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FACULTAD DE TEOLOGÍA DE GRANADA

LA PASTORAL CATÓLICA DE DIOS


Y DE LA IGLESIA
a partir de Catolicismo y otras obras de Henri de Lubac

TESINA DE LICENCIATURA

Presentada por Francisco Javier Espigares Flores


Dirigida por Diego M. Molina Molina S. J.

GRANADA 2015

1
INDICE

Introducción………………………………………………………………….....4

I. Vida y obra de Henry de Lubac………………………………………..…….9

1. Nota biográfica…………………………………………………..….9

2. Contexto teológico………………………………………………....10

3. Temática e influencias………………………………………….......11

4. Sus obras…………………………………………………………....13

II. Catolicismo, una obra teológica a la luz de los Padres……………………..16

1. Importancia de los Santos Padres para la fe de la Iglesia……….....16

2. Significado de los Padres para la teología de de Lubac…………....21

3. La obra Catolicismo. Aspectos sociales del Dogma………………..25

III. La bondad católica de Dios: para que todos se salven y formen un todo..…28

1. El concepto «católico»…………………………………………...…29
.
1.1. El término católico………………………………………..29
1.2. Lo católico en Dios y en su plan de salvación……………30

2. Lo «católico» en de Lubac……………………………………….…33

2.1. La reducción de lo católico………………………………..33


2.2. El núcleo del catolicismo: la Cruz………………………...35
2.3. Al principio era lo católico………………………………..36
2.4. El pecado como fragmentación de la comunión…………..37
2.5. La redención como restauración de la unidad católica……38
2.6. La misión católica de la Iglesia……………………………41
2.6.1. Todos son llamados. ...……………………..…....43
2.6.1.a. Todo lo humano………………………..44
2.6.1.b. A todos los hombres……………………47
2.6.2. Congregados en un Todo………………………...49
2.6.3. La Eucaristía como fuente de catolicidad………..52
2.6.4. La católica Madre Iglesia………………………...54
2.6.5. La actitud católica propia de los cristianos……....57

2
IV La pastoral católica de la Iglesia en torno a tres paradojas…………………61

1. Concepto de paradoja…………………………………………..……63

2. La primera paradoja sobre Cristo y la Iglesia……………………….65

2.1. La necesidad mutua de Cristo y la Iglesia………………...66


2.2. La unión e identificación de Cristo y la Iglesia…………...68
2.3. La distinción de Cristo y la Iglesia………………………..70
2.4. El vínculo esponsal………………………………………..71
2.4.1. La unión esponsal de Cristo y la Iglesia…………72
2.4.2. La Iglesia, sacramento de Cristo…………………74
2.4.3. La Eucaristía renueva la alianza del perdón……...78
2.4.3. a. Sacramentalidad de la Eucaristía…..….78
2.4.4. b. El perdón de los pecados…….…............80
2.5. Conclusiones pastorales………………………………..….81

3. La segunda paradoja sobre la persona y la comunidad……………….84

3.1. De cómo concurren personalismo y catolicismo………..…85


3.2. Importancia y propiedades de la dimensión personal……...89
3.3. La capacidad de testimonio de la persona interior………....92
3.4. Conclusiones pastorales…………………………………....94

4. La tercera paradoja sobre el tiempo y la eternidad…………...………95

4.1. Objeciones y aclaraciones a la paradoja…………………….96


4.2. La eternidad incluye el tiempo………………………….….99
4.3. Necesidad de la eternidad………………………………....100
4.4. Índole escatológica de la Iglesia…………………………..102
4.5. La verdadera eficacia temporal de la eternidad…………...104
4.6. Conclusiones pastorales…………………………………...105

V Conclusión final…………………………………………………….……….109

VI Bibliografía………………………………………………………………….113

3
INTRODUCCIÓN

La novedad absoluta de Cristo; la comprensión del cristianismo como el


amor más grande posible1; la conciencia viva de la verdad y de la capacidad del
hombre para ella; la grandeza de Dios y la dignidad de su criatura, el hombre; la
vinculación profunda que nos anuda a todos entre sí; el plan amoroso preparado
desde toda la eternidad y manifestado en la plenitud de los tiempos; la fuerza y
necesidad del Evangelio para toda la humanidad anhelante; la riquísima Tradición
que hemos recibido en la Iglesia y de la que somos deudores…2 Todas estas
realidades del gran Misterio inefable fueron percibidas con providencial viveza por
Henri de Lubac, jesuita francés. Profundizando en los veneros de la Tradición
cristiana pudo encontrarse más puramente con «el agua que salta hasta la vida
eterna»3 con la que dar de beber a la doliente y sedienta humanidad del siglo XX.

Acercarnos al teólogo de Lubac es ser introducidos de lleno en el


pensamiento de los Santos Padres y autores medievales en el coloquio que
establecen con autores modernos y antiguos, creyentes y ateos, filósofos,
pensadores, poetas, santos, papas e incluso herejes e ideólogos que rechazan toda
trascendencia. En este diálogo se esclarece la actualidad y potencia de la fe
recibida, del amor que nos salva y de la esperanza a la que hemos sido llamados.

Estudiamos a nuestro autor principalmente en su primera obra, Catolicismo.


Aspectos Sociales del Dogma. Para Balthasar es su obra programática de la que
después ramificará toda su teología posterior4. De la importancia de este libro se
hace eco también J. Ratzinger:
«Vino en mi ayuda también otra circunstancia. En el otoño de 1949, Alfred
Lapple me había regalado la obra quizá más significativa de Henri de Lubac, Catolicismo,
en la magistral traducción de Hans Urs von Balthasar. Este libro se convirtió para mí en
una lectura clave de referencia. No sólo me transmitió una nueva y más profunda relación
con el pensamiento de los Padres, sino también una nueva y más profunda mirada sobre la
teología y sobre la fe en general. La fe era aquí una visión interior, actualizada gracias
precisamente a pensar junto con los Padres. En aquel libro se percibía la tácita
confrontación tanto con el liberalismo como con el marxismo, la dramática lucha del
catolicismo francés por abrir una nueva brecha a la fe en la vida cultural de nuestro
tiempo. De Lubac acompañaba al lector desde un modo individualista y estrechamente
moralista de creer, a través de una fe pensada y vivida social y comunitariamente en su
misma esencia, hacia una fe que, precisamente porque era por su propia naturaleza
también esperanza, investía la totalidad de la historia y no se limitaba a prometer al
individuo su felicidad privada»5.

1
Cf. Carta enviada por H. U. VON BALTHASAR a Henri de Lubac por su 70
cumpleaños en el periódico Neue Zürcher Nachrichten 60 Beilage Christliche Kultur, 28, N.10, 14
- marzo -1964.
2
Cf. H. DE LUBAC, Carnets du Concile I, Éditions du Cerf, Paris 2007, 115.
3
Jn 4, 14.
4
Cf. H. U. VON BALTHASAR, Henri de Lubac, la obra orgánica de una vida,
Encuentro, Madrid 1989, 31: «Al comienzo aparece Catholicisme (1938), libro programa concebido
como una obertura, y que reviste de hecho este significado. De sus diferentes capítulos van a nacer,
como de su tronco, las ramas que constituyen las obras principales publicadas en lo sucesivo».
5
J. RATZINGER, Mi vida: Recuerdos, Encuentro, Madrid 1997, 73.

4
La orientación del trabajo es pastoral porque está basado en una obra de
carácter divulgativo: se dirige a cristianos, a catequistas, a pastores y, por supuesto,
a teólogos. Según de Lubac las páginas de este libro «se dirigen a creyentes
cuidadosos de una mejor inteligencia de la fe en que viven»6. Como ya veremos
más adelante esta obra está formada por diversas conferencias dadas en un
contexto de preparar agentes para la misión. Pero esto no quiere decir que lo que
nos encontremos no sea una teología profunda y fundamentada. Al contrario, a
medida en que vamos entrando en ella descubriremos un estudio minucioso de
textos, autores, concilios y hechos históricos que confluyen, como en una polifonía
armonizada de voces, dirigida magistralmente por de Lubac. Así se aborda cada
tema con luces y perspectivas diversas. Para ello recurre a los abundantes veneros
de la Tradición cristiana. Sólo ahondando en la riqueza recibida podremos
emprender una renovación en profundidad de la vida cristiana7. Este es el objetivo
de su estudio en esta obra.

De Lubac parte de un análisis certero y fundamentado de los hechos: la


praxis cristiana se encuentra muy encogida por una piedad individualista que lo ha
invadido todo. Observadores y pensadores se hacen eco de ello. La vivencia de la
fe se llenó de devociones privadas, cada uno buscando su propia salvación personal
y utilizando los mismos sacramentos como el medio necesario para conseguirla. Se
olvidó con frecuencia la perspectiva social y comunitaria del cristianismo. Lo
católico dejó de verse como lo universal y unitivo, y comenzó a ser entendido en
sentido restrictivo como lo no judío, lo no protestante, o como un resto de
privilegiados en posesión de la verdad frente un mundo depravado y despreciable.
De esta manera, la católica Iglesia estaba mermando, en algunos de sus hijos, su
mirada de madre y su compasión por la humanidad entera. Esta vivencia de la fe se
deformó, según nuestro autor, por una deficiencia en la percepción del dogma
católico8. Por eso, una sana teología puede ayudar mucho a recuperar la praxis
cristiana afectada por un individualismo que toca todas las realidades de la
experiencia creyente: el dogma, la Iglesia, los sacramentos, la historia, la Escritura,
la soteriología, la antropología, incluso la escatología9. Para nuestro autor la

6
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid, 1988, 17.
7
Cf. H. DE LUBAC, Paradojas nuevas paradojas, Península, Madrid, 1966, 90. «La
Tradición cristiana lo medita desde hace veinte siglos, y no dejará de meditarlo. No dejará de
encontrar en ello, de edad en edad, un principio de solución para los problemas más actuales y
aparentemente más inéditos» .
8
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid, 1988,17. «El olvido del
dogma, ¿no agrava las deficiencias de la moral? Y si tantos observadores, muchos de los cuales no
carecen de perspicacia ni de espíritu religioso, se equivocan tan gravemente sobre la esencia del
cristianismo, ¿no es un indicio de que los católicos habrían de hacer un esfuerzo para comprenderla
mejor ellos mismos?».
9
Sobre este último aspecto se hace eco el Papa Benedicto XVI en una de sus
encíclicas dedicada a la esperanza cristiana donde cita el libro Catolicismo y a su autor de Lubac:
«En los tiempos modernos se ha desencadenado una crítica cada vez más dura contra este tipo de
esperanza: consistiría en puro individualismo, que habría abandonado el mundo a su miseria y se
habría amparado en una salvación eterna exclusivamente privada. Henri de Lubac, en la
introducción a su obra fundamental Catholicisme. Aspects sociaux du dogme, ha recogido algunos
testimonios característicos de esta clase, uno de los cuales es digno de mención: « ¿He encontrado
la alegría? No... He encontrado mi alegría. Y esto es algo terriblemente diverso... La alegría de
Jesús puede ser personal. Puede pertenecer a una sola persona, y ésta se salva. Está en paz..., ahora
y por siempre, pero ella sola. Esta soledad de la alegría no la perturba. Al contrario: ¡Ella es

5
separación entre la teología, la espiritualidad y la pastoral perjudica a las tres10.
Esta inquietud pastoral de renovación eclesial desde su puesto de teólogo explica
su influencia generalizada en la vida real de los creyentes, en los documentos
magisteriales y en la misión futura de la Iglesia que sigue teniéndolo como un gran
referente11.

Este trabajo de tesina es de orientación pastoral, además, porque pretende


seguir profundizando en esta intención de renovación de nuestro autor,
fundamentalmente desde su concepción de lo católico y su influencia en la vida
cristiana. También hoy experimentamos restos de aquella piedad individualista,
influida del mismo protestantismo que quería combatir. El individualismo ya no
solo afecta a la piedad de los cristianos sino a la vida en general de todos. Cada
uno va a lo suyo y los fieles cristianos también participamos de este ambiente.
También, en algunos momentos, parece que la Iglesia tan sólo se preocupa de sí
misma, de hacerse valer y respetar en el mundo. Desde fuera, se percibe esta
actitud estrecha como si a Iglesia no le importaran los hombres sino su propia
supervivencia como institución; por ello, su mensaje poco o nada puede decir a su
vida de cada día. La fe se reduciría a unas prácticas rituales o a unos
comportamientos morales de otra época pasada que ya no se entienden. Este
individualismo ha podido afectar, también, a algunos grupos eclesiales, con
conciencia de mentalidad selecta, y, por lo tanto, sectaria. ¿No es esto lo más
contrario al mensaje de la misión en el mundo y comunión católica de Jesús?

De Lubac quiere que la luz de la fe llegue a todos hombres y a todas las


dimensiones de lo humano; y, por ello, la Iglesia debe resplandecer como nunca en
su condición de católica. La pastoral necesita de la catolicidad -la bondad católica
de Dios12- para comprender la misión de la Iglesia en el mundo. La catolicidad no
es un mero universalismo ni un cosmopolitismo sociológico, como veremos
posteriormente, sino un amor con la fuerza de unir a todos los pueblos. Ser católico
no es un distintivo de superioridad, sino una condición para ponerse debajo de
todos los hombres, al servicio de su más alta dignidad y aspiración. Es un don para
comprender la condición social y comunitaria del hombre, creado a imagen de un
Dios trinitario; y, a su vez, para valorarlo individualmente en su grandeza personal,
única e intransferible. Es un don para entregarse al hombre que vive en la tierra y,
que a su vez, sueña con el cielo; al hombre que precisa del alimento del cuerpo y,

precisamente la elegida! En su bienaventuranza atraviesa felizmente las batallas con una rosa en la
mano » (BENEDICTO XVI, Spe salvi, Edobite, Tenerife 2007, nº13, 20).
10
Cf. H. DE LUBAC, Paradojas nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 83: «Del
conocimiento en materia religiosa es válida ante todo, y directamente, la exclamación de Boussuet:
―¡Desdichado el conocimiento que no se gira hacia el amor!‖ ¡Fuera todas estas reflexiones, estas
discusiones, estos estudios, que no tienden, como decía Fenelón, ―sino a hacer unos filósofos sobre
el cristianismo y no unos cristianos!‖».
11
R. ALDANA, «La inteligencia espiritual de la Sagrada Escritura según Henry de
Lubac»: Revista Toletana 17 (2007) 9: «Los resultados de sus investigaciones han pasado a formar
parte de la conciencia teológica eclesial casi de modo anónimo, ya sea por la influencia de su
pensamiento en el magisterio de la Iglesia, ya sea por direcciones concretas que sus trabajos han
dado al rumbo de la investigación teológica».
12
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid, 1988, 209: El término
«bondad católica» está tomado de la afirmación de que la Iglesia católica es la «heredera de la
cathólica bonitas del mismo Dios».

6
también, del espíritu; al hombre que necesita de sus semejantes y, sobretodo, de su
Creador. De Lubac percibe, pues, al hombre completo sin mutilaciones
ideológicas, al hombre entero que debe mirar y dejarse mirar por el Hombre
perfecto, Jesús, el Hijo encarnado de Dios; y, sólo así, poder llegar a descifrar su
inmenso misterio. Este misterio no es otro sino que Dios Padre nos ha destinado en
la persona de Cristo a ser sus hijos, santos e irreprochables ante Él por el Amor que
es su Santo Espíritu13.

¿Cómo devolver la verdadera dimensión al término «católico»? ¿Cómo


debe de influir la catolicidad en la vida corriente de los cristianos? ¿Cómo ser hoy
verdaderamente católicos? Este es el objetivo de este acercamiento a la obra
Catolicismo de de Lubac y a otras obras suyas que serán de gran interés para
nuestro tema: Meditación sobre la Iglesia, Paradoja y misterio de la Iglesia y
Paradojas y nuevas paradojas. Las dos primeras partes del presente trabajo son
introductorias: la primera es un acercamiento a la figura y obra de nuestro autor; y
la segunda, una mirada a la principal fuente de su inspiración: los santos Padres en
la Tradición de la Iglesia. Las dos siguientes serán dos grandes bloques que
abordarán esta cuestión católica.

En el primer gran bloque -capítulo tercero- veremos cómo Dios ha entrado


en la historia con su bondad católica para salvar a todos, sin desdeñar a nadie. Su
forma de intervenir en la realidad y de acercarse progresivamente a los hombres es
el camino de la pastoral de la Iglesia. Ella tiene constantemente que mirar las
acciones divinas: magnalia Dei. La pastoral de la Iglesia tiene su gran fundamento
en la misma pastoral de Dios: «Yo mismo apacentaré a mis ovejas»14. El Hijo, que
ha venido a buscar lo perdido, afirmó de sí mismo: «Yo soy el buen pastor. El
Buen Pastor da su vida por las ovejas»15. No hay otro camino que el ya
comenzado. Por eso trataremos de redefinir lo católico a la luz de la revelación que
Dios ha hecho de sí mismo y de su voluntad salvífica. Ahí está la única fuente
auténtica donde la Iglesia debe recibir la catolicidad -bondad católica de Dios- en
toda su pureza16. Todos los cristianos están llamados a beber aquí para dilatar su
capacidad de amar al otro en su diferencia, de verlo con ojos nuevos, en comunión
de origen y destino. Ningún amor a medias cabe en un corazón católico.

En el segundo bloque -capítulo cuarto- veremos tres paradojas, destacadas


por de Lubac, que permiten comprender y vivir el misterio de la catolicidad de la
Iglesia de una forma más plena. Dios inspira a su Iglesia su mismo modo de
proceder puesto que le ha conferido su misma identidad. Cada una de las tres
paradojas intentan responder a su manera a las siguientes preguntas: ¿Cómo
pueden estar Dios y la Iglesia en una misma misión siendo tan diferentes? ¿Cómo

13
Cf. Ef 1, 3-10.
14
Ez 34, 15.
15
Jn 10, 11.
16
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, nº 811: "Esta es la única Iglesia de Cristo,
de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica" (LG 8). Estos cuatro
atributos, inseparablemente unidos entre sí (cf. DS 2888), indican rasgos esenciales de la Iglesia y
de su misión. La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la
Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de
estas cualidades».

7
puede ser la Iglesia la «apertura de Dios al mundo17» sin ser Dios? ¿Cómo puede la
Iglesia participar de la bondad católica de Dios? ¿Cómo podrá comunicar la
superabundancia del amor que se expresa en la frase «tanto amó Dios al mundo,
que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que
tenga vida eterna»18? La misión católica de la Iglesia debe mirar a estas tres
paradojas para revisarse y ponerse a punto. Ellas garantizarán que la pastoral
católica de Dios continúe en su Iglesia, o lo que es lo mismo, que ella sea
realmente sacramento de un Dios abierto al mundo. Mostrar la actualidad y
necesidad de las mismas será el objetivo de este bloque.

17
H. U. VON BALTHASAR, Tu coronas el año con tu gracia, Encuentro, Madrid
1997, 126.
18
Jn 3, 16.

8
I

VIDA Y OBRA DE HENRY DE LUBAC

1. NOTA BIOGRÁFICA.

Henri de Lubac (1896-1991), jesuita francés, ha sido uno de los más


grandes e influyentes teólogos del siglo XX. Nace en Cambrai, Francia, el veinte
de febrero de 1896. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1913. Sirvió en las filas
francesas en la primera guerra mundial, sufriendo en la contienda fuertes heridas.
Fue formado como jesuita en Jersey, Inglaterra y en Fourvière (Lyon).

Se ordenó sacerdote en 1927. Dos años más tarde ejerce de profesor en


Lyon enseñando teología fundamental, dogmática e historia de las religiones19. Por
el avance del ejército alemán en 1940, abandona Lyon y se refugia en Vals, cerca
de Puy, formando parte de la resistencia francesa en la segunda guerra mundial. Se
llevó consigo el dossier de su obra Surnaturel cuyas primeras anotaciones de esta
obra comienzan en el año 1924 de su estancia en Fourvière. Fundó en 1942, junto
con Jean Daniélou, la colección Sources Chrétiennes, de gran prestigio, para la
tradución y publicación crítica de las obras de los santos Padres y algunos autores
medievales. Su gran obra Surnaturel, que desató una fuerte polémica teológica, se
publica en 1946. Al recibir numerosas críticas tubo que responder escribiendo en
1950 Le mystère du Surnaturel replicando a sus adversarios con serenidad y
claridad. Ya antes lo había hecho en un artículo para la revista Recherches de
science religieuse.

Esta sospecha de algunos teólogos romanos que cae sobre Henry de Lubac
le obligó a estar durante los años cincuenta en silencio y retirado de la docencia.
En estos años escribe Meditación sobre la Iglesia, un libro que sorprende por su
amor e inteligencia del misterio de la Iglesia. Esta inhabilitación docente se
entiende en el marco del difícil ambiente que se creó en torno a la Escuela de los
jesuitas de Lyón-Fourvière. Para los conservadores era el laboratorio intelectual de
la Theologie nouvelle. Estaban en el punto de mira: H. Bouillard, J. Daniélou, H.
U. von Baltasar, G. Fessard, Rondet y T. de Chardín: todos sospechosos de una
teología filomodernista20. Ellos no tenían un plan subversivo sino un genuino
proyecto de renovación teológica. Era una vuelta a las fuentes: Escritura,
Tradición, patrística y liturgia; una vuelta a la historia estableciendo un vínculo
entre santos Padres y contemporáneos. La colección francesa Sources Chrétiennes
respondía a esta intención. Por otra parte, ellos querían prestar atención especial a
las influencias filosóficas para elaborar una teología ―viva‖ en contacto con el
pensamiento de su época. Una teología para ilustrar a los contemporáneos el
sentido de la vida con una visión integral del hombre cristiano. También querían

19
Cf. I. MORALI, Henri de Lubac, San Pablo, Madrid, 2006, 10.
20
Cf. H. DE LUBAC, Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid, 2000, 66.

9
recuperar el universalismo, es decir, el poder de la encarnación del cristianismo y
su relación con otras culturas, pueblos y religiones.

Juan XXIII rehabilita al padre de Lubac llamándolo para colaborar como


perito teológico del Concilio Vaticano II. Allí trabaja incansablemente desde 1962
hasta 1965 siguiendo en estrecha colaboración con su sucesor Pablo VI. Su obra y
trabajos han sido muy influyentes en la mentalidad de los padres conciliares y en
los textos magisteriales. Acabado el Concilio, Henri de Lubac se dedicó a impulsar
su aplicación en la vida de la Iglesia evitando los peligros más frecuentes de un
acomodacionismo al mundo. Y si antes del Concilio de Lubac fue tachado de
progresista ahora, por esta actitud, fue tachado de conservador.

San Juan Pablo II lo nombrará cardenal en 1983 agradecido por su obra


teológica y su asistencia al magisterio en el Concilio Vaticano II. Muere el 4 de
septiembre de 1991.

2. CONTEXTO TEOLÓGICO.

Desde finales de la primera guerra mundial se inicia un movimiento


teológico en Europa cuya inquietud fundamental era volver a las fuentes primeras
de la antigüedad cristiana cercanas a la Sagrada Escritura para nutrirse de una
doctrina de gran pureza y vitalidad. Se trataba de retomar los santos Padres en el
contexto de intensa vida cristiana en que escribieron y no desde el prisma del
sistema neoescolástico, que simplemente los utilizaba como firma de autoridad
para corroborar sus tesis. «Bastaría con mencionar los nombres de Odo Casel,
Hugo Rahner, Henri de Lubac, Jean Daniélou para rememorar una teología que se
sabía y se sabe muy cercana a la Escritura, porque está cerca de los Padres»21.

Este movimiento se entendió como ressourcement, un retorno a las fuentes


profundas encontrando en ellas un nuevo camino de hablar adecuadamente de
Dios, de la revelación de Cristo y de su misma vida continuada en la Iglesia. El
sistema teológico neoescolástico era una vía muerta por donde el cristianismo no
podía seguir. Violentaba a la revelación en la medida en que la sometía a unos
sistemas racionales demasiado estrechos e impedía hacer comprensible la
originalidad cristiana a la nueva sensibilidad del hombre22. En cambio, los autores

21
RATZINGER, J. Teoría de los principios teológicos. Materiales para una teología
fundamental, Herder, Barcelona, 1985, 158.
22
Cf. P. VISENTIN, «I Padri come fonte della teologia», Seminarium 9 (1969) 180.
La relación Padres y escolástica es tratada por Pelagio Visentin. Afirma que la intención de los
Padres ha sido la fidelidad al mensaje divino y al hombre de su tiempo que debía acogerlo. Este
trabajo providencial ha permitido luego a la Escolástica tener unas bases para construir su teología.
La escolástica ha tomado tanto afirmaciones patrísticas como citas bíblicas como presupuesto de su
elaboración sistemática pero su objetivo final, en algunos autores, se distanciaba del comienzo. Sin
embargo para los Padres la Palabra de Dios no es un punto de partida sino una referencia continua
y consciente desde la que todo es juzgado y de la que no hay que alejarse sin riesgo a ser
influenciados por las modas intelectuales del momento. La teología patrística estaría en una
situación intermedia entre el dato bíblico en estado puro y la elaboración escolástica donde la
confianza en la sistematización filosófica pasa a un primer plano.

10
ya mencionados encontraron, como lo había hecho recientemente en Inglaterra el
cardenal Newman, un tesoro, un hallazgo providencial en la Tradición más viva de
la Iglesia: los santos Padres y escritores de la antigüedad cristiana.

Esto no pudo hacerse sin provocar rechazos y descalificaciones por los que
representaban la postura oficial teológica de la Iglesia. Muy paradójico fue que los
más tradicionales se opusieran a estos autores por recuperar precisamente las
fuentes de la Tradición. Esta falta de entendimiento entre una teología oficial -
neoescolástica- y otra renovada, -ressourcemen- también llamada por sus
oponentes Nouvelle Théologie, condujo a la suspensión de la docencia al padre de
Lubac. La tensión se palpa en la carta que de Lubac escribe a su superior con
motivo de la publicación Humani Generis de Pío XII donde se condenaban algunas
tesis formuladas por el padre de Lubac en su obra Surnaturel:

«Con el pensamiento puesto en que mediante el estudio de las fuentes, las


ciencias sagradas rejuvenecen sin cesar, sostenemos firmemente que el Magisterio vivo es
la regla suprema de interpretación de la Sagrada Escritura y de la Tradición. A pesar de
nuestra preocupación por conocer bien los sistemas modernos para mejor criticarlos y
sacar de ellos las verdades parciales que puedan encerrar, permanecemos adheridos a los
principios y al método del Doctor angélico, resueltos a no abordar los nuevos problemas
sino a la luz de la Fe y de la tradición doctrinal de la Iglesia, conscientes de que en esta
materia hacen falta mucha prudencia y humildad»23.

Este nuevo camino emprendido tendrá una influencia muy destacada en el


magisterio posterior de la Iglesia sobre todo en las reformas realizadas por el
Concilio Vaticano II. Existen también otros teólogos de gran relevancia, y no
nombrados aún, que orientaron por aquí su quehacer teológico: Pierre Teilhard de
Chardin, Hans Urs von Balthasar, Yves Congar, Karl Rahner, Marie-Dominique
Chenu, Étienne Gilson, Jean Mouroux y Joseph Ratzinger24, entre otros.

3. TEMÁTICA E INFLUENCIAS.

La gran variedad de la temática de su obra (los santos Padres, la Iglesia, el


Sobrenatural, el ateismo, el Budismo, la Paradoja, la Escritura…) puede parecer
dispersión y fragmentación. Su obra no responde a un proyecto sistemático
predeterminado sino al intento de llevar el cristianismo en toda su riqueza a las
distintas necesidades que se plantean. Para ello será necesario limpiarlo de
concepciones estrechas que lo distorsionan. Este principio le conduce a una
teología del momento. Él mismo hablará de una teología de ocasión25. Sin embargo
toda su obra tiene una unidad interna tanto en el contenido - la necesidad absoluta
de Cristo para humanizar al hombre contemporáneo - como en la forma y en la

23
H. DE LUBAC Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid, 2000, 220.
Merece resaltar dos frases que definen su quehacer teológico: «mediante el estudio de las fuentes,
las ciencias sagradas rejuvenecen sin cesar»; y «conocer bien los sistemas modernos para mejor
criticarlos y sacar de ellos las verdades parciales que puedan encerrar».
24
Posterior Papa Benedicto XVI que fue durante muchos años Prefecto de la
Congregación de la Doctrina de la fe, cuyo magisterio, inspirado en la riqueza patrística, ha
desarrollado una influencia teológica y pastoral muy generalizada.
25
Cf. H. DE LUBAC, Théologies d´occasion, París, Desclée de Brouwer, 1986.

11
intención - vuelta a las fuentes de la Escritura y de la Tradición para dialogar con
el pensamiento y vida vigentes.

Hans Urs von Balthasar, alumno y admirador suyo, en su obra Henri de


Lubac, La obra orgánica de una vida, hace un recorrido de su pensamiento en
grandes bloques: catolicismo, los dos ateísmos, la novedad de Cristo, criatura y
paradoja y la Iglesia. Ilaria Morali, teóloga italiana, en su libro Henri de Lubac nos
muestra la extraordinaria viveza de este teólogo en unas circunstancias eclesiales y
teológicas de cambios profundos. Especialmente subraya el aspecto más polémico
de su obra: el sobrenatural.

Las obras completas de Henri de Lubac se encuentran en Editions du Cerf


en 50 volúmenes ya corregidos en vida del autor. Dichas obras completas también
están traducidas al italiano.

Las influencias de nuestro autor en el pensamiento teológico y magisterial


son tantas que sólo referirse a ellas sería obra de un estudio aparte. No hay que
olvidar que en sus más de doscientas mil citas vertidas en sus escritos hay una
enormidad de sabia sedimentada a lo largo de toda su obra. Su amplia red de
relaciones con otros teólogos y pensadores, jesuitas la mayoría (los más ancianos:
J. Huby, L. de Grandmaison, J. Lebreton, Teilhard de Chardin; los más jóvenes:
Xavier Tilliette, H. U. von Balthasar, Daniélou,)26, con los cuales mantenía una
fluida comunicación por carta, -correspondencia a la cual el autor le da gran
importancia publicándola- hace de su teología una obra de colaboración. Es un
pensamiento forjado en red el que se desprende de sus escritos.

Si las inquietudes y preocupaciones vienen del ámbito de la filosofía, las


respuestas vienen siempre dadas desde la Tradición y pensando con la Tradición:
Escritura, Padres, santos y magisterio.

Se inspira en la filosofía de Maurice Blondel27 cuyo principio es el


dinamismo e impulso innato del hombre hacia algo más. En toda naturaleza
humana en acción existe una búsqueda del sobrenatural. En su obra L´actión, M.
Blondel propone el actúo frente al pienso de Descartes, al debo de Kant y al quiero
de Shopenhauer. El hombre es acción. Esa acción es una peregrinación de sentido
y de destino hacia un fin sobrenatural. Esta filosofía cristiana ahonda el vacío que
la revelación debe rellenar y es base fundamental para la teología de de Lubac,
sobre todo en su obra Surnaturel28.

Otras influencias destacables en nuestro autor son Maréchal y Rousselot,


los cuales le descubren un tomismo revivificado29 y le suscitan cuestiones -la

26
Cf. I. MORALI, Henri de Lubac, San Pablo, Madrid, 2006, 14.
27
El mismo autor lo reconoce: «Entre los contemporáneos a quienes leí en la etapa
de mi formación, tengo una deuda especial para con Blondel, Maréchal y Rousselot» (H. DE LUBAC,
Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid 2000, 16).
28
Cf. Ibid. 37. En una carta respuesta de M. Blondel a de Lubac afirma: «Tocaré
aquí ese problema central, por el que usted siente tan vivo interés: debe intentarse una revisión
integral de la concepción del sobrenatural».
29
Cf. Ibid 373. Así lo afirma de Lubac: «Cuando salí de Jersey (tenía yo entonces
veintisiete años), donde imperaba todavía el espíritu suareciano, me señalaban severamente como
tomista (de un tomismo, es cierto, revivificado por Maréchal y Rousselot)».

12
inteligencia de la fe, el intelectualismo en santo Tomás y la inquietud por el
sobrenatural- a las cuales se dedicó más tarde en su obra. Siendo de Lubac todavía
un estudiante de teología considera a estos teólogos dos grandes maestros30.

Con Etienne Gilson, filósofo laico, mantuvo una fructuosa amistad e


inteligencia compartida desde el principio hasta la muerte de éste en 197431. Su
frecuente correspondencia lo acredita.

El abad Jules Monchanin fue otro gran referente importante para de


Lubac32. Con una fuerte vida mística y evangelizadora ayudó a unos obreros en un
barrio y, después, estuvo de misión en la India. De Lubac acudía a unas reuniones
sacerdotales que éste organizaba en Lyon33. Este apóstol contemplativo de
penetrante inteligencia influyó en la característica a la vez social e interior de la fe
que de Lubac desarrolla sobre todo en el capítulo XI, «persona y sociedad» de
Catolicismo; así como de la relación del cristianismo con otras religiones.

Podemos concluir las influencias y relaciones del autor con una frase suya
aplicable a su labor teológica: «No hay persona aislada: cada uno, en su mismo ser,
recibe de todos, y de su ser mismo debe devolver a todos»34.

4. SUS OBRAS.

Su primera gran obra fue Catolicismo. Aspectos sociales del dogma,


publicada en 1938. No nos detenemos a explicarla ahora puesto que lo haremos
más tarde. Baste con decir que es su obra programática, la que define las líneas de
trabajo teológico que luego desarrollará a lo largo de su vida.

Dedica dos obras al conocimiento de Dios y su gracia sobrenatural. Una es


su grande y polémica obra: Sobrenatural (1946). En ella pone en tela de juicio una
fuerte corriente teológica imperante. En la neoescolástica la fe ha sufrido un
encorsetamiento por el método teológico empleado donde la revelación debía
adecuarse a la lógica racional del pensamiento ilustrado. De Lubac desenmascara
algunas desviaciones en la tradición teológica tomista sobre todo la de Cayetano y
del Padre Suárez en su elaboración del natural-sobrenatural como dos órdenes
independientes cada uno con un fin propio. De Lubac recupera la tradición
agustiniana y de Santo Tomás de Aquino: la esencia del hombre creado en el orden
natural es el deseo absoluto de Dios sin que ello elimine la gratuidad de la gracia
para otorgarlo en el orden sobrenatural. Estas elaboraciones teológicas -las de

30
Cf. Ibid. 49: «yo era estudiante de teología. Nos reuníamos cada domingo para
debatir sobre un tema escogido. El sobrenatural estaba en el centro de la reflexión de los maestros
de quienes ya he hablado: Rousselot, Blondel, Maréchal».
31
Cf. Ibid. 436 ss.
32
Cf. Ibid. 291. «Más arriba he dicho algo sobre el abate Monchanin; si redactara
aquí unas memorias, tendría que hablar ampliamente de él, pues mi encuentro con él y la
consiguiente amistad fueron para mí determinantes; soy consciente de que en nuestros intercambios
soy yo quien lo recibió todo».
33
Cf. Ibid. 105.
34
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 234.

13
Cayetano y Suárez-, cuyo fin loable fue impedir que la gracia dada gratis se
convirtiese en una exigencia sin más del hombre natural, han conducido a graves
errores posteriores en el pensamiento y en la praxis de la Iglesia. Hoy, bastantes
años después, constatamos sus principales frutos: la separación entre la fe y la vida,
un Cristo no necesario para el hombre, una Iglesia no necesaria para la salvación y
la reducción del cristianismo a ética o a unas prácticas rituales. En definitiva,
olvidar la encarnación como principio teológico que une los dos órdenes natural-
sobrenatural, catapultando a Dios a la última estratosfera35. La otra obra donde
reflexiona sobre todo esto es Le Mystère du Surnaturel, (1965). Aquí intenta
despejar la exigencia del deseo humano de Dios para con Dios mismo. La creación
del hombre a imagen de Dios y su disposición a la gracia dada gratis no reclama
por sí misma la elevación del hombre. Son dos pasos articulados -creación y
elevación- del proceso por el cual un sujeto no divino es destinado a participar de
la vida divina. La capacidad humana para Dios y la llamada libre de Dios al
hombre son dos realidades distintas y complementarias a la vez.

Para de Lubac existen dos ateísmos que oponen fuertes resistencias a la


misión de la Iglesia. Un ateísmo horizontal que elimina toda trascendencia y busca
redenciones a la humanidad desde la misma humanidad. Éste se sitúa
fundamentalmente en occidente y encuentra sus máximos exponentes en
Feuerbach, Marx, Nietzsche, Augusto Comte. Este ateísmo es analizado y descrito
en tres obras: El drama del humanismo ateo (1944), Proudhon y el cristianismo
(1945) y El ateismo y sentido del hombre (1968). Para De Lubac sólo el
cristianismo, gracias a la esperanza que ofrece después del fracaso y de la muerte,
es el único que puede dar sentido y ofrecer una salida a la historia universal;
Dovtoiesvki será exponente de este camino. También existe un ateísmo vertical
que proviene del budismo y se da en oriente. Esta religión, aun siendo «el hecho
espiritual más grande de la historia»36 no deja pasar al Dios vivo y verdadero. El
autor lo analiza en Aspectos sobre el budismo I (1951), El encuentro entre budismo
y occidente (1952) y Amida. Aspectos sobre el budismo II (1955). El místico
budista se disuelve en lo colectivo despersonalizándose en un estado que lo sitúa
fuera de la realidad. No hay encuentro entre Dios y hombre sino una fuerte
sensación de imperturbabilidad. Esta religión niega a un Dios personal.

También a la temática de la importancia de la Escritura y la Tradición de


Lubac le dedica varias obras. Redescubre en Orígenes el sentido y la inteligencia
espiritual de la Escritura en su obra Historia y Espíritu (1950). No hay exigencia
del Antiguo Testamento con respecto al Nuevo. Israel no ha llegado a ser la Iglesia
por una evolución natural sino porque ha descendido del cielo la Nueva Jerusalén.
Hay que distinguir entre el sentido espiritual y literal de la Escritura. Dios es
Palabra que se hace carne. Es Palabra que toma cuerpo en la Escritura y en la
Eucaristía. Ya analiza este tema en el cap. VI de Catolicismo y vuelve a tratarlo en
sus cuatro volúmenes Exégesis medieval (1959-1964).

35
Cf. H. DE LUBAC, Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid 2000, 35.
Al respecto se cuestiona el autor en una carta dirigida a M. Blondel: «¿No será ese sistema (sistema
de naturaleza pura) responsable en gran medida del mal de la teología separada, mal que estamos
sufriendo intensamente todavía hoy?».
36
H. DE LUBAC, Aspects du bouddhisme I, Éditions du Seuil, Paris 1951, 8.

14
El trabajo teológico que realizará, tomando una metáfora de Orígenes, será
desatascar los pozos de la Tradición obstruidos por los filisteos y dejar que fluya
de nuevo el agua viva. Esto es lo que hace en su obra Corpus mysticum (rebatiendo
una concepción estrecha de la Iglesia y de la Eucaristía), en Exégesis medieval
(recuperando la riqueza de la exégesis en este periodo de la historia), en Joaquín de
Fiore (desechando una Iglesia sin Cristo, meramente espiritual) y en Sobrenatural
(aclarando la concepción de Santo Tomás sobre la relación de natural y
sobrenatural, desviada por Cayetano y Suárez).

La Iglesia es objeto de estudio a lo largo de toda su obra. Ella es el lugar del


encuentro entre el mundo divino que desciende y el mundo de los hombres que
aspiran hacia él. Ya en el año 1944 escribe Corpus Mysticum. En el cap. II de
Catolicismo habla de la Iglesia y en una de sus obras más célebres, Meditación
sobre la Iglesia (1953), ofrece una teología espiritual de la Iglesia. Lo más
importante de la Iglesia es su Misterio, que no se ve totalmente. Sólo desde el plan
salvífico del Dios trino sobre toda la humanidad descubrimos la grandeza de la
Iglesia. En todas sus manifestaciones parciales y limitadas por sí mismas está
Jesucristo, su Cabeza, acabando su obra de reunión espiritual hecha necesaria por
la división del pecado. El término «católica» define esta tarea37.

Hay otras muchas obras publicadas por el autor que por brevedad no hemos
señalado: los monográficos de algunos autores, sobre el concepto de paradoja,
sobre la Iglesia y su misión. No extraña pues, al acercarnos a su gran obra, el
poderoso, y a la vez discreto, influjo de su obra en la vida teológica y pastoral de la
Iglesia.

Concluimos esta breve presentación de su vida y obra con unas palabras del
Retrato que hace Georges Chantraine del Cardenal Henri de Lubac para introducir
Catolicismo en su versión castellana ya referida:

«El Padre de Lubac se ha esforzado siempre, en el silencio de la oración y de un


trabajo austero, por hacer oír el concierto de los espíritus que, en la Iglesia y fuera de
ella, han celebrado la dignidad del hombre y la gloria de Dios; y de este modo, más
allá de Babel, por hacer resonar este nuevo lenguaje que a través de las lenguas
humanas deletrea y proclama al Verbo de Dios, encarnado ―por nosotros los hombres
y por nuestra salvación‖»38.

37
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 37.
38
Ibid. 13.

15
II

CATOLICISMO,
UNA OBRA TEOLÓGICA A LA LUZ DE LOS PADRES

La teología cristiana actual depende en gran medida de las fuentes


patrísticas. De Lubac destaca entre otros autores por ser uno de esos teólogos que
volvieron a beber de las fuentes de la Tradición y la Escritura. Él no recurre a los
Padres para probar sus tesis teológicas sino que se deja inspirar por ellos - y su
variedad paradójica - para alumbrar diversos aspectos de la fe que habían quedado
olvidados. Primeramente veremos la importancia de los Padres para la teología en
general; en segundo lugar, la importancia de los Padres para la teología de de
Lubac en particular y, por último, nos acercaremos a la obra Catolicismo, una obra
hecha a la luz de los Padres.

1. IMPORTANCIA DE LOS SANTOS PADRES PARA LA FE DE LA IGLESIA.

La teología busca comprender y explicar la revelación que Dios ha hecho


de sí mismo y de su plan de salvación. La fe es la primera e imprescindible
percepción y acogida de esta revelación. Sólo después esa fe será explicitada y
profundizada en el análisis científico, en la reflexión y en la conceptualización
teológicas39. La revelación divina se nos presenta hoy como una serie de
testimonios orales y escritos de unos hombres privilegiados que han vivido en la
intimidad con Jesús, los Apóstoles. Lo impresionante es que a través de la Iglesia y
con la asistencia del Espíritu Santo, también a nosotros se nos haga accesible este
Misterio de Dios con la misma fuerza que a ellos. La Iglesia es el lugar natural
donde esto ocurre: en ella los Padres han recibido este tesoro y en ella lo han
comunicado. Como decía san Agustín «han enseñado a la Iglesia lo que
aprendieron en la Iglesia»40.

