Está en la página 1de 124

Universidad de Puerto Rico en Cayey Espa. 4232 (Literatura Puertorriqueña)

Antología complementaria de Literatura Puertorriqueña. Siglo XX.

Prof. Esther Rodríguez Ramos

Departamento de Estudios Hispánicos

(Espa 4232)

José de Diego (Aguadilla, 1866- San Juan, 1918)

De Cantos de rebeldía

“Última cuerda”

Yo traje del fondo del mundo una lira curvada, una lira curvada en un arco de flecha, brillante, flexible, como hecha de una hoja acerada que puso en la lira su atávico instinto, porque es del acero de la misma espada que mi padre llevaba en el cinto.

Prof. Esther Rodríguez Ramos

Tuvo en su vario registro la nota apolínea del himno sonoro, que elevó a la belleza femínea el cántico trémulo y fúlgido de una cuerda de oro;

el rígido timbre del duro diamante, la cuerda fulmínea del súbito apóstrofe potente y tonante;

el trino de un ave saltando en la línea de una cuerda de plata radiosa, que cantó la inocencia virgínea de una fuente, un lucero, una rosa.

El son de campana, el zumbo profundo del rum-rum de una cuerda broncínea, que lloró con el viejo Profeta la maldad humana, ¡anteviendo al Arcángel doliente de la honda corneta en el último trágico día sin luz ni mañana!

Una cuerda de oscuro zafiro en que azules memorias dormían su noche secreta, y una cuerda de claro rubí, que el suspiro daba al cielo en el lánguido giro

de las esperanzas y las ilusiones que perdió el poeta

Y en el largo clamor penetrante de túrgida octava,

en el grito que rompe los vientos, como una saeta,

la cuerda más brava

¡La cuerda que tiene alaridos de clarín guerrero, hecha de una tripa del santo Cordero

que gime en la roca de mi Patria esclava!

Siete cuerdas que, a los golpes de mi mano, percutían a la vez en el acero, con murmullos de Océano:

en cadencias multiformes exhalaban el sollozo del abismo, los estrépitos enormes de un oculto cataclismo

y el misterio de unas alas, de una onda, de un poema, porque a veces, en el fondo de su música polífona,

el rugir de un anatema

terminaba en el susurro de una antífona.

Así fue

que los ecos de mi lira, como pájaros sin nido,

se extinguieron en el aire enrarecido

del ambiente de tormento que nos quema ¡Cada cuerda emitió ya su última nota seca y rota de estallido!

Mas hoy contemplo, como en brusca epifonema,

una sólo vibra y trema,

Y

y

su nota es un balido

¡¡Un balido del Cordero de mi Patria, en la suprema rebeldía de su pecho desgarrado y dolorido!!

Esa cuerda está en mi mano,

y

la pulso y la conservo,

y

estará en mi ronca lira hasta la muerte,

como el bien más soberano, que pudiera la fortuna dar al siervo ¡Una cuerda larga y fuerte! ¡¡Una cuerda larga y fuerte para el cuello del tirano!!

“A España”

I

A través del Atlántico desierto,

veo tu imagen, que la niebla esfuma, rígida hundirse entre la blanca espuma, Cristo yacente en el sepulcro abierto.

¿Has muerto? -Sí.- Como Jesús has muerto, para surgir con la potencia suma ¡Bajo la sombra, que a tu cuerpo abruma,

tu espíritu inmortal brilla despierto!

¿Quién celebra en América tu muerte? ¿Quién maldice el altar de tu memoria? ¿Cuál de tus hijos te injurió con saña?

¡Ah, miserable ciego, que no advierte, como un río de luz sobre la historia,

la mirada de Dios guiando a España!

II

Guíate al bien, al porvenir dichoso,

con la enseñanza del dolor: tu llanto

es

un nuevo bautismo, tu quebranto

es

redención y tu quietud reposo.

¡Término al sacrificio generoso,

la cruz es una escala al cielo santo,

y el último gemido empieza el canto de la ascensión, el renacer glorioso!

¡Oh, madre de naciones! Llega el día de tu imperio feliz: de tu alma oriundos, cien pueblos glorifican tu destino

¡Y, centro de la luz y la armonía,

gira hacia ti, como hacia el Sol los mundos,

el Universo de tu Sol latino!

“Profecías”

Al Dr. Andrés Orsini

Amaba las repúblicas pequeñas, con el amor de la ciudad nativa, Rousseau inmortal, el hijo de las ondas del lago azul y de las selvas líricas que bajan de los Alpes, donde triunfa cumbre de libertad, la breve Suiza.

La intensa luz de sus pupilas de Aguila tendió el vate filósofo a la orilla del Mar Tirreno, en cuyo fondo gime la eterna gloria de la edad antigua, y, contemplando a Córcega en silencio, dejó esta hermosa profecía escrita:

-“Tengo el presentimiento de que al mundo ha de asombrar esta pequeña Isla”.

Dos

lustros no cumplidos, nació en Córcega

el nuevo Marte de la Francia olímpica; el águila imperial que voló a Italia, cruzó a Europa del Norte al Mediodía, cantó de Grecia en los sagrados montes,

subió de Rusia hasta las cumbres rígidas

y cayó en Santa Helena, desde el cielo, ante la tierra absorta, de rodillas

Yo también, como el sabio de Ginebra, siento una voz providencial divina,

Patria mía infeliz

cuna y sepulcro de la raza india, paraíso perdido entre las olas, ideal apagado entre las brisas! ¡tú has de salir de tu profundo sueño, para asombrar al Universo un día!

¡Oh, dulce Patria,

Allá en el horizonte de los mares,

la verde luz de la esperanza brilla,

a través de los tiempos infinitos

en el curso triunfante de la vida

¡Dios redentor, en los espacios libres, tiene una estrella para cada isla!

“La epopeya del cordero”

En la penumbra

indecisa y lejana del otero, súbitamente al águila columbra absorta en devorar tierno cordero

“La epopeya del cóndor” Aurelio Martínez Mutis

Mas no fue en la penumbra del otero En una Isla alumbrada por el sol tropical, gime el cordero, con una cruz al cielo levantada

Y un león extenuado, viejo y fiero,

que le guardaba, en desigual combate

trágicamente sucumbió primero.

Al poderoso embate de sus alas de acero, sobre un ciclón el águila descuella:

írguese rápido el león guerrero, mira al cenit: el águila del Norte mira al abismo: y al fulgente corte de sus miradas vibra una centella, cual de dos meteoros

al chocar en los ámbitos sonoros.

Súbito el ave se inclinó en la altura:

silba una sombra en el rasgado ambiente

y una gran masa oscura

cae en el lomo del león rugiente, que salta enloquecido por la ira. La enorme fauce de estupenda hondura en torno al cuello ensangrentado gira

y alcanza un ala, que en sus dientes cruje como a un bote de lanza una armadura.

Brinca el león, con la cabeza vuelta,

y en vano acrece el prodigioso empuje:

no contiene la herida sus raudales,

la

garra no le suelta,

ni

descansan del pico los puñales.

Corre hacia el mar, con su último heroísmo,

como al sepulcro de los dos rivales, pero, al tocar las ondas, se desprende

y el amplio vuelo tiende

¡el águila entre cánticos triunfales!

Ruge al cielo el león, desde el abismo cércale el sol de rubias aureolas,

de círculos el agua y de rumores ¡Y un instante, en grandioso simbolismo, quedan sobre las cumbres de las olas sangre, espumas, melenas y fulgores

y un rosal de banderas españolas!

Volvió de los eternos resplandores el ave constelada

de astros y azul, en explosión de albores,

y en la isla, atormentada

por la tragedia del León ibero, místico y solitario halló al Cordero con una Cruz al cielo levantada

¡Con una cruz, que invita a una cruzada! ¡Con una cruz, que es el dolor fecundo,

a un tiempo cruz y espada,

conquista, escarnio y salvación del mundo!

Aquí está el Águila de Jove y ora, junto al Cordero de San Juan posada, no con el rudo pico le devora, ni con la garra sin piedad le hiere; pero el Cordero de San Juan ¡se muere, al contacto del ala enervadora que le abrasa y consume, no el blando cuerpo que a la luz se inclina, sino aquella sutil, como el perfume de un pebetero antiguo, alma latina!

¡El alma que resume, como en su cáliz una flor el santo prístino aroma del primer helecho que germinó en la tierra, como el pecho de una paloma el primitivo canto que escuchó el bosque sorprendido, aquella de veinte siglos trascendente vida, que de lo alto del Gólgota destella, como un fulgor, de una sangrante herida!

Espíritu de raza, que a través de los tiempos infinitos comunica y enlaza

a mil generaciones en sus ritos,

fe, historia, amor y pensamiento iguales, los mismos ideales,

las mismas ansias y los mismos gritos de triunfos y derrotas inmortales

¡Tus gritos orquestales, oh sinfónica lengua castellana, que tienes en tus nítidas vocales el estruendo, el murmullo, el rugido, el arrullo,

y una clara cadencia de campana,

por donde vuela en ondas musicales todo el registro de la voz humana!

En uno de esos gritos, tú, poeta, hierático en la sombra del misterio, evocas el conjuro del Profeta, para anunciar la ruina del Imperio del Águila vencida por el Cóndor del Sur, cuando la vida del Cordero infeliz sacrificaba

Si el caudal de tu voz sapiente y brava descendiera del Ande por las cumbres a los pueblos hermanos y, en cien ríos de ideas y armonías, hasta las tormentosas muchedumbres

y hasta los tormentosos Océanos,

para llenar de luces y alegrías las regiones sombrías de donde salen monstruos y tiranos ¡Así no más, oh soñador, verías brotar de sus arcanos las nuevas profecías, las nuevas albas de los nuevos días surgentes de los términos lejanos!

No que haya de cumplirse el vaticinio con que presagia tu indignado astro del Águila rapaz el exterminio por el Cóndor siniestro; sino que, del radioso predominio del magno Continente, juntos y alegres cruzarán la esfera, para imponer al mundo en su carrera

el astro de la gloria de Occidente, ¡y el mundo así en perpetuos arreboles gozará eternamente el contrapuesto giro refulgente de la gloria y la luz, entre dos soles!

¿Cuándo? No mientras las gigantes moles de América contemplen en la sima del Mar Caribe a la Isla sin ventura, donde rebelde gima el Cordero que el Águila tortura! ¡No en tanto caiga de San Juan la enseña lívida y triste, de la Cruz al suelo, como un sudario, en la cautiva peña, donde llora su duelo la Patria borinqueña, que el Águila sacrílega domeña, en una usurpación a tierra y cielo!

¡No podrá el Cóndor levantar su vuelo, ni el Águila su canto, en la remota visión del porvenir, si el Cóndor tiene nuestra bandera, como un ala rota, sobre la Cruz clavada,

y en el pico del Águila sostiene el Cordero su Cruz atravesada!

“Octavas de corneta”

A José Santos Chocano, durante su estancia en Puerto Rico.

¿Esta es la hora de tañer amores,

al suspirar de flautas y violines,

o

la hora del tronar de los tambores

y

el rígido rugir de los clarines?

Sed como los heraldos, trovadores, que llamen a los fuertes paladines ¡Y al denso ritmo de la heroica octava, vibre el clangor de la corneta brava!

Aquí la tienes para ti, Poeta; infúndele una racha de bochorno, al espirar de tu pulmón de atleta,

y vientos y almas penetrando en torno

el sonante metal de la corneta, hijo de los abismos y del horno, difundirá en las almas y en los vientos sombras y resplandores y lamentos!

Cruza por nuestros bosques en el carro, en las andas del Inca poderoso que murió sin gemir: canta el desgarro del magnífico Imperio luminoso:

los manes de Atahualpa y de Pizarro rompan de los sepulcros en reposo ¡Y resurjan con Ponce y Agüeybana el dolor indio y la fiereza hispana!

Hay caminos valientes en la tierra que se agarran al Yunque, la tribuna que te ofrece la cumbre de mi tierra, donde te puede coronar la luna. convoca allí a los genios de la guerra, diles de nuestra estrella la infortuna ¡y vuelen tus estrofas militares por cien montañas y por cuatro mares!

Convoca a los poetas en la cumbre,

para que sientan el horror que inspira la visión de la Patria en servidumbre,

y ardan al fuego de la santa ira

que hace saltar de las espaldas lumbre

y cánticos de muerte de la lira,

¡y sea un combatiente cada bardo

y cada cuerda de la lira un dardo!

Embracen en la lucha nuestro escudo

y asombre al aire su clamor colérico,

cuando Dios haga del Cordero mudo un cachorrillo del León ibérico. Si un falso dios de los Olimpos pudo blandir sus armas en el canto homérico, nuestro Señor nos dio su Cruz sagrada ¡y una cruz con un filo es una espada!

El combate no es muerte, cuando advierte una vida inmortal, y no es suicida quien la inmortalidad busca en la muerte ¡si hay que morir, muramos por la vida! ¡muramos por la Patria y por la suerte

de la raza en nosotros perseguida! El sol es un sepulcro peregrino ¡Nuestro sepulcro será el Sol latino!

Tu nombre es santidad, tu nombre es choque:

tu nombre es choque y santidad, poeta:

esgrime nuestra cruz como un estoque:

haz de nuestro dolor una corneta:

un clarín penetrante que convoque

a todos los dolores del planeta

¡y mientras gima nuestra Patria esclava vibre el clangor de tu corneta brava!

De Cantos de pitirre

“¡Pitirre!”

Cada guaraguao tiene su pitirre. Adagio puertorriqueño

Una cruz negra en el fondo del cielo sus brazos extiende

y en círculos lentos desciende.

Estrechan al monte, de cumbre a cimientos, las raíces torcidas de una ceiba fecunda y pomposa, que esparce a los vientos ingrávidos copos volátiles de algodón de rosa.

Entre dos de sus ramas floridas salta un pitirre custodio del nido que posa.

