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Bitácora Marxista-Leninista

El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno

Equipo de Bitácora (M-L)


EDITORES

Equipo de Redacción:
Equipo de Bitácora Marxista-Leninista

Editado el 15 de marzo de 2021


Reeditado el 25 de agosto de 2021

La presente edición, sin ánimo de lucro, no tiene más que un objetivo,


promover la comprensión de los fundamentos elementales del
marxismo-leninismo como fuente de las más avanzadas teorías de
emancipación proletaria:

«Henos aquí, construyendo los pilares de lo que ha de venir».


Contenido

El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno ---------------------------------- 1

¿En qué descansa la argumentación de la Escuela de Gustavo Bueno sobre la


cuestión nacional? ----------------------------------------------------------------------- 4

¿No podemos hablar de cuestión nacional pendiente en Europa Occidental? -- 10

¿Es cierto que la dialéctica refuta la posibilidad de la existencia y


reivindicaciones nacionales de los catalanes, vascos y gallegos? ------------------ 14

De nuevo la mentira de «los pueblos sin historia» -------------------------------- 20

¿Qué da luz a la problemática nacional en España según la Escuela de Gustavo


Bueno? ---------------------------------------------------------------------------------- 24

Los seguidores de Gustavo Bueno en la cuestión lingüística: ¿unamunistas o


leninistas? ------------------------------------------------------------------------------- 29

¿Es el federalismo incompatible con el marxismo, como nos aseguran los


seguidores de la Escuela de Gustavo Bueno? --------------------------------------- 33

Un repaso sobre el trato que se daba en la URSS revolucionaria al chovinismo y


las distorsiones históricas ------------------------------------------------------------- 38

Los resultados de tratar de fundir luxemburgismo y leninismo en la cuestión


nacional --------------------------------------------------------------------------------- 42

¿Falangismo o leninismo como guía para resolver la problemática nacional? - 45

El «imperio generador»: una burda teoría supremacista para justificar el


expansionismo ------------------------------------------------------------------------- 50

Gustavo Bueno como agente del imperialismo yankee ----------------------------- 57

Armesilla como defensor de la teoría socialimperialista de la «soberanía


limitada» -------------------------------------------------------------------------------- 59

La distorsión de la historia demuestra los delirios de grandeza de nuestros


chovinistas ------------------------------------------------------------------------------ 64

De «leyenda negra» a «leyenda blanca» sobre el colonialismo hispano -------- 69

El Imperio hispánico, un sistema ideal: «ni capitalista ni feudal ni esclavista»,


¿el «reino de los cielos»? -------------------------------------------------------------- 87

La Escuela de Gustavo Bueno y su promoción de la religión en la filosofía y


cultura de la nación -------------------------------------------------------------------- 94

¿Qué pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos personajes


históricos? ----------------------------------------------------------------------------- 103
¿Por qué la Escuela de Bueno desprecia la historia cultural de otros pueblos? 116

¿Qué autores tiene de referencia la Escuela de Gustavo Bueno? ---------------- 124

El gustavobuenismo y sus intentos de blanquear a la reacción y el fascismo -- 134

Las reaccionarias soluciones para España según la Escuela de Gustavo Bueno156

El buenismo como guardián del orden capitalista -------------------------------- 164

¿Qué propone el «reformismo patriótico» en materia económica? ------------ 185

Cómo el armesillismo rechaza a Lenin y ataca su teoría del imperialismo ---- 196

El «antiglobalismo», una trampa nacionalista para la política exterior -------- 236

¿Qué haríamos sin Posadas y Armesilla? Los dos mejores teóricos de la lucha
intergaláctica -------------------------------------------------------------------------- 248
Equipo de Bitácora (M-L)

El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno

¿Qué nos vamos a encontrar en este extenso documento? Principalmente nos


centraremos en su visión sobre la cuestión nacional, ya que es verdaderamente
la idea que nuclea todo el pensamiento del «materialismo filosófico» de Gustavo
Bueno, pero durante la exposición se observará también las bases filosóficas, las
recetas económicas, las nociones políticas o las propuestas culturales de esta
escuela de sofistas. Consideramos que el combate sin piedad hacia todos los
nacionalismos habidos y por haber no es algo opcional sino imprescindible. ¿El
motivo? Unos y otros se complementan y retroalimentan para desviar a los
trabajadores de su camino de emancipación social: la abolición de las clases
sociales. En concreto, en lo tocante al nacionalismo español, la Escuela de
Gustavo Bueno ha sido sin ningún género de duda la cuna de muchos de los
personajes, libros y argumentarios que han salido de esta bancada, por lo que
viene siendo hora de desnudar sus más que evidentes contradicciones. Esta
última es una labor ideológica que lamentablemente no hemos visto registrada
en ninguno de sus supuestos enemigos ideológicos, al menos no en una
profundidad argumentativa y pedagógica que sirva como referencia, y esto es
justamente lo que nosotros –sin ninguna falsa modestia– reconocemos que
buscamos con el contenido de la presente obra. Al igual que en cualquiera de las
otras ocasiones queremos advertir a los sujetos que serán objeto de crítica que a
aquí priori no hay ninguna inquina personal: la crítica frontal y demoledora
realizada hacia los distintos personajes de turno que irán apareciendo en el
texto –Gustavo Bueno, Santiago Armesilla, Pedro Ínsua o Jesús G. Maestro– es
solo la excusa, el pretexto idóneo o el marco de referencia para abordar una
problemática mucho mayor que transciende a estos personajes, pues solo son
unos de tantos representantes de una postura equivocada, de una visión
distorsionada del mundo, de un vicio a eliminar.

Aunque en todos y cada uno de los planteamientos de Gustavo Bueno se subyace


un vitalismo avasallador e irracional –típico del fascismo del siglo XX–, él
intentó conjugar dicho instinto –a todas luces ramplón y reaccionario– con una
bonita carcasa filosófica, cuyo fin no era otro que disimular las barbaridades que
deseaba implantar. Así, pues, mediante un lenguaje «técnico» y una explicación
aparentemente «racional» estuvo mucho mejor pertrechado para relativizar o
disimular las opiniones tan polémicas que acostumbraba a lanzar. Pero ahí no
acababa este ejercicio maquiavélico: trató de justificar sus complicadas y
enmarañadas teorías como algo solo apto para «entendidos», no para el vulgo,
según él, incapaz de entender y aceptar su «trascendental filosofía». En el
«materialismo filosófico» hay una clara inspiración en autores mundialmente
conocidos, pero se nota especialmente la influencia de Ortega y Gasset y
Unamuno, quienes no parece casualidad que en su momento hayan sido las

1
fuentes castizas que estimularon el pensamiento falangista en España. Gustavo
Bueno creyó preciso que para coronar su empresa debía aspirar a algo más
cercano a Hegel que a Unamuno: no bastaba con intentar elaborar reflexiones
fragmentarias, chocantes o elocuentes, sino que debía construirse un gran
bloque compacto con un argumentario definido, en definitiva, un gran sistema
filosófico que causase asombro por la infinidad de temas a abordar y que crease
un nuevo lenguaje que le hiciera reconocible ante sus adeptos. No obstante, si
por fortuna nuestro amado lector no es una persona fácilmente impresionable,
podrá detectar a las primeras de cambio que los representantes de esta escuela
no tienen nada de eruditos, a lo sumo son charlatanes profesionales, y la mayor
prueba está en que intentan defender lo indefendible con una retórica de secta
endogámica, la cual comienza y acaba por un constante ritual de culto a la
personalidad hacia su «maestro» que acaba resultando enfermizo.
Paradójicamente hablamos de una de las debilidades que también ha adolecido
el marxismo y otras doctrinas político-filosóficas en el siglo anterior, pero que
ellos, lejos de superar, parecen perpetuar sin complejo alguno. A la vista está
también que si tuviesen algún tipo de pretensión popular no utilizarían teorías y
conceptos tan sumamente complejos como estúpidos, los cuales no se molestan
en adaptar o disimular frente a los trabajadores de a pie.

¿Cuál es el perfil de los adeptos a la Escuela de Gustavo Bueno? Muchos de ellos


son orgullosos seguidores de las tesis del asturiano y se reconocen como
fervorosos nacionalistas españoles, pero algunos otros, como ocurría con el
propio Sr. Bueno, tienen la desvergüenza de autodenominarse «marxistas» o al
menos prometen estar muy influenciados por dicha corriente… en la práctica no
hay nada más lejos de la realidad. Esta escuela filosófica se declara «ni de
izquierdas ni de derechas», otras, se presenta como valedora y superadora de los
«límites del marxismo», sea como sea, sus planteamientos son tan sumamente
reaccionarios y excéntricos que se refutan a sí mismos, pero sin una ordenación
y exposición correcta, no todos tendrán esto tan claro. He aquí una de las
razones por las que era hora que refutar este mito de Gustavo Bueno como
«gran filósofo», uno que, como era de esperar, también ha calado muy hondo
entre el revisionismo patrio, y entiéndase que podemos englobar en este bloque
a todos aquellos que se hacen pasar por marxistas para introducir luego mejor
su mercancía antimarxista, aunque en honor a la verdad existen algunas
excepciones donde este es un actuar inconsciente fruto de la ignorancia.

Si bien su influencia es ínfima entre los verdaderos revolucionarios, los


argumentos de la Escuela de Gustavo Bueno sí han permeado entre parte de la
población, quizás no tanto por su propio esfuerzo ni su alcance, sino porque
recuperan y continúan el legado del nacionalismo español decimonónico y los
viejos dogmas del falangismo, asimilados por la población durante siglos. En
consecuencia, mientras continúe el sistema actual, siempre hay posibilidad de
que este discurso tenga repercusión entre las capas de trabajadores más
atrasados, en el joven romántico, y por supuesto, entre la intelectualidad
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conservadora. Por ello debe realizarse un esfuerzo en desenmascarar su
demagogia y su hipocresía, sus intentos de establecerse como quinta columna
bajo cualquier excusa aparentemente inocente, como en este caso pudiera ser
«combatir el supremacismo del nacionalismo catalán» o «cultivar un sano amor
a la tierra, su cultura y sus gentes».

La burguesía española siempre ha estado muy complacida con las actuaciones


de estos mercenarios académicos, y tiene toda lógica puesto que la Escuela de
Gustavo Bueno le sirve –en el sentido de vasallaje y en el sentido de utilidad–
para confundir y seducir a propios y extraños, es por esta razón y no otra que
financia sus asociaciones con dinero público y privado para mantener ese nicho
seguro. Pero, seamos francos, el poder necesita algo menos frívolo y más
cercano a las masas como para hacer que el trabajador asalariado consuma el
narcótico nacionalista. Recordemos que un buen propagandista no es aquel que
convence a quienes ya están convencidos, sino aquel que persuade a quienes
todavía dudan o son abiertamente hostiles. Por ello, una corriente ideológica
más centrada en propagar y emular las epopeyas de un imperio colonial pasado
que en plantear planes eficaces para solucionar los atolladeros de la política
burguesa presente, nunca puede resultar útil del todo. Cumplirá un gran papel
en las universidades y será un gran pasatiempo para distraer a los exaltados,
nostálgicos y similares, pero nunca será la plataforma idónea para embaucar en
masa a todos esos millones de trabajadores anónimos.

En conclusión, la Escuela de Gustavo Bueno tiene un techo de crecimiento muy


evidente. Entiéndase que personas cuya mayor emoción es disfrazarse de un
soldado de los tercios y que tiene como insignias de referencia a figuras de la
realeza de siglos pasados, no solo es anacrónico y reaccionario, sino
completamente freak para cualquier persona con dos dedos de frente, sepa de
política o no. Dicho lo cual, el capitalismo nacional, aunque les agradece sus
esfuerzos, prefiere apostar mayores cuotas de dinero en otras corrientes
políticas de mayores garantías. Puestos a elegir, opta más por los clásicos
políticos que salen a escena vestidos de corbata, que manejan discursos fáciles y
emocionales; no a gente extraña que habla de «Imperios Generadores»,
«Dialécticas de Estados», «Izquierdas Indefinidas» y patochadas de ese estilo,
algo que para el trabajador medio de Amazon, Repsol o Zara ni capta ni tiende
tiempo de detenerse en tratar de comprender de qué demonios le está hablando.
En su conjunto los capitalistas se fían más de los políticos modernos que en sus
redes sociales sonríen, cocinan, toman café, juegan con el perro o hacen
alpinismo para aparentar cotidianidad, eso tiene gancho, crea afinidad con la
masa social; todo lo contrario de lo que ocurre con las redes sociales de los
gustavobuenistas quienes respiran más folclore que una zarzuela,
engalanándose con imágenes y simbología de reyes, conquistadores y
exploradores castellanos muertos que hoy el ciudadano medio ni conoce. La
pregunta es, ¿en serio no se dan cuenta de su bufonada teórica y estética que
portan? ¿Serán así de imbéciles o es porque les pagan? Misterios sin resolver.
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¿En qué descansa la argumentación de la Escuela de Gustavo Bueno
sobre la cuestión nacional?

En 1960, Gustavo Bueno, tras conseguir la cátedra de filosofía en la Universidad


de Oviedo, confesaría su ferviente admiración hacia el historiador Santiago
Montero Díaz, su profesor y mentor, que había desertado del marxismo hacia el
fascismo, llegando a ocupar puestos de honor en la educación franquista:

«Independientemente del aparente alejamiento en que vivo respecto de Vd.,


sigue Vd. siendo para mí lo que fue siempre: mi maestro y consejero, una
referencia inexcusable –«haz esto como si don Santiago te viese», me he dicho
muchas veces–, un hombre a quien mi respeto aumenta con el tiempo». (X.
Núñez Seixas; La sombra del César. Santiago Montero Díaz, Una biografía
entre la nación y la revolución, 2012)

Nuestro lector debe entender que esto ya explica bastante de en qué


pensamientos se pudo mover el joven Gustavo Bueno de sus inicios, esencia que
no cambiaría tras llegar a su etapa adulta.

El buenismo, tan pretencioso como su creador, acabó presentándose como la


corriente que mejor comprendía el concepto de nación, por lo que siempre se ha
permitido dar «dar cátedra» al resto. Algunos de sus adeptos dicen basarse en el
marxismo para ordenar sus planteamientos sobre esta cuestión. Pero, ¿conocen
y aplican las nociones marxistas sobre la cuestión nacional? Bueno, unos las
desconocen, otros las distorsionan.

«Entrevistador: ¿Cataluña es una nación?

Gustavo Bueno: Es que nación es un concepto muy diverso; por tanto, hablar
de nación no tiene sentido». (El Español; «¿Sánchez? Sicofante. ¿Iglesias?
Demagogo. ¿Rivera? Ajedrecista», Entrevista con el filósofo Gustavo
Bueno, 29 noviembre, 2015)

En otras ocasiones Gustavo Bueno concebía que «España es tan grande» que no
necesita ser explicada por los rasgos definitorios de la nación, no hablemos ya
de la formulación marxista. Es más, dice que:

«— Entrevistador: ¿Y la idea de nación?

— Gustavo Bueno: No hay una teoría sobre la nación». (La España Nueva, 21
de noviembre de 1999)

He aquí un escéptico de los pies a la cabeza, que solo a través del subjetivismo
trató de armar su relato.

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Uno de sus discípulos, Santiago Armesilla, se queja en sus conferencias de que
la gente no comprende las obras clásicas del marxismo sobre la cuestión
nacional tal y como él hace. Pero su falta de capacidad de comprensión llega al
punto de proclamar ridículamente que:

«Stalin elabora este texto [«El marxismo y la cuestión nacional» de 1913], y en


él propone siete características que tiene que tener obligativamente una nación
para ser nación». (Santiago Armesilla; Cuestión nacional, dialéctica de Estado
y Revolución Bolchevique de 1917, 2017)

Al señor Armesilla le vendría bien repasar o directamente conocer los


fundamentos marxistas sobre el tema. Véase el capítulo: «La aparición del
bolchevismo y su trato de la cuestión nacional» de 2020.

Una vez más, vayamos a las fuentes directas para salir de dudas. Stalin,
corrigiendo precisamente distorsiones nocivas de la cuestión, diría a unos
comunistas:

«Los marxistas rusos tienen desde hace ya tiempo su teoría de la nación.


Según esta teoría, nación es una comunidad humana estable, históricamente
formada y surgida sobre la base de la comunidad de cuatro rasgos
principales, a saber: la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica
y de psicología, manifestada esta en la comunidad de peculiaridades
específicas de la cultura nacional. Como es sabido, esta teoría ha sido admitida
unánimemente en nuestro Partido». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili;
Stalin; La cuestión nacional y el leninismo, 1929)

¡Pero el señor Armesilla coge tres consecuencias de los cuatro rasgos


constitutivos de una nación y las eleva a causa! En el último fragmento de su
obra respecto a la cuestión nacional, Stalin rechaza las ideas metafísicas según
las cuales las naciones son tales cuando se independizan estatalmente.

Si Armesilla no entiende la médula de la cuestión nacional, no se debería


permitir el lujo de impartir lecciones sobre la misma, y menos en nombre de un
«análisis marxista». En otros documentos ya explicamos la diferencia entre una
acepción marxista y nacionalista respecto a qué es una nación y cómo se forma.
Véase el capítulo: «Los conceptos de nación de los nacionalismos versus el
marxismo» de 2020.

En realidad, los principios de Armesilla claramente son una mezcolanza burda


de argumentos metafísicos con reminiscencias del nacionalismo hegeliano.
Pero, sorprendentemente, esta mezcla bastarda se intenta hacer pasar por
marxista o superación del mismo. Todo su pensamiento sobre cuestión nacional
se basa en distorsionar una verdad histórica: que el marxismo saluda y prefiere
encontrarse cuando el proletariado llega al poder un Estado grande y
centralizado, no un Estado con varios problemas nacionales, descentralización
económica y fragmentación legislativa y territorial. Cierto es que el primero

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facilita las tareas de socialización y coordinación de las fuerzas productivas,
pero el marxismo no actúa acorde a deseos, sino a hechos y, como hemos visto
antes, no es el caso de España cuando desarrolló el capitalismo. Si un marxista
no reconoce el problema nacional que existe en su país, sus soluciones no irán
más allá de una imposición subjetivista que, como han demostrado todos los
gobiernos recientes, no sirve para frenar a los movimientos nacionales de la
periferia; al contrario: aviva sus pretensiones secesionistas que cada vez calan
más entre la gente, y de paso también los rencores y trifulcas nacionales. Sobra
comentar que adornar con cierto halo místico los mitos nacionales del
chovinismo patrio y tachar de progreso en favor de la humanidad todo acto que
conduzca a que el Estado mantenga o engulla por la fuerza a otros pueblos que
no quieren formar parte del Estado no solo es un nacionalismo ramplón
imposible de camuflar, sino que es un mecanicismo antidialéctico ya refutado
por la historia. Este nacionalismo, útil para justificar el expansionismo
imperialista, cae con facilidad en la teoría menchevique que da prioridad
absoluta al desarrollo técnico de las fuerzas productivas, pero que olvida prestar
demasiada atención a las relaciones de producción imperantes o a la lucha de
clases. Lo cierto es que la historia ha demostrado que pueblos como el ruso o el
albanés, mucho más atrasados en relación con otras potencias imperialistas de
la época, pudieron hacer la revolución proletaria y lograr un vertiginoso avance
de las fuerzas productivas, abanderando incluso el progreso técnico y
productivo en algunos campos a nivel mundial, tal y como ocurrió con la URSS.

Es más, esto se consiguió, pese a haber dado la independencia a zonas como


Polonia o Finlandia en 1917. He ahí la estupidez de hablar de la conservación
integral del antiguo imperio burgués en lo territorial como algo necesario para
el socialismo. ¡La cuestión socialista no versa fundamentalmente sobre el
número de kilómetros de la frontera! Este defecto nacionalista se refleja
fácilmente en personajes trasnochados como Armesilla, el cual tampoco es
capaz de analizar críticamente las relaciones de producción de los regímenes
capitalistas-revisionistas que publicita, de los cuales incluso saluda su fuerte
contenido nacionalista y religioso, como ocurre con el castrismo en Cuba o el
juche en Corea, del mismo modo que se saluda la opresión nacional que ejercen
sobre otros pueblos para mantener su vasta extensión, haciendo una apología
del neomaoísmo de China. Esto recuerda a los viejos burgueses españoles
saludando los progresos del fascismo europeo a la hora de avivar el veneno
nacionalista y el fanatismo religioso entre la población, valores que eran
aplaudidos si con ello se lograba «revivir la gloria de la nación», por lo que
fundarían el falangismo para emularles. Pues los buenistas no difieren en nada
de lo fundamental: primero España, luego España y después España.

Para tratar de desacreditar la existencia de otras naciones y su derecho a la


autodeterminación, se utiliza el siguiente falso argumento: aceptar la existencia
de la nación catalana significaría, por ende, aceptar que la nación española no
existe. ¿Un silogismo un poco barato para un filósofo no?

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«Así, muchos españoles, algunos incluso con asiento de diputado en las Cortes,
dicen «no sentirse españoles», es decir, dicen no serlo, precisamente por no
poder pertenecer a algo que se supone no existe». (Santiago Abascal y Gustavo
Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

¡Esto sería tan estúpido como si los mencheviques discutiendo contra los
bolcheviques en el siglo XX propusiesen que reconocer la existencia de la nación
ucraniana o finlandesa supusiese, a su vez, negar la existencia de la nación rusa!

Para probar la nación castellana o española –y negar las demás– nos traen a
colación la existencia del recuento del PIB a nivel estatal, el reconocimiento de
España en las instituciones internacionales, la Constitución, los emblemas del
Estado o la historiografía española. Volvemos a lo mismo. ¿No tenían el zarato
ruso y otras instituciones desaparecidas estos mismos mecanismos? ¿Qué se
pretende demostrar con eso? ¿Significa esto que la nación rusa no existiera? No.
¿Significa que no existieran los polacos y otras naciones, aunque estuvieran
subyugadas por del zarato ruso? Tampoco.

Pero no se dan por vencidos y, de nuevo, bajo la senda idealista y metafísica,


insisten ahora en que «una nación no puede estar oprimida, pues no es una
nación hasta que se libera del Estado que lo tutela»:

«Una «nación oprimida» es un contrasentido, por mucho que el


pseudoconcepto se repita desde el discurso secesionista. La soberanía nacional,
en general, implica precisamente libertad. Y para poder hacer la ley y hacer
cumplirla: una «nación no libre» –oprimida–, no es una nación. Otra cosa, es
que si la secesión triunfa llegue a serlo, convirtiéndose lo que era una parte en
un todo nacional; pero si «llega a serlo», porque insistimos, con anterioridad
no lo era». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de España.
Razones para el patriotismo español, 2008)

De nuevo, aquí se practican sofismas metafísicos. Una «nación oprimida» no es


ni más ni menos que una nación que ha llegado a su constitución como nación y
sufre una opresión que le impide tomar sus decisiones de forma libre. Esto
significa que puede ser una nación que tenía soberanía estatal y la ha perdido
recientemente; o puede que la haya formado con el devenir, aunque nunca haya
disfrutado históricamente de esa soberanía estatal.

Un histérico Pedro Ínsua, haciéndose pasar por alguien muy ducho en


marxismo, repetía a base de gritos todos estos argumentos de Bueno una y otra
vez:

«Pedro Ínsua: El materialismo histórico no puede ser fuente por cuestiones


teóricas, de esa conciencia nacional fragmentaria. (…) No justicia la realidad
de una nación vasca, catalana o gallega. (…) La idea de una pluralidad con
España es incompatible con el materialismo histórico». (La izquierda y los

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nacionalismos en España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y Santiago Armesilla,
2018)

En ningún momento explica este pseudoargumento; no sale de esa repetición en


bucle. Pero entre alaridos nos ha quedado claro que está de acuerdo con Bueno,
Armesilla y Abascal.

En cambio, sí se atreve a manipular el materialismo histórico y afirma:

«Pedro Ínsua: La idea de la nación vasca, implica su separación, porque


implica conformarse en un Estado, para administrar esa identidad. Esta
petición de un Estado, esa conversación de una cultura vasca en política, en
Estado de cultura, porque si no –según la idea de los nacionalistas vascos–, se
pervertiría siempre, estaría penetrada por un Estado ajeno. (…) España tiene
que romperse por razones políticas, si se reconoce a esas naciones, la
consecuencia práctica es la ruptura». (La izquierda y los nacionalismos en
España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y Santiago Armesilla, 2018)

Aquí encontramos tres falsedades evidentes de este pobre desquiciado.

Primero. El engaño inicial se centra en hacer entender que el reconocimiento de


la cuestión nacional por los marxistas implica que los pueblos, una vez sean
libres de elegir –y esto solo puede ser de forma completa en el socialismo–,
serán dirigidos por el nacionalismo y elegirán, automáticamente, romper sus
vínculos con el proletariado de la nación anteriormente opresora. Esto es una
incongruencia con la construcción del socialismo, que implica lograr la
dirección de la vanguardia del partido del proletariado en la mayoría de las
regiones posibles del Estado, que es internacionalista per se. Esto es, en el mejor
de los casos, una tesis derrotista, en el peor, una estafa argumental y consciente
de un chovinista retorcido. Lenin afirmó que los revolucionarios
internacionalistas:

«Deben exigir absolutamente que los partidos socialdemócratas de los países


opresores –sobre todo de las llamadas «grandes» potencias– reconozcan y
defiendan el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación, y
justamente en el sentido político de esta palabra, es decir, el derecho a la
separación política. El socialista de una gran potencia o de una nación
poseedora de colonias, que no defiende este derecho, es un chovinista. La
defensa de este derecho no solamente no estimula la formación de pequeños
Estados, sino que, por el contrario, conduce a que se constituyan, del modo
más libre, más decidido y por lo tanto más amplio y universal, grandes
Estados o federaciones de Estados que son más ventajosos para las masas y
más adecuados para el desarrollo económico». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
El socialismo y la guerra, 1915)

La historia de la URSS daría la razón a Lenin. Esta cita, en cambio, deja a Ínsua
en evidencia, retratándolo como chovinista –o socialchovinista si lo prefiere–.

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Segundo. La idea reduccionista según la cual si una nación no se conforma como
Estado propio perece y que, mientras no exista como Estado, no existe como
nación ni puede desarrollar mínimamente su idioma, su cultura, cuotas de
representación poder o materia legislativa, autonomía económica:

«De vuestras cartas se desprende que consideráis incompleta esta teoría. Por
ello proponéis añadir a los cuatro rasgos de la nación uno más, a saber: la
existencia de un Estado nacional propio e independiente. Vosotros estimáis
que, si no existe este quinto rasgo, no hay ni puede haber nación. Me parece
que el esquema que proponéis, con su quinto rasgo del concepto «nación», es
profundamente erróneo y no puede ser justificado ni desde el punto de vista de
la teoría ni desde el punto de vista de la práctica de la política.

De aceptar vuestro esquema, sólo podríamos reconocer como naciones a las


que tienen su propio Estado, independiente de los demás, y todas las naciones
oprimidas, privadas de independencia estatal, deberían ser excluidas de la
categoría de naciones. Además, la lucha de las naciones oprimidas contra la
opresión nacional y la lucha de los pueblos de las colonias contra el
imperialismo deberían ser excluidas de los conceptos «movimiento nacional» y
«movimiento de liberación nacional». Es más, de aceptar vuestro esquema,
deberíamos afirmar que:

a) los irlandeses no se convirtieron en nación hasta después de haber formado


el «Estado Libre de Irlanda», no constituyendo hasta entonces una nación;

b) los noruegos no fueron una nación mientras Noruega no se separó de


Suecia, y únicamente se convirtieron en nación después de haberse separado;

c) los ucranianos no constituían una nación cuando Ucrania formaba parte de


la Rusia zarista, y únicamente se convirtieron en nación cuando se separaron
de la Rusia Soviética, bajo la Rada Central y el hetman Skoropadski, pero
luego de nuevo dejaron de ser una nación, al unir su República Soviética de
Ucrania con las demás Repúblicas Soviéticas en la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La cuestión
nacional y el leninismo, 1929)

A vistas de esto, para estos señores ignorantes, no existe la nación galesa o


escocesa porque no existen con la libre potestad de manejar Estados propios. A
lo mejor es que pretenden afirmar que las naciones que eligieron libremente
unirse a la URSS dejaron de ser naciones y luego volvieron serlo una vez la
URSS se fragmentó. ¡Quién sabe!

¿No se supone que según la Escuela de Gustavo Bueno los reclamos hoy
existentes de los nacionalistas de vascos y catalanes son el resultado de la
«excesiva autonomía» que se contempla en la Constitución de 1978? ¿En qué
quedamos, señores ilustrados? ¿Existe el problema nacional en España por
culpa de una constitución o porque ya venía de lejos? Tic, tac, tic tac… bueno

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continuemos mientras piensan otra excusa. ¿En qué posición queda vuestra idea
místico-idealista joseantoniana de nación española cuando cada vez que los
pueblos de esas regiones separatistas pueden elegir libremente a sus
representantes, eligen a los de sus movimientos nacionales? ¿Por qué
demandan el uso de su lengua, e incluso cuando reclaman más autonomía que
dicha constitución no contempla como la elección a la federación o la secesión?
¿En qué lugar os dejan todas estas realidades? Solo demuestra que no tenéis ni
remota idea de lo que habláis, por eso os veis obligados a cerrar los ojos muy
fuertemente cada vez que hay elecciones o movilizaciones en las calles de estas
regiones. Porque no os gusta la verdad.

Tercero. La falsa idea de que el reconocimiento de los derechos a una nación


implica automáticamente su secesión.

«No se puede ser demócrata y socialista sin exigir de inmediato la plena


libertad de divorcio, pues la ausencia de tal libertad es una opresión adicional
del sexo oprimido, aunque no es difícil comprender que el reconocimiento de la
libertad de dejar al marido ¡no es una invitación a que lo hagan todas las
esposas! (...) Cuanto más amplia sea la libertad de divorcio, tanto más claro
será para la mujer que la fuente de su «esclavitud doméstica» es el capitalismo
y no la falta de derechos. Cuanto más amplia sea la igualdad de derechos de
las naciones –que no es completa sin la libertad de separación–, tanto más
claro será para los obreros de las naciones oprimidas que la causa de su
opresión es el capitalismo y no la falta de derechos, etc. (...) Debe repetirse una
y otra vez: es molesto machacar el abecé del marxismo, pero, ¿qué podemos
hacer si P. Kíevski no lo conoce? (...) En el fondo sólo queda en pie un
argumento: ¡la revolución socialista lo resolverá todo! O el argumento que
suelen esgrimir quienes comparten sus puntos de vista: la autodeterminación
es imposible bajo el imperialismo y está demás en el socialismo. Desde el punto
de vista teórico este criterio es absurdo; desde el punto de vista práctico y
político es chovinista. No valora la significación de la democracia. Pues el
socialismo es imposible sin democracia, porque: (1) el proletariado no puede
llevar a cabo la revolución socialista si no se prepara para ella luchando por la
democracia; (2) el socialismo triunfante no puede consolidar su victoria y
llevar a la humanidad a la extinción del Estado, sin la realización de una
democracia completa. Decir que la autodeterminación es superflua bajo el
socialismo, es tan absurdo y tan irremediablemente confuso como decir que la
democracia es superflua bajo el socialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
Una caricatura del marxismo y el «economicismo imperialista», 1916)

«Antes se coge a un mentiroso que a un cojo», dice el refranero castellano.

¿No podemos hablar de cuestión nacional pendiente en Europa


Occidental?

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Por supuesto, el metafísico creerá que las naciones son santas y eternas. El
socialimperialista negará el carácter del capitalismo en su etapa monopolista y
la opresión nacional que genera. El socialchovinista justificará, además, la
opresión nacional de su burguesía bajo argumentos variopintos.

Armesilla, a veces, dice defender el derecho de autodeterminación del


marxismo-leninismo, pero siempre con sus propios «matices». Intentando
darse un barniz de experto, trata de dar argumentos de autoridad, proclamando
que Lenin ya estableció que la cuestión nacional en Europa occidental había
finalizado en 1914 –algo que su mellizo ideológico, Roberto Vaquero, también
repite día y noche–:

«En la Europa continental, de Occidente, la época de las revoluciones


democráticas burguesas abarca un lapso bastante determinado,
aproximadamente de 1789 a 1871. Esta fue precisamente la época de los
movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada
esta época, Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados
burgueses que, además, eran, como norma, Estados unidos en el aspecto
nacional. Por eso, buscar ahora el derecho de autodeterminación en los
programas de los socialistas de Europa Occidental significa no comprender el
abecé del marxismo». (Lenin) (…) Lo que objeta Lenin a Rosa Luxemburgo en
su texto sobre la autodeterminación, era que Rosa traba de aplicar al imperio
de los zares, una forma de aplicar la cuestión nacional que solo era aplicable a
los países de Europa Occidental. (…) Porque la composición de los imperios
multiétnicos de Europa Oriental que eran tres, el imperio ruso, el imperio
austro-húngaro, y el imperio otomano, era muy distinta a las naciones
políticas de Europa Occidental». (Santiago Armesilla; Cuestión nacional,
dialéctica de Estado y Revolución Bolchevique de 1917, 2017)

Efectivamente, las naciones surgen en un territorio en la fase ascensional del


capitalismo, este es el caso de España, pero también de las naciones a las que
Armesilla decide negar su existencia como Cataluña, Euskadi y Galicia. Con esto
nos quiere dar a entender que en Europa Occidental la cuestión nacional ya
estaba resuelta. Bien, ya que parece que no ha leído toda la obra completa de
Lenin sobre cuestión nacional, le ayudaremos con unos pocos ejemplos que
muestran que esa cuestión nacional seguía pendiente. No por él, sino por sus
pobres seguidores que sí tengan algo de capacidad de salir de esta mentira que
es el buenismo:

«La consigna de autodeterminación de las naciones debe ser planteada


igualmente en relación con la época imperialista del capitalismo (…) El
imperialismo consiste precisamente en el deseo de las naciones que oprimen a
una serie de naciones ajenas de ampliar y afianzar esa opresión, de repartirse
de nuevo las colonias. Por eso, la médula del problema de la
autodeterminación de las naciones reside en nuestra época, precisamente, en
la conducta de los socialistas de las naciones opresoras. El socialista de una

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nación opresora –Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, Rusia, Estados
Unidos, etc.– que no reconoce ni defiende el derecho de las naciones oprimidas
a la autodeterminación –es decir, a la libre separación– no es, de hecho, un
socialista, sino un chovinista. (…) Si los socialistas de Inglaterra no reconocen
ni defienden el derecho de Irlanda a la separación; los franceses, el de la Niza
italiana; los alemanes, el de Alsacia y Lorena, el Schleswig danés y Polonia;
los rusos, el de Polonia, Finlandia, Ucrania, etc.; y los polacos, el de Ucrania.
Si todos los socialistas de las «grandes» potencias, es decir, de las potencias
que realicen grandes saqueos, no defienden este mismo derecho para las
colonias, es única y exclusivamente porque en la práctica son imperialistas y
no socialistas. Y es ridículo hacerse la ilusión de que son capaces de aplicar
una política socialista gentes que no defienden el «derecho de
autodeterminación» de las naciones oprimidas, perteneciendo ellos mismos a
las naciones opresoras». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El problema de la
paz, 1915)

En 1932, la Internacional Comunista (IC) reprendería a su sección en España


por «subestimar la importancia del problema nacional para el desarrollo de la
revolución», exigiendo que se pusiese especial énfasis en «corregir la pasividad
sectaria con respecto a los movimientos de emancipación nacional de los
catalanes, vascos y gallegos». El tiempo le dio la razón a la IC.

Efectivamente, si a día de hoy un pretendido marxista en España, después de


estudiar su historia, no reconoce y defiende el derecho de autodeterminación –y
además es tan ridículo como para proclamar que después de siglos enquistada la
problemática nacional, es un tema meramente «artificial»–, no puede esperar
que nosotros, ni las masas, se tomen en serio su «política marxista» y su
«análisis dialéctico» en otros campos.

Santiago Armesilla, sorprendía a propios y extraños al datar la existencia de la


nación española en el siglo XV:

«@armesillaconde: Isabel, la Católica. Reina de Castilla y de Aragón tras su


matrimonio con el Rey Fernando. Como Reyes Católicos, organizan España
como nación histórica por primera vez, completan la Reconquista y
patrocinan el Descubrimiento de América en 1492. Inaugura el Imperio
español». (Twitter; Santiago Armesilla, 23 de mayo de 2018)

¡No sabíamos que en plena era feudal y con un simple matrimonio se forjaba
automáticamente una nación! ¡Olé! ¡Qué poderío el español!

En otra ocasión se contradice y data la formación de la nación española en el


siglo XIX. Así, pues, siguiendo el discurso institucional de la monarquía
parlamentaria actual, nos dice que:

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«La nación política empieza a reclamar su soberanía en un acto de rebelión en
ese día. Y tiene su culminación el 19 de marzo de 1812, cuando se proclama la
Constitución de Cádiz. Fecha que también podría optar a Fiesta Nacional
Española». (Santiago Armesilla; Entrevista, 2018)

¿Cómo es posible que esta gente diga aceptar la tesis marxista según la que la
nación moderna se forma en los albores del capitalismo, y a la vez proclamar
que la presunta nación española «se cristalizó definitivamente» en 1812, si
hablamos de uno de los países más atrasados de Europa Occidental? Peor aún,
¿cómo se puede declarar en ese mismo espíritu antidialéctico que una única
nación se formó acabadamente en 1812 y por ello se imposibilitó el desarrollo de
otras naciones posteriores? ¿Se forma de una vez y para siempre? ¡Qué
atropellos antidialécticos realiza este hombre! Los delirios de Armesilla hacen
que quiera afirmar que en un Estado latifundista, donde el primer ferrocarril se
construyó primero en Cuba, en 1837, y luego en Barcelona, en 1848, donde el
proyecto liberal se vino abajo varias veces con repetidas quiebras bancarias e
industriales durante los débiles gobiernos liberales y progresistas, unos
gobiernos que mantuvieron durante todo ese siglo una dependencia externa
para la poca industrialización que se logró, que sufrió tendencias centrífugas
constantes… que todo esto, conformó un Estado capaz de articular mágicamente
una única nación y eliminar cualquier resquicio de particularismo. No se
reconoce que esa mezcla de dichos particularismos, pasados y nuevos, fue
surgiendo y minando esos intentos centralizadores, e idealistamente, negando la
realidad material, afirma sin sentido alguno que lo que ocurre hoy es algo
artificial creado por algunos políticos e intelectuales de esas regiones en el siglo
XIX y el dinero británico y estadounidense para socavar España. Esto es lo que
ocurre cuando uno quiere que la realidad de adapte a ti y no tus análisis a la
realidad.

Como hemos dicho en varias ocasiones, las teorizaciones de Prat de la Riba


sobre la nación catalana en la década de los 80 del siglo XIX no son el mero
resultado del apasionamiento de un intelectual, sino que son producto de una
época muy concreta: pese a su filosofía idealista y a los artificios místicos, su
reivindicación de Cataluña con una identidad nacional corresponde más bien a
un reflejo de la realidad de aquel entonces con una Cataluña industrializada, en
auge como motor de la economía española, con una mentalidad propia. Todo
esto con el telón de fondo de una mentalidad europea como es la del
nacionalismo romántico, que traía a la palestra con mayor o menor fortuna el
pasado histórico de ciertos pueblos y su derecho a existir –véase el nacionalismo
checo, griego, noruego o serbio–. Es el mismo caso que el del nacionalista
Sabino Arana en Euskadi, o el de los nacionalistas alemanes como Fitche o
Hegel, con sus reivindicaciones tanto reales como ficticias sobre la historia
pasada, con perspectivas de presente y futuro para la Alemania de aquellos días.
Esto no excluye que dichos personajes planteasen sobre la mesa visiones
reaccionarias, ni tampoco que, como los nacionalistas españoles del siglo XIX,

13
decorasen la realidad material con sus relatos llenos de mitos nacionales, pues
el nacionalismo conlleva siempre tal deformación de la realidad consciente o
inconsciente debido a su raíz filosófica idealista. Esta misma idealización que
existe en varios de los autores ilustrados de la Revolución Francesa del siglo
XVIII, incluso entre los filósofos del materialismo mecanicista. Véase el
capítulo: «¿Qué pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos
personajes históricos?» de 2021.

La eclosión de un movimiento nacional, si se quiere llamar así, no solo se dio en


España con las Guerras Napoleónicas (1803-1815), sino que también se dio en
Polonia, se dio en Suecia, en Rusia y en otros lugares. Pero esto no significa que
tampoco estas zonas hubieran desarrollado completamente una identidad
nacional tal y como la entendemos hoy. Incluso aunque dicha hipótesis pudiera
ser correcta, existe algo mucho más importante que algunos olvidan: la
posterior formación y reivindicación nacional de los lituanos, alemanes o
ucranianos en Polonia; de los noruegos en Suecia; de los bielorrusos, georgianos
kazajos, y otros en Rusia; de los catalanes o vascos en España. ¡He ahí lo
ridículo de retrotraerse de forma estéril una y otra vez a la Edad Media y a la
Edad Moderna de forma unilateral!

Es más… ¿alguien pretende hablarnos de la cuestión nacional con artículos de


Larra de la década 30 del siglo XIX? ¿Alguien pretende fundamentar de forma
seria la cuestión nacional de hoy con los artículos de Marx sobre España de
1854, cuando los movimientos nacionales como el vasco o el catalán no habían
echado a andar? Si alguien pretende negar la nación vasca o catalana con las
críticas de Larra o Marx al carlismo de los vascos, como hacen Pedro Ínsua o
Santiago Armesilla, significa que su dominio del materialismo histórico es
ínfimo y que, en cambio, son grandes maestros del sofismo, como su «gran
mentor» Gustavo Bueno. Esto sería como querer comparar críticamente el bajo
nivel productivo del campo y la falta de industria en España, que anotaba Marx,
con los problemas que afronta hoy como la cuestión de la tercerización de la
economía y el fenómeno del turismo; es decir, relacionar temas de un carácter
diferente y que nada tienen que ver con el problema que estamos hablando. Se
trata de un mecanicismo de manual.

¿Es cierto que la dialéctica refuta la posibilidad de la existencia y


reivindicaciones nacionales de los catalanes, vascos y gallegos?

«Por oposición a la metafísica, la dialéctica no considera la naturaleza como


algo quieto e inmóvil, estancado e inmutable, sino como algo sujeto a perenne
movimiento y a cambios constantes, como algo que se renueva y se desarrolla
incesantemente y donde hay siempre algo que nace y se desarrolla y algo que
muere y caduca». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Materialismo
dialéctico e histórico, 1938)

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Gran parte del zafio razonamiento del nacionalismo español contemporáneo se
contenta con repetir las ideas metafísicas que el jurista Antonio García-
Trevijano acostumbra a citar. Muy ducho él, cree refutar el derecho de
autodeterminación de los pueblos invocando, nada más y nada menos, ¡que a la
lógica formal del derecho romano!:

«El derecho a decidir que ahora es la bandera del separatismo. (…) El derecho
a decidir voy a resumirlo, pero conviene que lo oigáis de mi directa. Comienza
en el antiquísimo derecho romano. (…) Es una discusión en Roma entre dos
personas que tenían el derecho y el deber de suplir la incapacidad de un
menor. (…) El derecho romano decidió en aquella ocasión que el derecho a
decidir pertenecía a los dos y creó una fórmula en latín que ha sido
famosísima. (…) «Quod omnes tangit ab omnibus approbari debet [Lo que a
todos afecta, todos deben aprobar]. (…) A lo que afecta a todos, que es la
independencia de Cataluña lo que a todos afecta todos deben aprobar en un
referéndum». (Antonio García-Trevijano; Discurso, 2017)

Primero, si un antiguo contrato, en este caso entre territorios, se ha formalizado


en una posición desigualdad, es decir, mediante el chantaje o la invasión, ¿quién
puede apelar seriamente a la legalidad, responsabilidades y deberes ya
contraídos en eminente fraude? Segundo, el establecimiento de un libre
contrato entre dos partes no significa que este deba ser ad infinitum. Cuando
dos personas contraen matrimonio, nadie supone que este acuerdo deba de ser
hasta el fin de los tiempos. Pues, señores, ¡sorpresa! Con los territorios, reinos y
naciones ha ocurrido algo similar a lo largo de la historia, incluso en uniones
que fueron relativamente pacíficas. Pero nuestro amigo, tan corto de miras él,
está tan anquilosado en la jurisprudencia de la Edad Antigua que no entiende
todo esto, interesándose solo por hacer cumplir las leyes romanas. Quizás
Trevijano también sueñe con restablecer algún día las leyes morales
ultraconservadoras de Augusto para redimir a España.

¡Y ante este charlatán reptan todavía hoy tantos y tantos pusilánimes! Decimos
esto porque con la irrupción de los «youtubers», hemos asistido a toda una
caterva de personajillos de distintos pelajes: anarco-capitalistas, como Libertad
y lo que Surja, «librepensadores» ni de «izquierda ni derecha» como Roma
Gallardo, liberales equidistantes como UTBH y hasta hemos visto revitalizarse
los antiguos argumentos de los «trevijaneros» con el «demócrata» Rubén
Gisbert. Todos ellos repiten las idioteces tanto de David Friedman, Julio
Anguita, Jordan Peterson como las del mencionado Trevijano. Como se puede
comprobar, no hay nada novedoso en estos youtubers, es la misma política
rancia de siempre, pero bajo nuevos formatos audiovisuales. Esto, además,
demuestra que ser antifeminista no hace a nadie automáticamente progresista
ni mucho menos revolucionario. Vox y muchos grupos también son
antifeministas y están en las antípodas del progreso humano, es la
contrarrevolución pura. Si le sumamos la irrupción en YouTube de personajes

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todavía más extravagantes y socialchovinistas como el buenista Armesilla y el
lumpen-nacionalista Roberto Vaquero, se verá que el nacionalismo o el
feminismo, aunque sean sumamente nocivos, no pueden servir de pretexto para
inocularnos un discurso reaccionario que apoye a un bando u otro.

Volviendo a la Escuela de Gustavo Bueno. Otro alumno del «gran maestro», el


estrambótico Pedro Ínsua, atizaba así las aspiraciones nacionales de algunos
pueblos:

«Pedro Ínsua: Hay unos mecanismos que son la gran industria y las
relaciones que se entretejen a nivel de las relaciones sociales de producción,
que es donde aparece la nación, y del fenómeno suyo si se quiere, la conciencia
de esa nación. (…) «Es que me siento catalán y no español». ¿Pero esa
conciencia… por qué pretende que nace de una nación que está funcionando?
¿Cuándo ha funcionado la nación catalana? ¿Dónde están los documentos
históricos que justifican la nación catalana? Tuvo que brotar de ahí una
economía, correspondiente a esa nación, en la Edad Media o cuando se quiera,
unas relaciones sociales. (…) Materiales jurídicos, económicos que justifican a
esa nación como realidad nacional, como realidad económica, administrativa,
jurídica. (…) ¿Dónde están? Que nos presenten los documentos de la existencia
de la nación catalana. Ni Marx, ni Engels, ni Hegel, nadie vio en la historia,
hasta que llegó Prat de la Riba, la nación catalana». (La izquierda y los
nacionalismos en España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y Santiago Armesilla,
2018)

Nosotros nos preguntamos cómo piensa Pedro Ínsua que Hegel iba a hablar de
la nación catalana si en su época no estaba ni siquiera establecida ninguna
nación alemana tal y como la conocemos hoy ni tampoco un movimiento
nacionalista catalán. ¿Es que ahora el marxismo es un dogma cerrado?
¿Debemos descartar todo lo que Marx y Engels «no dijeron»? ¿Debieron hacer
ejercicios de futurología previendo todo para que nosotros podamos mover un
dedo sin miedo? Porque en ese caso debemos rechazar todas las tesis
posteriores de Lenin que ampliaban la cosmovisión marxista porque no fueron
analizadas al cien por cien por Marx y Engels, que no tienen su sello de
aprobación. Ínsua quiere pruebas de la fisonomía histórico-económica propia de
Cataluña, del desarrollo particular que ha hecho que pudiese finalmente
configurarse como nación:

«Los primeros consulados que se crearon en España fueron el de Barcelona en


1257 y constituido formalmente en 1347, el de Valencia en 1283 y Mallorca en
1316. (...) A imagen y semejanza de los consulados mediterráneos, se
constituyeron los castellanos. (...) Pero ya durante el siglo XV y XVI. (...) La
primera ordenación jurídica del derecho mercantil de la cual tenemos
conocimiento se remonta a los siglos XII y XIII y se sitúan en la Corona de
Aragón. (...) Cabe destacar la primera redacción de una obra que recogió ese
derecho incipiente: el Libro del Consulado del Mar del siglo XIV, redactado por

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mercaderes barceloneses que recopiló los usos y costumbres del mar, prácticas
por las que guiaban sus transacciones y que eran mayoritariamente seguidas
por los mercaderes y comerciantes del mediterráneo. (...) La importancia de
esa obra radica también en su expansión internacional; no sólo se aplicó a la
cuenca mediterránea, sino que también influyó en la zona atlántica, llegando a
ser el derecho común del mar. (...) Su vigencia perdurará en Cataluña hasta la
aprobación del primer Código de Comercio de 1829. (...) Hasta dicha fecha,
cada territorio se regía por sus propias leyes y ordenanzas mercantiles. (...) La
jurisdicción mercantil había permanecido separada del resto de la
organización judicial del Estado. Los mercaderes y comerciantes poseían sus
propios tribunales y jueces que aplicaban sus propias leyes. (...) Esta
jurisdicción mercantil separada de la ordinaria o civil pervivirá hasta el año
1868». (Tomás de Montagut Estragués e Isabel Sánchez de Movellán Torent;
Historia del sistema jurídico, 2013)

Cataluña basó sus reglamentos marítimos bajo sus propias reglas, y como
sabemos, el Código de Comercio de 1829 que unificaba la legislación entre todo
el territorio del Estado en el Reino de España no limitó la expansión de una
burguesía industrial y comercial catalana, que por otra parte estaba ya
consolidada.

Ni siquiera sería necesario este repaso, dado que existen pueblos sin un
desarrollo histórico-económico tan marcado que han logrado alzarse como
nación. Citemos un artículo soviético como al respecto de la formación de la
nación kazaja:

«Uno de los puntos débiles del trabajo son los capítulos sobre la educación de
la nacionalidad kazaja. (...) Los autores no están tratando de establecer una
conexión lógica entre las condiciones económicas y culturales de las tribus y el
proceso de unificación en una nación. Por el contrario, la influencia del factor
político en la consolidación de la nacionalidad se le otorga el primer lugar.
«La falta de unidad política», escriben los autores, «obstaculizó la
consolidación de las tribus de Kazajstán en una sola nacionalidad. Solo por un
corto tiempo las tribus de Kazajstán occidental y central se integraron en un
todo político, como, por ejemplo, fue el caso de los khans de Batu, Uzbek y
Tokhtamysh. Estos cortos períodos la unidad política no podía conducir a la
consolidación étnica de las tribus. Tal estado unido apareció a finales del siglo
XV y principios del XVI bajo Kasym Khan». Estamos lejos de pensar en negar
la influencia del factor político en el proceso de formación de las tribus en una
nacionalidad, sin embargo, no podemos estar de acuerdo con los autores del
libro, prestando atención solo al papel de la unidad política y la unificación del
Estado en la creación de una nacionalidad, dejando de lado el análisis de las
condiciones económicas y culturales para la formación de la nacionalidad
kazaja. Si en la primera edición de la Historia de la RSS de Kazajstán se
consideró el proceso de formación de la nacionalidad kazaja como resultado

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de la influencia de la conquista mongol, en la nueva edición todo se reduce a la
política, a un Estado unido, que se considera requisito previo y condición
decisiva para la formación de una nacionalidad. (...) Al caracterizar
personalidades individuales, los autores idealizan el papel y la importancia de
ciertas figuras del pasado. (...) Los redactores justifican la idealización de las
personalidades individuales presentadas en el libro por el hecho de que, sobre
la cuestión del papel del individuo en la historia, «abandonaron resueltamente
los restos de la escuela Pokrovsky, que negó indiscriminadamente cualquier
papel progresivo de príncipes individuales o señores feudales solo porque
pertenecían a la clase explotadora». Es absolutamente indiscutible que no se
puede negar indiscriminadamente el papel progresivo de ciertas figuras
únicamente por el hecho de que pertenecían a la clase de explotadores. Pero
esto no significa en absoluto que su papel deba modernizarse o idealizarse,
como hacen los autores del libro que se revisa. En algunos casos, los
compiladores de la Historia de la RSS de Kazajstán encuentran una actitud
acrítica hacia las fuentes, y en lugar de revelar la inconsistencia científica de
algunas fuentes, sacan sus conclusiones sobre ellas». (M. Kim; Historia de la
República Socialista Soviética de Kazajistán desde los tiempos antiguos hasta
nuestros días, 1949)

Aquí, como vemos, se pone en tela de juicio que el factor determinante para la
conformación de una nación sea la existencia política del Estado propio. Se
critica el rol mesiánico y absoluto que algunos historiadores tratan de darle a
algunas personalidades en el desarrollo nacional, ignorando exponer en primer
lugar las fuerzas materiales en acción de la época. Se tacha de poco profesional y
serio el uso de fuentes de dudosa imparcialidad y veracidad, etc., ¿y no es esto a
lo que hoy que hoy acostumbran tanto los nacionalistas catalanes como
españoles?

Suponemos que el señor Ínsua se llevará una sorpresa al saber que se han
forjado naciones como la del pueblo kazajo, el cual en la Edad Media y parte de
la Edad Moderna solo habían disfrutado de periodos muy breves de
independencia, y en ocasiones contando con kanatos que albergaban en su seno
enormes tensiones internas que hacían imposible su unidad y consolidación,
con una mezcolanza étnica y lingüística que no correspondería exactamente a lo
que es hoy el kazajo en lo étnico y lingüístico. Estamos hablando de un pueblo
que en el siglo XIX se dedicaba al pastoreo nómada como actividad principal, y
que solo como actividad complementaria empezó a dedicarse a la agricultura y
el comercio. Los kazajos pasaron en 1848 a formar parte del zarato ruso, que
impuso el idioma ruso y desató una represión indiscriminada, como reconocían
los marxistas rusos. Los kazajos, a diferencia de castellanos o catalanes, no
lograrían una reglamentación oficial sobre su idioma hasta después de la
Revolución Bolchevique de 1917. ¿Acaso todo este atraso político, cultural y
económico y la ausencia de un Estado impidió a los kazajos consolidarse como
nación en el siglo XX y hasta día de hoy? Eso es lo que tiene la dialéctica, que

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transcurre en todo momento. El deber de los marxistas es estudiar cómo se
desenvuelve en los procesos sociales, no hablar de la «dialéctica» una y otra vez,
pero tratándola luego como una herramienta mágica de la cual luego no se sabe
bien cómo funciona y se aplica en los procesos históricos que uno tiene delante
de sus narices. El caso del pueblo kazajo es una prueba bien evidente. ¿O es que
Ínsua niega directamente la existencia de la nación kazaja tal y como su mentor
Gustavo Bueno negaba, por ejemplo, la nación finlandesa? ¡A saber!

Ínsua considera que todo movimiento nacional es reaccionario per se, pero, por
supuesto, no piensa lo mismo del nacionalismo que él profesa. Lo cierto es que
los movimientos nacionales pueden ser tanto reaccionarios como progresistas,
dependiendo del contexto. Leamos el ejemplo que da un soviético:

«El movimiento kazajo en 1837-1846, dirigido contra los invasores extranjeros


en general y contra los colonialistas zaristas en particular, fue un movimiento
de masas que expresaba los intereses vitales de los campesinos kazajos, estaba
en la naturaleza de la lucha anticolonial de liberación del pueblo kazajo por
sus tierras, por su libertad e independencia. Al hacerse eco de la lucha del
pueblo ruso, debilitó la posición del zarismo y sacudió los cimientos de la
servidumbre. Todo esto habla de la importancia progresiva del movimiento de
los kazajos en 1837-1846». (K. Sharipov; B. Bekmakhanov: Kazajistán en los
años 20-40 del siglo XIX, 1949)

Esto basta para refutar varios discursos de ahora, aunque no es nada diferente
de lo que ya expresó Stalin:

«La lucha de los comerciantes y de los intelectuales burgueses egipcios por la


independencia de Egipto es, por las mismas causas, una lucha objetivamente
revolucionaria, a pesar del origen burgués y de la condición burguesa de los
líderes del movimiento nacional egipcio, a pesar de que estén en contra del
socialismo. En cambio, la lucha del gobierno «obrero» inglés por mantener a
Egipto en una situación de dependencia es, por las mismas causas, una lucha
reaccionaria, a pesar del origen proletario y del título proletario de los
miembros de ese gobierno, a pesar de que son «partidarios» del socialismo.
(…) Este frente revolucionario común no puede formarse si el proletariado de
las naciones opresoras no presta un apoyo directo y resuelto al movimiento de
liberación de los pueblos oprimidos contra el imperialismo «de su propia
patria». (...) Este apoyo significa: sostener, defender y llevar a la práctica la
consigna del derecho de las naciones a la separación y a la existencia como
Estados independientes. (...) Esta unificación sólo puede ser una unificación
voluntaria, erigida sobre la base de la confianza mutua y de relaciones
fraternales entre los pueblos». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Los
fundamentos del leninismo, 1924)

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Esta cita luego es usada y distorsionada por los tercermundistas para apoyar sin
criticismo alguno a cualquier régimen nacionalista, pero los comunistas
advertían:

«El sun-yat-senismo era la ideología del «socialismo» pequeño burgués


populista. En la teoría de los «tres principios» –nacionalismo, democracia,
socialismo–, la noción de pueblo cubría y ocultaba la noción de las clases; el
socialismo era presentado no como un sistema específico y particular de
producción realizado por el proletariado, sino como un bienestar social
indeterminado; la lucha contra el imperialismo no se hallaba enlazada con las
perspectivas de desarrollo de la lucha de clases en el interior del país. Por este
motivo, el sun-yat-senismo, que desempeño en el primer estadio de la
revolución china un inmenso papel positivo, como resultado de la
diferenciación de clases en el país y del desarrollo ulterior de la revolución
china, se convirtió de forma ideológica de dicha evolución en un obstáculo a la
misma. Los epígonos del sun-yat-senismo, al preconizar con preferencia,
precisamente, los principios ideológicos de este último, que han terminado por
ser objetivamente reaccionarios, lo han convertido con ello en la ideología
oficial del Kuomintang, el cual es, en la actualidad, una fuerza abiertamente
contrarrevolucionaria». (Internacional Comunista; Programa del VIº
Congreso de la IC, 1928)

El maoísmo bebió de esta doctrina del sun-yat-senismo, por lo que rápidamente


también acabó manteniendo posturas de conciliación de clases y, en general,
posturas de carácter contrarrevolucionario que se manifestarían en el ámbito
interno y externo. No es casualidad que los seguidores del llamado
«materialismo filosófico», como Armesilla, adoren este tipo de ideologías
nacionalistas que se cubren de marxistas, como el maoísmo o el juche. Véase
nuestras obras:

Véase nuestra obra: «El revisionismo coreano: desde sus raíces maoístas hasta
la institucionalización del «pensamiento Juche» de 2015.

Véase nuestra obra: «Comparativas entre el marxismo-leninismo y el


revisionismo chino sobre cuestiones fundamentales» de 2016.

De nuevo la mentira de «los pueblos sin historia»

Si Miguel de Unamuno se oponía a proteger el euskera y deseaba su extinción


«por el bien de todos», Gustavo Bueno se oponía categóricamente a proteger y
hacer cooficial el bable –como si tal acto fuese a promover automáticamente un
movimiento secesionista como el que existe en otros lugares–. ¡Resulta hasta
cómica este pavor al separatismo! ¿Pero no se supone que España es eterna,
irrompible? ¿A qué tanto temor? Tratando la problemática nacional, Bueno se
caracterizó por un constante desprecio hacia el pueblo catalán, vasco y gallego,

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por los movimientos soberanistas que existen, destacando su aversión hacia los
dos primeros:

«Que otros efectos quedan en España de los efectos del imperio, la lengua. (…)
La lengua española es importante no porque lo hablen más de 400 millones,
que ya lo es. (…) Ligado con esto es que es la lengua del imperio. (…) Queda el
español y quedan las comunidades con todos los pueblos americanos que nos
distancian totalmente en una especie distinta de Europa (…) Se puede decir
que el País Vasco es un tema, que Galicia es un tema, y que Cataluña es un
tema, y esto aun cuando, estas regiones o autonomías, lograsen eventualmente
una independencia, porque entonces dejarían de ser temas de España y lo
pasarían a ser temas de Europa o de cualquier otro imperio. (…) La situación
se podría comparar con lo que es hoy Finlandia. (…) No quiere decir que
Finlandia no esté incorporada al estilo internacional, quiere decir que
Finlandia participa en esta cultura internacional no como Finlandia. Los
rasgos propios de Finlandia quedan reducidos a rasgos muy interesantes para
la etnolingüística, para la antropología, y para el folclore. (…) Esto mismo le
ocurre al País Vasco, Cataluña, Galicia. (…) Porque no tienen historia
literalmente, esa es la tesis fuerte que yo defino, no tienen historia propia, la
tienen a través de España». (Gustavo Bueno; España, 14 de abril de 1998)

Lo primero que deberíamos destacar de este trasnochado nostálgico de las


«epopeyas imperiales» es que la tendencia centrífuga de España no es nueva,
como bien detalló Pierre Vilar en sus estudios, encontrando sus orígenes en la
propia unificación y conquista de los reinos cristianos; que nunca alcanzó una
homogeneización similar a la que otros Estados estaban formando, algo que
también constató Marx comparando España con el Imperio Otomano por dicha
característica. No volveremos a comentar esta obviedad, pues la tratamos con
anterioridad. Véase nuestro capítulo: «Para entender el surgimiento del
movimiento nacional catalán hay que entender la historia de España» de 2020.

No seremos nosotros quienes nos opongamos a exponer los mitos del


nacionalismo catalán, vasco o gallego, como hemos hecho en multitud de
ocasiones:

«Dependiendo del nacionalismo que observemos, cada uno utiliza un


pseudoargumento para justificar su historia: su racismo, sus tradiciones
reaccionarias, sus anhelos de conquista y sus imposiciones a otros pueblos.
Entre los nacionalismos siempre podemos ver las teorías idealistas raciales,
las cuales rozan lo místico. Y es que hablar de «la pureza racial de cualquier
pueblo» solo puede hacerlo o un desconocedor de la historia y asimilación de
los pueblos, o un nacionalista fanático. (...) Como observaremos después, hay,
desde un inicio, un orgullo por la conquista catalana del Mediterráneo y
también de ciertas andanzas particulares por América junto a los castellanos.
Pero el discurso se centra siempre en el origen ario –o no– de la raza

21
reivindicada frente a la impureza de la de sus vecinos. (...) El nacionalismo
gallego creía absolutamente que los gallegos eran una raza pura y
diferenciada, que otros pueblos anteriores o posteriores que habían habitado el
territorio no habían hecho mella en su «celtismo», ni en lo étnico, ni en lo
cultural, ni lo psicológico. (...) Se demuestra, por tanto, que el nacionalismo
catalán está construido desde el pasado a la actualidad con mitos y, al igual
que el nacionalismo castellano, ha tenido y tiene una legión de historiadores
que eluden ciertos hechos y magnifican otros para sus intereses». (Equipo de
Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del
PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

Nosotros no caemos en eso de criticar un nacionalismo para salvaguardar los


mitos del otro.

El recoger la teoría del hegelianismo de «los pueblos sin historia» para atacar
los movimientos nacionales en auge y negar sus derechos es la prueba palpable
de la ignorancia de Gustavo Bueno como historiador y «presunto marxista»,
dado que Marx y Engels acabaron pegándole una patada a tales paparruchas
hegelianas. Véase nuestro capítulo: «¿Hegelianismo de izquierda o marxismo
como modelo a seguir en la cuestión nacional?» de 2020.

Decir que un pueblo «no tiene historia propia» significa un desconocimiento


brutal de los aportes que ese pueblo seguramente ha dado y sigue dando al
acervo de la humanidad. Esta es la nota común del nacionalismo español:

«Los nacionalistas españoles niegan las características intrínsecas de


Cataluña: desprecian su cultura y sus costumbres, el carácter nacional que ha
adquirido el pueblo catalán en un largo desarrollo histórico; desconocen la
antigüedad de su idioma y las pruebas antiquísimas de sus primeros escritos
formales del siglo XI, negando su época de auge y esplendor en el siglo XV y su
renacimiento en el siglo XIX, atreviéndose a calificarlo algunos como un
«dialecto vulgar y exagerado» del castellano; desconocen las claras
diferencias histórico-económicas de Cataluña respecto al desarrollo de Castilla
en temas como la conformación de la propiedad de la tierra, las sucesivas
luchas campesinas que crearon una Cataluña casi libre del latifundio y muchos
pequeños propietarios, algo que contrastaba con zonas del resto de España
con grandes extensiones de latifundio y terratenientes como Extremadura o
Andalucía, por no hablar ya de la diferenciación económica de Cataluña
respecto al resto de España con el auge del comercio y su temprana
industrialización; por último se niega su zona territorial histórica, la cual gran
parte ha sido usada como moneda de cambio para pagar a los países
extranjeros, como fue el caso del Rosellón, mientras en otras ocasiones otras
zonas han sido integrada en Aragón y Valencia». (Equipo de Bitácora (M-
L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las
prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

22
Cuando se dice que estos pueblos «no tienen historia propia», sino que su
historia «fluye» a través de España, nos gustaría que nos explicasen los
discípulos del «materialismo filosófico» de Bueno qué es entonces todo el
desarrollo de fuerzas productivas y relaciones de producción que tuvo, por
ejemplo, la zona de Cataluña, independientemente de que estas formasen parte
de un gobierno u otro, tanto en la Edad Antigua, Media, Moderna como
Contemporánea. ¿Fue una «no historia»? ¿Una historia sin transcendencia?
¿Fue Cataluña una zona atrasada, económicamente y culturalmente hablando,
en el siglo I, XIII o XIX? ¿Lo es hoy? ¿No tenía «formación y estabilidad
histórica» la nación eslovena antes de su secesión oficial de Yugoslavia en 1991?
¿No la tenía Noruega antes de su secesión de Suecia en 1905? ¿Acaso Irlanda no
tenía historia hasta su independencia en 1916? ¿Alguien niega hoy la nación
escocesa pese a seguir dentro del entramado de lo que es Gran Bretaña? Como
se ve… se manejan argumentos totalmente absurdos y ridículos.

«Esta cita de Engels [«Acerca de la cuestión social en Rusia» de 1894] junto a


comentarios similares de sus obras tiran por la borda toda adhesión a la
teoría hegeliana de los «pueblos sin historia» con la que el nacionalismo
alemán pretendía justificar su expansión y primacía en detrimento de otros
pueblos. Esto tiene una importancia cardinal en el marxismo a la hora de
diferenciarlo del hegelianismo, ya que, recordemos, Marx y Engels estuvieron
influenciados por tal corriente en su juventud. No por casualidad cualquiera
puede consultar los epítetos ridículos de ambos genios opinando sobre los
nórdicos, latinos o eslavos cuando estaban influenciados por el hegelianismo,
que en esta cuestión no puede decirse que se diferencie nada del nacionalismo
más ramplón de la época.

La historia ha demostrado que, del mismo modo que diversos pueblos han
tenido un brillante bagaje en un pasado lejano, pueden volver a tenerlo y
otros, que nunca lo tuvieron, pueden constituir grandes aportes a la
humanidad, siendo la teoría hegeliana un fraude, tal y como Marx y Engels
finalmente supieron ver. Fueron ellos mismos los que se apartaron de estas
teorías, que habían adquirido en un principio al partir del hegelianismo de
izquierda. Esto puede verse claramente desde sus primeros artículos hasta
aquellos de la década de 60 del siglo XIX. Siendo concretos, podemos apreciar
el cambio de opiniones en la cuestión nacional en Polonia, Irlanda –sobre la
que pasaron de ser reticentes a su existencia a ofrecerle un apoyo constante–,
en el interés en el estudio de la historia de otros países, como España, así como
en la indagación de sus virtudes históricas, en la cuestión de Alsacia-Lorena y
Shleswig, posicionándose a favor de un referéndum de la población, o en las
investigaciones histórico-sociales y la valoración positiva del potencial
revolucionario de Rusia. Posiciones, todas ellas, que marcarían su propio
pensamiento patriota/internacionalista e influenciarían a los revolucionarios
futuros, como Lenin.

23
Todos los pseudomarxistas que, en la actualidad, defienden que los rusos son el
pueblo elegido para la próxima revolución por el mero hecho de haber escrito
una gloriosa página en de la historia humana en un momento determinado de
su desarrollo son idealistas, románticos, mecanicistas, pero no marxistas. No
hablemos ya de aquellos rusófilos que creen que, de las ruinas de lo que una
vez fue antaño el socialismo en Rusia, existe hoy algún atisbo de socialismo. Sí,
en la mafia que es hoy el capitalismo de la Rusia de Putin. Estas criaturas no
merecen más que nuestra pena». (Equipo de Bitácora (M-L); Las sandeces de
Kohan y Lukács sobre la figura Hegel y su evaluación en la filosofía de la
URSS, 2018)

¿Qué da luz a la problemática nacional en España según la Escuela


de Gustavo Bueno?

«Hablar ahora de regiones, de pueblos diferentes, de Cataluña, de Euzkadi, es


cortar con un cuchillo una masa homogénea y tajar cuerpos distintos en lo que
era un compacto volumen. Unos cuantos hombres, movidos por codicias
económicas, por soberbias personales, por envidias más o menos privadas,
van ejecutando deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional, que
sin ellos y su caprichosa labor no existiría. (...) Los que tienen de estos
movimientos secesionistas pareja idea, piensan con lógica consecuencia que la
única manera de combatirlos es ahogarlos por directa estrangulación:
persiguiendo sus ideas, sus organizaciones y sus hombres. (...) España es una
cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando que, en general,
sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran
problema de la España integral». (José Ortega y Gasset; España
invertebrada, 1921)

Esta es una frase muy parecida a la que presuntamente diría Millán-Astray años
después:

«¡Cataluña y Vascongadas, Vascongadas y Cataluña, son dos cánceres en el


cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos,
cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!». (Josén Millán Astray;
Discurso en el Día de la Raza, 12 de octubre de 1936)

Los sucesores de estos pensadores siguen tratando argumentar todo tipo de


excusas para negar lo que es ya una clarividente realidad para casi todos: la
conciencia nacional de estos pueblos. Así, la Escuela de Bueno dice que las
históricas reivindicaciones regionalistas como nacionalistas, ¡son culpa de la
constitución vigente! (sic):

«22. ¿Por qué en toda España surgen ideas como el valencianismo,


catalanismo, andalucismo...? ¿Cómo ha sido de ultra centralista la corona

24
española con los territorios que conquistaron o se incorporaron durante las
cruzadas?

Santiago Armesilla: Esos grupos existen porque la Constitución de 1978 los


promueve y los protege. Si España hubiese sido realmente «ultracentralista»,
esos grupos no existirían hoy día». (Entrevista a Santiago Armesilla sobre la
historia y lucha de clases en España, 2018)

¿Perdona, qué? Para autodenominarse materialista, Armesilla actúa como un


idealista de la peor calaña. Este discurso comulga con estos seres cortos de
mente, que creen que el problema nacional catalán o el regionalismo andaluz
son problemas que nacen artificialmente con el sistema de las autonomías de la
Constitución de 1978 –otro argumento sacado de las cavernas mediáticas de la
derecha tradicional–. Suponemos que, como venimos demostrando en todo el
documento, el que el movimiento nacionalista catalán y vasco consigan una
gran hegemonía en las instituciones políticas de sus respectivas regiones cada
vez que sus pueblos pueden expresarse, y el que esto ya ocurriese desde mucho
antes de 1978, no le dice nada de peso. Incluso el regionalismo, que se pueda
manifestar en otras partes, no es producto solo derivado de una estructura más
o menos descentralizada, pues se manifiesta en cualquier país capitalista,
incluso en los más centralizados. Esto es lo que se conoce como ley desigual de
desarrollo del capitalismo, que no solo se ve entre los países multinacionales,
sino en el seno de todo país capitalista. Así lo explicamos en la primera parte del
presente documento al estudiar el nacimiento del movimiento nacional catalán.
Véase nuestro capítulo: «Para entender el surgimiento del movimiento nacional
catalán hay que entender la historia de España» de 2020.

En dicho capítulo se expuso de forma meridiana que la mayoría de nacionalistas


españoles no pueden entender España y sus problemas nacionales actuales
porque no entienden las causas de sus problemas regionales lejanos:

«El siglo XIX español no ha sido reconstruido por el materialismo filosófico


[de Gustavo Bueno]». (Ernesto Castro; ¿También fui buenista?, 2019)

Incluso en el modelo idílico de Armesilla: el jacobinismo francés burgués,


tampoco ha estado exento de aplastar completamente los resquicios de los
movimientos regionalistas/nacionalistas, como el corso o bretón.

El nacionalismo bretón, localizado en una de las zonas más atrasadas de


Francia, ha estado molestando al Estado francés con sus reivindicaciones
políticas, lingüísticas y culturales durante todo el siglo XX –en la actualidad
parece que la mayoría de sus movimientos se inclinan más por un regionalismo
que reivindica su cultura y la unificación de sus departamentos históricos–. En
Córcega, la Corsica Libre, como representante del nacionalismo corso, obtiene
en torno a un 7-10% de apoyo en las últimas elecciones. Estos datos sin duda
estarían alejados de lo que podríamos ver en zonas como Euskadi –con un 61%

25
en las elecciones autonómicas de 2020–, Cataluña con un 48%– y Galicia –con
un 13,2%–, por añadidura debería decirse que los grupos nacionalistas de estas
tres zonas suman el 12% del Congreso de los diputados. Sea como fuere, es señal
de que ha existido un problema bretón en Francia, problema que ni siquiera aún
se ha extinguido del todo. Y más importante aún para los marxistas: el Estado
francés, con su látigo de hierro hacia cualquier particularismo, tampoco ha
logrado quedar exento de protestas, huelgas y motines sociales en todas las
zonas importantes del país, pues ese sistema centralista no sirve para solucionar
los problemas nacionales ni sociales del proletariado.

Pero nada de este peso material que ofrece la realidad es comprendido por estos
señores, que están a años luz de ser materialistas:

«Se creen que basta con definir rígidamente lo que es España para una vez
convertidos en indefinidos, marginar, destruir o triturar el adversario [a su
idea de España]. Tú puedes triturar desde tu esquematismo filosófico lo que te
dé la gana, pero esas corrientes que tú calificas de degeneradas, indefinidas o
fragmentarias tienen mayor pujanza que la tuya y eso se ha visto en las
elecciones recientes. (…) Esa nostalgia por una España imperial tiene un
caladero de votos muy pequeño, y por mucha propaganda que se haga, no va
a crecer más. (…) Es lo que lleva a no comprender el presente y decir, como se
dice desde la Fundación Gustavo Bueno cuando se analizaban los resultados de
las últimas elecciones [con el ascenso del nacionalismo periférico], que en
España todo es muy confuso y oscuro. Evidentemente lo es para quien no lleva
la ley interna adecuada. (…) El que es capaz de ir más allá de esas definiciones
rígidas, de ese formulismo. (…) El que no pretende que la realidad se adecue a
su sistema, sino que pretende adecuar su sistema a la realidad, comprende
esta realidad mejor. Ahí se ve la debilidad del sistema filosófico de Gustavo
Bueno, en que no es capaz de comprender la España presente». (Ernesto
Castro, ¿También fui buenista?, 2019)

La filosofía de Gustavo Bueno es tan sumamente endeble que no es necesario


ser marxista para dejarla en evidencia, sino que simplemente basta con tener
algo de rigor y honestidad cuando se habla sobre ella. El propio Ernesto Castro
no deja de ser un idealista confuso que no ha superado el lastre del buenismo,
un posmoderno contento en su nebulosa mental. Solo hace falta ver su
blanqueamiento que realizó sobre el trap en su tan extenso como tan estúpido
libro del cual hablaremos en otro momento.

Pero cuando dice la verdad, hay que reconocérselo. En palabras de este antiguo
buenista, su vieja escuela acostumbra a exponer la problemática nacional en
España no solo con teorías idealistas, sino abiertamente conspiranoicas:

«No se puede al mismo tiempo, como subrayé a Pedro Ínsua en un debate que
tuvo a finales de 2017, defender que las repúblicas latinoamericanas fue la

26
consumación de un imperio y al mismo tiempo que la independencia de
Cataluña o País Vasco es una fuerza reaccionaria separatista, un complot
contra la unidad de España que sería prácticamente una realidad per se de
izquierdas. Porque la lectura que tienen desde el materialismo filosófico y
desde la Fundación Gustavo Bueno del independentismo catalán, y de la
vinculación entre la izquierda y el independizo, también vasco y gallego, es
muy conspiranoica. La lectura que se tiene es que han sido los EEUU a través
del Congreso para la Libertad y la Cultura los que se infiltraban en la
izquierda española y la vincularon con una suerte de neotradicionalismo. De
tal forma que el independentismo actual catalán, vasco o gallego, no sería sino
la reactualización del carlismo fundido con la ideología imperialista
estadounidense, que no tendría nada mejor que reactivar la Leyenda Negra
sobre España. (…) Esta es la concepción conspiranoica que tienen todavía. (…)
¡Pensar que hay un complot contra España, y que a las potencias mundiales no
les preocupa nada más que la destrucción de España!». (Ernesto Castro;
¿También fui buenista?, 2019)

Y, efectivamente esto es así sin peros posibles. En una entrevista para la secta
mafiosa maoísta de la UCE –sí, esos mismos que, como Falange Auténtica o
Santiago Armesilla, pidieron el voto por Rosa Díez o daban charlas con Albert
Rivera–, el señor Bueno explicaba el surgimiento de los nacionalismos
periféricos de esta forma sonrojante:

«Podría haber, por un lado, en el terreno personal y subjetivo, intereses


psicológicos de venganza y revancha de toda la gente que había estado
perseguida por el franquismo y, como reacción, pasó a negar en bloque todo lo
que les «oliera» a franquismo. En el terreno objetivo, ahí estaban funcionando
a todo meter los independentistas vascos, los catalanes y los gallegos. Y luego
había también intereses que actuaban a través de los partidos políticos, por
ejemplo, el eurocomunismo del PCE, que a mí me parecía un error completo,
¿qué era eso de eurocomunismo? Paños calientes, nada más. E intereses
organizados de cualquier otro tipo que pudiéramos imaginar. De cancillerías
extranjeras actuando a través de partidos muy concretos, EE UU, la CIA y lo
que quieras hablar, eso por supuesto, no lo puedes descartar». (Unificación
Comunista de España; Entrevista a Gustavo Bueno; De Verdad, Nº18, 2000)

Ha de saberse que el nacionalismo español no era algo que solo se manifestase


en la derecha fascista –compruébense sino las posiciones de Negrín, Ibárruri o
Azaña durante la misma época–. El mito que repiten los buenistas una y otra
vez como un mantra, ese que reza que «en España hay un problema nacional
porque el franquismo se apropió del concepto de patria y la izquierda se
acomplejo desde entonces», es falso, una bobada, porque la burguesía española
siempre ha sido muy nacionalista, y la izquierda burguesa, también. Y esto no es
nada especial, es lo normal. Véase el capítulo: «La evolución del PCE sobre la
cuestión nacional (1921-54)» de 2020.

27
El eurocomunismo tampoco nace a reacción de la financiación del imperialismo
estadounidense, sino que es la evolución lógica de la revisión al marxismo
iniciada por Ibárruri-Carrillo desde al menos los años 40. Véase el capítulo: «El
rescate de las figuras progresistas versus la mitificación y promoción de figuras
revisionistas en el ámbito nacional» de 2020.

Pero que el lector esté tranquilo: este no será el único atentado histórico del
señor Bueno que veremos durante el documento, podremos disfrutar de muchos
más.

A nosotros no nos hace falta recurrir a cálculos especulativos sobre qué fines y
financiación secreta se esconden para promover estas aberraciones filosóficas.
Conocemos la historia de sobra como para saber que todos los intelectuales que
en mayor o menor medida se han hecho pasar alguna vez por «marxistas» o
influenciados por él: Fernando Claudín, Jorge Semprún, Gustavo Bueno,
Federico Jiménez Losantos, Pío Moa, Antonio Escohotado y, más
recientemente, Santiago Armesilla o Pedro Ínsua; todos ellos han sido
intelectuales que entraron a militar políticamente y filosofar bajo un supuesto
influjo «marxista» porque dicha corriente estaba de moda en su círculo social,
no porque llegasen jamás a un conocimiento real ni a una adhesión consciente a
la misma. Incluso habría que anotar que las más de las veces lo que les
impulsaba y esgrimían eran, en realidad, sucedáneos «heterodoxos» del
marxismo, el revisionismo más vulgar, una caricatura que nada tenía que ver
con los fundamentos doctrinales de Marx y Lenin.

Sea como sea, rápidamente empezaban a distanciarse abiertamente para


disolverse en corrientes más «independientes», como el neokantismo,
neohegelianismo, psicoanálisis, estructuralismo, existencialismo, Círculo de
Viena, Escuela de Frankfurt, eurocomunismo, posmodernismo y un largo
etcétera, al que, en el caso español, se le podría añadir el nacionalismo filosófico
de la Escuela de Gustavo Bueno, entre otras tantas variantes.

Esta es la historia común en países europeos como Francia o Alemania en torno


a los falsos «intelectuales revolucionarios» del siglo XX, no tiene nada de
especial. Ahí están las biografías de los filósofos, poetas y pintores como Sartre,
Aragon, Garaudy, Alberti, Picasso, Sacristán, Neruda, Rivera, Khalo, Lukács,
Fromm, Adorno, Marcuse, Althusser, Negri… ¡que para más inri son
presentados por la burguesía y sus lacayos como los principales y más
transcendentes representantes del «pensamiento marxista» del siglo XX!

Pero los hechos que se plasman en las obras iniciales y finales de todos estos
autores corroboran que ninguno de ellos estuvo ni siquiera cerca de entender los
lineamientos básicos del materialismo histórico y dialéctico que descansan en el

28
marxismo-leninismo. De ahí que pudieran acabar en posiciones bien
retardatarias y cercanas al fascismo.

Los seguidores de Gustavo Bueno en la cuestión lingüística:


¿unamunistas o leninistas?

«La limitación nacional del hombre de hoy es aún demasiado cosmopolita


para el señor Dühring, el cual se propone aún suprimir las dos palancas que
en el mundo actual ofrecen al menos la posibilidad de elevarse por encima del
propio y limitado punto de vista nacional: el conocimiento de las lenguas
antiguas que ofrecen, a las gentes con educación clásica de todas las naciones
al menos, un amplio horizonte común; y el conocimiento de las lenguas
modernas, gracias al cual personas de diversas naciones pueden entenderse y
entrar en contacto con lo que ocurre más allá de sus fronteras. La gramática
de la lengua materna será, en cambio, aprendida en mayor detalle. Pero «la
materia y la forma de la lengua propia» no se entienden más que si se estudia
su origen y su progresiva evolución, y esto no es posible sin tener en cuenta,
por una parte, sus propias formas muertas y, por otra, las lenguas, vivas y
muertas, emparentadas con ella. Pero con esto volvemos a entrar en un
terreno expresamente prohibido. Y si el señor Dühring elimina así de su plan
de estudios toda la moderna gramática histórica, no le va a quedar para la
instrucción lingüística más que la vieja gramática técnica, dispuesta al estilo
de la antigua filología clásica, con todo su casuismo y todas sus
arbitrariedades, debidos uno y otras a la falta de base histórica». (Friedrich
Engels; Anti-Dühring, 1878)

«El programa nacional de la democracia obrera exige: ningún privilegio para


cualquier nación o idioma. (...) La pequeña Suiza no sale perdiendo, sino que
gana, por el hecho de que en ella, en vez de un idioma único para todo el país,
existan nada menos que tres idiomas: el alemán, el francés y el italiano. El
70% de los habitantes son alemanes –en Rusia, el 43% son grandes rusos–, el
22% franceses –en Rusia el 17% son ucranianos– y el 7% italianos –en Rusia,
el 6% son polacos y el 4,5% bielorrusos–. Y si los italianos de Suiza hablan con
frecuencia el francés en el Parlamento común, no lo hacen obligados por una
bárbara ley policíaca –inexistente en dicho país–, sino sencillamente porque
los ciudadanos civilizados de un Estado democrático prefieren ellos mismos el
idioma comprensible para la mayoría. El idioma francés no inspira odio a los
italianos porque es el idioma de una nación libre y civilizada, porque es un
idioma que ninguna repugnante medida policíaca impone». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Es más, como vimos en otro capítulo, la cooficialidad de los idiomas ya sería


recomendada por Pi y Margall como solución lingüística para España en el siglo
XIX, al menos como aplicación dentro de las regiones donde existiese ese

29
problema. Pero a los seguidores de la Escuela de Gustavo Bueno esta fórmula no
les convence. Una vez más prefieren la «solución» franquista: pasar por encima
de los derechos nacionales a sangre y fuego.

Aunque Armesilla reconocerá que en Francia los particularismos no son un


problema grave como sí ocurre en España, a partir de datos inconexos trata de
denostar la importancia de las lenguas de cada región en España; una batalla del
todo absurda con la cual no puede ganar la guerra, pues una lengua no
constituye en sí una nación. Pero escuchémosle de todos modos para darnos
cuenta como intenta manipular al público:

«Todas las naciones de Europa occidental tienen lenguas regionales. (…) En


España las lenguas que se hablan aparte del español o español, con respecto a
Francia son la mitad que se hablan. (…) Las lenguas que aparte del francés se
hablan, no a nivel burocrático, pero sí a nivel del que habla la gente son [cita
una larga lista]». (Santiago Armesilla; Cuestión nacional, dialéctica de Estado
y Revolución Bolchevique de 1917, 2017)

Una vez más muestra su escaso dominio del método dialéctico y su demagogia
política. Para empezar, hay que dejar claro que, en Francia, el propio artículo 2
de la Constitución Francesa reconoce únicamente al francés como idioma de la
República. El país galo ha incumplido su firma en la Carta Europea de Lenguas
Europeas, negando a las lenguas regionales su reconocimiento por el Estado y,
por tanto, estas no reciben protección ni subvención para su conversación y
desarrollo. En verdad, normalmente, han sido perseguidas:

«El mismo señor Pompidou, ya presidente de la República, fulminaba


generalizando: «No hay lugar para las lenguas regionales en una Francia
destinada a impregnar a Europa con su cuño específico» Estas precauciones
vienen de lejos: en 1831, el ministro de Instrucción Pública, señor de
Montalivet, sentenciaba: «Es absolutamente necesario destruir el bretón». En
1925, el que ya se denominaba ministro de Educación, señor de Monzie, repetía
el mismo latiguillo: «Por la unidad lingüística de Francia, la lengua bretona
debe desaparecer.» El bretón no ha desaparecido. Lo hablan unas 700.000
personas, de los 3.500.000 de habitantes con que cuentan los cinco
departamentos que integran esta región, a la que la ley de la República vigente
no le concede ninguna personalidad moral, sino la de una simple
circunscripción». (El País; Bretaña, una región abandonada que defiende su
cultura, 7 de septiembre de 1979)

Inevitablemente, debido a la presión y falta de capacidad de mantenerla por los


movimientos regionalistas y nacionalistas, salvo excepciones, sus influencias
son bajas incluso en aquellas zonas de procedencia. En Francia, según la
encuesta de Educación de Adultos de 2007, el 87% de la población habla
francés, y en segundo lugar tenemos al árabe como segunda lengua hablada por
la población, con un 3,6%, debido a la alta inmigración africana. Después,

30
sumando todas las lenguas regionales usadas cotidianamente por la población,
se llegaría a un escaso 3,9%, seguidas por el portugués con un 1,5%, el español
con un 1,2%, el italiano con un 1%, el alemán con un 0,7%., el turco, 0,5% y el
inglés con un 0,4%.

