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Novela.

Angela Sánchez
Novela.
Angela Sánchez

Escribir acerca de una historia real. Armar con palabras la suerte dolorosa de aquellos que la

sufrieron en carne y hueso pareciera, a veces, una actitud conmovedora por parte de un escritor.

Imaginemos un escritor flaco que fuma y escribe de noche, con un vaso de vino al alcance de la

mano, camisa aporreada de lavados y vaquero, durante el proceso creativo. La ilusión de publicar

su obra y tal vez ganar algún dinero, ser merecedor de algún reportaje o de una invitación para

dar alguna charla entre amigos que organizan encuentros literarios.

Podría ser el autor de esta historia, pero no lo es. Es mujer y con muchas menos ambiciones

que le dan el pertenecer a su género, escribir, tecleando de a ratos, en un país donde es difícil

encontrar agentes literarios y mucho menos editoriales que le hagan un contrato por leer sus

novelas de “entrecasa”, todo un sueño americano, novelas de “ruleros”, dice un amigo suyo,

músico, tan frustrado en su arte como ella.

El problema está en no saber discernir si las historias reales son más comerciales que la

ficción. O si las ideas que se tienen son buenas y la compaginación mala. Las ideas suelen

matarse en un relato mal escrito. Lo más probable es que tenga que pagar unos cuantos pesos si

decide publicar.

También es cierto que armar una historia, y la historia de un crimen pasional más aún, se

precisa de una causa generadora del efecto largo e intrincado. Pero siempre de una causa

inocente en los primeros instantes de la sucesión de hechos. A quién no se le ocurre en este

momento ejemplos al azar, un mensaje de amor escrito en un pedazo de servilleta escondido en

el jarrón de porcelana de la sala, jarrón que da a la altura del hombro de la pariente entremetida,

quien antes de salir y después de haber besado a todo el mundo, gesticula por última vez por

haberse olvidado de dejar saludos para el sobrino que está de viajes de estudio, gira sobre sus

talones, antes de encarar la puerta y derriba al suelo el jarrón, de puro bruta, quedándose
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mirando como se hace añicos y desbrava el secreto de una traición o esa escopeta de caza que

nunca dio en blanco móvil, cuyo bautismo de fuego fue acertar en latas en equilibrio sobre el

tronco caído del descampado, comprada para prevención de asaltos a la vivienda, descargada,

pero con cierta bala en la recámara, munición que un día penetra en el pecho de la esposa

mientras su cónyuge afirma que fue accidente ocurrido mientras ella limpiaba un placard. O

aquella blusa de seda caqui amarillo, adquirida en el negocio en que trabaja la chica nueva que

casualmente conoce a la esposa del cliente y le cuenta del regalo elegido por su marido en el día

de los enamorados y que la compañera de la funcionaria pública, viste al día siguiente en la

repartición, contando a los cuatro vientos haberla recibido de su reciente amante, la misma

blusa que se manchará de sangre en la pechera y la beneficiada ya, lamentablemente, no podrá

seguir luciendo.

Todas situaciones que son insospechados hallazgos tardíos cuando han culminado la

conmoción y el olvido que las suceden, apenas caracolas muertas y vacías encontradas en la

resaca, que en cada noche de pleamar recurrente, deposita el agua de la memoria en la orilla

arenosa de las jornadas diarias. Actos inocentes que como pelota en fuga alocada de las manos

del niño que juega en la esquina “algo” sin mayor importancia hasta ese momento nos hará

darnos cuenta, algo se desprende del árbol bajo el que refugiamos nuestro ser y nos golpea en la

cabeza; ante la comprobación, el cuerpo reclama, la vergüenza llega y la piel se enrojece.

Sorpresa. Quién diría. Quién lo hubiera imaginado. ¿Todo comenzó allí?

Todo homicidio es la historia de un encuentro, todo encuentro es una historia de amor, el

amor es atracción y recíproca cuando se establece entre el ejecutor y su víctima. Sólo habría que

comprender que las víctimas en potencia tienen una personalidad muy definida que para

permitirnos su identificación “a priori” basta con que recordar que son seres cuya naturaleza
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vulnerable les dificulta cualquier movimiento de autodefensa e incitan, por el contrario, al que

los observa, al crimen como única solución. Porque el subconsciente de dichos seres condiciona

su futuro, eligiendo entre todas las posibilidades que se les ofrecen una sola, la más acorde con

la naturaleza de alguien delicado y acosado, distinto y desnudo, un ser cuya esencia todos o casi

todos quisieran poseer o destruir si el subconsciente de estas personas no hubiese elegido de

antemano: morir. Y así suceden las cosas porque sólo una fatalidad deseada puede truncar

nuestra existencia, y esa fatalidad es hija del miedo a la soledad, al infortunio, al fracaso, al

menosprecio. El miedo como auténtico azote, la verdadera epidemia, tan contagioso, que una

persona, una comunidad, todo un país pueden metamorfosearse en una víctima adecuada,

bastaría para ello con que se dejaran fascinar por él, por su dócil atractivo, entonces tendríamos

la fotografía de un homicidio que no se ha cometido aún, supuesto, pero con elementos reales,

un hecho que puede llegar a producirse si no se ha producido ya. Para eso la fatalidad tiene el

don de predecir y la dicha aparece siempre como fruto del azar que es preciso agradecer a la

misericordia de la vida. Cuando la fatalidad de víctima-victimario se lleva adentro, el amor es un

espejismo; una vez que hemos pasado por el lugar, la imagen se desvanece y volvemos a la

hostilidad del campo abierto, de la carretera con varios rumbos, de la planicie sin señales

orientadoras.

Detengámonos en esta afirmación “es predecible” y preguntémonos, si lo es, ¿que hay para

que pueda eludirse? ¿O acaso deberíamos pensar más en destinos auto construidos, en caminos

proyectados de acuerdo a nuestra voluntad o en libre albedrío?

“Sé lo que espera la gente cuando viene a verme” me dijo una vez la adivina consultada “un

milagro, a veces se diría que lo consigo aunque son los propios consultantes quienes lo realizan, es

parte de mi oficio ayudarlos a creer que soy yo la hacedora de esos milagros porque ellos no
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perciben ciertas sutilezas, por ejemplo, cuando hay que operar sobre cosas reales es más fácil,

dinero, trabajo, salud, todo perteneciente al futuro tan incierto para ellos como para mi misma, pero

existe la esperanza. En cambio, conseguir prodigios con el amor...hum”

Permitámonos imaginar, de aquí en adelante, su evocación “Hubo una vez una mujer que me

visitó, hace un tiempo, era la típica “buscadora de milagros”, poco agraciada por la belleza pero con

buen cuerpo, muy arreglada, enfermera profesional y pisando los treinta años con la persistente

consulta de las mujeres jóvenes, el hombre por el que se sentía atraída era casado, ella estaba loca

por él y se empeñaba en que abandonara esposa e hijos. Le dije lo que veía en las cartas, ese

hombre no era de ésos, no dejaría el hogar por una aventura”.

Supongamos que tras estas palabras la vidente sostiene el tono profesional y experimentado

y continua “¡Estas mujeres! Se resisten a las derrotas sentimentales, las pueden pero no las quieren

entender. Quisieran exhibirse al lado de un marido como quien estrena traje nuevo para poder

comentar cuánto lo pagaron, que fue hecho a medida y que definitivamente lo conservarán toda la

vida, convencidas de que en sus manos estará mejor que con cualquier otra y que cuando llegue el

hastío del desamor aun no lo cederán a nadie, hasta que una conocida ande luciendo otro, entonces

codician ése y únicamente ése”

El reproche parece obedecer más al exceso de autoridad e inmodestia de tales profesionales

que a la convicción ética. Pero veamos qué más tiene para decirnos.

“Le advertí que mientras no intentara cambiar la vida que él llevaba lo iba a tener para

siempre, la carta que apareció le favorecía. Me pidió una “atadura” y no se la hice, ya verá el

motivo. Le di las hierbas para su baño personal y la instruí sobre la importancia del baño con agua

azucarada en los genitales antes de cada cita”


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Presenciamos a continuación unos instantes de silencio de nuestra interlocutora en los que

cae en un estado de turbación, como si intentara subir desde allí hasta traspasar bordes de mayor

claridad y profecía y volveremos a escuchar “Sé que no he sido bendecida con facultades milagrosas

pero mi intuición es fina. Le pregunté si había traído algún objeto que fuera del hombre y se alegró

muchísimo cuando me presentó casi orgullosa una foto, había ido bien preparada, nada menos que

una foto. Cerré los ojos, recé una oración para obtener la ayuda de la videncia y toqué el rostro

grabado en la fotografía. Al tantear los ojos sentí como si se me mojaran los dedos, tacto húmedo

de lágrimas, busqué agua bendita, llené el vaso y lo coloqué frente a la imagen del Sagrado Corazón,

junto a la vela. En el agua apareció el reflejo de la cara del hombre y la vela se apagó. Entonces

pregunté ¿Usted dice que lo quiere? Lo hice con toda mi autoridad. “tiene que advertirle que le

espera una desdicha muy grande, que se cuide de traiciones y accidentes con armas de fuego”

Nuestra consultada ahora echa hacia atrás la cabeza de canosa cabellera atada en una cola

de caballo sobre la nuca, peinado que resalta las pequeñas argollas de oro en las orejas, el rostro no

tiene maquillaje y los labios pintados al descuido de rojo, recoge las manos sobre el vientre, devota

y contenida,

“Le regalé a la enfermera una estampita bendecida de San Miguel con una cinta roja, para

que la acompañara y protegiera. Vaya a saber si le habrá dicho, a veces no se animan a confesar

que han ido a ver una “bruja”. Noté sorpresa y temor en sus ojos que le duró hasta levantarse y

sacar el dinero del bolso para pagarme la consulta. Tenía una cara... como si hubiera estado

saboreando un helado y este se le cayó al suelo, le sobraban decepción y angustia”

Es admirable esa capacidad descriptiva de nuestra bruja ¿no les parece? ¿No tendrá ella

mayor talento para la literatura oral? ¿no nos dan ganas de consultarla ya sobre nuestros futuros, si

no fueran otros nuestros intereses?


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Aunque esa especie de arrogancia profesional con que afirma la autenticidad de su saber se

vea empañada por la queja que deja escapar, un desencanto al que asistimos desprevenidos “Para

qué las brujas, si la gente tiene un destino y es difícil torcerlo. Yo prevengo sobre alegrías y

dificultades por igual, pero lo que se les fija a la gente en el recuerdo son los malos augurios, nunca

los regocijos. Debería cobrar más caro por los buenos preavisos, estoy segura de que por el precio

los recordarían. Pero no estoy aquí para hacerme problemas ni enredarme en sus laberintos

sentimentales, soy como los médicos trato de remediar o por lo menos de conservar la vida sin que

me tiemble el pulso”

La vidente deja, así, sus impresiones primeras y últimas en nuestros oídos pero a nuestra

escritora le corresponde el registro de toda esa tarea verbal en el papel.

(Escritora que escribe con manos sucias de limpiar el jardín)

“Sé lo que espera la gente cuando viene a verme” le dijo la adivina “un milagro, pero sin la

ayuda de ustedes no siempre se consigue aunque existe la esperanza y la fe, hay que tener mucha fe

y esperanza porque en las cosas del amor no estamos solos, no podemos cambiarle la vida al ser

amado, a veces es mejor dejarles la libertad de elegir sin atarlos a nuestros caprichos, eso si uno lo

quiere de verdad”

La adivina se quedó unos minutos en silencio, observando a su consultante como si ya no

estuviera allí, en el mismo lugar que Mabel, rodeando la mesa en la habitación plagada de estampas

de santos, velas, floreros con margaritas y alguna que otra rosa, esas de jardín de casa. Luego

preguntó ¿Trajo algo de él? ¿Un objeto que le pertenezca, una corbata, un pañuelo? Y Mabel le
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extendió la foto para que la mujer la examinara y la palpara con las puntas de los dedos, dedos un

tanto crispados por los años y el trabajo hogareño, maltratados por jabones y detergentes. En ese

momento la puerta de la habitación se abrió levemente y una de las velas se apagó “¿Usted dice que

lo quiere?” confirmó la vidente “si hace lo que le digo todo va a salir bien, tiene que advertirle que

veo traición y que se cuide de accidentes con armas de fuego”

“Nadie te va a amar como yo, sin importar la vida ni la muerte” confirmó Mabel a Alberto sin

siquiera detenerse a contarle lo de la bruja, ¿para qué?, la vieja le había asegurado que hay que

tener confianza y saber esperar, que todo se consigue.

