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Dialektika

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F I L O S O F Í A , C U L T U R A & S O C I E D A D

Freud y el Problema
Individuo-Sociedad
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P O R G AB R I E L B E R E G O V E N KO · JUNIO 18, 2020 · 1944 VIEWS · 1 7 M I N S R E AD

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Foto por Simon Shim

Creer que el hombre es solo ser social o


que como ser social debe anteponer todo lo
colectivo, sin entender a fondo el origen de
sus pensamientos y comportamientos,
puede conducir a fracasos individuales y
sociales. […] Cada persona es responsable
de lo que le acaece y al psicoanálisis le
cabe alertar acerca de la inevitabilidad de
una discordia eterna, un malestar que, por
una parte, es inherente a la cultura y lo
atormenta y, al mismo tiempo, es el
impulso de vivir y sobrevivir al límite de
su autodestrucción.

Aracelys Bedevia Santoyo (Psicoanálisis en


Cuba)

En la academia, y fuera de ella, basta con mencionar solo el nombre de


Freud o aludir al psicoanálisis y de inmediato saltan adeptos o
antagonistas teóricos. Sin lugar a dudas, Freud crea una propuesta
epistemológica que divide a académicos e interesados en humanidades
en aquellos que simpatizan con el psicoanálisis y otros que lo evaden.
Desde la clínica, Freud, abre varias interrogantes, conceptos y
metodologías que escapan del ámbito terapéutico y desembocan en
otras disciplinas como la epistemología, la estética, las ciencias
políticas, la comunicación e inclusive la literatura y la actividad
creativa. En su tratamiento terapéutico se abre un abanico epistémico
novedoso. Freud habría desenmascarado algo más que un análisis de la
psiquis; habría conformado teóricamente una pregunta por el
inconsciente.

Para Freud, el paciente del psicoanálisis debe tener el interés de iniciar


un proceso de autorre exión; porque sin este autoconocimiento
quedará atrapado en la neurosis (Eagleton, 2001, p. 172). El proceso
autorre exivo cambia la situación del “paciente” a un estado
relativamente activo. La gura epistemológica en Freud cambia, al
mismo tiempo que cambia su terapia. Con Freud ya no estamos en
presencia de un cuerpo-mente defectuoso que necesita un
conocimiento “externo” que sitúe o aplique su cura. La relación
médico-paciente cambia. La cura en sentido freudiano no viene de
afuera, sino de un proceso autorre exivo, el analista solo supervisa el
camino hacia la posible cura. Esta premisa supone un previo
desconocimiento de sí, una inconsciencia de su propia subjetividad. La
actividad epistemológica de la cura parte de esta “intervención”, de la
forma en que el paciente se involucra, tanto como el analista en la
terapia. La esquemática estrictamente objetiva se desvanece. La
supuesta objetividad “pura” implica una inconsciencia del sujeto de
conocimiento. La sospecha está lanzada contra la certeza de una
verdad desinteresada, sin un sujeto que la involucre en un interés
oculto y reprimido.

El examen por el propio paciente de sus deseos reprimidos y el


desocultamiento de las distorsiones imaginarias, ponen al individuo en
un momento de autocrítica; en un verdadero momento de
autoconciencia de sí. Vale decir, en sentido losó co, se pueden dar
las premisas para que el paciente logre el momento “realmente”
subjetivo en la losofía, el momento en que tome el conocimiento de sí
mismo, se tome a sí mismo como objeto, vale decir se haga sujeto o
autoconciencia. Siguiendo este antecedente, no es de extrañar lo
provocante que es el psicoanálisis para la losofía.

En el examen de los sueños desde el psicoanálisis, existe un discurso


aparente y tras él hay una labor del sueño, un lenguaje silente. El sueño
del paciente pasa por un proceso de coherencia, una revisión
secundaria que el paciente produce sobre la labor del sueño. Este
proceso de coherencia es la versión del sueño que presenta el paciente
en estado de vigilia mientras con esa su sueño. La intención freudiana
es un oído sospechoso frente a este discurso mani esto, frente al
propio fenómeno de contar el sueño. El sueño, como la fábula, es un
discurso coherente, son momentos de producción del sujeto. El
discurso mani esto del sujeto es una producción, un momento en que
el sujeto pone en funcionamiento su capacidad de fabricación de un
síntoma. El discurso coherente del individuo esconde sus verdaderas
condiciones de producción: en Freud estaríamos hablando del trabajo
del sueño, y del trabajo de la racionalización.