En España el cuadro difiere mucho. Según los datos del Instituto Nacional de
Estadística (INE) de 2016:

«En cuanto a lenguas maternas únicamente, el gallego es la del 82,8% de los


gallegos, el catalán la del 55,5% de los catalanes y del 42,9% de los residentes
en Baleares, el valenciano del 35,2% de la población de esa comunidad y el
euskera es la lengua materna del 33,7% de los vascos y el 14,6% de los
navarros. (...) Por comunidades autónomas, el catalán puede usarlo casi el
85% de la población de Cataluña y el 63,1% de Baleares, el gallego el 89% de
los gallegos, el valenciano el 51,8% de los residentes en esa comunidad y el
euskera lo hablan el 55,1% de la población vasca y el 21,7% de la navarra».
(ABC; La mitad de los españoles habla un segundo idioma y 4 de cada 10 elige
el inglés, 2017)

Esto sin contar con lenguas romances no oficiales –consideradas con toda razón
por la Unesco como lenguas en peligro de extinción–. Tenemos, por ejemplo, el
navarro-aragonés, según el INE es hablado como lengua principal por unas
25.000 personas sobre todo en la zona pirenaica, aunque es conocido por unas
50.000 personas. Un caso más notable es el astur-leonés –reconocido
oficialmente en el municipio de Miranda del Duero y protegido en las
comunidades autónomas de Castilla León y Asturias–, hablado como primera
lengua por unas 175.000 personas y es entendido por aproximadamente
500.000 personas. Su distribución se expande por Asturias, Zamora, León,
Cantabria, en España y Miranda del Duero en Portugal.

Lo que debería ser un motivo de orgullo –la pervivencia de lenguas antiquísimas


del siglo X–, es motivo de ataques e insultos en los nacionalistas españoles.
Sabemos que sus ideólogos han proclamado la metafísica idea alarmista de que
el reconocimiento de las lenguas regionales «dinamita la unión» –¡como si no
existiesen experiencias históricas que demuestran lo contrario, que derriban las
desconfianzas naciones y regionales!–.

«Gustavo Bueno se opone a la cooficialidad del asturiano y dice que la Llingua


«no existe». (...) Dijo hoy en Oviedo, que hoy que el asturiano es «simplemente
un modismo del español» y que, por sí mismo, «no existe». Bueno mostró así
su «rechazo» a cualquier intento de oficializar la «Llingua». (...) Comentó que
en Alemania hay tantos idiomas o más que en España, pero que el alemán es la
lengua oficial «como condición para la igualdad en los tribunales». Añadió
que si la nación pierde su idioma común, «se descompone», algo que dijo que
está pasando en España». (Europapress; Gustavo Bueno se opone a la
cooficialidad del asturiano y dice que la Llingua «no existe», 2007)

31
En un libro que escribió con el actual líder de Vox, ambos fascistoides dirían:

«Porque España, en cualquier caso, no es un país bilingüe –mucho menos


«plurilingüe»– al no serlo en todas sus partes». (Santiago Abascal y Gustavo
Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

Según su pensamiento chovinista, para que un país sea considerado


«plurilingüe» y se defiendan los derechos lingüísticos de su población, el
número de hablantes de más de un idioma debe de ser proporcional y
equilibrado –aunque no indican en qué porcentaje–. Suponemos que en Suiza
deberían derogar las leyes que conciben al italiano como cooficial porque solo le
es común a un 10% de la población, incluso deberían eliminar también el
francés porque solo es la lengua materna de alrededor de un 20% de habitantes.
Deberían, pues, adoptar todos sus habitantes el alemán «para evitar
problemas», idioma que es considerado lengua materna del 70% de la población
y es conocido por el 80% de la totalidad de los suizos.

Para más ridículo, citan una frase del reaccionario Unamuno según la que el
vascuence y el catalán no son idiomas, y sus regiones y la gallega jamás han
sufrido opresión del Estado:

«El catalán, como el vascuence, es un conglomerado de dialectos. La


bilingüidad oficial no va a ser posible en una nación como España, ya
federada por siglos de convivencia histórica de sus distintos pueblos» (Miguel
de Unamuno; La Promesa de España, 14 de mayo de 1931)

Esto es recogido hoy por sus admiradores como las más «eminentes» figuras de
la Escuela filosófica de Gustavo Bueno. Esa idea de que «en pro del progreso
hay que suprimir el resto de lenguas», ¿tiene algo de marxista o es una
chaladura más de estos palurdos provincianos? Veamos qué decía Stalin a
aquellos que apoyaban la política de asimilación violenta de las naciones del
kautskysmo:

«En mi conferencia de 1925 me opuse a la teoría nacional-chovinista de


Kautsky, según la cual la victoria de la revolución proletaria a mediados del
siglo pasado en el Estado austro-alemán unificado habría conducido a la
fusión de las naciones en una nación alemana común con un idioma alemán
común y a la germanización de los checos. Yo combatí esa teoría por ser
antimarxista, antileninista, y cité hechos de la vida de nuestro país después del
triunfo del socialismo en la URSS que refutan esa teoría. (...) La teoría de la
fusión de todas las naciones, por ejemplo, en la URSS en una gran nación rusa
común con un idioma gran ruso común, es una teoría nacional-chovinista, una
teoría leninista en pugna con una tesis fundamental del leninismo, según la
cual las diferencias nacionales no pueden desaparecer en un periodo
inmediato, deben substituir aún largo tiempo incluso después de la victoria de
la revolución proletaria en el plano mundial». (Iósif Vissariónovich

32
Dzhugashvili, Stalin; Resumen de la discusión en torno al informe político del
Comité Central ante el XVIº Congreso del PC (b) de la URSS, 2 de julio de
1930)

Estos señores, antes de seguir quedando en evidencia, podrían reconocer que no


son marxistas, sino buenistas. Es decir, que no son internacionalistas, sino
nacionalistas ramplones.

¿Es el federalismo incompatible con el marxismo, como nos


aseguran los seguidores de la Escuela de Gustavo Bueno?

Históricamente, los programas de las agrupaciones marxistas más importantes


en España han reivindicado la federación como una solución a la cuestión
nacional. La documentación puede ser vista por el lector en los capítulos
anteriores sobre el PCE y el PCE (m-l). Pero Gustavo Bueno se oponía a esa
«traición» al movimiento obrero. Resumió así su pensamiento y el interés
absoluto del mismo: la «unidad de España»:

«Esta república de la que se habla, es la república federal. (…) Si es una


confederación de naciones, simétrica o asimétrica, como quieren decirlo. (…)
No garantiza en absoluto la unidad de España, la garantiza más la monarquía
tal cual la tenemos». (Gustavo Bueno; España como nación, 2015)

Este interés es el mismo que defiende simultáneamente toda la derecha, la


«izquierda» domesticada del país y el revisionismo más derechista: preservar a
toda costa los límites territoriales de España, negar el derecho de
autodeterminación, y relegar cualquier atención a la cuestión social agitando la
presunta «urgencia de defender» este propósito de «defensa de la unidad e
indivisibilidad de los territorios del Estado». Pero no entienden que, como dijo
Engels en su «Carta a Kautsky» del 12 de septiembre de 1882, «el proletariado
victorioso no puede imponer su felicidad sobre otro pueblo extranjero sin
comprometer su propia victoria». Esto es algo que los bolcheviques lo
entendieron bien y supieron poner en práctica al hacer la revolución. Por otro
lado, los movimientos políticos con programas que estimulan establecer sí o sí
una federación más allá de lo que exija el pueblo en ese momento tampoco se
distinguen demasiado del voluntarismo de los llamados «unitarios». Este
«federalismo» impuesto, como toda receta que sea impuesta y no persuadida,
también entra dentro del marco del voluntarismo o de los reflejos chovinistas.
No hay que confundir propagar y convencer a la mayoría con decretar y exigir,
incluso pese a tener razón. En la cuestión nacional y todos sus resortes, como la
forma del Estado que debe adquirir, debe de ser decidido de «forma
democrática» y teniendo en cuenta, las «simpatías de la población», como Lenin
decía en su obra «Balance de la discusión sobre la autodeterminación» de 1916.
Su solución debe partir de la evidencia material y de un trabajo entre las masas
para popularizar la conclusión que se ha estudiado como solución.
Consiguientemente es absurdo tratar de imponer los grandes y fantásticos

33
planes de los intelectuales de poca monta: sería olvidar conjugar el factor
objetivo y subjetivo, y quedarse con una de las partes. ¡Tiene exactamente el
mismo sentido que el colectivizar por la fuerza a los pequeños propietarios!
Indudablemente podemos concluir una cosa, ¡el ímpetu voluntarista irracional y
vitalista del anarquismo ibérico más rancio configuran su ADN reconocible!

Engels, analizando los casos de diversos países, reconoció que la federación


podía ser un avance progresivo en el acercamiento de pueblos donde existía una
problemática nacional evidente –Suiza–, o por cuestiones de otra índole, como
geográficas y administrativas –Estados Unidos–, mientras que en otros que se
venía de una fragmentación superada y sin una problemática nacional
supondría un retroceso –Alemania–, pero subrayaba que la forma de dicha
república era algo secundario:

«La república federal sigue siendo incluso ahora, considerada en conjunto,


una necesidad en el inmenso territorio de los Estados Unidos, aunque en el
Este comienza ya a ser un obstáculo. Representaría un progreso en Inglaterra,
donde cuatro naciones pueblan las dos islas y donde, a pesar de no haber más
que un parlamento, coexisten tres sistemas de legislación. (...) Para Alemania,
una organización federal al estilo suizo sería un regreso considerable. (...) Por
lo demás, se puede incluso, en caso extremo, esquivar el problema de la
república. Ahora bien, lo que, a mi juicio, debería y podría figurar en el
programa es la reivindicación de la concentración de todo el poder político en
manos de la representación del pueblo. Y eso sería, por el momento, suficiente,
ya que no se puede ir más allá». (Friedrich Engels; Contribución a la crítica
del proyecto de programa socialdemócrata, 1891)

En conclusión, quien no entendía esto, no entendía la esencia del marxismo:

«Marx reclamaba la separación de Irlanda de Inglaterra, «aunque después de


la separación se llegue a la federación», y no la exigía desde el punto de vista
de la utopía pequeño burguesa del capitalismo pacífico, ni por consideraciones
de «justicia para Irlanda», sino desde el punto de vista de los intereses de la
lucha revolucionaria del proletariado de la nación opresora, es decir.
Inglaterra, contra el capitalismo. La libertad de esta nación estaba
desvirtuada y mutilada por el hecho de que oprimía a otra nación. El
internacionalismo del proletariado inglés sería una frase hipócrita si él mismo
no reclamara la separación de Irlanda. Marx, que nunca fue partidario de los
Estados pequeños ni del fraccionamiento de los Estados en general, ni del
principio de la federación, consideraba la separación de la nación oprimida
como un paso hacia la federación y, por lo tanto, no hacia el fraccionamiento,
sino hacia la centralización política y económica, pero efectuarla sobre una
base democrática. Según Parabellum, Marx sostenía, quizás, una «lucha
ilusoria» al reclamar la separación de Irlanda. Pero en realidad, sólo esa
reivindicación constituía un programa rigurosamente revolucionario, sólo ella

34
respondía a los imperativos del internacionalismo, sólo ella defendía el
principio de una centralización no imperialista». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la
autodeterminación, 1915)

Lenin fue una figura fundamental en destruir las argumentaciones de los


chovinistas y socialchovinistas. Sus obras nos sirven para dejar en completo
ridículo a los enemigos del derecho de autodeterminación de ayer y hoy, los
cuales, pese al paso del tiempo, no cesan en repetir sus clásicas peroratas:

«El derecho de autodeterminación de las naciones significa exclusivamente el


derecho a la independencia en el sentido político, a la libre separación política
de la nación opresora. Concretamente, esta reivindicación de la democracia
política significa la plena libertad de agitación en pro de la separación y de
que esta sea decidida por medio de un referéndum de la nación que desea
separarse. Por tanto, esta reivindicación no equivale en absoluto a la de
separación, fraccionamiento y formación de Estados pequeños. No es más que
una expresión consecuente de la lucha contra toda opresión nacional. Cuanto
más se acerque el régimen democrático del Estado a la plena libertad de
separación, más raras y débiles serán en la práctica las aspiraciones de
separación, pues son indudables las ventajas de los Estados grandes, tanto
desde el punto de vista del progreso económico como desde el punto de vista de
los intereses de las masas, con la particularidad de que esas ventajas crecen
sin cesar al mismo tiempo que el capitalismo. El reconocimiento de la
autodeterminación no equivale al reconocimiento de la federación como
principio. Se puede ser enemigo decidido de este principio y partidario del
centralismo democrático, pero preferir la federación a la desigualdad
nacional, viendo en aquélla el único camino capaz de conducir al pleno
centralismo democrático. Precisamente desde este punto de vista, Marx, que
era centralista, prefería incluso la federación de Irlanda con Inglaterra al
sometimiento violento de Irlanda por los ingleses». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; La revolución socialista y el derecho a la autodeterminación, 1915)

Lenin recomendaría a los pueblos yugoslavos conformarse en una federación de


países balcánicos en su escrito: «La guerra de los Balcanes y el chovinismo
burgués» de 1913.

Stalin mismo explicó que el federalismo que se estaba fraguando en Rusia en


1917 bajo la dirección del proletariado, no era ni podía ser un federalismo como
el constituido en los países burgueses:

«La Federación que se estructura ahora en Rusia ofrece, debe ofrecer, un


cuadro completamente distinto. (…) Las regiones que se han perfilado en Rusia
son unidades definidas en el sentido de su modo de vida y de la composición
nacional. Ucrania, Crimea, Polonia, la Transcaucásica, el Turkestán, la
Región Central del Volga, el territorio de Kirguizia, se distinguen del centro, no

35
solo por su ubicación geográfica –¡la periferia!–, sino también como
territorios económicos íntegros. (…) No son territorios libres a independientes,
sino unidades incrustadas por la fuerza en un organismo político común a
toda Rusia, unidades que ahora aspiran a obtener la libertad de acción
necesaria, bajo la forma de relaciones federativas o de independencia
completa. La historia de la «unión» de estos territorios es una sucesión
ininterrumpida de actos de violencia y de opresión por parte de las antiguas
autoridades de Rusia. (…) En las federaciones occidentales, la burguesía
imperialista es la que dirige la estructuración de la vida del Estado. No hay
nada de asombroso en que la «unión» no pudiera prescindir de la violencia.
Aquí, en Rusia, por el contrario, es el proletariado, enemigo acérrimo del
imperialismo, quien dirige la estructuración política. Por eso en Rusia se puede
y se debe establecer el régimen federativo sobre la base de la libre unión. (…)
Norteamérica como Suiza, no son ya federaciones: lo fueron en los años 60 del
siglo pasado; de hecho, se han convertido en Estados unitarios desde las
postrimerías del siglo XIX. (…) La estructuración de Rusia va en el sentido
contrario. Aquí el forzoso unitarismo zarista es sustituido por el federalismo
voluntario para que, con el transcurso del tiempo, este ceda su puesto a una
agrupación, análogamente voluntaria y fraternal, de las masas trabajadoras
de todas las naciones y pueblos de Rusia. (…) El federalismo en Rusia está
llamado a desempeñar un papel de transición hacia el futuro unitarismo
socialista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La organización de la
República Federativa de Rusia, 1917)

Estamos seguros que, para aquellos que nunca leyeron las obras menos
conocidas de Engels, Lenin o Stalin, estas citas, de no haber hecho constar los
autores, serían poco menos que los postulados de un anarquista. Entendemos
que estas citas supondrán un verdadero shock para ellos, y que pasarán a
negarla por «su obsolescencia respecto a la realidad material actual». La verdad
es que esto desmonta a todos aquellos falsos eruditos que repiten día y noche
que el marxismo-leninismo nunca ha considerado la posibilidad de la
federación, o que lo han considerado como algo excepcional. Véase nuestro
capítulo: «La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional» de
2020.

Una de las grandes inquinas de los seguidores de Gustavo Bueno es aquella de la


república de tipo federal. Pero, ¿qué creen que era la URSS formada en 1922?
Una federación. ¿Qué se recomendaba para Yugoslavia? Una federación.
Podríamos hablar del interesantísimo proyecto del movimiento comunista
yugoslavo que hubo después de la Segunda Guerra Mundial, el cual logró la
unión de varias repúblicas en una federación –al menos durante el periodo
1944-48, antes de desviarse por derroteros ajenos al marxismo–. Dicho
proyecto multinacional federado fracasó no a consecuencia de ser dirigido por la
ortodoxia marxista, sino a causa de ser liderado por la heterodoxia marxista, es
decir, el revisionismo del titoísmo, de corte anarco-sindicalista y que estimulo el

36
nacionalismo burgués. Ese que, precisamente, tanto daño causó a las relaciones
de los pueblos yugoslavos y algunos hoy proponen como modelo. La
implementación de la política nacionalista y capitalista del titoísmo y sus
consecuencias fue advertida por Stalin y Hoxha en multitud de escritos. El
trágico final de Yugoslavia a inicios de los 90 que todos conocemos no era algo
inevitable –pero sí plausible– viendo la deriva que el país había adoptado bajo
el revisionismo. Por lo que a nadie le pilló de sorpresa:

«Los numerosos créditos concedidos por el capitalismo mundial actuaron


también en este sentido. Su empleo para la satisfacción de los gustos y los
caprichos burgueses y megalómanos de la casta en el poder, su distribución
desigual y sin sanos criterios entre las diversas repúblicas, creó desniveles
económicos y sociales en las repúblicas y regiones, lo que profundiza aún más
los antagonismos nacionales. (...) El propio sistema lleva consigo estas
contradicciones, alimenta el separatismo de las naciones y las nacionalidades,
de las repúblicas y las regiones». (Enver Hoxha; La lucha contra el
revisionismo, y el movimiento revolucionario y de liberación en la etapa
actual; Informe en el VIIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de
noviembre de 1981)

Para estudiar la cuestión nacional del revisionismo yugoslavo véase:

Véase la obra de Aber Korabi: «La demanda de una «República de Kosovo» no


puede ser sofocada ni con violencia ni con teorías vacías» de 1981

Véase la obra de Xhafer Dobrushi: «Las opiniones antimarxistas de los


revisionistas titoístas sobre la nación: una expresión de su perspectiva mundial
idealista reaccionaria» de 1987

En el caso soviético, durante los años de Lenin y Stalin la URSS se conformó


como una unión federal de repúblicas, otorgándose el estatus de república a
territorios que nunca habían gozado de tal grado de autonomía o que, al menos,
no la disfrutaban desde hacía siglos. Hubo campañas de industrialización,
protección y promoción de idiomas, así como la concesión de amplias
autonomías y derechos políticos hacia pueblos que hacía siglos que no
disfrutaban de libertad para decidir sobre sus propios destinos, que estaban
atrasados económicamente e, incluso, que no habían podido crear una
reglamentación escrita oficial de sus lenguas.

Para estudiar la cuestión nacional del marxismo-leninismo soviético véase:

Véase la obra de A. Rysakoff: «La política nacional de la URSS» de 1931

Véase la obra de M. Chekalin: «El renacimiento de las nacionalidades y la


consolidación de las naciones en la URSS» de 1941

He aquí lo absurdo que es decretar que diversas naciones o nacionalidades no


tienen «derecho a existir», a pedir mayores autonomías, federarse o separarse
37
bajo excusas de tipo histórico. ¿Qué tipo de dialéctica maneja esta gente?
Ninguna, cabalgan sobre la metafísica más casposa. ¿Quién sino un
antimarxista como Gustavo Bueno podría hablarnos con mofa y desprecio de las
lenguas de los pueblos de España?

Lenin proclamaría en un escrito poco conocido:

«Con su persecución contra los ucranianos y otros por su «separatismo», por


sus esfuerzos separatistas, los nacionalistas defienden el privilegio de los
terratenientes gran rusos y de la burguesía gran rusa a tener «su propio»
Estado. La clase obrera es contraria a todo privilegio; por eso defiende el
derecho de las naciones a la autodeterminación. Los obreros con conciencia no
propugnan la separación: conocen las ventajas de los Estados grandes y de la
unificación de grandes masas de obreros. Pero los Estados grandes sólo
pueden ser democráticos si hay plena igualdad entre las naciones, y esa
igualdad implica el derecho a separación». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
Más sobre el «nacionalismo», 1914)

Stalin nos advirtió de caer en estas posiciones chovinistas:

«Tengo una nota, en la cual se pretende que nosotros, los comunistas, creamos
de modo artificial la nación bielorrusa. Esto no es cierto, porque la nación
bielorrusa existe, posee su idioma, diferente del ruso, por lo cual sólo en su
lengua materna se puede elevar la cultura del pueblo bielorruso. Análogas
disquisiciones se oían hace cinco años con respecto a Ucrania y la nación
ucraniana. Y todavía bien recientemente se decía que la república ucraniana y
la nación ucraniana son una invención de los alemanes. Y, sin embargo, es
evidente que la nación ucraniana existe y que el desarrollo de su cultura es un
deber de los comunistas. No se puede ir contra la historia. Es claro que, si
hasta ahora aun predominan en las ciudades de Ucrania los elementos rusos,
con el tiempo estas ciudades se ucranizaran inevitablemente. Hace unos
cuarenta años, Riga era una ciudad alemana, pero como las ciudades crecen a
expensas de las aldeas son la custodia de la nacionalidad, Riga es hoy una
ciudad puramente letona. Todas las ciudades de Hungría, que hace unos
cincuenta años, tenían carácter alemán, en la actualidad se han magiarizado.
Lo mismo sucederá con Bielorrusia». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili;
Stalin; Xº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia, 1921)

Un repaso sobre el trato que se daba en la URSS revolucionaria al


chovinismo y las distorsiones históricas

Hoy, elementos pretendidamente subversivos en la corriente filosófica de


Gustavo Bueno –materialismo filosófico–, intentan relativizar todo esto con
fines determinados, hasta el punto de considerar «progresista» el imperio
colonial del zarato ruso, poniendo, de paso, en tela de juicio la brutal opresión
nacional que este imperio ejerció:

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«Con Pedro el Grande empezó el Imperio Ruso, obsesionado con occidentalizar
a marcha martillo a toda Rusia, modernizando el país, creando instituciones
de cultura y socializando los impuestos. Con Catalina la Grande se intensificó
el ortograma Generador del Imperio Ruso. (...) El epíteto a Rusia como «cárcel
de pueblos» no fue tan justificado como se decía». (Santiago Armesilla;
Reescritos de la disidencia, 2012)

V. E. Illeritsky, en su artículo: «Opiniones históricas de Alexander Ivanovich


Herzen», demostraba lo equivocado que estaba Armesilla, ya que, como Roberto
Vaquero –¡quien se queja de «no poder reivindicar con orgullo» a El Cid o
Alfonso VIII!–, en ningún momento realiza un análisis de clases sobre la
historia pasada, cayendo preso de los mitos de los explotadores:

«Al evaluar los resultados de la política interior y exterior de Catalina II,


Herzen escribió que ella, al igual que Pedro el Grande, sacrificó «todo y, sobre
todo, la felicidad del pueblo para crear un imperio ruso, organizar un Estado
fuerte y hacerlo europeo». El fuerte imperio se sostuvo sobre los sufrimientos
de millones de las masas del pueblo, entregado a la servidumbre desesperada
de la nobleza, un confiable pilar del poder imperial. Como resultado, se
desarrolló un contraste entre las dos Rusias; la Rusia terrateniente
autocrática dominante, por un lado, y la Rusia del pueblo, campesina y
oprimida, por el otro. «Estas son dos Rusias», escribió Herzen en 1860, «de las
cuales una no es el pueblo, sino sólo el gobierno, y la otra es el pueblo, pero
empujada fuera de la ley y entregada a la fuerza de trabajo». No había nada
en común entre la noble Rusia y la Rusia campesina, declaró Herzen, «por un
lado el robo y el desprecio, por otro, el sufrimiento y la desconfianza». (V. E.
Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander Ivanovich Herzen, 1952)

En la URSS de Lenin y Stalin, lo normal era que todo chovinismo histórico o


presente fue visto como una señal de alarma, al menos esto fue así hasta el giro
de mediado de los años 30. He aquí una muestra:

«Una revisión de las transcripciones de los discursos públicos de algunos


historiadores y otros materiales muestra que las conferencias y los discursos
públicos, así como los manuscritos de artículos de varios historiadores,
especialmente Yakovlev y Tarle, muestran el estado de ánimo del chovinismo
de gran poder, se intenta reconsiderar la comprensión marxista-leninista de la
historia rusa, para justificar y embellecer a los reaccionarios. (…) Tarle está
tratando de demostrar que la monarquía de Alejandro I y Nicolás I se llevó a
cabo en el período 1814-1859 una política progresista en Europa. (…)
Adzhemyan propone abandonar la consideración de los acontecimientos
históricos desde la perspectiva de la lucha de clases, considerando este enfoque
como una «enfermedad infantil del izquierdismo». Sugiere además revisar la
actitud sobre el tema de la lucha revolucionaria de los pueblos de Rusia.
Adzhemyan define los levantamientos revolucionarios como reaccionarios,

39
debido a que, en su opinión, estos levantamientos socavaron el poder del poder
autocrático en Rusia. Entonces, para los levantamientos reaccionarios,
Adzhemyan incluye los levantamientos campesinos de Bolotnikov, Razin,
Pugachev, así como el movimiento decembrista. (...) La atención se centró en
las críticas de quienes justificaron la política colonial agresiva del zarismo,
quienes no estuvieron de acuerdo con la evaluación de la Rusia zarista como el
gendarme de la reacción en Europa, negaron la doctrina de la lucha de clases
como la fuerza impulsora de la historia y, por lo tanto, se solidificaron con
representantes de la «escuela de historia burguesa-monárquica» de
Milyukov». (…) Por lo tanto, en los discursos de algunos historiadores, se
revive una ideología nacionalista que es hostil a la política leninista-estalinista
de fortalecer la amistad de los pueblos, la política reaccionaria de la
autocracia zarista se toma bajo protección y se hacen intentos para idealizar el
orden burgués». (G. Aleksandrov, P. Pospelov, P. Fedoseev; Sobre los estados
de ánimo chovinistas de gran potencia entre algunos historiadores, 1944)

Aquí, como se ve, se condenan sin piedad los intentos de hacer pasar como
análisis marxistas propuestas y teorías sacadas del historiador del Partido
Kadete, Pavel Milyukov, el cual era el clásico chovinista ruso.

Se concluye que el punto de vista nacionalista está íntimamente relacionado con


la restauración del orden burgués en la URSS, por lo que era inadmisible para
un bolchevique:

«Un cierto resurgimiento de la ideología nacionalista entre varios


historiadores es aún más peligroso porque está asociado con la idealización
del sistema democrático burgués y la esperanza de la evolución del Estado
soviético a una república burguesa ordinaria. No es casualidad que el profesor
A. Yakovlev, en su manuscrito «Un manual para estudiar las órdenes y
discursos del camarada Stalin», escriba sobre Inglaterra: «Gran Bretaña es
un país clásico de libertad política». (…) Sazonov describe la cooperación
económica de la URSS y los países capitalistas como la inclusión de la URSS en
el sistema de los Estados capitalistas. Sazonov propone abolir el monopolio del
comercio exterior, abrir ampliamente el acceso al capital extranjero en
nuestro país, transferir el 80% de todas las empresas de la industria socialista
a sociedades anónimas con la venta de acciones principalmente a capitalistas
extranjeros, etc. Las principales proposiciones teóricas desarrolladas en el
manuscrito se reducen a probar que las mismas leyes económicas se aplican en
la economía soviética como en los países capitalistas». (G. Aleksandrov, P.
Pospelov, P. Fedoseev; Sobre los estados de ánimo chovinistas de gran
potencia entre algunos historiadores, 1944)

V. E. Illeritsky, en su artículo: «Opiniones históricas de Alexander Ivanovich


Herzen», demostraba que el chovinismo y el racismo eran nociones
incompatibles para un revolucionario progresista:

40
«En los años 50-60 del siglo XIX. Herzen, enojado, se alzó en armas contra las
«teorías» racistas de los alemanes y otros chovinistas. «No hay nación que
haya pasado a la historia, que pueda considerarse una manada de animales»,
señaló en 1851, «así como no hay nación que merezca ser llamada asamblea de
los elegidos». Revelando sus propias opiniones sobre la cuestión nacional,
Herzen escribió: «Estamos por encima de la sensibilidad zoológica y somos
muy indiferentes a la cuestión de la pureza racial, lo que no nos impide ser
plenamente eslavos». El gran demócrata ruso siempre se ha opuesto
resueltamente a la persecución de los eslavos como raza «inferior». «Nunca
hemos sido nacionalistas ni panslavistas», dijo, «pero la injusticia hacia los
eslavos siempre nos ha parecido atroz». Al mismo tiempo, Herzen criticó las
distorsiones cosmopolitas en el campo de la historia, enfatizó la necesidad del
desarrollo integral de una cultura nacional independiente de cada pueblo.
Herzen era partidario de la amistad entre los pueblos. Hizo un llamado a los
pueblos a la ayuda mutua fraternal en la lucha contra la opresión social y
nacional. Una viva expresión de estas convicciones de Herzen fue su
llamamiento al pueblo ruso para que apoyara la lucha del pueblo polaco
contra el zarismo en 1863. Al prestar sincera asistencia a la causa de la
liberación nacional polaca, Herzen, en palabras de V. I. Lenin, «salvó el honor
de la democracia rusa». (V. E. Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander
Ivanovich Herzen, 1952)

Y nos comentaba su cada vez mayor acercamiento al materialismo histórico:

«Adquirió una comprensión más profunda del papel de las masas en la


historia, realizando un estudio crítico de la historiografía noble-burguesa, que
se distinguía por exageraciones extremas del papel del individuo en la historia,
llevando a Herzen a una solución más correcta de este problema. Pensaba que
«la personalidad es una fuerza viva, un fermento poderoso, cuyo efecto no
siempre se destruye ni siquiera con la muerte», pero al mismo tiempo
enfatizaba cada vez más definitivamente la dependencia de las actividades de
los grandes personajes de las condiciones históricas. «La personalidad»,
escribió Herzen, «es creada por el entorno y los eventos». Precisamente señaló
que «los genios casi siempre se encuentran cuando se los necesita». (V. E.
Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander Ivanovich Herzen, 1952)

Tras la muerte de Stalin en 1953, las propuestas económicas que proponían


personas como Sazonov y muchos otros se acabaron llevando a cabo en su
totalidad. El propio Stalin, que bien había frenado al nacionalismo ruso en los
años inicialse, posteriormente fue culpable a la hora de que el gobierno diese
manga ancha al nacionalismo ruso desde finales de los años 30. Pero eso lo
veremos en otro documento.

Al poco tiempo, la restauración del capitalismo en la URSS fue una realidad, que
se manifestaría en diversos campos. Es imposible comprender el desarrollo de la

41
URSS de aquellos años en sus relaciones internas y externas sin estudiar y
analizar la trascendencia de las reformas económicas. Véase nuestra obra:
«Algunas cuestiones económicas sobre la restauración del capitalismo en la
URSS y su carácter socialimperialista» de 2016.

En el ámbito internacional, bajo un barniz marxista, los jruschovistas


intentaron aplicar el esquema económico del imperialismo clásico.

Véase la obra de Kiço Kapetani y Veniamin Toçi: «El COMECON revisionista:


un instrumento al servicio del socialimperialismo soviético» de 1974

Véase la obra de Fatos Nano: «La completa integración de la economía soviética


en la economía capitalista mundial» de 1981

Véase la obra de Hasan Banja y Lulëzim Hana: «La degeneración del


COMECOM en una organización capitalista» de 1984

Jruschov, Brézhnev y sus sucesores aplicaron una política chovinista interna y


externa. Pero ese nacionalismo que se creía «superior» y con derecho de
pisotear al resto de pueblos no evitó conducir a la URSS hacia la pérdida de su
propia soberanía nacional. En un lapso breve de tiempo, la integración de la
URSS en el bloque capitalista mundial era un hecho y, en concreto, se podía
constatar una progresiva dependencia con el imperialismo estadounidense. Para
1991, cuando la URSS se desintegra formalmente como unión de repúblicas, la
deuda alcanzaba los 81.000 millones de dólares.

En el ámbito interno se promovió un auge cultural del chovinismo ruso


acompañado de una asimilación forzosa. La idea de los revisionistas fue
reestructurar la URSS y promover una división del trabajo en favor de Rusia y
en detrimento de las repúblicas no rusas. Este programa acrecentó las
diferencias entre regiones y, como era de esperar, afloraron los viejos rencores,
explosionando el problema nacional a finales de los 80. Para estudiar la
cuestión nacional interna del revisionismo soviético véase:

Véase la obra de Bujar Hoxha: «La cuestión nacional y el revisionismo» de 1974

Véase la obra de Natasha Iliriani: «Algunas manifestaciones de la opresión


nacional en la URSS de hoy» de 1987

La historia ya ha demostrado a dónde conduce el nacionalismo, sea promovido


por quien sea.

Los resultados de tratar de fundir luxemburgismo y leninismo en la


cuestión nacional

En otra pirueta, digna del mejor espectáculo de eclecticismo, Armesilla elimina


una de las polémicas del movimiento obrero internacional del siglo XX y
proclama:

42
«La posición de Rosa Luxemburgo y de Lenin, no está tan contrapuesta como
se ha dado a entender». (Santiago Armesilla; Cuestión nacional, dialéctica de
Estado y Revolución Bolchevique de 1917, 2017)

¡Por supuesto! Su distancia solo es proporcional a la ristra de artículos que


Lenin tuvo que dedicar a Rosa Luxemburgo por su errada visión sobre esta
cuestión nacional.

«Rosa Luxemburgo ha abierto las puertas de par en par precisamente a los


oportunistas, en particular a las concesiones del oportunismo al nacionalismo
ruso. (...) Se nos dice: apoyando el derecho a la separación, apoyáis el
nacionalismo burgués de las naciones oprimidas. ¡Esto es lo que dice Rosa
Luxemburgo y lo que tras ella repite el oportunista Semkovski, único
representante, por cierto, de las ideas de los liquidadores sobre este problema
en el periódico de los liquidadores! Nosotros contestamos: no, precisamente a
la burguesía es a quién le importa aquí una solución «práctica», mientras que
a los obreros les importa la separación en principio de dos tendencias. Por
cuanto la burguesía de una nación oprimida lucha contra la opresora,
nosotros estamos siempre, en todos los casos y con más decisión que nadie, a
favor, ya que somos los enemigos más intrépidos y consecuentes de la
opresión. Por cuanto la burguesía de la nación oprimida está a favor de su
nacionalismo burgués, nosotros estamos en contra. Lucha contra los
privilegios y violencias de la nación opresora y ninguna tolerancia con el afán
de privilegios de la nación oprimida. (...) Llevada de la lucha contra el
nacionalismo en Polonia, Rosa Luxemburgo ha olvidado el nacionalismo de los
rusos, aunque precisamente este nacionalismo es ahora el más temible; es
precisamente un nacionalismo menos burgués, pero más feudal; es
precisamente el mayor freno para la democracia y la lucha proletaria. En todo
nacionalismo burgués de una nación oprimida hay un contenido democrático
general contra la opresión, y a este contenido le prestamos un apoyo
incondicional, apartando rigurosamente la tendencia al exclusivismo
nacional, luchando contra la tendencia del burgués polaco a oprimir al hebreo,
etc., etc. Esto «no es práctico», desde el punto de vista del burgués y del filisteo.
Pero es la única política práctica y adicta a los principios en el problema
nacional, la única que ayuda de verdad a la democracia, la libertad y a la
unión proletaria. (...) Tomemos la posición de la nación opresora. ¿Puede
acaso ser libre un pueblo que oprime a otros pueblos? No. Los intereses de la
libertad de la población rusa exigen que se luche contra tal opresión. La larga
historia, la secular historia de represión de los movimientos de las naciones
oprimidas, la propaganda sistemática de esta represión por parte de las
«altas» clases han creado enormes obstáculos a la causa de la libertad del
mismo pueblo ruso en sus prejuicios, etc. Los ultrarreaccionarios rusos apoyan
conscientemente estos prejuicios y los atizan. La burguesía rusa transige con
ellos o se amolda a ellos. El proletariado ruso no puede alcanzar sus fines, no
puede desbrozar para sí el camino hacia la libertad sin luchar

43
sistemáticamente contra estos prejuicios». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El
derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

En varias obras entre 1914-16, Lenin critica la idea de Luxemburgo de que en la


etapa imperialista del capitalismo no pueden existir guerras de liberación
nacional porque, entre otras cosas, sería ayudar y alentar a las burguesías
nacionales y crear desconcierto entre las masas revolucionarias, posicionándose
esta última en contra del derecho de autodeterminación; así como la idea
socialchovinista de que las naciones pequeñas son contrarrevolucionarias y no
pueden ayudar al progreso social de la humanidad:

«Y para confirmar esta declaración categórica, sigue razonando: el desarrollo


de las grandes potencias capitalistas y el imperialismo hacen ilusorio el
«derecho a la autodeterminación» de los pequeños pueblos. «¿Puede acaso
hablarse en serio –exclama Rosa Luxemburgo– de la «autodeterminación» de
los montenegrinos, búlgaros, rumanos, serbios, griegos, y, en parte, incluso, de
los suizos, pueblos todos que gozan de independencia formal, producto esta de
la lucha política y del juego diplomático del «concierto europeo?». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

La histórica lucha de algunos de los países coloniales y neocoloniales contra el


imperialismo, incluso enrolándose algunos de ellos en la construcción socialista
en época de Lenin y Stalin, demostró precisamente que Luxemburgo manejaba
una teoría falsa y reaccionaria. Querer formular en pleno siglo XXI la cuestión
nacional en base a las fracasadas teorías de Rosa Luxemburgo sobre la
imposibilidad de la victoria de los movimientos nacionales y de su rol
progresista es equivalente a formular la cuestión internacional en base a la
teoría menchevique-trotskista de la «revolución permanente», que niega la
posibilidad de la construcción del socialismo en un solo país –algo que la misma
URSS de Stalin demostró que solo era una tesis fatalista y derrotista–.

Dejemos hablar al propio Stalin sobre Luxemburgo y su posición ante Lenin:

«En el período de anteguerra, en los partidos de la II Internacional salió a la


palestra, como uno de los problemas más actuales, la cuestión nacional y
colonial, de las naciones oprimidas y de las colonias, de la liberación de las
naciones oprimidas y de las colonias, la cuestión de los medios para luchar
contra el imperialismo, de los medios para derrocar el imperialismo. A fin de
desarrollar la revolución proletaria y de cercar al imperialismo, los
bolcheviques propusieron una política de apoyo al movimiento de liberación
de las naciones oprimidas y de las colonias, sobre la base de la
autodeterminación de las naciones, y elaboraron el esquema de frente único
entre la revolución proletaria de los países avanzados y el movimiento
revolucionario de liberación de los pueblos de las colonias y de los países
oprimidos. Los oportunistas de todos los países, los socialchovinistas y social-
imperialistas de todos los países arremetieron en el acto contra los

44
bolcheviques. Los bolcheviques eran perseguidos como perros rabiosos. ¿Qué
actitud adoptaron entonces los socialdemócratas de izquierda en el Occidente?
Desarrollaron una teoría semimenchevique acerca del imperialismo,
rechazaron el principio de la autodeterminación de las naciones en su
concepción marxista –hasta la separación y formación de Estados
independientes–, descartaron la tesis de la gran importancia revolucionaria
del movimiento de liberación de las colonias y de los países oprimidos,
rechazaron la tesis de la posibilidad de un frente único entre la revolución
proletaria y el movimiento de liberación nacional y contrapusieron todo ese
galimatías semimenchevique, que es una desestimación completa de la
cuestión nacional y colonial, al esquema marxista de los bolcheviques. Es
sabido que este galimatías semimenchevique fue recogido después por Trotsky
y utilizado como arma de lucha contra el leninismo». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, Stalin; Sobre algunas cuestiones de la historia del bolchevismo,
1931)

Armesilla queda, una vez más, retratado como un ignorante en el marxismo y


como un desconocedor de las obras de los referentes de la doctrina que pisotea
constantemente. Señor, le pedimos que se coloque definitivamente el yugo y las
flechas, recite el Cara el Sol y deje de hacer el ridículo suplantando una
identidad.

¿Falangismo o leninismo como guía para resolver la problemática


nacional?

En la problemática nacional, la escuela filosófica de Gustavo Bueno se atiene a


la idea de Unamuno:

«Eso de que Cataluña, Vasconia, Galicia, hayan sido oprimidas por el Estado
español no es más que un desatino». (Miguel de Unamuno; La Promesa de
España, 14 de mayo de 1931)

Pero el sol no se puede tapar con un dedo… así que cuando los pueblos se
levantan para reclamar sus derechos nacionales, sabemos que estos
«revolucionarios» apoyan la represión más cruda del ejército burgués del
Estado. En el caso del «humanismo y progresismo» del señor Gustavo Bueno, lo
llevó hasta el punto de proponer lo siguiente en cuanto a las «soluciones» para
los «males de España»:

«No se tendría que haber transigido cuando al rey le abuchearon en el


parlamento vasco, habría que haberlo cerrado y sustituido. (…) La justicia
tendría que ser mucho más enérgica». (Fernando Sánchez Dragó: Entrevista a
Gustavo Bueno, 2015)

45
Es difícil encontrar un lacayo más dócil del sistema que el señor Bueno. En una
famosa ocasión, dejó relucir su vena franquista ante el desafío soberanista
vasco:

«Una constitución que ha abolido la pena de muerte y que no tiene posibilidad


de fusilar a Ibarretxe es muy difícil que se mantenga». (Gustavo Bueno;
Discurso, 2005)

Ante los disturbios en Cataluña en octubre de 2019 por la negativa del gobierno
español de permitir la celebración del referéndum de independencia, su vástago
ideológico, Santiago Armesilla, decía públicamente:

«@armesillaconde: La resolución del tema en Cataluña pasa por la


destrucción del catalanismo, en cualquiera de sus expresiones. Hay que
descatalanizar Cataluña. Acabar con TV3 y controlar la educación a todos los
niveles es esencial». (Twitter; Santiago Armesilla, 1 oct. 2019)

Y añadía:

«@armesillaconde: Defender la unidad de España, es defender a los


trabajadores, y defender a los trabajadores es defender la unidad de España.
Si esa unidad se defiende a través de los trabajadores de las fuerzas armadas,
sea». (Twitter; Santiago Armesilla, 21 de octubre de 2019)

Se pide «defender a los trabajadores» con sentimientos nacionales catalanes a


golpe de porra, pues parece ser que no entienden que sus destinos están
irresolublemente ligados a la «gran empresa universal del Imperio español».
¡Pobres e ingratos catalanes que no entienden la «suerte» que tienen! Curioso,
sin duda, el paternalismo y el cinismo de nuestros nacionalistas.

¡Vaya! Santiago Armesilla recomienda, casualmente, la misma receta que los


fascistas de los años 30. Ante las reclamaciones del pueblo catalán, la
«solución», según ellos, consistía en que el ejército disolviera las instituciones
elegidas democráticamente en Cataluña, y que la maquinaria estatal censurara
sus decisiones e ilegalizara a aquellos que hablaran de otra nación que no fuera
la española. Hoy la receta es la misma para nuestros nacionalistas de la Meseta
Central. En sus cavilaciones metafísicas son las instituciones las que determinan
la existencia de un movimiento nacional, así pues, disolviendo las instituciones
catalanas donde actualmente los grupos catalanes tienen voz para reclamar –
que no aplicar– su derecho de autodeterminación el movimiento nacional
catalán desaparecerá de jure y de facto. A esto se le llama la «táctica del
avestruz».

En otra ocasión, quitándose la careta del todo, llegó a proclamar, en contra de


todo sentido marxista-leninista, que:

46
«Los «imperios» no son el mal porque su contrario, «la libre confederación»
no es el bien». (Santiago Armesilla; ¿Por qué Izquierda Hispánica habla de
«Imperio» para su proyecto político?, 2014)

Nunca se ha visto sofisma menos elaborado… no se trata del «bien» o el «mal»


señor Armesilla, no estamos en una clase de parvulario, eleve el nivel un
poquito, tiene la cabeza sobre los hombros para algo. De lo que se trata aquí es
de la unidad real entre el proletariado de todas las naciones mediante la libre
asociación. ¿A cuento de qué? Pues sencillo, contra la unidad falsa, forzada y
burocrática de las naciones bajo la burguesía imperialista. La primera significa
el progreso hacia el socialismo y la segunda la perpetuación de las relaciones de
producción capitalistas. Si eres un humanista, progresista, marxista, llamadlo X,
se aceptará esto, si no es así, te colocas automáticamente en el campo
contrarrevolucionario.

Pero todo esto al señor Armesilla le da igual, ya que lo importante es la «España


irrevocable». Por eso sus discursos parecen como dos gotas de agua a las
peroratas que hace años soltaba Rosa Díez, cosa que no extraña a nadie, puesto
que precisamente Armesilla voto a Unión Progreso y Democracia (PD&D),
partido por el que pedía el voto Falange Auténtica (FA). ¿Ah, perdona, no lo
habíamos dicho ya?

Le recordamos a este engendro del revisionismo que su pensamiento es el


falangista, no el bolchevique:

«Necesitamos atmósfera revolucionaria para asegurar la unidad nacional,


extirpando los localismos perturbadores. Para realizar el destino imperial y
católico de nuestra raza. Para reducir a la impotencia a las organizaciones
marxistas». (Ramiro Ledesma; Creación de las JONS, Nuestro frente:
declaración ante la patria en ruinas, 3-X-1931)

«España no se justifica por tener una lengua, ni por ser una raza, ni por ser un
acervo de costumbres, sino que España se justifica por su vocación imperial
para unir lenguas, para unir razas, para unir pueblos y para unir costumbres
en un destino universal». (José Antonio Primo de Rivera; Discurso en el
parlamento, 30 de noviembre de 1934)

«Así, si nosotros hablamos de la España eterna, de la España imperial». (José


Antonio Primo de Rivera; Discurso pronunciado en el Teatro Calderón de
Valladolid, 4 de marzo de 1934)

En cambio, ¿qué decía Lenin –del que tanto habla Armesilla–?:

«El derecho a la autodeterminación significa la existencia de tal régimen


democrático en el que no sólo haya democracia en general, sino también, en el
que, especialmente no pueda darse solución no democrática al problema de la
separación. (…) El derecho a la autodeterminación. (…) Significa que el

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problema se resuelve precisamente no por el parlamento central, sino por el
parlamento, la dieta, de la minoría que desea depararse o por referéndum. (…)
El reconocimiento del derecho a la autodeterminación «hace el juego» al «más
rabioso nacionalismo burgués», asegura el señor Semkovski. Eso es una
puerilidad, pues el reconocimiento de este derecho no excluye en modo alguno
que se haga propaganda y agitación contra la separación y se enuncie al
nacionalismo burgués». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Acerca del programa
nacional del POSDR, 1913)

Suponemos que estas palabras le sentarán como una puñalada en el estómago al


señor Armesilla, visto lo acontecido últimamente en Cataluña y tras sus
posturas políticas a favor del artículo 155, que permitía intervenir e inhabilitar al
gobierno catalán tras –hay que decirlo– el ficticio y ridículo amago de secesión
escenificado por los independentistas catalanes en su parlamento, el cual no
solo nos demostró que la burguesía catalana es tan traicionera como siempre,
sino que de paso nos legó uno de los «memes» de la década.

Somos sabedores que los seguidores de la Escuela de Gustavo Bueno mantienen


la visión falangista que, ante las reivindicaciones del nacionalismo, aboga por
defender la integridad territorial del Estado a toda costa. ¿Qué es «a toda
costa»? Pues, que, si para una nueva «Santa cruzada» creyesen necesaria la
experiencia de Franco y Espartero para bombardear Barcelona con éxito, estos
idealistas hasta intentarían aprender necromancia:

«Formar unidades ingentes, como la de España, es tarea de muchas


generaciones al servicio de un constante esfuerzo. La gloria difícil de una gran
obra así pide el sacrificio de siglos. Deshacerla es mucho más fácil: basta dejar
que florezca en todas las grietas el separatismo elemental, desintegrador,
bárbaro en el fondo, para que todo se venga abajo. Pero eso ocurre si no se
interpone la decisión resuelta de un pueblo, ya formado, que quiere
mantenerse a toda costa en su unidad y que se hallará entre sus juventudes
gentes dispuestas a mandar fusilar por la espalda, sin titubeo, racimos de
traidores». (José Antonio Primo de Rivera; El separatismo sin máscara, 12 de
julio de 1934)

¿Qué defendían los marxistas del Partido Comunista de España (PCE) por aquel
entonces? Bueno, lean vosotros mismos:

«Liberación de los pueblos oprimidos por el imperialismo español. Que se


conceda el derecho de regir libremente sus destinos a Cataluña, a Euskadi, a
Galicia y a cuantas nacionalidades estén oprimidas por el imperialismo de
España. ¿Es que va a resolver el Gobierno actual el problema de las
nacionalidades oprimidas? Yo os digo que no. Y la prueba es ese proceso que se
sigue por el tribunal más reaccionario del país contra los consejeros de la
Generalitat. Va a recaer sobre ellos el peso de una sentencia monstruosa.
Treinta años de presidio les piden, y no hay duda de que serán condenados a

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esa pena. ¿Y, sabéis por qué van a ser condenados? Porque ese proceso no es
sólo el de los hombres a quienes se juzga. Quien va a ser condenado con esa
sentencia monstruosa es todo el pueblo de Cataluña, por su rebeldía, por su
levantamiento contra la opresión del imperialismo español. Y contra esa
monstruosa condena, contra ese odio a la libertad de Cataluña, yo os digo lo
que antes: ¿Es que no estamos obligados a luchar en la Concentración Popular
Antifascista por la liberación de esos hombres, a quienes se condena como
expresión del odio y la opresión imperialista? Pues entonces, camaradas,
tenemos una razón más para unimos todos: la lucha por la liberación de
Cataluña, por el derecho de Cataluña y de todas las nacionalidades oprimidas
a disponer de sus destinos». (José Díaz; La lucha en plena reacción; Discurso
pronunciado en el Monumental Cinema de Madrid, el 2 de junio de 1935)

¿Por qué si Armesilla se reivindicaba como «marxista» está en las antípodas de


los marxistas españoles, por qué en cambio sus posiciones son calco de la de los
falangistas?

Nosotros ya dejamos clara nuestra postura, que es la que defiende aquí el


comunismo, bolchevismo, marxismo-leninismo, socialismo científico o como se
quiera llamar: los proletarios catalanes deben luchar por el derecho a decidir
mientras combaten la propaganda nacionalista de su propia burguesía; deben
votar a favor de una fórmula que incluya su permanencia en España,
reconociendo un estatus acorde al grado que ha alcanzado el movimiento y su
desarrollo histórico –estatus de nación– con todo lo que ello implica; el resto de
proletarios de España deben hacer propaganda en favor del derecho de los
catalanes a separarse, combatir el nacionalismo español y persuadir a los
catalanes de los beneficios de una vida en conjunto. En ambos casos, el
proletariado de ambas zonas debe explicar que la única solución al problema
nacional –incluyendo los desequilibrios entre regiones bajo la ley de desarrollo
desigual del capitalismo– pasa por construir el socialismo, como primera fase
del comunismo, sociedad sin clases.

«Para que los pueblos puedan unificarse realmente, sus intereses deben ser
comunes. Para que sus intereses puedan ser comunes, es menester abolir las
actuales relaciones de propiedad, pues éstas condicionan la explotación de los
pueblos entre sí; la abolición de las actuales relaciones de propiedad es interés
exclusivo de la clase obrera. También es la única que posee los medios para
ello. La victoria del proletariado sobre la burguesía es, al mismo tiempo, la
victoria sobre los conflictos nacionales e industriales que enfrentan
hostilmente entre sí, hoy en día, a los diversos pueblos. Por eso, el triunfo del
proletariado sobre la burguesía es, al mismo tiempo, la señal para la
liberación de todas las naciones oprimidas». (Karl Marx; Discurso sobre
Polonia, 29 de noviembre de 1847)

Mostrémosle otra cita de Lenin al señor Armesilla, por si no ha entendido la


postura marxista:

49
«Nuestro programa sobre la autodeterminación de las naciones sólo puede ser
interpretado en el sentido de la autodeterminación política, es decir, el derecho
a la separación y a la formación de un Estado de manera independiente. (…)
El reconocimiento por el Partido Socialdemócrata del derecho de todas las
nacionalidades a la autodeterminación requiere que los socialdemócratas (a)
sean incondicionalmente hostiles al empleo de la fuerza, en cualquiera de sus
formas, por parte de la nación dominante –o la nación que constituye la
mayoría de la población– para con la nación que desee separarse
políticamente; (b) exijan la solución del problema de tal separación sólo sobre
la base del sufragio universal, igual, directo y secreto de la población del
territorio correspondiente; (c) libren una lucha implacable, tanto contra los
partidos centurionegristas octubristas como contra los liberales burgueses –
«progresistas», kadetes, etc.– en todas las ocasiones en que ellos defiendan o
permitan la opresión nacional, en general, o nieguen el derecho de las
naciones a la autodeterminación en particular. 4. El reconocimiento por el
partido socialdemócrata del derecho de todas las nacionalidades a la
autodeterminación no significa en modo alguno que los socialdemócratas
renuncien a una apreciación independiente de la conveniencia de la
separación estatal de una u otra nación en cada caso concreto». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; Tesis sobre el problema nacional, 1913)

En la cuestión nacional se puede estar favor de Lenin o a favor de Gustavo


Bueno o, como mucho, a favor de Gustavo Bueno y de Rosa Luxemburgo –otra
opositora al derecho de autodeterminación–. Pero tratar de conjugar a los tres,
tal y como él pretende, es imposible, y mucho menos tratando de apoyarse en la
historia del movimiento comunista –cuando hemos visto hace un rato las
resoluciones de la Internacional Comunista sobre España–. Véase nuestro
capítulo: «La evolución del PCE sobre la cuestión nacional (1921-1954)» de
2020.

El «imperio generador»: una burda teoría supremacista para


justificar el expansionismo

«El contenido ideológico y político del oportunismo y del socialchovinismo es el


mismo: la colaboración de las clases en vez de la lucha entre ellas. (…) De esta
posición derivan, como consecuencia, la renuncia a la lucha de clases, la
votación de los créditos de guerra, etc. Los socialchovinistas aplican, de hecho,
una política antiproletaria, burguesa, pues lo que propugnan en realidad no es
la «defensa de la patria» en el sentido de la lucha contra el yugo extranjero,
sino el «derecho» de tales o cuales «grandes» potencias a saquear las colonias
y oprimir a otros pueblos. Los socialchovinistas repiten el engaño burgués de
que la guerra se hace en defensa de la libertad y de la existencia de las
naciones, con lo cual se ponen del lado de la burguesía contra el proletariado.
Entre los socialchovinistas figuran tanto los que justifican y exaltan a los
gobiernos y a la burguesía de uno de los grupos de potencias beligerantes

50
como los que, a semejanza de Kautsky, reconocen a los socialistas de todas las
potencias beligerantes el mismo derecho a «defender la patria». El
socialchovinismo, que defiende de hecho los privilegios, las ventajas, el saqueo
y la violencia de «su» burguesía imperialista –o de toda burguesía en
general–, constituye una traición absoluta». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El
socialismo y la guerra, 1915)

Cuando se afirma que la ideología buenista no es sino un chovinismo mal


disfrazado de rojo, un falangismo algo edulcorado, no es una exageración con el
fin de desacreditar al enemigo que aquí enfrentamos. ¿¡Qué diablos!? Nosotros
no necesitamos exagerar nada, nuestros adversarios nos hacen todo el trabajo.
Pero primero pasen al circo de los horrores, observen como la literatura del
fascista era sospechosamente parecida a los libros de los actuales buenistas:

«Respecto de los países de Hispanoamérica, tendemos a la unificación de


cultura, de intereses económicos y de poder. España alega su condición de eje
espiritual del mundo hispánico como título de preeminencia en las empresas
universales. (…) Momentos de destino histórico español: la fijan durante los
siglos de la Reconquista; también la fijan en las luchas contra el
protestantismo de los siglos XVI y XVII; contra los turcos; en el
descubrimiento, conquista y civilización de América; en la guerra de la
Independencia contra los franceses; en nuestra Cruzada, contra las doctrinas
y fuerzas rojas. En todas ellas España defiende una forma de vivir y de ser
católica y, en su mejor momento, siglos XVI y XVII, lucha por conseguir que
esta forma de vida sea universal, es decir, de todo el mundo». (Formación del
espíritu nacional, 1955)

Esto era un libro de texto de la educación franquista para formar a las nuevas
generaciones, pero bien podría ser cualquier discurso de Bueno, Ínsua, Maestro
o Armesilla. El único detalle diferencia es que estos han formulado una nueva
jerga para enmascarar la cosmovisión imperial y católica del falangismo de toda
la vida.

«@armesillaconde: Imperio Generadores: reproducen las instituciones


antropológicas, sociológicas, políticas, económicas, culturales, etc., de la
metrópoli en los pueblos conquistados, elevando su nivel de vida hasta igualar
–o superar– al núcleo Imperial. (...) Imperio Depredadores: no reproducen en
absoluto –o solo aquellas que permiten la depredación de recursos y fuerza de
trabajo– las instituciones culturales, sociales, políticas y económicas de la
metrópoli, dejando como estaban, o peor, a los pueblos conquistados. (...)
Ejemplos de Imperios Generadores: Macedonia, Roma, Califatos Islámicos,
Monarquía Hispánica, Unión Soviética. - Ejemplos de Imperios Depredadores:
Aqueménidas, Imperios Portugués, Neerlandés, Británico, Colonial Francés,

51
Colonial Alemán, Tercer Reich, Imperio Japonés». (Twitter; Santiago
Armesilla, 24 de septiembre de 2020)

Inevitablemente todo imperio histórico, fuese esclavista, feudal o capitalista


intenta imponer sus instituciones y sus ideas en los territorios coloniales, algo
de lo que depende no solo de su voluntad sino de la correlación de fuerzas. Del
mismo modo que tarde o temprano se ve obligado a desarrollar infraestructuras
en los territorios conquistados si quiere rentabilidad el comercio o la extracción
de minerales. Ergo la división entre «imperios generadores» e «imperios
depredadores» es ficticia, es una forma de historicismo artificioso para justificar
la falta de libertad en los pueblos para decidir sus destinos, un arma ideológica
para sus opresores. En nuestra época defender tal tipo de ideas es un signo de
que se contiene un pensamiento retrógrado, puesto que ningún progresista y
revolucionario puede ser proimperialista y justificar la anexión o
mantenimiento forzoso de un territorio.

En realidad, los conceptos de la Escuela de Gustavo Bueno como «imperio


universal católico», donde siempre nos hablaba de las bondades de España
como «imperio generador y no depredador», están más cerca de una exposición
fascista de la cuestión nacional que de una marxista.

Ahora todos sus descendientes tratan de vendernos que el Imperio español era
positivo para la humanidad, que todo lo realizado por él fue grandioso porque
tenía una afable «vocación universal», como si eso determinase lo positivo de
una formación política y sus acciones en un momento determinado. Como si eso
fuese un análisis marxista de la historia.

«—Entrevistador: Volviendo a España...

—Gustavo Bueno: El Imperio español sólo es comparable con el de Alejandro.


El romano no fue universal porque fuera estaban los bárbaros. También sería
universal la Unión Soviética». (La España Nueva, 21 de noviembre de 1999)

Contradiciendo toda la historiografía marxista y toda lógica, para Bueno, el


Imperio romano, que dio pie a una de las religiones universales como el
cristianismo, no fue un imperio universal porque fuera de las fronteras había
«bárbaros» (sic). ¡¿Y acaso el Imperio macedonio de Alejandro Magno o el
Imperio español de Felipe II no tenía «bárbaros» en sus fronteras?! ¿O es que
dominaban todo el mundo conocido?!

Aquí, el nacionalismo español, torpemente vestido de ropajes marxistas,


también eleva a la categoría de héroe a los mismos generales y capitanes de la
conquista colonial del siglo XV al siglo XIX, también se difunde la idea de que la
Guerra de hispano-estadounidense de 1898 y la pérdida de las colonias fue una
guerra defensiva de España, «justa», ignorando las reivindicaciones que
cubanos, filipinos y puertorriqueños ya habían desplegado ante el status de

52
subyugación colonial que sufrían, lo cual llevo a varios levantamientos
nacionales. Estos filósofos arrastran los mismos discursos que, por aquel
entonces, publicaban los periódicos conservadores que «tachaban de traición a
la patria» toda crítica a las campañas coloniales.

Hoy, los seguidores de Gustavo Bueno intentan hacer creer que la brutalidad de
Pizarro en Perú, de Cortés en México, del Duque de Alba en Flandes… es mera
propaganda de la «leyenda negra» fabricada por la «pérfida Albión», que la
colonización de América no solo era el «mal menor» entre la rapacidad del
imperialismo británico, holandés portugués o francés, sino que además para los
pueblos americanos fue una «suerte» entrar a formar en el proyecto del Imperio
hispánico. Pi y Margall, que tenía más interés por la verdad histórica que estos
lacayos de la historiografía franquista, ya puso en su lugar a este tipo de
patrioteros:

«Considerábase en América tan conquistador como Hernán Cortés el último


soldado: las depredaciones y las crueldades no tuvieron límite. (…) Ni con ser
católicos escuchaban la voz de sus prelados. (…) Somos demasiado ignorantes,
fanáticos, soberbios y crueles para ganarnos el corazón de los vencidos. Por la
fuerza hemos querido en todas partes imponer nuestro Dios y nuestros
dogmas. En parte alguna hemos sabido injertar nuestra civilización en las
instituciones por que los pueblos dominados se regían. (…) Hasta sus
jeroglíficos los quemamos suponiéndolos sugestión del diablo. (…) En mucho
menos que a los caballos teníamos a los indígenas. En mucho menos
estimábamos su vida: ávidos de oro, por miles los llevamos en las minas a la
muerte. Horrorizan los crímenes que en ellos cometimos, crímenes
atestiguados por casi todos los autores del tiempo de la conquista. Pudo más
afortunadamente en esos hombres la voz de la verdad que la del patriotismo.
¿De qué nos sirvieron las colonias? Trajeron consigo la despoblación de la
península, la rápida decadencia de las industrias florecientes, el
encarecimiento de la vida, el espíritu de aventuras y el desprecio del trabajo
que todavía constituye el fondo de nuestro carácter. La corrupción de las
colonias refluye siempre a la metrópoli: no tardamos en tenerla aquí después
de la conquista de América, como la tuvo Roma después de la conquista de
España y las Galias». (Francisco Pi i Margall; Eusebio a Carlos, XCII, 14 de
septiembre de 1898)

La historiografía burguesa y su nacionalismo nos ha acostumbrado en demasía a


estas visiones.

No por casualidad esta visión es la esencia de todo nacionalismo, en especial de


su más alta expresión, el fascismo:

«La guerra depredadora por el bien de los mercados, por el carbón, el hierro y
el petróleo se presenta como consecuencia de los derechos eternos otorgados

53
por la propia naturaleza, incrustados en los rasgos raciales de su pueblo, así se
presenta toda expansión imperialista como una necesidad biológica». (La
ideología del fascismo. Material informativo para el informe de Georgi
Dimitrov en el VIIº Congreso de la Internacional Comunista, 11 de junio de
1935)

Acabamos de ver una notable documentación para acreditar que en la URSS de


Stalin de los años 20 se desarrolló una enérgica persecución hacia aquellos
autores que deseaban rehabilitar el chovinismo gran ruso. Esto volvió a
condenarse en la década siguiente y hasta cierto punto en los 40 y 50, aunque
aquí el nacionalismo ruso ya había despertado. En un escrito poco conocido,
Stalin, Zhdánov y Kirov reprendían a los historiadores encargados de realizar el
nuevo manual de historia, dado que parecían querer reintroducir los mitos y
vicios de la historiografía burguesa:

«El grupo de Vanaga no ha cumplido su cometido y ni siquiera lo ha


entendido. Ha realizado una sinopsis de la historia rusa, no de la historia de la
URSS, es decir, la historia de Rusia, pero sin la historia de los pueblos que
entraron a formar parte de la URSS –nada se dice de la historia de Ucrania,
Bielorrusia, Finlandia y otros pueblos bálticos, los pueblos del norte del
Cáucaso y Transcaucásicos, de los pueblos de Asia Central, los pueblos del
Lejano Oriente, así como el Volga y las regiones del norte: tártaros, bashkirs,
mordovianos, chuvasios, etcétera–. La sinopsis, no enfatiza el papel
anexionista-colonial del zarismo ruso, junto con la burguesía y los
terratenientes rusos –«el zarismo es la prisión de los pueblos»–. La sinopsis no
enfatiza el papel contrarrevolucionario del zarismo ruso en la política exterior
desde la época de Catalina II hasta los años 50 del siglo XIX y más allá –«el
zarismo como un gendarme internacional»–. En la sinopsis no figura la
fundación y orígenes de los movimientos de liberación nacional de los pueblos
de Rusia, oprimidos por el zarismo, y, por tanto, la Revolución Bolchevique, en
cuanto fue la revolución que liberó a estos pueblos del yugo nacional. (…) La
sinopsis abunda en banalidades y clichés como el «terrorismo policial de
Nicolás II», la «insurrección de Razine», la «insurrección de Pugatchev», la
«la ofensiva contrarrevolucionaria de los terratenientes en la década de
1870», «los primeros pasos del zarismo y de la burguesía en la lucha contra la
revolución de 1905-1907», etc. Los autores de la sinopsis copian ciegamente las
banalidades y las definiciones anticientíficas de los historiadores burgueses,
olvidando que tienen que enseñar a nuestra juventud las concepciones
marxistas científicamente fundamentadas. (…) La sinopsis no refleja la
influencia de los movimientos burgueses y socialistas de Europa Occidental en
la formación del movimiento revolucionario burgués y el movimiento
socialista proletario en Rusia. Los autores de la sinopsis parecen haber
olvidado que los revolucionarios rusos se reconocían como los discípulos y
seguidores de las figuras destacadas del pensamiento burgués revolucionario

54
y marxista de Occidente. (…) Necesitamos un libro de texto sobre la historia de
la URSS, donde la historia de la Gran Rusia no se separe de la historia de otros
pueblos de la URSS, esto en primer lugar, y donde la historia de los pueblos de
la URSS no se separe de la historia europea y mundial en general». (Notas
sobre la sinopsis del Manual de historia de la URSS; I.V. Stalin, A.A. Zhdánov,
S.M. Kirov, 8 de agosto de 1934)

Pero si el lector no se convence de esto, podemos ver como a finales de los 40 se


castigan de tanto en tanto los intentos de reexaminar la historia del zarato ruso
bajo sofismas nacionalistas muy similares a los que hoy vemos en los seguidores
de Gustavo Bueno. Así, en el artículo «Contra el objetivismo en la ciencia
histórica» se decía muy claramente:

«Kach advirtió a la revista de historiadores «Historia Marxista» Nº4 de 1939,


que en un artículo de su editor, el camarada Yaroslavsky «Tareas incumplidas
en el frente histórico», él había escrito: «Cabe señalar que, en lucha contra las
distorsiones antimarxistas de la escuela histórica de Pokrovsky, algunos
historiadores cometen errores nuevos y no menos serios». El artículo señalaba
que estos errores consistían en: 1) una interpretación incorrecta de la cuestión
del llamado «mal menor», en los intentos de extender este punto de vista a
todas las conquistas del zarismo ruso; 2) en la comprensión errónea de las
guerras justas e injustas, en intentos de convertir todas las guerras de la Rusia
zarista en guerras defensivas; 3) en la comprensión errónea del patriotismo
soviético, al ignorar su contenido socialista de clase, en deslizarse al falso
patriotismo. Es característico que algunos de estos errores encuentren su lugar
en la colección «Contra el concepto histórico de Pokrovsky». No es difícil
rastrear su huella en él. Los errores de Yaroslavsky se basaron en el deseo de
embellecer la historia, ignorando el contenido de clase del proceso histórico
tanto en su conjunto como en cada acontecimiento por separado. No menos
peligrosos y dañinos son los errores que surgen nuevamente del enfoque no
marxista de la historia, yendo en la línea de denigrar el pasado del pueblo
gran ruso, subestimando su papel en la historia del mundo. (…) El nihilismo en
la evaluación de los mayores logros de la cultura rusa y de otros pueblos de la
URSS es el reverso de la adoración de la cultura burguesa de Occidente.
Durante la Gran Guerra Patriótica [1941-1945], debido a una serie de
circunstancias, la influencia de la ideología burguesa se intensifico en ciertos
sectores de la ciencia histórica, especialmente en el campo del estudio de la
política exterior, las guerras y el arte militar. El camarada Tarle repitió la
posición errónea sobre la naturaleza defensiva y justa de la Guerra de Crimea
[1853-1856]. Intentó justificar las guerras de Catalina II con la idea de que
supuestamente Rusia luchaba por sus fronteras naturales, y que como
resultado de las adquisiciones territoriales de ella, el pueblo soviético en la
guerra contra el hitlerismo tuvo unas cabezas de puente salvadoras y
necesarias para la defensa. Se intento reconsiderar la naturaleza de la
campaña de 1813, presentándola como similar a la campaña de liberación del

55
Ejército Rojo en Europa [durante 1943-1945]. Hubo demandas para
reconsiderar el papel de la Rusia zarista como gendarme de la reacción y
prisión de pueblos durante la primera mitad del siglo XIX. Si por un lado,
algunos historiadores mostraron una tendencia perjudicial al negar cualquier
influencia beneficiosa sobre los pueblos de nuestro país en cuanto a la
economía y cultura rusa, por otro lado, se hizo un intento igualmente
perjudicial para intentar eliminar la cuestión misma de la naturaleza colonial
de la política del zarismo en las regiones nacionales. Se alzó el escudo contra
los supuestos héroes del pueblo ruso, los generales. (…) Presentaron como
supuestos héroes del pueblo ruso, a los generales Skobelev, Dragomirov,
Brusilov, y en Armenia incluso lograron convertir a Loris-Melikov en héroe
nacional. Algunos estuvieron de acuerdo en exigir abiertamente en que el
análisis de clase de los hechos históricos fuera sustituido una evaluación de su
progreso en general, en términos de intereses nacionales y estatales. Fue
necesaria la intervención directa del Comité Central de nuestro partido».
(Cuestiones de la Historia; Nº12, diciembre de 1948)

Para quien lo desconozca, el general Skobelev fue el encargado de la conquista


de Asia central de 1881, haciéndose reconocido por su brutalidad contra los
turcomanos. Dragomirov fue otro general participante de la Guerra Ruso-turca
de 1877-1878, una guerra entre potencias teocráticas por las áreas de influencias
en los Balcanes. Brusilov fue un general participante en la Primera Guerra
Mundial de 1914. Loris-Melikov fue un general de ascendencia armenia que
llegó incluso a ser ministro del Interior en el reinado de Alejandro II.

Este artículo hará colapsar mentalmente a muchos socialchovinistas, y de paso


desmonta las montañas de propaganda trotskista sobre el «stalinismo» y su
esencia netamente chovinista, dado que dentro de la época «stalinista» y de la
obra del propio Stalin hubo diferentes periodos y evoluciones en todos los
campos, incluyendo el tema de la cuestión nacional.

La cuestión no es lo que dijese Stalin, él se equivocaba, como todos, la cuestión


es: ¿qué debemos reivindicar nosotros? ¿Los aciertos o los errores de cada
figura histórica? Para nosotros solo hay una respuesta: por raciocinio solo
debemos aspirar a reproducir las posiciones concretas y correctas, nunca en
base al nombre y prestigio del autor. He ahí lo estúpido que sería, como hace
Armesilla y sus groupies, hablarnos de que debemos de tomar de referencia las
desviaciones nacionalistas de figuras progresistas españolas, o la regresión que
hubo en la URSS respecto a su postura inicial. Pero esta gente es así, al igual que
los buitres, aprovechan un cuerpo en descomposición para alimentarse de él.

Actualmente, los seguidores de la Escuela de Gustavo Bueno alegan que una


reedición similar del Imperio español sería positiva. Eso sí, se encargan de no
tratar de asustar a los pueblos y prometen que todo sería «debidamente
adaptado a nuestros tiempos». ¡¿Pero qué se puede esperar de intelectualoides

56
que nos venden que el imperialismo yankee también es positivo porque es un
«imperio generador y universal»?! Viendo sus concepciones está claro que, de
proclamarse tal imperio de la demencia, este no sería más que un nuevo
dominio mundial, tanto colonialista como, y especialmente, neocolonial, de
España sobre otros pueblos. Se trataría, pues, de sustituir a potencias
imperialistas, como China, EEUU, Rusia o la Unión Europea por otro
imperialismo supranacional de corte hispano, lo cual no debería suscitar orgullo
alguno al proletariado de la península ibérica, salvo que sufra de una triste
alienación nacionalista.

Gustavo Bueno como agente del imperialismo yankee

Siguiendo los lineamientos irracionales y subjetivistas de esta gente, aplicando


la misma lógica, el actual imperialismo estadounidense sería un imperio
«generador» porque también trata de homologar a sus «súbditos», tratando de
imponer su dominación política y económica, así como su lengua, su forma y
estilo de vida y, como veremos más adelante, así es. ¿Qué supone esto?:

«Una de las líneas seguidas por la «campaña» ideológica, que va de la mano


con los planes de avasallamiento de Europa, es el ataque contra el principio de
la soberanía nacional, el ataque a todo lo que se opone a la idea de un
«gobierno mundial», apelando a la renuncia a los derechos soberanos de las
naciones. El propósito de esta campaña es ocultar la expansión desenfrenada
del imperialismo estadounidense, que está violando despiadadamente los
derechos soberanos de las naciones, y presentar a Estados Unidos como el
campeón de las leyes internacionales, a la vez que se tilda de creyentes en un
nacionalismo obsoleto y «egoísta», a todos los que se resisten a la penetración
estadounidense. La idea de un «gobierno mundial» fue promovida por
maniáticos intelectuales y pacifistas burgueses. Y está siendo explotada no sólo
como un medio de presión que busca desarmar ideológicamente a las naciones
que defienden su independencia frente al avance del imperialismo
estadounidense, sino también como una consigna dirigida especialmente
contra la Unión Soviética, que defiende infatigable y permanentemente el
principio de la verdadera igualdad y la protección de los derechos soberanos
de todas las naciones, grandes y pequeñas». (Andréi Zhdánov; Sobre la
situación internacional; Informe en la Iº Conferencia de la Kominform, 1947)

Gustavo Bueno no compartía esa idea marxista de igualdad y de protección de


los derechos soberanos de todas las naciones, grandes y pequeñas. Esto también
se refleja en que, debido a sus limitaciones nacionalistas, ni él, ni mucho menos
sus discípulos, como Armesilla, condenan la política socialimperialista de la
URSS de Jruschov y sucesores; al contrario, la abalan bajo las motivaciones ya
comentadas. ¿Y cómo explican su caída? Resuelven dicha caída argumentando
razones que nada explican, como que el Imperio español, el Imperio romano y la
URSS cayeron no por razones político-económicas, sino porque eran «imperios

57
concebidos para caer» (sic) –una respuesta con un idealismo muy poco
enmascarado–. Pero, ante este duro golpe a la moral, dan ánimos a sus fieles,
arengando que el Imperio español «cayó pero que sigue existiendo en los efectos
que tiene en nuestro presente». Efectivamente, el señor Bueno, cualquier
imperio tiene repercusión en sus formaciones posteriores, como el Imperio
persa todavía retumba sobre los iraníes o el Imperio otomano sobre los turcos y
el árabe o el romano sobre los españoles. ¿Y? ¿Qué hay de trascendente en eso
que no sepamos? ¿Eso hacía menos evidente el ascenso y consolidación de
naciones como la armenia, siria, y otras? ¿Qué tiene que ver eso con que en
España haya varias naciones que demanden el derecho de autodeterminación,
como hemos expuesto anteriormente? ¿Acaso esas contradicciones nacionales
van a ser salvadas por ese «espíritu todavía presente» del Imperio español? No
lo creemos.

Este filósofo cumplía el rol de ser un agente más del imperialismo con sus
rebuscadas teorías:

«Como ejemplos de sociedades políticas regidas en nuestro siglo por la norma


IV [imperialismo generador] hay que citar. (...) A los Estados Unidos de
América por otro en tanto se presentan como garantes de la defensa de los
derechos humanos y de las democracias» (Gustavo Bueno; Principios de una
teoría filosófico política materialista, 1995)

También diría en otra ocasión:

«— Entrevistador: ¿EEUU?

—Gustavo Bueno: Ahora ejerce como tal. Es lo más parecido a Roma.


Inglaterra, no. Fue un imperio depredador. Hay imperios generadores y
depredadores». (La España Nueva, 21 de noviembre de 1999)

A decir verdad, si siguiéramos el mecanicismo de las propias ideas generales de


Gustavo Bueno sobre su teoría de los imperios hasta sus últimas consecuencias,
la mayoría de los pueblos del mundo deberían dejarse subyugar por el «imperio
estadounidense», pues tiene rasgos de «imperio generador», teniendo un
«mayor desarrollo de fuerzas productivas» y la tan sonada «vocación
universal». Debido al material existente en nuestro medio, no nos detendremos
aquí a desmontar de nuevo este tipo de teorías «tercermundistas» que justifican
al imperialismo, y mucho menos bajo nociones liberales que consideran a EEUU
como defensor de los «derechos humanos». ¿Esta bazofia de verdad es vuestro
Dios? Anonadados nos hallamos.

Algunos seguidores de esta escuela filosófica clamarán que otros de sus


discípulos sí consideran al imperialismo estadounidense un «imperio
depredador», que estamos manipulando la cuestión. En realidad, la discusión ya
ha finalizado, dado que las definiciones de imperio generador o depredador son

58
entelequias de una secta subjetiva que no reflejan realidad alguna. Pero
hagamos el esfuerzo en analizar la psique de estos dementes:

«Cabría la posibilidad de que los Estados Unidos de Norteamérica se


transformaran en un Imperio Generador, pero eso depende, entre otras cosas,
del impacto de la presencia hispana en la nación política estadounidense, que
ya cuenta con 50 millones de hispanos, y que para este siglo XXI recién
iniciado se prevé sean más de 80 millones». (Santiago Armesilla; Reescritos de
la disidencia, 2012)

He aquí el gran análisis de nuestro docto Armesilla, ¿dónde reside la salvación


para los estadounidenses? ¿En cambiar su estructura económica, que oprime a
clases sociales de su país y expolia e invade a otros pueblos? No: ¡En su
población hispana...! ¿Se puede enunciar una respuesta más repugnantemente
chovinista y racista? Imposible. Una más para el cajón de sandeces que enuncia
este señor. Luego se llena la boca hablando contra las barbaridades de Sabino
Arana y otros racistas retrógrados del nacionalismo vasco o catalán, pero su
pensamiento es de la misma calaña. Escoria, eso son.

Armesilla como defensor de la teoría socialimperialista de la


«soberanía limitada»

«La República Popular China, de herencia cultural confuciana, «no tiene el


mismo enfoque de expansionismo global que la Unión Soviética». China
significa «Reino del Medio», «Nación Central» o «Imperio del Centro» en
mandarín –Zhōngguó,中國 en chino tradicional o 中国 en chino simplificado–,
y desde que su primer uso en el Shujing –siglo VI a. C.), o Clásico de historia
que, en 58 capítulos, recoge toda la historia antigua de la Civilización China, se
concibió a sí misma como el «centro de la Civilización», entre los cuatro puntos
cardinales –Norte o Di, Sur o Man, Este o Yi y Oeste o Rong–. Diversos
Estados posteriores al de la Dinastía Zhou, gobernante entre 1122-249 a. C. y
segunda dinastía, tras la Shang, de la que se tiene constancia histórica,
diversos Estados se han reclamado como Zhōngguó, es decir, como «Imperio
del Centro». Hoy, y desde 1949, la República Popular China fundada por Mao
Zedong es la que se reclama, y es mayoritariamente reconocida, como
Zhōngguó, como «Imperio del Centro». Desde esta concepción civilizatoria
milenaria, China se ve a sí misma como el Sol, y al resto de Estados de la
Tierra como planetas o satélites que giran a su alrededor». (Santiago
Armesilla; De la Peste Negra al Coronavirus: el Resurgimiento de China en la
Segunda Guerra Fría, 2020)

Para justificar el intervenir en contra de la voluntad de los pueblos a sangre y


fuego, Armesilla se basaba en otras experiencias históricas que poco dicen en su
favor:

59
«Pues bien, los Estados tampoco son sustancias que permanezcan aisladas y
cuya esencia sea entablar relaciones libres con lo que le rodea. Así pensaban
aquellos que veían la mínima influencia sobre un Estado como
«autoritarismo» y como «imperialismo». ¿Por qué Cuba no podía intervenir
en Angola? ¿Tenía que dejar que Angola siguiera su «libre curso?». (¿Por qué
Izquierda Hispánica habla de «Imperio» para su proyecto político?, 2010)

Teorizar que Jruschov o Brézhnev cumplían un rol progresista es una broma de


muy mal gusto, teniendo bien presente que fueron los responsables directos de
la restauración del capitalismo en la URSS, pero hasta ahí no llega Armesilla,
recordemos que el chovinismo no es muy largo de miras. Antes que nada, habría
que aclarar que para los revisionistas soviéticos fue esencial la promoción en los
partidos comunistas de todo elemento anticomunista que combatiera el legado
positivo del «stalinismo» y sus seguidores, para tal fin rehabilitaron a los
desviacionistas antes condenados: bujarinistas, trotskistas, titoístas o
nacionalistas. También tenemos el nuevo lazo económico neocolonial que unirá
a los países satélites y tomados por el revisionismo con la URSS revisionista, lo
que dará lugar a la creación de intentos de «nuevas vías al socialismo» que cada
vez buscarían una mayor autonomía política y económica, tratando con ello de
distanciarse más de la «línea soviética» revisionista, en especial cuando estos
gobiernos querían virar de forma definitiva hacia Occidente por motivos
económicos o simplemente por no querer cumplir con las exigencias soviéticas.
Esto supondrá en más de una ocasión la fuente de mayúsculos problemas entre
la dirección revisionista del Kremlin y las direcciones del resto de estos partidos
revisionistas. Moscú respondería haciendo lo que hiciese falta para mantener
bajo su esfera de influencia esos países. Para tal fin se valió de todo tipo de
métodos con tal de retener bajo su influencia a estos países neocoloniales:
chantaje, amenaza, presión económica, incluso la intervención militar abierta
para relevar o asesinar a líderes nacionalista-burgueses que anteriormente
habían promocionado. Todo bajo el pretexto de que dicha injerencia era
necesaria para «defender» o «restaurar» el socialismo. Esto sería el caso de
Imre Nagy en Hungría en 1956, Alexander Dubček en Checoslovaquia en 1968 y
Jafizulá Amín en Afganistán en 1979.

Los documentos internos como los del caso de la invasión a Afganistán


hablaban sin tapujos ni vergüenza alguna que todo se hacía por velar:

«Por los intereses nacionales de la URSS en relación con los acontecimientos


en Afganistán». (Extracto del protocolo Nº181 de la sesión del Buró Político del
CC del PCUS del 28 de enero de 1980)

Y hablando del país invadido como ejemplo de clásico caso de zonas o:

60
«Regiones que son de importancia estratégica para la Unión Soviética».
(Extracto del protocolo Nº181 de la sesión del Buró Político del CC del PCUS del
28 de enero de 1980)

Esto no habla por sí solo de que no les movía precisamente el internacionalismo


proletario, ni la lucha contra el oscurantismo religioso, ni la filantropía humana.

Los marxista-leninistas de la época expusieron el carácter de estas invasiones de


la URSS socialimperialista:

«La ocupación de Checoslovaquia, es un acto de agresión fascista en todo el


sentido de la palabra, que ha clavado una puñalada en el prestigio de la
antigua Unión Soviética. En esta agresión no estamos de acuerdo en absoluto
con vuestra postura y la del gobierno de Vietnam del Norte, esto os lo decimos
abiertamente. Con ustedes no dejamos las cosas ambiguas, ya que os
consideramos como amigos. Por supuesto, ustedes están en derecho de tener su
opinión sobre este tema, pero nosotros también tenemos nuestros
pensamientos. Ustedes justifican sus posiciones por sus puntos de vista, pero
nosotros también tenemos nuestra lógica para nuestras posiciones, y por ello
parece ser que tenemos diferentes posiciones.

¿Cómo argumentamos nosotros sobre este tema? ¿Por qué intervinieron


militarmente en Checoslovaquia la Unión Soviética y los otros cuatro países
del Pacto de Varsovia?

Ustedes declaran que para «rescatar» de la contrarrevolución checoslovaca


que amenazaba al país y de una posible invasión de Occidente. Esa es
exactamente la tesis soviética.

Supongamos que si nosotros, los albaneses, fuéramos un gran pueblo de varias


de decenas de millones de personas y también supongamos que fuéramos
«fuertes», ¿atacaríamos a la Unión Soviética mañana porque hoy estamos
convencidos de que allí se ha fijado el revisionismo? ¿O tendríamos que atacar
a la República Democrática Alemana porque creemos que allí ya está activa la
contrarrevolución, porque se están comprometiendo con la Alemania
Occidental o porque han dejado que los revisionistas soviéticos arruinen el
comunismo en Alemania? Todos nosotros conocen que los albaneses, tenemos
una animosidad política e ideológica incompatible con los revisionistas
yugoslavos, y aunque allí hace tiempo que se ha establecido el revisionismo,
aunque está presente la camarilla de Tito, no atacamos militarmente
Yugoslavia, y así sucesivamente.

¿Comprende el gobierno de la República Democrática de Vietnam lo que le


queremos transmitir con todos estos casos?

61
¿Qué pasa si los revisionistas soviéticos atacan Yugoslavia ¿Estarían de
acuerdo con tal eventual ataque? Claramente, las condiciones de Yugoslavia
son las mismas que las de Checoslovaquia, los revisionistas yugoslavos son
incluso más avanzados que los Checoslovacos, ya hace mucho tiempo que Tito
había pateado el socialismo.

Si van a llegar tan lejos como para ir a Yugoslavia, Albania no les quedará
lejos. Radio Moscú dijo hace algún tiempo que supuestamente al salirse
Albania del Pacto de Varsovia, los líderes albaneses supuestamente habían
cedido el terreno a los imperialistas estadounidenses, ingleses y griegos.
Mañana, los renegados de Moscú al igual que han atacado Checoslovaquia,
pueden también atacar a otros países, entre ellos Albania.

