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Resumen Historia de España (Final)

UNIDAD I: “Tendencias historiográficas en la Historia de España: perspectivas de análisis y líneas de


investigación”

Periodización y espacialidad de la Historia Española. Problemas, debates y abordajes teóricos en torno


al feudalismo español.

Diferencias regionales: el caso catalán.

Abordaje analítico a las categorías de “Reconquista”, “frontera” y “repoblación”. Posturas y controversias


acerca de la historia hispana durante el convulsionado SXX. La renovación historiográfica y el auge de la
historia socio-cultural. Clasificación de fuentes documentales.

García Fitz: “La Reconquista un estado de la cuestión”

Desde finales del SXIX el concepto de Reconquista (referido a la lucha entre cristianos y musulmanes
durante la Edad Media hispánica) ha merecido diversas interpretaciones y provocó nume rosas controversias
entre historiadores. En ese siglo, irrumpe exitosamente en la historiografía hispánica, con su fuerte carga
nacionalista, romántica y colonialista, y se transmitió, manteniendo algunos de sus rasgos identitarios más
llamativos, a la del SXX.

El autor, presenta algunas y analiza su vigencia en la historiografía, atendiendo a sus significados más
comunes: un proceso de expansión militar de los reinos cristianos hispánicos a costa del Islam, revestido e
impulsado por una ideología militante basada en los principios de guerra santa y de guerra justa, con
incidencia decisiva en la conformación de unas sociedades de frontera.

Su empleo y construcción teórica son recientes y sus significados están sujetos a las preocupaciones, ideas,
sentimientos o prejuicios de los autores que lo “inventaron”, aplicaron o criticaron. Por tal motivo, el
concepto era polisémico y ambiguo, como también un arma arrojadiza en los combates ideológicos acaecidos
en España durante los últimos dos siglos.

→Reconquista, era una lucha armada contra el Islam (durante ocho siglos) que permitió a los “españoles” la
recuperación del solar patrio arrebatado por los “extranjeros” musulmanes. Dicho concepto fue crucial para
la formación de la identidad española (como nación y patria común de todos los españoles) y aseguró una
empresa y pasado común a todas las regiones, como también una singularidad frente a otros países europeos.

Postura de Pidal: La idea de reconquista, vinculaba estrechamente cuatro aspectos de la identidad nacional
española:

La permanencia y reforzamiento, entre los reinos cristianos peninsulares de la Edad Media, de la idea de una
España unida.

La recuperación del territorio usurpado por los musulmanes, entendida como la liberación total de una patria
que había quedado en manos extranjeras a raíz de la conquista islámica

La conjunta participación de todos los españoles en esta empresa o labor común, por encima de las
circunstanciales divisiones políticas de cada momento

La imbricación de este proceso político-militar, de corte nacional, con un catolicismo militante que da la
pertinente cobertura religiosa y necesaria trascendencia a todo el edificio interpretativo.
Sánchez Albornoz: La reconquista era una empresa común de todos los españoles, en el curso de la cual un
grupo disperso de reinos cristianos, tras varios siglos de «lucha nacional y religiosa», conse guirían recuperar
«el solar nacional» invadido en el SVIII por los musulmanes y liberado a finales del XV, y alcanzar la
libertad. Insistía en la trascendencia de este proceso como elemento conformador de la personalidad histórica
de España. De manera contundente, convirtió a la Reconquista en «clave de la historia de España»,
subrayando con ello tres aspectos fundamentales para la formación de la identidad española:

La extraordinaria influencia que aquel proceso.

Fueron muchas «las proyecciones históricas de esa larga y compleja empresa en la cristalización de muy
variadas facies del vivir hispano», desde la política a la economía, pasando por la religiosidad o la cultura. A
este respecto, podría concluirse que, fue la Reconquista la que «hizo» a España. En segundo lugar, cabe
indicar que en este proceso de formación no todos los agentes políticos que intervinieron parecen tener el
mismo protagonismo: la Reconquista moldeará con mayor vigor a unos reinos cristianos que a otros, siendo
así que el castellano-leonés se verá especialmente influido, en su organización constitucional y económica,
por la dinámica reconquistadora. Consecuentemente, si la Reconquista es el fenómeno histórico forjador de
España y si Castilla es el ámbito en el que la incidencia de aquella se observa con mayor nitidez, bien podría
entenderse que Castilla resume en sí misma a toda España, o que España es, básica y esencialmente, Castilla.
Pero, y en tercer lugar, además de configurar sus estructuras internas, la Reconquista le otorga a la historia
española -y con ello a su forma de ser y de estar en el mundo- una fuerte singularidad respecto a otras
naciones europeas

El paralelismo entre una “guerra de liberación” emprendida por los españoles contra los extranjeros
musulmanes para recuperar su patria y restaurar la religión y la unidad, y la otra “cruzada” iniciada por
Franco para -según sus defensores- igualmente liberar a la patria, subyugada y maltratada por sus enemigos
comunistas, para defender a la Iglesia católica humillada y perseguida, y para recomponer su unidad,
quebrada por los separatismos, resultaba demasiado evidente para no ser aprovechado.

La identificación del Cid o Pelayo con Franco, ambos “caudillos de España” iniciadores de un movimiento
patriótico de salvación, sintetiza la absorción de la idea de Reconquista por la ideología y la propaganda
franquista.

Asimilado y utilizado hasta límites esperpénticos, el concepto de Reconquista acabó siendo una noción
particularmente querida por el nacional-catolicismo, entrando a formar parte integral de la historiografía
oficial del franquismo y convirtiéndose en una de las bases del adoctrinamiento de la sociedad española en
los principios del régimen.

En el terreno historiográfico la validez y pertinencia del concepto han sido negadas o matizadas por causas
diversas.

La publicación de las tesis de Barbero y Vigil a finales de la década de los ’60-’70 representó una ruptura
radical con el modelo de interpretación aceptado por la historiografía española en torno a los orígenes y el
significado histórico de la Reconquista. Según los autores, los pueblos que habitaban el área cantábrica -
astures, cántabros y vascones- se mantuvieron al margen de las estructura políticas romanas y presentaron
una organización socioeconómica muy diferente a la impuesta por Roma: durante siglos conservaron una
estructura social de tipo gentilicio, con predominio de la economía agro-ganadera frente a una urbanización
que no llegó a implantarse en la zona, permanencia del bandidaje como actividad económica, y una débil o
tardía cristianización. De todo ello derivó una actitud hostil frente a la dominación romana, manifestada en la
necesidad que tuvieron las autoridades imperiales de crear un limes más o menos fortificado para controlar
las acciones de aquellos pueblos. Como consecuencia,
Las consecuencias derivadas del panorama histórico expuesto por los autores tendrían hondas repercusiones
sobre el concepto de Reconquista, puesto que venían a desmontar algunas de las claves sobre las que se
asentaba la tradición historiográfica, desde la propia Edad Media: En primer lugar, visto el antagonismo que
en todo momento hubo entre los pueblos norteños y el reino visigodo, difícilmente se podía considerar a los
primeros como sucesores políticos del segundo, y mucho menos se les podía tener como vindicadores,
restauradores o reconquistadores del orden político y de la patria de los visigodos, que hasta la víspera de la
derrota del rey Rodrigo en el Guadalete, habían sido sus enemigos. En segundo lugar, la reacción que se
produjo en las montañas asturianas frente a la dominación musulmana no tuvo nada que ver con las razones
políticas y religiosas del ideal de la Reconquista, sino con los tradicionales motivos de orden
socioeconómico que ya habían llevado a astures, cántabros y vascones a enfrentarse con otras sociedades
expansivas y antagónicas, como la romana y la visigoda: nada nuevo había en la resistencia y enfrentamiento
armado contra los musulmanes, sólo continuación de un proceso secular.

En tercer lugar, las ideas neogoticistas (los argumentos políticos-religiosos forjados para justificar la lucha
contra el Islam y que pretendían presentar a ésta como un combate para restaurar o recuperar el antiguo
orden visigodo), la perdida libertad de la Iglesia y el patrimonio territorial de los antepasados, fue ron fruto de
una elaboración posterior, al servicio de intereses y realidades que nada tenían que ver con las que
originalmente inspiraron o causaron el movimiento de los pueblos norteños.

El impacto de estas ideas sobre los fundamentos supuestamente históricos del nacionalismo español, tal
como se había formado en el SXIX, y sobre los principios y la propaganda historicista del
nacionalcatolicismo, justo en el momento en el que el régimen comenzaba a tambalearse, fue notable: ni los
astures de Pelayo habían pretendido la recuperación del reino y de la unidad política de tiempos visigodos, ni
habían luchado contra los musulmanes por la restauración del catolicismo. Sus motivaciones habían sido
socioeconómicas y después se había inventado un argumentario vindicador, unionista y cristiano para
justificar y dar trascendencia a un movimiento de la continuación de lo que venía ocurriendo en aquella zona
desde siglos antes. Ante tal cúmulo de evidencias, el concepto de Reconquista, entendida como «una
empresa nacional», era ficticio.

No cabe duda de que estas apreciaciones en torno al concepto se han extendido más allá del ámbito
estrictamente universitario y se han difundido en otros niveles educativos: así, en una obra expresamente
destinada a la formación de profesores de enseñanza media, publicada a principios de la década de los años
noventa, se soste- nía,a partir de los postulados anteriores, que la Reconquista «nunca existió». El autor,
lógicamente, se explicaba: «si entendemos por reconquista el acto de volver a conquistar una plaza, provincia
o reino, la tradicionalmente denominada “Reconquista” nunca existió. En todo caso, sería más correcto
hablar de “Conquista de España” por los pueblos norteños orga - nizados en núcleos políticos
independientes, más o menos estables, a partir del siglo VIII». Sólo siglo y medio después, a finales del siglo
IX, afloraría en el reino de Asturias un «espí - ritu de reconquista» de expresión neogoticista, pero para
entonces se trataría de «un concepto falso y sin base histórica anterior», forjado intencionadamente para
justificar el poder regio y el avance militar hacia el sur a costa del Islam12.

Por otra parte, al hilo de los acontecimientos de estos últimos años, el concepto Reconquista incluso parece
haberse cargado de otras connotaciones que lo relacionan, de manera más o menos difusa, con los
«extrémistes du choc des civilisations et de la légitimation a outrance des campagnes militares de l’Occident
contre les pays musulmans», razón por la cual ha entrado a formar parte de los términos “políticamente
incorrecto”. Se trata de un término ampliamente difundido, con significados que pueden conocerse de
manera intuitiva, participe de sobreentendidos implícitos que eximen de mayores explicaciones, el usuario
tiende a perpetuarlo sin entrar en mayores cuestionamientos, o al menos sin rechazarlo absolutamente. Era
(según Barbero y Vigil) «un término convencional, pero consagrado por el uso»

Al margen del medievalismo, las grandes obras de síntesis referidas al conjunto de la historia de España no
han dudado en mantener y utilizar aquella noción, en el entendimiento de que el mismo resulta una
herramienta útil para designar a la expansión militar de los reinos cristianos peninsulares a costa de al-
Andalus. A este respecto, bastaría recordar que dos de los éxitos editoriales de carácter historiográfico más
importantes de la última década siguen acudiendo a expresiones tales como la «labor reconquistadora»,
«campañas de reconquista» o simplemente «reconquista» para aludir a aquel fenómeno.
Es evidente que en estos casos, como en el de la mayoría de los historiadores que emplean el concepto para
hacer referencia a la progresión territorial de los núcleos políticos del norte peninsular en detrimento del
espacio dominado por los musulmanes del sur, los autores no participan ni de un “españolismo” recalcitrante
ni de la idea de que aquella dinámica expansiva respondiera única o principalmente a la deliberada y expresa
voluntad de los gobernantes cristianos de recuperar las tierras de sus antepasados visigodos y de reestablecer
el culto cristiano en toda en la Península, siendo así que en sus análisis privilegian otro tipo de causas, al
margen o por delante de las religiosas o irredentistas, como las políticas o las socioeconómicas, para explicar
aquel fenómeno.
Por lo que vemos, y en la medida en que sigue utilizándose, parece que el concepto continúa siendo válido u
operativo para calificar un proceso expansivo que conllevaba, lógicamente, no sólo una dilatación espacial
de los reinos norteños, sino también la integración de los territorios y comunidades conquistadas en la
estructura política, cultural y socioeconómica de los conquistadores. En este sentido, quizás puedan caber
dudas, como ha señalado García de Cortázar, sobre la pertinencia de aplicar el concepto Reconquista durante
los primeros siglos de expansión, cuando ésta se lleva a cabo sobre territorios muy poco poblados y
políticamente desorganizados o muy débilmente sometidos al dominio islámico –en el valle del Duero, en la
alta Rioja, en el norte catalán…-. Pero está mucho más claro que el término puede emplearse –y de hecho así
se emplea- para aludir a la «ocupación de tierra retenida por los musulmanes» que tiene lugar a partir de
mediados del SXI, cuando se puede detectar, ahora con suficientes evidencias, «el comienzo del proceso
reconquistador», que implicaba “la puesta en marcha de un proyecto militar, económico e ideológicamente
deliberado de desalojo de los musulmanes”

Sin embargo, esta explicación esencialmente político-religiosa ha sido fuertemente cuestionada en las
últimas décadas por no pocos autores que han buscado razones más complejas. En ocasiones, por ejemplo, se
ha apelado a las dinámicas socioeconómicas internas del feudalismo a la hora de explicar la expansión, en el
entendimiento de que «la explicación última de los grandes hechos políticos [las conquistas militares entre
ellos] hay que buscarla en el entramado estructural de la propia sociedad». Desde este punto de vista, será la
consolidación en los espacios norteños de unas determinadas relaciones de producción –las propias de las
sociedades feudales-, las que reactiven la colonización, dinamicen la expansión política y proyecten «en
forma de conquista militar, la agresividad del feudalismo hacia el exterior, es decir, hacia el espacio político
andalusí»

Está claro, pues, que desde esta perspectiva existe un evidente paralelismo entre el fenómeno de la
Reconquista, «entendida como ocupación violenta de tierras habitadas por musulmanes», y los otros dos
grandes movimientos que evidencia la expansión europea de la Plena Edad Media: el Drang nach Osten, esto
es, el avance alemán hacia el este por las riberas del Báltico, y las Cruzadas. En cualquier caso, como ha
hecho notar alguno de los autores ya citados, la confrontación armada entre cristianos y musulmanes en el
ámbito peninsular, la materialización del dominio político y militar de los reinos del norte sobre al-Andalus,
esto es, la Reconquista, seguiría siendo «la manifestación más ostensible» o «la expresión externa» de la
expansión feudal, de la pugna secular entre dos formaciones socioeconómicas antagónicas o de la lucha entre
dos sociedades, la cristiana e islámica.

Conviene advertir que, aunque el concepto de Reconquista tiene en esta acepción un evidente significado
bélico, la bibliografía casi nunca ha puesto el énfasis en el estudio de los aspectos estrictamente militares del
proceso, sino que ha incidido fundamentalmente en el estudio de las consecuencias políticas,
socioeconómicas y culturales derivadas de la expansión territorial, en las dinámicas demográficas
desarrolladas a raíz de las anexiones, en la organización social de los espacios conquistados, en las
transformaciones experimentadas en la explotación de la tierra y en su régimen de propiedad, en su
incidencia sobre las actividades y redes comerciales, o en las novedades institucionales introducidas por los
conquistadores en las ciudades o territorios ganados a los musulmanes. Ocurre que durante mucho tiempo los
estudios sobre la Reconquista, entendida desde esta perspectiva expansionista, han dado por supuesto que las
acciones bélicas, los choques armados, las conquistas, en definitiva, la guerra y la violencia, constituían la
antesala de las profundas transformaciones a las que quedaría sometido el espacio anexionado, pero aquella –
la guerra- casi nunca merecía atención en sí misma, más allá del establecimiento de la secuencia de hechos o
de la narración de los conflictos. Los historiadores de las últimas décadas han estado tan ocupados
estudiando lo que ocurría una vez que los ejércitos “habían reconquistado algo” o alcanzado sus objetivos –
cuestiones por otra parte de una trascendencia incuestionable-, que apenas habían tenido oportunidad de
ocuparse de lo que estos hacían mientras “reconquistaban” mientras estaban en guerra.

No puede negarse que la conflictividad bélica entre cristianos y musulmanes, que se tradujo como hemos
indicado en la expansión territorial de los primeros y el progresivo repliegue de los segundos, llegó a adquirir
unas dimensiones, una continuidad y unas repercusiones de todo tipo sobre ambas sociedades, altamente
significativas. En ocasiones ha llegado a considerarse que tal incidencia fue tan determinante para muchos
aspectos de sus vidas, que acabó siendo el factor clave de la evolución histórica de todo el período.
Consecuentemente con esta convicción, el término Reconquista ha sido también utilizado para hacer
referencia a una realidad histórica mucho más amplia y compleja que la estricta expansión territorial de los
reinos cristianos del norte: desde este punto de vista, la Reconquista es un concepto que se asimila con todo
un período histórico, convirtiéndose en una «categoría histórica e historiográfica» que permite configurar «el
mapa amorfo del acontecer histórico», modulando etapas y contenidos, integrando y relacionando «todos los
aspectos que componen la vida simultánea de las diversas comunidades: aspectos políticos, sociales,
económicos y culturales, enmarcados en sus respectivas coordenadas, geográficas y temporales». Partiendo
de esta premisa, Benito Ruano concluye que «la Edad Media española puede llamarse de este modo:
Reconquista.