La cruz se alargaba sobre los brazos batientes y, encesa de lumbres de oro la pupila brava, el guaraguao inquiría en las sombras del monte su presa

Súbito un grito el aire atraviesa

Lleva erigida el pitirre la punta sutil de un florete

y ¡pitirre! resuena su grito,

cada vez que el audaz pajarito como una rígida flecha al cuello del monstruo acomete.

Denso, enorme, mudo,

girar no puede en su torno el feroz carnicero; de su turbión de aletazos al ímpetu rudo escápase en vívidas fugas el raudo guerrero,

hasta que le hunde en los ojos dos veces el pico de acero

y dos veces ¡pitirre! proclama triunfante su clarín agudo.

El vencedor fatigado en el nido reposa, la ceiba florida esparce a los vientos sus copos de algodón de rosa y, al pasar a través de una nube encendida, resalta un instante y se pierde en el cielo una cruz dolorosa

¡Cívico pitirre, enseñanza gloriosa que funde en un solo ideal el amor y el honor de la vida!

“Al guaraguao”

Guaraguao, que giras en círculos negros de hondas espirales. Guaraguao largo y obscuro, guaraguao largo y obscuro de garras de corvos puñales,

y pico azuloso y duro

de sierra, guaraguao largo y obscuro de alas imperiales ¡Guarda en el pecho potente tu instinto de guerra

y el rayo de la ira en tus ojos fatales,

que tú eres lo único que puede curar nuestros males, lo único agresivo y fiero que tiene nuestra pobre tierra!

Asalta y destruye los nidos del monte:

cubran tus ecos triunfales las líricas quejas del manso sinsonte

y tus alas de luto las tumbas de los ideales.

Tú sólo eres fuerte en estos días infaustos del miedo y el oro, del miedo y el oro tan lívidos como la muerte.

El trino

sonoro

ha muerto en el bosque latino. Ha muerto la negra bravura en el circo y el foro El tribuno pide su salario. El loro su comida en la jaula. Paciente y cansino no embiste en la lidia, arrastrando su coyunda el toro

Cada cual busca su yugo y su parva.

El épico gallo, el gallo divino,

pica al insecto saltante del polvo que escarda

y en el corral sólo erige las córneas espuelas, que es ya su destino morir, no en la lucha, sino en las cazuelas.

A lo largo de nuestro camino,

como los murciélagos muerden en los árboles a los corazones, muerde la envidia a las almas, los canes aúllan y están los ratones royendo las palmas.

Tenía el cordero sangre de leones

y se lo llevaron nuestros batallones

¿Quién te salva ahora, país en conquista, de tantos felinos y tantos leones

si queda en el suelo plegado y rendido el pendón del Bautista?

¡Guaraguao, que llenas de sombras los lindes del cielo, desciende en tu vuelo de hondas espirales

y el pendón levanta y en tu pico aferra,

que tú eres el único que cura nuestros males!

“La canción del múcaro”*

Múcaro, múcaro,múcaro,

tu carcajada profunda

va resonando en la noche como un rosario de angustia Órgano de los crepúsculos

que en el follaje te ocultas,

te estoy oyendo sin verte,

pero estás en la penumbra, sobre un cafeto posado, bajo la bóveda obscura del retorcido ramaje

donde tus ojos relumbran, donde en la sombra retumba, con su escala de amargura, con su rumor de liturgia. Múcaro, múcaro, múcaro,

tu carcajada profunda.

Suspenso a veces te quedas,

suspenso a veces te inmutas,

y tus pupilas redondas,

cual dos topacios translúcidos, fíjanse como en un éxtasis escudriñando la hondura, donde el “aguaje” aparece, donde al claror de la luna pasa vestida de blanco

la Ánima Sola errabunda

La densidad del silencio

ni un leve soplo perturba,

hasta que otra vez resuena

tu

doliente cornamusa.

Y

se hunde en las espesuras

con la desgarrada música de su responso de tumba.

Múcaro, múcaro, múcaro,

tu carcajada profunda.

Tú eres el búho de Palas,

eres el ave que estudia

la

navidad de la aurora

bajo la noche fecunda,

el origen de la vida

en remembranzas confusas

de tinieblas y misterios

y de tránsitos y luchas.

Tú eres del sagrado bosque

el

ave cogitabunda

y

tienes el rostro humano

y

en tus pupilas perduran

afinidades extrañas, reminiscencias absurdas,

y tal vez, cuando tus ojos

pensativos nos escrutan,

tienen y evocan visiones de pretéritas figuras;

y es, quizás, vago remedo

de una tragedia de gruta, ese clamor de socorro, ritmo de vientos y lluvias, esa invocación de ayuda, ese treno de pavura

con que en las noches ulula. Múcaro, múcaro, múcaro,

tu carcajada profunda.

En la profunda arboleda, que mis jardines circunda,

tras el estrépito urbano cayendo las noches mudas sorprendió tu canto el alba de cincuenta plenilunas:

y hora, aquí, en los cafetales,

que esconden la casa rústica, vuelvo a oír en mis insomnios tu cadencia gemebunda desgranarse entre las sombras

como un rosario de angustia. ¿Qué me dices? ¿Qué me quieres? ¿Qué me avisas? ¿Qué me buscas? Nueva, no puede advenirme ya ninguna desventura,

y es vieja ya la esperanza,

en mi ocaso firme y última,

de que un día mi bandera florezca en mi sepultura. Si de esa esperanza sabes

de esa esperanza me anuncia,

y alza el vuelo indicativo del rumbo de la fortuna,

que así tus alas trazaron

a Julio César la ruta

de sus águilas triunfantes sobre la ciudad augusta. Mas ¿qué triunfo augurar puedes, si no hay victoria sin pugna

y en inercia y desaliento

dóblanse las almas mustias

al favor que las deshonra

y al poder que las subyuga?

Canta, búho solitario, que tu canción es la única

buena y amable a la noche que nos envuelve en sus brumas; y, hasta que el Señor encienda las alboradas futuras, desgránese entre las sombras como un rosario de angustias, ruede por valles y alturas

y se prolongue y difunda

en la soledad nocturna. Múcaro, múcaro, múcaro, tu carcajada profunda.

*Desde que llegué a mi casa de Santurce, noche tras noche, hasta el amanecer, sentía el canto de un múcaro en un árbol vecino a mi alcoba. Le hice perseguir inútilmente, y una tarde, que le vi casi limpio entre dos ramas, le disparé un tiro de revólver: aquella misma noche escandalizó más que nunca. En la clínica Miramar lo advertí varias veces. Aquí, en el campo, otro múcaro, ¿otro?, vela al pie de la casa. Durante ese tiempo me han ocurrido tantas desgracias, que no puedo dominar una extraña inquietud al sentir al pájaro agorero.

“De mi vida”

Prendido lo vi cuando estaba el carpintero el nido trabajando con su agudo puñal

y era un ronco y constante picotear de acero en el tronco astillante de la palma real.

Mecientes de las auras el soplo matinal

o en tierra ya las fibras del profundo agujero, se las iba llevando en el pico un jilguero que en la copa tejiera su pequeño nidal.

Mi vida es como el árbol erguido y altanero;

devora sus entrañas un feroz carpintero, alegra su ramaje un lírico jilguero.

Es el árbol del bien y es el árbol del mal;

el dolor de sus reliquias ofrece al ideal

y resuena en la cumbre el cántico triunfal.

“Alta noche”

Vigilia

Sombra Dos lamparitas verdes atraviesan la alcoba

La noche fría y honda

bosteza

del ramaje en la bóveda

la carcajada irónica

del múcaro que ronda,

y el perro alza su nota

Se prolonga

de terror

Una hoja

ha volado

Una gota

ha caído

y otra.

Sombra. El cocuyo se oculta Mas de nuevo se alumbra en la excelsa pintura

donde a los cielos triunfa, sobre un arco de luna,

la Concepción augusta,

de manto azul y túnica de inmaculada albura.

Y en la densa penumbra

surgente,

cuando el cocuyo vierte los fulgores que esplenden sus lamparitas verdes ¡La imagen se conmueve

y el arco de luna encendido a sus pies resplandece! Con la visión celeste mis párpados se entornan Sombra. La noche fría y honda bosteza

Sueño

Sombra. Dos lamparitas negras aparecen y flotan. Desprendidas y solas de mis ojos sin órbitas las pupilas redondas, suspensas en la alcoba, con extraña zozobra, me contemplan atónitas.

Tornan,

vuelan,

tornan, vuelan, destellan

y a intervalos anegan

su luz en las tinieblas.

De nuevo reverberan

y en la penumbra densa una Virgen despliega

su

las lamparitas negras

manto azul

Se acercan

¡y es el manto bandera

donde aparece de pronto encendida una heráldica estrella!

Sombra Una visión de gloria

mis párpados colora, agítanse en la atmósfera alas, brisas y hojas, canta un gallo en la fronda

y asoma

por el cristal de la puerta la faz de la aurora.

Prólogos de los libros de José de Diego [íntegros]

De Jovillos

Como “irse de montiña” usan decir los chicos de España, cuando faltan a la escuela por el placer de vagar fugitivos o entregarse a juegos y travesuras en las horas de clase, “irse de jovillos” decíamos en Aguadilla los muchachos de la escuela de aquel magnífico Dómine de ojos negros sonrientes, que de pura bondad nos daba unos ridículos palmetazos tan leves y suaves como caricias.

La frase venía de que, torciendo el camino de la escuela, nos íbamos al “Caimital”, una finca rústica cercana al pueblo, donde, además de caimitos, había un alto jovillo, de copioso ramaje, que a su tiempo se iluminaba y nos brindaba con millares de áureos globos de la agridulce fruta.

Jovillos son, pues, “de jovillos” fueron compuestas, mis coplas de estudiante, aquí mismo, en Barcelona, ausente de mis clases de Economía Política y Derecho Romano, o en las cátedras, cuando a ellas iba, con un lápiz sobre mi libreta de apuntes, mientras el sabio profesor explicaba la Ley de Malthus o las Constituciones del Imperio.

Entonces, hacia el año 1890, dirigía “Madrid Cómico” el ingeniosísimo Sinesio Delgado

y “La Semana Cómica” este bueno y excelente amigo José Fernández de la Reguera:

alrededor de ellos, un estado mayor de escritores, Vital Aza, Eduardo Bustillo, Luis Taboada, Mariano de Cavia, Eusebio Blasco, José Extremera, José Jackson Veyan, y una vanguardia de incipientes mozos, Luis de Ansorena, Ricardo Catarineu, José López Silva, Fiacro Irázoz, José Borrás, Brissa, De la Cruz Ferrer y otros que cayeron en el olvido o brillaron en la fama, seguidos de los dibujantes Mestres, Cilla, “Mecachis”, Cuchy, Escaler, sostenían como banderas de arte y alegría los dos celebrados periódicos de caricaturas y letras festivas.

En alguna parte el prodigioso Rubén Darío ha dicho la singularidad de que en aquellos versos joviales, de alegre númen (Sic.) y vario ritmo, apuntaban los primeros resplandores de la nueva lírica: y es verdad que sobre la rigidez del Parnaso clásico pasaban y cantaban entonces, como exóticas aves, el ingenuo espíritu y la grácil armonía

de las modernas musas.

Discípulo y compañero, el más joven y humilde, fui yo de aquélla brillante y precursora generación literaria. Todas las composiciones de este libro fueron publicadas en aquellas revistas, principalmente en la “Semana Cómica”, y son jovillos, algunas verdes, otras rosadas, mezcla de acritud y dulzura, pues todas, como los jovillos, recibieron al florecer y fructificar fulminantes rayos de rojo sol y tembladoras luces de pálidos luceros.

Porque a veces, en el fondo de estos versos de regocijo asoma y se esconde una tristeza inefable que ha estado siempre en mi corazón: al mismo tiempo escribía cálidos y tristes poemas, que contiene mi libro “Pomarrosas”, y no eran ficción, sino entrañable verdad, la angustia y la alegría de mis versos.

Ahora, después de veinticinco años, al recorrer estas páginas, parece que el mundo gira

en sentido inverso para volverme otra vez al espacio y el tiempo en que canté mis coplas

Pero ¿en cuál punto del infinito están los sueños que cruzaron por mi

fantasía, las visiones que iluminaron mis ojos, las mentiras que ofuscaban mi entendimiento, el amorcillo inconstante y loco que desplegó sus alas sobre tantas cabecitas encantadoras?

de estudiante

¿Dónde están Lucía, Pura, Juana, Rosa, Pilar, Catalina, Violante, Maruja, Paca, Angustias, y tantas otras sin nombre expreso, como la gitana y la pelona de mis romances? Todas han vivido y en mi vida dejaron un perfume de la suya: sólo fue quizás el roce de una mano, la luz de una mirada, el rumor de un suspiro, pero siempre un fragmento de vida, relámpagos de emoción que no mueren jamás y se perpetúan en las ondas inagotables de la divina esencia del Universo.

Evocadores de mis cosas lejanas, mis versos de estudiante llenan este libro; no todos, porque he tenido que destruir muchos de audacia desmedida y máximo sacrilegio. Todavía he dejado algunos como pregón de mis errores, tal como los antiguos cristianos confesaban sus culpas, por vergüenza y arrepentimiento, en los sitios públicos.

Así son y estos son mis Jovillos.

Barcelona, agosto de 1916.

[Introducción a Pomarrosas]

Bien aconsejaba el gran maestro latino a los hijos de Lucio Calpurnio desechar el poema, no reservado por mucho tiempo y por muchas veces corregido. Yo no guardaba mis versos ni un día, y ahora, releyendo en calma las ardientes y rápidas estrofas de mi primera juventud, cuando me anima el natural deseo de recogerlas e imprimirlas, siento el impulso de abandonarlas para siempre.

No tenía once años, al balbucir en líneas métricas mis nacientes emociones, ni quince

cumplidos, cuando se difundían en los periódicos, que debieron acogerlas por la benevolencia que inspiran las travesuras de los niños. Felizmente, perdiéronse en su mayor número aquellas atolondradas parlerías y de las que fueron apareciendo, en papeles borrosos, como planas de escuela, unas, las más, tornaron a su olvido, y otras muy contadas y descontadas, figuran en este libro, para muestra, razón y castigo, de mis jactancias de poeta.