¿Estarían los vietnamitas de acuerdo con este tipo de ataque, cuando los
soviéticos les expliquen que quieren «ahorrar» a Albania de traidores del
marxismo-leninismo? ¿Esto les sería lógico? Si seguimos la lógica de los
revisionistas soviéticos, pueden actuar en cualquier país que ellos consideren
que ha traicionado los principios. (...)

Nuestro partido fue el primero en desenmascarar a la camarilla de Dubček, y


lo hizo en el camino marxista-leninista.

Pero, ¿quién es Alexander Dubček? Tenemos más que pruebas para corroborar
que él fue uno de Brézhnev y Kosygin, cuando ambos decidieron deshacerse de
Antonín Novotný.

Entonces los amos revisionistas soviéticos vieron que Dubček estaba bajo sus
brazos, pero en cuanto vieron que se les resbalaba entre sus manos,
procedieron a atacar al nuevo líder checoslovaco.

Bajo esa lógica, los imperialistas creen que tienen el derecho a intervenir en
Checoslovaquia o en cualquier lugar, porque también ellos tienen allí a sus
personas, a sus clases, que quieren proteger. Bajo este razonamiento, entonces
creen que tienen todo el derecho a atacar sin ningún límite en tal o cual país.
No camaradas, tal razonamiento no es justo, ni marxista-leninista». (Enver
Hoxha; Si se configura una política marxista-leninista llevará hasta la victoria
a cualquier nación sea un país grande o pequeño; Conversaciones con el jefe de
la Misión Permanente del Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur en
Albania, 16 de septiembre de 1968)

«Para justificar sus acciones, los amos de Moscú dan principalmente dos
razones:

62
1) Habían sido convocados por el «pueblo» afgano para ir en su ayuda, y se
habrían visto por tanto obligados a cumplir con su compromiso de prevenir
una evolución de los acontecimientos similar a los de Chile.

2) La seguridad de la Unión Soviética estaba en riesgo porque los imperialistas


tenían la intención de transformar a Afganistán en su base.

Estos son los pretextos que el prosoviético Partido Comunista Alemán (PCA)
nos está vendiendo aquí, presuponiendo en todo momento, claro, que la Unión
Soviética sigue siendo un país socialista. Pero incluso siendo verdad que fuera
socialista, estos malos pretextos no justificarían sus acciones.

Ciertamente, en determinadas ocasiones, puede ser el deber de un Estado


socialista dar su ayuda fraternal a otro país socialista, que cuando una
revolución socialista victoriosa se vea amenazada por la interferencia externa
agresiva se asista con armas y tropas para ayudar. Esto también se aplica si
se trata de un país vecino no imperialista, cuando un Estado independiente es
atacado por una potencia imperialista.

¿Pero se dieron estas condiciones en Afganistán? No. ¿Afganistán fue atacado


por un país imperialista? No. ¿Era un país socialista hermano? Por supuesto
que no. ¿Se estaba defendiendo la revolución socialista amenazada? Tampoco.

¿Qué pasó en Afganistán en abril de 1978? Sucedió, simplemente, un golpe de


Estado militar apoyado y controlado por la Unión Soviética, y poco después
fue «elegido» Presidente de Afganistán Babrak Karmal que –al igual que sus
predecesores– llamó a las tropas socialimperialistas soviéticas en auxilio
contra el pueblo afgano.

El golpe de Estado afgano, como cualquier otro golpe de Estado, fue rechazado
por los comunistas. Después de todo, un golpe de Estado es una puesta en
escena desde arriba y no emplea al pueblo en la revolución. El hecho de que en
Afganistán este gobierno surgiera de un golpe de Estado que fue apoyado
desde el exterior por la Unión Soviética, explica el hecho de que las grandes
masas no solo no participaran, sino que provocaran en ellas la resistencia
armada. No importa el hecho de que en este caso muchas de estas fuerzas
fuesen apoyadas por los imperialistas estadounidenses y chinos.

Incluso si la Unión Soviética fuera verdaderamente un país socialista, tendría


que condenarse su acción en Afganistán. Ahora la Unión Soviética no es un
país socialista, sino una superpotencia socialimperialista, lo que viene
claramente a refutar su segundo argumento expresado: La seguridad de la
Unión Soviética estaba en riesgo porque los imperialistas tenían la intención
de transformar a Afganistán en su base.

63
¿No explica también el imperialismo estadounidense que «su seguridad en el
Medio Oriente está en riesgo» debido a que «la Unión Soviética apoya al
terrorismo» y en base a eso actúa? Ciñéndonos a estas excusas imperialistas
que uno y otro usan, la Unión Soviética podría invadir prácticamente todos los
países fuera del Pacto de Varsovia. Para ellos en particular, los únicos
requisitos son:

En primer lugar, que el «pueblo» llame a la Unión Soviética a intervenir y


segundo que la Unión Soviética «sienta amenazada su seguridad». Sin
embargo, cuándo el «pueblo» llama, y cuándo se ve «amenazada» su
seguridad es algo que determina, cuando quiere, la propia Unión Soviética».
(Ernst Aust; Alemania no debe convertirse en un campo de batallas, 1981)

La distorsión de la historia demuestra los delirios de grandeza de


nuestros chovinistas

En su momento ya Marx nos advirtió que debíamos estar ojo avizor a las
distorsiones que solían hacerse en materia histórica:

«Relación de la historiografía ideal, tal como ella se ha desarrollado hasta


ahora, con la historiografía real. En particular, de las llamadas historias de la
civilización, que son todas historias de la religión y de los estados». (Karl
Marx; Introducción general a la crítica política, 1857)

Gustavo Bueno, en su alto grado de patetismo, llegó a declarar, por orgullo


chovinista, que el Imperio Carolingio (768-843) fue simplemente, y en palabras
suyas, una «fantasmada»:

«España es el primer imperio que se constituyó después de Roma. (…) El


imperio de Carlomagno fue una fantasmada. (…) Como lo fue el Imperio Sacro
Germánico. (…) No rebasaron ni Francia, ni Inglaterra, ni nada». (Gustavo
Bueno; España, 14 de abril de 1998)

Estamos hablando de uno de los imperios más grandes de su época –justamente


en un momento de extremo fraccionalismo territorial en Europa–, con un
sistema fiscal muy notable para su época y una eficiente red de funcionarios
reales. La conquista militar, incorporación al imperio y la progresiva
transformación religiosa de los sajones y de otros pueblos es una muestra
palpable de su ambicioso proyecto político, de su ávido expansionismo. La
recuperación del derecho romano, el arte y todo su bagaje cultural bajo el
llamado «renacimiento carolingio», haciendo de la letra carolina la letra
internacional del momento, son otra muestra más de su notable capacidad de
desarrollo y adaptación, de síntesis. Si dicho imperio no tuvo trascendencia ni
poder, ¿cómo explica la conquista de las tropas carolingias de ciudades como
Barcelona o Gerona frente a las tropas musulmanas y la creación de sendos

64
condados en lo que sería luego conocido como la «Marca Hispánica»? ¿Olvida
acaso los lazos de dependencia ya existentes entre el Reino de Pamplona con los
carolingios, aunque estos lazos se forjaran con la anterior dinastía, la de los
merovingios? ¿Cómo explica la misma sumisión del condado de Aragón, sino
como muestra ineludible de la dependencia prolongada de estas zonas hacia los
francos? ¿A qué se debe el abandono progresivo de la escritura visigótica en pro
de la escritura carolina? Estos comentarios del señor Bueno son la prueba
inequívoca de su ínfimo conocimiento de la historia en todos y cada uno de sus
aspectos.

Uno de sus sucesores, el Sacro Imperio romano Germánico (962-1806), también


es calificado de mera «fantasmada» sin relevancia. Aunque acabase derrotado,
lo cierto es que fue durante mucho tiempo una formación política clave en la
pugna entre Imperio e Iglesia en Occidente, albergó un fuerte control en las
florecientes ciudades del Norte de Italia y parte Oriental de Francia, así como
más allá del río Elba. Prueba de ello es que este imperio fue el impulsor, junto a
la Orden Teutónica, de las mayores expediciones colonizadoras y
evangelizadoras hacia los territorios eslavos y bálticos del Este –iniciadas por
Carlomagno–. Este imperio sería la cuna de grandes y prósperas ciudades, como
Lübeck o, poco después, Hamburgo. ¿Qué rigor como historiador podemos
atribuirle a este hombre tras estos comentarios que rezuman total ignorancia?
La misma que si le damos a un asno un diploma de historia y le colocamos un
birrete. ¿Acaso la extensión territorial define si es un imperio en la antigüedad?
¿Acaso su duración? ¿Acaso que tuviese una estructura más descentralizada?
Cualquier historiador contestaría que no son preguntas serias, pero aquí de lo
que se trata, siguiendo la estrategia de Bueno, es simplemente de desprestigiar y
hacer de menos el protagonismo hegemónico, que quiérase o no, tuvieron
también otros pueblos en determinadas etapas y zonas de Europa.

En otra conferencia se desdice de sus conceptos utilizados. Buscando los


orígenes de la «nación española» se retrotrae a Roma y, después, al Reino
Visigodo. Allí defiende que el Reino de Asturias (718-924), un reino mucho más
efímero y mucho más pequeño, sí debe de ser tenido en cuenta en la historia:

«Una identidad que se creó, precisamente a partir de los reyes asturianos, esta
identidad se mantuvo mucho más, y por encima de esa fractura de la unidad,
en eso que llamamos reconquista. (…) Nada de minúsculo, ya quisieran
muchos Estados actuales europeos tener la magnitud que alcanzó el reino de
Alfonso II o III. (…) En absoluto era pequeño, era un reino imperialista desde
el principio». (Gustavo Bueno; España como nación, 2015)

¡Vaya! ¡La maldita «leyenda negra» contra España nos ha impedido conocer tal
gloriosa realidad!

Primero. Durante 710-1492 las alianzas de los musulmanes con los cristianos, y
viceversa, para derrocar a una dinastía o facción rebelde no serían tampoco una

65
extrañeza, sino un fenómeno extendido y que debe ser tomado en
consideración. Veamos algunos ejemplos. El apoyo del Rey musulmán Zafadola
en favor de Alfonso VII contra el rey musulmán Texufín–. Los servicios del Cid
Campeador al Rey de Zaragoza o el musulmán al-Muqtadir son también un
hecho indicativo de las relaciones pragmáticas de este tipo. La alianza entre los
vascos y los musulmanes –la familia Banu Qasi– para derrotar a los ejércitos de
Carlomagno en la segunda Batalla de Roncesvalles. Las luchas entre el Rey Lobo
de la Taifa de Murcia frente al imperio almohade –con apoyo de Alfonso VII
hacia el primero–. Las constantes guerras entre Castilla y Aragón en los siglos
medievales. De hecho, ¿cómo es posible que el fin tan tardío de la presencia del
poder musulmán se diese con la conquista del Reino de Granada en 1492, frente
a unos reinos cristianos claramente superiores económica y militarmente? La
respuesta está en que la tendencia de los reinos cristianos a partir del siglo XIII
no fue acabar de expulsar a los reinos musulmanes, sino cobrarles tributos
mientras se trataba de hacer la guerra y debilitar a los reinos cristianos
competidores, incluso colonizar otras zonas cristianas del Mediterráneo. Todo
ello da a entender sobradamente que hay que huir de reducir los conflictos
político-militares a cuestiones de «cristianos contra musulmanes», fruto de
conceptos identitarios que no existían en aquella época.

Estas alianzas solo le pueden parecer extrañas a quienes desconozcan la historia


–véase las peticiones de los príncipes protestantes al imperio otomano para
derrotar a los reinos católicos o la alianza católico-protestante para aniquilar a
los anabaptistas, otra rama del protestantismo–. Incluso si el lector quiere más
ejemplos, podemos remontarnos más atrás en la historia: la rivalidad y guerras
de las ciudades sumerias del 2.500 a.C. no son producto de «la lucha eterna
entre los dioses tutelares de cada ciudad» como ellos creían, sino que, como
reconocen los historiadores materialistas de hoy, fueron conflictos motivados
por cuestiones socio-económicas muy sencillas de explicar.

Gustavo Bueno, a fuerza de sus convicciones idealistas, postulaba que entre los
reinos cristianos de la península ibérica primaba la «identidad española» que se
estaba gestando, en cuyo componente la religión cristiana toma un aspecto
principal. Los hechos antes explicados demuestran al lector que lo que primaba
entre los reinos cristianos y musulmanes de la península era el interés político-
económico de sobrevivir y expandirse, no un concepto de nación española que
no inexistente en la época y cuyo desarrollo en una etapa donde el Estado estaba
diluido y fragmentado bajo el poder del feudalismo era un imposible. Como
desmontó correctamente el marxista alemán Franz Mehring, las ideas tienen su
circulación e influencia en el desarrollo social, pero jamás tienen la primacía
sobre la base material existente, la economía. Por tanto, la religión o «el
sentimiento de pertenencia» –que no de nación– del Medievo son
consecuencias de la base económica y sus derivados, y no al revés:

66
«Con toda razón considera Marx que toda historia de la religión que prescinda
de su base material es no crítica. En efecto, resulta mucho más sencillo
encontrar el núcleo terrenal de las fantasías religiosas por análisis, que a la
inversa, desarrollar las formas celestiales a partir de las condiciones de vida
reales en cada caso. Pero este constituye el único método materialista y, por
consiguiente, el único método científico. (…) El cristianismo tuvo un origen
puramente económico; constituía este una religión social, una religión de
masas, una religión universal, que surgió sobre el suelo del Imperio romano
universal y de las distintas ideologías de los pueblos que lo componían, bajo el
efecto que producía en el espíritu y en el ánimo de los hombres el
incomprensible proceso del derrumbe económico. Y con cada cambio del modo
de producción se modificaba más o menos aceleradamente el contenido
espiritual de la religión cristiana». (Franz Mehring; Sobre el materialismo
histórico y otros escritos filosóficos, 1893)

Segundo. Para ser justos históricamente hablando, y sin desmerecer para nada
la trascendencia del Reino de Asturias, lo suyo sería decir que ya hubiera
querido Alfonso II o III tener en su reino la magnitud y extensión del Imperio
Carolingio bajo Carlomagno o la del Sacro Imperio Germánico bajo Otón I. Pero
esto es lo que hace el fanatismo: sobredimensiona lo propio y desprecia lo ajeno.
¿Qué tipo de discurso es este? Uno romántico-nacionalista muy común ya
comentado otras veces:

«Con el fin de hacer cuadrar los sueños del chovinismo nacional, hay autores
que hablan de que la nación catalana [y muchas otras] existe desde épocas
medievales, lo cual no solo es antimarxista –el hablar de naciones en la Edad
Media– sino que todo discurso similar es sumamente tendencioso. Hay que
entender de una vez que la historia medieval y sus formaciones políticas solo
ayudan a comprender el desarrollo y encaje posterior, pero la historia no es
algo lineal, y la etapas medieval y moderna no son determinantes para
entender todo lo que pasó siglos después, pues, sobre todo, este tipo de teorías
carecen de sentido cuando más ignoran los siglos posteriores, los cuales son
decisivos en la conformación del capitalismo y, por tanto, del concepto de
nación moderno. Ciertamente, en el caso de lo que hoy forma España, si
observamos la Edad Media, veremos cómo en sus postrimerías es la
hegemonía de Castilla es la que lidera los procesos de conquista y los intentos
de unificación del resto de reinos en lo que hoy se conoce como España, aunque
no tendría el éxito esperado, como sabemos. En cambio, no se puede anticipar
ni ligar demasiado el surgimiento posterior del nacionalismo catalán mirando
a una época como la medieval o su final, ya que la propia Cataluña entró en
un periodo de decadencia económica que le impediría defenderse
efectivamente de sus competidores económicos y políticos castellanos y
genoveses, lo que, por contra, contrasta con su florecer económico y despertar
nacional posteriores, que veremos en el siglo XIX. Véase como otro ejemplo el
caso italiano, donde el Reino de Piamonte lleva a cabo la unificación de Italia,

67
que se certifica finalmente en 1871. Pero, ¿qué tiene que ver el panorama de
dicho reino hegemónico con lo que ocurría en la época medieval e
inmediatamente posterior, siendo Italia un conjunto de pujantes repúblicas
como la de Florencia, Milán o Venecia, que fueron pereciendo ante el empuje
de nuevos reinos italianos bajo dominio francés o español? Se trata de un
paralelismo mecánico que demuestra los límites de las comparativas».
(Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos
oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

La escuela de Gustavo Bueno ha dado sus frutos, y hoy, entre sus discípulos
disciplinados, se lanzan perlas antihistóricas que siguen el legado de su mentor:

«Pedro Ínsua: Mientras se está cayendo un imperio, que no es moco de pavo, y


los políticos del siglo XIX, muy maltratados por cierto por la historiografía del
siglo XX, intentan salvar los trastos del mayor imperio que hubo jamás». (La
izquierda y los nacionalismos en España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y
Santiago Armesilla, 2018)

¿Es el Imperio español el mayor imperio que hubo jamás en cuanto a qué? ¿Más
trascendente en la historia que el Imperio romano? ¿Más extenso que el
británico o el mongol? Ni en lo uno ni en lo otro acertaría. ¿Qué nos ofrecen
aquí los libros y comentarios de Bueno? Paparruchas de un simio
extremadamente territorial que se golpea el pecho sin que nadie sepa por qué.

Cambiando ligeramente de tema, pero con relación al mismo: pongamos


atención sobre lo que nos tienen que decir estas gentes sobre la cuestión
cultural. Como guinda del pastel, compárese las declaraciones de la Escuela de
Gustavo Bueno con las que emitió una de las nuevas caras visibles del
neofascismo español, la falangista mística Isabel Peralta:

«Ser español es de las pocas cosas serias que se puede ser en esta vida». (Isabel
Peralta; Discurso en honor a la División Azul, 16 de febrero de 2021)

Rizando el rizo de lo humorístico, Jesús G. Maestro, reconocido faltón y


chovinista, nos advertía:

«Todo el mundo quiere ser español. De ahí que Gustavo Bueno dijera que es
más importante ser español que europeo, ¡hombre, claro que es mucho más
importante, solo falta macho, no hay más que verse español para sentirse
seguro!». (Jesús G. Maestro; Cómo la Universidad anglosajona posmoderna
destruye la literatura española e hispanoamericana, 2018)

¡Claro! ¡Todo el mundo quiere ser español! ¿Empezando por los catalanes,
vascos y gallegos, verdad? Los ciudadanos de Cuba, Venezuela, Filipinas, y las
Islas Marianas ruegan reincorporarse al Imperio hispánico todos los días,
mientras los ciudadanos de Laponia se lamentan de no haber disfrutado del

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privilegio de haber formado parte del «imperio generador» de Felipe II. ¿En qué
mundo paralelo vive este ser? Para más ridículo habla de que ser español
vendría a proporcionar al sujeto una especie de superpoder que le hace sentirse
seguro, pues… le decimos que ciertamente no creemos que esa españolidad haya
salvado a nadie cuando los reyes, nobles, obispos, burgueses y todo tipo de
parásitos han arrastrado a los trabajadores de la península a guerras, hambre,
paro, represión y desolación.

Estos ideólogos arriban a unas grotescas conclusiones –que por mucho que a
veces insistan– jamás podrían ser encuadradas como productos de óptica
pertrechada en el materialismo, en la realidad circundante de esta temporalidad
o de otra, pues como hemos ido exponiendo con gran paciencia en el presente
documento, su discurso no se trata de una visión crítica patriota e
internacionalista, sino de la clásica prédica idealista antimarxista que bebe del
nacionalismo más subjetivista y distorsionador de la verdad histórica, cuya
única misión ha sido siempre –y es aún hoy– intentar estirar hasta el máximo
un relato engrandecido de lo propio –lo nacional– y denigrante de lo ajeno –lo
extranacional–. Por eso las apariciones de estos personajes y sus soflamas se
tornan tan patéticas y casposas.

De «leyenda negra» a «leyenda blanca» sobre el colonialismo


hispano

«La Hispanidad es el conjunto de los pueblos descubiertos, civilizados y


evangelizados por España, que tienen un mismo modo de ser. (…) Lo cierto que
nunca fue España tan grande como cuando se entregó totalmente a la obra de
ganar para la fe y la civilización cristiana a los indios americanos y a los
isleños de Oceanía, y se enfrentaba con los protestantes o los turcos, a fin de
librar a la Iglesia y a la Cristiandad de tales enemigos». (Formación del
espíritu nacional, 1955)

Advertimos al lector que tome asiento y se prepare para la batería de disparates


que los nacionalistas pueden llegar a soltar para escurrir el bulto sobre sus
referentes y figuras de culto.

Para empezar, ¿qué considera el «buenismo», en boca de Armesilla, un


«imperio positivo», un «imperio generador»?

«En el caso de los Imperios Depredadores de la última fase del capitalismo del
siglo XIX, entre 1884 y 1900, nos referimos a los Imperios Británico, Alemán,
Holandés y el Imperio Colonial Francés –no confundir con el Primer Imperio
Francés o Napoleónico, cuyos caracteres eran los propios de un Imperio
Generador, pero ya nos referiremos a esto más tarde–, el excedente de capital
no se dedicó en ningún momento a elevar el nivel de vida de los habitantes de
las colonias ya que eso hubiera mermado considerablemente las ganancias de
los capitalistas británicos, alemanes, holandeses y franceses, sino que se
69
dedicó a acrecentar esas ganancias a través de la exportación de capitales a
los países atrasados, es decir, les volvían a vender a las colonias el excedente
de capital que extraían de las mismas». (Santiago Armesilla; Reescritos de la
disidencia, 2012)

Y en el caso del Imperio hispánico, Armesilla reclamaba reivindicar tal imperio


alegando la:

«La organización de los caminos como rutas comerciales terrestres que


convergían en las Plazas de Armas de las ciudades, la promoción del mestizaje
sexual, el otorgamiento de tierras comunales a indios y peninsulares, los más
de 150.000 licenciados que salieron de las más de veinte Universidades
generadas por el Imperio en América, el establecimiento del Real de a Ocho
como moneda-mercancía de cambio universal, e incluso las reducciones
jesuíticas de corte socialista». (Santiago Armesilla; Rosa Luxemburgo y
España. Escrito para la Razón Comunista, 2019)

Atribuir en el caso del Imperio hispánico o de cualquier otro en cualquier época


unas intenciones que no fueran el pillaje, la acumulación de tierras y la fama, es
una completa tomadura de pelo, solo posible para un ultranacionalista sin
escrúpulos que busca el blanqueamiento del imperio que defiende.

Ver preocupación por los súbditos en la creación de infraestructuras de las


colonias es tan estúpido como querer ver conatos de humanismo en el esclavista
romano que daba comida al trabajador de su hacienda, cuando es claro que el
único fin con que lo realizaba era el de que su propiedad –el trabajador eslavo–,
no se muriese de hambre y pudiese retornar al día siguiente a su jornada
laboral, una cuestión de puro interés basado en el beneficio económico. Pero
bueno, qué esperar de gente como Bueno que niega hasta el concepto de
plusvalor de Marx, o de Armesilla, que niega la teoría imperialista de Lenin.

Este tipo de sofismas imperialistas fueron muy comunes en los siglos pasados,
Lenin se mofaba así de todos estos lacayos proimperialistas:

«El sorprendente argumento del profesor Giddings ilustra hasta para el tema
de dónde puede llevar a un pensador político experimentado la confusión de
móviles: en su determinación sobre el «consentimiento de los gobernados»
como condición para el gobierno arguye que «si un pueblo bárbaro se ve
obligado nación» a aceptar la autoridad de un Estado más civilizado, la
prueba de la justicia o injusticia de esa imposición de autoridad no debe
buscarse de ningún modo en el asentimiento o la resistencia ofrecida en el
momento de instaurarse ese poder, sino únicamente en el grado de
probabilidad de que, con pleno conocimiento práctico de lo que puede hacer el
Gobierno para elevar a la población gobernada a un nivel de vida más alto,
aquellos que alcancen a comprender cuánto se ha hecho brinden un
consentimiento libre y racional» (Imperio y democracia, pág. 265). El profesor

70
Giddings parece no comprender que toda la fuerza ética de esta curiosa
doctrina del consentimiento retrospectivo radica en el acto de juzgar el grado
de probabilidad de que se brinde el consentimiento libre y racional, que su
doctrina no ofrece garantía alguna de la competencia y la imparcialidad de
ese juicio, y que, en realidad, ofrece a toda nación el derecho a apoderarse del
territorio de cualquier otra nación y gobernarlo sobre la base de atribuirse
superioridad y cualificación para la labor civilizadora». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Lenin; Cuaderno «K», 1916)

En el caso de la conquista española de América, ¿cómo era el perfil del


conquistador del siglo XVI y qué motivaciones tenía? Consultemos a las
hermanas Lara, dos de las mayores especialistas en hispanismo de la Edad
Moderna:

«El carácter del conquistador estaba más en consonancia con el mundo


medieval que con el moderno: se movía por dogmas y creencias, pecaba de
excesiva ingenuidad –muestra de ello es la seducción que le causaban los
mitos, por más que carecieran de fundamentación lógica– y adolecía de
espíritu crítico. En cuanto a sus vicios, iba más en relación con el
Renacimiento, donde el hombre empezaba a ser visto como el centro del
universo, sobresaliendo la codicia. (…) El objetivo del conquistador era dejar
las armas y vivir de las rentas como encomendero, ser como aquel señor que
ostentaba el poder en su pueblo. Hay que aclarar que la posición social de la
mayor parte de los hombres que se alistaban no era acomodada; procedían
por lo general de las regiones más afectadas por la crisis agrícola y ganadera
del segundo cuarto del siglo XVI». (María Lara y Laura Lara; Breviario de
Historia de España. Desde Atapuerca hasta la era de la globalización, 2019)

Aportando más datos a la idiosincrasia de estos sujetos, nos decían otro


especialista en historia económica:

«Hay que tener en cuenta la actitud frente al trabajo manual, por el que, en
principio, se sentía una profunda aversión. Este se considerada reñido con los
valores transcendentes del hombre: el honor, la gloria, la honra. El ideal de
vida de la mayoría de la población estaba en el noble, cuya ocupación básica
está en torno a las armas y no necesita trabajar para vivir. Al mismo nivel se
consideraba a las personas que entraban a formar parte del clero». (F. Simón
Segura; Manual de historia económica mundial y de España, 1993)

¿Cómo se llevó a cabo la nueva estructura económica colonial de la Corona de


Castilla en América?

«Una vez repartidas las tierras entre los conquistadores, se reguló el trabajo
mediante el sistema de encomienda, el cual permitía a los colonos recibir lotes
de indígenas que, teóricamente, a cambio de protección, subsistencia y
enseñanza religiosa, trabajarían para ellos. La encomienda era una fórmula

71
de esclavitud encubierta, pues el proceso consistía en «encomendar a un grupo
indígena a un conquistador, como si se tratase de un vasallaje feudal, pero sin
cesión de tierras. Todo indígena varón entre los 18 y 50 años de edad era
considerado tributario, lo que significaba que estaba obligado a pagar un
impuesto al soberano en su condición de «vasallo libre» de la corona
castellana, o, en su defecto, al encomendero, que ejercía este derecho en
nombre del monarca». (María Lara y Laura Lara; Breviario de Historia de
España. Desde Atapuerca hasta la era de la globalización, 2019)

Obviamente, los encomenderos se volvieron un poder indoblegable en muchas


ocasiones, poniendo en jaque a la propia Corona castellana cuando esta intentó
limar los abusos que desde las colonias denunciaban exencomenderos como
Bartolomé de las Casas:

«La promulgación de las Nuevas Leyes causó una sublevación de los colonos
de Perú que fue conocida como la rebelión de los encomenderos». Esta
revuelta, liderada por Gonzalo Pizarro, el hermanastro del conquistador, llegó
a eliminar al propio virrey Núñez de Vela. En la corte española cundió la
alarma y el emperador Carlos fue convencido de que eliminar la encomienda
significaría arruinar económicamente a la colonización. Finalmente, el 20 de
octubre de 1545 la Corona suprimió el capítulo 30 de las Leyes Nuevas, donde
se prohibía la encomienda hereditaria». (María Lara y Laura Lara; Breviario
de Historia de España. Desde Atapuerca hasta la era de la globalización, 2019)

La Corona de Castilla y los conquistadores se estaban valiendo de sistemas


basados en los anteriores imperios precolombinos, adaptándolos no
precisamente para hacerlos más benévolos:

«Algunos de los calificativos más duros sobre la mita y sus consecuencias


formularon los seculares enemigos de España, sino las autoridades del Perú.
El conde de Lemos, virrey en el inicio del último tercio del siglo XVII escribió al
rey «no es plata la que se lleva a España, sino sudor y sangre de indios». El
arzobispo de Lima a comienzos del siglo XVIII dijo que «tenía por cierto que
aquellos minerales estaban tan bañados en sangre de indios que si se
exprimiese el dinero que de ellos se sacaba, habría de brotar más sangre que
plata, y que si no se quitase esta mita forzada se aniquilarían totalmente las
provincias». ¿En qué consistió esta institución tan negativamente calificada?
Mita, que significa turno, fue el sistema laboral implantado por los reyes
incas, no creado por ellos. Este sistema vino perfectamente bien a los
españoles, quienes adoptaron para canalizar los excedentes de mano de obra
indígena. Según las disposiciones españoles, la mita se estableció como un
sistema compulsivo de trabajo indio por el que de forma rotativa cada cierto
tiempo todo tributario tenía que desempeñar determinadas tareas». (Julián B.
Ruiz Rivera; La mita en los siglos XVI y XVII, 1990)

72
Marx registraría en su obra magna que los españoles ya eran expertos en la
prolongación de la jornada laboral más allá de todo límite humano:

«Hasta aquí, hemos observado el instinto de prolongación de la jornada, el


hambre insaciable de trabajo excedente, en un terreno en que los abusos
desmedidos, no sobrepujados, como dice un economista burgués de Inglaterra,
por las crueldades de los españoles contra los indios en América, obligaron por
fin a atar el capital a las cadenas de la ley». (Karl Marx; El capital, 1867)

Esto, a su vez, demostraba que, a través de explotaciones comunales, los


imperios europeos podían acrecentar sus arcas perfectamente, pero Armesilla
nos insiste en que los indios vivían de forma cómoda, ¿dónde hemos oído esto
antes? ¡Ah, sí! En los imperialistas holandeses del siglo XIX:

«Debería tomarse alguien el trabajo de desenmascarar el horripilante


socialismo de Estado, utilizando el caso de Java, donde está en pleno
florecimiento. Todos estos datos se encuentran en el libro del abogado J. W. B.
Money Java 0 la manera de gobernar una Colonia, Londres 1861, 2
volúmenes. Por él se ve como los holandeses han organizado, sobre la base del
viejo comunismo comunal, la producción dirigida por el Estado, y asegurado a
la población una existencia que ellos juzgan perfectamente acomodada. Como
resultado, el pueblo se mantiene en un grado de estupidez primitiva, y el
Tesoro holandés recibe anualmente 70.000.000 de marcos –hoy, sin duda,
mas–. El caso es muy interesante, y se pueden sacar con facilidad enseñanzas
prácticas. Eso prueba, entre otras cosas, que el comunismo primitivo en Java,
como en la: India y en Rusia, ofrece actualmente una excelentísima y
vastísima base a la explotación y el despotismo –mientras no sacuda el
elemento comunista moderno–. Es un anacronismo –que se debe eliminar 0
desarrollar– en el seno de la sociedad moderna». (Carta de Friedrich Engels a
Karl Kautsky, 16 de febrero de 1884)

Pero, claro, para los buenistas, lo que Marx dijese de España no puede ser
tenido en cuenta pese a ser uno de los historiadores y analistas políticos más
importantes del siglo XIX, ya que como todos aquellos economicistas,
historiadores, filósofos y demás que registrasen algo que no cuadra con el guion
de su secta nacionalista, debe de ser inmediatamente desechado como crédulos
contaminados por la propaganda «negrolegendaria» antiespañola. Así, pues:

«Los textos de Marx sobre España, de Carlos V al siglo XIX, son leyenda
negra» y que su visión está condicionada por «autores «negrolegendarios»,
que ya no son leídos». (La Nueva España; José Luis Pozo: «Los escritos de
Marx sobre España son leyenda negra», 2018)

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Bajo el punto de vista de la Escuela de Gustavo Bueno, ¡ser coherentemente
marxista en España es lo mismo que ser un agente de la propaganda inglesa y
sus mitos!

Pero volvamos al tema central: la importantísima y vital llegada de los


castellanos al «Nuevo Mundo» para los indígenas americanos –según siempre
el relato buenista-falangista-franquista de la historia mundial–. Pero,
¿exactamente qué podemos decir que ganaron las primeras generaciones de
indios que tuvieron la «gran fortuna» de sentir un enorme descenso
demográfico de su población por guerra, trabajo agotador o enfermedades?

«En los momentos de la conquista había 50 millones de indios que, en siglo y


medio, descendería a 5. Los hispanistas lo han calificado de etnocidio, pues no
hay que olvidar que si alguien estaba interesado en que no decreciera la mano
de obra tributaria era precisamente la corona española. (…) El trabajo
obligatorio también intervino en el descenso demográfico. Entre las culturas
formativas precolombinas se practicaba una economía de subsistencia de la
que se pasó repentinamente a una economía de producción de excedentes
mediante el repartimiento de los indios. Estos, acostumbrados a ser dueños de
su tiempo en un ambiente tranquilo, tuvieron que trabajar de sol a sol, muchas
veces alejados de sus familias. Otro factor fue reconvertido a la minería, los
efectivos hubieron de laborar en lugares áridos feneciendo exhaustos. (…) La
mayor parte de los indios siguieron viviendo en las encomiendas trabajando
para pagar tributos a cambio de la paternal legislación del rey, que les
permitía vivir en las tierras donde habían nacido, pero otros huyeron y se
asentaron como forasteros en lugares diferentes al de su origen, constituyendo
una mano de obra barata. En las ciudades habitaron en los barrios periféricos
donde vivían en condiciones límite». (María Lara y Laura Lara; Breviario de
Historia de España. Desde Atapuerca hasta la era de la globalización, 2019)

¿Qué progreso concreto les reportó el arrancarles de sus convenciones religiosas


para enrolarles a la fuerza en la «gran misión evangelizadora» del catolicismo,
que además en aquellos momentos era una corriente reaccionaria dentro del
cristianismo?

«Se gestó el Requerimiento, texto redactado por Palacios Rubios que


anunciaba y autorizaba por mandato divino la conquista de las tierras y el
sometimiento de los pueblos que se negaban a ser evangelizados. Por medio de
este pregón, proclamado en español, el conquistador informaba a los
indígenas de que Dios, creador de los primeros hombres, Adán y Eva, había
elegido a San Pedro, y sus sucesores de Roma como monarcas del mundo. Un
pontífice posterior, Alejandro VI, había otorgado la posesión de los indios al
rey de Castilla. Toda negativa o demora en aceptar estas demandas
entrañaría abrir combate de inmediato –guerra justa–, convirtiéndolos en
reos de muerte o esclavizándolos como rebeldes. La lectura finalizaba con la

74
amenaza de tomar los bienes de los oyentes y de esclavizar a sus mujeres e
hijos si no cumplían este mandado. ¿Qué podían comprender los indios cuando
se les obligaba a manifestar su adhesión al proyecto si, de entrada, su idioma
era otro? Absolutamente nada». (María Lara y Laura Lara; Breviario de
Historia de España. Desde Atapuerca hasta la era de la globalización, 2019)

Oh sí, ya sabemos, conténganse queridas groupies de Armesilla, somos


conscientes que para vosotros el catolicismo era y es la fe verdadera, o por lo
menos, la religión más progresista de la historia a la cual «le debemos mucho»,
no hace falta que nos lo recordéis, lo sabemos. Pero sentimos decir que no es un
debate para nosotros, no nos apetece tener que hablar de la Santísima Trinidad,
si la Biblia puede ser leída en lengua vernácula o solo en latín, si el castellano es
un idioma superior o si es la lengua otorgada por Dios para la casta de
conquistadores, debates que seguro resultarán interesantísimos para los
abducidos, pero no para nosotros. Así que sigamos.

Recordemos, importante, que figuras de gran renombre dentro de la política y el


clero —estrechamente vinculados— de la época, como Bartolomé de las Casas,
llamado con justicia el «defensor de los indios», protestaban con todas sus
energías al respecto del trato y vejación a que eran sometidos los nativos allí
donde la Corona se establecía:

«Todo pueblo, por muy bárbaro que sea, puede defenderse de los ataques de
otro pueblo superior en cultura que pretenda subyugarlo o privarle de
libertad; es más, lícitamente puede castigar con la muerte a las personas de
dicho pueblo superior en cultura como quienes criminal y violentamente le
infieren una injusticia contra la Ley natural. Y tal guerra en verdad es más
justa que aquella que bajo pretexto de cultura se hace». (Bartolomé de las
Casas; Apología, Siglo XVI)

Antes que nada, nos preguntamos qué tipo de «revolucionario» defiende el 12


de octubre, fecha que lleva implícita para varias civilizaciones, tanto históricas
como de sus herederas, el signo de la humillación y escarnio de que representó
el choque violento y la anexión forzosa por parte de la Corona de Castilla de los
pueblos que habitaban en la América precolombina. Sinceramente, no puede
haber nada más nacionalista y reaccionario. De hecho, lo contrario, es decir
condenar ese evento, sus implicaciones políticas y reconocer el atropello y abuso
que significó «la conquista», sí implica una actitud revolucionaria, de apoyo a
los pueblos y su lucha histórica contra el colonialismo español, como hicieron
progresistas como Pi y Margall en el siglo XIX. Precisamente en la crítica sin
piedad a nuestro pasado imperialista y colonialista se encuentra el
posicionamiento internacionalista, el que une a los pueblos bajo la solidaridad y
no la fuerza, el que rechaza la parte «negra» de nuestra historia para recoger
auténticamente el legado progresista. Ahí tenemos a figuras como Bartolomé de
las Casas denunciando las injusticias a las que se veían sometidos los «indios»;

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o Gil González de San Nicolás luchando implacablemente contra la explotación
de los nativos en el Sur de América. Y así otros tantos que para estos analfabetos
históricos no merecen ser tenidos en cuenta y menos aún reivindicados como
parte de un legado histórico progresista. Y esto es así porque sujetos como
Armesilla, en pleno siglo XXI, se encuentran más a la derecha que monjes
domínicos como el ya citado De las Casas, que, alegando contra la esclavización
de los nativos, recordaba que nunca es plato de buen gusto tales métodos:

«Finalmente, yo apelo a aquellos españoles ladrones y torturadores de aquella


miserable gente. ¿Acaso pensáis que una vez subyugada la población fiera y
bárbara de España, los romanos, con el mejor derecho, podían repartiros a
vosotros entre ellos, asignándose a cada uno tantas cabezas, ya de machos, ya
de hembras? ¿Pensáis que los romanos pudieron despojar a los príncipes de su
poder y a vosotros todos, despojados de la libertad, obligaros a miserables
trabajos, entre ellos a las minas de oro y plata para extraer y expurgar los
metales? Esto es lo que hicieron los romanos, como atestigua Diodoro. ¿Acaso
vosotros estaríais en tal cosa privados del derecho de defender vuestra
libertad, más aún, vuestra vida con la guerra? ¿Soportarías tú, Sepúlveda, que
Santiago evangelizase a tus cordobeses de tal modo?». (Bartolomé de las
Casas; Apología, Siglo XVI)

Compárese esta réplica al sometimiento de los pueblos con las sandeces de los
chovinistas actuales. Increíble pero cierto, un clérigo del siglo XVI adelantando
por la izquierda a estos energúmenos.

La Escuela de Bueno tiene el viejo vicio historiográfico de creerse que decretar


algo supone la inmediata aplicación real. Así, pues, historiadores declaraban
que gracias al cristianismo hispano:

@armesillaconde: En 1511, se promulgan las Leyes de Burgos, que abolen la


esclavitud de los indios americanos y sancionan la conquista y evangelización,
siguiendo la tradición de la Reconquista». (Twitter; Santiago Armesilla, 12 de
octubre de 2018)

Lejos de lo que nos venden estos meapilas, exceptuando en sus inicios, el


cristianismo nunca ha sido un factor progresista ni humanista en sus
disposiciones políticas, ni en la Península Ibérica ni en ningún otro lado:

«El cristianismo no ha tenido absolutamente nada que ver con la extinción


gradual de la esclavitud. Durante siglos coexistió con la esclavitud en el
Imperio romano y más adelante jamás ha impedido el comercio de esclavos de
los cristianos, ni el de los germanos en el Norte, ni el de los venecianos en el
Mediterráneo, ni más recientemente la trata de negros. La esclavitud ya no
producía más de lo que costaba, y por eso acabó por desaparecer». (Friedrich
Engels; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884)
76
Existen ya varias numerosas obras que analizan a través de fuentes directas la
enorme pervivencia del esclavismo en la Monarquía Hispánica durante toda la
Edad Moderna. No nos detendremos en este punto, ya que no es culpa nuestra
que Armesilla viva en la desactualización permanente con décadas o siglos de
retraso. Aunque sabemos que el motivo real no es tanto su desconocimiento
como su carácter relativista y subjetivista, cual sofista nacionalista. De todos
modos, dejaremos al lector un par de obras al respecto.

Véase la obra de Gonzalo Barrio: «La mano de obra esclava en el arsenal de


Cartagena a mediados del siglo XVIIl, en Congreso Ciudad y Mar en la Edad
Moderna de» 1984.

Véase la obra de Fernando Cortes Cortes: «Esclavos en la Extremadura


Meridional en el s. XVII» de 1987.

¡Y hay más! Don Armesilla de la Mancha, que no se cansa de hacer el imbécil en


redes sociales, anunciaba al mundo una revelación que estaba ahí y todos
habríamos ignorado:

«@armesillaconde: El Imperio español fue la Unión Soviética de los siglos XV,


XVI, XVII, XVIII y XIX, prácticamente desde 1492 hasta 1825
aproximadamente. (...) Tenía esclavitud, sí. Pero también mestizaje, jornadas
laborales de ocho horas, proteccionismo». (Twitter; Santiago Armesilla, 24
jun. 2018)

¿Se imaginan? No se cumplen los convenios laborales actuales, como para que
se cumpliesen las legislaciones del siglo XVI en materia colonial. Pero según sus
fuentes, en la América del siglo XVI regida por Felipe II se disfrutaba de
mayores derechos laborales que la España del siglo XIX o XX. Y ya pueden
comprobar, ¡parece ser que además la América colonial cumplía los mismos
hitos en seguridad laboral y derechos que la URSS de Lenin y Stalin! Envidiable
como mínimo.

Le diremos un secreto a este adorable sujeto: en la Italia de Mussolini, pese a lo


que pusiese en la Carta del Trabajo de 1927, la organización sindical no era
«libre», los contratos colectivos tampoco, la retribución que recibía el
trabajador tampoco se realizaba «conforme a las exigencias del trabajo y la
empresa», y el Estado no controló siempre el fenómeno de la «desocupación».
Esta disociación entre letra y hechos recuerda a cuando los oportunistas
italianos de Togliatti que creían que en la Italia de la posguerra no iban a existir
monopolios ni desempleo porque así lo juraba la constitución de 1947. ¡Qué
chasco se llevaron!

77
¿Por qué defender el legado del Imperio hispánico con tanto ahínco? Armesilla
nos da más motivos, eso sí, al igual que las anteriores, inventados:

«Gustavo Bueno distingue entre imperios generadores y depredadores. Los


segundos, como afirmo en el libro, cuadran con el colonialismo clásico y con el
imperialismo en sentido leninista: pura rapiña, dejando a los conquistados
como estaban o en peor situación. Los primeros son aquellos que reproducen
las instituciones de la metrópoli en las tierras conquistadas, elevando el nivel
de vida de los conquistados. España siguió la estela del Imperio de Alejandro
Magno y de Roma más que la estela colonial». (Miguel Riera; Entrevista a
Santiago Armesilla, 2018)

«@armesillaconde: No, definitivamente el Imperio español no fue racista. El


racismo es incompatible con el catolicismo, y esta era doctrina oficial del
Imperio. Derechos de gentes basados en las ideas de Francisco de Vitoria y la
Escuela de Salamanca. Dejemos ya la Leyenda Negra. Buenas noches».
(Twitter; Santiago Armesilla, 13 nov. 2018)

¡Curiosa ausencia de racismo en el catolicismo, que fue el mismo que esclavizó


medio mundo bajo teorías supremacistas! ¿Qué supuestos «avances en derechos
laborales» pudieron tener los indígenas formando parte del flamante imperio
cuando trabajaban de forma extenuante para los conquistadores? Resulta un
atentado contra la inteligencia querernos hacer ver que la creación de
universidades o administraciones públicas «civilizadas» fueron obras de las que
se beneficiaron los indígenas o los negros traídos de África, algo descabellado
bajo la segregación racial del régimen colonial:

«[En el siglo XVIII] Los blancos siguieron siendo el grupo privilegiado: un 2%


eran peninsulares y el resto, criollos, los grandes señores de América, pues
habían recibido suculentas herencias, estudiaron en las universidades,
invirtieron en negocios y adquirieron títulos de nobleza. El escalafón estaba
presidido por la minoría de españoles peninsulares, los cuales eran llamados,
despectivamente, gachupines en Nueva España y chapetones en Perú. Muchos
y muy variados nombres se utilizaban en el habla popular y en las «pinturas
de castas» para designar las mezclas. Y aunque muchas acudieron a las
audiencias a certificar su limpieza de sangre, el sistema de castas jamás fue
infalible. (…) Por desgracia la discriminación estaba al orden del día y, a
mayor melanina, más segregación racial. En la época de las clasificaciones
zoológicas y botánicas se recurrió a compartimentar a la especie humana en
función de la pigmentación. Sobre unos tipos básicos, claramente
diferenciados en el lenguaje popular, el Siglo de las Luces sería testigo de la
fiebre clasificatoria por crear un complejo glosario que definiera cada una de
las variantes del cruce». (María Lara y Laura Lara; Breviario de Historia de
España. Desde Atapuerca hasta la era de la globalización, 2019)

78
¿Acaso se podía esperar otra cosa de una mentalidad que provenía de los «autos
de fe» y la búsqueda de la «limpieza de sangre»?

«Como consecuencia de la importancia atribuida a la religiosidad fue la


exigencia de la «limpieza de sangre» –esto es no tener los antepasados ni
judíos, ni musulmanes ni herejes– para acceder» a instituciones de la más
diversa índole, desde el Santo Oficio a colegios, universidades y gremios, así
como para desempeñar cargos públicos en los municipios o la corte». (F.
Simón Segura; Manual de historia económica mundial y de España, 1993)

Teorizar la inexistencia o relativizar la esclavitud y la segregación colonial en el


Imperio hispánico, solo es trabajo de un ignorante o de un embaucador de tres
al cuarto:

«[En el siglo XVIII]. Los cazadores furtivos de indígenas proliferaban y, a


pesar de que esta práctica estaba prohibida por la corona hispánica, la
enorme distancia y los sustanciosos réditos contribuían a que las autoridades
hicieran la vista gorda, máxime cuando en los territorios lusos estaba
permitida la compraventa humana. (…) Los cimarrones –esclavos fugitivos
que se apartaban de las ciudades para morar en libertad en los palenques– y
los códigos negros forman parte también del escenario de las colonias que, en
unas décadas, lucharían por su emancipación. Las ordenanzas dominicanas
de 1868 pueden considerarse el primer código negro, el segundo sería el de
Luisiana y, en 1783, la Audiencia de Santo Domingo comenzó la elaboración de
un tercero, llamado Carolino, el cual estuvo paralizado varios años hasta que
quedó obsoleto en 1789, cuando se hizo la Instrucción para todas las Indias.
(…) A estas cláusulas se añadieron otras, como inmovilizar a los esclavos en
las haciendas, prohibirles reunirse con otros negros en las festividades,
impedirles portar armas, etc. También la obligación de evangelizarlos,
contemplando que esto último compensaba haberlos traído de África donde
habrían permanecido en la gentilidad. El mismo Código Carolino exponía que
la religión los hacía más sumisos, «ayudándolos» a soportar su triste
condición». (María Lara y Laura Lara; Breviario de Historia de España.
Desde Atapuerca hasta la era de la globalización, 2019)

Ridículo. ¡Para un marxista es profundamente irritable ver tanto empeño en la


distorsión histórica para dignificar a uno de tantos imperios coloniales de la
historia! Pero estos son los mismos o gentes muy parecidas, que dicen que el
franquismo no fue fascismo, que no fue antisemita, y que, por supuesto, la
División Azul fue a la URSS a luchar contra el comunismo, pero que no tenía
nada, pero nada, nada nada que ver con los nazis, aunque tuvieran una gran
deuda contraída con ellos por haberles ayudado en la guerra española de 1936-
39. Señores, si tratan a la gente como borregos, a lo sumo solo lograreis ser un
pastor de borregos.

79
La teoría buenista del «imperio generador y no depredador» se desmonta desde
el momento en que se observa que tanto «imperios generadores»; como el
Imperio romano o el hispano, como los «imperios depredadores»; como el
británico o el francés, se caracterizaban por igual por desarrollar
infraestructuras en los países conquistados u ocupados:

«Hasta ahora, las clases gobernantes de la Gran Bretaña sólo han estado
interesadas en el progreso de la India de un modo accidental, transitorio y a
título de excepción. La aristocracia quería conquistarla, la plutocracia
saquearla, y la burguesía industrial ansiaba someterla con el bajo precio de
sus mercancías. Pero ahora la situación ha cambiado. La burguesía industrial
ha descubierto que sus intereses vitales reclaman la transformación de la
India en un país productor, y que para ello es preciso ante todo proporcionarle
medios de riego y vías de comunicación interior. Los industriales se proponen
cubrir la India con una red de ferrocarriles. Y lo harán; con lo que se
obtendrán resultados inapreciables». (Karl Marx; Futuros resultados de la
dominación británica en la India, 1853)

Esto es una dinámica inherente al imperio, y ya hablamos aquí no con conceptos


vagos de «imperio», sino que nos referimos a la teoría leninista sobre el
imperialismo como etapa superior del capitalismo, del monopolismo:

«La tercera contradicción es la existente entre un puñado de naciones


«civilizadas» dominantes y centenares de millones de hombres de las colonias
y de los países dependientes. El imperialismo es la explotación más descarada
y la opresión más inhumana de centenares de millones de habitantes de las
inmensas colonias y países dependientes. Extraer superbeneficios: tal es el
objetivo de esta explotación y de esta opresión. Pero, al explotar a esos países,
el imperialismo se ve obligado a construir en ellos ferrocarriles, fábricas,
centros industriales y comerciales. La aparición de la clase de los proletarios,
la formación de una intelectualidad del país, el despertar de la conciencia
nacional y el incremento del movimiento de liberación son resultados
inevitables de esta «política». El incremento del movimiento revolucionario en
todas las colonias y en todos los países dependientes, sin excepción, lo
evidencia de modo palmario. Esta circunstancia es importante para el
proletariado, porque mina de raíz las posiciones del capitalismo, convirtiendo
a las colonias y a los países dependientes, de reservas del imperialismo, en
reservas de la revolución proletaria. Tales son, en términos generales, las
contradicciones principales del imperialismo, que han convertido el antiguo
capitalismo «floreciente» en capitalismo agonizante». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili; Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

Pero como ya advirtió Marx, incluso los avances en las fuerzas productivas que
sean introducidos por los colonialistas nunca pueden ser aprovechados del todo
por los pueblos conquistados, ya que no son dueños de su destino ni son iguales
ante los ocupantes. Por eso reclamaba que el único camino que le quedaba a la

80
India era o una independencia nacional o que se diese la revolución proletaria
en el corazón del imperio británico, lo cual significaría la libertad de las colonias
o su unión voluntaria y pacífica:

«Todo cuanto se vea obligada a hacer en la India la burguesía inglesa no


emancipará a las masas populares ni mejorará sustancialmente su condición
social, pues tanto lo uno como lo otro no sólo depende del desarrollo de las
fuerzas productivas, sino de su apropiación por el pueblo. Pero lo que sí no
dejará de hacer la burguesía es sentar las premisas materiales necesarias
para la realización de ambas empresas. ¿Acaso la burguesía ha hecho nunca
algo más? ¿Cuándo ha realizado algún progreso sin arrastrar a individuos
aislados y a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la miseria y la
degradación Los hindúes no podrán recoger los frutos de los nuevos elementos
de la sociedad, que ha sembrado entre ellos la burguesía británica, mientras
en la misma Gran Bretaña las actuales clases gobernantes no sean desalojadas
por el proletariado industrial, o mientras los propios hindúes no sean lo
bastante fuertes para acabar de una vez y para siempre con el yugo británico.
En todo caso, podemos estar seguros de ver en un futuro más o menos lejano la
regeneración de este interesante y gran país». (Karl Marx; Futuros resultados
de la dominación británica en la India, 1853)

Claro está, aquél que no comprende la época en que vivimos y las fuerzas
motrices del progreso –como estos señores– nos hablará todo el rato de
la «Dialéctica de naciones» y las pretensiones más o menos positivas de cada
una –con todo tipo de clichés y prejuicios chovinistas–, pero sin entender en
ninguno momento su carácter de clase ni las relaciones de producción que se
producen en el seno de cada una de ellas. Para ellos el nazismo sería progresista
porque mantienen la unidad territorial y tiene un alto desarrollo de fuerzas
productivas, ¿y qué más puede decir el buenismo para España? Bueno sí, quizás
el catolicismo tan santurrón como hipócrita de los señores de Vox, ese que
Hitler rechazaba ora en pro del paganismo germánico ora a favor del
protestantismo. Es cierto, ¡quizás al final de todo no sois tan nazis, aunque
también habléis de gerontocidio, absorber por la fuerza a otras naciones y
contra los homosexuales!

En este discurso también cuenta con el favor de los partidos tradicionales más
conservadores. Díaz Ayuso, seguramente una de las figuras más pobres
intelectualmente de los últimos años en política, que ya es decir mucho,
aseveraba:

«La Navidad y el Belén celebran el nacimiento de Jesús de Nazaret. (...) Con el


nacimiento de Cristo, medimos los siglos y se funda nuestra civilización. (...) El
Cristianismo se hace así nada más nace. Católico significa universal. Por eso
España siempre ha sido un pueblo integrador, que promovía el mestizaje en
América, que trataba al otro, al diferente, y lo hacía como persona. Ser

81
católico es la antítesis de ser racista o insolidario». (Isabel Díaz Ayuso;
Discurso, 4 de diciembre de 2020)

Vox, por su parte, decía:

«La #EspañaViva se siente orgullosa de su pasado y de pertenecer a una gran


Nación. Hace 528 años, Colón descubre América y se inicia la Hispanidad, la
mayor obra de hermanamiento realizada por un pueblo en la Historia de la
humanidad». (Twitter; @vox_es, 12 de octubre de 2020)

Y Losantos:

«España ha hecho lo que ningún país ha hecho: descubrir un continente. (...)


Lo conquistó, lo evangelizó, lo civilizó, lo metió dentro de la civilización
romana y cristiana que ha sido con mucha diferencia en la historia de la
humanidad la mejor de todas las que se ha conocido. (...) Es lo que ha
permitido que se creen sociedades libres, esa sociedad es la española hace
2.000 años que es cuando los romanos logran por fin vencer a las tribus
españolas». (Jiménez Losantos: El Día de la Hispanidad, 12 de octubre de
2019)

Parece ser que lo bueno en la historia de la humanidad comienza una vez se


funde lo romano con las «tribus españolas» (sic). Para Losantos la legislación de
Augusto o las Cortes de Castilla, el pensamiento idealista de Séneca o Suárez son
claramente superiores a la legislación soviética y el pensamiento materialista-
dialéctico de la URSS.

Como uno puede comprobar ¡el palurdismo de los buenistas es el mismo que el
de Isabel Díaz Ayuso, Federico Jiménez Losantos o Rocío Monasterio!

Los delirios de Armesilla y su negacionismo histórico, llegan hasta el punto de


decir:

«@armesillaconde: Canarias nunca ha sido una colonia». (Twitter; Santiago


Armesilla, 16 de febrero de 2019)

¡No, claro! Demos una breve clase de historia al señor Armesilla sobre las Islas
Canarias. El genóvés Lancelloto Malocello «redescubrió» para los europeos este
archipiélago en 1312, que empezó a ser visitada por los navegantes
mallorquines. En 1402 comenzó la «conquista de señorío», esta tomó lugar bajo
manos de particulares como los normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de la
Salle, eso sí, como «vasallos de Castilla» –puesto que el Papa Clemente VI había
adjudicado a ella sus derechos–. El fin era explotar la producción de orchilla –
producto muy codiciado en el comercio de la época para la elaboración de
paños–. Después se pasó a la «conquista de realengo», empresa ya financiada
82
directamente por la Corona de Castilla –tomando Tenerife en el 1496–. Este
proceso fue capitaneado por Alonso de Lugo:

«Alonso de Lugo no es mejor ni peor que otros conquistadores de la tierra.


Tiene virtudes de unos y defectos de otros y viceversa. Su retrato podría ser
éste: valiente hasta rayar en la temeridad; es decir, más esforzado que buen
capitán, mejor soldado que estratega —ello explica algunos de sus fracasos—;
ambicioso, y como tal, andariego e inquieto; rebelde unas veces, sumiso y
obediente otras, según las circunstancias. En fin, hábil, mañoso, interesado,
con pocos escrúpulos, arbitrario, despótico, gran protector de los de su linaje y
en extremo devoto de los santos... Es el modelo de los conquistadores de todas
las épocas, con todas las virtudes y vicios inherentes al cargo...». (Antonio
Rumeu de Armas; Alonso de Lugo en la Corte de los Reyes Católicos: (1496-
1497), 1952)

La única isla que quedó bajo un régimen mixto de dominio fue la Gomera –
hasta la rebelión de los gomeros en 1488–. Estas operaciones concluyeron con el
exterminio de casi la totalidad de la población indígena bajo los métodos
monstruosos, el resto de sobrevivientes fueron obligados a ser evangelizados.
y/o esclavizados. Si al señor Armesilla le queda dudas sobre todo esto existe
material directo sobre la conquista castellana. Véase la obra de Juan de Abréu
Galindo: «Historia de la conquista de las siete islas de Gran Canaria» del siglo
XVII.

Incluso Roberto Vaquero, líder de Reconstrucción Comunista-Frente Obrero, la


formación socialchovinista que tanto conocemos, ha recibido muchas simpatías
por parte de elementos ultranacionalistas como Armesilla. ¿Por qué será?
Quizás porque sus militantes, como los del grupo fascista Bastión Frontal, se
divierten con las canciones sobre los tercios españoles y atacando a las «ratas
separatistas». Véase el capítulo: «Los nuevos chovinistas: la postura de RC
sobre la cuestión nacional» de 2017.

Pedro Ínsua, el filósofo buenista que entre otros «méritos» tiene el dudoso
«honor» de haber colaborado en libros con Gustavo Bueno y Santiago Abascal,
fue uno de los ultrareaccionarios elegidos por Roberto Vaquero para conformar
el relajado y amistoso coloquio cibernético celebrado entre «camaradas». ¿Y en
qué se centraba ente evento? Sobre un problema «importantísimo» que
sobrevuela día y noche las preocupaciones de los trabajadores en la miseria, ¡la
«leyenda negra española»!

«¿Hasta qué punto está esa leyenda negra acabada? Porque algunos dicen,
todos los países tienen. Sí, pero no como la de España, porque la nuestra fue
incentivada por otras potencias que se convirtieron en las dominantes, por
ejemplo, Inglaterra, y que el poder que tuvo de difundirla y de hacer que fuera
algo vertebrador en el pensamiento de mucha gente era mucho mayor».
83
(Formación Obrera; Contrahegemonía: Sobre la Leyenda Negra y el legado
histórico de España, 2021)

«Desde hace unos años hay un montón de gente que está con lo de nada que
celebrar, el descubrimiento fue un genocidio. Estamos hablando de gente que
reniegan de su país y que aparte hace un análisis histórico que hace un
seguidismo de la leyenda negra anglófila sobre España. Obviamente sí fue una
conquista, sí se hicieron cosas, que desde el punto de vista actual se diría que
están mal, etc. (…) Esa gente lo que hace es criminalizar a ojos de la gente
normal, de los trabajadores, que tienen ese sentimiento de pertenencia a
España, etc. esos ataques absurdos, con ese nada que celebrar». (Roberto
Vaquero; Sobre el 12 de octubre y la hispanidad, 2020)

Estaría bien recordar que estas «leyendas negras» que se crean en torno a
ciertos pueblos, bien contengan o no verdades históricas, reflejan pugnas
interburguesas entre las clases explotadoras de distintos países, que pujan por el
desprestigio internacional hacia tal o cual enemigo concreto. De ahí se
desprende que tratar superficialmente, como hacen nuestros zotes
nacionalistas, este tema, es reducir la cuestión a un debate escolástico de «quién
miente más» y «qué buenos hemos sido», sin tener en cuenta lo decisivo para
un marxista: ¿a qué clase benefició esa conquista de los pueblos americanos?
¿Qué clase fue la enviada como carne de cañón a batallar, haciéndoles comer
desperdicios durante meses y años de navegación, qué clase continuó sufriendo
el servilismo a que los señores feudales y demás nobleza sometía
independientemente de si servían en la metrópolis o fuera, etc.? ¿Recuerdan
estos mentecatos que las emancipaciones anticoloniales de los pueblos
americanos fueron llevadas a cabo por mestizos, indios, y castellanos «puros»?
¿Se dan cuenta que la cuestión que prima siempre es la de clase? Lo dudamos, y
ahí está la prueba, el onanismo demencial que tienen por tratar estos temas
desde «perspectivas patriotas», «relatos en defensa del honor nacional» y
demás miopías burguesas. Al verlos «debatir» sobre los aspectos más triviales
de esa «leyenda negra» no podemos, teniendo en cuenta lo aquí expuesto, más
que reírnos con ternura de estos de sujetos; la historia ha visto mamporreros de
las clases explotadoras de todo color: y no podía faltar el color «rojo».

Asimismo, deberíamos pasar a replicar con algo más de rigor las citas expuestas
arriba.

Primero. Hagamos el ejercicio de suponer que un grupo de «comunistas»


británicos defendiese que Escocia es una «nación moribunda», considerase un
«orgullo» la conquista británica de la India, diese conferencias junto a
conocidos nacionalistas que hablan con simpatía del «patriotismo
revolucionario» de Mosley y que a su vez fuesen apologetas de la religión y el
colonialismo del Imperio británico. Bien, pues ahora imagínense que a eso lo
llamasen difundir la «contrahegemonía cultural», «estar rompiendo con lo

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presente» y demás sandeces. ¡Pues esa es la labor de RC junto a los buenistas en
España!

Segundo. La «leyenda negra», entendida según la RAE como: «Relato


desfavorable y generalmente infundado sobre alguien o algo», es algo que si
realmente no tiene base no se sostendrá en el tiempo eternamente, al menos no
en lo fundamental y menos en nuestra época. Por poner un ejemplo, los griegos
construyeron antes, durante y después de derrocar al Imperio aqueménida una
«leyenda negra persa» sobre sus usos, costumbres, carácter y religión. Pero el
avance de los descubrimientos arqueológicos, el contraste de fuentes y
testimonios históricos permitió aclarar muchos de los mitos sobre Persia
introducidos por los «padres de la historia occidental» como Heródoto y
Estrabón, verdaderos gigantes y a los cuales la historia les debe mucho pese a
sus errores y fobias. En este sentido, ¿alguien puede hacernos pensar que a estas
alturas no ha quedado claro qué fue verdad y qué fue mentira de las andanzas
del Imperio hispánico? Más bien, el problema es que sus defensores relativizan
o niegan de facto hasta lo más obvio.

Tercero. Estos grupos nacionalistas usan la «leyenda negra» para dar a


entender que, a causa de ella, entre otros motivos, el trabajador español no
puede tener una conciencia nacional plena, ocultando el problema de fondo de
la problemática nacional que arrastra España desde hace siglos. Pero como ya
hemos demostrado en los capítulos anteriores, el problema nacional no nace ni
con la Constitución de 1978 ni con la «leyenda negra», como dicen el buenismo
y repiten otros socialchovinistas.

Cuarto. Pongamos que esto de la «leyenda negra» y su importancia es real: que


a España se le ha achacado injustamente muchos males y no se ha apreciado
correctamente su historia. ¿Qué problema va a tener el proletario hispano de
hoy en su futura revolución con esto? ¿Necesariamente tiene que saber de las
hazañas del pasado para luchar por un futuro comunista sin clases sociales?
¿Qué ocurre, que el proletariado es como aquel deportista retirado que solo vive
del recuerdo de sus gestas? ¿Estamos de broma? ¿De verdad que no tiene
ningún aliciente en el presente para lanzarse a la lucha revolucionaria?
Precisamente, la forma más rápida de unir a todo el proletariado y las capas
útiles de la sociedad es el internacionalismo, que borra los episodios nacionales
traumáticos, que asegura la libertad de unión o separación de los pueblos, que
supera los prejuicios nacionales en aras de un mismo interés de clase. Pero
nuestros queridos chovinistas no pueden ni quieren entender esto.

Quinto. Evidentemente, si se diera el «negro» milagro de que Voxeros,


Buenistas, RCeros, Bastión Frontal, Hogar Social Madrid, Falange Auténtica y
otros se pusieran de acuerdo para emprender su «revolución patriótica» –esto
es, una contrarrevolución nacionalista–, quizás las burguesías extranjeras
mirasen con preocupación a España, pero no por las razones que ellos creen. Al

85
resto de países les da igual que Abascal, Ortega Smith, Ynestrillas, la señorita
Peralta, Armesilla, Vaquero y muchos lograsen devolver el «honor que les
corresponde» a los diversos reyezuelos, militares y nobles reaccionarios del
pasado con los que fantasean continuamente. Lo único que a estas burguesías
extranjeras les inquietaría es que el fascismo que llegase al poder en cualquiera
de sus expresiones –más moderadas o más obreristas–, es siempre un nicho de
chovinismo y belicismo, un desestabilizador del equilibrio regional, menos
adecuado para mantener el equilibrio de las esferas de influencia que el régimen
de dominación democrático-burgués con el que están acostumbradas a tratar. Y
pese a todo, este neofascismo español también vendería los intereses populares
de la nación, se humillaría ante las burguesías extranjeras y sus acreedores por
el bien de la «realpolitik» como lo ha hecho siempre –Hitler, Mussolini o
Franco no hubieran durado nada en el poder sin obtener la financiación y seguir
el dictamen e intereses de los principales grupos del capitalismo mundial–, por
lo que pese a todo España se podría entender con estas potencias, lo que
demuestra que esta vía de debate-especulación también es estéril.

Sexto. Ahora, ¿y si la revolución que se diese en la Península Ibérica fuese


protagonizada por un movimiento verdaderamente revolucionario, marxista,
internacionalista? En esta tesitura aseguramos sin duda alguna que la burguesía
extranjera no nos iba a sacar los episodios de la «leyenda negra» de hace siglos
para «desacreditar a los patriotas revolucionarios», ni hablaría como en el siglo
XVII de los castellanos, vascos, gallegos y catalanes como «salvajes» y
«sanguinarios» católicos –so pena de desacreditarse a sí misma bajo
argumentos racistas y religiosos–, porque la conciencia de estos pueblos no es la
de hace dos o cinco siglos –para empezar la mayoría de la población no ejerce el
catolicismo ni cree en el Dios católico–. Nada de eso, señores, su propaganda se
centraría mayoritariamente en que el «fantasma del bolchevismo» en su versión
mediterránea ha vuelto y que este se puede propagar más allá de las fronteras de
la península, haciendo temblar la Bolsa de valores de Wall Street. Dicho de otro
modo, a la burguesía estadounidense, británica –o la china que hoy comanda
gran parte del mundo– no le da miedo el pasado imperial de Felipe II, Jaime I o
Napoleón Bonaparte, sino el potencial revolucionario de los pueblos del mundo
actual, el hecho de que estos puedan poner en jaque su capital y el de sus aliados
en sus respectivas tierras natales, que son los que garantizan su comercio e
inversiones. El resto son cuentos.

No sabemos si la Escuela de Gustavo Bueno está de enhorabuena ya que le han


salido unos discípulos aventajados sobre estos temas, por lo que asistimos sin
haberlo esperado a una lucha de personalidades como la que vimos en los años
30 en el fascismo español. Mientras hoy Armesilla las veces de José Antonio
Primo de Rivera, el fascismo más ortodoxo, tradicional y académico, Roberto
Vaquero interpreta el papel del «ala izquierda» del fascismo más «vitalista» y
«obrerista», el de Ramiro Ledesma, tan excéntrico y estrafalario como él –

86
aunque evidentemente sin la formación filosofía de este–. Véase el capítulo: «El
discurso colonialista de Reconstrucción Comunista en el «Día de la Raza» de
2020.

El Imperio hispánico, un sistema ideal: «ni capitalista ni feudal ni


esclavista», ¿el «reino de los cielos»?

Santiago Armesilla, reúne un totum revolutum de ideologías y argumentarios


nacionalistas: maoísmo, castrismo, juche, falangismo… todo ello, por supuesto,
sazonado con los argumentos estrella de su maestro Gustavo Bueno. A partir de
este repugnante recetario acaba presentando una visión completamente
distorsionada de su querido Imperio español, cometiendo verdaderos atentados
contra la ciencia histórica. En realidad, su metodología de análisis no es
novedosa: anacronismos, reduccionismos y comentarios vulgares, el clásico
arsenal que usa todo revisor histórico. Veamos:

«@armesillaconde: El Imperio español fue la primera sociedad política


anticapitalista exitosa que existió. Su resistencia a dicho avance capitalista,
lento pero seguro durante casi cinco siglos –XIII-XVIII–, resistió del XVI al
XIX. De aquella resistencia quedan remedos como el latinoamericanismo».
(Twitter; Santiago Armesilla, 9 de septiembre de 2019)

De esta burda forma presenta a un imperio colonial de la Edad Moderna como


«la primera sociedad política anticapitalista» de la historia. Marx y Engels
parecen ser que se equivocaron buscando los gérmenes del socialismo científico,
que, al parecer, ya estaban imbuidos en la política de Carlos I, Felipe II o Carlos
IV, o en Espartero y O'Donnell, a los cuales tanto criticaron por su fanatismo
religioso, conservadurismo político y reaccionarismo cultural. Al leer esto
cualquiera pensaría que es una broma, pero Armesilla realmente está diciendo
que el atraso que supone la resistencia de las clases dominantes feudales al
progreso capitalista es un ejemplo de «anticapitalismo» consecuente, y no de los
intereses reaccionarios de las clases dominantes. Y aunque también parezca
increíble, cuando habla de que hoy quedan remedos en las sociedades
latinoamericanas de esa resistencia al capitalismo, tiene en mente a los
gobiernos del «socialismo del siglo XXI», aquellos no solo entregados a la
burguesía criolla de toda la vida, sino neocolonizados por empresas
estadounidenses, españolas, rusas y chinas. Pero mejor sigamos leyéndole para
tratar de comprender su pensamiento:

«@armesillaconde: La encomienda, al convertirse en temporal, acabó con


cualquier posible implantación del feudalismo. El Imperio hispánico no fue
propiamente feudal ni capitalista, ni esclavista. Fue un Imperio de transición
con formas sociales propias y peculiares, algunas socialistas, las misiones».
(Twitter; Santiago Armesilla, 26 de octubre de 2019)

87
Suponemos que, si no fue feudalista, esclavista ni capitalista, y sí una pizca de
«socialista», simplemente podemos celebrar que fue lo más parecido al «reino
de los cielos» sobre la tierra, ¿no? La febril idealización de su nacionalismo le
lleva a plantear que el imperialismo hispánico era un imperio de tipo
«especial», esto es, por encima de las propias relaciones de producción de la
época:

«@armesillaconde: ¿Por qué cae el Imperio español? Porque entre finales del
siglo XVIII y principios del siglo XIX era ya inviable resistir más, y prorrogar
más, esa forma de sociedad mercantilista construida sobre las bases de la
Reconquista frente al avance del modo de producción capitalista». (Twitter;
Santiago Armesilla, 9 de septiembre de 2019)

Si se reconoce que el Imperio hispánico acabó incorporando y generalizando el


mercantilismo, ¿en qué se cree Armesilla que deriva siempre el mercantilismo
del siglo XVI-XVIII de todos los países europeos? La respuesta es en el
capitalismo moderno. La diferencia estriba entonces en el ritmo de su
implementación o, mejor dicho, en que muchos lo quisieron adoptar, pero no lo
pudieron aplicar consecuentemente, entre ellos España. He aquí una
explicación del fenómeno mercantilista de la pluma de los economistas
soviéticos:

«Los mercantilistas expresaron los intereses de la burguesía naciente en las


profundidades del feudalismo, esforzándose por acumular riqueza en forma de
oro y plata mediante el desarrollo del comercio exterior, el saqueo colonial y
las guerras comerciales, y la esclavitud de los pueblos atrasados. En relación
con el desarrollo del capitalismo, comenzaron a exigir que el poder estatal
patrocinara el desarrollo de empresas industriales: las fábricas. Se
establecieron primas de exportación, las cuales se pagaron a los comerciantes
que vendían bienes en el mercado exterior. Los aranceles de importación
pronto se hicieron aún más importantes. Con el desarrollo de las
manufacturas y luego de las fábricas, la imposición de derechos sobre los
productos importados se convirtió en la medida más común para proteger la
industria nacional de la competencia extranjera. Esta política condescendiente
se llama proteccionismo. En muchos países, persistió durante mucho tiempo
después de que se superaran las ideas del mercantilismo. En Inglaterra, los
derechos de protección fueron de gran importancia en los siglos XVI y XVII,
cuando se vieron amenazados por la competencia de las manufacturas más
desarrolladas de los Países Bajos. Desde el siglo XVIII, Inglaterra había
ganado firmemente la primacía industrial. Otros países menos desarrollados
no podían competir con él. En este sentido, las ideas del libre comercio
comenzaron a abrirse camino en Inglaterra». (Partido Comunista de la Unión
Soviética; Economía política, 1954)

88
¿Y no fue América la plataforma idónea de explotación que permitió a los países
europeos la acumulación originaria capitalista? Cualquiera que haya ojeado «El
Capital» (1867) de Karl Marx, sabrá que es así. Es una conclusión tan obvia que
sale a flote por sí sola, por lo que uno ni siquiera necesitaría haber consultado
dicha obra. Además, diversos autores latinoamericanos han incidido en esto
recopilando toda una serie de datos incontestables para estos negacionistas
históricos:

«La Cambridge History of the British Empire ha reconocido que los


empresarios ingleses obtuvieron entre 200 y 300 millones de libras inglesas en
oro de beneficio por el trabajo esclavo en las Indias occidentales. Las
ganancias obtenidas por Francia en el tráfico de esclavos durante el siglo
XVIII ascendieron a 500 millones de libras francesas oro. Más todavía, poco
antes de la revolución burguesa de 1789, las dos terceras partes del comercio
exterior francés provenía de la explotación de Las Antillas, especialmente del
azúcar haitiano. En fin, puede afirmarse que América latina se constituyó en
la periferia colonial más importante del capitalismo europeo en formación.
Las islas antillanas del azúcar fueron uno de los basamentos de la
acumulación originaria, especialmente en los siglos XVII y XVIII en que el
azúcar se convirtió en uno de los productos básicos del mundo. Los políticos y
escritores ingleses, entre ellos John Ashley en 1744, reconocieron que el azúcar
fue uno de los factores claves en la acumulación de capitales para el ulterior
desarrollo manufacturero. El azúcar brasileño del siglo XVI y parte del XVII
contribuyó a la acumulación originaria del capital en los Países Bajos sobre la
base de la comercialización y el transporte de dicho producto controlado por
Holanda. Durante el siglo XVIII, el oro y los diamantes del Brasil aportaron en
gran medida al fondo de acumulación que permitió el despegue industrial,
porque esos minerales preciosos pasaban a Lisboa y de allí a Londres. Con
toda razón se ha dicho que «entre 1700 y 1770, el comercio anglo-portugués
contribuyó sustancialmente al desarrollo de la economía inglesa» (42). Celso
Furtado ha remarcado también la importancia de Brasil en relación al proceso
de acumulación originaria de capital inglés: «Para Inglaterra, el ciclo del oro
brasileño proporcionó un fuerte estímulo al desenvolvimiento manufacturero,
una gran flexibilidad a su capacidad de exportación y permitió una
concentración de reservas que hicieron del sistema bancario inglés el principal
centro financiero de Europa» (43). La acumulación de capital en este período
–dice Mandel– superó millones de libras inglesas en oro, es decir, más del
valor total del capital invertido en todas las empresas industriales hacia 1800
(44)». (Luis Vitale; Comparada de los pueblos de América Latina, 1997)

No seremos nosotros quienes quisiéramos estar de acuerdo con un ideólogo del


Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile, pero estos datos
recogidos de diversas fuentes son irrefutables, no podemos ir contra la evidencia
científica: el expolio de las riquezas y la mano de obra en América por parte de
los europeos fue brutal y despiadado. Lo que más bien habría que preguntarse
89
es lo siguiente, ¿no tuvo durante siglos el Imperio hispánico una oportunidad de
oro –nunca mejor dicho– para desarrollar el capitalismo con tales privilegios
mineros y comerciales?

«En las últimas décadas, numerosos autores han minimizado el papel del
capital comercial en el proceso de gestación del modo de producción
capitalista, motejando de «circulacionista» a quien se atreva a poner de
manifiesto su relevancia. El argumento principal de algunos autores, como
Theotonio Dos Santos, es que en la antigüedad romana existió capital
comercial y no por ello se accedió al capitalismo. Creemos haber demostrado
que el capital comercial de la formación social europea de los siglos XIV al
XVII cumplió un papel diferente al del capital comercial de la época romana,
contribuyendo a la acumulación originaria, que promovió la inauguración de
nuevas formas de producción a través de la industria a domicilio y la
manufactura. (...) Pierre Vilar sostiene que las ganancias de los empresarios
europeos se hicieron a expensas de los trabajadores mineros
latinoamericanos: «la intensidad de la acumulación monetaria en Europa,
condición para la instalación del capitalismo, dependió del grado de
explotación del trabajador americano (...) La acumulación primitiva del
capital europeo dependió tanto del esclavo cubano como del minero de los
Andes» (39). Hamilton ha calculado en 500 millones de pesos en oro el monto
de lo trasladado de América por los españoles hacia Europa, entre 1503 y
1660. Las cuatro quintas partes de la producción mundial de metales preciosos
provenía de América Latina. Enrique Semo afirma que «las colonias
americanas le produjeron a España aproximadamente hasta 1518, alrededor
de 70.000 pesos anuales, un total de 1.2 millones hasta 1554. Después de la
conquista del Perú, el ingreso anual subió a 3.5 millones y llegó en tiempos de
Felipe II a 45 millones» (40). En 1626 un alto funcionario de la corona, Pedro
Fernández de Navarrete, «computaba los ingresos hasta su época en 1.536
millones, mientras el ilustre doctor Sancho de Moncada, lamentando la escasez
de dinero, ya advertida en la Península, admite el dato de que los ingresos
registrados de América habían sido de 2.000 millones sólo en el siglo
XVI» (41)». (Luis Vitale; Comparada de los pueblos de América Latina, 1997)

Por tanto, si se quiere debatir si el Imperio hispánico era «progresista» o no


para la época, habría que ver qué postura tuvo hacia esta adaptación al nuevo
sistema capitalista que se iba fraguando poco a poco, o, mejor dicho, si más allá
de sus intenciones, se enroló o se quedó atrás, y efectivamente todos sabemos el
ranking en que quedó el Imperio hispánico respecto a otras potencias. Marx lo
explicó brillantemente:

«La época antecedente al desarrollo de la sociedad industrial moderna se


inaugura con la sed universal de dinero, tanto de los individuos como de los
estados. El desarrollo real de las fuentes de riqueza avanza por así decirlo a
sus espaldas, como medio para adueñarse del representante de la riqueza. Allí
90
donde el dinero no deriva de la circulación –como en España– sino que se lo
encuentra directamente, empobrece a la nación, mientras que aquellas
naciones que deben trabajar para arrancárselo a los españoles desarrollan las
fuentes de la riqueza y se enriquecen realmente». (Karl Marx; Elementos
fundamentales para la crítica de la economía política, 1858)

Lejos de lo que han insinuados algunos, Marx expuso a España como un


ejemplo de cómo se dilapidaron ingentes recursos productivos, técnicos y
logísticos. Esto recordaba a otros imperios donde el gobierno y la sociedad
naufragaban sumidos en crisis morales y políticas:

«Las Cortes, indignadas por el hecho de que subsidios otorgados


anteriormente por ellas habían sido malgastados en operaciones ajenas a los
intereses de España, se negaron a aprobar otros nuevos, Carlos encolerizado
las disolvió. (...) Carlos se dedicó a reducir sus privilegios municipales y
aquéllas declinaron rápidamente en población, riqueza e importancia. (...) Si
después del reinado de Carlos I la decadencia de España, tanto en el aspecto
político como social, ha exhibido esos síntomas tan repulsivos de ignominiosa
y lenta putrefacción que presentó el Imperio Turco en sus peores tiempos, por
lo menos en los de dicho emperador las antiguas libertades fueron enterradas
en una tumba magnífica. En aquellos tiempos Vasco Núñez de Balboa izaba la
bandera de Castilla en las costas de Darién, Cortés en México y Pizarro en el
Perú; entonces la influencia española tenía la supremacía en Europa y la
imaginación meridional de los iberos se hallaba entusiasmada con la visión de
Eldorados, de aventuras caballerescas y de una monarquía universal. Así la
libertad española desapareció en medio del fragor de las armas, de cascadas
de oro y de las terribles iluminaciones de los autos de fe». (Karl Marx; La
España revolucionaria, 1854)

Siguiendo esta línea, ¿puede alguien considerar al Imperio hispánico de


aquellos siglos como un referente, no solo desde el punto de vista actual, sino
del prisma de la Edad Moderna? ¿O este era más bien un gigante de barro
consumido por sus propios vicios, como las «manos muertas» y el espíritu
ocioso de la «hidalguía»? El hecho de que las leyes que compatibilizaban la
nobleza con el trabajo manual del siglo XVI no se hubieran asentado ni mucho
menos, hizo que Carlos III en su Real Cédula del 18 de marzo de 1783 decretase
que el oficio de curtidor, herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros pasasen a
ser «honestos» y «honrados». Un hecho histórico como este, aunque no puede
esgrimir el cuadro de toda una época, sí puede dar una pincelada clarividente de
lo que fue su tiempo.

No obstante, Armesilla solo se centra en comentarnos que la intención de los


dignatarios castellanos era «retrasar la formación del capitalismo todo lo
posible» en el Imperio hispánico. ¿Todo lo posible en vistas a qué? Sobre esta
«resistencia» al capitalismo solo caben dos opciones:

91
a) La primera opción es reconocer que las clases explotadoras no querían
adecuarse a los nuevos tiempos o no eran capaces de hacerlo. La segunda es
fantasiosamente estúpida y consiste en plantear sin vergüenza alguna ante el
público, que los reyes, nobles, obispos y válidos tenían un «pensamiento
anticapitalista» pionero y revolucionario, que eran adelantados a su época
porque ante los primeros gérmenes del capitalismo ya sabrían a ciencia cierta lo
que iba a ocurrir, sabían las consecuencias de superar el modo de producción
feudal, y ellos, como grandes humanistas adelantados a su época, estarían
buscando ya una alternativa al incipiente capitalismo y sus negativas
consecuencias que reproducían en sus mentes iluminadas por la providencia o
vaya uno sabe qué. En resumen, una preciosa y pionera vía alternativa al
capitalismo que Armesilla no explica demasiado, pero que debemos presuponer
que más tarde retomarían los socialistas utópicos y coronarían Marx y Engels.
Esto es surrealista desde el momento en que se pretende vendernos que los
mandatarios, los mismos que ignoraban diariamente las calamidades del
feudalismo, fueron los que ya estaban poniendo la primera piedra para superar
al capitalismo que apenas asomaba la cabeza.

b) Si somos seres cuerdos y no nos creemos tal relato de ficción, atendiendo a


los hechos se deberá reconocer que las castas políticas y económicas estaban en
contra de la modernización del país y por ende del progreso de la época. En
cambio, si algún místico elige lo anterior... en fin, no hace falta ni comentarlo, ya
que nosotros no aceptamos debatir la historia en base a la fe en los «pueblos
elegidos», la capacidad o no de videncia de los personajes o las posibles
intervenciones milagrosas; pero, por encima de todo, lo que no toleramos son
los anacronismos, por tanto, más allá de la presunta buena voluntad de los
explotadores castellanos, es innegable que su sistema económico no solo fue una
mezcla de feudalismo y esclavismo, sino que pese a teorizar y a veces
implementar el mercantilismo, el capitalismo en España se incorporó tarde,
bastante demasiado tarde en relación al resto de Europa.

El imperio español del siglo XVI-XIX, cada vez venido a menos tanto
territorialmente como económicamente, se mantuvo demasiado tiempo
anquilosado en las viejas normas y formas de pensar rentistas de la nobleza y el
clero, la propia mentalidad gremial y las legislaciones que la apoyaban tardaron
mucho en decaer. Los negocios castellanos fallidos en las empresas industriales
y financieras quebraron demasiadas veces como para asentar a tiempo una
industria y un comercio competitivos de cara al exterior, por lo que Castilla, eje
fundacional del imperio, acabó cumpliendo un papel meramente secundario
dentro del mercado internacional, monopolizado por holandeses, franceses y
después ingleses. La falta de actualización e inversión en el campo fue una losa
cada vez más pesada en un país eminentemente agrícola, con una productividad
cada vez más alejada de los países punteros en este sector. Tampoco hubo una
progresiva unificación de reinos y sus respectivas legislaciones, siendo un
imperio de diversos reinos, lenguas, leyes y costumbres, con desfasadas trabas
92
aduaneras que saboteaban la expansión comercial. La deuda y las bancarrotas
siempre fueron una constante en la dinastía de los Austrias –a partir del siglo
XVI–, cosa que tampoco solucionaron los Borbones –a partir del siglo XVIII–.
Sin olvidarnos de la famosa sangría demográfica y las guerras internas y
externas, que hacían imposible todo crecimiento sostenible. Todo ello y muchos
más fueron los factores que terminaron por retrasar la incorporación de España
al mundo capitalista, algo que no es un secreto para cualquier economista o
historiador con un mínimo de rigor. Véase la obra de F. Simón Segura: «Manual
de historia económica mundial y de España» de 1993.

