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Capítulo 2

Desendeudamiento y soberanía:
del relato a la realidad

Tanto Néstor Kirchner como Cristina Fernández se atribuyeron una pos-


tura de defensa de una cierta autonomía respecto de las potencias imperialis-
tas. Este es uno de los aspectos en el que más buscaron enfatizar el contraste
respecto del período anterior. Ante la reivindicación de las relaciones “car-
nales” que había proclamado Guido Di Tella, el canciller bajo el gobierno de
Menem, los gobiernos kirchneristas pretendieron en su discurso orientarse
hacia la unidad sudamericana. En esto acompañaron lo que estaba ocurrien-
do en varios países de la región, donde también surgieron gobiernos que
adoptaron un sesgo “posneoliberal”. Pero en este terreno, como en otros,
abundan las contradicciones entre lo afirmado por el gobierno y la continui-
dad en lo esencial, durante estos doce años, de los pilares que configuran la
Argentina semicolonial y dependiente. El gobierno se siguió recostando en
diversos grupos del capital imperialista para el desarrollo de sectores estraté-
gicos como el petrolero, el minero o el automotriz. Aseguró todas las venta-
jas de las que goza la inversión extranjera en el país desde hace décadas, lo
que permitió a las firmas acelerar durante esta década el giro de ganancias
al exterior. Aunque algunos grupos económicos extranjeros que eran aliados
del gobierno se transformaron luego en “enemigos de la patria”, estos fueron
sustituidos por otros grupos igual de imperialistas y rapaces.
El kirchnerismo presentó como un pilar de esta política soberana el lla-
mado desendeudamiento, es decir, la reducción del peso de la deuda –y
particularmente de su parte en dólares– en relación al PIB, que incluyó el
pago adelantado de todo lo adeudado al FMI. Este desahogo fue presenta-
do como pilar para ganar márgenes de maniobra para el manejo de la econo-
mía, escapando a los condicionamientos de los organismos internacionales
de crédito y de los llamados “mercados” financieros. Así, se justificó una
transferencia masiva de recursos que fueron adquiriendo un peso creciente
en el presupuesto público y en el balance de divisas.
52 LA ECONOMía argentina en su laberinto

Más allá de la vocación oficial, el giro en la política durante los gobiernos


de Néstor Kirchner y Cristina Fernández se vio facilitado por el cambio en
el balance externo que posibilitó el boom de los commodities, por medio del cual
la economía se llenó de dólares comerciales. Gracias a esto, el kirchnerismo
avanzó por una línea de baja resistencia y pretendió que estaba desarrollan-
do una ruptura con los dictados de las potencias y los centros financieros in-
ternacionales que no era tal. Los mayores márgenes de maniobra de los que
gozó el gobierno y los límites que estos empezarían a mostrar en los últimos
años se explican por lo que ocurrió con el saldo externo.

Una década sin “restricción externa”

La economía global conocería desde finales de 2002 hasta 2013 un ver-


dadero auge en los precios de los commodities, que apenas si se interrumpió
durante tres trimestres cuando se produjo el crack de Wall Street en 2008.
Este “superciclo” estuvo impulsado por el crecimiento sostenido de China.
También, por las políticas de inyección de dinero implementadas por la
Reserva Federal (FED), que dieron un salto después de la crisis de 2008 con
los llamados Quantitative Easing, grandes inyecciones de dinero que genera-
ron burbujas en varios mercados, entre ellos, los derivados financieros de
los commodities.
En 2001 la Argentina se había mostrado como uno de los eslabones dé-
biles de una crisis de alcance mundial, cuyo impacto para el país se había
agudizado por el ancla cambiaria y los desequilibrios financieros que esta
profundizaba. Ahora, en este nuevo escenario estaría entre los grandes bene-
ficiarios de la recuperación global.
Las exportaciones del país consisten en su abrumadora mayoría en
commodities agrarias (granos, carnes). Por eso, el firme crecimiento global
resultó muy favorable para la Argentina, especialmente en la exportación de
commodities agrarios. La demanda de granos se mantuvo en constante ascenso
y los precios –aunque registraron altibajos– se movieron por encima de sus
niveles históricos. Esto se puede observar en el gráfico 2.1. Bajo estas condi-
ciones, las exportaciones agrarias del país se duplicarían en pocos años, con
un fuerte crecimiento de las cantidades, pero mucho más aún de los precios.
El nuevo contexto macroeconómico también favorecería a algunas exporta-
ciones de Manufacturas de Origen Industrial (MOI)37.

37 Entre estos se destaca el complejo automotriz, que es clave para explicar el mayor
crecimiento en cantidades de las MOI (57,6 % más en 2014 que en 2004), respecto de las
Manufacturas de Origen Agropecuario (12 % más) y de los productos primarios (20 % más).
ESTEBAN MERCATANTE 53

Gráfico 2.1: Índice de términos de intercambio del comercio exterior


Base 2004 = 100
160

140

120

100

80

60

40

20

0
I - 1998
II - 1998
III - 1998
IV - 1998
I - 1999
II - 1999
III - 1999
IV - 1999
I - 2000
II - 2000
III - 2000
IV - 2000
I - 2001
II - 2001
III - 2001
IV - 2001
I - 2002
II - 2002
III - 2002
IV - 2002
I - 2003
II - 2003
III - 2003
IV - 2003
I - 2004
II - 2004
III - 2004
IV - 2004
I - 2005
II - 2005
III - 2005
IV - 2005
I - 2006
II - 2006
III - 2006
IV - 2006
I - 2007
II - 2007
III - 2007
IV - 2007
I - 2008
II - 2008
III - 2008
IV - 2008
I - 2009
II - 2009
III - 2009
IV - 2009
I - 2010
II - 2010
III - 2010
IV - 2010
I - 2011
II - 2011
III - 2011
IV - 2011
I - 2012
II - 2012
III - 2012
IV - 2012
I - 2013
II - 2013
III - 2013
IV - 2013
I - 2014
II - 2014
III - 2014
IV - 2014
Fuente: INDEC.

Este mejor desempeño exportador repercutió en un fuerte aumento de


la participación del comercio exterior en los agregados macroeconómicos:
tanto las importaciones como las exportaciones tienen valores en relación al
producto muy elevados en comparación con los niveles registrados históri-
camente. Para el año 2007, las exportaciones alcanzaron un pico de partici-
pación en el PIB de 24,6 % (actualmente rondan el 21 %).
Los precios de los granos llegaron a multiplicar hasta tres veces los valo-
res que tenían a comienzos de milenio, mientras aumentaban fuerte los vo-
lúmenes exportados de granos. La Argentina pasó de exportar por un valor
de USD 26.000 millones en 2001, a un récord de USD 84.200 millones en
2011. Esto se explica en gran medida por el crecimiento de las exportacio-
nes agrarias y, también, por el crecimiento en las exportaciones de la indus-
tria automotriz.
Esta demanda externa fue otro de los grandes motores del crecimiento. Este
impulso fue común a la mayoría de las economías latinoamericanas, y está vin-
culado a la fuerte recuperación de la demanda internacional de commodities e
hidrocarburos. Algunos estudios han calculado que este impacto externo
explica alrededor del 75 % del crecimiento de las economías latinoamerica-
nas38 durante el lapso 2002-2007 y se observa un fuerte contraste entre las
economías de la región beneficiadas por el boom de la demanda externa de

38 Esteban Pérez Caldentey y Matías Vernengo, “Back to the Future: Latin America’s
Current Development Strategy”, versión digital en IDEAS, www.networkideas.org, agos-
to de 2008.
54 LA ECONOMía argentina en su laberinto

commodities y aquellas que no lo fueron, como es el caso de la mayor parte de


Centroamérica39.
Aparte de impulsar la actividad, este crecimiento en las ventas al exterior
generó un comportamiento inédito en la economía argentina. El sostenido su-
perávit en el comercio exterior, en niveles que el país no mostraba desde hacía
varias décadas, hizo que desde 2002 hasta 2011 no se hiciera presente un fan-
tasma que en muchas ocasiones perturbó a la economía argentina: la llamada
“restricción externa”. Por esta nos referimos a los efectos que tiene un resulta-
do negativo en el balance de pagos40 sobre el crecimiento económico por los
desequilibrios que genera la insuficiencia de moneda mundial. Varios autores
han elaborado modelos de análisis de la economía que incluyen los efectos de
esta restricción: Raúl Prebisch, Julio H. G. Olivera, Aldo Ferrer, Carlos Díaz
Alejandro, Alberto Porto, Javier Villanueva, Rodolfo Canitrot, Oscar Braun,
Marcelo Diamand, Mario Brodersohn. La escasez de divisas –resultado de un
casi crónico exceso de importaciones sobre las exportaciones, del peso de
los servicios de deuda y de los giros al exterior de utilidades y dividendos
de empresas extranjeras– llevó al país a recurrentes situaciones de desequi-
librio externo que terminaron en abruptas devaluaciones y duros ajustes.
Esta restricción operó como una severa traba para el crecimiento de la eco-
nomía a mediano plazo. La escuela económica estructuralista ha teorizado de

39 Ídem.
40 La balanza de pagos es un registro de todas las transacciones monetarias produci-
das entre un país y el resto del mundo en un determinado período –que pueden incluir
pagos por las exportaciones e importaciones del país de bienes, servicios, capital financie-
ro y transferencias financieras–. Contabiliza de manera resumida las transacciones interna-
cionales para un período específico, normalmente un año, y se prepara en una sola divisa,
típicamente la divisa doméstica del país concernido. Las fuentes de fondos para un país,
como las exportaciones o los ingresos por préstamos e inversiones, se registran en datos
positivos. La utilización de fondos, como las importaciones o la inversión en países extran-
jeros, se registran como datos negativos. Cuando todos los componentes de la balanza de
pagos se incluyen, el total debe sumar cero, sin posibilidad de que exista superávit o déficit.
Por ejemplo, si un país está importando más de lo que exporta, su balanza comercial esta-
rá en déficit, pero la falta de fondos en esta cuenta será contrarrestada por otras vías, como
los fondos obtenidos a través de la inversión extranjera, la disminución de las reservas del
Banco Central o la obtención de préstamos de otros países. Si bien la cuenta de la balanza
de pagos general siempre tiene que estar en equilibrio cuando todos los tipos de pagos son
incluidos, es posible que existan desequilibrios en las cuentas individuales que la forman,
como la cuenta corriente, la cuenta de capital o la financiera, excluyendo la cuenta de la va-
riación de reservas del Banco Central, o la suma de las tres. Un desequilibrio en la última
suma puede resultar en un país superavitario que acumule riqueza, mientras que una na-
ción deficitaria puede devenir progresivamente endeudada. Se dice que existe superávit de
la balanza de pagos si las fuentes de fondos (como las exportaciones de bienes y bonos ven-
didos) exceden el uso de esos fondos (como el pago por bienes importados y el pago por la
compra de bonos extranjeros) por ese importe. Se dice que hay un déficit (la balanza de pa-
gos es negativa) si ocurre el fenómeno inverso.
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forma extendida sobre esta cuestión central para la economía argentina. Para
los autores de esta rama del pensamiento económico, la tendencia deficitaria
del balance de pagos, y la consecuente escasez de divisas, explica los límites
al crecimiento de la economía capitalista argentina –cuestión extensible a mu-
chas otras naciones de desarrollo tardío–. Esta consideración es cierta aunque
parcial, como analizaremos en el capítulo 6.
El cambio en las condiciones del comercio exterior unido hasta 2005 al
efecto que tuvo la suspensión de los pagos de la deuda externa –exceptuan-
do la que estaba en manos de organismos internacionales– significó que du-
rante tres años no se afrontaran vencimientos de capital ni intereses para los
cuales fuera necesario recurrir a dólares, cambiando drásticamente la posi-
ción externa. El Banco Central pudo así acumular reservas gracias a los ex-
cedentes generados por el comercio.
El hecho de que el país lograra sostener durante varios años esta posición
solvente planteaba un escenario que no se había visto durante mucho tiem-
po. A diferencia de otros gobiernos que desde el comienzo se encontraron en
urgencias fiscales, descalabros monetarios o crisis en el frente externo, el go-
bierno de Néstor Kirchner comenzó con una economía en crecimiento, con
cuentas fiscales saneadas a fuerza de ajuste fiscal, con superávit comercial y
sin necesidad de endeudarse ni afrontar urgencias en el terreno de la deuda
pública. El aspecto más espinoso era que a poco de asumir debía volver a ne-
gociar un acuerdo stand by con el FMI. Cuando asumió en mayo de 2003 la
deuda pública estaba en default (excepto la parte correspondiente a los orga-
nismos financieros internacionales, que había recibido un trato preferencial y
se había mantenido regularizada, siendo la mayor parte de los vencimientos
refinanciados). Regularizarla era un aspecto central de la agenda de norma-
lización impulsada por la burguesía y exigida por los organismos de crédito.
El equipo económico que Kirchner heredó de Duhalde, que ya venía traba-
jando en eso, concentraría sus energías durante el primer período del nuevo
mandato presidencial en cerrar un acuerdo. Cualquier cuestionamiento a la
deuda usuraria, que llevase a una declaración de no pago de la deuda, fue
desestimado desde el vamos por parte de un mandatario que aspiraba a “un
país normal”. Esto significa, parece, uno donde las deudas se pagan, aunque
ya se hayan pagado veinte veces.