Versos rosados y distintos, a la descompuesta luz de mis ensueños infantiles, están hoy, cual eran, a la firme luz de la crítica, negros y confusos, como el oro impuro envejecido; cantaban, como el viento en el ramaje verde, y ahora resuenan sordamente, como hojas secas en lejanos remolinos. Todavía lo que fue bello, engañosamente bello, conserva la simpatía de los recuerdos agradables, y pluguiera a Dios que todos mis pecados literarios hubiesen consistido, como entonces, en torpezas del lenguaje, y no del alma, y que jamás hubiera profanado su divino nombre y eterno misterio: insensato después, en las agitaciones de una adolescencia nublada y tormentosa, no ya contento de aquellas rimas santamente bárbaras y locas, entré en delirios más funestos y, envenenado y ciego por malsanas lecturas, me encontré súbito cercado de sombras externas impenetrables y de fuegos inmanentes abrasadores, como el espíritu rebelde en el fondo del abismo.

Sofocado en mis propias ideas, dentro de un ambiente mortífero a la vida lúcida del alma abierta a los esplendores del Universo y de la ciencia; ante la negación hierática y muda, cual un inmenso fantasma, llenando con su sombra los espacios inagotables, busqué anheloso la prístina fuente de la verdad; estudié, analicé los secretos de la naturaleza revelados por sus más insignes observadores; me dejé guiar por los astrónomos, por los geólogos, por los naturalistas; asistí a la manifestación del primer átomo vibrante en la inercia sin límites, a la concentración nebulosa de los gérmenes cósmicos, a la génesis de los mundos, a la evolución progresiva de la materia inorgánica, al nacimiento de las especies organizadas y a su diferenciación en la perpetuidad del tiempo; penetré en las maravillosas circunvoluciones cerebrales del tipo perfecto, que resume y condensa, en breve síntesis, la historia de los seres; sorprendí sus lentas demudaciones a través de los

siglos, en el embrión humano elaborándose en el seno materno; retrocedí, adelante, por múltiples caminos, giré alrededor de las hipótesis, de las teorías, del vuelo angustioso del

y, cuando dirigía el último esfuerzo al fulgor primitivo de

espíritu en pos de su origen

, la creación, me encontré solo, perplejo, extático ante la eternidad, en la profunda sombra del misterio absoluto.

Estado de conciencia excepcional y único, como si hubiese llegado a las silenciosas brumas del Nirvana, una frialdad de muerte, un malestar indecible, una tristeza inefable

y me asaltó, como una voz del cielo, el recuerdo

de los versículos del Génesis: “In principio

Spiritus Dei ferebatur super aquas”. Quedé iluminado y pasó ante mis ojos, como un rayo sutil la voluntad de Dios atravesando las esferas, encendiendo el Cosmos, espiritualizando la vida, previendo, rigiendo, alentando las transfiguraciones infinitas de la creación universal.

tenebroe erant super faciem abyssi: et

perduraron en lo recóndito de mi alma

Proceso intelectual piadosamente ayudado por la experiencia del corazón, en las luchas,

en los dolores, en el afán continuo de la existencia: yo he blasfemado y he orado y sé cómo es asfixiante y maléfico el hálito de la blasfemia y trascendente y eficaz el perfume de la oración.

Mis versos llevan la historia de mi alma y tenía que decir aquí sus motivos esenciales, porque la historia aparece en este libro mutilada en sus páginas más negras; ya que no he sabido, como el desgraciado y luminoso Verlaine, rendir mis culpas y cantar mis arrepentimientos, a los pies de la Virgen Madre:

Du moins je ferai savoir à qui voudra l’entendre Comment il advint qu’une âme des plus égarées, Grâace à ces regards clements de votre gloire tendre, Revint au berçail des Innocences ignorées.

¡Tantas estrofas inspiradas en la herejía y tan pocas y frágiles en la penitencia y en la redención! De aquellas, justamente eliminadas, publico en este volumen algún ligerísimo fragmento, como el que aparece del Canto Segundo de Sor Ana, poema desaliñado y brutal, que compuse a los diecinueve años y circuló fatalmente en dos numerosas ediciones: y esto lo reproduzco atenuado y revestido, para que pueda verse y seguirse todo el camino de la transformación psicológica en la obra artística reflejada y para enseñanza moral de los que se encuentren impelidos a los violentos desórdenes de una imaginación ardorosa y enferma, por el fuego de la juventud y el contagio de las escuelas que conculcan los principios de la verdad y del bien.

El tránsito espiritual, que el conjunto revela, está vivamente señalado en los dos sonetos

que forman la composición Dios provee, escrito el primero en 1887 y el segundo en 1896: por rara coincidencia, durante el período de nueve años, que fija el lírico admirable

( nonumque

invertido y completa la transubstanciación milagrosa de la sombra en luz, al soplo invisible y seguro del que “todo lo provee”, en el mundo de las cosas y las almas.

prematur in annummembranis intus pósitis) el pensamiento original quedó

***

¿Qué más hay en mis versos? El ideal sufriente, moribundo, de una patria adorada,

llorada, perdida

cuando tiene sobre el cuello la férrea mano del coloso, que le agita, que le absorbe, que le consume, sin resistencia, sin clamor, sin protesta, ayudado por el mismo afán de la víctima en sacrificarse y extinguirse.

el pueblo puertorriqueño, que se divide y agota en míseras disputas,

No puede ser este lugar propicio al desarrollo de una cuestión política, mas la toco involuntariamente, porque sale de todo mi ser, como el resplandor de un incendio. Lo que pasa en Puerto Rico, lo que pasó en México, lo que acaba de pasar en Colombia, lo que pasará en Santo Domingo y en toda nuestra desventurada América latina, si un grandioso movimiento de concentración federativa no la salva en lo porvenir, es gravísimo asunto digno de la atención de los sociólogos y de los estadistas. Este odio histórico y esta lucha de razas, que bañaron de sangre el mundo antiguo: este odio y esta lucha, modificados en sus procedimientos por la acción de los tiempos corrientes y las ideas predominantes,

pero inmutables en su esencia y en su acometividad, continúan su obra de exterminio en el mundo americano, y somos nosotros los que perecemos, y somos nosotros los que debemos sobrevivir, si no es posible la convivencia.

Es posible, entre dos razas fuertes, que se confunden, o marchan unidas por el estímulo al triunfo de la civilización, y no hay convivencia entre débiles y poderosos, y es necesario, imprescindible, que los pueblos débiles de América se reconstituyan en la paz, se vigoricen en la unión, se eleven a la altura y se midan en la fuerza de la gran República del Norte, para que el respeto recíproco engendre el mutuo afecto y para que se realice, al fin, en América, la reconciliación de todas las razas de la tierra y la conjunción de todos los ideales de la humanidad.

Pero yo sólo veo y canto que perdimos la maternidad gloriosa de la nación hispana, que no tenemos patria, ni la creamos con nuestra vida, que no tenemos bandera, ni la estampamos con nuestra sangre, y que seremos acaso, en no dilatado curso, un pueblo, como el israelita, nómada, errante, perseguido, arrastrando por la superficie del planeta la terrible resonante cadena de los recuerdos dolorosos.

***

Así entrego mis ritmos, como pájaros errátiles, a los vientos del mar, para que crucen una vez siquiera sobre la isla del ensueño desvanecida en las soledades del cielo y del océano:

con ellos van mis amarguras, mis alegrías, mis ansiedades, mis culpas, mis arrepentimientos, mis quejas de vencido, mis gritos de victoria, la pasión efímera y el ideal eterno, cuanta luz y cuanta sombra pasaron por mi alma.

*** Hojas de mi vida encierra este libro, y en la primera escribo el nombre de mi esposa y en la última el de mi hija: lo oscuro de las otras va cubierto por estas dos blancas insignias, que llevan el símbolo de toda esperanza, de todo bien, de todo amor y de toda felicidad.

París, junio de 1904.

Prólogo a Cantos de rebeldía

(De la primera edición)

El Director literario de la casa editora de mis libros de versos me expresó sus deseos de insertar en cada uno de aquéllos el retrato mío perteneciente a la época en que las composiciones del respectivo tomo fueron escritas. Teniendo los retratos, se los di, porque me pareció que se buscaba, no una exhibición personal, sino una exposición fisiopsicológica de las ocultas afinidades entre el curso de los años y el curso del pensamiento, en las misteriosas correspondencias por las cuales tal vez una arruga del rostro contiene un abismo de dolor, una corriente de vida, una onda del alma.

Algunas de las tristezas más antiguas de Pomarrosas son contemporáneas de las más ingenuas alegrías de Jovillos y esto ya no puede medirse ni compararse por la mutación de la faz, que en los inquietos giradores días de la adolescencia tenemos siempre dos caras en una cabeza “cual la de Jano, que siendo una, mira a Oriente y a Occidente”, según la estrofa de Rubén Darío, contemplando una los fulgores del alba y otra las agonías del véspero.

Mas por seguro que ya no era el mismo a los quince que a los treinta años el autor de Jovillos que el de Pomarrosas y que, con ser muy grandes, no lo eran tanto las diferencias fisiognómicas como las espirituales entre el autor de Jovillos y el de Cantos de rebeldía.

En el desarrollo de la vida humana, asiste a la primera juventud un vasto espíritu, rarificado, ligero, de amplia y difusa luz, que se reduce y concentra y gana en intensidad lo que pierde en extensión, como en fijeza lo que pierde en campo visual, según el tiempo fortalece y densifica la carne, hasta que el agotamiento orgánico vuelve a enrarecer y aflojar el espíritu, no ya con las palpitaciones de un fulgor progresivo, sino con el vago ondular de una creciente sombra.

En determinados temperamentos, la concentración espiritual es tan absorbedora y exclusiva que se revela en un solo anhelo dominador. El caso de Gustavo Adolfo Bécquer, en su obra poética única y esencialmente erótica, como el de ciertos pintores que sólo pintan santos o rosas y el de ciertos músicos que sólo componen salves o danzas, se multiplica en el comercio, en la industria, en las artes más humildes, en todas las especies de labor anímica o mecánica. Ello no se explica por las reglas de la división del trabajo no siempre artificiosas, sino por la intensificación de las energías y tendencias mentales.

Inicia e impulsa este proceso una fuerza espontánea, ayudada también en numerosos individuos por el poder de una voluntad consciente de la aptitud, objeto y decoro de la propia vida.

De mí puedo decir que me he sentido naturalmente llevado a la unidad afectiva y expresiva de mi arte, como se desenvuelve en estos Cantos, herido a veces por una súbita desviación del pensamiento. Al concertar las primeras estrofas de “Alma nocturna”, recostado sobre el tronco de un cocotero, en el rellano de un monte esclarecido por la luna, sólo me propuse decir del misterio, el silencio, la soledad de una alta noche campesina, cuando de pronto se me viró el deseo en una bárbara meditación de muerte.

Mas al mismo tiempo la orientación única y fija de mis últimos versos, ya principiada en muchos de Pomarrosas fue en gran parte regida por el libre conocimiento y la tensa voluntad encaminados al ideal que imanta y alumbra la visión de mis ojos y la determinación de mi existencia.

Nacido en un país infausto, siervo, en peligro de muerte, debo a la conservación de su vida y a la defensa de su libertad la sangre que es de su tierra y el alma que es de su cielo:

si tengo una lira, como si tuviera una espada o un martillo o un arado, lo que tengo suyo es, de mi patria es y debo cantar como blandiría el acero, golpearía el yunque, abriría el surco, por ella y para ella que es mía y de quien soy en cuerpo y alma.

La poesía no es cosa de futil adorno y vano recreo: ninguna ciencia, ninguna arte podrán desligarse de la universal cooperación al bien humano, como nada en el orden físico puede ausentarse del trabajo universal de la naturaleza. La producción y la contemplación de la belleza en sí mismas constituyen un bien y la poesía cumple siempre un propósito estético; mas la poesía, como toda obra humana, debe acudir preferentemente al bien necesario, sentido y clamoroso en cada momento y en cada lugar del mundo.

Señalados pueblos en señaladas épocas y señalados hombres en señalados pueblos ostentan y personifican la conciencia de la humanidad, como Francia el 93 y los enciclopedistas en Francia; pero, en la evolución normal de los hechos y las ideas, cada pueblo siente una necesidad característica, requiere un bien especial, fundamental, para cuyo alcance es obligatoria la contribución de todos los elementos componentes de su alma colectiva.

Infinito el progreso, ningún país en ningún instante puede tener por logradas sus aspiraciones; pero, aquellos que han realizado los fines principales de su destino, la independencia, la libertad, el orden, el bienestar común, pueden distraer sus energías en las sutiles artes de la contemplación y el éxtasis emotivos de la belleza o irradiar las fuerzas de su espíritu más allá de la existencia nacional, por la universidad del Orbe.

Francia, después de tantos siglos de cuidado y lucha por el propio bien, soberana, libre, rica, victoriosa, expandía por el Globo el desbordamiento de su potencia y desde principios de la centuria diecinueve alentó una generación de poetas que buscaban y cantaban los paisajes lejanos, los ideales pretéritos, el amor de las hermosuras muertas o jamás conocidas, los subjetivismos recónditos. Los parnasianos, simbolistas, decadentistas y los poetas y escritores comprendidos en tantas recientes nomenclaturas (siempre creí que todas ellas sólo envuelven modalidades o aspectos evolutivos de la escuela romántica), exploraron desde las cumbres de su Patria la redondez del Mundo y la eternidad del Espíritu, en un arte raro, exótico, ambiguo, que volaba de las cúpulas de una pagoda a una torre medioeval y de los oblícuos ojos de una princesa del Japón a las doradas pupilas, ya tierra, agua, o aire o luz, de una dama del Directorio: así era, mas cuando una conmoción terrible desgarró el cuerpo y el alma de la Nación francesa, en el desastre de 1870, una literatura nacional, reivindicadora, agresiva, acudió al corazón adolorido del pueblo para prepararlo, como se está viendo, a la guarda y defensa del territorio patrio.

