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Introducción

Hola amigos. Seguramente en la Iglesia han


visto muchas veces la imagen de Jesús
crucificado. Quizás se hayan preguntado: ¿Por
qué mataron a Jesús? ¿Por qué tuvo que sufrir
tanto? ¿Quién lo crucificó?
En este folleto queremos compartir
contigo el relato de su pasión y de su muerte, y
así contestar a estas preguntas. De esta forma
podrás entender el gran amor de Jesús hacia
todos los seres humanos y hacia ustedes. Él
mismo dijo: “No hay amor más grande que dar la
vida para los amigos” (Jn 15, 3).
A lo largo de este relato, vamos a imaginar
que nos está hablando el apóstol Juan. Él fue el
único entre los apóstoles que acompañó a Jesús
durante toda la pasión, por lo que pudo ver y
escuchar todo directamente. No hay mejor
testigo que él.
Agradecemos mucho a Andrew Borg quien
hizo los dibujos originales para este libro y a la
profesora María Ortega Ortega quien corrigió
el texto.

Tus amigos
Los miembros de la
Sociedad de la Doctrina Cristiana

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1. Jesús anuncia su
pasión y muerte

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Hola, me llamo Juan. Soy uno de los doce apóstoles que
Jesús escogió para seguirlo. Estoy muy agradecido a
Dios por darme la oportunidad de seguir al maestro más
grande de todos los tiempos, al mismo hijo de Dios hecho
hombre. Desde el momento en que me invitó a seguirlo, lo
dejé todo y fui tras Él.
Durante tres años tuve el privilegio, junto con los
demás apóstoles, de acompañarlo adondequiera que iba. Él
me amaba mucho, quizás por ser el más joven entre ellos.
Vi muchos milagros que realizó y de sus labios escuché
hermosas enseñanzas que marcaron mi vida.
Sin embargo, lo que más me impresionó de la vida de
Jesús fue su pasión, su muerte y su resurrección.
Recuerdo bien que Él, en más de una oportunidad, nos dijo
que en Jerusalén lo iban a capturar, matar y que
resucitaría al tercer día. No entendimos muy bien lo que
quería decir. ¿Cómo era posible que le hicieran eso, si Él no
había hecho nada malo? ¿Y cómo era posible resucitar de
la muerte?

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2. La entrada en Jerusalén

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Un día, Jesús nos dijo que íbamos a ir a Jerusalén.


Habíamos ido varias veces con Él a visitar la ciudad
santa, pero esa vez, después de escucharle decir lo que
pasaría al llegar allí, nos sentimos muy incómodos.
Era cerca de la fiesta de Pascua, en la cual nosotros
los judíos, celebramos la liberación de la esclavitud de
Egipto, y mucha gente había ido a Jerusalén para
celebrar esta fiesta. Muchos se habían enterado de que
Jesús había sanado a los enfermos e incluso, había
resucitado a nuestro amigo Lázaro. Cuando la multitud
vio a Jesús acercándose, montado en un burrito,
cortaron hojas de palmeras y salieron a recibirlo
gozosamente, gritando: “Hosanna! ¡Bendito el que viene en
el nombre del Señor, el Rey de Israel!”. Había también
muchos niños que saltaban y gritaban con alegría.
Sin embargo, observé que los fariseos, esos hombres
que siempre lo estaban criticando y poniéndole trampas,
estaban muy alterados. Seguramente la popularidad de
Jesús y el cariño que le tenía la multitud, hizo que sus
corazones se pusieran verdes de envidia. Yo estaba muy
preocupado porque algunos de ellos eran muy malvados y
poderosos. Empecé a sospechar también que, uno de
nosotros, Judas Iscariote, era amigo de ellos. En varias
ocasiones lo vi conversando con algunos, y esto no me
gustó nada.

