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SIRENA

-¿Sabes por qué lo llaman el farallón de la sirena?


La voz de Astrid fue apenas un susurro que se perdió sobre el rumor de las olas. Al
joven, sentado en la arena, a su lado, le bastó con leerle los labios para comprender sus
palabras; no era la primera vez que las formulaba.
- Te lo he explicado infinidad de veces, Astrid. Fue bautizado así en recuerdo a una
joven de la aldea que desapareció en el mar. Hay quienes dicen que se transformó en
sirena antes de hundirse bajo las aguas.
-También hay quienes dicen que, en realidad, se ahogó una noche de verano.
El adolescente de cabellos dorados se apartó un mechón rebelde, que la brisa
marina hacía caer sobre su frente repetidamente, achicó los ojos y la miró con
desconfianza.
- ¿Lo dices en serio? Nunca he oído esa historia.
- ¿No? Entonces escucha, Evan. Otros dicen que, a menudo, la veían caminando por
la orilla del mar. Parecía ensimismada con las olas que caracoleaban y salpicaban su falda
y, mientras bordeaba la costa, recogía caracolas y piedras de colores hasta que alcanzaba el
farallón, en la parte alta de la ensenada. Quienes la observaban desde la distancia dicen
que parecía una sirena. La veían sentarse sobre las rocas donde aguardaba noche tras
noche. Al amanecer, cuando los pescadores se hacían a la mar y lanzaban sus redes, aún la
veían en la distancia. Desde las barcas la saludaban con la mano. A veces, ella les devolvía
el saludo; otras no, pues su mirada estaba perdida en el horizonte y no reparaba en ellos.
Una mañana de agosto nadie la vio en el farallón. Ni a la siguiente ni a la otra... Nunca
más -añadió con un suspiro-. A partir de entonces nadie volvió a verla ni a saber de ella.
Creen que se ahogó.
- Esa historia te la acabas de inventar -se mofó Evan.
- No, es cierta. ¿Sabes qué?
- ¿Qué?
- No creo que se ahogara. Tal vez él regresó y la llevó consigo.
- ¿Él? ¿Quién?

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-El hombre por el que esperaba todas las noches, tonto, el hombre por el que
permanecía junto al mar hasta el amanecer.
-¿Cómo sabes que aguardaba por un hombre?
-¿Por quién si no se aventuraría en la noche un día tras otro?
El muchacho se recostó sobre la arena, dobló los brazos bajo la cabeza y fijó la
mirada en el cielo, estudiando la posición de las constelaciones. Frunció el ceño durante
unos minutos, en apariencia absorto en la estrellas pero, en realidad, tenía la mente en las
palabras de Astrid.
-No lo creo, eso se sabría en el pueblo -dictaminó.
-¿Qué?¿Que se marchó con él?
-Que él existía.
-Claro que existía -lo reconvino la muchacha mientras peinaba su larga cabellera
rubia con los dedos.
-No lo sabes. Nadie lo sabe en realidad.
-Yo sí lo sé.
-¿Cómo puedes saberlo?
-Evan, si la mujer desapareció en el mar es porque él vino a buscarla como le
prometió.
-Te equivocas, se suicidó cuando comprendió que no regresaría.
-¡Claro que regresó!
-No regresó.
-Hace un momento decías que ese hombre no existía y ahora que la abandonó.
-Las personas somos inconstantes.
-No todas.
-Sí.
-No.
-Estás siendo testaruda, Astrid.
-Puede ser, pero él regresó y se la llevó en su barco a recorrer el mundo.
Evan rió.
-¿Además tenía un barco?
-Claro, era un pirata que fue condenado a siete años de esclavitud. Pero cumplida