A esto es a lo que aludía Sánchez Albornoz, en una frase que ya hemos comentado, cuando sostenía que la
Reconquista fue la «clave de la historia de España», puesto que su influencia en la formación de la realidad
histórica de España fue determinante: recuérdese que, a su juicio, fueron muchas «las proyecciones
históricas de esa larga y compleja empresa en la cristalización de muy variadas facies del vivir hispano» .
Más aún, este autor no dudó en identificar la formación de una supuesta esencialidad hispánica, del homo
hispanicus, a partir de “la acción de la multisecular pugna con el Islam”
El medievalismo hispánico no ha dejado de poner de
manifiesto la incidencia de la guerra de conquista en la organización política de los
reinos, en la adjudicación de un papel central y predominante a la monarquía en
relación con otros grupos sociales, en el débil desarrollo de las instituciones feudales
clásicas, en la configuración de las elites nobiliarias, en la permeabilidad social, en
las actividades y estructuras económicas, en la formación de una mentalidad, de una
ideología y de una sensibilidad religiosa particulares. Se adopte el punto de vista que
se quiera, la confrontación militar con el Islam peninsular aparece una y otra vez
conformando, matizando, explicando las evoluciones sociales, los entramados económicos, las
construcciones institucionales, políticas, mentales e ideológicas de los
reinos medievales

Partiendo de estas premisas, la conclusión a la que llegaba no podía ser más rotunda:
«La existencia de una frontera militar permanente significaba, virtualmente, que la España medie -
val era una sociedad organizada para la guerra... ». Dicho con otras palabras, y sin necesidad
de forzar el sentido de sus expresiones, el carácter particular de la sociedad hispánica
–«una sociedad organizada para la guerra»- derivaba directamente de la Reconquista –«una
frontera militar permanente». Que sepamos,Angus Mackay no lo hizo, pero de ahí a identificar a la
Reconquista con la Edad Media hispánica sólo había un paso
Volviendo a la bibliografía que habitualmente utiliza el concepto de reconquista, cabe
hacer una breve reflexión: es evidente que si simplemente se quisiera hablar de unos
procesos de expansión militar y territorial o de avance de las fronteras, comparables a
los de los cruzados en el Levante Mediterráneo o a los de los alemanes por las riberas
del Báltico, no estaría justificada la utilización del concepto de Reconquista. Los especialistas
habrían tenido bastante con emplear los de “conquista”, “anexión”, “expansión”
o cualquier otro término más neutro. Quizás podría argumentarse que con aquél
se significa de manera inconfundible, sin necesidad de más calificativos ni aclaraciones,
a la vertiente específicamente hispánica de la dilatación de la Cristiandad medieval
frente a sus adversarios musulmanes o paganos, evitando confusiones con otros proce sos de conquista, como
el protagonizado por los musulmanes en la Península en el siglo
VIII o el llevado a cabo por los españoles en América.
Como se sabe, el ideal de la Reconquista, tal como se presenta en las fuentes hispánicas
desde el siglo IX hasta el siglo XV, sostenía que los monarcas y poblaciones
cristianas del norte eran herederos legítimos de los visigodos. Como tales, tenían el
derecho y la obligación histórica de recuperar aquello que había pertenecido a sus
antepasados y que, como consecuencia de la invasión musulmana, les había sido
injustamente arrebatado. Dado que lo que se había “perdido” a raíz de la irrupción
de los musulmanes no había sido sólo la “patria” de sus antepasados, sino también la
Iglesia, que había quedado aniquilada por los seguidores de otra religión, aquella
recuperación territorial se presentaba íntimamente asociada a la restauración eclesiástica.
Mientras existiera un poder islámico sobre el solar que en otro tiempo había
ocupado el reino visigodo, quienes se postulaban como sus herederos tendrían la
inexcusable misión de combatir a los conculcadores hasta que el dominio perdido
fuera plenamente reintegrado y la fe de Cristo volviera a su antiguo esplendor, un
sentimiento que a veces ha sido comparado con una especie de destino manifiesto.
Después de todo si, como parecían haber demostrado a principios de la década
de los años setenta Abilio Barbero y Marcelo Vigil, los protagonistas que iniciaron la
resistencia contra la dominación musulmana –astures, cántabros, vascones- bajo ningún
concepto podían ser considerados como herederos de los visigodos, difícilmente
podrían haber reivindicado con legitimidad algo que nunca les había pertenecido.
Por tanto, el entramado ideológico de carácter reconquistador, construido en la
corte asturiana muchas décadas después –ya en el siglo IX-, no se apoyaba sobre base
histórica alguna y respondería, como hemos comentado páginas arriba, a la necesidad
de justificar otros intereses de corte estrictamente políticos o militares, tales
como la expansión territorial a costa de los vecinos del sur o la preeminencia política
de la monarquía asturiana frente a otros núcleos norteños45.
En el último cuarto de siglo se han realizado avances significativos en el conocimiento
de los pueblos del norte que permiten cuestionar las tesis de Barbero y de
Vigil, y consecuentemente, la idea de que la noción de reconquista sea completamente
artificiosa e impertinente para explicar el comportamiento y las motivaciones de
aquellos pueblos. Siguiendo las conclusiones sintetizadas por Manuel González
Jiménez a partir de los trabajos de Armando Besga, José Miguel Novo Güisán,Yves
Bonnaz, Julia Montenegro y Arcadio del Castillo, podría señalarse que las regiones
del norte peninsular habían sido bastante más romanizadas de lo que pensaban
Barbero y Vigil; que las estructuras sociales de los mismos habían perdido buena
parte de sus caracteres distintivos y se habían acercado a las formas de organización
social de romanos y godos; que tanto la región cántabra como la asturiana sí habían
sido dominadas por los visigodos de manera efectiva; que el “universo” político y
cultural visigodo estuvo presente en las montañas desde el mismo inicio de la resistencia
contra el Islam; o que el pueblo que protagonizó esta primera resistencia, el
astur, se encontraba en la segunda década del SVIII muy incardinado en el
mundo visigodo

Dicho esto, tal vez convenga hacer algunas matizaciones para encajar en sus justos
términos el significado y la valoración que hacemos de la Reconquista en tanto
que sistema ideológico: en primer lugar, no entendemos que el ideal reconquistador
–implicando en esta idea tanto la recuperación territorial de reino visigodo como la
restauración religiosa de España, ambas (Patria e Iglesia) perdidas como consecuencia
de la invasión islámica-, fuera de hecho el motor y el hilo conductor de la expansión
de los reinos cristianos peninsulares. Consideramos, por el contrario, que dicha
expansión es un fenómeno complejo que implica condicionantes demográficos,
sociales, económicos, políticos y culturales de muy diverso tipo, y que en absoluto
pueden ser postergados o ignorados en beneficio de una única -o principal- inspiración
vindicativa y religiosa.
Atendiendo a este criterio, tenemos que reconocer que, desde nuestro punto de
vista, la guerra contra el Islam responde a un amplio abanico de motivaciones, desde
las más generales dinámicas expansivas de las sociedades occidentales o el más particular
interés por la ganancia material a través de la participación en el botín, hasta la
venganza personal en respuesta a un perjuicio recibido previamente, pasando por los
repartos de tierras conquistadas, el cobro de tributos, el ascenso social, la fama, el interés
político, la ampliación del dominio o la defensa de una zona de influencia, por
indicar algunas de las causas más habituales de la conflictividad armada. Ni qué decir
tiene que, en este contexto, habrá ocasiones en las que el móvil ideológico de tipo
reconquistador esté completamente ausente, mientras que en otras concurrirá junto a
los anteriores.A su vez, en estos últimos casos encontraremos situaciones en las que su
presencia no sea determinante ni en la causa ni en la justificación de la acción bélica,
pero también habrá otras en las que la carga ideológica sea omnipresente y envuelva
a todos los testimonios que nos han llegado de determinados hechos de armas.
En segundo lugar, resulta evidente que cuando el entramado ideológico de corte
reconquistador se hace patente en las fuentes que describen el desarrollo o el planteamiento de algún
conflicto, aquél no siempre tiene porqué haber sido la causa ni
la justificación real del mismo. Por el contrario, perfectamente puede ocurrir que el
argumento se aplique a posteriori para explicar la confrontación en términos o en
coordenadas mentales e ideológicas aceptables para el autor de la información, aunque
éstas tuvieran poco que ver con las motivaciones reales de los protagonistas del
hecho narrado.
En tercer lugar, parece claro que ni todos los que participaron en la guerra contra
los musulmanes abrazaron el ideal de la reconquista con el mismo entusiasmo, ni
éste se mantuvo o fue proclamado con la misma intensidad y significado en todo
momento: la diversidad marca no sólo el grado de aceptación de la idea por parte
de los individuos y de los diversos sectores sociales, sino también el énfasis que se
pone en la defensa o actualidad de la misma de una situación histórica a otra51. Más
aún, como ha resaltado Stéphane Boissellier, incluso entre las personas, grupos e instituciones
que la hicieron suya –el Papado, los obispos, los monjes, los cruzados, los
reyes, las Órdenes Militares, la nobleza- la lectura de aquel ideal se hizo con inflexiones
diferentes, aunque dentro de «un fondo ideológico común» 52.
Ahora bien, teniendo en cuenta todas estas matizaciones, también creemos que
no se puede menospreciar el papel de la ideología reconquistadora en el proceso de
expansión territorial de los reinos del norte, ni siquiera cuando aparece en momentos
o en fuentes en los que claramente se utiliza para falsificar, distorsionar o manipular
la realidad histórica con fines interesados o propagandísticos.

UNIDAD II

García Turza “Organización política de los reinos cristianos”

La sociedad hispano-cristiana de los SS. XI-XII, durante la Reconquista de nuevas tierras a los musulmanes
y repoblación, creó normas de convivencia política basadas en la costumbre y principios del Derecho
romano, para asegurar la cristalización de una estructura de poder fundamentada en la riqueza. Así, la
monarquía reconoció el pujante vigor de los municipios y perpetuó el dominio de una minoría nobiliaria
(debido a su trato privilegiado y el hecho de que esta oscurezca la noción de reino) Tal situación, sin
embargo, cambia totalmente a partir del SXVI, donde se fortaleció la individualidad de los Estados
peninsulares y el papel del monarca dentro de ellos. Este se vio favorecido por la recepción de la filosofía
aristotélica, el Derecho romano y los objetivos reconquistadores de cada reino. No obstante, a pesar de que
los reyes cuentan con el apoyo de las ciudades y ciudadanos, fue difícil neutralizar el poder nobiliario. Así,
cada reino, a finales de dicha centuria, aparece como un conglomerado de señoríos escasamente articulados.
*Formación territorial ⇒ El territorio que los musulmanes dejaron sin ocupar constituía una estrecha frainde
(tierra inferior a 100 km de anchura), excepto en la parte occidental de Península donde se produjo un
temprano abandono de las tierras al norte del Duero (por la falta de comunicaciones y carácter montañoso del
terreno) Como resultado, aparecieron centros de resistencia, influyentes en la organización territorial.

* El más importante de los núcleos de resistencia fue LEÓN (Influencia gótica, con considerable desarrollo
político y adopción del título real de los visigodos, recuperación de símbolos regios y vinculación cultural al
pasado, cuyo elemento más significativo fue la aplicación del líber judiciorum como norma jurídica)

*Los reyes hispanos, a partir del SXI, legislan, acuñan moneda, territorializan las leyes y muestran serias
apetencias expansionistas. En todos los casos, se produjo una polarización de fuerzas en torno a una
autoridad, reforzando así la individualización territorial y propiciando el ejercicio de algunas funciones
soberanas. En efecto, la aparición de estos reinos o condados, se producía a costa de los vecinos cristianos o
extendiéndose hacia el Sur. Aun así, la diferencia de recursos humanos, políticos y económicos fue decisiva
en el desarrollo de la Reconquista al limitar los más poderosos la expansión de los demás. Tal fue el caso del
reino de Navarra (bloqueado en la línea del Ebro) y Aragón (limitada en su frontera), cuyas limitaciones los
obligaron a iniciar un amplio programa de expansión (al norte de los Pirineos y Mediterráneo)

*Por otro lado, las luchas entre reyes cristianos y la libertad con que disponían de sus territorios durante la
sucesión, hicieron que el trazado del territorio de los reinos fuera movible. Ahora bien, el proceso de
concentración (1137-1230) es una consecuencia inevitable del predominio de los enlaces matrimoniales entre
miembros de familias reinantes. La doble unión se realiza, de manera distinta en una y otra corona: Mientras
en Castilla se producía la incorporación en unas mismas Cortes de los procuradores de las ciudades de ambos
reinos y el monarca no era considerado ausente de un reino por estar en él otro; en la Corona de Aragón, las
Cortes acabarán por convocarse separadamente. Asimismo, se procederá a la designación de lugartenientes
en los reinos, necesarios en la expansión mediterránea.

*La diversificación entre las coronas y reinos cristianos se constata en ciertos fenómenos que aun siendo
simultáneos y semejantes produjeron instituciones distintas. En primer término, se produjo la aparición de la
distinción entre naturaleza y extranjera como términos contrapuestos, reservando el primero, el único dotado
de capacidad definitoria, para los nacidos o avecindados en un determinado reino o provincia, frente al
conjunto unido de Castilla y León. El proceso de institucionalización política, con la creación de Consejos
reales y Cortes representativas del territorio (reino) fue paralelo. Cabe destacar la creación de sistemas de
normas.

*La monarquía hispánica procedía de una doble tradición, romana y cristiana. Según estas, la sociedad debía
ser gobernada por un principio jerárquico y unitario (un rey que encamase y ejerciese el poder político) A su
vez, el pensamiento político medieval consideraba a la monarquía como una institución de hecho divino, al
estimar que todo poder procedía de Dios.

⇒ La Iglesia sancionaba la entronización de un nuevo soberano con la celebración de algunos ritos. Ejemplo,
en Castilla un obispo coronaba al rey en una iglesia o catedral, lo que simbolizaba la prioridad y singularidad
del rey.

El principio monárquico se mantuvo durante toda la Edad Media, aunque el contenido del poder sufrió una
evolución. En un principio, el reino se constituyó mediante la agregación de diversos territorios
pertenecientes al mismo príncipe. De esta manera, el rey no figura como monarca de un reino, sino de
aquellos pueblos que le están sujetos. Sólo cuando las mismas tierras se mantienen prolongadamente bajo la
autoridad de idénticos reyes es posible la consolidación de un concepto global de reino. Este aparece como
un ente político homogéneo. Y así se mantendrán incluso cuando la dinámica unificadora junte a unos reinos
con otros en organizaciones más amplias, como en el caso de las coronas, donde distintos reinos mantendrán
su identidad y unidad política indivisa y autónoma.
El rey, dentro de sus tierras, debía gobernar para el bien de todos, someterse a las leyes y costumbres,
administrar la justicia y ejercer el mando militar. Esta limitación engendra una debilidad intrínseca y explica
que la monarquía astur-leonesa no pudiese impedir movimientos centrífugos que culminaron, a mediados del
SX, con la aparición de un condado autónomo de Castilla. Tras los decisivos progresos de la Reconquista, el
poder del rey se reforzó con los buenos botines y la titularidad de las tierras que no se distribuían. Sin
embargo, la monarquía no fue todavía absoluta, porque el poder encontraba su limitación en el Derecho, las
costumbres del país y en las Cortes, con la participación en el gobierno de los estamentos o brazos. 1 A partir
del SXIV, el monarca castellano fue considerado soberano absoluto, de derecho divino y señor natural de los
territorios sometidos a su poder. A ello ayudó la presencia de superestructuras, como el Imperio, que
albergaba diversos reinos y otras unidades políticas de naturaleza diversa. En la España medieval, ciertos
monarcas de León y Castilla se titularon emperadores; Alfonso VII (1126-1157) incluso llegó a coronarse.
Partiendo de los ideales neogóticos del reino astur-leonés, los reyes leoneses habrían plasmado su
superioridad jerárquica frente a los demás dé la Península titulándose emperadores y siéndolo de hecho. Así,
en el territorio peninsular-habría aparecido el Imperio leonés (que perduró hasta la muerte de Alfonso VII)

Otra superestructura sería la Corona. Tras la unión definitiva de Castilla y León (1230) surge la Corona de
Castilla que incorporó los territorios de reconquista (Jaén, Córdoba, Sevilla, Murcia y Granada). Por su parte,
la Corona de Aragón se constituyó como una entidad política plural (1137) donde los reinos que la
componen mantienen su personalidad propia. Estaba formada por el reino de Aragón y principado de
Cataluña, a los que se unieron los reinos reconquistados de Mallorca/Valencia, y territorios del Mediterráneo.
*Problema de la sucesión real: Variaba, ya que la mayoría de edad dependía del reino. A partir del SXIV, los
monarcas juzgaron conveniente que las Cortes de sus respectivos reinos jurasen a su heredero mientras el rey
estuviese todavía vivo: así aparecieron los Príncipes de Asturias en Castilla, los Duques de Gerona en
Aragón, y los Príncipes de Viana en Navarra. Los reyes veían reconocido un cierto número de poderes, como
jefe supremo del ejército, máxima instancia en la administración judicial y legislativa.

En esta época y hasta mediados del SXII al menos, el derecho local privaba claramente sobre el territorial. Se
basaba esencialmente en las costumbres y sentencias judiciales más que en las disposiciones legislativas
generales. En los ss. XI-XII se multiplicaron los fueros al crecer las ciudades; fueron orales y escritos (cada
vez más largos y precisos) La uniformización jurídica (ss. XII-XIII) se dio con la constitución de familias de
fueros. Fernando III y Alfonso X llegaron a utilizar el fuero juzgo como base del derecho local de las
principales ciudades de Andalucía y Murcia; pero, en el SXIII, ese derecho local entró en conflicto con el
nuevo Derecho, romano y canónico a la vez, que exaltaba muy específicamente la función legislativa del
soberano, y que fue compilado y redactado bajo la dirección de Alfonso X en el Fuero Real (1250) y en el
Libro de las siete partidas (1260, aunque promulgado un siglo más tarde).

El Fuero Real provocó una viva Oposición cuando el soberano castellano pretendió imponerlo como única
norma jurídica. Hubo que esperar al Ordenamiento de Alcalá (1348) para que triunfase definitivamente el
Derecho romano; que estipula en uno de sus principios que el poder legislativo es del exclusivo dominio del
rey. En realidad, este nuevo derecho sólo fue aceptado en la medida en que reconocía la validez de los
fueros. En el caso de Aragón, donde también las doctrinas pactistas se conjugarán en el SXVI con las
corrientes romanistas, superando igualmente los particularismos, la multiplicidad de fueros viejos y nuevos
sé conseguirá la unificación del Derecho y una nueva ordenación jurídica.