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3. La Última Cena

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Unos días después, Jesús nos dijo que iba a celebrar la
cena pascual, por última vez, con nosotros. Esta cena era
un momento muy especial para las familias judías. En ella
recordamos la que nuestros antepasados celebraron antes
de salir de Egipto, con el cordero y el pan sin levadura.
Durante la cena, se notaba que Jesús estaba triste.
Nos dijo claramente que uno de nosotros lo iba a
traicionar. Todos nos quedamos atónitos. Poco después,
Judas salió. En ese momento entendí que él era el traidor.
Cuando Judas salió, Jesús se quitó la capa y se ató
una toalla a la cintura. Luego echó agua en una palangana y
lavó nuestros pies, como si fuera un criado. Mi compañero
Pedro se rebeló y le dijo: “¡Jamás permitiré que me laves
los pies!”. Pero Él le contestó que era necesario y entonces
Pedro, siempre exagerado, exclamó: “Entonces, Señor,
¡lávame también las manos y la cabeza!”.
Mientras comíamos, Jesús tomó en sus manos el pan,
dio gracias a Dios, lo partió y nos lo dio diciendo: “Tomen y
coman, este es mi cuerpo”. Luego tomó una copa, y nos dijo:
“Beban todos ustedes de esta copa, porque esta es mi
sangre que será derramada para el perdón de los pecados”.
Fue así que Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía
para quedarse siempre con nosotros.
Nos dijo también: “Hagan esto en conmemoración
mía”. En otras palabras, Jesús nos dio el poder para
convertir el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre.

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4. Jesús ora en el huerto

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Terminada la cena, nos dirigimos al huerto de


Getsemaní. En el camino cantamos los salmos, pero no
alegremente como habíamos hecho en años anteriores,
porque presentíamos que algo terrible iba a suceder esa
noche. Pedro estaba especialmente preocupado porque en
la cena Jesús le había dicho que antes de que el gallo
cantara dos veces, lo negaría tres veces.
Al llegar al huerto, nos dijo: “Siento en mi alma una
gran tristeza. Quédense ustedes aquí y permanezcan
despiertos conmigo”. Luego se alejó un poco para orar.
Lamentablemente nosotros no éramos capaces de
quedarnos despiertos y orar. Cuando Jesús regresó , nos
encontró durmiendo y nos reprochó: “¿Ni siquiera una
hora pudieron ustedes mantenerse despiertos conmigo?
Oren para que no caigan en la tentación”.
Por segunda vez Jesús se alejó y oró: “Padre mío, si
es posible, aleja este cáliz de mí, pero que no se haga mi
voluntad, sino la tuya”. Regresó una segunda y una
tercera vez, y siempre nos encontró durmiendo.
Finalmente nos dijo: “Ha llegado la hora en que el Hijo
del hombre va a ser entregado a manos de los pecadores”.
En ese momento nos percatamos de que ya no estábamos
solos en ese huerto. Un grupo de personas habían llegado
para capturarlo.

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5. Jesús es capturado

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Apenas Jesús terminó de hablar, apareció Judas


al frente de una tropa de soldados y guardianes del
templo. Estaban armados, y llevaban lámparas y
antorchas.
Judas se acercó a Jesús y lo saludó con un beso
en la mejilla, como es nuestra costumbre. Pero Jesús
sabía que ese gesto no era una señal de amistad, sino
una contraseña para que lo capturaran. Él le dijo:
“Judas, ¿con un beso me traicionas?”.
Inmediatamente, los soldados se acercaron más.
Jesús les preguntó: “¿A quién buscan?”. “A Jesús
de Nazaret” le respondieron. Entonces Jesús les dijo:
“Yo soy”. Ellos se quedaron muy sorprendidos porque
en lugar de tratar de escaparse, se había quedado allí.
Pedro, siempre impulsivo, sacó una espada y
trató de defender al maestro, pero Jesús, que nunca en
su vida había utilizado la violencia, lo detuvo, y también
curó a un soldado al cual Pedro había herido.
Después les dijo: “¿Por qué han venido con espadas
y con palos, como si yo fuera un criminal? Todos los
días he estado con ustedes en el templo, y no han
tratado de arrestarme. Pero esta es la hora de la
maldad”.
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6. Ante el Sinedrio