Memoria del saqueo

En febrero de 2005, pasados tres años desde el default, el gobierno de


Néstor Kirchner completaba la primera etapa de reestructuración de la
deuda. Esta tendría una segunda ronda en 2010, finalizada la cual la re-
gularización alcanzaría al 92,4 % de los títulos defaulteados en 2001. Esta
56 LA ECONOMía argentina en su laberinto

reestructuración fue presentada como el resultado de una firme postura so-


berana. Varios analistas, muchos críticos de los ciclos de endeudamiento de
los gobiernos precedentes, saludaron el resultado y pretendieron que gracias
a la quita, la extensión de plazos y las nuevas condiciones de la economía
argentina, la deuda era un problema en vías de resolución. Antes de consi-
derar estos planteos a la luz de los resultados a diez años del canje, comenza-
remos por un análisis del rol que jugó y que juega la deuda en las economías
dependientes.
Todas las naciones emiten deuda para solventar el desenvolvimiento del
Estado. También las crisis de deuda pueden afectar a todos los países, ya
que son resultado de la espiral de crecimiento de la deuda por el efecto de
los intereses, que multiplica el valor de los pasivos hasta volverlos insosteni-
bles, para enriquecimiento de los acreedores41. Pero para tener alguna idea
de las abismales diferencias, el default con el FMI en el que cayó Grecia en ju-
lio de este año fue el primero de un país europeo con el organismo, así como
único de un país del viejo continente registrado desde finalizada la Segunda
Guerra Mundial. Como se ve, un desempeño muy distinto del de las econo-
mías dependientes.
Lo que caracteriza a las economías dependientes es que una porción
significativa de la deuda pública es deuda externa (es decir, con acreedo-
res extranjeros) y en moneda de reserva internacional (dólar, euro, yen).
Esto las diferencia de economías ricas con importante deuda externa, como
EE. UU., que acumulan pasivos en su propia moneda. Esto no lo pueden
hacer las economías dependientes. Por las debilidades de su estructura eco-
nómica42 y el peso en ella del capital extranjero, muestran un desarrollo limi-
tado del sistema de crédito y una moneda que solo cumple de forma limitada
las funciones de dinero; solo parcialmente llega a ser una reserva de valor,
como sí lo son las monedas de las economías más ricas y con plazas financie-
ras poderosas. Esto convierte al capital dinerario que circula internacional-
mente en una fuente de financiamiento privilegiada.
La deuda externa no solo financia al tesoro sino que juega el papel de
compensar los desbalances externos, es decir, el déficit en divisas ocasiona-
do por un comercio exterior deficitario o por la sangría de las remesas al
exterior de empresas extranjeras o de sectores de la burguesía local. El cré-
dito sostiene el drenaje de divisas por estas múltiples vías, hasta que ter-
mina transformándose en un peso formidable en la economía, ya que la
deuda debe devolverse con intereses. El intento de capear los desequilibrios

41 Que por regla general, cuando sobreviene un default, se cobran con creces el capi-
tal adelantado, lo que no obsta que realicen amplios reclamos por resarcimiento a causa del
no pago.
42 Vinculadas a la brecha de productividad que analizamos en el capítulo 1, y a la pre-
ponderancia del capital imperialista que las caracteriza.
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externos de esta forma se vuelve a la larga insostenible, desembocando en


crisis fiscales y de desbalance externo que conducen a severos descalabros
económicos, con su secuela de ajustes sobre el pueblo trabajador43. Entre
crisis y crisis, la deuda atraviesa períodos donde parece “pagable” (en la
Argentina por lo general cuando aumenta el precio y volumen de exporta-
ciones agrarias, incrementando así la renta y el flujo de dólares comerciales
hacia el país), pero eventualmente vuelve a adquirir una dimensión despro-
porcionada en relación al PIB.
Los ciclos de endeudamiento externo en las economías dependientes sur-
gen por decisión de los gobiernos y las burguesías locales tanto como por
necesidad del capital global para volcar su liquidez y garantizarse buenos ne-
gocios cobrando tasas altas, a causa del spread (sobretasa) por encima de las
tasas que pagan los bonos de las economías ricas. Tanto el volumen de dis-
ponibilidad de créditos como las tasas de interés varían al ritmo de esta liqui-
dez global, afectada por la política monetaria de las potencias imperialistas.
En los años setenta hubo un boom de crédito en América Latina y otros países
dependientes gracias a los llamados “eurodólares” y “petrodólares”. Este ciclo
se cortó cuando la FED inició una fuerte suba de las tasas de interés para fre-
nar la inflación, lo que subió el costo del crédito y disparó las crisis de deuda
en todo el mundo. Más recientemente, las masivas emisiones monetarias para
enfrentar la crisis de 2008 significaron un flujo enorme de dólares a las eco-
nomías dependientes, que se tradujo en un boom de crédito barato (a excep-
ción de la Argentina, que tenían las vías bloqueadas hacia los “mercados”).
Los primeros indicios de que podría haber un giro más restrictivo en la polí-
tica monetaria de las economías más ricas ya empezaron a generar desde co-
mienzos de 2014 serias dificultades a varios de los países “emergentes” que
más aprovecharon el endeudamiento barato y la entrada de capitales.
Desde el punto de vista de los grandes centros financieros, estas emisio-
nes de deuda aseguran una afluencia de riqueza desde los lugares más recón-
ditos del planeta. Esto es así desde los tiempos de la Baring Brothers –que
emitió el primer empréstito a la Argentina en tiempos de Rivadavia– hasta
hoy. Aunque el peso de los activos externos en las economías dependientes
(y en particular de la parte de los activos constituida por las deudas públicas
externas) no tiene hoy para las economías ricas el peso que estas tenían a co-
mienzos del siglo XX, sería erróneo pasar por alto su importancia. Gérard
Duménil y Dominique Lévy44 han señalado la importancia para la economía

43 La vinculación entre los desequilibrios en los flujos de comercio y las tendencias a


las crisis recurrentes en las economías capitalistas atrasadas son expuestos sintéticamente
por Anwar Shaikh, Valor, acumulación y crisis, Buenos Aires, Razón y Revolución, 2006, pp.
189 a 269.
44 Gérard Duménil y Dominique Lévy, “El imperialismo en la era neoliberal: respiro y
crisis de la Argentina”, Realidad Económica N.° 225, enero-febrero de 2007.
58 LA ECONOMía argentina en su laberinto

norteamericana de los últimos veinte años de las rentas generadas por los ac-
tivos en el extranjero, entre los que se incluye la deuda externa de las nacio-
nes dependientes.
Desde el punto de vista de las grandes plazas financieras, extender los
volúmenes de deuda comercializada en moneda local resulta clave para for-
talecerse en la competencia con otras plazas, de Nueva York con Londres y
ambas con Frankfurt o Tokio. Para las economías más ricas, esta deuda ge-
nera, junto con las rentas que obtienen las corporaciones trasnacionales, im-
portantes flujos de riqueza.
Para las potencias imperialistas, la deuda externa y las crisis han sido ade-
más vehículos para impulsar agresivamente la agenda del capital trasnacio-
nal. La necesidad de los países dependientes de obtener “ayudas” tuvo como
contrapartida estas exigencias. El FMI otorgó créditos a cambio de duras
condiciones. Sus planes de “ajuste estructural” no solo apuntaban a estabili-
zar el balance externo, fiscal y los precios, sino que pugnaban por la apertura
de la economía, la liberalización financiera y de los movimientos de capita-
les, privatizaciones y la flexibilización de la fuerza de trabajo. Estas políticas
no solo se implementaron por presión externa; importantes sectores de las
burguesías de las economías dependientes las impulsaban motivados por la
posibilidad de sacar provecho de la apertura de otras economías así como
favorecerse con las privatizaciones y otras medidas a favor de las empresas
que eran parte de los planes de ajuste. Las crisis externas y las exigencias del
FMI permitieron a estos disciplinar o aislar a las fracciones burguesas resis-
tentes a la apertura, a la vez que presentar estas políticas como ineludibles
ante los sectores populares para “salvar” la economía.
Las emisiones de deuda y las reestructuraciones después de cada crisis
generan oportunidades de negocios para el capital financiero internacional
en asociación con intermediarios locales, donde las estafas con las comisio-
nes, así como el uso de información privilegiada para adquirir títulos a pre-
cio vil, están a la orden del día. Baste mencionar las denuncias en relación al
“blindaje” y al megacanje de 2001, o las sospechas sobre los negocios reali-
zados con información privilegiada por parte de consultoras cercanas al en-
tonces ministro Amado Boudou cuando se llevó a cabo el canje de 2010.
La apertura y liberalización profundizaron en varios países los desequili-
brios y se volvieron el nuevo fundamento para que los países dependientes
apostaran a la deuda –así como a la entrada de capitales– para “estabilizar”
sus economías, reproduciendo una y otra vez los ciclos de auge y retracción
(cuando no hundimiento) de la mano de los vaivenes del sistema financie-
ro global.
Como podemos observar, la deuda es tanto resultado de la condición de-
pendiente de una formación capitalista como mecanismo de su perpetua-
ción. La deuda reemerge una y otra vez como problema porque sus raíces
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están en las condiciones de valorización de capital en el país y en las relacio-


nes que de ahí surgen entre la burguesía local y el capital financiero inter-
nacional. Es una ilusión creer que se puede salir del problema de la deuda
pagando. Una ilusión por demás costosa.
En el crecimiento del endeudamiento público y externo iniciado en los se-
tenta en la Argentina convergieron los intereses de la banca internacional y
de sectores de la burguesía argentina. La deuda solventó la fuga y dolariza-
ción de sus activos45. Durante la dictadura creció el endeudamiento privado,
que luego se transformaría en público gracias al Banco Central. En parale-
lo, la dictadura emitía deuda para crear una bonanza ficticia al tiempo que
llevaba adelante un genocidio contra la clase obrera y los sectores popula-
res. Martínez de Hoz logró créditos en dólares a bajas tasas gracias a los “pe-
trodólares”. Esto permitió al gobierno dictatorial endeudarse para mantener
sobrevaluada la moneda local. Los empresarios también pudieron obtener
créditos baratos y, por las altas tasas de interés en la plaza financiera argenti-
na, los usaron para generar la “bicicleta financiera”: comprar dólares baratos
(por la moneda local sobrevaluada) para invertir en plazos fijos en el merca-
do local y sacar las ganancias al exterior. Por esta vía fugaron miles de mi-
llones de dólares, sostenidos por un endeudamiento privado que alcanzó los
USD 17.000 millones en 1981. A comienzos de los años ochenta, la abun-
dancia de dólares baratos se transformó en sequía, ya que la FED comba-
tía la inflación con una suba de tasas de interés, atrayendo capitales de todo
el mundo. La política de peso fuerte de la dictadura se derrumbó y sobrevi-
no una fuerte devaluación. Pero –no fuera cosa que los empresarios pagaran
por su rapacidad– el Banco Central, entonces comandado por Cavallo, otor-
gó “seguros de cambio” a las deudas privadas. El Estado solventó los costos
de la devaluación para los empresarios. Se estatizaron USD 8.600 millones,
es decir, el 55 % de la deuda privada. La deuda pública, que en 1976 era de
USD 8.000 millones, para 1982 rondaba los USD 45.000 millones. Durante
este período se pagaron USD 30.000 millones.
Alfonsín coqueteó con una renegociación dura de la deuda. En distintos
países de la región se registraban esfuerzos por cambiar los términos de dis-
cusión de la deuda. En enero de 1984, a pedido del presidente de Ecuador,
se celebró en Quito una reunión de representantes personales de los Jefes de
Estado de la región para debatir el tema. Allí plantearon la necesidad del re-
conocimiento del efecto social de la crisis y la “corresponsabilidad de la comu-
nidad internacional” en la solución al problema de la deuda. Pedían mayor
flexibilidad en las condiciones de renegociación y créditos adicionales. La res-
puesta del imperialismo vino con el Plan Baker, que a cambio de fondos adi-
cionales acordó esquemas de refinanciamiento y regularización de las deudas.