Para mediados del siglo XIX, la Corona española estaba muy lejos de ser esa
superpotencia que un día fue, ni siquiera era un país con unos rasgos sociales y
económicos acordes al resto de países punteros del continente europeo. Marx ya
describió varios de estos factores que impidieron un desarrollo similar al resto:

«Desde el establecimiento de la monarquía absoluta, las ciudades han


vegetado en continua decadencia. No podemos explicar aquí las
circunstancias, políticas o económicas, que destruyeron el comercio, la
industria, la navegación y la agricultura españoles. Para el presente propósito
basta simplemente recordar el hecho. De esta forma, la vida local de España,
la independencia de sus provincias y de sus municipios, el diversificado estado
de la sociedad, basado originariamente en la configuración física del país e
históricamente desarrollado merced a la forma separada en que las diversas
provincias se emanciparon del dominio moro y formaron pequeñas
comunidades independientes, todo ello quedó finalmente reforzado y
confirmado por la revolución económica que secó las fuentes de actividad
nacional. Y como la monarquía absoluta encontró en España materiales
refractarios por naturaleza a la centralización, hizo cuanto pudo para evitar el
desarrollo de intereses comunes nacidos de una división nacional del trabajo y
de una multiplicidad de intercambios internos, desarrollo que constituye
precisamente la base sobre la que puede crearse un sistema uniforme de
administración y un patrón de leyes generales». (Karl Marx; España
revolucionaria, 1854)

Esto no quita el hecho de que cuando en 1898 ocurre el famoso derrumbe de la


presencia colonial española en América, ya existieran las bases económicas del
capitalismo en la Península Ibérica, y que precisamente aun existieran conatos
importantes de feudalismo en el campo, como reconocían los marxistas de la
época. Véase nuestro capítulo: «Para comprender el surgimiento del
movimiento nacional catalán hay que conocer la historia de España» de 2020.

Para ir finalizando, en lo relativo al Sr. Armesilla, entendemos a nuestro querido


lector que se puede desesperar leyéndole, pero no podemos pedir peras al olmo.
¿Qué vamos a esperar de una persona que considera a China como «modelo de
progreso» (sic) –sí, han leído, el del sistema de trabajo 996 de Jack Ma–? Para

93
el caballero Armesilla, el Imperio español no era ni feudal ni capitalista, Franco
y Perón eran «antiimperialistas», mientras que Chávez y Evo u Ortega,
«socialistas» (sic):

«Cuando definimos al Imperio español como «sociedad política transicional,


ni feudal ni capitalista». Remitimos, por tanto, a esa parte para entender el
funcionamiento económico, administrativo y político de la también llamada
Monarquía Católica Universal. Un universalismo católico incompatible con el
modo de producción capitalista. (...) El proyecto de la Monarquía Católica
Universal era el de un Imperio Universal generador, no depredador, y no
capitalista. El de las naciones políticas desgajadas del Imperio ha sido
cambiante a lo largo del tiempo, oscilando desde la inserción ejemplarista en
la dialéctica de Estados capitalista, a la construcción de regímenes socialistas
contrarios a dicha inserción en diversos grados –Cuba, Venezuela, Bolivia,
Nicaragua–, o el desarrollismo industrial con capacidad para resistir ciertas
sumisiones políticas capitalistas sin renunciar a cierta construcción de un
cierto Estado de bienestar –Venezuela con Marcos Pérez Jiménez, Argentina
durante los dos gobiernos de Juan Domingo Perón, España con la presidencia
de Antonio Maura y las dictaduras de Miguel Primo de Rivera y de Francisco
Franco, lo que Bueno llamó, polémicamente, derecha socialista, como
contradistinta del keynesianismo socialdemócrata–». (Santiago Armesilla;
Rosa Luxemburgo y España. Escrito para la Razón Comunista, 2019)

Considerar a alguien que suelta estas barbaridades como un «experto» en


economía o historia, como algunos de sus groupies hacen, sería poco menos que
una broma de mal gusto que solo puede provenir de una mente débil o poco
instruida. Marx ya describía a estos estrambóticos productos salidos de las
universidades como los predicadores de la más absoluta confusión ideológica.
Aquellos que, como muchos que hoy cursan las carreras de ciencias políticas,
sociología, antropología o historia, se dejaban seducir fácilmente por todo tipo
de ideas burguesas dominantes –chovinismo a ultranza incluido–:

«Estas gentes desde el punto de vista teórico son un cero a la izquierda e


inútiles en el sentido práctico. (…) Como dicen ellos, [pretenden] inculcarles
«elementos de instrucción» [al pueblo], poseyendo ellos mismos sólo
conocimientos a medias y confusos, además de proponerse, ante todo, la tarea
de elevar la importancia del partido a los ojos de la pequeña burguesía. Sin
embargo, no son ni más ni menos que unos miserables charlatanes
contrarrevolucionarios». (Carta de Karl Marx a Friedrich Adolph Sorge, 19 de
septiembre de 1879)

La Escuela de Gustavo Bueno y su promoción de la religión en la


filosofía y cultura de la nación

94
«Falange Española no puede considerar la vida como un mero juego de
factores económicos. No acepta la interpretación materialista de la historia.
Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los
pueblos. Aspecto preeminente de lo espiritual es lo religioso. Ningún hombre
puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte,
sobre la creación y el más allá. A esas preguntas no se puede contestar con
evasivas; hay que contestar con la afirmación o con la negación. España
contestó siempre con la afirmación católica. La interpretación católica de la
vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es, además, históricamente, la
española. Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar
y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes
los habitaban a una empresa universal de salvación. Así, pues, toda
reconstrucción de España ha de tener un sentido católico». (José Antonio
Primo de Rivera; Falange Española número 1, noviembre, 1933)

Después de Falange, parece ser que ahora, gracias al inestimable servicio de Vox
y la Escuela de Gustavo Bueno, ellos nos enseñan cuál es y debe de ser la esencia
de España –nótese la ironía–:

«España desde su constitución como Imperio –es decir, desde su constitución


como sociedad política– ha sido siempre una monarquía. (...) España es una
sociedad católica –y no protestante, ni islámica, ni judía, por ejemplo– en
cuanto que buena parte de las costumbres de sus habitantes están
determinadas por el ceremonial católico». (Santiago Abascal y Gustavo
Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

Por si alguien quiere seguir riéndose a carcajadas con las ilusiones de estos
monaguillos, dejaremos una última cita:

«@armesillaconde: La gente que dice que la religión católica no les influye,


pero luego no tienen problemas en irse de puente en festividad religiosa, tienen
nombres de santos, o comen jamón y beben vino sin darse cuenta de que esto
es producto de la Reconquista contra el Islam. En fin». (Twitter; Santiago
Armesilla, 20 de octubre de 2020)

Este es su nivel de razonamiento. Esta es la forma en que este «sujeto», por ser
bondadosos, enlaza y conjuga los conceptos que milagrosamente llegan a su
masa encefálica.

¡Los discípulos del señor Bueno no cesan de hacer el ridículo! Preguntamos a


Armesilla, ¿acaso el musulmán que se salta su código religioso y consume jamón
está cometiendo un acto de conversión al catolicismo? Es infinitamente absurdo
creer seriamente que reproducir las herencias totalmente secularizadas de la
tradición cristiana —nombres, fiestas y demás— implica «ser católico», ni
siquiera «ser católico culturalmente». Es de una chapuza intelectual increíble.

95
«@armesillaconde: En las religiones no se cree. Se cree en deidades, pero lo
positivo –empírico– de las religiones no son los dioses, sino sus instituciones
históricas que moldean sociedades enteras». (Twitter; Santiago Armesilla, 19
de octubre de 2020)

Una vez más Armesilla mostrando su antimarxismo: lo que define y moldea una
sociedad son las relaciones de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas
productivas, pero para estos discípulos de Bueno no fueron los intereses de clase
los que hicieron que una u otra religión fuera la dominante, sino la religión en sí
y sus cualidades «innegablemente positivas» sobre el pueblo. Y claro, si el
pueblo español el mejor, también tendrán que tener la máxima religión, ¿para
algo Jesús nació en Albacete y no en Nazaret como dice la «Leyenda negra»
judeo-británica, no? Armesilla está inmerso en una ardua investigación sobre
eso, ya verán. Lo bueno, lo positivo según Armesilla, son las instituciones
religiosas, es decir, debemos dar gracias a la Iglesia Católica y el
«nacionalcatolicismo» de Franco por su gran labor en «moldear» toda una
generación. Qué se lo pregunten a las mujeres revolucionarias que fueron
ultrajadas y obligadas a la reeducación de la Sección Femenina de Falange y,
para más inri, en muchas ocasiones apartadas de sus hijos. «¡Oh, Dios, damos a
ti las gracias…!» ¿por el fascismo?

Esta es la misma gente que defiende la tauromaquia o el catolicismo, porque son


«marcas inalterables de España, su esencia». ¿Es esto compatible con el
discurrir del pensamiento marxista? Ni de lejos:

«Y no es, ni mucho menos, fortuito que el programa nacional de los


socialdemócratas austríacos imponga la obligación de velar por «la
conservación y el desarrollo de las particularidades nacionales de los
pueblos». ¡Fijaos bien en lo que significaría «conservar» tales
«particularidades nacionales» de los tártaros de la Transcaucasia como la
autoflagelación en la fiesta del «Shajsei-Vajsei» o «desarrollar» tales
«peculiaridades nacionales» de los georgianos como el «derecho de
venganza»! Este punto estaría muy en su lugar en un programa rabiosamente
burgués-nacionalista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; El
marxismo y la cuestión nacional, 1913)

Obsérvese qué estúpido se vuelve defender las «particularidades nacionales» en


su completitud, cuando encontramos, por fuerza, componentes reaccionarios
patrios que no responden en absoluto a los intereses objetivos del proletariado
como clase en ascenso. Hagamos unos apuntes a los comentarios de estos
lacayos de la monarquía y la Iglesia que afirman que «España es esencialmente
católica»:

a) Esta es una afirmación cuanto menos «arriesgada», habiendo sido España


uno de los países con más explosiones populares de anticlericalismo en la Edad

96
Moderna y Contemporánea. Además, según un informe reciente de la
Fundación Ferrer y Guàrdia, el número de practicantes cae al 26%, los ateos son
ya el 27%, solo un 14% marca únicamente la casilla de la Iglesia Católica en la
declaración de la renta, el 46% de los niños que nacen en España lo hacen fuera
del matrimonio y el 46% de los estudiantes de la ESO cursan actividades
alternativas a la religión.

b) Si estos datos no le parecen objetivos al lector por la fuente que utilizamos,


seamos generosos, y preguntémonos mejor qué considerar catolicismo para
declararlo como esencia de un país y, por ende, de sus habitantes. Si echamos
una ojeada rápida a la sociedad, queda claro que el catolicismo, en el sentido
estricto de sus últimos concilios, es tan poco común a España y sus gentes como
a casi cualquier país moderno. Si consideramos como católicos a quienes van a
misa todos los domingos y cumplen rigurosamente con los sacramentos, el
número de católicos es escaso. Si queremos considerar como «católicos» a
quienes no tienen un desconocimiento casi absoluto del Viejo y Nuevo
Testamento, no tendremos a muchos, pero el listón lo estamos poniendo muy
bajo para los feligreses del catolicismo. En cambio, si aceptamos «buenos
católicos» a quienes no cumplen casi ninguna de las normas de su doctrina,
pero amontonan crucifijos o estampitas de santos por toda la casa, habrá
muchos afines a la causa. Y si aceptamos como «costumbre católica» el no
interesarse lo más mínimo en qué se celebra en eventos como la Semana Santa y
la Navidad, sino simple y únicamente considerarlas como épocas de descanso o
desinhibición, entonces claro que el catolicismo puede ser considerado común a
muchos españoles, incluso a muchos de los agnósticos y todo tipo de cristianos
no practicantes. Pero eso no marca la esencia «católica» de España, sino que
demuestra todo lo contrario: que el país tiene poco apego por sus reglas y su
moral religiosas.

c) Es más, el país no puede ser de «esencia católica» porque ni siquiera la


mayoría de católicos que sí cumplen con las rutinas y liturgia del mismo son
ejemplos de llevar una «vida moral recta», como tanto presumen y reclaman a
los impíos. Véase como prueba en la España de las últimas décadas los grandes
escándalos de pedofilia, la «terrible sodomía» entre curas o la compra-venta de
recién nacidos entre los jefes de la Iglesia Católica. Tampoco seremos nosotros
quienes se opongan a un matrimonio sin amor, pero el mismo señor Abascal es
divorciado, algo que, según las «Escrituras Sagradas», va en contra de Dios –
revisen señores devotos los pasajes del Génesis o Corintos–.

Queda claro que la esencia de España no puede ser el catolicismo, ya que cada
uno interpreta ese catolicismo a su manera. Si la influencia del catolicismo en
España es prácticamente nula en las vidas de las personas, habría que ver hasta
dónde se reduciría su trascendencia en un gobierno comunista donde no se
financiase a su institución religiosa ni se promocionase sus dogmas ideológicos;
donde, en cambio, se financiase la educación y visión del ateísmo científico.

97
Seguramente, en unas décadas, lo más trascendente del catolicismo estaría en
los nombres bíblicos de algunas personas, en aquellos nombres que le son
comunes a los apóstoles y en algunas de las denominaciones de los pueblos del
país.

Pero nuestros voxeros-buenistas no se rinden, y contraatacan afirmando:

«Está por demostrar la incompatibilidad entre el catolicismo y las formas


modernas de organización económica, cultural, política. (…) Hay que decir,
por ejemplo, que buena parte de los responsables de la llamada «revolución
científica» eran católicos». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de
España. Razones para el patriotismo español, 2008)

Debido a que estamos en tiempos modernos, estos «católicos», como Bueno o


Abascal, son conscientes de que la promoción a ultranza del catolicismo no
tendría eco en la población, mucho menos tratar de imponerlo como en la época
franquista. Por ello deciden utilizar una táctica defensiva, como es decir que no
hay evidencia de que el catolicismo y la ciencia sean incompatibles. Este alegato
recuerda al del padre del positivismo, Comte, quien antes de fundar su nueva
religión declaró:

«La ciencia y la teología no están, en primer término, en abierta oposición,


puesto que no se proponen los mismos problemas». (August Comte; Discurso
sobre el método positivo, 1844)

Aunque Comte planteaba que las ciencias deben ser libres de cualquier influjo
religioso –fetichista, politeísta o monoteísta–, él hace una concesión de
importancia cuando considera que la ciencia –que por supuesto él identifica con
el positivismo– no es antagónica a la religión porque no se ocupa de los mismos
campos. No nos extenderemos en demostrar esta incompatibilidad,
simplemente señalaremos que en realidad la ciencia sí se ocupa y pugna por los
mismos campos que la religión, como también lo ha hecho la filosofía –que
suele acompañar y guiar el método de las ciencias–. Si no fuera así,
evidentemente no habría habido clérigos científicos –Copérnico– y filósofos –
Tomas de Aquino–. De hecho, la práctica totalidad de los hombres de estos
tiempos eran religiosos, y en épocas donde la separación entre Estado e Iglesia
era menor, se hacía notar mucho más. El problema aquí es que Comte considera
que la ciencia arranca con el estudio de las matemáticas, pero se olvida, que, en
palabras suyas, la observación es la base de la ciencia, así como la
experimentación. Y es obvio, que la religión ha estado más o menos cerca de
estas observaciones, experimentaciones y conclusiones de las ciencias como la
física, por mucho que a veces la Iglesia, por ejemplo, haya intentado retrasar la
aceptación de ideas que rompían los moldes de la época –como ocurrió con la
teoría heliocéntrica de Galileo o la teoría de la evolución de Darwin–.
Precisamente el afirmar que religión y ciencia no se encargan de temas análogos
es una forma indirecta de contribuir a la supervivencia de esos «métodos

98
metafísicos» que el pensamiento religioso realiza con suma facilidad y que
Comte consideraba superados para el desarrollo humano, ya que se da la
impresión que no chocan porque cada uno tiene su nicho, pero realmente nunca
ha sido así. Tiempo después sus sucesores, los «empiriocritistas», como el físico
Mach, reproducirían esta gravísima equivocación:

«El curtidor J. Dietzgen veía en la teoría científica, es decir, materialista del


conocimiento «un arma universal contra la fe religiosa». (…) ¡Pero para el
profesor titular Ernst Mach, «desde el punto de vista científico no tiene
sentido» la distinción entre la teoría materialista del conocimiento y la teoría
subjetivo-idealista! La ciencia no toma partido alguno en la lucha del
materialismo con el idealismo y la religión: tal es la idea preferida, no sólo de
Mach, sino de todos los profesores burgueses contemporáneos». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

De todas formas, les recordaremos a estos señores la siguiente verdad sobre sus
afamados científicos creyentes:

«Hay en el mundo ignorantes y reaccionarios que pretenden que nosotros, los


comunistas, queremos atribuir al marxismo-leninismo también las obras de
aquellos científicos viejos y nuevos que no sabían ni saben qué es el marxismo-
leninismo, que no son marxistas, siendo algunos de ellos hasta adversarios de
esta ideología. Eso no es en absoluto verdad. No se trata de apropiarse de las
obras de este o de aquél científico, nacido en tal o cual país, hijo de este o de
aquel pueblo. Pero es un hecho que ni Descartes ni Pavlov, ni el jansenista
Pascal ni el científico Bogomoletz, ni otros miles y miles de científicos
renombrados de todos los tiempos, son conocidos por la humanidad porque
iban a la iglesia o porque hubieran rezado alguna vez a dios, sino por sus
obras racionales, progresistas, materialistas, anticlericales, antimísticas. Su
método en general, en ciertos aspectos, ha sido dialéctico, mas, sin embargo,
no tan perfecto como nos lo proporciona el marxismo-leninismo. La doctrina
marxista-leninista es el súmmum de la ciencia materialista y del desarrollo de
la sociedad humana; es la síntesis de todo el desarrollo anterior de la filosofía
y de manera general, del pensamiento creador de la humanidad; es la síntesis
de todo lo racional y progresista que en todas las épocas y en diversas formas
ha luchado contra las supersticiones, la magia, el misticismo, la ignorancia, la
opresión moral y material de los hombres. Actualmente esta doctrina se ha
convertido en faro que ilumina el camino de los pueblos hacia el socialismo y el
comunismo. Por eso hoy, cuando existe una ciencia hasta tal punto completa
como el marxismo-leninismo, que nos proporciona la correcta concepción
materialista sobre el mundo y el mejor método científico, el método dialéctico
marxista, es imperdonable que nuestros científicos y especialistas no la utilicen
en beneficio de sus estudios en todos los terrenos, y, a nadie debe darle
vergüenza comenzar el estudio inclusive desde las primeras nociones del
marxismo-leninismo o, cuando no sepa alguna que otra cuestión, consultar a

99
algún especialista en la materia, sin importarle si es más joven que él. En aras
de la causa del Partido y del pueblo, cada uno de nosotros está dispuesto a
soportar esta «vergüenza». (Enver Hoxha; Nuestra intelectualidad crece y se
desarrolla en el seno del pueblo; Extractos del discurso pronunciado en el
encuentro con los representantes de la intelectualidad de la capital, 25 de
octubre de 1962)

En todo caso, estos científicos creyentes deberían ser criticados por aplicar el
materialismo solo en algunos aspectos de la ciencia y no aplicarlo de forma
consecuente, es decir, en todos los aspectos de la vida, inclusive en la cuestión
de la religión. Como Marx declaró, el proletariado en su concepto de patriotismo
no necesita la moral del catolicismo por varias razones:

«Los principios sociales del cristianismo han tenido ya dieciocho siglos para
desenvolverse, y no necesitan que un consejero municipal prusiano venga
ahora a desarrollarlos. Los principios sociales del cristianismo justificaron la
esclavitud en la antigüedad, glorificaron en la Edad Media la servidumbre de
la gleba y se disponen, si es necesario, aunque frunciendo un poco el ceño, a
defender la opresión moderna del proletariado. Los principios sociales del
cristianismo predican la necesidad de que exista una clase dominante y una
clase dominada, contentándose con formular el piadoso deseo de que aquella
sea lo más benéfica posible. Los principios sociales del cristianismo dejan la
desaparición de todas las infamias para el cielo, justificando con esto la
perpetuación de esas mismas infamias sobre la tierra. Los principios sociales
del cristianismo ven en todas las maldades de los opresores contra los
oprimidos el justo castigo del pecado original y de los demás pecados del
hombre o la prueba a que el Señor quiere someter, según sus designios
inescrutables, a la humanidad. Los principios sociales del cristianismo
predican la cobardía, el desprecio de la propia persona, el envilecimiento, el
servilismo, la humildad, todas las virtudes del canalla; el proletariado, que no
quiere que se lo trate como canalla, necesita mucho más de su valentía, de su
sentimiento de propia estima, de su orgullo y de su independencia, que del pan
que se lleva a la boca. Los principios sociales del cristianismo hacen al hombre
miedoso y trapacero, y el proletariado es revolucionario». (Karl Marx; El
comunismo del Rheinischer Beobachter, 12 de septiembre de 1847)

En materia religiosa, este «filósofo reputado», el Sr. Bueno, nos advertía:

«La Iglesia heredó el derecho romano y la filosofía griega y les dio un impulso
gigantesco que en cierto modo fue lo que hizo la transición de la Edad Media a
la Edad Moderna». (ABC; Entrevistando a Gustavo Bueno, 2015)

Bajo su idea de «ateísmo católico», que es otro sinsentido más –y ya


constatamos unos 6.484 en este documento–, se atreve a declarar que la
filosofía contemporánea debe recuperar y pagar tributo a esta escolástica, y que
su filosofía así lo hace:

100
«El arcaísmo de decir que la escolástica es un residuo medieval, ¿pero esto qué
es? (…) Por eso la recuperación de toda la filosofía española. (…) Y esto solo
puede decirlo quien posea un sistema filosófico actual, que sea tributario
directamente de esta filosofía, cuando no se tiene ese sistema no se puede
hablar de esto. (…) Se puede necesitar recuperar, sino será una mera función
ornamental». (Gustavo Bueno; España, 14 de abril de 1998)

Esto contrasta con lo que dicen los filósofos marxistas:

«Lo más típico de la escolástica fue lo siguiente: la sumisión a la teología; el


idealismo y el ascetismo hipócrita. (…) Un método abstractamente lógico,
formalista, encaminado, no a descubrir algo nuevo, sino a consolidar y
sistematizar la verdad absoluta «revelada por dios». (…) Adaptación de sus
fines de las doctrinas de los antiguos filósofos idealistas, principalmente la de
Aristóteles, falsificada y convertida en teología metafísica. (…) La iglesia
miraba con mucha sospecha a estos elementos de la ciencia y de la instrucción
antiguas, que en uno u otro grado salieron a relucir mediante la escolástica.
Muy significativo en este aspecto es la persecución y acusación de herejía. (…)
El imperio de la dogmática muerta estaba relacionado con el nivel sumamente
bajo de las ciencias naturales y el estancamiento de la producción medieval, de
la vida económico-social en general». (Profesor A. V. Shcheglov y un grupo de
catedráticos de la Academia de Ciencias de la URSS; Historia general de la
filosofía; de Sócrates a Scheler, 1942)

El señor Bueno no entiende que la filosofía marxista recupera las mejores


tradiciones del pensamiento, pero de su lado materialista, no de sus
desviaciones idealistas –estén más o menos justificadas por el contexto
histórico–. Así, pues, en el campo cultural, para intentar hacer pasar su
mercancía nacionalista, los seguidores del «materialismo filosófico» de Bueno
olvidan adrede el axioma de que:

«En cada cultura nacional existen, aunque no estén desarrollados, elementos


de cultura democrática y socialista, pues en cada nación hay una masa
trabajadora y explotada, cuyas condiciones de vida engendran
inevitablemente una ideología democrática y socialista. Pero en cada nación
existe asimismo una cultura burguesa –y, además, en la mayoría de los casos,
ultrarreaccionaria y clerical–, y no simplemente en forma de «elementos»,
sino como cultura dominante. Por eso, la «cultura nacional» en general es la
cultura de los terratenientes, de los curas y de la burguesía. (…) Al lanzar la
consigna de «cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero
mundial», tomamos de cada cultura nacional sólo sus elementos democráticos
y socialistas, y los tomamos única y exclusivamente como contrapeso a la
cultura burguesa y al nacionalismo burgués de cada nación. Ningún
demócrata, y con mayor razón ningún marxista, niega la igualdad de
derechos de los idiomas o la necesidad de polemizar en el idioma propio con la
burguesía «propia» y de propagar las ideas anticlericales o antiburguesas

101
entre los campesinos y los pequeños burgueses «propios». (…) Quien defiende
la consigna de la cultura nacional no tiene cabida entre los marxistas, su lugar
está entre los filisteos nacionalistas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas
críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Los conceptos que Gustavo Bueno manejaba sobre España eran muy básicos y
conocidos:

«Se ha constituido necesariamente en los términos del materialismo histórico,


y se ha constituido precisamente como imperio católico. (…) La constitución de
España es la constitución de un imperio católico, católico quiere decir como
todos sabemos, universal (sic). (…) Para la doctrina de España, como
constitución, como sintaxis histórica, no hace falta recurrir a número de
factores, aunque que los hay, ¿por qué? Porque yo creo que España hay que
explicarla a partir de un factor que está dado a la misma escala que España
estaba llegando ya, pero que es distinto. (…) Este factor es el Imperio romano.
este es un imperio que pretende ser universal. (…) Inmediatamente fundaron
ciudades, ofrecieron la lengua, y en la época de Caracalla dieron la ciudadanía
a todas las ciudades del imperio. (…) Cuando se contempla un imperio
depredador como el inglés, y uno generador, generador de otras ciudades, en
este caso de la URSS, o el Imperio romano tradicional, cuando estas dos
estructuras se comparan. (…) Son indiscernibles». (Gustavo Bueno; España, 14
de abril de 1998)

Aquí Bueno intenta demostrar que el Imperio hispánico es heredero directo del
Imperio romano –debate bizantino donde los haya–, pero, por ejemplo, otros
«imperios» bajo el llamado Al-Ándalus, el cual estuvo asentado en la Península
Ibérica durante más tiempo bajo la égida de las diversas dinastías africanas y
asiáticas, no parece interesarle; la influencia árabe es totalmente descartable o
anecdótica según los buenistas. ¡Vaya! A veces pareciera que con Gustavo Bueno
estamos asistiendo a leer un manual de «Formación para el espíritu nacional»
de la era franquista. ¿Los moros estuvieron aquí ocho siglos de acampada y se
fueron sin más? ¿No se mezclaron las poblaciones ni aportaron nada reseñable a
los reinos cristianos medievales?

Como el lector puede constatar, aunque aquí jugara a hacerse pasar por alguien
que comprendía, dominaba y aplicaba el marxismo, hablándonos a ratos de
«materialismo histórico», lo cierto es que sus términos inventados y, sobre todo,
los significados que les otorgó bajo su «materialismo filosófico», lo
encaminaron inevitablemente hacia el reaccionarismo más idealista,
subjetivista, chovinista y hasta clerical. Un instrumento que favorece a las élites
explotadoras, y que no por ser «herencia nacional» se debe defender, puesto
que un marxista debe estar siempre:

«Luchando contra la violencia ejercida sobre las naciones, sólo defenderá el


derecho de la nación a determinar por sí misma sus destinos, emprendiendo al

102
mismo tiempo campañas de agitación contra las costumbres y las instituciones
nocivas de esta nación». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; El
marxismo y la cuestión nacional, 1913)

¿Cuál es la posición marxista frente a la herencia cultural incluyendo el rancio y


siempre peligroso chovinismo?

«En las sociedades anónimas tenemos juntos y completamente fundidos a


capitalistas de diferentes naciones. En las fábricas trabajan juntos obreros de
diferentes naciones. En toda cuestión política realmente seria y realmente
profunda los agrupamientos se realizan por clases y no por naciones. (...)
Quien quiera servir al proletariado deberá unir a los obreros de todas las
naciones, luchando invariablemente contra el nacionalismo burgués, tanto
contra el «propio» como contra el ajeno. (…) El nacionalismo militante de la
burguesía, que embrutece y engaña y divide a los obreros para hacerles ir a
remolque de los burgueses, es el hecho fundamental de nuestra época».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Hoy Vox anima a la población a que marque con la «X» la casilla de la Iglesia en
la declaración de la renta; pide más financiación para las fiestas religiosas y para
el «arte y fiesta nacional» de la tauromaquia. Pero, a la vez, estos sinvergüenzas
piden que recemos para que:

«Aprovechemos las lecciones de esta crisis tenebrosa para convertirnos en un


país avanzado científica y tecnológicamente y que brillen en España, con la
ayuda de Dios, la confianza en nosotros mismos, la ciencia y la investigación».
(Santiago Abascal; Discurso, 12 de abril de 2020)

¿Qué podemos decir? La humanidad quizás hubiera avanzado más en estos


siglos si en lugar de desperdiciar sus energías sacando a pasear retratos
inanimados de madera por las calles o jalear la matanza de un animal sin más
fin que la diversión, se hubiera dedicado con más tesón a investigar el
funcionamiento del mundo, a hacer accesible sus conocimientos al «vulgo».
Pero, claro, ya sabemos que estos personajes se encargan de que esto no ocurra.
Ahí está Vox, adalid del oscurantismo medieval, solo que ahora estos
fascistoides de siempre, sabedores de que su ideología religiosa está de capa
caída, ruegan «piedad» y libertad de expresión para sus patochadas. Con un
siempre patético relativismo filosófico, intentan hacer conjugables religión y
ciencia, es decir, ¡agua y aceite!

¿Qué pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos


personajes históricos?

«Como la experiencia del movimiento obrero nos enseña, el oportunismo como


regla va de la mano con el nacionalismo, y sobre todo en la forma de
«socialnacionalismo». (...) Utilizando para ello, como hasta ahora, todos los
103
residuos de prejuicios nacionalistas todavía no enterrados. (...) El contenido
del oportunismo y del nacionalismo, es una u otra forma de acuerdo o
acercamiento con la burguesía». (Bolesław Bierut; Para lograr la completa
eliminación de las desviaciones derechistas y nacionalistas, 1948)

A Roberto Vaquero le parece una injusticia que el nacionalismo catalán pueda


reivindicar sin complejos a ciertas figuras y que él no pueda revelar su
admiración por las suyas sin recibir una dura reprimenda.

«Cuando los independentistas catalanes burgueses como el PDCAT, ERC o la


CUP critican que la gente reivindique la historia de España como propia por
ser reaccionaria o feudal, se contradicen así mismos. ¿Por qué ellos pueden
reivindicar a Jaime I el conquistador, los almogávares, el reino de Aragón o el
ducado de Atenas y, sin embargo, cuando se hace lo mismo con otras figuras
históricas nos convertimos automáticamente en fascistas? (...) ¿Por qué esto sí
es algo bueno mientras que reivindicar a Alfonso VIII de Castilla, la
hispanidad, al Cid y otros muchos ejemplos es feudal y reaccionario?».
(Roberto Vaquero; ¿Cómo reconstruir la izquierda revolucionaria en España?
Combatividad, principios, organización y cultura, 2020)

¿Qué propone para contrarrestar las historias fantasiosas y anacrónicas del


nacionalismo catalán? ¡Contraponerlas a las del nacionalismo español! Pero
esta reivindicación infantil, meramente folclórica y acrítica, es repetir la línea
oportunista del anarquismo durante los años 30; movimiento que, como sus
integrantes reconocían, sentía no haber podido alcanzar un acuerdo táctico con
el falangismo dadas las «semejanzas sobre la patria» que ambos anhelaban.

«Igualmente, en los cientos de poemas anarquistas de la guerra civil, obra de


periodistas confederales como Antonio Agraz, Félix Paredes o el editor del
periódico madrileño CNT José García Pradas, pero también de milicianos
anónimos, adquirió frecuencia e intensidad crecientes desde 1937 la apelación
a la «madre España», a la «raza indómita», a las gestas históricas del pueblo
español y su pasado combativo e insurgente, incluyendo vindicaciones de
personajes como el Cid Campeador, el conde Fernán González, los
conquistadores de América o el Gran Capitán Gonzalo Fernández de
Córdoba». (Xosé Manoel Núñez Seixas; ¡Fuera el invasor! nacionalismos y
movilización bélica durante la guerra civil española (1936-1939), 2006)

Roberto Vaquero siempre nos ha hablado de mantener un «patriotismo


internacionalista», un sentimiento ni apátrida ni supremacista. ¿Qué busca
entonces poniendo de relieve las figuras clásicas del nacionalismo español? En
un manual franquista se podía leer:

«La personalidad del Cid se forja durante las etapas del aprendizaje
caballeresco. Pone su espada al servicio de la unidad española. (...) Los

104
esfuerzos seculares de la Reconquista española para cuajarse en la España
unificada e imperial de los Reyes Católicos, de Carlos V y de Felipe II: aquella
España unida para defender y extender por el mundo una idea universal y
católica, un Imperio cristiano, fue la España que dio la norma ideal a cuantas
otras etapas posteriores se hicieron para cobrar momento tan sublime y
perfecto de nuestra Historia». (Formación del espíritu nacional, 1955)

Como todo revolucionario debería saber, la historiografía burguesa es una


broma de mal gusto. Pero Roberto Vaquero está más cerca de relatos como la
Crónica de Alfonso III o el Cantar del Mío Cid que de una exposición histórica
científica del pasado. Ahora parece ser que deberíamos instruir a nuestra
juventud enseñándole las historias legendarias de estos heroicos reyes. Para él,
esto sería ser un buen patriota revolucionario. Esto no es extraño, ya que todo
historiador nacionalista apoya los mitos de su burguesía consciente o
inconscientemente. Por eso, las patéticas evaluaciones históricas de Armesilla o
Vaquero son tan simplistas y están cualitativamente muy por debajo de autores
progresistas de otros siglos, como Pi y Margall o Herzen.

«Herzen prestó la atención predominante en sus obras a los eventos en la


historia de Rusia que tuvieron lugar después de las reformas de Pedro I. Con
razón señaló que la historia de Rusia en los siglos XVIII y XIX fue en su época
el menos estudiado por los historiadores y el más distorsionado por los
esfuerzos del gobierno. «Cada leyenda verdadera», escribió Herzen, «cada
palabra viviente, cada testimonio moderno relacionado con nuestra historia
durante los últimos cien años, es extremadamente importante. Este tiempo
apenas comienza a conocerse. La historia de los emperadores es un secreto
clerical, se ha reducido a los elogios de las victorias y en la retórica del
servilismo. El gobierno miente abiertamente en las historias oficiales y luego
les hace repetir sus mentiras en los libros de texto». (...) Herzen no solo reveló
persistentemente la completa antítesis y enemistad entre la Rusia gobernante
y la Rusia oprimida, sino que también señaló la lucha incesante entre ellas».
(V. E. Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander Ivanovich Herzen, 1952)

Pero la cuestión se torna más fácil. Si la burguesía catalana es capaz de rendir


homenaje oficial no solo a Jaime I, sino a nacionalistas de tipo fascista, como los
hermanos Badia, ¿por qué, sospechosamente, un «marxista» español iba a
buscar competir contraponiendo tal reivindicación con figuras feudales de
similar calado? ¿No tienen nada mejor en su acervo histórico estos pueblos? ¿Ni
siquiera hay expresiones populares de aquel tiempo que recojan mejor el sentir
popular? ¿O es que los paupérrimos conocimientos de historia y el nacionalismo
de nuestro querido Roberto le impiden pensar tal cosa? Justamente, lo que
evidencian al presentar los eventos históricos con estos atropellos es que todavía
andan con el método premarxista a cuestas:

«El descubrimiento de la concepción materialista de la historia, o mejor dicho,


la consecuente aplicación y extensión del materialismo al dominio de los

105
fenómenos sociales, superó los dos defectos fundamentales de las viejas teorías
de la historia. En primer lugar, estas teorías solamente examinaban, en el
mejor de los casos, los móviles ideológicos de la actividad histórica de los
hombres, sin investigar el origen de esos móviles, sin captar las leyes objetivas
que rigen el desarrollo del sistema de las relaciones sociales, ni ver las raíces
de éstas en el grado de desarrollo de la producción material; en segundo lugar,
las viejas teorías no abarcaban precisamente las acciones de las masas de la
población, mientras que el materialismo histórico permitió estudiar, por vez
primera y con la exactitud de las ciencias naturales, las condiciones sociales de
la vida de las masas y los cambios operados en estas condiciones. La
«sociologia» y la historiografía anterior a Marx proporcionaban, en el mejor
de los casos, un cúmulo de datos crudos, recopilados fragmentariamente, y la
descripción de aspectos aislados del proceso histórico». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Breve esbozo biográfico, con una exposición del marxismo,
1913)

Bueno, ya que estamos con temas como el de Alfonso VIII y el Cid, o con figuras
tipo Don Pelayo y Carlos V, ¿qué se puede buscar en ellos? Algunos objetarán
rápidamente, pues «la resistencia contra el invasor». ¡Perfecto! Algo del todo
válido. ¿Pero no eran muchos de estos reyes citados extranjeros, no redujeron
las costumbres y el poder local? ¿No sirvieron algunas figuras, como el propio
Cid, a «reyes enemigos de los reinos cristianos»?

«El apoyo del Rey musulmán Zafadola en favor de Alfonso VII contra el rey
musulmán Texufín–. Los servicios del Cid Campeador al Rey de Zaragoza o el
musulmán al-Muqtadir son también un hecho indicativo de las relaciones
pragmáticas de este tipo. La alianza entre los vascos y los musulmanes –la
familia Banu Qasi– para derrotar a los ejércitos de Carlomagno en la segunda
Batalla de Roncesvalles. Las luchas entre el Rey Lobo de la Taifa de Murcia
frente al imperio almohade –con apoyo de Alfonso VII hacia el primero–. Las
constantes guerras entre Castilla y Aragón en los siglos medievales». (Equipo
de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y
sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

El nacionalismo, en este caso el hispano, suele considerar a ciertos sujetos reyes


y caballeros de una «nación española» que, para más inri, por aquel entonces ni
siquiera existía. Poblaciones medievales que, como dijo Pi y Margall: «No
cambiaban los pueblos sino de dueño… miraban con cierta indiferencia aquellas
uniones y separaciones de reinos en que ordinariamente no tenían intervención
de ningún género».

Nosotros preguntamos al público algo mejor y más importante. ¿Es necesario


retrotraerse a figuras de la era feudal para invocar las virtudes del fervor
patriótico y el férreo espíritu de la lucha de clases? Pues ciertamente no. Es más,
como ya vimos anteriormente, sabemos qué consecuencias ha tenido en los

106
antiguos partidos comunistas tal condescendencia con los mitos nacionales de
épocas pasadas, pues cuando tal interpretación errónea de los personajes
históricos se impuso en los regímenes socialistas, como el soviético o albanés, el
nacionalismo acabó siendo un aliado para consumar la restauración del
capitalismo.

Años antes, ante la pregunta de si Pedro el Grande había sido importante para el
desarrollo nacional de Rusia y si se sentía su sucesor, Stalin respondió que,
obviamente, dicha figura fue importante para el destino del país, que esto era
una obviedad histórica, pero que él y su proyecto nada tenían que ver con el del
zar del siglo XVIII:

«Entrevistador: ¿Se considera usted como el continuador de Pedro el Grande?

Respuesta: De ningún modo. Los paralelismos históricos son siempre


aventureros. Este paralelismo carece de sentido. (…) Tengo que añadir que la
elevación de la clase de los terratenientes, la ayuda prestada a la clase
naciente de los comerciantes y la consolidación del Estado nacional de esas
clases se efectuaron a costa de los campesinos siervos, que eran esquilmados
implacablemente. (…) Mi objetivo no es consolidar un Estado «nacional»
cualquiera, sino consolidar un Estado socialista, y, por lo tanto, un Estado
internacional, cuyo robustecimiento contribuye siempre a fortalecer toda la
clase obrera internacional. (…) En cuanto a mí, no soy más que un discípulo de
Lenin, y el fin de mi vida es ser un digno discípulo. (…) En cuanto a Lenin y
Pedro el Grande, este último fue una gota de agua en el mar, y Lenin todo un
océano». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Entrevista con el autor
alemán Emil Ludwig, 13 de diciembre de 1931)

Años antes de la debacle del jruschovismo en la URSS, ya se advertía de tal


peligro del nacionalismo ruso entre los historiadores:

«El académico Grekov, en su discurso en una reunión en la editorial del


Comisariado del Pueblo de la Marina, dijo que ahora los historiadores se han
«calmado» y se han dado cuenta de que es imposible separar al Estado y al
pueblo. Que, obviamente, la sobriedad de los historiadores debe entenderse
como un rechazo de la evaluación de clase del Estado. (...) Como es sabido,
toda la historiografía kadete y menchevique, partiendo de la misma premisa
de la unidad del Estado y del pueblo, declaraba a todo movimiento
revolucionario antiestatal y, en consecuencia, antihistórico. Este punto de
vista burgués fue una defensa sincera en los escritos de algunos. (...) En un
artículo enviado a la «Revista Histórica», Adzhemyan propone abandonar la
consideración de los hechos históricos desde el punto de vista de la lucha de
clases, considerando este enfoque como «una enfermedad infantil del
izquierdismo». Además, propone revisar la posición sobre el tema de la lucha
revolucionaria de los pueblos de Rusia. Adzhemyan define los levantamientos
revolucionarios como reaccionarios, debido a que estos levantamientos, en su
107
opinión, socavaron la fuerza del poder autocrático en Rusia. (...) «Deseando
expresar», escribe Adzhemyan, «el papel creativo de las personas, nuestra
historiografía racional se aferró a las imágenes de Razin, Bolotnikov,
Pugachev, Radishchev, los decembristas y temió las hazañas de Dmitry
Donskoy, Al. Nevsky, Iván el Terrible, Pedro I, Suvorov y otros. ¿Por qué?
Porque los primeros se opusieron al Estado, mientras que los segundos, por el
contrario, propugnaron el fortalecimiento y la exaltación del Estado. Pero los
primeros destruyeron y los segundos construyeron. (...) Así, en los discursos de
algunos historiadores se revive una ideología nacionalista de gran potencia,
hostil a la política leninista-estalinista de fortalecer la amistad de los pueblos,
se defiende la política reaccionaria de la autocracia zarista y se intenta
idealizar el orden burgués». (G. Aleksandrov, P. Pospelov, P. Fedoseev; Sobre
los estados de ánimo chovinistas de gran potencia entre algunos historiadores,
1944)

A Roberto todo esto le importa un comino. A él le causa rabia que los catalanes
puedan mostrar su orgullo recordando a reyes como Jaime I, que se dedicaba a
establecer colonias en sitios tan lejanos como Atenas. ¿Y qué conclusiones
quiere el señor Roberto que extraigamos de la alienación de esos catalanes?
¿Que los otros –o sea, los suyos, los chovinistas españoles–, no deben sentir
vergüenza por anhelar las viejas posesiones de Castilla en Flandes, Borgoña,
África, los principados alemanes y demás?

Este estrafalario personaje solo juega haciendo demagogia de la reivindicación


de lo nacional, cual falangista de tres al cuarto.

«Hoxha está reivindicando a Skandenberg, héroe patriota albanés en la


resistencia y lucha contra el imperio turco, es decir, la expansión del islam, del
mundo musulmán. Es una figura totalmente extrapolable a Alfonso VIII en la
batalla de las Navas de Tolosa o al Cid Campeador con la resistencia a los
almorávides». (Roberto Vaquero; ¿Cómo reconstruir la izquierda
revolucionaria en España? Combatividad, principios, organización y cultura,
2020)

¿«La lucha contra el Islam»? ¿A eso se reduce ahora lo revolucionario hoy, a la


defensa de la histórica religión nacional contra otra extranjera? Seguro que
Abascal y el fallecido Gustavo Bueno estarían de acuerdo. Nosotros, como ateos
que parten del materialismo dialéctico, no. Esto es más ridículo si tenemos en
cuenta, como ya demostramos en otros documentos, que la religión no fue la
razón principal de la política y guerra de los reinos medievales, los cuales hacían
y deshacían sus alianzas por razones de interés principalmente económico:

«De hecho, ¿cómo es posible que el fin tan tardío de la presencia del poder
musulmán se diese con la conquista del Reino de Granada en 1492, frente a
unos reinos cristianos claramente superiores económica y militarmente? La

108
respuesta está en que la tendencia de los reinos cristianos a partir del siglo
XIII no fue acabar de expulsar a los reinos musulmanes, sino cobrarles
tributos mientras se trataba de hacer la guerra y debilitar a los reinos
cristianos competidores. Todo ello da a entender sobradamente que hay que
huir de reducir los conflictos político-militares a cuestiones de «cristianos
contra musulmanes», fruto de conceptos identitarios que no existían en
aquella época. (…) Estas alianzas solo le pueden parecer extrañas a quienes
desconozcan la historia –véase las peticiones de los príncipes protestantes al
imperio otomano para derrotar a los reinos católicos o la alianza católico-
protestante para aniquilar a los anabaptistas, otra rama del protestantismo–.
Incluso si el lector quiere más ejemplos, podemos remontarnos más atrás en la
historia: la rivalidad y guerras de las ciudades sumerias del 2.500 a.C. no son
producto de «la lucha eterna entre los dioses tutelares de cada ciudad» como
ellos creían, sino que, como reconocen los historiadores materialistas de hoy,
fueron conflictos motivados por cuestiones socio-económicas muy sencillas de
explicar». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión
nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

Y ya que invoca al propio Hoxha, ¿no advirtió este contra la ocultación


interesada del aspecto reaccionario de las figuras de otras épocas?

«Hay que situar correctamente a nuestros renacentistas en la época en que


vivieron, trabajaron y lucharon, poner de manifiesto sus ideas como producto
del desarrollo de la sociedad de aquella época, poner de manifiesto sus
objetivos inmediatos y futuros. Si las cosas se plantean así, correctamente,
resultará que estas figuras de nuestro Renacimiento eran destacadas personas
de ideas progresistas, iluministas revolucionarios, valientes y animados de un
amor grande y ardiente por su patria. Lucharon con el fusil y la pluma por la
libertad y la independencia del pueblo, por su despertar. Todos éstos son sus
aspectos positivos, que son grandes. Todas estas virtudes y características de
la época del Renacimiento y de los renacentistas debemos darlas a conocer al
pueblo.

Pero, no debemos olvidar en ningún momento que estos mismos animadores


de nuestro Renacimiento tienen sus aspectos negativos que deben ser
sometidos a nuestra crítica marxista-leninista. Estas debilidades consisten en
sus concepciones filosóficas, que son idealistas. Se trata de un pesado bagaje,
de la filosofía de su época, que está en contradicción y en lucha con nuestra
ideología.

¿Podemos acaso callar este antagonismo, esta lucha implacable, a muerte, que
los marxista-leninistas libramos contra la filosofía idealista, contra la religión
y las creencias religiosas? ¿Podemos acaso considerarles intocables, tabús,
únicamente porque son renacentistas? ¿Podemos, por una parte, combatir
resueltamente la teología, la religión, las iglesias y las mezquitas, los curas y

109
los almuecines y, por la otra, exaltar aquellas partes de la obra de Naim en las
que expresa su filosofía bektachiana, o de Mjeda donde trata de la teología
cristiana, o de Cajupi donde el autor dice, por ejemplo, que Papa Tomori era el
«trono de Dios», etc., y ofrecer todo esto al pueblo como alimento ideológico
sólo porque aquéllos son renacentistas, grandes hombres que han sentado las
bases del desarrollo de nuestra lengua y han contribuido a su formación,
porque sus poesías son hermosas y porque han creado bellas imágenes?

No, como marxistas que somos y en interés del pueblo y del socialismo,
debemos combatir estos aspectos negativos. En materia de ideología, podemos
hacer concesiones a la poesía o a la lengua. La apreciación que Engels hizo de
la lengua de Lutero, como base de la lengua literaria alemana, en absoluto
impidió evaluar a la luz de la verdad y desenmascarar el papel reaccionario de
la Reforma antes y después del levantamiento campesino en Alemania».
(Enver Hoxha; Sobre la revolucionarización en la escuela; Discurso
pronunciado en la reunión del Buró Político del CC del PTA, 7 de marzo de
1968)

Un ejemplo sería el liberalismo-romanticismo de Larra. En el campo cultural, la


suya era una propuesta progresista y dialéctica sobre la literatura, una visión
que, hagamos memoria, partía de un hombre de la España de principios del
siglo XIX, destacándose en él su lucha contra el chovinismo y el oscurantismo
de la época. Esto tampoco quita que ni él, ni autores anteriores, como Cervantes,
Quevedo, Calderón de la Barca, Lope de Vega o Goya, fuesen profundos
creyentes y dedicasen varias críticas hacia el ateísmo que carecen de toda
validez, vistas hoy. Pero centrarse en este aspecto sería metafísico y hasta
anacrónico. Exigirles que fuesen ateos sería un deber injusto. Cuan ridículo se
vuelve esto cuando hoy, los supuestos marxistas no cumplen la mayoría de
requisitos para ser llamados como tales. Por eso hay que destacar lo positivo y
desechar lo negativo sin olvidar en qué contexto nos hallamos en cada etapa. No
es lo mismo un Cervantes creyente en el siglo XVII, que un Unamuno creyente
en el siglo XX. No es lo mismo el republicanismo liberal de Pi y Margall en el
siglo XIX, que el de Azaña en el siglo XX. No es lo mismo ser Valle-Inclán y
apoyar el terrorismo como método de lucha en el siglo XX, que ser Hasél en el
siglo XXI. Si no se comprende esto, se acabarán justificando las esperpénticas
posiciones que, todavía hoy, algunos sujetos sostienen. En resumen, nunca se
avanzará. Por eso hay que poner en una balanza ecuánime y decidir a quién se
reivindica y con qué fin, investigando si no hay nada mejor que reivindicar y
acorde con las tareas actuales, no haciendo un acopio infinito de figuras por
mera pose, y menos aun trasladando mecánicamente experiencias –como la
albanesa– a un país como el nuestro con un contexto histórico que nada tiene
que ver con el desarrollo histórico, económico y cultural del país balcánico. Y
este es el skinhead «ilustrado» que se supone que estudia la «realidad
concreta». En menudo chiste ha convertido su «dialéctica histórica».

110
Entonces, ¿hay que guardar silencio sobre dichas épocas y sus figuras? ¡Para
nada! Todo lo contrario:

«Uno de los aspectos más débiles de la lucha antifascista de nuestros partidos


consiste en que no reaccionan suficientemente, ni a su debido tiempo contra la
demagogia del fascismo y siguen tratando despectivamente los problemas de
la lucha contra la ideología fascista. (…) No debemos menospreciar, en modo
alguno, esta fuerza del contagio ideológico del fascismo. Al contrario, debemos
librar por nuestra parte una amplia lucha ideológica, basada en una
argumentación clara y popular y en un método certero a la hora de abordar lo
peculiar en la psicología nacional de las masas del pueblo. Los fascistas
resuelven la historia de cada pueblo, para presentarse como herederos y
continuadores de todo lo que hay de elevado y heroico en su pasado. (…) Los
flamantes historiadores nacionalsocialistas se esfuerzan en presentar la
historia de Alemania, como si, bajo el imperativo de una «ley histórica», un
hilo conductor marcara, a lo largo de 2.000 años, la trayectoria del desarrollo
que ha determinado la aparición en la escena de la historia del «salvador
nacional», del «Mesías» del pueblo alemán. (…) Los comunistas que creen que
todo esto no tiene nada que ver con la causa obrera y no hacen nada, ni lo más
mínimo, para esclarecer ante las masas trabajadoras el pasado de su propio
pueblo con toda fidelidad histórica y el verdadero sentido marxista-leninista-
stalinista para entroncar la lucha actual con las tradiciones revolucionarias de
su pasado». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en
el VIIº Congreso de la Internacional Comunista, 2 de agosto de 1935)

En efecto, ¿a quién corresponde, si no a los marxistas, hacer una evaluación real


de cada figura y colocarla en su respectivo lugar histórico? Así lo hicimos
nosotros mismos en torno a figuras icónicas políticas o artísticas como Pi y
Margall o Antonio Machado. Véase la obra: «Epítome histórico sobre la cuestión
nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero» de 2020.

Pero esto, como ya expresamos en innumerables ocasiones, no tiene nada que


ver ni con el nihilismo «apátrida» –que niega la nación como producto social–,
ni con el ultraizquierdismo –que niega el progresismo en personajes y
movimientos anteriores–, ni con el nacionalismo burgués –que crea mitos y
rescata los aspectos reaccionarios del pasado–:

«Nosotros, los comunistas, somos, por principio, enemigos irreconciliables del


nacionalismo burgués, en todas sus formas y variedades. Pero no somos
partidarios del nihilismo nacional, ni podemos actuar jamás como tales. La
misión de educar a los obreros y a los trabajadores en el espíritu del
internacionalismo proletario es una de las tareas fundamentales de todos los
partidos comunistas». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo;
Informe en el VIIº Congreso de la Internacional Comunista, 2 de agosto de
1935)

111
El pueblo español o, mejor dicho, las capas más avanzadas del mismo,
dudosamente pueden sentir orgullo por las «epopeyas» de un mercenario
medieval como el Cid, ni por la conquista de América por parte de unos pobres
desgraciados que se embarcaron en busca de un futuro que no tenían en su
tierra –salvo que se considere que las matanzas y expolio de terceros pueblos
pueda ser algo a reivindicar por un marxista–. ¿O es que quizás debemos
«agradecer a Dios», como acostumbraba José Antonio Primo de Rivera, por
«civilizar» a estos «bárbaros» y llevarles la «salvación» a través de la «palabra
de Cristo»? Huelga decir que estas empresas, como siempre, redundaron no en
la riqueza para el pueblo, sino en la de los nobles, banqueros y reyes. Todas las
ganancias obtenidas a precio de sangre en tierras lejanas no sirvieron ni siquiera
para mejorar el nivel de vida sustancialmente, sino para que la aristocracia local
dilapidase lo obtenido en frivolidades, como artículos de lujo, mientras el
pueblo padecía hambrunas y enfermedades de forma cíclica. ¿No reflejó todo
esto Goya en sus grabados más críticos, mostrando la opulencia e hipocresía del
clero y la aristocracia?

En todo caso, las personas revolucionarias y progresistas pueden sentir


admiración hacia revolucionarios liberales que lucharon contra Fernando VII,
como Torrijos, o hacia un internacionalista como Espronceda, que estuvo
presente en varias de las revoluciones europeas. Y esto no implicaría, a priori,
asumir tesis derechistas, adoptando las múltiples debilidades de estos
intelectuales liberales. Tampoco tendrían por qué hacer suyo un eslogan ya
superado por la historia, tal y como hace Roberto emulando al reaccionario
Unamuno al gritar «¡Viva España con honra!». Uno puede admirar la crítica y
gallardía de los románticos como Larra contra el carácter retrógrado del
carlismo y el moderantismo, por ejemplo, pero no puede transigir con su
ideología religiosa e incluso su aristocratismo temeroso del pueblo. Y siempre
que no se especifique todo esto se estará engañando al público, se estará
contando una verdad a medias. ¿Acaso ocultaron los bolcheviques las
limitaciones históricas de Herzen o Chernyshevski, que eran de lo más avanzado
del pasado reciente?

Ha de saberse que, al echar la vista atrás hacia la evaluación de las figuras


revolucionarias de siglos anteriores, existe un peligro de perder la noción de la
realidad histórico-presente. Claro que existieron figuras que luchaban contra
una reacción en una lucha justa y del todo progresista por aquel entonces, pero
quizás hoy muchos de los planteamientos de base de esos mismos
revolucionarios progresistas se convierten, al ser actualizados al contexto
presente, en postulados ideológicamente retrógrados, que bien pueden pasar a
ser la bandera de la reacción y la contrarrevolución. Pasar por alto esto es una
fosilización metafísica del tiempo y sus protagonistas. Algo apto para
charlatanes y adoradores de mitos, como Vaquero o Armesilla, pero no para
quien aspira a extirpar el cáncer del nacionalismo en el movimiento proletario.
Téngase en cuenta que, cuanto más nos retrotraigamos en el pasado, más
112
posibilidades habrá de que esas figuras hayan «envejecido» mal. De ahí la
absurdez de querer ver referentes hasta en el Pleistoceno.

Sea como sea, el pueblo español tiene hitos históricos mucho mayores y más
acordes a las tareas de su época. He ahí a los artistas como Miguel Hernández,
que, a diferencia de muchos «intelectuales comprometidos» de postín, se alistó
sin dudarlo en el 5º Regimiento de los comunistas durante la guerra. O los miles
de antifascistas que acudieron desde todas las partes del mundo para luchar
contra el fascismo, dejando algunos de ellos su vida en tal causa honorable,
como ocurrió con Oliver Law o Hans Beimler. Esto sí es una prueba de
patriotismo revolucionario o de internacionalismo proletario, y no el abstracto e
interclasista «hispanismo» que Armesilla y Vaquero nos venden.

Las desviaciones nacionalistas de estos pseudomarxistas son las mismas de las


que ya hicieron gala en su día los conocidos líderes revisionistas que acabaron
destrozando la esencia revolucionaria de los partidos marxista-leninistas,
aquellos que acabaron vendiendo a los obreros a su burguesía en pos de la
famosa «unidad nacional»:

«El Partido Comunista es el continuador de Francia, el legítimo heredero de


sus mejores tradiciones, el auténtico representante de su cultura, un partido en
el linaje de espíritus poderosos que, desde Rabelais hasta Diderot y Romain
Rolland, lucharon por la emancipación del hombre. Así, reivindicando del
pasado cuyas conquistas ha asimilado, el Partido Comunista está conduciendo
al país hacia destinos superiores. (...) Amamos nuestra Francia, tierra clásica
de revoluciones, hogar del humanismo y las libertades». (Maurice Thorez;
Hijo del pueblo, 1960)

¿Qué tenían que ver los filósofos del materialismo mecánico del siglo XVIII con
un marxista del siglo XX? Pues poco o nada, porque ya existían filósofos
instruidos en el materialismo dialéctico que podían resolver mucho mejor cada
cuestión en comparación a los primeros –con sus evidentes limitaciones–.
¿Quién podría reivindicar a tales autores sin venir a cuento y de esa forma?
¡Pues un liberal burgués! ¿Quién iba a soltar la perorata de Francia como «cuna
de los derechos humanos» burgueses, y presentar esto como algo «loable»? Un
charlatán de primera. ¿Cuáles libertades, señor Thorez? ¿La de la burguesía
para expulsar a los comunistas del gobierno siendo primera fuerza en las
elecciones? ¿O quizás la de la Francia colonialista para someter a otros pueblos,
como el argelino o el vietnamita? Obviamente, otros partidos tuvieron en
Francia el espejo oportunista en el que mirarse.

«El Frente Popular debe pulverizar las calumnias de los traidores nacionales y
proclamar a la faz del país, que él cuida la herencia de O’Higgins y los Carrera
y quiere enriquecerla, impulsando el desarrollo progresivo de Chile,
haciéndolo realmente libre y feliz. Debe establecer que no se propone expropiar

113
a los industriales –como interesadamente lo propagan los reaccionarios–sino
lejos de eso, quiere proteger las industrias y desarrollarlas contra los
monopolios imperialistas, debe explicar como él toma en sus manos la defensa
y el desarrollo próspero de la agricultura y la ganadería». (Luis Alberto
Fierro; El trotskismo contrarrevolucionario contra el frente popular chileno,
1936)

En resumen:

«No hay duda alguna sobre el parentesco ideo-político e incluso la identidad


entre el oportunismo y socialnacionalismo. (…) El llamado socialnacionalismo
es una consecuencia del oportunismo y fue este último el que le dio la fuerza
para alzarse. (…) Puede ser que los individuos de este tipo se consideren a sí
mismos como «internacionalistas», pero las personas no son juzgadas por lo
que piensan de sí mismas, sino por su conducta política, y la conducta política
de esos «internacionalistas», la cual al verse que no es coherente ni decidida
contra el oportunismo, siempre será en ayuda o apoyo a la tendencia
nacionalista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Bajo una falsa bandera, 1915)

Como venimos advirtiendo, Roberto Vaquero cada día se parece más al señor
Armesilla, otro nacionalista vestido de rojo:

«Un breve homenaje a las que, a mi juicio, son las quince #mujeres más
importantes de la Historia de #España. Porque la Patria también tiene
Heroínas. (…) Isabel II, Reina de España de 1833 a 1868 gracias a la
derogación del reglamento de sucesión de 1713, con la Pragmática Sanción de
1830. Resistió dos guerras carlistas, modernizó la administración, conectó
España por ferrocarril e instauró la rojigualda como bandera oficial».
(Twitter; Santiago Armesilla, 23 de mayo de 2018)

Por lo visto, para Armesilla, desde el punto de vista revolucionario a analizar, la


«modernización de la administración» por Primo de Rivera o la construcción de
pantanos de Franco serían los actos más relevantes de sus mandatos. En el caso
de Isabel II, se le olvido comentar la censura y represión a los estudiantes de la
época –la Noche de San Daniel de 1865–; la firma del famoso Concordato con la
Iglesia en 1851 –que aseguraba la financiación de la Iglesia a través de
impuestos públicos y el cese de la expropiación de tierras a la misma–; sin
olvidar que la propia reina encabezó una de las mayores corruptelas de la
monarquía española –que ya era un récord difícil de superar–, por lo que tuvo
que huir del país durante la Revolución de 1868 –conocida como «La
Gloriosa»–, entre otros «detalles» que pasa por alto. Tal homenaje y
descripción se pueden enmarcar muy bien en ese objetivismo burgués del que
hablaba Lenin, mezcla de subjetivismo e idealismo bajo un pretendido barniz de
objetividad:

114
«El carácter abstracto de los razonamientos del autor hace que sus
formulaciones sean incompletas y que, cuando señala correctamente la
existencia de tal o cual proceso, no analice qué clases surgían mientras éste se
desarrollaba, qué clases fueron vehículo del proceso, eclipsando a otras capas
de la población subordinadas a ellas: en una palabra, el objetivismo del autor
no alcanza el nivel de materialismo, en el sentido que antes dimos a estos
términos. (...) Incapaces de comprender estas relaciones antagónicas,
incapaces de encontrar en ellas mismas elementos sociales a los que pudieran
sumarse los «individuos aislados», los subjetivistas se limitaron a confeccionar
teorías que consolaban a los individuos «aislados» diciéndoles que la historia
era obra de «personas vivientes». El famoso «método subjetivista en
sociología» no expresa absolutamente nada que no sean buenos deseos y una
comprensión errónea de las cosas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El
contenido económico del populismo y su crítica en el libro del señor Struve,
1894)

Precisamente, y como estamos comprobando, los análisis y comentarios


históricos de Armesilla o Vaquero también adolecen de la carencia de análisis
sobre la lucha de clases.

Para quien se diga «defensor de la causa popular» y «sus mejores tradiciones»,


una reivindicación de los comuneros sería más pertinente que la de Carlos V. Al
menos, tendría más sentido:

«Vuelto Carlos I de Alemania, donde le había sido concedida la dignidad


imperial, se reunieron las Cortes en Valladolid para recibir su juramento a las
antiguas leyes e imponerle la corona. Negándose a comparecer, Carlos envió
delegados que, según pretendía él, debían recibir el juramento de lealtad de las
Cortes. Estas se negaron a admitir la presencia de tales delegados, notificando
al monarca que, de no presentarse y jurar las leyes del país, nunca sería
reconocido como rey de España. Carlos cedió enseguida. Se presentó a las
Cortes y prestó juramento, a regañadientes, según afirman los historiadores.
Las Cortes le dijeron en esta ocasión: «Habéis de saber, señor que el rey no es
más que un servidor pagado de la nación». Tal fue el comienzo de las
hostilidades entre Carlos I y las ciudades. Como consecuencia de estas intrigas,
estallaron numerosas insurrecciones en Castilla, se formó la Junta Santa de
Ávila y las ciudades unidas convocaron reunión de Cortes en Tordesillas. De
ellas salió, el 20 de octubre de 1520, una protesta dirigida al rey, a la que éste
respondió privando de todos sus derechos personales a todos los diputados
reunidos en Tordesillas. De esta forma, la guerra civil se había hecho
inevitable; los comuneros recurrieron a las armas; sus soldados, al mando de
Padilla, tomaron la fortaleza de Torrelobatón, pero fueron finalmente
derrotados por fuerzas superiores en la batalla de Villalar, el 23 de abril de
1521. Las cabezas de los principales «conspiradores» rodaron sobre el cadalso,

115
y las viejas libertades de España desaparecieron». (Karl Marx; España
revolucionaria, 1854)

Y, pese a ello, tomar a los comuneros de absoluta referencia para las luchas
actuales –como hacen algunos regionalistas castellanos– sería sufrir de un
anacronismo tan estrepitoso como ridículo:

«Respuesta: Los bolcheviques siempre nos hemos interesados por


personalidades como Bolótnikov, Razin, Pugachov, etc. Hemos visto en las
acciones de estos hombres el reflejo de la indignación espontánea de las clases
oprimidas, la insurrección espontánea del campesinado contra el yugo feudal.
Para nosotros siempre ha ofrecido interés el estudio de la historia de los
primeros intentos de insurrecciones campesinas de este género. Pero,
naturalmente, en este terreno no puede establecerse ninguna analogía con los
bolcheviques. Las insurrecciones campesinas aisladas, aun en el caso de que no
sean «bandidescas» y desorganizadas como la de Stepan Razin, no pueden
conducir a nada serio. (...) Además hablando de Razin y Pugachov, no hay que
olvidar nunca que eran partidarios del zarismo: estaban contra los
terratenientes, pero por un «zar bueno». Ese era su lema». (Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Entrevista con el autor alemán Emil
Ludwig, 13 de diciembre de 1931)

¿No ocurre esto mismo al estudiar las reivindicaciones de los comuneros


liderados por Padilla, Bravo y Maldonado?:

«Que el rey no pueda poner Corregidor en ningún lugar, sino que cada ciudad
y villa elijan primero de año tres personas de los hidalgos y otras tres de los
labradores, que Rey o su Gobernador escojan el uno de los tres hidalgos y que
el otro de los labradores, y que estos dos que escojan sean alcaldes de civil y
criminal por tres años. (...) Que los oficios de la casa Real se hayan de dar a
personas que sean nacidas y bautizadas en Castilla (...) Que el Rey no pueda
sacar ni dar licencia para que se saque moneda ninguna del reino, ni pasta de
oro ni de plata. (...) Que todo lo que hubiere de suceder en el reino, antes que
sea recibido por Rey (...) Confiese que él recibe el reino con estas condiciones».
(Peticiones de los comuneros en la Santa Junta de Ávila, 1521)

¿A eso aspira el proletariado actual? ¿A que el rey ceda el nombramiento de


ciertos puestos, a que los ministros sean gentes bautizadas en Madrid, a un
proteccionismo económico? Por favor...

¿Por qué la Escuela de Bueno desprecia la historia cultural de otros


pueblos?

«La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de


todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más

116
imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una
literatura universal». (Karl Marx y Friedrich Engels; El manifiesto comunista,
1848)

«La consigna de la democracia obrera no es la «cultura nacional», sino la


cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1914)

Antes de continuar, hemos de recordar que el patriotismo mal entendido lleva al


nacionalismo, y de este al chovinismo solo hay un paso. ¿Desean un rápido
ejemplo ilustrativo?

«El alemán tiene intimidad con el espíritu del universo. Para él está destinado
lo más elevado… Él es el escogido por el espíritu del mundo, durante la lucha
del tiempo para trabajar en la eterna construcción de la formación humana».
(Friedrich Schiller; Grandeza alemana, 1801)

El nacionalismo, en especial el nacido en los albores del romanticismo, veía en


el odio y destrucción hacia el vecino, en el desprecio a su idioma y cultura
particular, como uno de los impulsos reafirmadores para la propia nación.
Aniquilando lo ajeno revitalizo lo mío. En toda una oda al chovinismo, el poeta
alemán Arndt, del siglo XIX, proclamaba:

«Ernst Moritz Arndt: Odio a los extranjeros, odio a los franceses, a su


arrogancia, a su vanidad, a su ridiculez, a su idioma, a sus costumbres; sí,
odio ardiente a todo lo que venga de ellos; eso es lo que debe unir fraternal y
firmemente todo lo alemán y la valentía alemana, la libertad alemana, la
cultura alemana, el honor y la justicia alemanes, deben flotar sobre todo y
adquirir de nuevo la vieja dignidad y gloria con que nuestros padres
irradiaron ante la mayoría de los pueblos de la tierra». (Rudolf Rocker;
Nacionalismo y cultura, 1962)

Este también podría decirse que es el grito de guerra de la Escuela de Gustavo


Bueno contra Gran Bretaña, la «Pérfida Albión», sin olvidar, claro está, la lucha
contra el catalanismo, el galleguismo y el vasquismo.

Jesús G. Maestro, el presunto «experto en temática artística» del oficialismo


buenista, repite este tipo de visiones mesiánicas sobre la nación española:

«Por un lado, la literatura española, por otro lado, todas las demás. Cuando
hablamos de literatura hablamos de España, es imposible hablar de literatura
sin hablar de España». (Jesús G. Maestro; Cómo la Universidad anglosajona
posmoderna destruye la literatura española e hispanoamericana, 2018)

117
Claro, según él, los literatos, filósofos, poetas españoles del siglo XVIII como
Jovellanos, Feijoo, Cadalso o Moratín tuvieron la misma transcendencia que
Voltaire, Diderot o Rousseau. En el siglo XIX, siempre según Jesús G. Maestro,
grandes autores como Espronceda, Zorrilla o Larra tuvieron el mismo eco que
Goethe, Hegel, o Fichte. Pero es que la historia de la literatura, que según la
RAE es «el arte de la expresión verbal», no es la historia de los autores que a
cada uno más le agrada, no es tampoco la historia de quién debería haber
destacado más por su progresismo o por su virtuosismo, sino que es la que es.
La realidad indica que autores ultrarreaccionarios como Schopenhauer o
Nietzsche tuvieron muchísimo más eco que cualquier autor español de ese
tiempo. Unamuno y Ortega y Gasset, que eran otros reaccionarios de tomo y
lomo, fueron los «filósofos españoles del siglo XX» –de hecho, Bueno no es sino
la marca blanca de ambos–. Eso no se puede cambiar, es historia, lo que no
quita que el deber de los revolucionarios sea reevaluar y colocar a cada filósofo,
político o economista en el escalafón de importancia que le corresponde en la
historia de la humanidad, pero desde luego tal ejercicio jamás podrá hacerse
dejándose llevar por los sentimentalismos o bajo un prisma nacionalista a riesgo
de volver a realizar una selección interesada y artificial de «filósofos
transcendentes», como acostumbra hoy y siempre la burguesía nacional y sus
prostitutas intelectuales.

«Lo siento, somos los mejores en literatura, nadie tiene un Quijote, no lo podéis
tener jamás, en ninguna otra lengua podéis tener un Quijote, es imposible, no
tenéis lengua para escribir un Quijote, en el mejor de los casos podéis tener
algún traductor inteligente para haceros ver de lejos más o menos lo que es el
Quijote, o sabéis español o no podéis catar eso, solo se cata en español, hay
cosas que solo se catan en español. Ahora si queréis aprender lenguas
inútiles». (Jesús G. Maestro; Utilidad para la literatura y los hispanistas de
«España frente a Europa» de Gustavo Bueno, 2019)

Sentimos decirle a Jesús G. Maestro que el español o mejor dicho el castellano,


ciertamente es una lengua muy rica pero no es una «creación pura» de Dios a
los hombres, dado que deriva del latín, como el italiano, rumano, portugués,
francés, y aunque le duela, el catalán o el gallego. Y, como todas las lenguas, el
castellano está lleno de prestamismos, en este caso, de otras lenguas vernáculas
y de lenguas no latinas como el vasco. Esto no es por casualidad, sino que
responde a la influencia y prestigio que otros reinos políticos tuvieron sobre los
territorios donde se hablaba castellano, en otros casos los prestamismos del
francés o del inglés fueron fruto de la sumisión de la propia España hacia el
mandato y moda exterior. Por eso, por ejemplo, el léxico castellano que empezó
teniendo una herencia árabe enorme finalmente ha acabado teniendo más
palabras herencia de otras zonas vecinas o distantes. ¡Eso es lo que implica la
evolución lingüística! Pero una vez más, esta gente presenta que lo castellano, lo
español, en este caso su idioma, tiene algo mágico, algo místico, algo

118
providencial, que dota a la lengua castellana de un poder sobrenatural para
crear obras literarias que jamás podrán ser emuladas por ningún otro pueblo ni
mucho menos en ningún otro idioma. ¿Quién ve aquí chovinismo? ¡Tonterías!
¡Es patriotismo sano!

Se ve que por fortuna algunos hemos nacido tocados con la «gracia de Dios» y
conocemos el castellano como nuestra lengua materna. Gracias a este favor
celestial podemos «catar» lo que es –sin discusión– para el señor Maestro la
mejor obra de la literatura universal –¡y señores, dudar de esto sería una
blasfemia que enojaría a Dios, que por supuesto, también es español!–. En vez
de ser gijonés y criarse en Vigo, pareciera que hubiera nacido en Madrid y se ha
criado en Buenos Aires, ¡cuánta chulería castiza!

Volviendo al mundo terrenal y real, si por ejemplo los ingleses no pueden


«catar» la esencia de la obra «Don Quijote de la Mancha», lo cierto es que el
español medio tampoco podría comprenderlo en su totalidad. «¿¡Qué!?». Sí
señores, nadie entenderá bien la obra original al menos que se trate de una
versión actualizada que deseche el castellano antiguo, y siempre que uno tenga
alguna noción básica de historia de la Edad Moderna para entender el contexto
en que se desarrolla dicha obra.

El problema fundamental de las torticeras evaluaciones culturales que realiza


Jesús G. Maestro reside en que eleva por los aires lo que conoce más,
exactamente como un vulgar cazurro provinciano. ¿Alguien se cree realmente
que este hombre habrá hecho una comparación medianamente objetiva de toda
la literatura, música y teatro mundial, o se creyó lo que un buen día un ebrio
Gustavo Bueno le espetó cuando él era aún un mozo imberbe? Por lo que parece
más bien fue lo segundo y lo acabó convirtiendo en dogma: «De ahora en
delante mi propósito en la vida será predicar que como lo español no hay nada».
Quizás dentro de un tiempo se destape que Jesús G. Maestro es el autor que
acuñó famoso eslogan deportivo: «Soy español, ¿a qué quieres que te gane?».
Incluso aquí observamos que el elocuente eslogan solo podía tener sentido en
aquel entonces, dado que la Selección de Fútbol recién conseguía su primera
Copa Mundial de Fútbol en 2010 tras participar varias veces desde 1930. Esto
indica que un país «sea el mejor» en deporte, literatura, danza o esgrima no es
eterno sino algo condicionado y temporal. En muchas ocasiones para algunos
países incluso se vuelve una gloria efímera si se compara con la larga historia
existente en ese campo, de ahí lo absurdo que sea pretender que tú nación es «la
mejor» en todo lo habido y por haber.

Una cosa sí debemos reconocer de Jesús G. Maestro: él es el vivo reflejo,


quijotesco, de un caballero andante enloquecido, solo que la pérdida de la
cordura le asaltó no de leer libros de caballería sino libros nacionalistas.

119
«El español es a la vida humana lo mismo que la música al arte: una exigencia
de inteligencia. Lo primero que exige una lengua a un hablante es un mínimo
de inteligencia y un máximo de conocimientos». (Jesús G. Maestro; Entrevista,
«El objetivo de Crítica de la razón literaria es construir una teoría de la
literatura sistemática y global», 2021)

Don Jesús tiene especial inquina por Shakespeare, al cual ve como un intento
político del «imperio depredador anglosajón» para crear y propagar su marca
de forma universal, restando notoriedad al «imperio generador hispano»:

«Shakespeare es un producto del imperialismo depredador inglés, que se


impone, casi mitológicamente, a lo largo de la Edad Contemporánea, como si
se tratara de un genio comparable al mayor de todos: Cervantes». (Juan
Manuel Granja; Entrevista a Jesús G. Maestro, 2018)

Como se observa, cuando el nacionalismo manosea todo, incluso la literatura,


llega a conclusiones improcedentes en su totalidad. ¿Qué opinaba un hombre
culto como Marx de gente como Cervantes o de su homólogo Shakespeare?:

«Situaba a Cervantes y a Balzac por encima de todos los novelistas. Veía en


Don Quijote la épica de la caballería en desaparición, cuyas virtudes eran
ridiculizadas y escarnecidas en el mundo burgués en ascenso. Admiraba tanto
a Balzac que quería escribir una crítica de su gran obra, La comedia humana,
tan pronto como hubiera terminado su libro de economía. Consideraba a
Balzac no sólo como el historiador de su tiempo, sino como el creador profético
de personajes que todavía estaban en embrión en los días de Luis Felipe y no se
desarrollaron plenamente sino después de su muerte, con Napoleón III. (…)
Conocía de memoria a Heine y a Goethe y los citaba con frecuencia en sus
conversaciones; era lector asiduo de los poetas en todas las lenguas europeas.
Leía todos los años a Esquilo en el original griego. Lo consideraba, junto con
Shakespeare, como los más grandes genios dramáticos que hubiera producido
la humanidad. Su respeto por Shakespeare era ilimitado: hizo un estudio
detallado de sus obras y conocía hasta el menos importante de sus personajes.
Toda su familia rendía un verdadero culto al gran dramaturgo inglés; sus tres
hijas sabían muchas de sus obras de memoria. Cuando, después de 1848, quiso
perfeccionar su conocimiento del inglés, que ya leía, buscó y clasificó todas las
expresiones originales de Shakespeare». (Paul Lafargue; Recuerdos de Marx,
1891)

¿Esto hace a Marx un ser ignorante por su devoción por Shakespeare o el


ignorante aquí es nuestro amigo el nacionalista, don Jesús? Juzguen ustedes.

Sea como sea, nuestro crítico literario y filosófico buenista no se rinde, e incluso
afirma:

120
«La filosofía que parece que los alemanes se han apropiado de ella en la Edad
Contemporánea, como si el origen no fuese griego, por una parte, y su
desarrollo fundamental no fuese latino y escolástico, por otro, hasta el
renacimiento español con Francisco de Vitoria y Francisco de Suárez. Pero
ahora da la impresión que la música es de Bach, y la filosofía es del
protestantismo alemán, como si la mejor música del renacimiento no hubiera
sido la española, o como si la mejor literatura no hubiera sido y siguiera
siendo la española. (…) Se han querido apropiar de la filosofía como si no
hubiera como si no existiera un Gustavo Bueno, como si no existiera un
Francisco Suárez». (Jesús G. Maestro; Utilidad para la literatura y los
hispanistas de «España frente a Europa» de Gustavo Bueno, 2019)

¿Se han enterado señores? La filosofía nace con Grecia y llega a su culmen con
la escolástica española de los tomistas (sic). Parece ser que Gustavo Bueno
también estaría por delante de Karl Marx o Friedrich Engels. Por si fuera poco,
la mejor música, filosofía, y literatura, eran y son las españolas, en cualquier
tiempo y en cualquier circunstancia. ¿Bajo qué parámetros? No lo sabemos,
¿acaso por su popularidad para su época, su transcendencia con el devenir del
tiempo, su técnica, su armonía, su virtuosismo? En cualquiera de estos baremos
sería absolutamente imposible que una civilización haga acopio de todos los
campos culturales y supere al resto, mucho menos un país como España, que
lleva siendo potencia regional de segundo y hasta tercer orden desde el siglo
XVII, lo que le resta capacidad para impulsar un hondo desarrollo cultural. Solo
daremos una prueba de que el lugar de este hombre es un manicomio, a poder
ser español, claro. Ahora en serio, queridos lectores, a continuación os
brindaremos una prueba muy concreta sobre la historia de la música a través de
uno de los mejores compositores de finales del XIX y principios del XX, que no
era precisamente muy de izquierdas, de esta forma observaremos si la música
española ha sido y es autónoma o no en todas sus etapas:

«Acabo de leer un artículo del Padre Herrera referente entre otras cosas a la
intervención de Vd. en la semana de la Federación de la Enseñanza, y en la
cual, con gran asombro mío, se le hace decir a Vd. que «hay que desterrar, en
música, las filtraciones pacotillescas de Francia». No puedo convencerme de
que Vd. haya dicho esto. Puesto que nadie mejor que Vd. sabe que el
renacimiento musical español se debe exclusivamente a Francia, donde, desde
Albéniz hasta Ernesto Halffter [añadido autógrafo] y Joaquín Rodrigo,
pasando por Granados y Turina y por cuantos hemos hecho algo en ese
sentido, encontramos enseñanza, ayuda, estímulo incalculable y medios de
ejecución y edición, que, desgraciadamente, pretendimos inútilmente en
nuestra patria, siendo también allí donde nos insistieron en consagrar toda
nuestra labor al renacimiento de un arte puramente español». (Manuel de
Falla; Carta a Nemesio Otaño, 8 de febrero de 1938)

121
Siguiendo con su exposición demencial, el señor Maestro decreta que hay
«pueblos sin literatura» ¡y que además el término «cultura» es una ficción!:

«La cultura es un término inventado por aquellos pueblos que no tienen


literatura, es una idea, es una mitología, diría Gustavo Bueno». (Jesús G.
Maestro; Utilidad para la literatura y los hispanistas de España frente a
Europa de Gustavo Bueno, 2019)

Clamar que el término cultura es una invención de pueblos sin literatura es


simplemente grotesco, porque es un término utilizado para englobar una serie
de campos que existen objetivamente: lenguas, danzas, costumbres, y entre ellos
también la propia literatura, nada más. En cuanto a la producción de literatura,
sea narrativa, lírica o dramática, es siempre una consecuencia lógica del
desarrollo de las fuerzas productivas en una época determinada, decir que un
pueblo no tiene literatura, es igual de estúpido que decir que X pueblo no tiene
historia, como por cierto también acostumbran afirmar.

Este señor es que no ha entendido que, para alguien apegado a la ciencia, para
cualquier persona mínimamente progresista, esta forma de pensar es
despreciable y simplemente estúpida, es la voz del pensamiento chovinista más
reaccionario, acomplejado y corto de miras. Y así lo reconocían los mejores
patriotas de varios siglos atrás:

«Si nuestra antigua literatura fue en nuestro Siglo de Oro más brillante que
sólida, si murió después a manos de la intolerancia religiosa y de la tiranía
política, si no pudo renacer sino en andadores franceses, y si se vio atajado por
las desgracias de la patria ese mismo impulso extraño, esperemos que dentro
de poco podamos echar los cimientos de una literatura nueva, expresión de la
sociedad nueva que componemos. (...) He aquí la divisa de la época, he aquí la
nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos
preguntaremos a un libro: «¿Nos enseñas algo? ¿Nos eres la expresión del
progreso humano? ¿Nos eres útil? Pues eres bueno». No reconocemos
magisterio literario en ningún país; menos en ningún hombre, menos en
ninguna época, porque el gusto es relativo; no reconocemos una escuela
exclusivamente buena, porque no hay ninguna absolutamente mala. Ni se crea
que asignamos al que quiera seguirnos una tarea más fácil, no. Le instamos al
estudio, al conocimiento del hombre; no le bastará como al clásico abrir a
Horacio y a Boileau y despreciar a Lope o a Shakespeare; no le será suficiente,
como al romántico, colocarse en las banderas de Víctor Hugo y encerrar las
reglas con Molière y con Moratín; no, porque en nuestra librería campeará el
Ariosto al lado de Virgilio, Racine al lado de Calderón, Molière al lado de
Lope; a la par, en una palabra, Shakespeare, Schiller, Goethe, Byron, Víctor
Hugo y Corneille, Voltaire, Chateaubriand y Lamartine. (...) Rehusamos, pues,

122
lo que se llama en el día literatura entre nosotros; no queremos esa literatura
reducida a las galas del decir, al son de la rima, a entonar sonetos y odas a las
circunstancias, que concede todo a la expresión y nada a la idea, sino una
literatura hija de la experiencia y de la historia, y faro por tanto del porvenir,
estudiosa, analizadora, filosófica, profunda, pensándolo todo, diciéndolo todo
en prosa, en verso, al alcance de la multitud ignorante aún, apostólica y de
propaganda, enseñando verdades a aquellos a quienes interesa saberlas,
mostrando al hombre, no como debe ser, sino como es, para conocerle;
literatura en fin, expresión toda de la ciencia de la época, del progreso
intelectual del siglo». (Mariano José de Larra; Literatura. Rápida ojeada
sobre la historia e índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir.
Profesión de fe, 18 de enero de 1836)

Todos estos malabares de historia y cultura que los payasos del gran circo de la
Escuela de Gustavo Bueno nos brindan día tras día, no sólo son para nosotros
un saco de boxeo para poner en práctica el razonamiento dialéctico y la crítica
materialista, es a su vez también un espectáculo, una comedia, que nos sirve
para echarnos unas risas en lo que se desmontamos sus charlatanerías, que por
otro parte no tienen mucho misterio a la hora de ser desembrolladas.

La prueba definitiva de que estos autores no están apegados al análisis de la


realidad actual sino al nostálgico suspiro de un pasado imperial, es que ningún
representante de esta escuela filosófica, ni siquiera el propio Jesús G. Bueno, ha
podido dar una explicación sociológica racional a movimientos culturales como
el rock, el rap, el pop, el reggaeton o el trap en la España de las últimas décadas,
ni le ha dedicado una crítica política seria. Lo más parecido que tenemos es la
charlatanería del «crítico musical» exbuenista Ernesto Castro referida al
movimiento del trap. En sus análisis realizó un bochornoso blanqueamiento y
devoción hacia el trap y sus figuras, pero nadie en sus cabales tomará muy en
serio a alguien que dice cosas como: «A mí como filósofo me gusta mucho este
estado de posverdad y de confusión en el que la gente no sabe que es verdadero
y falso»; o «yo no escribo para que me entiendan sino también escribo para
lanzar ciertos mensajes encriptados en una botella que ya llegarán a quien tenga
que llegar». Juramos al lector que en otra ocasión nos entretendremos con la
crítica musical-política hacia este «hijo bastardo» del buenismo.

Pero, entonces, ¿por qué la Escuela de Gustavo Bueno ha ignorado tales


movimientos sociales y artísticos que han hegemonizado a buena parte de la
población en las últimas décadas? Simple y llanamente porque no tienen los
conocimientos ni el interés para abordarlos. Si las líricas de estos grupos
hablasen los viajes de Francisco Orellana, la «brillantez católica» de Francisco
Suárez, el «Milagro de Empel» o directamente reverenciasen a su «gran
maestro» Gustavo Bueno, seguramente habrían captado su atención y hubieran
sido calificados como «géneros musicales revolucionarios» que «han sabido

123
captar la esencia española», más toda una serie de epítetos ridículos que ya aquí
todos conocemos de memoria.

¿Qué autores tiene de referencia la Escuela de Gustavo Bueno?

Aristóteles fue declarado por Marx como el más grande pensador de la


Antigüedad, lo que no le salvó de las críticas del alemán a razón del idealismo y
la metafísica que llevaba consigo acuestas en ciertas ocasiones. Esto también
puede ser visto en los comentarios filosóficos de Lenin sobre el famoso filósofo
griego. Pero un marxista, ¿qué puede reivindicar hoy de Tomas de Aquino,
padre del pensamiento medieval y de la escolástica? Este autor, como harían
tantos otros posteriormente, manipuló y ocultó deliberadamente los
pensamientos materialistas y progresistas de la obra de Aristóteles para así
tratar de recuperar sus rasgos idealistas, para presentarlo como un cristiano
antes de la existencia del propio cristianismo. Entonces, ¿qué se puede
reivindicar exactamente de uno de los mayores ideólogos del oscurantismo
medieval, quien pretendiera sin pudor «conciliar fe y razón»? Absolutamente
nada. Pero no olvidemos que, para esta gente, el eclecticismo es por encima de
todo su principal valedor, la bandera que portan sin vergüenza. Por eso el señor
Gustavo Bueno nunca inventó ni descubrió nada, solo rescató la filosofía de
siempre: retrotrayéndose desde el antiguo platonismo, la Escuela de Salamanca,
el neohegelianismo, el neopositivismo o la fenomenología, como no tenía
problema alguno en reconocer Santiago Armesilla durante una entrevista
concedida en 2021 a Álvaro Bernad.