El influjo que, desde la emancipación de las colonias españolas, ha ejercido Francia en la cultura de las Repúblicas ibero-americanas, extendió al centro y al sur de nuestro Continente las novedades de fondo y formas que Verlaine, Mallarmé y otros heraldos del modernismo desplegaban como banderas sonantes y multicolores en el triunfo de la nueva lírica.

El grande y glorioso nicaragüense, fue el primer y más paladín de este movimiento en la

poesía castellana: alrededor de él, una brillantísima cohorte de poetas de genio, en España

y América, ensanchó el ambiente del arte clásico, penetró en el translúcido seno del

idioma, de las palabras, de las sílabas, de las letras, del timbre, del acento, de la modulación fonética, cuando otros fríos y falsos imitadores de los maravillosos maestros rompían torpes la sonoridad y majestad de la onda rítmica en locos bailes de inútil viento.

Enriquecíanse como nunca el tesoro del lenguaje y el dinamismo de la lírica, al par de una visión más aguda y detallada de la naturaleza y del mundo psíquico; pero, en lo que a nuestra América concierne, parecía que la espléndida evolución iba a pervertirse en una fiebre de grosera lujuria y en atávicos gestos de feudal señorío. Se glorificaba al amor con las crudas voces de un tratado de patología sexual, y, si el poeta buscaba para exaltar un tipo de pasados tiempos, encontraba siempre a un Caballero feudal cualquiera en ejercicio del derecho de pernada

El más grave daño de esa literatura en América fue que apartó de la tierra, del ambiente, de los sentimientos e ideales patrios la inspiración y el afán de los poetas nacidos en aquellos dolorosos países, tan necesitados del concurso de sus filósofos, de sus artistas, de sus hombres de Estado, de todas sus fuerzas morales y orgánicas, en las tremendas crisis de su crecimiento nacional. La Grecia antigua, el Japón, moderno, dioses paganos, emperatrices, hetairas, geishas y obispos endiablados y marquesitas galantes y todo lo “muy siglo diez y ocho”, fueron cantados por poetas que tenían en sus nativos lares las

bellezas más grandes de la Creación, y los empeños más altos de la lucha por el triunfo de

la libertad y por la subsistencia y el predominio de nuestra raza oprimida y escarnecida en

las tristes patrias del hemisferio americano.

Darío, que se elevó desde una pequeña República como poeta del Universo, podía hacerlo así y extender las alas de su genio por los horizontes mundiales; pero lo hizo mejor y en su magnificente obra nada hay más grandioso que la salutación a las “ínclitas razas ubérrimas” ni más dulce y tierno que el idilio al “buey que vi en mi niñez echando vaho un día –bajo el nicaragüense sol de encendidos oros”

Dichosamente pasó como una áurea nube aquella convencional literatura y hoy la América hispana puede mostrar con orgullo “sus” poetas, los insignes poetas de su paisaje, de su historia, de su libertad, de su vida, de su raza y de su futura hegemonía de los pueblos de su raza en las cumbres del Planeta.

Puerto Rico sufrió también la racha de aquella vanal literatura y goza también ahora del renacimiento de su poesía: viejos y jóvenes líricos marchan a la cabeza del movimiento nacional, como iban los antiguos bardos anglosajones a la vanguardia de los ejércitos: el perfume de nuestros bosques, el fulgor de nuestro cielo y nuestras llanuras, el rugir de nuestros tormentosos desgraciados mares, el cántico melancólico de nuestros jíbaros, nuestro dolor, nuestra esperanza, se desprenden de las liras en ráfagas de vibrante espíritu

Entre esos poetas, yo, el último, lanzo mis Cantos de Rebeldía, mis gritos de protesta y de

combate contra el tirano de mi patria a los vientos y al corazón del mundo

Barcelona, septiembre de 1916.

Ver:

1) Fernós López-Cepero, Antonio. “El Tratado de París en 1898 y la cesión de Puerto Rico a Estados Unidos”, Voces de la cultura, T. II, San Juan, La Voz del Centro, 2007, p. 218-231. 2) Ferrrer Canales, José. “José Martí y José de Diego”, en: Mercedes López-Baralt, Literatura puertorriqueña. Siglo XX. Antología., R.P., U.P.R., 2004, p. 82-113. 3) Pedrosa Izarra, Ciriaco. “Análisis biográfico-literario de la estancia de José de Diego en Logroño”, CP Izarra, PYC Figura - dialnet.uniroja.es

Alfredo Collado Martell

“Diálogo de arcillas”

(De Cuentos absurdos, 1931)

Al volver del extranjero, trajo para la amada aquel Buda que compró en Bakú. Era una maravilla de perfección la estatuita: en cuclillas, bajo y regordete, con su mantán rojo, líneas doradas, ojos dormidos sobre el panorama del vientre y las manos cruzadas en actitud de languidez, lucía expresión sinónima a un largo cansancio de siglos, y más bien

que la figura de un dios, daba la impresión de ser un liviano biscuit de tocador.

Y la amada, por extraño capricho de mujer, la puso en su tocador, un juguete exquisito de caoba, frente a otra estatuita rara: un cemí.

El viajero, tipo de cultura que había llegado a la ironía, gozaba íntimamente al ver juntos, sobre los pulidos castillos de caoba, aquellos dos muñequitos de arcilla que

para dos mundos simbolizaban creencias de una alta estimación de valores tan relativos en unos casos, y tan exuberantes en otros. Un buda y un cemí… Realidad de dos credos

que al analizarse en la espirutualidad de su íntima subjetivación bien podrían unir, por la

paradoja de una anomalía, orígenes de principios, que separados por el procedimiento

aún fueran integrales en la realidad de la mente humana. Buda fue un protector por

la sabiduría, y por la sabiduría tiranizó con el miedo: puede ser un dictador el más filósofo; ¿no as acaso la humildad de Epicteto la más elegante soberbia? ¿Y el cemí? Este, por la fuerza, constituyó una tiranía sabia. Y entre la lanza y el concepto, ¿no hay, acaso, una relación de fuerza tan humanamente parecida que promueva a la sonrisa?

Y el viajero, un tipo de cultura que había llegado a la ironía, contemplaba a

intervalos a los dos idolillos de arcilla tratando de bosquejar, en la relación de una metafísica burlona, el afán de dos pueblos creyentes, que aunque alejados, en el sentido moral y material, de lo que se llama civilización, se conectaban aún en la síntesis de

sus credos… Mas, en el lecho, la mujer, la amada, dejaba traslucir la tersura de los hombros rosa bajo el tenue encaje de las sedas, y el viajero aquel, tipo de cultura que había llegado a la ironía, dejó la estancia a media luz y fue tras el calor suave de la amada en reposo…

Fijas una en la otra, bajo la gasa de la penumbra, quedaron las dos estatuitas viéndose en los espejos de pulida luz veneciana y contemplándose de reojo. El cemí era antagónico en expresión al buda. El idolillo indio atesoraba un aspecto heroico y bravo:

tal parecía que acababa de sufrir los horrores de una batalla en sublime esfuerzo contra los caribes: tenía la nariz rota, un ojo con expresión de pánico y otro a medio cerrar. La boca, de rasgadura macábrica, torcida y violenta, aún parecía sentir rozar por sus labios el grito espasmódico de un viva. Y en todo su cuerpo brillaba el tono mate de la arcilla expuesta al desamparo, la lluvia y el sol… Era aquel fetiche como la encarnación simbólica de una casta indómita, desaparecida, en plena resistencia, a golpes de espada y pica…

Así, como enemigos, a ese instante en que la penumbra esmaltaba con su matiz los tenues rincones, los dos héroes se encontraron escudriñándose con extraña impresión de incredulidad. El buda abrió los ojos y buscó en aquel vecino alguna razón de ser, algún derecho a perpetuarse. Y el cemí, enardecido por la imprudencia de aquel extraño ceremonioso, quieto, sentado con deje de olvido reflexivo y hasta displicente, contrajo los músculos, arrugó el rostro y enristró la lanza… Por el rostro del buda pasó algo como una sonrisa y después dijo:

- Soy Buda, el que todo lo puede con el esfuerzo de la mente; si más hubiera querido, más hubiera hecho.

-

Yo, Tucay, un dios indio, guerrero; consiguieron matarme, pero no hacerme morir.

-

¿Un indio?

-

Sí…

-

En mi tierra jamás conocí a tal descendiente de Visnú.

-

Ni en la mía a tal representante de Huracán.

Y

los dos fetiches se estuvieron callados. Al fin, preguntó el cemí:

-

¿Y qué sabes hacer?

-

¿Yo?… Meditar, razonar, vencer el pensamiento al dolor y al placer… ¿Y tú?

-

¿Yo?… Sé guerrear, defender la tierra de los míos. Dí batallas, vencí enemigos y

sobre las crestas más altas de las montañas planté mi lanza;

voluntad; impuse mi fuerza. Todos se rindieron y en mi choza tuve doncellas que rivalizaban con las flores…

nadie pudo contra mi

- Somos antagónicos. Yo odio la Guerra

- Y yo odio la paz.

Los dos idolillos de nuevo tornaron al silencio. Mas el buda notó las heridas y las rasgaduras que en su cuerpo tenía el cemí.

- Dí… ¿Has vencido siempre?

Por los ojos del guerrero cruzó algo sombrío y doloroso; imágenes extrañas de instantes pavorosos surgieron ante sus pupilas, como si del recuerdo brotara la realidad del ayer, y al fin repuso:

- No…

Sonrió el buda victorioso. Por su faz de tierra vagó la sonrisa de una íntima seguridad y dejó caer de sus labios la sentencia:

- Sólo la paz es vencedora. Nadie es suficientemente fuerte para eternizarse en la victoria.

Reinó el silencio. El cemí vio plegarse en su alma los mirajes del recuerdo, a manera de paisajes milagrosos. Las tropas de los blancos, aquella bandera roja y amarilla, los tercios recios y atrevidos, más fuertes que Yukuyú, ágiles como las flechas y más valerosos que los caciques; resonó de nuevo en sus oídos el golpear de las espadas finas, el eco lejano de los arcabuces; después el oro, la esclavitud, la rebeldía, y, al fin, la muerte, héroe sobre una colina, firme su cuerpo de cobre hasta caer atravesado por la espada de un capitán…

¿Tendría razón el Buda? ¿La fuerza no podría eternizarse en la Victoria?… Mas como quien surge de entre tinieblas, preguntó también:

- Y tú, ¿has vencido siempre?

La risa de triunfo que vagaba trémula por el rostro de buda fue desapareciendo como un crepúsculo ante el avance de la noche… Sus ojos buscaron el vientre y en larga meditación quedó el que todo lo pudo con el pensamiento… Al fin, tras un suspiro, exclamó:

- Fui vencido…

- ¿Y cómo? ¿No es la paz el símbolo de la victoria eterna?

- Tú caíste en la guerra, la tiranía de las armas venció tu fortaleza. A mí me venció la paz, la tiranía de la fraternidad anuló mi victoria…

- Mis guerreros siempre fueron leales.

- Y tan leales fueron conmigo mis prosélitos, que para interpretarme cayeron en la abulia.

- ¿La paz entonces es una faz de la guerra?

- La guerra también es una forma de paz.

- Pero ¿y tus dioses?

- Toda creencia fue desconsuelo.

- ¿Y los tuyos?

- Toda imploración fue un desencanto.

Hubo un largo silencio. El indio paseó de un extremo a otro en el castillo fino de caoba; fueron sus pasos violentos, agitados; en su rostro, contraído, vibraba la emoción de la soberbia. Después, como vencido, se puso en cuclillas, soltó la lanza y se estuvo fijo en el recuerdo… El buda de su inquietud nirvanesca se alzó a la agitación; su cuerpo, rechoncho, ahora tenía elegancias marciales. Y empuñando la lanza del cemí quedó en posición de asalto…

La luz del sol se coló ágilmente por entre las cortinas y los cristales. La plata maravillosa de la mañana se hizo polvo en los rincones. Unas rosas se enderezaron por las ventanas…

El viajero, aquel hombre culto que llegó a la ironía abrió los ojos y retiró a la amada. Al volverse notó el cambio en la posición de los dos fetiches. Sonrió. Hasta la tierra tenía espíritu; el hombre la insuflaba de ánimo; de seguro que los dos símbolos conspiraban contra la felicidad. Era mejor romperlos…

Se levantó, llegó al tocador, alzó a los idolillos y los hizo caer contra el mármol… Todo quedó en silencio. La amada dormía aún. Sólo él, que conocía la burla, sonrió suavemente…

¡Si en sus manos hubiera estado algo más que el símbolo!

El anillo de Lord Arthur

El noble inglés que se había aburrido en todos los países gustando a las mujeres más hermosas; el maniático raro que importa para su castillo de Londres, junto a flores exóticas y momias egipcias, mujeres como verdaderos lotos caprichosos; el dueño de un hotelillo pulcro en cada comarca de todos los países, contempla silenciosamente el extenso panorama desarrollado a su vista, el cual, al descomponerse los tintes del crepúsculo, se tornaba azul en el linde de las montañas, gris perla en las cuencas apartadas y, por último, negro sobre los picos de la cordillera.

El aire del trópico azotó su traje, y al componerse la solapa fina de la americana notó en una de sus manos la prenda rica, el anillo inseparable, compañero discreto de sus aventuras galantes.

Del anillo incrustado con piedras preciosas había dicho el mago indio: “Con esta prenda se abrirán los corazones de todas las mujeres.” Y no mintió el solemne adorador de Buda. La piedra preciosa había pasado de mano en mano; fue de una turca desencantada que murió de amor en el harén de un califa, en las orillas del Mármara azuloso; después, de una rusa princesa, de ojazos azules y carne blanca como la leche; más tarde, de una diabólica princesita parisién, hija de un minero, que deslumbraba a las cocottes, y, por ultimo, estuvo en el poder de una miss yanqui, danzadora antiartística de los cabarets neoyorquinos, la cual sentó un pleito contra el lord por pérdida de tiempo.

