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22 de enero de 2022

[Villa Panamericana de Lima, Villa El Salvador]

Me dijeron que cerca de aquí se encuentran los almacenes principales de las Tiendas por
Departamento Ripley S.A. No lo logró ubicar. Pero estamos rodeados de enormes galpones y
terrenos donde operaron grandes empresas logísticas. Es mi quinto día de aislamiento. Comparto
el departamento (el 1006) de la Torre 3 con Jorge y Fabricio. Cada uno tiene su propia habitación
(la mía es la B) y compartimos los espacios comunes: una lavandería, dos baños y una sala con
televisión y mesa marcada con cartelitos en tres de sus lados que tienen inscritas la letra de cada
una de nuestras habitaciones (esto facilita a las técnicas colocar la dieta que le corresponde a cada
uno de nosotros). No me aburro. La estoy pasando bien, a pesar de todo.

No usamos mascarillas para otra cosa que no sea las visitas médicas de las doctoras (son más
mujeres) y las técnicas a evaluarnos o tomarnos los signos vitales (la primera a las 5:30 am y la
última a las 10 pm). “No se preocupen, aquí no es que uno tiene más Covid que el otro”, nos dijo
una especialista.

Jorge es de San Miguel. Su infancia la vivió entre Jesús María, Pueblo Libre, Lince y Breña. Jubilado,
trabajó casi 30 años para lo que actualmente es Telefónica del Perú. Con el dinero de su jubilación
compró un departamento y realizó ampliaciones a su casa. Y una parte de ese dinero, lo depositó
en CLAE. Le hubiera gustado montar un negocio de “repuestería” de piezas y accesorios para
autos. Cuando habla de su auto alemán con motor gringo que se compró en los ochentas le brillan
los ojos. Su esposa tiene un problema crónico de salud, pero está bien, estable. Empezó a cocinar
durante la pandemia, cuando su esposa tuvo una recaída. Tiene hijos, no recuerdo cuántos. Le
gusta hablar de política, pero tiene un aguante especial para los programas de espectáculos. Quizá
hábitos adquiridos desde que se jubiló.

Fabricio es de Manchay. Su familia es de Tarma. La describe con mucha emoción y nostalgia. Dice
haber avistado el paso del Halley en el 86. En su relato, el año no coincide con el del paso del
cometa. Por la descripción que nos da, Jorge y yo creemos que lo que realmente vio fue un ovni.
Tiene un hijo pequeño. Se emociona mucho cada vez que lo llama. Lo alienta en sus intereses.
Mira y escucha desde su celular sermones airados de predicadores de alguna comunidad religiosa
que no consigo determinar. Su oficio es trabajar con fibra de vidrio en aplicaciones para autos. Sus
nervios los traicionan. Un día es como una sequedad, al otro como un calor, pero la mayoría de
veces es como un vacío en la boca del estómago, como una bolsa de aire que no le deja respirar
bien, que le hace presión, eso intenta decir a los doctores que nos visitan todos los días. Su
saturación es siempre de 98% a más. Le han tomado unas placas. Aún no le entregan los
resultados.

Desde hace un par de días han dejado de administrarme medicina. Básicamente las tomaba para
controlar ciertas molestias. Pero han evaluado que no las necesito más. Me recomiendan
mantener la garganta hidratada.

Hay 4 torres como esta, todas de diecinueve pisos, según he contado. Debemos ser miles en este
momento. Y algunos no tienen la misma suerte que nosotros tres. Fuimos catalogados como
pacientes de prioridad IV. Aún no pregunto a las técnicas qué significa esto. Pero debemos ser de
los que tienen un buen pronóstico, y que han venido a pasar su aislamiento hasta que los síntomas
remitan del todo.

Cuando llegué, le hice con un grupo grande de jóvenes. Fiebre, dolor muscular, dolor de cabeza y
fatiga, en algunos casos, era lo habitual. Mis síntomas no fueron muy severos y no duraron mucho.
Nunca tuve fiebre ni ningún tipo de dolor. Todo empezó con una picazón en la garganta que luego
se convirtió en irritación y muchos mocos. La primera prueba que me hice (la antígena) salió
negativa. Felizmente soy un desconfiado de mierda.

Soy un afortunado, en realidad. “La pagamos barata”, parece ser lo último que nos decimos con la
mirada todas las noches antes de regresar a nuestras habitaciones.

No puedo evitar mirar la ciudad desde este décimo piso, desde mi ventana orientada hacia el
norte. Las lomas y los cerros de Villa El Salvador. Y las noches son más bonitas aún, cuando se
encienden todas las luces. Todo sucede en cámara lenta. Y cuando miró hacia abajo, hacia los
jardines, puedo distinguir a los que son dados de alta y los que son ingresados a su aislamiento.
Todos los días salen y todos los días entran. El flujo es constante. No suelo mirar hacia el este, ya
que siempre me doy con las enormes carpas levantadas para otros tipos de pacientes. Al menos
eso creo. Morbosamente, cuando veo una bolsa negra del tamaño adecuado, salir de estos
lugares, no puedo evitar pensar en lo peor.

“La he pagado barata”, me digo como un perverso mantra.

Hasta aquí mi reporte. Al menos por hoy.

Los veo pronto.

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