Pero los Padres vivían en medio de una cultura determinada, dotada de un


pensamiento y unos conceptos filosóficos. Conocer la fe, defenderla y explicarla en
su ambiente fue su gran tarea teológica. De esta forma prolongaron y
profundizaron la conciencia de la fe. Fides quaerens intellectum. Por eso la
teología encuentra en los Padres un periodo especialmente rico por el tiempo y el
modo en que han transmitido y reflexionado sobre la fe. Veamos su importancia
debida fundamentalmente a estas cinco aportaciones41. «Son ellos, en efecto, los

39
Cf. P. VISENTIN, «I Padri come fonte della teologia»: Seminarium, 9 (1969) 166-
167.
40
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, «El estudio de los Padres de la
Iglesia en la Formación Sacerdotal, 1989»: Ecclesia 20 nº 2.461(3 de febrero de 1990) nº 19, 29
(Cita de s. Agustín).
41
Cf. J. RATZINGER, Teoría de los principios teológicos. Materiales para una
teología fundamental, Herder, Barcelona 1985, 176-180. Los cuatro primeros puntos están tomados
de esta obra y enriquecidos con otros estudios.

16
que delinearon las primeras estructuras de la Iglesia junto con los contenidos
doctrinales y pastorales que permanecen válidos para todos los tiempos»42.

1. Los Padres y la Escritura.

La Escritura es el alma de la teología patrística. Veamos cómo en el periodo


patrístico primero -post-apostólico- se consolidó la estructura de la Escritura, la
cual se convertiría en el alma de toda la obra patrística y de la Tradición de la
Iglesia.

a. La formación del canon de las Escrituras.


«Hasta ellos, o respectivamente hasta la Iglesia indivisa de los primeros siglos
representada por ellos, se remonta el canon de la Escritura. Tarea suya fue la
selección - de entre la multitud de obras escritas que circulaban en aquella época -
de la literatura que hoy llamamos ―Nuevo Testamento‖. A ellos se debe que a estos
escritos se le añadiera, como ―Antiguo Testamento‖ el canon griego de la Biblia
Judía para formar el único bloque de la Sagrada Escritura. La formación del canon
y la formación de la primitiva Iglesia son un solo proceso, visto desde ángulos
distintos»43.

Que algo fuera ―canónico‖ significaba que podría ser leído en la Iglesia, en
sus numerosas iglesias locales. Unos libros fueron rechazados y otros aprobados
según un discernimiento espiritual e intelectual realizado por los Padres. Se estaba
decidiendo el futuro de la Iglesia que vive de la Palabra. San Agustín compara la
formación del canon de las Escrituras con la formación del cosmos a partir del
caos. Ya a finales del s. II se cerró el canon y en los siglos siguientes se
consolidaron las decisiones anteriores. Sería impensable la formación del canon sin
la sabiduría patrística y su movimiento espiritual. De esta forma se implican
Palabra y respuesta. En cualquier lugar donde se lee la Biblia cristiana, tal como la
conocemos hoy, está presente la Iglesia primitiva con sus Padres a la cabeza, que
realizaron esta tarea maravillosa de dejarnos el canon válido para todos los
tiempos.

b. La Escritura, manantial de toda su obra teológica y pastoral.

Los Padres se han considerado a sí mismos comentadores de las Escrituras.


Y a pesar de no utilizar los recursos modernos de exégesis científica, sus obras
pueden considerarse de gran valor por «una especie de suave intuición de las cosas
celestiales, por una admirable penetración del espíritu, gracias a las cuales van más
adelante en la profundidad de la palabra divina»44. Su preocupación pastoral es
preparar con cuidado el alimento espiritual que los fieles van a recibir, pues la

42
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, «El estudio de los Padres de la
Iglesia en la Formación Sacerdotal, 1989»: Ecclesia 20 nº 2.461(3 de febrero de 1990) nº 18, 29.
43
J. RATZINGER, Teoría de los principios teológicos. Materiales para una teología
fundamental, Herder, Barcelona 1985, 176.
44
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, «El estudio de los Padres de la
Iglesia en la Formación Sacerdotal, 1989»: Ecclesia 20 nº 2.461(3 de febrero de 1990) nº 26, 32
(Cita de Pío XII).

17
Palabra es para vivirla y convertirse a ella. Así nace la teología como una actividad
exegética para sostener con la predicación al Pueblo de Dios. La Escritura en toda
su diversidad de autores y géneros literarios es comprendida en su unidad, pues
revela un único plan de salvación cuyo centro es Cristo. Lo propio del cristiano
será vivir y juzgarlo todo desde esta Palabra divina, desde este Verbo Encarnado45.
La teología de los Padres compromete no sólo a la inteligencia sino a todo el
hombre en una búsqueda que es ciencia y vida juntas. Por eso, la teología patrística
está en el origen de la disciplina canónica para orientar y ordenar la vida eclesial en
sus múltiples facetas46.

c. La Tradición y su relación con la Sagradas Escrituras.

El profundo amor y veneración que los Padres profesan por las Escrituras
lo tienen a la par con su fidelidad a la Tradición. «Ellos no se consideran dueños
sino servidores de la Sagrada Escritura, recibiéndola de la Iglesia, leyéndola y
comentándola en la Iglesia y para la Iglesia, según la regla propuesta y explicada
por la Tradición eclesiástica y apostólica»47. El Señor envió a sus Apóstoles a
anunciar con obras y palabras el Evangelio. Aquí empieza la Tradición de la
Iglesia que se prolonga hasta nuestros días. Los Padres por su cercanía a los
primeros cristianos son testigos privilegiados de la Tradición más viva. La
multiplicidad de formas de vida cristiana que tuvo lugar en la época patrística
demuestra la riqueza de expresión y creatividad que tiene el depósito de la fe y de
la Tradición recibidos.
«Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición,
cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante.
Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la
misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace
incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla
sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la
voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo
a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos
abundantemente»48.

2. Los Padres y el Credo.

En la formación del canon la Iglesia se sirvió de una regla de fe cuyo origen


es apostólico. La regla de fe se conservó y desarrolló en la Iglesia primitiva a
través de los primeros concilios. Fue en la Iglesia de los Padres donde se crearon
las confesiones de fe fundamentales para toda la catolicidad49. Cuando confesamos

45
Cf. Visentin, P.«I Padri come fonte della teologia»: Seminarium 9 (1969) 174-
175.
46
Cf. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, «El estudio de los Padres
de la Iglesia en la Formación Sacerdotal, 1989»: Ecclesia 20 nº 2.461(3 de febrero de 1990) nº 45,
35.
47
Ibid. nº 28.
48
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 7.
49
Cf. H. DE LUBAC, La fe cristiana, Fax, Madrid 1970. Es interesante el capítulo
primero llamado ―Historia de una leyenda‖ en que Henri de Lubac hace un estudio ampliamente
documentado de este proceso de la formación de la ―regla de fe‖. Cf. GRANADO, C. «Breve historia
sobre el Símbolo Apostólico»: Facies Domini 4 (2012) 257-306.

18
a nuestro Señor con las palabras del Símbolo, nos vinculamos a aquellos que con
las mismas palabras pronunciaron su confesión de fe en la que se distinguía lo
cristiano de lo no cristiano. Para defender la fe, en las múltiples controversias con
las diversas corrientes heréticas, los Padres resumieron el dogma católico en estas
confesiones.

3. Los Padres y la liturgia.

«La lectura de las Escrituras y la confesión de la fe fueron ante todo, en la antigua


Iglesia, actos litúrgicos de toda la comunidad reunida en torno al Señor resucitado.
Se introduce ya aquí un tercer elemento: la Iglesia antigua creó las formas básicas
del culto cristiano que deben ser consideradas como fundamento permanente y como
punto de referencia necesario de toda renovación litúrgica»50.

El movimiento litúrgico desde la primera guerra mundial redescubre la


importancia de estos ritos, su riqueza y unidad, formados en la Iglesia antigua. El
protestantismo ha huido de este tesoro y, por eso, ha secado el corazón de su
liturgia. Ninguna renovación litúrgica debe prescindir ya de esta liturgia de la
Iglesia de los santos Padres.

4. Los Padres y la concepción de la fe como razón.

También debemos a los Padres la conceptualización de la fe en los términos


filosóficos del momento. «Así los Padres llegaron a ser los iniciadores del método
racional aplicado a los datos de la Revelación y promotores esclarecidos del
intelectus fidei que forma parte esencial de toda auténtica teología»51. Ellos
intentaron exponer la doctrina bíblica con expresiones no bíblicas entendibles por
el ambiente cultural greco-romano sin salirse del contenido de la revelación. Así
crearon la teología.
«Esta orientación a la responsabilidad racional dista mucho de ser cosa evidente,
pero sí fue, sin duda, el presupuesto para la supervivencia del cristianismo en el
mundo antiguo y es también presupuesto de la supervivencia de lo cristiano hoy y
en el futuro»52.

Por eso, la época de los Padres conserva algo de particular y privilegiado.


Su época representa el momento en que la fe toma por primera vez forma y
expresión en un discurso humano. Ese fue su papel histórico juntamente con los
grandes concilios dogmáticos. Ahí se precisaron los ejes fundamentales de la fe, el
dogma trinitario y cristológico. En definitiva ellos han inventado el lenguaje
católico, el que se hablará siempre53.

50
J. RATZINGER, Teoría de los principios teológicos. Materiales para una teología
fundamental, Herder, Barcelona 1985, 178.
51
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, «El estudio de los Padres de la
Iglesia en la Formación Sacerdotal, 1989»: Ecclesia 20 nº 2.461(3 de febrero de 1990) nº 34, 33.
52
J. RATZINGER, Teoría de los principios teológicos. Materiales para una teología
fundamental, Herder, Barcelona 1985, 179.
53
Cf. CONGAR, Y. M. «Les Saints Pères, organes privilegiés de la Tradition»,
Irénikon 35 (1962) 490.

19
«Han llegado a ser el ejemplo de un encuentro fecundo entre fe y cultura,
entre fe y razón, permaneciendo como guías para la Iglesia de todos los tiempos,
empeñada en anunciar el Evangelio a los hombres de culturas tan diversas y en
trabajar en medio de ellos»54.

Su papel, históricamente condicionado y definido, no debe fosilizar ni


paralizar la ortodoxia y la ortopraxis, sino inspirar y estimular otros papeles
históricos análogos.

5. Los Padres y el seguimiento de Cristo.

La vida y obra de cada Padre es un ejemplo de seguimiento del Señor. Por


lo general, la mayoría de ellos han vivido tres etapas en su vida. La primera
consiste en haber cursado estudios civiles al más alto nivel académico destacando
por su altura intelectual. La segunda etapa, después de una radical conversión a
Cristo, es de vida contemplativa en el monacato, de estudio y elaboración teológica
dentro de él, en donde toda la cultura y saberes aprendidos anteriormente son
considerados «basura» en comparación con Cristo. Sólo así, mediante esta
renuncia desde la fe en Cristo, que juzga todo, esa cultura pagana se ha
transformado, se ha cristianizado y se ha convertido en un instrumento valiosísimo
para llamar al seguimiento del Señor. Pero tenía que pasar antes por esta reverencia
intelectual a Dios. La tercera y última etapa es cuando son ordenados sacerdotes
por expreso deseo de la Iglesia y son enviados como pastores a la evangelización.

Por eso la llamada de Cristo, la renuncia a todo, y el seguimiento será el


ideal bendito del cristiano al que animarán con su vida y sus escritos. «En los
Padres la contemplación de Cristo es seguimiento de Cristo»55. Así lo han vivido
ellos y así lo han transmitido a otros. La misma cristología de la ―santa humanidad
del Señor‖ tan viva en los doctores medievales y en la mística española
«es una continuación legítima de la herencia de la mística del Verbo de los
Padres de la Iglesia, al menos de un aspecto de ella, el de seguir atentamente los
pasos de la historia del Señor, considerando cada uno de ellos como Revelación
definitiva de Dios, entrega absoluta del Espíritu de Dios, aparición definitiva de
la gloria de Dios»56.

Este será el camino de la formación y del seguimiento cristiano en adelante


y una gran aportación a la vida de la Iglesia ulterior.

Una vez situado el contexto teológico en el que se sitúa el autor y apuntada


la influencia permanente de los padres en la fe de la Iglesia de todos los tiempos,
veamos de qué forma concreta lo vivió Henri de Lubac como fuente de renovación
teológica, espiritual y pastoral.

54
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, «El estudio de los Padres de la
Iglesia en la Formación Sacerdotal, 1989»: Ecclesia 20 nº 2.461(3 de febrero de 1990) nº 32, 33.
55
R. ALDANA, Formación del laico, Fundación Maior, Madrid, 2009, 108.
56
Ibid. 106.

20
2. SIGNIFICADO DE LOS PADRES PARA LA TEOLOGÍA DE DE LUBAC.

Para responder a este apartado tendríamos que remitirnos a la mayoría de su


obra inspirada en gran medida en los Padres. En toda ella se desprende una forma
muy discreta de hacer teología donde deja a los Padres, los verdaderos maestros,
intervenir en las cuestiones.
«En las obras enumeradas bajo la rúbrica Teología he pretendido, sobre todo,
explorar, en algunos puntos fundamentales, la antigua tradición cristiana, a fin de
presentar su riqueza, su unidad en la diversidad, su savia creadora, que actualmente
no está agotada aún»57.

Cuando introduce su obra Catolicismo afirma: «Si las citas se acumulan – a


riesgo de fatigar al lector – es porque hemos deseado proceder del modo más
impersonal, espigando sobre todo en el tesoro muy poco explotado de los Padres
de la Iglesia»58. Podríamos decir, que ésta es su forma personal de hacer teología:
como un director de coro que va dando la palabra a unos u otros. Para ello realiza
un gran trabajo callado de búsqueda de textos, de comparación entre autores de
distintas épocas, de recuperación de teologías que hoy se hacen necesarias y de
limpieza y aclarado de citas, buscando la intención de sus autores. «¡Cuántas
exploraciones en las lejanías de la historia supone semejante búsqueda!...Fueron
necesarios cuarenta años de desierto para entrar en la Tierra prometida. Hace falta
algunas veces mucha árida arqueología para iluminar de nuevo las fuentes de agua
viva»59. En otros textos dirá: «Para que el río de la Tradición llegue hasta nosotros
es necesario dragar continuamente su lecho»60. «Para descubrir la verdad profunda
y la fecundidad de una experiencia o de un pensamiento, no es indiferente haber
explorado la tradición que ha nacido de ella»61.

¿Por qué deja hablar a los Padres de la Iglesia? Él mismo lo responde con
esta pregunta retórica: «¿Cómo volver a encontrar el cristianismo si no es
remontándose a sus fuentes, tratando de volver a captarlo en sus épocas de
vitalidad explosiva?»62. Y también afirma: «…nos situamos en su escuela, puesto
que son nuestros Padres en la fe y recibieron de la Iglesia de su tiempo con qué
alimentar todavía la Iglesia del nuestro»63. La siguiente cita encuentra en de Lubac
uno de sus más claros exponentes.
«El estudio de los Padres ha encontrado algunos cultivadores verdaderamente
eruditos e inteligentes que han sabido poner en evidencia el nexo vital que rige
entre la Tradición y los problemas más urgentes del momento presente. Gracias a
un tal acceso a las fuentes, los largos y fatigosos trabajos de investigación histórica
no se han quedado reducidos a una mera investigación del pasado, sino que han
influido en las orientaciones espirituales y pastorales de la Iglesia actual, indicando
el camino hacia el futuro»64.

57
H. DE LUBAC, Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid, 2000, 255.
58
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988,19.
59
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid, 1966, 33.
60
Ibid. 13.
61
Ibid. 65.
62
Ibid. 33.
63
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 20.
64
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, «El estudio de los Padres de la
Iglesia en la Formación Sacerdotal, 1989»: Ecclesia 20 nº 2.461(3 de febrero de 1990) nº 6.

21
Por este convencimiento de Lubac fundó en 1942 la colección de textos
patrísticos Sources Chrétiennes cuyo primer volumen se publicaría en 1943. Esta
colección incluía la recogida y traducción al francés de textos patrísticos
añadiéndoles unos comentarios y estudios preliminares.

Henri de Lubac hace teología en diálogo constante con los Padres. En


algunas ocasiones se pronuncia al respecto y explica la importancia de sus
aportaciones. Los rasgos de influencia patrística en sus escritos son los siguientes:

1. Poder de fecundación: su paternidad.

Para de Lubac cada vez que se ha dado una revitalización de la Iglesia o de


sus teólogos ha sido «bajo el signo de los Padres»65. Así ha ocurrido en pensadores
y teólogos como Moehler, Newman, Claudel, Hans Urs von Balthasar, Karl Rahner
y Hugo Rahner. De ellos dice: «No se les puede negar ni su carácter técnico, ni
profundidad de pensamiento, ni penetración de los problemas más vivos de nuestro
tiempo. Pues bien, se han alimentado con los Padres de la Iglesia»66. Para de Lubac
merece una atención especial la manera que tienen de influir en Balthasar:
«En cuanto a Balthasar, todos sus numerosos escritos, tan diversos, traslucen su
formación en la escuela de estos grandes antiguos. Con ellos ha logrado más que
cierta familiaridad: con una especie de connaturalidad, sin arcaísmo alguno,
mediante los más libres enfoques, trata a su manera de penetrar en todas las
aportaciones de nuestra cultura para convertirlas y hacerlas fructificar en Cristo» 67.

El encuentro con los Padres inicia unos caminos novedosos de reflexión.


Ellos estimulan nuestro pensamiento y dinamizan nuevas iniciativas. «No nos
recetan soluciones»68. No esperamos de ellos la última palabra sino la orientación
de nuestro quehacer teológico, las pistas que no deben faltar para hacer una
teología viva. «Lo decíamos al principio: su actualidad es actualidad de
fecundación»69. De ahí viene el que los llamemos «Padres». No nos dan el
resultado final, que debe darlo cada uno con su lenguaje y características
determinadas, pero sí el germen que debe desarrollarse y ampliarse. Las
conclusiones a las que llegaron ellos son el punto de partida de las conclusiones a
las que debemos llegar nosotros.

2. Poder de renovación.

«Las renovaciones de vitalidad cristiana están vinculadas, al menos en


parte, a una renovada exploración de los periodos y de las obras en las que la
tradición cristiana se ha expresado con especial intensidad»70. Los Padres y la
época que vivieron sigue siendo para nuestra teología y vida cristiana un factor de

65
H. DE LUBAC, Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid, 2000, 269.
66
Ibid. 269.
67
Ibid. 269.
68
Ibid. 271.
69
Ibid. 271.
70
Ibid. 256.

22
revitalización todavía por agotar. Esta renovación no se refiere sólo a la teología
sino ante todo a la vida cristiana. Es significativo que con frecuencia una mala
teología vaya acompañada de una mala praxis y viceversa. Toda la teología tiene,
para de Lubac, una intrínseca vocación apostólica y espiritual para hacer que la
Iglesia resplandezca en toda su verdad. Por eso afirma:
«Es indispensable una continuidad entre el trabajo teológico, la acción apostólica y
las corrientes de la vida espiritual. Esta continuidad no tiene una dirección única:
tiene que haber acción y reacción, intercambio. Teología, apostolado,
espiritualidad: cada una de estas tres funciones es esencial y ninguna de ellas
puede ejercerse verdaderamente sin la aportación y el apoyo de las otras dos. Un
teólogo que, incluso en su trabajo de teólogo, estuviera separado del apóstol y del
espiritual, no podría cumplir correctamente con su trabajo. En cambio, ¡cuántos
peligros para el apóstol y para el espiritual si llega a faltar el teólogo! ¡Cuántas
desviaciones, y, en primer lugar, cuántas deficiencias! El teólogo recibe y a su vez
da. Expresa y guía»71.

Esta renovación completa es urgente y necesaria si la Iglesia quiere ser ella


misma en toda su riqueza y resplandecer en toda su belleza. Para de Lubac «cada
vez que en nuestro Occidente ha florecido la renovación cristiana, tanto en el orden
del pensamiento como en el orden de la vida (ambos están siempre vinculados), ha
florecido bajo el signo de los Padres»72.

3. En la unidad de la Tradición.

Desde la época de los Padres hasta de Lubac han pasado muchas cosas. La
teología no se ha parado, ni los pensadores, ni los santos, ni tampoco los herejes en
la vida de la Iglesia. La Tradición ha continuado su andadura y se ha enriquecido
en muchos temas teológicos con carácter definitivo. Para de Lubac una vuelta a los
Padres ha de hacerse sin rechazar toda esta vida ulterior desarrollada a partir de
ellos. Por eso retoma a autores, cuya obra fue minusvalorada o tergiversada,
recuperando la actualidad de su pensamiento. Así hace con Amalario, Erasmo,
Pico de la Mirandola y Joaquín de Fiore entre otros73. El conocimiento de autores
era tan amplio que Von Balthasar dice de él: «De Lubac podría decir como Hegel:
conozco casi todo lo que poseen de válido los antiguos y los modernos, y lo que se
puede y debe conocer»74. Al comienzo de su imponente Exégèse médiévale dice:
«hemos leído todos los textos posibles»75. En toda esta variedad de lecturas y
pensamientos, de Lubac bosqueja algunas constantes e identifica aquello que hace
crecer la Tradición y le da su unidad.

«Pues la unidad de esta Tradición, en todo lo referente a los puntos esenciales del
catolicismo, no nos parece en manera alguna una palabra vana, una tesis abstracta
de teología que haría desvanecerse el examen real de las doctrinas. Al contrario,
cuanto más se prolonga el encuentro con ese inmenso ejército de testimonios, más
íntima se hace la familiaridad de tales o cuales de entre ellos, y más se adquiere

71
H. DE LUBAC, Paradojas nuevas paradojas, Madrid, Península, 1966, 32.
72
H. DE LUBAC, Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid, 2000, 259.
73
Cf. H. U. VON BALTHASAR, Henri de Lubac, la obra orgánica de una vida,
Encuentro, Madrid 1989, 23.
74
Ibid. 23.
75
Ibid. 23

23
conciencia de la unidad profunda en donde jamás dejan de encontrarse todos los
que, fieles a la única Iglesia, viven de la misma fe en un mismo Espíritu»76.

4. En la diversidad de sus teologías.

Cada Padre es un mundo en sí mismo, toda una cosmovisión cristiana con


fuertes acentos aparentemente contradictorios entre ellos pero con un mismo
Espíritu que aletea en todos77. De cada uno se puede aprender algo. «Los Padres de
la Iglesia: todo un universo, ¡y qué variado!»78. Ya entre los padres latinos y los
griegos percibimos diferencias. Orígenes y Gregorio de Nisa ayudaron
poderosamente al abate Monchanin a repensar el cristianismo. De Lubac recuperó
de Orígenes la inteligencia espiritual para comprender la Escritura. La gran talla
teológica de san Agustín sigue inspirando nuevos enfoques teológicos, aunque hoy
pase por un eclipse de comprensión. Clemente de Alejandría y su forma de iniciar
en la lectura del Evangelio, partiendo o de los sabios griegos o los creyentes judíos,
siguen siendo actuales. Gregorio de Nisa continúa hoy llevándonos, como la novia
del Cantar de los Cantares, a estar con el Esposo. Hasta nosotros llega el eco de
Juan Crisóstomo y la potencia de su Dios incomprensible manifestado en Jesús79.
Y así podríamos seguir indefinidamente, como hace de Lubac en toda su gran obra,
sacando de ellos lo más relevante y poniendo juntas sus distintas aportaciones.
Cada uno da su visión del Misterio. Muchas veces aparecen las paradojas -término
muy querido por el autor-, aparentes contradicciones que revelan la grandeza de
este Misterio siempre inabarcable, siempre inefable. Sólo entonces se está en
condiciones de elaborar la síntesis, que para de Lubac no es otra cosa que la
mística80. Del concepto de paradoja y su importancia teológica y pastoral
hablaremos en el cuarto capítulo del presente trabajo.

5. Reconociendo los límites de cada Padre.

Para entender esto leamos un texto en el cual de Lubac expresa la relación


que el teólogo Balthasar tiene con los Padres:

«…podemos reconocer en cualquier sitio que von Balthasar se ha formado en la


escuela de los Padres de la Iglesia. Ellos lo han alimentado y fecundado. Con
algunos de ellos ha alcanzado, más que una familiaridad, una especie de
connaturalidad. Pero no es un discípulo servil: reconoce las debilidades de cada

76
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid, 1988,20.
77
Este Espíritu común los conjunta en una gran misión. Para Congar la época de los
Padres es la época de la juventud de la Iglesia. Ellos recibieron todo de ella y, sin embargo, por el
momento histórico que vivieron, tuvieron que ser sus Padres porque la engendraron, la nutrieron y
la educaron. Esta tarea les fue encomendada en virtud de una necesidad de la Iglesia y no tanto en
función de sus méritos o cualidades personales, aunque los tuviesen muy desarrollados. Por eso su
misma paternidad individual es integrada en el conjunto. Que se hable de santos Padres en plural
tiene un gran significado. Cf. CONGAR, Y. M. «Les Saints Pères, organes privilegiés de la
Tradition», Irénikon 35 (1962) 493.
78
H. DE LUBAC, Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid, 2000, 269.
79
Cf. H. DE LUBAC, Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid, 2000,
269-271.
80
Cf. R. BERZOSA MARTÍNEZ, «El método teológico en Henri de Lubac»,
Agustiniana, 30 (1989) 77. En este artículo el autor resume la forma de hacer teología de de Lubac
en tres palabras: misterio, paradoja y mística.

24
uno y las limitaciones debidas fatalmente a la época en que vivieron. Critica con su
libertad acostumbrada incluso a aquellos que más admira y a quienes profesa un
verdadero cariño»81.

Con esta afirmación de Lubac pone de manifiesto una verdad que debe
tenerse en cuenta: las limitaciones de cada Padre. Para entresacar lo más excelso de
todos y cada uno, hay que descartar las equivocaciones e impurezas debidas a las
influencias de la época, la historia personal o el ambiente de la comunidad eclesial.
Sin embargo, estas deficiencias que, por otra parte, también encontramos en
nuestros padres naturales, no los privan de su identidad de padres en el sentido
pleno de la palabra. Después de esta cita, de Lubac llenará de elogios la íntima
relación del teólogo Balthasar con los Padres. Esta libertad frente a ellos, sin
servilismos, y a la vez, su profunda unión con ellos, llena de gratitud y admiración,
define la relación correcta que establece de Lubac con los Padres en su obra
teológica.

3. LA OBRA CATOLICISMO. ASPECTOS SOCIALES DEL DOGMA.

Esta obra es como un cuadro pintado a grandes trazos, distintos entre sí


pero con una profunda unidad de sentido. De Lubac quiere hacernos descubrir la
catolicidad en la Iglesia en todas sus dimensiones: su dogma, sus sacramentos, la
escatología, la historia, la Sagrada Escritura y su situación actual. Catolicismo es
su primera obra82. El mismo de Lubac explica la génesis de su primer libro
compuesto de «piezas y retazos»83. Fue el P. Yves Congar, OP, en una visita que
hizo a Fourvière en 1936, el que le dio la idea de publicar conjuntamente diversos
artículos ya presentados. De las tres partes de la obra, corresponden a la primera
dos conferencias que dio en el local de la ―Chronique sociale‖ y que aparecieron
como folleto en la Editions de la Chronique bajo el título Le caractère social du
Dogme Chrètien (1936). La segunda parte de la obra reúne diversos textos de
conferencias: uno de ellos es una ponencia para un congreso de la Unión misional
del clero, presidido en Estrasburgo (1933) por el obispo Mons. Ruch. La tercera
parte de su obra está escrita ex profeso para equilibrar el conjunto de su obra. Para
de Lubac «la obra pretende mostrar el carácter simultáneamente social, histórico e
interior del cristianismo, triple nota que le confiere ese carácter de universalidad y
de totalidad que expresa muy bien la palabra ―catolicismo‖»84.

R. Arnou, S. J. hace una recensión de Catolicismo en la revista


Gregorianum un año después de publicarse éste85. Subraya la oposición que existe
entre cristianismo e individualismo. El ideal cristiano no es un hombre retirado de
la ciudad de los hombres preocupado en su salvación individual. La redención

81
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 1967, 202.
82
De Lubac la considerará imperfecta muchos años después: «Algunos de mis
libros, -comenzando por Catholicisme-, cuya imperfección reconozco sin discutir, seguidos de otros
más precisos y también más específicos, fueron objeto de las peores sospechas » (H. DE LUBAC,
Diálogo sobre el Vaticano II, BAC, Madrid 1985, 14).
83
H. DE LUBAC, Memoria en torno a mis escritos, Encuentro, Madrid 2000. 40.
84
Ibid. 40.
85
Cf. R. ARNOU, S. J., Gregorianum, XX (1939) 302-304.

25
renueva la unidad sobrenatural entre el hombre con Dios pero también entre los
hombres entre sí. La Iglesia católica es la ciudad de la unidad que prepara la
Jerusalén celeste. Los sacramentos aparecen como instrumentos de unidad del
hombre con Cristo y con la comunidad. La salvación nunca es individualista. Tiene
un carácter social que se desarrolla en el tiempo, en las etapas de la historia de la
salvación del A.T. que preparan la penetración consumada de la humanidad por
Cristo, el Verbo de Dios encarnado. Este carácter social y universal explica
también la obra misionera de la Iglesia. Pero la afirmación de esta unidad entre los
hombres no destruye los valores personales, al contrario, éstos se convierten en una
riqueza para otros. Sólo en Cristo el hombre llegará a descubrir su verdadera
medida. El dogma católico es a la vez: terrestre y celeste, comunitario y personal,
afirma para el hombre un destino trascendental y para la humanidad un destino
común. Los santos Padres y los autores medievales contribuyen a este
pensamiento. Hasta aquí el resumen de la reseña de R. Arnou, S. J.

En la introducción de Catolicismo de Lubac explica lo que no es esta obra:


no es un tratado sobre el catolicismo, ni sobre la Iglesia, ni sobre el Cuerpo
Místico, ni sobre la Acción Católica; no habla de la contribución de la Iglesia al
progreso social ni de aspectos derivados de su acción en la sociedad; no es,
tampoco, una sistematización doctrinal de eclesiología, ni entra en cuestiones que
precisarían un examen propio filosófico. Estas páginas se dirigen a creyentes
cuidadosos de una mejor inteligencia de la fe que practican; alguna desviación
importante está produciéndose en los católicos cuando tantos observadores con
profundo sentido religioso se equivocan tan gravemente sobre la esencia del
cristianismo considerándola como una religión individualista cuando en el interior
del dogma católico se encuentra todo lo contrario86. Por eso esta obra trata de
poner de relieve, sin salirse del contenido dogmático, algunas ideas tan
fundamentales que nunca se subrayan ni se reflexiona sobre ellas: el aspecto social,
la esencia católica de las grandes verdades.
«Quedándonos en el interior del dogma, nos ocuparemos ante todo de la sociedad
de los creyentes, la de la tierra y la del mundo futuro, la que se ve y, sobre todo, la
que no se ve. Porque es ahí, en la inteligencia íntima de esa misteriosa Católica, en
donde reside, según nos parece, el principio de explicación de las resonancias
―sociales‖ del cristianismo en el orden temporal, al mismo tiempo que el
preservativo contra una tentación social por efecto de la cual, si viniera a sucumbir
en ella, la fe misma se corrompería».87

Los cristianos deben de esforzarse en comprender mejor este aspecto para


vivirlo mejor.

Una vez aclarado lo que no es y lo que sí es esta obra, el autor presenta las
tres partes de su obra:

86
«Se nos reprocha ser individualistas, incluso a pesar nuestro, por la lógica de
nuestra fe, mientras que, en realidad, el catolicismo es esencialmente social. Social, en el más
profundo sentido del término: no solamente por sus aplicaciones en el dominio de las instituciones
naturales, sino en sí mismo, en su centro más misterioso, en la esencia de su dogmática. Social
hasta tal punto, que la expresión de ―catolicismo social‖ debería haber parecido siempre un
pleonasmo» (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988. 17).
87
Ibid. 18.

26
1. La primera parte tratará del carácter social y comunitario de la fe cristiana que se
encuentra igualmente en el credo (cap. 1), en su constitución viva, la Iglesia
(cap.2), en su sistema sacramental (cap. 3) y en su escatología (cap.4).

2. Una segunda parte subrayará algunas consecuencias de dicho carácter social: la


importancia y relieve de la historia para el cristianismo (cap. 5), la cuestión de la
Escritura y su comprensión espiritual (cap. 6), la salvación de los infieles en su
relación a la Iglesia (cap. 7), el Plan salvífico de Dios sobre la humanidad (cap. 8)
y la obra misionera de la Iglesia (cap. 9).

3. En la tercera parte, la más breve y más personal, resalta el aspecto interior del
cristianismo para compensar las ideas vertidas anteriormente: señala la situación
teológica de su época (cap. 10), subraya los valores personales en el catolicismo
(cap. 11) y el sentido trascendente del hombre más allá de lo temporal y terreno
(cap. 12).88

El procedimiento empleado en cada capítulo es recurrir a la Tradición viva


de la Iglesia, sobre todo, a los Santos Padres. Una lluvia de citas patrísticas y de la
Tradición aparece en cada capítulo como respuesta a planteamientos de pensadores
modernos y como remedio de los grandes olvidos de la teología de su tiempo. Es
una obra que retomó la catolicidad como rasgo esencial y decisivo de la Iglesia y,
así, configuró poderosamente la mentalidad de los padres conciliares del Concilio
Vaticano II. De ella dice von Balthasar: «que hay que presentar como una de las
obras maestras que durarán»89.

88
Cf. Ibid. 19.
89
H. U. VON BALTHASAR, Revista Il Sabato, N. 7, 1979, 17 de febrero, 12-13.

27
III

LA BONDAD CATÓLICA DE DIOS:


PARA QUE TODOS SE SALVEN Y FORMEN UN TODO.

Hasta ahora nos hemos acercado a la figura de Henry de Lubac y a su obra


teológica influenciada por la Tradición y los Padres. Su obra programática,
Catolicismo, la primera que escribió, quiere iluminar un aspecto fundamental del
Dogma que afecta a todo el conjunto de la vida de fe: lo católico. ¿Qué queremos
decir cuando profesamos que la Iglesia es Católica? ¿Cómo configura el carácter
católico la vida de los creyentes? ¿Tiene cabida el individualismo en nuestra fe?
¿Hay algo nuclear que, por ser tan obvio, hayamos olvidado? Sí. Para de Lubac es
la esencia católica; hay que recuperarla para devolver a la Iglesia su identidad más
profunda. La bondad católica, que ya existe completamente en Dios, debe pasar
más ampliamente a su Iglesia para que el mundo pueda ser amado del modo más
grande posible. En el presente apartado pretendemos ahondar en todo esto.

Partimos de un ejemplo. Cuando un turista visita los museos vaticanos


suele tener la expectativa de ver ante todo obras de arte sacro y, aunque las
encuentre en el más alto nivel, puede extrañarse enormemente al encontrarse con
abundantes y valiosas obras de arte de procedencia pagana. La Iglesia expone lo
que ha recibido de todas las culturas porque ninguna le es ajena en la medida en
que ha servido y hecho bien a los hombres de aquellas épocas. Podría compararse
con una madre que guarda con esmero y cariño los dibujos de sus hijos pequeños.
Para ella son reflejo de etapas de su vida y de su forma de ver la realidad. La
Iglesia es madre y, aunque por el pecado de sus hijos se haya percibido como
madrastra, nunca ha perdido su esencia más profunda, ese afán materno de abrazar
todo lo humano y a todos los hombres para que no se pierda nada y todos puedan
gozar de la salvación de Dios. Este afán, condición y esencia se llama
catolicidad90.

La primera parte de este apartado pretende acercarnos al término católico,


su origen y comprensión más generalizada. La segunda parte estudiará la visión de
catolicidad en de Lubac: un atributo de Dios que ha comunicado a su Iglesia 91.
Descubriremos, de la mano del autor de Catolicismo, la reducción a la que se ha
visto sometido el término «católico»; analizaremos su lugar en el gran misterio de
la cruz; su presencia en el principio de la creación; la ruptura de lo católico por el
pecado que fragmenta la comunión; la redención obrada por Jesucristo, como
renovación de la unidad perdida; y, por último, la misión católica de la Iglesia tras
los pasos de su Señor.

90
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 207: «Su ambición de reunir
a toda la familia humana no tiene nada que ver con nuestras mezquinas pretensiones».
91
Cf. Ibid. 209: El término «bondad católica» del título está tomado de la
afirmación de que la Iglesia católica es la «heredera de la cathólica bonitas del mismo Dios».

28
1. EL CONCEPTO «CATÓLICO».

1.1. El término católico.

La palabra «católico» no se encuentra en la Biblia. En su origen griego


significa universal, general, integral, según el conjunto o la totalidad. La primera
vez que aparece este término aplicado a la Iglesia es en el año 110 por Ignacio de
Antioquía: «Que donde aparece el obispo esté la comunidad de la misma manera
que donde está Cristo Jesús está la Iglesia católica»92. Se refiere a la totalidad de la
Iglesia unida a Cristo, el verdadero obispo y guardián de las almas. La presencia
del Señor asegura, además, que esta Iglesia sea la verdadera y auténtica. Las cuatro
veces en que se dice de la Iglesia que es «católica» en el Martyrium Policarpi
(después del año 156) es con el significado de universal y de verdadera a la vez. Ya
a finales del siglo II empieza a generalizarse el término «católica» para referirse a
la verdadera Iglesia93. Clemente de Alejandría hablará de «Iglesia católica» en el
sentido de la verdadera, en oposición a las sectas heréticas. Y así aparecen en este
sentido algunos escritos de la primera época cristiana.

En esta «católica» veían los Padres ya en el siglo III un único cuerpo


extendido universalmente. Había cristianos en todo el orbe unidos por una misma
fe. Este carácter universal distinguía a la verdadera Iglesia de aquellas iglesias
localistas que surgían desde posiciones heréticas. Así s. Agustín les hablaba de la
Iglesia «católica» a los donatistas, los que formaban una comunidad aparte con
Donato. Queda manifiesta, pues, su doble significado de universal - extendida - y
verdadera. Y así seguirá en toda la patrística, que utilizará innumerables símbolos
bíblicos para referirse a la catolicidad de la Iglesia. La Iglesia es única y universal,
destinada a todos los hombres. Así como existe un solo Dios, un solo Cristo y una
sola salvación, existe una sola Iglesia. «La catolicidad de la Iglesia era la misma
que la de la gracia y de la redención. Se trata, pues, de una noción de catolicidad
más cristológica que eclesiológica»94. Este pensamiento nunca se perderá en toda
la conciencia posterior y será enormemente acentuado en la época carolingia.

En la Edad Media perduran estos dos sentidos. En la primera y madura


escolática a la idea de catolicidad de la Iglesia se une la catolicidad de la fe.
Muchos autores hablan de la fe católica. Este sentido siguieron los grandes
escolásticos como Alberto Magno y Tomás de Aquino. Para ellos «católico» no era
tanto que la fe se hubiese extendido con gran fuerza sino la plenitud de vida y de
verdad que Cristo comunica al hombre creyente. La fe católica responde a la
totalidad de las aspiraciones de los hombres y es la gran verdad necesaria para
relacionarse con Dios y vivir en comunión con todos los hombres. Cristo es el
salvador universal porque es el salvador verdadero.

92
Y. CONGAR, ―Propiedades esenciales de la Iglesia‖, en: Misterium Salutis IV/1,
Cristiandad, Madrid 1973, 493. El apartado que nos interesa a nosotros es el dedicado a la
catolicidad (492-516). Seguimos a este autor en este apartado.
93
Cf. Ibid. 493.
94
Ibid. 500.

29
En toda la Edad Media estuvo latente la idea de una Iglesia única y universal
para todos, porque sólo hay una salvación, un Cristo y un Dios. La Iglesia es
católica porque católica es la gracia y la redención. La catolicidad, al modo de los
Padres, era, sobre todo, una cuestión cristológica: Cristo Salvador único y
universal. En los siglos XIV y XV, siguiendo a Ockam, se subraya el conocimiento
de las verdades universales que se da en todo lo «católico». Es primordialmente
una cuestión epistemológica, de saberes veraces, de conceptos atinados. Sólo
después de la Reforma el concepto de católico se referirá menos a las verdades y
más a la comunidad eclesial. Y usado en tono defensivo: la Iglesia auténtica y
universal, frente a una local y herética. Así lo católico se convierte en lo no-
protestante e, incluso, lo antiprotestante. En los siglos XVII y XVIII al argumento
de universalidad, entendido como amplia extensión de los católicos por todos los
continentes, se le añadió el de moralmente superior a cualquier interpretación del
cristianismo. Era cuestión de una apologética eficaz ante la amenaza de Lutero. A
partir del siglo XIX y XX el término católico sufre una reducción: se pierde la
perspectiva comunitaria de la fe, cayendo en un fuerte individualismo. Este
fenómeno lo analizará de Lubac y pondrá sus remedios, sacados de la más rica
tradición de la Iglesia, como más adelante veremos.
«Las dificultades de una prueba apologética y, sobre todo, más profundamente,
las exigencias de una eclesiología más teológica y cristológica produjeron al
principio del siglo XX la vuelta a una concepción más esencial y más cualitativa de
la propiedad de catolicidad. Esta línea ha sido seguida por A. de Poulpiquet, Y.
Congar, H. de Lubac, S. Tyszkiewicz, Ch. Journet»95.

La cuestión no es definirse contra alguien o demostrarse superior sino


profundizar en el misterio de la Iglesia para descubrir la magnanimidad del amor
de Dios. La catolicidad deber ser estudiada no tanto como algo puramente exterior
de datos sociológicos sino en su esencia interna. Esto es lo que hace de Lubac96.
«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad»97. Y esta es la misión que ha confiado a su Iglesia con la promesa de su
presencia y asistencia permanente.

1.2. Lo católico en Dios y en su plan de salvación.

El atributo de «católico» utilizado para definir a la Iglesia, es en primer


lugar un adjetivo que pertenece y define al mismo Dios en su esencia más íntima.
Después hará partícipe a su Iglesia de él98. Las fuentes de la catolicidad están en la

95
Ibid. 500.
96
«La Iglesia no es católica por estar actualmente extendida en toda la superficie de
la tierra y contar con un gran número de adeptos. Era ya Católica la mañana de Pentecostés, cuando
todos sus miembros cabían en una pequeña sala, lo era cuando las oleadas de los pueblos arrianos
parecían sumergirla, lo sería todavía mañana aunque apostasías masivas le hicieran perder casi
todos sus fieles. Esencialmente la catolicidad no es cuestión de geografía ni de cifras. (…) Como la
santidad, la catolicidad es un principio intrínseco a la Iglesia» (H. DE LUBAC, Catolicismo,
Encuentro, Madrid 1988, 37s).
97
Tm 2, 4.
98
Cf. Y. CONGAR, ―Propiedades esenciales de la Iglesia‖, en: Misterium Salutis
IV/1, Cristiandad, Madrid 1973, 504: «Cristo es, por su plenitud de gracia, por su poder real y

30
Trinidad misma. «Se trata de un predicado que pertenece a la Iglesia en razón de la
naturaleza profunda que recibe de sus causas divinas y de su Señor, Jesucristo»99.
En la intimidad de la Trinidad se da este amor católico. En su interior no existe
ningún amor a medias. El Padre ama infinitamente al Hijo hasta el punto de
llamarlo el «Amado»100 y complacerse en Él. El Hijo ama filialmente al Padre a
quien lo llama «Abba»101. Y el Espíritu de Amor entre ambos, igual que ellos en
dignidad, los une en un abrazo eterno102. La bondad católica de Dios sólo es
posible porque «Dios es Amor»103.