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su condena, regresó a por ella.
-Ni hablar, ella no lo hubiera esperado durante tanto tiempo.
-¡Claro que sí!
-¿Por qué haría algo tan estúpido?
-Por amor, por qué si no.
Evan volvió a concentrarse en las constelaciones meditando las palabras de Astrid.
-Ningún amor es tan duradero ni tan fuerte.
-Sí lo es, Evan. Ella lo amaba y él la amaba.
-Eres ridícula, Astrid.
-Y tú cínico.
-¿Cínico? ¿Dónde has aprendido esa palabra?
-Por ahí...
-No sabes ni lo que significa.
-Por supuesto que sé lo que significa -guardó silencio unos segundos-. Y sí eres un
cínico.
-Si un día yo me marchara de Makronisos, ¿me esperarías durante tanto tiempo?
- ¿Por qué ibas a marcharte?
- No importa la razón.
- Claro que importa, Evan.
- Responde a mi pregunta, ¿lo harías o no?
-Tal vez. Si te amara...
El adolescente no se atrevió a preguntarle si lo amaba.

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Años después aún recordaría aquella conversación, sin saber en ese momento, cuan
importante sería...

◌◌◌

A veces tenía la certeza de que, si se concentrara, aún podría ver el apuesto y

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juvenil rostro de Evan mirándola fijamente, tal como hizo aquel día bajo la luz del
atardecer.

◌◌◌

Las campanas de la iglesia llamaban para la misa del mediodía. Las palomas
levantaron el vuelo en dirección a la aguja de la torre. El salitre del mar llegaba hasta la
pequeña edificación de piedra, pero los feligreses, que se congregaban a las puertas de la
edificación, estaban tan acostumbrados al olor, que lo inhalaban como si se tratase de las
violetas de la temporada.
-Astrid, creo que he olvidado mi rosario -se quejó la nonagenaria mujer que se
sostenía del brazo de la joven de cabellos dorados.
-El rosario lo tienes en el bolsillo, madrina.
-¿Estás segura?
-Claro, lo guardaste después del desayuno -mientras hablaba tanteaba en la falda de
la anciana hasta encontrarlo y colocarlo en la palma de su mano-, aquí lo tienes.
Los dedos de la anciana se cerraron en torno a las cuentas de marfil, acariciándolas
con torpeza. Reconoció al instante la suave y fría textura. Las manos, ajadas y avejentadas,
buscaron el rostro de la joven para leer la expresión que sus ojos ciegos no podían
mostrarle.
-Estás triste de nuevo. Aún tienes el corazón roto.
-Ya no, madrina.
-No me engañes. ¿Es por Evan?¿Aún lo lloras?
-Evan no merece ni una sola de mis lágrimas.
La anciana palmeó las manos de la muchacha.
-No es malo que aún lo quieras, Astrid.
-Hace mucho que dejé de quererlo.
-¿En serio?¿Cuánto tiempo?
La joven lo rumió durante unos segundos, quiso decir que siete años, los que hacía
que se había marchado de Makronisos, pero se percató que sería una mentira. Tal vez no
hiciera siete años, tal vez solo fueran seis... o cinco... o cuatro...o tal vez menos. Quizá aún

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lo quisiera un poco, pero eso no tenía porqué admitirlo ante nadie, ni siquiera ante sí
misma.

A pesar el tiempo transcurrido a Evan no le costó reconocer a la joven de dorados


cabellos que se encontraba de pie ante la vieja iglesia de Makronisos. A pesar de que vestía
con sencillez, destacaba entre la pequeña congregación por su serena belleza y semblante
melancólico. Creía que estaba preparado para enfrentarse al reencuentro, pero, inmóvil
tras los olivos que bordeaban el sendero que ascendía hasta la edificación, se percató de
cuán equivocado estaba.
No estaba en absoluto preparado.
La incertidumbre le atenezaba el estómago y el corazón se sobresaltó en su pecho
cuando sus ojos se posaron sobre Astrid. Estaba tan hermosa...
En su fuero interno sabía que, probable y merecidamente, lo echaría con cajas
destempladas. Tal vez no se merecía menos, pero un día ella lo amó con toda el alma.
¿Podía albergar la esperanza de que aún lo amara un poco?
En los siete años transcurridos desde que dejó atrás Makronisos había soñado
muchas veces con ese momento. En sus fantasías, Astrid siempre lo recibía con una
sonrisa, siempre corría a su encuentro susurrando “te esperé”. Pero si bien ése era su
sueño, la realidad podía ser tan diferente que no debía hacerse ilusiones.
El sonido de las voces de los feligreses le obligó a abandonar su escondite tras el
olivo. Enderezó los hombros, se mesó innecesariamente los cabellos rubios cortados casi
al rape y echó a andar con paso titubeante y pesado en dirección a la iglesia.