Pensar no es la vieja imagen contemplativa


que define lo verdadero, sino una
intervención belicosa entre fuerzas
antagónicas. El proceso epistémico en el
psicoanálisis pasa por esta lucha entre el
deseo y la cultura. El superyó, al ser una
forma de dominio anímico del sistema
(cultura), pone al conocimiento en función
sospechosa.

El sueño oculta motivaciones inconscientes en un disfraz simbólico.


Freud empieza a sospechar de las representaciones conscientes del
sujeto. En este momento empieza la descon anza freudiana, busca
aquellas condiciones y estructuras que sostienen las representaciones
del sujeto. Freud a rma que el síntoma neurótico es una formación de
compromiso, en su estructura interna hay una lucha de fuerzas
inconscientes. Por un lado, está el deseo inconsciente que busca
manifestarse; y, por otro lado, rige el poder represivo del yo, que se
esfuerza por reintegrar el deseo al inconsciente. Tenemos el síntoma
neurótico en una doble dimensión, en un ocultamiento y una
revelación simultánea. Una conducta neurótica no es simplemente la
expresión de un problema profundo, sino también una manera de
intentar afrontarlo. La conducta neurótica se asume como una táctica
inconsciente, pre-re exiva, que intenta resolver con ictos genuinos,
aun cuando se resuelvan de forma ilusoria. La producción de una
estrategia inconsciente por parte del sujeto implica una actividad, una
producción desconocida por parte de su autor. La conducta neurótica
es una producción activa, aunque misti cada, del compromiso que
tiene el sujeto con el problema que le desespera. Tanto el problema
oculto, la implicación de la conducta neurótica y la producción del
sujeto queda en el inconsciente, aparecen como una misti cación de
externalidad, una fuerza fuera del control del sujeto. Lo mismo puede
decirse de las ideologías, donde el objeto ideal son producciones
sociales misti cadas, pre-re exivas, ideales que ocultan las
contradicciones sociales, que contienen el problema real,
resolviéndolo imaginariamente.

En Freud vemos la contradicción entre el interés particular y el social.


Desde la perspectiva del individuo, todo el entramado cultural se
convierte en una disciplina del cuerpo, un sacri cio de las pulsiones
del individuo. El animal biológico se somete a la cultura, olvidando sus
deseos más profundos, su bestialidad, su apetito sexual y su voluntad
de imponerse. Este sacri cio necesario (la cultura) pone de mani esto
una fastidiosa opresión a la vida, los valores sociales mantienen
constreñido los deseos y la actividad individual. Freud, por su parte,
a rma que esta es una desgracia necesaria, una condición trágica bajo
la necesidad de mantener el relativo orden social. La cultura, su
entramado social, reclama del individuo una condición inquieta. Por un
lado, la necesidad por parte del individuo de mantener los lazos
sociales que interiorizó el yo, y, por otro lado, mantener reprimido sus
inquietudes más íntimas; ponen al hombre particular en una condición
de contrariedad. Esta contradicción se interioriza en la psiquis, el
precio para el hombre es su salud mental.

Las ilusiones y los síntomas operan a modo de atenuante frente a la


fastidiosa existencia del hombre atado en la cultura. Este estado de
guerra, de fractura ontológica de lo social es uno de los momentos
críticos de Freud, la preocupación se lanza sobre las formas
disciplinarias que domestican al cuerpo y la psiquis humana.

El psicoanálisis busca entender los nexos, a


veces perdidos, entre el inconsciente y la
conciencia. Para una sociedad que
pretenda desarrollar actitudes conscientes
de sus individuos es fundamental estudiar
con rigor los fenómenos del pensamiento
(Laje & Bedevia, 2017, p. 159).

El sujeto está involucrado en el tejido mismo de la cultura. El dominio


de la cultura causa una fractura en el individuo. La disciplina “moral”
requiere un dominio de afecciones que se cristaliza en el superyó; de
modo que lo inconsciente y lo consciente se entrelazan en un juego de
latencias y síntomas en el sujeto.