Y Dios ha querido compartir este amor completo con su criatura. La belleza


de la creación y la perfección del hombre, creado a su imagen y semejanza,
responden de ello. La diversidad varón-mujer que existe en la persona humana
deriva de la diversidad trinitaria que existe en Dios. Así mismo la vocación al amor
unitivo le viene de su Creador, unidad trinitaria104. Y aunque por el pecado el
hombre rompe con el plan originario de Dios, éste, por medio de su amado Hijo y
el Espíritu, decide redimirlo. La historia de la salvación será este progresivo
acercamiento de Dios a todos los hombres empezando por Israel. «Su amor no se
deja desconcertar por el odio, la aversión y la indiferencia del hombre»105. Aunque
le duela en lo más profundo. Así, en esta primera etapa del Antiguo Testamento se
revela ya ese aspecto católico de Dios. «Dios nunca ama parcialmente, sino
totalmente. Esto es lo que significa la palabra ―católico‖»106 entendido como
ningún amor a medias.

Jesucristo que ha venido al mundo para revelarnos «lo que ha visto y oído
junto al Padre»107 nunca ha amado a medias. Su amor es católico y abierto a todos.
Ya de niño se deja adorar por unos magos paganos. Su misión se dirige a Israel,
pero también predica y hace milagros en territorio de los gentiles. Cuando se
encuentra con agresores no responde con odio. Da todo su tiempo al Padre y a los
hombres a los cuales veía como ovejas sin pastor. En su misión no discriminaba ni
a hombres ni a mujeres. Y, aunque denuncia a los fariseos su hipocresía, comió en
casa de Simón, uno de ellos, y mantuvo una hermosa relación con Nicodemo. Era
el Cordero que quita el pecado del mundo y, por eso, comía y tenía mucho trato
con pecadores. Expulsó en el atrio de los gentiles a los cambistas del Templo

sacerdotal, por su carácter de nuevo Adán y de cabeza, el fundamento de la catolicidad de la


Iglesia».
99
Cf. Ibid. 501.
100
Mt 17, 5.
101
Mc 14, 36.
102
Jn 17, 22: : «Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como
nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el
mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí». Para
algunos exegetas la gloria es el Espíritu Santo.
103
1Jn 4, 8.
104
Cf. Y. SEMEN, La espiritualidad conyugal según Juan Pablo II, Desclée de
Brouwer, Bilbao, 2011, 48: «Sin embargo, en la cima de la creación puso Dios al hombre, varón y
hembra, como obra maestra de su creación, porque la unión del hombre y de la mujer en el plan de
Dios de los orígenes estaba destinada a revelar en última instancia el ser mismo de Dios como
comunicación eterna de personas».
105
H. U. VON BALTHASAR, Luz de la palabra, Encuentro Madrid, 1994, 41.
106
Ibid. 42.
107
Jn 3, 32.

31
porque su casa era casa de oración para todos los pueblos108. Y por su cruz derribó
el muro del odio que separaba a los dos pueblos haciendo una sola cosa por su
sangre109. Él es el grano de trigo sepultado para el triunfo de una espiga que se
cosechará hasta en los confines del mundo110. Él es el Salvador111.

Para cumplir la salvación de todos, el Hijo de Dios ha sido conducido por


el Espíritu Santo. Gracias al Espíritu, Jesús se hizo hombre en el seno de María y,
cuando descendió como una paloma en las aguas del Jordán, fue ungido en su
bautismo para la misión. El Espíritu lo condujo a las tentaciones por el desierto. Él
inspira toda la actividad del Maestro. Jesús les habla a sus discípulos de Él en la
última cena como abogado y protector. Sólo en Él es posible la unidad en Dios112.
Y por último exhala su Espíritu en la cruz y lo derrama sobre todos. Es tan
importante el Espíritu Santo para la misión de la Iglesia que Jesús puso como
requisito recibirlo113. Solo ahora esta preparada para la evangelización universal:
«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis
testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra»114. El
confín son todos los hombres, incluidos los gentiles.

El Concilio Vaticano II recoge esta misión católica desarrollada por las


Tres divinas personas:
Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios.
Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y
en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un
principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos,
determinó luego congregarlos (cf. Jn 11,52). Para esto envió Dios a su Hijo, a quien
constituyó en heredero de todo (cf. Hb 1,2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de
todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios. Para esto, finalmente,
envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y
para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación y unidad en la doctrina
de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en las oraciones
(cf. Hch 2,42)115.
Este texto conciliar resume el designio de Dios como consumación de la
comunión católica en la íntima unión de la Trinidad116. Ningún amor a medias
108
Cf. J. RATZINGER, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la
Resurrección, Encuentro, Madrid 2011, 22ss. Hermosa explicación universalista de la expulsión de
los mercaderes.
109
Cf. Col 1, 19: «Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y
para él quiso reconciliar todas las cosas del cielo y de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su
cruz».
110
Cf. Mc 16, 15.
111
Cf. I. CONGAR, Misterium Salutis IV/1, Cristiandad, Madrid 1973, 502.:
«Jesucristo, en efecto, es por naturaleza (unión de una naturaleza humana individual con la
hipóstasis de la segunda persona) y es constituido por designación divina principio universal de
salvación».
112
Cf. Jn 17, 22.
113
Cf. Hch 1, 5: «Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de
Jerusalén, sino aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar,
porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no
muchos días».
114
Cf. Hch 1, 8.
115
LUMEN GENTIUM 13.
116
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 84: «Unanimidad,
consumación de la unidad, que es a la vez imagen y efecto de la unidad de las Personas divinas
entre si. No comunidad de espíritu, sino Comunidad del Espíritu: per unitatem naturae, per amorem

32
para nuestra querida Iglesia, y por ende, para nuestra querida humanidad. La
forma más grande de la catolicidad que define al cristianismo llegará a sus cotas
más altas y exigentes en la enseñanza Cristo: «Amad a vuestros enemigos, rezad
por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en
el cielo»117; enseñanza que Él mismo puso en práctica en su misma muerte:
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»118.

2. LO «CATÓLICO» EN DE LUBAC.

Partimos de un concepto amplio, muy rico en contenidos, en matices y en


referencias a la Tradición, que de Lubac recoge extensa y profundamente en su
libro Catolicismo. Nuestra tarea es intentar resumir a grandes rasgos las
aportaciones del teólogo, destacar las coincidencias y determinar los grandes
bloques de su pensamiento a este respecto. Completaremos esta visión con otro
libro que escribió después, en 1953, Meditación sobre la Iglesia, donde se
descubre la esencia del primero. Para de Lubac el nombre de católico «si bien es
un nombre común y a los ojos de muchos un nombre sin relieve, también es el
nombre más bello de todos cuando se comprende bien su alcance»119. Ese es el
objetivo de este apartado.

Lo estructuraremos de la siguiente manera: hablaremos de la reducción de


la cuestión católica que está sufriendo la Iglesia, situaremos la catolicidad en el
núcleo del misterio de la Cruz, hablaremos del origen de lo católico en la creación
del hombre, del pecado como fragmentación de la comunión primera, de la
Redención como restauración de la unidad y de la misión católica de la Iglesia.

2.1. La reducción de lo católico.

Hemos podido comprobar cómo el concepto de catolicidad ha sido utilizado


para defenderse frente a las herejías históricas en el seno de la Iglesia120. Sin
embargo paradójicamente en la medida en que la Iglesia ha vivido «a la contra de»
ha visto mermada su misma esencia católica.

Spiritus. La mística cristiana de la unidad es una mística trinitaria. La semejanza que debe
completar en todo espíritu creado la imagen divina no es la de un Dios Naturaleza, sino la del Dios
de Caridad»‖.
117
Mt 5, 44-45.
118
Lc 23, 34.
119
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 246.
120
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 222: «El nombre de
católico era, sin embargo, entonces de un empleo menos corriente que hoy en día. Se hizo más que
nunca necesario a partir del siglo XVI, para simbolizar la fidelidad cristiana integral no solamente
contra las rebeliones sino también contra las parcialidades de la herejía».

33
«Muchos no logran entender rectamente esta palabra, porque ha llegado a
convertirse en una especie de grito de combate de las confesiones separadas, lo
cual no entraba en su sentido original. Resulta trágico que esta palabra, que
propiamente expresa la misión universal, y por tanto, unitaria de la Iglesia, se haya
convertido en designación de diferencia y separación»121.

Así se entendía lo «católico» como lo contrario a las otras confesiones


cristianas o, bien, a las otras religiones. Para de Lubac este declinar del espíritu
católico ha favorecido en algunos de sus miembros el vivir con estrechez de miras,
desconfianza y reserva en una actitud beligerante. De esta forma, algunos
cristianos católicos se protegían y defendían de aquellos, «los otros»122, los de
otras religiones, a quienes debían abrazar como hermanos. Semejante actitud
tienen los que opinan que «no cae ni una sola gota de gracia sobre los paganos»123.
El verdadero católico, por el contrario, encuentra por todas partes elementos
asimilables y positivos que han hecho bien a muchos hombres y que son
preparaciones providenciales para recibir el Evangelio124.

Pero la reducción del catolicismo más grande según de Lubac está


fundamentalmente en la vivencia individualista del cristianismo, en el
desentendimiento de la suerte de los hombres y en la búsqueda egoísta de la
salvación personal125.
«Las desviaciones individualistas que ese constatan a lo largo de estos últimos siglos
son debidas, más que a tal concepción particular, o al uso de tal sistema filosófico o
de tal técnica mental, a un desarrollo general del individualismo. Son un aspecto
entre otros cien más. Se trata de un fenómeno universal, que es por demás imposible
de definir en una fórmula como de condenar sin matizaciones. No se puede tampoco
circunscribirlo entre fechas precisas, si bien se le ve coincidir con la lenta disolución
del cristianismo medieval. Fácilmente, pues dejó también aquí y allá su señal en la
teología, sin distinción de escuelas»126.

De Lubac habla de la génesis de este fenómeno. Este individualismo es


debido a la gran ausencia de lo católico en la enseñanza teológica:
«En un sector de la enseñanza corriente, sobre todo en la práctica ordinaria, se
había infiltrado una dosis más o menos fuerte, a veces muy fuerte de individualismo,
debido más a lamentables omisiones por insuficiencia de espíritu católico que a

121
O. SEMMELROTH, Yo creo, Encuentro Madrid 2011, 132.
122
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 199: «Nunca han faltado
espíritus que así lo pretenden. Todo, dicen, es malo en las falsas religiones. Estas son mentira y
perversión. Hay que matarlas. Hay que cambiarlo y rehacerlo todo. Demoler todo, para reconstruir
de nuevo». Semejante actitud no tiene para de Lubac nada de católica. El verdadero católico recoge
todo lo que hay de bello, verdadero y bueno; lo asume y lo completa. Esto requiere mucho amor y
esfuerzo de comprensión. Es lo que hizo Charles de Foucauld con los musulmanes; Gregorio
Magno en la evangelización de Inglaterra; Mateo Ricci en la China o su discípulo Roberto de
Nobili en la India. La variedad de sus métodos revela la unidad y autenticidad de su mismo espíritu
católico.
123
Ibid. 153.
124
Cf. Ibid. 200ss. Encontramos aquí unas hermosas páginas donde se explica la
verdadera actitud católica con respecto a otras religiones y a diferentes culturas.
125
Así de contundente lo afirma el autor: «Se nos reprocha ser individualistas» (H.
DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 17).
126
Ibid. 217s.

34
asertos formales implicados en desviaciones positivas, y menos en la enseñanza de
los Pastores que en las tesis de Escuela»127.

Esta desviación es gravísima y atenta contra la esencia de la fe que es


comunión. Ese es el diagnóstico de algunos pensadores y filósofos que cita en la
introducción de Catolicismo:
«Y si tantos observadores, muchos de los cuales no carecen de perspicacia ni
de espíritu religioso, se equivocan tan gravemente sobre la esencia del cristianismo,
¿no es un indicio de que los católicos habrían de hacer un esfuerzo para
comprenderla mejor ellos mismos?»128.

Este es el punto de arranque y motivación del libro: redescubrir en el interior


del dogma la esencia católica del cristianismo que anuda a todos los hombres en
una comunión de origen y destino. El olvido de esta cuestión católica en el dogma
ha avocado a grandes deficiencias en la moral. De Lubac llega a afirmar que el
error marxista y leninista no se habría propagado con tanta saña de no haber
perdido la Iglesia esta conciencia de lo comunitario y católico129. En cierta manera
se le pegó un cierto individualismo protestante al querer oponerse a la doctrina de
Lutero130. La Iglesia debería arrancar este individualismo de su enseñanza
teológica131 porque sus frutos son muy amargos. De Lubac percibe una nueva
primavera en la Iglesia, garantizada por la difusión del estudio de la época
patrística y la teología medieval en su mejor edad132.

2.2. El núcleo del catolicismo: la Cruz.

El misterio de la Cruz revela la esencia de lo católico de Dios. La Cruz


une el cielo y la tierra, lo humano y lo divino, abre sus brazos a todo el mundo y
estrecha a todos los hombres entre sí. Este misterio de la cruz cierra el libro
Catolicismo como culminación de su contenido. Hay que partir del gran misterio
católico de la muerte de Cristo porque el crucificado confiesa en su carne la

127
Ibid. 216.
128
Ibid. 17.
129
Cf. Ibid. 218: «Quizá el error marxista y leninista no habría nacido ni se habría
propagado con tan espantosos estragos, si se hubiese dado siempre a la colectividad el lugar que le
pertenece tanto en el orden natural como en el sobrenatural». El individualismo y el colectivismo
marxista son dos caras de la misma moneda. Deterioran la esencia social y personal del hombre.
Responden a una pérdida de la conciencia católica: «En efecto, por una parte, a la serie de errores y
de desviaciones que han aparecido a lo largo de los siglos pasados, que han engendrado tantos
cismas, que han provocado tantas discusiones, conflictos y desórdenes, y que aún continúan
produciendo entre nosotros sus frutos, han venido a juntarse otras, más sutiles, que a veces minan la
conciencia católica aun en aquellos que en modo alguno sienten la tentación del cisma o de la
herejía formal. Son las incomprensiones de todo género que se derivan, bien sea del individualismo
que campeaba por todas partes no hace mucho, bien sea de los falsos colectivismos que han
reemplazado hoy al individualismo» (H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid
1980, 31).
130
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 221: «Hemos constatado, en
efecto, que la teología moderna de la Iglesia se había resentido algunas veces del individualismo
protestante, al cual corregía demasiado desde fuera».
131
Cf. Ibid. 225. Mírese en especial la hermosa cita de E. Masure.
132
Cf. Ibid. 225.

35
primera creación del hombre, la desgracia del pecado que cargó sobre sí y la nueva
creación que va a comenzar por su redención133. Él es el único Esposo que da su
vida por toda la raza humana, su esposa134. A la humanidad le era necesario un
amante que la atrajera, un Otro a quien ella pudiera entregarse135. Ella tenía que
renunciar a tomarse a sí misma como centro. Tenía que morir para ser
transformada136. «Por Cristo moribundo en la cruz, se renuncia y muere la
humanidad entera que él llevaba en sí»137. El ideal de comunión de todos en Dios,
que Jesucristo había dejado a los hombres, solo podía ser asegurado por su sangre
derramada138. Su muerte y resurrección es la garantía de la catolicidad: ya que
nuestra Cabeza ha triunfado, su cuerpo que es la Iglesia también triunfará 139. Pero
he aquí la gran paradoja: para operar la reunión de todos Él muere solo140. «Solo
entre los solos y todo en todos»141.

2.3. Al principio era lo católico.

Todos los deseos que tiene el hombre de relacionarse, de comunicación, de


encuentro con los demás, de pertenencia a algún grupo que lo sostenga, de salir de
su individualismo destructivo y de «entrar en sociedad» tienen explicación en su
misma naturaleza creada. «Este gran hecho constituye una base natural que puede
sernos preciosa para una mejor inteligencia de nuestro catolicismo»142. Son
aspiraciones a la unidad que vemos en todas partes y que el hombre materializa no
siempre de forma adecuada. Pero el hecho de que existan en todos los hombres de
todos los tiempos es un signo de que su naturaleza está bien hecha: «Y creó Dios
al hombre a su imagen»143. Esa es la primera dignidad natural del hombre144.

133
Creación, pecado y Redención son las tres primeras partes que vamos a
desarrollar en este estudio sobre el catolicismo en de Lubac. El gran amigo de de Lubac, Von
Balthasar, se refiere a ellas al final de la siguiente meditación sobre el despojo de Jesús de sus
vestiduras: «Desde los días del paraíso, el hombre pecador ha cubierto su cuerpo: con hojas de
higuera, pieles de animales; después con toda clase de vestidos, hasta llegar a nuestros maniquíes.
Todo cae ahora y el nuevo y definitivo Adán muestra al Padre la forma de su creación originaria,
cargado ciertamente con todos los pecados y vergüenzas del viejo Adán. El Padre tiene que ver todo
sin velos: lo que Él creó, lo que se alejó de Él, y lo que se recupera de lo que estaba perdido. Todo
es visible en este cuerpo. La cruz es la confesión sin tapujos del mundo» (H. U. VON BALTHASAR,
Via Crucis, Encuentro, Madrid 2008, 36).
134
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 22.
135
Cf. Ibid. 249.
136
Cf. Ibid. 258.
137
Ibid. 248.
138
Cf. Ibid. 159.
139
Cf. Ibid. 197: «Del mismo modo que en nuestro cuerpo de carne los miembros
son solidarios unos de otros, llevados unos por otros, también la Iglesia compartirá el destino de
Aquél que la tomó por cuerpo. Ya que la Cabeza ha triunfado, el cuerpo entero, el «Pleroma» ha de
ser salvado».
140
Cf. Ibid. 258: «Por Cristo moribundo en la cruz, se renuncia y muere la
humanidad entera que él lleva en sí. Pero este misterio es todavía más profundo. El que llevaba en
sí a todos los hombres estaba abandonado de todos. El hombre universal murió solo. Plenitud de la
kénosis y perfección del sacrificio. Era necesario ese abandono - incluso del padre- para operar la
reunión. Misterio de soledad y misterio de desgarramiento, único signo eficaz de la unidad».
141
Ibid. 259.
142
Ibid. 247.
143
Gn 1, 27.

36
En todos los hombres está la misma imagen. Al participar todos de un
mismo origen, formamos un todo indivisible. De Lubac documenta con muchas
citas patrísticas la creación del hombre como un todo único. «La misma
participación misteriosa en Dios, que constituye el ser del espíritu, realiza
igualmente la unidad de los espíritus entre sí»145. «Del mismo modo que no se
habla de tres dioses, tampoco debería hablarse jamás de hombres en plural»146. A
la unidad divina le corresponde la unidad humana. Sólo el monoteísmo puede dar
lugar a una fraternidad. Será un solo género humano al que Dios dará su Espíritu y
adoptará paternalmente147. La profusión de escritos patrísticos y representaciones
artísticas sobre la salvación de Adán, revela la conciencia primera de esta unidad.
La humanidad antes del pecado es un todo armónico, es un mismo Adán extendido
por toda la tierra148. Era una misma sinfonía la preciosamente cantada por un
inmenso coro de voces149. Pero al caer en el pecado, Adán rompe toda esta unidad.
Si él es salvado nosotros también lo seremos por que Adán están en todos150. Su
destino tiene que ver con el nuestro. Desentendernos de su suerte es tanto como
hacerlo de la nuestra porque, para los Padres, Adán no era tanto el padre del
género humano cuanto el primer formado por Dios151.

Esta primera dignidad natural del hombre creado a imagen de Dios es de


tan buena factura que el pecado nunca la ocultará definitivamente152, ni tampoco el
pecado puede destruir la unidad natural del género humano153. De la misma
manera que unos hermanos, por muy enemistados que estén, nunca dejarán de ser
hermanos.

2.4. El pecado como fragmentación de la comunión.

Aunque no pueda borrar totalmente la huella de Dios en nosotros, el


pecado puede desfigurar y desgraciar profundamente al hombre hasta la muerte,
hasta el infierno. El pecado es una ruptura interior y, a la par, exterior y social.
Junto al relato bíblico del primer pecado de Adán y Eva contra Dios154, aparece el
144
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 21. Sobre esta primera
dignidad del hombre será colocada, sin negarla y ampliándola infinitamente, la gracia sobrenatural
del cristiano.
145
Ibid. 24.
146
Ibid. 24.
147
Cf. Ibid. 21.
148
Cf. Ibid. 27.
149
Cf. Ibid. 26.
150
Cf. Ibid. 23.
151
Cf. Ibid. 25.
152
Cf. Ibid. 200: «La naturaleza humana, nos dice en primer lugar, está sin duda
enferma, débil, pero no enteramente corrompida. La razón humana es débil, vacilante, pero no está
enteramente condenada al error, no es posible que la divinidad le esté completamente oculta. La
semilla del Verbo es innata en todo el género humano. La imagen divina puede muy bien
encontrarse oscurecida, velada, desfigurada; pero siempre permanece en Él».
153
Cf. Ibid. 26: «Sin poder destruir la unidad natural del genero humano -por
manchada que esté la imagen de Dios permanece indestructible- arruina la unión espiritual, que en
los designios del Creador debía ser tanto más íntima cuanto más plenamente realizada la unión
sobrenatural del hombre con Dios».
154
Cf. Gn 3, 1-24.

37
gran pecado de Caín contra su hermano Abel155. No obstante, ya el primero
conlleva una división social: Adán le echa la culpa a Eva156 y se avergüenzan de
estar desnudos porque su mirada se ha enturbiado157. «Toda infidelidad a la
imagen divina que el hombre lleva en sí, toda ruptura con Dios es al mismo tiempo
desgarramiento de la unidad humana»158. Al contrario de Dios, que crea un género
humano compacto, el Maligno fragmenta a los hombres convirtiéndolos en islas
separadas e incomunicables, «en una polvareda de individuos con tendencias
violentamente discordantes»159.

He aquí un valioso enfoque teológico de la esencia del mal: el desgarro y


fragmentación de la unidad de los hombres. El Adán caído es aquel que se ha roto
en mil pedazos. Sus restos andan divididos por toda la tierra160. Hay perspectivas
teológicas que ahondan en la raíz individual del mal pero esto es sólo posible
porque el pecado había convertido al hombre en ser un separado. Las dos
orientaciones son complementarias. De Lubac se lamenta de la ausencia de una
reflexión más abundante sobre el mal como fragmentación de la comunión. Se
carga siempre la tinta sobre el mal interior de cada persona161.

Después del pecado toda la humanidad se ha convertido en una oveja


perdida. El Buen Pastor tendrá que dejar las noventa y nueve -el rebaño de ángeles
en el aprisco del cielo- y socorrerla. Esta imagen de los Padres evoca la condición
previa y común de todos los hombres pecadores que van a ser objeto del auxilio
divino162. San Pablo dirá lo mismo con estas palabras: «Pues Dios nos encerró a
todos en desobediencia, para tener misericordia de todos»163. Como se va a formar
por la Redención una reunificación de los mil pedazos de Adán, ya empiezan a ser
considerados todos los hombres -pedazos- una totalidad -oveja perdida- que será
salvada por la comunión con Dios164. Todos serán también Adán en los infiernos.
En los textos patrísticos no se menciona a ningún hombre más en los infiernos.
Adán son todos165. Y al rescatarlo a él, Cristo los rescata a todos.

2.5. La redención como restauración de la unidad católica.

«Yo convido a todo el género humano, yo que soy su autor por la voluntad
del Padre. Venid a mí, para juntaros en un todo bien ordenado bajo un solo Dios, y

155
Cf. Gn 4, 1-16.
156
Cf. Gn 3, 12.
157
Cf. Gn 3. 7.
158
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 26.
159
Ibid. 27.
160
Cf. Ibid. 27. Cita un texto de s. Agustín: «Adán mismo está, pues, extendido ahora
por toda la haz de la tierra. Concentrado antes en un solo lugar cayó y, rompiéndose en alguna
manera, ha llenado con sus restos del mundo entero».
161
Cf. Idid. 27: «Había ahí una manera de enfocar el mal en su esencia íntima, y es
quizá lamentable que la teología posterior no haya sacado más conclusiones de ello. En lugar de
buscar, como hoy día se hace casi exclusivamente, en el interior de cada naturaleza individual…».
162
Cf. Ibid. 21.
163
Rom 11, 32.
164
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 195.
165
Cf. Ibid. 23.

38
bajo el único Logos de Dios»166. Es la llamada que hace Jesús a la fiesta de la
unidad donde quiere juntar a todos. Él cantará con nosotros y danzaremos en el
coro de los ángeles167. No resulta para nada extraño este ambiente gozoso que
relata Clemente de Alejandría cuando en los evangelios encontramos muchas
comparaciones de Jesús sobre el Reino de Dios en clave de fiesta168, de banquete
de bodas169, de reunión de alegría cuando algo o alguien perdido se encuentran170.
Él mismo, en una boda en Caná, inauguró sus milagros haciendo uno
verdaderamente festivo: cambiar el agua en vino. Así, manifestaba que había
llegado el Esposo que trae el vino nuevo de la alegría171. Y la Escritura termina
con la preciosa imagen de las bodas del Cordero172. Estamos, pues, acercándonos
al centro de la alegría de Dios que quiere ser colmada con la de sus hijos. Jesús
mismo se lamenta ante los que rehúsan ir a la fiesta173 o van de forma
inadecuada174. Él llora por Jerusalén: «Cuántas veces intenté reunir a tus hijos,
como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, y no habéis querido»175.

El misterio de la redención restablece la unidad perdida: de los hombres


con Dios y de los hombres entre sí176. «Cristo viene a reagrupar en torno suyo a la
humanidad»177. Él ha sido constituido Cabeza de un cuerpo cuyos miembros están
llamados a ser todos los hombres178. Jesús ha venido del Padre con esta misión: «a
buscar lo que estaba perdido»179. Los restos rotos del Adán caído han sido
juntados en el nuevo Adán muerto y resucitado. Ha venido a recapitular todas las
cosas en la plenitud de los tiempos180. Los desacuerdos entre lo celeste y terrestre,
entre judíos y gentiles, entre la carne y el espíritu tienen una salida: Cristo, nuestra
paz181. Para de Lubac este aspecto horizontal de la redención no es menos
explícito en la Escritura y la patrística que el vertical. Así queda manifiesto en este
texto joánico: «por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente,
anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino
también para reunir a los hijos de Dios dispersos»182. Son muchas las imágenes
sacadas de la tradición patrística que insisten en ello: Cristo como una reina de
abejas, aglutina en torno a sí a todo el enjambre (humanidad); como el jugo de la

166
Ibid. 26. Cita de Clemente de Alejandría.
167
Cf. Ibid. 26. La cita de Clemente dice: «Hazte iniciar en estos misterios y
danzarás en el coro de los ángeles, alrededor del Dios increado, mientras el Logos divino cantará
con nosotros los himnos sagrados».
168
Cf. Lc 14, 15-24.
169
Cf. Mt 25, 1-13.
170
Cf. Lc 15, 1-31.
171
Cf. Jn 2, 1-12.
172
Cf. Ap 19, 11.
173
Cf. Mt 22, 1-7.
174
Cf. Mt 22, 11-14.
175
Mt. 23, 37.
176
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 28.
177
Ibid. 29.
178
Cf. Ibid. 61. Cada alma se une con Dios siempre a través de ese cuerpo,
«organismo», que es la Iglesia. Y así, mediante sus sacramentos, nos llega la redención de Cristo.
179
Lc 19, 10.
180
Cf. Ef 1, 10.
181
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 33.
182
Jn 11, 51-52.

39
higuera, cuaja la leche reuniéndola y apretándola; o como la aguja, cose la túnica
rajada por Adán183 para unir judíos y gentiles184.

El misterio de la encarnación está totalmente en relación con el de la


redención. Si asume, siendo Dios, un cuerpo humano es para incorporarnos a Él.
Enteramente nos lleva al hacerse hombre, morir y resucitar por nosotros. Toda
nuestra naturaleza humana ha sido enaltecida y salvada por su encarnación y su
redención185. Lanzados a una misma dicha, ya no somos uno solamente por
nuestra común naturaleza creada sino, sobretodo, por nuestra común «dilección»
en la que somos infinitamente abrazados por Dios por la redención de Cristo186. Y
así, de esta forma, lo hecho en la creación, que fue deshecho por el pecado, ha sido
rehecho de una forma admirable. Y lo formado, que fue deformado, ha sido
perfectamente reformado en una creación nueva187. En este sentido podemos gritar
con s. Agustín «¡Feliz culpa!» porque no nos retrotraemos al paraíso perdido, sino
que nos encaminamos hacia los cielos nuevos y la tierra nueva, a las moradas
eternas que Jesús nos prepara188.

Las imágenes que mejor revelan la nueva situación obrada por la redención
son la paulina del cuerpo y la joánica de la vid.
«Si en san Juan el vínculo de los fieles entre sí y con el Salvador es sugerido como
un conjunto de relaciones recíprocas con una intensa intimidad, en san Pablo,
Cristo aparece más bien como un medio, una atmósfera, un mundo en donde el
hombre y Dios, el hombre y el hombre comunican y se unen. Él es quien llena
todo en todos»189.

En definitiva se trata de un solo «Hombre nuevo190» del que todos


formamos parte. Los cristianos deberán revestirse de Él. Esta será la tarea de los
sacramentos. Por Cristo todos los hombres no sólo tienen un origen común sino
que están llamados a un destino común en Dios191.

No podemos salir de nosotros para entrar en comunión con el otro y formar


una sola familia por nuestras solas fuerzas. Nos lo impide nuestra individualidad y
egoísmo. Resulta, la mayoría de las veces, una utopía irrealizable. Ni tampoco
podemos ser plenamente hombres si no es por el Hombre Jesús. Pero Cristo, al
llenar de su plenitud nuestra carne, acaba en nosotros la verdadera imagen de

183
La túnica inconsútil de Cristo que se repartieron los soldados era de una sola
pieza.
184
Cf. Ibid. 29.
185
Cf. Ibid. 30ss.
186
Cf. Ibid. 34.
187
Cf. Ibid. 28.
188
Cf. Ibid. 34.
189
Ibid. 34ss.
190
Ef 2, 15. San Agustín hablaba del «Hombre, extendido por toda la tierra» que
formaba el cuerpo de los fieles de Cristo. También san Hipólito dirá: «Deseando el Hijo de Dios la
salvación de todos, a todos nos llama a formar en la santidad un solo hombre perfecto». Cf. H. DE
LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 35.
191
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 239: «En adelante está
ya concebida la unidad humana. La Imagen de Dios, la imagen del Verbo, restaurada por el mismo
Verbo encarnado y a la que presta su esplendor, soy yo mismo, es el otro, es cualquier otro. Es ese
punto de mi mismo que coincide con cualquier otro. La señal de nuestro común origen, el
llamamiento a nuestro común destino. Es nuestra unidad misma, en Dios».

40
Dios192. Él ha redimensionado nuestra humanidad a la medida de la suya. Aquí se
da otro aspecto más personal de la redención y, a su vez, complementario con el
comunitario: sólo somos personas plenas en la persona del Hijo. Somos
personalizados en Él y así tenemos parte en la vida trinitaria193. Con Cristo y solo
por medio de Él el hombre puede abrazar a todos; y con Cristo y sólo por Él puede
llegar el hombre a alcanzar la verdadera grandeza de su ser:
«Cristo, al revelar al Padre y ser revelado por Él, acaba de revelar al hombre a sí
mismo. Al tomar posesión del hombre, asiéndole y penetrándole hasta el fondo
de su ser, le fuerza a descender también a él dentro de sí para descubrir
bruscamente en su propio interior regiones hasta entonces insospechadas. Por
Cristo, la Persona es adulta, el Hombre emerge definitivamente del universo,
toma plena conciencia de sí194».

Este pensamiento de Lubac ha tenido un eco muy profundo en el


magisterio posterior de la Iglesia195. Sobre este aspecto volveremos a insistir en
otro apartado: la complementariedad entre lo personal y lo comunitario.

2.6. La misión católica de la Iglesia.

Hablamos ahora sobre el lugar de la Iglesia en la economía de la salvación


de Dios196. Su designio de redención universal se ha realizado en Cristo y continúa
extendiéndose gracias a su Iglesia. Ella reproduce en la tierra la vida trinitaria del
cielo. Ya hay un lugar en nuestro mundo donde empieza a realizarse la comunión
tan buscada por Dios y deseada por los hombres: la reunión de todos en la
Trinidad, la Iglesia. Ella es la Trinidad extendida por el tiempo. En esta familia
cada hombre podrá adquirir su verdadera dignidad. Todas las asambleas litúrgicas
empiezan y terminan con el saludo y la bendición trinitaria. «El Padre está en ella
como el principio al que todo reúne, el Hijo como el medio en el que todo se

192
Cf. Ibid. 240: «Pero lo que es imposible al hombre sólo, resulta posible al hombre
divinizado, y lo que la inteligencia natural rechazaba como una quiemera se convierte en el objeto
sagrado de la esperanza. Cristo al acabar en sí la humanidad, al mismo tiempo nos perfecciones a
todos, pero en Dios».
193
Cf. Ibid. 240.
194
Ibid. 238.
195
El paralelismo que encontramos con Gaudium et spes (nº22) es asombroso: «En
realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán,
el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo
Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el
hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación». Lo mismo ocurre en la
primera encíclica de Juan Pablo II Redemptor hominis (nº10) cuando afirmaba: «El hombre no
puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de
sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace
propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho
anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así—
la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar
la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el
hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo!».
196
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 52. De ella dice citando
a Pedadogo: «Por lo mismo que la voluntad de Dios es un acto y se llama mundo, así su intención
es la salvación de los hombres y se llama Iglesia».

41
reúne, el Espíritu Santo como el nudo con el que todo se reúne, y todo es uno»197.
Todos los hombres han sido creados para formar parte de esta familia de Dios y
recibir su misma vida. Aquí no hay lugar para misiones solitarias. Hasta el
ermitaño vive en esta comunión espiritual.

A ella le corresponde llevar la redención y revelación de Jesucristo a todo


el mundo. Su catolicidad es una fuerza que lleva dentro de sí y, a la vez, una
exigencia imperada por la salvación de los hombres198. Todo lo que ha recibido es
en función y a favor de los otros, sean quienes sean. «La gracia del catolicismo no
nos ha sido dada para nosotros solos, sino mirando a los que no la tienen»199. A la
Iglesia le corresponde continuar la obra de reunión que Él mismo comenzó. Para
ello le prometió su perenne presencia y la asistencia del Espíritu. La Iglesia
«como Cristo, sabe lo que hay en el hombre»200 y «tiene conciencia de que todos,
cualquiera que sea su origen, su raza o condición, son llamados a ser uno con
Cristo, y que la Iglesia es desde ahora, en principio, esta unidad»201.

Si Cristo es el único Esposo, y toda la raza humana es considerada su


202
esposa , la Iglesia es la primicia de su amor y de su fecundidad. La esposa sólo
puede ser madre por la unión con el esposo. Cristo al unirse con ella en una «sola
carne» la convierte en su mismo cuerpo. De tal forma que también podemos decir
que la Iglesia es Cristo «extendido y comunicado»203. Ella tiene la forma de Cristo
que todos los hombres están llamados a recibir. Fuera de ella el hombre puede
elevarse a ciertas alturas espirituales pero siempre sin llegar a la cumbre
suprema204. Por el bien de los hombres y por su condición de católica es necesario
que la Iglesia crezca. Ella es la gran predestinada a la salvación y todos los
hombres en ella205. Crecer es un imperativo de su condición de católica. No es
cuestión de imperialismo religioso206. «El catolicismo es la Religión. Es la forma
que debe revestir la humanidad para ser finalmente ella misma»207.

Veamos todo esto más detalladamente en los siguientes apartados. En


cinco puntos intentaremos sintetizar la catolicidad de la Iglesia en la teología de
Lubac. En primer lugar hablaremos de la universalidad de su misión llegando a
todo lo humano y a todos los hombres de cualquier clase o condición. En un
segundo momento veremos su capacidad de reunir, congregar y estrechar entre sí

197
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 190.
198
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 161: «Su catolicidad,
que en ella es una fuerza, es también un perpetua exigencia. Sabe que no ha nacido para otra cosa
que para propagar en todas partes el Reino de Cristo, a fin de que todos los hombres participen de
su redención salvadora».
199
Idid. 169.
200
Ibid. 28. Esta afirmación que en el apartado anterior se decía de Cristo, ahora se
dice de su Iglesia.
201
Ibid. 28.
202
Cf. Ibid. 22. Citando a Pseudo-Crisóstomo afirma: «Cristo aparecía finalmente,
viniendo como el único Esposo, su esposa era asimismo toda la raza humana».
203
Ibid. 37. Cita de Bossuet.
204
Cf. Ibid. 157.
205
En todo el capítulo VIII de Lubac trata la gran controversia paulina de la
predestinación dando una solución tan inspirada en la Tradición como novedosa en su formulación:
la Iglesia es la predestinada y cada hombre en ella.
206
Cf. Ibid. 210.
207
Ibid. 210.

42
y con Dios. En la tercera parte nos acercaremos al motivo de su convocación y
congregación, el misterio eucarístico donde todos se alimentan del amor más
grande posible, el del Esposo, que, muerto y resucitado, llena a su Iglesia de su
misma vida; y, así, la convierte en Madre de muchos hijos, que será el cuarto
punto estudiado. Y en quinto y último lugar veremos cuál es la actitud católica que
debe reinar en estos hijos de la Iglesia.

2.6.1. Todos son llamados.

La Iglesia es fundada por Cristo en su vida pública y, sobretodo, en su


Misterio Pascual y en Pentecostés. Llamando a sus discípulos en torno a sí, forma
la primera comunidad cristiana en germen. Al morir en la cruz, del costado abierto
de su Señor, nace la Iglesia como Eva nació del costado del Adán dormido. El
agua y la sangre que salen de su costado abierto por la lanza son el origen de los
sacramentos que hacen la Iglesia: el bautismo y la eucaristía. El don del perdón
universal conseguido por su muerte redentora es conferido, una vez resucitado, a
su Iglesia. Su resurrección gloriosa es el triunfo sobre el poder de la muerte. Ha
sido constituido Señor de vivos y muertos y Cabeza de su cuerpo que es la Iglesia.
Y con la venida del Espíritu la llenó de su mismo aliento para que haga sus
mismas cosas y aun mayores208. El acto redentor y la fundación de su Iglesia están
unidos para siempre: «Es sencillamente que el acto redentor y la fundación de la
sociedad religiosa están estrechamente soldados. Estas dos obras de Cristo, a decir
verdad, no hacen más que una»209.

El Señor quiere llamar a todos y reunirlos. La palabra hebrea Kajal y su


traducción griega Eklesía tienen una doble traducción latina: convocatio y
congretatio210. Estos dos términos significan, en primer lugar, que la Iglesia
convoca a todos los hombres y, en un segundo, que los reúne. Y, a la vez, que ella
es convocada y reunida211. No es la simple reunión de aquellos que les gusta vivir
de una determinada forma o tienen ideales parecidos, ni siquiera es la asamblea
que constituyen aquellos que quieran vivir el Evangelio. Es la llamada de Cristo,
su Buena Nueva, la que reciben los hombres, y, respondiendo afirmativamente,
forman la Iglesia. En este sentido es antes convocatio que congretatio212. Esa
llamada universal no es un vago cosmopolitismo sino el verdadero catolicismo:
«La Iglesia en cualquier parte se halla en su casa y cada uno debe en la Iglesia
poder sentirse en su casa»213.

Vamos a diferenciar dos aspectos de esta convocación. En primer lugar la


vocación de llegar a todo lo humano del hombre: su realidad temporal, histórica,
cultural, social, personal y religiosa. Y en segundo lugar, su empeño en llamar a
todos los hombres. «Como muy acertadamente se ha dicho, el cristianismo es

208
Cf. Jn 14, 12.
209
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 47.
210
Cf. Ibid. 47.
211
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 91.
212
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 48.
213
Ibid. 210.

43
universal no sólo en el sentido de que todos los hombres tienen su Salvador en
Jesucristo, sino también en el sentido de que todo el hombre tiene en Jesucristo su
salud»214.

2.6.1. a. Todo lo humano.

O Cristo tiene que ver con todo o Cristo no tiene que ver con nada. Esta
frase resume lo que este apartado viene a desarrollar. Sin formularlo
explícitamente, este principio rigió la tradición monacal benedictina y el medioevo
cristiano. Porque Cristo estaba en el centro215, todo lo demás se reordenaba: se
estudiaban las Escrituras, las lenguas, se copiaban las grandes obras antiguas, se
construían bibliotecas, escuelas, la agricultura experimentó un gran avance, así
como la ganadería, la medicina, la arquitectura, se acogía a los peregrinos
menesterosos y otros muchos aspectos de la vida de los hombres quedaban
transformados216. Esto tiene mucho que ver con lo que afirma de Lubac: «la
Iglesia es católica, incluso en el sentido de que nada de lo que es humano le puede
ser extraño. Y la Iglesia sabe que no hay nada humano que le sea indiferente»217.

La Iglesia sabe que en la naturaleza de los hombres, creada por Dios, existe
una predisposición al Misterio que ésta ofrece, a una forma de vida abierta a la
transcendencia, en definitiva, a la gracia sobrenatural. Todo lo humano le
pertenece porque viene del gran origen divino. La revelación que lleva en sí la
Iglesia es connatural al hombre. Sin embargo, el hombre no podrá llegar a ella por
sí mismo como una mera consecuencia de su deseo natural. La revelación y la vida
de la gracia es un don gratuito que viene del cielo y que nunca podremos arrebatar
a Dios, como Prometeo que robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres.
Al contrario, Dios mismo, en la persona de su Hijo, venido en carne humana, es
quien nos ha regalado el fuego del Espíritu para que el hombre caído se levante y
ande como un hombre nuevo. Esta exaltación del hombre no sólo afecta a su
dimensión espiritual sino al conjunto de toda su vida. « Cristo tiene que ver con
todo lo humano, y todo lo humano apunta a Cristo y necesita de Cristo para su
plenitud»218.

214
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 160.
215
En la regla de san Benito aparece varias veces y con distintas formulaciones
parecidas esta idea central: no anteponer nada al amor de Cristo, su alabanza es lo primero.
216
La aportación de la Iglesia fue muy grande al crecimiento de la cultura
europea. Su objetivo no fue hacer cultura sino buscar a Dios. Y precisamente así se creó una
cultura cristiana: «Primeramente, y como dato importante, hay que decir con gran realismo
que no tenían intención de crear una cultura ni de conservar una cultura del pasado. Su
motivación era mucho más simple. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a Dios. En la
confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo
esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la Vida
misma» (BENEDICTO XVI, Discurso al mundo de la cultura en el colegio de los Bernardinos
el 12 de septiembre de 2008, L´osservatore romano, edición semanal en lengua española
2008, nº 38, 6-7). También es interesante, al respecto, el estudio de la influencia de la Iglesia
en los distintos ámbitos culturales: T. E. WOODS JR., Cómo la Iglesia construyó la
civilización occidental, Ciudadela Libros, Madrid 2007.
217
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 160.
218
F. J. MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, Alfa y Omega, Nº 822 / 28-II-2013.