Astrid asentía distraídamente a la cháchara de su madrina, quien le repetía el


sermón del padre Cenobio durante la misa de la semana anterior, como si la muchacha
no hubiera estado presente. Notó antes que ver cuando alguien ascendió el empinado
sendero en dirección a la iglesia, pues las conversaciones a su alrededor cesaron al
instante. Las charlas antes de la misa del domingo eran tan esperadas como la propia
ceremonia. Tal mutismo sólo podía significar una cosa: un desconocido se acercaba.
Giró la cabeza sobre su hombro, lo suficiente para observar la figura del recién
llegado. Lo miró sin interés, por inercia, pero bastó una brevísima mirada para que, a

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pesar de los años transcurridos, lo reconociera. El corazón dejó de latir al instante.
Evan.
¿Cuántas veces había imaginado, soñado, añorado ese momento? Tantas que le
faltaban los dedos para contarlas. ¡Evan había regresado a Makronisos!
Estuvo tentada de pellizcarse para cerciorarse que el atractivo y serio joven, que se
sostenía en pie ante ella, con una muleta, era Evan, el joven al que amó con la locura de la
que sólo se es capaz un adolescente. Su Evan.
No, ya no era su Evan. Dejó de serlo el día que se marchó de la aldea,
abandonándola y haciendo añicos sus sueños de niña. Se preguntó, no por primera vez,
qué habría sido de su vida. Dónde habría estado, qué habría hecho... ¿Habría pensado en
ella alguna vez?
No quería saberlo y, al mismo tiempo, la angustia y la incertidumbre de no saber
horadaban su pecho. Intentó odiarlo con todas sus fuerzas y, casi imperceptiblemente,
endureció la expresión de su rostro. No quería que leyera cuánto se alegraba de verlo.
Pero para Evan mirar el rostro de Astrid era como leer en un libro abierto. Ella
aún no entendía con que facilidad hablaban sus ojos, a pesar del rictus que endurecía las
delicadas facciones. La miró bajo los pesados párpados, inspiró aire haciendo que el
pecho, un pecho increíblemente ancho y fuerte, vibrara.
Evan había cambiado, se percató Astrid. Del delgaducho adolescente nada
quedaba.
El hombre ante ella era más alto y fuerte, tenía un cuerpo atlético. Los lacios y
largos cabellos rubios, casi blancos, que a menudo recogía en una coleta, ahora eran tan
cortos que apenas le cubrían la cabeza. Apoyaba el peso sobre el brazo derecho mientras
adelantaba la pierna izquierda y caminaba hacia ella. Se preguntó, angustiada, si habría
sufrido algún accidente.
Apenas los separaban unos pasos y, aun víctima de la preocupación, Astrid no
alzó la cabeza. Fingiendo un interés que no sentía, siguió la conversación que su madrina
mantenía con otros feligreses. En realidad no tenía ni la menor idea de que hablaban
pero, como si le fuera la vida en ello, asentía cuando juzgaba que correspondía o
cabeceaba. Ni siquiera contestó cuando Evan la llamó.
- Astrid.