“Nadie te va a amar como yo, sin importar la vida ni la muerte”, la gente dice que estas

cosas, estos sentimientos son tema de novelas porque en la realidad el amor no existe. Qué sabe la

gente. Si leyeran la página policial de los diarios con más detenimiento se darían cuenta de cuánto

se reiteran, días tras días, las historias de amor. Las crónicas que relatan muertes inducidas por la

pasión se repiten a nuestro alrededor diariamente y somos testigos fortuitos de sus actores cuando

pasamos al lado de quien pueda ser la próxima victima o victimario en los puestos del mercado, al

regreso de la escuela o en la esquina del trabajo. Lo bueno sería intuir esas pasiones, olfatear el

perfume viscoso de una gran historia de amor entre las zanahorias y las lechugas, entre los

cuadernos y los pupitres entre los archivos y el teléfono.

Cualquiera de nosotros puede haber leído muchos o pocos libros pero siempre encuentra en

ellos, sea como la historia más relevante, sea en historias de personajes periféricos, la pasión y el

drama amorosos. Tramas sencillas con desenlaces inesperados: una mujer casada, de apellido

francés, que vive en un pueblo al que odia y que tiene dos amantes sin que el marido, un dentista

distraído lo sepa, los amantes a su vez la traicionan y ella termina por suicidarse. Puede resultar en
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una buena novela, puede llegar a sombrarnos. O aquella mujer de barrio pobre, ella, el barrio y el

marido técnico en heladeras, ama de casa, pasa los días mirando telenovelas y pensando en

pavadas. Su primer amante es un viejo que la ayuda con unos pesos porque el marido tiene vicio de

hombre rico y gasta su sueldo en el juego, así que a veces ella no tiene ni para esmalte de uñas,

suerte que una amiga le regala un par de zapatos usados y una colonia pero que no alcanzan para

evitar que el viejo termine acostándose con una prima suya tan pobre cuanto ella. El segundo es un

tipo con un auto bárbaro del que le advierten “te va a dejar pronto”, y así es, lo sorprende en un

baile acompañado por otra mujer, más joven y linda que ella, en fin, la mujer no se suicida pero cae

en depresión, bebe a escondidas, descuida los hijos y no sale a la puerta de calle durante meses.

Otra historia podría ocurrir en la villa miseria que queda cruzando el descampado, frente al

barrio donde nos criamos. Casi igual a la de Romeo y Julieta, dos familias enfrentadas. La diferencia

sería que al novio, no se sabe cuál de los propios parientes lo mata, por intentar defender a la novia.

La gente de la villa, imitando el comportamiento de la Verona feudal lo ayuda a esconderse y nadie

es preso. Ella se vuelve loca, va a parar a un asilo del estado y al tiempo muere. En la villa mientras

tanto hacen la colecta para el sepelio del novio muerto.

Si la elegida fuera alguien como Mabel, ella contaría su propia experiencia.

‘El hombre que yo amo’, fue el primer tema que bailamos, en inglés era interpretada por

Billie Holliday, ya en el club, por un grupo de jóvenes que vestía traje negro con solapa de raso,

cabellos engominados y zapatos lustrados al punto de doler los ojos cuando las luces se posaban

sobre ellos. Yo seguía la moda de la cintura de avispa y pollera amplia, escote bajo y zapatos taco

aguja. Tan femenina. Todo comprado con mi sueldo para lucirlo cuando salía con él. En aquel tiempo

ya no esperaba encontrar un hombre así. Creía que me iba a hacer vieja sin ‘un hombre como los de

antes’, mis intimidades con varones habían sido con compañeros de trabajo y hasta con los propios
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médicos, directamente en los consultorios, caricias y besos rápidos sobre las camillas, entre frascos

de anestesia y potes con gasa o en las escapadas a moteles de luz roja y colchas de nylon. Nunca

olvidaré aquella noche. El club a media luz, los mozos ofreciendo cigarrillos, fósforos y pastillas de

menta, todo de ensueño”

Alberto apurándose por dentro en sus pulsaciones y en su respiración, y luego por fuera, en

la marcha de la moto, dejando que el perfume femenino fuera extinguiéndose con el viento, para

regresar al hogar sin manchas de rouge en la solapa. Dio algunos cuantos rodeos para no pasar por

la puerta de la fábrica y la dejó en la esquina de su casa.

“Cuando entré, encontré la casita extraña, como si fuera ella la que hubiera cambiado.

Durante esa noche me desperté dos veces, la pesadilla me molestaba, un cafisho gordo baleaba a

una de las camareras del club que era su mujer y pupila pero también amante del saxofonista de la

orquesta, el del jopo. Al despertarme cada vez, miraba la imagen de la Virgen y me santiguaba por si

fuera que se tratara de un mal aviso, a veces la mente tiene esas cosas. Volví a dormirme y la

orquesta proseguía con El hombre que yo amo, pero la música sonaba más hermosa aún, como en

una caja acústica celestial. A la mañana apagué el despertador nerviosa, con la sensación de

haberme quedado dormida, pero no era así porque yo misma estaba deteniendo la campanilla, salté

de la cama y me miré al espejo, tenía ojeras, pero también un brillo en los ojos que no me lo veía

desde que era niña”

Mabel había alquilado una casa pequeña frente a la fábrica de donde veía salir de un primer

y segundo turnos de trabajo a hombres cansados de encierro y monotonía. Los operarios daban la

impresión, cada día, de ser recién nacidos de piel opaca, como expulsados de aquel vientre de

cemento que era la construcción del edificio. Entre ellos vio a uno que le llamó la atención, tal vez
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porque parecía menos cansado que los demás, tal vez porque irradiaba una luminosidad diferente

acorde a lo que ella ansiaba encontrar en un hombre. Cosas de la soledad o del deseo según se

prefiera, ella prefirió confiar en la fuerza del deseo. Y eso fue lo que la animó, después de veintiún

días, a hacer que lo encontrara ‘de pura casualidad’

Supo que Alberto era casado con unión legitimada, desde la primera cita, y también que era

hombre de sumar, desde antes de su matrimonio tenía una amante, Elba. Elbita, así la nombraba,

una mujer para los buenos recuerdos, de clase aristocrática, criada entre lujos de provincia,

protegida en su propia hermosura, siete años mayor que Alberto, ella lo apreciaba mucho y le era

incondicional cuando necesitaba de su dinero, aún después de casado. Alberto por el contrario

trabajaba desde los quince años y era calificado en el oficio de tornear piezas de acero.

Mabel supo todo de su propia boca, teniendo que controlar sus emociones a la hora de

conformarse, durante meses, con comidas rápidas y préstamos de placer que no saciaban su

hambre de cariño y la empujaban cada vez más a intensificar los términos de su pasión “Nadie te va

a amar como yo”, y así se lo dijo a Alberto, que no comprendía nada que fuera restar, que no iba a

divorciarse de Isabel, pero Mabel insistía repitiéndolo como si eso sumara. Lo dijo durante meses

hasta cerca de los dos años.

“Quiero ser tu esclava, tu malestar, tu entendimiento”, pensaba Mabel aunque en vano

Alberto le insistiera en lo que nunca le había mentido, que no iba a perder a su esposa ni a sus hijos,

que se lo había aclarado desde el principio, y que así como estaban en los horarios de encuentro y

los lugares robados, valía la entrega de ambos, valía el esfuerzo, algo parecido a cuando era niña,
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tenía un vestido hermoso, color rosa, que su mamá había elegido, “rosita”, tan lindo como para ir a

tomar helado pero en su casa no había plata para comer un helado todos los días del verano. Era

precioso el vestido, se lo envidiaban, pena que ella no lo quería, porque no tenía helados y

tampoco, cuando lo vestía, la dejaban andar en bicicleta. Nunca se lo dijo a su madre porque la

mujer se había quedado de noche en la máquina de coser para hacérselo y la llamaría

desagradecida. De verdad era un muy lindo vestido pero para qué le servía un vestido tan fino, con

lazos de terciopelo rosados y florcitas de seda blancas y celestes en ramillete sobre el nudo del

moño. En todo caso prefería el azul de algodón porque era más fácil de lavar y con ése la dejaban

jugar con el gato.

Feliz época aquella cuando oía el traqueteo de la máquina, el canto de las cigarras en el calor

y el olor a fritura de las milanesas. Era lo que más le gustaba comer. Escuchar desde el cuarto en el

fondo de la casa lo que hacían su madre y su abuela mientras ella realizaba en secreto un vestido,

cosido a mano, con aguja e hilo robado, para la muñeca grande regalo de cumpleaños anterior.

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Alberto pensó en invitarla a tomar algo a Mabel aquella noche, para pasar un buen rato y

por no pasar de poco caballero incapaz de arriesgar una invitación, después vendría la promesa de

buscarla cuando tuviera un tiempo o en realidad cuando le sobrara, claro que esto no lo expresaría

en voz alta, una propuesta sin compromiso explícito como tantas de las que hacemos diariamente.

Tomarían otras copas y sin demorar demasiado realizarían la inevitable escapada al motel que, por

supuesto, seria el objetivo final. ‘Sí, Alberto’ consentiría Mabel, ‘Sí, Alberto, tomamos algo y vamos,
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volvemos temprano yo también madrugo no te olvides’ El hombre propone y la mujer dispone,

dicen. El asunto es que nunca se advierte, cuando estamos tan a gusto, que el tiempo corre tan

rápido y la hora en que nuestro proponente había avisado el regreso a su casa pareció adelantarse,

como siempre sucede. Al despedirse, él aún tenía la garganta apretada de palabras, las mandíbulas

distendidas de reír y la boca impotente de ganas de besarla. Tuvo que volver sin haber completado

el objetivo básico por haberse quedado apenas en la táctica, de manera que debió convenir una

nueva cita. La excusa ante su esposa por la tardanza fue de olvido rápido.

Como veníamos diciendo, la nueva invitación a Mabel fue para encontrarse dos noches

después, el jueves, día pautado entre el matrimonio para que el marido fuera al club, esos días él

llevaba la moto. ‘¿A bailar? ¡Claro Alberto!’. Se le iluminó la cara. Y el lugar elegido y conocido por

ambos fue discreto, bastante barato, romántico, hasta a Elba le habría gustado, ella, tan exquisita.

La recogió en una esquina por los alrededores del centro; Mabel lo esperaba fumando. Ya

llegados al club bailable y en determinado momento, cuando se acercaron a las luces del escenario,

Alberto hizo un reconocimiento primitivo, observó que la edad de su acompañante era mayor de lo

que le había parecido en un principio, pisaba los treinta seguro pero tenía cuerpo de mujer más

joven.

Tomaron un Cuba libre, trago recomendado en la época. Los cubanos estaban de moda, por

lo de la revolución, lo de Fidel y el Che. Romanticismo a la cubana, caribe y muerte, alcohol y amor.