44
Es tarea de la Iglesia, por tanto, hacer el esfuerzo de acoger lo que nace
fuera de ella. Esto es propio de su naturaleza católica. La catolicidad es un criterio
doctrinal, no una estrategia humana:
«Esta doble voluntad de acoger todo lo que es asimilable y de no imponer
nada que no pertenezca a la fe, por el hecho de ser consciente y metódica no es, sin
embargo, un cálculo de hombres hábiles en busca de un procedimiento que dé
resultado, como se ha acusado algunas veces. Esta voluntad va dirigida por
criterios doctrinales»219.

Creer que fuera de ella todo es corrupción y decadencia es un gran error.


Ella tiene que hacer el esfuerzo220 de entender, incluso, a pensadores que, desde
otras orillas, hablan de lo humano. Para de Lubac incluso la «filosofía
separada»221, el pensamiento desde presupuestos ateos o agnósticos, ha dado frutos
que la Iglesia debe saber recoger. Sin embargo, el cristianismo se cuida de no
rebajar su Verdad, adaptándola al nivel humano del momento, a las modas del
pensamiento dominante. Al contrario, ella busca comprender al hombre y sus
circunstancias para ayudarle a elevarse «hasta esa Verdad que le domina y que le
juzga»222. «Pues si el cristianismo ha de ser presentado en todas sus exigencias,
debe también mantenerse en toda su pureza»223. Para ello la Iglesia debe explorar
las cumbres del pensamiento y de la cultura. Recibir, purificar y elevar.
«Recogerlo todo, para salvarlo y santificarlo»224. Y esto sin ingenuidad, creyendo
que todo lo que viene de fuera es mejor y, sin sincretismos, mezclando, y
degradando, así, todos los elementos que le llegan, sin discernimiento alguno225.

De esta forma cada generación cristiana dará su estilo propio a esta casa
común que es la Iglesia, que ha vivido muchos cambios de decorado a lo largo de
los siglos. No basta con copiar miméticamente una época cristiana anterior por
muy gloriosa que fuese. Ni tampoco sería aceptable rechazar esa riqueza recibida
que tanto bien hizo y seguirá haciendo. Es necesario «un esfuerzo de asimilación
transformadora»226 que consiste en poner en contacto el depósito de la fe y la
Tradición, de la historia y teología recibidos, con las necesidades y
preocupaciones de cada generación. El pasado ilumina el presente respetando su
diferencia. Y, así, se revive la misma experiencia cristiana en otras formas. El
mismo dogma aparece con luces nuevas. Y la misma revelación genera

219
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 204.
220
Es curioso que el traductor de libro de de Lubac utiliza varias veces la palabra
«esfuerzo» para definir la voluntad de la Iglesia de acoger elementos que no son directamente
elaboración suya. Esto afecta especialmente a la teología: «Y esta tarea implica repensar su teología
constantemente. Se impone un esfuerzo doctrinal. Si bien el Dogma es inmutable en su esencia, la
teología nunca es cosa hecha» (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 228). Y,
también, afecta a las misiones: «Semejante esfuerzo de inteligencia es en verdad urgente, cuando se
trata de elementos de civilización cuya culpa principal no es otra que la de sernos extraños. La
historia de las misiones nos ofrece muchos ejemplos, cuyas lecciones no han sido todavía agotadas»
( Ibid. 206).
221
Ibid. 227.
222
Ibid. 212.
223
Ibid. 212.
224
Ibid. 210.
225
Cf. Ibid. 211.
226
Ibid. 226.

45
experiencias diferentes227. No obstante, en esta diversidad, se percibe una
profunda comunión e intimidad con un idéntico Misterio:

«Sólo después de haber sentido de manera aguda hasta qué punto, en nuestros modos
humanos de reaccionar, incluso ante la Revelación, y en nuestros modos humanos de
pensar, incluso el Dogma, somos necesariamente diferentes de un san Pablo o de
Orígenes, de Tomás de Aquino o de Bossuet, de un monje de la Tebaida, de un
artesano de la Edad Media o de un recién convertido de la China, sentiremos en toda
su profundidad la intimidad de nuestra comunión con todos ellos en ese mismo
Dogma, del que todos ellos vivían como vivimos nosotros ahora»228.

La Iglesia sabe que para sus primeros pasos necesitó los recursos de la
cultura griega y romana. Y así deberá seguir recibiendo de otras culturas sin
identificarse con ninguna y penetrándolas todas con el Evangelio. Su misión
recibida no es ponerse al servicio de un tipo de civilización concreta sino de la
evangelización de todas229. Cada inculturación es un milagro de la providencia.
«Es la Iglesia Católica: ni latina, ni griega, sino universal. Heredera de la bondad
católica del mismo Dios»230.

De la misma manera que el hombre ha asumido las riquezas del universo


que le circunda, la Iglesia ha asumido las riquezas del hombre y de su historia231.
Y de esta forma, la salvación de la que la Iglesia es portadora pasa al hombre y a
la creación. «La Iglesia está predestinada. La Iglesia, es decir, en ella todo el
hombre y todo el universo»232. En esa predestinación el hombre adquiere su
verdadera dimensión sólo a través de Cristo, Cabeza de la Iglesia. La inmensa
dignidad del cristiano descansa sobre la inmensa dignidad del hombre. En adelante
Cristo se hace necesario en el proceso de humanización de cada generación. Hay
un deterioro de humanidad cuando el cristianismo se desdibuja en la vida de los
hombres o cuando aún no ha aparecido. Gracias a Cristo el hombre se mira a sí
mismo y todo lo que le rodea con ojos nuevos. Cada persona es «Imagen de Dios,
Imagen del Verbo, restaurada por el mismo Verbo encarnado y a la que presta su
esplendor»233. La unidad pretendida por los hombres y el proceso de convertirse
en persona de cada uno es inalcanzable sin Él. «Una persona plenamente realizada,
es decir perfectamente universalizada, sería, sin Cristo, un imposible»234.

227
Cf. Ibid. 209: «Arca única de Salvación, debe abrigar en su vasta nave todas las
diversidades humanas. Única sala del festín, los manjares que sirven son tomados de toda la
creación».
228
Ibid. 226.
229
Cf. Ibid. 208.
230
Ibid. 209.
231
«El universo espiritualizado por el hombre y el hombre consagrado por la Iglesia;
la Iglesia, en fin, universo espiritual y sagrado, como un gran navío cargado de todos los frutos de
la tierra, entrarán en la eternidad» (Ibid. 193).
232
Ibid. 193.
233
Ibid. 239.
234
Ibid. 240.

46
2.6.1. b. A todos los hombres.

La Iglesia es católica también porque quiere llevar a todos los hombres la


buena nueva del Evangelio. Esta llamada universal a la salvación se percibe en la
gloria de sus santos: «Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie
podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del
trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus
manos»235. Este texto del Apocalipsis nos habla de los santos mártires triunfantes.
Son muchos y de muchos sitios porque el Evangelio se ha extendido hasta los
confines de la tierra, tal y como Jesús les mandó a sus discípulos236. La Iglesia ya
comienza a ser católica la mañana de Pentecostés con los judíos «venidos de todos
los pueblos que hay bajo el cielo»237. Este universalismo cristiano se da en toda la
vida de Jesús. Primamente en su infancia: su nacimiento en un pesebre238, siendo
adorado por unos magos paganos239 y emigrante en Egipto240. Después, también,
en su vida pública: Él, que había «sido enviado a las ovejas descarriadas de
Israel»241, fue a los territorios extranjeros de Tiro y de Sidón242, curó a la hija de la
mujer siro fenicia243, se alojó en casa de Zaqueo, recaudador del imperio
romano244 y curó al esclavo de un centurión romano245. Y, por último, este
universalismo cristiano lo vemos en su muerte, donde extiende sus manos para
acoger a todos los hombres246 y es un centurión romano, quien por primera vez,
confiesa a Jesús como el Hijo de Dios247.

Los hijos de la Iglesia vienen de todas partes248. Si las doce tribus de Israel
representan a todo el pueblo judío, los doce apóstoles enviados a todo el mundo,
revelan la universalidad de su misión. El don de lenguas que arde en ellos es para
que las distintas naciones con su diversidad de idiomas participen del mismo
anuncio salvador249. Nada mejor que el misterio de Pentecostés para explicar la

235
Ap 7, 9.
236
«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos…» (Mt 28, 19); «id al mundo
entero y proclamad el evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15); «y en su nombre se proclamará la
conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén» (Lc 24,
47); «seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hch
1, 8).
237
Hch 2, 5.
238
Es interesante el estudio que hace J. Ratzinger sobre el significado del buey y el
asno: una humanidad, compuesta por judíos y gentiles, que recibe al Mesías. (J. RATZINGER, La
infancia de Jesús, Planeta, Barcelona 2012, 75ss).
239
Cf. Mt 2, 1-12.
240
Cf. Mt 2, 13-15.
241
Mt 15, 24.
242
Cf. Mt 15, 21.
243
Cf. Mt 15, 21-28.
244
Cf. Lc 19, 1-10.
245
Cf. Mt 8, 5-13.
246
El significado de sus manos abiertas ha sido comentado en toda la Tradición. De
Lubac introduce una hermosa cita, documentado en varios Padres: «Sus manos están extendidas
para recoger a todos los hombres. Dos manos extendidas, pues dos son los pueblos dispersos sobre
la tierra. Una sola Cabeza en el centro, pues hay un solo Dios por encima de todos, en medio de
todos y en todos» (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 259).
247
Mt 27, 54.
248
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 40.
249
Cf. Ibid. 42.

47
catolicidad de la Iglesia como fenómeno expansivo, como llamada constante a
crecer. Pero, a la vez, nada mejor que este misterio para ver que su universalismo
no es un mero cosmopolitismo donde simplemente se llega a todas partes y, así,
nos vemos bajo el mismo techo gente variada de todo el mundo. No. La
catolicidad de Pentecostés tiene el poder de generar una comunión profunda en
todos los que reciben el Evangelio porque en la mañana de Pentecostés todos
escucharon las mismas maravillas de Dios en su propia lengua250. La universalidad
mantiene la comunión y la unidad interna de la que hablaremos en el siguiente
apartado251. Es más, la Iglesia al expandirse extiende su comunión más
ampliamente. A la vez que llega de mar a mar y por todo el orbe, la Iglesia entona
un único canto y tiene un mismo vínculo de unidad: Cristo, nuestra Paz252. Es
voluntad providencial «extender la Iglesia por todas partes, para permitir que el
reino de Dios profundice en toda alma»253.

Todos los hombres son llamados a ser salvados a través de la Iglesia. De


Lubac explica la controvertida frase «fuera de la Iglesia no hay salvación» en este
sentido católico. No quiere decir que «fuera de la Iglesia estás condenado, sino:
por la Iglesia, y solamente por la Iglesia serás salvado»254. La gracia recibida de
los cristianos no es para ellos solos, en un disfrute egoísta, sino mirando a los que
no la tienen255. «Su privilegio es una misión»256. Algo muy importante les falta a
los hombres sin «el abrazo de Dios en Cristo»257. La aparente contradicción entre
el llamamiento universal a la salvación y la necesidad de la Iglesia para esta
salvación queda, así, eliminada258. La Iglesia, como un niño a quien no le falta
ningún miembro, sabe que debe crecer hasta que «su talla exterior se iguale a la de
la humanidad»259. Por la Iglesia, sacramento de Cristo, llega a todos los hombres
la salvación, incluso a los que no pertenezcan visiblemente a ella. De Lubac
advierte a los que sí pertenecen visiblemente a la Iglesia que pertenecer a ella sólo
formalmente no basta. Hay que ser Iglesia. Hay que vivir y sentir con la Iglesia la
misma riqueza de amor que lleva dentro260.

La doctrina de la predestinación queda, también, reorientada por la


catolicidad de la Iglesia. Ante las controversias teológicas sobre este punto, de
Lubac afirma que la Iglesia es la predestinada en función de todos los hombres
250
Cf. Hch 2, 1-13.
251
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 46.
252
Cf. Ibid. 39.
253
Ibid.160.
254
Ibid. 166.
255
Cf. Ibid. 169.
256
Ibid. 171.
257
«Algo falta, por ejemplo, a la caridad budista: no es la caridad cristiana. Algo
falta a la espiritualidad de los más grandes místicos hindúes: no es la espiritualidad de un san Juan
de la Cruz…». «Fuera del cristianismo, nada llega a su Término, al único Término hacia donde
tienden sin saberlo todos los deseos humanos, todos los esfuerzos humanos, que es el abrazo de
Dios en Cristo. Los más hermosos y los más pujantes de estos esfuerzos tienen, por consiguiente,
absoluta necesidad de ser fecundados por el cristianismo para producir su fruto de eternidad, y
mientras les falte el cristianismo no hacen, a pesar de las apariencias por mucho tiempo contrarias,
sino ahondar en la humanidad el Vacío desde donde se elevará el clamor hacia la única Plenitud, y
revelarles con más fuerza la esclavitud desde la cual tenderá los brazos hacia su Liberador» (Ibid.
158).
258
Cf. Ibid. 153.
259
Ibid. 160.
260
Cf. Ibid. 170.

48
cuyo destino es la gloria de Dios. «La Iglesia está predestinada. La Iglesia, es
decir, en ella todo el hombre y todo el universo»261. Por eso, como dice Metodio
de Olimpia: «La Iglesia está en dolores de parto hasta que todos los pueblos hayan
entrado en su seno»262. Así, la cuestión teológica de la predestinación deja de ser
menos una cuestión especulativa y para ser más una misión divino-humana.

2.6.2. Congregados en un Todo.

A la palabra latina convocatio, llamada universal a la salvación, que hemos


visto en los dos apartados anteriores le corresponde la otra palabra congregatio,
reunión obrada por Dios de sus hijos dispersos por el pecado. Convocatio y
congregatio son dos caras de la misma moneda. «La Iglesia, dice por ejemplo san
Cirilo de Jerusalén, es llamada así propiamente porque convoca a todos los
hombres y les reúne en un mismo»263. La Iglesia llama primeramente y reúne
después con miras al Reino de Dios, para que todos sus hijos participen de la vida
nueva que Jesús trae. En este sentido «es convocatio antes de ser congregatio»264.

En la oración sacerdotal de Jesús en la última cena por sus discípulos, por


su Iglesia, manifiesta al Padre su deseo de que sean uno: «para que todos sean uno,
como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros»265. Y en
su redención en la cruz opera la unidad de los hijos dispersos por el pecado en la
unidad de su Iglesia. La fundación de la única Iglesia va unida al acto redentor.
«Estas dos obras de Cristo, a decir verdad, no hacen más que una»266. Esta unión,
obra de la gracia, continúa por la acción del Espíritu Santo. Si Babel trajo la
separación de lenguas y dispersión de los pueblos, Pentecostés, por su misión
unificadora, renueva y agranda la comunión. El Espíritu también se ha dividido en
lenguas de fuego para unir en una sola predicación y verdad, en una misma
inteligencia y fe267. A tal grado de unidad llega la Iglesia que es personalizada con
el nombre de la Esposa de Cristo268 o Pueblo escogido. El nacionalismo cerrado
judío que se fundamentaba en la gran conciencia de ser el pueblo elegido por Dios
-unidos en sus ritos, en su memoria compartida y en la solidaridad entre los de la
misma raza- es una anticipación del misterio de comunión de la Iglesia, eso sí,
abierto a todas las naciones de la tierra269. «La raza israelita verdadera, espiritual,

261
Ibid. 193.
262
Ibid. 172.
263
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 91.
264
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 48. Es interesante añadir la
nota 51 de L. CERFAUX: «Estos tres términos, convocación, Iglesia, Reino se completan
mutuamente y se definen el uno por el otro; cada uno de los tres es necesario al conjunto y, puestos
en línea, designan una de las grandes direcciones del pensamiento cristiano primitivo» (Ibid. 48).
265
Jn 17, 21.
266
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 47.
267
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 42-43.
268
En los abundantes comentarios patrísticos al Cantar de los Cantares la Esposa de
Cristo es la Iglesia. (Cf. Ibid. 147).
269
Cf. Ibid. 44-45.

49
afirmarán tranquilamente los cristianos, somos nosotros»270. Como dijo Jesús,
hasta de las piedras puede Dios hacer hijos de Abraham271.

La Iglesia no es simplemente una masa indiferenciada de individuos


aglutinados. En ella todos se constituyen en un cuerpo, cuya Cabeza es Cristo y en
cuyos miembros existe una interdependencia272. «No es una polvareda de
individuos, permanece una nación, auque reclutada ahora por toda la tierra»273.
Cada cristiano es un miembro de ella y está al servicio de esta gran comunidad. En
ella comparte sus alegrías y preocupaciones. Y la Iglesia lo sostiene a su vez274.
Cada uno es entrañado en este cuerpo que es la Iglesia de tal forma que no puede
desentenderse del resto. Es el espacio convivencial por excelencia donde todas las
criaturas de Dios pueden dejar de sentirse extrañas entre sí y, vinculadas a Cristo,
entrar en el milagro de la comunión:
«Tal como ella existe por designio divino, la Iglesia no es necesaria de
«necesidad de medio». Más aún. El misterio de la Iglesia es en resumen todo el
Misterio. Es por excelencia nuestro propio misterio. Nos abraza por completo. Nos
rodea por todas partes, ya que Dios nos ve y nos ama en su Iglesia, ya que en ella
es donde Él nos quiere y donde nosotros le encontramos, y en ella es donde
también nosotros nos adherimos a él y donde Él nos hace felices»275.

Ella es el único lugar donde el bien de cada uno coincide con el de la


totalidad y viceversa, donde cada uno para crecer no tiene que oponerse a nadie,
superándose, así, la antinomia de lo personal y lo universal276. El destino de cada
miembro es inseparable ya al destino de la totalidad del cuerpo. «Jesucristo nos
ama a cada uno; y a cada uno nos dice como a Moisés: ―Te he conocido por tu
nombre‖; pero no nos ama, separadamente. Él nos ama en su iglesia, por la que
vertió su sangre. Por fin, nuestro destino personal no puede realizarse sino en la
salud común de la Iglesia, de esta Madre de la unidad»277. Así, la maternidad de la
Iglesia curiosamente opera al contrario que la maternidad natural. Todas las
madres tienen los hijos en su seno y luego los traen al mundo. La Iglesia los llama
del mundo y los alberga en su seno278, sin sacarlos del mundo279. En su
catolicismo abre los brazos hasta la totalidad de los hombres para estrecharlos en
un todo, cumpliendo el deseo de su Señor. Ella es vínculo de paz hasta tal punto
que lo cismático en ella no es menos doloroso que lo herético.

Como un estandarte en alto en medio de todos los pueblos280, la Iglesia es


signo de reunión para los que no creen. Los invita a la fe. Y a los que ya la
profesan, los mantiene gozando de sus riquezas. Es como el candelero de la
parábola que alumbra a todos los de casa o como la ciudad puesta en lo alto de un
270
Ibid. 44.
271
Cf. Mt 3, 9.
272
Cf. H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 29.
273
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 44.
274
Cf. H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 197.
275
Ibid. 46.
276
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 230ss.
277
Ibid. 45.
278
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 40.
279
Cf. Jn 17, 14-15: « Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no
son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los
guardes del maligno».
280
Cf. Is 49, 22.

50
monte281. El mismo que se autodefinió como «Luz de mundo»282, les dijo a sus
discípulos: «vosotros sois la luz del mundo»283. La Iglesia es la prolongación del
misterio de Dios en la tierra, camino hacia el «cielo nuevo y la tierra nueva»284.
Por eso, no es una institución que acabará: «el poder del infierno no la
derrotará»285. Cuando acabe esta función unitiva no será desechada. Ella sabe que
la unidad solo será perfecta en el cielo, en la plena visión de Dios 286. Por eso el
cielo es comparado a una ciudad: espacio comunitario por excelencia. Los santos
viven allí en sociedad junto al gran Rey. Ellos son los que se alegran juntos en una
ciudad compacta287. No es mera suma, sino unidad en Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo. «Unanimidad, consumación de la unidad, que es a la vez imagen y efecto
de la unidad de las personas divinas entre sí. No comunidad de espíritu, sino
Comunidad del Espíritu»288. Y como en el cielo no podrá entrar nada imperfecto,
esta Iglesia triunfante, celestial, ya no será comparable al misterio de la luna, con
fases de sombra y crecimiento, sino como el sol radiante, como ciudad
resplandeciente289, como mujer vestida de sol290. En este panorama escatológico
de Lubac comenta ampliamente la belleza de algunas doctrinas al respecto sobre si
el cielo puede serlo cielo mientras falte alguien291. Lo que sí queda claro es que la
perspectiva comunitaria, en el cielo y en la tierra, es anterior y primera a la
individual, porque «no hay salvación individual más que en el interior de la
salvación del conjunto»292.

281
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 46.
282
Jn 8, 12.
283
Mt 5, 14.
284
Ap 21, 1.
285
Mt 16, 18.
286
Cf. Ap 1, 7: «Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo
traspasaron».
287
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 82.
288
Ibid. 84.
289
Ap 21, 10-11: «Y me llevó en Espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró
la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su
resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino».
290
Cf. Ap 12, 1.
291
De Lubac trae a colación la condena que hace Benedicto XII, en el siglo XIV, de
la doctrina de su predecesor, Juan XXII, según la cual los elegidos tenían que esperar a la
resurrección final para disfrutar plenamente de la visión de Dios. Para de Lubac este última doctrina
escatológica manifiesta un profundo sentir católico que estaba muy presente en el sentir de los
Padres, especialmente en Orígenes: «Tal es el pensamiento que expresa Orígenes en la bella
homilía sobre el Levítico, en donde parece que muestra al mismo Cristo incapaz de gozar de la
beatitud perfecta mientras uno solo de sus miembros quede más o menos hundido en el mal o en el
sufrimiento. La gloria definitiva del Salvador no comenzará sino el día, anunciado por Pablo, en
que pondrá el reino en las manos del Padre, en un acto de sumisión total, y este acto no tendrá lugar
mientras los elegidos no estén reunidos todos en Cristo y todo el universo no sea conducido por él a
su punto de perfección. Espera, pues, la conversión de todos, para beber con nosotros el vino de la
alegría en el Reino». (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 90).
292
Cf. Ibid. 88.

51
2.6.3. La Eucaristía como fuente de catolicidad.

Para de Lubac todos los sacramentos se realizan en la comunión de la


Iglesia y para la edificación de la comunión. El bautismo nos hace miembros de la
Iglesia293. «Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido
bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo»294. El sacramento de
la penitencia busca fundamentalmente la reintegración del pecador en el seno de la
comunidad de la que se ha separado por el pecado, rompiendo con Dios y con sus
hermanos295. Y, así, todos los sacramentos. Sin embargo, el sacramento en el que
se detiene el autor es la Eucaristía, el sacramento por excelencia de la unidad
católica296. «Es preciso que las almas tengan acceso a la fuente mística. Es, por fin,
necesario que se fundan enteramente, por así decirlo, en este crisol de la unidad
que es la Eucaristía»297.

Cristo es el todo en el que se realiza la unión, que ha conseguido por el


misterio de su entrega hasta la muerte, cuyo memorial actualiza la Eucaristía. El
poder de su sangre, derramada en la cruz, asegura la realización de la comunión. El
sacrificio de Jesucristo consigue la unidad298. «Nuestra unidad es fruto del
calvario»299. No es una comunitariedad natural elaborada por nosotros mismos sino
una vida unánime resultante de los méritos de la Pasión que se hace presente en
cada eucaristía300. El individualismo, por muy devoto que sea, nunca entenderá
este aspecto omniabarcante301. Cristo logra la unidad del Cuerpo, en primer lugar,
haciéndose alimento de todos y cada uno302. «Porque el pan es uno, nosotros,
siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan»303.
Todos se convierten en su mismo cuerpo por esa manducación del Señor. Son
asimilados a Él304. Al multiplicarse por todos, los une a todos en Él305. Y, en

293
Cf. Ibid. 63: «A medida que el agua corre sobre las frentes, no solamente se
efectúa una serie de incorporaciones, sino una «concorporación» de toda la Iglesia en una
misteriosa unidad»; cf. Ibid. 62: «El primer efecto del bautismo, por ejemplo, no es otro que esta
incorporación a la Iglesia visible. Ser bautizado es entrar en la Iglesia. Hecho en esencia social».
294
1 Cor 12, 13.
295
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 65.
296
Cf. Ibid. 65.
297
H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 122-123.
298
Cf. Ibid. 122.
299
Ibid. 128.
300
«Doquiera se realiza la gran asamblea, los lazos de la unidad se entretejen.
Doquiera está la Iglesia toda entera para la ofrenda del sacrificio» (Ibid. 125).
301
«La verdadera piedad eucarística no es, pues, un individualismo devoto. No
olvida nada de lo que interesa a la salvación de la Iglesia. Como en un inmenso gesto envolvente,
recoge en su intención profunda el universo entero» (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid
1988, 79).
302
«Jesús viene en medio de los suyos. Él se hace su alimento, y cada uno, uniéndose
a Él, se encuentra por eso mismo unido a todos los que como él le reciben. La cabeza obra la unidad
del Cuerpo» (H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 126). En este
sentido de Lubac introduce un texto de san Juan Damasceno que dice: «Si el sacramento es una
unión con Cristo y al mismo tiempo una unión de unos con otros, nos procura de todos modos la
unidad con aquellos que le reciben como nosotros» (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid
1988, 68).
303
1 Cor. 10, 17.
304
Cf. H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 126.
305
Cf. Ibid. 127.

52
segundo lugar, Cristo logra la unidad asociándonos a su sacrificio redentor306, el
único de toda la Iglesia307 que crea la unidad. Éste es vivido por su Iglesia en cada
fiel cristiano como sacrificio interior308: «muriendo de esta manera a nosotros
mismos y renunciando al mal que nos separa, es como nosotros participamos del
don de la unidad»309. Se hace necesario, pues, una correspondencia libre del
hombre a la acción de Dios en cada Eucaristía para que el misterio de la cruz opere
en nosotros toda su riqueza expansiva y unitiva310.

De Lubac explica que, al principio de la doctrina eucarística, la presencia


real de Cristo en las especies sacramentales y el misterio del Cuerpo místico de
Cristo en su Iglesia eran percibidos en una misma comprensión e identidad como
dos grandes realidades de un mismo misterio311. Los primeros cristianos
encontraron su fuerza de cohesión en la celebración de la Eucaristía312. Cuando san
Agustín decía que al comulgar el fiel se transforma en lo que come, quedaba claro
para sus oyentes que por la Eucaristía quedaba más incorporado a la Iglesia313.
Para Orígenes el verdadero cuerpo de Cristo no es su cuerpo individual sino su
Iglesia. Comulgar sería recibir el cuerpo entero de la Iglesia en cuyo seno está su
Señor como Cabeza314. Citando un texto de Bossuet, de Lubac afirma lo siguiente:
«Jesucristo nos lleva en sí mismo; somos, me atrevería a decir, más cuerpo suyo
que su propio cuerpo…Lo que se realiza en su divino cuerpo es la figura real de lo
que debe cumplirse en nosotros»315. Infinidad de textos litúrgicos, tomados de
distintos ritos, insisten en la misma idea unitiva de la Eucaristía316. Especialmente
insisten en el gesto de la epíclesis como efusión del Espíritu sobre los dones
306
«El sacrificio, que ocupa su centro, es una figura y una representación de la
Pasión del Señor, es el sacramento de su Sacrificio y el memorial de su Muerte» (Ibid.128).
307
Cf. Ibid. 125.
308
Cf. Ibid. 128.
309
Ibid. 129.
310
Este aspecto sacrificial es explicado con los mismos elementos de pan y el vino.
De Lubac trae varios textos patrísticos al respecto. Lo mismo que el trigo debe ser molido para
hacer la harina con la que se elabora el pan y lo mismo que el vino sólo es elaborado con la uva
pisada, así también, para formar la Iglesia y ser miembro de Cristo, cada uno debe morir a sí
mismo. «Nótese el papel esencial que, a este fin, juega el sufrimiento. Es el crisol de la unidad. El
que no quiere quedar solitario debe aceptar el ser triturado. ¿No es la Eucaristía, por lo demás, el
Memorial de la Pasión? Era natural que los granos de trigo de que está hecho el pan de la Ofrenda
fueran relacionados con ese otro grano del que dijo el Salvador que si caía en tierra y moría, llevaría
el ciento por uno. La maravillosa fecundidad de ese Grano divino, que queda en el seno de la tierra
hasta el tercer día ¿no consiste en una multiplicación que perpetuamente retorna a la unidad?» (H.
DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 70).
311
Cf. Ibid.73. Los atributos «verum» y «mysticum» podían intercambiarse sin
deterioro de significado. Es más, «verum» se utilizaba más para hablar del cuerpo eclesial visible de
Cristo y «mysticum» para descubrirlo oculto en las especies eucarísticas.
312
Cf. Ibid. 224. En algunas teologías eucarísticas ha habido estrechamientos en esta
doctrina contraponiendo la presencia real de Cristo en las especies y el cuerpo místico de Cristo que
es su Iglesia. Algunos historiadores pensaban que la presencia real era un mero simbolismo
moralizante para que toda la Iglesia estuviese unida. Por otra parte, en estas teologías la relación de
la presencia real con la realidad del sacrificio de Cristo, del cual hablamos en una de las notas
anteriores, se había perdido. Para de Lubac el verdadero cuerpo místico solo se constituye mediante
el verdadero Cuerpo del Señor. «Las dos verdades que la Tradición nos transmite son solidarias, ya
que ese mismo fruto de unidad no puede ser más que ilusorio sin la realidad de la Presencia» (Ibid.
225).
313
Cf. Ibid. 73.
314
Cf. Ibid. 74.
315
Ibid. 73.
316
Cf. Ibid. 74-79.

53
eucarísticos, para que se conviertan en cuerpo y sangre del Señor, y sobre la
Iglesia, para que se extienda y crezca en comunión317: «Que todos cuantos
participamos de este Pan único y de este único Cáliz, seamos unidos los unos a los
otros en la comunión de un mismo Espíritu Santo»318. De Lubac explicita que en
cada eucaristía se actualiza el misterio pascual con su culminación que es
Pentecostés. Allí el Espíritu Santo sigue realizando su misión divina de
encarnación: dar un cuerpo de carne a Cristo. Y hoy esa carne son todos los
hombres, los hijos de Dios dispersos319.

2.6.4. La católica Madre Iglesia.

Hemos visto cómo Jesucristo, el Esposo, da su vida por la Iglesia, su


esposa. Esta entrega se renueva en la celebración de la Eucaristía, memorial de la
nueva alianza. Ahora vamos a detenernos en contemplar cómo dicha Esposa,
fecundada por su Señor, se convierte en Madre de muchos hijos. Observaremos,
pues, el misterio de la maternidad de la Iglesia, entroncado con el de la maternidad
de María. Y veremos qué añade el atributo «católica» a la maternidad de la Iglesia.

Si hay alguna persona que, por regla general, evoque una profunda paz y
confianza, ternura y gratitud es la madre de cada uno. Nos dio la vida y nos crió
con mucho esfuerzo y cariño. Con dolores nos trajo al mundo y con alegría nos
ofreció un futuro por delante. Decir «madre» a la Iglesia es darle el nombre más
hermoso que existe. Pero la maternidad de la Iglesia unida a la de María superan
con creces lo que el término «madre» nos sugiere. La mejor madre y la más bella,
maestra y modelo de toda maternidad, es María y la Iglesia, en la que María reside
como figura esencial. Para de Lubac María es inseparable de la Iglesia, es su forma
a la que constantemente debe volver para ser ella misma320. Al añadir, además, el
término «católica» a la palabra «madre» redondeamos la comprensión que de
Lubac nos ofrece de dicho término. No hay nada más católico que una madre en el
sentido de que acoge a todos sus hijos, los estrecha con afecto en torno a ella y
cuida de todos, especialmente de los más lejanos o necesitados321. Así es la católica
317
Cf. Ibid. 77-80.
318
Ibid. 77.
319
Cf. Ibid. 80.
320
Dedica todo un capítulo, el noveno y último, en «Meditación sobre la Iglesia» a
las relaciones entre ambas (H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988,
247-291).
321
En una conferencia en Málaga, febrero del 2009, sobre las relaciones cristiano-
islámicas el Arzobispo de Túnez habló de su situación pastoral. Afirmó tener nueve millones de
feligreses de los cuales veinte mil eran cristianos, el resto musulmanes. Y que la Iglesia en Túnez
tenía un hospital y una universidad, las dos instituciones de gran prestigio y en su mayoría
frecuentada por musulmanes. Considerar feligrés a un musulmán y abrir estas dos instituciones
cristianas a los musulmanes, es un verdadero ejercicio de la maternidad de la Iglesia de la que
hablamos. Por otra parte, a nadie es desconocida la labor social de Cáritas con todos
independientemente de su raza, religión o cualquier condición social. Y, así, las Misioneras de la
Caridad, y muchísimas órdenes religiosas. A la luz de esta realidad podemos entender mejor lo que
de Lubac afirma en otro contexto: «ver en el catolicismo una religión entre otras, una disciplina
más, aunque se añada que es la única religión verdadera, la única disciplina eficaz, es equivocarse
sobre su esencia, o al menos quedarse fuera. El catolicismo es la Religión». Siguiendo el símil
familiar, sería ver a la Iglesia como una hermana buena entre otras hermanas, cuando en realidad es
la madre. Y añade después: «la Iglesia en cualquier parte se halla en su casa, y cada uno debe en la

54
Madre Iglesia322. Eso es lo que estamos viendo a lo largo de estas páginas de su
inmenso misterio. Para de Lubac todo fiel cristiano puede afirmar: «por siempre
sea alabada esta gran Madre llena de majestad, en cuyas rodillas lo que aprendido
todo»323.

Pero a la vez que es nuestra madre, nosotros somos la Iglesia. Ella da el


bautismo y ella lo recibe. Es la que santifica y, por otro lado, la que es santificada
por el Espíritu Santo. Es Madre y pueblo de Dios: la que reúne y los reunidos324.
«Es un seno maternal y es una fraternidad»325. En cierto sentido somos hijos y
madre a la vez. De esta manera lo entendió el pobrecillo de Asís cuando pidió a sus
hermanos que se portaran como madres de los otros326. También el mismo Cristo
dijo a quien cumpliera la voluntad de Dios que ese es su hermano o su hermana o
su madre327.

La Iglesia Madre garantiza la comunión tan deseada de sus hijos. «Ella es la


matriz donde se realiza aquella unidad del espíritu que no sería más que un
espejismo sin la unidad del Cuerpo»328. En ella gozamos disponiendo todos de la
fuerza y riqueza de todos sus miembros que peregrinan en este mundo y, sobre
todo, de la Iglesia del cielo: la Virgen, los ángeles y todos los santos329. Para el
cristiano la Iglesia es patria espiritual. La ama, la estudia y se entrega a su servicio.
No la juzga sino que se deja juzgar por ella330. Venera su tesoro incalculable de
Escritura, Tradición y magisterio por donde le viene la Palabra de Dios que la
fecunda constantemente331. El Evangelio nos ha llegado intacto gracias a la Madre
Iglesia y, además, nos ofrece el verdadero sentido con que hay que interpretarlo
para que no pierda su fuerza y actualidad. Esta gran Madre nos abre dos grandes
puertas para poder recibir el misterio divino: su doctrina y su liturgia332. Es Madre
casta porque nos aparta de la idolatría y del decaimiento, manteniéndose íntegra

Iglesia poder sentirse en su casa» (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 210). Sólo
en la casa de la madre se siente uno en su casa. La Iglesia demuestra así que es Madre, por la vía de
los hechos, no solo por vía del discurso teológico.
322
El término de Catholica Mater fue utilizado por Optato, san Agustín, Fulgencio,
Cesáreo de Arlés, Ambrosio, Jerónimo, Cipriano y Juan Diácono, entre otros (Cf. H. DE LUBAC,
Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 49).
323
H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 216. Esta
frase es un cita de Paul Claudel. En otro pasaje del libro de Lubac cuenta la experiencia de Claudel
cuando tenía veinticinco años y, sin idea alguna de teología, percibió en los oficios de vísperas de
Notre-Dame, «la majestad maternal y tranquilizadora» de la Iglesia y de María. Esta experiencia
crecería aun más conforme recibía allí formación teológica (Cf. Ibid. 264).
324
Cf. Ibid. 92-93.
325
Ibid. 93.
326
«Y cada uno ame y nutra a su hermano, como la madre ama y nutre a su hijo(cf. 1
Tes 2, 7) en las cosas para las que Dios le diere gracia» (1R 9, 11) (J. A. GUERRA, San Francisco de
Asís, Escritos. Biografías. Documentos de la Época, Bac, Madrid 1978, 98); «Y dondequiera que
estén y se encuentren unos con otros los hermanos, condúzcanse mutuamente con familiaridad entre
sí. Y exponga confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y quiere a su hijo
carnal (cf. 1Tes 2, 7), ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano
espiritual?» (2R 6,8) (Ibid. 113).
327
Cf. Mt 12, 50; Mc 3, 35.
328
H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 190.
329
Cf. Ibid. 191.
330
Cf. Ibid. 193.
331
Cf. Ibid. 195.
332
Cf. Ibid. 217.

55
por nosotros. Es Madre fecunda porque da a luz constantemente nuevos hijos que
se convierten en hermanos nuestros. Es Madre universal porque cuida de todos
dándole a cada uno lo que necesita en cada momento para su crecimiento333. Es
Madre atenta que nos libra del Maligno. Es Madre amante que no nos repliega
sobre sí, sino que nos conduce a la intimidad con el Señor334. Es Madre
clarividente para apartarnos de las sombras de la muerte y reconocernos como sus
hijos. Es Madre ardiente para encendernos y enviarnos a la misión de llevar con
alegría a Cristo al mundo. Es Madre prudente para evitarnos caer en sectarismos
extraños e iluminismos fatuos. Es Madre fuerte que nos mete en la Pasión de su
Esposo y nos empuja a la lucha con el testimonio hasta la muerte si fuera
preciso335. Ella nos da el bautismo y nos lleva a la vida eterna. Nos saca del círculo
de nuestras limitaciones y pecados para vivir una vida en plenitud336. En sus manos
encontramos a Jesús como los magos de oriente lo vieron en brazos de María337.
De Ella dice de Lubac: «Tu recuerdo es más dulce que la miel, y el que escucha
nunca será confundido. ¡Madre santa, Madre única, Madre inmaculada! ¡Oh gran
Madre! ¡Santa Iglesia, Eva verdadera, única verdadera Madre de los Vivientes!»338.

Para de Lubac la Iglesia a la que llamamos «Madre» es una comunidad real


y jerárquica. No es una Iglesia ideal ni soñada. No es la Iglesia que nos gustaría
que fuera para, entonces sí, poder amarla. Nos amaríamos a nosotros en ella. El
verdadero sentimiento del católico hacia ella es de piedad filial 339. Con los santos
Padres podemos decir: «No puede tener a Dios por padre quien no tenga a la
Iglesia por madre»340, incluyendo a la Iglesia de Roma, «raíz y madre de la Iglesia
católica»341 y principio de unidad universal en la persona de Pedro a quien el Señor
le confió su rebaño342.

333
Cf. Ibid. 217.
334
En otro lugar dirá de Lubac, tomado de Claude: «No damos a la Iglesia lo que
sólo pertenece a Dios. No la adoramos» (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 55).
335
Como la madre de los Macabeos animó a sus hijos a morir por el testimonio de la
fe en Dios (2Mac 20-29). La Iglesia reza a Dios en las grandes fiestas así: «Tu gracia vale más que
la vida» (Sal 63, 4).
336
Cf. H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 218.
337
Cf. Mt 2, 11.
338
Ibid. 219.
339
Cf. Ibid. 209: «Todo verdadero católico fomenta por lo tanto un sentimiento de
tierna piedad para con ella. Él gusta de llamarla con este nombre de «madre», que brotó de sus
primeros hijos, como lo atestiguan tantos textos de la antigüedad cristiana».
340
Ibid. 210.
341
Ibid. 211. Expresión de san Cipriano.
342
Cf. Ibid. 211; Mt 16, 18; Jn 21, 15-19.

56
2.6.5. La actitud católica propia de los cristianos.

Para de Lubac el «catolicismo social», más que una doctrina cerrada en un


sistema fijo, «define una actitud y una orientación»343. De eso vamos a tratar en
este apartado: el sentir eclesial y comunitario del cristiano. También veremos cómo
tener esta actitud católica requiere un ejercicio de libertad verdadera -obediencia-
para deshacerse del «yo» que impide el «nosotros». Y, por último, consideraremos
cómo debe ser la mirada y la actuación católica de la Iglesia con respecto al resto
de la humanidad.

Lo primero que nos da la Iglesia es la fe en Dios. Creemos en Él gracias a


ella. Y creemos en Él en la Iglesia. No como individuos aislados que ajustan
directamente sus cuentas con Dios sino en la comunidad que nos ha dado la vida
divina y nos la alimenta. Creemos, entonces, en la Iglesia, no como el objeto de la
fe, que solo es Dios, uno y trino344, sino como el único lugar posible en donde
confesar la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo345. Sólo en comunidad podemos
creer en un Dios que es Comunidad. Esa comunidad, la Iglesia, ha sido formada
por el Espíritu Santo, que Cristo resucitado ha dado a sus apóstoles 346 y que ellos
recibieron abundantemente la mañana de Pentecostés347. El mismo Espíritu que
une al Padre con el Hijo, ahora nos une a todos en la Iglesia con Ellos. Y sólo en
ese mismo Espíritu, la Iglesia confiesa su fe: «nadie puede decir: «¡Jesús es
Señor!», sino por el Espíritu Santo»348. Él nos hace comunidad confesante del Dios
amor, uno y trino. El peso de lo comunitario es, de esta manera, infinitamente
mayor en el sentir del creyente puesto que esta Iglesia, comunidad de fe, ha nacido
y está guiada por el Espíritu Santo. Así, cada fiel la lleva tan en el fondo de su
alma que puede considerarse una Iglesia en pequeño. De Lubac define al cristiano
como el hombre «eclesiástico»349. «El es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el
hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana»350. Él sólo puede
participar del misterio de Dios a través del misterio de la Iglesia que lo llena todo,
tanto en la liturgia como en la Escritura. Y, así, se da «una aplicación del ritmo

343
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 255.
344
«Nosotros no creemos ni podemos creer, es decir, no podemos tener fe sino sólo
en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo» (H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro,
Madrid 1988, 36). «Pero la fe, en el sentido estricto de la palabra, no se profesa sino a Dios, y esta
fe es precisamente la que se traduce por la expresión ―creer en‖» (Ibid. 37).
345
Cf. Ibid. 34-35.
346
Cf. Jn 20, 21-22: «Jesús repitió: ―Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado,
así también os envío yo‖. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo».
347
Así, en los antiguos formularios litúrgicos, y en el actual, donde se preguntaban
por la fe en la Trinidad con tres preguntas referidas a cada una de las tres Personas divinas, la
mención a la Iglesia se hacía, y se hace todavía, unida a la profesión de fe en el Espíritu Santo. La
Iglesia «figura hoy en el símbolo como la primera entre las obras del Espíritu, junto con la
comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna» (Ibid.
34).
348
1 Cor 12, 3.
349
De Lubac explica lo que significa el término. Lo descontamina de la acepción más
común de funcionario que trabaja en la Iglesia, fundamentalmente como clérigo, y le da la
definición originaria del término tal como Orígenes lo entendía: el fiel, clérigo o no, creyente que se
siente Iglesia, que la ama y admira su belleza, que la percibe como su casa - pues es Casa de Dios-,
a la que considera su verdadera patria. Ella le tiene robado su corazón.
350
H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 193.