Nuestro sabio, el señor Armesilla, se degusta filosofando sobre como


configurará su nueva Arcadia, ¿qué modelos tomará de referencia? Atentos:

«Además de en la República de Platón, se pueden rastrear ideas propias del


comunismo en la Política de Aristóteles –cuando define al animal como
«animal político»– y también como «animal social y comunitario». (Santiago
Armesilla; La vuelta del revés de Marx: el materialismo político entretejiendo
a Karl Marx y a Bueno, 2020)

Antes de seguir hay que aclarar que realizar comparativas a la liguera como que
el «modelo aristotélico» o las «ideas saint-simonianas» son similares a los
«principios marxistas» es como no decir nada; lo contrario igual. Toca concretar
y demostrar en qué puntos y hasta donde ocurre esa presunta similitud o
divergencia, pues no olvidemos que hablamos de sistemas o visiones filosóficas
del mundo que surgieron por y para satisfacer las inquietudes humanas. ¿Qué
significa esto? Que no es sorpresivo que se arrastren palabras y valores
parecidos entre dos sistemas con miles de años de diferencia; o que
encontremos puntos insalvables entre modelos coetáneos. Para quien no lo sepa
Aristóteles fue autor de la Constitución de Atenas e instruyó al mismísimo
Alejandro Magno antes de iniciar sus campañas contra el Imperio persa. Esto

124
último es sumamente importante ya que con su mandato el rey macedonio
regiría la mentalidad de millones de personas y varias generaciones de aquel
momento. El modelo aristotélico de «virtud» influenciaría muchísimo al
concepto moral alejandrino que marcaría el arte, la ética o la política helena en
los próximos siglos, lo mismo ha de decirse de su influencia en pensadores y
políticos como Cicerón. Tampoco ha de infravalorarse la recuperación de la ética
aristotélica a mediados de la Edad Media y parte de la Edad Moderna, no sin
una enorme dosis de tergiversación cristiana por los escolásticos. Véase la obra
de Lenin: «Cuadernos filosóficos» de 1915.

Pero vayamos al meollo de la cuestión, ¿acaso definir al ser humano como


«animal político» es algo que acercaría al viejo filósofo al comunismo de la Edad
Moderna o Contemporánea? Sí, ¡pero por esa regla de tres también podría
decirse entonces que el sabio de Estagira era liberal, socialdemócrata o
anarquista! ¡En una simplicidad de pensamiento que no dice nada de
relevancia! Ahora, ¿qué modelo político «comunal» propone Aristóteles en el
siglo IV a.C. que Armesilla reivindica? Uno abiertamente esclavista. Entonces,
una de dos, Armesilla es un pretensioso, pero no ha leído en su vida la obra de
Aristóteles; o seriamente propone implementar tal modelo. Sea cual sea las dos
opciones le dejan en completo ridículo.

En la primera parte de su tratado político, Aristóteles nos habla de la función del


Estado. El autor nos comenta que muchos pueblos se unen forman un Estado.
Esto era una referencia a las distintas fusiones que se dieron entre las tribus
griegas en la época preheórica –una época que se perdía en el tiempo y en donde
los griegos confundían verdad histórica y leyenda–. Se nos habla que ser
humano es considerado como «animal político» por naturaleza; el hombre que
vive fuera de sociedad, el ermitaño, es visto por él como un «desequilibrado».
Uno de los mayores castigos de los griegos era el ostracismo, que suponía la
expulsión de la comunidad natal. Al tender el hombre a la asociación y su
perfección, Aristóteles acaba considerando inconcebible una vuelta a la sociedad
sin Estado –y sin estricta jerarquización de clases–, lo que aleja a Aristóteles del
«comunismo» de Marx. En una visión mucho más idealista, el filósofo destaca el
Estado como una «asociación natural» de los hombres «destinada a realizar el
bien». Entre sus varias formas de gobierno: monarquía, aristocracia y república
–más sus degradaciones: tiranía, oligarquía y democracia–, piensa que la
monarquía sería la más difícil de aplicar, pero la más noble; en sus palabras, las
naciones que continuaban por entonces bajo tal régimen eran las más
fructíferas. ¿¡Qué tiene que ver esto con la noción política de Marx que dedicó
sus primeros escritos contra el despotismo prusiano!?

A la vez Aristóteles consideraba que cada pieza del engranaje de un Estado es


crucial para su correcto desenvolvimiento, para ese bienestar general. Cada uno
debe regir en su puesto político –magistrado–, familia –padre– o trabajo –jefe–
como un rey lo haría con su esposa y esclavos. He aquí otro rasgo que justificará
125
el modelo político de los diáconos en monarquías posteriores como la
ptolemaica o la seléucida, sellando el destino de estos reinos greco-orientales
hasta la llegada de Roma. Al hablar de la ley afirma que esta se instruye en base
a la justicia, pero Aristóteles se está contradiciendo flagrantemente ya que
anteriormente nos había confesado sin complejos que la sociedad debe de ser
injusta y jerárquica para que presuntamente funciona sin convulsiones sociales.
Como sabemos, en la Edad Media se veía como un órgano destinado a gobernar
por la predestinación, a partir de la Edad Moderna del Estado se lo consideraba
como un medio para «amortiguar los choques sociales», también empezó a
popularizarse que el Estado era una «asociación de ciudadanos libres» o «el
reflejo del espíritu de la nación». Es en esta etapa cuando aparecen
explicaciones todavía más profundas: mientras que el anarquismo identificaba
todo Estado existente con la «autoridad y el despotismo», el marxismo hablaba
del Estado como «una maquinaria de dominación de una clase sobre el resto»,
pero que no era una entidad eterna, sino histórica.

Aristóteles profundiza en este tratado en torno a su visión jerárquica de la


sociedad. Cree que la naturaleza –y a través de ella los Dioses– han establecido
amos y sirvientes para el correcto funcionamiento. Para él las mujeres solo
estarían por encima de los esclavos, y los niños tendrían su independencia aún
incompleta. Aplicado todo esto al exterior, se pensaba que los griegos, pese a
estar gran parte de ellos como vasallos de los persas, eran superiores tanto a
ellos como por supuesto a los tracios o ilirios, pueblos balcánicos con los que
solían guerrear y casi siempre vencer. Certifica la unión entre hombre y mujer
como un impulso natural de reproducción observado en la naturaleza en todas
las especies. La desviación de esto –como la homosexualidad– fue calificada por
Aristóteles o Platón como un serio «peligro social» que desharía los vínculos y
cimientos de la familia y, por ende, el Estado –nótese que tal acepción ha sido
aceptada y repetida en el discurso más conservador–, aunque bien es cierto que
no todos los griegos pensaban igual. En cuanto a la esclavitud la describe no
solo como perfectamente concebible, sino como necesaria para el equilibrio de
la vida civil. Existen, según el aristotelismo, seres intelectualmente dotados para
dirigir –políticos, filósofos, artistas– y seres cuya fortaleza física es su mejor
baza –los eslavos, campesinos, artesanos–. De nuevo esto acerca al pensador
griego a Ortega y Gasset o a Gustavo Bueno, pero no a Karl Marx o a Friedrich
Engels.

Bien, en resumidas cuentas, ¿qué reflejaban todas estas palabras de Aristóteles


de este texto clásico? Primeramente, la visión misógina entre los sabios griegos,
una visión de familia que se profundizó ya en era de Homero con el
establecimiento del patriarcado y que se agudizó especialmente en regiones
jónicas –por la influencia persa–. Pese a que Aristóteles no pensaba que la
mujer fuese un ser completo, si procuraba su felicidad –como reflejó en la
crítica a las polis que descuidaban esta cuestión–. El propio autor nos deja
entrever esto cuando nos habla de la importancia del lenguaje para la
126
cooperación conjunta. Esta visión racista y xenófoba era común en casi todos los
reinos con algo de poder y pretensiones. Los persas recogen de los antiguos
imperios sumerios, asirios y acadios la idea religiosa-política de que son el
centro de la creación, viendo su relación con otros pueblos como una cacería del
rey, justo como nos muestran sus obras de arte. Antes de la época de Aristóteles
los campesinos, artesanos y comerciantes fueron muy mal considerados por la
élite política. Se pensaba que el trabajo físico era deshonroso y quitaba tiempo,
lo que el rentismo y la reflexión intelectual era la aspiración de las élites,
mientras que el comercio directamente se relacionaba con la usura. Esto cambió
con las propias necesidades de la sociedad griega de ampliar los intercambios
comerciales para satisfacer la demanda de los aristócratas, aunque todavía
quedaba tal resquicio psicológico entre la élite social. Cabe rescatar que cuando
nos relata su visión sobre la religión él describe que los hombres tienden a
proyectar en los dioses sus aptitudes y proezas que desearían alcanzar. Esto no
quiere decir que Aristóteles no crea en los dioses, todo lo contrario, pero
esgrime un pensamiento que podría decirse que sin querer es el germen del
ateísmo. Esta precisamente es la explicación racional que filósofos materialistas
como Feuerbach explicaría milenios después en el siglo XIX –otro aspecto que
Armesilla esconde–. Más allá de las disquisiciones que da Aristóteles para su
modelo político, y su incompatibilidad respecto a la moral actual en casi
cualquier civilización, sí cabe decir en su defensa que objetivamente el filósofo
adelantó una inclinación hacia el método científico –algo que Armesilla de
nuevo ignora interesadamente–. Aristóteles pretende evaluar y concluir no en
base a deseos o sensaciones, sino en base a la observación, reducir lo compuesto
en sus elementos menores, una referencia al método inductivo, que como
sabemos no es suficiente, pero al menos es superior a la mera especulación sin
sustento.

La historia es la que es. Cuando los textos aristotélicos fueron recuperados en


Occidente en el Medievo fueron clave la formación moral de la Iglesia –no sin
purgar el paganismo filosófico como se hizo con Platón–. Pero sería injusto
considerar a este autor el «padre de la ideología» cristiana, esclavista,
monárquico o misoginia porque Tomás de Aquino rescatase estos textos para
los fines de su época. Las reflexiones de Aristóteles estaban dentro de lo común
en la época, solo que su obra transcendió. En cambio, rescatar su modelo
político, sus consideraciones sobre la mujer o la homosexualidad, como
pretende hacer siempre el gustavobuenismo, no solo es anacrónico, sino
abiertamente contrarrevolucionario, un intento vano de establecer una nueva
sociedad aristocrática en la Edad Contemporánea.

El problema que tenía Gustavo Bueno que nucleaba todo su mediocre


pensamiento era su subjetivismo, su libre y tendenciosa interpretación de todo
autor lo cual hace que pierda toda credibilidad ipso facto. Pongamos un ejemplo
simple pero clarificador. Llegaría a declarar que Marx o San Agustín eran
anarquistas:
127
«Resulta que Marx era anarquista, eso es lo curioso, lo que se olvida, el
verdadero anarquista, que necesitaba al Estado como una fase necesaria para
destruir al Estado. (…) A cierto nivel [el pensamiento de Marx] no hay ninguna
contraposición [con el anarquismo], solamente fases. (…) San Agustín es uno
de los primeros anarquistas de nuestra civilización. Toda su obra es contra el
Estado». (XV Encuentros de Filosofía, 2010)

Del primero no hace falta refutar lo obvio: el lector puede estudiar las polémicas
de Marx contra Proudhon y Bakunin, y verá que no solamente se diferencia el
marxismo del anarquismo en la cuestión de la eliminación del Estado y cómo
llegar a dicha etapa, sino de todo el entramado filosófico. Del segundo, un
pensador religioso al cual Bueno intentaba rehabilitar siempre que podía, no
podemos decir que fuese precisamente un anarquista, ni siquiera en el sentido
de ir contra el Estado. San Agustín superó su maniqueísmo a base del
neoplatonismo –sobre todo de Plotino– que influenció decisivamente en su
pensamiento. De ahí su preferencia por la contemplación intelectual, el
ascetismo y el intimismo como vía más corta a la salvación, siempre más
preocupado de la unión con Dios que de lo terrenal. Pero cuando habla de su
visión del mundo terrenal, San Agustín siempre describía en sus esquemas un
Estado teocrático –el agustinismo político posterior, aunque ciertamente
exagerado, es solo una consecuencia de sus propias palabras–:

«Por eso debemos usar más bien de las cosas temporales que gozar de ellas,
para poder gozar de las eternas. (…) La paz del hombre mortal con Dios es la
obediencia bien ordenada según la fe bajo la ley eterna. La paz entre los
hombres es la concordia bien ordenada. La paz doméstica es la concordia bien
ordenada en el mandar y en el obedecer de los que conviven juntos. La paz de
una ciudad es la concordia bien ordenada en el gobierno y en la obediencia de
sus ciudadanos. La paz de la ciudad celeste es la sociedad perfectamente
ordenada y perfectamente armoniosa en el gozar de Dios y en el mutuo gozo
en Dios. La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden. Y el orden es la
distribución de los seres iguales y diversos, asignándole a cada uno su lugar».
(San Agustín, La ciudad de Dios, 426)

En su más famosa obra nos hace un repaso histórico de los imperios y reinos
paganos, de los cuales explica su caída por adorar a dioses falsos o por no
atenerse lo suficientemente a la «ciudad de dios» y acercarse a la «ciudad
terrenal». Este será una reminiscencia del dualismo maniqueísta de lucha
constante entre el bien y el mal que se da, según San Agustín, también en cada
individuo. A pesar de lo sorprendentemente estúpidas y variopintas que pueden
llegar a ser las diferentes corrientes anarquistas, afirmar que San Agustín era
anarquista es como mínimo anacrónico. Queda más que demostrado que esta
honda manipulación de distintos autores clásicos de la filosofía ha sido la nota
común de Gustavo Bueno y su pensamiento.

128
Pese a las peroratas de Gustavo Bueno en torno a que su filosofía no era
instintiva ni irracional, que no partía del idealismo místico como el fascismo, lo
cierto es que viendo lo que recoge de sus autores de referencia –
Unamuno, Maeztu u Ortega y Gasset– y lo que nos presenta en su propia
doctrina –el «materialismo filosófico»– demuestran absolutamente todo lo
contrario. De hecho, como ya se dijo en la introducción, su doctrina es solo un
envoltorio filosófico con el que justificar propuestas y modos de actuar que son a
todas luces ultrareaccionarios, un intento de sistematizar un modo de actuar
vitalista y espiritualista, como nos ha acostumbrado el nacionalismo y la religión
a lo largo de la historia de la filosofía tantas y tantas veces. ¡Actúo por impulso y
luego me invento la premisa por la cual mi hecho es justificable, honorable e
incluso divino!

«Será en el siglo XIX y, sobre todo, en el nuestro, cuando al ritmo mismo en el


que se va desintegrando políticamente el imperio universal católico, se
producirá la floración más rica del ensayo filosófico sobre España: los ensayos
sobre España de Ganivet, Unamuno, Maeztu, Ortega, Madariaga, Américo
Castro, Menéndez Pidal, Lain, Marías, &c. son todavía considerados
generalmente como «literatura del presente». (Gustavo Bueno; España.
Intervención en Oviedo, el 14 de abril de 1998)

«España, por tanto, si nuestra interpretación es correcta, es también una idea


filosófica en el sistema de Ortega. Y lo es precisamente a través de Europa, en
cuanto parte de Europa, y no sólo en cuanto parte geográfica –en cuyo caso
nos mantendríamos en el terreno del concepto–, sino en cuanto es parte vital y
espiritual. (...) Desde este planteamiento podemos salvar muchos textos de
Ortega que, confrontados entre sí, sin más, podrían producir la impresión de
ambigüedad, de titubeo o incluso de contradicción. Y sin que esta salvación
tenga que apelar a la distinción de las fechas –«en su primera época, el
vitalismo de Ortega se mantiene con un signo marcadamente biologista, en
general, y racista en particular; en su segunda época, tras el descubrimiento
de Dilthey, el vitalismo de Ortega evoluciona hacia un espiritualismo
historicista»–. A nuestro entender, las líneas maestras del sistema de Ortega
se mantienen firmes a lo largo de toda su obra; lo que cambian son los
desarrollos de estas líneas maestras». (Gustavo Bueno; La Idea de España en
Ortega, 2002)

¿Y qué defendían estos «reputados filósofos»?

«Las masas de los distintos grupos sociales, un día, la burguesía; otro, la


milicia; otro, el proletariado, ensayan vanas panaceas de buen gobierno que
en su simplicidad mental imaginaban poseer. (...) La revolución obrera va en
derrota, por su absurda pretensión de triunfar a fuerza de exclusiones». (José
Ortega y Gasset; La España invertebrada, 1921)

129
«Apenas iniciado el movimiento popular salvador que acaudilla el general
Franco me adherí a él diciendo que lo que hay que salvar en España en la
civilización occidental cristiana. (...) Si el desdichado gobierno de Madrid no
ha podido querer resistir la presión del salvajismo apellidado marxista
debemos esperar que el gobierno de Burgos sabrá resistir la presión de los que
quieren establecer otro régimen de terror». (Miguel de Unamuno; Manifiesto,
23 de octubre de 1936)

Esto no significa que todos estos autores fuesen automáticamente protofascistas


o fascistas, pero sí que gran parte de sus postulados son conjugables para el
fascismo como efectivamente ocurrió. De hecho, en algunos puntos, el fascismo
no se diferencia a priori del socialdemocratismo o de la democracia cristiana
populista en sus objetivos clasistas.

El llamado «materialismo filosófico» de Bueno, como tantas otras escuelas


eclécticas de filosofía, adopta de forma más pragmática que ética lo que refuerza
su discurso, no analizando en ningún momento si tiene sentido o no,
limitándose a subrayar en otros lo que contribuye a reforzar su manido discurso
de dogmas de fe. Si por ejemplo los fascistas españoles salvo su anticatolicismo,
recogían en Nietzsche prácticamente todo el bagaje irracional, eugenésico y
supremacista, hoy esta corriente realiza algo parejo cuando se ve abocado a
pronunciarse sobre los autores previos más influyentes. Dejando a un lado su
visión europeísta, que es insuficientemente nacionalista para el proyecto
neoimperial buenista, deciden recoger de Ortega y Gasset todo su
«raciovitalismo», los cantos de sirena sobre una «tercera vía» entre idealismo y
materialismo, que no es sino un «perspectivismo» subjetivista para justificar
una visión interclasista y elitista sobre cómo construir España. Si Unamuno era
otro filósofo desprovisto de toda coherencia que en cada época puede ser
ubicado en una posición y mañana en sus antípodas, los buenistas simplemente
deciden quedarse con lo que les parece más interesante: su concepción
falangista de España, su «lucha contra el separatismo» y «enemigo de la
hispanidad y su unidad» que Falange siempre la agradeció.

Uno de los discípulos de Gustavo Bueno, como bien sabemos, es Santiago


Armesilla, que se reconoce a la vez como buenista y marxista. ¿Cómo es eso
posible, dada la evidente la incompatibilidad de ambas escuelas? Elementos
como Armesilla no son sorpresivos ni casuales. Él mismo es un personaje que
hasta hace no mucho engrosaba las filas del Partido Comunista de España
(PCE). Esto nos demuestra hasta qué punto el mundo revisionista acoge en su
seno a socialchovinistas. Poco después, Armesilla intentó fundar su proyecto
político, Izquierda Hispánica (IH), la más gráfica materialización del
socialfascismo en España. En su manifiesto «Fundamentos ideológicos de
Izquierda Hispánica» de 2014, encontramos cosas tan variopintas como la

130
reivindicación de Gustavo Bueno, Slavoj Zizek, Rolando Astarita, Miguel de
Unamuno, Francisco Suárez, Juan de Mariana, Juan de Santo Tomás, Luis de
Molina, Platón, Mariátegui, «Ché» Guevara, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Simón
de Bolívar o Napoleón Bonaparte, entre otros. Este proyecto político fracasó
estrepitosamente tanto en España como en Iberoamérica, algo normal vista la
coctelera ecléctica –aunque eso sí, en esta alegre mezcla hay que reconocer la
predominancia de autores revisionistas, nacionalistas y religiosos–, pero no
descartamos que sus restos se fusionen ahora en RC, PP o Vox. El tiempo dirá…

Armesilla, pese a declararse más patriota que nadie, en realidad no lo es desde


el punto de vista marxista. No solo no es patriota por ser un nacionalista-
chovinista, sino porque un patriota trataría de rescatar las figuras e ideas más
progresistas de su historia. Él, en cambio, en un alegato increíble, llega a
proclamar que:

«Santiago Armesilla: Realmente en España nunca ha habido una construcción


teórica marxista propia. (…) A diferencia de Portugal donde tenemos a figuras
como Álvaro Cunhal. (…) A diferencia de Rusia, Vietnam, China, Laos, Corea
del Norte». (La izquierda y los nacionalismos en España, con Paco Frutos,
Pedro Ínsua y Santiago Armesilla, 2018)

Suponemos que los escritos de socialistas utópicos como Pi y Margall, de los


primeros marxistas en España como Pablo Iglesias Posse, y después de
comunistas como José Díaz, Elena Ódena y, especialmente, Joan Comorera –un
gran teórico en general y reconocido experto en cuestión nacional como
demuestran sus informes aprobados por la Internacional Comunista–, deben
serle desconocidos o desechables. Pero las figuras y teorías de los regímenes
revisionistas sí le parecen «grandes desarrollos del marxismo aplicados a la
situación nacional concreta». Los autores de la escolástica española, los
reaccionarios como Unamuno, o las históricas figuras del nacionalismo burgués,
como Bolívar y Napoleón, que tan criticadas fueron por Marx y Engels, sí son
figuras a reivindicar como pretendía en su manifiesto de Izquierda Hispánica...
¿la razón? ¡Su vocación imperial!

¿Qué tipo broma pesada es esta? Luego se queja agriamente de que le tachen de
«nacional-bolchevique» y, efectivamente, no es otra cosa que un nazbol, esto es,
un nazi que trata de mantener un folclore y pose bolchevique.

Como ya proclamaron todos los clásicos, las leyes de la revolución a nivel


específico-nacional no pueden saltar por encima de las leyes de la revolución a
nivel general determinadas por la época. Toda revisión injustificada de dichos
patrones en base a «cuestiones específicas» llevan a un nacionalismo vulgar. De
ahí que Stalin advirtiese a Mao en 1949 que no puede existir un «socialismo de
características chinas»:

131
«Usted habla de «chinificación del socialismo». No existe de esa naturaleza.
No existe el socialismo inglés, francés, alemán, italiano, ruso, como no existe el
socialismo chino. Otra cosa es, que en la construcción del socialismo, es
necesario tener en cuenta las características específicas de un determinado
país. El socialismo es una ciencia, y necesariamente tiene como toda ciencia,
ciertas leyes generales, y uno solo necesita ignorar tales leyes para que la
construcción del socialismo esté destinada al fracaso. (...) Si usted no lo
entiende va a hacer mucho daño al movimiento comunista internacional. Por
lo que yo sé, en el Partido Comunista de China hay una capa delgada de
proletarios y los sentimientos nacionalistas son muy fuertes y si no llevan a
cabo estas políticas de clase genuinamente marxista-leninistas y no llevan a
cabo la lucha contra el nacionalismo burgués, los nacionalistas los
estrangularan. Entonces no solo se dará por terminada la construcción
socialista, sino que China puede que se convierta en un peligroso juguete en
manos de los imperialistas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Obras
Completas, Tomo 18, Anotaciones en la obra «De la conversación con la
delegación del Comité Central del PCCh en Moscú el 11 de julio 1949»,
conversación entre Stalin y Mao Zedong, 1949)

El empecinamiento de Mao en sus ideas oportunistas llevaría a que en 1957


proclamase abiertamente que la burguesía nacional en China podía mantener
un tipo de contradicción no antagónica con el proletariado. Las consecuencias
de dichas teorizaciones conciliadoras con las clases explotadoras fueron
evidentes, construyéndose el paraíso en la tierra para los capitalistas y, como
anticipó Stalin, China acabaría blanqueando la política exterior del
imperialismo estadounidense. Véase nuestro capítulo: «La teoría de los «tres
mundos» y la política exterior contrarrevolucionaria de Mao» de 2017.

Esta escuela, bajo su propia visión de progresismo e internacionalismo


particular, apoya todo aquello que huela a nacionalismo político; se ha erigido
como notable promotora de los procesos del «socialismo del siglo XXI», como
podemos apreciar en el artículo de Santiago Armesilla: «Las tres vertientes del
desarrollo económico latinoamericano y su influencia en la integración
continental: neoliberalismo, neodesarrollismo y socialismo» de 2018. Aquí nos
intenta vender, como ya hizo en su día el líder de Podemos Pablo Iglesias, que,
en Nicaragua, El Salvador, Venezuela, Argentina, Brasil o Bolivia, se ha
adoptado un «nuevo modelo socialista» cuyas políticas suponen un «nuevo
desarrollo económico». En 2020, como constatará cualquier observador
imparcial, el «socialismo del siglo XXI» no solo no ha avanzado en la
destrucción del capitalismo y de las diferencias de clase, sino que ha
consolidado sus bases. El poder político materializado de esta ideología
socialdemócrata-populista-nacionalista se ha ido desmoronando en la mayoría
de países hasta el punto de perder el gobierno en algunos lugares –Ecuador,
Brasil, Bolivia–. En aquellos en los que aún sobrevive a duras penas, sus
modelos económicos siguen siendo fiel reflejo de su maestro: el castrismo, esto

132
es, frustrados vasallos del mercado capitalista mundial totalmente sumisos a la
deuda externa. Y es que ninguno de esos países ha podido superar «el modelo
del extractivismo de monocultivo y la exportación de materias primas» del que
el mismo Armesilla habla, por lo que no ha habido avance sustancial en cuanto a
recuperar soberanía nacional, viéndose incluso obligados a aplicar salvajes
ajustes con recetas neoliberales. Un ejemplo: ante la crisis del chavismo, este se
había ofrecido a que PDVSA, empresa pública petrolera venezolana, se
privatizase en favor de la empresa española Repsol. La situación es tan nefasta
que la empresa española no sólo se negó, sino que cada vez está reduciendo más
su presencia en el país. Consúltese nuestra documentación sobre Venezuela
sobre el tema.

Véase nuestro capítulo: «Las causas reales de la permanente crisis político-


económica venezolana» de 2018.

Véase nuestro capítulo: «Unas aclaraciones sobre la crisis política en


Venezuela» de 2018.

El despropósito de este tipo de gente sobre la cuestión nacional y su chovinismo


mal disimulado es evidente. Todos beben de un maestro común, el «gran
filósofo» y mejor charlatán: Gustavo Bueno que, en palabras de Armesilla,
¡«superó el materialismo dialéctico del marxismo»!:

«El maestro y genio Gustavo Bueno Martínez, adelantado a su tiempo, y


creador del Materialismo Filosófico, que puso los puntos sobre las íes a las
fisuras del Materialismo Dialéctico, mientras este iba abocándose al
precipicio». (Izquierda Hispánica; Adiós a Izquierda Hispánica, 2015)

Este fantoche de la burguesía arenga a los marxistas que se rindan, ¡que


renieguen del materialismo dialéctico y acepten la superioridad del
materialismo de Bueno!:

«@armesillaconde: Para esta solidificación serían necesarias dos cosas: 1)


Fusionar el materialismo histórico de Marx con el materialismo filosófico de
Gustavo Bueno, dejando el materialismo dialéctico aparte. El filomat es más
potente, a nivel ontológico y de análisis crítico, que el Diamat». (Twitter;
Santiago Armesilla, 14 de octubre de 2018)

¡Sigan esperando sentados! Tendrá tanta suerte como los seguidores de


Falange-JONS que pedían a los comunistas abandonar la «nefasta lucha de
clases» que «obstaculiza la unidad y la tradición» de España.

Ni Armesilla ni Bueno en su día llegaron a comprender que la caída de la URSS


fue resultado de las reformas del revisionismo en lo político, económico y
cultural. La filosofía de entonces no era sino un pobre reflejo formal de lo que en
su momento fue, con varias revisiones injustificadas de la doctrina. Ahí están las
obras de los filósofos como Yudin, Konstantinov, Rosental y muchos otros que, a

133
partir de finales de los 50, evidencian su renuncia a los principios filosóficos-
políticos expuestos años atrás, dando la espalda a sus laureados trabajos de la
época de Stalin. Compárese el manual «Materialismo histórico» de 1950 con su
versión reeditada de 1954. En el campo económico, compárese las discusiones y
notas de Stalin para la elaboración del manual de economía que se estaba
fraguando: «Conversaciones con economistas soviéticos (1941-1952)» con la
revisión de sus tesis que hubo posteriormente en la versión final del «Manual de
economía política» de 1954. Incluso podríamos comparar este manual con la
obra culmen de Stalin en esta cuestión: «Problemas económicos del socialismo
en la URSS» de 1952, y notaremos hondas diferencias. Esto por no hablar del
propio cambio de opinión de Stalin respecto a escritos antiguos. No conocer
todo esto es hablar a ciegas, especular. Lean los documentos desclasificados que
arrojan mucha luz nueva sobre los problemas internos de la URSS, cotejen y
luego hablen, pero no hablen de lo que no saben.

En otra cómica intervención, según Armesilla, ante la supuesta falta de


referentes marxistas, lo mejor que tendría España es el «materialismo
filosófico» de Gustavo Bueno (sic):

«No hemos tenido jamás, un marxismo netamente español. Y por extensión


diría que incluso escrito en español. Lo que más se ha acercado a mi juicio. (…)
Es el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, que a su manera es marxista».
(La izquierda y los nacionalismos en España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y
Santiago Armesilla, 2018)

¡¿Se puede concebir concepción más revisionista que proclamar que «a su


manera» una figura es «marxista»?!

Para quien no conozca todavía al ídolo de barro favorito de los revisionistas


contemporáneos, podríamos decir que este «materialismo filosófico» de
Gustavo Bueno se presenta como una especie de nacionalismo vestido de
«humanista» que profesa un subjetivismo a ultranza, el cual trata de disimular
en muchas cuestiones presentándose como una «tercera vía», mezclando
ideologías contrapuestas:

«Sí soy marxista. (…) El marxismo es un episodio de la historia, de la cultura,


de la sociedad y del pensamiento, que ha influido decisivamente en el curso de
la humanidad y que no se puede prescindir de él. Por la misma razón que soy
aristotélico, soy tomista». (Fernando Sánchez Dragó: Entrevista a Gustavo
Bueno, 2015)

El gustavobuenismo y sus intentos de blanquear a la reacción y el


fascismo

¿En dónde descansa la demagogia nacionalista de todos estos intelectuales de


poca monta? ¿Cuáles son sus referentes ideológicos y trampas argumentativas?:

134
«Una de las armas favoritas históricas del fascismo español –como de todo
fascismo– ha sido la de establecerse y proclamarse como una «tercera vía»
entre el marxismo y el liberalismo, entre comunismo y capitalismo, entre el
proletariado y la burguesía, pretendiendo ser mediador entre el primero y la
segunda, o como reconciliador de ambas clases sociales. Esto se veía reflejado
al hablar del régimen a establecer, donde se negaba que el Estado fuese el
instrumento de represión de una clase dominante sobre el resto, sino que
pretendía valerse de su «neutralidad» para conciliar a todas las clases
sociales, evitando las fricciones y consiguiendo la tan ansiada armonía social.
En este discurso hay un implícito pretendido fin de las ideologías, exactamente
el mismo discurso recuperado por el neoliberalismo hoy a efectos de perpetuar
artificialmente la explotación capitalista y los modos de producción, primando
la producción a la ideología, o reduciéndola esta a conceptos abstractos
bañadas en un humanismo hipócrita e irreal. Un discurso que ha hecho suyo
desde siempre la socialdemocracia –así como todos los revisores del
marxismo–, poniendo por delante el misticismo idealista de una conjunción de
intereses artificiales como la llamada «comunidad de destinos de la nación» y
su naturaleza «benévola de progreso para todos», anteponiendo un
pragmatismo con el fin de mitigar las contradicciones de clase, que una
exposición científica del origen de esas contradicciones para resolverlas
consecuentemente. (…) Como ya se ha repetido mil veces, el fascismo español
recoge la influencia más reaccionaria de filósofos y políticos extranjeros como
Fichte, Hegel, Nietzsche, Kierkegaard, Schopenhauer, Bergson, Sorel,
Mussolini, Gentile, Marinetti, Hitler, etc. Mientras que en el ámbito nacional
recurre a los políticos contrarrevolucionarios de un pasado próximo y a los
filósofos modernos entonces de moda: Miguel Primo de Rivera, Unamuno,
Ortega y Gasset, Pérez Ayala, Pío Baroja, etc. Todos ellos se hacen notar en
cuanto a sus conceptos de moral, bondad, aristocratismo, libertad, progreso,
nación, militarismo, individualismo, colectivismo, vitalismo, etcétera».
(Equipo de Bitácora (M-L); El fascismo español, ¿una «tercera vía» entre
capitalismo y comunismo?, 2014)

Vinculaciones directas con la más negra reacción

Para empezar, ¿cómo ha sido posible para el gustavobuenismo construir esta


égida con una base tan retrógrada como zafia en lo político-filosófico? Muy fácil,
gracias a la publicidad con la que todos sus representantes han contado en los
medios de comunicación más derechistas del país, más ultras. Por su parte, el
periodista Hermann Tertsch, quien con su historial de barbaridades tampoco
necesita mucha presentación, antes de incorporarse a Vox comentaría lo
siguiente en relación a lo que, según él, han sido dos de las «mayores figuras
intelectuales» que ha dado este país:

135
«En menos de dos años se nos han ido las dos cabezas más brillantes y libres
de España que eran Gustavo Bueno y Antonio Garcia-Trevijano». (Hermann
Tertsch; La honradez intelectual y sus enemigos, 2 de marzo de 2018)

Y esta «publicidad gratuita» no hubiera sido posible sin los contactos y alianzas
de la Fundación Gustavo Bueno, la cual ha tenido el dudoso honor de desfilar en
las manifestaciones «por la unidad de España» junto a Hazte Oír o el Foro de
Guardias Civiles. Su figura central, el ya beatificado Gustavo Bueno, dedicó toda
su vida a la defensa de las ideas de conocidos reaccionarios, no solo las de su
mentor el jonsista Santiago Montero Díaz. Véase la obra de Gustavo Bueno: «Lo
que queda de España, de Federico Jiménez Losantos» 1979.

Antes de fallecer en 2016, el Sr. Bueno asistió a varias conferencias con el líder
actual de Vox, Santiago Abascal, que en aquel momento estaba en el Partido
Popular (PP). Ambas figuras pudieron ser vistas en la Escuela de Verano de
DENAES, en 2012. Gran parte de los actuales líderes de Vox están vinculados
con la fundación DENAES, fundada por los discípulos de Gustavo Bueno, algo
que es de dominio público:

«La influencia del materialismo filosófico sobre Vox no sólo se produce a


través de la lectura que hace Abascal de la obra de Bueno. Se afianza a través
del trato personal y la impronta del filósofo y sus discípulos en DENAES
(Fundación para la Defensa de la Nación Española). Esta institución ha sido
clave también en la buena relación personal que el líder de derechas y otros
miembros de la formación, como Iván Espinosa de los Monteros –
vicesecretario de Relaciones Internacionales–, mantienen con los discípulos
del autor de España no es un mito. El patronato actual de DENAES está
integrado por tres personas. Junto al empresario Ricardo Garrudo están
Santiago Abascal y Gustavo Bueno Sánchez, hijo de Gustavo Bueno y
presidente de la fundación que lleva el nombre de su padre. Los tres han
colaborado de forma estrecha desde diciembre de 2005, cuando se celebró en
el Hotel Landa de Burgos una reunión que se considera la fundación de la
entidad. El director de la organización es otro gran discípulo del filósofo, Iván
Vélez. (…) El presidente de Vox confirmó a EL ESPAÑOL este punto. Dijo que
«Gustavo Bueno es sin duda alguna una de mis influencias, en la afirmación
de España como nación. No sólo el planteamiento con el que se acerca al país,
sino también la propia retórica contundente que utiliza para su defensa». (…)
Los discípulos de Bueno no se han integrado en Vox, a pesar de que miran con
simpatía a este partido con un discurso en defensa de la nación española que
considera que ellos han inspirado. El partido de Abascal sí que mantiene «las
puertas abiertas» a que se afilien si así lo desean, según confesó a este
periódico el político vasco. «En todo caso, es importante que la sociedad civil
fuera de los partidos sea fuerte, por lo que es necesario que no todo se integre
en la actividad política. A veces se puede hacer mucho a favor del bien común y

136
la unidad de España desde fuera de la política», añadió». (El Español; El ala
marxista de Vox inspirada por Gustavo Bueno: los extremos se tocan, 2019)

Como apunte, decir que las inclinaciones de los discípulos de Gustavo Bueno no
solo se reducen a simpatizar con Vox, sino que como se ha visto se han dado
varias incorporaciones directas a la formación. Iván Vélez, mismamente, es el
mejor ejemplo de ello. Por si alguien no conoce quién es este individuo, puede
consultar las diversas entrevistas que Federico Jiménez Losantos, otro
nostálgico del franquismo, le ha realizado. Y el lector estará de acuerdo con
nosotros en que el histriónico Losantos no se caracterizan precisamente por dar
voz a nadie que no sea de su mismo pensamiento endogámico de conspiración y
locuras varias. Si se quieren más ejemplos, ahí tenemos a Joaquín Robles, de la
Fundación Gustavo Bueno, que también es miembro del Congreso de los
Diputados por Vox. En resumidas cuentas:

«La implantación política del gustavobuenismo, en sus cincuenta primeros


años se resume en el escaño por Murcia de Joaquín Robles [Vox]». (Santiago
Armesilla; La vuelta del revés de Marx: el materialismo político entretejiendo
a Karl Marx y a Bueno, 2020)

¡Pero todavía hay idiotas que se ríen de las vinculaciones de Gustavo Bueno con
la «derecha política»! O sea que Vox es fruto del gustavobuenismo, o al menos
es una de sus expresiones políticas. Sobre el carácter ideológico concreto de Vox
no nos extenderemos aquí, así que recomendamos repasar otros documentos
para no desviarnos más de la cuestión principal… solo decir que su
reivindicación de Franco y las propuestas públicas para rehabilitar «el honor de
su figura» son el pan de cada día, lo que ya augura que «proyecto renovador»
encaminan. Véase la obra: «Las elecciones, la amenaza del fascismo, y las
posturas de los revisionistas» de 2019.

Uno nota a la legua el nivel de reaccionarismo de esta escuela filosófica cuando


el presunto discípulo «más a la izquierda» del «maestro», el ya mencionado
Santiago Armesilla, votó en las elecciones generales de 2008 a UP&D y en 2020
valoraba hacer con lo mismo con el PP. Entre tanto, sus «labores
revolucionarias» se reducen a clamar en su canal de YouTube contra las «élites-
posmodernas», y parlotear junto a otros ilustres «rojipardos», como Roberto
Vaquero, del terrible obstáculo que sería la «Leyenda Negra» para nuestros
intereses fundamentales. Uno puede encontrar al Sr. Armesilla dando
conferencias en DENAES en favor de la «unidad territorial de España», una vez
más, rodeado, cómo no, de todo tipo rostros conocidos en el abanico político
clásico de la derecha. Así, por ejemplo, le hallamos en la charla de 2018 donde
Armesilla tomó parte en un evento «por España». ¿Y quiénes estaban junto a él?
Elena Candia –Presidenta del PP en Lugo–; Rubén Gómez –Portavoz de
Ciudadanos en el Parlamento Cántabro–; Vicente Bengochea –Portavoz de
UP&D–; Santiago Abascal –Presidente de Vox–; e Iván Vélez –miembro de La
Gaceta, Intereconomía y ahora de Vox–.

137
En realidad, hemos de decir que las labores contrarrevolucionarias de estos
mercenarios del capital son infinitas, por eso mismo cuentan con el respaldo de
este tipo de sociedades reaccionarias que costean y difunden este veneno
ideológico bajo la tapadera de «promover la cultura e historia nacional». No
solo están financiados por DENAES, sino que desafortunadamente también
reciben dinero público de varios ayuntamientos como el de Oviedo que otorga
nada más y nada menos que más de 100.000 euros anuales, cifra que en 2008
llegó a cantidades aún más increíbles:

«La Fundación Gustavo Bueno recibió 800.000 euros para organizar los
eventos para celebrar las efemérides que coincidían en 2008. De los 800.000
euros del convenio, 589.000 fueron a parar a una empresa, Ingeniaqed, con
vínculos familiares –hermana e hija– con patronos de la propia institución
para organizar la exposición central de los actos «Oviedo, XII Siglos». Sin
embargo, en la fiscalización del expediente se concluye que Ingeniaqued solo
hizo 282.193 euros de «gastos imputables al proyecto», la mitad de lo que la
fundación presentó para justificar al Ayuntamiento por la muestra.
Intervención no encontró evidencia de la validez de los 179.127 euros en gastos
de personal –una única persona contratada– aportados por las partes
investigadas». (El comercio.es; El TC devuelve el expediente de la Fundación
gustavo Bueno al ámbito municipal, 22 de mayo de 2016)

¡Imagínense! ¡Tanto dinero público dilapidado en financiar libros y coloquios


sobre «imperios generadores» y de gente rancia como el fallecido Gustavo
Bueno que nos cuentan que «la culpa de la crisis es de los trabajadores»! En
efecto, los «chiringuitos» morados del Ministerio de Igualdad, que tanto
denuncian Abascal o Armesilla, no son más que negocios-tapadera del
feminismo hegemónico, pero estos chupópteros y sus agrupaciones afines
siempre han vivido de lo mismo: de Papá-Estado y de los empresarios privados
que, como buenos mecenas de su ideología ultraconservadora y nacionalista, les
financian. De estos y otros vínculos que se subyacen de aquí, es la razón por la
que se ha podido promover a toda una serie de autores mediocres y obras
literarias que promocionan estas ideuchas, obras que causan absoluta vergüenza
por su distorsión histórica manifiesta. Véase la obra de María Elvira Roca Barea
«Imperiofobia» (2016); la obra de Iván Velez «La leyenda negra» (2014); la
obra de Santiago Armesilla «El marxismo y la cuestión nacional» (2017); o la
obra de Pedro Ínsua «1492: España contra sus fantasmas» (2018).

¿Cómo que «España antes facha que rota»?

El nacionalismo es el hilo conductor que puede unir mágicamente a liberales,


conservadores, socialdemócratas o fascistas para anteponer los intereses
«nacionales» –de la burguesía dominante– en detrimento de los intereses
independientes de clase del proletariado y el resto de capas populares.

138
José Calvo Sotelo, ya inauguró el famoso eslogan tantas veces modificado, pero
igualmente utilizado con el mismo fin: «Antes España roja que rota», y esto era
decir mucho para alguien que venía de haber sido el ministro de Primo de
Rivera:

«Yo, en el Urumea, hice una frase que han combatido; dije que prefería una
España roja a una España rota. Y conste que sabía y sé lo que sería una
España roja. ¡Cómo no había de saberlo si en otro mitin que ha habido en el
Urumea los comunistas han pedido mi cabeza y han anunciado que Calvo
Sotelo y los suyos irán ante el pelotón de pistoleros obreros inmediatamente
que triunfe el movimiento! Pero a mí, eso ¡qué me importa si va a sobrevivir la
unidad nacional, si con una España roja que ha de ser pasajera y temporal,
fatalmente pasajera y temporal, no se va a romper el vínculo o la unidad
nacional de mi Patria!». (José Calvo Sotelo; Discurso, 5 de diciembre de 1935)

En España, los jefes del bando antifascista, como Azaña o Negrín, pasarían a la
historia por sus posturas conciliadoras y pusilánimes durante la Guerra Civil
(1936-39). Estos personajes históricos son buena prueba sobre a dónde conduce
seguir este pensamiento patriotero –cámbiese aquí el epíteto «antes España
roja» por el de «antes España facha que rota» y tendremos el mismo resultado–
:

«Negrín: Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con


él ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos
hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco». (Manuel
Azaña; Memorias, 1939)

Estas confesiones en privado de Negrín, este despreciable espíritu de absoluta


claudicación, fue una de las tantas causas que condenaron al gobierno español
del «Frente Popular», el cual se había trazado como tarea enfrentarse a la visión
añeja y primitiva de los monárquicos, republicanos conservadores y fascistas.
Véase el capítulo: «El republicanismo abstracto como bandera reconocible del
oportunismo de nuestra época» de 2020.

Y bien, ¿se habrá aprendido algo de la historia? Armesilla desde luego no, y esa
es la prueba de que en el 1936 hubiera combatido en las trincheras vestido bajo
la camisa azul falangista y haciendo el saludo romano. Él cree estar por encima
de la «izquierda» y la «derecha», de las ideologías, solo importa una cosa, esa
«España» abstracta, la que ha dibujado y envuelto con mantos místicos su
imaginación, o mejor dicho, la que ha aprendido a recitar de su «maestro»
Gustavo Bueno. Solo comparen y juzguen si este engendro merece el título de
marxista consecuente o de vulgar nacionalista:

«@armesillaconde: Me es igual. ¿España antes «facha» que rota? Sí. ¿España


antes «progre» que rota? Sí. ¿España antes roja que rota? Sí. ¿España antes

139
roja de cualquier otra manera? Mil veces sí». (Twitter; Santiago Armesilla, 4
de junio de 2020)

¿Comparamos con un marxista de los pies a la cabeza?

«No es socialista quien no comprenda que en aras de la victoria sobre la


burguesía, en aras del paso del poder a manos de los obreros, en aras del
comienzo de la revolución internacional no se puede ni se debe retroceder ante
ningún sacrificio, ni siquiera ante el sacrificio de una parte del territorio».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a los obreros estadounidenses, 1918)

Queda bastante claro que el gustavobuenismo es simplemente una corriente


nacionalista, que defiende el Estado como «representante de la nación»:

«Armesilla: La organización política de nuestro presente más importante es el


Estado. ¿Y qué es el Estado? No solo es como dice Marx un instrumento de la
clase dominante para reprimir a la clase dominada, que también, sino que es
como la propia politología siempre ha analizado siempre, un conjunto
complejo de instituciones que se apropia de un territorio, una población, de
unos recursos y de un patrimonio histórico y que encima lo hace frente a
terceros. (…) Otros Estados». (Entrevista a Santiago Armesilla, 4 de abril de
2021)

Este comentario, que bebe de la «politología» de las instituciones burguesas, no


es una explicación materialista sino idealista. Deja bastante patente que el
gustavobuenismo, por su discurso y aspiraciones, no ha sido más que una
variante moderna y tardía del falangismo, nada más. Originalmente, el
fascismo, tampoco negaba la lucha de clases, incluso denunciaba los «males del
capitalismo» a su manera: con su hipocresía jesuita tan característica. Pero
«casualmente», siempre acababa anteponiendo la «unidad nacional», la
«regeneración moral», la «tradición española» y el «orden», ¡justo como
vociferaban a cada rato la burguesía «nacional», los terratenientes «nacionales»
y la Santa Madre Iglesia «nacional»! ¿Qué confusión más tonta aquello de la
lucha de clases, verdad? ¡Si todos somos hermanos, hijos de Dios, y este nos ha
ungido como el «pueblo elegido» para realizar su obra! Véase la obra: «¿Era el
fascismo español una «tercera vía» entre capitalismo y comunismo?» de 2014.

A decir verdad, el falangismo español respondía a los intereses más inmediatos


de las élites económicas: decretar la «paz de clases» por el «bien de la nación».
Muy obedientes, los militantes falangistas, como buenos perros guardianes del
capital, actuaban en cada lugar como matones de la patronal:

«Tenemos una fe resuelta en que están vivas todas las fuentes genuinas de
España. España ha venido a menos por una triple división: por la división
engendrada por los separatismos locales, por la división engendrada entre los
partidos y por la división engendrada por la lucha de clases. Cuando España

140
encuentre una empresa colectiva que supere todas esas diferencias, España
volverá a ser grande, como en sus mejores tiempos». (José Antonio Primo de
Rivera; Entrevista al noticiario Paramount, 1935)

«Hay que pedir socorro a las últimas reservas vitales, a las que, en las horas
ascendentes, lograron edificar las naciones. De ahí la palabra de nuestros
días: «lo nacional»; lo nacional dicho como propaganda de una misión, de
una tarea. (...) Los primeros que proferimos la palabra «nacional» fuimos los
hombres de Falange Española». (José Antonio Primero de Rivera; Prieto se
acerca a Falange, 1936)

Sus sucesores y admiradores, entre ellos, los gerifaltes de Vox, también hablan
en el mismo lenguaje «patriota» que al Sr. Armesilla tanto le maravilla. Según
ellos, los trabajadores deben saber que lo primero por lo que deben luchar es «la
Patria», después, todo lo demás:

«@solidaridad_esp: La Patria es la única defensa que tienen los


trabajadores». (Twitter; Solidaridad, 11 de abril de 2021)

¿A dónde conduce la aplicación de tales pensamientos simplones? Es fácil de


intuir: a ser el furgón de cola de los politicastros burgueses que se encuentran
en la poltrona o que están a punto de gobernar despachando a los «timoratos»,
«apátridas» y «demagogos». El propio Armesilla reconocía que su «maestro», el
Sr. Bueno, había votado por el Partido Popular (PP), como muchos otros de sus
«discípulos marxistas»:

«@armesillaconde: El único partido político que tiene acceso al gobierno y no


experiencia gobernando, y que defiende la unidad de España de manera
explícita, es el PP. Gustavo Bueno por eso votó al PP, y mi director de tesis
doctoral, Diego Guerrero marxista, también votó al PP más de una vez».
(Twitter; Santiago Armesilla, 4 de junio de 2020)

Ajá, entendemos. ¿Qué le tuvo que pasar para que la «dialéctica» marxista en
manos del gustavobuenismo acabe por pedir el voto por el PP? ¡Nadie lo sabe!
Seguramente, ocurre como consecuencia de que estos filósofos más que
entender a Marx, intentan «volver a Hegel» cada vez que pueden, y claro, hay
que entender que han acabado por adoptar su «dialéctica» atrofiada; han
acabado por tomarse muy en serio aquel dogma hegeliano de que «solo lo real
es racional», ese truco que al viejo Hegel le permitía justificar su divinización de
la monarquía prusiana. Pero, tranquilos, seguro que en este caso los
comentarios de Armesilla no tienen nada que ver con que sea un frenético
chovinista, ¡eso son habladurías de la «izquierda indefinida»! Al final ser
buenista es fácil, solo debemos de tener fe, genuflexionarnos ante el «maestro»
y todas sus chorradas y decir: «¡Amén! ¡Gracias por compartir con nosotros tu

141
sabiduría! ¡Aleluya!». Ni siquiera vale la pena esforzarnos en demostrar el
carácter reaccionario que supone que un filósofo vote por el PP, porque solo de
decirlo ya suena ridículo: ¡el partido que eliminó filosofía de las aulas! Y pensar
que este, Gustavo Bueno, era el que algunos consideraban como una de las
«mentes más brillantes de la intelectualidad española», ¡votando a Fraga, Aznar
y Rajoy! ¡Viendo con buenos ojos al «imperialismo generador» yankee!

Señoras y señores, ya basta de artificios: los buenistas han sido y son las
prostitutas intelectuales del gran capital, toda conclusión de cualquier individuo
que no reconozca esto significa que está nadando en mares de condescendencia
o en océanos de ignorancia. Y si algún necio aún tiene dudas, que observe cada
acrobacia política de su vástago, Don Armesilla. Él parece ser que tiene unas
posiciones políticas tan, pero que son tan sólidas, ¡que «no se acordaba» que en
su día votó por Unión Progreso y Democracia (UP&D)!

«@armesillaconde: Lo pedí, pero estaba justificado. Es un artículo de 2008 y


tenía sentido. No me acordaba, pero no me arrepiento». (Twitter; Santiago
Armesilla, 6 de enero de 2019)

Y hoy meditaba pedir el voto para el PP:

«El voto del PP garantiza algo la unidad de España». (Twitter; Santiago


Armesilla, 3 de junio de 2020)

Cuando afirmábamos en nuestra introducción que el pensamiento


gustavobuenista es una quinta columna para envenenar a los estudiantes con el
nacionalismo, queda claro que no era ninguna exageración. Estas deshonrosas
relaciones con la «derecha política» –término que, para un marxista, solo suele
significar el ala más conservadora y tradicionalista de la burguesía– ya
demuestran la rotunda falsedad del mito de Gustavo Bueno como filósofo de
influencia «marxista» o como pensador mínimamente «progresista». Los
comentarios que espeta recuerdan a las infames declaraciones del anarquista
español Manuel Sacristán, que se lamentaba de no haber podido alcanzar un
acuerdo con el fascista José Antonio Primo de Rivera. Pasen y vean:

«Carece de sentido hablar de «alianzas de la izquierda con la izquierda», es


posible en cambio hablar de alianzas de la izquierda –de algunas corrientes
suyas– con algunas modulaciones de la derecha». (Gustavo Bueno; Educación
para la ciudadanía, una crítica desde la izquierda, 2009)

Muy al contrario, los marxistas no abrazan el nacionalismo ni tratan de imponer


soluciones forzadas a los pueblos, y menos bajo teorías idealistas que
superponen la cuestión nacional a lo social, diluyéndose en un misticismo
nacional ridículo que raudamente firmaría y propagaría con su dinero cualquier
formación burguesa si con ello logra desviar la lucha de clases. Quien diga que,

142
España o cualquier otro país, «antes facha que rota», es un enemigo de clase.
Punto. Para nosotros la cuestión social está por encima de todo, incluido la
cuestión nacional; y ambas han de entenderse con unas herramientas filosóficas
materialistas y dialécticas que entronquen con la realidad, no con los delirios
subjetivos de un filósofo de escasa cordura mental.

La labor de blanqueamiento de la derecha política

Prueba de a qué intereses responden la pluma de estos filósofos está en las


intervenciones de Axel Juárez Rivero, otro discípulo de Gustavo Bueno –al cual
también llamaba «maestro»–. Este caballero acostumbra a distorsionar y atacar
la filosofía soviética de la época de Lenin y Stalin en sus conferencias. Sin
embargo, nunca parece tener problemas en defender –creerá él que muy
sutilmente– los movimientos reaccionarios sin que ello le produzca sonrojo
alguno:

«En Europa han surgido una serie de fuerzas políticas muy diversas, muy
heterogéneas, que los medios, la prensa, los comentaristas han identificado
como extrema derecha, como populistas, con una serie de términos muy
oscuros, muy confusos, sin embargo, nosotros vamos a calificarlas desde
nuestras tesis. (…) «Es conservador, es reaccionario, es fascista»… y
simplemente no se entiende nada. Con esas conceptualizaciones, tomando
otros criterios de definición, nos evita, bloquea, esas formas de calificación,
tan confusas, oscuras. (…) Este conjunto de derechas no alineadas, es lo que ha
ocurrido con Trump en EEUU, con Bolsonaro en Brasil, y en Europa con toda
una serie de fuerzas y partidos políticos que han comenzado a surgir. Por
ejemplo, en Gran Bretaña la cuestión del Brexit con el ala más dura del
Partido Conservador, el Frente Nacional de Le Pean, En Italia Salvini con el
Movimiento 5 estrellas y la Liga del Norte que tuvo un cambió ahí de
posiciones ideológicas, con Orbán en Hungría. (…) Las derechas alineadas
serán aquel justo cuyo criterio es el antiguo régimen, las no alineadas serán
aquellas derechas que no tendrían aquella conexión directa y clara con el
antiguo régimen. (…) La derecha primaria, es justo la reacción del antiguo
régimen contra la revolución, por ejemplo, Metternich. (…) El otro tipo de
derecha que se identifica es la derecha liberal. (…) La derecha-socialista.
Partiría con Maura, la dictadura de Primo de Rivera, y el franquismo, con
elementos de Falange, de José Antonio, que es muy interesante, y no se pueden
tachar sin más de fascismo. (…) El fascismo o nazismo, tiene vertientes muy
particulares, al no tener esas relaciones directas con el antiguo régimen, desde
«El mito de la derecha» de Gustavo Bueno se afirma… podrían ser calificadas
de izquierda o derecha». (Axel Juárez Rivero; Las derechas no alineadas y los
nacionalismos, 2019)

Axel no duda demasiado en identificar a grupos políticos como «derechas no


alineadas», otorgándoles un estatus de partidos «renovadores» del antiguo
régimen, presentándolos casi como «antisistema», cuando en realidad no han

143
sido más que los máximos celosos veladores del capitalismo, más allá de las
formas políticas de su proyecto. En el caso del fascismo clásico, considera que
grupos como Falange Española (FE) son «muy interesantes» y «no se pueden
tachar sin más de fascismo», que incluso, según su maestro Gustavo Bueno,
bien podrían ser calificadas como corrientes de «izquierda».

También es curioso que para Axel, estos grupos políticos que cita, como FE, no
se podrían identificar con «extrema derecha», «populismo», «fascismo» y
demás porque le parecen términos muy «oscuros y confusos», pero como buen
intelectual que vive en su burbuja, durante toda su conferencia no duda en
sustituir dichos términos para recurrir a la jerga del líder de su secta, un
lenguaje totalmente rimbombante, el cual cualquier trabajador de la calle no
solo no comprendería, sino que, a poco que llegase a entender, no dudaría en
condenar estas proclamas como simples peroratas.

Por su parte, Daniel López, otro discípulo de Gustavo Bueno nos intentaba
comparar Franco con Stalin instándonos a reevaluarlos sin prejuicios:

«El experto entiende que debe haber una posición ecuánime para que la
historia sea verdadera. Reconoce que «la historia no es una ciencia positiva
como la química», pero también que «ni Franco ni Stalin eran unos monstruos
que se pasaban el día asesinando a personas. Cierto que mataron a mucha
gente, pero también hicieron algunas cosas buenas». (La Nueva España;
Daniel López: Ni Franco ni Stalin eran monstruos, los dos hicieron cosas
buenas, 2018)

Este es el nivel de estos «materialistas», equiparar fascismo y comunismo,


equidistancia y rehabilitación de ambos, lo cual es como pretender juntar agua y
vino. No podemos imaginarnos un mayor blanqueamiento del fascismo y de
grupos filofascistas, un mejor servicio a la burguesía que estas declaraciones.

¿Cuándo ha sido el fascismo un movimiento «renovador» o


«revolucionario»?

Bien, después de ver la actuación de todo este teatrillo de marionetas burguesas,


le diremos al lector que, para empezar, este tipo de grupos políticos con los
cuales simpatizan los gustavobuenistas no pueden ser nunca renovadores del
sistema imperante, pues la historia demuestra todo lo contrario:

«Los fascismos instauraron, por tanto, regímenes nuevos, destruyendo el


Estado de Derecho, el parlamentarismo y la democracia liberal, pero, a
excepción de la España franquista, tomaron el poder por vías legales y nunca
alteraron la estructura económica de la sociedad. (...) A diferencia de las
revoluciones comunistas que modificaron radicalmente las formas de
propiedad, los fascismos siempre integraron en su sistema de poder a las
antiguas élites económicas, administrativas y militares. (...) En el fondo, es
esta dimensión contrarrevolucionaria la que constituye el tronco común de los

144
fascismos en Europa, más allá de sus ideologías y de sus trayectos a menudo
diferentes. Arno J. Mayer acierta al afirmar que «la contrarrevolución se
desarrolló y alcanzó la madurez en toda Europa bajo los rasgos del fascismo»
(69)». (Enzo Traverso; Interpretar el fascismo. Notas sobre George L. Mosse,
Zeev Sternhell y Emilio Gentile, 2005)

La prueba está en que los gobiernos fascistas, más allá de su retórica inicial de
«poner coto a los monopolios capitalistas» y «terminar con sus abusos», una
vez en el poder publicaron decretos que favorecieron su desarrollo, no
diferenciándose nada del régimen democrático-burgués ni de la gestión
económica de los partidos tradicionales. Empecemos por la Alemania nazi:

«Pocos meses después de la toma de poder, el 15 de julio de 1933, Hitler dictó la


ley de organización forzosa de los cárteles. Por mandato de esta ley se
constituyeron inmediatamente o se agrandaron los siguientes cárteles: de
fabricación de relojes, de cigarros y tabaco, de papel y cartón, del jabón, de los
cristales, de redes metálicas, de acero estirado, del transporte fluvial, de la cal
y soluciones de cal, de tela de yute, de la sal, de las llantas de los automóviles,
de productos lácteos, de las fábricas de conservas de pescado. Para todos estos
cárteles, nuevos unos y otros reforzados, se dictaron disposiciones que
prohibían la construcción de nuevas fábricas y la incorporación inmediata de
los industriales independientes. Se prohibieron también la construcción de
nuevas fábricas y el ensanchamiento de las existentes en las ramas
industriales ya cartelizadas: del zinc y del plomo laminado, del nitrógeno
sintético, de los superfosfatos, del arsénico, de los tintes, de los cables
eléctricos, de las bombillas eléctricas, de las lozas, de los botones, de las cajas
de puros, de los aparatos de radio, de las herraduras, de las medias, de los
guantes, de las piedras para la reconstrucción, de las fibras, etc. Las nuevas
leyes dictadas de 1934 a 1936, aceleraron la cartelización y el reforzamiento de
los cárteles ya existentes. El resultado de esta política fue que a finales de 1936
el conjunto de los cárteles comprendía no menos de las 2/3 partes de las
industrias de productos acabados, en comparación con el 40% del total de la
industria alemana, el 100% del total de la industria alemana, el 100% de las
materias primas de las industrias semifacturadas, y el 50% de la industria de
productos acabados, en comparación con el 40% existente a finales de 1933».
(Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 15 de junio de 1944)

Ahora es el turno de la Italia fascista y la España de Franco:

«Mussolini cartelizó por la fuerza la marina mercante, la metalurgia, las


fábricas de automóviles, los combustibles líquidos. El 16 de junio de 1932 dictó
una ley de cartelización obligatoria en virtud de la que formaron los cárteles
de las industrias del algodón, cáñamo, seda y tintes. En España, nunca la
oligarquía financiera había sido tan omnipotente como bajo el régimen del
traidor Franco». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 15
de junio de 1944)

145
Ergo, calificar de «socialismo» a figuras históricas del conservadurismo o del
fascismo porque «emprendieron nacionalizaciones» o se adaptaron a ciertas
exigencias laborales, es una broma de la cual ya se mofaron en su momento
Marx y Engels:

«Si la nacionalización de la industria del tabaco fuese socialismo, habría que


incluir entre los fundadores del socialismo a Napoleón y a Metternich. Cuando
el Estado belga, por razones políticas y financieras perfectamente vulgares,
decidió construir por su cuenta las principales líneas férreas del país, o cuando
Bismarck, sin que ninguna necesidad económica le impulsase a ello,
nacionalizó las líneas más importantes de la red ferroviaria de Prusia, pura y
simplemente para así poder manejarlas y aprovecharlas mejor en caso de
guerra, para convertir al personal de ferrocarriles en ganado electoral sumiso
al gobierno y, sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos
sustraída a la fiscalización del Parlamento, todas estas medidas no tenían, ni
directa ni indirectamente, ni consciente ni inconscientemente nada de
socialistas. De otro modo, habría que clasificar también entre las instituciones
socialistas a la Real Compañía de Comercio Marítimo, la Real Manufactura de
Porcelanas, y hasta los sastres de compañía del ejército, sin olvidar la
nacionalización de los prostíbulos propuesta muy en serio, allá por el año
treinta y tantos, bajo Federico Guillermo III, por un hombre muy listo».
(Friedrich Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, 1892)

En lo económico, el fascismo promueve un intervencionismo de Estado, lo cual


no es un «autoritarismo» que no se pueda ver en las democracias burguesas,
como creen algunos, dado que en estas tampoco existe un «libre capitalismo»,
sino uno muy vinculado y condicionado a la política, y para mala noticia de los
anarco-liberales, esto funciona así porque lo contrario sería como intentar
separar la cabeza del cuerpo y que este siguiese andando. Las formas de
propiedad del capitalismo siempre han estado y están mediatizadas por las
necesidades de las clases explotadoras, lo que también demuestra que la
legislación tampoco se posa como un campo «libre» que deambula sin tocarse
con el resto de esferas.

En lo relativo a la forma de propiedad estatal, recordemos que esta ha sido


utilizada históricamente desde los albores del esclavismo hasta la actualidad. La
burguesía en el poder ha realizado «estatizaciones» o «nacionalizaciones» no
solo durante las etapas fascistas, sino tanto a través de la «socialdemocracia»
como también por parte del llamado «neoliberalismo». El gobierno nazi, el
peronista, el laboralista, el gaullista o sin ir más lejos el franquista, todos ellos
aplicaron medidas «intervencionistas» para financiar proyectos mineros,
agrarios, viviendas, transportes, obras de restauración, la industria
armamentística, etc. Lo mismo que decir de los gobiernos salidos del
colonialismo, como ocurrió en la India, Egipto, Argelia, Indonesia, y tantos
otros. Por ende, es hora de que empiece a quedar claro que el fascismo no había

146
descubierto nada al aplicar eso que algunos llaman «intervencionismo», pues es
una máxima del capitalismo en cualquiera de sus etapas, de una forma u otra
está presente en la mayoría de relaciones de producción, solo que con distinto
propósito, dimensión y funcionamiento. La clave aquí es que todos estos
modelos de gestión económica del siglo XX mantuvieron intactas las leyes de
producción capitalistas, las mismas que causan los temidos monopolios, pero no
solo dan origen a estos, sino que también permiten o desarrollan el desempleo,
el endeudamiento, la carestía de alimentos, el desaprovechamiento de los
recursos o la producción descontrolada. Fenómenos «maravillosos» que,
dependiendo de un caso u otro, de una situación o la contraria, nos
encontramos a diario en nuestros sistemas. Pero, fuera de esto, lo que es seguro,
es que ni en las democracias burguesas ni en los fascismos se produce un
retroceso del proceso de monopolización, más bien lo contrario es cierto: la ley
dictamina aquí que en ambos casos se desarrolla tarde o temprano su extensión,
su omnipotencia sobre el mercado, su representación y control de las
instituciones políticas, judiciales, legislativas.

Esto tiene fácil comprobación observando que la socialdemocracia, pese a que


siempre ha dicho defender en lo político un sistema multipartidista y
parlamentario liberal, opuesto al fascismo, con su «economía mixta» y su
«intervencionismo selectivo», tiene más en común con el fascismo que con el
comunismo, ¿por qué? Sencillo. Este último exige la abolición ininterrumpida
de la propiedad privada sobre los medios de producción; esto incluye la
supresión de las leyes generales de producción capitalistas que también operan
en las «unidades de producción públicas» de la antigua sociedad. ¿Y qué
propone la socialdemocracia en sus teorías económicas? Veamos una exposición
muy interesante sobre Keynes que resume la cuestión:

«No hay que confundir la forma política con la estructura económica que
sustenta esta última. La crítica burguesa del nacional-socialismo y sus
diferentes formas políticas ignoran en gran medida el pensamiento económico
que vincula el capital monopolista, los grandes terratenientes y la
militarización de la economía. En general, en la crítica burguesa sobre el
fascismo se pasa por alto la relación respecto a la propiedad privada y la
socialización. Esto demuestra que el argumento expuesto por muchos
historiadores y economistas respecto a Keynes y su «éxito no deseado» en la
Alemania Nazi. Se puede argumentar, además, que la mayor parte de la
crítica burguesa del fascismo es ajena al hecho de que este último es un
defensor de la propiedad privada y desea promover la reforma sobre la base
del modo de reproducción capitalista. Al abogar por la necesidad de la
propiedad privada, el fascismo rechaza totalmente al marxismo. Si ello se
realiza bajo el disfraz del antisemitismo o en la forma de un lenguaje
académico burgués no cambia fundamentalmente la esencia de dicha crítica
económica. Tanto el keynesianismo como el fascismo sugieren que la forma del
sistema capitalista sobre la base de la santidad del carácter privado de la

147
propiedad de los medios de producción a través de mecanismos contemplados
por el intervencionismo de Estado. (...) Lo cierto es que tanto el keynesianismo
como el nazismo conciben el Estado como un medio para preservar el papel
principal del capital monopolista respecto a la clase obrera y las masas
trabajadoras. También se puede volver al argumento y especular con que el
keynesianismo es una versión más artificiosa del reformismo en comparación
con el nazismo, en la que el primero se aferra a la ilusión de que las crisis
económicas y las recesiones se pueden evitar mediante la intervención del
Estado, y que el último, sin embargo, es brutal y megalómano, mostrando una
visión más explícita y más abierta respecto a lo que concierne el objetivo
último en el desarrollo del capital monopolista: un militarismo que conduce a
la guerra y la esclavitud de pueblos enteros con la intención de servir a las
necesidades de la extensión del capital monopolista. El keynesianismo y el
reformismo moderno, ya que se niegan a socavar la base económica del
capital monopolista, inevitablemente se convierten en instrumentos
fundamentales para facilitar la tendencia hacia el militarismo y la
intervención extranjera. Es un hecho que el imperialismo occidental de hoy
está constantemente ocupado en varias formas de agresión, incluida la
intervención militar abierta. Se puede ver como los imperialismos occidentales
se dedican a la destrucción sistemática, siempre que sea posible, de la
capacidad de las naciones enteras para controlar su propia riqueza, ya sea
por la explotación de sus propios recursos como el petróleo o para evitar que
con el tiempo se hubieran convertido en una especie de competidor en el
mercado mundial». (Rafael Martínez; El reformismo de Podemos y el
renacimiento del keynesianismo, 2015)

Los fascistas siempre han sido guardianes del sistema por sostener el
entramado económico de las grandes empresas capitalistas, así como por
propagar las ideas culturales más retrógradas de la época. Si el lector conoce
algo de la historia del fascismo, conocerá sobradamente que sus movimientos
siempre buscaron financiarse a través de la oligarquía, siendo lo común que, a
posteriori, acabasen buscando alianzas o fusionándose con varias de las
expresiones políticas conservadoras y liberales que habían dominado el
panorama:

«En Italia en 1922, como en Alemania diez años más tarde, es la convergencia
entre el fascismo y las élites tradicionales, de orientación liberal y
conservadora, lo que está en el origen de la revolución legal que permite la
llegada al poder de Mussolini y Hitler. (...) Los fascismos instauraron, por
tanto, regímenes nuevos, destruyendo el Estado de Derecho, el
parlamentarismo y la democracia liberal, pero, a excepción de la España
franquista, tomaron el poder por vías legales y nunca alteraron la estructura
económica de la sociedad. (...) A diferencia de las revoluciones comunistas que
modificaron radicalmente las formas de propiedad, los fascismos siempre
integraron en su sistema de poder a las antiguas élites económicas,

148
administrativas y militares. Dicho de otra manera, el nacimiento de los
regímenes fascistas implica siempre un cierto grado de «ósmosis» entre
fascismo, autoritarismo y conservadurismo. Ningún movimiento fascista llegó
al poder sin el apoyo, aunque sólo fuese tardío y resignado, por falta de
soluciones alternativas, de las élites tradicionales. (…) Mussolini acepta
primero erigir su régimen a la sombra de la monarquía de Víctor Manuel III y
decide seguidamente lograr un compromiso con la Iglesia católica (79). Esto es
más claro para el caso francés, en el centro del análisis de Sternhell. A pesar de
sus rasgos fascistas, el régimen de Vichy sigue anclado a un proyecto
restaurador, autoritario y tradicionalista. (...) Todo el nacionalismo y la
extrema derecha franceses, desde el conservadurismo maurrasiano hasta el
fascismo, convergen, gracias a un rechazo compartido del parlamentarismo,
en el régimen de Vichy, caracterizándolo como una mezcla de
conservadurismo y de fascismo. Representativo desde este punto de vista es el
caso español, ignorado por nuestros tres historiadores. En España, dos ejes
coexisten en el seno del franquismo: por un lado, el nacionalcatolicismo, la
ideología conservadora de las elites tradicionales, desde la gran propiedad
territorial hasta la Iglesia; por otro, un nacionalismo de orientación
explícitamente fascista –secular, modernista, imperialista, «revolucionario» y
totalitario– encarnado por Falange. (…) Si se piensa en la coexistencia de
Mussolini y del liberal conservador Giovanni Gentile en el fascismo italiano, de
Joseph Goebbels y Carl Schmitt en el nazismo o de los carlistas y falangistas en
el primer franquismo. Cuando se habla de revolución fascista, se deberían
siempre poner grandes comillas, si no corremos el riesgo de ser deslumbrados
por el lenguaje y la estética del propio fascismo, incapacitándonos para
guardar la necesaria distancia crítica. (…) Conflictos entre autoritarismo
conservador y fascismo se produjeron evidentemente en el curso de los años
treinta y cuarenta, como lo prueban la caída de Dollfus en Austria, en 1934, la
eliminación de la Guardia de Hierro rumana por el general Antonescu, en
1941, o la crisis entre el régimen nazi y una gran parte de la elite militar
prusiana revelada por el atentado contra Hitler, en 1944. (…) Una
«catolización» de Falange y de una «desfascistización» del franquismo. (…)
Estos conflictos no eclipsan los momentos de coincidencia recordados más
arriba». (Enzo Traverso; Interpretar el fascismo. Notas sobre George L.
Mosse, Zeev Sternhell y Emilio Gentile, 2005)

El relato opuesto, e igualmente irreal, es el que hoy vende Vox, afirmando la


famosa majadería de que Hitler o Mussolini eran «revolucionarios». Y no solo
eso, sino que completan la distorsión histórica proclamando que, vistos en
perspectiva, los fascistas extranjeros tendrían más que ver con la izquierda
política, las ideas socialistas e incluso con Marx, que con los grupos liberales y
conservadores de la política tradicional, con aquellos que defienden hoy el
orden constitucional burgués:

149
«El portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid, Javier Ortega Smith, ha
llevado al Pleno una condena al comunismo y al nacionalsocialismo, «que
proviene de la izquierda, como el fascismo». (La Vanguardia; Vox condena el
comunismo y el nazismo, «que viene de la izquierda», y les critican que se
olviden del franquismo, 30 de octubre 2019)

Nótese aquí el lenguaje confuso de la Escuela de Bueno y los servicios que presta
a los de arriba. Con esto, Vox intenta transmitir la falsa idea de que el fascismo
que se produjo fuera de España fue un movimiento «anticapitalista», en
consecuencia, el fascismo extranjero siempre habría sido de «izquierda»,
«revolucionario»; por lo que Vox, al ser hoy procapitalista, constitucionalista y
español, se encuentra dentro del orden del actual régimen, ¡por lo que no podría
ser fascista! Y así se completa el silogismo. De golpe y porrazo parecería que no
importara que provengan de familias del viejo régimen, el apoyo explícito de los
miembros de Vox al franquismo, sus dantescas propuestas culturales, ¡ni
siquiera sus amenazas para quebrar el propio «orden constitucional»
demócrata-burgués cuando este resulta insuficiente para cumplir sus
ambiciones! Pareciera que deberíamos cerrar los ojos al hecho de que muchos
de ellos han militado en partidos filofranquistas y aún tienen vínculos con
asociaciones como la Fundación Francisco Franco. Indudablemente los
nostálgicos del fascismo, sea en su versión falangista más «pura» o en la
franquista más «ecléctica», nuclean a todo tipo de personajes imaginables y
pueden abarcar a todo tipo de capas sociales diferentes. Véase la obra: «Los
fascistas, ¿quiénes son ellos?» de 2021.

Algunos de estos personajes acostumbran a disimular la vinculación de Franco


con el falangismo español, el fascismo italiano o el nazismo alemán, hablando
del franquismo como una «democracia limitada», un «autoritarismo militar» y
demás eufemismos. Esto responde a que, cómo explicamos en otros
documentos, a causa de su aislamiento internacional el franquismo pasó a estar
internacionalmente a la defensiva a partir de 1945, intentando aparentar no
deberle nada a las potencias del Eje ni al ideario fascista de la época que
anteriormente había hecho suyo. Finalmente, tras el descalabro de su estructura
en 1975 y el desprestigio de su figura central, Francisco Franco, gran parte de
sus viejos seguidores se vieron obligados replegarse y disimular su antigua
vinculación con el sistema, ora defendiéndolo, ora relativizándolo; recordándolo
con nostalgia, buscando chivos expiatorios para explicar su deterioro y
derrumbe final… un modelo que, según su lógica, «no estaba tan mal como
ahora todos aseguran». Véase la obra: «¿Era el fascismo español una «tercera
vía» entre capitalismo y comunismo?» de 2014.

Armesilla, actuando literalmente como un agente del fascismo, incluso defiende


que:

«El democratismo de Vox es palpable cuando defienden una nueva Ley de


Partidos que asegure el «funcionamiento democrático» de los mismos –

150
teniendo problemas Vox con el Artículo 6 de la Constitución Española de 1978–
y la transparencia de sus fuentes de financiación, así como una «nueva Ley
Electoral que garantice el vínculo directo entre representantes y
representados». (...) Vox, legítimamente liberal y democrático, muy alejado en
el fondo y en la forma de lo que el fascismo fue, y es». (Santiago
Armesilla; Crítica del programa de Vox (I), 2019)

Esta argumentación es una de las tantas idioteces que lanza esta criatura, lo cual
denota que de análisis marxista va escaso. En el caso concreto de España un
partido fascista que tuviese a su cargo la mayoría en el poder judicial podría
perfectamente valerse una y otra vez del art. 155 de la Constitución para
intervenir en las Comunidades Autónomas con gobiernos díscolos que no sigan
su camino –como aquellas gobernadas por partidos independentistas–; del
mismo modo, si tuviera mayoría en el Congreso de los Diputados podría
aprobar el reformular y ampliar algunos artículos para endurecer el derecho a la
asociación política, fuese bajo el pretexto que fuese. Esto no es una ensoñación,
si miramos de cerca Vox ya ha esgrimido planteamientos autoritarios que
sobrepasan la propia Constitución de 1978, como ilegalizar a todo partido
independentista, comunista y socialdemócrata que «no defienda o vaya en
contra de la unidad de España», ¡vaya! ¡Casualmente como Armesilla proclama
día y noche! Aparte de esto, habría que mencionar el lenguaje alarmista,
agresivo y calumnioso hacia los homosexuales y los inmigrantes del cual hacen
gala, el pasado político fascistoide de muchos de los «voxeros», el seguir
alabando a figuras como Ramiro Ledesma o José Antonio Primo de Rivera, así
como el utilizar el espantapájaros del comunismo contra sus adversarios cada
vez que pueden, quizás, y lo solo quizás, sean cosas que hagan dudar un poco al
lector de lo que intenta hacernos creer Armesilla sobre el intachable
«democratismo» de Vox. Véase nuestra obra: «Las elecciones, la amenaza del
fascismo, y las posturas de los revisionistas» de 2019.

En verdad, aunque el fascismo temporalmente haya jurado «defender» o


«mejorar» los «derechos democráticos» –entendiendo por estos a los derechos
democrático-burgueses–, a la hora de la verdad más bien ha intentado barrerlos
en cuanto ha podido. En no pocas ocasiones, la retórica del fascismo
inicialmente apuntaba no tanto hacia los fundamentos de la política o
legislación liberal-burguesa –que también– como sí a sus «deficiencias reales en
la práctica». Esta táctica respondía a que por el momento estos mecanismos
legales les eran funcionales en lo relativo a conseguir la toma del poder;
inservibles una vez asegurado el control del mismo. En todo caso, el nuevo
proyecto fascista caminaba hacia adelante bajo la promesa de que con él habría
un cumplimiento pleno de muchos de muchos de los mejores rasgos políticos
del constitucionalismo tradicional, solo que ahora sin las antiguas «trabas
burocráticas»; a su vez los nuevos gobernantes reformarían y complementarían
algunas «lagunas de la legislación vigente» para hacerla mucho más «justa y
eficaz», logrando así «restaurar la justicia social» y el «orgullo nacional»,

151
denostados bajo la progresiva degeneración liberal, ¿y cómo se lograría todo
esto? Por supuesto, gracias a la vitalidad, el ingenio y la previsión del caudillo
fascista y su séquito; no por casualidad en 1930 Mussolini definía al fascismo
como «la forma más pura de democracia» y a su Estado como una «democracia
organizada, centralizada y autoritaria».

En lo relativo a la cuestión nacional, estos tormentosos personajes rara vez se


reconocen así mismos nacionalistas, pero siempre, eso sí, atacan con saña al
«peligroso nacionalista» que tienen en frente:

«Hay muy diversos tipos de nacionalismos, no se puede igualar, es en lo que


hay que insistir... Yo estoy en contra de aquellos que dicen yo soy
antinacionalista, ni nacionalista español ni nacionalismo catalán… O
simplemente ya la palabra nacionalismo, es condenada de antemano. No
todos los nacionalismos son iguales, ni todos los nacionalismos pudieran tener
la misma escala». (Axel Juárez Rivero; Las derechas no alineadas y los
nacionalismos, 2019)

Estamos de acuerdo en que no es igual cualquier nacionalismo: en concreto, el


marxismo enseña que no se puede igualar el nacionalismo de una nación
opresora que el de una nación oprimida y, pese a todo, hay que exponer tanto a
uno como al otro por el bien del proletariado de ambas zonas. Pero,
casualmente, estos autores defienden siempre el nacionalismo de la nación
opresora, sea donde sea que se geste el debate, hablemos de China, Rusia o de
España.

Como admiradores de todo lo reaccionario habido y por haber, los


gustavobuenistas también aconsejan a sus «hermanos latinoamericanos» que
adopten esta conjunción entre marxismo y nacionalismo, que rescaten sin
complejo a sus figuras predilectas. Este siempre ha intentado sin mucho éxito
ampliar su radio de influencia en el continente americano, como hoy así lo
intenta con la presencia del caricaturesco Santiago Armesilla. Por medio de
diversos seminarios este ser se esfuerza por promocionar sus libros
imperialistas que venden al mundo las bondades que tiene el someterse a los
designios «hispanistas» del «gran maestro» Gustavo Bueno. En una de sus
revistas actuales, los buenistas exigían a los «marxista-leninistas argentinos» la
unión con el peronismo para producir «un cambio estructural revolucionario».

«Para todo Marxista-Leninista argentino, que se precie de tal, hay que


comprender que la unidad con el peronismo es un eje central de la política
popular. Sin esa unidad, demostrada históricamente, defendida por los
Congresos históricos, y argumentada por los históricos líderes del Partido,
ningún cambio estructural ni revolucionario es posible en la República
Argentina». (La Razón Comunista; El comunismo argentino y el peronismo,
2021)

152
Reclaman la alianza con un movimiento nacionalista dirigido históricamente
por un caudillo criollo como Perón, el cual se identificaba con los principios del
falangismo español y que, por si fuera poco, se prodigó en reprimir al marxismo
a sangre y fuego en su país, y ese es, según ellos, el vector para conseguir la
deseada «unión revolucionaria». ¿Se imaginan? ¡La ideología y movimiento del
amigo de Franco es en Argentina el aliado de los «zurdos»! Véase la obra:
«Perón, ¿el fascismo a la argentina?» de 2021.

¡Para Armesilla resultaría que Franco era «socialista»!

Santiago Armesilla también vino alegando en redes sociales, que, por supuesto,
Marx hubiera apostado que Francisco Franco era un «socialista»:

«Marx diría que Franco fue socialismo clerical o reaccionario». (Twitter;


Santiago Armesilla, 12 de marzo de 2021)

¿De verdad existe ser en este planeta que se vaya a fiar de la interpretación de
Marx respecto a alguien que votó a UP&D y que ahora hace apología del PP?
Bien, necios siempre hay, claro está, pero el Sr. Armesilla arriesga demasiado en
sus maniobras. ¿El franquismo es socialismo? ¿Qué será lo próximo?
¿«Socialismo Falangista»? ¿«Socialismo Vaticanista»? ¿«Socialismo del OPUS
DEI»? Pero aclaremos términos. En sus obras clásicas Marx y Engels definieron
el «socialismo reaccionario» como la corriente de aquellos:

«Partidarios de la sociedad feudal y patriarcal, que ha sido destruida y sigue


siéndolo a diario por la gran industria, el comercio mundial y la sociedad
burguesa creada por ambos. Esta categoría saca de los males de la sociedad
moderna la conclusión de que hay que restablecer la sociedad feudal y
patriarcal, ya que estaba libre de estos males. Todas sus propuestas persiguen,
directa o indirectamente, este objetivo. Los comunistas lucharán siempre
enérgicamente contra esa categoría de socialistas reaccionarios, pese a su
fingida compasión de la miseria del proletariado y las amargas lágrimas que
vierten con tal motivo, puesto que estos socialistas. (…) Se esfuerzan por
restablecer la dominación de la aristocracia, los maestros de gremio y los
propietarios de manufacturas». (Karl Marx y Friedrich Engels; Principios del
comunismo, 1847)

Es indudable que no hay que ser un genio para comprender que esto era una
ideología pequeño burguesa que sentía una honda desesperación por las
consecuencias de la industrialización, que deseaba volver a la era
premonopolística, a la época de los gremios, etc. Un romántico de manual. Nada
de esto tiene que ver con el franquismo y sus planes de modernización llevados
a cabo bajo ayuda del capital estadounidense. ¿Y en cuanto al «socialismo
clerical»? ¿Es un término aplicable al franquismo? Tampoco:

«Como los curas van siempre del brazo de los señores feudales, no es extraño
que con este socialismo feudal venga a confluir el socialismo clerical. Nada
153
más fácil que dar al ascetismo cristiano un barniz socialista. ¿No combatió
también el cristianismo contra la propiedad privada, contra el matrimonio,
contra el Estado? ¿No predicó frente a las instituciones la caridad y la
limosna, el celibato y el castigo de la carne, la vida monástica y la Iglesia? El
socialismo cristiano es el hisopazo con que el clérigo bendice el despecho del
aristócrata». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto comunista, 1848)

Esto tampoco tiene que ver con el franquismo, ni siquiera con sus
organizaciones asistencialistas, pues ninguna de ellas intentaba poner en jaque
el sistema económico capitalista, muy por el contrario, eran las correas de
transmisión del movimiento franquista en los barrios. ¿Acaso ha leído Armesilla
estas dos obras de Marx y Engels o simplemente utiliza términos populares pero
manipulando su significado adrede? En realidad, ni lo sabemos ni nos importa,
solo nos preocupa aclarar tales payasadas.

También tuvo tiempo de agradecer al Caudillo «sus servicios» a la nación


porque:

«Generó varias empresas. (…) Aplicó servicios sociales (…)». (Twitter;


Santiago Armesilla, 12 de marzo de 2021)

¡Amén! ¡Si es que como han proclamado siempre los fachas del país: «con
Franco vivíamos mejor!». ¿Verdad, señor Armesilla? Antes no había tanta
«izquierda indefinida» ni tanto «separatista» dando tanto la lata, la Iglesia tenía
su nicho más asegurado y los libros de historia respiraban mayor «hispanidad».
¡Qué tiempos aquellos del «nacional-catolicismo»! Pero estas declaraciones no
nos pillan de nuevas, Armesilla también insistía sobre el carácter socialista de
este dictador fascista apelando al fanatismo hacia su líder:

«@armesillaconde: Para varios liberales, Franco era socialista. En su libro


«El mito de la derecha», el filósofo Gustavo Bueno lo encuadra en lo que él
llama «derecha socialista». Bueno es una gran influencia en mi forma de ver
las cosas». (Twitter; Santiago Armesilla, 3 de mayo de 2020)

¡Y si el líder así lo aseguraba, como contradecirle nosotros!

