que acaba de oír.
—No podemos hacer eso, es ilegal—dice charles tarta mudando como si le
contaran que hay una fantasma en su casa.
—Charles yo soy la ley—dice Alfred para tranquilizar a Charles— ahora trae
una pala.
Charles trajo una pala y su abrigo. Alfred camino por el cementerio hasta que
diviso la tumba de la madre de Rob, le traían tantos recuerdos, pero no eran
recuerdos agradables eran una mezcla de ira y angustia. Charles lo saco de ese
transe que tenia al ver esa tumba en especial, con una palmada en la espalada
era suficiente. Alfred se coloco encima de la tumba y enterró la pala en la
tumba de Margot Wallace, así se llamaba la madre de Rob. Charles
preocupado por perder su trabajo le dice a Alfred que mejor pare, entonces
Alfred dice:
—No charles, tengo que hacer esto, si no los próximos que tengan que
desenterrar serán a nosotros.
Al momento charles dejo seguir a Alfred.
Alfred escavo hasta que sintió algo, pensó que era el ataúd, pero era una caja.
Alfred saco la caja, con ayuda de charles la llevo hasta la oficina de charles,
para inspeccionarla mejor. Al abrir el cofre se encontraron con una joya para
ser exactos un diamante en forma de lágrima.
—Eso que tiene que ver con Rob, solo es un Diamante cualquiera.
—No charles, no solo es un Diamante cualquiera es un Diamante hecho en la
joyería más lujosa de la ciudad ellos utilizan cortes de este tipo, no como los
convencionales, ya sé a dónde ir,
—No crees que es una trampa—dice Charles advirtiendo a Alfred
—Es muy probable pero tengo que ir
Alfred se despide de charles. subió al auto y condujo hasta la joyería
Alfred se estaciona justo enfrente de la joyería, mira actividad dentro del
recinto, baja del coche y entra a la joyería. Al entrar nota que se escuchar
ruidos seguidos de estruendos grandes. Alfred saca su arma y dice.
— ¿Hay alguien?
De pronto una cara familiar se pone enfrente de él. Era Rob con dos matones
armados. Alfred se congelo, no podía mover ningún musculo, era como si
viera a un muerto.
—Alfred viejo amigo—dice Rob con un tono caluroso.
—No soy tu amigo—dice Alfred fría mente.
—Que cruel, yo te considero mi mejor amigo—dice Rob reprochando a Alfred
—Que haces aquí Rob
—Bueno estoy robando la joyería, como puedes ver—dice Rob en un tono
burlón
— ¿Para que necesitas las joyas?
—Bien, como veo que aun no sabes que voy a hacer, te lo diré—dice Rob
como si de un secreto se tratase—hare explotar toda la ciudad. Y reconstruiré
otra para vivir mejor y para ellos ocupo fondos los mas que pueda así que no
será la única que robare.
— ¿Porqué quieres volar toda la ciudad?
—Por que en esta ciudad solo hay gente despreciable y miserable.
—No, no es así Rob.
—Sí, así es —dice Rob como si fueran un par de niños peleando por ver quien
tiene la razón—solo por confiar en esta gente murió mi esposa.
—Rob no dejare que estalles la ciudad.
—Ya es tarde ahora mismo estamos recibiendo un cargamento de juguetitos
muy inestables.
—Tendrás que comprar millones si quieres lograr tal cosa, los que robaste no
causaron tanto daño.
—Es porque solo los colocamos en los edificios. Estos irán en puntos
estratégicos de la parte subterránea de la ciudad. La hundiremos y
construiremos robándole el pedazo que alguna vez fue del mar, como los
japoneses, no te da risa tanta ironía.
—Rob no dejare que estalles ni uno solo
—Pues ve pensando como harás para detenerme, bueno el tiempo apremia—
dice Rob mientras mira su reloj.
En ese momento Alfred sintió un gran dolor en su cabeza, le habían golpeado
por detrás al instante se desmayo, cuando despertó vio a la policía entrar a la
joyería, lo esposaron para llevarlo a la patrulla. A lo lejos vio al comandante
Stottlemyre dando órdenes que se llevaran a Alfred a la comisaria.
13. La Última Oportunidad

Alfred estaba en una sala de interrogatorio, furioso por que no tenia tiempo
que perder, ya sabía que plan se tenía entre manos Rob y tenia que actuar
antes de que fuera muy tarde. Pensando en cómo escapar de la habitación,
Alfred camina por las cuatro esquinas hasta que el comandante entra. Venia
un vendaje en todo el pecho. Alfred noto que aun cojeaba, de seguro producto
de aquella explosión.
—Pensé que estaba en el hospital descansando—dice Alfred sorprendido de
ver al comandante.
—No con dos locos sueltos por la ciudad—dice el comandante con un tono de
sarcasmo
—Que gracioso—dice Alfred algo molesto por la respuesta
—No es lo que opina mi esposa—dice el comandante tratando de dejar en
claro quien es el que esta en ventaja, esa ironía era clásica del comandante.
—Bueno, déjeme ir, porque si no muchas muertes mas ocurrirán si no detengo
a Rob—dice Alfred amenazando al comandante.
—Mira, Alfred te dejare ir si me dices que has encontrado hasta ahora—dice
el comandante negociando con Alfred.
—Me da su palabra—dice Alfred buscando cerrar el trato.
—Te la doy.
—Rob me pidió que profanara una tumba y lo que encontré en esa tumba me
llevo a la joyería, pero aun me falta ir a un lugar más.
—Y adonde tenías que ir.
—A los barrios bajos de Manhattan.
—Bien llévenlo a la celda—dice el comandante rápidamente mientras se da la
vuelta para salir de la sala de interrogatorios
— ¡Que!—dice Alfred alzando la voz— usted me dio su palabra
—Si pero como me demuestras que no me estas mintiendo
—Por que en las cosas que me confiscaron hay una joya que lo demuestra
—En tus pertenencias no hallamos nada
—Pero, ¿qué?—dice Alfred sorprendido—usted no me puede hacer esto
—Alfred no te puedo dejar ir, no cometere el mismo error, en especial por que
el gobernador esta encima de mi.
—Por mi puede ir a besarle el trasero al gobernador.
—Cuida tus palabras.
—Aquí tiene mis palabras.
Al momento Alfred levanta su dedo cordial hacia el comandante y un oficial
lo inmoviliza con un Teaser eléctrico. Alfred cae al suelo y al instante se
desmaya. Al despertar se encuentra en una celda de la comisaria, mientras un
vagabundo lo mira como si le fuera a hacer algo.
— ¿Tu eres el detective Alfred?—dice el vagabundo.
—Si soy yo, ¿cómo sabes quién soy?
—Eres famoso a como lo veas, además tú fuiste muy importante en mi vida
—Eh, ¿Por qué?—dice Alfred intrigado.
—Veras Rob mato a mi familia, la secuestro como a muchas victimas mas y
los asesino como si de animales se tratasen—dice el vagabundo apunto de
romper en llanto— yo era un gran empresario, pero la muerte de ellos hizo en
mi un gran cambio. No pensaba con claridad acabe sin mi empresa, cuando
volvió a escapar fui a darte mi apoyo pero me arrestaron por alterar la paz.
—No sabes cómo lo siento—dice Alfred tratando de consolar al tipo.
—No te preocupes, no eres el único. Veo que estas en problemas.
—Sí, ocupo salir de aquí.
—Pues yo tengo una forma de salir.
— ¿Cómo piensas salir?—dice Alfred burlándose del vagabundo.
—Tómame como rehén y amenaza con matarme.
— ¿Crees que funcione? —dice Alfred con incredulidad.
—No tienes otra alternativa—dice el vagabundo
—Tienes razón
Al momento Alfred se avanza sobre de él, tomado lo del cuello y tomándolo
de su brazo lo nada hacia su espalda, el vagabundo sincronizada mente
gritaba.
—Ayuda, ayuda, está loco.
En ese momento dos oficiales aparecen a socorrer al vagabundo y abren la
celda, en eso Alfred aprovecha para ataca a uno de los guardias empujándolo
hacia los barrotes de la celda, aturdiéndolo al instante, yendo directo al otro
guardia que asustado no sabía qué hacer grita.
— ¡Vete!
En ese momento Alfred se detiene bruscamente.
—Vete—dice el guardia—ya has causado suficientes problemas y no te
detendrás hasta acabar con esto.
Alfred impactado no sabía que hacer, esas palabras lo habían desarmado por
completo, el vagabundo le grita que se fuera, recuperando la noción de las
cosas sale corriendo. En el camino pensó en las palabras del guardia que
habían sido de gran impacto en el.

14. Una Visita al Medico

Alfred llego al barrio de Manhattan donde lo habían citado aquellos matones.


Estaciona su carro y baja a buscar alguna señal de lo que pudiera ayudarle a
resolver el caso, fumando un cigarrillo mientras caminaba por las calles Alfred
no veía nada en estos rumbos, hasta que tanto caminar dio resultados. Pero a la
vez Alfred decía que no podía ser verdad lo que estaba viendo sus ojos. El Dr.
huesos está en plena calle mirando hacia el cielo. Alfred suspira y se acerca a
él para entablar una conversación.
—Alfred cuanto tiempo sin verte—dice el Dr. huesos sin dejar de ver hacia el
cielo.
—Si, mucho tiempo—responde Alfred.
— ¿Asustado?—pregunta el Dr. huesos.
—Para nada—dice Alfred mintiendo por que en el interior se estaba cagando
del susto.
—Sabes, tú eres una persona peculiar—die el Dr. huesos sacando un tema
inesperado a la conversación.
— ¿Que insinúas?
—Nada, solo digo que a mi parecer te asemejas bastante a Rob.
—Para nada—dice Alfred con toque de frialdad al Dr. huesos.
—No, solo piénsalo, él y tu son como dos gotas de agua—dice el Dr huesos
insistiendo en el parentesco—los dos perdieron a sus esposas y esos los
motiva para lograr sus objetivos, tú no eres muy diferente de él, tienes los
mismos problemas y misma personalidad, pero con diferentes ideales.
—No, te equivocas—dice Alfred argumentando a su favor.
— ¿En que me equivoco Alfred?—pregunta Dr. Huesos haciendo un gesto de
cuestionamiento.
—En que el perjudica los demás y yo no.
—En eso también te equivocas.
—No, parece pero al menos yo estaba tranquilo, solo y ebrio en mi casa y el
matando gente en eso no somos iguales.
—Ja, no digas locuras—dice el Dr huesos—Rob me ordeno matarte porque
eres peligroso Alfred, muy peligroso.
— ¿Donde esta ahora Rob?
—El plan maestro concluirá en el World Trade Center.
—Pues no perdamos tiempo.
Alfred se abalanza sobre el Dr huesos, el doctor huesos lanza un golpe de
bolea y Alfred lo alcanza a ver, lo esquiva. Por poco no lo esquiva. Alfred
lanza un golpe al estomago del doctor y el doctor viendo lo con una sonrisa en
la cara no se inmuto ni doblego pero Alfred sufre de un gran dolor en la mano.
Alfred se agarra la mano gritando de dolor. El doctor alza a Alfred y lo arroja
contra la cera, Alfred se incorpora de golpe, el Dr. huesos se abalanzaba
contra él, Alfred lo recibe con un rodillazo apenas y logra hacer algo de daño
contra el doctor, el doctor tira un golpe hacia Alfred, Alfred no ve el golpe.
Recibió un golpe comparado con la fuerza de un tren, mandándolo volar otra
vez hacia la cera.
—Eres muy débil.
—Eso me decían todos en la academia.
—No podrás detener a Rob.
Alfred se levanta y corre hacia el Dr. huesos soltando una pata hacia su rodilla
debilitándolo. El Dr. huesos no puede hacer nada para defenderse de Alfred le
tira un uppercut, tirándolo en la cera el Dr. huesos se levanta jadeando mira a
Alfred cansado.
—Je, puede que haya una oportunidad de que lo derrotes.
El doctor toma a Alfred lo alza y lanza lejos, el Dr no pierde tiempo y se en
carrera, en ese momento Alfred saca su arma y en un parpadear acertá el tiro
sobre la cabeza del Dr. huesos. El Dr huesos cae lentamente, Alfred se pone
de pie. Y con una mira decidida mira al Dr. huesos.
—No desaprovechare esa oportunidad.
Alfred se dirige al World Train center para detener el plan de Rob. Ahora es
una carrera de vida o muerte.
15. World Trade Center

Recuerdo bien el World Train Center era donde Rob trabajaba, el dejo de
trabajar para tomar su venganza, tuve que ir a su oficina para hallar pistas.
Entre tantas cosas en su oficina, se hallaban esquemas planificados, notas de
victimas, historiales, todo lo que el planeaba. Pero hubo algo que me llamo la
atención, en medio de esa inmensa oficina, detrás de tanto archivo, mapas,
había una imagen medio escondida de dios, no es que era dios por que no
podrías saberlo si no que eso lo deducías por lógica. Pero que tiene de peculiar
la imagen, rob siempre afirmo ser un dios. Según el afirmaba tener un poder
superior pero el ya estaba demasiado loco, su venganza lo hizo como es. Hoy
en dia no hay mas explicación.
Alfred poniendo la cabeza sobre el volante del coche esperando afuera del
World Train Center. Alfred alza la cabeza y decidido sale del coche. El corre
hacia la puerta principal del inmueble. Peculiarmente no hay nadie en el
edificio, Alfred opta por subir las escaleras en vez del ascensor debido a que
podrían estar lo esperando y tomarlo como una presa fácil. Mientras sube se
escuchan pasos, seguido de unos golpes fuertes. Un portazo hizo que cesaran
los ruidos. Alfred sintió un frio por la espalda que le helaba la medula espinal,
subió aproximadamente 16 pisos hasta hallar algo notorio. Una puerta peculiar
se hallaba, algo le decía que entrara y sin dudarlo tanto entro en ella, al entrar
nota que esta algo oscuro exceptuando por una luz que alumbra una pintura.
Peculiarmente era un oleo de un demonio comiéndose a la gente como si
papas fritas se trataran. Alfred contempla la pintura sin mas decide retirarse
pero empezó a sentir pesadez en su cuerpo, un sueño abrumador lo estaba
atacando, había caído en una trampa.
—Debo salir antes de que…
Alfred sale corriendo de la habitación, de las ventanas salen matones de Rob.
Alfred sigue subiendo deprisa las escaleras mientras sentía ese malestar en su
cuerpo. Los secuaces corren y empiezan a abrir fuego.
— ¡Que no escape!—grita el que pareciera ser el líder de los matones
Alfred sube 2 pisos mas, al siguiente piso en medio de las escaleras es tal su
malestar que empieza a escupir sangre, atónito se queda quieto mirando la
sangre. No podía creer que estuviera escupiendo sangre.
—No, aun no puedo morir
Los secuaces de rob casi alcanzan a Alfred. Alfred toma consiesncia y corre,
cada paso es un martirio, Alfred no podía creer que moriría a escasos pasos de
su objetivo final. Con lágrimas en los ojos corria pero de un piso más arriba
matones de Rob y van a por el de ambas direcciones.
Sin escapatoria Alfred decide empezar a también abrir fuego, empiezan a caer
los primeros matones, Alfred teniendo que recargar su arma queda vulnerable,
momento que aprovechan los matones para ir en bola sobre el. Logrando a
retenerlo siendo tantos matones que lo someten. Alfred se desmayo de tantos
que lo tenían sometido se rindió y callo en los brazos de Morfeo. —Lo
tenemos lo llevaremos arriba. Cambio— siendo lo ultimo que alcanza a
escuchar.
16. Donde Comenzó Todo

Mirando por la ventana se podía ver una fría y tormentosa lluvia, que
empapaba todo Bronx. Alfred tomaba una merienda ligera mientras leía un
libro cuando alguien toca la puerta de la casa, es Spencer empapado, jadeando
mira Alfred con una mira que algo había sucedido.
—Spencer, adelante pasa—dice Alfred dando paso a Spencer para que entrara.
—No—dice Spencer interrumpiendo a Alfred bruscamente—Alfred tienes que
venir conmigo pero necesito que te tranquilices.
—No puedo, tengo que esperar a Sally—dice Alfred— pero tranquilizarme de
que.
—Algo le sucedió a Sally.
En ese momento Alfred se queda mirando a Spencer. Spencer tiene una
mirada de preocupación. Alfred toma su abrigo y sale corriendo con Spencer.
Cuando llegan al lugar del incidente, Alfred empieza a derramar lágrimas
cuando ve la escena. Y Spencer dice.
—Alfred, cálmate no hagas una locura.
—Déjame salir —dice Alfred sin dejar de ver por la ventanilla del auto.
—Tranquilo deja que venga el comandante—dice Spencer tratando de
tranquilizar a Alfred.
—Cállate y déjame salir—dice Alfred en tono alto y cortado por el llanto de
su interior.
Spencer levanta los seguros del coche dejando salir a Alfred. Camina
lentamente hacia el cuerpo de Sally, el comandante esta junto al cuerpo de
Sally. El capitán voltea y ve a Alfred y lo detiene para que no vea el cuerpo.
—Déjeme ver que le paso—dice Alfred mientras lo sostiene el brazo del
comandante— ¡suélteme!
—Tranquilo, te diré todo lo que paso. — El comandante con un tono algo
lúgubre recuerda los hechos— recuerdas lo que sucedió hace unos días, el
criminal nuevo que apareció en la ciudad. Rob, el fue, el la mato.
—Lo atrapare, hare que page por lo que le hizo—dice Alfred mientras pasa su
mano por sus ojos llenos de lágrimas.
—Te daré el caso. —Dice el comandante con determinación— atrápalo, ya
causo bastante ese infeliz.
—Lo atrapare y cuando lo haga lo llevare ante la justicia—dice Alfred
mientras se agacha para ver el cuerpo de Sally.
En ese momento Alfred despierta de su sueño, esta atado en una silla de metal,
inspeccionando la habitación es un cuarto oscuro lleno de cajas, en medio de
la habitación un bombillo que irradia una luz clara que te ciega con solo ver
un instante. De repente se abre la puerta de la habitación. Entra Rob solo.
—Rob, maldito, cuando me libere te hare pagar por todo lo que has hecho—
dice Alfred con una furia que daría energía a un reactor nuclear.
—Ver que—dice Rob en un tono retador—me vas a matar, no pudiste la
última vez.
—Tch—dice Alfred debido a la impotencia que en ese momento sentía.
— ¿Sabes por que aun no estas muerto?—dice Rob.
—No.
—Te diré que yo podría matarte fácilmente con mis propias manos pero…—
dice Rob con una pausa bastante siniestra— prefiero verte morir con toda esta
ciudad.
— ¿Por que volviste?, ¿por que hacer esto ahora?—dice Alfred atacando a
Rob con una serie de cuestionamientos.
—Lo hago porque este mundo se fue al carajo desde hace mucho tiempo —
dice rob moviendo su mano derecha desde su corazón hasta al posición de su
hombro derecho— no puedo dejar que este marivilloso paraíso se acabe
pudriendo, en su lugar cortare el pedazo hechado a perder y disfrutare del
resto.
—Piensa en que dirá tu hija—dice Alfred tratando de hacer reaccionar a Rob.
—Tu que sabes de tener hijos Alfred—dice rob en tono elusivo—tu nunca
tuviste hijos.
Con lágrimas en los ojos Alfred dice.
—Nunca llegue a tener por que tú mataste a la única mujer que he amado.
—Calla ya—dice Rob tratándose de quitar la culpa de encima.
—Crees que haces lo correcto pero no es así el acabar con la ciudad no te dará
eso que tanto buscas.
—Entonces que es lo que me lo dará—dice Rob—si el bien que actual mente
conocemos solo nos ha traído problemas, la gente ya no cree, la gente ya no
respeta la vida de los demás, todos se creen superiores a los demás y esas es la
única realidad, hoy en día ya no hay cabida para seguir dejando ganar a los
que no buscan el bien común, a las que buscan doblegar a las mentes débiles y
no enaltecerlas, confié en que el bien que todos procesan y lo único que
obtuve por acatarlo fue que mi esposa muriera, pero si impongo mi bien ya no
habrá mas sufrimiento ni miseria en ese nuevo mundo que voy a disfrutar
junto con todas las personas que me rodean.
—Esa no es la solución, no por que hayas sido victima de un suceso
desgarrador significa que tú tengas el derecho de hacer lo que te sucedió a los
demás. Y que por eso tengamos que pagar todos nosotros.
—No es la solución, solo por que muera gente no significa que no sea la
solución, a veces hay que hacer pequeños sacrificios—dice rob sínicamente—
pero que tan lejos esta tu de eso Alfred, el detective que nunca ha fallado un
caso, pocos son lo que conocen tus métodos y traumas, dime para llegar hasta
aquí cuantas personas tuvieron que haber muerto, cuantas veces no aventajas
te a alguien mas para obtener lo que querías, sínicamente dejaste morir a
buenas gentes y no lo cargas en tu consistencia, a pesar de que yo mismo te
los ponga enfrente preferirás verlos morir que sacrificar tu objetivo. Adiós
Alfred fue un placer tener esta charla.
—No Rob, no te vallas.
Alfred tratando de zafarse de las ataduras de la silla se tira y se cae. Al
instante Rob le suelta una patada lo que hace que se desmaye.
17. Sin Salida