57
vital de la Iglesia en la vida del alma»351. Podemos afirmar: «en el principio de
todo está la Santa Iglesia Católica»352. Este es el origen de cada creyente. Él se
sabe Iglesia con la seguridad de que el poder del infierno no la derrocará353. Pero
no por eso deja de estar vigilante y de esforzarse, sabiendo que puede recaer en las
obras de la carne habiendo vivido ya en el Espíritu354. Este hombre de Iglesia
puede vivir en constante prueba con persecuciones y dificultades, y sin embargo,
vivir en paz contemplando la inmensa bondad de Dios y los caminos
providenciales por los que es llevado juntamente con toda la Iglesia 355. Las
incertidumbres del mundo y las inseguridades de su propia vida no logran sofocar
su inmensa confianza teologal de que el cielo está velando por todos.

Para llegar a ser ese hombre «eclesiástico» es necesario morir libremente al


egoísmo que lo impide. La actitud católica verá en la obediencia un camino
privilegiado para ello, donde se realiza la verdadera libertad. Sólo la persona se
hace libre a través de la obediencia, como camino de desposesión del yo tirano y
como medio para vivir su profunda vocación al amor. Sólo la libertad permite que
el hombre pueda optar por este camino. Por eso, aunque parezcan contrarias,
obediencia y libertad no se oponen. Más bien se ayudan mutuamente. Es morir
para vivir la vida verdadera356. «Solamente la catolicidad enseña a fondo esta
pobreza evangélica; sólo en el seno de la Iglesia se aprende a morir a sí mismo
para vivir en dependencia»357. Al estilo de Cristo que «aprendió, sufriendo, a
obedecer»358, «hecho obediente hasta la muerte»359. Es un aprendizaje que dura
toda la vida. Este camino de humillarse ante Dios y su Iglesia es inaccesible a los
que no tienen el Espíritu de Dios360, que lo ven como una tiranía insostenible
hoy361. Para el católico no. «El quiere ser un hombre libre, pero teme ser de esos
hombres que hacen de la libertad un manto para cubrir su propia malicia. Para él la
obediencia es el precio de la libertad»362. El creyente vive esa obediencia a Dios en
la obediencia a la Iglesia. Y si la Iglesia puede mandar es porque primeramente
debe obedecer a Dios363. El católico, como un buen hijo, responde con una alegre
prontitud a las exigencias que le manifiesta la Madre Iglesia. Él ve en sus
superiores a Jesucristo y sabe que fue su supremo acto de obediencia en la cruz el
que obtuvo para todos los hombres la redención364. Por tanto, desconfía más de sí
que de la Iglesia. Él sabe, en el ejemplo paulino de la Iglesia como cuerpo de
Cristo, que ningún miembro es activo sino es en la docilidad a la cabeza365. Sin

351
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 151.
352
Ibid. 151. Cita de san Epifanio.
353
Mt 16, 18.
354
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 195.
355
Cf. Ibid. 194.
356
Cf. H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 205.
357
Ibid. 205. Cita de Fénelon.
358
Heb 5, 8.
359
Fl 2, 8.
360
«Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2Cor 3, 17).
361
Cf. H. de LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 205.
362
Ibid. 206.
363
«El católico sabe que la Iglesia no manda sino porque primeramente ella obedece
a Dios» (Ibid. 205).
364
«No hay cosa que pueda hacerle olvidar que la salvación del género humano se
realizó por un acto de abandono total» (Ibid. 208).
365
Cf. Ibid. 209.

58
embargo, esta obediencia no tiene nada que ver con la falta de iniciativa. Para de
Lubac el fenómeno del distanciamiento de la sociedad con respecto a la Iglesia en
la época del crecimiento económico de la llamada revolución industrial, fue efecto
de la falta de cristianos que, llenos de la sensibilidad de su tiempo, ofrecieran
soluciones evangélicas a los nuevos problemas sociales366. La Iglesia ofrece un
marco hermoso de referencias pero no puede teledirigir al pormenor todas las
cuestiones como si sus hijos fueran unos autómatas. El Espíritu de libertad que
poseen les llevará a abrir nuevos caminos de acompañamiento e intervención
donde los hombres puedan experimentar en su vida real la bondad de Dios367.

¿Y cuál es la actitud católica de los cristianos con respecto a toda la


humanidad?368 La Iglesia se sabe en el mismo barco que toda la humanidad, con un
mismo origen y destino369. Ella debe aportar sus luces a los problemas sociales
pero fundamentalmente lleva algo más que un programa de soluciones: «El
sentimiento de una común salvación y de una solidaridad de todos respecto a
todos»370. Ella se percibe como la avanzadilla del Reino que ya ha comenzado en
la tierra y que debe extender hasta los confines del mundo, se considera la primicia
de la humanidad redimida. Pero no, por eso, cree que fuera de ella todo es
corrupción y barbarie. Semejante actitud es injusta y poco católica. Ella acoge con
respeto todos los elementos culturales que configuran la vida de los hombres, pues
ve esparcidas por todo el género humano las semillas del Verbo. El Señor que se
hizo hombre para redimir y consumar todas las cosas, ilumina ya misteriosamente
a cada hombre que llega a este mundo. Por eso los cristianos «vienen, como Él, a
acabar, no a destruir; a elevar, transformar y consagrar, no a devastar. Y las
mismas deficiencias con que tropiezan, piden no una expulsión, sino un
enderezamiento»371. El católico ve la acción de Dios en el mundo y la historia. Esta
acción es la mejor preparación para el cristianismo. Y si Jesús tomó del mundo su
naturaleza humana, entre otras muchas cosas, también la Iglesia debe de seguir
recibiendo aportaciones humanas para su crecimiento372. Así, lo pagano deja de
serlo en el contacto con el Señor373. Toda la humanidad está anhelando ese

366
«Si hubiesen escuchado la voz de los Papas. La obediencia, siempre necesaria, no
basta siempre para todo, y el Papado no siempre ha hablado en seguida. No fue carencia por su
parte, sino que no hubo entre los católicos bastantes hombres que viviesen intensamente su fe y se
hallasen íntimamente compenetrados con la vida social de su siglo, hasta el punto de percibir
inmediatamente las necesidades que iban aflorando y buscar, según su competencia y bajo su propia
responsabilidad, las soluciones requeridas. El defecto de iniciativa precedió al defecto de sumisión
a veces muy real y por lo mismo más discernible» ( H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid
1988, 257).
367
Cf. Ibid. 256.
368
«¿No podemos, juntando una vez más las lecciones de los Padres con los
ejemplos de los Apóstoles, intentar definir al menos en sus líneas generales la actitud de la Iglesia
frente a la humanidad multiforme que ella inviste pacientemente? Con ello nos veremos conducidos
a recordar, bajo algunos aspectos más concretos, lo que nos ha enseñado ella misma sobre su
hermoso nombre de católica» (Ibid. 199).
369
Cf. 239.
370
Ibid. 256.
371
Ibid. 200-201.
372
Cf. Ibid. 202.
373
«Se nos objeta: esas cosas se encuentran entre los paganos, por consiguiente no
son cristianas; nosotros preferimos decir: estas cosas se encuentran en el cristianismo, por
consiguiente no son paganas». «No nos alarmemos, añade, al aprender que la doctrina de los
ángeles viene de Babilonia, cuando sabemos que estos ángeles cantaron en la noche de Navidad, ni

59
encuentro con Aquel que pueda cumplir plenamente sus sueños de plenitud y
unidad374.

«Es, pues, necesario que exista un Lugar en donde, generación tras generación, la
humanidad sea recogida; un Centro en donde toda ella converja; un Eterno que la
totalice; un Absoluto que, en el sentido más fuerte y plenamente actual de la
palabra, la haga existir. Le es necesario un Amante que la atraiga. Le es necesario
un Otro a quien entregarse»375.

La Iglesia tiene el privilegio de saber quién es ese «Centro», ese «Eterno»,


ese «Absoluto», ese «Amante», ese «Otro». Pero su privilegio no es para sí sola; es
un tesoro recibido que pasa rápidamente a ser un don compartido con la humanidad
sedienta. «La gracia del catolicismo no nos ha sido dada para nosotros solos, sino
mirando a los que no la tienen»376. Para de Lubac los católicos tienen dos deberes:
confluir con Cristo en la salvación de todos los hombres -viviendo cada uno su
propia vocación dada en la Iglesia, haciéndola crecer y desarrollarse- y confluir en
la salvación personal de los que no han conocido la Buena Nueva - mediante la
súplica, los sacrificios y la entrega constante-377. Es pura gracia ser Iglesia y llevar
la vida divina a todos los hombres al estilo de Jesús: «el mayor entre vosotros se ha
de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve. Porque ¿quién es
más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues
yo estoy en medio de vosotros como el que sirve»378. Dándose es como la Iglesia
podrá conservar sus dones, «pues en el orden espiritual no se posee más que lo que
se da»379.

de encontrar en Filón la visión del Mediador, si el verdadero Mediador murió realmente sobre el
Calvario». Cita del Beato Newman (Ibid. 203).
374
Cf. Ibid. 248.
375
Ibid. 249.
376
Ibid. 169.
377
Cf. Ibid. 169-170.
378
Lc 22, 26-27.
379
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 171.

60
IV

LA PASTORAL CATÓLICA DE LA IGLESIA EN TORNO A


TRES PARADOJAS.

Hemos estudiado en el capítulo anterior la bondad católica de Dios, un


atributo suyo que ha querido compartir con su Iglesia para que con este don
perfecto y generoso ella lleve su salvación a todos los hombres. Pero ¿cómo podrá
la Iglesia asegurar este encargo recibido? ¿De qué forma puede ella ser lo que Dios
desea? Miramos en este apartado al ser de la Iglesia más que al hacer, que después
le vendrá por añadidura. Para recuperar la pastoral católica en toda su profundidad
y amplitud, de Lubac señala tres paradojas que se presentan al pensamiento como
antinomias y que nuestro autor estudia en Paradoja y misterio de la Iglesia380 y en
los tres últimos capítulos de su obra Catolicismo. Estas aparentes contradicciones
necesitan un trabajo de profundización que realiza nuestro autor. En este capítulo
analizaremos tres paradojas que iluminan la pastoral católica de la Iglesia:

- La primera versa sobre Cristo y la Iglesia: ella es, por un lado, Cuerpo de
Cristo, es el mismo «Jesucristo extendido y comunicado»381 y, por otro, se
distingue de Él, al que adora y honra como su Señor. Al analizar estas dos
perspectivas del mismo misterio se evita caer tanto en una excesiva identificación
de la Iglesia con Cristo que anule la especificidad de la naturaleza de ambos, como
en un conocimiento por separado que ignore sus infinitas relaciones382. Profundizar
en esta paradoja tiene unas consecuencias pastorales importantes: de una parte,
vivir la unión con Cristo como miembros suyos que somos, sabiendo que Él, a
través de su Espíritu, actúa en nosotros y, de otra parte, que le adoremos como
nuestro Señor pues sólo es un miembro vivo aquel que está en comunicación
constante con la cabeza383. La diferencia entre su grandeza y nuestra pequeñez, no
anula la intima unión de ambos querida por Él, hasta el punto de preferir ser sus
criaturas amadas que querer convertirnos en Dios o vivir en el resentimiento de no
serlo384.

380
Estas tres paradojas las enumera directamente de Lubac aunque al definirlas no
utilice los mismos términos: «Enumeraremos a continuación tres principales, aunque no son
adecuadamente distintos entre sí , puesto que todos ellos son aspectos de una misma paradoja
fundamental: la Iglesia es de Dios (de Trinitate) y de los hombres ( ex hominibus); es visible e
invisible; es terrena e histórica, y es también escatológica y eterna» (H. DE LUBAC, Paradoja y
misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014, 53-54). Cf. Ibid. 54-62.
381
Texto de Bossuet citado en H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988,
37.
382
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
55. En la nota treinta y cinco de esta página se alude a un interesante estudio sobre estas dos
tendencias eclesiológicas derivadas de las dos herejías cristológicas: monofisismo y dualismo.
383
«La imagen del cuerpo resulta ambivalente: por una parte, hace de Cristo y de su
Iglesia un organismo único, pero por otra significa que los miembros están sujetos a la cabeza»
(Ibid. 55).
384
La distancia entre el hombre y Dios paradójicamente es la que posibilita su
semejanza por la acción propia de Dios que es amar: « El hombre es creado en la doble distancia de
Dios y de la nada». «La humildad es la virtud de no querer ser Dios, sino amado de Dios». «Pero
precisamente la distancia infinita respecto de Dios es lo que permite la semejanza con Él, es la

61
- La segunda paradoja habla de la dimensión personal y, a la vez,
comunitaria de la fe: no puede tener sentido social y comunitario -católico- el que
no tiene sentido interior de la intimidad personal de cada uno con Dios. A la Iglesia
se le ha confiado el tesoro que es Cristo, no se le ha confiado primeramente la
solicitud del mundo, ni el cuidado de los hombres, ni siquiera la salvaguarda de sí
misma. Ella es la esposa de Cristo. Su principal ocupación es Él: recibirlo,
comulgar su misma vida, abrirle la puerta para que entre385. Pero, puesto que Cristo
es el Salvador del mundo, la Iglesia se abre también a la misión salvífica de su
Señor386 «que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo»387.
Él mismo la hizo partícipe de su misión: «como el Padre me ha enviado, así
también os envío yo»388. Estos dos aspectos conllevan en la práctica aunar el ser
sólo para Dios y, de esta forma, ser enteramente de la totalidad que Él abraza. «E
instituyó doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, y que
tuvieran autoridad para expulsar a los demonios»389.

-La tercera paradoja versa sobre la historia: no puede amar el tiempo y


vivir fecundamente en él, quien no tiene sentido de la eternidad. Sólo desde la
expectativa del «cielo nuevo y la tierra nueva»390 nuestro mundo se vuelve más
justo y el hombre puede edificar algo grande en él, sin escaparse de la realidad
temporal y sin ahogarse en su limitación. Por estar en el tiempo ese amor
verdadero y eterno sólo puede vivirse en la entrega total en cada momento y a cada
tarea, como los niños pequeños que Jesús pone de modelo en el Evangelio: viven
tranquilos en la confianza de sus padres, ocupados cada vez en un solo cometido y
no dispersos llenos de preocupaciones estresantes. La orientación escatológica de
la vida es determinante en la pastoral para que los cristianos vivan su existencia en
clave de peregrinación hacia el abrazo del Padre del cielo391. El cristiano, a
diferencia del vagabundo, sabe a dónde va. Sólo la eternidad ordena el tiempo y le
da su pleno sentido.

Antes de entrar en cada una de éstas paradojas conviene que nos


acerquemos al mismo concepto de paradoja tan característico de nuestro autor y
tan presente en su pensamiento como herramienta teológica.

posibilidad de realización del amor divino como criaturas: el hombre es llamado, como criatura, a
un acto propio de Dios, porque Dios es amor» (R. ARDANA, Amor y reverencia, Fundación Mayor,
Madrid 2012, 50).
385
Cf. Ap 3,20: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y
abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo»
386
Cf. Mt 12, 30: «El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge
conmigo, desparrama».
387
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014, 92.
Del Credo Niceno-Constantinopolitano.
388
Jn 20, 21.
389
Mc 3, 14.
390
Ap 21, 1.
391
Cf. FRANCISCO, Evangelii gaudium, nº 144: «La identidad cristiana, que es ese
abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos —y
predilectos en María—, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria.
Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa
tarea del que predica el Evangelio».

62
1. CONCEPTO DE PARADOJA.

Lo que de Lubac llama paradoja es lo que la tradición en la Antigüedad


desde Platón, pasando por San Agustín, llamaba ―dialéctica‖, es decir, un método
de pensamiento para conocer la realidad en profundidad. La mera retórica no
bastaba para conseguir esto. «La dialéctica es el arte del diálogo; pero el diálogo es
para Platón toda operación cognoscitiva, ya que el pensamiento mismo es un
diálogo del alma consigo misma. En general, la dialéctica es el procedimiento
propio de la investigación racional, y por ello también la técnica que da rigor y
precisión a esta investigación»392. La dialéctica consiste en definir y reducir a una
idea las cosas dispersas, para después dividirla de nuevo en nuevas especies,
buscando la articulación de todas ellas. Platón la puso en práctica en el Fedro, en el
Sofista y en el Político393. Después vendrá, muchos siglos después, la concepción
de dialéctica en Hegel, de tan gran repercusión en sus tres fases ya clásicas de tesis,
antitesis y síntesis. Esta forma de dialéctica hegeliana, como método de
conocimiento de la realidad, no tiene nada que ver con el concepto de paradoja de
nuestro autor394 «porque la paradoja está en todas partes dentro de lo real, antes de
estar en el pensamiento»395. La paradoja nos revela, por un lado, la complejidad de
la realidad y, además, las limitaciones de nuestra mente humana para conocerla396.

La amplitud de la fe católica requiere un acercamiento mediante la


paradoja, nueva versión, como hemos dicho, de la dialéctica clásica y no de la
hegeliana. La catolicidad reclama la paradoja. Es el medio más adecuado de
comprensión de su realidad sin necesidad de forzar ni mutilar nada, para
supuestamente hacerla más comprensible. Para de Lubac la paradoja se encuentra
en la realidad misma, antes de ser pensada. El universo, devenir constante, es
paradójico. En la medida que lo conocemos se nos abren otras oportunidades para
ver más su paradoja que en el fondo no es otra cosa que objetividad397. Nuestro
autor la considera necesaria en todo desarrollo del conocimiento. Cuando la verdad
se anquilosa, el pensamiento decae y las cosas parecen entrar en un letargo donde
nada se renueva, se hace más que nunca necesario descubrir «el perpetuo sabor de
paradoja que tiene la verdad en su estado nuevo»398. La verdad juega al escondite
con el hombre y la paradoja nos invita a buscarla constantemente en lugares

392
C. AGUILERA, Historia del pensamiento, vol. 1, Sarpe, Madrid 1988, 149.
393
Cf. Ibid. 149.
394
A este tipo de dialéctica hegeliana se refiere en el siguiente texto: «La paradoja es
el revés de aquello cuyo derecho sería la síntesis. Pero este derecho se nos escapa siempre. (…) La
paradoja es la búsqueda o la espera de la síntesis. La expresión provisional de una mirada siempre
incompleta, pero que se orienta hacia la plenitud. Hermana sonriente de la dialéctica, más realista y
más modesta, menos forzada, menos atormentada, recuerda siempre a su hermana mayor, al
reaparecer a su lado en cada nueva etapa, que, a pesar del necesario movimiento a que se entrega,
en realidad no ha avanzado apenas». (H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península,
Madrid 1966, 5).
395
Ibid. 5.
396
«Ahora bien, el ser desborda infinitamente la capacidad de nuestros espíritus en
su estado terrestre; es alcanzado por ellos, pero no verdaderamente poseído. Así pues, la verdad,
vasta y profunda como el ser, debe desbordar igualmente nuestras inteligencias, - para que éstas no
dejen de nutrirse de él» (Ibid. 72).
397
Cf. Ibid. 5-6.
398
Ibid. 129.

63
distintos, en sitios contrarios399. Las cosas que parecen más opuestas se necesitan
una a la otra, como el día a la noche. Lo más contrario de algo es lo más necesario
para que siga existiendo400. La contradicción abre nuevos espacios al
conocimiento. «Un ejemplo de esto, si se quiere, es la paradoja del Purgatorio. No
sólo el alma que sufre en el Purgatorio está alegre, sino que su sufrimiento
constituye su alegría»401. Desean purgar y sufrir por sus pecados para mejor gozar
después de la gloria. Así la pena de los que hacen penitencia se convierte en su
júbilo de entrar en el cielo402. Tristeza y alegría, pese a ser contrarias, se sostienen
mutuamente.

Este ejemplo pone de manifiesto cómo la paradoja nos adentra en la


inmensidad del misterio y se convierte en un medio muy útil para hacer avanzar la
teología. Todas las paradojas que encuentra en el hombre403, en la Iglesia y en el
mundo, son una llamada a avanzar en la comprensión profunda, en el sentido que
encierra toda su realidad. «Paradoja de una Iglesia hecha para una humanidad
paradójica y que en ocasiones se adapta demasiado a ella. La Iglesia se ha
desposado con todas las características humanas, con todas sus maneras complejas
y sus inconsecuencias, con las infinitas contradicciones que hay en el hombre»404.
Nuestro autor saca afuera las contradicciones que ve en la Iglesia: es santa pero
está llena de pecadores, da la vida eterna pero se ocupa continuamente de las cosas
de la tierra, es una comunidad abierta y universal pero hay en su seno muchos
grupos cerrados, es siempre la misma pero siempre se está renovando405, es
humilde pero a la vez majestuosa, acoge y eleva todas las culturas a la vez que es
el hogar de los pobres y sencillos, su actividad es notoria en muchos lugares pero
nunca es más ella misma que cuando se recoge en la intimidad con su Señor406, y,
sobre todo, es una realidad divina a la vez que humana. Además, los cambios que
ha experimentado en sus veinte siglos de existencia, en su pensamiento y en sus
formas de manifestar su fe, son tan grandes, juntamente con los modos propios de
cada una de las regiones en donde ha vivido, que parecen incluso contradictorios
entre sí407. Algunos, por ello, no ven en el catolicismo más que tendencias
opuestas y división en su seno408. Sin embargo, este fenómeno paradójico

399
Cf. Ibid. 129.
400
Cf. 119-120.
401
Ibid. 120.
402
Cf. Ibid. 120: (Cita unas palabras de santa Catalina de Génova narradas según
Dante) «Estas almas soportan sus penas, tan de buen grado, que no querrían suprimir el menor
átomo de ellas…El exceso de su alegría no les quita la más pequeña parte de su pena, ni el exceso
de su pena la más pequeña parte de su alegría».
403
«El hombre es en sí mismo una paradoja viviente» (Ibid. 5)
404
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 23.
405
Cf. Ibid. 22-23.
406
Cf. Ibid. 24
407
Cf. Ibid. 22.
408
Introducimos este texto de de Lubac donde pone de manifiesto que la paradoja es
un elemento inherente al misterio cristiano y, además, obliga al teólogo a una constante reflexión:
«No nos maravillemos de semejante antinomia. No es éste el único caso en que la revelación nos
ofrece un par de afirmaciones que parecen a primera vista discontinuas o incluso contradictorias.
Dios crea el mundo para su gloria, propter seipsum, y sin embargo por pura bondad; el hombre es
activo y libre, y sin embargo, nada puede sin la gracia, y la gracia opera en él ―el querer y el hacer‖;
la visión de Dios es un don gratuito, y con todo su deseo radica en lo más profundo de todo espíritu;
la redención es obra de pura misericordia, y los derechos de la justicia no son en ella menos
respetados, etc. Todo el Dogma no es así más que una serie de ―paradojas‖, que desconciertan a la

64
constituye para de Lubac «la puerta estrecha»409 por la que hay que entrar para
descubrir la grandeza del Misterio. «Detrás de todas estas manifestaciones
aparentemente antagónicas se encuentra la esencia de su catolicismo. Entonces
descubriremos la paradoja propia de la Iglesia, una paradoja que servirá para que
podamos introducirnos en su misterio»410.

Y su misterio es Jesucristo y ella es como un misterio «derivado» de su


Señor411. La paradoja le afecta también profundamente a Él mismo: al origen de su
venida -puesto que fue nuestro pecado quien trajo al santo Hijo de Dios a la tierra-
412
, a su encarnación que es para los Padres de la Iglesia «la paradoja de las
paradojas»413 y a su identidad y misión: «aquel que es a la vez el Crucificado y el
Resucitado, el varón de dolores y el Señor de la gloria, el vencido por el mundo y
el Salvador del mundo, su Esposo ensangrentado y su Maestro triunfante, con su
gran corazón abierto e infinitamente secreto»414. Si la Persona del Dios-hombre,
Jesús, es paradójica, así también su obra y misión: su «evangelio está lleno de
paradojas»415, las cuales nos desconciertan constantemente suponiendo «un vino
demasiado fuerte para nosotros»416.

6.1. LA PRIMERA PARADOJA SOBRE CRISTO Y LA IGLESIA.

La relación entre Cristo y la Iglesia es un tema transversal en todo el libro


Catolicismo. Aparece constantemente en medio de la gran reflexión sobre la
catolicidad de la fe. En el libro Meditación sobre la Iglesia este tema es
reflexionado con mucha más profundidad. De estas dos grandes obras inspiraremos
nuestras reflexiones completando su visión con otras dos, en las que de Lubac
vierte expresamente su teología en clave de paradoja: Paradoja y misterio de la
Iglesia y Paradojas y nuevas paradojas.

razón natural, y que reclaman no una imposible prueba, sino una justificación reflexiva» (H. DE
LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 230).
409
Lc 13, 24; Mt 7, 13.
410
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 23.
En otro pasaje dirá: «Todos esos elementos, carentes de armonía entre sí, pero que le pertenecen a
ella por entero, ¿serán capaces de retratar su figura? Sí, estoy seguro de esto: ella es complexio
oppositorum» (Ibid. 22).
411
Cf. Ibid. 42: «Por tanto, la Iglesia es misterio, pero misterio derivado. Es misterio
porque, viniendo de Dios, puesta por completo al servicio de su designio de salvación, es el
organismo salvífico. Más en concreto, es misterio porque se relaciona por completo con Cristo y no
tiene ningún valor, ninguna existencia, ninguna eficacia más que por él».
412
Cf. H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 79: «
¡Dichoso conocimiento, dichosa vergüenza! Dios, que no solamente saca bienes de algunos males,
sino que, por una potencia más admirable que la que está actuando en la creación primera, por la
potencia de su santidad creadora, del Mal saca el Bien, nos levanta con esto. En verdad, aquí yace
el más paradójico ejemplo de la idea que arrebataba a Pascal; siempre nuestra miseria está al
principio de nuestra grandeza. ¡Miseria fecunda, misterio de este primer instante de nuestra
conciencia! Felix culpa».
413
Ibid. 5
414
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 24.
415
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 12.
416
Cf. Ibid.153.

65
Conocer a fondo la relación de un matrimonio enamorado siempre será una
tarea tan hermosa como incompleta puesto que esa vida esponsal es infinitamente
más que lo que podamos arañar conceptualmente de ella. El amor humano siempre
será un misterio que nos desborda, incluso a los mismos enamorados, y las
intimidades que revelan la grandeza del cariño nunca van a salir de los dos. El
observador siempre se quedará fuera participando de aquello a la distancia. En el
presente apartado en el que vamos a abordar, con la ayuda de de Lubac, la relación
entre Cristo y la Iglesia, las cosas se complican aun más porque uno de los amantes
es Dios y la otra persona amante es toda la humanidad entera, de la cual la Iglesia
es una primicia salvada. Por ella Dios se hace hombre y, amándola hasta dar su
vida por ella, la convierte en su amada esposa. Es tal la historia de preparación de
todo esto, la riqueza y magnitud del amor divino-humano y la continuidad hasta
hoy de estos esponsales, que la sola razón humana se declara incompetente. «La
relación de la Iglesia con el Señor glorificado, su vida que ha nacido de él, su
aspiración hacia él, no pueden quedar estrechadas por los límites del pensamiento:
es el misterio más profundo de la Iglesia»417. Sin embargo, mediante la fe podemos
contemplar esta relación amorosa de Cristo y su Iglesia en primera persona, porque
que cada uno de nosotros somos Iglesia418. De esta forma, ya no nos situamos a
mirarla a distancia, en tercera persona como meros espectadores. Así, en la
cercanía y en primera persona, contemplaron y admiraron este misterio esponsal
los Padres y grandes autores de la tradición cristiana que de Lubac tan
minuciosamente recoge en sus escritos. Y así pretendemos hacerlo también
nosotros.

A continuación veremos cómo la Iglesia y Cristo se necesitan mutuamente;


descubriremos la unión y, casi, la identificación de la Iglesia con Cristo;
estudiaremos su distinción -la Iglesia adora a Aquel que ha muerto por ella419;
analizaremos el vínculo esponsal indisoluble entre Cristo y su Iglesia, vínculo que
la convierte en sacramento de su presencia, que se renueva en la Eucaristía,
memorial de la nueva alianza para el perdón de los pecados; y, a modo de
conclusión, veremos algunas orientaciones pastorales.

1.1. Necesidad mutua de Cristo y la Iglesia.

De Lubac deja clarísimas dos cosas: que la Iglesia es indescifrable sin


Cristo y que Cristo sin la Iglesia a penas tendría presencia en nuestro mundo.

417
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 62.
Cita de R. Schnackenburg.
418
Según Orígenes la Esposa que aparece en el Cantar de los cantares es la Iglesia y,
también, el alma de cada creyente por el hecho de pertenecer a ella (Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo,
Encuentro, Madrid 1988, 148). «La Iglesia entera está en un santo: es lo que nuestros mayores
llamaban el misterio del anima eclesiástica» (H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia,
Sígueme, Salamanca 2014², 72).
419
No es Cristo quien adora a la Iglesia, ni la Iglesia quien primeramente ha muerto
por Cristo. Sólo en sus mejores hijos la Iglesia vive una identificación con el Crucificado: «estoy
crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 19).

66
La primera afirmación fue aclarada ampliamente por el Concilio Vaticano
II en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia. Ella sólo se comprende a sí
misma descubriendo sus relaciones íntimas con Cristo, su Cabeza420. No encuentra
su identidad buscándola en su propia organización o en su historia, sino
únicamente cuando se ve predestinada a la salvación por Jesucristo421. Toda su
grandeza proviene de Él. El Señor está en su origen, crecimiento y culminación.
Por eso, para ser ella misma, paradójicamente debe de dejar de contemplarse a sí
misma y mirarle solo a Él en sus divinos misterios de amor. Como la luna 422, debe
recibir la única y maravillosa luz del sol, su Señor muerto y resucitado. Sólo en el
abrazo con Él recibirá su verdadera fecundidad423. En los momentos de su mayor
esplendor, hasta tal punto se ha olvidado de sí que en las obras de los Padres
apenas hay una reflexión específica sobre la Iglesia; se habita en ella como en una
casa o en un atmósfera hermosa donde confluyen todos los misterios de Dios para
el crecimiento de la vida cristiana pero no se considera como un ente aparte. Ella
está en todo y todo confluye en ella sin despistar ninguna gloria sólo a Dios
debida424.

Abordemos la segunda afirmación: la necesidad de la Iglesia para que


Cristo siga vivo y presente en medio de nosotros. «Sin la Iglesia Cristo se evapora,
se desmenuza, se anula»425. A Cristo ya no lo podemos encontrar por las calles y
plazas, pero su Iglesia que lo testimonia y hace presente. «Ella es la presencia
urgente, la presencia importuna de este Dios entre nosotros»426. Si Cristo es
sacramento del Padre, Ella es sacramento de Cristo. Su única misión es anunciar a
su Señor, enseñarlo y darlo a conocer. «Es necesario que Jesucristo continúe
siendo anunciado por medio de nosotros y que continúe transparentándose a través
de nosotros»427. Es lo que hicieron Pablo y Silas. Así lo atestiguaron: «Por que no
nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor; haciéndonos
siervos vuestros por Jesús»428. Por medio de la Iglesia Jesús sigue contagiando a
los suyos su alegría pascual para que entonen el cántico nuevo y resplandezcan, en
medio de la oscuridad del mundo, como una luz serena. Los hombres pueden
contemplar a través de la belleza de la esposa, la hermosura de su Esposo429. La
Iglesia como cuerpo de Cristo es la realidad concreta desde la que Cristo lleva a
cabo su obra salvífica. El que crea que puede prescindir de la Iglesia vive en un
grave error. Caería en el vacío, perdería a Cristo y sería presa fácil de los ídolos.
Este sueño orgulloso y dañino de un Cristo sin Iglesia acaba entenebreciéndolo
todo, es el ocaso del mismo Sol. La Iglesia no es como la Ley judaica, que en
expresión de san Pablo, fue la niñera de los judíos hasta que llegó Cristo, por lo
cual debía ser relegada. De la niñera el Esposo debe privarse pero nunca de la

420
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
75.
421
Cf. Ibid. 43.
422
De Lubac recoge en unas pocas páginas la hermosa tradición que compara el
misterio de la Iglesia con la luna (Cf. Ibid. 43-46).
423
Cf. Ibid. 45.
424
Cf. Ibid. 67.
425
Ibid. 30. Cita de Teilhard de Chardin.
426
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 49.
427
Ibid. 179.
428
2 Cor 4, 5.
429
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 183.

67
esposa de su amor430. No olvidemos que la culminación de la Escritura acaba en las
fiestas de las bodas eternas de la alianza nueva: «Llegó la boda del Cordero, su
esposa se ha embellecido»431.

1.2. La unión e identificación de Cristo y la Iglesia.

Muchos teólogos opinan que para apreciar la naturaleza de dos elementos


relacionados es preciso analizarlos por separado y luego buscar sus conexiones:
distinguir para unir. Para de Lubac es mucho mejor hacerlo al revés, unir para
distinguir: ponerlos juntos para apreciar mejor sus diferencias y sus relaciones432.
En este apartado veremos a Cristo y su Iglesia formando una unidad como
atestigua la Escritura y la Tradición, para en el siguiente destacar sus diferencias
que potencian y enriquecen la unión.

«El Cuerpo místico de Cristo y la Iglesia son una sola y una misma
cosa»433. La Iglesia es el cuerpo visible y místico de Cristo434. Según de Lubac
podría ser aceptado en la práctica decir Jesucristo como decir Iglesia. Así de
sencillamente lo afirma Juana de Arco: «Yo creo que Jesucristo y la Iglesia son
todo uno y que no hay por qué discutirlo»435. La Iglesia, como cuerpo de Cristo, es
la presencia de Cristo en el mundo, gracias al Espíritu Santo436. Esa es la voluntad
de su Señor: «Quien a vosotros escucha a mí me escucha; quien a vosotros rechaza,
a mí me rechaza»437. Ella es humana y divina a imagen de su Cabeza y se
encuentra unida a Él438. En cuanto la Iglesia se identifica con Cristo es también
Reino de Dios y Reino de los cielos439. Cristo y su Iglesia son una misma Persona
que estuvo en el mundo, amando, enseñando, muriendo y resucitando, y que ahora
sigue entre nosotros por su Espíritu440. Orígenes habla de un solo Cristo glorioso,
que incluye a Cristo y su Iglesia441; no hay más que un solo cuerpo que será
justificado y que resucitará442; podemos ver en el Amado del Cantar de los cantares
al conjunto de todas las almas santas que forman su cuerpo443. San Ambrosio
sostiene que el cuerpo entero será arrebatado al cielo444. San Hilario compara este
cuerpo a una ciudad, la Jerusalén celeste, y afirma que por ser carne de este cuerpo

430
Cf. Ibid. 164-165.
431
Ap 19, 7.
432
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 232.
433
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 88, nota 62.
Cita de la Encíclica Humani generis, 1950.
434
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
69. Cita de Pablo VI, discurso de apertura de la segunda sesión.
435
Ibid. 169.
436
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
70.
437
Lc 10, 16.
438
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
90.
439
Cf. Ibid. 91.
440
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 320. Texto de Friedrich
von Hügel.
441
Cf. Ibid. 90-91.
442
Cf. Ibid. 287.
443
Cf. Ibid. 148.
444
Cf. Ibid. 300.

68
todos nosotros somos habitantes de esta ciudad445. Allí la riqueza de todos los
santos estará a nuestra disposición446. Así también Gregorio de Nisa ve en la
expresión «una es mi paloma, mi perfecta»447 la unidad que forman los salvados,
todos en un solo cuerpo por un mismo Espíritu448. En la conversión de san Pablo,
el Señor se identifica con su Iglesia: «Soy Jesús a quien tú persigues»449. Por tanto,
su primera experiencia de Cristo fue de una unidad total con su cuerpo, la Iglesia.
Él desarrollará esta doctrina en sus escritos. Para el apóstol de los gentiles formar
parte del único cuerpo de Cristo es la vocación más genuina de los cristianos450:
«hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de
Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud»451. La Iglesia debe
enteramente formar parte de ese «Hombre perfecto» y para ello no tiene otro
camino que hacerse una sola carne con su Señor: «Por esto dejará el hombre a su
padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es
este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia»452. La Iglesia es
ya, por el Espíritu de amor, el único cuerpo de Cristo, cada miembro es uno con Él
y en cada miembro se encuentra presente el cuerpo entero453. La imagen joánica de
la unión de la vid y los sarmientos refuerza esta total vinculación de Cristo con los
suyos454. Para de Lubac tanto la imagen paulina del cuerpo como la joánica de la
vid ofrecen dos miradas complementarias del mismo misterio que vemos en este
punto455. Para Guillermo de Saint-Thierry la Iglesia es la carne que Cristo tomó e
hizo suya456. Todos los fieles se integran en la unidad del cuerpo de Cristo457. Es
tan grande la unidad de la Iglesia con Cristo que en todo el cosmos no hay más que
un solo pan del cuerpo de Cristo y un cáliz de su sangre en el que están incluidos
los dos458. También su cuerpo lo forman los pobres y los extranjeros459. El mismo
Señor lo manifestó: «en verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de
estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis»460. El gran dogma del

445
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
87.
446
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 191.
447
Cant 6, 9.
448
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 284.
449
Hch 9, 5.
450
«La metáfora paulina del cuerpo -que en sí misma nada tenía de original- toma
efectivamente una significación muy original por el hecho de que Pablo no dice solamente el
«cuerpo de los cristianos», como se podría decir el «cuerpo de los helenos», o el «cuerpo de los
judíos», sino: el «Cuerpo de Cristo»... » (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 34).
451
Ef 4, 13.
452
Ef 5, 31-32.
453
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 316-317. Cita de Pedro
Damiano.
454
Cf. Jn 15, 1-8.
455
«Si en san Juan el vínculo de los fieles entre sí y con el Salvador es sugerido
como un conjunto de relaciones recíprocas con una intensa intimidad, en san Pablo, Cristo aparece
más bien como un medio, una atmósfera, un mundo en donde el hombre y Dios, el hombre y el
hombre comunican y se unen. El es ―quien llena todo en todos‖» (Ibid. 34-35).
456
Para este autor el cuerpo de Cristo tiene una triple presencia: su carne crucificada
que se ofreció en la Cruz y en cada Eucaristía, su carne en la vida del que comulga y su carne en la
Iglesia de Cristo de la cual Él se reviste (Cf. Ibid. 277).
457
Cf. Ibid. 270. Texto de Fulgencio de Ruspe.
458
Cf. Ibid. 277. Texto de san Pedro Damiano.
459
Cf. Ibid. 267. Texto de Severo de Antioquía.
460
Mt 25, 40.

69
cuerpo místico se resume en que Cristo es la Cabeza de su único cuerpo, la Iglesia,
primicia de toda la humanidad que será transfigurada461.

2.3. La distinción de Cristo y la Iglesia.

Al enumerar sus diferencias veremos que todas potencian su unión. Si la


gloria de Dios consiste en dar la vida a los hombres, éstos sólo pueden acceder a
esta vida dándole gloria a Él462. Así ocurre entre Cristo y la Iglesia. Veamos estos
dos aspectos como dos caras de una misma moneda:

a. «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para


santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y
presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa
parecida, sino que sea santa e inmaculada»463: Este hermoso resumen paulino de la
acción de Cristo por su Iglesia nos revela su identidad salvífica, fontal y primera.
San Juan dirá: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a
Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación por
nuestros pecados»464. Él se hizo hombre para no separarse de nuestra carne y al
darnos su carne llena de eternidad nos une a todos con Él y con el Padre 465. Cristo
estará siempre en su Iglesia hasta el fin del mundo para continuar su misma vida y
seguir manifestándose a los hombres466. Su Espíritu se derrama en la Eucaristía,
tanto sobre los dones del pan y vino como sobre los fieles reunidos, para que una
vez recibido en la comunión el cuerpo del Señor, todos ellos caminen a la unidad,
se ayuden y vivan unánimes vinculados a su Cabeza467. Y es que Él, aunque viva
por su Espíritu en nosotros y entre nosotros de una forma tan familiar, está
divinamente muy por encima de nosotros. Cuanto más próxima es su divinidad
más por encima se manifiesta468. Él no puede morar plenamente en nosotros por el
estado de pecado en que nos encontramos. Pero su objetivo es conseguirlo, hasta
que cada fiel pueda decir con san Pablo: «vivo yo pero no soy yo, es Cristo que
vive en mí»469. Y sólo así se producirá la unidad de los fieles en la caridad de Dios.
Esta comunión la logra Jesús, nuestra paz, y se la dio a sus discípulos como don
pascual470. Él, como fuente de los sacramentos, hace maravillas en su Iglesia.

b. «Proclama mi alma la grandeza del Señor»471: Al igual que María, la


Iglesia es la perfecta adoradora. El cántico del Magnificat es, también, el canto de
la Iglesia admirada y agradecida. Ella celebra su poder, su misericordia, sus

461
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 225.
462
Cf. Ibid. 258.
463
Ef. 5, 25-27.
464
1Jn 4, 10.
465
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 283. Cita de san Hilario.
466
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 194.
467
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 278. Cita de Teodoro de
Mopsueste.
468
Cf. Ibid. 320. Texto de Friedrich von Hügel.
469
Gal 2, 20.
470
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 274. Texto de Balduino
de Cantorbery.
471
Lc 1, 46.

70
grandes obras realizadas en la pequeñez de su sierva472. Ella es un coro que,
constituido en asambleas litúrgicas presididas por sus ministros, canta a Jesucristo
el concierto de la caridad nunca interrumpida del cielo473. Verdaderamente «Ella
ha sido convertida en el Templo donde se adora a la Trinidad»474. De Lubac añade:
«Arrancándolos de la decrepitud del mal o del temor, Él hace que en sus labios
florezca este cántico siempre nuevo, que hace que los hombres comprendan cuán
suave es su yugo y cuán ligera su carga»475. La Iglesia es el lugar elegido por Dios
donde quiere ser invocado. Toda la oración de la Iglesia es referente y conduce a
Él476. La adoración a su Señor es el momento más grande de unión con Él y, a la
vez, de reconocimiento de su inmensidad y diferencia tan grande. Aquí está su
vocación: convocar a todos los pueblos para adorar a la santa Trinidad477.

Jesucristo es la riqueza de la Iglesia. La lejanía de su Señor es su propia


destrucción. Sin el Espíritu de Cristo, Ella se vuelve estéril. Se derrumba su
edificio si no construye sobre la Piedra desechada. Todo se malogra sin Él 478. Por
eso, la Iglesia depende de Él y está subordinada a Él, aunque sea el Templo de su
gloria. Ella es la Nave pilotada por Él, el Paraíso donde está Él -árbol de la Vida-,
el Tabernáculo de su presencia479. Él es su Cabeza. De aquí deriva que «no puede
haber en un cuerpo un miembro activo, si no es primero un miembro sumiso,
flexible y dócil a la dirección de la cabeza»480. Por eso la fidelidad a la Tradición
es tan fundamental para que Jesucristo siga siendo la Luz del mundo en todo su
esplendor. Ella procura no decir nada por su cuenta sino en referencia a la única
revelación obrada por el Señor481.