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Los soldados llevaron a Jesús ante el sumo


sacerdote Caifás, quien había ordenado la captura.
Pedro y yo decidimos seguirlos. Era de noche. Como yo
era conocido del sumo sacerdote, me dejaron entrar.
Pedro quedó en el patio.
El sumo sacerdote empezó a interrogar a Jesús,
pero el maestro le contestó: “Yo siempre he predicado
públicamente delante de todo el mundo, no he dicho nada
en secreto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregúntales a
los que me han escuchado”. En ese mismo momento, uno
de los guardianes le dio una bofetada en su venerable
rostro. Jesús lo miró y le dijo: “Si he dicho algo malo,
dímelo; y si lo que he dicho está bien, ¿por qué me
pegas?”.
Ese juicio estuvo muy confuso, porque los testigos
se contradecían. Finalmente, Caifás le preguntó a Jesús:
“¿Eres tú el Mesías, el hijo de Dios?”. Jesús contestó
afirmativamente, y al escuchar esta declaración, el
sumo sacerdote rasgó sus vestimentas y declaró: “¿Qué
necesidad tenemos de más testigos? Este hombre
merece la muerte”.
Mientras tanto, Pedro se había quedado en el patio.
Allí varias personas lo reconocieron, pero fue invadido
por el miedo y tres veces negó conocer a Jesús, así
como el maestro le había dicho.
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7. Jesús ante Pilatos

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El sumo sacerdote y los fariseos llevaron a Jesús
al palacio del gobernador romano Poncio Pilatos, quien
tenía la máxima autoridad. A Pilatos no le gustaba nada
meterse en asuntos religiosos. Apenas vio a los guardias
del sumo sacerdote que arrastraban el cuerpo de Jesús,
preguntó: “¿De qué acusan a este hombre?”. Los fariseos
le dijeron que Jesús había hablado contra el emperador
y que se había proclamado rey de los judíos.
Entonces Pilatos llamó a Jesús, y en conversación a
solas con Él, le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”.
Jesús le explicó que su reino no era de este mundo, y que
su misión era predicar la verdad. Pilatos se dio cuenta
de que Jesús era inocente y en su corazón decidió
liberarlo. Pero tenía miedo de la multitud.
De repente, Pilatos se percató de que podía evitar
esta situación desagradable de manera muy sencilla.
Dijo a los soldados que llevaran a Jesús ante el Rey
Herodes, para que lo juzgara él. Así hicieron, pero Jesús,
ante Herodes, el asesino de nuestro amigo Juan Bautista,
ni siquiera le dirigió una palabra, y enfurecido, Herodes
mandó que devolvieran a Jesús al palacio de Pilatos.

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8. Jesús es azotado
y coronado con espinas

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Cuando Pilatos tuvo a Jesús de nuevo en su palacio,
decidió utilizar otra estrategia. Los romanos tenían la
costumbre de liberar un prisionero en la fiesta de
Pascua. Así que ordenó que trajeran a Barrabás, un
asesino, y a Jesús, y entonces preguntó a la multitud:
“¿A quién quieren liberar? ¿A Jesús o a Barrabás?” La
multitud, impulsada por los fariseos, empezó a gritar:
“¡A Barrabás, a Barrabás!”. Y el gobernador romano
tuvo que soltar al asesino.
Pilatos no sabía qué hacer. Entonces decidió
ordenar que azotaran a Jesús. Estaba convencido de que
el pueblo se conformaría con este castigo tan cruel, y
tendría compasión de Él. Mi maestro Jesús fue sometido
a una terrible flagelación. Además, para burlarse, uno de
los soldados le colocó una corona tejida de espinas en su
cabeza y otro le colocó una vara en la mano derecha.
Luego se arrodillaron delante de Él, y burlándose, le
decían: “Viva el rey de los judíos”.
Pilatos hizo un último intento y preguntó a la
multitud: “Aquí está el hombre. ¿Qué hago con Él?”.
“Crucifícalo, crucifícalo”, gritó la multitud, alborotada
por los jefes del sumo sacerdote.
Entonces Pilatos mando a traer agua, se lavó las
manos y declaró: “Yo no soy responsable de la muerte de
este hombre inocente; es cosa de ustedes”. Y les entregó
a Jesús para que lo crucificaran.