Mas hoy el noble descendiente de los infatigados diplomáticos venía a esta islita con el

buen propósito de distraer su spleen.

II

- Inglés, tus labios están fríos.

- Me hace falta el whisky.

- Amigo del alma, esos ojos grises se han vuelto muy tristes.

- Es que los deslumbra la luz de los tuyos.

- Inglés, eres frío como los mismos icebergs del Norte.

- La tarde tiene llamas en los últimos rayos del sol, parece que éste se ha divertido prendiendo la arena.

La criolla acariciaba con su mano de fuego las mejillas del exótico viajero.

De pronto exclamó el inglés:

- Me haces daño con tus manos.

- No; yo no –respondió la niña-; la sortija que me has dado es la que ha herido

tu cutis.

El recuerdo de la sortija trajo a la memoria del lord el renacimiento de pasados propósitos. Quizá la prenda mágica había rozado su rostro para recordarle su misión. Por sus ojos cruzaron otros campos y otras tierras. Era la nostalgia de su monomanía que se posesionaba nuevamente de su corazón artístico. Irse y llevarse con la prenda otro corazón, apuntando en su libretita-memorándum el nombre y la dirección de la olvidada.

Al siguiente día no vino donde la criolla, y al tercero le escribió esta carta:

“Todo ha terminado sin luz ideal. Nuestra unión es imposible: el fuego y la nieve no se conservan mutuamente. Soy un hijo del Norte y sus nieblas viven en mis nostalgias.

Inglaterra me llama; ahora de lo que fue no debe quedar ni un rastro que guíe a nuevas

tuyo,

perturbaciones. Por honor debemos devolver lo que no es nuestro. Te envío lo que seas feliz con otro. Adiós.”

El lord esperó la contestación algunos días, y cuando, al fin, impaciente, suponía poner en juego medios más complicados, recibió esta epístola de la criolla:

“Las criollas no nos parecemos, amando, a las mujeres de otros países; ni siquiera somos extravagantes que hagamos de nuestra ilusión un vicio. El amor, para nosotras, es uno solo; lo perdemos, y hemos perdido el corazón. Un hombre que ha sido nuestro y se va, no deja cabida a otros hombres; pero cuando se nos habla de orgullo, rechazamos la debilidad del amor. En América latina torrentes de sangre lavaron la afrenta del servilismo. Aquí somos fuertes y orgullosas hasta amando. Hemos terminado.”

“Lo que no es nuestro, lo devolvemos; pero siendo engañoso el amor que se nos ha ofrecido, ¿por qué no evitar que continúen siendo medio de otro engaño las mismas

prendas que estimularon nuestra pasión? El fuego quema las cartas para que las cartas no recuerden días mejores, y las piedras preciosas que nos alegraran una vez con el brillo de su transparencia, deben convertirse en polvo para que no fascinen nuevamente a otras niñas más caprichosas. Allá va eso.”

El viajero abrió el pequeño cofrecito de caoba perfumada que le enviaba la criolla, y en su fondo, sobre raso negro, encontró, mezclado a las cenizas de las cartas, los restos de la mágica sortija. La criolla, en un arranque de pasión americana, había machacado la prenda estimable.

El galán aristocrático, el noble súbdito de Albión, se volvió a su castillo de Londres, y cuentan las tradiciones que no ha vuelto a emprender otros amores. La América latina habíale dado un corazón más, pero se quedó con el talismán de sus conquistas.

Luis Llorens Torres (Juana Díaz, 1876-1944)

Del libro Al pie de la Alambra

“Granada”

Oh, tú, Granada bella, la de alminares ricos, dormida entre montañas con cumbres de cristal. La de bermejas torres, la de soberbios picos más altos que las palmas del bosque tropical; la de la fértil vega, la de los cien alcores, la que de excelsos vates el numen inflamó, la que brindó a Zorrilla las olorosas flores con que el fecundo bardo gentil se coronó

¿Por qué mi alegre patria dejé con sus jardines, sus fuentes, sus sabanas, sus vegas de guandul, sus bosques, donde cantan

manchados colorines, sus noches de verano, su cielo siempre azul? ¿Por qué dejé las playas de perfumado ambiente, donde los dulces sueños de mi niñez dormí? ¿Por qué, Granada bella, bajo tu sol ardiente, hasta mi cuna olvido para cantarte a ti?

¿Qué busca en ti mi mente? ¿Qué busca mi mirada, cuando las ruinas toco de tu pasado ser, cuando la hiedra arranco que crece abandonada en losas con relieves y fechas del ayer? ¿Qué siento cuando escucho los deliciosos trinos de enamorados pájaros que cantan su pasión? ¿Qué siento si el murmullo de arroyos cristalinos repite de los bosques la mágica canción?

Yo sólo sé que el pecho se oprime y se dilata,

y el alma encuentra espacio con luz en que vagar, aquí donde la nube que en perlas se desata, nutrida de perfumes se vuelve a evaporar. Tú tienes lunas pálidas que aumentan la poesía de la mujer, del ave, del nido y de la flor,

y tus serenas noches, como en la patria mía, convidan al insomnio sublime del amor.

Tu Alambra me entristece, porque en sus tronos reales ya altivo no se sienta el bravo musulmán, ni pisan su almorrefa los pies esculturales de las princesas púdicas que en el Edén están. Por callejones largos, estrechos y musgosos, los moros y las moras parece que se ven vagar, como en un tiempo, risueños, presurosos, luciendo en sus aljubas las flores del harén.

Al son de las bandurrias,

si cantan las gitanas,

del fondo de las cuevas levántase la voz, cual versos arrullados por vírgenes indianas, cual cántico de almeas que al cielo va veloz. Allá en los arrabales, los altos paredones, que el tiempo ha carcomido,

aún ciñen la ciudad; y crecen, en sus riscos

y grietas y rincones, campánulas y lirios en dulce soledad.

¡Qué tristes por la noche se ven los alijares! ¡Qué tristes los escombros del árabe Albaicín, donde cabellos negros lucieron almaizares; la virgen, almanafa; turbante, el paladín. ¡Y qué radiante y bella, bajo sus tersas gradas, levántase la Sierra sin cráter ni volcán,

la misma cuyas cumbres

eternamente heladas baluarte fueron firme

del rudo musulmán!

Los nardos y las rosas, en tierno maridaje, sus pétalos derraman temblando en el pensil, que riegan, desprendidas del turbio rebalaje, las aguas espumosas del Darro y del Genil. Cual ángeles que anuncian un mundo de placeres como el Edén fantástico que el árabe soñó, asómanse a la reja tus célicas mujeres

y ostentan la hermosura que Dios les prodigó.

Para ellas, yo soñaba que fuesen mis canciones más blancas que los nimbos de aurora boreal, más frescas que la brisa de misteriosos sones que cimbrea suavemente las frondas del nopal; quisiera, para ellas, pulsar la dulce lira de los amenos valles de Grecia la gentil,

y que los pobres versos, que su beldad me inspira, vibrasen como cuerdas en arpas de marfil

Y para ti, Granada,

la de los mil colores, dormida entre montañas

con cumbres de cristal,

la

que despierta lánguida, lo mismo que las flores,

al

beso voluptuoso

del aura matinal; ¡son para ti los versos que de Levante a Ocaso, pregonarán doquiera la eterna admiración

del que te deja sólo las huellas de su paso,

y lleno de recuerdos se lleva el corazón

(1899)

De Sonetos sinfónicos

“Escudo”

Mi escudo es límpido escudo de nobleza

donde brillan los siete puñales de los siete pecados capitales

y los siete colores de la naturaleza.

En un cuartel domina la Mano divina;

en otro luce Venus su cuerpo de diosa; llora en otro la Madre Dolorosa;

y ríe en otro el Diablo detrás de una cortina

(Los ejes magnos de todas las cosas)

En la orla hay enyugados femeninos nombres,

evocadores de angustias y placeres;

nombres de cortesanas, de santas y de diosas.

Y la divisa es una mano tendida a todos los hombres

y un corazón abierto a todas las mujeres.

“Pegaso”

Mi caballo es un hidalgo potro de árabe blancura,

con los ojos negros y áureas la cola y la crin.

Su escape, de noche, como la Vía Láctea fulgura.

y de día, bajo sus cascos, llora oros el adoquín.

Piafa y relincha sobre la esperanza de las olas

y sobre el ensueño de las nubes azuleadas de zinc; pues viene de las muy ilustres yeguas españolas que en La Mancha parieron al inmortal rocín.

No duerme, sino suelto y al sereno

y sólo come en el azul su heno.

Cuando Sancho lo monta, toma la postura

de un burrito que va al pueblo cargado de verdura. Pero yérguese y brinca y corre y vuela, Cuando yo lo monto y le clavo la espuela.

“Bolívar”

A Rufino Blanco Fombona

Político, militar, héroe, orador y poeta.

Y en todo grande. Como las tierras libertadas por él.

Por él, que no nació hijo de patria alguna, sino que muchas patrias nacieron hijas de él.

Tenía la valentía del que lleva una espada. Tenía la cortesía del que lleva una flor.

Y

entrando en los salones arrojaba la espada.

Y

entrando en los combates arrojaba la flor.

Los picos del Ande no eran más a sus ojos, que signos admirativos de sus arrojos. Fue un soldado poeta. Un poeta soldado.

Y cada pueblo libertado

era una hazaña del poeta y era un poema del soldado.

Y fue crucificado

“Pancho Ibero”

A Antonio Pérez-Pierret

¡Pancho Ibero! Tronco de honda raíz ibérica

y encarnación de la América española.

Una ola te trajo a las playas de América.

¡Pancho Ibero! ¡Bendita sea la ola!

Tramas la dictadura, pero armas la revolución; que eres a un tiempo pulpero y soñador.

Y sabes llevar con arte el clac;

pero prefieres tu sombrero de panamá.

Y mientras el Tío Sam en su águila cabalga

acaricias de tu cóndor las alas

y

afilas en la piedra el cuchillo y la azada;

porque una noche sueñas en la Vía Láctea

y otra noche en la res que en la pampa destazas

que no en vano nos vienes de Quijote y de Panza.

“Guayama”

A Luis F. Dessuse

Yo te vi, desde tu cerro más erguido. Huerta nevada de algodón. Paloma echada como en nido florecido de pajas que enverdece y florece la acequia de tu Corazon.

El alba besa tu pereza barragana,

Y tú sacudes el frío de tu vellón,

cual rebaño que despierta de debajo de su lana

y en la espuma de su leche rinde al mundo su oblación.

Tu caserío, que parece un delantal de encaje en la falda verde aterciopelada del paisaje,

es un espejo que de noche se alumbra, una pupila

abierta a la estrellada noche tranquila.

Y tu cauda de cañas, un colmenar

que te borda de pañales hasta el mar.

De Voces de la campana mayor

“La campana mayor”

Oíd mi voz

y contemplad mi omnicolor bandera.

Soy la universal hoz. Soy la universal sementera. Escuchad mi voz que trae la armonía de todas las vibraciones del mundo, desde la fermata que el nido al romper sus huevos pía, hasta el miserere que en el circo muge el toro moribundo. Soy la Carne. Y os hablo desde los abismos del fondo de vosotros mismos.

Soy el barro del hombre, el mármol de la mujer,

la vasija de todo viviente ser.

Fui en la aurora del mundo amasada por el Creador. Sus manos me dieron la vida y el calor. Quien me besa se embriaga en las fragancias prístinas que aún conservo de las manos divinas.

Cuando, a Dios obedientes, el león ruge,

el

gallo canta, el toro muge,

el

potro relincha, el tigre brama

es

mi voz que a la naturaleza llama:

soy yo quien relincha, ruge, brama

Soy la más alta cumbre que han subido los raros superhombres que han sido:

el

artista, el sabio, el héroe, el bandido.

A

mi luz, toda cosa

se

perfuma de rosa

y se empolva de oro de mariposa. Divinizo la humanidad

bajo los velos de mi excelsa idealidad.

Y por mí, el ganso, el atún y el pollino

tienen también su momento divino.

Soy sol de todo ser viviente, que en todo ser me inicio con rubores de oriente,

y

a todo ser incienso,

y

a todo ser abraso,

y sobre todo ser giro, como el sol en su arco inmenso del oriente al ocaso.

Y como el sol, me enciendo en el alba de la vida,

remonto la cuesta de la juventud florida,

escalo el cenit del firmamento donde la virilidad arde, lamo el descendimiento con lengua sabiamente cobarde;

y me apago en los seniles desmayos de la tarde. Ni Jesús ni San Agustín lograron aplacar la marcha avara

con que recorro mi arco desde el principio al fin:

la imperturbable ruta triunfal,

que la mano de Dios me trazara, en el concierto de la vida terrenal.

Cabalgo en el potro que deja tras sí un nubarrón en las sendas lácteas, en las vías brumosas que manchan las noches misteriosas de la fecundación. Ilumino con mi miaja germinal

la blanca oscuridad secreta

del huevo, en que es un punto la paleta de la cola faraónica del pavo real.

Y de mí mismo soy alquimista y orfebre:

me condenso en estrella en el núbil pezón de la doncella, catalizo la brasa de mi fiebre,

sé zahondar mi huella

y

hacerme nido en ella,

y

bajo mi acción la sangre se enriquece

de iones que urden la suma ebriedad que a un tiempo al sátiro embravece

y a la ninfa desmaya en la par ansiedad.

Soy gnomo en los subsuelos de la fisiología, donde cierra sus ojos la filosofía

y la luna del microscopio riela en las nieblas de la materia supermuerta y superfría que no ha vivido todavía. Gnomo que con su chispa generatriz enciende las estáticas tinieblas

del infinito que entre molécula y molécula se tiende. Gnomo que embruja los surcos de la invisible siembra de la ubicuidad sensual en el vuelo telegónico espiritual con que una hembra vuela al vientre de otra hembra

a través de la onda pasional

del macho en el instante de la impregnación sexual.

Multiplico los millones de millones de bacterias con que fermento los vinos filosofales que trasiego de las minerales arterias

a

los vasos microscópicos de los vegetales.