La Iglesia da lo que recibe de Él. A Ella le corresponde santificar porque


fue santificada, conferir el bautismo porque lo recibió primero, perdonar los
pecados porque es familia de todos los reconciliados, ser Madre fecunda porque es
fraternidad482. Su misión, derivada de su Señor, es la salvación del género humano,
o lo que es lo mismo, la culminación de la unidad de todos los hombres483.

2.4. El vínculo esponsal.

Hemos visto anteriormente la identificación y, a la vez, la distinción de


Cristo y de la Iglesia. En este apartado seguimos profundizando en la relación de
ambos en torno al gran misterio nupcial que los une y vincula en un amor eterno.

472
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 295.
473
Cf. Ibid. 182.
474
Ibid. 41.
475
Ibid. 183.
476
Cf. Ibid. 295.
477
Cf. Ibid. 296.
478
Cf. Ibid. 175.
479
Cf. Ibid. 169.
480
Ibid. 209.
481
Cf. Ibid. 194-195.
482
Cf. Ibid. 92-93.
483
Cf. Ibid. 122.

71
Toda la Escritura puede comprenderse en clave de alianza. La Biblia
comienza con el encuentro conyugal de Adán y Evan, frustrado por el pecado484.
Toda la historia de la relación de Yahvé con Israel es una aventura de amor
apasionado y fiel: la elección de Dios de un pueblo salido de la fe de Abrahán485, la
hermosa historia de predilección y liberación en Egipto486 que culmina con la
primera alianza del Sinaí487, el amor esponsal de Dios que revelan los escritos
proféticos488, la hermosas historias conyugales de Oseas y de Tobías, y las páginas
del Cantar de los Cantares tan comentado en toda la Tradición posterior para referir
las relaciones de Cristo y la Iglesia. Hay que destacar que Jesucristo empieza su
ministerio público en unas bodas en Caná, manifestando que el Esposo es Él489;
con claridad hablará de la unión indisoluble del hombre y la mujer, volviendo «al
principio» de la primera intención de Dios490; por la Eucaristía Él inaugurará la
Nueva Alianza para el perdón de los pecados491, anticipación de su muerte en cruz
donde consumará desnudo su amor por su esposa amada, la Iglesia, primicia de la
humanidad492. El mismo san Pablo, como hemos referido anteriormente, ve las
relaciones entre Cristo y su Iglesia en clave esponsal493. Y por último, el
Apocalipsis concluye la Escritura con la hermosa imagen de las Bodas del
Cordero494 y con el grito anhelante de la Esposa que dice: Amén, ¡Ven, Señor
Jesús!495

Analizaremos seguidamente esta alianza nupcial de Cristo y su Iglesia.


Veremos cómo gracias a este vínculo la Iglesia puede ser sacramento de Cristo. Y
finalmente nos centraremos en el sacramento de la Eucaristía, donde se renueva la
alianza de amor que realiza la comunión con Cristo y donde únicamente puede
percibirse bien la verdadera magnitud de nuestros pecados que Él perdona.

2.4.1. La unión esponsal de Cristo y la Iglesia.

Al hablar de las relaciones entre Cristo y su Iglesia, Pablo utilizará dos


imágenes: la del cuerpo y la de los esposos. De las dos por separado hemos
hablado anteriormente. Ahora veamos cómo ambas imágenes se mezclan en la
Tradición:
«Este Rey es su Dios, es su Esposo, su Cabeza. Ella es su Iglesia. Siendo por
naturaleza su sierva, se ha convertido por gracia en su Esposa y en su Cuerpo,
cumpliéndose desde este momento el misterio que había sido prometido desde el
principio de los siglos: ―serán dos en una sola carne‖»496.

484
Cf. Gén 1, 26-31; Gén 2, 18 - 3, 24.
485
Cf. Gén 12ss.
486
Cf. Éx 1ss.
487
Cf. Éx 19ss; Dt 26.
488
Cf. Is 54, 1-10; Is 62, 1-12; Jr 11, 10-16; 12, 7-11; 22,8; 31, 31-34; Ez 16, 1-63.
489
Cf. Jn 2, 1-12. Abundantes comentarios patrísticos así lo describen.
490
Cf. Mc 10,1-12; Mt 19, 3-12.
491
Cf. Mt 26, 20-30; Mc 14, 17-26; Lc 22, 14-20; Jn 13, 1-20; 1Cor 11, 23-25.
492
Cf. Mt 27, 32-50; Mc 15, 20-38; Lc 23, 33-46; Jn 19, 16-30.
493
Cf. Ef 5, 21-33.
494
Cf. Ap 19, 6-10.
495
Cf. Ap 22, 20.
496
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 292. Texto de Adelmann de
Brescia.

72
Ya anteriormente san Ambrosio había unido estas dos bellas imágenes:
Dios forma una nueva mujer, la Iglesia, del costado abierto del nuevo Adán, Cristo.
Pero esta vez no lo hace por la necesidad del varón, como en el primer Adán, sino
por la indigencia y soledad de la mujer, de todos nosotros que anhelamos su gracia.
Esta mujer amada por Cristo como su esposa santa, inmaculada y sin arruga se
convierte en madre de todos. Y al igual que Elías subió al cielo, así será arrebatado
el cuerpo entero497. Orígenes también reafirma esa sola carne entre Cristo y su
Iglesia. Y san Hilario dirá que Adán y Eva eran una profecía de Cristo y la Iglesia,
que es su cuerpo. Como podemos comprobar, el cuerpo y los esposos son dos
imágenes muy referidas y relacionadas para contemplar este misterio498. Sin
embargo, aunque lleguen a confundirse ambas expresiones no se confunden sus
protagonistas. Los dos forman una sola carne pero la esposa no es el Esposo. Los
dos se funden en un solo cuerpo pero la Cabeza se distingue de los miembros499.

De Lubac defiende este vínculo esponsal de Cristo y la Iglesia, tanto ante


las descalificaciones que vienen de fuera de la Iglesia, como ante los pecados que
hay en su interior. Denuncia a algunos teólogos de inspiración judía o protestante
que confunden los defectos de la Iglesia con su ser más profundo: su deformación,
según ellos, es su esencia. Éstos, queriendo purificar la Iglesia, la condenan
enteramente de traición a su Señor, defendiendo que su poder eclesiástico es sólo
institución humana y que todos los cristianos olvidan el evangelio cuando viven
tan adormecidos. De Lubac les corrige: hay errores en los hijos de la Iglesia pero la
Iglesia en bloque, como esposa, no puede permitir semejante calumnia: aunque
sólo sea en María y en los santos la Iglesia es fiel a su Esposo y Salvador. Por otra
parte, el Depósito Sagrado que ha recibido la salvaguarda de que ella no quede
vaciada de su Señor. «El Espíritu de unidad no sufre que se disocie de esta manera
a la esposa del Esposo. La Esposa no podía ser seducida»500. Esto no obsta para
que nuestro autor no sea el primero en denunciar las deficiencias de los miembros
de la Iglesia. Para de Lubac, un catolicismo sin alma, por las continuas discordias
entre hermanos llenos de vanidades, oscurece a Cristo Esposo. «En fin, ¿cómo van
a creer al Esposo si, a juzgar por nuestras vidas, la Esposa les parece estéril?»501.
Sin embargo, la Iglesia no mengua por nuestras flaquezas, menguamos nosotros.
Ella es grande, acogedora y abierta. «Sus relaciones con Jesucristo no cambian
jamás. Su virtud para engendrar hijos no se debilita»502.

Este vínculo esponsal entre Cristo y la Iglesia engendra vida abundante.


«En su función maternal, ella es la esposa «gloriosa y sin arruga» que el Hombre-
Dios ha hecho salir de su corazón traspasado para unirse a ella en el «éxtasis de la
cruz y hacerla fecunda para siempre»503. La maternidad de la Iglesia está unida a la
maternidad de María. Si María da a luz la Cabeza del Cuerpo, Jesucristo, la Iglesia
alumbra el resto de sus miembros con los que forma un solo cuerpo504. Toda la

497
Cf. 299-300.
498
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
96.
499
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 131.
500
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 223.
501
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 186.
502
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 32.
503
Ibid. 28.
504
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 304. Texto de Isaac de
Stella.

73
Iglesia es Madre: nos da la vida de su Señor con sus enseñanzas y los ejemplos de
los santos. Es Madre de todo el inmenso rebaño cristiano. Es Madre, tanto la
Iglesia jerárquica como la Iglesia viviente que ama, trabaja y reza. Es Madre
porque a pesar de sus deficiencias guarda la fecundidad del Evangelio y la
presencia del Reino entre nosotros505. La palabra que mejor define la Iglesia es
«Madre». «Pues bien, en esa comunidad yo encuentro mi apoyo, mi fuerza y mi
alegría. Esa Iglesia es mi madre. Y así es como empecé a conocerla primero en las
rodillas de mi madre carnal»506. Dichosos los que desde pequeños, y aún siendo
grandes, experimentan a la Iglesia como Madre. Es Madre porque nos da a Cristo y
renace constantemente en nosotros su vida nueva. Hasta tal punto nos introduce y
conserva en su seno que, constituidos como cuerpo, entramos en la intimidad de la
unión con el Esposo que la vuelve a hacer fecunda507. Por eso la Iglesia pone más
confianza en su Esposo cuanto más difícil y descorazonadora es su tarea de
engendrar nuevos hijos508.

2.4.2. La Iglesia, sacramento de Cristo.

Ella misma por estar vinculada esponsalmente y corporalmente a su Señor


es, a su vez, el único vínculo entre Él y nosotros. Al igual que el Hijo, por estar
unido filialmente a su Padre, es el único vínculo de unión con Él509. Este hacer
presente a otro y conducir hacia él, es lo que significa la palabra «sacramento». La
Iglesia «es en el mundo el sacramento de Jesucristo, de igual manera que el mismo
Jesucristo es para nosotros, en su humanidad, el sacramento de Dios»510. No se
puede llegar al Padre sin el Hijo, ni al Hijo sin la Iglesia. Ese es el único sentido de
su existencia: comunicarnos con Él, ser mediación para el encuentro con Él. Es lo
que hizo Andrés con su hermano Pedro: «Y lo llevó a Jesús»511. De Lubac
distingue entre ser mediador y ser intermediario. El intermediario representa al otro
bando pero no sirve de puente hacia él:
«El signo, por su misma definición, es una cosa diáfana que se desvanece
ante lo que representa, como la palabra, pongo por caso, que no sería nada si no
nos llevara directamente a la idea. Con esta condición, el signo no es intermediario
sino mediador. No separa ni distancia entre sí los dos términos que debe unir, sino
que por el contario, los asocia, haciendo presente la cosa que evoca»512.

Al estilo de Juan el Bautista, la Iglesia señala con el dedo a Aquel que quita
el pecado del mundo para que los hombres lo sigan. Ella aproxima, no separa513. Es
la voz que anuncia la Palabra. «La Iglesia debe ocultarse en cada uno de nosotros

505
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
25-26.
506
Ibid. 26.
507
Cf. Ibid. 51.
508
Cf. Ibid. 32.
509
«Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14, 9); «Nadie va al Padre si no
por mí» (Jn 14, 6); «El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras» (Jn 14, 10).
510
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 163.
511
Jn 1, 42.
512
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 163.
513
Cf. Ibid. 163-164.

74
ante su Señor, no siendo sino el dedo que lo muestra y la voz que transmite su
Voz»514. Aquí radica su naturaleza y misión más auténtica: vincular a todos los
hombres con su Señor. Esta tarea es para de Lubac de gran importancia: «se
necesita que haya un vínculo vivo, una nueva escala de Jacob, que asegure a través
de los siglos este paso de Él a nosotros»515. Esta es la misión de la Iglesia y es de
tal envergadura que sin ella el mundo perdería la redención. Por eso la Iglesia, a
pesar de su condición humilde y del pecado que está en sus hijos, no es
prescindible516. Ella continúa ejerciendo de sacramento cuando dice a los hombres,
también hoy, las mismas palabras de María, su Madre y modelo: «Haced lo que Él
os diga»517. Palabras que revelan el lugar principal que ocupa su Señor.

La Iglesia sabe que la humanidad sin Cristo sería un deseo sin objeto, un
sueño que nunca se haría realidad. Aunque lo rechace abiertamente o lo
desconozca, lo necesita. La humanidad entera está llamada a tomar la forma de
Cristo, a ser parte de su cuerpo y entrar en el seno del Padre para participar de su
gloria. Y este designio de amor es irrealizable sin la Iglesia518 y sin el Espíritu del
Señor que la conduce en su misión. «Ella es el sacramento de Cristo, el canal por
donde llegan hasta nosotros la luz y la fuerza de su evangelio, el eje a cuyo
alrededor tiene que realizarse en nuestra historia la gran reagrupación mística»519.
Ella es lugar donde está Dios, como antiguamente estaba en el templo de Jerusalén.
En ella está el Padre, origen de todo; está el Hijo, una sola carne con ella y, a la
vez, su Jefe desde dentro; está el Espíritu que le hace continuar la misión después
de la Ascensión de su Señor: «Y continúa hablando después que Jesús subió al
padre; pero únicamente para dar testimonio de Él, como Jesús da testimonio del
Padre»520.

La identidad mística de Cristo con la Iglesia asegura que ésta pueda ser
sacramento de su presencia. Volvemos a las imágenes paulinas ya referidas:
«La Cabeza y los miembros no forman sino un solo cuerpo, un solo
Cristo. El Esposo y la Esposa forman una sola carne. Cristo, que es el jefe de su
Iglesia, no la gobierna, sin embargo, desde afuera; entre Ella y Él existe
subordinación y dependencia, pero al mismo tiempo Ella es su remate y su
plenitud»521.

El mismo Jesús la hizo su sacramento al igual que Él es sacramento


del Padre: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros
rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha
enviado»522. Cristo se encuentra en su Iglesia en clave, a la vez, de identidad
total y de distinción también total. Como vimos anteriormente, nunca habrá
una razón verdadera para apartarse de la Iglesia. Ni siquiera sabiendo «la

514
Ibid. 181.
515
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 29.
516
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 165.
517
Jn 2, 5.
518
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
30.
519
Ibid. 31.
520
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 167.
521
Ibid. 168.
522
Lc 10, 16.

75
historia de las innumerables excusas que Ella le ha presentado a Dios para
librarse del acto de fe real»523. En este siglo la Iglesia no siempre será en sus
fieles expresión de la fuerza del amor divino, a veces encarnará hasta su
oposición524. Este misterio de iniquidad lo desarrollaremos más tarde en el
contexto de la Eucaristía, actualización el misterio de la redención del
Calvario, donde se inmoló el Cordero inocente que quita el pecado del
mundo.

Sin embargo, antes de seguir, consideramos importante enumerar algunos


peligros que amenazan esta tarea de la Iglesia de ser sacramento525. De las
reflexiones de de Lubac podemos destacar fundamentalmente cinco:

- Que la Iglesia sea un signo intermedio y no un sacramento de mediación.


El mediador pone en contacto, relaciona las dos orillas, comunica
sabiéndose quitar a tiempo. El intermediario representa una parte pero evita
cuidadosamente todo contacto entre las dos partes implicadas. «El signo no
es intermediario sino mediador. No separa ni distancia entre sí los dos
términos que debe unir, sino que por el contrario, los asocia, haciendo
presente la cosa que evoca»526. Sería un gran pecado de la Iglesia: retener a
los hombres para sí y no pasarlos a su Señor527; o bien, retener a su Señor
para sí y no pasarlo a los hombres. Así, con el pretexto de favorecer la
relación, se interpondría entre los hombres y Dios, impidiéndola. La Iglesia
se convertiría de esta forma en una «pantalla» de desencuentro528.
«Debemos dar a Dios las almas, no conquistarlas para nosotros mismos, y
debemos a su vez presentarles a Dios, no imponernos a ellas»529.

- Creer que la Iglesia es prescindible y superflua en el encuentro de los


hombres con Dios. Es importante predicar sobre la Iglesia, sobre su lugar
en nuestra salvación y sobre su autoridad, con cuidado de no endiosarla
porque ocultaríamos su naturaleza sacramental: ser transparencia de
Otro530. El rechazo abierto o soterrado a la Iglesia conlleva una pérdida del
Tesoro que contiene, aunque escondido en vasijas de barro531.

- Creer que la Iglesia es solamente signo de una cultura determinada,


baluarte de una moral y manifestación de un esplendor al que ella

523
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 57.
524
Cf. Ibid. 57.
525
De Lubac los describe, si bien no de forma sistemática, en el capítulo sexto de
Meditación sobre la Iglesia en el que habla de la Iglesia como el sacramento de Jesucristo.
526
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 163.
527
De esta tentación habla varias veces Pablo en sus escritos. Basten algunos
ejemplos: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a
nosotros como siervos vuestros por Jesús» ( 2 Cor 4, 5); «Y os digo esto porque cada cual anda
diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo». ¿Está dividido
Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?» (1 Cor 1,
12-13); en la carta a los Gálatas se enfrenta a los superapóstoles que han seducido a los cristianos
con un evangelio distinto al predicado por Pablo.
528
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 179.
529
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 212.
530
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 179.
531
Cf, 2 Cor 4, 7.

76
contribuyó decisivamente en la construcción de la civilización europea.
Hombres de fuera y de dentro de ella corren el riesgo de convertirla en un
museo de obras del pasado532 o en un fundamento necesario para proponer
una moral determinada: unos de reacción y otros de revolución 533. De
Lubac advierte de este peligro. De esta forma, la Luz que lleva dentro no
interesaría: la Iglesia no sería signo principalmente de Jesucristo sino que,
utilizándolo a Él, sería ante todo signo de unas formas culturales o morales
determinadas. En este planteamiento el Señor sería dentro de ella tan solo el
pretexto imprescindible, la excusa perfecta y, lo que es peor, el gran
marginado. Ella acabaría muriendo a chorros534 haciendo a sus hijos «los
más desgraciados de todos los hombres»535.

- Detenerse en organizar y planificar con tanta sofisticación la misión que


se pierda al Director de la misma y la disponibilidad de los fieles para el
testimonio cotidiano. Sería un eclesiocentrismo cerrado bajo el paraguas de
la misión. En este círculo vicioso y dañino quedarían atrapados los que
tienen que ser luz del mundo y sal de la tierra536. Sin el verdadero Espíritu
de la misión, la mentalidad proselitista del marketing y el éxito puede
invadir el corazón de los agentes de pastoral hasta tal punto que Jesucristo
quede excluido como el principal protagonista de la misión537. A lo sumo
sería el fundamento remoto538 o el punto de llegada si se cumplen los
objetivos marcados. Se perdería así la dimensión sacramental de la Iglesia
en un intento agónico de salvarse a sí misma sin su Señor, como si en su
barca Él no estuviera presente aunque fuera como dormido539.

- Inmanentismo teológico: en este intento de ser mediación entre el cielo y


la tierra, este peligro y error consistiría en rebajar a Dios a la altura del
hombre. No se cuestiona su existencia, no se le mata, simplemente se le
asimila. El hombre se convierte en la medida de Dios540 dado el

532
Cf. Ibid. 172.
533
Cf. Ibid. 173.
534
Cf. Ibid. 175: «Si Jesucristo no constituye su riqueza, la Iglesia es miserable. Si el
Espíritu de Jesucristo no florece en ella, la Iglesia es estéril. Su edificio amenaza ruina, si no es
Jesucristo su Arquitecto y si el Espíritu santo no es el cimiento de las piedras vivas con que está
constituida. No tiene belleza alguna, si no releja la belleza sin par del Rostro de Jesucristo, y si no
es el árbol cuya raíz es la Pasión de Jesucristo».
535
Ibid. 175. Cita del Cardenal H. Newman.
536
Cf. Ibid. 178.
537
El seguimiento de Cristo es la clave de la misión porque Él va a la cabeza de la
marcha. Él repitió muchas veces: «seguidme». Una vez resucitado va delante de sus discípulos a
Galilea. Va al cielo a prepararnos sitio y aseguró su presencia en la Iglesia. A los dos abatidos de
Emaús que lo daban por muerto, se les manifestó como compañero de camino y, apareciéndoseles
resucitado, a ellos y a los otros discípulos en numerosas ocasiones, congregó su Iglesia asustada y
dispersada por el escándalo de la cruz.
538
En este sentido traemos a colación unas reflexiones de von Balthasar sobre la
misión que da las espaldas a Dios y que, a veces, puede ocultar una renuncia de Dios: «Saben a qué
atenerse sobre Dios y la revelación, y la pregunta es para ellos simplemente: qué digo yo a mi hijo.
Vienen de Dios y buscan el mundo secular. Tienen a Dios a su espalda; y al mundo, delante» (H. U.
VON BALTHASAR, Quién es cristiano, Sígueme, Salamanca 2000, 30); «Ir de Dios al mundo puede
ser una misión cristiana, misión cristiana en el mundo; pero puede ser también una huida de Dios,
miedo al escándalo de la cruz, traición a Cristo» (Ibid. 319).
539
Cf. Mc 4, 35-41.
540
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 179.

77
«coleguismo» con que lo trata. Se pierde la reverencia. El Deus semper
maior de la patrística y la escolástica molesta al oído y mucho más aún el
soli Deo gloria. Es «nuestra creciente tendencia hacia una homogeneidad
real entre los adoradores y los seres adorados»541. El eclesiocentrismo del
punto anterior y el antropocentrismo chato de éste nos ofrecen dos caras de
una misma moneda: un intento de mundanización de la fe.

2.4.3. La Eucaristía renueva la alianza del perdón.

Veamos ahora cómo la Eucaristía, el sacramento por excelencia, aclara


poderosamente la paradoja de Cristo y su Iglesia, si bien este gran misterio siempre
nos desbordará. «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano»542. Solo en el contexto de la Iglesia sacramento, se entiende el gran
sacramento de la Eucaristía. Nunca la Iglesia es más sacramento que cuando
celebra la Eucaristía donde su Señor realmente presente en ella, la congrega para el
doble banquete de su Palabra y su Cuerpo y Sangre. «Cristo está siempre presente
en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica»543. Trataremos de ver cómo
entiende de Lubac esta sacramentalidad, su importancia en el misterio de
comunión y el único lugar posible desde donde poder mirar nuestros pecados y los
pecados del mundo sin caer en la desesperanza.

2.4.3. a. Sacramentalidad de la Eucaristía.

¿Cómo se relaciona el cuerpo de Cristo que la Iglesia nos da y recibimos en


la Eucaristía con el cuerpo de Cristo, al que se le añade el adjetivo de «místico»,
que es la misma Iglesia? ¿Son realidades idénticas? Y si no lo son, ¿por qué a las
dos las llamamos igual? Vayamos despacio en este terreno teológico y de la mano
de nuestro autor para descubrir y comprender el cristianismo desde su centro, «el
Misterio de Cristo, que no sería completo si no incorporase también el Misterio de
la Iglesia»544. Para nuestro autor es tan sencillo como que Jesús en la Eucaristía se
hace presente entre los suyos: en la primera parte Él viene como Palabra de vida y
en la segunda como alimento para el camino. Al comulgar cada uno con Él en la
doble mesa de cada Eucaristía, nos encontramos unidos a todos los que también lo
hacen. De esta forma se produce un «nosotros», una comunión que sólo el
Resucitado puede crear. Si Cristo está en cada uno, todos los que lo llevan dentro
son una sola cosa en Él. «Jesús viene en medio de los suyos. Él se hace su
alimento, y cada uno, uniéndose a Él, se encuentra por eso mismo unido a todos los
que como él le reciben»545. Sobre el modo de cómo se produce esta entrada de
Cristo en cada uno, será más explícito von Balthasar diciendo que en este momento
el hombre es acompañado hasta el fondo en su soledad para, rotos los límites de su

541
Ibid. 179. Cita de Augusto Comte.
542
L.G. 1.
543
S. C. 7.
544
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 129.
545
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 126.

78
aislamiento, hacerlo capaz de comunión verdadera con los demás546. Según de
Lubac, es lo mismo que la escolástica del siglo XI, apoyándose en san Agustín,
había sistematizado distinguiendo tres elementos de un mismo proceso: el primero,
el re sacramenti, el pan y el vino; el segundo, sacramentum et res, veritas carnis et
sanguinis, el verdadero Cuerpo y Sangre; y el tercero, res tantum o res ultima, el
efecto de sacramento, la unidad de la Iglesia547. El cuerpo místico no es otra cosa
que la unidad de la comunidad eclesial realizada por el sacramento eucarístico.
«Este es, por consiguiente, el Cuerpo por excelencia, el más real, el más
absolutamente «verdadero» de todos»548. El pan y vino se convierten en el cuerpo
y sangre del Señor. Y el cuerpo y sangre del Señor conforman la unidad de la
Iglesia, su cuerpo místico.

Es necesaria, por lo tanto, la presencia real del Señor en las especies


consagradas para que pueda realizarse en los comensales la comunión real en
Cristo y su transformación en miembros de su cuerpo. Una presencia simbólica o
meramente ejemplificadora de Cristo en las especies no garantizaría la comunión
real entre sus miembros. «Entre Cristo y la Iglesia hay, según san Pablo,
«identificación mística», y el realismo de la presencia eucarística nos garantiza el
realismo ―místico‖ de la Iglesia»549. San Pablo, que explica este Misterio de la
Iglesia a través del Misterio de la Eucaristía, afirma: «formamos un solo cuerpo,
pues todos comemos del mismo pan»550. Así, el realismo del cuerpo del Señor en
la Eucaristía nos asegura el realismo de su cuerpo místico. Este organismo, uno y
viviente, que es la Iglesia, se sustenta ya en la Eucaristía. El Señor de la Iglesia,
realmente presente en medio de ella, realiza la fraternidad sostenida por Él. Sólo su
presencia real asegura la comunión de este cuerpo eclesial. En su articulación y
diversidad de órganos, es una misma la Sangre que lo atraviesa y una sola Cabeza,
también de toda la Humanidad que lo rige551. La metáfora paulina del cuerpo no es,
pues, una personificación imaginaria de la Iglesia al modo como decimos el cuerpo
de policías o de abogados, sino una realidad profunda de su misterio: Ella es
verdaderamente el cuerpo de Cristo por la presencia real de Él dentro de ella 552. Y
como el cuerpo físico de un hombre está animado por su alma, así también este
cuerpo está animado por el Espíritu de Cristo. Por eso, San Pablo al hablar de
cuerpo, une el misterio eucarístico y el misterio de la comunidad cristiana. Así, la
546
«A pesar de toda la comunicación que haya entre nosotros, toda persona es una
isla, las almas no pueden fundirse con su conciencia unas en otras, los cuerpos se acarician sólo
externamente. Somos seres finitos, no somos dioses. Sólo la Palabra de Dios, que se hizo carne y
habitó entre nosotros, la Palabra infinita e ilimitada, puede hacer el milagro de superar, estos límites
como ser corpóreo: «Comed, esto es mi cuerpo; bebed, ésta es mi sangre». Meted dentro de
vosotros lo que parece que sólo está al lado de vosotros; y del mismo modo que yo puedo superar
los límites, también vosotros, cuando me recibís, dejáis vuestros límites» (HANS URS VON
BALTHASAR, Tu coronas el año con tu gracia, Encuentro, Madrid 1997, 134). «Dios, que, lo
queramos o no, es siempre el espacio en el que vivimos, nos movemos y existimos, entra dentro de
nosotros con el cuerpo humano de su Verbo encarnado, para liberarnos de nuestra supuesta y
alienada soledad y llevarnos de nuevo a su comunidad, para hacernos así, también y sobre todo,
verdaderamente capaces de comunión con nuestros prójimos. Ésta es la intención y la obra del
cuerpo soberano, del Corpus Christi, que es Palabra encarnada» (Ibid. 136).
547
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 112. Cf.
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 71.
548
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 112.
549
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 130.
550
1 Cor 10, 17.
551
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 225.
552
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 110.

79
paradoja Cristo e Iglesia, en el misterio eucarístico, es iluminada nuevamente por
esta experiencia viva y sacramental.

2.4.4. b. El perdón de los pecados.

Una realidad paradójica de la que hemos hablado poco todavía es el pecado


en la Iglesia: Ella es santa pero el pecado habita en su seno553. De hecho los
pecadores constituyen la mayor parte de la Iglesia: «los pecadores que no han
renegado de Ella, continúan formando realmente parte de la misma, y sabemos
muy bien que ellos constituyen su inmensa mayoría»554. Incluso los mejores hijos
de la Iglesia están «en vías de santificación y su santidad no pasa de ser
precaria»555. Por eso todos rezamos diariamente en el Padre nuestro: «perdona
nuestras ofensas»556. El verdadero hombre de Iglesia «quisiera que la Iglesia fuera
en todos sus miembros más pura y unida, más atenta a la llamada de las almas, más
activa en su testimonio, más ardiente en su sed de justicia, más espiritual en todo,
más alejada de toda concesión al mundo y a sus mentiras»557. Pero ella sabe que el
justo peca siente veces al día558 y que «si decimos que no hemos pecado, nos
engañamos, y la verdad no está en nosotros»559. No obstante, su conocimiento de la
redención de Cristo hace que la realidad del pecado no la lleve a la desesperanza
porque es ya mirada cristianamente desde la realidad de la gracia infinita de Dios.
El misterio de la iniquidad ha encontrado un límite infranqueable: el amor
redentor. Y es en la Eucaristía donde esa redención se actualiza: «Tomad y bebed
todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y
eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de
los pecados». Hay sangre redentora suficiente para el perdón de todos los pecados
de toda la humanidad. Para de Lubac es Cristo quien más sufre los pecados de sus
miembros y el que más hace para remediarlo560. Por eso hemos querido situar el
pecado de la Iglesia -y de todo el mundo- justo junto al misterio eucarístico donde
se renueva la eterna alianza para el perdón de los pecados. Mirar el pecado desde
otro lugar nos aplastaría. La vida cristiana surge nuevamente con todo su vigor
cuando se experimenta que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia»561. Si
las primeras generaciones hablaban de la «Iglesia de los santos» o de «Iglesia
celestial» no es porque fuera perfecta ni porque desconociera su condición terrenal,
sino porque sus hijos habían entrado en el régimen de la gracia, habían sido
consagrados a Dios y toda su vida era santa por vocación divina562. Todos, los más
y los menos pecadores, están bajo la misma ley espiritual del seguimiento de

553
«Desde las primeras generaciones cristianas, cuando apenas se habían traspasado
los límites de la vieja Jerusalén, la Iglesia reflejaba ya en su rostro las miserias de la humanidad
común» (H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 23).
554
Ibid. 98-99.
555
Ibid. 99.
556
Ibid. 99.
557
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 202.
558
Cf. Pro 24, 16;
559
1 Jn 1, 8.
560
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 80.
561
Rm 5, 20.
562
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 100.

80
Cristo563. Al experimentar cada uno su propio pecado, al ver la miseria de su
condición y, a la par, la grandeza de su vocación, el creyente no se detiene
inútilmente en escandalizarse, sino que es animado a seguir adelante564. El mal,
visto desde, la sangre redentora de Cristo ya no tiene la última palabra. La alegría
de su redención es la Buena Noticia ante tantas malas noticias contaminadas de
pecado. El texto hermoso que ponemos a continuación nos sitúa en esta firme
esperanza. Tampoco el pecado nos podrá quitar la alegría de la redención de
Cristo:

«Ahora bien, alguien podría decir: ¿será lícito ser tan felices, cuando el
mundo está tan lleno de sufrimiento, cuando existe tanta oscuridad y tanto mal?
¿Es lícito ser tan jactanciosos y alegres? La respuesta sólo puede ser: «sí». Porque
diciendo «no» a la alegría no prestamos un servicio a nadie, sólo hacemos más
oscuro el mundo. Y quien no se ama a sí mismo no puede dar nada al prójimo, no
puede ayudarlo, no puede ser mensajero de paz. Esto nosotros lo sabemos por la
fe, y lo vemos cada día: el mundo es hermoso y Dios es bueno. Y por el hecho de
que Él se hizo hombre y vino a habitar entre nosotros, de que Él sufre y vive con
nosotros, nosotros lo sabemos definitiva y concretamente: sí, Dios es bueno y es
un bien ser persona. Nosotros vivimos de esta alegría y, partiendo de esta alegría,
también tratamos de llevar alegría a los demás, de rechazar el mal y de ser
servidores de la paz y de la reconciliación»565.

2.5. Conclusiones pastorales.

Puede resultar atrevido aventurarse a la tarea de sacar unas conclusiones


que orienten la pastoral. De Lubac da suficientes pistas para poder hacerlo. De
hecho, como ya decíamos anteriormente, su teología pretende reactivar la vida
cristiana dirigiéndose en sus escritos a toda clase de público, no sólo a los
iniciados, y corrigiendo las desviaciones que contempla en la vida de la Iglesia,
sobre todo en la teología, debido más por omisiones grandes del pensamiento
teológico que por errores positivos de la doctrina.

En este punto sólo esbozaremos aquellas conclusiones que se refieren a las


relaciones entre Cristo y su Iglesia:

a. Que la Iglesia, esposa de Cristo lo deje ser Esposo y Cabeza. En un


precioso escrito de san Juan de Ávila se habla de las relaciones de Cristo y la
Iglesia con el ejemplo sencillo del marido, que trae el jornal a la casa luchando
para sacar la adelante la familia y de su mujer, que le toca administrar este sueldo.
Así ocurre con Cristo y su Iglesia. No le corresponde a la Iglesia generar las
riquezas desde sí misma anulando a su Señor, ni sustituirlo por nadie: ni por
ninguna concepción eclesiológica (ni de tipo social ni ritualista), ni por unos
valores morales determinados, ni por ningún método pastoral -por eficaz que
resulte-, ni por ninguna persona con grandes dotes particulares, ni por ningún

563
Cf. Ibid. 116.
564
Cf. Ibid. 229.
565
BENEDICTO XVI, Discurso en Castel Gandolfo el 3 de agosto de 2012 en
la fiesta bávara, L´osservatore romano, edición semanal en lengua española 2012, nº 33, 2.

81
influjo cultural de la fe cristiana566. «Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás
culto»567. Él encabeza la misión, la conduce con su Espíritu y la recapitulará para
gloria del Padre. Él tiene la primera y última palabra, puesto que es la Palabra
hecha carne. A la Iglesia le corresponde acompañar el ritmo de su Señor, no
adelantarse, ni inquietarse, ni impacientarse. Agradecer el poder estar con Él, aun
en la aparente infecundidad o fracaso o en el supuesto triunfo o éxito. Acompañar a
Jesús en su soledad, al pie de la cruz, como lo hicieron el reducido grupo de Juan,
el discípulo amado, de María, la Madre del Señor, y algunas mujeres; y
acompañarlo rodeado de gente como cuando lo apretujaban aquellas multitudes
que venían a verlo. Sea como fuere, se trata de dejarle a Él tomar la iniciativa. Él
nos buscó, nos redimió amándonos hasta el extremo, nos trajo a su Iglesia y nos
envió como testigos de su Evangelio568 y, como hemos visto en las páginas
precedentes, está en su Iglesia. Es importante no desestimar su acción salvífica ni
su presencia, siempre discreta, como la suave brisa de Elías569. No ningunearlo, ni
siquiera con un buen fin pastoral. Este dejar a Cristo ser Cristo y Señor de su
Iglesia parece un presupuesto obvio y archiconocido pero no resulta tan claro en la
práctica570. Su mismo Espíritu es quien la debe conducir, nadie más. Veni Creator
Spiritus.

b. Que la Iglesia se abrace más fuertemente a su Esposo y Señor. A la mujer


sólo puede hacerla fecunda el marido. Sólo Cristo consigue que su Iglesia sea
madre y alumbre vida nueva en cada etapa de la historia. Él primeramente quiere
entrar en su Iglesia, en la comunidad reunida y en cada fiel, para llenarnos con su
amor infinito571. El Señor llamó a sus discípulos en primer lugar para estar con
Él572 y alabó a María frente a Marta porque había escogido la mejor parte573.
Corresponde, pues, a su Iglesia prendarse más de su Señor, mirar su rostro574.
«Contempladlo y quedaréis radiantes»575. «Por que no fue su espada la que ocupó
la tierra, ni su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y tu brazo y la luz de
tu rostro, porque tú los amabas»576. Nada se moverá por fuera si nada se mueve por
dentro577. Es necesario buscar el encuentro con Cristo, que asegure el amor,
favoreciendo espacios propios para ello: oración personal, oración litúrgica, una

566
Nos remitimos a las reducciones de la sacramentalidad de la Iglesia que en
páginas previas esbozamos.
567
Mt 4, 10.
568
El cap. 1 de Catolicismo se centra sobre esta actividad del Redentor que busca la
oveja perdida y la salva.
569
Cf. Re 19, 12.
570
«¿Cómo van a poder creer que Cristo resucitado vive siempre en su Iglesia, si no
les probamos que Él es verdaderamente ―nuestra Pascua‖, que Él ha echado efectivamente de
nosotros el viejo fermento y que continúa saciándonos ―con los panes sin levadura de la pureza y de
la verdad‖»? (H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 185) .
571
De Lubac habla de la garantía de esta fecundidad de Cristo en la Iglesia. Cf Ibid.
187; Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 45.
572
Cf. Mc 3, 14.
573
Cf. Lc 10, 41-42.
574
Cf. JUAN PABLO II, Novo millennio ineute, cap. II, Un rostro para contemplar.
575
Sal 34, 6.
576
Cf. Sal 44, 4.
577
Nos remitimos a un ejemplo sencillo: un joven enamorado de una chica que vive
muy lejos, romperá la barrera de la distancia para ir a estar con ella. Pero si no siente nada por ella,
no moverá un pie aunque viva al lado de su casa. «Obras son amores» pero si no hay amores
tampoco habrá obras.

82
vivencia más profunda de la Eucaristía y los demás sacramentos578. Y, juntamente
con todo esto, descubrir la primacía de la gracia también en la vida ordinaria,
dejando que la vida práctica se ordene según su amor omnipotente. Se trata de vivir
habitados por su suave presencia. Por eso, el tiempo que no está dedicado
específicamente a la oración no es ni pagano ni neutral, está tocado por Él que va
delante de nosotros579. Ser realistas es verle en todo580, «pues, en Él vivimos nos
movemos y existimos»581. Es importante saberle Vivo entre nosotros y contar con
Él también en las pequeñas cosas que conforman nuestra vida real. Así haremos
«la experiencia de la total dependencia de Dios»582. «Que hasta en los pucheros
anda el Señor»583 dirá santa Teresa. En resumen, vivir, en la oración y en la vida,
abrazados, en términos esponsales, al Señor.

c. Que la Iglesia viva en reverencia constante a Cristo, su Cabeza. Siendo


Él tan grande y nosotros tan pequeños ha querido reducir la infinita distancia entre
el Creador y la criatura, entre Dios y el hombre, haciéndose hombre y haciéndonos
miembros de su cuerpo. La unión con el Señor no anula nuestra distinción con Él.
Por la comunión eucarística nos hacemos uno con Él y por la adoración
reconocemos que Él es el totalmente Otro. Ambas experiencias son necesarias.
Aunque de Lubac insista más en el aspecto unitivo, también pretende poner de
relieve el verdadero soli Deo gloria584. Cristo, ya de pequeño fue adorado por los
Magos,585, lo reverenciaron los apóstoles postrándose ante Él586 y algunos
enfermos que curó587; san Pablo recordó que ante Él toda rodilla se doble, en el
cielo, en la tierra, en el abismo588; y en la liturgia celestial del Apocalipsis los
veinticuatro ancianos, los vivientes y los ángeles se postran ante el Trono de Dios y
el Cordero589. La adoración nos revela que el que se ha abajado es el que está por
encima de todo. El «coleguismo» con Dios ha generado grandes desprecios y
olvidado la reverencia590. Ni siquiera entre las divinas personas se pierde la
reverencia pues el Hijo se hizo obediente al Padre hasta la muerte591.

d. Que la Iglesia reavive la admiración y la gratitud constante a su Señor;


para ello debe de ser más mariana. Como María, la Iglesia debe magnificar las
578
Todo el capítulo XI de Catolicismo insiste en este aspecto, fomentando así la
dimensión social y comunitaria. «La comunidad lleva al místico pero a su vez es llevada por él» (H.
DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 244). Sobre este aspecto insistiremos en la
siguiente paradoja persona-comunidad.
579
Cf. Mt 28, 7.
580
Cf. BENEDICTO XVI, Ex. Apost. Verbum Domini, nº 10.
581
Hch 17, 28.
582
FRANCISCO, Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi el 19 de junio de 2014,
L´osservatore romano, edición semanal en lengua española, 2014, nº 26, 3.

583
TERESA DE JESÚS, Obras completas, Bac, Madrid 1994, F 5, 8.
584
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 258; Cf. Ibid. 55; Cf.
Ibid. 7.
585
Cf. Mt 2, 11.
586
Cf. Mt 14, 33; Lc 5, 8; Lc 9, 34.
587
Cf. Lc 18, 43; Jn 9, 38.
588
Cf. Flp 2, 10.
589
Cf. Ap 4-5.
590
Ya hablamos anteriormente del pensamiento inmanentista. Dios es asimilado por
el hombre convirtiéndose en su verdad. (H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro,
Madrid 1988, 179).
591
Cf. Flp 2, 8.

83
obras grandes de Dios. El cristiano que minusvalora la encarnación, la redención,
la Eucaristía y otros grandes misterios, pierde la admiración y el estupor. Su
cristianismo se convierte en un «cristianismo sin alma»592 a merced de todos los
pecados y conflictos entre cristianos. Especialmente importante es cuidar la
discreta presencia eucarística tan proclive a desconsideraciones en tantas Iglesias y
capillas, en tantas procesiones del Corpus, donde no queda claro quién es el centro.
Él es el Hijo de Dios, el Redentor, el Salvador del mundo y el Rey del Universo.
Todo el ornato, canto, disposición de fieles y de pastores debe expresar esta
profunda realidad. La presencia de la Virgen María y su canto del Magnificat
renovarán en la Iglesia el agradecimiento y el asombro. Sólo el Poderoso hace
grandes cosas en la humildad de su sierva. Para de Lubac es fundamental que la
Iglesia mire a María para volver a ser ella misma. María es la «herejía católica»593
que puede devolverle la verdadera identidad a la comunidad cristiana. El último
capítulo en Meditación sobre la Iglesia dedicado a La Iglesia y la Virgen María
habla de las múltiples implicaciones entre ambas. En él nuestro autor no propone
una piedad mariana focalizada en María sino un cristianismo mariano dirigido a
Cristo y abierto a las necesidades de todos los hombres. María es la forma que la
Iglesia debe de adquirir para ser ella misma. «María contiene eminentemente todas
las gracias y perfecciones de la Iglesia»594, «en su juvenil esplendor Ella es ya este
universo nuevo que debe ser la Iglesia»595. Ella, que cantó las grandes obras de
Dios y participó en la adoración de los Magos, nos iluminará para que sigamos
postrándonos agradecidos ante la grandeza humilde de nuestro Dios.

