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Teoría y técnica de la

psicoterapia guestáltica
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Joen Fagan Irma Lee Shepherd
compiladoras

Aniorrortu editores
Buenos Aires - MadridBiblioteca de psicología y psicoanálisis Directores: Jorge Colapinto y David
Maldavsky
Gestalt Therapy Now. Theory, Techniques, Applications, Joen Fagan e Irma Lee
Shepherd, compiladoras
©Science and Behavior Books, Inc., 1970
Primera edición en castellano, 1973; primera reimpresión, 1976, segunda impresión, 1978;
Tercera reimpresión, 1984; Cuarta reimpresión 1989; Quinta reimpresión, 2000, Sexta reimpresión, 2003, séptima reimpresión, 2005.
Traducción, Leandro Wolfson

La reproducción total o parcial de este libro en forma idéntica o modificada por Cualquier medio mecánico, electrónico o informático,
incluyendo fotocopia, grabación Digitalización o cualquier sistema de almacenamiento y recuperación de información, no autorizada por
los editores, viola los derechos reservados.

©Todos los derechos de la edición en castellano reservados por Amorrortu editores S.A., Paraguay 1225, 7° piso (1057) Buenos Aires.

www.amorrortueditores.com

Amorrortu editores España S.L.


C/San Andrés, 28 - 28004 Madrid

Queda hecho el depósito que previene la ley n° 11.723 Industria argentina. Made in Argentina

ISBN 950-518-409-3

Teoría y técnica de la psicoterapia guestáltica / compilado por Joen Fagan e Irma Shepherd. 1§
ed. 7§ reimp. - Buenos Aires: Amorrortu, 2005, 320 p. 23 x 14 cm. - (Biblioteca de
psicología y psicoanálisis / Dirigida por Jorge Colapinto y David Maldavsky

Traducción de: Leandro Wolfson

ISBN 950-518-409-3

1. Psicoanálisis. 2. Terapia Guestáltica. I. Fagan, Joen, comp. II. Shepherd, Irma, comp. III. Wolfson, Leandro, trad.
IV. Título. CDD 150.195

Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, provincia de Buenos Aires, en enero de 2005.

Tirada esta edición: 1, 500 ejemplares.


Indice general

9 Prólogo

11 Primera parte. Teoría de la terapia guestáltica

17 1. Terapia guestáltica y psicología de la guestalt, Richard


Walien
22 2. Cuatro conferencias, Frederick S. Perls
45 3. Terapia guestáltica: una fenomenología conductista, Elaine
Kepner y Lois Brien
53 4. La focalización en el presente: Técnica, prescripción e ideal,
Claudio Naranjo
75 5. La actividad sensoria] en psicoterapia, Erving Polster
82 6. La teoría paradójica del cambio, Arnold R. Beisser

87 Segunda parte. Técnicas de la terapia guestáltica

93 7. Las tareas del terapeuta, Joen Fagan


112 8. Introducción a las técnicas guestálticas, John B. Enright
130 9. El enfoque de una terapeuta guestaltista, Laura Perls
135 10. Terapia de grupo psicoanalítica, experiencial y guestáltica,
Ruth C. Cohn
144 11. Las reglas y juegos de la terapia guestáltica, Abraham
Levitsky y Frederick S. Perls 153 12. Psicoterapia experiencial con
familias, Walíer Kempler
163 13. Mary: Sesión con una paciente pasiva, James S. Simkin
168 14. Anne: Técnicas guestálticas en el caso de una paciente con
dificultades expresivas, Joen Fagan 194 15.
Exageración grosera con un esquizofrénico, Henry T. Cióse
197 16. Una niña con dolor de estómago. Forma de combinar los
conceptos psicoanalíticos con las técnicas guestálticas, Ruth C. Cohn
203 17. Seminarios sobre los sueñes, Frederick S. Perls
224 18. Limitaciones y precauciones en el enfoque guestáltico,
Irma Lee Shepherd .

229 Tercera parte. Aplicaciones de ¡a terapia guestáltica

233 19. Psicoterapia de crisis: La persona, el diálogo y el suceso


organísmico, Vincent F. O'Connell 246 20. La terapia
guestáltica como tratamiento auxiliar para ciertos
problemas visuales, Marilyn B. Rosanes-Berrett
21. El adiestramiento de la conciencia y los profesionales de la salud mental, John B.
Enright
22. La experiencia guestáltica creativa, Janie Rhyne
23. La ira y la mecedora, Janet Lederman
24. Programa para la capacitación del personal de una guardería, Katherine Ennis y
Sandra Mitchell
25. Engaño, toma de decisiones y terapia guestáltica, Bruce Denner
Bibliografía
A Fritz, profundo e inquietante maestro.
Prólogo

El origen de esta recopilación es la conciencia que tienen sus compiladores del


creciente interés de los psicoterapeutas estadounidenses por la terapia guestáltica. Las
conferencias y demostraciones realizadas por los doctores Frederick Perls, Laura Perls,
James Simkin y otros en reuniones nacionales e internacionales de psiquiatras,
psicólogos y psicoterapeutas han sido las que ejercieron mayor influencia.
Posteriormente, los «laboratorios» y cursos de capacitación regulares en el Instituto
Esalen de Big Sur, California, los Seminarios de Terapia Guestáltica de Los Angeles,
Nueva York y Cleveland, así como los grupos reunidos en otras ciudades, hicieron
posible una participación más intensiva.
Alrededor de mil terapeutas asistieron a tos cursos y seminarios mencionados, y hay en
el país más de doscientos que declaran practicar la terapia guestáltica o tener esa
orientación. En el Directorio de la Aca demia Norteamericana de Psicoterapeutas, la
terapia guestáltica ocupa el sexto lugar por el número de sus practicantes, cuya cantidad
supera a los de otras escuelas más conocidas o sobre las cuales se cuenta con más
publicaciones, como la junguiana o la racional-emotiva. Pese al interés cada vez mayor
de los psicoterapeutas por los conceptos y técnicas de la terapia guestáltica, que Ies
parecen interesante y eficaces, se dispone de poco material escrito; las principales
excepciones son los dos pr.meros libros del doctor Perls: Ego, hunger and aggression
(1947, 1969) y Gestalt tberapy (1951), que siguen siendo fundamentales.
La escasez de publicaciones sobre terapia guestáltica obedece a varias razones. El
doctor Perls —quien con ayuda de su esposa, Laura, fue su iniciador—- trabajó al
comienzo en un relativo aislamiento profesional en Sudáfrica y evidenció poco interés
por crear una «escuela» de ^rapia como tal. Por otra parte, la terapia guestáltica, al
hacer hincapié en el «aquí y ahora», la inmediatez de la experiencia y la expresividad
no ve r&al, y al evitar los «sobreísmos» o el uso exagerado de la -computadora» mental,
tiende a corregir nuestra tendencia a la verbosidad y a las abstracciones en lugar de
fomentar la manipulación de palabras indispensable para redactar libros. Por ello, la
mayoría de los terapeutas guestaltistas tienden a hacer más que a decir.
Por último, la terapia guestáltica asigna mucha .‘mportancia al tono de voz, la postura,
los ademanes, la expresión facial, etc.; gran parte de tas hechos significativos y
apasionantes que en eHa tienen lugar proceden de la elaboración de los cambios
producidos en estas comunicaciones no verbales, cuya transcripción en palabras es
difícil y hace que se pierda, en buena medida, su significado e inmediatez. Por fortuna,
la existencia de un número creciente de películas cinematográficas y cintas
magnetofónicas vinculadas con este tipo de terapia vuelve más accesibles esas
comunicaciones no verbales.
A despecho de los problemas aludidos, hay una marcada necesidad de publicaciones
sobre terapia guestáltica. La presente compilación intenta ubicar en su perspectiva
histórica la obra de Perls y exponer sus ideas de más reciente data. Se ofrece también
una amplia muestra (aunque no exhaustiva) de técnicas y aplicaciones procedentes de
cierto número de terapeutas y profesores.
Este volumen está dirigido al terapeuta guestaltista, al psicoterapeuta con
otra orientación deseoso de explorar nuevas y estimulantes ideas que
pueden ser aplicables en su propia práctica, al futuro terapeuta interesado
en conocer los últimos avances en materia de terapia, y al público culto
que quiere sentir, actuar y relacionarse con los demás en una forma
distinta de la que brinda nuestra vida moderna, obsesionada por el trabajo,
orientada hacia el pasado, programada como una computadora y abrumada
de «juegos». Por supuesto, este libro no suministra ninguna respuesta total
o definitiva, ni puede reemplazar a la formación efectiva o a la
experiencia personal de las técnicas guestál- ticas. Pero puede, al menos,
contribuir a destacar algunos de los interesantes progresos que tienen
lugar en psicoterapia y a sugerir lo que ellos nos ofrecen: dotarnos de una
mayor capacidad para vivir. Primera parte. Teoría de la
terapia guestáltica

La labor que lleva a cabo todo psicoterapeuta con sus pacientes está basada, explícita o
implícitamente, en una teoría de la personalidad. El terapeuta aporta al tratamiento ideas
concernientes a la personalidad —sobre todo acerca de qué es una conducta buena, sana,
gratificante y valiosa, y qué es uní. conducta inapropiada, inadaptada, generadora de
dificultades o autodestructiva—, así como otras vinculadas con los tipos de experiencias
y comportamientos que originan los aspectos negativamente valorados o que sustentan
su predominio. A partir de su teoría sobre la terapia, el terapeuta deducirá luego
procedimientos o técnicas para promover el cambio y llevar al sujeto a un
funcionamiento más adecuado.
En el curso de su historia, las teorías de la personalidad se han centrado en los aspectos
negativos de esta última, en parte como consecuencia del empleo del «modelo médico»,
que rotulaba de «enfermos» o «patológicos» los problemas que enfrentaba el individuo
en su vida —como si se tratara de dolencias—. Pero la medicina nunca se interesó por la
salud, considerada apenas como la ausencia de enfermedad. Uno de los precios que
pagamos por el empleo de la analogía médica es que nos centramos principalmente en
aquello que aparece con menor frecuencia ante nosotros. (Por ejemplo, los primeros
tratados sobre la adaptación de la personalidad colocaban el mayor acento en los
mecanismos de defensa y en los trastornos emocionales.)
Con el advenimiento de la «tercera fuerza» en psicología, que se ocupa del hombre en
sus características humanas en lugar de adoptar la definición psicoanalítica o
conductista de aquel, y con la aparición de modelos que conciben los problemas de la
vida como dificultades de relación y de comunicación, se ha producido un marcado
desplazamiento del interés hacia los aspectos positivos de la personalidad y del vivir.
Para la mayoría de los terapeutas o de las personas que solicitan su ayuda, la famosa
afirmación de Freud: «Mucho habremos logrado si podemos convertir el padecim'ento
neurótico en infortunio común», resulta insuficiente. En la actualidad, para describir lo
que anhelamos para nosotros o para los demás, utilizamos expresiones como mayor
intensidad vital, intimidad, realización, creatividad, éxtasis y trascendencia. Las teorías
de Maslow, Rogers, Jourard, Berne y otros ofrecen como alternativa frente al
padecimiento, no el infortunio, sino la alegría de vivir.
La terapia guestáltica está íntimamente vinculada con esta posición en vías de
desarrollo, destacando las direcciones positivas y las metas de la vida y utilizando
técnicas directamente destinadas a alcanzarlas. Traducido en términos de tratamiento, el
mensaje implícito en la teoría guestáltica es que hay valores en la vida que las personas,
a través de su experiencia o de su observación de los demás, encuentran estimables y
conducentes a una vida más intensa: la espontaneidad, la conciencia sensorial, la
libertad de movimientos, la responsividad y expresividad emocionales, el goce, la
desenvoltura, la flexibilidad en las relaciones personales, el contacto directo y la
cercanía afectiva con los demás, la intimidad, la idoneidad, la inmediatez y presencia, la
autonomía y la creatividad, Al paciente que solicita ayuda en procura de una relación
más adecuada con los demás y de la capacidad de ex-
Í
jresar sus sentimientos de manera más directa, se le pide que exprese o que siente en ese
momento hacia otra persona. Pronto se pone en evidencia la forma en que se frena,
bloquea y frustra, y entonces es posible ayudarlo a explorar y experimentar esos
bloqueos y estimularlo a que pruebe de expresarse y vincularse de otro modo.
En consecuencia, el enfoque general de la teoría y la terapia guestál- ticas exige que el
paciente aclare qué cambios quiere que se produzcan en él, para luego ayudarlo a
adquirir mayor conciencia de la manera en que se autodestruye, a experimentar y a
cambiar. Los bloqueos en la toma de conciencia y en la conducta se manifiestan del
mismo modo que en la vida del sujeto; la mayor conciencia que este adquiere de sus
evitaciones y su alivio a medida que se vuelve capaz de ampliar su experiencia y sus
conductas se hacen sentir de inmediato en un incremento de la capacidad para vivir.^
Aunque la contribución fundamental de la terapia guestáltica ha consistido en su
vinculación estrecha de teoría y tratamiento, en este volumen comenzaremos por separar
ambos aspectos, describiendo primero los antecedentes históricos de esta terapia y la
evolución teórica,
{
>ara echar las bases o «cimientos» a partir de los cuales pueden surgir as técnicas y
aplicaciones.
En buena medida, los principios básicos de la terapia guestáltica son fruto de la obra de
un solo hombre, Frederick S. Perls. Recibido de médico, Perls se sintió atraído por el
psicoanálisis; se sometió a un análisis didáctico y a la supervisión de varios famosos
«pioneros», entre ellos Wilhelm Reich. Por su formación y sus primeras experiencias
profesionales, entró en contacto con Kurt Goldstein y con las ideas de la psicología de
la guestalt y del existencialismo. Más adelante, se vio expuesto a las brutales
situaciones de la Primera Guerra Mundial y al rechazo, por parte de los psicoanalistas,
de sus primeras contribuciones a la teoría psicoanalítica a causa de su desafío a la
doctrina vigente de la libido. Se vio obligado a emigrar de la Alemania nazi a Sudáfrica,
donde en su carácter de psiquiatra del ejército debió crear métodos más eficaces de
tratamiento. Recibió la influencia y los aportes de su esposa, Laura. En varios de los
capítulos que siguen describiremos con más detalle la relación existente entre las
variadas ideas de Perls, tal como surgieron de muchas de estas fuentes.
El capítulo de Wallen acerca de «La terapia guestáltica y la psicología de la guestalt»
establece algunas de las ¡deas y conceptos de la psicología de la guestalt adoptados por
Perls y que se constituyeron en piedra angular de su pensamiento. La psicología de la
guestalt fue en sus orígenes una teoría de la percepción que abarcaba las interrelacio-
nes entre la forma del objeto y los procesos del perceptor. Fue en parte una reacción
contra los enfoques atomistas anteriores, que intentaban estudiar la percepción y los
procesos mentales reduciéndolos a elementos o a contenidos mentales. Por oposición a
ellos, el pensamiento guestáltico hacía hincapié en los «saltos» de insight, en el
«cierre», en las características de figura y fondo y en la fluidez de los procesos per-
ceptuales, a la vez que consideraba al perceptor como un participante activo en sus
percepciones antes que como un receptor pasivo de las cualidades formales. Describe
Wallen el proceso normal de la formación y eliminación guestáltica, y los procesos que
interfieren en el cierre o cambio. Destaca cuál ha sido la contribución de la terapia
guestáltica a las teorías de la psicología de la guestalt, al ampliar sus conceptos de
manera de incluir la percepción de sí mismo, la motivación y los aspectos motores de la
conducta. Por último, demuestra la relevancia de la teoría de la guestalt para la práctica
del terapeuta guestaltista.
Las «cuatro conferencias» siguientes de Perls representan la formulación más amplia de
su pensamiento sobre cierto número de problemas desde sus escritos fundamentales en
Ego, bunger and aggression y Geltalt Therapy. En su primera conferencia comienza por
señalar la división que existe en psicología entre el enfoque fenomenológico, con su
énfasis en la sensación, la percepción, el pensamiento y la conciencia, vale decir, en la
conducta privada, y el enfoque conductista, centrado en la conducta pública u
observable. Expone luego cuatro aproximaciones filosóficas al estudio de la conducta: el
enfoque científico, que discurre sobre la conducta sin volverse partícipe; las posiciones
religiosas y filosóficas, que subrayan cómo debe ser la conducta .. . y la insatisfacción
consecuente; el enfoque existencial, que se centra en lo que es pero sigue apelando a un
marco causal; y el guestáltico, que procura descubrir el cómo y el ahora de la conducta.
Entre los aportes de Freud a la terapia guestáltica debe mencionarse su concepto del
inconsciente —que, traducido por Perls, describe los aspectos no disponibles o
potenciales de la conducta en vez de los presentes— y su concepción del pensamiento
como prueba o ensayo preliminar, que conduce en la terapia guestáltica a la formulación
de la ansiedad como «miedo al público» (slage fright). , , „ ,, LV ^
En contraste con el psicoanálisis, la terapia guestáltica pone el acento en el aquí y
ahora, y en la conciencia de la experiencia y de las’ conductas variables. Muchos
individuos, en especial los neuróticos, evitan experimentar a conciencia su
«computación» autocrítica, proyectando o adoptando una gama de otros procederes con
el objeto de mantener su comportamiento habitual. Lo habitual, o statu quo t implica
aferrarse a las conductas y roles pretéritos, o intentar obtener apoyo ambiental por
medio de la manipulación en lugar de apelar a los propios recursos. Solo si
experimentamos directamente nuestro aburrimiento o temor en el presente
descubriremos qué es lo que estamos tratando de evitar y utilizaremos en mayor medida
nuestra capacidad potencial.
La segunda conferencia de Perls se ocupa principalmente de los cinco estratos de las
neurosis. Mucha gente pasa buena parte de su tiempo en el estrato falso, en el que se
ponen en práctica diversos juegos, se viven roles y se trata de ser lo que uno no es,
creando vacíos en ese proceso y renunciando a gran parte de uno mismo. Nos
atormentamos constantemente con lo que Perls denomina el juego «riel opresor y el
oprimido» {top-dogi under-dog game), en el que una parte de nosotros intenta
adoctrinar a la otra y la urge y amenaza para que se comporte «bien». Al segundo
estrato lo llama estrato fòbico. A medida que tomamos conciencia de las conductas y
manipulaciones espurias, comenzamos a ponernos en contacto con los temores que las
mantienen; experimentamos el deseo de evitar toda conducta nueva o tenemos fantasías
acerca de las eventuales consecuencias que acarrearía nuestro comportamiento genuino.
El tercer estrato es el impase en que quedamos atrapados, sin saber qué hacer o hacia
dónde movernos. Sentimos la pérdida del apoyo ambiental pero aún no contamos con el
que nos brinda la confianza en nuestros propios recursos. El cuarto estadio es el
implosivo, en el cual, a través de la aflicción, la desesperac ón o el autoaborrecimiento,
llegamos a advertir más cabalmente de qué manera nos hemos limitado y constreñido a
nosotros mismos; o bien comenzamos a experimentar, en medio del temor y las
vacilaciones, conductas nuevas. Tan pronto las energías antes inactivas se liberan en
forma de impacto, surge el quinto estrato, el explosivo.
La tercera conferencia relata de que manera se aferra el neurótico a la culpa y
resentimiento que siente hacia sus progenitores, que no fueron como él hubiera
necesitado que fueran y a los que puede seguir culpando por sus problemas en vez de
desarrollar sus propios recursos de modo autónomo. Una de las formas más eficaces de
descubrir qué partes de la persona se han proyectado o cuáles han sido desconocidas
como propias es investigar sus sueños. El enfoque de la terapia gues- táltica sobre los
sueños consiste en pedir al sujeto que represente todas sus partes —personas y objetos
a la par— y en ayudarlo luego a asimilar lo que ha proyectado. También se le solicita
que pase revista a las evitaciones que en ellos aparecen.
En la cuarta conferencia se examinan ejercicios útiles para el desarrollo personal.
Recurriendo a la meditación, escuchándonos a nosotros mis mos, aceptando los estados
de aburrimiento, disgusto o frustración, podemos salir de nuestros impases y contribuir
a nuestro desarrollo! Una de las técnicas reside en imaginar la presencia de un
terapeuta que nos brinda ayuda o nos da indicaciones. Perls formula, asimismo,
diversas sugerencias para los terapeutas, entre ellas la de tomar en serio su
aburrimiento y entregarse a la fantasía en lugar de adoptar una atención forzada.
Los cuatro ensayos posteriores analizan en forma más exhaustiva los aspectos teóricos
de la terapia guestáltica. Kepner y Brien intentan conciliar las posturas
fenomenològica y conductista, conservando las virtudes de ambas. El conductismo, al
ocuparse de hechos observables, está en mejores condiciones para experimentar con el
camb o, medirlo y ponerlo de manifiesto. La fenomenología, con su hincapié en la
experiencia interna, abarca gran parte de lo que tiene la personalidad de cálido,
humano, rico e importante. No obstante, la vida interior es algo privado y difícil de
transmitir. Las técnicas guestálticas contribuyen a unir estas posturas, trayendo a la
conciencia ciertas conductas y transformando los procesos y fantasías interiores en
conducta manifiesta. Ln el capítulo de Naranjo, «La focalización en el presente en
terapia guestáltica» se emprende una extensa exploración del significado del ahora en
la teoría y práctica guestálticas. Naranjo sintetiza los princi píos subyacentes de la
terapia guestáltica en tres procesos generales: vivir en el presente, conciencia y
responsabilidad. Al centrarse en las consecuencias de vivir en el presente, aborda en
primer término las técnicas guestálticas de traducir al presente las fantasías y
recuerdos, y de experimentar con el continuo de conciencia. Destaca el paralelo que
existe entre el intento del paciente por centrarse en su conciencia presente e informar
sobre ello, y el proceso oriental de meditación; ese intento es compartido por el
terapeuta, cuya presencia agudiza la conciencia, intensifica la atención y realza el
significado, añade contenido interpersonal y señala las dificultades. El terapeuta puede
asimismo corregir los errores de atención y distracciones.
La focalización en el presente que propugna la terapia es también una receta para vivir
mejor. Muchas técnicas terapéuticas, como la expresión de la agresión y la práctica de
la franqueza, solo pueden aplicarse con precaución a la vida en la comunidad global; en
cambio, la idea de vivir en el presente es aplicable a la generalidad de la vida, dando
por resultado un hedonismo humanista en el cual la conciencia de la tran- sitoriedad y
de la muerte agudiza la experiencia vital. La «presentidad» aparece como un ideal, un
símbolo de vida óptima, afín a la descripta por los sabios orientales, los filósofos
occidentales y los poetas. Representa la aceptación de las propias experiencias, de la
bondad del mundo, y de la imposibilidad de vivir de otra manera que en el aquí y ahora.
En «La actividad sensorial en psicoterapia», Polster subraya la unión o conjunción entre
la actividad sensorial y motora, o entre conciencia y expresión. Las experiencias pueden
clasificarse en culminantes —las que constituyen un suceso total o unitario— y
constitutivas —cuando se focaliza uno de los aspectos de un suceso—. A menudo, la
exploración de las experiencias constitutivas mediante un proceso de análisis y nueva
síntesis permite intensificar la experiencia culminante. Volver a experimentar y
recuperar la sensación exige concentración y esfuerzo. Polster expone varias formas de
identificar y activar la sensación, y la importancia que tienen estos procedimientos para
la terapia.
«La teoría paradójica del cambio», de Beisser, aborda el descubrimiento de la terapia
guestáltica de que el cambio tiene lugar cuando uno se convierte en lo que es, no
cuando trata de convertirse en lo que no es. Al abandonar la lucha contra la propia
resistencia y el deseo de ser otra cosa, y admitir que uno es como es, puede reconocerse
la necesidad o deseo subyacente, completar la guestalt y dar paso a nuevas ne-
ces’dades y conductas. Beisser observa que, puesto que la sociedad continúa cambiando
a ritmo acelerado, la terapia no puede preparar al hombre para hacer frente a un mundo
estático o constante; de ahí que revista cada vez más importancia la capacidad para
producir cambios.

1. Terapia guestáltica y psicología de la guestalt


Richard Walien

La terapia guestáltica se ha nutrido de todas las líneas principales de desarrollo teórico


en que se dividió el movimiento psicoanalítico original. Aunque tiene importantes
raíces en la psicología de la guestalt, no se orienta exclusivamente hacia ella: también
tiene raíces en el movimiento psicoanalítico freudiano, en Otto Rank y en Wilhelm
Reich. El concepto que da unidad a estos diversos enfoques, que da una
fundamentación racional a las técnicas empleadas en la terapia guestáltica, es la
concepción de la pauta de satisfacción individual de necesidades como proceso de
formación y eliminación guestálticas. Me referiré a este aspecto en primer término,
para luego mostrar la forma en que se interfiere en este proceso y las consecuencias de
tal interferencia para la conducta neurótica y la técnica terapéutica.
El psicólogo de la guestalt académico se ocupaba en buena medida de figuras externas,
en especial visuales y auditivas. Curiosamente, no intentó nunca aplicar los diversos
principios de la formación guestáltica (proximidad, la ley del destino común,
pregnancia, similitud, etc.) a las percepciones orgánicas, a la percepción de los propios
sentimientos, emociones y sensaciones corporales. Jamás consiguió integrar los hechos
relativos a la motivación con los relativos a la percepción. Fue Frederick Perls quien
introdujo en la psicología de la guestalt este elemento adicional. Ahora estamos en
condiciones de conceptualizar el proceso mediante el cual el organismo logra
satisfacerse en su ambiente como un proceso de formación guestáltica esencialmente,
en el cual hay cierto número de subtotalidades —ciertas formaciones subsidiarias—. A
las percepciones externas estudiadas por los psicólogos guestaltistas Wertheimer y
Kohler, el terapeuta guestaltista añade la percepción figural de las Gcstalten que se
forman en el cuerpo y en la relación del individuo con su ambiente.
Veamos el caso de una persona que está sentada a solas, leyendo. El libro ocupa el
centro de su interés: todo el resto de la habitación se ha vuelto fondo; en verdad,
también su cuerpo. Ni siquiera es correcto afirmar que es consciente de este proceso de
lectura particular: participa en él, está en contacto con las ideas. Supongamos que a
medida que avanza en su lectura comienza a sentir sed. Ocurre que la boca y el paladar
se vuelven figura y pronto dominan el campo. El libro se desplaza al fondo y el
individuo siente algo así como «¡Tengo sed!». Se torna consciente, en otras palabras, de
un cambio ocurrido en él que tiene consecuencias en su relación con el ambiente
externo. Su necesidad tiende a organizar tanto las cualidades perceptuales de su
experiencia como su conducta motriz. Puede formarse la imagen visual de una canilla,
o de un vaso de agua, o de una lata de cerveza en la heladera. Se levanta, da unos
pasos, satisface su sed y vuelve a su lectura Una vez más, las ¡deas pasan a ser figura:
la sed ha sido eliminada.
En este modelo simple tenemos el prototipo de la formación y la eliminación
guestálticas. El mundo fenoménico es organizado por las necesidades del individuo. Las
necesidades proveen de energía a la conducta y la organizan en el nivel subjetivo-
perceptual y en el objetivo- motor. El individuo lleva a cabo luego las actividades
requeridas para satisfacer tales necesidades. Una vez que estas han sido satisfechas, la
boca vuelve al fondo, desaparece la preocupación con la figura particular de agua o
cerveza, y surge algo nuevo. Tenemos una jerarquía de necesidades que están en un
continuo proceso de desarrollo, organización de las figuras de la experiencia y
desaparición. En terapia guestáltica describimos este proceso como la formación y
eliminación progresivas de guestalts perceptuales y motoras.
Cuando este proceso se desenvuelve normalmente, cuando está bien integrado —cuando
las Gestalten son firmes, o fuertes, o bien formadas, como diría el psicólogo académico
—, el propio sujeto o un observador ajeno al proceso pueden advertir ciertas
condiciones. En primer lugar, figura y fondo están claramente diferenciados. Ya no hay
un campo confuso, sino una cosa única que atrae la atención del individuo. A medida
que se ocupa de ella, su actividad perceptual se vuelve selectiva, y su conducta motriz
bien organizada, unitaria, coherente y dirigida a la satisfacción de esta necesidad
específica. De manera análoga, las figuras que experimenta el individuo son unitarias,
coherentes, y dominan el campo fenoménico.
Desde el punto de vista de la adaptación, lo interesante de esta experiencia es que el
proceso de formación y eliminación guestálticas pro-
E
orciona un criterio autónomo para estimarla. En otros términos, el echo de que el sujeto
sea «maduro» o «inmaduro» según cierto patrón cultural, o que se conforme o no a la
sociedad que lo rodea, carece de importancia; desde el punto de vista guestáltico, lo
importante es que el individuo integrado es aquel en el cual este proceso se sucede en
forma continua y sin interrupciones. Constantemente se forman nuevas figuras, que,
cuando las necesidades han sido satisfechas, son eliminadas y reemplazadas por otras,
permitiendo que la conducta y la experiencia perceptual sean organizadas por las
necesidades que ocupan el puesto siguiente en la jerarquía de dominio. Este proceso
reviste considerable interés porque no se detiene nunca, y el terapeuta guestaltista
puede determinar, en el curso de su tarea, cómo funciona en cada instante. En la sesión
terapéutica, observará que el sujeto experimenta ciertas necesidades que procura
satisfacer sin lograrlo, porque de algún modo se interrumpe o es perturbado el proceso.
No es menester hablar sobre esto en tiempo pasado: los métodos típicos de formación y
eliminación guestálticas dt cada individuo se ponen inmediatamente en evidencia en la
sesión.
La importancia de este proceso para la supervivencia biológica va de suyo, pues sólo en
la medida en que el individuo sea capaz de extraer de su ambiente las cosas que
necesita para sobrevivir, para sentirse cómodo en el mundo que lo rodea c interesarse
por él, podrá continuar
nu existencia en un plano a la vez biológico y psicológico. No podemos nutrirnos de
nosotros mismos; no podemos respirar sin un ambiente que nos lo permita; no podemos
hacer nada para incorporar a nuestro cuerpo las cosas que necesitamos —ya se trate de
afecto, de conocimientos o del aire que respiramos— sin interactuar con el ambiente. En
consecuencia, la claridad de la relación que he intentado describir, la formación y
eliminación guestálticas, adquiere suma importancia para la vida del ¡n^' ^
¿Qué es lo que hace que este proceso fracase? ¿A qué se debe que la progresiva
formación y eliminación de fuertes Ge s tal ten no siga un curso apropiado? Ante todo,
permítaseme mencionar los signos observables cuando se interfiere en este proceso.
Hay signos subjetivos sobre los cuales puede informar el paciente, y otros que el
terapeuta puede ver. Un ejemplo de lo primero sería la confusión; el sujeto se siente
confundido, nada le resulta claro. No sabe lo que quiere. No sabe distinguir lo
importante. O tal vez diga que está indeciso: no sabe cuál de varias alternativas adoptar
—ninguna le atrae más que otra—. Objetivamente, el terapeuta puede observar una
conducta fija y repetitiva. Por ejemplo, un paciente pedirá consejo una y otra vez o
solicitará que se le den instrucciones cuando se le pide que indague y encuentre sus
propias respuestas. La autorregulación de la relación ambiente-organismo queda
totalmente destruida. Se vuelve notoria, asimismo, la falta de interés del paciente por
lo que hace, y por ende la sensación de estar haciendo un gran esfuerzo cuando se trata
de una tarea simple. Los sujetos informan: «Me tengo que obligar a ir al trabajo», «Me
tengo que obligar a estudiar», etc. Por lo general, su lenguaje está mal organizado, y
hay en lo que expresa real confusión. A veces estas cuestiones son momentáneas, otras
veces duran períodos prolongados.
Sin embargo, importa recordar que aun el campo peor organizado sigue estando
organizado. El principio de la pregnancia indica que todo campo psicológico se halla,
en un momento determinado, tan bien organizado como lo permiten las condiciones
generales. De este modo, es probable que ciertas circunstancias impidan a una figura
formarse de la manera más fuerte y coherente posible —como Koffka y Kohler
admitieron hace algunos años—. En la autorregulación neurótica, ciertas fuerzas se ven
impedidas de ejercer un efecto cabal sobre el contacto del organismo con su ambiente.
Estas interferencias son de tres tipos.
Primero, tenemos el contacto perceptual insuficiente con el mundo externo y con el
cuerpo mismo. Advertimos, verbigracia, que a menudo los pacientes no nos miran
cuando quieren decirnos algo acerca de la impresión que les causamos; o no miran a
los objetos que quieren describir. Tal vez les pase inadvertido qué están haciendo con
sus manos, o no escuchen el sonido de su propia voz, etc. Su contacto perceptual con
grandes porciones de su ambiente y de su cuerpo es escaso o está totalmente
bloqueado.
Segundo, está bloqueada la expresión franca de las necesidades. Por ejemplo, el sujeto
sentirá calor pero será incapaz de hacer nada para evitarlo. Es fácil ver por qué esto
origina un fracaso del proceso de eliminación. Como el paciente no expresa sus
necesidades, nunca llega a satisfacerlas realmente; una figura perceptual que podría ser
clara, unitaria y significativa se torna opaca y carente de interés, con lo cual la
necesidad no se descarga nunca. Tomemos como ejemplo a un individuo con necesidad
de afecto a medias expresada. El resultado es una satisfacción a medias, ya que la
necesidad no se descarga nunca por completo. Esta necesidad específica dota entonces
de energía a ciertos sectores del campo- perceptual: la persona busca afecto, pero no
con entusiasmo suficiente. El resultado final es que la necesidad en cuestión continúa
interfiriendo otras necesidades que podrían organizar el campo de manera clara y
coherente.
Tercero, la represión puede impedir la formación de buenas Gestalten. El concepto de
represión del terapeuta guestaltista, que la considera esencialmente un proceso motor, es
bastante sorprendente desde el punto de vista histórico: el psicólogo guestaltista
académico no se preocupaba por el papel de la musculatura, por el aspecto que tomaría
la formación guestáltica total al caminar, por ejemplo. En buena medida por la
influencia de Wilhelm Reich, los terapeutas guestaltistas conciben la represión como un
fenómeno fundamentalmente muscular. Así, cuando surgen las necesidades e impulsos,
tiende a producirse una respuesta muscular, que procura darse a conocer en el plano
motor, y la única manera de inhibirla es contrayendo músculos antagónicos que evitan
que ese impulso se exprese cabalmente. El ejemplo más simple sería el impulso a
insultar a alguien. Supongamos que, a pesar de nuestro furor, tenemos que controlar ese
impulso. Ahora bien: este proceso de «control» puede considerarse en términos
estrictamente musculares. Las mandíbulas se contraen; hay tensiones en los brazos que
impiden, por ejemplo, dar un puñetazo. En el caso de sentir tristeza, las respuestas
posturales normales si la necesidad se diera a co- ncxrer plenamente serían una postura
abatida, los labios apretados, las mejillas hundidas. La alteración más simple para
controlar la tristeza consistiría en distender los labios en una sonrisa forzada,
eliminando la pauta gestual asociada con la tristeza, con lo cual la emoción no se
expresa ni se descarga. En la represión se mantienen, mediante contracciones
musculares crónicas que el individuo olvida, todo tipo de inconciencias sobre los
impulsos. Esas contracciones se vuelven habituales; el individuo se adapta a ellas y no
sabe que está bloqueando algo o qué es lo que bloquea.
Veamos algunas de las implicaciones que esto tiene para la terapia. Creo que uno de los
rasgos distintivos del terapeuta guestaltista es que trabaja casi exclusivamente en el
presente. Los recuerdos del pasado no constituyen su preocupación fundamental. El
pasado tiene importancia en ciertas circunstancias especiales, pero en general advierte
que lo único con lo que tiene que operar es lo que tiene directamente delante de sus
ojos. En la sesión terapéutica, el proceso de formación y eliminación guestáltica sigue
su curso como en cualquier otra parte. El terapeuta cuenta con una oportunidad para
apreciar las confusiones
3
ue se producen. Puede ver de qué modo bloquea el paciente porciones e su ambiente o
porciones de sí mismo, y comienza a trabajar con ese problema particular.
Es justo decir, en este punto, que este enfoque del proceso terapéutico representa una
de las grandes corrientes de pensamiento psicoterapéuti- co originadas en Otto Rank,
quien influyó en una forma algo distinta sobre la terapia centrada en el cliente de Cari
Rogers. Los prosélitos de
Rogers también estaban interesados en la situación presente, también se centraban en
lo que el cliente hacía en el momento, pero nunca abordaron el problema de la
conciencia real de lo que le pasaba al paciente en este instante. A mi juicio, Jas
palabras tienen una gran tendencia a interponerse en el camino de la experiencia, y los
psicólogos de la gues- talt trataron de remediarlo. Esto no significa que la terapia
centrada en el cliente de Rogers no tenga fuertes connotaciones guestálticas, como él
mismo ha señalado, pero el terapeuta guestaltista es, básicamente, mucho más activo
que el rogeriano.
¿Hacia donde se encamina la actividad del terapeuta? En primer lugar, a acabar con la
crónica insuficiencia en la organización del campo del paciente. Este tiene ciertas
formas típicas de percibir o actuar en relación con una necesidad. El terapeuta
guestaltista aísla fragmentos de este campo de manera tal de reducir a subunidades
menores la tendencia autorreguladora del neurótico; ello permite reorganizar en
definitiva tanto el campo motor como el perceptual. También procura realzar cada una
de las figuras emergentes. Si el sujeto parece pronto a llorar, por ejemplo, si el
terapeuta puede observar «en la superficie» una actividad incipiente, si advierte que el
sujeto se estruja las manos, tiene contracciones faciales y quizás un brillo en los ojos,
sabe que está por aparecer la figura del llanto. Supongamos que, pese a todo, el
paciente controla su impulso: el terapeuta se esforzará por romper el bloqueo que
aquel le ha impuesto de modo que pueda organizar el campo. Para ello, tomará como
figura de atención para el sujeto su resistencia, su resistencia muscular al llanto. En
otras palabras, en lugar de subrayar «Usted quiere llorar», pondrá el acento en «¿De
qué modo evita usted llorar?». Una y otra vez vuelve sobre el problema siguiente:
«¿Qué hace usted que le impida obtener lo que desea en este momento, en esta
situación inmediata?». Ello significa, desde luego, que debe haber gran sensibilidad
corporal, de modo que el terapeuta dedica buena parte de su actividad a la conciencia
corporal. Hasta que el paciente no siente de qué manera contrae sus músculos o
manipula su cabeza, sus ojos o todo su cuerpo para evitar ver o hacer ciertas cosas, el
mecanismo represivo no queda bajo su control. Nuestra intención no es abo ir su
capacidad para controlarse a sí mismo, sino lograr que ese control sea el producto de
una decisión intencional.
Estos son, pues, los problemas teóricos principales que sirven de amplio fundamento a
la tarea del terapeuta guestaltista. Este enfoque constituye una ampliación de la
psicología académica de la guestalt, al añadir al proceso de formación guestáltica las
necesidades y la conciencia corporal, y utilizar luego estos insights en la terapia para
romper el bloqueo de la pauta de satisfacción de la necesidad. 2. C u a t r o
conferencias
Frederick S. Peris

Primera conferencia

En mis charlas sobre terapia guestáltica me guía un solo propósito: impartir una
fracción del significado de la palabra ahora. Para mí, sólo el ahora existe. Ahora =
experiencia = conciencia = realidad. El pasado ya no está y el futuro no ha llegado
todavía. Unicamente el ahora existe.
La situación que exhibe la psicología de nuestra época es que estamos divididos
básicamente en dos categorías: los interesados en la conducta y los interesados en la
conciencia (awareness) o falta de conciencia —sea que se la llame estado de conciencia
(consciousness) ,* experiencia o de alguna otra manera—. El enfoque fenomenológico
pone el acento en los mensajes evidentes por sí mismos —existenciales en el puro
sentido de la palabra— que recibimos a través de los órganos de nuestros sentidos.
Gracias a que vemos, oímos y sentimos es que conocemos: ello nos suministra la
información primaria acerca de nosotros mismos y de nuestra relación con la vida. Al
conductlsta, en cambio, no le preocupa el fenómeno de la conciencia ni el enfoque
subjetivo; pero su método tiene sobre casi todos los demás la gran ventaja de trabajar
con el aquí y ahora: ve a este animal, mira a esta persona e investiga de qué modo se
comporta este individuo. Si se combina el enfoque fenomenológico, con su conciencia
de lo que es, y el enfoque conductista, con su énfasis en la conducta presente, se obtiene
una síntesis de lo que estamos tratando de lograr en terapia guestáltica. Cuando
observamos la conducta, nos encontramos con dos clases básicas: conducta pública y
conducta privada. La primera es la conducta manifiesta y observable de la que pueden
tener conciencia los observadores y nosotros mismos, mientras que la segunda incluye
aquellas cosas de las que nosotros podemos ser conscientes pero no un observador. A
esta última suele llamársela pensamiento, o especulación, o ensayo, o computación.
Antes de proseguir quisiera analizar brevemente cuatro enfoques filosóficos, tal como
yo los veo. El primer enfoque es la ciencia —a la que denomino «sobreísmo»— y nos
permite hablar sobre ciertas cosas, conversar sobre nosotros o sobre alguna otra
persona, informar sobre lo que está ocurriendo dentro de nosotros, discutir sobre
nuestros casos clínicos. El hablar sobre cosas, o sobre nosotros y los demás como si
fuéramos cosas, evita toda respuesta emocional u otra involucración
genuina. £n terapia, encontramos el sobreísmo en la racionalización y la
intelectualización, así como en el «juego de las interpretaciones» en el que el
terapeuta dice «Sobre esto versan sus dificultades». Este enfoque se basa en la no
involucración (noninvolvement ).
A la segunda filosofía la denomino «debeísmo». La mentalidad del «debe» se
encuentra manifiesta o encubiertamente en toda filosofía y, sin lugar a dudas, en toda
religión. Aun en el budismo hay un debeísmo implícito, ya que se nos dice que
debemos experimentar el Nirvana, que debemos alcanzar el estado en que estamos
libres de todo sufrimiento; al menos, se lo alaba como algo que vale la pena lograr.
Las religiones están llenas de tabúes, de «debes» y «no debes». Estoy seguro de que
todos ustedes perciben que crecen completamente rodeados por lo que deben y no
deben hacer, y que insumen gran parte de su tiempo en jugar a este juego en su
interior —el juego al que doy en llamar «juego del opresor y el oprimido», o «juego
del automejora- miento», o «juego de la autotortura»—. Tengo la convicción de que
les resulta muy familiar este juego. Una parte de ustedes se dirige a la otra y le dice:
«Debes ser mejor, no debes ser así, no debes hacer eso, no debes ser como eres, debes
ser como no eres». El debeísmo se funda en el fenómeno de la insatisfacción.
En los últimos tiempos ha surgido un tercer tipo de pensamiento: el ontològico, o
enfoque existencial, o «ser-ismo». El serismo observa y percibe el mundo tal como es,
tal como somos, anulando la significación y encerrando entre paréntesis lo que
debemos ser. A esto podría denominárselo la eterna tentativa por alcanzar la verdad.
Pero, ¿qué es la verdad? La verdad es uno de los que yo llamo «juegos de la
adecuación».
Aquí habré de apartarme un minuto del tema y hablar acerca de algunos de los juegos
importantes. Uno de los juegos principales que jugamos es el «juego del único
ganador»: «Yo soy mejor que tú», «Yo puedo superarte», «Yo puedo abatirte». Otro

juego importante es el «juego de la adecuación»: «¿Se adecúa este concepto a la


realidad?», «¿Es esto correcto?», «Si yo veo tal y cual cosa, ¿puedo hacer que se
adecúen entre sí de modo de tener ante m s ojos un cuadro amplio?»,
• «¿Se adecúa la conducta de esta persona a mi concepto de lo que es un
comportamiento correcto?». Estos son algunos de los juegos de la adecuación. Ahora
bien: en el existencialismo, el juego de la adecuación es la verdad. Entiendo por
«verdad» tan solo la aseveración de que una formulación nuestra se adecúa a la
realidad observable. Si alguien dice «Estoy enojado contigo» en un tono de voz suave
y cortés, este no parece adecuado, sino incongruente con respecto al enojo que dice
tener. Si grita, en cambio, «¡Estoy enojado contigo, maldito!», su ira y su voz se
adecúan una a otra.
Pero ningún existencialista, con la posible excepción de Heidegger, puede realmente
trasladar su idea existencial a la conducta ontològica —que una cosa se explica por íu
misma existencia—. Se preguntan una y otra vez «¿Por qué?», y deben seguir
entonces retrotrayéndose y pidiendo apoyo: Sartre al comunismo, Buber al judaismo,
Tillich al protestantismo, Heidegger al nazismo en cierta medida, Binswanger al
psicoanálisis. Binswanger, en particular, está tratando siempre de volver a lo causal —
esa confusión semántica—, de explicar el suceso
por su precedente, por su historia, incurriendo así en el error habitual de mezclar los
recuerdos con la historia.
Tenemos, por último, el enfoque guestáltico, que trata de comprender la existencia de
cualquier suceso a través del modo en que se produce, que trata de comprender el
devenir merced al cómo, no al porqué; merced a la omnipresente formación guestáltica;
merced a la tensión de la situación inconclusa, que es el factor biológico. En otras
palabras, en terapia guestáltica tratamos de ser congruentes con todos los restantes
sucesos, en especial con la naturaleza, pues somos parte de ella. El hecho de que
nuestra vida no sea compatible con las exigencias de la sociedad no obedece a que la
naturaleza esté equivocada o a que nosotros estemos equivocados, sino a que el
proceso que ha sufrido la sociedad la ha apartado tanto de un funcionamiento sano,
natural, que nuestras necesidades y las de la sociedad y las de la naturaleza ya no
concuerdan más. Nos topamos repetidamente con ese conflicto, al punto que se vuelve
dudoso que pueda existir en nuestra insana sociedad una persona sana, totalmente
cuerda y honesta.
Quisiera analizar ahora los que son, a mi juicio, los dos descubrimientos más
importantes de Freud. Freud afirmó (no es esta la manera como él lo formuló, sino
como yo he comprendido lo que él quiso decir) que en la neurosis hay una parte de
nuestra personalidad o de nuestro potencial que no está disponible. Pero lo dijo de un
modo extraño; dijo: «está en el inconsciente», como si existiera algo semejante a el
inconsciente, en vez de haber simplemente conducta o emociones desconocidas o no
disponibles. Freud vio, asimismo, que lo que él denominó «preconsciente» constituía la
base de la formación guestáltica. Nosotros decimos que es el «fondo» sobre el cual
aparece la figura. Podemos ir aún más lejos y señalar que solo una pequeña porción de
nuestro potencial —de lo que podríamos ser— está disponible.
El otro descubrimiento importante de Freud, que nunca retomó y que parece haberse
perdido, es su observación «Denken ist Probearbeit» («El pensamiento es trabajo de
ensayo»), que yo he reformulado de este modo: «El pensamiento es un ensayo teatral»,
un ensayo que se lleva a cabo en la fantasía del rol que debe representarse en la
sociedad.
Y cuando llega el momento de la representación y uno no está seguro de qu&esta sea
bien recibida, aparece el miedo al público (stage frighí). A este último la psiquiatría le
ha dado el nombre de «ansiedad»: «¿Qué diré cuando esté ante la mesa examinadora?»,
«¿Sobre qué hablaré en mi conferencia?». Al acudir a una cita con una mujer, uno
piensa, «¿Qué ropa me pondré para impresionarla?», y así por el estilo. Todo esto es
ensayar el papel que habrá de representarse. Creo que la frase de Freud, «Denken ist
Probearbeit», es una de sus grandes ideas.
La razón de que Freud no pudiera retomarla más adelante reside, en parte, en que todo
ensayo se refiere al futuro, mientras que a Freud le preocupaba el pasado. De modo que
ese concepto no concordaba con su teoría general y debió abandonarlo. Pero me
gustaría que se detuvieran un momento a pensar cuánto tiempo y cuánto potencial
invierte cada uno de ustedes en reflexionar o ensayar para el futuro en comparación
con el que invierten en meditar sobre el pasado.
Volvamos al ahora.
Sostengo que toda terapia puede llevarse a cabo únicamente en el ahora. Cualquier
otro método constituye una interferencia. Y la técnica que nos permite comprender el
ahora y permanecer en él es «el continuo de conciencia*, por el cual se descubre y se
toma cabal conciencia de cada experiencia real. Si nos mantenemos en él, pronto nos '
enfrentamos con una experiencia desagradable; por ejemplo, nos aburrimos, o nos
sentimos incómodos, o nos vienen ganas de llorar. En ese momento sucede algo que
Freud no llegó a ver con claridad: nos volvemos fóbicos. Freud vio que se producía un
bloqueo activo para eliminar la experiencia, y lo denominó «represión»; vio también
la alienación de nuestra experiencia y la denominó «proyección». Lo que quiero
puntualizar es que el momento crítico está dado por la frecuente interrupción de
nuestra exper encia en el ahora, sea cual fuere esta. Esta interrupción tiene lugar por
varios medios: iniciamos una explicación, descubrimos súbitamente que hemos
abusado del tiempo de que disponemos dentro del grupo, recordamos que teníamos
que hacer algo importante, o nos entregamos al vuelo esquizofrénico de ideas que el
psicoanálisis llama «asociación libre* (aun cuando se trata de una di-sociación
compulsiva). Esta interrupción del continuo de conciencia impide la maduración,
impide que la terapia tenga éxito, impide que la vida coryugal sea más rica y profunda,
impide que se solucionen los conflictos internos. El único propósito de esta tendencia
a la evitación es mantener el statu quo.
¿Y qué es el statu quo? El statu quo consiste en aferramos a la idea de que somos
niños. Esto contraría el punto de vista psicoanalítico. Freud suponía que éramos
infantiles a causa de un trauma anterior, pero esto no es sino una racionalización
retrospectiva. Somos infantiles porque tenemos miedo de asumir responsabilidades en
el ahora. Asumir nuestro lugar en la historia, ser maduros, significa renunciar a la idea
de que tenemos padres, de que tenemos que mostrarnos sumisos o rebeldes, o alguna
de las otras variantes del rol de niños que representamos. t
Para ampliar esto último debo hablar de la maduración. La maduración es el pasaje del
apoyo ambiental a la autonomía. El bebé depende por entero del apoyo ambiental. A
medida que crece, aprende a pararse sobre sus propios pies, a crear su propio mundo, a
ganarse la vida, a adquirir independencia emocional. Pero en el sujeto neurótico este
proceso no sigue su curso normal. El niño —o el neurótico infantil— no utilizará su
potencial en favor de su autonomía sino para representar roles espurios, cuyo objetivo
es movilizar al ambiente para conseguir apoyo en lugar de movilizar el potencial
propio. Manipulamos el ambiente mostrándonos desvalidos, haciendo el papel de
tontos, formulando preguntas, halagando y adulando a los demás.
El resultado de ello es que llegamos en la vida —y especialmente en la terapia— al
«punto enfermo* (como lo llaman los psiquiatras rusos), al punto en que quedamos
varados, al «impase». El impase se produce cuando no podemos apelar a nuestros
propios recursos y no obtenemos apoyo ambiental. En terapia guestáltica nos
encontramos con que esto ocurre una vez, y otra, y otra. Por desgracia, el psicoanálisis
tiende a fomentar la infantilidad y la dependencia, primero por sus fantasías acerca de
que el paciente es un niño y todo debe vincularsecon la «imagen del padre» o con el
«trauma infantil» o con la «transferencia», y luego, al proporcionar una y otra vez
apoyo ambiental en la forma de interpretaciones intelectuales que re 2 an así: «Sé que
usted es tonto e inmaduro. Sé lo que usted está haciendo. Sé más que usted. Se lo
explicaré todo». Pero ello le impide al sujeto comprenderse verdaderamente a sí mismo.
Es por este motivo que soy absolutamente dogmático en cuanto a que nada existe más
que en el ahora, y que en el ahora el individuo se conduce de un modo que podrá o no
facilitar su desarrollo, su adquisición de una mayor aptitud para hacer frente a la vida,
para conseguir lo que antes estaba fuera de su alcance, para comenzar a llenar los
huecos de su existencia. Todos tenemos, en alguna medida, los huecos tan evidentes en
los neuróticos y esquizofrénicos. Hay personas sin ojos, otras sin oídos, sin piernas que
las sostengan, sin perspectiva, sin emociones. Para llenar estos huecos, que suelen
experimentarse como tedio vital, vaciedad, soledad, debemos superar el impase y sus
frustraciones, que por lo general nos lleva a evitar tales frustraciones y con ellas todo el
proceso ae aprendizaje.
Ahora bien: hay dos formas de aprender. La primera consiste en obtener información:
conseguimos que alguien nos informe sobre el significado de nuestros sueños, sobre la
utilidad de tal o cual concepto, o que nos diga cómo es el mundo. Luego introducimos
esta información en nuestra computadora y ponemos en práctica el juego de la
adecuación. ¿Se adecúa este concepto a este otro? Pero la mejor manera de aprender no
reside en computar información. Aprender es descubrir: des cubrir lo que tenemos
delante. Cuando descubrimos, estamos descubriendo nuestra propia capacidad, nuestros
propios ojos, para encontrar nuestro potencial, para ver qué es lo que está pasando, para
descubrir de qué manera podemos hacer más amplia nuestra vida, para recurrir a medios
que nos permitan hacer frente a una dificultosa situación. Y a mi juicio todo esto tiene
lugar en el aquí y ahora. No toda especulación acerca de las cosas, no toda tentativa de
obtener información y ayuda externas producen maduración. De modo que las personas
que trabajan conmigo tienen que hacerlo mediante una referencia continua al presente.
«Estoy experimentando esto; ahora siento esto; en este momento no siento más deseos
de trabajar; en este momento estoy aburrido». A partir de ello podemos pasar a
diferenciar qué fragmento de la experiencia presente le es aceptable al individuo,
cuándo siente deseos de huir, cuándo se muestra dispuesto a tolerarse a sí mismo,
cuándo siente que los demás lo toleran, etc. Todo esto se investiga en la realidad, en el
encuentro actual de cada cual con los demás.
Dicho de otro modo, mientras que la mayoría de las psicoterapias tratan de llegar a lo
más profundo, nosotros intentamos llegar a lo más superficial. A medida que surgen las
necesidades, las situaciones inconclusas, somos controlados por esa necesidad
emergente y precisamos ponernos en contacto con el mundo para satisfacerla.
Utilizamos nuestros sentidos para observar, para ver lo que está sucediendo. El mundo
se abre. Esta capacidad de ver es la salud. A la inversa, puede definirse al neurótico
como aquel que no puede ver lo obvio —tal cual ocurría en ese cuento de Anderson en
el que solamente el niño señalaba lo evidente que el rey estaba desnudo—. Es por este
motivo que cuando comienzo a trabajar con un grupo suelo jugar al maestro de escuela
y pedirles que descubran y verbalicen lo obvio.

Segunda conferencia
Además de colocar el acento en el ahora, también lo coloco en el proceso de
centración, la conciliación de los opuestos para que no sigan desperdiciando energía
en una lucha estéril y puedan unirse en una combinación e interacción productivas.
Veamos, por e,empio, uno de los principales problemas que la gente cree tener: el
problema de su
STeTío opuesto de la existencia? La respuesta inmediata sería «la inexistencia», pero
esto es erróneo. Lo opuesto de la existencia es la antiexistencia, tal como lo opuesto
de la materia es la antimateria. Como ustedes saben, los científicos han conseguido
crear materia a partir de la energía. ¿Qué nexo tiene esto con nosotros, los que nos
dedicamos a la psicología? Fundamentalmente, que en ciencia hemos vuelto, a la
postre, al filósofo presocràtico Hetáclito, quien afirmó que todo es flujo, movimiento,
proceso. No hay «cosas». En los lenguajes orientales, la nada ( nothingness ) es la no-
cosa ( no-tbingness ) ; en Occidente pensamos la nada como un hueco, un vacío, una
inexistencia. En la filosofía oriental, así como en las ciencias físico-naturales
modernas, la nada —la no-cosa— es una forma de proceso, en perpetuo
movimiento. . . , ,m
En ciencia intentamos encontrar la materia ultima, pero cuanto más dividimos la
materia más nos encontramos con otra materia. Encontramos movimiento, y
movimiento equivale a energía: movimiento, impacto, energía, pero no cosas. Las
cosas surgen, prácticamente, por la necesidad humana de seguridad. Son manipulables,
con ellas es posible jugar a la adecuación. Estos conceptos, estos «algos», pueden
formar, reunidos, otro algo. «Algo» es una cosa, de modo que hasta un nombre
abstracto se convierte en una cosa.
En nuestro trabajo terapéutico siempre nos topamos con la nada, y vemos que esta no-
cosa es un proceso muy vivido. Supongo que el hecho de tratar con cosas significa que
para volverlas a la vida, tenemos que convertirlas nuevamente en procesos. En la
cosificación o transtor- mación de un proceso en una cosa actúa lo que yo denomino el
estrato implosivo, o catatònico, o muerto. Si alguien tiene un cuerpo, si tiene una
mente, estas cosas son en apariencia objetos que pertenecen a cierta instancia llamada
«Yo. «Yo» soy el orgulloso —o desdeñoso— poseedor de una mente, de un cuerpo, de
un mundo. De manera que digo, en efecto, «Yo tengo cierto cuerpo* (cierto cuerpo) en
lugar de advertir que yo soy alguien* .
En terapia guestáltica observamos la forma en que las personas utilizan el lenguaje, y
comprobamos que cuanto más alienado está un s ^l etí j de sí mismo más nombres
emplea en lugar de verbos, y sobre todo e pronombre it ít es una «cosa» cuyo uso
resulta conveniente para evitar estar vivos. Cuando estoy vivo, hablo; cuando estoy
muerto, tengo un «habla» compuesta de palabras-, este lenguaje tendrá una expresión,
etc. Se advertirá que esta descripción es en su mayor parte una cadena de nombres, y
que lo único vital que resta en todo ello es juntarlos.
Para que ustedes comprendan mejor la importancia del estrato implosivo y su papel en
las neurosis, describiré en forma más completa lo que yo entiendo por los cinco
estratos de la neurosis. El primer estrato que encontramos es lo que yo llamo el estrato
de Eric Berne, o el estrato de Sigmund Freud, o el estrato falso, en el que jugamos a
representar, en el que representamos roles. Coincide con la persona «como si»
descripta por Helene Deutsch. Actuamos como si fuéramos tipos importantes, como si
fuéramos tontos, como si fuéramos alumnos, como si fuéramos damas, como si
fuéramos prostitutas, etc. Las actitudes «como si» nos exigen siempre estar a la altura
de un concepto o fantasía creada por nosotros o por los demás, ya se trate de una
maldición o de un ideal. Lo que ustedes llaman un ideal es para mí una maldición: un
intento de apartarse de uno mismo. Su resultado es que la persona neurótica renuncie a
vivir para sí misma de manera tal de realizarse: en lugar de ello, quiere vivir para un
concepto, para la realización de ese concepto —como un elefante que quisiera ser un
rosal o un rosal que tratara de ser un canguro—. No queremos ser nosotros mismos; no
queremos ser lo que somos, sino alguna otra cosa, y el fundamento existencial de este
ser otra cosa es la experiencia de la insatisfacción. Estamos insatisfechos con lo que
hacemos, o bien los padres están insatisfechos con lo que hacen sus hijos: deberían ser
distintos, no deberían ser como son, deberían ser alguna otra cosa.
Viene luego la religión, la filosofía, el violín y las cuerdas: debemos ser hermosos y
maravillosos, y, en caso de ser cristianos, debemos ser inmateriales. En el Nuevo
Testamento la naturaleza no cuenta: sólo cuenta lo sobrenatural, lo milagroso. Por
ende, no tendría que haber materia. Y si estamos muertos, no deberíamos estarlo. Se
considera todo como si no debiera existir tal como es. En otros términos, fa
constitución con la que vinimos al mundo —nuestra herencia— es objeto de desprecio.
No se nos permite sentirnos cómodos en nosotros mismos, de modo que enajenamos
esas desdeñadas cualidades y creamos los agujeros de los que hablé en mi primera
conferencia, los huecos, la nada donde algo debería haber; y allí donde falta algo,
erigimos un objeto falso. Nos conducimos como si poseyéramos realmente esa cualidad
exigida por la sociedad y que a la postre se convierte en una exigencia de lo que Freud
llamó el superyó, la conciencia moral (conscience). Esto viene a estar representado por
el opresor (top-dog) en esos juegos en que este tortura al oprimido (unaer-dog), a la
otra parte de sí mismo, exigiéndole lo imposible: «Y bien: ahora, ¡vive de acuerdo con
ese ideal!».
Sería lindo poder convertirse en esas personas maravillosas, pero Freud olvidó un
elemento importante, que debemos añadir. El superyó no se opone, como creía Freud,
al yo o al ello, o a una constelación de impulsos, recuerdos o energías. El opresor se
opone a otra personalidad, a la que yo llamo el oprimido. Cada uno de ellos tiene sus
propias características y ambos luchan por el control. El opresor se caracteriza
principalmente por su rectitud: ya sea que esté o no en lo cierto, siempre sabe qué es lo
que el oprimido debería hacer; pero cuenta con muy pocos medios para refonar sus
exigencias. En realidad, es un camorrista y trata de salirse con la suya profiriendo
amenazas. Si uno no hace lo que él indica será castigado o le ocurrirá algo terrible. El
oprimido, destinatario de estas órdenes, nada tiene de virtuoso; por el contrario, se
siente muy inseguro de sí mismo. No se defiende ni trata de asumir el control
mostrándose a su vez camorrista o agresivo, sino por otros medios: «Mañana», «Te lo
prometo», «Sí, pero...», «Hago todo lo que puedo». De manera pues que ambos, el
opresor y el oprimido, viven en una frustración mutua y en un intento continuo de
controlarse uno a otro.
A esto denomino el primer estrato o estrato falso, estrato que comprende estos roles, los
juegos del opresor y el oprimido, los juegos del control. Si alguna vez tomamos
conciencia de la falsedad, de los juegos que estamos practicando, y tratamos de ser más
honestos o auténticos, experimentamos dolor, incomodidad, desesperación, etc. En
particular, nos disgusta la experiencia de la crueldad. No debemos dañar a nuestros
vecinos ni a ninguna otra persona. Olvidamos totalmente que una de las leyes básicas de
la naturaleza es matar para vivir. No hay criatura viviente ni sustancia orgánica alguna
que pueda perdurar sin matar a otros animales o plantas. De todas las especies,
únicamente el hombre se niega a aceptar la necesidad de matar y procede a matarse a sí
mismo; únicamente el ser humano mata, no por necesidad, sino por codicia y para
alcanzar poder. En la actualidad, sobre todo, en que el individuo es sustituido por esos
superorganismos llamados Estados o naciones, se ve privado de su necesidad de matar,
que ha transferido al Estado.
La matanza y la destrucción lo confunden todo. En realidad, hasta para comer una
manzana tenemos que destruir la sustancia que la compone. Destruimos la manzana
como unidad, fragmentándola en pequeños trozos con nuestros dientes, moliéndola con
nuestras muelas y disolviéndola químicamente hasta que no queda de ella más que
aquello que no podemos asimilar, y por ende eliminamos.
Una vez que somos capaces de entender nuestra renuencia a aceptar las experiencias
desagradables, pasamos al siguiente estrato, el estrato fòbico, la resistencia, la objeción
a ser como somos. En él tienen lugar todos los no se debe a los que me referí antes.
Si vamos más allá del estrato fòbico, de las objeciones, encontramos que en ese
momento se produce el impase. Y en él tenemos la sensación de no estar vivos, de estar
muertos. Sentimos que no somos nada, que somos cosas. En cada momento de la terapia
tenemos que atravesar este estrato implosivo para llegar al sí-mismo auténtico. Es aquí
donde naufragan la mayoría de las terapias y de los terapeutas, porque también ellos
temen a la muerte. Por supuesto, no se trata de estar muertos, sino del temor y de la
sensación de estar muertos, de desaparecer. Se toma la fantasía por realidad. Una vez
que hemos dejado atrás el estrato implosivo, vemos que ocurre algo muy particular, y
que se aprecia en su forma más espectacular en el estado catatonico, en el cual el
paciente, que se presentaba como un cadáver, estalla a la vida. Tal es lo que sucede
cuando se diluye el estado implosivo: una explosión. La explosión es el último estrato
neurótico y tiene lugar cuando atravesamos el estado implosivo. A mi entender, esta
progresión es necesaria para llegar a ser auténtico. Hay cuatro tipos esenciales de
explosión: estallidos de alegría, de aflicción, de orgasmo, de ira. A veces son
explosiones muy leves; ello depende del monto de energía investida en el estadio
implosivo.
Tal vez pueda aclarar mejor cuándo se produce el estado catatònico, el estado
implosivo, refiriéndome a la fisiología. Ustedes saben que para mover un músculo se
envía a él una descarga eléctrica y el músculo pega una brusca sacudida. Si se
interrumpe la descarga, el músculo vuelve a sacudirse. Para mantenerlo contraído es
preciso repetir de continuo las descargas eléctricas. Pueden imaginar entonces cuánta
energía se invierte en el estado catatònico, o en cualquier oportunidad en que el sujeto
entra en tensión, para mantener esa tensión, esa rigidez.
Y si esa energía no es invertida en conservar esa rigidez, queda libre para realizar todo
tipo de actividades —pensar, trasladarse de un lugar a otro, estar vivos—. Si se la libera
en forma súbita, la energía aprisionada explotará. La implosión se convierte en
explosión, la compresión en expresión.
Creo que ha llegado el momento de dar al grupo una oportunidad para que formule
preguntas y observaciones sobre esta conferencia.
Pregunta: Tú dijiste que el pasaje del estrato implosivo a la explosión
puede ser percibido como un peligro tanto por el paciente como por el terapeuta, y que
tal es probablemente la razón del estrato implosivo. ¿Cómo logran paciente y terapeuta
superarlo? Uno de mis pacientes explotó de un estado catatònico en el orgasmo, y
parecería que fuera a volver al estrato implosivo o catatonía porque de ninguna de las
dos maneras logra adaptarse.
Perls: Una de las cosas que deben recordar es que para funcionar
correctamente una persona debe tener a su alcance las cuatro posibilidades de
explosión. Una persona que pueda explotar en el orgasmo, pero no en la ira o en la
aflicción o en la alegría es incompleta. Tú aludes a lo que denom né el estrato fòbico, en
el que se evita experimentar tensión a causa de fantasías catastróficas, el temor al
riesgo. Cuando hay tanta energía contenida, es tanta la energía o élan vital que se
acumula que la persona no puede contenerla más, y la explosión puede producirse de
manera muy violenta.
Comentario: Me recuerda a la explosión que se produce cuando se
separan los átomos... la fisión.
Perls: Fusión ofisión. Hay un proceso en el que la explosión y el
peligro de la explosión suelen atenuarse: el proceso de la fusión. A menudo descubrirán
que en cierto punto se sienten conmocionados, se sienten involucrados, y empiezan a
fundirse, se sienten blandos o estallan en llanto. Esta es una de las maneras de
amortiguar una explosión dañina; pero, básicamente, uno debe estar dispuesto a afrontar
riesgos Pregunta: Esafusión,¿esternura? *
Peris: La ternura es una forma de la fusión. Descubrirán que luego
de una» buena explosión se sentirán tiernos en el sentido de sutiles y delicados.
Ahora bien: cuando se habla de ternura, entro en sospechas. Parecería que la ternura
fuera lo que está en el núcleo interior de la rudeza, y hacerse el rudo es uno de los
aspectos principalísimos de los roles representados por la juventud norteamericana
de nuestra época.
Pregunta: ¿Podrías aclarar un poco eso de... de que la juventud
representa el papel de la rudeza?
Perls: ¿De dónde extrae el niño norteamericano una buena parte de
la información que posee? De las historietas. ¿Y qué expresan las historietas?
¿Hablan acaso acerca de un hombre y de una mujer? No. Hablan del «macho» y de
la vampiresa. Este concepto del hombre se asemeja más al hombre de las cavernas
que al hombre auténtico —y es difícil definir a este último: un hombre que vive de
acuerdo con sus convicciones, en ese sentido—. El mensaje que transmite la
historieta es que un hombre tiene que ser «macho» pues de lo contrario es un
maricón. No tiene otra opción, salvo convertirse en un as del béisbol o en un
homosexual. Sólo como homosexual se le permite ser tierno, ser suave. Lo mismo
se aplica al sexo femenino. Puede estimarse aproximadamente que las
norteamericanas se dividen en un 90 % de prostitutas y un 10 % de mujeres. La
mujer debe convertirse en prostituta porque tiene que convertirse en vampiresa. En
su calidad de vampiresa, tiene que pasar todo el tiempo luciendo fotogénica y
mostrándose en lugar de tener ojos, genitales y relaciones con la gente. Esto origina
en ella una cierta irritación permanente, una hostilidad permanente. Ve en el hombre
a un enemigo, y la única manera de controlarlo es transformarse en una prostituta.
Es así como el macho y la prostituta armonizan entre sí como personajes principales
de la escena norteamericana.
Pregunta: Sólo te oí mencionar cuatro de los estratos de la neurosis.
Perls: El estrato falso, el fóbico, el impase, el implosivo, el explosivo,
Si adopto estas categorías y convierto un proceso en una cosa, por favor sean
tolerantes y comprendan que no es más que una aproximación a lo que el proceso
es.
Pregunta: ¿Es en el nivel falso en el que se llevan a cabo los juegos?
Perls: Sí.
Pregunta: Y el estrato implosivo es donde se hallan los motivos de
los juegos, ¿no es así?
Perls: No. No hay motivos para los juegos.
Comentario: Entonces no entiendo el estrato implosivo.
Perls: El estrato implosivo es aquel en que se paralizan y quedan inac
tivas las energías necesarias para vivir. Para liberarlas debemos pasai Por el proceso
de explosión. Si tengo sed, no necesito ir al bosque a buscar un manantial; esta sería la
manera biológica, primitiva, de calmar mi sed. En nuestra cultura, debo recurrir a
cierto número de;,roa: mpulaciones. Por ejemplo, en esta conferencia, toco un
timbre, formulo mi pedido al ordenanza y cumplo todo tipo de procesos a fin de
obtener . ^gua que equilibre el déficit de mi organismo. En la cultura en que
vivimos, para satisfacer nuestras necesidades tenemos que representar roles. Yo
podría salir al corredor y explotar gritando «¡Eh, tú! ¡Quiero
ptlii 1 133 tos, >r-
algo para beber!». Pero no lo hago. Desempeño los roles prescriptos, soy cortés y
atento.
Pregunta: ¿Podrías agregar algo más acerca del estrato fòbico?
Perls: La principal actitud fòbica que se me ocurre es la fobia a des
cubrir la vida. Con el objeto de evitar vivir una vida en la que descubramos al mundo y
a nosotros mismos, tomamos con frecuencia el atajo de obtener información. Es lo que
ustedes acaban de hacer: me pidieron información. Pero ustedes podrían haberse
lanzado a descubrir en qué aspectos son fóbicos, o en qué aspectos lo son los demás —
cuáles son las cosas que ustedes o ellos evitan—. En cambio, me han formulado
preguntas para alimentar su computadora, su sistema pensante. La actitud fòbica básica
consiste en tener miedo de ser lo que uno es. Y si uno se anima a investigar cómo es,
halla alivio inmediato. De pronto, se encontrará entregándose a fantasías catastróficas.
«Si soy como soy, ¿qué habrá de sucederme? La sociedad me condenará al ostracismo.
Si le digo a mi jefe que se vaya al diablo, perderé el empleo. Si le digo a mi esposa que
es una ramera, no querrá acostarse más conmigo», etcétera, etcétera. De ese modo uno
se vuelve fòbico, comienza a manipular y a representar roles. En lugar de decir «Sos
una ramera», contrae los labios y no dice una palabra; pero experimenta una
contracción que señala indirectamente que no le gusta cómo es su mujer o lo que está
haciendo. Por temor a explotar, el individuo se rwplota. Pregunta: E n e l n i v e l d e l
impase, ¿se tiene miedo de ver al mundo
tal cual es?
Perls: No, hay algo más. El impase se produce toda vez que uno no
está preparado o dispuesto a utilizar sus propios recursos (sus ojos in elusive) y no
dispone de apoyo ambiental inmediato. El ejemplo extremo de itnpase es el recién
nacido cianòtico: la madre ya no le suministra oxígeno, y él todavía no es capaz de
abastecerse de oxígeno por sí solo. Se halla, en cuanto a su respiración, en un impase y
tiene
3
ue encontrar una forma de respirar o ha de morir. Otro buen ejemplo e impase es el
matrimonio típico en el que los cónyuges no se quieren pero cada uno de ellos tiene un
concepto acerca de cómo debería ser el otro. Ninguno de los dos tiene casi una mínima
idea de cómo es el otro, y en cuanto la conducta de su pareja no se ajusta a lo que
espera, empieza a sentirse insatisfecho y a jugar al juego de las culpas: el marido la
culpa a la mujer, diciéndole que debería cambiar, y se culpa a sí mismo, diciéndose que
él debería cambiar... en vez de advertir que están en un impase porque están
enamorados de una imagen, de una fantasía. Están varados, pero no saben cómo lo
están: de ahí el impase. La consecuencia del impase es que se mantiene el statu quo.
Tal vez quieran cambiar, pero no lo hacen; mantienen el statu quo porque tienen
demasiado temor de atravesar el ímpase.
Pregunta: ¿Qué es lo que rompe el impase?
Perls: El impase no puede romperse.
Pregunta: ¿Es preciso aceptarlo?
Perls: Podría decirse algo así. Lo increíble y difícil de comprender
es que la experiencia, la conciencia del ahora, basta para resolver todas las dificultades
de esta índole, vale decir, las dificultades neuróticas. Si uno es plenamente consciente
del impase, este se diluirá y de repente uno encontrará que lo ha dejado atrás. Sé que
esto suena algo místico, de modo que daré un ejemplo. Hay dos platos en el menú y no
puedo decidirme por uno u otro; ahora bien: la naturaleza no obra por decisiones sino
por preferencias: si se prefiere una comida a otra, se salva el impase.

Tercera conferencia

Hoy quisiera tocar tres temas. El primero es la contestación de las preguntas que
formula el paciente. Tal vez a ustedes les haya asombrado el hecho de que yo casi nunca
conteste preguntas durante la terapia; en lugar de ello, por lo general solicito al
paciente que reformule la pregunta en forma de proposición. El signo de interrogación
tiene un
Í
;ancho que el paciente puede utilizar con muchos fines, como el de con- undir a la otra
persona, o, con más frecuencia, evitar descubrir qué es lo que realmente está
sucediendo. Esta solicitud de apoyo ambiental mantiene al individuo en el estado
infantil. Advertirán que nada desarrolla más la inteligencia que transformar una
pregunta en una auténtica proposición. Súbitamente el trasfondo comenzará a ponerse
de manifiesto y se hará visible el origen de la pregunta.
El segundo tema se vincula con los sentimientos de culpa. Según la teoría
psicoanalítica, un paciente está curado cuando se libera de su ansiedad y culpa. Ya nos
hemos ocupado de la ansiedad como miedo al público. El problema de la culpa es más
simple aún: la culpa es el resentimiento proyectado. Toda vez que uno de ustedes se
sienta culpable, hallará que hay un núcleo de resentimiento; pero el resentimiento, por
sí solo, es una emoción incompleta: es un esfuerzo por mantener el statu quo, un
aferrarse a lo que es; no le permite al sujeto liberarse en una renuncia que zanje la
cuestión, ni tampoco mostrarse airado y agresivo y aclarar la situación. El resentimiento
es el mordisco que se aferra y no suelta.
Quizás el hecho mental más difícil para un paciente sea perdonar a sus padres. Los
padres nunca tienen razón: son demasiado duros o demasiado blandos, demasiado
fuertes o demasiado débiles. Siempre hay algo que reprocharles. Y el sujeto alcanza el
equilibrio entre los sentimientos de culpa (sentir que les debe algo) y el resentimiento
(sentir que ellos le deben algo) mediante un fenómeno muy peculiar: la gratitud. La
gratitud conduce al cierre de la cuestión: ninguno de los dos bandos le debe nada al
otro.
El tercer tema a que quiero referirme es la importancia de los sueños. El sueño es un
mensaje existencia!. Es algo más que una situación inconclusa, algo más que un deseo
insatisfecho, algo más que una profecía: es un mensaje de uno mismo a uno mismo, a
la parte de uno que está escuchando, sea cual fuere esta. Es posiblemente la expresión
más espontánea del ser humano, una pequeña obra de arte que forjamos con nuestra
vida; y todos los fragmentos del sueño, todas las situaciones que en él aparecen, son
creación del propio durmiente. Por supuesto, algunos fragmentos proceden de la
memoria o de la realidad, pero lo importante es: ¿qué lleva al durmiente a escoger ese
trozo particular? Ninguna de las elecciones que se hacen en el sueño es obra de la
casuali-A \ fnmn en la paranoia, la persona que proyecta busca una percha flonJcIdear su
sombrero. Cada uno de sus aspectos es una pane de uonuc Sll£ ñ a pero una parte
de la que en ciertamedida se
la persona q^ ct ^ n j o i a ’ en otxos 0 bj et0 s. ¿Qué significa la proyección? reniega^ pr ^
j es . a p r0 piado de ciertas partes de nosotros mismos, que
l^V^os Enajenado de nosotros y colocado en el mundo en vez de las hem nut>str0
a j canC e como potencial propio. Hemos vaciado una
,CnCÍ
de nosotros en el mundo; por ende, debemos presentar agujeros, vacíos Si queremos
recuperar nuevamente esos trozos nuestros tenemos que apelar a técnicas especiales,
que nos permitan reasimilar esas ex-

Cuando trabajo con un sueño, evito toda interpretación. La dejo a cargo del paciente,
ya que considero que él sabe más sobre sí mismo de lo que yo puedo saber. Antes
solía trabajar con todas las partes del sueño y recorrerlo de cabo a rabo; pero muchos
pacientes tienen dificultades con la reidentificación, dificultades exactamente
equivalentes al monto de autoalienación. Ultimamente prefiero acortar el
procedimiento: busco sobre todo los agujeros, los vacíos, las evitaciones.
El primer problema reside, pues, en descubrir qué es lo que el sueño evita. A menudo,
es posible saber de inmediato qué es lo que el paciente evita averiguando en qué
momento interrumpe el sueño y se despierta en lugar de continuar con él. Con suma
frecuencia, el durmiente quiere evitar la muerte, el ser asesinado, o el sexo. En
verdad, creo que la cuestión de la supervivencia, del matar y destruir, es por lo menos
tan importante como la cuestión sexual.

Pregunta: Tú dices que si interrumpimos el sueño despertándonos


estamos evitando algo, pero, ¿qué ocurre si el sueño no se interrumpe de esa
manera? '
Perls: En tal caso no siempre es tan fácil encontrar qué es lo que se
evita. Por lo regular, cuando uno se permite seguir durmiendo, no está tratando de evitar
algún choque terrible, como sucede en un sueño en el que uno se está cayendo y es
preciso despertar antes de hacerse pedazos contra el suelo. La evasión es el fundamento
habitual de la neurosis, y se basa en una confusión de fantasía y realidad. En la fantasía,
puedo caerme mil veces, en los sueños puedo matar a cien personas: no es más que
fantasía y ellos siguen vivos. Resulta trágico que nos mostremos tan renuentes a
imaginar siquiera ciertas situaciones, de manera que persiste este temor a la
imaginación, esta mezcla de realidad y fantasía. Nos frenamos de hacer muchas cosas
porque imaginamos las cosas horribles que ocurrirán, o bien nos sentimos
decepcionados porque la vida color de rosa que esperamos y anhelamos no llega. Todas
esas cosas maravillosas... vamos a Las Vegas con cinco dólares y volvemos con cien
mil; o soñamos que nos hemos convertido en un ser perfecto y maravilloso. Como esto
no sucede, sufrimos una desilusión. Nos vedamos utilizar aquello que poseemos o
reasimilar aquello que nos hemos des apropiado.

Permítaseme dar un ejemplo. Una mujer soñó que era viuda y tenía tres hijos, cada uno
de ellos con una mano o un brazo artificiales primorosamente labrados, y que iba en
búsqueda del mejor de los cirujanos para que hiciera la mejor de las prótesis para
sustituir a las manos. ¿Dónde estaba en este caso la evitación, el vacío? Bueno, es
obvio. De modo que, en forma muy cruel y brutal, les saqué las prótesis a los niños, que
se quedaron sin manos. ¿Dónde estaban las manos? Evidentemente, en la persona que
hizo las prótesis. Llegué a saber que esta mujer tenía grandes inclinaciones artísticas y
se había dedicado a la escultura durante muchos años, pero luego había perdido esa
habilidad. Las prótesis labradas, las aptitudes artísticas, eran una proyección. El déficit,
la evitación de la existencia es en este caso la carencia de manos físicas. Elaborando
este sueño pude devolverle el uso y la apreciación de sus manos.
Quiero advertirles que deben tener mucho cuidado con los sueños en los que no
aparecen seies humanos, y con las personas que nunca sueñan con seres humanos Si no
hay más que muerte, desiertos o edificios, lo más probable es que tengan entre manos
un grave caso de psicosis. También es importante que los pacientes representen los
objetos además de las personas que figuran en el sueño. Tengo dos ejemplos preferidos
sobre este asunto, que proceden del mismo individuo. En uno de los sueños, deja mi
consultorio, cruza la calle hasta el Central Park y toma por el camino para jinetes. Le
pido que represente el camino para jinetes y me contesta: «¡Ah, sí! ¿Y voy a dejar que
todo el mundo me pisotee?». En otro sueño, deja sobre la escalera su portafolio. Al
solicitarle que sea el portafolio, me dice: «Bueno, ahora tengo un grueso escondrijo de
cuero. Guardo secretos y se supone que nadie ha de llegar a ellos. Los tengo
perfectamente protegidos». ¿Observan cuánto nos está diciendo de sí mismo por medio
de esa representación, en la que se identifica con los objetos de sus sueños? También se
averiguarán muchas cosas prestando atención al lugar, al escenario en que se monta el
sueño. Si un individuo sueña que está en los tribunales, sabemos que le preocupa la
culpa, la posibilidad de ser acusado, etc; si el sueño se desarrolla en un motel, ya
pueden adivinar ustedes cómo es la vida del sujeto.
Cuanto más se abstengan de interferir y de decirle al paciente cómo es o qué es lo que
quiere, mayores oportunidades le darán de descubrirse a sí mismo sin ser confundido
por los conceptos y proyecciones de ustedes. Y créanme que nunca es fácil diferenciar
entre lo que proyectamos y lo que vemos y oímos. Quizá lo más peligroso para un
terapeuta sea dedicarse al juego de la computadora. Hay pacientes cuya vida consiste eñ
oraciones y computaciones, y si se alimenta su computadora con información v se
recibe otra información a camb o, nada sucederá jamás. El juego de la computadora
puede continuar años y años. Recapitulemos: las dos palabras fundamentales que quiero
que les queden grabadas son ahora y cómo. La dificultad reside en ser apartado una y
otra vez del ahora hacia todo tipo de racionalizaciones, y en argumentar acerca de quién
está en lo cierto y quién no lo está. «Mi interpretación es mejor que la suya», «Yo lo sé
todo acerca suyo». Existe también el gran peligro del enroque freudiano: «Esto sucede
porque ha sucedido antes». Como si la explicación de una estación de ferrocarril lucra
que hay otra antes que ella. Y deben poner sumo cuidado en enseñar a sus pacientes a
que diferencien la realidad de sus fantasías, en especial de la fantasfa transferencia! —
según la cual verían en cada uno de ustedes una especie de padre o alguien que les
puede dar los mejores caramelos—. Abranles los ojos una vez y otra con respecto a la
diferencia entre ese padre y ustedes, hasta que despierten y recobren sus sentidos.
Aun cuando ustedes se muestren compulsivos con respecto al ahora y al cómo, eso no
puede hacerle mal a nadie, y la compulsión se diluirá en algo vivo y significativo.
No sabemos cuál será la próxima etapa histórica. Hemos partido de los dioses y hemos
llegado a las causas naturales, al proceso. En nuestros días vivimos en la era de los
procesos. Estoy seguro que un día se descubrirá que la conciencia es una propiedad del
universo —extensión, duración, conciencia—. Ya se están llevando a cabo los primeros
experimentos. Dividiendo lombrices en trozos, se ha alimentado con ellos a varias otras
lombrices, demostrándose luego que estas conocían lo que habían aprendido las
lombrices de la primera generación. Tal vez sea este el primer paso para demostrar que
la conciencia es una propiedad de la materia; pero aún no podemos pensar en términos
de miles de millones de partes del quantum para medir la conciencia, y la idea de que
existan propiedades no mensurables todavía desborda las concepciones de los
psicólogos actuales.
La plena identificación con uno mismo puede lograrse si uno está dispuesto a asumir
plena responsabilidad —capacidad para responder— por sí mismo, por sus acciones,
sentimientos, pensamientos, y si deja de mezclar responsabilidad con obligación. He
aquí otra confusión semántica en psicología. La mayoría de la gente cree que
responsabilidad significa «obligarse a algo», pero no es así. Cada cual es responsable
por sí mismo únicamente: eso es lo que trato de decirle al paciente de entrada. Si quiere
suicidarse, si quiere volverse loco, es cosa suya. Las madres judías conocen
maravillosos procedimientos para manipular a la gente; son expertas en hacerlo sentir a
uno culpable, en oprimir los botones de la conciencia moral; pero yo no estoy en este
mundo para adecuarme a las expectativas de los demás, ni creo que el mundo deba
adaptarse a las mías.

Pregunta: He juntado una serie de cosas que tú has dicho, y me están


haciendo sentir incómodo. Si matar para conservar la vida es una ley de la naturaleza,
¿cómo sabemos en qué casos la transgresión es dañina para nosotros mismos, o
peligrosa para los demás, o inaceptable para ellos?
Perls: Tú quieres que te dé una receta para conducirte —p. ej., para
tomar decisiones—. No lo haré ni puedo hacerlo. Toda decisión debe tomarse según la
situación en la que ocurre un suceso. Solo en los últimos tiempos la ciencia ha dejado de
ver las cosas por partes y ha reconocido el enfoque total, el enfoque guestáltico. Se les
ha enseñado a los alumnos que el organismo consta de un cierto número de arcos
reflejos, o que el espíritu está por encima de la materia, o que aquí hay una persona y
allí el ambiente ... no se les ha dicho que aquí hay una persona que acumuló emociones
que necesitan ser descargadas. Creo particularmente peligrosa la teoría «excremental»
de las emociones sostenida por Freud —la de que tenemos un cierto quantum de
agresión que es preciso descargar.
Somos parte del universo, no estamos aislados de él. Nosotros y nuestro ambiente somos
una sola cosa. No podemos mirar sin algo a lo cual mirar. No podemos respirar sin aire.
No podemos vivir sin formar parte de la sociedad. De modo que no podemos concebir al
organismo como si fuera capaz de funcionar aislado. Este organismo llamado «Fritz
Perls» es una suma viva de procesos, de funciones, y estas funciones se vinculan
siempre con algún aspecto del mundo que él posee, ese mundo que tratamos de describir
con la palabra ahora. El ahora es el mundo en el que vivimos. Y ese organismo se
diferencia de este objeto llamado «silla» por tener en sí mismo una energía que lo hace
funcionar. Un motor de automóvil debe incorporar nafta y aire para producir la energía
que se libera en la máquina; nosotros, en cambio, debemos procurarnos la energía a
partir de los alimentos y del aire. No disponemos de ningún vocablo que designe la
energía que creamos. Bergson la llamó élan vital-, Freud, libido o instinto de muerte
(había para él dos energías); Reich, orgona. Yo la llamo «excitamiento» (excitement)
porque el término coincide con el aspecto fisiológico, la excitación (excitation ).
El excitamiento suele experimentarse como ritmo, vibración, estremecimiento, calidez.
Tampoco este excitamiento se crea por sí mismo sino con referencia al mundo.
Estrechamos la mano de una persona y la sentimos cálida: esa persona rebosa efusividad
hacia el mundo. Luego estrechamos otra mano: está fría. La persona frígida siempre
tiene manos frías. Por supuesto, esta última es implosiva, la anterior, explosiva,
expansiva. De manera que siempre se genera cierto excitamiento. Excitamiento = vida =
ser. Pero el excitamiento como tal no basta: debe suministrar energía al organismo. Gran
parte de él proporcionará energía al sistema motor; una porción menor movilizará los
sentidos. Estos son los dos sistemas por medio de los cuales nos vinculamos con el
mundo: el sistema motor de la manipulación, la acción y el manejo de objetos, y el
sistema sensorial o sistema de orientación, nuestro modo de ver y sentir.
La naturaleza no es despilfarradora; no crea emociones solo para descargarlas, como
quiere la teoría excremental. Las crea como medio para relacionarse, pues hemos sido
conformados para hacer frente al mundo con grados variables de intensidad. Cuando
estamos airados nos relacionamos de una manera distinta que cuando estamos amables.
Creo que el organismo tiene una inteligencia o discernimiento que diferencia estas
energías básicas según las distintas tareas y funciones. Por el momento la denomino
diferenciación hormonal. Aparentemente, al excitamiento se le añade alguna otra
sustancia —la adrenalina en el caso de la ira,
o las hormonas sexuales en el caso de los afectos libidinosos—; en consecuencia, aquel
varía de acuerdo con la situación. Cuando dormimos, necesitamos menos excitamiento,
y nuestro metabolismo disminuye. En situaciones de emergencia puede haber bruscos
aumentos del excitamiento. Ustedes saben muy bien cuánta energía, cuánta violencia es
capaz de descargar un individuo durante un ataque. Hablamos de la fuerza sobrehumana
que puede tener una persona si se siente involucrada en su experiencia, si se entrega a
ella con toda su personalidad. Por ende, el excitamiento elige especialmente la actividad
motora como vía de salida porque los músculos nos vinculan con el ambiente. Habrán
visto que en la mayoría de los acontecimientos afectivos, la emoción se transforma en
movimiento. No hay sexo sin ritmo y movimientos sexuales; no hay aflicción profunda
sin que el diafragma comience a sacudirse y salten las lágrimas; no hay alegría sin
deseos de bailar. Así que todo el excitamiento necesario para crear y para hacer frente a
la situación proviene del organismo, y no hay excitamiento innecesario. Cuando se
alude a acciones que podrían ser inaceptables para la sociedad, tenemos el impase. ¿Qué
eligen: mostrarse hostiles a dicha sociedad, o pasar a formar parte de ella,
identificándose con ella y aceptando someterse a ella?

Comentario: Eso es lo que me tiene colgado.


Perls: Es el problema existencial que tenemos casi todos. Y cuanto
más enferma es la sociedad, mayor el problema. La sociedad norteamericana
deshumaniza a la gente, convirtiéndola en un conjunto de peleles carentes de
emociones; y la persona carente de emociones se asemejará a las máquinas. No vivimos
para el ser humano. Estoy seguro de que el setenta por ciento, por lo menos, de los
norteamericanos están empleados en la fabricación y atención de máquinas. Así pues, si
se transgrede la ley de las máquinas, estas devolverán el golpe asestándolo sobre
aquellos que están a su servicio. El impase sólo puede resolverse encontrando un
camino aceptable para el individuo y la sociedad. Por ejemplo, yo estoy haciendo algo
contrario a la sociedad que acabo de describir. He introducido un caballo de Troya —el
alma humana— en esa sociedad, pese a lo cual se me paga por ello. No lo hago porque
sea un reformador o un filántropo, sino porque gozo al hacerlo, porque me siento vivo
haciéndolo.
Confío en que no esperarán que les proporcione una receta para vivir. Todo lo que
puedo decirles es que el modo neurótico de vida es muy antieconóm co: constituye un
desperdicio tan grande de tiempo, de energía, de la propia existencia ...
Comentario: Yo puedo aceptar mis acciones y las consecuencias
que ellas acarrean para mí, pero no vivo solo. Mi vida está ligada a los demás, en
especial a mi familia. No tengo derecho a aceptar las consecuencias que puedan
acarrearles a ellos. Unicamente ellos pueden hacerlo.
Perls: Discrepo con esa frase, «no tengo derecho». Este no es un pro
blema legal. «No tengo derecho» suena a algo dicho por el opresor (topniog). Lo que yo
quiero decir con respecto al excitamiento es que el implícito en nuestro modo de vida,
como tal, nada tiene que ver con la sociedad. Es la manera como regulamos nuestra
vida. Si uno de ustedes decide que le gusta la sociedad y se identifica con ella
convirtiéndose en un ciudadano bien adaptado, se trata de su elección existencial. Si, en
cambio, decide permanecer fuera de esa sociedad, no por ello es necesariamente
destructivo.
Comentario: Estás sacando a relucir mi codicia, porque quiero am
bas cosas.
'Perls: De modo que quieres ambas cosas. Y me reprochas como si
fueras una mala persona porque quieres ambas. Así eres tú. Quieres comerlo y
guardarlo. Cada uno desempeña el papel que desempeña; cada uno es lo que es. Nadie
puede, en un momento dado, ser distinto de lo que es en ese momento. Si alguien viene
a quejárseme de que su rol es menospreciado y no le gusta, puedo demostrarle que está
jugando al juego del menosprecio. Puede optar entre jugar al opresor con otra persona y
menospreciarla a ella, o bien menospreciarse a sí mismo. Si este último es el rol que
quiere representar, bien está. Si quiere jugar a la inversa mostrándose ofensivo y
menospreciando a otros, bien está. O tal vez le disguste cierta gente y la desvalorice
ante los demás, .y eso le haga sentirse bien. En otras palabras: todo lo que puedo hacer
es, quizá, ayudar a la gente a reorganizarse, a funcionar mejor, a gozar más de la vida, a
sentirse —y esto es muy importante— a sentirse más real. ¿Qué más quieren? La vida
no es toda color de rosa.