Alfred despierta de estar inconsciente, buscando la forma de zafarse de las


ataduras de la silla, poco a poco alcanza su navaja del saco y se desata de la
silla, se levanta y sale de la habitación desarmando no tenia su equipamiento.
—Tengo que detenerlo, si no lo hago moriremos todos—pensó Alfred al ver
que estaba como había empezado, sin nada.
Empiezo a subir las escaleras, y al subir los tortuosos pisos se da cuenta que se
haya a la mitad del edificio. Sin darse cuenta encontró lo que parecía ser una
bodega y ve armamento de los matones de Rob, todo un almacén de guerra,
entre el equipamiento ve sus cosas, las toma, se coloca su pistolera y su arma
en su lugar, ve que en el almacén había un par de guardias cuidando el
armamento, lo sabe por que había pedazos de sándwich en el piso con una par
de latas de cerveza, además de que habían dejado el televisor encendido,
prestando un poco mas de atención ve el que esta puesto en el canal de las
noticias, donde estaba la cámara captando al World Train Center. En el banner
del noticiero tenia escrito “World Train Center sufre toma terrorista” la
cámara de repente apunto a un ventanal de la ex oficina de Rob, Rob estaba
cruzado de brazos viendo el paisaje, al notar la cámara señala una bomba del
tamaño de un elefante en los pisos superiores, la toma cambia y el coronel
aparece en cámara, diciendo no es la única las demás estarían en algún lugar
del edificio. Y que evacuarían lo más rápido posible.
—Maldición debo darme prisa—dice Alfred preparando todo el equipamiento
que podía llevar.
Alfred corre y sube hasta que se encuentra con los pisos de los cubículos, en
una puerta se encuentra dos guardias. Alfred se oculta y respira, sale de la
cobertura, dispara a los guardias, uno cae al momento. El otro guardia se
oculta tras la cornisa de un cubículo próxima. Al instante que lo ve correr a
cubrirse Alfred se abalanza sobre el pasillo, dispara al guardia sin siquiera
apuntar y le da en la cabeza mientras el se trataba de ocultar. Al acabar este
pequeño enfrentamiento se asoma por la puerta que custodiaban los guardias.
Y logra ver a rob frente al ventanal, al mirar atrás el piso de los cubículos ve
junto a los muchos guardias apuntándole, al mismo tiempo rob dice.
—No le disparen—dice Rob sin desprender la vista desde el ventanal.
Todos bajan sus armas, Alfred apunta hacia Rob y Rob empieza a reír.
—Vas a jalar del gatilllo—dice Rob en tono burlón—hazlo, tienes una
oportunidad de detener todo esto.
—De que sirve si al disparar ellos lo harán.
—Todo tiene un precio que pagar.
—Entonces no perdamos el tiempo—Alfred levanta el arma y dispara.
18. Una Medida Desesperada

Alfred alza su arma y dispara hacia los ganchos de lámparas aprovechando la


distracción se abalanza contra el escritorio de la oficinal del ventanal mientras
los hombres de Rob se posicionan para atacar. Alfred dispara eliminando
fulminantemente a varios de los hombres de Rob. Era para el demasiado fácil.
Rob toma a uno de sus hombres de escudo humano sale de la oficina mientras
acciona el cronometro de la bomba.
—Muy tarde Alfred, solo uno de los dos saldrá de este edifico.
En el acto Rob sale corriendo hacia el elevador dirigiéndose al helipuerto.
Alfred sigue en medio del tiroteo pero sus recursos son limitados a pesar de
eliminar a varios de los guardias. Llegado el punto de que uno de los guardias
lanza una granada. Cae justo al lado de Alfred al ver la granada Alfred corre
fuera de su cobertura pero sin darse cuenta de hacia donde corría choca contra
el ventanal rompiéndolo gracias a la onda explosiva de la granada. Se siente
como una ave al surcar los aires pero sabia que el no volaría si no que lo
esperaría una seria caída, sin embargo cae sobre el anden de la limpieza.
Alfred se incorpora en el anden, escucha gritos de heridos por la explosión,
Alfred patea la palanca del anden haciendo que suba hasta el piso de donde
callo para volver a entrar al edificio, al entrar solo quedaba un guardia mal
herido fuera de la destrozada oficina se le acerca y dice.
—Como puedo detener la bomba.
—No se puede.
Alfred apunta su arma hacia el.
—Con el control maestro.
—Y donde esta ese control.
—En el abrigo de Rob.
—Maldita sea—Alfred le deja de apuntar y dice— ¿donde esta Rob?
—El va a escapar por helicóptero.
Alfred corre hacia el elevador, de paso toma un arma de los guardias, mas
balas y sube en el elevador al helipuerto. Mientras sube por el elevador
enciende un cigarro y preparo su arma. Bebió de su petaca. No podía pensar
era tan grande la presión que solo pensaba en Rob, solo en Rob, era la misma
sensación de ese entonces Alfred ya no podía seguir estaba tanto mental como
físicamente agotado era un milagro que siguiera de pie. Lo que hacia que
siguiera era estar tan cerca de terminar y de terminar todo lo que le perseguía
desde el día que conoció a Rob. No podía rendirse. El sonido del elevador
sonó para decir que había llegado el momento no había vuelta atrás Alfred y
Rob tendrían la batalla final. El ambiente era más denso de la habitual, se abre
las puertas del elevador y se puede ver a Rob esperando el helicóptero.
19. La Batalla Final

Cuando la puerta se abrió, Rob veía desde lo más alto de World Trade Center
la vista de la ciudad mientras esperaba el helicóptero. Alfred no duda y
dispara. Falla el tiro por poco. Algo que no era habitual en Alfred.
—No te rindes verdad
—Rob estas, arrestado
—Ja, ven a por mí si tienes el valor—dice Rob mientras se da la vuelta para
ver bien a Rob
—Maldito ya veras
Alfred se abalanza sobre Rob, Rob inmediatamente le tira un golpe a la cara,
Alfred cae al suelo. Alfred se levanta de golpe pero no le da tiempo suficiente
y Rob le arremete una patada en el estomago. Alfred gritando de dolor en el
piso gira para evitar los ataques de Rob. Se levanta y lanza un golpes sin
pensarlo, Rob esquiva los ataques, Alfred retrocede, Rob es el que ataca
aprovechando la oportunidad, Alfred suelta una patada enganchándola hacia
Rob, haciéndolo caer al piso, Alfred se adelanta y salta sobre Rob pero Rob lo
anticipa y pone un pie hacia el aire y Alfred cae sobre el pie mandando lo
hacia un lado. Los dos se levantan para diriguirse como dos pugilistas
profesionales en guardia para intercambiar una serie de golpes es como si los
dos estuvieran danzando con ritmo perfecto, con un aguante como ningún
otro, sin fallar ningún paso. Rob en medio de esa danza lanza un uppercut
mandando a Alfred al piso Alfred se levanta del suelo limpiándose la sangre
de la boca mirando a Rob dice.
— ¡Maldito!
Rob tranquilo y con serenidad espera a Alfred, al acercarse Alfred Rob le
suelta una patada rompiéndole una costilla mas de las que ya tenia rotas, el
dolor no era mas que el que sentía por perder lo que mas amo por culpa de
Rob, aunado a eso Alfred le suelta un gancho que lo hace retroceder. Los dos
se miran fijamente. Alfred saca su arma y sin cambiar su postura rob dice.
—No vallas a fallar como hace un momento
Alfred con furia jala del gatillo al momento rob reacciona como si fuera mas
rápido que la bala alejando el arma de el, rápidamente le quita el arma a
Alfred y la tira, con un rodillazo en el abdomen es suficiente para calmar a
Alfred y dejarlo retorciéndose de dolor en el piso. Rob toma el arma del piso y
apunta a Alfred.
20. Un Tiro Certero

En el helipuerto Rob apunta el arma hacia Alfred. Alfred herido y sangrando


mira a los ojos a Rob y dice.
—Ahora tú no tienes que fallar.
Rob ríe.
—Ja, ja, ja—rie incrédulo—alguna última voluntad Alfred.
Alfred saca su cajetilla de cigarros.
—Adelante si esa es tu última voluntad.
De la nada rob dice algo mientras Alfred le da una calada a su cigarrillo.
—Sabes has sido un dolor de culo desde que te conocí.
—Ja—dice Alfred burlonamente—con que cara lo dices. Cuando mataste a mi
esposa yo no pensé en nada mas que atraparte y ahora me sales con que yo soy
un mal nacido.
—Cuando te vi la primera vez pensé que te habías acercado por casualidad y
eras un policía más fácil de eliminar—dice Rob con tanta añoranza— pero
sobrevivías a toda inclemencia y desifrabas todas mis artimañas, desde ese
momento supe que había alguien que me comprendía.
—Yo no logro comprenderte—dice Alfred
—Eso dices pero tu y yo somo los que mas perdemos—dice rob explicando—
miralo de esta forma si yo gano el siguiente paso de mi plan la gente no lo va
alcanzar de entender y tendre muchos problemas para ejecutarlo, en el dado
caso de que ganes nadie entenderá el por que tuviste que hacer todo esto,
muchos creran que lo hiciste por salvar a la ciudad pero vamos tu y yo
sabemos que en el fondo solo lo hiciste por venganza nada te alimento mas
para llegar hasta aquí, que el deseo de vengarte. No podras vivir con eso en
mente, mucha gente murió por lograr tu cometido. Ja, ja, ja eres de lo mas
sínico que pueda exitir.
Alfred había acabado su cigarrillo. Tira la colilla. Los dos se miran y Alfred
dice la primera palabra.
—Llego la hora.
— ¿Nos veremos en el infierno Alfred?
—Probablemente.
—No entres sin mí.
—Jamás lo haría.
Rob apunta hacia Alfred y dice.
—Adiós viejo amigo.
Jala del gatillo y suena un gran estruendo al momento Alfred saca de la parte
de atrás de su pantalón un arma que había estado guardando y sin tiempo para
apuntar tira. Dándole a Rob en la cabeza. Alfred ve caer el cuerpo de Rob
mientras el se reincorpora de pie.
21. El Fin

Rob cae lenta mente ante los ojos de Alfred en ese momento el comandante
Stottlemyre entra con un equipo de S.W.A.T. El comandante toma a Alfred y
le quita el arma, lo lleva a elevador y Alfred le dice.
—Quítenle el control.
El comandante da la orden con solo mover la mano, le quitan el control y
desactivan la bomba. En la calle Alfred siente que su cuerpo se libero de una
gran carga en los hombros, el comandante se le acerca y le dice:
—Estas mejor.
—Si solo que…
—Solo que ahora si jalaste el gatillo—dice el comandante a completando la
oración de Alfred.
—Tenia que hacerlo.
—Lo se—dice el comandante con una tono de certeza—tomate unas
vacaciones y cuando te sientas mejor vuelve al trabajo si ocupas ayuda solo
llama otra vez la ciudad esta en deuda contigo.
En ese momento Alfred se dirijo a la primera planta, un cumulo de agentes de
la policía se encontraba a las afueras del edificio, todos los oficiales le
aplaudían y alababan a Alfred, Alfred estaba tan aturdido después del subido
de adrenalina que no escuchaba lo que le decían, caminando entre la multitud
de la gente desmaya y lo llevan a un hospital.
Epilogo

Estuvo una semana en el hospital tras su aventura. Al salir los médicos


agradecieron lo que hizo por la ciudad. Alfred sin más agradece sus halagos y
se retira. Al llegar a su casa, abre la puerta y la cierra. Se quedo observando su
casa milagrosamente no fue banda lisada o destruido. El se recarga sobre la
puerta al notar eso, estaba a salvo lo que aun hacia recordar a Sally. Se deja
caer sobre el suelo deslizándose sobre la misa cae de culo y suelta un llanto de
alivio y hay mismo se queda dormido. Y cuando se levanta tira todo el alcohol
y los cigarrillos que en la casa se hallaban. Después sale a correr para dejar de
pensar en Rob. Se da cuenta que la gente lo veía como un héroe pero para
otras era una persona mas entre muchas tantas mas y que no era un día
especial si no que para ellos era otro jueves normal. Después de unos largos
meses Alfred decide volver a la acción. Alfred volvería su vida normal, todos
le admiraban pero el sabia que no lo hacia por ellos si no que lo hacia por
venganza y que tendría que vivir con eso toda su vida. Pero Alfred ni se
inmuto en lo más mínimo. Y cuanto antes se dispuso a redactar el papeleo del
caso de Rob.
Alfred entra a la oficina del comandante y dice.
—Aquí tiene el informe del caso de Rob.
—Alfred—dice el comandante teniendo algo que decir.
— ¿Que pasa?
—Tengo que pedirte una disculpa
— ¿Por que?
—Yo solo buscaba protegerte pero solo tu podias haber acabado con esto—
dice el comandante—Pero antes de que te vallas, tengo algo que decirte.
— ¿Que ocurre?
—Se que sonara algo extraño pero…
—Más extraño que el regreso de Rob.
—Algo así.
—Ha habido reportes de que han visto a un ex oficial en la ciudad y esta
cometiendo ciertos actos sospechosos.
—Pero, ¿que tiene de especial esto?
—El oficial es tu ex compañero de patrullaje.
— ¿Frank?
—Si, pero antes de sacar conclusiones mejor ve a investigar
En ese momento Alfred sale de la oficina del comándate.
1
Después de desatarse el incidente de madre tierra se creó la
organización de exorcistas. Todo aquel que quisiera y fuera
elegido para brindar apoyo a la noble tarea de recuperar los
fragmentos del árbol de la vida, era bien recibido. Ese día
no solo se fundó la organización de exorcistas, también se
fundó el circulo de demonios, encabezado por el rey demonio,
que estaba bajo las órdenes directas del débil Lu. En
respuesta a la creación de este círculo, dios instaura la
legión de ángeles, manteniendo así el balance universal. A
pesar de que la organización de exorcistas fue creada por
dios estos son independientes de él. Se rigen por su propio
código y reglas. Con el pasar del tiempo y de algún juego que
dios hizo, citando un ejemplo, el hombre, se llegó a un
acuerdo por parte de los dos bandos de una rigurosa selección
de candidatos a pertenecer a sus bandos. Fue así como se
instauro la academia de ángeles y demonios.
Todo alumno que allí estudiase se convertirá en candidato
para ser parte de alguno de cualquier bando. La selección se
llevaría a cargo de grandes integrantes de los bandos, y en
la ceremonia de graduación, el mismo rey de los demonios y el
ángel líder estarían presentes. La escuela se fundó como
medio regulador para los bandos, lograr mermar la sustracción
de humanos y de creación de seres. Dando justa e igual pelea
por causas justas.

2
Un hombre trajeado y con portafolios entra a un bar de mala
muerte, motociclistas, bandidos, y uno que otro punk, se
distraían, pasaban el rato y porque no, bailaban. Una rockola
tocaba Travelin band de credence clearweader rivalval, el
hombre pasa por entre las mesas de billar, el choque de bolas
estaba en sincronía con sus pasos. Él se dirigió a la barra,
toma asiento. Al otro extremo se encuentra un chico. Con la
cabeza en la barra y las manos dentro de la chaqueta. El
hombre del portafolios le dirige la palabra.
—Tu eres Daisuke verdad?
Él chico se queda inmóvil. El hombre del portafolios alza la
mano y pide una cerveza al cantinero se la trae. El hombre la
desliza en la barra pasándosela al chico. LA cerveza choca
contra su cabeza, con un ligero golpecito, como una gota de
agua. El chico levanta la cabeza y ve de reojo al hombre,
voltea a la cerveza y la toma, da un trago largo, tomándose
la mitad del líquido. Deja de beber y azota la botella en la
barra, generando un ruido que hace callar a todo el bar,
hasta a música ceso.
—Vamos a fuera.
Daisuke se levantó y salió, seguido del hombre del
portafolios que a su vez era seguido por las miradas que a su
vez era seguido por las miradas de los sujetos del bar. Una
vez salieron, todo el bullicio se reanudo.
—Quién es y qué ocupa, señor.
—EL nombre no lo ocupas, lo que necesitas saber es que fuiste
aceptado en el colegio de ángeles y demonios.
—Yo jamás pediría entrar.
—Como ya has de saber, tu no escoges, te escogen.
—Si como sea. Dale el lugar a alguien más sí; que yo no estoy
para estas bobadas.
—Sé lo de tus padres y tienes que saber…
—¡No! —grito Daisuke y acercándose al hombre del portafolios
amenazándolo con el dedo, dijo—. Mis padres no tienen nada
que ver con todo esto.
—Lo siento. Sabes que sin importar lo que hagas o haga,
tienes que asistir al colegio.
—Me rehusó. Esta vida solo me ha llenado de desgracias,
quiero dejarlo y el ir a ese colegio no es un paso hacia
adelante.
—Si te rehúsas te pondrán en la lista, y te buscaran y luego
te eliminaran.
—Que. Por el hecho de no hacer nada.
—Por lo que paso, el hecho de ser un demonio que haga nada no
te excluye de que te busquen. El hecho de que te aceptaron en
el colegio es una segunda oportunidad.
—y después del colegio qué?
—Serás candidato a la noble lucha.
—No quiero formar parte de su tonta lucha.
—Sabes que…
—¡Que no puedo hacer lo que tengo que hacer! ¿Verdad?
—Mira tú eres un demonio, hijo de padres humanos, eres un
caso peculiar.
—Por no decir “un error”.
—Crees saberlo todo, pero realmente no sabes nada, iras al
colegio y después harás lo que quieras.
—No iré, esa es mi decisión.
—Sabía que pasaría esto, lo iba a guardar como una sorpresa,
pero me obligas a usarlo.
—…
—Ella también ira.
—Quien es ella.
—Ya la olvidaste, Rachel también fue aceptada en el colegio.
—¡que!
—Si, se puso muy feliz al saber que tú también irías.
Daisuke se queda mirando al hombre del portafolios, sabían
que el que quitara la mirada, le daría la razón al otro.
—Iré
—Lo sabía —Dice el hombre del portafolios sacando de su
portafolios una pluma y papel.
—Ten firma aquí y todo listo.
Daisuke firma y le da la pluma al hombre del portafolios.
—Te veré el lunes.
El hombre del portafolios emprendió su camino a través de la
carretera. Daisuke lo vio hasta que se perdía a la vista.