45 Ver Jorge Gaggero, Claudio Casparrino y Emiliano Libman, “La fuga de capitales.
Historia, presente, y perspectivas”, Documento de trabajo N.º 14 del Cefid-Ar, mayo de 2007.
60 LA ECONOMía argentina en su laberinto

Cada país por separado terminó renegociando onerosamente. Gracias a ello,


sumado a un deterioro de la balanza comercial (por estancamiento de las ex-
portaciones y aumento de las importaciones), la deuda argentina registró un
marcado incremento. Para fines del mandato de Alfonsín era de USD 64.000
millones. Esto pese a que durante su gobierno se pagaron USD 35.000 millo-
nes. El déficit fiscal por dicha deuda fue un factor clave en la estampida hipe-
rinflacionaria y a fines de 1988 se entró en cesación de pagos.
Durante los gobiernos de Menem la deuda subió 123 %. En 1993, el Plan
Brady reemplazó las acreencias en manos de bancos privados por bonos. El
plan prometía terminar con el problema de la deuda, pero fue la vía para un
nuevo ciclo de endeudamiento, aprovechando la oferta internacional de ca-
pitales. En paralelo, se impusieron medidas como la liberalización de regula-
ciones y aranceles, privatizaciones y reformas laborales. Además, se permitió
a los que compraron empresas públicas que pagaran con títulos de deuda,
que por el quebranto del Estado estaban a precios de remate. Estos títulos
se aceptaron a precio nominal, es decir, por mucho más de lo que efectiva-
mente valían. Los empresarios se hicieron de las empresas públicas pagando
casi nada (y en muchos casos ni siquiera cumplieron con las obligaciones).
Durante los mandatos de Menem se pagaron USD 116.000 millones entre
capital e intereses.
Si al comienzo del gobierno de De la Rúa la deuda era de USD 146.000
millones, al momento de su caída superaba los USD 180.000 millones y,
mientras tanto, se afrontaron vencimientos por USD 44.000 millones de ca-
pital e intereses. Sostener la convertibilidad 1 a 1 con el dólar fue cada vez
más costoso luego de las sucesivas crisis que se registraron desde 1994, que
cortaron la oferta de capital barato para los “países emergentes”. Persistir
en este intento, como hicieron Menem y De la Rúa, significaba seguir en-
deudándose no solo para pagar la deuda, sino para sostener el creciente dé-
ficit comercial.
Mientras la burguesía fugaba los dólares en previsión a la devaluación para
resguardarlos en paraísos fiscales, con la aceleración de la crisis se profundizó
la alquimia financiera para sostener la convertibilidad. En menos de un año se
sucedieron el “blindaje”, “ayuda” financiera del FMI, Banco Mundial, BID y
bancos privados por USD 38.000 millones y el megacanje que cambió bonos
por un valor de USD 30.000 millones que pagaban tasa del 6 %, por otros que
pagarían tasa del 12 %. La operación implicó un aumento de la deuda externa
en USD 53.700 millones en términos de capital e intereses. Los siete bancos
que participaron de la operación embolsaron USD 150 millones en comisio-
nes. Es decir que la deuda con la que se sostuvo la convertibilidad, especial-
mente cuando esta entraba en crisis, tuvo como contrapartida una masiva fuga
de capitales, aprovechando lo que durara la ficticia paridad con el dólar. Los
acreedores internacionales que financiaban esta fuga se hacían con títulos
ESTEBAN MERCATANTE 61

que les daban el derecho a participar de la riqueza futura que se obligaría a


pagar el Estado argentino más los intereses generados.
Haciendo una suma simple, al momento del default la Argentina llevaba
pagados desde comienzos de la dictadura USD 225.000 millones, es decir,
más de lo que en ese entonces adeudaba. Esto apenas da una idea distorsio-
nada, ya que en dólares de ese momento, lo que se había ido pagando en los
veinte años anteriores era mucho más.
En el año 2000, el juez Ballesteros dictó sentencia en la llamada causa
Olmos, una querella impulsada por Alejandro Olmos Gaona para declarar la
ilicitud de la deuda, denunciando por acción delictiva a los presidentes, desde
Alfonsín a De la Rúa, y a sus respectivos ministros de Economía y funciona-
rios del área junto a 180 empresas beneficiadas por las estatización de sus pasi-
vos. El razonamiento que guió la demanda y avaló el fallo es que si la deuda de
la dictadura fue delictiva, la que se pagó de 1983 en adelante también. La deu-
da del período 1983-1995 es consecuencia de la deuda 1976-1983, algo admi-
tido por el funcionario Jorge Rodríguez, Director del Departamento de Deuda
Externa del Banco Central en el gobierno de Menem. Esto se puede compro-
bar si vemos que durante la mayor parte de esos años la Argentina tuvo su-
perávit fiscal, pero dejaba de tenerlo en el momento en que se incorporaban
los pagos por el servicio de deuda. Ese déficit, que se cubría con títulos, se
producía por refinanciar la deuda.

¿Canje soberano?

La renegociación de deuda concretada en enero de 2005 y reabierta en


2010 fue saludada por numerosos sectores del progresismo como el resulta-
do de una firme postura soberana, por haber alcanzado un 76 % de adhesión
de los bonistas con títulos en default, habiendo propuesto una quita nominal
que era según el gobierno del 75 % sobre el valor nominal de los títulos im-
pagos. En los hechos la quita nominal era de alrededor del 54 %, a lo que se
sumaba un alargamiento de plazos y reducción en la carga inmediata de inte-
reses. Veámoslo: el 18 de marzo de 2005 la República Argentina desembolsó
USD 700 millones en efectivo y USD 35.000 millones en bonos y rescató títu-
los impagos por unos USD 62.000 (más intereses atrasados por USD 16.000
millones) en manos de aquellos acreedores locales y extranjeros que decidie-
ron aceptar las condiciones del canje.
Muchos entusiastas llegaron a considerar que este resultado significaba
patear el tablero en la historia de las renegociaciones de deuda. Se pasa por
alto que venía precedida por renegociaciones como la de Rusia, que en 1999
había reestructurado deuda con una quita nominal del 53 %. Aunque en tér-
minos nominales el porcentaje de quita alcanzado por la Argentina sigue
62 LA ECONOMía argentina en su laberinto

estando entre los más altos, la diferencia es cuantitativa, no cualitativa. Es


decir que la quita obtenida no significó cuestionar las reglas del juego, sino
ampliar un poco sus márgenes. Debemos señalar que en las tasas pagadas
por el país para endeudarse durante los dos años previos al default, el impa-
go y también su posterior reestructuración con quita estaban descontados.
El default de 2001 abrió condiciones para impulsar una reestructuración
de deuda que estirara sus vencimientos. A este objetivo el equipo económi-
co de Lavagna le incorporó el de negociar la quita sobre el capital adeuda-
do. Después de tratativas que llevaron tres años desde el default, en enero de
2005 se concretó el canje. Gracias al abultado superávit comercial logrado
a partir de 2002, el gobierno de Néstor Kirchner pudo permitirse estirar los
plazos de la negociación hasta lograr un resultado en línea con los objetivos
fijados. Los resultados alcanzados fueron en parte consecuencia de haber he-
cho pesar esta posición negociadora. Pero solo en parte.
Otro tanto pesó la generosidad con la cual la quita nominal era relativiza-
da en términos efectivos por los incentivos que se daban a los bonistas. Estos
incentivos fueron dos: el ajuste por inflación en los valores de los títulos y los
cupones atados al crecimiento del PIB. El ajuste de los bonos por inflación fue
un estímulo de peso. Producto de esta concesión implícita, el valor de la deu-
da nueva aumentaría USD 1.000 millones cada vez que la inflación superara
a la devaluación por seis puntos porcentuales. Agreguemos que esto fue pacta-
do a partir de un tipo de cambio muy conveniente, lo cual permitía dar por se-
guro que esto ocurriría invariablemente. Este sería a partir de 2007 uno de los
principales argumentos para defender la intervención del INDEC a los fines
de adulterar los datos de inflación presentados por el organismo. Si se aceptara
como válido este planteo, en el mejor de los casos con la destrucción del IPC
se estaba buscando salir torpemente de un error no forzado. Fue el gobierno
por propia decisión el que incorporó ese incentivo adicional para los acreedo-
res. Solo en el primer año desde la reestructuración, el costo adicional por este
concepto fue superior a los USD 3.000 millones.
Aún mayor concesión representaron los “valores vinculados con el PIB”.
Con la idea de condicionar mayores pagos de deuda al rendimiento extraor-
dinario de la economía, y así “asociar” a los acreedores con el crecimiento,
se creó un formidable costo adicional que quedó maquillado en los resulta-
dos presentados. Este cupón representaba un premio a los acreedores por el
crecimiento acumulado y no meramente por el excedente de un año indivi-
dual. Además, el nivel de referencia era un PIB per cápita real inferior en un
10 % al nivel previo a la recesión de 1998-2002, es decir, resultaba sumamen-
te generoso. El prospecto de emisión de los nuevos títulos en el canje de 2005
fijaba como tope, para lo que podían sumar las erogaciones por “valores vin-
culados con el PIB”, USD 30.000 millones. Es decir que si se llegara a este
tope la quita efectiva sobre la deuda total canjeada en 2005 quedaría reducida
ESTEBAN MERCATANTE 63

a 16 %. Al día de hoy se pagaron ya por cupones USD 13.000 millones y este


año podrían sumarse otros USD 7.000 millones.
De esta forma, el efecto operado por los incentivos redujo significativa-
mente la quita efectiva del canje de deuda46. En 2010 las condiciones respec-
to del cupón atado al PIB fueron incluso más generosas, porque al conjunto
de los bonistas se les pagó retroactivamente todos los cupones de crecimien-
to que se habían originado desde 2005.
Los costos fiscales “bajo la cuerda” creados por estos incentivos, que des-
mentían la quita que el gobierno estaba maquillando, refuta que el canje
haya sido, por sus resultados, disruptivo.
Por si esto fuera poco, muchos de los que canjearon hicieron un negocio
formidable porque habían adquirido los bonos a precios de remate. Entre
ellos también hay fondos que merecen ser calificados de “buitres” como el
NML Capital Limited, subsidiaria de Elliott Management, que lleva adelan-
te el litigio en el juzgado de Griesa pero con otra estrategia. Los que com-
praron los bonos a 10 % o 20 % del valor original e ingresaron al canje, aún
con quita, obtuvieron ganancias que podían llegar al 250 %. Las ganancias
del canje que obtuvieron los bonistas desde 2005 superarían lo que obtiene
cualquier tenedor de bonos de países “emergentes”.
Un aspecto igualmente importante para asegurar los resultados del can-
je fue que los nuevos bonos también habían sido emitidos bajo jurisdicción
norteamericana. En caso de litigio, los acreedores se asegurarían la posibili-
dad de volver a demandar en cortes de Nueva York.
Prestos a negociar con los buitres de las finanzas globales como lo estaba
el gobierno de Kirchner, difícilmente se hubiera arribado a un resultado más
ventajoso. Lo cuestionable es la vocación de renegociar esta deuda odiosa y
usuraria. La meta de volver “soberanamente” a los mercados era y es una
contradicción en los términos. Como se había puesto en evidencia durante
el período transcurrido entre 2002 y 2005 no pagar la deuda era algo entera-
mente factible. Volver a dedicar en promedio más de un 6 % del presupues-
to público nacional a pagar a los acreedores no tiene nada de “soberano”.

