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Entrevista a Luis Pedernera, coordinador del Comité de los Derechos

del Niño de Ielsur

Pedagogía del barrote

Tapando el sol con barrotes

El futuro entre rejas

La escuela de la cárcel

Prisión inicial

El marzo de este año el Partido Colorado inició oficialmente la


recolección de firmas para habilitar un plebiscito sobre la baja de la
edad de imputabilidad, a la que luego se sumó el Herrerismo, sector
mayoritario del Partido Nacional. Según sus promotores, esta
iniciativa es una respuesta a los “dramáticos” problemas de
seguridad que vive nuestro país y viene a recoger el clamor de la
ciudadanía por soluciones en ese sentido. En el otro extremo, es
unánime la opinión de los especialistas que señalan que este tipo de
medidas –que vienen fracasando en todos los países donde se
aplicaron–, obedecen más al oportunismo político que busca
capitalizar la sensación de inseguridad resultante de la saturación
mediática que tiene el tema, que a una búsqueda de soluciones
reales. Para abonar esta discusión, Periscopio entrevistó a Luis
Pedernera, coordinador del Comité de los Derechos del Niño de
Ielsur (Instituto de Estudios Legales y Sociales del Uruguay).

¿Qué posición tiene Ielsur con respecto al proyecto de rebaja de


la edad de Imputabilidad promovido por el Partido Colorado?

Estamos en contra de estas propuestas y además bastante


preocupados por el escenario que se plantea a raíz de su
presentación, que hace de las infracciones cometidas por
adolescentes el centro de atención, capitalizando mucho el
sentimiento de temor de cierta parte de la población. Esto no
obedece a ningún dato que sea corroborable desde la realidad: los
guarismos marcan que la situación en Uruguay sigue siendo la
misma desde la década de los 90, que no hubo variaciones
importantes en la participación de menores en hechos delictivos.
Pero si nos atenemos a lo que se difunde en los medios de
comunicación pareciera que estamos a la deriva de jóvenes cada vez
más chicos y peligrosos, lo que es totalmente falso y que no pasa de
una maniobra política con la que busca capitalizar la derecha más
conservadora de este país.
Considero que la izquierda, con los elementos que tiene para
enfrentar y partir con otro tipo de discurso, entra sin embargo en el
juego y de cierta forma es cómplice de esta gran mentira con la que
se engaña a la gente: se le dice que se va a resolver el problema de
inseguridad plebiscitando en el 2014 o aprobando en el correr de
este año los acuerdos que lograron en la Comisión Bicameral sobre
Seguridad a nivel parlamentario los cuatro partidos, pero todas esas
propuestas, a no ser la de crear el Instituto de Responsabilidad
Adolescente (IRA) van en la línea de endurecer los sistemas
penales. Y la experiencia marca que no ha habido país en el mundo
donde el endurecimiento de los sistemas penales haya sido una
solución; es más: es un problema que en muy poco tiempo va a estar
de nuevo instalado y la gente se va a dar cuenta y se va a sentir
traicionada, por la sencilla razón de que la problemática de la
inseguridad obedece a una cantidad de otros factores que son los
que no están en discusión en estos planteos.

¿Cuáles por ejemplo?