3
El bullicio de los alumnos resuena en los ojos de Daisuke.
Todos le abren paso a daisuke en la multitud, como una roca
en medio de un riachuelo. Daisuke era la mancha negra con su
chaqueta y vaqueros negros, botas y varias pulseras. Los
demás siguieron la regla de una vestimenta blanca. De entre
todo el sentido una mano se levantó y grito.
—Daisuke, daisuke.
Era Rachel, se acercó Daisuke y le dio un abrazo.
—Como has estado, pequeño tonto.
—Ya no soy pequeño —dice Daisuke estirándose para mostrarle a
Rachel.
—Pero si un tonto.
Los dos ríen.
—Estas emocionado por entrar en la academia.
—Se podría decir que algo así.
—Nos veremos en el almuerzo.
—¿qué? Pero si vamos en la misma clase ¿no?
—Daisuke, los aspirantes a demonio y ángeles están en grupos
separados.
—Pero tú eres aspirante a demonio ¿verdad?
Rachel mira la cara de preocupación de daisuke ella inclina
su cabeza en señal de ternura.
—Yo soy aspirante a ángel, daisuke.
—Ya veo —dice daisuke con la cara pálida, y una mirada
muerta, viendo la infinidad del cosmos.
—Rachel! Nena aquí estas —se escuchó a lo lejos.
—Hola Clint —dice rachel saludando al chico que la llamaba.
Daisuke aza la mirada al ver a Clint, Clint es más grande que
ellos dos. Además de vestir saco y pantalones de vestir,
blancos. El chico tenía su clase, lo denotaba su porte, bien
parado, sin encorvarse. Una sonrisa en la cara, su cabello
rubio bien peinado. Podías percibir un pequeño toque a jazmín
cada vez que se movía al hablar. Daisuke se sentía en
desventajas.
—Quien es el chico de negro.
—Es un amigo de la infancia, se llama daisuke.
—Mucho gusto viejo —dice Clint alzando su mazo para
saludarlos, además de una sonrisa.
—Si, mucho gusto.
—Oye tengo algo que decirte.
—Si Clint que pasa?
—Pero tienes que ser en privado.
—Oh, no te preocupes, daisuke es de fiar.
—Es sobre eso.
—Sobre qué.
—Daisuke es un demonio.
—y…
Daisuke apretó sus puños y le intentaba matar con la vita,
cosa que Clint no vio.
—Los ángeles no podemos convivir con demonios y viceversa son
las reglas.
—pero daisuke no es malo.
—Pero no le quita que será demonio. Además, es el único este
año, creí que no habría ninguno.
—¡qué! El único.
—No lo sabias, que iluso —dice Clint riendo.
—Eso no tiene por qué afectar daisuke, me tienes a mí y eso
es lo que cuenta —dice Rachel acercándose a abrazar daisuke,
pero es sujetada por el brazo de Clint.
—Oye déjala en paz.
—O que demonio, me harás algo.
—Solo pídemelo y con gusto te romperé la cara.
Los dos se pusieron como animales, sacando el pecho y listos
para entrar en el ring.
—¿no?, no se peleen. Y menos por cosas como estas. Tu Clint
no tienes derecho a decirme que hacer con mi vida.
Clint baja la guarda y suelta un bufido.
—y tu daisuke ya no soy una niña pequeña para que me andes
defendiendo, te agradezco, pero se cuidarme sola —Rachel se
retira.
—De no ser por ella, te habría hecho pedazos —dice Clint.
—En tus peores pesadillas —dice daisuke.
—Pero no te angusties, yo la cuidare bien —dice Clint
olfateándose la mano con que toco a Rachel.
—Ahora sí.
Daisuke se le abalanza a Clint y lo tira al piso, cuando
daisuke alza el brazo para el primer puñetazo una fuerza lo
manda a volar un par de metros lejos de Clint.
El rey demonio Belcebú y el ángel Metatrón, separaron a los
chicos.
—Vaya no hemos empezado y ya tienen ganas de ser parte del
gran propósito.
Belcebú tomo a daisuke de la chaqueta y lo alza.
—Chico, tienes que estar al nivel, eres el único demonio, no
los vencerás a todos.
Metatrón toma a Clint del brazo y le dice.
—Eres un Kensington, no deberías de rebajarte a su nivel.
—No entiende, él empezó.
—Eso no importa, lo que importo es que tú le seguiste el
juego y peor aún él estaba a punto de propinarte una paliza.
Clint rechisto y se alejó.
—Bien creo que es hora de dar inicio a la ceremonia —dice
Belcebú. Metatrón asiente.
—Bueno demos por inicio a las actividades escolares, para mí
es un grato placer estar hoy en la ceremonia de inicio,
espero den lo mejor de sí año con año, para que puedan ser
seleccionados en uno de los bandos.
Mientras Belcebú proseguía con su discurso un par de
aspirantes a ángeles hablan entre sí.
—¿Oye, pero todos seremos aceptados o qué?
—No tonto, solo los mejores.
—y que pasa con los demás?
—Pues nadie lo sabe con certeza, pero lo que si te aseguro es
que si te eligen tendrás la vida resuelta.
—Enserio?
—Si, si cumples con todo llegaras a ser un gran ángel como
Gabriel o Rafael.
—Vaya, en ese caso el demonio lo tiene fácil, ¿no?
—No te creo, si no pasas la gran prueba. Sera una deshonra.
—Prueba, cual prueba.
—Serás tonto, la gran prueba Blizerg.
—Como prueba final los mejores de cada casa se baten en un
duelo para ganar su título.
—ya veo.
—Mira ya va a acabar su discurso.
—Por eso les doy la más grande de las suertes, y los veré en
el Blizerg, ¡Si! —grito Belcebú.
Él y Metatrón se retiran y los demás pasan a sus aulas.
Daisuke se queda observando al panel de maestros y figuras
famosas. Todos en su asunto, dos maestras de vestidos
exuberantes chismeando entre sí. Un maestro dormido en la
silla. Un maestro de piel de roca que vigilaba a los alumnos
como cámara de seguridad de izquierda a derecha y de regreso.
Además de maestros trajeados y lindas administrativas había
un viejo de barbas blancas que despierta al maestro dormid.
Los dos se retiran.
Daisuke también emprende su camino a su salón. A lo lejos ve
a Clint junto con Rachel. Daisuke se notaba cabizbajo.

4
Daisuke se hallaba solo en su pupitre en medio de un mar de
butacas. Pasaron dos horas y media, nadie llegaba. Daisuke se
desesperó y subió a pedir informes. Se paseo por los salones
viendo a los profesores hacer malabares para llamar la
atención de sus alumnos, todos los alumnos parecían
hipnotizado por sus maestros. En uno de los salones Daisuke
encontró a Rachel, y junto a ella Clint. Todos reían y
participaban. “Que envidia, no puedo estar junto a Rachel,
solo por ser un demonio”. Daisuke siguió su camino a las
oficinas. De paso se detuvo en a maquina expendedora y saco
un refresco de cola y se largó. Cuando llego a las oficinas,
un silencio reinaba en el lugar, si ponías atención una
sinfonía, se escuchaba cuando la impresora imprimía y alguien
ponía una grapa, a la vez que salía un fax o rompían un sobre
de correspondencia. Daisuke se acerco con la secretaria que
adorna antes de todos los cubículos. Se le acerca y pregunta.
—El director donde esta?
Ella no despego la cara del computador.
—Señora, Busco al director.
Nada hacia despegarse del computador. Solo sonaba el clic del
mouse.
—Disculpe señorita, tengo una cuestión.
La secretaria voltea y le contesta.
—Si dígame.
Daisuke no podía creérsela y continuo.
—Busco al director.
—¿Oh, eres Daisuke verdad?
—Si.
—Te esta esperando, al fondo de los cubículos a la izquierda.
Daisuke confundido dijo.
—Me estaba esperando?
—Si chico, anda que no tiene todo el día.
Daisuke sin rechistar camina por los cubículos y generando un
ruido seco por la alfombra del piso llega a la oficina del
director.
Da tres toques y escucha una voz decir.
—Pasa chico, esta abierto.
Daisuke abre la puerta y se introduce en la oficina. La
habitación es oscura, el entra por las persianas de la
ventana iluminando a rayas largas la oficina. La silla esta
volteada y Daisuke toma asiento. La silla se gira y se da
cuenta de que el director es el viejo de barbas largas
blancas. Los dos se miran por un instante y el director rompe
el silencio.
—Hola Daisuke, me llamo Lindelöf, soy el director del colegio
demoniaco.
—Si, este la secretaria me dijo que usted me esperaba, acaso
sabe porque no tengo clases.
—Martha te dijo eso, oh ya veo. Es porque tu tutor no vino.
—¿Tutor?
—Oh, es verdad eres nuevo. Como fuiste el único demonio este
año se decidió que tendrías un único tutor, a cargo de ti.
—Y bueno dónde se metió.
—Esa es la cuestión. No vino.
—¡Qué!
—Cálmate niño, ya sé porqué Martha te dijo que te esperaba,
ten —dice el director Lindelöf mientras anota en un postip.
Se lo entrega a Daisuke—. Esa es su dirección, chico, ve y
averigua que pasa, al fin que no tienes nada que perder
verdad.
—Eso creo.
Daisuke toma el postip y se retira.

5
Daisuke tomó el metro para llegar a la dirección indicada. La
estación ésta vacía. Ni un alma transito las calles. Un
momento se detiene Daisuke a oír el sonido de las cigarras.
Mientras camina su jadeo es perceptible sin necesidad de
pegar el oído a su boca. En un punto llega a un cruce donde
las vías del tren pasan por la calle, la cerca que sube y
baja para obstruir el paso esta abajo, Daisuke no ve a lo
lejos ni un tren. Incluso no logra oírlo. Pensando que seria
un error el pasar por debajo de la barra y sigue su camino,
un camino hacia la zona de viviendas, el bosque convivía con
las casas. Daisuke vio a lo lejos una gran casa color vino,
era lúgubre. Rayando en lo tenebrosa. Podría jurar que una
sola nube gris se posaba encima de la casa, con el cielo azul
despejado. El trago saliva y dio una plegaria de que no fuera
esa la casa que buscaba. El reviso el papelito y checaba las
direcciones de la calle, poco a poco se acercaba a la casa
vino, Daisuke juraba que se detendría antes de tiempo, pero
antes de llegar se topo con una casa rodeada de una valla
blanca y en forma de flecha, en ella una persona en
sandalias, bermudas y una playera de los Yakult shallows
regaba con manguera el jardín. Era un jardín bien cuidado
resultaron flores de todo tipo, ademad de un buen cercado y
colorido rosal. El sujeto voltea a ver a Daisuke y le dice.
—Necesitas algo niño?
—No, gracias.
—Seguro?
—Si, bueno no —corrigió Daisuke—. Estoy buscando la calle… —
Daisuke revisa el postip— Sa**** L*** 23.
—Es aquí —Contesta el señor.
—Oh, ya veo, se encontrará Midoriya.
—Hablas con él.
Daisuke se queda observando al sujeto mientras él riega las
plantas dándole una gran sonrisa burlona. Su sonrisa dejaba
escapar sus dientes en forma de picos, algo peculiar.
—Bueno y porque no fue a clase.
—Creí que seria buena idea que hoy tuviéramos una actividad
al aire libre.
—Y por qué no me aviso.
—Si lo hice, acaso no te dio mi dirección el director.
Daisuke lo mira sin poder creérsela.
—Mira chico no es por ser un capullo, pero creeme que no
quieres tomar clases siendo el único demonio en el campus.
—crees que no valgo nada al lado de ellos.
—No. Solo que tu y ellos no son buena combinación —dice
Midoriya dejando de regar las plantas—. Vi tu pelea con ese
tal Kensington, una completa bazofia, cualquier otro
aspirante a ángel te hubiera roto el orto.
—Tu crees…
—Qué si lo creo, claro que lo creo, no puedes transformar
energía demoniaca y crees que así los vas a vencer a todos.
—Cómo sabes que no puedo transformar.
—Sencillo niño, nadie en tu corta vida de demonio te ha
enseñado a canalizar ese poder que tienes. Toda tu vida te la
has pasado siendo superior a los humanos por tu increíble
fuerza que ellos no tienen. Solo que ahora no son humanos lo
que te molesta, son demonios, exorcistas, ángeles tú me
entiendes un simple puñetazo no les harán ni pio.
—Y como me transformo en demonio.
—Primero necesito desayunar —dice Midoriya.
Midoriya le hace una ademan a Daisuke para que pase a la
casa. Daisuke pasa por el jardín y se coloca en la puerta de
la casa.
—Una cosa más joven Daisuke, esta no es mi casa.
—Entonces cuál es tu casa?
—Esa de allá.
Midoriya señala la tenebrosa casa vino. Daisuke no podía
contener su miedo a la casa vino, las manos y el pecho le
empezaron a temblar como si sacudieran una lata de pintura.
Su voz entre cortada reclama respuestas a Midoriya.
—Co…como qu…que no…no…no es t…tu…tu casa?
—Si, yo solo vine a regar las rosas, desde que me mude han
estado marchitas y no podía dejar que murieran, así como así.
Midoriya empezó a caminar hacia la casa. Daisuke sentía los
pies como dos buques de carga llenos de miedo. A pesar de
tener gran fuerza, levantar los pies le hacía sudar a
borbotones, respirar como si fuera a toda maquina y como si
caminara con pantalones de vaquero haciendo una herradura con
sus piernas caminaba a la par de una oruga. Para no sentir
miedo opto por solo mirar al piso, cosa que no funciono
porque sintió que alguien lo alzaba por detrás, era Midoriya.
—Te gusta hacer el tonto muy seguido verdad.
—Nooooooo, nooooooo, sueltameeeeee, a esa casa no entro ni en
sueños.
—A que le temes, ¿es el color? Ya te acostumbraras.
Daisuke empezó a forcejear con Midoriya, pero este a pesar de
los golpes y patadas que Daisuke le daba no inmutaba su paso.
Midoriya baja a Daisuke en la entrada de la casa y abre la
puerta. La luz color miel tranquilizo a Daisuke al momento.
Los dos entraron, Daisuke veía las paredes de un color crema
que combinaban con los viejos sillones tapizados en blanco.
Del techo colgaban candelabros de un metal opaco con focos
que irradiaban esa cálida luz amarilla. El centro de la casa
está alfombrado, encima reposa una antigua mesa de patas
recortadas, lo suficiente corta para poder leer sentado en el
suelo las revistas que estaban sobre de ella. Ramilletes de
hortensias secas estaban por doquier, en las mesas de ambos
lados del sofá, en las estanterías de la biblioteca, en el
comedor, incluso en el baño. Las cortinas eran pergaminos
blancos desenrollados que bloqueaban la luz del sol. Los dos
pasan y se dirigen al comedor, la mesa estaba puesta para
dos. Midoriya le sirve té a Daisuke, mientras Daisuke veía el
pastel lleno de betún blanco. Midoriya corta unas rebanadas
del pastel y se acomoda para degustarlo.
—Bueno, entonces como me convierto en demonio.
—hum, que buen pastel, creeme que desde que aprendí a hornear
no sé como es que no he engordado.
—No me jodas, no vine de tan lejos para comer pastel.
—Oye, no menosprecies el pastel, el pastel es sabio. Y eso
tomalo como una primera lección —dijo Midoriya mientras tenía
bocado de pastel, traga—. Segunda lección, el convertirte en
demonio no es más que equilibrar tu energía.
—equilibrar?
—Mira cuando te pones rabioso o que cagas rayos, tu energía
se desnivela, lo que nos lleva a no controlar como se debe
nuestra fuerza. Cuando peleas no debes dejarte llevar por la
furia o el calor del momento, si no calmarte y tomar relajado
tus acciones. Así es como se nivela tu energía, no la
sobrecargues de éxtasis de la batalla, pero tampoco te
confíes demasiado.
—Esto todo? Suena fácil.
—Claro que suena fácil porque cuando uno ya lo entiende es
fácil de explicar, pero ahora pasaremos a la práctica.
Los dos terminan de comer. Midoriya le pide a Daisuke que
salga al patio mientras el trae un objeto del desván.
Midoriya sale y tare consigo un cinturón, en la hebilla tiene
forma de una cabra, el triangulo invertido estaba hecho de
hierro igual de oscuro que el cuero al que estaba sujeto.
—Póntelo —dice Midoriya.
Daisuke lo toma y se lo coloca. El cinturón le queda grande,
pero en un instante se acopla a su cadera.
—Ya está, ahora que.
Midoriya le suelta un golpe a Daisuke que lo hace
trastabillar hacia atrás.
—Que fue eso —dijo Daisuke levantándose del suelo.
—Ahora golpeame.
Daisuke a toda prisa se acerca a Midoriya dando carrera a su
puño cerrado cuando de pronto algo le detiene y su cadera es
apretada con una fuerza que hace tronar sus huesos.
—Ah, qué es esto.
—Es un cinturón de energía. Cada vez que note que no niveles
tú energía el cinturón se activa y suelta una descarga que
hace que se encoja. Duele, pero es practico.
Daisuke trata de bajase el cinturón, pero no baja solo estira
su piel junto con el cinturón.
—La única manera de quitártelo es nivelando tu energía —dice
Midoriya mientras le suelta otro puñetazo.
Daisuke vuelve al suelo, su cara empieza a ponerse como un
tomate de lo ceñida que está.
—Niño entre más te enojes más se va a apretar. Te lo digo
enserio.
—Entonces como carajo nivelo esta chingadera.
—Calmate.
—Como quieres que me calme si tú me estas golpeando mientras
esta cosa me destroza los huesos.
—Así de peladas se ponen las peleas con tus contrarios de
clase, no habrá un segundo para tomar aliento.
Daisuke se retorcía en el piso clavando las uñas en el jardín
para mermar el dolor. Midoriya se arrodilla frente a Daisuke
y le suelta un puñetazo en la cara. Daisuke se desmaya y el
cinturón se afloja.

6
En una casa de un bonito residencial se puede ver a una
familia sentada en la mesa para devorar una rica cena. El día
esta pasando de ser nublado a ser de noche. El viento corre
como el demonio y hay un frio insufrible. La chimenea de la
casa esta encendida y junto a ella un montón de maderos para
que no muera tan fácil. El papa ésta leyendo el periódico
mientras su mana como en una danza esta alineando la mesa y
vigilando la cena en el horno. El niño pequeño esta en su
alcoba jugando con sus dinosaurios. El niño por la ventana
como el viento mueve con violencia las nubes para destapar la
luna. La luna se refleja en la cara del niño, el niño esta
absorto por la luz que ella refleja. A lo lejos se oye a su
mama gritar, “Cariño baja a comer”. El niño al instante deja
sus juguetes en el piso y sale disparado al comedor. Baja las
escaleras dando brinquitos con sus piecitos de dos en dos
escalones. Corre hasta llegar al comedor, toma asiento frente
a su padre que no deja de ver el obituario.
—Puedes creerlo marta, mi amigo james acaba de morir.
—¿cuándo? Hoy.
—No, ya lleva dos días y no me aviso mi comadre ana —dijo el
papá dejando el periódico sobre la mesa— debería hablar con
mi comadre y darle mi pesame.
—Después de la cena, amor.
El padre volteo enérgicamente con su hijo que veía su reflejo
en la vajilla.
—Crees que no te escuche, cuantas veces tengo que repetirte
que no bajes así las escaleras, te vas a lastimar.
El niño sólo miro a su padre y le obedeció con la cabeza. Su
madre calmo la charla trayendo la cena. Les sirvió a los dos
y los dos empezaron a comer. De tan rico que estaba el
platillo; los dos olvidaron su pelea. La charla prosiguió
normal y tranquila, hasta que un estruendoso ruido se escuchó
en el desván de la casa. El padre alzó la mirada y se
pregunto si andaba algo mal acomodado. Lo cual en sus
recuerdos no era así. Se levantó rápidamente y asomándose por
las escaleras vio unas sombras venir a la planta baja. En un
cerrar de ojos el niño ve como la sombra levanta a su papa de
la camisa y lo arroja hacia la sala. La madre suelta
horrorizada un grito. La sombra deja de ser una y se hace
tangible. Eran un trio de muchachos vestidos al mero estilo
yonqui punketo.
—¡Vaya, linda casa señora!
La mamá del niño se abalanzá sobre su niño y lo abrazá
fuertemente para no dejarlo ir.
—No haga eso señora —Dijo el chico, zafando al niño de sus
brazos y lanzando con sus demás compañeros que lo atraparon
del pie en el aire.
El chico se quitó el chaleco de mezclilla que traía. Se
inclina donde esta la señora y empieza a manosearla.
—Nos vamos a divertir sí.
—Deja a mi esposa bastardo.
El chico voltea hacía donde se encontraba el señor y el pasa
su dedo pulgar sobra sus labios pensando en que hará para que
todo le salga bien. Se levanta y camina lentamente hasta
toparse con el señor que bufaba por mantener el aire.
—¿Qué dijiste hijo de la chingada?
—Que dejes a mi esposa, imbécil.
—Como tu gustes, empezaremos contigo.
El chico empezó a propinarle una serie de patadas, el señor
tratando de protegerse con las manos no podía superar el
poderío de las piernas. Llegado el punto donde el señor solo
escupía sangre y dejaba de protegerse. La madre trato de
ayudar a su esposo pero el otro chico se le interpuso empezó
a someterla. El niño empezó a forcejar en el aire, pero la
fuerza del matón era tanta que parecía como si hubiera
pescado una trucha y esta se agitara por no poder respirar.
—¡Ja, ja, ja! Que tratas de hacer niñito.
—Suéltame
—No, prefiero que mires esto, ja, ja, ja.
El niño soltó un grito grande y Daisuke despertó, estaba en
el sillón de la sala.