*La corte o palatium no tenía residencia fija y llevaba una vida itinerante, cargando mucho equipaje,
archivos y personal doméstico-administrativo. En Castilla estaba compuesta por cortesanos de alto rango
social, clérigos, judíos ricos, compañeros de armas, altos dignatarios-,-etc-,-Algunos ejercían una función
honorífica, ostentaban un cargo primero con carácter doméstico, luego cada -vez más administrativo; El

1
Habrá que esperar al SXIX para advertir en las monarquías hispanas la tendencia hacia la concentración
de todos los poderes en manos del rey gracias a la penetración del Derecho romano.
alférez, portaestandarte qué iba a la cabeza de la guardia real, mandaba el ejército en ausencia del soberano
hasta que el condestable lo suplantó (SXIV) reuniendo todos los poderes militares; el notario del rey se
encargaba de vigilar la redacción de las órdenes reales que hacía un grupo de escribanos; el mayordomo, que
se encontraba a la cabeza de la casa del rey (en Aragón recibía el nomine de senescal), tenía bajo sus órdenes
a diferentes oficiales palatinos de tipo «doméstico» (camarero, tesorero, maestresala, capellán, monteros,
etc.). Con el tiempo, se hizo necesario crear nuevos cargos: aparecieron en el SXII los alcaldes del rey,
jueces permanentes de la corte, el almirante en Castilla y, tras la unión definitiva de León y Castilla, un
canciller mayor, guardián del sello real que autentificaba los documentos reales, cuatro notarios mayores y
un mayordomo mayor encargado de percibir numerosos impuestos directos e indirectos recaudados,
frecuentemente a judíos.

*En los reinos cristianos surgidos con la Reconquista, el rey ostenta un poder absoluto, pero no lo ejerce en
solitario. Con el fin de asesorarle, gentes procedentes de los estamentos privilegiados se integran en una
especie de junta o curia, que aparece en Cataluña (1079) y que desde el reinado de Fernando I (1037-65), por
influencia de la- dinastía navarra, se llamó en León y en Castilla Curia Regis. En efecto, en las tres coronas
la institución más importante era la Curia, asamblea real o condal, llamada a partir del SXV Curia o Córt, (de
carácter consultivo) Sus componentes prestan consejo al monarca y refrendan los documentos reales
emanados de su cancillería.

La Curia Regia fue en un principio una asamblea palatina, de la que formaban aquellos personajes
principales que vivían en la Corte o circunstancialmente se encontraban en ella. Esa Curia, denominada
ordinaria, de fácil acceso al monarca, estaba formada por la familia real, oficiales palatinos y magnates
eclesiásticos/seglares.

Sin embargo, para tratar los asuntos más graves e importantes del reino se convocaba la Curia, extraordinaria
o plena/ pregonada porque su anuncio se realizaba mediante el pregón de los porteros reales. Incorporaba,
nobles y eclesiásticos que componían la ordinaria, miembros de la aristocracia laica, obispos, abades y
maestres de las órdenes militares, y se reunía en presencia del pueblo. En su convocatoria se trataban la jura
del heredero al trono, la elección y matrimonio de reyes, la declaración de guerra y el pronunciamiento sobre
los subsidios y ayudas de carácter económico.

La participación regular de los representantes de las ciudades en las sesiones de la Curia extraordinaria
modificó su constitución y dio lugar a una nueva asamblea representante de los distintos estamentos u
órdenes, las Cortes, aparecidas en la Corona de Castilla durante el SX y XVI en los distintos Estados de la
Corona de Aragón (Corts). Surgieron como resultado de la evolución socioeconómica de los SS.X-XIII (con
el crecimiento de las ciudades, la aparición de una categoría social dedicada a los negocios y necesidades de
los monarcas, obligados a solicitar contribuciones extraordinarias para enfrentar sus problemas financieros)
De esta manera, la participación de las ciudades en las Cortes se produce en el momento en que la presión
almohade paraliza el avance de la Reconquista, que deja a los príncipes peninsulares sin los beneficios
producidos sobre las tierras ganadas a los musulmanes. Como resultado, se produjeron quiebras de moneda
en tiempos de Alfonso VIII Castilla y Pedro II de Aragón (1200-14) por lo que los monarcas decidieron
acuñar monedas con un valor nominal excesivo, provocando un alza inmediata de precios. Los ciudadanos,
los más afectados por esta medida, trataron de conseguir de los reyes la garantía de mantener durante un
tiempo fijado (7 años) el valor de la moneda; a cambio, se pagaba al monarca un impuesto, la moneda forera.

Los revolucionarios liberales vieron en las Cortes el antecedente de los parlamentos modernos y cometieron
el error de atribuirles, por ejemplo, una especie de democracia estamental, cuando su representación no
implicaba otra cosa que la presencia de los sectores dirigentes de cada uno de ellos; o de competencias
legislativas que sólo podían darse tras la división de poderes. La confusión ha ido adquiriendo una gran
importancia política desde el momento en que ciertos historiadores querían dotar a su país de la más antigua
figura parlamentaria y trataban, además, de que sus Cortes fuesen las más representativas de Europa.
Las Cortes son una asamblea cuya justificación radicó a menudo en legitimar con su consenso las decisiones
unilaterales del monarca, pero que por fuerza de las circunstancias políticas y de la necesaria concordia
social —acuerdo sobre los impuestos, leyes, etc.— se convirtió de hecho en un órgano que limitó y moderó
el poder regio».

Las Cortes se reunían con ocasión del juramento del soberano y de su heredero, ípara asesorar al rey o para
tratar sobre temas de justicia y de paz. Pero sus competencias fundamentales atendían a la concesión de
tributos extraordinarios o servicios, a la reparación de agravios y a la intervención en la actividad legislativa.

Es sabido que las Cortes representan al reino. En este sentido, la Corona de Castilla mantuvo una política
oscilante, reuniéndose las Cortes leonesas y castellanas en una/dos cámaras. Ahora bien, a partir del SXIV
existió sólo una asamblea, aunque los señoríos vascongados mantuvieron sus propias Juntas. Navarra
también convocó sus Cortes, qué conservó una vez que pasó a Castilla en el SXIV. Por su parte, Aragón
siguió el principio estrictamente: los tres territorios celebraron sus propias Cortes.

Al principio, las Cortes no tuvieron una composición definida. El rey convocaba libre y reiteradamente a los
individuos, jerarquías y, lo que llegó a crear una costumbre respetada, entre miembros de ciudades o estado
llano. Al frente de cada ciudad asistían uno o varios procuradores o síndicos, los cuales sólo disponían de un
voto. Eran elegidos por las cabezas de familia de las distintas villas o por sorteo, en ambos casos, su nom -
bramiento llegó a ser arbitrario. Tras su designación, los delegados reciben poderes para actuar en Cortes y
se constituyen en simples portavoces de la postura adoptada previamente por las ciudades sobre los temas
inicialmente propuestos. Por lo tanto, el poder del procurador representa un mandato imperativo, sin
iniciativa alguna. Ahora bien, mientras asistían a las sesiones, poseían inmunidad parlamentaria

A partir del SXVI, las Cortes castellanas estaban compuestas por tres estamentos o brazos: los nobles,
eclesiásticos y ciudadanos de las villas reales (las otras poblaciones estaban representadas por su señor, laico
o eclesiástico). Como ocurría en el resto de los reinos peninsulares, una vez reunidos todos los procuradores,
las Cortes se abrían con un discurso o proposición del rey, justificaba los motivos de convocatoria y exponía
las cuestiones a deliberar. Aparecen entonces, como un diálogo entre el rey con los nobles y eclesiásticos por
un lado y representantes de las ciudades y villas por otro; en ningún momento se da opción a que cada
estamento se consolide paradamente. En Castilla, tuvieron un carácter más deliberativo y consultivo,
tendente al pacto con la asamblea. Sólo las decisiones de carácter fiscal debían contar con el otorgamiento o
aprobación de las Cortes. Por su parte, las Cortes de Aragón (1247) las de Valencia (1283) y las Corts de
Cataluña (1218) aportaron la prueba de la participación ciudadana en las asambleas representativas.

A fin de velar por el cumplimiento de las medidas votadas, aparece la Diputación, cuya gestión permanece
desde el término de unas Cortes hasta la iniciación de las siguientes. Esta Diputación se acabó configurando
como un órgano-político-administrativo autónomo, desvinculado de las Cortes, en manos de la oligarquía del
reino. En el SXV aparece la Diputación de Valencia y en el SXVI, en Castilla y Navarra. A la hora de
gobernar un territorio es necesario aplicar sobre su población las decisiones emanadas del poder. Para que
este sea efectivo son indispensables agentes y oficiales, que necesitan medios para atender a sus gastos y un
sistema de comunicaciones para controlar su gestión desde el propio centro de poder. Este proceso de
integración y territorialización jurídica-política dentro de cada uno de los reinos hispanocristianos
comenzaron a mediados del SXII. A partir de esa centuria se va pasando del régimen feudal al corporativo
territorial. La progresiva aparición del sentimiento de comunidad territorial sustituyó las múltiples células
políticas elementales (señoríos) por una reconstrucción de las unidades políticas más grandes y centralizadas.

Con el desarrollo urbano (SXI), los monarcas castellano-leoneses fueron dotando a las villas de un territorio
y una normativa contenida en un fuero, para convertirse en nuevos centros territoriales de poder. Al mismo
tiempo, los propios reyes comenzaron a conceder a los beneficiarios de sus donaciones el privilegio de
inmunidad, por lo que cabe considerar a este proceso como el origen de los futuros señoríos jurisdiccionales.
Aunque esto pudo dar lugar al autogobierno de numerosos territorios, no se propició el efecto que causó el
Feudalismo en las monarquías feudales centroeuropeas: sólo Castilla y Portugal accedieron a la soberanía
dentro del reino, y para vincular el gobierno central al local se hacía necesario interponer un escalón
intermedio.

En Castilla aparece nuevos distritos administrativos (SXI), las merindades, que se confiaron a la
administración de especialistas, con poderes recaudadores, movilizadores de tropa y sobre todo judiciales.
Junto a esos distritos, o en medio de ellos, como islotes protegidos por su inmunidad, continúan existiendo
los señoríos nobiliares. Más tarde, con Alfonso VIII, en plena centralización, aparece un Merino mayor (con
autoridad sobre los diversos merinos reales de las merindades del reino y las villas de realengo)

La expansión de la Corona de Aragón por el territorio peninsular y Mediterráneo, y la celebración de Cortes


separadas, obligó al rey a crear el cargo de procurador general como institución permanente, que era la más
alta autoridad política y administrativa en todos los territorios (gobernnum)

Este proceso centralizador lleva al rey de Castilla a dominar a mediados del SXIV su reino, hasta tal punto
que la imagen que ofrece es la de un rey absoluto. Sin embargo, no es ajeno el espíritu del pacto como
consecuencia de las tensiones entre rey-Cortes; La «ley de pacto e contrato» queda de manifiesto en Cortes
de Valladolid (1442) y en las de Ocaña (1469) Por el contrario, la concepción autoritaria del poder
monárquico se manifiesta en especial con Enrique III (1391-1406) a fines del SXIV y en las Cortes de
Olmedo (1445) en las que se formuló un principio de que los poderes del monarca son superiores a las leyes.
En Navarra la concepción pactista se hace fuerte a partir del SXII proclamado sólo tras jurar los fueros. En
la Corona de Aragón, las instituciones representativas compartían la soberanía el monarca. El rey necesitaba
consentimiento de las Cortes para tomar cualquier decisión legislativa, fiscal o ejecutiva.

*La oposición Castilla-Aragón (SXIV) se explica por las siguientes causas. El rey de Castilla estuvo
ocupado, durante mucho más tiempo que el aragonés, en la tarea de la Reconquista, lo que le aportó el dinero
y el prestigio necesario para poder gobernar como un rey absoluto, Castilla se mantuvo muy ligada a la tierra
y generó una mínima «burguesía», cuya única preocupación era integrarse en las filas de la nobleza, mientras
que la Corona de Aragón, dedicada al comercio forjó un patriciado cuyos intereses no coincidían
necesariamente con los de la nobleza. Asimismo, el interés del monarca en la Corona de Castilla se vio muy
favorecido por la unidad del reino, la centralización del poder y reformas administrativas y legislativas; por
el contrario, el rey aragonés debía compartir sus prerrogativas con cuatro fados, dotados cada uno de ellos de
sus propias instituciones. En parte, el pactismo se explica por la estructura confederativa.

A partir del SXI se produjo una rápida imposición de los señores sobre los campesinos. Como propietarios
de abundantes tierras, muchas de ellas donadas por el propio rey, estos latifundistas ejercen progresivamente
su autoridad sobre los hombres que las habitan, en especial desde el momento en que los monarcas otorgan el
privilegio que supone la inmunidad. En otras palabras, el señor recibe la promesa de que os agentes de la
corona en el gobierno y administración de justicia del territorio no intervendrían en el interior de su señorío.
De esta forma, suplantan al Estado en el ejercicio de competencias que secularmente habían correspondido a
la autoridad pública, en especial, la justicia, milicia y fiscalidad. Precisamente a partir del momento que los
reyes cristianos obtienen los primeros progresos reconquistadores frente al Islam y en que las fronteras con
Europa se hacen más permeables. Esta situación acabó generando una verdadera pugna entré sus titulares y
monarcas-, especialmente en la Baja Edad Media, como resultado del mayor afianzamiento del poder regio.
En consecuencia, los reyes procuraron reducir el número de señoríos (buscando estos crear otros nuevos) y
recortar tácticamente al poder señorial. Para ello se recurrió a la política matrimonial y legislación.

Durante los ss. XI-XVI los municipios, «entidades de derecho público, con jurisdicción y autonomía,
constituidos por el Concejo local y regidos y administrados por sus propios magistrados y oficiales»,
lograron un gran desarrollo. Y precisamente su progreso favoreció el nacimiento de la institución más
representativa, el concilium, una asamblea de vecinos qué, al menos en los primeros siglos, incluiría a todos
los habitantes del lugar. En esas reuniones se tomaban decisiones sobre la protección de los
intereses aldeanos y del uso de los bienes comunales. Esta fórmula evolucionó a partir del momento en que
el concejo abierto designa a algunos vecinos para asumir el poder local. El paso de un gobierno municipal
de participación directa a un sistema representativo se debe a un proceso de crecimiento demográfico, que
dificultaba llegar a acuerdos en las asambleas, y, diversificación social que acabó reservando el gobierno
municipal al sector con mayores recursos. La consolidación del concejo como órgano de gobierno de las
villas realengas, supuso la conversión de los jueces, alcaldes o merinos del rey en agentes del concejo,
aunque nunca faltó algún representante del poder real en el concejo de las villas, cualquiera que fuera el
gradó de autonomía logrado. En este sentido, en el transcurso de los ss.SXI-XII los concejos urbanos
peninsulares fueron ganando autonomía con respecto a los delegados del poder regio y se fueron
consolidando como sistema de gobierno representativo; El concejo medieval ha sido considerado como
paradigma de la democracia y autonomía con respecto al poder monárquico; sin embargo, todo parece
indicar que las asambleas concejiles fueron controladas desde un principio por las oligarquías dominantes de
las ciudades y villas, los caballeros y los hombres buenos. Por su parte, las magistraturas municipales, al
menos desde finales del SXIV estaban reservadas a los caballeros. Debido a la delegación de poderes y
concesiones reales, los concejos de las ciudades o villas cabezas de alfoz se configurarán como señoríos
Colectivos. En ellos pone de manifiesto, la naturaleza de dicho señorío y la superioridad de la villa sobre las
aldeas del término; y el poder de los sectores urbanos de Nantes sobre el campesinado del alfoz.

En cuanto a la propiedad que tienen cuenta que á partir de finales del XI y durante la centuria siguiente dan
los grandes concejos del sur del Duero. Y debido a la complejidad de la propiedad feudal, sé va creando una
dependencia adicional de los cultivadores de las aldeas respecto al concejo. En lo que se refiere al segundo
aspecto, el de la justicia, por delegación regia se pasa de la justicia real a la concejil y los alcaldes de la villa
ejercen la justicia tanto en la ciudad o villa como en las aldeas. El concejo de la villa cabeza de alfoz tiene
jurisdicción sobre las aldeas, establece la normativa que regula las relaciones entre villa y aldeas y participa
en el gobierno de estas últimas a través de sus propios funcionarios, aunque los concejos de las aldeas
también contarán con oficiales propios. Por último, la fiscalidad concejil, en tanto que derivada de la realrse
nutre y participa de los tributos realengos. En efecto, los concejos perciben las caloñas o penas pecuniarias,
establecen y cobran portazgos, y se benefician de otros tributos realengos, tales como el fonsado, el yantar o
la martiniega. Para conseguirlo, las asambleas vecinales de carácter más o menos abierto fueron
desapareciendo en favor de concejos restringidos integrados por un número reducido de personas (los regido-
res) , que entraron en conflicto con los electos. Al mismo tiempo, se incrementó la presencia en villas y
ciudades de funcionarios delegados del poder real (los corregidores). La sustitución del concejo abierto por
el sistema de regimiento tuvo lugar en tiempos de Alfonso IX, aunque se consolidan con Enrique III y
quedan definitivamente institucionalizados con los Reyes Católicos.

Asunción Blasco Martínez “MÉDICOS Y PACIENTES DE LAS TRES RELIGIONES (ZARAGOZA


SXIV Y COMIENZOS DEL XV)”

El objetivo del presente trabajo es analizar cuestiones relacionadas con la práctica de la medicina entre las
gentes de las tres religiones (cristianos, sarracenos y judíos) residentes en Zaragoza en el siglo XIV y a
comienzos del XV.