Cuarta conferencia
Concluiré examinando ciertas formas en que ustedes pueden continuar promoviendo su
propio crecimiento, de modo de contribuir a tomar conciencia por sí mismos. En la
medida en que somos conscientes, somos conscientes de algo. A veces la conciencia es
tan oscura que estamos en una especie de trance, pero en lo fundamental estamos
siempre experimentando algo. Aun cuando estén actuando fuerzas contrarias a la
conciencia, como cuando dormimos o cuando nos desmayamos, muy a menudo nos
llega algún mensaje —un sueño, verbigracia—. Aquello de lo que somos conscientes es
siempre el mensaje de la situación inconclusa. Por lo general, si se permite a la
naturaleza seguir su curso, una situación inconclusa es muy apremiante. Si tenemos que
contestar una carta, esa carta no está solamente sobre nuestro escritorio sino también
sobre nuestra conciencia. La situación exige resolución.
Podemos emplear esta exigencia para una autoterapia que asuma la forma de la
meditación. Hay muchos tipos de meditación, y la gente no comprende bien sus
diferencias. Muchos creen que la meditación tiene lugar en el dominio de los
pensamientos y de las ¡deas. Cuando yo hablo de meditación no me refiero a este tipo
de juego. Emplear el tipo de meditación al que aludo es muy difícil; puede llevar años
lograrlo, en especial si uno es de los que hablan. Por regla general, la gente se cía sifica
en los que hablan y los que escuchar; muy pocas personas pueden hacer ambas cosas.
Se suele oír: «Me dije a mí mismo . . .», pero rara vez «Me escuché a mí mismo». La
meditación que yo sugiero es aprender a escuchar el propio pensamiento. Es posible
escucharse a uno mismo pensar, y hacerlo hasta discernir si es uno el que está hablando
o si es alguna otra persona.
Se encontrarán con que es muy difícil canalizar la energía básica hacia sus oídos en
lugar de dirigirla hacia su garganta imaginaria, pero cuando lo consigan, advertirán un
extraño fenómeno: pese a que están a solas, todo ese pensamiento es en esencia un
sustituto de encuentros con gente, un mundo o escenario interno que reemplaza al
mundo o escenario externo. En cambio, si no se escuchan, jamás advertirán que le están
hablando a alguien, aunque se trate de algo tan vago como hablarle al mundo. Quizás
estén defendiéndose, o aconsejándole a la gente cómo debería ser, o manipulando o
impresionando a alguien.
Esto nada tiene de novedoso, pero es en este proceso que nos enfrentamos con la
experiencia desagradable, el bloqueo, el statn quo que nos impide convertirnos en
algo verdaderamente sustancial y crecer. Y es en este punto que podemos lograr
mucho si nos lo proponemos. Es un hecho muy extraño que solo consigamos ser
espontáneos mediante una disciplina extrema. Es una absoluta paradoja. Y para lograr
el antídoto contra nuestra actitud fóbica se necesita una disciplina absoluta. El
antídoto consiste en cifrar la atención en las emociones negativas. Si se adquiere una
suerte de objetividad científica, o la voluntad de tolerarse a sí mismo y centrarse en
cualquier situación desagradable que pudiera surgir, se enfrentan los bloqueos para un
posterior desarrollo. Diría que una de las cosas desagradables más importantes es el
aburrimiento; tanto es así, que creo que entre las puertas del infierno que abren pasó a
la madurez, al salori —el gran despertar—, se encuentra la aptitud para soportar el
aburrimiento, sin tratar de escapar de él, de hacer algo interesante o de emplearlo
como medio para las lamentaciones.
Pero el aburrimiento no es la única cosa desagradable con que nos enfrentamos; está
también el sentimiento de frustración. Cierto es que, en defin i t va, es posible que
nunca resultemos frustrados: nuestra autoestima o el organismo se encargarán de
encontrar la forma de evitarlo. Si una chica nos rechaza, trataremos de obtener una
satisfacción susti- tutiva volviéndonos violentos o vengativos. Sea cual fuere la
frustración con la que nos topemos, siempre hay una forma alternativa de intentar a
lanzar la satisface.ón. El problema es que si la llave no corresponde a la cerradura, la
puerta no se abre: la satisfacción sustitutiva no conduce al completamiento de la
situación. Ahora bien: si aceptamos la frustración, si aceptamos el aburrimiento, ello
suscitará la autorregulación del organismo. Es igual que un corte sobre la piel. Uno no
puede curar la herida de cualquier manera: el organismo se encarga. Pueden
prevenirse futuras complicaciones desinfectándola, pero si dejamos hacer a a
naturaleza, ella se ocupará del asunto. Si quieren tener una comprensión más cabal de
Ja simplicidad de la vida y del ambiente, les recomiendo que lean un libro de bolsillo
titulado Top of the world, que nos enseña mucho acerca de la belleza y del sentido de
la vida. En cierto pasaje, un esquimal dice: «Los blancos son gente rara: traen consigo
sus leyes pero dejan a sus esposas».
Ya ven como entorpecemos nuestra vida con miles de situaciones inconclusas
innecesarias. Si alguien quiere desempeñar el papel de
una
dama, debe contar para ello con un hermoso vestido. De modo que va y lo compra, o
bien corta trozos de tela y los cose siguiendo la moda; pero ocurre que no termina el
vestido a tiempo, monta en cólera, etc. Súmese a ello toda la demás utilería ... ¡para un
papel innecesario!
Si uno acepta sus sentimientos de desagrado, se encuentra con que las situaciones
tienden, cada vez con mayor frecuencia y rapidez, a concluirse o descartarse como
meros estorbos en la vida. Los terapeuta* advierten muy pronto de qué manera la gente
estropea su vida arrastrando consigo padres desagradables. Bueno, nosotros no somos
esquimales, por supuesto; no montamos a nuestros progenitores en un trineo y los
dejamos morir congelados; pero bien podemos decir: «Ya soy grande, no te necesito».
Para medita*, .-ípitcen por cerrar los ojos y escuchar su propio pensamiento, aquello
que se estén diciendo a sí mismos. Una vez que hayan aprendido a escuchar, el
próximo paso es sacar un terapeuta de alguna parte. Si gustan de mí, acéptenme y
celebren encuentros con Fritz; acepten a quien hayan elegido, no importa quién. Al
elegir terapeuta y al responderles este en lo que ustedes se dicen, se sorprenderán de
todo lo que saben y de cuánto pueden realmente ayudarse a sí mismos, de cuántos
recursos propios descubren. También les sorprenderá advertir cuánto tiempo se han
hecho los tontos y los falsos en lugar de buscar esos recursos. Vean: la noción
psicoanalítica de la transferencia es esta: la transferencia consiste en la repetición
histórica de lo que ha sido. Yo la concibo como el resentimiento por lo que no ha sido.
Por lo regular, el paciente espera que el terapeuta le dé lo que le falta, que llene sus
agujeros; si juega a ser su propio terapeuta, será capaz de llenar él mismo sus agujeros.
Estoy seguro de que conocen muy bien el mecanismo de la proyección, lo que
imaginan los pacientes y proyectan en uno; si ustedes hacen que ellos les den lo que se
supone que tendrían que darles ustedes a ellos, podrán recuperar aquellos aspectos
propios de los que han renegado —p. ej., el poder que entregan a los demás.
En la terapia, pueden ahorrarse muchas tensiones si se apartan con la mayor asiduidad
posible. La mayoría de los terapeutas creen que tienen que estar en contacto con el
paciente todo el tiempo; pero el contacto extremo es tan patológico como el
apartamiento extremo. Si se aferran permanentemente a la situación y no se permiten
desasirse en ningún •momento, sufren una fijación; si se apartan y quedan totalmente
fuera de contacto, se aíslan. Puedo darles un ejemplo sencillo: un puño cerrado no es
una mano, como tampoco lo es una palma plana con los dedos rígidamente estirados.
Esto es una mano: algo que se mueve, que cambia, que hace muchas cosas y cuya
posición y movimiento varían. De manera análoga, el corazón no es un corazón en su
dilatación o en su contracción, sino más bien en su ritmo de contracciones y
relajaciones. El contacto con el mundo es, igualmente, un ritmo: a veces una
confluencia, una unificación; otras, un aislamiento. A título de ejemplo: en ocasiones,
uno quiere decir algo pero le falta una palabra; se aparta entonces, busca en su
diccionario imaginario, encuentra la palabra correcta y retorna. O tal vez se encuentra
con alguien por la calle y no sabe qué decir, se retira para ensayar y vuelve a tomar
contacto.
En cuanto a la fijación, la energía intencional denominada atención es de muy corta
vida. El organismo posee una conciencia inacabable, pero no produce mucha energía
intencional. Verbigracia: si uno intenta concentrarse en un objeto de color rojo, de
inmediato comienza a producirse la anticonciencia en la forma de un color que
neutraliza a aquel; si entonces se mira a lo lejos o se cierran los ojos, se ve verde en
lugar de rojo, lo cual nos está indicando que deberíamos habernos retirado antes del
objeto rojo y mirado algún otro. De manera que si ustedes se sienten obligados a
escuchar toda la basura que dicen sus pacientes, sobre todo si están haciendo lo posible
por aburrirlos, hipnotizarlos o dormirlos, al final de la sesión o de la jornada estarán
exhaustos. Si, en cambio, sé permiten apartarse cuando no hay nada interesante,
volverán a verse envueltos inmediatamente cuando ocurra algo de interés. Repito: si
confían en la sabiduría del organismo, se sorprenderán de ver hasta dónde llega su
capacidad funcional. Muy a menudo, cuando un grupo o un individuo está aburrido o
apartado, les pido a todos los demás que se replieguen a su fantasía.
Pregunta: ¿Es factible emplear algunas de las técnicas a las que tú
te has referido en una situación de grupo? . . . .
Perls: Desdeluego. En verdad, creo que la terapia individual es anti
cuada, que debería ser la excepción antes que la regla. En ciertas situaciones, un
miembro del grupo no está preparado para mostrarse franco con este; en tales casos
corresponde terapia individual. Pero los laboratorios, tanto en el aspecto financiero
como en el relativo al desarrollo personal, son mucho más accesibles. Considérese
cuánto se aprende en un grupo mediante la participación indirecta.
Pregunta: ¿Tienes algunas otras sugerencias que hacer para el mejor
funcionamiento de un grupo? ¿Puede funcionar un grupo sin un coordinador?
Perls: Creo que un grupo puede funcionar bien sin un coordinador si
sus miembros se ponen de acuerdo en ciertas reglas básicas y todos vigilan para
asegurar su cumplimiento. Algunas de ellas son las siguientes: 1) Estar alertas para
cuando se abandona el ahora, y volver siempre a él —tanto al ahora manifiesto como al
ahora oculto de las fantasías. 2) Prohibir el uso del pronombre it. 3) Estimular a todos
los integrantes para que conviertan sus sustantivos en verbos. 4) No chismorrear nunca
acerca de alguien que está ausente; incorporar a este último al encuentro haciendo que
el hablante represente ambos roles. 5) No forzar nunca una confesión; no forzar a nadie
a decir algo que no quiere, o inmiscuirse en sus cosas; limitarse simplemente a las
objeciones, y hacer que sean expresadas. 6) Proporcionar ayuda permitiéndole al
individuo recurrir a sus propios medios; preguntar «¿De qué manera harás ...?.» en
lugar de decir «Hazlo de esta manera». Estas son algunas de las actitudes que
favorecerán la maduración.
Pregunta: ¿Podrías aclarar algo sobre el «por qué»?
Perls: El «por qué» es el modo infantil de explicación: él no lleva
a la comprensión. Tal vez haya una excepción: cuando se pregunta «¿por qué?» con el
significado de «¿con qué finalidad?». Pero cuando se lo emplea con respecto a la
causalidad, no es más que disfrazar el
asunto con computación y racionalizaciones. La explicación impide la comprensión.
El gran peligro que los amenaza como terapeutas es que han sido formados para jugar
al juego de las interpretaciones, que parte del supuesto de que ustedes saben algo
sobre la otra persona y que si se lo dicen lo ayudarán. A veces eso es cierto: ustedes
ven realmente lo que está pasando; en tal caso quizás el daño que inflijan no sea muy
grave, a menos que se apresuren a decirle al sujeto algo para lo cual no está
preparado. Pero todo lo que hagan para ayudar al otro individuo a descubrirse a sí
mismo es bueno. Solo aprendemos realmente lo que descubrimos por nosotros mismos.
Pregunta: ¿De qué manera puede ayudar el terapeuta al paciente a
hacer las paces consigo mismo?
Perls: Mostrándose franco y s'ncero. Freud no podía ser franco, y
su problema se convirtió en una técnica que llevó muchos años corregir. Pasó algo
similar a lo que le ocurrió a un amigo mío que, enterado de que los japoneses eran
muy hábiles en la reproducción de objetos de arte, envió desde Sudáfrica una taza de
delicada factura para que le hicieran docenas de réplicas. Cuando estas llegaron de
vuelta, traían sus asas ... separadas. Sucede que el asa de la taza original se había roto
por el camino, y los japoneses la reprodujeron tal cual estaba, en dos partes. En
psicoterapia ocurrió algo semejante. Freud sufría una profunda fobia: le molestaba
mirar a alguien en la cara o ser mirado fijamente por los demás, y para eludir esta
situación colocó al paciente en un diván y se sentó detrás de él. Este síntoma se
convirtió muy pronto en el procedimiento habitual, como pasó con el asa rota. Ahora
tenemos que hacer lo opuesto: armar un gran revuelo y descubrir lo obvio, un nuevo
tipo de terapia denominado «terapia de los encuentros». Finalmente hemos recordado
que no hay nada más natural que el hecho de tener ojos para ver a los demás, la
posibilidad de hablarles directamente, etcétera.
En un encuentro, debemos estar atentos a las polaridades, pues todo, toda energía, se
diferencia en opuestos. Hay muchas parejas de opuestos: derecha e izquierda, opresor
y oprimido, sadista y masoquista. Tratamos de integrar los sucesos opuestos y ver
cómo se ajustan uno al otro, hasta hallar el centro. Solo podemos estar alertas y gozar
de perspectiva si poseemos un centro. Cuando lo perdemos, perdemos el equilibrio.
Pregunta: ¿Por qué ¡lamas opuestos a la derecha y la izquierda?
Perls: La mano derecha es por lo general el lado motor, masculino,
agresivo, que quiere dominar, determinar cómo son las cosas, decidir qué es lo
«correcto». El lado izquierdo es el femenino, habitualmente muy mal coordinado.
Izquierda significa torpe en muchas lenguas:
. gauche en francés, linkich en alemán. Cuando se produce un conflicto entre la vida
emocional y la vida activa, surge la neurosis. Cuando el lado masculino y el lado
femenino luchan entre sí, la energía se consume en el conflicto interno, la frustración,
los juegos, etc.; pero cuando el poder y la sensibilidad funcionan coordinados, surge el
genio. Todo genio literario tiene este componente femenino integrado con el masculino,
y todo genio femenino tiene un fuerte componente masculino. En el Zen, un aspecto
importante de la formación es el adiestramiento para el estado de alerta, que implica
poseer realmente un centro de manerade poder estar siempre alerta ante lo que sucede.
La conciencia última solo se alcanza cuando la computadora ha sido eliminada, cuando
la intuición, la conciencia, es tan intensa que uno está verdaderamente en posesión de
sus sentidos. La mente vacía de la filosofía oriental mere' ce el más alto respeto. Así
que abandonen su mente y recobren sus
Terapia gucstáltica: una fenomenología
sentidos. 3.
conductista
Elaine Kepner y Lois Brien

En la actualidad, parecería haber unanimidad de opiniones en cuanto a que la conducta-


problema idel hombre es aprendida y la psicoterapia consiste, en esencia, en un proceso
de reeducación o de aprendizaje. Por lo general, el uso de términos como aprendizaje y
conductismo implica que el hombre e un mero conjunto de respuestas condicionadas
frente a los estímulos ambientales. Junto con Anderson pensamos que
«la única manera apropiada de explicar ( . . . ) la conducta de los seres humanos
consiste en hacerlo a partir de una concepción radicalmente distinta de la naturaleza del
hombre. El hombre es un ser viviente —el único ser viviente— con sentido de sí
mismo. Gracias a él puede entablar diálogos internos consigo mismo, y así lo hace en
casi todos sus momentos de vigilia» [1964, pág. 1].
En este artículo, traduciremos la terapia guestáltica a un esquema con- ductista-
fenomenológico; vale decir, propondremos considerar los hechos fertomcnológ'cos
como conductas reales.
Dado que nuestro único acceso a la experiencia tiene lugar a través de alguna forma de
conducta verbal o no verbal, el terapeuta guestaltista toma como datos de conducta todo
lo que sucede en un individuo —lo que piensa, siente, hace, recuerda y percibe con sus
sentidos—. Esto no implica que la terapia guestáltica sea una forma de terapia
conductista (siguiendo el modelo de Wolpe, Goldiamond, etc). Recurrimos al lenguaje
de la teoría conductista del aprendizaje porque nos permite aludir a hechos de la
experiencia en términos operacionales, y nos suministra principios que dan cuenta de
los cambios producidos en los sentimientos, percepciones y acciones de un sujeto.
Queda por verse si esta traducción cumplirá con su propósito. Como dice Scriven, «La
prueba de que un vocabulario ofrezca una nueva y auténtica comprensión de los hechos
es su capacidad para predecir nuevas relaciones, retrode- ciij las antiguas y señalar la
unidad donde antes había diversidad* [1964, pág. 183].

Conductismo y fenomenología: dos enfoques del


aprendizaje

Con el fin de establecer las bases para este análisis, parece oportuna una breve
descripción de la teoría del aprendizaje. Empleamos aquí la expresión genérica «teoría
del aprendizaje» para referirnos a un cierto
número Je sistemas creados por los psicólogos para explicar la adquisi- ctón del
conocimiento y/o la aMr.c.on de nuevas respuestas. La psico-
1 Mía ha enfocado este tema en distintas épocas desde dos perspectivas: la
tradición asociacionista, a la que hoy podemos llamar conductismoy las escuelas de la
introspección, el funcionalismo y la psicología de la gucstalt, que pueden agruparse
bajo el rótulo de fenomenología o exis-
tencialtsmo. . , , , , , . .
Ni el conductismo ni la lenomenologia son, en si mismos, sistemas
psicológicos. Se trata más bien de enfoques o métodos para describir y estudiar las
variables primordiales asociadas con la conducta y que la explican. Todas las teorías
del aprendizaje juzgan que su función principal reside en especificar las condiciones-
estímulo que determinan la conducta. Tanto el conductista cuanto el fenomenólogo
conciben al aprendizaje como un fenómeno regido por leyes que es posible descubrir.
Puesto que se trata de un estado interno no observable en forma directa, para el
conductista una respuesta o desempeño es un indicador de aquel; el fenomenólogo, en
cambio, estudia el aprendizaje —así como otras conductas— a través de los datos
sensoriales, perceptuales o cognitivos que le proporciona el individuo.
Hay varias teorías diferentes, cuyo denominador común es un lenguaje que hace
hincapié en las definiciones operacionales de conductas espe- cificables, y su
compartido interés por el papel del refuerzo o de la recompensa como determinante de
la conducta. Además de ello, el psicólogo conductista piensa que la conducta
observable es el único objeto de estudio legítimo de la psicología y el único criterio
para evaluar el resultado de cualquier procedimiento experimental, la psicoterapia
inclusive.
El fenomenólogo, por su parte, estima que todo lo que sucede dentro de una persona
—o sea, sus sensaciones, percepciones, cogniciones; en una palabra, su experiencia—
constituye datos psicológicos válidos, aunque no pueda verificárselos y los deba inferir
otra persona considerándolos esquemas conceptuales hipotéticos. Así, los cambios
generados en esquemas conceptuales como el concepto de sí mismo, la conciencia de sí
mismo o el control del yo se juzgan datos válidos y criterios válidos para justipreciar el
resultado de la terapia.
El conductismo y la fenomenología contemporáneos están dando muestras de una
convergencia en sus ideas. Por ejemplo, varios teóricos del aprendizaje —en particular
Miller, Tohnan y Skinner— se han apartado de un interés casi exclusivo por el ambiente
(vale decir, por la conducta objetiva, observable, públicamente verificable) para incluir
los hechos psicológicos internos como estímulos que gobiernan o modelan la conducta.
Osgood propone un modelo de la conducta que se divide en dos etapas, en el que se
supone que entre el estímulo observable E y la respuesta observable R hay una
respuesta implícita generadora de un estímulo, lo cual da E-r-e-R. La etapa r-e alude a
un proceso no visible, y podría representar, verbigracia, la reacción significativa de un
oyente frente a algo que se acaba de decir (r) y la autoestimulación o pensamiento que
esa reacción desencadena (e); ambos pueden llegar a promover una respuesta
manifiesta.
Este modelo constituye una tentativa de superar algunas de las limitaciones del modelo
E-R de una sola etapa, principalmente su imposibi-
lidad de manejar procesos simbólicos como la ideación, la cognición y el significado.
En este tipo de paradigma, los hechos fenomenológicos pueden concebirse como
variables intermediarias o respuestas mediadoras internas. En un análisis de los hechos
públicos y privados en psicología, Skinner sostuvo: «Reviste particular importancia
que una ciencia de la conducta enfrente el problema de la intimidad. Una ciencia
adecuada de la conducta debe considerar a los hechos que tienen lugar dentro de la
piel del organismo, no como mediadores fisiológicos de la conducta, sino como parte
de la conducta misma» [ 1964, pág. 84 J. Con referencia a este mismo problema de los
hechos privados en psicología, Homme acuñó el término «encuberante» (coverant),
acrónimo de «encubierto-operante» (covert-operant). «Los encuberantes —sostiene—
son aquellos sucesos que los legos denominan mentales, y que comprenden el
pensamiento, la imaginación, la reflexión, la meditación, la relajación, la ensoñación,
la fantasía, etc. Sin duda, por debajo de muchos desórdenes de conducta o de
personalidad se encuentra la dificultad para controlar una u otra de las formas de
1
encuberantes» [ 1965 pág. 502]. ’
En síntesis: la ciencia actual parece caracterizarse por un diálogo cada vez más
fructífero entre el conductismo y la fenomenología. Se dijera que está cobrando cuerpo
la concepción de que «el hombre es a la vez un ser total y un conjunto de hábitos y
conductas: el ser total del hombre puede concebirse como un producto de la
interacción entre el sí- mismo molar y los actos y hábitos específicos que conforman el
mosaico de la vida cotidiana» [Truax, 1967, pág. 150].

La experiencia como conducta Liverant señaló


que
«cada vez que un organismo cualquiera reacciona frente a un estímulo cualquiera, hay
implícita experiencia en su nivel más primitivo (tal como comúnmente se la entiende).
Por obra del aprendizaje (o sea, de las interacciones de un organismo y su ambiente),
estas experiencias sufren una alteración continua, que influye, según una pauta
determinista, sobre un estado final arbitrariamente escogido (por el observador ) y al
que se denomina respuesta. Concebidas de este modo, todas las formulaciones sobre el
aprendizaje se refieren a la experiencia» [1965, pág. 4]. ^

Los informes verbales son, entonces, el vínculo directo con esa experiencia.
En terapia guestáltica, tratamos la fenomenología de la persona —sus sensaciones,
percepciones, pensamientos, visualizaciones, etc.— como una serie de conductas. En
términos de Skinner, estas podrían denominarse respuestas mediadoras internas; en
términos de Homme, encuberantes. Podríamos, pues, traducir la conciencia de sí
mismo de que habla la terapia guestáltica diciendo que es un proceso mediante el cual
los encuberantes se vuelven visibles al sujeto y al observador (o sea, al terapeuta). En
otras palabras, en terapia guestáltica tornamos visible u observable el mundo
fenoménico del sujeto. Perls ha señalado:
«Destacamos que en todo tipo de actividad, ya se trate de percepción sensorial,
rememoración o desplazamiento físico, nuestros puntos ciegos y rigideces son, en
algún aspecto, conscientes; que no están enterrados totalmente en un inconsciente
inaccesible. Es menester prestar más atención e interés a cualquier aspecto que sea
efectivamente consciente de manera tal que la figura borrosa se perfile y aclare contra
su fondo. Al menos podemos ser conscientes de que hay un punto ciego, y, actuando
alternativamente sobre lo que vemos o recordamos y sobre las manipulaciones
musculares mediante las cuales nos enceguecemos, podemos diluir los bloqueos poco a
poco, hasta llegar a la plena conciencia» [ 1951, pág. 117].
En el enfoque guestáltico, pues, el trabajo en el presente, en el aquí y ahora, tiene
como objeto producir conducta observable, más que instigar meramente a la persona a
que hable sobre lo que piensa. La pregunta por la que se guía el terapeuta no es «¿Por
qué se conduce usted de esa manera?», sino «¿Qué está usted haciendo?; ¿cómo lo está
haciendo?; ¿para qué le sirve actuar de este modo?».

Aprendizaje, teorías de la personalidad y estrategias para el cambio en la


personalidad

En nuestro examen de la teoría del aprendizaje hemos visto que se considera a este un
cambio relativamente estable producido en la conducta, por medio de la práctica, a lo
largo del tiempo. O bien, dicho en forma más simple, el aprendizaje es un cambio en la
conducta como resultado de la experiencia. En tal carácter, el aprendizaje tiene cabida
en la teoría de la personalidad y en la psicoterapia.
Las teorías de la personalidad cumplen dos funciones principales: describir en forma
significativa a una persona tal como es, y explicar por qué y de qué manera ha llegado
a serlo. Estos conceptos explicativos, como señaló Gendlin [1964], nos dicen qué es lo
que impide que un individuo cambie o sea modificado por la experiencia. En otros
términos, la gente aprende de algún modo a ser como es, y las teorías de la
personalidad nos ofrecen alguna información acerca de la manera como llegaron a
serlo. La psicoterapia es en esencia un proceso destinado a modificar al sujeto en un
sentido significativo. Las estrategias en ella empleadas para lograr ese cambio se
basan, por regla general, en una teoría de la personalidad, pero el propósito global es
posibilitar al individuo aprender nuevas formas de pensar, sentir y actuar. Remit.éndo-
nos al contexto del aprendizaje, podríamos expresar esto diciendo que las estrategias
psicoterapéuticas difieren según cuál sean, para la teoría de la personalidad en
cuestión, los determinantes decisivos de la conducta. . ^
Por ejemplo, la teoría psicoanalítica de la personalidad explica la conducta,
particularmente la inadaptada o neurótica, sobre la base de lo aprendido en el pasado.
La terapia psicoanalítica se ocupa entonces del pasado, de la historia de los estímulos
recibidos por el cliente. Merced a la técnica de la asociación libre y a la interpretación
de los sueños, este llega a entender mejor de qué modo se convirtió en lo que es. El
análisis de las relaciones transferenciales con el terapeuta le permite descubrir que
continúa actuando como si el pasado fuera presente. El descubrimiento de la realidad
tiene lugar mediante un reaprendizaje, en la relación que entabla con la persona no
punitiva del analista.
Los terapeutas conductistas, en cambio, se centran en la conducta o síntoma actual que
está provocando el problema básico del cliente. Si la terapia se funda en principios
operativos, se recompensa la conducta nueva apropiada cuando ella se produce,
mientras que las respuestas antiguas e inapropiadas se extinguen por la falta de
recompensa o por el castigo subsiguiente.
Los terapeutas existenciales estiman que los determinantes primordiales de la
conducta están dentro de la persona, y por ende se centran en la fenomenología del
cliente, o sea, en sus sucesos internos o mundo de experiencia interno.

Terapia guestáltica y aprendizaje fenomenológico

El objetivo de la terapia guestáltica es desarrollar una conducta más «inteligente»,


vale decir, facultar al individuo para que actúe sobre la base de toda la información
posible y para que capte, no solo los factores relevantes del campo externo, sino
también la información relevante interna. Se instruye al individuo para que preste
atención, en un . momento determinado, a lo que siente, a lo que desea, a lo que hace.
El objetivo de ello es alcanzar una conciencia ininterrumpida. El proceso de aumento
de la conciencia permite al sujeto descubrir de qué manera interrumpe su propio
funcionamiento; tales interrupciones pueden concebirse como las resistencias, o la
evidencia de las resistencias: a lo que el individuo se resiste es a tomar conciencia de
las necesidades que organizan su conducta. La toma de conciencia en el presente se
convierte así en una herramienta para traer a luz esas necesidades y para revelar en
qué forma el sujeto evita experimentarlas.
A causa del carácter básico del concepto de «conciencia», los guestal- tistas insisten
en la manera en que el sujeto bloquea o interrumpe sus comunicaciones con el sistema
interno del sí-mismo o con el sistema interpersonal. La conciencia del bloqueo se
facilita dirigiendo su atención a lo que está haciendo su cuerpo, a lo que está haciendo
su mente, y a lo que sucede o deja de suceder entre las personas (conductas motriz,
simbólica e interpersonal).
La conducta motriz se refiere al lenguaje corporal, y puede apreciarse en las emisiones
vocales del cliente, en su manera de mirar y de sentarse, en las partes de su cuerpo
que están en movimiento. Esta es conducta directamente observable; se dirige la
atención del sujeto hacia lo que está haciendo. Por ejemplo, el terapeuta puede
comenzar a trabajar con el cuerpo diciendo: «Cierre los ojos y preste atención a sus
sensaciones físicas. Concéntrese en ellas. ¿Qué siente en su cuerpo? ¿Puede usted
mantener esa sensación?». O bien tomará como punto de partida algún movimiento del
cliente.
Esta focalización en la conducta motriz puede poner de relieve, verbigracia, de qué
manera evita el individuo tornar conciencia de su ira y expresarla abiertamente. En
términos de aprendizaje, se identifica el encuberante, la ira, y se advierte su pertenencia
al sí-mismo. Tal identificación permite una expresión congruente y apropiada del
sentimiento. La conducta simbólica alude a «sucesos mentales» como el pensamiento, la
imaginación, la ensoñación, etc. Esta conducta no es observable directamente por el
terapeuta, pero es posible dirigir la atención del cliente hacia su propia fenomenología
—o sea, hacia lo que siente— fundamentalmente por medio de la fantasía o de la
visualización efectiva. Los terapeutas guestaltistas tienen especial interés en las
representaciones simbólicas del cliente por ser los encuberantes que determinan su
conducta manifiesta. La visualización puede consistir en imaginar un diálogo con otra
persona o con toda una serie de personajes. Al trabajar con la visualización, se solicita
al cliente que, sin apartarse de la situación por ellos imaginada, la sometan a cambios
librados al azar; el terapeuta se ocupa entonces de los sentimientos, movimientos, etc.,
del cliente vinculados con la visualización tal como se va desenvolviendo. Por ejemplo,
al visualizar un encuentro con su suegro, un sujeto tiene la fantasía de que es perseguido
por los indios; a medida que su fantasía se desarrolla, puede volverse y disparar el
revólver contra sus perseguidores, con lo cual logra salvarse. La visualización fue una
representación simbólica de un problema; puso en evidencia, con la huida, su evitación
inicial, y su posible solución: enfrentar al perseguidor y afirmarse a sí mismo. Al poner
de manifiesto estos encuberantes, el cliente pudo encontrar una respuesta distinta de la
evitación.
La conducta interpersonal incluye aquellas conductas que atraviesan las fronteras
psicológicas de contacto entre organismos aislados. La persona tiene ciertas funciones
por medio de las cuales entabla contacto con los demás —p. ej., la visión, la audición, el
tacto, la vocalización, etc.—. Si consideramos que uno de los propósitos básicos de la
terapia es que el individuo vuelva a estar en contacto con sus prójimos, asume especial
importancia que el cliente tome conciencia de la forma en que bloquea ese contacto, y
que experimente con conductas interpersonales que lo intensifiquen.
Merced a la experimentación, un individuo puede descubrir cómo se aparta de los
demás. Por ejemplo, una mujer que se creía inferior al resto pudo verificar el grado de
realidad de esta ¡dea con otros miembros del grupo, descubriendo que si bien en ciertos
aspectos podía tal vez sentirse inferior a ellos, en otros se sentía comparativamente bien
ubicada. .
Los experimentos en el aquí y ahora permiten al cliente observar sus encuberantes,
tomar conocimiento de ellos y especificarlos. Gran parte de nuestra conducta está bajo
el control de tales encuberantes. La conducta se rige por lo que se aprende a través de la
experiencia. En otras palabras: el individuo aprende qué es lo que hace —o lo que no
hace— que le impide tomar contacto consigo mismo y con los demás. Tal conciencia
implica l.i ¡visibilidad de elegir entre continuar con esa conducta " n > * i . fi . j i ! i
Por consiguiente, es posible concebir la conducta-problema del ser humano —o sea, la
«patología»— como una conducta aprendida y la psicoterapia como un proceso
esencialmente reeducativo. Todas las teorías psicológicas del aprendizaje tratan de
identificar las variables que determinan la conducta. Al conductista le interesan
fundamentalmente los hechos externos, e intenta dar cuenta de ellos; el fenomenólogo,
en cambio, parte 1 «-tos «elementos dados» acerca de la naturaleza del hombre y
atic.iüe a lo que ocurre dentro de la persona, vale decir, al rico, variado y elusivo
mundo interno del individuo. El fenomenólogo conductista aborda este mundo de la
experiencia personal de modo de volverlo externo, manifiesto, especificable y
comunicable.

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University Press, 1956.
Truax, Charles B. y Carkhuff, Robert R., Toward effective counseling and
psychoterapy: Training and practice, Chicago: Aldine, 1967. 4. La
focalización en el presente: Técnica, prescripción e ideal
Claudio Naranjo

De esa compleja entidad cultural de nuestro tiempo llamada ciencia, el psicoanálisis


tomó para sí una altiva neutralidad axiológica. Al igual que aquella, se preciaba de no
estar «influido» por los valores —un aspecto de lo que suele entenderse por
«objetividad»—. No obstante, la valoración de la toma de distancia o ausencia de
compromiso es en sí misma, después de todo, una orientación valorativa; teniendo en
cuenta esto la objetividad de la ciencia entraña un intrínseco autoengaño. Como dijo
Laing:

«Cabe sostener que uno no puede ser científico sin conservar su “objetividad". Una
ciencia auténtica de la existencia personal debe tratar de ser lo menos tendenciosa
posible. La física y las restantes ciencias que se ocupan de los objetos inanimados deben
conferir a la ciencia de las personas el derecho a poseer una imparcialidad que sea
válida para su propio campo de estudio. Si se afirma que para ser imparcial es me-
nc»ler ser “objetivo”, en el sentido de despersonalizar a la persona que constituye el
“objeto” de estudio, debe resistirse rigurosamente la tentación de caer en ello creyendo
que de ese modo se es científico. En una teoría que pretende serlo de las personas, la
despersonalización es tan falsa como la depersonalización esquizoide de los demás, y no
deja de constituir, en última instancia, un acto intencional. Aunque se la practique en
nombre de la ciencia, esa cosificación da como resultado un falso “conocimiento”. Es
una falacia tan patética como la falsa personalización de los objetos» [1960, pág. 24],
Una indagación en el lenguaje, los temas y las proposiciones que aparecen en una
publicación psicoanalítica corriente —sobre todo si esa indagación se lleva a cabo con
ojos de antropólogo— pone de manifiesto que el psicoanálisis lleva implícito un sustrato
de valores representativos de una filosofía tácita. Sin embargo, una de las características
de un sustrato de creencias de esa índole es ser informal y asegurar que no existe.
Explícitamente, el psicoanálisis es una ciencia y su aplicación un arte; se trata de una
teoría de la psique, y, en particular, de una teoría de las psiconeurosis.
En contraste con él, la terapia guestáltica poco puede agregar a la interpretación
dinámica de los fenómenos psicopatológicos. Es una «terapia» más que una teoría, un
arte más que un sistema psicológico; pero tiene, como el psicoanálisis, un sustrato
filosófico. Más aún: se funda en una postura filosófica implícita que el terapeuta
transmite al paciente o alumno a través de sus procedimientos sin necesidad de ulterior
explicación. Además, quisiera añadir que la asimilación experiencial de esa
Welstanschauung implícita es una clave oculta del proceso terapéutico. Esto significa
que, así como una psicología determinada sirve de base a la terapia psicoanalítica, a la
terapia guestáltica le sirve de base una determinada filosofía de la vida.
La transmisión de ciertas actitudes por medio de los instrumentos característicos de este
enfoque es análoga al proceso por el cual un escultor crea formas con las herramientas
propias de su arte. En ambos casos, el contenido trasciende los instrumentos, aun
cuando estos fueron concebidos para expresarlo. Por desgracia, una de nuestras
flaquezas humanas consiste en confiar en que las fórmulas y las técnicas lo harán todo
en lugar de nosotros, tal como revela la historia de cualquier culto, donde la verdad se
petrifica en formas rígidas.
Al decir que la filosofía de la terapia gustáltica está «implícita» no quiero significar que
está, como en el psicoanálisis, encubierta. Está simplemente implícita, ya que el
terapeuta guestaltista asigna mayor valor a la acción que a las palabras, a la experiencia
que a los pensamientos, al viviente proceso de la interacción terapéutica y al cambio
interno generado por él que a la posibilidad de influir en las creencias. La acción
engrendra o toca la sustancia. Las 'deas pueden rondar en las cercanías de la realidad,
ocultarla u ocupar el lugar de ella. De modo que nada puede haber más ajeno al estilo
de la terapia guestáltica que la predicación, pese a lo cual entraña cierto tipo de
predicación, carente de preceptos o formulación de las creencias, de la misma manera
que un artista predica su cosmovisión y su orientación con respecto a la vida a través de
su estilo.

Una moralidad une está más allá del Bien y del Mal
Los términos «bueno» y «malo» son sospechosos para el terapeuta guestaltista,
acostumbrado a percibir la mayoría de los consejos que unos hombres dan a otros como
sutiles manipulaciones, la discusión de problemas morales como autojustificación y
racionalización de necesidades, y las aseveraciones acerca de lo digno y de lo indigno
como generalizaciones exageradas y proyecciones de la experiencia personal al
ambiente —todo ello hecho con el fin de eludir la responsabilidad que tiene el sujeto
por sus sentimientos y reacciones—. Perls sostuvo:

«Bueno y malo son respuestas del organismo. Solemos decir “Me vuelves loco”, “Me
haces sentir feliz”; es mucho menos frecuente que digamos “Me haces sentir bien”, “Me
haces sentir mal”; pero entre la gente primitiva tales expresiones son muy habituales.
También decimos “Me siento bien”, “Me siento espantosamente mal”, sin tomar en
cuenta el estímulo; lo que en verdad ocurre es que un alumno interesado en el tema
hace sentir bien a su maestro, que un niño obed’ente hace sentir bien a sus padres. El
púgil triunfante hace sentir bien a su admirador, como el amante diestro a su amada.
Igual sucede con un libro o un cuadro que satisface nuestros gustos estéticos, y
viceversa: si la gente o los objetos no consiguen satisfacer nuestras necesidades y
producirnos satisfacción, nos sentimos mal con respecto a ellos.
•A rnntim jrión en lu^.ir de* udiu’n.irse de nuestras experiencias como
•' J ’ » * •' » * • ' <*! «'«tintillo la responsabilidad por nuestras
propias respuestas. (Esto puede obedecer a que tenemos miedo de nuestro excitamiento
[excitement], a que lo sentimos insuficiente, a que queremos eludir la responsabilidad, etc.)
Decimos entonces que el alumno, el niño, el púgil, el amante, el libro o el cuadro “son” buenos o
malos. En el preciso momento en que rotulamos al estímulo de bueno o malo, apartamos lo
bueno y lo malo de nuestra experiencia personal. Se convierten en abstracciones, y,
consecuentemente, los objetos-estímulos son relegados al olvido. Esto no deja de acarrear
consecuencias. Una vez que hemos aislado el pensamiento del sentimiento, el discernimiento de
la intuic ón, la moralidad de la conciencia de sí, la intencionalidad de la espontaneidad, lo verbal
de lo no verbal, perdemos el Sí-mismo, la esencia de la existencia, y nos transformamos en
frígidos robots humanos o en neuróticos confundidos» [ 1953, 1954].

A pesar de estos puntos de vista sobre lo bueno y lo malo, abundan en terapia


guestáltica los preceptos acerca de la conveniencia de ciertas actitudes con respecto a la
vida y la experiencia. Se trata de preceptos morales, en el sentido de que se refieren al
logro de una vida mejor. En el lenguaje corriente, la noción de moralidad ha llegado a
designar la preocupación por vivir según patrones extrínsecos al hombre, pero es
posible que todas las grandes cuestiones morales hayan tenido su origen en una ética
humanística en la que el bien y el mal no estaban divorciados de la condición humana.
Así, en el judaismo —esa religión eminentemente legalista—, el concepto de la rectitud
indicó en otros tiempos el estado de quien se encontraba en armonía con la ley o la
voluntad de Dios, estado que puede considerarse análogo al «vivir en Tao» al que aluden
los chinos no teístas -—seguir el propio Camino—. Parecería, pues, que aquello que se
juzga correcto, justo, adecuado o bueno en una concepción viva de la vida, una vez que
es expresado en leyes se vuelve contra el hombre y lo esclaviza, arrogándose una
autoridad superior a la suya.
Si quisiéramos enumerar los preceptos morales implícitos de la terapia guestáltica, la
nómina sería más o menos larga según el nivel de generalidad o particularidad de
nuestro análisis. Sin pretcnsiones de ser sistemático ni exhaustivo, menc onaré algunos
de ellos, que quizá transmitan una idea general acerca del estilo de vida que implican:

1. Vive ahora. Preocúpate del presente antes que del pasado o del futuro.
2. Vive aquí. Ocúpate de lo que está presente antes que de lo que está ausente.
3. Deja de imaginar cosas. Experimenta lo real.
4. Deja de pensar cosas innecesarias. En lugar de ello, gusta y mira.
5. Expresa en vez de manipular, explicar, justificar o juzgar.
6. Entrégate a la desazón y al dolor de la misma manera que te entregas al placer. No
limites tu conciencia.
7. No aceptes otros debes ni deberías que los que tú te impongas. No adores ídolo
alguno.
8. Asume plena responsabilidad por tus acciones, sentimientos y pensamientos.
9. Acepta ser como eres.
La paradoja de que tales preceptos puedan formar parte de una filosofía moral que
recomienda justamente hacer a un lado los preceptos se resuelve si los consideramos
como formulaciones de verdades antes que de obligaciones. La responsabilidad, por
ejemplo, no es un debe, sino un hecho ineluctable: somos de hecho los actores
responsables de todas nuestras acciones. No tenemos otra alternativa que admitir tal
responsabilidad o negarla. Todo lo que afirma la terapia guestáltica es que la
aceptación de la verdad (que supone un «no deshacer» antes que un hacer) nos coloca
en mejor situación: que la toma de conciencia cura. Nos cura, por supuesto, de nuestras
mentiras.
Creo que los preceptos específicos de la terapia guestáltica pueden sub- sumirse, a su
vez, en principios más generales; propongo los tres siguientes:

1. Valoración de la actualidad: lo temporal (el presente versus el pasado o el futuro),


lo espacial (lo presente versus lo ausente) y lo material (el acto versus el símbolo).
2. Valoración de la conciencia y aceptación de la experiencia.
3. Valoración de la integridad, o responsabilidad.
Ninguna de estas tres amplias recetas vitales de la terapia guestáltica se opone en
forma directa a las filosofías universales de las que tengo noticia, si bien el énfasis en
la responsabilidad personal es contrario a la veta autoritaria presente en la mayoría de
las religiones de masas. Pero la orientación valorativa de la terapia guestáltica es
contraria a la filosofía de vida implícita de mucha gente —filosofía que concuerda con
conocidos conceptos culturales—. Así, en el tradicionalismo, con su hincapié en la
subordinación de las acciones presentes al pasado —ya sea en la forma de los
antecesores muertos, de la herencia cultural o de la opinión de los ancianos—,
encontramos lo opuesto de la valoración de la actualidad, como también en la
orientación hacia el futuro de las sociedades tecnológicas del tipo de Estados Unidos.
Kluckhohn [1959] ha sugerido que la orientación temporal es un elemento básico para
comprender los valores de una cultura.
Opuesta a la valoración de la conciencia y la experiencia es la característica corriente
que los autores de La personalidad autoritaria [1950] denominan anti-intraccpción, y
que a su juicio es típica de la mentalidad fascista. Se trata de la oposición, desagrado y
rechazo respecto de la tendencia a preocuparse por lo que llamamos «vida interior» de
uno mismo o de los demás. Los individuos con esa característica suscribirían,
verbigracia, una afirmación como esta: «Cuando una persona tiene un problema o
preocupación, lo mejor que puede hacer es no pensar en ello y entretenerse con cosas
más alegres».
F.1 principio de la responsabilidad encuentra, asimismo, más apoyo que rechazo en el
mundo de la filosofía, pero contradice la suposición predominante de una autoridad
divina exterior al individuo —colocada en los reyes, sacerdotes, progenitores o
científicos— y responsable de la elección del modo de proceder o de la orientación de
aquel. Contradice también la habitual percepción de nosotros mismos como juguetes
indefensos del azar y de las circunstancias, en lugar de creadores de nuestro destino.
En ias páginas que siguen examinaré en detalle uno de los aspectos de la actualidad,
que a su vez representa un aspecto de la filosofía , de vida de la terapia guestáltica. Al
elegir el vivir-en-el-momento como tema, no quiero sugerir que este sea más
importante que los problemas de la conciencia o de la responsabilidad, sino solo
limitar este artículo a la materia que me siento más inclinado a tratar en este instante.
Pienso, por lo demás, que sea cual fuere el punto de partida el contenido resultará más
o menos similar, ya que los tres problemas son distintos solo en apariencia. Un
examen atento revelará, por ejemplo, que la cuestión de la actualidad no se vincula
únicamente con la valoración del tiempo y la localización presentes sino también de la
realidad concreta, del percibir y sentir en lugar de pensar e imaginar; y está conectada,
asimismo, con la conciencia y la autodeterminación. Más concretamente, espero que
las páginas siguientes demuestren que la disposición a vivir en el momento actual es
inseparable de la apertura a la experiencia, de la confianza en los procesos de la
realidad, de la discriminación entre realidad y fantasía, de la renuncia al control y la
aceptación de la frustración potencial, de una concepción hedonista y de la conciencia
de la muerte futura. Todas estas son facetas de una experiencia única de estar-en-el-
mundo, y el hecho de que hayamos elegido contemplar esa exper’encia desde la
perspectiva de la focalización en el presente, en vez de hacerlo desde otros atalayas
conceptuales, es fruto de una opción arbitraria.

La focalización en el presente como técnica


Si bien la fórmula hic et nunc aparece repetidamente en la literatura escolástica, la
relación del aquí y ahora con la psicoterapia contemporánea ha sido el resultado de
una evolución gradual.
El psicoanálisis comenzó siendo un enfoque orientado hacia el pasado. El
descubrimiento de la asociación libre por parte de Freud tuvo su origen en sus
experiencias con la hipnosis, y sus primeras investigaciones con ese método tuvieron
el carácter de una tentativa de prescindir del estado de trance extrayendo, empero,
claves análogas para la comprensión del pasado del enfermo. En esa época, Freud
solía plantear una pregunta al paciente y solicitarle que le comunicara el primer
pensamiento que le viniera a la mente cuando él apoyaba la mano sobre su frente. A
medida que fue adquiriendo experiencia, comprobó que podía omitir el roce de la
frente y aun la pregunta, y considerar cada expresión verbal del sujeto como una
asociación con la precedente en el flujo espontáneo de pensamientos, recuerdos y
fantasías. A la sazón, todo ello no era para él más que la materia prima de un intento
de interpretación, siendo las asociaciones más preciadas las que se vinculaban con la
infancia del paciente. Su hipótesis consistía, pues, en que sólo comprendiendo el
pasado podía el paciente ser liberado de él en el presente.
El primer paso que dio el psicoanálisis hacia una mayor preocupación por el presente
tuvo su origen en la «transferencia» observada por Freud. En la medida en que los
sentimientos del paciente hacia el analista se concebían como la réplica de sus
sentimientos más antiguos hacia sus progenitores o hermanos, la comprensión de la
relación terapéu- r* tr volviómde inmediato significativa para entender el problema del
1114 Jv vuifiw *- ■ t A % C1 1
pasado del enfermo, que seguía siendo el fundamental.
Al principio, el análisis de la transferencia continuó estando al servicio de la
interpretación retrospectiva, pero cabe suponer que poco a poco comenzó a
valorárselo por sí mismo, ya que el próximo paso fue un gradual desplazamiento
del énfasis del pasado al presente, no solo con respecto al material examinado
sino como meta misma de la com-
f
irensión. De manera que, aun cuando en los primeros tiempos el aná- isis del
presente no era sino un instrumento o un medio para la interpretación del
pasado, en la actualidad muchos conciben el análisis de los acontecimientos de
la infancia como un medio para la comprensión de la dinámica presente.
Múltiples han sido las líneas de desarrollo. Melanie Klein, por ejemplo,
conserva un lenguaje interpretativo basado en supuestos relativos a la
experiencia de la niñez temprana, pero en la práctica su escuela tiende a
centrarse, en forma casi exclusiva, en la comprensión de la relación
transferencia!. B on hizo extensivo a la situación grupal un énfasis semejante en
el presente.
E l d e s p l a z a m i e n t o h a c i a e l p r e s e n t e d e Wi l h e l m R e i c h f u e f r u t o d e l
desplazamiento de su interés de las palabras a las acciones; en su análisis del
carácter, el objetivo pasó a ser entender la forma de expresión del paciente más
que el contenido de su lenguaje. Para ello, no hay mejor procedimiento que
observar su conducta en una situación actual. Un tercer aporte a la valoración
del presente en el proceso terapéutico provino de Karen Horney y llegó a los
fundamentos mismos de la interpretación de las neurosis. Según su punto de
vista, las perturbaciones emocionales generadas en el pasado son mantenidas
ahora por medio de una falsa identidad. El neurótico vendió antaño su alma al
demonio a cambio de una imagen reluciente de sí mismo, y sigue prefiriendo
respetar ese pacto. Si el sujeto consigue entender de qué manera cava la tumba a
su verdadera identidad en el presente, puede ser liberado. El creciente énfasis
en la orientación hacia el presente de la psicoterapia contemporánea reconoce la
influencia de otras dos fuentes, además del psicoanálisis: los grupos de
encuentro, cuya difusión es cada vez mayor, y las disciplinas espirituales de
Oriente, de las cuales el Zen, en particular, ha contribuido a otorgar a la terapia
guestáltica su fisonomía actual.
En el repertorio de técnicas de la terapia guestáltica, la focalización en el
presente se refleja por lo menos de dos maneras. En primer lugar, la solicitud
expresa formulada al paciente para que preste atención a todo aquello que
ingresa a su campo de conciencia actual y lo manifieste; en la mayoría de los
casos, a esto se agrega el pedido de que suspenda sus razonamientos, en favor
de la autoobservación pura. En segundo lugar, la presenlificación del pasado o
del futuro (o de la fantasía en general), que puede adoptar el carácter de un
intento introspectivo por identificarse con los hechos del pasado o revivirlos, o
bien, más a menudo, tomar la forma de una repetición dramática de las escenas
del pasado, donde a las expresiones verbales se suma la participación gestural y
postural —como ocurre en el psicodrama.
Arfibas técnicas tienen antecedentes en disciplinas espirituales de más antigua
data que la psicoterapia —dada su importancia, no podría ser de otro modo—.
Encontramos la presentificación en la historia del arte dramático, de la magia y
de los rituales, así como en la representación de los sueños por parte de los
pueblos primitivos. Permanecer en el presente constituye la piedra angular de
ciertas formas de meditación. No obstante, tanto la presentificación cuando la
permanencia en el presente adoptan en terapia guestáltica una forma y un uso
particulares, que exigen un examen más detenido. En lo que sigue me limitaré
al enfoque denominado el ejercicio del continuo de conciencia. Vista su
semejanza con una meditación traducida en palabras, y dado que su papel en
terapia guestáltica es comparable al que cumple la asociación libre en
psicoanálisis, me ocuparé de él principalmente en términos comparativos.

Terapia guestáltica y meditación


La práctica de prestar atención a la experiencia presente ha tenido cabida en
varias tradiciones de disciplina espiritual. En el budismo, es corolario de la
Recta Vigilancia, uno de los caminos de la «Noble Senda Octuple». Un aspecto
de la Recta Vigilancia es el ejercicio de la «Atención Pura»:

«La Atención Pura se ocupa únicamente del presente. Ella enseña lo que
muchos han olvidado: vivir con plena conciencia en el Aquí y Ahora. Nos
enseña a enfrentar el presente sin tratar de escapar hacia los pensamientos
acerca del pasado o del futuro. Para la conciencia media, el pasado y el futuro
no son objetos de observación sino de reflexión; y en la vida corriente rara vez
se los toma como objetos de una reflexión verdaderamente sensata, sino casi
siempre como objetos de ensoñaciones y vanas imaginaciones, que son los
principales enemigos del Cuidado Justo, la Comprensión Justa y la Acción
Justa por igual. La Atención Pura, firmemente plantada en su puesto de
observación, vigila desligada y en calma la marcha incesante del tiempo; espera
tranquila que las cosas futuras aparezcan ante sus ojos, convirtiéndose así en
objetos presentes que luego se esfuman otra vez en el pasado. ¡Cuánta energía
se ha desperdiciado en pensamientos inservibles acerca del pasado, en un
ocioso anhelar por que vuelvan los tiempos idos, en vanos arrepentimientos, y
en la inacabable y fútil repetición mental o verbal de todas las trivialidades de
otros días! Igualmente fútiles son gran parte de los pensamientos consagrados
al futuro: vanas esperanzas, planes fantásticos y sueños vacíos, temores
infundados y preocupaciones inútiles. Todo esto, repitámoslo, origina pesares y
desencantos evitables, que la Atención Pura puede eliminar» [Nyaponika Thera,
1962, pág. 41].
El pasado y el futuro no constituyen «objetos puros» por ser de la índole de lo
imaginario; también debe evitárselos porque permanecer en ellos implica una
pérdida de libertad: la ilusión nos tiende una trampa con su recurrencia. Como
dice Nyaponika Thera:
«El Cuidado Justo recobra para el hombre la perla perdida de su libertad,
arrebatándola de las fauces del dragón del Tiempo. El Cuidado Justo libera al
hombre de los grilletes del pasado, que él tontamente pretende incluso reforzar,
dirigiendo hacia aquel con demasiada frecuencia sus ojos anhelantes,
apesadumbrados o resentidos. El Cuidado Justo impide que el hombre se
encadene aun ahora, merced a sus temores y esperanzas imaginarios, a los
hechos futuros previstos. El Cuidado Justo devuelve al hombre así una libertad
que solo ha de encontrarse en el presente» [1962, pág. 41].
Con respecto a la concepción expresada en esta cita, la práctica más importante
es esa forma de meditación que los chinos denominan we-hsin (ausencia de
ideas), que consiste, según Watts, en la capacidad del individuo para conservar
su estado de conciencia normal y cotidiano y al mismo tiempo desasirse de él:
«Vale decir que uno comienza a tener una concepción objetiva de la corriente
de pensamientos, impresiones, sentimientos y experiencias que fluyen de
continuo por la mente. En lugar de tratar de controlarla e interferir en ella, se la
deja simplemente fluir a su arbitrio. Ahora bien: mientras que la conciencia por
lo regular se deja arrastrar por ese flujo, en este caso lo importante es observar
el flujo sin ser arrastrado ( . . . ) simplemente uno acepta las experiencias tal
como vienen sin .nterferir en ellas, por una parte, o identificarse con ellas, por
la otra. No las juzga, ni formula teorías sobre ellas, ni intenta controlarlas o
modificar de algún modo su naturaleza; les da la libertad de que sean
exactamente
lo que son. “El hombre perfecto —decía Chuang-tsé— emplea su mente como un
espejo: nada toma, nada rechaza, acoge pero no guarda”. Esto debe distinguirse
claramente de la mera vaciedad mental, por un lado, y por el otro de las
divagaciones mentales corrientes en las que no rige ninguna disciplina» [1950,
pág. 176].
En el marco de la terapia guestáltica, la práctica de atender al presente se
asemeja mucho a una meditación verbalizada. Es, además, una meditación
llevada a cabo en la situación interpersonal como un acto de develación de sí
mismo, lo cual permite que el terapeuta controle el ejercicio —algo que puede
ser indispensable para los inexpertos—, agregando quizás, asimismo,
significación a los contenidos de la toma de conciencia.
Considero indudable que la búsqueda de las palabras y el acto de comu-
nicarl.is pueden interferir en ciertos estados mentales; no obstante, el ti• ilc
espicMÓn umbién añade conciencia al ejercicio, más allá de
ser un mero medio de información para la intervención del terapeuta. Entre
las ventajas de la conciencia comunicada sobre la meditación silenciosa se
cuentan, como mínimo, las siguientes:

1. El acto de expresión constituye un desafío para la intensidad de la toma de


conciencia. Decir que sabemos algo pero que no podemos ponerlo en 4 ^ no
es totalmente cierto. Por supuesto, las palabras no son más que palabras y
nunca podremos poner nada en ellas, pero, dentro de ciertos límites, la
claridad de la percepción va de la mano con la capacidad de expresión: un
artista es un maestro en la toma de conciencia antes que un hábil creador de
modelos. Y en arte, al igual que en psicoterapia, la tarea de comunicar algo
supone que hay que observarlo realmente en vez de imaginar que se lo
observa.
2. La presencia de un testigo promueve por lo general una intensificación de
la atención y a la vez de la significación de lo observado.
• Creo también que cuanto mayor grado de conciencia posea un observador,
más se agudiza nuestra propia atención por su mera presencia, como si la
conciencia fuera contagiosa, o como si una persona no pudiera pasar
fácilmente por alto lo que expone a la mirada de otra.
3. En un marco interpersonal, los contenidos de conciencia tenderán a ser
naturalmente los de la relación interpersonal, mientras que en el campo de
conciencia del meditante solitario centrado en el aquí y ahora faltarán
sistemáticamente tales contenidos. Puesto que en las afecciones
psicopatológicas las que están perturbadas son las pautas de relación y la
imagen que tiene el sujeto de sí mismo en el proceso de relación, este es uno
de los factores decisivos que hacen del ejercicio del aquí y ahora una forma
de terapia cuando se lo practica en el marco Yo-Tú.
4. La situación interpersonal vuelve más dificultosa la focalización en el
presente, ya que provoca proyecciones, evitaciones y autoengaños en general.
Por ejemplo, lo que para el meditante solitario puede ser una serie de
observaciones acerca de estados físicos, en el contexto de la
• comunicación puede plasmarse en un sentimiento de ansiedad sobre el
eventual aburrimiento del terapeuta, o en la hipótesis de que tales
observaciones son triviales o revelan la esencial improductividad del
paciente. Sacar a luz tales sentimientos y fantasías es importante. a. Si la
focalización en el presente es un modo de vida aconsejable, habitualmente
perturbado por las vicisitudes de las relaciones interpersonales, el desafío que
implica el contacto con los demás representa la situación jormativa ideal.
Quisiera sugerir la idea de que la práctica de vivir en el presente es un
verdadero ejercicio y no una mera ocasión para la autocomprensión. Del
mismo modo que la terapia de la conducta, se trata de un proceso de
desensibilización, en el curso del cual el individuo se libera del
condicionamiento básico para evitar la experiencia, y aprende que no hay
nada que temer.
o. Vinculado con lo anterior está el hecho de que precisamente al tomar
conciencia de las dificultades de la focalización en el presente puede darse el
primer paso para superarlas. La experiencia del carácter compulsivo de las
cavilaciones o proyectos sobre el futuro puede llegar a ser inseparable de la
apreciación de la posibilidad alternativa y de una cabal comprensión de la
diferencia entre tales estados mentales y la focalización en el presente.5. E l
marco terapéutico permite controlar el proceso de autoobserva- ción y restituir
al individuo al presente cuando se ha distraído de él (vale decir, de sí mismo).
Hay dos modos principales de hacerlo. El más sencillo (aparte de recordarle
simplemente cuál es su tarea) es señalarle las cosas que hace impensadamente,
dirigiendo su atención a aquellos aspectos de su conducta que parecen constituir
pautas automáticas de respuesta o contradecir sus actos intencionales. Bastará
con servirle de espejo para que pase a primer plano la relación que mantiene
consigo mismo, y con sus acciones en general:

P (paciente): No sé qué decir en este momento...


T (terapeuta): Advierto que desvías la mirada de mí.
P: (Risa ahogada.)
T: Y ahora te cubres el rostro.
P: ¡Tú me haces sentir tan incómodo!
T: Ahora te cubres el rostro con ambas manos.
P: ¡Basta! ¡Esto es insoportable!
T: ¿Qué sientes ahora?
P: ¡Me siento tan molesto! ¡No me mires!
T: Por favor, trata de permanecer con esa sensación de molestia.
P: ¡Toda mi vida la he sentido! ¡Siento vergüenza por todo lo qut
hago! ¡Es como si pensara que ni siquiera tengo derecho a vivir!

Además de este proceso, que consiste en reflejar simplemente la conducta del


paciente, otro método es el de considerar como claves de las dificultades del
paciente (o más bien, como muestras vivientes de ella) aquellas ocasiones en
que no se logra la focalizaciór. en el presente, del mismo modo que en
psicoanálisis la interpretación apunta a aque
llo que no permite asociar libremente. En terapia guestáltica, el lugar de la
interpretación lo ocupa la explicitación: la solicitud de que el propio paciente
haga consciente y exprese la experiencia que está en la base de su conducta de
evitación del presente. Uno de los supuestos de esta terapia es que la
focalización en el presente es un hecho natural-. en el fondo, lo que más
ansiamos es vivir el momento, y por ende las desviaciones con respecto al
presente tienen el carácter de una evitación o de un sacrificio compulsivo, más
que el de alternativas aleatorias. Aun cuando este supuesto no fuera válido para
la comunicación humana en general, en terapia guestáltica adquiere validez por
la petición formulada al individuo de que se mantenga en el presente. Dentro de
una estructura tal, las desviaciones deben interpretarse como fallas, como
sabotajes de la tentativa o como una muestra de desconfianza en el método, en el
psicoterapeuta o en ambos.
En la práctica, por consiguiente, el terapeuta no solo adiestrará al paciente para
que preste constante atención a su experiencia actual sino que lo estimulará a
tomar conciencia y expresar su experiencia cuando esté por fracasar en la tarea.
Esto equivale a detenerse con vistas a llenar los baches de conciencia:

P: Siento cómo me late el corazón, me están sudando las manos. Es


toy aterrado. Recuerdo la última oportunidad en que trabajamos juntos y . . .
T: ¿Qué es lo que quieres decirme con esa vuelta a la semana pasada?
P: Tenía miedo de darme a conocer, y luego volví a sentirme ali
viado, pero creo que no te conté lo que debía contarte.
T: ¿Por qué quieres contármelo ahora?
P: Quisiera enfrentar este temor y sacar a luz todo aquello que estoy
eludiendo.
T: Bien. Eso es lo que deseas ahora. Continúa con tus experiencias
de este momento, por favor.
P: Me gustaría hacer un paréntesis para decirte que esta semana me
he sentido mucho mejor.
T: ¿Podrías contarme algo de tu experiencia mientras haces ese pa
rén tesis?
P: Me siento agradecido contigo, y quiero que lo sepas.
T: Capto el mensaje. Ahora, compara por favor estos dos enuncia
dos: «Me siento agradecido» y el informe acerca del bienestar que sentiste
esta semana. ¿Puedes decirme qué es lo que, a tu juicio, te hace preferir
contarme esto a formular directamente lo que sientes?
P: Si dijera «Me siento agradecido contigo», sentiría que aún debo
explicarte... ¡Ah, ya sé! Hablar de mi gratitud me parece demasiado directo.
Me siento más cómodo si dejo que tú adivines, o bien simplemente haciendo
que te sientas contento sin darte a conocer mis sentimientos.

En este caso particular, vemos que el paciente ha evitado asumir y expresar la


responsabilidad por su sentimiento de gratitud (a causa de su ambivalencia,
según se puso de manifiesto más adelante), y actuó su sentimiento en lugar de
develarlo, en un esfuerzo por complacer al terapeuta en vez de tomar
conciencia de su deseo de que el terapeuta se sintiera complacido.
Cuando el paciente se aparta del presente, la exploración de sus motivaciones
suele salvar lagunas en la toma de conciencia y promover una expresión eficaz
y directa.

T: Veamos ahora qué pasa si tú me confiesas tu gratitud de la forma


más franca posible.
P: Quiero agradecerte mucho lo que has hecho por mí. Me gustaría
retribuirte de alguna manera la atención que me prestas. . . ¡Uf! Me siento tan
incómodo diciendo esto. Siento que tú puedes considerarme un hipócrita y un
adulador. Creo que soy yo el que veo que la anterior es u.ia afirmación
hipócrita. No veo en ello gratitud alguna. Lo que quiero es que tú creas que
estoy agradecido.
T: Detente ahí. ¿Cómo te sientes al pretender que yo crea tal cosa?
• P: Me siento pequeño, desprotegido. Tengo miedo de que tú me ata
ques, por eso prefiero tenerte de mi lado.

Comparemos la c ta anterior con la renuencia inicial del paciente a asumir la


responsabilidad de su supuesta gratitud. Cuando, finalmente, asumió la
responsabilidad por desear que el terapeuta percibiera su gratitud, se puso en
claro que esto obedecía a su ambivalencia y al rechazo que le producía decir
una mentira explícita (o, al menos, una verdad a medias), y pudo reconocer el
temor que estaba en la base de toda la cuestión. Cieno es que en su primera
afirmación había hecho refere, cia a los latidos de su corazón y a su temor
pero ahora al aludir a la expectativa de que el médico lo atacase, habla penetrado
más hondamente en la esencia de ese temor. Volviendo a los pasajes citados,
parece lógico suponer que el paciente se apartó de la focalización en el
presente cuando eligió, implícitamente, manipular en lugar de experimentar.
La mera insistencia en que retornara al presente podría habernos (xrrmitido
averiguar algo más, quizás, acerca de los contenidos de su conciencia
superficial, pero con ello no se hubiera logrado poner de relieve el mecanismo
a-consciente de su evitación.

F.l continuo de conciencia y la asociación Ubre


La comunicación de la experiencia del momento ocupa en la terapia
guestáltica un lugar comparable al de la asociación libre en psicoanálisis;
además, en la práctica la diferencia entre ambas cosas no es tan definida
como podría inferirse de sus definiciones respectivas. •
En principo, la «asociación libre de ideas* hace hincapié en lo que más evita
la terapia guestáltica: los recuerdos, razonamientos y explicaciones. No
obstante, en la práctica real el paciente psicoanalítico puede centrarse
fundamentalmente en la experiencia en su comunicación, en tanto qu<* el
individuo que participa en la terapia guestáltica puede apartarse con frecuencia
del campo de la percepción, el sentimiento y la acción presente. Aparte de las
instrucciones que se le dan a este último para que limite su comunicación a la
actualidad y al campo de la experiencia inmediata, hay otra diferencia,
generada por el enfoque del terapeuta con respecto a la comunicación del
paciente en uno y otro caso.
Tomemos el caso de un individuo que rememora un suceso placentero. Un
analista procuraría imbuirlo de la significación del suceso recordado, mientras
que el terapeuta guestaltista habría de insistir, muy probablemente, en lo que
no se comunica: aquello que le está sucediendo al paciente en este momento,
cuando prefiere recordar a vivir el presente. En vez de centrarse en el
contenido del recuerdo, se interesa por la acción presente del sujeto: traer a
colación el suceso del pasado o informar sobre él.
También el analista puede preferir centrarse en el presente del sujeto, en cuyo
caso probablemente interprete el acto de recordar como un mecanismo de
compensación y defensa frente a los sentimientos actuales del individuo, o bien
como una señal indirecta de que tiene en la actualidad sentimientos
placenteros. Para el terapeuta guestaltista, en cambio, las interpretaciones son
mensajes dirigidos a la mente analítica del paciente, la cual debe apartarse de
la realidad con el fin de «pensarlos». Sus esfuerzos siguen un rumbo
exactamente opuesto: reducir al mínimo el habitual extrañamiento respecto de
la experiencia que está implícito en la abstracción y en la interpretación. En
consecuencia, apelará a los esfuerzos del paciente, en calidad de co-
fenomenólogo, tendientes a observar ese acto de recordación, en lugar de
asignarle un rótulo o teorizar sobre él. Tomar conciencia de que «estoy
recordando algo placentero» significa ya dar un paso adelante con respecto al
acto de recordai lón en * 1 . v puctlc abrir un camino para la comprensión del
motivo o intención real del proceso. Por ejemplo, puede llevar a advertir que
«quiero que usted se dé cuenta de que tengo muchos y muy buenos amigos, para
que usted piense que soy un tipo macanudo»; o bien que «quisiera sentirme tan
feliz como en aquellos tiempos; por favor, ayúdeme a conseguirlo»; o bien que
«en este momento me siento tan cariñosamente atendido como entonces»,
etcétera.
En realidad, si al recordar, pronosticar o interpretar un hecho el paciente
supiera bien qué es lo que está haciendo, nada habría de «malo» en ello; el
problema es que, por lo general, tales acciones sustituyen, encubren o actúan
una experiencia del momento, en vez de reconocerla y aceptarla. Lo malo es
que proceden del supuesto de que algo anda mal, y la.conciencia tiende a
quedar atrapada en ellas hasta el punto del olvido de sí misn o. Watts afirma
que, luego de practicar durante un tiempo el ejercit o de «vivir en el momento»,
se hará evidente que

«en la realidad es imposible vivir fuera de ese momento. Obviamente, nuestros


pensamientos sobre el pasado o el futuro salen a la luz en el presente, y en este
sentido es imposible concentrarse en nada que no sea lo que ahora sucede. Sin
embargo, esforzándonos por vivir simplemente en el presente, esforzándonos
por cultivar la pura conciencia “momentánea” del Sí-mismo, descubrimos, tanto
en la experiencia como en la teoría, que el intento es innecesario. Advertimos
que en ningún instante el pensamiento temporal del yo ha interferido
verdaderamente en el eterno y momentáneo estado consciente del Sí-mismo. Por
debajo de la memoria, de la previsión del futuro, de la ansiedad y de los
anhelos ha estado siempre este centro de conciencia pura e inmota, que jamás,
en ningún momento, se apartó de la realidad presente, y, en consecuencia, jamás
estuvo verdaderamente trabada con la cadena de los sueños» [1950, pág. 179].

Tan pronto se descubre esto, dice Watts,


«se vuelven posibles otra vez el recuerdo y la previsión, sin quedar sujetos
empero a su fuerza constrictiva; pues en cuanto uno es capaz de concebir como
presentes el recuerdo y la previsión, los ha vuelto objetivos (y también al yo
que ellos constituyen). Antes eran subjetivos, porque consistían en identificarse
con los hechos pasados o futuros, vale decir, con la cadena temporal que
constituye el yo; pero en cuanto uno puede, por ejemplo, considerar presente la
previsión, ya no se identifica con el futuro, y adopta por ende el punto de vista
del Sí-mismo, a diferencia del punto de vista del yo. Dicho de otro modo: tan
pronto es posible considerar como algo presente el acto por el cual el yo se
identifica con el futuro, se lo está contemplando desde una posición superior a
la del yo, desde la posición del Sí-mismo.
»De ello se desprende que cuando nuestro centro de conciencia se ha
desplazado hacia la perspectiva estrictamente presente y momentánea del Sí-
mismo, el recuerdo y la previsión futura orientan las acciones periféricas y
objetivas de la mente, y nuestro ser deja de estar dominado por la modalidad
egoísta de pensamiento, y deja de identificarse con esta. Gozamos de toda la
serenidad, la aguda conciencia, la libertad res- pccto de la temporalidad propias
de quien vive por entero en e¡ presente, pese a lo cual no obra sobre nosotros la
absurda limitación de ser incapaces de recordar el pasado o de tomar
providencias para el futuro* [op. cit., pág. 186],

El continuo de conciencia y el ascetismo


A despecho de lo que sostiene Watts en último término, tal vez sea una verdad
psicológica que difícilmente una persona podrá alcanzar la fo- calización en el
presente simultáneamente con un acto de recordación, si antes no ha probado la
índole de esa experiencia en una situación más sencilla, la de privación del
recuerdo. Lo mismo se aplica, dicho sea de paso, a la posibilidad de tomar
contacto con la experiencia propia mientras se ejercita el pensamiento. De
ordinario, el pensamiento disipa la conciencia del «sí-mismo en actividad
pensante» y los sentimientos que constituyen el fondo de la motivación del
pensar, de la misma manera que el sol impide durante el día ver las estrellas. La
forma más sencilla de dar lugar a la experiencia del pensar sin perderse en el
pensamiento (vale decir, sin quedar atrapado en la conciencia exclusiva de la
figura, dentro de la totalidad figura-fondo) consiste en tomar contacto con ese
fondo de la experiencia en momentos de ausencia de pensamiento. En esto, las
técnicas de suspensión de los recuerdos, previsiones y pensamientos empleadas
por la terapia guestáltica siguen los lincamientos de la filosofía implícita en el
ascetismo en general; se sufren ciertas privaciones con el objeto de tomar
contacto con aquello que la actividad psicológica propia de esas situaciones a
las que se renuncia habitualmente oculta. De este modo, se supone que la
privación del sueño, del diálogo, de la comunicación social, de las comodidades,
del alimento o de la actividad sexual facilita el acceso a estados de conciencia
inusuales, pero no constituye un fin o un ideal en sí misma.
La práctica de prestar atención a la corriente de la vida se vincula con el
ascetismo no solo porque entraña una suspensión voluntaria de la gratificación
del yo sino también porque enfrenta al individuo con las dificultades propias de
un funcionamiento contrario al habitual. Como la única acción que el ejercicio
permite es la de comunicar los contenidos de conciencia, esto impide la
participación del «carácter» (o sea, la organización de mecanismos de defensa) y
aun el hacer como tal. La práctica del ahora es una práctica de pérdida del yo,
tal como ha sido destacada por el budismo y expuesta en la cita precedente de
Watts.

La focalización en el presente como prescripción


No todo aquello que puede resultar valioso como ejercicio psicológico ha de ser
automáticamente una buena norma de vida. La asociación libre tal vez sea un ejercicio
útil, pero no es necesariamente la mejor manera de encarar una conversación, así como
la posición de apoyo sobre la cabeza del hatha yoga no es la más cómoda para estar en
todo momento. Fn mayor o menor medida, las técnicas tienen la propiedad de
ser aplicables en la vida corriente, contribuyendo a que esta se convierta en una
empresa de desarrollo individual; sin embargo, el valor específico de cierto enfoque no
es lo único que lo vuelve recomendable co- ’mo prescripción: a ello debe añadirse su
armonización con otros fines deseables en la vida, el grado de antagonismo que suscite
en la estruo tura social vigente y, sobre todo, su compatibilidad con respecto a lo que
se concibe como «buena» sociedad. Por ejemplo, la descarga de la hostilidad, en una
situación en la que no rigen restricciones, puede tener valor psicoterapéutico, pero, ¿se
conseguirá acaso por esta vía mejorar la salud y el bienestar de una comunidad? Pienso
que las opiniones al respecto estarían divididas. Lo estarían incluso si se debatiera el
tema de la verdad. La agresión suele suscitar reprobación social, y hay un
mandamiento que reza: «No matarás»; decir la verdad, en cambio, es considerado una
virtud, y un pecado mentir. Cabría esperar entonces que la técnica de descubrirse ante
los demás, que es valiosa en el marco de la psicoterapia, sería aplicable sin más a la
vida. No obstante, dadas las características comunes de la humanidad, la verdad ha
sido y quizá siga siendo no solo incómoda o inconveniente sino peligrosa. Sócrates,
Jesucristo o los herejes de la época de la Inquisición nos ofrecen ejemplos de que la
entrega incondicional a la verdad puede significar el mattirio, para el cual el ser
humano corriente no está preparado, sin duda. El deseo de convertir los sentimientos
en normas en circunstancias en que la sociedad no posibilitaba un proyecto de esa
índole ha sido uno de los principios implícitos o explícitos de la creación de
comunidades especiales por parte de quienes se habían fijado como objetivo común de
su vida la búsqueda interior. En tales grupos, a veces secretos, el hombre ha intentado
vivir de acuerdo con principios que solo pueden resultar compatibles con un marco
monástico, terapéutico o con algún otro tipo de ambiente especial.

Hedonismo humanista
En contraposición a otras técnicas, la de vivir en el momento parece constituir una
norma de vida perfectamente correcta. Por otra parte, se asemeja más a la tecnificación
de una fórmula de vida que a la prescripción de una técnica. La idea de prescripción o
receta puede evocar imá genes como las del aceite de ricino que se obligaba a tomar a
los niños «por su propio bien» antes de la aparición de las cápsulas de gelatina y de las
esencias químicas. Esto forma parte de una mental dad dualista, para la cual «las cosas
buenas» no son «las cosas que persiguen nuestro bien» y el propósito de autosuperarse
parece diferente al de «llevar una vida sencilla».
No es esto lo que dicen los preceptos clásicos de la focalización en el presente.
Tómese, por ejemplo, la frase del rey Salomón: «. . .que no t ene el hombre bien debajo
del sol sino que coma y beba, y se alegre» [Eclesiastés, vm, 15]. Este pasaje, como la
mayoría de los que destacan el valor de la actualidad, tiene un carácter hedónico; y no
podría ser de otro modo, pues si el valor del presente no se vincula con el futuro, aquel
debe tener un valor intrínseco, o contener su propia recompensa. En nuestra época, la
perspectiva hedonista parece divorciada del sentimiento religioso y opuesta a él (del
mismo modo que a la «orientación prescriptiva» en general). En la medida en que
«cuerpo» y «mente» se juzgan fuentes incompatibles de valores, suele asociarse el
idealismo y la espiritualidad a un adusto ascetismo, en tanto que la defensa de los
placeres materiales queda a cargo casi siempre de los tozudos y vulgares «realistas»,
dotados de un práctico escepticismo. Al parecer, no siempre fueron así las cosas;
sabemos que hubo épocas en que las celebraciones religiosas eran verdaderas fiestas.
De manera que al leer las palabras del rey Salomón en el Antiguo Testamento, no
debemos superponerles nuestra actual escisión cuerpo-mente ni la vulgaridad con que
tales palabras suelen a menudo repetirse. Por detrás de ellas había una concepción
según la cual vivir la vida, y vivirla ahora, era una acción sagrada, que armonizaba con
la voluntad de Dios.
Es raro encontrar en el pensamiento occidental este equilibrio entre trascendencia e
inmanencia, con excepción de algunos individuos extraordinarios que parecen
marginales con respecto al espíritu de su época —herejes para los religiosos, o locos
para la mente común—. Uno de esos hombres fue William Blake, quien sostuvo que «la
eternidad ama los productos del tiempo». Incluso en el psicoanálisis, que tanto ha
hecho en la práctica por el «ello» de la humanidad, se concibe el «principio del placer»
como una chiquilinada molesta que el yo «maduro», orientado hacia la realidad, debe
controlar. Por el contrario, la terapia gustáltica ve entre el placer y la bondad un
vínculo mucho más fuerte, de manera tal que su filosofía puede llamarse hedonista en el
mismo sentido en que lo eran los antiguos hedonismos anteriores a la era cristiana. Me
gustaría sugerir la idea de un hedonismo humanista, que no implica necesariamente una
concepción teísta y sin embargo parece ap ta para distinguir esta perspectiva del
hedonismo egoísta de Hobbes, el hedonismo utilitario de J. Stuart Mili y el del
individuo corriente que vive en busca de placeres. (Si, en este punto, el lector se
pregunta cómo es posible afirmar que la terapia guestáltica es a la vez ascética y
hedonista, permítaseme recordarle que, según Epicuro, la vida más dichosa era la del
individuo dedicado a la reflexión filosófica y cuya dieta alimenticia consistía
simplemente en pan, leche y queso.)

«Carpe diem »
El temperamento hedonista es inseparable de una alta evaluación del presente, no solo
en terapia guestáltica, sino también en el pensamiento de muchos individuos (poetas y
místicos en su mayoría) que propugnaron una prescripción análoga. Quizá quien más
insistió sobre este tema haya sido Horacio, cuyo carpe diem («aprovecha el día») se ha
convertido en un rótulo específico para designar un motivo que recorre toda la historia
de la literatura. En su forma original rezaba así:

Dom loquimur fuerbit invide aetas:


carpe diem, quam mínimum crédula postero.

Mientras dialogamos, huye el tiempo envidioso, aprovecha el «.lía.


confía lo mínimo posible en el mañana.
«»,
La totalización en el presente de Horacio corre paralela a su conciencia de la fuga del
«tiempo envidioso»: la irreparable pérdida de vida que se ofrece como opción a vivir en
el momento. En la instancia bíblica o que comamos, bebamos y disfrutemos, la muerte
oficia a la vez de maestro y de argumento; lo mismo cabe afirmar de muchos otros
proverbios, como el que dice «Recoge mientras puedas los capullos de las rosas», o el
siguiente pasaje de Ovidio en el Arte de amar:

Corpite florem
qui nisi corptas erit turpiter ipse cadet.
Coge la flor,
pues si no la arrancas tú, caerá marchita.
Ovidio, en particular, tiene en común con Horacio, además de su hedonismo y su
focalización en el presente, las alusiones a la crueldad del tiempo: «tempus edax
rerum» («el tiempo devora las cosas»). Parecería, pues, que la prescripción de vivir en
el presente corre pareja con la conciencia de la muerte —ya se trate de la muerte
definitiva, ya de la repetida muerte del instante que se transforma en mero recuerdo—.
En este aspecto, el pasado es percibido como una nada o irrealidad.
La conciencia de la muerte potencial forma parte también del espíritu de la terapia
guestáltica, ya que es inseparable de la conciencia humana que ha sido liberada del
rechazo de lo desagradable y del velo de satisfacciones ilusorias en la irrealidad: la
realización fantaseosa de los deseos y las reminiscencias regresivas.
Sugeriría que la tríada compuesta por 1 ) la focalización en el presente, 2 ) la
concepción del presente como un don placentero, y 3) la conciencia de la muerte o
decadencia potencial, conforma un arquetipo: una experiencia que existe potencialmente
en la naturaleza humana, de modo que no es forzoso explicarla únicamente por la
tradición, como es habitual entre los críticos literarios. Si no fuera por su sustrato
arque- típico, las repetidas reformulaciones de esa experiencia nos parecerían mero
plagio. Compárense, verbigracia, los consejos del rey Salomón y de Ovidio con los
versos siguientes:

Apresa entonces la hora transitoria,


embellece el momento que se va,
la vida es una breve primavera, una flor el hombre,
que muere, ¡oh Dios! ¡Cuán rápido se va!
Johnson

Recoge, entonces, la rosa aún en flor, pues vendrá el día en que su


orgullo se desflore: recoge la rosa del amor cuando aún es tiempo,
cuando amar y ser amado puedas con igual pecado.
Spenser, La reina de las hadas

Emplea el tiempo, no desaproveches la ventaja; la belleza


no debe en sí misma malgastarse:si la flor no se arranca
cuando está lozana muy pronto se marchita y se consume.
Shakespeare, Venus y Adonis

Si dejas escapar el tiempo, como una rosa rechazada se marchita en


el tallo con su corola lánguida.
Mil ton, Comus

Como ya hemos dicho, la focalización en el presente de la terapia gues- táltica es


inseparable de su valoración de la conciencia misma, expresada en su afán de renunciar
a las evitaciones que plagan nuestra vida. No evitar el presente significa no evitar vivir
en el presente, como hacemos tan a menudo con el fin de evitar las consecuencias de
nuestras acciones. En la medida en que enfrentar el presente representa un compromiso
con la vida, es libertad: la libertad de ser nosotros mismos, de elegir de acuerdo con las
preferencias de nuestro ser, de elegir nuestro camino. La experiencia de la terapia
guestáltica puede demostrar a una persona que cuando se enfrenta el presente sin la
intención de evitarlo —o sea, con presencia—, se convierte en aquello que vio Dryden:

En este mismo instante está en crisis tu destino; tu buena o mala


suerte, tu buena o mala fama, y todo el colorido de tu vida, dependen
del importante ahora.
El fraile español

El problema es el ahora, pero en nuestro modo indiferente de vivir no queremos


reconocerlo, convirtiendo así a la vida en una horrible sustitución de sí misma.
«Matamos» el tiempo o incurrimos en esa «pérdida de tiempo» que «más molesta a los
más sabios», según decía Dante. Otra forma en la cual este aspecto particular de la vida
se revela cabalmente en la terapia guestáltica es el concepto de cierre. En la psicología
de la guestalt, se habla de cierre con respecto a la percepción; en la terapia guestáltica
se aplica ese concepto a la acción. Estamos siempre procurando concluir lo inconcluso,
completar la guestalt incompleta, y al mismo tiempo evitándolo siempre. Al no actuar
en el presente,
aumentamos la «inconclusión» y nuestra servidumbre con respecto a
la carga que nos impone el pasado. Además, como dice Horacio en una de sus
Epístolas: «Quien pospone la hora de vivir como debe es igual a ese campesino que
espera que el río termine de pasar para cruzar él; pero las aguas del río siguen
corriendo, y seguirán haciéndolo eternamente».
Tal vez no suspenderíamos la vida presente si no fuera por el sueño de una accón o
satisfacción futuras. En este sentido, la focalización en el presente de la terapia
guestáltica denuncia su realismo al dar preponderancia a la existencia tangible y a la
experiencia actual con respecto a la existencia conceptual, simbólica o imaginaria.
Tanto el futuro cuanto el pasado solo pueden estar vigentes en el presente como formas
mentales —recuerdos o fantasías—, y la terapia guestáltica se propone subordinar estas
formas mentales a la vida. Su actitud es la misma de
1 HcjttIC

j
Nuestro momento es el presente, nunca hemos visto
el próximo.

O la de Longfellow:
No confíes en el futuro, por grato que parezca.
¡Deja al Pasado ir>- "terrar a sus muertos!
¡Actúa en el Presente vivo!
Por dentro el corazón y Dios por fuera.

O c o m o e n u n p r o v e r b i o p e r s a a l q u e Tr e n c h d i o f o r m a d e v e r s o :
Oh, no dejes que el instante se te escurra; nunca podrás
mover el molino con las aguas que lo han dejado atrás.

O en este otro:
Quien tiene tiempo y espera que
lleguen mejores tiempos, pierde el
tiempo.

To d a s e s t a s p r o p o s i c i o n e s s e i n s p i r a n e n l a c a p t a c i ó n d e u n c o n t r a s t e
entre el carácter vivo (livingness) del presente y la índole a-experien-
cial (y por ende relativamente irreal) del pasado y el futuro:

Nada sobrevendrá, y nada ha transcurrido, lo que


perdura siempre es un eterno ahora.
Abraham Cawley
Con suma frecuencia, nuestra vida se ve empobrecida por el proceso de
sustitución merced al cual la sustancia es reemplazada por el símbolo, la
e x p e r i e n c i a p o r e l e s q u e m a m e n t a l , l a r e a l i d a d p o r e l m e r o r e fl e j o d e e l l a
en el espejo del intelecto. Renunciar al pasado y al futuro para volver a
un prolongado presente es uno de los aspectos de la prescripción que reza
«Abandona tu mente y recobra tus sentidos».

La focalización en el presente como ideal


I
«Der Jen Augenblick ergreift/Das ist der rechte Mann». («El hombre verdadero es aquel
que apresa el instante».) Goethe.

La palabra «ideal» exige una aclaración. A menudo, se asigna a los ideales una
connotación de deber o bondad intrínseca que es ajena a la filosofía de la terapia
guestáltica. Si quitamos a un ideal el carácter de «lo que debe ser», se convierte, o bien
en una formulación de la vía más conveniente para alcanzar un fin —vale decir, en una
prescripción—, o bien en una «cosa recta»; entiendo por esto una expresión de lo que es
bueno, antes que un medio o un precepto: un signo o síntoma de una condición óptima
de vida. Es en este sentido que podemos hablar de ideales en el taoísmo, por ejemplo,
pese a que se trata de una filosofía de la no-búsqueda. A pesar de que su estilo no es
preceptivo, el Tao-te-Kíng es una especulación continua acerca de las cual'dades del
sabio: «Por este motivo, el sabio se interesa por el vientre y no por los ojos ( . . . ) El
sabio está libre de enfermedades porque reconoce la enfermedad como tal ( . . . ) El
sabio conoce las cosas sin moverse de su sitio ( . . . ) las realiza sin cumplir acción
alguna», etc. En igual sentido, la focalización en el presente se considera un ideal en
frases como esta: «El ahora es la consigna del sabio».
Algunas de las recetas para una vida mejor son medios para conseguir los fines que uno
se propone y difieren cualitativamente de estos últimos, pero esto no se aplica a la
focalización en el presente; en este caso, como en la terapia guestáltica en general, el
medio conducente a un fin es directamente un desplazamiento hacia el estado que se
persigue como fin: el camino para ser feliz consiste en comenzar a ser feliz ya mismo, el
camino hacia la sabiduría consiste en renunciar en este mismo momento a la necedad...
así como para aprender a nadar hay que tirarse al agua. La prescripción de vivir en el
ahora es consecuencia del hecho de que estamos viviendo en el ahora; esto es algo que
la persona sana sabe-, pero el neurótico, enredado en una difusa seudo-existencia, no
lo advierte. ... . . .
En el budismo, el ahora no es simplemente un ejercicio espiritual sino la condición de la
sabiduría. En un pasaje del Pali Canon, Buda en primer lugar prescribe:
No vuelvas sobre las huellas del pasado, ni alientes caras
esperanzas para el futuro; al pasado ya lo has dejado atrás,
el estado futuro no ha llegado aún.

Y formula luego el ideal:

Mas quien con visión clara puede ver el presente que


aquí y ahora está, ese sabio puede aspirar a aquello
que no se pierde ni socava nunca.

En tanto que la versión budista del precepto vinculado con el ahora hace hincapié en el
carácter ilusorio de las alternativas, la concepción cristiana destaca la confianza y
entrega que implica la focalización en el presente. Cuando dice Jesús, «Así que no os
congojéis por el día de mañana, que el día de mañana traerá su fatiga» [Mateo, vi, 34], y
da el ejemplo de los lirios del campo, no solo está diciendo «¡No fundéis vuestros actos
en expectativas catastróficas!» sino, más positivamente, «¡Confiad!». La versión
cristiana está enmarcada en un mapa teísta del universo, y en ella confiar significa
confiar en el Padre Celestial; pero la actitud que exhibe es la misma que la terapia
guestáltica toma por ideal, a saber, la confianza en la propia capacidad para enfrentar el
ahora tal como se presenta. El idea! de la focalización en el presente es la experiencia
en lugar de la manipulación, la apertura y la aceptación de la experiencia en lugar del
cálculo de posibilidades y la actitud defensiva frente a ellas. Ese ideal deja traslucir dos
supuestos básicos de la Weltanschauung de la terapia guestáltica: Las cusas son este
momento del único modo como pueden ser, y ¡Mirad: el mundo es hermoso!
Si el presente no puede ser distinto de lo que es, el hombre sabio se someterá a él. Por
otra parte, si el mundo es hermoso, ¿por qué no «aceptar con júbilo los dones de la hora
presente y hacer a un lado los pensamientos afligentes», como quería Séneca? Por
supuesto, afirmar que algo es bueno es ajeno a la terapia guestáltica, que sostiene que
las cosas solo pueden ser buenas para nosotros; que lo sean o no dependerá de nosotros
y de lo que hagamos con nuestra circunstancia.
Nuestra percepción corriente de la existencia está llena de dolor, desvalimiento y
sacrificio. Edmund Burke señaló hace dos siglos que «quejarse de la época en que se
vive, murmurar en secreto acerca de los dueños actuales del poder, lamentar el pasado,
concebir esperanzas extravagantes para el futuro son los rasgos comunes de la mayor
parte de la humanidad». Sin embargo, para la terapia guestáltica tales quejas y
lamentaciones no son más que un juego infortunado con el que nos engañamos a
nosotros mismos —una manera más de rehusarnos a la bienaventuranza potencial del
ahora—. En el fondo, estamos donde queremos estar y hacemos lo que queremos hacer,
aun cuando ello equivalga en apariencia a una tragedia. Si somos capaces de descubrir
nuestra libertad en nuestra esclavitud, también lo somos de descubrir nuestra alegría
esencial bajo el manto de sacrificio.
El proceso de extrañamiento con respecto a la realidad, tal cual se da esta en el ahora
eterno, puede concebirse en su totalidad como una falta de confianza en la bondad del
resultado, como la imaginación de una experiencia terrible o, en el mejor de los casos,
como una vaciedad para compensar la cual creamos un paraíso de ideales, expectativas
futuras o glorias pasadas. Desde la altura de esos «ídolos» echamos una mirada
despreciativa hacia la realidad presente, que nunca alcanza a igualar nuestros esquemas
y en consecuencia nunca nos parece suficientemente perfecta. Es así como el tema de la
focalización en el presente se entrelaza con la aceptación de la experiencia en lugar de
su enjuiciamiento. Como dijo Emerson:

«Estas rosas que crecen bajo mi ventana no hacen referencia alguna a otras más
antiguas o mejores; son lo que son; existen con Dios en el día de hoy. No hay tiempo
que las rija; solo está la rosa, perfecta en cada momento de su existencia ( . . . ) pero el
hombre pospone y recuerda. Sólo logra ser fuerte y feliz cuando, también él, vive con la
naturaleza en el presente, por encima del tiempo».

En nuestra búsqueda de la rosa ideal pasamos por alto que cada rosa es la mayor
perfección de sí misma. Por temor de no encontrar la rosa que buscamos, nos aferramos
al concepto de «rosa» y no aprendemos nunca que «una rosa es una rosa es una rosa».
Nuestra codicia e impaciencia no nos permiten librarnos del sustituto a través del cual
gozamos del reflejo de la realidad en forma de promesas o posibilidades, y que al
mismo tiempo nos aleja del goce presente. La intuición del Paraíso Perdido y de la
Tierra Prometida es mejor que la anestesia total,pero mucho mejor aún es advertir que
están delante de nuestros ojos. Ornar Khayyam lo sabía muy bien: .

Heme en este páramo al pie de un árbol,


con un trozo de pan, un cántaro de vino y un libro de poemas —y tú cantando al
lado mío—, y el páramo es Paraíso suficiente.
«¡Qué gloria ser soberano en vida!» piensan unos, y otros exclaman
«¡Bendito sea el Paraíso venidero!».
¡Oh, tomad la moneda en vuestra mano y prescindid del resto; no escuchéis
siquiera la música de los tambores lejanos!
Rubáiyát

Referencias bibliográficas
Adorno, T. W., Frenkel-Brunswik, E., Levinson, D. J. y Sanford, N., The authoritarian
personality, Nueva York: Harper & Row, 1950. (La personalidad autoritaria, Buenos
Aires: Proyección, 1965.)
Blvth, R. H., Zen and Zen classics, Japón: Hokuseido Press, 1960,
vol. 1.
Kluckhohn, F. R., «Dominant and variant value orientations», en C. Kluckhohn y H. A.
Murray, eds., Personality in nature, society, and culture, ed. rev., Nueva York: Knopf,
1959, págs. 342-57. (Personalidad, sociedad y cultura, Madrid: Grijalbo, 1969.)
Laing, R. D., The divided self, Londres: Tavistock Publications, 1960. (El yo dividido,
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Nyaponika Thera, The heart of Buddhist meditation, Londres: Rider,
1962.
Peris, F. S., «Morality, ego-boundary and aggression», Complex, número de invierno,
1953-54.
Watts, Alan, The supreme identity, Nueva York: Pantheon, 1950. 5. La actividad
sensorial en psicoterapia
Erving Polster

Es mi propósito mostrar de qué manera la psicoterapia puede contribuir a salvar la


brecha existente entre las sensaciones básicas del individuo y las experiencias de más
alto nivel derivadas de tales sensaciones. A causa de la complejidad de nuestra
sociedad, la identificación de esas sensaciones se ha vuelto irdua para la gente. Un
individuo puede comer, no solo por estar hambriento, sino también porque le agradan
ciertas comidas, porque es la hora a que habitualmente se come, porque quiere estar en
compañía o porque quiere evitar la ira o la depresión. Con frecuencia, sus sensaciones
guardan entre sí un vínculo poco claro. La acción que inicia con respecto al embrollo
resultante propende a nuestra crisis de identidad corriente, tan a menudo descripta, ya
que para saber quiénes somos debemos saber por lo menos qué sentimos. Por ejemplo,
si conocemos la diferencia entre tener hambre, enojo o deseos sexuales hemos dado sin
duda un gran paso adelante en lo que atañe a las medidas a tomar. En este juego
recíproco de sentimiento y acción reside el punto crucial de nuestros afanes por vivir
bien.
Como base conceptual para la identificación y activación de las sensaciones, deseo
introducir el concepto de experiencia sinóptica. La experiencia sináptica consiste en
una unión entre conciencia y expresión. Esta unión se siente, verbigracia, cuando se
toma conciencia de la respiración que acompaña nuestro hablar, de la flexibilidad de
nuestro cuerpo al bailar o de la agitación que experimentamos cuando pintamos un
cuadro. En los momentos en que se produce esa unión entre conciencia intensificada y
expresión, son comunes los sentimientos profundos de presencia, la claridad en la
percepción, la resonancia de la experiencia interior y la integridad de la personalidad.
El término sinapsis es de origen griego y significa unión o fus ón. Desde el punto de
vista fisiológico, la sinapsis es la relación que mantienen las fibras nerviosas en los
lugares en que entran en contacto. El arco sináptico facilita la unión entre los nervios
sensoriales y motores, salvando la distancia que separa a estas estructuras neurológicas
mediante una transmisión especial de energía que aún no ha sido caba ! mente
comprendida. El uso metafórico de la palabra sinapsis centra nuestra atención en el
funcionamiento sensoriomotor unificado, tal como lo representa la conciencia y
expresión.
Los distintos métodos terapéuticos difieren entre sí en cuanto a la manera de unir estos
dos aspectos, pero la mayoría de ellos, si no todos, se caracterizan por poner de relieve
los procesos interiores del individuo, incluyendo a veces la sensación junto a la
expresión. Ciertos terapeutas aseguran no tener interés alguno en los procesos internos
(entre ellos se cuentan los que practican el condicionamiento operante), pese a lo cual
indagan una y otra vez a los pacientes para averiguar cómo experimentan la ansiedad.
La mayoría de los terapeutas coincidirían conmigo en que si se pidiera a un paciente,
por ejemplo, que describiese sus sentimientos cariñosos hacia su madre en el momento
en que esta lo ponía a dormir, su descripción surtiría más efecto, tanto en él cuanto en
su interlocutor, si fuera consciente de tales sentimientos. Suministrándole instrucciones
oportunas, el sujeto puede tomar conc.encía de muchos fenómenos sensoriales
simultáneos con su hablar. Puede tener el cuerpo húmedo o acalorado, sentirse ágil o
víctima de una molesta comezón, etc. La aparición de tales sensaciones incrementa el
poder restaurativo del relato, ya que merced a la unión de sentimientos y palabras
resultante se convierte en una confirmación más incontrovertible de una experiencia
amorosa del pasado.
La indagación de las sensaciones no es, desde luego, nueva en psicología. Wilhelm
Wundt vislumbró que la experiencia sensorial era el cimiento y raíz que generaba todos
los sentimientos superiores, pero sus investigaciones y las de muchos otros nunca
tuvieron el sabor humanístico que atrae al psicoterapeuta. Sin embargo, muchas
concepciones humanísticas recientes proclaman una revaloración de la importancia de
la sensación. Schachtel, entre otros, ha puesto de manifiesto el denominador común que
vincula al niño y al adulto en su experiencia de la sensación primitiva, primaria, bruta:
«Si el adulto no emplea su facultad de distinguir ( . . . ) su sensación de calor agradable
( . . . ) de la percepción de que se trata del calor del aire o del agua ( . . . ) y se entrega
en cambio a la pura sensación en sí misma, experimenta una fusión de placer y
propiedad sensorial que se asemeja probablemente a la experiencia infantil ( . . . ) El
acento no está colocado en objeto alguno sino totalmente en la sensación» [1959, pág.
125].
El tono sensorial del niño es el paradigma de la pureza de la experiencia sensorial.
Aunque las sensaciones se vuelven más confusas a lo largo de los años, no siempre las
experiencias tempranas son meramente infantiles. En nuestra búsqueda de realización,
dirigimos gran parte de nuestras energías a la recuperación de las posibilidades
existenciales tempranas. La primitiva inocencia de la sensación ha sido neutralizada
por fuerzas sociales que dicotomizan a niño y adulto en dos seres totalmente separados.
No obstante, el adulto no es simplemente aquello que sustituye al niño, sino más bien
el resultado de una serie de agregados que no necesariamente convierten el carácter de
la niñez en algo irrelevante. Un sentido análogo al de un niño puede orientarnos y
vitalizarnos aun frente a realidades nuevas. Como dijeron Perls, Ilefferline y Goodman
refiriéndose a la recuperación de los recuerdos del pasado, «el contenido de la escena
recobrada carece de importancia, pero en cambio la tienen y mucha el sentimiento y la
actitud infantiles con que se la vivió. Los sentimientos infantiles no son importantes
como pasado que debe rehacerse sino por constituir algunas de las más hermosas
potencialidades que deben recobrarse para la vida adulta: espontaneidad, imaginación,
conciencia directa de las cosas, y manipulación» [1951, pág. 297].
Informes procedentes de personas que ingieren habitualmente ácido lisérgico ponen de
relieve, asimismo, la primacía de la sensación. Alan Watts sostiene que en tales
circunstancias advierte modificaciones en su percepción de cosas tan comunes como
«un rayo de sol sobre el piso
de la habitación, las vetas de la madera, la textura de las prendas de hilo o el sonido
de las voces que se escuchan al otro lado de la calle. Mi experiencia —agrega— no ha
sido nunca la de una deformación de ' tales percepciones, como ocurre cuando nos
miramos en un espejo cóncavo, sino más bien que cada una de ellas se vuelve (para
decirlo con una metáfora) más resonante. El agente químico parece proporcionar a la
conciencia una caja de resonancia ( . . . ) para todos los sentidos, de modo tal que la
vista, el tacto, el gusto, el olfato y la imaginación se intensifican como la voz de
alguien que canta mientras está en la bañera» [1964, pág. 1 2 0 ]. Los
psicoterapeutas podemos suministrar también a los pacientes, a nuestro modo, una
caja de resonancia, como describiré a continuación.
Podemos empezar clasificando toda la gama de experiencias humanas en dos grupos:
las experiencias culminantes y las experiencias constitutivas. Las primeras existen en
forma compuesta: se trata de un acontecimiento global y unitario, de primordial
importancia para el individuo. Mientras escribo estas líneas, por ejemplo, el acto de
escribir es la culminación de toda una vida de experiencias conducentes a este
momento y que forman parte de la estructura compuesta del escribir. Por lo demás,
cada movimiento de mis dedos, cada uno de mis movimientos respiratorios, cada idea
tangencial, cada variante producida en mi atención, en mi confianza, en mi claridad y
celo se unen para integrar la experiencia compuesta «Yo escribo». No obstante, cada
una de las experiencias anteriores son elementos constitutivos de esta última; con
frecuencia no se les presta atención, pero si se examina su existencia y si se descubre
su relación con respecto al suceso culminante, la experiencia puede verse realzada.
Tal es lo que ocurre con el gourmet que prueba una salsa: supuestamente, descubre la
calidad del gusto en la totalidad, como experiencia íntegra; sin embargo, también
analiza ese gusto más sutilmente para identificar los ingredientes que componen la
salsa: ciertas hierbas, un vino conocido, una determinada proporción de manteca, etc.
Esta toma de conciencia lo enriquece, permitiéndole alcanzar una nueva dimensión en
su experiencia gustativa. El análisis y la nueva síntesis establecen un movimiento
rítmico entre la destrucción del gusto total y su recreación. Esta reverberación entre
destrucción y recreación se sucede una y otra vez, contribuyendo a intensificar el
gusto resonante.
De la misma manera, al explorar nuestras sensaciones interiores, podemos identificar
aquellos elementos constitutivos de las experiencias cotidianas que forman la
sustancia de nuestra vida. El enriquecimiento se produce cuando hay mayores
posibilidades para la aparición, sobre el trasfondo de nuestro conocimiento, de las
partes subyacentes o componentes. La aventura implícita en la accesibilidad ilimitada
de la experiencia, y las fluctuaciones ení:re la experiencia sintética y las partes
elementales de nuestra existencia, ofrecen una actividad dinámica y apasionante y en
continua renovación de sí misma.
Para recuperar este proceso dinámico con frecuencia es menester una minuciosa tarea,
muy semejante a la que implica volver a caminar tras haber sufrido una enfermedad.
La concentración es una de las técnicas tendientes a recuperar la sensación. Todo el
mundo sabe que para hacer bien las cosas es preciso concentrarse, no obstante lo cual
las recomendaciones al respecto suelen parecer demasiado vagas, generales y
moralizadoras. Ahora bien: la concentración puede constituir un modo específico de
actuar, que entrañe prestar estrecha atención al objeto concreto de interés. Debe ser
aguda y estar focalizada en un solo objeto. Si se cumplen estas condiciones y se dirige
la concentración hacia las sensaciones internas, pueden producirse hechos notables,
análogos a los derivados de la hipnosis, las drogas, la privación sensorial, los
estallidos heroicos y otras situaciones que sacan al individuo de su marco de
referencia habitual. Si bien la concentración no suele ser tan poderosa como ellas en
su» resultados, tiene la gran ventaja (en lo que atañe a ia intensificación de la
experiencia) de que el sujeto puede volver fácilmente a los actos y formas de
comunicación ordinarios. Puede, por ejemplo, iniciar o suspender otros modos de
interacción —el diálogo, la representación de roles, la fantasía, la elaboración onírica,
etc.—, lo cual hace que la significación de la experiencia para la conciencia cotidiana
sea más prontamente aceptada.
Pasando ahora a la situación terapéutica en sí, describiré el papel que en ella cumplen
las sensaciones, teniendo presentes tres propósitos terapéuticos: 1 ) el aumento de la
realización personal; 2 ) la facilitación del proceso de elaboración, y 3) la recuperación
de experiencias del pasado.
En primer lugar, con respecto a la realización personal, parece haber dos tipos de
individuos: los orientados hacia la acción y los orientados hacia la toma de conciencia.
Ambos pueden vivir una vida plena si ninguna de esas orientaciones excluye a la otra.
La persona orientada hacia la acción que no tiene grandes obstáculos para tomar
conciencia de la experiencia estará en condiciones, por medio de sus actos, de activar
su experiencia de sí mismo: el nadador profesional, por ejemplo, descubrirá tal vez
muchas y muy intensas sensaciones internas, y también el administrador comercial a
quien se pone al frente de una nueva compañía. La persona orientada hacia la toma de
conciencia advertirá que, en la medida en que no deje de lado la acción, su conciencia
lo encaminará a ella: el psicólogo escribirá un libro o fundará una nueva organización,
el individuo inquieto se trasladará a otra ciudad, el que siente deseos sexuales podrá
concretarlos. Las perturbaciones psicológicas aparecen cuando falla el movimiento
rítmico establecido entre conciencia y expresión.
Daré un ejemplo. Una persona orientada hacia la acción —un hombre de negocios que
tenía mucho éxito en su actividad— vino en busca de terapia porque no se sentía
realizado en su vida. Sujeto de una energía y vitalidad poco habituales, necesitaba sacar
provecho de cada segundo y se impacientaba si, en algún instante, dejaba de hacer
cosas productivas. La acumulación de sensaciones le era insoportable; siempre estaba a
la vanguardia de sí mismo, descargando prematuramente esas sensaciones a través de la
acción o del planeamiento de la acción. En consecuencia, tenía grandes dificultades
para saber «quién soy». Durante las primeras diez sesiones hablamos largamente e
hicimos algunas incursiones preliminares en su experiencia interna, inclusive ciertos
experimentos de toma de conciencia y algunos ejercicios respiratorios. Un día que le
solicité que cerrara los ojos y se concentrara en su experiencia interna, comenzó a
experimentar una gran calma interior y un sentimiento de unión con respecto a los
pájaros que trinaban del otro lado de la ventana. A ello siguieron muchas otras
sensaciones, que, según me dijo después, prefirió guardar para sí, pues describirlas
hubiera significado una ruptura de sí mismo, una valoración sensata pero atípica de los
sentimientos en lugar de la productividad. En cierto momento, viendo que su abdomen
no participaba de sus movimientos respirato rios, le pedí que hiciera mayor uso de él,
en lo cual no tuvo ningún inconveniente. Al hacerlo comenzó a sentir que su respiración
era más liviana y que estaba dotado de un calmo vigor, a distinción del vigor .lleno de
impaciencia con el que estaba familiarizado. En verdad, él mismo pudo explicar la
diferencia entre ambos tipos de vigor, diciendo que se sentía como un automóvil al que
acabara de sometérselo a una afinación. Dejó entonces el tratamiento afirmando que
había recobrado un eslabón perdido de su vida. Sentía haber experimentado el tiempo
en lugar de haberlo desperdiciado.
Ilustraremos nuestro segundo objetivo terapéutico, la facilitación del proceso de
elaboración, mediante la historia de una mujer que ocupa desde hace poco un cargo
directivo en una fábrica de juguetes. Su secretaria, que había trabajado muchos años en
su departamento, era una mujer desorganizada y dominante; mi paciente advirtió que
ella era la causante de gran parte de los inconvenientes que tenía antes el departamento,
y le impuso ciertas obligaciones. Este fue un duro golpe para la secretaria, quien de
pronto pareció haberse transformado en una «niña abandonada». Mi paciente creía
ahora estar sentada frente a frente con otra parte de sí misma; ella y su hermano habían
nacido en un barrio pobre de Nueva York y habían sido, de hecho, niños abandonados;
pero como ella había alimentado siempre a su hermano, que era más pequeño,
solamente a este lo había considerado tal. A lo largo de su vida, esta mujer había
protegido a personas desamparadas y representado ella misma, alternativamente, el
papel de desamparada.
En nuestra conversación, se fue dando cuenta de que ya no quería ser una desamparada
y de que, en el enfrentamiento con su secretaria, había aceptado la posibilidad de
desembarazarse de la «niña desamparada» que había dentro de ella y convertirse así en
una mujer cabal. Mientras hablaba sobre este asunto le iba cambiando la mirada, que
era ahora una mezcla de absorción e introspección alerta que iba dejando paso al
desconcierto. Cuando le pregunté qué sentía, me respondió sorprendida que sentía como
si le estuvieran apretando los pulmones y las piernas. Se concentró en esas sensaciones,
y tras un breve silencio volvió a mostrarse sorprendida y a decir que ahora tenía esa
sensación en la vagina. Le pedí que prestara atención a tal sensación, y así lo hizo
Volvió a concentrarse y a poco su rostro se iluminó y afirmó que la sen sación se estaba
yendo. Luego pareció experimentar una súbita sorpresa y una sensación profunda sobre
la cual no dijo palabra, estallando en cambio en un paroxismo de gritos mientras
pronunciaba el nombie de su amado, con quien había mantenido por primera vez una
intensa relación de intercambio mutuo. Cuando alzó el rostro, exhibía una gran belleza
e integridad. Al continuar la conversación, advirtió la importancia del enfrentamiento
con su secretaria —a quien despidió posteriormente— y del redescubrimiento de sus
afectos con respecto a las personas desamparadas, pero supo que su avance más
profundo había provenido del descubrimiento de la sensación en la vagina. El despertar
subsiguiente de sus palpables sentimientos de feminidad dio carácter concreto —y por
ende, un principio de resolución— a problemas que de otro modo solo habrían sido
verbalizados.
Por último, la recuperación de las sensaciones cumple con un tercer propósito, que es
la recuperación de sucesos del pasado. Cuando desaparecen las barreras y una nueva
estimulación interna impulsa al individuo a completar los asuntos pendientes, este
completamiento se produce en forma natural. Gracias al psicoanálisis —que por lo
demás difiere de la terapia guestáltica en muchos aspectos conceptuales y técnicos—,
el retorno del pasado olvidado se ha convertido en una expectativa corriente en
psicoterapia. Si bien durante la terapia se habla mucho del pasado, estos recuerdos no
están, con frecuencia, acompañados de sensaciones profundas. La situación que
expondré a continuación ejemplifica de qué manera las sensaciones, y no las meras
palabras, pueden abrir el va.nino hacia un acontecimiento del pasado. . Una mujer
cuyo marido había muerto diez años atrás se había referido a la relación con él pero sin
adquirir nunca un sentido de la profundidad de su experiencia común. Durante una
sesión se produjeron una serie de tomas de conciencia, inclusive una sensación de
comezón en la lengua, de tensión en los hombros y espalda, y de ardor seguido de
humedad en torno de los ojos. Después de una prolongada serie de tales experiencias,
tomó profundo aliento y advirtió que estaba a punto de llorar. Creía tener los ojos
llenos de lágrimas y una sensación indescriptible en la garganta. Tras una larga pausa,
sintió una picazón en la que se concentró durante bastante rato. Cada nueva sensación
iba acompañada de un largo silencio y concentración interior, que duraban varios
minutos. El silencio, unido a la concentración focalizada, tiene por efecto realzar la
intensidad de las sensaciones. Pronto la picazón se le hizo extensiva a varios sitios del
cuerpo; pese a la dificultad que tenía la paciente para soportarla sin rascarse, lo logró.
En cierto modo la divertía esa sorprendente propagación de su picazón, pero también
empezó a sentirse triste y frustrada nuevamente, como si quisiera llorar. Aludió a una
irritante experiencia que había vivido la noche anterior en casa de sus padres, donde no
pudo demostrar su molestia. Luego, sintió una hinchazón en la garganta, y tras
concentrarse en ella por un rato, comenzó a sentir palpitaciones. El corazón empezó a
latirle con violencia, y esto le provocó gran ansiedad. Verbalizó las palpitaciones
pronunciando «pam, pam, pam» y al punto experimentó un fuerte dolor en la parte
superior de la espalda. Siguió a ello una larga pausa, en la que se concentró en su dolor
de espalda, después de lo cual dijo con considerable tensión: «Ahora recuerdo esa
horrible noche en que mi marido tuvo su primer ataque al corazón». Volvió a hacer una
pausa prolongada, durante la cual exhibió gran tensión y absorción, y posteriormente
dijo, en un susurro, que estaba haciendo consciente otra vez el dolor, la ansiedad y la
experiencia de esa noche en su conjunto. En este punto se abandonó a un profundo y
sentido llanto, que duró alrededor de un minuto. Cuando acabó de llorar, alzó la vista y
dijo: «Creo que todavía lo extraño». La vaguedad había desaparecido y pude
experimentar la realidad e integridad de su relación con el marido.
I. a clara transformación de la superficialidad en profundidad fue producida, en
apariencia, por el aumento gradual de la sensación merced a la concentración y la toma
de conciencia de sí misma, dejando que fueran sus propia.«: sensaciones, antes que sus
¡deas o explicaciones, las que condujeran el proceso.
En síntesis: el concepto de experiencia sináptica brinda un fundamento a la importancia
de la sensación para vivir bien, y acentúa el vahv de la oscilación rítm*r „ »re la toma
de conciencia y la expresión. Aunque el descubrimiento por parte del individuo de sus
propias sensaciones no es más que una parte de la metodología terapéutica total, cuando
asume relevancia puede promover en él una experiencia de realización, contribuir al
completamiento del proceso de elaboración y estimular la recuperación de
acontecimientos del pasado.