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9. Jesús con la cruz a cuestas

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Jesús fue llevado al patio y allí le entregaron la
parte horizontal de la cruz para cargarla hasta el
Monte Calvario, donde se crucificaban a los criminales.

A lo largo del camino, Jesús se encontró con muchas


personas. Una de ellas fue una mujer llamada Verónica
que se le acercó y le limpió el rostro ensangrentado con
una toalla. Para su inmensa sorpresa, el rostro de Jesús
quedó estampado en su toalla.

También se encontró con varias mujeres que


lloraban por Él, pero sin duda, el encuentro más triste
fue con su madre María, quien se angustió mucho al
verlo en esas condiciones.

En el camino Jesús se cayó tres veces porque ya no


podía avanzar. Al ver que estaba sin fuerzas, los
soldados obligaron a un hombre extranjero, llamado
Simón de Cirene, para que lo ayudara a cargar la cruz.

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10. Jesús llega al Calvario

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Cuando llegaron a la Gólgota, le dieron de beber


vino mezclado con hiel, para que no sintiera mucho el
dolor, pero Él no lo quiso beber. Después le quitaron la
ropa y clavaron sus manos y sus pies en la cruz. Con
cada golpe de martillo, mi corazón se estremecía.
Cuando ya lo habían crucificado, los soldados echaron
suerte para repartirse entre sí la ropa de Jesús.
Encima de su cabeza pusieron un letrero que decía:
“Este es Jesús, el Rey de los judíos”.
Muchos comenzaron a burlarse, diciéndole: “Salvó a
otros, pero a sí mismo no puede salvarse. Es el Rey de
Israel; ¡pues que baje de la cruz, y creeremos en Él!”.
Jesús miró hacia el cielo y dijo: “Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen”. ¡Qué ejemplo más sublime
para nosotros!

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11. Jesús y el buen ladrón

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Junto con Jesús, los soldados crucificaron a dos


ladrones: uno a su derecha y uno a su izquierda. Uno de
ellos empezó a insultar a Jesús y le dijo: “Si tú eres el
Mesías, ¡sálvate a ti mismo y sálvanos también a
nosotros!”.

Pero el otro reprendió a su compañero, diciéndole:


“¿No tienes temor de Dios, tú que estás bajo el mismo
castigo? Nosotros estamos sufriendo con toda razón,
porque estamos pagando el justo castigo de lo que
hemos hecho; pero este hombre no hizo nada malo”.
Luego, dijo al maestro: “Jesús, acuérdate de mí cuando
entres en tu reino”.

Jesús, con mucho esfuerzo, se fijó en él y le dijo:


“Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

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12. Jesús habla con su madre


y conmigo

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Junto a la cruz estábamos la virgen María, María
Magdalena y yo. Cuando Jesús vio a su madre, y a mí a
su costado, dijo a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

Luego se dirigió a mí y me dijo: “Ahí tienes a tu


madre”. Entendí, entonces, que en la cruz, Jesús ya no
tenía nada, excepto a su madre santísima. Y en su
inmenso amor a la humanidad, quiso entregárnosla
también.

Quiero que entiendan bien que yo, en ese momento,


representaba a todos aquellos que reconocen a Jesús
como Señor de su vida. Todos podemos decirle a Jesús:
“Gracias, Señor, por darnos a la Virgen María para ser
nuestra madre, para ser nuestro amparo y nuestra
maestra”.

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13. Jesús muere en la cruz

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Desde el mediodía y hasta las tres de la tarde, toda


la tierra se oscureció. El sol dejó de brillar, y el velo del
templo se rasgó por la mitad.

Jesús dijo: “Tengo sed”. Un soldado empapó una


esponja en vino agrio, la ató a una rama en forma de
hisopo y se la acercó a la boca. Jesús susurró: “Todo
está cumplido”.