Para la realización de este estudio he utilizado esencialmente documentos notariales de Zaragoza (Archivo
Histórico de Protocolos y Archivo Municipal): he revisado de forma exhaustiva todos los protocolos del
SXIV (el más antiguo es de 1316) y algunos de comienzos del SXV. También manejó fondos del Archivo de
la Corona de Aragón (registros de Cancillería y del Real patrimonio). Los datos relativos a mudéjares y
judíos han sido registrados en su totalidad con vistas a un estudio posterior. De pacientes y médicos
cristianos, ha recogido un muestreo, aunque bastante amplio, pues en él se incluye la descripción de la
biblioteca de un licenciado en medicina.
A continuación, me refiero a médicos cristianos que atienden a pacientes cristianos y, excepcionalmente, a
pacientes judíos. En el último apartado demuestro que los médicos judíos, contraviniendo la legislación
eclesiástica, asistieron a enfermos cristianos, y trato de explicar por qué la mayoría de sus pacientes debían
de ser judíos aunque los documentos nada dicen acerca de ello. Una observación final. En Castilla casi no se
conservan protocolos notariales de la Edad Media, por lo que no es posible llevar a cabo trabajos similares a
éste sobre dicho reino.

Tanto las actas notariales como los registros de cancillería son documentos históricos, no «literarios»; quizás
por eso no resulta fácil encontrar en ellos noticias relacionadas con la magia. Sin embargo, el
convencimiento que tenían los notarios aragoneses de los ss. XIV y XV de que sus protocolos formaban
parte de su patrimonio, ha hecho posible que, en papeles sueltos o a lo largo de sus páginas, hayan quedado
registradas anotaciones completamente ajenas al protocolo notarial. Es cierto que en los siglos medios la
medicina se hallaba a menudo muy cerca de la astrología (especialmente cuando se plantea la posibilidad de
controlar la enfermedad mediante la carta astral) Además, se sabe que algunos médicos fueron también
astrólogos. Pero en los protocolos notariales no suelen aparecer datos relacionados con la magia, como
tampoco los hay acerca de la mistica o de la astrología, ni siquiera en relación con la medicina. En cambio, sí
han quedado documentos que pueden interesar a la historia de la medicina.

Por desgracia esa documentación no permite realizar demasiadas averiguaciones positivas, pues la prestación
de servicios por parte de un médico a un paciente no exige que haya un contrato, salvo en casos
excepcionales, tales como que el médico quiera salvaguardar su integridad personal o sus bienes (si la
gravedad del paciente induce a pensar que la curación es prácticamente imposible) o desee asegurarse el
cobro de sus honorarios por motivos que casi nunca se desvelan. Únicamente cuando se produce el hecho
anómalo se origina el consiguiente pleito, que la mayoría de las veces se resuelve ante el notario. De ahí que
sólo las situaciones conflictivas o inusuales entre médico y paciente hayan quedado reflejadas en las actas
notariales.

Antes de seguir adelante, conviene aclarar una cuestión semántica: qué se entiende en Aragón en el SXIV
por «fisico», «cirurgico», «barbero» y «madrina», pues «médico» es un término poco frecuente en los textos
latinos y ausente en los documentos escritos en romances. La palabra «curandero» tampoco existe en la
documentación de dicha centuria: se utilizó posteriormente para designar al intruso que aplicaba
conocimientos pseudomédicos, o incluso médicos, sin haber obtenido certificado oficial.

Segŭn Cardoner, el físico estudiaba las propiedades de la naturaleza en general, sin olvidar los movimientos
de los astros y el macrocosmos, mientras que el médico («metge») se ocupaba de los movimientos que se
producían en el hombre o microcosmos' 6 . Posiblemente en un principio existía esta diferencia de matiz,
pero la significación de estos dos vocablos en Aragón, y más concretamente en el SXIV, al parecer fue otra,
más coincidente con la tesis de McVaugh' 7. El físico sería, con las debidas reservas, el equivalente

al actual médico de cabecera: se ocupaba de curar dolencias y fiebres, tan frecuentes en la época, y de los
trastornos internos.

Aunque en las fuentes estatales de la época «arte medicine» es sinónimo de «fisigie»' 8, los documentos
notariales aragoneses del siglo XIV se refieren a «fisicos»/»fisigos» cuando se trata de médicos judíos,
mientras que aluden a «fisicos»/maestres en artes et medicina» en el caso de médicos cristianos". Las
razones que, a mi juicio, condicionan el uso de esta diferente denominación serían las siguientes:

A lo largo de los ss XIII y XIV en la Corona de Aragón se reglamenta el ejercicio de la medicina. En las
Cortes Generales celebradas en Manzón (1289), se dispuso que para ejercer como médico fuera
imprescindible pasar una prueba o examen ante un tribunal integrado por expertos en medicina y prestar
juramento ante el baile'. Por un documento posterior (la licencia otorgada a un judío llamado Bendit
Caravida) se sabe que dicha prueba consistía no sólo «in arte medicine et fisice, sed etiam in metafisica, in
naturis et En 1359, las Cortes catalanas reunidas en Cervera —por ahora desconozco la existencia de una
normativa similar para el reino de Aragón— establecieron que el mencionado examen sólo pudiera realizarse
después de haber pasado tres arios en un Estudio General. Esta legislación no afectaba a los judíos ni a los
sarracenos, puesto que no podían acceder a los Estudios Generales para completar su formación; en
consecuencia, tampoco podrían llevar la titulación de «maestre en artes y en medicina» que allí se lograba, a
no ser que superaran una prueba especial ante expertos, prueba que a veces se realizaba a iniciativa del
propio interesado y que, en cualquier caso, debía contar con el visto bueno del rey. Por eso, cuatro arios
después (en 1363) las Cortes Generales congregadas en Monzón decidieron que tanto los judíos como los
mudéjares, antes de lanzarse al desempeño de la profesión médica, deberían superar un examen ante un
tribunal integrado por dos expertos en medicina de su propia ley y condición y por un médico cristiano o, en
caso de faltar aquellos, por médicos cristianos. Esta disposición fue confirmada por Pedro el Ceremonioso en
1369 y de nuevo en 1385. El sistema se mantuvo con su sucesor Juan I, aunque la última palabra seguía
teniéndola el rey. Por eso, no es de extrariar que las familias judías más prestigiosas en el ámbito

de la medicina pusieran todo su empeño para que sus miembros más jóvenes adquiriesen una pre

En el uso de sus atribuciones, debía dictaminar quiénes eran aptos para ejercer la profesión y quiénes no y
castigar a cuantos la ejercitaran sin la consabida licencia. A partir de entonces se observa en los documentos
notariales un cambio digno de mención: algunos judíos físicos notables empiezan a llevar la titulación de
«maestre en medicina». Ahora bien, como dicho examen no presuponía la asistencia a los Estudios
Generales", quienes pertenecían a las minorías y superaban la mencionada prueba siguieron recibiendo la
titulación de fisicos, no la de maestros en medicina, aunque ocasionalmente se reconocía de forma oficial su
«treballo... en el oficio de medicina»". Por otra parte hay que decir que sí hubo físicos (y «cirurgicos») judíos
que, como los cristianos recibieron el tratamiento de «maestro»", la máxi-paración adecuada. En los siglos
XIV y XV también se llamaba «maestre» a algunos mŭsicos y pintores. Cardoner apunta la posibilidad de
que en Aragón se empezara a llamar «físico» al médico propiamente dicho por influencia castellana, puesto
que allí todos los médicos recibían el calificativo de físicos. Desde que los clérigos fueron excluidos del
ejercicio del arte y oficio de la cirugía quedó relegada a una categoría inferior a la que hasta entonces había
disfrutado. En teoría, el «cirurgico» o cirujano estaba subordinado al físico, cuyas indicaciones debía seguir
al pie de la letra, y ocupaba un rango similar, aunque superior, al del barbero". Era de su competencia la
realización de sangrías y lavativas, la aplicación de ventosas y el tratamiento de fracturas, luxaciones y
artritis o a falta de dentista, también se encargaba de extraer muelas; además, practicaba la cirugía en sus
formas más diversas, pues operaba de cataratas, trataba hernias intestinales", etc. En realidad se ocupaba de
todas las dolencias de carácter externo", incluido el mal de gota". Su actividad se consideraba manual y, por
lo tanto, inferior a la del físico; y eso que estos arios, pródigos en guerras y altercados su presencia se hizo
sumamente necesaria como traumatólogo y cirujano. Algunos practicaban la doble especialidad de física y
cirugía", aunque no era lo más frecuente. Como he dicho, los más afamados recibían la titulación de
«maestro»", y atendían a pacientes de otras ciudades e incluso de otros reinos. En principio los cirujanos no
estaban incluidos en las disposiciones promulgadas por las Cortes, sino que aprendían el oficio al lado de
algún experto.

Algunos barberos, además de las tareas propias de su oficio, practicaban la cirugía menor"; el aprendizaje de
la técnica precisa para estos menesteres lo realizaban junto a un barbero consagrado". A veces se
desplazaban hasta la capital del Reino para aprender la profesión gentes de poblaciones próximas a la capital
o de otras lejanas a ella". El hecho de tener diferentes creencias religiosas no impedía la realización de
contrataciones laborales". Si la economía familiar lo permitía, el aprendiz de barbero completaba su
formación con libros, aprendiendo a leer en la Escuela de Gramática de la ciudad.
Está sobradamente demostrado que en la Baja Edad Media la mujer ejercía la medicina a nivel doméstico,
sobre todo en el campo de la ginecología, porque existía la idea generalizada, tanto entre los cristianos como
entre los judíos y musulmanes, de que el varón debía evitar examinar las partes intimas de la mujer, fuente de
todo mal y pecado. Además, contribuyó a ello considerablemente6 el sentido del pudor femenino, tan
extendido en la época. Aunque son varios miles los documentos relativos a mudéjares aragoneses registrados
en los protocolos zaragozanos del SXIV, no he hallado ningún dato que permita corroborar la existencia de
físicos y cirujanos sarracenos en las poblaciones moras del reino de Aragón, lo cual no quiere decir que no
los hubiera, pues me consta que en 1354 maestro Hamet Xarafi, «moro habitador de Alcalá», era «fisich del
senyor Rey». Tampoco los he encontrado ni en la bibliografía67 ni en los documentos publicados 68. Puede
pensarse que los cristianos pusieron impedimentos al desemperio de esta profesión; pero hay que decir que la
legislación prevé la existencia de médicos.

Parece lógico pensar que las comunidades de mudéjares tendrían médicospropios para atender a sus
enfermos; pero documentalmente no existe constanciade ello, quizás porque había pocos físicos y cirujanos
moros que cumplieranlos requisitos legales exigidos para recibir dicha titulación69 . Y si,como es de
suponer, esos médicos se formaban en la morería" y desemperiabansus funciones solapadamente en el seno
de su comunidad, tampoco deberesultar sorprendente que su existencia no aparezca registrada en la
documentaciónnotarial cristiana, salvo en casos conflictivos.Entre los mudéjares aragoneses hubo, además de
barberos, lo que hoy llamaríamoscuranderos, es decir, individuos que practicaban una medicina tradicionaly
poco científica, pero de honda raigambre popular.Los ŭnicos barberos moros documentados en Zaragoza en
el siglo XIVfueron cuatro miembros de la familia Peix (o Pex) (Alí, Avdalla, .Hamet yMahoma) y, además,
Muza de Junez, de quien se conserva la firmai autógrafaen caracteres arábigos''. En general, estos
profesionales mantenían relacionescuando menos cordiales con sus vecinos cristianos. Aunque las noticias
relativas a pacientes mudéjares aragoneses del sigloXIV son tan escasas, parece lógico pensar que los habría
y en gran n ŭmero,pues a lo largo del siglo XIV y comienzos del XV se sucedieron las guerras,las hambres y
las epidemias. Es posible que consultaran aespecialistas judíos (al igual que habían hecho sus antepasados en
tiemposdel califato de Córdoba) y que no existan pruebas documentales de ello: seconservan numerosos
albaranes otorgados por los cirujanos judíos JunezTrigo, Salomón Trigo y Junez Abenforna" a favor de
individuos de diversascomunidades mudéjares aragonesas en el momento de saldar las deudas que—no se
sabe por qué motivos— aquéllos habían contraído anteriormente. Alo mejor no eran más que simples
préstamos; pero tampoco se puede descartar,de entrada, que se trate del pago de servicios médicos
prestados.La medicina, que tras la Reconquista había estado en poder de monjes yclérigos, a lo largo de los
siglos XII y XIII pasó a manos de los laicos por decisiónde las autoridades eclesiásticas". A comienzos del
siglo XIV se enseriabaen la Escuelas y Estudios Generales, siguiendo las orientaciones de los
centrositalianos y las tendencias de la medicina árabe, aunque todavía de lamano de la Iglesia. Los médicos
laicos, que ampliaron su campo de acción amedida que los clérigos reducían sus actividades, no tardaron en
darse cuentade que en aquel momento sus grandes competidores eran los judíos.Sólo los cristianos podían
estudiar en los Estudios Generales, por lo queŭnicamente ellos tenía posibilidad de llevar la titulación de
maestro en artesy medicina que, con el tiempo, se haría, si no obligada, casi imprescindiblepara poder ejercer
la profesión médica. Como es lógico, la clientela de los médicos cristianos (tanto físicos comocirujanos)
estaba integrada fundamentalmente por cristianos de todas lasclases sociales, desde el Rey" y su hijo el
Duque", pasando por el arzobispode Zaragoza", el castellán de Amposta", los clérigos9° y notarios91 , hasta
gentesde condición más humilde. Durante el largo período de dominación musulmana muchos judíos de
laPenínsula Ibérica aprendieron la lengua árabe y así entraron en contacto con la ciencia de los dominadores,
estudiándola a fondo y asimilándola, hasta talpunto que a mediados del siglo XIV eran los judíos quienes
enarbolaban laantorcha del saber científico que arios atrás habían tenido los musulmanes99,y eso que desde
el primer momento la Iglesia trató de reducir, con todos losmedios a su alcance, el potencial médico de los
judíos".Aunque las leyes prohibían a los cristianos servirse de médicos judíos,tanto los reyes como las
personas del pueblo llano e incluso algunas autoridadeseclesiásticas recurrieron a ellos a menudo, quizás
porque los considerabanmás competentes que los cristianos'°'.Con todo, es justo reconocer que no es mucho
lo que he conseguido averiguarsobre la actividad médica de los judíos de Zaragoza, porque la mayoríade los
documentos notariales de los siglos XIV y XV sólo dan a conocerlos nombres de físicos (para el siglo XIV
hay más de 30), cirujanos (para elsiglo XIV se conoce el nombre de unos 13) y barberos (de momento para
elsiglo XIV sólo se ha confirmado la existencia de 1): rara vez se encuentrandatos relativos a honorarios,
enfermedades, etc., y cuando, excepcionalmente,ésto ocurre, las noticias se refieren a pacientes cristianos,
nunca a pacientesjudíos: quizás porque los posibles conflictos entre médicos y pacientesjudíos, cuando se
suscitaban, se dirimían en el seno de la aljama. A pesar deello, parece lógico pensar que para remediar sus
dolencias los miembros dela comunidad judía recabarían la asistencia de fisicos y cirujanos judíos
cuyoprestigio, salvo excepciones'° 2, se estimaba en gran manera: así lo reconocíanlos propios judíos
zaragozanos cuando decidieron dispensar a los físicos y cirujanos de la comunidad de la obligación de «tener
hostages» (es decir, dequedar como rehenes de la aljama cuando ésta se retrasaba en el pago dedeterminados
créditos y censales9 o de la aceptación de cargos de responsabilidadcuyo desemperio podía obstaculizar el
correcto ejercicio de la profesión'.3.1 Méclicos judíos con pacientes cristianosLos médicos judíos atendieron
a pacientes cristianos de todas las categoríassociales, aunque la legislación eclesiástica tratara de evitarlo
desde antiguo'"aduciendo, entre otras razones, que podían ejercer una influencia perniciosasobre los
enfermos'" y cometer actos abominables con ellos. Esta desconfianza,y quizás otras motivaciones de carácter
crematístico que demomento se desconocen, dieron lugar a que Samuel Alazar, judío fisico deZaragoza,
fuese acusado de cometer adulterio con mujeres cristianas y deotros delitos «utendo medicine officio».
Finalmente, en 1337 el mencionadoSamuel fue absuelto por el Rey La mayoría de los judíos adscritos a la
casa real —fueron muchos y prestigiosos'"—vieron recompensados sus servicios con la exención
tributariatemporal m, la concesión de salvoconductos' n y otras prerrogativas, entre lasque cabe destacar la
dispensa de llevar sobre sus ropas el distintivo judaico'"En el caso que nos ocupa, los tres suscribieronun
mismo dictamen tras efectuar el con-espondiente reconocimiento, yaconsejaron al enfermo que depusiese su
impaciencia por abandonar el lechoy que siguiera la prescripción de los facultativos' 31 . La razón de su
premura yel requerimiento al notario para que levantara acta de lo acontecido es comprensible,pues por
asuntos personales de extraordinaria importancia, que nose especifican, el citado Pedro debía comparecer
ante el Rey sin dilaciónw.En ocasiones, el señor cristiano se comprometía a asignar al médico judíouna
cantidad anual fija, en concepto de pensión, para asegurarse sus servicios:así, a comienzos del siglo XV
maestre rabí Haim, físico judío deZaragoza, recibía de manos de Jucé de Avdalla, alamín de la aljama de
morosde Rueda, los 12 cahíces de trigo que don Lop Ximénez de Rueda, serior dela tenencia de Alcalatén, le
había asignado'", por orden de Pedro Ximénez deUrrea (anterior serior del vizcondado de Rueda y de la
tenencia de Alcalatén) Los burgueses también consultaron el parecer de los médicos judíos endiversas
ocasiones, especialmente cuando la gravedad del enfermo era extrema'35 . A veces se les llarriaba desde
pueblos y villas distantes de la ciudad'36,por lo que el médico se veía obligado a ponerse en viaje: eso
incrementaba lacuantía de los honorarios que, a finales de siglo solía oscilar entre 10 y 20sueldos jaqueses
por tratamiento'37.Entre los cristianos que recabaron los servicios de médicos judíos, cabecitar aquí al
notario zaragozano Juan de Andreviza, que aunque en 1410 tratóde eludir el pago de la deuda contraída con
maestre rabí Haim una vez controladala «fiebre pestelencial» que afectaba a su hijo, tuvo que pagar. Nohabía
contado el cristiano con los muchos recursos de maestre Haim, quienno dudó en solicitar la intervención del
zalmedina de Zaragoza, para recuperarel dinero que Juan le adeudaba en concepto de honorarios'38.siglo XV
no hay datos que guarden relación con la magia, la mistica o la -astrología, pero sí es posible abordar algunos
aspectos de la medicina, todavíamuy vinculada a la predicción astral.En el siglo XIV los principales fisicos
aragoneses eran judíos. Ellos compartíancon los cristianos el ejercicio de la cirugía, en tanto que los
mudéjaresse limitaban a la práctica de conocimientos médicos tradicionales y
escasamentecientíficos.Documentalmente no consta la existencia de fisicos y cirujanos mudéjares—lo que
no quiere decir que no los hubiera—; sin ,embargo está totalmentedemostrado que en el siglo XIV sí hubo en
Zaragoza barberos y curanderosmoros. La penuria de noticias documentales de pacientes mudéjares
seexplica en función de la documentación utilizada: las actas notariales cristianasapenas proporcionan datos
al respecto.Está fuera de toda duda que los médicos cristianos atendían a pacientescristianos, y que sólo
excepcionalmente tuvieron pacientes judíos.Aunque, como he dicho, no he recopilado la totalidad de los
documentosrelativos a médicos cristianos, gracias a las catas realizadas en las actas notarialesdel siglo XIV y
de comienzos del XV puedo afirmar que el n ŭmero defísicos judíos registrados es igual o superior al de
físicos cristianos; en cambio,por lo que respecta a los cirujanos, la preponderancia de los cristianos
essuperior a la de los judíos en la proporción de tres a uno. El trabajo de barberoestaba en manos de
cristianos: la competencia de los mudéjares eramínima y la de los judíos prácticamente no existía.En cuanto
a los médicos judíos, cabe decir que disfrutaron del respeto y laconfianza tanto de sus correligionarios como
de los cristianos (reyes, dignidadeseclesiásticas, nobles y burgueses), a pesar de los intentos de sus
competidorescristianos y de las leyes dictadas por la Iglesia y por algunos monarcas.