Referencias bibliográficas
Peris, F., Hefferline, R. y Goodman, P., Gestalt therapy, Nueva York: Dell, 1951.
Schachtel, E., Metamorphosis, Nueva York: Basic Books, 1959. (Afe- tamorfosis,
México: Fondo de Cultura Económica, 1962.)
Watts, A., «A psychedelic experience: fact or fantasy*, en D. Solomon, ed., LSD, the
consciousness expanding drug, Nueva York: Putnam,
1964. 6. La teoría paradójica del cambio
Arnold R. Beisser

Durante cerca de medio siglo —la mayor parte de su vida profesional—, Frederick Perls
vivió en conflicto con los sistemas psiquiátricos y psicológicos establecidos. Trabajó
sin-concesiones en su propia orientación, lo cual le llevó a librar frecuentes combates
contra los representantes de concepciones más convencionales. Sin embargo, en los
últimos años Perls y su terapia guestáltica han llegado a armonizar con una porción cada
vez mayor de la teoría vinculada con la salud mental y de la práctica profesional. El
cambio producido no obedece a que Perls haya modificado su posición (aunque su obra
sufrió algunas transformaciones) sino a que las tendencias y conceptos en este ámbito se
han aproximado a él y a su obra.
En el conflicto que mantuvo Perls con el orden vigente se halla la simiente de su teoría
del cambio. Aunque él no la delineó explícitamente, esta teoría forma el sustrato de gran
parte de su obra y está implícita en la práctica de las técnicas guestálticas. La llamaré
teoría paradójica del cambio, por motivos que resultarán evidentes. Brevemente enun
ciada, dice así: el cambio se produce cuando uno se convierte en lo que es, no cuando
trata de convertirse en lo que no es. El cambio no tiene lugar merced al intento coactivo
realizado por el individuo para cambiar o por otra persona para cambiarlo, pero sí tiene
lugar cuando aquel invierte tiempo y esfuerzo en ser lo que es —en entregarse
plenamente a su situación actual—. Al rechazar el papel de agentes del cambio,
posibilitamos un cambio significativo y metódico.
El terapeuta guestaltista rechaza su papel de «cambiador», pues su táctica consiste en
estimular, incluso insistentemente, al paciente para que sea lo que es y en el lugar en
que lo es. Cree que el cambio no tiene lugar por el «intento», la coacción o la
persuasión, ni tampoco merced al insight, la interpretación o algún otro medio
semejante; sostiene, por el contrario, que el cambio puede producirse cuando el sujeto
abandona, siquiera por el momento, la idea de lo que quisiera llegar a ser, e intenta ser
lo que es. La premisa es que uno debe pararse en un lugar con el fin de tener una buena
base para moverse, y que sin esa base es difícil o imposible todo movimiento.
La persona que acude a la terapia en busca de cambio está en conflicto con dos fuerzas
intrapsíquicas antagónicas, por lo menos. Se desplaza constantemente entre lo que él
«debería ser» y lo que supone que «es», sin identificarse cabalmente con ninguno de los
dos aspectos. El terapeuta guestaltista le solicita que se entregue plenamente a sus roles,
en forma sucesiva; le pide simplemente que sea lo que es en ese mismo momento.
El individuo va en busca del »erapeuta porque desea cambiar. Muchos terapeutas
aceptan este objetivo como legítimo y se lanzan por varios medios a la tentativa de
cambiarlo, estableciendo así lo que Perls denomina la dicotomía «del opresor y el
oprimido».
El terapeuta que procura ayudar al paciente se aparta de la situación igualitaria (aunque
su meta e¿> que el paciente llegue a ser su igual) y se convierte en el experto
conocedor, mientras su paciente queda transformado en la persona desvalida. El
terapeuta guestaltista supone que la dicotomía mencionada ya existe dentro del sujeto,
que una de las partes trata de cambiar a la otra y que él como terapeuta debe evitar verse
atrapado en uno de esos roles. Con el fin de eludir esta trampa, estimula al paciente para
que acepte ambos roles como propios, en forma sucesiva.
El terapeuta analítico, por el contrario, emplea elementos tales como los sueños, las
asociaciones libres, la transferencia y la interpretación para lograr un irtsight que, a su
vez, pueda originar un cambio. El terapeuta conductista recompensa o castiga una
conducta con vistas a modificarla. El guestaltista cree que debe alentarse al paciente a
hacer suyo todo lo que esté experimentando en ese momento, sea ello lo que fuere.
Piensa, con Proust, que «para curar un sufrimiento es preciso experimentarlo
plenamente».
El terapeuta guestaltista piensa por añadidura que el hombre es, en su estado natural, un
ser único y total, no fragmentado en dos o más partes opuestas. En su estado natural,
experimenta un cambio constante, fundado en la transacción dinámica entre el sí-mismo
y el ambiente. Kardiner ha observado que al desarrollar su teoría estructural de los
mecanismos de defensa, Freud transformó los procesos en estructuras (p. ej., el proceso
de rechazar en el rechazo). El terapeuta guestaltista concibe el cambio como una
posibilidad cuando ocurre lo contrario, vale decir, cuando las estructuras son
transformadas en procesos. En tal circunstancia el individuo está abierto a un
intercambio participante con su ambiente.
Si los sí-mismos al enados y fragmentarios de un individuo adoptan roles separados y
compartimentalizados, el terapeuta guestaltista fomenta la comunicación entre los roles;
puede solicitarles de hecho que hablen entre sí. Si el paciente plantea objeciones a esto
o exhibe un bloqueo, el terapeuta le pide simplemente que se entregue plenamente a la
objeción o al bloqueo. La experiencia demuestra que cuando el sujeto se identifica con
los fragmentos alienados, se produce la integración. De esa manera, siendo —
plenamente— lo que es, puede llegar a convertirse en alguien distinto.
El propio terapeuta no procura cambiar sino solamente ser lo que él es. Los esfuerzos
realizados por el paciente para que el terapeuta se ajuste a alguno de sus estereotipos
acerca de la gente —v. gr., para que sea una «persona que ayuda», o un «opresor»—
crea cor.flitios entre ambos. Se llega a término cuando cada uno de ellos puede ser él
mismo y mantener a la vez íntimo contacto con el otro. También en el terapeuta se
promueve un cambio mientras procura ser él mismo delante de otra persona. Este tipo de
interacción mutua genera la posibilidad de que un terapeuta alcance mayor eficacia
cuanto mayores sean sus cambios, pues al estar abierto al cambio probablemente ejerza
máxima influencia sobre el paciente.
¿Qué es lo que ha sucedido en los últimos cincuenta años para que esta teoría del
cambio, implícita en la obra de Perls, sea juzgada ahora aceptable y valiosa y haya
llegado a ser corriente? Las hipótesis de Perls no han cambiado, pero la sociedad sí. Por
primera vez en la historia, el hombre se encuentra en una situación tal que, en vez de
tener que adaptarse a un orden vigente, debe ser capaz de adaptarse a una serie de
órdenes cambiantes. Por primera vez en la historia de la humanidad, la duración de la
vida individual es mayor que el lapso necesario para que tengan lugar cambios sociales
y culturales fundamentales. Además, la rapidez con que se producen tales cambios es
cada vez mayor.
Las terapias que apuntan al pasado y a la historia del individuo lo hacen en el supuesto
de que una vez que este haya resuelto los problemas vinculados con un suceso
traumático personal (por lo general acontecido en la infancia o la niñez), estará
preparado para hacer frente al mundo durante todo el resto de su vida; pues se considera
que el mundo es un orden estable. En la actualidad, empero, el problema es discernir
cómo está ubicada una persona con respecto a una sociedad en transformación.
Enfrentada con un sistema pluralista, multifa- cético y cambiante, queda librada a sus
propios recursos para encontrar la estabilidad. Debe hacerlo mediante un método que le
permita moverse en forma dinámica y flexible con los tiempos, sin perder, a la vez, el
giroscopio central que la guíe. Ya no puede hacerlo apelando a ideologías, que devienen
caducas, sino que debe recurrir a una teoría del cambio, explícita o implícita. El
objetivo de la terapia no es tanto desarrollar un buen carácter fijo sino la capacidad de
moverse con los tiempos al par que se conserva cierta estabilidad individual.
Además del cambio social, que ha hecho que las necesidades contemporáneas
armonizaran con su teoría del cambio, la propia tenacidad de Perls y su renuencia a ser
lo que no era le permitieron estar en condiciones para sumarse a la sociedad cuando la
sociedad estuvo en condiciones Je acogerlo a él. Perls debió ser lo que era a pesar de la
oposición de la sociedad —o quizás incluso a causa de ella—. No obstante, a lo largo de
su vida llegó a integrarse con muchas de las fuerzas profesionales actuantes en «,u
campo, de la misma manera que el paciente puede integrarse con las partes alienadas de
sí mismo merced a una terapia eficaz.
En la actualidad, el ámbito de preocupaciones de la psiquiatría se ha extendido más allá
del individuo, a medida que se hizo evidente que el problema fundamental que nos
aguarda es el desarrollo de una sociedad que brinde su apoyo a la individualidad del
individuo. Tengo la convicción de que la teoría del cambio que aquí esbozamos es
aplicable también a los sistemas sociales, que dentro de estos últimos el cambio
ordenado se alcanza mediante la integración y el totalismo, y que la función principal
del agente de cambio social es trabajar dentro de una organización, de modo tal de estar
sujeto a un cambio congruente con el mudable equilibrio dinámico que existe dentro y
fuera de dicha organización. Ello exige que el sistema tome conciencia de lo-
fragmentos alienados internos y externos, a fin de incorporarlos a las actividades
funcionales básicas por medio de procesos análogos a la identificación en el individuo.
En primer lugar, se produce dentro del sistema ta c»mu icn* 1 4 <lc que existe un
fromento alienado; luego, se acepta

4
dicho fragmento como el producto legítimo de una necesidad funcional que es
movilizada en forma explícita y deliberada, y a la que se otorga la facultad de operar
como fuerza explícita. Esto, a su vez, promueve la comunicación con otros subsistemas
y facilita un desarrollo integrado y armonioso del sistema en su conjunto.
Dado que la aceleración que sufre el cambio lleva un ritmo exponencial, encontrar un
método ordenado para el cambio social es decisivo para la supervivencia de la
humanidad. La teoría del cambio aquí propuesta tiene sus raíces en la psicoterapia; fue
elaborada como resultado de relaciones terapéuticas diádicas. Sugerimos, empero, que
los mismos principios rigen para el cambio social, que el proceso de cambio individual
no es más que un microcosmos del proceso de cambio social. Los elementos discordes,
no integrados, antagónicos constituyen una amenaza fundamental pa a la sociedad así
como para el individuo. La com- partimentaíización de viejos y jóvenes, ricos y pobres,
negros y blancos, profesionales y empleados, etc., separados entre sí por barreras
generacionales, geográficas o sociales, representa un peligro para la supervivencia de la
humanidad. Debemos encontrar procedimientos para vincular a estos fragmentos
compartimentalizados entre sí, en calidad de niveles de un sistema de sistemas
integrado y participante.
La teoría paradójica del cambio aquí propuesta se funda en las estrategias
formuladas por Perls en su terapia guestáltica. A mi juicio, ellas son
aplicables a la organización y desarrollo comunitarios y a otros procesos de
cambio compatibles con el marco político democrático. Segunda
parte. Técnicas de la terapia guestáltica

En toda actividad terapéutica, las técnicas o procedimientos curativos ocupan un lugar


central. Ellos proceden de dos fuentes: en parte, de los fundamentos teóricos de una
«escuela» o enfoque específicos; en parte, de las interacciones en que participa el
terapeuta durante el tratamiento, donde prevalece la exigencia de «hacer que pase
algo». Periódicamente, como fruto de su aburrimiento, frustración, desesperación,
inspiración o creatividad, un terapeuta inventará nuevos procedimientos o enfoques. Si
resultan aplicables, los hará extensivos a otros pacientes y comenzará a elaborar una
tundamentación racional o teoría. En consecuencia, las técnicas alimentan a las teorías
y se alimentan de ellas. Si son transmisibles y les resultan útiles a otros terapeutas,
surge un enfoque específico. Tanto las técnicas que crea un terapeuta como las que
adopta de otros deben exhibir cierto grado de congruencia con su estructura de
personalidad para que pueda emplearlas de modo eficaz. El terapeuta que está en
condiciones de emplear con eficacia las técnicas guestálticas prefiere por lo general la
actividad a la pasividad, acepta el poder pero no necesita de él para su gratificación
personal, muestra firmeza y seguridad en sus actos, gusta de improvisar en lugar de
atenerse a un plan fijo, no tiene excesivo temor a las explosiones emocionales intensas
y puede apelar a sí mismo y a sus reacciones afectivas sin tener demasiado miedo de
quedar desprotegido. Las personas con gran monto de procesos cognitivos o «de
computadora», las que prefieren mantener una distancia afectiva, las que tienden a ser
conservadoras, las que prefieren reflejar o «seguir» las respuestas del paciente o las que
carecen de conciencia de su propia experiencia encuentran mayores dificultades con
tales técnicas.
El uso de las técnicas guestálticas permite gran flexibilidad. Quizá su mayor
contribución re c ida en que son empleadas en grupos que se reúnen diariamente, durante
un fin de semana o una vez por mes y en los cuales su variedad, fuerza e inmediatez
hacen que los miembros rápidamente se sientan partícipes, promoviendo un pronto
«conocimiento» de los demás y un vivido cambio en la personalidad. Poseen también
considerable valor para la terapia individual de largo plazo, y pueden ser utilizadas,
con las precauciones de rigor, con una amplia gama de personas y para una gran
variedad de problemas. (Por ejemplo, en los capítulos que siguen se describen
procedimientos terapéuticos con niños y adultos, con personas normales, neuróticas y
psicó- ticas, con pacientes individuales, grupos o familias.) Es posible emplearlas en
fructífera combinación con varios otros enfoques. Por último, permiten que el terapeuta
las aplique a sí mismo, y, si es necesario, a sus colegas. Sin embargo, es menester
abordarlas con cuidado y cabal respeto por su capacidad de ejercer poderosos efectos.
No pretendemos ni esperamos que el lector de estos artículos, aun cuando sea un
experto terapeuta, se convierta en un «guestaltista» sin antes haber experimentado
personalmente el método y haber recibido instrucción con respecto a él; tampoco es en
absoluto nuestra intención hacer de ellos un «recetario» para los novatos.
Tradicionalmente, el tema general de las técnicas ha estado asociado siempre con un
cierto número de problemas; analizaremos brevemente cinco de ellos, haciendo
referencia a los artículos en que se los examina con mayor detalle. En líneas generales,
el carácter directo e inmediato de la teoría y práctica de la terapia guestáltica ha
contribuido a la simplificación de muchas dicotomías que constituyeron persistentes
problemas para los psicoterapeutas.
Incongruencias entre la teoría y las técnicas. Comenzando por Freud, muchas teorías
acerca de la terapia parecen guardar un vínculo apenas remoto con la actividad concreta
del terapeuta. Por ejemplo, si para el psicoanálisis el núcleo de la inadaptación es de
índole instintiva y sexual, y los problemas son originados en parte por la naturaleza
básica del hombre y en parte por impulsos bloqueados y deformados por las
experiencias del pasado, de ello no se desprende en forma directa que la adaptación se
logrará como fruto de una comunicación verbal con un terapeuta relativamente
irresponsivo, en una situación muy restringida. De manera análoga, mientras Fromm
sostenía en sus obras más importantes que el origen de los problemas del hombre se
encuentra en la estructura económica y política de la sociedad, procuraba tratar esos
males mediante la terapia individual. En la terapia guestáltica, en cambio, la teoría de
que los problemas de la gente provienen de su falta de conciencia y de la forma en que
bloquean esta última lleva directamente al terapeuta a centrar su atención en esta esfera
y a sugerir ideas, tareas o ejercicios destinados, ora a promover la conciencia en
general, ora a ayudar a un individuo con respecto a sus evitaciones específicas.
Asimismo, los problemas o preocupaciones formulados por el paciente se traducen en
forma directa en la situación terapéutica, y son esencialmente demostrados en lugar de
ser simplemente descriptos.
Discrepancia entre las técnicas artificiales y la respuesta genuina. Esta cuestión se
aborda en varios de los capítulos que siguen, en especial en los de Fagan, Cohn y
Kempler. Dicho en pocas palabras, el terapeuta guestaltista sigue las mismas
instrucciones aue da al paciente, ateniéndose a su propia conciencia. Con gran asiduidad
y sin un esfuerzo deliberado de su parte, su conciencia se centrará en las palabras
pronunciadas por el paciente, sus movimientos, el tono de su voz, etc. A medida que
advierte discrepancias, las traducirá casi automáticamente en sugerencias y
experimentos destinados al paciente. Si este las rechaza o se resiste a ellas, o si el
terapeuta responde con aburrimiento, irritación o perplejidad, su atención se desplazará
de aquel a sí mismo, pasando entonces sus propias experiencias a ocupar el centro del
tablado de su conciencia. Debe entonces encontrar el modo de resolver tales
experiencias; sea mediante el apartamiento, la verbalización, etc., lo cual integra
habitualmente un mismo proceso con la ayuda brindada al paciente para que avance un
paso más en su toma de conciencia. Si el terapeuta sigue sintiéndose bloqueado, aplicará
consigo mismo pro- cedi'mientos semejantes a los que podría sugerir al paciente. Si
durante la terapia sale con fuerza a la superficie un recuerdo, broma, experiencia
personal o idea, es probable que el terapeuta decida compartirlos tal como se hace
corrientemente en tales casos. En síntesis: el terapeuta guestaltista piensa que sólo
puede ser lo que es en una situación determinada, y que los procedimientos que sugiere
al paciente son los mismos que él debe seguir. No experimenta casi dicotomía alguna, y
considera que el conflicto entre las técnicas y la autenticidad, que ha dado lugar a tantos
acalorados debates en otros enfoques terapéuticos, es prácticamente un problema del
pasado.
Insistencia en el material histórico por oposición a los acontecimientos presentes.
Como sostuvo Naranjo en la primera parte del volumen y vuelve a sostener Enright en
esta, el énfasis guestáltico en el ahora suele promover recuerdos significativos y
cargados de emociones. En tal caso, el pasado se vuelve presente mediante el empleo
del tiempo presente en la locución y la representación de las interacciones. En la
técnica guestáltica suele ser tabú permitir que se haga simple referencia verbal a los
sucesos del pasado.
Diferencia de status y distancia entre terapeuta y paciente. El terapeuta guestaltista es
un profesional especializado y como tal se considera, pero esto no implica que juzgue al
paciente inferior o diferente. Comprende que los roles de paciente y terapeuta son
virtualmente intercambiables, y, de hecho, en muchas ocasiones ha visto cómo él mismo
tuvo que luchar contra sus propios bloqueos y asuntos pendientes. Además, se muestra
más que dispuesto a limitar los roles de paciente y terapeuta a la situación terapéutica, y
una vez fuera de ella responder a los demás e interactuar con ellos sobre la base de su
condición personal y social —no obstante lo cual le es imprescindible evitar todo
contacto con la persona incapaz de dejar tras de sí la posición de paciente—. En los
grupos, el terapeuta establecerá a veces una distinción artificial, ya que por lo general
tiene en mente orientaciones o procedimientos particulares para trabajar con un
determinado paciente; si otro miembro del grupo insiste en «introducirse» para ofrecer
su ayuda, se le pedirá gentilmente que se retire o que analice sus propias proyecciones.
Discrepancia entre la situación terapéutica y la «vida real». Si bien la estructura y los
límites de la terapia establecen ciertas diferencias entre ella y otros aspectos de la vida,
la experiencia no es algo artificial ni remoto. Naranjo se ocupó ampliamente de este
problema en la primera parte.
Entre los artículos que siguen, «Las tareas del terapeuta», de Fagan, intenta especificar
las habilidades que debe poseer y características que debe reunir el terapeuta,
dividiéndolas en cinco categorías: pautamiento, control, potencia, humanidad y
compromiso. Fagan analiza las contribuciones de varios enfoques terapéuticos con
respecto a estas categorías y las dificultades que se les plantearon, como así también los
aportes de la terapia guestáltica.
En el capítulo titulado «Técnicas de la terapia guestáltica», Enright describe los
objetivos y estrategia, las tácticas y técnicas. Comienza por definir la atención y la toma
de conciencia y sugiere que una buena manera de conceptualizar la inadaptación
consiste en concebirla como una serie de bloqueos en el desarrollo de la toma de
conciencia. La terapia reside básicamente en reintegrar la atención y conciencia,
colocando el acento en ayudar al paciente a que desarrolle su propia aptitud para la
resolución de problemas, en lugar de dejar que el terapeuta trate de resolverlos por él.
La conciencia que tiene el terapeuta de los bloqueos e incongruencias del paciente
promueve técnicas destinadas, por diversos conductos, a que el sujeto dirija su atención
a tales obstáculos. Enright ofrece una serie de excelentes ejemplos y estrategias
metodológicas. El individuo bloquea la conciencia de cuatro formas principales: la
retroflexión, por la cual se opone a sus deseos, impulsos y modos de comportamiento y
los refrena, dejando así asuntos pendientes; la desensibilización de los mensajes
sensoriales y físicos; la introyección de los «debes» de los demás, y la proyección de
expectativas, críticas, etc. a otras personas. Por último, Enright examina desde el punto
de vista guestáltico los seis problemas siguientes: quién es el auténtico age"»e
terapéutico o generador de cambio; quién decide el momento en que debe concluir la
terapia; la gama de aplicabilidad de esta última; el trabajo con los sueños; el terapeuta
en su calidad de persona, y la utilización del pasado.
Laura Perls, centrándose específicamente en los procedimientos gues- tálticos, responde
diversos interrogantes vinculados con su manera de abordar algunos de los problemas
típicos presentados por los pacientes, inclusive los vinculados con la motivación, con el
contacto físico y con la participación personal del terapeuta. Cohn, en «Terapia de
grupo psicoanalítica, experiencial y guestáltica» recurre a un gran número de
experiencias de terapia de grupo para hacer un estudio comparativo de la teoría,
objetivos, procedimientos y técnicas de los tres enfoques. El auíor incluye sus propias
reacciones subjetivas y su observación de las respuestas suministradas por los
estudiantes en seminarios y demostraciones de terapia guestáltica.
En «Reglas y juegos de la terapia guestáltica», de Levitsky y Perls, se ofrece un
vademécum de sugerencias para incrementar la confrontación directa y la conciencia y
para ayudar al paciente a asumir responsabilidad. Estas «reglas» son de aplicación
general —aunque no dogmática— en las sesiones guestálticas, siendo recordadas al
paciente que se aparta de su letra o espíritu, a quien se corrige en consecuencia. Se
describen luego una serie de juegos guestálticos que persiguen diversos propósitos,
como infundir ánimo en un grupo, hacer que todos sus integrantes se sientan partícipes
o ayudar a individuos determinados.
Kempler examina, en «Psicoterapia experiencial con familias», la utilización de las
técnicas guestálticas por parte de un terapeuta que las integra con sus respuestas
afectivas personales de un modo directo e inmediato. Ofrece una fundamentación
racional de su enfoque y varios ejemplos de su interacción con familias.
En el capítulo titulado «Mary», Simkin pone de manifiesto, con gran habilidad y
sutileza, la manera de actuar frente a una mujer pasiva que se «encadena» a sí misma y
a los demás al pretender que estos asuman la responsabilidad por ella. Apoyándose cada
vez más en sí misma y con una conciencia más vivida de sus bloqueos, reexperimenta
un incidente del pasado que demuestra cuáles son sus maniobras internas e
inicrpcrvmalcs, iras Jo cual queda en condiciones de liberarse y conservar su fuerza. En
«Técnicas guestálticas aplicadas a una mujer con dificultades expresivas», Fagan
informa acerca de un conjunto de ejercicios y experimentos destinados a prestar ayuda a
una estudiante con grandes bloqueos en su expresión oral y escrita. Se incluye a
continuación el «Diario de una niña con pintura azul en la nariz», en el
3
ue la estudiante relata sus experiencias. Existen muchas descripciones e procedimiep»
”>éuticos realizadas por los mismos terapeutas, y un cierto númcio de informes directos
de los pacientes (escritos habitualmente después del proceso y no durante su
transcurso), pero hay muy pocos en los que se narre la misma experiencia desde ambas
perspectivas a medida que va sucediendo. «La exageración con un esquizofrénico», de
Cióse, ofrece el relato de un breve intercambio entre el autor y un psicòtico
hospitalizado, durante el cual exageró y ridiculizó la obsequiosidad y modestia que
mostraba el paciente mientras fantaseaba acciones destructivas y la afirmación de su
personalidad. Este intercambio fue del agrado del sujeto, quien a partir de entonces
exhibió cierto progreso en su conducta. Cióse fundamenta este procedimiento desde el
punto de vista de la teoría guestáltica y de la teoría del «doble vínculo» de Bateson.
En «Una niña con dolor de estómago», Cohn describe una combinación de los enfoques
guestáltico y psicoanalítico, y demuestra de qué modo las técnicas guestálticas pueden
aplicarse eficazmente a una criatura de corta edad. Plantea la posibilidad de
proporcionar ayuda terapéutica a los amigos, procedimiento que, a la luz de otros
enfoques, contiene muchos peligros, pero que con las técnicas guestálticas puede en
ocasiones ser utilizado, si se toman las precauciones debidas.
«Dos seminarios sobre los sueños», de Perls, presenta un resumen de las ideas del autor
acerca de la importancia de los sueños y su utilización, y una demostración práctica de
su enfoque con cuatro voluntarios. El primero de ellos, una mujer, al mismo tiempo que
juega con algunos de los objetos, personas y animales que aparecen en su sueño,
empieza a.enfrentarse drásticamente con su conflicto entre poder y pasividad, o entre
sus aspectos masculinos y femeninos, y a encaminarse hacia una resolución parcial de
aquel. El segundo sueño versa sobre el conflicto entre una pose artificiosa y estéril y
una creatividad sepultada en lo más profundo. El tercero replantea un importante
fragmento de un asunto pendiente: el individuo se debate intensamente en una lucha
entre ser independiente y ser protegido por su madre al precio del desvalimiento y la
carencia de autonomía. El rápido pasaje que se ma- nifiabta en sus respuestas
emocionales, desde el desvalimiento a la expresión de encono contra su madre y de esta
a la tristeza producida por el abandono de la antigua pauta, es sumamente típico. El
cuarto sueño ilustra vividamente el intento realizado por un paciente para impresionar a
los demás asumiendo riesgos, y la importancia que reviste para él ganar la aceptación y
simpatía de estos últimos al precio de sofocar su ira y su temor. Se lo alienta a que haga
frente a sus calamitosas expectativas de muerte, rechazo o ambas cosas, ilustrando el
procedimiento que consiste en utilizar a los miembros del grupo como pantallas de
proyección. Es interesante observar que, mientras que el primero y el segundo sueño
tenían diversos tipos de contenidos comunes y contenían conductas similares, al igual
que el tercero y el cuarto. *u elaboración les asignó un significado muy diferente para
cada individuo. Por último, Shepherd examina las «Limitaciones y providencias en el
enfoque guestáltico», mencionando las esferas en las cuales el terapeuta que emplea las
técnicas guestálticas debe estar advertido de las posibles dificultades o peligros que
pueden presentarse, y sugiriendo las formas de evitar consecuencias desagradables. 7.
Las tarcas del terapeuta
Joen Fagan

Todo profesional es, básicamente, un «resolvedor de problemas», cuya asistencia es


solicitada por ciertas personas para reducir sus dificultades
o conflictos y para incrementar las posibilidades de alcanzar resultados valorados por
ellos . Los terapeutas, específicamente, son reclamados por individuos insatisfechos
con su propia experiencia y comportamiento o con los de los demás —y en esto pueden
estar comprendidas experiencias internas de ansiedad, incomodidad, conflicto o
insatisfacción, y conductas externas inapropiadas o insuficientes para las tareas que se
tienen entre manos, o que originan dificultades con el resto de la gente—. Los
problemas planteados al terapeuta pueden ser fundamentales para la persona y exigir
amplios cambios, o bien periféricos y de pronta solución. Estos problemas son muy
variados, pero también lo son los terapeutas en lo que atañe a sus procedimientos y a
su eficacia con distinto tipo de personas y de casos. Tengo la convicción de que tanto
los terapeutas como las técnicas por ellos empleadas serán cada vez mas especializados
y eficaces, como consecuencia en parte de las investigaciones y en parte del creciente
deseo de experimentar con una variedad de nuevas técnicas. Sin embargo, las tareas
básicas del terapeuta seguirán siendo las mismas aun cuando tengan lugar muchos
cambios. Mi propósito es examinar en este capítulo las tareas o requisitos de la
actividad terapéutica, clasificándolos en cinco rubros: pau- tamiento, control, potencia,
humanidad y compromiso. Resumiré también la contribución de diversos enfoques o
«escuelas» con respecto a cada uno de estos rubros, deteniéndome particularmente en
la terapia guestáltica.

. Pautamiento
El terapeuta es, ante todo, un individuo que percibe y elabora pautas. Tan pronto se le
informa sobre algún síntoma o se le formula un pedido de cambio, tan pronto comienza
a escuchar y observar a un paciente y a responderle, se inicia un proceso a! que
denomino pauta- miento (patleming). El término diagnóstico es más corriente, pero
tiene la desventaja de evocar la analogía del modelo médico y de implicar que la
finalidad del proceso es arribar a una clasificación de la enfermedad. Mejor analogía
del proceso de pautamiento la ofrece la
creación artística, en la que intervienen a veces la capacidad cognitiva, otras la
perceptual o la intuitiva, en interacción con el material y las demandas del ambiente —
como ocurre en la creación de un «móvil*, en cuyo caso una variedad de piezas o
sistemas se interconectan en una unidad y equilibrio generales.
Cuando el terapeuta entra en contacto con el sujeto que solicita su ayuda, cuenta con un
cuerpo de teoría (de naturaleza en gran medida cognitiva), con su experiencia previa y
con una serie de reacciones personales y de tomas de conciencia que derivan de la
interacción establecida y que tienen abundantes elementos afectivos e intuitivos. A
partir de este cúmulo de aspectos —a los que cada terapeuta asignará una importancia
diversa— comienza a hacerse una ¡dea de la interacción de sucesos y sistemas que da
por resultado un cierto estilo de vida, que a su vez sirve de base a una pauta sintomática
determinada. Con la palabra sucesos aludo a las cosas que le sucedieron al paciente en
el pasado o que le suceden en el presente; con sistemas a todos los sucesos entrelazados
que interactúan sobre un plano específico de la existencia, como los sistemas biológicos,
los sistemas de la autopercepción, los sistemas familiares, etc. Se visualiza al paciente
como punto focal de muchos sistemas, inclusive el celular, histórico, económico, etc.
Cuanto mejor pueda aclarar el terapeuta la interacción total, o advertir los posibles
efectos de sistemas que no le competen en forma directa (como el neurològico), o intuir
los nexos intersisté- micos en los que existe mayor tensión, mayor será su eficacia en
lograr un cambio. Podrá actuar en un plano y un punto que permita prever el cambio
más positivo en los síntomas o conflictos con el mínimo esfuerzo, ocasionando a la vez
los menores trastornos a los restantes sistemas.
Quizás un ejemplo aclare lo anterior. Una madre nos trae a su hijo, cuyos problemas
estomacales lo obligan a faltar frecuentemente a la escuela. El terapeuta empieza a
acumular enseguida información de diversa especie. Averigua lo siguiente: el niño sufre
también dolores de estómago cuando tiene que salir de campamento o cuando tiene que
visitar a sus parientes; la madre tiene centradas sus actividades en el hogar; el padre
está descontento con su empleo y padece asimismo de enfermedades frecuentes; los
progenitores tienen relaciones sexuales muy esporádicamente; el niño es de inteligencia
corriente; su abuela tiene mucho interés en que se reciba de médico; los otros niños se
burlan de él acusándolo de «mariquita»; le ha tocado en suerte un maestro severo; el
sistema escolar al que pertenece cuenta con un nuevo superintendente que ha
introducido muchos cambios, etc. El terapeuta observa que el niño espera que su madre
conteste las preguntas por él, que su voz es débil cuando se decide a hablar, y así por el
estilo con respecto a una larga nómina de reacciones,- observaciones y experimentos
merced a los cuales llega a estimar la capacidad del niño y de su familia para responder
a una serie de sugerencias y presiones. En el transcurso de este proceso va tomando
forma un cuadro cada vez más claro. El niño, su estómago, su familia, su grupo de
pares, la escuela, el sistema escolar y la comunidad pasan a primer plano de modo más o
menos definido según los casos.
Comcn/am % 5 * r cij'ifiiar la rienda del problema, tal como la hemos

•4 comprendido, y procedemos luego a intervenir en uno o quizá más niveles, según cuáles sean
nuestras preferencias, nuestro estilo de acción y nuestros conocimientos del asunto. Por mucho
que nos equivoquemos al discernir las interacciones más importantes, es muy posible que, tarde o
temprano, nuestra intervención en cualquiera de los niveles produzca el cambio deseado, dado
que los sistemas están interco- nectados y un cambio suscitado en uno de ellos puede originar
cambios en varios otros. (Esto puede parafrasearse diciendo que «todo el mundo tiene su parte de
razón».) Podemos comenzar aplicando un enfoque médico y recetando antiespasmódicos,
antieméticos o tranquilizantes. Podemos tratar de promover cambios psicológicos
fundamentalmente internos aplicando terapia de juego, hipnosis, procedimientos racional-
emotivos o desensibilización. Podemos intentar crear situaciones ambientales de apre \dizaje
recomendando lecciones particulares o terapia de actividades grupales. Podemos observar de qué
manera refuerza la madre la conducta de evitación de su hijo y trabajar con ella para cambiar su
conducta. Podemos concertar entrevistas individuales con la madre para ayudarla a modificar su
percepción de lo que significa criar a un niño, para estimularla a interesarse por cosas ajenas al
hogar o para que asista a sesiones de sensibilización (sensitivity training). Podemos actuar sobre
el padre, examinando sus frecuentes malestares o ayudándolo a hallar más placer en su trabajo.
Podemos aconsejar terapia en pareja para que los progenitores revisen sus problemas sexuales y
alcancen una unión más satisfactoria. Podemos emplear terapia familiar con el fin de mejorar la
comunicación, aclarar las interacciones de Io¿ progenitores y el niño y encontrar la manera de
modificar la influencia de la abuela. También es factible provocar modificaciones ambientales,
como un cambio de maestro o de escuela. Podríamos trabajar con el maestro o el consejero
escolar, y, por último —con cierto presuntuoso optimismo—, podríamos concebir la idea de
abarcar el sistema escolar, la comunidad, o, eventualmente, el país entero.
Sea cual fuere el procedimiento elegido, nos veremos obligados a evaluar
los resultados guiándonos por tres criterios principales: la rapidez con
que desapareció el síntoma, la conducta positiva que lo ha reemplazado y
el monto de los trastornos originados en los sistemas conexos.
Analizaremos luego con más detalle estas esferas de evaluación.
Cada sistema terapéutico tiene su propia fundamentación racional y sus
propias ideas acerca de la personalidad y de los métodos. Las técnicas se
han creado para ser utilizadas allí donde, de acuerdo con la teoría, puede
m o d i fi c a r s e c o n m a y o r f a c i l i d a d u n a p a u t a . To d a s l a s t e o r í a s y t é c n i c a s
fracasan a veces, pues no hay dos pautas exactamente iguales y los
p u n t o s d e c o n fl i c t o p u e d e n v a r i a r m u c h o . S i n e m b a r g o , c u a n d o s e a p l i c a
seriamente una teoría siempre se logra con ella algún éxito, puesto que
los cambios producidos en un sistema pueden afectar a los restantes.
La contribución de la teoría guestáltica al pautamiento implica reducir el
énfasis en la teoría cognitiva y proporcionar amplia ayuda con la propia
toma de conciencia del terapeuta. En los capítulos 8 y 2 1 , Enright
describe en detalle este proceso, haciendo hincapié en las claves que
permiten descubrir sucesos básicos y estilos de vida mediante la
conciencia de los movimientos del individuo, su tono de voz, sus
expresiones, las palabras que emplea, etc.; sugiere además algunas
técnicas adecuadas para la indagación. Gran parte del pautamiento
guestál- tico se elabora en el mismo proceso terapéutico, no en el
registro de la historia de caso ni en entrevistas concertadas con el sujeto.
L o s s i g n i fi c a d o s r e s u l t a n t e s s o n , c o m o e n e l c a s o d e l a e l a b o r a c i ó n d e l o s
sueños, muy distintos de los que se obtienen con los enfoques más
tradicionales de la interpretación psicoanalítica, según los cuales ciertos
s i g n i fi c a d o s s o n p r e v i s t o s d e a n t e m a n o p o r l a t e o r í a o a p a r t i r d e l a
historia del paciente. Por supuesto, en el proceso de investigación de las
posturas, ademanes y sueños surgen hechos muy importantes del pasado;
pero al terapeuta guestaltista no le interesa reconstruir la historia del
sujeto, ni sopesar los efectos de diversas fuerzas ambientales, ni
centrarse en una conducta determinada, como el estilo de comunicación,
sino que su interés se dirige, en líneas generales, al punto de contacto
entre los diversos sistemas observables. Los puntos focales son las
interacciones entre la persona y su cuerpo, entre sus palabras y su tono
d e v o z , e n t r e s u p o s t u r a y s u i n t e r l o c u t o r, e n t r e e l l a y e l g r u p o a l q u e
pertenece. El terapeuta guestaltista no formula hipótesis ni establece
i n f e r e n c i a s s o b r e o t r o s s i s t e m a s q u e n o p u e d e o b s e r v a r, a u n q u e p u e d e
solicitar al paciente que represente la forma en que él percibe tales
sistemas (en un diálogo con su padre, por ejemplo). La mayoría de los
procedimientos guestálticos tienen como objetivo actuar sobre el punto
de intersección; la naturaleza del otro sistema se considera menos
importante que la manera en que el paciente lo percibe o en que
reacciona frente a él.
Dicho de otro modo: en lo que respecta al pautamiento, la terapia gues-
táltica coloca el acento en el propio proceso de interacción, tomando en
cuenta incluso los recursos que emplea el paciente para fomentar o poner
en peligro dicha interacción, o para bloquear la conciencia y el cambio.
Como estos recursos revisten importancia en la intersección de
cualesquiera sistemas, desde los biológicos hasta los sociales, el terapeuta
guestaltista se concibe a sí mismo como un instructor que capacita al
i n d i v i d u o p a r a u n a i n t e r a c c i ó n m á s e fi c a z e n t o d o s l o s a s p e c t o s d e s u v i d a .
Las ¡deas que está exponiendo en la actualidad Perls acerca de la
comunidad terapéutica representan una posible extensión del pensamiento
guestáltico a un sistema más amplio.

Control
Por claro y correcto que sea el pautamiento del terapeuta, si no está en condiciones de
asumir un control inmediato, nada conseguirá. Definimos el control como la capacidad
del terapeuta para persuadir u obligar al paciente a seguir los procedimientos fijados por
él, que pueden incluir una amplia gama de situaciones. No empleamos el término con
cinismo ni movidos por una actitud a lo Svengali, ni es nuestra intención pasar por alto
el valor de una preocupación y simpatía genuinas por el paciente; simplemente
queremos reflejar con él esta realidad: a menos que el paciente haga alguna de las cosas
que le sugieren los terapeutas, muy poco habrá de ocurrir, y si algo ocurre será
principalmente por azar.
Whitaker aclara muy bien esta idea: «La terapia debe empezar por una lucha ( . . . ) para
dirimir quién habrá de controlar su encuadre ( . . . ) Quiero que se comprenda que yo me
hago cargo de lo que suceda. He ahí la batalla que debo ganar por el manejo de la
cosa» [citado por Haley y Hoffman, 1968, págs. 266-67]. Varios otros terapeutas han
aludido ampliamente en sus escritos a la importancia del control [Haley, 1961<z, 1961
b, 1963; Rosen, 1953]. Haley y Erickson suelen emplear un doble vínculo paradójico,
una orden de tal modo formulada que es imposible desobedecerla, o bien, si se lo hace,
es forzoso admitir cosas en extremo perjudiciales o reveladoras. Esto no solo sirve para
mantener el control sino que contribuye también a una rápida reducción de los
síntomas. Rosen, Bach y otros emplean a menudo, como medio de control, la presión
grupaí: un sujeto puede eventualmente hacer frente al terapeuta o derrotarlo en un
enfrentamiento, pero si debe enfrentar a ocho o diez personas conscientes de sus
intenciones, sus posibilidades son escasas.
En parte, la importancia del control reside en que todo síntoma representa una forma
indirecta de procurar controlar a los demás o forzarlos a actuar de acuerdo con ciertas
pautas. El terapeuta debe contrarrestar el control que el paciente quiere ejercer sobre él
merced a su pauta sintomática, y establecer, asimismo, las condiciones necesarias para
su tarca.
Algunas de estas condiciones constituirán exigencias manifiestas sobie la conducta,
como la de no faltar a las citas, pagar los honorarios, traer a otros miembros de la
familia, etc.; otras serán más encubiertas o implícitas, como la buena disposición para
suministrar información, intentar hacer sugerencias o dejar correr la fantasía. Las
exigencias relativas a la conducta exterior varían de uno a otro terapeuta, pero es
esencial que las condiciones que él juzga más importantes sean cumplidas en medida
razonable. Es bien sabido que los pacientes que inician el tratamiento solicitando
favores o condiciones especiales, como sesiones en un horario distinto del habitual o
reducción de honorarios, ofrecen mayores dificultades para trabajar con ellos; y el
terapeuta suele compensar esa situación imponiendo controles más estrictos que los
usuales, como la exigencia de que se le pague en cada sesión o la utilización de un
asesor.
Dos de los aspectos fundamentales del control implícito pueden estudiarse en relación
con los conceptos de motivación y rapport. Suele suponerse que la motivación está
vinculada con la incomodidad o ansiedad que experimenta el paciente: cuanto mayor
sea esta, se piensa que mayor será también su colaboración. Sin embargo, la
disposición del sujeto a dejar el control en manos del terapeuta es un índice tan válido
como la zozobra que siente. Con ciertas personas que experimentan una gran zozobra
es difícil trabajar, porque atribuyen su malestar a otros a través de la culpa. Su
motivación para cambiar es alta, pero baja su disposición a perder control.Al rapport
suele presentárselo, en términos algo ideales, como el «buen sentimiento» y el
equivalente de una relación positiva entre paciente v terapeuta; cabe describirlo, con
más exactitud como la capacidad del terapeuta para persuadir al paciente, o como la
disposición del paciente a confiar en el terapeuta en lo que respecta al control de la
situación. Si bien la simpatía que pueda sentirse hacia el terapeuta puede llegar a ser
necesaria en algún momento del proceso de curación, y constituye un elemento valioso
incluso en los comienzos, probablemente sea mas importante en las primeras etapas
que el paciente confíe en que el terapeuta sabe lo que está haciendo. ... i
Las técnicas empleadas por el terapeuta para adquirir o mantener el control son con
frecuencia (aunque no necesariamente) distintas de las que utiliza para producir un
cambio en la personalidad o en la conducta. ( Por supuesto, todas las técnicas dependen
en buena medida de la modalidad de cada uno.) Es preciso que advierta, porga de
manifiesto y contrarreste los esfuerzos que hace el paciente por asumir el control
mediante sus procedimientos usuales, algunos de los cuales estarán representados por
sus síntomas, otros en forma inás anomala. Debe ingeniárselas para evitar que el
psicòtico lo eluda, lo amedrente o lo aburra; que el psicópata lo engañe o le resulte
demasiado entretenido; que las formulaciones del neurótico despierten su
conmiseración o lo lleven a coincidir con él. Debe ser capaz de seguir siendo él mismo
aun cuando se vea suficientemente envuelto en el estilo de vida del paciente como para
experimentar sus problemas y dificultades.
Los individuos que concurren a la terapia forzados por algún agente externo —una
orden judicial, una amenaza de divorcio, la imposición de sus padres— plantean un
problema particular. Tal como se da la situación, el control está en manos del agente
externo, y el terapeuta corre el peligro de quedarle subordinado, aceptando
ostensiblemente que él y el paciente harán cuanto esté en sus manos para complacer a
esta persona de afuera. No obstante, el terapeuta puede recurrir a tres maniobras, por lo
menos, para recuperar el control: involucrar al agente de referencia, indicando de ese
modo que tanto el como el paciente necesitan ayuda; desautorizar el ajuste de cuentas
externo («No me interesa que te hayan echado de la escuela»); o proceder a
identificarse inicialmente con los objetivos del paciente por oposición a los del agente,
como, por ejemplo, en la propuesta de Schwartz [1967] y Greenwa [1967] para
convertir a sus pacientes en mejores psicópatas.
El acatamiento externo ante la amenaza de castigo tiene su paralelo interno: el
seudoacatamiento y «mejoría» que los psicoanalistas denominan «insight intelectual» o
«cura de transferencia», y los psicoanalistas transaccionales «jugar al invernadero» o a
la «psiquiatría» o a «Oiga usted es un terapeuta maravilloso» [Berne, 1964]. Perls
denominó «tender la trampa al oso» a la treta del paciente que, una vez conocidas en
parte las expectativas del terapeuta, micia movimientos de cooperación, hasta que en
cierto momento decisivo se niega a aceptar las sugerencias que se le hacen y de esa
manera deja al terapeuta fuera de combate. Con frecuencia, el «cazador de osos» tiene
una cuantiosa patología subyacente y ha invertido grandes energías en demostrar que
no puede ser ayudado o modificado, y que aquellos tue lo intentan carecen del poder para
obligarlo. En tal situación, la recuperación del control se vuelve difícil, ya que el
paciente ha puesto bien en claro que los esfuerzos del terapeuta por asumir el control
no hacen sino indicar la admisión de su fracaso. Una manera de recuperar el control
sería renunciar a él y admitir el fracaso.
Es previsible que se presenten también problemas de control con los pacientes que, de
acuerdo con sus síntomas manifiestos, son psicóticos q psicóticos potenciales, suicidas,
o que exhiben las variedades más graves de acting out. Se trata de personas que, en el
pasado, han utilizado con éxito la amenaza «Si no haces lo que quiero, entonces ... (me
mataré, enloqueceré, te haré la vida imposible, etc.)». Son fuertes amenazas, que
implican miedo y dudas sobre sí mismo, y que pueden llegar a sobornar al terapeuta
haciéndolo actuar en una forma tal que pone en peligro sus propósitos y su posición. El
suicidio u homicidio son las amenazas últimas, y pueden obligar al terapeuta a asumir
más control del que desea —lo cual significa, desde luego, admitir que el control lo
tiene el paciente—. Una de las maneras más eficaces de neutralizar esas amenazas es
partir de un claro contrato inicial. Szasz [1965a] informa a sus enfermos que si llegan a
solicitar internación en un hospital tendrán que arreglarla con alguna otra persona;
Goulding [1967] exige a los sujetos que son suicidas potenciales que le firmen un
contrato en el que declaran sin reservas que no harán ningún intento de suicidio
mientras se atiendan con él.
Otro tipo de control que sólo ahora comienza a ser estudiado en forma sistemática es el
que ofrecen las instituciones totales, como las prisiones u hospitales neuropsiquiátricos.
Durante muchos años pretendimos negar que todo control externo que no representara la
pérdida absoluta de libertad y la pura conformidad con los procedimientos
institucionales pudiera tener importancia o resultar conveniente. El éxito de los métodos
para la modificación de la conducta, que subordinan muchos de los atractivos más
simples de la vida a ciertas conductas de los pacientes, está obligando a reevaluar la
posición de que el control externo es inapropiado para quienes no están dispuestos a
utilizar el control interno o no están en condiciones de hacerlo. El vasto y
dolorosamente sincero estudio llevado a cabo por Rogers y sus colaboradores [1967], en
el cual hombres competentes y aplicados trataron de modificar la conducta de
esquizofrénicos crónicos haciendo caso omiso del control externo y procurando
contribuir a la recuperación del control interno mediante terapia no directiva, fue casi
totalmente nulo en sus resultados.
Cada vez resulta más evidente que, en lo que concierne al pautamiento y al control, casi
ninguno de los sistemas y procedimientos habituales tiene validez con los
esquizofrénicos crónicos, y que la manera más eficaz de aproximarse a ellos consiste en
establecer controles muy específicos vinculados con el ambiente inmediato. También se
están acumulando datos que sugieren que la mejor forma de abordar los episodios
esquizofrénicos agudos es el tratamiento de toda la familia (Langs- ley y otros, 1968).
La inferencia fundamental del control del ambiente, tal como está representado por los
métodos para la modificación de la conducta, es que su necesidad está dada por el grado
en que el sujeto se muestra incapaz de asumir control interno o se niega a asumirlo. En
la medida en que el control interno es posible, el control externo es ineficaz y constituye
una ofensa para la persona o una violación
de las libertades cívicas. .
El control reviste mayor importancia al comienzo de la terapia. A medida que aumenta
el control cooperativo de paciente y terapeuta, gracias a la mayor posibilidad que tienen
ambos de comunicarse en el lenguaje del otro y al aumento de la confianza, disminuye
la necesidad de control. Sin embargo, en momentos en que se estén produciendo
cambios decisivos reaparecerá la lucha por él, por lo general con mayor intensidad que
antes, y el,terapeuta debe estar preparado para librar periódicamente esta batalla.
Ni siquiera en los comienzos es posible mantener un control completo, y cada cierto
tiempo es necesario renunciar aparentemente a él, primero como una forma paradójica
de mantener el control y, en segundo lugar, como una manera de alentar al paciente a
que asuma por sí mismo su responsabilidad y crecimiento. (Un excelente ejemplo de
ello lo ofrece el capítulo titulado «Mary», de Simkin, en esta misma obra.) Pero el
abandono del control debe considerarse como una técnica ocasional y no como un
sistema completo; esto último ocurría en los primeros tiempos de la terapia no
directiva, y sucede en las situaciones grupales en que el líder se niega a asumir su rol
(véase, por ejemplo, Bion, 1961). El resultado inevitable es que el grupo, con el objeto
de llenar el vacío, entabla una lucha por el liderazgo acompañada de considerables
expresiones de encono. Puesto que se trata de un efecto del sistema, el líder no puede
atribuirse la obtención de ningún resultado en particular y la experiencia tiene
discutible valor para los participantes. Si bien, cuando se produce un corte en la
corriente eléctrica, uno puede arreglárselas con vela y algún farol, a la compañía que
suministra la electricidad no se le paga para que provoque esta demostración de
autosuficiencia. 1 1 1 *
La contribución de la terapia guestáltica a los problemas del control incluyen cierto
número de respuestas y procedimientos. En un principio, el terapeuta fomenta la
autonomía del paciente y reduce al mínimo los enfrentamientos diciéndole que si tiene
poderosas objeciones para aceptar las sugerencias que se le hacen puede (cuenta con el
permiso del terapeuta para ello) negarse a aceptarlas, y su negativa será considerada
con respeto; pero se le advierte que debe aclarar cuáles son los motivos de su negativa.
A menudo, cuando se ofrecen estos motivos, puede analizárselos para determinar su
validez («¿Qué tiene de terrible sentirse confundido?»), y el paciente resolverá
continuar con el tratamiento.
Los terapeutas guestaltistas exigen a los pacientes que les formulen con claridad qué es
lo que desean obtener. Partiendo de este tema central se logra colocar el acento en los
deseos formulados por el paciente, en lugar de hacerlo en las expectativas del terapeuta.
Los procedimientos que se atienen al presente y dejan bien en claro que el terapeuta
tiene aguda conciencia de todo lo que está pasando permiten, asimismo, que disminuya
la resistencia. (Cuando un paciente comienza a enfrentarse con la oposición originada
en sus conflictos y el malestar que los rodea, exhibe, sin duda, resistencia, pero esta es
de un orden muy distinto a la resistencia al control.) Con frecuencia se le pregunta al
sujeto si e\tá dispuesto a poner en práctica un experimento: la aceptación éntraña un
moderado compromiso a continuar el tratamiento, mientras que si se ofrecen razones
valederas para la negativa a cooperar, esta será considerada con el respeto que merece.
Al paciente que queda paralizado, no logra éxito en su tentativa o tiene la mente en
blanco puede solicitársele verbalizar su negativa en forma más concreta, o asumir
responsabilidad por ella diciendo «Estoy haciendo que mi mente quede en blanco».
Otro r> r '¡miento consiste en acompañar la resistencia («Dígame que lo que "usted está
pensando no es cosa mía») y luego hacer que el terapeuta imaginario responda a su vez.
También es posible examinar el valor que tiene la resistencia («¿Cuáles son los motivos
de su negativa a cooperar en este instante? ¿Consigue con su negativa a cooperar algo
valioso para usted?»).

Potencia
Para justificar sus servicios, el terapeuta debe poder ayudar al paciente a avanzar en la
dirección que este desea, vale decir, a acelerar y provocar el cambio en una dirección
positiva. El terapeuta se aleja rápidamente del momento en que habrá de producirse ese
cambio cuando, por carecer de conocimientos específicos, confía en que habrá «algo»
en la relación que hará que «algo» suceda; por el contrario, se acerca a ese momento
cuando está en condiciones de determinar los procedimientos que habrán de promover
un cambio veloz, en una forma que el paciente pueda experimentar directamente y los
demás observar con claridad. Para cada paciente, muchos de los cambios producidos
son un resultado directo o colateral de las relaciones terapéuticas, según las
describimos en la sección siguiente, al referirnos a la «humanidad». (La relación
terapéutica es una técnica pero a la vez trasciende todas las técnicas.) Sin embargo, en
varias circunstancias el terapeuta tiene necesidad de técnicas, procedimientos,
experimentos, tretas, instrucciones y sugerencias que puedan superar la inercia y
promover el movimiento. El individuo que solicita una asistencia específica tiene
derecho a esperar que le sea brindada.
Las técnicas constituyen uno de los aspectos más difundidos de la psicoterapia; todo el
mundo sabe que los freudianos interpretan y analizan sueños, y que otros practican la
hipnosis, analizan transacciones, ofrecen sugerencias, etc. Ahora podemos, cada vez
con mas rapidez y precisión, eliminar síntomas y modificar conductas como las fobias,
las desviaciones sexuales, las inhibiciones, etc., que pocos años atrás exigían, según se
suponía, un prolongado tratamiento. El poder creciente del terapeuta ha vuelto a poner
sobre el tapete dos temas de antigua data: el problema de la autenticidad del terapeuta
por oposición a las técnicas, y el de la sustitución de síntomas.
Los existencialistas y los neorrogerianos [Rogers, 1951; Bugental, 1965; Carkhuff y
Berenson, 1967] abogan con fuerza en sus escritos en favor de la condición humana y
la necesidad de relaciones genuinas entre los hombres, pero suelen ignorar o
desacreditar las técnicas, juzgán- uolas artificiales, con la implicación de que allí donde
estén ellas no puede haber autenticidad. Observé en cierta oportunidad a uno de los
terapeutas existenciales más respetados del país conducir un grupo ante centenares de
espectadores, mientras la experiencia se registraba en video tape como ejemplo de su
manera de trabajar. El grupo, compuesto por estudiantes que se habían ofrecido
voluntariamente para la prue- oa, manifestó durante cuarenta minutos la molestia que le
producía el ser observado por el auditorio y el hecho de que se esperara algo de ellos.
Cada tanto, el terapeuta compartía con el grupo su propia ansiedad, embarazo y temor
de que nada ocurriera. Cuando, hacia el final de la hora, uno de los integrantes del
grupo se decidió finalmente a plantear un «problema» —su carencia momentánea de
dinero—, el grupo respondió con gran alivio y grandes dosis de preocupación y
simpatía hacia él. No obstante, si el terapeuta hubiese apelado a ciertas técnicas, ni é!
ni el grupo se habrían quedado «varados».
Si se hubieran aplicado técnicas guestálticas apropiadas para tal situación, los miembros
del grupo habrían representado por turno el papel del auditorio crítico y del niño tonto e
indefenso, externalizado sus proyecciones, adoptado el papel de críticos del auditorio,
«actuado» su piupio malestar, etc. Estos procedimientos habrían promovido su
desarrollo al reducir las demandas internalizadas de las expectativas de los otros y les
habrían permitido recuperar, con vistas a modificarlo, el derecho a la desaprobación al
que habían renunciado; al mismo tiempo, el auditorio sería reducido al «fondo» y ellos
podrían centrarse en las necesidades que emergieran como «figura». Difícilmente pueda
llamarse humano el compartir el sufrimiento de otra persona cuando los motivos de es?
sufrimiento no son auténticos, o permitirle continuar con su malestar cuando hay modo
de amenguarlo.
Un segundo terapeuta se dedicó especialmente, en ese programa, a la modificación de la
conducta en grupo. Sus técnicas exigían que los integrantes del grupo se vieran
envueltos en interacciones tan patentemente falsas y artificiales, que a nadie sorprendió
descubrir que el grupo había sido minuciosamente aleccionado la noche anterior. Sin
embargo, no hay por qué pensar que el sufrimiento común o las técnicas artificiales son
las únicas alternativas posibles; se trata más bien de dos extremos indeseables, entre los
cuales se encuentran muchas combinaciones de los valores de potencia y humanidad.
El problema de la sustitución de síntomas reapareció con el advenimiento del método de
modificación de la conducta, para cuyos partidarios reviste aparentemente mucha
importancia la defensa de sus procedimientos y de su potencia frente al cuestionamiento
de la posibilidad de que otra conducta no deseada actúe como sustituta, y frente a las
dudas en cuanto a la permanencia de los cambios en la conducta. [Véase Calhoon,
1968.] En parte, el problema concierne a la rapidez del cambio —el grado de
permanencia de un cambio rápido o su reemplazo por síntomas equivalentes—. La
velocidad a la que puede modificarse la conducta con un grado razonable de
permanencia depende de que esta sea central o periférica en relación con la estructura
de la personalidad, y de la medida en que se entrecruce con otros sistemas que puedan
volver a ejercer presión para mantenerla vigente. En otras palabras, la combinación de
velocidad y potencia del cambio conductal depende de la cantidad y fuerza de los
pilares que sostienen un fragmento dado de conducta. Tales puntales pueden ser los
refuerzos provenientes de lo# 1 demás, las expectativas calamitosas por parte de los
pacientes, la ignorancia, los supuestos no verificados, etc. Algunos de ellos son
fácilmente elimiñables, sobre todo si originan malestar y si no afectan mas que en
mínimo grado a los restantes sistemas. El problema de la sustitución de síntomas debe
tomar en cuenta los tres aspectos siguientes: si el síntoma es reemplazado por otro en el
mismo nivel, qué objetivos positivos se han alcanzado y el grado en que se han
trastrocado otros sistemas. Volvamos a nuestro ejemplo anterior sobre el niño con
dolores de estómago y supongamos que se lo somete a un tratamiento clínico tan
potente que cesan los dolores; sin embargo, desarrolla luega una acrofobia tan eficaz
como aquellos para mantenerlo en casa. El médico, preocupado sólo por el sistema
físico, asegura que no hay sustitución de síntomas, vale decir, no hay nuevos problemas
médicos y, en consecuencia, el caso está resuelto; pero el terapeuta, para quien el
principal problema del niño es su rechazo a ir a la escuela, define la fobia como un
síntoma sustitutivo y procede a aplicar un método de modificación de la conducta.
Como consecuencia de ello, el n.ño comienza a asistir a la escuela pero pasa el tiempo
gritando y no realiza sus tareas. Otra consecuencia puede ser que la madre del niño, al
descubrir que puede controlar en forma directa a los hombres que se resisten
pasivamente, agobia tanto a su marido que terminan por divorciarse. Si bien es cierto
que Freí id curó, al parecer, la fobia del pequeño Hans, los padres de este úhimo se
divorciaron [Strean, 1967]. Otros terapeutas considerarán que el problema es que el
niño logre éxito en sus estudios o que la familia encuentre mutua satisfacción, juzgando
entonces que los intentos mencionados son prueba de una terapia inadecuada,
incompleta o ineficaz. Podemos continuar subiendo por la escala de los sistemas y
formular otras posibilidades hipotéticas: ¿Qué ocurre si, a causa del progreso de toda la
familia, esta entra en conflicto con un sistema escolar autoritario? ¿Qué si el padre
decide renunciar a su empleo y provoca así la quiebra de la compañía en la que
trabajaba?
No hay frente a este embrollo respuestas claras ni definitivas, pero puedo dar algunas
sugerencias:

1. No es suficiente aclarar cuáles son los síntomas que deben eliminarse; también hay
que describir cuál es el funcionamiento positivo deseado.
2. Es preciso especificar cuáles son los sistemas interconectados más importantes y
tratar de reducir al mínimo su desorganización.
3. Si la desorganización de los sistemas es inevitable, el terapeuta debe aclarar por qué
valores opta.
Los tres puntos anteriores necesitan ser ampliados, mencionando los supuestos
subyacentes. Uno de ellos es que, con pocas excepciones, los síntomas representan una
fuerza positiva, no solo negativa. En su mayoría, ya se trate de síntomas clínicos,
individuales o sociales, y aun cuando sean dolorosos, molestos e impliquen mucho
tiempo perdido, señalan que hay intersecciones que es menester reparar si no se quiere
que se produzcan mayores perjuicios. Al tratar de modificar un síntoma debemos echar
siempre una mirada al sistema global para ver si aquel está justificado. (Puede ocurrir
que el sistema escolar se convierta en alao tan pernicioso que obligar al niño a asistir a
la escuela contribuya a crear problemas mucho más serios que los provocados por sus
ausencias.) Los síntomas pueden tener, además, un valor positivo, como el de hacer que
un matrimonio permanezca unido.
Con nuestra poderosa tecnología occidental, modificamos y rehacemos grandes sectores
de nuestro ambiente físico sin evaluar los valores que desestimamos y sin tomar
providencia alguna para reemplazarlos. Como consecuencia de ello, nos enfrentamos
constantemente con los problemas de la erosión, las inundaciones, la contaminación del
aire, el descenso de las aguas freáticas, etc. De manera análoga, en terapia estamos
creando una tecnología que nos permite cambiar la personalidad a una velocidad tal que
luego no sabemos cómo hacer para otorgarle solidez o dónde ubicar los fragmentos que
se han dejado atrás. Si tratamos de determinar cuáles son los aspectos sanos de una
pauta sintomática podremos saber con más claridad qué es lo que debe quedar tal como
está. También es importante —aunque en la actualidad resulte algo utóoi- C q
especificar cuál ha de ser la conducta sustitutiva de las dificultades sintomáticas. ¿Qué
valor puede tener la eliminación de una fobia a las víboras, de qué modo puede
contribuir esto a la vida, en un sentido positivo? O bien, si modificamos una conducta
abiertamente homosexual, ¿será la asexualidad lo más apropiado para el sujeto, o la
capacidad para tener relaciones sexuales con mujeres elegidas al azar? ¿No será más
bien nuestro objetivo la creación de vínculos heterosexuales sostenidos y
satisfactorios? La mayor parte de los terapeutas prefieren evitar la fijación de metas
positivas, ya que ello les exige formular claras opciones de valor y, por otro lado, los
resultados obtenidos pueden quedar afligentemente lejos de esas metas. C erto es que
casi todos los pacientes piden que se hagan desaparecer sus síntomas y no que se aclare
qué conducta habrá de reemplazarlos, como también que -sus metas suelen cambiar
durante el tratamiento, a medida que van disponiendo de mayores posibilidades; pero el
terapeuta que no toma en cuenta la cuestión de las metas en toda su amplitud se
convierte en un mero técnico, o en un cultor servil de los valores de la cultura y de sus
sistemas
institucionales. • _ .
Por último, en el caso ideal, si hemos trabajado a conciencia no habremos producido un
marcado trastorno en ningún otro sistema. Este es un problema espinoso; aquí solo
podemos mencionar algunos de los parámetros que en él intervienen. El crecimiento y
el cambio producen, desde luego, trastornos en los sistemas. El niño, al crecer,
abandonará su hogar; un cierto ordenamiento administrativo institucional resultará
inadecuado como consecuencia de cambios en otros sistemas, originando un
procedimiento y organización diferentes y más amplios, y tal vez algún otro tipo de
incomodidades. Debemos decidir, pues, si el trastorno originado en un sistema es
inevitable o si es destructivo, o sea que provoca'daños cuya solución exige el empleo
de mucha energía, la cual podría utilizarse con más provecho en promover aún más el
crecimiento. Se trata de ura cuestión salomónica; sin embargo, el terapeuta, pese a sus
limitadísimos recursos, debe tener conciencia al menos de su papel de trastrocador de
sistemas. La negación de este efecto («Todo lo que hago es modificar la conducta
concreta de una persona*) puede inntulrrjrsr una j¡tuoJ miopía

4
Tómese, por ejemplo, el caso de un terapeuta cuyos pacientes son en su mayor parte
amas de casa insatisfechas. Al trabajar con ellas, las estimula para que se vuelvan más
exigentes y hagan valer sus derechos en la medida justa. No obstante, el resultado es
que se producen frecuentes problemas conyugales y divorcios, ya que los maridos
rechazan sus exigencias o las toman como excusa para entregarse a amoríos con otras
mujeres, etc. En buena medida, eso podría haberse evitado si el terapeuta hubiese
accedido a reunir en la terapia a cada mujer con su marido (o bien si hubiese
modificado su gran necesidad de «liberarlas»). Si el objetivo es hacer que una persona
sea menos dependiente, se plantea de inmediato el interrogante: ¿menos dependiente
con respecto a quién? Las reacciones de ese «quién» crearán presumiblemente
tensiones en el sistema familiar. Si el terapeuta es consciente de tales tensiones, podrá
tomar las i rovidencias para preverlas y abordarlas.
En ciertas circunstancias, los trastornos son inevitables. Si llegamos a «sacarle la
locura» a un joven esquizofrénico que está en los últimos años de su adolescencia y
cuya familia se niega a ser modificada, es probable que uno de los progenitores, o
ambos, exhiban síntomas psicóti- cos. (A veces, el grado de trastorno producido en los
sistemas interre- lacionados, o de la presión que ejercen para obligar a retornar a
estados previos, es un índice del cambio experimentado.) En ocasiones, lo conveniente
será abandonar el sistema —el alumno la escuela, el empleado su puesto—. El
terapeuta ya no puede darse el lujo de eludir la cuestión determinando que no se tome
decisión alguna durante la terapia (la vida avanza demasiado rápido para que ello sea
posible), ni puede ignorar tampoco que los cambios producidos por la terapia crean
inevitablemente situaciones en las que hay que decidir. El terapeuta deberá apelar a una
buena dosis de la humanidad que posee para ayudar al paciente a decidir, en una
situación dada, si debe luchar, escapar o llegar a una solución de compromiso. En
general, prefiero mantener los sistemas tal como están en lugar de trastrocarlos, pero
ello implica un grado de sabiduría y poder del que no siempre se dispone.
Cuando el abandono de un sistema se vuelve ineludible, el terapeuta puede ayudar al
paciente a reducir el monto de sus asuntos pendientes haciendo que enfrente en la
sesión, mediante fantasías verbalizadas en forma directa, a la persona o personas
destinatarias de su resentimiento y estima, sus rencores y despedidas. ... .
Por último, el terapeuta puede pronosticar con mucha anticipación al paciente que
habrá de producirse un trastorno en el sistema, permitiéndole así prever las
consecuencias y tener mayores posibilidades de elección cuando llegue el momento. Si
bien la elección de los objetivos finales corre por cuenta del paciente, el terapeuta tiene
la responsabilidad de adelantarle la mayor cantidad posible de opciones y
recordárselas. Lamentablemente, hay muchas condiciones que reducen el número de
opciones disponibles, y para un paciente determinado, si no se cuenta con muchos
recursos y los sistemas son rígidos, es casi inevitable que los objetivos sean bastante
limitados. El terapeuta debe aceptar estos hechos pero sin perder de vista ulteriores
posibilidades.
Una de las contribuciones fundamentales de la terapia guestáltica reside en el poder de
sus técnicas, que permiten alcanzar con gran rapidez niveles emocionales muy
profundos. En otros capítulos de esta parte se describen tales técnicas, de modo que no
las incluiremos aquí. No obstante, conviene advertir que la disponibilidad de técnicas
poderosas tienta a abusar de ellas; el terapeuta debe tener presente que tiene otras
tareas importantes que cumplir.

Humanidad
Gran número de terapeutas han destacado la importancia de su contribución como
personas al proceso terapéutico y de la autenticidad y profundidad de la relación
terapéutica. Tal como aquí empleamos el término, la «humanidad» del terapeuta supone
que se vea involucrado en la situación terapéutica, incluyendo en esto: el interés y
cuidado por el paciente en un plano personal y afectivo; la disposición a compartir con
él sus propias reacciones emocionales directas o de transmitirle sus propias experiencias
cuando sea pertinente; su aptitud para advertir los tanteos del paciente en busca de una
mayor autenticidad, y brindarles apoyo y reconocimiento; por último, su continua
apertura a un mayor crecimiento, que ha de servirle al paciente de modelo.
Algunas de las necesidades de los sujetos son periféricas y el terapeuta puede atenderlas
adecuadamente con una intervención rápida que lo involucre en mínima medida; pero la
mayoría de las personas —si no todas— fueron criadas en el seno de familias que, aun
cuando hacían lo mejor que podían, no les enseñaron todo lo que se necesita saber en lo
que atañe a ser «humano». Si los problemas de un sujeto proceden de una crianza
impropia, la enseñanza de una conducta más adecuada implica básicamente un proceso
de re-crianza. Esto exige que el terapeuta que asume el rol parental posea una buena
dosis de humanidad, ya que será tomado ampliamente como modelo y se verá obligado a
adoptar muchas decisiones vinculadas con valores. Ello no excluye contactos
terapéuticos más breves. Entre los terapeutas que asumen una responsabilidad de largo
plazo por los pacientes, se tiende a sugerir o a poner en práctica, en ciertas etapas,
experiencias adicionales del tipo de la sensibilización (sensitivity training), la terapia
creativa (art therapy), la reintegración estructural o las maratones. Asimismo, quienes
practican el método de modificación de la conducta consideran cada vez más que su
tarea no puede darse por terminada hasta que el síntoma eliminado haya sido sustituido
por una conducta más apropiada.
En la crianza de los niños, tal vez lo fundamental sean las sutiles enseñanzas, actitudes
y mensajes no verbales. Cuando el padre enseña a su hijo a arreglar los esquíes o la
madre va de compras con su hija, transmiten de qué manera perciben al niño —si lo
consideran torpe o brillante, simpático o molesto, agradable o desagradable— y ponen
de manifiesto algunas de sus actitudes, como su interés por la criatura, su tolerancia y el
g )ZO que ella les produce. Las máquinas de enseñar o sus equivalentes pueden ser más
eficaces para impartir conocimientos fác- ticos y datos informativos aislados, pero ellas
no pueden enseñar a ser curiosos o tolerantes, ni tampoco el valor que tiene «perder» el
tiempo. Inevitablemente, los pacientes sitúan a los terapeutas en una posición parental,
vale decir, ven en ellos a personas que tienen el secreto de la
vida y los ponen a prueba de mil maneras para comprobar si servirán como modelos.
Suelo decir a mis pacientes: «Básicamente, lo que aquí hacemos es ver si yo, tal como
soy ahora, podría haber crecido en su familia, tal como usted me la presenta en su
persona, y seguir siendo una persona sana». En diversas formas y pasando velozmente
de una a otra, el paciente me envuelve en sus problemas para ver si soy capaz de
responder de una manera más apropiada que la utilizada por sus padres, y me expone los
problemas que sufren estos últimos para ver si soy capaz de resolverlos mejor que él.
Para aquellos pacientes que viven la terapia como una experiencia cada vez más intensa
y fundamental, las crisis de su vida externa se vuelven poco a poco relativamente menos
importantes y pasa a ocupar el primer plano la reactualización de las crisis del
crecimiento. Retroceden en el tiempo y presentan sus problemas irresueltos en un orden
cronológico aproximadamente inverso. Con suma frecuencia, la decisión final de
aceptarme como progenitor es fruto de una crisis, que suele suceder a un error cometido
por mí en el momento en que el paciente comienza a batallar con sus problemas
nucleares. (En Fagan [1968] se hallará un ejemplo, bien que algo limitado.) La crisis es
imprevisible, en el sentido de que jamás puedo prever en qué momento habrá de
manifestarse; visto en retrospectiva, se torna evidente que el sujeto crea una situación
destinada a ponerme a prueba en algo en lo cual sus padres fracasaron totalmente. ^La
crisis sirve, a todas luces, para medir mi comprensión del pautamiento del paciente, mi
capacidad de control, mi potencia, pero sobre todo mi humanidad, dado que la respuesta
a ella es inevitable y por lo general debe ser inmediata y auténtica, y apelar a recursos
que se hallan en un nivel mucho más hondo que las técnicas. No siempre salgo bien de
la prueba. Cuando no lo hago, el paciente torna a intentarlo a veces más adelante, otras
veces renuncia a ello y se fija objetivos más accesibles, o se vuelve hacia otras fuentes
de ayuda. Cuando la atravieso con éxito, lo se enseguida, pues el paciente se convierte
en mi niño en una forma que no deja lugar a dudas, y nuestros sentimientos mutuos
implican una especie de adoración [p. ej., véase Searles, 1965, cap. 21]. Volvemos
entonces a recorrer los mojones principales del desarrollo producido durante la niñez y
adolescencia, hasta que el paciente haya tenido un segundo crecimiento tan satisfactorio
como lo permiten m * s recursos de progenitor. (Whitaker y Malone [1953] se refieren a
este proceso como fase nuclear de la terapia, mientras que Carkhuff y Bereson [1967]
hablan de las etapas descendentes y ascendentes de aquella.) Hay, por cierto, muchos
terapeutas que no quieren o no pueden involucrar a sus pacientes en tan amplia medida,
como hay también muchos individuos que solicitan una ayuda mucho mas limitada. Sin
embargo, tanto los pacientes como los terapeutas siguen sintiendo que ese profundo
«segundo crecimiento» personal es el proceso crucial de la terapia. En un plano de
menor intensidad e involucración, pero también importante, se hallan aquellas crisis de
la vida ante las cuales el terapeuta debe responder más con su humanidad que con sus
conocimientos o sus técnicas. Se incluyen entre ellas una enfermedad grave, la muerte
de un hijo, la imposibilidad de alcanzar una meta valiosa, la experiencia de un fuerte
rechazo. Antes o después de abordar los aspectos me- jorables, es imprescindible
ocuparse de aquellos otros con los cuales todo lo que puede hacerse es ayudar a
sufrirlos. El terapeuta debe indagar en su propia interioridad en qué momento su mera
presencia puede constituir su contribución más importante al proceso de cura, y en qué
momento su mera reacción de ser humano frente a otro ser humano es más valiosa que
todo afán terapéutico.
Los acontecimientos de los últimos años —las luchas por los derechos civiles, las
rebeliones estudiantiles, los movimientos universitarios experimentales, las
comunidades hippies y la rápida proliferación de las experiencias grupales y de
sensibilización— nos están diciendo que la gente está hambrienta de nuevas
experiencias y de nuevas formas de vincularse entre sí, de otros procedimientos
educativos y gubernativos; pero también han contribuido al desarrollo de individuos
cuyos experimentos están promoviendo nuevos planos y patrones de autenticidad. Si los
terapeutas quedan muy a la zaga en su propio crecimiento, perderán el contacto con una
proporción creciente de la población. Convertirse en una persona integra y genuina es
quizá lo más difícil y penoso del proceso por el cual alguien se transforma en terapeuta,
pero para muchos es también el aspecto más valedero e importante. Muchos terapeutas
que creen que la autenticidad es su tarea primordial sienten temores ante aquellos que,
deteniéndose antes de tiempo en la lucha por su propio crecimiento, ponen cada vez más
énfasis en el control y la potencia, mientras hacen caso omiso de cuestiones de valor
vinculadas con la capacidad de generar un cambio en la personalidad. A medida que el
control de la conducta es más factible, se vuelve cada vez más acuciante la pregunta:
«¿Quién controla a los que controlan?. Muchas cosas degradantes e inhumanas se han
hecho con la gente —y se seguirán haciendo, sin duda— en nombre de la salud mental
[Szasz, 1965/»]. Quienes se sienten seguros del bien que producen son más peligrosos
que quienes están dispuesto a admitir y combatir sus limitaciones personales, a
compartir sus dudas con los demás y a expresar sus valores.
Las contribuciones de la terapia guestáltica a la humanidad de los terapeutas se ponen
de manifiesto, principalmente, en los laboratorios de perfeccionamiento,* que ofrecen a
aquellos la posibilidad de experimentar en forma directa sus propias inautenticidades y
evitaciones. El énfasis en experimentar antes que en computar, y el estímulo brindado a
la conciencia del aquí y ahora, al goce, el excitamiento, la participación afectiva
profunda y la interacción directa parecen particularmente aptos para los terapeutas,
muchos de los cuales tienden hacia modalidades obsesivas y depresivas. La experiencia
y observación de las diversas formas que permiten distinguir la autenticidad de sus
múltiples imitaciones constituye un valioso aporte.
La teoría guestáltica recuerda a los terapeutas, tan directamente como a los pacientes,
todos los valores y placeres vitales que han dejado de lado por sus vicisitudes
ocupacionales o su excesivo hincapié en el trabajo, la responsabilidad, el estudio y los
logros. Por último, las técnicas guestálticas aplicadas a la labor con los pacien es les
proporcionan a estos la oportunidad de gozar de una experiencia inmediata, profunda y
auténtica consigo mismos, experiencia que al par que les permite averiguar mejor sus
posibilidades favorece un «conocimiento» rápido y directo por parte del terapeuta.

Compromiso
El proceso terapéutico exige un cierto número de compromisos, mayores y menores. El
terapeuta contrae un compromiso con su profesión, con la exigencia concomitante de
un desarrollo continuo de su comprensión y capacidad. También contrae un
compromiso con cada uno de los pacientes con los que trabaja. Por último, contrae un
compromiso con la disciplina en su conjunto, a la que deberá contribuir con sus
investigaciones, trabajos, escritos, actividad docente, etcétera.
El compromiso —o involucración continua y aceptación de las responsabilidades
asumidas— requiere altas dosis de interés y energía. El primero puede mantenerse de
diversos modos. Muchos problemas implican grandes componentes cognitivos,
inclusive la comprensión de los pacientes y la elaboración de pautas. Está la tarea, más
vasta, de hacer nuevos aportes a la teoría o de elaborarla, o bien la gratificación de más
largo plazo implícita en un programa de investigaciones. También está la profunda
satisfacción de ver cómo crecen los pacientes, el reto y estímulo que plantea la creación
de nuevas técnicas y procedimientos, el incremento continuo de las propias
posibilidades o el perfeccionamiento de la propia personalidad. No obstante, ningún
terapeuta puede eludir el hastío, la depresión y las dudas vinculadas con el proceso
terapéutico y con los métodos por él utilizados, ya sea por períodos breves o
prolongados. Si las técnicas que emplea son mecánicas y aburridoras y sólo lo
involucran de manera pasiva o superficial, o si la interacción necesaria promueve
demasiada ansiedad, el terapeuta se verá inclinado a ocuparse de cuestiones más
indirectas, como la investigación, o —desdichadamente— la docencia.
La terapia guestáltica coloca el mayor acento en el compromiso contraído por el
terapeuta consigo mismo en cuanto atañe a su involucración y entusiasmo en las tareas
cotidianas. Proporciona o sugiere, asimismo, métodos para que el terapeuta pueda
indagar mejor su aburrimiento y sus dudas. En este aspecto, intensifica el interés de
terapeutas y pacientes y les suministra procedimientos para «desvararse» cuando se
enfrentan con los inevitables impases.
Para concluir: la importancia relativa de las cinco tareas descriptas en este capítulo
variará en respuesta a diversos factores: el contexto circundante a la terapia, ciertos
requisitos y limitaciones específicas, el tipo de problema que se presente y la secuencia
temporal o estadio de la terapia. En ocasiones, el terapeuta entrará en conflictos con
respecto a dos de las tareas mencionadas (p. ej., el control y la humanidad). A medida
que el énfasis se traslada de una a otra tarea, la imagen del terapeuta en cierta medida
se modifica, en una forma que recuerda exagerando las cosas— los estereotipos
populares que lo conciben como un clarividente que todo lo sabe, un sujeto dotado de
poderes hipno- ticos con los cuales puede controlar a las personas contra su voluntad,
un mago que sabe muchas triquiñuelas, un Papá o Mamá amante y el fiel y paciente
consejero de la familia.
En síntesis: muchos son los requisitos que debe cumplir un terapeuta que se propone
ayudar a los demás. Los hemos examinado bajo cinco rubros: pautamiento, control,
potencia, humanidad y compromiso. La respuesta del terapeuta a estos requisitos lo
implica como persona total, incluidos su saber intelectual y aptitudes cognitivas, su
eficacia interpersonal, su conciencia afectiva y sensibilidad personal, sus valores e
intereses, y su experiencia vital. Uno de los desafíos constantes y uno de los aspectos
fascinantes de la terapia es, sin duda, la variedad de exigencias que le plantea al
terapeuta y el hecho de que requiera y provoque la apelación de este a todos sus
recursos.

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Whitaker, C. A. y Malone, T. P., The roots of psychotherapy, Nueva York: Blakiston,
1953. 8. Introducción a las técnicas gucstálticas
John B. Enright

La terapia guestáltica fue creada por Frederick Perls a partir de tres fuentes e
influencias netamente diferenciadas: el psicoanálisis, en particular con las
modificaciones introducidas por Wilhelm Reich en sus primeros tiempos, la
fenomenología existencial europea, y la psicología de la guestalt. En su libro Gestalt
therapy, Perls presenta la teoría de la estructura y desarrollo de la personalidad a partir
de la cual puede derivarse la terapia, y una serie de experimentos relativos a la toma
de conciencia de sí mismo para uso directo del lector. No obstante, por su amplitud,
variedad y posibilidades, las técnicas desarrolladas por Perls y sus colaboradores
merecen una descripción más amplia, dentro de un marco general de objetivos y
procedimientos y a la vez en térmi nos de tipos concretos de intervención. En este
artículo me centraré fundamentalmente en las metas y la estrategia de la terapia,
haciendo sólo mención breve y ocasional de las tácticas y técnicas concretas.
/Según el punto de vista guestáltico, el organismo-en-su-ambiente que se encuentra sano
presta constante atención a cuestiones de importancia para su preservación o
supervivencia. Estas cuestiones son transacciones entre el organismo y su ambiente
que mantienen o restauran el equilibrio o el buen funcionamiento^« Prestar atención»
no alude aquí a un estado consciente sino a la focal ización conductal de ciertas partes
del organismo hacia partes relevantes del ambiente, con tono muscular, rastreo
sensorial, etc. En su mayoría, esta conducta dirigida tiene lugar en el cambiante límite
entre organismo y ambiente, donde se toma contacto con los elementos nuevos y
extraños del ambiente y se los incorpora al organismo (p. ej., se ingiere y asimila
alimento o se escuchan y comprenden palabras).
En los seres humanos, la toma de conciencia (awareness) se produce cuando la
novedad y la complejidad de la transacción alcanzan su punto culminante, y cuando
son mayores las posibilidades futuras (para bien o para mal). La toma de conciencia
parece facilitar la máxima eficiencia al concentrar todas las capacidades del organismo
en las situaciones más complejas y cargadas de posibilidades.
Según esta descripción harto s mplificada, la toma de conciencia (awareness) es un
estado de conciencia (consciousness) que se desarrolla en forma espontánea cuando se
enfoca la atención organísmica en cierta región particular del limite de contacto entre
el organismo y el ambiente, región en la que se está produciendo una transacción
especialmente importante y compleja. Si se acepta esta concepción, se vuelve posible
formular una definición del desequilibrio psicológico que es edificante por su
simpleza: algo anda mal cuando no se produce toma de conciencia en esa región de
interacción compleja. De ello se desprende una teoría de la terapia igualmente simple,
como primera aproximación a la enunciación del objetivo de la terapia guestáltica: la
terapia consiste en una nueva integración de la atención y la conciencia.
La misión del terapeuta es ayudar al paciente a superar los obstáculos (ya hablaremos
de ellos más adelante) que bloquean la toma de conciencia y dejar que la naturaleza
siga su curso (vale decir, que se produzca esa toma de conciencia) de modo tal que el
individuo pueda actuar haciendo pleno uso de sus capacidades. Obsérvese que, según
este punto de vista, el terapeuta no presta ayuda directa en la transacción —no ayuda a
resolver el problema— sino que contribuye a restablecer las condiciones bajo las
cuales el paciente puede hacer mejor uso de su propia capacidad para la resolución de
problemas.
De esta formulación simple se deduce mucho de lo que el terapeuta guestaltista hace
en la práctica. Vigila las divisiones que se producen entre la atención y la conciencia,
las cuales le sirven como prueba de que la atención focalizada del organismo se
desarrolla fuera de la conciencia. El paciente puede estar hablando sobre cierto asunto
pero, a la vez, registrando muchas más cosas con sus sentidos y realizando una
actividad motora mucho mayor en todo momento. Su conciencia estará concentrada por
lo general en el contenido verbal, pero al mismo tiempo sus ojos estarán fijos en algún
punto del espacio, sus manos se moverán sin concierto, girará la cabeza a uno y otro
lado, sonreirá ... a veces en forma concordante con el contenido verbal, a veces no.
También su voz cambiará de carácter en armonía o no con los cambios del contenido
verbal. Además del contenido «intencional» de sus palabras, tenemos la trama rica y
sutil de imágenes y de metáforas, la elección de la voz, modo y tiempo verbales, los
cambios de pronombres, etc. Esto actúa como «fondo» lingüístico, modificando y
enriqueciendo el significado léxico de sus palabras. Todo ello guarda relación con las
dificultades que tiene el paciente para vivir de una manera organísmicamente
satisfactoria. El sujeto nos muestra en todo momento y con todo detalle de qué manera
evita tomar cabal contacto con su actualidad, de qué manera evita tomar conciencia de
cuestiones presentes que revisten importancia organísmica para él.
Cuando el paciente se comunica bien en el plano verbal y las otras actividades que
desarrolla son mínimas o coherentes con aquella, escucho. En tales momentos, presumo
que su conciencia está integrada con su atención organísmica y, por ende, que en nada
de lo que hace, yo, como terapeuta, puedo ayudarlo; sus problemas son suyos, y por el
momento los aborda en forma eficaz. En una familia o grupo, los miembros mantienen
buen contacto mutuo en tales circunstancias, se comunican y tratan eficazmente sus
problemas interpersonales. Mi función comienza cuando esas otras actividades
«inconscientes» pasan a primer plano en la guestalt total y compiten con el contenido
verbal. Entonces estimulo al paciente o pacientes para que dediquen cierta atención a
tales otras actividades, pidiéndoles que describan qué es lo que están haciendo, viendo,
sintiendo. No hago interpretación alguna: simplemente atraigo la conciencia hacia tales
fenómenos, y dejo que el individuo haga con ellos lo que le plazca. Muy a menudo, si
mi intervención ha sido oportuna y he percibido con justeza la significación creciente
de esos fenómenos, el sujeto podrá comprenderlos bien y ganar conciencia acerca de lo
que hace. Aquí pueden ser útiles unos breves ejemplos clínicos.Una mujer que toma
sesiones individuales está pasando revista, con voz quejosa, a algunas de las formas en
que fue recientemente maltratada por su suegra. Me impresiona en su relato la falta de
conciencia acerca del grado en que ella misma promovió esa conducta, así como la
manera en que la paciente subestima su capacidad para acabar con ella, pero no digo
nada. Atrae mi atención un rápido movimiento repetitivo de su mano contra el brazo
opuesto, movimiento que me resulta sin embargo incomprensible.
T: ¿Qué está usted haciendo con su mano?

P (levemente asustada): Oh, hago una cruz.


T: ¿Una cruz?
P: Sí (pausa).
T: ¿Qué haría con una cruz? .. , .
P: Bueno, este fin de semana me crucifiqué yo misma, ¿no J
Retoma su relato, pero ahora más consciente de su actitud de mártir y la forma en que
esta contribuye a los acontecimientos.
Un matrimonio que se atiende en pareja vuelve una y otra vez sobre los mismos
problemas, sin resultado alguno. La mujer tiene la vista clavada en un punto situado a
mis espaldas.
T: ¿Qué está usted mirando?

E (esposa): El grabador de cintamagnética.


T: ¿Puede describir lo que ve?
£: Sí. Da vueltas y vueltas y vueltas.
T: ¿Vueltas y vueltas?
E: Sí. '
T: ¿Alguna otra cosa da vueltas y vueltas?
E y Ai (marido) (simultánea e impacientemente): Nosotros, sin
duda.
Vuelven a su discusión anterior, pero dotados de una conciencia más cabal de su estéril
circularidad, y comienzan a dar pasos más productivos para salir de ella.
Un estudiante universitario avanzado, muy dado a las intelectualizacio- nes, declara
desganadamente en su grupo terapéutico, sin dirigirse a nadie en particular: «Tengo
dificultades para relacionarme con la gente». En el silencio que sigue, echa una rápida
mirada a la atractiva enfermera que actúa como coterapeuta del grupo. El terapeuta le

pregunta de inmediato: «¿Con cuál de las personas aquí presentes tiene dificultades
para relacionarse?». El estudiante consigue nombrar a la enfermera, y durante cinco
fructíferos minutos examina la mezcla de frustración, atracción y rabia que sufre con
respecto a esta mujer deseable pero inaccesible.
Una mujer paranoide, en la primera sesión de terapia de grupo que se lleva a cabo en su
sala, comienza a contar con voz desprovista de viva- ií.Ij.I \ « uní.'»n i|> e "i nurido
t r a t ó de envenenarla. Continúa enumerando sus delirantes quejas, pero menciona
también un fuerte dolor en la parte posterior del cuello. Cuando se le pide que lo
describa, dice que es como si le hubieran hecho una toma de yudo y señala a! propio
tiempo que su marido practica yudo. Ahora puede agregar que siente como si su marido
la hubiera golpeado realmente, y, tras una pregunta, comienza a relatar los daños
simbólicos que le ha infligido su marido. Muy pronto confiesa al grupo, con rabia y
llanto, que su marido la trata con indiferencia y flirtea con otra mujer. Por el momento,
ha abandonado la solución paranoide para sus problemas.