A la mitad de la copa la sacó a bailar, calculando que la orquesta tocaría el tema indicado para la

seducción, “el hombre que yo amo”. El programa musical seguía casi siempre la misma secuencia,

como la línea de producción en una fábrica. Esas notas sonaban como “lloviznas de terciopelo de

saxo con gotas de agua de piano” decía el loco Pepito, y también que “parecían arrastradas por la

escobilla sobre el platillo de la batería, hasta que el solo de trompeta exacerbaba lágrimas de
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melancolía que sólo pueden consolarse con un beso profundo en la plenitud de los cuerpos

apretados, casi inmóviles”, así le escribió Pepito a la morocha que le gustaba.

Lo cierto es que en el vaivén la pareja logró una coordinación perfecta deducimos que varias

veces ensayada, entre progresión de caricias y tiempos musicales. Pero esta vez, al terminar la

melodía, Alberto sintió que la interrupción lo dejó huérfano, como si un arrullo de cuna se hubiera

detenido y la nodriza que cuidara su sueño ya no estuviera, tal vez aunque no la vio claramente, la

sombra de su esposa pasó un instante. Le costó esfuerzo reintentar la importancia de estar allí,

disfrutando de un cielo que no era de santidad sino de juego, feliz.

Mientras el cantante del grupo musical agradecía los aplausos y la banda se echaba un

descanso, llamaron al mozo, compraron cigarrillos y fumaron comentando lo lindo de la velada. El

hombre dejó enlazado su brazo en la cintura de Mabel y ella arqueando el tórax llegó a rozarle con

el pezón debajo de la axila. A la mitad del cigarrillo se inició un bolero a la mexicana, que no tiene

mayor importancia individualizar ahora, lo que sí diremos es que ya no fue bailar, echaron al suelo

el resto de cigarrillos sin la menor delicadeza y se dejaron mecer abrazados provocándose a abrirse,

“abrime tu boca, Mabel” “abrime mis pasajes, Alberto”. En algún momento la barca de la voluntad

contenida encalló, se detuvo el reloj y la pareja, ya de pie, apuró el resto de bebida del vaso, Mabel

alzó la cartera y salieron.

Manejó despacio porque sentía la moto más liviana, esas cosas del alcohol. Frenó enfrente al

hotelito cercano a la estación de trenes, donde lo conocían como cliente pero esa noche pidió una

habitación especial, dos whiskys y helado de crema. Esta amante los valía.

Narrador
Novela.
Angela Sánchez

El amor, el amor. Si alguien hubiera intentado convencerlo de que una mujer puede adquirir

fuerza de tigre en su voluntad pasional. Que puede ser Miriam en su obediencia y bacante en su

locura, que de los labios pintados pueden surgir lenguas opresivas capaces de remover con sus

salivas recuerdos y hábitos, que las discretas adúlteras, las confiables amantes ocultas son tanto

religiosas mártires cuanto paganas febriles y que un día se suben al trono, confiando en que el papel

de reinas destronadas nunca llegue, hubiera sido, llegado el momento, quejoso y aburrido, triste

papel de quien teme exponerse al peligro del canto de esas sirenas.

El papel del amor en las historias, hay que detenerse en él, como ahora para esta historia

que se intenta construir. Sin olvidar cada detalle que permita al escritor armar vidas y ejecutarle sus

karmas, lo que al cabo lo puede hacer sentirse dios.

El amor es como el papel, los roedores y el fuego lo consumen, aún aquellas lujosas páginas

de fibra de arroz fileteadas de oro que huelen a perfume. Aún los que contienen promesas de

eternidad.

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Mabel tenía la costumbre de masajearse con crema antiarrugas cada noche. Cada noche el

mismo ritual, desde el cuello hasta los pómulos, siempre cuidando de colocar bien las yemas de los

dedos, desde la mitad del párpado inferior hacia el lagrimal y desde la mitad del párpado superior

hacia el extremo exterior de la ceja; por último, desde el centro de la frente hacia las sienes. Y

vuelve a hacer los mismos recorridos, desde la base del cuello a la barbilla, del mentón a la

comisura de los labios, de los costados de la nariz hasta los pómulos. Después de bañarse

comienzan los masajes en los pies, los tobillos, las piernas hasta el vientre; los pechos, desde la axila
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hacia el pezón, siempre sentada en el borde de la cama. Después, hora del cabello, con el cepillo de

cerdas finas lleva el pelo desde el temporal hacia la nuca, desde atrás de la oreja derecha hacia el

hombro izquierdo, desde la nuca, sobre la frente; desde la oreja izquierda, al hombro derecho en

movimientos acompasados, sensuales para que el cabello se vigorice y brille como oro porque

desde hace un año Mabel está rubia. Y habiendo cumplido treinta años, la mayoría de edad social

para la mujer de aquella época todavía era soltera y solitaria. Su separación de la familia fue un

gesto realizado con la misma precisión con que desprende vendajes y cintas adhesivas en los

enfermos. Alquiló la modesta casa en un barrio de trabajadores, frente a una de aquellas fábricas de

motos surgidas en el país industrial de la década anterior. Ha de imaginarse uno que la posibilidad

de trabajar, la atmósfera libertaria de los años sesenta le dieron a esta mujer de belleza asimétrica

pero sólida, arrogante y disciplinada, las ganas de intentar una vida a su manera.

Cada tarde, al regreso del hospital, descansaba en un sillón corriendo páginas de revistas de

fotonovelas y espectáculos. A veces se quedaba dormida con una revista entre las manos y soñaba

con algo relacionado a lo que acababa de leer. Más tarde, después de la corta siesta a deshora,

escuchaba la radio tomando mate sin olvidarse y casi, mecánicamente, de mirar por la ventana a los

obreros que entraban o salían de la fábrica. Y así fue como a las pocas semanas de vivir allí, vio salir

entre esos al hombre que le cambiaría la forma de lectura de sus días.

Elba tenía otros menesteres. Era del tipo de las que están convencidas de que del largo de

las uñas deriva el estilo de las manos. Uñas bien cortas en manos cansadas, semi largas en manos

dulces, muy largas y rectangulares en las agresivas, largas y anguladas en las sensuales, ovales en las

amistosas.
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Otra cuestión importante para ella era la pulcritud de los zapatos, detalle determinante para

identificar la sicología de una mujer, no obstante sepamos que la pobreza va hurtando detalles al

arreglo personal y que imperceptiblemente, pero de forma continua, el brillo precedente en la

apariencia de una persona se quiebra como plástico requemado y la textura se torna agreste.

Entonces puede que aquella vieja pollera reformada se combine con la blusa de tela barata, la

cartera de color claro se tiña de marrón con ungüento barato para cuero y así combinarla con los

zapatos de liquidación.

Elba después del desastre se permitió, como única solución debido al costo de una prenda

nueva, teñir el tapado rojo porque estaba desgastado y de ese modo pudo seguir usándolo por

varios años más.

“A lo que jamás pude renunciar es a los perfumes y nunca usaré un perfume barato, antes

prefiero el agua de colonia, como las abuelas. Las joyas fue menos doloroso perderlas, esas piedras

parecen tener alguna propiedad vital a pesar de que proceden del mundo mineral. Cuando se las

estrena parece que uno toma posesión de algo que la pulsera o el collar transmiten, una especie de

halo energético, una carga eléctrica de seducción. He conservado algunas pocas joyas como cuño de

clase, las otras desentonarían con mi vestuario actual, si así lo puedo llamar”

La gargantilla y los aros que luce en el retrato fueron obsequio de su marido para un

aniversario. El pintor estuvo de acuerdo con ella en que acentuaban la distinción, aún más con el

traje de seda verde agua. El cortinado pintado de fondo era realmente el de su casa, terciopelo

bordeaux, y la jarra de plata sobre la mesita de caoba es la que ahora duerme sobre el único

armario que sobrevivió. El retratista realizó un buen trabajo, sin embargo, se notan en los labios

unos trazos de soledad tal vez debido al color verde de la seda que desprende sombras de otoño a

su alrededor o al tono oscuro de las cortinas haya difundido un polvillo de negrura, así los labios
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pudieron haber sido receptáculo de la opacidad. Los ojos eran diferentes, sostenían orgullo y la

nariz, reflejaba actitud de nobleza. De cualquier manera podía haberle faltado destreza al artista a

la hora de reflejarla.

“Haber dejado mi casa en manos de sirvientes aficionados aunque bien pagados fue una

manera de no volverme yo misma un objeto. ¡Me ha costado tanto conservar una ínfima parte de

mis posesiones! Ya Isabel es de las que se quedan en la casa cumpliendo su oficio de esposa,

transitando sillas de la cocina al comedor, dirigiendo veladas de tazas que bailan en el agua sus

rutinas. Coordinando todo el arte ritual de los vestuarios de las camas, las mesas, las paredes.

Organizando los cubiertos viejos de uso, la hora del agua caliente de la tetera, el punto justo del

aceite para las frituras. Toda la orquesta familiar que no es poco cuando cada quien ataca con el

vacío de sus estómagos y la agitación de sus pretensiones. Para mi Alberto tiene otra mujer, estoy

segura, una mujer soltera, sin ataduras de hijos”

Para Alberto, Mabel era una piel perfumada pero con olor propio, olor a Mabel y Elba, le

parecía ser ella misma el frasco de perfume. En ese punto estaba la diferencia entre las dos porque

la mujer soltera dejaba su propia marca sin tomarla prestada.

Él se dio cuenta del disimulo con que actuaba al provocar el encuentro, nadie puede ocultar,

como en estos casos, que estaba preparado de antemano. Parecía ir distraída a cruzar la calle en el

momento en que Alberto presionó el pedal de arranque y no tuvo más remedio que detenerse. Se

dio vuelta, fingiendo sacudirse la sorpresa de la presencia del hombre, con lo que no le quedó a éste

otra alternativa que saludarla con un tono que más parecía un piropo. La mujer respondió con la

acción de retroceder, subir caminando de espaldas a la vereda y se quedó mirándolo como si no

quisiera alejarse de allí. Alberto repasó con la vista aquel cuerpo, de arriba a abajo, desde el cabello
Novela.
Angela Sánchez

rubio hasta las sandalias blancas ¿por qué tienes esos ojos tan grandes Mabel? Para mirarte mejor

hombre de mis sueños. Aunque fue él quien se detuvo en los detalles, vestido ajustado a la cintura

con falda ancha, escote mediano, medias claras de seda, tacos altos. Todo enmarcado con un rótulo

que parecía decir “soy mujer y te gusto”. Mujeres. Dueñas de ardilosa sapiencia que saben todo

acerca de lo íntimo de un hombre desde la cuna, desde que dicen “papá”, haciendo que la ternura

les nazca desde quién sabe dónde y prosiguen con el esfuerzo futuro del trabajo para que a la nena

“no le falte nada” con el único propósito de resguardar esos momentos en que alzan sus bracitos al

aire para decirles que son “toda suya”.

Nada mejor se le ocurrió que preguntarle si era vecina del lugar o pasaba casualmente por

allí. Se quedaron conversando unos diez o quince minutos y acordaron tomar una copa juntos, a la

tarde siguiente. Entonces Alberto no fue en moto al trabajo, la discreción no fuera menospreciada.

Si tuvieran que trasladarse juntos lo harían en taxi. Isabel escuchó un pretexto, a simple vista

inocente, pero convengamos que para la situación fue bastante absurdo.

“Nadie te va a amar como yo” dijo Mabel y lo repitió siempre, en la cama, bailando,

bañándose juntos. A él le sonó a letra de bolero, a mentirita petulante como aderezo de los

mordiscos en la oreja y en el cuello. Y le contó que como vive frente al portón de salida de la fábrica

estuvo un mes espiando detrás de la ventana hasta que se animó a ir a su encuentro aquella tarde.

“Qué exagerada”, pensó Alberto, pero estaba convencido de que “a las mujeres hay que dejarlas

exagerar un poco”. Un mes es mucho tiempo. No. Depende. Isabel también espiaba detrás de la

ventana, él lo sabía, pero por otro motivo, desconfianza.