Los costos del desendeudamiento

Luego de la renegociación de 2005 pareció que la deuda externa había


dejado de ser un problema. El gobierno aprovecharía el abultado saldo su-
peravitario del comercio exterior conseguido a partir de 2002 para reducir
la posición de deudor neto del país. Sobre la base de una situación inédita
en la historia argentina reciente, como era el holgado superávit comercial

46 Alberto Müller, “Default y reestructuración: ¿cuál fue la real quita de la deuda públi-
ca argentina?”, Documento de trabajo del Cespa, marzo de 2013.
64 LA ECONOMía argentina en su laberinto

que permitió la exportación del “yuyito” de soja, la Argentina se encontró


con una abundancia de dólares que permitió pagar sin recurrir a un nuevo
endeudamiento externo. Este alivio del peso de la deuda pública (y sobre
todo de la externa) como proporción del PIB se transformó en un objetivo
central, popularizado con el término “desendeudamiento”. La deuda públi-
ca regularizada con privados, organismos multilaterales y bilaterales (sin in-
cluir deuda intra sector público) pasaría de 55,4 % del PIB en 2005, luego
de la renegociación a un mínimo de 14,7 % del PIB en 2012, como puede
verse en el gráfico 2.2. En diciembre de 2014 representaba 16,6 % del PIB.
Asimismo, la deuda externa, que en 2005 alcanzaba 28,6 % del PIB, dismi-
nuyó hasta 10,7 % en 2012. En la actualidad alcanza 13 %. La deuda públi-
ca total tuvo una caída más limitada, pasando de representar el 60,7 % del
PIB en 2005 a un 43 % en 2014 (el mínimo había sido en 2011 de 33,3 %).
Esto se explica por el crecimiento de la deuda intra sector público, que en
2005 era de 5,3 % del PIB y en la actualidad llega al 26,3 %. Los niveles de
endeudamiento con el sector privado se encuentran muy por debajo de los
promedios de las décadas anteriores.

Gráfico 2.2: Evolución de la deuda pública como porcentaje del PIB

180
Deuda pública bruta
160
Deuda con privados
140
Deuda con organismos multilaterales y bilaterales
120
Deuda con agencias del sector público
100

80

60

40

20

0
2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 2011 2012 2013 2014

Fuente: Secretaría de Finanzas del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas.

EVOLUCION DE LA DEUDA PÚBLICA COMO PORCENTAJE DEL PBI


ESTEBAN MERCATANTE 65

Según afirma el propio gobierno, se pagaron en concepto de capital e in-


tereses USD 190.000 millones entre el año 2005 y el año 2013, distribuidos
entre el sector privado (extranjero y nacional), el sector público nacional y los
organismos internacionales de crédito. Esto incluye “hitos” como la cancela-
ción de USD 10.000 millones al FMI o la utilización de dólares del Banco
Central para pagar vencimientos. Según el balance cambiario del BCRA, “en
el período 2003-2014 los egresos netos por intereses registrados en el balan-
ce cambiario totalizaron unos USD 47.400 millones, de los cuales un 68 %
correspondieron a pagos del sector público y BCRA”. Es decir, USD 32.200
millones solo en pago de intereses por deuda pública, a lo que hay que agre-
gar los vencimientos de capital.
El desendeudamiento se defendió sobre la base de que daba margen para
una política económica sin condicionamientos. Efectivamente, la disminu-
ción de la deuda pública externa representa un relajamiento de determi-
nados condicionantes. Un país que disminuye los compromisos de deuda
pública, especialmente los que están en manos de agentes extranjeros, gana
márgenes de maniobra. Pero estos márgenes no se utilizaron –ni estaba en
agenda su uso– para ejercer una política exterior más autónoma ni para ata-
car las conquistas del capital imperialista que condicionan la política econó-
mica local. Las mayores “rebeldías” pasaron por dejar en el tintero algunas
de las hipotecas que había dejado la hecatombe de 2001 y que hasta hace
poco resultaba más costoso levantar que dejar pendientes, como ocurría con
el Club de París o el litigio de los bonistas que no ingresaron a los canjes de
2005 o 2010.
La política de pagar puntillosamente recibió amplios apoyos. Entre los
mayores entusiastas están varios sectores históricamente críticos del rol que
juega la deuda. Por ejemplo, Alfredo Zaiat, entusiasta defensor del gobierno
desde Página/12, llegó a sostener en 2010 que “hoy la deuda no es un con-
dicionante central para la economía ni por magnitud ni por su horizonte de
vencimientos”47. Es decir, y según se desprende de la afirmación del autor,
pagarla no conlleva ningún trastorno para la economía. Sin embargo, parece
una afirmación apresurada considerando que más de un 6 % del presupuesto
anual tuvo como destino desde 2005 el pago de servicios de la deuda públi-
ca, a lo que es necesario agregar los vencimientos de capital. Esta demanda
inhibió otros gastos de importancia en tiempos de superávit y se transformó
en uno de los grandes motivos por el cual la economía volvió a acumular un
déficit financiero creciente.
Otro correlato de los esfuerzos para pagar esta deuda ha sido el reempla-
zo de deuda externa con deuda interna, contraída mayormente con ANSES
y el Banco Central. Esto está afectando una parte creciente de los activos que
garantizan las jubilaciones, ya que más del 60 % de los mismos se encuentra

47 Alfredo Zaiat, “La deuda”, Página/12, 27/03/2010.


66 LA ECONOMía argentina en su laberinto

prestado al tesoro. Por la baja capacidad de recupero de esta deuda, que se


renueva y amplía permanentemente, se plantea como posibilidad un desfal-
co de los fondos destinados a asegurar la sustentabilidad del sistema previ-
sional. Al mismo tiempo, el deterioro que muestra el balance del BCRA por
el crecimiento de la deuda del tesoro en sus activos (66 %, lo que equivale
a USD 85.300 millones) mina los márgenes para hacer política monetaria.
A esto se agrega que el Banco Central, además del financiamiento que rea-
liza al tesoro, también le ha transferido utilidades. Todo esto lo ha hecho a
costa de aumentar su propio endeudamiento mediante una deuda en Lebac/
Nobac que la autoridad monetaria produce para absorber una parte de los
pesos que emite, cuyo resultado es lo que se define como déficit cuasi-fiscal.
La deuda cuasi-fiscal equivale a USD 35.200 millones y hoy paga tasas de
interés del orden del 30 % anual.
Cambiar deuda externa por deuda interna ha sido un negocio para el go-
bierno, pero con altos costos a futuro.
El país tiene menos exposición por pasivos en dólares, pero los márgenes
de soberanía así comprada se probó bastante costosa y su efecto en el tiem-
po, limitado. A pesar de ser “pagadores seriales”, la deuda pública total pasó
de USD 126.000 millones luego del canje de 2005 a USD 221.748 millones
en diciembre de 2014. Lo que es de destacar es que en 2013 y 2014 aumen-
tó no solo la deuda como proporción del PIB, sino que también lo hizo la
parte de la misma en dólares.
En un movimiento pendular, el mayor significado del desendeudamiento,
como estamos viendo en este final de mandato kirchnerista, es haber mejora-
do las condiciones para que el país vuelva a endeudarse. La burguesía y los
que se están probando el traje de futuro presidente se frotan las manos por-
que estarán en condiciones de lanzarse al ruedo con un país que tiene una
deuda externa históricamente baja, lo que plantea la posibilidad de abrir un
nuevo ciclo de expansión económica con capitales financieros del exterior.

La esquiva vuelta de la “burguesía nacional”

“Es fundamental que el capital nacional participe de un proceso de re-


construcción de la sociedad. Es imposible un proyecto de país si no consoli-
damos una burguesía nacional”. Esto sostenía Néstor Kirchner en septiembre
de 2003, en los comienzos de su gestión, reunido con los banqueros de ori-
gen nacional. Definía así el objetivo de recrear una “burguesía nacional”.
Sin explicitarlo, hizo suyo el diagnóstico de algunas usinas de pensamien-
to burgués desarrollista para las cuales las clases dominantes realmente exis-
tentes en la Argentina exhiben una fuerte carencia de sentido nacional, lo
que hace necesario dar impulso desde el Estado para consolidarla y generar
ESTEBAN MERCATANTE 67

recambios en la cúpula. Uno de los principales exponentes de esta postura


es Aldo Ferrer. En numerosos trabajos ha expuesto como un rasgo caracte-
rístico de las clases dirigentes en el país la ausencia de densidad nacional. Con
un importante grado de generalidad, este autor define que dicho concepto
engloba “la integración de la sociedad, los liderazgos con estrategias de acu-
mulación de poder fundado en el dominio y la movilización de los recursos
disponibles dentro del espacio nacional, y la estabilidad institucional y polí-
tica de largo plazo”48.
No obstante este pronunciamiento en los inicios del gobierno de Kirchner,
mirando de punta a punta vemos que en esta década se han producido cam-
bios sumamente limitados en los principales sectores capitalistas.
Vamos a realizar este análisis a partir de lo ocurrido con la cúpula del poder
económico, es decir, las empresas más grandes insertas en el país. La fuente
principal de la que disponemos es la Encuesta Nacional a Grandes Empresas
(ENGE), elaborada anualmente por el INDEC. Complementamos estos da-
tos con otras fuentes disponibles. La Facultad Latinoamericana de Ciencias
Sociales (FLACSO) elabora una base sobre las 200 empresas de mayor ta-
maño. Por otra parte, diversas publicaciones (Prensa Económica, Mercado) reali-
zan anualmente rankings de las 1.000 empresas más importantes, evaluadas
por volumen de ventas o patrimonio neto.
Lo primero que podemos observar es que las grandes empresas, conside-
radas como un todo, han visto crecer su peso en la economía desde la salida
de la convertibilidad. Durante los años noventa, la apertura económica y las
privatizaciones condujeron a un proceso acelerado de concentración y cen-
tralización del capital que no se detuvo durante la posconvertibilidad, sino
todo lo contrario. La ENGE ilustra este avance. En 1993, el valor agregado
de este grupo representaba el 12,9 % del PIB total de la economía argentina.
Entre 2001 y 2002 su participación en el PIB total pega un salto, pasando
de 15,5 % a 23,4 %, para estabilizarse en valores sustancialmente más eleva-
dos. Si el promedio de 1991-2001 fue 14,3 %, entre 2002 y 2012 resultó de
21,5 %. Asimismo, si solo consideramos el PIB de los sectores de actividad
en los que intervienen empresas del panel, su participación aumenta hasta
el 33,6 % para el año 2012. Si tomamos otras variables vamos a encontrar
una concentración aún más extrema: en 2003, las exportaciones de las em-
presas relevadas por la ENGE representaban un 77,3 % del valor total de
bienes exportados, mientras que la inversión bruta fija del panel totalizaba
el 79,9 % del total. Este crecimiento de la cúpula, además, fue acompañado
de una sostenida concentración dentro de la misma: las 100 firmas de mayor