Cantera Montenegro

Desde fechas tempranas de la Edad Media fue configurándose y difundiéndose una imagen peyorativa de los
judíos, expresión de la profunda antipatía que hacia ellos sentía la población mayoritaria cristiana. La imagen
del judío medieval, conformada a lo largo de los siglos por los derechos civil y canónico, consiste en un
estereotipo, con rasgos muy semejantes entre los diferentes ámbitos geo-históricos del Occidente europeo.
Lejos de ser un reflejo fiel de la realidad, guarda una estrecha relación con el lugar que la minoría hebrea
ocupaba en la conciencia colectiva cristiana medieval; de este modo, pese a que los judíos constituían un
grupo heterogéneo desde los más diversos puntos de vista socio-económico, religioso o cultural, aparecían
homogeneizados a través de diversos rasgos que el subconsciente de la población mayoritaria convertía en
universales.

Entre los rasgos que identificaban hacia el exterior a la minoría hebrea se escogían los más llamativos:
determinados rasgos físicos y del carácter; el uso de ciertas prendas de vestir; el ejercicio de algunas
actividades profesionales, principalmente el préstamo con interés, y la posesión de enormes riquezas: o la
práctica de ciertos crímenes rituales. Esta homogeneización del grupo actuaba como un auténtico estigma

El autor busca estudiar cómo se conformó la identidad del “otro” en la España Medieval (entendido como el
múltiple sujeto que se presenta a los ojos de una cultura, de una sociedad, de un estado, de una generación,
de un grupo humano cualquiera, o, simplemente, de un individuo, como alguien o algo perteneciente a su
propia naturaleza, pero al mismo tiempo radicalmente distinto de sí mismo») La imagen histórica sería, por
su parte, la comprensión que un determinado sujeto histórico, generalmente colectivo (una cultura, una
sociedad, un estado), tendría en su tiempo de sus homogéneos contrapuestos. Estas figuras o imágenes son
creadas en función de determinados condicionamientos, y dan lugar a tomas de actitud, más o menos
radicales, en relación con el Otro.

Objetivo: En este trabajo se abordará parcialmente el estudio de la imagen del judío en la España medieval,
centrándose en concreto en el análisis de los rasgos más destacados que conformaron una imagen peyorativa
que perduró a través de los siglos, hasta prácticamente la actualidad.

Junto al musulmán, el judío es el Otro religioso por excelencia del cristiano en la España medieval; aunque
menos temido que aquél desde el punto de vista político-militar, es igualmente rechazado y, quizá, más odia-
do aún en el orden espiritual, como resultado de sus comunes orígenes históricos y teológicos.

El odio teológico de los primeros apologistas cristianos frente al judaismo, se transformó a lo largo de los
siglos medievales en un odio sociológico, que degeneró en un auténtico odio racial a fines de la Edad Media
y en los primeros tiempos de la Modernidad. Pero quizá la característica más señalada del antijudaísmo sea
su universalidad y su permanencia en el tiempo, de forma que es una realidad presente en los más diversos
ámbitos geo-históricos y en todas las épocas.

Aunque son varias las causas que pudieron contribuir al rechazo generalizado hacia la población hebrea en
época medieval, probablemente la que más peso tuvo fue, además de su diferenciación en materia religiosa,
su decidida voluntad de conservar una identidad propia en el seno de la sociedad mayoritaria en la que se
insertaba, con el fin de evitar su disolución como grupo social propio y diferenciado. En España, el problema
judío se plantea cuando aún no está definitivamente conformada la sociedad hispano-visigoda; la legislación
antijudía de Sisebuto (612-621) constituye el primer paso en un proceso que condujo, en fases sucesivas, a la
discriminación legal positiva, a la servidumbre, al destierro e, incluso, a la persecución abierta en los tiempos
de Egica (687-702).

Más tarde, la presunta colaboración judía con la invasión musulmana de la Península Ibérica, que se
conservaba muy viva en la memoria colectiva de los mozárabes y que, a su vez, éstos transmitieron a los
reinos hispano-cristianos del norte, serviría frecuentemente para justificar el profundo recelo que se sentía
hacia la población hebrea; este argumento se utilizaba también como una prueba manifiesta de la hostilidad
que los judíos sentían hacia los cristianos y el cristianismo. Las semejanzas culturales y lingüísticas entre
musulmanes y hebreos avalaban a los ojos de los cristianos la sospecha de una alianza, de forma que los
judíos venían a ser una especie de enemigo infiltrado.

Como resultado de este sentimiento antijudío, desde fechas tempranas de la Edad Media comenzó a
configurarse y a difundirse una imagen peyorativa de los judíos, expresión de la profunda antipatía que hacia
ellos sentía la población mayoritaria cristiana, y que perduró hasta tiempos bastante recientes. El arte
figurativo cristiano medieval refleja fielmente la imagen que de los judíos existía en toda la Europa
occidental y que, en buena medida, coincidía con el retrato que de ellos hacía unos siglos después el inquisi -
dor Escobar del Corro.

En definitiva, mediante unas imágenes estereotipadas que comprenden rasgos físicos (nariz larga y
ganchuda), actitudes determinadas (sonrisa sardónica, mirada malévola), o el ejercicio de actividades
profesionales infamantes (en particular, el préstamo usurario o con interés), se personifica en el judío la ¡dea
del mal absoluto y, con frecuencia, se sugiere la presencia diabólica en él.

La imagen del judío medieval fue conformada a lo largo de los siglos por los derechos civil y canónico, y
tiene su más clara expresión en las argumentaciones antijudías contenidas en textos jurídicos, canónicos o
doctrinales. Consiste en un estereotipo, en una imagen de la realidad distorsionada o, cuando menos,
exagerada, con rasgos muy similares entre los diferentes ámbitos geo-históricos del Occidente europeo, y
que quedó prácticamente conformada en el SXII.

Lejos de ser un reflejo fiel de la realidad, la imagen del judío entra en el terreno de la ideología, y tiene
mucho que ver con la historia de las mentalidades y la psicología social, que analizan el comportamiento de
los grupos humanos. De este modo, guarda una estrecha relación con el lugar que la minoría hebrea ocupa en
la conciencia colectiva cristiana, de forma que de un grupo heterogéneo desde los más diversos puntos de
vista socio-económico, religioso o cultural, se extraían determinados rasgos que, aunque sólo fueran propios
de algunos individuos, se convertían en universales por el subconsciente de la población mayoritaria,
homogenei- zando hacia el exterior a todo el colectivo hebreo.

Entre los rasgos que personifican hacia el exterior a la minoría judía se escogen los más llamativos o los que,
al menos aparentemente, resultan más señalados: determinados rasgos físicos y del carácter; el uso de ciertas
prendas de vestir; el ejercicio de algunas actividades profesionales, principalmente el préstamo con interés; la
posesión de enormes riquezas; o realización de algunos crímenes rituales con una supuesta finalidad
religiosa. Esta homogeneización del grupo actuaba como un auténtico estigma, permitiendo la fácil
identificación del judío; al mismo tiempo, la imagen conformada por la sociedad hispano-cristiana explica en
buena medida su actitud hostil en relación con los judíos, tanto teórica como práctica.

El estereotipo del judío medieval se corresponde con unos determinados valores, en los que se sustentarán las
argumentaciones antijudías.
Había 4 argumentos por los que se odiaba a los judíos y se les construía tal imagen:

*Argumentos de carácter religioso, entre los que sobresale la acusación de deicidio.

*Argumentos de carácter económico, como el afán desmedido de riquezas y la práctica de ciertas actividades
profesionales, principalmente el préstamo con interés.

*Argumentos de carácter psicológico, como la soberbia y la posesión de una inteligencia particular.

*Argumentos de carácter físico, de forma que los judíos presentarían unos rasgos externos propios y
diferenciadores que, en conjunto, le conferían un aspecto ingrato.

Estos argumentos, más bien causas del odio contra los judíos, constituían una justificación o legitimación de
las actitudes hostiles de los cristianos hacia la minoría hebrea.

Para José M.s Monsalvo, los cristianos hispanos de época medieval interpretaban la posición de sus
contemporáneos judíos mediante la «ideología», que no sería una simple interpretación imaginaria de la
conciencia cristiana, sino que, yendo mucho más lejos, cumpliría un doble objetivo:

Proporcionar, conscientemente una imagen de los judíos más o menos deformada, y propiciar la
discriminación legal-social de los judíos, al agudizar el odio de la población mayoritaria cristiana hacia ellos.

Para profundizar en el conocimiento de la imagen del judío en la España medieval puede acudirse a diversos
tipos de fuentes, entre las que destacan las de contenido jurídico; las literarias 16, con particular referencia a
los tratados de polémica doctrinal, así como a narraciones moralizantes, colecciones de milagros 18 o
«exempla»; las artísticas; o las propiamente documentales, entre las que tienen un especial interés los
sermonarios y los cánones de sínodos y concilios provinciales.

La mayor dificultad radica en que la práctica totalidad de las fuentes disponibles proceden de la élite
ilustrada, laica o eclesiástica, en tanto que la inmensa mayoría de la población, analfabeta, no ha dejado testi -
monios escritos. Pese a todo, no cabe ninguna duda de que en la conformación de las imágenes existen
también expresiones de la mentalidad popular. Pero, en cualquier caso, las imágenes reflejan principalmente
la mentalidad de los sectores sociales dominantes que, por otra parte, eran los que contaban con capacidad
decisoria y que, en buena medida, marcaban el ritmo del acontecer histórico.

Entre las acusaciones antijudías ocupan un lugar destacado las que tenían un componente de tipo religioso,
no sólo por la peligrosidad que en sí mismas encerraban para la integridad física de la comunidad hebrea,
sino también porque trascendían el mero nivel religioso y proyectaban sobre ella valores muy negativos que
pasaban a formar parte de la imagen peyorativa del judío medieval.

La acusación más grave y más común era la que achacaba a los judíos el crimen de deicidio. Constantemente
la Iglesia les recordaba su crimen nefando, y en numerosas poblaciones de señorío eclesiástico los judíos
eran obligados al pago anual de treinta dineros por cabeza, en recuerdo de las treinta monedas con las que
habían comprado a Judas la entrega de Jesucristo y para excusarse de la obligación de llevar sobre sus
vestiduras las señales distintivas, principalmente la rodela de color bermejo.

La intervención de los judíos en la crucifixión de Jesucristo les era imputada global y permanentemente, y
daba lugar a otras acusaciones de índole religiosa o psicológica que los teólogos cristianos presentaban en
sus tratados de apologética antijudía. Entre estas acusaciones destaca la crueldad, que tendría su más clara
expresión en la saña con la que trataron a Cristo, así como a los Apóstoles y a los primeros discípulos.

La crueldad judaica se expresaría, asimismo, mediante imágenes impactantes que escenifican relatos
histórico-legendarios, como aquéllas en las que un padre judío da muerte a su propio hijo —generalmente
arrojándolo a un horno encendido— por haberse convertido al cristianismo, por asistir a misa y comulgar, o
por cantar loas a la Virgen 21. Otra indudable manifestación de la crueldad de los judíos, mezcla de ritual
religioso y mágico, serían los crímenes rituales cometidos con niños cristianos con ocasión de la celebración
de la Pascua, con el fin de rememorar la Pasión de Cristo y de utilizar la sangre del niño para la preparación
de las mazzot22. No eran tampoco infrecuentes las leyendas y las escenas pictóricas que representaban a
judíos azotando crucifijos, como escarnio de la Pasión.

El rechazo de Jesús como el Mesías anunciado en la Biblia y del dogma de la Santísima Trinidad motivaron
la acusación contra los judíos de pertinacia y contumacia en la fe.

Esta noción trascendió pronto al arte cristiano medieval y, consiguientemente, a la imagen del judío. La
obstinación judaica en no reconocer en Cristo al Mesías anunciado en la Biblia se representaba,
frecuentemente, mediante una figura de mujer, la Sinagoga, con los ojos cubiertos por una venda, que en
ocasiones tenía la forma de una serpiente o de un escorpión para dar a entender que se trataba de una ceguera
intencionada. La mujer presenta en ocasiones la cara descompuesta, los cabellos revueltos y la ropa
desordenada, señales todas ellas de infamia y de ignorancia, y suele llevar en las manos una lanza o una caña
rota para apoyarse, como símbolo de la decrepitud de la Ley antigua; junto a ella suelen aparecer, rotos en el
suelo, algunos fragmentos de las Tablas de la Ley. Frente a ella, la representacón de la Ecclesia se hace
mediante una mujer joven, frecuentemente coronada como reina, de rostro bello y victorioso, y que sostiene
en sus manos una cruz como símbolo de la salvación, sobre la que se apoya vigorosamente. Estas
representaciones de la Sinagoga y de la Ecclesia se exponían en los pórticos de las catedrales de ciudades
que contaban con la presencia de una comunidad judía, lo que revela una clara finalidad propagandística, y
es una manifestación más de la confrontación Sinagoga-Ecclesia.

En otras ocasiones la ceguera judaica es representada mediante un grupo de judíos que se tapan los oídos
para no escuchar los argumentos de los cristianos, o que están dormidos ante los profetas anunciando la
llegada del Mesías.

La obstinación de los judíos en no admitir a Cristo como el Mesías anunciado en la Biblia era achacada por
sus contemporáneos cristianos a otro rasgo considerado como propio del carácter judío: la terquedad. Su
terca negativa a aceptar a Jesús como el Mesías les haría permanecer perpetuamente a la espera de la llegada
del Mesías liberador. Sin duda relacionada con esta supuesta peculiaridad del carácter judío se encuentra la
frecuente alusión en la literatura española de épocas medieval y moderna a la paciencia de los judíos o de los
judaizantes, que no se cansarían de esperar. La acusación de obstinada y terca fidelidad a su Ley por parte de
los judíos tiene también su reflejo en la literatura medieval hispana.

En definitiva, y como consecuencia de las anteriores acusaciones, el judío es considerado como un mal
absoluto, un agente del diablo que está movido por las fuerzas del mal, que realiza actos crueles y que
prepara complots contra los cristianos y el cristianismo. Como cualquier otra herejía, el judaismo debía ser
dominado por la Iglesia triunfante, por lo que en otras escenas pictóricas y escultóricas de época medieval se
representa a algunos Apóstoles o a otras destacadas figuras del primitivo cristianismo pisando a personajes
judíos que, con frecuencia, representan a rabíes.

Así, pues, el pueblo judío es un pueblo maldito, y su maldad es, además, irreversible. Esta maldad se
transfiere del individuo a las cosas que toca, especialmente los alimentos, que se volverían impuros 33. En
esta creencia radica la prohibición, común a muchas ciudades y villas hispanas, de que estuvieran juntos los
mercados de cristianos y judíos, así como de que aquéllos adquirieran productos alimenticios en el mercado
de la judería. Junto a otras razones de índole económica o religiosa —estas prohibiciones tienen su origen en
los cánones de algunos sínodos y concilios, como el concilio de Vienne de 1311—, resulta evidente el temor
a un envenenamiento de los cristianos provocado por los judíos. Es éste un temor que forma parte del
subconsciente colectivo, y que se manifestará en los diferentes ámbitos geo-históricos de la Europa occi -
dental, especialmente con ocasión de las mortandades producidas por las epidemias de peste. La perversidad
judaica, que tenía un claro matiz religioso ligado al crimen de deicidio, traspasaría el ámbito individual y
alcanzaría a toda la colectividad hebrea. Otras manifestaciones que evidenciarían dicha perversidad serían
los crímenes rituales, la profanación de Hostias consagradas y el envenenamiento del agua de pozos, ríos y
fuentes.