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Novela.
Angela Sánchez

Por segunda vez Mabel entró al consultorio de la adivina, había ido a pedirle la ‘atadura’,

estaba lánguida como flor desgajada que busca su sombra de antaño, vertiginosa como agua en

caída, inerte como pabilo de cirio apagado.

“No hay que atar al amor, puede encabritarse”, dijo la mujer mayor “aunque el amor es un

don milagroso, resulta ser, en la mayoría de las veces, un caballo bronco que corta riendas y muerde

bozales; a él seguramente le gustás, pero todo hombre le tiene terror a la soledad, teme a los

ángulos vacíos de las habitaciones y a los fantasmas del abandono, dale tiempo, no es hombre de

indiferencias y le gusta tu sexo”

Los ojos de Mabel demostraban que estaba sorda a los consejos de la adivina. Oscuros y de

brillo casi gelatinoso, ocultaban ansiedad y obstinación como las piedras ocultan sus parásitos. Las

manos incansables jugueteaban con el reloj, tal vez pretendía encontrar en el objeto un ritmo cuyo

sentido careciera de impaciencia para poder atravesar la atmósfera que la rodeaba hacia algún

mundo sin contrariedades.

“Dejá que el aliento de su alma venga a vos suavemente, que te reconozca como alma

gemela y cuando su corazón se desabroche sin miedo y sin dudas y te entregue su confianza, dejá

que repose sobre la palma de tu mano como un gorrión, no lo espantes con gestos bruscos, el

corazón del ser humano es muy asustadizo, todos somos así, vos estas segura de lo que querés pero

él aún no, y cada vez que hagan el amor te estará entregando un poquito más de su alma con la que

irás armando un nuevo ser en conjunto, un alma con dos fragmentos hasta que se consuma la unión

definitiva, luego lo que está armado en el plano espiritual nadie puede romperlo”

Nada de lo explicado parecía conformar a Mabel que permanecía en posición de ataque

como una serpiente. Empujó el pelo hacia atrás con una mano y con la otra encendió el cigarrillo
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Angela Sánchez

que había estado apretando entre los labios sin fumar, miró al vacío como quien siente dificultad de

conformar un deseo.

“Cuidate del fuego que además de purificar, destruye todo, entibiá el nido entre tus piernas y

rocialo cada anochecer con agua azucarada para que él se sienta atraído”

La adivina le pidió entonces que la invitara con un cigarrillo y al extender la etiqueta la joven

la miró rápidamente con expresión de “no me ayudaste en nada”, metió la mano al bolsillo, tomó

un billete y lo dejó sobre la mesa, ni siquiera intentó acercárselo a la mano. Se disculpó por tareas

que aún tenía que realizar y que no le preemitirían acompañarla en los mates “lo dejamos para otro

día” dijo. La adivina supo que se iba con el mismo vacío con que llegara. Se encaminaron a la puerta,

delante iba Mabel, derramando sobre el suelo su silueta oscura cargada de corrupción que le

provocaba el hambre insatisfecho, caminaba hacia un futuro impregnado de sombras.

Después de verla marcharse, la adivina borró con agua bendita, infusión de ruda y vinagre

blanco las huellas de sus pisadas desde la puerta de la habitación hasta la puerta de entrada a la

casa. “no quiero que esa mujer deje toda su mala onda en mi jardín” pensó mientras rociaba la

vereda de lajas, “ya es suficiente con todos los que va a alcanzar con su oscuridad y tan altiva que

es. Nuuunca le voy a hacer la ‘atadura’, esta enfermera no entiende que la voluntad de los demás no

se tuerce con caprichos”

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Cuantas veces hemos escuchado, y casi nunca nos hemos convencido los que insistimos en

que el destino es algo que se traza a medida que se avanza, que el sino personal, y hay aquí otra

convicción popular, es como un equipaje que cargamos a sabiendas, parece abierto pero ante la
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Angela Sánchez

fatalidad se presenta cerrado, dándonos apenas signos de lo que habrá de ocurrir en forma de

presentimientos, ínfimas percepciones que manejamos con la maña de los que poco o nada

comprenden sobre un destino tallado por cierto poder sobrenatural. Somos sabihondos a la hora

de discutir pero inútiles a la hora de desempeñarnos como actores del porvenir hecho presente.

¿No será que habría que dar más crédito a aquellos avisos indicadores de perturbaciones futuras, o

como decía la adivina “Volvernos sobre nuestros pasos para que la sensatez modele nuestros actos y

no seguir por seguir, nomás, por el simple hecho de no detenernos?”

Mabel saboreaba su amor como un caramelo deshaciéndose entre la lengua y los dientes, y

al contrario de lo que podemos pensar, eso le producía melancolía, exasperación. Ella pretendía la

embriaguez del alcohol hasta que le endureciera los músculos, la caída pesada sobre el cuerpo del

otro, las caricias espasmódicas, una renovación tan brutal como la de la serpiente en el cambio de

piel, a escondidas, raspando el cuerpo en las piedras para que ya nada quedara de la anterior

apariencia aunque eso la llevara a caminar por los bordes de su serenidad / refugio hasta entonces

consolidado.

Algunos recuerdos que Mabel guardaba de su infancia le volvían de cuando en cuando,

como alforja que desenterraba del fondo del patio llena de limosnas benevolentes, y las limosnas,

todos sabemos, no traen dignidad al que las posee, apenas alcanzan, no siempre, para satisfacer

necesidades físicas; las del alma, ésas no se satisfacen, ésas pugnan por quitarnos la dignidad. Pero

ella rememoraba como el mendigo en la puerta de la iglesia segura de que, si por lo menos no le

dieran una monedas, obligaría a los transeúntes a caminar rápido por la culpa incontenible que les

causa su presencia.
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Angela Sánchez

Recordó a su madre, en aquella noche en que vino un amigo con la botella envuelta en papel

de almacén, sentados en la cocina impregnada del perfume de ambos. Comieron sándwiches de

miga y Mabel tomó gaseosa cola. Después la niña se fue a dormir, engaño que convenció a la madre

ya que en el mismo instante en que la puerta del cuarto se cerró, Mabel saltó de la cama y se quedó

escuchando detrás de la puerta. Así pudo oír que la hija de la vecina había perdido la virginidad y

que la culpa era del morocho aquel al que siempre invitaban a la casa para oírlo tocar la guitarra. La

asustó que hablaran de sangre en la bombacha, de sangre que no era de menstruación, de no poder

más casarse, de que sólo la querrían para divertirse. Los adultos son tan trágicos con esas cosas, ‘no

quererla más’, como si tuviera alguna enfermedad contagiosa. Después escucharon el disco que le

había traído de regalo, lo pasaron unas cuantas veces. Antes de acostarse definitivamente Mabel

espió por la ventana y se detuvo, por primera vez, a contemplar el amanecer, esa hora en que el

aire se pinta de rojo-naranja y amarillo. Las plantas, la calle, las casas parecen emerger de otro

mundo como renacido por la luz. Y el jardín, era como verlo por primera vez, le gustó y ansió que su

vida fuera de ese modo, siempre amaneciendo en un jardín. En la sala quedaron su madre y el

amigo de ella bailando, las mejillas apoyadas en la del otro, él besándole el cuello y con el brazo

rodeando la cintura femenina, ella aplastando sus senos contra el cuerpo del varón.

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Todas las mañanas el despertador suena a las seis menos cuarto junto con la sirena de la

fábrica que anuncia la salida del turno noche. Es la hora exacta en que se abre la grieta que la trae

de regreso y de nada sirve la dócil objeción de querer permanecer en el mundo de los sueños

porque el reloj, servil al gobierno de la orden dada cada noche con el simple acto de destrabar una
Novela.
Angela Sánchez

clavija, no es de los que andan con rodeos al momento de obedecer, y aquí sería redundante decir

mecánicamente.

En los galpones enfrente sigue la melodía de las herramientas, de metales contra metales,

de pulsaciones violentas y mecánicas, como ha de suponerse a algo dinámico, pulsaciones de

máquinas, tañidos de corazones.

Mabel se ducha, se viste. Mientras se calienta el agua para el café, escucha las primeras

noticias del día, la locutora avisa que son las seis en punto, después toma el café, de pie, apoyada

en la mesada de la cocina, sin pan, sin galletas. Tiene suerte que en el hospital podrá reforzar su

alimentación con un desayuno más completo, a eso de media mañana, una vez que hayan sido

servidos a los enfermos. Lista para salir, apaga la radio, no hay ninguna noticia que le llame la

atención, la violencia es la de siempre, los discursos políticos prometen obras de bacheo, mejoras

en el transito, aumento salarial “cuando yo prometo algo, cumplo, espero que Graciela me lleve la

blusa que le pedí, ella es buena para las ventas y sueña con tener una tienda”.

“El torneo nacional esta casi a su fin y los equipos del interior...” mueve el dial hasta que el

clic le asegura que la radio ha sido apagada, si las noticias no le interesaron tanto, mucho menos los

resultados sobre fútbol, son las seis y cuarto, “como pasa la hora” levanta el bolso y el guardapolvo,

cuidando de que esté bien doblado para que no se arrugue, antes de salir toca los pies de la virgen

que está sobre la repisa y hace sobre su rostro la señal oblicua de una cruz, una mujer confiándose a

otra mujer, llena de fe, como si el mundo entero hubiera salido del útero de esa figura femenina

que mira un punto fijo hacia abajo con gesto de humildad, estigma con que ciertas religiones han

abrumado, desde tiempos ancestrales al sexo femenino, como si de eso dependiera su aceptación

en todas las sociedades, y especialmente de los hombres cuando deciden elegirlas para ser sus

esposas. Alguna vez leyó que en la antigüedad no era así, lo importante no era que la dama fuera
Novela.
Angela Sánchez

virgen, modesta y circunspecta, lo importante, le parece, es que una mujer pueda amarlo,

acompañarlo y darle sobre todo esas caricias que colmarán su cuerpo y sus bolsillos cuando se haya

ido en busca del sustento familiar, cuántos hombres en la fábrica, cruzando la calle, no se

mantienen de pie con el recuerdo de la noche anterior, cuántos, al momento de un recreo en la

jornada no estarán en los pasillos con las manos enfundadas en los huecos de sus pantalones

palpando una de aquellas caricias llevadas a modo de merienda.

Lista para salir, habíamos dicho, cierra la puerta con dos vueltas de llave y corre hasta la

parada de ómnibus que está junto al portón de la fábrica, ese lugar de partida y de llegada para

muchos, Alberto no la usa, él viene en moto.

Llega al hospital a las siete menos cuarto, marca tarjeta, se recoge el cabello, viste el

guardapolvo y la cofia, se pinta los labios, recoge la hoja con las informaciones diarias de la sala y se

presenta a la jefa de sección a las siete, debe ser rápida en estas acciones de lo contrario pronto

verá llegar a la encargada arrastrando los pies, buscándola.