Si el lector lo desea y le gusta la especulación académica, puede revisar las


famosas tablas de Armesilla sobre la «izquierda»:

a) Con la «izquierda radical», la «izquierda liberal», la «izquierda libertaria», la


«izquierda socialdemócrata», la «izquierda asiática», la «izquierda
bolivariana»; en el marco de las generaciones de «izquierdas políticamente
definidas».

b) Con la «izquierda extravagante», la «izquierda divagante», la «izquierda


fundamentalista» corrientes de «izquierdas políticamente indefinidas».

154
Ah, ¿qué el lector tampoco sabe que es eso de la «izquierda definida» e
«izquierda indefinida»? Bueno, según Armesilla esta última es:

«@armesillaconde: Toda izquierda indefinida carece de proyecto político


respecto del Estado». (Twitter Santiago Armesilla, 28 dic. 2020)

Pero esto es tan válido como autoproclamarse apolítico o amoral, no se está


diciendo nada porque todos tenemos, de forma consciente o inconsciente, una
política y una moral. En definitiva, esto es lo que ocurre cuando los intelectuales
se aburren, se dedican a emular los trabajos de taxonomía, esto es, la ciencia de
la clasificación, solo que en su desempeño hay algunos «detalles» que lo
diferencian. Estas agrupaciones recuerdan a las de Tito hablándonos de «países
no alineados», a las de Mao con su famosa teoría de «los tres mundos»; o a los
brezhnevistas hablándonos de países «no capitalistas en vías al socialismo». En
todas estas clasificaciones los criterios eran tan subjetivos, laxos y zafios, que las
entidades de la lista bien podían entrar y salir dependiendo de si la política
exterior era favorable al autor o no, ¡todo muy científico!

La admiración sin disimulo del fascismo

La famosa Escuela de Bueno no es sino la filosofía burguesa al servicio del


fascismo nacional, algo que se demuestra por sí solo. Existe un trabajo donde
Gustavo Bueno coparticipó con otro de sus alumnos aventajados. Allí nos decía
del famoso fascista español Ramiro Ledesma:

«Debemos recordar que en el Manifiesto inicial [La Conquista del Estado, Nº1,
14-IV-1931], el punto 6° indica: «Afirmación de los valores hispánicos»; el
punto 7 señala: «Difusión imperial de nuestra cultura». El 10 ataca el
separatismo, y el 16 solicita la «lucha contra el farisaico caciquismo de
Ginebra», y la «afirmación de España como potencia internacional». Leemos
lo que es «Imperio» para Ramiro Ledesma. Escrito en 1931 está: «El Imperio
hispánico ha de significar la gran ofensiva: nueva cultura, nuevo orden
económico, nueva jerarquía vital». Ledesma pide una revolución nacional,
«vigorizadora, sobre todo, de la unidad de España», con «un sentido social».
(Francisco Díaz de Otazu Guërri bajo la dirección de Gustavo Bueno; Apuntes
hacia la filosofía de Ramiro Ledesma, 2000)

De hecho, Gustavo Bueno mostraría su verdadero cariz afirmando que:

«No cabe duda que Ledesma advirtió, junto con otros muchos teóricos, la
relevancia que tenía el Imperio en la Historia de España, y ello constituye un
gran mérito suyo, que sólo desde posiciones sectarias podrían minimizarse».
(Gustavo Bueno; Dialéctica de clases y dialéctica de Estados, 2001)

Esto indica que esta escoria no había evolucionado desde los años 60, seguía
siendo el mismo pobre ser rancio y oscurantista, el más digno heredero de su
mentor Santiago Montero Díaz, quien a su vez fue jefe de las JONS e íntimo

155
amigo de Ramiro Ledesma. A riesgo de ser cargantes insistimos: ¡esta es la
figura «ilustrada» que algunos «revolucionarios» usan hoy para apoyar sus
«análisis marxistas»! Triste pero cierto.

Otro de los discípulos de Gustavo Bueno decía:

«Yo hace tiempo que he planteado que el fascismo sería hoy en el 2005 una
ideología que defendería a muerte los intereses de las clases medias –más del
70% de la población– frente al lumpen, los inmigrantes y la plutocracia
capitalista». (Felipe Giménez Pérez; Fascismo, 2003)

¿Alguien imagina defensa más abierta del fascismo como ideología? Esto nos
hace una idea de lo que esta filosofía ha causado: no solo su incomprensión de la
cuestión nacional desde un punto de vista marxista, sino su abierta conexión
con el fascismo en base a su equivocación sobre dicha cuestión. Lo cierto es que,
lejos de renegar del lumpen, el fascismo como movimiento burgués siempre se
ha valido de él, y lejos de derrocar el capitalismo, siempre lo ha reforzado,
actuando como su ejército mercenario privado.

Por ir finalizando, aunque el buenismo se presente como pretendido «superador


de todas las filosofías precedentes», en realidad el papel de la Escuela de Bueno
es de segundón y lacayuno. Consciente o inconscientemente tiene asignado el
papel de intentar que los jóvenes insatisfechos con el sistema capitalista no
miren a la «izquierda», y si aceptásemos ese término clásico de la economía
política, habría que sentenciar que el marxismo ha demostrado ser la única
«izquierda» verdaderamente revolucionaria y emancipadora en la era
capitalista. Ellos, en cambio, piden que los descontentos con el sistema
reflexionen, que sean «flexibles», «verdaderos patriotas», y que así viren así
hacia nuevos horizontes no explorados, hacia la derecha: hacia algo más liberal
o más conservador… incluso –¿por qué no?– hacia al fascismo, como ya vimos
atrás. Esto es aceptado con gusto si con ello «se salva a España» –porque los
nacionalistas piensan que es más importante el nivel de extensión del Estado
que la dignidad del mismo–. Su único ambiente de captación, su único «río de
pesca», seguro son las universidades; aquellos intelectuales aburguesados que
ya de por sí son fervientes nacionalistas, por lo que, como dijimos en la
introducción, esto mucho mérito no tiene, y el techo de crecimiento de una
corriente así de estrafalaria es harto clarividente.

Las reaccionarias soluciones para España según la Escuela de


Gustavo Bueno

El análisis del gustavobuenismo sobre los males de España no es


significativamente diferente del que en su día esgrimían los falangistas. ¡No es
una cuestión de clase, sino de «honor nacional» perdido o mancillado!

156
«España, al firmar en la paz de Westfalia su decadencia, no se levanta ya.
Nuestros desastres se suceden incontenibles, y aquel pueblo «que quiso ser
demasiado», en frase de Nietzsche, llega en nuestro siglo al conformismo de
una política mediocre, resignado con su papel de nación de tercer orden. Se
han perdido todas las ambiciones y todos los estímulos; a la duda de la
anterior centuria la sustituye el escepticismo, el desaliento, la falta de fe.
Nuestra juventud se encuentra con «una España en ruina moral, dividida por
todos los odios y todas las pugnas», exhausta, arrinconada, encogida, sin una
vibración espiritual, sin un ideal colectivo que la mueva ni la cohesione, sin
aspiración alguna que la ennoblezca; en trance de sucumbir o de resucitar.
Sólo una transformación enérgica, activa, de realidades absolutas podrá
evitar su desaparición. Y José Antonio, con una visión clara y diáfana del
momento histórico, entiende que ha llegado la hora de actuar, aportando todo
su entusiasmo y su fe, torciendo su vocación de hombre de estudio,
sacrificando comodidades, arriesgándolo todo, recurriendo incluso a la
violencia, hasta lograr que España «recobre resueltamente –son sus
palabras– el sentido universal de su cultura y de su Historia. (…) Aunar en un
solo esfuerzo las energías de ambos partidos, cuyo objetivo común era dar la
batalla a las fuerzas disolventes de la revolución; no para restablecer la
supremacía de una clase sobre otra, sino con un sentido justo y humano, una
norma viril y revolucionaria». (Rafael Narbona; José Antonio, 1941)

¡¿Y quién condujo a España a esa «deshonra nacional» sino las castas
parasitarias nobiliarias, clericales y capitalistas que los falangistas salvaron en
1936?!

Pero esto no cuadra con los análisis de la Escuela de Gustavo Bueno. La historia
debe de ser reinterpretada desde otra óptica, pero ¿cómo? Gracias a un «deus ex
machina» que para los buenistas explica todo: la «dialéctica de Estados», que
ahora además resultaría ser «el motor de la historia».

«Las clases sociales no serían entidades sustantivables por encima, o a través


de los Estados imperialistas con capacidad para explicar, y realizar, la
dinámica de la historia. Las clases sociales solamente cobrarían realidad
política efectiva, casualmente determinada, a través de las sociedades
políticas, particularmente a través de los Estados. (…) Son los imperios
universales los que impulsan las transformaciones entre modos de producción,
transformando a su vez el desarrollo de las fuerzas productivas y la lucha de
clases. Éste es el motor de la historia». (Santiago Armesilla; La vuelta del
revés de Marx: el materialismo político entretejiendo a Karl Marx y a Bueno,
2020)

Esto no es de extrañar, si algo caracterizaba a su mentor Gustavo Bueno y es


marca de la casa de sus seguidores, es la charlatanería. Gracias a un lenguaje
ladino, realizan juegos de equilibrismo filosófico y político con el cual tratan de

157
vender al público, con mucha confianza, eso es cierto, ideas sumamente
provocadoras y retrógradas, a veces incluso contrapuestas con otras
declaraciones. Enseñaremos algunas de sus ideas para «renegar a España» que
hoy firman los periodistas ultraconservadores, los militares nostálgicos del
franquismo y los tiburones neoliberales:

«Desde esta perspectiva, los fundamentos por el «partido de España» tendrán


que asentarse no ya tanto únicamente en la defensa de una integridad
territorial, puesta en entredicho. (...) Nuestra propuesta quiere subrayar la
idea de que la unidad de España, como unidad histórica, sólo mantendrá su
sentido en el próximo milenio si se la considera no ya tanto como una unidad
territorial o de mercado, o como una circunscripción administrativa orientada
a mantener el orden público, o como una unidad de paisaje territorial, en todo
caso artificial, sino como unidad de un territorio en el que viven los hombres
que hablan en Europa el español. (...) Plan energético nacional que tome en
consideración la energía nuclear. (...) Organización de un servicio nacional
obligatorio para jóvenes de ambos sexos, con funciones sociales, militares,
policiales, etc., sin posibilidad de objeciones de conciencia o de cualquier otro
tipo de excepción. (...) Eliminación del concepto de «tercera edad, como edad
del merecido descanso», y asignación a los pensionistas no impedidos de
tareas obligatorias de interés asistencial, educativo o social. (...) Hay que
contar incluso con la probabilidad de una política de gerontocidio que se
insinúa en el presente de vez en cuando. (...) Eliminación del concepto de
«colectivo de desempleados» y asignación a los parados y población ociosa,
mediante retribución, de tareas de interés público. (...) Las diez propuestas
ofrecidas no tienen una intención revolucionaria, en el sentido ordinario de
este término. (...) Las propuestas que hemos presentado y defendido han sido
formuladas con la intención expresa de mantenerse en situación de relativa
independencia respecto de los programas de los partidos políticos del arco
parlamentario español, ya sean estos partidos de izquierda, ya sean de
derecha o de centro». (Gustavo Bueno; Diez propuestas, «desde la parte de
España», para el próximo Milenio, 1995)

En todas estas cuestiones: nacional, ecológica, republicana, económica, política,


etcétera, no hay rastro de un pensamiento marxista, siquiera de algo
mínimamente progresista. Otras propuestas, como el servicio nacional
obligatorio con funciones sociales, carecen de sentido en su modelo de sociedad,
que no supera el marco del capitalismo, por lo que dichas medidas bajo tales
enfoques tendrían el mismo odio y fracaso entre la población que ya han
provocaron sus antecesoras históricas en España. Otras, como eliminar el
subsidio a parados, es un crimen bajo una sociedad como la capitalista que
necesita de eso que Marx denominó «ejército de desempleados». El
gerontocidio, y más en la sociedad que él propone, solo cabe ser imaginado en la
idea de un ser demente. Bien podría haberse aplicado el cuento este infame ser.

158
¿Será también casualidad las posturas ultraconservadoras del gustavobuenismo
y las de Vox? No, porque es lo que el hijo ha aprendido del padre:

«Unos se oponen a la interrupción voluntaria del embarazo desde «posturas


totalmente materialistas, al considerar que es una barbaridad su uso como
método anticonceptivo», sostiene Vélez. Los otros lo hacen por diversas causas,
que Santiago Abascal detalla a este periódico: «Nuestra defensa de la vida
tiene que ver con la defensa del ser humano y su dignidad, algunos lo podemos
hacer desde una óptica humanista religiosa y otros lo hacen sin ese
componente religioso». (El Español; El ala marxista de Vox inspirada por
Gustavo Bueno: los extremos se tocan, 2019)

En otra ocasión, hablando sobre el matrimonio homosexual, el Sr. Bueno no


podía contener su pensamiento retrógrado:

«Gustavo Bueno: También en la evolución hay una regresiva que se considera


corrupta. Por ejemplo, si una especie da lugar a otra que está enferma, es una
especie corrompida. Y el matrimonio homosexual concretamente, para mi
juicio, destroza totalmente la estructura del matrimonio

«Entrevistador: Qué corrupción puede haber en una ley que amplia derechos y
que no obliga a nadie...

Gustavo Bueno: Es que no amplia derechos.

Entrevistador: Amplia derechos a personas que quieren casarse y son del


mismo sexo.

Gustavo Bueno: (…) El concepto que está pervertido es el concepto universal de


los antropólogos, donde el matrimonio, sea monógamo, polígamo, poliandrico
o lo que sea, supone siempre sexos distintos, tiene todo el derecho de familia
ahí, tiene la idea de reproducción, esto desaparece en los matrimonios
homosexuales, tienen que adoptar niños, etc., esto altera las relaciones de
familia, es una pseudomorfosis». (Periodista Digital; Entrevista a Gustavo
Bueno, 2006)

Gustavo Bueno en ningún momento es capaz de reconocer que la ley amplia


derechos, que es una ley progresista, ¿quién negaría esto seriamente? Sólo él y
sus amigos de la derecha. Pero, además, da a entender que para que se sea una
familia, se debe dar la reproducción, ¿y todavía alguien niega la base del
pensamiento nacional-católico de este fraude mal enmascarado? ¿Acaso debe
retirarse el derecho al matrimonio a las parejas heterosexuales estériles? ¿Acaso
debemos dejar de considerar como familia a los padres o madres solteros que
adopten? Como siempre, las argumentaciones son ridículas, argumentos que
solo puede aceptar un zoquete que no es capaz de reflexionar por sí mismo.

159
En segundo lugar, Bueno habla de que la antropología y la historia no conoce
casos de matrimonios o uniones entre homosexuales. ¿Acaso si eso fuese cierto
cambiaría algo la cosa? No, seguiría siendo un derecho a introducir necesario
más allá de que haya existido previamente o no. La historia tampoco conoció
muchos derechos hasta que fueron introducidos por fuerzas revolucionarias,
¿no fue la URSS quién introdujo cambios sustanciales en la legislación que
afectaban cómo se había articulado la familia hasta entonces? Apoyarse en esa
argumentación demuestra el conservadurismo del pensador: «Esto no se puede
introducir porque nunca se ha hecho», cosa que él presenta diciendo que el
matrimonio homosexual una regresión para la sociedad, llamando
indirectamente a los homosexuales como seres enfermos que vienen a
«derrocan la ley natural» provista por Dios.

En tercer lugar, estas uniones homosexuales sí se han dado, otra cosa muy
diferente es la ignorancia de Bueno sobre el tema, o si algunas de estas uniones
tenían realmente un carácter de matrimonio al mismo nivel que el heterosexual,
pero no cabe duda de su existencia.

Desde luego, es una broma llamar «marxista» o «materialista» a cualquiera de


las teorías y declaraciones de estos intelectuales ultraconservadores, siendo el
súmmum del idealismo, subjetivismo y del eclecticismo ideológico. Gustavo
Bueno ha sido conocido por tesis homófobas, antiinmigración, negacionistas de
la acción del hombre en el cambio climático, etc.

¿Quién ha mantenido posiciones similares? ¡Ah, sí, su apadrinado!

«Entrevistadora: ¿Cuál es la postura de su partido en tema del matrimonio


gay?

Santiago Abascal: El matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer,


pero entendemos que tiene que haber una regulación de las uniones civiles y,
por cierto, no nos oponemos a ningún colectivo, porque no creemos en los
colectivos…

Entrevistadora: ¿Habla del colectivo LGTB?

Santiago Abascal: Sí. Y lo digo porque hay muchas personas homosexuales


que piensan igual que nosotros. Hay muchas personas homosexuales que están
en Vox y piensan lo mismo. Y en cuanto hablan de estas cosas…

Entrevistadora: ¿Que piensan qué?

Santiago Abascal: Bueno, pues que el matrimonio es la unión de un hombre y


una mujer». (Entrevista a Santiago Abascal en Ana Rosa, 8 de diciembre de
2018)

160
¡Bien Santi! ¡sin duda eres un perro muy obediente!

En lo que es la piedra de toque para distinguir a revolucionarios de


oportunistas, como es la actitud a tomar respecto a la república de clase en
España, Gustavo Bueno ni siquiera pecaba de un republicanismo liberal
pequeño burgués, sino que por su hondo chovinismo llegaba a concluir que:

«España es una monarquía, ahora bien, ¿la monarquía es un atraso o un


adelanto?, ¿con respecto a qué es un adelanto? ¿Con respecto a las hipotéticas
futuras monarquías búlgaras, rumanas, o incluso rusas o portuguesas? (…) Si
en el futuro hubiese monarquía en Bulgaria etc., en España sería un
adelantado, sino es un arcaísmo». (Gustavo Bueno; España, 14 de abril de
1998)

¡Vaya! ¡Que sorpresa! ¡Afirma lo mismo que Vox en nuestros días! ¡El lector va a
empezar a sospechar que llevamos razón! ¡Que el gustavobuenismo tiene hoy su
cara visible en la formación verde!

Los marxistas definen la monarquía constitucional como una forma concreta


que se da como forma histórica al nacer el capitalismo:

«Los ideólogos burgueses y reformistas, tratan de presentar el Estado de la


sociedad explotadora como una organización por encima de las clases, no
ligada a la clase dominante, no derivada de las relaciones de producción
existentes. Marx, en cambio, demostró que en cada época el Estado es el
representante de la clase dominante en la sociedad, y que expresa
precisamente sus intereses de clase. El Estado depende enteramente del tipo de
relaciones de producción. Las relaciones feudales de producción crearon el
Estado de la monarquía feudal; y las relaciones burguesas de producción, la
monarquía constitucional o la república democrático-burguesa». (Mark
Moisevich Rosental; El método dialéctico marxista, 1946)

¿En qué lugar le deja a Gustavo Bueno dicha exposición de Rosental? Él jamás
nos habla aquí como un marxista, en el sentido de exponer a la monarquía, la
cual no deja de ser una forma política más de la dictadura del capital y, por
tanto, una forma de poder político anticuada para nuestra época donde el
desarrollo socio-económico y cultural hace tiempo que ha mostrado que el
capitalismo ha rebasado su progresismo. Por el contrario, el sofista del Sr.
Bueno, recurriendo a un burdo pragmatismo sorprendente, lo reducía todo a
plantear la cuestión en términos cuantitativos: si existen muchos países con
monarquía, España abanderará el progreso al tener ya una monarquía
constitucional; si, en cambio, son las repúblicas democrático-burguesas lo que
está en boga, nuestra monarquía está de más. Con esta lógica barata, si en la
Segunda Guerra Mundial hubiera ganado la Alemania de Adolf Hitler y el resto
de países de Europa hubieran caído bajo la bota nazi, la España de Franco

161
hubiera sido progresista. ¿¡Este es el nuevo becerro de oro que adoran los casi
marxistas!? ¿En serio? ¿No tenéis algo más elaborado que presentarnos?

Un putrefacto cerebro en descomposición como el del Sr. Armesilla ni siquiera


tiene miramientos en disimular su rígido aristocratismo. Después de «poner del
revés a Marx», proclamaba ante su público lector que la República aristocrática
de Platón es algo parecido al «comunismo» al que él aspira:

«¿Cómo entender, entonces, el socialismo y el comunismo desde nuestra


propuesta de «vuelta al revés» de Marx? ¿Cómo entenderlos desde nuestra
concepción materialista de la vida política? (…) Una de las primeras obras en
mostrar esta conexión es la República, de Platón. (…) Concibe su República, en
realidad, como una comunidad política de una única clase social, los
productores, conformada a su vez por geomoros –campesinos– y demiurgos –
artesanos y obreros–. (…) De los productores tienen derecho a propiedad
privada personal y a familia, se extraen sus mejores representantes los sujetos
que conformarán a los guerreros guardianes, los cuales viven en comunidad y
no pueden tener posesiones y familias. A su vez, de ellos surgen los
gobernantes, que viven en el mismo régimen comunitario sin posesiones ni
familia. Más que un corporativismo, la República platónica es una sociedad
comunista». (Santiago Armesilla; La vuelta del revés de Marx: el
materialismo político entretejiendo a Karl Marx y a Bueno, 2020)

Tomar el misticismo e idealismo del platonismo para organizar la sociedad es


otra demostración de que hombre no está en sus cabales. Solo alguien de la
calaña de Nietzsche o Armesilla se atrevería a proponer tal locura. Cualquiera
que haya leído esta obra de Platón sabrá que ese «interés general» que plantea
el filósofo griego es la misma que esbozan los capitalistas cuando juran que la
ordenación social existente y sus actos gobernando obran en pro del «interés
común» de la sociedad.

Platón nos habla que en su polis Calípolis, la clase de los «gobernantes» serán
elegidos de entre la clase de los «guerreros guardianes» que vivirán en
«barracones» y «a expensas de los ciudadanos», es decir, los militares, a los
cuales Platón presupone que deben llevar una vida austera para no corromperse
en exceso. Esto último es algo imposible en toda sociedad de clases, ya que la
élite militar ha vivido siempre como pequeños reyezuelos, entre otras razones,
porque provienen de familias ricas y controlan el poder de coacción del Estado,
asegurándose el operar de generación en generación dentro de estas
instituciones como una casta endogámica bien remunerada.

Estos «gobernantes» deben ser «viejos», porque los «jóvenes» deben por
naturaleza «obedecer», por lo que metafísicamente se da por hecho que todo
aquel de 45 años será más sabio que alguien de 25. Además, este Estado

162
«comunista» enseñaría religión de los Dioses Olímpicos a los ciudadanos, y los
gobernantes tendrían privilegios como poder «mentir por el bien del Estado»
mientras los artesanos serían severamente castigados por hacer esto mismo.
¿No nos suena esto demasiado familiar como para tomar esto como una «nueva
sociedad»? Igualmente, sigamos.

Los «guerreros guardianes» se consideran aquí necesarios para la «invasión de


territorios vecinos para satisfacer las necesidades de todos», dado que «no
habrá recursos para todos». Entendemos que aquí Armesilla se excite, pues,
Platón parece adelantar algo parecido a la «Dialéctica de Estados» de Armesilla,
pero no es nuestro objetivo crear un sangriento «imperialismo generador
comunista» que se fije tales misiones de ir expoliando a terceros. Este bien
puede ser el fin de su vida para un esclavista del siglo V a.C., pero no para un
internacionalista del siglo XXI.

Y a todo esto, ¿cómo se decidirá quién pertenece a cada clase social? Bueno, el
platonismo nos hablaba que el Oráculo mirará que parte del alma predomina en
cada uno de nosotros, si la racional, irascible o concupiscible. En los
«gobernantes» predominaría el primer rasgo –sabiduría–, en los «guerreros»
segundo –bravura–, mientras que en los «artesanos» y otros productores el
último de los rasgos del alma –la templanza–. Para Platón, en estos últimos, los
trabajadores manuales, la «virtud» que tendrán es que son dóciles, obedientes,
porque sabrán cuál es su lugar y soportar la carga de los trabajos menos
apetecibles y más despreciados por la sociedad. En la obra político-filosófica se
aseguraba que solo la suma de todas estas virtudes –alojadas en cada extracto
social– daría un perfecto «equilibrio» al Estado, por eso cada uno debía
comprender la función «para la que ha nacido» –tengamos en cuenta que
Platón seguía las ideas de sectas como la de los pitagóricos, creyentes en la
reencarnación y, por tanto, de la existencia de habilidades innatas de los
hombres, como retazos de otra vida–. Esto aplicado a las condiciones de hoy,
sería algo así como si un listillo averiguase si vamos a mandar de por vida en
Moncloa o asfaltar carreteras mirándonos los chacras o los posos del café.
¿Adivinas que le salió a él y que te saldrá a ti? «Oh, ¡Lo siento, la parte
concupiscible de tu alma te condena a remar en galeras!».

En resumen, para el armesillismo, una sociedad petrificada por la división del


trabajo y la estratificación de clases es algo parecido al ideal de «comunismo».
Para Armesilla solo faltaría, pues, que la actual Constitución de 1978 dijese que
todos los ciudadanos son parte de una «única clase» o una «república de
trabajadores» como la Constitución de 1931; ¡y así el «comunismo» en España
sería una realidad consumada! Por ir finalizando, en su tratado Platón es muy
explícito dentro de sus descripciones: «lo importante es que cada ciudadano y
cada clase se mantengan en su puesto», por lo que el aristocratismo de su
pensamiento es lo suficientemente clarividente como para que sea confundido

163
por cualquier lector. Entonces, ¿qué ha pasado aquí? Pues que el sofista
Armesilla intenta vendernos utopías reaccionarias del siglo V a.C. como el no va
más.

Inspirado en la «comunista» República de Platón, un joven Nietzsche concluiría


en uno de sus vomitivos escritos:

«Nietzsche: Todo hombre, con toda su actividad, sólo tiene dignidad en la


medida en que, de una forma consciente o inconsciente, es instrumento del
genio; de donde se ha de sacar inmediatamente la conclusión de carácter ético
de que el «hombre en sí», el hombre absoluto, no posee ni dignidad, ni
derechos ni deberes: sólo como un ser totalmente determinado que sirve a fines
inconscientes puede el hombre disculpar su existencia». (K. Ansell; Pearson
(ed.), The Fate of the New Nietzsche, Aldershot, Avebury, 1997)

Evidentemente, en toda sociedad dividida en clases sociales, mediatizada por el


capital, todos no poseerán la misma dignidad, los mismos derechos ni deberes.
¿Entonces? Pues, en vez de preocuparnos si los «genios» que están «arriba» lo
son por su sabiduría, influencia familiar, propaganda o parné, nosotros
debemos volar por los aires la estructura burguesa por dos razones. En primer
lugar, para que más allá de las diferencias biológicas o sociales desarrolladas por
cada uno, la sociedad pueda brindar una igualdad de oportunidad real y no
ficticia. Y, en segundo lugar, para demostrar a seres repugnantes como estos el
manantial de virtudes y capacidad de mando que se esconde detrás de muchos
de los trabajadores que antaño tanto disfrutaron explotando y humillando.

«Conviene, por el contrario, que os vayáis acostumbrando a la idea de que el


sistema actual de producción y de cambio no es permanente, sino transitorio;
que así como no es el primer término de la evolución económica, no es tampoco
el último; que si nació ayer con la revolución burguesa, morirá mañana con la
revolución proletaria. Esto es lo que en primer término debe de saber todo
obrero, puesto que es el fundamento de seguras esperanzas de redención: que
su condición de proletario no es eterna; que el salario no es un hecho natural,
necesario para la existencia de la sociedad, ni siquiera un hecho normal, sino
un estado de las relaciones económicas accidental, transitorio, traído por el
desarrollo histórico, que el mismo ha de sepultar, y no tarde, en el panteón de
las instituciones odiosas». (Jaime Vera López; Informe ante la comisión de
reformas sociales, 1884)

El buenismo como guardián del orden capitalista

La Escuela de Gustavo Bueno, también llamada «materialismo filosófico», pese


a todas sus peroratas bajo una retórica «revolucionaria», nunca ha tenido entre
sus pretensiones políticas el eliminar la propiedad privada sobre los medios de
producción; siempre se ha valido de todo tipo de diatribas de la economía
164
burguesa para justificar la explotación del hombre por el hombre. Este capítulo
servirá para contraponer la postura marxista y antimarxista en los clásicos
debates sobre «crisis económicas», «plusvalía», «fuerzas productivas»,
«materia fiscal», etc.

a) ¿Quién tiene la culpa de las crisis económicas, los trabajadores?

Para empezar, argumentando como un vulgar economista liberal, Gustavo


Bueno se mofaba de todos nosotros señalando que:

«En un Estado de derecho, el trabajo es libre, la libertad de la famosa


Revolución Francesa, entonces, el trabajador es libre para vender su fuerza de
trabajo que es lo que tiene. (…) Si la fuerza de trabajo vale tanto». (Gustavo
Bueno; Esbozo sobre las categorías de la economía política, 2010)

¿Han leído bien? El trabajador es «libre» de vender su «fuerza de trabajo», solo


que claro, quizás el burgués también es «libre» de no requerir sus servicios y
dejarlo vegetando en la cola del paro durante semanas, meses o años. El
trabajador es «libre» –según los santísimos «derechos del hombre»,
sancionados en todas las cartas magnas burguesas– para elegir el oficio que
guste –de nuevo, sin tener en cuenta el «detalle» de si puede o no costearse la
formación requerida para el puesto–. El trabajador es, asimismo, «libre» de
aceptar trabajar en otros tantos oficios que detesta y aguantar carros y carretas
por necesidad personal y familiar. En pocas palabras: el trabajador goza de
todas estas «libertades» porque estas parten de su rasgo más característico y
que lo hace realmente «libre»: ser un sujeto desposeído de los medios de
producción. ¡Maravilloso!

Quizás, derivado por su admiración hacia los jonsistas españoles, Bueno deja
caer su carácter de esquirol y rompehuelgas, restaurando el papel honorífico del
empresario, que, según él, ha sido demonizado injustamente:

«Parece que el empresario es una figura de un extorsionador, un tipo


miserable, que está explotando a los trabajadores, mientras que los sindicatos
son los que tienen la razón. (…) Y entonces los buenos y los malos. ¡No! (…) La
razón de la crisis la tienen los trabajadores. ¡Claro que la tienen! (…) Como si
los empresarios fuesen ratas que están explotándoles, coño, ¡montad una
empresa vosotros! Protestan cuando una empresa se deslocaliza y se marcha a
otro país. (…) ¡Pues cobrad menos! No tienen actitud política». (Gustavo
Bueno; Conferencia de Gustavo Bueno, Esbozo de un epílogo a Ensayo sobre
las categorías de la Economía Política, 2010)

Dejando a un lado el carácter amarillista de los grandes sindicatos españoles,


este tipo de declaraciones alumbran lo que es el buenismo sin trampa ni cartón:
el «amigo filosófico» de la patronal. Damas y caballeros, la culpa de los males
sociales –paro, precariedad, externalización, subida de precios y demás– es
principalmente de los trabajadores, porque algunos de ellos eligen tener a malos

165
líderes sindicales reformistas como representantes –¿y qué ocurre con la gran
mayoría de ellos, que no están sindicados?–, ah, y también porque no aceptan
cobrar el salario mínimo de Zimbabue con el coste de vida de España. ¡Qué
insolidarios! ¡Vaya apátridas!

Comencemos por la automatización de la producción –la llamada


«mecanización»–. Como ya demostró Karl Marx en su ópera magna, «El
Capital» (1867), así como en otras investigaciones, todo trabajo produce un
excedente que, en el caso del modo de producción capitalista, por basarse en la
propiedad privada sobre los medios de producción, es apropiado
exclusivamente por el dueño de los mismos. Del mismo modo, la plusvalía
misma es un fenómeno complejo que podemos dividir en dos tipos: «plusvalía
relativa» y «plusvalía absoluta».

En la producción capitalista, tenemos por un lado la llamada «plusvalía


relativa», que en palabras de Marx «presupone un cambio en la productividad o
intensidad del trabajo»; esta predomina sobre la «plusvalía absoluta» que el
alargamiento absoluto de la jornada laboral. ¿Por qué ocurre de este modo?
Debido a que las innovaciones técnicas no tienen un límite claro, como sí lo
tiene el tiempo que un individuo puede dedicar a un trabajo durante un día para
estar en condiciones de volverlo a realizar al día siguiente. Como el día tiene las
horas contadas y se requiere el poder extraer un mayor volumen de productos
por hora, es aquí donde entran en juego las innovaciones técnicas, que cada vez
permiten con menor número de trabajadores producir más en menos del tiempo
que antes requería el trabajo de una plantilla más numerosa. La necesidad de
renovar la maquinaria para producir más y más plusvalía en un contexto de
lucha entre capitalistas por las «oportunidades de negocio» –el control de los
recursos y las cuotas de mercado– implica que la balanza entre «capital
constante» –medios de producción– y «capital variable» –fuerza de trabajo– se
incline cada vez más a favor del primero, que sustituye al segundo. Aquí es
donde encontramos la razón de que el capitalista siempre busque reducir la
plantilla de trabajadores de una forma u otra, sustituyéndolos por unas
máquinas sobre las que estos trabajadores carecen de control.

Este sistema actual, deudor, al fin y al cabo, del acervo de conocimiento y


fuerzas productivas del pasado, lleva aparejado en sus extrañas varias paradojas
que hay que comentar. Por su propia idiosincrasia está obligado a buscar
desesperadamente la propia expansión tecnológica, esa que finalmente arroja
unos resultados increíbles en cuanto productividad o capacidad logística que,
para el ciudadano común resultan asombrosas, verdaderos «prodigios del ser
humano». Unas marcas que, sin duda, son sorprendentes y nos permiten
superar los viejos límites del transporte, cálculo o redes de comercio respecto a
los límites de hace dos mil años, dos siglos o dos años. Con el debido tiempo
estas innovaciones normalmente se generalizan y resultan cada vez más
accesibles y baratas. Pero he aquí el problema: son beneficiosos, pero lo son,

166
sobre todo, a nivel empresarial, no tanto a nivel social –recuerden: el
«progreso» en la sociedad de clases siempre es condicionado, no absoluto–. El
por qué estos avances no son accesibles a todos los sectores productivos y en por
qué no son aprovechados de forma inmediata por todas las regiones y
habitantes es algo bien sencillo, y creemos que la respuesta a esto ya es conocida
por todo el mundo: la competitividad privada y el «secreto empresarial». Si a
esto le sumamos que diariamente –y en especial en cada crisis–, los
empresarios no tienen problema en malgastar, sacrificar e incluso destruir tanto
las fuerzas productivas como las mercancías que tanto han costado levantar,
todo, a fin de salvar su negocio, el lector nos dará la razón sobre la
incongruencia de mantener este tipo de sistema productivo irracional.

«Esa solución no puede consistir sino en reconocer efectivamente la naturaleza


social de las modernas fuerzas productivas, es decir, en poner el modo de
apropiación y de intercambio en armonía con el carácter social de los medios
de producción. Y esto no puede hacerse sino admitiendo que la sociedad tome
abierta y directamente posesión de las fuerzas productivas que desbordan ya
toda otra dirección que no sea la suya. Con eso el carácter social de los medios
de producción y de los productos –que hoy se vuelve contra los productores
mismos, rompe periódicamente el modo de producción y de intercambio y se
impone sólo, violenta y destructoramente, como ciega ley natural– será
utilizado con plena consciencia por los productores, y se transformará, de
causa que es de perturbación y hundimiento periódico, en la más poderosa
palanca de la producción misma». (Friedrich Engels; Anti-Dühring, 1878)

Entiéndase que la «deslocalización industrial» solo es racional desde el punto


de vista del bolsillo del empresario, no de toda la actividad social que ha
intervenido en esa unidad de producción. Dicho de forma llana: al trabajador
medio que ha estado derramando sudor y tiempo en esa empresa durante años
o décadas, no le reporta nada positivo el que vaya a quedarse sin trabajo porque
unos analistas le hayan prometido, en un pormenorizado estudio para su jefe,
que los costes de la mano de obra serán menores llevándose la fábrica a
Tombuctú; no le vale que le digan que la inestabilidad regional de aquí es mayor
que en la del país caribeño donde están pensando en llevarse la producción;
tampoco le consuela que el gobierno de un país puntero o una entidad
supranacional con más recursos se disponga a subvencionar parte de los costes
para atraer empleo; y mucho menos le satisface saber que en Latinoamérica el
gobierno corrupto X ha aprobado una nueva legislación que le ofrece al
propietario de la entidad extranjera suculentos descuentos en cuanto a
impuestos.

Todo esto que estamos relatando, al trabajador promedio ni le va ni le viene, en


su caso él ha cumplido sobradamente en sus funciones como para no tener
ninguna responsabilidad en los peros que pone el empresario para que él siga
teniendo trabajo, que es su fuente de ingresos mensual para poder pagar la

167
comida, la ropa y la hipoteca. Piensa que con su abnegación y rendimiento no
tiene por qué sacrificar ahora su vida familiar y social mudándose a otro país o
región donde por no conocer no conoce muchas veces ni el idioma, so pena de
quedarse en el arroyo del desempleo, algo peligroso cuando uno ya está entrado
en años. Inevitablemente, este tipo de cuestiones tan peliagudas acaban en
huelgas, movilizaciones y choques entre los trabajadores y los propietarios,
gerentes y esquiroles. Véase la obra: «Unas reflexiones sobre la huelga de los
trabajadores de LM Windpower en El Bierzo» de 2021.

Volviendo a lo que nos concierne, el Sr. Bueno no descarga ninguna


responsabilidad sobre los magnates del ladrillo que propiciaron la «burbuja
inmobiliaria», ni sobre los empresarios privados que arruinaron la gestión de
las autopistas y tuvieron que ser rescatadas por el Estado, ni tampoco a los
usureros que inflan los precios de la luz o quienes quiebran los bancos que
también recibieron todo tipo de ayudas del erario público, por no mencionar ya
la ruina económica que han causado los empresarios y gestores de los hospitales
privatizados. ¡Claro, esos sí que son «honrados trabajadores y patriotas»! ¡Los
que crean «puestos de trabajo» y «riqueza»! ¡Los que «sustentan la economía»
sin la cual se arruinaría el país!

Parece que Marx y Engels se podrían haber ahorrado todo su trabajo invertido
en sus obras porque las crisis, según Gustavo Bueno, son culpa de los
asalariados, sea a causa de su envidia o su holgazanería. En realidad, señores
buenistas, las crisis cíclicas del capital no son por fallos que puedan tener los
trabajadores –o incluso los burgueses– que afecten a la producción, justamente
las crisis son debido a la sobreproducción de mercancías, es decir, son debido al
pleno y correcto funcionamiento del capitalismo, pues llega un punto en que la
inmensa cantidad de mercancías no puede ser absorbida por el mercado.
Además, la sobreabundancia de mercancías inevitablemente lleva a la
devaluación de estas, forzando a los capitalistas a producir muchas más de las
que en el pasado necesitaban para mantener igual una ganancia que conseguían
con una menor producción y circulación de mercancías. Cada capital privado
pugna con los demás para dominar el mercado, y esto le obliga a producir más y
producir más barato para expulsar a la competencia y a la vez no ser expulsado.
Esto, como veremos, afecta a la tasa de ganancia y a su decrecimiento. Podemos
calcular la tasa de ganancia de la siguiente forma:
𝑝
𝑇𝐺 = 𝑐+𝑣.

Siendo «TG» la tasa de ganancia, «p» la plusvalía total obtenida en el proceso


de producción, «c» el capital constante –es decir: compra del capitalista de
materias primas, medios de producción, etcétera– y «v» el capital variable –
compra de mano de obra–. Simplemente se trata de una proporción de cuánta
plusvalía obtiene el burgués en relación al capital invertido.

168
A medida que avanzan las fuerzas productivas –nuevas técnicas de fabricación,
nuevos materiales y herramientas, mejores formas de organización de la
producción, avances científicos y demás–, el capitalista invertirá cada vez una
proporción mayor en «capital constante» y cada vez menor en «capital
variable», pues necesitará invertir cada vez una mayor cantidad en medios de
producción, mejores instalaciones, maquinaria y demás, manteniendo un
«capital variable» –trabajadores– igual o pudiendo reducirlo. El objetivo es
fabricar más mercancías por una cantidad menor de trabajo, y por lo tanto,
vender más y más barato. A su vez, los demás capitales privados, deberán
ponerse al mismo nivel para no ser apartados del mercado —o en su defecto,
absorbidos por la competencia—, así que el capital mínimo general para poder
entrar en el mercado y ser competitivo deberá ser cada vez mayor. Esto, aparte
de limitar nuevos capitales menores la entrada en el mercado, hace que poco a
poco, cada capitalista obtenga un porcentaje de beneficio mucho menor. A su
vez la tasa de ganancia media tenderá a la baja, pues según la propia fórmula,
cada capitalista obtendrá una menor cantidad de plusvalía en relación al capital
invertido –cabe destacar que no es que el capitalista deje de acumular riqueza,
sino que cada vez recibe una ganancia menor por su inversión inicial–. Esto es
debido a que, aunque el capital constante aumente, el decrecimiento del capital
variable es mayor. Además, el decrecimiento del capital variable lleva también al
decrecimiento de la fuerza de trabajo a disposición del capitalista, por lo que la
plusvalía extraída en el proceso de producción es aún menor, quedando así la
tasa de ganancia sumamente alterada.

Esto como hemos visto también significa también que por el mismo tiempo
ahora se producirán más mercancías –además cada una necesitará de una
cantidad menor de trabajo que antes, así que su valor también bajará–,
entonces, para que el capital se revalorice, cada capitalista deberá vender más y
más hasta que los consumidores no puedan absorber tal cantidad de
mercancías, haciendo que los capitales no se revaloricen y se produzcan
enormes pérdidas, quebrando empresas, desapareciendo empleos, etc. El propio
afán inmediato de cada burgués para no ser expulsado del mercado y seguir
obteniendo más ganancias, hace que se perpetúe esta tendencia. Insistimos, esto
en ningún momento es una anomalía del sistema, es lo normal: las empresas
que tuvieran mayor capital, una diversificación mayor de la producción o se
hubieran procurado tener más contactos entre las altas esferas políticas, una vez
pasada la tormenta de la crisis, estarán en mejor posición de acabar
absorbiendo mayor cantidad de mercado, eliminando en una nueva tanda a las
empresas de la competencia que no pudieron aguantar el embate y acelerando el
proceso inevitable de la acumulación de la riqueza.

Las siguientes gráficas, expuestas en el estudio de la ley de tendencia


decreciente de la tasa de ganancia por parte de Esteban Ezequiel Maito ilustran
perfectamente lo que venimos a decir. En la primera se muestran «La tasa
media de ganancia en los países centrales»:

169
En la segunda se muestra «La tasa media en Alemania, Gran Bretaña y
Estados»:

Incluso la economía china –tan alabada por el señor Armesilla–, no se escapa de


esta tendencia:

170
Esto hace que los capitalistas deban luchar cada vez de forma más salvaje para
mantener sus ganancias. Y todo esto sin contar por supuesto, con las crisis
provocadas o aceleradas por el capital ficticio, la bolsa y la especulación.

b) El empresario, ¿un ser superior para el «materialismo


filosófico»?

Por si esto no fuese suficientemente vomitivo, el gustavobuenismo también


rezuma un elitismo clasista muy orteguiano:

«Tienen la insolencia de considerarse iguales a los empresarios cuando son


distintos, no saben. Para ser un empresario no solo tienes que tener una
audacia, sino unos conocimientos, muchas cosas». (Gustavo Bueno; Esbozo
sobre las categorías de la economía política, 2010)

El empresario, de hecho, es tan inteligente y está tan por encima del populacho
que debe contratar a gestores asalariados para que dirijan la empresa por él. Se
requiere de mucha audacia para ordenar a alguien que haga el trabajo por ti a
cambio de un dinero que has conseguido, en última instancia, de este mismo
trabajo ajeno. Desde luego, visto lo visto, en efecto, el capitalista no es ni mucho
menos la pieza de la que no se puede prescindir en el proceso de la producción.
Y, por supuesto, el empresario y el trabajador no son iguales. Uno se gana su
propio pan con el sudor de su frente y otro se lleva una porción del mismo por
gracia del santísimo derecho que le otorga el haber sido él quien obliga al
primero a trabajar para su empresa, escudado en las necesidades humanas.

Efectivamente, el nivel cultural, la inteligencia y la capacidad de razonamiento


no es igual entre todos: el señor Bueno fue el ejemplo perfecto de que, pese a
codearse con la «flor y nata» de la «intelectualidad española» nunca produjo
más que paparruchas, pues tal y como el idolatrado Ortega y Gasset, se contentó
con que una pequeña legión de fieles le acompañase mientras la infinita mayoría
del pueblo no quería saber de él y sus cuentos. Pero ya que el Sr. Bueno no está
entre nosotros, mejor dejemos que otro que ya no está presente, responda a este
imbécil, alguien que verdaderamente fue una eminencia en su campo, la
medicina, Jaime Vera:

«Sin metáfora alguna afirmamos que el obrero está supeditado económica y


políticamente a la clase poseedora; que la libertad no se ha conquistado para
él; que aún existe la estratificación de clases, y que la trabajadora está debajo
sufriendo la tiránica pesadumbre de la clase poseyente; que si ha cambiado de
forma de las relaciones entre las clases poseedoras y la clase que viene
desnuda de todas armas a la lucha por su existencia, subsisten en el fondo y la
esencia de esas relaciones, por cuya virtud, o, mejor, por cuyo vicio, una parte
de la humanidad se alza con el dominio que le da el trabajo ajeno. (...) La
incultura de la clase obrera –como toda otra esclavitud, y no es esta la menos
dolorosa– de la supeditación económica depende; muchos son ignorantes

171
porque son obreros. ¿Acaso la distribución de los hombres en clases se hace
por sus aptitudes mentales? ¿Acaso los obreros son hombre de otra raza
intelectualmente inferiores a los poseedores del capital? Ahí está la realidad
para demostrar lo contrario. (...) A pesar de las enseñanzas de la ciencia
positiva y de las corrientes avasalladoras del pensamiento moderno, no habéis
podido desechar de vuestros cerebros la herrumbre de las concepciones
estáticas de la naturaleza y la humanidad. ¡Buena idea de progreso la vuestra,
que sólo concebís el cambio en lo accesorio, en lo puramente formal o exterior,
sin acertar a comprender que la evolución alcance en la naturaleza o a los
caracteres fundamentales de tipo orgánico, y en la humanidad al fondo mismo
de las relaciones sociales!». (Jaime Vera López; Informe ante la comisión de
reformas sociales, 1884)

c) ¿Necesitó el marxismo valerse de «conceptos metafísicos» para


justificar su discurso sobre la lucha de clases?

Junto a las lindezas del Sr. Bueno que acabamos de leer, están los «fallos del
marxismo» que este ilustre pensador nos legó. Enfatizando en los conceptos
«inventados» y «metafísicos» del marxismo, como el «plustrabajo» y la
«plusvalía»:

«¿De dónde sale ese incremento del valor? ¿Ese incremento de dinero? Marx
encuentra que solo puede salir del sobretrabajo, entonces se lo inventa. (…) El
plustrabajo es un concepto metafísico. (…) Se supone que está ahí pero no está
demostrado». (Gustavo Bueno; Esbozo sobre las categorías de la economía
política, 2010)

En primer lugar, no hay mayor idealismo que pensar que sin la existencia de un
concepto concreto el ser humano se perdería en las tinieblas, que dejaría de
estar en capacidad de dominar todo lo que rodea a dicho fenómeno o de
explicarlo racionalmente, como si en el estadio que hemos alcanzado
lingüísticamente no existieran cien sinónimos o como si acaso hubiera algo que
nos impidiese las pertinentes explicaciones que le podemos dar a un concepto, a
una manifestación. Claro que el marxismo –si así quisiese– podría «eliminar»
mecánicamente del vocabulario que utiliza algunos conceptos «propios» y
«ajenos», pero seguiría pudiendo referirse y explicar los fenómenos naturales.
Esto es así porque en todo momento nos podemos valer de las variadas
herramientas que nos ha legado el rico desarrollo del lenguaje. Lo que no
podríamos hacer es seguir suprimiendo palabras arbitrariamente hasta
quedarnos sin vocabulario y así acabar en el mero balbuceo para comunicarnos,
de ahí la importancia del lenguaje histórico que se ha ido acumulado y
perfeccionando en cada etapa. Evidentemente, a mayor riqueza –en cuanto a
vocabulario y reglas gramaticales– mayores herramientas otorga a esa
comunidad humana para comunicarse y producir toda una gama de variedades
en campos como la música, literatura o la poesía. Resulta harto clarividente
para cualquiera que no necesitamos ni la totalidad de «El Capital» (1867) de

172
Marx, ni limitarnos a las palabras y ejemplos de Lenin en «Imperialismo fase
superior del capitalismo» (1916), para explicar de manera científica a un obrero
de hoy que es la plusvalía, la enajenación del trabajo, por qué se producen la
formación de monopolios o las guerras imperialistas; y si esto es cierto de la
misma manera que, al fin y al cabo, tampoco podemos abstraernos
completamente de los descubrimientos y confirmaciones que ambos pensadores
realizaron sobre todos estos campos porque estaríamos yendo contra la realidad
misma, contra la esencia de estos fenómenos que ellos subrayaron y que hoy
mantiene absoluta vigencia.

En segundo lugar, el plustrabajo que para los buenistas es un misterio, sin


embargo, es de fácil deducción. ¿Produce el ser humano en una hora más de lo
que requeriría para mantenerse vivo durante el mismo tiempo? Sí; y esto es algo
inherente a cualquier ser vivo si es que quiere mantener semejante apelativo y
no perecer. La particularidad del trabajo humano es que no hace acopio
exclusivo de los bienes encontrados como tales en la naturaleza para el consumo
inmediato, sino que los transforma de forma generalizada para el consumo
posterior. Esto hace posible que hablemos de fuerza productiva, que persigue a
las siempre crecientes necesidades sociales de reproducción. El incremento
consiguiente en las fuerzas productivas de las sociedades humanas deja fuera de
toda duda la capacidad de nuestra especie para producir en cierto tiempo más
de lo necesario para reproducirse durante el mismo. Y si centramos la vista en el
proceso de producción capitalista, veremos que esto se traduce en que el
proletariado, una vez es contratado por el capitalista vendiendo su fuerza de
trabajo, este último dispone de las habilidades del primero para usarlo durante
un determinado tiempo. Y bien, ¿qué ocurre aquí? El proletario produce el valor
necesario para mantenerse con vida durante una fracción de la jornada de
trabajo total, siendo que esta jornada se extiende más allá de estas necesidades
vitales del proletariado porque, como hemos explicado, con el trabajo de unas
pocas horas puede mantenerse con vida –y, por ello, seguir produciendo–
durante más tiempo sin afectar a su descanso. Marx, por ello, dividía la jornada
de trabajo en: a) trabajo necesario; b) plustrabajo. El tiempo de trabajo que se
extiende más allá de la producción de los bienes necesarios para mantener con
vida al proletariado va a parar, gratuitamente, al capitalista. Esto es lo que se
conoce como explotación.

En otra ocasión, el filósofo riojano nos daría la «solución» para comprender de


dónde sale ese plusvalor:

«¿Por qué obtiene más dinero el capitalista? (…) Porque la mercancía que ha
obtenido puede tener mucha demanda y encarecerla, entonces la plusvalía
viene del propio mercado no del plustrabajo». (Gustavo Bueno; Esbozo sobre
las categorías de la economía política, 2010)

173
Vaya, de nuevo, parece que el viejo sofista no tenía nada demasiado novedoso
que ofrecernos. Como si la cantinela de la «riqueza ganada en el intercambio»
fuera original. Pero, según el marxismo, ¿de dónde procede esa plusvalía?:

«No puede deberse a que el comprador compre las mercancías por debajo de
su valor, ni a que el vendedor las venda por encima de él. Pues en ambos casos
se igualan las ganancias y pérdidas de los individuos, en la que cada uno de
ellos es alternativamente comprador y vendedor. Tampoco puede proceder de
extorsiones, pues la extorsión, aunque puede sin duda enriquecer a uno a costa
de otro, no puede aumentar la suma total poseída por ambos, ni tampoco, por
tanto, la suma de los valores en circulación. «La totalidad de la clase
capitalista de un país no puede perjudicarse a sí misma». (Friedrich Engels;
Anti-Dühring, 1878)

¿Entonces? Veamos, si en el intercambio de mercancías capitalista eliminamos


de la ecuación, como hace Bueno, la cantidad de trabajo para tratarlas, estamos
dando por hecho que la mercancía se produce sola, lo cual es absurdo, por tanto,
el concepto plustrabajo dentro de una sociedad de clases y de explotación de
unos hombres sobre otros, no solo es lógico, sino inevitable. La oferta y la
demanda afectan a posteriori al precio de una mercancía, pero no a su valor, que
actúa en primera instancia, el precio es solo una equivalencia en forma de
dinero del valor real cristalizado en la mercancía, y ese valor, viene del trabajo
humano aplicado en la mercancía durante su confección.

Pero cómo el señor Gustavo Bueno no comprende nada de esto, para él la


relación capitalista-asalariado es del todo justa, la celebra, quizás porque de su
mente obtusa nunca pudo aspirar a mucho más:

«Si el trabajo recibe una remuneración durante 8h de trabajo. (…) A las 4h ya


ha satisfecho su negocio, y entonces el resto de horas las ha robado el
capitalista, pero sin darse cuenta. (…) Pero eso no es injusto, desde el punto de
vista económico es como tiene que ser, porque si el capitalista da más dinero se
arruina, o por lo menos gana menos y no tiene por qué, porque si no, ¿para
qué quiere invertir? (…) Hay aquí un asunto sumamente oscuro que está en el
origen de toda teoría del comunismo». (Gustavo Bueno; Esbozo sobre las
categorías de la economía política, 2010)

El capitalista se apropia gratuitamente de una parte de la jornada de trabajo. Se


gastan fuerzas productivas de más en garantizarle el sustento debido a que él
mismo no forma parte de las fuerzas productivas, sino que se las apropia en su
propio beneficio. Y esto, claro, no es «injusto»… al menos desde el punto de
vista del propio capitalista –lo que hace que sobren las palabras a la hora de
señalar en qué campo se sitúa Gustavo Bueno–. El hecho reconocido de que o el
capitalista aumenta la diferencia entre la jornada de trabajo necesario y la
jornada al completo o se arruina es una muestra de las contradicciones

174
inherentes a este modo de producción: el sustento de unos depende de que el de
otros no pueda satisfacerse. Pero resulta que para los buenistas esta obviedad es
un «asunto oscuro». Ese «asunto oscuro» no es ni más ni menos que el hecho
de que:

«[El obrero] tiene que vender su fuerza de trabajo a un capitalista. Si la vende


por tres chelines diarios o por dieciocho chelines semanales, la vende por su
valor. Supongamos que se trata de un hilador. Si trabaja seis horas al día,
incorporará al algodón diariamente un valor de tres chelines. Este valor
diariamente incorporado por él representaría un equivalente exacto del
salario o precio de su fuerza de trabajo que se le abona diariamente. Pero en
este caso no afluiría al capitalista ninguna plusvalía o plusproducto. Aquí es
donde tropezamos con la verdadera dificultad. Al comprar la fuerza de trabajo
del obrero y pagarla por su valor, el capitalista adquiere, como cualquier otro
comprador, el derecho a consumir o usar la mercancía comprada. La fuerza
de trabajo de un hombre se consume o se usa poniéndole a trabajar, ni más ni
menos que una máquina se consume o se usa haciéndola funcionar. Por tanto,
el capitalista, al pagar el valor diario o semanal de la fuerza de trabajo del
obrero, adquiere el derecho a servirse de ella o a hacerla trabajar durante todo
el día o toda la semana. (…) El capitalista, al pagar el valor diario o semanal
de la fuerza de trabajo del hilador, adquiere el derecho a usarla durante todo
el día o toda la semana. Le hará trabajar, por tanto, supongamos, doce horas
diarias. Es decir, que sobre y por encima de las seis horas necesarias para
reponer su salario, o el valor de su fuerza de trabajo, tendrá que trabajar otras
seis horas, que llamaré horas de plustrabajo, y este plustrabajo se traducirá en
una plusvalía y en un plusproducto». (Karl Marx; Salario, precio y ganancia,
1865)

Esta situación de explotación vinculada con el plustrabajo ni siquiera es un


fenómeno exclusivo del modo de producción capitalista, sino que:

«Dondequiera que una parte de la sociedad ejerce el monopolio de los medios


de producción, el trabajador, libre o no, se ve obligado a añadir al tiempo de
trabajo necesario para su propia subsistencia tiempo de trabajo excedentario
y producir así los medios de subsistencia para el propietario de los medios de
producción, ya sea ese propietario un aristócrata ateniense, el teócrata
etrusco, un ciudadano romano, el barón normando, el esclavista
norteamericano, el boyardo valaco, el terrateniente moderno o el capitalista».
(Karl Marx; El capital, Tomo I, 1867)

Además, Marx advierte:

«La cuota de plusvalía dependerá, si las demás circunstancias permanecen


invariables, de la proporción existente entre la parte de la jornada de trabajo
necesaria para reproducir el valor de la fuerza de trabajo y el plustiempo o

175
plustrabajo destinado al capitalista». (Karl Marx; Salario, precio y ganancia,
1865)

¿Cuáles son esas «circunstancias»? La variabilidad dependerá también del


«secreto comercial», el «secreto de fábrica», la aparición de monopolios, como
explica brevemente en su obra primogénita: «Manuscritos económicos y
filosóficos» (1844). Al mercado le es indiferente en qué condiciones ha sido
creada la mercancía, por eso los productores que hayan invertido mayor tiempo
de trabajo y hayan desarrollado su labor en unas condiciones insalubres, a lo
sumo podrán satisfacer una parte de los gastos con la venta de su mercancía, e
incluso por debajo de su precio, pues la capacidad de margen de maniobra será
mínima frente a sus competidores aventajados; por el contrario, quienes estén a
la última en cuanto a técnica, podrán reducir el tiempo de trabajo invertido en
producir cada mercancía, pudiendo producirlas en mayor número, garantizando
un precio menor al de la competencia y copando el mercado en número, por lo
que acabarán contribuyendo a la ruina del primero. Para maximizar sus
beneficios, los productores de mercancías deciden diversificar su producción
entrando en la producción de varias mercancías diferentes; otros producen
según sus estimaciones sobre la demanda que calculan a partir del público;
mientras que otros venden sus medios de producción y prueban suerte en otras
ramas. Esto denota el caos y la espontaneidad que existe dentro de la
competencia capitalista.

d) ¿Cuáles son esos «medios de producción» de los que habla el


marxismo?

El señor Bueno también volvería a justificar sus «reticencias» al marxismo


recurriendo a varios mitos de la economía política burguesa refutados hace
siglos. Acusó a los marxistas de no dejar claro qué objetos ocuparían esa
«propiedad privada sobre los medios de producción»:

«Por otra parte, la distinción entre propiedad de los medios de producción y


propiedad privada de «bienes personales», discurre por fronteras sumamente
imprecisas, pero que están vinculadas precisamente a los propios contornos
que constituyen la individualidad personal. Puede considerarse como
enteramente utópica la posibilidad de la maduración de una individualidad
personal en un enjambre colectivista en el que toda huella de propiedad
privada exterior quedase abolida». (Gustavo Bueno; Principios de una teoría
filosófico política materialista, 1995)

Aquí hay varios equívocos comunes a todo aquel que conozca a Marx solo de
pasada. En primer lugar, ¿una fábrica, un habitáculo cualquiera, un tenedor, un
reloj, un bolígrafo, una estatuilla de madera tallada por mí en mis ratos libres,
mi guitarra, mis cuadros pintados y colocados en el trastero son todos ellos
bienes personales y/o a la vez medios de producción privados? Entiéndase que

176
absurdo y abstracto sería plantearlo de ese modo. Naturalmente que el
marxismo no cae en ello, dado que entiende la evolución económica e histórica.

Un palo o un canto tallado bien podrían servir como «medios de producción» en


la Prehistoria; inicialmente objetos como lanzas o un sílex fueron «herramientas
colectivas» bajo un régimen comunal de producción. La debilidad de estos
grupos humanos ante la naturaleza los predisponía a mantener un nivel de
cooperación simple para sobrevivir, y dado que su nivel de producción general
era bajo, la distribución de los productos debía de ser parejo para sus miembros
para asegurar su subsistencia. Por resumirlo y simplificar un proceso de
milenios, diremos que las más importantes de estas herramientas acabaron
«privatizándose» por el desarrollo social que impuso la división del trabajo,
remarcándose el carácter personal de estas, y al desarrollo del intercambio de
productos con otras comunidades. Entonces, ¿todo «medio de producción» es
de por sí «capital»? No, en palabras de Marx, el dinero o los artículos de
consumo hay que «convertirlos en capital», y para ello debe darse algo
fundamental: los poseedores de dinero, medios de producción y artículos de
consumo deben entrar en contacto con los trabajadores; y por lo tanto también
es necesario estos segundos estén dispuestos, o más bien obligados, a vender su
fuerza de trabajo trabajando en la producción de mercancías para el capitalista,
pues es la única forma que tendrán luego de comprar los medios necesarios para
vivir y seguir trabajando al día siguiente.

Por eso, como explica muy acertadamente Engels en su obra «Del socialismo
utópico al socialismo científico» (1880), el campesino medieval, las más de las
veces llevaba a cabo un «trabajo personal» con «materias primas de su
propiedad, producidas no pocas veces por él mismo, con sus propios medios de
trabajo y elaborados con su propio trabajo manual o el de su familia, no
pudiendo existir una disputa igual de honda «sobre a quién debía pertenecer los
productos del trabajo» a como sí ocurre con el proletariado en la era industrial.
Esto no borra, por supuesto, los choques que existían entre los pequeños y
grandes propietarios, entre los pequeños propietarios y el gobierno, los
impuestos reales, eclesiásticas, etc.

Toda esta cuestión que al señor Bueno parece que le fue harto complicado
entender, Marx la resumió en un párrafo tan simple como excelente:

«Una cosa puede ser valor de uso y no ser valor. Es éste el caso cuando su
utilidad para el hombre no ha sido mediada por el trabajo. Ocurre ello con el
aire, la tierra virgen, las praderas y bosques naturales, etc. Una cosa puede
ser útil, y además producto del trabajo humano, y no ser mercancía. Quien,
con su producto, satisface su propia necesidad, indudablemente crea un valor
de uso, pero no una mercancía. Para producir una mercancía, no sólo debe
producir valor de uso, sino valores de uso para otros, valores de uso sociales.
[F. E.: Y no sólo, en rigor, para otros]. El campesino medieval producía para el

177
señor feudal el trigo del tributo, y para el cura el del diezmo. Pero ni el trigo
del tributo ni el del diezmo se convertían en mercancías por el hecho de ser
producidos para otros. Para transformarse en mercancía, el producto ha de
transferirse a través del intercambio a quien se sirve de él como valor de uso.
Por último, ninguna cosa puede ser valor si no es un objeto para el uso. Si es
inútil, también será inútil el trabajo contenido en ella; no se contará como
trabajo y no constituirá valor alguno». (Karl Marx; El capital, Tomo I, 1867)

En segundo lugar, volvamos a la era de las cavernas: aquel ser que utilizase un
palo para alcanzar las frutas más lejanas en un árbol, aquel que utilizase todo
tipo de herramientas creadas o modificadas por el ser humano para darle forma
acabada a un producto de la naturaleza, estaba valiéndose de unos «medios de
producción», pero si estos productos eran destinados para el autoconsumo, no
estaban creando mercancías con estas herramientas. ¿Por qué? Porque no se
puede considerar cualquier cosa como mercancía si su fin no es el ser
intercambiado en el mercado:

«Para producir una mercancía hay que invertir en ella o incorporar a ella una
determinada cantidad de trabajo. Y no simplemente trabajo, sino trabajo
social. El que produce un objeto para su uso personal y directo, para
consumirlo él mismo, crea un producto, pero no una mercancía. Como
productor que se mantiene a sí mismo no tiene nada que ver con la sociedad».
(Karl Marx; Salario, precio y ganancia, 1865)

Recomendamos al lector adentrarse en las diferencias en cuanto a trabajo


«productivo» e «improductivo», aquel que revaloriza el capital y aquel que no,
nociones que se explicarían en los textos inacabados de Marx: «Teorías sobre la
plusvalía» (1863), que a su vez debía ser el Tomo IV para su obra magna «El
Capital» (1867). Gustavo Bueno, por el contrario, ni siquiera parece entender la
palabra «producción». ¿Qué diferencia un bien personal de un medio de
producción? Precisamente si se emplea para producir otros bienes. De este
modo, el consumo de estos bienes puede ser privado, de cada cual, mientras que
su producción puede ser colectiva. No existe ninguna delgada línea que separe
ambas esferas, incluso si reconocemos que el modo de producción determina el
modo en que se distribuye y consume la producción misma. Esto último,
empero, no complica el asunto más que a los ojos de un filósofo que busca
cualquier excusa para justificar la perennidad inexistente de la propiedad
privada sobre los medios de producción, que al nacer y llegar a existir parte
asimismo del hecho de que antes de esto no existió y de que, por tanto, no tiene
por qué existir en el futuro. Todo nace y muere; se encuentra en constante
cambio, olvida el que acusa al marxismo de metafísico o utópico cada vez que
puede.

La producción colectiva abre la puerta a nuevas formas de consumo de los


bienes en común, pero esto no convierte a los bienes de consumo en medios de

178
producción de por sí, igual que una naranja puede ser consumida como bien de
consumo o empleada como materia prima para la fabricación de zumo de
naranja, lo cual no depende de que la haya adquirido un individuo para sí y sea
propiedad suya sino de si, reiteramos, se emplea para la producción. No es tan
difícil, señores buenistas. Del mismo modo, la producción colectiva parte de las
máximas ya señaladas por Marx, según en qué fase de desarrollo se encuentre:
«de cada cual, según sus capacidades, a cada cual según su trabajo» y «de cada
cual, según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades». El trabajo, las
capacidades de cada individuo si bien pueden estar marcadas por características
individuales nunca son producto de la individualidad y todos los miembros de
una sociedad colaboran en la producción y, con ello, en el sustento de todos.
Nadie que pueda trabajar vive sin trabajar para sí y para la comunidad.

En resumidas cuentas, los medios de producción son las máquinas, tierras,


herramientas… todos aquellos instrumentos necesarios para producir bienes y
servicios. El proletariado, al estar privado de los medios de producción, tarde o
temprano se ve obligado a interactuar con ellos en la producción social, pero no
tiene poder de decisión sobre el producto final en el que interviene, pues ni él ni
sus homólogos que crean la riqueza con el trabajo deciden qué tipo de
mercancías producen ni cómo se distribuyen, sino que, simplemente, el
proletariado vende su «fuerza de trabajo», es decir, sus habilidades, para
trabajar en un producto elegido por el capitalista a cambio de un salario que le
permita subsistir, fin. La mayoría de las veces, el trabajador ni siquiera está
faenando en el oficio que desea desarrollar sus capacidades. Entonces, que sean
«medios de producción privados» depende de si son usados para explotar a
otros seres, si inducen a una enajenación del trabajador hacia el producto que
obra.

Como explica Marx en su capítulo: «Maquinaria y gran industria» de su obra


«El Capital» (1867), aunque los pensadores de la Antigua Grecia así lo
pensasen, estaban muy equivocados con la idea de que con la creación de
máquinas «ni el maestro necesitaría ayudantes, ni el señor esclavos». La
historia derribó estos pronósticos tan optimistas. La aparición de máquinas o de
herramientas y artilugios más sofisticados, ciertamente reducen el tiempo de
trabajo para la producción de una mercancía y, por ende, reduce el esfuerzo y el
número mismo de obreros, rehusando ahora de parte de ellos, así que los que
aún se emplean son obligados a aumentar su jornada laboral. Esto es utilizado
por el capitalista hasta que la competencia lograr adquirir unos baremos
parecidos, donde de nuevo, el factor determinante no será la máquina sino la
destreza de esa fuerza que hace funcionar a la máquina: el trabajador. Este
proceso implica que los competidores no adscritos a esta mecanización y
actualización progresiva pierdan productividad –deben pagar más trabajadores
y mantener el mismo rendimiento productivo– y, por ende, sean desplazados
del mercado, algo que también ocurre a nivel internacional entre empresas y

179
gobiernos poco competitivos, los cuales se verán obligados a vender más caro o
reducir costes de otras formas.

Hay que entender que la jornada de trabajo no depende de cuántos obreros haya
empleados. En épocas donde la jornada de trabajo llegaba a las 12h el número
relativo de trabajadores, precisamente por el bajo nivel de mecanización en
comparación con la actualidad, era mayor. La mecanización puede facilitar que
la jornada laboral sea mayor y que haya menos obreros empleados, pero lo que
más favorece es el aumento de la plusvalía relativa, que permite incrementar la
productividad reduciendo el número de obreros y la longitud de la jornada
laboral. Menos obreros, por tanto, no tiene por qué ser igual a mayores jornadas
laborales. Lo que ha ocurrido con la mecanización a lo largo de la historia es que
el capital constante le ha ido comiendo terreno al capital variable.

Como no se puede aumentar hasta el infinito el número de la jornada laboral


hasta matar a los trabajadores de cansancio, el capitalista tiene ese «pequeño
problema», puesto que los obreros luchan en sus demandas por la reducción de
las jornadas laborales, demandan mayor seguridad laboral, conciliar la vida
laboral y personal, etc. Históricamente la forma más extendida entre los
capitalistas para aumentar la plusvalía era mediante el aumento de la «plusvalía
absoluta», es decir, en el periodo manufacturero se hacía trabajar muchas horas
al trabajador para aumentar el trabajo excedente respecto el trabajo necesario –
véase el capítulo «La jornada laboral» de la obra «El Capital» (1867)–, siendo
este el fenómeno que más se presenciaba durante el capitalismo
premonopolista. Esto, evidentemente, se da aun hoy en día, sobre todo en países
más pobres o en sectores muy precarios con poca organización de los
trabajadores, como ha sido por ejemplo en España la hostelería, aunque tarde o
temprano el hartazgo produce movilizaciones, autoorganización y exigencias
que pugnan contra estos métodos infrahumanos de trabajo –véase en España
las luchas por limitar la jornada semanal a 40h y demás–, siendo esta quizás la
forma espontánea y primitiva de los asalariados para defender sus intereses
inmediatos. Pero ahora, con los grandes avances tecnológicos del capitalismo
monopolista en los últimos años –sobre todo teniendo en cuenta el alto grado
de mecanización con herramientas como la informática y sus continuos
avances– el aumento de la extracción de plusvalía se da sobre todo con la
«plusvalía relativa», es decir, reduciendo el trabajo necesario para la producción
de una mercancía, aumentando igualmente la relación entre trabajo excedente y
necesario pero sin necesidad de aumentar las horas de trabajo totales de la
jornada laboral.

Todo esto entronca con otra cuestión clave: en una sociedad altamente
desarrollada, como la actual, pretender volver a una «propiedad privada» de
«libre trabajo personal», como la del campesino individual de la Edad Media
con su paupérrimo nivel de desarrollo de fuerzas productivas, sería un
despropósito, pues la:
180
«Competencia genera concentración de capital, monopolios, sociedades
anónimas. (…) El intercambio privado genera el comercio mundial, la
independencia privada genera la total dependencia del llamado mercado
mundial. (…) La división del trabajo genera aglomeración, coordinación,
cooperación. (…) La antítesis de los intereses privados genera intereses de
clase». (Karl Marx; Elementos fundamentales para la crítica de la economía
política, 1858)

Todo aquel que es ignorante en economía política, o, mejor dicho, que opera
bajo el pensamiento metafísico del idealismo burgués, tiende a ignorar u olvidar
que el capitalismo moderno nace de:

«La expropiación del productor directo, esto es, la disolución de la propiedad


privada fundada en el trabajo propio. (...) Al alcanzar cierto grado de su
desarrollo, genera los medios materiales de su propia destrucción. (...) Su
aniquilamiento, la transformación de los medios de producción individuales y
dispersos en socialmente concentrados, y por consiguiente la conversión de la
propiedad raquítica de muchos en propiedad masiva de unos pocos, y por
tanto la expropiación que despoja de la tierra y de los medios de subsistencia e
instrumentos de trabajo a la gran masa del pueblo, esa expropiación terrible y
dificultosa de las masas populares, constituye la prehistoria del capital. [Y]
comprende una serie de métodos violentos». (Karl Marx; El capital, Tomo I,
1867)

Como Engels explica en su capítulo: «Cuestiones teóricas» de la obra de


Friedrich Engels: «Anti-Dühring» (1878) la actual economía capitalista elabora
la mayoría de los productos socialmente, esto significa que para tal fin se
necesita de toda una serie de redes de trabajadores y sectores económicos
estrechamente vinculados para producir y distribuir el producto, pero pese a
esas características la propiedad de los medios de producción no es propiedad
social sino privada. Por esto mismo:

«Paralelamente a esta concentración, o a la expropiación de muchos


capitalistas por pocos, se desarrollan en escala cada vez más amplia la forma
cooperativa del proceso laboral, la aplicación tecnológica consciente de la
ciencia, la explotación colectiva planificada de la tierra, la transformación de
los medios de trabajo en medios de trabajo que sólo son utilizables
colectivamente, la economización de todos los medios de producción gracias a
su uso como medios de producción colectivos del trabajo social, combinado. La
concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo
alcanzan un punto en que son incompatibles con su corteza capitalista». (Karl
Marx; El capital, Tomo I, 1867)

No hay mejor sentencia contra los defensores de la propiedad privada en los


medios de producción sociales que la que sigue:

181
«Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el
seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida
para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a
costa de no existir para esas nueve décimas partes!

¿Qué es, pues, lo que en rigor nos reprocháis? Querer destruir un régimen de
propiedad que tiene por necesaria condición el despojo de la inmensa mayoría
de la sociedad. Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra
propiedad. Pues sí, a eso es a lo que aspiramos.

Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda convertirse ya en


capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el
momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad
burguesa, la persona no existe. Con eso confesáis que para vosotros no hay
más persona que el burgués, el capitalista. Pues bien, la personalidad así
concebida es la que nosotros aspiramos a destruir.

El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo


único que no admite es el poder de usurpar por medio de esta apropiación el
trabajo ajeno». (Karl Marx y Friedrich Engels; El Manifiesto Comunista,
1848)

Quizás los buenistas más honestos deberían empezar por repasar un clásico del
socialismo científico, «El Manifiesto del Partido Comunista» (1848), quizás con
fortuna algún día lleguen a despejar sus dudas ante el cúmulo de memeces
concatenadas en tan pocas líneas por su ídolo a la hora de hablar sobre el
«marxismo», sus «limitaciones» y aspectos más «oscuros»:

«¿O queréis referimos a la moderna propiedad privada de la burguesía?

Decidnos: ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo de proletario, le rinde


propiedad? No, ni mucho menos. Lo que rinde es capital, esa forma de
propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que sólo
puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo
asalariado para hacerlo también objeto de su explotación. La propiedad, en la
forma que hoy presenta, no admite salida a este antagonismo del capital y el
trabajo asalariado. Detengámonos un momento a contemplar los dos términos
de la antítesis.

Ser capitalista es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el


proceso de la producción. El capital es un producto colectivo y no puede
ponerse en marcha más que por la cooperación de muchos individuos, y aún
cabría decir que, en rigor, esta cooperación abarca la actividad común de
todos los individuos de la sociedad. El capital no es, pues, un patrimonio
personal, sino una potencia social.

182
Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva,
común a todos los miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en
colectiva una riqueza personal. A lo único que aspiramos es a transformar el
carácter colectivo de la propiedad, a despojarla de su carácter de clase.

Hablemos ahora del trabajo asalariado.

El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la


suma de víveres necesaria para sostener al obrero como tal obrero. Todo lo
que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo que estrictamente
necesita para seguir viviendo y trabajando. Nosotros no aspiramos en modo
alguno a destruir este régimen de apropiación personal de los productos de un
trabajo encaminado a crear medios de vida: régimen de apropiación que no
deja, como vemos, el menor margen de rendimiento líquido y, con él, la
posibilidad de ejercer influencia sobre los demás hombres. A lo que aspiramos
es a destruir el carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el
obrero sólo vive para multiplicar el capital, en que vive tan sólo en la medida
en que el interés de la clase dominante aconseja que viva.

En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de


incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo
acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y
enriquecer la vida del obrero.

En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en


la comunista, imperará el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa
se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el individuo trabajador
carece de iniciativa y personalidad.

¡Y a la abolición de estas condiciones, llama la burguesía abolición de la


personalidad y la libertad! Y, sin embargo, tiene razón. Aspiramos, en efecto, a
ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad burguesa». (Karl
Marx y Friedrich Engels; El Manifiesto Comunista, 1848)

e) La sociedad comunista

Simplifiquémoslo más para que nos entienden estos cabezas de chorlito con un
ejemplo del futuro: en un régimen que surgiese dentro del periodo social que
pretende ir del capitalismo al comunismo, los «medios individuales de
consumo», como podría ser una barra de pan, aunque sean producidos
socialmente bajo «formas de propiedad colectivas», no significa que sean de
«toda la comunidad» y, en consecuencia, se deban repartir entre todos los que
de una u otra forma han intervenido en su producción –imaginen repartir un
chusco de pan entre todos los panaderos que se involucran en su creación,
menuda sandez–. Eso es un igualitarismo estúpido al cual Marx y Engels
siempre despreciaron. Cuando el trabajador de esta nueva sociedad compra una
barra de pan con el salario fruto de su trabajo, esta será completamente suya

183
para hacer con ella lo que guste. Y esto es perfectamente lógico ya que como los
medios de producción ahora son de la sociedad, también son de su propiedad;
¿en que se traduce esto? Que, por tanto, tiene derecho a exigir, en consonancia
con los cambios en la esfera de distribución de la nueva comunidad, que él y los
suyos puedan tener asegurados una buena alimentación, en este caso, que
pueda acceder al pan sin problemas. Pero en esto ya interviene el aspecto
político, por lo que lo dejaremos para otra ocasión, aunque esté en íntima
relación.

Otra cosa muy diferente es que hablemos de la «etapa superior del


comunismo», donde estén dadas las condiciones para la abolición del dinero o
se vaya difuminado la antigua división entre trabajo intelectual y manual. Para
entonces existirá un «manantial de riquezas» suficientes para satisfacer todas
las necesidades de la población y podremos establecer la conocida máxima del
comunismo: «¡De cada cual, según sus capacidades, a cada cuál según sus
necesidades!», como explicó Marx en su obra: «Crítica al programa de Gotha»
(1875). Aquí, un trabajador sí podrá obtener más del «fondo social común»
apelando a condiciones particulares como el número de hijos.

En todo caso, para Gustavo Bueno los análisis y pronósticos de Marx y Engels
sobre la economía socializada que debía sustituir al capitalismo fueron
«sentencias dogmáticas» y «especulaciones metafísicas», no estando de acuerdo
con aquello de que la sociedad deberá eliminar la propiedad privada sobre los
medios de producción:

«Se trata de impugnar las relaciones que la tradición engelsiana ofreció como
un dogma para definir las relaciones entre la propiedad privada y el Estado.
(...) Suele actuar de un modo más o menos solapado, entre «comunismo» e
«igualdad»; ni siquiera Marx, en su Crítica al Programa de Gotha, se dejó
guiar por una ecuación tan vaga como simplista y metafísica. (...)
[Pretendemos] denunciar una vez más el carácter mítico y escatológico –por
no decir vacío– de los planes o programas políticos basados en la eliminación
de la propiedad privada como medio necesario –y en ocasiones suficiente–
para que brote la armonía y la paz perpetua entre los hombres». (Gustavo
Bueno; Principios de una teoría filosófico política materialista, 1995)

Resulta jocoso pensar en el tipo de armonía y paz perpetua entre los hombres
posible bajo un modo de producción donde una clase social extrae sus medios
de vida de la ruina de su antípoda. Nos parecería un enigma a no ser que
recordemos lo dicho por Bueno más atrás: que el trabajador debería contentarse
con reducir su salario por el bien de la nación. Semejante «armonía» no se
diferencia en absoluto de las condiciones actuales de miseria, guerra, excesos,
etc. Evidentemente, las formas de propiedad de la producción y las formas de
distribución determinan las relaciones sociales, pero para los buenistas esto es
una cuestión «secundaria». «Donde hay capitán no manda marinero», o

184
aplicado a su secta nacionalista, teniendo a España, la relación social que esta
guarde importa poco o nada; de ahí que el eslogan no oficial del buenismo haya
sido siempre «¡Antes España facha que rota!», como grita orgulloso Santiago
Armesilla y compañía.

¿Qué propone el «reformismo patriótico» en materia económica?

En esta sección repasaremos dos expresiones travestidas de «marxistas» y


herederas de una forma u otra del pensamiento chovinista de la Escuela de
Gustavo Bueno: primero, El Jacobino, y después lo que en su momento fue
Izquierda Hispánica –y ahora es la Razón Comunista–. De esta forma veremos
cómo toda la parafernalia nacionalista que se preocupa de lo «social» no oculta
la triste realidad de que proponen como solución las mismas pamplinas
capitalistas que nada cambian. Y es que a estos idealistas cuando les toca lidiar
con aspectos de la cotidianeidad material, ese discurso heroico de que van salvar
a la «patria», aquella damisela siempre en peligro, no solo se torna dudoso, sino
que se vuelve muy cómico al demostrarse que, más que ante caballeros de
reluciente armadura, estamos ante distintos Don Quijotes modernos –Armesilla
o Guillermo del Valle– con sus correspondientes Sancho Panzas como comparsa
–Paula Fraga, Javier Maurín, Pedro Insúa y demás ralea–.

a) Las propuestas de El Jacobino sobre economía

El Jacobino, comandado por Guillermo del Valle, define a su proyecto como


«izquierda racionalista, centralista y definida en España», aja, ¿y más allá de
todo ese galimatías qué propone para solucionar sus males?:

«Con la actual situación de deuda pública, la habitual propuesta de mágicas


rebajas fiscales es un engaño que responde al clásico populismo fiscal del
neoliberalismo. Si se bajan masivamente los impuestos, la recaudación
también baja. Y de paso, llegan los recortes sociales y la degradación de los
servicios públicos, acentuando la nefasta senda de los últimos años. (…) Hay
que acabar con la creciente y preocupante brecha entre la tributación entre las
rentas del capital y las del trabajo en el IRPF, que perjudica a las últimas,
como fiel reflejo de las políticas fiscales más reaccionarias aplicadas en las
últimas décadas. El sistema tributario ha de recuperar y blindar un Impuesto
de Patrimonio y un Impuesto de Sucesiones y Donaciones verdaderamente
progresivos, que nunca más vuelvan a transferirse a las Comunidades
Autónomas, dinámica que sólo fomenta el «dumping» y la competencia desleal
a la baja, y que termina expulsando del sistema dichos instrumentos fiscales.
Deben eliminarse múltiples deducciones del impuesto de Sociedades, acometer
una armonización fiscal general, y plantear la imperiosa necesidad de que las
grandes corporaciones multinacionales y plataformas tecnológicas dejen de
encontrar fórmulas de elusión fiscal y deslocalización, que destrozan las arcas

185
públicas de los Estados y ponen en cuestión la sostenibilidad del Estado
social». (El Jacobino; Redistribucción, 2021)

Es decir, son un grupo en contra del fraude fiscal, en pro de una eficacia
administrativa y se consideran muy «patriotas», pero en todo esto no hay
diferencias de peso respecto a los «planes sociales» de múltiples asociaciones de
«izquierda» o «derecha». Prueba de ello es que en su web publicitan con orgullo
que Pedro Ínsua de la Escuela de Gustavo Bueno, Ángel Pérez exIU o Antonio
Miguel Carmona del PSOE apoyen su proyecto, personas totalmente en las
antípodas de un pensamiento progresista y revolucionario.

El socialismo científico de Marx y Engels, sin negar el uso de los impuestos en el


periodo de transición del capitalismo al comunismo –véase la obra de ambos:
«El Manifiesto Comunista» (1848)–, difiere completamente de la ilusión del
socialismo utópico, aquel que considera que, sin necesidad de una revolución
con mayúsculas, los impuestos pueden ser la palanca decisiva para conquistar
un futuro mejor, dejando intacta, eso sí, la «armonía entre trabajo y capital»:

«La reducción de los impuestos, su distribución más equitativa, etcétera, es


una banal reforma burguesa. La abolición de los impuestos es socialismo
burgués. Este socialismo burgués apela especialmente a las secciones medias
industriales y comerciales y a los campesinos. (…) Desde los primeros filisteos
medievales hasta los modernos librecambistas de Inglaterra, la lucha
principal ha girado en torno a los impuestos. La reforma de los impuestos
tiene como objetivo la eliminación de los impuestos tradicionales que impiden
el progreso de la industria, o presupuestos estatales menos extravagantes, o
una distribución más igualitaria. (…) Las relaciones de distribución, que
descansan directamente en la producción burguesa, las relaciones entre
salarios y beneficios, entre beneficios, interés y renta, pueden, a lo sumo, ser
modificadas en aspectos no esenciales por la tributación, pero esta última
nunca puede amenazar sus fundamentos. Todas las investigaciones y
discusiones acerca de los impuestos presuponen la continuidad de esas
relaciones burguesas. Incluso la abolición de impuestos solo puede acelerar el
desarrollo de la propiedad burguesa y sus contradicciones». (Karl Marx;
Socialismo y fiscalidad de Émile de Giradin, 1850)

La propia burguesía incluso recurrirá a veces a un aumento de los impuestos


para desviar una parte de sus superganancias a mantener bajo unos mínimos a
varias capas de la población, pero el sistema seguirá en las mismas sin alterar en
lo más mínimo sus dinámicas fundamentales. Querer «abolir los impuestos» o
buscar una mejor «distribución de la riqueza» sin haber acabado con la médula
del sistema es una ensoñación utópica, en el sentido de ser algo irrealizable. Por
ese mismo motivo:

186
«En una revolución, la tributación, hinchada hasta una proporción colosal,
puede ser usada contra la propiedad privada; pero aun en ese caso debe ser un
incentivo para nuevas medidas revolucionarias o eventualmente traería una
vuelta a las viejas relaciones burguesa». (Karl Marx; Socialismo y fiscalidad
de Émile de Giradin, 1850)

Esta crítica se volvería a repetir años más tarde cuando Marx criticó el programa
presentado por los lassellanos y los esenachianos reunidos en Gotha:

«Que por «Estado» se entiende, en realidad, la máquina de gobierno, o el


Estado en cuanto, por efecto de la división del trabajo, forma un organismo
propio, separado de la sociedad, lo indican ya estas palabras: «el Partido
Obrero Alemán exige como base económica del Estado: un impuesto único y
progresivo sobre la renta», etc. Los impuestos son la base económica de la
máquina de gobierno, y nada más. En el Estado del futuro, existente ya en
Suiza, esta reivindicación está casi realizada. El impuesto sobre la renta
presupone las diferentes fuentes de ingresos de las diferentes clases sociales, es
decir, la sociedad capitalista. No tiene, pues, nada de extraño que
los «Financial-Reformers» de Liverpool – burgueses, con el hermano de
Gladstone al frente– planteen la misma reivindicación que el programa».
(Karl Marx; Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán, 1875)

El marxismo también difiere del razonamiento metafísico de Armesilla que da


por hecho que los impuestos son algo eterno, que no se transforman según
evolucionan las relaciones de producción, como ya han demostrado varias
experiencias. Véase la obra del Partido del Trabajo de Albania: «Historia del
PTA» de 1982. De hecho, si nos vamos ya a una sociedad plenamente
comunista, este error de bulto resalta más, ¿qué sentido podrían tener aquí los
impuestos si los medios de producción ya son propiedad comunal y han
desaparecido el resto de trabas ya comentadas? Si, como expone Marx en las
«Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán» (1875), una parte
de las ganancias producidas por el pueblo van a «reponer los medios de
producción consumidos», otra para «ampliar la producción», otras tantas para
«un fondo de reserva o seguro contra accidentes, desastres naturales y demás»,
y si a eso le sumamos lo que directamente va para cubrir los «gastos generales
de la administración», es decir, para satisfacer «necesidades colectivas como
escuelas, instituciones sanitarias y otras», sin olvidar lo pertinente destinado a
las «personas incapacitadas para el trabajo»… entonces, ¿para qué diablos
necesitamos los impuestos?