Desde los primeros decenios del SXIV se extendieron por toda la Europa occidental rumores que achacaban
a los judíos y a los leprosos, confabulados, la autoría de algunas epidemias, mediante el envenenamiento del
agua de pozos, ríos y fuentes con una fórmula mágica; la primera acusación documentada de esta índole tuvo
lugar en Aquitania (1321) Las acusaciones se multiplicaron con motivo de la famosa Peste Negra (1348) de
forma que en muchas localidades la mortandad fue achacada a pociones maléficas preparadas por hechiceros
judíos —en ocasiones procedentes de Toledo, la ciudad «mágica» por ex celencia a lo largo de toda la Edad
Media—, dando lugar a asaltos contra las juderías.

Las acusaciones sobre crímenes rituales se remontan, al menos, a la Antigüedad clásica, y fueron lanzadas a
lo largo de la Historia contra muy distintos pueblos, grupos humanos o facciones políticas, con el fin de
procurar su desprestigio. Las representaciones plásticas de estos acontecimientos son también frecuentes en
todo el arte cristiano medieval. En el SXV estuvo bastante extendida la creencia de que los médicos judíos
asesinaban a sus pacientes cristianos; esta acusación ponía en evidencia la decidida voluntad de los judíos de
dañar a los cristianos, y añadía un grado más a su imagen de perversidad.

En definitiva, ninguna duda cabía a fines de la Edad Media acerca de la maldad judaica. Según la línea de
pensamiento agustíníano, los judíos eran tolerados simplemente por su condición humana, y su presencia se
justificaba como testimonio permanente de la Pasión del Señor, como depositarios del Antiguo Testamento,
y con la esperanza de lograr finalmente su conversión al cristianismo. El objetivo principal que habría de
perseguirse en relación con los judíos es su conversión, aunque para ello hubiera que vencer un obstáculo
que parecía insuperable, como es su terquedad.

Diversos eran también los rasgos que definían la personalidad y el carácter del judío según la imagen
peyorativa que del mismo fue conformándose a lo largo de la Edad Media.

En primer lugar la soberbia que, junto a su terquedad y ceguera, les impediría reconocer en Cristo al Mesías
esperado. Los judíos eran acusados por sus contemporáneos cristianos de soberbia y orgullo de carácter, acu -
sación que es también compartida por algún autor hispano-hebreo, como Shelomoh ben Verga.

Con frecuencia los judíos son presentados como traidores, señalándose como hito referencial por excelencia
para esta acusación su colaboración en el 711 con los musulmanes invasores del reino visigodo.

Aunque estos hechos se hubieran producido mucho tiempo antes, el recuerdo de los mismos permaneció vivo
a lo largo de toda la Edad Media, donde las representaciones mentales estaban saturadas de ana cronismos.
Para el hombre de la Edad Media las imágenes que transmitían el arte, relatos historiográficos y literarios
habían sucedido en el pasado pero seguían existiendo en el momento presente; por lo tanto, el mensaje que se
recibía era atemporal.

Aunque es difícil saber qué fundamento existe —si es que hay alguno— para que se achacara a los judíos la
cobardía de carácter47, desde luego no existe la menor duda de que en toda la Europa mediterránea era
considerada como un rasgo propio y definitorio del carácter de los judíos quienes, según la creencia popular,
serían asustadizos, tímidos y cobardes.

Pero este hecho, incontestable, no obedecería a una falta de aptitud de los judíos para el combate, ni mucho
menos a una supuesta cobardía, sino al temor que infundiría que pudieran estar armados unos potenciales
enemigos de los cristianos, a los que, además, se les achacaba el delito de traición en otros tiempos. No hay
tampoco que perder de vista que los judíos tenían terminantemente prohibido portar armas, lo que se
encuentra en relación con las disposiciones de Cortes y con las ordenanzas concejiles que les prohi bían llevar
signos externos de lujo (vestidos, adornos), con el fin de que no pudieran ser confundidos con miembros del
estamento nobiliario.

El judío es caracterizado, como soberbio y orgulloso, traidor y cobarde; si estaba adornado de algunas
cualidades, éstas eran la inteligencia y la sagacidad. En la España de los ss. XV-XVI era opinión común que
los judíos y judeoconversos eran personas que sembraban la discordia en los organismos de los que
formaban parte, por su espíritu maquinador, soberbia y avaricia sin límites. Y esto permite enlazar con otro
de los tipos de argumentos señalados por Julio Caro Baroja como conformadores de la imagen peyorativa del
judío medieval: los de carácter económico. Es sobradamente conocida la acusación de usureros que pesa
sobre los judíos, y que lleva aparejadas otras de no menor gravedad, como la avaricia, la astucia perversa, el
egoísmo, o el engaño, consideradas todas ellas como propias de quienes se dedicaban a tratos dinerarios.

La acusación de usura lanzada contra los judíos es un tema recurrente en épocas medieval y moderna, desde
los más diversos puntos de vista didáctico, literario o teológico-doctrinal. Lo más peligroso para la comuni-
dad hebrea eran las exageraciones y bulos que corrían acerca de las riquezas desmedidas de sus integrantes,
así como sobre su afán insaciable de dinero, que se satisfacería a costa de los más humildes, obligados a
acudir a sus préstamos dinerarios en condiciones muy duras. Así, se convertía en rasgo universal de la
comunidad judía algo que sólo sería representativo de un pequeño sector de la misma. Los judíos eran
acusados de rechazar los trabajos más duros y dedicarse sólo a aquéllos que requerían menores esfuerzos y
que les garantizaban unos mayores y más fáciles ingresos.

A los ojos de sus contemporáneos cristianos, los judíos pasaban por ser los principales beneficiarios de la
economía monetaria, que se había desarrollado en los reinos hispanos, como en las restantes áreas de la
Europa occidental, a lo largo de la Baja Edad Media. El nuevo poder del dinero fue causa de una alteración
sustancial no sólo en los modos de actuación económicos, sino también en las relaciones sociales tradiciona-
les. Esta nueva situación aparece fielmente reflejada en la literatura castellana de los ss.XIV-XVde forma
que aquellos autores que se muestran más recelosos ante las importantes transformaciones socioeconómicas,
que estaban teniendo lugar se manifiestan también críticas para con los judíos. Probablemente sea el canciller
Pero López de Ayala (1332-1407) la figura más representativa de esta toma de postura; en El Libro Rimado
de Palacio, en las estrofas 244-263, condena durísimamente la rapacidad de los más poderosos de la
sociedad, quienes se valdrían de los judíos para la recaudación de los tributos que se repartían sobre los más
humildes. Los rabinos y algunos intelectuales judeo-españoles del SXV eran conscientes del peligro que
acarreaba para la comunidad hebrea la difusión de esta imagen de riqueza y lujo desmedido de sus
miembros, por lo que continuamente recomendaban un retorno a la humildad y a la modestia en sus actitudes
internas y, especialmente, en sus comportamientos externos. En definitiva, los judíos eran considerados
colectivamente como usureros, lo que tenía su fundamento en la dedicación de algunos de los miembros más
destacados de las comunidades hebreas a la práctica del préstamo con interés, así como a otras actividades
socio-profesionales relacionadas con el dinero, como el arrendamiento y la recaudación de rentas. El
estereotipo del judío usurero era muy peligroso para la comunidad hebrea, pues no sólo se acusaba a los
judíos de robar y engañar a los cristianos, sino, además, de ejercer sobre éstos un dominio económico mani-
fiesto. Las quejas contra la usura judaica fueron constantes a lo largo de los ss.XIV-XV en todas las sesiones
de Cortes, lo que es un reflejo indudable de lo hondo que había calado la imagen peyorativa del judío
usurero. El arte medieval ofrece multitud de datos acerca de la imagen que de los judíos tenían sus
contemporáneos cristianos. No en vano, las imágenes plásticas gozaron a lo largo de la Edad Media de una
capacidad adoctrinadora que nunca más han tenido en igual medida; los mensajes se transmiten más simple y
temáticamente que en los textos escritos y también con mucha mayor claridad. De este modo, las
representaciones pictóricas y escultóricas (tablas y relieves expuestos en iglesias y catedrales) fueron un
instrumento idóneo para la difusión de un ideario antijudío.

El arte medieval codificó una imagen propia del judío, utilizando para ello determinados rasgos específicos:
barba larga, patillas muy prolongadas a modo de tirabuzones, nariz prominente y ganchuda, y ciertos
elementos de la indumentaria, como el capirote cónico cubriendo la cabeza y la rodela sobre el hombro
derecho. Esta figura gráfica sería utilizada con frecuencia como mejor sistema para representar algunos
vicios que se achacaban comúnmente a los judíos, como la avaricia, la usura, la hipocresía, la traición, o el
delito de herejía; para el artista de la Edad Media era más sencillo representar estos vicios a través de un
modelo iconográfico perfectamente fijado, como era el del judío, pues así el pueblo los asociaría con los
hebreos. Del mismo modo, las representaciones de escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento eran
ocasiones propicias para la difusión de un mensaje antijudío: el usurero judío medieval aparecía representado
en los mercaderes que Jesucristo expulsa del Templo; las frecuentes escenas de la Pasión servían para
transmitir la imagen de la dureza y la crueldad de los judíos para con Cristo; y no eran raras tampoco escenas
en las que un judío o la figura de mujer que representaba a la Sinagoga aparecían relacionados con el diablo,
con el infierno o con las bestias inmundas que habitaban en éste.

Todas las acusaciones lanzadas contra los judíos, y que conformaban su imagen peyorativa, tuvieron su
representación plástica, pictórica o escultórica. No cabe ninguna duda de que el mensaje antijudío se
endurecía mediante su representación gráfica; del mismo modo, su éxito estaba plenamente garantizado
teniendo en cuenta la facilidad con la que eran comprendidos los modelos iconográficos por un pueblo
mayoritariamente analfabeto. A través del análisis de numerosas representaciones de judíos en tallas, tablas y
miniaturas de época medieval resulta evidente la voluntad del artista por resaltar su aspecto desagradable y
antipático. A este fin, se exageran la longitud de las narices y su marcado aspecto ganchudo, el ta maño y
fealdad de los dientes, y sus miradas malévolas, contribuyendo a propagar la idea de que el judío era la
representación misma del mal. Pero las imágenes gráficas de los judíos permiten comprobar que el odio que
se sentía hacia ellos era, principalmente, de carácter religioso y no étnico. Los rasgos que caracterizan al
judío medieval serían adquiridos y no hereditarios; en definitiva, el artista expresó una idea teológica
directamente relacionada con la idea de la salvación. Por este motivo, en tanto que los personajes con trarios
al mensaje de Cristo aparecen generalmente representados con los rasgos característicos del estereotipo
judío, que se acentúan en quienes intervienen en el martirio de Jesús, tanto los Apóstoles como los primeros
discípulos no presentan dichos rasgos pese a que étnicamente eran también hebreos. Y algo similar sucede
con los niños judíos que son martirizados por sus padres por asistir a misa y comulgar, y en los que su
conversión al cristianismo habría borrado los rasgos desagradables del aspecto físico de los judíos.

Como hemos tenido ocasión de comprobar, las representaciones imaginarias de los judíos en época medieval
giran, principalmente, en torno a tres grandes cuestiones: a la acusación de deicidio, imputada a la comu -
nidad hebrea de forma colectiva y permanente, y que se tradujo, tanto en el arte religioso como en el profano,
en la transformación del judío en una especie de representación simbólica del verdugo; a la negación de
Cristo como el Mesías anunciado en la Biblia, que dio lugar a la acusación de infidelidad a Dios, que se
consideraba a su vez causada por la terquedad y la ceguera de los judíos; y a la perversidad judaica que, con
sus diversas manifestaciones —crueldad, soberbia, egoísmo, avaricia, astucia perversa, traición—, hacía del
pueblo hebreo una especie de personificación del mal. No obstante, al tratar estas cuestiones hay que evitar el
riesgo de caer en una simplificación abusiva, que sea el resultado de una sistematización exagerada, pues no
puede perderse de vista que existen algunas similitudes entre la imagen del judío y las representaciones,
asimismo peyorativas, de otros distintos grupos sociales de excluidos. El modelo constitutivo de la imagen
del judío presenta ya en época bajomedieval una mayor homogeneidad entre distintas áreas geo-históricas
que la que puede observarse en relación con la imagen de otros diversos grupos de la marginalidad social o
religiosa. Asimismo, es la figura del judío la que concentra un mayor número de rasgos y características
negativas, resaltándose con insistencia, de forma muy particular, su radical enemistad hacia el cristianismo y
los cristianos. Por otra parte, resulta también evidente que la imagen del judío conformada en época
medieval no constituye un retrato realista; al contrario, mediante un análisis detenido de la misma es fácil
apreciar la distancia existente entre la realidad de la minoría hebrea y la percepción que de ella tenía la
mayoría cristiana. Es ésta una razón más que obliga a tratar con suma cautela todo lo relativo al mundo de la
imagen del judío, por su indiscutible subjetivismo; y como contrapartida, el estudio de las imágenes tiene un
enorme interés para el mejor conocimiento del lugar que la minoría hebrea ocupaba en la conciencia
colectiva de la mayoría cristiana, así como de la evolución de la ideología dominante en relación con los
judíos. En cualquier caso, y retomando las palabras de la introducción, la imagen del judío fue también
motivadora de determinados comportamientos y tomas de actitud hacia la minoría hebrea, por lo que en
diferentes momentos tuvo asimismo un indiscutible protagonismo histórico. Por todo ello, se hace preciso
profundizar en el estudio de las cuestiones que aquí quedan meramente planteadas.

Caunedo del Potro “LOS «MEDIANOS»: MERCADERES Y ARTESANOS”

Durante la segunda mitad del SXV con optimismo, seguros de presentarlo inserto en una coyuntura
expansiva y de desarrollo y crecimiento general. Claramente se habían superado los efectos de la cuestionada
«crisis del SXIV», y una auténtica reconversión agraria sostenía un incremento de población y ofrecía
productos de calidad fácilmente comercializables y o transformables. Todas las ciudades y reinos
peninsulares participaban en mayor o menor medida en esta coyuntura expansiva. . También lo hacían todos
los medianos: mercaderes y artesanos, pues ante ellos se habría un amplio horizonte de expansión, lleno de
posibilidades, que muchos supieron aprovechar.

Los medianos eran hombres de ciudad. Su avecindamiento los agrupaba y los diferenciaba de ios extranjeros,
del clero, de la nobleza y de los campesinos..., pero no constituían, ni mucho menos, un grupo social
homogéneo. Criterios de riqueza y situación profesional marcaban entre ellos profundas diferencias difíciles
de superar. En el escalón más elevado situamos a los grandes mercaderes vinculados al comercio
internacional y también a las finanzas. Encabezados en Castilla por los burgaleses controlaban los dos
grandes ejes del comercio exterior: el de la cornisa vasco-cantábrica y el de más reciente incorporación, la
Andalucía atlántica, que aunque con características diferentes tenían también muchos puntos en común.

Las principales mercancías comercializadas en el comercio norteño seguían siendo la lana castellana y el
hierro vasco. A su lado, otras mercaderías: aceite, miel, cuero, colorantes, vinos, frutas, semillas y un largo
elenco que se intercambiaban con facilidad por paños, lienzos, tapices, cobre, estaño, objetos de metal, y a
veces cereales, adquiridos en los puertos flamencos, franceses e ingleses donde importantes colonias de
castellanos esperaban la llegada puntual de las dos flotas anuales y ofrecían a esas mercancías unos
adecuados canales de distribución. La oferta andaluza era también un conjunto de productos agrarios y
materias primas: trigo, vino, aceite, lana, cueros, grana, miel, atún de las almadrabas costeras... además del
anhelado oro africano y de los esclavos. Las importaciones, las ya mencionadas en el ámbito norteño.

Las características del comercio en la Corona de Aragón no eran muy diferentes, aunque como es lógico,
tenía sus propias peculiaridades. La más clara, la continuidad de su proyección mediterránea, alimentada en
esos años, por un fuerte desarrollo valenciano y una recuperación catalana tras la guerra civil. Valencia se
convirtió entonces, en capital financiera y directiva de la Corona de Aragón8, mientras que en Cataluña se
recuperaban los mercados donde las manufacturas catalanas tenían protección especial: Cerdeña, Sicilia,
Ñapóles... se reanudaba el tráfico con el Levante Mediterráneo, completado con escalas en el norte de África
y en puertos del Mediterráneo occidental, pero no se lograba recuperar la ruta de Poniente9. Aragón además
de exportar cereal, aceite y lana hacia Valencia y Cataluña, impulsaba y ofrecía una amplia producción para
el mercado propiciando un claro desarrollo mercantil.

En torno a estos grandes ejes, un importante número de ciudades, de la cornisa cantábrica y gallega, del
litoral andaluz, del centro de la meseta o del litoral levantino, aparecían conectadas a estos circuitos
comerciales de larga distancia. Sus hombres —de nuevo nos encontraríamos con las enormes diferencias
internas de la profesión mercantil en la que un único vocablo— mercader —podría definir tanto a grandes
mercaderes banqueros como a tenderos, revendedores, buhoneros, prestamistas...— también intervenían en
estos intercambios, combinando esta actividad con la de la manufactura, el transporte, la piratería o el
corso... Unos y otros se mostraron como agentes claros de la actividad mer cantil, y las múltiples ciudades
como reguladoras de la actividad económica en general, pero las relaciones entre ellos nos resultan bastante
desconocidas, con la excepción del papel que las ferias de Medina ejercieron como centro regulador de
precios e intercambios. Tampoco es mucho lo que sabemos sobre comercio interior, a no ser datos sobre su
reglamentación —en manos de autoridades locales, obsesionadas por solucionar el abasto de cereales y de
otros productos de primera necesidad— y sobre la multiplicación de mercados diarios y semanales dedicados
a actividades de comercio, servicios y artesanía.