Y

es mi ardorosa sensualidad microorgánica

la

bruja lámpara botánica

a cuya luz la seca y pálida semilla

sonvierte en amapolas el puñado de arcilla

y

en fragante racimo

la

insípida y oscura paletada de limo.

Soy el más fuerte impulso de la vida.

Y aún soy mucho más fuerte

cuando soplo la falange aguerrida de los transustanciadores gusanos de la muerte.

La moral y las religiones no humedecen la seda de sus plumas

en las ingenuas espumas de mis generosas fermentaciones. Pero el arte conecta en mi matriz su hilo.

y la yema de luz de su pabilo

es

incendio en los dáctilos del poema de Troya,

es

incendio en los pechos de la Venus de Milo,

es

incendio en el vientre de la maja de Goya.

Y

jamás seré hueso de la paz sepulcral

Cuando la ira divina sepulte la más alta colina

en el futuro diluvio universal; cuando el agua salobre salte de sierra en sierra

e hinche sus olas sobre

toda la faz de la tierra,

y la humanidad entera se hunda en el abismo del sueño ultraprofundo,

Dios me hará una guiñada después del cataclismo

Y surgiré otra vez,

a repoblar el mundo,

de la leche de un pez.

“Amanecer”

Ya está el lucero del alba encimita del palmar, como horquilla de cristal en el moño de una palma. Hacia él vuela mi alma, buscándote en el vacío.

Si

también de tu bohío,

lo

estuvieras tú mirando,

ahora se estarían besando

tu pensamiento y el mío.

“Barcarola”

Déjame, niña, bogar, en el esquife de un verso, por el oleaje perverso de tus pupilas de mar. Quiero en ellas desafiar las rachas de tu ilusión,

y que una ola de pasión

me envuelva en sus espirales,

me ahogue entre sus cristales

y me hunda en tu corazón.

“Vida criolla”

Ay, qué lindo es mi bohío

y

qué alegre mi palmar

y

qué fresco el platanar

de la orillita del río. Qué sabroso tener frío

y un buen cigarro encender. Qué dicha no conocer de letras ni astronomía.

Y qué buena hembra la mía

cuando se deja querer.

De Alturas de América

“Canción de las Antillas”

¡Somos islas! Islas verdes. Esmeraldas en el pecho azul del mar. Verdes islas. Archipiélago de frondas

en el mar que nos arrulla con sus ondas

y nos lame en las raíces del palmar.

¡Somos viejas! O fragmentos de la Atlante de Platón, o las crestas de madrépora gigante,

o tal vez las hijas somos de un ciclón.

¡Viejas, viejas!, presenciamos la epopeya resonante

de Colón.

¡Somos muchas! Muchas, como las estrellas. Bajo el cielo de luceros tachonado,

es el mar azul tranquilo

otro cielo por nosotras constelado. Nuestras aves, en las altas aviaciones de sus vuelos, ven estrellas en los mares y en los cielos.

¡Somos ricas! Los dulces cañaverales, grama de nuestros vergeles, son panales de áureas mieles. Los cafetales frondosos,

amorosos,

paren granos abundantes y olorosos. Para el cansado viajero

brinda sombra y pan y agua el cocotero.

Y es incienso perfumante

del hogar

el aroma hipnotizante

del lozano tabacar. Otros mares guardan perlas en la sangre de coral de sus entrañas, otras tierras dan diamantes del carbón de sus montañas. De otros climas son las lanas, los vinos y los cereales. Berlín brinda con cerveza. París brinda con champán. China borda los mantones orientales

Y Sevilla los dobleces de la capa de Don Juan.

¿Y nosotras?

repletos nuestros bajeles siempre van. ¡Mieles y humo! Legaciones perfumadas. Por la miel y por el humo nos conocen en París y en Estambul. Con la miel rozamos labios de princesas encantadas. Con el humo penetramos en el pecho del doncel de barba azul.

De tabacos y de mieles,

¡Ricas, ricas! Los bajeles que partieron con las mieles, los tabacos y el café de nuestra sierra, los bajeles ya volvieron, los bajeles nos trajeron las especies y las gemas de los cinco continentes de la tierra.

¡Somos hembras! Hembras duras en el seno y las caderas:

en las cumbres monolíticas y en las gnéisicas laderas de las aterciopeladas cordilleras. Hembras puras en las vírgenes entrañas de oro de nuestras montañas.

Y hembras de ubres maternales

en las peñas donde irrumpen los fecundos manantiales con que la negra nodriza de la sierra

se desborda sobre el humus sediento de la tierra.

¡Somos indias! Indias bravas, libres, rudas,

y desnudas,

y trigueñas por el sol ecuatorial. Indias del indio bohío del pomarrosal sombrío de las orillas del río

de la selva tropical. Los Agüeybana y Hatueyes, los caciques, nuestros reyes, no ciñeron más corona

que las plumas de la garza auricolor.

Y

la dulce nuestra reina Anacaona,

la

poetisa de la voz de ruiseñor,

la

del césped por alfombra soberana

y

por palio el palio inmenso de los cielos de tisú,

no tuvo más señorío

que una hamaca bajo el ala de un bohío

y un bohío bajo el ala de un bambú.

¡Somos bellas! Bellas a la luz del día

y más bellas a la noche por el ósculo lunar. Hemos toda la poesía

de los cielos, de la tierra y de la mar:

en los cielos, los rosales florecidos de la aurora que el azul dormido bordan de capullos carmesíes en la cóncava turquesa del espacio que se enciende y se colora como en sangre de rubíes; en los mares, la gran gema de esmeralda que se esfuma como un viso del encaje de la espuma bajo el velo vaporoso de la bruma;

y en los bosques, los crujientes pentagramas

bajo claves de orquídeas tropicales, los crujientes pentagramas de las ramas donde duermen como notas los zorzales Todas, todas las bellezas de los cielos, de la tierra y de la mar, nuestras aves las contemplan en las raudas perspectivas de sus vuelos, nuestros bardos las enhebran en el hilo de la luz de su cantar.

¡Somos grandes! En la historia y en la raza. En la tenue luz aquella que al temblar sobre las olas dijo “¡tierra!” en las naos españolas.

Y

más grandes, porque aquí

se

conocieron

los dos mundos, y los Andes

aplaudieron

la

oración de Guanahaní.

Y

aún más grandes, porque fueron

nuestros bosques los que oyeron,

conmovidos, en el mundo de Colón, los primeros y los últimos rugidos del ibérico León.

Y aún más grandes, porque somos: en las playas de Quisqueya,

la epopeya de Pinzón, la leyenda áurea del pasado fulgente; en los cármenes de Cuba, la epopeya de la sangre, la leyenda del presente

de la estrella en campo rojo sobre franja de zafir;

y en los valles de Borinquen,

la epopeya del trabajo omnipotente,

la leyenda sin color del porvenir.

¡Somos nobles! La nobleza de los viejos pergaminos señoriales:

que venimos resonando por las curvas de los siglos ancestrales, en las clásicas leyendas orientales

y en los libros de los muertos idiomas inmortales.

Nuestro escudo engasta perlas del dolor de Jeremías

y esmeraldas de las hondas profecías

de Isaías. He aquí el címbalo de alas, más acá de las etiópicas bahías, que enviara en vasos de árboles al mar su legado. Aquí el mundo en otros tiempos humillado, cuyas cúspides homéricas fueron nidos de las águilas ibéricas en sus sueños y en sus ansias de volar. Nobles por lo clásicas: profetizadas de Isaías, de Jeremías, de David, de Salomón, de Aristóteles, de Séneca y Platón. Nobles por lo legendarias: góticas, cartaginesas y fenicias, por las naves que vinieron de Fenicia y de Cartago y las que huyeron en España de la islámica invasión. ¡Nobles, nobles! Que venimos resonantes, por las curvas de los siglos fulgurantes, hasta el más noble de todos, hasta el siglo de la raza, de la historia, del heroísmo, de la fe y la religión, el más grande de los siglos, el de América y España, de Colón y de Pinzón.

¡Somos las Antillas! Hijas de la Antilia fabulosa. Las Hespérides amadas por los dioses. Las Hespérides soñadas por los héroes. Las Hespérides cantadas por los bardos. Las amadas y soñadas y cantadas

por los dioses y los héroes y los bardos de la Roma precristiana y la Grecia mitológica. Cuando vuelvan las hispánicas legiones

A volar sobre la tierra como águilas;

cuando América sea América, que asombre con sus urbes y repúblicas; cuando Hispania sea Hispania, la primera por la ciencia, por el arte y por la industria; cuando medio mundo sea de la fuerte raza iberoamericana, las Hespérides seremos las Antillas, ¡cumbre y centro de la lengua y de la raza!

“El patito feo”

No sé si danés o ruso, genial cuentista relata

que en el nido de una pata

la

hembra de un cisne puso.

Y

ahorrando las frases de uso

en los cuentos eruditos, diz que sin más requisitos, en el tricésimo día,

la pata sacó su cría

de diez y nueve patitos.

Según este cuento breve, creció el rebaño pigmeo llamando PATITO FEO

al patito diez y nueve.

¡El pobre! Siempre la nieve

lo

encontró fuera del ala.

Y

siempre erró en la antesala

de sus diez y ocho hermanos que dejábanle sin granos las espigas de la tala.

Vagando por la campaña

la

palmípeda cuadrilla

al

fin llegó hasta la orilla

de la fuente en la montaña.

¡Qué sensación tan extraña y a la par tan complaciente

la

que le onduló en la mente

al

llamado FEO PATO

cuando miró su retrato

en el vidrio de la fuente!

Surgió entonces de la umbría

un

collar de cisnes blancos

en

cuyos sedosos flancos

la

espuma se emblanquecía.

(Aquí, al autor, que dormía, cuando este cuento soñó, dicen que lo despertó

la

emoción de la belleza.

Y

aquí sigue, o aquí empieza,

lo

que tras él soñé yo.)

Cisne azul la raza hispana puso un huevo, ciega y sorda,

en el nido de la gorda

pata norteamericana.

Y ya, desde mi ventana,

los

norteños patos veo,

de

hosco pico fariseo,

que al cisne de Puerto Rico,

de

azul pluma y rojo pico,

lo

llaman PATITO FEO.

Pueblo que cisne naciste, mira y sonríe, ante el mote, con sonrisa del Quijote

y con su mirada triste; que a la luz del sol que viste

de alba tu campo y tu mar,

cuando quieras contemplar

que es de cisne tu figura, mírate en el agua pura

de la fuente de tu hogar.

Con flama de tu real sello,

mi cisne de Puerto Rico,

la lumbre roja del pico

prendes izada en el bello

candelabro de tu cuello.

Y

azul del celeste tul,

en

que une la Cruz del Sur

sus cinco brillantes galas,

es

el que pinta en tus alas

tu

firme triángulo azul.

Oro latino se asoma

a tu faz y en tu faz brilla.

lo

fundió en siglos Castilla.

y

antes de Castilla, Roma.

Lo hirvió el pueblo de Mahoma en sus fraguas sarracenas.

Y antes de Roma, en Atenas,

los Homero y los Esquilo hilaron de ensueño el hilo de la hebra azul de tus venas.

En tu historia y religión tus claros timbres están; que fuiste el más alto afán de Juan Ponce de León. Mírate, con corazón, en tu origen caballero, en tu hablar latinoibero, en la fe de tus altares,

y en la sangre audaz que en Lares regó Manolo el Leñero.

Veinte cisnes como tú nacieron contigo hermanos en los virreinos hermanos de Méjico y el Perú. Bajo el cielo de tisú de la antillana región, los tres cisnes de Colón,

las tres cluecas carabelas, fueron las aves abuelas en tan magna incubación. Alma de la patria mía, cisne azul puertorriqueño,

si quieres vivir el sueño

de tu honor y tu hidalguía, escucha la voz bravía de tu independencia santa cuando al cielo la levanta

el huracán del Caribe

que con rayos la escribe

y con sus truenos la canta.

Ya surgieron de la espuma los veinte cisnes azules

en cuyos picos de gules

se

desleirá la bruma.

A

ellos su plumaje suma

el

cisne de mi relato.

porque ha visto su retrato en los veinte cisnes bellos. porque quiere estar con ellos.

porque no quiere ser pato.

“Todo a todos”

¡Al demonio todas las constituciones de América!

Que a los pobres no nos garantizan más que vanos derechos irreales:

el

de propiedad,

el

de la libertad de reunión,

el

de inviolabilidad del domicilio,

muy sonoros, muy huecos ¿Qué importa

que me violen el domicilio? ¡Que lo violen! Violarán la miseria que en él sólo hallarán. ¿A qué garantizarnos

el derecho a la propiedad,

tan siempre de los menos,

tan nunca de los más? ¿Y para qué nos sirve

el

derecho a la libre reunión,

si

el harapo del pobre solamente desea

esconderse del mundo, que el mundo no lo vea? ¡Al demonio todas las constituciones:

que ninguna nos asegura el pan diario! La única sabia y justa será la que algún día vendrá de todos modos;

la que sólo diga:

todo para todos.

“Mariyandás de mi gallo”

Amanecer

Guíñale al sol la cabaña.

El río es brazo que se pierde

por entre la manga verde

que cuelga de la montaña.

El

yerbazal se desbaña.

La

luz babea la colina.

Y más que el veloz caballo,

hiere la paz campesina

la puñalada honda y fina

del cantío de mi gallo.

Medianoche

A la orilla del camino

que en la sierra se encarama,

mi

gallo duerme en la rama

del

viejo laurel sabino.

Le

corre ardor masculino

desde el pico hasta la hiel.

Y

en la rama de laurel,

la

luna que lo ilumina

es

como blanca gallina

que abre un ala sobre él.

Mediodía

Mi

gallo ama el bosque umbrío

de

la verde cordillera

y la caricia casera

de la hamaca en el bohío.

Cuando lanza su cantío,

es por su tierra y su amada. Galán de capa y espada,

es el donjuán de la fronda,

que bajo la fronda, ronda con su capa colorada.