7
Daisuke se levanta y se frota los ojos. El cuarto es tenue
por la luz de la lampara y de la luna. Las ventanas esta
abierta dejando entrar el aire que sacude las cortinas.
Daisuke se para y camina a la cocina, no hay nadie. La casa
esta a oscuras y en silencio. Hasta que escucha pequeños
golpecitos en los pisos de arriba. Daisuke volvió a
experimentar ese temblor que lo paralizo en la mañana. Se
volvería a arriesgar, no estaba seguro. Camino en torno a las
escaleras, al ver los pisos de arriba noto una lampara de
mesa encendia en mitad del pasillo, la imagen le parecía
incomida, el simple hecho de seguir en una casa así a esta
horas de la noche ya lo tenía inquieto. Decidido sube los
escalones, y con cada peldaño su corazón late más y más
fuerte.
—Midoriya, estas ahí.
Nadie contesto. Cuando llego al ultimo escalón paro, una
puerta a sus espaldas rechino abriéndose lentamente. Daisuke
dio media vuelta y con su cuerpo sacudiéndose, débilmente
dijo.
—Midoriya, si esto es una broma me las vas a pagar caro.
Nadie respondió. Daisuke camino hacia la puerta y con el
corazón en la mano, abrió la puerta.
Midoriya estaba sentado en el piso del cuarto a oscuras,
frente al televisor que le iradiaba los ojos, estaba
hipnotizado.
—Midoriya, que haces.
—Eh, oh, si, daisuke ya despertaste. Que bueno, es hora de
que te vallas —dijo Midoriya saliendo del cuarto y sacando a
daisuke.
—Pero que veias.
—Nada de nada, solo un aburrido documental.
—Y el entrenamiento, que paso con eso.
—Caiste desmayado y tuve que levantarte, estas muy pesado por
cierto —dijo Midoriya sacudiendo su dedo de profesor.
—Entonces mañana vuelvo.
—Nop, en definitiva no.
—Mañana será en el gimasio de la escuela, ya hable con el
director lindeloff para que nos extienda un permiso especial,
para mi chico maravilla y yo.
—Te burlas de mi, no es cierto.
—Un poco, solo ve a casa y trata de descansar, si.
—Yo no tengo donde ir.
Midoriya frena en seco y agacha la cabeza.
—No es cierto, ¿tienes dónde dormir?, no es cierto.
—No.
—Y la casa de tus padres.
—Yo no tengo padres.
—ya veo.
—Preparare el garage.
—porque el garage, y no la habitación.
—¡PORQUE NADIE PUEDE VIVIR AQUÍ!
Daisuke lo mira asustado.
—Mira niño es complicado, dormiremos juntos, yo también
duermo ahí.
—Esta bien.
Midoriya prepara el garage y abre un catre más. El garage
esta lleno de cajas que dicen mudanza. Latas de bebidas
energizantes, llenas, medio llenas y vacías. Una pila de
coletas de cigarrillos en la imporvisada mesita de noche, que
eran gruesos libros apilados, un catre con esponja como
colchon y un par de cobertores. Un foco colgaba de un delgado
cable con un cono para concentrar la luz.
—Bonito lugar.
—Te estas burlando, no.
—Un poco si.
—No hay televisión, así que puedes tomar libros de aquella
caja.
—No te preocupes, usare la del cuarto de arriba.
—QUE PARTE DEL NO, NO ENTIENDES.
—Tampoco puedo estar en la casa.
—Solo plantas inferiores. Los piso de arriba esta en
construcción.
—No se veían para nada en construcción.
—Eso no te incumbe, los pisos de arriba no son lo que tu
crees, si no quieres meterte en problemas, lo mejor es que no
subas.
—…aunque sea una emergencia.
—Aunque sea una emergencia.
Midoriya va a la cocina y trae un par de sándwiches.
—Vaya vida, llevas aquí.
—Calla niño, al menos tengo donde pasar la noche.
Los dos terminan de cenar y se dirigen a dormir. Y ya puestos
en su catre, bien cobijados, diasuke dice.
—Midoriya.
—Ahora qué niño.
—Gracias.
—…

8
Por la mañana Midoriya y Daisuke emprenden de nuevo el largo
y tortuoso viaje hasta la estación más cercan. Pasan el
bosque donde esta el residencia.
—porque pondrían este residencial donde hay bosque.
—No lo sé niño, será porque no soy el arquitecto que lo
construyo —Dijo Midoriya a pesar de si lo sabía.
Caminaron hasta llegar a las vías del tren, pasaron por
dabajo de la barra de seguridad y siguieron su marcha al
molesto ritmo de las cigarras. Una vez llegados a la estación
Daisuke ve a Midoriya estar frente una puerta de servicio.
—Mira niño, lo que te voy a enseñar no lo deberían saber los
alumnos, pero es nuestro secretito si.
Daisuke mueve la cabeza afirmativamente.
—Si ves bien la puerta lleva a un cuarto de servicio —abrió
la puerta Midoriya, a la vez que se veía los utensilios del
conserje—, pero si tomamos el pomo y aplicamos un poco de
energía a la vez que pensamos en un lugar en contreto, en
este caso el gimnasio, nos llevara hasta el.
—No es verdad.
—Creelo —dijo Midoriya a la vez que abría la puerta que
reflejaba otra dimensión, la dimensión de gimnasio.
Los dos pasaron y pusieron sus cosas en el suelo. Hicieron
calentamineto y a la vez se ayudaron para hacer flexiones.
—Bien creo que con ese calentamiento bastara, ahora viene el
trabajo duro —dijo Midoriya sacando el cinturo de la maleta.
—No podemos hacer otro tipo de entrenamiento que no sea ese.
—Si te refieres al de la puerta, necesitas primero dominar tu
energía antes de poder hacer eso, no hay forma de saltarte el
cinturón.
Daisuke empezó a retroceder en pequeños paso, pero Midoriya
se dio cuenta de esto asique dio una fuerte sancada para
alcanzarlo, abrazandolo a la vez que le ponía el cinturón.
—No otra vez.
—Así es esto.
Midoriya le mete un golpe en el estomago. Daisuke cae al
suelo con dolor, se levanta con toda su energía e intención
de asestarle un golpe a Midoriya, pero es detenido por el
cinturón.
—AH.
—Sabes empiezo a disfrutarlo.
En eso entra el director lindeloff.
—No vayas a gritar o lo apriento más —dice Midoriya volveando
rápido a Daisuke.
—Veo que están entrenando duro, no es así.
Daisuke se retorcia en el suelo, sin soltar un solo gemido o
malestar.
—Lamento la interrupción, pero quería ver entrenar al próximo
campeón del blizerg de este año.
Daisuke ve a Midoriya como queriendo pedir explicaciones.
—Vamos que nadie nos detiene, no es así Daisuke.
Daisuke trato de hablar pero si lo hacia perdería más
concentración para eliminar el dolor.
—Estan entrenando con el cinturón, como te va con eso
Daisuke.
—De maravilla —dijo Daisuke siendo amenazado por los ojos de
Midoriya.
—Mira chaval, no se ve que la pases bien.
—No logro hacer que se nivele, y con los golp…digo los trucos
que propone Midoriya no veo el fin de esto.
—Solo relajate chaval, piensa en lo que más te calme o te
traiga paz, eso hace que tu energía se ponga estable y la
puedas dominar.
Daisuke se quedo quieto, con los ojos cerrados y la cara
concentrada, el pensaba en los momentos que pasaba con
rachel, eso le traía paz. De repente el cinturón de aflojo y
le quedo a la talla de Daisuke.
—Vez, era cosa de que te relajaras.
—Uf, ya no podía más.
—Levanta chico que hay algo que tengo que decirte.
Daisuke se levanta y se pone enfrente del director lindeloff.
El director sin previo aviso le suelta un gancho a Daisuke,
Daisuke lo esquiva, Midoriya se lanza a tirarle una patada,
Daisuke la atrapa con los brazo para frenar su impacto.
—Tiene que estar tranquilo en situaciones como esta, de lo
contrario el cinturón, como tu energía se volverán locos y
nada podras hacer.
Midoriya vio a Daisuke con orgullo y volteo a ver al director
lindeloff. El director le hizo una seña de que quería hablar
con el.
—Daisuke, ire con el director por el desayuno, quitate esa
cosa-cosa que Daisuke hizo al momento- y da unas vueltas por
la cancha, ahora regreso.
Daisuke sin rechistar empezó a dar vueltas a la chanca
trotando. El director lindeloff y Midoriya se alejaron de
gimnasio a la sala contigua de balones.
—bien Midoriya, como vez al muchacho —dijo lindeloff
rascándose el menton— es como creíamos.
—Bueno sere sincero, hay potencial que no podemos
desaprovechar.
—Cuanto le tomo aprender lo del cinturón.
—Dos intentos.
—¡Solo dos, ni el mejor estudiante que ha pisado esta escuela
lo hizo en dos intentos!
—Se esta burlando.
—Vamos Midoriya, tus cinco intentos, son nada ante esos dos
del muchacho.
Suspiro Midoriya.
—Lo sé, el chico tiene potencial, pero no creo que tenga el
suficiente, ha vivido con miedo toda su vida.
—Lo viste en el cronovisor.
—Si, después del primer intento cayó desmayado y aproveche
para ver su vida.
—Y bien…
—No es algo como lo que hayamos visto antes, sabemos que sus
padres eran mortales y el un demonio, no hay duda, pero nada
me indica como paso eso.
—Y cuando sus padres murieron. Ese día fue cuando nos
avisaron que el era un demonio.
—Nada de como pudo hacerse, parece que el es así.
—Tienes que hacer que gane el blizerg, de lo contrario
habremos perdido quizás al mejor elemento que tendremos en
siglos.
Midoriya asintió. Lindeloff se despide y se retira del
cuarto. Midoriya fue a ver a Daisuke que seguía trotando y
sudando la gota gorda.
—Bien niño, hora de ir al almuerzo.
—No lo ibas a traer.
—Fui y page dos comidas en la cafetería, anda vamos.
Los dos salen y se dirigen a comer. La cafería es grande,
como el tamaño de un hangar de avión, las mesas están
perfectamente alineadas unas con otras, el color caqui hace
que paresca una cafetería de prisión en vez de una de
escuela.
—Oye Midoriya como esta eso de que soy el próximo campeón.
—Se lo dije para que nos prestara el gimnasio, es todo.
—Bueno, después de superar el cinturón creo que no solo
quiero ser el campeón del blizerg.
—Que más, niño ambicioso.
—Quiero ser rey demonio.
Midoriya veía fijamente a Daisuke. Después de un silencio
muerto, los dos soltaron una risa.
—que buen chiste.
—No es chiste —dice Daisuke probando su rebana de pastel del
postre.
Midoriya le quita el pastel y le dice.
—Si vas a ser campeón necesitas dejar de comer esto —dice
mientras le da un vocado. Le acerca su bandeja llena de
vegetales.
—Es un chiste verdad.
—No para nada.
La biblioteca secreta

Ya olvide el día en que me fugue de casa, y también el día que empecé a vivir en la
biblioteca.

Llegue a la biblioteca después de que por fin mis padres tomaran la resolución de echarme
de casa. “Te servirá” decían.

No estoy seguro de eso, pero en cambio tengo la comida que quiero, las cosas que quiero y
lo mejor hago lo que quiero.

La biblioteca es administrada por unas personas peculiares. Ellas viven y administran en la


biblioteca. La gente suele venir, aunque nunca he visto este lugar lleno. Pepi y vincent son
los administradores de la biblioteca, ellos nos dejan vivir en la biblioteca siempre y cuando
sirvamos en algo.

Pepi es el conserje, mientras Vincent está a cargo de la recepción.

Pepi tiene un trastorno compulsivo obsesivo con la limpieza, él es el culpable de que la


biblioteca este siempre limpia.

Vincent no despega la vista del libro que este leyendo. Nadie ha tenido una conversación
con el de frente a frente sin el libro de por medio. La verdad es que Vincent puede ser un
gran escucha.

En cuanto a mí me dedico a recoger los libros que dejan regados en la biblioteca y ponerlos
en su lugar, a veces los libros que dejan las personas me dejan saber un poco de ellas,
simplemente por lo que leen, más que por cómo se ven.
Además de Pepi, yo y Vincent, vivían Thomas el jardinero y Oliver, no sabía muy bien a
que se dedicaba Oliver, soló sabía que cocinaba rico.

Todos los días me levantaba y doblaba mi catre, por indicadores de Pepi. Salía al comedor
y desayunábamos huevo, café y una torre de panques que hacia Oliver. Todos los días era
lo mismo, ni un sólo día cambiaba, fuera cumpleaños o no. Tomaban mucho café, la verdad
no soy muy fanático a morir pero ellos sí. “Algún día te gustara” dijo Oliver, “lo dudo con
sinceridad” dije. Y los viernes en la cena destapaban una botella con un líquido que sabía a
rayos y quemaba, “Ya te gustara” dijo Oliver, “lo dudo mucho” respondí yo.

Durante las comidas hablando de cosas que no entiendo, que si un señor mando hacer, que
si hiso tal cosa, que si llovería, que si cambiaba la etiqueta del café, que si el color del
tostado es demasiado oscuro y la técnica del molido, bla, bla, bla aburrido…

Y se pone más pesado cuando Vincent nos hablaba de la técnica de cocido de los libros,
porque para él el cocido de un libro es importante. Y todo sin despegar la mirada del libro.

La verdad es que son algo extraños, de la nada empezaron a bailar y hacer el tonto de vez
en cuando, excepto a Vincent, aunque Pepi me asegura que si lo ha visto.

Un día Thomas me pidió que le echara una mano en el jardín, y ahí fue donde la conocí.

Susy la chica que venía a las clases de Vincent era linda, incluso llegaba verla durante sus
clases. Venía de lejos a tomar asesorías con Vincent que era experto en no sé qué del
romanticismo de la época no se cual.

Vincent le daba un tiempo en las lecciones para que descansara y comería algo, yo
aprovechaba y me le acercaba.

Al principio no me seguía mucho el rollo, con el tiempo empezó a conversar más y más
conmigo, era increíble, sentía que quería estar más tiempo con ella, le diré a Vincent que
me enseñe eso que le enseña para que yo sea su tutor.

Así puedo pasar tiempo con ella pero las cosas no son como uno cree.

Un día empezó a llegar un chico con ella, él era su prometido, Richard ya no podía estar
con ella todo el tiempo.
Él estaba con ella todo el tiempo. Los demás sabían lo que sentía por ella pero cuando lego
Richard también auguraba lo que pasaría, un di antes de que su boda se despidió de mí, los
chicos hicieron de todo lo posible para alegrarme el día hasta Vincent despego la cara del
libro, pero era inútil, volvía a estar en el principio.

Ese día volvieron a sacar el líquido sabor rayos, al pasar los tragos, el sabor a rayos se
disipaba.

Llego un punto en donde gritamos y bailamos y reíamos, nos burlábamos de la más simple
mosca.

Una vez terminado el líquido nos dirigimos a nuestras habitaciones y durmieron, yo por en
cambio no fui a dormir. Sabía que tenía que hacer algo antes.

Así que tome mis cosas y camine por el sendero de la biblioteca y me despedí del claro del
bosque, después de haber cruzado el bosque llegue a la ciudad. Toque la puerta de mi casa,
tardaron un rato en salir, salió mi padre, y le digo.

—Lo he entendido bien padre.

—Me alegro hijo.

Jamás volví a la biblioteca, si volvía acabaría convirtiéndome en algo que no quiero ser, o
al menos no por el momento.

.
La chica del paraguas azul

La mañana del 16 de diciembre acompañe a Midori a la estación de tren. El día anterior me pidió
que la acompañara, ella se iría al extranjero en unos días, la verdad no recuerdo a qué hora me
pidió que pasara por ella, lo que si recuerdo era donde tenía que pasar por ella, pasaría por ella en
la calle donde nos conocimos. La calle no era especial o popular, sólo era especial para nosotros
dos. Nos conocimos en un local de carne asada que estaba justo en medio de la calle, los dos
fuimos con nuestro grupos de amigos, cuando mis amigos estaban charlando no dije una sola
palabra, no tenía nada que decir, al menos ese día, y la verdad no sé por qué fui, sí no hubiera ido
no habría sido mucha la diferencia de haber ido, ellos de seguro ni sentían que yo estuviera allí.
(Lo mismo le paso a Midori cuando hablamos acerca de ese día).

Ella estaba en la mesa de al lado, los dos nos levantamos para tomar aire de lo alcoholizados que
estábamos, nos dirigimos a la máquina expendedora que estaba enfrente del restaurante, para
tomar un café, frente a la máquina expendedora ella no podía ni insertar el dinero, así que le
ayude a insertar su dinero y elegí lo que me pidió, los dos alzamos nuestra lata y tomamos nuestro
café. Se fue formando un silencio después de beber, se podía oír el soplar del viento, incluso podía
oír el corre del agua, los ruidos de las carcajadas de nuestros amigos se oían fuera del local, abrí la
boca para romper ese silencio sepulcral.

—Eres de la universidad de Waseda, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes?

—Tienes un pin de la universidad en tú chamarra.

—Oh, es verdad, y tú, ¿dónde estudias?


—En la universidad de Waseda.

—Mientes, ya dime dónde.

—No miento, soy del departamento de literatura, enfocado a teatro.

—Ya veo.

—Y tú, ¿qué estudias?

—Estudio en el departamento de psicología.

—Ya veo —digo, dando otro sorbo a mi café.

El silencio volvió, pero ahora fue ella la que ahuyento el silencio.

—¿Quieres sentarte en una mesa sólo tú y yo?

Me quede observándola, la pregunta se me hizo algo peculiar, la verdad no tenía nada que perder,
así que acepté. En la nueva mesa nos instalamos y yo pedí una orden de papas fritas y otra ronda
de cervezas, ella no dijo nada, en realidad fue ella la que no paro de pedir más cervezas, yo solo
tome dos o tres, le perdí la cuenta cuando llevaba cuatro. Platicamos toda la noche sobre
nosotros, a nadie le había contado toda mi vida, o lo que sentía y pensaba, pero con ella se me
hizo tan fácil. Incluso llegue a contar mi primera vez, algo que nunca creí contar enfrente de una
chica. Ella me conto que aún no había tenido su primera vez. De ahí en adelante la conversación se
tornó algo extraña.

—La verdad nunca he pensado en el amor —dijo Midori.

—Pero, ¿cómo puedes no pensar en el amor?

—Es muy sencillo, es como si pensaras en la vida de las personas que cambian los productos de las
máquinas expendedoras, nadie piensa en ellos.

—Pero hasta ellos piensan en el amor.

Ella soltó una carcajada, le doy otro sorbo a mi bebida y tomó unas cuantas papas, ella se muerde
el labio inferior y me mira.

—Nunca he amado a alguien y creo que nadie me ha amado a mí —dijo mirándome a los ojos,
como si tratara de hipnotizarme—. Esa es la razón por la cual no pienso en el amor.

—Ya veo, pero y tus padres, no los amas.

—Mi padre se fue cuando tenía 7 y mi madre murió poco antes de que terminara la preparatoria,
no sentí demasiado amor como para pensar en el amor.

—Lo siento, no creí que…

—Nadie lo cree hasta que lo mira, no te disculpes no sabías nada, además nunca he tocado este
tema con alguien por lo mismo, porque nunca pienso en el tema.
—Sabes siento que si tienes esa mentalidad negativa en algún momento el amor llegara a ti y
nunca te darás cuenta de que esta frente a tus narices.

—Si tú lo dices, pero dudo que eso pase.

La noche transcurrió con tranquilidad, hablamos de un par de profesores y temas de la escuela,


además la acompañe hasta su departamento. En el camino la nieve se nos había adelantado y
había cubierto todos los rincones del vecindario. Nos despedimos y me fui a mi casa. Los días
pasaron con tranquilidad, de vez en cuando nos cruzamos las miradas en la universidad. Un día se
acercó a platicar conmigo y empezamos a hacernos más amigos, lo que fue una sorpresa para los
demás puesto que pasaba demasiado tiempo con ella. La verdad era divertida, me sentía cómodo
con ella, como si fuera un amigo ideal. Tuvimos tantas anécdotas juntos que no me imagino
haberlas hecho con nadie más.