48 Aldo Ferrer, “Globalización, desarrollo y densidad nacional”, en Gregorio Vidal y


Arturo Guillén R. (comps.), Repensar la teoría del desarrollo en un contexto de globalización. Homenaje
a Celso Furtado, Buenos Aires, CLACSO, 2007. Posturas similares pueden encontrarse en
otros estudiosos de las clases dominantes argentinas, como es el caso de Eduardo Basualdo.
68 LA ECONOMía argentina en su laberinto

tamaño generaban en 1993 el 66,5 % del valor agregado de las grandes em-
presas; en 2004 su participación había ascendido a 72,1 % y en 2013 fue de
80,4 %. Las 50 más grandes, que en 1993 alcanzaban el 54 %, habían ascen-
dido a 59 % en 2004 y a 63,6 % en 2013.
Varios elementos entran en juego para explicar el salto en la presencia de
las grandes empresas en la economía nacional. Uno de los más importantes
se encuentra en la situación privilegiada que tenía un grupo de estas firmas
para usufructuar los beneficios creados por la devaluación. Para los secto-
res productores de bienes transables que ya mostraban significativos volú-
menes de exportación, el tipo de cambio real alto representó la posibilidad
de una elevada ganancia extraordinaria. La nueva relación cambiaria depri-
mía los costos de producir en el país medidos en dólares, pero no afectaba
los precios, que en los commodities que concentran el grueso de las exporta-
ciones, vienen dados internacionalmente. De esta forma, la brecha entre los
precios percibidos por los exportadores y sus costos crece en la misma medi-
da en que aumenta el tipo de cambio real efectivo.
La apertura comercial de los años noventa y la conformación del
Mercosur implicaron para las principales empresas radicadas en el país un
crecimiento en el volumen de su comercio exterior durante dicho período.
Se registra un aumento tanto de sus exportaciones como de sus importa-
ciones. Considerando las 500 grandes empresas de la ENGE, entre 1993 y
2003, su participación en las exportaciones había aumentado en nada menos
que 17 puntos porcentuales, pasando de 60 % a 77,3 %.
Considerando las 200 más grandes empresas, en la posconvertibilidad se
registró un incremento de 8,7 puntos porcentuales en su participación.
En 2012, los principales complejos exportadores explicaban más del
80 % de las ventas al exterior. Estos están compuestos por unas pocas dece-
nas de firmas en el sector cerealero y oleaginoso (Aceitera General Deheza,
Vicentin, Molinos Río de la Plata, Louis Dreyfus, Nidera, Noble), el auto-
motriz (en el que en realidad las ventas al exterior son más que compensa-
das por la importación de autopartes realizada por la mayoría de las firmas),
complejo Petrolero-Petroquímico (mayormente Pan American Energy), side-
rurgia (Siderca), minería (Minera Argentina Gold) y aluminio (Aluar).
Durante los años noventa, el crecimiento en el volumen de comercio ex-
terior realizado por las grandes empresas fue acompañado de un incremento
del superávit comercial amasado por las mismas. Según los datos provistos
por la ENGE que se puede observar en el cuadro 2.1, el superávit comer-
cial pasó de representar el 3 % de las exportaciones en 1993 a equivaler al
69,3 % de las mismas en 2003. Es notorio que esto ocurriera mientras la eco-
nomía de conjunto exhibía durante casi todo el período un importante dé-
ficit comercial, que solo se redujo en tiempos de retracción de la economía.
ESTEBAN MERCATANTE 69

Cuadro 2.1: Comercio exterior de las 500 más grandes empresas

1993

1994

1995

1996

1998

1999

2001

2002

2003
2000
1997
Exportaciones 7.382,4 9.453,5 12.692,0 15.171,0 17.304,0 17.502,0 16.063,0 18.729,0 18.677,0 63.013,0 68.285,0

Importaciones 7.149,8 9.721,4 9.613,6 11.731,0 13.113,0 14.960,0 11.942,0 12.691,0 9.619,4 14.981,0 20.939,0

Saldo comercial 232,6 -267,9 3.078,0 3.439,3 4.191,6 2.541,7 4.120,4 6.038,8 9.057,2 48.032,0 47.347,0

Empresas
292 318 341 351 350 345 331 340 329 357 351
que exportan

Empresas
371 421 428 437 436 437 429 432 409 403 414
que importan

Fuente: ENGE-INDEC.

No se dispone de datos para el panel de la ENGE a partir de 2002. Sin


embargo, como muestran Schorr, Wainer y Gaggero tomando la base elabo-
rada por el Área de Economía y Tecnología de la FLACSO con las 200 em-
presas de mayores ventas anuales del país, el fuerte saldo exportador de estas
firmas, que con altibajos se mantuvo durante el período de la posconverti-
bilidad, es el que explica el superávit comercial del país49. Mientras duran-
te el período 2001-2012 las 200 más grandes empresas alcanzaron un saldo
comercial positivo promedio de USD 23.000 millones, el resto de la econo-
mía arrojó un déficit promedio de USD 10.500 millones. El superávit co-
mercial, un promedio de USD 12.500 millones, explica enteramente el saldo
comercial favorable de la cúpula. Otro dato de interés del relevamiento de
FLACSO es que el grueso de este superávit comercial es producido por las
50 empresas de mayor tamaño. En 2012 el superávit de estas firmas explicó
el 93 % del superávit del conjunto de las 200 grandes empresas.
Si una de las principales novedades de la última década fue la existencia de
un abultado balance comercial superavitario, en esto las grandes empresas y,
dentro de ellas, el núcleo muy reducido que concentra el grueso de la exporta-
ción, resultaron centrales para conseguirlo. Como muestra su desempeño desde
la década del noventa, podían lograr buenos resultado aún sin un régimen ma-
croeconómico más favorable como fue el de la posconvertibilidad, aunque este
–y la favorable evolución de la economía mundial– pueda haber contribuido a
su mayor crecimiento.
Esto explica entonces que haya sido la cúpula empresaria la que más se vie-
ra beneficiada en términos de incremento de la rentabilidad. Según la ENGE,
podemos ver que en 2004 el resultado operativo representa un 41 % del valor

49 Martín Schorr, Andrés Wainer y Alejandro Gaggero, Restricción eterna. El poder econó-
mico durante el kirchnerismo, Buenos Aires, Ed. Futuro Anterior, 2014, p. 49.
70 LA ECONOMía argentina en su laberinto

agregado de las empresas que componen el panel. Mientras tanto, el costo sa-
larial apenas representaba el 19 % del valor agregado de las mismas. Casi diez
años antes, en 1993, los porcentajes eran 27 % y 46 %, respectivamente.
Es necesario observar que esta continuidad de la tendencia a la concen-
tración no quita que durante este período también se observara el creci-
miento de la burguesía pequeña y mediana. Como observó recientemente el
presidente de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME),
Osvaldo Cornide, desde 2003 se crearon 18.600 nuevas fábricas que dieron
empleo a más de medio millón de trabajadores. Un promedio de 30 traba-
jadores por cada establecimiento. Esto, que no cambia las tendencias más
generales que señalamos, da cuenta de todo un sector de la burguesía de me-
nor escala ampliamente beneficiado durante el kirchnerismo.
En cuanto al origen del capital, podemos observar que las alteraciones
ocurridas en las 500 más grandes empresas durante la década han sido su-
mamente limitadas. En 1993, 281 empresas eran de origen de capital nacio-
nal; en 2004, 165. Durante este período no solo se incrementaron las firmas
con participación de capital extranjero, sino que dentro de estas aumentó el
porcentaje de empresas 100 % de capital extranjero, que había pasado de
representar el 43 % al 62 %. A diferencia de otros momentos históricos, la
extranjerización de los años noventa no se debió centralmente a flujos de in-
versión directa que ampliaran la capacidad productiva en la esfera nacional.
Sería más bien el resultado de un aumento de la inversión directa dirigida a
la compra de empresas argentinas. Entre 1995 y 1997 se produjo una acele-
rada transferencia de empresas a capital extranjero50. Lo notorio de estas, en
relación con otras épocas, es que involucraron empresas que se encontraban
entre las más rentables de sus respectivos rubros y en la mayoría de los ca-
sos eran las de mayor rentabilidad en la economía51.

50 Sostiene Eduardo Basualdo que nunca en la historia económica argentina se había


evidenciado un proceso de tal magnitud (Estudios de historia económica argentina: desde mediados
del siglo XX a la actualidad, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, p. 338).
51 Esto abre el juego a distintas hipótesis sobre los motivos de estas transferencias por
parte de los propietarios locales. Basualdo plantea que el motivo es la necesidad por par-
te de sus propietarios de realizar ganancias patrimoniales, en un momento donde gracias a
la convertibilidad y reestructuración, el valor en dólares de las empresas había alcanzado
montos muy elevados (ibídem, p. 339). El problema de esta explicación es que no permite
captar por qué, tratándose de sectores de elevada rentabilidad, sería conveniente retirarse
de los mismos para mantener el capital líquido en dólares con rendimientos menores o para
volcarlo –como ocurrió en algunos casos– en la adquisición de tierras o la creación de so-
ciedades agropecuarias (que en ese entonces no ofrecían los rendimientos actuales). Aunque
esta motivación patrimonial puede haber guiado en parte las decisiones, lo cierto es que en
el nuevo contexto de creciente competencia internacional, aún las empresas más rentables
encontraban en muchos casos dificultades para competir con el capital transnacional. Este
último gozaba de fuertes ventajas en términos de acceso a la tecnología, pero sobre todo dis-
frutaba de una fuerte capacidad de financiamiento a costos mucho menores.
ESTEBAN MERCATANTE 71

En 2012, la situación apenas se había revertido ligeramente, pasando a


185 empresas de origen de capital nacional. Es decir, apenas el 37 % de las
más grandes empresas.
La última década, presentada como una de recuperación de sobera-
nía y “renacionalización”, resalta por una marcada estabilidad en el panel:
de un pico de 340 empresas con participación extranjera en el panel en el
año 2003, estas se redujeron en apenas 18 empresas durante estos años. Y
esto no es tanto consecuencia de una política específica (que prácticamen-
te no hubo), sino el producto de una modesta repatriación de algunos de
los dólares fugados por los grandes empresarios durante los años de ago-
nía de la convertibilidad, que luego de la brutal devaluación permitieron
comprar capitales locales a precios de remate con solo una proporción me-
nor de lo fugado.
La conclusión entonces es que el 65 % de las grandes empresas tienen
participación de capital extranjero, es decir, que solo poco más de un ter-
cio son de capital enteramente nacional. Además, alrededor del 55 % de las
grandes empresas tienen una participación de capital extranjero que supe-
ra el 50 %.
Otros datos le agregan al cuadro más elocuencia: la participación de las
empresas de capital nacional cae aún más si consideramos el valor de pro-
ducción, el valor agregado bruto y la utilidad. Para el año 2012, apenas el
21,4 % del valor de producción del total del panel y el 20,8 % del valor agre-
gado del mismo eran generados por empresas con capital de origen nacional.
Dichas empresas explican también el 18,6 % de la utilidad de las 500 empre-
sas del panel en su conjunto. Es decir que la mera consideración del núme-
ro absoluto de empresas subestima la penetración del capital extranjero que
muestra la ENGE. En 1993, las 281 empresas de capital nacional mostraban
una participación en el valor de la producción de 40 %, de 38 % en el valor
agregado y de 35 % en las utilidades.
Siempre con el recorte de las 500 empresas que toma la ENGE, no es un
dato nada menor que en 2012 los 511.291 asalariados contratados por em-
presas con participación extranjera (el 64 % del total de trabajadores con-
tratados por empresas del panel) producían un 81,4 % de las utilidades
generadas por este grupo. Utilidades que ascendían a $ 101.031 millones, lo
que significa nada menos que 322 empresas extranjeras tenían en 2011 utili-
dades netas por un valor equivalente al 5,5 % del PIB. La proyección de las
proporciones que surgen de considerar las 500 grandes empresas al conjun-
to de la economía resulta abrumadora.
Cualquier rama productiva hacia la que dirijamos nuestra mirada nos re-
velará un panorama similar: la presencia del capital extranjero continuó con
la firme tendencia de los períodos previos. Resulta muy revelador a este res-
pecto el ranking de las 1.000 empresas líderes que elabora anualmente la
72 LA ECONOMía argentina en su laberinto

revista Prensa Económica52. En la rama aceitera y cerealera, la norteamericana


Cargill y la francesa LDC se encuentran a la cabeza (y ocupan respectiva-
mente los lugares 3 y 4 dentro del ranking general de las 1.000 más gran-
des). En el sector alimenticio, a la nacional Arcor (puesto 16 en el ranking
general) la siguen inmediatamente la filial argentina de la francesa Danone
(puesto 62), la de Bagley (71) que asocia a Danone con Arcor, la de la sui-
za Nestlé (85) y las de las norteamericanas Kraft Foods (92) y Pepsico (139).
En las automotrices, sector mimado en los acuerdos comerciales regionales,
no existe ni una empresa que no sea de capital extranjero. La rama química
y petroquímica la dominan por lejos la yanqui Dow (30) y la belga Solvay
Indupa (78). En el sector bancario, al Banco Nación (25) lo secunda el anglo-
hongkonés HSBC (49) y lo sigue el español Santander Río (53). En petró-
leo, a la hoy recomprada YPF (1) y a la “multilatina” Petrobras (8) les siguen
la anglo-neerlandesa Shell (10), la empresa de capitales chinos y argentinos
Pan American Energy (14) y las norteamericanas Esso (20) y Chevron (88),
el socio de YPF en Vaca Muerta. Podríamos continuar esta lista largamente.
Incluso en las ramas donde no ocupan los primeros lugares y hay jugadores
locales con posiciones dominantes es notoria la presencia extranjera en los
segundos puestos. En todas las escalas y en todas las áreas de la economía
nacional puede registrarse la misma tendencia.
Existen condiciones estructurales que explican este desempeño. Como
surge de la ENGE, el valor agregado bruto por obrero de las empresas con
participación extranjera fue en promedio un 115 % superior que en las em-
presas con capital de origen nacional. Esto da cuenta de hondas diferencias
en los niveles de productividad entre ambos grupos. A estas condiciones es-
tructuralmente más favorables para las empresas de capital extranjero se
agrega su papel preponderante en las exportaciones de la cúpula. Según da-
tos de la ENGE para el año 2003, las empresas exportadoras de capital ex-
tranjero dentro de la cúpula representaban el 71  % del total (248 firmas,
cuando diez años antes habían sido 148 firmas, poco más de la mitad), mien-
tras que su volumen exportado alcanzaba el 85 %53. No sorprende entonces
que durante la última década varios grupos nacionales se desprendieran de
empresas que a pesar de ser rentables mostraban dificultades para sostener
planes competitivos de expansión frente a los capitales internacionales, como
fueron los casos de Acindar y Loma Negra.
Pero no solo estas condiciones ventajosas explican la persistencia en la
extranjerización de la economía. Al mismo tiempo que el kirchnerismo se
manifestaba a favor del fortalecimiento de algunos grupos empresarios lo-
cales y mantenía un discurso soberano, preservó numerosos beneficios que