Queda claro que la defensa de las tasas impositivas como algo «imposible de
eliminar» solo tiene sentido en la mentalidad corta de miras del pequeño
burgués que, afligido por la culpa de sus contradicciones. Este, al fin y al cabo,
es buen conocedor de que en su «fabuloso» proyecto político, la propiedad
privada y la desigualdad social seguirán existiendo «eternamente», aunque, eso

187
sí, ahora de forma más «armoniosa» que antes. Por esa misma razón, tarde o
temprano querrá recurrir a los «tributos» como fórmula mágica para intentar
mitigar los choques de clase y las desigualdades sociales, lo cual es tan vano
como los artículos constitucionales o los impuestos extraordinarios que de tanto
en tanto produce la sociedad burguesa en vistas a «evitar la concentración de
capitales» o «controlar las excesivas desregulaciones del mercado»; es decir, lo
que se acaba imponiendo siempre es la formación de monopolios con su
consiguiente omnipresencia y omnipotencia de la cual siempre acaban haciendo
gala sin tapujos.

El reformador social, pese a sus soflamas y deseos piadosos, no es capaz de


comprender y deshacer el entuerto que rodea a las fuerzas de la sociedad
capitalista, por eso no es extraño verle tropezar con ellas y acabar siendo preso
de estas redes «invisibles» y «extrañas» que lo manejan todo. Él, tarde o
temprano, acaba haciendo el juego al sistema: o bien rendido por el magnetismo
de su grandísimo poder o bien por la ignorancia de su propio pensamiento y la
ridiculez intrínseca en el actuar que eso siempre conlleva. En muchos casos, si
observamos la biografía política que hay detrás de cada «pobre tonto charlatán»
de este tipo, podemos sospechar que no son la necedad y la candidez lo que
mueven al personaje a promulgar tales monsergas, sino que son la codicia y el
cinismo los que hablan por él. Pero esto es harina de otro costal.

b) Las propuestas del Armesillismo sobre economía

En 2020 Santiago Armesilla, jefe de la (Sin)Razón Comunista, aseguraba que en


su nuevo libro había logrado fusionar agua y aceite: el «materialismo filosófico»
de Bueno con el «materialismo histórico» de Marx, creando así el
«materialismo político», al cual le falto añadir «fase superior del buenismo-
marxista». Allí explicaba la diferencia entre su concepto místico de Estado y la
explicación «ortodoxa» del marxismo:

«Al elevar todas las clases de trabajadores de la sociedad política a la


condición de clase nacional, esto es, a clase bajo un solo elemento formante que
es la sociedad política misma, las clases de trabajadores se eleven a «pueblo»
en tanto que éste es la «parte viva de la nación». Y, a un nivel más
transcendental e intergeneracional, se elevarían a nacional política, esto es, a
Patria. (…) Ocupa un lugar geográfico-político-histórico en el Universo, en el
que moran los padres históricos». (Santiago Armesilla; La vuelta del revés de
Marx: el materialismo político entretejiendo a Karl Marx y a Bueno, 2020)

En efecto, esta labor que realiza Armesilla es una «vuelta del revés de Marx»;
una abierta abdicación de todo lo que tenga que ver con su esencia –aunque en
honor a la verdad nunca tuvo que ver con él–. Compárese esto con la crítica
marxista al Estado, la cual no se para sobre «padres de la nación» y
«compatriotas» en general, sino que abre las bambalinas rojigualdas y retira la

188
neblina chovinista, exponiendo sin trampa ni cartón la relación entre explotados
y explotadores dentro de esa nación:

«A tal fin, la masa debe mantenerse en la mayor ignorancia posible acerca de


la naturaleza de las condiciones existentes. Hay que enseñarle que el orden
existente fue y será eterno, que el querer suprimirlo significa alcanzarse contra
un orden establecido por el mismo Dios, razón por la cual se toma la religión
al servicio de este orden. Cuanto más ignorantes y supersticiosas sean las
masas tanto mejor; por tanto, el mantenerlas en tal estado resulta en interés
del Estado, en el «interés público», es decir, en interés de las clases que ven en
el Estado existente la institución protectora para sus intereses de clase.
Además de los propietarios está al jerarquía estatal y eclesiástica, y todos
juntos trabajan unidos para proteger sus intereses.

Mas con el deseo de adquirir propiedad y el aumento de los propietarios se


eleva la cultura. Se hace mayor el círculo de los ambiciosos que quieren
participar de los progresos logrados y de los que hasta cierto punto también lo
consiguen. Sobre una base nueva, surge una clase nueva, que, sin embargo, la
clase dominante no reconoce como igual en derechos y valor, pero que hace
todo lo posible por serlo. Finalmente, brotan nuevas luchas de clase e incluso
revoluciones violentas por las que la nueva clase impone su reconocimiento
como clase cogobernante, en especial al presentarse como abogado de la gran
masa de oprimidos y explotados, con cuya ayuda consigue la victoria.

Pero tan pronto como la nueva clase llega a compartir el poder y el dominio, se
alía a sus antiguos enemigos contra sus antiguos aliados, y al cabo de cierto
tiempo vuelven a comenzar las luchas de clases. Pero como la nueva clase
dominante, que mientras tanto imprimió a toda la sociedad el carácter de sus
condiciones de existencia, sólo puede extender su poder y su propiedad
concediendo también una parte de sus logros culturales a la clase oprimida y
explotada por ella, incrementa así la capacidad y los conocimientos de los
oprimidos y explotados. Y de este modo les proporciona armas de su propia
destrucción. La lucha de las masas se dirige ahora contra todo dominio de
clase, cualquiera que sea su forma». (August Bebel; La mujer y el socialismo,
1879)

Izquierda Hispánica (IH), la extinta plataforma política del señor Santiago


Armesilla, sancionaba en su programa hiperrevolucionario que su intención era
«dar acceso universal a la propiedad privada» y dotar al país de una
«tributación fiscal» en «beneficio de las necesidades sociales» (sic):

«Universalizar el acceso a la propiedad privada de medios de producción y de


uso –consumo–, tanto personal como grupal, así como la demarcación de sus
límites mediante transformaciones en las capas conjuntiva y basal es una
tarea insoslayable. Por otro lado, retomamos la fundamentación de la

189
propiedad privada por medio del trabajo y asumimos críticamente la
importancia de la tributación fiscal como factor limitante de la propiedad
privada en beneficio de las necesidades sociales». (Izquierda Hispánica; En
torno a la Revolución Política: el Estado y la propiedad privada, 2011)

¡Vaya! Armesilla «amenazaba» así a la burguesía española con su «revolución»


pequeño burguesa basada en «universalizar el acceso a la propiedad privada» –
¿cómo los socialistas utópicos que deseaban que todos fueran pequeños
propietarios?– y utilizar la «tributación fiscal» –¿cómo Unidas Podemos?– para
«limitar» los desmanes de las grandes fortunas. ¡Qué tiemblen los señores de la
patronal y el Ibex-35! Qué nuevo y a la vez que viejo suena esto, ¿cuántas veces
hemos asistimos a «programas» de este tipo?

«Los jefes más inteligentes de las clases imperantes han dirigido siempre sus
esfuerzos a aumentar el número de pequeños propietarios, a fin de crearse un
ejército contra el proletariado. Las revoluciones burguesas del pasado siglo,
dividiendo la gran propiedad de los nobles y del clero en pequeñas partes,
como quieren hacerlo hoy los republicanos españoles con la propiedad
territorial que se halla aún centralizada, crearon toda una clase de pequeños
propietarios, que ha sido después el elemento más reaccionario de nuestra
sociedad, y que ha sido el obstáculo incesante que ha paralizado el movimiento
revolucionario del proletariado de las ciudades. Napoleón III, dividiendo los
cupones de las rentas del Estado, intentó crear esa misma clase en las
ciudades, y el señor Dollfus y sus colegas, al vender a sus trabajadores
pequeñas habitaciones pagaderas por anualidades. (…) Así pues, el proyecto
de Proudhon, no sólo era impotente para aliviar a la clase trabajadora, sino
que se volvía contra ella». (Friedrich Engels; Contribución al problema de la
vivienda, 1873)

En realidad, si algún día se diese el milagroso caso de que algún charlatán


buenista entrase en el Gobierno Nacional –seguramente a través de Vox, su
criatura política–, lo haría dando un buen sermón católico en el Congreso de los
Diputados, y desde allí advertiría a todos sobre los peligros de la «avaricia
capitalista». ¿Y cómo reaccionarán sus amigos y conocidos empresarios,
terratenientes y banqueros? Pues, seguramente, asentirían con la clásica
hipocresía cristiana e inmediatamente después ordenarían mandar el cheque
mensual que financia la Fundación Gustavo Bueno, su institución nacionalista
favorita –con el permiso, claro está, de la Fundación Francisco Franco–. ¡A esta
relación se le llama «quid pro quo»!

Aunque se diera esta inverosímil situación que iría en contra del mismo
desarrollo monopolista implementándose esa supuesta redistribución de la
propiedad privada, solo serviría para intentar acercarse de nuevo a una era
premonopolista, aumentando cuantitativamente el número de propietarios, que,
al ser capitales privados, volverían a intentar competir unos con otros y a

190
acumular capital de forma reiterada, volviendo a poner en marcha el mismo
proceso por el que la humanidad ya ha pasado. Que Armesilla se llame
comunista es una broma de mal gusto por razones que no hace falta explicar:

«Parte integrante de esto mismo es la cobardía mediante la cual aquí él


consiente al usurero prometiéndole no quitarle lo que ya posee, y con la cual
más adelante él afirma que no quiere «destruir los apreciables sentimientos de
la vida familiar, de la pertenencia a la propia tierra y al propio pueblo», sino
que «solo cumplirlos». Esta presentación cobarde e hipócrita del comunismo
no como «destrucción», sino que como «cumplimentación» de los males
presentes y de las ilusiones que la burguesía tiene acerca de ellos, se encuentra
en cada número del Volks-Tribun». (Karl Marx y Friedrich Engels; Circular
contra Kriege, 1846)

El derrotado líder de esta «Izquierda Hispánica» insistía en 2016 sobre los


mismos planteamientos:

«@armesillaconde La propiedad privada ganada con el esfuerzo del trabajo


individual la defendemos. Lo que no defendemos... es la apropiación de
plusvalor por parte del capitalista». (Twitter; Santiago Armesilla, 15 dic.
2016)

¡Claro! Muy lógico. No sabemos si los buenistas entienden que el marxismo


considera por «propiedad privada personal» a nuestros objetos personales
cotidianos, como nuestro pantalón favorito o nuestro lecho; o quizás ellos, en su
desconocimiento piensan que incluimos también a la azada y el terruño de un
campesino con los que puede sacar adelante a su familia. Si se trata del primer
caso, dice una obviedad, puesto que el marxismo siempre ha dejado claro que
nunca ha pretendido «socializar» todo objeto material, eso, en todo caso, es un
sueño húmedo del igualitarismo anarquista; en el segundo supuesto, Armesilla
se habría quedado en una bucólica imagen de otro siglo, pero sabemos que hoy
la agricultura no opera así, necesita de mecanización y de un trabajo colectivo
sin los cuales no puede subsistir y el propio desarrollo capitalista elimina este
tipo de pequeña burguesía de forma constante. Como ya intuíamos en las
propuestas de IH, el señor Armesilla se refería sobre todo al segundo caso
hipotético, ya que si no fuese así no se vería obligado a anticipar la «tributación
fiscal» como «factor limitante». Lo que no comprende alguien como él, que
rechaza a Marx y Lenin frontalmente, es que todo pequeño propietario se ve
obligado tarde o temprano a valerse de mano de obra si desea igualar o ampliar
la demanda de su negocio, si no, se estanca, cae en la ruina y pasa a formar
parte de las filas del proletariado. Esta es la razón por la que Lenin concluiría
advirtiendo:

«La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada e implacable de la


nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya

191
resistencia se ve decuplicada por su derrocamiento –aunque no sea más que en
un país– y cuyo poderío consiste no sólo en la fuerza del capital internacional,
en la fuerza y la solidez de los vínculos internacionales de la burguesía, sino,
además, en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción.
Porque, por desgracia, queda todavía en el mundo mucha, muchísima pequeña
producción, y ésta engendra capitalismo y burguesía constantemente, cada
día, cada hora, de modo espontáneo y en masa. Por todos esos motivos, la
dictadura del proletariado es imprescindible, y la victoria sobre la burguesía
es imposible sin una guerra prolongada, tenaz, desesperada, a muerte; una
guerra que requiere serenidad, disciplina, firmeza, inflexibilidad y voluntad
única». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del
«izquierdismo» en el comunismo, 1920)

Sea como sea, este idiota de Armesilla pretende retrasar la rueda de la historia
con sus surrealistas propuestas. Nosotros contestamos a esto:

«Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida,
fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre
la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de
toda independencia. ¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del
esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del
pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa? No, ésa no
necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está
haciendo a todas horas». (Karl Marx y Friedrich Engels; El Manifiesto
Comunista, 1848)

Es más, Marx, criticando las soluciones utópicas de Proudhon, apuntó que


querer mantener la propiedad privada, pero a su vez pretender abolir el dinero
sin acabar con la producción privada, es un completo disparate:

«En esos dos capítulos [de «Contribución a la crítica de la economía política»


(1858)] se destroza al mismo tiempo en sus fundamentos al socialismo
proudhoniano, actualmente de moda en Francia, que pretende dejar subsistir
la producción privada, pero organizar el intercambio de los productos
privados, que quiere la mercancía, pero no quiere el dinero. El comunismo
debe deshacerse antes que nada de ese hermano falso». (Karl Marx; Carta a
Weydemeyer, 1 de febrero de 1859)

Pero llegamos al punto culmen que certifica que solo estamos ante un ideólogo
pequeño burgués y no muy ducho. En esta obra Armesilla nos regaló perlas
como que, para esta cuestión, él prefiere valerse de los conceptos del «marxismo
cultural» de Marvin Harris:

«Esta concepción tributarista-anarquista de origen marxista no tendrá


problema alguno en ver que, frente a sociedades políticas esclavistas, feudales

192
o capitalistas, la omnitributación de las sociedades. (…) Será un logro de los
movimientos sociales asociados, en mayor o menor medida, con el movimiento
obrero. (…) Sin componentes anarquistas que apelen a la violencia o el
sabotaje, al fraude fiscal o a la huelga fiscal como armas de lucha política. Los
impuestos y otras formas de contribución a la sociedad política en el marco del
campo económico, según esta concepción, serán vistos como procesos pacíficos
«consensuados» en los que podrán participar la mayoría o todos los
ciudadanos y residentes de una sociedad política». (Santiago Armesilla; La
vuelta del revés de Marx: el materialismo político entretejiendo a Karl Marx y
a Bueno, 2020)

Lo primero sobre lo que tenemos que llamar la atención es que Armesilla


rescata la teoría de la II Internacional, según la cual todo tipo de violencia y de
intento por derribar la máquina del Estado burgués es un signo de anarquismo
(sic). Lenin, que se las tuvo que ver con farsantes como estos en su tiempo,
aclaraba:

«¡He ahí contra qué «abolición» del Estado se manifestaba, exclusivamente,


Marx, al refutar a los anarquistas! No era, ni mucho menos, contra el hecho de
que el Estado desaparezca con la desaparición de las clases o sea suprimido al
suprimirse éstas, sino contra el hecho de que los obreros renuncien al empleo
de las armas, a la violencia organizada, es decir, al Estado, llamado a servir
para «vencer la resistencia de la burguesía». Marx subraya
intencionadamente –para que no se tergiverse el verdadero sentido de su
lucha contra el anarquismo– la «forma revolucionaria y transitoria» del
Estado que el proletariado necesita. El proletariado sólo necesita el Estado
temporalmente. Nosotros no discrepamos en modo alguno de los anarquistas
en cuanto al problema de la abolición del Estado, como meta final. Lo que
afirmamos es que, para alcanzar esta meta, es necesario el empleo temporal
de las armas, de los medios, de los métodos del poder del Estado contra los
explotadores, como para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal
de la clase oprimida. Marx elige contra los anarquistas el planteamiento más
tajante y más claro del problema: después de derrocar el yugo de los
capitalistas, ¿deberán los obreros «deponer las armas» o emplearlas contra
los capitalistas para vencer su resistencia? Y el empleo sistemático de las
armas por una clase contra otra clase, ¿qué es sino una «forma transitoria» de
Estado? Que cada socialdemócrata se pregunte si es así como él ha planteado
la cuestión del Estado en su polémica con los anarquistas, si es así como ha
planteado esta cuestión la inmensa mayoría de los partidos socialistas
oficiales de la II Internacional». (Vladimir Ílich Uliánov; Lenin; El Estado y la
Revolución, 1917)

Para Armesilla, todo revolucionario debería estar dando saltos de alegría porque
el movimiento obrero contemporáneo, el cual lleva décadas tomado totalmente
por el socialdemocratismo, ha logrado muchas «conquistas sociales». Debería
193
darse con un canto en los dientes por el grandísimo «nivel tributario» del
sistema capitalista, que, además, si se modifica con cierta maña podría acabar
en un proceso pacífico «consensuado» en los que la mayoría podrán participar
para limitar todavía más la fortuna de los de arriba. ¡Qué preciosa estupidez!
Parece ser que Armesilla todavía guarda muchos resabios de su etapa en el
Izquierda Unida (IU), porque recuerda demasiado a los jefecillos de la reforma
como Anguita o Garzón. Además, como sus antiguos jefes, el Sr. Armesilla no
tiene ningún problema en justificar y alentar a la violencia cuando es utilizada
por el gobierno para evitar que se ejecute el derecho de autodeterminación de
las naciones.

Pero nos estaríamos olvidando de algo mucho más importante: ¿es que acaso
los impuestos son capaces de redistribuir nada? ¿De dónde provendría el dinero
con el que los más ricos pagarían sus tipos impositivos más altos en la sociedad
de ensueño de nuestros socialchovinistas? Exactamente: del plustrabajo
succionado al proletariado. El proletariado pagaría, en todo caso, tanto sus
propios impuestos como, indirectamente, los impuestos de la burguesía, porque
su trabajo es siempre el punto de origen del capital. No decimos que, en las
condiciones capitalistas, nos dé igual que existan impuestos capaces de costear
servicios sociales para paliar la miseria del proletariado. Lo que decimos es que
la solución queda lejos de cualquier tipo impositivo; que estos no son capaces de
solucionar la contradicción principal en la sociedad capitalista, la contradicción
entre el trabajo y el capital.

Este error suele ser común a quienes hablan de «redistribuir la riqueza», es


decir, se focalizan en cambiar la distribución sin tocar la producción, como si no
tuvieran una relación estrechísima, como si pudiera haber distribución sin
producción. Igual es que estos marxistas deberían profundizar en la bibliografía
de Marx y empezar no solo a conocer a «El Capital» (1867) –obra que parecen
ignorar adrede–, sino otras obras previas donde esto queda aclarado una y otra
vez:

«La producción crea los objetos que responden a las necesidades; la


distribución los reparte según leyes sociales; el cambio reparte lo ya repartido
según las necesidades individuales; finalmente, en el consumo el producto
abandona este movimiento social, se convierte directamente en servidor y
objeto de la necesidad individual, a la que satisface en el acto de su disfrute. La
producción aparece así como el punto de partida, el consumo como el punto
terminal, la distribución y el cambio como el término medio, término que a su
vez es doble ya que la distribución está determinada como momento que parte
de la sociedad, y el cambio, como momento que parte de los individuos. (...) La
distribución es ella misma un producto de la producción, no sólo en lo que se
refiere al objeto –solamente pueden distribuirse los resultados de la
producción–, sino también en lo que se refiere a la forma, ya que el modo
determinado de participación en la producción determina las formas
194
particulares de la distribución, el modo bajo el cual se participa en la
distribución. (...) El resultado al que llegamos no es que la producción, la
distribución, el intercambio y el consumo sean idénticos, sino que constituyen
las articulaciones de una totalidad, diferenciaciones dentro de una unidad».
(Karl Marx; Elementos fundamentales para la crítica política, 1858)

Sea como sea, desde el otro lado del Atlántico, Argentina, nos llegaba el
inapelable «patriotismo tributario» de Armesilla para aseverar:

«@armesillaconde: Todos vivimos de contribuyentes en el fondo. Es imposible


sostener una sociedad política sin tributos, sin impuestos. Sólo los
multimillonarios, a través de paraísos fiscales, pueden permitirse el lujo de no
pagar impuestos». (Twitter; Santiago Armesilla, 9 may. 2020)

Mejor dejemos que un viejo revolucionario de verdad explique a este patético


ser por qué el marxismo tiene tal noción negativa de los «tributos», de las tasas
impositivas en el capitalismo:

«La naturaleza del Estado clasista, sin embargo, condiciona no sólo el que las
clases explotadas se mantengan en la mayor carencia posible de derechos, sino
también que los costos y cargas para la conservación del Estado se echan en
primer lugar sobre los hombros de los explotados. Esto resulta tanto más fácil
cuando la manera de allegar las cargas y costos se efectúan bajo formas que
ocultan su verdadero carácter. Es evidente, que los impuestos directos
elevados para cubrir los gastos públicos deben incitar tanto más a la rebelión
cuanto más bajos sean los ingresos de la persona a quién se exigen. Por tanto,
la astucia ordena aquí a las clases dominantes guardar la medida y, en lugar
de los impuestos directos, imponer los indirectos, es decir, impuestos y tributos
sobre los artículos de primera necesidad, porque de este modo se efectúa una
distribución de las cargas sobre el consumo diario, que para la mayoría se
expresan de modo invisible en el precio de las mercancías y los engañan
acerca de las cuotas impositivas que pagan. La mayoría ignora, y le resulta
difícil calcular, cuántos impuestos o aranceles, etc. paga cada cual sobre el
pan, la sal, la carne, el azúcar, el café, la cerveza, el petróleo; no sospechan
hasta qué extremos los despluman. Y estos tributos aumentan en proporción al
número de miembros de su familia, esto es, constituyen el modo de imposición
más injusto que imaginarse pueda. Las clases poseedoras, por el contrario,
hacen gala de los impuestos directos que ellas pagan y se atribuyen, de
acuerdo con su monto, los derechos políticos que niega a la clase no poseedora.
A ello se suman las ayudas y subvenciones estatales que las clases poseedoras
se otorgan anualmente, a costa de las masas, por valor de muchos cientos de
millones, mediante primas estatales y aranceles sobre todos los medios de vida
posibles y mediante toda clase de ayudas. A ello se suman, además, las
gigantescas explotaciones efectuadas mediante la subida de los precios de los
más variados artículos de primera necesidad, subida que las grandes

195
organizaciones patronales capitalistas llevan a cabo a través de los trusts y
sindicatos y que el Estado fomenta con su política económica o tolera sin
replicar, si es que no los apoya con su propia participación.

Mientras las clases explotadas pueden mantenerse ignorantes de la naturaleza


de todas estas medidas no encerrarán ningún peligro para el Estado ni para la
sociedad dominante. Pero tan pronto como lleguen a conocimiento de las
clases perjudicadas –y la creciente educación política de las masas las va
capacitando cada vez más para ello–, estas medidas, cuya injusticia
manifiesta es evidente, estimulan la animosidad e indignación de las masas. Se
extingue la última chispa de fe en el sentimiento de justicia de los poderes
dominantes, reconociéndose la naturaleza del Estado que aplica tales medios y
el carácter de la sociedad que las fomenta. La consecuencia es la lucha hasta la
destrucción de ambos». (August Bebel; La mujer y el socialismo, 1879)

En cambio, ¿a qué contribuye Armesilla sino a frenar que las masas se den
cuenta de tal situación de ignominia, como decía Bebel?

Cómo el armesillismo rechaza a Lenin y ataca su teoría del


imperialismo

«Cuando Marx escribió «El capital» hace medio siglo, para la mayor parte de
los economistas la libre competencia era una «ley natural». Mediante la
conspiración del silencio, la ciencia oficial intentó aniquilar la obra de Marx,
cuyo análisis teórico e histórico del capitalismo había demostrado que la libre
competencia provoca la concentración de la producción, concentración que, en
cierta fase de su desarrollo, conduce al monopolio». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

En efecto, según lo que había sacado en claro Marx de sus profundas


investigaciones históricas:

«Esta expropiación se lleva a cabo por medio de la acción de las propias leyes
inmanentes de la producción capitalista, por medio de la concentración de los
capitales. Cada capitalista liquida a otros muchos». (Karl Marx; El capital,
Tomo I, 1867)

Entre tanto, su compañero le sugirió: «¿No se ha convertido en una necesidad


urgente una breve presentación popular del contenido de su libro para los
trabajadores? Si no está escrito, algún Moisés u otro vendrá y lo hará y lo
estropeará». Véase la obra de Friedrich Engels: «Carta a Karl Marx», (16 de
septiembre de 1868). Ese el mismo día le dio respuesta a Engels ante tal
preocupación sugiriendo que por el momento estaba ocupado pero que: «sería
muy bueno que usted mismo escribiera un pequeño folleto explicativo popular».
Véase la obra de Karl Marx: «Carta a Friedrich Engels» (16 de septiembre de
196
1868). Se puede concluir que el esfuerzo más cercano que vería la luz sería la
conocida obra de Engels: «Del socialismo utópico al socialismo científico»
(1880), publicado aun en vida de Marx. ¿Qué encontramos allí respecto a la
cuestión de la concentración de la propiedad?:

«Al llegar a una determinada fase de desarrollo, ya no basta tampoco esta


forma; los grandes productores nacionales de una rama industrial se unen
para formar un trust, una agrupación encaminada a regular la producción;
determinan la cantidad total que ha de producirse, se la reparten entre ellos e
imponen de este modo un precio de venta fijado de antemano. Pero, como estos
trusts se desmoronan al sobrevenir la primera racha mala en los negocios,
empujan con ello a una socialización todavía más concentrada; toda la rama
industrial se convierte en una sola gran sociedad anónima, y la competencia
interior cede el puesto al monopolio interior de esta única sociedad; así sucedió
ya en 1890 con la producción inglesa de álcalis, que en la actualidad, después
de fusionarse todas las cuarenta y ocho grandes fábricas del país, es explotada
por una sola sociedad con dirección única y un capital de 120 millones de
marcos. En los trusts, la libre concurrencia se trueca en monopolio».
(Friedrich Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, 1880)

Dicho esto, podríamos dar carpetazo final a la estéril discusión sobre si Marx y
Engels plantearon que la concentración del capital es una ley social inherente a
este sistema de producción. Pero ya que existen diversos personajillos que se
empeñan en insistir en lo contrario, nos divertiremos humillando a estos
fantoches repasando uno a uno sus argumentos. En el caso de Santiago
Armesilla, aunque él paradójicamente tiene la pretensión de enseñar la «esencia
del marxismo» corrigiendo las «interpretaciones equivocadas» del resto de
mortales, su pensamiento −proveniente de la Escuela de Gustavo Bueno− choca
frontalmente con lo que son sus axiomas fundamentales; y aquí no solo nos
referimos a sus conocidas aberraciones respecto a materias como la cuestión
nacional −donde profesa un profundo chovinismo−, sino también en el campo
de la economía política −en el que comprobaremos que no está mucho mejor
versado−. Esta vez expondremos cómo sus teorías económicas son calcadas a las
que sostienen otros «marxistas heterodoxos» como Manuel Sutherland en
Venezuela o Jon E. Illescas en España. A estas alturas de la película el lector
podrá intuir que de «marxistas» solo tienen las ínfulas y etiquetas que se dan.

¿Existe hoy el imperialismo que describe Lenin, ha existido «desde


siempre» o simplemente es una entelequia?

«Pues bien, estas cinco características que para Lenin ha de tener el


Imperialismo son falsas. La primera característica es falsa porque los
monopolios han existido junto con las pequeñas y medianas empresas desde
siempre. (...) La segunda característica también es falsa porque la oligarquía

197
financiera ha existido siempre desde que nació el capitalismo, la cual lo ha
dominado siempre. (...) Lenin erraba en su aserto, en que una oligarquía
financiera dominara en la «fase» del Imperialismo, ya que, desde sus inicios
en Génova, el capitalismo ha estado dominado por una oligarquía financiera».
(Santiago Armesilla; Reescritos de la disidencia, 2012)

¡¿Se ha molestado usted señor Armesilla en leer algo de historia económica?! Lo


dudamos mucho:

«La política colonial y el imperialismo ya existían antes de la fase


contemporánea del capitalismo e incluso antes del capitalismo. Roma, basada
en la esclavitud, mantuvo una política colonial y practicó el imperialismo.
Pero los análisis «generales» sobre el imperialismo que olvidan o ponen en
segundo plano la diferencia esencial entre las formaciones socioeconómicas se
convierten inevitablemente en trivialidades huecas o en fanfarronerías, como
la de comparar «la gran Roma con la Gran Bretaña». Incluso la política
colonial capitalista de las fases previas del capitalismo es esencialmente
diferente de la política colonial del capital financiero». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

En efecto, es de sobra conocido que algunos de los métodos mercantiles y


bancarios más primitivos ya eran utilizados en su forma incipiente en varios de
los antiguos imperios ya fenecidos –sumerios, acadios, fenicios, griegos,
cartaginenses, romanos y otros–. Hoy hay información disponible y actualizada
al respecto como la obra de Pilar Fernández Uriel: «Introducción a la historia
antigua. El mundo griego. Tomo I» (1993), y podríamos citar libros muchísimo
más recientes y especializados. Pero, más allá de eso, ¿cuál la diferencia
fundamental aquí? Que hablamos de cálculos y formas de organización que hoy
a juicio de nuestros ojos modernos parecen primitivos, intuitivos y sin la
sistematización y complejidad como para que estos pudieran actuar con eficacia
en las condiciones actuales.

Por esta misma razón, Marx, en su cuaderno «Formaciones económicas


precapitalistas» declaró lo siguiente al respecto de los sistemas monetarios
antiguos:

«Entre los antiguos, el valor de cambio no era el nexo de las cosas; sólo se
presenta de ese modo entre los pueblos dedicados al comercio, los cuales sin
embargo tenían sólo un comercio itinerante, que implica transporte de bienes
y no una producción propia. Por lo menos ésta era secundaria entre los
fenicios, los cartagineses, etc. Ellos podían vivir tan bien en los intersticios del
mundo antiguo como los hebreos en Polonia o en el Medioevo. (...) Y hasta en
la antigüedad más culta, entre los griegos y los romanos, sólo en el período de
su disolución alcanza el dinero su pleno desarrollo, el cual en la moderna

198
sociedad burguesa constituye un presupuesto. Esta categoría totalmente
simple aparece históricamente en toda su plena intensidad sólo en las
condiciones más desarrolladas de la sociedad. Pero de ninguna manera
impregna todas las relaciones económicas. Por ejemplo, el impuesto en especie
y las prestaciones en especie continuaron siendo el fundamento del Imperio
romano en su punto de mayor desarrollo. Allí, el sistema monetario
propiamente dicho sólo se había desarrollado completamente en el ejército».
(Karl Marx; Elementos fundamentales para la crítica de la economía política,
1858)

Aunque aquí existen partes no del todo fieles a la verdad histórica −dado que los
fenicios sí desarrollaron una producción enfocada al comercio especializado de
vidrio, orfebrería, marfil y talla de madera como anotaba Carlos G. Wagner en
su obra: «Historia del cercano oriente» (1999)−, a fin de cuentas la esencia de lo
que aquí Marx quería transmitir era totalmente cierta. ¿Cuál era el objetivo
principal? Dar a entender que esta famosa categoría, el «dinero», si bien existía,
había que subrayar fuertemente que durante esta época a nivel general:

«Jamás llegó a dominar en la totalidad de la esfera del trabajo. De modo que,


aunque la categoría más simple [dinero] haya podido existir históricamente
antes que la más concreta, en su pleno desarrollo intensivo y extensivo ella
puede pertenecer sólo a una forma social compleja [capital], mientras que la
categoría más concreta se hallaba plenamente desarrollada en una forma
social menos desarrollada». (Karl Marx; Elementos fundamentales para la
crítica de la economía política, 1858)

Una década después, en 1868, tenemos otro ejemplo análogo con un Marx
totalmente furioso por las críticas tan absurdas que había recibido de parte la
revista «Centralblatt». En esa ocasión le comunicó a su amigo Kugelmann que
pareciera que el «economista vulgar» siempre:

«Se enorgullece de reptar ante la apariencia y toma ésta por la última


palabra. ¿Qué falta puede hacer entonces la ciencia?». (Karl Marx; Carta a
Ludwig Kugelmann, 11 de julio de 1868)

De la misma forma comparar −o mejor dicho equiparar− los «monopolios


medievales» del Imperio bizantino donde a veces el Estado tenía un gran
control directo o indirecto de las actividades económicas del agro, artesanía y el
comercio, con los monopolios de la época contemporánea, es una analogía que
solo puede atreverse a hacerla un verdadero zote, aquel que no comprende ni
siquiera superficialmente las diferencias entre las relaciones de producción y las
fuerzas productivas de una época y otra. Dicho de otra forma: es un
anacronismo carente de toda seriedad analítica. Si seguimos el curso histórico
resulta que a mediados y finales del Medievo hubo grandes hitos en el comercio:

199
las letras de cambio italianas del siglo XII; las ferias medievales mensuales o
anuales del siglo XIII; o la gran red de comercio marítimo de la Liga Hanseática
del siglo XIV... pero de nuevo estos son fenómenos que deslucen muchísimo si
se colocan al lado de eventos y escenarios posteriores. Véase la obra de F. Simón
Segura: «Manual de historia económica mundial y de España» de 1993.

Lenin ya advirtió en su: «Imperialismo, fase superior del capitalismo» (1916),


que sería un atentado histórico intentar asemejar las relaciones de producción y
las fuerzas productivas esclavistas durante el Imperio romano del siglo I con las
del Imperio británico del siglo XIX. Y aun aceptando esta tesis de Armesilla,
donde se compara como «similares» el poderío de las élites de las ciudades
italianas con cualquier empresa que hoy cotiza en el Ibex-35, deberíamos
preguntarnos, ¿cómo va a tener de verdad el mismo peso –tanto a nivel nacional
como planetario– la «oligarquía financiera» que se erige sobre economías
eminentemente agrarias en la Edad Media o Moderna que la que surge después
en los países industrializados y globalizados en la Edad Contemporánea? ¿Cómo
va a ser igual el peso de los mercaderes venecianos o los banqueros genoveses
con la omnipotencia y omnipresencia de empresas como Google, Microsoft,
Apple, Amazon que tienen el equivalente o el doble del PIB de varios de los
países más punteros como España? ¿Estamos locos?

Si conocemos la génesis de las entidades bancarias de las repúblicas italianas del


siglo XIV, fundadas a través de familias influyentes como los Bardi, Peruzzi o
Medici, también sabremos que solo con el desarrollo de nuevas demandas se
recuperaron o se crearon nuevos tipos de pagos para satisfacer las necesidades
del comercio –como las letras de cambios, las cuales ni siquiera se generalizaron
hasta el siglo XVIII–. Esto ya indica que la historia no ha sido una línea recta
ininterrumpida de «progresos». Ha sido a partir de las caídas de los grandes
imperios antes declarados como «eternos», de las distintas convulsiones como
los levantamientos sociales, del abandono o destrucción de las fuerzas
productivas por epidemias, guerras o crisis alimenticias, que se modifica lo que
antes parecía seguro. Esto, junto a otros fenómenos como la nueva demanda, la
apertura de nuevas vías de comunicación y mercados, el florecimiento de nuevas
inquietudes y condiciones materiales, la extensión de nuevas formas de
explotación social, costumbres y propiedad, tenemos, en suma, la creación de
toda una serie de necesidades distintas a las temporales en otros momentos
históricos, lo que sumado al trabajo acumulado en un tiempo y espacio
determinado da siempre un cuadro muy diferente al previsto poco antes. Estos
nuevos actores y variopintas circunstancias hicieron posible que se olvidasen,
recuperasen o perfeccionasen en según qué momentos métodos, estructuras o
legislaciones útiles para el campo económico. Sin esto no se puede entender ni
los «descubrimientos» de la ciencia ni la perfección de los «inventos» ya
conocidos. Véase la obra de Franz Mehring: «Sobre el materialismo histórico»
de 1893.

200
Si nos referimos al «monopolio estatal» o a la «propiedad mixta» –compañías
privadas, pero con ayudas y prebendas del gobierno– como pudieron ser las
sociedades mercantiles portuguesas, castellanas, holandesas y británicas del
siglo XVII-XIX, ¿qué paralelismo podríamos realizar entre unas y otras con lo
que acontece hoy? Muchos, y algunos de sumo interés para entender la
evolución económica de los últimos siglos. Nosotros no negamos este estudio ni
el uso de comparativas adecuadas, ya que es importante ya que, por ejemplo,
también a partir de las sociedades actuales podemos reconstruir y entender las
antiguas. Como muy acertadamente dijo Marx en una ocasión, «estudiar la
anatomía del hombre es clave para analizar la anatomía del mono». Pero
señores, seamos honestos, si nadie hoy aseguraría que el Homo
Australopithecus y el Homo Sapiens operaron bajo las mismas circunstancias y
han logrado desarrollar la misma inteligencia, ¿quién en su sano juicio
concluiría que las unidades de producción actuales operan bajo los mismos
parámetros que otras remotas del pasado? Nadie salvo un necio. Las
multinacionales o las operaciones que pueden enfrentar los diferentes gobiernos
del presente, con su amplísima capacidad de exportación de mercancías y
capitales, no son comparables, ni por asomo, a las unidades y entramados
económicos más potentes que hubo en la Edad Moderna. Esto es una verdad de
perogrullo. Tanto en términos cuantitativos como cualitativos esta comparativa
concreta no resiste una ojeada rápida. Hoy estamos frente a una Unión Europea
que mantiene un intercambio comercial diario, tanto dentro de sus fronteras
como hacia el resto del mundo; el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el
banco central de cualquier potencia imperialista tienen la posibilidad de
extender volúmenes enormes de créditos y préstamos a cualquier parte del
mundo; hoy existen barcos transatlánticos con una capacidad de tonelaje y
tiempos de entrega que avergonzaría la capacidad de los medios de transporte
antiguos −como el drakar, el dromón, la galera o las cocas−. Por no hablar de la
evolución en cuanto a vías de transporte. ¿Cómo decirlo para que se nos
entienda? ¡¡¡Los unos se parecen a los otros tanto como un caballo a un
camello!!! Nadie en su sano juicio se atrevería a equiparar la incidencia en la
economía nacional y mundial de los «monopolios» de unas épocas y otras.
Véase la obra de Ernst Hinrichs: «Introducción a la historia de la Edad
Moderna» de 2001.

Llegados a este punto, repasemos lo que Lenin definió como los rasgos
generales de la fase imperialista del capitalismo, es decir, la era de los
monopolios:

«Sin olvidar la significación condicional y relativa de todas las definiciones en


general, las cuales no pueden nunca abarcar en todos sus aspectos las
relaciones del fenómeno en su desarrollo completo, conviene dar una
definición del imperialismo que contenga sus cinco rasgos fundamentales

201
siguientes, a saber: 1) la concentración de la producción y del capital llegada
hasta un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios, que
desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital
bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este «capital
financiero», de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capital, a
diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia
particular; 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de
capitalistas, las cuales se reparten el mundo; y 5) la terminación del reparto
territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo,
1916)

¿En qué basaba Lenin su teoría económica para describir los cambios
sustanciales que se habían ido operando respecto al capitalismo primigenio y
que otorgaban al monopolismo ahora un papel totalmente clave?

«Así pues, el resumen de la historia de los monopolios es el siguiente: 1)


Décadas de 1860 y 1870: cénit del desarrollo de la libre competencia. Los
monopolios están en un estado embrionario apenas perceptible. 2) Tras la
crisis de 1873, largo período de desarrollo de los cárteles, que son todavía una
excepción. No están aún consolidados, son todavía un fenómeno pasajero. 3)
Auge de finales del siglo XIX y crisis de 1900-1903: los cárteles se convierten
en un fundamento de la vida económica. El capitalismo se ha transformado en
imperialismo. Los cárteles pactan entre ellos las condiciones de venta, los
plazos de pago, etc. Se reparten los mercados. Deciden la cantidad de
productos a fabricar. Fijan los precios. Reparten los beneficios entre las
distintas empresas, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase
superior del capitalismo, 1916)

Por ese motivo el capitalismo actual, en su etapa monopolística, imperialista, no


tiene nada que ver con los imperios de la Edad Antigua, Edad Media, ni siquiera
son del todo acertadas las comparativas forzadas con los de la Edad Moderna.
No ver esta contraposición es todavía más burdo si tenemos en cuenta que la
política económica de muchos de estos viejos imperios del pasado se basaban
principalmente en una política rentista del suelo combinada con una expansión
colonial, mientras que en cualquier imperialismo actual prima a toda costa la
máxima rentabilidad del capital, además de que el papel del capital financiero es
aquí absolutamente clave. Siendo este un «detalle» que ya explicó Friedrich
Engels en obras como la mencionada: «Del socialismo utópico al socialismo
científico» (1880).

Es más, en los imperialismos contemporáneos el colonialismo en sentido


estricto es un fenómeno excepcional, pues el dominio sobre estos mercados se
ejerce a través de fórmulas neocoloniales, mediante las cuales no necesitan ya

202
de una presencia militar permanente para asegurar sus esferas de influencia.
Hoy se valen principalmente de otros entramados como la presencia económica
de multinacionales, operaciones con créditos y una paulatina creación de deuda
que a su vez también ayuda para apuntalar en otros países dependientes lo que
ya de por sí un comercio de mercancías desigual y una balanza comercial
deficitaria fruto de la división del trabajo internacional. Esto no excluye, faltaría
más, el uso o amenaza de uso de la violencia militar, que a veces acaba
dirimiendo estas «negociaciones» en posición de franca ventaja, pero en el día a
día las potencias imperialistas no necesitan valerse principalmente de este
método −más bien es su as en la manga en casos extremos− y aunque así lo
quisiera tampoco podrían, ya que no solo hoy sino en cualquier época para que
X grupo pueda desatar un conflicto militar contra el vecino no es algo que
dependa única y exclusivamente de la voluntad de sus gobernantes, sino de los
intereses y condicionantes que hacen que esa hipotética guerra pueda ser
sostenible y vaya a ser beneficiosa a largo plazo para los que la inician. De otro
modo, caeríamos en tesis históricas como las del señor Dühring que explicaba
todos los procesos sociales por medio de la «victoria del más fuerte», pero
Engels ya señaló que «en todas partes y siempre son condiciones económicas y
medios de poder económico los que posibilitan la victoria de la violencia», de
otro modo, «el que quisiera reformar la organización militar según los
principios del señor Dühring y de acuerdo con el punto de vista contrario, no
cosecharía más que palizas». Véase el capítulo: «La burguesía contemporánea
no necesita del colonialismo del siglo XIX para ser agresiva o imponer su
dominio» de 2020.

Manuel Sutherland y los métodos subjetivos de investigación

Hoy gracias a las redes sociales podemos ver de forma sintetizada lo que opinan
todos estos «expertos» de «gran prestigio». Desde Venezuela, uno de los
economistas más laureado y sabihondos, Manual Sutherland, se afanaba por
aclarar que él opera no por pruebas factuales, sino por designios personales:

«El llamado «imperialismo» para mí no es una fase especial distinta y última


del capitalismo». (Manuel Sutherland; Facebook, 3 de marzo de 2015)

No hace falta más que observar el lenguaje para constatar que estamos ante un
vulgar charlatán. Lo sentimos, pero de nuevo esto no puede sino arrancarnos
una maliciosa carcajada porque todo esto nos resulta muy familiar:

«Las considero útiles porque tal es mi deseo. Tras de la exclusión del criterio
objetivo, no existe para mí ningún otro criterio fuera de mis deseos. «¡No
traben mis gustos!» este es el último argumento del subjetivismo». El método
subjetivo es una reductio ad absurdum del idealismo, y, de paso, por supuesto,
también del eclecticismo, puesto que encima de la cabeza de este parásito se

203
recargan todos los errores de los «buenos señores». (Gueorgui Plejánov; La
concepción monista de la historia, 1895)

A pesar de estas evidencias, dictadas por la lógica más sencilla de la historia y de


nuestra clara cotidianidad, el señor Sutherland también se resiste públicamente
a aceptar los postulados económicos de Lenin, aunque estos sean la
continuación de las ideas más consecuentes esgrimidas en su momento por
Marx y Engels. Le encontramos, pues, haciendo piña con Santiago Armesilla y
alimañas similares del mundo académico, todos ellos simpatizantes o arduos
defensores de la China de Xi Jinping, famosos por manejar una visión
sumamente «particular» de lo que es y no es el «imperialismo», de lo que son
«relaciones pacíficas» entre países, etc. Véase el capítulo: «¿Qué es eso de que
China es un «imperialismo pacífico»?» de 2021.

Pero, esto no es lo peor, ¿qué es lo más tronchante de todo esto? Que el autor
latinoamericano reconocía no gustarle ni estar de acuerdo con la exposición de
Lenin, pero tampoco tenía una alternativa más plausible de explicar estos
fenómenos:

«No tengo una contrateoría del imperialismo. (...) Sobre el imperialismo, te


repito, no tengo NADA ESCRITO ni he dado NINGUNA conferencia sobre mi
crítica a la ideología imperialista». (Manuel Sutherland; Facebook, 25 de
enero de 2017)

Él mismo afirma no tener una tesis «alternativa» oficial acabada que pueda
contraponer a la teoría de Lenin sobre el imperialismo, aunque, a su vez, tiene
las santísimas narices de seguir negándola. ¿Y qué hombre de ciencia se atreve a
«negar» o «replicar» algo sin presentar una mínima prueba? Esto se asemeja en
demasía a los debates que en Rusia tuvieron los marxistas contra los populistas,
quienes en aquel entonces eran una de las versiones anarquistas. Los primeros
reclamaban a los segundos:

«¿En qué habrá de residir esta síntesis? −añade el señor profesor−. Por ahora
no me pondré a hablar de esto». ¡Qué lástima! (…) De inmediato da a entender
en qué habrá de radicar y de dónde habrá de brotar esta verdad científica
completa, que, con el tiempo, habrá de ser comprendida, finalmente, por toda
la humanidad culta, y que por ahora la conoce solamente el señor Kareiev».
(Gueorgui Plejánov; La concepción monista de la historia, 1895)

Sea como fuere, aunque dicha teoría de Sutherland se encuentre en un estado


«embrionario», para nosotros siempre será menester criticar estas
insinuaciones, pues sus nociones incipientes van dando forma a la negación de
una realidad fundamental, el rechazo hacia una de las manifestaciones clave en
la lucha de clases a escala internacional. Él, al igual que Armesilla, que cree que
el papel de la «oligarquía financiera» es igual hoy que hace 500 años, y esta no
204
implica ningún problema sustancial para los trabajadores y sus intereses, por
tanto, Sutherland considera que la exportación de capital es algo «normal» sin
mayor transcendencia para la soberanía de los países. Entiéndase que esto en la
práctica ha supuesto para él acabar bendiciendo la irrupción de capital
extranjero ruso y chino en Venezuela. Véase la obra: «Las perlas antileninistas
del economista burgués Manuel Sutherland» de 2018.

¿Así que no existen diferencias sustanciales en la etapa capitalista de la época de


Marx respecto al de la época de Lenin? Bueno, parece ser que el señor
Sutherland no ha leído los propios escritos de Marx: «El capital. Tomo I» (1867)
y Engels: «Sobre la cuestión del libre comercio» (1888), textos que informaban
y anticipaban al lector lo que luego el discurrir de la historia confirmaría
plenamente. Pero esto será abordado más adelante, por lo que el lector nos
dejará desviarnos hacia una cuestión de índole metodológica.

La tendencia «igualatoria» y la tendencia «particularista» a la hora


de abordar la historia

Existen dos manías muy nocivas a la hora de tratar los fenómenos


sociohistóricos: a) por un lado, la tendencia «igualatoria», que tiende a reducir
esto y lo otro «como lo mismo», no apreciando nunca ninguna particularidad
significativa; b) por otro, la tendencia «particularista», que suele agarrarse a
cualquier ligera diferencia y acaba proclamando que «esto es totalmente
diferente, lo nunca visto».

a) Empecemos con la primera desviación, la tendencia «igualatoria». Para todos


estos caballeros el capitalismo es un proceso «más o menos» continuo, pero a su
vez este no adquiere ninguna particularidad derivada de la etapa de desarrollo
en que se encuentra, y por lo visto, en todos los países se expresa de igual forma,
arrastra las mismas formaciones económicas del pasado y se proyecta en el
futuro de la misma forma, ¿qué sencillo debe de ser estudiar todo esto, no? Esto
sería, volviendo al ejemplo anterior, como afirmar que entre la Alta Edad Media
(siglos V-X), Plena Edad Media (X-XIII) y la Baja Edad Media (siglos XIV-XV)
no hubo cambios significativos porque al fin y al cabo «todo era Edad Media» y
estaba «repleto de feudalismo», lo mismo en una zona que en otra, ¿verdad? Lo
mismo era el ocaso del Imperio romano, el nacimiento del Imperio carolingio
que el florecimiento de la República de Nóvgorod. ¿Se imaginan donde
acabarían las ciencias sociales con este tipo de reduccionismos? ¿Cómo se
explicaría entonces el propio tránsito del feudalismo al capitalismo, que razón
habría para que unos países manifestasen antes que otros una fisonomía nunca
antes vista? Bajo tales lineamentos directamente no se podría. Esto demuestra
que el método subjetivista de investigación, es decir, una variante del idealismo
filosófico, conduce irremediablemente a un callejón sin salida.

205
En sus apuntes socioeconómicos de 1858 Marx se burlaba de los economistas de
moda como John St. Mill quienes utilizaban todo tipo de simplificaciones sobre
la «producción» para acabar planteando la «continuidad» y «eternización» de
las leyes y categorías económicas, dando a entender que la producción burguesa
era la misma en lo fundamental «natural». ¿Pero era esto correcto? En absoluto.
Es menester hallar lo singular de cada época y para ello es necesario estudiar
cada modo de producción −comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo,
capitalismo−, y no solo a nivel «general» sino también sus representaciones
particulares en cada zona. ¿De qué modo? Pasando a desglosar y examinar de
forma minuciosa cada periodo de la historia, y dentro de cada época sus
categorías, sus leyes y, sus flujos y reflujos, en definitiva, sus características
inherentes, tanto cuando estos sistemas parecen estar naciendo como cuando
parecen estar pereciendo, sus manifestaciones típicas y atípicas:

«Todos los estadios de la producción tienen caracteres comunes que el


pensamiento fija como determinaciones generales, pero las llamadas
condiciones generales de toda producción no son más que esos momentos
abstractos que no permiten comprender ningún nivel histórico concreto de la
producción. (…) [Por ejemplo] ninguna producción es posible sin un
instrumento de producción, aunque este instrumento sea sólo la mano.
Ninguna es posible sin trabajo pasado, acumulado, aunque este trabajo sea
solamente la destreza que el ejercicio repetido ha desarrollado y concentrado
en la mano del salvaje. (…) Sin embargo, lo general o lo común, extraído por
comparación, es a su vez algo completamente articulado y que se despliega en
distintas determinaciones. Algunas de éstas pertenecen a todas las épocas;
otras son comunes sólo a algunas. [Ciertas] determinaciones serán comunes a
la época más moderna y a la más antigua. Sin ellas no podría concebirse
ninguna producción, pues si los idiomas más evolucionados tienen leyes y
determinaciones que son comunes a los menos desarrollados, lo que constituye
su desarrollo esa precisamente aquello que los diferencia de estos elementos
generales y comunes». (Karl Marx; Elementos fundamentales para la crítica
de la economía política, 1858)

En otra ocasión, aclarando cualquier equívoco, Marx contestó a las dudas y


malentendidos de sus lejanos amigos rusos, dando a entender que el desarrollo
de Inglaterra ni siquiera era exactamente igual al de otras partes de Europa
Occidental, y que comparar estas formaciones a otras zonas del mundo como
Rusia y el desarrollo que aquí tomaría o podía tomar el capitalismo, sería
simplemente un disparate al que desde luego no le correspondía a él su
paternidad:

«[Mi crítico] Se siente obligado a metamorfosear mi esbozo histórico de la


génesis del capitalismo en el Occidente europeo en una teoría histórico-
filosófica de la marcha general que el destino le impone a todo pueblo,
cualesquiera sean las circunstancias históricas en que se encuentre. (...) [En
206
cambio] sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios
históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos. Estudiando
por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas luego,
se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero nunca se llegará
a ello mediante el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica
general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica». (Karl Marx; Al
director de Otiechéstvennie Zapiski, 1877)

Recurramos a un historiador no marxista, a un ejemplo externo para que el


lector entienda mejor la importancia de este estudio pormenorizado de cada
etapa y cada país. Si repasamos el desarrollo diferente que hubo entre dos países
punteros durante la Edad Moderna, como Inglaterra y Francia, observaremos
claramente como el primero, a diferencia del segundo, tuvo un desarrollo muy
dispar en cuanto a aquellas «formas de transición» del feudalismo al
capitalismo:

«Durante el siglo XVI se fue desarrollando una forma alternativa de


organización, que es conocida con diferentes términos: sistema de trabajo a
domicilio, «verlagsistem» y «putting out system». (...) El mercader aportaba
el capital en forma de materia prima y organizaba todo el proceso de
fabricación, para lo que contrataba con artesanos para las distintas fases de
fabricación. (...) Recurría, para ello, a mano de obra rural, en primer lugar,
por ser más barato que en las ciudades, y, en segundo lugar, porque así podía
mantener al margen del control de los gremios del ámbito urbano. (...) En la
mayor parte de Europa los gremios ganaron la batalla y, gracias al respaldo
de las monarquías, consiguieron mantener sus privilegios. Así, en países como
Francia, las estructuras gremiales salieron reforzadas del enfrentamiento. (...)
Sin embargo, en otros países, como Inglaterra, los gremios no consiguieron
impedir el desarrollo de nuevas formas de organizar la producción. (...) En un
primer momento, durante las primeras décadas, del siglo XVI, los gremios
consiguieron el apoyo de la monarquía. (...) En la segunda mitad del siglo XVI
cambiaron las circunstancias; la inmigración de artesanos especializados de
los Países Bajos, que llevaron a Inglaterra las técnicas de fabricación de los
«nuevos tejidos», hizo que surgieran centros de producción manufacturera en
distritos rurales en torno a Londres, donde los gremios no podían ejercer su
influencia. Esta circunstancia, unida a una crisis del sector textil tradicional
[en esta misma época] cambió la actitud de la Corona». (F. Simón Segura;
Manual de historia económica mundial y de España, 1993)

¿Se corresponde esto, en líneas generales, con las explicaciones vistas más atrás
por Marx y Engels? Absolutamente. Este último señalaba las dos razones
principales «por la cual no pudo desarrollarse industria alguna en Alemania en
los siglos XVII y XVIII». En primer lugar: por «la división invertida del trabajo
entre los gremios; la opuesta que en la manufactura»; en segundo lugar: «en
Inglaterra, en esta etapa, se produjo una migración hacia el territorio exterior a
207
los gremios; pero en Alemania esto fue impedido por la transformación de la
población rural y de los habitantes de las villas de mercados agrícolas en
siervos». Por supuesto, huelga comentar que estas cartas breves no agotan todo
el estudio y conclusiones extraídas por Engels en torno a estas cuestiones, pero
no es momento de extendernos con el tema. Véase por ejemplo la obra: «El
prefacio a la obra: «La guerra de los campesinos en Alemania» de 1850 (1870).

En cualquier caso, uno de los objetivos principales de Engels fue siempre


entender mejor el desarrollo histórico desigual que habían tenido las regiones
de Alemania. En especial le interesaba saber de los ecos de esclavitud en el
Medievo, los debates sobre la segunda servidumbre tras la Guerra de los Treinta
Años en el siglo XVII, la tardía industrialización de Alemania en comparación
con Inglaterra, y un largo etcétera de temas que se reflejan en su: «Carta a Karl
Marx» (16 de diciembre de 1882). Así, pues, dedicó gran tiempo a analizar las
formas de producción, las formas de propiedad, las legislaciones civiles, las
costumbres, las relaciones internacionales, las tendencias políticas, filosóficas,
religiosas y demás expresiones que se daban en Sajonia, Prusia oriental,
Brandeburgo, Silesia o Schleswig-Holstein en los siglos anteriores, ¿acaso había
otra forma? Este tipo de cartas, junto a otras, como la famosa: «Carta a J.
Bloch» (22 de setiembre de 1890), echan abajo el falso relato de que «el
marxismo es unilateral porque reduce el estudio de la sociedad a la economía».

Indudablemente, para llegar a estas conclusiones se vio obligado a repasar de


arriba a abajo los principales trabajos de los historiadores oficiales de aquel
entonces, como Kindlinger o Maurer. ¿La razón? No solo aprender, sino
también cotejar y criticar las limitaciones de estos expertos. A este último, un
historiador medievalista, pese a reconocerle el mérito de sus investigaciones le
reclamaba:

«1) Su hábito de juntar pruebas y ejemplos correspondientes a todos los


períodos; 2) de los remanentes de su inclinación legalista, la que siempre se
abre camino cuando se trata de entender un proceso; 3) de su descuido por la
función desempeñada por la fuerza, y 4) de su prejuicio ilustrado, de que a
partir de la noche medieval debe seguramente haber tenido lugar un continuo
progreso hacia cosas mejores −lo que le impide ver, no sólo el carácter
contradictorio del progreso real, sino también los retrocesos particulares−».
(Friedrich Engels; Carta a Karl Marx, 15 de diciembre de 1882)

b) Por último, habría que abordar, aunque sea brevemente la segunda


desviación, la «particularista», que no es sino un grito escepticismo y
relativismo que abre las puertas de par en par al misticismo y al pragmatismo.
Para criticar esta desviación −que es el extremo a la tendencia «igualatoria»−:
son los relativistas que entre tanto «particularismo» no son capaces de
sintetizar nada y decretan que la historia es un cúmulo de fenómenos parecidos
pero inexactos, siendo para ellos imposible utilizar categorías clasificatorias sin

208
que se les caiga el alma al piso por el temor a equivocarse de pleno. Para todos
estos, a fin de acallar sus dudas permanentes, buscan una coincidencia exacta y
milimétrica entre todas las definiciones económicas con todos y cada de los
respectivos fenómenos que sean llamados de esa forma. ¿Cuál era y es el
problema de estos angustiados agoreros de la lingüística? Si esto no sucede, si
hay una mínima disonancia entre «concepto» y «realidad», esto para ellos era
motivo de desesperación, por lo que comienzan con cavilaciones y dudas sobre
la posibilidad real acerca del conocer. Para ellos, esto obliga al hombre no tanto
a ajustar o rectificar sus pretensiones conceptuales, como sería normal, sino a
abandonar su pretensión de utilizar tales herramientas por haberse mostrado
«insuficientemente eficaces». Un absurdo, dado que el concepto, aun habiendo
sido bien calibrado, nunca será sino una aproximación respecto a la
manifestación que hace referencia.

En relación a las palabras como «feudalismo» que reflejan sistemas


económicos, Engels dijo que estos conceptos lejos de pasar estas por la historia
de los diferentes países como simples calcos de una realidad, adoptan o
desarrollan todo tipo de variantes −lo que a su vez no excluye, por supuesto, que
podamos distinguir unas características fundamentales de dicho sistema de
producción−:

«En otras palabras, la unidad de concepto y apariencia se manifiesta como un


proceso esencialmente infinito, y esto es lo que es, tanto en este caso como en
los demás. ¿Acaso correspondió el feudalismo a su concepto? Fundado en el
reino de los francos occidentales, perfeccionado en Normandía por los
conquistadores noruegos, continuada su formación por los normandos
franceses en Inglaterra y en Italia meridional, se aproximó más a su concepto
en... Jerusalén, en el reino de un día, que en las Assises de Jerusalén dejó la
más clásica expresión del orden feudal. ¿Fue entonces este orden una ficción
porque sólo alcanzó una existencia efímera, en su completa forma clásica, en
Palestina y aun esto casi exclusivamente sobre el papel? O los conceptos que
prevalecen en las ciencias naturales, ¿son ficciones porque en modo alguno
coinciden siempre con la realidad? Desde el momento en que aceptamos la
teoría evolucionista, todos nuestros conceptos sobre la vida orgánica
corresponden sólo aproximadamente a la realidad. De lo contrario no habría
cambio: el día que los conceptos coincidan por completo con la realidad en el
mundo orgánico, termina el desarrollo. El concepto de pez incluye vida en el
agua y respiración por agallas; ¿cómo haría usted para pasar del pez al
anfibio sin quebrar este concepto? Y este ha sido quebrado y conocemos toda
una serie de peces cuyas vejigas natatorias se han transformado en pulmones,
pudiendo respirar en el aire. ¿Cómo, si no es poniendo en conflicto con la
realidad uno o ambos conceptos, podrá usted pasar del reptil ovíparo al
mamífero, que pare sus hijos ya con vida?». (Friedrich Engels; Carta a Conrad
Schmidt, 12 de marzo de 1895)

209
Negacionistas del proceso de monopolización

Entre toda esta colección de valerosos paladines «marxistas» que blanden su


espada contra las «distorsiones leninistas» contamos con uno que nos hizo
especial gracia. Nos referimos a ese caricaturesco ser que se hace llamar Jon
Illescas. Para quien no tenga el honor de conocer a este sociólogo hablábamos
de una persona muy peculiar, primo hermano, ideológicamente hablando, del
«marxista» rojipardo Santiago Armesilla, que como este también en su día
militó en el Partido Comunista de España (PCE). Hace no mucho el señor
Illescas también empezó a colaborar en «El baluarte» de Roberto Vaquero, otro
famoso personaje skinhead metido a escritorzuelo y youtuber de medio pelo y
jefe de esa estafa llamada Reconstrucción Comunista-Frente Obrero (RC-FO).
¿Y qué tesis novedosas traía el respetadísimo sociólogo marxista»? En verdad,
ninguna que no hayamos visto repetida ya hasta la náusea. En 2017 creía estar
iluminando al público con la siguiente revelación: ¡Lenin no habría entendido a
Marx y no existen los monopolios! ¡Vaya! Las mismas patochadas de siempre:

«@jonjuanma: El problema de la teoría del imperialismo de Lenin, entre otros,


es que no existe el capitalismo monopolista. El capitalismo es oligopolista y
decir lo contrario es no entender el libro II y III de El Capital. Y peor todavía,
desconocer la realidad económica de nuestro mundo». (Twitter; Jon Illescas, 3
dic. 2017)

Alguno preguntará anonadado: «¿Cómo es posible que alguien licenciado como


Doctor Cum Laude en ciencias sociales afirme tal majadería?». Comprendemos
su sorpresa, pero en realidad tampoco tiene mucho misterio, esto demuestra
que cualquier simio ilustrado puede lograr un título en cualquiera de las
universidades públicas y privadas de España aun no teniendo ni la más remota
idea de su campo. Nepotismo, amiguismos, favoritismos, escarceos amorosos,
parné… la lista de posibles explicaciones para que se consiga el dichoso título es
interminable, pero nosotros no entraremos en esto porque ahora mismo no
interesa. Bien, entonces, una vez sabido esto, otros se preguntarán: «Aun así,
¿cómo es posible que alguien que se diga «marxista» pueda sostener esto sin
que se le caiga la cara de vergüenza?». La razón parece todavía más simple:
Illescas es otro esperpento clásico de nuestro tiempo, uno más. Ha pasado de
estar deslumbrado y beber los vientos por el reformismo posibilista y feminista
de Izquierda Unida, a estar hoy confabulado con el proyecto lumpen, populista y
nacionalista del Reconstrucción Comunista. Y la rueda del tiempo seguirá
girando y quién sabe si mañana le encontraremos en las filas de Vox, como buen
defensor que es del «cristianismo», en Ciudadanos por querer «legalizar la
prostitución», ¿o puede que en Bastión Frontal por su «obrerismo» y «lucha
contra el posmodernismo»? Quien sabe, pero una cosa nos dejó clara: no virará
hacia el leninismo, algo que al menos a nosotros, nos deja tranquilos, pues no
necesitamos más farsantes a cuestas:

210
«@jonjuanma: El leninismo es un camino estéril, sin retorno, muerto para las
sociedades actuales. Hay que apostar por una socialdemocracia marxista
como fue la que apoyaron Marx, Engels, Bebel, Kautsky, etc. pero
enmendando los errores pasados y actualizando nuestra inserción social».
(Twitter; Jon Illescas, 3 dic. 2017)

¿Se han dado cuenta desposeídos del mundo? ¡El leninismo es un «camino
estéril»! ¡Solo logró el primer régimen marxista estable de la historia! ¡Y su
sucesor Stalin solo consiguió «hitos menores» como convertir a la URSS en la
potencia mundial que venció a la maquinaria militar del nazismo y expandió la
influencia comunista por todo el globo! ¡Minucias! Es mucho más transcendente
e importante para el progreso histórico abrazar las posiciones socialreformistas
y socialchovinistas de los líderes de la II Internacional, esos jefes que
degeneraron y que a Illescas tanto le seducen por su inteligente pragmatismo.
Las geniales ideas del viejo Kautsky, aquel que se convirtió en aquello que juró
destruir –Eduard Bernstein–, y que le llevaron a… ¿convertirse en una
vergüenza para su yo de la juventud? Estamos seguro que es este, el
«illesquismo», fase superior del kautskismo, es el sendero correcto que augura y
garantiza a la humanidad un porvenir precioso: seguir vendiendo su fuerza de
trabajo y aun así no llegar a fin de mes, ver cómo se rescata a la banca con sus
impuestos mientras sus hermanos no pueden costearse la carrera o pagar el
alquiler, y eso no es todo; con algo de suerte y la sagacidad de esos fenómenos
de la «realpolitik», es posible que todos tengamos la oportunidad de ir a una
carnicería imperialista para «defender la madre patria» o presenciar el ascenso
de un «colorido» movimiento llamado fascismo.

La barbaridad de negar algo tan evidente como el proceso de monopolización no


es algo que nos deba causar asombro, pues ha sido y es la tónica común de los
politólogos, oradores y filósofos más mediocres, se digan estos neoliberales,
fascistas, keynesianos o «marxistas»:

«Para mí no existe una etapa monopólica del capitalismo ni mucho menos pre
monopólica. (...) No veo nada científico en la teoría del capitalismo
monopolista, en mi criterio». (Manuel Sutherland; Facebook, 3 de marzo de
2015)

Sea como sea, volvamos a la fauna autóctona de España para repasar el ruido
que monta esa manada de babuinos que es la Escuela de Gustavo Bueno,
especialmente con el griterío que monta otro autoproclamado «marxista», el ya
citado Santiago Armesilla, que tampoco podía faltar a esta fiesta del
revisionismo internacional:

«La primera característica [de Lenin sobre el imperialismo] es falsa porque los
monopolios han existido junto con las pequeñas y medianas empresas desde
siempre». (Santiago Armesilla; Reescritos de la disidencia, 2012)

211
Parémonos aquí, para ir refutando todas estas imbecilidades. ¿Las pequeñas y
medianas empresas «han existido desde siempre»? ¿Entonces la propiedad
privada sobre los medios de producción y el comercio basado en productores
individuales fragmentarios es una ley absoluta de la economía política en
cualquiera de sus épocas? Estas absurdidades nos llevan, necesariamente, a dos
conclusiones.

Primero, Armesilla parece decir, a modo de un Karl Polanyi, que la propiedad


privada es «intrínseca» –afirma que los monopolios han existido «desde
siempre» junto con la pequeña y mediana propiedad–, algo innato a la
existencia de las sociedades humanas. Esto es una falsedad que está demostrada
desde hace muchos siglos. Ya en su obra: «Elementos fundamentales para la
crítica de la economía política» (1858), Marx se encargó de recordar basándose
en los registros o descubrimientos de los historiadores, antropólogos,
economistas, arqueólogos y otros que la forma social primigenia de los eslavos,
celtas, hindúes y otros fue la propiedad colectiva común, la cual ocupó en el
largo desarrollo de la humanidad un periodo mucho más largo del que la
estrechez de miras de estos ignorantes les permite alcanzar a conocer.

Segundo, Armesilla nos habla como si la existencia de las pequeñas y medianas


empresas, de alguna forma, implicase que la monopolización no ha alcanzado
ningún grado significativo desde el siglo XIX, que «todo sigue igual», lo cual es
todavía más risible, ya que la existencia de una convivencia entre monopolios y
pequeñas y medianas empresas no conlleva el cese del crecimiento inexorable
de los monopolios, de su importancia sobre la producción total, sino que
mirando los datos uno se da cuenta que los monopolios llevan ganando la
partida desde hace tiempo.

Tercero, asegurar que no existe proceso de concentración de la propiedad –


monopolización–, es desde luego un tremendo disparate que ni siquiera los
fascistas de los años 30 como José Antonio Primo de Rivera se atrevían a negar
so pena de quedar en completo ridículo y ser acusado por los obreros,
intelectuales y pequeño burgueses de colaboracionista y blanqueador del gran
capital. Él y su cúpula falangista eran sabedores de que negar tal proceso e
intentar engañar a la gente en esto no tendría calado ni siquiera entre las masas
trabajadoras sin conciencia política, ya que era algo que podía ser fácilmente
comprobado en el día a día por todos. Se era consciente, por tanto, que hubiera
sido perjudicial adoptar como eje discursivo la negación del proceso de
monopolización para su organización populista. Fijémonos pues a qué niveles
de patetismo han llegado «marxistas» como Armesilla, Illescas y Sutherland,
donde los fascistas de siempre los adelantan por la izquierda.

¿Qué queremos esgrimir con todo esto? Que hacer pasar semejantes alegatos del
fijismo metafísico por algo cercano a una «crítica constructiva» y «dialéctica» es
un embuste que solo puede reportar resultados así de ridículos. El señor

212
Armesilla demuestra, en su empeño por hacernos creer que nada evoluciona y
que todo permanece, que ni siquiera ha centrado la vista al menos por un
momento en los datos más recientes relativos a la fusión de grandes empresas y
a la dependencia de las pequeñas y medianas empresas respecto a aquellas. Pero
está bien, supongamos por un momento que su argumento se reduce a afirmar
que, «aunque exista la concentración progresiva del capital en grandes
monopolios, esto no ha afectado en absoluto al carácter del capitalismo y de su
política exterior». En este caso seguimos viendo su propuesta como una
falsedad y un error peligroso que adormece a los trabajadores ante las tareas de
su época.

La monopolización, en resumidas cuentas, genera una presión mayor en el


mercado externo debido a que, cuando tiene lugar, propicia que el volumen de
producción se expanda a ritmos a los que el mercado interno no puede seguir el
paso. La mayor productividad acarrea que se generen condiciones donde la
reproducción social necesita de muchos más recursos para tener lugar, siendo
así que la lucha por las fuentes de materias primas y de mano de obra barata se
intensifican como nunca. Asimismo, este mayor volumen de producción
ocasiona que el mercado financiero deba expandirse a pasos agigantados para
cubrir las operaciones empresariales cada vez más costosas. Estas condiciones
son el caldo de cultivo idóneo para que el capital financiero –la fusión del
capital bancario y del industrial, en palabras de Lenin– gane un papel cada vez
más protagonista en la escena del capitalismo monopolista. Este crecimiento lo
sitúa en la punta de lanza de las operaciones del imperialismo; es el capital
financiero el que busca esta expansión del mercado para garantizarse la
maximización del beneficio. Es él, por tanto, el que dicta la política de las
potencias imperialistas y el que ocasiona que estas finalicen el viraje que las
lleva desde un dominio militar y colonial de las fuentes de materias primas a un
dominio fiduciario de las mismas. La política del capitalismo, por tanto, se
transforma en una política neocolonial a causa del avance de la monopolización.
Creemos que esto es algo más que significativo y que sí establece una diferencia
entre el antiguo capitalismo premonopolista y el actual –y esto sin adentrarnos
en el rol del Estado burgués en todo este proceso que Marx, Engels y Lenin
analizaron tan brillantemente; su transformación de árbitro de los negocios al
de capitalista colectivo: un ejemplo más de las sociedades por acciones que
brillan en el capitalismo monopolista como estrellas centrales de todo el sistema
productivo–.

Esta tendencia monopolista es parte del capitalismo ya desde sus orígenes


premonopolistas, lo que empezó en libre competencia termina en monopolio,
pues no hay más objetivo en la competencia que vencer, esto es, ganar a los
competidores y conquistar cada vez una parte mayor del mercado, diversificar la
producción, exportar capital para producir más barato y conquistar nuevos
mercados, etc. Y para obtener más beneficio no hay otra opción que eliminar a
la competencia. Todo hijo de vecino debería saber que la afirmación de que el
213
capitalismo tiene una tendencia a caminar siempre hacia el monopolismo no es
estrictamente un fenómeno registrado por Lenin; Marx y Engels ya dejaron
constancia que este es un fenómeno implícito del capitalismo, para ello, por
supuesto, se basaron en los datos de la economía burguesa de su época, pero
también en lo que exponían y confesaban las propias obras de los pensadores y
economistas burgueses más antiguos como Adam Smith o David Ricardo. En su
famosa obra «Manuscritos económicos y filosóficos» (1844), Marx refleja que,
en el proceso de acumulación del capitalismo, el monopolio es un fenómeno
característico del capitalismo, su «curso natural». Con el paso del tiempo:

«Como ya sabemos que los precios de monopolio son tan altos como sea
posible y que el interés de los capitalistas, incluso desde el punto de vista de la
Economía Política común, se opone abiertamente al de la sociedad, puesto que
el alza en los beneficios del capital obra como el interés compuesto sobre el
precio de las mercancías (Smith, t. I, págs. 199—201), la única protección
frente a los capitalistas es la competencia, la cual, según la Economía Política,
obra tan benéficamente sobre la elevación del salario como sobre el
abaratamiento de las mercancías en favor del público consumidor. La
competencia, sin embargo, sólo es posible mediante la multiplicación de
capitales, y esto en muchas manos. El surgimiento de muchos capitalistas sólo
es posible mediante una acumulación multilateral, pues el capital, en general,
sólo mediante la acumulación surge, y la acumulación multilateral se
transforma necesariamente en acumulación unilateral. La acumulación, que
bajo el dominio de la propiedad privada es concentración del capital en pocas
manos, es una consecuencia necesaria cuando se deja a los capitales seguir su
curso natural, y mediante la competencia no hace sino abrirse libre camino
esta determinación natural del capital». (Karl Marx; Manuscritos económicos
y filosóficos, 1844)

Marx al examinar las vacilaciones históricas de recalcitrantes idealistas como


Proudhon, quienes que no entendían realmente el sentido del «monopolio» en
cada etapa histórica y pretendían justificar su existencia ad infinitum, se vio en
obligación de replicar lo siguiente:

«Todo el mundo sabe que el monopolio moderno es engendrado por la


competencia. (…) El señor Proudhon no habla más que del monopolio moderno
engendrado por la competencia. Pero todos sabemos que la competencia ha
sido engendrada por el monopolio feudal. Así, pues, primitivamente la
competencia ha sido lo contrario del monopolio, y no el monopolio lo contrario
de la competencia. Por tanto, el monopolio moderno no es una simple antítesis,
sino que, por el contrario, es la verdadera síntesis. Tesis: el monopolio feudal
anterior a la competencia. Antítesis: la competencia. Síntesis: el monopolio
moderno, que es la negación del monopolio feudal por cuanto presupone el
régimen de la competencia, y la negación de la competencia por cuanto es

214
monopolio. (…) Los monopolistas compiten entre sí, los competidores pasan a
ser monopolistas. Si los monopolistas restringen la competencia entre ellos por
medio de asociaciones parciales, se acentúa la competencia entre los obreros;
y cuanto más crece la masa de proletarios con respecto a los monopolistas de
una nación, más desenfrenada es la competencia entre los monopolistas de
diferentes naciones. La síntesis consiste en que el monopolio no puede
mantenerse sino librando continuamente la lucha de la competencia». (Karl
Marx; Miseria de la filosofía, 1847)

En la que es considerada su obra magna: «El capital. Tomo I» (1867), el autor


alemán expresó como fue el surgimiento y evolución del capitalismo a partir de
la llamada «acumulación originaria». Allí comenzaba detallando la forma en
que antiguamente:

«La propiedad privada del trabajador sobre sus medios de producción es la


base de la pequeña producción y ésta es una condición necesaria para el
desarrollo de la producción social y de la libre individualidad del propio
trabajador. Cierto es que este modo de producción existe también bajo la
esclavitud, bajo la servidumbre de la gleba y en otras relaciones de
dependencia. Pero sólo florece, sólo despliega todas sus energías, sólo
conquista la forma clásica adecuada allí donde el trabajador es propietario
privado y libre de las condiciones de trabajo manejadas por él mismo, el
campesino dueño de la tierra que trabaja, el artesano dueño del instrumento
que maneja como virtuoso. Este modo de producción supone el
fraccionamiento de la tierra y de los demás medios de producción. Excluye la
concentración de éstos y excluye también la cooperación, la división del
trabajo dentro de los mismos procesos de producción, el dominio y la
regulación social de la naturaleza, el libre desarrollo de las fuerzas
productivas de la sociedad. Sólo es compatible con unos límites estrechos y
primitivos de la producción y de la sociedad. Querer eternizarlo, equivaldría,
como acertadamente dice Pecqueur, a «decretar la mediocridad general».
(Karl Marx; El capital, Tomo I, 1867)

Entonces, ¿qué ocurría de vuelta a su época, mediados del siglo XIX, cuando el
capitalismo ya había no solo despertado, sino que había extendido
enormemente sus fuerzas, superando esa «mediocridad»? Se concluyó, para
fatalidad de nuestros «marxistas» como Armesilla, Sutherland o Illescas, lo que
sigue:

«Un capitalista devora a muchos otros. Paralelamente a esta centralización o


expropiación de una multitud de capitalistas por unos pocos, se desarrolla
cada vez en mayor escala la forma cooperativa del proceso del trabajo, se
desarrolla la aplicación tecnológica consciente de la ciencia, la metódica
explotación de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios

215
de trabajo que sólo pueden ser utilizados en común, y la economía de todos los
medios de producción, por ser utilizados como medios de producción del
trabajo combinado, del trabajo social, el enlazamiento de todos los pueblos por
la red del mercado mundial y, como consecuencia de esto, el carácter
internacional del régimen capitalista. A la par con la disminución constante
del número de magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las
ventajas de este proceso de transformación, aumenta la masa de la miseria, de
la opresión, de la esclavitud, de la degradación y de la explotación; pero
aumenta también la indignación de la clase obrera, que constantemente crece
en número, se instruye, unifica y organiza por el propio mecanismo del
proceso capitalista de producción. El monopolio del capital se convierte en
traba del modo de producción que ha florecido junto con él y bajo su amparo.
La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo
llegan a tal punto que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista.
Esta se rompe. Le llega la hora a la propiedad privada capitalista. Los
expropiadores son expropiados. El modo capitalista de apropiación que brota
del modo capitalista de producción, y, por tanto, la propiedad privada
capitalista, es la primera negación de la propiedad privada individual basada
en el trabajo propio. Pero la producción capitalista engendra, con la fuerza
inexorable de un proceso de la naturaleza, su propia negación. Es la negación
de la negación. Esta no restaura la propiedad privada, sino la propiedad
individual, basada en los progresos de la era capitalista: en la cooperación y
en la posesión colectiva de la tierra y de los medios de producción creados por
el propio trabajo». (Karl Marx; El capital, Tomo I, 1867)

Esto no quiere decir que esta sea una tendencia absoluta y lineal, sin ningún
tipo de impedimento ni dependiente de otras tendencias propias de ese sistema
de producción. En el III Tomo de «El Capital» (1894) –escrito por Marx en 1867
pero revisado y publicado postmorten por Engels en 1894–, libro que es tan
socorrido por el señor Illescas, esto se mantiene, solo que aquí Marx explicaba
las razones por las que existen contratendencias que pueden matizar y suavizar
dicho proceso, pues de otro modo, todo sería tan lineal y sencillo, y dicha
centralización de la producción y concentración de los capitales se hubiera
hecho absoluta hace largo tiempo:

«Si, como hemos visto, la cuota decreciente de ganancia coincide con el


aumento de la masa de ganancia, el capitalista se apropiará en la categoría
del capital una parte mayor del producto anual del trabajo –como reposición
del capital consumido– y una parte menor en la categoría de la ganancia. (...)
La masa de la ganancia, aunque la cuota sea menor, aumenta,
indudablemente, con la magnitud del capital invertido. Pero esto condiciona,
al mismo tiempo, la concentración del capital, puesto que ahora las
condiciones de producción exigen empleo de capital en masa. Y condiciona al
mismo tiempo su centralización, es decir, la absorción de los pequeños por los

216
grandes capitalistas y la eliminación de los primeros por los segundos. Es,
simplemente, el divorcio elevado a la segunda potencia de las condiciones de
trabajo con respectos a los productores, entre los que se cuentan todavía estos
pequeños capitalistas, puesto que el trabajo propio desempeña aún, aquí,
cierto papel el trabajo desplegado por el capitalista se hallan siempre, en
efecto, en razón inversa a la magnitud de su capital, es decir, al grado en que
es tal capitalista. (...) Este proceso no tardaría en llevar a la producción
capitalista a la hecatombe, sí no existiesen otras tendencias contrarias que
actúan constantemente en un sentido descentralizador al lado de esta fuerza
centrípeta». (Karl Marx; El capital, Tomo III, 1894)

¿Significaba eso que las predicciones de Marx eran «obtusas», «poco claras»?
En absoluto, más bien que, como suele ser normal, hay más de uno y de dos
matices a tener en cuenta, que no todo es blanco o negro. Entendemos que,
como dijo Engels en: «Del socialismo utópico al socialismo científico» (1880):
para el metafísico y su mente cuadriculada esto puede ser un poco complejo de
entender, puesto que: «para él, una de dos: sí, sí; no, no; porque lo que va más
allá de esto, de mal procede, una cosa existe o no existe; un objeto no puede ser
al mismo tiempo lo que es y otro distinto». En cambio «para la dialéctica, que
enfoca las cosas y sus imágenes conceptuales substancialmente en sus
conexiones, en su concatenación, en su dinámica». ¿En este caso? Qué es lo que
ocurre:

«Es precisamente la productividad, y por lo tanto la cantidad de producción, el


número de la población y de la población excedente, creada por este modo de
producción, que constantemente invoca nuevas ramas de industriales, las
cuales operan con el capital y el trabajo que han sido liberados. En estas
ramas, el capital puede volver a trabajar en pequeña escala y pasar de nuevo
por las diversas fases de desarrollo necesarias, hasta que con el desarrollo de
la producción capitalista el trabajo se lleva a cabo a escala social también en
estas nuevas ramas de la industria, y correspondientemente el capital aparece
como una concentración de una gran masa de medios sociales de producción
en manos de una sola persona. Este proceso es continuo». (Karl Marx; Una
contribución a la crítica de la economía política, 1858)

Seguramente el señor Illescas defenderá hasta el final su cabezonería con


falsedades del tipo: «¿Veis? ¡Hasta el propio Marx habló de que ese proceso de
monopolización no es una tendencia absoluta, ergo yo tengo razón, el
monopolismo no existe!». ¿Perdón? Al parecer, cuando existen dos fuerzas
operan en la sociedad, y cuando el científico halla las dos fuerzas y demuestra
cómo actúan –en este caso siendo la tendencia hacia el monopolismo la fuerza
de mayor virulencia–, lo que él piensa automáticamente es: «¡Ajá...! Dado que
las dos actúan pondré el suspenso una de ellas, para así aparentar que solo una

217
de ellas funciona… y entonces ¡voilá! He ahí confirmada mi teoría». Pero más
allá de sus deseos esto no puede hacerse realidad, porque, aunque le pese:

«Rige la ley de que el desarrollo económico distribuya las funciones entre


diferentes personas; y el artesano o el campesino que produce con sus medios
de producción propios va convirtiéndose poco a poco en un pequeño
capitalista dedicado a explotar también trabajo ajeno o se ve despojado de sus
medios de producción –cosa que puede suceder, aunque, por el momento, siga
siendo propietario nominal, como ocurre con los gravámenes hipotecarios– y
convertido en trabajador asalariado. Tal es la tendencia, en la forma de
sociedad en la que predomina el modo de producción capitalista». (Karl Marx;
Teorías sobre la plusvalía, 1863)

Estas contraposiciones en torno al proceso de concentración de capitales –con


sus correspondientes tendencias y contratendencias–, no puede ser
sorprendente para se podría explicar también con múltiples ejemplos que se
dan constantemente en otros ámbitos. Sin ir más lejos, los detractores de Marx
le acusaban de que su teoría del valor era una estafa porque pareciera que
hubiera otros fenómenos contrarios, ¿qué pensaba él?