Un hombre reprimido y superinhibido golpea con uno de sus dedos sobre la mesa
mientras una integrante del grupo continúa hablando durante un tiempo. Preguntado
acerca de si tiene algún comentario que hacer con respecto a lo ínie ella está diciendo,
niega que eso le interese pero continúa con el golpeteo. Se le pide entonces que
intensifique sus golpes, que los haga más fuertes y sonoros hasta que sienta más
plenamente lo que hace. Muy pronto crece su ira y, al cabo de un minuto, está
golpeando con todas sus fuerzas sobre la mesa y expresando con vehemencia su
desacuerdo con la mujer, al par que declara que «es exactamente igual a mi mujer».
Además de haber adquirido esta perspectiva, pudo tener un atisbo experiencial del
excesivo control que ejerce sobre sus sentimientos de autoafirmación, y de las
posibilidades de expresarlos en forma más inmediata, y por ende menos violenta.

Las intervenciones terapéuticas mencionadas tienen varias características importantes,


destinadas a ayudar a la integración de la atención y la conciencia del paciente, a) La
intervención se apoya en una conducta real actual; está implícito cierto interés actual
del organismo, aun cuando ni el paciente ni el terapeuta tengan idea alguna sobre él en
el momento de la intervención de este último; por otra parte, dicho interés puede
resultar a la postre totalmente desvinculado del material verbal que se expresa
simultáneamente con él. b) En el caso habitual —e ideal—, la intervención no implica
una interpretación. Pregunto al paciente qué está pasando o qué está haciendo; de su
respuesta depende el rumbo que sigamos a partir de allí. Si establece alguna conexión
con el material verbal o alcanza alguna comprensión sobre lo que hace, lo hace por sí
mismo y en su propio lenguaje. Si niega toda conexión o no experimenta nada en su
conducta, es cosa de él; por lo general, dejo que el asunto pase: mi intervención no ha
sido oportuna o el paciente no estaba preparado aún. Si presiono para obtener una
respuesta o formulo mi interpretación, todo lo que conseguiré es que movilice más
defensas contra mí. Si la conducta es importante, volverá a repetirse, c) Una tercera
característica de este tipo de intervenciones es que tienden de continuo a ampliar e
intensificar el sentido de responsabilidad del paciente por su propia conducta. Aquí
entiendo «responsabilidad», no en la acepción amplia de «responsabilidad social», sino
más bien como el sentimiento de que «Yo soy consciente, aquí y ahora, de actuar de
este modo». (Creo, empero, que la verdadera responsabilidad, en su acepción amplia,
arraiga en este sentimiento de ser el auténtico agente.) De manera que en todo el
transcurso de la terapia, sea cual fuere su contenido, el paciente aprende a arreglárselas
por sí mismo, a hacer frente a la indecisión y a tomar decisiones, en escala pequeña
pero cada vez mayor. Las preguntas que se formulan en estas intervenciones atañen
casi ex- elusivamente a! «qué* y al «cómo*, rara vez al «para qué» o al «por qué». La
mayor parte de la gente, durante la mayor parte del tiempo, no sabe a ciencia cierta qué
es lo que está haciendo; lograr que el paciente alcance una conciencia vivida y actual
de su conducta y su circunstancia en todo momento representa una notable
contribución terapéutica. En cierto sentido, el logro de esa conciencia cabal es todo lo
que se necesita de la terapia; cuando una persona siente plena y vividamente lo que
hace, su interés por el porqué suele diluirse. Si sigue interesada en él, está preparada
para descubrirlo por sí misma.
En armonía con esta inclinación de la terapia guestáltica por el «qué» y el «cómo»,
consideraré ahora con más detalle de qué manera se mantienen fuera de la conciencia
ciertas esferas de actividad del sí-mismo, y algunas consecuencias de este bloqueo.
Examinaré cuatro formas: la retroflexión, la desensibilización, la introyección y la
proyección. En todo momento puede verse cómo estas cuatro formas actúan en el aquí y
ahora para bloquear la conciencia de la conducta actual, o como residuos repetitivos de
tentativas anteriores de evitar la toma de concien- ciencia. Si hiciéramos un examen
muy somero de esas formas tal vez transmitiríamos la falsa impresión de que con ellas
no se hace sino reformular conceptos ya existentes, y hay sin duda en este caso gran
superposición con otros conceptos conexos del psicoanálisis y la psiquiatría general. La
diferencia de énfasis es con frecuencia muy sutil y exige para ser aclarada un examen
bastante detallado.
Proyección. El sujeto atribuye a otros los atributos que rechaza de sí mismo,
volviéndose hipersensible o crítico ante la menor manifestación de tales atributos. La
terapia guestáltica hace quizá más hincapié que la psiquiatría en las formas menos
patológicas de proyección, en las cuales el individuo no deforma seriamente la realidad
pero muestra su exagerada preocupación en su selectividad perceptual de ciertos
fenómenos dentro de la gama total que lo rodea.
Retroflexión. Un impulso o idea tiene sus raíces en la tensión sensorio- motriz del
organismo, moldeada en parte por las pulsiones internas y centrada en sucesos u objetos
del ambiente. Con el término retroflexión se alude al proceso general de negar, contener
o equilibrar la tensión impulsiva por medio de una tensión sensoriomotriz adicional y de
signo contrario. El concepto incluye casi todo lo que suele denominarse represión e
inhibición, y pone el acento en el cómo de los procesos en cuestión. Puesto que el
resultado final de esta tensión muscular contrabalanceada es nulo —no hay un
movimiento manifiesto—, no tiene lugar en el límite de contacto ningún aumento de
actividad, y no se alcanza a tomar conciencia. Tal vez más adelante esta se produzca por
vía del dolor o malestar, ya que en los puntos de oposición muscular la actividad ha
aumentado. Este proceso de retroflexión puede ser tran sitorio o crónico. La
manifestación de pesar comienza con ojos humedecidos y una expresión facial
característica; la «rigidez del labio superior» y la literal contención (apretamiento) de
las lágrimas constituyen la retroflexión. Esta puede durar apenas un momento, antes de
estallar en llanto, o toda la vida (como describe Tomkins tan vividamente [ 1963 ] ) .
En el desarrollo de este concepto resulta bien clara la deuda contraída por Perls con
Wilhelm Reich: la «coraza del carácter» de este último es la retroflexión crónica.
Importa advertir que el organismo invierte , energía en mantener la tensión tanto del
impulso como de la resistencia, y ambos están en general enajenados del sí-mismo y de
la conciencia; ambos necesitan ser «rescatados» en la terapia a fin de aplicarlos a un
uso satisfactorio y constructivo.
Desensibilización. Es el análogo sensorio de la retroflexión motriz. El escotoma, la
visión borrosa, el «no escuchar» crónico, la indiferencia sensorial, la frigidez, etc.,
igualan en importancia a la retroflexión en el bloqueo de 1a conciencia. Dependen en
mayor medida, empero, de la información verbal, y por ende son menos accesibles a la
observación y el estudio directos que los fenómenos motores.
In/royecciones. Consisten en formas complejas e integrales de conducirse o de ser que
el organismo en evolución adopta en conjunto de los otros significativos sin asimilarlas
o integrarlas con el si-mismo. Guardan estrecha correspondencia con los estados yoicos
«paténtales» o «exteropsíquicos» de Berne [1961]. Pueden descubrirse por la
recurrencia de un cierto tono de voz, tipo de contenido verbal y estilo gestural-postural,
así como por la similitud de las respuestas de los otros frente a este complejo unitario
de conducta. Detallar en todos sus pormenores el proceso mediante el cual se
incorporan estos introyectos es complicado, y en nuestro caso innecesario. Aquí nos
interesa fundamentalmente el papel que cumplen en la vida corriente. Ellos son los
actores principales de las interminables autorreconvenciones y debates interiores entre
el sí-mismo «ideal» y el «real», en los que tanta gente malgasta su vida. Son también
los que entorpecen las relaciones interpersonales, cuando el sí-mismo representa uno de
estos roles con los otros significativos o los proyecta en otra persona. Los introyectos
se cuentan entre los principales transmisores de la patología a lo largo de las
generaciones. Un individuo puede haber logrado reducir al mínimo su empleo de
introyectos en otras esferas de su vida pero activarlos cuando funciona como padre de
sus hijos.
En tanto el individuo se apoya en alguno de estos medios para el bloqueo transitorio o
crónico de la conciencia, permanecen en él vastas regiones enajenadas e inaccesibles,
que interfieren el flujo vital en lugar de facilitarlo. Se siente fragmentado y débil —y en
cierto modo lo está—, solicitado por fuerzas contrarias extrañas a él. Su conducta suele
ser torpe y carente de gracia; su respiración y su expresión vocal se encuentran
deterioradas; y restándole tan poca energía para vivir, se le van acumulando gran
cantidad dr «asuntos pendientes».
Estos asuntos pendientes son, quizá, la consecuencia fundamental del bloqueo de la
conciencia. Los ciclos de las necesidades vitales no se pueden completar; la tensión
aumenta pero no disminuye luego; el afecto inexpresado se torna cada vez mayor. La
acción no expresada entorpece el flujo de la conducta; en el contreñimiento y
frustración consecuentes, muy poco de nuevo puede ocurrir. El individuo queda
* colgado» de lo que no puede expresar; la vida reduce su ritmo y desemboca en un
tedio desesperanzado y en una falta de autonomía, espontaneidad e intimidad. La vida
del neurótico no es feliz, aun cuando no llegue a desarrollar ningún síntoma especial,
como la angustia, las fobias o las obsesiones; es una vida gris que no alcanza su
realización. Con frecuencia, su yo consciente no está muy al tanto de lo que anda mal,
y al hacer el relato verbal de sus «problemas» suele errar el blanco. Ha conseguido
distraerse incluso con respecto al lugar en que está radicado el dolor, y su «problema»
o «queja presente» no es el punto de partida más significativo para la terapia. A menudo
se sentirá muy feliz de poder hablar en forma abstracta e indefinida acerca de El
Problema, manteniéndolo a distancia segura. Si ya tiene experiencia como paciente,
llegará a la sesión muy dispuesto a rumiar sus fantasías actuales con respecto a su
niñez, con el mismo propósito y fin de poner distancia.
Por fortuna, la estrategia general de la terapia guestáltica no depende de la exactitud
con que el paciente suministre informes acerca de sí mismo. En realidad, todo lo que
hacemos es pedirle que se siente y comience a vivir, observando luego en qué lugar y
de qué manera falla. Le pedimos implícitamente que acepte el valor terapéutico de que
su vida será probablemente más productiva y cómoda a la larga si tiene cabal
conciencia de lo que hace en todo momento, y si puede hacerse responsable de tal
comportamiento. Es posible que, durante un corto lapso, deba aceptar esto como
artículo de fe, pero confiamos en poder demostrarle muy pronto en forma directa y
concreta las ventajas de esta posición.
En tales circunstancias, el organismo se volverá de inmediato, de alguna manera, hacia
su reserva de asuntos pendientes para escoger de entre ellos alguno que sea urgente y
más o menos pertinente con respecto a la situación por la que se atraviesa. Enseguida
comenzarán a actuar sus técnicas para bloquear la conciencia: en sus proyecciones, en
su tensión y en su actividad disociada empezará a poner de relieve las porciones de su
sí-mismo que están al.enadas e inaccesibles. El terapeuta puede escoger como punto de
partida la mas conspicua de ellas. Siempre me ha impresionado la importancia y el
probable carácter central del gambito —verbal o no— que elige el paciente para su
primer movimiento. El lugar en que decide sentarse, la persona a la que mira, el
suspiro, la sonrisa, la postura, la imagen idiosincrásica de su primera acotación —todo
lo que dice antes de comenzar a referirse formalmente a El Problema—: he ahí ricas
vetas hacia el material más profundamente íntimo al que podrá tener acceso, si
encuentra una manera de operar con este material en forma tal que no represente una
amenaza para él. # #
El comienzo puede ser —en verdad, debería ser— algún acontecimiento superficial y
nimio, como una sonrisa dirigida al terapeuta. Una vez que esto ha sido expresado en
forma más plena y consciente, el paciente está en condiciones de pasar a otro hecho
levemente más comprometedor que el anterior: el de que también siente —ahora que
piensa un poco en ello— algo de enojo por ese benévolo terapeuta. Y así
sucesivamente, pasando por diversas capas de resistencias y de impulsos, en cada una
de las cuales habrá que detenerse todo el tiempo que sea necesario, sin abandonarla, en
lo posible, hasta que la energía en ella invertida esté disponible para ser utilizada y el
sujeto no se sienta demasiado ansioso con respecto a su próximo paso hacia lo
inexpresado y desconocido. Las resistencias no se «superan», sino que son identificadas
y asumidas como propias; la expresión del afecto o de los impulsos no se equilibra o
bloquea, sino que se la fomenta para que sea intensa y cabal, terminando los asuntos
pendientes y despejando el terreno para emprender nuevas acciones. No se intenta en
absoluto mantener al paciente en el «tema» que expone verbalmente; en lugar de ello,
se trata én forma agresiva y sistemática mantenerlo en contacto con lo que está
haciendo. Se lo alienta a hacerlo de la manera más plena y cabal y con una conciencia
cada vez mayor. Si bloquea su actuar, prestamos atención a la manera como se produce
ese bloqueo y lo estimulamos a que lo exprese en forma más total y consciente. El
terapeuta invierte la menor cantidad posible de tiempo y energías en especular acerca
de las posibles consecuencias de cada paso que da el paciente; se concentra más bien en
lograr que esos pasos se den en el momento oportuno, y en prestar la máxima atención
posible a lo que hace el paciente. Este es quizás el aporte más significativo de la terapia
no interpretativa. El terapeuta queda liberado de sus interminables fantasías sobre lo
que habrá de surgir del paciente en los próximos minutos (con la consecuente ansiedad
acerca de lo correcto o incorrecto de sus intervenciones), y puede escucharlo
simplemente y ayudarlo a abrirse camino por entre las pausas y bloqueos.
La hipótesis básica de este enfoque terapéutico es que los pacientes pueden abordar en
forma apropiada sus problemas vitales. . . siempre y cuando sepan quiénes son ellos
mismos y puedan poner en acción todas sus capacidades para resolverlos. Nuestra tarea
consiste en desbloquear su toma de conciencia ayudándolos a relajar sus energías ret
reflexionadas, recuperar la sensibilidad, asimilar los introyectos y pasar de la
proyección a la expresión directa. Una vez que logran establar buena comunicación con
su ambiente real y con sus reales intereses, lo demás corre por su cuenta.

Las técnicas guestálticas en la terapia de grupo y


en la terapia familiar
Hasta ahora hemos procurado presentar técnicas guestálticas aplicables a todo tipo de
terapia: individual, grupal y familiar. Algunas de ellas pueden surtir mayores efectos
cuando pedimos a un sujeto que tome asiento en medio de un grupo y comience a
convivir con esa nueva gente a la que debe aprender a tratar; o bien cuando acude con
sus familiares y toma conciencia de las interacciones que se suceden con estos
frustrantes otros significativos. En un grupo, es más fácil y rápido tornar concretos los
problemas abstractos. A un paciente que se queja de no poder levantarle la voz a su
mujer ni criticarla, se le solicitará que haga una observación crítica a cada uno de los
integrantes del grupo, experimentando así en forma inmediata su dificultad en vez de
hablar sobre ella. Al que se lamenta de tener un «complejo de inferioridad», se
comenzará por pedirle que indique con respecto a qué miembro del grupo se siente
inferior, y de qué manera. Estando presentes muchas otras personas, la gama de asuntos
pendientes con los que puede establecerse pronto contacto es mucho mayor. Cada una
de ellas es una pantalla más sobre la cual pueden hacerse proyecciones, y la tarea de
rescatarlas como propias y expresarlas se vuelve más sencilla. Por ejemplo, si un
paciente afirma que otro «está mirando despectivamente al grupo», se le pedirá que
«ensaye» mirar despectivamente al grupo, a fin de que tome contacto con sus propios
sentimientos de desprecio, y que trate de expresarlos de modo directo en vez de hacerlo
a través de una hipersensibilidad proyectiva.
Además del efecto intensificador propio de la reunión de varios pacientes en un mismo
lugar, hay ciertas técnicas peculiares para los grupos. Ya hemos mencionado el axioma
terapéutico de la toma de conciencia y de la responsabilidad; a él se agrega, en el caso
del paciente de la terapia grupal o familiar, otro axioma cuya aceptación se le solicita:
que a la larga podrá mantener vínculos mejores y más productivos con las personas que
lo rodean si se muestra franco con ellas y las respeta como tales. También en este caso
debe prestar su conformidad a título de fe, pero confiamos en poder demostrarle muy
pronto en forma concreta la validez de esa premisa. Las técnicas que más adelante
presentamos derivan todas, en esencia, de este supuesto valorativo y no son sino formas
de poner en práctica esta creencia sobre las relaciones humanas. Cuando reunimos a los
pacientes en grupo o en familia, la meta que nos fijamos es una relación «Yo-Tu» en la
que cada persona es consciente, responsable y sincera en sus comunicaciones, y presta
máxima atención a la otra, considerándola su igual.
La primera técnica para poner en práctica este punto de vista sobre las relaciones
humanas es pedir, tan pronta y acabadamente como sea factible, en todas las
interacciones que se llevan a cabo en el grupo, que la gente hable entre sí de manera
directa, sin utilizar la tercera persona verbal. Si A formula un comentario sobre B al
terapeuta, este le pedirá que lo reformule y lo dirija directamente a B. Esto parece muy
simple, casi trivial, pero en la práctica surte poderosos efectos. Los pacientes suelen
responder a este pedido diciendo, en un primer momento, que es algo demasiado tonto
como para preocuparse por ello, o que no tiene importancia; pero cuando hacen el
intento, siguen rebelándose activamente contra él. El efecto que moviliza un
enfrentamiento directo de esa índole es muy distinto del que puede diluirse
indirectamente en el comentario en tercera persona. Por lo corriente, los sujetos tienen
grandes dificultades en reconocer la importancia que tiene dirigirse en forma directa a
los demás. El resultado más común de una tentativa de ser directos es que la
ambivalencia del individuo se pone inmediatamente de manifiesto —por vía no verbal,
habitualmente— y la «tontería» que se quería expresar demuestra ser, por cierto, muy
complicada.
Esa ambivalencia y esa dificultad para decir las cosas en forma directa pasan a ser
entonces el foco de la terapia. Por ejemplo, un sujeto puede iniciar una crítica a otro y
en medio de ella apartar la mirada de este último o interrumpirse con una sonrisa. Le
preguntaremos entonces por qué apartó la mirada, o bien le pediremos que traduzca su
sonrisa en palabras. Si contesta que lo que le hizo apartar la mirada fue la expresión
airada del otro sujeto, es posible que obtenga realimentación inmediata y que llegue a
descubrir que esa ira que vio en su compañero de grupo era su propia ira proyectada.
Mientras se esfuerza por traducir en palabras su aplacadora sonrisa, toma conciencia
del modo como bloquea y limita su autoafirmación. Si logra expre-.ar su aplacamiento
en palabras, se le abre una nueva posibilidad: tomar conciencia de que ese aplacamiento
está teñido de desprecio hacia el otro por dejarse engañar por él, y es en sí mismo
complejo y ambivalente. Con este método, las ventajas de la comunicación directa —la
realimentación más plena e inmediata p'>r parte del otro y la ampliación de la
conciencia propia— son p. - ...» casi enseguida. Puesto que en este encuentro en
pequeña escala los individuos se hallan frente a frente, asimilan esas ventajas en la
forma más dilecta posible, con mayores probabilidades de que las hagan extensivas a su
vida externa.
Una segunda técnica para estimular al paciente a tomar conciencia de la
responsabilidad por su propia situación consiste en evitar las preguntas. La pregunta
que un paciente le formula a otro cumple habitualmente uno de los dos propósitos
siguientes (o ambos): en primer lugar, es una manera de decir «tú eres el que tienes que
hablar, no yo», con lo cual el que formula la pregunta elude su propia participación; en
segundo lugar, casi todas las preguntas resultan afirmaciones implícitas, por lo general
de carácter crítico, acerca de la otra persona. «¿Por qué hiciste eso?» significa casi
siempre «No deberías haber hecho eso», «Me disgusta que hayas hecho eso», o algo por
el estilo. Una pregunta no es casi nunca un mero pedido de información. En la medida
de lo posible, según el nivel en que se encuentre el grupo, el terapeuta guestaltista
insistirá en que las preguntas se reformulen como proposiciones antes de pedir a sus
destinatarios que las «contesten». Cuando la proposición no está ya disfrazada como
pregunta, B está exento de la necesidad de «responderla» (vale decir, de defenderse o
justificarse) y puede ofrecer su respuesta a A con más facilidad.
El segundo axioma terapéutico del grupo —escuchar a los demás— puede llevarse a la
práctica de muchas maneras. A menudo, cuando se produce una interrupción, pregunto
cuál es su propósito. Si la gente parece apartarse de lo que se está tratando, les
pregunto si se Ies hace difícil escuchar, con lo cual consigo que el grupo tome en
cuenta a la vez su obligación de escuchar y la obligación del individuo que habla de
decir cosas que valga la pena escuchar. Un «juego de ping-pong» verbal, hostil e
improductivo, puede interrumpirse pidiendo a cada participante que parafrasee al otro a
entera satisfacción de este último antes de poder dar su propia respuesta.
Los detalles técnicos varían, pero la estrategia consiste siempre en presionar en forma
suave y sostenida con miras a una orientación Yo-Tú directa y responsable, centrando la
toma de conciencia en las dificultades que encuentran los pacientes para llegar a ella y
ayudándolos a sortear tales dificultades.
Esta estrategia de la terapia guestáltica alcanza su mayor eficacia con los grupos
familiares. La terapia familiar se diferencia de la centrada en el individuo por cuanto el
propio problema vital básico que tiene el sujeto en su vida actual es llevado al
consultorio. No necesita incrementar su conciencia con respecto a algún extraño y
luego ver de qué manera aplicar esto para modificar su relación con los otros
significativos: sus otros significativos están presentes junto a él. En un sentido muy
real, la familia toda se convierte en un paciente y puede trabajar en sus asuntos
pendientes conjuntos:. Las acusaciones silenciadas, la culpa, el amor v el resentimiento
inexpresados que entorpecen el flujo de los sentimientos dentro de la familia deben ser
manifestados por esta en el lenguaje y el ritmo que le son propios. La tarea del
terapeuta es, nuevamente, mantener focalizada la conciencia en torno de las dificultades
que se oponen a la preservación de la orientación Yo-Tú.

Problemas fundamentales de la terapia

Hay cierto número de problemas sobre los cuales cualquier teoría terapéutica debe
tomar posición. De lo ya dicho podría inferirse cuál es la posición de la terapia
guestáltica, pero quizá sea útil que la explicitemos, para lo cual examinaremos seis
cuestiones: 1) cuál es, según la terapia guestáltica, el verdadero agente terapéutico, y el
concepto de salud mental que se deduce de este punto de vista; 2) los criterios acerca de
la finalización de la terapia; 3) la gama de aplicación de la terapia; 4) la utilización de
los sueños; 5) el lugar que ocupa al terapeuta, en su calidad de persona, dentro de la
técnica, y 6) el papel que cumple el pasado en la terapia del aquí y ahora.

La toma de conciencia y otros estados de conciencia , el <ú ti


sight» y la salud mental
111concepto de toma de conciencia (awareness) constituye el núcleo teórico y
terapéutico de la terapia guestáltica. Se trata en esencia de un concepto no definido, que
alude a cierto tipo de experiencia inmediata; trataremos de describirlo, distinguiéndolo
de otros estados de conciencia (consciousness). La toma de conciencia es simultánea
con una transacción entre el organismo y el ambiente y forma parte integral de ella.
Incluye el pensamiento y el sentimiento, pero se basa siempre en la percepción actual
de la situación actual.
Para muchas personas, gran parte del «contenido» habitual de la conciencia es un flujo
de imágenes de la fantasía y de lenguaje subvocal (pensamiento) que no tiene raíces
profundas en la conducta actual sino solo un vínculo parcial y tangencial con esta. De
vez en cuando, este pensamiento-fantasía se centra en una indispensable resolución
anticipada de problemas, o en algún asunto pendiente que reviste importancia pero no
aparece en el ambiente actual. Con más frecuencia, sin embargo, estas imágenes-
pensamiento toman la forma de un ensueño más difuso e insustancial, que g ra
obsesivamente eh torno de un asunto pendiente sin procurar resolverlo, v que sirve
principalmente para distraer al individuo y atenuar su conciencia de lo real.
La diferencia entre la toma de conciencia y este ensueño difuso se pone claramente de
relieve en el proceso de comer. Tomar conciencia significaría en este caso ser
consciente de la forma, olor y gusto de la comida, del sentido kinestésico que acompaña
la masticación y la deglución, y del placer o displacer concomitantes. De hec!:o, la
mayoría •le l.i ▶•eme >c entrega mientras come a algún tipo de ensjeño. Tal vez se
abandonen a alguna fantasía de venganza con respecto a una afrenta reciente, o repasen
en su imaginación el último partido jugado por su equipo de béisbol favorito, o piensen
en lo que habrán de comer de postre dentro de unos minutos —nada vinculado con su
actividad or- jranísmica real y presente—. Mucha gente entorpece casi constantemente
su vida con este «ruido» interno de fantasías insustanciales que apenas brindan una
gratificación superficial. Por esto último, y porque no logra resolver ningún asunto
pendiente, el efecto de esa actividad interna es reducir la satisfacción que produce la
conducta real y presente (en este caso, el acto de comer) y generar más asuntos
pendientes. Tómese por ejemplo al estudiante obsesivo que interrumpe su lectura para
fantasear acerca de la cita que ha concertado con una chica para la noche; llega la
noche, y como no ha terminado de estudiar o no ha podido hacerlo como quería, arruina
su cita con la preocupación que ello le causa.
Con ello no queremos decir que en una vida sana la toma de conciencia sea algo
grandioso y magnífico, una fiesta permanente: simplemente es algo que está allí, en un
fluir conjunto con la conducta. No obstante, en la terapia, cuando se toma conciencia
en aspectos en los que esta había sido antes bloqueada, suele experimentarse al mismo
tiempo una liberación de la tensión y un aumento de la energía. En cierto sentido, se
trata de una experiencia agradable; aun cuando se tome conciencia de un sentimiento
doloroso —como la ira, o el pesar por la muerte de un ser querido—, existe el
sentimiento concomitante de que «Esto fue deseado por mí; me alegro de que esté
sucediendo pese al dolor que me cau:>u». Este aspecto gratificador de la toma de
conciencia terapéutica es decisivo, ya que gracias a esta recompensa y motivación
internas el paciente se siente estimulado a seguir hurgando incluso en sentimientos
muy dolorosos. # .
Es preciso distinguir, en particular, la toma de conciencia de la introspección. En esta,
el sí-mismo está dividido: una parte de él «observa» a la otra convertida en objeto,
percatándose muy bien de que la está observando. En la toma de conciencia, el si-
mismo total es el que se percata de aquello a lo que el organismo está atendiendo. La
introspección implica un esfuerzo, es una concentración forzada, la toma de conciencia
es la concentración espontánea en lo que resulta estimulante y de interés. Aquella,
manteniéndose relativamente apartada deb interés organísmico total y actual, no puede
descubrir nada nuevo, sino solo reordenar y recomponer el pasado que se recuerda
verbalmente, y que por ende carece de valor nutricio; esta, puesto que no ha perdido el
contacto con el ambiente y el organismo actuales, siempre incluye algo nuevo y
original. La toma de conciencia genuina siempre contiene un elemento de sorpresa, ya
que ni el organismo ni el ambiente son siempre exactamente iguales a sí mismos.
(Cuando alguien nos dice que la experiencia que ahora vive es «la misma» que vivió en
el pasado, lo que nos está diciendo en verdad es que está repitiendo una fantasía en vez
de atender con su conciencia a la experiencia real.) La toma de conciencia, tal como se
desarrolla en la terapia, va acompañada casi siempre de la sensación de correr un
riesgo
ode dar un paso con rumbo a lo desconocido de tratar con titubeos de decir lo indecible
o de comenzar algo sin saber muy bien en quehabrá de terminar—. Si no existe esta
experiencia, muy probablemente el insight que se ofrece no es más que una estéril
recomposición del pasado en lugar de una expansión de la conciencia. _
Sería imposible articular cabalmente, dentro de los límites de este capítulo
introductorio, el concepto fundamental de toma de conciencia con su análogo en
psicoanálisis (insight), pero un breve examen del vínculo entre ambos puede resultar
muy útil. Desde los comienzos del psicoanálisis, los teóricos y terapeutas de esta
corriente advirtieron que el insight no producía siempre los cambios previstos y
deseados. Allí donde cierto insight parecía funcionar bien, otro en apariencia semejante
no llevaba a ninguna parte. Con el objeto de explicar esta diferencia, se estableció la
distinción entre el insight «intelectual» y el insight «emocional»: este último era el que
«funcionaba». El terapeuta guestaltista diría que el insight «emocional» (sea cual fuere
su forma verbal: pasada, presente o futura) se fundaba en una expansión de la
conciencia de una relación actual entre el organismo y el ambiente, con su
concomitante afecto positivo y sensación de descubrimiento, en tanto que el insight
«intelectual» carecía de este arraigo decisivo en lo real. Si bien lo anterior constituye
una simplificación excesiva de un asunto muy complejo, sugiere el nexo que une estos
dos conceptos centrales.
Una teoría cabal de la terapia debe incluir cierta idea acerca del funcionamiento sano
de la gente al cual ella procura contribuir. La terapia guestáltica considera mentalmente
sana a aquella persona cuya conciencia se desarrolla sin bloqueos en cualquier aspecto
hacia cual sea solicitada la atención de su organismo. Esa persona puede
experiment-»*- plenamente y con perfecta lucidez, en todo momento, sus propias
necesidades y las posibilidades que proporciona el ambiente, aceptando ambas como
dadas y tratando de llegar a soluciones de compromiso creativas. No se ha desprendido
de la cuota de conflictos entre sus necesidades y las frustraciones ambientales que le es
propia, pero gracias al contacto estrecho que mantiene con estas nuevas necesidades y
el ambiente, puede alcanzar rápidamente soluciones razonables y no magnifica sus
problemas reales con los productos de su fantasía. Como porta consigo una nube
filtrante mucho menos densa de fantasías-pensamientos que le oscurecen el mundo, su
realidad sensual es vivida y llena de matices, y sus relaciones interpersonales están
comparativamente incontaminadas con proyecciones y expectativas irreales. Puede
percibir a los demás y responderles mucho más tal como son y como devienen instante
tras instante, en lugar de hacerlo como si fueran estereotipos rígidos. Tiene bien clara
la importancia relativa de las cosas y sabe qué es lo que debe hacer para dar término a
ciertas situaciones. Como no se le amontonan los asuntos pendientes, queda libre para
hacer y ser plena e intensamente todo lo que haga o sea, y las personas que la rodean
suelen sentir que está mucho más junto a ellas cuando está junto a ellas. Capaz de ver a
los demás con razonable lucidez y sin fantasías excesivas, le resulta fácil ser franca con
ellos y apreciarlos en su justa medida. Tampoco en este caso se ha desprendido de sus
conflictos con quienes la rodean, pero puede solucionar los snluci .-»rubíes v dejar
jvior los que nn lo son (¡y distinguir habi-
i 4 te r: •- • :í* * I rrw-r«'j<to{■>ot «i misma, en tocio el
sentido de la palabra; inclusive, aprecia su cuerpo y disfruta de él, con el donaire físico
consecuente.

Criterios para la finalización de la terapia


Uná característica fundamental de la terapia guestáltica es que el paciente, en la medida
de lo posible, lleva a cabo su propia terapia, mientras el terapeuta lo asiste como
observador-comentarista y como guía ocasional. En la medida de lo posible, el paciente
formula sus propias interpretaciones, plantea sus proposiciones directamente a los
demás y toma conciencia por sí mismo. No concebimos este proceso como un descargar
sobre los h< mbros del paciente la responsabilidad por su propia conducta, sino más
bien como una manera de impedir que él descargue esa responsabilidad en nosotros. La
responsabilidad es legítimamente suya, y no le hacemos ningún bien si actuamos en su
lugar, privándolo de la experiencia de aprendizaje y de la intensificación de las
funciones yoicas que tiene lugar cuando lo hace él mismo.
En concordancia con esta orientación general, tan pronto como se está en condiciones de
hacerlo se le pide al individuo que asuma la responsabilidad de decidir si ha de
continuar con la terapia, de evaluar lo que extrae de ella y decidir si el valor que ella
tiene para él justifica la continuación del tratamiento. Nosotros le mostramos sin
dilaciones lo que podemos ofrecerle; él experimenta de inmediato las gratificaciones
implícitas en un aumento de la conciencia, y resuelve por sí mismo si esto es valioso y
significativo para él.
Hay muchas maneras de poner en práctica este método. A partir, a veces, de la primera
sesión, pregunto a los individuos o familias si quieren tener otra sesión más, y al
término de casi toda sesión de grupo pregunto a los miembros cómo ha sido esta en su
opinión. Si alguien manifiesta dudas en cuanto al posible progreso —ya sea verbalmente
o no—, estas dudas pasan a ser el eje cíe la discusión, preguntándosele de hecho al
paciente qué piensa hacer con respecto a su descontento. No sorprende que muchos
pacientes descubran que esa pregunta convierte su decisión en algo más bien alarmante;
a menudo, ella trae rápidamente a primer plano fantasías que de otro modo
permanecerían bien disimuladas acerca de una curación mágica y de lo que el terapeuta
«hará por uno». En el mismo proceso de exploración de estas fantasías, el paciente
puede a veces vislumbrar su propia fuerza potencial y su capacidad para autogobernarse.
En tales circunstancias, los focos iniciales de la terapia pasan a ser los problemas
vinculados con la responsabilidad, la elección, las metas de la terapia y la autonomía.
Toda la terapia sigue un curso diferente cuando su finalización constituye, desde el
comienzo, un problema central. Lo lógico es que antes de dar por concluido el
tratamiento el paciente evalúe el progreso realizado, pero para ello debe ser consciente
de cuáles son sus metas Sin duda, las metas pueden cambiar —y habitualmente eso es lo
que ocurre—, pero de ese modo se reduce al mínimo el peligro de que tanto el paciente
cuanto el terapeuta las pierdan de vista y vaguen a la deriva. Ocasionalmente, este
enfoque tendrá consecuencias prácticas tales como una secuencia muy irregular de
sesiones, pues muchos pacientes tienen grandes dificultades en decir francamente
«Quiero venir la semana próxima» y por ende concurren en forma más esporádica. En
un cierto período, el número de contactos entre estos individuos y el terapeuta será
menor, pero tal vez para ellos esto sea lo mejor.

Gama de aplicación
Del análisis anterior resulta claro que la terapia guestáltica al estado puro no es para
todos. Básicamente, está prevista para aquellas personas que, insatisfechas con su
forma de ser, se muestran dispuestas a realizar un esfuerzo por ser distintas —o por
vivir más satisfechas con esa forma de ser—. Muchas de las técnicas y principios
específicos son aplicables a pacientes menos dispuestos a realizar ese esfuerzo —niños,
ciertos psicóticos y personas con determinados trastornos del carácter—, pero examinar
las modificaciones indispensables en tales casos trasciende los límites de esta
introducción.

Utilización terapéutica de los sueños


A partir de la brillante obra de Freud, todo sistema terapéutico debe incluir una manera
de trabajar con los sueños, o bien justificar el hecho de que no se haga caso de ellos. A
este desafío, la terapia guestáltica responde con un enfoque totalmente no
interpretativo, que permite al paciente avanzar a su propio ritmo y descubrir por sí
mismo el significado de sus sueños. Se supone que todas las imágenes que aparecen en
ellos —humanas, animales, vegetales o minerales— representan una parte alienada del
sí-mismo. Volviendo a experimentar y narrar una y otra vez el sueño, en tiempo
presente y desde el punto de vista de cada una de las imágenes, el sujeto puede
comenzar a rescatar esas partes alienadas de sí, aceptarlas, incorporarlas a su vida y
expresarlas en forma más adecuada.
Por ejemplo: una mujer inquieta, dominante y manipuladora soñó que caminaba por un
sendero sinuoso en medio de un bosque de árboles altos y erguidos. Cuando se le pidió
que se convirtiera en uno de esos árboles, se sintió más sosegada y con sus raíces más
profundamente hundidas en la tierra. Al trasladar esos sentimiento a su vida corriente,
notó a la vez la ausencia en ella de tales estados de ánimo y la posibilidad de
alcanzarlos. Cuando se le solicitó que se convirtiera en el sendero sinuoso sus ojos se
le llenaron de lágrimas, al experimentar más vividamente la sinuosidad de su propia
vida, y, nuevamente, la posibilidad de enderezarla con solo decidirse a ello.
El terapeuta no hace sino sugerir el orden en que debe tomarse contacto con las
imágenes, partiendo por lo general de las menos hacia las más vividas. Ayuda también a
vencer las resistencias —la tendencia a hablar sobre las imágenes e interpretarías en
lugar de introducirse en ellas y experimentarlas—, y sugiere en ocasiones cuándo es el
momento más apropiado para transportar nuevamente las imágenes y sentimientos
oníricos al contexto ae la existencia cotidiana del paciente.Lugar que ocupa el
«terapeuta como persona»

Una de las cuestiones principales en debate entre las teorías vigentes *obre la terapia es
la siguiente: El terapeuta, ¿es un técnico o una persona? ¿Responde al gambito del
paciente con una técnica profesional o con su reacción humana espontánea? Entre las
filas de los guestaltistas me he encontrado con individuos situados en ambos extremos,
ya que la terapia guestáltica no toma posición acerca de este punto. Todo aquello que
contribuya a ampliar la conciencia del paciente es válido. En cuanto a mí, descubrí que
he seguido un lento pero constante proceso orientado hacia la revelación más franca de
mis propios sentimientos de tedio, placer, molestia, embarazo, etc. También esta es una
técnica, estrictamente hablando. Si un paciente habla con voz monótona sin apartar los
ojos del suelo y yo comienzo a aburrirme un poco, puedo preguntarle si tiene
conciencia del tono de su voz,
o de lo que está mirando; pero puedo contribuir igualmente a que advierta su
apartamiento comentándole que me resulta difícil seguirlo con atención. Esta es mi
reacción humana, sin duda, ¡pero nada tiene de espontánea si debo detenerme para
decidir cuál de los dos enfoques habré de adoptar! Sea como fuere, evito caer en la
presuntuosa interpretación «Usted está tratando de aburrirme». Aun cuando sea cierto,
quiero que en tal caso el paciente lo descubra por sí mismo; aspiro a fijar una pauta de
responsabilidad enunciando únicamente aquello que sé cierto: que me resulta difícil
seguir con atención sus palabras.

Papel que cumple el pasado en la terapia del aquí y ahora


Todo sistema terapéutico basado en el aquí y ahora debe proponer una manera de
abordar el pasado. Después de todo, el pasado teóricamente es la «causa» del presente.
En la práctica, el paciente suele comenzar su tratamiento con grandes expectativas de
examinar su pasado —más aun, plenamente decidido a hacerlo—. Esto es válido sobre
todo ahora que la popularización del psicoanálisis ya es casi total.
Con frecuencia, la inclinación (del paciente o del terapeuta) a hablar del pasado
constituye una maniobra para poner distancia con respecto a preocupaciones actuales
potencialmente amenazadoras. El paciente preferirá acusar a su padre mezquino por las
privaciones pasadas y no vituperar al terapeuta aquí y ahora por negarse a darle las
nuevas golosinas (consejos, curación, insight, etc.). El terapeuta hablará mur chísimo
más de las «fantasías incestuosas» de la paciente que tiene delante, que de los tímidos
coqueteos de esta última con él —o de su creciente reacción frente a tal conducta—. De
modo, pues, que la conspiración de verborragia sobre el pasado es, muy a menudo, una
actitud defensiva tendiente a poner distancia y debe ser interrumpida lo más pronto
posible.
Hay momentos, sin embargo, en que el paciente expone hechos del pasado con
participación y preocupación genuinas. En tales ocasiones respeto esa preocupación y
escucho. S.go creyendo que ese lenguaje pretérito es una fábula mediante la cual el
individuo me expone alegóricamente alguna de sus dificultades actuales, pero al menos
se trata de un discurso comprometido y no defensivo. Abordo ese material, en buena
medida, como si fuera un sueño, tratando de encontrar en él las semejanzas con la vida
actual del sujeto y de ayudar a establecer la transición del pasado al presente cuando es
oportuno. Casi nunca me ha sido de provecho inquirir acerca de los pormenores de «lo
que pasó realmente»; en tal caso, la fábula se convierte en un relato «preciso» por
medio d«*l cual el paciente puede probar lo que se le antoje. Esta tendencia a limitar el
discurso al presente es factible por el hecho de que en la terapia guestáltica atendemos
a la comunicación total más que a la estrictamente verbal. Lo que del pasado importa
está presente aquí y ahora; si no en palabras, en alguna tensión y atención corporales
que confiamos en traer a la conciencia. Nunca se destacará suficientemente la
importancia de este punto: si una terapia puramente verbal se limitase al aquí y ahora,
sería una terapia irresponsable y calamitosa. Sólo el esfuerzo pertinaz, sistemático y
constante por traer la comunicación total del paciente a la conciencia permite una
concentración radical en el aquí y ahora.
Creo llegado el momento oportuno para retomar los conceptos psico- analíticos básicos
de repetición compulsiva y de transferencia, articularlos con el concepto de asuntos
pendientes y examinar las alternativas que ofrece la terapia guestáltica para el empleo
de tales conceptos.
La terapia guestáltica no niega que el presente se plasma en gran medida sobre el molde
del pasado, sino que agrega a ello dos hechos: uno, que el presente así plasmado existe
de todos modos por sí mismo, y que todo el pasado significativo está realmente presente
de alguna manera; dos, que en todo caso actual de compulsión repetida o en toda
recurrencia de la relación transferencial siempre hay algo un poco novedoso. Tal vez el
organismo sea rígido, pero el ambiente siempre es un poco distinto. Una relación
terapéutica particular entablada en el aquí y ahora podrá estar determinada en un 99 %
por la transferencia, pero siempre hay un margen del 1 % para la variabilidad creativa,
ya que el terapeuta no es el progenitor del paciente y no puede ser «exactamente» como
él.
La terapia guestáltica tiende a ampliar ese 1 % y a hacer que el paciente tome
conciencia de la discrepancia que existe entre sus expectativas transferenc.ales y la
persona real que tiene sentada delante de él. A veces esto se logra en forma muy directa,
pidiéndole al paciente que describa el aspecto físico del terapeuta o del compañero de
grupo implicado en la transferencia, y ayudándolo a ver y experimentar, de modo vivido
y concreto y en todos sus detalles, las disimilitudes entre las fantasías transferenciales y
la realidad. Al proceder de esta suerte, todo lo que hacemos es pedirle que recobre sus
sentidos, que se abra paso por un instante a través de la niebla filtrante de fantasías que
mantiene en torno suyo y experimente la realidad de la persona que está ante él. Este
procedimiento, simple como parece, puede ser muy eficaz, aplicado en el momento
mismo de la percepción distorsionada, para lograr que el paciente tome contacto más
estrecho con el mundo real de sus sentidos.
Referencias bibliográficas

Berne, E., Transactional analysis in psychotherapy, Nueva York: Grove, 1961.


Kempler, W., «Experiential family therapy», International Journal of Group
Psychotherapy, 1965, vol. 15, págs. 57-71.
Peris, F. S., Ego, hunger and aggression, Londres: Unwin, 1947.
Peris, F. S., Hefferline, R. F. y Goodman, P., Gestalt therapy. Excitement and growth in
the human personality, Nueva York: Julian Press, 1951. (Reeditado por Dell, 1965.)
Tomkins, S., Affect, imagery, consciousness, Nueva York: Springer, 1963, vol. 2. 9.
El enfoque de una terapeuta guestaltista
Laura Perls

¿Que hace usted con el paciente que se niega al tratamiento por haber sido derivado a
él en forma inapropiada o por estar poco motivado?
Todos los pacientes se niegan a tal o cual cosa en algún momento. Casi todos están poco
motivados, en el sentido de que vienen al tratamiento —o son obligados a venir— por
causas equivocadas. Sospecho del paciente que exhibe gran insight y lleva su
sufrimiento a flor de piel, y actúo con precaución ante el hiperansioso que se muestra
entusiasta y cooperativo, acepta y confirma lo que le dice el terapeuta, aprende la jerga
en un santiamén y sueña como lo establecen las reglas. Este último se niega a la
experiencia y expresión de sus diferencias de opinión, sus dudas y objeciones.
Pero, en general, los problemas relativos a la proveniencia del paciente y su motivación
no me interesan demasiado. Lo tomo tal cual se presenta ante mí en el momento de la
sesión. Su motivación ha sido suficiente para llevarlo a acudir a esa cita, y ese es
nuestro punto de partida, estableciendo contacto mutuo estrictamente sobre la base de la
conciencia que cada uno de nosotros tiene del otro en ese momento. El hecho de
centrarnos en lo que es, en lugar de hacerlo en lo que no es
0 en lo que debería ser, suele ofrecerle apoyo suficiente para volver la próxima sesión;
no es que esté necesariamente mejor motivado para «tratarse», pero por lo menos
muestra cierta disposición a continuar manteniendo contacto con el terapeuta.
¿Alguna vez ha atendido usted a un paciente en casa de este último? En caso
afirmativo, ¿por qué razón?
Atendí a pacientes en su casa solo cuando habían sufrido accidentes que los
inmovilizaron, y en dos casos de agorafobia; estos dos últimos pacientes pudieron
retornar a mi consultorio luego de algunas semanas.
¿Cómo actúa usted cuando un paciente se niega a pagar su tratamiento?
El paciente que se olvida de pagar los honorarios del terapeuta o se rehúsa a hacerlo
exhibirá indicios de esta renuencia ya desde el comienzo del tratamiento, no solo con
respecto al dinero sino a todo lo que se le solicite: puntualidad para acudir a las
sesiones, información,
* En la Cuarta Conferencia Anual de la Academia Norteamericana de Psicote- rapeutas, celebrada
en Nueva York en 1959, se formularon una serie de preguntas —vinculadas con sus concepciones
teóricas y enfoques terapéuticos— a destacados profesional-» tic unco orientaciones diferentes.
Laura Perls, en representación W U r»fw> n!i»n» m terapia gurstáltiia, dio las respuestas que aquí
consignamos.
expresión de sus opiniones y sentimientos, el intento de lkvar a cabo un experimento,
la evaluación de las actitudes y acciones suyas o de las demás personas. Su renuencia
puede obedecer a muchas causas: temor o despecho, confusión de valores, necesidad
infantil de ser atendido sin tener que dar nada a cambio.
En definitiva, estos son los problemas a los que debe hacerse frente. Por supuesto, en
el ín* rin puede instárselo o estimulárselo a que pague contra su volunta una u otra
manera. Debe aclarársele que todo lo que se haga con él o por él no se mide en dinero
ni puede ser compensado merced a este. Lo que él está pagando es el tiempo y atención
que le dedica el terapeuta. Todo lo que sucede durante la sesión está al servicio de sus
necesidades, incluso aquellas exigencias que se le plantean y que en el momento le
producen angustia o incomodidad. El terapeuta pide sólo los honorarios corrientes para
sus propias necesidades. Por !o regular, esta explicación es intelectualmente aceptada
como justa, pero la renuencia del paciente a pagar no se convertirá en auténtica
disposición hasta que haya tomado conciencia de su propio valor. Unicamente quien
tiene y es puede dar.
Por otra parte, el paciente que paga con regularidad no es siempre el más
genuinamente promisorio. Tal vez obtenga alguna secreta satisfacción por los
sacrificios que su familia hace por él, o tal vez esté extorsionando al terapeuta.
También está el individuo aficionado a recorrer vidrieras: si bien no lo «compra»
precisamente al terapeuta, paga los honorarios de la primera consulta como si asistiera
a un desfile de modelos, «se prueba» el modelo de analista que se le ofrece y repite la
misma estratagema con otro terapeuta la próxima «temporada» de confusión o
depresión. He descubierto que el hecho de que yo tenga conciencia del «estilo» del
paciente y de que le muestre solamente lo que le «sienta bien» de inmediato suele
incitarlo a «comprar». De modo que, a la postre, me quedo con el visitante de vidrieras
y cargo, no solo con su «renuencia», sino también con los problemas particulares que
se añaden a causa de sus fracasados intentos previos. ¡Pero esta es otra historia!
¿Supone usted que desea inconscientemente que todos sus pacientes mejoren?

No puedo responder a esta pregunta, ya que no se lo que deseo inconscientemente. Por


lo que sé conscientemente, quiero que mis pacientes mejoren. Si no lo hacen, debo
indagar dónde ha estado mi falla, para tomar Conciencia de ella o para hacerles tomar
conciencia a ellos en la relación entablada.
¿Suporte usted que todos sus sentimientos y los hechos de que toma conciencia, en
caso de ser compartidos con el paciente, tienen valor terapéutico?
Comparto verbalmente solo aquellos hechos que, según soy consciente, permitirán al
individuo dar por sí mismo el próximo paso, y lo apoyo por asumir un riesgo en el
marco de sus dificultades actuales y reales. Si transmito demasiado, puedo provocar
una reacción terapéutica negativa: angustia intolerable, huida del tratamiento,
resistencia, parálisis, desensibilización, proyección. Desde luego, el paciente aprende a
tomar conciencia de mis reacciones y expresiones aun cuando estas no sean
verbalizadas.
¿Cuenta usted en algún momento sus propios problemas o su vida?

Unicamente relataré problemas y experiencias propios o de otros pacientes si creo que


con ello puedo contribuir a un percatamiento más cabal de su propia posición y
potencialidades por parte de un paciente determinado. En otras palabras, si con ello
puedo ayudarlo a dar si próximo paso.
¿Cómo controla usted a los pacientes que hacen «acting-out»?

Creo que con esta pregunta, en lugar de apuntar a un problema, se lo crea. Todo
paciente está «actuando* de alguna manera durante todo el tiempo; decimos que hace
acting-out principalmente cuando su actuación es a todas luces inconveniente,
inapropiada, exagerada, demas ado agresiva, perversa —cuando interrumpe su
desarrollo y sus relaciones normales—. Pero el sujeto hace o puede hacer acting-out en
momentos en que se comporta muy correctamente, y aun cuando verbaliza de la
manera más racional y articulada. Continuará con su acting-out en la medida en que no
reciba apoyo suficiente para adoptar una conducta más adecuada. De modo que la
misión del terapeuta no es interferir o impedir su acting-out, que es la única forma
posible para él de actuar en ese momento, sino ayudarlo a confiar en sus propios
recursos para alcanzar una conducta más continuamente integradora e integrada. ^ Este
proceso lleva tiempo y por lo general no lo favorece la imposición de restricciones,
limitaciones o amenazas, por lo menos en lo que atañe a la conducta del paciente fuera
de la situación terapéutica. Dentro de ella, pueden fijarse ciertas restricciones como
parte de una indagación experimental de las pautas de conducta del sujeto y sus
posibilidades, pero es la reacción del paciente la que establece los límites de tolerancia
de la conducta del terapeuta.
Yo no actúo en forma punitiva. No creo que la actitud «Mejor haga lo que le digo,
porque si no .. .» condiga ccn un respeto auténtico por el paciente, cuyas resistencias
constituyen su principal base de apoyo. Castigarlo por confiar en lo que confía provoca
casi siempre una reacción negativa: temor, encono, resentimiento, deseos de venganza,
todo lo cual interrumpe el proceso de comunicación y comprensión. El terapeuta
punitivo hace acting-out de la peor ralea, y por las mismas razones que el paciente que
incurre en él: porque no sabe qué otra cosa hacer, porque él mismo no cuenta con
suficiente apoyo como para brindarlo cuando más se lo necesita.
¿Qué tipo de contacto físico psicoterapéutico tiene usted con sus pacientes masculinos
y femeninos? ¿Es aquel diferente con unos y otros?

Responderé brevemente a esta pregunta sobre el contacto físico con el paciente


Recurro a todo tipo de contacto físico cuando creo que este puede facilitar el próximo
paso del paciente en su toma de conciencia de la situación real y de lo que él hace (o
no hace) en ella y con ella. No tengo reglas especiales respecto de los pacientes
masculinos o femeninos. Le encenderé a alguien su cigarrillo, le daré de comer con una
cuchara, le arreglaré el peinado a una niña, tomaré al paciente de la mano o lo alzaré
en mis faldas si creo que ese es el mejor medio de establecer una comunicación o de
retomar la interrumpida. Asimismo, en experimentos destinados a aumentar la
conciencia corporal, toco a los pacientes o dejo que me toquen, con el fin de apuntar
las tensiones, la coordinación muscular deficiente, el ritmo respiratorio, las
contracciones espasmódicas, la fluidez de movimiento, etcétera.
Parece haber gran divergencia de opiniones y mucha ansiedad en torno de la admisión
del contacto físico en la terapia. Si queremos ayudar a nuestros pacientes a realizarse
más cabalmente como verdaderos seres humanos, debemos afrontar con valentía los
riesgos implícitos en ser humanos.
¿Qué sostiene su escuela con respecto a la naturaleza básica del hombre, y de qué
manera aleda ello su proceso terapéutico?
Lamento que esta sea la última pregunta, pues la juzgo la más importante, la que otorga
sentido o vuelve irrelevantes a todas las demás. Tengo la convicción de que no solo
toda medida terapéutica sino todo pensamiento y todo acto están informados por
nuestra creencia básica acerca de lo que hace «humano» al hombre, aun cuando nunca
expresemos dicha creencia y demos por sentado sin más que no estamos enterados de
ella. Refiriéndome estrictamente a mí misma —y esta es la única manera en que un
terapeuta guestaltista puede decir algo—, estoy profundamente convencida de que el
problema fundamental, no solo de la terapia, sino de la vida misma, consiste en volver
aceptable la^ vida para un ser cuya característica dominante es tener conciencia de sí
mismo como individuo singular, por un lado, y tener conciencia de su mortalidad, por
el otro. Lo primero le da una sensación de avasalladora importancia, lo segundo miedo
y frustración. Suspendido entre estos dos polos, vibra en un estado de tensión y
angustia inevitable del que aparentemente —al menos en lo que atañe al hombre
moderno de Occidente— no puede liberarse. Esto origina diversas soluciones
neuróticas, que no prevalecen únicamente entre nuestros pacientes sino, en mayor o
menor grado, en toda nuestra cultura.
Cuando se anula la toma de conciencia y la expresión de la singularidad y de la
individualidad, el resultado es la uniformidad, el tedio, el sin- sentido, en fin, de ia
cultura de masas, en la que la conciencia de la muerte gradual a la que está sometido el
individuo se torna tan intolerable que debe enajenarla de sí a cualquier precio,
«divirtiéndose» con un cúmulo de actividades insustanciales o de excitaciones
artificiales (el alcohol, las drogas, la delincuencia). Cuando se da a la singularidad e
individualidad demasiada importancia, nos encontramos con un falso «humanismo» en
el que el hombre es la medida de todas las cosas, lo cual da y promueve expectativas
exageradas, frustraciones y desilusiones. Como formación reactiva aparece, ora un
falso distanciamiento, un laissez-faire producto del hastío y de la desesperanza, ora un
falso compromiso, una búsqueda frenética de seudocreatividad (la obsesiva dedicación
a los «hobbies» y «actividades culturales*, desde la pintura casera de los estantes de la
cocina hasta el «ir al analista» o a la iglesia). Según mi experiencia, la verdadera
creatividad está inextricablemente unida a la conciencia de la mortalidad. Cuanto más
aguda sea esta conciencia, mayor será la urgencia por producir algo nuevo, por
participar en la continua e infinita creatividad de la naturaleza. Esto es lo que convierte
el sexo en amor, la grey en sociedad, el trigo y la uva en pan y vino, el sonido en
música. Esto es lo que vuelve aceptable la vida y —dicho sea de paso— lo que vuelve
posible la terapia.
En la medida en que la doctrina judeocristiana fue el pilar estructural de su
sociedad y de su personalidad, el hombre de Occidente pudo aceptar la
identidad del vivir y el morir sin cuestionarla. En Oriente, el propósito del
budismo Zen es precisamente este percatamiento de la identidad del vivir y
el morir, del compromiso y el distanciamiento. En nuestro mundo
occidental, el neurótico es el individuo que* no puede enfrentar su propio
morir, y, en consecuencia, no puede vivir plenamente como ser humano. La
terapia guestáltica, al poner el acento en la conciencia y la involucración
inmediatas, proporciona un método que permite sentar las bases
indispensables para una adaptación creativa que se autoperpetúe —única
manera de hacer frente a la experiencia del propio morir, y, por ende, del
propio vivir. 10.
Terapia de grupo psicoanalítica,
experiencial y guestáltica
Ruth C. Cohn

En los últimos veinte años la terapia de grupo se ha venido aplicando en círculos cada
vez más amplios, proceso que se ha acelerado por las necesidades de grandes sectores
de la población (necesidades de orden militar, educativo, civil y comercial), el deseo de
reducir la duración y costo del tratamiento de 'os enfermos mentales y el afán de
muchos por vivir una existencia r..¿nos penosa y más dotada de sentido. En este lapso,
los psicoterapeutas han incrementado su experiencia, conocimientos y habilidades, lo
cual condujo a la modificación de la terapia individual y a la creación de nuevos
modelos para la terapia grupal. Describiré en este artículo tres de esos modelos. Lo haré
sin pretensiones de precisión académica, llevada más bien por mis impresiones
personales y reflexiones teóricas acerca de los tres modelos de terapia de grupo que he
conocido como participante y como co-coordinadora, junto a varios precursores de los
métodos analíticos, experienciales y guestálticos de terapia de grupo. Se cuentan entre
estos los analistas de grupo Alexander Wolf, Asya Kadis, el extinto Sandy Flowermann
y Hyman Spotnitz; los terapeutas experiencialistas Cari 'Whitaker, John Warkentin y
muchos amigos personales de la Academia Norteamericana de Psicoterapeutas; y
Frederick Perls, quien fue mi maestro en laboratorios de terapia guestáltica.

Terapia de grupo psicoanalitica


El terapeuta crea un medio que facilita la indagación e interacción verbales. La
interacción entre los miembros del grupo ayuda al individuo a examinar sus pautas de
conducta, sus ideas y sentimientos y a comprender su psicodinámica pasada y actual. El
objetivo del analista de grupo es fomentar la interacción, discriminar los contenidos
dentro del grupo y dar interpretaciones acerca del significado de las líneas personales e
interpersonales de evolución.
Según la teoría psicoanalítica, una persona está enferma cuando es incapaz de percibir y
tomar decisiones en forma realista. Su yo —función capital de la percepción, la
integración y la ejecución— no se hace cargo suficientemente de la situación. Sus
deficientes fijaciones percep- tuales, emocionales y cognitivas, que provienen de
deformaciones que datan de la niñez temprana, lo inducen a error. Estas deformaciones
tienen varias causas: por ejemplo, aptitudes no desarrolladas (desarro- lio yoico
irregular), percepciones infantiles equivocadas o identificación con adultos neuróticos o
psicóticos. La persistencia de tales deformaciones obedece al hecho de que hunden sus
raíces en la niñez temprana. Con frecuencia, el neurótico no sospecha su existencia y
cree tener una imagen realista del mundo, hasta que su ilusión lo lleva a sufrir graves y
repetidos fracasos. (Si una persona ha usado siempre lentes de vidrios rojos difícilmente
pueda ver el mundo de otro color que no sea el rojo; la única manera de tener una
percepción más exacta de las cosas sería quitarse los anteojos y enfrentarse con su
error.)
La terapia analítica procura mejorar la percepción y la adaptación a la realidad. Tal vez
el neurótico anhele ese cambio, pero la resistencia ante los cambios fundamentales es
un factor biológico tanto o más que el impulso a mejorar y crecer. Las resistencias del
paciente a admitir la realidad son reforzadas por el deseo (inconsciente) de aferrarse a
sus primitivas defensas, que lo han protegido de sus temores arcaicos a la soledad, la
mutilación y la destrucción. Los niños, al par que se rodean de una seudoseguridad en
su mundo imaginario (mediante fantasías tales como suponer que sus padres son
omnipotentes y poseen poderes mágicos), crean un conjunto de transferencias futuras al
cual es posible adaptar a cada recién llegado. El paciente acomoda a la gente a sus
imágenes transferenciales, o bien elige compañías (cónyuge, amigos, jefes, etc.) que
puedan desempeñar los roles transferenciales establecidos que él atribuyó, cuando niño,
a las figuras importantes de su limitado universo. .
En el proceso terapéutico, el psicoanalista debe tomar en cuenta las defensas erigidas
por el paciente contra cualquier cambio que amenace los cimientos de su
seudoseguridad. Sólo renunciará al desvalimiento
V la omnipotencia como mecanismos de defensa cuando experimente fu potencia real,
como consecuencia de una mayor integración yoica de las fuerzas liberadas del ello y el
superyó. En el camino de su recuperación, el individuo aprende a aceptar la inseguridad
realista que es intrínseca al sino del ser humano.
La terapia de grupo es una nueva herramienta analítica que persigue el mismo
propósito. En tanto que en el análisis individual el paciente no encuentra más que una
persona a la cual transferir las diversas pautas de relación de su niñez, en la terapia de
grupo puede dotar a varias de tales cualidades. Se crea entonces una red de múltiples
transferencias. Asimismo, en el análisis individual el terapeuta apela a toda su habilidad
para no revelar sus sentimientos o sus rasgos de personalidad, a menos que estos sean
inferidos directamente por el paciente; pero en el análisis de grupo ha corrido su asiento
desde atrás del diván y lo ha colocado en el círculo de sus pacientes, desplazamiento
que lo lleva a perder su tradicional invisibilidad, aunque no su valor como objeto de la
transferencia. Por otra parte, cada paciente se da de bruces contra la palpable realidad
de sus pares. Para sorpresa de la profesión psicoanalítica, los brotes de transferencia,
que hasta entonces habían sido alimentados y protegidos (con el objeto de hacerlos
florecer totalmente antes de que fueran analizados), demostraron ser mucho más tenaces
que lo que se había supuesto: las transferencias seguían generalizándose aun cuando se
tenía frente a frente la conducta no neutral ni especular del grupo de pares.
El analista de grupo fomenta la interacción mediante preguntas, silencios, comentarios e
interpretaciones; acepta la expresión de ios acontecimientos propios del aquí y ahora del
grupo, así como la comunicación de hechos vinculados con el allá y entonces de la vida
del paciente. Estimula a los miembros del grupo a relatar sus sueños y fantasías y a
relacionar entre sí sus asociaciones y sentimientos. Puede centrarse en una persona por
vez y utilizar al resiu de! grupo como terapeutas auxiliares, o dirigir la mayoría de sus
intervenciones al grupo en su conjunto. Hay, verbigracia, tres formas analíticamente
correctas de abordar la interacción de un miembro «monopolizador» dentro del grupo: 1 )
«¿Por qué habla tanto X? ¿Qué es lo que pretende, o qué es lo que teme expresar?»; 2 )
«¿Por qué está el grupo tan callado? ¿Qué es lo que logra o evita el grupo gracias a X, o
para qué lo utiliza?»; 3) «X habla; todos los demás guardan silencio» (descripción).
Para la terapia psicoanalítica de grupo la verbalización constituye el único medio
aceptable de comunicación e integración. Se considera que todas las expresiones no
verbales son una «actuación interna» (acting in) cuando tienen lugar en la sesión, y una
«actuación externa» (acting out) cuando el paciente simboliza su conflicto en la
actividad que despliega fuera del grupo. En ambos casos, se los analiza como
resistencias contra el insight analítico. Por ejemplo, el paciente puede sentir encono
contra el analista o contra uno de sus compañeros de grupo, pero en lugar de buscar el
facsímil infantil de ese encono «actúa» en contra de su jefe en la oficina y mantiene
intacto su mundo transferencial. Se ha desprendido de su resentimiento sin provecho
terapéutico alguno.
No está permitido ningún contacto físico durante la sesión, y solo se hace lugar a
expresiones motrices personales del tipo de pequeños gestos y ademanes. Si un paciente
decide pegar patadas contra el suelo o se pone a caminar por el cuarto, se le interpretará
su conducta como resistencia al insight y la integración. Hay analistas que prohíben
incluso fumar o tomar café en la sesión, a fin de mantener un alto nivel de frustración,
que es según ellos lo que da el impulso necesario para promover el cambio. La mayoría
de los terapeutas psicoanalíticos de grupo exigen a sus pacientes que no tengan contacto
social entre sí, si bien muchos de ellos son partidarios de las «sesiones
alternadas» (sesiones terapéuticas sin participación del analista). Estas sesiones brindan
un foro específico para la particular pauta de transferencia familiar: los sentimientos de
los niños en ausencia de sus padres.
Se concibe la curación como el proceso mediante el cual se integran las partes
disociadas del mundo perceptual, emocional y cognitivo del paciente. En el análisis de
grupo, este proceso es apuntalado y promovido por diversas «experiencias emocionales
correctivas» entre los pacientes, y entre ellos y el terapeuta. El análisis no sostiene
ningún valor de vida concreto/salvo el de la libre elección frente a las fijaciones
inconscientes. Cuando el paciente verbaliza su historia y sus conflictos del pasado y el
presente, exhibiéndolos ante los demás, vuelve a representar y experimentar al mismo
tiempo sus antiguos sentimientos en la constelación seudofamiliar de su grupo
terapéutico.
El proceso de desglosar lo que ha sido trasladado irracionalmente del pasado al presente
se cumple por medio de un enfrentamiento emocional y cognitivo, del análisis y de la
interpretación de lo que es en lugar de lo que ha sido imaginado. Bajo la conducción de
un terapeuta que acepta a sus pacientes aunque no se da a conocer a ellos, se produce la
tríada del proceso curativo: 1 ) el análisis y disminución de los mecanismos arcaicos de
defensa; 2 ) la experiencia e interpretación de las relaciones transferenciales, y 3 ) la
experiencia emocional correctiva dentro de un grupo de compañeros que revelan sus
propias dificultades.

Terapia de grupo experiencial

Igual que su colega psicoanalítico, el terapeuta experiencialista crea una atmósfera que
promueve la libre comunicación e interacción, pero su interés primordial se centra en
la conducta y los sentimientos inmediatos antes que en los vínculos e interpretaciones
psicodinámicos. Le preocupa cómo se maneja el paciente en su familia, en su trabajo y
en el grupo actual, más que el porqué de sus acciones. Los conceptos rectores no son los
de transferencia y resistencia sino los de autenticidad y franqueza. Su herramienta
básica consiste en exponerse él mismo como un ser humano auténtico y sincero,
afirmando su identidad singular en un enfrentamiento constante con el grupo.
Se alienta a los miembros del grupo a que expresen todo lo que piensan y sienten. El
objetivo terapéutico es la aceptación de la propia existencia dentro de la fluida
corriente de la vida, con sus placeres y dolores, y de la ambigüedad de esa existencia
frente al hecho de la muerte. El camino mismo es la meta: el «coraje de ser» y la
honestidad en la comunicación con los demás. El analista de grupo estimula la
interacción imponiendo a los miembros la frustración de su relativo silencio y
absteniéndose de dar información sobre su vida privada; el terapeuta de grupo
experiencialista, en cambio, se suma al grupo como un integrante más. Para él, la
sesión de grupo no es un laboratorio en el que se reviven y examinan las antiguas
pautas familiares y se las reemplaza por una serie de relaciones mejores, sino una parte
importante de la vida, que solo difiere de otras situaciones por su mayor autenticidad y
franqueza y por concentrarse en sus aspectos esenciales. (Un experiencialista cuyo
nombre he olvidado decía que el término de la terapia formal podría definirse como el
momento a partir del cual el paciente podía aprovechar cualquier situación de su vida
como si se tratara e
una experiencia terapéutica.) .
Por supuesto, el experiencialista no actúa dejándose llevar indiscriminadamente por
sus sentimientos ni revela al grupo cualquier cosa; no es una persona impulsiva sino
que se explaya en consonancia con lo que beneficie al proceso terapéutico. Elige, entre
la multitud de experiencias propias, aquellos acontecimientos, sentimientos y
pensamientos que juzga o intuye relevantes con respecto a la situación concreta. He
denominado «autenticidad selectiva» a esa elección de manifestaciones de si mismo
que él debe estimar apropiadas y acordes con sus necesidades y las de sus pacientes. Sin
embargo, sus comunicaciones personales no están limitadas en cuanto a su contenido:
pueden incluir sucesos molestos y penosos así como experiencias felices y
enorgullecedoras, y también sueños y fantasías.
En la terapia de grupo experiencial, las palabras, si bien cumplen un papel
predominante, no son la única forma de comunicación. Se aceptan y fomentan todas las
manifestaciones honestas acerca de uno mismo, incluso expresiones físicas de afecto y
de rechazo (pueden utilizarse almohadones especiales para descargar golpes o arrojarlos
a los compañeros). No se permite tener relaciones sexuales ni infligir daños a los
muebles o personas.
Como el psicoanalista, el experiencialista evita el contacto social con sus pacientes,
aunque en términos generales es menos probable que les exija a estos que se abstengan
de celebrar reuniones entre sí. (En los primeros tiempos, los experiencialistas probaron
de reunirse con sus pacientes fuera de las sesiones terapéuticas, pero para la mayoría de
ellos esta-«mayor naturalidad» se convirtió en una carga insoportable; la dificultad de
conservar la indispensable honestidad terapéutica era muy superior a la que podían
manejar sin tropiezos.)
El terapeuta psicoanalítico de grupo puede optar entre diferentes modalidades de trabajo
(según su personalidad y sus diversos puntos de vista acerca de la terapia de grupo),
pero pese a ello el modelo analítico de terapia de grupo está más claramente definido
que el modelo experiencial. Es más probable que el «control» de un aspirante a
psicoanalista le diga que ha actuado bien o mal, con acierto o desacierto en su labor
terapéutica, y no que el supervisor de un aspirante a experiencia- lista evalúe de ese
modo su tarea. En un grupo analítico debe darse cuenta de mayor cantidad de datos
fácticos (el relato de las historias de caso, los vínculos psicodinámicos, el examen de las
pautas transfe- renciales y contratransferenciales y de los mecanismos de defensa) que
en un marco experiencial, donde se hace el mayor hincapié terapéutico en la
singularidad y espontaneidad del individuo en la interacción grupal. La calidad de la
terapia experiencial depende de que el terapeuta tenga una concepción madura y amplia
de la vida. Cierto es que también debe tener conocimientos de psicodinámica, poseer
una afinada intuición y manejar muchas técnicas de la interacción (como los juegos de
roles, los propios de los encuentros, la sensibilización, etc.), pero, básicamente, cuanto
mejor sea el contacto por él establecido consigo mismo y con el mundo, mayor será la
reserva de dones que podrá ofre cer, en forma intuitiva y creativa, a sus pacientes.

Terapia de grupo guestáltica

En este punto me veo forzado a adoptar una forma más subjetiva de descripción.
Frederick Perls ha creado en los últimos años un modelo para el trabajo en grupo que
constituye una nueva manera de utilizar al grupo con fines psicoterapéuticos. En
consecuencia, expondré el modelo de la terapia guestáltica analizando mi experiencia
personal con Perls . El enfoque de Perls tiene la característica primordial de considerar
casi tabú la iniciacción grupal. Perls formula la siguiente invitación: «¿Quién quiere
trabajar ahora conmigo? Estoy disponible». El paciente es siempre un voluntario al que
dedicará diez minutos o cien, según lo exija la situación, mientras el grupo cumple
fundamentalmente el papel de espectador. En mi opinión, por su demanda de que la
experiencia se haga en el ahora, Perls es un expcíiencialista radical. También veo en él
un «apremiante detective», experto en dirigir un rayo vertical que penetre, a través del
lodo de detalles y la roca de defensas del paciente, hasta sus fijaciones emocionales —lo
que él denomina «asuntos pendientes»—. Perls exige al paciente que viva en el ahora,
lo cual significa que permanezca en el «flujo de conciencia» y también que «abandone
su mente y recobre sus sentidos». Mantiene un estrecho contacto perceptual con el
paciente; por lo general se acerca a él lo suficiente como para poder tocarse mutuamente
y le pregunta, no lo que piensa, sino lo que ve u oye.
Perls cenau su atención en las discrepancias evidentes y sutiles entre la expresión verbal
y la expresión corporal, por ejemplo cuando el tono de la voz transmite un mensaje
distinto del que transmiten las palabras. Una sonrisa inoportuna o un ademán
«neutralizador» puede expresar lo que el paciente no se atreve a pensar, o lo que
esconde detrás de sus «sermones» insustanciales. Perls desafía también al paciente a
que entable un diálogo entre las distintas facetas de su personalidad al modo de un
juego de roles, o lo insta a que, luego de relatar un sueño, deje hablar por sí misma a
cada una de las partes que lo componen (como ocurre con los objetos en un cuento de
hadas). El paciente «actúa» entonces cada elemento del sueño, ya se trate de una
persona, una silla, una parte del cuerpo, una casa o un país. El elemento (él) habla. Esto
se asemeja a una creación literaria al revés: los elementos de la ficción le hablan a su
autor (el que los ha soñado), quien no es consciente de haberlos inventado. El individuo
escucha entonces a las criaturas que él creara, que de vástagos rechazados o ignorados
pasan a ser partes aceptadas del sí-mismo personal, apasionantes desde el punto de vista
afectivo.
Para Perls, como para Freud, los sueños son el camino real que conduce a la
recuperación y el progreso, pero la técnica que emplea con ellos es experiencial más
que analítica. El paciente experimenta las enunciaciones explícitamente verbales y
representadas-actuadas de los elementos de su sueño, y escucha su mensaje. La
asociación libre, las vueltas en espiral en torno del núcleo de significado hacia la
esencia del sueño, son reemplazadas por voces oníricas que componen un orquestado
coro. La música se desarrolla en el proceso de cantar y no requiere interpretación. «El
medio es el mensaje».
Tanto la similitud cuanto el contraste entre el psicoanálisis y la terapia guestáltica se
aprecian con más claridad con relación a los sueños. El analista induce en el campo de
conciencia del relator del sueño una gran cantidad de imágenes e ideas, ayudándolo a
integrar sucesos y sentimientos excluidos de su vida pasada y presente. En el análisis de
grupo, se apoya para ello en las múltiples proyecciones transferenciales hacia los
miembros del grupo. Las reacciones, asociaciones e interpretaciones de estos últimos
contribuyen a que el paciente (por la semejanza de los procesos inconscientes) amplíe y
profundice su comprensión del sueño (El concepto junguiano del «inconsciente
colectivo» aclara este proceso.) El terapeuta guestaltista apunta a los aspectos
inmediatos de los enunciados oníricos entrando en escena y enfocando las candilejas
directamente sobre cada fragmento del sueño Este procedimiento conecta la vida
emocional pasada y presente mediante un enfoque telescópico múltiple, y conduce a los
«asuntos pendientes» significativos.
A mi juicio, los conceptos centrales de la terapia guestáltica de Perls son el de
evitació:. o*, asuntos pendientes. Estos últimos comprenden las emociones, sucesos y
recuerdos que permanecen inexpresados en la persona organísmica; la evitación es el
medio de apartarse de ellos, la tentativa de escapar de sentimientos que es preciso
experimentar para poder liberarse de ellos.
Estos conceptos e hipótesis deben sonar familiares sin duda al psicoanalista, ya que en
apariencia son equivalentes a la integración del material inconsciente reprimido bajo la
supremacía del yo como fuerza conductora. Pero si bien los conceptos de evitación y
de asuntos pendientes. están íntimamente vinculados con los de resistencia y fijación,
su diferente formulación marca diferencias esenciales entre ambos enfoques.
«Resistencia» y «fijación» expresan la filosofía determinista del pensamiento regido
por las causas y efectos: el analista «trata» al paciente y «controla» al colega novel.
Asume la responsabilidad de su intervención con el mismo cuidado con el que un
contratista de obra planea su tarea con el equipo de demolición, el arquitecto y la
empresa constructora. «Evitación» y «asuntos pendientes» son parte de una filosofía
que reta al paciente a asumir la responsabilidad por lo que él es. El terapeuta o
instructor lo ayuda a hacerse cargo de sí mismo provocando reacciones con respecto a
ciertas zonas para las cuales está ciego. Consecuentemente, Perls no se asemeja a un
terapeuta en el sentido analítico o experiencial del término sino más bien a un maestro
Zen que guía a su discípulo por el paradójico camino que conduce al dominio de sí
mismo, la disciplina y la libertad. Le enseña al paciente a hacer lo que le plazca con
cada circunstancia de su vida, en lugar de ocultarse detrás de un «No puedo» (que Perls
reemplaza pacientemente una y otra vez por «Diga mejor: No quiero») o detrás de las
«expectativas calamitosas» —el temor a lo que habrá de suceder si se acepta realmente
como es y como siente.
Los «asuntos pendientes» aluden a esas constantes molestias subterráneas que quedan
fuera del alcance del paciente en su vida cotidiana en la medida en que elude
enfrentarse con su dolor, angustia, duelo, ira, etc. y experimentarlos plenamente. En
tanto que el psicoanalista gradúa cbn cuidado sus intervenciones, con el fin de reducir
la angustia a un nivel soportable, Perls induce a que se experimenten las emociones
más intensas en el ahora de la sesión terapéutica. Lo que magnifica el dolor,' la
angustia y la ira, y hace que perdure su poder erosivo y destructivo, es la expectativa
calamitosa de sufrimientos y de su consecuente influencia psicofísica. La aceptación
cabal y sin remilgos de los sentimientos y la entrega total a ellos promueve el «cambio
organísmico», que es una experiencia más que un insight}
Perls prohíbe los «si», los «pero», los «no puedo» y los «me siento culpable» en las
sesiones terapéuticas. Los «si» y los «pero» son sustituidos por «y»; los «no puedo» por
«no quiero»; los «me siento culpable» por «me siento agraviado». La afirmación:
«Quiero escribirle a mi amigo pero no puedo» es, traducida, esta otra: «Quiero
escobille a mi amigo y no quiero». Esos dos deseos mezclados se separan entonces y se
los hace hablar por sí mismos o entre sí, formulando el conflicto emocional en repetidas
formas cada vez más intensas; a menudo se adopta el modelo del opresor que se dirige
en términos de deber («Debes escribir esa carta») al oprimido («No quiero escribir esa
carta»). Cuando se representa una y otra vez el seudoconflicto, el oprimido termina
siempre por ganar. (Se asegura de que la carta no sea escrita.) El precio que paga el
oprimido al opresor por este triunfo —o el individuo a su amigo por no escribirle— es
la culpa.
Si se discrimina con habilidad el carácter dual de los conflictos y luego se los vuelve a
representar, el paciente llega a sentir, tras una serie de diálogos, vaciedad, confusión,
impotencia, etc. Esta es la experiencia del impase: la expresión última de dos fuerzas
que pugnan en direcciones opuestas. Las frases rectoras del terapeuta son «sea ese
vacío», «sea esa confusión», «sea esa impotencia». Una vez que el paciente soporta y
sufre en toda su magnitud esos sentimientos se produce el cambio organísmico. A mi
entender, esta teoría acerca del fenómeno del impase constituye la contribución más
original e importante de Perls a la práctica psicoterapéutica. Ella ha permitido mejorar
la eficacia de la psicoterapia, tanto en profundidad como en rapidez, de una manera
fructífera y estimulante.
Como la mayoría de los experiencialistas, Perls mantiene el control de la «autenticidad
selectiva», pero rara vez comunica sus sentimientos si estos no parecen responder a la
conducta del paciente. Esta opción acerca de las comunicaciones guarda similitud con
la máxima de los psicoanalistas: expresar los sentimientos propios solo cuando ellos
parezcan «provocados» por dicha conducta.
Mientras Perls trabaja con algún integrante del grupo que se ha ofrecido
voluntariamente a ello (a nadie se le.pide o exige que se siente en el «banquillo de los
acusados»), los demás integrantes deben permanecer en silencio. No obstante, en cierto
momento hace que el grupo entre en juego, aplicando para ello un procedimiento
singular, que daré en llamar «el método del coro griego». El «coro griego» prevé,
subraya y fortalece los esfuerzos y realizaciones del paciente en cuestión en una forma
que combina el condicionamiento con una limitada pero eficaz interacción grupal.
Supóngase, por ejemplo, que el paciente haya llegado a la s'guiente comprobación
terapéutica: «Yo no tengo que vivir de acuerdo con las expectativas de nadie». Se le
pide entonces que «haga la ronda» diciendo eso mismo a cada participante y añadiendc
formulaciones distintas en cada caso, tales como «No estoy aquí para complacer tus
expectativas. No tengo por qué cederte mi lugar si no quiero», o «No tengo por qué
escribir un artículo junto contigo». Los miembros del grupo responden escuetamente
según cuál sea su reacción, verbigracia: «Tienes razón, no tienes por qué hacerlo:
tampoco tengo yo por qué complacerte a tí», etc. Está permitido expresar las
atracciones o rechazos físicos.
En los seminarios que ofrecí con el título de «Cinco modelos de inter acción grupal»
incluí los modelos de la terapia experiencial, la analítica y la guestáltica, además del
grupo T y de mi propio método, el de la «interacción centrada en un tema» A los
estudiantes que asistieron a tales seminarios, se les hizo experi nentar cada uno de los
modelos expuestos por vía de la participación. Invariablemente, los grupos exhibieron la
mayor participación personal en el laboratorio de terapia gues- táltica, pese a que
durante la mayor parte del tiempo eran espectadores más que participantes en
interacción. La observación del diálogo dramático terapéutico tenía mayor repercusión
que la interacción personal. La zambullida súbita del paciente en emociones antes
evitadas por él parecía conmover verdaderamente a los observadores, como la
identificación y la purificación en un drama griego. Los integrantes del coro griego
parecen experimentar realmente dentro de sí mismos la tragedia y la alegría de las
respuestas del paciente .
Para concluir, quiero narrar un episodio que tuvo lugar en uno de los laboratorios
coordinados por Perls. Preguntó este: «¿Pueden imaginarse que yo, el hombre de la
guestalt, haya sido alguna vez analista didacta en un instituto psicoanalítico?». La
respuesta surgió de mis labios antes de que pudiera pensar en lo que decía: «Es por ese
motivo que te muestras tan competente en esto, Fritz». Pero que un discípulo de Perls,
que sabe que sus sentimientos y actos no son anónimos sino propios, diga «la respuesta
surgió de mis labios», es un sacrilegio; por ende, fundamentaré esa frase con mis
convicciones. Estoy firmemente convencida de que la habilidad de Perls para conducir
en forma directa a los pacientes hacia sus asuntos pendientes sin sobrepasar su nivel de
tolerancia está ligada a sus cop osos conocimientos y su rica experiencia previa;
conocimientos y experiencia que incluyen la teoría y práctica de la terapia
psicoanalítica, la aceptación del credo experiencialista de los valores de la autenticidad
y la sinceridad vinculadas con el aquí y ahora, el contacto con el psicodrama de Moreno
y con la filosofía Zen, y la labor relacionada con la conciencia corporal. En igual
secuencia histórica, los tres modelos de terapia de grupo que hemos expuesto en este
artículo se han desarrollado a partir de los procedimientos anteriores, y cada uno de
ellos superó, en importantes aspectos, lo que hubo antes que él.
11. Las reglas y juegos de la terapia guestáltica
Abraham Levitsky y Frederick S. Perls

Las técnicas de la terapia guestáltica giran en gran medida en torno de dos series de
lincamientos, que llamaremos «reglas» y «juegos». Las reglas, escasas en número,
suelen ser presentadas y enunciadas formalmente desde el comienzo; los juegos, en
cambio, son numerosos y resulta imposible elaborar su nómina completa, dado que todo
terapeuta ingenioso creará nuevos juegos de tanto en tanto.
Si queremos hacer mínima justicia al espíritu y la esencia de la terapia guestáltica,
debemos distinguir claramente las reglas de las órdenes. La filosofía implícita en las
reglas es proporcionarnos medios eficaces para unificar el pensamiento y el sentimiento;
tienen por designio ayudarnos a sacar a luz las resistencias, a promover una mayor toma
de conciencia; a facilitar, en fin, el proceso de maduración. No las preside,
decididamente, la intención de presentar una lista dogmática de lo que se debe y lo que
no se debe hacer; se las brinda, más bien, con el mismo ánimo con que se propone al
paciente un experimento para que !o realice. A menudo, tendrán gran «valor de choque»,
demostrándole al individuo de cuántas y cuán sutiles formas evita experimentarse pler^
mente a sí mismo y a su ambiente.
Si el propósito que persiguen las reglas se aprecia correctamente, no se las tomará en
sentido literal sino que se comprenderá su significado intrínseco. Por ejemplo, el «chico
obediente» que es completamente incapaz de entender la intención liberadora de las
reglas con frecuencia las respetará al pie de la letra hasta extremos absurdos,
confiriéndoles así su propia falta de vitalidad en lugar de la energía que ellas procuran
promover, '
Fiel a sus orígenes en la psicología de la guestalt, la esencia de la terapia guestáltica se
halla en la perspectiva desde la cual enfoca los procesos de la vida humana. Visto en
esta luz, cualquier conjunto de técnicas, como las reglas y juegos que actualmente
utilizamos, puede considerarse simplemente como un medio útil, como una serie de
herramientas convenientes para nuestros fines pero que no poseen propiedades
sacrosantas.

Las reglas
El principio del ahora. La idea del ahora, del momento inmediato, del contenido y
estructura de la experiencia actual, es uno de los principio* más vigorosos, fecundos y
escurridizos de la terapia guestáltica. Atenién dome a mi experiencia personal [ A. L.],
debo decir que en varias opot tunidades me he sentido intrigado, enfurecido, frustrado y
alborozado por todo lo que lleva implícito la idea, en apariencia simple, de «ser en el
ahora». ¡Y qué experiencia fascinante es ayudar a los demás a percatarle de las
múltiples maneras mediante las cuales evitan adquirir por sí mismos esa conciencia
auténtica e inmediata!
Con el fin de fomentar la conciencia del ahora, sugerimos a la gente que se comunique
en tiempo presente. «¿De qué tiene conciencia en este momento?», «¿Qué está pasando
ahora?», «¿Qué está sintiendo en este instante?» La pregunta: «¿Cuál es su ahora?» es
eficaz para terapeutas y para pacientes.
Sería inexacto afirmar que el material histórico y el pasado carecen de interés. Cuando
se cree que guarda afinidad con aspectos importantes de la estructura de personalidad
actual, se aborda activamente ese material. No obstante, la forma más efectiva de
incorporar a la personalidad el material del pasado es traerlo —del modo más completo
posible— a l presente. Se evitan así los amables «sobreísmos» intelectuali- zados y se
procura insistentemente que todo el material ejerza el impacto de lo inmediato. Cuando
el paciente alude a sucesos de ayer, de la semana pasada o del año anterior, rápidamente
le decimos que «se ubique» allí con su fantasía y represente el drama en términos
actuales. Nos afanamos por señalar al paciente con qué presteza abandona el ahora.
Discernimos su necesidad de hacer intervenir en el diálogo a personas ausentes, la
acuciante nostalgia que lo lleva a rememorar el pasado, su tendencia a ocupar su mente
con temores y fantasías acerca del futuro. Para la mayoría de nosotros, el ejercicio de
permanecer en la toma do conciencia presente constituye una disciplina abrumadora,
que solo puede mantenerse por lapsos breves. No estamos acostumbrados a una
disciplina tal, y nos inclinamos a ofrecerle resistencia.
Yo y tú. Con este principio, procuramos expresar en la forma más clara y concreta
posible la idea de que la verdadera comunicación incluye tanto al emisor como al
receptor. A menudo, los sujetos actúan como si el destinatario de sus palabras fuese el
cielorraso o el aire. Al preguntárseles «¿A quién le está diciendo eso?», se los obliga a
enfrentar su renuencia a enviar el mensaje directamente al receptor, al otro.
De este modo, suele solicitársele al paciente que mencione el nombre de la otra persona
—al comienzo de cada oración, en caso necesario—. Se le pide que tome conciencia de
la diferencia entre «hablarle» a su interlocutor y «hablar» delante de él. Se lo insta a
que compruebe si su voz y sus palabras alcanzan realmente al otro. ¿Lo toca realmente
con sus palabras? ¿En qué medida está dispuesto a tocarlo con sus palabras? ¿Comienza
a darse cuenta, acaso, que su evitación fóbica de la relación con los demás y del
contacto genuino con ellos se pone de manifiesto también en los mecanismos de su voz
y en su conducta verbal? Si su contacto con el resto de la gente es escaso o insuficiente,
¿comen- 2 ará por ventura a plantearse serias dudas en cuanto a que los demás tengan
existencia real para él en este mundo? ¿En cuanto a que él esté realmente con personas,
o se sienta solo y abandonado?
Lenguaje impersonal y personal. Esta regla tiene que ver con la semántica de la
responsabilidad y la participación. Es común que, para referirnos a nue.^tro cuerpo y a
nuestros actos y conductas, empleemos un * er >guaje impersonal: ¿Que siente en su
ojo? —Un parpadeo.
¿Qué ocurre con su mano? —Tiene un temblor.
—¿Qué siente en la garganta? —Un ahogo.
—¿Qué siente en su voz? —Un sollozo.
Merced al simple —y aparentemente mecánico— expediente de con vertir el lenguaje
impersonal en lenguaje personal, aprendemos a identificar mejor la conducta en
cuestión y a asumir responsabilidad por ella En lugar de «Un temblor», «Estoy
temblando»; en vez de «Un ahogo», «Me siento ahogado». Avanzando un paso más,
diremos «Siento que estoy ahogándowe». En este caso puede apreciarse de inmediato el
diferente grado de responsabilidad y de participación que experimenta el individuo.
La traducción del lenguaje impersonal a lenguaje personal es un ejem pío en miniatura
de muchas de las técnicas de juego guestálticas. A medida que el sujeto participa, es
más probable que se vea a sí mismo como un agente activo que hace cosas, en lugar de
un ser pasivo al cual las cosas de algún modo le «ocurren».
Hay otros juegos semánticos. Si el paciente dice «No puedo hacerlo», el terapeuta le
solicitará que diga «No lo haré»; si acepta esta formula ción y la utiliza, le preguntará:
«Y ahora, ¿qué siente?».
T: ¿Qué oye en su voz?
P: Parece un llanto.
T: ¿Puede usted asumir responsabilidad por ello diciendo «Estoy
llorando»? _
Otros de los gambitos de la semántica de la responsabilidad consisten en hacer que el
paciente reemplace los nombres por verbos y que utilice con frecuencia el modo
imperativo como medio más directo de comunicación.
Empleo Jel continuo de conciencia. El empleo del denominado «conti nuo de
conciencia» —el «cómo» de la experiencia— es absolutamente fundamental en terapia
guestáltica. Se logran con él efectos a la vez notables y sorprendentes. La insistencia
con que se vuelve a él y la confianza que en él se deposita es una de las mayores
innovaciones técnicas aportadas por esta terapia. El método es muy simple:
T: ¿De qué tienes conciencia ahora?
P: Tengo conciencia de que te estoy hablando. Veo a las demás per
sonas que están en el cuarto. Tengo conciencia de que John está moviéndose en su
asiento. Puedo sentir la tensión en mis hombros, rengo conciencia de que a medida que
digo esto aumenta mi ansiedad.
T: ¿Cómo experimentas esa ansiedad?
P: Oigo temblar mi voz. Siento la boca seca. Hablo en forma muy
vacilante.
T: ¿Tienes conciencia de lo que están haciendo tus ojos?
P: Bueno, ahora me doy cuenta de que mis ojos no hacen más que
mirar hacia otro lado . . .
T: ¿Puedes asumir la responsabilidad por ello?
P: ... que yo no hago más que apartar los ojos de ti.
T: ¿Puedes ser tus ojos ahora? Haz de cuenta que son ellos los q 1 -
hablan. •
P: Soy los ojos de Mary. Me resulta difícil ir.lrar fijo. Paso todo
tiempo saltando de un lado a otro . .
t| continuo tic conciencia tiene inagotables aplicaciones, pero es ante jo un modo eficaz
de conducir al individuo hacia los firmes cimien- 'os de sus experiencias y de apartarlo
de las interminables verbaliza- iones, explicaciones, interpretaciones. La conciencia de
los sentimientos corporales y de las sensaciones y percepciones constituye nuestro
saber más seguro —tal vez el único saber seguro que poseemos—. Depositar confianza
en la información que proporciona la toma de conciencia és la mejor manera de poner
en práctica el refrán de Perls: «Abandona tu mente y recobra tus sentidos.».
El empleo del continuo de conciencia es, para el terapeuta guestaltista, el mejor modo
de hacer que el paciente coloque menos el acento en el porqué de la conducta
(interpretación psicoanalítica) y más en el qué
v el cómo de la conducta (psicoterapia experiencial):
P: Tengo miedo.
T: ¿Cómo experimentas ose miedo?
P: Ño puedo verte con claridad. Me transpiran las manos.. .
Al ayudar al paciente a confiar en sus sentidos («retornar a sus sentidos»), también lo
ayudamos a distinguir entre la realidad que tiene delante suyo y los demonios
horrendos que fabrica en su fantasía:
P: Estoy seguro que la gente me despreciará por lo que acabo de decir.
T: Recorre la habitación mirando detenidamente a cada uno de no
sotros. Cuéntame qué es lo que ves, qué es lo que tus ojos no tu imaginación— te
dicen. _^
P (luego de cierto período de exploración y descubrimiento): Bue
no, ¡lo cierto es que la gente no mira con tanto rechazo! Algunos de ustedes incluso me
dirigen una mirada cálida y amable.
7": ¿Qué experimentas ahora?
P: Estoy más relajado.
No murmurar. Como sucede con muchas técnicas guestalticas, la regla de no murmurar
tiene el propósito de promover sentimientos e impedir la evitación de sentimientos. Se
define la murmuración como todo aquello que se dice acerca de un individuo que está
presente y a quien se puede hablar en forma directa. Por ejemplo, supóngase que el
terapeuta está tratando a tíos pacientes llamados Bill y Ann:
Bill (al terapeuta): El problema con Ann es que siempre me está
molestando.
T: Estás murmurando; díselo a Ann.
Bill (volviéndose hacia A n n ) : Siempre me estás molestando.
Solemos entregarnos a las murmuraciones sobre las personas cuando no hemos podido
manejar directamente los sentimientos que despertaran en nosotros. La regla de no
murmurar es otra de las técnicas gucs- tálticás que facilita la confrontación directa de
los sentimientos, k* formulación de preguntas. La terapia guestáltica presta mucha
atención a la necesidad del paciente de formular preguntas. Es evidente que quien
formula una pregunta nos está dic.endo: «Dame, diine . . .». A menudo, si lo
escuchamos con cuidado, descubriremos que no necesita realmente la información que
pide, o que su pregunta no es verdaderamente necesaria, o que implica pereza y
pasividad de su parte. En tal caso, el terapeuta puede decirle. «ReformuU esa pregunta
como Un a proposición». La frecuencia con la que el paciente puede hacerlo c °nvalida la
conducta del terapeuta.Deben distinguirse las preguntas genuinas de las falsas; estas
últimas son las que tienen como objetivo manipular o sobornar al interlocutor para que
vea o haga las cosas de cierta manera. En cambio, las preguntas de la forma «¿Cómo lo
haces iú» y «¿Tienes conciencia de que ...?» suministran un apoyo auténtico.