52 El último ranking disponible es el publicado en Prensa Económica N.º 311, octubre de 2012.
53 A esto se suma la posibilidad –no siempre concretada– de las empresas extranjeras de
disponer de ventajas de financiamiento a tasas más ventajosas a través de sus casas matrices.
ESTEBAN MERCATANTE 73

favorecieron tanto al capital local como al extranjero, sin distinción. Es el


caso por ejemplo de la promoción de inversiones establecida a partir de
la ley 25.924 (de 2004) y normas complementarias, cuyos principales be-
neficiarios son unas pocas grandes firmas de las principales ramas manu-
factureras (acero y aluminio, procesamiento de soja y otras agroindustrias,
derivados del petróleo y terminales automotrices). Lo mismo vale para los
beneficios promocionales para San Luis, Tierra del Fuego, Catamarca, La
Rioja y San Juan. También están los programas de beneficio a las petrole-
ras como Petróleo Plus, Gas Plus y Refinar Plus. Por el peso mayoritario del
capital extranjero, podemos decir que fue el más favorecido por numerosas
transferencias mediante subsidios económicos y por desgravaciones fiscales.
Regímenes especiales como los de la industria automotriz, o el establecido
por la Ley de Hidrocarburos para las explotaciones no convencionales san-
cionada en 2014, así como los privilegios de la actividad minera, tienen a
empresas trasnacionales como beneficiarios privilegiados.
El gobierno nacional, especialmente en los años de Néstor Kirchner, ma-
nifestó su vocación de lograr la “argentinización” de algunas grandes firmas,
buscando involucrar a empresarios como socios junto a firmas extranjeras.
Este fue el caso del ingreso del grupo Petersen de los Eskenazi al directorio
de YPF en 2007 como socio argentino de Repsol, iniciativa que solo sirvió
para acelerar el vaciamiento de la petrolera argentina, hasta que esta fue par-
cialmente expropiada en 2012.
Solo el moderado ascenso de algunos grupos económicos de capital lo-
cal a los primeros puestos de la cúpula capitalista permite hablar de recu-
peración de una burguesía “nacional”. Según consignan Schorr, Wainer y
Gaggero, se trata de apenas una decena de grupos económicos que ingre-
saron al selecto grupo de 200 mayores empresas que conforman la cúpu-
la empresaria: Pampa Holding (energía); Indalo, propiedad de Cristóbal
López (energía, juegos de azar, construcción, medios de comunicación);
ODS, de Calcaterra (construcción); IRSA, de Elsztain (construcción, inmo-
biliaria, agropecuaria, financiera); Caputo (construcción, electrodomésticos,
autopartista); Electroingeniería (energía, construcción, medios de comunica-
ción); José Cartellone (construcción, alimentos); Petroquímica Comodoro
Rivadavia (insumos para construcción, energía, servicios logísticos); Insud
(laboratorios, agropecuaria, industrias culturales) y Bagó (laboratorios)54.
En casi todos los casos quienes los encabezan tienen fuertes lazos con distin-
tos sectores del poder político. Fue la relación privilegiada con funcionarios
del Estado lo que permitió que algunos grupos económicos ascendieran du-
rante la última década.
Cualquier idea de que esto pueda significar un fortalecimiento de la bur-
guesía nacional se ve relativizada también por el hecho de que estos grupos

54 Schorr, Wainer y Gaggero, ob. cit., p. 122


74 LA ECONOMía argentina en su laberinto

no incrementaron su participación en la cúpula en desmedro del capital ex-


tranjero. En su ascenso, estos grupos avanzaron desplazando del podio a
otros grupos nacionales, que vieron caer su peso relativo o directamente se
desmembraron durante la última década, mientras el peso del capital extran-
jero se mantuvo prácticamente sin cambios.
El motivo central por el cual cayó ligeramente la participación del capital
extranjero dentro del panel de las grandes empresas no está en su relevo por
empresas nacionales de capital privado, sino en el hecho de que muchas em-
presas con participación de capital extranjero pasaron durante la última década
a manos del Estado. Los casos más emblemáticos son Aerolíneas Argentinas e
YPF. En ambos casos pasaron a ser sociedades anónimas con capital público,
en el caso de YPF con un 49 % del capital en manos privadas. Alrededor de
una veintena de grandes empresas pasaron a la órbita estatal durante la última
década (contando las que fueron disueltas al estatizarse, como fue el caso de
las AFJP). En la mayoría de los casos se trataba de empresas que eran parcial
o enteramente de capital extranjero. Esto explica la mayor parte del incremen-
to de firmas de capital de origen nacional entre las 500 más grandes.

Los efectos de la extranjerización

¿Por qué desde el punto de vista marxista, es decir, el de la apuesta por


la emancipación de la clase trabajadora, el origen del capital tendría alguna
importancia? ¿Se trata de ser “nostálgicos” de lo nacional? ¿Es que acaso la
burguesía autóctona puede calificarse bajo algún estándar de “progresiva”
respecto del capital trasnacional imperialista?
Nuestro análisis no supone ninguna ponderación positiva de la burgue-
sía nacional, que evidenció durante todo el siglo XX su carácter reacciona-
rio y un total conformismo con la patria vasalla que llegó a ser la Argentina55.
Sus principales fracciones se han mostrado siempre más prestas a privilegiar
las modestas ventajas que pudieran ofrecer las migajas caídas de la mesa del
festín que se dan las corporaciones imperialistas, del que son invitados de se-
gunda, que a acompañar los intentos de autonomía nacional ensayados por al-
gunos gobiernos de tinte nacionalista en distintos momentos históricos –muy
modestos, por otra parte–. Podríamos decir que se trata de una clase sin “den-
sidad nacional”, como la define Aldo Ferrer, aunque esto podría conducirnos
al error de que en la economía capitalistas semicolonial argentina podría ha-
ber surgido una burguesía más dinámica, o que el Estado podría exitosamente
suplir su ausencia mediante mayor inversión de empresas públicas y políticas

55 Con este título, Nuestra patria vasalla, denominó Liborio Justo, alias “Quebracho”, su
obra de cinco volúmenes sobre la historia argentina desde la colonia hasta las primeras dé-
cadas del siglo XX.
ESTEBAN MERCATANTE 75

que orienten la inversión privada. Hecha esta salvedad, la caracterización de


Ferrer expresa bien el conformismo con el cual esta clase se adaptó prestamen-
te a la condición subordinada para privilegiar la rentabilidad de corto plazo,
siempre dispuesta a entregar posiciones al capital trasnacional a cambio de un
buen fajo de dólares.
Establecer el peso del capital imperialista resulta de fundamental impor-
tancia para precisar lo que es materialmente la formación económico-social
argentina, es decir, cómo se produce, se reparte y se reinvierte (o no) el plus-
valor generado en el espacio nacional. En este análisis, el origen de las dis-
tintas fracciones del capital está lejos de ser un dato irrelevante.
Una conclusión que se desprende de lo que venimos analizando es que
la economía argentina tiende cada vez más a convertirse en un espacio en
el que se valoriza de forma privilegiada el capital imperialista. Con el resul-
tado, claro está, de que la ganancia que surge de la plusvalía apropiada por
la explotación de la fuerza de trabajo en el espacio nacional es administrada
mediante decisiones que en muchos casos se toman desde las casas matrices
de estas corporaciones multinacionales, según sus intereses globales. Si la ga-
nancia realizada por las filiales argentinas será la base para una profundiza-
ción de la acumulación de capital en el espacio nacional, o no, es algo que
queda supeditado a las decisiones tomadas en estas casas matrices.
Como se puede observar en el cuadro 2.2, desde el año 2001 la pro-
porción que representan la remisión de utilidades respecto de la Inversión
Extranjera Directa (IED) crece sostenidamente. Esto se explica por un estan-
camiento de la IED, que con irregularidades año a año tiende a mantenerse
estable, mientras que crece el giro de ganancias al extranjero.
No resulta sorpresivo que la remesa de utilidades de empresas al extranje-
ro haya duplicado su nivel promedio como proporción del PIB en la primer
década del siglo XXI respecto de la década anterior, pasando de un prome-
dio equivalente al 1 % del PIB a uno de alrededor de 2 %.
Aunque a partir de 2012 las maniobras del entonces secretario de Comercio
Guillermo Moreno para impedir giros de utilidades, continuadas luego por el
equipo económico que lo reemplazó, hayan logrado reducir esta sangría en 2012
y 2013, difícilmente podría presentarse como un cambio estructural aquello que
depende de indicaciones no escritas (que suele tener además como contraparti-
da otros jugosos negocios para las empresas). Sobrevuela además el fantasma de
Chevron, con sus garantías de libre disponibilidad de las divisas equivalentes a
un 20 % de la producción para las empresas que realicen inversiones en shale por
un monto superior a los USD 1.000 millones. Ese 20 % representa un salvocon-
ducto para enviar al extranjero buena parte de las ganancias amasadas en Vaca
Muerta. Por otra parte, muchas firmas están contabilizando lo no girado en es-
tos años como una deuda con sus casas matrices, lo que significa que acelerarán
los giros apenas se relajen las restricciones.
76 LA ECONOMía argentina en su laberinto

Cuadro 2.2: Inversión extranjera directa, reinversión


y remisión de utilidades
Utilidad % remisión / % remisión /
IED Reinversión Remisión
de IED utilidades IED
1992 4.431 1.259 857 402 31,93 9,07

1993 2.793 1.990 878 1.112 55,88 39,81

1994 3.635 2.259 898 1.361 50,25 37,44

1995 5.609 2.619 659 1.960 74,84 34,94

1996 6.949 2.541 398 2.143 84,34 30,84

1997 9.160 2.777 726 2.051 73,85 22,39

1998 7.291 3.162 788 2.374 75,08 32,58

1999 23.988 2.213 -144 2.357 105,51 9,83

2000 10.418 2.588 261 2.327 59,91 22,34

2001 2.166 893 -3.306 4.199 470,21 193,86

2002 2.149 120 -924 1.044 870,00 48,58

2003 1.652 1.084 -808 1.892 174,54 114,53

2004 4.125 3.149 71 3.078 87,75 74,62

2005 5.265 4.917 1.156 3.761 76,48 71,43

2006 5.537 6.577 3.108 3.469 52,74 62,65

2007 6.473 6.728 2.050 4.678 59,59 72,27

2008 9.725 7.418 396 7.022 84,66 72,20

2009 4.017 7.919 2.894 5.025 53,45 125,08

2010 11.333 11.671 5.322 6.349 54,40 56,02

2011 10.840 11.960 3.732 8.228 58,80 75,90

2012 14.941 9.813 7.343 2.470 25,17 16,53


2013 11.353 8.396 6.913 1.483 17,06 13,06

Fuente: INDEC.