₪₪₪₪₪
Desperté y estaba en cama, el reloj marcaba las diez, ahora me cuerdo que a las ocho tenía que
estar con Midori, maldición, si me apresuro la puedo alcanzar. Me levanto, arraso como un
tornado mi cuarto tratando de encontrar unos pantalones y mi playera. Bajo las escaleras
saltándome peldaños, cruzo hacia el Genkan1, tomo mi abrigo y me pongo mis zapatos. Salgo a la
calle, un viento helado me pasa por el cuerpo, me sentía en un congelador, toda esta
espolvoreada de nieve, volteo hacia ambos lados y emprendo la carrera, la verdad la calle donde
nos conocimos estaba a u par de calles cerca, cuando llego no la veía por ningún lado, una
multitud pasaba por la calle, caminaban con las comprar, o hacia la escuela, la verdad no podía ver
a Midori cerca, lo único que llamo mi atención fue una chica, estaba parada en medio de la calle
tenia puesto un abrigo de piel, sostenía una paraguas,, azul como el mar, miraba hacia los arboles
cubiertos de nieve, deshojados, que al ser sacudidos por el aterrizaje de un ruiseñor
espolvoreaban al paraguas azul.

Ella se dio media vuelta, era Midori. Tarde en reconocerla, ese día tenía la piel como la leche, de su
rostro sobresalía una hermosa sonrisa color carmesí, sus pestañas están arqueadas, tan sensuales
que era irreconocible. Tenía el cabello suelto, que por lo general lo tenía recogido en una cola de
caballo. Ella me alcanza a ver a lo lejos y me sonríe. Me acerco a ella cuidando no resbalar en la
acera.

—Miyuki, como estas, llegas tarde.

—Lo sé, perdón se me pegaron las sabanas.

—No te preocupes, si nos apuramos podemos llegar a tiempo.

—Está bien.

Los dos miramos el camino hacia la estación, ella introduce su mano en el interior de mi codo y
empezamos a caminar.
1
Los Genkan son áreas de entrada tradicionales japonesas para una casa o un departamento, como una
combinación de un porche y un tapete de bienvenida.
—Que distraído eres Miyuki, no te pusiste un gorro.

Ella se acerca más a mí y me da la sobrilla. La tomo y nos cubrimos los dos de la nevisca. Hablamos
como siempre lo hemos como esta que te ha pasado, pero la verdad la vi hoy muy contenta,
hablamos del pasado, pero no entiendo por qué hablamos eso ahora cuando ayer pudo ir a verme,
sólo me telefoneo que la acompañara y no me lo dijo personalmente, ella no es así.

Cuando llegamos a la estación de trenes, compro su boleto y se dirigió a dar su maleta al monta
cargo. Buscamos el vagón en que tenía que abordar, lo encontró y nos paramos enfrente para
hablar.

—Entonces te vas al extranjero un par de meses.

—La verdad no sé cuánto tiempo pase por allá.

—Ya veo.

—Gracias Miyuki…

—No hay de que…

—No Miyuki, enserio, gracias por todo. La verdad es que has sido algo más que un amigo para mí,
espero que un futuro nos podamos volver a ver.

El silbato del tren suena y se escucha el sonido de la maquinas. Midori se acerca y me da un beso.
Veo sus hermosos ojos azules por última vez. Ella sube al tren y la veo pasar por los vagones. El
tren se pone en marcha y en un par de minutos se pierde a la vista. Cuando camine de regreso a
casa pensé en lo que le dije a Midori cuando la conocí, “Sí tienes esa mentalidad negativa en algún
momento el amor llegara a ti y nunca te darás cuenta de que estará frente a tus narices”. La
verdad esa frase era más para mí que para ella, cómo no lo vi, la verdad yo sentía algo por ella.
Llego a mi casa y veo que deje la puerta abierta, en el Genkan estaba mi gorrito, la nieve cubrió
toda la casa.
La chica del violín

Me desperté y ella estaba en la orilla de la cama. Su cuerpo de violín me llamaba a tocarlo,


a deslizar mis dedos sobre sus cuerdas.

En su espalda baja el tatuaje de los hoyuelos del violín, dos efes perfectas, tan perfectas que
si me acerco puedo ver en su interior. Ella estaba preparándose para meterse a la tina.

Una mujer como ninguna otra, curiosamente toca el violín, la conocí en un concierto en
donde ella participa.

La aborde y salimos juntos esa misma noche, creo que fue ayer y acabamos juntos en la
cama.

Me sentí como todo un violinista, la toque como nunca he tocado un instrumento, ahora que
hablo de eso, jamás he sido bueno para tocar el violín.

Pero la verdad, como director de orquesta, no me gustaría dedicarme a un solo instrumento


tal vez el arpa sea lo siguiente que pruebe.
La chica perfecta

Jamás he tenido una novia. No soy del gusto de las chicas. Aunque intente acercarme a ellas nunca
logro empatar nuestros sentimientos. Creo que veo mucho de mí para ellas. No soy malo, o feo;
No las lastimaría, al contrario, las protegería. Pero, por qué no les gusto, sí soy un buen partido.
Será que sienten que soy mucho o, que me falta. Inclusive las chicas que considero ordinarias me
rechazan. No logro entender ese enigma llamado mujer.

Hay chicas que sufren por culpa de los hombres y jamás quieren volver a escuchar del amor. Pero
cuando escucho sus historias, me doy cuenta que si hubiera sido su novio jamás habría pasado
eso. Pero, por qué el universo no nos puso en el mismo camino. A veces la gente piensa que ya
esta establecida la normatividad de esto que llamamos parejas o noviazgo.

Los dos tienen que gustarse, es el motor de arranque, es lo primordial de una pareja. Convivir con
la persona, esa es la segunda. Y no hacer algo que lastime al otro, traducido seria, ser fiel. El
pensar en todo esto me da acidez. Solo quiero amar y sentir ese amor de pareja. Que tan
complicado puede ser tener algo como eso. No soy exigente y si lo soy denme lo que sea, yo lo
amare sin impórtame como sea.

Estudio en la universidad. Mis días son pasar la misma rutina una y otra vez. Yo solo quería
terminar la universidad para hacer lo que fuera. No estaba en lo que me gustaba, pero tampoco
era malo en lo que hacía. En mis ratos libres era voluntario en la biblioteca de la escuela.

El lugar que más paz me traía. Leer todo el rato era lo que hacia y me pagaban aparte. Me leí más
de la mitad de la biblioteca y sentía que era poco. Nada saciaría en mí ese vacio que sentía por
amor. Solo digo que necesitaba que alguien me sacara del limbo donde vivía.

Un día común en la biblioteca, leía la odisea de homero y me disponía a tomar el desayuno


terminado de leer unas cuantas páginas más. Poca era la gente que pasaba por la biblioteca.
Realmente mi trabajo era cuidar que nadie se robara los libros. En su mayoría consultados por los
profesores de la universidad.

Hasta que un día una chica entro, lo supe por su tono de voz. Seguía inmerso en mi lectura. El
puesto donde me encontraba era igual que un nido de cuervo en lo más alto de un mástil, solo
basta con alzar un poco la mirada para ver que estaba ocurriendo.

Perdido en mi lectura escucho que se le cayeron unos libros, alzo mi vista y logro ver algo que
jamás olvidare. Ella era irreal, no era de este mundo. Es como si una estatua de Venus de milo
estuviera viva siendo de carne y hueso. Estaba absorto, no podía apartar la vista de tan hermosa
mujer.

Apenas de dio tiempo de recobrar la cordura para escupir unas palabras. Solo pude decir.

—Hola… ¿Se te ofrece algo? —. Dije.


—La verdad es que si…—Dice mientras me señala con la palma abierta los libros en el suelo,
invitándome a ayudarla.

Algo en mi me saco de un jalón de mi trance, dios que tonto me veía, eso me incomodo
demasiado. Con rapidez y agilidad levante los libros y los coloque en su lugar. Al terminar de
colocar el último libro me soltó una sonrisa coqueta, volví al trance de que apenas y logre salir.

—Gracias —. Dijo ella.

—De nada—. Dije, al momento reaccione y seguí la conversación, no me iría sin haber peleado por
esta hermosa chica. — ¿Cuál libro estas buscando?

—Estoy buscando…”Rayuela” de Julio Cortázar, Lo tienes a la mano.

—Por supuesto, sígueme—indique, yo sabía perfectamente donde estaba el libro, solo quería ir
mas allá de esta platica asique me la pase dando vueltas por todas las nueve estanterías como si
estuviera buscando hasta el ultimo rincón el libro que he leído unas seis veces y se donde esta. —Y
dime ¿Qué estas estudiando?

—Estoy estudiando periodismo.

—Ya veo, entonces eres muy preguntona.

—No creo que ese sea el mejor adjetivo para calificarme—. Dijo mientras veía un libro de otra
estantería. — Mas bien me gusta llevar la información a las personas comunicar la historia o
hechos. Creo que eso si es lo que me define.

Ella además de linda parece ser inteligente. Lo que he anhelado tantos años al fin esta frente a mis
ojos. La plática siguió así durante 15 minutos, al parecer ella también disfrutaba de esta
conversación. Cuando se fue me digo que volvería por mas libros. Y me guiño el ojo para
despedirse. Dios, si que las mujeres son algo que aun no entenderemos al cien porciento. Otro día
ella volvió a dejar el libro y a llevarse otro. El patrón era tomar un libro y luego volver por otro
pero, en ese proceso ella se quedaba a charlar un rato de lo que fuera. Las charlas se fueron
expandiendo de quince minutos hasta una hora y media. Sentía que nos íbamos conociendo poco
a poco. Sentía que ella seria para mí la mujer perfecta. Eso hasta que hice la pregunta desastrosa.

—Oye te quería hacer una pregunta — dije

—Si, pregúntame lo que sea, ya sabes—. Ella contesto como si hubiera confianza de años, aunque
en realidad habrían pasado un par de meses.

— ¿Tienes novio?

—Si

Cuando oí esa respuesta me sentí como si dejaran caer mi corazón de cristal sobre una superficie
de mármol y los de la siguiente habitación escucharan el ruido que hace al romperse. Me contuve
para que no escuchara mi voz cortada, y con una escusa tonta me fui de la biblioteca. Con los ojos
hechos vidrio me mire en el espejo y era como si me avisaran de la muerte de un familiar, que en
este caso soy yo, ahora estaba muerto. Viendo la infinidad de la noche, acompañada de algunas
estrellas, estaba reflexionando que habría ocurrido. Debí haber empezado de otra forma; Quizá fui
muy petulante; tal vez hubiera sido mejor actuar antes; o quizá me mentiría. Fuera lo que fuera
ella no estaba a mi lado. Lo único que le pedí al universo y fue lo único que me arrebato.

Todo esto me deja con acidez, tal vez ella al igual que yo buscaba algo. Una amistad tal vez, de
seguro muchos mas como yo estuvieran tras de ella, eso seria el colmo. Sí, solo es eso. Bueno pero
eso no quita que yo no obtenga lo que quiero. Y si eso la hace feliz que mas da. En algún momento
llegara una chica que me de lo que ella ya no puede darme. Un amor para este ciego y tonto
corazón.

La Divina Tragedia

—Maldita sea —gritó el comandante mientras arrojaba el teléfono hacia la pared.