Después, gritó con fuerza: “Padre, en tus manos


encomiendo mi espíritu”. Y al decir esto, ese corazón que
había amado tanto a los seres humanos, dejó de latir.

Cuando el centurión romano vio lo que había


sucedido, admitió: “De veras, este hombre era el Hijo de
Dios”.

Para cerciorarse de que Jesús estaba muerto, uno


de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al
momento salieron sangre y agua.

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14. Jesús en el regazo


de la Virgen María

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Cuando Jesús ya estaba muerto, un hombre rico


llamado José de Arimatea, que también era su seguidor,
fue a ver a Pilatos y le pidió la autorización para bajar
el cuerpo de la cruz. Pilatos se la concedió. Fue así que
José, otro hombre llamado Nicodemo y yo bajamos el
cuerpo y lo colocamos en el regazo de la Virgen María.
María se inclinó sobre su Hijo y lloró. No se cansó
de acariciarlo. Con una delicadeza mayor que si tocara
las de un recién nacido, tomó las pobres manos
atormentadas y se las llevó a sus mejillas. ¡Pobre Mamá!
Su gesto me hizo llorar y sufrir como si una mano
hurgara en mi corazón. Ella repetía: “¿Qué te han hecho,
Hijo mío? ¿Por qué?”. Pero después recordó que todo
esto tuvo que pasar para la redención de los seres
humanos, y que fue la voluntad de Dios que lo dispuso
así. Y se quedó en silencio.
¡Qué terrible angustia espiritual para María!

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15. La sepultura de Jesús

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Después, tomamos el cuerpo de Jesús y lo
envolvimos con vendas empapadas en un perfume hecho
de mirra y aloe, según la costumbre que tenemos los
judíos para enterrar a los muertos. Al terminar este
ritual, colocamos el cuerpo en un sepulcro nuevo, que el
mismo José de Arimatea había hecho cavar en la roca.
En ese sepulcro todavía no habían sepultado a nadie. Nos
despedimos de Jesús, cerramos la entrada del sepulcro
con una gran piedra, y nos fuimos a casa.

Al siguiente día nos enteramos de que los jefes de


los sacerdotes y de los fariseos habían ido a ver a
Pilatos para exigirle que colocara soldados de guardia
en la tumba de Jesús. Incluso, colocaron un sello sobre la
piedra que lo tapaba.

Parecía que todo se había acabado y que nunca


volveríamos a ver al Maestro. ¡Pero estábamos muy
equivocados! Lo mejor todavía estaba por pasar.

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Conclusión

Amigos, es muy saludable reflexionar sobre


la pasión y muerte de Nuestro Señor. Jesús no es
solamente nuestro amigo y maestro, sino
también nuestro salvador. Yo escribí en mi
evangelio: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio
a su hijo único para que todo aquel que cree en él
no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Es especialmente apropiada esta reflexión


durante la cuaresma, que es un tiempo de
preparación para la muerte y resurrección de
Jesús. Durante estos 40 días es aconsejable
realizar la oración del Vía Crucis con la cual
acompañamos a Jesús a lo largo de su pasión.

Jesús nos amó mucho, ¿y nosotros, cómo


vamos a expresar nuestro amor hacia Él?

¡Qué Dios los bendiga a todos y que la paz de


nuestro Señor Jesucristo habite siempre en sus
corazones!

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Seguramente en la Iglesia han visto


muchas veces la imagen de Jesús
crucificado. Quizás se han preguntado:
¿Por qué mataron a Jesús? ¿Por qué
tuvo que sufrir tanto? ¿Quién lo
crucificó?

En este folleto queremos compartir


contigo el relato de su pasión y muerte,
y así contestar a estas preguntas. De
esta forma podrás entender el gran
amor de Jesús hacia todos los seres
humanos y hacia ustedes. Él mismo dijo:
“No hay amor más grande que dar la
vida para los amigos” (Jn 15, 3).

PRECA

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