Miremos uno: el del Instituto de Rehabilitación; ¿qué es lo que se


discute? Nosotros monitoreamos permanentemente los centros de
detención haciendo visitas periódicas y manteniendo un contacto
constante con gente de adentro que nos informa; desde hace más de
10 años venimos denunciando que se prioriza la seguridad por sobre
lo socioeducativo y que los adolescentes están medicados como
respuesta a un encierro que en general supera las 20 horas diarias.
Obviamente la respuesta de cualquiera expuesto a ese sistema no
puede ser buena: eso es una olla a presión. Los partidos políticos
acordaron la creación del IRA y no tenemos idea de cuáles serán las
propuestas y los contenidos que se van a implementar, pero sí
sabemos las medidas de seguridad para que los gurises no se
fuguen.
Entonces, obviamente, cuando todo gira entorno a una preocupación
–que es la de evitar las fugas– y todos los demás aspectos quedan
en segundo plano, las respuestas van a ser pobres, pero también
ineficientes.
Cuando decimos que todos los países que han planteado el
endurecimiento de las penas como alternativa a la inseguridad han
fracasado, lo decimos con propiedad, porque el nuestro es uno de
los que transitó ese proceso: en el año 1995 se aprobó la primera
Ley de Seguridad Ciudadana acordada por todos los partidos
políticos, en negociaciones previas al segundo gobierno de (Julio
María) Sanguinetti. Desde ese momento hasta la fecha lo único que
hubo es el aumento y endurecimiento de las penas y la creación de
nuevos delitos, y el resultado es que seguimos tan inseguros como
entonces, cuando los políticos prometían que la aprobación de esa
ley iba a resolver los problemas de inseguridad.
Lo que sí cambió es que llegamos a nuestros días con cárceles en
estado de emergencia –definida por el gobierno– con un
hacinamiento brutal y sin resolver el problema de fondo, porque los
problemas de inseguridad no se resuelven desde una perspectiva
punitiva. Hay que ser claro en esto: los sistemas penales no
resuelven ningún tema de seguridad porque lo que hacen es
congelar el problema, apropiarse del conflicto, poner presa a una
persona que luego va a salir con un máster en delincuencia cursado
entre rejas.
Y en términos fríamente financieros, que parece ser lo que más nos
alarma, un adolescente privado de libertad hoy al Inau (Instituto del
Niño y Adolescente del Uruguay) le sale 2000 dólares mensuales y
las perspectivas de reincidencia rondan entre el 60 y 70 por ciento;
en cambio mediante un sistema de pena no privativa de libertad le
sale 300 dólares, que es lo que cobra la ONG que se hace cargo, y
los niveles de reincidencia no llegan al 20 por ciento.
Entonces ahondar en medidas que apunten a aumentar la privación
de libertad es profundizar la crisis, porque de esa inversión
descabellada que hace el Estado en cada preso no está saliendo
ninguna solución. Y no hay que olvidarse que más allá de la
eficiencia en cuanto a costos, lo que realmente interesa a la sociedad
es que quien delinquió no reincida, y en ese sentido es muy clara la
ineficiencia de la cárcel. En cambio, las penas no privativas de
libertad mejoran sensiblemente las perspectivas porque hay todo un
dispositivo de atención y seguimiento de la situación del adolescente
para su reinserción. Pero además, cuando Uruguay ratificó la
Convención de los Derechos del Niño, se comprometió a invertir el
esquema, donde este tipo de penas son las primeras que se deciden,
y la privación de libertad el último recurso. Eso no se viene
cumpliendo para nada: en algunos períodos aislados se ha logrado
equiparar las privativas con las no privativas de libertad, pero estas
últimas siguen siendo dominantes como respuesta desde el Poder
Judicial cuando el adolescente entra al sistema. La Convención es
clara: dice que la cárcel es mala y tiene que ser por el menor tiempo
posible y evitarse a todo costo. Es más: agrega que la
“judicialización” tiene que darse sólo en aquellos casos donde no
provoque más daño del que dice querer evitar.
La Convención tiene 20 años de vigencia en nuestro país, pero
demoramos 14 en cambiar la legislación para adecuarla a los
estándares marcados por este compromiso y al poco tiempo ya se
empezaron a hacer reformas en el sentido de contemplar las
posiciones que señalaban que la ley era muy laxa y otorgaba
derechos desmesurados a los gurises. En este proceso una cuota
importante de culpa la tiene la policía, porque con la Ley de
Procedimientos Policiales, aprobada en la administración pasada, se
derogaron varios derechos y garantías planteados en el Código de la
Niñez y la Adolescencia.
Creo que los sectores de la oposición que hoy promueven esta
propuesta de baja de la edad de imputabilidad, junto con los datos
que está proporcionando el Ministerio del Interior (MI), no contribuyen
a que se genere un debate serio, con los elementos suficientes, para
que se desmitifique el sistema penal, que no ha dado soluciones en
ningún lado.

Siendo tan contundentes los argumentos teóricos y la


experiencia internacional con respecto a la ineficiencia de bajar
la edad de imputabilidad como forma mejorar la seguridad, ¿por
qué se insiste en estos planteos y con tan poca resistencia por
parte de la izquierda, que históricamente ha militado en contra
de este tipo de medidas?