Se han estudiado algunas de estas grandes familias (burgalesas y barcelonesas) y de sus empresas, pero
también a pequeños y medianos hombres de negocios. Algo sabemos del funcionamiento de sus compañías
mercantiles, de la extraordinaria difusión en la Península de los contratos de comenda, de la aseguración
marítima, de sus libros de contabilidad, incluso de sus periodos de aprendizaje y necesaria formación
profesional, reflejo de unas trasferencias culturales y de un saber técnico que fueron capaces de facilitar el
éxito de los negocios y de sostener y avalar con garantía un complicado mercado de capitales. Pero no sólo
interesa su preparación técnica, su adiestramiento en el oficio, también su formación general, su mentalidad,
creencias... aspectos apenas vislumbrados, sobre los que merecería le pena seguir insistiendo16, y que
también apuntarían a la posibilidad de formación de un auténtico pensamiento económico entre nuestros
hombres de negocios. El conocimiento de comunidades extranjeras en nuestro territorio se presenta
desequilibrado. Conocemos bien el funcionamiento de algunas comunidades, pero nos movemos en las más
absolutas generalidades e incertidumbres cuando intentamos acercarnos a otras.

El artesanado creció junto a las ciudades. Prácticamente todos los estudios centrados en algunas de ellas,
muy abundantes en los últimos años, nos ofrecen una panorámica general de las actividades artesanales
desarrolladas en las mismas, aunque aquí nos interesa más señalar aquellos trabajos que se enfrentan al
mundo artesanal de forma específica, bien proporcionándonos elencos de profesiones y profesionales, bien
distribuyéndolos en un espacio urbano, analizando la organización del trabajo, la normativa de los diferentes
oficios, sus relaciones con el poder municipal o sus asociaciones coorporativas Menjot ha presentado una
visión completa sobre el artesanado como grupo social en el reino de Castilla, centrándose en tres puntos: el
control de las actividades artesanales por medio de oficios, las categorías socioprofesionales y la
remuneración del trabajo asalariado.

Esta reglamentación tenia como fin fijar unas normas de producción y evitar querellas internas. En cuanto al
mundo del taller, destaca la enorme diversidad de su funcionamiento, dependiendo de los diferentes oficios.
En general, confirma la tardía regulación del aprendizaje, la generalización de un examen a lo largo del
SXV, y la no utilización de estos mecanismos como freno de acceso a la maestría. En cuanto al
establecimiento de cifras en materia salarial se enfrenta a varios obstáculos como la multiplicidad de los
modos de remunerar, variaciones estacionales, frecuencia del pago a destajo o retribución parcial o global en
especie. Al lado de este trabajo, otros títulos recientes, específicos sobre localidades o sobre sectores
concretos: textil, cuero30... siguen enriqueciendo un rico panorama que cuenta con una abundante pro-
ducción en el reino de Castilla como muestra la amplia bibliografía que recoge Ricardo Córdoba en sus
Técnicas preindustriales31. En este trabajo, que supera con creces el ámbito cronológico del que ahora nos
ocupamos, desarrolla ampliamente la idea de unos conocimientos técnicos dinamizado- res de la propia
sociedad medieval. A pesar de esta importancia y de los numerosos estudios existentes sobre estos aspectos,
es sobre el propio grupo artesanal sobre el que se debe seguir insistiendo tal y como comentamos al final de
estas líneas.

No de un modo muy diferente debemos contemplar la situación de la Corona de Aragón. También nos
hallamos ante claros síntomas de recuperación económica: reactivación de la demanda, mejora de calidades,
incremento de actividades según diversas modalidades regionales, multiplicación de ordenanzas. Para su
estudio, también contamos con excelentes estados de la cuestión —que facilitan enormemente nuestra tarea
— como el que recientemente nos ha ofrecido Germán Navarro. Presenta como característica más destacada
en algunos de los países de la Corona, la superior función que juega el ciclo productivo urbano, centrado en
ciudades dominantes, con importantes derivaciones en la definición de cada región económica.
Con todos estos trabajos nos acercamos al mundo de los medianos. Para su estudio, el de su actividad y el de
su organización profesional, hay que recurrir y se ha recurrido a unos fondos documentales muy específicos
que se pueden dividir en tres grandes grupos; dos de ellos emanan de la administración —las series fiscales y
judiciales— y un tercero, es de origen privado y está constituido por los documentos producidos por los
propios hombres de negocios.

Los registros fiscales, generalmente vinculados al movimiento de un puerto, pueden presentar una rica
variedad. Atañen a diferentes impuestos sobre el tráfico interior y exterior, a los derechos de aduanas
pagados por las embarcaciones y los mercaderes, a rentas diversas o a multas percibidas por los agentes del
puerto. Parecen pues, al menos en teoría, fuentes ideales, pero en la prácti ca, muestran su parcialidad: los
controles son selectivos, reflejan solamente entradas o salidas, unas determinadas mercancías: cosas vedadas.

La documentación judicial es muy diferente. Proviene casi siempre de situaciones conflictivas y anómalas:
litigios, reclamaciones. No suelen ser documentos sobre la contratación normal y pacífica, sobre detalles
cotidianos de operaciones mercantiles, sino sobre la interrupción de esa cotidianidad por la violación de
contratos, robos, piraterías, reclamaciones y protestas a nivel de reinos, señoríos o municipios, expedientes
de pleitos, sentencias de tribunales... También las concesiones del soberano, municipio o señor por evitarlas,
reglamentaciones, licencias, salvoconductos, cartas de marca...

La documentación producida por los propios «hombres de negocios» puede resultar más atractiva, tanto la
relacionada con su negocio como la que lo está con su vida privada. Así, diferentes contratos de trabajo,
desde los contratos de aprendizaje como cartas de soldada, a los de transporte o a los de com pañías que fijan
negocios en común y en los que se mencionan tanto la aportación de cada uno de los socios (capital,
inmuebles, herramientas...) como las actividades a las que se dedicarán y el reparto de sus ganancias o
pérdidas, son documentos preciosos que nos reflejan junto a los arrendamientos, cartas de trueque, cartas de
deuda, de poder, requerimientos, obligaciones de pago ... infinidad de detalles sobre las relaciones sociales,
vecinales y laborales de nuestros hombres. A su lado, sus inventarios, testamentos, cartas de dote y arras...
complementarían el marco de esas relaciones sociales, ilustrando fundamentalmente en ese caso, las de
carácter conyugal y familiar. Toda esta documentación —auténticas piezas preciosas para el historiador— no
se ha conservado desgraciadamente en su integridad, ya que se redactaron privadamente, y tam bién, por la
práctica vigente en la época de destruir sistemáticamente los «papeles» una vez concluidas las operaciones
que los habían generado. Las cartas de fle- tamento, los albaranes, los diferentes contratos perdían valor
concluida la operación o negocio por lo que no merecía la pena guardarse. No se conserva más que en
ocasiones en que han quedado registrados en un protocolo notarial constituyendo los fondos así
denominados, hayan ido a parar a un expediente judicial, o bien, hayan pasado a engrosar el ámbito de otros
depósitos documentales de carácter señorial, eclesiástico o privado-". Es entonces, aquí, donde los podemos
encontrar.

Si después de esta primera aproximación general, nos centráramos en un estudio sobre mercaderes y
artesanos en la época de los Reyes Católicos, de la reina Isabel, nos encontramos en una situación de
indigencia penosa en este tipo de fuentes, sobre todo en el reino de Castilla.

De la documentación municipal podemos esperar fundamentalmente una amplia información integrada por
las ordenanzas municipales —generales o de oficios— y por los libros de actas capitulares, documentos que
nos informan sobre todo de aspectos organizativos, corporativos, de cuestiones relativas al comercio y la
hacienda local, y que también arrojan claras luces sobre la dimensión política del estamento mercantil. A su
lado, no resulta nada desdeñable la documentación portuaria, ya comentada, y que puede resultar abundante
en aquellas localidades beneficiadas con una amplia fachada marítima. Como pequeño botón de muestra,
podríamos fijamos en aquellas ciudades que jugaron un auténtico protagonismo en la época como pueden ser
Burgos y Sevilla o algunos puertos vizcaínos y guipuzcoanos.
Respecto a las localidades vizcaínas y guipuzcoanas debemos destacar el loable esfuerzo de la Sociedad de
Estudios Vascos ofreciéndonos amplias colecciones con los fondos de sus diferentes archivos municipales
que han ido publicándose sin interrupción desde 198753, y que incluyen también, en ocasiones, archivos de
diferentes cofradías de oficios relacionados con el mar54.

En los Archivos de Protocolos vamos a encontrar una gran parte de la documentación que presentamos como
producida por los propios hombres de negocios. Andalucía aparece al respecto como una región claramente
favorecida en el conjunto de la Corona de Castilla, pues tiene el privilegio de contar, como re cientemente ha
expuesto con claridad Ricardo Córdoba55, con unos fondos notariales extraordinarios tanto en número como
en diversidad, sobre todo si se compara con los conservados en otros territorios castellanos, y que
corresponden al período aquí estudiado, segunda mitad del SXV.

Dada esta situación, con las diferencias lógicas motivadas por la mayor proyección exterior de la actividad
comercial, el peso de las fuentes indirectas y extranjeras puede ser grande. Y es gracias a la proyección
exterior como podemos recurrir a fondos documentales de otros países que han tenido la fortuna de
conservarlos mejor. Con el manejo de fuentes directas emanadas en los países con los que se mantuvieron
relaciones comerciales: Inglaterra, Flandes, Italia... es cuando la documentación indirecta cobra más valor.
Todo viene bien y puede ser valioso.

Independientemente de una consulta directa de estos fondos, siempre posible, aunque difícil y costosa, se
puede acceder a una buena parte de los mismos a través de colecciones documentales y repertorios de
diferente tipo. En general, esta documentación recoge fielmente el entramado de unas complejas relaciones,
protagonistas del azaroso juego político económico del momento: privilegios, concesiones, salvoconductos,
cláusulas comerciales en las treguas y tratados... en las que insisten las grandes colecciones documentales
hispanas —clásicas para este periodo— elaboradas por Luis Suárez y Antonio de la Torre72, cuyos aspectos
generales podríamos considerar convenientemente fijados e incluso invariables. Pero también muestran las
rutas, las mercancías, los mercaderes... que durante el período que abarca este trabajo, comercian con o desde
estos países. Muchos nombres y detalles que pueden tener un significado mayor gracias a una identificación
previa. Serían como piezas de un puzzle gigante que por fin podemos encajar. Resultaría conveniente realizar
nuevas lecturas de algunos de los documentos que ofrecen estas grandes colecciones ya que cobrarían
sentido matices que hubiesen pasado totalmente desapercibidos, pues muy diferentes son los intereses y
enfoques de los investigadores.

El Archivo del Reino de Mallorca también nos ofrecerá registros relativos a impuestos ordinarios y
extraordinarios susceptibles, incluso, de análisis estadísticos del movimiento del puerto, así como
autorizaciones o concesiones de privilegio para comerciar con diferentes tipos de mercancías. Pueden
resultar muy ilustrativos los libros de Lezdas de la sección Real Patrimonio. En el Archivo Ca pitular de esta
misma ciudad, además de encontrar «fuentes fiscales», volvemos a encontrar de nuevo registros notariales
con su gran aluvión de documentación privada. Teniendo en cuenta toda esta posible información, se han
identificado un gran número de mercaderes y artesanos, sus idas y venidas, sus actividades profesionales y
privadas... detalles que han dejado rastro y que nos pueden llevar de unas fuentes a otras y trazar un perfil del
conjunto social al que pertenecen. Su seguimiento es un trabajo lento y paciente, pero rentable, sobre todo a
largo plazo, si queremos reconstruir con la mayor claridad posible el mundo artesanal y mercantil hispano.
Creo que debemos seguir insistiendo en la conveniencia de estudios de corte prosopográfico. El punto de
partida más adecuado para un mejor conocimiento del grupo, seria el conocimiento certero de la identidad de
sus miembros. Resulta necesaria una individualización concreta: nombres y apellidos de mercaderes y
artesanos localizados en los diferentes puntos de la geografía peninsular o extranjera que permitan
posteriores análisis comparativos y visiones de conjunto con las lógicas adaptaciones de tiempo y lugar.

De la mano de estas cuestiones y sobre todo de sus respuestas entramos en el mundo urbano del trabajo, ya
que fue normalmente en el núcleo familiar o al menos en el de los más allegados donde se iniciaba el
adiestramiento y se adquiría la primera formación profesional. Tampoco fue infrecuente que se superase el
mismo. Surgen entonces cuestiones como sueldos, remuneraciones, tiempos de empleo, condiciones, lugares,
herramientas, y técnicas de trabajo; también relaciones entre los miembros del grupo: maestro-oficial-
aprendiz, principal-socios o compañeros-factores... y entre los diferentes oficios, niveles de renta... detalles
sobre la vida laboral que se completarían con otros sobre sus ratos de ocio y esparcimiento, costumbres
cotidianas y vida privada, donde ningún detalle, por nimio que parezca, debe despreciarse; vestido, aseo,
alimentación, enfermedad, muerte...Toda esta información debidamente engarzada, es la que nos permitirá
análisis cuantificadores, comparativos, y los sintetizadores tan insistentemente reclamados por todos los
historiadores.

CLASE 7

Castells- Molinier “Crisis del Antiguo Régimen y Revolución Liberal en España (1789-1845)”

En el proceso de la crisis del Antiguo Régimen en España, puesto de manifiesto desde el último tercio del
SXVIII, la coyuntura revolucionaria de la guerra de la Independencia (1808-14) actuó como elemento
desencadenante y desempeñó un papel fundamental. Los niveles de conflictividad política y social se
agudizaron a partir de la invasión del ejército napoleónico (1808) que mostró la fragilidad del Estado
absoluto y posibilitó la introducción de reformas dentro del marco de las revoluciones liberales que siguieron
a la Revolución francesa (1789) Guerra y revolución fueron dos procesos complementarios en este período
histórico, interrumpido por las dos restauraciones absolutistas (1814-20) y (1823-33)

La historiografía liberal la calificó muy pronto como guerra de la Independencia, dándole un contenido
romántico: la lucha de un pueblo contra un ejército invasor que busca la libertad e independencia de su
territorio. En este caso, la guerra y la revolución son dos concomitantes.

El movimiento de 1808 tuvo un carácter antigodoyista, que se manifestó en el motín de Aranjuez, y al mismo
tiempo xenófobo, dentro del contexto europeo de las guerras napoleónicas. Ambos aspectos aparecen de
forma clara en la mayoría de las proclamas de las juntas constituidas para organizar la resistencia en los
planos político y militar (apartado 1), aunque el levantamiento popular se hizo también en defensa de los
valores tradicionales de Religión, Patria y Rey, términos que no tenían sin embargo la misma connotación
para los sectores populares que para el Absolutismo.

Las inoperantes instituciones del país, como el Consejo de Castilla o la Junta Suprema de Gobierno creada
por Fernando VII antes de su marcha a Bayona, fueron desbordadas y deslegitimadas por un levantamiento
popular, amplio y espontáneo, que consolidó un nuevo poder revolucionario y abrió el proceso político que
condujo de las juntas creadas por la presión popular a la constitución de una Junta Central (septiembre de
1808), la cual organizó la convocatoria de Cortes (1 de enero de 1810), llevada a efecto por el Consejo de
Regencia (25 de enero de 1810), que se reunieron en Cádiz en septiembre de 1810. La resistencia armada y
el proceso militar de la guerra puso en evidencia la incapacidad del ejército regular español para enfrentarse
a un ejército mejor pertrechado como el francés, y la necesidad de otras fuerzas irregulares como las
guerrillas, partidas, milicias honradas, migueletes, somatenes, etc., adaptadas a cada uno de los territorios y
provincias. La sublevación generalizada (el pueblo en armas) desde el mes de mayo de 1808 convirtió el
conflicto bélico en una guerra que no será de conquista ni convencional, sino irregular. Los conflictos entre
el poder civil y el militar, así como entre ambos y la población civil, fueron constantes. Los abusos de los
militares fueron numerosos y su inoperancia se hizo evidente en múltiples ocasiones.

Más que para defender la recién creada «nación española», la lucha popular se convirtió en un objeti vo más
concreto e inmediato: la lucha por la subsistencia, defensa de sus vidas y bienes. Esto es lo que significaba el
constitucionalismo como expresión de la nueva cultura política del siglo. La Constitución gaditana fue la ex -
presión más genuina del primer liberalismo español, que hunde sus raíces en la propia tradición histórica de
las Cortes medievales como en el liberalismo político inglés-francés. El medio cultural y el contexto
histórico en que se gestó el constitucionalismo (1812) explica el discurso político que se impuso: vinculación
de las ideas de libertad e independencia a un proceso de liberación nacional, que voluntariamente no quiere
romper con la tradición (historicismo, confesionalidad del Estado, etc.). La proclamación de la Constitución
inauguró un tiempo político e histórico nuevo, diferente al Antiguo Régimen, aunque trabajara con
materiales acarreados por él. La nueva cultura política se ordenaba sobre los principios de la razón,
libertad e igualdad, y se creó con ella el nuevo lenguaje político y los principios éticos del primer
liberalismo. Por ello la Constitución de Cádiz se convirtió en el referente simbólico de las libertades españo -
las a lo largo de su historia contemporánea.

La guerra (1808-14) causó una fractura interna entre los españoles. Más de cien mil personas colaboraron
con el poder intruso y alrededor de dos millones de españoles prestaron juramento a José Bonaparte, El
afrancesamiento (apartado 3) suponía sin embargo una opción política reformista frente al inmovilismo del
Absolutismo y frente a la alternativa rupturista liberal.

Las proclamas de las juntas muestran las particularidades locales y la conflictividad social que acompañaron
al levantamiento popular de mayo-junio (1808) Surgidos con carácter provisional, estos organismos
revolucionarios por su origen intentaron enraizarse con las instituciones del pasado. Aunque no hubo
contradicción entre anticentralismo y unidad sí se manifestó la rivalidad de las juntas por hegemonizar la
constitución de un Gobierno central o por establecer un gobierno federativo apoyado en las juntas
provinciales, dejando sólo a la Junta Central los asuntos de alta política. A pesar de la división in terna de esta
Junta Central, se impuso el sector liberal lo que impulsó el proceso constituyente.