La blusa esperada no fue celeste, Graciela no había encontrado de ese color “en blanco sale

menos, me la pagás en dos veces, la telefonista me encargó un vestido estampado, ¿no querés

uno?”,”para qué, no tengo con quien lucirlo”dice, mientras mordisquea un pedacito de piel sobrante

del dedo, justo al lado de la uña pintada de ayer, “¿No tenés a nadie, Mabel?” “Digamos que no”

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Son las dos y media de la tarde cuando la enfermera vuelve a su casa, ya ha terminado el

turno matutino en la fábrica, plancha algunas prendas, algunas veces lava otras. La plancha va, ella

espía hacia la puerta de la fábrica, la plancha viene, se toma un mate, la plancha va, enciende la
Novela.
Angela Sánchez

radio, la plancha se queda empinada en el borde de la mesa, enfriándose “no voy a planchar todo,

hace calor”

Sentada en el sillón, junto a la ventana, hojea revistas, costumbre que tiene desde que era

una niña. En una publicación de espectáculos toca la imagen de la actriz y acompaña la línea de los

cabellos rojizos que le caen hasta los hombros, toca su propio cabello que va hasta el busto como si

quisiera untarse de alguna sustancia mágica que le diera a los suyos el brillo de la cabellera que ve

“Cuántos milenios tendrá este amor, este sentimiento que yo misma no alcanzo a comprender

plenamente, pero me he acostumbrado hasta tal punto a escuchar su galope dentro de mí que si

no lo oigo, cuando te veo y cuando no te veo, no creo que pueda mantenerme viva, en el lugar

donde estoy, me he resguardado para amarte, es mi cueva y mi monumento, la circunstancia que

me ha tocado amarte, es el soplo del fuego y la frialdad extrema de la nieve”

Ahora acaricia la frente, la boca del hombre que acompaña a la actriz, sonríe como si ella

misma fuera cómplice de algún sentimiento entre los dos y aprueba que los amantes sean felices,

recrea en su mente la penumbra de una habitación donde se entregan al sexo inmoral de los que

disfrutan y que supone ser parte del lujo con que cuentan los artistas y los ricos, no que sea un

derroche exclusivo de ellos, los desventurados también se permiten la libertad de amar como

incivilizados, como sus padres, como los obreros, los médicos y las enfermeras, los enfermos, ésos

a los que les que trata el cuerpo, que baña y desinfecta, ella, que duerme en sueños sobre sábanas

sedosas “Esperar es morirse durante el tiempo de la espera, yo te esperé hasta el primer encuentro y

le robé a la muerte esos días para disfrutarlos con vos”

El sonido agudo del silbato la arranca del sillón de un salto, corre a la ventana y dibuja una

silueta sobre el vidrio, aunque mal delineados, los trazos son los de un hombre, ha calculado que

éste será el sitio exacto donde aparecerá la figura de Alberto del otro lado de la calle y cuando él
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Angela Sánchez

sale, apenas bastan dos pasos al costado para situarse donde pueda mirarlas de manera que ambas

coincidan. Alberto cabe en el dibujo que sus dedos hicieron, podría ser capaz de sentirse la diosa

que acaba de crear un nuevo ser, primero el espíritu donde luego hizo entrar el cuerpo. Lo mira

hasta que hace arrancar la moto, en el borde del asfalto, y abandona la silueta del fantoche del

vidrio que se queda sin carne. Hombre y moto perforan el aire de la tarde con tal brío que parece un

acróbata del circo en dirección a la luz del aro llameante.

“Suena lindo cuando decís “esperame” , tus labios acarician la palabra y el beso la garantiza.,

pero después de un tiempo empieza a sonar a nada, a hueca. Promesa anunciada pero imprevisible

en el cumplimiento. Isabel espera tu retorno todos los días y durante su vida te cocina y cultiva a tus

hijos, te recita sus resfríos y el dolor de piernas cansadas. Elba espera durante las tardes y noches

acarameladas, te agasaja con almohadas para escucharte contar tus aventuras donde las lágrimas

no se recogen en ninguna copa de soledad, sólo el reloj tiene tu atención a la hora prevista, la aguja

te guiña avisando que sin demora debes despedirte. Nosotras, tus mujeres, hemos suspendido los

deseos en un péndulo quieto como el reloj de aquel edificio, siempre a las tres y cuarto, salimos de

nuestras cajas para jugar a las visitas”

Cuando él no está, Mabel es la mujer que hojea revistas en una fantasía solitaria,

haraganeando en un sillón como miembro de una secta de erotismo clandestino, hasta que las cinco

horas y media del encuentro en cada semana le permitan, comer, bailar, hacer el amor, morir,

resucitar, pedir perdón por el pecado y regresar, fatigada de tanto revivir.

¿No era mejor intentar parecerse un poco a su amiga Inés? La Inés de ahora que piensa

“Isolda, María Magdalena, Eloísa, Margarita Gautier, cómo es amplia la lista de mujeres que

renunciaron al amor, sin contar las innumerables desconocidas de la historia y la literatura, aquéllas

cuya popularidad no fue mayor que el trazado de su barrio, su familia o el círculo de amigos... ” Inés
Novela.
Angela Sánchez

escribe lo que piensa para intentar descifrar con alguna probabilidad el enigma que es Mabel, “...de

las desfavorecidas se forman legiones y de sus lágrimas se nutren raíces de civilizaciones, ellas

aportan fidelidad, lealtad y sacrificio”, y en esto ella tiene toda la razón, ¿podríamos imaginarnos a

Elena despidiendo por la puerta trasera del palacio a su amado Paris?, seguramente no, porque las

diosas y las mortales apasionadas admiten la indignidad, la traición, el crimen, pero jamás la

renuncia al amor.

Así está Inés, y entre escritura y recuerdos le viene a la mente aquella vez en que había

invitado a Mabel para que fueran a la velada en que bailaría su prima, función de la academia

donde las dos estudiaban “No puedo creer que estoy entrando a un Teatro” dijo Mabel, “No puedo

creer que haya convencido a mamá” pensó Inés, ya que la madre y maestra se había opuesto

sinceramente a no ser cuando Inés le expuso lo que ella misma pregonaba en sus clases, la igualdad

de derechos de los ciudadanos. Ya de la prima tuvo que escuchar un reproche “No entiendo a la tía

Lucía, no entiendo cómo te permite que invites a esa negrita a la función de fin de año de miiii

academia de danzas, ella que vaya pero si entra al camarín, ay no, me muero”

La alegría de Mabel duró semanas y las dos tuvieron asunto de conversación para otros

tantos días, que los trajes, que los movimientos, que los giros, que el aire de princesas de las

bailarinas.

Por esa época Inés era una niña de unos seis o siete años y Mabel tendría alrededor de

catorce pero ya demostraba su temperamento callado, no hablaba casi nunca a no ser con ella, es

que pasaban juntas algunas horas durante la semana mientras la joven cuidaba a la niña, como si

entre ambas fuera fácil tender una conexión más intima en algo de amistad. Ahora Inés lo entiende,

es que la pasión, la capacidad para vivirla, hermana a las personas por sobre cualquier diferencia

aparente. Para vivir pasiones son necesarias una debilidad y una fuerza especiales del espíritu, una
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Angela Sánchez

ceguera y una visión particulares. Las dos son capaces de eso. Tal vez todas las mujeres son capaces

de eso.

Hasta la madre de Inés, Lucía, cargaba en su historia debilidades y fuerzas para vivir pasiones

desde el mismo día en que se cruzó por primera vez con Tomás, que más tarde sería su marido y el

padre de Inés. La, más tarde maestra primaria, caminaba hacia la escuela, él llegaba para trabajar

en la ferretería que el padre de Lucía había abierto en el terreno vecino a la casa, separada del

negocio apenas por un patio. Tomás y su hermano eran buenos empleados, ganándose de a poco el

cariño del patrón al que, al decir del hombre, “Me ayudan bastante ya que la flebitis me impide

atender como antes”. Por eso, más de una vez, los llevaba a almorzar a la cocina de la casa de

familia, de manera que Lucía los vio, al regreso de la escuela, varias veces comiendo y conversando

con su padre, momentos en que se hacía evidente la falta de hijos varones en la familia.

Tomás era respetuoso, callado, sonriente, tenía los ojos tan verdes que parecían tallos

húmedos de plantas del bosque. Pocas veces se atrevía Lucía a mirarlo a los ojos porque le habían

enseñado que era fantasía enamorarse de alguien que no fuera de su misma clase social,

argumento de cuentos, pura ficción.

Con el diploma de maestra en su poder, ella aspiraba a casarse con un pretendiente que le

permitiera disfrutar de algunos provechos de la vida porque sus padres ya habían hecho suficientes

sacrificios en aquel pueblo del sur del país. Aspiraba a eso y suponía que así sería.

El invierno los vio a todos juntos, familia y empleados en la comida compartida, en la

compañía cada vez más agradable, el verano los vio merendar bajo la parra del patio. La costumbre

la hizo sentir a Lucía que podía acercarse a Tomás, tocarle la cabeza y preguntarle si el jugo de

naranjas estaba rico, como lo hacía con los alumnos esforzados que poco requerían de sus

atenciones pero a los que les brindaba más simpatía, el acto la hizo darse cuenta de su imprudencia
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y retroceder, sonrojarse ante la mirada boquiabierta de Tomás y recordar que los muchachos

estaban allí para trabajar y no para buscar afecto, y que la comida que les ofrecían era apenas un

ahorro en sus bolsillos. Después vinieron los reproches de su madre “No es correcto tanta

confianza, una señorita...” y aquí señorita tenía doble significación, la de doncella y la de maestra de

la escuela “no debe olvidarse nunca de su lugar de respeto”. Pero la delicia del verde de los ojos de

Tomás permaneció en su recuerdo, en su visión interior, aún después de olvidarse de lo

inconveniente de su actitud.

Después se casó con Tomás y fue su desgracia, como le había augurado su madre. Nació

Inés, abortó una vez, Tomás se fue, se reconciliaron dos veces más, en ambos casos quedó

embarazada, “Apenas podés atender a esa hija y cada día estás más distanciada de mí, además, tu

carrera docente, no, no más hijos” y la hizo abortar de nuevo. Después el hombre tomó su última

decisión y se fue definitivamente. La madre de Tomás vino a vivir con Lucía e Inés para ayudar a la

mujer sola, en los quehaceres de la casa.

Más adelante vivió un largo amor que no confesó a nadie, M. era divorciado, pero no

convivió con él porque sería una vergüenza para su familia, especialmente para su madre que

acostumbraba a decir “Sólo las sirvientas se amanceban”

Ahora estaban ella, su trabajo, el pasado en las marcas de un matrimonio fracasado, un

amor imposible, los abortos, la madre fallecida, el presente del arrepentimiento por los pecados, las

plegarias a la virgen, e Inés a los cuidados de Mabel, para quien sus charlas con la niña eran uno de

los pocos entretenimientos que no le estaban prohibidos.

Las dos sentadas en el umbral de la puerta de calle, Inés con una muñeca de trapo y en la

palma de la mano, una mandarina que pela con lentitud y echa las cáscaras en el cantero de árbol

de moras que ya ha hecho saltar las baldosas con sus raíces. Después come uno a uno los gajitos de
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Angela Sánchez

ámbar que le manchan la pollera de jugo y se limpia la boca y las manos con el ruedo de la prenda.

A pesar de todas las diferencias, una energía las une. Mabel quiere entenderlo y piensa que tal vez

sea ese respeto que siente por la pequeña porque presiente que esa niña sabe de otras cosas, claro

que los vecinos no lo entienden porque son adultos y ya están ajados en sus virtudes, entonces Inés

se vuelve para ella alguien amable, confiable a quien puede sin miedo hacerle sus preguntas “Yo no

sé nada de las palabras, Inés, me entra como un vacío cuando me dicen palabras, qué quieren decir,

Mabel, mi nombre, qué quiere decir, quiere decir algo Mabel”

Inés sonríe y sigue comiendo su mandarina.

“En mi casa sólo mi madre habla, mi papá cuando se va a dormir dice ‘tengo sueño’, cuando

cobra el sueldo le entrega el sobre a mi mamá, ella lo agarra y los ojos se le ponen secos, frunce los

labios, cuenta los billetes y pronuncia el mismo discurso todos los meses ‘Ni un peso de aumento, te

tienen de sonso, eso sí, y vos que no hacés nada, Julio, para que te aumenten, con esto cada vez

alcanza menos, y cuando te mueras, yo, como viuda, voy a cobrar una miseria de pensión’, saca

unos billetes y se guarda el resto en el corpiño, después me grita, Mabel, m’hijita, andá a comprar

fiambre y vino para tu papá, que ha cobrado”

Inés levanta la vista después de acomodarle el vestido a la muñeca.