Los juegos
A continuación, describiremos sucintamente cierto número de «juegos» empleados en
terapia guestáltica. El terapeuta los propone cuando le parece que el momento es
oportuno —ya sea en lo que toca a las necesidades de un individuo o del grupo—.
Algunos de estos juegos, como los llamados «Tengo un secreto» y «Me hago
responsable», son particularmente útiles para aumentar el entusiasmo de un grupo al
comienzo de la sesión.
No es, desde luego, accidental que algunas de las técnicas principales de la terapia
guestáltica tomen la forma de un juego. Se trata, a todas luces, de una
metacomunicación de Perls, que pone de relieve una de las muchas facetas de su
filosofía acerca del funcionamiento de la personalidad. El lenguaje de los juegos (que es
en sí mismo un juego) puede interpretarse como un comentario sobre la índole de todas
o casi todas las conductas sociales. El mensaje no es que se dejen de jugar los juegos —
puesto que todas las formas de organización social pueden concebirse como un juego de
tal o cual tipo—, sino que tomemos conciencia de los juegos que jugamos y seamos
libres de sustituir los que no nos gratifican por aquellos que sí nos gratifican. Aplicando
este punto de vista a cualquier relación bipersonal (el amor, el matrimonio, la amistad),
no saldremos a la búsqueda de un compañero o compañera que «no juegue juegos», sino
que buscaremos una persona que practique juegos que se acomoden bien a los nuestros.
Juegos de diálogo. En su tentativa de lograr un funcionamiento integrado del individuo,
el terapeuta guestaltista investiga las divisiones o escisiones manifiestas en su
personalidad. Naturalmente, toda «escisión» que se descubra será función del marco de
referencia del terapeuta y de su poder de observación. Una de las principales divisiones
postuladas es la que hay entre el «opresor* y el «oprimido», según se los denomina. El
opresor es el equivalente aproximado del superyó psico- analítico: es moralizador,
imperativo y condenatorio, y su especialidad son los debes. El oprimido tiende a oponerle
una resistencia pasiva, a encontrar excusas para su conducta y dar razón de sus demoras.
Cada vez que se presenta esta división, se le pide al paciente que mantenga un diálogo
real entre dichos dos componentes de sí mismo. Por supuesto, el mismo juego de
diálogo puede aplicarse para cualquier escisión significativa dentro de la personalidad
(el agresivo contra el pasivo, el «buen muchacho» contra el villano, el masculino contr«
el femenino, etc.). En ocasiones, puede aplicárselo incluso a diversas partes del cuerpo:
la mano derecha contra la izquierda, la parte superior del cuerpo contra la parte inferior.
También puede desarrollarse el diálogo entre el paciente y alguna persona significativa
para él: el sujeto se dirige a ella como si estuviera presente, imagina cuál sería su
respuesta, le contesta a su vez, y así sucesivamente.
Hacer la ronda. A veces el terapeuta puede encontrar conveniente que uno de los
pacientes, que se ha referido a un tema en particular o ha expresado determinado
sentimiento, repita eso mismo frente a cada uno de los integrantes del grupo. Si un
paciente afirmó: «No soporto a ninguna de las personas que hay en este cuarto», el
terapeuta podrá decirle: «Muy bien, haz la ronda. Repite esas palabras ante cada uno de
nosotros, añadiendo alguna observación vinculada con tus sentimientos en cada caso».
El juego de la «ronda» es, desde luego, infinitamente flexible y no es preciso limitarlo a
la interacción verbal: puede incluir conductas como tocar o acariciar a los demás,
observarlos detenidamente, asustarlos, etcétera.
Asuntos pendientes. Los asuntos pendientes constituyen en terapia guestáltica el
equivalente de la tarea perceptual o cognitiva inconclusa de la psicología de la guestalt.
Cada vez que logran identificarse esos asuntos pendientes (sentimientos no resueltos), se
le pide al paciente que los complete. Como es obvio, en el campo de las relaciones
interpersonales todos tenemos una lista interminable de asuntos pendientes —p. ej., con
nuestros padres, hermanos y amigos—. Perls sostiene que los resentimientos son los
más comunes e importantes.
«Me hago responsable». Este juego se funda en algunos de los elementos del continuo
de conciencia, pero en él todas las percepciones se consideran actos. Se solicita a los
pacientes que añadan, a cada una de sus proposiciones, «... y me hago responsable de
ello». Por ejemplo: «Tengo conciencia de que estoy moviendo la pierna ... y me hago
responsable de ello»; «Mi voz es muy tranquila ... y me hago responsable de ello»; «No
sé qué decir en este momento ... y me hago responsable de no saberlo».
Lo que a primera vista parece un procedimiento mecánico y aun intrascendente revela
muy pronto tener gran significado.
*Tengo un secreto». Este juego permite investigar los sentimientos de culpa y
vergüenza. Cada persona debe pensar en un secreto personal celosamente guardado,
pidiéndosele que no comparta con los demás el secreto en sí pero imagine (proyecte) de
qué manera, a su juicio, reaccionarán los otros frente a él. Luego puede solicitársele que
se jacte ante los demás de poseer un terrible secreto; comienza entonces a salir a luz el
vínculo inconsciente con el secreto como logro preciado.
El juego de las proyecciones. Muchas aparentes percepciones son en realidad
proyecciones. Verbigracia, al paciente que dice «No puedo confiar en usted» se le pedirá
que represente el papel de una persona poco digna de confianza, con el objeto de
descubrir su conflicto interno en este ámbito. Otro paciente se quejará al terapeuta
diciéndole: «Usted no está verdaderamente interesado en mí. Hace esto nada más que
para ganarse la vida»; se le solicitará entonces la representación de la actitud que le
imputa al terapeuta, tras lo cual se le puede preguntar si no cree que él posee, también,
el rasgo mencionado. '
Antítesis. Uno de los caminos de que dispone el terapeuta guestaltista para aproximarse
a ciertos síntomas o dificultades es ayudar al paciente a que advierta que la conducta
manifiesta suele ser la antítesis de los impulsos subyacentes o latentes. Se juega
entonces al juego de la antítesis. Por ejemplo, al sujeto que dice sufrir inhibiciones o
una timidez excesiva se le hace representar el papel de exhibicionista; al internarse en
ese terreno tan lleno de ansiedad para él, toma contacto con una parte de sí mismo que
había permanecido sumergida durante mucho tiempo. O bien, si el sujeto desea tratar su
extrema sensibilidad a las críticas, se le hará representar el papel de escucha atento a
todo lo que se le dice —en especial las críticas— sin necesidad de defenderse o de
contraatacar. O, si se trata de un individuo que no hace valer sus méritos y que se
muestra demasiado delicado con la gente, se le pedirá que haga el papel de una persona
egoísta y malvada.
El ritmo de contacto y apartamiento. Como consecuencia de su interés por la totalidad
de los procesos vitales, por los fenómenos de figura y fondo, la terapia guestáltica hace
hincapié en la índole polar del funcionamiento vital. La capacidad de amar se ve
obstaculizada por la incapacidad para resistir la ira; el descanso es necesario para
restaurar energías; una mano no es una palma abierta ni un puño cerrado, pero puede
abrirse o cerrarse.
La inclinación natural a apartarse de todo contacto, que el paciente experimentará de
vez en cuando, no se considera como una resistencia que debe ser superada sino como
una respuesta rítmica que debe respetarse. En consecuencia, cuando el sujeto desea
apartarse, se le dice que cierre los ojos y lo haga en su fantasía a cualquier lugar o
situación en los que se sienta seguro. Tras describir el panorama que se le ofrece y lo
que siente en tales circunstancias, se le pide que abra los ojos y «vuelva al grupo». Se
retoma entonces la tarea tal como se la venía desarrollando; por lo general, el paciente
suministra nuevo material en estos casos, dado que el apartamiento le ha permitido
recuperar energías.
El enfoque guestáltico nos propone que aceptemos la necesidad del apartamiento en
todas las situaciones en las que la atención o el interés disminuyen, pero permaneciendo
conscientes del rumbo que toma nuestra atención. .
«Ensayo teatral». Según Perls, nuestro pensamiento consiste, en buena medida, en un
ensayo y preparación internos de los roles sociales que habituaímente debemos
representar. La experiencia del miedo al público no es más que nuestro temor de que no
haremos un buen papel. De acuerdo con ello, los integrantes del grupo juegan a
compartir sus respectivos ensayos, con lo cual ganan conciencia sobre los preparativos
a que recurren para apuntalar sus roles sociales.
«Exageración». Este juego está íntimamente vinculado al principio del continuo de
conciencia y nos brinda un medio adicional de comprender el lenguaje del cuerpo. En
muchas ocasiones, un movimiento o ademán involuntario del paciente parece constituir
una comunicación significativa pero tales movimientos pueden ser incompletos o no
alcanzar un total desarrollo —una mano que describe un semicírculo, tal vez, o un
ligero golpe con la pierna sobre el suelo—. Se le solicitará entonces que exagere y
repita el ademán, tratando por lo general de que se ponga más de manifiesto su
significado interno. A veces se le pedirá que convierta su movimiento en un paso de
baile, de modo de que entregue algo más dr sí mismo en una expresión integrada.
Se emplea una técnica similar para la conducta puramente verbal, en lo que bieh podría
llamarse el «juego de la repetición*. Si un paciente hace alguna declaración importante
pero pasa apresuradamente a otro tema o revela de alguna manera que no ha absorbido
plenamente su impacto, se le pedirá que la repita —varias veces, en caso necesario, y,
sí resulta conveniente, con voz cada vez más fuerte—. Pronto habrá comenzado a
escucharse atentamente a sí mismo, en lugar de emitir palabras simplemente.
«¿Me permites que te dé una oración?». Al escuchar u observar al pa.ciente, el
terapeuta puede llegar a la conclusión de que hay una cierta actitud o mensaje
implícitos. Le dirá entonces: «¿Me permites que te dé una oración? Repítela, a ver
cómo te queda a ti, y dísela a varios de los aquí presentes». Le propone entonces su
oración y el paciente prueba a ver cuál es su reacción frente a ella. Como regla, el
terapeuta no ofrece meras interpretaciones. Es evidente que en este juego hay un fuerte
elemento interpretativo, pero el paciente debe hacer suya la experiencia a través de una
participación activa. Si la oración que se le propuso es verdaderamente importante, él
mismo desarrollará la idea en forma espontánea.
Juegos para el asesoramiento psicológico de matrimonios. Mencionaremos solamente
algunas de las innumerables variantes posibles de estos juegos.
Los cónyuges, sentados uno frente al otro, hablan por turno comenzando su exposición
con: «Tengo resentimientos contra ti porque. . .». El tema del resentimiento puede ir
seguido del tema de la estima: «Te estimo porque ...». Luego el tema de la malignidad:
«Actúo en forma maligna contra tí cuando. ..» o el de la condescendencia: «Actúo en
forma condescendiente contigo cuando . . .».
Tenemos, por último, el tema del descubrimiento. Cada uno de los cónyuges describe
alternadamente al otro en oraciones que comienzan: «Veo en ti ...». En muchas
circunstancias, este proceso de descubrimiento implica ver realmente por primera vez a
la otra persona. Perls señala que el problema más difícil del matrimonio consiste en que
se está enamorado de un concepto y no de un individuo; por ende, debemos aprender a
distinguir entre nuestra imagen fantaseada y la persona de carne y hueso.
Para terminar, es oportuno mencionar un enfoque que, si bien no entra en la categoría
de las reglas ni en la de los juegos, merece que lo incluyamos en este lugar. Se trata de
un importante gambito de la terapia guestáltica, que simboliza gran parte de la filosofía
básica de Perls. Podríamos llamarlo el principio de «permanecer en los estados de
ánimo propios». Se apela a esta técnica en momentos claves, cuando el paciente hace
referencia a un sentimiento o estado anímico o mental desagradable y del que tiene
gran urgencia por liberarse. Supongamos
?
ue ha llegado a un punto en el que se siente vacío, o confundido, o rustrado o
descorazonado. El terapeuta le dice: «¿Puedes permanecer en ese estado de ánimo?».
Casi siempre, este es un momento dramático y de gran frustración para el individuo. Ha
relatado su experiencia con cierta acrimonia y una clara impaciencia por seguir
adelante, dejando tras de sí esos sentimientos. Sin embargo, el terapeuta le pide
deliberadamente que aguante el sufrimiento psíquico que soporta en ese momento, sea
cual fuere este, y le pide que elabore el qué y el cómo de su estado anímico. «¿Qué
sensaciones tienes? ¿Qué percepciones, fantasías, expectativas?» En estos momentos es
con frecuencia indispensable y oportuno ayudar al paciente a distinguir entre lo que
imagina y lo que percibe.
La técnica de «permanecer en eso» es el mejor ejemplo de la importancia que concede
Perls al papel de la evitación fóbica en toda conducta neurótica. A su entender, el
neurótico ha evitado sistemáticamente establecer un contacto íntimo con una gama de
experiencias desagradables y disfóricas. Como resultado de ello, la evitación pasa a ser
inherente a su conducta, la ansiedad fóbica se convierte en cosa de todos los días y no
logra jamás un dominio adecuado de ciertas dimensiones fundamentales de la
experiencia.
En este sentido, es interesante recordar el título del primer libro de Perls: Ego, hunger
and aggression (Yo, hambre y agresión). Fue un título cuidadosamente escogido, con el
fin de transmitir el siguiente mensaje: debemos adoptar, con respecto a las experiencias
psicológicas y emocionales, la misma actitud activa y desafiante que empleamos para
nuestra sana alimentación. Para una comida sana, empezamos por morder el alimento,
luego lo masticamos, lo trituramos y lo licuamos, más tarde lo tragamos, lo digerimos,
lo incorporamos a nuestro metabolismo y lo asimilamos. De este modo, el alimento pasa
a ser parte real de nosotros.
El terapeuta guestaltista estimula al paciente —sobre todo con la técnica de
«permanecer en eso»— a que emprenda una «masticación» análoga y la ardua
asimilación de dimensiones emocionales de la vida que hasta entonces le resultaban
desagradables al paladar, difíciles de tragar e imposibles de digerir. Ello aumenta la
confianza del sujeto en sí mismo y lo dota de una mayor capacidad para vivir en forma
autónoma y para enfrentar resueltamente las inevitables frustraciones de la vida. 12.
Psicoterapia experiencial con familias
Walter Kempler

Las leyes sobre las cuales se funda toda psicoterapia experiencial con familias se
vinculan con dos preceptos: 1 ) el punto central de toda toma de conciencia e
intervención es la atención que se preste a las interacciones presentes, y 2 ) el terapeuta
debe participar plenamente con toda su persona —y no simplemente con un bagaje de
triquiñuelas denominadas «habilidades terapéuticas»—, ejerciendo un franco y
generoso influjo personal en las familias con las que trabaja. Hay muchos terapeutas
que abogan por estos principios fundamentales, pero en la práctica hay una tendencia a
levantar una barrera frente al compromiso que entrañan esos dos principios. Ofrecemos
este artículo como un modo de derribar esa barrera.
La interacción presente —el encuentro actual— exige estar constantemente alerta. Ello
implica que se debe prestar atención al aquí y ahora, no hasta el punto de excluir el
pasado y el futuro pero sí hasta el punto de considerar cualquier desviación pertinente
respecto del aquí y ahora como un apartamiento transitorio —aunque necesario—, y de
hacer que cada rodeo sea prontamente integrado a la interacción actual. Daremos como
ejemplo el de un matrimonio con una hija de ocho años, que se ha embarcado en una
discusión sobre la conducta de esta última. El padre sostiene clara y firmemente que la
hija es perfectamente capaz de expresarse por sí sola, mientras que la madre afirma que
nunca defiende sus ideas y necesita recibir ayuda en esta materia. El tera- ' peuta, que
sabe que debe darse preferencia a la confrontación directa cuando ello es posible, urge
a la madre para que examine su preocupación por la hija en vez de discutir con su
esposo acerca de ella.
M (madre, dirigiéndose a su hija, en un tono francamente condescendiente): Me
gustaría que pudierashablarlibremente con nosotros de
todo lo que se te antoje. ¡Sería tan importante para ti poder hacerlo! H (hija,
prestamente): ¡Si yo digo lo que se me antoja!
M: No, nolo haces. Deberías ser capaz de decir todo lo que deseas.
H (vuelve a responder con rapidez): Lo hago.
Af (haciendo caso omiso de sus palabras): Me gustaría que lo hi
cieras.
T (terapeuta, a la madre): Usted ignora loque elladice.
Ai (al terapeuta): Porque estoy segura de que tengo razón.
T (en un intento de ayudarlas a salvar la distancia que las separa y comenzar otra vez
las negociaciones): ¿Puede usted dar un ejemplo
a su hija?
M: No creo que ella diga aquí lo que quiere.

T: ¿Por ejemplo? (El terapeuta no percibe o no comparte la preo- cu pai tan de la

madre, pero quiere darle la oportunidad de calar más hondo.)


Ai: Que según ella somos malos padres. Por ejemplo, no la dejamos
hablar de las cosas nuestras que no le agradan... Que le molestan los gritos del padre y
mi llanto, tal vez.
T (luego de que la madre hubo aclarado ese punto): Verifique con
su hija si eso es cierto.
H (después de ser interrogada por la madre al respecto): No me
gustan los gritos de papá, pero tampoco me molestan demasiado, salvo cuando me grita
a m(. Ya se lo he dicho. Y no me molesta verte llorar a ti. Antes sí ine molestaba, pero
ahora lo haces tan seguido que ya no te llevo el apunte.
Ante esta respuesta, la madre sacude tristemente la cabeza, como diciendo: «Sé que
sufres, pobrecita... si pudiera ayudarte a comprender cuánto sufres. . . » .
En este momento, tanto el terapeuta como el padre y la niña saben perfectamente que
esta última no sufre (al menos, no en lo que toca a este punto). El terapeuta así se lo
dice a la madre y le pide que reflexione sobre ello. Ella lo hace durante un rato, y dice
finalmente: —Yo sé lo que es que a una la hagan callar siempre. Es terrible.
La madre se ha apartado del aquí y ahora para remontarse a su propia niñez; está, por
así decirlo, en el «allí y entonces»: su conciencia actual se ha escapado a otra época. El
terapeuta la estimula a que permanezca en el pasado diciéndole: —¿Podría usted
convertirse ahora en la pequeña niña? —Ella ya lo ha hecho; el terapeuta no hace más
que permitirle que lo reconozca abiertamente.— Cierre los ojos y dígale a sus padres
cómo se siente una cuando la obligan siempre a callar.
La madre cierra los ojos y comienza a llorar. El terapeuta le dice: —Hábleles.
Luego de algunos sollozos, la madre dice con los ojos cerrados: —Oh, mamá, si lo
supieras. No creo que lo hayas sabido jamás. —Llora con más fuerza.— Yo nunca puede
contarte nada. Y no todas las cosas eran malas. Quería únicamente que me escuchases...
que lo hicieras una vez tan solo . .. que me dejaras decirte lo que pensaba.
Continúa hablándole a su madre en la fantasía (su realidad del momento), mencionando
un caso que le resultó particularmente penoso. Cuando pareció que había terminado, el
terapeuta le sugirió que respondiese ahora como si fuera su madre. Esta idea era nueva
para ella. Al iniciar sus tanteos, empezó por disculparse alegando ignorancia, y al seguir
adelante —convertida ya en su propia madre— defendió, en primer lugar, su derecho a
no escuchar a la hija; luego explicó, llorando, que se sentía tan inepta como madre que
no se atrevía a escucharla. Habiendo tomado conciencia de esto, volvió a su papel de
niña, y exclamó entre fuertes sollozos: —Nunca lo supe. Nunca se me ocurrió. Nunca lo
supe. Creí que yo no te gustaba: eso era lo terrible. Nunca pensé que fueras tú... que tú
no podías escuchar. Pensaba que no te interesabas por mí. ¡Oh, que horrible tiene que
haber sido esto para ti! Yo también siento algo parecido casi siempre. —En este
momento, está volviendo a ser la madre-padre del presente, y deja de llorar.— Por eso
es que siempre le digo a Cathv [su hija] que diga lo que siente. Ella 1 « hace, sabes,
mejor que lo hacía yo.
En este proceso, la madre reunió fragmentos de su psique que se habían vuelto extraños
a ella durante su crecimiento. Cuando terminó de hablar, se quedó pensativa y en
silencio, con los ojos fijos en una silla vacía. Después de una cognición importante
siempre se produce un silencio meditativo, como si el aparato psíquico necesitara
tiempo para reorganizarse.
Luego de transcurridos varios minutos de tranquilo silencio, la madre comenzó a
moverse y a mirar en torno suyo. El terapeuta, deseoso de que integrara la experiencia
en su mundo actual, la instó a hablarle a su hija.
Sonriente ya, le dice: —No soy tan mala madre como tú puedes creer... creo que es más
exacto decir «como yo creía que era». Lo cierto es que tú dices lo que piensas mejor
que yo lo hice nunca.
La hija sonríe. El encuentro entre ambas parece haberse completado. Se invita entonces
a hablar al padre. Este dirigiéndose al terapeuta, empieza diciendo: —Yo sabía que
estaba en lo cierto pero nunca creí... El terapeuta lo interrumpe y sugiere que le hable a
su mujer. Así lo hace, y continúa: —Nunca me detuve a pensar qué es lo que estaba
sucediendo. Sólo que me enfurecía ver cómo la regañabas. Ahora ese sentimiento ha
desaparecido. Tal vez retorne si vuelves a regañarla, pero sin duda siento algo distinto
con respecto a ti en este momento. La madre replica: —Me siento tan aliviada sobre
todo esto. Lamento haber sido tan molesta.
El padre elabora algo por sí mismo, y haciendo caso omiso de sus disculpas agrega: —
Bueno, quizá te pueda ayudar en el futuro si vuelves a futirte trastornada por Cathy.
Ambos callan. El terapeuta piensa que ya no le queda nada más que hacer con padre e
hija; para completar su labor del momento con la madre, le dice: —No me gustó su
pedido de disculpas. Usted no tiene por qué ser tampoco la esposa perfecta.
El registro de la historia individual, la rumiación acerca de la génesis de la conducta
actual, la discusión sobre el poiqué de esa conducta: todo ello es opuesto al enfoque que
acabamos de esbozar. Para llevar ■adelante un encuentro, se juzga indispensable prestar
atención al tema de dicho encuentro; sin embargo, lo mejor es desprenderse de él
cuanto antes para hacer lugar a una experiencia que nos permita tomar conciencia de lo
que hacemos con las demás personas y la manera como lo hacemos. En pocas palabras:
el qué y el cómo de la conducta desplazan al porqué, la experiencia desplaza a la
discusión.
Cuando una familia llega a presencia del terapeuta, este observa su apariencia, la forma
en que lo impresiona. ¿Se muestran particularmente ansiosos uno o varios de sus
miembros? ¿Qué hacen delante de él? ¿Cómo entran al consultorio? ¿Entra d padre
antes que los demás y los presenta, o es uno niís en el grupo? ¿Qué estado de ánimo
impera entre ellos? ¿Le caen sin páticas al terapeuta sus miradas? ¿Se muestran amables
unos con otrosí'
La conciencia potencial del terapeuta acerca de lo que ve es infinita y, por supuesto,
está coloreada por sus propias necesidades del momento. Tal vez salude a la familia
como un buen anfitrión, sonriéndoles y extendiéndoles su mano, y se presente ante ellos
si ninguno toma antes la iniciativa. Pero sea cual fuere su conciencia de la situación,
cabe esperar que habrá de acercarse a la familia con curiosidad por saber qué desean de
él, con interés por averiguar cómo se manejan para procurarse lo que necesitan, y
dispuesto a unírseles con su sentir en esa circunstancia.
Si ningún integrante de la familia inicia el intercambio verbal, el terapeuta se verá
obligado a hacerlo él. Las mejores formulaciones iniciales (y las mejores
intervenciones, en general) son las que se hacen en primera persona del singular,
identificando al terapeuta con el aquí y ahora; verbigracia, una observación sobre sí
mismo: «En un momento estoy con ustedes. Me quedé pensando en lo que ocurrió la
sesión anterior, que fue muy emotiva». Y si eso no basta para apartarlo por completo de
la consulta previa, será oportuno que agregue algún comentario adicional sobre el
remanente que le queda. El terapeuta tiene, no solo la necesidad, sino la obligación, de
desembarazarse de lo que pueda estorbarle para estar en el presente en forma más cabal.
Su conciencia puede luego desplazarse hacia la inquietud que revela algún integrante de
la familia, el peinado poco habitual de algún otro o la ropa llamativa de un tercero. Un
comentario inicial que haga saber a los demás que ha tomado conciencia de esos detalles
es preferible a un estudiado silencio o a formular una pregunta trillada que no facilite
las confidencias, del tipo de «¿Cómo está usted hoy?» o «¿Qué puedo hacer por
ustedes?». Aunque parezca trivial, la mejor manera de crear un clima de confidencia es
dando el ejemplo, y el comentario inicial es un excelente punto de partida. En los
comienzos de la terapia, el terapeuta actúa fundamentalmente como un catalizador,
afanándose por fomentar las negociaciones entre los miembros de la familia. Con el
transcurso del tiempo pasará a ser, en ciertas ocasiones, el centro de todas las refriegas.
—Quiero que usted conozca a mi familia —comienza diciendo una madre, al par que
presenta al terapeuta a sus hijos Daryl, dé 15 años, y Steve, de 12 , y luego a su marido,
quien entra detrás de los demás, extiende su mano sin sonreír, esboza un gruñido de
cortesía y busca una silla para sentarse: sin lugar a dudas, un celoso guardián arrastrado
al consultorio contra su voluntad. .
Todo el mundo se sienta, y pasados los momentos iniciales de callada ubicación de cada
cual en su sitio, la madre visualiza sonriente a uno por uno y dirige la mirada luego al
terapeuta, como diciendo: «Ya puedo empezar». Los niños miran al terapeuta o recorren
con su vista la habitación. Los ojos del padre saltan del terapeuta a la madre
alternativamente, hasta detenerse en esta última. Tras un breve silencio, la madre
pregunta al terapeuta: —¿Por dónde quiere que comencemos? El terapeuta evita la
pregunta «¿Por dónde querría comenzar usted?», y en vez de ello da un buen ejemplo,
dice lo que quiere: —Puesto que usted parece mostrarse muy dispuesta a intervenir,
sugiero que comience diciéndole a cada miembro de su familia qué es lo que le disgusta
de su convivencia con él.
Podría haber realizado el encuentro desde el principio centrando la atención en la
diferencia entre el padre y la madre en cuanto a su «.lis- posición a tomar la delantera y
participar. Pero prefiere un comienzo más suave, acepta la disposición a participar de la
madre y actúa de modo de crear participación dentro de la familia.
Pero la MacLe reacciona volviéndose hacia el padre y preguntándole: ¿Quieres
empezar tú?
Haciendo caso omiso de la sugerencia del terapeuta, estimula al padre para que tome la
iniciativa. Tomar la iniciativa con una pregunta no es, por lo general, participar, sino
más bien una tentativa de mantenerse en la oscuridad, en la esperanza de que alguna
otra persona inicie la interacción. La madre, al dirigirse a su marido luego de haber
escuchado la solicitud del terapeuta, confirma que tal es su intención, al menos en
parte. El terapeuta sospecha ahora que ella sabe muy bien por dónde le gustaría
comenzar.
El padre contesta: —Tú has comenzado. Continúa, pues.
El terapeuta advierte que ha dado una excusa («Tú has comenzado»), bastante
inconsistente por añad dura —hecho que ambos ignoran—, en la medida en que la
madre, que ahora cuenta con la afirmativa de su marido y con la solicitud del terapeuta
en su haber, comienza sin titubeos.
Ai: El principal problema lo tenemos con Steve...
T (interrumpiéndola): Dígale a él qué es lo que más le disgusta
de su comportamiento.
Ai: El sabe muy bien qué es lo que me disgusta. De nada sirve de
círselo.
T: Entonces le sugiero que consulte con su marido. Para eso están
marido y mujer.
Ai: Sí, lo sé. He hablado con él, pero no le interesa.
T: Entonces le sugiero que discuta eso mismo con él.
Ai: Lo hago, pero entonces, o bien no me lleva el apunte, o bien se
enfurece con los chicos y les pega. Y yo no creo que esa sea la forma de manejar la
cuestión.
T: Dígaselo.
Ai: Lo hago. No me presta atención.
T: Entonces discuta eso con él.
Bruscamente, pasa de un tono indolente y coloquial a un estado de tristeza. Mira hacia
el piso diciendo: —No vale de nada —y se calla, apartándose del encuentro.
Su postura indolente y coloquial podía ser compartida con nosotros,
pero,.evidentemente, piensa que no ocurre lo mismo con su tristeza. Como los
sentimientos son los amortiguadores de nuestros encuentros con la gente, que evitan
que choquemos violentamente contra los demás y nos rompamos, al sofrenar sus
sentimientos en la ocasión ella convirtió este valiosísimo equipo de batalla en una
pared que inhibe, en lugar de fomentar, toda negociación ulterior. Trayendo a la liza
verbal su conducta no verbal es posible restablecer el encuentro.
T: Me gustaría saber qué es lo qut siente en este mismo instante.
Ai (sin alzar la vista): Me siento triste y desconsolada.
T (prestando atención al obstáculo más que a la tristeza, dado que esta es su conducta
observable): Parece que a usted le resulta difícil com
partir su tristeza y desolación con nosotros. (La paciente acepta la invitación, y
comienza a llorar débilmente). Oigamos ahora las palabras que acompañan a esas
lágrimas.
La madre sacude la cabeza, en evidente negativa. El terapeuta decide que no conviene
insistir por el momento. Pese a su renuncia a continuar, la madre está a la sazón más
dispuesta a negociar que el padre. El terapeuta vuelve su atención hacia él.
T: Usted sigue en silencio. Me gustaría saber por dónde anda ahora.
P (pasando por alto la tristeza de la madre y las críticas que le ha dirigido, responde
sobre terreno más seguro): Les digo a los chicos
que deben hacerle caso a su madre.
M (con ira hacia el padre, en medio de su llanto): Pero no lo haces
bien. Tampoco a ti te escuchan, y entonces les pegas. No es esa la manera de tratar a
los muchachos. No se puede estar golpeándolos todo el tiempo.
P (con voz quejumbrosa): Tú siempre me interrumpes. Ellos me
escucharían, pero saben que vendrás tú a interrumpirme.
T: Usted está lloriqueando ante su esposa.
P: ¿Qué otra cosa puedo hacer? Me interrumpe en todo momento.
Hasta ahora, el terapeuta actuó como catalizador, pero es posible que le moleste la
conducta del marido, quien transitoriamente participa de la conversación con su mujer
y más tarde se repliega y adopta la posición de un chico quejoso. Quizá le moleste
también la madre, quien establece con su marido un doble vínculo: por una parte, le
pide que actúe como padre, mientras por la otra lo' trata como a un niño. No obstante,
el terapeuta centra su atención en el encuentro. La mujer se muestra dispuesta a
participar pero su marido no. En consecuencia, debe dirigir su atención hacia él, con el
fin de conseguir que adopte una postura negociadora. Para ello, debe participar él
mismo en forma más intensa y convertirse en la figura principal. Lo puede hacer de
varias maneras.
Si percibe que el padre es una persona frágil y necesita verdaderamente una buena
madre, es probable que el terapeuta se convierta en ella manteniéndose en el plano del
contenido y sugiriéndole, por ejemplo, que deje de lamentarse, asuma el lugar que le
corresponde como jefe de familia y le exija a su esposa que se conduzca de manera tal
que él disfrute de su hogar. El terapeuta puede suministrar este apoyo mediante
sugerencias concretas, por ejemplo aconsejándole que le pida a su mujer que resuelva
los problemas que ella tiene con sus hijos sin traérselos a él, o bien oponiéndose
vigorosamente a la esposa, a título de ejemplo para el marido.
Sin embargo, en la medida de lo posible el paciente debe realizar la tarea por sí mismo.
Si el terapeuta ¡lega a la conclusión de que el sujeto (el marido, en este caso) es capaz
de intervenir en una oposición activa —como de hecho presume, a partir del dato de
que golpea furioso a sus hijos en ciertas ocasiones—, no debe negarle la oportunidad de
ejercitar esa facultad con los adultos. La tarea del terapeuta consiste entonces en hacer
que el marido emplee la facultad de que dispone en su relación con la esposa. La mejor
manera de hacerlo es que el terapeuta canalice su propia ira y frustración en un ataque
vigoroso a la postura plañidera del marido.
Antes de proseguir, conviene decir unas palabras acerca del pasaje de la posición de
catalizador o intermediario a la de participante más activo por parte del terapeuta. Esta
transición está vinculada en gran medida con las necesidades del propio terapeuta: con
su frustración Y la forma en que la maneja.
Dentro de un modelo existencia!, el terapeuta no experimenta la necesidad de ser
«objetivo*. Sabe que la idea de una percepción inmaculada es un mito, y que él es, en
todo momento, subjetivo. Piensa que sus intervenciones serán tanto más oportunas
cuanto más fructífera resulté su presencia. No es menester justificar o explicar la propia
conducta en términos de una teoría ya existente para poder denominarla científica. En un
encuentro terapéutico, la presencia del terapeuta-persona es más significativa que la
existencia de una teoría que lo sustente. A una conducta de esa índole puede llamársela
espontánea; no obstante, todo terapeuta —existencial o no— tiene el deber de distinguir
claramente la diferencia entre su conducta espontánea y su conducta impulsiva. Esta
última no representa en forma cabal a una persona sino que es un fragmento de conducta
liberada de un individuo constreñido.
Para quien esto escribe, la frustración promueve la acción y una mayor interacción con
la gente. La intensidad y dirección de estas fuerzas variarán para cada terapeuta.
Aquellos que adoptan una actitud pasiva frente a sus propias frustraciones no tienen
muchas probabilidades de llegar a practicar con éxito psicoterapia experiencial con
familias, ni tampoco otras formas de psicoterapia familiar. Si el terapeuta quiere
sobrevivir corno tal en una terapia familiar, debe participar en forma activa.
Volviendo al ejemplo anterior, el marido, que se había dirigido con voz quejumbrosa a
su mujer, vuelve a hacer lo mismo cuando le pregunta con voz desfalleciente al
terapeuta: —¿Qué otra cosa puedo hacer? Me interrumpe en todo momento.
T (sarcásticamente, con el fin de provocarlo): Usted es un pobre
ser indefenso, avasallado por esa dama terrible que tiene frente suyo. P (bajando la
cabeza): Ella no lo hace con malas intenciones.
T: Ahora usted me lloriquea a mí, y yo no soporto a un hombre
grande lloriqueando.
P (con más firmeza): Le digo que no sé qué hacer.
T: Al demonio con que no sabe (sugiriendo y presionando al mismo
tiempo). Usted sabe tan bien como yo que si quiere sacársela de encima no tiene más
que decirle que está dispuesto a hacerlo. Eso es lo que debería hacer en lugar de
defenderla con esa gazmoñería, «Ella no lo hace con malas intenciones*.
P (se lo ve perplejo; obviamente, no sabe si quiere correr el riesgo con su mujer o con
el terapeuta, pero se niega a volver a su plañidera actitud anterior): No estoy
acostumbrado a hablarle a la gente de
ese modo.
T: Entonces es mejor que se acostumbre. Va a tener que transformar
a esta familia en un grupo con el que valga la pena vivir, en lugar de un zoológico ai
que usted tiene la obligación de concurrir periódicamente para azotar a las pequeñas
bestias salvajes con su látigo.
P: Usted pinta las cosas muy feas, por cierto.
T: Si me equivoco, sea suficientemente hombre como para discutir
nii punto de vista, en vez de esperar a salir de aquí para lloriquearle a su mujer que no
supo qué contestarme.
P (encrespándose visiblemente y con un tono más resuelto): No sé
s ¡ usted se equivoca en lo que dice.
T: ¿Pero le gusta lo que le estoy diciendo ahora?
P: No. Como no me gusta la forma en que encara las cosas.
T: A mí tampoco me gusta la forma en que usted encara las cosas.
P: Debe haber una forma más amable que esta de tratar la cuestión.
T: Sí, y usted la conoce: lloriquear.
P (con calma deliberada): Usted es un verdadero provocador, ¿no?
T: ¿Le gusta como soy?
P: No.
T: Constantemente se olvida de mencionar esa parte de su mensaje.
Yo lo estoy viendo en usted, por todos lados, pero usted no lo dice.
P (montando en cólera, finalmente): Yo digo lo que se me antoja.
No va a ser usted quien me enseñe cómo tengo que hablar... ¿y esto, le gusta? (golpea
con el puño cerrado contra la palma de la otra mano). T: Me gusta mil veces más
que sus lloriqueos. ¿Qué es lo que me está
diciendo su puño?
P: Creo que tengo ganas de dárselo por las narices.
T: ¿Cree?
P (con firmeza): Basta. No me moleste más.
T (encantado al ver su actitud de autoafirmación): ¡Magnífico! Aho
ra, en lo que atañe a ellos (mueve el brazo señalándolos). Me gustaría ver si hay algo
que usted quisiera decirles.
P (los mira uno por uno, luego se detiene en su mujer): El tiene
razón. He aceptado un montón de estupideces tuyas y ya estoy harto (sigue golpeando
con el puño sobre la palma de la mano). No pienso aguantarte más. Arreglaré las cosas
con los chicos a mi modo. Si no te gusta, tanto peor.
La mujer no contesta. Los niños parecen satisfechos. El terapeuta se pregunta si el padre
será demasiado duro con ellos, pero piensa que si domina a la madre será menos lo que
volcará en los niños. El padre ha dejado de golpear con el puño. Por primera vez se
sienta bien erguido en su silla, y mira a su familia.
T: ¿Qué piensan ustedes, chicos, de todo esto?
S (Steve): Está bien (parece sentirse cómodo).
T: ¿Quieren volver otro día? .
S: Yo no tengo inconvenientes.
T: ¿Daryl?
D: Pienso que esto nos puede ayudar. (Mira a su padre con orgullo
sin decir una palabra, aunque su expresión es de notoria satisfacción.) El terapeuta,
también satisfecho, dice al padre: —Usted me gusta más cuando se convierte en el
hombre que yo sé que es. Me rondaba la idea de que quizás usted se convirtiera en un
tirano, pero sé que no habrá de hacerlo. Yo no le tengo miedo a su fuerza. He visto que
aquí la ha puesto a prueba y la ha empleado muy correctamente con nosotros.
El padre no contesta. Cuando el terapeuta pregunta si quieren volver a visitarlo,
responde sin consultar con su mujer: —Será mejor que vengamos un par de veces más.
En las potas visitas subsiguientes, fue el padre el que entró al frente de su familia.
De acuerdo con este método, el terapeuta pasa a ser un miembro más de la fam lia en las
entrevistas, y participa en ellas en la medida en que es capaz de hacerlo; lo ideal es que,
así como formula evaluaciones y críticas, acepte las de los demás. Ríe, llora, se
enfurece, sufre y comparte con los demás sus dificultades, sus confusiones, su
desvalimiento. Transmite su temor a exponerse ante los otros cuando ello forma parte de
su personalidad corriente total. A veces no podrá brindarse a los demás:-en tal caso, se
pretende que sea al menos capaz de decirlo.
Una de las consecuencias prácticas de este proceso de negociación con las familias es
que el terapeuta se despreocupa del problema de la «imparcialidad». Por el contrario, el
terapeuta que se muestra siempre imparcial resulta sospechoso. Un profesional sensible
suele inclinarse por urta cosa más que por otra, y sentirse cómodo con ella. Cabe esperar
que perciba sus propias necesidades, en cuyo caso habrá de cambiar de bando con
la.frecuencia suficiente como para que su tarea estimule a todos. Si no las percibe, y si
ha conseguido crear un clima francamente frvorable al libre intercambio, la familia se lo
dirá.
Relataremos ahora el caso de otra familia, compuesta por los cónyuges y una hija de
veintiún años, que acuden al consultorio por primera vez. La hija acaba de abandonar un
hospital neuropsiquiátrico, donde se la dio de alta luego de haber sido internada por un
breve período con el diagnóstico de una reacción psicòtica aguda. En el momento de la
consulta, vive en su casa y pasa la mayor parte del tiempo en cama, bajo los efectos de
una alta dosis de sedantes. La madre toma la palabra (hecho notablemente habitual), y
narra la historia que acabamos de resumir. No solo toma la palabra sino que no la suelta
más. Su entusiasta y cautivante locuacidad es interrumpida ocasionalmente por
preguntas dirigidas al marido, del tipo de «¿No es así, querido?» o «¿Qué piensas tú de
esto?», pero sigue adelante sin esperar nunca la respuesta. Aparentemente, el terapeuta
es el único que se siente suficientemente molesto con su parloteo como para plantear
una objeción. —Oh sí, sé que hablo mucho —dice la mujer, y volviéndose hacia su
marido e hija, agrega:— ¿Por qué no dice algo alguno de ustedes? Antes de que puedan
hacerlo, ella ha retomado su carrera verbal.
El terapeuta le pide entonces que se calle, e invita al padre a que diga qué piensa del
parloteo de su mujer. —Oh, siempre es así. Ya estoy habituado —afirma, y añade:—
Todo lo que nuestra hija necesita es un buen empleo. Se lo digo a cada momento, pero
ella no me escucha.
La madre se apoya en esta observación para iniciar una nueva y desenfrenada avalancha
de palabras. El padre no interviene.
Después de intentar vanamente en varias oportunidades que cada uno de ellos —incluida
la hija, que permanece en silencio— observe su conducta y la forma en que esta evita
que se produzca un encuentro, y de invitarlos a que la modifiquen, el terapeuta,
exasperado, les señala a ambos'padres, en términos inequívocos, lo destructivo de tal
conducta: el incesante parloteo de la madre, la absurda tolerancia del padre y la falta de
toda elaboración constructiva entre ellos.
Cuando finaliza con su arenga, la hija, sonriente, habla por primera vez: -—Deberíamos
haberlo tenido a usted cuando yo tenía diez años.
El terapeuta, que aún conserva restos de su malhumor, replica: —Peto usted no tiene
diez años, de modo que empiece a modificar las cosas por sí misma.
Tanto la madre como el padre se sintieron inás animados. En este primer encuentro, el
terapeuta debió cambiar de bando en dos oportunidades. Dos meses después, la hija ya
había encontrado trabajo. La terapia se dio por terminada a los tres meses de haber
comenzado, por decisión unánime, y un año más tarde el terapeuta fue invitado a las
bodas de la hija.
El terapeuta no se esconde aquí detrás de su título, sino que contribuye al encuentro
familiar con su personalidad y su experiencia vital. Sus «técnicas» más valiosas son el
papel peculiar que cumple en la familia (no es probable que se vea atrapado —al menos
en un comienzo— por las penosas pautas de conducta mutua que traban a sus
miembros) y su predisposición a interactuar plenamente con los demás. En otros
términos: en la psicoterapia experiencial con familias no hay «técnicas», hay
únicamente personas. El terapeuta debe esforzarse en todo momento para que se respete
su derecho a que los demás lo vean como él mismo se percibe, si" permitir
deformaciones tales como la creencia de que lo sabe o lo puede todo. Con ese ejemplo,
los integrantes del grupo familiar se ven alentados, asimismo, a alcanzar lo que
perciben como su propia identidad. La terapia se produce al par de la enérgica
elucidación de lo que cada uno de nosotros es para los demás.
Debemos admitir que los ejemplos expuestos son unidimensionales, en aras de la
claridad expositiva. Ello no debe impedir, sin embargo, la aplicación de los principios
básicos a circunstancias terapéuticas más complejas, en las que parecen surgir en forma
simultánea muchas necesidades, o cuando parece imperar momentáneamente el caos. En
tales momentos, incumbe al terapeuta familiar experiencialista atender en primer lugar
sus propias necesidades. Tal vez exija un plazo para apartarse de la confusión y poder
vislumbrar en qué dirección, arbitrariamente elegida, habrá de proseguir. Tal vez
demande de la familia alguna ayuda en este sentido. En un buen encuentro familiar con
orientación experiencialista, la expresión de su temporaria incertidumbre será
bienvenida.
En el curso de tales encuentros, la posibilidad del crecimiento personal de cada
miembro y de la integración familiar es alentadoramente grande. Aun los propios
terapeutas pueden crecer en una atmósfera tal.
La magnitud de progreso por el camino correcto de una terapia familiar experiencia!
está dada por la aptitud del terapeuta para encontrarse en el aquí y ahora con su
prójimo. 13. Mary: Sesión con una paciente pasiva
James S. Simkin

Ai: Cuando tomé asiento y apoyé mis manos en los brazos de esta
silla, tomé conciencia del calor que había dejado en ellos Leo, experi
menté ese calor en mis manos frías. (Con voz monocorde.) Y ... estoy sudando, yi... el
corazón me late con violencia, y siento ... que estoy tragando, que estoy conteniendo
el aliento. (Pausa.) Una sensación de rigidez en los hombros y ...
T: Por tus palabras, parece que estuvieras apretando algo con fuerza.
Ai: Sí, estoy apretando, me estoy apretando a mí misma.
T: ¿Te aprietas hacia dentro tuyo, o a la inversa?
Ai: Me aprieto hacia dentro y tiro hacia mí. Muy en-cerrada, encerra
da ... como si me hubiese hecho un nudo. (Se queja, le tiembla la voz.)
Y cuando puedo abrirme (abre los brazos y piernas, que tenía cruzados), cuando no
estoy así, siento que le franqueo la entrada a la gente ... a la habitación ... y puedo
tomar conciencia de lo que pasa en la habitación o de Jim, Leo, Bill y todos los
demás, pero cuando estoy así (vuelve a cruzar brazos y piernas) todos ustedes
desaparecen. Entonces solo tengo conciencia de mí misma.
T: Así es ... ¿Qué acabas de hacer?
Af: Tragué saliva, y sentí como si mi aliento se dividiera enpedazos
aquí dentro (se señala el pecho), como si saltara bruscamente.
T (dirigiéndose manifiestamente al grupo): Hay un fenómeno que me
impresiona, y que veo que se repite una y otra vez ... Alguien apren- , de algo acerca
de sí mismo: si hago esto, sucede esto, si hago aquello, sucede aquello ... y en seguida
echa por la borda lo que ha aprendido. No entiendo.
Ai: Es una magnífica evitación.
T: Sí. «Me ocuparé de esto mañana», «La semana que viene lo re
gistraré en mi computadora y lo examinaré».
Af: Hmm. (Pausa.) Y eso me deja siempre con asuntos pendientes.
T: ¿Eso?
Af: Yoquedo con asuntos pendientes.
T: ¿De t quémanera?
M: Alno permanecer en mis estados de ánimo.
T: Quisiera reforzar los movimientos que acabas de hacer (alude a
los adema/tes de Mary para explicar cómo se sentía apretada). Y me opongo a la
forma en que evitas el experimento. (Pausa). Ahora estoy atrapado: si no hago algo,
Mary seguirá sentada allí. (Se queja.) Una trampa perfecta.
M: ¿Tú. .. tú te refieres a continuar con el experimento del apretón,
con la sensación que me produce o extraigo de él?
T: Me gustaría probar el cigarrillo de Fritz (para quedar fuera de
la impotencia de Mary, a la espera).

M: No sé para dónde moverme.

T {en un diálogo consigo mismo): Jim, ¿te parece que Mary tiene

que apretarse a sí misma? Sí, pero si le pides que lo baga, ella no dará un paso; solo

hace lo que tú quieres. Entonces, Jim, ¿cómo puede librarse Mary de sus ataduras? Al
diablo con Mary. ¿Cómo puedo librarme yo de mis ataduras? (Breve risa general.) Tú

has caído en el lazo. (Larga pausa.) ¿Qué sientes ahora?


Ai: Siento que quiero . . . darte la posibilidad de . . . que me libres
de mis ataduras ... y me siento impotente y . . . «¿Qué hago yo?»
T: ¿Qué haces, realmente?
Ai: Estoy sentada en este sillón, con la pierna izquierda cruzada so
bre la derecha, y te estoy mirando.

T: Ajá. .
Ai: Y trago saliva. Y mi mano se desliza por el brazo de la s lia,
hacia dentro y hacia afuera. ( Pausa.) Quiero . .. escapar, moverme por todos lados.

(Pausa.) Quiero que tú me tomes y me traigas adentro otra vez.


T: Lo sé. Eso es lo que vengo sintiendo desde el comienzo en ti. Y

creo que esa es la clave de por qué fui atrapado por ti y por qué tú has quedado
atrapada. Tú me pides que te sostenga, yo te pido que te sostengas a ti misma. De modo
que he puesto en marcha un experimento para que aprendas a sostenerte a ti misma y a
hacer algo por ti misma: me siento y espero. Me digo, «¡Ah! Mary va a elaborar esto

ahora». Pero ocurre que (se ríe) Mary quiere que Jim la empuje. (Pausa.) Así que tu
expectativa y la mía no concuerdan.

Ai: No pueden concordar (Risas.) Por lo menos me doy cuenta de

eso; antes no lo había advertido. (Alza la voz.) Y lo veo con toda claridad. Me gustaría

volver a probar si puedo sostenerme por mí misma. T: Estoy totalmente dispuesto


a ello.

Ai (tras una pausa): Me sostengo a mí misma, aquí, en este sillón.

T: Ajá. .
Ai: Y estoy respirando sola, y todos los. movimientos físicos que eso
implica los estoy haciendo sola.

T: ¿Todos los movimientos que eso implica?


Ai: Para mí. Estoy respirando, me late el corazón ... no es como lo que
estoy haciendo ahora.
T: ¿Qué estás haciendo ahora?

Ai (luego de una pausa): Es extraño, te contesto para satisfacerte .. •


(con voz lenta y meditada) para lograr de ese modo tu reconocimiento .. .
T: Muy bien. ¿De modo que quieres mi reconocim ento?
Ai: Este ... sí.
T: Estoy dispuesto a tomarte en cuenta y brindarte mi reconocimien
to cuando pongas en práctica el experimento.

Ai: Está bien. (Pausa.) ¿Podrías repetirme en qué consiste ese ex


perimento que quieres que haga?
T: ¡Oh, no, de ninguna manera! Ya te lo he dicho.
Ai (con voz muy rápida, luego de una larga pausa): Bueno, no estoy segura pero
creo que el experimento consiste en volver atr¡»s y sentir otra vez lo que siento
cuando estoy roda, bueno, cuando estoy en tensión y apretujada, así. (Rodea su
cuerpo con los brazos y hace una pausa.) Cuando estoy aquí, tirando h.icia
dentro ... y con los ojos cerrados . :. tengo la sensación de que eso es oscuro .. .
T: ¿Eso es oscuro?
Ai: ^o estoy a oscuras. Estoy sola. (Pausa.) Y aterrorizada.
T: Bien.
M (pausa): Quiero gritar pero no puedo, por algún motivo. (La voz
se vuelve más cortante.)
T: ¿Tienes algunaidea acerca deloque quisieras gritar?
Ai (pausa): ¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme!
T: ¿Tepercataste de lo que hicieron tus pies cuando gritaste «¡Ayú
denme!»?
Ai: Los alcé.
T: Repite ese movimiento.
Ai (Alza los pies. Larga pausa. Voz cargada de temor.): Estoy maniatada.
T: Sí.
Ai (llorando): No puedo evadirme. Alguien me golpea. Yo grito
(contiene el aliento), pero aunque grite, nadie me escucha. (Solloza y toma una
buena bocanada de aire. Llora.) Y tengo la sensación ... Recuerdo haber sido
atada a un poste (sollozando) ... cuando era muy chica. (Pausa. Sigue llorando.) Y
me abandonan allí. No puedo desatarme.
T (con voz muy suave): Esto sucedió cuando eras niña, ¿no es así?
Ai: Sss .. .sí.
I: ¿Sigues siendo una niña?
Af (alza la voz): No, pero ...
T: ¿Puedes desatarte portus propios medios?
Ai (resopla): Sí, puedo desatarme por mis propios medios.
T: Me gustaría verlo.
M (larga pausa, voz muy controlada): Bueno,estoy otra vez en esta
habitación, pero sigo siendo una niña completamente atada.
T: Exacto.
■Aí: Estoy encerrad* ... sola.
r (dulcemente): Ahora me gustaría que le hablases a tu
niña . . . que
le digas que ella sabe muy bien cómo desatarse y cómo salir; me importa
demasiado esa niña como para hacer algo que impida que ella lo haga por sí
misma.
Ai: Aja. (Larga pausa.) «Pequeña, tú no ... tú has ... ya no es ne
cesario que te quedes atada. Ya está bien, puedes abrir los ojos». Miro donde
estoy . .. estoy en este cuarto con Sandy, Abe, Bill, Bob, Jim, . eo > Joen, Elizabeth,
Art, Miriam y Cooper. (lientamente.) Y las cuerdas se aflojan cada vez más, y
puedo tomar mis manos y . .. (con un quejido) empiezo a respirar. (Con voz más
firme.) Tengo allí un poco de espacio que asimilar. (Pausa.) Mis pies están
desatados. Puedo moverme. (Se incorpora lentamente, se despereza.) Puedo
sostenerme a nu misma mientras me estiro hacia el cieloiraso, y al revés. Puedo
moverme de un lado para otro.
Ahora te reconozco.
M: ¡Puedo ver y sentir!T: Sí. Me interesa mucho saber qué harás ahora.
M (se ríe): ¡Eres un hijo de puta! (Risa general.) No, no voy a hacer nada. t
T: Sí, lo harás. (Mary continúa riéndose.) Te estás riendo.
Ai: Esto me divierte.
T: ¿Quién es ese esto que te divierte?
M: Me divierte yo. Me divierten ustedes. Me siento maravillosamen
te. ( M á s suavemente.) Me siento casi como si... Siento la cabeza más liviana.
T: Sigo interesado por saber qué harás ahora. (Pausa.) ¿Qué haces?
Ai: Me voy para atrás. Puedo levantarme, sentarme en otro lado,
decirte «gracias», alzar mi silla, ponerla aquí y sentarme otra vez. (Mientras habla, alza
la silla y la corre hacia atrás.)
Una mujer: Eso es, a todas luces, lo que yo estuve haciendo ayer todo el día con Fritz,
lo mismo que tú experimentabas esta mañana con Jim, jugando a que eras impotente y
estabas a la espera. Para mí era muy doloroso ver cómo lo sobrellevabas, porque había
muchas cosas que no veía en mí misma. Y tengo la fantasía de que me gustaría verte
representar ese pedazo de niña mala que hay en ti, como en mí. (Risa general.)
Af: En la vida real lo vamos a hacer.
Mujer: ¿Lo vamos a hacer?
Ai: Lo haré. (Risas.)
Un hombre: Tengo la sensación de estar ante alguien que despierta
de un largo y profundo sueño.
T: Me fascina el sonido de tu voz ahora, comparada con la que tenías
en la primera sesión de esta semana.
Ai: Ahora hay lugar para respirar.
T: ¡Caramba! (Risas.)
Af: ¡Qué alivio! ’
Un hombre (a J i m ) : Hace un tiempo, también a mí me libraste de
las ataduras. ( A M a r y. ) Yo también me acuerdo de tu voz la primera semana. ¡Qué
profunda y sonora es ahora!
7’: Como terapeutas, ustedes pueden ver aquí una hermosa demostra
ción práctica de un dilema, de un dilema terapéutico. Alguien juega J hacerse el
impotente, y ustedes quieren ayudar a esa persona, y algunos de ustedes advierten que
si yo la ayudara no haría sino reforzar la impotencia de Mary. Ahora bien: si no la
ayudo, ¿estaré actuando como terapeuta? #
Ai: En este juego me desempeño muy bien. (Risas.) Ix> he jugado
durante mucho tiempo, y me es muy conocido. .
Una mujer: En esto me he sentido más identificada contigo, Jim, *
sentir cuán a menudo, a medida que avanzábamos en esta sesión contigo, hubiera
querido convertirme en la madre judía que se mete a ayudar,
o se pone furiosa si se la rechaza. Siento que ha sido hermoso ver d<- qué manera la
has ayudado sin intervenir en demasía.
T: Y aquí hay otra idea para ti, Mary, y para el resto: En el mome ' 1
to del impase terapéutico, cuando ie dije que ahora sabía qué debía hacer, estaba
pensando que esta situación la he visto una y otra vez- Pan pronto una persona aprende
qué debe hacer, lo olvida. Hace c experimento, reacciona con un «ajá», y a continuación
pregunta: «¿Q ,lC debo hacer ahora, doctor?» Ni siquiera el hecho de señalar esto surte
efecto alguno.
Una mujer: Mary tiene que sentirlo de alguna manera en su espinazo,
en sus visceras y en sus vasos sanguíneos.
Un hombre: Una de las cosas que hizo Mary fue experimentar real
mente su sufrimiento, pero en la fantasía de estar maniatada, experi- menió la
incomodidad que siente por su forma habitual de ser, solo que de una manera más
vivida.
Af: Todo sucedió como si ... bueno, de pronto me encontré allí y
empecé a Comprender .. . Quiero decir que para mí fue una completa sorpresa, y creo
que es tonto, he estado . .. había conciencia del asunto allá lejos, pero yo no hacía la
conexión. Lo sentía.
7': A mi entender, el punto de transición estuvo dado cuando Mary
pudo diferenciar lo que ella es ahora, cuando pudo ver que ya no es una niña, que es
capaz de de uarse, y cuando se mostró dispuesta a hacerlo. Un hombre: Mary, yo he
visto, y sé que tú también has visto, muchas
personas que llegan a la larga a elaborar un impase pero no saben cuán do ponerle fin.
Siguen en el mismo sitio y entran de lleno en otro impase. Me encantó ver que tú
terminabas con él, que te detenías una vez que encontraste lo que buscabas.
M: ¡A mí también! 14. Anne:
Técnicas guestálticas en el
caso de una paciente con dificultades expresivas
Joen Fagan

Anne era una de las alumnas de mi curso de Psicopatología; contaba 28 años, era casada
y tenía dos hijas. Nada de lo que hacía hubiera llamado la atención en ella, hasta que
llegó el momento del primer examen parcial. En él, evidenció un gran dominio de la
materia y dio claros indicios de poseer gran sensibilidad e intuición, pero sus ideas
estaban expresadas en un lenguaje muy deficiente, con muchos errores de puntuación,
ortográficos y sintácticos. En la segunda prueba, dio muestras aun más notables de su
capacidad ... y de su deficiencia expresiva.
Luego de esa segunda prueba, le sugerí que mantuviéramos un diálogo. Halagada y a la
vez atemorizada por mi interés, Anne me escribió una carta diciéndome que también
tenía dificultades para hablar sobre su problema. Asistió, empero, a la cita, y me
confesó, en tono compungido y vacilante, que su incapacidad para la redacción y la
expresión clara y correcta de sus ideas había existido desde el primer grado escolar. Ni
sus propios esfuerzos, acicateados por su permanente estado Je confusión y por su gran
número de profesores particulares, ni tampoco un año de psicoterapia, habían
conseguido progresos visibles.
Advertí que sus problemas para expresarse afectaban claramente sus grandes
potencialidades en muchos campos; en consecuencia, le propuse participar en una
experiencia, que consistiría en una serie de tareas que ella debería realizar, con muy
pocas instrucciones de mi parte. Yo no podía asegurar que esto fuera a beneficiarla, pero
el escaso éxito alcanzado por ella en el pasado en su búsqueda de ayuda por los canales
habituales hacía pensar que poco había que perder. Anne acogió la idea con mucho
entusiasmo, y nos pusimos de acuerdo para comenzar el próximo trimestre.
En su diario íntimo, Anne describe en detalle las instrucciones y técnicas empleadas.
Las tareas por realizar eran, sintéticamente, las siguien tes:
1. Escriba todas las asociaciones libres que le sugiera la palabra «juego»
2. Busque en un diccionario grande la derivación de las palabras «atormentar»,
«prejuicio», «suplicio», «amable», «responsable», «demonio», «tonto».
3. Escriba las asociaciones que le sugiera «ansiedad».
4. Dibuje o copie una figura, primero con su mano derecha y luego con la izquierda.
5. Mencione por escrito, escribiendo mal todas las palabras, diez razones por las cuales
la gente no debería obedecer reglas.
5. Escriba las asociaciones que le sugiera «ira».
7. Lea en voz alta algunas poesías escogidas.
8. Practique dactilopintura con la mano izquierda.
9. Escuche una cinta grabada (selección de canciones por Leontyne Frite) y describa
por escrito lo que oye.
10. Escuche una cinta grabada (música sinfónica) y exprésese mediante dactilopintura
con su mano izquierda.
11. Escuche una cinta grabada (música sinfónica) y escriba varios adjetivos que
transmitan reacción emocional.
12. Estudie detenidamente una flor y luego dactilopíntela.
13. Formule por escrito tres críticas a otras personas y cinco a sí misma.

Se estipuló que cada tarea fuese realizada en una sesión de treinta minutos, y que se
harían dos sesiones por semana. Inicialmente se previeron varias otras tareas, pero no
pudo incluírselas a causa de que Anne debió interrumpir prematuramente el
experimento. ( De la lectura del diario de Anne se infiere claramente que las tareas
realizadas cumplieron en buena medida con su propósito y podían haber sido
interrumpidas en ese punto, aun cuando Anne no hubiese cesado la experiencia.) El
procedimiento general de autoexperimentación se basaba en la obra de Perls Gestdt
therapy, en la que se describen una serie de instrucciones que el estudiante debe leer y
cumplir, y cuyo propósito es incrementar la conciencia de su funcionamiento sensorial,
visceral, perceptual, emocional y motor. Las tareas concretas elegidas por mí procedían
de varias fuentes. Las vinculadas con el dibujo, la pintura y el énfasis en la dicotomía
derecha-izquierda se basaban en las técnicas y procedimientos utilizados por Perls en
sus seminarios del Instituto Esalen. El empleo de la asociación libre en la escritura
constituía una adaptación de la técnica de Hayakawa para alcanzar una expresión
escrita más libre.
Apelé al autoexperimento por varios motivos: 1 ) tenía noticia de la efectividad de tales
métodos; 2 ) había pruebas de que otros procedimientos más directos o específicos
habían fracasado con Anne; 3) percibí que Anne estaba tan bloqueada por las
evaluaciones reales o potenciales del resto de la gente, que la situación más fructífera
sería aquella en la que no debiera soportar evaluaciones externas, aunque contara con
un claro apoyo e interés tácito externo; 4) yo disponía de poco tiempo libre; 5) la
situación resultaba estimulante como oportunidad para poner a prueba la eficacia de las
técnicas guestálticas, y 6 ) tenía verdaderos deseos de ayudar a esta persona, dotada de
capacidad potencial. Si bien existía la posibilidad de que alguna afección orgánica fuera
en parte responsable del problema expresivo de Anne, me pareció más provechoso partir
de la base de que ese problema era subsanable. *
La elección de las tareas concretas obedeció en parte a razones teóricas ° dinámicas, y
en parte a la intuición. La incapacidad de Anne para «seguir las reglas» parecía
relacionarse con su incapacidad para rebelarse en forma más abierta, para expresar su
ira o para decir «no» sin ambages. Era evidente que percibía y proyectaba muchas
críticas de los demás y que se criticaba severamente a sí misma. Casi toda forma de
expresión era para ella un acontecimiento penoso y lleno de ansiedad; las palabras, en
lugar de ser objetos reales o potenciales para el juego o la belleza, eran percibidas como
objetos difíciles, exigentes e inmóviles. Estas ideas me ayudaron a seleccionar las
tareas vinculadas con la escritura. Procuré que las primeras tareas tuvieran patente
validez para ella, y que fueran neutrales desde el punto de vista emocional. Las tareas
que implicaban expresividad no cognitiva se eligieron a causa de que Anne me
impresionó como una mujer bloqueada y agarrotada, cuya dificultad primordial era la
expresión en el sentido amplio del término. En varias tareas se apeló a los sentidos del
oído, la vista, el tacto y al movimiento, y se los combinó con la esperanza de que
pudiera ponerse más de manifiesto alguna modalidad sensorial, que permitiera penetrar
hasta la zona en que yacían enterrados sus sentimientos y su responsividad. El empleo
de la mano izquierda en algunas de ellas se fundaba en las ¡deas de Perls acerca de la
división derecha-izquierda. También quería estimularla a que dejara de preocuparse
porque sus respuestas fueran «correctas». El objetivo de todas las técnicas era aumentar
la conciencia sensorial de Anne, así como su responsividad emocional, su expresividad
motriz y su integración personal. La hipótesis era que si se lograba esto los problemas
ortográficos y gramaticales tenderían a resolverse por sí solos.
El diario que transcribimos a continuación fue iniciado por Anne de modo espontáneo al
comienzo del experimento. Solo me dijo que lo estaba llevando algunas semanas más
tarde; cuando la experiencia se acercaba a su fin me mostró la primera parte. Al
prepararlo para su inclusión aquí, no introduje más que las correcciones indispensables
para la facilidad de la lectura; he omitido algunas partes que no guardaban relación con
nuestra experiencia, y otras que eran embarazosas para Anne o que hubiesen permitido
identificarla a ella o a alguna otra persona.
En los comienzos del relato que hace Anne de su experiencia, se pone bien de relieve
cuánto se esforzó por entender bien las instrucciones, por seguirlas al pie de la letra y
por hacer lo que se esperaba de ella. Otro de los temas principales es su continuo afán
por encontrar razones y explicaciones con respecto a las tareas —totalmente inexactas,
por lo común—. Solo empezó a tomar conciencia de sus propias respuestas y a
encontrar el significado «adentro» cuando aumentó la intervención de sus sentidos y de
su «cuerpo». Es probable que las primeras tareas hayan sentado las bases que facilitaron
la posterior liberación. La consecuencia inmediata del desbloqueo de la responsividad
sensorial y emocional de Anne fue su deseo de entablar un contacto más directo
conmigo y de poder expresarse más espontáneamente conmigo, con su marido y con
otras personas.
En lo que toca a los logros concretos, antes de que finalizara el trimestre en que se llevó
a cabo la experiencia se produjo una mejoría en la expresión escrita de Anne. Esa
mejoría continuó, y ahora la capacidad de Anne en ese sentido está dentro de los límites
normales de los graduados universitarios. Tres meses después de la experiencia, Anne
retomó su terapia, de la que pudo extraer mucho más provecho. (Anteriormente la había
abandonado por su imposibilidad de transmitirle al terapeuta lo que sentía hacia él.)
Terminó su carrera y consiguió adaptarse mucho mejor en todos los órdenes de la vida.
Dentro del campo de su interés, escogió un camino particular e hizo en él notables con-
tribuc.ones; sus trabajos de los últimos tiempos revelan inventiva y creatividad.
Estoy más que satisfecha con el resultado de la experiencia con Anne. Ah evaluar los
factores que promovieron el cambio, veo algunos de primordial importancia. Es
evidente que Anne tenía fuerte motivación para cambiar., pero esa motivación databa
de muchos años atrás. Es asimismo evidente que yo llegué a ser una persona muy
importante para ella, y que tenía hacia mí sentimientos muy positivos y fuertes. Sin
embargo, también los había tenido con su terapeuta anterior, y su reacción en aquel
momento fue abandonar la terapia debido a su incapacidad para expresarse y examinar
tales sentimientos. Estoy segura de haberle transmitido el notorio interés que tenía por
ella y la forma en que estimaba sus potencialidades, pese a que durante el trimestre
previo y las primeras cuatro semanas de la experiencia nuestras conversaciones
sumaron, en total, no más de treinta minutos. Por último, las técnicas empleadas
facilitaron el desbloqueo emocional y actuaron como catalizadores del cambio. Es
probable que, en definitiva, todos los factores mencionados hayan contribuido al
crecimiento que el diario pone tan claramente de manifiesto.
Al releer el diario de Anne, el experimento en sí, la respuesta de ella a las tareas
específicas y mi propio papel pasan a segundo plano. Lo que tengo ante mí es una
persona que, paralizada al principio en un estado de inmovilidad, comienza poco a
poco, y luego cada vez más rápido, a crecer, en una forma tan vivida y apasionante que
me resulta pasmosa, y renueva mi fe en el coraje y en las posibilidades del ser humano.
El diario de Anne es para mí algo más que un ejemplo del uso de las técnicas
guestálticas: es un testimonio de la capacidad humana de crecimiento.

Diario de Anne

Esta es la historia de una niña (era en realidad una mujer, pero no sabía cómo
comportarse para serlo) que tenía un problema (bueno, en realidad tení.i unos
cuantos problemas, pero uno en particular muy evidente), y d“ lo que la ayudó
a esta niña a convertirse en mujer y superar algunos de sus problemas.
lodo comenzó cuando esta niña estaba en el curso de Psicopatología. Ahora, el
problema que tenía esta niña y que era tan evidente era un problema con su
ortografía. Este problema la estorbaba mucho en sus estudios. Pero esa
profesora en particular intentó ver qué es lo que la niña quería decir, en vez de
ver simplemente cómo podía decirlo (o escribirlo). En la segunda prueba que se
tomó en ese curso, la niña obtuvo 98 puntos sobre 100, y esta es una nota
considerable para cualquiera, pero para una niña que no sabe escribir bien es
no solamente una nota muy alta, es verdaderamente notable. Su profesora
escribió en la prueba: «¿Qué me dice? Quisiera conversar con usted». Luego de
la clase la niña subió a hablar con la profesora.
N: ¿Usted quería verme?
P: Sí. ¿Qué podemos hacer con su problema con la ortografía?
N: Bueno, supongo que desde que estuve en primer grado mis maes
tros se deben haber preguntado eso.
La niña agradeció a la profesora que no le descontara puntos por los errores de
ortografía. La profesora dijo venga a conversar conmigo en algún mome.uo. Pero
la profesora no sabía que uno de los otros problemas de esta niña era que no
podía hablar, sobre todo acerca de sus problemas.
La niña decidió escribir una carta a la profesora explicándole el problema y por
qué no podía hablar acerca de él. Esta es la carta:

Estimada Dra. Fagan:


Aunque mi problema en gran medida se centra en la escritura, me es mucho más
fácil escribir sobre él que hablar sobre él. En realidad para mí es muy difícil
comunicar, en forma escrita u oral, cualquier problema emocional, mis
sentimientos en cada caso. Por lo general me quedo callada. Me aparto porque la
tensión que experimento cuando vuelvo a estar en la frustrante situación de
explicar mi problema es demasiado para mí, no la puedo aguantar.
El problema, cuando llega a su punto máximo, incluye no solo la ortografía sino
también la sintaxis, la coherencia de las ideas, la comprensión de la lectura y la
expresión verbal. Hubo momentos en que no pude escribir una sola oración
coherente. Hubo momentos en que hablar me resultaba tan difícil que solo podía
musitar y tartamudear. Cuando estoy en tensión uso palabras equivocadas,
mezclo las palabras o las combino en formas insólitas.
Tengo muchas ganas de ser capaz de superar por completo estas dificultades,
pero ya no sé qué más hacer. La ortografía es la última fortaleza, en la que no
puedo penetrar. Ya casi he decidido despreocuparme de ella y confiar en que a
medida que cada parte mía crezca, la ortografía avanzará como el furgón de cola
de un tren, detrás del resto pero a un ritmo más lento.
Podría darle razones y explicaciones sobre este problema, pero son muy largas y
no acaban nunca. Cuando termine de contárselas, seguiré con mi problema. No
sé por qué tengo este problema o por qué no puedo resolverlo.
Aprecio su interés en mí. Mi primera reacción fue que usted probablemente no
tenga tiempo para conversar conmigo. Cuando usted pueda, quisiera hablar con
usted, pero tiene que darse cuenta que tengo un gran temor en esta materia. He
sentido culpa y vergüenza, he tratado de tapar el problema, de disimularlo, de
cambiar, pero todo sigue igual.
Probablemente usted sepa que hay envueltas en esto más cosas que los meros
síntomas manifiestos. Solo se me ocurren algunas ideas, que tal vez con los
años me sirvan de ayuda. Si sintiera que la gente me acepta con mi problema
(como a los tartamudos o a los que tienen un tic), si sintiera que tengo
personalidad suficiente como par? que las críticas o hacer el ridículo no la
destruyan, si pudiera ser una persona rendi- dora y no una no rendidora, si
supiera que no se me va a diferenciar de los demás debido »1 * ; r>o particular
de problema (de estudio) que tengo, entonces cr»x ^ue, tal vez, no
manifestaría mi confusión y ansiedad por dificultades en la comunicación
verbal o escrita. A veces me da la impresión de que mi cerebro es como un
conmutador telefónico y que no puedo mover la llave correcta para establecer
la comunicación. A lo largo de mi vida solo me encontré con un puñado de
personas con la paciencia, amabilidad y comprensión como para tenderme una
mano. Gracias por ser usted una de esas personas. En mis estudios, hubo casi
siempre una alta correlación entre la capacidad de comprensión del profesor y
mi rendimiento en clase.
Esta cárta suena bastante triste, pero si la escribiera de otro modo no sería
real.
Anne
La niña no esperaba en realidad poder conversar alguna vez con la profesora,
pero luego del examen esta le ofreció ayudarla el próximo trimestre durante el
intervalo de las mañanas (un período libre de cuarenta minutos) con su
problema. La niña estaba encantada porque alguien pensaba que podía hacerse
algo para resolverlo. Durante todas las vacaciones de Navidad, la niña se la
pasó pensando qué iban a hacer con su problema. En 1967, en el Georgia State
College, cuando la niña estaba en su primer año del ciclo superior, comenzó la
aventura. La cura para el problema ortográfico consistiría en dos sesiones
semanales de treinta minutos. Estas sesiones llegaron a ser la aventura más
trau, mática, apasionante, penosa y maravillosa que tuvo esa niña. Si yo sé
tantas cosas sobre esa niña es porque yo soy esa niña y esta es mi historia.

7 de enero
Tuve mi primera sesión con la doctora Fagan. Me sorprendí cuando me
extendió una pila de hojas y me dijo que me consiguiera una lapicera. Me
indicó que escribiera asociaciones libres, sin prestar atención a la sintaxis,
ortografía, puntuación. El tema: el juego. No es necesario volver a de<¿ir lo
que escribí; ella lo tiene en una carpeta, aunque me dijo que yo escribía para
mí y que ella no lo leería si yo no quería.
Me dejó preocupada no haber terminado un pensamiento, así que al día
siguiente le pedí terminarlo. Me dijo que podía hacerlo y me preguntó por qué
no había ¡do ese día. Yo no había entendido que tenía que ir —pensé que ella
me había dicho de ir el jueves o el viernes—. Ella se rió y me dijo que yo
tenía la culpa de la duración de la sesión.

12 de enero
di a la doctora Fagan el pensamiento completo escrito en una hoja de
cuaderno. Esta sensación de incompleto me había perturbado, como
una conversación en la que se establece rapport y que debe interrumpirse antes
de poder completar las ideas. Las llamadas telefónicas, los niños, el tiempo, son
interrupciones.
Mi segunda tarea fue una lista de palabras que debía buscar en el diccionario.
Me sentí desilusionada pues hubiera querido escribir más, y me preguntaba
sobre qué tema me iba a pedir que escribiera.
Mientras buscaba las palabras, tuve la rara sensación de haber interpretado mal
sus instrucciones. Ella empleó un término que yo supuse que era «definición ».
Necesito saber qué término era.
Busqué las palabras, leyendo y escribiendo los significados. Cuando solo había
llegado a la cuarta palabra, sonó el timbre. Leí las dos últimas y no pude
repasar las otras dos. Volveré luego a repasarlas.
Volví a recoger mi abrigo y mis libros y le informé a la doctora Fagan que no
había terminado mi tarea.

15 de enero
Volví a estar con la doctora Fagan. Me sentía contenta. La seguí a otra
habitación, diciéndole que había completado la lista de palabras. Ella me
respondió que yo no debía sentirme obligada a completar lo que comenzara en
esos días. Tamb én me dijo que escribiera sin preocuparme del estilo correcto,
que asociara libremente. El tema que me dio fue: la ansiedad.
Desde el mismo momento en que pronunció la palabra, comencé a sentir
ansiedad y así permanecí, en grado diverso, durante toda la sesión. En cierto
momento no veía de qué manera podía hacer para entregar la hoja e ir a clase.
Cuando sonó el timbre se calmó mi ansiedad, y me sentí muy contenta de
interrumpir allí.*
Mis sesiones con ella parecen no estar programadas. Voy a asistir dos veces por
semana, pero puedo elegir los días. Esta falta de programación es muy
agradable. •
No puedo comprender por qué le disgustó que yo continuara y completara las
palabras. Puesto que hago esto para aprender y mejorar mi lenguaje, supuse que
eso era lo que se pretendía de mí.

17 de enero
Estoy furiosa —no me gusta nada dibujar—. Hoy la doctora me dio unos lápices
de colores y me dijo que dibujara. Me entregó una foto tomada de un
almanaque, con valles y montañas, en Suiza o en Alemania. Nubes, niebla,
color, la luz del sol, árboles, no soporto mirar mis dibujos. Fue penoso tratar de
pasar a la hoja de papel una foto tan hermosa. No pude dibujar la casa. No sabia
cómo dar la impresión de la niebla. En cualquier otra situación hubiera tirado la
esponja y le hubiera dicho que no sé dibujar, pero hice el mayor esfuerzo que
pude, dado mi gran disgusto y mi falta de habilidad.
Y cuando llegué al término de ese esfuerzo, me dio otra hoja de papel para
dibujar con mi mano izquierda. La miré con más sorpresa que antes. Después,
empecé la dolorosa tarea, esperando ansiosa que tocara el timbre. Cuando le
entregué los dibujos, me preguntó si los había comparado entre sí. Le dije que
no. Me dijo que sería bueno que lo hiciera a veces. No quiero mirar esos
dibujos. Pero creo que entiendo lo que ella está buscando. He pensado que tal
vez soy zurda. Quizás ella también lo piense y crea que algunos de mis
problemas de lenguaje provienen de eso.
22 de enero
La doctora Fagan me entregó un diccionario y hojas en blanco, y me indicó que
debía escribir un ensayo acerca de diez razones por las cuales la gente no debe
obedecer reglas, y que debía escribir mal todas las palabras aunque para ello
tuviera que buscarlas en el diccionario. Solté la carcajada y le contesté que
dudaba de que fuera a necesitar el dic cionario.
Tras mi sorpresa inicial por la tarea, me gustó eso de escribir sobre no respetar
las reglas, equivocándome con las palabras. Veo detrás de esto dos métodos:
primero, que me pueda concentrar en los errores de ortografía y así comience a
tomar conciencia tal vez de la forma en que se disponen las letras, y segundo,
que es posible que en mi ortografía, o más bien mi falta de ortografía, pongo de
manifiesto mi naturaleza rebelde. Me gusta lo que puse sobre las reglas. Me
recuerda el placer que sentí en el curso de fonética cuando me entere de lo
frecuentes qut son los errores que yo cometo, y de algunas de las razones a las
que obedecen.
25 de enero
Hoy me dijo que consiguiera en la biblioteca un ejemplar de /'/ paraíso perdido
de Milton y otro de Keats. Luego me pidió que escribiera sobre la ira, pero no
pude porque no sentía ira. No estaba enojada por nada.*
26 de enero
Hoy volví. ¿Se habrá sorprendido de verme dos días seguidos? Busco en sus
carpetas algo que no pudo encontrar. Yo tenía miedo de que me pidiera mirar los
dibujos que había hecho. Me preguntó si tenía los libros, yo los tenía —había
traído el de Milton de casa y el de Keats lo acababa de sacar de la biblioteca—.
Se sentó e hizo unas marcas en Milton, luego en Keats. Me devolvió los libros y
me dijo que los leyera en voz alta hasta que me saliera bien. Como se dispuso a
abrir la puerta que comunicaba con otra habitación, le dije: pero, esto no es a
prueba de ruidos- ella me dijo, bueno, no tiene por qué gritar.
De modo que me senté y empecé a leer en voz alta y con voz suave. En el libro I
de El paraíso perdido de Milton encontré dos pasajes que me gustaron. Estoy
segura que leo con mis propios significados.
... Lo que hay en mí oscuro, ilumina, lo que es hondo, eleva y da sustento....
Quien trae una Mente
que ni el tiempo ni el espacio han de cambiar, .
la mente en su lugar y por sí misma,
puede hacer del infierno un cielo y del cielo un infierno.
¿Qué importa dónde esté, si yo he de ser el mismo siempre?
¿Qué importa lo que sea, si no igualo a aquel a quien el
trueno agigantó?
Aquí, al menos, seremos libres.

Y de la «Oda a un ruiseñor», de Keats:


No por envidia de tu feliz destino sino por sentirme
feliz con tu felicidad.

Había palabras que no pude pronunciar y párrafos que por no saber el significado
no pude hacer las pausas donde correspondía. Seguí leyendo un rato más cuando
sonó el timbre (pienso volver a hacerlo más adelante) y le pregunté a la doctora
Fagan si podía venir mañana. Me dijo que sí.

27 de enero
La doctora Fagan me dijo que tal vez ya era momento de que habláramos sobre
lo que yo había hecho. Pensé que quería que yo escribiera lo que sentía ese día,
de modo que le dije que estaba llevando un diario. Creo que le gustó. Me dijo
que hasta entonces había evitado toda comunicación acerca de lo que yo sentía
con respecto a lo que estaba sucediendo. Le pregunté, ¿querría leer mi diario?
Me contestó que quería que yo hablase sobre las cosas que se me habían
ocurrido.
En primer lugar, le pregunté sobre los dibujos con la mano izquierda, diciéndole
lo que yo suponía: que estaba experimentando un cambio en el dominio de las
manos. Me contestó que no era eso lo que ella quería señalar o lo que le
interesaba. Aplicó esos dibujos porque en las clases del último verano, en
California, se habían realizado algunos dibujos con la mano izquierda,
descubriéndose algunos enfoques diferentes y muy interesantes.
Luego traje a colación algo que me había estado perturbando. Disde
?
|ue comenzamos a trabajar juntas y a la vez ella seguía siendo mi pro- esora, yo
tenía miedo, en las pruebas que nos tomaba, de no mostrar progresos y que ella
pensara que estaba perdiendo el tiempo conmigo,
o que su método no daba resultado, o alguna cosa por el estilo. En mi afán de
complacerla vivía en tal tensión que era incapaz de hacer nada. Ella me dijo que
no tenía nada invertido en mí, no puedo recordar exactamente qué dijo, pero
trataba de hacerme comprender que su yo no estaba envuelto en lo que yo
hiciera. Le dije que era para mí una persona significativa en estos momentos,
que apreciaba lo que hacíí por mí y que pensara que valía la pena ayudarme —la
única manera como yo podía demostrarle lo que sentía era aplicándome en el
estudio y sin embargo esto me provocaba tensión. No estoy segura cómo
continuó el resto de la charla, pero es esto lo que recuerdo —dijo algo sobre
comenzar un examen y escribir deliberadamente mal las dos primeras oraciones.
Esto me sorprendió (no sé cómo uso esa palabra, «sorpresa*, pero eso es
exactamente lo que siento cuando ella me dice ülgo). Reaccioné diciéndole que
al escribir las reglas tuve la impresión de que quizás yo usé la ortografía para
expresar mi rebeldía —entonces ella se rió. Me pareció que había dado en el
clavo. Unicamente, continué diciéndole, que al dejar de rebelarme seguía con el
hábito que no podía vencer —ella dijo algo sobre mi desempeño y el de mi
familia— no pude entenderle, y lo que yo le contesté fue bastante incoherente.
Ella veía que yo estaba luchando con ello y dijo que yo no podía pretender
captarlo de inmediato.
Le dije lo primero que me vino a la mente: que a mi madre no se le movió un
pelo cuando le conté que había figurado en el cuadro de honor. La doctora Fagan
me contó sobre un estudiante que vivía en un barrio bajo y cuya madre no le
quiso creer cuando se graduó con el doctorado. Conozco ese sentimiento.
También me dijo que ella [ <xlía leer en mis errores de ortografía lo que yo
estaba tratando de deci.. No la molestaban. Creo que lo que quería es que yo
supiera que podía relajarme, no estar en tensión y ser yo misma, experimentando
cualquier progreso que se produjera.
Me dijo que quería brindarme su ayuda en este problema porque advertía que
obstaculizaba mi desempeño, impidiéndome expresar lo que quería. Y esa es la
gran falla garrafal en mis manifestaciones: es como si yo fuera sorda y ciega, o
como si me faltaran brazos y piernas.
Le dije que me da vergüenza que la gente vea mis trabajos. Cuando me dio a
entender que había finalizado nuestra charla, salí sintiéndome muy bien.
1 de febrero
Ella vino con papel y una caja bajo el brazo. En una oportunidad anterior le
había preguntado si se había cortado y me dijo que no, que tenía pintura roja en
el dedo. La seguí sin ser consultada. Nos detuvimos a llenar de agua una botella
de gaseosa, tras lo cual tomé las hojas de papel y entré al Laboratorio de
Psicología Experimental. En uno de los compartimientos puso el papel, pinturas,
la botella de gaseosa con agua y toallas de papel. Me preguntó si sabía
a
dactilopintura y le contesté

ue tenía dos hijos. Entonces me dijo que pintara con la mano izquier- a,
utilizando el negro, el azul y el rojo, si no se acababan.
Comei.cé a pintar un cielo nuboso azul y negro y debajo de él un océano, pero
luego me di cuenta de que estaba usando la mano derecha. Dejé esa pintura y
empecé otra —con la izquierda—. Creo que con la izquierda soy más ágil, con la
derecha más rígida. De modo que me largué a desparramar pintura. Casi todo
azul, pero luego agregué rojo y al final la pintura quedó azul a ambos lados y de
color lavanda en el medio. .
Mezclé los brazos en volteretas y remolinos, quería hacer algo rítmico y ágil,
pero nunca puedo lograr nada en trabajos artísticos. Volví a la otra pintura y la
mojé, y después hice una con la izquierda. Creo que mientras pintaba pasaban
muchas más cosas por mi cabeza que las que puedo recordar.
Cuando terminé, me lavé las manos y me encaminé a llevarle las pinturas a la
doctora Fagan. La encontré en el camino, y me dijo que tenía la nariz manchada
de azul.
5 de febrero # , '
La doctora Fagan llevó un grabador de cinta magnética a o ra habitación, pero
no encontró ningún enchufe. Le dije: ¿debo buscar una pieza vacía? Sí, me
contestó, y me entregó una cinta que tema escritos los números 1 , 40, 80, etc.,
sobre la caja, y unas hojas de papel, y me dijo que las escuchara dos veces y
luego escribiera lo que había oído. Creo que me dijo las dos primeras, y que tal
vez no comenzaran exactamente en 1 y 40, pero no estaba muy segura de las
instrucciones que me había dado. Pensé que iba a tener que hacer
transcripciones y me asaltaron recuerdos desagradables de las transcripciones de
alemán, en las que siempre había fracasado.
Así que me fui a un aula, enchufé el grabador, ¡y era música! Yo estaba
sorprendida y encantada, pero pensé que tal vez no había escuchado bien las
instrucciones. Je manera que me dispuse a oír alguna interrupción, pero no: todo
música. Comencé desde el principio, en que cantaba una muchacha. ¿Debía
escribir las palabras o los sonidos que creía escuchar? Luego supe que no era
eso, la música no son palabras, las canciones no son palabras, son únicamente
las reacciones emocionales que experimentan las personas al escucharlas. De
modo que escuché, era conmovedor. Decidí que por primera vez tenía que volver
y decirle a la doctora Fagan que me fue imposible hacer lo que ella me pidió.
Me hubiera gustado poder escribir los sentimientos que despertó en mí la
música, pero no he desarrollado la capacidad de expresar ese tipo de respuesta.
Sonó el timbre y detuve el grabador emocionada y entusiasmada por la música
que había escuchado.
8 de febrero
Había estado lloviendo y después paró. Era un día cálido y el cielo estaba
despejado. Un día particularmente hermoso, por alguna razón. Estaba en el
vestíbulo hablando con algunos compañeros cuando llegó la doctora Fagan. Me
entregó un juego de llaves y la misma cinta que había usado el viernes. Me dijo
que debía sacar el grabador de la sala de materiales educativos, seleccionó
algunos fragmentos de la cinta y me dijo que dactilopintara con la izquierda
mientras escuchaba la cinta. Apenas si pude aguantar la risa al preguntarle si no
tenía que silbar «Dixie» y escribir asociaciones libres con mi mano derecha
mientras enhebraba cuentas en un collar con los dedos de los pies. Le pregunté
luego dónde quedaba la sala de materiales educativos. Me indicó la puerta
contigua al baño de hombres. Entonces Ir: pregunté: ¿tengo que ponerme algo
que me identifique? Me dijo que no, que únicamente tratara de no entrar en la
puerta donde decía «Caballeros*. Me fui, pues, agarré mi libro de bolsillo, la
valija con los materiales, la cinta y el grabador, y no pude encontrar ninguna
habitación vacía. Me dije que ir al Laboratorio de Psicología Experimental era
perder el tiempo. Recordé entonces que justo a la salida del baño de mujeres
había visto un cuartito; si tenía un enchufe, me instalaba. Lo tenía; luego de
poner la cinta en el grabador y de preparar el papel y las pinturas, empece Mi
primer pensamiento fue: ¿cómo diablos puede pintarse la música? Mi segundo
pensamiento fue: ¿cómo diablos puede pintarse? Elegí el color rojo y lo
desparramé por todo el papel. Terminó la selección musical y empezó otra, lo
cual me indicó que tenía puesto el grabador en una velocidad que no era la
correcta —tal vez por eso elegí el rojo.
En medio de esta situación algo irregular y ridicula (una mujer de 28 años
tratando de dactilopintar la música en una sala de descanso de un
establecimiento universitario; probablemente haya gente que por menos fue
encerrada en un manicomio), pude sentir ciertas cosas hermosas y singulares. La
música despertó en mí sentimientos delicados, sensuales, exóticos, llevándome a
creer que si careciera por completo de lenguaje, se me podría comunicar con ella
cualquier sentimiento y emoción. De modo pues que la música me hablaba,
mientras yo trataba con toda mi alma de transmitir el ritmo a mi mano izquierda
y luego al papel. Escuché una y otra vez, y cada vez borraba (cubriéndolas) las
formas que había volcado antes con la pintura roja. No sé cuántas veces hice
esto, pero me urgía un intenso deseo de manipular esa pintura siguiendo una
pauta rítmica semejante a la de la música. No lo logré, como es habitual, pero la
profundidad de mis sentimientos fue recompensa suficiente. Me limpié, dejé la
pintura sobre el piso y corrí a clase, llegando tarde.

10 de febrero
En este momento tengo tiempo de sentarme a contar lo que siento sobre esta
terapia fascinante en la que me ha hecho participar la doctora Fagan. Como hoy
tengo un examen, ayer estudié en lugar de ponerme a escr bir. Todo lo que puedo
decir es que me siento feliz, cómoda y bastante encantada de ponerme a escribir
de nuevo.
Antes de describir la última sesión debo volver atrás y contar algunos de los
notables descubrimientos, o revelaciones, que tuve a partir de la sesión del
lunes. Este primer descubrimiento es tan fundamental que todo el mundo lo
conoce ya, o bien es tan tonto que no le impresiona a nadie; pero yo me siento
entusiasmada con él. Todo comenzó cuando quise recordar la música que había
escuchado. No podía acordarme ni de la melodía ni del ritmo ... pero cuando
moví mi mano izquierda en las formas que había tratado de volcar con la pintura
(siguiendo la música) se me hicieron presentes todos los sonidos. Descubrí que
yo recuerdo la música (quizá también otras cosas), no por la entonación o el
ritmo, sino por las estructuras, por la estructura musical. Una mezcla de formas
de sentimientos, volumen, tono, melodía, ritmo. No puedo decir realmente por
qué motivo esto me resulta tan fascinante, salvo que ahora que lo he descubierto,
puedo emplearlo con más facilidad. No hace mucho tiempo, después de ver la
película Lili, me sentía impresionada con la música, en particular el tema
principal, pero me era imposible en un momento dado recordarla. A veces me
venía a la mente en circunstancias imprevisibles, y se volvía a ir. En una ocasión
en que lo recordé, me dije tengo que hacer algo que me facilite recordar la
música cuando yo quiera. Elegí entonces cinco notas descendentes, y recordando
esta escala venía todo el resto de la melodía, creí que estaba empleando la
entonación como procedimiento nemotécnico, pero
lo que estaba recordando era una estructura. Había usado un procedimiento
descubierto por mí misma. Funcionó en su momento y también ahora, ya que soy
capaz de recordar ambas piezas musicales en todos sus aspectos.
El segundo descubrimiento tiene probablemente un sentido más personal. Hace
unos cuantos años, deposité cuidadosamente mi violín en su estuche y lo cerré
con candado; no quisiera que esto suene almibj- rado: no quiero significar que el
mundo o la comunidad hayan perdido algo cuando tomé la decisión de no tocar
más, ni que si yo retomara el violín alguien saldría beneficiado. Yo no tocaba
bien, pero amaba el violín, luchaba con él, las satisfacciones implícitas eran
totalmente per sonales. Todavía no he alcanzado en mi expresión escrita el punto
que me permita explicar en forma adecuada qué representaba para mí tocar el
violín a solas o en una orquesta. Con ello llenaba, de alguna manera, una brecha
(vacío). Cuando tomé la decisión de abandonarlo, de no tocar más, fue doloroso,
como si muriera una parte de mí y no hubiera una sola persona, ni una sola alma
viviente, que supiera qué profunda era mi pérdida. Llegué a la conclusión de que
no puedo tomar una parte de mí misma que tiene significado para mí, que llena
una necesidad, y decidir que ya no existe más o que puede ser encerrada en un
estuche con un candado. Creo que en unos cuantos casos tengo que volver atrás,
abrir los candados, sacarlos para afuera y reexaminarlos. Cuando la doctora
Fagan mencionó por primera vez el problema que tengo ante mí, lo hizo en una
hoja de examen en cuyo dorso había escrito «Quisiera conversar con usted».
Luego dijo algo que realmente me conmovió —tal vez ya lo haya mencionado,
pero en tal caso ahora vuelvo a recordarlo—, dijo, «»Qué vamos a hacer con su
ortografía?» —no cómo es que yo llegué a escribir así o por qué no había tratado
de hacer algo al respecto.
Pasan ¡deas por mi cabeza, pero no las tengo claras. De alguna manera, la
libertad con que usé las pinturas al compás de la música me hizo sentir que
nunca gocé de esa libertad con mis emociones, así que como estas eran confusas,
deformadas (carecían de percepciones) y aparecían en fo r ma brusca e irregular,
mis comunicaciones seguían el mismo camino.
Lo que más odio es equivocarme, y sin embargo, me equivoqué toda mi vida.
¿Tenía acaso la necesidad de equivocarme, la tengo todavía? Si es así, ¿serán
más claras mis comunicaciones cuando ya no tenga más esa necesidad?

11 de febrero
La cuestión es: ¿por qué fue tan intensa para mí esta sesión en particular? Tal
vez en los párrafos anteriores haya esbozado la respuesta. Quizás había
depositado más cosas en ella (una sesión casi perdida, o que me fue dada en
forma particular). Ella me dijo verbalmente (al entregarme las llaves), escuche
esto y escriba únicamente adjetivos o sentimientos. Pero creo haber recibido, de
algún modo, otra comunicación que esa. Era como si ella me estuviera pidiendo
que yo me dejara penetrar totalmente por todos los sentimientos que la música
me transmitiera. Tomé el grabador y probé en dos habitaciones, pero el aparato
no quiso funcionar. Tenía puesto un suéter, me estaba acalorando, el grabador
era pesado y encima tenía mi libro y mi cuaderno. Pensé qu«-' tal vez los
tomacorrientes de la pared no andaban, de modo que regresé al cuartito junto a
la sala de descanso. Tampoco allí quiso andar, estaba a punto de pedirle a l a
doctora Fagan que me ayudase, c u a n d c descubrí que el grabador tenía dos llaves
para prender o apagar. Así que me f senté en el suelo y escuché. ¿Por qué fue esa
experiencia tan intensa? ¿Por qué me habló la música de esa manera, por qué,
por qué, pyr qué? No había en la lengua inglesa palabras para describirla de
verdad. Experimenté una amplia gama de emociones en grado intenso. Fpe como
sentir todas juntas las emociones que había sentido a lo largo de toda mi vida.
Las cúspides del éxtasis y las profundidades de dolorosa confusión y agonía.
Escribí una pobre lista de adjetivos y sentimientos. Cuando sonó el timbre, tenía
los ojos llenos de lágrimas. Sentía una tremenda incapacidad de controlarme y
una extrema vulnerabilidad.
No podía volver. Alcé el grabador. Mientras caminaba por el corredor, vi a la
doctora frente a su puerta. Me fue imposible mirarla a los ojos, cuando siento
esa vulnerabilidad no puedo permitir que nadie me vea. Entonces pasó algo
tremendo. La doctora Fagan comenzó a silbar la música que acababa de
escuchar; di media vuelta y entré en su despacho. Ese era precisamente el
eslabón que estaba necesitando para poder ir y exponer mis emociones. Le
pregunté, ¿le gustaría oír algunos descubrimientos que hice el lunes? Seguro,
me contestó. Se la veía tan satisfecha, realmente. Casi me lamenté de no haber
hecho previamente mayores esfuerzos por comunicarme con ella. Le conté
entonces lo de las estructuras musicales y su manera de decirme, ¿qué podemos
hacer con respecto a su ortografía? La experiencia por la que acababa de
atravesar me había conmovido tanto que hablaba con voz vacilante. Me fue
imposible saber qué efecto había causado en ella. Bajé la cabeza y le dije: esos
fueron algunos de mis descubrimientos.
Durante toda la clase que vino después, yo estaba en otra parte. Había
experimentado algo que no podía manejar ni hacerle frente. No podía volver a lo
que me rodeaba, no podía mirar a la gente.

13 de febrero (sábado)
El viernes mi marido y yo tuvimos una charla muy significativa y sugestiva. No
la puedo recordar completa, pero le conté mi exper encia del jueves. Después de
un rato, me dijo qué es lo que, según él, estaba tratando de hacer la doctora
Fagan conmigo. Luego comentó que tal vez muchos de mis problemas tenían
como origen una creatividad frustrada. Creo que nunca, en nuestra vida de
matrimonio, estuvo él tan cerca de captar un concepto de mí.

15 de febrero
Esta mañana estuve muy excitada. Mientras esperaba a la doctora Fagan, las
secretarias me preguntaron acerca de lo que hacía con ella. No creyeron lo que
les conté y aseguraron que yo debía estar tomando un curso de lectura. Traté de
explicarles algunas de las cosas que me pasaban, pero no creo que me hayan
comprendido realmente. En ese momento subió la doctora; el lugar estaba frío y
lo primero que hizo fue ponerse el saco. Entró a la oficina contigua y dijo que
alguien le había quitado la silla. Luego me dijo que la siguiera a su despacho y
así lo hice. Me tendió un narciso. No recuerdo que nunca nadie me haya dado
una flor. Me dijo que la observara al estilo Zen. (Yo sabía que esto tenía algo
que ver con el budismo Zen, pero no había leído ningún libro sobre el tema —
debo hacerlo cuanto antes—). Le dije, «¿Qué?» mirándola fijamente. Crea que
estábamos las dos bastante divertidas. Luego me dijo, mire la flor durante 20
minutos, con lo cual le quedarán 10 minutos para pintarla. Me tendió la valija de
las pinturas y se dispuso a abrir la puerta, pero yo comencé a hablarle del
jueves. Me dijo que quería hablar conmigo de ello, que volviera a las 10.30.
De modo que me encaminé, con mi valija de pinturas y mi narciso amarillo,
hacia el Laboratorio de Psicología Experimental. Allí

Me senté y observé,
de modo que esto podría llamarse
pensamientos al mirar un narciso.
Pensé qué poco tenían que ver
los nombres que aprendí en biología
con lo que una flor es realmente,
estamen, pisti'c y todas las partes,
lo que importa es la totalidad, la flor,
y su belleza —la emoción que transmite
a la gente. Quisiera ser minúscula
y entrar por el cuerno del narciso,
recorrer el túnel, ser absorbida por su fuerza,
su belleza, su existencia. Cómo se parece
el borde del cuerno al papel crepé,
cómo puede la Naturaleza rizar sus creaciones
de manera tan encantadora.

Pensé luego que debía atender a la forma,


a la estructura, si quería dibujarla,
observé y vi la textura, su fuerza y su frágil.dad,
su suavidad y su rudeza. Vi
los delicados pétalos con sus puntas hacia afuera,
vi que no eran exactamente iguales, la Naturaleza
los había creado en agradable e informal desigualdad.
Como la flor no estaba totalmente abierta, suavemente abrí
los pétalos en toda su extensión.
Ante mí tenía ahora una flor total y madura.
Pero la encontré parecida a un niño, erguido orgulloso en su
verde tallo, sin saber que estaba por morir, que en realidad
ya estaba muerto.

Y ahora a pintar. Mojé el papel y apliqué pintura amarilla. Nunca vuelvo a


sentir la ola de cosas que me invaden cuando introduzco mi mano izquierda en
la pintura y comienzo a moverla y manipular a con cierto ritmo, gracia,
estructura. Como no me salía una vista de frente del narciso, intenté pintarlo de
perfil. En algún momento, resolví que las flores tienen ritmo propio, y que si
podía pintarlas no lo haría con formas realistas y estructuradas, sino que
describiría el ritmo y la emoción que presentaba esa flor en particular. De modo
que pinté un cuerno entero (una trompeta) y en torno de él los pétalos. Pero
tampoco esta vez me complacía el resultado. Hice varias tentativas. Sentía el
placer de haber experimentado algo que tenía sentido para mí.
Sonó el timbre y me apresuré a limpiarme para volver a hablar con la doctora
Fagan. Le dije le traigo su flor. Me dijo está bien abierta ahora. Le dije creo que
la ayudé un poco. Siguió luego un breve lapso de incomodidad de mi parte, no
sabiendo qué hacer. Me dijo siéntese (atrás estaba la silla). Entonces levanté la
valija de pinturas que había puesto allí, dejé caer >' iso mi libro y me senté. Por
alguna razón me he olvidado de 10 que dije... oh, sí, empecé diciendo que creía
tener mayor capacidad que la mayoría de las personas para los sentimientos,
más amplitud e intensidad. Luego le dije que, por algún motivo, la música me
había perturbado, me sentí conmocionada, no podía hacerle frente. Me
respondió que no era preciso que hiciera todo lo que me molestaba, podía
detenerme allí. Le contesté que no, que no era eso lo que quería. Quería saber
¿por qué? ¿Por qué ese día, con esa música?, ¿qué ocurrió? ¿Por qué el hecho
de estar en una habitación con un grabador de cinta magnética podía promover
en mí una reacción emocional tan intensa? Había habido otras sesiones intensas,
pero pude manejarlas y a menudo me sentí muy regocijada —un rato antes me
había dicho que debía haber hablado con ella el jueves—. Pero el jueves no
pude manejarla. Me dijo que creía necesario que yo le contara mis reacciones, y
sugirió que volviera a hablar con ella unos minutos en cada sesión, a pesar de
haber tan poco tiempo. Le dije, bueno, no creo que eso sea muy útil porque así
soy yo: puedo hablar el lunes sobre lo que pasó el jueves o el jueves sobre lo
que pasó el lunes, pero no el lunes sobre el lunes. En algún momento de la
charla me dijo que necesitaba saber si yo seguía en tratamiento, no quería
interferir en él. Le dije que no, que había abandonado en mayo pasado. No
recuerdo las palabras exactas. Me referí a que el hecho de que casi perdía la
sesión podría haberme vuelto más sensible que de costumbre. Sonó el timbre y
la dejé porque era tarde para ambas.
Ayer, después de escribir un rato, empecé a buscar respuestas acerca del jueves
y por qué había sido tan intenso. Comencé por analizar la música que había
oído. Lo primero fueron las dos selecciones, cada una de ellas con su propia
gama de emociones, si bien pertenecían a un extremo diferente del continuo y
no se entremezclaban. De modo que yo podía escuchar con cierto conjunto de
sentimientos y, luego de una pausa, mover la perilla y pasar a un conjunto de
sentimientos opuestos a los anteriores. La segunda tanda musical tenía un solo
cambio, de un pasaje fuerte a un suave interludio. Pero la música que escuché
t«I jueves era muy variada; las estructuras, el tipo de música, los extremos,
produjeron en mí gran variabilidad de emociones, como una terapia en forma
compendiada, como si estuvieran juntas todas las emocione** que sentí en mi
vida, como si yo fuera un instrumento y estuvieran tocando en mí todas las
notas, en todas las combinaciones posibles.
Ahora bien: esto explica por qué me conmocionó tanto esa música en particular.
Pero hay más: yo iba predispuesta a cuestionar la importancia que podía tener la
situación, lo tonta que me puedo sentir ante ciertas situaciones, lo vulnerable
que me siento. Es posible que haya escrito esto antes, pero volveré a hacerlo
para elaborarlo. El lunes supe que el viernes la doctora Fagan probablemente se
iría de la ciudad. Ese día quise preguntárselo para saber si podía ir algún otro
día, pero no lo h ce. El miércoles, cuando ella me lo dijo, me sentí disgustada,
aunque debía haberme sentido contenta pues tenía un examen de Psicología
Experimental y de ese modo tendría más tiempo para estudiar. En cierta forma
me seguía sintiendo como una tonta por no ser capaz de perder una sesión. La
clase siguiente, tuve dolorosa conciencia de que el hecho de perder esa sesión
iba a perturbarme. Fue entonces que subí a preguntarle a la doctora Fagan si
podía ir el jueves. De modo que la música refuerza mis sentimientos acerca de
por qué las cosas significan tanto para mí, por qué me siento como una tonta de
que así suceda, y por qué me siento tan vulnerable.