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Tampoco lo hizo cuando éste repitió su nombre por segunda vez.
- Astrid.
La aguja que coronaba la iglesia provocó en ella una inusitada fascinación. Alzó la
mirada y observó con fijeza el extremo del edificio. Cualquier cosa en lugar de responder
al joven a su espalda; cualquier cosa antes que sus ojos la traicionaran.
El silencio cayó sobre la pequeña congregación, más pendiente de la reacción de
Astrid que de repetir y alabar las palabras del padre Cenobio o las habladurías de turno.
El repiqueteo de campanas dio aviso de que la misa estaba a punto de comenzar y,
renuentes, pues deseaban conocer la identidad del joven que trataba de llamar la
atención de la ahijada de Io, los feligreses dirigieron sus pasos hacia el interior de la
pequeña iglesia.
Aún en sus trece de no reconocer la presencia de Evan, Astrid asió del brazo a su
madrina y, uniéndose al resto de la congregación, los siguió. Ni siquiera se volvió al oír
de nuevo su nombre.
- Astrid -la llamó Evan, con un deje de impaciencia.
- Alguien te llama, Astrid -susurró la anciana. No reconoció al dueño de la voz,
mucho más grave que la última vez que la oyera.
- No es a mí, madrina -respondió con firmeza, acomodando sus pasos a los
renqueantes de la mujer mayor.
- Estoy ciega, pero no sorda. Oí perfectamente tu nombre -replicó.
Una sonrisa afloró a los labios de la muchacha, pero no flaqueó.
- No es a mí a quien llama, madrina. Es a otra Astrid.

Semanas más tarde seguía preguntándose si había obrado correctamente al


ignorar a Evan. Aquel domingo, a las puertas de la iglesia, le pareció lo más sensato para
el bien de su corazón destrozado, pero ya no estaba tan convencida. No había vuelto a
verlo ni oído palabra sobre él.
A menudo se despertaba angustiada en mitad de la madrugada y los interrogantes
la avasallaban. ¿Y si se había marchado de nuevo sin despedirse? ¿Y si estaba enfermo?
¿Por qué no le había prestado atención?

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Habían pasado muchos años, era una joven madura, capaz de oír y entender a
quienes la rodeaban. ¿Evan ni siquiera se merecía que lo escuchara? Tal vez sólo quería
saludarla, recordar viejos tiempos... ¿Por qué temía tanto reencontrarse con él?
Sabía la respuesta.
Sólo el orgullo y una indiferencia, que no sentía realmente, eran los únicos que
habían impedido responder. Se moría por saber de él. ¡Qué tonta había sido!, se
percataba ahora. Si pretendía que Evan no supiera cuánto daño le había hecho y cuánto
le había afectado volver a verlo, qué mejor manera que enfrentarlo.
Pero ya era demasiado tarde para lamentaciones.
Con el paso de los días los remordimientos habían dado paso a la angustia, más
tarde a la melancolía. Y así, como el que no quiere la cosa, había tratado de indagar. Pero
ni el panadero, el pescadero o el muchacho que hacía los recados en la estación de
autobuses supieron darle razón de su paradero.
“¿Evan? Sí, hemos oído de su regreso a Makronisos, pero nadie sabe dónde está
viviendo, ni siquiera si continua aquí o sólo estaba de paso”, oía una y otra vez.
Cada mañana, de camino a la pequeña clínica veterinaria donde trabajaba, Astrid
estudiaba los alrededores. Buscaba a un joven alto, rubio y taciturno. Esperaba
encontrarlo recostado contra el árbol, al final de la calle, o sentado en el banco del parque
donde la besó por última vez. Inconscientemente, lo buscaba donde años atrás solían
verse. Pero ni en la plaza ni en los columpios, cerca de la biblioteca o en el mercado
encontró ni rastro de Evan.
Nadie sabía dónde estaba y, cada día que pasaba sin noticias, la vieja herida en el
corazón se reabría.

Apenas amanecía cuando Astrid, caminando descalza, deambulaba por la playa.


Sosteniendo en una mano las sandalias, recorrió la orilla evitando las olas que trataban
de mojarle los pies y el borde de la falda. Sus pasos la llevaron hasta el farallón; aquél al
que llamaba el farallón de la sirena.
No sabía qué la había impulsado a acudir allí. Tal vez la melancolía, tal vez la
desesperanza o, sólo, el deseo de revivir la felicidad de los días pasados en el acantilado.
Unos recuerdos dulces que ni siquiera las lágrimas que siguieron habían podido borrar.