“Sólo así veo siempre mi nombre, al principio de una orden, las otras palabras cambian de

lugar o de sentido, mi nombre no, mi nombre siempre está al comienzo de una orden”

Inés está casi por llorar, abraza la muñeca, retuerce el ruedo de la pollera, entonces Mabel

cambia de tema, entiende que la diferencia de edad es acentuada y acepta la distancia “Qué voy a

hacer, Inesita, mi vida está como ese cantito, planchá las camisas, negrita Mabel, lustrá los zapatos,

bonita Mabel, casate conmigo, querida Mabel... yo sabía que te iba a hacer reír, vení, te voy a

comprar un helado”
Novela.
Angela Sánchez

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Maria Isabel era la que había dejado de trabajar cuando se casó con Alberto. Dejó de

trabajar en la panadería del barrio en cuyo vecindario habían crecido tanto ella cuanto su marido.

Tres cuadras separaban sus casas paternas y allí también construyeron la que vistieron de hogar

para ellos y sus hijos.

Hacia atrás del barrio, donde estaba ahora la villa miseria se comentaba que había sido, en el

siglo anterior, un asentamiento de aborígenes rejuntados, que, una vez estos diezmados por el

trabajo esclavo y las enfermedades, sirvió de refugio a pobladores miserables. Así, creció y proliferó

la villa al tiempo en que en el barrio lindero se fueron desarrollando las instalaciones de pequeñas y

medianas fábricas, pero nunca se pudo borrar el prejuicio de que era un lugar de salvajes, y las

familias decentes no se animaron a intentar una convivencia en aquel lugar, por lo tanto, fueron los

trabajadores de la recién inaugurada planta automotriz, casi todos descendientes de inmigrantes y

gente venida del campo, los que compraron terrenos a precios baratos y construyeron a pocas

cuadras de sus empleos. A esta gente sin ninguna alcurnia, le bastaba con cuatro paredes bien

levantadas y techos firmes, y en muchos casos, gracias al buen gusto y dedicación de las esposas,

con hermosos jardines coloridos bien labrados, que era el caso de Isabel “Estoy esperando que

florezca mi jardín porque quiero ver de nuevo las abejas”, le escribió a su prima que vivía en el

norte, “El invierno ha sido muy frío y todo ha quedado tan desnudo, si las flores no vienen este año

no habrá abejas ni colibríes, ni la virgencita tendrá las suyas. Quiero que estén para poder

contemplarlas, sólo eso, no me gusta cortarlas, ellas son como los nidos de mis pensamientos y de

mis palabras, si yo no tengo flores no tengo palabras, no tengo nidos perfumados para mis palabras

que son como niños en sus cunas. Y la abuela, ella sí que perdería el rumbo definitivamente, el jardín
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Angela Sánchez

es el sendero que la orienta en su vejez, en cuanto a mí, querida Adriana, celo tanto a mis flores

cuanto a mis hijos”

Así piensa esta Isabel que cambió el ramo de novia por el timón del barco del hogar, la

familia, el olor de las camisas colgadas en las perchas. Casada para dormir junto al cuerpo o a la

sombra del marido. Para quedarse acariciando la mitad de la cama adonde él regresa para

encontrarse con la intimidad de la esposa, de la vida puertas adentro, ¿quién podría quitarle eso?,

puede uno asegurar que nadie, pero Isabel sabe muy bien que los hijos no atan a nadie “Es una

quién los ata al pie de la cama para que si un hombre piensa en abandonarnos sienta lástima de

todos o por lo menos remordimiento y se quede, aunque sea inventando un placer que lo distraiga

del trabajo cotidiano, así actuamos las esposas, ¿qué otra forma hay de vivir juntos muchos años?”

Pero con Alberto parecía ser diferente. Desde antes del casamiento él juraba que no quería

fallar a las expectativas de su futura esposa y que su compromiso con ella sería la palabra

empeñada por propia decisión “solamente yo sé las ganas que tengo de vivir con Isabel”, le había

comentado a (la madre de Inés), Lucía recién llegada a vivir al barrio obrero, con siete meses de

divorciada y, con la fábrica a diez cuadras y en el vecindario tranquilo y diurno, el mismo día en que

la mujer se le acercó, con cierto recelo, pero con necesidad urgente debido a trastornos con uno de

sus electrodomésticos “¿Usted es el que arregla lavarropas?”,“Sí, buenos días, Alberto es mi

nombre, ¿hace poco que vive aquí?” “Sí, y no me doy con los vecinos”, y el lavarropas descompuesto

fue el motivo de la nueva amistad entre ellos, Alberto aún no se había casado pero ya tenía fecha

para la boda con todo lo que pudiera hacerlo pensar en cualquier contrariedad con respecto a la

solvencia económica, subsanado con el empleo seguro y bien remunerado, lo ideal para poder

mantener una familia sin sobresaltos porque la fábrica estaba en su mejor período de expansión y

producción y las motos de fabricación local con gran demanda.


Novela.
Angela Sánchez

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La luz del día apareció a las seis en el barrio obrero. Mabel encendió la radio como si

esperase que la voz no le dijera que la temperatura era de dos grados para quedar demostrado que

el frío no era apenas interior y que el mes de junio había llegado. Las noticias hablaban del

asesinato de un dirigente político. Apagó la radio pero pronto sintió que necesitaba seguir

escuchando esas voces. Volvió a encenderla, -Y ahora noticias del ambiente político-, “Después de

todo, hoy no quiero silencio” -Las repercusiones de las medidas económicas-, “Ojalá que esta noche

no tenga que respirar de nuevo tu silencio”, -Por su parte, el ministro de economía-, “Es como

respirar la muerte”, -Prontas soluciones para la clase trabajadora-, “Ojalá que vengas”, -En horas de

la tarde se conocerán las declaraciones-, “Espero, Alberto, espero”, -En sala de periodistas de casa

de gobierno, en cambio-, “Tengo el 32 en el cajón del placard, mejor me voy a trabajar, cuando

vuelva enciendo las velas al sagrado corazón, espero, Alberto, espero”

.....................................................................................

Era viernes. Habían pasado tres días sin ver a Alberto desde la ventana, incluso admitiendo

que estuviera con carpeta médica, aunque ésta fuera una mera hipótesis, pensó, “en la planta no es

fácil obtener licencia por enfermedad”. Tomó un mate, cambió de emisora, revolvió la comida en la

olla, “habrá querido tomarse unos días de reconciliación, de ternura acrecentada por la culpa”,

mientras tanto la tarde acabó sin darle respuestas.

El lunes siguiente tampoco lo vio y entonces se dio cuenta de que Alberto se había cambiado

al horario nocturno, recurso simple y práctico, él sabía que salvo previa cita acordada, ella se

acostaba a las nueve, el turno empezaba a las diez y ni bien se callaba la sirena, ella se dormía. Por

la mañana ese turno terminaba a las ocho o más tarde, según las horas extras, hora en que Mabel

ya estaba en el hospital, pero así mismo decidió investigar.


Novela.
Angela Sánchez

El martes a las diez menos cuarto se apostó cerca de la puerta de entrada de la planta fabril

y cuando él pasó le dijo “Sólo quiero que hablemos unos minutos”, “No, Mabel”, ya fui claro con

vos”, le contestó y la mujer se marchó sin discutir.

Lo más probable es que tuviera que armar otra estrategia, cosa que se le ocurrió cuando ya

estaba en su cuarto “veo si puedo aguantar una semana hasta que él mismo se preocupe con mi

ausencia y quiera venir a verme”.

¿Qué no da resultados cuando la paciencia y la voluntad están a merced de los deseos? Una

semana y Alberto, aunque teniendo que perder el premio por la asistencia perfecta del mes, la llevó

a que pasaran una de sus mejores noches, donde la imposibilidad se volvía fuerza en cada estocada,

la provocación del tedio los hacía más y más sutiles hasta desparecer en la niebla del sentimiento

ahogado y la delicadeza borraba la ansiedad, los ofensas escritas en la piel.

Al amanecer, él partió repitiendo su discurso moralista, “No me busques más, nada vale más

para mí que mi familia, y lo nuestro...”, “Sí lo nuestro...” pensó Mabel “es la pasión, nombrala, no

tengas miedo, es la intimidad, la complicidad, el secreto, este entendimiento mudo, lo nuestro es lo

único que vale la pena, si tanto venerás a tu familia ¿por qué te hundís conmigo en el arrebato del

placer?, si tanto vos como yo perseguimos, codiciosos, el placer, aunque durante el día quieras

olvidarte”

Otra semana más pasó sin que se encontraran o se vieran y Mabel decidió que quería

sorprenderlo a la salida del trabajo. Le pidió permiso al jefe para entrar más tarde a la guardia del

hospital, el doctor la miró y preguntó por demás convencido de que ella no decía la verdad “¿un

pariente del interior y tengo que creerte?, pero no se negó.

A las ocho en punto lo vio salir con el rostro cansado, un poco tenso y fueron a tomar un

café al bar frente a la plaza del barrio. Se reprocharon mutuamente aunque sin gritar, de cualquier
Novela.
Angela Sánchez

manera los oídos atentos del cliente que estaba en el mostrador y de los dos que estaban en la

puerta alcanzaron a escuchar sus argumentos y adivinar, por los gestos, el tenor de la discusión. Y a

pesar de todo no pudieron evitar la tentación de ir al hotel a las afueras de la ciudad. Allí estuvieron

las dos horas pagadas de antemano y al despedirse, Alberto recitó la misma advertencia de siempre

en tono de quien da una lección “no podemos volver a vernos...”, “y etc, etc, etc” pensó Mabel.

Ella le aseguró que el taxi la llevaría hasta el hospital, pero le mintió porque el rumbo fue

otro, lo siguió hasta su casa en el intento de prolongar el encuentro para no decirle adiós, como

oponiendo resistencia al destino, como si quisiera disminuir la frustración hasta tristeza sublime por

esta pérdida.

Él entro a la casa por el pasillo lateral de la propiedad, pasillo que en este caso conduce a la

puerta trasera por donde se ingresaba a la cocina. El perro salió a recibirlo saltando, ladrando y

gimiendo al mismo tiempo. Con una mano sostuvo las dos patas delanteras cuando el animal se

elevó sobre sus piernas y con la otra le acarició la cabeza y el hocico, después lo soltó porque

llegaron los hijos para abrazarlo y besarlo. Levantó a la nena en brazos y al nene lo guió por la nuca

hasta la puerta de la cocina donde probablemente Isabel también lo recibiría con un beso, después

era sólo imaginar las escenas.

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Cuando Mabel empezó a fumar conoció el sabor de la tragedia “Descubrí un cenicero en la

pieza de Mabel, José ¿me escuchás?” le dijo Rosa a su marido “Había un cenicero en la pieza, ésa

debe andar fumando, como las que no tienen nada que hacer”.
Novela.
Angela Sánchez

El vicio, para Mabel, resultaba un acto mecánico pero siempre bien saboreado, y ella quizás

quería ser lo mismo, ser como el tabaco, deseada, necesitada, que Alberto no quisiera hacer el

esfuerzo de abandonarla aunque supiera, a conciencia, que había riesgos “José ¿me oís?, Aprontá el

cinto para cuando vuelva de la misa, no se va a burlar de mí esta negrita”

Fumar hace mal, ese amor le hace mal pero qué importa cuando la copa del amanecer está

efervescente cerca de los labios y la prolijidad de la obsesión corrige los daños. “Si te hubiera oído

José, si hubiera oído a mi madre, los hijos adoptivos no sirven, nunca aprenden a respetar a sus

padres”, seguía reclamando Rosa que, viéndolo por ese lado, tenía razón de sobra para considerar a

Mabel una mala hija cuando comparada con la hija de la vecina, Raquel, en la misma edad que la

suya pero con otra idea de la obediencia, a pesar de los castigos semejantes a los que Mabel recibía.