Desafío

Gallo que los tiene azules,

es el que los sueños míos ensueñan en desafíos

que el campo tiñan de gules. Que su plumaje de tules

la

lid desfleque y desfibre.

Y

que cuando cante y vibre,

al lanzarse a la pelea,

su canto de plata sea:

¡Viva Puerto Rico libre!

“Manolo el leñero”

Héroe puertorriqueño de la Revolución de Lares

Fuiste, en el gesto redentor, tan fuerte, que al caer, con la mano mutilada, aun alzaste la enseña ensangrentada, dando aquel grito:

¡ Independencia o Muerte!

No sé si la desgracia o si la suerte abrió tu fosa en la primer jornada. ¿No oyes la envilecida carcajada

de

tu pueblo, incapaz de comprenderte?

Tu

pecho todo se volvió una rosa

al derramar su sangre generosa por el pueblo infeliz que en torpe yerro

no siente el deshonor de ser esclavo,

y sus cadenas lame, como un perro, y, como un perro, remenea el rabo.

“La hija del viejo Pancho”

Cuando canta en la enramada

mi buen gallo canagüey,

y se cuela en el batey

el frío de la madrugada; cuando la mansa bueyada

se despierta en el corral,

y los becerros berrear

se oyen debajo del rancho,

y la hija del viejo Pancho

va las vacas a ordeñar;

Entonces viene a mi hamaca

un olor como de selva

que no sé si está en la yerba

o

en las crines de las jacas

o

en las ubres de las vacas

o

en el estiércol del rancho:

todo tiene un hondo y ancho olor a felicidad;

y ese olor quien me lo da

es la hija del viejo Pancho.

“Mi rancho”

En el cafetal, mi rancho, nido de pajas parece,

que a viento y lluvia se mece, cual si colgara de un gancho. Con la hija del viejo Pancho, las lluvias son placenteras; porque al caer las goteras, ella se acuesta conmigo

y me echa encima el abrigo

de su seno y sus caderas.

“Banquete de gordos”

¿Por qué hombre flaco, por qué, ahora, desde el hambre del arroyo, desde el frío de afuera, tiendes tus rojas pupilas hacia adentro de la señorial residencia, donde ahora los gordos de la bolsa y de la banca en suntuoso banquete se congregan? Eres, en este instante, interrogación muda que se encorva atisbando la muda respuesta. Eres todo un por qué, sólo un por qué, que escarba

y busca, en las ácratas ecuaciones de la conciencia, la x, la ubicua x de tu secular problema, que es tan simple y sencillo como blandir un hacha y tumbar una ceiba, ya que sólo es cuestión de unas pocas horas

y de un poco de fuerza.

Veamos si a la luz de tus mudas preguntas, que por mis labios la voz de la verdad te contesta,

tu mansa esfinge de hombre pobre, tu sumisa esfinge, de su sordomudez de siglos se despierta ¿Qué quién aquel que va y viene de uno a otro extremo de la mesa, en una mano el mantel blanco

y en la otra mano la botella, que de sonrisa y de vino

a todos la copa les llena?

¿Qué quién?

¿Y aquel que en plateada bandeja sirve los faisanes que en la estancia columpian

el undívago vaho de sus especias? Otro de los tuyos. ¿Y el que en la cocina palaciega arropa el sueño de las salsas en las ollas

y amansa la jauría de la candela? Otro de los tuyos.

¿Y el chófer que en la calle espera, y espera y espera, mientras el amo come, come y come entre botellas y botellas y botellas? Otro de los tuyos. ¿Y aquel que hurtó unos panes y en el jardín lo arrestan? ¿Y el guardia que preso lo lleva? Otro de los tuyos. ¿Y el policía que frente al palacio vela, armas al hombro, para que nada el bienestar conturbe de los que en vino su hartazón abrevan? Otro de los tuyos. ¿Y el sudado labriego que ara y ara la tierra, mordido por frías hambres, para que los gordos magnates de la opulencia hayan siempre pan para sus inmensos apetitos

y vino para sus inmensas borracheras? Otro de los tuyos. ¿Y el soldado en pie de fuerza, presto a matar y a que lo maten -a la voz del que mande (sea quien sea)- para mantener a los poderosos en su poderío

y a los míseros en su miseria? Otro de los tuyos. ¿Y el que en la hosca fábrica pone a silbar las ruedas, para la carne, para la harina, para el zapato, para la tela, que no son de los que el trabajo hacen, sino de los que el trabajo ordenan? Otro de los tuyos. (Súbito, el hombre flaco, estremecido, de su sordomudez despierta.):

-¿Entonces, por cada uno de los gordos que esclavizan el mundo, hay mil flacos de los míos? -Hay mil flacos de los tuyos. -¿Pero ellos, los menos, son los amos, los que mandan? -Ellos son los amos.

Pues

Uno de los tuyos.

-¿Y nosotros, los más, sus esclavos somos? -Sois sus esclavos. -¿Y pudiendo matarlos, no los matamos? -No los matais. -¿Y pudiendo quitárselo todo, no se lo quitamos? -No se lo quitais. -¿Entonces, los astutos son ellos? -Ellos son los astutos. -¿Y los brutos nosotros? -Y vosotros los brutos.

“Valle de Collores”

Cuando salí de Collores,

fue en una jaquita baya, por un sendero entre mayas arropás de cundiamores. Adiós, malezas y flores de la barranca del río,

y

mis noches del bohío,

y

aquella apacible calma,

y

los viejos de mi alma

y

los hermanitos míos.

Qué pena la que sentía,

cuando hacia atrás yo miraba,

y

una casa se alejaba,

y

esa casa era la mía.

La última vez que volvía los ojos, vi el blanco vuelo de aquel maternal pañuelo empapado con el zumo del dolor. Más allá, humo esfumándose en el cielo.

La campestre floración

era triste, opaca, mustia. Y todo, como una angustia, me apretaba el corazón. La jaca, a su discreción, iba a paso perezoso. Zumbaba el viento oloroso

a

madreselvas y a pinos.

y

las ceibas del camino

parecían sauces llorosos.

No recuerdo cómo fue (aquí la memoria pierdo). Mas en mi oro de recuerdos, recuerdo que al fin llegué:

la

urbe, el teatro, el café,

la

plaza, el parque, la acera

Y

en una novia hechicera,

hallé el ramaje encendido, donde colgué el primer nido

de mi primera quimera.

Después, en pos de ideales,

entonces, me hirió la envidia.

Y

la calumnia y la insidia

y

el odio de los mortales.

Y

urdiendo sueños triunfales

vi

otra vez el blanco vuelo

de

aquel maternal pañuelo

empapado con el zumo del dolor. Lo demás, humo esfumándose en el cielo.

Ay, la gloria es sueño vano.

Y

el placer, tan sólo viento.

Y

la riqueza, tormento

y

el poder, hosco gusano.

Ay, si estuviera en mis manos

borrar mis triunfos mayores,

y a mi bohío de Collores

volver en mi jaca baya por el sendero entre mayas arropás de cundeamores.

Arcadio Díaz Quiñones, “La isla afortunada: sueños liberadores y utópicos de Luis Lloréns Torres”. [Se publicó en dos números de la revista Sin Nombre, San Juan, Puerto Rico: VI, Núm. 1 (julio-septiembre, 1975) y VI, Núm. 2 (octubre-diciembre, 1975); y, con algunas variantes, en: El almuerzo en la hierba, R. P., Huracán, 1982; y en: Arcadio Díaz Quiñones, Luis Lloréns Torres. Antología verso y prosa., R. P., Huracán, 1986]. [Sinopsis]

El 23 de abril de 1933, se celebró en el Teatro Municipal de San Juan la consagración del

poeta Luis Lloréns Torres. El programa de los actos anunciaba la interpretación de un aria de Verdi, a cargo de la joven Nilita Vientós Gastón. En la ceremonia se entregó al bardo un diploma y un anillo con la corona de laurel. Lloréns tenía en ese momento cincuenta y siete años de edad y los homenajes en su honor se multiplicaban a través del

país. Se le reconocía como el poeta nacional y contaba con discípulos e imitadores.

Pocos escritores puertorriqueños han logrado en vida la aceptación casi unánime que alcanzó Lloréns. No es frecuente la identificación tan radical del público con la poesía, ni el surgimiento de una identificación tan entusiasta con obras específicas, como ocurrió en Puerto Rico con poemas como “La canción de las Antillas” y “Valle de Collores”.

Lloréns no fue un poeta ensimismado ni maldito: participó activamente en la edificación de su propio pedestal. Se esforzó por cautivar al público, por obtener la gloria literaria, y cultivó su persona de poeta público. Se inventó a sí mismo como personaje poético (donjuanesco, heroico, sensual y jíbaro) y se encargó de difundir su propia poesía. El estilo oral de sus poemas más conocidos se debe a que posiblemente los concibió para ser

declamados.

Pero Lloréns también entabló diálogo con sus contemporáneos a través de la palabra impresa. Publicó cuatro libros: América (1898), Sonetos sinfónicos (1914), Voces de la campana mayor (1935) y Alturas de América (1940). Hizo periodismo literario en la Revista de las Antillas, Juan Bobo, Idearium y La Semana. También colaboró en Puerto Rico Ilustrado, La Correspondencia de Puerto Rico, El Imparcial, La Democracia y El Mundo.

II.

El primer crítico de Lloréns Torres fue Antonio Cortón, que prologó en 1897 el libro América, elogiando la inteligencia y los ensayos del joven escritor.

Nemesio R. Canales, gran amigo y colaborador de Lloréns, también se ocupó de su obra. En 1911, publicó una carta abierta en tres “paliques” sucesivos, en la que aplaudió la novedad de los poemas “Rapsodia criolla”, “Leticia y Margot” y “Barcarolas”. Hablando de “Rapsodia criolla”, dijo Canales: “Es la primera vez [que] Puerto Rico tenía el honor de ser cantado con un canto del corazón, intenso y bello, por un poeta de veras”. Exaltó a Lloréns como renonovador de la poesía puertorriqueña, y tronó contra los románticos que, según él, no entendían la musicalidad de Lloréns.

Otro crítico contemporáneo de Lloréns fue Miguel Guerra Mondragón, traductor esmerado de Oscar Wilde, aristocrático promotor de la belleza y uno de los críticos más cultos de la promoción modernista. En 1914, afirmó en la Revista de las Antillas que, entre los poetas puertorriqueños modernos, Lloréns era el más original:

Su técnica y su estética chocarán a quienes no hayan leído a Verlaine, Swinburne, Emerson, Kipling, Whitman y Thoureau… No he querido decir que Lloréns siga a ninguno de los poetas mencionados. Es el poeta más americano que tenemos. Idealiza la tierra, la vida, las cosas todas. Fue whitmaniano antes de conocer a Whitman ”.

Dijo también que Lloréns era el Whitman puertorriqueño y que tanto él como Pérez

Pierret eran poetas “americanos, fuertes, de energía para alentar a la acción…”

Casi veinte años después, en 1933, Concha Meléndez y Antonio S. Pedreira publicaron el artículo “Luis Lloréns Torres, el poeta de Puerto Rico”. Allí examinaron sus temas, sus teorías estéticas y su erotismo; consignaron el aplauso que recibía su poesía jíbara; y destacaron su vocación de poeta americano.

Margot Arce vio la relación entre la vieja tradición juglaresca y el círculo mágico, el ritual de identificación y experiencia colectiva, que creaba Lloréns con la lectura de su poesía:

Quien lo haya escuchado recitar “Valle de Collores” o “La hija del viejo Pancho” recordará [que] la naturalidad de su decir, su gran simpatía comunicativa, el regusto que hallaba en recrear con la propia voz viva la experiencia ya recreada por la poesía escrita, transformaban su persona en la encarnación palpable y viviente de los seres y los estados espirituales que evocaba con la magia de su palabra. La identificación era completa; el acto una verdadera y convincente “representación”, digamos una especie de “rito”. Entre el juglar y su público –Llorens era un verdadero juglar en el modo de crear y de transmitir su poesía- se establecía una comunicación misteriosa, un sentimiento tan sin reservas que su voz parecía traducir la intimidad del alma colectiva y entenderse con ella en el más perfecto diálogo…

Arce volvió a ocuparse de la obra de Lloréns a raíz de la muerte del poeta, en 1944:

explicó su erotismo y el valor patriótico de su obra, de la cual destacó las décimas como lo más logrado y duradero; vio en su obra defectos y virtudes; resaltó su dimensión criolla e iberoamericana; y lo propuso como modelo, por su cultivo de la lengua española y por su aportación a la formación de la conciencia nacional puertorriqueña. Señaló asimismo que el poeta no se limitó a atacar el colonialismo en Puerto Rico, sino que también repudió el imperialismo norteamericano en el continente. Para ella, muy pocos poetas nuestros contribuyeron tanto como él a la formación de una conciencia nacional. “Tiene derecho –dijo- a llamarse el poeta de Puerto Rico.”

Luis Palés Matos, Julia de Burgos y Juan Antonio Corretjer, todos influidos por Lloréns, también escribieron sobre el poeta.

Palés escribió un poema, en 1944, en el que lo llamó “Maestro”; recreó sutilmente el lenguaje y los motivos del bardo; habló de su “alegría sensual y luminosa” y de sus inquietudes cósmicas; y evocó su donjuanismo y su criollismo. Palés también vio en las décimas lo mejor de la poesía lloreniana.

Julia de Burgos afirmó que lo singular de Lloréns era su preocupación por el porvenir de las Antillas y su fusión de lo tradicional y lo moderno. Vio en él un “alma de jíbaro perenne” y lo catalogó de “eminentemente folklórico”.

Corretjer publicó un penetrante trabajo sobre Lloréns en 1945, en el que hizo un balance

de su obra y su personalidad. Lo consideró escritor universal por ser poeta nacional, representativo de la puertorriqueñidad. También lo reconoció como símbolo de resistencia cultural por su defensa de la lengua española. El alegato independentista de Lloréns constituyó para Corretjer una conducta ejemplar de hombre de letras ante el problema nacional puertorriqueño. No obstante, señaló igualmente las inconsistencias del poeta, como los poemas elogiosos que dedicó a Rafael L. Trujillo, el tirano dominicano, y a Teodoro Roosevelt, cuando éste fue gobernador de Puerto Rico.