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Ahora lo comprendía.
Astrid, como la muchacha de la leyenda, durante incontables amanecidas había
aguardado en ese lugar por el regreso de Evan. Había sido una espera vana pero, ahora,
cuando por fin reaparecía en Makronisos, no había tenido el valor de hablar con él ni
para exigirle respuestas.
Ascendió con prudencia el escarpado acantilado, tenía la mente llena de
pensamientos, palabras no pronunciadas y recuerdos que necesitaba reordenar y analizar
minuciosamente. Las piedras tenían aristas tan afiladas que podía resultar herida en un
mal paso. Pero ni siquiera esa posibilidad la indujo a calzarse. Le gustaba sentir la arena
bajo las plantas de los pies, la humedad que se filtraba por la cercanía al mar y, sólo por
eso, merecía el riesgo. Así que con prudencia ascendió peñasco a peñasco.
Cuando llegó al punto más alto del farallón la brisa le azotó el rostro, la falda se
enredó con sus piernas. El olor a salitre era intenso, las gaviotas graznaron sobre su
cabeza. Nunca podía inspirar el aroma del mar, sentir la caricia del sol o escuchar el
graznido de las gaviotas sin recordar a Evan. Pero necesitaba soledad y, sólo allí, sobre
las rocas, podía encontrarla.
Pero no estaba sola, se percató enseguida. Alguien se encontraba sentado sobre las
rocas, en el mismo lugar donde ella solía hacerlo.
Era Evan.
Tardó un segundo en reconocerlo, pero el rostro de él reflejó la expresión del que
lleva aguardando durante mucho tiempo.
- Viniste, Astrid.
Al principio no se movió. Creía que las piernas no aguantarían su peso, pero al
instante, como por voluntad propia, sus pies la condujeron hasta las rocas. Estaban
húmedas por el relente, pero eso no parecía afectar a Evan. Sin embargo se quitó el jersey
y se quedó en mangas de camisa, la colocó sobre las piedras y ofreció asiento a Astrid.
- Hace días que espero por ti -respondió, como si pudiera leerle la mente y supiera
qué estaba pensando exactamente.
Astrid lo miró sin pronunciar palabra.
¡Cuánto había cambiado! Cuando se marchó de Makronisos era un joven que, con
dieciocho años recién cumplidos, se sentía un hombre, pero Astrid lo recordaba como un

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adolescente delgado, un tanto inseguro y bravucón. El hombre que le devolvía la mirada
era otro. Sus ojos brillaban con una expresión que no sabía definir... madurez,
arrepentimiento... ¿anhelo, tal vez?
Físicamente también había sufrido una metamorfosis. El rubio de sus cabellos se
había oscurecido y no los llevaba largos, rozando los hombros, sino muy cortos, con un
estilo casi militar. Había desarrollado los músculos de los brazos, algo que ni siquiera las
mangas de la camisa podía ocultar.
- Empezaba a creer que nunca vendrías -dijo Evan en voz queda.
- ¿Cómo sabías que lo haría? -se tensó, temerosa de que, tal vez, su deseo de verlo
fuese demasiado evidente.
- No lo sabía, lo esperaba -confesó-. Recordé que sentías predilección por este
acantilado y se me ocurrió que, antes o después, regresarías aquí
Astrid no respondió, pero tomó asiento. Permaneció con las rodillas fuertemente
apretadas, las manos cruzadas sobre ellas. Aún con la mirada absorta en las olas que
restallaban contra las rocas, metros más abajo, sentía que Evan la estudiaba de soslayo.
Reinaba el silencio, sólo roto por las olas embravecidas.
- ¿Sabes por qué lo llaman el farallón de la sirena? -sonrió Evan.
Astrid volteó la cabeza y el corazón golpeó frenético contra las costillas. En su
interior notaba que algo, tal vez su voluntad, se resquebrajaba.
- Te lo he explicado infinidad de veces, Evan. -lo remedó, incapaz de ocultar la
sonrisa que afloró a sus labios- Dicen que tomó ese nombre en recuerdo a una muchacha
que se ahogó en el mar.
- Hay quienes dicen que en realidad no se ahogó -la regañó.
- ¿Aún crees esos cuentos? Te equivocas, se ahogó. -apretó los labios que
temblaron ante la red de recuerdos que esas palabras encerraban.
- No lo creo. Él regresó y la llevó consigo.
Astrid guardó silencio unos instantes, luego respondió:
- Sí lo hizo, pero volvió demasiado tarde. Ella ya se había suicidado.
- ¡Ella nunca haría algo así! -exclamó con vehemencia.
- ¿Cómo puedes saberlo? -lo increpó mirándolo con dureza.
- Ella lo amaba y él la amaba, ¿recuerdas?