No es cierto que el alma humana no haya experimentado evolución


alguna desde las épocas más antiguas y que, a diferencia de lo que
ocurre con los progresos de la ciencia y de la técnica, permanezca hoy
idéntica a lo que fue en el comienzo de la historia. Aquí podemos
pesquisar uno de esos progresos anímicos. Está en la línea de nuestra
evolución interiorizar poco a poco la compulsión externa, así: una
instancia anímica particular, el superyó del ser humano, la acoge entre
sus mandamientos. Todo niño nos exhibe el proceso de una
trasmudación de esa índole, y sólo a través de ella deviene moral y
social. Este fortalecimiento del superyó es un patrimonio psicológico
de la cultura, de supremo valor. Las personas en quienes se consuma
se trasforman de enemigos de la cultura a portadores de ella. (Freud,
2003, p. 3)

La cultura va modelando persuasivamente la psiquis. A lo largo de la


historia, la sociedad ha demandado de sus cuerpos vivientes (los
hombres) una disciplina de sus pulsiones. Freud se interroga cómo la
psiquis humana pasa por un proceso de modelación acorde con la
historia y la sociedad. La historicidad va moldeando la psiquis a las
necesidades sociales. La subjetividad pasa por este proceso de
interiorización de la cultura, y a consecuencia nace el espacio anímico
del superyó. El superyó es la apropiación psíquica del dominio de la
cultura sobre el hombre particular, somete a una guerra interna al
hombre, entre sus deseos y sus mandamientos. La interiorización de
este dominio de la cultura pone en estado de turbulencia a la psiquis.
Las representaciones conscientes, los valores y la conducta aparecen
como una pantalla que cubre la verdadera imposición de una
maquinaria de disciplina social.

El viejo sujeto centrado de la razón ilustrada se difumina, las claras y


lúcidas ideas de la modernidad se vuelven opacas y sospechosas. El
sujeto lúcido y transparente comienza a desarticularse, toma posición
una lucha que se enmascara en los valores culturales. El conocimiento
deja de ser una universalidad transparente, para convertirse en un
escenario de lucha, de una guerra ilícita a espaldas de la consciencia
del sujeto. La verdadera posición crítica se asume desde el con icto
que es el pensamiento. Pensar no es la vieja imagen contemplativa que
de ne lo verdadero, sino una intervención belicosa entre fuerzas
antagónicas. El proceso epistémico en el psicoanálisis pasa por esta
lucha entre el deseo y la cultura. El superyó, al ser una forma de
dominio anímico del sistema (cultura), pone al conocimiento en
función sospechosa. El turbio espacio de la actividad cognitiva puede
estar en función de un mecanismo represivo, el superyó siempre está
vigilante de cuidar los valores de la cultura. Esta nueva forma de
concebir la disciplina social desde el inconsciente encierra el
conocimiento en un dispositivo disciplinario. El dominio psíquico por
parte de la cultura toma cuerpo en el superyó, como patrimonio
cultural interiorizado. La ironía freudiana se pone de mani esto en la
contradicción estructural que vive la psiquis individual, contradicción
que consiste en que los individuos que producen y realizan la cultura,
son al mismo tiempo sus enemigos, su negación.

Bibliografía
Acanda, J. L. (1998). La con uencia que se frustró: Psicoanálisis y
Bolchevismo. Revista Temas, Nro. 14, págs. 107-120.

Eagleton, T. (1997). Ideología. Una introducción. Buenos Aires: Editorial


Paidós.

Eagleton, T. (2001). La idea de cultura. Buenos Aires: Editorial Paidós.

Eagleton, T. (2006). La Estética como ideologia. Madrid: Editorial


Trotta.

Freud. (2003). El porvenir de una ilusión. Buenos Aires: Editorial


Amorrortu.

Laje, C., & Bedevia, A. (2017). Psicoanálisis en Cuba. La Habana: Editorial


Cientí co-Técnica.

Ricoeur. (1990). Freud: una interpretación de la cultura. Bogotá:


Editorial Siglo Veintiuno Editores S.A.

Silva, L. (1978). Teoría Y Práctica De La Ideología. México. D.F.: Editorial


Nuestro Tiempo, S.A.

Zizek, S. (2003). El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires:


Editorial Siglo Veintiuno Editores.

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