Raquelita lavaba la ropa de todos los de la casa, inclusive las prendas íntimas de sus padres, fregaba

los pisos como doña Quica le había enseñado, repasaba muebles, vidrios, espejos, iba de compras,

buscaba el carbón, el kerosén, el tabaco, acomodaba el altarcito de la virgen, en una palabra, se

deslomaba. Y por las tardes, mientras su madre jugaba a las cartas con la vecina alemana de la otra

cuadra, preparaba el mate y compartía el capítulo diario de la radionovela, escuchaba los chismes

de las dos mujeres y tragaba, sin querer, el humo de sus cigarrillos armados a mano. Pero es bien

sabido que a esa edad la naturaleza impone sus mandatos y Raquel sentía que se le despertaba el

cuerpo y la fantasía por el dueño de la fábrica de pastas del barrio. Aquel ‘gringo’ de ojos azules

tenía novia y no pocas veces había detenido la mirada en el busto de la joven, pero ella tenía sólo

catorce y él no estaba para meterse en problemas “Si hubiera nacido gringa, sería rubia y tal vez él

me miraría, pero soy criolla como mis padres” decía Raquel para sus adentros “Me parece que el

otro día el ‘gringo’ me miró los pechos, todavía puedo hacerme ilusiones, igual voy a tener que
Novela.
Angela Sánchez

casarme, tener hijos, aguantar al marido borracho, abortar un que otro hijo hecho sin querer, y

terminar cuidando a mis padres y a mis suegros si no hay otra hija que los cuide”

Ella estaba convencida de que a los padres hay que respetarlos pero cuando su madre le

daba latigazos argumentando alguna falta o desobediencia, ella la llamaba “la Quica”, fuera por la

rabia que le daba recibir castigos, fuera por sentir que ésa era la manera de hacerla sentir culpable

“Y después que volqué un poco de aceite de fritura en el piso, la Quica, le digo así porque cuando se

enoja conmigo parece que no fuera ella la que me parió, buscó el látigo que guarda en el ropero y

me dio tres latigazos, uno por la espalda, uno por la cintura y otro en la cabeza, ‘por sucia’, dijo, lo

peor es que la mancha no salió del todo aunque me maté fregando, después me dejó sin comer y me

mandó a arrodillarme sobre los granos de maiz en el patio, estuve como media hora”

Ese mismo día fue a comprar los tallarines pero estaba tan triste y desganada que al percibir

que los ojos del ‘gringo’ se orientaban a su busto, le dio más vergüenza, recibió el vuelto y salió con

la cabeza baja.

“Seguro que mi madre debe haber estado enamorada de un hombre rico, parece que era

una morocha muy atractiva y alegre, aprendió a hablar bien cuando trabajó de niñera en la casa de

una maestra, pero no, le tocó un obrero y tuvo que obedecer a mi abuelo aunque ella ya fuera

mayor de edad”

Así era Raquel, tan diferente de Mabel, que su madre adoptiva no lograba conformarse con

su comportamiento “Tiene la cabeza llena de fantasías, ni que le hubieran hecho una brujería”

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Siempre se nos ha de culpar a os seres humanos por intentar, como niños bien aplicados, un

prolijo diseño de experiencias o una composición equilibrada de vivencias, pero estaríamos

mintiendo si dijéramos que no somos nosotros lo que provocamos, de repente, la caída; nadar hacia
Novela.
Angela Sánchez

la playa esperando el momento de erguirnos victoriosos sobre la arena, pero, y se nos escapa aquí

un ‘pero’ del tamaño del mundo, nunca tan indeseado y tan real, pero, decíamos, aparece un

insecto fantástico que roe las líneas del paisaje, luego el tintero se derrama sobre la hoja del dibujo

prolijo y la suerte adversa se hospeda de forma permanente “Debe ser el destino” exclamamos, y

una niebla gris va invadiendo nuestras costas, se expande la ambigüedad desconocida, y al cabo nos

encontramos sacudidos, nuestra vida es un emparchado insolente que ha reemplazado la ilusión de

una tonta armonía por la audacia procaz del desajuste impensado, aunque auténtico.

Que Mabel tenía ciertas dificultades en su aventura amorosa con Alberto es cierto, pero la

certeza íntima de que poseería ese hombre a cualquier precio, la conducía a apostar fuertemente,

apostar sin importar ‘la vida o la muerte’ para que ella Mabel, la Mabel, la adoptada, la enfermera,

la negrita, pudiera superar el deseo de la propia Isabel en retenerlo. Pero hablábamos de las caídas,

ese momento infinitesimal de tiempo en que tropezamos con la piedra menospreciada del camino,

que no vemos, que no presentimos pero que de alguna manera destroza la armonía acopiada hasta

entonces y esparce pedazos de anhelos por el suelo. Nosotros no vemos por no estar lo

suficientemente entrenados para eso, la vidente sí lo vio, en el vaso con agua, tomando la forma de

una premonición “He visto a Mabel montada en un caballo gris, hostigando al animal para que

galopara a través de una llanura árida, el caballo lleva tanta velocidad que casi parece invisible, no

hay marcha, hay vuelo; susurros de voces declamaban juramentos y votos que se oponían a la

tradición que te han impuesto porque todo eso para vos siempre fue superficial, apenas rituales

oficiales devenidos en obligaciones públicas, y mientras galopabas, una enjambre de insectos te

rodeaba y se asentaba en la grupa del caballo, hincándole y a ti, sus miles de aguijones, cuando
Novela.
Angela Sánchez

llegabas a un templo de muros con enredadera, los pétalos de sus flores matizadas envejecían y

caían, resecas, después todo ardía”

Mabel también tuvo un sueño, soñó a Alberto con cuerpo de monstruo y entendió, en las

regiones de lo onírico, que su amado estaba así por cada amor que había abandonado por el amor

de su esposa, su espíritu estaba deformado por la culpa y la tristeza, sólo había una manera de ser

uno con el amado, que ningún otro cuerpo creciera como maleza a sus pies.

Despertó sobresaltada y encendió el velador y un cigarrillo casi al mismo tiempo, un par de

aspiradas la calmaron, después fue a orinar, tomó agua y volvió al dormitorio, apagó el cigarrillo y

buscó en el cajón de la mesita de noche la fotografía de Alberto y la interrogó en voz alta “Sabe un

hombre qué es amor cuando lo posee, o necesita del nombre de una mujer para nombrar lo que no

se atreven a decir de sí mismos y quedan ahí, nombrándose en el nombre de esa mujer; ay, Inesita, y

yo que no entendía de palabras, te acordás, ahora las entiendo menos, a veces Alberto distraído me

llama Isabel”

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Carlos, amigo de Alberto, sabía lo de Mabel, y Lucía también. Lo más probable es que uno

de ellos se lo contara, si no, cómo habría de enterarse Isabel, si bien, considerando el estado de la

situación, muchos los habían visto, bien podría acontecer que Isabel lo supiera desde hacía tiempo

pero sólo ahora lo admitiera. ‘Otra mujer’ para enmarañarle la cabeza de esposa diplomada con

velo de novia y todo, ‘otra mujer’, la duda clavada en la carne que aplasta los hombros y deja las

manos pesadas y flojas, ‘otra mujer’, alguien cuyo nombre él pronuncia sin sonidos, alguien más

oscuro o más claro, otra incertidumbre, una prueba más que pasar en la vida en la voluntad de no

desertar.

Isabel esperó y espió la salida de la fábrica, en el único modo en que podía sorprenderlos.
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Angela Sánchez

Ese día los amantes fueron a comer unos sánwiches y después partieron hacia el hotel de

siempre. Era más o menos las seis de la tarde cuando Mabel estaba en la puerta cuidando la moto

hasta que Alberto volviera de la recepción, donde había llevado los documentos. La puerta del

garaje de la habitación donde entrarían todavía estaba cerrada por lo que Mabel se recostó sobre la

pared y fumó. Con la primera bocanada, levantó la cabeza y vio bajar de un taxi a una mujer de

caderas cargadas y pechos sin anhelos, era Isabel. “No te voy a mentir porque tengo derecho a

enamorarme de cualquier hombre en cualquier día o noche de este mundo” expresó con altivez,

“Alberto tiene hijos, estamos casados por ley, tiene obligaciones” replicó Isabel “Venís a llevártelo, a

decirme que te lo deje pero no oigo de tu boca decirme que él es lo único que amás, que nada te

importa sino él, ni la vida ni la muerte” pensó Mabel mientras llegaba Alberto, que había escuchado

todo y solo atinó a quedarse apoyado en el marco de la puerta, serio, mirándolas a ambas con un

gesto que le dio rabia a Mabel pero que no extrañó porque supuso que el hombre orientaba todo su

rencor hacia ella.

Alberto volvió a retirarse atendiendo el llamado del encargado del hotel, probablemente

para que su intervención previniera cualquier escándalo. Y Mabel encendió el segundo cigarrillo “Así

que fumás, como los hombres” reprobó Isabel al tiempo en que Alberto volvía para tomar a Isabel

del brazo y mirar a su amante reprochándole con tono áspero “Te dije que Isabel no tenía que

saberlo, ella no lo merece”.

No fue Mabel quien había contado aunque no se defendió. El hombre dio arranque a la

moto y su esposa subió, acomodándose de lado, como cuando eran novios y la llevaba a pasear al

campo. Mientras se alejaban Mabel prestó atención a la torneadura de las piernas de la otra mujer

bajo la pollera y aunque la figura le pareció rústica notó que algo de sensualidad aun persistía en las
Novela.
Angela Sánchez

pantorrillas al aire. Así se alejaron, Isabel rodeando con sus brazos la cintura de Alberto y apoyando

su cabeza en la espalda de él, entregada y dulce como si acabara de enamorarse.

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“Te voy a amar con la última sangre, y de sangre yo conozco, y de sus apariciones extrañas

en el cuerpo, cada paciente que atiendo deja en las sábanas su silueta dibujada en sangre con la

exactitud del arte, por dentro y alrededor de esas líneas, otras ramificaciones trazan senderos que

ningún médico podría identificar, yo, sí, veo el recorrido de su desesperación desde el sitio del dolor

hasta el comienzo del mal, desde los miembros en reposo hasta el fin del dolor. Algunas líneas suben

desde los muslos hasta las cervicales, otras bajan desde los pulmones hasta los riñones, o van desde

el corazón a la entrepierna o desde la mano hasta el hígado. Quien pudiera que mi sangre volviera a

explorar las zonas pacíficas del bienestar como antes de conocerte, ahora ella hierve por meandros

oscuros hasta que la creciente del deseo la desborda inundándome toda, confundiéndome,

golpeándome contra los bordes posibles de la vida y tanta lucidez me hace percibir que cada célula

mía está viva, soy cada célula y su movimiento, lunes, jueves, tus días de horas extras conmigo,

anotados con un recuadro en el calendario, los demás días son planos inclinados desde el morir de la

tarde hasta la medianoche, puedo esperar, lunes, jueves, puedo esperar en la sombra, jueves, lunes,

nadie te va a amar como yo, tengo que esperar, otro lunes, otro jueves, una sombra, otra sombra,

no consigo ver si mi rostro es feo o lindo, parezco sí, una estatua; quiero no tener volumen, ser de

aire para que tu cuerpo me atraviese, bailame, comeme, jugame, vestime, desvestime, bañame,

sonreime, hablame, dormime, bebeme, caminame, peiname, despertame, recordame, nosotros

somos del color de la noche y de la vida, el resto del mundo es blanco, blanco que enceguece, no

permitamos que nos ciegue el camino adonde queremos llegar, el planeta dio una vuelta completa

alrededor del sol desde que comencé a amarte, las estaciones me han cubierto y descubierto, mis
Novela.
Angela Sánchez

horas rechazadas quedaron en el camino como carteles derribados por el viento de la tormenta,

quiero escalar la montaña más alta para desde allí arrojar mis miedos, quiero provocar con mi amor

una sombra tan grande en el rostro de Isabel que consiga desanimarte”

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La gente iba y venía por la plaza, paseaba o esperaba, como ella sentada en un banco, pero

sólo ella esperaba a Alberto, sólo Alberto de ir, iría a su encuentro. Había mucha gente en la calle

por el feriado nacional y el riesgo de ser sorprendidos por cualquier conocido siempre era posible. El

perro llegó caminando despacio y meneando la cola en señal de aprobación, lo que daba a entender

que el animal aceptaba su compañía por un rato siempre que ella tuviera la cortesía de compartir

con él esos pedazos de galleta que le tiraba a las palomas mientras tarareaba una melodía. Es cierto

que cuando uno hace eso, pareciera que está muy ocupado con esa tontería que nos da tanta

satisfacción, y generalmente lo hacemos cuando estamos despreocupados y no tenemos nada más

importante para hacer o pensar, lo que en el caso de Mabel era diferente, ella tenía en qué y en

quién pensar, pero pensar en Alberto la aislaba cada vez más de los otros seres, por eso, estando allí

a su espera, quiso darse una tregua.