Lo miré con detenimiento en su oficina caminando de un lado a otro, rascándose la
nuca y volviendo a ver de vez en cuando los papeles que cargaba en la mano. Mi
compañero me hacía la mirada que le hacen a todos los novatos como yo; esa de “Siéntate y
ponte a trabajar, si te descubre date por muerto”. Ignore su advertencia, ver al comandante
era entretenido, es como si vieras a un simio dentro de una jaula y, si lo provocas un poco,
empezaría a saltar por todos lados, haciendo ese ruido ensordecedor que tanto molesta y,
tranquilizándose cuando le lanzas una banana (en su caso un cigarrillo). Él me descubre, yo
volteó hacia mi escritorio y hago como que estoy trabajando. Con el rabillo del ojo veía
como se acercaba.
—¡Tomás! ¡¿qué carajos hacías viéndome como retardado?!
—No, yo sólo…
—Sí, sí, no me importa, ¿sabes qué me interesa?
—¿Qué?
—Que vayas a casa de Julio, me acaba de llamar Stevenson, murió.
—¿Julio?, pero si recién lo vi ayer, fue el último en irse.
—Bueno, ya ves la seriedad del asunto.
—¿Qué voy a hacer en la casa de Julio?, ¿dar las condolencias?
—No, suertudo. Vas a traer de vuelta la documentación que se llevó, por precaución
de no caer en las manos equivocadas y toda esa mierda que dictá la comisaría. Crees poder
traerlos y ponerlos en mi escritorio para mañana a las cinco.
—¿De la tarde?
—De la mañana está bien.
—Entonces me apresuro, con permiso.
—Te veré mañana en la mañana, chico.
Tomó mi mochila, camino hasta la salida, pasando por las oficinas del lugar, viendo
a agentes ir y venir. Todos estaban en su mundo, sus casos eran ahora su mundo, el exterior
importaba menos que encontrar al malnacido que asesino a una niña de nueve años, así era
la vida aquí. No hay nada mejor que contestar largas llamadas y recibir montones de
correos, eso y ver mucha gente muerta, cadáveres más que todo y, lidiar con criminales que
lo único que anhelan es verte bajo cinco metros de tierra mojada por las lágrimas de la
gente que alguna vez te amo. Este trabajo te carcome desde adentro, desde las entrañas.
Salgó a la calle y llegó hasta mi coche, conduzco unas calles hacia las orillas de la
ciudad. Julio vivía justo antes de llegar a los barrios bajos. En estos barrios todas las casas
eran iguales, todas parecían estar llenas de vida, la mano de pintura reciente les daba ese
toque. Había hasta el final de la cuadra una casa que no compartía la misma alegría de las
demás, era la casa de Julio.
Estando frente a la casa de Julio, veo el estado tan deplorable en que se encuentra.
Las ventanas rotas, el jardín hecho un lodazal, ni una maleza se digna a crecer ahí, además
de tener la madera agrietada, daba un aspecto de abandono, no daba miedo, más bien era
como si alguien en estado de máxima pobreza residiera ahí. Era bien sabido que Julio era
bien acomodado, lo que me extrañaba todavía más.
Sacó de mi bolsillo las llaves que me entrego el comandante. Abro la puerta y una
hediondez a encerrado sale corriendo a darme la bienvenida. Caminé por el pasillo hasta
dar con una gran habitación que aprisionaba la sala, el comedor y la cocina. La sala
guardaba un sofá que miraba todo el día la televisión y al lado estaba una mesa, donde
había un cenicero, siendo más ceniza que cenicero; La mesita que divorciaba la tele del sofá
estaba atiborrada de discos, papeles rayados, colillas de cigarro, bolas de papel y latas de
cerveza; La mesita atiborrada de cosas pisaba una alfombra que tenía una gran mancha
negra en medio, sin duda hubo una fogata ahí. La pobre cocina tenía una estufita llena de
ollas y menjurjes nada apetitosos, un refrigerador con la puerta abierta asomando una
oscuridad que te observaba y una licuadora llena de un batido con moho. El comedor, si
todavía se puede llamar a esa cosa comedor, estaba lleno de platos, sopas instantáneas,
cucarachas, moscas verdes volando de mancha en mancha, uno que otro roedor y no podía
faltar larvas blancas como la leche cuajada del piso.
Buscó donde tiene Julio sus archivos, subo a la segunda planta, llegué a la
habitación de Julio y está intacta, la cama hecha, las cortinas están corridas y no hay ropa
sucia por ningún lado. En la habitación contigua Julio tenía un cuarto con cajas, en ellas
tenía escrito “cosas por revisar”. Le hecho un ojo a una caja y había juguetes y baratijas de
bazar. Así con todas las cajas. En la orilla del segundo piso hay un escritorio con ordenador
y papeles en carpetas a los costados. Me acerco a la silla y empiezo a revisar los archivos.
Son archivos de rutina, casos solucionados y ese tipo de cosas además de facturas y cartas a
amigos, etc. Revisó las estanterías carpeta por carpeta y amontono lo que me llevaría.
Enciendo la computadora e inicio sesión. No tenía contraseña para mi fortuna. Una
vez estoy dentro del sistema reviso sus carpetas de archivos, videos, documentos, música e
imágenes. Es como la computadora de cualquier otra persona, tiene videos en la carpeta de
documentos y, viceversa, documentos en la carpeta de música, un caos. Trató de guiarme
por los nombres de archivo y buscar algo de la comisaría. Le doy tres vueltas a los
documentos y no halló nada. Hasta que me topé en el escritorio algo de mi interés. Es un
archivo que no poseé un nombre distintivo, sólo dice “nuevo documento”, hago un doble
clic sobre él y el documento se abrió.
“Lo he resuelto, ¡maldita sea!, lo he logrado. Ahora sólo falta…la verdad no sé qué
sigue en la resolución de este caso tan intrincado.” Es lo primero que salta al inicio del
documento.
“El crimen perfecto no existe, yo lo he comprobado y ahora el mundo tiene que
saber la verdad.” Parece que no tiene un orden claro, solo suelta sus pensamientos a
chorros.
“Las cosas no son lo que parecen, en especial de ahora en adelante, no se alarmen,
que ahora les resolveré todas sus dudas: primero me gustaría explicar desde la raíz de los
hechos hasta cómo me topé con este caso tan especial.” Abro mi desayuno que compre en
la tienda y sigo leyendo.
“Todo empezó en mil novecientos ochenta y siete cuando fui de vacaciones a Roma
con mi hermana. Todo era casual, la comida, las fiestas, los hoteles, la gente, la ciudad,
nada que no viera aquí. Hasta que nos topamos con la biblioteca más antigua de toda
Italia, entramos por mero turisteo, no he sido muy asiduo a los libros, hasta ese día que leí
lo que encontré. Mientras recorríamos los pasillos llenos de libros, yo me percaté de que
alguien nos seguía, al principio pensé que era un simple guardia que cuidaba los libros,
pero al ver que nos tomaba fotos y nos veía con una mirada que incomodaba a cualquiera,
me resolví a darle un escarmiento o al menos un susto.
Mientras le seguía aumentaba el ritmo de sus pisadas y yo no bajaba el tono de mi
voz, me acercaba más y más, hasta que empezó a meterse en pasillos que no había visto en
el croquis de la biblioteca. La gente ya no concurría estos libreros, éramos él, los libros y
yo, hasta que tiro un estante lleno de enciclopedias. Con el paso bloqueado él pudo
escapar, resignado levanté los libros del librero y ahí encontré el libro que lo inicio todo.
El libro que llamó mi atención, era un libro de pasta dura color vino, las orillas estaban
algo desgastadas y el título en letras doradas decía “La trágica realidad sobre la verdad”,
al principio creí que era uno de esos libros que eran sensacionalistas o pedantes en
sentirse intelectualmente superiores. Nada más lejos de la verdad. Hojeé unos cuantos
pasajes, la composición no era la mejor, pero el contenido tenía algo que no vería en otros
libros jamás, me lo llevé. Cuando lo pedí prestado en recepción me indicaban que ese libro
no figuraba en su base de datos, no hubo problema alguno en sacar el libro.
En el hotel lo leí con ímpetu jamás mostrado en otras cosas, cuando terminé la
lectura justo antes de llegar al aeropuerto pensé que habría más títulos sobre el mismo
tema, así que deje a mi hermana en el aeropuerto y corrí directo a la biblioteca. Para mi
suerte me dieron acceso total, seguramente por mi estatus de oficial norte americano,
busqué y rebusqué en todas las secciones de libros, uno por uno, encontré un par que me
darían pie a iniciar una aventura.
Leí sobre el autor de las obras que me entretuvieron y hallé en donde había nacido,
crecido, reproducido y fallecido. Con estos pasos ya trazados, como pasos hechos en la
nieve, yo inicie mi búsqueda. Encontré algunos textos que me abrieron todavía más mi
visión panorámica del suceso que había descubierto. Llevándome hasta bibliotecas en
medio de desiertos, templos elevados en el Tíbet, bibliotecas de investigadores que me
abrieron sus documentos sobre lo que ellos ya habían descubierto y, en pocos meses ya
tenía pleno dominio sobre este tema.”
Oigo una puerta abrirse y cerrarse de golpe. Me levanto de la silla, desenfundo mi
arma, apuntó al pasillo, escucho unos pasos subir la escalera, una chica sale al corredor y se
asusta, era la hermana de Julio.
—¿Qué haces aquí?
—El comandante me ordeno recoger todos los archivos de la comisaría.
—Ya veo.
—Y tú ¿qué haces aquí?
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Soy dueña de la casa, tonto. Le rentó…Bueno le rentaba la casa a Julio. Vengo
porque necesito limpiar para recibir visitas.
—Está bien, no tardare mucho.
—Tomate tu tiempo.
—Por cierto, ya pasan de las doce.
—¿Y?
—Que ya hace hambre —sacó dinero de mi bolsillo—, ten tomá, compra unas
cervezas y un par de hamburguesas.
—Me vez cara de criada o qué.
—Te estoy invitando, anda, cuando hayas llegado yo habré terminado y te podría
echar una mano. Además, podemos aprovechar y charlamos un rato.
—Bueno, me agrada el trato.
La hermana de Julio salió y emprendo de nuevo mi lectura en la computadora.
“De lo que tratan los libros de la biblioteca, los papiros de las ruinas del desierto y
las cartas del archivo de investigadores es sobre el verdadero génesis. La creación del
universo no es más que un mal chiste y una tragedia mal contada: aquí es donde empieza
todo lo que he recopilado hasta el momento.”
Giró la rueda del ratón hasta pasar de página.
“Dios vivía en el vacío, no estaba solo, convivía con más seres que ahora se
conocen como deidades. Dios entablaba relaciones con aburridos dioses que no llegaban
ni siquiera a sus talones. También los calificaba de monótonos, no hacían algo que
llamara la atención de Dios. En pocas palabras, era un manicomio lleno de gente ciega.
Trató de hacer amistad con ellos, con éxito nulo, debido a que sus grandes rivales, o así es
como ellos se denominaban, Eurínome y Ofión hacedores del olimpo, decían ser el centro
del universo. Dios relampagueaba cada que oía semejante argumento. Izanami y Izanagi
los amantes de lo que se conocería como el Japón, querían ser como Eurínome y Ofión,
pero no llegaban ni a la sombra de ellos, debe ser por su influencia familiar que les impide
hacer lo que quieran. Por lo general están algo distantes del grupo y en ocasiones charlan
con Dios, haciéndolo irritar mucho, pues sólo se la pasan hablando chismes que a él no le
importan.
A pesar de ser las únicas parejas en este vacío, otras deidades hacían resaltar sus
habilidades sobre los demás. Entre ellos estaban Ometeotl el alfa y omega azteca, Ra sol
de soles y Huiracocha fuente de vida, seres con personalidades que hacían relucir las
fiestas que organizaban Eurínome y Ofión. No se diga de Ymir y Audumla, esta última iba
sólo a alimentar a Ymir. Era imperdible el trío danzarín de Brahma, Shiva y Vishnu, con
sus movimientos que daban torticolis y, por si fuera poco, invitaban a los raros Pangu y
Nammu, Dios hablaba de Pangu como la rareza en persona, no podías esperar menos de
alguien que nació de un huevo. Nammu sólo llevaba las bebidas, Vodka más que todo, era
él quien embriagaba de poder a las demás deidades. Pero todos ellos eran encantados con
la personalidad de Lucifer, danzando, contándoles las mejores odiseas posibles. Las
mejores actuaciones eran las de Lu, así es como le decían entre ellos.
Dios veía todo esto desde un rincón del universo, solo. Su mirada no tenía gesto
alguno ni de envidia, felicidad o enojo, sólo veía perdido entre las estrellas. Hasta que
alguien le tocó el hombro, era Madre Naturaleza.
—¿Qué haces aquí?
—Vine, porque estabas solo.
—No estoy solo, estoy divirtiéndome.
—¿Divirtiéndote?, lo dudo.
—Bueno, sígueme entonces.
Dios tomó de la mano a Madre Naturaleza y salieron volando a la negrura del
espacio infinito. Después de un tiempo de recorrer la inmensidad, lejos de los demás, Dios
alzó sus manos y con los ojos cerrados pronunció.
—¡Hágase la Luz!
Y la luz se hizo, aniquilando la oscuridad dejando al descubierto una constelación,
era nuestro sistema solar.
—¿Tú hiciste todo esto solo?
—Sí, mira esta es la mejor parte.
Dios tomá de la mano a Madre Naturaleza y se acercan al tercer planeta. Los dos
entran en el planeta verde y llegaron a un lugar con, lo que llamaríamos tiempo después,
árboles, mares, lagos, vegetación y fauna silvestre. Madre Naturaleza estaba boquiabierta
con la creación de Dios.
—Dios mío, ¿cómo se llama esto?
—Yo le llamo paraíso.
—Y lo hiciste todo tú solo.
—Todo, hasta donde la vista alcanza.
—Es hermoso, pero con qué finalidad.
—Descansar.
—¿Descansar, de qué?
—A veces uno necesita reposar en soledad, por eso cree este santuario.
—Pero ahora yo lo conozco, eso no perjudica su finalidad.
—Bueno, sí, pero yo quería que lo conocieras.
—¿De verdad?
—Sí, mira te voy a mostrar mi última creación, los llamo animales.
Los dos salen disparados a ver todo el jardín. Juguetearon entre los árboles,
nadaron en los mares, juntaron sus cuerpos en las corrientes de aire, viéndose entre las
gotas de la lluvia, se acercaban lento y despacio, casi juntando sus labios, de no ser por
Ra que estaba sobre sus cabezas.
—Espero que no sea lo que creo.
—No es lo que tú crees —dijo Madre Naturaleza alejándose de Dios con prisa.
—Si se llega a enterar ya sabes quién, esto se puede complicar.
—No va a pasar nada, además, ¿qué haces aquí? ¿cómo nos encontraste?
—¿Sigues creyendo que nadie te observa o está al pendiente de ti?
—Me da igual, si quieres quedate, pero nadie más.
—Lo prometo.
Pasó tiempo y lo primero que dijo Dios, fue lo que paso, llegaron más y más dioses,
disfrutaron del Edén. Eurínome y Ofión se les caía la cara de envidia con la creación de
Dios y sus maravillas que todos elogiaban y disfrutaban, todos menos Lu, el dios que le
tenía especial despecho a Dios. Cuando Lu se enteró de la fiesta hecho a perder todo.
Buscó en todos los rincones hasta dar con la tierra, cuando entro todos quedaron mudos,
paralizados por un miedo a la rabia de Lu, Dios apresurado se acercó a Lu y le dijo.
—Más te vale que vengas en planes pacíficos.
—Pues que te crees con toda esta bobada que hiciste. Te crees muy chistoso
llevándote a mis amigos y saliendo con el amor de mi vida, en serio no sé cómo es que
descansas aquí en este jardín pichurriento, mal planeado, la verdad. Mira a todos con sus
caras falsas, risas falsas y actitudes falsas, qué hacemos aquí, les pregunto yo—nadie
respondió—. Creen llevar una existencia plena, pero nada más lejos de la realidad, no sé
como es que viven momento tras momento toda esta farsa.
—Tú también eras parte de esto.
—Sí, pero yo…
—No tienes nada que argumentar, te duele porque sin tu centro de atención no eres
nadie.
—Calla.
—Oh, por favor, viniste hasta aquí porque estabas solo, nadie te atendía y mucho
menos aplaudía quien eras a cada momento.
—Dije que te calles.
—No, ya basta de creer que vivimos en tu mundo de farsas, aquí vivimos tal y cual
somos y si no te agrada, bueno, eres libre de irte a donde quieras.
Dios fulmino a Lu con esa última sentencia. Lu con la cara contorsionada por la
rabia se abalanzo contra Dios, pero Madre Naturaleza se interpuso en su camino.
—Si le quieres hacer algo tendrás que pasar sobre mí.
—A ti no es a quien quiero herir.
—Vete, si dices amarme, vete y no hagas daño a nadie.
Lu se retiró, todos siguieron la fiesta, olvidando el trago amargo. Lu esperó hasta
que quedaran a solas Madre Naturaleza y Dios. Lu encontró a Dios y Madre Naturaleza
escondidos entre los árboles a punto de darse un beso, sacó una daga que traía escondida,
no cualquier daga, esta daga era especial, la daga no se detenía hasta dar con su objetivo;
rápido arrojo la daga que despego con sonido parecido al de un latigazo, Dios ya veía
venir la daga, pero Madre Naturaleza se interpuso entre él y la daga. Dios vio caer a
Madre Naturaleza gritando de dolor. La daga no se detuvo después de atravesar a Madre
Naturaleza. Dios atrapó la daga con la mano y esta no paro a pesar de estar en la mano de
Dios, la daga buscaba la cara de Dios o su pecho, pero la fuerza de Dios era más grande
que el poder de la daga, Dios empezó a sangrar un poco de la palma de su mano. Cuando
Lu apareció de entre los arbustos, Dios apretó todavía más la daga partiéndola en dos y
con ella su poder.
—La mataste.
—No, tú la mataste.
—¿Por qué la mataría?
—La daga era para ti, ella se cruzó, si no la hubieras enamorado esto jamás habría
pasado.
—Maldito, no vez que haces daño, ella no te amaba a ti, me amaba a mí.
Dios y Lu pelearon, lo sacaron todo, gritos, rencores y las maldiciones más bajas,
toda la energía que emanaba de esa pelea se acumulaba más y más hasta el punto que una
gran explosión brotó de ellos. Los árboles desaparecieron, los mares se secaron y la
vegetación hecha pure. Los dos quedaron como viles perros tendidos en el piso. Lu tenía
moretones, un ojo cerrado, varias cortadas y uno que otro diente en el piso. Dios en
cambio estaba intacto (aquí es donde la bibliografía se pone un poco confusa).
Unos dicen que Dios tomó a Lu y lo condeno a vivir en una prisión que ahora
conocemos como infierno, otros que Lu se largó y Dios cayó en una depresión intentando
recrear el paraíso que alguna vez hizo para Madre Naturaleza (esa teoría de los
multiversos o una tontería así) y la más creíble, al menos para mí, debido a mis
exhaustivas investigaciones y datos corroborados, que ningún experto en el tema quieren
que se de a conocer. Dictando que Lu y Dios buscan constantemente la forma de devolver
a la vida a Madre Naturaleza, porque ella era parte de la energía del cosmos, y sin ella
con el tiempo todo iría en picada, trayendo consigo, catastróficos sucesos como la
creación de la vida y todo el universo observable que nos acoge, eso sólo explica las
anomalías que no entendemos como el sentido de la vida y la existencia de huecos en el
universo, todo por un crimen pasional con consecuencias de un nivel omnipotente y quizás
un crimen por el que jamás paguen Lu y Dios, somos nosotros los que cargan con las
consecuencias y ellos carga con toda la responsabilidad que estamos viviendo.
Maldita sea. Todo es una mentira, tú, yo, todo lo que vemos y sentimos es parte de
una mentira…dios. ¿Qué haremos ahora?, los demás tienen que saber esto, no me queda
de otra más que compartir lo que sé…Al diablo los investigadores palurdos que no
comparten nada ni con su madre”
Aquí termina el documento.
No sé qué pensar, la verdad. Es mucha información para poco tiempo. Él quería
divulgación, pero cómo es que no ha habido nada por ninguna parte. Buscó en su
navegador, correo, redes sociales y artículos de internet y no hay nada referente a lo que he
leído.
La puerta se abre de golpe. Un par de pasos se acercan lentamente, ha de ser la
hermana de Julio, pero en su lugar salen dos sujetos vestidos con un traje negro.
—Mira, ahí está.
—Sí, ahora date prisa que no tenemos todo el día.
—¿Quiénes son?
—¡Calla!
—¡Que te des prisa!, si no matarle va a ser más complicado.
—Te puedes callar, yo sé lo que hago.
—Oh, vamos, está viéndonos, resolviendo todo lo que pasó, puedes darte prisa.
Uno de los sujetos encabronado saca un arma y dispara justo a mi cabeza. La noche
y el día se mezclaron en mi mente al mismo tiempo que caigo en el frío y sucio suelo donde
murió Julio.

La elección

Las elecciones nunca han sido fáciles. A pesar de tener muchas decisiones donde se elige
rápidamente, sin tantas complicaciones, también se tienen las que nos pueden costar la vida.
Desde siempre nos han estado acompañando a lo largo de la vida, pero ahora en tiempos actuales
son contadas las decisiones que se tienen que tomar con tiempo y meditación. Lo que me lleva a
contarles lo sucedido en mi época de universidad, donde las elecciones que tomáramos eran las
que nos contraían el futuro, si bien jamás tuve la elección que mi amiga tuvo, es algo de lo que me
reconforto mucho hoy día.

Lorain es una chica que es neutral en varios aspectos de su vida y físico. Mientras otras chicas son
despampanantes Lorain es en su medida, promedio. No es de mal ver, pero tampoco es el fruto
del deseo prohibido. O eso pensábamos hasta que conoció a dos hombres que dieron un giro a su
mundo en 180 º grados. Solo que hubo una expectante sobre Lorain y es que ella afirma que no
hizo nada para que estos caballeros pelearan por ella a capa y espada. Es como si mágicamente
Lorain fuera un imán de hombres que solo viven en la fantasía de muchas mujeres.
Entrando más en contexto era el verano del último semestre de la universidad, Lorain pasaba su
vida como la de los demás universitarios, trabajando y estudiando. Era muy común que los viernes
nos embriagáramos en la taberna que quedaba a unas calles del trabajo de Chad. Si bien Lorain es
muy tranquila, ese día en especial ella se descontrolo como si se le botara una canica. Termino tan
mal que ella no recuerda cómo es que llego a su casa, solo recuerda que alguien la llevo. He de
decir que ninguno de nosotros la llevo ese día, nosotros habíamos acabado igual de mal que ella, y
nos olvidados de ese detalle.

Pero olvidamos esa anécdota, tiempo después fue a una entrevista de trabajo a una empresa
reconocida y la verdad es que aquí es donde empezó lo raro. El dueño de la empresa se obsesiono
con ella. Pero para ser sinceros él es muy noble e inocente. No sabemos cómo es que amasó toda
su fortuna con ese carácter. Pero sabíamos que él tenía buenas intenciones con Lorain. El magante
se sinceró demasiado, nunca había tenido pareja y el romanticismo no era su fuerte. Pero algo le
llamaba de Lorain.

Tiempo después vimos a Lorain con un chico Sumamente guapo y atlético. Parecía que fue
esculpido por Miguel Ángel. Notamos que era más seguro, más confiado en lo que decía y hacía. El
sabía mucho de ser romántico, hasta el punto de que lo llamamos a sus espaldas “Don Juan”. Lo
que nos parecía increíble es como Lorain no le daba la más mínima importancia a que dos
hombres sumamente envidiables se hayan fijado en ella.

Una discusión muy recurrente en las pocas veces que la veíamos era sobre a cuál de los dos elegir.
Unos proponían que al millonario y otras que al galán. Si bien cada vez repasando sus cualidades
era complejo elegir a uno. Por un lado, el millonario era bueno, nada feo, tenía todo a su alcance y
dispuesto a lo que se funcionara esa relación. Pero por otro lado su falta de experiencia en el amor
lo que era un punto en contra fatal. Y el galán era todo un experto en esto del amor parecía un
encantador de serpientes cuando estaba con Lorain. Pero sabíamos muy poco de él, parecía ser
que traía una pasado muy turbio. Además de no tener una estabilidad económica.

Lorain de tanto que le dio vueltas al asunto se fue un tiempo para acomodar sus ideas. Creíamos
que sería lo mejor, así podría escoger a uno. Aunque siendo sincero los dos tenían un problema
grave que no veían las chicas que nosotros los chicos sí. Los dos chicos escogieron a Lorain porque
ella no era anormal. Me explico, algunas chicas demostraban su personalidad a quien fuera. Si es
criticona, si es de mente abierta, etc. Pero Lorain era muy neutral ella no parecía mostrar su
verdadera naturaleza a los hombres, lo que muchas veces eso podría definir su éxito con los
hombres. Ella en cambio era alguien con quien podía adaptarse a todas las personalidades, si uno
decía una cosa Lorain lograba entenderlo, o si algo sucedía Lorain formaba una actitud seria y
madura al respecto. Sabia cuando actuar y cuando no. Creo que es muy revoltoso, pero podría
decirse que Lorain es la chica que todo hombre busca a lo largo de su vida. Si dices un chiste ella se
ríe y te sigue el juego; si sufres de algo ella te ayuda.

Lorain era una joya en un montón de paja. Y al parecer, esos caballeros la encontraron primero.
Hm, que tonto me siento ahora que me percato de esto. Cuento todo esto porque Lorain al final
no escogió a ninguno de los dos. Debido a que nos enteramos que el día que nos emborrachamos
en la taberna la persona que la llevo a su casa fue el galán. Eso incomodó mucho a Lorain, y el
magnate pensó que podía comprar su amor con múltiples detalles.
Lorain a diferencia de muchos otros, su elección fue fabricada. Ella tenía que elegir A o B, pero en
vez eligió C. Ella actualmente vive feliz con su pareja y dos hijos. Que fue de esos dos hombres,
pues…el magnate es un soltero codiciado y el galán término de vago, nadie pensó que Lorain no
eligiera a ninguno. Muchas habrían vendido su alma por estar en el lugar de Lorain. Por eso
muchas veces me hago o hago la pregunta, ¿A quién escogerías? Y bueno en cuanto a mí estoy
casado. Pero mi matrimonio es algo delicado, así que creo que podría ir de viaje a un archipiélago
para pasar tiempo con mi pareja.

La estrella que jamás vimos

“¿Qué estrella cae sin que nadie la vea?”

William Faulkner

Hace 33 años que no cuento esta historia, si bien no es por un pedido personal de callar esta
humilde narración, mas bien sería de mi parte el no querer desprenderme de esta, a mis ojos claro,
una maravillosa historia. Todo se remite a aquellos años en que todavía podías oír el saxofón de
John Coltrane y la coca cola te la servían directo en un vaso. Juan Manuel quien casado y con una
multitud de hijos, no tenia un trabajo estable. Bueno decir estable es alagar un poco a mi viejo
amigo, mas bien él necesitaba uno. No tenía ni un céntimo para darle a su amada esposa, y mucho
menos para mantener a sus consanguíneos. Si bien cuando sus crías eran unos peques él se podía
dar el lujo de mantenerlos al margen de lo que ganaba. Y pues que decir de los niños de mi amigo,
siete hijos; hoy sería una locura el tener semejante cantidad. Y su esposa Esperanza que el sólo
verla te deja sin habla de semejante belleza, los educaba con cariño y amor, bueno eso hasta que
Juan Manuel perdiera su trabajo.

Después de ese trágico suceso nada volvió a ser como antes, la sonrisa de los niños, la belleza sin
igual de Esperanza y Juan Manuel mismo, cambiaron para siempre. Juan Manuel desarrollo
problemas graves con el alcohol y lo que es peor, unos arranques de machismo iracundo que hoy
día son tan repudiados (Claro que yo, siempre he opinado que se derivaron del alcohol, pero yo no
soy quién para decir). Les costaba vivir día tras día. Yo le extendía mi mano con toda sinceridad y
él solo la alejaba, su orgullo era demasiado grande como para tumbarlo.
—Buscare con mis métodos como sacar adelante a mi familia —decía cada vez que le ofrecía mi
ayuda.

Y así siguió un tiempo rechazando mis ofertas. ¿Cómo vivió su familia en esa época precaria?, no
lo sé. Bueno, nadie en realidad sabe que ocurrió con ellos en esos tiempos. Lo que sí sé es que Juan
amaba el beisbol y como negar su talento nato para sobresalir en ese deporte. Corría como gacela y
su pegada se asemejaba a un tren a toda marcha, con esos dones él saco adelante a su familia.

Todos los domingos, en Zitácuaro se reunían las familias para ver y jugar beisbol. Los equipos en
su mayoría estaban compuestos por los sindicatos de compañías. Los de la CFE contra SAPAS eran
los partidos que llegabas a presenciar. Y pues Juan no faltaba cada domingo. A pesar de no tener
equipo como tal. Él pedía jugar a cambio de que le dieran para la torta y el refresco. Y así era como
sacaba la semanita jugando beisbol. Nadie lo paraba, equipo en que lo ponían equipo que salía
invicto ese domingo. Los demás equipos, en especial el de la CFE se cansaron de la racha de
victorias nula. Entonces el sindicato de la CFE empezó a fichar a Juan, como no lo podían meter,
así como así, le tuvieron que ofrecer un empleo para poder ser parte del equipo. Y así fue. Le
ofrecieron un empleo de velador, el checaba los medidores en la noche y hacia todas las tareas
correspondientes a un velador. Tenia prestaciones y una paga fija. Al fin tenia algo. Recuerdo bien
ese día, yo levanté un brindis por su logro y le di mis gratas felicitaciones.