El estancamiento de la IED y el crecimiento de los giros al exterior mar-


can una situación distinta a la de otros países “emergentes”, incluso algunos
de América Latina, que vieron crecer la inversión durante el último perío-
do. Esto es motivo de lamento por parte de varios medios empresarios que
se quejan de que estaríamos “afuera del mundo”. Sin embargo, la extranje-
rización presenta un riesgo siempre latente para las economías fuertemente
dominadas por el capital extranjero: los flujos de inversión extranjera pue-
den cambiar sustancialmente a lo largo del tiempo, pero lo seguro es que de-
jan como legado oneroso el peso que tiene el capital extranjero acumulado,
controlando importantes sectores de la economía y generando remisiones de
utilidades que afectan negativamente el balance de pagos.
ESTEBAN MERCATANTE 77

Desde los enfoques económicos ortodoxos se plantea la necesidad de más


inversiones extranjeras para el desarrollo económico. Pero esto significa sen-
cillamente que por cualquier adelanto productivo que por esta vía se pudiera
introducir, el drenaje de riqueza por remesas de utilidades será una sangría
aún mayor a futuro. Sumadas a la deuda pública externa, constituyen una
expoliación formidable que enriquece al capital financiero y a las economías
de los países imperialistas56.
Podría objetarse, sin embargo, que de ningún modo la penetración de ca-
pital trasnacional es un fenómeno que se restrinja a los países semicolonia-
les y dependientes. De hecho, los datos de la Conferencia de las Naciones
Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés),
revelan que el principal destino de la inversión extranjera son las economías
más ricas. Es decir que la mayor parte de los capitales trasnacionales fluyen
de una potencia imperialista a otra y no hacia las economías dependientes.
Sin embargo, es una formalidad limitar el análisis a estos flujos, sin ponerlos
en relación con la gravitación muy distinta que tiene en los países imperia-
listas y en las economías dependientes el propio capital local. Las econo-
mías imperialistas tienen por lo general tanto capital de origen extranjero
controlando su economía como el que tienen sus empresas acumulado en el
exterior, dando lugar a un balance neutro. En el caso de las economías de-
pendientes no hay una contraparte equivalente a la extranjerización de su
economía, ya que por lo general cuentan con un stock muy inferior de inver-
siones de origen nacional en el extranjero.
Esta es la Argentina del siglo XXI, donde apenas 10 complejos produc-
tivos explican más del 70 % de las exportaciones. El capital extranjero se
encuentra a la cabeza de la mayoría de las cadenas productivas, las integra
como eslabones en entramados globales, determina las pautas tecnológicas y
logra concentrar el grueso de las ganancias. El desenvolvimiento del capita-
lismo argentino es una función del capital transnacional. A la década kirch-
nerista le sobra relato de soberanía, pero le falta burguesía nacional.

Prorrogando el vasallaje

La pretensión de que la política exterior durante los gobiernos kirchne-


ristas reafirmó una defensa de la soberanía y se distanció de los dictados im-
perialistas toma como referencia privilegiada la Cumbre de las Américas de
56 Aunque el monto de riqueza que fluya de remesas y por el rendimiento de activos fi-
nancieros desde un país como la Argentina podrían parecer a primera vista poco significati-
vos para economías del tamaño de la norteamericana, la cosa cambia cuando consideramos
el efecto agregado de los flujos provenientes del conjunto de las economías dependientes.
Resulta muy revelador a este respecto el análisis que hacen Duménil y Lévy, “El imperialis-
mo en la era neoliberal: respiro y crisis de la Argentina”, ob. cit..
78 LA ECONOMía argentina en su laberinto

2005 en Mar del Plata. Allí los gobiernos de los países del Mercosur, junto
con el presidente de Venezuela Hugo Chávez y otros líderes, impusieron el
rechazo al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) impulsada por
los EE. UU. para asegurarse preponderancia en la región. El contenido an-
tiimperialista que se pretende dar a este rechazo57 pasa por alto que las bur-
guesías de la región no se proponían con este acto impugnar ni limitar la
presencia imperialista en la región, sino que estaban a la búsqueda de acuer-
dos más “ventajosos” para asegurarse mejores condiciones para expandir-
se, en la región y en el mundo, en áreas muy específicas en las que podían
contar con alguna ventaja, a la vez que dejaban al capital imperialista seguir
profundizando su penetración en la región. Brasil, uno de los países que lle-
vó la voz cantante en la cumbre de 2005, ha exigido durante esta última dé-
cada en la Organización Mundial del Comercio (OMC), en las cumbres del
G20 y del G77, siempre más apertura de la economía mundial y no menos,
cuestionando los subsidios y trabas arancelarias para las exportaciones de
los países del Sur global.
El rechazo del ALCA no fue ni en la Argentina ni en el resto de América
Latina el puntapié inicial para desmontar todo un andamiaje institucional
establecido en las décadas recientes que implicaría para los Estados de la
región ser activos en sostener la reproducción del capital global en sus res-
pectivos espacios nacionales. El ritmo de implementación de estas políticas
favorables al capital se aceleró en todo el mundo durante los años noventa.
Eran los tiempos en los que Renato Ruggerio, director entre 1995 y 1999
de la Organización Mundial del Comercio (OMC), celebraba los avances
a ritmo acelerado hacia “la constitución de una única economía global”58.
El objetivo de esta organización multilateral, fundada en 199459, fue desde
el comienzo poner a los Estados al servicio de la conformación de un orden
global homogéneo para facilitar el despliegue sin trabas del capital transna-
cional. Su esfera de acción hizo extensivo el sistema de comercio a varias
áreas nuevas, principalmente el comercio de servicios y la propiedad intelec-
tual. Lo novedoso de esta arquitectura, que se termina de configurar con la
OMC, es que “sanciona un conjunto de normas relacionadas con el modo

57 Ver por ejemplo al excanciller Jorge Taiana, “Reflexiones sobre el No al ALCA y la


cumbre de Mar del Plata”, Página/12, 13/04/2015.
58 Renato Ruggerio, “The High Stakes Of World Trade” Wall Street Journal, 28/02/1997.
59 En 1994, la Organización Mundial del Comercio reemplazó al GATT o General
Agreement on Tariffs and Trade (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio,
en español). Este último se había conformado en 1947 y se basaba en las reuniones periódi-
cas de los Estados miembros, en las que se realizaban negociaciones tendientes a la reduc-
ción de aranceles, según el principio de reciprocidad. Las negociaciones se hacían miembro
a miembro y producto a producto, mediante la presentación de peticiones acompañadas de
las correspondientes ofertas. Con su reemplazo por la OMC, una organización internacio-
nal de facto, no oficial, fue reemplazada por un foro constituido formalmente.
ESTEBAN MERCATANTE 79

de funcionamiento de las economías en ámbitos que eran, hasta entonces,


dominio reservado de los Estados (sanidad, control fitosanitario, medio am-
biente, estándares de protección de la propiedad intelectual, control de la
competencia, etc.)”60. Su cuadro normativo privilegia la liberalización de los
intercambios por sobre las políticas internas e incorpora una agenda que no
se limita a los intercambios internacionales, sino que también se adentra en
lo intranacional. Lo hace para comprometer a todos los Estados en la ejecu-
ción de normas que favorecen de conjunto a las clases capitalistas a la vez
que inclinan la cancha a favor de las corporaciones trasnacionales. Estas,
desde el vamos, cuentan con las ventajas del acceso a recursos económicos,
financieros y tecnológicos. Un recorrido por los acuerdos muestra cómo su
alcance va mucho más allá de lo comercial. En particular, el Acuerdo en los
Aspectos de Propiedad Intelectual vinculados con el Comercio (Agreement
on Trade-Related Aspects of Intellectual Property Rights, TRIP), firmado en
1994, fue básicamente diseñado por 12 corporaciones transnacionales nor-
teamericanas en las áreas de química, informática, entretenimiento, farma-
céuticas y software61, y promovido por el gobierno norteamericano con el
apoyo de los de Japón y la UE, con acompañamiento de otras grandes fir-
mas. Susan Sell sostiene que el TRIP implica un “nuevo principio constitu-
tivo” del derecho internacional, que no solo “obliga a los gobiernos a tomar
acciones efectivas para proteger los derechos de propiedad intelectual”,sino
que “crea nuevos derechos de propiedad intelectual o define nuevos mo-
dos de comportamiento”, congela el statu quo y “cierra la puerta a los recién
llegados”62. Concluye que:
... las implicancias redistributivas de los TRIP aún no han sido plenamen-
te comprendidas; pero los impactos de corto plazo que tendrá la protección
más fuerte de los derechos globales de propiedad intelectual serán una sig-
nificativa transferencia de recursos desde los consumidores y empresas de
los países en desarrollo a las firmas de los países industrializados [...] de esta
forma redefine ganadores y perdedores63.
Al mismo tiempo, entre 1995 y 1998 se desarrollan en los marcos de
la OCDE los Tratados Multilaterales sobre Inversión que “refuerzan las
60 Enrique Arceo, El largo camino a la crisis. Centro, periferia y transformaciones en la economía
mundial, Buenos Aires, Cara o Ceca, 2011, p. 112.
61 Bristol-Meyers, CBS, DuPont, General Electric, General Motors, Hewlett-Packard,
IBM, Johnson & Johnson, Merck, Monsanto y Pfizer, entre las principales.
62 Susan K. Sell, “The Agent-Structure Debate: Corporate Actors, Intellectual Property
and the World Trade Organization”, documento presentado en la conferencia Non-State
Actors and Authority in the Global System, Warwick University, Gran Bretaña, 31 de oc-
tubre-1° de noviembre de 1997. Traducción propia de todas las citas en inglés, salvo cuan-
do se indique otra fuente.
63 Ídem.
80 LA ECONOMía argentina en su laberinto

garantías legales para los propietarios y sancionan otros aspectos en apoyo


de una profundización de la liberalización económica”64.
Como vemos, las (mal) llamadas instituciones “multilaterales” crearon
instancias en las cuales las potencias imperialistas establecieron mecanismos
favorables para la expansión global del capital, limitando la capacidad de los
Estados para no hacer otra cosa que sancionar la libre movilidad de capi-
tal e impulsar una creciente apertura comercial. Mediante organismos que
cuentan con la participación de todos los países, la imposición de las políti-
cas aperturistas en todo el mundo logró un cariz “deliberativo” a políticas
que operan en beneficio del capital más competitivo, es decir, en la genera-
lidad de los casos, del capital asentado en las economías más ricas. Las obli-
gaciones que todo esto implicaba para los Estados de la región siguieron en
pie durante esta década.
En lo que se refiere a la Argentina, hacer eje en el No al ALCA de 2005
contribuye a velar el hecho de que durante estos años se perpetuaron toda
una serie de condicionamientos heredados de los años noventa altamente
beneficiosos para el imperialismo, sin que hubiera el menor atisbo de po-
nerlos en cuestión. Durante los gobiernos de Menem, el Estado fue un ac-
tivo impulsor de la apertura de la economía y removió las barreras para la
entrada de capitales, yendo mucho más allá que otros de sus pares en la re-
gión. Bajo su mandato, el Estado argentino firmó 54 Tratados Bilaterales de
Inversión (TBI), a los que se sumaron otros 4 firmados por De la Rúa. Hoy
son 54 los que mantienen vigencia. Es decir, con 54 Estados existen compro-
misos de garantía recíproca a las inversiones de capitales de origen de uno
de los firmantes en el terreno nacional de la contraparte. En algunos casos,
son tratados firmados con países en los cuales la Argentina tiene tanto capi-
tal invertido como ha recibido desde ellos, es decir, que hay una condición
de relativa paridad. Sin embargo, más de la mitad de estos involucra a paí-
ses cuyas inversiones en suelo nacional superan con creces las de capitales
argentinos en ellos. Como señala un estudio reciente:
... los TBI suscriptos por Argentina en los años noventa fueron motivados
por múltiples causas, entre las que se destaca el proceso privatizador, en
donde por un lado las empresas extranjeras así como los países de donde
provenían las inversiones y los organismos multilaterales de crédito que pro-
veían garantías a las inversiones de estas empresas exigían la preexistencia
de un TBI para su otorgamiento, y por el otro; a) el convencimiento ideoló-
gico de la conveniencia de la apertura de nuestra economía, b) la necesidad
de demostrar con instrumentos concretos la adhesión a dichos postulados,
c) la tendencia internacional en la suscripción de acuerdos y d) la aparente

64 Stephen Gill, “New Constitutionalism and the Reconstitution of Capital”, documen-


to presentado en la conferencia Globalisation, State and Violence, University of Sussex,
Brighton, Gran Bretaña, 15-18 de abril de 1998.
ESTEBAN MERCATANTE 81

inocuidad de las cláusulas de los acuerdos que parecían no extender la pro-


tección mucho más allá de la asegurada por el sistema jurídico vigente en
nuestro país65.