Sabía que volvería a pedirle que se separaran como si esperase que ella comprendiera, lo

que en realidad, Mabel, a pesar del narcótico que la embelesaba, había llegado a entender, sí, la

lealtad de su hombría para no defraudar a la familia y tener que abandonar a Isabel “No importa,

igual tengo que liberarlo de su esclavitud” contrarrestó, “la muerte en su voluntad no repara en

separar esposos que ya no se aman, si la muerte no sabe de amor, nos lleva a todos y parece que

nunca logra contentarse porque siempre vuelve y busca a más que la acompañen,
Novela.
Angela Sánchez

Mabel, taciturna como era, consideraba que hay matrimonios que no merecen serlo y que la

sociedad, donde se presume que nadie es una isla, los mantiene unidos con garruchas en lugar de

juramentos devotos, parecido a caniles de reproducción.

El perro lame las migas esparcidas en el suelo de baldosas.

“Por qué no entendés que yo soy todo para vos, soy la vida, el amor, la liberación, puedo

salvarte del dolor, sé que la muerte decidiría lo mismo que yo, hay una sola trinidad, la divina, no

puede existir otra en la tierra, el triángulo debe abrirse y diluirse por alguno de sus vértices”

El hombre llega por el lado noroeste de la plaza, cuando está frente a ella ya hay una ronda

completa de perros que se disputan las galletas junto con las palomas. Alberto ahuyenta a todos

con un chistido que le causa gracia a él mismo y la simpleza del acto le produce parpadeos hasta

demostrar un que de timidez.

Le propone ir a tomar un café al bar que conocen “Hay mucha gente aquí” dice él, “Por eso

me gusta”, piensa ella.

Se sientan a la mesa disimulada por una glorieta de madera, pintada de blanco, en la que se

enreda un rosal de plástico, estaban en el ‘veranito de julio’, Alberto se seca la frente con un

pañuelo, hace girar al derecho y al revés la alianza de bodas y se limita a repetir el discurso de

siempre, cubriendo las frases con un tono amenazador por si no bastara con el desgarro de la

decisión, ella escucha razones, más razones pero indiferente a la perorata, le roza el pie por debajo

de la mesa, él sigue indiferente, retira ahora ella el pie, gira de costado en la silla y cruza las piernas

para que sobresalgan bajo la puntilla del mantel dejando ver hasta las rodillas. De esta vez han

cambiado el café por cerveza y algunos tostados de jamón y queso, más adecuado a la temperatura.

“Hagamos el amor por última vez, Alberto, dame esa despedida”


Novela.
Angela Sánchez

Jamás lo habían hecho con tamaña desesperación, tan rápido y extrayéndose tanto placer

como si la pasión siempre encontrara en algún bolsillo más monedas de placer, por eso el último

encuentro que había parecido insuperable se eclipsó con éste que los llevó al éxtasis, les arrancó

lágrimas y conocieron un llanto duro, de poder sobre la muerte, inmediatamente vino un goce más

profundo y aniquilador, donde se acariciaron hasta derrotarse mutuamente y a sí mismos, hasta el

desmayo.

Y nuevamente la acompañó en un taxi hasta la esquina de su casa. No se besaron al

despedirse “Cuando seas libre vas a amarme tanto como yo a vos, te voy a esperar” dijo eso

convencida de que era un augurio dictado a sus oídos por la desesperación.

Aquel calor suave de la tarde de julio tembló en el aire como si la esperanza fuera el vestido

de la primavera que se aprontaba para llegar.

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“Nuestro reportero entrevistó a algunas de las compañeras de trabajo, quienes afirman que

López tenía una conocida inclinación por las situaciones de infidelidad” manifestaba la voz del

locutor de radio. Esa voz, como las voces del aparato de televisión a menudo se entrometen en

nuestros oídos con los planes diarios, las necesidades mensuales y los anhelos que año tras años no

nos dejan a solas con otros pensamientos que no sean aquello que tendremos que conseguir, o en

último de los casos, sobrellevar como podamos. Esas voces que uno invita, sin medir hasta dónde

llegará su indiscreción, a nuestras vidas una vez que hemos comprado el aparato e instalado en

nuestras casas. Las voces que opinan, estemos de acuerdo o no, y a quiénes agradecemos el

mantenernos informados, algún que otro chiste y la música que nos gusta, “Trascendieron nuevos

detalles acerca de la personalidad de la enfermera Mabel López, quien la tarde del pasado tres de
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Angela Sánchez

agosto...”. La radio, decíamos, tantas veces apagada con un sólo gesto sin que nos cause

remordimiento silenciar su voz.

Si se tiene una radio ya no se está solo, ni que decir cuando por las noches, cuando el sueño

nos espía desde la vereda sin decidirse a entrar, damos vueltas en la cama y recordamos que la

mejor manera de ahuyentar la manía de seguir despiertos, es encenderla y burlarnos del dios del

sueño por su indecisión o su egoísmo, de cualquier manera, en algún momento, deberá

concedernos su gracia y mientras no podemos cerrar los ojos, abrimos los oídos a la transmisión

radial, y por qué no, iniciamos un diálogo con el locutor, en voz alta, aún sabiendo que muchas de

nuestras preguntas no serán respondidas “Se supo que años atrás la nombrada mantuvo una

relación amorosa con uno de sus jefes ...”. La voz que emite la radio no demuestra incertidumbres,

temores, ni agitación en las inflexiones, siempre afirma, cuando pregunta o cita las palabras de

alguien, pareciera que siempre tiene la razón “Mabel López se encuentra alojada en la comisaría

decimotercera de esta ciudad, la enfermera cuya pasión derivó en el asesinato de la inocente esposa

de su amante...”

El viento de agosto se asemejaba a un útero que se abre en espasmos para expulsar una

nueva vida, su violencia era tanta que todo sobre el suelo del barrio se resignaba a dejarse azotar. A

través de la ventana, Isabel vio como se doblaban las ramas de los paraísos, evocando chicotes de

amos perversos, vio, también, pasar remontando unas ramas de limonero y volvió la mirada sobre

sus ovillos de lana, colocados sobre la mesa de la cocina, cebó un mate y continuó prestando

atención al programa radial.


Novela.
Angela Sánchez

Faltaba más de un hora para que volvieran los niños de la escuela y tres hasta el retorno de

Alberto. Se había asegurado de trabar bien puertas y ventanas suponiendo que con ese viento nadie

la visitaría.

Encendió el horno y puso la masa de pan a cocinar, también encendió dos hornallas porque

sintió frío, fuera por el viento, fuera porque los materiales de la vivienda no retenían mucho el

calor, fuera porque ese día se sentía más indefensa. Volvió a mirar hacia el pasillo lateral por donde

sólo los íntimos de la familia entraban sin golpear la puerta del frente, también lo recorrían las

abejas cuando iban hacia el duraznero del fondo y el perro cuando buscaba su casa por la noche.

Agrupó los ovillos según el color que llevarían las franjas del pulóver que estaba tejiendo

para el hijo menor, que parecía crecer más rápido que su hermana, además aún restaba medio mes

de agosto.

Estaba revisando el punto de cocción del pan cuando escuchó los golpecitos en la puerta de

la cocina y con movimiento rápido se cubrió con un chal y descorrió la traba de la puerta adivinando

“Será mi hermano... del colegio... Carlos que precisa algo”. Era Mabel, la mujer de pasiones

dilatadas a su frente, que no se dejaba dominar por nadie ni siquiera por ese viento esclavista, al

contrario, ella sería la capaz de dominarlo con su voluntad, como un jinete domina su caballo. Traía

un pañuelo de seda en la cabeza, anteojos oscuros y guantes de cuero, recordando a aquellas

estrellas de cine, pero aún así Isabel la reconoció, a partir del día en que la vio por primera vez

nunca la olvidaría, es que Mabel era de recuerdo pegajoso. No hubo explicaciones entre las

mujeres, ni lágrimas, ni insultos, pero Isabel se sintió anestesiada por un extraño frío como si ella

misma se resignara a dejar actuar a los dos visitantes, Mabel y el viento. La visitante sacó de un

bolsillo un arma que hizo estallar, y ráfagas insolentes alejaron las detonaciones y el olor a pólvora.

La esposa de Alberto sintió por primera vez una borrachera como nunca antes y la voluntad de
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Angela Sánchez

Mabel penetrándola en el vientre y el pecho, penetraciones furiosas que nunca le había permitido a

la pasión de su marido, y como en verdadero coma alcohólico, convulsionó y fue perdiendo las

fuerzas y aumentando la rigidez en todo el cuerpo.

El mismo viento cómplice de su asesina apagó los gritos, mantuvo alejados a los rostros que

pudieran asomarse sobre la tapia y protegió la llegada y partida de Mabel.

Sintió que sus pies perdían tibieza, que el calor del horno abierto fue incapaz de brindarle y

el cuerpo fue abanicado por polvo que el mastín de viento exhalaba con cada ladrido, ayudando a

que su sangre se coagulara y dibujara un encaje rojo sobre sus ropas. Un torbellino de pétalos de

geranio se asentó sobre sus zapatos para que Isabel se fuera deslizando a lo largo del hilo delgado

de la agonía, como los arroyos de las sierras en el invierno se deslizan sobre los cauces pedregosos.

Así, se fue desvistiendo de aliento en una ceremonia lenta, se despojó de agujas, cucharas, anillo,

tijeras, peine, ropa, zapatos y cuando llegaron sus hijos estaba desnuda de vida.

Mabel se dejó caer sobre el sillón frente a la ventana, acabó de matar para no renunciar a lo

mejor de su vida y recuerda que el cuerpo robusto de su victima, un cuerpo de madre no atinó a

defenderse “Te dejaste vencer Isabel, yo te sellé de oscuridad y vos sucumbiste”. A esta altura, lejos

del remordimiento, Mabel reconoce que ha matado por cuestiones territoriales y que, aunque esté

cubierta de escombros, puede atravesarlos, despedazarlos, para no desgajar su condición humana.

Tras las ventanas, el día se vuelve viejo y la claridad artificial de los neones comienza a iluminar los

hombros de su abatimiento.

Una anciana recorre la vereda de enfrente en la misma dirección en que el día se evade,

desliza la mano por la sienes como quitándose telarañas imaginarias, las mismas telarañas que

comienzan a tejerse en la mente de Mabel, trampas que se enredan como los limites del día-noche,
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Angela Sánchez

como los nudos de la vida-muerte. Un perro flaco busca, en el laberinto de pisadas, las de su amo

que difícilmente volverá a encontrar, porque los perros pueden morir si nos pierden, nosotros

sobrevivimos a su pérdida.

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