Todo iba bien para ellos. Sus hijos menores iban en escuelas particulares y los dos mayores ya
tenían un futuro por delante. Uno se forjaba como sacerdote en el seminario y el otro estudiaba en la
universidad para ser un hombre de provecho.

Sin embargo, no todo duró para siempre. Un día, el más fatídico que he presenciado, me asaltó la
noticia de que Juan había muerto de un paro cardiaco.

—Cómo es posible dios, porqué él —digo después de conferir una blasfemia por la desdichada
perdida de mí amigo.

Pero así fue, el murió y todos entre lamentos sufríamos por la perdida de un ser grande. El problema
era que ya nadie los podía mantener, sus hijos mayores tuvieron que hacerse cargo de las riendas de
ahora en adelante. Se tomó la decisión de que lo que más le serviría a la familia seria un electricista,
no un sacerdote. Fue así como el segundo hijo tomo la plaza de su padre y se esforzó en ese puesto
para dejar de ser velador y convertirse en electricista.
Si bien aquí es donde yo terminaba la historia, las pocas veces que la conté en aquellos ayeres ahora
puedo seguir contando lo que sucedió después, y cada vez que lo recuerdo el pecho se me llena de
una inefable energía.

Si bien Juan había muerto y todos lo recordaban por alguien que dejo un gran vacío tanto físico
como económico y emocional, él nos dejo algo que no muchos ven; y que siempre he defendido a
capa y espada, y no es más que, un legado, un legado que a día de hoy perdura, que mantuvo a sus
seres queridos protegidos, no desamparados: con un futuro, no sin él. El segundo hijo dio lo mejor
que su trabajo le podía ofrecer a sus hijos, ellos llevaron una vida llena de humildes comodidades y
su nieta, que jamás conoció, le sirvió el que su padre trabajara en CFE para poder tener un trabajo
cuando no encontró ninguno, y que a su vez mantuvo a su familia y que hoy día come y viste bien.
Le valió la vida, pero dio felicidad y amparo a otras muchas.

Es por eso que cada vez que recuerdo a Juan no recuerdo a un amigo más, o a un trabajador más, ni
a un jugador de beisbol más sino recuerdo a alguien que a pesar de su alcoholismo y su mal carácter
pudo ofrecerles un legado a sus descendientes. Nadie le recuerda, nadie le alaba en la foto de su
equipo de beisbol: porque sí, él está registrado en unos de los equipos más antiguos de Zitácuaro.
Nadie sabe lo que él hizo, más que unos cuantos, ni los que se beneficiaron de él lo saben. Es por
eso que esta historia la guardo con tanto recelo, es porque nadie la sabe apreciar igual que yo, pero
ahora tu la sabes, sabes de el legado que dejo con una ínfima acción. Ojalá esta historia se quede
guardada para la posteridad y se quede tallada en el firmamento donde pertenecen las verdaderas
luminarias como él, y pueda verle de nuevo en poco tiempo para darle las gracias, por el motivo que
me obsequio para seguir viviendo.

Años de practica y esfuerzo hasta por fin verla hecha


realidad. Desde niño he tenido esta afinidad a dibujar todo
lo que veo, desde los juguetes que papá coleccionaba hasta el
jardín de mi madre: lleno de rosas, girasoles y petunias.
Nunca he dibujado cosas de mi hermana. Se la pasaba tirando
mis crayolas y mis lienzos a la calle, para rematar, decía
que sólo me la pasaba dibujando vaginas. La detesto. Ella
traía puestos todo el día los audífonos, con su disque música
de “Rock de Liberación” y toda esa mamarrachada, yo prefiero
la sinfonietta de Janácek y todo lo que me inspire para
pintar. Soy feliz mientras pinto.

El problema viene con los años. En mi niñez era muy


fácil poder llevar a la realidad todo lo que veía y en mi
juventud era todavía más fácil crear todo tipo de obras,
imitaba a los grandes maestros y en mis ratos de inspiración
creaba mi obra. La competencia nunca me afectó, la gente se
acercaba y recitaba todo tipo de elogios, desde el aplauso
más fácil hasta la sustitución de mi nombre por el de un ser
superior. Todo eso me era indiferente, la gente ve unas
rayitas pintadas con un poco de rojo con amarillo y sienten
que ven al mismísimo espíritu santo. Fueron pocas las
personas que apreciaron mi obra en todo su esplendor.
Económicamente me fue bastante bien, hoy día puedo trabajar
en las obras que me salgan de los huevos, pero como ya dije,
no puedo hacerlo como en mi juventud, ahora sudo y lloro
sangre por un solo dibujito que en mis años mozos eran
garabatos de preparación.

La competencia ya me estaba pisando los talones y los


críticos se hacían más palurdos o más imbéciles, yo opino que
ambos. Mi asesor me pidió dar más importancia a mi obra que a
mi ocio, para mi es más cómodo el ocio, ya no sé cuántas
temporadas de series en la tele he visto. La cuestión era
trabajar en algo nuevo o me retiraría. Entonces mientras me
duchaba un relámpago cargado de inspiración lanzado por las
mismas musas se estrelló en mi mente. Tenía que llevar el
dibujo al siguiente nivel.

Fue cuando me puse manos a la obra y gastando más de las


tres cuartas partes de mi fortuna: pinte, dibuje, trace,
medí, repetí, rehíce, reinvente, repase, lloré, sufrí, pensé,
dormí, imagine, escribí, deseé, añoré, jugué, caminé, deduje,
reí, grité, acerté, fallé, intenté, soñé, esperé, apresuré y
callé hasta hacerlo realidad.

Días antes de ocurrido el accidente mi manager me había


dicho: Tienes que dar algo nuevo al público, de lo contrario
dile adiós a tu carrera. La sentencia que dijo no me
paralizo, me paralizo la idea que elucubre en ese momento.
¿Sería capaz de lograrlo? No lo sabía en ese momento.

Un día después de seis meses de trabajo, me levanto de


mi cama y camine entre los pasillos llenos de lienzos, hojas
de papel, pinceles, acuarelas y oleos frescos. El olor de mi
sudor era más fuerte que el tíner en mi estudio. Sentado
frente a la pared solté una pincelada traviesa, coqueta, una
curva que dio cuerpo, unas líneas por cabello y un par de
puntos por ojos, un triángulo por nariz y un ovalo por boca.
Una chica.
Me gustaba la sencillez con que representaba el físico
de una mujer. Esos ojos, negros, me retenían. No mirar era
imposible. Así era como se sintieron los que vieron una
gorgona, petrificados. Me acerco lento y con cuidado, como un
jaguar saboreando gacelas y, beso sus labios. Yo era el
jaguar, o eso sentía, en vez de dar la mordida, yo me la
llevé. El lienzo me mordió. Mis labios estaban pegados como
si lamiera un pedazo de hielo, pero yo sentía los dientes de
alguien. Empujé la pintura y me soltó. Caigo de culo. La
pintura movía las manos, parpadeaba, gesticulaba y me veía.
Di pequeños pasos hacia atrás y ella salió de la pared, voy
viendo cómo se forma su piel blanca como el yeso de la pared
y sus facciones de modelo desbordaban de la tinta. Dios mío,
qué he hecho. Ella sale y se porta como una dama, moviéndose
como si supiera que tiene el poder para encender la llama que
acabo con Troya. Yo buscó cualquier otra parte de mi estudio,
debió de ser el tíner o las desveladas, ya no pienso con
claridad. Veo su sexo, bien formado entre una v que dan ganas
de morder, sin bello y perfecto.
Trató de hablarme, de comunicarse, pero no lo lograba. A
base de señas me pidió que le diera ropa, le preste una
playera y mis shorts. Le ofrecí comida, pero la rechazaba con
amabilidad. No la vi comer en días. Estaba todo el día frente
del gran mirador que daba a la ciudad. En mi afán por saber
que pasaba, le traté de enseñar a hablar. En un par de
semanas consiguió decir sus primeras palabras. Ventanal, sol,
luna, mañana y noche. Con el tiempo decía que le gustaba y
que no.
—Me gusta eso —decía cada vez que mi cd sonaba a todo
volumen mientras pintaba. Yo le señalaba el cuadro y le
decía.
—¿Esto te gusta?
Ella me respondía.
—¿Qué eso?
Señale la pintura y ella movió la cabeza como si cambiar
de ángulo le ayudara a entenderla mejor. Al siguiente día le
empecé a enseñar lo básico de la geometría. Figuras y planos.
Al igual que con las palabras podía decir circulo, cuadrado y
triángulo. Pero al verlas en lienzos y cuadros ella parecía
no distinguirlos o no verlos.

—No se lo pediría a nadie que no fueras tú.


—Me halagas, pero tendré que decir que no —dije sorbiendo el
té de cinco centavos, crucé mi pierna aguardando una respuesta.
—¿Cómo? Si no te estoy pidiendo todo el oro del mundo, sólo
una crítica eso es todo.
—El problema no es la crítica en sí, el problema es que me
pides entre líneas que sea positiva. Yo no puedo romper mis
ideales por algo así como así.
—Y qué hace falta para que los rompas, ¿eh?
—…
—…
—Nada, no los rompería ni por todo el oro de Fortnox.
—Oh, vamos, no quería llegar a esto, pero me obligas,
Ricardo. Me debes un favor y, ¡Quiero Cobrarlo!
—Lo sé, pero cuando te lo pedí no te dije que rompieras las
reglas, tus ideales o convicciones, fue algo dentro del margen de
tu alcance.
Ricardo veía como su amigo pensaba mirando la mesa como si
pensara en su siguiente movimiento de ajedrez. Ricardo sabía que
él no tenía oportunidad de ganar a Boris Spassky, su amigo no
llegaba ni a Bobby Fischer.
—Está bien, ya veo que a ti no se te puede pedir nada.
—No es así…
—Como no va a ser así, cuando éramos jóvenes no tenías ni un
puto centavo y dime quién fue el que pagaba los platos rotos.
¿Quién te alimento sin pedirte nada a cambio?¡Quién te dio dinero
más de una vez a sabiendas de que no volvería ese dinero!
—Calmate…
—¡Quién maldita sea, te apoyo cuando nadie más lo hacía!,
¿Eh?, dime, cabrón. Ya sé que no te pido la gran cosa, pero haz
una excepción por tu amigo que siempre vio por ti.
—Vale, lo hare, pero que sepas que será la única vez.
—Con eso me conformo. Ya sabes la tarea ¿verdad?
—Hago eso a diario, será pan comido.
—Esa es la actitud, ves qué te costaba.
—Ya lo sabrás.
—La pintura estará abierta al público en general el próximo
lunes, pero para ti estará desde mañana disponible, de preferencia
manda la reseña el viernes para tenerla lista el domingo y la
descripción no pasa nada si la mandas el domingo, el lunes no,
porque no hay tiempo de hacer la placa el mismo día.
—Pudiste haberme enviado un correo con todo eso.
—Te conozco amigo, no hubieras contestado, tal vez por
correspondencia sí, pero quería verte. Hace tiempo que pienso en
todo lo que vivimos y ver las pinturas más tus reseñas en el
periódico me traen nostalgia. Por eso te cite aquí. ¿Dime cómo
está Raquel?
—Nos divorciamos.
—¿En serio?, no sabes cuanto lo siento.
—No te preocupes, ya no podíamos el uno con el otro. Fue lo
más sano. En especial después del incidente.
—Fue un golpe duro, pensé que se recuperaría, es una mujer
fuerte.
—También lo pensé, pero no fue así.
—Bueno, te veré mañana cuando vayas a ver la pintura.
—Sí.
—Toma —saco unos billetes de su cartera—, yo invito, por los
viejos tiempos.
—Como en los viejos tiempos, gracias.
Él salió de la cafetería y se alejó cruzando la calle. Yo
miraba el tablero de ajedrez y no sabía cómo es que me dio jaque
mate. Tiro mis torres y caballos, lo peor era que me recordó que
era un rey sin reina, jugó un juego perfecto.

II

Llegué al museo temprano para tener todo listo antes del


tiempo acordado. En la recepción me atendieron bastante rápido,
ellos me estarían esperando. La galería no era un edificio normal
como los modernos de allí fuera, este era un castillo, tenía una
cúpula en medio y cuatro grandes a las esquinas. Además de contar
con una iluminación sepia que hacía ver a los cuadros más cálidos.
Camino a la sección de la nueva exposición. Veo a mi amigo y otro
de sus compañeros.
—¡No mames, lo conseguiste!
—Así es. El único e innegable Ricardo Cienfuegos.
—Soy fan de tus escritos y he leído todos y cada uno de tus
ensayos sobre arte y no me pierdo ni una columna semanal —dijo el
compañero estrechando mi mano con sus dos manos húmedas.
—Me da gusto saber que aprecian a mi trabajo.
—Sí, mira, le platicaba a tu admirador que vas a darnos la
reseña de la exposición de Rembrandt y del nuevo talento de esta
galería.
—Así es.
—No lo puedo creer, va a reseñar a Dylan. El gran Cienfuegos
dará su punto de vista del próximo Picasso.
—No estaría seguro de llamarlo “El próximo Picasso” hasta no
verlo.
—Oh, siempre tan acertado en sus comentarios.
—Síguenos, te llevaremos a la expo.
Caminamos durante unos pasillos y nos detuvimos en las
réplicas de Gauguin para dar unas anotaciones a su trabajo y
platicamos del mercado del arte, algo a mi parecer soporífero y
netamente por dinero. Topamos con la sala de la nueva expo y para
mi sorpresa era más horrible de lo que pensaba. Un montón de
maniquíes hechos mierda en el piso salpicados de pintura roja y
una cinta con la leyenda “no pasar” como moño para envolver.
Además de unos cuantos cuadros de un par de manchas de viruela y
unos clínex usados. En una montura había unos centavos en los que
apenas se veía la fecha de creación por lo negros que estaban,
junto a ellos unos clips más cromados que la defensa del taxi que
me trajo. Podía verme el brócoli del desayuno entre las muelas de
lo pulido que estaban. Como cereza del pastel un árbol de navidad
quemado del que solo quedaban el esqueleto color carbón y de sus
esqueléticas ramas colgaban unos billetes de mil en lugar de
esferas y como estrellita tenía un logo del Monopolio.
—No mames, ¿qué es esto?
—La expo del…
—No wey, me refiero a…
—Dejanos solos Pablo: el señor Cienfuegos y yo tenemos que
hablar.
Pablo se largó, arranque un billete del árbol y me regaño.
—Deja ahí: son de verdad.
—No mames, ¿son reales?
—Sí.
—Oye dime la verdad, qué es toda esta broma.
—No es ninguna broma.
—Ja, ja, ja. Ya enserio no van a presentar esta mamada o ¿sí?
—Ya te dije que el lunes es la apertura y las entradas de un
mes ya se vendieron.
—No lo puedo creer, ¿tú te crees toda esta basura?
—No.
—Entonces, ¿por qué presentarlo?
—Porque el artista es nieto del dueño de la galería, si le
decimos que no, nos corre.
—Pero eso es una injusticia, deberías de hacer…
—Ya lo hice, y por eso te pedí que dieras el visto bueno, si
tú escribes bien al respecto de esto, el dueño me perdonara que
casi lo mando a la chingada.
—Vale madres.
—Por eso te pido que hagas tu trabajo y lo hagas de la mejor
manera posible.
—Bueno, ¿qué quieres que diga?, que todo esto sobre pasa el
entendimiento del arte y por ende es el futuro.
—Te puedes guiar por lo que nos ha dicho el autor.
—Ah, sí, a ver dime qué dijo el “Picassito”.
—Por ejemplo, el árbol de navidad hecho cenizas, representa
el fin del capitalismo para ser concretos. Los billetes simbolizan
lo único que quedara del capital y el logo del juego es una sátira
a lo efímero que es el capital.
—No inventes y eso putos maniquíes de ahí, ¿qué?
—Feminicidio
—No es verdad, pensaba que son maniquíes en un área de Joy
time donde juegan con pintura.
—Trata de abrir tu mente ya te lo había pedido, ¿sí?
—y esos clips y centavos.
—Son…
—Ni siquiera sabes que decir.
—Ese no es el punto, el niño se siente el artista y no va a
querer que le tiren toda su creación.
—Su teatrito más bien. ¿Cómo es posible que esta galería
donde expusieron gente del talento como Siqueiros, Diego Rivera y
Nahui Olin pueda aceptar esta basura?
—Sabes perfectamente que estoy consciente de ello, pero mi
trabajo es acatar ordenes, tú también deberías hacer lo mismo.
—Está bien escribiré la reseña, pero me tomara tiempo pensar
en algo…
—Que sea pronto.
—Oye.
—Mande.
—Y ese cuadro, ¿lo pintó él?
—Creo que sí, dejame consultarlo.
En la pared, lapidado, el cuadro ocultó a simple vista entre
dos cortinas rojas recogidas por un lazo dorado. Era una chica
dentro de cuatro tablas. Sentada en cojines rojos como dejándose
llevar por la labia del pintor. Me acercó. Me acercó. Una petunia
entre su ceja y oreja, llamaba a cortejarla. Dentro de las tablas
una ventana señalaba a la mar. Un frutero con mandarinas era
iluminado por la belleza del sol.
—Hola —dijo el cuadro.
—…
—Dije, hola, ¿no lo dije bien?, ¿cómo era?, ah… —dijo con la
mano entre los labios pensando.
—Ho, o, hola. ¡No es verdad!
—¿Qué cosa? —se levantó de los cojines y se acercó.
—Tú.
—¿Yo? —dijo señalando su pecho que salida del sedoso vestido
rojo.
—Sí…Yo…Digo…Tú… ¿Puedes hablar?
—¿Puedes oír? —dijo con unos hoyuelos en las mejillas.
—¡No es verdad! —dije buscando a mi amigo con la vista.
—¿A quién buscas? —dijo viendo la puerta de la sala.
—A mi amigo, ¡ay no!, me voy a desmayar.
—No, no, no, tú tranquilo, yo sólo quería…—dijo agitando las
manos.
—Fuuuu, me falta aire, me estoy…Uffffff.
—Tranquilo, ahí vienen —se volvió a pintar en el sofá.
—¿Estás bien?, qué tienes, te dejo solo y te ahogas.
—No, es, es eso, el cuadro.
—¿Qué tiene?
—Habla.
—¿Yo? ¿Qué te digo? El cuadro si es del nieto del dueño. Qué
opinas de él.
—Que… —me guiña el ojo.
—Continua.
—Que tendré trabajar hasta tarde para hacer la reseña, crees
poder darme ese permiso.
—Tomate tu tiempo te dejare solo.
Se va.
—Estás viva.
—No del todo, no puedo salir a tu mundo, sólo puedo vivir en
este mundo que él ha creado.
—Pero mirate, estas moviéndote en todo el encuadre, puedes
interactuar en toda la pintura. A ver toma una fruta.
—¿Esto? Si…no es la gran cosa, sólo son un par de colores que
dan el efecto de lo que en tu mundo son figuras.
—¿Qué quieres decir, eso no es una fruta?
—Para ti es una fruta, para mi es una mancha que asemeja lo
que tú dices es una fruta. Es más, yo misma soy manchas de pintura
azul, ocre, café y un poco de amarillo hasta conseguir el color
que crees se asemeja más a tu… ¿cómo se le dice?
—¿Piel?
—Sí, piel. El caso es que este mundo no es idéntico al que
esta allá. Puedo salir al mar, pero no sé cómo se siente tu mar.
—¿Cómo sabes que es el mar?
—Por lo que dicen la gente. Cuando me llevaban o movían la
gente pensaba que no escuchaba, que no estaba atenta a lo que
veía, pero todos actúan como si estuviera pintada.
—Y esa expresión también la aprendiste, no es así.
—Sí.
—Y tú tienes nombre.
—Me llamo Clara.
—Bueno, Clara, donde nacis…fuiste creada.
—En un estudio en los Ángeles California.
—Pero el que te creo fue…
—Dylan.
—Ese artistucho.
—Sí, sobre eso, no es tan malo como hace rato decías.
—Ah, no. Crees tú que ese clínex cobré vida también.
—No, lo que quiero decir es que él es un buen artista.
—Ah, sí y qué te hace pensar eso.
—Pues él me hizo a mí.
—Tengo mis dudas.
—No las tengas, él es bueno, lo aseguro. Eso que ves ahí no
es más que una mala racha. Yo he estado con el desde que su
espíritu artístico nació con él. Yo viví en su interior hasta que
en un golpe de inspiración mezclado con talento y el trabajo que
realizo durante varios días y noches me plasmo en este lienzo
rugoso.
—Clara, ponte en mis zapatos. Si es que conoces el valor de
esa expresión, yo estoy hablando con una pintura. En este mundo
como dices tú, me tomarían por loco y ahora me sales con que el
condenado Dylan es un artista capaz de plasmar arte viviente.
—Todos nacen con cierta capacidad artística.
—Por favor eso ya lo he oído antes. Todos tenemos un artista
a dentro bla, bla, bla. Lo que no saben todos es que no cualquiera
puede plasmar esa capacidad artística, así como así. De lo
contrario como sabríamos cuál vale la pena.
—La que indique tu corazón. Tú mismo sabrás cual es la que
alborota más tu corazón. Esa que te haga apreciarla día y noche,
que no te deje ni en tus sueños. Esa es la pintura correcta.
—No estarás confundiendo atracción con gustos o ¿sí?
—Para nada, a veces me gusta mirar eso que ustedes llaman
sol, pero que para mi no es más que luz.
—Todo es luz, explicate.
—Tu mundo es luz, pero yo lo veo de manera diferente. Puedo
ver tus imperfecciones de la cara como ese hoyo de la nariz más
grande que el otro. Tu frente un poco sumida a la derecha y una
entrada más larga que la otra, una parte de tu torso esta
desproporcionada a la otra…
—Ya entendí. Pero sólo ves aspectos físicos, no ves a través
de la mente humana.
—¿Tú puedes?
—A veces.
—No sé a donde quieres llegar, soy lo que soy, soy producto
de Dylan. Me muevo a voluntad y pienso a voluntad. Yo y todas las
demás pinturas. Sólo que no sé porqué las demás no quieren
moverse.
—Pero puedes comunicarte con ellas.
—Claro, me cuentan muchas cosas, pero no les gusta moverse,
según ellos no vuelven a estar en su lugar original cada vez que
se mueven.
—Y por que tú si decidiste moverte.
—Es cansado estar en el mismo lugar todos los días.
—Y porque hablarme a mí.
—No te sientas especial, no fuiste el primero al que le habla
una pintura. Muy seguramente alguno de mis compañeros ya ha hecho
esta travesura. Como tú dices los demás humanos lo han de tachar
de loco.
—No lo dudo.
—Mejor cuéntame que hay allá afuera. ¿Cómo es el mar?
—El mar es agua salada, mucha agua salada y, para algunos, es
tenebroso.
—¿Tenebroso?
—El mar es mucho más de lo que tú crees.
—Ah, sí.
—Sí, es como un mundo diferente al de nosotros. Uno del que
no somos capaces de controlar o sobrevivir.
—Pero el agua es vida, no es así, yo misma siento esa pizca
de agua en mi composición.
—¿Hablas del mar pintado allí?
—No. Hablo del agua que corre por el lienzo.
—Pero no se supone que estes seca.
—Eso crees tú, pero para elaborarme ocuparon unas cinco onzas
de agua, las mismas que siento correr por todo el lienzo.
—Yo pensaba que estarías hecha de pintura en su mayor parte.
—Estás en lo correcto, pero como tú no estás hecho de sólo
una cosa o ¿sí?
—Ya entiendo. Sabes creo que he pasado mucho tiempo viendo
pinturas estáticas, creyendo que tienen vida, pero ahora me doy
cuenta de que como yo veía la vida no es nada de como ahora la
veo.
—A eso dedicas el tiempo libre.
—Me ayuda a ganar dinero.
—Entonces tú también has convivido con muchos cuadros.
—No tantos como tú, tú le hablas y cuentas cosas. Yo sólo los
admiro y creo saber algo de ellos.
—Tampoco es como tengan mucho que decir. Algunos vieron a
gente matar a otra gente, amantes hacer cosas intimas y una que
otra guerra.
—Puede que conozca alguno de tus amigos.
—No lo dudo. Eres muy conocedor por lo que pude oír.
—Pues no es tan difícil juzgar a estos nuevos artistuchos que
creen hacer algo perdurable. No saben en donde se meten.
—Y tú por qué no haces algo para cambiar las cosas.
—Sí, juzgo sin piedad y con la más alta exigencia posible.
—Y así cuando habrá alguien que pueda superar tus estándares.
—Lo ha habido. Ese carnal fue…
—No ha habido.
—No.
—Deberías de darles un poco de chance.
—Y perder mi prestigioso sentido crítico.
—A quién le importa, si tú le dices a alguien que no se ve o
luce bien, crees tú que él te volverá a intercambiar la palabra.
—No creo que sea la analogía correcta.
—Sí lo es. La gente a veces necesita que les digan que se
vean bien, aunque no sea así.
—Pero como sabrás que no es parte de un ritual en donde todos
nos digamos lo mismo y no opinemos sinceramente.
—Porque darás un alago sincero y no sólo porque así es.
—No me gustaría ver el sobrero de alguien que no le sienta,
todos los días y sea algo como un elefante en la habitación.
—¿Qué es un elefante?
—Imagina un animal grandote que está en esta habitación, como
no verlo.
—Como el mar.
–Exacto, no puedes no obviar el mar.
—Ya veo.
—Yo no juzgo por resentimiento o porque me falte talento, lo
hago para que tengamos un filtro de calidad.
—No sé qué decir ante esos casos.
—Mi trabajo es un mal necesario, no me quejo, pero es lo que
es, así con sus altibajos y todo.
—Y vives para la crítica.
—…
—Para qué vives.
—Deje de preguntarme eso hace mucho tiempo.
—Sólo hago mi trabajo y administro una pequeña galería los
fines de semana donde ponemos a la venta cuadros de gente que si
vale la pena comprar.
—Y todos tienen tu visto bueno.
—No todos, las críticas necesitan nutrir el trabajo, no
halagarlo. Si bien hay cuadros que carecen de elementos que serían
básicos en todo cuadro de un pintor respetable, estos lo pasan por
alto y de una manera llamativa. Algo que grita, soy arte.
Comprame.
—Ese arte para ti es bueno, el que dice comprame.
—Más o menos, tampoco es como que tiene que ser total mente
por y para el capital.
—Hay arte para sanar.
—Sanar qué.
—Algún problema.
—Cómo cuál.
–Pareces niña pequeña.
—Por qué.
—Olvidalo, el chiste es que el arte no siempre es el fin para
solucionar un problema, como mucho es una vía tentativa pero nunca
con el fin de curar tus problemas de cualquier tipo.
—Pero mi creador no sentía que fuera aceptado con su arte
hasta que me creo, cuando dio la última pincelada una sonrisa
dibujada en su rostro no se le borraba ni porque su mamá murió y
perdió a su novia.
—Pero, no creo que sea con el motivo de curar esas pérdidas.
En todo caso suena que le alegro terminar una obra. Su felicidad
estaba alrededor de terminar ese cuadro. Por eso te pareció que lo
demás para él era insignificante. Y lo entiendo. Me pasá a veces
que estoy tan enfocado en sacar alguna reseña que me parece
peculiar y cuando encuentro las palabras correctas es cuando me
siento invencible.
—A todo tienes una respuesta.
—No las tengo…
—Entonces porque hablas como si las tuvieras.
—…
—Mira, mejor vete. Pensé que sería más entretenido hablar
contigo.
—Eso decía mi exesposa.
—Ahora la comprendo. Vete, ya, quiero estar sola.
—Está bien, vendré luego.
—Vete, que no oyes.
Ricardo se retiró ignorando a todos lo que le pedían un
momento, o que le reconocían para una foto o un consejo. No estaba
seguro de lo que había pasado. Seguramente estaré mal de la
cabeza, después de tanto tiempo, se repetía una y otra vez. Cruzo
la ciudad hasta su apartamento, entro y cerro la puerta, se lanzó
al sofá y no se levanto de ahí.