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- Tal vez... -concedió- pero las personas somos inconstantes y, en definitiva, el
amor no es eterno.
- A veces sí lo es.
Astrid ignoró esa declaración velada.
- ¿Por qué regresaste, Evan? -lo interrogó clavando en él su triste mirada.
- ¿De verdad no lo sabes?
- Obviamente no.
- Te prometí que lo haría.
- También prometiste que nunca me romperías el corazón y lo hiciste.
El joven se encogió, como si hubiera recibido un golpe.
- Y hace tiempo que dejé de creer en tus promesas -continuó ella.
- Siento oír eso.
Astrid no respondió, pues la acometieron las imperiosas ganas de llorar y de huir
corriendo. Pero se negaba a hacerlo en presencia de Evan. Si lograba conservar la calma y
soportar estoicamente esa conversación, le demostraría que ya no tenía el poder para
herirla.
- Esperaba que tú aún..
- ¿Aguardara por ti? -lo encaró, los iris desprendían chispas de furia- ¿Aún te
amara? -lo retó.
- Tal vez... -guardó silencio un instante y reorganizó sus pensamientos-. Éramos
muy jóvenes, apenas unos niños, Astrid. A veces me he preguntado si...
- No menosprecies mis sentimientos. Era joven e ingenua, pero mi amor por ti era
sincero.
- No trato de menospreciarlos. Pero no sé cómo podías amarme, bien sé que no lo
merecía.
- ¿Sabes una cosa? Tienes razón, no los mereces, Evan. -respondió sin reparar que
había hablado en presente- Nunca los mereciste. -coligió- Siempre fuiste un egoísta que
dabas por seguro que la boba de Astrid te esperaría eternamente. Pues no. -los labios le
temblaban, lívidos.
- Sé que cometí muchos errores y si pudiera volver atrás en el tiempo...
- No puedes, nunca se puede. Hemos de asumir las consecuencias de nuestros