Yo creo que la izquierda no supo construir un posicionamiento claro


en este terreno y cayó en la trampa, quedó embretada en este
discurso de la “inseguridad” y en la necesidad de producir
respuestas inmediatistas.
En los 90, en pleno auge del neoliberalismo, en toda América Latina
los sectores más conservadores hacían uso de este tipo de
propuestas –porque son argumentos que generan una visibilidad
instantánea a nivel de los medios de comunicación y que a su vez
producen rápidos consensos– como forma de distraer la atención
sobre el tema de fondo que era la condición socioeconómica que
padecía gran parte de la población.
Por eso es menos comprensible que hoy, con datos
macroeconómicos que marcan una mejora sustancial de la situación,
con un crecimiento sostenido del producto interno en los últimos siete
años, la izquierda caiga en este juego en el que sólo saca réditos la
oposición, que además de mucha prensa, logra opacar los avances
que se ha logrado en el terreno de las políticas sociales, que son un
factor de fondo que sí contribuye a generar alternativas en el terreno
de la seguridad.

O sea que para vos estaríamos ante un operativo político, pero


sobre todo mediático con esta iniciativa…

Estos operativos obedecen a una lógica que se sustenta a partir de


la idea de un “enemigo”; Carl Smith* fue uno de los ideólogos de esta
“guerra a un enemigo” como estrategia para encolumnar detrás de
una causa a la sociedad que se considera “buena”. En Uruguay este
tipo de lógicas operan de una forma muy clara: tenemos muy pocos
niños –somos un país de tasa de crecimiento de población
envejecido– y son ellos los que más sufren las consecuencias de la
pobreza. Habiendo bajado los indicadores, como se registra en los
últimos años, la pobreza se sigue concentrando –en el entorno del
30%– en los niños de 0 a 5 años; ese es un dato estructural que no
se ha podido revertir. Entonces, en un país de viejos, donde los niños
son pocos, es fácil crear al “enemigo” en la figura del adolescente.
Corrámonos un segundo de la escena penal y pensemos en las
propuestas que vienen haciendo los docentes de Secundaria frente a
algunos hechos de violencia que se han registrado en liceos: lo que
piden son rejas y 222. O sea que el centro de estudio, que se supone
que es el escenario privilegiado para manejar los conflictos de los
gurises apela a una lógica de enfrentamiento donde lo punitivo es la
primer medida que se toma frente a un problema. Esto me parece lo
más preocupante, porque ya está comprobado que el resultado de
estas formas de tramitar el conflicto social es el corrimiento hacia
sociedades cada vez más autoritarias. Miremos sino lo que está
pasando: la gente aplaudiendo los operativos de saturación, las
balas de goma, juntando firmas para bajar la edad de imputabilidad…
Y lo interesante es que nadie ve que en algún momento le puede
tocar estar protagonizando una situación así; el peor razonamiento
en este terreno es pensar que esto es un problema de “otros”. Si bien
hay mecanismos estructurales del funcionamiento de los sistemas
penales por los cuales se selecciona a la población, en realidad
todos cometemos delitos, pero lo que ocurre es que tenemos cierta
“cobertura” para pasar frete a la principal agencia criminalizadota que
es la policía. Pero circunstancialmente cualquiera puede perder esa
cobertura y caer en el universo de la criminalización; creo que la
gente pierde la perspectiva de que ese endurecimiento de las
normas nos termina afectando a todos.
Un viejo abogado me enseñó que las leyes de seguridad, votadas en
tiempo de democracia, en tiempos de inestabilidad política se
vuelven en primer término contra aquellos que las votaron. El ponía
como ejemplo la Ley de Seguridad del Estado, votada en 1972 por
los partidos políticos, que resultó ser la antesala del Golpe de
Estado. O sea que hay que tener cuidado, y no estoy diciendo con
esto que estemos en un escenario de golpe de estado, pero lo que sí
creo es que los derechos y garantías fundamentales se ven
seriamente afectados con este tipo de propuestas.
Allá por el norte son especialistas en la aplicación de estas
estrategias; el “Patriot Act” por citar algo reciente: fue necesario la
construcción de un enemigo siniestro como Bin Laden para que en
Estados Unidos se llevara a cabo un recorte salvaje de las libertades
civiles. Acá está pasando algo similar, pero el enemigo usado para
recortar las libertades y bajar los estándares es el “adolescente”.
Por ejemplo, los homicidios y las violaciones no llegan al 2 % del tipo
de delitos que se registran en el sistema penal de los adolescentes.
Pero la idea del “menor” desquiciado, armado y drogado que pone en
vilo a la sociedad es la excepción absoluta que sin embargo es
usada por quienes promueven los recortes para generar la alarma
pública –show mediante en las crónicas rojas de los noticieros– y
convencer a la ciudadanía de que hay que cambiar con urgencia en
ese sentido.
Para mí el operativo es evidente; miremos sino la paradoja de esta
reforma constitucional que promueve Pedro Bordaberry: propone
reformar en el 2014 el tema de la creación de un Instituto de
Rehabilitación cuando en marzo de este año los cuatro partidos con
representación parlamentaria –entre ellos el del señor Bordaberry–
suscribieron el acuerdo de crearlo. Es muy poco serio.
A esta altura creo importante aclarar algo: nosotros no defendemos
la impunidad de los adolescentes que cometen delitos; lo que sí
creemos es que el abordaje de esas situaciones tiene que darse por
fuera de lo punitivo, que es una de las formas posibles de pasar por
el tamiz de los conflictos sociales, pero no la única. Por ejemplo, esto
se podría encarar desde lo terapéutico –diciendo que estos gurises
son todos enfermos y la intervención debería darse a través de un
sistema médico–; pero otro podrá decir que son el resultado de la
acumulación de años de problemáticas sociales, por ende su
realidad nos involucra a todos, por lo que tenemos que construir
métodos para intervenir en el conflicto trabajando la responsabilidad
desde un sistema de mediación.
¿Ielsur ha presentado propuestas concretas al gobierno sobre
cómo trabajar el tema?