III

—Ricardo —dijo su amigo con pesadez—, qué horas son estas de


llamar.
—Perdón, perdón, pero tenía que contarte algo importante.
—¿Qué paso?
—Puedo hablar con el cuadro, sabías que él también habla y me
conto muchas cosas. Ahora creo conocerlo un poco mejor, el cuadro
es sensible y soñador, el artista logró plasmarlo en el lienzo,
además de que el movimiento de la silueta de la chica corre por el
lienzo libre. Sin contar su limitado mundo del que no puede salir.
Además, parece tener un gran conocimiento de nuestro mundo, ella
ha hablado con cuadros de todo el mundo es maravilloso, ella me
eligió a mí para hablar y contarme esto. No sé cómo suene, pero
es verdad, y creo que hasta me estoy enamorando de él, no sé me
recuerda a mi exesposa.
—Ricardo, sé que te pedí una reseña desesperada, pero mucho
café y desvelarte no te hace bien, lo sabes. Tómatelo enserio y
vete a dormir. Mañana pensaras en algo y nos sorprenderás, ahora
andas delirando y no funcionas así.
—Tienes razón, lo siento, descansa.
Ricardo cuelga.

IV

Nuevo día, nuevo intento. Esas palabras bailoteaban por la


mente de Ricardo. Volvió a hacer el rutinario chequeo del museo,
maleta, sensor, devolver maleta, a veces con unos buenos días,
señor, a veces con un adelante, pase. Hoy le tocaría el adelante,
pase. Cruzo la galería sin prestar atención a los demás. Llego a
la exposición y la vio otra vez quieta, como un venado en la
pradera. Solo que este venado no se movería ni al más mínimo
ruido.
—Cómo andas, volví y te traje algo.
No dijo nada.
—Ah, la ley del hielo. Ya veo, no caeré en ese sucio truco.
De todos modos, hablaré.
—¿Con quién hablas, Ricardo?
—Con nadie —dijo Ricardo pegando un salto—. Me asustaste,
podrías la siguiente vez tocar o algo por el estilo.
—Te vi pasar y no te detuviste a saludar. Podrías haber
pasado a mi oficina, pero como estabas concentrado decidí venir a
verte. Estás bien, si ocupas descansar, descansa.
—No, no, yo sólo estoy probando una técnica que aprendí para
entender estos cuadros es todo, no la uso mucho así que por eso me
asusté.
—Ya veo, te dejo trabajar, cualquier cosa pídemela.
—Gracias.
Ricardo se queda solo y suelta un suspiro.
—Ja, ja, ja.
—De qué te ríes, no fue gracioso.
—Debiste ver tu cara, fue increíble, ja, ja, ja.
—Calla, no fue chistoso. Ahora estoy furioso.
—Estamos a mano —dijo Clara, mientras se recogía el cabello
colocándolo detrás de sus orejas.
—Ay —dijo Ricardo dando un sorbo a su café.
—Qué es eso.
—Café.
—Vas a pintar un cuadro.
—No, por qué.
—Dylan tomaba de eso cada vez que pintaba.
—La gente acostumbra a tomar café antes de trabajar.
—Oh, les ayuda a hacer las cosas.
—De cierta manera. Sabe bien y te relaja. Además, quita el
sueño y da energía.
—Ya veo.
—Pero mira traje algo más importante de lo que quiero hablar
contigo.
—¿Qué es?
—Es de esto —dijo Ricardo sacando un cuadro del porta-lienzos
que traía.
—Es otro cuadro.
—Sí, pero como tú hablas con los cuadros quisiera que me
dijeras lo que el tenga que decirte.
—Me pide que no te diga nada.
–Enserio y porque no lo escucho.
—Ya ves, así funciona esto.
—¿Cómo?, ¿tienes telepatía con los cuadros?
—Digámoslo así, el cuadro no quiere perder la compostura, por
ende, la única manera de que él me diga algo es por medio de otros
medios difíciles de explicar.
—Entonces puede hablar sin moverse.
—Sí, ahora mismo dice que nunca le has caído bien, porque
siempre lo miras sin su permiso.
—Pues claro que lo voy a ver es mi cuadro.
—Pero tú no lo pintaste, dice él. Además, dice, que si a ti
te gustaría que todo el mundo te viera sin tu consentimiento y por
largos periodos de tiempo.
—Bueno, no. pero su función principal es verlo.
—Dice que estás equivocado, su función principal es retener
la melancolía de su pintor, el que por cierto no ha visto en años.
—Sí, es verdad fue un noruego el que me lo vendió. Hablas
noruego para entenderle.
—No, la pintura tiene su propio lenguaje. Es obvio que todos
podemos hablar con todos somo pinturas, no humanos.
—Bueno, dile que lo siento y que voy a tratar de verlo lo
menos posible después de reseñarlo.
Clara lo repite en un tono amable. Asiente.
—Dice que esta bien, pero que de preferencia no lo hagas en
la noche.
—Me parece bien. Dile que lo voy a guardar y gracias por su
tiempo.
Clara lo repite y se despide.
—Dime, ¿qué hiciste toda la noche?, ¿tú duermes?
—¿Qué es dormir?
—Ya veo que no.
—Bueno que hiciste toda la noche.
—Nada, sólo pensé en ti.
—¿En mí?
—Sí, en nuestra pelea. Además de que no saliste corriendo del
miedo cuando hablamos.
—Bueno, mi vida está entre las pinturas, no se me iba a ser
raro que de pronto cobren vida, es más, en el fondo lo deseaba.
—Ah, sí.
—Sí, todo eso que veo quisiera convertirlo en mi mundo y…
—Pero este mundo es limitado, no es tan complejo como el
tuyo.
—Lo sé, pero aún así prefiero eso que aguantar otro momento
en este mundo.
—¿No disfrutas de ese mundo?
—No, cuando más pasá el tiempo más se hace tedioso.
—Si yo pudiera estar ahí, haría un millón de cosas, viviría
al máximo.
–Eso lo dices por que no sólo lo has visto lo superficial.
—Tú también sólo has visto la parte superior del mundo de los
cuadros.
—Bueno los dos somos unos superficiales.
Ambos ríen.
—vuelvo en un minuto, tengo que ir a entregar algo a la
oficina de mi amigo.
—No te vayas, quedate conmigo.
—No te preocupes, yo me encargo de eso.

—Aquí tienes las reseñas que me pediste.


—¿Tan pronto? Pensé que me las entregarías justo un día
antes.
—Un trabajo horrible no necesita que le den demasiadas
vueltas.
—Dime, qué fue eso de anoche.
—Fue…una llamada estando ebrio.
—¿sigues tomando?
—Sólo fueron unas copas, es todo.
—Si ocupas ayuda sabes que puedes pedirla.
—No es eso, sólo lo necesita, justo ayer lo necesitaba, más
que todo.
—Bueno, si quieres puedes retirarte, leeré las reseñas y te
daré mi veredicto. En caso de necesitar correcciones te llamo.
—Me parece bien. Por cierto, crees que pueda seguir teniendo
acceso a la exposición.
—¿Para qué?
—Tengo la sensación de que algo, algún un recurso puede salir
para un ensayo de mediocridad artística. No sé si este bien o…
—Sí, porque no. Estate libre estos días antes de la expo.
—Bueno, nos vemos y estamos a mano.
—A mano.
Ricardo sale de la oficina de su amigo y vuelve con Clara.
—Volviste.
—Ya lo decidí.
—Qué decidiste.
—Te voy a robar.
—¿Como por qué?
—Te lo tengo que decir, no puedo dejar que un cuadro como tú
este viviendo en estas condiciones y no puedas ser tú.
—Pero yo soy…
—Una maravilla, eres una pieza artística que no voy a dejar
atrás, iras conmigo.
—Piénsalo, bien, no es como que vallas a robar un caramelo y
lo escondas en tus bolsillos, soy un cuadro que todo el mundo ve.
—Bueno ya encontrare la forma.
—No tienes porque hacerlo, estoy bien como estoy, no muevas
nada.
—Estoy enamorado de ti y no tendré la fuerza suficiente como
para dejarte aquí.
Las mejillas de Clara se colorearon como dos cerezas y el
diámetro de sus ojos se hizo más grande.
—Tú también. En ese caso, llevame contigo, no me dejes aquí.

VI

Ricardo pasó los siguientes dos días recreando el cuadro de


Clara. Lo dejo en manos de un amigo pintor que hace buenas
replicas. Una vez terminado el cuadro Ricardo planeo como entrar y
salir con clara sin que hubiera la menor sospecha. Planeo de todo,
desde entrar con un tanque de guerra, hasta hacer
microscópicamente el cuadro para sacarlo en su bolsillo. Nada
tenía sentido no encontraba como pasar a los guardias de la
entrada. Ellos chequeaban hasta el más mínimo detalle, no se les
escapaba nada. No podía entrar, tomar el cuadro y salir como juan
por su casa, tendría que idear algo más creativo, algo que no
levantara sospechas y que después de hacerlo fuera fácil de llevar
a casa. El montón de películas de atracos no le sirvieron de nada,
daban una idea falsa de lo que era robar. Aunque dijeran basada en
hechos reales, este era un robo sin meditar tanto en la situación,
el único objetivo es entrar y tomar el cuadro. Con la cabeza hecha
papilla no podía concentrarse faltaban veinticuatro horas para
hacer el hurto y Ricardo no tenía nada. Más de una vez trató de
convencerse de no hacerlo, pero la oportunidad de tener un cuadro
con quien charlar lo regresaban al camino. Eso hasta que la musa
de los hurtos, una musa vestida de cuero y con tatuajes de la más
grande suerte: dados, una flor imperial, pata de conejo, trébol de
cuatro hojas, jackpoint de tres sietes, etc; le dio un porrazo de
inspiración que acometer. Ricardo hiso los preparativos y al final
del día sólo quedaba esperar. Como es normal en asuntos de
atracos, nadie duerme justo antes del atraco. Ricardo no pego ni
una pestaña a la almohada. Llego el día, se vistió con su traje
favorito, era color café y tenía una corbatita texana. Desayuno
como si fuera su última comida, café, panqueques y mucho sirope.
Salió de su casa con el cuadro falso, se paseo por las calles
hasta llegar a la galería. Y cuando estaba a punto de entrar rodeo
el edificio y dejo el porta-retratos en el basurero.
Entró y le hicieron el chequeo. Camino con pasos sonoros por
sus zapatos de vestir. Pasó a la oficina de su amigo y le saludo y
se fue.
Llego a la sala donde estaba Clara y no estaba.

VII

—¿Dónde está el cuadro, que pinto el picassito?


—Le están dando el mantenimiento rutinario. ¿Por qué?
—Curiosidad, cuando volví ya no estaba.
—Sí, todos los viernes hacemos eso, algunos los checamos y
hacemos su recambio, pero otros solo ocupan una limpieza simple
entonces no hacemos recambio, como con el cuadro de Dylan.
—Y cuándo lo vuelven a poner.
—Dentro de un par de horas.
—Bueno, los esperaré.
—Como gustes.
Ricardo sale de la oficina y se dirige al baño.

—Tienes que concentrarte —dijo Ricardo mojándose la cara—.


Estos no lo esperabas, pero tienes que ir y atacar, no a la
defensiva, recuérdalo, como en la universidad, ataca, ataca.
Ricardo volvió a echarse agua.
—Tendrás que ir a por él. No lo esperes, entras y te lo
robas. Ves. Sencillo.
Un chorro más de agua y sale del baño. Camina hasta toparse
con la sala de restauraciones. La puerta está sin custodiar y
ningún seguro. Giro la perilla y con delicadeza empujo sin hacer
ruido. El taller desprendía un olor a barniz y madera. Entró,
cierro la puerta detrás de mí y busco el cuadro. No hay nadie. Al
menos no ahora. Con la mirada inspecciono si algún despistado no
me ha visto aún. En ese momento se me ocurriría la excusa perfecta
por si me atrapaban: “Vine porque me interesa ver como restauran y
dan mantenimiento a los cuadros”. El corazón me estaba pidiendo a
gritos salir de mi pecho, pero yo no lo dejaba. “¿Dónde estás?”,
dije al aire. “Por aquí”, respondió ella. En ese momento no
dimensione la repuesta que me había dado, dónde exactamente
estaría, la emoción me impido razonar la respuesta que no me
ayudaría a encontrarla, al menos no deprisa. “Dime algo que veas
para ubicarte”. “Nada estoy contra la pared”. Todos los cuadros de
ahí estaban contra la pared. Empecé a voltear de uno en uno,
cuando la puerta se abrió. Entro un muchacho con los audífonos y
la música a todo lo que da. Por suerte no me había visto el seguía
viendo el suplemento dominical que traía en sus manos. Pasó
delante de mí, entro a la otra puerta que tenía detrás y siguió su
camino. “Sigue hablando, puede que ubique por el sonido”. Repitió
palabras al azar y la tope en el rincón del taller.
—Aquí estás.
—Ya nos vamos. Ya.

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