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actos.
- Astrid tienes razón. Fui egoísta e inmaduro, pero te juro que te amaba más que a
nada en el mundo. Tal vez no entendí cuanto hasta que me alejé de Makronisos, pero no
ha pasado un día sin que te recordara, sin que pensara en ti.
Astrid rió y el sonido, helado, de esa risa dolió a Evan. ¿Realmente ya no sentía
nada por él? ¿Tanto la había herido?
- Quería madurar, conocer otros lugares lejos de Makronisos. Quería forjarme una
vida por mí mismo, no como el hijo ni el nieto de nadie. ¿No puedes entenderlo, Astrid?
Necesitaba marcharme de aquí y, aunque suene trillado, encontrarme a mí mismo.
- Sí, puedo entenderlo, Evan -los ojos azules de la muchacha se veían tristes-, pero
me hiciste a un lado, como si no fuera importante para ti, como si no significara nada en
tu vida. No te alejaste sólo de Makronisos, sino también de mí.
- Lo sé y lo siento. No sabes cuánto -suspiró derrotado-. ¿Crees que podrás
perdonarme algún día?
- No lo sé, Evan.
- Dime cómo puedo saldar mis errores -le rogó mirándola con fijeza. La tomó de la
mano-. Dime cómo puedo hacer que vuelvas a confiar en mí.
- No tengo la respuesta. Sólo sé que necesito tiempo.
El joven caviló en silencio unos momentos.
- Lo entiendo. Esperaré -añadió con decisión y una chispa de esperanza.
- ¿En serio? ¿Cuánto tiempo estás dispuesto a esperar?
- Hasta que me perdones.
Astrid lo miró con escepticismo pero preguntó:
- Evan... ¿te marcharás de Makronisos?
Negó con la cabeza:
- Sólo me iría si lo hicieras conmigo.
Le sonrió. Astrid le devolvió la sonrisa sin percatarse que lo hacía.
Se recostó contra las rocas, apoyando el peso sobre los antebrazos. Al inclinarse no
pudo ocultar un gesto de dolor que no pasó desapercibido para Astrid que, de soslayo,
miró las muletas en el suelo. Pero Evan no pronunció queja alguna y, en extrañamente
en paz, dejó que su mirada se perdiera en la distancia, donde el mar se fundía con el

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horizonte y las gaviotas desaparecían como motas de polvo.
- ¿Sabes algo Astrid?
Astrid lo miró a los labios.
- ¿Qué cosa, Evan? -sin saber por qué, de pronto, sentía el espíritu más liviano.
- El hombre por el que esperaba la joven de la aldea, ésa que dicen que era una
sirena...
- ¿Qué sucede con él?
- Siento ser yo quien haga trizas tus sueños, pero no era un pirata -respondió como
si desvelara un gran secreto.
A su pesar Astrid rió.
- ¿Cómo lo sabes? -fingió desconcierto.
- Cree en mi palabra. Sé bien de lo que hablo. ¡No era un pirata! Acaso un simple
pescador, con fortuna un marino, un poco torpe eso sí -se frotó la pierna donde la vieja
herida volvía a molestar-, pero de ningún modo un pirata.
Evan se reincorporó para estar al mismo nivel que Astrid que, por inercia, se
recostó contra su hombro, como tantas veces hiciera en el pasado. No se detuvo a pensar.
No quería pensar aún, no cuando por fin estaban tan cerca de nuevo.
Sentados así, los rubios cabellos de la joven acariciaban la mandíbula de Evan, que
inspiró el aroma que desprendían, el mismo que utilizaba cuando era una adolescente. A
fresa.
- Te creo, Evan -susurró en voz tan queda que el rumor de las olas la devoró-.
Pero, ¿sabes otra cosa? Siento desilusionarte, pero tampoco ella era una sirena.
- Te equivocas, sí lo era. -se fingió ofendido.
Astrid rió al verlo fruncir el ceño y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que
la herida en su pecho dolía menos y las cadenas del pasado eran más livianas.
- No lo era. En realidad sólo era una simple y tonta muchacha enamorada,
dispuesta a esperar por el hombre que amaba hasta el fin de sus días.
- Nunca podría ser tonta, al contrario que él que era un auténtico estúpido. La hizo
esperar demasiado.
- Tal vez necesitaba tiempo -concedió Astrid.
- Tal vez... o... tal vez... aunque lo intentó, no pudo luchar contra sí mismo y

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comprendió que había caído víctima del cántico de la sirena. Y entonces regresó.
Astrid hundió el rostro contra la garganta masculina y rió. Evan se rindió al deseo
de abrazarla y pegar su cuerpo al de él. ¡Cómo había añorado a Astrid! Sólo ella encajaba
tan bien entre sus brazos.
- ¿Sabes algo, Evan? Puede que después de todo, sí tengas razón y, realmente,
fuera una sirena. -sonrió a unos centímetros de su boca.
- Lo es, créeme -susurró, pero su voz se oyó ronca por la emoción.
- Te creo, Evan.
Y así era, se percató. Con toda el alma.

FIN

Sirena©Mariam Agudo

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