Desde 1996 venimos insistiendo con que la colonia Berro tiene que
cerrar, porque es un sistema que tiene que desaparecer para dejar
lugar a otro donde la base sean las penas no privativas de libertad –
libertad vigilada, trabajo comunitario, reparación del daño–, y en
aquellos delitos graves, donde sea necesario algún tipo de
contención que no dan estas medidas –que además son la minoría
de los casos– hay que discutir propuestas.
En el 2008 el directorio de INAU resolvió cerrar el Ser de la colonia
Berro, sin embargo esa decisión quedó como en el limbo. Cuando
fuimos, a fines de ese año a monitorear, nos encontramos con un
lugar casi vacío, con 3 adolescentes internados; pero en la visita de
este año constatamos que el SER está de nuevo desbordado, con
gurises hacinados y en regímenes de hasta 24 horas de encierro.
Para enfrentar esta situación hace falta mucha voluntad política y,
contrariamente a lo que muchos piensan, no hace falta más gasto:
en estas últimas dos administraciones se destinaron recursos
humanos y materiales al INAU como nunca antes.
Nosotros hemos venido presentado muchas propuestas al gobierno;
en cada informe no deben de haber menos de 10. Pero en términos
generales lo que pedimos es una política estable y alineada con la
implementación de planes y programas socioeducativos por
institución y adaptados a las características particulares de cada una.
Otra propuesta puede ser la creación de la figura del mediador de
conflictos –que está dentro de las sugerencias de Naciones Unidas
para centros de reclusión de menores– para que se encargue de los
conflictos que se dan entre adolescentes en esas condiciones de
privación de libertad.
Otro cambio propuesto es el ir abriendo de a poco el centro de
detención a la comunidad, para que aquellos que están recluidos y
en algún momento van a salir no estén tan aislados. Para eso está
bueno que usen los servicios de salud de la zona, que tengan una
extensión educativa o laboral y todo tipo de actividades que los
conecten con la sociedad.
Todas estas propuestas hoy no se discuten, y la preocupación
parece ir siempre en el sentido de endurecer las medidas de
seguridad. Una amigo ponía un ejemplo al respecto de esta lógica
que me parece interesante: pensemos en el Estadio Centenario en
días de clásico y las zonas de exclusión que marca la policía;
empezó bordeando el perímetro del predio y en la actualidad ya está
a la altura de Brito del Pino y Soca, a varias cuadras del estadio y
cada vez se corre más hacia afuera. Esto lo que muestra es que no
se ha dado en el clavo para generar una respuesta a los problemas
de inseguridad que se dan en espectáculos de estas características,
y lo que se hace es intensificar las medidas que vienen mostrando
ser ineficientes. Es tiempo de abrir otros paraguas…