16 de febrero
Anoche resolví contarle a la doctora Fagan las conclusiones a que había llegado
y decirle que ahora me sentía mejor sobre todo esto. Le dije, he llegado a
algunas conclusiones con respecto al jueves, ¿le gustaría conocerlas? Me dijo
que sí, y que me sentara. Apartó algunos libros de la silla y me senté. No
experimenté la habitual sensación de incomodidad cuando trato de comunicarme
con alguien, sobre todo si ese alguien tiene algún significado para mí. Comencé
contándole mi análisis de la música y luego mis sentimientos de deserción y de
vulnerabilidad. Luego le dije que me sentía mejor y me incorporé para irme.
Ella me dijo entonces un momento, ahora me toca hablar a mí. Me volví a
sentar. No recuerdo cómo comenzó pero dijo algo como que... había en todo esto
algo más que lo que ella sabía o que lo que yo le contaba. Le dije que lamentaba
ocuparle tanto tiempo. Estaba enojada, me dijo que no fuera hostil hacia ella y
que dejara que ella manejara su tiempo. Dijo algo sobre que quería que yo le
participara mis sentimientos. Me preguntó si no podía comunicárselos
verbalmente, luego me sugirió que lo hiciera por escrito, entonces le recordé
que los estaba anotando, ¿tenía ganas de leerlos? Me dijo como usted quiera. Le
dije que proyectaba pasarlos a máquina y entregárselos al final del trimestre. Me
dijo que hiciera como prefiriese. Le dije que quería que los leyera ahora, si no le
molestaba la letra, etc. Me complació poder entregárselos. Abrí mi cuaderno y
saqué las hojas correspondientes, y le dije usted advertirá que uno de los efectos
de lo que usted ha hecho por mí es una mayor cantidad de palabras. Tomó las
hojas y las dejó sobre su escritorio. Le dije que otra cosa que quería decirle es
que en un examen de Psicología Experimental había obtenido el puntaje máximo
en las preguntas tipo ensayo, aunque en la prueba total mi puntaje no había sido
muy bueno. Mi marido y yo advertimos un progreso significativo en ortografía,
formación de derivados y capacidad de expresión.

17 de febrero
Le dije para empezar que lamentaba no haberle comunicado lo que estaba
sintiendo, porque si yo no se lo decía ella no tenía manera de averiguarlo.
Ciertamente, no podía juzgar a partir de mi conducta. Y lamentaba no haberme
comunicado con tanta gente, sobre todo con tni marido.
puedo recordar todo lo que dijo o cómo lo dijo. Empezó diciendo que la
lectura del diario fue paia ella una experiencia conmovedora. Destacó algunas
de las tendencias subyacentes que aparecían en él, en el momento me pareció
todo tan claro y ahora no puedo recordarlo. (Que yo no me creyera con derecho
a tener sentimientos. El rechazo, debía seguir adelante con mis reacciones y
aceptar lo que viniera después. ) Le dije que no podía creer que alguien juzgara
que valía la pena ayudarme. Que tenía que controlar mi entusiasmo, que alejo a
la gente con mi entusiasmo. Me dijo, entonces, ¿cómo me cataloga a mi? Le
contesté no sé. Piense un poco, me dijo. Baje la cabeza, pero no pude pensar
nada. Entonces me dijo, le daré algunos adjetivos: aburrida, desengañada, etc.
Usted me está diciendo que yo soy el tipo de persona que puede sentirse
aburrida frente a usted, etc. Ella iba contando los adjetivos y luego las frases
con los dedos. No recuerdo las palabras exactas, pero me dijo algo así como
que el bajo concepto que tenía de mí misma hacía que la rebajara a ella. Me
preguntó si eso 5me parecía bien. No, le dije. Me dijo creo que es bastante
desagradable ( r u n ) . #
Silencio (cuando yo me sentía tan agradecida, ella no me pregunto ¿qué está
pensando? o algo por el estilo).
Comencé a hablar nuevamente, le dije que tenía miedo de hablar y exponerme
por temor a ser dañada. Solía pensar que si me llegaba a convertir en una
psicòtica, sería una catatònica. Entonces va nadie me podría dañar.
Me dijo muchas cosas más, prisión, poder, pequeños detalles entremezclados,
ncontrar fallas en las personas que me rodean, conducta, respuesta. Dijo que yo
pensaba que todos los demás nacían sabiendo como comportarse. Nadie es
perfecto, todo el mundo tiene fallas. Poder, yo siempre creía que si buscaba
alivio en los demás, nadie me lo daría.^
Me habló, pues, de las ideas equivocadas que tenía acerca de mí misma y del
mundo. Todo eso era en cierto modo bastante agradable, doloroso pero
agradable, porque eran cosas sobre mí misma que yo no hubiera podido afirmar.
Cuando terminó de hablar, me dijo que le gustaría leerme algunas poesías. Yo
estaba maravillada. Leyó vanas de un libro y luego de otro. Le pregunté si
podía prestarme el libro, me dijo que sí, pero —tomó otro libro— tengo algunas
más aquí para leer. Luego me dijo que ese no podía prestármelo pero que
volvería a leerme las que yo quisiera.

18 de febrero .
¡Hoy tenía tantas cosas que contar! Sentía que tenía cien millones de cosas que
contar y que nunca habría suficiente tiempo para ello. I*ui a su despacho pero
el timbre ya había sonado y la encontré cuando salía. Me' preguntó si quería
verla, le contesté que me parecía que había llegado tarde. Comenzamos a bajar
por la escalera. Creo que simplemente quería que ella supiera que había tenido
una tarde apasionante. Le mostré el libro que había conseguido y le dije que me
gustaba. Me replicó que no era ese el mejor, que Alan Watts es mejor. Nos
separamos, pero yo tenía ganas de seguir hablándole. Me sentía frustrada por
no saber qué hacer. Sentía que en los tres últimos días había aprendido miles de
cosas sobre mí y sobre mi vida. Quería contarle que ayer, después de estar con
ella, había ido a la biblioteca y había pedido tres libros, uno sobre el Zen, otro
sobre la soledad y otro sobre la necesidad de amar. Luego me fui a caminar con
Margaret... bajo la lluvia. Le dije a Margaret, vayamos a caminar por el parque,
y me metí en los charcos y abrí la boca para sentir el gusto de la lluvia. Era
como si hubiera estado en el hospital durante meses y anos y súbitamente
pudiera retornar al mundo y volviera a ver todas las marav.llas que casi me
había olvidado que existían.
Me pasé la tarde leyendo Zen y pensando en nuestra charla, en un estado de
completo y maravilloso asombro. Era como si quisiera empezar a gritar ¡Oh, oh,
oh!, como en el poema. Me sentía como una gallina repentinamente
transformada en una gaviota, a la que alguien le hubiera dicho ¡vuela! y se
lanzara a volar. O más bien (luego de haber leído Zen y sentir que algunas de
mis ideas iban cobrando forma más sensible delante de mis ojos) como si
hubiera sido todo el tiempo una gaviota pero creyendo que era una gallina.
Ahora la doctora Fagan me dice tú eres una gaviota, y sé que lo soy. Pero lo mejor de
todo es que allí arriba hay mil gaviotas más con las que puedo graznar. No estoy
sola.

19 de febrero
De modo que la gaviota se abalanzó sobre el estado de Georgia en su viejo
Chevrolet, se desembarazó de algunas estructuras y corrió a ver si había
realmente otras gaviotas y si ella era realmente una gaviota. ¡Pero era todavía
una gallina!
Me detuve en el pasillo. Ella abrió la puerta de su despacho y entró; luego abrió
la otra puerta y volvió a su despacho. Me acerqué a su puerta y me quedé en el
umbral, atisbando. Ella se quedó pensando un momento y luego tomó tres hojas
de papel. La seguí al otro, cuarto. Me dijo, escriba tres críticas que tenga que
hacer de otras personas y cinco de sí misma, y hágalo sin rodeos.
Yo estaba furiosa. Quería hablar, y ella me ponía allí a escribir. Escribí mucho,
y estaba tan enojada que miraba en el diccionario las palabras que no sabía
escribir. En dos oportunidades sonó el teléfono y lo contesté. Seguí escribiendo,
cada vez más furiosa. Quería detenerme y entregar las hojas, pero no podía.
Pensé que si las llenaba de palabras, tal vez podría ir a entregarlas. Pero seguía
allí sentada. El timbre no sonaba. La doctora Fagan golpeó la puerta y me dijo que va
estaba por comenzar la clase, que los timbres no sonaban. Oh, le dije, no
suenan.
De modo que enrollé mis hojas furiosas, recogí mis libros y me levanté para
entregárselas e irme. Ella dijo algo. .. espere un momento, o algo así, y me
volví. Puso las hojas que le había entregado en la carpeta y sacó las de mi
diario. Yo las tomé. Me entregó un libro y me dijo, «Tal vez este libro le aclare
algunas cosas*. Lo tomé y me fui. No creo haberle dicho gracias, aunque tal vez
lo haya hecho. Me encaminé a la pequeña habitación en la que está la máquina
calculadora y cerré la puerta. Y me dije, estoy tan horriblemente furiosa que no
puedo ir a clase. Iré a verla después de la clase, y espero que haya leído mis
hojas. Me senté a leer el libro que me había dado (Psycho - thcrjpy r.u<t and
U'c-í/) fLj psicoterapia en Oriente y Occidentel que era una de las diez obras de
Watts que figuraban en la lista que tenían en la librería; ayer la había pedido.
Salí corriendo para su despacho y esperé. Llegó y entramos. Le pregunté
«¿Leyó lo que escribí?». Me dijo que no, nunca lo leo a menos que usted me
diga (o quiera) que lo haga. Le dije, «Bueno, léalo». Lo sacó de su carpeta y lo
leyó. Mi enojo centelleaba en cada palabra. Había escrito las críticas según se
me había indicado.
Al concluir de leer, me preguntó: «¿Qué hace usted con su rabia?». «No lo sé».
Ya he dicho que me gustaba que no interrumpiera mi silencio para decir alguna
cosa melosa del tipo de «hábleme usted de eso» o algo así. Me esforcé por
pensar y responderle.
A: Le tengo rabia a usted y me tengo rabia a mí.
F: ¿Por qué me tiene rabia a mí?
A: Creo que porque me encomendó que escribiera, cuando debía sa
ber que yo necesitaba hablar.
F: ¿Qué más? ¿Está desilusionada conmigo?
A: Sí, pensé que debía estar mejor informada.
F: ¿Por qué se tiene rabia a sí misma?
A: Porque me quedé callada, porque hice lo que se me mandó, por
que me senté allí y me puse a escribir cuando lo que realmente quería era salir.
F: ¿Cómo va a castigarse?
A: Bueno, no fui a clase. Supongo que eso es un castigo, de lo con
trario, no sé.
F: . De modo que se está usted insultando a sí misma.
Yo estaba tan nerviosa que no dejaba de pasar el dedopor elborde
del libro.- Ella extendió su mano con la palma hacia arriba y me dijo
que apoyara mi mano en la suya. Le dije «¿Por qué?». Me contestó «Vamos,
hágalo». Junté mi mano con la de ella, y entonces comenzó a empujarme una y
otra vez, como en los torneos de lucha de los indios, pero por momentos
aflojaba la presión y nunca llegaba a presionar demasiado. Luego retiró la mano
y yo bajé la mía.
F: ¿Qué sintió?
A: Presión.
F: Siga. ¿Qué más? (Pausa.) ¿Qué más? (Se sonreía, pero yo no
pude decir hada más.) Bien, le diré lo que posiblemente h a y a sentido: que
cuando yo la enfrento a mitad de camino, nadie gana ni pierde. Confiaba en que
usted tomara conciencia de su brazo, de su hombro, ya que la conciencia de sí
mismo proviene de presionar contra alguna otra persona. (Dijo algo que no
puedo recordar y que le pedí que me repitiera.) Digámoslo de otro modo; usted
tiene más miedo que yo de sus propios temores. (Pausa.)
A: Muy bien, ¿y de qué tengo miedo yo? (Pausa.) ¿Tengo miedo
de mí misma, o de la rabia, o de usted?
F: Esa no es una pregunta fácil de contestar. (Yo, sabiendo que ha
bía llegado la hora de irme, comencé a recoger mis cosas. Ella volvió a mirar
mi hoja.) Me alegra ver estos trazos firmes en su escritura.
A: Y grandes.

F: Sí, grandes, y John Hancock dijo una vez que escribía su nombrc en grandes

caracteres para que el rey pudiera verlo sin necesidad de sus anteojos.
Le di las gracias y me fui.
El viernes estaba sentada en el coche en el lugar X cuando se me ocurrió una
poesía; tomé un pedazo de cartón y la escribí. Al llegar a casa la pasé en limpio
y corregí algunas preposiciones para mantener la uniformidad rítmica. El poema
me agradaba. Mezclados con mis pertenencias aparecen siempre trozos de papel
con poemas escritos. Solo que ninguno vale nada —no son más que buenas ideas
malamente puestas en práctica. Carecen de uniformidad y de ritmo. Pero este
poema me había salido con ritmo (o así lo creía yo) y expresaba exactamente lo
que quería decir con él. Estaba encantada. Realmente me sentía como una
gaviota, o como una gaviota que se creía una gallina y no conocía la diferencia
hasta que vino otra gaviota y le enseñó a volar. Y volé. Me pasé todo el fin de
semana planeando, deslizándome y abalanzándome por los aires, llena de
sentimientos e ideas, de pensamientos y de libertad. Me sentía con la mente de
un avión a reacc ón en el cuerpo de un modelo T. Me parecía haber dado la
vuelta al mundo varias veces en los dos o tres últimos días.
Me sentía en el séptimo cielo. Me había logrado comunicar, estaba cre ciendo,
estaba leyendo a Alan Watts. Me sentía feliz, ocupada con el progreso de mi
estudio y esperando poder disponer de más tiempo para continuar las lecturas
por mi cuenta.
PfKO KN MEDIO DE ESTE CUADRO ROSADO IKKUMP1Ó EL DEMONIO.

| IJiu emergencia, surgida el 23 de febrero, no dejó a Anne más tiemprt libre que el
indispensable para atender a su familia y sus cursos. El experimento debió suspenderse,
y, en lo esencial, termina aquí. En su diario, Anne describió más tarde cuáles fueron sus
dificultades, y la agradable sorpresa que experimentó al verse capaz, a pesar de los
temores y dudas que tenía acerca de sí misma, de hacerles frente con éxito.]

17 de marzo
No he vuelto a escribir nada en este diario desde el 19 de febrero. Los acontecimientos
que ocurrieron explicarán por qué no lo hice. Pero antes de retomar el hilo del asunto,
quiero decir algo sobre hoy. Subí a darle las gracias a la doctora Fagan.
F: ¿Le gustaría tener la cinta que escuchó?
A: Sí. ..
F: ¿Qué quiere hacer con los materiales que utilizó?
A: No sé. ,
En la puerta estaba una señora con un chico de corta edad, esperando que la doctora
Fagan le firmara la tarjeta. Mientras esta lo hacía, y° pensaba qué intención perseguía
su pregunta y qué habría de respon derle.
A: Creo que me gustaría llevármelos.
F: Muy bien.
Volvió a su despacho y me entregó la carpeta y la cinta. Yo me sen tía un poco
extrañada y confundida. No sabíc si quería que la escuchara simplemente (cosa que yo
había querido hacer desde la primera vez que la escuché) o si me la estaba regalando. Se
lo pregunté. Me contestó: «Puede quedarse con ella si le place». Cuando me ofreció la
cinta, tuve la certeza de que comprendía cuánto había significado para mí, y que sabía
que a mí me hubiera gustado guardarla. Pero seguía sin saber a qué atenerme en cuanto
al resto de los materiales. Luego de pensarlo un momento, pensé que me lo preguntaba
para ver qué haría yo. Y que yo los había tomado porque sentía que no podría volver a
la etapa de la dactilopintura, los escritos de asociación libre y el escuchar la música. Yo
quería seguir con eso, odiaba pensar que había pasado, pero tenía la impresión de que
había aventuras más excitantes aún, esperando que las descubriera a la luz de mis
pasadas experiencias. Me pregunto si la doctora Fagan siente de alguna manera lo
mismo, que lo ocurrido representó un gran beneficio para mí pero estoy dispuesta a
pasar a otra cosa.
¿Terminará todo aquí? ¿Estará todo encerrado en esta carpeta? No puedo creerlo. Me
alejé consciente de la presión de mis pies sobre cada uno de los escalones, de la carpeta
bajo el brazo y su contenido, de todas las sensaciones que tenía. Abrí la puerta y salí.
El viento agitó mis cabellos. Lo sentí sobre mi rostro, sentí que mis cabellos me
envolvían. Había olor a lluvia en el aire.

Apéndice 1. Ejemplos de respuestas de Anne en los exámenes


Marasmo: una reacciones de infantes privados de afeto materno, grave afeción física
que origina deterioro corporal y mental.
Anulación retroativa: mecanismo de defensa del yo caraterisado por el esfuerzo por
expiar pensamiento o impulsos indeseables. Se nos enseña a pedir disculpa como los
chico, una especie de disculpa continua y de que se van a hacer las cosas bien.
Síntoma de Parkinson: enfermedad cerebral de orijen desconosido, el paciente tiene
temblores rítmicos, dificultad para caminar. No hay perdida de capasidad mental pero si
perdida de la capacidad para hacer que los musculos hi»ga lo que el paciente desea.
Síntoma de Parkinson: enfermedad cerebral de orijen desconosido, el cíente tiene poca
memoria y recurre a las favulaciones.
Corea de Huntington: enfermedad cerebral de orden desconosido, con una deterioro
presenil del cerebro. La única enfermedad cerebral que concuerda con genética de
Mendel. Paciente tiene temblores inter- minentes y involuntarios. Deteriora mental.

Apéndice 2. Asociaciones de Anne con la palabra «ansiedad» ani


esta idea dolorosa ni siquiera puedo escribirla ira, tención, frustración, No puedo hacer
que la gente me comprenda, aniedad, ansidad Hablo con mi esposo, el no puede
comprender lo que yo trato de comunicarle. Me siento apretada por a dentro. Esta
semana hemos discutido toda la noches.
Tengo que decidir que voy a ser y serlo nadie puede interferir con mi ser arrastrada en
muchas direciones diferentes como si tubiera agarrada las manos con sogas y me tiraran
de un pie para cada lado lo que tengo que ser y lo que los demas nesecitan que yo sea lo
se cuando le entrego a algien una hoja escrita por mi, los errores los molestan, se rien o
no pueden crev que soy incapas de deletiear o escribir coretamente Me da vergüenza mi
escritura, para probar un amigo veo si pueden afrontar mi problema en toda su manitud
preguntándoles o pidiéndoles que lean algo que escribi, mi esposo no ha pasado la
prueba, cada vez que le pido su ayuda resibo una conferencia sobre ortografía o ingles
básico, el se pone furioso yo ansiosa.
En facultad no estoy ansiosa mas, excepto en pruebas, ser puesta a prueba o examinada
juzgada por mi escritura, no puedo volcar en el papel lo que se. Discucion ultima noche
con mi esposo nunca uvo peor, como o de que manera vivimos. El solo piensa en
comprar una nueva mesa para el comedor eso me fastidia mucho todo lo que quiere es
un linda casa amoblada, quien esta en ella o lo que en ella pase no importa
Me siento mas libre de la ansiedad que lo que solia estar cuando pensava que tenia que
hacer algo, miren, miren mi problema, miren miren miren, no debiera haver dejado el
tratamiento
Sentí como que le habia fayado a Gal nunca siento que somos, bueno, una familia tiene
unidad o crecimiento o amor o livertad o vida, mi marido me pregunto si ya habia sido
felis de la forma como vivíamos, yo tuve que pensar en la felicidad como basada en
elementos materiales, solia necesitar cosa materiales, porselana, platería, muebles, el
pianio, me senti a la miseria
Felisidad estar libre de la ansiedad, felisidad gente crecimiento
madurez productividad, mi marido se burla de Gal por su
ortografía se burla de Robbie por la mala letra en su
deberes eso me molesta, tal vez yo sea demasiado
permisiva, viene el crecimiento cuando se jenera ansie dad
aserca del problema y se burla, o cuando se presta apoyo,
esta bien, es suficiente lo que haces, puedo pasar por alto
tus problema o ayudarte con ello, no estoy ahora tan
ansiosa como escribi por primera vez, si, estoy estoy
asustada por algo, no se lo que es no puedo escribir, solo
pensar, vida termina nada tristesa trabajo fel¡* sidad ere
algien en mi, lucha batalla burlamofa acetasion esito
estudios universitarios, que camino seguir que puedo hacer
para librarme de U ansiedad que puedo hacer para resolver
mi problema ahora estoy ansiosa por que como tema
escribir, estaba ya ansiosa antes, aboresco leer lo que
escribo Apéndice 3. Asociaciones de Anne con «ira» t
Ira
No puedo escribir nada sobre la ira. No estoy enojada feliz alegre triste niebla en
montanas distantes
Tal 'ves me equivoco al escribir por que estoy enojada con la gente, particularmente la
gente que quiere enseñarme algo que aprendo mejor por inpiración y que queria lograr
Ira, ira si no puedo sentirla no puedo escribir sobre ela es interesante po/-que me puse
ansiosa cuando la Dra. Fagan pronunció la palabra pero no puedo sentir ira
Que me da ira, me da ira cuando no puedo cominicarme con gente o ellos conmigo
Quiero apretarles las cabezas con las manos sacudírselas y esigirles comunicación
Ahora tengo ira
frustrada por toda la gente que no dedicara unos minutos a escucharme Odio a mi madre
cuando dice cosas como cuando ve los viejos y nuevos travajos de Mark, está disgustida
con el nuevo y lo considera malo, mente estrecha, ignorante, no puede decir que está
bien y no quiere tanpoco que nadie lo haga.
una fuerte golpeteo en la cabeza; dolor de estomago, siento que nada va a canbiar
jamas, fatigada, cansada de luchar, la ira no lleva a ninguna como si la gente estuviera
enojada conmigo y no pueda confiar en ella, como puedo ser integra y revelarme a los
demas mi interior cuando al enfrentarse con esto todo lo que hasen es darme
conferencias y enojarse Que se hace con la ira, que que que si se muestra ira en un
momento inoportuno una se equivoca cae en desgrasia, cuando se la guarda a dentro
resulta que los demas no saben como una se siente y aunque una los agüente ellos no la
aguantan a una. La ira dentro crece y crece y crece y una quiere esplotar o dejar de
esistlr la mita del tiempo me siento como una niña pequeña la otra mitad como una
vieja fatigada. Como me siento cuando estoy enojada no se. Que hago con la ira. Trato
de mostrarla cuando puedo, pero contantemente la gente me dice que no esta permitido
Dicen, tienes que aceptar nuestra ira pero no devolverla a nosotros cuando se quiere a
alguien duele tanto que ellos se enojen con una pero todavía mas cuando una se enoja
con ellos A que se párese la ira, a una marmita con agua hirviendo ensima de la estufa,
si se vuelca alguien resulta quemado, al viento soplando con tanta fuersa que las ramas
de los arboles se quiebran y se rompen, a un niño que aplasta a un bicho con el pie, a un
moretón en la rodilla negro, azul, amarillento en contraste con la piel blanca La ira es
como tener un cuchillo clavado en las entrañas y que se lo hunde y se lo saca hast^ ^ ue
no queda nada. Peor que la ira es lo viene despues vacío, dolor, nada, y que hacer, como
conducirse, como aprender para que vuelva a suseder, pero vuelve a suseder una ves y
otra y otra y siempre la misma horrible sensasion
Apéndice 4. Críticas formuladas por Anne a otras personas y a sí
misma

Criticas
No quiero escribir ninguna maldita critica, quiero hablar con usted, tengo 100 . 000.000
de cosas para decirle y nunca tendre tiempo suficiente para desirselas.

Criticas Je otras personas


Son de mentalidad estrecha, tontas e inflesibles. No hasen ninguna tentativa de
escucharme o comprender lo que digo. Si paresen comprender comienzan con
«Comprendo, pero» y luego le hacen saber a una que no la han comprendido para
nada. .
No se toman el tiempo necesario para ver todas las cosas hermosas que hay a su
alrededor en la vida. Si una lo hace y apresia esas cosas, no la pueden entender —la
miran como si una estuviera loca. Y confunden todo hasta tal punto que ni siquiera
saben donde reside la bellesa.

Lo que mas odio en mi


Odio no poder hacerle saber a alguien cuando lo necesito —la cosa mas dura del mundo
es admitir que una necesita a alguien y en segundo lugar desirselos y cuando necesito a
alguien quiero decirles por favor no me dejen y no puedo
Cuando esperimento algo me sacude tanto que toda mi vida queda sumergida en eso. No
puedo alejarlo de mi o manejarlo con mas lige- resa Pienso y pienso y pienso y no
puedo dejar de haserlo.
No puedo responder enojada en casos en que quiero haserlo. Puedo estar mala como el
demonio y no hacer otra cosa que arder por dentro. Me lleva tiempo incorporar ¡deas y
conceptos nuevos. No puedo oírlo una ves, debo oírlo una ves y otra y otra. Tengo que
sentirme completamente maravillada y sorprendida, tengo que relaborar cada idea nueva
un millón de veses. Me gustaría escuchar una cosa una sola ves y retenerla, y no ser tan
estúpida. Me siento como una estúp da casi siempre y eso me disgusta enormemente. No
se que hacer. En realidad no se que hacer con respecto a muchas cosas.
Quiero ser brillante pero no puedo manejarlo. Corro y corro y corro y corro y me la
paso diciendo que i.o voy a correr mas pero lo sigo haciendo.
Me sumerjo tanto en lo que hago que no puedo analisarlo hasta mucho tiempo después,
siento con todo mi ser que no queda nada en mí con lo cual analizar o formular juicios.
Me siento una inútil y no me gusta andar por ahí sintiéndome asi Quiero plantear
demandas y tener derecho a hacerlo y que se responda a las mías (sigo con problemas en
el uso de los pronombres).
En este mismo momento podría abrir un aujero en la pared o [esplorar esplotar]
explotar —(cuando me pongo furiosa con una palabra no puedo [escir] escribirla) y sin
embargo no haré nada de eso. Me quedaré sentada aquí escribiendo.
Si tengo poder sobre la gente no soy condente de ello. Me gusta tener ese poder pero
quiero reconocerlo y usarlo en forma apropiada. Palabras que odio en este momento:
poder, control, conformidad, bueno, dulce, comportarse, denles, ansiedad, explotar, ira,
temor, necesidad, inútil, estúpida, com_*jCíída, complementar, vulnerable, intenso,
bebé, llanto.

15. Exageración grosera con un


#

esquizofrénico
Henry T. Glose

Terapeutas de diversos credos han empleado la exageración grosera para comunicarse


con algunos de sus enfermos graves . S.n embargo, esa exageración fue usada en aras de
la comunicación, sin formular sobrt ella comentario alguno como técnica específica en
sí misma, Jotada de su propia fundamentación racional. Quisiera exponer aquí un
ejemplo de exageración grosera y sugerir ciertos puntos de vista teóricos que vendrían
en apoyo de este tipo de intervención.
El paciente a que habremos de referirnos es un hombre de veinticuatro años expulsado
de varias universidades y que cayó finalmente en una grave crisis poco tiempo después
de haber sido incorporado al servicio militar. En los últimos tiempos, había llegado a
enloquecer a sus padres con sus incoherentes divagaciones, llenas de un extraño
simbolismo sexual.
Dos escenas servirán para presentarlo: la primera sesión mantenida conmigo fue una
entrevista de evaluación a la cual asistieron sus padres. Cuando les pregunté a estos:
«¿Qué los trae por aquí?*, el paciente se adelantó a responder: «Recibimos esta carta,
en la que se nos decL que estuviéramos aquí a las ocho y media de la mañana». En otra
ocasión, entró en el consultorio junto con sus padres para una entrevista familiar, y
abrió la conversación diciendo: «Mamá me dijo que hoy no dijera una palabra para abrir
la conversación».
Luego de haber sido atendido dos meses como paciente externo, fue hospitalizado.
Antes del intercambio que sigue a continuación, y que tuvo lugar durante una sesión en
su dormitorio, lo vi diariamente por un período de dos meses.
El enfermo me comunicó que se sentía una nada, y que tenía que hacer esfuerzos
supremos para evitar agredir a la gente. Me dijo que guardaba sus camisas en el cajón
en lugar de colgarlas en el ropero porque el ruido de las perchas podría molestar a los
enfermos de otros cuartos.

T (terapeuta, con exageradas expresiones de afecto): Concuerdo sin


lugar a dudas con usted. No puedo imaginar nada peor que el hecho de que usted
perturbe la tranquilidad de la sala haciendo ruido con sus perchas. Después de todo,
¿qué derecho tiene usted de provocar tanta bulla?
P (paciente): Cuando M. mueve las perchas en su cuarto, yo lo es
cucho.
T: ¡Eso es distinto! M. es alguien. Tiene derecho a hacer ruido.
¡Usted no! ¿Supongo que no pensará que usted es tan bueno como él, no? Sería
espantoso que usted hiciera ese ruido. Tendrá que guardar sus camisas en el cajón, por
cierto.
P: Pero también el cajón hace ruido al abrirlo y cerrarlo.
T: Diablos, tiene razón. Me había olvidado de eso. Me parece que
lo único que le queda por hacer es apilar sus camisas allí, sobre el piso... pero no las
saque de sus envolturas... ¡haría un ruido terrible con el papel!
P: ¡Exacto! Recuerdo una vez que tuve que desenvolver un gran
paquete, y en lugar de hacer un bollo con el papel y tirarlo lo metí debajo de la cama.
Hice bien, ¿no es cierto?
T: Por supuesto. Hizo muy bien. La única otra cosa que podía haber
hecho hubiera sido cubrir el paquete con una manta, no fuera que un mosquito se posara
sobre él.
P (ríe en forma cálida y espontánea).
T: Mire, le diré de qué manera podría colgar sus camisas. Si va a
la sala de la televisión y enciende el aparato a todo lo que da, y después vuelve a todo
trapo a su cuarto antes de que consigan apagarla, el ruido de la televisión impedirá que
se escuche el de las perchas. O, mejor aún, encienda el combinado estereofóníco y la
TV, en el preciso momento en que R. (el enfermo más molesto de la sala) se pone a
cantar, y entonces salga disparando para su cuarto. Le apuesto a que consigue colgar
todas sus camisas antes que se apague el caos afuera. No habrá uno que escuche las
perchas.
P (se sonríe afectuosamente e inicia un comentario).
T: Espere un momento. Tengo otra idea. Si quiere hacer las cosas
como corresponde, podría hacer sonar la alarma contra incendio. . . Eso trastornará a
todo el personal y a los pacientes y tendrá tiempo de sobra para colgar sus camisas.
P (se ríe calurosamente).
T: Y mejor todavía sería encender el aparato estereofónico y la TV
cuando R. comience a cantar y entonces provocar un incendio en la sala de
esparcimiento. Ello originaría una verdadera batahola, y mientras todos corran por ahí
gritando y aullando usted podrá dedicarse a colgar sus camisas con toda calma.
El paciente pareció disfrutar mucho de esta interacción. Luego de la entrevista, los
miembros del personal me comentaron que parecía algo más seguro de sí mismo con el
resto de la gente, y pocos días después se pudo comprobar que sus camisas estaban
colgadas en el ropero. La fundamentación racional de este tipo de exageración grosera
puede establecerse a partir de varios marcos teóricos.
Para la terapia guestáltica, el paciente está representando el papel del «niño bueno»
temeroso, dominado por las catastróficas expectativas y debes propuestos por el tiránico
opresor. En vez de autoafirmarse apropiadamente y dirigir su agresión hacia afuera, la
dirige contra sí mismo, castigándose hasta un extremo ridículo. El terapeuta asume
entonces el rol del opresor del pac'ente y explícita el diálogo internalizado. De esa
manera, una vez exploradas las alternativas extremas de la anulación de sí mismo y de
la manipulación externa, el paciente puede alcanzar un punto medio.

La teoría del «doble vínculo» de Bateson, Haley y Jackson, diría que 195 cuando el

paciente trató en el pasado de autoafirmarse quedó situado en una posición en la que no

podía resultar ganador. El terapeuta lo coloca en otro doble vínculo, cuyas instrucciones

significativas rezan así: 1) No manifieste agresión alguna; no haga ruido (con las

perchas). 2) Manifieste mucha agresión; haga mucho ruido (provocar el incendio en la

sala). 3) No tome nada de lo que le digo al pie de la letra; no me haga caso. 4) Admita

que todo esto es puro sarcasmo. La exageración del terapeuta impide al paciente dejar

de reconocer que se trata de un mensaje imposible, al que se puede responder con

humor y diversión en vez de angustia.


Por último, con independencia de las restantes razones, el empleo de la exageración
grosera resulta gracioso y puede constituir una oportunidad para una interacción
afectuosa y amable entre paciente y terapeuta. 16. Una niña con dolor de
estómago. Forma de combinar los conceptos psicoanalí-
ticos con las técnicas guestáWas
Ruth C. Cohn

Laura, niña de nueve años, es una de las tres hijas de una pareja de amigos míos,
psicoterapeutas ambos y que mantienen con las tres una relación de mucha intimidad.
En los últimos años pasé varios fines de semana en la casa de campo de la familia.
Hace algunos meses, Elaine (la madre de Laura) me confesó, mientras íbamos en su
coche ha«..a la casa, que estaba preocupada por Laura, quien se venía quejando hacía
varias semanas de constantes dolores de estómago. Laura afirmaba que la hacían sufrir
mucho, y pasaba a menudo largo rato llorando. El padre de Elaine había muerto poco
tiempo atrás, luego de una prolongada enfermedad y de haber sido sometido a varias
operaciones. Tanto Elaine como su marido habían pasado buena parte de su tiempo
lejos de sus hijos, cuidando al padre de aquella y as.stiendo a los angustiados
familiares.
En ocasiones anteriores, Laura había padecido fuertes dolores de estómago cuando
tenía algún trastorno emocional. Elaine recordaba que ello había ocurrido por primera
vez cuando despidieron a la empleada doméstica que se ocupaba de Laura, que tenía a
la sazón un año. Pero en todas Fas oportunidades previas los dolores habían
desaparecido rápidamente, en tanto que esta vez los síntomas eran tan persistentes que
el médico había sugerido realizar una serie de análisis gastrointestinales; sin embargo,
los dolores disminuyeron en alguna medida durante unos días en que la abuela estuvo
viviendo con ellos.
Mientras me narraba el problema de Laura, Elaine se mostraba muy desanimada y falta
de espíritu. Se sentía física y emocionalmente agotada por las exigencias que le
imponía la familia y por la pérdida de su padre. No había conseguido acercarse a él
todo lo que hubiese querido antes de que tuviera lugar el irremediable deceso. Cuando
le aconsejé que se tomara unas breves vacaciones, alejándose de su familia y de sus
restantes obligaciones, me respondió que el malestar físico y emocional de Laura
hacían que eso fuera imposible.
Me ofrecí a hablar con Laura, quien dos años atrás había participado en un laboratorio
experimental de fin de semana con dos familias bajo mi conducción . Cuando llegamos,
Laura se comportó como si hubiese asistido a mi conversación con la madre. Se
aproximó varias veces a mí con una cálida y solícita sonrisa, diciéndome «Estoy muy
contenta de que estés aquí. . .», «Estoy muy contenta de que hayas venido» y cosas por
el estilo. Habíamos planeado que la madre le mencionaría la posibilidad de tener una
sesión conmigo en la oficina del padre de la niña. Pero como Laura se me acercó en
forma directa, respondí afirmán-
dolé que acerca de los dolores fuertes de estomago conocía algo que :n ciertas
ocasiones, podía ser beneficioso. Laura entusiasmada, reputo a su familia lo que
yo le había sugerido y me llevó corriendo al cuarto
de huéspedes para su «sesión privada». .
Le dije que se tendiera en la cama y apoyé la mano sobre su vientre, solicitándole
que me dijera dónde le dolía Señaló un punto ubicado en su lado derecho, un poco
más abajo de las costillas. Durante toda la sesión, ubicó el dolor en ese mismo
lugar.
Le pregunté qué tipo de dolor era, y me contesto que el médico le había
preguntado lo mismo. -Pero no es como un cuchillo ni como un fuego ni como si
se quemara algo —añadió.
Después de algunas otias preguntas de mi parte, me dijo: hs como
si tuviera un peso. . , ,
Le pregunté qué clase de peso: —¿Un objeto, un animal, o alguna otra
cosa? „ _
Sin vacilar, me respondió: —Es como una persona.
Ponle un nombre a esa persona, Laura.
—Se llama Chuck. Todos los Chuck que conozco son muy pesados.
La interrogué acerca de los Chuck que conqcía.
—Chuck es un abogado, y conozco otro Chuck mas.
—¿Quién es ese otro Chuck?
—Otro hombre muy simpático.
En el transcurso de la sesión le sugerí repetidas veces que permaneciera con el
síntoma físico y lo describiera totalmente, o que «lo dejara hablar». Entretanto,
iba deslizando mi mano suavemente por la zona del dolor, intensificando por
momentos la presión en el lugar preciso
que había señalado.
—¿Cómo sientes ahora mi mano?
—Parece un peso.
—¿Y ahora, cuando la levanto?
—El dolor sigue allí. , ,
A medida que avanzaba la sesión, Laura observaba que el dolor era me
ñor pero continuaba. ,-
—¿Es ese dolor siempre igual, o se vuelve peor de vez en cuando?
—Siempre se vuelve peor de noche o cuando me peleo con Kathy. Fer
siempre está allí, aun cuando estoy contenta y no lo siento mucho, tsta
allí aun cuando no sé que está allí.
—¿Qué le dice el dolor a Kathy, por la noche?
—Le dice: Kathy, por qué no te mueres. Mama siempre esta en tavor de ella. Se sale
siempre con la suya, y mamá cree todo lo que le dice.
Y en ese momento tú querrías decir: «Mamá, por que no te mueres».
No, pero tengo mucho miedo de noche.
—¿Qué dice la noche? .
Hay en la casa un demonio que me dice: «Has cometido un peca
mortal». _
—¿Qué más dice el demonio? , .
—Viene de la tumba del abuelo. Viene a nosotros porque no puede ir con la abuela, ella
es muy vieja y se asustaría demasiado Y después d la abuela estamos nosotros. El abuelo
hizo algo que a el no le gusta, y entonces lo acosa. Como yo lo toqué al abuelo, el olor
de la muerte esi encima mío y de todos nosotros. ¿De modo que el demonio dice
que tiene que morir alguien más?
Sí, y siempre pienso que la próxima va a ser la abuela, pero luego
de ella me va a tocar a mí.
—La abuela es la más vieja, pero tú eres la más joven. ¿Por qué habrías de ser tú?
—Porque soy tan mala.
-—¿Lo eres? ¿No es Kathy acaso realmente mala? ¿Y mamá?
Laura sonríe.
.—Suponte que tú eres el demonio. Eres un verdadero demonio y andas por la casa
asustando a la gente.
—Abajo hay una importante reunión del presidente con sus principales ministros, y
discuten sobre cohetes que harán volar el mundo en pedazos si ellos no intervienen. Y
viene el demonio y hace volar en pedazos todos los papeles y objetos, y entonces el
mundo llega a su fin.
—Ahora, Laura, repite eso mismo en tu propia casa. Hay aquí una reunión y tú eres el
demonio, no él ni lo de más allá. Tú representas al demonio y dices: «Yo, el
demonio .. .».
—Muy bien. Papá está hablando en una reunión, y yo soy el demonio y el demonio le
desata a papá los cordones de los zapatos y le revuelve ios cabellos con el dedo de
modo que le cae toda la caspa en los ojos y no puede mirar para ningún lado.
—Laura, ¿crees que tu padre tiene dificultades para mirar a su alrededor con la caspa en
los ojos?
—No.
—Pero tú, como demonio, pensaste que podías hacerlo, que podías lograr que él no
viera lo que tú no quieres que vea. Tú puedes querer que Kathy se muera, y que tu
mamá se muera, puedes desearlo y sentirlo . .. pero eso no quiere decir que vaya a
suceder. Es importante que sepamos, Laura, que podemos desear y sentir un montón de
cosas, eso está bien y es divertido, pero con eso no conseguimos que se hagan realidad.
¿Deseaste que tu abuelo se muriera, cuando tus padres lo iban a visitar tan seguido y
todo el mundo estaba más preocupado por él que por todos los demás, y tú te sentías
sola con mucha frecuencia? —No, no quería que se muriera, pero cuando falté a clase le
dije a una amiga que le dijera a la maestra que yo tenía que ir al funeral de mi abuelo, y
entonces este se murió de verdad. Y una amiga mía me dijo que a ella le había pasado lo
mismo una vez que dijo una mentira. Luego de esto, Laura comenzó a detallarme los
ruidos que hacía el demonio por la noche y sus síntomas de angustia.
Le aconsejé que cuando el demonio viniera le contestase en la oscuridad con la voz más
alta que pudiera representando al demonio como acababa de hacer. También le di
algunos consejos prácticos, tales como seguir una leve dieta y ponerse una bolsa de
agua caliente en el vientre. A la mañana siguiente, Laura, viéndome junto a su padre,
me preguntó si le había contado a él «todo el asunto». Le dije honestamente que le
había sintetizado la cuestión sin agregar detalles. De inmediato, Laura le repitió al
padre, casi palabra por palabra, lo que había ocurrido durante la sesión, olvidándose
únicamente de lo que yo le había dicho al final: que los deseos no tienen el poder de
convertirse en hechos. Evidenció también la misma dificultad en simular que era el
demonio que había experimentado en la sesión, volviendo a referir que «él le desató a
papá los cordones de los zapatos*. Consecuentemente, la corregí; «Yo, el demonio,
desaté los cordones de papá*.
Al poco rato, Laura repitió la historia a su madre, destacando esta vez «la cosa más
importante» que había aprendido: que «los deseos son sentimientos que no hacen que
pasen cosas, como morirse».
En otro momento del día me pidió que tuviéramos otra sesión; no obstante, ambas
estábamos cansadas, y muy poco de nuevo salió a luz en ella. Me confesó, empero, que
mientras le contaba a su padre la sesión delante de mí tuvo la siguiente fantasía: «¿Qué
pensaría mamá si entrara cuando el demonio estuviese hablando de echarle a papá caspa
en los ojos?».
En esta segunda sesión Laura me preguntó cuáles eran las probabilidades de que el
fantasma de su abuelo estuviera en la casa. Le contesté que, a mi juicio, no se trataba
de fantasmas que anduvieran rondando por ahí, sino del ruido producido por los viejos
pisos de madera a causa de los cambios de temperatura, o bien de las pisadas de su
padre al dirigirse al baño.* ^
Siete semanas más tarde volví a visitar a la familia. En ese ínterin, Laura no había
tenido dolores de estómago ni crisis de llanto, y no había hecho mención alguna de mí,
ya fuere positiva o negativa. Cuando llegué, me saludó con su cordialidad habitual y me
dijo de inmediato: «Ya no tengo más dolores de estómago». Durante el fin de semana
siguió mostrándose cordial conmigo pero sin exhibir un interés especial. En una nueva
visita que realicé cuatro meses después no aludió para nada a sus dolores ni a nuestra
«relación especial». Sus padres me ratificaron que los síntomas habían desaparecido por
completo.

Comentarios
Las actuales barreras que se levantan entre las distintas escuelas psico- terapéuticas en
cuanto a capacitación y experiencia han sido para mi motivo de preocupación por
mucho tiempo. Me parece que ha llegado el momento de declararlas inservibles, de
modo que la elección de tratamiento se base sobre las necesidades del paciente —en
términos de su diagnóstico, historia y situación de vida actual— y sobre la personalidad
del terapeuta. Los futuros terapeutas deberían tomar contacto con los diversos
conceptos, métodos y técnicas de todas las escuelas importantes de terapia. •
• 11 I
Años atrás, nunca habría ofrecido asistencia a un amigo si ello implicaba algún
propósito terapéutico o el uso de alguna técnica terapéutica. En calidad de
psicoanalista, coincidía con mis colegas en que la contu sión de transferencia y realidad
habría de interferir tanto en la relación personal cuanto en el intento terapéutico. En
verdad, yo y un analista amigo (John Brinley) fuimos quienes acuñamos el refrán:
«Nunca practiques con un amigo, pues te quedarás sin práctica y sin amigo».
Sin embargo, en los últimos años, apelando a una variedad de procedimientos
terapéuticos, utilicé ocasionalmente y en circunstancias muy particulares las técnicas
guestálticas con colegas y amigos que sufrían dolores psicosomáticos agudos, o que
exper.mentaban pánico o depresión (casi siempre a manera de puente para un
tratamiento con algún otro psicoterapeuta). En estas circunstancias especiales, no hubo
consecuencias negativas ni para la persona que sufría ni para nuestra mutua amistad. El
respeto por la máxima de la terapia guestáltica de mantenerse en contacto estrecho con
la experiencia inmediata del paciente e identificar sus sentimientos presentes parece
disminuir el peligro de introducir elementos transferenciales adicionales en la relación
personal. Decidí llevar a cabo la sesión terapéutica con Laura por la posibilidad de que
una entrevista conmigo ayudase a determinar el peso de los componentes
psicosomáticos en sus dolores de estómago y su malestar con anterioridad a los análisis
gastrointestinales —o en lugar de ellos—. Dado que tanto la niña como la familia en su
totalidad habían tenido ya una experiencia terapéutica conmigo en el laboratorio
experimental para familias, dos años atrás, y que por entonces existía entre nosotros, en
líneas generales, una relación de confianza, en esa situación particular una sesión con
Laura parecía más conveniente que imponer a madre e hija la tensión adicional de
visitar a otro terapeuta.
La sesión descripta contiene técnicas guestálticas y psicoanalíticas filtradas a través de
mi estilo personal de terapia, fruto de mi interés por los enfoques psicosomáticos en el
psicoanálisis y en la formación de la aptitud emocional . La colocación de mi mano
sobre el vientre de la pequeña y mis preguntas, «¿Dónde y cómo te duele?» y «¿Cómo
sientes'mi mano?» son un reflejo de la inmediatez de las técnicas guestálticas, que
promueven la conciencia del cuerpo y de los sentimientos. Laura, al responder,
describió «un peso que se siente como si fuera una persona» —un hombre, un hombre
amable (pero pesado)—. En mi pensamiento, relacioné sus palabras con un marco de
referencia psico- analítico. Creí percibir en esa descripción la expresión de un vínculo
positivo pero «grávido» con su padre y el deseo de entablar contacto íntimo con él. Mis
preguntas se mantuvieron, empero, dentro de la técnica no interpretativa del aquí y
ahora: «¿Cómo se siente mi mano ahora?» ... «¿Qué dice la noche?» . .. «¿Qué dice el
demonio?». Las preguntas psicoanalíticas hubieran rezado así: «¿Por qué tienes miedo
de noche?» ... «¿En qué piensas de noche?» ... «¿Qué escuchas de noche?» . .. «¿Qué
cosas desagradables te han sucedido de noche?». t
Una interpretación psicoanalítica más burda y prematura hubiera sido la siguiente: «Tal
vez tú tienes malos pensamientos, o haces cosas que crees malas, como masturbarte».
La pregunta «¿Que dice la noche?* condujo directamente a la zona dolorosa e
inmediata de conflicto expresada como «el demonio». También en este caso evité
formular preguntas sobre el significado del «demonio» o de «pecado r.'ortaU. N 0 me
puse a investigar cómo se había incorporado a la mente de eiia niña judía el concepto
católico de pecado mortal, sino que le pregunté simplemente qué decía el demonio, lo
cual promovió una vivida y emotiva descripción de los temores de Laura.
Con anterioridad al tema del demonio, recurrí a una pregunta del y entonces» analítico:
«¿Es ese dolor siempre igual, o se vuelve peo. de vez en cuando?». Esa pregunta, así
como la interpretación intuitiva de que ella hubiera querido ver muerta a su madre, a su
hermana o a ambas, constituyen hipótesis psicoanalíticas. Su objetivo era —y lo
alcanzaron— fortalecer la conciencia de las conexiones existentes entre los síntomas
agudos y el mayor dolor por las noches, y los conflictos de rivalidad. Pero,
nuevamente, en lugar de proseguir aquí con interpretaciones sobre los episodios y
rivalidades nocturnos, a la manera analítica, le formulé simplemente la pregunta de
tipo aquí y ahora, «¿Qué dice el dolor?». Aunque Laura rechazó manifiestamente la
interpretación de que quería ver muerta a su madre, respondió al punto aludiendo al
«demonio», lo cual confirmaba, a mi entender, la interpretación analítica: el demonio
quiere hacer volar el mundo en pedazos
o invadir el mundo de ese hombre-padre en el que una niña no puede triunfar.
Utilicé la idea de demonio de Laura con fines terapéuticos y educativos:
1. Es bueno experimentar sentimientos, aun los malos; los sentimientos son esenciales
para vivir.
2. Ni los sentimientos ni los deseos tienen, en sí mismos, poder externo. Son
expresiones, no son hechos: ellos no matan.
3. El «demonio» es una proyección al mundo externo de sentimientos internos. Es
menester sentir que el demonio está dentro, como un sentimiento legítimo y no como
un agente externo poderoso.

Estas ideas corresponden al marco conceptual psicoanalítico, pero fueron utilizadas


aquí en combinación con las técnicas de Frederick Perls, como su recomendación de
que se hable en primera persona, no en tercera ni en forma impersonal, y su —a veces
insistente— estímulo a las expresiones directas como «Yo, el demonio, quiero ...».
Otra interpretación del «allí y entonces» analítico fue «¿Deseaste que tu abuelo se
muriera?». Laura volvió a rechazar en este caso la interpretación, pero contestó
transmitiéndome su temor de ser dueña del poder omnipotente de matar a su abuelo —
mintiéndole a la maestra. Los consejos prácticos sobre la dieta, la bolsa de agua
caliente y I a importancia de la atención médica habían sido discutidos con sus padres
antes de la sesión y sirvieron como puente entre mi autoridad v la de ellos. 17.
Seminarios sobre los sueños
Frederick S. Perls

En cierta oportunidad, Freud dijo que los sueños eran «el gran camino que llevaba al
inconsciente». Yo creo que son en realidad el gran cami no que lleva a la integración.
Nunca pude llegar a saber qué es el inconsciente, pero sí sabemos que los sueños son
claramente nuestro producto más espontáneo. Acontecen sin nuestra intención o
esfuerzo deliberado. Si quieren comprender qué hacen ustedes con sus sueños, les diré
a continuación cuál es la mejor forma.
Si quieren elaborar sus propios sueños, háganlo con alguna otra persona al lado,
porque —como trataré de destacar— en las cercanías del punto enfermo se volverán
fóbicos. Tratarán de evitarlo, de escapar, súbitamente sentirán ganas de dormir o
recordarán que tienen algo importante que hacer. Si están trabajando con un
compañero, este podrá ver la actitud fóbica que adoptan. Por lo general, el neurótico
únicamente se engaña a sí mismo aunque piense que engaña a los demás Me gustaría
ahora trabajar en forma un poco sistemática. La elaboración onírica puede ser
divertida. En realidad, es una tarea muy honesta. Ustedes advertirán que los que
trabajan con los sueños de la manera que yo sugiero —o sea, sin interpretaciones, sin
interferencias de nuestra computadora, el pensador— extraen gran beneficio de ello.
Antes de proseguir con la teoría, quisiera que alguien viniera aquí conmigo. Se
ofrecen dos personas: una es Mary Anne, que ya ha trabajado conmigo en otra
oportunidad y está dispuesta a que elaboremos juntos 4 un sueño.
Ahora*, realizamos el sueño. Para ser sistemáticos, lo haremos en varias . etapas.
Queremos devolver el sueño a la vida real. En primer término, la paciente narra el
sueño como si nos estuviera contando algo que le sucedió personalmente.

Sueño de Mary Anne


M. A. (Mary Anne): En mi sueño, en la primera parte de mi sueño,
yo estaba sentada en la playa, mirando hacia un costado, observando.
1 labia mújeres desnudas, algo obesas; yo sólo les veía las espaldas.
En la parte siguiente que recuerdo estaba en un promontorio mirando el mar. Hacia
abajo, era un acantilado cortado a pico. Del agua salía una vaca con cuernos, junto a
ella un ternerito. Y había un hombre vestido de blanco, que me recordaba a mi padre.
Y vociferaba ... no recuerdo qué es lo que decía; pero sea lo que fuere . .. había un
hombre
aquí... y otro aquí, también vestido de blanco ... con megáfonos. E hicieron algo, de
modo tal que todas esas vacas que habían comenzado a surgir del agua con sus terneros
se volvieron. Y había gran cantidad de .. . luego venían otras personas. Eran como ... y
ellos ... él no las dejaba llegar. ¿Por qué? Ya es hora de que lleguen, y yo sentí que va
era hora de que llegasen. ¿Por qué no las hace venir? Y él dijo algo acerca de la playa.
No quería que vinieran. No era el momento. De modo que decidí ir nadando. Y le
pregunté si las vacas podrían sentirse molestas si iba nadando. Y me contestó que no.
_
Así que me saqué la combinación y me fui nadando. Y mientras nadaba, algo se
apoderó de mi mano: una mandíbula. Y luego algo se apoderó de mi otra mano. No
mordía, sin embargo, solo la tenía fuertemente apresada. No sé cómo hice para salir del
agua. Creo que conseguí liberar mi mano izquierda ... salí del agua. Y en mi mano
derecha tenía un perrito pekinés que parecía cubierto de lodo, pero era uno de esos
perros que cuidan el ganado. Y se desprendió sin lastimar mi mano. Allí terminó el
sueño.
P. (Perls): Hay mucho material en este sueño. ¿Puedes escoger una
parte cualquiera y repetirla en tiempo presente, como si la estuvieras soñando ahora?
Af. A.: Me gusta la parte en que las vacas comienzan a salir del agua.
Veo las vacas. Primero veo una vaca saliendo del agua con su ternerito. Luego veo al
hombre, ordenando a los otros hombres que las hagan volver. Veo a todas esas vacas
alzando los hocicos, como búfalos olisqueando el aire. Luego se sumergieron.
P : ¿Realmente las estás viendo en este momento, odices que las ves
solamente?
Af. A.: Lo recuerdo.
P.: Perono las ves.
Af. A.: No. •
P.: ¿Podrías volver a decir lo mismo tratando de ver?
Af. A.: Veo a la vaca salir del agua con su ternerito. Y veo al hombre
gritándole al otro hombre. Y la vaca vuelve al agua, y todas las vacas se quedan en su
sitio. Las veo olisquear.
P.: ¿Las viste esta vez? ¿Puedes ahora montar la escena? Eres la di
rectora de la obra. ¿Dónde está el mar? ¿Dónde están las vacas? Comienza el
psicodrama ...
Ai. A.: El mar está allí. Todas estas personas son las vacas, y están
debajo del agua, olisqueando. Y entre el mar y el acantilado hay un poco de playa. Yo
estoy encima del acantilado. Y me duele mucho que ese hombre no deje salir a las
vacas. ^
P.: Bueno, ahora actuémoslo. Díselo al hombre. Háblale, exprésale
tu rabia. . #
Af. A.: ¡Quiero que salgan esas vacas! Usted no tiene ningún derecho
a decirle a esos hombres que les griten con sus megáfonos a las vacas para que vuelvan
atrás. Y de todos modos, no sé cómo puede hacer que las vacas se queden en el agua
con solo gritarles.
P.: ¿Qué te contesta? .
Af. A.: Contesta, «Pero soy yo el que conoce a las vacas. Soy yo el
que sabe cuándo pueden salir y cuándo no. Y puedo controlar a esos hombres con los
megáfonos. Y conozco ciertos sonidos mágicos al escu*
char los cuales las vacas reaccionan ... quedándose en el agua. Y yo sé las cosas mejor
que nadie». ^
P.: Ahora, vuelve a representar ese rol dirigiéndote al público, a las
personas'que están aquí presentes.
Af. A.: Yo soy el que más sabe sobre esas vacas. Tengo una especie
de visión interior y sé que no deben salir del agua en este momento. No les
corresponde estar aquí ahora. No las qu.ero aquí. Se lo digo a estos otros ... Les digo
que las hagan volver... y ellas vuelven. Ni siquiera me tengo que molestar en nacerlo
yo.
P Díselo a las vacas.
M. A.: ¡Vacas, atrás! ... ¡Oh, yo no quiero que se vuelvan, quiero
que vengan!
P.: Tienes que luchar por el control de la situación.
Ai. A: Sí.
P.: Adelante, pues. Arregla cuentas con ellos. Veamos quién gana.
Af. A.: Usted tiene ese mensaje secreto y conoce la clave. Y yo sien
to, en parte, que usted sabe lo que hace, pero también siento en parte que quiero que
esas vacas salgan ,.. ahora. Y toda esta gente quiere que salgan ahora. De modo que
dígales que salgan ... No suena muy convincente lo que digo.
P.: ¿Quién afirma eso?
Ai. A.: Yo. Ya ves, lo que realmente pienso es que él probablemente
sabe lo que hace.
P.: ¿Puedes decir esto mismo dirigiéndote a mí?
Ai. A.: ¿Sabes tú lo que haces? Cierta parte del tiempo, lo sabes.
P : Bu no, todavía no veo integración alguna entre tú y ese hombre.
Siguen paleados.
Ai. A.: Yo soy el hombre (golpea con los puños.) ¡Y esas vacas van
a hacer lo que yo digo! Y no doy ...
P.: ¿A quién le estás pegando?
Ai. A. (golpeando con los puños): ¡A ti!

P.i ¿Me estás pegando a mí?


Ai. A.: No sé.
P.: ¿Le está pegando él a Mary Anne?
’ Ai. A.: Sí, me está pegando.
P.: ¿Cómo te sientes cuando él te pega?
Af. A.: ¡Oh, Dios mío!
P.: ¿Te sientes «oh, Dios mío»?
Af. A.: Ajá.
P.r Cuando él te pega, de pronto te vuelves creyente. ¿Tiene esto algún significado
para ti?
Af. A.: ¿Dios?

P.: Sí. ¿Descubres a Dios cuando te pegan?


Af. A.: J^o.
P.: Pero, ¿él es Dios, por casualidad?
Af. A.: No sé. Sí, creo ... supongo que sí, que él es Dios. ¡Es un
pegador omnipotente!
P.: ¿De inodo que Dios es un pegador?
Af. A.: Sí (golpeando con los puños). ¡Y ahora tiene una magnífica
oportunidad!
P.:Muy bien. Ahora, conviértete en Dios y golpea con saña.Ai. A. (golpeando): ¡Odio
a la gente que no deja salir a las vacas!
¡Siéntense, vacas! Siéntense, hermosas vacas. Yo abarco todo.
P.: Bien. Creo que has ganado algo de fuerza. Ahora quiero que re
presentes a las vacas. Creo que tendrás que trasladarte allí.
Ai. A.: ¿Con todas estas otras vacas? Yo soy la que sale primero del
agua, olisquea la playa ... Soy la vaca . . . con cuernos. Y tengo conmigo un ternerito.
Creo que él también tiene cuernos. Nos acercamos al borde del promontorio. Estamos
muy contentos de salir a la superficie. Es magnífico estar fuera del agua. Pero vean
ahora este cuerno grande que nos grita. ¡Mi Dios, por qué tenemos que llevarle el
apunte a un cuerno grande! De modo que nosotras . . .
P.: Tú eres la vaca. Habíale a él. Eres una vaca alegre.
Mi. A.: Sí, saliendo del agua, «¡Escuche, maldito, allí arriba! (alzan
do la voz) ¿A mí me dice que vuelva al agua? ¡No me muevo de aquí!»
Y luego subo y le pego.
P.: Ahora, cambia de rol. Conviértete otra vez en Dios.
Ai. A. : Escúchame, vaca. Me importa un rábano que me pegues. Ya
me han pegado antes. Tengo este cuerno grande, y sé, por todos los diablos, que cuando
lo haga sonar vas a retroceder. .
P.: ¿Qué te responde la vaca?
Ai. A.: Se siente algo abatida. Dice, «No me animo ... ¡No me animo
a hundirle los cuernos como usted sabe que quiero hacerlo!»
P.: Oh. Repítelo.
Ai. A.: No me animo a hundirle los cuernos como usted sabe que
quiero.
P.: Vuelve a decirlo.
M. A.: ¡No me animo a hundirle los cuernos como usted sabe que
quiero! (Pausa). ¡Pero quiero hacerlo!
P.: Ahora la parte poderosa quiere volver a franquearse.
Ai. A.: Sí. La vaca está ahí parada. No comprende qué tiene cjue ver
el cuerno con todo esto . . . ¿no es cierto? ... si ese hombre estuviera pinchándola con
una horquilla, eso sería normal. Pero ese cuerno ... P.: ¿Qué papel estás representando?
Tú debes ser la vaca.
Ai. A.: No entiendo por qué este cuerno me paraliza. Su cuerno me
paraliza . . . ¡Estoy paralizada por él!
P.: ¿El tiene un cuerno?
Ai. A.: Tiene . . . bueno, el hombre de arriba le habla a este otro que
tiene el cuerno.
P.: Pero las vacas también tienen cuernos.
Ai. A.: ¡Sí! ¡Yo también tengo cuernos! Podría enfilar derecho hacia
su cuerno y hundirle los míos y arrancarle la boca. Pero me quedaré aquí, en la arena,
sin retroceder. Usted puede quedarse sentado allí arriba con su cuerno, y hacerlo
sonar ... y yo sigo paralizada, ¡pero no retrocederé!
P.: Repite eso.
Ai. A.: ¡No retrocederé!
P.: Másfuerte.
Ai. A.: ¡No retrocederé!
P: ¿Qué dice él?
Ai. A.: Dice . . . «Por Dios» . . . dice «si . .. este cuerno no es . .. tan
contundente» Dice ... «¡Al diablo con él!». Y lo tira.
P.: De modo que vuelve a triunfar el oprimido. ¿Qué sientes ahora?
M. A.: Oh, no sé. Me siento como ... agotada. Me pregunto si esta
vaca tiene realmente ... fuerza suficiente para quedarse allí, o si se está engañando a sí
misma, o si... si se muestra desafiante por nada. Ese cuerno no es nada. Todo ese
desafío y esa retirada son por nada, se dan cuenta, por nada. Y sin embargo, todo ese
tiempo ... desperdiciando energías. Podría ir allí con su ternero y tener pasto y agua. Y
se queda en su lugar, sentada en la arena. Es mejor estar allí que en el agua.
P.: Veamossi es cierto. Vuelve al agua y represéntala. ¿Qué tipo de
agua es? ¿Es el mar?
M. A.: Sí, el mar. Está en calma ...
P.: Representa al mar: Yo soy ...
Af. A.: Yo soy el mar. Y en cierta forma rodeo a todas estas vacas.
Y las he nutrido, y las quiero, y resulta que ellas se quieren ir.
P.: Habíales.
Ai. A.: Oiganme, todas ustedes, yo trato de que puedan nacer a la
vida y vivir en este mar que yo soy, yo las circundo, y además tienen a sus terneros, no
veo por qué no son felices. ¿Por qué no se quedan aquí, pues? Es un lugar agradable.
Salen a buscar aire ... Allí arriba, en la playa, tienen alguien que les dice qué deben
hacer ... es una seguridad. Quédense aquí, vacas, conmigo. Déjenme que las acaricie,
que las lama, vamos. Pasaremos un buen rato juntos.
P.: ¿Qué te preguntan las vacas?
Af. A.: Oh, las vacas dicen: «¡No, por Dios! En este mar nos senti
mos inquietas y desgraciadas. Queremos mucho aire, no simplemente olisquearlo ...
olisquearlo de vez en cuando. Queremos pasto y agua límpida..Queremos vivir. De
modo que vamos a abandonarte».
P.: Muy bien. Ahora, respóndeme: ¿Qué partes del sueño puedes
realmente identificar como propias?
Af. A.: Soy la vaca, soy el hombre que las hace retroceder, soy el que
mira desde arriba, soy el perrito que se aferra a mi mano con sus dientes ... En cuanto al
mar, no sé. Cuanto más pienso en él más antipático se pone ... y es como si me dijera
cada vez más, «quédate conmigo y te daré miel toda la vida ... un poco de LSD, calma y
quietud, y serás feliz».
P.: . ¿Estás segura de que el mar representa la seguridad?
Af. A.: Creo que sí.
P.: ¿La protección?
Af. A.: Sí, y saber dónde está una parada. No puedo identificar ...
P.: ¿No puedes identificar? Díselo al mar.
Af. A.: Perdóname, mar. Ocurre que no te entiendo. No siento que yo
y tú seamos una misma cosa. Siento que me absorbes... Quiero desprenderme de ti, de
tu oleaje y de todo lo que me haces ... el agua salada q>je se me mete en las narices. Y
sin embargo, este mar es ... en cierto sentido amable, agradable, escurridizo y ... No sé
si yo soy amable y escurridiza. Tal vez ... podría ser el mar, yo.
P.: ¿Ah si?
Af. A.: Soy el mar. Soy amable con ustedes, vacas, me escurro entre
ustedes, hay por aquí algunas plantas marinas que podrían comer, y algunas nutrias de
mar que les harán pasar un buen rato. Y yo soy el mar, porque el mar ... Siendo el mar,
lo soy todo. Abarco ... pero sé que en realidad no es así, porque sé que está esa tierra
allí, y ese hombre con el cuerno ... Creo que el verdadero problema está en el hombre y
el mar.
P.: ¿Quérepresenta el mar, y qué representa el hombre?
Ai. A.: No sé. El hombre, yo . .. pienso que podría ser mi padre ...
una fuerza dominadora y que provoca rechazo, hacia la cual quiero ir y a la vez no
quiero. Y el mar, pienso que ... es muy difícil para mí sentirlo. No sé lo que es el mar ...
lo que tú eres, mar. No sé lo que eres. Pero, en parte, estás por ahogarme, y creo que
para mí es mucho más difícil habérmelas con este mar que con ese hombre. Creo
entonces que, bueno ... el mar es mi madre, pero entonces ... tal vez sea así, sin
embargo. Tal vez este mar es muy .. . escurridizo y . ..
P.: Tú sabes muy bien que no me gusta hacer interpretaciones, pero
esto me parece tan obvio que voy a intervenir en este punto. A mi entender, el mar
representa tu parte femenina, la otra parte es la masculina. El mar es la parte
femenina ... la parte amable, acariciadora... la otra es la parte combativa, dominante,
tiránica. Creo, pues, que tienes razón al decir que esos son los dos rivales. ¿Podrías,
entonces, promover un encuentro entre esas dos partes tuyas?
Ai. A.: Bueno, eso es mil veces más fácil. La parte del hombre: como
hombre, dirijo todo a mi alrededor . .. hago retroceder las cosas, y tengo mis pies en la
tierra, y ... La mujer ... es muy difícil.
P.: Sólo quiero que le permitas al hombre ir hacia el mar y ver qué
pasa.
Ai. A.: ¿Yo,el hombre, ir al mar? *
P.: Sí, tú como hombre.
Ai. A.: Bueno, yo . . . como hombre, no tendría nada que ver con ese
mar. Pero si tú me dices que vaya .. .
P.: Sí. Me interesa saber cómo habrá de manejar ese hombre al mar.
Aparentemente, a las vacas las puede manejar.
Ai. A.: Me saco la ropa y voy hacia el mar. Y sería una pequeñita,
una diminuta manchita nadando en ese mar con todas esas vacas y todas esas plantas
acuáticas alrededor. ¡No valdría un poroto, de manera que tendría que volver a salir!
P.: ¿Qué pasaría si el mar viniera hacia donde está el hombre?
Ai. A.: En ese caso el mar perdería su identidad, porque tendría que
saltar a tierra, y ya no sería más un mar .. . sería un pequeño arroyue- lo. Y yo, como
mar ... no quiero ser un pequeño arroyuelo. Quiero ser un mar. Y yo, como mar, le tengo
rabia a ese hombre. Es distinto de mí. El está de pie, y yo me derramo. Y no me gusta
nada que sea distinto.
P.: Repítelo.
Ai. A.: No me gusta nada que sea distinto de mí. Yo quiero serlo
todo.
P.: ¡Selo, pues! Sé el mar, y sé el hombre. He aquí la esencia del
asunto. En lugar de sufrir un conflicto —esto o aquello, lo masculino o lo femenino—,
sé ambas cosas. Esto se sabe desde hace muchísimo tiempo, que el conflicto entre los
ciclos masculino y femenino de una persona origina neurosis. La integración produce el
genio. Todos los genios tienen tanto aspectos masculinos como femeninos. La persona
verdaderamente madura es ambidextra. No solamente usa ambas minos, sino que
reacciona en forma a la vez afectiva y agresiva con respecto al mundo.
Bueno, creo que ahora puedes continuar por tu cuenta. Gracias.

Cómo ven, hemos demostrado que todas las partes diferentes del sueño, que cualquier
parte del sueño... es uno mismo, es una proyección de uno mismo. Si existen aspectos
incompatibles, aspectos contradictorios, y se los hace entablar una lucha mutua, se
vuelve al eterno juego de los conflictos interiores. En todos estos encuentros se
descubre que ambos bandos son, al comienzo, hostiles; pero trabajando con ellos
durante un lapso suficiente, se llega a comprender... y a apreciar las diferencias.
Todavía no podíamos, empero, llegar al punto en que Mary Anne estuviera en
condiciones de apreciar la diferencia. El mar no es un hombre viril, y un hombre viril
no es el mar. Pero ambos tienen posibilidades potenciales que pueden ser en sí mismas
útiles y valiosas.
Y como todo empobrecimiento de la personalidad tiene su origen en una
autoalienación —en la renuncia a partes de uno mismo, ya sea por represión o por
proyección—, el remedio es, por supuesto, la re-iaen- tificación. Alcanzamos la
identificación representando las partes del sueño. Nos convertimos en esa parte hasta
que comenzamos a ver en ella una porción de nosotros mismos... y entonces vuelve a
ser nuestra. Así empezamos a crecer y a ganar en potencialidades y en madurez.
El enfoque psicoanalítico de un sueño consiste en hacer de él un juego intelectual
mediante las interpretaciones y los enunciados fijos seudo- simbólicos: esto es sexual,
el cuerno es un símbolo fálico, la vaca es el símbolo de la madre. Pero la interpretación
no nos lleva muy lejos. Muy bien. ¿Quién se oftece ahora para elaborar un sueño?

Sueño de Carol
CSoñé que tenía ante mis ojos un lago que se estaba secando. Hay en el medio del lago
una pequeña isla y un círculo de, bueno, de delfines. Son como delfines, salvo que
pueden estar parados, así que son como delfines que fueran como personas. Están en
círculo... algo asi como una ceremonia religiosa... muy triste. Me siento muy triste por
que ellos pueden respirar ... están como bailando en círculo ... pero el agua, su
elemento, se está secando. Así que es como una desaparición ... como ver desaparecer a
una raza de personas o de animales.
Y son en su mayoría hembras, pero hay unos pocos que tienen un pequeño miembro
masculino, de modo que hay también algunos machos. Pero no habrán de vivir lo
suficiente como para reproducirse ... y su elemento se está secando. Uno está sentado
aquí a mi lado. Yo le hablo, y tiene púas sobre el vientre ... como ... como un
puercoespín. Parece como si las púas no formaran parte de él. Y yo pienso que el hecho
de que el agua se seque tiene algo de bueno. Pienso que ... bueno, por lo menos, en el
fondo, cuando toda el agua se seque, se encontrará probablemente algún tipo de tesoro,
porque habrá en el fondo del lago cosas que habrán caído allí, como monedas o algo
así. Miro con cuidado y todo lo que veo es una vieja chapa, la patente de un automóvil.
Ese es mi sueño.
R: Por favor, representa esa patente de automóvil.
C.: Soy una vieja patente de automóvil tirada en el fondo de un lago.
Soy inútil, no tengo ningún valor. No estoy oxidada. Soy de otra época, de manera que
no puedo ser utilizada. Me tiraron simplemente^ a la basura. Eso es lo que hice con la
chapa de la patente ... La tiré a la
basura. _
P.: Bien. ¿Qué sientes con respecto al sueño?
C * No me gusta. No me gusta ser una patente antigua, inservible. P • Habla sobre ello
hasta que llegues a convertirte en la patente.
C * • Inservible ... anticuada. La patente se usa para permitir . para permitir circular a
un automóvil... y yo no puedo darle a nadie permiso para hacer nada porque estoy
anticuada. En California le pasan un poco de goma adhesiva ... se compra una etiqueta
con el numero y se la pega en el auto ... sobre la patente vieja. Así que tal vez alguien
me ponga en su auto y me pegue encima una etiqueta. Yo no ...
P : Muy bien. Ahora representa el lago.
C.: Soy un lago. Me estoy secando y desapareciendo ... absorbido
por la tierra .. . estoy muriendo. Pero si soy absorbido por la tierra y me vuelvo parte
de ella, puede ser que riegue la zona circundante, de modo que .. . incluso el lago ...
incluso mis macetas . .. puedan crecer. Nuevas, como si pudieran crecer (comienza a
llorar) de mí... P.: ¿Comprendes el mensaje existencial de todo esto?
C : Sí puedo ... puedo crear. Puedo crear belleza ... Ya no puedo
reproducirme. Estoy como el delfín . .. soy ... Pero yo ... insisto en decir «alimento»—,
yo .. . soy líquida, y como soy agua, me convierto ... riego la tierra y doy vida . ..
haciendo que las cosas crezcan. El amia . .. eílas necesitan tanto de la tierra como del
agua . . . Y <^1 aire y del sol. Pero yo, igual que el agua y el lago, puedo cumplir algún

pT^Puedes advertir el contraste: en la superficie encuentras una cosa, un objeto


material, la patente del automóvil ... la parte artificial tuya. Pero cuando profundizas
más encuentras que la muerte aparente del
lago es en verdad fertilidad. . . _
C.: Realmente no me gusta esta chapa ... o permiso ... o patente
R: La naturaleza no necesita de ninguna patente para crecer. Nadie
es necesariamente inservible si es orgánicamente creativo ... y tu acabas de descubrir
que lo eres. Gracias.

Sueño de Jean
Fue hace mucho tiempo. No estoy segura sobre cómo empezaba. Creo que, algo así
como si empezara en ... el subterráneo de Nueva York ... y como si yo estuviera
pagando ... colocando la moneda y pasando por el molinete, y luego caminara un poco
por los corredores y diera vuelta a una esquina, por asi decir. Y me daba cuenta e que en
algún lugar allí dentro ... en vez de ser un subterráneo, parecía ...había algo así como ...
una cuesta que iba hacia adentro de la tierra. En algún lugar de por allí, cuando
descubría esa cuesta, mi madre estaba conmigo. Bueno, puede ser que ella hubiera
estado desde el comienzo ... no recuerdo. De todos modos, estaba esa cuesta. Era . ..
lodosa y ... resbaladiza. Y yo pensé, «¡Oh, podemos bajar por aquí!». Del- costado o de
alguna parte recogí una caja de cartón caída y que estaba achatada, o tal vez yo la
achaté. Sea como fuere, dije: «Sentémonos encima de esto». Y me senté en el borde y es
como si la hubiera convertido en un tobogán. Y le dije a mamá: «Siéntate detrás de mí»,
y empezamos a bajar. Fue como si diéramos vueltas ... había otra gente'. . . que parecían
estar esperando, en fila. Pero luego es como si hubieran desaparecido.
De todos modos, íbamos hacia abajo y dando vueltas. Y era . .. seguía hacia abajo y
abajo y abajo ... y era como si yo me estuviera dando cuenta de que yo . . . estaba yendo
hacia las entrañas de la tierra. Y de vez en cuando me daba vuelta y preguntaba:
«¿Divertido, no?». Tal vez estuviera un poco asustada, pero la cosa parecía divertida.
Pero me preguntaba qué encontraríamos al fondo.
De pronto, el terreno se niveló. Y nos levantamos, ¡y yo estaba pasmada! Porque pensé:
«¡Oh, Dios mío!, estas son ... las entrañas de la tierra». Pero en lugar de estar oscuro ...
era como si viniera luz del sol de alguna parte ... y era hermoso . . . oh, nunca estuve en
Florida, pero se parecía a Florida ... las hierbas altas de Florida, con lagunas y cosas de
ese tipo. Y no recuerdo haber dicho nada particular, salvo tal vez algo así como . . .
«¿Quién iba a imaginarse esto?».

Ahora bien: cuando alguien cuenta un sueño como este, se lo toma como un incidente
aislado, una situación inconclusa o una realización de deseos; pero si lo cuenta en el
presente, como un reflejo de su existencia, de inmediato toma un aspecto diferente. Ya
no se trata de un suceso ocasional.
Siempre pensamos en los sueños como algo nocturno\ de lo que no nos percatamos lo
suficiente es que dedicamos la vida entera a soñar —con la gloria, con ser útiles o
bondadosos, o con cualquier otra cosa—. A causa de la autofrustración, el sueño se
convierte para muchos en una pesadilla. La misión de todas las religiones profundas, en
especial del budismo Zen, o de una buena terapia, es el Gran Despertar —el recobrar
los sentidos propios—, el despertar del sueño en que uno está, sobre todo de la
pesadilla en que uno está.
Comenzamos a ver, a sentir, a experimentar nuestras propias necesidades, a encontrar
satisfacción en lugar de representar roles y precisar tantos objetos de utilería —casas,
automóviles, trajes por docenas—. Nos cargamos con miles de lastres prescindibles, sin
advertir que, de todos modos, los objetos solo nos son dados por el lapso que duran. No
podemos llevarlos con nosotros.
Esa idea de despertar y llegar a ser real, de existir con aquello que tenemos, con
nuestra plena y real potencialidad, con una vida rica, llena de experiencias profundas,
alegría, rabia —de ser seres reales, no fantasmas—: he ahí el significado de la
verdadera terapia ... de la verdadera maduración, del verdadero despertar ... en vez de
ese autoengaño y fantaseo permanentes, persiguiendo metas imposibles,
compadeciéndonos de nosotros mismos por no poder desempeñar el papel que
queremos, etcétera.
Bueno, ahora volvamos a la señora del sueño.

P.: Veamos, Jean. ¿Puedes repetir el sueño? Vívelo como si fuera tu


existencia real, y trata de comprender algo más acerca de tu propia vida.
Bueno, sé que en realidad no resulta claro hasta que me encuentro .. . el lugar se
ha convertido en algo así como ... la parte superior del tobogán. Posiblemente no
recuerde si tenía o no miedo al principio. Oh, no debería decir esto . . . quiero decir . . .
Creo que tengo ...
P.: ¿Tienes miedo de descender?
Creo que tengo un poco de miedo de descender. Pero luego parece como una ...
P.: Pero tú debes descender.
/.: Creo que tengo miedo de descubrir qué hay allí.
P.: ¿No revela esto una falsa ambición . . . que has apuntado demasiado alto? .
Es verdad.
P.: Losexistencialistas dicen: «Húndete, es divertido». Por supues
to, nuestra mentalidad repite aquí, «Estar bien alto es mejor que estar bajo». Siempre
queremos ir a algún lugar más alto que.
].: Sea como fuere, parece que yo tengo un poco de miedo de des
cender.
P.: Háblale al tobogán.
].: ¿Por qué estás tan lleno de lodo? Eres resbaladizo y patinoso, yo
podría dejarme caer sobre ti y resbalar.
P.: Ahora representa al tobogán: «Soy lodoso y resbaladizo . . .».
Soy lodoso y resbaladizo . . . cuanto mejor uno se desliza, más rápido desciende.
(Se ríe.)
P.: Bien, pero, ¿dónde está la broma?
J. (riéndose): ¡Soyresbaladiza!
P.: ¿Puedes aceptartea ti mismaresbaladiza?
/.: Creo que sí. Sí, parece que yo nunca ... tú sabes ... siempre
cuando pienso que estoy por ... tú sabes, digamos, «Ajá, te agarré»,
se escabulle . . . racionalización. Soy resbaladiza y patinosa. Hmm. De todos modos,
voy a descender, porque parece que va a ser divertido. Y quiero saber dónde lleva y qué
va a haber al final. Y parece tal vez ... solo que ahora ... al mirar en torno de mí para
ver qué puedo utilizar para proteger mis pantalones, o quizá para deslizarme mejor.. .
descubro esa caja de cartón.
P.: ¿Puedes representar la caja de cartón? ¿Qué función cumple?
/.: Simplemente estoy para facilitar las cosas. Estoy, por así dccir
tirada por allí. . . como abandonada .. . pero sí, sirvo para algo . • puedo ser útil. No
estoy simplemente abandonada por allí, tirada .. • y podemos facilitar el descenso.
P.: ¿Esmuy importante para ti ser útil?
Sí. Quiero ser de provecho para alguien. ¿Basta ya de ser ’. caja de cartón? Tal
vez lo único que quiero es que se sienten encima mío. (Se ríe.) ¿No hay acaso en ese
libro una parte que trata sobre «¿Quién quiere compadecer a quién?». Yo quiero que se
compadezcan de mí. • ■ o que se sienten encima ... y me aplasten.
P.: Repite eso.
Quiero que se me sienten encima y me aplasten.
P.: Díselo al grupo.
¡Uh, es difícil! (Se vuelve lentamente hacia el grupo.) ¡Quiero que se me
sienten encima y me aplasten! Hmm-m-m. (Grita.) ¡Quiero que se me sienten encima y me
aplasten! (Golpea con los puños.) .
P.: ¿A quién Ir ^ '
A mí misma.
P.: Además de ti.
/.: Golpeo a mi madre, que se está dando vuelta ... que está detrás
de mí... y me doy vuelta y la veo.
P.: Muy bien. Ahora golpéala a ella.
/.: ¡Mamá, te estoy aplastando (¡ay!) a ti! Y soy yo la que te voy a
llevar a ti a dar un paseo, en vez de que tú me digas que vamos a ir y me lleves
donde quieras. (Grita.) ¡Yo te llevo a dar un paseo
A Ti!
P.: Hay algo que te haya llamado la atención en la conducta que tu
viste con tu madre?
/.: ¿Ahora?
P.: Me dio la impresión de que era una conducta demasiado exagera
da como para ser convincente. Le hablaste con rabia ... no con firmeza. /.: Creo
que aún le tengo un poco demiedo.
P.: Eso es. Díselo a ella.
J.: Mamá, todavía te tengo miedo, pero te voy a llevar a dar un paseo,
de todos modos.
P.: Muy bien. Pongamos a mamá en el trineo.
/.: A,hí te quedas. Esta vez irás atrás. ¿Estás lista? ¡Muy bien!
P.: ¿Irás tú adelante?
/.: Sí, yo ... yo conduzco.
Estás en el asiento del conductor.
* /.: No solo estoy conduciendo ... lo hago con, bueno, con equilibrio.
P.: .¿Conduces un trineo pequeño?
/.: Jamás anduve en trineo, pero sí en esquíes. Muy bien. Allá vamos.
En este momento no sé dónde vamos. Nos largamos, simplemente.
P.: Bueno, dijiste que es un viaje a las entrañas de la tierra.
Sí, pero ahora no estoy tan segura de ello. Creo... realmente no ... no llego a
darme cuenta hasta que advierto qué lejos que vamos. P.: Lárgate, pues.
/.: Descendemos, ahora. Nos deslizamos, y luego llegamos a un lugar
en que se da una vuelta, y damos vueltas ... y vueltas ... y vueltas. Veré si ella sigue
en su lugar. Allí está.
P.: Haz de todo un encuentro, siempre. He ahí lo más importante.
Conviertf: todo en un encuentro, en vez de charlar sobre.
¿Sigues allí?
P.: ¿Qué te contesta?
«Sí, sigo aquí, pero es un poco asustante», dice. ¡No te preocupes! ¡Yo me hago
cargo de todo! Lo estamos pasando bien. No sé dónde nos lleva esto, pero ya lo
vamos a descubrir. «Estoy asustada», me dice. Creo que yo ... ¡No te asustes! Sigue
bajando y bajando. Me pregunto que habrá allí abajo ... si estará todo negro. No sé
qué me dice ella.
P.: ¿Qué está haciendo tu mano izquierda?
J • ¿En este mismo momento?
P.: Sí.
Está sosteniendo mi cabeza. Yo ...
P.: ¿Cómo la está sosteniendo?
¿Como si no quisiera ver rada?
P.: No quieres ver dónde vas. .. no quieres ver el peligro.
JTengo un poco de miedo por lo que habrá allá abajo. Podría tratarse de algo terrible, o
simplemente de la negrura, o tal vez incluso del
olvido. t
P.: Ahora me gustaría que penetraras en esa negrura. Aun no hemos
hablado en este laboratorio de la nada . .. del espacio en blanco, del vacío estéril. Pero
me gustaría hacer una breve excursión contigo ahora mismo. ¿Cómo se siente una en
esa nada?
La única nada es que estoy bajando, ahora. Sigo sintiendo que voy para abajo, y
entonces es algo excitante y apasionante porque yo me... porque me muevo, porque
estoy bien viva. No tengo miedo en realidad. Es algo más, una especie de terrible
excitación y. .. el vaticinio de lo que descubriré al final... al final de esto. No es negro
realmente. Ya ves, en este momento es algo así como si siguiera bajando. .. por algún
lado entra algo de luz. No sé por dónde, pero entra un poco. #
P.: Sí. Quiero abreviar un poco las cosas. ¿Adviertes qué es lo que
estás evitando en este sueño?
¿Si advierto qué es lo que estoy evitando?
P.: Tener piernas.
/.: ¿Tener piernas?
P.i Sí.
Piernas que me lleven... .
P.: Sí. Confías en la caja de cartón y te apoyas en ella... y confías
en que la gravitación habrá de arrastrarla.
/.: Es posible... pasivamente, a lo largo del tiempo... a lo largo
de la vida.
P.: ¿Por qué te opones a tener piernas? •
Yo simplemente... Lo primero que me vino a la cabeza es que ... alguien querría
golpearme y tirarme al suelo. Luego me di cuenta de que, creo que tenía miedo de que
mi madre me... tirara al suelo. Ella no quiere que yo tenga piernas.
P.: Ahora celebra otro encuentro con ella sobre esto ... ella no
desea que tú te pares sobre tus propias piernas, sobre tus propios pi"S.
¿Por qué nu quieres que me pare sobre mis propias piernas? Ella me contesta,
«Perqué tú eres desvalida y me necesitas». No te necesito. Puedo arreglármelas sola en
la vida. (Pausa.) ¡Sí que puedo! Seguro que ella dijo, «No puedes».
P.: Observa que tienes la misma rabia que antes, y la misma falta de
firmeza falta de sustentación. Como sabes, el chasis de abajo es para dar sustentación y
el de arriba para establecer contacto, pero si se carece de una buena sustentación,
también el cop'.acto es vacilante.
/.: No debería mostrarme enojada.
P.: Yo no he dicho que no deberías mostrarte enojada, pero el enojo
sigue siendo. . .
Demasiado vacilante.
P f : Sí, demasiado vacilante.
Tengo miedo de pararme sobre mis dos piernas y de mostrarme enojada con ella.
P.: Y hacerle realmente frente. Párate sobre tus piernas, y ahora en
cuéntrate con tu madre y trata de hablar con ella.
/.: Sigo con miedo de mirarla.
P.: Díselo a ella.
Tengo miedo de mirarte, mamá.
P.: ¿Qué verías si la miraras?
¿Qué veo? Veo que la odio. Te odio porque no me dejabas que me separara de ti ni
siquiera para cruzar el pasillo de la maldita tienda. (En voz alta y burlona.) «¡Ven aquí!
¡No cruces el pasillo!*. Ni siquiera puedo cruzar ese maldito pasillo. No puedo ir a
Flushing en ómnibus. No puedo !r a Nueva York hasta que haya entrado a la
universidad. (Grita.) ¡Maldita!
P.: ¿Qué edad tienes al representar este papel?
Bueno, yo... estoy en la tienda, tengo solamente... cualquier edad entre los seis
y los diez o los doce, qué se yo.
P.: ¿Qué edad tienes, en la realidad?
¿En la realidad? Treinta y un años.
P.: Treinta y un años.
Y ella está bien muerta.
P.: ¿Puedes hablarle a tu madre como una persona de treinta y un
años? ¿Puedes asumir la edad que tienes?
J.: Mamá, tengo treinta y un años, y soy bien capaz de caminar sobre
mib do* piernas.
P.: ¿Adviertes la diferencia? Mucho menos ruido y mucha más sus
tancia.
/.: Puedo pararme sobre mis dos piernas. Puedo hacer lo que quiero.
Y puedo saber lo que quiero. No te necesito. En realidad, ni siquiera cuando te
necesité, estás acá [«r]. Entonces, ¿por qué sigues rondando? P.: ¿Puedes decirle
adiós? ¿Puedes enterrarla?
/.: Bueno, ahora sí puedo, porque estoy donde termina la cuesta,
y cuando llego al final, me levanto. Me levanto y camino por este hermoso lugar.
P.: Puedes decirle a tu madre: «Adiós, mamá, descansa en paz».
Creo que lo hice en el sueño. Adiós, mamá... adiós. (Llora.) P.: Habla, Jean.
Cuando tú le hablas a tu madre, le dices cosas mag
níficas.
Adiós, mamá. No pudiste hacer otra cosa. No conocías ninguna forma mejor de
hacerlo. No fue culpa tuya si tuviste tres varones antes de mí. Querías otro varón, no me
querías a mí... y te sentiste tan maí al ver que era mujer. Hiciste lo posible por
congraciarte conmigo. .. eso es todo. No tenías por qué echarme tierra encima. Te
perdono, mamá. Descansa, mamá... Ahora puedo seguir sola. Seguro que sí...
P.: Jean, sigues conteniendo el aliento.
/. (tras una pausa): «¿Estás segura, Jean?» Mamá, déjame ir...
P.: ¿Qué te responde?
«No puedo dejar que te vayas».
P A h o r a , dile esto mismo a tu madre.
/.: ¿No puedo dejar que te vayas?
P.: Debes retenerla... estás asumiendo el control.
Mamá, yo no puedo dejar que te vayas. Te necesito. No, no te necesito.
P.: Pero la sigues necesitando, ¿no es así?
Un poco. Hay alguien allí. Bueno, ¿y qué, si no hubiera nadie allí? ¿Qué pasa si
todo estuviera vacío y oscuro? Está todo vacío y oscuro... es hermoso. Dejaré que te
vayas. Dejaré que te vayas, mamá. (Suavemente.) Vete, por favor...

Estoy muy contento de que hayamos tenido esta experiencia, porque ella nos puede
enseñar muchas cosas. Ustedes advertirán que no fue una actuación teatral, ni una
explosión de llanto para lograr la compasión de los demás, o para ganar control de la
situación, sino una muestra de la capacidad para explotar en el pesar. Y esta
«elaboración del duelo», como la llama Freud, es indispensable para crecer. .. para
decirle adiós a la imagen de la infancia.
Esto es fundamental. Son muy pocos los que pueden verse a sí mismos como adultos.
Todos tienen que tener cerca suyo una imagen materna o paterna.
Este es uno de los pocos puntos en los que Freud equivocó el rumbo por completo.
Freud pensaba que st una persona no madura, ello se debe a que tiene problemas
infantiles... esto es totalmente erróneo. No madura porque no quiere asumir las
responsabilidades adultas. Crecer significa estar solo, y estar solo es un requisito previo
a la madurez y al contacto con los demás. La soledad es aún un anhelo de apoyo.
Jean acaba de dar un gran paso hacia su crecimiento.