Un punto crítico de los TBI, que se ha extendido a numerosos convenios


con empresas y títulos de deuda, es la llamada prórroga de jurisdicción. Esto
significa habilitar a cortes extranjeras para que juzguen en conflictos entre
el Estado nacional y las empresas de los países firmantes de dichos tratados.
Fue la dictadura de 1976 la que estableció originalmente las condicio-
nes para esta cesión. Apenas veinte días después de la asunción de la Junta
militar, se dictó el decreto ley 21.305 que modificó el artículo 1 del Código
Procesal Civil y Comercial de la Nación en el sentido de permitir la prórro-
ga de jurisdicción para asuntos patrimoniales a favor de jueces y árbitros que
actúen fuera de la República Argentina. En un primer momento, como refle-
jaba la nota de elevación del Ministerio de Justicia al Poder Ejecutivo, supe-
ditaba esta posibilidad a dos condiciones:
• que la jurisdicción no sea de aquella considerada de orden público;
• que la causa responda a un hecho anterior a la prórroga.
Posteriormente el decreto ley 22.434 permitió la prórroga sin ningún re-
caudo preventivo.
Esta práctica fue continuada sistemáticamente durante los años noventa
en los contratos internacionales suscriptos por nuestro país. Los TBI habi-
litaron la intervención de tribunales internacionales para saldar disputas en-
tre las empresas que realizaran inversiones y los Estados destinatarios de las
mismas, a través del CIADI, organismo creado en 1965 dentro del Banco
Mundial con el fin de formar tribunales sobre demandas de inversiones. Esta
prórroga de jurisdicción representa la entrega de una parte de la soberanía
estatal a juzgados de otros Estados o, en este caso, a los establecidos especial-
mente por el CIADI para cada caso. Los TBI podían ser invocados en de-
mandas ante el CIADI frente a una medida que un inversionista considere
expropiatoria o “similar a una expropiación”, o cuando la empresa considera-
ra que se ha visto discriminada por la medida estatal. Las decisiones de estos
tribunales son inapelables dado que no existe una instancia superior a la cual
recurrir para una segunda decisión. Estos laudos tampoco son revisables por
las cortes locales y su carácter es de cumplimiento obligatorio para las par-
tes. Formalmente, tampoco manejan precedentes judiciales vinculantes, ya
que en teoría cada tribunal es único. Argentina afrontó 48 demandas en es-
tos tribunales, de las cuales 35 correspondieron a empresas que fueron con-
cesionarias de servicios públicos privatizados en los años noventa. Durante
esta misma década la Argentina encaró además una amplia liberalización

65 Ricardo Beltramino, “La promoción de inversiones en los acuerdos de inversiones


firmados por Argentina”, FLACSO, Documento de trabajo N.º 49, mayo de 2010.
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de varios sectores de servicios en consonancia con el Acuerdo General so-


bre Comercio de Servicios (GATS) de la OMC. También adhirió en abril
de 1997 a la Declaración de la OCDE sobre Inversiones Internacionales y
Empresas Multinacionales y a las Decisiones y Recomendaciones Conexas,
así como había suscrito en mayo de 1991 el Convenio sobre Arreglo de
Diferencias Relativas a Inversiones entre Estados y Nacionales de Otros
Estados (CIADI) ratificado en octubre de 1994.
Bajo las reglas establecidas por los TBI, las compañías pueden aducir que
son damnificadas por las decisiones más elementales de política económica
que intentaran tomar los gobiernos, como es el caso de las políticas tarifarias
en el país o un cambio en la política monetaria o cambiaria.
A pesar de que la acumulación de demandas en el CIADI aconsejaba de-
nunciar los TBI, esto no ocurrió. Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno
(este último hoy senador oficialista y exembajador en Francia) sostenían en
referencia a los tratados de inversión que “es urgente denunciar esos conve-
nios que no son instrumentos de desarrollo, sino de extorsión”66. Un punto
particularmente conflictivo para los autores estaba en la “delegación de com-
petencia y jurisdicción”. Al respecto, decían:
... las cláusulas de un tratado internacional (sin jerarquía constitucional) no
pueden prevalecer por sobre un artículo de la Constitución Nacional: se ex-
tinguen en cuanto entra en vigencia el artículo constitucional que las con-
tradice. El art. 27 de la Constitución Nacional establece que los tratados
“deben estar en conformidad con los principios de derecho público estable-
cidos en esta Constitución”67.
Estos planteos, que apuntaban a revertir uno de los aspectos donde el país
había avanzado de manera más extrema en concesiones al capital trasnacio-
nal con el objetivo declarado de crear un clima amigable de negocios, fueron
desoídos. Hoy 54 de los 58 TBI firmados siguen vigentes, ya que al no haber
sido denunciados se prorrogaron automáticamente, a pesar de que su vigencia
original era de 10 años. La Argentina siguió durante estos años aceptando el
arbitraje internacional para los conflictos desatados con empresas multinacio-
nales. En 2013 el gobierno argentino pactó para cerrar varios conflictos en el
CIADI, mostrando nuevamente su reconocimiento a dicha instancia judicial y
a los reclamos de las empresas multinacionales en el mismo.
Las cláusulas de prórroga de jurisdicción de los TBI fueron replicados
en numerosos convenios con empresas. Las más recientes de Chevron y
Petronas por la explotación de hidrocarburos no convencionales, y los acuer-
dos monetarios y de inversión firmados con China en 2014, ilustran que no

66 Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno, “Renunciar soberanía es inconstitucional”,


Le Monde Diplomatique N.º 72, edición Cono Sur, junio de 2005.
67 Ídem.
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se trata de una cosa del pasado, sino de una práctica continuada por los go-
biernos kirchneristas.
Aunque numerosos medios de comunicación, entidades empresarias
como AEA o el Coloquio IDEA manifestaron reiteradamente en estos años
la preocupación por la seguridad jurídica, y más voces críticas se sumaron
en los últimos años cuestionando medidas como la Ley de Abastecimiento,
la Argentina mantuvo en realidad uno de los regímenes menos restrictivos
de la región para la inversión extranjera. La igualdad de condiciones con
el capital nacional, la posibilidad de adquisición de empresas sin restriccio-
nes, las nulas exigencias de aprobación previa de la inversión y otras facili-
dades, explican que en 2013, según el índice FDI Regulatory Restrictiveness
(restricción regulatoria para la inversión extranjera directa) de la OCDE, la
Argentina se mostrara como un país mucho más abierto al capital extranje-
ro que varios de Europa, Brasil, Chile y muchos otros de América Latina.
Cuando se trata de asegurar condiciones a los inversores, el kirchneris-
mo se ha mostrado puntillosamente respetuoso de las reglas internaciona-
les. Esto tiene consecuencias muy precisas. Entre otras, que las empresas
cuentan con garantías para girar utilidades o repatriar inversiones. Las im-
plicancias de esto se mostraron crudamente cuando volvieron a aparecer las
dificultades en la disponibilidad de dólares a partir de 2011. El gobierno in-
tentó aplicar entonces algunos frenos de hecho al giro de utilidades, que en
promedio significaron USD 7.000 millones durante la última década, y se
topó con el límite que imponen los TBI.
El Estado argentino reafirmó durante esta década su compromiso con el
sostenimiento de todas las restricciones impuestas en los TBI, que limitan
la posibilidad de direccionar la orientación de la acumulación de capital de
acuerdo a cualquier objetivo de desarrollo.

Cría buitres… y te comerán los ojos

Durante los gobiernos kirchneristas se alimentó la idea de que se estaba avan-


zando en poner fin a las condiciones de subordinación, dependencia y atraso.
En los últimos años, el kirchnerismo se viene desmintiendo a sí mismo.
Los mismos que pregonaban el desendeudamiento hicieron desde finales de
2013 todo lo posible para volver al redil de los mercados financieros interna-
cionales. El endeudamiento en dólares volvió a mostrar un ritmo ascendente
como consecuencia de los acuerdos con Repsol para indemnizarla, genero-
samente, por la expropiación de su tenencia accionaria, a lo que se sumó el
acuerdo de pago de otros litigios en el CIADI.
Mayores pasos en este camino han sido dinamitados por las consecuen-
cias que tuvo la confirmación, en junio de 2014, del fallo de Thomas Griesa
84 LA ECONOMía argentina en su laberinto

que exige pagar a los que rechazaron los canjes de 2005 y 2010 el total del
valor de sus títulos en default, sin quita. Este conflicto puso en evidencia to-
das las implicancias que tiene la prórroga de jurisdicción, que fue incluida
también en los del canje del 2005 y del 2010.
Ante el fallo el gobierno lanzó una retórica de “patria o buitres”, como si
el poder de daño que tienen los buitres no surgiera de esta decisión del go-
bierno de mantener los bonos canjeados bajo ley extranjera. Aunque el juez
está decidiendo sobre deuda en default desde 2001, para garantizar su cobro
prohibió el pago de la deuda regularizada, es decir, que toma decisiones so-
bre la nueva deuda. No podría hacerlo si la prórroga de jurisdicción no hu-
biera sido incluida en los títulos.
Incluso lo que el gobierno presenta como uno de sus logros más sustan-
tivos, la reducción de la deuda en dólares, se logró a expensas de imponer
una fuerte exigencia sobre las reservas del Banco Central, lo que sumado al
vaciamiento que impuso la fuga de capitales y el giro de utilidades, hizo re-
aparecer la crisis de restricción externa. Crisis que es producto de las con-
diciones de dependencia que el gobierno sostenía estar dejando atrás. Esto
puso en agenda volver a endeudarse en el exterior para conseguir los dólares
que faltan. Las consecuencias que tuvo el recrudecimiento del conflicto en el
juzgado de Griesa frustraron parcialmente el objetivo del gobierno de retor-
nar con todo a los mercados de crédito en dólares. Aunque el gobierno bus-
có las vías para saltearse la amenaza y realizó nuevas emisiones de bonos en
dólares, estos están ahora también en la mira de los buitres. Si el desendeu-
damiento no fue sepultado a un ritmo más rápido no es consecuencia de las
intenciones del gobierno, sino todo lo contrario.
Este gobierno que se pretende “nacional y popular” está abriendo las
puertas de par en par a las multinacionales petroleras, otorgándoles venta-
jas que son la envidia incluso de los onerosos convenios mineros que se vie-
nen firmando desde los años noventa. Todo en aras de conseguir dólares y
acoplarse al boom de los hidrocarburos no convencionales, si es que este se
mantiene con la caída actual de precios. Los convenios firmados en 2013 con
Chevron marcaron las pautas para otros en 2014 (con Petronas, petrolera
malaya), el mismo año en que se sancionó una nueva ley de hidrocarburos68.
Como frutilla del postre, tenemos los múltiples acuerdos con China firma-
dos en 2014 y 2015, cuya influencia en moldear la economía del país en las
próximas décadas no debería ser subestimada69.

68 Ante el proyecto nacional entreguista, solo el diputado Nicolás del Caño del PTS en el
Frente de Izquierda y de los Trabajadores presentó un proyecto de ley alternativo que plantea-
ba la expropiación sin pago de todos los activos que conforman el sistema hidrocarburífero na-
cional, para conformar una empresa estatal única gestionada por sus trabajadores.
69 Para un análisis de los acuerdos y del rol de China en América Latina, ver AA.VV.,
“Sombras de la China”, Ideas de Izquierda N.º 17, marzo de 2015.
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Sería ilusorio pretender otra cosa que un relajamiento momentáneo de


las cadenas de la dependencia sin atacar las posiciones del imperialismo en el
país, su penetración en el entramado de grandes corporaciones, su dominio
de resortes económicos estratégicos y todo el andamiaje legal e institucional
que sustenta sus posiciones. En todo esto, el kirchnerismo ha preservado en-
teramente el status quo.
Por supuesto, no podría esperarse otra cosa de un gobierno que pregonó
desde el comienzo como objetivo un “capitalismo en serio”. La burguesía ar-
gentina está interesada en la defensa de la integración subordinada en la eco-
nomía mundial y es enemiga de cualquier estrategia de ruptura con el orden
imperialista que apuntara a cuestionar los Tratados Bilaterales de Inversión,
la prórroga de jurisdicción y la presencia dominante del capital imperialista
en los resortes estratégicos de la economía nacional. De esta clase solo puede
surgir la perpetuación de la condición semicolonial y dependiente.

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