La guerrilla fue la forma de participación popular en la guerra ya que la resistencia al encuadramiento en el


ejército hizo que la población prefiriese la guerra irregular, que muchas juntas fomentaron apoyándose en los
marcos tradicionales, como era el caso de los somatenes en Cataluña. La Junta Central trató de regular la
proliferación de las guerrillas mediante reglamentos, pero los conflictos (entre poder civil y militar) y la
población civil fueron constantes. La anarquía y la insubordinación a las autoridades constituidas crece en
lugar de disminuir, en los más de los lugares de la Provincia el desenfreno es común; el débil es presa del
más fuerte; los vengativos aprovechan estos momentos para satisfacer a sus resentimientos; la Junta de León
ha sido despreciada en algunas partes y sus providencias pisadas especialmente en la villa de Sahagún donde
la canalla ha puesto fuego a la casa del administrador de Rentas de aquella villa; el propietario nada tiene
seguro.

La Junta Suprema de Gobierno fue un órgano de regencia instituido el 10 de abril de 1808 por el


rey Fernando VII de España, que sería la encargada de dirigir los asuntos del reino en su ausencia, cuando
tuvo que viajar a Francia convocado por Napoleón, nombrando a su tío el infante Antonio Pascual como
presidente. Después de la huida de este hacia Bayona el 4 de mayo de 1808, fue presidida por el
general Murat, Lugarteniente de Napoleón en España, hasta la llegada de José Bonaparte como nuevo rey de
España.

La clase de guerra con que se ven atacadas las Provincias de España exige también se mude inmediatamente
de sistema; la guerra de partidas es indispensable y su utilidad se manifestará desde el momento en que se
empiezen a hacer ensayos. Los valientes habitantes de las comarcas amenazadas de enemigos o ocupadas por
partidas sueltas de ellos, deben hacer este género de guerra juntándose en gruesas cuadrillas armadas a su
manera, apostadas en parages que les sean conocidos, donde pueden estar a la espera de golpes seguros
aunque sean pequeños, que le afiance la presa, y les satisfaga e indemnize de sus trabajos y constancia

La defensa de la Patria y del Rey, la de las Leyes, la de la Religión, la de los derechos todos del hombre,
atropellados y violados de una manera que no tiene exemplo por el Emperador de los Franceses Napoleón, y
por sus tropas en España, forzó a la Nación toda a tomar las armas y a elegir una forma de gobierno [...].
Esta Junta Suprema declara abiertamente que desde los principios, y ahora está persuadida, que es necesario
del todo este Gobierno Supremo, y que sin él peligra la Patria, y sus enemigos hallarán medios de arruinarla
y acabarla [...].

Junta de Sevilla (1808)

El Reyno se halló repentinamente sin Rey y sin Gobierno, situación verdaderamente desconocida en nuestra
historia y en nuestras leyes. El pueblo reasumió legalmente el poder de crear un Gobierno. Sólo añadiremos
que las Juntas Supremas de las Provincias deben permanecer formadas con sus tratamientos y distinciones, y
con el gobierno económico de sus Provincias hasta el fin de la actual situación; pero con la subordinación
necesaria al Supremo Gobierno

Mas luego que la capital se vio libre de enemigos, y la comunicación de las Provincias fue restablecida, la
autoridad dividida en tantos puntos quantas eran las Juntas Provinciales, debía reunirse en un centro desde
donde obrase con toda actividad y fuerza necesarias. Tal Ríe el voto de la opinión pública, y tal el partido
que al instante adoptaron las Provincias. Sus Juntas respectivas nombraron Diputados que concurrieron á
formar este centro de autoridad [...]. (La Junta cree necesario mantener un ejército de quinientos cincuenta
mil hombres efectivos y los auxilios necesarios que saldrían de la ayuda inglesa y de las rentas públicas
distribuidas con equidad.)

La Patria, Españoles, no debe ser ya un nombre vano y vago para vosotros: debe significar en vuestros oídos
y en vuestro corazón el santuario de las leyes y de las costumbres, el campo de los talentos y la
recompensada de las virtudes.

Sí, Españoles: amanecería el gran día en que según los votos uniformes de nuestro amado Rey, y de sus
leales pueblos, se establezca la Monarquía sobre bases sólidas y duraderas. Tendréis entonces leyes
fundamentales, benéficas, amigas del urden, entrenadoras del poder arbitrario; y restablecidos así, y
asegurados vuestros verdaderos derechos, os complaceréis al contemplar un monumento digno de vosotros
y del Monarca que ha de velar en conservarle, bendiciendo entre tantas desventuras la parte que los pueblos
habrán tenido en su erección. La Junta se compromete solemnemente a que tengáis esa Patria, que habéis
invocado con tanto entusiasmo, y defendido, ó más bien conquistado, con tanto valor.

La revolución española tendrá de este modo caracteres enteramente diversos de los que se han visto en la
francesa. Esta empezó en intrigas interiores y mezquinas de cortesanos; la nuestra en la necesidad de
repeler un agresor injusto y poderoso: había en aquellas tantas opiniones sobre forma de gobierno, quantas
eran las facciones, o por mejor decir, las personas; en la nuestra no hay más que una opinión, un voto
general; Monarquía hereditaria, y FERNANDO SÉPTIMO REY; los franceses han derramado torrentes de
sangre en los tiempos de su anarquía; no han proclamado principio que no hayan desconocido.

Desde 1808, la opinión pública, tamizada por la censura y la Inquisición, pudo manifestarse antes incluso
que se declara la libertad de imprenta (1810) Surgió desde entonces un nuevo vocabulario político, el del
primer liberalismo y constitucionalismo español. Era la nación la preocupación primera de la Constitución
(1812) pues sólo las leyes sabias y justas podían proteger los derechos de las personas. El control nacional de
la religión en detrimento de la libertad confesional se consideró podía resultar liberador y jugar un papel de
cohesión nacional en el seno de una Monarquía católica. Las referencias históricas (el historicismo) de la
Constitución de Cádiz no era una mera retórica, sino la expresión de que los diputados gaditanos buscaron un
sistema constitucional sobre el que pudiera fundamentarse una libertad históricamente ausente, y la
coyuntura de la guerra de la Independencia les brindó la ocasión insólita para realizar un proyecto
constitucional adaptado a su época, a su historia y a sus circunstancias. El nuevo régimen constitucional,
aunque inspirado en la Constitución francesa (1791) no era una copia de la misma, como argumentaban los
conservadores, aunque sí sustentaba el mismo concepto de nación y de soberanía nacional que los
revolucionarios franceses.
El conflicto bélico permitió, en un primer momento, el que se iniciaran en 1810 unas Cortes con mayoría de
diputados liberales, al tener que elegirse los diputados suplentes entre la población refugiada en Cádiz. La
progresiva retirada de los franceses favoreció, desde 1812, la incorporación de los diputados titulares, de ta-
lante menos radical, y pese a que se logró la abolición de la Inquisición, la correlación de fuerzas ya había
cambiado entonces, a favor de los absolutistas, lo que queda reflejado en la composición de las Cortes
ordinarias (1813-14). La minoría liberal que hizo la reforma gaditana era un grupo heterogéneo en cuanto a
su origen social, que se consideraba representante del pueblo frente a los privilegiados, pero estaba lejos de
reflejar la situación real dé la sociedad española. Lograron sin embargo esbozar una profunda revolución
social al intentar sustituir el viejo orden social por una nueva sociedad en que la igualdad legal y la
ampliación del número de propietarios permitiera el acceso de los más capaces de acuerdo con el ideal
meritocrático de la época

Vamos a nuestras ideas liberales. Así llamamos a las que no sólo excitan al conocimiento, amor y posesión
de la libertad, sino que propenden a extender su benéfica influencia. Hay algunas personas no tan versadas
ciertamente en el buen romance castellano como en el francés, o tampoco ducha en uno y en otro como muy
aferradas en sus rancias preocupaciones, que condenan la expresión liberales en el sentido que acabamos de
significar, como novedad disonante en nuestro idioma; conceptúan la luego galicismo y a fe que no lo es.

No es de los franceses de quienes la hemos tomado, sino de los romanos; los cuales, a todos los ejercicios,
profesiones y aun pensamientos propios o dignos de hombres libres los llamaban liberales [...]. En este
mismo sentido, llamaban, y llamamos nosotros aún liberales a ciertas artes (señaladamente las de ingenio)
que ejercían en Roma los ciudadanos, a diferencia de las mecánicas o serviles, en que traba jaban los
esclavos.

Como entre nosotros, gracias en parte a nuestra religión, casi no se conoce esa diferencia de hombres libres y
esclavos, pero, ni tampoco se ha hablado redondamente el idioma de la libertad, se ha oscurecido algún tanto
este significado del calificativo liberal. Ahora es cuando debemos esclarecerlo; ahora que derramamos
liberalmente nuestra sangre peleando por asegurar nuestra libertad contra todo linaje de tiranía, es cuando
debemos dar toda su latitud a la palabra liberales, fijando sus legítimas acepciones y estampándolas
hondamente en el alma, para no tener pensamiento, obra ni palabra que desmerezca de un español, es decir,
de un hombre fuerte, constante y liberal.

Los males de la nación son muchos y muy graves; necesitamos para curarlos aplicarles todos los auxilios
posibles. Apartemos, pues, todos los obstáculos que impidan difundirse las luces que deben diri gir tantas y
tan difíciles operaciones. [...] La libertad de imprenta no se opone a ningún precepto del Evangelio. Por el
contrario, es conforme al espíritu de su doctrina. [...] Tampoco se opone a la verdadera política ni a las
costumbres, antes bien, ella sola podrá romper la cadena inmensa de males que el error y la tiranía hicieron
sufrir en todos a los infelices humanos. El primer paso que siempre han dado los tiranos para esclavizar a los
pueblos es la prohibición de escribir y de hablar con el fin de lograr por este medio que los hombres no tu -
viesen un lenguaje contrario a sus ideas tiránicas y ambiciosas, precisándolos de este modo a ser, en vez de
ciudadanos francos e instruidos, esclavos hipócritas y estúpidos. Desengañémonos, sin libertad de imprenta
no pueden difundirse las luces, y sin ellas no puede haber reforma útil y estable, ni los españoles podrán
jamás ser libres ni felices. Sin esta libertad, el patriotismo se amortigua y desaparece. Es la única
salvaguardia de la confianza y seguridad individual.

La Comisión había presentado el artículo concebido en los términos siguientes: La nación española profesa
la religión católica, apostólica, romana, única verdadera, con exclusión de cualquier otra Iguanzo pidió se
especificase que la religión católica debía subsistir perpetuamente, sin que alguno que no la profesase
pudiese ser tenido por español ni gozar los derechos de tal. Volvió, por lo mismo, el artículo a la Comisión.,
que lo modificó de esta manera: La religión de la nación española es, y será perpetuamente, la católica,
apostólica y romana, única verdadera. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio
de cualquier otra.

Le aprobaron así las Cortes, sin que se moviese discusión alguna ni en pro ni en contra... Pensaron, sin
embargo, varios diputados afectos a la tolerancia en oponerse al artículo, o por lo menos en procurar
modificarle. Mas, pesadas todas las razones, les pareció por entonces prudente no urgar el asunto, pues
necesario es conllevar a veces ciertas preocupaciones para destruir otras que allanan el camino y conduzcan
al aniquilamiento de las más arraigadas... Además, el artículo, bien considerado, era en sí mismo anuncio de
otras mejoras: la religión, decía será protegida por leyes, sabias y justas. Cláusula que se enderezaba a
impedir el restablecimiento de la Inquisición, para cuya providencia preparábase desde muy atrás el partido
liberal. Y de consiguiente, en un país donde se destruye tan bárbara institución, en donde existe la libertad de
la imprenta, y se aseguran los derechos políticos y civiles por medio de instituciones generosas.

Para comprender y poder juzgar debidamente el efecto que la publicación de la Constitución de 1812 pudo
haber hecho en los ánimos de la Nación, es preciso examinar en qué clases estaba dividida en tonces, y sobre
todo la situación en que se hallaban los negocios de la guerra nacional... Sin riesgo de padecer
equivocaciones podemos dividir la España de aquella época como casi las naciones que pasan por cultas, en
tres grandes divisiones. 1.a Clases bajas. 2.a Clases medias. 3.a Clases privilegiadas.

Que lo que se llaman clases bajas no estaba ni podía estar a la altura de los principios consignados en la
Constitución; que no podía comprender ni la verdadera importancia ni el verdadero objeto, ni aun las
consecuencias de esta ley fundamental, es una verdad incuestionable para cualquiera que examine el estado
de nuestras sociedades... El (pueblo) español estaba acostumbrado en aquella época á obedecer á quien le
daba leyes, á respetar el nombre de un rey á quien veneraba como un ente superior, sin mezclarse de teorías
ni principios de gobierno que estaba tan fuera de los límites de su inteligencia. La gue era el único objeto de
toda su atención. [...] Es pues de toda evidencia que lo que se llama pueblo español se mostró á todo mas in-
diferente hacia la Constitución de 1812. [...] Las clases medias de la sociedad se hallaban en muy distintas
circunstancias. Mas instruidas, y sin las pretensiones exclusivas de la aristocracia, no podían menos de
aplaudir reformas en política, cuyo deseo se había hecho sentir y manifestar de un modo tan enérgico. El
comercio, la industria, los propietarios, los artesanos regularmente acomodados, los abogados, todos los
hombres instruidos, las clases superiores del egército, y hasta un grande número de individuos del clero,
todos aplaudieron la Constitución como una obra de sabiduría, como un medio necesario para sacar a la
Nación de su envilecimiento social y de ponerla al nivel de la civilización del siglo. [...] Pasemos ahora a las
clases privilegiadas que prosperaban al abrigo de la misma perpetuidad de estos abusos. La Constitución ha-
blaba en nombre de la razón, de la justicia, de la libertad, de la igualdad civil, de la regeneración social en el
sentido que pedía el espíritu del siglo. Era, pues, segura la alarma en el campo de los protectores de la
ignorancia que tanto les servía, de los amigos de los abusos á que debían su crédito, su influencia y sus
riquezas. La Constitución debió, pues, de ser el objeto de su prevención y de sus odios, el blanco de sus
acusaciones y de sus calumnias.

Incorporación de los señoríos jurisdiccionales a la nación; los territoriales quedarán como propiedades
particulares; abolición de los privilegios exclusivos, privativos y prohibitivos; modo de reintegrar a los que
obtengan estas prerrogativas por título oneroso, o por recompensa de grandes servicios. Nadie puede
llamarse señor de vasallos, ni ejercer jurisdicción, etc.
Las Cortes generales y extraordinarias, considerando que la reducción de los terrenos comunes a dominio
particular es una de las providencias que más imperiosamente reclaman el bien de los pueblos y el fomento
de la agricultura e industria, y queriendo al mismo tiempo proporcionar con esta clase de tierras un auxilio a
las necesidades públicas, un premio a los benes méritos defensores de la patria, y un socorro a los ciudadanos
no propietarios.
Los Señores no permitían que regásepios nuestros Campos con la agua del río, sin obligamos primero a
pagar un tributo; nos obligaban a moler el trigo en su molino; a cocer el pan en su horno; éramos los únicos
que íbamos a bagaje; nos metían en la cárcel sin más que porque lo quería el Señor. Ahora todos estos abusos
están abolidos; todos somos iguales delante de la-ley. Nuestros hijos, que no podían ser nada porque no eran
nobles, estaban condenados a la oscuridad; ahora por sus virtudes y luces pueden obtener todos los empleos
de la patria, y hasta ser Regentes del Reino,

Antes, los señores, nos ponían los gobernantes; ahora nosotros elegimos nuestros regidores, nuestros alcaldes
y nuestros representantes en el Congreso. Si no son mejores, nosotros tenemos la culpa. Si hu biésemos
enviado allá labradores, comerciantes y artesanos, y no clérigos, canónigos ni obispos, no veríamos
amenazada nuestra Constitución y la libertad; ¿Cómo queréis que hagan leyes en nuestro provecho si su
interés estriba en que se aumenten los diezmos y las primicias? Nosotros tenemos la culpa de haberlos
nombrado. Los que huelgan y viven de nuestras riquezas, son los que atentan más contra la Consti tución y
nuestra libertad.

Los motivos de los colaboracionistas con el régimen de José Bona- parte fueron diferentes, aunque sí hubo
una minoría cuyo afrancesa- miento se explica por razones de convicción ideológica, y que propo nía otra
alternativa reformista frente a la quiebra del Antiguo Régimen (documentos 44 y 46). También era muy
diverso su perfil sociológico: políticos y funcionarios civiles, militares, eclesiásticos, aristócratas y hombres
de letras, negociantes y propietarios, o incluso hombres de extracción humilde. De las doce mil familias de
españoles que emprendieron el exilio político a partir de 1813, el 79 % de la población civil procedía del
funcionariado de la administración y de la clase política, y casi una cuarta parte eran militares (documento
45). Todos se vieron envueltos por la represión de Fernando VII, que amalgamó a liberales y afrancesados
(47), desapareciendo estos últimos como grupo político, decidiendo cada individuo su actitud política futura,
aunque con una tendencia mayoritaria a formar parte de la derecha liberal.

Enterado el Rey de que muchos de los que abiertamente se declararon parciales y autores del Gobierno
intruso tratan de volver a España; que algunos de ellos están en Madrid, y que de ellos hay quien usa en
público de aquellos distintivos que únicamente es dado usar a personas leales y de mérito; se ha servido
resolver, para evitar la justa pesadumbre que en esto reciben los buenos, y las funestas consecuencia que se
podrían seguir de permitir que indistintamente regre sen a sus dominios los que se hallen en Francia y
salieron en pos de las banderas del intruso, que se titulaba rey

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