Sueño de Barry
B.: Fritz, quisiera elaborar un sueño que he tenido. Estoy en una
especie de tobogán sobre un trineo; el sueño comienza cuando tomo un trineo para bajar
por ese tobogán. Es en medio del bosque, y deliberadamente escojo un trineo demasiado
ancho, siendo que la senda es estrecha. Hay mucha gente a mi alrededor; ellos ven lo
que yo hago, y yo tengo conciencia de lo que estoy haciendo. Me observan. Quiero que
vean que escojo un trineo que presenta más dificultades. Subo, pues, a él, y voy hasta la
punta de la cuesta, y comienzo a bajar. De un lado hay un precipicio y del otro un cerro.
P.: ¿De qué lado está el precipicio?
B.: Ala derecha.
P.: A la derecha. ¿Y a la izquierda está...?
B.: El cerro. Yo voy bajando muy bien. Cuando llego a la parte en
que pega la vuelta... al recodo... como una especie de promontorio de la cuesta,
realmente. .. sale un animal de la derecha, desde el precipicio. Es como una cabra
montesa de dos cabezas, una encima de la otra... encima de todo tiene una cabeza. Y se
acerca a mí amenazadora cuando paso. Yo saco mi cortaplumas y la pincho en la boca y
deja de amenazarme. Luego llego al final de la cuesta, y allí termina el sueño.
P.: Me gustaría que lo continuases. Continúalo, por favor. ¿Qué
hiciste luego?
B.: Estoy al pie de la cuesta, en el trineo. Parece como un claro
del bosque, y hay una o dos filas de personas... están paradas, simplemente. El trineo
se detiene. Estoy como a diez metros de distancia, y me doy vuelta para mirarlos.
Nadie se mueve, nadie dice una palabra. Ahora, me veo a mí mismo caminando hacia la
derecha primero y luego hacia la izquierda, encaminándome hacia ellos pero en zigzag.
P B i e n . Quisiera que repitieses tu sueño. Vuelve a emplear el tiempo presente, y
presta atención a tu voz.
B.: Voy a bajar por un tobogán en un trineo de bambú. Es una zona
boscosa, y elijo un » ineo demasiado ancho para la estrecha senda por
la que iré, lo cual lo vuelve más peligroso. Hay muchas
P.: ¿Escuchas tu voz?
B.: Sí.
P¿Qué dice ella sobre el contenido del sueño?
B.: Mi voz no refleja el miedo que tengo; suena más firme. También
siento que es más firme ahora que la primera vez que conté el sueño. P.: ¿ P u e d e s
llevar tu miedo al sueño... a tu relato del sueño?
B.: Cómo no. Tengo que correr esta carrera, y es un tobogán. Es una
cuesta peligrosa, y sé que lo es porque la senda es estrecha y hay a un costado un
profundo precipicio. Un solo desliz, y me voy a él. De modo que...
P.: Vuelve atrás nuevamente. ¿A quién le estás relatando el sueño?
B.: Creo que lo estoy relatando a todos los que están aquí y a ti.
P.: No. Yo pienso que se lo estás relatando a tu propia cabeza.
B.: Tengo que bajar por este tobogán, y es una bajadapeligrosa por
que es muy estrecha y hay un profundo . ..
P.: Presta atención a tu voz. Vuelve a sentir la diferencia, ladiscre
pancia entre el tono de tu voz y lo que estás relatando.
B.: Tengo que correr esta carrera, y es una bajada peligrosa la que
tengo que hacer, y me asusta como el demonio, p.r ¿Es
realmente muy peligrosa?
B.: Sí que lo es. Estoy muy asustado.
P.: ¿Y bajarás por allí, pese a todo?
B.: Sí, pese a todo, bajaré. No creo que pueda elegir otra cosa.
P.: ¿No puedes elegir otra cosa?
B.: No. Está todo el mundo mirándome. Todos ustedes están mirán
dome.
P.: ¡Oh! De modo que si no lo haces por ti, lo haces por nosotros.
B.: Tengo que demostrarles ... este ... tengo que demostrarles algo.
P.: ¿Quién soy yo para que tú tengas que demostrarme algo?
B. (larga pausa): No sé quién eres tú. Todo lo que sé es que tengo
que demostrártelo, y que tengo miedo. Tengo miedo de ti y tengo miedo de lo que debo
hacer.
P.: ¿Alcanzas a percibir ya en parte cuál es elmensajedel sueño?
B.: No estoy seguro de comprender bien lo que quieresdecir.
P.: Bueno, quiero decir que tú te ves obligado a demostrar que notienes miedo .. .
que no eres un cobarde. Eso se desprende de tu propio mensaje existencia!, que ¿s
muy importante.
B.: Hasta ahora, lo más... lo más difícil que experimenté fue.
cuando tú me dijiste que trasuntara mi temor en la voz. Eso fue lo más duro.
P.: Sigue el hilo de la cuestión y cuéntale a los miembros del grupo
algún temor tuyo que no quieras mostrar.
B.: Sí. Tengo miedo de . .. este ... de Bob. De manera que ayer me
senté junto a él. I engo miedo de Bob, de manera que cuando vamos a entregarnos a
meditaciones primero lo miro y me digo «Tengo miedo de que me estrangules, pero
me gustaría ser tu amigo».
P.: Muy bien. ¿Puedes hacerme una demostración? Venaquí. ¿Puedes
ensayar eso conmigo? ¿Cómo hará Bob cuando esté por estrangu
larte?
B.: Quieres decir que. .. este... ¿debo ser Bob o.; . ?
P.: No sé si debes ser Bob. Sólo quisiera saber cuál es tufantasía ...
cómo te estrangularía. •
B : Tú eres yo, y yo soy Bob, y tú dices ...
P.: ¿Qué digo?
B.: Este . .. Tengo miedo de que vayas a estrangularme, así que em
pezaré yo. (Acerca sus manos a la garganta de Perls.)
P.: Un momento. ¿Qué sientes?
B.: ¡Tienes razón! ¡Exacto! ¡Eso es lo que voy a hacer!
P.: ¡Pero nadie estrangula a nadie de buenas a primeras! Debes sentir
algo.
B.: Bueno, eso no me parece importante.
P.: Para mí es muy importante, porque yo seré la víctima. Me gus
taría saber con quién tengo el gusto.
B.: No creo que pueda explicar por qué motivo tú debes morir. Es ...
es lo que surge. Es lo que siento. Y, por supuesto, ahora no losiento.
Es como si estuviera fuera de ello. Simplemente estoy aquí parado.
P.: No lo creo.
B.: No sé. Mi mano izquierda está levantada.
P.: ¿Estás ahí parado como el Bob de tus fantasías?
B.: El se para así.
P.: Sigue.
B.: Eso es todo. El desarrolla cada vez más poder, y luego s e
acerca
y coloca sus manos en tu garganta. Pero yo no soy Bob.
P.: Si empiezas por ...
B : No quería que tuvieras miedo de mí.
P.: Si esbozas una sonrisa, ¿disiparás mis temores?
B.: Suena muy tonto.
P.: Sí. Creo que lo es. Alguien es tonto.
B.: ¿Como haré para que no me tengas miedo?
P.: No digas tonterías. El Bob de tu sueño, tal como tú lo imaginaste,
es alguien a quien hay que tenerle miedo. Ahora estás tratando de evitar la parte
que infunde terror.
B.: La parte que infunde terror sería ... si yo tuviera que estran
gularlo.
P.: Sí, sí. Y quieres evitarla. A ver, inténtalo una vez más.
B.: Siento a la vez temor y ganas de rechazar a Bob. Mesiento ate rrorizado a la vez
que trato de convertirme en Bob. (Se queja.) Estoy temblando.
P.: ¿Puedes permitirte temblar?
B.: Es un verdadero placer.
P.: ¿Puedes hacer que participen del temblor tus músculos y tus hom
bros? (Exagera el temblor.) Muy bien, empecemos de nuevo la cosa. B.: T e n g o q u e
estrangularte, Barry, porque tú dijiste que eso es lo que
temes, de manera que debo hacerlo.
F.: ¡Lindo estrangulamiento! ¿Cómo hiciste para evitar estrangularme
realmente? ¿Qué sentiste?
B.: Sentí que te tenía bien agarrado, y que eso es todo lo que nece
sitaba.
P.: ¡Oh, gracias! Tener bien agarrado a alguien. ¿No te da miedo eso?
B.: De cualquier modo, eso es lo que quería de ti... tenerte bien
agarrado. (Perls toma por los hombros a Barry, que se muestra muy emocionado.) Me
pareció que iba a tener que llorar, pero no.
P.: Oh sí, todavía estás agarrado a ti mismo. Tomemos a algún otro.
Dile a algún otro de qué tienes miedo.
B. (larga pausa): Estoy tratando de hacer dos cosas al mismo tiempo:
elegir a alguien y descubrir de qué tengo miedo.
P.: ¿Puedes permanecer en ese proceso? Dinos cuáles son tus ensa
yos.
B.: Decidí averiguar primero de qué tengo miedo.
P.: ¿De qué manera?
B.: Bueno, me imagino algo, y hace apenas un momento tú has di
cho que...
P.: Oh no, no te imagines algo. ¿Alguna cosa?
B.: Me imaginé a mí mismo en este punto junto al...
P.: Ah, entonces te imaginas a ti mismo.
B.: Junto al precipicio. ..
P.: Sí.
B.: Donde estuve ayer con una persona. Ella se acercó al vacío. Yo
tenía miedo de acercarme porque hay un lugar muy estrecho, así que ... pero no me
detuve. Fui hasta allí de todos modos, sólo que caminando sobre mis manos y mis
rodillas. Pero fui. Quería mostrarle que tenía miedo, pero en cambio no quería dejar de
ir a ese lugar.
P.: ¿Adviertes la conexión entre eso y el sueño?
B.: Bueno, volví a pensar en el precipicio, pero esa es la única cone
xión con . .. bueno, ocurre simplemente que yo debo negar mi miedo. Tengo que
mostrar que no tengo miedo. Y quería contar mi experiencia de ayer. Yo .. . este ...
acababa de conocer a esa muchacha; era una linda chica y quería caerle simpático. Ella
dijo, «Ven, quiero mostrarte algo aquí sobre el precipicio», y yo le contesté «Yo
también». Y de inmediato comencé a sentir aprensión, porque no veía aún dónde
íbamos.
Y llegamos al lugar, y ella ... se acercó sin más. Hay un tramo estrecho de unos dos
metros, y luego se ensancha.
P.: Detente un momento, y cuéntanos acerca de la muchacha. Intro
duzcámosla a ella. Escribe un diálogo para ti y ella sobre el tema «Vamos a ese sitio
sobre el precipicio».
B.: Ella me dice: «Vamos allá. Ven, quiero mostrarte cómo es ese
pasadizo. Quiero que veas el panorama que se aprecia desde allí». Yo: «¿Podemos
quedarnos aquí? Quiero ser amigo tuyo, pero no ir allí. Tengo miedo de caerme al
vacío*. Ella: «¡Jesús! Vete». Yo: «Un momento. Espera un momento. Iré contigo.
Cambié de idea». Y ella sacude la cabeza: «Demasiado tarde, Barry». Cometí un error, y
me doy de puñetazos. «Idiota, ¿por qué no vas allá a probar suerte?». Pero ella ya se ha
ido.
PEse es el segundo mensaje que recibimos. Tú debes evitar verte rechazado por una
mujer. Su estima es tan importante para ti que estás dispuesto a arriesgar la vida por
ella.
B.: Bueno, por supuesto, cuando escucho eso ... este ... me hace
encogerme de miedo. Todo es tan aburrido.
P.: Encógete de miedo, y monta en cólera.
B.: ¡Ah sí! ¡Muy bien!
P.: Ahora, dile eso a la muchacha.
B. (con rabia): ¡Vete al demonio!
P.: Descarga todo eso en la muchacha.
B¿Quieres decir acaso que si no voy contigo, te irás? ¡Pues vete al diablo! ¡Vete!
¿Quién te necesita? ¡Ahhh! (con disgusto) ¡Insoportable! (Voz muy fuerte.) Ya estoy por
la mitad.
P.: Es difícil anular la proyección de un rechazo. Nos encanta nuestra
capacidad de rechazar a la gente que nos rechaza; nos encanta proyectar eso. Preferimos
sentirnos rechazados que tener el coraje de rechazar. La cuestión es esta: ¿pierde mucho
tu vida si esa chica desaparece? B.: Bueno, quien dice eso ... tú me entiendes, quien
dice eso eres tú,
no yo.
P.: Me gustaría conocer tu opinión. Sé que te estoy haciendo una su
gerencia. Sé que yo siento que si esa chica no te acepta tal como eres, sino que te
impone una prueba de esa índole, no merece estar en tu vida. Esa es mi opinión, pero yo
no soy tú.
B.: No. Yo. .. este... no puedo correr ningún riesgo, no puedo co
meter ningún desliz, no puedo equivocarme ni una sola vez. Parece como si ... este ...
una persona ... una persona es ... se siente que ... tú me entiendes, lo horrible que sería.
Cuando lo digo parece sin sentido, lo sé, pero eso es lo que siento aquí dentro.
P.: Exacto. Eso es lo que yo quería subrayar. Esa es una de esas ex
pectativas catastróficas, y tú te pasas el tiempo ensayando y vives sobre la base de esa
expectativa sin verificar si realmente se habrá de producir la catástrofe en caso de que
la mandes a la chica al diablo. Bien, veamos ahora qué tipo de muerte te atreverías a
afrontar. ¿Puedes retomar el relato y morir en el precipicio? Cáete y muere. Termina de
una vez.
B.: Bueno. Ella está ahí, y yo en la parte ancha. Comienzo a arrastrarme p o r el
pasadizo, a ambos lados cae realmente a pico. Voy despacio,
y una de mis manos se apoya falsamente de este lado y ... (grita).
P.: Cuenta ahora tu experiencia actual. ¿Qué sientes?
B.: Alivio cuando llego abajo. No fue tan horrible. No fue para nada
horrible ... solo una mala caída.
P.: ¡Oh! ¿De modo que la muerte de un héroe ficticio no es tan
horrible?
B.: Todavía estoy temblando. .
P.:Sigue así. Creo que el temblor es muy importante, porque cuando tú te paras, lo haces
así. (Lo imita.) Como si tuvieras una armadura en la espalda.
B.: Bueno, en realidad no la tengo. Quiero ocultar el temblor. Toda
vía quiero ocultarlo. Siento que no me gusta que todo el mundo vea cómo tiemblan mis
manos. No me gusta cómo me tiembla la voz ... sé que aihora me está temblando.
P D í s e l o a los aquí presentes. Escoge a la persona a la cual te sea más difícil
confesarlo.
B.: No quiero que veas que tengo miedo. No quiero que veas que
estoy temblando, pues entonces no querrías hacer nada conmigo. Te parecería que no
merece la pena molestarse por mí. O bien te alejarías de mí. No quiero que tú veas eso.
Pienso que te habría de perder. Pero, si de todos modos me he mantenido lejos de ti todo
el tiempo, ¿cómo habría de perderte?
P.: ¿Quién es eso?
B.: Mis manos están calientes.
P.: ¿Quién es eso? ¿Quién es eso?
B.: Tú. Yo dije «tú».
P.: Pero dímelo a mí. Lo que dijiste antes.
B.: ¿Lo que te dije antes?
P.: Algo acerca del miedo que tienes de temblar.
B.: No quiero que tú me veas temblando.
P.: Adelante.
B.: Me estás sacando de clima. (Perls se levanta y le muestra cómo
tiembla.) No tiemblas igual que yo.
P.: Muéstrame cómo tiemblas tú.
B.: Yo tiemblo así, pero lo hago en serio. Tú no lo haces tan bien.
Trata de mover la espalda. No se mueve lo suficiente.
P.: Díselo a tu propia espalda,
B.: No te mueves lo suficiente.
P.: ¿Qué te contesta ella?
B.: Soy muy grande para moverme tanto.
P.: ¿Qué sientes?
B.: Bueno, de repente, siento ahora cierta fuerza en mi espalda. Es
la parte mía que dice «No necesitas temblar; yérguete y no tiembles, no actúes como el
culo».
P.: ¿Cómo hace el culo?
B.: Tiembla.
P.: ¿Eh?
B.: Tiembla.
P.: ¿Puedes hacer temblar a tu culo? El hecho de que puedas decir
nos que tienes miedo de hacer temblar a tu culo, ¿te amedrenta?
B.: Me siento incómodo de hacer temblar a mi culo en público.
P.: ¿Podrías demostrarnos que no te incomoda hacer temblar a tu
culo delante de nosotros? (Risas.)
B.: Pido disculpas por lo que estoy por hacer (Risas.)
P.: Bien. Demos un paso más. Cuando te deslizas por lacuesta o to
bogán puedes inmovilizar a tu culo, ¿no es verdad? En ese caso no tienes ninguna
necesidad de hacerlo temblar.
B.: El peligro es caer al precipicio. Yo, el trineo, todo.
P.: Pero no hay necesidad de hacer temblar al culo. Estoy seguro deuue no .ten«
por que hacer temblar a lo col« Te ubicas en ese vehículo v ¿I te inmoviliza la
espalda. Quiero que ba|es la misma cuesta de mies pero, en lugar de hacerlo por el
tobogán, quiero que bajes a lo largo de ti mismo y hagas temblar a tu culo
¡i.: Me imagino a mí mismo en la punta del cerro. El camino pega
unas vueltas asi, y baja hasta el fondo . ..
P.: Apunta al fondo. Sigue hasta el fondo.
B.: ¿Que apunte al fondo?
P.: Apunta al fondo. Yo utilizaré esta parte del sueno. Comienza a
temblar desde aquí hasta llegar al fondo * Comienza a temblar en tu cabeza y en tus
hombros.
B.: Mi culo es lo primero que tiembla.
P.: Muy bien.
ñ.: Me imagino a mí mismo deslizándome sobre mi culo con los pies
en el aire. Y mis manos vuelan, y mis pies vuelan, y yo tiemblo de pies a cabeza.
(Con voz trémula.) Doy vuelta esta curva y sigo hasta el fondo. P.: Quiero que sigas
así una y otra vez hasta que tengas una columna
vertebral... treinta y dos articulaciones.
B.: Bueno, ahora siento como si toda mi espalda se endureciera. Y me
veo... por así decir, nuevamente en la cima del cerro. Estoy en la
misma posición. Estoy sobre mis partes traseras, pero como arqueado ... en la misma
posición, salvo que controlo la situación. Y bajo el cerro sobre mis ancas, y sigo lo
más bien hacia abajo. Tengo perfecto control de la situación, y me encamino
derecho hasta el fondo.
P.: Hazlo otra vez. .. cada vez más rápido, más rápido. Da vueltas
y vueltas y más vueltas.
B.: Aquí no puede adquirirse mucho impulso.
P.: ¿Te das cuenta cómo sigues aferrándote a esto?
B.: Lo estoy intentando. Estoy intentando mantener el control mien
tras bajo.
P.: ¿Y lo haces contrayendo los músculos?
B.: Tengo mejor control si me deslizo y me aferró.
P: U f . . . Decididamente no. La única forma en que puedes tener
control es con una adecuada coordinación. .
B.: Eso es tan simple que no se adapta a .. . a lo que yo creo que
debo hacer.
P.: ¿Cuánto» músculos deberías emplear realmente para lograr la coor
dinación que te permitiese dar esas vueltas?
B.: Muy pocos. Bastaría con que me relajase y me dejase deslizar. I-o
he hecho un montón . . .
P.: Oh, sí. Bien. Háblanos de eso.
B.: Podría retajarme y deslizarme por la cuesta. Ya lo hice otras vece».
P.: Adelante. Hazlo.
B.: Me estoy deslizando.
P.: ¿Estás muerto?
B : Por supuesto que no.
P : Por supuesto que no.
B.: No es tan fácil matarme.
1
*Jucjju de palabras intraducibie: boltom quiere decir «fundo» pero tamblé' •INH'IOi (S Jt'l F. ) P :
(¡radas.
lln observador: ¿Cuándo tuviste ese sueño?
^ . Hace alrededor de una semana. Antes de venir aquí.
Observador: Cuando tú te referiste a la cabra montesa, tuve la fan
tasía de que aludías al sexo.
fí.: ¡Ah! Yo sentí que la cabra esa era importante, solo que . . . desa
pareció enseguida. Apenas le di unos cuantos pinchazos con mi cortaplumas
al pasar junto r' y desapareció.
P.: En este momento no quiero entrar en detalles acerca del conte
nido de las fantasías. Creo haber recibido el mensaje principal: que debías
proteger tu espalda, tu parte posterior; se creaba así una coordinación
deficiente. Restringes tu coordinación endureciéndote para no temblar, pues
piensas que temblar es malo. Pero si no gozas de libertad para temblar, no
gozas de libertad para hacer uso de tu organismo físico.

18. Limitaciones y precauciones en el enfoque


guestáltico
Irma Lee Shepherd

Todo nuevo enfoque e innovación suele contar con el beneplácito de los profesionales
desalentados, y engendra a la vez entusiasmo y escepticismo. El escéptico tal vez se
prive de descubrir y utilizar ideas y técnicas valiosas; el entusiasta quizás baga
extensiva su utilidad a una aplicación indiscriminada, con brillantes promesas que es
imposible cumplir. A este último se dirige este artículo. La terapia guestáltica
proporciona técnicas de gran eficacia para manejar las conductas neuróticas y auto-
destructivas, así como para movilizar y reencaminar la energía humana hacia un
desarrollo autónomo y creativo. Esto es atestiguado por la obra de Perls, Simkin y
otros, tal como se la conoce a través de artículos, películas, cintas grabadas y
demostraciones especiales. Sin embargo, son contados los casos, dentro de la literatura
sobre terapia guestáltica, en los que se hace referencia a las limitaciones y
contraindicaciones esenciales para una práctica eficaz.
La limitación más inmediata de la terapia guestáltica, como de cualquiera otra, es la
capacidad, formación, experiencia y buen criterio del terapeuta. Dado que las técnicas
guestálticas allanan el camino para experimentar o liberar emociones intensas, quien
emplee este enfoque debe ser capaz de permitir sin temores que el paciente siga hasta
sus últimas consecuencias la experiencia de dolor, de ira, de miedo o de alegría. La
capacidad de vivir en el presente, y la de ofrecer una sólida presencia real, son
esenciales. Sin esa presencia y esa capacidad el terapeuta puede dejar al paciente
abortado, inconcluso, abierto y vulnerable, desconectado de toda base de apoyo, sea
que esta proceda de sí mismo o del terapeuta.
La aptitud del terapeuta para manejar Jas relaciones yo-tú que se plan tean en el aquí y
ahora es un requisito básico, y se la desarrolla merced a una amplia integración del
aprendizaje y la experiencia. Es probable que la aplicación más eficaz de las técnicas
guestálticas (o de cualesquiera otras técnicas terapéuticas) sea producto de la
experiencia terapéutica personal adquirida en los seminarios de formación profesional y
en el trabajo con terapeutas y supervisores competentes.
Además del problema básico de la competencia terapéutica, la aplicación apropiada de
las técnicas guestálticas gira en torno de los siguientes interrogantes: ¿cuándo?, ¿con
quién?, ¿en qué situación? En líneas generales, la terapia guestáltica alcanza máxima
eficacia con individuos excesivamente socializados, coartados y constreñidos —a los que
suele describirse como neuróticos, fóbicos, perfeccionistas, ineficientes, deprimidos,
etc.—, cuya actividad es limitada o incoherente a causa sobre todo de sus restricciones
internas, y que gozan en grado mínimo de la vida. En consecuencia, la terapia
guestáltica ha dirigido la mayor parte de sus esfuerzos hacia personas con tales
características.
] 1 trabajo con individuos menos organizados, con pacientes que padecen perturbaciones
más graves o con psicóticos es más problemático y cx ; ge precaución, sensibilidad y
paciencia. No debe emprendérselo cuando no sea factible entablar una relación a largo
plazo con el paciente. Es preciso que este reciba considerable apoyo del terapeuta y que
tenga un esbozo de fe en el proceso de su autocuración antes de experimentar en forma
intensa y profunda el daño y el dolor, la ira y la desesperación avasalladoras que están
en la base de la mayoría de los procesos psicóticos. Es preferible, pues, en los estadios
iniciales de la terapia con un enfermo grave, limitar la actividad terapéutica a
procedimientos que fortalezcan el contacto de aquel con la realidad, que le hagan
confiar más en su propio organismo y en la buena voluntad y capacidad del terapeuta,
antes que practicar el juego de roles o la representación de experiencias dolorosas o
conflictivas del pasado. En síntesis: con las lucha' más profundas, el terapeuta pospone
el empleo de aquellas técnicas que liberan los sentimientos más intensos, los cuales
podrán ser tratados más adelante con el objeto de reducir los aspectos fundamentales de
los asuntos pendientes y dar paso a nuevos avances. Es útil apelar a técnicas que
faciliten al paciente una mayor libertad para usar sus ojos, manos, oídos, cuerpo, y, en
general, para incrementar su capacidad sensorial, pcrccptual y motora, con vistas a su
autonomía y al dominio de su ambiente.
La disposición del terapeuta a salir al encuentro del paciente con sus reacciones
inmediatas y francas, y su habilidad para hacer frente al uso manipulativo de los
síntomas por parte del paciente sin rechazarlo a ote. cumplen un papel decisivo. Es
importante que el terapeuta preste oídos a la renuencia del paciente a realizar ciertos
experimentos, investigando a veces sus expectativas catastróficas, aceptando
simplemente otras, su opinión de que no cuenta con suficiente sustento en sí mismo o
por parte del terapeuta como para arriesgarse a confrontar en forma abierta sus terrores
internos. El desafío que se le plantea al terapeuta consiste en discernir la leve línea que
separa la sobreprotección de la aceptación genuina del criterio final del paciente en cada
circunstancia. En ciertas ocasiones, la aceptación de la manera como el paciente evalúa
la situación le proporciona a este suficiente apoyo como para emprender en forma
espontánea lo que había evitado momentos antes. Para los sujetos cuyos problemas
giran en torno de una falta de control de los impulsos —acting out, delincuencia,
sociopatía, etc.— se requiere un enfoque diferente. Como es obvio, las técnicas útiles
para liberar la expresión suponen que esta es una meta deseada, y el paciente puede
apelar a ellas para racionalizar sus acciones, haciendo caso omiso de la responsabilidad
y de las consecuencias. Por añadidura, si se las emplea sin tomar las debidas
providencias, dotan al paciente de un medio para continuar evitando los niveles de más
profunda aflicción, que desde épocas tempranas aprendió a eludir actuando en vez de
experimentar. En estos casos, el terapeuta debe poder distinguí! las expresiones de
afecto auténticas de las manipulativas, así como enfrtp.tar al paciente sin rechazarlo y
apoyarlo sin ser explotado por él. Los ejercicios guestálticos sobre «hacerse responsable
de» (descriptos en el capítulo «Las reglas y juegos de la terapia guestáltica», pág. 149)
suelen resultar provechosos, de la misma manera que el enfrentar las respues-
tas o conductas del paciente que se sienten como falsas con un «No le creo», «No
creo que lo haya dicho todo» o alguna otra acotación análoga, que transmita la
reacción y percepción del terapeuta. Al propio tiempo, este debe ser consciente del
grave daño sufrido por el senti> miento de confianza del paciente, y de su
desesperación e impotencia, de las que se pone a resguardo con su agresividad, sus
manipulaciones
y su acting out, # .
Un guestaltista habilidoso inventará experimentos que permitan al paciente trabajar
dentro de la sesión terapéutica y reduzcan así su necesidad de actuar afuera. No
obstante, no puede iniciarse un tratamiento con individuos «actuantes» o psicoticos
sin prever que el proceso ha de ser más largo y con frecuencia más lento que lo que
muchos guestaltis- tas estarían dispuestos a admitir.
Como las técnicas guestálticas facilitan, en general, el descubrimiento,
enfrentamiento y resolución de los principales conflictos del paciente en un tiempo
a menudo espectacularmente breve, el terapeuta-observador inexperto o el paciente
pueden suponer quizá que la terapia guestaltica brinda una «cura inmediata». Aun
cuando se trate de terapeutas experimentados, la tentación de encaminar o empujar
al paciente con demasiada prontitud o rapidez a una situación de plena autonomía
puede originar una seudointegración, con la decepción consecuente. Para muchos
individuos, la tarea de renunciar a sus aspectos inmaduros es un largo y tedioso
proceso, con acometidas parciales y repliegues, y que exige la presencia y apoyo
constantes del terapeuta. Pidiéndole permanentemente que asuma su
responsabilidad, este lo alienta a lavez a arriesgarse a buscar apoyo en si mismo,
reduciendo así la posibtli a de una dependencia patológica, potencialmente presente
en todo intento terapéutico. En su afán de reducir o eliminar las transferencias, no
es raro que el terapeuta guestaltista, al rechazar las manipulaciones del paciente
para eludir su autonomía, te.mine rechazándolo al paciente mismo Debe fomentarse
en el paciente el descubrimiento de sus valores e identidad propios, pero es absurdo
negar la influencia que ejerce el terapeuta como modelo; en muchos casos es un
buen modelo de pr?g e ' nitor adulto, que valora el crecimiento y la libertad de sus
«hi|os» (pacientes o alumnos). A veces, sin embargo, el objetivo de que el paciente
alcance su antonomía puede verse interrumpido por la impaciencia del terapeuta, de
la misma manera como los padres restringen el desarrollo de sus hijos exigiendo de
ellos una conducta adulta en
forma prematura. . ,
Es común que se aplique la terapia guestáltica en grupos pero con tr - cuencia lo
que esto significa es más bien una terapia individual en un marco grupal que el
procedimiento habitual de amplia interacción y <• e «proceso grupal*. Si bien los
restantes integrantes del grupo a menudo se ven involucrados en la situación
mientras observan a uno de e o trabajar con el terapeuta —con considerable
participación afectiva y comprensión de sus propios problemas, en ciertas
ocasiones--, lo cierto es que este procedimiento reduce inevitablemente el tiempo
disponi 5 para una interacción grupal espontánea que podría resultar provechosa. Si
el terapeuta es hábil, logrará atenuar esta limitación pidiendo al su jeto que enfrente a
cada uno de los miembros del grupo, que ponga privrRi u»n cllm mis nuevas percepciones o
aptitudes comunicativas,
que aborde con ellos sus propias proyecciones y obtenga la correspondiente respuesta.
El grado de desarrollo individual puede muy bien compensar, en un grupo de esta
índole, la carencia de experiencias grupales de carácter más tradicional.
Uno de los peligros mayores, empero, es que el terapeuta desarrolle demasiada
actividad y asuma así una responsabilidad excesiva en la conducción del grupo,
alentando la pasividad del paciente en detrimento de uno de sus objetivos, la autonomía
de este último. En tal caso, el grupo responde también de manera pasiva, considerando
al terapeuta como un experto o un mago y Suponiendo que ellos, al carecer de sus
técnicas y capacidades, tienen muy poco que aportar. Esto no es inevitable, sin duda, y
el terapeuta puede, merced a su buen criterio y acción, disminuir y modificar sus
efectos.
Una de las contribuciones más valiosas de Perls es su enfoque de las proyecciones como
auibutos a los que el paciente ha renunciado por no poder asimilarlos en su proceso de
crecimiento. La técnica de «representar» las proyecciones (los roles o características a
los que se ha renunciado) ha probado su validez para ayudar a! paciente a recuperar e
integrar gran parte de su fuerza, energía y autonomía perdidas. Sin embargo, como
dentro de este sistema toda alusión del paciente a otra persona puede considerarse una
proyección, es menester obrar con cautela antes de rechazar los factores reales de la
percepción. Cuando un paciente enfrenta con aversión a otro o reacciona frente a él con
alguna otra respuesta intensa, el terapeuta deberá decidir si ha de abordar el asunto en
términos de la interacción y las relaciones entre las personas, si ha de alentar al
individuo que es objeto de ataque a investigar su valor de estímulo, o si ha de
considerarlo como una proyección del atacante. Esta distinción es particularmente
importante en las evaluaciones que hacen los pacientes del terapeuta o en sus
enfrentamientos con él. Un terapeuta colocado a la defensiva guarda un arma poderosa
si rotula de proyecciones a todo lo que se diga de él, sin entrar en discriminaciones
precisas. Si se estima importante un encuentro franco, debe ser un proceso en ambas
direcciones. El terapeuta debe poner atención a lo que escucha y admitir que lo que se
dice de él es cierto (cuando lo seal, en lugar de pensar que está ante una fantasía del
paciente que entraña una percepción inexacta o deformada. Tal vez la solución más
conveniente, tanto para el terapeuta cuanto para el paciente, sea adoptar ambas
posiciones: «Es cierto lo que usted dice de mí», o «No es cierto lo que usted dice de
mí». Sea como fuere, la franqueza y la reevaluación personal resultan esenciales.
El hincapié que hace la teoría de la terapia guestáltica en la toma de conciencia, la
autonomía, etc. tiende a magnificar el papel del individuo como tal, dueño de su propio
destino, separado y distinto de los demás, concediendo a menudo escasa atención a las
relaciones importantes que mantiene y a los efectos de los sistemas profesionales,
institucionales y culturales de los que forma parte. Esto puede significar que, con
excesiva frecuencia, se conciban las relaciones como proyecciones de importancia
netamente secundaria con respecto a los acontecimientos interiores, y que se pase por
alto la marcada influencia de la familia y de otras presiones y problemas externos. Si se
coloca el acento en el paciente como único poseedor de la clave de su propio destino y
felicidad se estará deformando quizá la realidad de su existencia cotidiana. Se corre el
riesgo de dejarse llevar por la tentación de convertir un crecimiento válido y un proceso
de emergencia en un precepto, en un debe reemplazando así una tiranía por otra. El
funcionamiento, la integración y la actualización plenos, si son concebidos como
estados finales en lugar de serlo como experiencias del momento, pueden convertirse en
una expectativa y una exigencia tan cruel como la salvación. La terapia guestáltica, al
enfocar el conocimiento y el crecimiento a la manera del Zen, plantea un dilema al
hombre de Occidente, que pese a sentir el valor de un proceso de esta índole encuentra
en el ambiente que lo rodea muy pcco apoyo para esa forma de vivir. A menudo, la
terapia guestáltica promete un grado de integración, libertad y saíori que es muy difícil
alcanzar en nuestra cultura.
Un tratamiento guestáltico coronado por el éxito puede traer como consecuencia
que, al aprender a tomar contacto más auténtico consigo mismo, el paciente no se
sienta ya satisfecho con los objetivos y relaciones convencionales, con la
hipocresía y falsedad de gran parte de la interacción social, y compruebe con dolor
cuán deficientes y destructivas son muchas de las fuerzas e instituciones sociales y
culturales. Dicho en términos simples: es probable que quienes hayan tenido uns
vasta experiencia de terapia guestáltica se ajusten o adapten peor a la sociedad
contemporánea; pero, al mismo tiempo, habrán de sentirse más motivados para
promover íui cambio que transforme al mundo en un lugar más piadoso y
productivo, en el cual los seres humanos puedan desarrollarse, trabajar y gozar
plenamente de su humanidad. Tercera parte. Aplicaciones de la
terapia guestáltica

De la misma manera que los terapeutas, en sus respuestas a las necesidades de un


paciente en la situación terapéutica, crean constantemente técnicas nuevas, también las
aplicaciones de la teoría y la técnica gues- tálticas se hacen extensivas cada vez más a
muchos problemas y situaciones que se apartan de la actividad terapéutica, cuyos
límites son por definición más limitados. Los guestaltistas pueden aplicar sus
conocimientos en esferas tales como las crisis de estudiantes universitarios normales,
los problemas de la visión o la capacitación de grupos profesionales en la toma de
conciencia. Personas dotadas de habilidades especiales en otros campos pueden
combinarlas con las técnicas guestál- ticas dando origen a mezclas fructíferas, como la
terapia creativa. Los procedimientos guestálticos pueden utilizarse en una clase escolar
con los niños que sufren trastornos, o en una guardería. Los capítulos que siguen
describen las aplicaciones aludidas; ellos solo representan, desde luego, una reducida
muestra de todas las que se están practicando actualmente, y que abarcan ámbitos como
los del desarrollo de la creatividad, la planificación urbana, el funcionamiento de
institutos universitarios experimentales y el enfrentamiento de grupos. Es imposible
predecir cuáles serán sus aplicaciones futuras.
Es preciso repetir que el conocimiento de la teoría y la técnica guestál- ticas a través de
la mera lectura no basta para hacer buen uso de ellas. No debe verse en las técnicas
fórmulas mágicas, suficientes en sí mismas para compensar la falta de una capacitación,
experiencia y supervisión adecuadas por parte del usuario. Sirva como oportuna
advertencia la historia del aprendiz de brujo.
En los tres primeros artículos de esta parte, se hacen extensivos los procedimientos
terapéuticos a situaciones ajenas a la terapia común. En «Psicoterapia de crisis: la
persona, el diálogo y el suceso organísmi- co», O’Connell relata en forma poética
algunas experiencias de crisis en alumnos universitarios «normales». Concibe las crisis
como aquellos puntos en que una persona se ve impelida a dar un paso adelante en su
desarrollo. Ahora bien: como el crecimiento supone a menudo conflicto y sufrimiento,
muchos se echarán atrás y tratarán de mantener el statu quo o de resolver el problema
«en su cabeza». O’Connell destaca la importancia de la participación personal del
terapeuta y la necesidad de evitar que el alumno se transforme en un paciente
preocupándose excesivamente por sus síntomas en lugar de atender a sus luchas
interiores. A su juicio, para resolver la crisis es menester primero hacer frente a las
presiones ambientales reales, y luego apelar a otros medios de apoyo del ambiente. Una
vez que se hayan reducido tales presiones, el alumno estará en condiciones de centrar su
atención en los cambios inter-
La solución definitiva de la crisis procede en cuatro etapas: permitirse ser enjuiciado,
despedirse, perdonar y permitirse amar.
Pese a la gran cantidad de dolencias físicas que hoy se consideran psico- somá ticas, ha
habido hasta ahora una despreocupación casi total por los problemas emocionales o
personales que producen o intensifican las dificultades de la visión. Rosanes-Berrett,
partiendo de antecedentes recogidos tanto en la investigación como en su experiencia
terapéutica, analiza cuál es el significado de la visión para el individuo en el capítulo
titulado «I-a terapia guestáltica como tratamiento auxiliar para ciertos problemas
visuales». En sus experimentos vinculados con la conciencia visual, la autora comprobó
que al eliminar los bloqueos es posible modificar en forma voluntaria o consciente las
distorsiones visuales. Presenta tres casos en los que tales bloqueos o distorsiones de la
visión están relacionados con factores emocionales o personales.
En términos generales, no ha habido tentativas formales destinadas a fomentar la toma
de conciencia interna y personal de los terapeutas, aun cuando esa toma de conciencia
suministra indicios muy importantes acerca de lo que sucede con el paciente y la
relación entre ambos mucho antes de aparecer señales manifiestas de ello. Si el
terapeuta, por las características de su formación o por su falta de sensibilidad ante sus
reacciones internas, dedica gran parte de su tiempo a la planificación, computación y
ensayo «mentales» se verá imposibilitado de atender de manera cabal a una experiencia
más directa. En el artículo denominado «El adiestramiento de la conciencia y los
profesionales de la salud mental», Enright describe algunos de las procedimientos
comunes, entre ellos la atribución y la negación, y proporciona ejemplos de sus
respuestas en grupos de formación profesional. Examina el manejo de problemas tales
como la renuencia a la participación, y establece la diferencia que existe entre el
adiestramiento de la conciencia y la terapia.
Rhyne, en «La experiencia guestáltica creativa», expone de qué manera combinó su
amplia formación artística con la experiencia de terapia guestáltica. El resultado de ello
es un enfoque que pone el énfasis, no en la habilidad o el producto artísticos ni en el
cambio terapéutico, sino en el fomento de una conciencia cada vez mayor de uno mismo
a través de una gama de medios expresivos no verbales. Rhyne describe sus
procedimientos y explica en detalle una serie de once experiencias de arte aplicables a
individuos o grupos, y que incluyen la compenetración con varios aspectos de uno
mismo y sus diversas expresiones, así corno la experiencia personal del tiempo, el
espacio, el ambiente, etcétera.
Los dos capítulos que siguen relatan de qué manera algunas maestras, trabajando con
niños de corta edad, crearon a partir de sus experiencias con grupos guestálticos y de
toma de conciencia nuevos enfoques para responder a las exigencias de su trabajo. En
«La ira y la mecedora», I** derman ofrece una vivida descripción del método empleado
por una maestra de gran sensibilidad para tratar a niños de un gueto que padecían
perturbaciones emocionales. Ennis y Mitchell relatan, en «Progra ma para la
capacitación del personal de una guardería», de qué modo percibieron que las personas
encargadas de atender a los niños necesi taban una mayor toma de conciencia y
competencia para las relaciones interpersonales, y el programa puesto en marcha para
suplir esa ne cesidad. Pasan revista a las dificultades iniciales y la incertidumbre reinante
en dn comienzo, y a los cambios habidos en las relaciones mutuas de los miembros del
personal y en las relaciones de ellos con los niños como consecuencia del programa.
El último artículo plantea el problema de la investigación en terapia guestáltica. Hasta
hace poco, todos los esfuerzos vinculados con la terapia guestáltica se dirigían a
explorar sus posibilidades y a ampliar su utilidad. Si bien en su vida personal y en el
trabajo con sus pacientes los terapeutas guestaltistas tratan de mostrarse abiertos a la
experimentación en el sentido corriente de la palabra, en el sentido científico esta tarea
todavía está por realizarse. Esta es una crítica que actualmente se está formulando y que
representa un desafío para los psicoterapeu- tas de todas las orientaciones. Muy a
menudo, es difícil obtener datos rigurosos; las variables fundamentales se resisten a la
cuantificación; es casi imposible desenmarañar la compleja multiplicidad de las
variables que presentan el terapeuta, el paciente y el proceso de interacción; por último,
la tosquedad y las limitaciones de los procedimientos de medición disponibles no
permiten reflejar en forma apropiada las sutilezas del proceso. Sin embargo, la
dificultad de la tarea no reduce su importancia ni la necesidad de plantear y responder
muchos interrogantes por medio de los proced.mientos más formales con que cuentan
los investigadores.
«Engaño, toma de decisiones y terapia guestáltica», de Denr.er, representa un
modo de aproximarse al punto de intersección entre la terapia guestáltica y los
métodos de investigación. Denner se ocupa del problema del testigo renuente, el
individuo que ha observado un delito pero no informa sobre él. Investigaciones
anteriores sugieren que la renuencia a prestar declaración, así como la
preocupación por la «realidad», se relacionan con la incomodidad que siente el
individuo cuando debe actuar contando con poca información, medido esto último
por la percepción del movimiento autocinético y la descripción de un material
visual ambiguo. Denner vincula este estilo perceptual cognitivo con el análisis
realizado por Perls de las personas desconectadas de los objetos concretos y que
no reaccionan en forma apropiada ante los sucesos o acontecimientos que se
producen en el ambiente. Su hipótesis fue que los testigos renuentes —definidos
como individuos con alta necesidad de información y gran preocupación por
distinguir entre lo real y lo irreal— ejecutarían ciertos ejercicios de terapia
guestáltica de modo distinto que otros sujetos con características opuestas. Los
resultados obtenidos fueron todos significativos en la dirección prevista. Examina
en detalle el posible nexo existente entre la renuencia a describir experiencias y el
engaño —o la patología—. Cabe esperar que el estudio de Denner estimule la
realización de otras investigaciones sistemáticas sobre muchos aspectos de la
teoría y la terapia guestálticas.
19. Psicoterapia dc crisis: La persona, el dialogo y el
suceso organismico
Vincent F. O’Connell

El viaje en que consiste la vida vivida no es un acontecimiento regularmente


distribuido en el espacio y en el tiempo, como lo es la carretera que construye un
ingeniero. Se parece más a la música: un proceso de ritmo y cambio que se despliega
en el espacio y el tiempo de acuerdo con su propia naturaleza. Este ritmo y cambio de
vida no es meta- físico, sino algo concreto; se trata de algo vinculado con el corazón y
con los.intestinos, con los trabajos realizados, las alegrías experimentadas, los
sufrimientos padecidos. También se vincula con los sentimientos, que son siempre
concretos, nunca metafísicos, y que tienen que ver con el corazón, la sangre, los
músculos, con las manifestaciones expresivas y bloqueos, con los goces y agonías de la
vida. Nunca resulta esto más evidente que en la situación de crisis —ese período de la
vida en que el individuo se ve competido a dar un paso adelante en su desarrollo.
En una crisis, la persona se halla ante una encrucijada: por un lado, lo que es, por el
otro, lo que puede ser si cambia. La crisis se produce cuando la persona enfrenta las
exigencias que le formula la comunidad —cuando necesariamente debe reconocer sus
propias limitaciones—. Sin este enjuiciamiento por parte de la comunidad, la persona
no crece —sólo se conoce a sí misma como individuo aislado—. El camino que debe
recorrer para convertirse en una persona y las crisis que en él
♦ tienen lugar son al mismo tiempo la esperanza de salvación del individuo y su
purgatorio. Anhela crecer y se esfuerza por lograrlo, pero a la vez retrocede frente al
dolor que todo crecimiento trae consigo. Y es así como se plantea la encrucijada.
Una persona entra en situación de crisis cuando su modo de vida acostumbrado en la
comunidad se ha vuelto menos viable. Es entonces cuando surge la conciencia de que
no todo anda bien dentro suyo. Si escucha la señal y realiza los cambios indispensables
en sí misma adaptándose a las exigencias presentes, avanzará en su desarrollo casi sin
pausas ni «vacilaciones. Pero como hay en la personalidad rigideces intrínsecas, a
veces se pasa por alto la señal organísmica y se elige en cambio el camino de la
comodidad y la evitación. El enjuiciamiento continúa, sin embargo, con sus exigencias
constantes o intermitentes, hasta que el conflicto vuelve a ser agudo, y hasta que la
conciencia que toma la persona de sí misma como un organismo en conflicto se
convierte en el factor que orienta su vida. En tales circunstancias, según cuáles sean
las características de esa persona y la gravedad de su padecimiento, puede solicitar
ayuda terapéutica.
¿Qué es una crisis? Paul Tillich la denomina, con una expresión muy apropiada,
descriptiva y fenomenológicamente exacta, «el paso por el Infierno». También se la ha
llamado «el paso a través del fuego» [Montaurier, 1966] o la batalla contra el ángel
bíblico; y, cuando una crisis es real, es todas estas cosas.
Para que sea una crisis verdadera y no meramente imaginaria (una cuestión de vida o
muerte y no una mera realización de deseos), la persona debe sentir sufrimiento y
conflicto. Eso es lo que caracteriza a la crisis: la persona ya percibe el «fuego*, pero se
aparta de la trayectoria en la que sería enjuiciada y modificada.
Ocasionalmente, la persona tratará de atravesar «mentalmente» la crisis (como muchos
creen posible hacerlo); vale decir, analizar lo que sucede al mismo tiempo que sucede.
Esa es la crisis imaginaria, que no fomenta el crecimiento en ningún aspecto esencial,
ya que inevitablemente asume la delantera el lado racional de la personalidad. Dicho de
otro modo: en el mundo terrenal podemos eludir nuestro camino, pero no podemos
«eludir nuestro camino hacia el cielo». (Lo que yo llamo «cielo» —y otros preferirán
llamar «realidad»— nada tiene que ver con los preconceptos, proyecciones o
racionalizaciones. Justamente lo que lo convierte en cielo es que las cosas son como
son y no de ninguna otra manera.)

El paciente y la persona
La persona en crisis se retuerce y suda en su dolor, y su equilibrio psíquico se
ha visto sacudido al entregarse a la lucha; el terapeuta debe tener en cuenta que
ha de resultar enjuiciado en algún grado a medida que «atraviesa el infierno»
junto con aquella. No debe confiar en que puede aproximarse al «fuego» sin ser
puesto un poco en tela de juicio. No podrá ofrecer real ayuda si piensa
mantenerse a resguardo de todo compromiso, ya que toda habilidad de jugador,
todo tipo de manipulación terapéutica que persiga como objetivo disminuir su
participación, dará por resultado la clausura del proceso de ampliación de su
frontera que vive la persona. Esta frontera en ampliación y la tarea de
aproximarse a ella dependen del encuentro: de la entrega a lo que está allí
presente, al mismo tiempo que se confía en que el organismo ha de guiar y
apoyar a ambos hasta que lleguen al núcleo de la crisis. Es, pues, necesario que
el terapeuta participe en lo que acontece para permitirle a la persona soportar la
ampliación de su frontera hasta que la labor concluya.
El «paso por el infierno» es el encuentro con el propio estado de conducta
condicionado, con lo que yo llamo «el estado de hipnosis del individuo».
Consiste, en pocas palabras, en el enjuiciamiento o modificación de las pautas
de conducta que en ese momento bloquean el desarrollo de la persona. Se trata
de un proceso destructivo, en el sentido de que aquellas actitudes y conductas
que ya no tengan valor para la supervivencia del organismo serán
desestructuradas, a fin de que la persona genere nuevas pautas, que puedan
sustentar mejor su presente estadio de desarrollo [Perls, 1951].
En el proceso de desestructuración, la crisis deja el nivel periférico para
convertirse en una aguda y capital preocupación de la persona. Como ella tiene
el «fuego» a la vista, por así decir, en ese momento, es tam- bien entonces que
los síntomas se vuelven agudos. ¿Cuáles son ellos? Constituyen legión:
depresiones, angustia, temores, conversiones, manipulaciones, sensación de
desamparo, etc. —toda la gama de la creatividad humana.
Aunque la persona escogerá, para ejemplificar y expresar sus padecimientos,
sólo una paleta limitada (¡y debemos sentirnos agradecidos por ello!), la
percepción de los síntomas por parte del terapeuta es una cuestión importante
para el progreso futuro de la terapia. Por ejemplo: ¿Interpreta los síntomas
como formas de resistencia, como algo que interfiere el proceso terapéutico y
por ende debe ser eliminado cuanto antes? En tal caso los síntomas pueden
constituir un estorbo tanto para la persona cuanto para el terapeuta. Se
dedicará a eliminarlos una atención que debería dirigirse hacia otra parte.
También puede ocurrir que los conciba como expresiones de algún proceso
patológico interno, en cuyo caso estimará que la persona está «enferma» y que
necesita algún tipo de tratamiento psíquico.
Prefiero enfocar los síntomas como fragmentos valiosos de conducta, que pueden
volverse en apoyo de la persona una vez que esta aprende a descrifrar lo que está
diciendo en estos niveles de su ser. La persona no se concibe como un mero
sistema reactivo de procesos «neuróticos», sino como un centro abierto de
conciencia que avanza en su desarrollo, según lo evidencian los mismos
síntomas. A causa de ello, no es necesario ningún «tratamiento» para elaborar la
crisis; lo que se necesita es educación, aprendizaje, indagación, conversación:
una investigación experimental sobre los métodos actuales que emplea la
persona en su viaje por el mundo con sus semejantes. La persona sigue siendo,
desde el principio hasta el fin de la relación, una persona; no es preciso que se
convierta en un paciente para que la terapia actúe. De hecho, este enfoque tiende
a evitar, en lo posible, que se produzca el «síndrome del paciente». La tarea no
consiste en algo que un terapeuta hace a un paciente, sino en el estudio de las
formas de estar junto a esa persona para que ella pueda, en definitiva, estar junto
a otras. Esa tarea es relativamente sencilla cuando se trata de realizarla con '
alumnos universitarios. Estos son, en su mayoría, personas esencialmente
«sanas», capaces de elaborar por sí mismas las dificultades de su vida. Rara vez
le es preciso al terapeuta ofrecer otra cosa que un apoyo transitorio para que se
resuelva la situación de crisis. Para apro ximarse a ellos, no requiere otros
conocimientos que los que forman parte del repertorio de cualquier terapeuta
experimentado. Pero si concibe la diada paciente-terapeuta como condición sine
qua non del movimiento terapéutico y del cambio conductal, tendrá que
modificar la percepción que tiene de sí mismo y de su función frente a la
persona. La terapia de crisis en un medio estudiantil difiere en importantes
aspectos de >!a que se aplica con los pacientes externos o internos de un
hospital. En el primer caso nos encontramos, como ya he dicho, con personas
que pueden, en su mayor parte, elaborar por sí solas las dificultades de su vida,
mientras que en el segundo nos hallamos con suma frecuencia ante individuos
alienados, que no han logrado resolver las crisis de su crecimiento (en buena
parte por no haber contado con nadie que los ayudara en ciertos momentos). En
un buen número de estos últimos casos debemos habérnoslas con escotomas más
que condificultades de la vida, y con estados hipnóticos de trance de diverso
g r a d o ( p e r t u r b a c i o n e s d e l c a r á c t e r, n e u r o s i s , p s i c o s i s ) , q u e r e p r e s e n t a n
conductas sustitutivas e intentos de compensar las desensibilizaciones del
organismo.
Si bien entre los estudiantes universitarios también aparecen estos métodos
«sustitutivos» de integración (y la terapia de crisis con un sujeto «fronterizo»
puede implicar una tarea larga y dura en el medio estudiantil tanto como en
cualquier otro medio), en la mayoría de las ocasiones en que se trabaja con
estudiantes, la labor comienza con una persona que tiene la juventud en su favor
y que trae con ella a la terapia la dificultad de su vida. En consecuencia, la
terapia puede comenzar desde cero, en la etapa en que el conflicto aparece por
primera vez y se presta mejor a un trabajo breve e intensivo. El estudiante
cuenta con mayores probabilidades de resolver con éxito su conflicto. Alguien se
le une en la encrucijada y le brinda el apoyo que necesita en ese momento; se
siente así fortalecido en su interior para hacer frente a las agonías del
enjuiciamiento y el cambio.

Técnica, relación y encuentro


El procedimiento para intervenir en la crisis se verá tal vez con más claridad si se
plantean dos interrogantes, a los que trataré de dar respuesta:

1. ¿De qué manera participa el terapeuta en la crisis para que esta siga
siendo una dificultad de la vida del sujeto y no se convierta en un problema «neurótico»
que exija un análisis? •
2. ¿De qué manera capacita el terapeuta al sujeto para que haga frente a la crisis
«atravesando el infierno» por sus propios medios y resolviéndola por sí mismo?

Cuando decimos que el terapeuta se involucra con la persona en terapia, tocamos sutiles
y evasivos factores de la personalidad de aquel, que proceden de su teoría acerca del ser
humano y acerca de la salud y la enfermedad. Su enfoque de dicha involucración
expresará (aunque sé muy bien que esto simplifica en exceso la cuestión) en qué medida
necesita ser necesitado por el paciente, en contraste con su mera disposición a serle útil
durante cierto tiempo. En verdad, la relación comienza con la desigualdad esencial de
ambos. Por ejemplo, es el estudiante el que acude a la terapia, ya que es él y no el
terapeuta el que se siente problematizado. Pero el hecho de que necesite ayuda o de que
se halle en estado de confusión o conflicto no reduce su capacidad para hacer algo por sí
mismo si hay alguien que lo apoye durante un tiempo, salvo que el terapeuta inicie la
relación con la actitud de que el estado de crisis sintomática del alumno lo convierte, de
alguna manera, en una persona inferior a él. Este enfoque parece poco perspicaz, pues
pasa por alto que en esa misma desigualdad puede residir la explicación de la situación
en que se encuentra esa persona. ¡A veces, el punto decisivo de una terapia no se
alcanza hasta que el terapeuta acepta que la otra persona se transforme en un problema
para éÍ! El grado en que un terapeuta se permite llegar a ese nivel de encuentro queda
librado a su propia decisión. A mi modo de ver, no siempre el aspecto problemático debe
recaer con toda su fuerza sobre el terapeuta. Por ejemplo, a ciertas personas en estado
de crisis basta con enseñárseles ciertas técnicas de desbloqueo para que estén en
condiciones de resolver la situación por sí mismas en forma casi inmediata. Estos son
los sujetos que traen consigo, por así decirlo, «relacione! adecuadas» a la crisis. No
necesitan ser nutridos en gran medida por la humanidad del terapeuta puesto que su
propia humanidad no ha sido cuestionada.
Otros individuos pueden requerir durante cierto lapso el apoyo de una relación
terapéutica, ya que evidencian, no solamente el bloqueo y el conflicto antes menci
»nados, sino también las confusiones y angustias que acompañan la ir stabilidad de los
apoyos interpersonales. En tales casos, el procedimiento consiste en fortalecerlos en la
relación hasta poder enseñarles las técnicas que precisan conocer para avanzar por su
cuenta. (La mayoría de los estudiantes pertenecen a esta categoría.) Unicamente con
aquellas personas cuyo apoyo ha sido extremadamente inestable —aquellas que
comienzan a ajustarse a la clasificación de pacientes— puede constituir un requisito
esencial la plena participación del terapeuta en su campo fenoménico. Con esas
personas, el encuentro constituirá tal vez el único puente que lleve al estado real de su
crisis, y el medio de conocer y resolver su modalidad hipnótica.
En toda terapia de largo plazo se alcanza, por supuesto, ese nivel de involucración, en el
cual el terapeuta trabaja sobre la base de la fenomenología existencial; pero ello es
menos frecuente al tratar estudiantes universitarios, y cuando ocurre, sólo lo hace en
algún breve lapso de una entrevista o de una serie de entrevistas importantes. A mi
juicio, sin embargo, la plena participación e involucración es, aun en las entrevistas más
superficiales, una posibilidad subyacente en todo lo que acontece: la apelación al
«centro» del otro, que le permite ver lo que hace y necesita, así como lo que debe hacer
en el aquí y ahora para movilizar la salud en sí mismo.
Creo que este tipo de involucración no tiene por qué recaer en el denominado «juego
terapeuta-paciente»; la persona capta esto, renuncia a su «rol» de paciente y abandona
su ocultamiento. Cada entrevista ofrece entonces la posibilidad de entrar en contacto
con el otro, y de que el propio terapeuta sea contactado y modificado. Y de ese modo el
sujeto puede llegar a comprender cómo es. A falta de una expresión mejor, he
denominado a esto el suceso organtsmico.

El suceso organísmico
¿De qué manera capacita el terapeuta al sujeto para que haga frente a la crisis
«atravesando el infierno* por sus propios medios y resolviéndola por sí mismo?
La participación en el campo fenoménico del otrc es uno de los caminos para
aproximarse al lenguaje verbal de la persona y al corporal. ¿Hablan esos dos lenguajes
un mismo idioma? ¿Hay un mensaje unitario? ¿O existe un desdoblamiento entre lo que
dice la persona con sus labios y lo que dice con el resto de sí mismo? Ese
desdoblamiento, en caso de existir, constituye un elemento de la situación total de
crisis; y si la persona no logra comprender lo que expresan los diversos niveles del
organismo, puede continuar, según reza el proverbio, con su «casa dividida»: sin hacer
las paces consigo misma.
Una comunicación desdoblada manifiesta una forma de conflicto. La pauta del
desdoblamiento y su lenguaje corporal varían de uno a otro sujeto y en diferentes
momentos, pero su finalidad es siempre reducir la conciencia de la persona acerca de lo
que le ocurre. Puede comprender muchos tipos de maniobras alienantes, técnicas
escotomizadoras (que implican contracciones musculares) y diversas formas de
conducta condicionada, a las que he llamado estados hipnóticos de trance. Designo
como estado hipnótico la misma situación que Perls llama estado onírico, añadiendo a
ello que el estado onírico es una forma de hipnosis basada en un conjunto de conductas
condicionadas que la mantienen. Puede haber, literalmente hablando, centenares de
formas de sueño hipnótico, todas las cuales representan una respuesta frente al miedo,
ya se trate de miedo al pasado, al presente o al futuro. En este sentido, el miedo es
ontológicamente anterior a la angustia, y constituye ¡a situación básica a partir de la
cual se suceden las denominadas angustias neuróticas. El aspecto condicionado hace
alusión a las pautas de conducta que la persona ha desarrollado y aprendido en
situaciones de miedo, en particular aquellas que eran para esa persona de vida o muerte.
Las conductas condicionadas operan en gran medida en los planos no conscientes (en la
inconciencia), y se hallan protegidas por el miedo contra la penetración y el cambio.
Una de las formas de hipnosis que puede surgir una y otra vez en estados de crisis es la
«hipnosis de la palabra hablada». Esta conducta condicionada se presenta ruando la
persona no advierte que su lenguaje verbal puede no ser un hecho empírico, sino mero
verbalismo —lo que Perls llamó con acierto «el juego de las oraciones»*—. La persona
se crea un «mundo verbal», vale decir, un mundo de palabras y sonidos en el que la nota
musical del organismo se escucha apenas o nada en absoluto. Cuando ese es uno de sus
estados hipnóticos, debemos sacudir sus restantes sentidos y aun a veces obligarla a
permanecer callada, de manera que pueda volver a escuchar esa nota más central.
Así como el lenguaje puede constituir una forma de hipnosis cuando no se aprecian sus
límites, su uso preciso puede ser, paradójicamente, uno de los caminos hacia la
liberación. Me refiero al hecho de nombrar las cosas y las experiencias con los nombres
(existenciales) que les han sido dados. Siempre me sorprende con qué frecuencia la
persona en tratamiento es incapaz de nombrar de modo preciso sus experiencias. Un
ejemplo particularmente agudo de esa dificultad puede ser la total falta de contacto con
la angustia. En ciertas ocasiones, no solo la persona ignora su nombre, sino que puede
verse avasallada por sus numerosas manifestaciones; parece como si nunca se le hubiera
sugerido la relación existente entre la angustia y la excitación. Tales personas se
convierten en seres ¿embragados» que están siempre a punto de avanzar pero no dan el
p¿.so decisivo por carecer de contacto con una respiración apropiada. (Pese a que la
respiración correcta es una de las venerables técnicas de la tradición guestáltica, es
motivo de continua sorpresa para mí en qué medida este elemental suceso organísmico
sigue siendo esotérico, aun para los psicoterapeutas.)
Si el proceso de nominación contribuye a que la persona comprenda qué es lo que
experimenta, el proceso de localización la ayuda a saber dónde lo experimenta. Con la
localización, podemos tratar a la persona de manera más específica, y ella aprender a
acomodarse a su lenguaje corporal para movilizar mejor sus funciones de apoyo.
Pero la nominación y la localización no son otra cosa que técnicas precisas que
conducen al punto terminal del suceso organísmico —ese momento en que la persona se
permite, finalmente, ser aprehendida por cierto aspecto de su ser total que hasta
entonces había evitado—. En la terapia de crisis con estudiantes, dicho momento suele
estar a menudo muy próximo. Por ese motivo, las técnicas tienden a pasar en cierta
medida a segundo plano, dejando sitio a la aprehensión de la conducta observada y su
integración en la corriente organísmica en curso.
En este punto conviene volver a destacar la orientación experimental del procedimiento
guestáltico, y advertir, específicamente, que no se trata de un método de aplicación de
técnicas; el acento está colocado, más bien, en el descubrimiento de técnicas que
permiten a esa persona en particular resolver su crisis y avanzar en su desarrollo. Tal
proyecto constituye siempre una tarea en cooperación, en la que cada una de las dos
personas hace algo con la otra, adopta y descarta iniciativas y técnicas con espléndida
desenvoltura, hasta que llega el momento de la apertura y la integración.
Una de las mayores satisfacciones que proporciona trabajar con estudiantes
universitarios es la soltura y placer con que adoptan un enfoque experimental de la
terapia y de sí mismos, una vez que saben a ciencia cierta que el terapeuta es sincero en
su tentativa de descubrir en común el mundo del alumno, averiguar con exactitud de qué
manera está organizado y ver qué es preciso hacer para volverlo más habitable. He
comprobado que los estudiantes tienen una sorprendente creatividad, perciben
rápidamente lo que es válido desde el punto de vista organísmico y rechazan con igual
celeridad lo artificial, prematuro o meramente verbal. En mi opinión, los nuevos
descubrimientos en el campo de la psicoterapia, así como en el campo más amplio de la
psicología ho- lística, provendrán de investigaciones con alumnos y otras personas
semejantes, que elaboran sus dificultades en el momento de su encuentro vivo con la
crisis.

/
Diálogo

A esta altura ya se habrá advertido que no empleo términos como paciente, síntoma,
tratamiento; en cambio, apelo con frecuencia a palabras como persona, diálogo,
encuentro, suceso organísmico. Estos conceptos señalan en qué rumbo me encamino: el
diálogo con la persona, en cualquiera de los niveles en que esta comienza a desplegarse.
El tratamiento se transforma en diálogo cuando se le responde a la persona en la misma
moneda y con comprensión. La respuesta puede no ser aún tan cabal como a la postre
será, pero siempre es una respuesta. El diálogo comienza siempre con los tanteos
iniciales de cada una de esas personas incompletas en dirección a la otra.
He comprobado que el diálogo es uno de los solventes más profundos de la hipnosis, ya
que proporciona el apoyo que faltaba desde mucho tiempo atrás. Sirve asimismo como
preámbulo a la «vibración simpática» que necesitará la persona para volver a entrar
(pero no sola, esta vez) en el aspecto condicionado de su pauta de conducta, y ensayar
así nuevas conductas no condicionales.
Precisará entrar en el estado condicionado con el fin de tomar contacto con esos
fragmentos condicionados de sí misma y asimilarlos en la medida de lo posible. Al
hacerlo, se percatará de que en esos planos de sí misma es una máquina, determinada y
carente de libertad; como la rata rata blanca tan hipnotizada por su entrenamiento
previo que salta hacia la derecha del laberinto no bien escucha sonar el timbre. La
experiencia puede causar una conmoción profunda en el sujeto: representa un disloque
de la percepción habitual de sí mismo como ser libre que decide lo que él es ahora y lo
que será en el futuro. Sin embargo, tal disloque puede ser indispensable para percatarse
de los elementos mecánicos de su vida y de sí mismo, o sea de aquellos planos en lo
que es un objeto. Desde luego, el grado en que un terapeuta habrá de enfrentar a una
persona determinada con su pauta mecánica —y aun el propio hecho de abordar la
cuestión— será establecido por la situación. Es un problema de intuición terapéutica, y
no es menester que nos explayemos aquí sobre él, ya que rebaza las fronteras de las
diversas escuelas de terapia. Ahora bien: casi nunca es fácil para nadie tragar y digerir
el hecho de que es una máquina, al menos en un comienzo. Desde el punto de vista
terapéutico, las consideraciones fundamentales parecen vincularse con el grado de
necesidad que tiene la persona de las conductas condicionadas, sus posibilidades de
asimilar (con ayuda) ese hecho, y la importancia que tiene para su crecimiento que lo
conozca. Cada persona es una red compleja de factores para la cual no es posible
establecer ninguna regla estática.
Dos cosas, como mínimo, son evidentes: esos niveles de la persona no solo son los más
resistentes al cambio sino que configuran también el ámbito en el cual el terapeuta es
más vulnerable: la pauta de conducta condicionada de la persona puede llegar a
hipnotizarlo o condicionarlo a él mismo. Los primeros analistas comprendieron muy
bien esto, y alertaron sobre el contagio emocional que puede provenir del paciente
cuando se sacan a la luz, en la terapia, sus impulsos profundos inconscientes (no
conscientes). Es en esa situación que la persona se torna problemática para el terapeuta.
Quisiera analizar un ejemplo de ello, a saber: la tentación a mostrarse indulgente con
la persona en el plano de su patología, alentarla a que se quede detenida en el plano de
su problema, tema o trauma particular, de modo tal que se sigue centrando la atención
donde ya no es necesario desde el punto de vista organísmico. Es un error, pues asi se
permite al estudiante (se lo refuerza para^ que invoque su estado hipnótico (sus
depresiones, sus penas, sus daños imaginarios, etc.) y» por ende, continúe en él.
Centrado en los síntomas superficiales o periféricos, evita enfrentarse con su estado
condicionado de base (con él mismo y sus acciones).
Atender a la situación fenoménica en la relación, con el fin de tomar conciencia de ella,
es algo muy distinto de la pertinaz y perseverante preocupación propia de la
indulgencia. Dicho en otros términos, la diferencia es la misma que existe entre
introducirse en el mundo de la persona y empantanarse en ese mundo junto con ella. En
el primer caso, la orientación está dada por las leyes del ritmo orgánico y su elasticidad:
seguimos el ir y venir de las cosas en su flujo. Mediante la indulgencia, se estimula la
perduración de un fragmento de conducta condicionada que ya no es necesaria al
organismo. Se trata, pues, de un ejemplo más de acto sustitutivo, y en consecuencia de
hipnosis compartida... ¡salvo que el terapeuta se movilice lo suficiente como para
acabar con ello!
He adquirido cierta sensibilidad frente a las señales de un inminente trance hipnótico en
mí mismo y he aprendido a prestar suma atención a mi propio sostén, para no caer en el
terror y el odio que suelen hallarse en el núcleo de estos «puntos de contagio»
emocional. También he llegado a la conclusión de que la reacción más adecuada, al
menos en mi caso, es manifestar (cuando surge) una ira franca aunada a una actitud
amante, ya que en esa ira hay involucración íntima y un llamado a la persona, que
posibilita un encuentro con lo que está aconteciendo y permite «vivirlo» en el aquí y
ahora.
Con los estudiantes universitarios basta a menudo sacar a la persona de su
ocultamiento; algo ruborizado, el sujeto mirará en tales circunstancias a quien se niega
a «ser indulgente con él en el plano de su patología». De esa manera puede comenzar a
percatarse de que se le abre otra posibilidad distinta de la que tenía hasta entonces. Lo
cierto es
3
ue tal vez no pudo imaginar otro modo de conducta, y la posibilidad e que haya una
forma diferente de relacionarse con el mundo lo deja maravillado.
Lo que motiva a la persona a dejarse llevar por su aspecto «patológico» es su miedo a
hacer frente a todo lo incompleto que hay en ella, y también su renuencia a reincidir en
esas situaciones indignas y llenas de confusión y desamparo en las que temía que su
mundo —y ella junto con este último— habría de sucumbir. Le interesa entonces hablar
de eso en lugar de hablarle a eso, y expone su neurosis al tratamiento en lugar de
exponerse ella misma. Si alguien se niega a aceptar esta postulación de su caso, si
alguien logra persuadirlo de que abandone durante un tiempo este camuflaje, existe la
posibilidad de que, por intermedio del diálogo, se entre en contacto y se produzca un
cambio. Pero ello exige la presencia de un camarada en el que pueda confiar. Conoce le
suficiente de ese enjuiciamiento para apartarse de él cuando no hay nadie que le brinde
simpatía y comprensión de sus aptitudes y sus limitaciones. Intervenir en la crisis
implica como tarea justamente crear esa situación: la de camaradería.
Resolución de la crisis
Con el propósito de destacar los factores más estrictamente terapéuticos de la
intervención en la crisis, he dejado de lado el manejo del ambiente universitario
del estudiante. Este factor es, empero, importante, puesto que en muchas
situaciones de crisis con estudiantes, la presión del ambiente puede constituir el
elemento clave, y su modificación es terapéutica. El enfoque psicológico
comunitario de la crisis se funda en la comprensión de la guestalt global de ese
estudiante particular en esa comunidad y en ese período de su desarrollo. Y
«estar a disposición del alumno» no significa solamente llevarlo de la mano
durante un par de entrevistas semanales en el consultorio, sino también
intervenir en su favor en cualquier lugar de la comunidad que sea necesario,
contribuyendo a modificar las respuestas de esa comunidad y sus presiones.
Serle útil en s»* crisis implica, pues, trabajar con él en torno de sus actitudes y
también manipular aquellos factores ambientales que no está en condiciones de
manejar con éxito. Nos dirigimos a él y a los otros significativos que mantienen
simultáneamente relación con él y con nosotros.
La camaradería con la persona que atraviesa una crisis es, por lo tanto, común a
ella y a todos los demás implicados, ya se trate de profesores, consejeros
psicológicos, progenitores, terapeutas, etc. El diálogo continuo entre los
diversos «asistentes» que gravitan en el estudiante en un momento dado es lo
que hace que funcione el enfoque comunitario. Esas personas deben hablar y
cooperar entre sí con el propósito primordial de ser útiles a la persona en crisis.
Sin dicha ayuda mutua, la intervención en la crisis sería una experiencii mucho
más penosa y afligcnte, ya que podría transformarse en una psicoterapia crónica
a largo plazo en la que el terapeuta permaneciera estérilmente sentado junto al
estudiante durante un par de horas semanales, sabiendo en todo momento que
existen pocas posibilidades de modificar esos elementos «patológicos» de su
ambiente que hacen que deba continuar su terapia y a los que pasa revista en
cada sesión impotente y resignado.
Una vez que el terapeuta logra modificar las presiones externas para aminorar su
urgencia, se centra de nuevo a la persona sobre sí misma, dirigiendo sus
energías al ambiente «interno», a las estructuras internas que es preciso
manipular y modificar. En til sentido, he comprobado que la resolución completa
de la crisis gira por lo general alrededor de cuatro situaciones existenciales: 1)
permitirse ser enjuiciado; 2) despedirse; 3) perdonar, y 4) permitirse amar.
Permitirse ser enjuiciado. Ya nos hemos explayado antes sobre este punto;
bastará simplemente repetir que ello supone mostrarse dispuesto a soportar el
sufrimiento que implica tomar conciencia de la propia pauta condicionada de
conducta, y su posterior modificación. Por lo que yo sé, es una de las
situaciones fundamentales de la crisis. Y en el «período de evaluación» es
indispensable averiguar cuanto antes cuáles son las pautas condicionadas que
mantienen a la perr«ona detenida donde está. Es un error creer que la persona
conoce estos factores de su personalidad, aun cuando asegure que los conoce —
como hará, sin duda, tan pronto incurs'onemos en dirección a ellos—. Como he
dicho, le intcrrsj mantener esos aspectos de su personalidad «fuera de alcance»,
aunque sus «partes sanas» se afanan por tomar contacto con ellos y asimilarlos.
En esta etapa, los numerosos métodos guestálticos de análisis de la resistencia
y de integración son de inestimable ayuda, ya que proporcionan la precisión
necesaria para apuntar directamente a las áreas en las que se están movilizando
las conductas condicionadas. En el caso de los estudiantes r<>- >s conflictos
suelen ser muy vivos, estos métodos parecen en licitas ocasiones más
milagrosos que las técnicas. Cuando un estudiante puede deshacerse fácilmente
de una traba psíquica gracias a la terapia, aumenta en alto grado la estima que
tiene por esta. Como es más propenso a confiar en una persona experta que en
una inexperta, cuando se lo orienta con precisión pasa más rápidamente de la
evaluación al trabajo real consigo mismo. En los últimos tiempos, tiendo a no
establecer diferencias entre evaluar la crisis y trabajar en la crisis, puesto que
en la mayoría de los casos lo que cuenta es la buena disposición de la persona
para hacer algo con su situadón. ¡Y esa buena disposición puede aparecer en los
cinco primeros minutos!
Mientras que las técnicas ayudan a abrir las áreas en las que se va a trabajar, y
los métodos integrativos a integrar las conductas desdobladas en los conflictos
de la persona, la curación necesaria para la resolución cabal de la crisis se
vincula con las tres situaciones finales que examinaremos de inmediato.
El despedirse es una de las contribuciones de Perls; se funda en su concepción
básica de la neurosis como situación pendiente, o sea el hecho de que no se
responda ante una situación en función de las «necesidades de la realidad»
vigentes en ese momento y, por ende, no se asimile ni digiera lo que ella
contiene. Al ser incapaz de despedirse (de acabar con la situación), la persona
se crea una galería de espectros y fantasmas que permanecen luego en su vida
en los planos de la fantasía adoptando diversas formas importunas, molestas,
atemoriza- doras, etc., y manifestándose en un lenguaje corporal concomitante.
El perdonar es otro ejemplo de situación a la que se pone fin, pero haciendo
hincapié además en el abandono de los rencores, odios y restantes sentimientos
que están en el núcleo del conflicto y mantienen a la persona atada a su pauta
condicionada. Muchas de las resistencias que erige una persona contra el
enjuiciamiento de su estado condicionado pueden tener como fuerza motivadora
el resentimiento. A menudo, pese a advertir que una conducta opera en su
contra y ya no es necesaria, permanece atada a ella porque se niega a perdonar
al presunto «culpable» del pasado. Apretando los dientes, lanza la sentencia:
«¡Nunca te perdonaré!».
He podido comprobar que la ironía erosiva y la exageración llevada al absupJo
sirven a veces para ayudar a que «la sangre fluya» de nuevo; pues, con
frecuencia, la persona se ha vuelto «exangüe» y fría (decimos que es hostil) por
haber nutrido, cultivado e invocado a lo largo de los años el recuerdo de la
afrenta primitiva. Poco importa que en un nivel de sí misma vea que es absurdo
mantener pendiente la situación. Lo cierto es que su corazón se ha enfriado y su
resentimiento cierra el paso al diálogo y la reconciliación.
Para sufrir un cambio sustancial, deberá enfrentarse con estos hechos, y en el
curso de ese procebo, muy probablemente habrá de descubrir que cualquiera de
sus intentos actuales por «aplastar», «combatir» o «someter» el resentimiento y
el odio sólo consigue que las conductas condicionadas se tornen más activas y
poderosas. Debe enseñársele a desprenderse gradualmente de su resentimiento
en lugar de ofrecerle resistencia —estoy en deuda con Hermán Rednik por
haberme hecho comprender esto—. Otra manera de describir el proceso sería
decir que «se deja morir de hambre a las conductas condicionadas», lo que los
psicólogos denominan «hacer que la conducta desaparezca por ausencia de
refuerzo».
A medida que la persona aprende a soltar su resentimiento y perdonar, descubre
que simultáneamente se pone de relieve su capacidad de amar. Así consigue, al
fin, lo que necesita efectivamente para descondicionar su estado hipnótico. £1
camino se vislumbra ya cercano; solo falta dar un paso para terminar con la
crisis.
Permitirse amar es el disolvente esencial del estado hipnótico. Es el paso
indispensable para la auténtica libertad y el recomienzo, ya que sobre la base
del amor los componentes mecánicos de la personalidad se suelven transparentes
y son a la postre trascendidos. Es, pues, el paso que conduce a la libertad del
diálogo de los límites, la vida de la comunidad, la vida vivida.
El desarrollo de la capacidad de amar de la persona es una cuestión de
adiestramiento y práctica. Es una conducta que puede aprenderse y
perfeccionarse del mismo modo que se aprende a tocar un instrumento musical,
a conducir un automóvil o a hablar el griego. Pero aprender a hacer algo implica
platicar con la habilidad que queremos desarrollar; y aprender a amar, a dirigir
nuestro amor a otra persona, es eso mismo pero también algo más, ya que la
plática que se mantiene al amar es la plática del corazón. . #
Cuando hablamos con el corazón no lo hacemos en la forma habitual, porque
nuestro hablar se transforma, y deja de ser el habla acerca de lo cotidiano para
convertirse en la resonancia de lo profundo de uno mismo hacia lo profundo del
otro. Lo he comprobado con los estudiantes: en un momento de confusión,
cuando el sendero se torna oscuro, les pregunto: «¿Y qué dice a esto tu
corazón?». La respuesta brota a veces sin un momento de vacilación (¡ya que a
menudo, cuando el cerebro duda, el corazón sabe bien el camino!).
Solo cuando la plática alcan?a la médula de la crisis que está en juego, el habla
se transforma en resonancia. Si esta experiencia es compartida por ambos
interlocutores, se está ante el diálogo auténtico del que hablaba Martin Buber —
el diálogo comprensivo que hace posible la solución y la reconciliación. t
El terapeuta posibilita el diálogo en todo momento durante su trabajo con la
crisis cuando está atento a la diferencia entre hablarle a la persona y resonar en
dirección a ella. Posibilita el diálogo centrándose en su propio corazón,
movilizando su capacidad de amar, por más que esta última estuviera disminuida
en el aauí y ahora. Trabaja consigo mismo y con el otro para promover el
diálogo tanto cuando emplea una técnica como cuando está en un momento de
espera o de silencio. Aunque en cierta circunstancia la respuesta apropiada
consista en hablar meramente, mantiene en reserva, para la ciicunstancia
próxima, u posibilidad de cambiar, de trascender su estado condicionado y
resonar hacia el otro. Tal es la obra de la crisis, la obra de la terapia:
transformarnos junto con el otro, y en esta resonancia unirnos a él y conocerlo.
Algunos verán en esto un enfoque místico. Creo que lo es en la medida en que
hundimos nuestras raíces en el misterio a partir del cual vivimos, misterio que
nunca podemos reducir totalmente a conceptos y palabras. Pues cada uno de
nosotros es también espíritu encarnado, e incompleto en sí mismo [Marcel,
1965]. Precisamos del diálogo con el otro, por consiguiente, para
complementarnos y completarnos en nuestro proceso de adaptación creativa a la
comunidad. El hecho concreto es que cuando entregamos nuestro amor, cuando
resonamos en dirección a alguien con el cual tenemos situaciones de conflicto,
rencor, resentimiento y cuestiones pendientes. .. posibilitamos una respuesta de
su corazón.
No me disgustaría que se calificara de «teológico» a este modelo de psicoterapia;
lo es en cuanto constituye una búsqueda a tientas del «reino» que hay en el
centro de cada persona, y una tentativa de formular en esa búsqueda cómo se
corporiza ese reino en el mundo compartido del suceso organísmico. El modelo
teológico es el modelo de las posibilidades últimas de la persona: el ámbito en el
cual el instinto es transformado sobre la base del amor, el ámbito en el que el
organismo se integra al mundo, no sobre la base de actos sustituti- vos, no por
medio de soluciones parciales, sino en una compasión amante, abierta al mundo
y :al Sí-mismo como una guestalt que fluye libremente.

Referencias bibliográficas

Marcel, G., Homo viator, Nueva York: Harper, 1965.


Montaurier, J., Passage through fire, Nueva York: Holt, Rinehart and Winston,
1966. (Como a través del fuego, Barcelona: Estela, en preparación.)
Peris, F. S., Hefferline, R. F. y Goodman, P., Gestalt theraphy, Nueva York:
Tulian Press, 1951; reedición, Nueva York: Dell, 1965. 20. L a t e r a p i a
guestáltica corno tratamiento auxiliar para ciertos
problemas visuales
Marilyn B. Rosanes-Berrett >

«Hay en la oscuridad esplendor y gloria con solo poder ver, y para ver no tenernos más
que mirar. Os ruego que miréis». Fray Angélico.
La mayoría de los estudios vinculados con las afecciones visuales ponen el acento en las
anormalidades anatómicas y estructurales, sin atender a los factores psicológicos. Sin
embargo, la medicina psicosomàtica ha demostrado cuán artificial es la línea divisoria
entre la psique y el soma —y los ojos forman parte del soma—. En el contenido del
lenguaje, la conducta motriz, los procesos respiratorios, la voz y la conducta verbal, la
conciencia sensorial, influyen estados afectivos como la confusión, la expectativa, el
entusiasmo y el temor. Los procesos visuales no son una excepción a la regla.
A comienzos de este siglo, Bates, innovador de un sistema de entrenamiento ocular que
emplea fundamentalmente procedimientos de relajación, identificó ciertos factores
emocionales y de la personalidad que
f
>arecían relacionarse con anomalías y trastornos visuales comunes, como a miopía, la
hipermetropía y el estrabismo. En los últimos años, los hallazgos de Bates fueron
avalados por ciertas investigaciones, que demostraron que los factores psicológicos
desempeñan un importante papel en la miopía, la hipermetropía y otros defectos
visuales más graves; se encuentran entre ellas las realizadas por Van Alphen [1952,
1961], Kelley [1958], Palmer [1966] y Rosanes [1966]. En sus primitivos trabajos
acerca de la «histeria de conversión» y su vinculación subsiguiente de la angustia con
les formaciones sintomáticas, Freud admitió que ciertas formas de ceguera podían ser
provocadas por estados emocionales. No obstante, muy poco es lo que se ha hecho para
introducir un enfoque psicoterapèutico en el tratamiento de las anomalías de la
visión. .
El método de relajación de Bates combinaba, desde luego, procedimientos físicos y
psicológicos, pero estos últimos no eran muy profundos. Algunas personas siguen
aplicando hoy ejercicios de relajación del tipo de los de Bates para mejorar el
funcionamiento ocular. Otros recurren a un entrenamiento visual en el cual, mediante
diversos artificios mecánicos, se estimula y desarrolla la actividad binocular. Un
pequeño grupo de investigadores, advirtiendo el deterioro de las percepciones
visomotoras y espaciales, han creado técnicas para mejorar estas funciones. Cada uno de
estos grupos sostiene haber alcanzado cierto éxito; pero se carece aún de estudios
estadísticamente significativos, y el ritmo, grado y duración de la mejoría parecen
variables. Esos resultados variables siguen constituyedo un enigma para los distintos
tipos de profesionales que se dedican al adiestramiento visual porque no prestan
suficiente atención a los aspectos psicológicos de la visión.
Si bien se han perfeccionado los procedimientos de diagnóstico y las técnicas
quirúrgicas, no suele n*conocerse, en líneas generales, el hecho d<* uur !j vuión como
oirjs furuiones corporales, puede ser distorsto- nada y menoscabada a causa de
problemas de la personalidad. No se contempla la posibilidad de que mediante un
funcionamiento visual anormal y la malformación estructural que él origina el individuo
esté expresando, a través del sistema visual, una perturbación psicológica. Cuando un
funcionamiento alterado persiste durante mucho tiempo, tienen lugar a la postre
alteraciones anatómicas, como ocurre con las personas que desarrollan una postura muy
deficiente. Si hasta los huesos pueden modificarse como consecuencia de un
funcionamiento anómalo continuo, es razonable suponer que lo mismo puede suceder
con los ojos.
A menudo, una vez adquiridas ciertas ideas novedosas sobre la cuestión o comprendidas
más cabalmente las antiguas, hay un lapso de demora hasta que se comienza a aplicar
los nuevos principios. El tratamiento de los errores de r< fracción y otros problemas de
la vista se ha visto perjudicado debido a la incapacidad de los especialistas ortodoxos
para utilizar los nuevos hallazgos. Las ideas cosechadas en años recientes como fruto de
estudios psicológicos no se han incorporado aún aprecia- blemente al método general de
encarar los problemas visuales.
Kelley [1958] demostró que por medio de la hipnosis era posible mejorar la visión de
sujetos miopes; también comprobó que personas de vista normal sometidas a una
situación de stress exhibían indicios de miopía. Rosanes [1966] logró mejorías en
miopes apelando a la sugestión y a imágenes visuales. Young [1961] provocó miopía en
monos restringiendo su visión a la distancia.
La terapia guestáltica representa un enfoque particularmente apropiado para .el
tratamiento de ciertas anomalías visuales comunes, como la miopía, la hipermetropía y
el estrabismo. Su objetivo es hacer que el paciente tome conciencia de su
funcionamiento en el «presente». La atención se centra en el proceso: la actualidad del
paciente, tal como acontece. Mediante el continuo de conciencia y los sueños vividos en
el aquí y ahora el paciente toma contacto con la conducta presente, actual; vale decir,
experimenta o vuelve explícito lo que está implícito y generalmente encubierto. Al
apreciar su modo característico de funcionar, se agudiza su sensibilidad y queda abierto
el camino para el descubrimiento y el crecimiento. Puede enfrentar las realidades de su
existencia y llegar a determinar así la finalidad de su trastorno visual. Este enfoque
terapéutico es un método directo para retomar contacto con las partes alienadas de la
personalidad y recuperarlas para sí mismo. Cuando el paciente asume la responsabilidad
por sus experiencias, neces;dades, apetitos y deseos puede percibir de qué manera
emplea sus diversos sistemas, el aparato visual inclusive.
Las personas que sufren las dificultades visuales más corrientes son en gran medida
inconscientes del modo como usan su vista. Cuando el sujeta advierte cuándo y cómo
abre los ojos, ejerce presión sobre ellos o los deforma en el proceso de ver, puede
permitirse la experiencia de mirar de otra manera, indolentemente y sin esfuerzo, y sin
embargo estar alerta a lo que ve. Los individuos miopes tienden a restringir su
expresión motora. Rosanes [ 1966] observa que el tipo de ansiedad prevaleciente en el
miope es una ansiedad no experimentada, por lo general, sino encubierta, y que se
manifiesta por una disminución de la actividad motora. Cabría afirmar que teme que sus
movimientos se noten y sean peligrosos, por lo cual tiende a limitar su actividad,
frustrándose. La ansiedad puede ir acompañada de una reducción en el oxígeno inhalado
—una forma del «miedo al público»—. Mediante el continuo de conciencia, el paciente
llega a descubrir cuáles son sus comunicaciones internas y de qué modo puede
interrumpirlas. La deformación de los ojos y los mecanismos visuales delatan lo que
algunos denominan represión.
En los estados psicóticos, la ansiedad asume enormes proporciones y se convierte en
pánico, lo cual puede ejercer también un efecto sobre la visión. Algunos psicóticos,
particularmente los que sufren de delirios paranoides, suelen afirmar que su visión a la
distancia se enturbia en forma más marcada cuando aumentan sus terrores, y vuelve a
aclararse cuando recuperan la calma.
La necesidad extrema de dependencia parece cumplir un papel en ciertos trastornos
visuales graves, a los que el sujeto recurre sin saberlo para conservar el apoyo o la
atención que le presta el ambiente. Gracias a su vista extremadamente débil, y aun a su
ceguera, algunas personas encuentran un excelente justificativo para lograr todo tipo de
ayuda. Los casos que se exponen a continuación ilustran el proceso seguido por la
terapia guestáltica en el tratamiento de anomalías visuales. En todos ellos, el
diagnóstico fue hecho por un oftalmólogo u optometrista,
3
uien controló asimismo, periódicamente, la capacidad visual a lo largo e la psicoterapia.

1. Un hombre de veintiún años fue atendido a causa de una miopía fluctuante; vale
decir que sus músculos ciliares presentaban diverso grado de espasticidad en otros
tantos momentos, por lo cual se le recetaron lentes convexos de uso general para casos
de miopía. Pero no le era suficiente un solo par de lentes debido a la fluctuación
continua en la claridad de su visión. Cuando se le pidió que sintiera durante un tiempo
sus propios ojos, se mostró aterrorizado y pensó que habría de ser castigado por ciertos
deseos y experiencias físicas que no se atrevía a conocer. Concentrándose más en el
contenido de tales experiencias, pudo llegar a percibir sensaciones eróticas y un deseo
simultáneo de mastur- barse. Sostenía que se lo castigaría por ese pecado. A los
dieciséis años había tenido su primer impulso consciente de masturbarse, y en esa
ocasión un sacerdote le había dicho que eso era pecado mortal. Al mismo tiempo, notó
que su visión a la distancia se volvía borrosa. A partir de entonces su claridad visual
sufrió fluctuaciones y no volvió a experimentar sentimientos eróticos ni cedió a la
masturbación. Cada vez que se le pedía durante la terapia que sintiera sus ojos, aparecía
nuevamente el deseo de masturbarse, que por su parte volvía a promover el terror a ser
castigado por sus pecados. Sólo cuando permitió que surgieran los sentimientos eróticos
pudo experimentar cierto grado de claridad visual.
2. Un niño de nueve años, que decía no visualizar claramente el pizarrón de la clase,
acudió al oftalmólogo y este diagnosticó miopía. Cuando se le pidió que mirara un
pizarrón con escritura bien legible, sf percató de que no se atrevía a mirarlo porque se
sentía imposibilitado de aprender o de entender lo que se pretendía de él. (Más tarde
admitió que no quería aprender.) Se vivía a sí mismo sentado y contraído, sin animarse a
moverse o a mirar en ninguna dirección. Cuanto más se esnada y menoscabada a causa
de problemas de la personalidad. No se contempla la posibilidad de que mediante un
funcionamiento visual anormal y la malformación estructural que él origina el individuo
esté expresando, a través del sistema visual, una perturbación psicológica. Cuando un
funcionamiento alterado persiste durante mucho tiempo, tienen lugar a la postre
alteraciones anatómicas, como ocurre con las personas que desarrollan una postura muy
deficiente. Si hasta los huesos pueden modificarse como consecuencia de un
funcionamiento anómalo continuo, es razonable suponer que lo mismo puede suceder
con los ojos.
A menudo, una vez adquiridas ciertas ideas novedosas sobre la cuestión o comprendidas
más cabalmente las antiguas, hay un lapso de demora hasta que se comienza a aplicar
los nuevos principios. El tratamiento de los errores de r« fracción y otros problemas de
la vista se ha visto perjudicado debido a la incapacidad de los especialistas ortodoxos
para utilizar los nuevos hallazgos. Las ideas cosechadas en años recientes como fruto de
estudios psicológicos no se han incorporado aún aprecia- bleinente al método general de
encarar los problemas visuales.
Kelley [1958] demostró que por medio de la hipnosis era posible mejorar la visión de
sujetos miopes; también comprobó que personas de vista normal sometidas a una
situación de stress exhibían indicios de miopía. Rosanes [1966] logró mejorías en
miopes apelando a la sugestión y a imágenes visuales. Young [1961] provocó miopía en
monos restringiendo su visión a la distancia.
La terapia guestáltica representa un enfoque particularmente apropiado para .el
tratamiento de ciertas anomalías visuales comunes, como la miopía, la hipermetropía y
el estrabismo. Su objetivo es hacer que el paciente tome conciencia de su
funcionamiento en el «presente*. La atención se centra en el proceso: la actualidad del
paciente, tal como acontece. Mediante el continuo de conciencia y los sueños vividos en
el aquí y ahora el paciente toma contacto con la conducta presente, actual; vale decir,
experimenta o vuelve explícito lo que está implícito y generalmente encubierto. Al
apreciar su modo característico de funcionar, se agudiza su sensibilidad y queda abierto
el camino para el descubrimiento y el crecimiento. Puede enfrentar las realidades de su
existencia y llegar a determinar así la finalidad de su trastorno visual. Este enfoque
terapéutico es un método directo para retomar contacto con las partes alienadas de la
personalidad y recuperarlas para sí mismo. Cuando el paciente asume la responsabilidad
por sus experiencias, neces dades, apetitos y deseos puede percibir de qué manera
emplea sus diversos sistemas, el aparato visual inclusive.
Laí personas que sufren las dificultades visuales más corrientes son en gran medida
inconscientes del modo como usan su vista. Cuando el sujeta advierte cuándo y cómo
abre los ojos, ejerce presión sobre ellos o los deforma en el proceso de ver, puede
permitirse la experienc a de mirar de otra manera, indolentemente y sin esfuerzo, y sin
embargo estar alerta a lo que ve. Los individuos miopes tienden a restringir su
expresión motora. Rosanes [ 1966] observa que el tipo de ansiedad prevaleciente en el
miope es una ansiedad no experimentada, por lo general, sino encubierta, y que se
manifiesta por una disminución de la actividad motora. Cabría afirmar que teme que sus
movimientos se noten niego lo que me amenaza y evito así sufrir experiencias
desagradables o reconocer aquello que no quiero que exista para mí. Identificarse con
los sentimientos alienados implica volver a ver, paso necesario para alcanzar una
mejoría duradera en la visión.
El grado variable de fusión o falta de fusión visual en los casos extremos de estrabismo
es un ejemplo de los déficit de integración que presenta el paciente. El ojo derecho
funciona en forma independiente del izquierdo: también aquí los ojos están expresando
un conflicto de modo directo. Cuando se permite dialogar entre sí a ambos ojos, cada
uno de los cuales actúa como vocero de los sentimientos expresados con esa parte de la
personalidad, se percibe el desdoblamiento. Al reconocer el sujeto las expresiones
conflictivas y la contienda librada en su personalidad, se produce el cierre, se siente
cómodo y aliviado, y los dos ojos pueden ya trabajar de consuno. Se experimenta la
unicidad o totalidad y desaparece el problema de fusión. En otras palabras: la
binocularidad (fusión) y la integración de la personalidad marchan de la mano.
No hay desdoblamiento alguno entre la mente y el cuerpo, pero ciertas partes de la
personalidad pueden ser desdobladas y alienadas. Aquellas partes de la personalidad con
las que no se toma contacto no pueden expresarse ni ser utilizadas para el crecimiento.
Es menester que lo implícito se vuelva explícito. No obstante, si uno se impone a sí
mismo cambiar no hace más que aumentar el desdoblamiento. El cambio auténtico sólo
se produce cuando uno está en contacto consigo mismo. En tales circunstancias, los
oídos que no se atrevían a oír, los ojos que no se animaban a ver o el corazón que no
osaba sentir vuelven a la vida y recuperan su funcionamiento normal.

Referencias bibliográficas

Bates, W. H., The cure of imperfect sight by treatment without glasses, Nueva York:
Control Fixation Pub. Co., 19.20.
Kelley, C. R., The psychological factors in myopia, tesis inédita de doctorado, New
School for Social Research, Nueva York: 1958.
Palmer, R. D., «Visual acuity and excitement», Psychosomatic Medicine, 1966, vol. 28,
págs. 364-74.
Peris, F. S., Ego, hunger and aggression, Nueva York: Random House, 1969’.
Rosanes, M., Psychological correlates to myopia compared to hyperopia and
emmetropia, tesis inédita de doctorado, Yeshiva University, Nueva York: 1966.
Van Alphen, G. W., On emmetropia and ametropia, Nueva York: S. Korger, 1961.
Van Alphen, G. W. y otros, «A comparative psychological investigation in myopes and
emmetropes», Proceedings of the Royal Netherlands'Academy of Science, Amsterdam,
serie C: 55, 1952, vol. 5, pags. 689-96.
Young, F. A., «The development and retention of myopia by monkeys*, American
Journal of Optometry & Archives of American Academy of Optometry, 1961, n? 292.