«La tarea de la ciencia consiste, concretamente, en explicar cómo se manifiesta


la ley del valor. Por tanto, si se quisiera «explicar» de golpe todos los
fenómenos que aparentemente se contradicen con la ley, habría que hacer que
la ciencia antecediese a la ciencia. Esta es justamente la equivocación de
Ricardo cuando, en su primer capítulo sobre el valor, supone dadas todas las
categorías posibles, que deben ser aún desarrolladas, para demostrar su
conformidad con la ley del valor». (Karl Marx; Carta a Ludwig Kugelmann, 11
de julio de 1868)

Volviendo al tema central, al fin y al cabo, ¿qué ha demostrado la historia? ¿Qué


nos dicen las cifras de las principales economías? En 1888, más de dos décadas
después de la publicación del primer tomo de «El capital» (1867), Engels
describiría cómo había datos inequívocos que corroboraban el creciente proceso
de monopolización. Unos números que habían superado con creces todos los
pronósticos anunciados por ambos:

«Desde que Marx escribió lo que antecede, se han desarrollado, como es


sabido, nuevas formas de empresas industriales que representan la segunda y
la tercera potencia de las sociedades anónimas. La rapidez diariamente
creciente con que hoy puede aumentarse la producción en todos los campos de
la gran industria choca con la lentitud cada vez mayor de la expansión del
mercado para dar salida a esta producción acrecentada. Lo que aquélla
produce en meses apenas es absorbido por éste en años. Añádase a esto la
política arancelaria con que cada país industrial se protege frente a los demás

218
y especialmente frente a Inglaterra, estimulando además artificialmente la
capacidad de producción interior. Las consecuencias son: superproducción
general crónica, precios bajos, tendencia de las ganancias a disminuir e
incluso a desaparecer, en una palabra, la tan cacareada libertad de
competencia ha llegado al final de su carrera y se ve obligada a proclamar por
sí misma su manifiesta y escandalosa bancarrota. La proclama a través del
hecho de que no hay ningún país en que los grandes industriales de una
determinada rama no se asocien para formar un consorcio cuya finalidad es
regular la producción. Un comité se encarga de señalar la cantidad que cada
establecimiento ha de producir y de distribuir en última instancia los encargos
recibidos. En algunos casos han llegado a formarse incluso consorcios
internacionales, por ejemplo, entre la producción siderúrgica de Inglaterra y
de Alemania. Pero tampoco esta forma de socialización de la producción ha
sido suficiente. El antagonismo de intereses entre las distintas empresas
rompía con harta frecuencia los diques del consorcio y volvía a imponerse la
competencia. Para evitar esto se recurrió, en aquellas ramas en que el nivel de
producción lo consentía, a concentrar toda la producción de una rama
industrial en una gran sociedad anónima con una dirección única. Esto se ha
hecho ya en los Estados Unidos en más de una ocasión: en Europa, el ejemplo
más importante de esto, hasta ahora, es el United Alkali Trust, que ha puesto
toda la producción británica de sosa en manos de una sola empresa. (...) Así,
pues, en esta rama, base de toda la industria química, la competencia ha sido
sustituida en Inglaterra por el monopolio, preparándose así del modo más
halagüeño la futura expropiación por la sociedad en su conjunto, por la
nación». (Friedrich Engels; Anotaciones al III Tomo de El Capital de Karl
Marx, 1894)

¡Vaya! Parece que lejos de lo que Sutherland, Armesilla, Illescas y otros han
cacareado durante décadas, los padres del socialismo científico sí hablaron largo
y tendido del proceso y tendencia hacia la monopolización en los países
capitalistas. Quizás nuestros queridos «marxistas» –léase aquí más bien sus
distorsionadores– deberían familiarizarse mejor con la literatura de estos
autores antes de emitir opiniones infundadas bajo su pasmosa ignorancia.

Antes de finalizar recomendamos encarecidamente al lector que consulte el


excelente capítulo «Cuestiones teóricas» de la obra de Friedrich Engels: «Anti-
Dühring» (1878), el cual, por si alguien no lo sabe, Engels publicó –con el
beneplácito de su a petición de otros compañeros– para defender a Marx de los
ataques y distorsiones del ya mencionado Dühring, un intrépido positivista que
convertido al «socialismo» que también albergaba unas ínfulas similares a la de
nuestros revisionistas actuales. En ella Engels pone gran parte de las bases del
pensamiento de Lenin sobre el capitalismo moderno del próximo siglo: no solo
registró el proceso de concentración de capitales, la cada vez mayor importancia
de las acciones y la especulación financiera, sino que además explicó cómo la

219
burguesía debido a las crisis periódicas tomaba medidas desesperadas con
intentos de «planificar» la anarquía económica a la cual se sometía el
capitalismo cada cierto tiempo. Se sintetiza, en definitiva, por qué la propiedad
social sobre los medios de producción no es un capricho sino una necesidad
histórica, la cual hará abandonar al hombre, definitivamente, el reino animal –
del cual lleva emancipándose mediante el trabajo, la técnica y la ciencia desde
hace miles de años–, embarcándolo a condiciones plenamente humanas.

¿Qué es lo que hizo entonces Lenin para estudiar y demostrar su


teoría del imperialismo?

«Se deduce claramente que la concentración, al llegar a un grado determinado


de su desarrollo, por sí misma conduce, puede decirse, de lleno al monopolio,
ya que a unas cuantas decenas de empresas gigantescas les resulta fácil
ponerse de acuerdo entre sí, y, por otra parte, la competencia, que se hace
cada vez más difícil, y la tendencia al monopolio, nacen precisamente de las
grandes proporciones de las empresas. Esta transformación de la competencia
en monopolio constituye de por sí uno de los fenómenos más importantes –por
no decir el más importante– de la economía del capitalismo moderno».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo,
1916)

Queda claro entonces que lo que hizo Lenin fue estudiar las lecciones
pertinentes sobre la realidad que sus referentes habían recogido, y cotejar todo
ello con los fenómenos de su época. En lo referido al proceso de concentración
de capitales, este se había agudizado, justamente como los marxistas antes que
él habían pronosticado que sucedería a raíz de evaluar las causas y efectos de la
crisis de 1873. ¿Y cómo aclaró y demostró Lenin en sus trabajos de 1916 que ese
proceso de monopolización iba viento en popa? Con datos aplastantes. Aunque
resulte pesado, repasemos algunos de ellos para cerrar el pico a estos
charlatanes:

«En Alemania, por ejemplo, de cada mil empresas industriales, en 1882, tres
eran empresas grandes, es decir, que contaban con más de 50 obreros; en
1895, seis, y en 1907, nueve. De cada cien obreros les correspondían,
respectivamente, 22, 30 y 37. Pero la concentración de la producción es mucho
más intensa que la de los obreros, pues el trabajo en las grandes empresas es
mucho más productivo, como lo indican los datos relativos a las máquinas de
vapor y a los motores eléctricos. Si tomamos lo que en Alemania se llama
industria en el sentido amplio de esta palabra, es decir, incluyendo el
comercio, las vías de comunicación, etc., obtendremos el cuadro siguiente:
grandes empresas, 30.588 sobre un total de 3.265.623, es decir, el 0,9%. En
ellas están empleados 5,7 millones de obreros sobre un total de 14,4 millones,
es decir, el 39,4%; caballos de fuerza de vapor, 6,6 millones sobre 8,8, es decir,

220
el 75,3%; de fuerza eléctrica 1,2 millones de kilovatios sobre 1,5 millones, o sea
el 77,2%. ¡Menos de una centésima parte de las empresas tienen más de 3/4 de
la cantidad total de la fuerza de vapor y eléctrica! ¡A los 2,97 millones de
pequeñas empresas –hasta 5 obreros asalariados– que constituyen el 91% de
todas las empresas, corresponde únicamente el 7% de la fuerza eléctrica y de
vapor! Las decenas de miles de grandes empresas lo son todo; los millones de
pequeñas empresas no son nada. En 1907, había en Alemania 586
establecimientos que contaban con mil obreros y más. A esos establecimientos
correspondía casi la décima parte –1,38 millones– del número total de obreros
y casi el tercio –32%– del total de la fuerza eléctrica y de vapor. El capital
monetario y los bancos, como veremos, hacen todavía más aplastante este
predominio de un puñado de grandes empresas, y decimos aplastante en el
sentido más literal de la palabra, es decir, que millones de pequeños, medianos
e incluso una parte de los grandes «patronos» se hallan de hecho
completamente sometidos a unos pocos centenares de financieros
millonarios». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del
capitalismo, 1916)

Mismas estadísticas se proporcionaban sobre la economía de los EE.UU. y otros


países, no dejando una ventana abierta al escepticismo:

«En otro país avanzado del capitalismo contemporáneo, en los Estados


Unidos, el incremento de la concentración de la producción es todavía más
intenso. En este país, la estadística considera aparte a la industria en la
acepción estrecha de la palabra y agrupa los establecimientos de acuerdo con
el valor de la producción anual. En 1904, había 1.900 grandes empresas –
sobre 216.180, es decir, el 0,9%–, con una producción de 1 millón de dólares y
más; en ellas, el número de obreros era de 1,4 millones –sobre 5,5 millones, es
decir el 25,6%–, y la producción, de 5.600 millones –sobre 14.800 millones, o
sea, el 38%–. Cinco años después, en 1909, las cifras correspondientes eran las
siguientes: 3.060 establecimientos –sobre 268.491, es decir, el 1,1%– con dos
millones de obreros –sobre 6,6 millones, es decir el 30,5%– y 9.000 millones de
producción anual –sobre 20.700 millones, o sea el 43,8%–. ¡Casi la mitad de la
producción global de todas las empresas del país en las manos de la centésima
parte del número total de empresas! Y esas tres mil empresas gigantescas
abrazan 258 ramas industriales». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Cualquiera que haya leído la literatura leninista verá que este autor no edificó su
teoría del imperialismo sobre una lectura superficial de los expertos de su
tiempo. Además de estudiar sus trabajos en profundidad, también hizo un gran
trabajo de recopilación de información que filtraría críticamente para poder
llegar a sus certeras conclusiones. ¿Cómo hizo esto último? Consultando los
cientos de noticias y obras de los expertos, periodistas, economistas y analistas

221
que estudiaron el fenómeno del imperialismo –véase en sus Obras Completas
sus «Cuadernos sobre el imperialismo» (1916)–.

El señorito Illescas puede estar frotándose las manos y ver la posibilidad de


contraatacar poniendo el grito en el cielo: «¡De lo que hablan todas estas citas
no es de monopolios sino de oligopolios! ¡Yo tenía razón!». ¿Es que su Cum
laude le es insuficiente para conocer los rasgos de ambas categorías? Un
«monopolio» se trata del control del mercado por un único vendedor, mientras
que el «oligopolio» parte de la existencia de un número superior de vendedores,
pero muy reducido. Las diferencias se disipan cuando tenemos en cuenta que
los oligopolios, normalmente, colaboran entre sí para mantener un control
exclusivo del mercado. Se alían entre sí y forman, a efectos prácticos, una
situación monopolista donde varios agentes se ponen de acuerdo para tomar
una única posición común de control del mercado. Los oligopolios no son algo
que se diferencie radicalmente de los monopolios. Son fruto de la concentración
de la producción, del proceso de monopolización, y, a su vez, aunque no se
acaben fusionando en una única empresa, forman trusts y cártels que, por muy
prohibidos que estén, por ejemplo, en las leyes europeas, siguen teniendo un
peso innegable en la producción.

Avancemos un poco más históricamente para comprobar cómo las cifras del
proceso de monopolización desde principios del siglo XX hasta mediados de
dicha centuria:

«En 1925, las pequeñas empresas –de 1 a 5 personas–, sumaban en Alemania


1.614.069 y las grandes –más de 5.000 personas– 67. Del total de la fuerza
motriz alemana –en HP– 1.368 millones fueron consumidos por la industria
pequeña y 2.738 millones para la grande. En 1937, el promedio de la fuerza
motriz para gran empresa aumentó el 26%. En el mismo periodo
desaparecieron engullidas por los monopolistas, 58.600 pequeñas empresas.
En los EEUU, del 1909 al 1929, las grandes empresas saltaron de 540 a 996 y
el valor de su producción pasó de 43,8% a 69,3%, en relación a la producción
total. Con la crisis de 1929, las pequeñas empresas disminuyeron un 38,4% y
en 8,8% las grandes. Pero, al mismo tiempo el número de empleados de las
grandes empresas aumentó un 11,4%. En Francia –sin contar Alsacia-Lorena–
, de 1906 a 1926, las empresas gigantes –más de 1.000 obreros– ascendían de
207 a 362. El personal de las grandes –de 50 a 1.000 obreros– y de las
empresas gigantes –1.000 y más obreros–, en relación al total francés, pasó
de 38,7% a 58,2%. (...) Veamos algunos ejemplos de concentración bancaria:
En Alemania, de 1912 a 1913, 9 grandes bancos berlineses controlaban el 49%
de los capitales bancarios. En 1931, 4 grandes bancos berlineses controlaban el
63%. En los Estados Unidos, la parte que corresponde a los bancos con un
capital superior a 5.000.000 de dólares aumentó del 32 al 48% en el periodo
1923-1934. En Japón, la parte de los cinco grandes bancos de Gran Bretaña

222
fue: 1900, tenían el 25%; en 1913, el 40%; en 1924, el 72%. Del 1929 a 1933, el
número de bancos en los Estados Unidos, cayó de 25.000 a 15.000. Los de
Japón, entre 1914 y 1935, disminuyeron de 2.155 a 563». (Joan Comorera; La
nación en una nueva etapa histórica, 1944)

Como se está demostrando, la tendencia a la concentración de la producción y el


capital es un hecho irrefutable e intrínseco al capitalismo:

«Un rasgo característico del capitalismo actual es la concentración cada vez


mayor de la producción y del capital, que ha llevado a la unión de las
pequeñas empresas con las empresas poderosas, o a la absorción de aquellas
por estas. Asimismo, esto ha traído como consecuencia el agrupamiento
masivo de la fuerza de trabajo en grandes trusts y consorcios. Además, estas
empresas han concentrado en sus manos enormes capacidades productivas,
fuentes energéticas y de materias primas en proporciones incalculables. En la
actualidad, en las grandes empresas capitalistas se explota también la energía
nuclear y la tecnología más reciente, que pertenecen exclusivamente a dichas
empresas. Estos gigantescos organismos tienen un carácter nacional e
internacional. En el interior del país han destruido la mayoría de los pequeños
patronos e industriales, mientras que en el plano internacional se han erigido
en consorcios colosales, que abarcan ramas enteras de la industria, la
agricultura, la construcción, el transporte, etc., de muchos países.
Dondequiera que los consorcios hayan clavado sus garras y que un puñado de
capitalistas multimillonarios haya realizado la concentración de la
producción, se amplía y profundiza la tendencia a eliminar a los pequeños
patronos e industriales. Este camino ha conducido al ulterior fortalecimiento
de los monopolios. (...) Las pequeñas y medianas empresas, que subsisten en
estos países; dependen directamente de los monopolios. Reciben encargos de
estos monopolios y trabajan para ellos, reciben créditos y materias primas,
tecnología; etc. Prácticamente se han convertido en sus apéndices. (...) La
potencia económica de los monopolios y la creciente concentración del capital,
hacen que las «pequeñas criaturas», es decir, las empresas no monopolizadas,
típicas del pasado, no sean las únicas víctimas de la lucha competitiva, sino
también las grandes empresas y grupos financieros. Debido a la desenfrenada
sed de los monopolios de obtener elevados beneficios y a la exacerbación al
máximo de la competencia, este proceso, a lo largo de los últimos dos decenios,
ha adquirido proporciones colosales. Actualmente las fusiones y las
absorciones en el mundo capitalista son de 7 a 10 veces mayores que en los
años anteriores a la Segunda Guerra Mundial». (Enver Hoxha; El
imperialismo y la revolución, 1978)

¿No les parecen suficientes estas cifras a nuestros ideólogos «marxistoides»


empecinados en negar a Marx, Engels y Lenin? Quizás esto no ha sido
suficiente. Bien. Sigamos, pues, repasando los datos de mediados del siglo XX.

223
Esta vez no solo analizando la producción, sino la mano de obra según los datos
proporcionados por Statistical Yearbook, Monthly Bulletin of Statistics, United
Nations and Fortune:

«Así, por ejemplo, en 1976, en las 500 corporaciones estadounidenses más


grandes, trabajaban casi 17 millones de personas, que representaban más del
20 por ciento de la mano de obra ocupada. A ellas correspondía el 66 por
ciento de las mercancías vendidas. En la época en la que Lenin escribió su
obra: «El imperialismo, fase superior del capitalismo» en 1916, cuando en el
mundo capitalista sólo existían una gran compañía estadounidense, la
«United States Steel Corporation», cuyo capital activo ascendía a más de mil
millones de dólares, mientras que en 1976 el número de sociedades
multimillonarias era alrededor de 350. El trust automovilístico «General
Motors Corporation», este súper monopolio, en 1975 disponía de un capital
global superior a los 22.000 millones de dólares y explotaba a un ejército de
800.000 obreros. A éste le sigue el monopolio «Standard Oil of New Jersey»,
que domina la industria petrolera de los Estados Unidos y de los demás países
y explota a más de 700.000 obreros. En la industria automovilística existen
tres grandes monopolios que venden más del 90 por ciento de la producción de
dicha rama; en las industrias aeronáutica y siderúrgica cuatro compañías
gigantescas dan, respectivamente, el 65 y el 47 por ciento de la producción. Un
proceso similar ha tenido y tiene lugar también en los otros países
imperialistas. En la República Federal Alemana, el 13 por ciento del total de
las empresas han concentrado en sus manos alrededor del 50 por ciento de la
producción y el 40 por ciento de la fuerza laboral del país. En Inglaterra
dominan 50 grandes monopolios. La corporación británica del acero
proporciona más del 90 por ciento de la producción del país. En Francia las
tres cuartas partes de esta producción están concentradas en las manos de dos
sociedades; cuatro monopolios poseen toda la producción de automóviles y
otros cuatro toda la producción de los derivados del petróleo. En el Japón, diez
grandes compañías siderúrgicas producen todo el hierro colado y más de las
tres cuartas partes del acero, mientras que en la metalurgia no ferrosa actúan
ocho compañías. Y lo mismo sucede en las demás ramas y sectores». (Enver
Hoxha; El imperialismo y la revolución, 1978)

¿Acaso el monopolismo no es una manifestación presente en la


economía actual?

«¿Quizás estos datos fueron ciertos en su momento, pero hoy ya no existe tal
tendencia?», dudarán algunos. ¡Claro! Bien podría haber ocurrido así, pero para
desgracia de nuestros oponentes esto no ha sido así ni mucho menos, los hechos
son tozudos. En realidad, podríamos poner mil casos actuales de procesos de
monopolización en cualquier país y en cualquier rama productiva, pero para no
extendernos demasiado nos conformaremos con algunos:

224
a) Vayamos a las fusiones bancarias de los bancos españoles que se han venido
sucediendo, especialmente desde 2009, aproximadamente:

«El proceso de concentración iniciado por el sistema financiero a primeros de


2010, a raíz del estallido de la crisis de las cajas, ha hecho que el ahorro de los
españoles esté cada vez en menos manos. A 31 de marzo del presente año, seis
grupos (Santander, BBVA, Caixabank, Bankia, Popular y Sabadell) copaban el
72,1% del total de los depósitos bancarios, diez puntos más que a finales de
2009. La principal causa de ese aumento ha sido la absorción por las
entidades más grandes de aquellas otras que presentaban serios problemas
como consecuencia del desplome del mercado inmobiliario. Gracias a ello, han
conseguido incrementar su implantación territorial y hacerse con una mayor
porción del negocio de la que disfrutaban antes de que el sector iniciara su
reestructuración». (El Público; Seis bancos controlan ya tres cuartas partes
del ahorro de los españoles, 21 de julio de 2015)

El diario español «El Confidencial» creó un gráfico muy ilustrativo sobre la


concentración bancaria española durante 2008-2017, uno que para escépticos
de la monopolización como el señor Armesilla debería dejar patidifuso:

«Media docena de fabricantes de turrón en España, los más importantes entre


ellos, fueron sancionados hace unos días por la Comisión Nacional de los
Mercados y la Competencia (CNMC) con una multa de 6,12 millones de euros
por pactar para repartirse el mercado. (...) El caso de los fabricantes de turrón
puede parecer anecdótico, pero es un buen ejemplo de otras situaciones con
rasgos de oligopolio que nos afectan a diario y de un modo mucho más grave.
Los subidones que sufrimos en los precios de la gasolina o en la factura de la
luz se relacionan desde hace años con este tipo de prácticas, en las que han
incurrido empresas de los más diversos sectores, en un contexto donde grupos
reducidos de grandes compañías tienden cada vez más a repartirse algunos de
los mercados más importantes: Endesa, Gas Natural e Iberdrola el sector
energético; Repsol, Cepsa y BP, el de los carburantes; Telefónica, Vodafone y
Orange, el de la telefonía móvil... (...) En la mayoría de los países, y aunque en
diversos grados, las prácticas oligopólicas no son legales, por lo que no se
llevan a cabo abiertamente. La apariencia es que existe una competencia real,
en la que las empresas mantienen una lucha por obtener la mayor cuota de
mercado. La realidad, sin embargo, es que estas compañías toman
continuamente decisiones estratégicas, teniendo en cuenta las fortalezas y
debilidades de la estructura empresarial de cada competidor. La posición
dominante de estas empresas y la falta de competencia real se traduce en
efectos claramente negativos para el consumidor, incluyendo precios por
encima de la realidad del mercado, una producción inferior a las necesidades
derivadas de la demanda, bajos niveles de calidad, o la práctica imposibilidad

225
de que se incorporen nuevos oferentes a un determinado sector». (20
minutos; Electricidad, gasolina, móviles y hasta el turrón: el poder de los
oligopolios, 9 de mayo de 2016)

¿Por qué un diario no sospechoso de profesar una admiración por Lenin se iba a
empeñar en demostrar una conclusión así sobre el capitalismo si no fuese una
realidad escandalosa? Sigamos repasando algunos datos sobre esta tendencia en
las últimas décadas.

b) Adentrémonos ahora en el sector de los productos agrícolas, donde los


monopolios manejan el mercado de manera abrumadora:

«Estudio de 2011 del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA,


por sus siglas en inglés) analizó la concentración del mercado mundial
durante el período 1994-2009 en las cinco principales industrias de insumos
agrícolas: agroquímicos, semillas, productos farmacéuticos para animales,
genética animal y maquinaria agrícola. En 2009 las cuatro firmas más
grandes de cada sector representaban más del 50% de las ventas en el
mercado global, lo que se traduce en un oligopolio. Actualmente seis empresas
controlan el 60% del mercado global de semillas y el 75% del mercado global
de plaguicidas, y se estima que cuatro corporaciones representan
históricamente casi el 90% del comercio mundial de granos». (Derecho a la
alimentación; El oligopolio que ejercen algunas empresas del sector
agroalimentario pone en peligro la seguridad alimentaria global, 2018)

c) Sigamos con el comercio electrónico y el negocio de la publicidad online:

«[Amazon] Domina casi el 50% del comercio electrónico en EEUU, espera


triplicar su cuota en la venta de ropa y es el que más crece en ingresos de
largo. En el 2010 contaba con 33.700 empleados, en junio de 2016 con 268.000
y hoy en día ha superado el millón de personas en plantilla tras añadir más de
400.000 puestos para gestionar la brutal demanda generada durante la
pandemia». (El confidencial; Esta genio de Yale es la única persona en el
mundo que sabe cómo derrotar a Amazon, 22 de marzo de 2021)

«El e-commerce BD & Product Director de Comercia Global Payments incidió


en la gran concentración del comercio electrónico, ya que casi el 25% de todas
las compras online realizadas en España en los últimos 12 meses se han hecho
en 10 grandes operadores». (Cmd sport; El 25% de las compras online se
concentra en 10 grandes operadores, 23/01/2020)

«¿Qué hacer cuando dos empresas tienen más del 50% de un mercado que
crece a un ritmo del 15% anual? ¿Es ésa una definición de duopolio? Si ése es el
caso, es un término aplicable al mercado de la publicidad online a nivel
mundial. Google tiene casi un tercio de la inversión en ese sector; Facebook, un

226
poco menos de la quinta parte. La consultora eMarketer estimaba en julio que
Google acabaría el año con el 37,2%; Facebook con el 21,8%; y Amazon con el
8,8%. Si el porcentaje de la empresa de Jeff Bezos parece todavía pequeño,
téngase en cuenta este dato: en 2018, su cuota de mercado era del 4%». (El
mundo; El oligopolio de la publicidad online, en el punto de mira, 23 de enero
de 2020)

d) Pasemos ahora a la industria textil:

«El conjunto del comercio textil en España se hundió en 2018, con un descenso
del 2,3%. Sin embargo, los gigantes del sector elevaron un 2,17% sus ingresos
en el mercado español. Actualmente, tres gigantes como son Inditex, H&M y
Primark siguen incrementando su cifra de negocio en el país, copando el 37,8%
del total, frente al 36,15% registrado en 2017». (Economía digital Galicia;
¿Oligopolio textil? Inditex, H&M y Primark copan el 38% de las ventas, 31 de
julio de 2019)

e) Y acabemos este repaso con el sector bancario:

«En EE UU había 37 bancos en los años noventa del pasado siglo; hoy,
producto de las fusiones, solo hay cinco entidades grandes (Citigroup,
JPMorgan Chase, Bank of America Merrill Lynch, Wells Fargo y Goldman
Sachs) que acaparan el 45% de los activos bancarios totales del país». (El país;
La amenaza de los oligopolios mundiales, 30 de octubre de 2016)

«Los 28 bancos detentan recursos superiores a los de la deuda pública de 200


Estados del planeta. Mientras que estas entidades tienen activos por
US$50.341 billones, la deuda pública mundial asciende a US$48.957 billones.
Otra manera de dimensionarlo: hay cientos de miles de bancos en todo el
mundo, pero estas 28 entidades concentran el 90% de los activos financieros».
(BBC; Cómo funcionan los 28 bancos que dominan la economía global, 28 de
marzo de 2016)

¿Acaso es diferente en otros países? Ni por asomo:

«La tendencia que muestra el mercado español hacia la concentración es


ciertamente llamativa: si ampliamos el abanico, tras esta última fusión los
cinco mayores bancos de España pasarán de controlar el 71,5% del mercado al
73,5%. Después del verano se ha ido claramente a más: antes de la reciente
fusión Caixabank-Bankia, anunciada el pasado mes de septiembre, esa cuota
era del 68,5%. La comparación con los principales países europeos resulta
chocante: en Alemania los cinco mayores bancos acaparan el 29,1 %, en el
Reino Unido el 31,8 %, mientras que en Francia e Italia no llegan al 50%». (El
Público: «Baile de fusiones: España se encamina hacia el oligopolio bancario,
17 de noviembre de 2020)

227
f) Pongamos un último ejemplo, con permiso del lector, respecto al caso de las
eléctricas en España. La extinta OCTE, que sin duda nos legó en su momento
grandes análisis, publicaban en 2017 un excelente artículo sobre esta cuestión:

«Los antecedentes de la situación oligopólica en España son tanto los


monopolios del capitalismo de Estado franquista como la liberalización del
mercado en 1997, a raíz de la crisis económica de 1995. Los monopolios
franquistas hicieron posible que, con la liberalización, las diferentes y pocas
grandes empresas eléctricas pudiesen alimentarse de empresas menores y
acaparar cuota de mercado ante sus homónimas, llegándose a la situación
actual. Presenciamos la competencia encarnizada entre los tres oligopolios de
la electricidad en España, proceso que llevará de forma insoslayable al
monopolio. El mercado exterior tiene una gran importancia en este proceso.

La situación, después de ese proceso, quedó configurada de tal modo que sólo
hay tres oferentes mayoristas –Gas Natural, Iberdrola y Endesa– a pesar de
que existen cuantiosas empresas minoristas, a las cuáles pagamos por la luz.
Estas empresas minoristas compran la electricidad, almacenada en la Red
Eléctrica, a los oligopolios, para ofertarla de nuevo –habiendo subido el precio
para dejar un margen de beneficios, el cual se denomina técnicamente «interés
del capital»– y que llegue a los consumidores.

La relación de esta situación mercantil con la subida del precio de la luz


consiste en que los tres oligopolios, al ver que dado el temporal se redujo la
producción de electricidad, decidieron todos a una –pero
independientemente– subir el precio de la electricidad paulatinamente. Sólo
cuando vieron que sus competidores oligopólicos empezaron a hacer lo mismo,
el precio empezó a aumentar de manera desenfrenada. Esta subida afecta sólo
a una tarifa, que posee el 46% de los usuarios. Pero dado el papel de la
electricidad en la producción en general, el Índice de Precios al Consumo
aumentó en un 3%, afectando asimismo a toda la sociedad española».
(Organización Comunista del Trabajo de España; Sobre el precio de la luz,
2017)

Como ya hemos dicho, la tendencia monopolista no elimina las contradicciones


principales del capitalismo, sino que las agudiza y, además, no elimina del todo
la competencia, sino que el monopolio actúa de forma paralela a esta, este
ejemplo es bastante representativo y cercano a quienes vivan en países como
España, con tanta presencia del sector servicios. Esto fue registrado y
denunciado muy correctamente por Kautsky antes de dar su salto al vacío hacia
las filas del oportunismo y crear toda una serie de nociones para embellecer al
imperialismo:

228
«Encontramos también una concentración del capital allí donde un capitalista
se apodera, desde un punto de vista económico, de empresas independientes
desde el punto de vista técnico. (...) Algo parecido ocurre con el pequeño
comercio y los «restaurants» de todas clases, cuyos propietarios nominales se
transforman cada vez más en agentes y en asalariados efectivos de algún gran
capitalista. Los dueños de los «restaurants» dependen cada vez más de los
grandes fabricantes de cerveza, quienes les adelantan con frecuencia no sólo la
cerveza, sino todo su material; además, los fumaderos y los «restaurants» se
convierten cada vez más en propiedad directa de las cervecerías. Los dueños
de estos establecimientos no son más que arrendatarios instalados por los
cerveceros». (Karl Kautsky; La doctrina socialista, 1909)

Es decir, por debajo de los trusts, monopolios y grandes empresas, se reúnen


una variedad de ramas intermedias y «subempresas» que realizan todo tipo de
labores del proceso de producción, entonces, los monopolios no solo tienen el
control de todas las fases de la producción –garantizando una mayor
automatización y una mayor ganancia– sino que se da una enorme
competitividad entre estas mismas subempresas dentro del terreno de las
empresas grandes, aparentando también así una libertad de mercado, cuando
en realidad todas ellas están siendo supeditadas a las grandes. Un caso bastante
representativo es el de las famosas empresas de trabajo temporal (ETT) que
suelen hacer el «trabajo sucio» de contratar a trabajadores temporales para que
realicen trabajos para otras empresas más grandes que contratan los servicios
de las ETT.

«Un rasgo extremadamente importante del capitalismo en su más alta fase de


desarrollo es la llamada combinación, o sea, el agrupamiento de distintas
ramas de la industria en una sola empresa, ramas que o bien representan
fases sucesivas del proceso de elaboración de las materias primas –por
ejemplo, la fundición del mineral de hierro, la transformación del hierro
colado en acero y, en ciertos casos, la producción de tales o cuales artículos de
acero– o bien son ramas auxiliares unas de otras –por ejemplo, la utilización
de los residuos o de los productos secundarios, la elaboración de embalajes,
etc.–. «La combinación –dice Hilferding– nivela las fluctuaciones
coyunturales en el mercado y, por tanto, garantiza a las empresas combinadas
una tasa de ganancia más estable. En segundo lugar, la combinación provoca
la desaparición del comercio. En tercer lugar, hace posible las mejoras
técnicas y, por tanto, la obtención de beneficios suplementarios en
comparación con las empresas «simples» –es decir, no combinadas–. En
cuarto lugar, fortalece la posición de las empresas combinadas en
comparación con las «simples», reforzando su competitividad durante los
períodos de depresión económica grave, cuando el precio de las materias
primas cae a un ritmo menor que el de los productos manufacturados». El
economista burgués alemán Heymann, que ha escrito un libro sobre las
empresas «mixtas» –combinadas– en la industria siderúrgica alemana, dice:

229
«Las empresas simples perecen, aplastadas por el elevado precio de las
materias primas y el bajo precio de los productos elaborados». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Para finalizar esta sección, ahora sí, ¿qué podemos concluir de lo visto hasta
aquí? A este punto queda demostrado que el proceso de monopolización, más
allá de las distintas formas y variantes que adopte, es un hecho indiscutible. En
consecuencia, hablar de que vivimos en un capitalismo «sin monopolios» indica
una miopía gravosa; mientras que hablar de que «siempre han existido
monopolios» y que los actuales «no implican nada diferente» denota una
ignorancia histórica cubierta de falsa sapiencia. La monopolización es una
constante que impone la ley fundamental del capitalismo, como forma última de
la economía mercantil, hablamos de la «ley del máximo beneficio», ley que
genera una voluntad depredadora entre sus elementos. Tal ley genera la
característica competencia por las cuotas de mercados que permiten a unos
competidores imponerse sobre otros tanto en el mercado nacional como
internacional, a su vez genera la ruina de los pequeños y medianos burgueses
ante los poderosos monopolios, el aumento de la especulación y, por supuesto,
la destrucción de las propias fuerzas productivas durante las «crisis de
sobreproducción». Estos sucesos parten en paralelo a otros de los cuales no
puede escapar el capitalismo moderno como la «llamada mecanización»,
«deslocalización» o la «tasa de ganancia media». Véase la obra: «Unas
reflexiones sobre la huelga de los trabajadores de LM Windpower en El Bierzo»
de 2021.

Estas son cuestiones clave que hoy deberían ser estudiadas por los llamados
marxistas −nos referimos a los de verdad, no a estos farsantes−.
Lamentablemente, estas cuestiones económicas han sido dejadas muy de lado,
haciendo del marxismo más una pose de simpatía que otra cosa. ¿Qué ha
supuesto esto? Entre otras cosas, dejar la vía libre a que gran parte de los
enemigos del marxismo hayan atacado o distorsionado fuertemente todos estos
fundamentos de la economía política. Sin ir más lejos, Gustavo Bueno, este
fascistoide que a ratos también se reivindicaba como «marxista» llegó a
recuperar algunos de los mitos más delirantes contra Marx, ¿a qué nos
referimos? Aseguraba que la plusvalía es un «invento metafísico», atacaba al
marxismo por confundir la propiedad personal con la propiedad de los medios
de producción y terminaba echándole la culpa de las crisis a los propios
trabajadores por no aceptar rebajarse los sueldos (sic). Véase el capítulo: «El
buenismo como guardián del orden económico capitalista» de 2021.

¿Cuáles son los rasgos del imperialismo de nuestros días?

En cualquier caso, a modo de recordatorio, debemos decir que el capitalismo de


nuestro tiempo se caracteriza, entre otros rasgos, por lo que sigue:

230
a) En el capitalismo los monopolios industriales, farmacéuticos, comerciales,
informáticos o agrarios, sean estos públicos, privados o «mixtos», han crecido
tan desproporcionadamente que controlan hasta el último residuo de la
economía y condicionan política y culturalmente a los gobiernos a escala local y
planetaria. ¿Cómo? Gracias a las redes de influencia dentro de los resortes del
Estado, por medio de los organismos económicos internacionales en los que se
asocian o bien a través del halo de poder y miedo que levanta su propia
institución, los monopolios hacen uso de esa fuerza para asegurar sus intereses
económicos –incluso por encima del control de muchos gobiernos–. Ahora, esta
omnipotencia no ha evitado las crisis periódicas del capitalismo ni la
destrucción de sus fuerzas productivas, más bien todo lo contrario, ha
demostrado una vez la incompatibilidad de esta forma de producción irracional.

b) Es un hecho constatable que la «terciarización» de la economía ha sido uno


de los fenómenos más comentado en los últimos años Esta responde una vez
más a una necesidad del capitalismo para readaptarse y sobrevivir. ¿En qué
consiste? En que en según qué países –por razones de reducción de costes,
innovaciones tecnológicas o exigencias de otras potencias externas–, la
industria, dado el caso, ha sido limitada, deslocalizada o desmantelada, lo cual
no implica que los niveles de producción industriales hayan decrecido a nivel
mundial, todo lo contrario, el ritmo de crecimiento es positivo. Mucho de este
«sector terciario» corresponde a ramas relacionadas directa o indirectamente
con la producción industrial o, en su defecto han sido creadas para satisfacer
nuevas demandas de la población contemporánea que antaño no existían o no
tenían relevancia de peso. Por eso, a su vez, ramas específicas como la
Tecnología de la Información y Comunicación (TIC) han irrumpido hasta
alcanzar también un porcentaje del PIB. En resumidas cuentas, la terciarización
es el grado paulatinamente mayor de peso del sector servicios en la estructura
económica de un país. Los tres factores que la posibilitan son: automatización
de la producción –porque se libera capital variable que puede ser empleado en
los servicios–, deslocalización/externalización de la producción –con los
superbeneficios obtenidos de trasladar la producción allá donde es más rentable
se puede costear la reinserción en el sector servicios de la fuerza de trabajo
«patria» desechada en el proceso deslocalizador– y, por último, la
descomposición de la agricultura –que es el sector donde más «transfuguismo»
ha habido hacia el sector servicios; de donde provienen la gran mayoría de los
empleados del sector terciario–.

c) En la actualidad la exportación de capitales es un instrumento primario de


toda gran potencia imperialista tanto para el sometimiento de los países
periféricos como para minar a otras potencias competidoras. Con ello se asegura
varias cosas: obtener jugosos beneficios en mercados muy concretos y a los que
no todos pueden acceder; acceso a una mano de obra barata y bajos costes de

231
producción; mantener el desbalance comercial entre países y el incremento de la
dependencia de la importación tecnológica e industrial; la fijación de medidas
económicas draconianas a partir del cobro de la deuda o el imponer concesiones
en las leyes de inversión extranjera de terceros países para que sus inversores
accedan a llevar allí su capital en condiciones ventajosas, etcétera. En un país
dependiente la burguesía no suele tener un gran excedente para reinvertir fuera.
Y aun cuando no es así, tampoco tiene mucha libertad en donde destinar este
monto –porque tiene que buscar las formas primero de cómo pagar la deuda
externa, ampliar o modernizar sus fuerzas productivas para ponerse a la par de
las empresas extranjeras que le hacen la competencia, e incluso se ve obligado a
destinarlo a importar alimentos o productos acabados que su economía necesita
para subsistir–. Por otro lado, en una potencia imperialista el excedente es
mucho más común por su músculo industrial, por su productividad y por su
amplio desarrollo de las fuerzas productivas en general. El hecho de poder tener
un número de capital «sobrante» tan alto le permite sobornar mejor a la
«aristocracia obrera», reforzar la militarización de la economía que estima
necesaria para intimidar a los países bajo su influencia o enfrentarse a sus
competidores, pero sobre todo puede explotar las diferentes posibilidades de
una jugosa rentabilidad fuera de sus fronteras: bien en forma de préstamos,
créditos, formando nuevas empresas que operan en dichos países, empresas
mixtas concertadas entre los monopolios y la burguesía indígena, etc.

d) Con el devenir se ha generado toda una serie de instrumentos político-


económicos internacionales con el fin de garantizar el máximo beneficio de los
monopolios y la «estabilidad» de las economías nacionales, como el Fondo
Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM), Organización Mundial
del Comercio (OMC). Así, por ejemplo, cada país que quiera acceder a
préstamos o a algunas de las prebendas que estas instituciones ofrecen deberá
de cumplir con ciertos requisitos reclamados por estos organismos competentes,
entre los cuales es recurrente el dejar en garantía los fondos nacionales o
reducir ramas de la economía en perjuicio de la propia soberanía nacional. Estos
son los encargados de coordinar que se cumplan tales planes y son respetados
como instituciones de referencia del capitalismo mundial, por lo que la mayoría
de gobiernos deben adoptar sus recetas económicas so pena de ser marginados y
castigados. El capital financiero, surgido de la fusión entre el capital industrial y
el capital bancario, ahora es lo que domina los mercados con puño de hierro.
Los bancos ya no hacen de intermediarios o facilitadores de dinero, sino que
controlan la mayor parte de las economías nacionales e internacionales,
desviando dinero a una empresa o a otra, controlando la economía de otros
países, creando un conglomerado de capitalistas que actúan prácticamente
como uno solo. Tienen toda la información necesaria para obtener la máxima
rentabilidad y controlar todo lo que pasa en el mercado.

232
e) En nuestro tiempo, casi todos los territorios y fronteras están claramente
delineadas entre los diversos países capitalistas. Apenas existen colonias como
tal y predominan las fórmulas neocoloniales ya comentadas, que implican la
independencia estatal, no existiendo, en cambio, una soberanía real en lo
político, económico y cultural. Aunque a veces los gobiernos y corporaciones
imperialistas pueden compartir las cuotas de los mercados, siempre existen
indicios que indican qué potencia tiene la supremacía en los recursos de la zona
o cual tiene influencia sobre las decisiones del X gobierno. Como se constata a
diario, la competencia entre los grandes y pequeños países por obtener su
puesto es totalmente feroz y esto hace que se produzcan intentos –unas veces
exitosos y otras no– de una reconfiguración de las «zonas de influencia» por
medio de vías pacíficas y/o violentas: negociaciones diplomáticas, bloqueos
comerciales, sanciones económicas, condonaciones de las deudas,
financiamiento de mercenarios, movilizaciones militares o directamente
conflictos bélicos. Aplicar hasta las últimas consecuencias muchos de estos
«métodos especiales» tienen costes elevados, por eso, al ser muy gravosos en
verdad su aplicación solo está al alcance de unas cuantas potencias que se lo
pueden permitir. Estas destinan parte de su presupuesto a mantener en pie sus
enclaves geoestratégicos comerciales, militares, inversiones o activos de otro
tipo, ya que esperan a través de ellas no solo mantener el prestigio
internacional, sino seguir recalando superganancias.

Como vemos, pues, la evidencia está a la vista, el «imperialismo» como fase


superior del capitalismo caracterizado por Lenin está activo, su vigencia echa
abajo los intentos negacionistas de todos ideólogos del revisionismo moderno.

¿Quiénes suelen ser aquellos que consideran las teorías de Lenin


como «caducas» o «superadas»?

«Por más vueltas y tergiversaciones que inventen los renegados del marxismo-
leninismo y del socialismo y los ideólogos de distinto pelaje de la burguesía, los
acontecimientos y el desarrollo objetivo de la situación en el mundo y la misma
situación actual, muestran de manera irrefutable, no sólo la justeza y el valor
histórico de los análisis de Lenin sobre el imperialismo, en 1916, sino también
sus bases científicas y su actualidad». (Elena Ódena; El imperialismo y
nuestra lucha actual, 1982)

Sencillamente, el marxismo sin el leninismo no responde a las demandas que


plantea la época en la que nos encontramos, por lo demás, es rechazar de facto
la realidad misma de nuestra época, algo que han intentado y seguirán
intentado por cándida necedad u oportunismo consciente.

Para cualquier grupo político del mundo que desee volar el régimen por los aires
es menester comprender la importancia que guarda el saber acertar de pleno

233
con la caracterización del sistema de producción de su tiempo, tanto a nivel
general como en los consiguientes apuntes que deberá hacerse sobre el
particularismo de su zona concreta, ¿por qué? Porque solo así se puede trazar
una línea política acertada. Si esto no se hace correctamente ya sabemos cómo
se suele acabar, normalmente en dos tipos de pragmatismo: a) o bien aceptando
esquemas mecánicos, difusos y desactualizados de terceros autores; b) o bien
tirando de especulaciones y subjetivismos basados en el ego de algún
«especialista». En el primer caso, «a falta de pan buenas son tortas», el grupo se
contenta con adherirse a lo ya dicho por otros, sin pasar ningún filtro. En el
segundo caso, se trata de aceptar las ideas de un ideólogo de tres al cuarto que
trata de sobresalir con un aporte tan novedoso como falto de constatación
empírica. Por eso ambas expresiones carecen de contenido real y son tan
nocivas.

En suma, los revolucionarios de cualquier parte del globo no podrán jamás


emprender una estrategia y táctica correctas sin que sus postulados estén en
consonancia con las características y contradicciones del capitalismo de su
tiempo, tanto generales como específicas. Por esta razón solo cabe dos
posibilidades para que los revisionistas esgriman sus análisis sobre el contenido
de nuestra época –dos causas que muchas veces se entremezclan–: o bien
emprenden tal labor a propósito –con plena conciencia, por mero oportunismo
político–, o bien por mero desconocimiento, porque carecen de las herramientas
filosóficas adecuadas –del materialismo moderno, que como tal debe de ser
histórico y dialéctico–. No hay otra.

«Preguntar–y dar respuesta– sobre los fenómenos naturales o sociales es el


deber de todo revolucionario. La pregunta implica que el individuo reconoce
sus dudas y debilidades, sí, pero también su voluntad de saber, su aspiración a
forjar una defensa o ataque consciente sobre algo o alguien. La respuesta bien
articulada es la prueba de que el sujeto ha hecho un trabajo previo, que ha
adquirido una competencia que le permite demostrar que no actúa por inercia
o por creencias tradicionales de dudoso sostén. Puesto que nuestro conocer es
finito, las preguntas y dudas son algo que recorrerán la vida del individuo
mientras esta dure. A esto deberíamos añadir una nota, una cuestión que los
«nietzscheanos» parecen olvidar sobre los «genios»: el sujeto puede ser
netamente superior a otro u otros en un campo específico, pero, ¿significa esto
que no puede equivocarse en su tema fetiche? ¿Significa que no existen otros
sabios que puedan contradecirle? Inevitablemente, el que es especialista en
uno o varios campos es ignorante en muchos otros, dado que la capacidad de
conocimiento para el ser humano en una sola vida es limitada. Por tanto, este
«astro», por mucho que alumbre a sus satélites, siempre necesitará «la luz de
otro astro» en otro campo.

El hombre que trata de partir de una cosmovisión científica estudia el punto de


partida y la dirección de los fenómenos vivos, pues sabe que sin intentar
234
acercarse al todo no puede realizar una radiografía fiable del cuadro que tiene
delante –todo lo contario al positivismo que registra los hechos y los toma
como algo congelado que debe volverse a producir de forma mecánica–. En
qué medida lo logre le permite ser un vector transformador –revolucionario–
del estado de las cosas existentes. En cambio, el que actúa antes de reflexionar
y afirma antes de confirmar es preso de una suerte de casualidades y tesis
falsas que giran a su alrededor y que, en el supuesto más afortunado, pueden
conducirle a emitir conclusiones acertadas, aunque sin saber explicar bien
cómo ha llegado a ellas. Esto es normal, pues las más de las veces tal posición
ha sido reproducida en base a la repetición mecánica de argumentos
tradicionales, cuando no a una casualidad o favoritismo especial. En
consecuencia, este segundo sujeto jamás podrá ser transformador de nada
porque parte de una forma de conocer endeble. Ante los próximos fenómenos
que se sucedan no será, ni mucho menos, garantía de nada, ya que actúa por
impulsos, sentimentalismo o mitos». (Equipo de Bitácora (M-L), Fundamentos
y propósitos, 2021)

Todos estos políticos, ideólogos, opinólogos, filósofos y economistas parten


frecuentemente de una revisión errónea del carácter de nuestra época y sus
leyes sociales que concluyen luego en sus descabelladas y desconcertantes
nociones sobre los eventos de nuestro tiempo. De esta incomprensión sobre
cómo opera el capitalismo, bien sea esta inconsciente o apropósito, se derivan
luego teorías demagógicas y conspiranoicas como las que abanderan los
llamados «antiglobalistas», entre los cuales, por supuesto, se encuentran en
mayor o menor medida varios de los discípulos del buenismo, como Vox o los
armesillistas. Véase el capítulo: «Las teorías conspiranoicas sobre el COVID-19»
de 2021.

Los tipejos como Sutherland, Illescas y Armesilla afirman constantemente que


ellos son «marxista» pero que no comparten la teoría de Lenin del
imperialismo, su postura sobre cuestión nacional o su concepción del partido
basado en el centralismo democrático, con lo cual, niegan tres de los ejes
centrales de los aportes del leninismo a la doctrina marxista –o, mejor dicho, su
aplicación y adecuación a cada momento concreto de la historia–. De nuevo, el
haber estudiado a los anteriores revisionismos nos permite desenmascarar más
fácilmente a sus sucedáneos. Por ejemplo, podemos ver similitudes entre las
técnicas para negar las bases del marxismo-leninismo que usan los Sutherland,
Illescas o Armesilla con las que usaban hace unas décadas atrás los
eurocomunistas. Si uno lee las ediciones de «Nuestra Bandera», periódico del
Partido Comunista de España (PCE) durante la época de Carrillo-Ibárruri,
encontramos la publicación Nº92 de 1978 bajo el sospechoso título «Debate
sobre el leninismo». Esta estaba dedicada a discutir si era apropiado considerar
que las ideas del leninismo tenían vigencia en aquella década, mientras otros
proponían discutir si directamente sus tesis alguna vez fueron justas. En

235
resumidas cuentas, estos eran unos debates encaminados desde un principio a
negar al leninismo para introducir de contrabando las ideas superadas en el
movimiento comunista.

¿A qué nos referimos? A que los eurocomunistas utilizaron todo tipo de figuras
revisionistas, incluyendo en el pack de Luxemburgo, Lukács, Korsch, Mao y
Trotski, aun cuando estos ya habían sido refutados tiempo atrás por los
representantes del marxismo-leninismo, tanto desde el plano teórico como en el
campo de la práctica. Pero los eurocomunistas, una vez abierta la veda, también
decidieron valerse de personajes por entonces muy de moda entre la «nueva
izquierda europea»: es el caso de Bettelheim, Mariátegui, Guevara, Mandel, Ho,
Althusser, Marcuse o Sartre. Los ideológicos más «cultos» del carrillismo se
atrevían a asegurarnos que Lenin habría revisado de modo oportunista a Marx,
justo como ahora pretenden hacernos creer Illescas y Sutherland. ¿Y qué hace
Armesilla? ¿Eleva la apuesta? Por supuesto. Él no solo recupera los escritos de
Luxemburgo, Mao, Guevara o Nin… sino también de Unamuno, Ortega y
Gasset, Gustavo Bueno y demás morralla. De esta forma busca un «sano
equilibrio» entre su rancio chovinismo y su lenguaje pseudorevolucionario.

Finalmente, hay que anotar otra curiosidad: en los estatutos del PCE de 1978 se
cambió el término marxismo-leninismo por «marxismo-revolucionario». El
señor Sutherland se contenta con lo mismo: primero reconoce que su Centro de
Investigación y Formación Obrera (CIFO) propaga la línea ideológica reformista
del Partido Comunista de Venezuela (PCV); después abraza como referencias el
semimenchevismo de Rosa Luxemburgo y el trotskismo Mandel; y finalmente,
después de tanto rodeo, cuando ya no quedan muchas dudas sobre sus
inclinaciones, termina por autodenominarse públicamente como «marxista
heterodoxo», un término cuanto menos chocante. Visto lo visto hasta aquí,
existen infinidad de coincidencias que hemos venido encontrado entre los
Carrillo-Ibárruri, Armesilla, Illescas y Sutherland. En el caso de este último,
resulta que ese espíritu posibilista hizo que, pese a ser un «crítico» del
chavismo, haya tenido sonadas aproximaciones al «socialismo del siglo XXI»
por medio del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). No por casualidad
ha sido uno de sus ideólogos convocados para adiestrar tanto a los militantes del
PSUV como del PCV. ¿Ahora se entiende por qué el chavismo y sus aliados
nunca han estado ni siquiera cerca de superar el modelo capitalista?

El «antiglobalismo», una trampa nacionalista para la política


exterior

«Los estudiosos y publicistas burgueses defienden habitualmente el


imperialismo de forma indirecta, oscureciendo su dominación absoluta y sus
raíces profundas, destacando los rasgos y detalles secundarios, haciendo todo
lo posible para distraer la atención de lo fundamental a través de proyectos de

236
«reformas» sin importancia. (...) Sostienen un punto de vista pequeño burgués
en la crítica del imperialismo, de la omnipotencia de los bancos, de la
oligarquía financiera, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase
superior del capitalismo, 1916)

Empecemos por un artículo del diario «Libre Mercado» –que como su nombre
indica, no es precisamente marxista–, en él se nos vendía que eso de la «lucha
de clases» ha pasado a mejor vida:

«La verdadera confrontación política actual no es la que antes contraponía a


la llamada izquierda con la llamada derecha. (…) Eso ya pasó. Ahora la
verdadera lucha es la que confronta en el tablero global los intereses de las
decadentes clases medias europeas y estadounidenses, cada día que pasa más
menguadas y estancadas, con las emergentes clases medias de Asia, las que
han visto en la liberalización de los movimientos de capitales y mercancías la
gran oportunidad». (Libre Mercado; La derecha antiglobalista, 25 de julio de
2019)

¿Cómo ha respondido a este «desafío» la socialdemocracia clásica y sus


palmeros? El diario «El Público», afín al Partido Socialista Obrero Español
(PSOE) y en igual medida a Unidas Podemos (UP), contestaba riéndose de sus
lectores ¡que la «izquierda» no se ha rendido ante el neoliberalismo! ¡Sigue
batallando por un «mundo mejor»!

«La izquierda que no se ha rendido al neoliberalismo, sino que lucha por su


superación, tiene que participar de esa disputa en los dos frentes: por una
parte, no rendirse a la globalización neoliberal y sus Tratados de Libre
Comercio, ahora en retracción. Tiene que proponer y promover un nuevo
orden mundial, del que los Brics son el eje emergente. (…) Proponer nuevas
formas de hacer política, distanciándose radicalmente de las formas
tradicionales, con liderazgos transparentes, con estrechos vínculos populares,
con crítica a toda forma de desvío de recursos públicos, con formas de
rendición de cuentas regulares, con mandatos parlamentarios limitados en el
tiempo, con refundación del Estado por medio de la Asamblea Constituyente,
que genere un Estado realmente democrático, en su forma y en su contenido,
representante de la ciudadanía, al que deben tener acceso en igualdad de
condiciones todos los individuos». (El Público; La disputa antiglobalización
entre extrema derecha y la izquierda, 13 de noviembre de 2016)

En lo que comprende 2016-21, esta «nueva izquierda» ha demostrado


sobradamente con experimentos como el «socialismo del siglo XXI» ser tan
mala, tradicionalista y traidora como la «vieja izquierda» socialdemócrata. Así
se puede ver en todos los países donde ha tocado poder: Venezuela, Nicaragua,
Bolivia, Grecia o España.

237
Efectivamente, la cantidad de idioteces que suelta la «bancada de izquierda» de
la «burguesía globalista», son enormes. Pongamos como ejemplo a un
«reputado economista» que defiende a capa y espada esta corriente:

«La verdad y la razón ya no caen del cielo, son producidas por la razón, el
progreso científico y, al menos idealmente, por el contrato social que une a
hombres libres». (Jacques Généreux; Las verdaderas leyes de la economía,
2000)

Como contraposición, las posiciones «antiglobalistas» o también llamadas


«altermundistas», antaño características en grupos semianarquistas, hoy se han
hecho un hueco entre otras corrientes políticas y movimientos sociales que
buscan «pescar en río revuelto». La «derecha alternativa» –«alt right» por su
nombre en inglés– ha sido quien ha hecho del «antiglobalismo» parte de su
agenda política fundamental. Hay quien se decepciona con algunos frutos del
prometedor «globalismo» de la burguesía de «izquierda» –que también apoyó
con ahínco–, y ahora buscan respuestas y se echan en brazos de la «bancada
derecha» de la burguesía, que cada vez es más «antiglobalista», como se puede
ver en sus posiciones «euroescépticas» respecto a la UE capitalista.

Pero pensar que ella tiene el «santo grial» para frenar los fenómenos negativos
de la «globalización mundial» es algo cuanto menos curioso, ya que, como
hemos dicho más arriba, en el pasado fueron sus representantes –Reagan,
Thatcher, Aznar–, los primeros en promocionarnos las grandes «virtudes» que
traería el «progresista» e «indoloro» proceso de globalización mundial, en
vendernos que esto lograría a la larga el «fin de la pobreza y por ende de las
guerras». En verdad, la globalización no es más que un proceso natural del
capitalismo en su etapa imperialista, sus virtudes y defectos son igual de
inherentes que los aspectos positivos y negativos del capitalismo en su etapa
primigenia. Dicho de forma resumida: no es la causa de nuestros problemas,
sino un efecto de una causa: el capitalismo tardío.

Hay otros siniestros personajes que tampoco han dejado pasar la


«oportunidad» que ofrecen las virtudes y defectos del fenómeno de la
«globalización», para realizar su trabajo de demagogia. En este caso hablamos
de ideólogos nacionalistas de toda la vida –aunque mal barnizados de «rojo»–,
como los que encontramos en la revista «Razón Comunista», dirigida por el
estrafalario Santiago Armesilla. Aquí, como ocurre con los revisionistas más
derechosos, aquellos que viran hacia el reformismo, estos también aprovechan
cualquier eventualidad para proponer que lo más «razonable» es sumarse al
proyecto de alguna facción de la burguesía, de hecho, no son más que sus
voceros.

Para quien no tenga el «placer» de conocerlos, estos «socialchovinistas» viven


de reproducir todos los dogmas de la secta-padre: la Escuela del filósofo

238
nacionalista Gustavo Bueno. Ellos nos aseguraban que la culpa de todo es de
Soros y su «élite globalista-posmoderna» (sic). Joaquim J.P. en su artículo así lo
aseguraba:

«Eso está haciendo el gobierno [PSOE-Podemos]: administrar los negocios de


la burguesía; pero esa burguesía no tiene interés en que a España le vaya bien,
pues nuestro gobierno gestiona los intereses de la burguesía financiera
globalista, cuyo testaferro es George Soros. (...) El desarrollo de esta clase ha
comportado nuevas formas de dominación política, sociológica y económica.
(...) La Open Society Foundation es el proyecto geopolítico de la burguesía
financiera globalista anglosajona, y las clases políticas posmodernas son en
general su correa de transmisión». (La Razón Comunista; Crisis, Leyenda
Rosa de la Unión Europea, Coronavirus y desarrollo del socialismo en España,
2020)

Sentimos revelar a estos caballeros que no hay nada más «posmoderno» que
elevar una cualidad intrínseca –y a veces casual– de uno –en su caso la
pertenencia a una nación– hasta convertirlo en fetiche y eje político; justo como
acostumbra el nacionalismo, ese que pone todo «patas arriba» para cumplir con
la agenda de su irracional particularismo «identitario» –que por otra parte solo
consigue continuar llenando los bolsillos de su burguesía «patriótica» mientras
su pueblo sufre todo tipo de calamidades–.

Igualmente, el discurso fácil que culpabiliza de males sistémicos a un nombre


propio de moda –en su época fue Rotschild, hoy Soros– es tan
contraproducente como estúpido. Su única función es inculpar y exculpar a
según qué sectores de la misma clase social que, espontáneamente, oprime en
masa a la población trabajadora mundial y que sólo después de consumado este
hecho puede enzarzarse en sus guerras comerciales y de dominación. ¿La
burguesía anglosajona es globalista y la española una víctima? Víctima, sí, de su
propio globalismo. ¿O es que tan fácil les es olvidar las campañas financieras de
España, el «imperio generador» armesillista, en América Latina, los Balcanes,
África, etc.? Lo único que genera el imperialismo, hable el idioma que hable, es
miseria y opresión, guerra y muerte.

Para nuestra fortuna, los armesillistas nos tranquilizaban con que en el


escenario internacional existen valientes que se oponen a estos malévolos
dirigentes «globalistas-posmodernos». ¿Y quiénes son? ¿Los pueblos, los
revolucionarios antiimperialistas, los verdaderos marxistas que dinamitarán el
capitalismo para construir la sociedad sin clases, que unirán libremente a las
naciones según su voluntad? ¡No! ¡La esperanza está en los EEUU y los
partidarios de Trump, en China con Xi Jinping y en España con Vox!:

«Dentro de este marco del desarrollo e implementación de la «Sociedad


Abierta» a escala global, desde 2016, ha surgido un fiero enemigo que podría

239
poner fin a la hegemonía y continuidad del proyecto de Soros: Donald Trump.
(...) [También] China ha puesto en jaque el beneficioso desarrollo que la
globalización había tenido hasta ahora para Occidente. (…) La Unión Europea
y España, que ahora es también un escenario de disputa geopolítica entre
estas dos burguesías. (...) Detrás de ese mal denominado «fascismo» (Vox) se
esconde el proyecto de esta gran burguesía industrial que pretende recuperar
el Estado nación para proteger la industria propia y su mercado interno, y en
el otro lado el mal llamado «comunismo» encarnado en el PSOE o Podemos,
representa hoy el proyecto de la «Sociedad Abierta», es decir, el proyecto de la
burguesía globalizadora financiera». (La Razón Comunista; Crisis, Leyenda
Rosa de la Unión Europea, Coronavirus y desarrollo del socialismo en España,
2020)

En consecuencia, teorizan, muy duchos ellos en sofistería maoísta a la hora de


manejar las «contradicciones», que existiría una «burguesía progresista» y
«proteccionista» concentrada en la rama industrial, representada por Vox,
mientras hay una «burguesía financiera» reaccionaria y «librecambista-
cosmopolita», representada por PSOE-Podemos –como nota diremos al lector
que por influencia de Armesilla desde la «Razón Comunista» niegan la
definición de Lenin sobre cómo se forma en el capitalismo esa «oligarquía
financiera», la cual es la «fusión del capital bancario con el industrial»–.
Ningún sector de la burguesía, cuando el proletariado existe como clase social ya
formada, puede ser revolucionario. Lenin ya demostró que cualquier revolución,
por muy incompletos que fuesen sus objetivos o muy limitados que estuviesen a
una etapa democrático-burguesa, en tanto que movilizaba al pueblo trabajador
como única garantía de prestar un ejército para luchar por las tareas
revolucionarias, plasmaba ya el antagonismo entre la burguesía y el
proletariado. La burguesía temía movilizar al pueblo y, a la primera de cambio,
se echaba en brazos de la reacción más despiadada del momento, fuese esta
nacional o extranjera.

Una vez dispuesto todo este «gran análisis», para los «armesillistas» el primer
bloque –el industrial– querría «defender la nación española» y el segundo
bloque –el financiero– diluirla, venderla a poderes fácticos extranjeros:

«La gran burguesía industrial Occidental se ha visto amenazada de muerte


por el proyecto globalizador de la «Sociedad Abierta», que pretende mermar
el poder y peso de los Estados nación creando plataformas continentales
desreguladas y con instituciones con baja capacidad de intervención -es el
rumbo que sigue la Unión Europea desde su nacimiento-. Frente a este
proyecto, esta gran burguesía pretende frenar el proyecto destructor del
Estado nación para usarlo como salvaguarda de sus maltrechas industrias,
recuperar políticas proteccionistas para competir con China y evitar que ésta
se haga con el mercado americano y europeo». (La Razón Comunista; Crisis,

240
Leyenda Rosa de la Unión Europea, Coronavirus y desarrollo del socialismo
en España, 2020)

Por eso, en la práctica, este grupo se presenta cual tercermundista creyendo


fervientemente que esta es una de las «contradicciones principales de nuestro
tiempo», arengando, pues, a que se cree un «frente único internacional» en
favor del bloque de la «burguesía industrial-nacional» como única salvación
para el país. Esto, que en su cabeza suena maravilloso, no tiene el más mínimo
atisbo de lucidez dado que, como todos deberíamos saber, el empresariado
industrial siempre ha sido igual o más «cosmopolita» que los bancos a la hora
de «vender los intereses de la nación», deslocalizando sus empresas hacia otros
lugares del mundo, reinvirtiendo las ganancias en otros países más rentables,
etc.

No comprender todo esto significa olvidar que el Estado no es un ente neutral,


que dentro de la «nación» existe la burguesía y el proletariado, y que la primera
modela al Estado, sus instituciones y leyes a su imagen y semejanza:

«A esta propiedad privada moderna corresponde el Estado moderno,


paulatinamente comprado, en rigor, por los propietarios privados, entregado
completamente a éstos por el sistema de la deuda pública y cuya existencia,
como revela el alza y la baja de los valores del Estado en la Bolsa, depende
enteramente del crédito comercial que le concedan los propietarios privados,
los burgueses. La burguesía, por ser ya una clase, y no un simple estamento, se
halla obligada a organizarse en un plano nacional y no ya solamente en un
plano local y de dar a su interés medio una forma general. (…) Como el Estado
es la forma bajo la que los individuos de una clase dominante hacen valer sus
intereses comunes y en la que se condensa toda la sociedad civil de una época,
se sigue de aquí que todas las instituciones comunes tienen como mediador al
Estado y adquieren a través de él una forma política. De ahí la ilusión de que
la ley se basa en la voluntad y, además, en la voluntad desgajada de su base
real, en la voluntad libre. Y, del mismo modo, se reduce el derecho, a su vez, a
la ley». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

En resumidas cuentas, el «análisis dialéctico» de la «(Sin)Razón Comunista» en


verdad todo un clásico del chovinismo; este en su borrachera nacional elimina la
independencia y los intereses de clase del proletariado y prueba suerte con sus
patéticos juegos posibilistas de maniobrar entre bloques imperialistas. En esta
ocasión todo se reduce presentarnos de forma velada la necedad de que
apoyando a un bloque y modelo burgués determinado España podría «resurgir
de sus cenizas» –eso sí, este «milagro español» se daría sin cambiar el modelo
productivo, sin eliminar las bases del capitalismo–.

Actualmente el término «proteccionismo», si se analiza con frialdad, es vacuo,


pues la burguesía no es garantía de nada que no pase por intentar adaptarse a

241
las condiciones sociales vigentes para maximizar la extracción de plusvalía,
usando y combinando cualesquiera que sean las tácticas que le permitan
acercarse a su objetivo final. Debatir sobre si un Estado es exclusivamente
proteccionista o librecambista tiene el mismo sentido que las burdas tertulias
escolásticas de la televisión burguesa, donde unos pontifican que su Estado es
eminentemente «neoliberal» o exclusivamente «socialdemócrata» mientras
que, en realidad, ambas políticas mantienen el aspecto económico crucial para
nosotros: la propiedad privada sobre los medios de producción. Es más, con el
paso del tiempo y la rápida evolución del mercado mundial, las leyes y medidas
establecidas por el gobierno nacional sobre el comercio, bien pueden pasar de
ser una fuerte barrera proteccionista a una completa ganga para el inversor o
importador extranjero.

Las potencias imperialistas, cuando dominan el comercio mundial, reducen el


proteccionismo interno –si no están recelosos de su competitividad puede que
ni siquiera lleguen a eso–, pero, por encima de todo, su política de cara al
mundo es exigir el «libre comercio» del mercado mundial en nombre de la
«libertad» y el «progreso». Así lo hizo el imperialismo británico con sus
competidores –sabiendo que la división internacional del trabajo le era
altamente favorable para imponerse en la lucha de los mercados–. Cuando la
propaganda del imperialismo hegemónico sobre las bonanzas del
librecambismo no era suficiente se adoptaba la violencia abierta para abrir los
mercados –como en las Guerras del Opio del siglo XIX o las sucesivas
intervenciones estadounidenses en Latinoamérica durante el siglo XX–. Si
ahondamos un poco más veremos que la supremacía económica actual de China
en diversos sectores y la posibilidad de difundir la idea del libre comercio
mundial de forma interesada no excluye que siga siendo partidaria de una
política proteccionista de su industria y sectores estratégicos, ni elimina de la
ecuación el sudo del chantaje y las presiones de todo tipo, como bien lo saben
países como Argentina, Australia o Perú. De hecho, las quejas de la UE respecto
al proteccionismo ruso y chino que obstaculizan sus exportaciones son
frecuentes. Si el lector quiere corroborar todo esto con datos, le invitamos a que
consulte los documentos ya disponibles. Véase el capítulo: «¿Lucha de clases o
lucha entre «proteccionismo» y «librecambismo»?» de 2021.

El infame Armesilla ya teorizó que el único capaz de enfrentar al «imperialismo


anglosajón» era un «imperio generador hispano»:

«Sólo puede combatirse al Imperio capitalista anglosajón desde otro Imperio,


iberoamericano, socialista y generador». (Santiago Armesilla; Tesis de
Izquierda Hispánica sobre la caída de la Unión Soviética, 2010)

El «hispanismo», el «europeísmo», el «panafricanismo», el «eslavismo», el


«germanismo», el «americanismo» y otros «ismos», no son sino proyectos
regionales o étnicos de las burguesías locales para distraer de la lucha de clases

242
y del verdadero internacionalismo –que no puede empezar y acabar en los
pueblos con un pasado común, afinidades culturales o étnicas–. Además, por si
no les hubiera quedado todavía claro a estos místicos:

«A estos hombres no les pediremos cuentas por haber considerado que su


pueblo ruso era el pueblo elegido de la revolución social. Pero no tenemos por
qué compartir con ellos su ilusión. El tiempo de los pueblos elegidos ha pasado
para siempre». (Friedrich Engels; Acerca de la cuestión social en Rusia, 1894)

Para Armesilla, sin embargo, el mayor aliado de España sería China, ya que, a
diferencia de su mentor Bueno, él desconfía mucho más del imperialismo
estadounidense:

«El auge de la República Popular China supone la apertura de una ventana de


oportunidad para nuestras dos naciones, Venezuela y España, en lo que
respecta a poder salir de los yugos imperialistas depredadores que las
atenazan». (Santiago Armesilla; Venezuela y la Leyenda Negra: mentiras e
Historia de España, 2020)

¡Este es el nivel! Nos surge una duda, entonces, ¿por qué permite en su revista,
la «Razón Comunista», una apología del imperialismo estadounidense? Bueno,
ya sabemos, entre maoístas y otro tipo de eclécticos, esto son cosas de la «lucha
de dos líneas» y de que «¡se abran cien flores y compitan cien escuelas de
pensamiento!».

Sea como sea, lo cierto es que Armesilla, justamente, coincide con su antigua
organización, el viejo «eurocomunista» y ahora tan «transversal» como
moribundo PCE, también con los viejos perros falderos del revisionismo
soviético, el PCPE; todos estos confiando en China como «aliado de la
revolución» en la Península Ibérica, ¿por qué? Seguramente porque así lo dejó
como «testamento revolucionario» Fidel Castro, quizás por eso siguen
estancados políticamente, sufriendo deserciones y bajando, aún más si cabe, en
calidad y cantidad. Véase la obra: «Crítica a la última broma de Fidel Castro en
el 70 aniversario de la victoria contra el fascismo» de 2015.

Estamos ante un triste posibilismo que juega todas sus cartas no en la fuerza de
sus organizaciones sino en apoyarse en un bloque imperialista para combatir a
otro. ¡Y así les ha ido siempre! Puesto que en cualquiera de estas variantes estas
ideas son una completa aberración proimperialista:

«El análisis de clase marxista-leninista y los hechos demuestran que la


existencia de las contradicciones y las discrepancias entre las potencias y las
agrupaciones imperialistas no elimina en absoluto ni relega a segundo plano
las contradicciones entre el trabajo y el capital en los países capitalistas e
imperialistas o las contradicciones entre los pueblos oprimidos y sus opresores

243
imperialistas. Precisamente las contradicciones entre el proletariado y la
burguesía, entre los pueblos oprimidos y el imperialismo, entre el socialismo y
el capitalismo son las más profundas, son constantes, irreductibles. De ahí que
el aprovechamiento de las contradicciones interimperialistas o entre los
Estados capitalistas y revisionistas sólo tenga sentido cuando sirve para crear
las condiciones lo más favorables posible para el poderoso desarrollo del
movimiento revolucionario y de liberación contra la burguesía, el
imperialismo y la reacción. Por eso, estas contradicciones deben ser
explotadas sin crear ilusiones en el proletariado y los pueblos acerca del
imperialismo y la burguesía. Es indispensable esclarecer las enseñanzas de
Lenin a los trabajadores y a los pueblos, hacerles conscientes de que sólo una
actitud intransigente hacia los opresores y los explotadores, de que sólo la
lucha resuelta contra el imperialismo y la burguesía, de que sólo la revolución,
les asegurará la verdadera liberación social y nacional. La explotación de las
contradicciones entre los enemigos no puede constituir la tarea fundamental
de la revolución ni puede ser contrapuesta a la lucha por derrocar a la
burguesía». (Enver Hoxha; Imperialismo y revolución, 1978)

Las ideas sobre el imperialismo como las que abanderan en la «Razón


Comunista», inevitablemente, centran su propaganda y actividad en el siguiente
sofisma: «Preferimos que el imperialismo menos malo derrote al más malo,
pues la revolución contra ambos no es aún tarea inmediata, y hacer comprender
esto al pueblo es de imperiosa necesidad, así mismo, deseamos colaborar con la
burguesía progresista y patriótica para tal fin». Es decir, acaban delegando a
tarea de segundo orden el difundir una ideología y una organización propia para
garantizar la independencia de los revolucionarios, renegando del factor
subjetivo que puede dar pie a una revolución socialista y también, a cualquier
trabajo antiimperialista efectivo. ¿Acaso esto se ha logrado en España? ¿No?
Entonces, los marxista-leninistas deben preocuparse de crear su propio partido,
y no de «dilucidar» como todas las sectas tercermundistas –especialmente
activas en los años 70– a qué bloque imperialista debemos apoyar. No parece
casualidad que este tipo de sujetos –como los que anidaron en la Organización
Revolucionaria de Trabajadores (ORT) y el Partido del Trabajo de España
(PTA– partiesen de la misma base y acabase apoyando a la burguesía nacional,
la UE y la OTAN con tal de combatir el socialimperialismo soviético, que
consideraban el «principal enemigo de los pueblos»–, todo, para tras su «último
análisis sobre las contradicciones y la correlación de fuerzas» acabar pidiendo el
ingreso en el PSOE de Felipe González.

Por su parte, el Partido Comunista de España (reconstituido) también se ha


hecho notar siempre por ese «tercermundismo» –apoyando a la política de
Castro, Deng, Gorbachov y compañía–. Hoy sus restos han acabado elevando
por los cielos la política de Putin, la de un fascistoide como Perón, etc. Véase la

244
obra: «Estudio histórico sobre los bandazos del PCE (r) y el terrorismo de los
GRAPO» de 2017.

Hubo otros partidos que «sobrevivieron», como la Unificación de Comunistas


Españoles (UCE), que acabó destapándose como una mafia que sangraba
económicamente a sus militantes, les ordenaba marchar en manifestaciones
junto a falangistas por «la unidad de España» y pedía el voto por agrupaciones
chovinistas como Ciudadanos e incluso Unión Progreso & Democracia (UPyD) –
justamente como también hizo el Sr. Armesilla–. Véase la obra: «UCE, otra vieja
secta maoísta que explota a sus militantes» de 2015.

Hay otra criatura dentro de esta corriente chovinista antiglobalista que ha salido
a flote, en este caso Santiago Abascal, el reaccionario vasco exmiembro del
Partido Popular que fue apadrinado personalmente por Gustavo Bueno –la
Fundación DENAES y el libro que escribieron juntos es prueba más que
suficiente para que nadie niegue esto–. El señor Abascal denunciaba desde su
partido, Vox, el «contubernio de las élites globalistas». Pero al partido verde no
le gusta tanto el bloque chino como a la «derechita cobarde» del PP o «La
(Sin)Razón Comunista», ellos, por su parte, siempre fieles al Caudillo, son más
clásicos, por lo que prefieren genuflexionarse ante los yankees:

«El líder del partido, Santiago Abascal, señalando a China, declaró que
«España y todas las naciones democráticas deben impedir que los datos de sus
compatriotas, de millones de españoles, y de millones de europeos acaben en
manos de una empresa controlada por una tiranía comunista aprovechando
la instalación de la nueva tecnología del 5G». El Gobierno contestó a las
preguntas formuladas por Vox, según adelanta Voz Pópuli, que el despliegue
del 5G se realiza teniendo presente la normativa que establecen las «medidas
de protección sanitaria frente a las emisiones radioeléctricas, incluyendo las
relativas a la tecnología 5G». (El Plural; La obsesión de Vox con el 5G: tres
preguntas al Gobierno en dos meses, 8 de enero de 2021)

Ellos, siempre fieles al Caudillo, son más clásicos, por lo que prefieren seguir sus
pasos genuflexionándose ante los yankees o financiándose a través de las
fuerzas más oscurantistas de Irán, por lo que parece que Abascal, ese
«superhéroe» que ha embelesado a señoritas «muy patriotas» como Sofia
Rincón, no es más que un pelele más de los tantos que hemos tenido en esta
nuestra España. ¡Qué desilusión! En todo caso, hay que destacar la curiosa la
preocupación por la salud del líder de Vox, el mismo que niega la incidencia del
ser humano en el cambio climático –que precisamente presenta a China, junto a
EE.UU., como uno de los máximos protagonistas–:

«Abascal dijo que le preocupa que «nos digan a los hombres y mujeres del
mundo occidental que somos los culpables del cambio climático. Me parece que
es algo que no se puede probar». (20 Minutos; Santiago Abascal: «Que se diga

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que el hombre es responsable del cambio climático no se puede probar», 20 de
febrero de 2020)

¿Por qué se hace esto? Para ir en consonancia con Trump o Jair Bolsonaro con
el guion de la nueva derecha desacomplejada, la llamada «derecha alternativa».

«En realidad, lo que quiere decir Gates es que nuestros Parlamentos soberanos
deben someterse a las decisiones de la Organización Mundial de la Salud –en
lo sanitario–, o del Banco Mundial –en lo financiero–, o de la Organización
Mundial del Comercio –en lo mercantil–; por nuestro propio bien, porque
somos incapaces y no sabemos gobernarnos, y estos organismos de burócratas
con el apoyo financiero de unos cuantos filántropos como él resolverán todos
nuestros males y nos llevarán a ese magnífico paraíso del crecimiento
constante, el desarrollo sostenible, la biotecnología, la rentabilidad y la
productividad. Es la Gobernanza Mundial impuesta a golpe de pandemia».
(Jorge Buxadé; El gobierno mundial, 26 de abril de 2020)

Según este viejo falangista –y lo es, échenle un ojo a su biografía–, la pandemia


es un plan de Gates para imponer su agenda. Ajá, entendido. Aceptemos, por un
momento, este delirio fruto de una mente diarreica, sigamos.

Para quien no lo sepa, en la Península Ibérica, estos son los que piden ayuda al
«Tío Sam» para «salvar el país», firmando manifiestos que piden la
intervención de los marines yankees en España. Véase el Manifiesto firmado por
Vox Humanes, que posteriormente fue eliminado tras recibir varias críticas en
redes sociales, pero la imagen de la publicación ya había sido capturada por los
lectores:

«La iniciativa We the people: your voice in the White House, que estaría
circulando para que se recojan firmas ante la Casa Blanca, se ampara en que
España está siendo dirigida ilegalmente por un gobierno que proviene del
fraude electoral. Es por ello que desde este movimiento se solicita al «legítimo
gobierno» de Estados Unidos, el presidido por Donald Trump, que ponga en
funcionamiento al ejército estadounidense para deponer tanto al presidente
español como a sus aliados, a nivel local e internacional. (...) Entre el resto de
propuestas que plantea la iniciativa destaca la petición de que el gobierno
estadounidense asumiera temporalmente el liderazgo del Ejército español y de
los cuerpos policiales del país para mantener la paz en el proceso de transición
hacia un gobierno «que honre la voluntad del Pueblo Soberano de España
promulgando una democracia directa, segura y participativa a través de la
tecnología blockchain, que otorgue el derecho de destituir de inmediato a
cualquier representante». (Spanish revolution; Vox comparte una petición
para que Estados Unidos dé un golpe de estado en España, 11 de diciembre de
2020)

246
Pero ojo, porque, a su vez, son los mismos «antiglobalistas» que dan lecciones al
resto del mundo sobre la importancia de defender el «hondo patriotismo» y la
no injerencia externa de las «élites económicas extranjeras». Ese viejo
«patriotismo» falangista que hablaba de españolidad, ¡sí!, pero pidiendo auxilio
a las tropas marroquís de las colonias, a los aviones nazis o a las tropas
regulares de los fascistas italianos para ganar la guerra contra los «rojos
apátridas». Hablamos de los mismos «antiimperialistas» que en la posguerra
desde «El Pueblo» saludaron el establecimiento de las bases yankees en Rota y
Morón. ¿Estáis seguro que vosotros no sois los «vendepatrias» que tanto
nombráis en vuestras soflamas?

Volviendo al presente, sus enemigos del gobierno, PSOE-UP, promueven lo


contrario, la alianza debe de ser con los demócratas estadounidenses de Joe
Biden. Suponemos que cuando Irene Montero dice que:

«Ha sido emocionante ver a @KamalaHarris prometer su cargo, primera


mujer afroasiática en llegar a la vicepresidencia de EEUU. Esperamos que el
cambio, con el nuevo presidente @JoeBiden, abra una nueva etapa de
tolerancia, justicia social e igualdad. #InaugurationDay» (Irene Montero;
Twitter, 20 de enero de 2021)

Por «emocionante» se refiere a la incipiente militarización del teatro de


operaciones del Pacífico. Desde luego que será «emocionante» ver al USPACOM
recibir una nueva remesa de F-35, el novísimo caza de combate insignia del
mantenimiento de «la paz, la prosperidad y la libertad». Sí, el contenido social
del misil AGM-158 es transformador cuando sale despedido a las órdenes de
una mujer «afroasiática».

¿Debemos pedir ayuda al ala derecha de la burguesía estadounidense –


Rockefeller-Trump– para no ser controlados por su ala izquierda –Gates-
Biden–, aquella que tanto alaba Podemos? Para un marxista o alguien
mínimamente progresista –en sentido estricto– la respuesta es claramente
negativa.

Centrándonos en el tema que nos ocupa, el «antiglobalismo», ¿es este el


«antiimperialismo patriota» de Vox? Se nos olvida mencionar que mientras se
produce esta «titánica lucha» por la soberanía nacional, Repsol y demás
empresas españolas siguen neocolonizando el «Nuevo Mundo» en América
Latina. Curioso el concepto de «libertad» de esta gente. Parece ser que las ideas
joseantonianas están más presentes que nunca en dicha formación.

Esto viene a corroborar que la ideología de la «antiglobalización» es


extremadamente laxa y contradictoria, tanto que lo mismo puede ser utilizada
por grupos apátridas, anarquistas, hippies, como por grupos nacionalistas,
socialdemócratas, liberales o fascistas.

247
¿Qué haríamos sin Posadas y Armesilla? Los dos mejores teóricos de
la lucha intergaláctica

Si desde Argentina el señor J. Posadas se valía de la «teoría de las fuerzas


productivas» y otras ideas trotskistas para negar la posibilidad de la
construcción del «socialismo en un solo país» –reflejo de su pesimismo en el
proletariado–, pero esto no le parecía suficiente. Así que llegó a la conclusión de
que el planeta Tierra necesitaba de la «revolución permanente» extraplanetaria,
y claro, la conclusión lógica para estos trotskistas posadistas era nada más y
nada menos… ¡que los alienígenas «exportasen la revolución»!

«Adhiriéndose muy pronto a la IV Internacional fundada por Trotski en


septiembre de 1938. Posadas, muy activo en las feroces luchas fraccionales y
sectarias que agitaron el trotskismo de los años sesenta y setenta, acabó
fundando (1962) su propia IV Internacional, a la que añadió sin ningún rubor
el calificativo de «posadista». (...) Supongo que lo que más ha interesado a su
autor han sido las extravagancias de la ideología posadista en su última fase,
cuando el dirigente trotskista latinoamericano, fascinado por los presuntos
«avistamientos» de ovnis, afirmó en su folleto –ojo al título– Los platillos
volantes, el proceso de la materia y la energía, la ciencia, la lucha de clases y
revolucionaria y el futuro socialista de la humanidad (1968) que los
extraterrestres que nos visitaban, sin duda mucho más evolucionados
tecnológica y políticamente que nosotros, podrían ser aliados en la lucha final
por el comunismo. Porque, aseguraba, habría un «ajuste final de cuentas»
entre el capitalismo y el socialismo que se resolvería en una «guerra atómica
inevitable» en la que los imperialistas serían definitivamente derrotados y
sobre cuyas ruinas florecería para siempre el socialismo. Por eso Posadas y los
posadistas, cuya fe en la revolución era solo comparable a la de algunas sectas
primitivas en la parusía o en el fin del mundo». (El País; El comunismo que
traerán los ovnis, 3 de abril de 2020)

Aunque este charlatán de la ufología falleció en 1981 hoy tiene un posible


sucesor: Santiago Armesilla. Este, como buen heredero del pensamiento
nacionalista de Gustavo Bueno, empieza negando que alguna vez pueda haber
un mismo sistema político –comunista– para todo el planeta. Aunque no
descarta esa unión política mundial ante una posible guerra interplanetaria
contra los extraterrestres (sic). Pasen y vean:

«Nunca habrá una sociedad política atributiva imperial universal que cubra
todo el Planeta y a toda la Humanidad, salvo que la Humanidad como
totalidad atributiva política se constituya, comenzando así su Historia en el
sentido que apuntó Marx, enfrentada a otra totalidad atributiva política que le
obligue a unirse, bien como súbdita suya, bien como forma efectiva de
organizar un enfrentamiento contra esa totalidad atributiva invasora sobre la
que, después, realiza una acción ofensiva. Estoy pensando, sí, en una

248
civilización extraterrestre. (Santiago Armesilla; La vuelta del revés de Marx:
el materialismo político entretejiendo a Karl Marx y a Bueno, 2020)

En ese supuesto de la Guerra de los Mundos él da por hecho que nuestros


terrícolas capitalistas dejarían sus diferencias en pro de defender la raza
humana. Visto los precedentes, ¡ya nos imaginamos a los Quisling de turno
trapicheando con los marcianos a nuestra costa! Tanto el uno y el otro se basan
en especulaciones sobre civilizaciones superiores extraplanetarias –de las cuales
no tienen constancia– con fines muy claros: justificar su lastimoso pesimismo
sobre el ser humano y/o excusar su chovinismo presente.

¿Pero se pueden trazar planes políticos a partir de posibilidades remotas? No.


Más bien era motivo de mofa y escarnio para los pensadores del materialismo
histórico y dialéctico. Veamos unos extractos. En primer lugar, Lenin enseñó a
saber diferenciar entre posibilidad y realidad, y que, una vez delimitados ambos
campos, uno debe comprender que no puede basar su línea política en lo que
puede ser, sino en lo que es, pues solo de esta forma se puede intuir el qué será:

«El marxismo se basa en hechos, y no en posibilidades. Un marxista solo debe


plantear, como premisas de su política, hechos comprobados exacta a
indiscutiblemente. (…) A mi juicio, usted confunde lo posible –¡¡de lo cual no fui
yo quien comenzó a hablar!!– con lo real, cuando piensa que el reconocimiento
de una posibilidad nos permite modificar nuestra táctica. Es el colmo de la
falta de lógica. Reconozco la posibilidad de que un [marxista] se convierta en
un burgués, y viceversa. (…) Son posibles trasformaciones de todo tipo, incluso
la de un tonto en un sabio, pero esas trasformaciones rara vez resultan reales.
Y sólo por la «posibilidad» de esa trasformación, no voy a dejar de considerar
necio al necio». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a N. D. Kiknadze, 7 de
noviembre de 1916)

En segundo lugar, Engels, en una de sus famosas obras, no sin cierta ironía,
pero a su vez con total honestidad, dejaba caer un par veces que, puesto que no
había tenido el honor de toparse los extraterrestres, había que sacarlos de la
ecuación a la hora de evaluar el conocimiento sobre el estudio de las sociedades
humanas:

«Al decir conocimiento humano, no lo hago en absoluto con intención de


ofender a los habitantes de otros cuerpos celestes, a los que no tengo el honor
de conocer». (Friedrich Engels; Anti-Dühring, 1878)

Por tanto, realizar cávalas sobre sistemas políticos o filosóficos a partir de


civilizaciones jamás constatadas, era y será siempre algo estúpido,
caricaturesco.

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FIN

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