Emilio S. Belaval destacó los valores históricos y políticos de la obra lloreniana:

… Luis Lloréns Torres [se convirtió] en el poeta oficial de la raza española en Puerto Rico, en el cónsul de la poesía hispanoamericana en Puerto Rico, en un poeta de masas hambrientas de palabras bellas, en el proto-hombre, en sentido goethiano, de una nueva espiritualidad.

III

Como hijo de hacendados de café, Lloréns siguió la ruta de muchos jóvenes de su clase. Estudió Derecho en España, primero en Barcelona y luego en Granada, ciudades donde despertó su vocación histórica y literaria.

En su libro América, publicado en España en 1898, cuando apenas tenía veintidós años, mostró por primera vez su pasión americana y regionalista, y los conocimientos que luego elaboró poéticamente en sus poemas de la raza. Para realizar esta tarea, examinó las crónicas de Indias, la Biblioteca histórica de Tapia, la Historia de Iñigo Abbad, las notas de José Julián Acosta, y la obra de Salvador Brau. Pedante, lírico y romántico, Lloréns se ocupó en este libro, entre seudoproblemas, tesis ingenuas y un positivismo extravagante, de los héroes del descubrimiento y de la descripción geológica y geográfica del país.

El libro América, quizás por influjo de los cronistas y los románticos, mostraba ya los mitos de la isla afortunada y edénica. Lloréns redactó en este libro pasajes repletos de lugares comunes y clisés románticos. Era el surgimiento de una fe que empleó luego en su obra para contrarrestar el mito degradante del imperialismo.

En 1900, escribió un prólogo al libro Amorosas, de Mariano Abril, en el que se reafirmó como poeta y subrayó el carácter universal y unitivo del arte. Expresó que en todos los pueblos ha habido Homeros para cantar a los héroes y Petrarcas para cantar al amor, y que la poesía no desaparecería mientras hubiera hombres con corazón. Relacionó la existencia de la poesía, no sólo con la belleza, sino con la existencia de la mujer.

Resaltó la incertidumbre cultural que entonces se vivía en Puerto Rico y declaró la necesidad de “defender nuestra personalidad, conservar nuestro carácter, nuestras costumbres, nuestra lengua”. Asimismo expresó que : “En los Estados Unidos han existido y existen poetas, [pero] es claro que no son poetas esos americanos que han venido tras el negocio o el empleo [y] aquí cultivaremos siempre la poesía aunque

seamos completamente absorbidos por el pueblo norteamericano”.

Durante la primera década del siglo XX, Lloréns se dedicó principalmente a su profesión jurídica y al quehacer político. Fue miembro del Partido Unión de Puerto Rico, legislador, colaborador de Rosendo Matienzo Cintrón, Luis Muñoz Rivera, Nemesio R. Canales y, con altibajos, de José de Diego. Durante más de diez años, guardó silencio literario, pero no dejó de fortalecer su formación artística.

En 1913, desilusionado de los partidos políticos, volvió a la vida cultural. Se sintió heredero de la tradición que encarnaban Manuel Alonso, José Julián Acosta, Segundo Ruiz Belvis y Matienzo Cintrón. Fue durante esta década que se configuró lo más representativo de su poesía. En el primer poema de Sonetos sinfónicos, titulado “Poetas antillanos”, formuló su poética, otorgando a la palabra un supremo poder, de forma similar a como lo hicieron los románticos y Walt Whitman.

IV

En una sociedad en la que el arte y la literatura eran privilegio de una minoría muy reducida, Lloréns ensayó muchos caminos para dilatar el espacio literario. Instalado en la modernidad de Rubén Darío y Leopoldo Lugones, comunicó sus versos desmesurados y entrañables, irónicos e incisivos; elaboró sus mitos eróticos e históricos, sus nostalgias y sus profecías hiperbólicas; y proclamó sus convicciones políticas.

Su voluntad literaria era frenética y constante. Su obra, llena de aciertos e improvisaciones, fue a veces profunda y perdurable, y otras veces pomposa y frívola. Algunos de sus poemas, tan alabados en su tiempo, parecen hoy amanerados, efectistas, grandilocuentes y estereotipados.

Sin embargo, logró comunicarse con su público, abrió nuevos caminos a la poesía y contribuyó a conquistar un lugar para la literatura en su país. Apoyó a los poetas de su generación y estimuló a los más jóvenes, como a Julia de Burgos y a Luis Palés Matos. Llegó incluso a gestionar un empleo a Palés en el consulado dominicano, afirmando que “en Guayama se embotaba y estaba a punto de perderse la promesa poética más grande de Puerto Rico, de las Antillas…”. La gestión cultural de Lloréns, intensa y constante, ayudó a vincular la sociedad puertorriqueña con la modernidad cultural y con el mundo latinoamericano.

Lloréns Torres cantó apasionadamente a la vida elemental, a la Tierra, al Eros y a la humanidad del hombre. Asumió lo moderno y lo folklórico para crear sueños, mitos heroicos y aleccionadores, y utopías edénicas del pasado y del porvenir. Celebró a los héroes latinoamericanos; concibió unas islas eróticas e históricas e inventó una historia halagadora y afirmativa para un pueblo colonizado. Propuso un nuevo lenguaje y unas nuevas herramientas literarias que marcaron muchas de las experiencias de la literatura puertorriqueña contemporánea.

América, la mujer, la infancia, el heroísmo, el futuro, se convirtieron, al modo romántico,

en lugares de reconciliación, de pureza, de sporrans; en lugares añorados y soñados, donde los conflictos aparecían resueltos. La Edad de Oro, el jardín bíblico, la unión amorosa y la geografía americana y antillana se confundieron en la obra del poeta.

Lloréns imprimó a sus textos históricos, a su poesía jíbara y a su visión del porvenir, el paradigma de lo utópico: la felicidad o la nostalgia de la felicidad. Fue poeta de certidumbres, de reinos perdidos o futuros, de paraísos imaginarios y de insaciables ilusiones heroicas. Para ello tuvo que sustituir la Historia por la Estética y detener el Tiempo.

V

Además del influjo romántico, Lloréns tomó ciertos componentes del modernismo y de la tradición costumbrista y criollista para satisfacer su apetito de una historia fabulosa y heroica. Durante la primera década del XX, se apropió de los libros canónicos de la modernidad y el americanismo literario: Ariel (1900), de Rodó; Prosas profanas (1896), Cantos de vida y esperanza (1905), El canto errante (1907) y Canto a la Argentina (1910), de Darío; Alma América (1906), de Santos Chocano; y Los crepúsculos del jardín (1905), Lunario sentimental (1909) y Odas seculares (1910), de Leopoldo Lugones. Posiblemente también leyó a Martí, Poe y Whitman.

Rodó, con voz seductora, habló en su Ariel a las élites intelectuales sobre una pretendida superioridad espiritual latinoamericana frente al Calibán materialista norteamericano. Esa oposición entre materialismo y espiritualismo halló eco en toda una promoción de arielistas que exaltaron la “raza latina”. Rodó concibió también a “nuestra América como una entidad, al igual que Martí, y advirtió los peligros del imperialismo. Como dice Octavio Paz, con los modernistas aparece el antimperialismo que ve en América un choque de dos civilizaciones.

La obra de Lloréns es inexplicable fuera de la nueva literatura que Darío hizo posible. En carta dirigida a Darío en 1914, Lloréns se declaró su “discípulo más adicto y firme”. Aprovechó del bardo nicaragüense los ritmos, las rimas, las imágenes, en fin, toda una literatura. Su obra como la de Darío, es erótica. Darío fue también, aunque no tanto como otros modernistas, poeta civil, a la manera romántica. Con cierta ambigüedad, fue asimismo poeta antimperialista, americano, utópico, predicador de un futuro político latinoamericano fabuloso, apocalíptico. Su canto profético al mundo, latino Salutación del optimista, fue posiblemente uno de los modelos de Lloréns para la “Canción de las Antillas”. También pudo interesar a Lloréns la oda “A Roosevelt”, donde Darío cantó la grandeza y la antigüedad de América, el pasado mítico de la Atlántida.

Entre las muchas lecciones que Lloréns recibió de los modernistas, se destacan dos: la “espiritualidad” del Arte y las posibilidades del periodismo. Los modernistas condenaron el materialismo burgués y subrayaron la función espiritual del arte frente al mundo industrial y comercial.

Pedro Henríquez Ureña atribuía esta nueva concepción del arte a los cambios socio-

económicos ocurridos a finales del XIX, lo que él llamaba “la prosperidad” nacida “de la paz y de la aplicación de los principios del liberalismo económico”, sobre todo en Argentina y Uruguay. Según Henríquez, la prosperidad llevó a una división del trabajo que empezó a separar la vida literaria de la política: “La transformación social y la division del trabajo disolvieron el lazo tradicional entre nuestra vida pública y nuestra literatura”.

Angel Rama, apoyándose en los trabajos de Ernst Fischer y Walter Benjamin, ha afirmado que: “La religión del arte es la forma ideológica de la especialización provocada por la división del trabajo…”. Según él, esa división del trabajo es efecto de la transformación socioeconómica de América Latina, debida principalmente a la expansión imperial capitalista, cuya realización más completa se da en las últimas décadas del XIX, en la zona del Plata. Se trató “del abandono de todas las funciones educativas e ideológicas que hasta el momento conllevaba la poesía”.

Lloréns compartió ese culto aristocrático del Arte. Difícilmente se encontrará en la literatura puertorriqueña anterior algún escritor que con tal afán haya intentado cumplir su vocación de hombre de letras. Sin embargo, acuciado por las circunstancias concretas en que se desarrolló su vocación literaria, se inclinó pronto hacia la poesía civil y patriótica. La tendencia estética y la civil conviven en Sonetos sinfónicos (1914), al igual que en sus escritos en prosa de la misma época. Y es que en el mundo antillano de principios del siglo XX, no era posible una tajante división del trabajo: lo estético, lo político y lo pedagógico eran funciones coexistentes.

La obra periodística de Lloréns fue uno de los signos más evidentes de la aspiración a cumplir su vocación intelectual y literaria. El periodismo fue actividad casi permanente en escritores como Darío, Martí y Unamuno. Para Angel Rama, fue la clave de la conversión de Darío al Modernismo y la explicación de ciertas tendencias estilísticas de la época. Algo semejante puede afirmarse de Lloréns, que logró consolidarse como caudillo intelectual no sólo a través de su poesía, sino también desde las revistas y los periódicos. Éstos difundieron los nuevos valores literarios, así como las posiciones políticas de Lloréns y su promoción. Frecuentemente, su prosa guarda estrecha relaciones temáticas y estilísticas con su poesía, como puede apreciarse en sus mitos heroicos y utópicos, y en la exaltación del jíbaro. Nada como su obra periodísta refleja mejor su sueño de vincularse (así como la estirpe intelectual que representa) al ámbito más amplio del mundo antillano y latinoamericano.

El poeta peruano José Santos Chocano, cuya poesía se conocía por su afirmación americanista, llegó a Puerto Rico en 1913, invitado por la élite intelectual del país. Durante su estancia de tres meses, dictó conferencias, ofreció recitales y pronunció discursos en lugares como el Ateneo, el Teatro Municipal de San Juan, la Universidad de Puerto Rico, y los pueblos de Ponce y Guayama. El Puerto Rico Ilustrado le dedicó un número especial en el que colaboraron casi todos los escritores prominentes de entonces.

Chocano influyó mucho en la configuración de la visión histórica y las utopías de Lloréns. Su libro Puerto Rico lírico (1913) se publicó en la Editorial Antillana, fundada

por Lloréns, quien también escribió el prólogo, titulado “El poeta de América”. En él destacó Lloréns la unidad de América, y expresó la posibilidad de que en este continente surgiera un poeta que encarnara la totalidad americana. Exaltó la espiritualidad de Chocano, su sentir americano, y su voluntad de cantar el pasado y el porvenir:

He aquí un poeta que es a la vez excepcional y representativo. Su arte, ante todo,

es suyo excepcionalmente, siendo la expresión de una espiritualidad que vibra fuera de todo plano vulgar; y además encarna el sentir y la mente de América. Él canta las glorias de nuestro pasado, la inquietud de nuestro presente, la firmeza de nuestro porvenir. No es lira de tal o cual región. La suya es la inmensa lira de un mundo que templa, desde los Andes al Océano, las cuerdas de cristal de sus sonoros ríos…

Lloréns manifiesta en el prólogo gran entusiasmo por las ideas de Chocano sobre la poesía y el poeta, y parece suscribir su programa literario y politico. Chocano propone la fusión del poeta con la historia y la naturaleza, con la raza y la tierra, a la manera romántica, así como la nacionalización de la poesía, frente al peligro del exotismo:

Mi arte está hecho de Historia y de Naturaleza. La Historia y la Naturaleza

tonifican la personalidad de los pueblos. La Raza y la Tierra son el fundamento, asimismo, de la verdadera Poesía, cuando hay en ella sinceridad:

Homero es todo griego; Virgilio, todo latino; Dante, todo italiano; Cervantes, todo español; Víctor Hugo, todo francés. El exotismo en el Arte suele orresponder al desgastamiento en la vida de los pueblos.

Los colaboradores de la Revista de las Antillas se sintieron muy atraídos por estas ideas, aunque, al igual que otros modernistas, no sin contradicciones: siempre se puede sentir una tensión entre la función nacionalista del arte y la autonomía y la libertad del escritor en las polémicas y en la práctica del Modernismo. Pero las circunstancias histórico- sociales de la élite puertorriqueña que invitó a Chocano, explican el entusiasmo con que se recibió su mensaje nacionalista y panamericano en la Isla.

Chocano, por su parte, también halagó a sus anfitriones elogiando la vitalidad de la Raza que había podido, a s juicio, resistir quince años de dominio norteamericano.“Ningún otro país de las Américas se jactaría de ser más cultamente apto [para] gozar del orden