/ 21.El adiestramiento de la conciencia y los


profesionales de la salud mental
John B. Enright

Para llevar a cabo una tarea clínica idónea, los profesionales de la salud mental
necesitan tener acceso al flujo de su experiencia interior. El indicio primero y más sutil
para entender la angustia, hostilidad, erotici- dad, etc. del otro es la conciencia de
algún estado similar o complementario en uno mismo. La mayoría de los profesionales
de la salud mental aceptaríamos y!" duda esta proposición teórica, pero no siempre
somos coherentes con ella cuando se trata de ponerla en práctica o de aplicarla en
nuestra tarea docente. Por ejemplo, a menudo enseñamos a nuestros alumnos que deben
observar en sus pacientes las señales externas de sus estados afectivos (v. gr. la voz,
los cambios en la apariencia física), pero nos rehusamos a poner en claro que no es
mediante la observación externa que ocurren las cosas. Si, para decirle a un paciente
«Creo que usted siente enojo» espero a ver hinchadas sus venas, rojo su cuello y
ardiente su voz de furia, algo anda mal en mí y en la relación. Si, en cambio, mucho
antes de que alcanzara el estado descrito, me hubiera abierto a mi propia experiencia,
habría tomado conciencia desde el principio de cierta molestia, inquietud o temor en
mí. Esa conciencia me habría llevado espontáneamente a modelar de una determinada
manera los hechos subsiguientes de la entrevista y habría conducido a que el sujeto
expresara su enojo en forma útil y consciente, en lugar de recurrir a la extrema
expresión organísmica que hemos mencionado.
Aunque desde hace algún tiempo el valor de la conciencia de la experiencia interna es
reconocido cada vez más por los profesionales de la salud mental, parece haber una
«brecha de adiestramiento» en lo que atañe a su aplicación práctica. Durante años, la
importancia de esa toma de conciencia y la manera de lograrla recibieron una mención
solo casual, como producto colateral de otro tipo de enseñanza. Los alumnos aplicados
desarrollaban esa conciencia porque tenían el don para ello y porque se identificaban
con los profesores que tenían ese mismo don, pero rara vez se dirigía una mirada
deliberada al proceso de toma de concienc.a per se. Cuando se admitía la necesidad de
una mayor conciencia solía sugerirse una psicoterapia individual. Si bien esta última
infunde casi siempre ese tipo de conciencia en el alumno, es onerosa y da al proceso en
su totalidad un cierto matiz patológico, como si la toma de conciencia debiera quedar
reservada para los «problemas» en lugar de iluminar toda vida y toda interacción. En
los últimos años, se difundió algo más la terapia de grupo entre los aspirantes, y más
recientemente los grupos de encuentro y de sensibilización han comenzado a salvar en
forma satisfactoria esa brecha de adiestramiento. Todavía hay mucho lugar, empero,
para la experimentación y el ensayo de nuevos enfoques. Por varias razones, opino que
la filosofía y las técnicas de la terapia guestáltica resultan ideales para exponer ante los
alum nos el concepto de toma de conciencia y ofrecerles una situación práctica de
adiestramiento en la cual desarrollar los procedimientos y actitudes correspondientes.
El objetivo de este artículo es describir el empleo de la terapia guestáltica con ese fin y
discutir algunas de sus ventajas.
Antes de describir la situación de adiestramiento, se impone un breve repaso del con*'
Iw ioma de conciencia. La toma de conciencia es una experiencia inmediata, que se
desarrolla al mismo tiempo que tiene lugar una transacción del organismo con su
ambiente en el presente, y que forma parte de ella. Aunque incluye pensamientos y
sentimientos, se basa siempre en las percepciones actuales de la situación actual. La
toma de conciencia supone cierta intencionalidad del sí-mismo dirigido hacia el mundo;
en su forma pura, se produce un debilitamiento transitorio de la barrera que separa al sí-
mismo del otro, y el «objeto» de la conciencia parece momentáneamente incorporado al
sí-mismo.
Hay. algunas personas que aparentemente experimentan este estado de manera más o
menos continua. Para ellas, ese fluir junto con la conducta no representa nada particular.
Pero para la mayoría de nosotros, que solemos bloquear con bastante regularidad tal
estado de conciencia, la experiencia es acompañada frecuentemente por una sensación
de alivio de la tensión, que resulta placentera aun cuando la situación de la que se toma
conciencia sea dolorosa. Como el organismo y el mundo nunca coinciden exactamente,
la toma de conciencia entraña siempre una sensación de descubrimiento de lo
desconocido y de prueba de una posibilidad.
Debo decir, con total honestidad, que casi ninguno de nosotros (incluso los que
trabajamos en la salud mental) es perfectamente consciente, la mayor parte del tiempo,
de su actualidad presente —y esto es asombrosamente común—. Gran parte del
contenido de nuestra conciencia consiste en recuerdos, especulaciones, planes
(«ensayos» con vistas a nuestra próxima actuación interpersonal) o afanosos diálogos (o
monólogos) interiores. Dicho en términos más concretos: nosotros, los profesionales,
nos sentaremos junto a un paciente y nos dedicaremos a diagnosticar, a «prognosticar»,
a planificar nuestra próxima interpretación y a preguntarnos en qué momento se habrá
de producir, pero rara vez nos abriremos realmente a nuestra experiencia de nosotros
mismos y del otro. Quienes no padecemos alguna grave enfermedad mental mantenemos
suficiente contacto con el ambiente real como para movernos en él en forma
razonablemente eficaz. Respondemos a sus características más salientes, pero pasamos
por alto tantos matices que nuestra experiencia del mundo y del prójimo es a menudo
borrosa, y, en consecuencia, débil nuestro recuerdo de ella. Rodeados por nuestros
propios fantasmas, solo prestamos una somera atención al prójimo. Como en uiles
circunstancias este último se nos presenta diluido e incompleto, lo llenamos con
nuestras proyecciones y luego reaccionamos violentamente ante estas. El encuentro
resultante parece a menudo un despliegue veraz de vida y de involucración, cuando en
realidad poco hay de todo ello. Quizá sea cierto que muchos profesionales de la salud
mental, a fuerza de esmerarnos y de respetar nuestro sentido del deber, prestamos
mayor atención a nuestros pacientes que al resto de las personas que aparecen en
nuestra vida, pero también en el caso de aque- líos sufrimos una real incapacidad para
escuchar plenamente y para ver
con claridad. . . ,
Creo muy factible enseñar a quienes siguen una carrera vinculada con
li salud mental de qué manera pueden entrar en más íntimo contacto con el flujo
continuo de conciencia subjetiva que está siempre potencialmente presente. Tal vez sea
más exacto decir que el alumno que acude a un adiestramiento de conciencia lo hace
más para desaprender que para aprender. Como ser humano en desarrollo, ha pasado ya
miles de horas en un adiestramiento altamente motivado de su conciencia de sí y de los
demás; por desgracia, también ha pasado miles de horas —en su hogar, su escuela, su
grupo de pares, su profesión— aprendiendo a ocultar tal conciencia en nombre del
decoro, el orden, la adaptación y la decencia. Gran parte de lo que ocurre en un
seminario de adiestramiento de la conciencia le ayuda simplemente a rescatar para ku
conciencia plena lo que ya sabe. No es que se deje de lado la decencia, el orden, etc., ni
que se niegue su necesidad, sino que la necesidad de un control de esa índole pasa del
control (o bloqueo) de la conciencia al control (o modulación) de la conducta. Al ganar
conciencia acerca de lo que hace, del lugar en que se encuentra y de la persona con la
cual está, aumentan sus posibilidades de elección, su flexibilidad y la adecuación más
precisa de su conducta, tanto en su vida profesional como en su vida personal.
Por lo corriente, los objetivos generales del adiestramiento de la conciencia son
prontamente captados por los alumnos y sus aspectos conceptuales pueden ser
expuestos en pocos minutos. Viene luego la de mostración: debe estructurarse una
situación en la cual los individuos puedan experimentar en sí mismos en forma directa
la expansión de la conciencia, y comprobar los efectos que surte tomar en serio este
enfoque. El propósito es maximizar la conciencia que tiene el individuo de la totalidad
de su conducta real en este lugar y momento y con tales y cuales personas, así como su
responsabilidad por dicha conducta. En armonía con el carácter concreto de la terapia
guestáltica y su preferencia por la conducta real en lugar de las conceptualizaciones
abstractas, describiré en términos simples cómo procedo en un grupo típico de
adiestramiento de la conciencia; otra persona, que trabaje con un grupo distinto, habrá
de poner en práctica estos principios según su modalidad peculiar, y, por ende, diferente
de la mía.
El formato o estructura del grupo en que puede realizarse el adiestramiento de la
conciencia es muy elástico. He conducido grupos de cuatro a cuarenta personas,
compuestos por alumnos o por profesionales de la mayoría de las disciplinas vinculadas
con la salud mental, y que abarcaron de una a treinta sesiones. Los principios propios de
esta perspectiva pueden exponerse claramente y experimentarse en alguna medida en
una sola sesión de una hora y media aproximadamente, dejando huellas permanentes
siquiera en algunos de los que asisten a ella. Por supuesto, si el lapso es mayor, mayores
serán los efectos sobre un mayor número de personas; no obstante, es notable en qué
proporción puede transmitirse la esencia de este enfoque en muy poco tiempo. Técnicas
de adiestramiento de la conciencia
Cuando se trata de una sesión única con un grupo numeroso, comienzo por exponer
brevemente el concepto de toma de conciencia, y de inmediato formo un pequeño
círculo integrado por seis a ocho voluntarios, que toman ubicación frente al resto del
grupo. (Por supuesto, si se trata de un grupo pequeño, todos formarán parte del círculo.)
La situación inicial es bastante análoga en todos los casos, sea cual fuere el tamaño del
grupo, la cantidad de reuniones que se prevén o las características de los asistentes. Se
pide a cada uno de los sujetos que formulen unas pocas oraciones cuyo comienzo sea
«En este momento tengo conciencia de...». Cada miembro dispone de algunos minutos
para ello. No se ofrecen otras instrucciones y, durante esta primera «ronda» del
experimento, se reduce al mínimo la realimentación proveniente de los miembros
restantes o del coordinador. Ocasionalmente, si un individuo vacila durante un lapso
prolongado, el coordinador irá en su ayuda preguntándole «¿Qué está experimentando
ahora?» o bien «¿Y ahora?». Cuando un sujeto plantea una pregunta directa al
coordinador o a alguna otra persona —p. ej., «¿Está bien?», «¿Qué piensas tú de lo que
dije?», etc.—, se le pide simplemente que la reformule según el modelo siguiente: «En
este momento tengo conciencia de estar preguntando si está bien lo que digo», «En este
momento tengo conciencia de querer averiguar qué se piensa de lo que digo». Las
primeras dos o tres oportunidades en que un sujeto parece no tener inas nada que decir
y da signos de querer detenerse, trato de ayudarlo para que informe a los demás sobre
esta experiencia de no tener más que decir y querer detenerse. «Mi mente está en
blanco, no puedo continuar» pasa a ser «En este momento tengo conciencia de sentir mi
mente en blanco y no poder continuar»; pero luego de ayudarlo dos o tres veces de esa
manera, paso a otra persona.
Cuando ha concluido la primera ronda, todo el mundo arde en deseos de comentar sus
experiencias personales o lo que observaron en los demás. Es muy común que se
advierta el limitado repertorio de fenómenos propios y ajenos. Con frecuencia, relatarán
alguna experiencia adicional durante la prueba o en su calidad de espectadores. En este
repaso de lo sucedido solemos mencionar ciertos rasgos comunes; uno de ellos es el
fenómeno de la censura, que, por supuesto, habitualmente todos experimentan pero sin
hacer alusión a ella. Señalo que durante la experiencia pueden informar que toman
conciencia del acto (la censura) sin necesidad de detallar el material censurado. A
menudo, este intercambio de ideas sirve de trampolín para establecer un principio
general: que una actividad (censurar, recordar, prever, razonar) es algo distinto de su
contenido (el recuerdo, el hecho previsto, la teoría, etc.) Este principio es de
fundamental importancia en el desarrollo de la técnica de toma de conciencia. El sujeto
que, al mismo tiempo que relata un recuerdo, puede mantener como trasfondo
permanente la conciencia de que «en este momento estoy relatando un recuerdo» no
pierde contacto con su realidad presente ni se diluye en el recuerdo, el razonamiento o
lo que fuere. Lograr esta separación exige mucha práctica, pero yo trato de señalarla y
comenzar a ejercitarla lo antes posible.
También acostumbro señalar —si es que el grupo no lo ha hecho ya— de qué manera
cada individuo tiende a limitarse a ciertos dominios de la conciencia, concentrándose tal
vez en las sensaciones musculares, orgánicas, visuales, auditivas o, en la mayoría de los
grupos profesionales, poniendo gran énfasis en una actividad casi puramente cogni tivo-
verbal. Estos últimos grupos suelen comprobar también con sorpresa en
3
ué alta medida estructuran el experimento como una tarea, un pro- ucto por el cual
habrá de «calificárselos» y que puede hacerse bien o mal. Los profesionales suelen
reaccionar frente a la experiencia como una situación en la cual, si no pueden
«producir», algo anda mal en ellos. Yo trato de que se den cuenta que no hay manera de
no hacer el experimento; que la conciencia de sentirse incapaz de continuar es tan
válida y respetable como cualquier otra que produzcan. La sensación de estar buscando
algo sobre lo cual hablar es, en sí misma, algo sobre lo cual hablar. Ya en esta etapa
inicial introduzco la noción de que el mejor modo de quedar atascado y detenido en un
sentimiento es no hablar sobre él, en tanto que la información cabal acerca de cualquier
cosa de la que se toma conciencia allana el camino para lo nuevo.
La primera vez que el grupo lleva a cabo la experiencia le doy el menor número posible
de instrucciones y desestimo los comentarios de los restantes miembros. Es inevitable
establecer cierto marco implícito de normas y expectativas grupales, pero en general
trato de que ese marco sea lo más abierto y poco estructurado que sea posible.
Al terminar la primera prueba, pues, todos han batallado con esta escurridiza «tarea» de
relatar aquello de lo que tienen conciencia, y han experimentado cierta tensión,
incomodidad y torpeza, lo cual suele originar un poco de resentimiento contra mí o
contra la tarea. Todos han observado a los demás participar en el experimento y han
visto que estructuran la situación de una manera que la vuelve evidentemente difícil
para ellos mismos; por lo regular, han sentido además el deseo de mostrar a algunos lo
fácil que es y cómo deben hacerlo. Por último, todos han tenido oportunidad de
comentar y conceptualizar la experiencia, y desde luego la mayoría de los estudiantes
de nuestras carreras inmediatamente se sienten más cómodos en este tipo de ocupación
que en la experiencia en sí.
El próximo paso consiste en manipular a la persona o la situación de modo de modificar
o expandir su conciencia. Sea cual fuere la forma en que bloquea el crecimiento y
desarrollo de la conciencia en sí misma, nuestro propósito es comenzar a desbloquearla.
La manera de hacerlo ha de deducirse, en cada caso, de la forma en que el individuo ha
realizado el experimento previo. A veces, esta fase surge espontáneamente de los
comentarios, y podemos pasar directamente de la discusión conceptual al marco de
referencia de la toma de conciencia. Por ejemplo, si siento que me estoy enredando en
una discusión con un integrante del grupo o que estoy jugando el juego de las
evidencias, puedo informar acerca de esta toma de conciencia en mí mismo y pedirle al
sujeto que me informe de qué es consciente él. Si veo que dos sujetos comienzan a
competir, como sucede de vez en cuando («Yo tomo mayor conciencia que tú»), puedo
tratar de hacer explícita dicha competencia. Con frecuencia, luego del primer período de
discusión, vuelvo formalmente al experimento de toma de conciencia con el fin de
introducir
esta segunda fase, escogiendo por lo general para comenzar a aquella persona del
grupo que hubiera mostrado mayor interés y disposición por este tipo de experiencia.
En esta segunda prueba, en vez de dejar la situación abierta o sin estructurar y que
ocurra lo que sea, comienzo a trabajar activamente con cada individuo de modo de
ayudarlo a poner término a su bloqueo o autolimitación. Para ello, lo más sencillo es
pedirle que se concentre en las facetas de su conducta hasta entonces ignoradas, que
traiga temporariamente al centro de la conciencia su «periferia». En sus tensiones y en
su atención el sujeto nos está mostrando permanentemente qué es lo que tiene
importancia organísmica para él; ahora le pedimos que traiga eso mismo a la
conciencia. Típicas de este enfoque son las preguntas siguientes: «¿Tiene .1 conciencia
de que estás sonriéndote?»; «¿Puedes describir lo que .laces en estos momentos con
tus manos?*; «¿Puedes experimentar de qué manera estás sentado?*; «¿Puedes
escuchar tu propia voz?; ¿cómo suena?»; «¿Qué estás mirando ahora?*; «Advertí que
mirabas a X; ¿de qué tuviste conciencia en el preciso momento en que lo mirabas?».
Lo que siga luego dependerá, por supuesto, de la persona. Atiendo, en su respuesta, a
lo que parece ser más comprometedor o central para el y me aferró, en cierta forma, a
eso. Por ejemplo, si dice estar agarrando con la mano derecha la izquierda, le
preguntaré de cuál de las dos manos se percata más —la que agarra o la que es
agarrada— y le sugeriré que establezca un diálogo entre ambas: qué le diría la mano
derecha a la izquierda, qué le contestaría esta. Si en el momento de mirar o otro
integrante del grupo el sujeto tuvo conciencia de que quería causarle ur*a buena
impresión, le solicitaré que le diga a ese integrante directamente «Quiero causarte una
buena impresión». Sea cual fuere su conciencia, le pediré que actúe en forma de
expandirte, de incluir tn ella una porción bastante mayor de lo que está haciendo.
En ocasiones, e?te enioque promoverá una expansión bastante repentina de la
conciencia, con la consecuente sensación de alivio y placer. En un grupo habí? una
enfermera que decía que su sensación más vivida era un dolor en la pierna izquierda.
Cuando le pedí que hiciera lo posible por que aumentara el dolor, reveló que
inclinando la pierna en dirección opuesta a donde yo me encontraba, aquel se
agudizaba. La mayoría de los restantes miembros del grupo vieron al punto cuál era el
significado de esto, pero ella no. Le solicité luego que representara a sus piernas y
dijera lo que estas le dirían a ella. Hablando en nombre de su pierna, dijo: «¡Déjate de
presionar sobre mí!». Tras lo cual siguió sentada en actitud tensa y expectante. Le
pregunté entonces si habla alguien, entre las personas que en ese momento la
rodeaban, a la cual ella pudiera reconvenirla de la misma manera. Llegado ese punto
ír^ ^ ru P° como e ^ a irrumpieron en una carcajada, y no le fue difícil hacerme la
reconvención a mí. (Desde luego, paradójicamente, cuando pudo dirigirse a mí de ese
modo ya no lo necesitaba.)
En otro grupo, un individuo estaba hablando con voz algo vacilante y monótona,
mientras dirigía la vista, la mayor parte del tiempo, hacia un punto ubicado a mis
espaldas, en vez de mirarme a los ojos directamente.
—¿Qué estás mirando? —le pregunté. La copa de los árboles, detrás de la ventana.
—¿Puedes describirlas?
—Se mueven con una ondulación muy libre.
—¿Qué quisieras tú decirles?
—Copas de los árboles, envidio vuestra libertad allí afuera.
—¿Cuál podría ser la respuesta de ellas?
—¡Por cierto que te compadecemos, atrapado como estás en esa sofocante habitación!
—¿Quién te está atrapando?
En ese punto, el individuo pudo ampliar su perspectiva, advirtiendo que estaba en la
habitación exclusivamente por su propia voluntad, y que, en realidad, le agradaba
bastante estar allí; pudo entonces comenzar a sentir de qué manera generaba en sí
mismo la sensación de estar «atrapado». Como siguiera preocupado por esa imagen, lo
rodeamos de sillas, atrapándolo realmente en un sentido físico, e investigamos su
experiencia en tal situación. •
Estas intervenciones, que señalan otros aspectos sobre los cuales centrar la atención, se
desarrollan con mayor frecuencia en pequeñas etapas y carecen del efecto súbito y
espectacular antes descrito; pero aun así trabajamos en ellas, enfrentándonos con el
estrechamiento y la obstrucción crónicos de la conciencia a los que se dedica la gente en
forma meditada y rutinaria.
Los ejemplos anteriores son muy simples, y en ellos el punto al cual llegamos en pocos
minutos no estaba nunca muy lejos de la conciencia. En muchas oportunidades, los
movimientos o tensiones que sustituyen —y por ende bloquean— la toma de conciencia
son mucho más inaccesibles; a menudo han sido reducidos a ademanes minúsculos, casi
invisibles, pero que resumen y sustentan toda una perspectiva y un conjunto de
expectativas sobre la vida. Por ejemplo, un estudiante de medicina subrayaba casi todas
las observaciones que hacía en el grupo (y que eran formuladas en voz muy alta) con
una breve inclinación de su cabeza hacia la derecha. Le pedí a otro estudiante que se
parara junto a él y le sostuviera firmemente la cabeza. Luego de uno o dos minutos,
desapareció el movimiento anterior y el individuo comenzó a sacudir levemente la mano
derecha al final de cada uno de sus comentarios. Otro estudiante le sostuvo la mano.
Pronto un notorio encogimiento del hombro derecho había reemplazado al movimiento
anterior. Le solicité entonces que exagerara ese encogimiento del hombro,
convirtiéndolo en un movimiento de todo su cuerpo; después de unos minutos, pudo
traducir ese ademán diciendo «¿Qué me importa?». Tal era, en miniatura, la contraparte
organísmica del gran interés que manifestaüa por lo que yo estaba diciendo.
Uno de los fenómenos que en ciertas ocasiones he podido poner de relieve en una sola
sesión —aunque suele llevar más tiempo— es esa perturbación fundamental de la toma
de conciencia que yo denomino atribución: el experimentar directamente un sentimiento
como si perteneciera a otro. Por ejemplo: «Fulano está aburrido del grupo», «Tengo
conciencia de que esperan algo de mí», «X me tiene rabia». Para muchos este es un
fenómeno primitivo e irreductible, no más enigmático ni inusual que el hecho de que al
tocar un objeto con un palo, «sentimos» realmente el roce en el extremo del palo y no en
la mano que lo sostiene. Por otra parte, esta manera de experimentar sentimientos nada
tiene de malo, salvo cuando se la usa para bloquear otra experiencia (análoga o
complementaria) que el individuo sentiría como propia y no como perteneciente al otro.
Si concentro mi conciencia en las expectativas del otro y evito así tomar conciencia de
mi propia necesidad de crear, es menor mi contacto con la transacción total y con la
parte que en ella me cabe, y, por ende, disminuye mi capacidad de actuar en forma
óptima en dicha transacción. De la misma manera, si vivo a alguien como una persona
que me tiene rabia y utilizo ese sentimiento para enmascarar mi propia rabia, no estoy
en pleno contacto con la transacción y con la parte que me cabe en ella, y a la postre mi
actuación será inadecuada. Suele englobarse estos fenómenos bajo el rótulo de
«proyección»; creo que «atribución» es un término descriptivo más preciso y aceptable
para designar estas manifestaciones particulares.
En el adiestramiento de la conciencia, cuando el sujeto comunica este tipo de
experiencia, la tarea consiste en perturbar o trastrocar de algún modo el equilibrio
perceptual así alcanzado, para que se encuentre con una experiencia más propiamente
suya. Recuerdo vividamente cómo me fue aplicado esto a mí mismo por primera vez
cuando comenté, en un grupo al que recién me había incorporado, «X parece estar
mirándonos como si fuéramos un puñado de insectos bajo su microscopio». De
inmediato se me solicitó que mirara a cada uno de los integrantes del grupo por vez
como si lo estuviera haciendo a través de un microscopio, y le expresara tal actitud. Al
principio, mi conducta pareció muy forzada y artificial, pero poco a poco comencé a
darme cuenta que detrás de ella había un sentimiento y una fuerza auténticos; y al
terminar la ronda había co nenzado a expresarlos con gran intensidad. En ese punto,
descubrí mi propio temor de ser un extraño dentro del grupo, o de ser rechazado por él.
Un hecho interesante es que poco importaba que mi atribución fuera o no correcta. En
verdad, X comunicó luego que experimentaba en buena medida la actitud que yo le
había atribuido. La prueba de la atribución y de su funcionamiento es más espectacular
v sencilla cuando aquella resulta totalmente errónea, peto también puede ser exacta y
aun así estar indicando una falla en la toma de conciencia. Es bastante raro que en una o
dos sesiones pueda hacerse mucho en lo que atañe al fenómeno de la atribución, pero al
menos se lo puede aclarar y poner en tela de juicio, predisponiendo al individuo para
que cuestione más adelante el uso que hace de él.
Hay otro tipo de interacción muy común, incluso en la primera reunión de un grupo; me
refiero a los sujetos que sostienen no oír o entender uno o más de mis comentarios o
preguntas. Cx>nozco muy bien el volumen de mi voz y mi nivel de claridad intelectual,
y si en mi opinión no me he apartado demasiado de mi nivel habitual, me niego a repetir
o aclarar lo que se me pide. En lugar de ello le pregunto al sujeto: «¿Qué has
escuchado?» o bien «¿Qué has entendido?». La mayoría de las veces puede repetir una
por una mis palabras. A menudo, esto constituye para el resto del grupo una
impresionante demostración de «negación», pero, lo que es más importante, el propio
sujeto puede sentir casi la negación dentro de sí mismo, experimentar su deseo real de
no oír al par que afirma que oye. La exploración cabal del significado y función que
pueda tener este fenómeno para el individuo puede dejarse para más tarde; para
empezar, basta con dar un simple pero importante paso hacia la confianza responsable
en los propios sentidos apartándose de la dependencia manipulativa. De modo análogo,
al individuo que se dice confundido o que afirma no entender se ¡e hará experimentar
directamente su deseo de no entender, para que no enmascare dicho deseo con su
confusión.
Cuando hay en el grupo algunos sujetos ansiosos o renuentes a participar, he
comprobado la conveniencia de comenzar con ejercicios más estructurados. Se dispone
de una amplia gama de ellos, proveniente de muy variadas fuentes —psicodrama,
conciencia corporal, juegos de dramatización, teoría de la comunicación, etc.—. Todos
estos ejercicios pueden ser expuestos y analizados desde el punto de vista de la toma
de conciencia, y servir a los miembros como medios inofensivos de entrar en contacto
mutuo y con el coordinador. A medida que el grupo progresa y sus integrantes se
sienten más cómodos, se puede pasar a un formato más «abierto», en el que se
investigue en forma más particularizada el modo que emplea cada miembro para
bloquear la conciencia mediante sus posturas, hábitos lingüísticos y roles repetitivos.
Se incorporaran cada vez mas los sueños, fantasías y acontecimientos de la vida
exterior, traduciéndolos en la medida de lo posible al marco de referencia del aquí y
ahora. Ya sea que se trate de una reunión breve o extensa, estructurada o abierta, el
objetivo es en todos los casos colocar a la gente en situación de ampliar la conciencia
de su conducta actual, y poner de manifiesto la vigencia de los siguientes principios
guestálticos: prestar atención a los detalles concretos, en vez de dedicarse a la
conceptualización abstracta; hacer, involucrando al organismo, en vez de hablar sobre
ello; y aceptar la responsabilidad por la propia conducta, en vez de negar, proyectar,
atribuir, desplazar, etcétera.

El adiestramiento de la conciencia y la terapia de grupo

Como es obvio, si el grupo se reúne durante un período prolongado, el método


comienza a asemejarse en muchos aspectos a una terapia de grupo. Mucho de lo que se
hace o dice podría muy bien hacerse o decirse en un grupo terapéutico, y los resultados
obtenidos son con frecuencia «terapéuticos». No obstante, trato de evitar la
estipulación de un contrato terapéutico o de estructurar al grupo como terapéutico, y
esto por dos motivos. Uno de ellos es que, en ciertas circunstancias y medios, al
estudiante no le parece apropiado que su especialidad requiera terapia —posición con
la que concuerdo plenamente—. Pienso, sin embargo, que el estudiante avanzado de
una carrera vinculada con la salud mental debe tomar contacto con algún tipo de
adiestramiento en la expansión de la conciencia y ser exigido a aplicarlo. En la
situación de adiestramiento que hemos descrito, cuenta con la oportunidad de ver de
qué manera utilizan los demás esa situación.
Como recaudo para no tratar (yo o el grupo) a un individuo con celo excesivo y
presionar demasiado sobre él, he establecido la convención de que todo el mundo
puede, en cualquier momento, indicar qu e desea bontinuar la prueba y retirarse. Tal
vez le pregunte en tal caso cuáles son sus objeciones para no continuar, pero de todos
modos hago lugar a su pedido. A veces resulta frustrante interrumpir una interacción
interesante y quizá valiosa, pero reviste suprema importancia que el estudiante
conserve el control sobre su involucración. En ocasiones, alguien apelará a ese medio
para afectar timidez y no por sentirse realmente angustiado; suele ser divertido ver de
qué modo esa misma persona vuelve a quedar involucrada dos o tres minutos después
de haber dejado de estarlo y se esfuerza incluso por recuperar la posición que ' acaba
de abandonar.
Otra razón para evitar el modelo terapéutico es que, lamentablemente, suele verse en el
proceso terapéutico un asunto necesariamente muy serio y solemne. Yo trato con todas
mis fuerzas de no caer en esa tónica. A menudo sugiero al grupo que considere la
sesión como un juego entre gente adulta en el cual perseguimos una idea o
desarrollamos una fantasía por el mero hecho cíe hacerlo, aunque en un comienzo no se
pueda discernir ningún objetivo serio de aprendizaje. En ciertas ocasiones me pongo a
gesticular delante de la gente, o bien imito o exagero sus posturas sin explicación o
advertencia alguna. Cuando veo que una conversación se pone demasiado grave y los
hablantes comienzan a perder contacto con la realidad, perdiéndose en especulaciones,
la interrumpo y sugiero que cada uno trate de darse a entender a los demás con
balbuceos, sin emplear palabras, por el simple tono de la voz. Si alguien pone objeción
a alguna de mis sugerencias diciendo que «eso es tonto» (p. ej., balbucear, o hablarle a
una silla vacía, o pararse en determinada postura), haré al punto algo similar pero más
tonto. He debido pararme encima de una silla, acostarme cuán largo soy en el piso y
adoptar todo tipo de posturas extrañas para lograr que la gente se desprenda de sus
posturas físicas y psicológicas excesivamente solemnes. Más de una vez detuve una
discusión verbal que se estaba volviendo acalorada para sugerir que nos trenzáramos en
una «lucha india». La actitud que trato de transmitir es que, así como los niños
aprenden las cosas más importantes de la vida en un juego absolutamente
despreocupado, así también los adultos son más eficaces y felices en lo que hacen
cuando pueden «soltarse* y dejan de esforzarse tanto por obtener logros concretos.
La actitud y las técnicas de la toma de conciencia y algunos de los procedimientos para
inculcar este punto de vista —ya sea en demostraciones aisladas o en grupos de cierta
duración— se basan en los principios de la terapia guestáltica, tal como fueron
desarrollados por Perls y otros. El punto de vista aludido consiste simplemente en que
el contacto con tinuo con el flujo de conciencia subjetivo acerca de la interacción que
tiene lugar, aquí y ahora, entre el sí-mismo y el mundo es la fuente más confiable de
información a la que tiene acceso el individuo. Por grandes que sean sus
especulaciones o cualquier otra actividad puramente cognitiva, ninguna de ellas puede
conducir con igual certeza a la conducta natural y apropiada para él en cada momento y
lugar. Por otra parte, el individuo normal ya ha desarrollado plenamente la capacidad
para este flujo de conciencia, pero también ha aprendido varias maneras de
interrumpirlo. El objetivo del adiestramiento de la conciencia es ayudarlo a descubrir
—y luego modificar— sus propias formas de obstruir la conciencia. Al aplicar esto a sí
mismo, aprewderá también a ayudar a sus semejantes a hacer lo propio; pero tales
«técnicas» terapéuticas no son sino productos colaterales de su trabajo consigo mismo,
y es mi convicción que comete un error el estudiante que practica el adiestramiento de
la conciencia fundamentalmente para aprender técnicas aplicables a los demás.
Algunos de los enfoques y «técnicas» aquí expuestos (resultado de mi propia búsqueda
de una conciencia más cabal) han parecido útiles a muchas personas. El punto de vista
que se desarrolla en un adiestramiento ae esta índole no parece incompatible con
ninguna escuela o teoría terapéutica, y en cambio puede beneficiar a todas ellas en
profundidad y amplitud. El adiestramiento de la conciencia puede practicarse en forma
individual con un guestaltista experto como profesor: terapeuta, o estrictamente
autónoma, siguiendo el excelente programa de autoaprendizaje descrito en el libro
Gestalt therapy por Perls, Hefferline y Goodman. Sin embargo, según mi experiencia, la
situación grupal es con mucho el marco más eficaz para esta clase de desarrollo
personal. 22. La experiencia guestáltica creativa
Janie Rhyne

Las sesiones que se llevan a cabo bajo mi conducción constituyen experiencias con
propósitos terapéuticos, en las que los participantes crean mediante materiales
artísticos, pinturas y formas escultóricas, como una manera de tomar conciencia de sí
mismos y de su ambiente en un plano perceptual. Si bien se expresa en palabras lo que
se hace y cómo se lo hace, el acento principal está colocado en el nivel primitivo,
preverbal, de la experiencia inmediata.
Mi enfoque se basa en las formulaciones de terapia guestáltica de Perls. Mi formación
como «terapeuta creativa» (art therapist) comprende un programa de estudios
autoelaborado y en el que se combinaron el arte, la psicología y la antropología, a lo
cual debe añadirse mi participación en grupos de terapia guestáltica conducidos por
psicoterapeutas de esa orientación, y que abarcaron varios centenares de horas.
Mucha gente ha manifestado curiosidad por saber qué hacemos en las sesiones de
experiencia creativa. ¿Hacemos terapia? ¿Creamos formas artísticas? ¿Pasamos un rato
divertido? ¿Jugamos a diversos juegos? ¿Nos comportamos como los chicos o como los
idiotas?
Mi respuesta es que hacemos todas esas cosas a la vez. Nuestras actividades o productos
pueden parecer caóticos y carentes de sentido, pero se vinculan con el principio
filosófico según el cual el conocimiento más valedero es el que adquiere el individuo
por sí mismo en el plano perceptual.
La mayoría de los integrantes de los grupos creativos llevan una vida normal; más que
una terapia, lo que buscan es añadir a su vida ciertas dimensiones, como una mayor
conciencia de sí mismos, mayor goce, mayor espontaneidad.
Ofrezco una gran variedad de materiales artísticos (arcilla, pintura, cola, tizas) a una
gran variedad de personas (psiquiatras, enfermeras, trabajadores sociales, hippies, gente
de clase media de los suburbios), y les sugiero que trabajen con ellos tratando de
descubrir lo que sienten en su interior. También les pido que experimenten con sus
sentidos y sus pautas de movimiento para averiguar qué mensajes quieren transmitirse a
sí mismos, y que confíen en su propia conciencia interna de lo que quieren expresar, de
modo tal que puedan descubrir en sí mismos la/capacidad de crear su propio lenguaje
simbólico no verbal. Cada individuo discierne e interpreta a su modo las imágenes que
crea. Este proceso da origen a algunas formas artísticas hermosas y a otras horribles;
pero cuando se trabaja con miras al autodescubrimien- to la estética no tiene cabida.
Los juicios acerca de lo que está bien o está mal se dejan de lado considerándolos
irrelevantes, y su lugar lo ocupa la pregunta: «¿Qué estás tú descubriendo sobre ti
mismo?».
Mi tarea no consiste en analizar. Los participantes encuentran en las imágenes, y a veces
transmitiendo verbalmente sus exploraciones al grupo o a mí, sus propias respuestas.
Actúo como catalizadora y facilitadora, en respuesta a los movimientos,
representaciones y palabras. Si bien he aprendido ciertas técnicas para ayudar a la gente
a tomar contacto con las zonas ocultas de sí misma, mi mejor respuesta es de índole
intuitiva. Sé que lo mejor que puedo aportar a mi trabajo es un sentido de relacionalidad
entre el individuo con quien trabajo y yo misma. Cuando voy hacia él y siento junto con
él, suceden cosas buenas para ambos; cuando yo o él nos alienamos con respecto a
nosotros mismos, nada valedero ocurre para uno u otro.
La distribución de horarios de los grupos que dirijo varía tanto que, aunque quisiera, no
podría elaborar un programa o procedimiento único y emplearlo permanentemente.
Algunos solo pasan conmigo una tarde, otros un fin de semana, varias horas diarias
durante una o más semanas o bien un día a la semana durante varios meses. También son
muy variables los antecedentes, edades, motivaciones y maneras de encarar la vida de la
gente que concurre. Las diferencias que observo entre estas personas son para mí motivo
de continuo asombro; también lo es la profunda comunidad de intereses que surge
cuando esas diferencias no solo son aceptadas sino que se las acoge con beneplácito,
como un camino que se le ofrece a cada individuo de comprender más ampliamente la
gama infinita de variedad entre los seres humanos. Hay, sin embargo, personas que
vienen juntas a las reuniones a causa de un interés mutuo, y por ende traen consigo una
cierta identidad grupal. Por ejemplo, he trabajado con grupos de adolescentes negror, de
estudiantes universitarios provenientes de una escuela experimental, de psiquiatras
pertenecientes al cuerpo médico de un hospital universitario, de alumnas de la carrera
de auxiliar de psiquiatría, etc. Naturalmente, cada uno de estos grupos tiene una especie
de personalidad en- dogrupal propia, y poseen actitudes, formas de verbalización y
modalidades de expresión personal que influyen en mi relación con ellos y en los
programas concretos que les propongo. En la medida de lo posible, trato de captar el
sentir del grupo y escojo las técnicas que creo más eficaces para esa particular
constelación de individuos en ese momento. Me atengo a lo que siento como hechos
importantes en la relación entre los participantes, y confío en mi propia flexibilidad y en
la de ellos en lo que respecta a lo que se hace en cada sesión y cómo se lo hace. He
esbozado, empero, un «proceso patrón» que es, a mi juicio, una secuencia natural y
productiva de procedimientos de exploración de las áreas de conciencia perceptual
propias de cada sujeto. Las diversas partes de este patrón se desarrollan a medida que
tiene lugar el proceso de descubrimiento. Cuando hay tiempo, insisto para que la gente
emplee los materiales artísticos con el único objeto de descubrir qué pueden expresar
gráficamente en vez de hacerlo verbalmente, y cómo pueden expresarlo; cada cual
descubre su propio vocabulario de formas y colores. Luego, según el tiempo disponible,
se inicia el proceso de explorar-ex- perimentar-expresar, concentrándose en la manera
como se siente cada persona sola consigo misma. Se coloca el acento en la toma de
conciencia agramatical, pero esencial, de que «Este soy yo. Yo soy». En esta etapa hago
hincapié en que la gente se concentre en la identidad personal, desvinculada del
ambiente o de los demás. Propongo luego una progresión gradual de aprendizaje que
incluye la percepción de uno mismo en el espacio, en el tiempo, en la relación con otra
persona, en la relación con varias personas, y, por último, en el desplazamiento
intragrupal en distintos ambientes.
En el curso de este proceso, no solo permito sino que fomento activamente la regresión
y el repliegue circunstancial del individuo en sí mismo. Si el grupo tiene continuidad,
los participantes comienzan a crear su propio proceso, que se desenvuelve según
lincamientos peculiares. En tal caso, restrinjo mi papel directivo y actúo únicamente
como cata- lizadora y guía. A veces el grupo se vuelve, en lo fundamental, autónomo, y
sólo necesita de mí para que le proporcione materiales y ofrezca sugerencias de modo
de aplicar la experiencia creativa al logro de una mayor conciencia de lo que ocurre.
Esto es motivo de gran regocijo para mí; además de las numerosas enseñanzas que
recojo, me siento entonces en libertad para convertirme yo misma en una participante
más, ampliando mi experiencia junto con el grupo.
Relataré a continuación once experiencias de arte que ejemplifican el proceso descrito.
El lector puede llevar a cabo su propia experiencia practicando cualquiera de los
procedimientos que se sugieren o todos ellos. Ya sea que se los ponga en práctica o no,
ofrecen una muestra del tipo de experiencias que este enfoque hace posibles.

Sugerencias para que desarrolles tu vocabulario personal de la visión, el sonido y el


movimiento
Coloca frente a ti hojas de papel de diversos tamaños y formas. Si estás en un estudio o
taller, reúne varios tipos de tizas, crayones, lápices, pincéles y pinturas, de los que
puedas disponer a tu antojo. El taller debe ser amplio y estar suficientemente aislado
como para que puedas moverte en él libremente y hacer todo el ruido que quieras.
Comienza, entonces, a descubrir por ti mismo tu vocabulario personal para expresarte
por medios no verbales.
Las tizas de brillantes colores son secas y ásperas al tacto. Se acomodan a tu mano, y
puedes trazar con ellas gruesas líneas y formas.
Los crayones de parafina son más duros y pequeños. Permiten trazar líneas y formas
tersas y pulidas, netas y bien definidas.
Los crayones al óleo son suaves y delicados. Pueden mezclarse en ricos tonos que se
funden entre sí.
Los marcadores contienen colores lavables. Es posible dibujar con ellos líneas fluidas y
llenar espacios en forma clara y transparente.
Con las pinturas puedes hacer casi todo lo que se te ocurra; pero exigen más habilidad y
tiempo; te conviene, pues, saber algo acerca de tu manera personal de expresarse con la
forma y el color antes de empe zar a usarlas.
No te pongas a meditar acerca de lo que vas a intentar hacer: comienza simplemente
por lo que tewgas ganas de hacer. Elige un color cualquiera y deslízalo sobre el
papel ... garabatea, borronea, entrégate a tu intento. Haz líneas alegres, líneas tiernas,
líneas airadas. Llena formas que expresen alguno de tus sentimientos. Prueba con
diferentes colo-res y con variada combinación de formas. Identifica aquellas que ten-
can un significado personal para ti. Repite estas últimas en otras hojas de papel, sin
ponerte a analizar o interpretar cuál es ese significado.
, Toma conciencia, simplemente, de lo que sientes cuando las dibujas. Estás
aprendiendo por ti mismo tu propio lenguaje visual; al crear tu modo individual de
expresión, descubres los mensajes que te envías a ti mismo. .
A medida que dibujas, comienza a hacer ruidos que expresen aparente- ,nenie esas
formas. No utilices palabras: solo sonidos, y solo aquellos sonidos que te surjan
espontáneamente. No dejes de dibujar; deja que los sonidos fluyan con tus trazos.
Estás sincronizando tus ritmos visuales con los vocales. Luego, para de dibujar y
empieza a mover el cuerpo como se te antoje hacerlo, expresando lo que has dibujado
y los sonidos que continúas produciendo. Levántate y baila; acuéstate y rueda por el
piso; siéntate y bamboléate, arrastrate, patea, meneate, contorsiónate, salta ... haz
cualquier movimiento que creas que transmite lo que sientes. Tus movimientos
forman parte de tu lenguaje sensorial particular, y los sonidos que emites son tu
propia manera de decirte algo
a ti mismo sin palabras. . .
Estás comunicándote ahora de manera no verbal, con formas visuales, sonidos y
movimientos, enviando y recibiendo mensajes. Estas haciendo uso de tu vocabulario
preverbal personal.
Mi lenguaje no verbal cambia a medida que yo cambio, y lo descubro a medida que lo
uso. Para mí, el rojo fuerte es ruidoso, mientras que el púrpura es levemente
plañidero. El celeste susurra, el negro es silencioso. El amarillo v el naranja vienen
hacia mí, el malva se aleja de mí y los verdes se quedan en su sitio. Una línea que va
rápidamente desde el borde inferior de la hoja hacia arriba contiene una inflexión
ascendente; si va más allá de !a hoja y se pierde en el espacio, hace «ju-u-u- u-up*.
Una franja ancha y recta que cruza horizontalmente la hoja de lado a lado emite un
suave murmullo; una curva en espiral canta una cadencia rítmica; una sucesión de
pequeñas rayas y formas quebradas parlotean; un círculo perfecto y una esfera intacta
dicen algo así como «om»; una línea gruesa descendente emite un pesado lamento.
Tales son algunas de las maneras personales, subjetivas, en que yo percibo
simultáneamente las formas visuales, sonidos y movimiento. Cuando dibujo o pinto,
vuelco cierta parte de mi sí-mismo sensible al proceso de descubrir de qué modo
comunico aquello de lo cual soy consciente en mí mismo. Al hacer ruidos diversos,
oigo cómo suenan mis sensaciones; al moverme y tomar conciencia del modo en que
lo hago, me estoy sintiendo a mí mismo como instrumento para expre-
También tú posees un lenguaje preverbal, tan peculiar de tu sí-mismo personal como
lo es el mío; ambos hemos creado un vocabulario propio, basado en nuestra manera
individual de experimentar y percibir. De ordinario, no somos conscientes del empleo
de este tipo de lenguaje en nuestra comunicación con los demás. Habitualmente, para
transmitir nuestro pensamiento a otras personas, confiamos en el contenido de las
palabras. Incluso hablamos con nosotros mismos en palabras, ya va en voz ilta o en el
plano subvocal. dialnpjmos con nosotros mismos.
SI trrCAI ctiA* i«» . por lo (¡incral conscientes de que
nuestros lenguajes silenciosos están expresando lo que realmente sentimos: tu caligrafía
señala cómo te sientes, tus garabatos son una manera de decir algo, el tono de tu voz
transmite mensajes que trascienden el contenido de tus oraciones estructuradas —y son
a veces muy distintos de estas—, tus gestos y movimientos corporales comunican tus
emociones.
Cada uno de nosotros utiliza un lenguaje silencioso, pero usualmente sin tener
conciencia de que emite y recibe comunicaciones que nada tienen que ver con las
palabras. Ahora bien: en esta particular experiencia creativa, sí tomas conciencia de lo
que expresas, de cuál es tu manera de ser, en ese preciso momento, dentro del grupo.
Todos se muestran sus respectivos dibujos, escuchan los sonidos de los demás y miran
sus movimientos. La conciencia que tienes de ti mismo y de los otros es más profum* i
y explícita cuando a tu capacidad verbal para decir lo que piensas le sumas la capacidad
natural de percibir y expresar tu forma de ser con tu sí-mismo total.

La modelación de ti mismo con arcilla


Doce personas se sientan en el suelo formando un amplio círculo; cada una de ellas está
separada de las demás pero puede verlas a todas. Toma en tus manos una masa de
arcilla. Siente en tus dedos y en la palma de tus manos esa masa de barro y agua, fría,
húmeda y blanda. Siente el peso de la arcilla en tus manos, brazos y hombros. Pásala de
una mano a otra, percibiendo la impresión que produce, balanceándola, haciéndola girar
a tu antojo. Tírala al aire y vuélvela a tomar. Explora con tus manos de qué manera
modelarla, modificando su superficie, su textura y su forma. Puedes apretarla, estrujarla,
retorcerla, estirarla, romperla, sacarle algún pedazo, plegarla sobre sí misma, alisarla,
arañarla, acariciarla ... haz con ella todas esas cosas y toma conciencia de lo que
sientes.
Cierra ahora los ojos y, deteniéndote en tus sensaciones, imagina que estás soñando: vas
a jugar contigo mismo imaginando que esta masa de arcilla eres tú. Según lo que hagas
contigo, te modelarás a ti mismo. Haz lo que te plazca, y siente qué es lo que te place
hacer. No intentes concebir ninguna representación ni de formarte una imagen de ti
mismo. Deja que la forma o ausencia de forma surja o no a medida que tomas nota de
tus movimientos con relación a la arcilla.
Tus manos se deslizarán por la arcilla y le irán dando forma y textura. Toma conciencia
de las formas y características táctiles de la arcilla tal como las sientes en relación
contigo y con lo que haces contigo mismo 'a lo largo de tu vida. Si en el curso de este
proceso surge una forma determinada y reconoces que ella tiene un significado personal
para ti, deja que se desarrolle a su arbitrio, déjala que cambie si te sientes bien con el
cambio. Cuando algo se te revele y te entusiasme, acoge ese entusiasmo y crea la forma
que sientas tuya.
En este punto, abre los ojos: tienes ante ti la forma que has creado. Toma conciencia de
tu identidad con ella y del grado en que puedes ac tar que la arcilla te está expresando a
ti. Mientras observas tu fi* gura de arcilla, relaja los ojos, para que puedan recibir tu
imagen y tu percepción de tí mismo. Luego relaja el resto del cuerpo. Acuéstate en el
suelo en una posición cómoda y echa a volar tu fantasía. Durante unos minutos, imagina
que no hay en el mundo nadie más que tu.
¿Qué eres tú? ¿Acaso un ser simple y monolítico? No: eres una estructura compleja, un
todo compuesto de muchas partes. Hay dentro de ti mismo un continuo movimiento
físico, emocional y espiritual. Cada una de las partes que te integran sufre el influjo de
las restantes; tu mente es inseparable de tu cuerpo y de tu alma. Tu respiración influye
en tus sentimientos, tus ideas afectan tu respiración; cuando sientes miedo, te pones en
tensión, y la tensión no te deja sentir. .. Cuando no confías en tus sentidos, piensas
tanto que no logras llegar a saber nada que tenga sentido. Estás conformado por todas
estas pautas complejas e interrelacionadas; pero eres, asimismo, una totalidad, que
funciona como figura con el mundo como fondo. Eres una constelación dentro de una
galaxia. Lo que tú eres basta para causarte vértigo. Deja que el vértigo te invada. No
analices ni pienses más: permítete a ti mismo sentir y aceptar tu ser tal como es ...
permítete fluir contigo mismo hacia donde te lleven tus fantasías.
Puedes irte muy lejos, aislarte en tu mundo privado... sea donde fuere. Cuando llegue el
momento, retorna al mundo del aquí y ahora. Reintégrate al grupo. Abre los ojos y mira
a quienes te rodean. Toma conciencia de cada una de esas personas y recibe de cada una
lo que puedas recibir.
Si lo deseas, relátales la experiencia que has tenido al crear tu propia imagen, pero
debes saber que nunca podrás describirla con palabras en su totalidad. En el mejor de
los casos, podrás suministrar una síntesis. A veces, sin embargo, si te sientes
profundamente conmovido por
lo que has hecho, tus palabras, el tono de tu voz, quizá tu risa o tu llanto, lo dirán todo.
Si ello no ocurre, y te sientes frustrado por no poder transmitir tu experiencia, recuerda
que lo importante es que sepas lo que te dices a ti mismo —que admiras y aceptes como
propio todo lo que has hecho.

Tu sí-mismo y tu ambiente
Entre las hojas de papel de diverso tamaño, forma y color de que te has provisto, elige
una a la que puedas imaginar como representativa de lo que sientes en este momento en
tu ambiente personal. Elige también algún material para dibujar: lápiz, crayón, tiza,
pintura o incluso un trapo embebido en tinta que puedas manejar con la mano. Siéntate
en un lugar donde no te distraiga lo que hacen los demás n¡ los ruidos. Concéntrate
durante un rato en la hoja en blanco, y toma conciencia de que la has escogido como
símbolo de tu ambiente personal. ¿Es grande o pequeña, cuadrada o rectangular, áspera
o suave al tacto, de color claro u oscuro? Reflexiona sobre la elección que has hecho y
el significado que pueda tener para ti: haz lo propio con el elemento seleccionando para
dibujar. Tómate tiempo, y deja vagar en libertad a tu imaginación, en una tranquila
toma de conciencia.
Cuando creas haber escogido los medios y el espacio correctos, comienza, con toda
calma, por hacei una marca en el papel, y considera su ubicación como representativa
del lugar que ocupas en tu ambiente en este preciso instante. ¿Está en un rincón? ¿En el
medio de la hoja? ¿Abajo? ¿Arriba? ¿Hacia un costado? Imagina luego que esa marca es
el centro de ti mismo, y aumenta poco a poco su tamaño, en una forma que se asemeje a
la vida que llevas a partir de tu centro y en relación con los límites del ambiente que has
escogido.
¿Te reduces a algo pequeño y simple, o abarcas toda la hoja? ¿Es la superficie cubierta
excesivamente amplia, o te sientes confinado en ella y con muy poco espacio para ser tú
mismo? ¿Qué sientes al aumentar de tamaño dentro de tu ambiente? ¿Te mantienes
cerca de tu centro, o lo dejas aislado mientras vagabundeas por la página?
Permanece en tu toma de conciencia de lo que haces y cómo lo haces, sin emitir juicios
ni dar explicaciones, ni siquiera a ti mismo. Descubre meramente, por ti solo, cómo
sientes que eres en tu ambiente actual. No trates de cambiar nada. Conoce solamente en
qué lugar te encuentras en este momento con respecto a tu percepción de la experiencia
que tienes de ti mismo como una figura contra un fondo.

Tu tiempo vital
Para este experimento necesitarás cuatro rollos de papel de diverso ancho —15 cm, 30
cm, 1 m y 1,5 m— y de un centenar de metros de longitud. Como desenrollar ese papel
y dibujar sobre él te llevaría muchas horas —días, tal vez—, quisiera que imagines que
la longitud del papel representa el infinito.
Elige uno de los cuatro rollos, y corta de él una tira tan larga como te sientas dispuesto
a utilizar; pero, antes de hacerlo, medita unos minutos. Ponte cómodo, cierra los ojos, y
toma conocimiento de tu propio concepto del tiempo en relación contigo mismo. Si
puedes, una vez que has captado cuál es tu concepción intelectual y abstracta del
tiempo, libérate de esas ideas filosóficas: dedícate a percibir el tiempo tal cual lo vives.
En sí mismo, el tiempo no tiene comienzo ni fin; tal vez se curve, se repita, avance y
retroceda, o se quede inmóvil. Yo no sé qué es lo que «eso» hace... ni creo que tú lo
sepas. De modo que, por ahora, olvídate de «eso».
Todos somos conscientes de nuestro tiempo vital. Yo, en cuanto proceso, en cuanto
continuo de conciencia, conozco el tiempo como el tiempo de mi vida-, transcurrir, ser,
irse. Mientras vivo en mi propio tiempo, estoy envuelto en la conciencia del pasado-
presente-futuro. Deja que tu fantasía recorra esas regiones. Vaga por tu pasado, presente
y futuro, y percibe el espacio que cada cual ocupa en tu vivir y en tu ser. No procures
comprender, juzgar o categorizar tu sentido del tiempo. Descubre simplemente por ti
mismo cómo vives en tu tiempo.
Toma luego una tira cuyo ancho te parezca adecuado para dibujar y desenrolla la
cantidad que desees, cortando una longitud de tiempo- espacio que represente tu sí-
mismo espaciotemporal. Emplea cualquier medio y la combinación de técnicas que
gustes. Comienza en cualquier sitio y desplázate en cualquier dirección. Divide el
espacio en zonas temporales a tu arbitrio. .. o no lo dividas en absoluto, si es así como
concibes tu manera de vivir el tiempo.
En esta experiencia, no debes atenerte a regla alguna para expresar cómo vives en el
tiempo. Descubre cómo vives tu tiempo vital: eso es todo lo que hace falta, aquí y
ahora.
Al describir al grupo cómo eres en tu tiempo vital, haz referencia concreta a tus
dibujos. Emplea tu trabajo creativo como puente que te sírva para comunicar, a ti
mismo y a los demás, la conciencia que tienes de ti en tu tiempo vital: algo que conoces
en el plano de la percepción pero que no puedes expresar en palabras.

Tu sí-mismo y un prójimo en el espacio

Siéntate frente a otra persona y coloca en el medio una hoja de papel en blanco de gran
tamaño y un cesto con tizas grandes de muchos colores. Mírense ambos directamente
durante un lapso, hasta que sientan que están en contacto mutuo, que cada uno conoce
al otro en cierto plano. Miren luego el papel que tienen delante; tomen conciencia de
sus dimensiones espaciales y admitan que ese espacio les pertenece a ambos: esa hoja
representa ahora un ambiente en el que están juntos. Ambos dibujarán al mismo tiempo
sobre la hoja, descubriendo mientras lo hacen lo que sienten al compartir con el otro la
relación dentro de ese espacio. Con líneas, formas y colores pueden comunicarse de
muchas maneras; sin necesidad de recurrir a las palabras, podrás exigir a tu compañero
que te otorgue un espacio para estar solo, o empujarlo hacia un rincón; podrán
compartir ciertas zonas de la hoja, acercarse o alejarse uno de otro, reforzar, eliminar o
tapar lo que hace el otro, cooperar con él, oponérsele, dirigirlo o seguirlo. Las
posibilidades de una interacción no verbal son ilimitadas.
Cuando ambos sientan que la comunicación gráfica ha terminado, dialoguen un rato
acerca de la claridad de los mensajes emitidos y recibidos. Luego cambia de compañero
y repite el proceso.
Lo que has hecho es representar gráficamente, en un nivel muy simple y primitivo, tu
percepción de la territorialidad y de la manera como esta afecta tu relación con otra
persona y es afectada por ella.

Un prójimo que es también lo que eres tú


i

Toma en tus manos una buena masa de arcilla y deja que tus manos se muevan un rato
sobre ella, expresando lo que sientes; no te afanes por explicitar (o explicitarte a ti
mismo) lo que tus manos hacen. Cierra los ojos y dirige poco a poco tu conciencia
hacia alguna persona con la que te unan profundos lazos emocionales, alguien que
ocupe un lugar primordial en tu forma de responder ante la vida. Esa persona puede
hallarse a millas de distancia; quizá no hayas tenido contacto con ella durante muchos
años; tal vez esté muerta o exista solo en tu fantasía. Concéntrate en alguien que esté
tan mezclado con tus aspectos emocionales que no sepas, sobre una base racional y
consciente, qué parte tuya es esa persona, ni siquiera si la percibes, en alguna medida,
como algo distinto de ti.
* Por medio de la arcilla, descubre y explícita para tu gobierno la imagen que puedes
crear de esa persona tal como la percibes. Toma conciencia del grado en que esas
imágenes son tuyas. ¿Qué proporción de tu energía emocional está invertida en esa
persona? ¿Sabes, a partir de la experiencia, quién es ella como algo distinto de ti?
¿Puedes separar el ser de ella de tu propio ser? ¿Eres tú esa persona, también? ¿Acaso
estás creando una imagen de una parte rechazada de ti mismo?
Explora y descubre tu conciencia a medida que trabajas la arcilla. Formúlate los
interrogantes que te parezcan importantes en este ámbito y halla tus propias
respuestas.

Prestar atención a otra persona


Escoge dentro del grupo a una persona que no conozcas muy bien, y que a su vez te
elija a ti en mutuo acuerdo. Tal vez te interese esa persona y tengas curiosidad por
saber algo más de ella: tal vez te resulte antipática, o te parezca tan extraña que juzgas
imposible toda comunicación con ella.
Cada una toma unos puñados de arcilla y una tabla para trabajar. Se sientan en el suelo
dándose la espalda, y colocan la masa de arcilla delante sin tocarla durante un rato. En
ese lapso, procuran establecer el mayor contacto mutuo por medio de la espalda,
hombros, cabeza y brazos, sin hablar ni mirarse, simplemente tocándose y
moviéndose. Inclínense uno sobre el otro, empújense con el cuerpo hacia atrás y hacia
adelante, percibiendo qué movimientos son comunes a ambos y cuáles no. Pon máxima
atención en percibir a la otra persona como tú sientes que es.
Cuando estén en condiciones de comunicarse que han llegado a cierto reconocimiento
del otro, tomen la arcilla y modelen una figura representativa de las impresiones
provenientes de ese único tipo de contacto con el compañero. Cuando hayan terminado
sus respectivas imágenes, dense vuelta y, colocándolas entre ambos, conversen un rato
en calma acerca del modo como describieron sus reacciones al confeccionarlas. Tomen
luego una hoja de papel y elementos de dibujo, y sentándose otra vez frente a frente,
sin tocarse pero suficientemente cerca como para tener pleno contacto visual,
obsérvense mutuamente; utilizando los ojos como únicos emisores y receptores de
mensajes, traten de averiguar/todo lo posible uno del otro. Mantengan esta relación no
verbal todo el tiempo que quieran, permaneciendo en contacto mutuo hasta sentir que
están realmente juntos. A continuación, hagan un retrato del compañero tal como lo
han conocido a través de sus ojos. Puede ser un retrato figurativo o una representación
abstracta o simbólica, según los deseos o posibilidades de cada cual. Nuevamente,
mantengan al terminar un diálogo breve y tranquilo, sin entrar en interpretaciones o
explicaciones detalladas.
Luego, prueben de conocerse por medio de las manos. Unan sus manos, explórenlas y
muévanlas juntas en la forma que les parezca natural hacerlo. Cada uno debe tratar de
tomar conciencia de sus sentimientos, deseos y resistencias, al mismo tiempo que se
concentra en lo que el compañero le transmite con sus manos. Cuando crean Pegado el
momento de interrumpir el contacto, dibujen la experiencia que han tenido del
compañero a través de sus manos y la que este ha tenido de uno.
Empleando como referencia los tres dibujos, conversen entre sí en la forma que gusten:
recurriendo a las palabras, al tacto, al dibujo, al movimiento o tal vez al silencio.
Permanezcan en esa comunión tanto como puedan o quieran hacerlo.
Si ambos están de acuerdo y los restantes integrantes del grupo 10 aceptan, diríjanse en
pareja a ellos y presente cada cual al otro. Si hay tiempo para cPc, cambien de paicja y
repitan la misma secuencia con otra persona, tomando conciencia en cada caso de las
reacciones que el otro suscita en uno mismo. En particular, tomen conciencia del grado
en que son capaces de conocer a otro ser humano, único en sí mismo, distinto y
separado de uno, pero que está a la vez con uno al prestarse mutua y concentrada
atención y responder a ella.

La creación de un mundo que es uno mismo

En esta experiencia, se emplea el collage y el assemblage como técnicas creativas que


permiten al sujeto reunir todo tipo de materiales en una forma que ha de reconocer como
propia. Puede emplearse papel, madera, alambre, hojas de un árbol, guijarros... todo lo
que uno encuentre y quiera utilizar, y que le esté diciendo: «Este es mi mundo, un
mundo hecho por mí y para mí con todo lo que se me antoja usar». La técnica más
sencilla consiste en pegar papel sobre papel, con goma o engrudo, disponiéndolos de
manera de obtener variedad de colores, formas y superficies. Pueden utilizarse papeles
de color, opacos o semitransparentes; trozos cortados o arrancados de diarios, revistas o
catálogos de papeles para revestimiento de paredes; cartulina o pedazos de cajas de
cartón. A partir de un collage bidimensional, puede pasarse a un assemblage
tridimensional. Puede comenzarse, asimismo, con una estructura que sea una forma
escultórica autónoma o un móvil que pueda colgarse del techo con un alambre.
Recorre durante un rato el taller y, en lo posible, sus alrededores viendo de qué
materiales y objetos puedes disponer y tomando conciencia de tu identificación personal
con ellos. No es preciso que te des explicaciones o qu** expliques a los demás por qué
prefieres esto y no aquello: elige lo que deseas y úsalo como desees hacerlo.
Puede ocurrir que quieras mostrar tu mundo personal a otra persona y que esta te
muestre el propio, para luego exponerlos ambos ante el grupo en su totalidad. También
puede ocurrir que no quieras hacerlo. Lo importante es que veas tu propio mundo y
admitas: «Estructuré este mundo con materiales escogidos por mí; dentro de los límites
de mis posibilidades. «Mimo la responsabilidad de crear mi mundo personal».
La aceptación y rechazo de lo que se nos ofrece
En realidad, ni yo ni tú somos completamente libres de elegir lo que ha de pertenecer a
nuestros respectivos mundos personales; la experiencia nos dice que nos vemos
obligados constantemente a aceptar o rechazar lo que nos ofrecen los demás. Cada cual
crea su guestalt individual asimilai. ' ucilÜ que puede convertir en una parte funcional
de su estructura.
La siguiente experiencia creativa te permitirá tomar conciencia de lo que sientes y
haces cuando dejas que los demás obren sobre ti como ellos quieran.
En esta sesión, los participantes deben sentarse en un pequeño círculo y tener a mano
una hoja de papel y varios marcadores, de diversos colores. Cada uno debe iniciar en
su hoja un dibujo que describa gráf: camente algo importante para él; a una señal
determinada, pasará la hoja a la persona sentada a su izquierda, al par que recibe la que
le entrega la persona de su derecha. Al recibir el nuevo dibujo, debe ver qué
significado tiene para él, y trabajar luego como si se tratara de un dibujo propio,
añadiéndole cosas o modificándolo a su arbitrio. A una nueva señal, se pasa el dibujo
al compañero de la izquierda y se toma el de la derecha, y así se continúa hasta que
cada cual haya recibido el dibujo iniciado originalmente por él.
En tales circunstancias, es posible que no lo reconozca con facilidad. Lo que puso
sobre el papel fue modificado por todos los demás; quizás hasta haya quedado tapado
el dibujo primitivo. Pese a ello, cada cual debe observar lo que tiene delante de sus
ojos y tomar conciencia de lo que siente al ver la expresión ajena superpuesta a la
propia.
¿Queda algo tuyo en ese dibujo colectivo? ¿Hay acaso algo que, pese a no ser tuyo, te
gustaría conservar? ¿Te atrae la idea de eliminar ciertas zonas? ¿Qué desearías hacer
con ese esquema que ahora tienes entre las manos? ¿Qué harías con él apelando a
materiales artísticos? Toma nota de tus sentimientos e inicia alguna actividad que los
exprese.

Creando un mundo en común


Siéntense en torno de un gran círculo de papel, que va a ser propiedad de todos.
Coloquen encima de él una pila de materiales diversos: papeles de eolores de toda
forma, pedazos de cuerda, paja, bolitas, trozos de madera y de espuma de goma.
Imaginen que el círculo constituye un espacio en el que ustedes, como grupo, pueden
crear un mundo, y que entre los materiales disponibles puedenr escoger los que gusten
para crear una guestalr, una figura que se destaque contra el fondo del mundo de
ustedes —el mundo creado aquí y ahora entre todos— y se vincule con él.
Cada uno debe tomar de la pila los materiales que desee que lo representen a él en ese
mundo. Los extraerá del montón y los reclamará como propios. Una vez que todos lo
hayan hecho, el grupo decidirá en conjunto qué destino dar a los materiales sobrantes
en el mundo, que nadie quiere utilizar por el momento.
Se necesitarán tijeras, crayones y cola; con estos elementos y los materiales elegidos,
cada participante hará un collage en el círculo que represente sus interrelaciones y la
manera como percibe su ser dentro de un ambiente circunscrito. Hablen entre sí
mientras trabajan, expresen con diversos sonidos sus reacciones, desplácense en torno
del círculo del mundo, pero no dejen de tomar parte activa en su creación a menos que
se sientan inclinados a no participar en dicha actividad; quien se encuentre en tales
condiciones, debe abandonar la habitación. No existen reglas en cuanto al tipo de
mundo que ha de crearse ni en cuanto a la forma de desplazarse en él, excepto las que
surjan en el propio proceso del trabajo en común —comunión que debe ser lo más
intensa posible—. Cada individuo debe permanecer consciente del papel personal que
cumple, y sentir en qué medida lo que hace en ese momento es también lo que hace en
su vida real.
El juego imaginario en el que todos participan hará concreta y explícita su aceptación de
sí mismo como creador activo del mundo cuyo proceso comparte con muchos otros —lo
que cada cual es y hace en un ambiente que nada es por sí solo—. Con nuestra aptitud
para la toma de conciencia y nuestra capacidad de acción, construimos un mundo propio
a partir de los materiales de que disponemos.
Las representaciones que hacemos de las percepciones propias vinculadas con nu^tra
manera de ser en el mundo que nos es propio constituyen «imágenes» cuando las
plasmamos mediante materiales artísticos. Este conjunto de imágenes puede convertirse
en un modo de explorar, experimentar y expresar —en primera persona del singular y en
tiempo presente— lo que no es «imaginado»: la realidad de cada cual.
Movimiento común
Para esta experiencia creativa, el elemento esencial es la disposición de todos a
abandonar la compostura y dejar que suceda lo que sucediere. •
También se necesita amplio espacio para desplazarse y una superficie dura y rugosa
sobre la cual se pueda dibujar. Una cancha de tenis con piso de baldosa sirve a la
perfección; pero una acera ancha puede bastar. Téngase a mano varias cajas de tizas
grandes y gruesas, de colores brillantes. Los participantes deben vestirse con prendas
viejas y estar descalzos. Como al término de la experiencia quedarán muy sucios,
conviene contar con agua caliente y jabón.
Se toman tizas en la mano y se comienza a dibujar sobre la dura superficie; el individuo
debe moverse a medida que dibuja y dibujar a medida que se mueve. Hay que trazar
líneas y superficies grandes y dinámicas, moviéndose y dibujando en común, y
dibujando luego sobre la ropa de los demás. Celébrese con alegría el hecho de estar
vivos J juntos al par que cada uno es él mismo.
23. La ira y la mecedora
Janct Lederman

Estoy sentada en la mecedora y los miro.


Niños con músculos tensos y cuerpos rígidos,
que fruncen el entrecejo y aprietan los puños.
Veo la ira en ustedes.
Estoy sentada en la mecedora.
Soy franca, flexible, dinámica,
fuerte.
Les brindo apoyo y los hago sentir cómodos.
Pueden recurrir a mí.
Estoy sentada en la mecedora.

Les está permitido gritar delante de esta mecedora, o patearla. Muy pronto, algunos de
ustedes me habrán de gritar o patear, morder o golpear. Yo les daré una zurra, y hasta
puede que me trabe en lucha con alguno. ¡Ah, pequeño, te defenderás con todas tus
fuerzas! Lucharás con cada uno de los átomos de ira que posees, y yo lucharé contra ti.
Se ro;arán nuestros cuerpos. Sentirás mi fuerza. Palparás mi deseo de palpar tu ira. Tu
realidad no me asusta. Tratarás de escapar. Tal vez deba incluso sentarme encima tuyo,
y entonces comenzarán a fluir tus lágrimas... el «valentón» se disuelve y aparece el
niño. Tus tensos músculos empiezan a relajarse; tus sollozos se apagan poco a poco.
Me levanto. He dejado de aplastarte contra el suelo. Si quieres irte ahora, no te
detendré. Pero no te vas. Te quedas quieto junto a mí. —¿Qué hiciste antes, Mark?
—La mordí.
—¿Qué hice yo cuanto tú me mordiste?
—Me dio una zurra.
Tomo tu mano. Tú dejas que lo haga, no la apartas. Vamos juntos hasta la mecedora. Te
sientas en mi falda. Hablamos. Te abrazas contra mí. Yo te acaricio. Me gustas. Eres un
niño. Yo soy una persona adulta. Te doy mi pañuelo para que seques el sudor de tu
rostro.
¿Qué quieres hacer ahora, Mark?
—No sé. _ •
Tengo una idea. Veamos si te gusta. —Ahora te has quedado muy
quieto —. Podrías sentarte en la mecedora y hamacarte un rato.
Nos levantamos. Tú trepas a la mecedora, te llevas el pulgar a la boca y te hamacas.
Un aula de tamaño normal.
Mesas y sillas desparramadas.
Mesas solas contra una pared.
—Tal vez quieras estar solo un rato.
Alfombrillas para sentarse o acostarse en el suelo.
Rincones para dejar los zapatos.
Mi mecedora.
Juegos, rompecabezas, discos, herramientas, cubos,
maderas,
camiones,
caballetes y pintura. .

El primer día de clase las paredes están vacías.


Aquí tienen una carpeta con hojas.
Pueden dibujar si así lo desean.
Luego, cuelguen sus dibujos en la pared que espera.
He ahí el nombre de cada uno para que todos lo vean.
Ustedes existen para mí, pero,
¿cómo existen para sí mismos?

Dices: —Le daré una buena y sabrá quién soy.


Ira.
Ira, eso es real para ti.
Pero la ira no se acepta en la escuela, por lo general.
Te haces el «valiente».
Te haces el «desvalido».
Dices:
—No quiero.
—No puedo.
—Usted no puede obligarme.
—Usted no es mi mamá.

Steven, llegaste una hora tarde.


Norma, no quieres decir una sola palabra.
Tú respondes a «la escuela».
Tú respondes a «la clase».
Tú respondes a «la maestra».
—No quiero.
—No puedo.

Cada uno de ustedes tiene sus propias expectativas, cada uno su propia imagen. Cada
uno trata de ev tarlo queestá pasando «ahora».
Tú, Reggie, abres bruscamente la puerta, irrumpes en la clase y
miras
t tu ílrcd«d.»r vj> hjcu S t e v e n y lo golpeas.—¿Qué haces, Reggie?
—Nada.
—¿Qué acabas de hacerle a Steven?
—Me estaba mirando.
—¿Qué le hiciste a Steven?
—Steven es un nene.
-r-¿Qué le hiciste a Steven?
— Lo golpeé. (Esbozas una sonrisa.)
—Así es. Ahora, dilo con una oración que comience con la palabra «Yo*.
— Yo lo golpeé a Steven. (Te sonríes francamente.)
Te he mostrado qué es el «ahora», Reggie. También estoy haciéndote tomar conciencia.
Estoy tratando de que te des cuenta de lo que tú haces. Estoy tratand de que seas
consciente de tu existencia. Insistiré en ello, pues tú no aceptarás fácilmente esa toma
de conciencia.
—¿Qué estás haciendo ahora, Reggie?
—Estoy golpeándola a Norma.
—Estoy gritándole a usted.
—Estoy aprendiendo a escribir.
—Estoy abrazándola.
Reggie, trataré de que tomes conciencia de tu existencia cada vez que escribes un
cuento o pintas una figura. Trataré de que tomes conciencia de tu existencia haciendo
que te mires en un espejo. Y tengo lista, Reggie, una cámara Polaroid para cuando hagas
algo que creías imposible.
—¿Qué estás haciendo ahora, Reggie?
—Serruchando un trozo de madera para mi bote.
—¿Quién está serruchando la madera?
—Yo estoy serruchando un trozo de madera para mi bote.
—¿Cómo te comportas mientras trabajas?
—Tranquilo, sin molestar a nadie.
—¿Quién está trabajando tranquilo y sin molestar a nadie?
—Yo estoy trabajando tranquilo y sin molestar a nadie.
—Toma un caramelo, Reggie.

Juegos y rompecabezas,
muñecas y camiones desparramados por el cuarto.
Lápices en el suelo... manchas de pintura.
—Quiero escribir. No encuentro ni un solo lápiz maldito.
—Quiero pintar. No encuentro ni un solo maldito pincel.
—Déme un lápiz.
—Búsqueme un pincel.
—Compre nuevos rompecabezas.
—Trapga nuevos camiones.
—Cómpreme...
—Traiga...
—Váyase al diablo. . . Este cuarto es una porquería.
—Voy a sacar una pelota de otra clase.

Yo no estoy aquí para recoger lo que ustedes tiran. No estoy aquí para cuidar sus
herramientas ni los juegos con que juegan. Si recojo sus cosas, no sufrirán la frustración
de encontrarse con partes faltantes y coi juguetes rotos. Si cuido sus cosas, no tendrán
modo de descubrir cómo cuidarlas ustedes. No haré por ustedes nada que sean capaces
de hacer por sí mismos.
Nos reunimos en la mecedora. Desde allí, se encuentran con los juguetes, los juegos y
los equipos. Se encuentran con el aula. Exploran y descubren nuevas formas de
responder ante la escuela.
Luego de varias frustraciones y de trabajar un tiempo juntos, comienzan a decir:
—Ahora voy a limpiar el aula.
—No dejes que Troy agarre esos juegos... él rompe todo.
Niños: ustedes viven en un mundo caótico. El mundo personal de cada uno puede
trascender el caos propio. El primer paso en este proceso consiste en que palpen su
caos. Deben palpar su caos; deben vivir totalmente sus experiencias caóticas en la clase.
No deben evitar tales experiencias. ¡Con cuanta frecuencia la dirección de la escuela
prohíbe ese contacto! Aquí y ahora, son libres; son libres de entrar en contacto con el
caos propio. .

—Ordenen el aula.
Muebles que se desplazan,
mesas que se arrastran y se empujan,
sillas que se corren de lugar.
El ruido aumenta.
Yo observo.
Movimientos casuales.
Pasa una hora... no hay órdenes ni directivas.
Movimientos casuales.
El movimiento cesa poco a poco.
Los muebles siguen en caótico desorden.
Ustedes caminan, se mueven, sin rumbo fijo.
No hay directivas.
No hay órdenes.
Ahora evitan tocar los muebles. •
Ahora evitan mirarse entre sí.
Contactos casuales.
Ruido.
—Esta aula parece muda.
— No quiero estar más aquí.
El aula está en silencio.
Niños, ustedes comienzan a mirarme.
Están empezando a palpar su inmovilidad.
Están empezando a palpar su necesidad de ayuda.
Espero.
No les responderé hasta que no soliciten mi ayuda en
forma manifiesta.

Muy pronto, alguien dice:


— No sé qué hacer.
—¿Dónde puedo poner esta mesa?
Sugiero que pongan cuatro mesas en el centro del aula.
Ustedes quieren ayuda. .. aceptan ayuda.
El movimiento toma un rumbo.
pn su accionar, descubren que tienen ideas propias. A medida que avanza el semestre,
aprenden a sugerir cambios periódicamente. Prueban de ordenar las cosas de diversas
maneras. Comienzan a tomar contacto con el «cambio».
Son niños, niños que aún necesitan a sus madres, y que las defienden. —Nadie la
insulta a mi madre.
Tú, Troy, entras al aula, me miras y gritas:
—¡Todo lo haces mal, pedazo de idiota!
Nos reunimos en torno de la mecedora. Les empiezo a hablar sobre la forma en que
nos enojamos con las personas con quienes vivimos.
—¿Cómo los hacen enojar los que viven con ustedes?
—Mi hermano rompe mis libros.
—Mi padre me pega.
Tú, Troy, dices al rato:
—Mi madre me sirvió una albóndiga cruda.
Te pido que te sientes al lado mío. Vienes y te sientas, con el entrecejo fruncido.
Frente a ti hay una silla vacía.
—Troy, haz de cuenta que tu madre está sentada en esa silla. Di le por qué estás
enojado. Puedes decirle lo que se te antoje, ya que ella no está presente en realidad.
Mamá, tú sabes que esta albóndiga está cruda —comienzas—. Udto
la carne cruda.
—Siéntate en esa silla, Troy, y suponte que eres tu madre. ¿Qué contesta ella?
—No sabía que estaba cruda.
—Ahora vuelve a ser Troy.
—¡Mamá, todo lo haces mal!
—Ahora eres tu madre.
—Te lavo la ropa, te plancho las camisas para que luzcas bien en la escuela.
—Vuelve a ser Troy. .
Ya lo sé, pero no puedo comer esta albóndiga. La voy a tirar y me
voy a hacer otra.
El diálogo continúa. Le dices a tu madre lo que te molesta en ella, y también lo que te
gusta. Tu madre no ha sido destruida. Luego, tu mundo comienza a ampliarse: en lugar
de t.rar la albóndiga, descubres que hay otras soluciones «posibles» para la situación.
Troy, mira a los demás “ñiños, mírame a mí. ¿Qué ves? ¿Hay alguien aquí con quien
estés enojado?
Miras a tu alrededor, sonríes, adoptas una actitud tímida. Tienes conciencia de ti
mismo y de los demás. Tu ira ha terminado. Puedes

Troy responde: —Nú, no estoy enojado con nadie. ¿Puedo llevar la pelota ajuera
durante el recreo?
Tú, Patrick, entras al aula gritando:
Nos q U ¡tó la pelota. Esa señora Brown es una imbécil. Yo no le
hice nada. , _ _ , ,
Te indico que te acerques, pongas a la señora Brown en la si-la vacia y le digas por
qué estás enojado. Cuando empiezas a jugar al «ji^go de las culpas», te-sugiero
plantear la situación en el «ahora» y mantener un encuentro con la persona a quien
culpas, sea quien fuere. Según cuál sea tu nivel de aceptación, te detengo cuando has
tomado conciencia de las dos partes que intervienen, o bien continuamos explorando
otras conductas posibles que se ajusten mejor a la situación. —¡No quiero!
—¡No puedo!
—¡No quiero leer ese libro estúpido!
Los libros tienen poco valor para ustedes, ya que no se vinculan con su mundo actual.
—Mi hermana es una bruta, la odio. ¡Me pega!
Acabas de relatarnos una historia explícita, con palabras que tienen para ti un sentido
explícito. Te sugiero que la escribas.
—No sé cómo se escriben esas palabras.
Yo las escribo en otra hoja y tú en la tuya. Te las voy pasando a medida que me las
preguntas. Esto te demuestra también que te estoy escuchando. Esa misma historia
puede trasladarse ampliada a la fantasía, si estás preparado para ello: tal vez te
encuentres allí con otras emociones, y como resultado de ello, se amplíe tu mundo real.
—¿Qué quisieras hacerle a tu hermana?
—No le puedo hacer nada. Es más grande que yo.
—Ella no está aquí, esto no es más que imaginación. Dile lo que te gustaría hacerle.
—Me gustaría golpearte.
—¿Qué más quisieras hacerle?
—Me gustaría patearte.
—¿Qué más?
—Eso es todo, ya terminé.
Ahora comienzas a escribir tu historia, rebosante de energía. Estás poniendo término a
tus asuntos pendientes.
Me lees tu relato. Ahora, lo puedes leer a quien quieras. Clavas con chinches la hoja
escrita sobre la pared. La colocas encima de tu nombre. Tus emociones existen y son
aceptadas. Eres real, y lo eres para los demás. Has entablado un nuevo contacto con tu
mundo en expansión.
No estamos cumpliendo una tarea, sino un proceso en el cual la lectura y la escritura se
vuelven una parte integral y creativa de la forma en que ustedes se relacionan con su
mundo. En ese proceso, nos ocupamos de los temores y fantasías de ustedes, de sus
diversos personajes —sus madres, padres, hermanos, primos, maestros y vecinos— y no
de «Juana, Pedrito y el bombero», que nada significan para ustedes.
—No quiero.
—¡No puedo!
—Tal vez pueda. .
Jugamos a un juego que se llama «¡Hagámosle la vida imposible a la maestra de
segundo grado!». Hay que esperar a que haya completo silencio. Alguien comienza a
cantar cuando imaginan que otro niño lo hará junto con él. Mejor aún si los posibles
compañeros son dos o tres. Se selecciona una canción muy particular:
y jamón y un par de huevos entre las piernitas ..
Escucho la canción. La repiten.
’ —Me gusta, chicos, como cantan. Acérquense al grabador.
Vamos todos hacia el grabador de cinta; sugiero quegraben lo que
estaban cantando. Sus ojos se abren llenos de asombro.
—¡Oh, no! Usted se lo va a llevar al director.
—Me gusta cómo cantan. Pueden borrar lo que graben cuando ter
minen.
Se oyen risitas. Tienen ganas de correr el riesgo. El grabador los intriga. Comienzan a
cantar. Rebobino la cinta. Escuchan y se ríen.
—Mi voz suena extraña.
—Así no sirve. Se oye cuando nos reímos.
—Hagámoslo de nuevo.
Vuelven a cantar. Esta vez cuidan más el sonido y el ritmo. Vuelven a escuchar. Están
empezando a gustar de su propia voz. Improvisan. Toman algún objeto para tocar el
tambor. Tenemos otra sesión de glu bación.
—Ea, yo conozco una canción mejor.
Se ubican mejor para lograr un sonido de más calidad. El ritmo es ahora más
complicado. Vuelven a escuchar.
—¡Hombre, qué bien que estoy!
—¡Podríamos ir a la televisión!
—Dígame, ¿podríamos cantar para que escuche toda la escuela?
El juego ha terminado. Cada uno ha descubierto una nueva parte de sí mismo. Otra
manera de relacionarse con su mundo. No he respondido con la ira, el enfrentamiento y
el castigo que ustedes esperaban. He eludido un ataque frontal a «las albóndigas y las
tetitas».
—Puedo cantar.
—Puedo escucharme.
—Escúchenme.
—Mírenme.
—Puedo quedarme en la escuela todo el día.
—Puedo leer.
—Puedo.
—Soy.
El mundo se les hace más amplio. Comienzan a ver las otras aulas: les parecen
accesibles.
—Quiero ir al aula de la señorita Oshrin.
—Anda y pregúntale a la señorita Oshrin si puedes visitarsu aulahoy
—Pregúntele usted.
—Yo no quiero ir al aula de ella.
—Buena, entonces, déme una autorización escrita.
—No necesitas una autorización mía. Anda y pregúntale a ella si te autoriza a que la
visites hoy.
—Tengo miedo de pedírselo.
—Entonces, quédate aquí. —Me alejo.
—Voy a ir al aula de la señorita Oshrin.
Sales del aula sonriendo. Estás dispuesto a asumir elriesgo. Haces la
visita, te quedas allí poco tiempo. Tú mismo te das cuenta cuando de-
bes volver. Luego pruebas con otras clases y vuelves. Te muestras muy selectivo. Cada
vez exploras más, cada vez acomodo yo menos tus necesidades. Comienzas a tomar
contacto con el tedio, aquí en la clase. Comienzas a saber a qué cosas tienes acceso en
otras situaciones. Tu exploración continúa. Comienzas a sentir cuáles son tus puntos
fuertes. Logras algunos éxitos. También experimentas fracasos: ahora puedes aceptarlos.
Tú no eres un fracasado. Se te revela el mundo de la escueta.,•
—rVean el cuento que escribí hoy en la clase de la señorita Cxrney.
—Hoy, con la señorita Cutler, tuvimos clase de ortografía.
—El señor Cardinal dice que antes de poder construir un bote con él debo leer este
libro. Ayúdeme, quiero aprender a leerlo.

Bailes, movimientos.
Se divierten figi ,r ándose que son animales que dormitan, que salen en
busca de com'da, que pelean.
Se divierten descubriendo cómo se mueve el cuerpo: así se mueven los dedos de
los hombres, así las garras de los animales.
Se divierten arrastrándose como serpientes y escurriéndose como lagartijas.
Se divierten moviendo los brazos como si fueran las alas de un pájaro.
Los observo cuando rugen como los tigres.
Los escucho batir los parches de supuestos tambores.
Los veo pulsar las cuerdas de una guitarra con la mano izquierda y con la
derecha.
Con las manos, los pies y la cabeza hacen volar un globo de aquí para allá
por todo el cuarto.
Oigo sus risas mientras remontan el barrilete.
Gritan de alegría.
Los plumeros se mueven al ritmo interno y externo de cada cual. Vienen corriendo
hacia mí y me dan un abrazo.
Los veo, los siento, palpamos nuestros respectivos mundos. 24.
Programa para la capacitación del personal de una
guardería1
Katherine Ennis y Sandra Mitchell

«¿Esconderemos, .-'i, nuestras encantadoras manos?


¿O las entrelazaremos, y hablaremos a través de los dilatados campos?»
E. I. van Burén
Partimos de la creencia de que una buena guardería infantil es algo lleno de vida, que
vibra de ruidos, sentimientos y curiosidad; que ofrece una oportunidad para el
crecimiento y el aprendizaje, y que enriquece a los niños que asisten a ella y a los
adultos que cuidan a esos niños. A diferencia de un jardín de infantes o una escuela
nurserí,* que funcionan durante algunas horas por la mañana o por la tarde (o bien
mañana y tarde), nuestra guardería está abierta desde las siete de la mañana hasta las
doce de la noche durante loe siete días de la semana, y cada niño pasa en ella alrededor
de nueve horas diarias. Pensamos
3
ue gran parte de lo que le ocurre al niño en esas nueve horas está ¡rectamente
relacionado con el propio crecimiento de los adultos que se ocupan de ellos y con las
relaciones que exis.ten entre esos adultos.
Un año atrás, aproximadamente, comenzamos a observar la relación que existía entre
nosotras y otros integrantes del cuerpo docente, y la forma en que estos se vinculaban
entre sí y con los niños. Comprobamos que buena parte de la conducta manifiesta era,
si no totalmente destructiva, sin duda poco favorable al crecimiento. Vimos nuestras
propias dificultades para aceptar las limitaciones de esas personas y nuestra renuencia a
expresar el enojo que sentíamos hacia ellas. Vimos la murria que les causaba sentir
heridos sus sentimientos, las murmuraciones mutuas a que se entregaban, cómo
desplazaban su encono hacia los niños y cómo competían para ganar su afecto. En
muchos casos, la base de nuestra relación mutua y con los niños eran nuestros debes
introyectados, antes que la aceptación realista de ellos y de nosotros. Como directoras
del establecimiento, nos sentíamos frustradas. Intentamos que el personal participara
en una programación conjunta de las actividades y en las decisiones vinculadas con los
elementos que debían adquirirse para cada aula. Los alentamos a seguir cursos
adicionales es- •
1 La guardería del hospital St. Joseph brinda atención a los hijos de las mujeres que trabajan en el hospital.
La guardería fue autorizada por el Departamento de Servicios Familiares e Infantiles del Estado de Georgia
para alojar a cincuenta niños en cada uno de los dos turnos de trabajo del hospital. La edad de los niños
oscila entre las éeis semanas y los seis años. El personal del establecimiento está integrado por una
directora general, una directora de programas, doce maestros y una empleada para tareas de limpieza y
mantenimiento.
* Según las designaciones habituales en Estados Unidos, el jardín de infantes (kindergarten) y Ja
escuela nurserí (nurscry school) son instituciones que brindan programas educativos a niños que
tienen entre 3 y 6 años aproximadamente; el primero agrupa por lo general a los niños de más de 4 años. La
guardería (day care center), en cambio, no ofrece programas educativos sino simplemente atención a
(N.delT.) pedales
cargo de personal especializado, y recibe por lo común niños de cualquier edad.
para personal de guarderías, con el objeto de que alcanzaran una mayor comprensión
del crecimiento y desarrollo infantiles, y establecimos ciertas lecturas obligatorias en
campos en que pensábamos que debían disponer de un mayor conocimiento. Seguimos
su evolución de muchas maneras, pero la esfera que era, a nuestro juicio, la más
importante —la de las relaciones— parecía seguir relativamente igual. Debíamos
aceptar el hecho de que el «aprendizaje» no resolvería nuestros problemas de
comunicación. La clave parecía estar en que los miembros del personal tuvieran la
oportunidad de experimentar una comunicación franca y honesta, como la que
conocíamos a través de los grupos guestálticos y de los «talleres de arte y movimiento»
dedicados primordialmente a procesos no verbales de comunicación. Como sus
antecedentes culturales, educacionales y su experiencia eran muy diversos,
comprendimos que era imprescindible la ayuda de un terapeuta profesional con el fin
de introducir cambios significativos en nuestras interacciones como cuerpo. También
advertimos que era menester que cada integrante del personal reconociera la necesidad
de una mejor comunicación, estuviera dispuesto a asumir los riesgos implícitos en todo
cambio y entendiera la importancia de la asistencia profesional para facilitarlo. Les
participamos nuestra preocupación por la guardería y por Jas conductas observadas, y
les confesamos nuestro entusiasmo por la evolución individua] que habíamos
experimentado, así como la mejoría en nuestra relación mutua, como resultado de las
experiencias de comunicación directa verbal y no verbal en laboratorios guestálticos.
Les confiamos que, a nuestro entender, una experiencia similar con ellos podría aclarar
nuestras relaciones colectivas y mejorarlas. Admitimos nuestras limitaciones —el
carácter relativamente reciente de nuestro crecimiento personal, y nuestra falta de
experiencia en conducción de grupos—, y les explicamos nuestra necesidad de ayuda
profesional. Descubrimos que ellos compartían en buena medida nuestra insatisfacción,
sentían la necesidad de un cambio y estaban dispuestos a probar suerte con un asesor.
Luego de esta reunión, solicitamos a la dirección del hospital ayuda financiera para
contratar los servicios de un psicólogo en calidad de asesor. Pedimos que este último
viniera al establecimiento en seis oportunidades, en el entendimiento de que la
dirección se haría cargo de los dos tercios, aproximadamente, de sus honorarios, y
nosotros, en conjunto, del tercio restante.
El proceso de toma conjunta de decisiones con el personal que acabamos de relatar nos
puso en contacto más íntimo con ellos. Les habíamos confiado francamente nuestro
interés por la guardería y nuestra impotencia para introducir modificaciones sin su
participación. Sentimos que nos habían respondido en forma sincera y que se
mostraban dispuestos 3nuevos riesgos interpersonales. Como sabíamos que
nuestro
pedido de fondos no se concretaría de inmediato, nos preguntamos de qué manera
podíamos estimular ese clima de franqueza. La experiencia que habíamos adquirido en
los grupos guestálticos a los que habíamos asistido poco tiempo atrás nos dieron la
respuesta.
Creíamos en los principios de la terapia guestáltica, y teníamos la convicción de que
ellos no eran válidos únicamente para el encuentro terapéutico. Comenzamos a probar
poco a poco algunas técnicas que nos parecían particularmente pertinentes. Tanto en
las reuniones colectivas como en las individuales y en nuestros encuentros cotidianos,
nos esforzamos por abordarlos sin ambages, y los alentamos a que hicieran lo mismo
con nosotras, entre sí y con los niños. Al toparnos con elfos, procurábamos
«permanecer en el aquí y ahora», y reemplazar las preguntas del tipo «¿Qué piensa
usted sobre esto?» o «¿Por qué?» por otras del tipo «¿Qué siente usted ahora?» o
«¿Qué le está pasando?». No introdujimos, a la sazón, ninguna de las técnicas no
verbales de arte y movimiento, pues no estábamos seguras de poder manejar las
emociones profundas que ellas tal vez suscitarían. Continuamos trabajando en torno de
nuestra relación, al par que aprovechábamos cualquier oportunidad de asistir a un
laboratorio, maratón, seminario, curso breve o conferencia para enriquecernos
individualmente. Procurábamos por todos nuestros medios vivir una vida congruente,
y queríamos llegar a poseer ese centro que puede nutrir la capacidad de los demás para
tener experiencias en el plano intelectual, emocional y sensorial.
En los meses siguientes, comprobamos que nuestro enfoque guestáltico había logrado
derrumbar algunas de las barreras que se levantaban entre nosotros y el personal en lo
que respecta a la comunicación. Eran ahora más honestos, pero aún tenían dificultades
para expresar sus sentimientos en forma directa, y nosotras, aunque nos sentíamos
algo más libres, no éramos con ellos tan sinceras o espontáneas como deseábamos.
Con frecuencia, veíamos bien las proyecciones y maniobras defensivas, pero
carecíamos del saber o la experiencia para ayudarlos a resolver estos conflictos más
profundos —o para resolverlos en nosotras—. Sentíamos agudamente nuestra
necesidad de guía, y esperábamos con ansiedad la respuesta afirmativa de la dirección
en tal sentido. Cuando finalmente se aprobó nuestra solicitud, sentimos estusiasmo y
alivio a la vez. El terapeuta seleccionado era un psicólogo clínico cuya orientación
terapéutica era en esencia existencial. Había desarrollado un estilo propio de terapia, y
se movía con soltura entre los enfoques de la terapia guestáltica, el análisis
transaccional y la terapia focalizada en un tema. Había trabajado con niños, adultos,
familias y grupos... y contaba, por añadidura, con antecedentes como consultor de otra
guardería.
El día de nuestra primera sesión estábamos todos muy excitados y asustados. Nuestro
consultor empezó por establecer con cada uno de nosotros un «contrato» para esa
primera reunión; consistía en que cada uno expusiera lo que esperaba de la reunión
para sí mismo (p. ej., mejor comprensión de un compañero de trabajo, la oportunidad
de abordar conflictos no resueltos o sentimientos no expresados, etc.), tras lo cual él
aceptaba o no ayudarlo a satisfacer sus expectativas. Ese «conseguir algo para
nosotros mismos» se convirtió en el tema de nuestras seis reuniones. Pudimos explorar
los sentimientos que nos hacían sentir incómodos, aclarar nuestras comunicaciones y
probar nuevas maneras de vincularnos. El consultor nos ofreció su apoyo y sus
conocimientos para que expresáramos nuestra ira y las lesiones que habíamos sufrido,
nuestra ternura y cariño. Tuvo también la valentía de hacer añicos nuestras fantasías y
enfrentarnos con nuestras manipulaciones y proyecciones. Pudimos verificar que
crecer es un proceso penoso a veces, alborozado otras, y siempre fructífero.
Nuestra sexta sesión estuvo desuñada a despedirnos de la experiencia mutua que
habíamos tenido en las cinco anteriores, y a decidir si con tinuarían las sesiones. Esa
«despedida» nos hizo tomar conciencia de todo lo que habíamos logrado en nuestro
beneficio, y de que queríamos tener más experiencias colectivas de este tipo. Sabíamos
que para poder continuar con las sesiones debíamos elevar a la dirección del hospital un
informe evaluativo sobre ellas, a la vez que solicitarle fondos adicionales; pero como no
queríamos interrumpir nuestros encuentros hasta que se resolviera sobre nuestro pedido,
decidimos pagar por nuestra cuenta la totalidad de los honorarios y continuar reunién-
donos hasta tanto llegara una respuesta favorable o nosotros mismos resolviéramos
ponerles punto final.
Nos reunimos tres veces en un plazo de seis semanas hasta que se aprobó nuestra
solicitud de doce sesiones más, tras lo cual seguimos básicamente con el procedimiento
inicial. Seguimos enfrentándonos unos con otros y examinando desde un punto de vista
experiencial nuestra forma de relacionamos o las defensas que empleábamos para no
entrar en relación. Hubo momentos en que la falta de participación durante las sesiones
nos llevó a cuestionar el valor que tenía seguir adelante; pero el mero planteamiento de
la cuestión parecía ayudarnos a reeva- luar lo que queríamos. También íbamos tomando
conciencia de que, en nuestra relación mutua cotidiana, comenzábamos a asumir riesgos
que antes solo asumíamos en el marco seguro de las sesiones. Cada vez que
cuestionábamos el valor de esas reuniones, decidíamos finalmente seguir con ellas.
Aproximadamente por la época en que nuestro consultor comenzó a venir a la guardería,
iniciamos con los maestros las experiencias de arte y movimiento que no nos habíamos
animado a abordar antes de que contáramos con el apoyo de un terapeuta. Estas sesiones
eran semanales y tenían como objetivo ayudarlos a «abandonar su mente y recobrar sus
sentidos». Tuvieron así la oportunidad de tomar mayor conciencia de su cuerpo
(localizando las sensaciones que experimentaban en sus diversas regiones), así como de
su respiración, postura y tensiones musculares. Tocar a los demás, tomarlos de la mano
o alzarlos en brazos fueron formas de experimentar una interacción mutua en el plano
corporal; el caminar con los ojos vendados les permitió investigar su confianza mutua y
sus otros sentidos; las fantasías dirigidas de los juegos de creación de imágenes los
ayudaron a restablecer el equilibrio entre la imaginación y la realidad; mediante
diversos materiales artísticos —arcilla, tiza y pintura— exploraron sus sentimientos y se
los transmitieron de una manera no estructurada. Cuando cada una de estas experiencias
llegaba a su término, los estimulábamos a que comentaran qué cosas se les habían hecho
conscientes en su transcurso, y cuáles les eran conscientes en ese momento.
Al escribir este artículo, llevamos realizadas diez de nuestras doce sesiones con el
consultor; hemos continuado, asimismo, con las sesiones de arte y movimiento.
Comprobamos que estas últimas son complementarias de nuestros encuentros verbales
en grupo; empleadas simultáneamente, han surtido un efecto más eficaz en nuestra
evolución como personal del cM-iblecimiento que el que hubiera tenido cualquiera de
el!*» pi r iqmkLi Nur»tra prnrpcion de evolución en marena ^e ve confirmada por los
siguientes comentarios, pertenecientes a otro* integrantes del cuerpo docente:

«Me siento muy bien conmigo misma. .. Me siento humana... más viva que antes».

«Tengo una gran lucha interior para decir lo que pienso... Tengo tantas ganas de
increpar a alguien que me pongo a llorar por dentro... gracias a la ayuda que me brindó
el consultor, he aprendido a enfrentar mucho mejor este problema. . . Ahora estoy
orgullosa de la guardería. .. Cuando veo a alguno de los niños mayores, que yo atendí
cuando eran bebés, me siento muy contenta conmigo misma».

«Tenía dificultades para mostrar mis verdaderos sentimientos [al resto del personal ]...
sobre todo el enojo y el cariño... Bastaron dos sesiones para que comenzara a
expresarlos. .. Empezamos a trabajar más en equipo... [Como consecuencia de las
sesiones de arte y movimiento] tomé gran conciencia de mi cuerpo y de mis sentidos, y
del cuerpo y los sentidos de mis compañeros. Súbitamente, adquirieron vida para mí, se
convirtieron en seres humanos tridimensionales y de carne y hueso, personas con las
que podía reír, discutir, llorar o expresar afecto.. . Comencé a romper las barreras que
me transformaban en un prisionero dentro de mí mismo... He empezado a descubrir
nuevas formas de hacer las cosas».

«Los niños son niños y no adultos, y deben ser tratados con toda la comprensión y
cariño que uno tiene... Ojalá todos pudieran ver y sentir lo que estamos haciendo».

«[El consultor] me ayudó a comprenderme a mí misma... Me siento mejor con respecto


a la guardería y con respecto a mí misma».

«Siento a este lugar como propio».


«Pienso que si [el consultor] pudiera prestar sus servicios al cuerpo docente en forma
continua, eso sería de gran importancia».

Logramos progresos en muchas otras esferas. Cuando observamos nuestras relaciones


actuales en la guardería, advertimos que andamos todos con menos vueltas. Se oyen
preguntas como estas: «¿Qué sientes acerca de esta cuestión?», «¿Qué es lo que está
pasando?», «¿Qué es lo que quieres decir con eso?», o afirmaciones como estas: «Ese
asunto me pone furioso», «Si quieres algo de mí, pídemelo sin rodeos; yo no
puedo'leerte el pensamiento», «Me resultas simpática», «Me gusta que me lo digas».
Todos nos mostramos más francamente afectuosos entre nosotros y con los niños.
Vemos a los maestros estimular a los niños para que tomen conciencia de su cuerpo,
llamándoles la atención sobre su manera de respirar o de sentarse o sobre lo que sienten
en la piel. Venios cómo los ayudan a tomar conciencia de sus sentimientos, a reconocer
su ira, su soledad, su alegría, la sensación de haber sido heridos. Vemos cómo alientan
su creatividad ofreciéndoles experiencias
de arte no estructuradas, escuchándolos atentamente y valorándolos como individuos
únicos en sí mismos. Nos hemos aproximado algo más a nuestra meta de contar con una
guardería que promueva la capacidad de los niños y de los adultos que cuidan de ellos
para experimentar y desarrollar sus aptitudes intelectuales, emocionales y sensoriales.

.«MI

25. Engaño, toma de decisiones y terapia guestáltica


Bruce Denner

Trabajos recientes [Denner, 1967; Levy, 1967; Rettig y Sinha, 1966] demuestran que el
estudiante universitario puede ser llevado a practicar la mala fe con solo que se lo
persuada levemente a ello. El tema que atrajo particularment • nuestro interés fue el
engaño implícito en la falta de información Mjbre un hecho que constituye una
violación delictiva del orden social. En otro artículo [Denner, en prensa], investigamos
las diferencias individuales en la relación existente entre una modalidad perceptual-
cognitiva y la reacción frente a un suceso desconcertante e imprevisto previamente
analizado por nosotros. En dicho estudio se pudo comprobar que los estudiantes que
informan ver un número relativamente menor de movimientos autocinéticos, y que
requieren un número relativamente mayor de presentaciones taquistos- cópicas de un
estímulo visual ambiguo antes de identificarlo, son, en términos comparativos, más
renuentes a informar que han observado actuar a alguien como si hubiera extraído algo
de la cartera de una mujer. (Resultados provenientes de este mismo estudio evidencian
que estas dos variables clasificatorias no tienen muy alta correlación: r = 0,03 )
La comprensión de este hallazgo se funda en el análisis de las tareas autocinéticas y
taquistoscópicas. Se ha argüido que la percepción del movimiento autocinético se ve
facilitada por la predisposición del sujeto a informar acerca de su experiencia inmediata
sin tomar en cuenta la distinción entre lo real y lo irreal [Gardner, Holtzman, Klein,
Linton y Spence, 1959]. Parece razonable suponer que el individuo que necesita un
insumo comparativamente mayor de estímulos antes de comprometerse con un juicio
perceptual tiene, comparativamente, mayor necesidad de información. Por consiguiente,
llegamos a la conclusión de que las diferencias individuales en la negativa a informar
sobre un posible delito se vinculan con la necesidad de información y con el interés por
distinguir lo real de lo irreal.
Por supuesto, podría cuestionarse la interpretación dada a estas dos variables; no
obstante, los informes posexperimentales acerca de los testigos «renuentes», en especial
acerca de su interés por la «realidad* y su negativa a actuar cuando carecen de
suficiente información, sugieren efue el análisis es válido.
Este estudio procuró pioporcionar mayores datos que sustentaran la hipótesis general de
que los testigos renuentes y no renuentes difieren en su orientación perceptual-
cognitiva. Algunas de las categorías desarrolladas por la teoría guestáltica de la terapia
[Perls, Hefferline y
Goodman, 1951] parecían suministrar una base para comprender la situación de un
litigo forzado a responder en circunstancias en que la información es mínima y los
sucesos desconcertantes e imprevistos. (Perls y sus colaboradores analizan con
detenimiento las implicaciones de la imposibilidad de responder en forma adecuada a lo
que ocurre en el ambiente. Señalan que algunas personas tienden a perderse en
abstracciones, quedando así singularmente desconectadas de los objetos y sucesos
concretos de su mundo.)
Los terapeutas guestaltistas ponen en evidencia la pérdida de contacto de un sujeto con
su ambiente por medio de breves ejercicios, que le exigen examinar aspectos de su
conducta y de su mundo a los que rara vez presta cuidadosa atención. Suponiendo que
tales ejercicios (o experimentos, como los llaman los guestaltistas) permitan distinguir
a los sujetos que mantienen ese contacto de los que no lo mantienen, los testigos
renuentes responderían en forma distinta que los nos renuentes. Así, se comparó el
desempeño en ciertos ejercicios de terapia gues- táltica —introduciéndoles ciertas
modificaciones— de los estudiantes con poca necesidad de información y poco ‘interés
por la distinción real-irreal, y de los que tenían gran necesidad de información y gran
interés en tal distinción. Los ejercicios propuestos exigían respuestas verbales a
preguntas y órdenes que tomaban al oyente por sorpresa y, a la vez, le planteaban
demandas inusuales en lo que respecta a informar sobre cómo son y cómo deberían ser
las cosas. La hipótesis era que si el testigo renuente, en contraste con el no renuente,
respondía en menor medida a la exigencia imprevista de informar sobre experiencias
reales o posibles, su dificultad en tal sentido se revelaría tanto en los aspectos
temporales como semánticos de su respuesta verbal.
Se describe al testigo renuente como aquel que demora la información sobre sus
experiencias y encuentra obstáculos para proporcionarla. Por ende, se partió de la
hipótesis de que un grupo de individuos con una necesidad relativamente alta de
información y alto interés por la distinción real-irreal manifestaría, en los ejercicios
guestálticos, mayor tiempo de reacción y una proporción más alta de pausas debidas a
vacilaciones. Además, su renuencia a responder se revelaría en el carácter evasivo y
digresivo de sus respuestas. Por último, como se supone que el testigo renuente
mantiene menos contacto con sus objetos internos y externos, el contenido de su
informe sería comparativamente menos inmediato y concreto.

Método

Selección de los sujetos


Se administró un test de necesidad de información y otro de interés por la
distinción entre lo real y lo irreal (descritos ambos en [Denner, e prensa]) a 63
estudiantes de la Universidad de Indiana, quienes P a ' ticiparon en el estudio
como requisito de su curso introductorio p* ra licenciatura.
El test de necesidad de información consistió en la presentación taquis-
toscópica de una serie de palabras sin sentido, «Un aceleror profos reci- ló el
disón tamenudamente um flutístico pav», a un ritmo que volvía sin duda muy
difícil su captación. Se le pidió al sujeto que «mire la tarjeta e informe lo que
vea», pero sin agregar nada más acerca de la exactitud que debía tener su
informe. Le estaba permitido mirar la tarjeta tantas veces como quisiera antes
de elevar su informe. En tales circunstancias, el número de presentaciones
exigidas por el sujeto mide su necesidad de información. El interés del sujeto
por distinguir lo real de lo irreal se verificó midiendo la cantidad de
movimiento autociné- tico informado en un período de dos minutos, en
condiciones normales de observación.
De este conjunto de individuos se seleccionaron dos grupos experimentales (N
= 10 ), a los que se invitó a una segunda sesión, durante la cual se
administraron los ejercicios guestálticos. El grupo I estaba formado por los
sujetos con poca necesidad de información y poco interés por la distinción
real-irreal (testigos no renuentes), y lo componían siete mujeres y tres
hombres; el grupo II era el de los que tenían gran necesidad de información y
gran interés por esa distinción (testigos renuentes), y lo integraban seis
mujeres y cuatro hombres. Los grupos fueron clasificados mediante el empleo
de límites de inclusión aproximadamente iguales en una distribución de
frecuencia de los puntajes obtenidos en ambas pruebas, según un estudio
anterior [Denner, eñ prensa]. Para el grupo I, la media de los puntajes
taquistoscópicos fue de 11,3 ensayos (DE = 6,2 ensayos) y la de los puntajes
autocinéticos de 102,2 segundos (DE = 12,6 segundos); para el grupo II, la
media de los puntajes taquistoscópicos fue de 147,2 ensayos (DE = 21,8
ensayos) y la de los puntajes autocinéticos de 44,7 segundos (DE = 25,8
segundo;.).

Procedimiento empleado
Los participantes concurrieron al laboratorio en dos oportunidades. En la
primera de ellas se llevaron a cabo los tests vinculados con los criterios de
juicio perceptual; en la segunda, los ejercicios de terapia guestáltica.
El experimentador solicitaba al sujeto que se sentara cómodamente en una
silla, junto a una mesa rectangu