3. LA SEGUNDA PARADOJA SOBRE LA PERSONA Y LA COMUNIDAD.

Dice un refrán andaluz: «En la puerta del rezador no pongas tu trigo al sol
porque rezando, rezando, el suyo va creciendo y el tuyo va menguando». Con este
dicho la sabiduría popular ha retratado perfectamente a quienes vivían un
cristianismo meramente cultual e intimista, desprovisto de la más mínima
consideración social y comunitaria. El texto de Jean Giono con el que empieza el
libro Catolicismo también señala una situación parecida de quien se conforma con
salvarse a sí mismo mientras los demás están hundidos: «Esta soledad de gozo no
le inquieta, al contrario: él es un elegido. En su felicidad, atraviesa las batallas con
un rosa en la mano»596. Poco tiene de cristianismo una actitud así597. Nos
encontramos, pues, con un fenómeno diametralmente opuesto a nuestra fe cristiana

592
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 185.
593
Para Karl Barth el culto y la doctrina marianos suponen el principio para entender
el catolicismo de la Iglesia romana y, dada su diferencia con el protestantismo, por eso la llaman «la
herejía católica». Cf. Ibid 248.
594
Ibid. 267.
595
Ibid. 267.
596
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 15.
597
El individualismo que se percibe en la vida de la Iglesia, y que algunos
pensadores denunciaron, no pertenece a sus fundamentos originarios que son la teología del cuerpo
de san Pablo, la eclesiología de la vid en san Juan y las parábolas del Reino de los cielos de los
Sinópticos. Nada de esto nos hace pensar en una Iglesia especializada en la salvación individual
(Cf. Ibid. 229).

84
como hemos podido comprobar en el capítulo dedicado a la catolicidad. De Lubac
lo denuncia como una desviación fuerte en la Iglesia debida a una «insuficiencia de
espíritu católico»598.

Sin embargo, esta anomalía no anula la fuerte dimensión personal de


nuestra fe. La comunidad se hace de personas con nombre y apellido. El Señor ha
repartido los talentos a cada cual según su capacidad, de una forma estrictamente
personal599. La salvación obtenida por Cristo debe ser acogida personalmente por
cada uno, el juicio es personal y cada uno somos personas distintas para toda la
eternidad600. Eliminar esto degeneraría la condición comunitaria del hombre en
mera masificación, en «rebañismo», en uniformización, en «dónde va Vicente,
donde va la gente», en el grupo que anula a la persona o la disuelve en una
simulada comunidad. Tampoco esto es cristiano. Este concepto de «masa» para
hablar del hombre contradice la visión antropológica cristiana. De Lubac así lo
señala, aunque no se detiene a desarrollarlo:
«lo que él ve en esta masa, es una serie de hombres concretos, de
imágenes de Dios, de personas, que querría, como el mismo Dios, poder llamar por
su nombre, -por este nombre secreto que, con frecuencia, ni ellos mismos conocen,
y que les revelaría a sí mismos»601.

Este es, pues, el estado de la cuestión: tenemos una dimensión personal de


la fe que ha degenerado en individualismo y una dimensión comunitaria de la fe
que ha degenerado en el hombre-masa. ¿No será esta situación fruto de olvidar la
otra parte de la paradoja, de eliminar la tensión de la antinomia entre personal y
comunitario, decantándose cómodamente por una de ellas e ignorando la
aparentemente contraria? En este presente apartado pretendemos volver a mantener
las dos, ver cómo una apoya a la otra y, así, conciliar el personalismo con el
catolicismo, la dimensión interior y, a la vez, social de nuestra fe.

Estructuraremos el presente tema de la siguiente manera: en un primer


lugar conciliaremos las dos partes de la antinomia, seguidamente subrayaremos
algunas notas características de la rica vida interior y personal a la que está
llamado todo cristiano, después nos detendremos en ver su capacidad de testimonio
y, por último, apuntaremos algunas conclusiones pastorales al respecto.

3.1. De cómo concurren personalismo y catolicismo.

Para de Lubac es muy necesario explicitar «el enlace del sentido externo
con el sentido interno, del sentido eclesial con el sentido individual»602. Según él
«hace falta en la base una percepción real, que capte de una sola mirada, fuera de

598
Ibid. 216 - 217. Más sobre este aspecto encontramos en las primeras páginas
introductorias del libro.
599
Cf. H. U. VON BALTHASAR, Luz de la palabra, Encuentro Madrid, 1994, 118.
600
Cf. Ibid. 229.
601
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 19.
602
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 149.

85
toda intuición espacial, el enlace de lo personal y de lo universal»603, cuestión que
no ha sido suficientemente desarrollada604. Para hacerlo plásticamente de Lubac
nos señala a un cristiano que ha encarnado a la perfección esta ligazón de los dos
aspectos: el Papa san Juan XXIII. De su libro «Diario del alma» se desprende toda
una rica vida personal llena de humildad, obediencia y paz, que, a su vez, se
materializó, por su ministerio apostólico, en una revitalización de toda la Iglesia
con la convocación y el comienzo, entre otras cosas, del Concilio Vaticano II.
«A través de su existencia humilde pasó el Espíritu de Dios, invitado por
su fidelidad. El verdadero Espíritu de Dios. El único inspirador de una renovación
auténtica. Un gran soplo profético despertó por así decir, a la Iglesia entera. Él
desbordó sus propios límites, y al mismo tiempo que el buen Papa encontraba sin
saberlo, el camino hacia el corazón de los hombres de hoy, se tuvo por todas partes
en el mundo la evidencia de que la Iglesia estaba viva»605.

Esta acción del Espíritu establece, pues, una convergencia entre lo que
inspira por dentro a cada alma y lo que sugiere por fuera, entre lo que hace en cada
corazón y lo que quiere hacer en toda la Iglesia606. Con este testimonio admirable
vemos de golpe, a manera de síntesis, la interrelación de lo personal con lo
comunitario, que de Lubac explicita ampliamente en el capítulo XI, Persona y
sociedad, de Catolicismo.

Para aproximarse conceptualmente al presente tema nuestro autor parte de


dos datos experienciales. Uno está tomado del mundo de la biología: cuando un ser
vivo se hace más complejo en la jerarquía de los seres: con más órganos, con más
funciones y con más desarrollo en cada parte, se acentúa más la unidad interna y
las comunicaciones entre todos ellos, de modo que la unión crece a la par que los
mismos miembros. Otro dato está tomado del ámbito moral de las relaciones
personales: el amor entre dos seres personaliza a cada uno de ellos. Ninguna
persona se hace a sí misma: recibe la vida, el nombre, la lengua, la educación y
crianza de otros. La relación interpersonal construye la identidad de cada persona.
Vemos, pues, en estos dos ejemplos una aproximación a la convergencia entre
interioridad y exterioridad607.

No obstante, donde encontramos el fundamento dogmático que ilumina la


presente paradoja es en el Misterio de la Trinidad, considerada en sí misma y en
cuanto se manifestó en la creación y en la redención. Las relaciones entre las
divinas Personas se establecen en unidad y distinción perfectas. «El despliegue
supremo de la Personalidad nos aparece así, en el Ser del que todo ser es un reflejo
-imagen, sombra o vestigio- como el fruto al mismo tiempo que la consagración de
la suprema Unidad»608. La unidad no disuelve las Personas. Al contrario, cada una
es completada con las otras. Así acontece en el hombre, hecho a imagen de Dios.
Cada uno tiene necesidad del otro. «Es preciso ser mirado para ser iluminado, y los
ojos portadores de luz no son solamente los de la divinidad»609. Ser persona es una
vocación a la que todos estamos llamados y sólo se puede realizar en una historia y
603
Ibid. 240.
604
Cf. Ibid. 149.
605
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 37.
606
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 206.
607
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 230-231.
608
Ibid. 231.
609
Ibid. 233.

86
colectividad concretas. Ellas configuran la personalidad y el drama de cada vida610.
«No hay persona aislada: cada uno en su mismo ser, recibe de todos, y de su
mismo ser debe devolver a todos»611. Para de Lubac el concepto de hombre
quedaría dibujado como un ser donde convergen un haz de flechas concéntricas,
unas hacia dentro y otras hacia fuera.

Pero esta personalización del hombre, que lo convierte en un ser


relacionado a imagen de Dios, sólo puede ser acabada con la acción del Redentor,
porque el pecado ha desequilibrado al hombre. Solo por Cristo el hombre es
ensanchado y personalizado, abierto, como Él, al Padre y a los hermanos. Sólo Él
rompe su egoísmo e individualidad dando paso al ágape convivial 612: «si como
hemos visto, una persona aislada es un sinsentido, a su vez una persona plenamente
realizada, es decir perfectamente universalizada, sería, sin Cristo, un imposible»613;
«Cristo, al acabar en sí la humanidad, al mismo tiempo nos perfecciona a todos,
pero en Dios»614; «no somos plenamente personales más que en el interior de la
Persona del Hijo, por la cual y en la cual tenemos parte en la Vida Trinitaria»615.
Sólo por Él y en Él el mundo se convierte en una Civitas Dei donde todos puedan
vivir a la sombra de la Trinidad su misma unidad de relación recíproca sin
sacrificar al individuo concreto. El bien de cada persona coincide con el de los
demás616. Jesús nos personaliza al universalizarnos y nos universaliza al
personalizarnos. «Por Cristo, la Persona es adulta, el Hombre emerge
definitivamente del universo, toma plena conciencia de sí»617. Él horizontaliza la
verticalidad de nuestra relación con Dios abriéndola a los hermanos y verticaliza
nuestra comunitariedad natural abriéndonos al Padre del cielo y constituyéndonos
en su comunidad, la del Resucitado, animada por su Espíritu del Amor. La misma
vida humana y divina del Maestro así lo refleja: Jesús en su oración al Padre tenía
muy presente a los hermanos618 y en su relación con los demás tenía muy presente
al Padre619. Por eso nuestra oración por excelencia aúna las dos partes: «Padre
nuestro»620.

Una vez que la Trinidad entera ha logrado redención del hombre, emerge y
sale a la luz una forma nueva de existencia humana: la persona se nutre de la

610
Cf. Ibid. 233.
611
Ibid. 234.
612
Cf. Ibid. 240.
613
Ibid. 240.
614
Ibid. 240.
615
Ibid. 240.
616
Cf. Ibid. 235.
617
Ibid. 238.
618
«Te ruego por ellos» (Jn 17, 9) Toda la oración de Jesús después de la última cena
es por sus discípulos. La misma oración del Padre nuestro incluye a los hermanos.
619
En su predicación, parábolas y signos siempre procuraba hacer y decir lo que el
Padre le enseñó. Ante la insistencia de que comiera, por parte de sus discípulos, Él responde: «Mi
alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra» (Jn 4, 34). Reza delante
de sus discípulos (Mt 11, 25-27). Ora antes de resucitar a su amigo Lázaro (Jn 11, 41-42). Da
gracias antes de repartir los panes y peces (Jn 6, 11). En mitad del tormento de su cruz se dirige al
Padre (Lc 23, 46).
620
(Lc 11, 2). Cita un texto de Newman al acabar el capítulo Persona y Sociedad
donde pone de relieve la unidad entre todos las personas en la interioridad de la oración: «Hay
muchas almas, pero no hay una sola con la que yo no esté en comunicación por este punto en ella
sagrado que dice Pater Noster» (H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 245).

87
comunidad ya redimida621, a la vez, que vela por ella y su unidad; y la comunidad,
que se beneficia de la interioridad de cada persona, mira a la par por su bien. «La
comunidad lleva al místico, pero a su vez es llevada por él»622. El bien de cada
hombre concurre con el bien y unidad de todos y al revés 623. De esta manera «el
Hombre nuevo, que es el hombre universal, es al mismo tiempo el hombre
interior»624. El hombre más comunitario es el más interior. Esto ocurre en mayor
grado cuando el alma está en la intimidad con Dios, pues en la oración la hace
partícipe de su amor por todos los hombres625. Ella puede amar al prójimo como
Dios lo hace, en la forma divina, estableciendo unas relaciones comunitarias
tocadas por la gracia. Y esto no tiene nada de frío. No le quita calidez, ni
humanidad a nuestras relaciones con los demás, todo lo contrario626. Por lo tanto,
queda claro que no hay que escoger entre una tendencia personal y otra social. Son
compatibles y se necesitan mutuamente. El mismo s. Agustín que escribió sus
Confesiones, donde revela el proceso interior y personal de su conversión a Dios,
es el que escribe la Ciudad de Dios, mostrando la nueva sociabilidad que emerge
de la fe cristiana627. Para de Lubac la comunicación de las personas sólo se realiza
por lo que ellas tienen de más personal628 porque la experiencia personal es de
valor universal629. La capacidad de transformación social sólo crece con la del
recogimiento porque las virtudes ocultas al final tienen una repercusión pública.
No hay otro camino: la caridad social empieza por el cumplimiento de los deberes
que uno tiene consigo mismo. Por eso, a veces, hay que cortar con cosas y tareas
secundarias para dedicarnos más profundamente a la unión con Dios y a la
recepción de su gracia630. Esto dará con seguridad grandes frutos631. La vida
interior de los monasterios tiene sentido y merecen vivir de limosnas porque están

621
«Cada uno necesita de la mediación de todos» (Ibid. 235).
622
Ibid. 244.
623
Cf. Ibid. 235.
624
Ibid. 244.
625
«Interpretando las palabras de Cristo: ―no sabíais que conviene me ocupe en las
cosas de mi Padre?‖, dice que estas cosas del Padre no deben aquí entenderse de nada más sino de
la redención del mundo… y que es una verdad evidente que la compasión para con el prójimo crece
tanto más cuanto se junta el alma a Dios por amor» (Ibid. 243).
626
«―Se dice: Amar en Dios, por el amor de Dios, y esto parece frío; de acuerdo.
Pero es que no se sabe lo que es. No hay nada más profundo‖ (Dom Pierre Basset). Amar en Dios al
prójimo, es amarlo en su vocación, en la llamada de Dios que lo constituye; amarlo, por
consiguiente, en lo que es más él mismo; amarlo con el único amor que, por encima de estas
―cualidades‖ de que hablaba Pascal, lo alcanza en su más viva singularidad y en la única
irreductible. Es amarlo como Dios lo ama, en el amor de Dios que lo hace ser, y ser tal, que le da
este fondo único de personalidad que Pascal decía, con desesperación, que buscaba sin hallar, -que
efectivamente, no se encuentra nunca hasta que no se lo ama en Dios. Y es, al mismo tiempo, amar
con un amor que permanece universal, ya que su vocación singular se inscribe siempre en el seno
de una vocación común, en vistas al gran concierto unánime.» (H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas
paradojas, Península, Madrid 1966, 111)
627
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 244.
628
Cf. Ibid. 242.
629
Cf. Ibid. 244.
630
«Sabe que hay que negarse muchas cosas para adquirir algo que dar –y que darse
no es derramarse-, y que hay que cortar muchos vínculos naturales, si se quieren establecer las
divinas religaciones de la gracia» (Ibid. 242).
631
Véase los tres años de ermitaño que estuvo s. Benito en la cueva de Subiaco
donde profundizó en su intimidad con Dios, se purificó de sus pecados y descubrió la voluntad de
Dios sobre él: la fundación de los cenobios benedictinos para alabanza de Dios. A lo largo de los
siglos estos monasterios dieron culto a Dios y configuraron, así, la civilización occidental. Fueron
tres años en el silencio con una gran repercusión exterior.

88
intercediendo por toda la Iglesia. De Lubac aclara que esa vida interior no es en
absoluto una concesión al intimismo egoísta: «Religión personal y vida interior no
son en manera alguna sinónimos de individualismo o de subjetivismo religioso.
―La verdadera religión es una vida oculta en el corazón‖, pero no tiene nada de
replegamiento egoísta»632. Hasta tal punto es importante esta dimensión que de
Lubac llegará a decir de la comunidad cristiana que «no es plenamente Iglesia más
que cuando se recoge en la intimidad de su vida interior y en el silencio de la
adoración»633. Nos viene a la mente las palabras de Jesús cuando dice a Marta:
«María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada»634; y las palabras de
Pablo cuando experimenta el deseo de «partir para estar con Cristo, que es con
mucho lo mejor»635. Aun así de Lubac advierte también de los peligros de una vida
interior como escapada del mundo: «No siempre es bueno refugiarse demasiado
deprisa en el seno de Dios. Esta huida puede esconder un orgullo secreto o la
búsqueda ávida de un anestesiante»636.

«El Espíritu que Cristo prometió enviar a los suyos, su Espíritu, es a la


vez el que hace penetrar el Evangelio hasta el fondo del alma y el que lo esparce
por doquier. Abre en el hombre nuevas profundidades que le ponen a tono con las
―profundidades de Dios‖, y lo lanza fuera de sí mismo hasta los confines de la
tierra. Él universaliza e interioriza, personaliza y unifica»637.

Así obró en san Pablo: primero convirtiéndolo y revelándole en él a su


Hijo, y después, llamándolo a predicar a los gentiles638. Para de Lubac, queda muy
claro que «Catolicismo y personalismo concuerdan y se fortifican
mutuamente»639.

3.2. Importancia y propiedades de la dimensión personal.

Podemos mirar la cuestión desde las dos perspectivas: el hombre interior


que hace bien a la comunidad y la comunidad, la Iglesia, que hace bien a cada
persona, a la que considera como a un hijo. Este último aspecto lo desarrollamos
más cuando hablamos de la catolicidad de la Iglesia. Ahora, en este apartado
hablaremos del primero, la persona que trabaja a favor de la sociedad: «por el
deber hacia sí mismo pasa el deber hacia el otro»640.

«Si bien no puede existir un hombre sin humanidad, mucho menos aún
hay una Humanidad sin hombres. Al llamarnos de nuevo al interior, el Evangelio
nos llama a la verdad de las relaciones humanas, esta verdad que fatalmente
traicionan todas las ideologías y todas las políticas»641.

632
Ibid. 242. El autor de texto entrecomillado al interior es H. Newman.
633
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 24.
634
(Lc 10, 42).
635
Flp 1, 23.
636
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 118.
637
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 238.
638
Cf. Ibid. 238.
639
Ibid. 237.
640
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 103.
641
Ibid. 101.

89
De Lubac apela a la verdad del hombre para constituir una verdadera
humanidad. No se puede poner nunca al hombre entre paréntesis642. Incluso hay
que mantener siempre la primacía de lo humano sobre lo social 643. En la expresión
anterior -«al llamarnos de nuevo al interior, el Evangelio nos llama a la verdad de
las relaciones humanas»- la paradoja que estamos analizando adquiere toda su
fuerza: es una llamada a la interiorización para lograr la verdadera exteriorización
de las relaciones humanas. Si se quiere una nueva humanidad no hay más camino
que un nuevo hombre iluminado por Cristo. La cuestión del ser, de la identidad y
del pensamiento es, por tanto, prioritaria a la del cómo comunicar ese nuevo ser. Al
hombre interior no le interesa cómo adaptarse a la sociedad o cómo presentarse a
ella644. Está llamado a entrar dentro de sí y buscar hasta hallar algo que merezca la
pena sacar para el bien de todos645. Los grandes místicos no deben ser
considerados como raras excepciones a las que no hay que prestar mayor atención
puesto que ellos nos traen «el pan de todos»646. «El trabajo interior de un alma es
también tan importante como la lucha de un mundo, más bien es aquí, en este
dominio de la conciencia individual, donde desemboca el esfuerzo universal para ir
aún más lejos»647. Esta rica vida personal e interior no tiene nada de monótona
pues la contemplación de Dios provoca un asombro siempre nuevo648. Por eso hay
que superar los obstáculos y miedos para adentrarse en la oración649. Así lo han
hecho grandes santos porque es en el fondo del corazón donde mora Dios. San
Agustín lo buscaba lejos de sí hasta que se dio cuenta de que el Tesoro tan antiguo
y tan nuevo estaba en su misma persona. Ahora bien, de Lubac advierte de los
peligros que acechan a los que se adentran en estos mundos: por un lado, confundir
en la oración la devoción sensible con el verdadero encuentro con Dios y, por otro,
aferrarse tanto a las propias convicciones y productos del pensamiento que el amor
de Dios se vuelva secundario650. Sin embargo, la principal amenaza será renunciar
a la vida espiritual considerándola una mistificación ilusoria y, así, por temor de
ella, los cristianos «no se atreven ya ni a rezar, ni aun a pensar en Dios, ni a amar a
Jesucristo, ni a esperar en la vida eterna»651. De las reflexiones de de Lubac
podemos destacar algunas notas características de la vida personal e interior de la
fe:

642
Cf. Ibid. 105.
643
«Por muy urgente que sea lo social, hay que mantenerse siempre en sí, intentar
mantener en todas partes la primacía de lo humano. Porque lo social no quedará por ello
descuidado: está contenido en lo humano. Pero lo humano podría ser excluido de lo social,
sacrificado a lo social, y, en este caso, lo social mismo perdería su valor» (Ibid. 104).
644
Cf. Ibid. 23.
645
«Es faltar a la caridad acusar de egoísmo a ciertos hombres que sólo parecen
pensar en ellos mismos. Quizá son simplemente fieles a una llamada interior, a un deber hacia ellos
mismos que es para ellos la forma primera de su deber hacia el prójimo. Quizá tienen una imperiosa
necesidad de buscarse y de expresarse a sí mismos. Quizá se olvida mejor así, se escapan mejor de
su yo egoísta, que lo harían en unas tareas activas, más desinteresadas en apariencia. Quizá tienen la
misión de sacar a luz algún elemento oscuro que, en lo más hondo de sí mismos, pide nacer, y que
debe convertirse en el bien de todos. Sin algunos de estos egoístas aparentes, ¡qué indigente sería la
humanidad!» (Ibid. 102)
646
Ibid. 139.
647
Ibid. 140.
648
Cf. Ibid. 128.
649
Cf. Ibid. 127.
650
Cf. Ibid. 139.
651
Ibid. 130.

90
- Consiste en estar con Jesús crucificado y resucitado, participando de su
dolor donde, como en el del parto, surge la vida. Según Pascal, el Señor está en
agonía hasta el fin del mundo. El privilegio es acompañarlo en el Huerto de los
olivos o en el Calvario donde no seremos rechazados nunca y tendremos la
seguridad de participar de su gran fecundidad652. Si alguien quiere dar fruto
ahorrándose este sufrimiento se equivoca pues «en el reino del espíritu, no se
encontrará jamás un procedimiento para el parto sin dolor»653.

- Los obstáculos en este camino son necesarios para sacar algo que merezca
la pena. Y además, hay que alegrarse de los pequeños éxitos espirituales, por
precarios que puedan ser, y afligirse menos por el conformismo y pasividad que
vemos a nuestro alrededor. Sabiendo estas cosas los cristianos que caminan por
estos senderos se mantendrán más animosos654.

- Por estos caminos de santidad se verá más claramente el pecado y, casi,


sentirá uno vergüenza de haberse creído buen cristiano. A la luz del amor se
percibe mejor las manchas del pecado. Desde la belleza de la gracia se comprende
mejor la fealdad de la maldad655.

- Los hombres interiores, a pesar de pasar desapercibidos, son los que más
hacen para que esta vida no sea insoportable, no se vuelva un infierno. No suelen
tener notoriedad a los ojos del mundo pero sus frutos escondidos hay que
guardarlos porque nos llenan de esperanza656.

- Dios actúa y, a menudo, nos enteramos después. En la vida personal


también ocurre así. Por lo tanto, el hombre interior renuncia a saberlo todo y deja
en manos de Dios todas las cosas657.

- Sabe que la felicidad sólo se consigue si no se la busca como fin. El fin es


la gloria de Dios, que el nombre del Padre Dios sea santificado, que venga su reino
de justicia y de amor. A todo ello dedicará sus desvelos. Y la felicidad, más grande
que pueda desear, le vendrá por añadidura.

«El cristiano no pide la felicidad, Jesús le enseña a pedir que el nombre del Padre
sea santificado, que venga su Reino, que se haga su Voluntad. El cristiano no espera
la felicidad. Espera los cielos nuevos y la tierra nueva, ―en los que habita la justicia‖.
El cristiano no desea la felicidad. Tiene hambre y sed de justicia. Está sediento de la
vida eterna. El cristianismo no tiene su esperanza en la felicidad. Tiene la esperanza
de ver la gloria de Dios. ―Satiabor cum appauerit gloria tua.‖ …Y todo esto, nada
más que todo esto, es la felicidad» 658.

- La vida interior confiere al hombre libertad de todas las dependencias del


mundo, una mirada limpia para discernirlo todo y una intrepidez para actuar. No

652
Cf. Ibid. 123.
653
Ibid. 123.
654
Cf. Ibid.131.
655
Cf. Ibid.132.
656
Cf. Ibid.134.
657
Cf. Ibid.135.
658
Ibid. 135.

91
tendrá que elegir entre ser osado y ser fiel porque sabe que una cosa no se da sin la
otra659.

- Se dejará guiar por la fe. Y aun cuando ésta no aparezca como una luz
clara sino como noche, siempre guiará mejor que muchas falsas luces que se
presentan como amigas. «¡Oh noche que me guías con más seguridad que la luz del
mediodía!»660.

3.3. La capacidad de testimonio de la persona interior.

«El apóstol sólo llega al corazón de la muchedumbre, hablando de la


abundancia de su corazón»661. Hemos observado al hombre interior en ese
movimiento de encuentro con Dios donde descubre a la vez su identidad y misión.
Ahora vamos a detenernos en su fuerza de irradiación y de testimonio ante los
hombres. Para de Lubac la cuestión del apostolado se centra en el «ser» del
cristiano. No es cuestión de cómo convencer o acomodarse para estar bien visto
por los demás, sino de qué es ser cristiano, de qué es el cristianismo662. «Algunos
se preguntan cómo ser adaptados. Sería preciso saber antes cómo ser»663. Eso, por
sí mismo, ya arrastra. «Los santos: Sólo tienen que existir, su existencia es ya una
llamada»664. Hay que huir de toda preocupación por alcanzar a la mayoría, por
hacer propaganda665.
«Pues hay en nosotros lo que nosotros debemos amar en nuestros semejantes: una
imagen de Dios por restaurar. Dejarla manchada o desfigurada en nosotros es señal
de que, a despecho de nuestras afirmaciones, lo que nos interesa en los demás no es
su verdadero ser. No son para nosotros más que ocasión de satisfacer nuestra
necesidad de exteriorización…»666.

Existe, además, otra cuestión: ¿quiénes son los demás? ¿Cómo


considerarlos? Para de Lubac no se trataría de la categoría artificial de público.
«En tanto forman un ―público‖, los hombres son exteriores a sí mismos. Así
pues, pensar en los hombres a través de la categoría ―público‖, es prohibirse penetrar
hasta lo humano. Es desconocer fatalmente el valor y las necesidades de aquellos a
los que se desea ayudar»667.

Este concepto nos lleva a otro similar -«masa»- al que ya nos referimos
anteriormente, que despersonifica a los hombres. Hay que huir también de la
conquista angustiada de la «masa». El hombre interior no ve «masa», ve hombres,
mujeres y niños concretos, a los que Dios llama por su nombre, les da un ser y unas

659
Cf. Ibid. 138.
660
Ibid. 140.
661
Ibid. 19.
662
Cf. Ibid. 24.
663
Ibid. 23.
664
Ibid. 18 (Cita tomada de Bergson).
665
«Nada más contrario a la idea de testimonio que la idea de vulgarización. Nada
más distinto al apostolado que la propaganda». «Cuando veo venir a mi mejor amigo, nunca me
pregunto: ¿cómo le haré propaganda?»(Péguy) (Ibid. 17).
666
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 241(Cita de Yves de
Montcheuil).
667
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 19.

92
tareas singulares. Por eso «no se llega auténticamente a los hombres si antes no se
llega al hombre»668. Actuar de cara a un público o intentar arrancar el favor de las
masas es falsear el testimonio y la evangelización.

Destacamos, ahora, algunas propiedades del testimonio cristiano según de


Lubac:

El primer testimonio del hombre interior es amar como Dios ama: amar
falsamente no puede durar mucho tiempo. Sólo la fe engendra fe y sólo la caridad
saca caridad669. «Amar al otro en su alma, es amar su vocación singular, amarlo
como lo ama Dios, tal como es, único»670.

El segundo sería dar testimonio de la verdad y no tanto pretender hacerla


triunfar en el mundo. «Yo no tengo que ganar el universo entero, incluso para
Cristo, sino salvar mi alma»671. De Lubac aclara que ésta no es una postura egoísta,
ni huida del orden temporal, sino tener el objetivo claro del testimonio personal
como lo único que se te pide.

El tercero sería la gratuidad del testimonio: «Nada fecundo se produce, en


el orden del espíritu, con una búsqueda utilitarista. Hay que eliminar toda
preocupación pragmatista, si se quiere producir un fruto substancial y duradero»672.
Ya desde la contemplación desinteresada fluye toda influencia real. Se trataría de
evangelizar por necesidad de sacar fuera lo que uno lleva dentro, de alumbrar en el
mundo lo bueno concebido en el interior, a modo de parto. El hombre interior y
comunitario a la vez, ni siquiera intenta, cuando hace obras de caridad, ganarse a
nadie. «El cristiano no presta servicios a su prójimo para sacar ventaja»673.

El cuarto sería hacerse todo a todos, como s. Pablo, para ganarlos para
Jesucristo. Hacerse todo a todos no significa que el evangelizador se
despersonalice y adopte miméticamente todos los puntos de vista de quien tiene
delante. Es el lenguaje de la encarnación para la realización de la redención:
«Cristo no ha venido para hacer una ―obra de encarnación‖; pero el Verbo se ha
encarnado para hacer una obra de redención»674. Así el apóstol de los gentiles se
hace griego con los griegos, judío con los judíos pero es para ganarlos a todos. Esta
aptitud demuestra un aprecio y acercamiento verdaderos675.

668
Ibid. 19.
669
Cf. Ibid. 21.
670
Ibid. 40.
671
Ibid. 40.
672
Ibid. 43.
673
Ibid. 45.
674
Ibid. 38.
675
Cf. Ibid. 87-88.

93
3.4. Conclusiones pastorales.

Solamente formularía una conclusión: potenciar la vida interior en todos los


cristianos como modo de entrar en el amor de Cristo para participar de su amor por
todos los hombres. Al abrazar el creyente a Cristo, abraza la totalidad de lo que
Cristo ama. El mandamiento del amor que Cristo da a los suyos tiene un listón muy
exigente: «como yo os he amado»676. El amor de Cristo se convierte en la medida
del amor. Los cristianos ya no se comparan, cuando hacen su examen de
conciencia, con los ladrones y asesinos. Es frecuente escuchar: «yo ni robo ni
mato». Los cristianos se comparan con Cristo, el Amado, que nos enseña a amar
como Él. La relación personal con el Maestro nos hará sentir su afecto puro y
nuevo cada día. Él sana nuestras heridas y reconstruye en cada uno nuestro ser
comunitario debilitado por desencuentros, odios y envidias. Él recompone el sujeto
amante. Amar a la medida de uno es muy inferior a amar a la medida de Cristo.
Sólo en Él podemos encontrar el verdadero amor a nosotros mismos y a nuestros
hermanos, buscando en todo momento la gloria de Dios. La vida interior posibilita
esta aventura y por eso ha sido la gran prioridad de todos los santos677. Era el
manantial puro del que brotaban los diferentes ríos de su vida exterior tan rica y
variada. Por tanto, la Iglesia, debería volver a inculcar de nuevo en sus hijos la
importancia de la vida interior, el silencio y la soledad, evitando los
reduccionismos de antaño.

Es curioso ver cómo en muchas de las Eucaristías celebradas se omiten


frecuentemente los dos momentos de silencio meditativo indicados en la liturgia:
uno entre la homilía y el credo, que raramente se hace, y otro después de la
comunión, que frecuentemente es utilizado para dar avisos o proclamar una acción
de gracias llena de alusiones a vivencias comunitarias. Al final ocurre que estamos
acostumbrando a los fieles a desaprovechar los momentos de interiorización del
Evangelio e intimidad con el Señor. Y, sin embargo, se incrementa el rito de la paz
que los fieles convierten en una explosión de amor humano donde se pierde todo
recogimiento para el momento de la comunión. Está claro que favorecer la vida
interior se hace difícil hasta en los mejores ambientes de comunidades cristianas
preocupadas a veces solamente en el aspecto comunitario, en llevarse y sentirse
bien juntos. De esta manera la comunión interpersonal, cerrada a la transcendencia,
se resquebraja porque ya no es el Señor y su gloria la causa principal de nuestras
relaciones sino el pretexto utilizado. Y así, se evita curiosamente al Único que
puede constituirnos en una verdadera familia678.

Todo apunta, pues, a la necesidad de favorecer una unión más grande,


personal y comunitaria, con Dios en Cristo, que no es otra cosa que reconocer la
inhabitación de la Trinidad en cada uno por el Bautismo. No es volver a una Iglesia
meramente devocional, sino ahondar en la comunión con Dios, fundamento de

676
Jn 13, 34.
677
San Juan Pablo segundo preguntó una vez a su secretario que cuál era la tarea más
importante que debía realizar un Papa. A lo que éste respondió que quizás el ecumenismo, o la paz
del mundo, o la ortodoxia de la fe, o la organización de las iglesias… El Papa sonrió y dijo que su
tarea más importante era la oración.
678
Lc 8, 21. «Él respondió diciéndoles: Mi madre y mis hermanos son estos: los que
escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

94
nuestra existencia y de nuestra comunión con los hermanos. De esta manera su
amor, que amplia impresionantemente el nuestro, resplandecerá también en
nuestras relaciones. No hay que olvidar que la vida de los ermitaños, que es una
vocación específica a la comunión íntima con la Trinidad, los sitúa en una
comunión tan grande y profunda con toda la Iglesia y las necesidades del mundo,
como la apariencia de ser hombres solitarios.

4. LA TERCERA PARADOJA SOBRE EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD.

En esta paradoja reflexionaremos sobre las relaciones entre lo temporal y lo


eterno. El cristianismo afirma que el tiempo adquiere su verdadera dimensión
desde la eternidad, que es la fuerza que lo mueve y lo lleva a su culminación. El
tiempo se embrolla y perturba sin la eternidad. Y nadie puede amar el tiempo y
vivir fecundamente en él, sin el sentido de la eternidad. Empecemos por una
experiencia bastante conocida.

Cuando uno se dispone a hacer el camino de Santiago sabe que para llegar a
darle el abrazo al apóstol le quedan muchos kilómetros que andar y pasar
momentos de esfuerzo y fatiga, mezclados con muchas alegrías. Le resulta
ilusionante el camino porque conoce cuál es la meta, el fin hacia el cual encamina
sus pasos. Quizás la apariencia externa que lleve algún peregrino, sobre todo los de
siglos anteriores, sea muy parecida a la de los vagabundos, pero a diferencia de
éstos, el peregrino sí sabe a dónde va. Esta experiencia nos sirve de punto de
partida para iniciar el estudio de la tercera y última paradoja. El peregrinar de los
hombres en la tierra tiene sentido porque conduce al cielo. Sin meta la vida se
desordena. Víctor Hugo, en su obra Los miserables, refiriéndose a unos niños que
merodeaban sueltos en las calles, afirma: «éste es el más desastroso de los
síntomas sociales; porque todos los crímenes del hombre empiezan por el
vagabundeo del niño»679. El cristianismo hace a los hombres peregrinos, no
vagabundos.

La Iglesia siempre ha enseñado que el cielo es nuestra verdadera patria,


nuestro hogar. Aquí vivimos como en tierra extranjera. Tal y como decía san
Agustín, de forma inversa a los árboles, nuestras raíces están en el cielo y las ramas
y hojas en la tierra, llenándolo todo de un verdor nuevo. Pero esta perspectiva
escatológica se difumina incluso en la vida de muchos creyentes. El horizonte del
más allá, es percibido como una amenaza constante que frustra e interrumpe la
estancia más o menos acomodada del hombre en la tierra. La muerte deja, así, de
ser «la hermana muerte» de san Francisco y la actitud «que muero porque no
muero» de santa Teresa de Jesús parece propia de personas oscuras. Y sin
embargo, la Iglesia nos recuerda la eternidad a diario en muchas de sus oraciones
litúrgicas. Veamos una de ellas: «Acoge, Señor, misericordioso, las lágrimas de tu
familia y líbranos de las tristezas de la cautividad; llévanos a la alegría de la

679
VICTOR HUGO, Los miserables, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004, 552.

95
salvación y no permitas que cantemos por más tiempo en tierra extranjera las
canciones de nuestra patria celestial»680.

De Lubac insiste en la necesidad de un destino transcendente para toda la


humanidad681. La historia no es sólo devenir constante sino también
acabamiento682 y éste se entiende no sólo como el lógico final del tiempo presente
sino como una fuente de esperanza que desde el futuro lo anima e ilumina
poderosamente, así como unos muchachos que preparan su fiesta de fin de año y
durante un mes antes disponen el local, la música, la comida, las bromas y sus
ropas. Ese futuro inmediato ilumina los días previos. Así, el destino glorioso
preparado para toda la humanidad debe dar sentido a los días de esta vida. Sin esta
perspectiva de eternidad no se hará nada aquí en la tierra que merezca la pena y
apunte hacia lo alto, nada que suene a cielo, el hogar definitivo. La fiesta final, el
banquete de bodas del Cordero683, es toda una sorpresa preparada que debe de
llenar ya de esperanza a toda la humanidad.

En este apartado vamos a analizar todo esto, que de Lubac


desarrolla más detenidamente en el capítulo XII de Catolicismo, y que
completaremos con sus otras obras anteriormente citadas. En un primer momento
saldremos al paso de algunas objeciones que plantea el tema. Después veremos
cómo la eternidad incluye el tiempo. Seguidamente nos detendremos en la
necesidad de la eternidad. En cuarto lugar analizaremos la índole escatológica de la
Iglesia para más tarde observar la eficacia temporal de lo eterno. Y en un sexto y
último apartado intentaremos aportar algunas conclusiones.

4.1. Objeciones y aclaraciones a la paradoja.

Una primera clarificación se hace necesaria: el más allá no nos exime de


nuestras responsabilidades del más acá, sino más bien las incentiva poderosamente.
Tampoco puede utilizarse para escapar cómodamente de las complejidades del
momento presente, sino como acicate para seguir luchando684.
«Vivir en lo eterno y contemplar las cosas, en tanto nos es posible, desde el punto
de vista de la eternidad, no quiere decir ponerse, como suele decirse, en la luna.
Tampoco es rehusar tomar partido en nada, ni elevarse de una manera cargada de
pretensiones por encima del fregado. Al contrario, es meterse en el corazón de
todas las cosas, y modelar, en cuanto es posible, su propio juicio sobre el juicio

680
REAL MONASTERIO BENEDICTINO STA MARÍA DE EL PAULAR, Oraciones
sálmicas, Madrid, 2000.
681
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 249.
682
Cf. Ibid. 250.
683
Cf. Ap, 19, 7-10.
684
«Una solución fácil -la única, a decir verdad, que podría ser considerada- sería la
evasión por arriba, la evasión mística. Pero, si en un sentido, unos individuos se evaden –y no se
podría, en el mejor de los casos proponerlos a todos como modelos-, la Iglesia no se evade.
Colocada por su Fundador en medio del mundo, debe realizar aquí su obra, que no es de este
mundo. Permanece pues aquí, siempre militante, siempre interiormente desgarrada» (H. DE LUBAC,
Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 52).

96
mismo de Dios. Es, pues, comprometerse, cuando se necesita, mucho más a fondo
que si se quedase uno en el punto de vista del tiempo, que siempre es relativo» 685.

De Lubac aclara que entrar en lo eterno es entrar más profundamente en el


tiempo y que hay que desconfiar de la gente que dice ser de la eternidad
simplemente porque no son del tiempo686. Habría que pensar que no son ni de una
cosa ni de la otra. Un cristiano nunca dejará de dar un vaso de agua a su hermano
bajo el pretexto de que está ocupándose de Dios687. Es una excusa falsa. «La
creencia en la eternidad no nos arranca del presente, como se dice algunas veces,
para hacernos extraviar en el sueño: sucede exactamente lo contrario»688. Lo
verdaderamente sobrenatural no excluye lo natural, lo terreno y lo humano689. La
división natural-sobrenatural no impide que la fe llene la vida. La caridad
sobrenatural no es inhumana ni lo sobrenatural puede concebirse si no es como
encarnado690. La salvación revelada acontece en el tiempo y por medio de sucesos
históricos. Así lo vemos en los dos Testamentos. El cristianismo, por tanto, no se
salta el tiempo, lo toma en serio reconociendo en él el drama de la existencia691.
«Ningún problema humano, ninguna preocupación humana puede hallarle extraño:
todos despiertan en él un eco tanto más profundo cuanto es más consciente de sus
repercusiones eternas»692. Y si el cristiano está llamado a huir de este mundo será
para no instalarse en él como si fuera lo definitivo, sino para transcenderlo. Pero
para subir a lo eterno el cristiano debe apoyarse y bregar en el tiempo693.

Una vez aclarado lo anterior, conviene conocer cuál es para de Lubac la


verdadera evasión del mundo, la más angustiosa y alienante: huir de Dios694.
Nuestro autor hace una crítica al marxismo que ha asfixiado al hombre
encerrándolo en una perspectiva de devenir constante, de falta de horizontes
transcendentes, de progreso indefinido e incierto, de anulación de la interioridad de
la persona. Si Feuerbach disolvió el ser religioso del hombre, considerando a Dios
mismo como una creación de la fantasía humana, Marx concluye el proceso
disolviendo al hombre en una función social, en meras relaciones sociales695. El
resultado de todo esto es un hombre alienado en un mundo sin relieve donde un
temporalismo absoluto lo domina todo696. Puro devenir sin acabamiento. El
hombre está condenado a salvarse solo y en un mundo cerrado. Se disuelve lo
humano del hombre, que fuera de la historia ya no es nada. Advierte de Lubac que
así, perdida la transcendencia y la interioridad personal, la sociedad es más
vulnerable que nunca a la tiranía697. Y sin embargo, hay personas cercanas a esta

685
Ibid. 49.
686
Cf. Ibid. 20.
687
Cf. Ibid. 94.
688
Ibid. 54.
689
Cf. Ibid. 142.
690
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 256-257.
691
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 148-149.
692
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 257.
693
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 102.
694
«El hombre está hecho a imagen de Dios, y todo lo que, en lugar de conducirlo a
esa imagen, lo desvía de ella, bien sea su placer, su trabajo, sus ideas o sus pasiones, esto es
―evasión‖» (H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 91. Texto de
Louis Bouyer).
695
Cf. H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 252.
696
Cf. Ibid. 254.
697
Cf. Ibid. 253.

97
ideología que reivindican a Dios, reclamándolo como el aire que respiran. Destaca
a una figura relevante del socialismo francés, Proudhon, que afirma: «Pienso en
Dios desde que existo»698. La semilla de inmortalidad que vive en el hombre clama
por su supervivencia. «La verdad de su ser desborda su mismo ser. Pues está hecho
a Imagen de Dios, y en el espejo de su alma siempre se mira la Trinidad»699. Por
eso sólo reconociéndose como reflejo de Otro, puede el hombre adquirir su
plenitud. Si él mismo se autoerige en dios ¿quién lo salvará de sí mismo? ¿a quién
acudirá cuando aparezca la muerte o la injusticia? Aquí se hace necesaria la
presencia del cristiano que le recuerde al hombre su dignidad, la grandeza de su
identidad y la profundidad de su interior no contaminado de actualidad, ni
manipulado por nadie700. La misión de la Iglesia será levantar el corazón de los
hombres -sursum corda- hacia lo Eterno, donde se establece la comunión de origen
y destino más profunda, para animar y orientar todo verdadero desarrollo
temporal701. Esa es la función social del catolicismo: revelar a los hombres su
comunión en el Eterno, principio y culminación de toda orientación y realización
terrenal702. La Iglesia aporta, pues, mucho más que un programa concreto y no
debe de olvidarlo nunca703.

A todo lo anteriormente expuesto, y sin desdecirse de nada, de Lubac hace


una objeción muy importante: «El cristianismo no es de este mundo»704. El reino
de Dios que Jesús nos trae en su persona misma divina tampoco es de este mundo:
«Mi reino no es de este mundo»705. Su Iglesia tampoco es de este mundo; Jesús
dirigiéndose en oración al Padre intercediendo por sus discípulos lo deja claro:
«No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo»706. Y sin embargo los envía
al mundo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación»707. Y
al Padre le pide: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del
maligno»708. Esta es la misión de la Iglesia: estar en el mundo sin ser del mundo:
«Colocada por su Fundador en medio del mundo, debe realizar aquí su obra, que
no es de este mundo»709. Nos podemos preguntar, ¿y cuál es su obra? Dar
«testimonio entre los hombres de las cosas divinas»710 puesto que Ella «habita ya
en la eternidad»711. El primer compromiso cristiano será, por tanto, espiritual, con
su patria celestial, que es su primera y verdadera patria. Y después vendrá el
compromiso temporal en este mundo para hacer presente aquí lo de allí712 sabiendo
que ninguna realización terrenal, por buena que sea, podrá confundirse nunca con

698
Ibid. 253.
699
Ibid. 252.
700
Cf. Ibid. 252.
701
Cf. Ibid. 254.
702
Cf. Ibid. 252-255.
703
«¿Abandonaremos las cosas eternas, la nobleza del alma, el drama de la vida
interior, y hasta al mismo Dios, en manos de algunos ―profetas del pasado‖? ¿Dejaremos que los
traten como cosas muertas? ¿Dejaremos que de nosotros sospechen indiferencia respecto a ellas?»
(H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 138).
704
Ibid. 51.
705
Jn 18, 36.
706
Jn 17, 16.
707
Mc 16, 15.
708
Jn 17, 15.
709
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 52.
710
Ibid. 53.
711
Ibid. 53.
712
Cf. Ibid. 55.

98
el Reino celestial. Sabemos que el pecado presente en este mundo impide la obra al
cien por cien perfecta713. Sin embargo, esto no debe apartar al cristiano de buscar
el progreso social714 aun a sabiendas que por esa condición «eterna», «de no ser del
mundo», nunca logrará satisfacer y complacer del todo a los hombres que «sí son
del mundo»715.

4.2. La eternidad incluye el tiempo.

De Lubac percibe en el tiempo, en el mismo suceder de las cosas, una


presencia de la eternidad que, como una fuerza espiritual, realiza una evolución de
la historia hacia la consumación final. Todos los hechos históricos están cargados
de eternidad. Tienen, por tanto, un sentido espiritual716. El mismo Verbo de Dios
ha entrado en el tiempo para librarnos del tiempo cerrado en sí mismo, privado de
sentido. «Vino a librarnos del tiempo, pero por el tiempo»717. Según esta ley de
encarnación, cada cristiano, como ser en el tiempo, es solidario con toda su
historia. Sólo puede relacionarse con lo eterno reconociéndose en una trayectoria
que incluye su pasado y su porvenir718.

En verdad, cuando Jesucristo habla de la eternidad afirma: «Esta es la vida


eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo»719.
Curiosamente no la define como un tiempo futuro que sucede al final de este
tiempo. Agudamente lo señala Ratzinger: «La vida eterna no es la vida que viene
después, pues si así fuese, no sería eterna»720. Acontece ya en Dios y la recibimos
en la medida en que Dios se revela y el hombre le abre su corazón y su mente,
recibiendo la constante influencia del cielo. Por eso Jesús enseña a orar a sus
discípulos diciendo: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»; lo que
demuestra la coexistencia de ambas realidades: lo celestial y lo terrenal, la
eternidad y el tiempo. «La vida eterna no es una ―vida futura‖. Por la caridad
entramos ya, desde este mundo, en la eternidad. ―Manet caritas”»721. Para de
Lubac entrar en la eternidad es entrar en la comunión del amor divino, y, dado que
no se dará plenamente en este mundo, apunta a un futuro donde el hombre pueda
cumplir plenamente su deseo de ver a Dios, donde Él sea todo en todas las cosas.

713
De esta manera, ningún Estado ni gobierno político, por mucho que se quiera
aproximar sus modos de actuación a la fe cristiana, podrá nunca erigirse en fin supremo ni objeto de
adoración. La Iglesia se mantiene, así, libre de las pretensiones de los poderes de utilizarla. No
acepta una intromisión del Estado. Por ser ella de la Eternidad, garantiza la libertad de sus hijos.
(Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 141).
714
Cf. H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 50.
715
«Todos los hombres de este mundo, y sobre todo los mejores, si sólo son de este
mundo, serán escandalizados por la Iglesia. Tanto si quieren conservar como si quieren cambiar, se
impacientarán por encontrarla reticente y tibia, aunque en el fondo está más comprometida y sea
más ardiente. En efecto, no está comprometida ni con unos ni con otros. Es la Iglesia de Dios.
Testimonio entre los hombres de las cosas divinas, habita ya en la eternidad» (Ibid. 53).
716
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 119.
717
Ibid. 102.
718
Cf. Ibid. 102.
719
Jn 17,3.
720
J. RATZINGER, «Nos hablan de Hans Urs von Balthasar»: Cuadernos
Maior, 2 (Madrid 2010) 15.
721
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 13.

99
Desde este punto de vista podemos afirmar que la eternidad está antes, en y
después del tiempo. «La eternidad, que está más allá del porvenir, no es algo
exterior al presente en sí»722.

La eternidad ha entrado en el tiempo y el hombre que la recibe puede


hacerla presente mediante el orden social cristiano. Dios mismo que vive en la
eternidad, está en el corazón de la realidad creada por Él. El hombre puede ya aquí
adquirir la mirada de Dios sobre las cosas, visión que nos libera de las modas del
pensamiento vigentes, meramente temporales723. Ahora bien, ¿cómo se pasa de lo
eterno a lo temporal, y al revés? «Si de abajo a arriba la discontinuidad es radical,
de arriba abajo por el contrario debe hacer una influencia»724. Pasar del tiempo a
la eternidad conllevará una necesaria ruptura y consumación, donde se perciba el
cambio radical, el nuevo orden de cosas; pero sin salirse del tiempo. «Para elevarse
hasta lo eterno hay que apoyarse necesariamente en el tiempo y bregar en él»725.
Pasar de la eternidad al tiempo será simplemente dejar caer la gracia como la lluvia
que empapa la tierra. De Lubac reconoce algunos logros de esta unión del cielo y
la tierra en determinados periodos del cristianismo: «Si se puede decir que en la
Edad media se realizó un primer ―esbozo‖ de ―cristiandad‖, es porque en aquel
tiempo los creyentes miraban hacia el Eterno»726. El primer compromiso del
cristiano debe ser, por lo tanto, con su ciudad celestial, su patria definitiva. Sólo
haciéndolo así podrá vivir el verdadero compromiso temporal que acerca el cielo a
la tierra727:
«Hemos de reconocer al mismo tiempo, por una parte, que nuestra Iglesia es
militante, que en este mundo vive en medio de combates, en una lucha sin tregua,
apoyada por las armas de la luz en contra de un mal que continuamente renace; y,
por otra parte, que incluso en este mundo, es ya el puerto de paz, la morada de
Dios que, como dice san Bernardo, ―tranquillus, tranquillat Omnia‖. Ambas cosas
siguen siendo verdaderas al mismo tiempo, en la trama de lo real y de la
duración».728

4.3. Necesidad de la eternidad.

Ya vimos anteriormente cómo la ideología marxista conminaba al tiempo a


un puro devenir sin orientación ni finalidad alguna. Sólo cabe esperar un suceder
interminable o una posible catástrofe que acabe con todo, reduciéndolo a la nada.
Según de Lubac «el devenir, por sí solo, no tiene sentido; es otro nombre del
absurdo»729. La eternidad es necesaria para que el tiempo avance en una dirección
determinada hacia su punto de culminación. El devenir apunta al acabamiento
como los ríos al mar. «Sin un Transcendente, es decir, sin un Absoluto presente,

722
Ibid. 49.
723
Cf. Ibid. 49.
724
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 257. Se refiere a los dos
órdenes, natural-sobrenatural, pero también puede aplicarse a tiempo-eternidad y a tierra-cielo.
725
Ibid. 102.
726
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 47.
727
Cf. Ibid 49.
728
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 61.
729
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 250.

100
instalado ya en la realidad que deviene, trabajándola, haciéndola realmente
avanzar, no puede haber indefinidamente más que devenir»730. El tiempo es algo
más que un puro acontecer continuo, está abierto a la consumación. El catolicismo
es, por tanto, una fuente de sentido para la humanidad no sólo por el común origen
sino por este común coronamiento. Ella se encuentra perdida sin los horizontes de
lo eterno y definitivo731. «Era necesario que el Evangelio nos hiciera, por decirlo
así, despegar de la tierra»732.

Sin embargo, muchos no quieren una religión que produzca tortícolis de


tanto mirar al cielo, ni nos aparte de esta vida. De Lubac, consciente de ello, se
pregunta: «Pero, ¿qué es la vida? Hay que tomarla toda entera. ¿Cuál sería la vida
digna de nuestro amor, de nuestros desvelos, si no fuera a incorporarse a la vida
eterna?»733. La vida ordinaria adquiere mayor relieve cuando se abre a la eternidad.
Ella aporta a los días un sentido y consistencia que por sí mismos no tienen. A los
que se oponen a esto amparándose en el misterio de la encarnación donde Dios
deja el cielo para venir a la tierra - abriendo con ello un camino a los hombres para
ser fieles a la tierra-, de Lubac les dice que hay que mirar la sucesión de todos los
misterios: a la encarnación le sigue la muerte y la resurrección, y, a éstas, como
culminación, la ascensión al cielo, obligándonos así a mirar más allá734. «Cristo no
ha venido para hacer una ―obra de encarnación‖; pero el Verbo se ha encarnado
para hacer una obra de redención»735. Cada misterio va ampliando in crescendo la
riqueza del anterior. «Así, pues, a la resurrección sucede la ascensión, destinada a
mostrarnos su sentido y a forzarnos a elevar nuestras miradas a lo alto, a
sobrepasar el horizonte terrestre y todo lo que pertenece al hombre en su estado
natural»736.

El tiempo necesita de lo eterno no sólo para el apoteosis final sino también


en su trayectoria previa como fuente de sentido. «Antes de ser una esperanza para
el futuro, la vida eterna es, para el presente, una exigencia»737. La vida cristiana se
convierte en un combate738 y, a la vez, en descanso en el seno de Dios739. «Sin la
profundidad espiritual, todo progreso social permanece indigno del hombre y
puede, al final, volverse contra él»740. Al margen de esta transcendencia, el hombre
puede construir un mundo sin Dios, pero lo que no puede garantizar es que este
mundo sin Dios no se convierta en un mundo contra el hombre. El Eterno es la
garantía de un buen presente. «Un paraíso social puede ser un infierno espiritual –
en cuyo caso, por otra parte, dejaría muy deprisa de ser incluso un paraíso
social»741.

730
Ibid. 250.
731
Cf. Ibid. 250.
732
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 89.
733
Ibid. 38.
734
Cf. Ibid. 38.
735
Ibid. 37-38.
736
Ibid. 38.
737
Ibid. 55.
738
Cf. Ibid. 90.
739
Cf. Ibid. 96.
740
Ibid. 54.
741
Ibid. 53.

101
4.4. Índole escatológica de la Iglesia.

De Lubac subraya la fuerza paradójica de este misterio -tiempo y eternidad-


en la vida de la Iglesia:
«Se me dice que su misión es liberar a los hombres de las congojas
terrenas, recordándoles su vocación eterna, pero yo la veo continuamente ocupada
en las cosas de la tierra, en los asuntos temporales, como si quisiese instalarse
confortablemente en ellos para siempre»742.

Las dos cosas son verdad en la Iglesia. «Es terrena e histórica, y es también
escatológica y eterna»743. Y en otro momento afirmará: «La Iglesia es a la vez
terrena y celestial, histórica y escatológica, temporal y eterna»744.

Toda la constitución dogmática Lumen Gentium se sitúa en la amplia


perspectiva del Pueblo de Dios que peregrina hacia la consumación gloriosa. La
Iglesia, como sacramento universal de salvación, tiene la misión de llevar reunidos
a todos los hombres y pueblos hacia ese gran acabamiento final745. Sin embargo, el
capítulo séptimo de dicha constitución, donde habla de la naturaleza escatológica
de la Iglesia, diferencia en demasía, según nuestro autor, una Iglesia militante que
peregrina aquí en la tierra y otra Iglesia triunfante y gloriosa, que goza ya en el
cielo del destino final. Para de Lubac, este pensamiento no refleja del todo la
teología de los Padres puesto que para ellos la Iglesia celestial e invisible es la
misma que la que vive aquí abajo, visible e histórica. Ella no se puede dividir. Una
consideración individualista posterior a la época patrística habría acentuado esta
diferenciación entre una Iglesia terrena y otra Iglesia celestial que el capítulo
séptimo reconoce. Sin embargo, dicho capítulo no elimina del todo la concepción
colectiva de una Iglesia peregrina hacia la Jerusalén celestial con la cual ya se
identifica746. Nosotros, por pertenecer a esta Iglesia de aquí, ya somos ciudadanos
de la Iglesia del cielo. La que nos alumbró como hijos de Dios es la Madre
celestial. Por eso dirá san Agustín que la «Iglesia es esta Jerusalén celestial ―in
myterio‖»747. Ella «abre sus brazos al porvenir, exaltándose en la esperanza de una
consumación inefable»748. De ahí le viene su carácter sacramental de ser «signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano»749. Estos dos elementos, de unión de todos los pueblos y de consumación
final, sí representan plenamente el pensamiento de los Padres. Por eso la Iglesia
sólo alcanzará su plenitud cuando todo el universo sea perfectamente transformado
al final de los tiempos750.

742
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 23.
743
Ibid. 54.
744
Ibid. 59.
745
Cf. Ibid. 85-86.
746
Cf. Ibid. 88.
747
Ibid. 87.
748
Ibid. 24.
749
LG 1.
750
Cf. H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014²,
90.

102
Pero mientras llega ese final, la Iglesia no debe vivir en una especie de
estado intermedio de un ―ya sí pero todavía no‖. Por la resurrección de Cristo,
Cabeza de la Iglesia, ha entrado en el tiempo la eternidad, y la Iglesia ya está
llamada a vivir plenamente en ella, identificada con su Señor751.
«En cierto sentido, para el pueblo de Dios considerado en cuanto que está en
camino, a través de la oscuridad de este mundo, estamos en el ―todavía no‖; pero
en otro sentido, indisociable del anterior, para la Iglesia en cuanto que se nos ha
dado de arriba y está habitada por Cristo y por su Espíritu, estamos en el ―ya
sí‖»752.

Dada la complejidad e importancia de este aspecto introducimos una


explicitación del mismo de Lubac:

«La Resurrección del Señor ha creado un mundo nuevo, ha marcado el principio


de una edad nueva, ha fundado en la tierra un tipo de existencia completamente
nuevo: ―¡He aquí que todas las cosas se han hecho nuevas!‖. Ella ha inaugurado
―el día octavo‖. Pero no por eso ha transformado la naturaleza social del hombre ni
ha suprimido las condiciones temporales de su existencia. La Pascua entera ha
empezado ya, y sin embargo, ―todo permanece igual desde el principio de la
creación‖. Provisionalmente, el mundo nuevo se inserta en el antiguo. El día
octavo no existe sino en los otros siete. Por lo tanto, el hombre en adelante formará
parte de estos dos estados, que son los receptáculos de estos dos mundos. El
hombre no deja de pertenecer a una ciudad terrena, porque no deja de ser un
hombre, un hombre de la tierra; pero los lazos que le atan a este mundo no tienen
un carácter exclusivo, ya que ha sido introducido en una ciudad nueva, en la que se
desenvuelve su nueva existencia. Esta ciudad nueva, abrigo y matriz del nuevo
universo, es la Iglesia. Ella es este nuevo universo, pero moviéndose en el mismo
seno de nuestro mundo terreno y perecedero. En la Iglesia es donde Dios recrea y
reforma el género humano. La Iglesia de la tierra es ya desde ahora ―la Jerusalén
de lo alto, nuestra madre‖. ―Ella es libre‖, nos dice San Pablo, y ella nos hace
libres, ―con esta libertad que nos ha conquistado Cristo‖»753.

Ninguno de estos dos polos debe quedar suprimido: que la Iglesia es ya la


comunidad nueva del Resucitado y que está presente en la tierra como anticipación
del cielo. Ella no es sólo el instrumento que conduce a todos al estado de ser la
esposa perfecta y gloriosa, sin mancha ni arruga, unida a su amado Esposo. Si no
que ya es esa esposa que vive en la comunión de los santos 754. Esta Iglesia en su
estado de corpus mixtum –con su mezcla de pecado y de las complejidades de su
condición terrenal- es también la Jerusalén celestial, la Ciudad santa755. Por eso su
misma liturgia no es otra cosa que una participación de la celebración del cielo.
Antes del Sanctus decimos que cantamos unidos a los ángeles y a los santos. El
culto que realiza la Iglesia sólo es posible por esa condición que tiene ya de ser la
Iglesia celestial. «Todos estamos en camino hacia el Santuario celestial, para la
gran Liturgia de la Eternidad. Ya desde ahora, el Pueblo de Dios es una
―comunidad cultual‖»756.

751
Cf. Ibid. 91.
752
Ibid. 91-92.
753
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 138.
754
Cf. Ibid. 102.
755
Cf. Ibid. 105.
756
Ibid. 124.

103
Esta naturaleza escatológica de la Iglesia, que no es otra cosa que la entrada
de la gloria del cielo en la tierra para que toda la tierra entre en la gloria del cielo,
permite que pueda realizar cosas imposibles humanamente hablando, pero posibles
para la gracia. El poder de Dios hace en ella grandes proezas. «Su perspectiva
continúa siendo esencialmente escatológica, como en su primer día. Y sin
embargo, desde aquí abajo, intenta sin descanso la obra imposible»757. Así lo
podemos comprobar en la vida de los santos, sus mejores hijos. Apuntamos, con
ello, al apartado siguiente sobre la fecundidad terrenal del Eterno.

4.5. La verdadera eficacia temporal de la eternidad.

Según de Lubac, toda realización temporal del cristianismo ha de mirar


siempre a la ciudad celeste, al Eterno, pero con cuidado de no hacerlo solamente
para lograr una eficacia temporal aquí. No se trata de tomar de allí los elementos
más interesantes y apetecibles para construirnos otro cielo aquí en la tierra más al
gusto del hombre mundano, al modo propio de nuestra mentalidad occidental
acostumbrada, desde la época de las colonizaciones, a adentrarse en otras culturas
para a expoliarlas - como ocurrió con los templos griegos, las pirámides egipcias y
otras obras de civilizaciones antiguas -. Entrar en lo eterno con esta ambición, que
por muy espiritual que parezca no deja de ser mezquina, impide que se fragüe el
verdadero cielo posible en el mundo. De esta manera, estaríamos utilizando mal la
eternidad, reduciendo su importancia para, por el contrario, magnificar este mundo
cuya fecha de caducidad, aunque no la sepamos, ya ha sido decretada.
«La eficacia, incluso la temporal, debe ser el signo -siempre limitado, precario,
difícil de interpretar- de un cristianismo auténtico. Pero un cristianismo que
buscara primero la eficacia temporal no sería auténtico de modo alguno, y hasta no
encontraría el resultado apetecido»758.

La preocupación del creyente estará, por tanto, más en el mundo de lo


invisible que de lo visible. Él sabe que la providencia de Dios es el cielo tocando la
tierra y que los ojos de este mundo están ciegos para percibirla. La tentación mayor
estará más en querer ser jefes de este mundo que santos que reflejen en este mundo
el definitivo.
«El cristianismo no tiene que formar jefes por sí mismo, es decir,
constructores de lo temporal; aunque sea muy deseable una legión de jefes cristianos.
Tiene que engendrar santos, es decir, testimonios de lo eterno. La eficacia del santo
no es la del jefe. El santo no ha de procurar unas bonitas realizaciones temporales; él
es el que, al menos, logra hacernos entrever la eternidad, a despecho de las pesadas
opacidades del tiempo»759.

Sin embargo, cuando esta verdadera mirada hacia la eternidad desde el


tiempo se realiza correctamente, aparece la verdadera cultura cristiana, una
verdadera realización temporal, tal y como ocurrió en algunos momentos de la
Iglesia en la Edad media según nuestro autor. Y aún podemos decir más: sólo aquel
que vive en la eternidad sabe vivir en el tiempo y compartir la vida de los hombres

757
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 192.
758
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 47.
759
Ibid. 46-47.

104
sin mutilar su ser profundo, capaz de lo infinito, capaz de Dios. Por eso de Lubac
afirma: «Fallando a la eternidad los cristianos han faltado a su propio tiempo»760.

¿Qué hace la eternidad con los hombres que viven en el tiempo? Los
convierte en hombres nuevos con la novedad que viene de arriba, que trae los
sonidos del cielo. El mito de la eterna juventud queda sobrepasado por esta
novísima realidad: el hombre ya puede vivir en la «Juventud del Eterno»761. Si
otras religiones, como respuesta a la realidad del envejecimiento, inventan una
vuelta del hombre al paraíso perdido o al seno materno, el cristianismo no concibe
aquí una especie de eterna juventud -por otra parte falsa- sino que nos introduce ya
desde ahora en la eternidad como ciudadanos del cielo762. Así «los hombres se
convertirían en ciudadanos de otra ciudad, cuyo rey sería la verdad, cuya ley sería
la caridad, cuya medida sería la eternidad»763.

Introducimos una cita de san Bernardo donde aclara la actitud espiritual del
hombre situado en el cielo y su función principal en la tierra: atraer a todos los
seres para que vuelvan a su Señor a cuyo servicio fueron creados.
«Tanto la prosperidad como la adversidad, mudables a cada paso, te
servirán para formarte cierta imagen de la eternidad, esa inviolable e inconcusa
igualdad uniforme de espíritu, bendiciendo al Señor en todo tiempo. Por ello,
incluso en los acontecimientos angustiosos y en los desfallecimientos inevitables
de este mundo vacilante, reivindicarás para ti un estado perenne de cierta
inconmutabilidad, cuando comiences a renovar y reformar tu antigua y sublime
semejanza del Dios eterno, para quien no existen fases ni periodos de sombra.
Pues así como él es en sí mismo, lo serás tú en este mundo: no temerás la
adversidad, ni te relajarás en la prosperidad. Esto es, repito, lo que esa noble
criatura, hecha a imagen y semejanza del que la crió, indica que está próxima a
recuperar: la dignidad de su antigua gloria. Está convencido de que para ella es
indigno amoldarse a este mundo caduco. Y siguiendo el pensamiento de San
Pablo, se esfuerza por ir transformándose en la nueva mentalidad, dentro del
estado en que fue creada al principio. Así, como es justo, obliga a este mundo -
creado para ella- a que cambie de dirección y a que de un modo maravilloso se
adapte a ella, y todos los seres empiecen a cooperar para su bien. Así recuperan en
algún sentido su forma propia y natural, abandonan sus actitudes degeneradas y
reconocen a su Señor a cuyo servicio fueron creadas»764.

4.6. Conclusiones pastorales.

a. La primera conclusión sería: valorar la sencillez de toda manifestación


temporal de lo eterno. Partimos de una imagen de la naturaleza que puede
ayudarnos a vivir esta parábola del tiempo y de la eternidad: un iceberg. Sabemos

760
Ibid. 54.
761
Ibid. 143.
762
Cf. Ibid. 143.
763
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 126
(De civitate Dei, S. Agustín).
764
SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, Obras
completas V, BAC, Madrid 1983, 297.

105
que es una masa de hielo flotante en la superficie del mar cuya parte visible no
llega a ser más del diez o el quince por ciento del bloque en total. El resto, la
mayor parte, permanece oculta bajo el agua. No se ve pero está ahí, posibilitando
que haya una pequeña parte visible encima del agua. Algo así ocurre entre lo
temporal y lo eterno. La eternidad, parte invisible mayor que la realización
temporal, siempre se manifiesta humildemente a través de ella. La grandeza de lo
eterno se reviste de la sencillez de lo histórico, buscando el último puesto también
en la tierra, en lo histórico. Así ocurre en los grandes misterios de la vida de Jesús:
el pesebre, Nazaret, los signos del Reino, la pasión y la Cruz, o su Resurrección tan
polémica.

La Iglesia como sacramento de Cristo también goza de este misterio de


iceberg. En la pequeñez y limitación de sus miembros resplandece el designio de
Dios para todos los pueblos. Ella hace presente la salvación de Dios en nuestra
historia de una forma humilde. Si la misión antes de que llegara el Señor fue
preparar su venida, ahora la misión en el tiempo es «extender la Iglesia por todas
partes, para permitir que el reino de Dios profundice en toda alma»765. Todos los
hijos de la Iglesia están llamados a perpetuar esta condición de su madre Iglesia,
como vidas escondidas a los ojos del mundo que traen el cielo a la tierra:
«Y es que los mejores cristianos, los más auténticos y los más vivos, no se cuentan
forzosamente, y aun generalmente, entre los sabios ni entre los hábiles. Entre los
intelectuales ni entre los políticos. Entre los detentadores del poder o de la riqueza.
Entre las ―autoridades sociales‖. En consecuencia, su voz resuena raramente en las
encrucijadas o en la prensa, sus actos no tienen, ordinariamente, ningún brillo ni
preocupan al público. Su vida está escondida a los ojos del mundo, y si llegan a la
notoriedad, sólo es por excepción, en un círculo reducido, o al anochecer. (…) A
pesar de todo, son estos hombres los que, más que todos los otros, contribuyen a
hacer que esta tierra no sea un infierno»766.

También los sacramentos de la Iglesia visibilizan en su sencillez simbólica


las grandes realidades que acontecen en sus pequeños signos materiales y en las
personas que los reciben. Son el medio escogido por Dios para entrar con su
grandeza en la humildad de nuestra carne sin asustarnos, donándonos su misma
vida.
«El sacramentalismo, en lugar de aparecer como la suprema humillación impuesta a
la razón caída, se ofrece, por el contrario, como el único y divino medio de transmitir
humanamente la gracia de Dios a nuestras almas vivas en la carne»767.

Allí donde hay humildad está Dios y su gracia actuando.

b. La segunda conclusión sería: vivir como los niños entregados totalmente a


cada tarea y a cada momento. El fiel cristiano en su vida cotidiana también vive
este misterio de iceberg. En su humildad puede creer que no da la talla, según las
exigencias de este mundo, y, sin embargo, estar atrayendo sin darse cuenta la
eternidad, haciéndola presente en unas formas nuevas de vida y de relación. Estas
dudas no evitarán que trabaje con los cinco sentidos y lleno de pasión. De esta
manera, ni la desesperanza ni la resignación hallarán hueco en su vida768. Él

765
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988 160.
766
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 133.
767
H. DE LUBAC, Catolicismo, Encuentro, Madrid 1988, 251.
768
Cf. Ibid. 257.

106
escucha con agradecimiento: «Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis
caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes»769. Por eso el único
camino de poder vivir la eternidad en el tiempo es el más sencillo: la entrega total a
cada tarea, la atención a cada momento. «La simple fidelidad en el momento
presente es el tesoro del corazón. (…) El momento presente es una especie de
eternidad que prepara para la verdadera eternidad, que es un sabor anticipado de
ella»770. El mismo Señor nos dijo: «No os agobiéis por el mañana»771. Y también
dijo a sus discípulos: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como
niños, no entraréis en el reino de los cielos»772. Si algo tienen los niños es su
capacidad de vivir en el presente, sin grandes pretensiones ni preocupaciones
futuras. Ellos se concentran en lo que están haciendo: jugar, colorear, comer o
hacer los deberes. Viven gozosos en la confianza de sus padres dándose a lo que
toca en cada momento. No olvidemos que el Hijo de Dios para venir a nosotros se
hizo niño en Belén. Así la eternidad entra en el tiempo. Su encarnación es el
verdadero remedio para el olvido de lo eterno773. La Iglesia está llamada a entrar en
el mundo proviniendo de Dios y llevando, de esta manera humilde, su amor a todos
los hombres.

Ahora bien, si en lugar de entrar la Iglesia en el mundo al modo del Hijo de


Dios, es el mundo quien entra en la Iglesia, todo se malogra. «Cuando el mundo
penetra en el interior de la Iglesia, es peor que el mundo simplemente»774. Si la
Iglesia que nos tiene que traer la salvación, se enreda en los enredos de los que nos
tendría que liberar, todo se vuelve espantosamente más feo dentro de ella.
Carecería de la fastuosidad del mundo pero no de su mediocridad, convirtiéndose
en una horrible caricatura mundana775. Sería una Iglesia desorientada y falseada
que se pone tan sólo al servicio del hombre más natural, quitándole su dimensión
más alta, su capacidad de lo eterno; aunque siempre, dentro de ella, se filtraría algo
de luz pura776.

c. La tercera conclusión sería: mantener una confianza y esperanza activa


mirando hacia el Esposo que viene. La Iglesia vive en este mundo que avanza a
través del tiempo. El cansancio de sus días también pesa sobre los cristianos. Ellos
viven en Cristo pero también viven en este mundo. Ellos ya se saben salvados,
pero aun tienen que esperar. Su salvación es en esperanza777. Por eso la Iglesia
mira al futuro, hacia un horizonte abierto que la llena de esperanza. «Junto con la
comunidad de creyentes, espera el retorno de Aquel a quien ama»778. Pero su
espera es activa sin huir de las tareas de aquí abajo, sino trabajando en ellas. Su
actitud escatológica es al estilo de san Pablo y no al de los iluminados de
Tesalónica. No espera con los brazos cruzados ni relega la caridad con el prójimo

769
Is 55, 9.
770
H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 132. (Cita
de Fenelón).
771
Mt 6, 34.
772
Mt 18, 3.
773
Cf. H. DE LUBAC, Paradojas y nuevas paradojas, Península, Madrid 1966, 137.
774
Ibid. 150.
775
Cf. Ibid.150
776
Cf. Ibid. 153.
777
Cf. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1988, 147.
778
Ibid. 203.

107
para el más allá779. Ella tiene una grave y hermosa responsabilidad: anunciar a los
hombres, como Juan el Bautista, al que viene entre las nubes del cielo para
consumar su obra de comunión entre todos los hombres en Dios. «La Iglesia, en su
realidad presente, en su forma actual, tiene que estar con todos sus miembros al
servicio del mundo, pero para salvar al mundo, esto es, para conducirlo a su
fin»780. Así los monjes del medioevo vivían en esta clave escatológica. Sabían
reconocer, en medio de las incertidumbres del mundo y del mismo obrar humano,
una inmensa certeza proveniente del cielo que permanecía siempre y a la que
merecía la pena dedicarle la vida:
«Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo único verdaderamente
importante y seguro. Se dice que su orientación era ―escatológica‖. No hay que
entender este término en su sentido cronológico, como si miraran al fin del mundo
o a su propia muerte, sino en sentido existencial: detrás de lo provisional buscaban
lo definitivo»781.

779
Cf. Ibid. 203.
780
H. DE LUBAC, Paradoja y misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014², 59.
781
BENEDICTO XVI, Discurso al mundo de la cultura en el colegio de los
Bernardinos el 12 de septiembre de 2008, L´osservatore romano, edición semanal en lengua
española 2008, nº 38, 6.

108
V

CONCLUSIÓN FINAL

Hemos llegado al fin de nuestro trabajo de la mano de de Lubac. Nos


planteábamos como objetivo al comienzo del trabajo rescatar el concepto
«católico» y devolverlo a sus legítimas dimensiones conforme a la inmensidad del
corazón divino. Mirar la bondad católica de Dios ha sido el punto de partida y será
la garantía constante para la misión de la Iglesia.

Creemos que la constelación de santos Padres y demás autores de los que se


rodea de Lubac para abordar esta cuestión ha dado una riqueza, casi agotadora, de
visiones y matices a lo católico de la que estamos muy agradecidos. Devolverle al
dogma, a la Iglesia, a la vida sacramental y a la teología, todos sus aspectos
sociales con esta profundidad ha sido una tarea tan ardua como necesaria. Estamos
en deuda con nuestro autor y la mejor forma de saldarla es iluminar con esta
doctrina la vida de los fieles.

A lo largo del capítulo tercero hemos hecho un acercamiento general al


concepto «católico»: Dios mismo en sus tres Personas es amor, es bondad católica
que se ha manifestado en la creación del hombre a su imagen y en la progresiva
revelación que ha hecho de sí mismo. De Lubac nos explicó la reducción de lo que
se entendía al principio como «católico». Vimos cómo el pecado rompió la
comunión de los hombres y cómo Dios se encargó de salvarlos mediante su Hijo
muerto en la cruz, trono de la catolicidad y puerta para vivirla. Al pecado, como
fragmentación del hombre, le siguió la sobreabundancia de la gracia como
recreación de la comunión católica perdida. La redención y el comienzo de la
existencia de la Iglesia fueron un mismo acto salvífico de Dios para comunicar
abundantemente su misma vida al mundo. La Iglesia, a imagen de su Señor, es
católica para salvar y cuidar a todos los hombres y a todo lo humano que encuentre
en las culturas y civilizaciones. Su misión católica se refuerza en la eucaristía
donde se aprieta la comunidad eclesial en torno al amor más grande y es de nuevo
enviada hacia todos los confines, en un movimiento constante de sístole y diástole.
La Iglesia se convierte en una verdadera Madre preocupada por todos y con deseos
inmensos de estrecharlos en un abrazo con Jesucristo, su Esposo. Todos los
cristianos por pertenecer a esta Iglesia católica estamos llamados a vivir en esta
misma actitud eclesial que nos distingue de los demás. La catolicidad ilumina la
mirada sobre el mundo y abre a nuevos comportamientos. Creemos que en nuestro
presente trabajo todos estos aspectos han sido suficientemente aclarados y que
responden a las preguntas iniciales que nos hacíamos en las cuestiones
introductorias: «¿Cómo devolver la verdadera dimensión al término «católico»?
¿Cómo debe de influir la catolicidad en la vida corriente de los cristianos? ¿Cómo
ser hoy verdaderamente católicos?».

109
Pero, ahora bien, en la introducción también nos preguntamos: ¿cómo
podemos garantizar que la pastoral católica de Dios se siga realizando en el seno
de la Iglesia? Por eso a lo largo del capítulo cuarto hemos introducido tres
paradojas principales destacadas por nuestro autor que nos han ayudado a
comprender el misterio de la Iglesia, que no es otro que ser sacramento de la
bondad católica de Dios. Estas tres paradojas intentan garantizar la catolicidad de
la misión de la Iglesia:

En la primera paradoja vimos cómo Cristo hace de su Iglesia un solo


cuerpo con Él. La naturaleza de la Iglesia se entiende desde su centro que es Cristo.
Solamente en la unión con su Señor la Iglesia recibe todos sus dones y su amor
católico al mundo. Su fuerza de irradiación se pierde si no la ilumina el Sol que
nace de lo alto. El mundo necesita a esta Iglesia, que, a su vez, necesita a Cristo. Y,
así, poder formar un todo con todos. Vimos cómo la unión con Cristo no anulaba la
reverencia que le es debida y cómo la adoración a su Señor es para la Iglesia el
verdadero camino de unión y distinción con Él. Mantener esta tensión paradójica
es necesario para mantener el amor y el asombro a la vez.

La segunda paradoja que analizamos nos permitió conjugar dos elementos


propios de la naturaleza humana: la persona y la comunidad. Vimos cómo la
catolicidad los refuerza: el bien de la persona se convierte en el bien de la
comunidad y al revés. No hay oposición entre ambas, no hay que sacrificar a una
para favorecer a la otra. La Iglesia es maestra en estos menesteres. El camino del
hombre interior, de la oración, de la contemplación no están opuestos, en absoluto,
con la dimensión social, la solicitud por los demás y la vida en el mundo. Todo lo
contrario. Lo más íntimo de la persona resulta lo más edificante para la comunidad.
Hemos visto que cuando se elimina la tensión personal-comunitario se deteriora la
Iglesia y deja de resplandecer en ella el misterio de Cristo. La principal ocupación
de la Iglesia es recibir a su Señor y estar con Él. Pero como Él es el Salvador del
mundo, la inmediata ocupación es colaborar con Él en la solicitud por los hombres.

La tercera paradoja que ocupó nuestra atención fue la de tiempo y


eternidad. Dejamos que entrara en nuestra reflexión eclesial toda la fuerza de la
Jerusalén del cielo y, así, quedó más clara la verdadera magnitud de la misión de la
Iglesia que abre horizontes insospechados de felicidad eterna. La catolicidad es
iluminada desde arriba para implicarse en el mundo con toda la fuerza renovadora
de la vida eterna ya aquí presente. Quedaría achatada la catolicidad de la Iglesia en
su pretensión de llegar a todos lo hombres y a todo lo humano, si no fuera para
conducirlos a los gozos eternos. El horizonte del más allá y de lo definitivo hace
que en la Iglesia los hombres ya puedan gozar por adelantado de la bondad católica
de Dios. El tiempo recobra aquí su verdadera naturaleza como peregrinación llena
de sentido hacia una culminación final donde Dios será todo en todos. La Iglesia es
la Jerusalén celeste de los que han llegado al cielo y de los que caminan en la tierra
iluminados desde lo alto. Por eso, el tiempo vivido serenamente, en la confianza y
obediencia debidas, es ya una participación y preparación de la eternidad.

Creemos que el estudio de estas tres paradojas ha respondido


suficientemente a las preguntas que nos hicimos al comienzo del trabajo: « ¿Cómo
pueden estar Dios y la Iglesia en una misma misión siendo tan diferentes? ¿Cómo

110
puede ser la Iglesia la ―apertura de Dios al mundo‖782 sin ser Dios? ¿Cómo puede
la Iglesia participar de la bondad católica de Dios? ¿Cómo podrá comunicar la
superabundancia del amor que se expresa en la frase ―tanto amó Dios al mundo,
que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que
tenga vida eterna‖»783? Dios hace a su Iglesia semejante a Él y cada paradoja, a su
manera, garantiza que la Iglesia pueda seguir siendo más auténticamente el
sacramento de un Dios abierto al mundo.

Ahora, a final, sólo queremos introducir dos imágenes de la catolicidad de


la Iglesia. Lo hacemos para que se queden en la memoria como escenas de fácil
recuerdo y recojan el sabor de lo que en este trabajo hemos querido decir. La
primera es del misterio de María al pie de la cruz y la segunda es del misterio de
Pentecostés.

El primer texto nos presenta a María en un amor tan católico que acoge y
perdona a los asesinos de su propio Hijo:

«Lo mismo se dice de la Virgen. El corazón más tierno del mundo fue el suyo; y si
de ver un pobre llora, ¿qué haría de ver padecer al Hijo, de verlo muerto sobre sus
faldas y tan atormentado como estaba? Es tan tierna, que si viera padecer algún
mal, algún trabajo a los mismos que crucificaron a su Hijo y trataron tan
cruelmente, se le doliera de ello784. (…) ―¡Oh pecadores, cuán caro me costáis!
¡Cómo por amor de vosotros ha pasado mi corazón trance tan amargo como ha
sido este, ver a mi Hijo Jesucristo padecer tan cruel muerte y pasión! Lo que
vosotros hicisteis, Él lo ha pagado, y mi ánima lo ha sentido: por bien empleado
vaya, aunque ha pasado tantos trabajos, porque vosotros recibáis el fruto de ello y
alcancéis perdón de Dios‖. - ¡Oh Señora!, bendita seáis vos, que aún tenéis el
sonido de las palabras de vuestro Hijo: ¡Perdónalos!»785.

El segundo texto sobre Pentecostés define a la Iglesia en la tierra como la


apertura de Dios al mundo:

«No obstante, el misterio de Pentecostés no es un misterio cerrado, de


secta, de conventículo, sino, al contrario, de apertura y revelación para todos. Por
eso, los que recibieron el Espíritu salen y predican en todas las lenguas a todos los
pueblos. Por eso, aquel día se convirtieron unos tres mil, a pesar de las burlas y la
contradicción. La apertura de Dios no se dirige a algunos elegidos, sino
estrictamente a todos. Los ―algunos‖ que descubren que el espacio de Dios está
abierto son escogidos sólo para anunciar a los demás su evidencia. La Iglesia en la
tierra es esta apertura de Dios al mundo, el lugar donde ella acontece y se conoce.
Pero, para que otros también la descubran, los cristianos tienen que salir de su
interior, limpios como después de un baño, radiantes del sol que los ilumina, con el
alma llena de los sonidos que han oído en el cielo. Tienen que ser para los otros la
apertura del cielo. En ellos tiene que darse algo del ―reflejo de la gloria‖, con el
que el Hijo de Dios se manifestó cuando salió del Padre. Y si este reflejo fuera
sólo la rareza del hombre espiritual, al que nadie entiende, no sería el secretismo
del sectario, sino aquella profundidad del amor sin por qué, que no se basa en

782
H. U. VON BALTHASAR, Tu coronas el año con tu gracia, Encuentro,
Madrid 1997, 126.
783
Jn 3, 16.
784
JUAN DE ÁVILA, Escritos sacerdotales, Bac, Madrid 2012, 275.
785
Ibid. 276.

111
cálculos y que para el hombre de este mundo es un motivo de incesante
sorpresa»786.

Sólo cuando la Iglesia es reflejo verdadero de Dios es cuando puede


realizar la obra imposible, como María. La catolicidad siempre le vendrá
constantemente de Dios y será signo de su amor infinito al mundo. La catolicidad
será la forma de la misión y evangelización. Llegar a todos los hombres y a todo lo
humano, para que todos se salven, sigue siendo una tarea a realizar en cada
generación cristiana. Y hoy con más empeño aún, cuando con más fuerza se
globaliza el individualismo. Algunos intelectuales han dicho que de Lubac es un
teólogo de este siglo que vivió en el siglo pasado. Buena imagen para valorar la
fecundidad de nuestro autor y reconocer su actualidad teológica y pastoral. A él le
agradecemos su ingente obra basada en la Escritura y Tradición y en constante
diálogo con las preocupaciones del hombre contemporáneo.

786
H. U. VON BALTHASAR, Tu coronas el año con tu gracia, Encuentro,
Madrid 1997, 126.

112
VI

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